Libro N° 10869. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XIV. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10869.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XIV. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
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Crónicas De La Conquista XIV. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista XIV. Aurelio Díaz Meza
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista XIV
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
§ 1. Los orígenes de nuestro Cementerio General
§ 2. Las postreras moradas de los santiaguinos
§ 3. Una tragedia en la cumbre del San Cristóbal
§ 4. La Armada Nacional y el dominio del Pacífico
§ 5. La Expedición Libertadora del Perú
§ 6. Los chilenos en las campañas de la Independencia peruana
§ 7. El “santo” de Rosita O’Higgins
§ 8. La “Orden del Sol del Perú”
§ 9. La peregrinación de las Monjitas
§ 10. El terremoto de 1822, en Valparaíso, contado por María Graham
§ 11. En Chile se ha “fabricado” arroz
§ 12. Bolívar y la Independencia del Ecuador
§ 13. Cómo se produjo y se realizó la abdicación de O’Higgins
§ 14. El fracaso de San Martín en Guayaquil
§ 15. O’Higgins y Bolívar
Leyendas
y episodios chilenos XIV
Aurelio
Díaz Meza
§ 1. Los
orígenes de nuestro Cementerio General
(1819)
La
primera solicitud al Rey para que permitiera la fundación de un Camposanto
único en la ciudad de Santiago, envióse a la Corte allá por el año de 1773,
bajo el Gobierno del muy ilustre señor don Agusín de Jáuregui y Aldecoa y con
su alto patrocinio, pues el señor Presidente fue quien insinuó la idea al
Cabildo; de más está decir que la solicitud que el Ayuntamiento de la ciudad
elevó al Soberano en nombre del vecindario llevó entusiastas informes del
Gobernador, de la Audiencia y aun del Obispo. Digo aun del Obispo, porque más
de dos superiores de convento interpusieron sus influencias ante el prelado a
fin de que se opusiera a la fundación de este cementerio único “que iba a traer
la disminución de las oblaciones, limosnas y mandas que dejaban en sus codicilos
y testamentos los vecinos piadosos para el descanso de sus ánimas”.
A pesar
de todas las gestiones que se hicieron ante el ilustrísimo señor don Manuel de
Alday y Aspée, Obispo de Santiago, el Prelado apoyó la petición del Cabildo y
agregó su informe favorable a la solicitud.
Pues
bien, la presentación, con sus informes y todo, cayó en el canasto de los
papeles inútiles del Ministro Gardoqui; pasó el tiempo, cayó el Ministro, murió
el Rey don Carlos III, ascendió don Carlos IV y sólo a principios del siglo
XIX, o sea el año 1805 llegó a Santiago una Real Cédula en la cual se ordenaba
al Gobernador don Luis Muñoz de Guzmán que construyera cementerios únicos y
para toda clase de personas, en las principales ciudades del Reino de Chile.
Pero los
tiempos habían cambiado en los treinta largos años corridos desde que salió de
Santiago la solicitud inicial, y sobre todo, lo que estaba cambiando más era el
aspecto general de estas tierras americanas. Con motivo de la independencia de
los Estados Unidos habían comenzado a “prender” en estas regiones ciertas ideas
que provocaban inquietud general, y malditas las ganas que tenían los
dirigentes de la sociedad — mejor dicho, del “criollismo”— de preocuparse del
sitio en donde se debía enterrar a sus muertos.
A poco
falleció inesperadamente el Gobernador Muñoz de Guzmán y con los incidentes
ruidosos que ocurrieron para la elección de su sucesor el brigadier García
Carrasco, se olvidó de todo lo hablado y tratado sobre los nuevos cementerios.
Los acontecimientos de la revolución de 1810 se precipitaron y el vecindario
todo se lanzó por el atajo del nuevo sistema de Gobierno, dejando de la mano
todo lo que no era substituir a los sarracenos con los patriotas.
Llegó el
año 1811 y con él la gran innovación que las nuevas teorías habían impuesto en
el régimen de gobierno: la representación nacional, o sea, el Congreso de
Diputados, para la dictación de las leyes. El de Chile se inauguró ese año y en
sus primeras sesiones, el diputado por Puchacay, canónigo don Pedio ¡Pablo
Fretes, presentó una moción en la que decía: “una de las preocupaciones más
arraigadas de los pasados tiempos ha sido el seductivo abuso de enterrar
cadáveres en los templos, profanando los venerables alcázares de la religión, y
sólo el orgullo y la ignorancia pueden autorizar que se coloquen los cuerpos
lacerados y podridos cerca del Sacramentado Cuerpo de Jesús I >!»•. Vivo y
Verdadero”.
En esa
misma sesión, que fue la del 8 de agosto, se aprobó la primera ley de
cementerios que tuvo nuestro país y en día .< ordenó “se hicieran las
diligencias necesarias para fundar un Santiago un Cementerio General para
sepultar allí a toda clase de personas, sin excepción alguna”. Tan entusiasta
fue la acogida que tuvo el proyecto del canónigo Fretes, que en la misma sesión
se designó una comisión de diputados para que realizara el proyecto y se nombró
como presidente de ella al propio presidente del Congreso, presbítero don
Joaquín Larraín.
Pero
todavía no estaba preparado el “ejecutivo” nacional para emprender obras de
esta naturaleza, habiendo tantas otras que realizar con más urgencia; sobre
todo, en esos días había llegado a Chile don José Miguel Carrera, quien, tan
pronto como echó una mirada a la situación política, vio que era absolutamente
necesario derrocar a la familia Larraín, que era la que gobernaba, para
colocarse él, en nombre de la familia Carrera. El período de revoluciones que
empezó entonces y que sólo vino a terminar con el desastre de Rancagua y la
Reconquista, dejó de mano, absolutamente, el proyecto aprobado por el .
Congreso Nacional, y la gente continuó enterrando a sus muertos en las iglesias
si eran “nobles”, o tenían cómo sufragar los gastos de funerales; y en los dos
Camposantos de que disponía la ciudad para sepultar a los pobres: el de San
Juan de Dios, allá por la calle de Santa Rosa abajo, y el de la Caridad, en la
calle de la Nevería, o de 21 de Mayo, como decimos ahora. Ya sabe el lector que
este último cementerio era para los ajusticiados y para los que morían de
enfermedades contagiosas... Por eso, tal vez lo dejaron a cuadra y media de la
Plaza.
Correspondió
al Senado Consulto, que funcionó en 1819 bajo el Gobierno del Director
O’Higgins, ordenar el establecimiento o fundación del actual Cementerio
General. En sesión de 26 de agosto se dictó la ley, y una semana más tarde el
Director mandaba cumplirla, comisionando a los señores Manuel Joaquín
Valdivieso — padre del Arzobispo del mismo nombre y abuelo materno de Monseñor
Crescente Errázuriz— , a don José Alejo Eyzaguirre, a don Manuel de Salas y a
don Juan José Goycolea, para que llevaran a la práctica tan recomendable
proyecto.
De los
cuatro comisionados, era el señor Valdivieso el que iba a poner en juego toda
actividad para realizarlo; los otros tres eran personas respetabilísimas, pero
sus años les eran un grave impedimento para colaborar en la forma esforzada que
era menester, pues habrá de tener en cuenta el lector que la ley mandó fundar
el Cementerio, pero no dio dinero alguno para ello, Don Manuel Joaquín era
hombre de arbitrios y de seguro que no se detendría en el pequeño detalle de no
tener dinero para comprar el terreno que se necesitaba, para tapiarlo, como era
indispensable y para construir “nichos de pago” que eran los que iban a
proporcionar los fondos para el mantenimiento futuro del Camposanto en
proyecto.
Lo
primero era encontrar el sitio aparente y conveniente para ubicar el
Cementerio; busca, buscando, don Joaquín lo encontró luego y fue un retazo de
potrero ubicado al pie del Cerro Blanco, llamado así por el color de sus
canteras de piedra que habían proporcionado, desde tiempos inmemoriales, los
bloques de sillería para edificación; los templos de Santo Domingo, la
Catedral, el Palacio del Conde Toro, San Francisco y, en general, todos los
grandes edificios coloniales se levantaron con la piedra blanca de tal cerro.
Sin embargo, quien examine el color de la piedra, duda mucho de que merezca el
adjetivo de blanca.
Abro un
paréntesis para decir que el nombre de este montículo debería ser “Cerro de
Doña Inés”, o “Cerro de Inés Suárez”; ya lo dije yo mismo, por encargo de don
José Toribio Medina hace un par de años, en un artículo publicado en estas
columnas con el título de “La ermita expiatoria de un pecado de amor”, artículo
que me valió una filípica anónima de un moralista de bolsillo, quien,
escandalizado por haber pedido yo que se honrara la memoria de Inés Suárez —
abnegada mujer que dedicó, por amor, los mejores años de su vida al servicio de
la incipiente colonia de Mapocho— me calificó con los más subidos epítetos por
haber faltado al respeto a la sociedad de Santiago...
Para mi
satisfacción y justificación, anteayer ha sido acogida mi antigua idea por
Julio César, el de “Los Tiempos” (¡Ave Caesar, Imperator!) y espero que si lo
insultan, no se habrá de achunchar, como me ha pasado a mí, que desde entonces
no me he atrevido a chistar sobre este asunto.
El
terreno al pie del Cerro Blanco pertenecía a los dominicos desde los tiempos de
Inés Suárez, quien fue la donante de ellos para el sustentamiento de la ermita
de Monserrate, ubicada sobre el montículo; don Manuel Joaquín se puso al habla,
inmediatamente, con el provincial de la, Orden, fray Manuel Velasco, que era su
amigo de muchos años y tratos van y tratos vienen, no fue difícil conseguir que
el provincial accediera a ceder al Estado un retazo de terreno de tres cuadras
y tercia de extensión, para dedicarlo a Cementerio General de la capital de
Chile.
Para
hacer esta cesión, era menester que se reuniera el Capítulo de la comunidad
dominicana y así lo acordara; el asunto, en este terreno, no era tan fácil,
porque había entre los capitulares algunos “padres maestros” que no querían
saber nada con el nuevo gobierno patriota y de seguro rechazarían de plano la
proposición de ceder al Estado cualquier parte de los bienes de la comunidad,
aunque fuera para un fin tan recomendable.
Efectivamente,
en el Capítulo que la comunidad celebró con el objeto de tratar de esta
transacción-, o lo que sea, el padre maestro Fray Barragán, encabezó la
oposición con palabras enérgicas y fundándose en las pragmáticas y ordenanzas
canónicas, puso de manifiesto que ninguna autoridad, ni aun el Capítulo mismo,
podía ceder bienes de la Orden, y sólo le era permitido venderlos o “trocarlos”
por su justo precio ...
El
negocio de don Manuel Joaquín estaba fallando por su base, porque el caballero,
ya lo sabemos, no disponía ni de un peso para adquirir un mísero ladrillo;
menos aun para comprar potreros; cuando supo la resolución capitular, se puso
triste y comenzó a cavilar de nuevo sobre la manera de llevar a cabo, sin
plata, una de las obras de misericordia más necesarias a los santiaguinos:
enterrar a los muertos.
i— ¡No te
amilanes, hombre de poca fe! — díjole su amigo, el provincial Velasco— . El
capítulo no se niega a vender los terrenos, ya te lo he dicho, pero no les ha
fijado ni puede fijarles precio, porque para eso es el provincial. A ver,
¿cuánto me ofreces por las tres cuadras y tercia de terreno que necesitas para
el Cementerio? — Hombre — contestóle don Manuel Joaquín— yo no estoy para
bromas; ya sabes tú que no dispongo de ningún dinero para tal compra; y si tú
no me “fías” el potrerillo, no sé como quedarme con él.
— No te
lo fío — contestóle el provincial— porque si no lo pagas en el plazo que
convengamos, te lo quitarán los frailes, porque de seguro yo no seré provincial
toda la vida, ni menos por la eternidad... Prefiero vendértelo de contado y
definitivamente.
— Por lo
Visto, continúas de broma...
— De
ninguna manera; y para que te convenzas de que hablo en serio, te hago la
siguiente proposición; el Convento de mi padre Santo Domingo te vende el
potrerillo de tres cuadras y tercia que necesitas para el Panteón, por el
precio de doce sepulturas que el Convento te compra, desde luego, en el
Cementerio General, para los padres de esta comunidad...
Don
Manuel Joaquín no podía entender la combinación financiera del provincial, pero
por fin la entendió. Era la cosa más simple: los padres dominicos vendían
72.840 varas de potrero sin bendecir, por treinta varas de cementerio bendito;
y a cualquiera se le ocurre que un terreno bendito vale muchísimo más que un
terreno moro.
El
representante del Gobierno se recibió inmediatamente del terreno y puso
trabajos rápidos para tapiarlo y para construir algunos nidios de pago para los
muertos pudientes; todos estos trabajos, incluso los de la capilla modestísima
que se levantó para decir las misas y responsos, demoraron cerca de dos años y,
por fin, el 9 de diciembre de 1821, se llevó a cabo la bendición solemne del
nuevo Cementerio General, en donde debían enterrarse desde entonces los
cadáveres de todos los habitantes de Santiago, sin excepción alguna.
Presidió
la ceremonia el Director O’Higgins y asistieron los Ministros, el Senado, el
Cabildo, los altos funcionarios y las corporaciones civiles y religiosas. La
ceremonia de la bendición estuvo a cargo del obispo Rodríguez Zorrilla, que
vino especialmente de Melipilla, en donde estaba desterrado “por sarraceno y
chapetón”, y cuando levantó la mano para hacer la señal de la Santa Cruz sobre
el Camposanto; se oyó una salva de fusilería por la tropas que asistieron al
acto.
Fue un
día “de regocijo público”, según lo dijo
§1 Monitor
Araucano, el día en que los santiaguinos tuvieron donde caerse
muertos.
Pero el
negocio del Estado con la comunidad dominicana no quedó bien en claro desde el
principio, pues el generoso padre Velasco y al administrador del Cementerio,
don Manuel Joaquín Valdivieso, no tuvieron la precaución de dejarlo
escrito; y ocurrió que catorce años , más adelante, los
dominicos quisieron sepultar a uno de los suyos que había doblado la esquina de
puro viejo y sé encontraron con que el administrador del
Cementerio no quiso entregarles el “pase” si antes no pagaban los cinco pesos
que costaba el nicho.
El
Superior, que lo era el padre Juan Vargas Machuca, puso el grito en el cáelo y
su reclamo en él propio Presidente de la República, General Prieto. Todos
sabían que los dominicos tenían perfecto derecho a las sepulturas, así es que
no tardó en quedar en claro el perfecto derecho de la comunidad; y para que
nada faltara, el antiguo administrador del Cementerio, don Manuel Joaquín
Valdivieso, a pesar de estar postrado en cama, firmó un informe definitivo que
sirvió para que el Gobierno dictara el siguiente decreto:
“Con lo
informado por el antiguo administrador del Panteón, don Manuel Joaquín
Valdivieso, y atendiendo! a que el Convento grande de Predicadores dominicos
cedió el terreno del Panteón con la precisa condición de que se le diesen las
sepulturas que necesitase, el actual administrador del Panteón, don Estanislao
Portales, asignará doce sepulturas para solo los religiosos del Convento.
Prieto. Tocornal”.
§ 2. Las
postreras moradas de los santiaguinos
(1819)
Al
delinearse la planta de la ciudad de Santiago, en febrero de 1541, se
destinaron para la iglesia y cementerio los solares que quedaban al poniente de
la Plaza de Armas, o sea, los que ahora ocupan la Catedral y el Palacio
Arzobispal. En el hecho, este espacio de terreno sirvió exclusivamente de
cementerio durante los primeros tres años, pues la construcción del templo sólo
se vino a empezar en 1544, siendo la primitiva ubicación de esta iglesia el
sitio donde hoy se encuentra la capilla de El Sagrario al centro de la cuadra.
El estreno del cementerio se hizo con la sepultación de los despojos de cinco
individuos que fueron ejecutados el 10 de agosto de 1541, por haber conspirado
contra la vida de Pedro de Valdivia, y haber provocado una sublevación de los
indios en las minas de Marga-Marga, que puso en peligro la suerte de la recién
fundada colonia. Esos individuos fueron el regidor don Martin de Solier, el
Procurador de la ciudad Antonio, de Pastrana y los soldados Alonso de
Chinchilla, Martín Ortuño, y Bartolomé Márquez • , Al principio, las
sepultaciones se hacían indistintamente a ambos lados de la iglesia; pero poco
a poco se fueron haciendo distinciones y diferencias; al lado norte se
enterraba a los ricos e hijosdalgo, y al lado sur a los pobres y plebeyos, a
“la canalla del pueblo”, según la expresión de la época; en este mismo lado se
había reservado un sitio para los indios.
Andando
los años, y a medida que la población aumentaba, se hizo una tercera
clasificación: la sepultación dentro del templo de la gente principal cuya
fortuna le permitía construir una “capilla” para toda la familia. Esta
costumbre se extendió considerablemente cuando se establecieron en Santiago los
franciscanos, los dominicos, los mercedarios y demás comunidades religiosas,
cuyos .templos eran levantados, en gran parte, mediante la munificencia de los
que se preparaban para esperar la resurrección de la carne bajo sus sagradas
bóvedas.
Con la
fundación del Hospital de San Juan de Dios, en 1552, se presentó un problema
importante para la dudad. El cementerio de la Plaza iba a ser pequeño para dar
cabida a los muertos ... (parece que el hospital había fomentado la
mortalidad), y • además, el hecho de que la población tuviera que soportar el
tránsito constante del macabro acarreo desde “las afueras” hacia el “centro” no
fue del agrado del Cabildo. Se autorizó entonces 1 la sepultación de esos
pobres en el extremo de la chacra que poseía el hospital. Este “campo santo”
quedó situado a la altura de las que ahora son calles de Santa Rosa y Diez de
Julio.
Los
templos y este “campo santo” se distribuyeron los restos de los santiaguinos
durante doscientos años; el cementerio de la Plaza fue abandonado poco a poco,
hasta que en 1760 se estableció un nuevo enterratorio en el Convento de la
Caridad, calle 21 de Mayo, a cuadra y media de la Plaza, destinado a los
ajusticiados y los fallecidos de enfermedades infecciosas.
Durante
el gobierno de don Agustín de Jáuregui se hicieron las primearas gestiones para
establecer un Cementerio Único o General, y para ello se pidió la
correspondiente autorización al Rey; pero como no era ésta una cuestión tan
importante para Su Majestad, la respuesta sólo vino a llegar a Santiago treinta
años más tarde. Por Real Cédula de 15 de Mayo de 1864, se mandó al Presidente
Muñoz de Guzmán que construyera cementerios «i la ciudades del reino de Chile
Pero la realización de este proyecto que era ardientemente propiciado por
vecindario, tardó todavía muchos años en realizarse. Los acontecimientos de la
independencia impidieron a los gobernadores preocuparse desde luego de este
asunto con la atención debida; fue el régimen» patriota el primero que abordó
la cuestión en el Congreso de 1811.
En la
sesión del 8 de agosto, el diputado por Puchacay, canónigo don Pedro Pablo
Fretes, presentó una moción en la que se establecía qué “una de las
preocupaciones más arraigadas es el seductivo abuso de enterrar cadáveres en
los templos, profanando los venerables alcázares de la religión”, y agregaba
que “sólo el orgullo y la ignorancia pueden autorizar que se coloquen los
cuerpos lacerados y miembros podridos cerca del sacramentado cuerpo de
Jesucristo, Dios vivo y verdadero”. En esa misma sesión, el Congreso aprobó,
una ley ordenando que se hicieran las diligencias necesarias “para fundar un
cementerio general para toda clase de personas, sin excepción alguna”,
y sé nombró para que realizara este proyecto, una comisión encabezada por el
propio presidente del Congreso, don» Joaquín Larraín.
Pero las
agitadas incidencias de la revolución de la independencia y las actividades que
tuvieron que desarrollar los patriotas para rechazar las invasiones de Pareja,
Gainza y Osmio, seguidas del desastre de Rancagua, alejaron de nuevo la
realización de este general anhelo, cuya postergación era ya un peligro para la
salubridad pública.
Correspondió
al Senado de 1819 y al Director O’Higgins llevar a la práctica tan importante
obra. En la sesión de 26 de agosto, acordó que “debía procederse a las más
pronta ejecución de una obra que se encaminaba a consultar la salud pública y
él mayor decoro y decencia de los templos, pues no es justo que la casa de
oración» donde se tributa la adoración a la Deidad y se presencian los más
altos y respetables actos de nuestra santa religión, venga a ser depósito de
los cadáveres y de la corrupción”.
El
Director Supremo, con fecha 2 de septiembre, nombró una comisión compuesto de
don Manuel Joaquín Valdivieso, que fue el alma de la obra, de don José Alejo
Eyzaguirre, de don Ma miel de Salas y de don Juan José Goycolea, los cuales se
dedicaron empeñosamente a la tarea de llevarla a cabo, sin contar con recursos
de ninguna especie; pero era tal el deseo del vecindario de tener una fundación
de esta especie, que los comisionados pudieran inaugurar el Cementerio General,
cerrado, tapiado y con una serie de nichos “de pago” antes de dos «unos.
El
terreno fue cedido por la comunidad dominicana, “a condición de darles
sepultura a todos los religiosos de la primera orden” Los frailes cambiaron
seis cuadras de terreno por veinte metros...
El
domingo 9 de diciembre de 1821 se llevó a cabo la inauguración solemne del
Cementerio General con un lucido programa arreglado por el Gobierno.
Concurrieron al acto, el Director Supremo, el Senado, el obispo Rodríguez.
Zorrilla, que vino especialmente de Melipilla, donde estaba desterrado “por
godo”, los canónigos y todas las autoridades civiles ..y eclesiásticas.
Cuando el
prelado alzó la mano para bendecir el camposanto, las tropas hicieron “una
descarga cerrada” que fue la señal para que los fuertes del Santa Luda
saludaran el acto con salvas de su artillería, que anunciaban “a ricos y pobres
que ya tenían un ancho campo en donde descansaran sus huesos, sin la odiosa
división de iglesias y camposantos”.
Nada
tuvieron que hacer el administrador don Manuel Joaquín Valdivieso, ni el
capellán don Eugenio Valero, ni los sepultureros Tobías Muñoz y Juan Mesías
durante el resto del domingo 9 ni en todo el lunes 10, en el desempeño de sus
fúnebres tareas; parecía que ningún santiaguino deseaba estrenar el panteón con
tanto esfuerzo concluido y tan bulliciosamente inaugurado. Por fin, a la noche
del lunes llegó una carreta con tres muertos del hospital de San Juan de Dios,
destinados a la fosa común: ellos eran María Durán, María de los Santos García
y Juan Muñoz. A pesar de la hora, el capellán y numeroso cortejo de curiosos
acompañó los cadáveres hasta dejarlos bajo la madre tierra.
A las
siete de la darte del día martes siguiente, llegó a las puertas del cementerio
la carroza fúnebre con que había sido dotado el establecimiento, conduciendo el
primer cadáver “de nicho”: era el .de una monja clarisa “de velo negro”,
llamada sor Ventura Fariña, fallecida el día anterior a mediodía. Grandem fue
la curiosidad que provocó este sepelio, tanto por ser el primero que se
verificaba solemnemente, en el nuevo cementerio, cuanto porque era el de una
monja reclusa, las cuales tenían el privilegio, hasta entonces, de ser
sepultadas en su propio convento. No dejará de llamar la atención del lector,
lo que también en aquella época preocupó a la sociedad y al pueblo de Santiago,
de suyo supersticioso y agorero: en los dos . primeros meses de funcionamiento
del nuevo cementerio, fueron sepultados veinticuatro cadáveres y de este corto
número, siete fueron de monjas: la nombrada sor Ventura, sor María Zárate, sor
Catalina Irarrázaval y sor Francisca Bauzá, clarisas; y sor Tadea Ruiz, sor
Petronila Morales y sor Antonia Valdivia, agustinas.
El primer
aristócrata sepultado en el Cementerio General fue el opulento don Juan Manuel
de la Cruz y Bahamonde, hermano del conde del Maulé. Don Juan Manuel vivía como
un príncipe en su casa palacio de la calle del Estado, acera oriente, \ al
llegar a Huérfanos y falleció el 12 de Febrero de 1822; sus funerales fueron
fastuosos y se verificaron en la Merced. El ataúd, fue tallado en un tronco de
alerce de la Dehesa, y forrado por fuera y por dentro con terciopelo! y
brocado.
Muchas
tradiciones y leyendas han llegado hasta nuestros días sobre hechos raros o
sobrenaturales ocurridos en la ciudad de los muertos; apartándonos un poco de
aquéllos a todas luces inverosímiles, vamos a contar uno que causó sensación en
su época y cuya veracidad incontrovertible, se prueba con el hecho mismo.
A fines
del año 1830 falleció el canónigo don Jacinto María Solano y después de las
solemnes honras por el descanso de su alma que le fueron tributadas en la
Catedral, sus restos fueron llevados al cementerio y depositados en el nicho
que se le había señalado. Terminadas ya todas las ceremonias, dos albañiles se
acercaron al nicho para tapiarlo, y cuando ya iban a concluir su tarea
sintieron que el ataúd del canónigo se movía formando ruidos que hicieron huir,
despavoridos a los obreros.
“Dada la
voz de alarma, el capellán del cementerio, con el administrador y otros
empleados concurrieron a disponer que se sacara el ataúd y cerciorados los
circunstantes de que el fina- do se movía dentro, hicieron saltar la tapa,
sacaron al canónigo y administrándole prontos medicamentos y atenciones \lo
volvieron a la vida.
Toco
después sanó por completo y continuó desempeñando su oficio como antes y con
mejor voz, hasta por muchos años, en que murió de veras. A este canónigo lo
llamaban después el resucitado, y fue objeto de mucha
curiosidad”.
Casos
parecidos ocurrieron también en esa misma época con algunos de los muertos que
mandaban del hospital. En una ocasión, irnos peones vieron que la tierra de la
fosa común se movía.
“Se
reunió un grupo de personas que fueron a descubrir el misterio y desenterrar la
fosa, se sacaron los cuerpos recién enterrados, entre los cuales hubo uno qué
dio señales de vida, pero que murió definitivamente antes de una hora”.
Otro caso
sensacional fue el de Ha señora Rosario Zuazagoitía esposa de don Mariano Egaña
muerta en 1832. Antes de ponerla en el ataúd, la hermana de la extinta le ató
las manos con un pañuelo, y “dos años después, al ser trasladados los restos a
la sepultura de familia, se vio que el nudo del pañuelo estaba tronchado” Estos
hechos alarmaron a la sociedad y al pueblo y el cabildo, haciéndose intérprete
de la opinión, ordenó que ningún cadáver fuera sepultado antes de las
veinticuatro horas.
Desde los
primeros años de la fundación del Cementerio, el pueblo adoptó la costumbre
de celebrar el día de Todos los Santos, o “de ánimas” como una
fiesta de regocijo público, tal como el Dieciocho o la Pascua. El
Gobierno no reparaba en este verdadero sacrilegio y por el contrario fomentaba
estas fiestas, con su corolario de pendencias y borracheras, mandando bandas de
músicos que tocaban desde las primeras horas del día 1?. de noviembre, hasta
las últimas del día 2? con su noche respectiva.
Véase un
decreto supremo que publica Rosales:
“Núm.
188. — Santiago, diciembre 11 de 1834— . Declárase que el tesoro del Panteón
debe cubrir los 28 pesos que en la función del día de ánimas se invirtieron en
“música y tambores”.
Prieto Tocornal.
Por
suerte, esta costumbre semi bárbara ha desaparecido.
§ 3. Una
tragedia en la cumbre del San Cristóbal
(1820)
I
Casi
tanto como el Cerro Santa Lucía, el de San Cristóbal ha sido uno de los sitios
que la ciudad de Santiago, desde su fundación, ha mirado cómo un compañero y
mudo testigo de cuantos acontecimientos tristes, alegres, regocijados o
trágicos ha experimentado la ciudad en sus cuatro siglos de existencia Desde
los primeros años de la colonia, el San Cristóbal, como el Santa Lucía y el
Monserrate (Cerro Blanco), sirvieron , como sitios de expectación para ciertos
actos en que directa o indirectamente había de participar el pueblo de
Santiago.
En el
“cerrillo” o sea en el panteón de Santa Lucía, por estar más cerca de la
ciudad» fueron ejecutados los primeros conspiradores que tuvo el gobierno de
este reino a los tres meses de fundada la ciudad de Santiago; en sendas horcas
se balancearon los cuerpos de Pastrana, Ortuño y Márquez, a la subida del peñón
por la calle de la Merced, en donde se alzaba la primera ermita que se levantó
en Chile para rendir culto a la divinidad.
En el San
Cristóbal se plantó, veinte o treinta años después de la fundación de la
ciudad, una grande, una enorme cruz de madera, que dominaba como hoy domina la
imagen de la Inmaculada, todo el valle del Mapocho; esta cruz fue un voto que
hizo el Gobernador Quiroga a la .Vera Cruz — y con motivo de la fundación en
Chile de esa aristocrática cofradía para que Dios concediera éxito a las armas
españolas en la guerra de Arauco, que por los años de 1575 y 76 había adquirido
caracteres espantosos.
La
procesión con que se inauguró en la cumbre del San Cristóbal la cruz de
madera hizo época, como bien se comprenderá, tratándose del motivo porqué se
alzó allí el sagrado símbolo del cristianismo; esa romería se realizó el día de
la Santa Cruz, o sea, de la festividad de la-Cruz, que aun se celebra en muchas
partes de Chile con gran fervor y entusiasmo. El pueblo entero, encabezado por
las autoridades y corporaciones civiles, militares y eclesiásticas, se trasladó
desde la Catedral hasta la cumbre del San Cristóbal, repechó trabajosamente la
falda, tan árida como hoy, y llegó a la cima después de dos horas de áspero
camino.
Grupos de
“penitentes” formados por individuos de las distintas cofradías, turnábanse
para cargar la pesadísima cruz que iba a colocarse allá arriba, y que estaba
hecha con un roble entero de “la dehesa de la ciudad” (origen de la chacra o
fundo del mismo nombre que hoy se conoce), muchos de los cuales se desmayaron
en el camino con el peso de la cruz; y por cierto que los “alumbrantes” de la
cofradía de la Vera Cruz -quienes, ya lo he dicho, eran “fidalgos notorios” por
requisito indispensable para pertenecer a ella— sólo se limitaban a dirigir la
traslación y carguío del bendito madero; sin embargo, conócese el nombre de un
fidalgo que quiso dar ejemplo de devoción y humildad, y consta que puso su
hombro, como un cirineo, bajo uno de los brazos de la cruz, sin importarle un
ardite ir mezclado con sus esclavos.
La cruz
de Quiroga permaneció en la cumbre del San Cristóbal casi un siglo; el
terremoto de mayo de 1646 “la volteó” pero no la echó al suelo; en esa
condición se mantuvo “ladeada” hasta el año 63, fecha en que el padre jesuita
Rosales tomó sobre sí la tarea de enderezarla. El jesuita llevó unos peones que
le fueron facilitados por el Alcalde don Melchor de Carvajal y Saravia, “de los
presos de la cárcel”, y con ellos restauró la cruz, con el único trabajo de
cortarle el pedazo que estaba enterrado y enterrándola de nuevo. La cruz quedó
dos metros más baja... pero como era bastante alta, diez metros, bien pocas
personas notan el recorte.
Supongo
que los años posteriores, por lo menos cada cincuenta u ochenta años se iría
recortando la cruz, a medida que el nobilísimo “pellín” de La Dehesa se iba
pudriendo por la parte enterrada, hasta que, siendo ya pequeña la cruz, algún
misionero sé encargaría de restaurarla a su primitivo tamaño; no he encontrado
referencia a este respecto, ni quien hable por ahí de la cruz del San
Cristóbal, hasta el año 1820, o sea, en los albores de nuestra vida
independiente, fecha en que ocurrió al pie de la Cruz, en la cumbre del San
Cristóbal, el espantoso drama o tragedia que me propongo contar brevemente para
tranquilidad del lector, tragedia que conmovió a la sociedad, tanto por lo
aleve del crimen, cuanto por el sitio en que se realizó y por la expectable situación
de los personajes que en ella actuaron.
,Y vamos
al cubito que» por desgracia, es verídico... como todos los que yo cuento.
Más linda
que mañana de abril y más fresca que manzanita tempranera son dos vulgares
epítetos halagüeños que se podrían aplicar sin remordimiento alguno a
Carmencita Martínez y Ugalde cuando se la veía “de pechos al balcón” en su casa
solariega situada en la calle del Peumo (Amunátegui) al llegar a la de las
Capuchinas (Las Rosas). Dieciocho eneros no cumplidos del todo, simpatía del
riñón de Andalucía; atracción, la de los tejos de Juan Pellejo, que eran de oro
de pella, y la del imán del mago de Castueras; sal, la de todos los mares
existentes en la bola terrestre y una carita como para rezarle padrenuestros y
avemarías a toda hora del día o de la noche, con o sin vela encendida,
Carmencita era la chiquilla más descacharrante que comía pan en Santiago, capital
de Chile independiente, allá por el año de 1820.
Todas
estas cualidades, unidas al decente caudal de veintiocho ipil patacones en
orito sellado que, según era notorio, poseía la niña como dote que le había
dejado su padre, al morir, eran suficiente causal para que anduvieran por su
calle y su acera y bajo su balcón una manga de “pololos” que hacían hoyo por
sorprender a la niña en una sonrisa de sus labios o en una mi- rada de sus
ojos... {perdón!, que pudiera interpretarse como pasaporte para el cielo.
Serenatas,
billetitos, florecillas en el balcón, versitos dulzones y todo aquel simbolismo
que los enamorados han inventado para hacer guerra al sexo contrario,
constituían las Cotidianas manifestaciones qué recibía nuestra Carmencita de
parte de la turba de enamorados que se pirraban por hacerse cargo de la
muchacha y de su dinero... Había olvidado decir que, para colmo de buenas
cualidades, la muchacha tenía la principal: no llevar suegra.
Decíase
que a pesar de todas las tentaciones que la rodeaban Carmencita podía ostentar
todavía su corazón vacío de amores, pues aun no le había llegado a la muchacha
“el maldito cuarto de hora” de que habló años más tarde nuestro poeta Rodríguez
Velasco; pero a decir verdad, yo, como verídico cronista, no me hubiera
atrevido a avanzar juicio sobre la indemnidad del corazón de una muchacha de
dieciocho años, como era la estampita de la virgen que acabo de presentar al
lector.
O la niña
se lo tenía muy callado o aquello estalló de repente; el hecho era que ciertas
noches, pasada la media, un hombre trepaba por una cuerda hasta el balcón de la
casa de la niña y desaparecía detrás de la puerta, que se abría y se cerraba
como si alguien estuviera tras ella.
Todo
hubiera permanecido sepultado en un secreto profundo si no tocara la maldita
casualidad de que una noche, a tiempo de que el galán estaba preparando sus
bártulos para el escalamiento, apareciera el serenó del cuartel de San Pablo y
sin más preámbulo le gritara al escalador, desde la esquina, que se diera
preso; por cierto que el galán no hizo caso de la orden de tan pichiruche
autoridad, pero recogiendo apresuradamente la cuerda que ya pendía del balcón,
escapó, calle del Peumo hacia la Cañada, perdiéndose en la obscuridad.
El sereno
era el “chino Juan”, el pícaro más redomado que tenía el “cuerpo” de policía
que por entonces era compuesto por diez vigilantes del comercio, esto es,
que cuidaban durante la noche y la madrugada las tiendas situadas a dos
cuadras, a lo más, de la Plaza, y por otros tantos “serenos” encargados de la
vigilancia del resto de las calles. El “chino” no se dio
ninguna prisa por perseguir el prófugo pero se fijó muy bien en la casa a cuyos
moradores él conocía y sin mucho esfuerzo llegó a la conclusión de que tal
galán no podía escalar el balcón sino por la joya de la casa, la Carmencita
Martínez Ugalde; y como por el hilo se saca el ovillo, y el ovillo para el
chino era una buena bolsa de patacones, dejó pasar algunas noches, en espera de
que el galán volviera a la querencia; pero como saliera frustrado en esta
expectativa resolvió sencillamente presentarse a la damita enamorada para
exponerle su pretensión.
No era
fácil para un sereno, en aquel tiempo, entrevistarse a solas con una señorita
de la categoría de nuestra protagonista; de modo que el chino adoptó el único,
medio que había para dirigirle la palabra impunemente: abordarla cuando la niña
fuera a cumplir sus deberes religiosos, en el templo.
Cerca de
ahí estaba, la iglesia de las monjas Rosas, Carmencita no dejaba de asistir
jamás a la misa de ocho los días viernes; era una devoción antigua y
tradicional. Pues bien, un viernes se instaló el chino cerca del “reclinatorio”
de Carmencita, colocado casi debajo del púlpito y allí esperó la ocasión para
hablarle a la niña.
— Una
limosnita por nuestra señora del Carmen...
— No
tengo aquí limosna que darle, hermano — murmuró Carmencita— pero vaya a mi
casa, y allí le haré la caridad con mucho gusta
— No me
atrevo a presentarme en su casa, mi señorita — repuso el chino.
Miró con
extrañeza la niña a su interlocutor, con un movimiento medroso; pero el Chino
sostuvo la mirada e insistió:
— No me
atrevo; pero si su Merced quiere iré, para llevarle nuevas de cierto caballero
que hace algunas noches no sube por el balcón...
Carmencita
estaba arrodillada sobre el reclinatorio y mantenía sus manos juntas a la
altura del pecho; al oír las palabras del Chino, a quien no había visto nunca,
su cuerpo se dobló sobre las rodillas y después de observar al “sereno” un
instante presa de una angustiosa emoción, hundió su rostro entre las manos. El
vigilante no hizo demostración alguna de sorpresa y aguardó tranquilamente los
acontecimientos que debían venir.
Terminó
la misa, igualmente las demás oraciones los cánticos, la “sacristana”
empezó a apagar las luces que se veían; encendidas tras la reja donde estaba el
altar; el sacristán, que era un viejo de largas barbas que lo llamaban “don
Cirio”, salió por una de las puertas de la sacristía haciendo sonar las llaves
para que las devotas más recalcitrantes fueran; saliendo, y aun Carmencita
Martínez no se decidía ni a abandonar el templo ni a dirigir la palabra al
Chino, que continuaba esperando la resolución de la niña.\.
La
segunda pasada hacía don Cirio, sonajeando las llaves, cuando Carmencita alzó
su cabeza y buscó con la vista al sujeto que tan profundamente la había
conturbado; el Chino Juan se inclinó, puso atención y oyó que la niña le dijo,
con voz emocionada:•: — Vaya esta noche a casa, después de las diez..
Recogió su falda, hizo la última inclinación al altar, y salió con paso
menudito hacia la calle; un momento más tarde salía también del templo el Chino
Juan y al traspasar el dintel de la puerta encontróse con el sacristán de las
monjas, con don Cirio, que al ver al sereno, no pudo menos de exclamar: — ¿Vos
aquí en la iglesia, Chino pícaro?... Nunca hubiera creído al diablo vendiendo
cruces.
— No se
extrañe don Cirio, de verme en la iglesia, que cosas más grandes se han visto
en estos tiempos. Ahí tiene su merced al, General San Martín que siendo hereje
ha traído una Virgen del Carmen para patrona de la patria, y con su imagen en
un estandarte se h& ido para el Perú...
— Esas
son otras cosas, enemigo malo — dijo el sacristán, cerrando la puerta— . Deja
que. San Martín haga lo que quiera y no te compares con él. En algo malo andáis
por aquí ahora... no te creo tus rezos tan largos. Ya sé que has estado aquí,
por si se me pierde algún candelero...
II
El
histórico y centenario reloj de los “teatinos” el que “daba cuartos sin
interés”, a pesar de ser jesuita — esparció sobre la soñolienta ciudad del
Mapocho las diez campanadas de la noche...
Al oír la
primera; Carmencita Martínez púsose de pie, y lo mismo hizo un caballero que
estaba sentado a su vera en fervorosa intimidad.
Mirándose
a los ojos, y con las manos asidas fueron contando las quejumbrosas campanadas,
mentalmente y a compás, cómo si en ello experimentaran un retinado placer
romano. Sonó la última, y después de esperar un instante, como para comprobar
que el reloj no daba el undécimo golpe, el caballero dijo con acento de
certidumbre: — No tardará en llegar el Chino — Juan...
Precisamente,
en el mismo momento, oyóse, en el crucero de la calle, casi al frente de la
casa de Carmencita, el tradicional lamento: — ¡Ave María Purísima!... Las
diez... han dado... y serenooooo!...
Aun no se
modificaba en la capital, ni se modificó nunca, por más esfuerzos que hicieron
los intendentes “liberales”, la piadosa invocación que los serenos hacían a la
Virgen antes de “cantar” las horas; en cambio, en Valparaíso, a mediados del
año 1822, el intendente Zenteno dispuso que en vez del Ave María; los serenos
dijeran ¡Viva la Patria! Por cierto qué nadie se acostumbró jamás al grito
éste, que venía a destruir todo el encanto de una tradición. (Así le fue
también a este intendente con el temblor de octubre de ese año por substituir
el grito de (Ave María! Quedó enterrado debajo de los escombros de una casa,
según lo afirmó solemnemente el franciscano padre Otaíza, “que lo “sacó” de su
enterramiento con una Cuadrilla de trabajadores, los cuales durante todo el
rato estuvieron diciendo, coreados por el franciscano: ¡Ave María Purísima, sin
pecado concebida! para darle en la cabeza al intendente hereje.
Pasaron
algunos instantes después del grito del Chino Juan, durante los cuales la
pareja continuó con las manos asidas y con sus miradas cruzadas, como en mutua
interrogación; por último, las manos se desprendieron, después de una leve
presión, y la. niña salió del aposento.
— Cuida
de que no haya gente en la calle — insinuó el joven.
Carmencita
asintió con un rápido movimiento de cabeza y desapareció; a poco se oyó el
“chirrido” de los gozones de la “puerta de calle” luego pasos de chalailas
sobre el empedrado del zaguán, y por último la voz de Carmencita, en la puerta
del aposento, que ordenó: — “Dentra”, Chino... dentra, no más. “Dentró el
Chino Juan, que no esperaba, por cierto, tanto ceremonial, y al examinar
rápidamente el aposento, su mirada tropezó con el compañero de la niña, que
esperaba junto a una mesa de arrimo.
— ¡El
señor vizconde!... — exclamó espantado el Chino.
— Ni más
ni menos — dijo el aludido— , ya podrás suponer lo que te espera en
cumplimiento de lo que te prometí hace un mes...
— ¡Señor
vizconde! — suplicó el sereno, echándose a sus pies perdóneme su merced, esta
vez, y le prometo que seré mudo toda mi vida, y además, sordo y ciego, Como no
sea para ver a los ladrones. , — Ya me lo has prometido muchas veces, Chino
pícaro, y siempre me has engañado; pero ahora es la última, y los cincuenta
“palos” que te van a dar no se te despintarán de las posaderas hasta después de
muchos años.
— Mi
amito, ¡mi señorita!... — gimió de nuevo el sereno, que de todo tenía menos de
ésto— perdóneme, por la Virgen, que yo no hablaré nunca una palabra, vea lo que
vea y sepa lo que sepa.
— Más de
lo que has hablado ya¿ con esa lengua de víbora, es imposible, y mayor
perjuicio que el que has hecho, tampoco podrías hacer.
Carmencita
se cubrió el rostro con las manos, durante un momento, pero en seguida se
incorporó y dijo al Chino, con acento airado.
— No
mereces perdón, por mala lengua y por “mal agradecido. Me pediste plata te la
di, para tenerte grato y para que guardaras un secreto que sorprendiste;
recibiste la plata, me besaste las manos y te fuiste, como Judas, a venderme a
mis parientes; ¡no te perdonaré nunca! — dijo, y salió del “cuarto hacia
las habitaciones interiores.
Cinco
minutos más tarde, dos negros corpulentos amarraban al infeliz sereno a unas
parihuelas en el cuarto de la leña, situado al fondo del enorme caserón, y
allí, en presencia de Carmencita y del llamado vizconde, le aplicaron, en
raciones de a diez, y por tumo, la anunciada tunda de cincuenta azotes, “a
reiz”. Chilló el Chino y gritó desaforadamente; pero la magnífica mordaza que
se le había aplicado previamente en “l’hocico”, al decir de uno de los ¡negros,
impidió que los gritos, lamentos e imprecaciones se oyeron un poco más allá de
la cocina.
— Y
ahora, una buena friega con sal y vinagre — dijo el vizconde — te pondrá en
condiciones de sanar luego, de cuerpo y alma. ¡Largo de aquí, Chino hediondo, y
cuidadito con que me faltes mañana a la lista! El vizconde era, no sólo el
amante de Carmencita, sino también el jefe de los serenos, o de la policía,
como ya empezaba a llamarse, y no era la primera vez que castigaba al Chino por
chismoso y mal vividor, por averiguador de vidas ajenas, por “cuentero”, por
ladrón, y por alcahuete.
Por mucho
que quisieran ocultar sus amores el vizconde y Carmencita, sólo pudieron
conseguirlo durante muy corto tiempo, pues, a más de que ya los conocía “la
campana de la Agonía” que era el Chino, siempre ha sido difícil que el humo
encerrado en una pieza no logre escaparse por el más pequeño resquicio; y el
amor es como el humo: denuncia su existencia a pesar de todas las precauciones.
¡Las
tundas que se llevó el pobre Chino cada vez que algún amigo del vizconde le
hacía alguna broma sobre este “secreto”! Y el caso fue que con motivo de los
“runrunes” que circulaban en los corrillos de la capital, en los cafés, y aun
en las conversaciones femeninas, llegó a convertirse en una verdad inconclusa
lo que nadie podía afirmar a ciencia cierta: que el vizconde den Manuel de
Vergara mantenía pecaminosas relaciones con Carmencita Martínez Ugalde.
— ¿Y por
qué no se casarán esos dos...? — chillaba la Joaquinita Vigil, espigada
solterona de sesenta y tres diciembres, que se pirraba por atrapar al mayorazgo
Cerda, viudo de setenta y tantos, que por gustarle “ver pasar el ganado” en la
esquina del portal de Sierra Bella, se veía asediado por aquella ninfa.
— Tal vez
sea porque n© se quieren— contestaba, hadándose el sueco, el padre Subiabre,
lector del convento agustino.
— ¿No se
quieren y casi viven juntos...? — insistía doña Joaquinita. «No haga su merced
juicios temerario», señora; Carmencita es una chica virtuosa y el vizconde
Vergara un caballero; y si fuera verdad que tienen esas relaciones que dicen,
ningún impedimento habría para que se casarán en faz de la Santa Iglesia,
puesto que son solteros.
Tero
tanto se habló, tanto se comentó, tanto se arrastró por los suelos la honra de
Carmencita, y tan tenaces eran las negativas de la niña cuando sus parientes la
interrogaban sobre esto, que cierto día, en Consejo de familia, uno de los
primos de la joven, Tomás Valdés, se manifestó decidido a averiguar y a saber
la verdad. El proyecto era audaz, pero podía ser decisivo para determinar qué
actitud debía tomar la familia ante el escándalo que estaba dando uno de sus
miembros.
La
primera diligencia de Tomás fue buscar al Chino Juan, que era el “sábelo todo”,
o él “correveidile” de la mudad; él sujeto que conocía y sabía en detalles,
todos los líos de la gente de la capital, es decir, de la gente de
significación, que era la que podía dejarle provecho. {Pero con gran sorpresa
de Tomás, el Chino, al Saber de quién se trataba, echó manos a sus posaderas y
declaró perentoriamente que no sabía nada.
Tomás
sacó una bolsa, extrajo un puñado de onzas, y fue tirándolas al suelo, de a
una.«:.
Cinco
brillaban ya sobre los polvorientos ladrillos de la habitación del Chino, ante
los ojos ávidos de él y de su mujer, que también había concurrido a la
entrevista, atraída por el tintineo del oro; a la sexta que sonó, no aguantó
más, y se arrojó sobre el montón; pero el pie de Tomás Valdés cayó sobre las
monedas y aun sobre uno de los dedos del badulaque.
— Todavía
no, Chino de mi alma — dijo Tomás— te daré esté bolso entero, pero si contestas
a lo que te pregunte.
Brillaron
los ojos del Chino Juan, y estuvo por aceptar la tentadora propuesta; pero
recordó sus vapuleadas posaderas, y la amenazas de su jefe el Vizconde, que
podría cumplir tantas veces como quisiera, y haciendo un esfuerzo extremo dijo:
¡Váyase, mejor, don Tomasito! ¡Váyase, por Nuestra. Señora del Rosario! Soy un
hombre necesitado, pobre, pero no puedo decirle lo que su merced quiere.
¡Váyase, por Dios! En realidad, después de lo que había visto y oído, Tomás
Valdés sólo necesitaba conocer detalles; la menea: comprobación de sus
sospechas y de lo que se decía por ahí de su prima la había dado el Chino
Juan con su actitud y con sus palabras.
Tomás
Valdés adoptó entonces un plan que debía darle un resultado decisivo. Esa misma
tarde hizo correr la voz, por medio de un amigo de confianza, de que pensaba
casarse con su prima la Carmencita Martínez.
No
pasaren muchos días sin que Tomás encontrara al vizconde en el café, situado,
ya, lo he dicho en otras ocasiones, en los altos del portal de Sierra Bella; no
es superfluo decir al lector que estos “altos” no estaban a más de tres metros,
cuando más, del suelo, como que en temblores, conmociones populares, incendios,
o huidas de la policía, los clientes saltaban desde las ventanas a la Plaza
para “arrancar” El vizconde estaba con un círculo de amigos que lo eran también
de Tomás Valdés y éste, al entrar, no titubeó en incorporarse a la reunión. La
conversación hízose general, o charlóse de todo, y no tardó mucho, ya que toda
era gente joven, en hablarse de amores y amoríos.
— ¿Es
verdad que estás de novio? (— preguntó, así, de repente, Tomás Valdés a Rafael
Ureta, espigado mozo de veinte años, a quien se achacaban amores vehementes con
Merceditas Arangua, hija única del Prior del Consulado.
— Ojalá —
dijo el aludido— pero resulta que ni la hija ni el padre me quieren por
pariente... Tú sí que caerás en blando el día que gustes...
— ¿Yo...?
Pues no lo sabía...
— ¡Hazte
el de las monjas! Ya se sabe en Santiago que andas bebiendo vientos por tu
prima la Carmencita Martínez.
Tomás
Valdés adoptó una actitud bastante equívoca, y hasta logró ponerse colorado con
las bromas que le hicieron sus amigos; pero toda la atención del mozo estaba
puesta en el rostro del vizconde, a quien muchos miraban también a hurtadillas,
para ver el efecto que le causaba la noticia del próximo casamiento de
Carmencita.
A pesar
de todo lo que dijo, Vergara apenas se inmutó en el primer momento y no
sólo supo disimular el volcán que tenía encendido dentro de su cabeza, sino que
hasta se permitió hacer coro con los demás jóvenes, a las bromas que dirigían a
Tomás Valdés hasta el extremo d© qué, al fin éste no supo si la coneja era azul
o amarilleja.
Pero el
mozo estaba decidido a saber la verdad, y de allí mismo se dirigió a casa de su
prima; de pasada por la plazuela de la Compañía vio que estaba anunciada para
esa noche una función de la compañía de Mariquita Rodríguez, en el Teatro
Principal, que así se llamaba el “único” que había entonces, y, como una idea
súbita, acercóse a la boletería y compró un palco.
Allí
estaba también el vizconde; saludáronse nerviosamente, ceremoniosamente, y
separáronse, Valdés para seguir hasta la casa de su prima, y el vizconde para
llegarse hasta su casa, a vestirse, para asistir también a la función teatral,
que empezaría dentro de un rato, pues entonces las funciones eran “vermut”, a
las siete de la tarde, y duraban hasta las diez u once de la noche.
1£1
portón de la casa de Carmencita Martínez estaba entreabierto y el negro portero
sentado en el umbral de su cuarto, a la derecha del zaguán, cuando Tomás Valdés
cruzó el patio en dirección al “costurero” de su prima, decidido, ya lo
sabemos, a tener con ella una entrevista que aclarara las dudas que toda la
familia tenía sobre la equivoca situación de la niña. Acercábase ya la hora de
las “oraciones” y aunque la penumbra crepuscular iba invadiendo el ambiente,
Carmencita no había encendido todavía el velón que, junto con alumbrar una
imagen “de bulto” de la Dolorosa, que mostraba sus siete dorados puñales dentro
de la hornacina frente a la mesa “de arrimo”, daba luz al cuarto en que
acostumbraba pasar el día.
Al oír
las “buenas tardes te de Dios, prima”, conque Tomás Valdés la saludó,
Carmencita dio un salto en la “silleta” de paja en que estaba sentada; si la
penumbra del cuarto no hubiera impedido examinar la faz de la linda criatura,
el primo habría visto que Carmencita “se puso como un papel”.
— Así las
tengas, primo, contestó la niña, haciendo un esfuerzo por aparecer tranquila.
¿Qué te trae a estas horas? ¿Tal vez está “malita” mi tía?...
—
Tranquilízate, niña — contestó Valdés— no hay otra novedad que la de venir a
convidarte para que vayamos al teatro, que esta noche estará de gala, a no
dudarlo, con la función que anuncia la colosal Lucía Rodríguez.
— ¿Ya, al
teatro?... ¿Y sola contigo?... ¡Estás malo de la cabezal — — No tan malo,
Carmelita, puesto que quiero lucirme a tu lado; paro, en verdad, no he pensado
en que estés sola conmigo, porque irán también tu tía y tus primas. Supongo que
no nos despreciarás. Quedóse indecisa la niña durante unos instantes.
— ¡Pero
si yo no salgo nunca a estas cosas! — dijo, por fin.
— Por eso
mismo; para que no te “lleves” encerrada en casa te vengo a convidar; estás
haciendo una vida de tal retraimiento — agregó, en tono de cariñoso reproche—
que estás llamando la atención de todo el mundo; das margen a que se ocupen de
ti, y a que comenten a su manera todo lo que no haces.
— Bien
sabes, primo, que nada me importa de lo que digan si vivo en mi casa, aislada,
es porque así lo quiero y creo que es mejor.
Tomás no
contestó, pero avanzó lentamente hacia su prima, que habíase acercado a la
ventana y apoyado su cabecita sobre el quicio.
—
¿Quieres casarte conmigo, Carmelita?... — preguntó a media voz.
Proposición
tan inesperada produjo en la niña tal sorpresa, que no encontrando qué
contestar, sólo atinó a retirarse de la ventana; encaminóse a paso ligero hacia
la hornacina de la Dolorosa, raspó la “pajuela” de azufre y dio luz al velón.
— Tomás —
dijo por fin— te suplico por la Virgen que no me hables nunca más de esto...
— ¿Nunca
más?... ¿Y por qué? ¿Acaso no piensas en casarte?
Guardó
silencio Carmencita, pero alargando su mano al primo, díjole, con entonación
conmovida:
—
¡Déjame, Tomás! ¡Ándate, vete! Mi suerte está echada y sólo Dios sabe cuál será
ella.
El joven
recibió la mano de Carmencita, y al llevarla a sus labios, vio sobre la mesa de
arrimo una sortija de oro cincelado, que le trajo, de pronto, un vago recuerdo;
retuvo algunos instantes la blanca mano junto a sus labios para justificar la
indecisión que le invadía, y por fin, atisbando la mirada de la niña, alargó
resueltamente la mano y se apoderó de la alhaja.
Minutos
más tarde, Tomás Valdés salía del aposento de Carmencita Martínez, y se
encaminaba a tranco largo por la calle de los Huérfanos en dirección a su casa,
en donde encontró a su tío Francisco Valdés, listo para salir a su tertulia
acostumbrada del Café de la Nación.
— Tío —
díjole Tomás— espérese su merced un instante; mire este anillo, y dígame si lo
conoce...
El viejo
tomó entre sus dedos la alhaja, y echándole una mirada de miope, exclamó:
— Esta
sortija es del vizconde Manuel Vergara; la conozco mucho.
Iba a
seguir hablando don Francisco, pero Tomás Valdés arrebató de entre sus manos la
sortija y salió “puerta afuera”.
Eran
cerca de las ocho de la noche cuando Tomás Valdés penetraba por el zaguán que
daba acceso al “Patio” del Teatro Principal, cuya función había empezado hada
media hora; el soldado armado que estaba “apostado” a la entrada de la platea
indicó al recién llegado que no podía permanecer allí sin quebrantar las
ordenanzas; de modo que el joven tuvo que avanzar contra su propósito, hasta
tres o cuatro filas más adelante, donde vio algunas butacas vacías.
La
hermosa Lucía Rodríguez “la actriz más bonita que ha pisado el tablado”, según
el epíteto corriente entre sus admiradores de la época, declamaba en esos
instantes los sonoros versos de la tragedia Los Hijos de Edipo, donde
ella tenía el papel de Yocasta; a su lado, el “incomparable actor” Francisco
Cáceres, que “hacía el galán” escuchaba encantado la melodioso voz de la
“estrella”, listo para responder, a tono, con las endechas que el poeta había
puesto en sus labios.
Todo el
público estaba pendiente de la escena, y casi nadie se dio cuenta de que
alguien había, llegado “a medio acto”, cosa de muy mal tono, y que entonces era
castigada con “siseos” y voces destempladas que se iniciaban en la “cazuela” y
repercutían en las "lunetas”. ¡Ojalá se hubiera conservado esta costumbre
hasta hoy! Tomás se aprovechó de esta distracción colectiva para echar la vista
sobre los espectadores; habla ido al teatro, no a ver la función, sino a buscar
al vizconde Vergara, a quien esperaba encontrar allí. Efectivamente, en uno de
los “cuartos” — así se denominaba a los palcos—, divisó, a la luz de los
humeantes lampiones de sebo que alumbraban a medias la sala, la elegante
figuraba del criollo que disfrutaba del espectáculo en compañía de dos de sus
amigos.
Terminó
el acto y bajó el telón, en medio de los bulliciosos aplausos que dos
entusiasmados espectadores tributaron a Lucía Rodríguez, cuando dijo,
enfáticamente, aquellos versos finales;
“De mis
nobles abuelos las cenizas
Bajo el mármol de honor que las agobia”
Tomás
Valdés levantóse de su asiento y fuése decididamente al palco del amante de su
prima, pues ya no le cabía duda al mozo de que tal era el calificativo que le
correspondía; al salir de la platea, extrajo del bolsillo de su pantalón el
anillo que había substraído a Carmencita y se lo calzó en el anular,
cubriéndolo enseguida con el guante. La recepción que los jóvenes hicieron a
Tomás fue cordial y bulliciosa: particularmente la que le hizo el vizconde fue
ceremoniosa, sin saber por qué, el vizconde Vergara “tenía distancia” al primo
de su amante.
Siguiendo
la moda, pronto empezaron los jóvenes a saludar con grandes reverencias a las
niñas y señoras que divisaban en otros palcos o en las “lunetas”; estos saludos
eran los preliminares de los obsequios de cartuchos de “colación” que luego les
enviaban con las “chinas” que vendían dentro de la sala, por cuenta de sus
amos, o de los conventos de monjas, dulces y refrescos.
Tomás
Valdés, sentado muy cerca de la barandilla del palco, frente a la luz, dijo a
sus amigos dos o tres chirigotas galantes; para llamar sobre sí la atención de
sus oyentes; mientras los tres jóvenes estaban pendientes de sus palabras,
Tomás empezó a quitarse pausadamente los guantes… y a poco brilló en su dedo la
espléndida alhaja de oro cincelado y bruñido que un par de horas antes estaba
colocada frente a la imagen de la Dolorosa.
El
vizconde no pudo disimular su emoción al ver la sortija; fijó en ella los ojos,
para convencerse de que no estaba equivocado, para convencerse de que no
soñaba; paseó por la sala una mirada vaga con ojos de extravío y de
inconsciencia, volvió a contemplar en la mano ajena el anillo que había
entregado a Carmen como signo de la alianza de sus corazones enamorados, y
quiso, por fin, extremar la prueba con un sacrificio.
— Hermosa
alhaja, ¡por Dios! — dijo el vizconde, invitando a Tomás a que mostrara
francamente la sortija...— ¿se puede saber qué platero os la trabajó? Era el
momento que esperaba Tomás Valdés para desarrollar el plan diabólico que había
concebido, en su afán de conocer los secretos de su prima. Ante las
interrogaciones del vizconde, a las que se unieron las de sus amigos, el primo
de Carmencita contestó con evasivas, con frases incompletas, y con sonrisas
maliciosas que pronto hicieron exclamar a Femando Urízar:
— ¡Que te
resbalas, Tomás! Esa alhajita no la has comprado con dinero de tu bolsa...
confiésalo, que te guardaremos el secreto.
— ¿Es
acaso un obsequio de amante?...— preguntó con temblorosa voz, el vizconde
Vergara.
— Dinos
el milagro, aunque te reserves el nombre del santo — agregó otro.
— Pues
bien... ¡sí! dijo, sonriente y satisfecho, Tomás Valdés.
— ¿Acaso
de tu prima Carmencita Martínez? ... — insistió Urízar recordando las
habladurías que andaban por ahí.
— Se dice
el milagro, pero no el santo... — repitió Tomás Valdés, alargando la mano para
despedirse de sus amigos.
La
actitud del vizconde no había podido pasar inadvertida para Tomás; la prueba de
la culpabilidad de su prima era concluyente, y ya no quedaba más arbitrio, en
resguardo de la honra de la familia, que recluir en un convento a la que había
mancillado, con su conducta liviana, los limpios Cuarteles del escudo
centenario de los Martínez. Tal pensaba Tomás Valdés oyendo desde su asiento de
la platea, los ampulosos versos que declamaba enfáticamente el galán Francisco
Cáceres a la “bellísima” Luda Rodríguez.
El
vizconde Vergara, en cambio, pensaba en esos mismos instantes algo
completamente distinto.
Cuando
notó que los espectadores estaban abstraídos en la intriga dramática de “Los
Hijos de Edipo”, dejó silenciosamente su silla del palco, y en puntillas, se
deslizó hacia la puerta, ganando enseguida la Plazuela de la Compañía; eran ya
cerca de las 8.30 y apenas si los débiles resplandores de la luna nueva dejaban
caer alguna luz sobre la noche negra.
Al
recibir en su rostro el viento helado, quitóse la capa y el sombrero; tenía la
cabeza ardiente, los oídos le zumbaban y la sangre le golpeaba las sienes.
Respiró y aspiró con fuerza, a todo pulmón, pues habíasele ocurrido que le
faltaba el aire...
Su primer
impulso fue dirigirse a casa de Carmencita Martínez. Pero recapacitó, y siguió,
casi como un autómata, por la calle de la Bandera; pasó frente a la “puerta del
perdón” del templo de la Compañía y en su dintel, un sereno, al reconocerlo, le
dio las buenas noches. Algunos pasos más adelante, el vizconde vio las candelas
de la hornacina del Ecce Homo, que ostentaba como hasta ahora, la
popular cuartilla: “Tú que pasas, mírame”.
Había la
costumbre de santiguarse y de decir: “Perdónanos Señor”, al pasar frente-a la
imagen; el vizconde miró las luces apagosas; miró la faz del doliente Jesús;
pero sus labios no pudieron modular oración alguna; siguió hasta la calle de
las Capuchinas y allí se detuvo, indeciso de continuar hacia el río, o de
torcer con dirección a la casa de su amante, que vivía, ya lo sabemos, hacia la
calle del Peumo. Encontrados sentimientos, encontrados proyectos luchaban en su
interior y le retenían recostado angustiosamente “contra” la columna de piedra
que “hacía” esquina; por fin decidióse, terció la capa y enderezó hacia la
morada de Carmencita.
En el
camino encontró a un sereno, a quien ordenó que fuese a enganchar su calesa y
la llevara inmediatamente a casa de su amante.
Minutos
más tarde cruzaba el zaguán y el patio de la casa de los Martínez, y penetraba
en la antealcoba de Carmencita, que en esos momentos preparábanse para meterse
entre las sábanas.
— No te
acuestes — díjole— vengo a buscarte para que vayamos a una fiesta que da un
amigo inglés esta noche en su quinta de la Chimba.
— ¿Una
fiesta? Pero ¿tú crees que yo pueda presentarme contigo en fiesta alguna?...
— Hoy sí
— contestóle el vizconde—; trátase de unos oficiales ingleses de la Escuadra de
Lord Cochrane que acaban de llegar a Santiago y que han querido pernoctar al
otro lado, para entrar a la ciudad mañana, de día. Ponte pues un traje
conveniente, pues es posible que haya baile.
Carmencita
no estaba acostumbrada a desobedecer, ni aun los simples deseos del vizconde;
así que, aun páreciéndole sumamente raro este convite, fuése a su alcoba y
díjole:
— No
tardaré en estar prevenida.
Un cuarto
de hora más tarde subían al “birlocho” que los esperaba a la puerta de casa, y
al acompasado andar de la muía cruzaron el Basural, se metieron por el Puente
de Palo, frente a la Recoleta, y siguieron por la orilla norte del río hasta el
pie del San Cristóbal.
Acurrucada
a la vera de su amante, Carmencita no se había dado cuenta de que estaban en
despoblado y, sobre todo, muy lejos de la ciudad; así e$ que cuando el Carruaje
se detuvo por no poder avanzar más, la niña preguntó ingenua y confiadamente
— ¿Ya
hemos llegado?
— Sí—
contestó el vizconde; abrió la portezuela, bajó a tierra y alargando la mano a
la dama, la invitó a hacer lo mismo.
A la
incipiente luz de la luna Carmencita pudo ver que estaban junto a un canal, en
la falda del cerro; alzó la vista hacia la cumbre y apenas pudo divisar los
brazos de la cruz. Un escalofrío recorrió, de súbito, su cuerpo.
— ¿Dónde
está la casa?... ¿Qué hemos venido a hacer aquí? fueron dos preguntas casi
simultáneas que hizo a su acompañante.
Vergara
no contestó; pero, dirigiéndose al negro calesero, ordenóle que se volviera
solo a la ciudad.
“Al
llegar al pie del cerro San Cristóbal — dice el documento de donde tomo el
presente relato— despachó el carruaje y bajo un pretexto cualquiera alejó a la
niña hasta un sitio donde no pudieran oírla de las casas vecinas; y
desenvainando allí su espada, obligó a la niña a subir a la falda del cerro,
hasta la cumbre, al pie de la cruz”.
Y empezó
un largo calvario.
Carmencita
cayó muchas veces; hizo pedazos sus zapatos de seda, sangraron sus pies, sus
manos, su rodillas; destrozáronse sus ropas por haber resbalado varias veces
sobre los guijarros de la falda áspera y rocosa, sin que fueran suficientes,
para ablandar el corazón de su verdugo, los lamentos desgarradores con que le
suplicaba perdón, o una palabra siquiera que le explicara el porqué de tan
cruel martirio.
Llegados
al pie de la cruz, el vizconde ordenó a la niña que se pusiera de rodillas y
“rezara una oración” en descuento de “sus pecados” y requiriendo su espada, con
la cual había aguijoneado varias veces el cuerpo de su víctima durante el
calvario de su ascensión, “la asesinó, atravesándole el corazón, sin decirle
palabra del fundamento de sus celos”.
Del
desaparecimiento de Carmencita Martínez y Ugalde, no se dio cuenta el público
ni sus parientes, sino cuando unos muchachos que jugaban en la cumbre del San
Cristóbal encontraron el cadáver de la niña desbarrancado entre unas piedras,
adonde lo había, arrojado el feroz asesino; en las inmediaciones del barranco
encontróse también una liga de diamante que fue reconocida como prenda que el
vizconde acostumbraba usar en público, y por lo cual vino a saberse, quién
había sido el hechor de tan horrendo crimen.
El
documento que me ha servido de guía, termina así:
“El
vizconde contaba, sin embargo, con las influencias suficientes para escapar del
castigo que merecía su crimen, y, a pesar de que estos hechos fueron públicos,
nadie se negó a acompañarle, como si nada hubiera hecho y no mucho tiempo
después, se casó.”
§ 4. La
Armada Nacional y el dominio del Pacífico
(1820)
El
continente americano descubierto por Colón y explorado por muchos otros
navegantes, constituía una valla para los que soñaban con encontrar un camino
más corto que diera acceso a las Indias Orientales. Esta era una obsesión entre
los comerciantes españoles, los cuales no se detenían ante los grandes
inconvenientes que se hacían valar en las cortes, ya fueran éstos la falta de
dinero o la escasez de hombres aptos y esforzados para acometer la empresa con
éxito.
La
navegación del Océano Atlántico no ofrecía mayores dificultades. Portugueses,
holandeses y españoles habían explorado casi con detenimiento la costa
brasileña hasta muy cerca del Río de la Plata; la aventura de continuar más al
sur, en busca del deseado paso marítimo hacia el occidente, necesitaba de una
expedición dotada de mayores elementos, y de hombres más audaces que los que
hasta entonces la habían emprendido.
El
capitán de mar y tirara, Vasco Núñez de Balboa, esforzado español que vino a
América en la expedición de Pedrarias, en 1511, emprendió la exploración de la
costa del mar Caribe, en la región del Istmo de Panamá.
La
fragorosa Cordillera de los Andes, que se levanta violentamente cari desde la
playa misma, le impedía internarse, como era su deseo, en busca de unos grandes
minerales de Oro y diamantes que existían, según los indios, no lejos de la
costa.
Balboa se
decidió, por fin, a trepar la Cordillera, a despecho de todos los obstáculos,
entre los cuales el más grave ora la continua y sobresaltada defensa de la
expedición contra los asaltos de los indios caribes. Con grandes trabajos —
trabajos inauditos hasta entonces— pudo por fin llegar a la cumbre de los
Andes, en 1514.
Al
extender su mirada por el horizonte occidental, sus ojos vieron, sorprendidos,
un vasto mar cuyas ondas jugueteaban despreocupadas en la inmensidad de lo
desconocido. Era el que más tarde, y para siempre, iba a llamarse el Océano
Pacífico. Balboa, después de dar gracias a Dios, como era la costumbre de los
descubridores españoles, le puso por nombre: el Mar del Sur. Cuatro meses más
tarde, Vasco Núñez de Balboa surcaba las tranquilas aguas del Golfo de Panamá
con un barco construido en la misma playa del Pacífico, y, saliendo un poco más
afuera, tomó posesión/ de él a nombre de los reyes de España.
Por la
ruta de Balboa vinieron al nuevo mar los conquistadores del Perú, que fue el
reino más productivo para la monarquía, entre todos los de América, y con esta
posesión quedó afianzado el dominio del Pacífico para la corona de los Reyes
Católicos. Panamá pasó a ser, en consecuencia, la puerta de seguridad de los
inmensos tesoros del Alto y Bajo Perú, puesto que era el único paso hacia un
mar separado, como se creía, del resto del mundo, y, por k> tanto, sin.
peligro de piratería.
El
descubrimiento de Núñez de Balboa — al cual no se le pudo dar mayor importancia
que el de un hecho más, entre los muchos que en aquella época de hazañas
estaban ocurriendo en América— no podía satisfacer los deseos cada día más
vehementes de encontrar un paso marítimo hacia las Indias Orientales. Como el
ideal que se sustentaba era el de encontrar este paso, a toda costa, se
organizaron en España varias empresas para armar y dotar una expedición fuerte,
encabezada por un navegante avezado y enérgico. Una de estas expediciones le
fue confiada al piloto portugués Hernando de Magallanes, que estaba al servicio
de ¡España.
El
portugués salió de San Lucas en septiembre de 1519, atravesó el Atlántico,
recaló en la costa brasileña, y emprendió su viaje al sur, muy cerca de la
costa. Después de algunos (tías, enfiló el delta del Río de la Plata, en la
creencia de haber encontrado el paso que andaba persiguiendo; pero, advertido
de su error, dio la vuelta y continuó su ruta hacia el sur, explorando
detenidamente la costa patagónica y maniobrando para capear las furiosas
tempestades que lo asaltaron.
Por fin,
el 1? de noviembre de 1520, embocó la entrada oriental del Estrecho a que la
posteridad dio el nombre de su descubridor; con las tres naves que le quedaban
siguió las aguas del canal, y, a los veintisiete días de viaje, salió al Mar
del Sur, al mar de Balboa, y al que Magallanes denominó Océano Pacífico.
El piloto
portugués había triunfado en su empresa; pero al: mismo tiempo había abierto
una peligrosa ruta que haría peligrar el dominio de los monarcas españoles
sobre el nuevo y vasto mar.
Grandes
borrascas arrojaron a las naves descubridoras hacia la inmensidad del Océano y,
siguiendo siempre al occidente, una de ellas dio la vuelta al mundo, lo que fue
la primera prueba concluyente de la redondez de la tierra. Sabidos los
resultados de la expedición de Magallanes; y evidenciada la existencia del
Estrecho que comunicaba los dos océanos, se formaron en España muchas
expediciones para reconocerlo, tanto de un lado como del otro. Hasta el año
1565, por expresas órdenes del monarca español, salieron las expediciones de
Jofré de Loaisa y de Camargo, por el lado del Atlántico, y las de Pastene, de
Ulloa, de Francisco Corés Ojea y Ladrillero, por el Pacificó, Todas estas
expediciones aportaron algo a la carta náutica de aquella importante región,
pero no fue posible poblar las tierras, porque se consideraron miserables y su
clima de lo más inclemente.
Una de
las grandes ventajas que tenía para España el nuevo continente descubierto por
ella, era la de que el comercio estaba reservado exclusivamente para sus
súbditos. Los extranjeros no podían comerciar en las Indias ni en lo más
mínimo, y todo aquello que no llevaba oí sello de la industria española era
considerado como contrabando.
Las
potencias europeas, Inglaterra, Portugal, Holanda, etc., que tenían grandes
flotas, estaban, pues, alejadas de todo comercio con América, cuya fama de
riqueza era ya incontestable.
Las
guerras han tenido siempre— -o casi siempre— su origen en la preponderancia
comercial de las naciones. Sentado el hecho de que España se reservaba el
comercio con sus colonias, tenía que sobrevenir, fatalmente, la tirantez de sus
relaciones con los otros países europeos, a pesar de sus grandes esfuerzos en
la conservación de la paz internacional.
En 1575,
un grupo de comerciantes ingleses habilitó con un buque corsario, perfectamente
armado y equipado, al inteligente marino Francisco Drake, para que hostilizara
la navegación española en el Atlántico. Dícese que antes de partir de Plymouth,
Francisco Drake fue recibido , ocultamente por la reina Isabel de Inglaterra,
quien, sabedora de la empresa pirática, le deseó al marino toda fortuna.
Drake,
con sus sesenta compañeros, se hizo a la mar y con una habilidad que todos los
marinos de su tiempo ensalzaron, apresó, destruyó o asaltó un considerable
número de galeones españoles mercantes, realizando pingües utilidades. Las
escuadras españolas perseguían inútilmente al famoso pirata, pues había logrado
interrumpir toda comunicación entre la Península y el Golfo de Darién, que era
la ruta Obligada del comercio.
La gran
cantidad de naves de guerra que tuvo que emplear España para vigilar el paso
del Atlántico, alejó a Drake de esa región y, como lo que se trataba era de
apresar el oro del Perú, ideó atravesar el Estrecho de Magallanes, región que
estaba abandonada, como ya hemos dicho. Armó Drake nueve naves bien equipadas y
se lanzó a su gran empresa; pero los grandes temporales del océano austral
dejaron reducida su expedición a sólo tres buques.
No se
desanimó el pirata con este enorme contratiempo, y emprendió la travesía del
Estrecho, entrando al Pacífico en agosto de 1578. Su primera recalada fue en la
Isla de la Mocha, y trató de desembarcar gente para proveerse de víveres; pero
los araucanos los rechazaron enérgicamente, y el pirata tuvo que seguir viaje a
Valparaíso, donde apresó a un navío que estaba listo para partir al Callao, con
un buen cargamento; Drake desembarcó la marinería española y continuó, con la
presa, su viaje al norte.
Las
hazañas de Drake en el Atlántico le habían dado una triste celebridad en toda
la América española; la audacia con que las había ejecutado, el valor,
temerario de su gente, la crueldad que se les achacaba, los crímenes y
sacrilegios que se les imputaban a causa de que el pirata era inglés y
luterano, su habilidad inaudita para burlar toda persecución, todo esto
agregado al epíteto de “hereje” con que se calificaba al corsario, hacía que su
nombre fuese pronunciado con pavor por los conquistadores. Se comprenderá
entonces la alarma con que las autoridades y vecindario de Chile y el Perú
recibieron la noticia de que el pirata recorría las aguas del Océano Pacífico,
tranquilas y confiadas durante sesenta años.
Aunque
Drake no causó en este primer viaje ningún otro perjuicio qué el de Valparaíso,
el virrey del Perú, don Francisco de Toledo, armó una pequeña escuadra que puso
a las órdenes de Sarmiento de Gamboa, y la envió al Estrecho de Magallanes con
el objeto de que fundara allí un fuerte que controlara el paso. Sarmiento,
combatido por las tempestades, no logró cumplir su misión por entero y, dejando
en el Estrecho una pequeña guarnición, enveló con rumbo a España, para dar
cuenta al rey, verbalmente, de las ocurrencias del Pacífico y del peligro que
corría su dominio si S.M. no acordaba medidas .enérgicas y definitivas.
No está
de más decir, antes de continuar este relato, que el pirata Drake, una vez que
apresó el galeón español en Valparaíso, quiso desembarcar en La Serena, donde
fue rechazado, y después , una vez en alta mar, fue cogido por furiosas
tempestades y arrojado a la inmensidad del Océano, yendo a recalar a las costas
australianas, de donde continuó su derrota hasta los puertos de Inglaterra.
Dio, en consecuencia, una vuelta al mundo, como lo había hecho Magallanes.
Al
imponerse de los peligros graves que se diseñaban, en el Pacífico , S. M. Don
Felipe II, Rey de España, ordenó que el Estrecho de Magallanes fuera
fortificado a toda costa y en el más breve plazo. La
conservación y la paz de sus colonias en el Nuevo Mundo, y su conveniente
explotación y rendimiento, dependían del dominio del Mar del Sur y de la
tranquilidad y de la confianza en su navegación.
En
septiembre de 1581, una poderosa escuadra de veintisiete naves, al mando
político de Sarmiento de Gamboa y al militar del Almirante Flores Valdés, salía
del puerto español de Sanlúcar con rumbo al Estrecho de Magallanes. Su objeto
era fortificar las bocas del canal, hacer la policía del Pacífico y mantener la
tranquilidad de la navegación hasta México; pero la poderosa armada sufrió tan
serios quebrantos en su larga travesía por el i Atlántico, que
sólo cinco bateles lograron llegar a la boca oriental del Estrecho.
Sarmiento
de Gamboa, resolvió fundar allí un fuerte con la denominación de Nombre
de Jesús; pero la tripulación de tres de sus naves se sublevó una noche,
leyó anclas y se dio a la vela rumbo a España. Sarmiento salió tras los
traidores, tan pronto alumbró la luz del nuevo día, y aún tuvo probabilidades
de\ darles alcance; él destino, sin embargo, estuvo en su contra,
porque una violenta tempestad arrojó su nave, medio despedazada, sobre las
playas brasileñas.
La
tentativa del monarca español había fracasado lamentablemente, y el Pacífico
estaba otra vez a merced de los piratas.
f.; Gobernaba
el Virreinato del Perú y Reino de Chile el Excmo. señor don García Hurtado de
Mendoza, marqués de Cañete (1590), cuando se supo la noticia infausta de que el
corsario Tomás Cavendish había hecho su aparición en la costa chilena, y se
había apoderado en el portezuelo de Quinteros, de una balandra recién llegada
del Callao. Aun no se conocían las intenciones de este corsario, cuando se oyó
decir en Lima que también se había constatado la presencia de dos piratas más,
que reunían no menos de doce navíos armados con trescientos cañones. El virrey
Mendoza vio la gravedad del peligro y decidió afrontarlo con energía.
Después
de Un trabajo ímprobo, el animoso virrey logró reunir una escuadra de siete
navíos que confió a la pericia de su cuñado, don Bertrán de Castro. El
almirante español tuvo conocimiento de que uno de los piratas, Ricardo Hawkins,
había tomado posesión del puerto de Cuyamo (Corral) y lo había hecho su cuartel
general, debido a las magníficas condiciones de abrigo y de abastecimiento que
ofrecía.
Hacia
allá hizo rumbo con su escuadra, dispuesto a presentar combate al audaz pirata;
pero cuando recaló en Cuyamo; encontró la bahía desierta. Hawkins había salido
hacia el norte en demanda del Callao., Aprovechando un viento favorable, el de
Castro desplegó su velamen y gobernó hacia la capital del virreinato y, cuando
llegó, se le informó de que el pirata, encontrando el puerto preparado para una
enérgica resistencia, se había dirigido a Guayaquil.
Por fin
vinieron a las armas los dos adversarios, y después de un prolongado combate
naval, lleno de actos heroicos por ambas pactes, el almirante de Castró derrotó
completamente al pirata, al que hizo prisionero. La paz del Pacífico quedó
restablecida por el momento; pero el camino abierto al Estrecho y su gran
distancia del centro del gobierno español, que era Lima, no prometía una
tranquilidad duradera. El dominio absoluto del Pacífico no estaba ya reservado
a la monarquía española, y esto era, naturalmente, la constante preocupación de
los gobernantes.
Durante
Veinte años, la costa del Océano Pacífico fue azotada periódicamente por las
empresas piráticas de holandeses, brasileños, portugueses, británicos y
dinamarqueses, desde Magallanes hasta México, siendo la más amagada la región
desde Valparaíso hasta Panamá, puerto este ultimo adonde llegaban los tesoros
de la Corona, que eran, como es sabido, la quinta parte de todos los productos
de las Indias.
Las
empresas piráticas de Simón de Cordes, Oliver de Nott, José Spitberg y Jacobo
L’Hermite, asolaron este mar y sus costas, hicieron grandes estragos en la
navegación y se apoderaron de grandes tesoros.
La bahía
de Cuyamo (Corral) era el punto obligado donde recalaban los piratas después de
su largo viaje por el Atlántico, su travesía del Estrecho y la accidentada
navegación del Pacífico austral, Cuyamo era para ellos el puerto de descanso
donde reparaban sus naves averiadas y las alistaban para sus correrías. Era la
base naval, el apostadero, la maestranza, el arsenal de guerra; mientras Cuyamo
estuviera a disposición de los piratas, el monarca no podría alejar el peligro,
o defender con éxito sus colonias del Pacífico del peligro extranjero. A este
convencimiento había llegado el gobierno español y sus representantes en
América.
En 1618,
siendo virrey del Perú el señor don Francisco de Borja y Aragón, Príncipe des
Esquilache, atravesó el Estrecho el pirata Jacobo L’Hermite, audaz marino que
se había rodeado de una fama como la de Drake, por su audacia y habilidad. El
virrey no quiso limitarse a artillar el Callao, Arica y Valparaíso — como lo
hizo— para rechazar el! pirata. Su plan fue más vasto, y de proyecciones
políticas. Siendo Cuyamo la base o la madriguera de las naves corsarias, pensó
que la defensa de esta bahía debía ser una empresa primordial.
Vivía en
Lima uní inglés llamado John Morton, que residía en América desde mucho tiempo
atrás y había hecho su fortuna en unas minas peruanas, cumpliendo sus
obligaciones como cualquier leal súbdito español. Morton era un hábil
constructor, que se había hecho notar en lima por sus trabajos de ingeniería
militar, levantando fortines y presidios de muy buenas disposiciones. A este
sujeto encargó el virrey Esquilache el planeamiento de unas fortificaciones en
el puerto y bahía de Cuyamo, y 10 despachó al sur con todos los elementos
necesarios para el cumplimiento de la comisión.
El pirata
L’Hermite, entretanto, tanteaba las defensas de los principales puertos de la
costa, hasta Panamá; se presentó ante Valparaíso, Arica, el Callao y Guayaquil,
pero en todas partes encontró decidida resistencia. Como se encontrara débil
para sostener un bloqueo en regla, se retiró de la costa para volver alabo
siguiente con la más grande y formidable empresa pirática que haya venido al
Pacífico.
El
Príncipe de Esquilache había sido relevado ya del virreinato del Perú y el plan
de fortificaciones de Cuyamo, hecho por Morton, fue dejado de mano por los
virreyes posteriores. Las invectivas de L’Hermite durante los años 1622 al 25 y
las del pirata “Pie de palo”, en el período del 30 al 33, fueron defendidas por
las autoridades españolas en la forma ya conocida, esto es, artillando los
puertos principales, enviando al encuentro de los piratas, escuadrillas que íes
presentaban combate con fortuna varia.
Sólo
hasta 1640, se resolvió el virreinato a emprender trabajos definitivos para
alejar del Pacifico a los corsarios extranjeros. Gobernaba el virrey don Pedro
de Toledo, marqués de Mancera, cuando se corrió la noticia de haber llegado a
Cuyamo una escuadra compuesta de nueve buques piratas, con más de cuatrocientos
cañones, al mando de los holandeses Guillermo Nassau y Enrique Breant, a cuya
escuadra la llamaban) La Invencible. Los corsarios habían tomado posesión de la
bahía, carenado sus naves, construido cuarteles para la tripulación y se
preparaban para salir al norte y presentarse ante el Callao.
La
noticia era para desanimar a cualquiera, pero no al virrey. Sin pérdida de
tiempo, el marqués armó una primera escuadra de cinco naves, que entregó a su
hijo don Antonio de Toledo, y con la orden de partir al sur y defender a
Valparaíso, Arica y Concepción; en este puerto debería esperar la llegada de
una segunda escuadra de otros tantos navíos, que saldría, semanas más tarde, a
las órdenes del bailío don Frey Aldum de la Roca, sagaz y valiente marino que
antes de radicarse en Lima había perseguido, con fortuna, a los piratas en el
Atlántico. Ambas escuadras deberían proceder, unidas, a apoderarse del puerto
de Cuyamo (Corral) y a fortificarlo de alguna manera, para destruir la
madriguera de los piratas.
Todo
salió según los proyectos del valeroso y emprendedor marqués de Mancera. El
joven almirante Toledo, su hijo, no encontrando a los piratas en toda su ruta,
penetró a Cuyamo, se posesionó de la bahía y emprendió la fortificación de la
isla Constantino, situada en la desembocadura del río Valdivia. El joven Toledo
bautizó esta isla, una vez fortificada, con el nombre de “Isla Mancera”, en
recuerdo del virrey su padre. A más de esta fortaleza, el almirante Toledo
levantó el fuerte de San Pedro, situado en la entrada del puerto.
Parece
que los piratas de La Invencible, sabedores de la resolución manifestada por el
virrey, abandonaron su pretensión de maniobrar en el Pacífico, y se volvieron a
la costa brasileña.
Con el
éxito obtenido, el virrey Toledo ideó entonces un vasto pían de defensa de
Cuyamo, así como el que había soñado veinticinco años antes el Príncipe de
Esquilache. Apretó un poco al erario real y envió a Cuyamo un gran acopio de
elementos militares y de construcción para dar remate al proyecto de
triangulación de la bahía, según los estudios de Morton y de otros entendidos.
El joven almirante Toledo, que fue nombrado gobernador militar de la plaza de
Cuyamo, dedicó todas sus energías a la obra que le había encomendado su padre y
así pudo ver construidos en dos o tres años, los fuertes de Niebla, Amargos,
Punta Gonzalo y los torreones de Valdivia. Todos estos fuertes pueden verse
actualmente, en ruinas, en la bahía de Corral y en la ciudad de Valdivia.
En 1648
fue relevado de su cargo de virrey el marqués de Mancera, y se retiró a España
con su hijo, el gobernador de Cuyamo. Quien sepa la forma en que procedía
— generalmente— el virrey sucesor cuando se recibía del mando, no extrañará que
la obra del virrey Toledo respecto de las fortificaciones de Cuyamo se
paralizara completamente. Agregóse, en este caso, el hecho de que los piratas
no volvieron al Pacífico después del intento de Nassau y Breant y fuera porque
.el puerto de Cuyamo estuviese fortificado, o por otras causas.
Cerca de
treinta años duró la paz en el Pacífico. El comercio español, floreciente, se
extendía a lo largo de esa costa desde Valdivia a México; Panamá fue un puerto
seguro que daba paso por el camino de tierra, a los tesoros de la monarquía y a
los productos ultramarinos que se enviaban a España y viceversa.
La
política internacional, sin embargo, produjo nuevamente una tirantez de
relaciones entre España e Inglaterra y con esto los representantes de la Corona
española en América recibieron orden de prevenir la costa, por si llegaba el
caso de defenderla. En 1675, gobernaba el virreinato el señor don Baltasar de
la Cueva, conde de Castellar. Al recibir las precisas instrucciones del
gobierno peninsular, dispuso una revisión general de las fortificaciones de la
costa y recordando las pasadas invectivas piráticas fijó sus ojos en Cuyamo, el
refugio austral y preciso de todos los corsarios. Un oidor limeño, miembro del
Consejo de Gobierno del virreinato, don José del Corral y Calvó— fue uno de los
más decididos partidarios de hacer de Cuyamo una fortaleza de primer orden,
ampliando los proyectos iniciados por los virreyes, Esquilache, en 1618 y
especialmente el Marqués de Maicera, ¡en 160. Tanto trabajó en este sentido el
oidor Corral y Calvo, que obtuvo que el virrey impartiera amplias órdenes pato
que la bahía medio abandonada de Cuyano fuera fortificada con todos los mejores
elementos que se conocían en aquella época.
Empezó
por nombrar gobernador militar de la fortaleza al capitán don José Joaquín de
Marios, y lo autorizó para que organizara una gran expedición generosamente
dotada de todo cuanto necesitaba para el objeto. A los pocos meses, tres
galeones partían del Callao con rumbo a Cuyamo, al mando de Marios, con todo
elemento de construcción, armas y pertrechos ampliamente autorizado para
proceder y recomendado con encarecimiento a las autoridades de Chile.
Martos
llegó a Cuyamo y su primer acto fue denominar la bahía y fortaleza con el
nombre de “Corral” en honor del gestor más decidido de esta gran obra. Sin
pérdida de tiempo ideó el plan de fortificaciones, y empezó los trabajos;
construyó una iglesia y dos fortines costeros en la Isla Mancera; fundó el
pueblo de Corral; echó los cimientos de dos fuertes más, el de San Carlos y el
de Galera; fundió cañones y balas, construyó cuarteles y casas para la gente de
mar y por último emprendió la fábrica de una gran fortaleza que llamó “del
Castillo” en honor del virrey del Perú. Este último es el fuerte que causa hoy
en día la admiración de los veraneantes de aquellas playas valdivianas.
Cuando
tres años más tarde se rompieron las hostilidades, entre España e Inglaterra,
los piratas ingleses como Sharp y otros que vinieron al Pacífico se encontraron
con que el puerto de Corral (Cuyamo) era inaccesible, y que en general, toda la
costa hacia el norte, resistía vigorosamente cualquier asalto marítimo, por sus
buenas fortificaciones.
La
expedición inglesa del 84, que duró hasta el 90, se vio precisada a recalar en
los canales del archipiélago, fuera de todo radio de acción eficaz y
restringida de víveres y elementos. Fue casi un fracaso.
Algo
parecido ocurrió a las expediciones francesas e inglesas combinadas de 1695,
aunque éstas lograron bombardear a Co- quimbo y fondear en Juan Fernández; a la
del sueco Jorge Schelvoeke (1717) y a la del inglés Chipperton, todas las
cuales, en la imposibilidad de ganar a Corral y sus ventajas, se dirigían
directamente a Juan Fernández, que si no ofrecía las seguridades de víveres y
elementos de Corral, era, por lo menos, un puerto desguarnecido, seguro refugio
y cercano a Valparaíso, Coquimbo, Arica y otros puertos a donde se podían dar
asaltos afortunados.
Las
autoridades chilenas y peruanas fijaron entonces su atención sobre las islas de
Juan Fernández que ya iban siendo el atraque obligado de los piratas, como
antes lo era Corral. La venida al Pacífico de la escuadra inglesa del almirante
Anson, la primera armada regular, de Inglaterra que llegó a este océano para
dificultar el comercio español vino a señalar a los gobernantes uno de los
puntos más peligrosos del litoral, que podía ser una base naval para cualquier
potencia marítima que quisiera disputar a España el dominio del Pacífico.
Ese punto
estratégico era el de las islas de Juan Fernández.
El virrey
del Perú y el Gobernador de Chile Amat y Junient, pusiéronse de acuerdo para
alejar completamente ese peligro a cualquier costa y determinaron mandar y
mandaron a aquellas islas una colonia numerosa de presidiarios, que bajo un
severísimo régimen militar, debían formar la guarnición de la fortaleza que
allí fue creada, bajo las órdenes de su gobernador, el capitán Navarro y
Santaella, en 1750.
Fortificado
Corral, Juan Fernández, Concepción, Valparaíso, Coquimbo, Arica y el Callao,
quedó conjurado de hecho todo peligro marítimo y ya pudo el monarca español
decir con verdad que su caja de caudales del Perú había sido salvada, con el
dominio absoluto del Océano Pacífico.
Los
acontecimientos políticos de 1810 en la América española vinieron a dar nueva
importancia a este mar océano..
Producido
el levantamiento del pueblo de Chile contra la autoridad real y formado en
Santiago un Gobierno independiente de hecho a pesar de las primeras protestas
de fidelidad a Fernando Vil, el virrey del Perú determinó enviar a Chile una
expedición militar restauradora del prestigio y del gobierno de Su Majestad.
El
brigadier don Gavino Gainza embarcó en el Callao sus elementos militares,
fusiles, pólvora, Uniformes, dinero y oficiales y con su armadilla recaló en
Chiloé, donde organizó el primer ejército restaurador. Después de Gainza, fue
don Mariano Osorio, quien trajo desde él Perú la representación del ejército y
de la autoridad real para la reconquista consumada en el año 1814 y por último,
la última tentativa del 18, destruida en Maipo.
El
Director O’Higgins y su Ministro Zenteno se convencieron de que Chile no sería
jamás independiente si no obtenía el dominio del Océano Pacífico y conservaba
en su mano el control de sus aguas. A esto procedieron todos los esfuerzos de
esos grandes estadistas y esclarecidos patriotas.
El
peligro estaba en el mar. Sus aguas daban acceso a cualquiera de nuestros
puertos a las escuadras que podría enviar constantemente el virrey del Perú
o p 1 Rey de España; era, pues, necesario dominar el mar, para
que pudiera ser libre.
El
Director y su Ministro no descansaron hasta realizar el milagro de armar y
alistar, sin dinero, cinco buques de guerra que fueron: navío “San Martín”, con
60 cañones; fragata “Lautaro”, con 46; corbeta “Chacabuco” con 20; y los
bergantines “Arauco” y “Pueyrredón” con 16 cañones cada uno, lo que hace un
total de 158 cañones. Esta primera escuadra nacional, reunida con las más
extrañas combinaciones, fue puesta al mando de Blanco Encalada, y se le dio la
orden de hacerse a la mar, llevando pliegos cerrados.
Cuando
O’Higgins la vio alejarse de la rada de Valparaíso, exclamó aquellas célebres
palabras que ha conservado la historia: “Cuatro barquichuelos dieron a España
la posesión del nuevo mundo; estos cuatro van a quitársela.
El
almirante Blanco abrió sus pliegos en alta mar, y se encontró con la orden de
hacer rumbo al sur para apresar a una armada española compuesta de siete
grandes buques con dos mil hombres de desembarco, destinados a restaurar de
nuevo el imperio de la monarquía en Chile. Era ésta una prueba más de qué las
nuevas naciones del Pacifico no podrían gozar de los beneficios de la libertad
sin haber dominado antes el mar.
La
empresa del almirante Blanco fue coronada por el más grande éxito. La mayor
parte de los buques enemigos cayeron en su poder y a las pocas
semanas se presentaba en Valparaíso con un cuantioso y precioso botín de
guerra.
El
almirante había limpiado el mar de enemigos y su victoria le dio elementos con
que aumentar el poder de la naciente escuadra.
Desde ese
día, 28 de octubre de 1818, el dominio del Océano Pacífico perteneció a Chile;
solo cuando la escuadra yanqui atravesó el Estrecho de Magallanes, hace unos
ocho o diez años, las fuerzas navales de Chile quedaron en inferioridad con
respecto al litoral de la América del Norte.
La hazaña
de Blanco Encalada fue inmortalizada por el Director O’Higgins con una
condecoración especial que se dio a los tripulantes de la primera escuadra. El
“parche” ostentaba una leyenda que decía, refiriéndose a la Armada Nacional:
“Su primer ensayo dio a Chile el dominio del Pacífico”.
Mientras
que se preparaba esa expedición afortunadísima de Blanco, se armaban sus
pequeños buques y se les dotaba de lo indispensable— -preparativos que duraron
más de cuatro meses— el Director O’Higgins, que comprobó la escasez de personal
de oficiales para la marina, echó las bases de la Escuela Naval, encargándole
su organización y programa de enseñanza al almirante Blanco, en una nota que
lleva la fecha de 4 de agosto de 1818.
El
almirante designó cómo primer director de la “Academia de Náutica” al sargento
mayor de artillería don Francisco Díaz, quien, -escogiendo trece cadetes de la
escuela militar de Santiago, inició sus tareas escolares a principios de
septiembre del mismo año.[1]
La
Escuela Naval nació, pues, junto con la primera escuadra que “dio a Chile el
dominio del Pacífico”, un mismo pensamiento las creó y un mismo impulso las
empujó hacia la coronación de sus éxitos.
La
llegada al país del ilustre marino inglés Lord Tomás Cochrane, vino a dar a
nuestra Armada una preponderancia y un prestigio enormes. Cochrane ahuyentó de
todo el litoral americano occidental a cuanto buque pudiera ser hostil al ideal
de independencia que perseguíamos. La expedición libertadora del Perú no habría
podida tener el! éxito que tuvo si el mar no nos hubiera pertenecido por
completo. . Terminadas las empresas guerreras, asegurada nuestra
independencia, y por sobre todo eso, producida la abdicación del excelso
patriota Bernardo O’Higgins, que era el protector, el patrono de la armada
nacional, con el desterrado ministro Zenteno, el gobierno de Freire, por
economía (el erario estaba exhausto), determinó desarmar los buques de guerra
y, por ende, clausurar la incipiente Academia de Náutica, a comienzos del año
1822.
No podía
durar mucho tiempo esta determinación inconsulta y peligrosa. Cuatro años más
tarde, hicieron su aparición en el Pacífico dos fuertes navíos de combate y dos
fragatas españolas que se paseaban ufanas e impunemente por toda la costa
chilena y peruana infundiendo el terror en muchas ciudades.
Freire
ordenó de nuevo poner en funciones la escuela para preparar la escuadra; pero
al año siguiente, desaparecido momentáneamente el peligro naval español, fue
abandonada de nuevo la escuadra y la escuela. ¡Era en el período caótico de
nuestra patria naciente! Y así pasaron años. El Gobierno de la República, falto
de hombres y de energías, y al parecer falto aun de ideales, rodaba de
mano en mano sin que apareciera el estadista que pudiera encauzar aquellas
corrientes desbordantes. Por fin llegó una en el norte, aquel país que debió su
independencia a nuestro esfuerzo, a nuestro dinero y a nuestros soldados,
fomentaba con el país de la altiplanicie una alianza que haría peligrar, tarde
o temprano, ¡nuestra independencia y prestigio.
Necesitábamos
llevar la guerra a la Confederación Perú-Boliviana, y lo principal era dominar
el mar. Nuevamente se acudió a la desarmada escuadra y a la abandonada Escuela
de Náutica.
En la
expedición de 1836, la armada y la escuela cumplieron con su deber y dieron
lustre a sus blasones, con el apresamiento de varios buques enemigos; y
terminada la guerra, el Gobierno dispuso que la Escuela de Náutica siguiera
funcionando en un antiguo edificio de la calle de la Victoria, en Valparaíso.
Era entonces el director de la escuela el capitán de fragata don Domingo
Salamanca» y entre sus alumnos estaban los cadetes Williams Rebolledo, López
Irigoyen, Aguayo, etc.
Ya nadie
se atrevía a negar la importancia de la marina de guerra y la necesidad de
mantenerla en pie de continua eficiencia, con su escuela de cadetes destinados
a proporcionar el elemento principal: la oficialidad. El pensamiento de
conservar a todo trance el dominio del mar, ya no abandonó la mente de los
chilenos.
En 1843,
se dispuso que la Escuela Naval funcionara a bordo de la fragata “Chile” y dos
años más tarde, el Presidente Bulnes dictó un decreto en el cual asignaba a la
escuela una cantidad y un procedimiento para sostener sus servicios en forma
permanente. Sin embargo, en 1847 un nuevo decreto disolvía de hecho la
Escuela de Náutica, y? enviaba a sus cadetes a empezar sus estudios
preliminares en la Escuela Militar de Santiago, para continuar después los
técnicos a bordo de los buques de guerra.
Hubo
todavía un intervalo de diez años hasta que el Gobierno dedicara un esfuerzo
enérgico y decidido en favor de la Armada y de su instituto de cadetes. Sólo en
1858, siendo director de la Escuela de Aplicación (así se llamaba entonces la
Escuela Náutica) el distinguido marino francés don Leoncio Señoret, vino a
darse a ese importante plantel un nuevo impulso para colocarlo en el rango que
le era indispensable al país, para conservar el dominio de las aguas del
Pacífico.
Del
curso del año 58 salieron los más ilustres marinos que se glorificaron en la
guerra con España y más tarde con el Perú. Amengual, Carlos Condell, Bannen,
Castillo, Latorre, Molinas, Jorge Montt, Prat, Uribe, fueron de esa época
brillante qué puede considerarse como la generadora de las más puras glorias de
Chile.
La guerra
con España, provocada por las intemperancias del comisario Salazar y Mazanedo y
por los odios de Pareja, puso nuevamente en disputa el dominio de las aguas del
vasto océano y la libertad de su litoral.
Pero, a
pesar de que la escuadra española era la más fuerte y de que cometió abusos de
fuerza, tuvo que retirarse por fin, ante la decisión de chilenos y peruanos
de conservar su libertad a todo evento. Pasado el conflicto
internacional, o de reivindicación, como fue llamado por la diplomacia española
el provocado por la escuadra de Pareja, el Presidente Perra: determinó que la
Escuela Naval se trasladase a bordo de la corbeta “Esmeralda”, la vieja presa
de Cochrane.
Desde el
70, que fue la fecha de esta disposición, la escuela se mantuvo a bordo del
citado buque, dirigida por el capitán don Luis A. Lynch, siendo sus ayudantes
Arturo Prat, Ignacio ¡Serrano, Miguel Gaona y Federico Chaigneau. Fue
subdirector el capitán Vidal Gómez, hasta 1874, año en que fue reemplazado por
el que iba a ser el héroe de Iquique.
Un
acontecimiento marítimo lamentable vino a producir un grave trastorno en la
marcha de la escuela.
En la
madrugada del día 24 de mayo del 75, se declaró en la bahía de Valparaíso un
furioso temporal de viento y agua que fue aumentando hasta el punto de poner en
peligro los buques fondeados en el puerto. El vapor “Valdivia” que estaba
amarrado a un par de centenares de brazas de la corbeta “Esmeralda”,
buque-escuela, se vino contra este navío, le cortó las cadenas y le despedazó
el bauprés.
A bordo
de la “Esmeralda” estaba el teniente Constantino Bannen, que hubo de tomar el
mando en el primer momento del peligro; pero pronto llegaron al buque el
capitán Lynch, director de la escuela, y el subdirector teniente Arturo Prat,
quienes determinaron salir del puerto para capear el temporal No tuvo éxito la
maniobra, sin embargo, a causa de que las calderas no tenían suficiente
presión, y el buque hubo de quedar a merced de las olas.
En esta
emergencia, los directores de la escuela, resolvieron transbordar a los cadetes
a los pontones u otros buques cercanos; la operación fue difícil y peligrosa
pero se llevó a cabo con felicidad, como también las otras órdenes de
salvamento de los enseres de la corbeta en peligro.
La
desorganización y las averías que tuvo el buque-escuela en este temporal,
dejaron a la escuela sin hogar propio y sin elementos; a consecuencia de esto,
las clases se paralizaron hasta el punto de que los años 76, 77 y 78, la
escuela no funcionó, quedando virtualmente suprimida.
Con la
amenaza perú-boliviana del 79, resurgió de nuevo la Escuela Naval, debido a que
los gobernantes vieron de nuevo un peligro para Chile en el abandono en
que se tenían las aguas del Pacífico.
Son de
todos conocidos los hechos navales de esa. guerra; las correrías de “Huáscar”,
los fracasos de la escuadra chilena antes del sacrificio de Prat, que vino a
enseñar una vez más que la seguridad de Chile estaba y estará siempre en el
dominio y el control del océano occidental. Sólo cuando la escuadra de Chile
destruyó el poder naval peruano, fue posible ganar la guerra. Eso quedó
plenamente establecido.
Desde,
entonces hasta hoy, los gobiernos chilenos no han abandonado ya el cuidado y la
atención de la Escuela Naval, las complementarias y los servicios inherentes al
fomento y eficiencia del personal de guerra y técnico de la Marina; y a pesar
de que el erario no estuvo abundante, tampoco ha sido abandonada la dotación de
naves de guerra de la armada nacional.
Con la
apertura del Canal de Panamá hemos perdido de hecho el dominio del Pacífico, en
la proporción amplia y decisiva en que lo ejercitábamos en 1870; pero aun
conservamos fuerzas efectivas y energías para hacer respetar nuestro litoral, y
aun para ejercer influencia en toda la costa de la América del Sur.
Y para
mantener vivo y latente el espíritu de Sacrificio y la competencia profesional
en el personal de la marina, tenemos nuestra Escuela Naval de Valparaíso, que
es el orgullo de los chilenos y el primer establecimiento en su género en la
costa occidental.
§ 5. La
Expedición Libertadora del Perú
(1820)
La
derrota de los ejércitos de Belgrano en el Alto Perú, en 1810, y la inutilidad
de los esfuerzos del gobierno patriota de Buenos Aires para mantener la
independencia argentina, declarada el 25 de mayo de 1810, vinieron a confirmar
en el cerebro del general San Martín la idea de que todo lo que se hiciera por
cimentar la libertad de su patria y la de la América del Sur, sería perdido,
sin destruir primero el poder español que se alzaba potente en Lima, asiento
del virreinato, y base de los recursos de todo género con que el representante
de la Corona podía sostener la dominación de Femando VII. Profundamente
convencido de que nada valía la guerra de fronteras terrestres para soluciones
decisivas fie su ideal de libertad absoluta del continente, San Martín no
aceptó continuar reemplazando al general Belgrano en el mando del derrotado
ejército argentino del Alto Perú; pidió ser relevado y lo obtuvo, aunque con no
poco esfuerzo. En carta qué con fecha 22 de abril de 1814 escribió a su amigo y
paisano don Nicolás Rodríguez Peña, de Buenos Aires, se manifiesta con absoluta
transparencia el pensamiento de su autor y la cristalización del ideal que
había concebido.
“La
patria — escribe San Martín al señor Rodríguez Peña[2] —
no hará camino por este lado del norte, que no sea una guerra puramente
defensiva, y para esto bastan los valientes gauchos de Salta con dos
escuadrones de veteranos. Pensar en otra cosa es empeñarse en echar al pozo de
Agron hombres y dinero. Así es que yo no me moveré ni intentaré expedición
alguna. Ya le he dicho a Ud. mi secreto: un ejército pequeño y bien
disciplinado en Mendoza, para pasar a Chile y acabar allí con los godos;
…aliando las fuerzas, pasaremos por el mar a tomar Lima: ése es el camino y no
éste, mi amigo.
“Convénzase Ud. que hasta que no estemos sobre Lima, la guerra no se acabará”.
Más
adelante, San Martín pide al señor Rodríguez que influya para que le manden
pronto un reemplazante, porque él se encuentra “bastante enfermo y quebrantado”
y piensa "retirarse a un rincón a enseñar reclutas”; pero a continuación
insinúa que le den, “cuando me restablezca, el Gobierno de la provincia de
Cuyo; “allí podría organizar una pequeña fuerza de caballería para reforzar a
Balcarce en Chile… y le confieso que me gustaría pasar allá mandando ese
cuerpo”.
En junio
del mismo año entregaba el comando de su ejército al general Rondeau, y un mes
más tarde fue nombrado gobernador de la provincia de Cuyo, y desde fines de
agosto empezó, silenciosamente a instruir los reclutas que debían formar el
Ejército de los Andes.
El primer
paso para la realización de su idea genial estaba dado.
El
desastre de Rancagua arrojó los restos del ejército chileno hacia las fronteras
argentinas. O’Higgins y sus valientes fueron acogidos por San Martín con el
cariño de hermanos y de futuros camaradas en la grande empresa que preocupaba
sus actividades. Toda la gente hábil para las armas que iba entre los fugitivos
de la Patria Vieja ingresó de hecho a las filas del Ejército de los Andes;
mujeres y ancianos coadyuvaron, junto con las mujeres argentinas, en los
trabajos de vestuario, equipo y ambulancia de la expedición libertadora de la
América del Sur; argentinos y chilenos, encabezados por San Martín y O’Higgins,
dedicaron todas sus energías a la preparación del más poderoso ejército
patriota que hasta entonces hubiérase levantado en la América independiente.
La
primera parte del ideal concebido por el genio político y militar de José de
San Martin, se realizaba; tomaba cuerpo, mediante la acción abnegada de
argentinos y chilenos, representados en persona por sus hijos en todos los
órdenes de la sociedad: políticos, militares, eclesiásticos y pueblo.
La
libertad de Chile preparada meticulosamente en los campos de Mendoza, y que
debía conquistarse en los campos de Chacabuco y Maipo, habría de servir de
admirable plataforma para organizar la Expedición libertadora del (Perú, única
manera de dar independencia absoluta y definitiva al continente.
Derrotado
el ejército español del Presidente don Francisco Casimiro Marcó del Pont, el
Ejército de los Andes y su general tomaron posesión de Santiago; y al siguiente
día el Cabildo Abierto aclamó como Director Supremo del Estado al más preclaro
de sus hijos, Bernardo O’Higgins, al coadjutor inseparable y abnegado de San
Martín en la creación del ejército vencedor, al héroe vencido de Rancagua,
quien organizó su Gobierno, designando para Ministro de Estado a don Miguel de
Zañartu, para Ministro de Guerra al coronel José Ignacio Zenteno y como general
en jefe del Ejército al General José de San Martín.
Estos
cuatro hombres; se consagraron desde los primeros días al común objeto de sus
aspiraciones: la Expedición Libertadora del Perú.
El
eminente historiador don Gonzalo Bulnes, analizando las condiciones de
O’Higgins como gobernante, en ese momento histórico, ha dicho: “O’Higgins no
llevó al Gobierno las profundas cualidades de un político ni las combinaciones
de un gran general. Pero llevó un alma generosa en que se desbordaba el
patriotismo como la primera de las virtudes; una profunda consagración al
trabajo y un tesoro de buen sentido que le permitió conjurar muchas
dificultades. La prudencia de O’Higgins superó en ciertos casos la conminada
habilidad de San Martín, y así las cualidades más
diversas se pusieron al servicio del gran pensamiento
histórico del vencedor de Chacabuco”.
“Hasta
que no estemos en Lima, la guerra no se acabará”, había dicho San Martín, en
abril del 1814, a su amigo Rodríguez Peña, cuando aquél comandaba todavía el
ejército argentino frente a las huestes españolas vencedoras en el Alto Perú.
El convencimiento profundo de esta idea que había hecho presa en su cerebro,
dio frutos rozagantes, cuya semilla había también fructificado en la mente de
los .patriotas chilenos refugiados en Mendoza.
Fue así
cómo, después de la victoria incuestionable de Chacabuco, y cuándo el pueblo
chileno se entregaba a las más grandes expansiones de júbilo, el gran O’Higgins
exclamó tristemente preocupado: “¡Este triunfo y cien más, se harán
insignificantes si no dominamos el mar!” Una vez instalado el nuevo Gobierno
chileno, la primera ocupación de O’Higgins y de sus Ministros fue la de reunir
fondos para adquirir las primeras naves que debían surcar el Pacífico con
bandera nacional.
En esos
días después de Chacabuco arribó a Valparaíso el bergantín español “Águila”,
ignorante de los trascendentales sucesos ocurridos. O’Higgins se incautó del
buque y al mando del teniente del Ejército de los Andes don Raimundo Morris,
inglés de nacimiento, lo despachó a Juan Fernández a repatriar a los chilenos
al desterrados por Osorio después de la derrota de Rancagua.
Cumplida
esta obra de humanidad, el Director, por medio de empréstitos forzosos y de
secuestro de bienes de los españoles, logró reunir cien mil pesos en onzas,
cantidad que entregó a San Martin, junto con cartas de crédito para que,
llevándolas a Buenos Aires, gestionara la adquisición de buques para la Armada
chilena. San Martín llevaba, además, una misión confidencial para el gobierno
de las provincias unidas del Plata: la de preparar la formalización de un
tratado de afianza chilena-argentino, para emprender juntos y a mitad de,
gastos, la organización de la Expedición libertadora del Perú. No
había transcurrido un mes de la victoria de Chacabuco, y aun no terminaban los
agasajos a los vencedores, cuando San Martín repasó los Andes en cumplimiento
de la misión que le había encomendado el Supremo Director del Chile, y que no
era otra cosa, que la continuación del desarrollo de la grande empresa que
tenían concebida: el dominio del Pacífico y la libertad de la nación peruana,
como única garantía de la independencia del continente sudamericano.
El 31 de
marzo de 1817, el Director Supremo de Buenos Aires, don José M. (Pueyrredón y
el General San Martín se retiraban a una casa de campo de los alrededores de la
capital argentina, para “contraerse sin distracciones a los objetos de su
viaje”, o sea, a combinar el plan según el cual Chile y la Argentina deberían
llevar a cabo la magna empresa. Dos meses más tarde, en mayo, el general
regresaba a Santiago, y ponía en conocimiento del Gobierno de Chile el
resultado de su misión, que era el siguiente: primero, don Manuel Aguirre,
argentino, con el carácter de agente chileno, había partido a Estados Unidos
con plenos poderes para negociar buques destinados a la Armada de Chile; y
segundo, el gobierno de la provincias unidas del Río de la Plata estaba decidido
a cooperar no sólo con su influencia, sino pecuniariamente, en la expedición
libertadora.
Las
actividades de O’Higgins y San Martín para organizar el ejército expedicionario
tropezaron desde los primeros momentos con dos inconvenientes: el principal era
la falta de dinero, la pobreza general que había en Chile, a consecuencia de la
prolongada guerra y de las exacciones impuestas a la propiedad y bienes de los
patriotas por los gobiernos de Osorio y Marcó del Pont durante la Reconquista;
y el segundo, la continuación de la, guerra contra los derrotados de Chacabuco,
que se habían retirado hacia el sur constituyendo un núcleo de resistencia que
serviría de base para nuevas expediciones del virrey del Perú contra la patria.
Para
O’Higgins, Zenteno y San Martín estas dificultades podrían ser considerables,
pero de ninguna manera invencibles. Derrotados los primeros en Rancagua y
fugitivos en la Argentina, lograron, bajo la dirección del último, transmontar
los Andes y derrotar en Chacabuco a los , orgullosos vencedores de la víspera.
La situación era diferente: estaban en su patria, mandaban en ella, eran
obedecidos y respetados y luchaban por un ideal sacrosanto que era común a
todos los chilenos.
Los ricos
aceptaron sin vacilación los impuestos extraordinarios y vaciaron sus dineros y
sus joyas en las arcas exhaustas del tesoro nacional: las mujeres dieron su
trabajo con abnegación patriótica para tejer y laborar el vestuario del
ejército y los hombres llenaron las filias y los talleres de las maestranzas de
armas y municiones.
Mientras
que San Martín se preocupaba del ejército, O’Higgins mantenía a raya con
impetuosos ataques a las porfiadas huestes españolas que se habían aferrado en
las provincias de Concepción, sin descuidar un minuto la empresa primordial de
juntar buques para la escuadra destinada a dominar el Mar Pacífico, acorralar
al virrey del Perú y destruir su poder en su propia casa.
Todo el
año 1817 fue de meras expectativas. El único barco chileno, el “Águila”, era de
un poder insignificante y no podía afrontar un encuentro ni con el más débil
bergantín de la escuadra española, que tenía bloqueado el puerto de Valparaíso;
el comercio estaba arruinado y, en consecuencia, las entradas de aduana casi no
existían.
Se inició
el año 1818, y fue éste el “año clásico” de la escuadra chilena en< el que
comenzaron a recoger los frutos de los esfuerzos que estaba haciendo Chile por
la libertad del Perú.
En mayo
de ese año llegó a Valparaíso un buque inglés, el “Windham” que fue adquirido
inmediatamente por el gobierno y armado en guerra. Se le dio el nombre de
“Lautaro” y se le confió a la valentía del heroico O’Brien. Su combate con la
"Esmeralda”, nave bloqueadora, dio por resultado el levantamiento del
bloqueo.
En mayo
arribó al puerto otro barco enviado desde Inglaterra por el agente chileno
Álvarez Condarco; este buque recibió el nombre de “San Martín”; en agosto llegó
de Estados Unidos el “Colomb”, que se bautizó con el nombre de “Araucano” y
semanas después vinieron a incorporarse a la naciente armada el “Galvarino” y
la “Independencia”, los cuales, junto con el “Pueyrredón” (ex Águila) y el ex
corsario “Chacabuco” formaron el hermoso conjunto creado por el genio de
O’Higgins y su Ministro José Ignacio Zenteno.
La hazaña
de Blanco Encalada en las aguas de la bahía de Talcahuano, que dio por
resultado el apresamiento de la fragata española “María Isabel”, incorporó a la
armada chilena un barco poderoso y admirablemente equipado en guerra. Este
barco recibió el nombre del creador de la marina nacional, desde ese momento
señora del Pacífico: “O’Higgins”.
Chile
había hecho a su sola costa, sin recibir ayuda pecuniaria de ningún país y en
medio de una situación económica próxima al desastre, el más grande esfuerzo
que alguien pudiera imaginar, en beneficio de la emancipación americana.
En medio
de las preocupaciones angustiosas que llenaban la vida de O’Higgins y su
Ministro, para subvenir a los ingentes gastos de la organización del poder
naval, no olvidaron, por cierto, la organización del ejército que debía
expedicionar sobre Lima. Pero la falta de recursos en Chile había determinado
que todo el dinero que pudiera ser habido, tenía que dedicarse, a cubrir los
gastos de la escuadra nacional. El éxito obtenido en esta empresa justificaba
con amplitud y de manera indiscutible esta manera de apreciar el gran problema.
San
Martín, dedicado a las tareas de la organización f aprovisionamiento
del ejército, se encontraba virtualmente maniatado por falta de recursos, no
sólo para ese aprovisionamiento, sino para pagar sus sueldos a la tropa y
oficialidad.
El
Ministro de Hacienda, don Joaquín Echeverría, contestaba así una requisitoria
del General San Martín: “Las cajas están tan exhaustas de numerario, que en dos
días no se ha podido juntar con qué pagar el flete de los víveres y municiones
para Valparaíso”. Y por su parte, el jefe de la maestranza del ejército,
coronel Joaquín Prieto, decía al Director en nota de IV de octubre de
1818: “Hoy hemos parado en la labranza de cartuchos de fusil por falta de papel
y no tener en caja para comprarlo; y los Otros trabajos se pararán también
porque no hay con qué pagar los jornales”.
> La
falta de papel se subsanó, comprando a crédito, en el comercio, ochenta
resmas».
A
mediados de ese año, O’Higgins había enviado a Buenos Aires a su Ministro don
Miguel Zañartu, a fin de que gestionara la firma de un tratado entre Chile y
Argentina; destinado a fijar las bases en que ambos Estados habrían de
contribuir a los gastos de la Expedición libertadora del Perú, en conformidad
con las promesas que el Gobierno argentino había hecho muchas veces y
especialmente en una entrevista que San Martín y Pueyrredón celebraron poco
después de la victoria definitiva de Maipo.
En esta
entrevista, el Director argentino ofreció contribuir a la expedición con
quinientos mil pesos; pero debido a múltiples causas, el Gobierno bonaerense
había notificado que su país no podía reunir esa suma, “aunque se llenen las
cárceles y los cuarteles”. En consecuencia, agregaba Pueyrredón, en su
nota de 22 de agosto de 1818, al General San Martín — que se encontraba en
Mendoza— “hay un fundado motivo para suspender todo cálculo que
se apoye en la existencia de los expresados fondos”. Ante esa situación que
destruía todos sus planes, San Martín presentó la renuncia de su puesto de
General del Ejército de los Andes y de jefe de las tropas chilenas.
La misión
de Zañartu, en la parte que se relacionaba con obtener la ayuda pecuniaria
argentina, estaba, pues, condenada al fracaso. La renuncia de San Martín
repercutió en forma alarmante tanto en Buenos Aires como en Santiago. Para la
Argentina tenía, empero, una significación mucho menor que para Chile. Aquí, la
idea de conquistar la independencia, destruyendo el poderío de Lima y dando
libertad al Perú había prendido tan fuertemente, que para la consecución
de este propósito O’Higgins, Zenteno y el Senado, no habían reparado en
afrontar los más grandes sacrificios en la preparación de la escuadra que debía
transportar al Ejército Libertador. No podía, entonces, el Estado de Chile
abandonar la empresa comenzada ya con tanta fortuna, y se decidió a afrontarla
solo, costare lo que costare, contra toda clase de dificultades.
El pueblo
chileno fue puesto una vez más a prueba y aceptó denodadamente el nuevo
sacrificio. En los corrillos, de los salones, en los círculos militares, en la
prensa periódica, en los campos, no se hablaba sino de la Expedición
Libertadora del como de un hecho indiscutible. Las tropas de la guarnición
Santiago tuvieron un día por santo y seña las siguientes palabras “Chile
libertará a Lima”. O’Higgins; en una carta de saludo que dirigió el 15 de
noviembre al libertador Bolívar, le decía: “Las armas de Chile y Buenos
Aires darán pronto libertad al Perú”. El 23 del mismo mes el Senado tomaba
un acuerdo que expresaba que “estando conforme en que es de absoluta necesidad
la expedición del ejército y la marina para poner en libertad al pueblo de
Lima”, ordenaba que se hiciera un presupuesto de los gastos.
Mientras
esto ocurría en Chile, se gestionaba activamente en Buenos Aires la revocación
de la orden que ese Gobierno había dado para que el Ejército de los Andes, que
estaba en Chile, repasara la cordillera regresando a la Argentina. Si no se
obtuvo la revocación completa de esta orden, se consiguió, en cambio, que se
dejara en Chile una fuerza de dos mil hombres.
Los
esfuerzos de Zañartu en Buenos Aires, unidos a los de Irisarri, obtuvieron por
fin que los gobiernos chileno y argentino firmaran un tratado en el cual, entre
otras obligaciones, ambos Estados contraían la de hacer en común los gastos de
la expedición; pero este tratado quedó sin valor por no haber sido ratificado
por el Senado de Buenos Aires.
Chile
asumió entonces todas las responsabilidades morales y materiales de la
Expedición libertadora del Perú.
Desobedeciendo
las órdenes terminantes del Gobierno argentino, que le mandaban trasladarse con
el Ejército a Buenos Aires, el General San Martín pasó la cordillera y se vino
a Chile, pretextando grave enfermedad. A su llegada a Santiago pudo imponerse
de la actividad que reinaba «n todos los círculos para dar cuna a la
preparación y equipo del ejército expedicionario: supo también que la escuadra
chilena, al mando de Lord Cochrane, se paseaba victoriosa por toda la costa del
Pacífico, poniendo en jaque al virrey del Perú bajo los propios cañones del
Callao. Y al presenciar el espectáculo soberbio de un pueblo pletórico de
patriotismo que empeñaba sus bienes y los arrojaba en manos de sus gobernantes
para satisfacer los ingentes gastos de esta aventura por un ideal de humanidad,
no titubeó un instante en ponerse a las órdenes del Director chileno y le
propuso que tomara él, O’Higgins, el mando de la expedición, ofreciéndose San
Martín para el cargo de jefe del Estado Mayor.
Pero
O’Higgins era, ante todo, patriota y declinó el ofrecimiento. El jefe debía ser
el vencedor de Chacabuco y Maipo; el que concibió primero la idea de trasmontar
los Andes, cruzar el Pacífico y conquistar Lima, para dar libertad a un
continente.
Los dos
mil hombres del Ejército de los Andes que habían quedado en Chile, casi
abandonados por el Gobierno de Buenos Aires, reconocieron por jefe a San
Martín, a pesar de que las dos terceras partes de esa fuerza la componían
soldados chilenos. Con eso, el Ejército de los Andes desaparecía del escenario
donde había actuado tan brillantemente. Así lo reconoció San Martín, al
devolver a Mendoza la bandera de ese Ejército, una vez que todos sus oficiales
recibieron del Director Supremo sus nombramientos de soldados del Ejército de
Chile.
A
principios de febrero de 1820 el Ejército expedicionario estaba equipado,
amunicionado y listo para embarcarse en la escuadra. Los transportes que debían
conducirlo a las costas del Perú y los buques de guerra que le servirían de
escolta podían tomar sus fondeadores en la bahía de Valparaíso tan pronto como
recibieran aviso del Gobierno. Los víveres, la municiones, él armamento
auxiliar o complementario era recibido diariamente por los intendentes del
Ejército, bajo la minuciosa supervigilancia de San Martin, nombrado ya, con
acuerdo del Senado, Jefe de la Expedición libertadora.
Pero
faltaba todavía un último sacrificio que hacer, sacrificio doloroso después de
todos los qué ya había soportado abnegadamente el vecindario chileno.
El
Director O’Higgins impuso al Cabildo de Santiago que la expedición no podía
partir a causa de que le faltaba dinero para los gastos finales y para la cajá
militar: la suma que se necesitaba alcanzaba a seiscientos mil pesos.
El
Cabildo no titubeó. De acuerdo con el Director Supremo y con el Senado, se
impusieron nuevas contribuciones que debían pagarse en forma rápida y
terminante.
Al
público, nacionales y extranjeros, se pidió 120.000 pesos; por recaudación de
diezmos, 50.000 pesos; a los boticarios, en medicinas para los hospitales y
ambulancias del Ejército, 40.000; contribuciones extraordinarias a las
provincias» 51.000 pesos; a la ciudad de Santiago, 73.000; y entre fondos
fiscales y otros arbitrios se reunió el resto.
En el mes
de junio estaba totalmente reunida esta suma y el 14 de ese mes el general en
jefe de la expedición anunciaba su partida a Valparaíso. El día anterior, el
General San Martín, como una demostración de agradecimiento y de admiración al
pueblo chileno, quiso despedirse solemnemente en el Cabildo de Santiago, el que
lo esperaba de pie, reunido en su sala de sesiones.
He aquí
cómo describe la figura de San Martín en ese día memorable, el periódico
"La Gaceta Ministerial”, de fecha 17 de junio de 1820: “El general salió
de su palacio vestido con su uniforme ordinario de coronel de granaderos.
Llevaba una levita azul ajustada, y prendida con botones, amarillos en que se
distinguía el gorro frigio y las manos enlazadas que representaban por ironía
la fraternidad argentina. Un cinturón de cuero blanco le ceñía el talle y sus
extremos se reunían por una hebilla en que sobresalía una granada de relieve
que simbolizaba al glorioso regimiento que fue el escalón de su fortuna.
Llevaba el sombrero apuntado y bajo el brazo la espada de la libertad de Chile.
Salió del palacio del Obispo y atravesó por medio de una inmensa multitud que
se agolpaba en la plaza de armas, y rígido, severo, triunfante, bajo un
exterior sombrío, paseaba sus ojos negros sobre la concurrencia que lo vivaba
por todas partes. Atravesó el reducido espacio, firmemente, como si marchara al
ataque, y se presentó al Cabildo que lo esperaba de pie, reunido en la sala
capitular”.
La
Expedición empezó a embarcarse en los transportes el día 18 de agosto, y se dio
a vela, en medio de los vítores del pueblo de Valparaíso, el día 20, día del
cumpleaños del Director Supremo de Chile, don Bernardo O’Higgins.
Cuando el
navío “San Martín”, donde estaba embarcado el general en jefe, se ponía en
movimiento, un bote atracó a su costado y un ordenanza entregó un pliego para
el general: era su nombramiento de capitán general del Ejército de Chile.
El convoy
marítimo se componía de esta manera: Siete buques de guerra, con 231 cañones y
1.928 tripulantes, cuyos nombres eran los siguientes: fragata almirante,
“O’Higgins”, comandante Tomás O’Crosby; “San Martín”, comandante Wilkinson;
“Lautaro”, comandante Guise; “Independencia”, comandante Forster; “Araucano”,
.comandante Cárter; “Galvarino”, comandante Spry; “Moctezuma”, comandante
Esmonds.
En la
fragata “O’Higgins”, iba embarcado el jefe de la Escuadra, Lord Cochrane.
Dieciséis
transportes denominados: “Dolores”, “Gaditana”, “Emprendedora”, “Consecuencia”,
“¡Perla”, “Santa Rosa”, “Aguda”, “Mackenna”, “Jerezana”, “Peruana”, “Minerva”,
“Libertad”, “Argentina”, “Potrillo”, “Hércules” y “Golondrina”; y catorce
lanchas cañoneras.
El
ejército expedicionario constaba de seis batallones de infantería, un batallón
de artesanos y un cuadro de intentes; dos regimientos de caballería, el
Granaderos y el Cazadores, más un escuadrón de Dragones, y un regimiento de
Artillería, con un total de 296 oficiales y 4.118 sargentos, cabos y soldados.
Los
comandantes de los diversos batallones fueron don José Manuel Borgoño, don José
Santiago Aldunate,! don Santiago Sánchez, don Mariano Larrazabal, don Pedro
Conde, don Enrique Martínez, don Román Dehesa, don Rudecindo Alvarado, don
Mariano Necochea, don Enrique Campino y don Diego Guzmán.- Antes de partir la
escuadra, se leyó a la expedición la siguiente proclama del Director O’Higgins:
“Al Ejército Libertador del Perú: “Saludos: “Yo he sido muchas veces testigo de
vuestro coraje y sé lo qué debo esperar de vosotros en la campaña más
importante de la revolución. El general que os manda es el mismo que os llevó
al campo de batalla Chacabuco y Maipo acordaos de lo que
hicisteis entonces y pensad en el glorioso destino que os aguarda.
“Soldados
de los Andes: vosotros disteis libertad a Chile. Id al Perú y dejad escrito
vuestro nombre con la sangre de los que lo oprimen.
“Chilenos,
vuestra intrepidez salvó a la República en la jornada del 5 de abril, seguid la
carrera de la gloria y mereced ahora la gratitud eterna de los habitantes del
Perú”.
§ 6. Los
chilenos en las campañas de la Independencia peruana
(1820)
La
participación de la República de Chile y de sus soldados en la independencia
del Perú, desde las primeras manifestaciones de su emancipación hasta la
batalla de Ayacucho, que fue el corolario de la libertad de América, ha sido
desconocida porfiadamente por los políticos peruanos. Esta pretensión, nacida
de un encono comprensible hacia nuestro país, no resiste al más ligero análisis
de los hechos que la verdad histórica ha establecido de uña manera
incontrovertible. Las armas chilenas llevaron al Perú, por primera vez, en
1820, la bandera de la libertad, con la Escuadra de Cochrane y el
Ejército de San Martín, costeados exclusivamente con los dineros de Chile;
mantuvieron esa bandera durante dos años mi la patria de los incas, no
solamente contra los ejércitos españoles, sino contra los mismos peruanos que
la resistían inconscientes aun de sus beneficios; reforzaron generosamente las
raleadas filas de la Expedición libertadora, enviando nuevos escuadrones para
Henar las bajas producidas en la campaña; nuestra patria agotó su crédito de
nación joven para proveer de recursos a la hermana que aun permanecía dominada
y aplastada, por la monarquía conquistadora; y por último, deshechas sus
huestes por el continuo y rudo batallar, diseminó sus soldados en el Ejército
de Bolívar y sirvió de base para formar los batallones que pelearon con bandera
peruana en las batallas de Junín y Ayacucho, que consolidaron la independencia
de la América española.
Así,
rápidamente expuesta la acción de los soldados chilenos en el Perú, es
incomprensible cómo los gobernantes de ese país, que debe su independencia a
actividades ajenas, han querido alejar deliberadamente a uno de los principales
actores de su libertad, de la participación que legítimamente le corresponde en
el sitio de honor de las fiestas que se llevan a cabo en el Perú para
solemnizar el centenario del glorioso hecho de armas que en Ayacucho selló la
independencia americana. Los infantiles enconos de los mandatarios peruanos han
determinado que los héroes chilenos que allí combatieron dejando sembrados sus
huesos en Ayacucho, en Junín, en Arica, en el Desaguadero, en el Callao, en
Lima, en la sierra, en el desierto y en el fondo de los mares de su costa, sean
olvidados hoy cuando se recuerde, entre clarinadas y vítores, y en presencia de
los representantes de las naciones del mundo, el hecho trascendental en que
ellos participaron con abnegación, persiguiendo un ideal sublime: la liberad de
sus hermanos del continente.
Un
ejército entero de tres mil chilenos desapareció bajó la tierra peruana, por
darle su independencia y por consolidar la de América. Esta acción generosa y
que representa un tributo de sangre y un esfuerzo económico enorme para su
época, ha sido desconocida, y es posible que sea negada por el Perú, en estos
instantes de aparatosas alegrías y regocijos. Pero tratemos" la seguridad
de que la? naciones allí representadas verán también y muy claramente, que esos
regocijos y alegrías carecen de la espontaneidad y de la sinceridad que deben
caracterizar a esas fiestas en que se invocan los ideales de confraternidad
americana, y que, sin embargo, transparentan el solo propósito. de incitar el
odio y la animadversión hada uno de sus hermanos.
Terminada
la última etapa de la guerra de la independencia Con la batalla de Maipo, el
Director O’Higgins creyó imprescindible para la consolidación de nuestra
libertad política, destruir el poder español en el propio virreinato de Lima.
Esta era también la opinión sustentada por San Martín, desde que trasmontó los
Andes con el ejército que tuvo su primera victoria en Chacabuco; pero el estado
desastroso de las finanzas de Chile hacía poco menos que imposible una empresa
que, junto con armar un ejército de cuatro mil hombres, como el que pedía San
Martín, necesitaba naves para transportar ese ejército al Perú, y una escuadra
de guerra para limpiar los mares de buques enemigos.- Sin embargo, para esos
dos hombres geniales, no había obstáculos insalvables. Decididos a llevar a
cabo la Expedición Libertadora del Perú, se distribuyeron -la inmensa tarea;
mientras O’Higgins organizaba “las cuatro tablas” con que iba a quitarle a
España el dominio de la América, San Martín partía a Buenos Aires para obtener
de aquel Gobierno la cantidad de quinientos mil pesos para organizar el
ejército expedicionario al Perú.
A fines
de octubre de 1818, O’Higgins lanzaba al mar, desde la rada de Valparaíso, los
cinco buquecillos que al mando de Blanco Encalada habrían de destruir en pocas
semanas el poder marítimo de España en el Pacífico y dejar expedito el tránsito
para la Expedición Libertadora; pero San Martín había fracasado en su empresa
ante el Gobierno argentino: “Es imposible sacar el medio millón de pesos que se
necesita para esa expedición, aunque se llenen las cárceles y cuarteles — decía
oficialmente el Presidente Pueyrredón— y mis combinaciones no han correspondido
a mis esfuerzos, habiendo fundado motivo para suspender todo cálculo que se
apoye en la existencia de los expresados fondos”. Ante este fracaso, San Martín
presentó a su Gobierno la renuncia de General en Jefe del Ejército de los Andes
y al Gobierno chileno la de Comandante en Jefe del Ejército chileno.
El
esfuerzo hecho por Chile para organizar la escuadra había dejado al erario en
la mayor pobreza y ni aún existía numerario para pagar a las tropas argentinas,
a las cuales se les debía varios meses de sueldo. En esta emergencia, San
Martín aconsejó al Gobierno Argentino que dispusiera el regreso de este
ejército a Mendoza, lo que fue prontamente ordenado.
Viendo
que con este repaso de los Andes del Ejército argentino, se alejaba la
posibilidad de llevar a cabo la Expedición libertadora del Perú, O’Higgins puso
en juego toda su influencia con Pueyrredón para evitarlo; pero sólo lo
consiguió a medias; el 19 de mayo de 1819, la primera división del ejército
argentino, acantonado en Aconcagua, empezó a ascender los contrafuertes de la
cordillera, traspasando las alitas cumbres tres escuadrones de Granaderos con
450 hombres, un batallón de infantería con 560 y dos escuadrones de Cazadores
con 325, lo que hace un total de 1.300 entré jefes, oficiales y tropas. La
víspera del día fijado para la partida, desertaron más de cien soldados: eran
algunos de los muchos soldados chilenos que servían bajo la bandera de los
Andes y que se negaban a abandonar su patria.
Cuando ya
se preparaba a partir la otra división, llegó una orden del Gobierno argentino
accediendo a las reiteradas peticiones del Director Supremo y del Senado de
Chile para que se dejara en este país siquiera una división de dos mil hombres
que sirviera de base para formar el ejército chileno que O’Higgins había
determinado enviar al Perú.
Veamos
ahora la composición y el número del ejército argentino.
Según el
detalle del Estado Mayor, de fecha enero de 1817, el ejército de San Martín, al
trasmontar los Andes con dirección a Chile, constaba de las siguientes plazas,
contados oficiales y tropa:
|
Plazas |
|
|
Regimiento
de Artillería del Comandante Plaza |
258 |
|
Batallón
Nº 1, Cazadores del Comandante Alvarado |
594 |
|
Batallón
Nº 7, Infantería del Comandante Conde |
802 |
|
Batallón
Nº 8, Infantería del Comandante Cramer |
814 |
|
Batallón
Nº 11, del Comandante Las Heras |
718 |
|
Regimiento
Granaderos del Comandante Zapiola |
208 |
|
Total |
1.998 |
Con las
reducciones inevitables que se produjeron hasta la víspera de la partida, por
enfermos, desertores, etc., el efectivo se redujo más o menos a 3.650.
Repasaron la Cordillera en mayo de 1819, más o menos 1.200.
Quedaron
en Chile, más o menos 2.450. Esta tropa, que sirvió para formar la base del
ejército que expedicionó al Perú, era compuesta en su gran mayoría de chilenos;
y para calcular su porcentaje, vamos a tomar los datos e informaciones de
fuente argentina, y por lo tanto, insospechable para este efecto.
Cuando se
supo en Chile la Orden del gobierno argentino para que el Ejército de los Andes
regresara a su patria, los jefes y oficiales pusieron en juego todas sus
influencias para que esa orden fuese derogada, pues todo el ejército deseaba
secundar, la empresa de su jefe, San Martín y la del Director O’Higgins, que
era la de expedicionar sobre el Perú para darle su independencia y consolidar
la libertad de la América.
El
eminente historiador argentino Bartolomé Mitre, en su obra “San Martín”,
publica una carta confidencial del segundo jefe del Ejército de los Andes, don
Antonio González Balcarce, dirigida al Plenipotenciario argentino en Chile, don
Tomás Guido, en la que hace valer las razones que existían, a su juicio, para
que ese regreso no se llevara a cabo; y en esa carta se encuentra el siguiente
párrafo:
“Será muy
perjudicial el regreso de ese ejército por las muchas deserciones que habrá,
pues está compuesto en una tercera parte, por lo menos, de chilenos que no
querrán servir en país extraño”
Otra
carta de San Martín al Director Supremo de Buenos Aires, General Rondeau, de
fecha de enero de 1819, dice:
“Si usted
manda repatriar el ejército, sufrirá, necesariamente, una considerable
deserción por ser la mayor parte de él compuesto de chilenos.”
El
Ministro argentino en Chile, don Tomás Guido, escribía a su gobierno, con fecha
12 de enero, lo siguiente:
“Constando
las tropas de nuestro ejército de más de la mitad de hijos de Chile desertará
toda ella en el repaso de la cordillera”.
Y con
fecha 17 de marzo repetía:
“Recuerde
usted que más de dos tercios de nuestro ejército se compone de chilenos qué no
querrán ir a hacer la guerra a otro país”
Creemos
que es innecesario recurrir a otros documentos comprobatorios para establecer
que el ejército argentino estaba compuesto en una gran parte de soldados
chilenos, y para llegar a una cuota prudencial, sólo vamos a fijarla en la
mitad, o sea:
|
Tropas
quedadas en Chile después de regresar las de 19 de mayo de 1819 |
2.450 |
|
Tropas
de nacionalidad chilena, la mitad |
1.225 |
|
Efectivo
de tropas argentinas en Chile. |
1.225 |
Abandonada
por la Argentina la Expedición libertadora del Perú, puesto que no pudo
contribuir con los quinientos mil pesos que para ella se necesitaban y retirada
una parte de su ejército, el Gobierno de Chile afrontó por sí solo la magna
empresa. Su primer acto fue nombrar General en Jefe del Ejército Chileno a San
Martín y extender nombramientos de oficiales del mismo ejército a los oficiales
argentinos. Al acepta estos cargos, los vencedores de Chacabuco y de Maipo
resolvieron devolver a Buenos Aires la bandera gloriosa del Ejército de los
Andes, porque consideraron que éste había desaparecido de Chile.
El 20 de
agosto de 1820, se hacía a la mar con rumbo al Perú la Expedición Libertadora
que iba a combatir por la independencia de aquella tierra americana que aún
permanecía bajo el yugo de la dominación extranjera, mientras sus hermanos del
sur, con San Martín y O’Higgins y sus hermanos del norte» con Bolívar y Sucre,
luchaban bravamente desde mucho tiempo atrás por la emancipación del
continente.
La
composición de ese ejército levantado con inmensos, coa increíbles sacrificios
por el Estado de Chile, al que los políticos peruanos de hoy pretenden negar su
intervención en las victorias obtenidas, fue la siguiente, según el estado
oficial encontrado por nuestro eminente historiador don Gonzalo Bulnes, en los
archivos del Ministerio de la Guerra:
|
Cuerpos
netamente chilenos: |
|
|
Hombres |
|
|
Artillería |
249 |
|
Infantería
Nº 2 |
485 |
|
Infantería
Nº 4 |
790 |
|
Infantería
Nº 5 |
389 |
|
Oficiales
para formar batallones peruanos |
68 |
|
Total
de chilenos |
1.981 |
|
Cuerpos
chileno-argentinos: |
|
|
Artillería |
301 |
|
Infantería
Nº 8 |
598 |
|
Infantería
Nº 7 |
517 |
|
Infantería
Nº 11 |
650 |
|
Granaderos
a caballo |
446 |
|
Cazadores
a caballo |
306 |
|
Total
de cuerpos chileno-argentinos |
2.818 |
|
Total
del Ejército Libertador |
4.799 |
Dividiendo
la expedición por nacionalidades, tendríamos, según lo anteriormente dicho, que
ella estaba compuesta de:
Batallones
chilenos, 1.981 soldados.
Chilenos
en los batallones argentinos (50%), 1.409 soldados.
Total de
chilenos, 3.390.
Total de
argentinos, 1.409.
Total de
la Expedición, 4.799 soldados.
A toda
esta tropa la cubría ahora la bandera chilena, que le fue entregada
solemnemente al General en Jefe San Martín, por el Director Supremo de Chile, a
bordo de la nave capitana, horas antes de partir la Expedición.
Desde que
San Martín avistó las costas del Perú, dedicó .todas sus actividades a levantar
el espíritu de los peruanos para que secundaran el movimiento revolucionario
que desde diez u once años antes venía prendiendo en todos los países
limítrofes del Virreinato: en Colombia, Quito, Ato Perú (Bolivia), Chile y
Argentina, y que sólo había sido acogido débilmente pin algunos patriotas de la
sierra y del sur del Perú, La Expedición Libertadora desembarcó en la caleta de
Paracas y en seguida ocupó a Pisco, ciudad que fue abandonada por el
vecindario, arrastrando consigo todos los elementos que podían servir al
ejército expedicionario. Desde esta población empezó San Martín su labor de
propaganda, por medio de cartas a los patriotas de la sierra; como el General
Arenales y a los patriotas de Lima, como Otero, Campino, López Aldana y Riva
Agüero. Coincidió la llegada de “los chilenos” al Perú con la solemne
proclamación que se hacía en Lima de la “Constitución Española” que reconocía
la autoridad del monarca.
El
conocimiento del desembarco de la Expedición, produjo en la capital del
virreinato y en sus gobernantes, un efecto aplastante; el virrey Pezuela,
desatentado con este hecho que venía a encender la hoguera revolucionaria en el
centro mismo del poderío español, cayó en las redes que le tendió el talento
diplomático de San Martín, aceptando nombrar plenipotenciarios para tratar de
llegar a un acuerdo de paz sobre bases de independencia peruana que no podía
aceptar la Corona.
Terminadas
estas negociaciones, que fueron emprendidas sólo para ganar tiempo, San Martín
inició la campaña que dio por resultado la ocupación de Lima por el ejército
expedicionario, el 12 de julio de 1821, después de sangrientos encuentros en
Moquegua, Tarma Ica, Huaras, en la Sierra del Callao y por último en los
alrededores de Lima, con un prolongado sitio a la ciudad que fue la causa
principal de su desocupación por las tropas del nuevo virrey La Serna.
Durante
ésta campaña, el ejército chileno y sus camaradas argentinos obtuvieron glorias
inmarcesibles, pero costosas; los batallones españoles Veteranos de las guerras
napoleónicas infligieron a nuestras tropas dolorosas bajas que eran
reemplazadas, al principio, por reclutas peruanos extraídos de las indiadas de
la sierra y de los esclavos negros, tan numerosos en las grandes haciendas.
Pero la eficiencia de estos reclutas no estaba a la altura de los fogueados
vencedores de Chacabuco y Maipo y su acción y costumbres desentonaban dentro de
la severa disciplina e instrucción militar que había alcanzado el ejército
expedicionario. Se optó entonces por formar batallones compuestos
exclusivamente por naturales peruanos y por negros y mulatos a base de oficiales
y sargentos chilenos y argentinos, reemplazando las bajas de la expedición con
nuevas tropas que se pedirían a Chile. Accediendo a este pedido, el Director
O’Higgins envió al Perú, a mediados del año 1821, trescientos Granaderos a
caballo, al mando del Coronel Sánchez. Con este refuerzo, las tropas netamente
chilenas que fueron al Perú, elevaron su número a 3.690 soldados.
A pesar
de la ocupación de Lima y de los fuertes del Callao, la independencia peruana
no era un hecho consumado; la escasez de elementos con que continuar la campaña
en la sierra, adonde se habían refugiado los realistas, presentaba el problema
de la emancipación completa y definitiva del Perú como insoluble; la única
forma de realizarla, era la organización de un ejército nacional, numeroso,
fuerte, disciplinado, bien armado y copiosamente amunicionado. Para esto se
requería dinero, mucho dinero y especialmente patriotismo: mucho patriotismo,
para desprenderse de las riquezas que los condes, marqueses, nobles y ricos
hacendados peruanos guardaban atesorados para dar brillo a sus títulos en la
opulenta y regalona metrópoli.
San
Martín pidió dinero y elementos para levantar ese ejército, los exigió en toda
formad tanto por el razonamiento, la súplica, como por la severidad y la
amenaza, pero pudo conseguir muy poco. “Las fuerzas propias del Perú — dice el
historiador don Gonzalo Bulnes — no bastaban para arrojar a los dominadores. A
fines de julio de 1822, el ejército de Lima contaba siete mil quinientos
cincuenta y cuatro hombres; las guerrillas y cuerpos cívicos (peruanos)
llegaban a más de veintiún mil hombres, pe- ro es de suponer que estuvieron
sólo en él papel, y aun existiendo, no merecían figurar como fuerza efectiva”.
En esta
emergencia, San Martín volvió nuevamente los ojos hacia Chile y hacia su patria
en demanda de recursos, antes de dar por fracasada su misión, porque vio que
las fuerzas españolas de la sierra, fuertes de más de quince mil hombres bien
armados y disciplinados, con jefes arrojados e inteligentes, amenazaban copar,
a corto plazo, a las fuerzas patriotas.
La
situación financiera de Chile en esa época era sencillamente desastrosa.
“La
pesada deuda que contrajo este erario para costear la Expedición Libertadora —
decía en nota el Ministro de Hacienda chileno don José Antonio Rodríguez— no
sólo ha anulado la hacienda pública, sino las mismas fuentes de la riqueza,
porque sacado de la circulación el metálico que prestaron los capitalistas y lo
que en especies contribuyeron los ganaderos y hacendados, han paralizado su
giro y arruinado sus fundos y labores, de suerte que en todas las clases del
Estado se siente miseria y desaliento. Apenas podrá creer V. S. que en el
feracísimo Chile ha muerto este año gente de hambre... En la provincia de
Concepción viven con carne y aún con cueros de yeguas y asnos y se disputan un
puño de salvado los padres con los hijos”.
Llegó a
tal extremo la miseria en Chile, a consecuencia del agotamiento de sus fuerzas
por el esfuerzo económico que se hizo para despachar la Expedición libertadora,
que ese año tuvo que hacerse una subscripción pública en favor de los
desvalidos.
En esta
situación, Chile no podía socorrer a San Martín.
Las
provincias argentinas tampoco podían ayudarlo; desde que retiraron una parte
del Ejército de los Andes, y abandonaron oficialmente la empresa de Expedición
Libertadora, las Provincias Unidas no tenían mayor interés por el éxito de San
Martín.
No le
quedaba sino que recurrir a Bolívar, que venía triunfante del norte, y entonces
hizo la tentativa que la historia ha denominado “Entrevista de Guayaquil”, de
la cual resultó el alejamiento definitivo de San Martín del teatro de las
guerras americanas que su genio había iniciado.
Decepcionado
ya de obtener socorro y elementos de los peruanos, agotado Chile, cuya bandera
había sostenido en el Perú durante dos años; indiferente la Argentina, su
patria, el general San Martín entregó el mando a un congreso peruano y regresó
a Chile dejando allá al ejército chileno, “montando la guardia de la libertad
del Perú”, al mando del General don Francisco Antonio Pinto. Con el retiro de
San Martín, el Perú quedó entregado “a sí mismo”.
La junta
de Gobierno que tomó el mando por delegación del Congreso pretendió continuar
la obra de San Martín, tal vez sinceramente al principio; pero luego cayó en
las más estériles agitaciones a consecuencia del desencadenamiento de las
pasiones y de los intereses de pequeña bandería, a tal extremo que estuvo a
punto de fracasar definitivamente la independencia peruana.
El
coronel don José Manuel Borgoño, Jefe del Estado Mayor del ejército chileno,
escribía lo siguiente al Director O’Higgins, dándole cuenta de la situación del
Perú:
“Estos
hombres se hallan en peor estado que nosotros en 1810. En aquella época, aunque
llenos de muchos vicios y de ignorancia, teníamos entusiasmo por la libertad y
sabíamos arrostrar los. peligros, pero aquí en el Perú se gusta mucho de la
libertad, pero sin comprometer su fortuna ni mucho menos la seguridad personal
“Nosotros hemos estado luchando con el Gobierno, dice en otra parte del
documento el mismo jefe chileno — para que se nos proporcionen los recursos
necesarios para continuar la campaña con la celeridad que exigen las
circunstancias; pero las trabas de un Congreso lleno de celos, que no abriga
sino ideas muy mezquinas, todo lo paraliza, haciéndonos perder el tiempo
inútilmente.
La Junta
estaba condenada a caer pronto; en efecto, el 27 de febrero de 1823, dieciocho
diputados al Congreso aprobaron un voto contra la Junta declarándola cesante y
nombrando Jefe del Gobierno al marqués de Torretagle; al día siguiente, la otra
parte del Congreso derrocaba también a la Junta y nombraba Jefe del Estado a
don José de la Riva Agüero...
Eran los
dos caudillos que se disputaban el poder desde el retiro de San Martín; ambos
caudillos, a su vez, llevaban otra mira, cada uno por su lado: desprenderse del
Ejército chileno Libertador y del ejército de Bolívar que avanzaba ya desde
Colombia a cimentar la independencia americana. Para conseguir este fin, los
dos Presidentes no titubearon en tratar con el enemigo común, traicionando la
causa de la libertad.
He aquí
el artículo 59 del tratado propuesto por Riva Agüero al virrey La Serna, como
puntos básicos para un armisticio entre los ejércitos del Perú y España:
“Artículo 59, muy reservado. — Se convendrá el Gobierno del Perú en despedir a
las tropas auxiliares que se hallan en Lima y el Callao, si los jefes de éstas
lo resistieran, entonces, en concierto, los ejércitos españoles y peruanos, las
obligarán por la fuerza a evacuar un país en que no existe ya el motivo por que
fueron llamadas” Al conocerse esta traición del Presidente Riva Agüero, el
Congreso peruano, secundado por el ejército, lo depuso. Riva Agüero huyó al
norte y encabezó una revolución.
En los
mismos días que Riva Agüero trataba con el enemigo, en la forma que hemos
comprobado, su rival, el Presidente que le disputaba el poder, preparaba
también otra traición tan escandalosa como aquélla, entendiéndose con el
General Canterac, jefe del ejército real del norte, que estaba en lea, por
medio de un emisario de su confianza, llamado José Pablo Terón. El general
español y erudito historiador de la campaña de la independencia don Antonio
García Camba, en sus célebres Memorias, dice a este respecto
lo siguiente: “Lo cierto es que el respetable señor Terón, tomando el nombre de
Torretagle, pasó a la ciudad de Ica y desde allí escribió a Canterac
indicándole arbitrios para restituir al dominio español la plaza fuerte del
Callao.
El
General Canterac, consultándose con los jefes de su ejército, contestó a Terón
“que si Torretagle llevaba a feliz término su promesa, podía y debía contar con
volver a la gracia del monarca y esperar, además, las recompensas que
merecieran sus nuevos servicios” a la Corona.
Es inútil
insistir sobre estas traiciones execrables que se llevaban a cabo no solamente
contra la causa de la independencia americana sino, especialmente, contra los
ejércitos generosos de Chile y de Colombia que habían hecho sobrehumanos
esfuerzos por llevar al Perú los beneficios de la libertad. Baste con decir que
las plazas de Lima y del Callao fueron miserablemente entregadas al ejército
real y que el virrey entró de nuevo y triunfalmente al Palacio de Pizarro.
La plaza
del Callao contaba con un batallón chileno de artillería mandado por el coronel
don Juan Nepomuceno Moría; al pronunciarse la traición, los oficiales y tropa
quisieron resistir, pero fueron ahogados por el número y “al levantarse el
pabellón español no hubo uno que no desease escapar”, logrando hacerlo los
primeros, los sargentos Pacheco y Venegas, a pesar de habérseles ascendido a
teniente y capitán, declarando que “mejor querían ser ínfimos artilleros
chilenos, que no echarse encima un borrón perteneciendo al ejército español;
esto mismo hicieron muchos soldados, escapando a Trujillo, y lo hubieran hecho
casi todos a no ser por las precauciones que se tomaron, pues a los que
pillaron escalando las murallas, fueron en el término de tres horas, fusilados”.
Las
palabras que citamos son del parte que el coronel Moría dirigió al Director de
Chile para darle cuenta de esos gravísimos hechos. El parte termina así: “Por
fin, Excmo. Señor, todo ha sido un desastre; nada ha quedado en pie; sólo el
triste recuerdo que mientras existamos en el Perú será inseparable de los
buenos chilenos un procedimiento tan atroz que sólo tiene cabida en el corazón
de hombres ambiciosos; todo el cuerpo de oficiales ha sido presa de estas aves
de rapiña, entregándonos prisioneros en manos de nuestros enemigos,
depositándonos en las casamatas, a excepción de los oficiales que estaban con
permiso mío en Lima”.
Entretanto,
el grueso del ejército chileno se batía en el sur del Perú y en la sierra
contra el ejército español que dominaba sin contrapeso toda la región más
productiva y rica y tenía, en consecuencia, toda clase de recursos. Los
batallones chilenos y argentinos, en cambio, carecían hasta de la vestimenta.
Esta situación de la tropa, unida a la deficiente dirección de la campaña
habían traído al ejército patriota grandes desastres que lo desmoralizaron y
que poco a poco lo llevaron al aniquilamiento.
El
ejército netamente chileno contaba, a mediados del año 1822 con dos mil
quinientos hombres, más o menos, divididos en un cuerpo de artillería y en
cuatro de infantería; en septiembre del mismo año, el Director O’Higgins envió
al Perú un nuevo escuadrón de 300 hombres, con los cuales el número de soldados
se elevó a cerca de tres mil. Pues bien, a fines del mismo año, esos batallones
estaban reducidos a su mínima expresión, por las causas que el general en jefe
del ejército don Francisco Antonio Pinto anota clara y francamente en nota
dirigida al Gobierno de Chile en febrero de 1823, y que dice así: “La ninguna
protección que se presta a las fuerzas de Chile y las distinciones que se
prodigan a los individuos que sirven bajo cualquier otro pabellón, ha contribuido
en gran parte a que los chilenos, para poder hacer carrera desamparasen su
bandera nacional y se constituyesen a prestar sus servicios en un pabellón
extraño; así que son innumerables los buenos oficiales que vinieron en el
ejército de Chile que hoy se encuentran bajo extraña bandera”.
“La
conducta con la tropa ha sido aún más pérfida, pues en todas las fuerzas que
pertenecen a Chile apenas se encontrarán cien chilenos (excepto la caballería
venida últimamente), mientras que en los cuerpos del Perú y de los Andes, su
mejor fuerza consiste en la tropa que de los batallones de Chile número 4y 5 y
Artillería se han sacado para integrarlos. Tan autorizado y tan inveterada es
el hábito de despojar a los de Chile de los soldados chilenos, que no solamente
lo hacían los jefes de los cuerpos veteranos, sino que hasta las partidas de
montoneros, como sucedió con una porción de soldados (ciento veinticinco)
granaderos del Nº 2 que escaparon de la derrota en Ica…
Están
llenos los archivos de documentos como el citado, que comprueban el despojo que
se hizo a los batallones chilenos de sus soldados y oficiales para formar
batallones peruanos y para reforzar los argentinos y colombianos.
¿Pero no
se detenían allí los gobernadores del Perú, qué no podían contar con los hijos
de su tierra para formar sus batallones. Llegaron hasta el extremo de enviar
instrucciones a su Ministro en Santiago, señor Larrea y Laredo, para que
enganchara chilenos destinados al ejército peruano, como único medio de poder
levantar los batallones que pedía Bolívar para cimentar la independencia de
aquel país.
He aquí
algunas frases de la nota enviada al gobierno peruano por su Ministro en
Santiago, señor Larrea, fecha 15 de mayo de 1823:
“En la
época indicada tendrá ese gobierno los caballos, la cebada y la jarcia que me
ha pedido; pero son absolutamente inasequibles los quinientos hombres de
caballería que proponía ese gobierno se solicitasen en cambio de otros tantos
peruanos de infantería para el servicio de la división chilena”.
Para
terminar, véase un párrafo de la nota que el coronel Borgoño escribía a
O’Higgins en esa misma época, documento citado por Bulnes en Las
últimas campañas del Perú:
“No hay
uno solo de los batallones del Perú que no cuente con multitud de chilenos en
sus filas y en los batallones nuestros son ya raros los chilenos que quedan,
notándose el singular fenómeno de que sólo en los cuerpos del Perú y de los
Andes es donde se ven soldados de Chile; así es que el Perú tiene la mejor
caballería, compuesta exclusivamente de chilenos y el ejército de la República
sólo cuenta con trescientos hombres de aquella arma”.
Estos
trescientos hombres eran los que acababan de llegar de Chile en esa fecha.
Este
ejército así formado fue el que se batió en Ayacucho, bajo la bandera peruana.
Las
reclamaciones de los jefes chilenos que veían mermado su ejército por la acción
destructora de los gobernantes del Perú y los persistentes y angustiosos
pedidos de refuerzos que hacía Bolívar para detener el avance victorioso de los
realistas, determinaron al Gobierno de Chile a hacer un nuevo sacrificio en pro
de la independencia americana. En efecto, el General Freire, Director Supremo
de Chile después de la abdicación de O’Higgins, puso a prueba el patriotismo de
los chilenos exigiéndoles que ayudaran a la formación de un nuevo ejército que
fuera al Perú a reforzar la acción del Libertador Bolívar. El propio General
Freire tuvo el pensamiento de marchar al Perú al frente de las tropas.
El 15 de
octubre de 1823 partía al norte la nueva expedición, embarcada en cinco buques
y al mando del coronel don José María Benavente, que debía entregarla al
general en jefe Pintos, conservando aquél el cargo de Jefe del Estado Mayor. El
27 del mismo mes, la expedición estaba frente a Arica. La calidad de la tropa
era conceptuada así por el Ministro del Perú en Chile, señor Larrea y Laredo,
en comunicación a su gobierno y al General Sucre:
"Las
fuerzas que van se componen de 2.500 hombres de toda arma; es brava y
disciplinada, supliendo su valor y robustez al mayor número que yo había
solicitado y que no he podido conseguir”. En otra parte dice a Sucre: “La
expedición chilena se compone de 2.500 hombres; lleva buenos jefes, oficiales y
la gente es valerosa y robusta; toda está vestida y lleva víveres para dos
meses”.
Con la
experiencia adquirida en los dos años de campaña de la primera Expedición
Libertadora de 1820, el Gobierno de Chile fijó órdenes terminantes para la
actuación que debía desarrollar la nueva expedición. Estas órdenes se pueden
resumir así: Reunir bajo la bandera chilena a toda la tropa de esta
nacionalidad que se encontraba dispersa o distribuida en los diferentes cuerpos
peruanos , y colombianos; siendo el objeto único de la expedición chilena
auxiliar al Perú en la guerra contra las armas españolas, que son el enemigo;
común, prescindirá de mezclarse en cualquiera desavenencia interior que se
suscitase entre los partidos, facciones, rebeliones o variedad de gobiernos;
permanecerá neutral y dará cuenta inmediata al Gobierno de Chile; el general en
jefe no permitirá que la expedición chilena sea dividida ni sus cuerpos
desmembrados ni agregados a cuerpos de divisiones extranjeras; tratará de
situarse siempre en algún punto cercano a la costa para reembarcarse
prontamente con destino a la patria, en caso de que ocurriere algún suceso
grave que esté en pugna con las instrucciones recibidas. Estas órdenes están
firmadas por el Director Freire, y se entregaron al Coronel Benavente el 15 de
octubre de 1823, al partir de Valparaíso.
Guando la
expedición Chilena fondeó en Arica, la) plaza estaba ocupada por el general
peruano Portocarrero que junto con el General Santa Cruz había sufrido una
tremenda derrota ante las tropas del general realista don Jerónimo Valdés.
Puede decirse que ambos venían huyendo para embarcar los restos de su ejército
en Arica, pues Santa Cruz ya estaba embarcado y en disposición de hacerse a la
mar, en un transporte llamado “Catalina”, protegido por buques de guerra
peruanos.
Al ver
llegar la escuadra chilena, Santa Cruz, que era el general en jefe del ejército
patriota del sur del Perú, se puso al habla con el jefe de la expedición,
Coronel Benavente, para que, en cumplimiento de las órdenes del comandante en
jefe del ejército patriota, General Sucre, pusiera a sus órdenes la fuerza,
chilena recién llegada. La orden de Santa Cruz estaba dentro de lo correcto: él
era el general en jefe, y podía disponer de esa fuerza; sin embargo, Benavente,
que había tenido noticias de la derrota de Santa Cruz, quiso ganar tiempo para
posesionarse de la verdadera situación, y contestó que iba a reunir a sus
oficiales para darles a conocer la orden recibida. En efecto, los reunió a
bordo de la “Moctezuma”, buque insignia de la escuadra.
La
deliberación de los jefes chilenos fue breve pero interesante y al final se
acordó que las fuerzas debían ser entregadas primero al general en jefe del
ejército chileno don Francisco Antonio Pinto, quien era el llamado a poner esas
fuerzas a las órdenes de quien creyera conveniente. En este sentido se contestó
a Santa Cruz, y se dio orden inmediata para levar anclas y partir con rumbo al
norte, en busca del General Pinto, que estaba en Pisco.
El motivo
principal que había determinado a los jefes chilenos a negarse a desembarcar en
Arica era el de haber tenido conocimiento de ciertas connivencias que existían
entre el General Portocarrero que guarnecía a Arica, con el general español
Valdés, que venía en persecución del derrotado ejército patriota, diciéndose
con insistencia que Portocarrero, en pago de su perdón y de la gracia del
monarca había ofrecido entregar a Valdés la división chilena que tenía a
sus órdenes.
“La
sospecha, con ser muy grave, no era inverosímil, porque nada lo era en esos
momentos en el Perú, y desgraciadamente se comprobó, porque apenas se hizo a la
vela nuestra expedición, saliendo de la bahía de Arica, Portocarrero levantó en
la plaza la bandera real, pasándose al enemigo” (Bulnes, “Ultimas Campañas”).
Él
acuerdo receloso de los jefes chilenos había salvado a su expedición de un
gravísimo peligro. Mientras los buques chilenos navegaban hacia el norte,
en demanda de su general en jefe, éste navegaba hacia el sur al mando de sus
tropas que venían a incorporarse al ejército patriota del sur, enviados por
Sucre para reforzar a Santa Cruz. Las escuadras se cruzaron en alta mar, se
divisaron y se reconocieron; detuvieron su marcha y Benavente pasó al buque
dónde iba el General Pinto, a darle cuenta de las ocurrencias de Arica. En
vista de que la costa sur del Perú era peligrosa para cualquier desembarco, el
general en jefe resolvió concentrar su ejército en un puerto seguro para
esperar las órdenes de Sucre y de Bolívar, y eligió el de Coquimbo, que quedaba
más o menos a la misma distancia del punto donde iban a maniobrar, que era
Arica.
Los
buques de la expedición chilena dieron la vuelta al sur y junto con las fuerzas
que traía Pinto, que eran unos quinientos hombres, hicieron rumbo al puerto
chileno, menos un barco que no conoció la orden del general en jefe por haberse
distanciado del convoy. En este barco iban trescientos soldados chilenos al
mando del Coronel don José Santiago Aldunate, y siguió al norte, fondeando en
el puerto de Santa. Esta fuerza desembarcó allí en espera de órdenes que le era
difícil recibir de su jefe Pinto, por los motivos que fácilmente se comprenden.
El
ejército de Pinto arribó a Coquimbo y ya no volvió al Perú por disposición del
Gobierno de Chile, que no quiso exponer a sus tropas al peligro de las intrigas
y traiciones que dominaban en el revolucionado Estado del norte.
Inmediatamente
de desembarcada la tropa chilena de Aldunate en Santa, el General Sucre entró
en tratos con el jefe chileno para que proporcionara esa fuerza con el objeto
de reforzar los batallones colombianos. Aldunate no supo resistir a las
peticiones de Sucre y con esta debilidad se hizo responsable de que en la
batalla de Ayacucho, que se estaba preparando, no figurara un cuerpo que
enarbolara la bandera chilena.
Se sabe
ya, por las comprobaciones que hemos expuesto más arriba, que los regimientos y
batallones peruanos estaban llenos de soldados chilenos, especialmente la
caballería; ahora nos corresponde comprobar que también los batallones
colombianos contaron con el concurso muy bien apreciado por Sucre, de los
soldados de Chile. Más adelante veremos el papel destacado que les cupo
desempeñar en Ayacucho y en cuyo centenario se les ha negado por los
gobernantes peruanos la participación que en justicia les corresponde.
En carta
de Sucre a Bolívar, fechada en Huacho, a 5 de marzo de 1824, le da cuenta de
sus gestiones con Aldunate, de esta manera:
“El
Coronel Aldunate vino esta mañana; está dispuesto a darme su gente por reclutas
peruanos, y esperó que usted tenga prontos para cuando él llegue a Trujillo,
250 hombres buenos, porque él da buena gente. Digo que se los tenga prontos
porque es conveniente que él vea buena fe en el cambio. Hay entre su gente más
de sesenta hombres excelentes para la caballería y los mandaré a “Húsares”
Carta de
Sucre a Bolívar, fecha en Sucre, en 7 de marzo:
“El
Coronel Aldunate accedió inmediatamente al cambio de la tropa chilena. Hoy me
ha dado un mayor testimonio de su buena disposición a servimos, ofreciéndome
las mochilas y otros artículos de su cuerpo. Tiene el más vehemente deseo de
continuar la campaña, etc. Recomiendo a usted que el señor Aldunate reciba
pronto los reemplazos... que son de tanto interés para nosotros”.
Carta de
Sucre a Bolívar, fecha en Pativilca, a 7 de marzo:
“En el
bergantín “Roberto” va el Coronel Aldunate con unos cuarenta hombres de su
cuerpo para (formar) el cuadro; cuarenta reclutas que le he entregado hoy, y
cuarenta cívicos más. Aldunate ha entregado hoy cien hombres y dará cincuenta o
sesenta al Coronel Ortega en Sucre. Recomiendo qué usted lo trate muy bien y le
haga dar sus reemplazos.
“De lo que Aldunate entregue a Ortega, éste avisará; yo llevo cien hombres, es
decir, cuento con ciento setenta hombres para los cuerpos de Colombia; de
ellos, cien irán al Regimiento Vargas y setenta, los más jinetes, escogidos y
fuertes, al Húsares”.
Existen
muchos comprobantes más de la misma importancia que los citados, que
manifiestan que los soldados chilenos de Aldunate fueron repartidos por Sucre
en los batallones colombianos Vargas; Húsares, Pichincha y Valijeros; pero
creemos inoficioso continuar con estas citas; con las ya hechas son suficientes
para formar el concepto del lector.
Según el
parte del General Sucre a Bolívar, las fuerzas del ejército patriota que
combatieron en Ayacucho, estaban compuestas de esta manera, dato copiado a la
letra de ese documento que está fecho en el “Cuartel General de Ayacucho, a 11
de diciembre de 1824”;
|
Número
de combatientes: |
|
|
Colombianos |
4.500 |
|
Peruanos |
1.200 |
|
Argentinos |
80 |
|
Son |
5.780 |
Sabemos
que los batallones peruanos estaban compuestos en su gran mayoría, si no en su
totalidad, de soldados y oficiales chilenos; pero a fin de formar un cálculo
insospechable, sólo atribuiremos a esos batallones el cincuenta por ciento de
personal de nuestro país, con lo cual asignamos:
|
La
mitad de 1.200. |
600 |
|
Más los
300 soldados del Coronel Aldunate, incorporados a los batallones de Colombia |
300 |
|
Lo que
hace un total de soldados que son, el mínimum de la gente chilena que tomó
parte en la batalla. |
900 |
En
consecuencia, la composición del ejército patriota de Ayacucho es, en realidad,
la siguiente:
|
Colombianos |
4.200 |
|
Chilenos |
900 |
|
Peruanos |
600 |
|
Argentinos |
80 |
|
Total |
5.780 |
Estamos
seguros de que este cálculo no puede ser tachado de parcial y rectificado sino
en-favor del número de patriotas nuestros que allá combatieron por la libertad
del Perú.
Pero aún
queda por citar un documento que viene a disipar cualquier duda sobre la
participación de los chilenos en aquella acción de guerra: es el parte oficial
del comandante en jefe de la división que peleó allí con bandera peruana,
General La Mar. En ese documento, que se publica separadamente en otras
columnas de esta edición, se citan los nombres de los jefes, oficiales y tropa
de ejército que se distinguieron en la acción de Ayacucho, con especificación
de la nacionalidad de cada uno de los nombrados; es algo así como el cuadro de
honor de los héroes de la jomada.
Figuran
en este cuadro los siguientes chilenos:
·
Sargento Mayor don José María Guerrero, ayudante de
Estado Mayor
·
Sargento Mayor don Manuel Fuentes, comandante de la
Artillería. Subteniente don Felipe Contreras, de la Artillería.
·
Teniente Coronel don Ramón González, comandante del
batallón Nº 2 de infantería.
·
Sargento Mayor don Manuel Salcedo, del Regimiento
Húsares de Junín.
·
Teniente don Manuel Silva, del mismo Regimiento,
Teniente don José Antonio Espina, del mismo Regimiento.
·
Teniente don Manuel Carrera, del mismo Regimiento.
·
Alférez don José de la Cruz Núñez, del mismo
Regimiento.
Y colmo
dato final, creemos conveniente señalar la nacionalidad de los comandantes de
los cuerpos que combatieron con bandera peruana; de este detalle deducirá el
lector las conclusiones que quiera.
·
Estado Mayor General en Jefe, General José de la
Mar, ecuatoriano.
·
Jefe del Estado Mayor, General Agustín Gamarra,
peruano.
·
Jefe de la Caballería General Guillermo Miller,
inglés.
·
Regimiento de Artillería Comandante,
Sargento Mayor don Manuel Fuentes, chileno.
·
Batallón N° 1 Comandante, don Pedro
Bermúdez, peruano.
·
Batallón Nº 2 Comandante, don Ramón
González, chileno.
·
Batallón Nº 3 Comandante, don Manuel
Benavides, español
·
Legión Peruana Comandante, don José María
Plaza, argentino.
·
Húsares de Junín Comandante, don Isidoro
Suárez, argentino.
En
resumen, de nueve jefes de la división peruana de Ayacucho, había dos
argentinos, dos chilenos, un ecuatoriano, un español, un inglés, y sólo dos
peruanos.
Con todos
los antecedentes acumulados en el presente artículo, antecedentes que de
ninguna manera son completos, porque no sería posible encuadrar todos los que
existen en un artículo periodístico, se puede establecer sin mayor esfuerzo que
los chilenos en Ayacucho estuvieron en mucho más alta proporción numérica que
los hijos del país que recogió más directamente los beneficios de la
independencia.
El
distinguido americanista oriental Carlos Pereyra, cuyas obras han ganado un
merecido prestigio entre los intelectuales de ambos mundos, emite en uno de sus
libros, el General Sucre, la siguiente opinión sobre la guerra
de la independencia peruana:
“La
guerra de la independencia peruana fue una triste farsa. El Perú, que no pudo
ganar su independencia por esfuerzo propio, al recibir de manos ajenas el favor
de ser libre, recibió la protección como una ofensa; y las ligas qué debieron
ser de gratitud, no fueron sino gérmenes de odio”.
§ 7. El
“santo” de Rosita O’Higgins
(1820)
Aparte de
las noticias que corren diseminadas en las distintas biografías que se han
escrito sobre O’Higgins, muy poco se conoce en síntesis de la personalidad de
su hermana Rosa, que fue, junto con su madre, doña Isabel Riquelme, la
compañera inseparable del ilustre Padre de la Patria, en la próspera y en la
adversa fortuna. Rosa O’Higgins — o más propiamente Rosa Rodríguez Riquelme —
fue, sin embargo, una de las grandes mujeres de la Independencia, cuyo nombre
debe figurar a la cabeza de aquel grupo de damas que cooperan decidida y
eficazmente a cimentar la obra de la revolución en el seno de los atemorizados
hogares chilenos.
Para qué
no haya dudas en asignar a Rosa O’Higgins el primer puesto en el grupo de
Javiera Carrera, Paula Jaraquemada, Antonia Salas, Mercedes Fontecillas, Ana
María Cotapos, Rosario Rosales, Manuela Rosas, etc., baste recordar que la
hermana de don Bernardo empezó la jornada de sus vicisitudes por la patria
desde que su hermano se incorporó al ejército nacional, en 1811; lo siguió,
acompañada de su madre, de guarnición en guarnición, a través de todo el sur,
corriendo los albures de aquella guerra despiadada; cayó prisionera en la toma
del fuerte de Nacimiento, donde se había guarecido y no terminó esta primera
etapa de sufrimientos hasta que pudo salvar el cerco enemigo y llegar a
Santiago.
Con el
desastre de Rancagua tuyo que emigrar a Mendoza acompañando a su madre y a su
heroico hermano; huían con lo “encapillado”. Allí y en Buenos Aires trabajó de
costurera y de cigarrera para mantener el hogar mientras Bernardo se dedicaba a
conseguir elementos para organizar el Ejército de los Andes.
La
hermana del Director Supremo de Chile nació en Chillán, el 30 de agosto de 1781
0 1782 — según los datos del señor Pbro. don Luis Roa Urzúa— y fue la única
hija habida en el matrimonio de don Féliz Rodríguez con doña Isabel Riquelme y
Mesa, madre de Bernardo O’Higgins. El señor Rodríguez falleció a los dos años
de casado, y su viuda, a los veinticuatro años, se dedicó a la crianza y
educación de su hija, y también, posteriormente, a la de su hijo Bernardo, a
quien tuvo a su lado durante largos períodos hasta los ocho o diez años, edad
en que su padre, el Presidente O’Higgins lo envió al Colegio del Príncipe en
Lima, Rosa y Bernardo pasaron juntos los primeros años de su niñez.
Cuando el
incipiente revolucionario regresó de Europa, Rosa Rodríguez contaba veinte años
y su florida existencia se desarrollaba en la ciudad de Chillán, al lado de su
madre que la idolatraba. La llegada del ausente reunió a la corta familia en
esa ciudad, durante dos o tres años, mientras Bernardo gestionaba la posesión
de la herencia del virrey, su padre, fallecido en Lima en 1801; y una vez que
el joven hubo recibido la hacienda de Las Canteras, situada en los alrededores
de la villa de Los Ángeles, llevó consigo a su madre y a su hermana para no
separarse nunca más de ellas.
La
enconada lucha de la independencia arrastró a las dos señoras que tan cercano
tenían al caudillo de un pueblo crudamente azotado por los infortunios; en esta
escuela de dolor formó Rosa su carácter; las privaciones, los sufrimientos, las
persecuciones, no pudieron jamás doblegar esa alma de mujer abnegada y
consciente de sus deberes filiales y fraternales, y consciente, además, de sus
propios merecimientos. Pero si estuvo dispuesta a sufrir mientras se dilucidaba
en los campos de batalla la suerte de la patria, exigió también su derecho a
disfrutar de los honores y de los halagos del triunfo.
Tan
pronto como ella y su madre se instalaron en el palacio de los Presidentes de
Chile después de Chacabuco, Rosa quiso rodear al Director Supremo de todo aquel
regalo y boato que acostumbraban los Jefes de Estado extranjeros. Hizo quitar
los amueblados, cortinajes y tapices, algo viejos ya, que habían usado los
últimos Presidentes españoles, y los sustituyó por otros encargados
directamente a Inglaterra y Francia; promovió la venida al país de artistas
como el pintor Carrillo, de músicos como Drewetke, Alcedo, Guzmán y otros;
invitó a pasar a Chile a Zegers, fundador de esa familia en nuestro país, con
su hija Isidora, que era una cantatriz de altísimos méritos y tal vez la
primera en Santiago, que desempeñó su arte con principios científicos. Fomentó
el teatro influyendo decididamente entre las familias para que set abonaran a
las funciones y obligándolas, con su asistencia asidua, a concurrir a las
veladas que se ofrecían en el Teatro Principal de la Plazuela de la Compañía.
Las
grandes recepciones en Palacio eran continuas, aparte de las que se verificaban
todas las noches de carácter familiar, y a las que concurrían sus amigas más
íntimas y los allegados del Director. En esas reuniones se “hacía música”, como
diríamos ahora y se bailaba. Muchas veces se sentaba al piano el propio
Director O’Higgins, que había aprendido música en Inglaterra, y era un hábil
ejecutante. En resumen, la vida social de la Patria Nueva tuvo en Rosa
O'Higgins una cultora entusiasta, inteligente y muy discreta pues que de
mucha discreción y tino se necesitaba entonces para ir suavizando las asperezas
que existían entre o’higginistas y carrerinos, grandes partidos en que estaba
dividida la sociedad chilena. La bella Mariquita Cotapos, hija del recalcitrante
“carrerino” don José Antonio Cotapos, era amiga íntima y asidua contertulia de
la familia del Director.
Desde que
su hermano asumiera las altas funciones de Jefe del Estado chileno, Rosa
Rodríguez Riquelme había aceptado de hecho el nombre de “Rosita O’Higgins”, con
que la llamara cariñosamente San Martín en Mendoza y que todos, argentinos y
chile- nos, le dieron también allí, y luego en Santiago, Con
ése nombre se firmó en muchas cartas.
Durante
los seis años que vivió la familia O’Higgins en el Palacio Directorial se
dieron allí muchas recepciones, cuya solemnidad hizo época, sobre todo en los
aniversarios de la patria; pero ninguna fue tan bullada y solemne como la
que se hizo el 30 de agosto de-18201, día de Santa Rosa. Había
para esta solemnidad un motivo especial: se trataba de celebrar, juntamente con
el onomástico de Rosita O’Higgins y el natalicio de don Bernardo — que era el
20 del mismo mes, y cuya fiesta se había postergado porque el-Director estaba
ausente en Valparaíso— el gran, gran acontecimiento nacional de la partida del
Ejército Libertador del Perú, hecho que se realizó también el 20 de agosto.
Seis
grandes salones de Palacio, aparte de las dependencias fueron habilitados para
recibir a los quinientos invitados que; concurrieron a la fiesta; los Larraínes
prestaron amueblados suplementarios, sobre todo sillería; mandaron también la
platería de su comedor para completar el servicio necesario para tanta gente.
Se instalaron tres larguísimas mesas de más de veinte metros cada una en el
segundo patio del Palacio, que había sido cubierto con carpas y velas de buque
traídas expresamente de Valparaíso. Se estrenó en esa ocasión un regio juego de
mantelería que Lord Cochrane había hecho traer de Inglaterra para uso de Lady
Cochrane. Fuentes de plata maciza y de todos tamaños, al lado de las más finas
porcelanas de Sèvres y de Sajonia, colocadas a lo largo de las mesas, daban
lucimiento a los ostentosos pavos y capones con sus cabezas doradas y
plateadas, sus pescuezos altaneros, sus ancas acarameladas y sus ramos de
albahaca en el pico y en él rabo. De cuando en cuando un chanchito relleno, de
cola ensortijada y con una naranja en el hocico lucía su piel sonrosada y
límpida, como la calva impecable de un viejo coquetón quebrando los reflejos de
las innumerables luces de velas de cera, que pendían de enormes “arañas”
colgadas del techo. Las tortas de “manjar blanco”, de las monjas Agustinas,
alternaban con los “almendrados” de las Clarisas, rivalizando como siempre y
desde tiempos inmemoriales, en suntuosidad y apetitosa presentación; platitos
de huevos chimbos, de aceitunas de San Fernando, de ají en escabeche, de
cebollitas ídem, de charqui “finito”, de queso de Chanco, diseminados acá y
acullá, invitaban a llevarse delicadamente a la boca, con la punta de los dedos
— suprema elegancia— esa variedad de golosinas dejadas allí para “abrir el
apetito”. En sitio de honor, al centro de una de las mesas, llamaba la atención
una gran fuente que habían enviado las monjas del “Carmen Bajo”, como “regalo”
a “misiá Rosita” para el día de su santa patrona; era una hermosa pava rellena,
lujosamente ataviada con los adornos culinarios de rigor, y qué se presentaba
rodeada de toda su prole, doce pavitos, también rellenos y con banderitas
nacionales en el pico. ¡Toda la familia había sido sacrificada en honor de la
benefactora del Carmen Bajo! La fiesta empezó desde las primeras horas de la
mañana del día 30. Como todas las bandas militares habían tenido que partir con
el Ejército Libertador, el inglés Guillermo Cárter, músico desertor de la
fragata “Phoebus” preparó con la debida anticipación una banda de civiles que
comenzó el bullicioso desempeño de su cometido tocando una “diana” en la Plaza
frente al Palacio Directorial. Por si no lo hemos dicho en otra ocasión es
conveniente advertir que este palacio estaba ubicado en el sitio donde está hoy
el Correo.
La diana
dio la señal para que el pueblo concurriera a instalarse frente a Palacio a
vivar al Director, a misiá Rosita, a la patria y al ejército; y a presenciar la
llegada de los criados de librea y de las “chinas” de casa grande que traían
los saludos y los ostentosos regalos de sus patrones para los festejos con un
“recado” que el mensajero decía invariablemente con la entonación de quien reza
un Padrenuestro: Manda a decir mi amita, señora doña Fulanita, que pase muy
buenos días en la compañía de Su Excelencia y de mi señora doña Chabelita y que
le manda esta “frionerita” en señal de cariño y que le pide licencia para venir
a “besarle la mano”.
Una
Ratería instalada en el costado sur de la Plaza atronaba la ciudad disparando
un cañonazo cada hora, habiendo empezado su! cometido a las siete de la mañana,
con una salva de once cañonazos. En aquellos tiempos no se hacía nada sin
pólvora.
Hacia las
doce meridiano había terminado ya el saludo de las embajadas domésticas; era de
estricto protocolo que ese saludo se verificara antes de mediodía. A las dos de
la tarde empezó a desarrollarse el programa popular en la Plaza:, elevación de
globos de las más caprichosas formas; perros, chanchos, burros, toneles y hasta
un “maturrango” con su correspondiente cola. Siguieron el palo ensebado,
cairelar de ensacados, rompecabezas, quebrar la ollita, capote y baile, todo
esto mientras llegaban a Palacio las familias a presentar sus respetos;
descendiendo de sus calesas frente a la puerta principal donde montaba guardia
una fila de soldados de vistoso uniforme. La llegada de “ambos Cabildos” el
civil y el eclesiástico, fue anunciada con clarinadas que electrizaron a la
masa popular congregada en la Plaza y provocaron aclamaciones y vivas a Su
Excelencia y a “misiá Rosita”. La banda del gringo Cárter contribuía a mantener
el entusiasmo con sus valses, polcas y marchas, y a veces también con la
Canción Nacional, compuesta por Robles, y recién estrenada el 20 de agosto en
la inauguración del Teatro Principal.
Cerca de
las seis de la tarda empezó a retirarse la concurrencia de Palacio; tenía que
“merendar” para asistir enseguida a las siete a la función de gala que ofrecía
el empresario, Coronel Arteaga, edecán de O’Higgins, en honor de los
festejados.
Las
siguientes palabras que tomamos exactamente de un impreso de la época, dan idea
de lo que eran las funciones del nuevo Teatro: “El escenario es bastante
extensa, las decoraciones muy buenas, pero él proscenio demasiado bajo. En el
telón de boca se lee en letras doradas: Aquí está el espejo de la virtud y el
vicio: miraos en él y pronunciad el juicio.
“A la
derecha del proscenio está el palco del Director, adornado con sederías azules,
rojas y blancas, con franjas doradas.
Al frente se encuentra el palco del Cabildo, menos suntuoso, pero decorado con
los mismos colores.
“El teatro estaba completamente lleno cuando llegó el Director y su familia,
con tres indiecitas más; la belleza de las mujeres asistentes daba gran
lucimiento al conjunto de la sala. La concurrencia pidió el himno nacional que
fue tocado y cantado como se acostumbra antes de empezar la representación”.
§ 8. La
“Orden del Sol del Perú”
(1821)
Ocupada
Lima sin disparar un tiro> por la retirada del virrey La Rema y de su
desmedrado ejército hada la sierra, el General San Martin creyó conseguido su
objeto de obtener la libertad del Perú sin derramamiento de sangre; no se
ilusionó, por cierto, con la idea de que la independencia estaba consolidada
con haber entrado a la capital del virreinato, pero sí, con que le restaba por
hacer la parte más sencilla, desde que el representante de la Monarquía había
sido obligado a perder el control de una región valiosa y representativa del
virreinato más importante de la América española, y desde ese momento habría de
vagar por la sierra, donde le sería bastante difícil rehacerse.
Sus
primeras actividades se encaminaron a proclamar la independencia del Perú, acto
que se llevó a cabo diez o quince días después que el coronel chileno don José
Miguel Borgoño entró con sus tropas a la capital para resguardar el orden
público amenazado por el populacho que se encontraba soliviantado por la
situación de abandono en que había quedado la ciudad. San Martín se guardó
mucho de hacer ostentación de su victoria y antes de tomar posesión de la
capital o de hacer cualquier acto de dominio, se encaminó la noche del 12 de
julio, desde el campamento de la Legua a Urna, acompañado solamente de su
ayudante, y fue al desmontarse, modesta y casi ocultamente, frente al palacio
del Marqués de Montemira, don Pedro José de Zárate y Navia, a
quien el fugitivo Virrey había entregado el mando de la capital.
La
entrevista debía ser corta, según lo tenía pensado el General en Jefe; pero por
más empeño que puso en substraerse a toda exhibición, la noticia de su llegada
a Lima se difundió rápidamente y antes de media hora el palacio del Marqués se
vio invadido por centenares de personas de las más representativas, individuos
de las diversas corporaciones, caballeros y damas de la aristocracia acudieron
a saludarlo y a ofrecer sus respetos al libertador de la patria. San Martín
atendió afablemente a todos los presentes y la discreta sencillez de su trato
le atrajo inmediatamente la-simpatía de todos; cuando, después de dos horas, se
retiró a su campamento, todo el mundo “se hizo lenguas” hablando de la modestia
del “General de Chile”.
Dos días
después llegaba San Martín seguido de su Estado Mayor, sin ostentación alguna,
a las puertas del palacio de Bizarro y tomaba el mando, siendo su primer
decreto la convocación de un Cabildo Abierto “para consultar la voluntad del
pueblo y exprese si la opinión general se halla decidida por la independencia”.
Este Cabildo se llevó a cabo al .día siguiente, 15 de julio, con asistencia, se
comprenderá, de lo más granado de Lima, incluso el anciano y venerable
Arzobispo Las Heras, que fue el primero en firmar el acta, en
la cual se dejó establecido que la opinión del pueblo “era decidida por la
independencia de la dominación española y de cualquiera otra extranjera”.
Este
documento se dejó en la secretaría del Cabildo a fin de qué fuera firmado por
todos los que no pudieron hacerlo en ese mismo acto; cuatro días después,
el 20 de julio, lo habían subscrito más de tres mil vecinos,
“así nacionales como españoles”, algunos de éstos por sentimiento espontáneo y
otros por congraciarse con los patriotas.
Mientras
se recogían las firmas, San Martín dictó varias providencias de “buen gobierno”
para regular el nuevo estado de cosas; una de ellas fue la de que “se
arrancasen de todos los edificios públicos los escudos de armas del) Rey de
España y que en su lugar se pusiesen estas palabras: “Lima independiente”;
respecto a los escudos nobiliarios, San Martín dispuso que “sólo se dejasen
aquellos tiembres de honor de las familias adquiridos por servicios de sus
antepasados”, fija todo lo contrario de lo que, había hecho O’Higgins después
de Chacabuco, el cual, como lo recordará el lector, había arrasado con todo “lo
que recordaba el premio con que los tiranos compensaban las injurias que
inferían a sus vasallos”.
Era que
San Martín y O’Higgins pensaban, a este respecto, de muy
distinta manera. San Martín estaba convencido de que los pueblos de América no
podían gobernarse dentro de la$ normas republicanas de gobierno, sino
únicamente por medio de una monarquía constitucional; ya he dicho en otra
ocasión, que a raíz de la independencia argentina por el Congreso de Tucumán,
en 1816, San Martín y Pueyrredón estuvieron maquinando fuerte y. feo por
constituir en su patria, una monarquía a cuya cabeza pensaban colocar a un
Inca del Perú... O’Higgins, en cambio, era un republicano resuelto — -por más
que afirme lo contrario el eminente don Ricardo Palma— y jamás acompañó a su
amigo San Martín en sus lucubraciones y ajetreos monárquicos.
Elegido
San Martín primer mandatario del Perú, después de la proclamación de la
independencia, el 28 de julio, el Protector — éste fue el título que adoptó se
lanzó .desembozadamente a organizar una monarquía peruana, buscando
empeñosamente, entre .las casas reinantes europeas un príncipe que quisiera
venir a mandar en el nuevo Estado; y para prepararle el terreno al futuro
monarca americano, quiso tenerle lista una “corte” y una nobleza peruana
“basada en el patriotismo, en la virtud y el verdadero mérito”.
, Su
ministro Monteagudo, “el zambo”, fue el encargado de redactar el documento que
debería dar vida al nuevo organismo nobiliario, documento que fue estudiado con
meticulosa atención por el Protector, corregido y rehecho varias veces. Por
fin, el “libelo” quedó a satisfacción y fue mandado “copiar" para su
tramitación. El día 8 de octubre de 1821 fue firmado el decreto y su
conocimiento, por la publicación que de él hizo la Gaceta de
Lima, llevó a los “candidatos” un entusiasmó loco.
Los
limeños eran apegadísimos a todo lo que era título de nobleza, o
condecoraciones y San Martín, habiéndoles dado ya gusto en muchísimas cosas,
les presentaba ahora un nuevo manjar condimentado con el atrayente agridulce de
“patria independiente”.
La “Orden
del Sol del Perú”, así se denominaba, constaba de tres categorías: Fundadores,
Beneméritos y Asociados; en el mismo artículo se designaban los primeros
Fundadores, que era la más alta distinción; habiendo sido el primero de todos
el Director Supremo del Estado de Chile, Capitán General don Bernardo
O’Higgins; los demás, fueron sus tres ministros, Monteagudo, García del Río y
Unánue; los Generales Las Heras, Arenales, Luzuriaga; el intendente general del
Ejército don Juan Gregorio Lemos, Paroissien, Tomás Guido, el Marqués de San
Miguel, el Marqués de Torre-Tagle, el Coronel don Tomás Heres, el Conde de
Valle Oselle y el Vicario Castrense don Cayetano Requena: Los Fundadores
tendrían una renta anual de mil pesos.
“Los
Beneméritos, con quinientos pesos de renta, deberían ser tres jefes u oficiales
de cada cuerpo de ejército, elegidos en votación secreta por la oficialidad, y
además los ciudadanos, sin excepción, que hayan contribuido o contribuyesen a
consolidar la independencia” Y los Asociados, “cualquier ciudadano de cualquier
clase o fuero que se hiciese acreedor al aprecio público”. Veinte de estos
Asociados gozarían de una renta de doscientos pesos.
La Orden
debía ser regida por un Gran Consejo, presidido .por el Jefe Supremo de la
Nación peruana, “fuere o no miembro de la Orden”, del que formarían parte nueve
Fundadores. Este Consejo tendría un Secretario, un Maestro de Ceremonias, un
contador y un tesorero, que tendrían a su cargo la distribución de las
pensiones. El Consejo debería reunirse tres veces al año: en enero, en mayo y
en septiembre.
Los
Asociados podrían ascender por méritos especiales, a Beneméritos; éstos a
Fundadores, éstos a Consejeros Honorarios y éstos a Consejeros de Número, los
cuales, ya lo sabemos, eran sólo nueve. Todos estos ascensos deberían acordarse
a propuesta del Jefe Supremo. Los Fundadores tendrían el tratamiento de
“Señoría Honorable”; los Beneméritos, sólo de “Señoría”.
La
categoría de Fundador sólo podía ser conferida a los Jefes de Estado, “a los
generales que hayan vencido al enemigo o tomado una plaza, o a ciudadanos que
hayan hecho servidos muy eminentes”.
La
insignia de los Fundadores “es una banda blanca del hombro derecho al costado
izquierdo donde enlazará, terminando en dos borlas de oro, y una placa también
de oro con las armas de la Orden”. La de los Beneméritos, medalla de oro
colgada al cuello con una cinta blanca. La de los Asociados, una medalla de
plata al lado izquierdo del pecho, prendida de una cinta banca.
Las armas
de la Orden, “son las del Estado del Perú, con un escudo elíptico que resalte
en el centro y en la parte superior del exergo, esta inscripción, sobre campo
blanco: “El Perú” y en la inferior, sobre campo encamado, la leyenda, en letras
de oro: “A sus libertadores”. El mismo artículo de esta disposición, declara
que, “una vez que se haya consolidado la independencia del Perú, , en lugar de
esta leyenda, se pondrá la siguiente: “Al mérito acendrado”.
Los
miembros de la Orden debían prestar un juramento en manos del Presidente de la
Alta Cámara de Justicia, durante solemne ceremonia con que debían ser
recibidos, con asistencia de todos los miembros de la Orden y de los
funcionarios y corporaciones del Estado. Esta ceremonia debía realizarse en la
Catedral, y a presencia del Arzobispo. El juramento era del tenor siguiente:
“Juro por mi honor y prometo a la patria defender la independencia, la
integridad y la libertad del Estado del Perú, mantener el orden
público y procurar la felicidad general de la América, consagrando a ella mi
vida y mis propiedades”.
Los
derechos y prerrogativas de los Fundadores, eran hereditarios hasta sus nietos,
los cuales, llegados a lo veintiún años “y siempre que, a juicio del Gran
Consejo, no se hubieran hecho indignos de ellos”, gozarían de esos derechos
y de la rentad la cual era par tibie. Los Beneméritos, los Asociados y sus
herederos, tendrían preferencia para los empleos públicos y sus hijos tenían
derecho a ser educados por el Estado “una vez que se sane en las rentas que se
asignarán a la Orden”.
Por un
artículo especial se disponía que “la Orden del Sol del Perú será en el Estado
peruano la primera en, dignidad y lustre y se espera de la imparcial posteridad
que la conservarán con aquel religioso respeto que merece su origen y por la
grande época que recordará a los siglos futuros”. Por último, declara Patrona
Tutelar de la Orden del Sol a Santa Rosa de lima, en cuya festividad se
celebrará todos los años uña función, la más solemne, en la Iglesia de Santo
Domingo, a 3a que asistirán de gran gala y con todas sus insignias los miembros
que se encuentren en Lima o sus términos”.
Igual
festividad debería celebrarse, en el mismo templo, el día 8 de septiembre,
aniversario del desembarco del Ejército libertador en Pisco..
La
primera y solemne fiesta que celebró la Orden del Sol se
realizó en el Templo de Santo Domingo, en Lima, el 16 de diciembre de 1821, y
en ella recibieron sus insignias los primeros Fundadores, Beneméritos y
Asociados, quedando constituido ese mismo día el Gran Consejo. La fiesta
adquirió caracteres excepcionales, con la asistencia de todo el ejército,
corporaciones, funcionarios, comunidades, y “enorme pueblo” y,
por cierto, el Protector y sus Ministros. Allí pronunció un sermón “alusivo” el
padre dominico fray Robustiano Castañón, conceptuado el más “fino pico de oro”
del virreinato”, “Las limeñas “se pirraban por los “Caballeros del Sol”, y era
costumbre que lea “curiosearán” las insignias, cada vez que los tenían al
alcance de sus manitas; muchas de ellas, qué también habían ¡¡restado grandes y
señalados servicios a la causa, gestionaron que se las
incluyera en la Orden, y a pesar de que al principio se les
negó perentoriamente la gracia, “por no estar de acuerdo con el Estatuto”, a
ellas “se les puso” entre cachirulo y cachirulo “que tenían” que ingresar a la
nobleza de la patria.
Cualquiera
podría pensar en que San Martín, conocida la inflexibilidad con que mantenía
sus resoluciones, echó a la punta del San Cristóbal — así se denomina un
“cerrillo que domina la capital peruana— la pretensión de las limeñas ¡es
no conocerlas! San Martin cayó allí como cualquier monigotillo de marido y no
tardó mucho, pues antes de un mes, después de la augusta ceremonia de Santo
Domingo, el 12 de enero de 1822, expidió un decreto creando “Caballeresas
del Sol”, y las distribuyó, ciento doce, entre las damas “seglares” y treinta y
dos, entre monjas de los trece conventos que existían en Lima. Según don
Ricardo Palmas, las primeras caballeresas seglares fueron las condesas de San
Isidro y de la Vega del Ren y las marquesas de Torre-Tagle, Casa-Boza,
Castellón y Casa Muñoz; y entre las que no tenían título, figuró en primer
lugar, Rosita Campusano, aquel pimpollo que trastornó, con sus encantos, a los
más “graves” generales, funcionarios y nobleza de ambos regímenes, haciéndolos
servir a todos a favor de la independencia peruana. Díganlo, si no, los
generales Tristán, La Mar, antes realistas y después republicanos, y sobre
todo, Tomás Heres, comandante del regimiento Numancia, que “se pasó” a los
insurgentes a banderas desplegadas.
San
Martín, que también quemó incienso ante el altar de la Venus limeña, fue muy
criticado por haber investido de “caballerosa” a su amiga Rosita; pero el
hombre rara ecuánime, y no podía desconocer que la Rosita Campusano había
prestado a la patria servicios más efectivos que muchas de las que se pirraban
por lucir la condecoración.
La
insignia de las Caballeresas del Sol, era una banda blanca y roja, que llevaba
escrita esta leyenda: “Al patriotismo de las más sensibles”.
Los
contemporáneos dijeron que esta leyenda" la había redactado el “zambo”
Monteagudo...
§ 9. La
peregrinación de las Monjitas
(1821)
La
organización de la expedición libertadora del Perú, o sea, de aquellas cuatro
tablas de que dependía la libertad de América, según dijo el Director
O’Higgins, no sólo Había agotado el erario nacional, sino que lo había dejado
empeñado por muchos años y Hasta más allá de lo imaginable.
Para
colmo, las expectativas de que los patriotas del Perú hicieran frente a los
gastos de expedición, mientras ésta actuara en aquel territorio y en defensa de
su emancipación, estaban desapareciendo en forma fugaz, porque los hijos del
Rímac, en su gran mayoría, se manifestaban más realistas que el virrey, y esto
no es una paradoja, porque debemos recordar que Su Excelencia no hizo ascos a
un entendimiento con San Martín sobre la base de una monarquía independiente; y
si él proyecto no se llevó a cabo fue porque a ello se opusieron
terminantemente los jefes dpi ejército español.
Las
penurias de nuestra caja no terminaron, pues, con haber armado la escuadra y
equipado el ejército expedicionario en la forma que tenía la costumbre de
exigirlo San Martín, sino que, por lo contrario, las peticiones de dinero y de
elementos bélicos arreciaban desde la costó peruana, y no por pequeñas
partidas, sino gruesas cantidades que no pudimos, por fin, satisfacer, dejando
que todo sé lo llevara el diablo.
Para
colmo de apuros, en las provincias del sur habíase Arraigado el bandido
Benavides que asolaba los campos y las ciudades enarbolando el nombre del Rey
de España, sin que el infeliz monarca ni su gobierno sospecharan siquiera que a
la sombra de su estandarte se estaban cometiendo las mayores exacciones y los
más horrendos crímenes.
Tanto
había crecido la banda de Vicente Benavides que el Gobierno de Chile se vio
precisado a levantar un ejército para echarlo en su contra y a emplear a sus
más gloriosos generales de Chacabuco y Maipo para que Jo envolvieran en su
estrategia, como si se tratara de un caudillo de ejércitos regulares.
Pero no
era cosa de levantar un ejército de dos mil hombres con palabras y buenas
intenciones: había que armarlos, equiparlos, amunicionarlos... y pagarlos; para
todo esto se necesita un dinero que no se tenía ni había de dónde sacarlo. Para
el Gobierno de Chile habíase presentado un dilema: o se imponían nuevas
exacciones a los vecinos más pudientes del país, o se perdía la provincia de
Concepción, en donde actuaba Benavides.
Para
poner en práctica lo primero se debía contar con el apoyo del Senado; pero este
alto cuerpo, aunque reconocía la gravedad de la situación, no se atrevía a
dicta leyes de nuevas contribuciones sobre el esquilmado bolsillo de los
propietarios santiaguinos, los únicos que pagaban él pato, por estar a la mano
de las autoridades. Sin embargo, las perspectivas eran tan negras que el Senado
no tuvo más remedio que aceptar la proposición del Ministro de Hacienda y
autorizar una nueva “derrama” o contribución directa, por una sola vez, de la
cantidad de cuarenta mil pesos, contribución que “no debía recaer sobre
personas de escasa fortuna” La “derrama” estaba destinada, exclusivamente a
equipar al ejército que debía socorrer a la ciudad de Concepción extorsionada,
ya lo he dicho, por Vicente Benavides.
Quiero
pasar por alto, en esta crónica, las incidencias a que dio lugar el cobro de,
ésta contribución directa; me bastará decir que los tres “honorables sujetos”
que fueron designados por el Gobierno para hacer el reparto de ella entre el
vecindario más pudiente, fueron víctimas de los más atroces y mordaces
insultos.
“Se ha
elegido los cafés públicos para teatro de nuestro deshonor y de los más
atrevidos insultos — decían al Gobierno los comisionados don Diego Antonio
Barros, don Mariano Egaña y don Pedro García de la Huerta— se nos ha calumniado
y se nos ha atacado con procacidades tan bajas e indecentes, desde hace doce
días, que llenos de amargura protestamos a V.E. que tenemos que ocultamos
porque no es posible sufrir a cada pasó un
choque y desaire de los malvados”.
Y todo
esto por “mil pesos”, la mayor suma que los comisionados podían imponer a cada
persona.
Estas
dificultades y la demora en percibir la contribución exasperaban al Director
O’Higgins, cuya nerviosidad no necesitaba de mucho para excitarse; de nada
servían las órdenes terminantes, los ruegos, las súplicas y las gestiones de
toda especie que ponían en práctica para que los contribuyentes “afectados” $é
apresuraran a cubrir sus cuotas; no dudo de que algunos se resistieron a pagar
de “cicateros”, o porque ya estuvieran “de la patria hasta la coronilla”, como
aquel príncipe Danilo de la opereta; pero dicho sea en verdad, la mayoría del
vecindario no pagaba “porque no tenía blanca”; la escasez de numerario era tal,
que el Gobierno se veía obligado muchas veces a recibir el pago “en especies” —
charqui, sebo, carbón, miel, etc.— porque no había otro medio para cobrar. Y a
todo esto la situación apremiaba porque Benavides, sabiendo los apuros del
Gobierno apretaba la mano en el sur; el Director se vio obligado a recurrir,
entonces, a arbitrios extraordinarios y dictatoriales. “Salus populi suprema
lex esto”.
Desde su
fundación, en 1678, existía en la esquina nororiente de la Plaza Mayor, un
convento de monjas bajo la advocación de Nuestra Señora de la Victoria,
llamadas por el pueblo las monjitas” denominación que tomó y conserva hasta el
presente, la calle de este nombre. El monasterio ocupaba toda la manzana
comprendida entre las actuales calles de 21 de Mayo, Santo Domingo, San Antonio
y Monjitas y el extenso solar estaba cerrado en toda su extensión por una tapia
“de mediana altura y de feísimo aspecto”; en la esquina frente a la Plaza se
levantaba una pequeñísima iglesia, bastante vieja, que era el único edificio
que venía a interrumpir la monotonía de aquellos pesados murallones; unos
“cuartos” de alquiler, que daban a las calles de Santo Domingo, estaban casi
siempre ocupados por cocinerías mal olientes o por otros negocios en que el
aseo no era cosa común.
Desde que
O’Higgins tomó el gobierno del Estado, a raíz de Chacabuco, había concebido la
idea de quitar de la esquina de la Plaza ese monasterio que andando el tiempo
habría de ser un impedimento para el progreso de la ciudad, por cuanto “las
monjitas”, con toda seguridad, no pensarían jamás en emprender una obra de
edificación tan ajena a su instinto de vida netamente contemplativa.
Por otra
parte, el sitio en que se levantaba ese monasterio en el centro mismo de la
capital, en su Plaza de Armas, era donde se reunía el pueblo para todas sus
fiestas bulliciosas militares y civiles, en donde se realizaban las reuniones
políticas, las “revoluciones” y hasta las batallas campales, como la del motín
de Figueroa.
Abarcando
todo el conjunto de beneficios morales y materiales que reportaría la
traslación de las monjitas” a otro sitio lejos del mundanal ruido, el Director
divisó además, un arbitrio seguro para obtener el dinero que necesitaba para la
campaña contra Benavides, que tanto le preocupaba. Su proyecto era el de Vender
en sitios toda la manzana que ocupaba el convento, reconociendo el Estado, a
censo, su producto, el cual se invertirá en armar y sostener el ejército del
sur”.
No
necesito llamar la atención del lector hada la gravedad y la audacia del
proyecto del Director O’Higgins; pero el hombre era así, y ante la
consideración del bien público no se paraba en pelos, en pelillos, ni en
barras.
Llamó a
su Ministro Rodríguez Aldea y sin más preámbulos expúsole su proyecto.
Rodríguez, no era de los muy pacatos, y por lo contrario, sus adversarios lo
llamaban "sinvergonzón”; pero ante la audacia del jefe del Estado
reconoció su pequeñez.
— Y esto
debemos hacerlo muy ligerito y callandito — dijo O’Higgins.
— ¡Los
pelucones se lo van a comer, a su Excelencia! — reparó el doctor Rodríguez— ¿no
sería mejor pedir autorización al Senado, antes de proceder...? — propuso, por
decir algo.
— Calle
usted, mi señor don José Antonio — replicó el Director, nada podemos esperar de
ese "cuerpo cauloso” que no hace otra cosa que cerrar la puerta al
sinnúmero de arbitrios que le he presentado para procurarme fondos. Eso de las
monjitas tenemos que hacerlo muy a las callandas para que los parientes de las
religiosas no nos echen a toda la gente en contra nuestra.
— ¿Y ha
pensado Su Excelencia en dónde vamos a instalar a las monjitas, mientras
construyen su nuevo convento? — preguntó el Ministro.
— Claro
que lo he pensado — contestó rápidamente el Director— o se van al convento de
las Claras, que me parece lo más acertado, porque son de su misma regla, o se
arreglan con las Agustinas, que tienen buen convento y grande." Meneó
lenta y negativamente la cabeza el Ministro, y dijo:
— Acabo
de hablar con el canónigo Briseño, a quién confió Su Excelencia el encargo de
arreglar el asunto de ese traslado y me ha dicho que las Claras prefieren
“arrancarse” de su convento antes de franquear sus puertas a las sucesoras de
las “rebeladas”, por más que haya pasado mucho tiempo de aquella rebelión, y
por más hermanas que sean. .. Cuanto a las Agustinas, alegan que su regla no
les permite alojar a monjas de otro instituto y además que no tienen celdas que
ofrecerles.
Quedóse
preocupado el Director con la noticia que acababan de darle y a poco quedóse
inmóvil, apoyado en el “brazo” del sillón, señal convenida y aceptada por todos
sus amigos, de que quería estar solo. Al despedirse el ministro, el Director
díjole:
— Don
José Antonio, no se preocupe usted por el alojamiento de las monjitas, que
mañana le indicaré a usted dónde las vamos a instalar; déjeme pensarlo esta
noche.
Al día
siguiente, apenas entró el Ministro al despacho del Director, oyó estupefacto
la siguiente resolución del Primer Mandatario de Chile:
— Ya les
tengo alojamiento a las monjitas, don José Antonio...
— ¿En
dónde?...
— En el
convento de la Recoleta Franciscana...
Y antes
de que el Ministro cerrara la boca, que se le había abierto con la sorpresa, el
Director continúo:
— ¿No le
parece que no les he podido encontrar mejor casa?
— Pero ¿y
las frailes, excelentísimo señor?...
— Los
frailes son hombrecitos grandes, Ministro; que se busquen donde alojar. Y sin
perder un minuto, agitó la campanilla que tenía al alcance de su mano en la
escribanía, y haciendo llamar al Coronel Zuloaga le ordenó que procediera
incontinenti a notificar a los reverendos padres de la Recoleta “que
tuvieran a bien evacuar el convento”. Las tropas que estaban alojadas allí
desde algún tiempo debían ser trasladadas al cuartel de la Maestranza. Esa
misma tarde quedó firmado un decreto que iba a levantar una tempestad no sólo
entre la gente devota de la capital, sino principalmente entre los enemigos del
Director, que no podían desperdiciar esta ocasión para soliviantar las pasiones
ya muy encobadas contra el Gobierno “tiránico” del héroe de Chacabuco y contra
su Ministro de Hacienda, el “ladrón” Rodríguez. Porque, habrá de saber el
lector, que por aquellos entonces los epítetos de ladrón, canalla, bandolero, y
otros por el estilo eran los más suaves y corrientes que se aplicaban a los
adversarios políticos. Ya hemos visto cómo eran tratados los señores Barros,
Egaña y García de la Huerta, que eran simples comisionados para “cuotear” a los
contribuyentes.
“Las
nuevas tentativas del traidor Benavides — dice el decreto que tengo a la vista—
demandan toda la atención del Gobierno para que no sea devastada la provincia
de Concepción; cualquier sacrificio que ahora se haga ahorrará otros tantos y
la sangre de millares de víctimas. Cien mil pesos están calculados para que un
ejército respetable lleve la pacificación y el escarmiento a ese bandido, y no
pudiendo el Estado sufragar esa cantidad, es forzoso adoptar cualquier otro
arbitrio”.
Estas y
parecidas frases que aparecen en el exordio del decreto, eran algo así como la
“exposición de motivos” llamada a dorar la píldora amarguísima que se iba a
administrar más adelante.
“Y porque
en presencia del bien público cesa todo fuero; privilegio y consideración,
hice que se desocupase, con cargo de devolución dentro del plazo: de ocho
meses, el convento de la Recoleta Franciscana cuyos claustros servían a
unos pocos religiosos y al cuartel de la Artillería, para que, trasladándose
allí las religiosas de monasterio de la plaza, se puedan vender sitios en la
manzana que ahora ocupa, reconociendo el Estado, a censo, sus productos y se
inviertan en el Ejército del sur. Y estando ya desocupados los espaciosos
claustros de la Recoleta, acuérdese con el Gobernador del Obispado, sobre el
modo, formal y decoro con que se han de instalar las monjas”.
El
Director daba por hecho todo lo que había ordenado en te mañana al coronel
Zuloaga; pero no contaba con los frailes franciscanos...
Cuando él
canónigo Briseño, acompañado del síndico de “las monjitas”, fue a notificar a
la abadesa, doña Carmen Serrano, la orden directorial, esta señora “se quedó
pasmada” y en el primer momento no acertó a decir una sola palabra; arrodillóse
en seguida ante el gran crucifijo del locutorio, formuló una corta y humilde
oración, terminada la cual, intensamente pálida, cruzó sus brazos, inclinó la
cabeza ante el prelado y con acento de obediente resignación, dijo
sencillamente:
— ¿A
dónde debemos ir?
— Al
convento de la Recoleta Franciscana— contestó el canónigo.
— ¡A la
Recoleta!... ¿Y cuándo?...
— Antes
de ocho, días deberán vuestras reverencias desocupar este convento. Yo soy el
encargado de atender al conveniente y decoroso traslado de las reverendas
madres. Resignación, señora — agregó con voz entrecortada por la emoción.—
Quede vuestra reverenda con Dios.
La monja
arrodillóse ante el canónigo, cogió su mano y la dejó humedecida con sus
lágrimas.
— ¡Hágase
la voluntad del Señor! — murmuró, cuando los visitantes traspusieron el umbral.
Muy
distinta, fue la escena qué se produjo entre el coronel Zuloaga y el guardián
de la Recoleta, fray Tadeo Herrera, cuanto aquél se presentó para notificarle
el decreto de O’Higgins.
—
¿Abandonar nuestro convento?... ¿Echarnos a la calle como intrusos, cómo
“aparecidos”? ¡Jamás! Primero muertos.
— Repare
su paternidad en que es servicio de la patria, y que las monjas ocuparán este
convento sólo por unos ocho meses, mientras se les constriñe el suyo.
— ¡Y
todavía para que vengan a instalarse aquí unas monjas!. ¡Nuestras celdas
ocupadas por monjas!... ¡Nunca!
— Su
reverencia verá lo que hace — contestó, por último, el Coronel, molesto ya con
las protestas cada vez más airadas del guardián— . Por ahora me limito a
notificar a la comunidad que debe desalojar la Recoleta antes de ocho días y
cuanto antes mejor.
—
¡Protesto, protesto y protesto! — rugió el frailes, golpeando tres veces con el
puño sobre la mesa.
— Bueno,
proteste, proteste y proteste; pero váyase de aquí, su paternidad — dijo
Zuloaga al salir de la portería.
Antes de
media hora, ya sabía todo Santiago la gravísima y estupefactante
noticia y la forma ejecutiva como quería el Gobierno hacer cumplir sus órdenes;
el monasterio de las monjitas contaba con 33 monjas profesas, 12 novicias y 10
hermanas legas; las 45 primeras pertenecían a distinguidas familias de Santiago
y como era uso y costumbre en cada acontecimiento conventual, los, parientes de
las reclusos tomaban en él participación directa. El caso presente era
demasiado grave para que la parentela no interviniera con todas sus
influencias.
Desde esa
misma noche empezaron a llegar al palacio del Director, situado — lo he dicho
muchas veces— donde hoy está el Correo, numerosísimas personas “principales”
que iban a rogar a O’Higgins que suspendiera la orden; doña Isabel Riquelme y
Rosita O’Higgins se vieron asediadas por los mismos ruegos para que obtuvieran
de su hijo y hermano la reconsideración del decreto de traslación de monjitas,
y para “que se las dejara en paz” en su monasterio.
Los
franciscanos, por otra parte, no se quedaron inactivos y movieron cuanto
“palillo” tenían a su alcance para impedir que se llevara a efecto la orden
gubernativa y, por último, cuando se convencieron de que O’Higgins era
inquebrantable, recurrieron al Obispo de Santiago, don José Antonio Rodríguez
Zorrilla, que por sus irreductibles tendencias realistas había sido separado
del gobierno eclesiástico del Obispado y estaba desterrado en Melipilla.
Creyeron los franciscanos que el Obispo se opondría terminantemente a reconocer
la facultad del Gobierno republicano para dar una orden que, a juicio de ellos,
sólo podía tener efecto si el prelado la confirmaba.
Pero
también fracasaron los empecinados recoletos: el Obispo defendía únicamente sus
fueros en el orden espiritual y no sólo rehusó intervenir en el conflicto en
perspectiva, sino que lo eliminó canónicamente, autorizando la ocupación, por
el Gobierno, del monasterio de la Plaza y la forma de pago, a censo, de la suma
de 80.000 pesos en que fue avaluado en definitiva.
El padre
Herrera, sin embargo, no se dio por vencido, y declaró que solamente por la
fuerza abandonaría su convento de la Recoleta; entretanto, pasaban los días y
no se podía hacer el traslado de las monjitas, base principal y única de todo
lo proyectado, pues se deseaba empezar pronto la venta de los sitios para
recoger los fondos que reclamaba la situación.
Transcurrió
el mes de septiembre y hasta quince días de octubre y el padre Herrera y sus
siete recoletos se mantenían firmes inventando arbitrios de todo género para
demorar el cumplimiento del decreto; la orden de la autoridad suprema
incumplida relajaba evidentemente la disciplina y el Director siempre
benevolente, se resistía a tomar una medida violenta, en espera de que los
frailes se “entregaran”.
Pero la
paciencia de O’Higgins se agotó una mañana en que el coronel Zuloaga le dio
cuenta de que el guardián del convento de la Chimba le había dicho en presencia
de varias personas y en pleno Portal de Sierra Bella:
— Ya
llegarán los “carrerinos” y nos zafaremos de los mandones...
— Pues
antes que lleguen — había contestado O’Higgins a Zuloaga — vaya usted a
notificar al padre Herrera, que tiene tres horas para desalojar el convento; y
si transcurrido ese tiempo no ha salido de aquí; vaya usted con sus dragones y
“aviéntelos”…
No demoró
mucho el coronel en dar cumplimientos la Orden.
—
¡Protesto, protesto y protesto! — repitió el guardián y los frailes en coro.
—
Proteste, proteste y proteste — contestó Zuloaga— pero váyanse luego antes de
que lleguen los dragones, a quienes voy a buscar en este mismo momento.
Montó a
caballo y partió al galope.
Antes de
un cuarto de hora, cincuenta soldados del nombrado regimiento echaban pie a
tierra en la plazuela de la Recoleta.
La
confusión que se produjo en el convento y en el barrio fue tremenda.
Los
frailes gritaban pidiendo socorro al pueblo para que los amparara del
atropello, y la multitud no los habría contemplado impasible, si no viera que
la tropa y su jefe estaban dispuestos a impedir cualquier desmán.
Al ver
que todos los abandonaban, los recoletos empezaron a arrojar a la plazuela y a
la calle cuanto había en el convento, las celdas se desocuparon en poco rato,
con la ayuda de varios hombres; la biblioteca y archivo conventual, constante
de más de cinco mil volúmenes reunidos en más de siglo y medio de existencia
fueron arrojados a la calle en montón, y a poco los “comedidos” empezaron a
acarrear todos los “trastes”, cada cual para su casa; hasta concluir, con lo
que los infelices frailes quedaron, sin darse cuenta, con los brazos cruzados y
“en medio de la calle”, sin tener dónde caerse muertos.
La tropa
tomó posesión del convento inmediatamente.
“Los
recoletos salieron en procesión hacia la recoleta dominica, llevando el
Santísimo Sacramento bajo palio, seguidos de gran gentío; casi todos iban
llorando”; los frailes dominicos abrían las puertas de su convento a sus
hermanos y allí los hospedaron, durante 16 años, según se verá.
Al día
siguiente, a las siete de la mañana, se reunieron en la Plaza de Atipas no
menos de veinticuatro calesas de las familias más pudientes de la capital, en
su mayor parte parientes de las monjitas, con el objeto de trasladarlas a su
nueva residencia de la Chimba. Se destacaba entre tos carruajes la del Director
O’Higgins, en la que subió la abadesa, con dos de las monjas más ancianas. Las
religiosas salieron cubiertas con anchos y tupidos, velos colgantes desde la,
cabeza hasta la cintura y sólo alcanzaban a mirar a uno o dos metros el suelo
por donde caminaba hasta subir a los coches.
Al salir
por la portería, lo hicieron rezando el rosario en voz alta, divididas en dos
grupos que se alternaban en el coro, y así continuaron, aun desde los carruajes
vecinos. Una concurrencia numerosísima que había empezado a juntarse, desde el
alba, acompañó a las monjitas en su peregrinación hasta el templo de la Chimba;
la gente que esperaba el desfile, estacionada a lo largo de las calles de la
Nevería (21 de Mayo), Basural (Mapocho) y puente de Calicanto, se arrodillaba
al paso de los carruajes, en uno de los cuáles se llevaba al Santísimo
Sacramento Al pasar frente a Santo Domingo, a la capilla de la Caridad y frente
al Carmen Bajo, las campanas tocaron a oración; lo mismo hicieron los demás
campanarios cuando el “esquilón” de la Catedral anunció con sus retumbantes
sones que las monjitas abandonaban su residencia centenaria., Llegado el
cortejo al otro lado del Puente de Calicanto, dobló hacia el oriente por la
calle de la “acequia de la Chimba”, que hoy en día, de Andrés Bello, y
desembarcó por fin, en la plazuela de la Recoleta, cuya torre las recibió
con un largo, sonoro y alegre repique. Las monjitas dejaron sus carruajes en la
misma forma en que los habían tomado y penetraron al templo precedidas por
Nuestro Amo, recibido bajo palio y llevado y “alumbrado” por la principal
nobleza. Postrada ante el altar, la comunidad entonó el Te-Deum y en seguida
penetró en procesión a la clausura cerrándose canónicamente las puertas, y aquí
paz y después gloria.
El plazo,
de ocho meses de que había hablado el Director O’Higgins para proporcionar a
las monjitas su nuevo y definitivo monasterio, se prolongó por 16 años; sólo en
1837 logro el Arzobispo don Manuel Vicuña, trasladar a las Clarisas de Nuestra
Señora de la Victoria, al nuevo convento de la calle de las Agustinas, entre
Manuel Rodríguez y Riquelme, en donde permanecieron hasta hace poco, para
radicarse, por último, en la calle de Lillo, su actual domicilio.
El mismo
año de 1837, y en la tarde del mismo día en que “salieron de allí las
monjitas”, los recoletos franciscanos abandonaron su “alojamiento” de la
Recoleta Dominica para volver a su casa de la Recoleta Franciscana, habiendo
estado ausentes, en consecuencia, poco más de cinco lustros.
¿Será
ésta la base del pleito de reivindicación que signe actualmente la sucesión del
capitán Nicolás García Henríquez, de los terrenos donados para la fundación de
la Recolección Franciscana, el año 1663?
§ 10. El
terremoto de 1822, en Valparaíso, contado por María Graham
1822
Noviembre
20 de 1822. — Ayer 19, después de la comida, habiéndose quedado Glennie
profundamente dormido, en su sillón frente a la chimenea, Mr. Bennet[3] y
yo, atraídos por la belleza de la tarde, llevamos nuestros asientos al corredor
que mira al mar, y por primera vez desde mi llegada a Chile, vi relampaguear.
Los relámpagos continuaron sin interrupción sobre los Andes hasta después de
obscurecer. A un día sereno y algo caluroso, siguió una deliciosa y tranquila
noche de luna. De mala gana volvimos a la casa para acompañar al inválido, y
estábamos conversando tranquilamente cuando a las diez y cuarto la casa se
sacudió violentamente con un ruido semejante a una explosión de pólvora. Mr.
Bennet salió de la casa corriendo y exclamando: “¡Un terremoto! ¡Un terremoto!
¡Salgan, síganme, por Dios!
Yo, más
solícita por Glennie que por cualquier otra cosa, permanecí sentada hasta que,
continuando con mayor fuerza el sacudimiento, cayó el cañón de la chimenea y
los muros se abrieron. Mr. Bennet volvió a gritar desde afuera: “¡Por amor de
Dios, salgan de la casa!”
Salimos
entonces al corredor con intención, naturalmente, de valernos de las gradas,
pero el movimiento cobró en ese instante tal violencia que mientras se
derrumbaba un muro detrás de nosotros, saltamos desde la plataforma al suelo;
desde ese instante la rápida trepidación de la tierra se cambió en un
movimiento ondulatorio, semejante al de un buque en altamar. Con gran
dificultad podíamos sostener a Glennie. El sacudimiento duró tres minutos.
Cuando cesó, todas las personas de la casa y sus alrededores se hallaban
reunidas en el prado que hay delante de ella, con excepción de dos personas, la
mujer de un albañil, que se quedó encerrada en un aposento que no pudo abrir y
mi amigo el pintor Carrillo, que al querer salir de su cuarto por el hueco que
dejó la pared, al derrumbarse, fue sepultado por los escombros, debiendo su
salvación a que el dintel de la puerta quedó suspendido sobre él.
Entre el
fragor de la destrucción, sentí durante toda la noche los mugidos del ganado y
el graznar de las aves marinas, que no cesó hasta el amanecer. No había el más
leve soplo de viento; y sin embargo, tal era la agitación de los árboles, que
sus copas parecían tocar la tierra.
Pasó
algún tiempo antes que recobráramos nuestra sangre fría para deliberar sobre lo
que debíamos hacer. Armamos en seguida una tienda para el enfermo y le trajimos
de la casa un sofá y frazadas. Precedida de un hombre con una luz, entré a los
cuartos interiores donde esperaba bajar algunos remedios. Seguimos por los
departamentos en ruinas y llegamos por fin a la primera puerta de los
dormitorios, al entrar vi los muebles separados de los muros, cosa a que de
pronto no di importancia. En el segundo aposento, el desorden, o mejor dicho,
el cambio de lugar de los muebles era más notable, y me pareció observar cierta
regularidad en la distribución de todos los objetos, especialmente en mi
dormitorio.
Después
de tomar las medicinas y abrigos qué necesitaba, examiné la posición de los
muebles en los diversos aposentos y me cercioré de que todos se habían movido
en la misma dirección.
Determinéla
esta mañana por medio de la brújula, resultó ser noroeste y sureste.
La noche
continuaba serena y aunque te luna se puso temprano, había luz en el cielo y
una débil aurora austral. Luego hacer recostarse a Glennie en la tienda extendí
un colchón en el suelo, cerca de él. Mr. Bennet, el administrador y demás
empleados instalaron sus camas, con la ropa que pudieron encontrar,
alrededor de la tienda. Eran las doce PM. La tierra estaba todavía inquieta y
cada dos minutos se sentía una conmoción acompañada de ruidos semejantes a
explosiones de pólvora, o más bien, a los que acompañan las erupciones
volcánicas.
Los
conté, reloj en mano, durante cuarenta cinco minutos, hasta que cansada me
quedé dormida. Un poco antes de las 2, una fuerte explosión y un tremendo
sacudimiento que despertó a todos. Un caballo y un cerdo se escaparon y
vinieron a refugiarse entre nosotros. A las 4 hubo otro violento remezón. En el
intervalo entre éste y el anterior, había temblado sin interrupción, a veces
con movimientos contrarios, en direcciones por lo común de norte a sur. A las
6.15 de la mañana, otro.
Al rayar
el alba salí de la tienda a inspeccionar la tierra. La hierba estaba cubierta
de rocío y todo tan bello como si nada hubiera sucedido en la noche. Sólo en el
cerro se veían, aquí y allá, grietas de varios tamaños, y en las raíces de los
árboles y en las bases de los pilares del corredor, removida la tierra como por
el almocafre del hortelano.
A las 7
llegaron personas de diversos puntos a informarse de nuestra situación o a
darnos noticias otras partes. Supimos que de las casas de Valle Alegre, aldea
situada dentro de los términos de la hacienda, hay muchas deterioradas y
algunas totalmente destruidas. En varios huertos de los alrededores, la fuerza
de los sacudimientos abrió la tierra e hizo subir por las grietas agua y arena.
En varias partes se han producido graves derrumbes de tierra y los canales de
regadío han sufrido mucho.
Mr.
Crukshank ha venido a caballo de Quintero Viejo. Nos dice que hay grandes
hendiduras en las orillas del lago; la casa quedó inhabitable; algunas de las
personas que en ellas vivían fueron derribadas por el terremoto, otras por los
muebles que cayeron sobre ellas. En Concón la casa quedó destechada, los muros
abiertos, los pilares de hierro tronchados, el molino, en ruinas, y destruido
su canal.
El
terreno de aluvión a ambos lados del río está en tal grado agrietado y removido
que parece una esponja. A lo largo de la playa hay grandes hendiduras y parece
que durante la noche el mar se retiró a considerable distancia, especialmente
en la bahía de Quintero. ¡Desde el cerro alcanzo a divisar rocas que antes
cubría enteramente el mar.
8.30 P.
M. —
Nos llegan noticias de que la grande y poblada ciudad de Quillota es un montón
de ruinas, y Valparaíso poco menos. En tal caso, la catástrofe debe haber
comprendido a los habitantes junto con las casas. Dios quiera que no sea así.
A las
6.15 otro fuerte remezón y otro más en el momento en que escribo. Tiembla
ligeramente cada quince o veinte minutos. La noche está bellísima, la luna se
refleja en el lago[4] y
en el mar; brillan las estrellas y la aurora austral.
Hemos
construido un espacioso rancho con cañas del lago, de modo que podemos comer y
dormir bajo techo. Glennie y yo dormimos en la tienda; los demás en el rancho.
* * * *
Jueves 21
de noviembre. — A las dos y media de la mañana me despertó
un recio temblor. Diez minutos antes de las tres hubo otro muy rudo que nos
hizo sentir de nuevo esa absoluta impotencia del hombre, ante estos fenómenos
naturales.
A las
7.30, a las 9.15, a las 10.39, a las 1.15 P.M., otros tantos; a la 1.40 hubo
otro acompañado de un fuerte ruido, que duró un minuto y medio; fuera de estos
temblores más o menos alarmantes hubo ligeros movimientos cada veinte o treinta
minutos.
Mr. Miers[5] ha
vuelto de Valparaíso. Lord Cochrane se encontraba a bordo cuando sobrevino el
primer terrible temblor; inmediatamente bajó a tierra y se dirigió al
alojamiento del Director O’Higgins, para quien hizo armar una tienda en el
cerro, detrás de la ciudad. El almirante me escribe que mi casa subsiste en pie
en medio de las ruinas de Valparaíso.
La
Iglesia de la Merced está enteramente destruida; en Valparaíso no hay ninguna
casa habitable; los cerros están cubiertos de infelices sin hogar, presas del
terror que mutuamente se transmiten. Los buques atestados de gente; los hornos
de pan destruidos y los panaderos sin poder trabajar. Han muerto cinco
ingleses. Están sacando cadáveres de los escombros, porque las pérdidas de
vidas no son tantas como pudo temerse; si la catástrofe hubiera sobrevenido más
tarde, cuando la gente se hubiera retirado a dormir, el número de muertos
habría sido espantoso.
* * * *
Casablanca,
según dicen, está totalmente arruinada.
Viernes
22 de noviembre. — A las 4.15, a las 7.30 y a las 9 de la
mañana, tres recios temblores, alternando con fuertes explosiones.
Comienzan
a llegamos noticias de otras partes. Santiago sufrió menos de lo que temíamos.
La Casa de Moneda seriamente deteriorada; una parte del palacio Directorial
derrumbada; algunas casas e iglesias con las murallas abiertas.
En la
noche del terremoto, un momento antes del primer remezón, él mar subió
repentinamente en la bahía de Valparaíso, y luego se retiró a gran distancia;
al cabo de un cuarto de hora pareció recobrar su equilibrio, pero la playa ha
quedado más descubierta en toda su extensión y las rocas sobresalen del agua
cuatro pies más que antes.
Ha habido
varios temblores más. Observé que el agua no se agita como un movimiento
vibratorio regular, sino que parecían como proyectados hacia arriba por
porciones. En una botella de agua vi formarse en la superficie tres de estos
montículos, que luego fueron a lanzarse contra las paredes de la botella.
Sábado
23. —
Más noticias de los lugares vecinos. Una beata reputada por santa, predijo en
Santiago la catástrofe, el «lía anterior. La gente oró y la ciudad escapó
ilesa. Despacharon un propio a Valparaíso a dar la voz de alarma, pero llegó
demasiado tarde, a pesar de haber muerto dos caballos en el viaje.
Desde el
19, las jóvenes de Santiago, vestidas de blanco y descalzas, con la cabeza
descubierta, sueltos los cabellos y con crucifijos negros, han recorrido las
calles, cantando himnos y letanías, en procesión y presididas por las órdenes
religiosas.
Todas las
familias dedican a sus hijas a esta piadosa ocupación.
Por fin
hemos tenido noticias auténticas de la ruina de Quillota.
El 19 se
celebraba allí la fiesta de San Martín, santo patrono del pueblo. La plaza
estaba llena de puestos y enramadas de arrayán y rosas, en que había jaranas,
borracheras, bailes, músicas, máscaras, en suma, una escena de disipación y
libertinaje. Sobrevino el terremoto y todo cambió como por encanto. En lugar de
los cantos y de los sonidos del rabel, alzóse un grito de ¡Misericordia! Todos
se golpeaban el pecho y se postraban en tierra. Tejiendo coronas de espinas, se
las ponían en la cabeza y las oprimían hasta que la sangre corría por el
rostro; el pueblo y las familias huían a los cerros.
El pueblo
decía que los pecados y la tiranía del Gobierno de Santiago habían excitado la
venganza de Dios.
Don
Joaquín de Dueñas y Balbontín, dueño de la hacienda San Pedro, perdió esa noche
a su esposa doña Juana Carrera y Aguirre y a su pequeño hijo. Doña Juana es
prima de los famosos Carrera.
§ 11. En
Chile se ha “fabricado” arroz
(1822)
En los
albores del siglo XIX, que tantos acontecimientos trascendentales había de
traer para el Reino de Chile, llegó a Santiago, por la vía de Buenos Aires, un
extranjero que iba a figurar como uno de los pioneers de nuestras incipientes
industrias manufactureras y a cuyo florecimiento dedicó cuarenta años de su
vida. Este “hombre de inteligencia clara, de espíritu emprendedor y de carácter
levantado y bondadoso” se llamó Santiago Heytz, era natural del cantón de
Glori, en la República Helvética, y llegó a Chile en marzo de 1804, siendo
Presidente don Luis Muñoz de Guzmán, el último Gobernador con título de Real
que tuvo este país.
Heytz
había pasado su primera juventud al lado de un hermano suyo que tenía una
fábrica de tejidos en Lisboa, y adquirido allí algunos conocimientos en la
materia y muy especialmente en mecánica; su primer amigo en Santiago fue el
ínclito don Manuel de Salas, a quien debe el país sus primeros avances en el
terreno de la industria, de la minería, del comercio, de las artes mecánicas,
de los estudios de matemáticas y dibujo. Tal amistad debía de ser fructífera, y
ambos no tardaron en ponerse de acuerdo para implantar en Chile la primera
fábrica de tejidos “con maquinarias”, empresa que tuvo que llamar forzosamente
la atención de todo Santiago, aunque muy pocos creyeron
en su
éxito y muchos la combatieron francamente porque con ella “se quitaba el pan a
las tejedoras de los campos”.
Alguna
vez he de describir la “via crucis” que tuvo que sufrir Santiago Heytz, hasta
convencer a los mapochinos de que su industria textil, “por medio de máquinas”
era más conveniente para los tejedores a mano, porque les ahorraba fatigas y
trabajos inútiles y les proporcionaba una mayor remuneración; por ahora me
limitaré a presentar la personalidad del esforzado ciudadano suizo y a hacer
una somera relación de sus actividades industriales hasta que logró establecer
una fábrica, con máquinas de su invención, para transformar la cebada y el
trigo en arroz... hecho que provocó un entusiasmo inusitado en el pueblo, en
las clases elevadas y aun en el Gobierno de la naciente República, pues tal
acontecimiento ocurrió el año 1822, durante el gobierno de O’Higgins.
Ya
sabemos que la primera industria que estableció Heytz en Santiago fue la
fábrica de tejidos; el local donde funcionó esta fábrica fue el Hospicio de
Pobres, de la actual Avenida Portugal, cuyo administrador era don Manuel de
Salas, su decidido protector; en los primeros años la fábrica se limitó a tejer
una tela ordinaria que se llamaba “indiana” y que servía para camisas y
vestidos femeninos; mediante la “industria” de Heytz, en estas telas se
grababan dibujos más o menos vistosos que llamaban la atención de las mujeres
del pueblo, quienes la usaban de preferencia a las extranjeras, por su menor
costo y la mejor adaptación a sus gustos.
Al poco
tiempo, Santiago Heytz estableció en el mismo local una fábrica de hule con
fibra de lino, y como subproducto, fabricó un aceite de linaza que se usó mucho
para las lamparillas de noche, llamadas “mariposas”; siguiendo los impulsos de
su ingenio, confeccionó más tarde lonas de cáñamo para sacos de cereales, al
mismo tiempo que perfeccionaba los tejidos de brin, para trajes de la
servidumbre, y de “cotín” para colchones, alcanzando en 1813, a tener en
movimiento no menos de cinco telares, con una producción siempre creciente.
A
mediados de 1814 llegaron a Valparaíso dos barcos norteamericanos cargados de
tejidos; no habría temido Heytz a la competencia, si por esa misma época no se
hubiese producido el desastre de Rancagua, que obligó a los yanquis a
malbaratar su mercadería, ya desembarcada, para liberarla de caer en manos de
los realistas. Los precios bajísimos a que se vendieron los crines, tocuyos y
“quimones” de fabricación estadounidense, arrumaron los tejidos de la fábrica
chilena del Hospicio y obligaron a su propietario a paralizar la fabricación.
La
reconquista española estableció nuevamente el régimen aduanero de la colonia y
no dio lugar para que nuestra incipiente industria pudiera competir con las
mercaderías peninsulares; Santiago Heytz dejó de mano la industria de los
tejidos y adaptó sus máquinas para imprimir naipes... El Gobierno de Osorio
contrató la impresión de barajas con el industrial suizo y las máquinas que
años antes servían para imprimir telas populares, se dedicaron ahora, por la
fuerza de los acontecimientos, a estampar las figuras de la sota, caballo y
rey, para explotar oficialmente el juego.
Mucho
dinero ganó Heytz en la venta de naipes, pero el honrado industrial no había
venido a Chile para explotar vicios; tan pronto como el triunfo de Chacabuco
restableció el gobierno republicano, ofreció al Director O’Higgins de nuevo su
fábrica de tejidos para proporcionar toda la ropa que necesitaba el ejército
para su equipaje. El Director, que tan partidario se mostraba siempre de los
extranjeros, no solamente aceptó el ofrecimiento del suizo, sino que le
concedió una eficaz ayuda para que pudiera poner en movimiento sus abandonados
telares.
Pero
antes de empezar nuevamente la fabricación de telas para los uniformes del
ejército, Heytz propuso a O’Higgins fabricar balas de fierro para cañones, en
vez de hacerlas de bronce, con gastos ingentes, puesto que el cobre escaseaba,
y con demoras más perjudiciales todavía; presentadas unas muestras al Director
y al comandante general de armas de Santiago, don Joaquín Prieto, que era al
mismo tiempo jefe de las maestranzas, fueron encontradas tan buenas las balas
de fierro, y tan económicas que sin cavilar se firmó un contrato con el suizo
para la provisión de este artículo, al precio de “catorce pesos el quintal”...
Bien pudo Heytz pedir el triple de ese precio por los proyectiles de su
manufactura, pues los de bronce que se fabricaban hasta entonces, costaban
cerca de ochenta pesos la misma cantidad.
Pero no
paró en esto la contribución que prestó Heytz al triunfo definitivo de nuestra
independencia; dos meses antes de la batalla de Maipú, presentó a San Martín
una “cuerda mecha para arcabuz” que vino a facilitar enormemente el manejo de
la fusilería, que hasta entonces se disparaba mediante un tizón encendido. San
Martín le encargó inmediatamente la fabricación de varios quintales que se
usaron en dicha batalla con sorprendente éxito.
Tal era
el hombre —rápidamente esbozado en una de sus más plausibles características
—que iba a conmover profundamente los círculos gubernativos y sociales de la
naciente república, con un nuevo proyecto de su inagotable inventiva, cuando el
país había entrado con paso franco por la vía de la paz.
Asociado
ahora con dos extranjeros recién llegados al país, don Juan Franz, alemán, y
don Roberto Gerdán, escocés, presentó en marzo de 1822 al Gobierno de O’Higgins
una solicitud de privilegio exclusivo para “fabricar arroz”.
“Queremos,
dice la solicitud, fomentar la industria de este grato suelo, con nuestros
conocimientos nada vulgares; nuestras ideas caminan a organizar en la República
proyectos hasta ahora desconocidos; de este orden es el que hemos pactado los
tres individuos que abajo firmamos, para levantar máquinas para pelar cebada y
sacar de ella tres clases: suprema, media e ínfima. Con ella se surtirá el
Estado de un grano equivalente al arroz, o mejor todavía,- según el sentir de
algunas naciones que lo prefieren a éste; el común de las gentes consumirá las
clases media e ínfima con menos gasto que el que origina el poroto u otras
miniestras que forman su alimento”.
El
proyecto, al decir de los firmantes, era costoso y para decidirse a realizarlo
en Chile necesitaban formar una sociedad que sólo podría estar garantida con la
concesión de un privilegio exclusivo por diez años, a lo menos, que les
permitiera vender la mencionada cebada, pelada en sus máquinas.
Hacían
presente, además, que concediendo el Estado este privilegio, “si no cesara del
todo el consumo de arroz, su compra se moderará en una crecida suma, ahorrando
así el Estado mucha parte del dinero que sale del país por el capítulo de
comprar arroz” a las naves que lo traen del extranjero.
“Verá
Vuestra Excelencia, agregaban, un cereal que ahora se destina para alimento de
las bestias, convertido en un nuevo comestible grato y saludable a la especie
humana; los ciudadanos que sostienen una numerosa familia, las comunidades, los
ejércitos, todos, en fin, se alimentarán con menos numerario consumiendo este
comestible, mucho más saludable que otras mieses”.
Al
imponerse de esta presentación, el Director O’Higgins vio claramente que,
aparte de otras muchas conveniencias, el proyecto tenía la de suprimir uno de
los capítulos de importación que sacaban fuera del país muy buenas sumas de
dinero. El año 1821 el país había importado siete mil fanegas de arroz con un
gasto de 85.000 pesos y era ésta una cantidad muy subida para el numerario en
circulación. Llamó a su despacho a Santiago Heytz, a quien ya conocía
sobradamente, y en una conferencia que duró más de una hora se hizo dar por el
suizo todas las explicaciones que estimó necesarias para imponerse bien del
proyecto, de su viabilidad y de las ventajas que reportaría a la República. Las
explicaciones del industrial debieron ser satisfactorias porque, el mismo día
el Director proveyó la presentación, de su puño y letra en esta forma: “Elévese
esta solicitud, con preferencia, al dictamen de la Junta Superior Económica de
Hacienda”.
Al día
siguiente llamaba a su despacho al presidente de esta corporación, don Vital
Guzmán, y le encargaba especial atención al informe que debería evacuar la
única autoridad en cuestiones científicas y asuntos sanitarios que había por
entonces en la capital y que era el Protomedicato. La única objeción que el
-Director podía hacer al proyecto de Heytz y sus socios, era de que la “cebada
pelada” pudiera ser perjudicial para el consumo.
La Junta
Económica de Hacienda se reunió tres días más tarde, y proveyó: Tásense los
antecedentes y las muestras presentadas al Protomedicato, para que a la mayor
brevedad practique un preciso examen e informe sobre la conveniencia y utilidad
para la salud, del arroz que se piensa trabajar con la “cebada pelada”,
pudiendo los miembros del Protomedicato informar por separado si estuvieren
discordes”.
Componían
el Protomedicato los doctores don Eusebio Oliva y don Agustín Nathan Cox; pero
estos médicos creyeron necesario, antes de expedir su informe, tener a la vista
un análisis químico de la muestra; estaba radicado, por entonces en Santiago,
el químico belga don Francisco Isem de Llombard y, naturalmente, no podía
prescindirse de su autorizada opinión; en consecuencia enviaron a este químico
los granos de cebada presentados por los inventores y quedaron esperando
tranquilamente el resultado del análisis.
Pero
pasaron semanas y aun meses, y el Protomedicato no daba señales de preocuparse
mucho del informe que le había pedido la Junta Económica; por su parte, el
Director O’Higgins esperaba también, pero no con la paciencia de la Junta, ni
con la de los inventores; era la cachaza chileno-española que no nos ha
abandonado todavía. Llegó, por fin, un día del mes de junio —habían pasado dos
meses—y el Director recordó, de pronto, que el proyecto del nuevo arroz estaba
aún “en veremos”, durmiendo plácidamente en poder de la Junta. Sin perder
minuto llamó a su despacho al Presidente Guzmán, y con todo el respeto que
merecía su prestigiosa personalidad, le aplicó una filípica, con consejo,
conminándolo con exonerarlo de su cargo si en el plazo de tres días no le presentaba
los informes que le había pedido.
En vano
trató don Vital de justificarse con el atraso del Protomedicato; el Director no
quiso dar oído a sus excusas y el Presidente salió del Palacio con las orejas
coloradas y con unas ganas locas de “repetir” contra los verdaderos culpables,
que eran los “científicos”. Atravesó a pasos rápidos la plaza y en menos de
cinco minutos se encontraba en su despacho, situado en la Plazuela de la
Compañía, en el edificio llamado de la Aduana, que es actualmente el que ocupan
los antiguos Tribunales y la Dirección de Correos.
Llamó al
secretario, que era el vetusto e histórico escribano Agustín Díaz, y le dictó
el siguiente auto: “Siendo escandalosa la apatía e indiferencia del
Protomedicato en el examen del nuevo arroz de cebada, que se le sometió a
examen por esta Junta Superior, sin que hayan bastado los miramientos y
reconvenciones que se le han hecho por conducto del escribano, y con el fin de
abreviar este expediente, que debe producir ingentes ventajas a la agricultura
del país, el presente actuario lo recogerá el día de mañana, en el estado que
tenga, para su resolución por esta Junta; dese cuenta a la Supremacía”.
Cuando el
protomédico, doctor Oliva, oyó de boca del escribano la lectura de este auto,
le preguntó si su antiguo y viejo amigo y compadre don Vital Guzmán se había
vuelto loco...
—Algo de
eso ocurre, mi señor don Eusebio —respondióle el escribano.
—¿Cómo
... cómo ... ? Cuénteme usted...
—Está
medio loco con el “raspa cacho” que le ha dado el Excelentísimo Director, por
no haber recibido aún el dictamen pedido a la Junta sobre la cebada pelada del
“gringo” Heytz; y como le ha dicho que es el Protomedicato quien tiene la culpa
del atraso, ha “repetido” contra su merced.
La
filípica del Presidente de la Junta Económica para el Protomedicato era
perfectamente merecida, pues a causa de su negligencia y “apatía”, no había
llegado aún a manos de la superioridad el informe que se le había pedido sobre
la conveniencia y utilidad para la salud, del arroz que se pensaba trabajar”.
Recordará el lector que la primera diligencia que hizo el Protomedicato para
cumplir el perentorio encargo de la Junta, fue enviar las muestras presentadas
por los fabricantes, al químico Belga don Francisco Isem de Llombard, con el
objeto de que procediera su análisis; pues bien, este facultativo había
evacuado su dictamen hacía por lo menos un mes, y, sin embargo, los médicos no
habían hecho caso de él; más aún, se les había traspapelado y no lo pudieron
encontrar.
Pero el
plazo que había puesto el Director O’Higgins para la entrega de los informes,
era perentorio de tres días, y según parece, las cosas marchaban entonces, a lo
menos en lo que al Gobierno superior correspondía, en línea muy derecha: las
órdenes del Jefe del Estado se cumplían por sobre todos los obstáculos. En esa
situación, los doctores Oliva y Nathan Cox, resolvieron evacuar su informe sin
esperar a que apareciera el análisis extraviado, pues tocaba la desgracia de
que! tampoco se podía pedir al químico una copia, porque Llombard había partido
a Valparaíso y no tenía para cuando regresar.
Había que
salir por pies y de la manera más airosa posible y el Protomedicato,
recordando, más o menos, las conclusiones del químico, redactó inmediatamente
su informe, el que fue elevado antes de que se cumpliera el plazo dado por el
Director.
“La
divergencia de opiniones de los facultativos que reconocieron los granos
—empezaba diciendo el informe —dio margen a la demora, pues se mandó
examinarlos por un profesor de química”...
La
disculpa era débil, pero era disculpa, al fin y al cabo, y el Director era
hombre al que le gustaba perdonar.
Los
doctores entraron en seguida al fondo de su dictamen y dijeron, doctoralmente,
que la cebada “es un alimento no sólo sano, sino que, en el concepto moderno,
hace ventajas al arroz”; agregaban que la cebada contiene mucha cantidad de
substancias alimenticias, y es de sabor grato; que su plantación, sobre ser
“análoga” en todo el país, estaba libre de la insalubridad que ocasiona la
plantación y cultivo del arroz, “al cual subroga”, y en consecuencia “no
encuentra el Protomedicato un aspecto por el cual no sea digna la empresa de
substituirla con el arroz”.
Después
de manifestar esta opinión tan favorable al proyecto, los médicos creyeron
necesario poner también alguna objeción, pues con ello el informe debía salir
prestigiado. “Advierte, sin embargo, el Protomedicato, que aunque la muestra
del arroz de primera clase es indudablemente “de cebada”, la segunda, por su
tamaño y sabor, parece más bien de centeno o vallico, mieses que no
son tan saludables, porque causan en el país una especie de embriaguez... que
si por lo pronto no es un mal muy grave, puede serlo en su continuación”
Para
prevenir estos posibles males, “convendrá que los empresarios presenten la
cebada en su ser natural” y que se limpie la semilla en presencia de peritos y
también en su presencia se beneficie, a fin de que se vea claramente si el
arroz se hace con cebada sola, o si también se emplea el vallico,
prohibiéndose, en este caso, su manufactura y expendio.
El
informe de los médicos tiene fecha 30 de junio, y así como el doctor Oliva lo
puso en manos del presidente de la Junta de Hacienda, este funcionario lo llevó
al Director.
—¿Parece
que dio resultado el “raspacacho”, mi señor don Vital? —preguntó
sentenciosamente O’Higgins a su amigo.
—Y no
quiero decir nada a Su Excelencia del susto que se llevó mi compadre Oliva,
cuando el escribano le leyó el “auto” que le expedí el día de la raspa
—contestó Guzmán, un tanto amostazado con el recuerdo —lo que siento es la
molestia que esta demora le ha ocasionado a Su Excelencia...
—Molestia
para mí, ninguna, mi apreciado amigo; yo estoy acostumbrado a “retar” a todo el
mundo; siento, sí, que ahora le haya tocado a Ud. de refilón... Lo que tiene
que hacer ahora la Junta de Hacienda, es “acordarse” en lo que debe informar al
Gobierno; lo único que digo a usted, es que tengo vivos deseos de que el
“gringo” Heytz fabrique su arroz para ver si resulta comestible y nos da, en
ahorro, los pesos que se nos van de Chile en la compra de ese grano.
No tardó
la Junta de Hacienda en “acordarse” en su informe, el cual, ya se sabía, no
podía ser sino favorable, dado el ambiente que reinaba en todos los círculos,
desde los más altos hasta los populares; el “gringo” Heytz tenía barra entre la
clase trabajadora, porque había sabido conquistársela con su amable y cariñoso
trato; en realidad el “gringo” había sido la única persona que hasta entonces
proporcionara al pueblo un trabajo bastante bien remunerado que no fuese
agrícola; con la instalación de la nueva fábrica, hombres, mujeres y niños
abrigaban la expectativa de poder ocuparse allí y “sacar un buen semanal”. Los
chimberos estaban felices porque la fábrica, según todas las probabilidades, se
instalaría en la Cañadilla.
Diez días
después que el Protomedicato presentó su dictamen, en la forma que ya conoce el
lector, celebró reunión solemne la Junta de Hacienda, y “visto el expediente
formado sobre el nuevo arroz de cebada”, dijo que con lo expresado por el
Protomedicato y otras “nociones” que se han tomado sobre el abundante y útil
uso que se hace de la cebada en Inglaterra y Estados Unidos de Norteamérica,
los señores vocales de la Junta la creían ventajosa para Chile, así por ser
copiosa y barata la cebada en todo el país, como porque excluiría al arroz, que
es simiente “alienígena” (extranjera) y con la cual hacemos un comercio
pasivo”.
En
consecuencia de lo acordado, los señores miembros de la Junta, opinaron que
podría concederse al propietario el privilegio que solicitaba, con la
“moderación” siguiente: Si el Supremo Gobierno, para alentar a este fabricante,
acreciera los actuales derechos del arroz, el privilegio podría concederse por
el tiempo de cinco años; si el Gobierno no hiciese novedad alguna, el
privilegio, “sea por ocho años”; pero si se prohibiese la internación del arroz
en cualquier tiempo, “por este mismo hecho cese el privilegio, pues entonces se
estancaría en una sola mano este interesante grano”.
El
informe de la Junta no podía haber quedado más al sabor de los empresarios y
así lo manifestó Heytz al Director O’Higgins, cuando fue llamado por éste para
dárselo a conocer y consultarse si le convenían las restricciones que había
puesto la Junta Económica; en consecuencia, el Director se puso de acuerdo con
su Ministro Rodríguez Aldea, para redactar los términos del decreto que debía
"concluir” el expediente.
Se
retiraba ya el Ministro Rodríguez con su legajo de papeles bajo el brazo, para
entregarlo al oficial mayor, cuando O’Higgins tuvo uno de sus impulsos y de
repente dijo:
—A ver,
Rodríguez, ¡deme usted esos papeles!...
Y
hojeándolos detenidamente, varias veces, exclamó:
—¡Pero
aquí falta algo que es muy importante!
—¿Qué es
ello, Director?...
—No veo
aquí el informe del químico... ¿No ha venido ese informe?
—Yo no he
visto más papeles que los que allí están, y creo que son todos....
Un
momento más tarde, el Presidente de la Junta de Hacienda se encontraba otra vez
frente al Director y tras de las consiguientes averiguaciones se supo que el
Protomedicato había extraviado ese informe, y que, los “científicos”, para no
caer en mora, habían prescindido de él. El Director alargó el expediente, se
metió las manos en los bolsillos y salió de su “escribanía”, sin decir una
palabra.
La
entrevista entre el Presidente de la Junta de Hacienda y el protomédico don
Eusebio de Oliva, debió ser nada pacífica, ya era la segunda vez que el
Presidente Guzmán había recibido de primera mano un raspacacho que solo le
correspondía de reflejo porque el químico belga lo devolvería con creces a su
estimado compadre, que era el mayor culpable.
Lo peor
era que el químico Llombard no estaba en Santiago, de modo que fue preciso
enviarle un "correo” a Valparaíso, haciéndole presente la situación, y
pidiéndole “con encarecimiento” que regresara cuanto antes, para solucionar el
conflicto.
Por
suerte, Llombard estaba ya por terminar sus menesteres en Valparaíso y pudo
trasladarse a Santiago antes de los quince días; inmediatamente se puso a la
obra para redactar un segundo informe, y para repetir el anterior análisis, y
antes del mes pudo entregarlo a la Junta. El dictamen del químico belga no era
tan favorable como lo habían imaginado los médicos y provocó algunas gestiones
más, que demoraron un poco todavía la resolución final de este negocio.
“En las
dos clases de cebada manufacturada en forma de arroz —dice el informe del
químico —se ve claramente una diferencia bien notable, no obstante habérseme
entregado como de una especie; y esa diferencia es tan excesiva, que con
seguridad se puede decir que una de ellas no debe ser admitida en el uso
alimenticio, mientras los empresarios no manifiesten de buena fe si es otra u
otras las semillas que se han usado para manufacturar el arroz de ínfima
clase”.
El
químico encontraba que el arroz de cebada, calificado de ínfima clase, era de
grano muy pequeño, a punto de que “parece cosa chocante que la cebada, tan
conocida, se nos quiera introducir en grano tan pequeño como jamás se ha
visto”. Parece que el procedimiento para “fabricar” arroz era mantenido muy en
secreto por los empresario, y seguramente, suponer que la cebada debía molerse
y amasarse “y que de la pasta resultasen unos granos más grandes que
otros”...
Pero
también abandonaba esta idea, pues en este caso “no debe haber ni un ápice de
diferencia entre unos y otros, en el resultado del análisis químico”.
Lo que
suponía Llombard, finalmente, era que los empresarios no solamente fabricaban
el arroz de cebada, sino también con otros cereales; de aquí, según él,
resultaban las diferencias en el análisis de los granos grandes con los granos
chicos.
“No se
puede negar —decía— que todas las plantas gramíneas nos ofrecen en su semilla
la substancia amilácea nutritiva, pero jamás podremos usar de todas ellas, en
general, mientras la experiencia y conocimientos no nos desengañen de si la
planta tiene o no usos alimenticios que no contradigan con la salud pública,
como sucede con el vallico de la cebada, que tiene hechos bastantes perjuicios,
y ya es notoria su malignidad”.
“Se hace
preciso —agregaba, con autoridad de técnico— que en asuntos de tanta
importancia no se proceda a la permisión de semejante manufactura, mientras no
se esclarezca si todas las semillas son de una sola especie de planta, si el
grano se hace amasado, cuántas son sus cantidades y formas. Sabiendo
esto, tendré la satisfacción de servir al público con mis cortos conocimientos,
impugnando a los empresarios en caso de que quieran alucinamos con su respuesta
y sorprender al Gobierno; tengo todavía que hacer algunas prevenciones que no
pueden practicarse mientras esos señores no contesten lo que acabo de observar.
Ve el
lector que la cosa, en la forma que se presentaba ahora, no era de llegar y
besar; el químico belga necesitaba explicaciones antes de dar su informe
definitivo, y muy diferente fue el dictamen que había dado anteriormente el
Protomedicato.
Llombard
acompañaba a su informe el análisis químico de las dos clases de granos y de
cebada pelada que le habían presentado los empresarios, y, además, un cálculo
comparativo del valor alimenticio de esos granos, con los del “arroz
verdadero”.
Yo no
entiendo de análisis, ni químicos ni gramaticales; el que voy a copiar a la
letra, del manuscrito que me ha servido para componer estos artículos, no lo
entiendo tampoco, pero, seguramente, habrá de dar alguna luz a aquellos de mis
lectores que se interesasen a fondo en esto de fabricar arroz de cebada.
Palabra
por palabra, el análisis del químico belga, don Francisco Isem Llombard,
fechado en 29 de julio de 1822, es así:
Descripción
del análisis del arroz de cebada, en las dos calidades presentadas al señor
Protomédico don Eusebio de Oliva, a quien ordenó el
Supremo Gobierno su reconocimiento:
Puestos
en análisis 144 granos de cada una de las dos especies y la misma cantidad de
arroz “verdadero”, suministraron lo siguiente:
Diferencia
comparativa de las dos clases de granos de cebada con el arroz verdadero
Las
observaciones del químico Isern de Llombard venían a dar otro giro a la
resolución del proyecto del “nuevo arroz” y O’Higgins fue el primero en ordenar
que la Junta avanzara en sus estudios a fin de que se aclararan todos los
puntos obscuros sobre los cuales “la ciencia” había proyectado sus luces. Los
empresarios deberían contestar las observaciones del químico y dar todas las
explicaciones que se les pidiesen; así lo dispuso la Junta y “al mismo tiempo
el empresario se preparará para hacer una demostración de la operación de
formar el arroz con cebada del país, avisándose con anticipación a esta Junta
para que concurran los señores vocales y las personas peritas que ellos
designen”.
Ningún
inconveniente opusieron los empresarios a la providencia de la Junta de
Hacienda, y mientras preparaban la demostración pedida, presentaron un escrito
de refutación al informe del químico Llombard. “Al célebre químico se le ha
presentado en su fantasía —decía el escrito— que es diverso el grano pequeño de
las muestras presentadas, y dice que jamás se ha visto un grano de arroz
reducido a tal pequeñez. Este aserto no merece contestación, por ser infundado;
baste saber que las naciones industriosas de Europa reciben sus alimentos en
diferentes tamaños de este mismo grano, y las naves lo traen a Valparaíso en la
misma forma presentada”.
Aunque el
argumento no parece muy convincente, tal vez porque lo examinamos a la
distancia de más cien años y muy afuera del ambiente en que se manifestó, no
puedo poner en duda que haría efecto; en cambio, el argumento que el lector va
a conocer en seguida era a todas luces decisivo: “No crea V.S. que intentamos
alucinarle para beneficiar granos de otra especie que sean nocivos a la salud
—continuaban— porque no tenemos un caudal de dinero tan desocupado para
invertirlo en levantar unas máquinas costosas para beneficiar granos malignos
que seguramente no tendrían expendio y nos harían acreedores a perder el
establecimiento antes de muy poco tiempo”.
Esta era
la verdad; las máquinas para pelar cebada, por muy sencillas que fuesen,
significaban una considerable inversión de “numerario” y la “plata” por
aquellos entonces era muy escasa. No era posible creer que personas cuerdas
hicieran una inversión con propósitos torcidos que no prevalecerían por mucho
tiempo, aparte del condigno castigo, o con proyectos ilusorios sin base alguna
para cimentar un éxito.
“Nuestro
propósito —agregaban los empresarios— es caminar hacia la felicidad del país
que nos presta hospedaje y aumentar nuestras fortunas y pedimos nuevamente que
se nos conceda el privilegio sólo para “pelar el trigo y la cebada, cualquiera
que sea su tamaño”, prohibiéndonos “pelar” otras especies gramíneas. Con esta
aclaración cesará toda la desconfianza que el químico quiere influir en V.S.,
pues no reduciendo el grano de cebada a la pequeñez que motivó esa
desconfianza, habrá cesado la causa de ella y quedará en franquía la concesión
que solicitamos”.
Parece
que, en realidad, los empresarios seleccionaban el grano antes y después de su
manipulación y que a esto se debía el que el arroz de clase “suprema” fuese más
grande y “granado” que el de clase ínfima; algo debía influir también en el
tamaño del grano la manipulación misma, según se desprende de las siguientes
frases de la refutación de los empresarios: “También aseguramos a V.S. que,
corriente la primera máquina, pondremos en ejecución reducir el arroz a grano
pequeño, y esto será a presencia de las personas que V.S. tuviere a bien
comisionar; y una vez desengañado el químico por esta práctica, nos
reservaremos para entonces el pedir el privilegio exclusivo para trabajar arroz
en los diferentes tamaños”.
Para
terminar, los fabricantes estamparon las siguientes frases, con la seguridad de
que habrían de hacer grande efecto en el Director O’Higgins: “La industria,
señores, es la verdadera riqueza de un país, y cuanto más se avanza en sus
conocimientos otro tanto se prospera en su felicidad. Chile desconoce el arroz
y sólo disfruta de él con la disipación de sus caudales; recibiendo ese grano
por medio de la implantación de nuestro proyecto, verá que tiene en su seno una
simiente con las mismas substancias que aquella otra que le aniquila en sus
entradas”.
A
mediados de septiembre realizóse, con la presencia de varios vocales de la
Junta de Hacienda, de los protomédicos, de varios facultativos, del químico
Llombard, de algunos miembros del Congreso y de muchos vecinos, la prueba
pública ofrecida por los empresarios para demostrar la fabricación del arroz,
mediante el beneficio de la cebada; la máquina que sirvió para la manipulación
era de madera y provisional, como asimismo los demás aditamentos y accesorios;
y con las explicaciones que dio el “gringo Heytz”, todos quedaron convencidos
de la bondad del invento; el único que no quedó completamente satisfecho
todavía, fue el químico Llombard, quien pidió a la Junta una entrevista o
“careo” con los inventores.
La Junta
accedió gustosa y ordenó que se citara “a la primera reunión que se realizase,
al químico Llombard y a don Santiago Heytz, quien traerá otros granos del
“nuevo arroz” iguales a los que presentó antes”.
Parece
que en esta reunión, de la que no hay constancia de haberse realizado, el
gringo triunfó plenamente de su contradictor, porque a los pocos días de la
citación, que fue el 27 de septiembre, encontramos la resolución definitiva que
dio la Junta a la presentación de los empresarios. “Con las diligencias
últimamente practicadas, dice esa resolución, llévese adelante el acta acordada
en 9 de julio último, con la calidad de que el nuevo arroz no podrá darse al
consumo público sin que sus primeros granos reciban un nuevo análisis —después
de haber presenciado su manufactura en las máquinas definitivas, uno de los
vocales de esta Junta, que será comisionado para ello— del facultativo don
Francisco Isem de Llombard”.
El acta
de 9 de julio a que se hace referencia, es aquélla de la Junta —que ya conoce
el lector— en la cual se aceptaba el proyecto con las “moderaciones” de reducir
el privilegio a cinco años si el Gobierno aumentase los derechos al arroz
extranjero; de elevarlo a ocho años si no se hiciese novedad, y de hacerlo
cesar inmediatamente si se prohibiese la internación de ese grano.
Despejado
el campo de dificultades, el Director O’Higgins dictó el decreto de 13 de
diciembre de 1822, en el cual concedió a don Santiago Heytz el privilegio que
solicitaba para fabricar arroz con cebada pelada, con las restricciones
recomendadas por la Junta en sus acuerdos de 9 de julio y de 27 de septiembre.
Heytz y
sus compañeros se lanzaron valientemente al trabajo; hasta entonces habían
hecho los experimentos en la casa de Heytz, situada en la calle de San Pablo,
donde vivía el suizo con su familia; no recuerdo si dije antes que había
contraído matrimonio en 1809 con la estimable dama de la sociedad santiaguina
doña Carmen Concha y Astorga. No era posible organizar en ese local los
trabajos definitivos y desde un par de meses antes habían arrendado un sitio
grande en la Cañadilla, cuya situación creyeron aparente para la instalación de
la nueva industria.
A
mediados de febrero de 1823 ya estaban levantados los galpones y debajo de
ellos las máquinas destinadas a la “peladura” de la cebada, los harneros para
su clasificación y limpieza, los “tendales” para secarla, las balanzas y el
“ensaque”; hacia un lado quedaban las bodegas para el depósito y al pie un
corralón destinado a las carretas que debían trasportar la cebada “al natural”
y el producto ya manufacturado. Los “gringos” hacían las cosas en regla, sobre
todo Heytz, que ya estaba acostumbrado a implantar industrias.
Heytz
esperaba proporcionar su arroz no sólo al palacio del rico, sino muy
especialmente a la vivienda del pobre; a las comunidades religiosas, al
ejército, a los establecimientos de caridad y de reclusión y, en fin, quería
hacerlo llegar hasta los pueblos distantes y aun fuera del país, por medio de
los barcos mercantes. En su fábrica deseaba dar trabajo a un par de centenares
de personas, especialmente mujeres y niños, y éste había sido uno de los
motivos que lo habían inducido a establecer su fábrica en la Chimba.
Los
trabajos de manufactura empezaron a principios de marzo, y antes de un mes se
veía en el establecimiento un enjambre de mujeres y muchachos y una veintena de
hombres que se ganaban allí un jornal, más la alimentación que proporcionaba el
dueño. Una vez que las faenas estuvieron corrientes, Heytz invitó a la Junta y
al químico Llombard para que asistieran a presenciar la fabricación de los
“primeros granos”; en medio de la expectación de un numeroso vecindario que
concurrió también al acto, se echaron a los harneros diez fanegas de cebada
corriente, del fundo de don Santiago Larraín; la gente “vivó” entusiasmada al
ver funcionar “solos” los harneros, pues se movían con una polea unida a la
rueda motriz que daba vueltas al impulso de cuatro mulas. El juego de harneros
iba clasificando la cebada en granos de tres tamaños, aparte del ballico;
supremo, medio e ínfimo, y cada tamaño caía en su depósito. Esta “maquinaria”
de los harneros dejaba estupefactos a los visitantes.
En el
momento oportuno el grano mayor fue depositado en el “recipiente” de la máquina
“peladora”, la que empezó también a dar vueltas, con la cebada adentro, y
mediante la fuerza motriz de tres yuntas de bueyes. El gringo Heytz y sus
compañeros, el alemán y el escocés, dirigían personalmente la maniobra
encaramados sobre altillos y dando voces para que los “maestros y oficiales”
cumplieran cada cual con su cometido. Por fin se anunció que la máquina de
pelar había cumplido con su deber y que se iba a sacar el grano... Todas las
miradas convergieron allí cuando comenzó a caer sobre las bateas una
"mazamorra” de cebada con “lejía” sobre la cual se vaciaba un abundante
chorro de agua caliente; otros recipientes y otras ruedas, llevaban el grano,
ya lavado de lejía, a nuevos aparatos para completar su aseo, y por último, se
terminaba la “peladura” en una larga canoa, a cuyos costados una cincuentena de
mujeres restregaba vigorosamente el grano entre sus manos.
Un nuevo
lavado con agua clara "separaba por fin el “hollejo”, ya casi
completamente desprendido, y el grano limpio y blanco caía sobre unas telas
rotativas sin fin, para vaciarlo en los “tendales” colocados a pleno sol. El
“nuevo arroz” podía ser consumido desde este mismo momento, sin esperar que
estuviera perfectamente seco y, en consecuencia, Heytz y sus socios procedieron
a distribuir entre sus visitantes la cebada recién pelada, “en ataditos”, a fin
de que, llevándolos a sus casas, pudieran comprobar su bondad.
Habiendo
visto y examinado atentamente el procedimiento el químico Llombard no tuvo, a
lo que parece, observación que hacer, y la fábrica pudo continuar funcionando
paulatinamente mientras el personal adquiría la práctica necesaria, pero con
creciente actividad en lo sucesivo, hasta llegar a una producción que dio base
a los empresarios para perfeccionar cada año sus maquinarias y mejorar el
producto y el rendimiento.
El arroz
de Heytz se hizo popular; según lo habían previsto los inventores, constituyó
el alimento preferido de los pobres, porque costaba más barato que el trigo y
el poroto; sin prescindir en absoluto de estos granos, fue adoptado por los
batallones, por algunas comunidades, y por la gente de las ciudades como parte
de su alimentación, y aun se enviaron varias partidas al Perú, como “vitualla”
para el Ejército Libertador y para los trabajadores de los ingenios. En el
orden económico, se consiguió disminuir en buena parte la introducción del
“arroz verdadero” y aunque el Gobierno no “hizo novedad” en los derechos de
aduana establecidos para este grano, se obtuvo una economía apreciable en las
cantidades que se invertían en la compra de este artículo a las naves
extranjeras.
Por otra
parte, la agricultura chilena recibió un nuevo impulso con la mayor producción
de cebada que exigía la fábrica de Heytz; anteriormente, la cebada sólo se
empleaba para alimentar caballos “regalones” y otros animales domésticos, como
cerdos y aves de corral; y como el grano estaba destinado a estos usos, ningún
agricultor se empeñaba por seleccionarlo y cultivarlo con dedicación para
obtener un producto mejorado; Heytz exigía un grano grande y lo pagaba a mejor
precio; con esa expectativa, los agricultores encargaron a Europa nuevas
semillas y pronto se extendió por la zona central de Chile una nueva especie de
cebada que respondía a las exigencias del creciente consumo de la fábrica.
A fines
de 1829 falleció uno de los socios de Heytz, el alemán Franz, y poco después
debió de alejarse de Chile, o morir también el escocés Gerdan; el suizo quedó
solo al frente del establecimiento que había creado; la fábrica “marchaba sola”
y el espíritu de inventiva de su dueño la había llevado a nuevas actividades;
sólo una o dos veces por semana visitaba el “gringo” las faenas de la
Cañadilla, cuando se encontraba en Santiago, pues la mayor parte del tiempo lo
pasaba en unos minerales que había adquirido en el norte.
Lo que
ganaba en la venta del arroz lo invertía en costosos ensayos mineros o en
máquinas para beneficiar fierro por procedimientos de su invención; su fortuna,
por lo tanto, no prosperaba y puede decirse que vivía al día. Además, su
generosidad y desprendimiento rayaban en el derroche y estaba confiado siempre
en su buena estrella.
Se
encontraba una noche descansando despreocupadamente en su casa-habitación de la
calle San Pablo, después de las fatigas de un largo viaje a caballo que había
hecho a sus minas, cuando recibió aviso de que su fábrica de la Cañadilla
estaba envuelta en las llamas de un voraz incendio. “Al atravesar el Puente de
Calicanto —cuenta don Justo Abel Rosales— distinguió la claridad del incendio
que consumía su establecimiento; y así fue; el fuego consumió enteramente la
fábrica, y el esforzado industrial suizo quedó tan pobre como cuando había
llegado a Chile, cuarenta años antes, porque esta catástrofe ocurrió en 1843.
El terrible golpe derribó al enérgico industrial, y una rápida muerte terminó
con su existencia.
El
Gobierno y el Congreso, reconocidos de su labor en beneficio del país,
concedieron a sus hijas solteras una pensión para librarlas de la miseria; uno
de los informes que se produjeron en los trámites de esta ley, dice así:
“Además de lo expuesto, me consta que levantó una fábrica de pelar
cebada, que salía tan buena como la que viene de Europa; y se cree que
el incendio que la destruyó fuese causado por alguno que quería privar al país
de este beneficio. Domingo Eyzaguirre T.
Tal fue
el fin que tuvo la “fábrica de arroz” que funcionó en Chile durante veinte
largos años.
Nadie ha
intentado, después, restablecerla.
§ 12.
Bolívar y la Independencia del Ecuador
(1822)
La
Presidencia de Quito fue una de las primeras que levantó en la América española
el grito de libertad y, sin embargo, por su situación geográfica y económica,
fue una de las últimas que logró no solamente la proclamación de su
independencia efectiva, sino aun su constitución como Estado soberano. Su
proximidad al Perú, que era el centro de la resistencia española, y la fuente
de los recursos con que la monarquía contaba para hacer la guerra a los
insurgentes del Pacífico, redujo a la futura República del Ecuador a una
inacción completa hasta que el genio de Bolívar desparramó sus huestes
invencibles por las orillas del Guayas.
Más de
diez años de rudo combatir llevaba “el rayo de la guerra” para cimentar la
independencia de Venezuela y Colombia, cuando los ejércitos de Sucre llegaron a
las puertas del Reino de Quito, que era la provincia meridional del Virreinato
de Nueva Granada; la independencia de aquéllos países, reconocida ya por la
mayoría de los pueblos de Europa, incluso el imperio ruso, había dado a Bolívar
un prestigio enorme, una influencia avasalladora, realzada por la designación
que de su persona habían hecho los pueblos recién libertados, aclamándolo como
Presidente de la Gran Colombia.
Y como
para confirmar esta grandeza, el Congreso de los Estados Unidos de la América
del Norte, había acordado reconocer, a su vez, la independencia de los Estados
americanos, declarando que “negar nosotros a los pueblos de la América española
el derecho a su independencia, sería renunciar virtualmente a la nuestra”. El
Presidente Monroe, que fue el que propuso esta declaración al Congreso de su
país, obtuvo allí el más hermoso triunfo.
Este
triunfo diplomático de Bolívar que venía a confirmar sus victorias en los
campos de batalla le decidió a emprender inmediatamente la campaña por la
liberación del Reino de Quito, con cuya conquista debía integrar el gran Estado
americano, la consolidación con que soñaba. Reunió sus tropas en Popayán, y el
7 de marzo de 1821 destruyó en Bomboná los brillantes tercios españoles del
general don Basilio García. La rica provincia de Pasto en territorio
ecuatoriano, fue el primer laurel que ciño la frente del Libertador y días más
tarde su lugarteniente, el ilustre Sucre, entraba a Quito, después de su
brillante acción de Pichincha.
El
prestigio del Libertador era tan grande, que solo así puede explicarse una
escena que cuenta don Felipe Larrazábal en su Vida de Bolívar, como
ocurrida en Pasto, cuando ya estaba esta ciudad en poder de las tropas
americanas.
Cuando se
supo en Quito el avance del ejército libertador, su gobernador envió a Pasto un
refuerzo de tropas españolas que debían incorporarse a las del general realista
Basilio García; pero cuando ese refuerzo llegó a Pasto, ya esta ciudad estaba
en poder de Bolívar; García había firmado la capitulación y entregado sus
tropas y armamentos.
El
comandante de las tropas de refuerzo, era el Coronel español don Pedro Salgado,
quien tres días antes de llegar a Pasto había tenido conocimiento, a su vez, de
la derrota de sus armas en Pichincha y de la capitulación de Quito; hizo
acampara su batallón a una legua de la ciudad de Pasto y fuese a presentar ante
el General García, a cuyas órdenes iba a quedar.
—Tengo la
pena —dijo Salgado— de comunicar a Usía la fatal noticia de la pérdida de
Quito; pero mi fuerza está intacta y me lisonjea la esperanza de que unida a
las de Usía, podremos salvar esta provincia.
—¿Dónde
ha dejado usted su regimiento, señor Coronel? — preguntóle García.
—En las
afueras de la ciudad —contestó Salgado.
—¿Y no ha
visto las calles de la ciudad llenas de gente?...
—Sí,
señor, las he visto.
—Pues,
señor Coronel, esa gente es toda del General Simón Bolívar, a quien entregué
ayer la plaza, armas y municiones de mi ejército.
— ¡Ha
capitulado usted! —exclamó Salgado, profundamente conmovido.
—No podía
hacer otra cosa, señor Coronel, y aconsejo a usted que se someta a esa misma
capitulación, que por parte del señor Bolívar yo espero que no habrá
dificultad.
Efectivamente,
Bolívar acogió a Salgado con benevolencia suma y al día siguiente el Batallón
Cataluña entregaba sus armas y bagaje al Libertador del Ecuador.
Desde que
Bolívar había llegado a Pasto empezó a organizar el territorio libertado desde
el río Carchi, cerca de Tulcán, hasta el río Mayo., con el cual creó y formó la
provincia de ese nombre; dejó allí al general Obando con el cargo de
gobernador, dictó ordenanzas, promulgó las leyes de Colombia y ordenó, por fin,
al general Salom que partiera a Quito, con el grueso de sus fuerzas; algunos
días más tarde partió él mismo, escoltado por su fiel escuadrón de Granaderos y
unos doscientos hombres de los regimientos Vencedor y Rifles.
Los
pueblos del trayecto, Otalo, Túquerres, Ibarra y otros, hiriéronle las
demostraciones más entusiastas y clamorosas, vitoreando al Libertador como a un
semidiós; por fin llegó Bolívar a Quito, el 16 de julio. La entrada de Simón
Bolívar a la capital de la Presidencia fue un triunfo “más grande, más
glorioso, sin duda, que el de un conquistador”. Todos sus habitantes, sin
excepción, salieron, a las plazas, calles y caminos, para manifestar a
competencia, su reconocimiento por el beneficio que les había hecho
liberándolos de la dominación española. Entre las muchas exteriorizaciones del
entusiasmo de los ecuatorianos, la Municipalidad acordó que se erigiese una
pirámide en el campo de Pichincha, en el sitio de la batalla, con esta
inscripción: Los Hijos del Ecuador a Simón Bolívar, ángel de la paz y
de la libertad colombiana. —Sucre. —Quito Libre, el 24 de mayo de 1822a.
Y como
complemento de todos los honores que se tributaron al Libertador, las
autoridades de la capital acordaron que una diputación del pueblo quiteño,
ofreciese al Presidente de Colombia una medalla de piedras preciosas “con el
sol naciendo sobre las montañas del Ecuador”.
Quedaba,
con esto, coronado el éxito de la campaña colombiana; todo el sur del vasto
virreinato de Nueva Granada encontrábase bajo las leyes del gran general que
había venido con paso de triunfador desde las márgenes del Atlántico
venezolano, arrasando a su paso a las huestes españolas; pero surgió de pronto
una cuestión que se tomó gravísima y ella fue la antigua pretensión del Perú de
poner bajo su dominio la región de Guayaquil.
San
Martín, vencedor de las huestes españolas del Perú, se hizo eco de esta
aspiración peruana y se lanzó en su persecución confiado, como siempre, en su
buena estrella. La opinión de los guayaquileños estaba dividida; unos aspiraban
a incorporarse a Colombia, otros manifestaban sus simpatías por el Perú y un
tercer partido quería que el Ecuador formara una república independiente.
Bolívar vio el peligro, que podía malograr no sólo las expectativas de su
patria, sino aun las conquistas alcanzadas en orden a la libertad del
continente.
No
titubeó un instante, y partió hacia Guayaquil, que se había convertido en el
campo de la más agitada controversia. El día 11 de julio, a las 5 de la tarde,
hizo su entrada, por el Guayas, en una falúa de gala, el Presidente de
Colombia; describir el entusiasmo con que fue recibido por las autoridades y
pueblo guayaquileños sería repetir inútilmente las ostentosas descripciones que
los diferentes pueblos del virreinato habían tributado a su paso al Libertador.
“Todos querían ver y tocar a ese hombre extraordinario que tenía la propulsión
profunda y radiante del genio; que obraba sobre las masas por el brillo
prodigioso de sus victorias; sobre la juventud por la bizarría y nobleza de su
carácter; sobre los pensadores, por la razón; sobre todos por la deslumbrante
investidura del Destino...”
Un arco
con- planchas de plata, levantado frente al palacio donde iba a alojarse,
ostentaba, por un lado, este letrero: “A Simón Bolívar, Presidente de
Colombia; el pueblo de Guayaquil. Y por el otro lado: “A Simón
Bolívar, el iris de la Paz, el Rayo de la Guerra, él Pueblo de Guayaquil. El
gran poeta José Joaquín Olmedo, que era Gobernador de Guayaquil, y partidario
de que las provincias ecuatorianas formaran una república independiente sin
sujeción- ni a España, ni a Colombia, ni al Perú, el poeta Olmedo que en
riqueza de imaginación no habría tenido que envidiar a nadie, “quedó absorto y
seducido por el atractivo y la animada elocuencia del Libertador”, al oírle la
sencilla respuesta improvisada que dio al discurso del Procurador de la ciudad.
Desde ese momento de la llegada de Bolívar a Guayaquil, no dudó nadie de que la
conveniencia de las provincias ecuatorianas estaba en cobijarse bajo las
banderas y las leyes de Colombia. Así lo declararon en definitiva los comicios
populares que se reunieron en 30 de julio para pronunciarse sobre tan
importante asunto.
Después
de la triunfal recepción de Bolívar en Guayaquil, la causa peruana que había
resuelto ir a defender personalmente el Protector del Perú, San Martín, podía
darse por perdida. Efectivamente, la entrevista entre esos dos colonos no podía
variar el fallo que habían dado los pueblos; y si bien se sabe: que aquella
memorable entrevista fue secreta, no es menos cierto que, poco a poco, la
historia ha venido a descubrir muchos pormenores que son buena base para
aquilatar las admirables dotes de ambos genios y el dominio que sobre su
contendor ejerció desde el primer momento el gran ciudadano de Venezuela.
Después
de Guayaquil, la estrella de San Martín se eclipsó.
§ 13.
Cómo se produjo y se realizó la abdicación de O’Higgins
(1823)
Desde su
elevación al mando supremo de la República, el Director O’Higgins había
gobernado al país sin sujeción a ley alguna sin más consultores que los
individuos de la Logia Lautarina, cuyos estatutos, en su
artículo 9º y 11º contenían las siguientes disposiciones: “Siempre que alguno
de los hermanos sea elegido para el Supremo Gobierno, no podrá deliberar cosa
alguna de grave importancia sin haber consultado el parecer de la Logia. No
podrá el jefe supremo dar empleo alguno principal y de influjo en el Estado, ni
en la capital, ni fuera de ella sin acuerdo de la Logia”.
No cabe
duda de que el Gobierno autocrático o dictatorial era. el único eficaz en los
primeros tiempos de la organización del Estado y cuando había que combatir con
mano de hierro las aspiraciones de los vencidos en Chacabuco y Maipo; pero la
tranquilidad del país, sus éxitos militares, tanto en Chile como en el Perú, su
crédito en los Bancos de Londres y su prestigio en el extranjero, hicieron
pensar a los ciudadanos en la conveniencia de dictar una constitución conforme
al régimen “democrático en que hemos jurado vivir y morir”.
O’Higgins
no había esperado a recibir insinuaciones para iniciar la preparación del
Estatuto Fundamental, ni tampoco era contrario a él la Logia Lautarina; pero la
solución de los graves problemas administrativos, financieros y militares que
se presentaban a la República con el carácter de perentorios iban retardando la
realización de este anhelo general.
Pasadas
las naturales inquietudes por la suerte de la Expedición Libertadora del Perú,
cuya organización absorbió todas las energías de la naciente República,
O’Higgins prestó su aquiescencia, lealmente, a la aspiración nacional, y
entregó su realización al ministerio que encabezaba con influencia
incontrastable el Secretario de Hacienda don José Antonio Rodríguez Aldea,
quien no correspondió, por cierto, a la confianza ilimitada que había
depositado en su persona el Director Supremo.
“Rodríguez
—dice Barros Arana— había demostrado en los manejos de la política interna un
espíritu receloso y desconfiado, una inclinación decidida por todos los
pequeños medios de Gobierno, y un empeño inescrupuloso por afianzarse en el
Ministerio, ganándose la buena voluntad del Director Supremo, ejerciendo sobre
él una influencia decisiva y suplantando a los antiguos y probados consejeros
de ese alto mandatario”.
Sus
enemigos acusaban, además, al Ministro Rodríguez, de estar abusando de su
puesto de Ministro de Hacienda en beneficio propio. “Se le suponía interesado
en las contratas de los proveedores del Ejército, en los negocios de algunos
comerciantes que aprovechaban de las modificaciones que se dictaban en las
leyes de aduana y hacienda, y lo que es más grave de todo, en los contrabandos
que se hacían, y en los permisos para exportar víveres al Perú mientras sus
costas estaban bloqueadas por la escuadra chilena”.
Todo este
malestar que se había extendido a todos los pueblos de la nación, dando pie
para que se denominase al Gobierno con el calificativo de “oligarquía de
pillos”, estaba llamado a desaparecer, según la opinión general, con la
elección de un Congreso en que tuvieran asiento los representantes del pueblo
con facultades para imprimir rumbos al Gobierno.
El mismo
día en que se firmó el decreto de convocación a elecciones, el Ministerio envió
a cada gobernador de partido o departamento, una carta confidencial con
instrucciones reservadas sobre la manera en que se debía efectuar la elección,
indicando nominalmente la persona que debía ser elegida y ordenando “que la
elección se hiciera en el momento de recibir esa carta, pues de lo contrario,
entrarían al Congreso los facciosos y todo será desorden”.
Como
puede suponerse, aquella elección, que fue una burla sarcástica de los derechos
y de la voluntad del pueblo, produjo la más profunda indignación y exacerbó los
ánimos. La Asamblea (Preparatoria —así se denominó ese Congreso— nació
desprestigiada; el Ministro Rodríguez fue execrado por la opinión pública y
arrastró inevitablemente en su caída y condenación al Director Supremo. De nada
sirvieron los esfuerzos de O’Higgins para afianzar al Ministro y para rodear de
algún ascendiente o autoridad a la Asamblea; los pueblos lo repudiaron y le
negaron toda autoridad para legislar.
Se inició
la crisis de la situación con el pronunciamiento revolucionario de Concepción;
ante la gravedad del caso y del peligro que corría su persona, Rodríguez
renunció al ministerio, pero ya era tarde para detener los luctuosos
acontecimientos que se precipitaban sobre la República. Así lo comprendió
también O’Higgins y se determinó a resignar el mando supremo, dando alas una
vez más a su inmenso patriotismo. Cuando supo el pronunciamiento de Concepción,
llamó a sus amigos don José Gregorio Argomedo, don Salvador de la Cavareda y
don José María Astorga y les dio el encargo de partir al encuentro del ejército
de Freiré que avanzaba hacia Santiago y proponer a los representantes del sur
el arreglo de todas las dificultades sobre la base de “que la persona del
Director O’Higgins no podía ser obstáculo al afianzamiento de la paz pública y
que estaba resuelto a dejar el mando del Estado tan pronto como se organizase
un congreso o un gobierno que pudiera asumirlo”.
Los
comisionados partieron de Santiago, el 18 de enero de 1823.
“La
primera petición de los diputados de Concepción, dicen los delegados del
Director, fue la separación del señor O’Higgins del mando supremo. No
trepidamos en aceptarla, pues los pueblos la creían necesaria para el
restablecimiento del orden; pero juzgamos que la abdicación del Director debe
estar investida de circunstancias que no cubriesen de oprobio al hombre que nos
había dado patria”.
Pero
mientras los representantes de O’Higgins y de Freire debatían en la mejor
armonía los detalles del cambio pacífico del Gobierno, los acontecimientos se
precipitaban en la capital, movidos por circunstancias y consideraciones muy
diversas de las cuales dan testimonio las siguientes palabras de un historiador
eminente que tienen el mérito que les atribuirá el lector: “Algunos jóvenes que
figuraban entre los más ardientes agitadores de entonces, nos han dado extensos
informes sobre la abdicación de O’Higgins y nos han convencido de que dado el
amor al orden que dominaba entonces en Santiago y el respeto personal que
inspiraba O’Higgins,, no habría sido posible efectuar movimiento alguno de esta
ciudad si se hubiese conocido la determinación del Director de dejar el mando.
El movimiento revolucionario de Santiago se precipitó para evitar la
preponderancia de las provincias del sur” cuyo ejército se movía contra la
capital, en connivencia con el ejército de Coquimbo.
Esta
afirmación de un historiador de la categoría de Barros Arana, confirmada por
los documentos que se han descubierto posteriormente, que he citado más arriba,
y por otros cuya cita omito en obsequio a la brevedad, viene a destruir la
leyenda formada por los enemigos de O’Higgins de que su abdicación no fue
meditada y que solo recurrió a ella presionado por la actitud enérgica del
vecindario de Santiago, el día 28 de enero de 1823.
Nadie ha
podido negar, empero, el enorme patriotismo del Director de Chile, ese día
memorable; sin embargo, el conocimiento exacto de los hechos a través de la
investigación histórica viene a descubrir que ese patriotismo llegó a los
límites de lo imponderable.
La
documentación referente a la abdicación de O’Higgins es abundante y los
detalles de cada uno de los documentos coinciden no sólo en su fondo sino
también en su forma; aun los escritos que emanan de los enemigos del Director
no pueden apartarse de la verdad y cuando la pasión los obliga a tergiversar
los hechos, esas afirmaciones no resisten al más somero análisis.
En la
tarea de narrar estos sucesos, he creído que es preferible hacerlo con la
palabra original de los escritores de la época que vivieron esos instantes
históricos o que oyeron las narraciones de los testigos presenciales.[6]
“Era el
28 de enero de 1823.
”La
ciudad de Santiago estaba ese día agitada, turbulenta y sacudida por un
movimiento que mantenía en exaltación los ánimos”. Los mismos partidarios de
O’Higgins, sus amigos de corazón, no contestaban las acusaciones que se le
hacían y se limitaban a recordar sus inmensos servicios al país y a evocar sus
glorias, como un medio para atemperar la irritación general.
”En la
noche anterior los corifeos de la oposición, José Miguel Infante, Fernando
Errázuriz y el Intendente José María Gozarán habían acordado hacer un Cabildo
Abierto, o sea, una reunión popular en la sala del Consulado, para pedir al
Director su renuncia; pero a las 11 de la mañana apenas se habían reunido unas
cincuenta personas; se abrigaban serios temores sobre la actitud de las tropas,
que amaban a O’Higgins; sin embargo, los cabecillas no descansaban y hacían
propaganda entre los vecinos, recordando la muerte de Manuel Rodríguez, el
sacrificio de los Carrera y las últimas elecciones.
¿Atacarían
las tropas al pueblo? Esta era la duda. Cerca de las doce del día, el Coronel
Pereira, jefe del Regimiento de Guardia de Honor, se presentó ante la reunión
de vecinos a declarar que su tropa obedecería al pueblo; lo mismo había
declarado antes el Comandante de la Escolta, Coronel don Mariano Merlo. Ante la
actitud de estos militares, el vecindario cobró lirios y se tomó decidido. A la
una de la tarde la reunión del Consulado (Biblioteca Nacional), pasaba de
doscientas personas.
A la
insinuación de los dirigentes, el Intendente Guzmán se dirigió al palacio del
Director (edificio del Correo), para rogarle, en nombre del vecindario, que se
presentara en el Consulado para escuchar al pueblo que se hallaba allí reunido.
O’Higgins recibió a Guzmán con fría cortesía y le contestó que no concurriría,
porque no estimaba a esa reunión como la expresión de la soberanía popular;
pero que tuviera la seguridad de que el Director abrigaba los más grandes
sentimientos de amor a la patria. Ante esta respuesta, los individuos de la
reunión temieron que el Director estuviera decidido a tomar resoluciones
extremas, y muchos quisieron retirarse; pero un joven, Juan Manuel Cobo, se
adelantó a tomar la puerta y se colocó en ella con un bastón en la mano para
impedir enérgicamente el paso a los que se querían retirar.
En estos
momentos supo O’Higgins que los comandantes habían prometido obedecer al
vecindario reunido. Ciego de indignación se trasladó al cuartel del Escolta
(Cuerpo de Bomberos), a cuyo comandante encontró frente a su tropa formada.
—¿Por
quién está usted? —le preguntó el Director, sin saludarle.
—Por el
pueblo —contestó Merlo, con toda calma.
Rápido
como el rayo se precipitó O'Higgins sobre el comandante, le arrancó las
charreteras y lo sacó a empellones hada la calle. La tropa aplaudió
entusiasmada este acto de arrojo y a la voz de mando del Director salió formada
hacia la plaza, donde la dejó al mando de un nuevo jefe, el mayor Agustín
Rojas.
Acto
seguido, el director se encaminó hacia el cuartel de la Guardia de Honor
(Convento de San Agustín). Allí el espíritu de desobediencia a las órdenes del
Gobierno se había manifestado con actos más efectivos. Los oficiales adictos al
Director habían sido arrestados y en todas las calles que daban acceso al
cuartel y aun en la torre de la Iglesia se habían puesto centinelas para no dar
paso a nadie. O’Higgins, que sabía estos aprestos, pero sin arredrarse, se
encaminó hacia el cuartel por la calle del Estado; se hizo respetar de un
centinela que quiso detenerlo; llegó a la plazuela del convento (Banco
Español), donde había un centenar de soldados y notando en algunos oficiales
cierta turbación que demostraba su adhesión al movimiento popular, les increpó
su conducta y los separó del mando, dándoselo a los sargentos. Entró en seguida
al cuartel al frente
de ese
centenar de soldados y fue recibido en medio de los vítores de la tropa.
Reconvino duramente al coronel Pereira, que trató de justificar su conducta con
el estado de agitación en que se encontraba la ciudad, puso en libertad a los
oficiales arrestados, y se colocó él mismo al frente del regimiento, dejando
una parte en el cuartel al mando del mayor Manuel Riquelme, su tío, salió a la
calle con dos compañías que dejó formadas en la plaza, frente a la Catedral.
En ese
intervalo, la reunión del Consulado había estado deliberando sobre la forma en
que se podría obtener que O’Higgins asistiera a oír a los vecinos; conociendo
la afectuosa deferencia que el Director profesaba a su madre y la suavidad de
carácter de doña Isabel, enviaron una delegación a esta señora para pedirle que
influyera en su hijo para que cambiara de resolución.
-(Prefiero
ver a mi hijo muerto antes que deshonrado —fue la contestación de doña Isabel—,
No le diré una sola palabra sobre este asunto; él tiene suficiente juicio y
edad para gobernarse por sí mismo.
Dos o
tres comisiones más envió la Asamblea ante O’Higgins y todas ellas fracasaron;
la, resolución del Director era irrevocable y permanecía él mismo en la Plaza
al frente de la tropa; a la última de estas comisiones, junto con su negativa,
había manifestado que si en media hora no se disolvía la reunión, la disolvería
él mismo con la fuerza. Ante esta intimación, la Asamblea recurrió al último
arbitrio antes de disolverse y de fracasar.
Hizo
llamar al más íntimo amigo de O’Higgins, el General don Luis de la Cruz, y le
rogó que se acercara al Director, le explicara el deseo de la Asamblea, la
calidad de sus componentes y el acuerdo que por aclamación había tomado: el de
“declarar sagrada e inviolable la persona del Director Supremo don Bernardo
O’Higgins”.
El
General Cruz aceptó la misión y se encaminó hacia la plaza; la orden de
disolución de la Asamblea venía ya en camino y Cruz pidió al oficial que la
traía que demorara cinco minutos su cumplimiento.
El
General llegó hasta el Director y cumplió su misión, agregándole que en la
Asamblea se encontraban los más respetables vecinos de Santiago, aun sus
antiguos y mejores amigos. Después de un momento, O’Higgins contestó:
— “Veo
que allí se halla lo principal de la ciudad. No era esto lo que me habían
informado”.
Y
cambiando inmediatamente de resolución, mandó al comandante López que lo
escoltara para dirigirse al Consulado, en cuya plazuela (estatua de Andrés
Bello) se había reunido un gran número de personas.
O’Higgins
pasó en medio de ellas con aire tranquilo y firme, según unos, y adusto y
airado, según otros; y penetrando al salón en medio de la concurrencia, que se
había puesto de pie, fue a tomar asiento bajo el dosel. Saludó a la
concurrencia con gran cortesía y después de repetir a las personas que estaban
a su lado su error respecto de la calidad de la gente allí reunida, se puso de
pie y con voz firme y resuelta, en medio de un silencio absoluto preguntó:
—¿Cuál es
el objeto de esta Asamblea?
Don
Mariano Egaña contestó:
—El
pueblo reconoce los grandes méritos de V.E.; pero vista la situación del país,
desea que dejéis el mando.
O’Higgins: ¿Con
qué derecho tomáis la representación de los pueblos que me han investido del
poder?
Infante: Las
provincias se han levantado en armas y Santiago, con sus vecinos más
caracterizados, se adhiere al movimiento.
En este
momento se alzan varias voces tumultuosas que parecen querer dominar al héroe
patriota; pero O’Higgins se yergue y exclama.
—No me
atemorizan ni los gritos ni las amenazas. Desprecio hoy la muerte como la
desprecié en los campos de batalla; y como no puedo continuar esta discusión a
gritos, designad las personas con las que pueda entenderme.
La
Asamblea quedó subyugada por la energía de estas palabras y guardó silencio; a
una nueva insinuación de O’Higgins, designó a don Femando Errázuriz, a José
Miguel Infante y a Egaña. Todos los más abandonaron la sala silenciosa,
respetuosa y solemnemente.
Lo que
ocurrió en esa conferencia de cuatro grandes patriotas que en esos momentos
jugaban la salud de la patria chilena, ya lo saben mis oyentes. El gran
O’Higgins, que disponía de la fuerza armada, de los soldados, del pueblo que lo
idolatraba, sacrificó todos sus grandes ideales y antes de ver a su patria
ensangrentada por una guerra civil, prefirió abandonar el poder y entregar la
suerte de Chile, a quien había dedicado su vida entera, su sangre y sus
energías, entregarlo, repito, en manos de los contrarios a su Gobierno.
Pocos
momentos después, los comisionados invitaban a la concurrencia a oír la
resolución del Director O’Higgins. Rápidamente se llenó otra vez la sala y
Egaña declaró que el Director deseaba que se nombrara una Junta a quien
entregar el mando. En medio de la más grande expectación, se designó a los
señores don Agustín Eyzaguirre, Femando Errázuriz y José Miguel Infante a
quienes el Director tomó por sí mismo el juramento.
Practicada
esta diligencia, dijo:
—Tengo la
satisfacción de dejar a mi patria libre e independiente, respetada en el
exterior y cubierta de gloria por sus armas victoriosas. Doy gracias a Dios por
los favores que ha dispensado a mi gobierno y le pido que proteja a los que me
suceden.
Y
quitándose la banda tricolor del pecho, la depositó sobre la mesa.
—Ahora
soy un simple ciudadano —agregó—. Estoy dispuesto a contestar las acusaciones
que se me hagan; y si hubiera cometido faltas que no se pudieran purgar más que
con mí sangre, aquí está mi pecho... —Y se abrió violentamente la casaca,
haciendo saltar algunos botones.
•Un grito
compacto de ¡“Viva O’Higgins” llenó los ámbitos de la sala; los abrazos y
felicitaciones se prolongaron bulliciosamente hasta la entrada de la noche,
hora en que una poblada inmensa acompañó al gran patriota a su palacio.
La
victoria que O’Higgins había conseguido ese día era más grande que todas las
que había ganado en los campos de batalla.
Un
argentino que presenció estos hechos, Luis Antonio Morante, decía años más
tarde, al recordar estas escenas:
—Nunca
espero ver algo más grande en un hombre.
Ya sabéis
vosotros que el gran O’Higgins partió de su patria a los pocos días, con
dirección al Perú, donde murió veinte años más tarde, sin haber logrado su
deseo de volver a ver a la patria a quien tanto había amado. Su vida en el
destierro, olvidado de sus compatriotas, fue un ejemplo; la ingratitud de la
patria a quien había dado la libertad, jamás logró arrancar de sus labios una
sola palabra de amargura para los que le impidieron morir llenando sus pupilas
con- la luz plácida y embriagante de este bello cielo azul.
§ 14. El
fracaso de San Martín en Guayaquil
(1823)
No le
había sonreído la fortuna al General San Martín, después de los primeros
triunfos de la Expedición Libertadora que con tantos sacrificios había confiado
a su pericia militar el Estado de Chile, para consolidar la independencia
americana. Ocupada Lima, rendidas las baterías del Callao y arrojadas del
centro del país las tropas realistas del virrey La Sema, el General San Martín
estaba aún muy distante de poder afirmar que la libertad del Perú fuera un
hecho.
El
ejército patriota era un compuesto heterogéneo muy difícil de manejar mientras
no tenía el enemigo al frente; chilenos, argentinos, colombianos y peruanos, en
los ocios del cuartel, prolongados ya hasta el exceso, daban rienda suelta a
los instintos que son inherentes en tropas que sólo reconocen la disciplina
férrea en los campamentos de guerra, muy distintos por cierto a los cuarteles
de la opulenta ciudad de Lima.
Si la
tropa era difícil de manejar, la oficialidad y los jefes tenían otras
preocupaciones que los alejaban del cuartel; la intriga que se desarrollaba en
la provisión de los ascensos, la rivalidad entre los distintos cuerpos y
nacionalidades, los intereses de diversos órdenes que se iban creando alrededor
de un gobierno provisional, etc., minaban rápidamente la disciplina de la única
institución que podía tener ese nombre durante la primera época de la libertad
peruana.
Entretanto,
el General San Martín, confiado en sus ministros y tenientes, sólo se
preocupaba de dar forma a su idea fija: la de establecer un gobierno de régimen
monárquico en las naciones que libertara con su espada. Esta idea absorbía
todas sus poderosas facultades y le impedía ver como la gran causa de la
independencia americana y sus ingentes sacrificios iban a perderse sin remedio
si sólo de su voluntad hubiese dependido tal resolución.
Imbuido
en estos principios monárquicos no persiguió a La Serna y le permitió retirarse
a la sierra —donde el virrey español podía mantener su ejército— con la
esperanza de que aceptase reconocer la independencia del Perú y Chile sobre la
base de la coronación de un príncipe español que reinaría sobre estos países y
tal vez sobre la Gran Colombia...
Imbuido
en utópicos propósitos demoró la resolución definitiva de la guerra que debía
dar remate a la independencia peruana, para dar tiempo a que sus emisarios
negociaran con O’Higgins el envío de una delegación americana a España para
obtener de esa Corte la aceptación de tan extraña política, que no podía
satisfacer ni al rey dominante, ni a los americanos que luchaban por su
independencia absoluta.
Por
fortuna para la América, dos genios, uno en el norte, Bolívar, y otro en el
sur, O’Higgins, velaban por sus destinos, guiados por un ideal común: el
régimen republicano.
San
Martín deseaba, sin ambages, que viniera a coronarse rey del Perú un príncipe
europeo; sólo titubeaba en la elección de la casa reinante a que debía
pertenecer este príncipe; sin embargo, todo estaba subordinado a las ventajas y
garantías que dieran los interesados...
En primer
lugar, debía ofrecerse el trono del Perú a un príncipe inglés, porque “la Gran
Bretaña, con su poder marítimo, su crédito, sus vastos recursos, y por la
bondad de sus instituciones era una alianza y una protección de primer orden”
para la monarquía americana.
Si no
fuere posible interesar a un príncipe inglés, debía gestionarse un príncipe
ruso, “porque la importancia política «lo este imperio y su poderío se
presentan bajo un carácter más atractivo que todos los demás”. El General San
Martín se avanzaba a señalar la persona del príncipe de Saxe (Sajonia) “con la
precisa condición de que abracen la religión católica”.
Si estos
príncipes no aceptasen “podrá recurrirse a algunas de las ramas colaterales de
Alemania, con tal que estuviera sostenida por el gobierno británico; o en su
defecto, a algún príncipe de la Casa de Austria, en las mismas condiciones y
requisitos antedichos.
Era, como
se ve, un verdadero remate al mejor postor, el de la corona del Perú; pero aun
no termina. San Martín no abandonaría su idea por falta de un príncipe.
En
defecto de un príncipe, ruso, alemán o austríaco, “se aceptará algún príncipe
francés o portugués; y en último recurso se podrá admitir, de la Casa de
España, al duque de Lúca”...
Las
palabras que hemos copiado constan de las instrucciones que una junta de
notables peruanos, encabezada por San Martín, entregó a dos plenipotenciarios
que envió a Europa para buscar al futuro monarca del Perú, que debería reinar
también sobre Chile y Colombia, formando el Gran Imperio del Pacífico.
El
vencedor de Chacabuco y Maipo, acostumbrado al triunfo y embriagado con el
incienso de la gloria que lo rodeaba en la voluptuosa Lima, no reparó en que
sus émulos, Bolívar y O’Higgins estaban preparados para rechazar cualquier
intento «pie fuera contrario al régimen democrático.
Los
plenipotenciarios de San Martín fracasaron de plano en la primera conferencia
que tuvieron con O’Higgins y el mismo San Martín iba a fracasar también
obscura, lamentable y definitivamente, en aquella histórica entrevista que
marchó a celebrar con él Libertador Bolívar, en el puerto de Guayaquil, y que
fue el último resplandor, y el ocaso del sol austral americano que moría.
Bolívar
llegaba triunfante y esplendoroso al confín meridional de la Gran Colombia,
para afianzar la unidad del territorio donde había soñado establecer una
república modelo. Llegaba a Guayaquil, término de su carrera de victorias para
dar descanso a sus tropas, después de haber arrollado las huestes españolas,
dejando cimentada la independencia de su país.
Libertado
el norte e independientes ya Chile y la Argentina, sólo quedaba un punto
sombrío en la América española: el Perú. Hacia este país se dirigía la mirada
penetrante e interrogadora de Simón Bolívar.
Apenas
hubo entrado con sus ejércitos vencedores a la capital del Ecuador, y resuelto
ya a tomar posesión de Guayaquil, Bolívar ofreció a San Martín todo su concurso
para terminar la campaña del Perú. “Terminada ya la guerra de Colombia,
comunico a V.E. que su ejército está pronto a marchar donde quiera que sus
hermanos lo llamen, muy particularmente a la patria de nuestros vecinos del
sur”.
En estos
términos se dirigía Bolívar a San Martín con fecha 17 de junio de 1822, a los
cuatro días de haber ocupado Quito y en los momentos en que las avanzadas de su
ejército habían emprendido la marcha hacia Guayaquil, frontera peruana.
El viaje
del Libertador Bolívar a Guayaquil tenía para los peruanos un significado
trascendental. El Perú tenía pretensiones y alegaba ciertos derechos de
soberanía sobre los territorios de la presidencia de Quito, que son los que hoy
forman la República del Ecuador. Colombia, por su parte, pretendía que esos
territorios estaban dentro de los límites naturales de la Nueva Granada y que
debían formar parte de la República de Bolívar; en esta controversia los
ecuatorianos estaban de parte de los colombianos, pero faltaba todavía el
pronunciamiento oficial y definitivo. La llegada de Bolívar a Quito y luego a
Guayaquil, era un peligro para las pretensiones peruanas; San Martín, que
patrocinaba esas pretensiones, tal vez con el afán de ofrecer al futuro monarca
del Perú un más vasto territorio, quiso entrevistarse con Bolívar, confiado en
que su palabra y su prestigio serían suficientes para convencer al caudillo
colombiano.
Y partió
con rumbo a Guayaquil, a bordo de la goleta “Macedonia”, el 18 de julio de
1822. Bolívar, entretanto, ignorante de esta visita, preparaba en Guayaquil la
reunión de los representantes de los pueblos ecuatorianos que iban a decidir si
se incorporaban al Perú o a Colombia, o si permanecerían como un Estado
independiente.
Tan
pronto como Bolívar tuvo noticias, con la sorpresa consiguiente, de que se
había avistado el buque que ostentaba la insignia del Jefe del Estado peruano,
preparó a San Martín una recepción solemne; envió sus edecanes en una falúa de
gala a saludarlo antes de que el buque anclase, y él mismo fue a bordo para
invitar a bajar a tierra al Protector. Era el 25 de julio.
Los
batallones colombianos le rindieron honores de Jefe de Estado y una gran
comitiva acompañó a ambos caudillos hasta la residencia que se había señalado,
en medio de clamorosos vítores. En el salón donde fue recibido, los esperaban
las damas guayaquileñas para rendir tributo de admiración al héroe del sur de
América, como ya lo habían rendido al héroe del norte.
“Terminado
el besamanos, se retiraron las corporaciones, las señoras y el cuerpo militar.
Quedando el Libertador Bolívar con sólo el Protector San Martín y dos edecanes,
éstos fueron invitados a pasar a otra habitación a efecto de dejar solos a los
dos grandes personajes que tanto habían ansiado verse reunidos.
“Ellos
cerraron las puertas por dentro y los edecanes estaban a la mira de que nadie
les interrumpiera; y así permanecieron por hora y media esa primera vez.”
Las
conferencias se repitieron en esta misma forma durante tres días y a distintas
horas; ambos caudillos guardaban el más estricto silencio sobre el tema de sus
repetidas y prolongadas conferencias, y nada se traslucía de sus acuerdos. Se
comprenderá la expectativa que reinaba en los círculos así políticos como
militares de Guayaquil en vísperas como se estaba de la reunión de los
diputados que debían resolver el futuro del Ecuador. Esa reunión debía
realizarse el 28 de julio; pues bien, el mismo día se anunció el viaje de
regreso del General San Martín.
Ya a
bordo de la nave y un momento antes de alzar el ancla, Bolívar creyó necesario
no ocultar por más tiempo a su huésped una grave noticia que había recibido de
sus agentes en el Perú; la revolución contra el Gobierno de San Martín había
estallado, durante su ausencia, en la ciudad de Lima.
—“Si esto
ha sucedido —contestó San Martín— me iré a Europa y daré un adiós eterno a la
América del Sur”.
Era el
ocaso definitivo.
Según don
Bartolomé Mitre, el objeto de la entrevista que San Martín había querido
celebrar con Bolívar era, primero, el arreglo de la incorporación de Guayaquil,
o sea, la cuestión ecuatoriana propiamente dicha; segundo, el acuerdo de las
operaciones militares para el término de la campaña contra la dominación
española, y tercero, la fijación de la forma de gobierno que
debían adoptar las nuevas naciones una vez obtenida su emancipación.
La
historia, con su examen tranquilo y severo, ha dilucidado ya por intermedio de
sus investigadores más competentes todos los puntos de esta cuestión que se
mantuvieron en secreto durante algún tiempo, porque secretas fueron esas
conferencias y porque ambos personajes quisieron guardarse absoluta lealtad
durante la vida.
§ 15.
O’Higgins y Bolívar
(1823)
Después
de haber apurado la amargura de los más crueles desaires de parte de sus
enconados enemigos y la ingratitud de muchos de los mismos a quienes protegiera
y elevara, el ex Director Supremo de Chile, Bernardo O’Higgins, logró la
oportunidad tan anhelada por él, de alejarse “de esta patria que había creado”;
el 15 de julio de 1823, aportó en Valparaíso, inesperadamente, la fragata
inglesa “Fly”, capitán Phipps, en viaje rápido al Callao y a su bordo se acogió
inmediatamente el voluntario proscrito, acompañado de los dos seres amados de
su alma que jamás lo abandonaron: su madre y su hermana.
En los
seis meses transcurridos desde la abdicación, el general había tenido tiempo de
conocer a los hombres; la verdad era que en los cinco años de su gobierno
omnímodo, dictatorial, no alcanzó a conocerlos... Resuelto a olvidar los
infinitos sinsabores y a cicatrizar las heridas que le dejaran en su alma
bondadosa y sensible, los desengaños y las defecciones, O’Higgins estaba
resuelto a alejarse de la patria, aunque fuera por poco tiempo. “Libre ya de
las preocupaciones de Gobierno —decía la comunicación en que solicitó el
permiso para ausentarse del país— puedo dedicarme a mis atenciones privadas, y
espero que el Gobierno me permitirá que pase a Irlanda, por algún tiempo, a
residir en el seno de mi familia paterna, donde continuaré mis ardientes votos
por la felicidad de la patria”.
Cuando la
fragata “Fly” levó sus anclas y cruzaba la bahía de Valparaíso, rumbo al norte,
circuló en la capital una proclama que todo el mundo leyó con avidez, con los
ojos humedecidos y el corazón opreso por la emoción; era la despedida del
héroe, concebida en términos que demostraban una vez más su alma inmensa.
“¡Compatriotas! Con el corazón angustiado y la voz trémula, os doy el último
adiós; el sentimiento con que me separo de vosotros es sólo comparable con la
gratitud que os conservo. Sea cual fuere el lugar adonde llegue, allí estoy con
vosotros y con mi patria amada; quiera el cielo haceros felices, amantes del
orden y obsecuentes con quienes os dirigen. ¡Virtuoso ejército, compañeros de
armas, llevo conmigo la dulce memoria de vuestros triunfos!”
Inmóviles
sobre el puente de la hospitalaria nave inglesa, O’Higgins, doña Isabel
Riquelme y Rosa Rodríguez, vieron esfumarse las playas de la bendita tierra a
la cual los tres juntos ofrendaron su fortuna, su tranquilidad y su vida;
estaban ciertos de que su alejamiento era momentáneo... Sin embargo, el destino
había determinado ya que no habrían de volver.
El viaje
fue rápido y feliz; antes de quince días, batiendo un record de velocidad, la
nave saludaba la plaza del Callao el 28 de julio, aniversario de la declaración
de la independencia del Perú, llevada a cabo dos años antes, bajo las banderas
de la Expedición Chilena, que con tantos sacrificios había organizado, armado y
equipado el mismo grande hombre que ahora llegaba a las playas peruanas,
proscrito de su patria. Sabía O’Higgins que la situación de los patriotas
peruanos era desastrosa y muy poco esperaba encontrar en pie de lo que San
Martín había fundado; pero jamás se imaginó que la ruina de la revolución
hubiera llegada hasta el extremo de lo que vio a los tres días de haber
desembarcado.
Las
instituciones que San Martín había creado y mantenido en dos años de
Protectorado, rodaban trabajosamente en un campo de desolación, de recelos y
traiciones; dos Jefes Supremos se disputaban el mando, y para supeditarse,
ambos no habían titubeado en entrar en ocultas negociaciones con el enemigo
español, en contra abiertamente de los intereses de la patria. Al abnegado
adalid de la libertad de América no podía serle indiferente el fracaso de su
más grande empresa, la Expedición Libertadora del Perú, y desde ese momento
determinó poner al servicio de la causa que toda su vida defendiera, lo único
que ahora le quedaba: su persona.
La
presencia de O’Higgins en el Perú fue inmediatamente advertida; aparte del
prestigio de su nombre y de los grandes servicios que había prestado a ese
país, poseía los títulos y el grado de Capitán General de los Ejércitos
peruanos que le fueron otorgados por el Congreso, junto con el obsequio de la
Hacienda de Montalván, en donde —estaba escrito— debería ganarse el diario
sustento en los últimos años de su vida. Por suerte, aun en medio de sus
desgracias domésticas, los peruanos no dejaron de tributar al proscrito el
homenaje y las consideraciones a que tenía derecho; el Presidente Torre Tagle,
junto con acogerle con las mayores demostraciones de respeto y de benevolencia,
proporcionó a O’Higgins un pasaporte amplio para que pudiera trasladarse a
cualquier parte del país, no sólo “sin que se le ponga embarazo alguno, sino
que se le auxilie ventajosamente con cuanto pueda necesitar”.
Afortunadamente
para la causa de la libertad peruana, a principios de septiembre fondeaba en el
Callao el bergantín “Chimborazo”, y a su bordo venía Bolívar, triunfante de su
campaña sobre Quito y Guayaquil, y resuelto a vencer el poderío español en el último
reducto que conservaba en la América meridional. Al segundo día de su llegada a
Lima, antes de que el Congreso y la Junta de Notables le proclamen Dictador,
Bolívar recibió la visita del ex Director Supremo de Chile.
¿Qué
impresiones recibieron, recíprocamente, ambos personajes en esta entrevista
que, aunque fue de mera cortesía, se verificó a puerta cerrada?
El
talento poderoso y vivaz del Libertador debió penetrar sin dificultad en los
sencillos, ingenuos y leales pensamientos del héroe chileno, y quedar
convencido de la bondad ingénita y del inmenso patriotismo, ajeno a toda
ambición, del ex Director Supremo de Chile. Por su parte, O’Higgins debió
quedar deslumbrado ante aquel astro.
Fuera
táctica política o real reconocimiento de sus méritos, o caballeresco respeto
ante el infortunio, Bolívar se manifestó particularmente deferente y obsequioso
con el General O’Higgins, mientras permaneció en Lima; y en el gran banquete
con que la sociedad limeña obsequió al Libertador, a mediados de septiembre, en
el cual ocupó O’Higgins uno de los sitios de honor, el héroe venezolano alzó la
copa y brindó: “Por el buen genio de América, que trajo al General San Martín
con su ejército libertador desde las márgenes del Plata hasta las playas del
Perú, y por el General O’Higgins, que generosamente lo envió desde Chile”.
La
ovación con que fueron recibidas estas palabras en recuerdo y reconocimiento de
aquellos dos precursores de la libertad del Perú, manifestó a Bolívar el
arraigo profundo que ambos tenían en aquel país; uno de ellos, San Martín, el
que habría podido provocar algún mal recuerdo, por haber actuado personalmente
en Lima, ya estaba lejos; el otro, O’Higgins, a quien se conocía a la distancia
y sólo por sus grandes hechos, era un huésped que estaba presente; los aplausos
y los brindis por O’Higgins, aquella noche del banquete en Lima a Bolívar,
impresionaron fuertemente a los colombianos, a los allegados del Libertador y
al Libertador mismo. Hubo un momento en que Bolívar y O’Higgins se unieron en
un abrazo en medio de una ovación delirante.
La casa
de O’Higgins en Lima fue visitada varias veces por el mismo Bolívar, cuando
éste era ya Dictador del Perú: “era altamente respetado el ex Director de Chile
—afirma el inglés Suttelife— y era visitado por los principales habitantes de
Lima y por los jefes del ejército peruano, del colombiano y del argentino”. A
ninguno de estos jefes le cabía duda de que el general chileno “tendría mando”
en el ejército de Bolívar, y esa opinión quedó confirmada cuando O’Higgins
anunció que se marcharía a Trujillo, a los pocos días de haber partido hacia
esa ciudad el Libertador Bolívar.
También
lo creía así el patriota chileno; pero estaba equivocado como todos. Bolívar no
podía desconocer los méritos excelsos del denodado guerrero y mandatario y tal
vez deseaba ardientemente dar mayor esplendor a su “corte”, colocando a su lado
a un hombre de las virtudes cívicas y militares de O’Higgins, sólo comparables
con las de San Martín y Sucre; pero en esos mismos momentos gestionaba que él
Gobierno de Chile enviara importantes auxilios al ejército colombiano del Perú
y con su perspicacia diplomática quiso ponerse a cubierto de una negativa; los
nuevos mandatarios chilenos, que acababan de derrocar a O’Higgins, ¿verían con
buenos ojos que este general figurara en primera línea al lado de Bolívar?
Acompañado
de su madre y de su hermana se instaló modestamente en Trujillo, en espera de
que el Libertador le señalara el puesto que le correspondía en el ejército del
Perú, en el cual O’Higgins, ya lo he dicho, tenía el grado de Capitán General;
pero pasaban las semanas y los meses y ese ansiado puesto no se insinuaba.
Decíase por todas partes que el Libertador preparaba un batalla que podía ser
decisiva para la causa de América, y en efecto, los preparativos, las
requisiciones, la acumulación de elementos, las órdenes de concentración y mil
otros detalles confirmaban los persistentes rumores de que no transcurrirían
muchas semanas sin que se produjeran acontecimientos trascendentales. Cierto
día, su secretario y fiel amigo, el inglés John Thomas, que lo siguió al
destierro y no lo abandonó jamás, le llevó una noticia que si halagó por unos
instantes el patriotismo del proscrito, lie infirió una nueva mortificación a
sus anhelosas expectativas.
—¿Sabe
Usía, mi general, lo que se corre en Huanchaco?... —fue el saludo que hizo a
O’Higgins el buen inglés, al regresar de una excursión al puerto.
Y ante la
mirada de tranquila interrogación que O’Higgins, su madre y su hermana echaron
sobre el secretario, éste dijo:
—Pues,
señor, se dice que el godo Canterac se ha manifestado muy inquieto con la
noticia de que mi General O’Higgins se haya incorporado al ejército de Bolívar,
porque no se han dado mejo-
res
cargas de caballería en las batallas de América que las de Chacabuco y
Rancagua...
-¿Es
cierto eso?... —preguntó emocionado O’Higgins; y luego, volviéndose a su
preocupación, agregó: —Lo malo está en que no me han incorporado todavía...
Esa misma
tarde, a mediados de mayo, escribió O’Higgins una nueva carta al Secretario de
Bolívar, Coronel Tomás de Heres, recordándole hiciera presente al Libertador
—que había salido hacia el norte en sus preparativos de campaña— sus ardientes
deseos de participar en la próxima y definitiva gran batalla que se anunciaba
inminente. La respuesta del secretario Heres no se hizo esperar, a pesar de la
distancia a que se encontraba Bolívar.
“Su
Excelencia me indicó —decía la respuesta— que a pesar de sus deseos de que
viniese Usía al Ejército, se había abstenido de hacerle ninguna insinuación por
el estado de enfermedad en que tenían a Usía las fiebres ardientes que le
habían atacado; pero ahora que Usía se ha ofrecido y que manifiesta interés en
venir, Su Excelencia me ha encargado que exprese a Usía la satisfacción con que
le vería en el Ejército”.
Pero no
le decía nada más, ni tampoco recibió órdenes o destinación alguna; la
impaciencia de O’Higgins no podía quedar satisfecha, y pasados seis días, el 7
de junio, escribió al Coronel Heres: “Jamás he perdido la oportunidad de
manifestar la honra que recibiría de hallarme peleando a las órdenes de Su
Excelencia, el día de la batalla en que deba decidirse la suerte del Perú, en
el carácter de simple voluntario, pues habiendo venido a estos países en mi
carácter de particular, creo muy natural que Su Excelencia no supiese el rango
militar que tengo en el Ejército del Perú”.
“Nada
podrá substraerme —agregaba— del retiro en que me he propuesto mantenerme en el
Perú, sino una batalla, en cuyo día todo americano que pueda ceñir una espada
está obligado a emplearla en defensa de la causa de la libertad de América; si
ese día la fortuna coronase esta obra, como lo espero, volvería entonces a mi
vida privada, satisfecho de la única recompensa que ambiciono en este mundo”.
Estas
frases cálidas, abnegadamente heroicas y que al mismo tiempo eran lamento de
protesta honda, debieron impresionar al Libertador, porque, sin pérdida de
tiempo —el 14 de junio- contestóle de su puño, las siguientes frases: “Ya antes
había manifestado a Heres mi deseo de verlo en las filas del Ejército
Libertador; un bravo general como usted, temido de sus enemigos y experimentado
entre nuestros jefes y oficiales, no puede menos de dar un nuevo grado de
aprecio a nuestro ejército. Por mi parte, ofrezco a usted un mando en él, si no
correspondiente al mérito y situación de usted, a lo menos propio para
distinguir a cualquier jefe que quiera señalarse en un campo de gloria, porque
un cuerpo del Ejército de Colombia, a las órdenes de usted debe contar con la
victoria. Así, pues, mi querido general y amigo, yo insto a usted para que
acepte mi convite, siempre que su situación física permita a usted este
sacrificio. Bolívar.
Henchido
de júbilo, O’Higgins empezó a disponer su viaje para juntarse al Libertador con
la mayor rapidez; había que recorrer no menos de doscientas leguas y necesitaba
proveerse de cabalgaduras, de remonta y de muchos otros elementos
indispensables para tan largo y dificultoso recorrido a través de la sierra. El
9 de julio salía de Trujillo, acompañado de su secretario Thomas; de su
pariente Tadeo Riquelme; del Coronel Tomás Guido y de tres sirvientes con
dirección de Jauja, cuartel general; en el detallado Diario que
de este viaje fue escribiendo su secretario, se lee lo siguiente, en la página
que corresponde al día de la partida: “Nada puede sobrepasar la fortaleza
demostrada por doña Isabel de Riquelme ante la separación del báculo de su
vejez.; alguien propuso retardar el viaje porque faltaba algo, poro la señora
no aceptó, diciendo que esa demora podría privar a su hijo de asistir a la
batalla de cuyo éxito dependía la libertad de América. Esta señora no es
inferior, por ningún capítulo, a las célebres matronas romanas”.
Las
penalidades que esta caravana experimentó en esta travesía fueron variadas y
sin cuento; debían cruzar una zona que se encontraba devastada por la guerra,
sin recursos casi y sin medio de procurárselos, pues las avanzadas de Bolívar
habían recogido hace poco los últimos restos que pudieran haber quedado
de las
requisas anteriores; O’Higgins avanzaba impertérrito, deteniéndose solamente el
tiempo indispensable para el descanso. Por fin llegó al Cuartel General el 18
de agosto, y el mismo día continuó en compañía del Libertador hacia Huancayo.
El 19 de agosto, víspera del aniversario de la salida de Valparaíso de la
Expedición Libertadora, y víspera también de su propio natalicio, el General
O’Higgins almorzaba, como recién llegado, invitado a la mesa del Libertador, en
compañía de los Generales La Mar y Córdoba.
Al día
siguiente partió para los campos de Ayacucho, en donde esperaba recibir las
primeras órdenes para su actuación militar. Antes de partir “hacia la gloria”,
como él decía, escribió a su madre, doña Isabel, las siguientes frases: “No
obstante las penosas marchas que he hecho por ardientes arenas y heladas
cordilleras, sin parar en doscientas leguas, mi salud está mejor que nunca y
mis deseos jamás han sido más grandes de alcanzar a los enemigos, a fin de que
haya siquiera un araucano que vea la conclusión de la guerra y tenga parte en
la exterminación, para siempre, del yugo español”.
Sin
embargo de haberse incorporado al ejército y de haber sido reconocido en la
orden general, O’Higgins no recibió el mando de ningún cuerpo, ni órdenes de
ningún género. Cuando llegó al Cuartel General, ya estaban distribuidas las
jefaturas de los cuerpos, una de las cuales le había sido expresamente ofrecida
por Bolívar; la de los tres cuerpos de infantería, a los generales Lara,
Córdoba y La Mar; la caballería argentina a Ne- cochea; y la colombiana, a
Miller, que era europeo. El general chileno, ex Director Supremo de su patria,
y Capitán General del Perú, no alcanzó, en el ejército que iba a combatir en la
última batalla por la libertad americana, otro puesto que el de simple agregado
a la comitiva militar de Bolívar.
En esta
condición, o sea, en la de un postulante, en espera siempre del empleo que se
le ha prometido, siguió el general chileno toda la ruta que recorrió el
Libertador desde septiembre a diciembre, disponiendo los detalles de la gran
batalla que por fin se libró en Ayacucho, entregado a las tareas de preparar la
legislación que debería dar al pueblo que iba a libertar.
Tal
estrategia había empleado Bolívar para preparar esa última gran batalla
definitiva, y tal empuje de Sucre, como Jefe del Estado Mayor y de los
generales comandantes de los diversos cuerpos americanos, que los jefes
españoles, al mirar la disposición del campo, entraron a la batalla
desmoralizados y tras de las primeras embestidas contra las trincheras
inexpugnables de los patriotas y las inútiles defensas de los formidables
contraataques del Ejército Libertador, se resolvieron a capitular. España no
perdonó jamás a estos generales; el apodo de “ayacuchos”, los anatematizó hasta
que murieron en el aislamiento y en el desprecio.
O’Higgins
se encontraba al lado del Libertador cuando recibió en Lima, el 18 de diciembre
de 1824, la noticia del triunfo, y participó honrada y serenamente de los
regocijos y festejos con que se celebró tan trascendental acontecimiento.
Desde que
llegó al Cuartel General de Bolívar, el general chileno había vestido su
uniforme de guerra, con sus galones e insignias y en todas las reuniones tenía
a gala ostentar los colores de su lejana patria. Dos o tres días después de
Ayacucho, cuando vio que nada tenía que hacer ni esperar al lado del
Libertador, puesto que la causa de América ya se había resuelto, O’Higgins
abandonó el uniforme, ese glorioso uniforme de guerra que había sido testigo de
Rancagua, El Roble, Chacabuco y Talcahuano.
Invitado
al gran banquete con que se celebró en Lima el triunfo de Ayacucho, el ex
Director Supremo de Chile, creador de su patria, “donde todo lo había hecho”,
el grande y modesto soldado de la Libertad de América, se presentó a la fiesta
vestido de particular, y con su rostro completamente afeitado. Al verle en este
talante, el Libertador, que ostentaba galoneado uniforme, como en los días de
las grandes ceremonias, avanzó hacia O’Higgins, y díjole, sin poder ocultar su
asombro:
—¡General!...
¿Cómo es que asiste Usía a esta fiesta de la América Libre, sin sus
condecoraciones?...
—Señor
—contestóle tranquilamente O’Higgins, estrechando la mano que le ofrecía el
Libertador, y correspondiendo con efusión al abrazo con que le distinguía, en
presencia de todos los invitados, el glorioso Bolívar— la América es ya Ubre;
desde hoy, el General O’Higgins no existe; sólo soy el ciudadano Bernardo
O’Higgins; después de Ayacucho, mi misión americana está concluida.
Bolívar
enmudeció delante de esa figura chilena que se engrandecía ante sus ojos, por
instantes. Estrechóle nuevamente entre sus brazos, lo retuvo junto a su corazón
algunos segundos y, por último, vivamente emocionado, alzó el elegante bastón
con empuñadura de oro y la inicial de su nombre, que tenía en la mano, lo besó,
y lo ofreció a O’Higgins, diciéndole:
—General,
conserve Usía este bastón, como un obsequio del Libertador Simón Bolívar, que
admitiera su patriotismo y su gran corazón. ¡Viva O’Higgins! —gritó por último,
dando expansión a su entusiasmo, ajeno ya de recelos. ¡Ya no necesitaba de los
auxilios que había pedido al Gobierno de Chile, y podía vitorear al
proscrito!...
En la
Exposición de Trofeos de Guerra que tuvo lugar en Santiago en junio de 1880,
una señora peruana exhibió el bastón que Bolívar obsequió a O’Higgins en Lima;
lo había obtenido de la Hacienda de Montalván, a la muerte de Rosita O’Higgins,
que lo había conservado cuidadosa y cariñosamente.
Notas:
[1] Los
nombres de esos cadetes, fundadores de la Escuela Naval chilena, son los
siguientes: Martín Salvador de la Cuadra, Fermín Caldera, Agustín Ovella,
Francisco Saavedra, Bartolomé Navarrete, Miguel Quevedo, Antonio del Canto,
Casimiro Briceño, Juan Saavedra, José Nicolás Ahumada, Manuel Herrera y Bruno
Latapiat.
[2] Este
documento ha sido publicado por el prestigioso historiador don Gonzalo Bulnes,
en su libro Expedición Libertadora del Perú”, que nos proporciona abundantes
datos para este artículo.
[3]Secretario
Lord Cochrane.
[4]La laguna
Mantagua
[5] Súbdito
inglés naturalizado en Chile
[6] Esta
relación esta entresacada de los documentos de Claudio Gay, Casimiro Albano,
José Miguel Infante, Barros Arana, Valentín Letelier, Amunátegui, Vicuña
Mackenna, Acta del Cabildo, delación de Argomedo, Cavareda y Astorga, Artículos
de “El Araucano”, escritos por don Manuel José Gandarillas y relación inédita
del general Luis de la Cruz.

