Libro N° 10868. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XIII. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10868.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XIII. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
Crónicas De La Conquista XIII. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista XIII. Aurelio Díaz Meza
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista XIII
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
§ 1. Cómo llegó a Santiago el acta de la Independencia argentina
§ 2. Venganza de mulata
§ 3. Los apuros de un emisario
§ 4. Un duelo del guerrillero don Manuel Rodríguez
§ 5. Un militar y un guerrillero
§ 6. Los corsarios chilenos
§ 7. La “Legión del Mérito”
§ 8. La fundación de la Escuela Militar
§ 9. La jura de la Independencia chilena
§ 10. Preliminares del abrazo de Maipo
§ 11. La víspera del 5 de abril
§ 12. La vigilia del 5 de abril
§ 13. La Virgen del Carmen es chilena y republicana
§ 14. Una reconstrucción histórica
§ 15. El sacrificio de Juan José y de Luis Carrera
§ 16. Un Primo de Rivera en la historia de Chile
Leyendas
y episodios chilenos XIII
Aurelio
Díaz Meza
§ 1. Cómo
llegó a Santiago el acta de la Independencia argentina
(1816)
El
Congreso de Tucumán habíase reunido, por fin, en aquella ciudad a mediados de
marzo de 1816, después de activas e insistentes gestiones de los patriotas
argentinos, que mantenían con los ejércitos peninsulares una guerra pesada y
sangrienta, para consolidar sus propósitos de libertad y de independencia. Uno
de los principales promotores de esta reunión había sido el Coronel don José de
San Martín — en esa época Gobernador de la provincia de Cuyo— quien, desde su
arribo a las playas americanas, en 1812, no había cesado de representar a los
padres de la patria argentina la impostergable necesidad que existía de
proclamar solemnemente la absoluta independencia de las provincias del Plata,
desligándolas para siempre de la Monarquía española.
San
Martín juzgaba que era un contrasentido “acuñar moneda, tener un pabellón
nacional y seguir llamándose todavía súbditos de un soberano a quien se le
hacía la guerra”; y sostenía que sólo la declaración de la independencia podía
consolidar la revolución, dándole prestigio ante las naciones extranjeras. En
esta virtud, cuando despachó a Tucumán a los diputados a ese Congreso por la
provincia de su mando, la primera instrucción que les dio fue la de que debían
empeñarse, “antes que nada, por sacar la declaración de la independencia de las
provincias del Plata”.
Celebrada
la primera sesión del Congreso, bajo la presidencia del diputado por Buenos
Aires, don José Medrano, el 28 de marzo, la Asamblea, “a presencia del pueblo
espectador de esta ceremonia augusta, se consagró, desde ese momento, por
juramento público, a las tareas y funciones de su alto destino”. Tales son las
palabras que usa el acta de la sesión inaugural, que tengo a la vista. El
primer acuerdo del “congreso de Representantes” fue declararse instalado “y en
aptitud de exprimir la voluntad de los pueblos que lo forman”, y para
exteriorizar tal declaración, “acordaron que el Congreso, reunido, tenga el
tratamiento de Soberano Señor”...
San
Martín esperaba con ansiedad que llegara a Mendoza la noticia de que el
Congreso había declarado la independencia argentina; esperó días, semanas, uno
y dos meses, y la esperada declaración no se pronunciaba, a pesar de sus
insistentes cartas y reclamos, que enviaba al diputado por Mendoza, Godoy Cruz.
Había, sin embargo, una razón poderosa por la cual no había podido ocuparse el
Congreso de realizar la idea que bullía en todos los cerebros. La declaración
de la independencia era una cosa resuelta ya por todos los diputados; lo que
aun no estaba bien dilucidado era la forma política de gobierno que deberían
adoptar las Provincias Unidas del Río de la Plata.
Aunque la
mayoría de los representantes estaban convenidos en aceptar la forma
republicana de gobierno, había varios, y muy prestigiosos, que hacían esfuerzos
por convencer á sus colegas de que “lo mejor para estos nuevos Estados de
América era la monarquía”, y que en cuanto a la nueva nación platense, lo que
convenía era poner a su cabeza, con el título de Rey, a un Inca del Perú...
Entre los hombres que sostenían ardorosamente esta idea, encontrábanse nada
menos que el diputado por Buenos Aires don Martín de Pueyrredón, elegido
Director Supremo por ese mismo Congreso de Tucumán; y el Coronel don José de
San Martín, Gobernador de Cuyo!... Se ve, pues, que los “instintos” monárquicos
de este prohombre argentino venían desde muy atrás, pues es bien sabido que
cuando estuvo en Lima, a la cabeza del ejército chileno que fue a libertar al
Perú, también propuso a O’Higgins, e insistió, establecer allí una monarquía.
En estas
discusiones sobre organizar o no en la Argentina una monarquía incásica,
independiente, por cierto, de la española, transcurrieron tres meses largos, y
aunque San Martín ansiaba que se hiciera prontamente la declaración de la
independencia, no miraba del todo mal esta dilación, por cuanto se estaba
debatiendo algo que también le interesaba. Llegaron, a todo esto, los últimos
días de junio, y el Gobernador de Cuyo se vio obligado a salir de Mendoza para
ir a Córdoba a conferenciar con Pueyrredón sobre varios asuntos de gobierno,
entre los cuales tenían lugar muy señalado los proyectos de monarquía incásica.
Parece, sin embargo, que los diputados tucumanos esperaban sólo el alejamiento
de Pueyrredón del recinto de la Asamblea para poner término a la discusión
sobre la proyectada monarquía, porque a los pocos días, casi inesperadamente,
el Congreso rechazó al Inca y acordó la República.
Y en los
mismos días, el 9 de julio de 1816, la Asamblea de Representantes pronunció la
ansiada declaración de la independencia “absoluta y definitiva” de las
Provincias Unidas del Río de la Plata, “de la Monarquía española y de cualquier
otro Estado extranjero”. La ausencia de Pueyrredón, según Mitre, fue la causa
de que su firma no aparezca al pie del Acta de la Independencia Argentina.
Complemento
de estos acuerdos y de otros que también se adoptaron en aquellos primeros días
de julio, fue la designación del egregio patricio don Martín de Pueyrredón para
Director Supremo del nuevo estado platense...
Todas
estas noticias las supieron Pueyrredón y San Martín, en Córdoba, y si bien
ambos debieron considerarse algo defraudados en sus proyectos monárquicos, como
buenos patriotas se conformaron con su derrota y solo pensaron en unirse con
todos los argentinos para celebrar el magno acontecimiento de la declaración de
la Independencia Nacional.
Lamentó
San Martín no encontrarse en la capital de su Gobernación, Mendoza, “para haber
echado la casa por la ventana” en celebración del suceso; más aún cuando en
aquella época se estaba trabajando activamente allí en la preparación del
Ejército de los Andes, que debía cruzar la cordillera y pasar a Chile para
vengar la derrota de Rancagua y cimentar, por otra parte, la independencia
argentina. Pero el Gobernador tenía en Mendoza un representante que sabía
aprovechar de todas las circunstancias para levantar el espíritu patriótico de
las multitudes: era éste nuestro O’Higgins, que, en ausencia de San Martín,
había quedado allí investido con el carácter de jefe del ejército
argentino-chileno en organización.
Al
recibirse en Mendoza la noticia de la declaración de la independencia
argentina, traída por el “chasque” Pedro Montoya, a las 9 de la noche del 18 de
julio, O’Higgins mandó echar a vuelo las campanas de todos los templos, y en
menos de media hora se vieron las calles “iluminadas por miles de candelas y
lampiones de sebo y betumen”, en medio del mayor alborozo de la población. Por
ser ya muy tarde, no se quiso hacer esa noche otros “regocijos”, las
autoridades y dirigentes se limitaron a “hacer corte al General chileno hasta
cerca de la medianoche”, hora en que se retiraron de Palacio.
Junto con
asomar el sol del día 19, tres salvas mayores de artillería despertaron a la
población, la que no tardó en llenar las calles, “vestida de sus mejores galas
y llevando escarapelas blancas y azules en los sombreros y gorras y banderas
con los mismos colores”; durante todo ese día la tropa bisoña que recibía
instrucción en el campo militar del Ejército de los Andes, se concretó a
“aprender los movimientos” que debía ejecutar al día siguiente, durante la gran
ceremonia patriótico-religiosa con que O’Higgins había acordado poner término a
la celebración del acontecimiento.
El día
20, al sonar la diana en el campamento y las correspondientes salvas, se leyó
allí y en las plazas y sitios “adecuados” de la ciudad, una vibrante proclama
de O’Higgins, dando a conocer la importancia del acto que acababa de ejecutar
el Congreso de Tucumán, “la que fue oída con devoción” por todos. En seguida,
las tropas se trasladaron a la ciudad y se situaron frente al templo de San
Francisco, donde se dijo una solemne misa de gracias, al fin de la cual “un
fraile chileno de ese instituto” pronunció una alocución patriótica. La
ceremonia terminó “con salvas de fusil y de cañón en medio de los gritos
repetidos de ¡viva la independencia! que lanzaba el General O’Higgins, a los
que contestaba el pueblo transportado de alegría”.
No sólo
con estas “alegrías” se celebró en Mendoza la declaración de la independencia
argentina: cuando regresó a esa ciudad el Gobernador San Martín, a fines de
jubo, realizáronse otras fiestas de mayor importancia y realce, pues el activo
mandatario y caudillo deseaba explotar hasta en sus menores detalles tal
acontecimiento, para fomentar el entusiasmo de sus gobernados e inducirlos a
que contribuyeran con generosidad al equipo, amunicionamiento y bagaje del
ejército libertador de Chile, lo que consiguió ampliamente, pues los “cuyanos”
se despojaron de todos sus bienes para que al Ejército de los Andes “no le
faltara nada”.
La
noticia de la declaración del Congreso de Tucumán había llegado a Santiago a
mediados de agosto, “de boca” de algunos viajeros, generalmente comerciantes,
que se aventuraban, a pesar del invierno, a través de los pasos cordilleranos.
En realidad, no se sabe quién fue el que llevó el primer anuncio al Presidente
del Tribunal de Vigilancia que funcionaba en Santiago para perseguir a los
patriotas chilenos. Sabe el lector que el jefe de este Tribunal era el famoso
capitán San Bruno, tipo genuino de la crueldad y de la intransigencia de la
política realista implantada en Chile durante la Reconquista.
San Bruno
comunicó inmediatamente la noticia al Presidente Marcó del Pont, y aunque éste
y su Consejo no lo dieron a la “declaración idealista” mayor importancia, y aun
se burlaron de ella, no dejaron de preocuparles íntimamente las consecuencias
que podía traer para la dominación española en Chile. Los diversos pasos
cordilleranos, Uspallata, los Patos, Coquimbo y el Planchón, fueron reforzados,
sin embargo, y se dieron órdenes precisas para controlarlos severamente.
Entretanto,
el Ejército de los Andes so preparaba detenidamente al otro lado de la
cordillera, en el campamento que San Martín le había destinado a una legua más
o menos al norte de Mendoza; desde el mes de septiembre, más de dos mil
quinientos hombres, la quinta parte negros libertos, trabajaban desde las
primeras horas de la mañana en la “instrucción” del manejo de las armas, en las
evoluciones por compañías y batallones, en la “costura de ropa”, en la
“hechura” de zapatos y ojotas, fornituras, aparejos, etc. Por la noche, antes
del toque de silencio, los capellanes les instruían en la doctrina cristiana y
en sus deberes para con la patria, mientras que los jefes superiores reunían a
los oficiales “en asamblea” para darles lecciones “de mando y estratégica”...
Mientras
el ejército avanzaba en la instrucción y completaba su bagaje, el Gobernador
San Martín se preocupaba de hacer reconocer los caminos de la cordillera y de
arreglar los pasos dificultosos para el transporte de la artillería; pero este
trabajo imprescindible, podía alcanzar solamente hasta poco más allá del límite
fronterizo, o sea, hasta los puntos cercanos al primer “puesto” de avanzada que
tenían establecido los gobernantes realistas de Chile. Era necesario,
absolutamente, reconocer también los caminos y pasos de este lado del macizo
andino para saber a dónde debía dirigirse el Ejército de los Andes, cuando
viniera a invadir el territorio occidental.
La cosa
no era sencilla, y por lo contrario, asaz peligrosa. San Martín, no obstante,
debía hacerla y la hizo, valiéndose de su astucia, que era inagotable. Era
preciso enviar al lado chileno un ingeniero hábil e inteligente que, de una
mirada, pudiera darse cuenta técnicamente de las deficiencias del camino y del
procedimiento más fácil y sencillo para corregirlas. Recorrió en su mente a los
hombres que lo rodeaban y luego dio con el que necesitaba: éste era su ayudante
de campo don José Antonio Álvarez Condarco, Sargento Mayor de Ingenieros y
autor de muchos excelentes dibujos, mapas y planos que San Martín había
necesitado para preparar su expedición.
— Dentro
de tres días partirá usted hacia Chile, señor Álvarez — dijóle una noche el
Gobernador de Cuyo, a su ayudante, que oyó la orden sin manifestar sorpresa
alguna.
Álvarez
sabía, por lo demás, que San Martín no gustaba que se le pusieran objeciones.
— Puedo
salir antes, si Su Señoría me lo manda — contestó Álvarez— tengo un nuevo
caballo rabicano que desearía probar en un viajecito como ése.
— De aquí
a tres días, he dicho — acentuó San Martín— mañana recibirá usted
instrucciones. Buenas noches tenga usted.
A
mediodía del siguiente, Álvarez recibió la “orden” de ir a almorzar con el
Gobernador, y al empezar el “desengraso” — porque durante todo el almuerzo el
Coronel San Martín no había hablado una sola palabra del viaje, le dijo a su
invitado—:
— Pasado
mañana saldrá usted en viaje a Chile, como emisario del Gobierno de Cuyo ante
las autoridades realistas de Santiago, llevándoles una copia del Acta de la
Declaración de la Independencia de las Provincias del Plata, pronunciada por el
Congreso de Tucumán...
— ¡Pero
esa es una noticia vieja en Santiago!... — interrumpió inconscientemente
Álvarez Condarco.
— ¡Nada
le importa a usted! — interpuso San Martín—. Usted entregará esa Acta al
Presidente Marcó del Pont, en persona, pues el carácter de emisario de que va
usted investido le da derecho a que su persona sea respetada; pero en viaje por
la cordillera, hasta Santiago, se fijará bien en el estado de los caminos,
anotará, si puede, las deficiencias que tengan para el paso de nuestro ejército
y a su vuelta me presentará un plano de los trabajos que haya que hacer...
Mañana hablaremos. más sobre esto — terminó, arrojando la servilleta sobre la
mesa, y saliendo del aposento.
Álvarez
Condarco, acompañado de un “mozo” salió de Mendoza el 2 de diciembre y llegó al
primer puesto de avanzada realista en el lado chileno el día 4. Allí presentó
sus credenciales de “emisario” al oficial Gutiérrez de la Fuente, y al otro día
salía hacia Santiago, acompañado de una fuerte escolta.
A su
entrada por la Cañadilla lo esperaba un pequeño destacamento de tropas de
caballería bien montadas y lujosamente vestidas, con una banda, de trompetas de
plata; allí se lo vendaron los ojos y con este acompañamiento fue escoltado
hasta la Plaza de Armas e introducido en Palacio, en cuyo salón principal lo
esperaba vestido de gran uniforme, el Presidente de Chile, don Francisco
Casimiro Marcó del Pont Ángel Díaz y Méndez.
Álvarez
presentó sus credenciales y el Acta... Al leer este documento, Marcó sufrió un
ataque de ira “y con grandes gritos ordenó que el emisario fuera preso,
mientras juzgaba el caso de tanto atrevimiento, un Consejo de Guerra”.
Por
suerte para Álvarez, el Consejo, basado en el Derecho de Gentes, juzgó que la
persona del emisario era intangible y se limitó a aconsejar que fuera puesto de
patitas al otro lado del límite, “en el menor tiempo posible”. Era todo lo que
quería el emisario. Dos días más tarde, trasmontaba la cordillera, camino de
Mendoza, llevando todos los apuntes que necesitaba San Martín.
Cuanto al
Acta misma, el Consejo sentenció que fuera quemada en la plaza pública por
manos del verdugo.
Y así se
hizo, solemnemente, el 11 de diciembre de 1816.
§ 2.
Venganza de mulata
(1816)
Catalina
Negrón era lo que podía llamarse, con toda propiedad, una real hembra: ojos
verdes rasgados, húmedos, relucientes y charlatanes, sombreados por unas
pestañas inverosímiles por lo largas y arqueadas; una carita que terminaba en
una barbilla, casi en punta, con un hoyuelo insolente que pretendía dividirla
en dos; labios rojísimos que al sonreír descubrían unos dientecillos raiceros,
blancos y enfilados como granos de arroz; una garganta y un busto... ¡vamos! No
me da la gana de continuar con el retrato de Catita Negrón, porque con el deseo
de darle parecido, vida y movimiento, me va a resultar malo y así no me sería
posible convencer al lector de que la mulatilla ésta — porque era mulata
auténtica— constituía el más serio peligro que amenazaba al Escuadrón de
Húsares de la Concordia, de guarnición en la villa de Quillota, allá por el año
de 1816, en plena reconquista española, bajo el gobierno del Muy Ilustre y
Benemérito señor Presidente don Francisco Casimiro Marcó del Pont.
Las malas
lenguas de la villa de San Martín de la Concha — éste era el nombre oficial de
la población quillotana— decían que la Catita era hija de don Marcial Costabal
y Traslaviña y de una señora peruana y “cuarterona” que le había servido de
“llavera” después del fallecimiento de su legítima esposa, ocurrido hacía
veinte años; muchos vecinos aseguraban que don Marcial se había casado
clandestinamente con su llavera, y que Catita era la consecuencia de tal
matrimonio; pero como el interfecto había ocultado porfiadamente su verdadera
situación civil, la mayoría del pueblo afirmaba que el origen de la bella
mulatilla era más clandestino aun que el casamiento de sus padres, si
casamiento hubo.
Fallecida
la llavera cuando Catalina no cumplía aún los doce años, don Marcial y la chica
continuaron viviendo como padre e hija, sin más compañía que Juan Hinostroza,
un huaso cachazudo y viejo — que había sido “mozo” de don Marcial allá por
lejanas juventudes de ambos— y de tan pocas palabras que cuando alguien le daba
los buenos días, recibía por contestación un gruñido.
No nos
inmiscuyamos, estimado lector, en asuntos de familia; bástenos saber, para
nuestro propósito, que cuando don Marcial dobló también la esquina con rumbo al
viaje sin vuelta, la mulatilla Catita “Negrona” — así la llamaban— quedó de
heredera legal de los cortos bienes que dejó el muerto. En el testamento que
una semana antes de morir entregó don Marcial a su amigo el sotacura de
Quillota, Fray Santiago Murúa, quedó claramente establecida la herencia
universal a favor de “mi ahijada Catalina”; pero el muerto se llevó a la tumba
el secreto de la llegada a este mundo de ese pimpollito de color chocolate que,
junto con abrir la puerta de su casa, a los cuatro meses justos de la muerte de
su padre, o lo que sea, iba a provocar, con sus gracias, con su donaire y con
el trajecito de luto y con su carácter irreductible, una revolución permanente
entre el elemento masculino de la apacible villa, revolución que nadie soñó que
terminara de la manera tan trágica que se verá.
Antes del
fallecimiento de don Marcial, Catalina se dejaba ver poco; la permanente
atención que necesitó el enfermo durante el año y medio largo que estuvo casi
postrado, mantuvo a la niña poco menos que en reclusión, porque el caballero
“se puso” tan odioso, que no podía pasarse sin los cuidados de su ahijada; por
otra parte, Catita contaba apenas los quince años,
y aunque
ésta es edad para golosos, la pobre niña no tenía aún el menor deseo de exhibir
sus encantos que ya estaba desarrollando su bien constituida adolescencia.
Cualquier viejo cazurro y observador, ño Juan Hinostroza, por ejemplo, habría
dicho que la niña se estaba “apestando” con la obligada compañía del enfermo,
tirano y cascarrabias.
La
primera noche que se encontró sola en el caserón de su padrino, recién
enterrado, la muchacha apenas durmió, sobresaltado su espíritu con el ambiente
funerario que dejó el occiso en su desesperada lucha por aferrarse a la vida;
pero, poco a poco, la juventud de Catita fue imponiéndose a las circunstancias,
y antes de un mes, si alguna vez se desvelaba, era pensando en que no era
posible que estuviera condenada, para “in aeternum”, a vivir aislada del mundo
como un hongo vulgar que no sirve para nada, cuando ella presentía,
perfectamente, que podía servir para muchísimas cosas.
— ¿Cuánto
tiempo hay que guardar luto, ño Juan? — preguntó Catalina, una tarde a su único
y fiel compañero del inmenso y frío caserón quillotano— porque, le diré la
verdad, anoche estuve pensando en lo que habrán dicho “las de enfrente” al
verme en la ventana, cuando pasaban los Húsares...
El viejo
aplicó una larga y profunda chupada a su “cigarro di hoja”, expelió el humo,
pausadamente, a través de sus bigotazos y, por fin, dijo, sin haber mirado a su
interpelante:
— ¿Estuvo
aguaitando al Sargento La Rosa...?
Catita se
quedó de una pieza; se le pegó la lengua, y aunque hizo dos o tres enviones
para contestar, no le salió palabra.
— Por el
padrino hay que guardar lulo seis meses, mi hijita, y estar, por lo menos,
cuatro sin salir a la calle; pero si quiere puede salir y hacer lo que le
parezca, sin mirarle la cara a naiden: “par eso” es libre de su voluntad.
— Pero yo
no quiero que hablen, ño Juan; no quiero que digan que soy mal agradecida.
Cuando más me asomo a la ventana. .. algunas veces no más... — agregó, en
seguida, recordando las primeras palabras que habíale dicho el viejo.
— Sí;
para mirar al batallón cuando pasa, y para aguaitar al sargento.
— ¡Para
qué dice eso, ño Juan! — interrumpió la muchacha— ¡no sea mal pensador!
Ño Juan
se levantó del “piso” en donde estaba encluquillado y antes de echar a andar
hacia el fondo del “sitio”, dijo:
— Ándese
con cuidado, mi hijita, mire que ese sargento da mucho que hablar.
Cata
Negrón quedóse mirando al viejo con sus ojazos muy abiertos, hizo ademán de
empuñar sus dedos, y cuando ño Juan Hinostroza había dado ya una media docena
de pasos por el patio, alzó la voz y dijo:
— ¿Y qué
tienen que decir del sargento La Rosa?...
Dio
vuelta la cara el anciano, miró un momento los ojos encendidos de la mulata y
se limitó a contestar:
— Ándese
con cuidado, mi hijita; ándese con cuidado, que por algo se lo dice este viejo
que la quiere.
Y endilgó
nuevamente sus pasos hacia la “mediagua”. Catita lo vio desaparecer detrás de
la leñera y luego se entró, mohína y preocupada, al cuarto donde tenía su
dormitorio, que era el de la ventana a la calle. Bien sabía ella que las
palabras del viejo Hinostroza no tenían carácter de reproche; el huaso era así,
terco, “malas ganas” y de poquísimas palabras, y si la hubiera querido “retar”
por lo del sargento, otras hubieran sido sus expresiones.
La verdad
era que en las muchas pasadas que hacían los “pelotones” del escuadrón
Concordia por frente a la casa de Catalina Negrón — el cuartel estaba a la
media cuadra— la muchacha había reparado en que un militar ostentaba en su
manga la insignia de sargento español, escudriñaba con pertinacia las ventanas
del dormitorio desde un día en que vio a su dueña mirando desde el postigo
entreabierto el desfile del grupo, al frente del cual marchaba ese día el
sargento La Rosa, al relevo de la guardia.
Pero el
militar no se había limitado a eso; una noche, al mucho rato después de la
“queda”, la niña había oído varios golpecitos en su ventana y aunque ella se
guardó muy mucho de abrirla, o de preguntar siquiera quién pedía auxilio a
tales horas, estaba segurísima, porque su corazoncito se lo avisó, de que el
atrevido no podía ser otro que el sargento.
Desde
entonces la Catita no había podido dormir tranquila en su amplia y mullida cuja
de mulata regalona; en lo mejor que se estaba quedando dormida, se le antojaba
estar oyendo golpecitos en la ventana, o aun más cerca, pues una noche le
pareció que los golpes sonaban en el mismo “respaldar” de la cuja. La muchacha
iba perdiendo su tranquilidad de impúber; cada vez que los tambores de los
Húsares anunciaban la pasada de un pelotón por frente a la ventana, la
preocupada mulatilla se instalaba en la ventana, con los postigos entreabiertos
apenas, y por la “rendija” atisbaba al sargento, cuya audacia y gallardía le
habían producido insomnio tantas veces, y desde su oculto observatorio tenía la
satisfacción de comprobar que el militar no quitaba ojo de la ventana cerrada,
y que volvía cabeza y cuerpo para seguir mirando aún después que su pelotón
había pasado. Cata Negrón sentía una emoción profunda e inexplicable al
contemplar el despecho del militar y el gesto agrio que formulaba su rostro
cuando se convencía ya de que la ventana permanecería inmutable; su rostro se
encendía de satisfacción y sus ojos se iluminaban de alegría al saber que el
sargento pasaba una rabieta por no haberla visto; hubiera querido que el joven
permaneciera delante de la ventana un día entero manteniendo ese gesto de
despecho o de dolor, para darse el placer de verlo sufrir, sabiendo que era
ella la causante. El hilo de sangre africana que corría por sus venas refinaba
sus instintos de ancestral venganza contra aquel genuino blanco, garrido y
esbelto, que el niño ciego había arrastrado, cautivo, hasta su reja.
Una
mañana los tambores resonaron, como de costumbre, anunciando el relevo de la
guardia y la mulata saltó de su cuja para contemplar la silueta inconfundible
de aquel hombre con el cual había soñado esa noche, más que otras... Vio pasar
lías “cajas”, vio desfilar a los trompetas, reconoció a los mismos cabos ...
pero en el sitio que ocupaba “su” sargento vio a otro, igualmente gallardo, tal
vez, pero que no era él. Pasaron todos, oyó alejarse, calle abajo, los
marciales redobles, el acompasado marchar de la tropa, volvió, por fin, a la
calle, el silenció característico de la somnolienta villa y sólo después de un
largo rato la Catita Negrón vino a darse cuenta de que todavía permanecía
detrás de la ventana, semivestida, y con los ojos clavados en la línea de luz
de sus postigos entreabiertos.
Tampoco
al otro día desfiló el sargento al frente de su “pelotón”, ni a los siguientes,
ni durante toda la semana; sin embargo, la mulatilla no faltó un solo día a su
sitio de observación; dejó transcurrir, todavía, dos mañanas y a la tercera fue
cuando se resolvió a preguntar a ño Hinostroza cuánto tiempo era necesario
guardar luto... Ya no quería esperar más detrás de la ventana; quería salir a
la calle; quería salir a ver, a buscar a ese hombre, necesitaba verlo,
arrojarse sobre él, interpelarlo y saber, al fin, por qué había dejado de pasar
por frente a su ventana, por qué se negaba ahora a proporcionarle la
satisfacción de verlo sufrir....
La última
vez que Catita Negrón se situó, como de costumbre, en su atisbadero, estaba
febril, desesperada; las ansias de ver a ese sargento de todos los demonios la
habían llevado a cometer la imprudencia, no sólo de abrir la ventana “de par en
par” sino que a poner su rostro junto a la reja y a inquirir con sus ojos,
enormemente abiertos, todo lo que alcanzaba a abarcar de la calle, como si
sospechara que el militar estuviese escondido por allí, ocultándose
burlescamente de su vista. En esta actitud la habían sorprendido muchos
vecinos, y desde luego “las de enfrente”, que eran dos muchachas rubias y
pizpiretas que hacían gala de mantener en alarma a cuanto pantalón pasara
frente a ellas.
Cuando
Catita reparó en que las de enfrente la curioseaban con un airecillo de
insistencia insolente, les arrojó una mirada como un dardo, ante la cual las
vecinas “soltaron” la risa; la mulata, a su vez, les mostró los puños y cerró
las ventanas de golpe.
— Yo
quiero que me diga, ño Juan, todo lo que sepa de ese hombre, y por qué me ha
prevenido usted eso de que me ande con cuidado; dígamelo todo de una vez, mire
que, “en la de no”, voy a hacer una lesera...
— Me ha
dicho que nunca ha hablado con el sargento La Rosa...
— Nunca,
y se lo juro por la Virgen.
— Y
entonces, ¿por qué se afana tanto por él?
— Porque
ese demonio me está haciendo burla, y yo quiero que de mí no se ría nadie;
antes pasaba todos los días por la ventana, y se quedaba mirándola, por si me
veía... Y él quería verme, yo lo sé; y quería hablarme; yo lo sé, porque muchas
veces vino a golpearme la ventana en la noche y era él; no podía ser otro; me
lo avisaba el corazón. Y ahora desapareció, y ahora no pasa con el batallón, ni
viene a tocarme la ventana... ¿Dónde está ese hombre?... ¿Dónde está ahora?...
Evidentemente,
la Catita Negrón estaba loca, ño Juan lo veía claro; y, lo peor de todo, era
que la mulatilla, en el estado de excitación en que se encontraba, era capaz de
cualquier desaguisado.
— ¿Y qué
quiere saber del sargento La Rosa?...
—
Primero, saber qué es de su vida; por qué no pasa ahora con el pelotón como lo
hacía antes todos los días.
— ¿Y
después que sepa eso?...
—
¿Después?... Mire, ño Hinostroza, yo quiero saber si es cierto lo que oí decir
anteayer a la Petronila Fuentes, cuando vino a dejar la ropa...
— ¿Qué
dijo?...
— Dijo
que el sargento La Rosa estaba enredado con una de las de enfrente; con la
mayor y que se entraba a la casa todas las noches por la huerta.
— Ha de
ser mentira, niña; no le crea a tía Peta; es muy mala lengua.
— ¿Y
usted no sabe nada?... ¡Contésteme, por la Virgen!...
— ¡Pero,
niña! Si el sargento no te ha hablado nunca, ¿qué te importa a vos lo que
haga?...
— ¿Cómo
que no me importa? — gritó la mulata, avanzando el gesto y el ademán hacia el
viejo—. Si es cierto lo que ha dicho la Peta Fuentes, ¿cree usted que ese
hombre va a pasar otra vez por delante de mi ventana?
Juan
Hinostroza no podía dar crédito a lo que estaba viendo y oyendo. La Catita
Negrón, la muchachita apacible y risueña que hasta dos meses atrás había hecho
su vida al cuidado de un enfermo gruñón, sin proferir una palabra de protesta y
con una abnegación digna de ejemplo, ajena por entero a aquellas inquietudes de
juventud en primavera, se rebelaba, de súbito, con los estallidos de un volcán.
Era
necesario calmar de alguna manera esos peligrosísimos bríos, y para conseguirlo
el viejo no encontró otro arbitrio que llevarle “el amén”.
—
Chiquilla — díjole— te prometo que si es cierto lo que dice la Peta lo he de
saber ahora mismo y te lo diré.
— ¿Y hará
usted lo que yo le diga? — interrogó la muchacha.
—
¡(Prométamelo! — terminó sujetando al viejo por la abertura de su poncho.
— ¡Bueno!
— contestó ño Hinostroza— pero suéltame pues quiero ir a saber lo que dicen por
el pueblo.
Hacía por
lo menos dos semanas que había llegado a Quillota un arriero transandino
conduciendo una recua de muías cargadas de yerba del Paraguay, artículo que
estaba destinado, según afirmado el conductor, a un barco fondeado en
Valparaíso y que sólo esperaba esa carga y otra partida igual que ya venía en
camino para zarpar hacia el norte. El arriero había preferido esperar esa
segunda carga en Quillota, porque aquí tenía varios conocidos, en vez de
hacerlo en Valparaíso, donde la gente era “muy tiesa”, y para dar descanso a
sus muías eran mejores los “talajes” a la orilla del Aconcagua que en los
cerros arenosos del Barón.
El
arriero llamábase Domingo Cortés y no era éste el primer viaje que hacía desde
la otra banda; era éste por lo menos el cuarto viaje, y en cada uno de los
anteriores había granjeado una nueva amistad en el pueblo, porque el hombre no
llegaba nunca “mano sobre mano” a saludar a sus amigos quillotanos, un mazo de
buen tabaco para los hombres, un corte de “chaqueta” para las señoras, una
cajita de solimán para las niñas o cualquier “engañito” por el estilo eran,
entonces, la mejor presentación para un forastero. Por otra parte, el mercader
era generoso con sus huéspedes, y aparte de “corresponder a su alojamiento y
comida”, pagaba bien “y de contado” el talaje de sus mulas y el “gasto” de sus
sirvientes.
Los
tiempos no eran para confiar de la gente que llegaba del otro lado de la
cordillera. Estábamos en plena reconquista, y se sabía que el cuyano San Martín
organizaba en Mendoza un ejército para saltar a este lado con la pretensión de
batir al ejército real; pero el arriero Cortés era amigo de españoles, con
preferencia a los patriotas, los cuales, por lo demás, se guardaban muy bien de
manifestarse por la cuenta que les tenía. ¡Bonitos eran el señor Presidente
Marcó y su mano derecha el Capitán San Bruno, para permitir que algún
insurgente levantara la cabeza!
Entre los
mejores amigos del arriero Cortes, se contaba un maestro de escuela, llamado
don Pedro Regalado Hernández, el acreditado “cosechero” don Ramón Aristegui y
su sobrino Ventura Lagunas, joven de dieciocho años. El arriero Cortés había
intimado tanto con Aristegui que en este viaje habíase visto obligado a
alojarse en la casa de su amigo, en donde se reunían, casi todas las noches los
buenos jugadores de malilla que había en Quillota, entre los cuales la mejor
mano parece que era la del sargento del Húsares de la Concordia, Francisco La
Rosa.
Después
de la malilla, o cuando ya se retiraban los visitantes, por ser muy tarde — las
nueve de la noche pasadas— el dueño de casa, y algún trasnochador, que
generalmente lo era el sargento, se sentaban a la orilla del brasero, si hacía
frío, o con la puerta del patio abierta, si hacía calor, a contar cuentos o a
comentar las pocas noticias que llegaban a la villa de las chirimoyas, traídas,
generalmente, por los viajeros que transitaban entre Santiago y Valparaíso.
Era
natural que el huésped de don Ramón Aristegui hiciera compañía a su anfitrión
cuando iba quedando solo después de la malilla, y así fue cómo el arriero
Domingo Cortés trabó conocimiento y amistad con el sargento de Húsares
Francisco de La Rosa, amistad que llegó hasta el extremo de que alguna noche se
fuera a acostar el dueño de casa y quedaran solos en la cuadra el arriero y el
sargento español.
Una de
esas noches, la del 6 de noviembre, el arriero Cortés y el sargento La Rosa
habían quedado solos desde temprano; el dueño de casa había pretextado
cualquiera cosa para retirarse y el hecho es que ambos amigos sostenían su
conversación sin ser incomodados por nadie, y tan interesante debía ser ella,
que ninguno se dio cuenta de que un extraño había entrado al cuarto, por una
puerta que quedaba detrás de ambos y que ese extraño era nada menos que una
mujer: la bella mulata Catita Negrón...
Que la
muchacha había sufrido una decepción al encontrar en el cuarto a los dos
hombres solos, fue evidente; aunque ambas figuras se destacaban en la soledad
de la habitación, Catita Negrón inquirió con mirada ansiosa por los rincones en
busca de otra persona que era la que seguramente la preocupaba; segura ya de
que allí no había nadie más que los dos hombres los cuales continuaban
embebidos en su conversación— se deslizó sigilosamente por donde había venido y
a poco salió a la calle, encaminándose con paso rápido y menudo hacia su casa,
cuya puerta entornada abrió y cerró tras de ella.
— Ño
Hinostroza... ño Hinostroza-... — llamó al desembocar en el “corredor”.
— ¿Qué
hubo?... — contestó una voz, desde un rincón.
— El
sargento La Rosa estaba solo... No estaba la de enfrente… ¡No estaba la
“rucia”! — terminó, palmoteando alegremente la emponchada espalda del viejo.
— ¿No te
dije yo? — reprochó Hinostroza—. La Peta Fuentes es una mala lengua que es
capaz de incendiar al pueblo.
— Pero yo
vi a la “rucia” que salió de su casa después de las oraciones y se fue hacia la
posada de don Aristegui...
— Iría
para otra parte...
—… y al
ratito pasó también por aquí el sargento y siguió por el mismo camino...
— Pero ya
vis que no iban a juntarse. ¡Es muy mala lengua la Peta, mi hijita, no le crea
nunca!
— Ya no
le voy a creer más nada de lo que diga — afirmó seriamente la mulata— y mañana
cuando venga, la reto...
— ¿Y con
quién estaba el sargento?... — preguntó Hinostroza, después de un momento.
— Estaba
conversando con ese arriero de la otra banda...
— Con don
Domingo Cortés...
— ¿Y qué
hace ese hombre aquí en Quillota? — preguntó la mulata, con un tono
inquisitorial que seguramente llamó la atención del viejo.
— Va para
el Puerto con sus cargas de yerba. ¿No has visto la “tropa” que tiene pastando
en el potrerillo de don Aristegui?
— Lo que
yo he visto es que el mentado arriero “se lo lleva” jugando a la malilla con
Regalado Hernández, con Venturita Lagunas y con don José Traslaviña, el famoso
pariente de mi padrino don Marcial, que en paz descanse.
— En algo
tendrá que entretenerse el hombre, mientras espera las cargas que todavía tiene
que recibir de la otra banda.
— Ayer lo
vi debajo de un sauce, a la orilla del estero, conversando con don Pepe
Traslaviña, y más tarde los dos se juntaron con Hernández, en la esquina de la
plaza...
— ¿Y qué
le importa eso a usted, mi hijita?
— Claro
que no me importa nada; pero usted sabe que Hernández, Venturita y el don Pepe
Traslaviña han hablado siempre mal de los Húsares y no quieren juntarse con
ellos, porque dicen que son maturrangos y chapetones.
— ¿Y
diai?...
— Si no
quieren nada con los Húsares, ¿por qué se juntan con el sargento La Rosa en lo
de don Aristegui, donde está alojado ese arriero cuyano? ¿No se lo pasan allí
todas las noches hasta tarde?....
—
¡Jugando malilla, niña!
— ¡Bueno,
ño Hinostroza, bueno! Así será; pero a mí se me ocurre que esos hombres han
tenido la culpa de que el sargento La Rosa haya andado fuera del pueblo, como
dicen, porque lo tienen enredado en quién sabe qué bolinas. La Peta Fuentes...
— ¡Dale
con la Peta Fuentes! Esa chismosa se te ha metido en la cabeza; y con sus
cuentos te va a volver loca; no le hagáis caso y anda a acostarte, que ya es
tarde.
— La Peta
será cuentista, pero algo de lo que dice ha de ser cierto, ño Hinostroza; y si
ese arriero, con quien vi conversando a La Rosa tan en secreto hace un rato y
ese Traslaviña y los otros, quieren meter al sargento en algún enredo, tenga
seguro que yo lo sabré. Buenas noches nos dé Dios, ño Hinostroza, y hasta
mañana — terminó diciendo la Catita Negrón, encaminándose a su cuarto.
Cuando el
viejo oyó que la muchacha, después de haber “trajinado” por su habitación, en
los últimos menesteres, se había echado a dormir, aforróse en su chalina y
salió a la calle, enderezando hacia la plaza de armas, en cuya esquina
surponiente detúvose un momento antes de endilgar rectamente hacia la “puerta
falsa” de don Juan José Traslaviña, uno de los vecinos más caracterizados del
pueblo, el mismo a quien la mulata había calificado de “famoso pariente” de su
padrino don Marcial.
Penetró
decididamente, cerró tras de sí y en pocos instantes estuvo frente al dueño de
casa, que en esos momentos se encontraba en compañía del “maestro de escuela”
don Pedro Regalado Hernández.
— ¡Llegó
Navarro! — fue lo primero que dijo Hernández, cuando vio aparecer a Hinostroza.
—
¡Llegó!... ¡Gracias a Dios! — exclamó el viejo, alzando las manos bajo las alas
de su poncho, y dejándose caer sobre una banqueta.
i— Y
trajo carta de San Martín — agregó don Pepe Traslaviña.
— Y otra
de don José María Portus.
— ¡De don
José María Portus! — exclamó el viejo—. ¿Y dónde está el caballero? ¡Tanto
tiempo sin saber de él!
— En
Mendoza — contestó Traslaviña— allí ha estado mi pobre suegro desde que se vino
de Buenos Aires, después del duelo de Mackenna con Luis Carrera.
— ¿Y qué
dicen las cartas? — preguntó ño Hinostroza—. ¿Cuándo es el viaje?... — agregó a
media voz y guiñando un ojo.
— Parece
que pronto — dijo Hernández— porque dicen que ya está todo listo. Lo único que
quiere saber ahora San Martín
es la
fuerza con que cuentan los godos en los alrededores de Uspallata. Es lo mismo
que anda averiguando el cuyano Domingo Cortés.
— ¿Y ha
largado algo el sargento La Rosa?... — preguntó el viejo.
— Algo ha
dicho sobre el Húsares de la Concordia, pero no todo lo que necesitamos; lo
principal es saber cuánta fuerza hay en el Puerto, en San Felipe y en Santiago.
— De esto
último se encargará Manuel Rodríguez — dijo Traslaviña—. Nosotros debemos
preocupamos de Quillota y de Valparaíso.
— Si
quieren yo voy al Puerto mañana o pasado; viejo soy, pero todavía puedo ir de
un galope a la mar.
— Hemos
resuelto ir nosotros — contestó Traslaviña— entretanto, usted seguirá vigilando
al sargento, y Venturita irá a San Felipe con un mandado de don Domingo Cortés,
que se va mañana para la otra banda, para no volver tan luego.
— A la
que tengo que vigilar es a la Catita Negrón — dijo el viejo— esta muchacha está
“templá” del sargento y loca rematada porque no lo había visto estos últimos
días. Se me ocurre que de repente puede hacer una lesera, y comprometer a La
Rosa.
— Esa
mulata tiene mala sangre — dijo Traslaviña— y hay que tener cuidado; su madre
era zamba y cuarterona y esa gente no conoce la gratitud ni la lealtad ni aun
con las personas que les dan de comer. Acuérdense ustedes de cómo pagó esa mala
hembra los beneficios que le prodigó mi infeliz primo Marcial haciéndole
consentir en que la Catalina era su hija...
— No
hablemos de los muertos, mi señor don Juan José — dijo, calmadamente,
Hinostroza— don Marcial y la “llavera” dieron cuenta a Dios hace ya tiempo y
nosotros no podemos hacer nada contra aquella justicia; si la Catalina es mala
de sangre, ya veremos cómo nos defendemos o cómo la “trocamos” por otra... Y
como ya sé lo que quería saber, me voy — terminó Hinostroza, alzándose de su
asiento y disponiéndose a salir—. ¿Cuándo van a la mar? — preguntó, por último.
— Mañana
por la tarde — contestó Hernández— y como no sabemos “lo que” nos demoraremos
allá, está bueno que se lo diga a Venturita Lagunas cuando vuelva de San
Felipe, que será, tal vez, dentro de tres días.
—
Prevéngaselo también a don Aristegui — dijo Hinostroza— por si yo no veo a
Venturita.
— Luego
ha de llegar por aquí, con don Domingo Cortés — dijo Traslaviña— los mandé
llamar para que viniera a leer la carta de San Martín...
— Y a mí,
¿por qué no me la lee... “pa ver” lo que dice?... — insinuó modestamente ño
Hinostroza, extrayendo de su bolsillo la bordada tabaquera y desenrollando
lentamente su larga “huincha” azul.
— “Como
no, ño Hinostroza — contestó al punto Traslaviña— usted tiene tanto o más
derecho que nosotros a saberlo todo, porque además de ser quillotano viejo, fue
de aquéllos del Mayorazgo Rojas de hace treinta años...
— De los
de Polpaico... — agregó Hernández.
A
Hinostroza se le “encandilaron” los ojos. El recuerdo de aquella memorable
“revolución” de los franceses Gramusset y Berney, fraguada en la hacienda de
Polpaico, allá por los años de 1780, recién llegado a Chile el Mayorazgo don
José Antonio de Rojas, reavivó en aquel “huaso” las emociones y los arrestos de
su fornida juventud, en su lucha por la realización de un ideal que por
entonces no comprendía bien. Había oído hablar a su patrón, “el mayorazgo”, de
que era necesario echar abajo a los chapetones que estaban mandando a los
criollos para que los criollos mandaran a los chapetones, y no había más que
hablar; él era “mozo de la casa”, quería a su patrón como a un padre, y si
hubiera llegado el caso de sacar el cuchillo para abrirle paso por “entre medio”
de todos los chapetones juntos, se habría lanzado sin vacilar.
— ¡Pobres
franceses! — suspiró el viejo, mientras liaba su cigarrillo “di hoja”— si no
hubieran sido tan gallinas para confesarlo todo al primer apretón que les
dieron los maturrangos, el “mayorazgo” habría echado abajo el gobierno al tiro;
¡y hartas ganas que tenía el patrón!... ¡Lo teníamos todo tan bien “arreglaíto!
— agregó, acercándose confidencialmente a Traslaviña que fue una lástima que se
echara todo a perder por esos gringos del diablo!
Y al ver
que Traslaviña tenía ya en sus manos la carta de San Martín, terminó:
—
Léamela, don José; léamela todita... Se me ha puesto que ese cuyano va a
aventar a los chapetones del primer “soplío”...
Traslaviña
se acercó a Hinostroza, y a media voz, como para que no oyera sino el viejo,
leyó pausadamente-
— “Señor
don Juan José Traslaviña y don José Antonio Salinas. ..”
— ¿Le
escribe también a don José Antonio?... — interrumpió Hinostroza— ¡harto hombre
que es!... — agregó, dando un puñetazo en el vacío, con hombro y todo.
“Mis
paisanos y señores — continuó leyendo Traslaviña— el amigo Navarro, dador de
ésta, enterará a ustedes de mis deseos en esa Viña del Señor; yo espero, y
ustedes no lo duden, que recogeremos el fruto, pero para esto es necesario
tener buenos peones para la vendimia. No reparen ustedes en gastos para tal
cosecha; todos serán abonados por mí, bien por libranza o a nuestra vista, que
precisamente será este verano”...
— ¡Este
verano!... — interrumpió de nuevo el viejo.
— Sí, ño
Hinostroza; este verano... ¡Antes de que se cierre la cordillera! — contestó
Hernández, acercando sus labios a la oreja del huaso.
— Y con
este motivo — prosiguió el lector— asegura a ustedes su amistad y afecto
sincero, su apasionado paisano, q. b. s. m., José de San Martín”...
El viejo
echó ruidosamente los brazos sobre los hombros de sus dos amigos, y después de
un momento, dijo, con voz entrecortada y fijando sus ojillos húmedos sobre la
carta que acababan de leerle:
— Mire,
don José: ¿a donde dice “San Martín”?...
Traslaviña
mostró la firma.
Hinostroza
quedó mirando unos instantes el garabato; formuló un movimiento de labios como
para decir o detener algunas palabras que se atropellaron en su pensamiento, y
luego echóse la “chalina” sobre el hombro, hundiéndose el “guarapón” y salió
del cuarto, dando apenas las buenas noches.
— ¡Qué no
diera ño Hinostroza por ser joven ahora! — dijo Traslaviña a su amigo
Hernández, cuando quedaron solos.
El 21 de
noviembre, cuatro o cinco días después de la llegada de Diego Navarro, el
portador de la carta de San Martín, corrió la noticia de que el capitán de
Talaveras, don Vicente San Bruno, Presidente del Tribunal de Policía,
establecido en Santiago para vigilar a los “insurgentes”, iba en viaje hada
Valparaíso, y que se detendría en Quillota para ponerse al
habla con el comandante del Escuadrón de Húsares de la Concordia, acantonado en
esa ciudad, según ya sabemos.
El solo
hecho de que San Bruno se acercara a un pueblo o se encontrara en una región,
con su séquito de corchetes y “soplones” producía inquietud; la fama de que se
había rodeado el hombre con sus crueldades inauditas y la inquina con que
procedía contra todo lo que era sospechoso de insurgencia, infundían un temor
pavoroso, no sólo en la gente del pueblo, sino especialmente en los vecinos
acomodados, que para San Bruno eran los más peligrosos. ¿A qué iba el Talavera
al puerto de Valparaíso? ¿Se habría descubierto allí alguna conspiración? Tales
eran las preguntas que circulaban con insistencia, de boca en boca, entre el
vecindario quillotano, cuando ya se supo de cierto que el terrible capitán
estaba por llegar a la ciudad y que pernoctaría allí, para seguir viaje al día
siguiente.
Pero
todos estos comentarios quedaron paralizados como por una explosión, cuando se
supo en el pueblo que junto con llegar San Bruno al cuartel del Húsares, se
había hecho aprehender al sargento Francisco La Rosa, echarle una barra de
grillos, e incomunicarlo en el más seguro calabozo, con centinela a la vista;
aunque no se conocía la causa de tan imprevisto y severo castigo para un
militar que gozaba de generales simpatías en el vecindario, alguien echó a
correr la especie de que La Rosa había sido sorprendido en tratos con el
enemigo^ y que se le seguiría causa por traición...
Agregábase
que el cómplice del sargento era el arriero Domingo Cortés, de quien se le
había encontrado, al militar español, una carta de lo más enigmática, al serle
registrado su dormitorio; San Bruno había ordenado inmediatamente que salieran
patrullas por los diversos caminos hacia Uspallata y los Patos en alcance del
arriero que había partido hacia la otra banda unos cuantos días antes, y sólo
se esperaba, para juzgar al sargento, el regreso de esas patrullas, con el
preso, si hubiera sido posible aprehenderlo, lo que era un poco difícil, dada
la delantera que llevaba.
Todo esto
que se corrió desde la noche misma de la llegada de San Bruno a Quillota, fue
confirmado completamente a la tarde del siguiente día; La Rosa iba a ser
sometido a un interrogatorio severísimo por el capitán Talavera, y de esto
dependería la vida del bizarro sargento de los Húsares de la Concordia, pues ya
se sabía que el adusto presidente del Tribunal santiaguino resolvía estas cosas
sin mayores aspavientos, y que las facultades de que estaba investido para
juzgar y condenar delitos de traición eran amplísimas.
El
vecindario de Quillota encontrábase consternado; si alguna vez habíase
levantado allí un patíbulo en los últimos años, solamente algún anciano podía
recordar haber presenciado la ejecución de un hombre, allá en tiempos lejanos,
cuando la villa era un centro minero “bullicioso y pendenciero” y recalaban
allí en demanda de jolgorio, los cangalleros enriquecidos después de largos y
forzados ayunos en el fondo de los piques de los cerros de Maiga Maiga.
La
campana del cuartel dio las .cinco y a esa misma hora penetraba a la celda del
preso el Capitán San Bruno.
La Rosa
incorporóse instintivamente, pero casi al mismo tiempo cayó de nuevo sobre su
rústico asiento, apoyando su cabeza entre las manos. El hombre se encontraba
deprimido y no quería volver a ver la cara del terrible jefe de policía:
— ¿Está
resuelto usted ahora a contestar a mis preguntas? — dijo San Bruno— . Prevengo
a usted — agregó, al notar la poca disposición del preso— que agrava demasiado
su ya muy mala causa, “emperrándose” en ese mutismo, y que, conteste o no,
habré de juzgarlo y condenarlo...
— He
dicho que nada tengo que agregar a mi primera declaración — dijo, por fin, el
sargento La Rosa, después de haber oído por varios minutos las insistentes
interrogaciones de San Bruno— . Haced de mí lo que queráis, y si ello va en
desmedro de mi persona u honra, allá os lo habréis con la justicia que no
yerra.
— Dejaos
de palabritas, y contestad derecho, ¿quiénes son vuestros cómplices?
—
¿Cómplices de qué?...
— De la
conspiración que se fragua en Quillota, en San Felipe, en Santiago y en todas
partes, contra el Soberano y sus representantes en estos reinos...
—
Averiguadlo entre los conspiradores, y no entre los leales como yo.
— ¿Vos,
leal...?
— Tanto
como creéis serlo vos — afirmó el sargento, levantando su mirada hacia la del
Talavera.
— ¿Para
qué tomabais apuntes del cuartel de Húsares, de sus arsenales y de sus
dependencias?
—
Sargento soy del Húsares, y creo que es mi deber, como militar que manda tropa,
conocer sus dependencias.
— ¿(Por
qué os comunicabais con tanta frecuencia con el insurgente Domingo Cortés?
i—
Solamente vos habéis dicho ahora que Cortés es insurgente; yo no lo sabía, ni
creo que haya en Quillota quien lo afirme.
—
¡Mentís!...
La Rosa
se incorporó violentamente.
— ¡Salid
de aquí, señor San Bruno!... — gritó el Sargento, señalando la puerta— que
seáis capitán y yo sargento o que seáis juez y yo reo, no os autoriza para
insultar a un caballero español.
San Bruno
permaneció inmutable, y repitió:
— Digo
que mentís, y fuerte. El pliego que se encontró en vuestras ropas demuestra que
estabais en connivencia con el arriero Cortés, y siendo ese hombre sospechoso
de traición a nuestras armas, es indudable que también vos lo sois.
— El
pliego de Cortés nada deja sospechar a quien lo lea sin malévola intención —
increpó el sargento.
— Mi
deber es descubrir a los criminales — acentuó el Talavera— y casi siempre se
cubren ellos con piel de oveja. La carta de Cortés declara que se va muy
agradecido de las noticias que le disteis, y que “el patrón os recompensará”...
¿Qué noticias son esas, y qué patrón es ése?...
— Ya os
dije; las noticias de sus muías extraviadas, y la recompensa que se empeñó en
ofrecerme por tal servicio...
—¡Mentís
de nuevo! Las noticias son las que recogíais sobre el cuartel de Húsares, y el
patrón que os ha de recompensar es el insurgente San Martín... ¿He acertado?
—
¡Salid!... ¡No quiero oíros!... — rugió el sargento La Rosa— . Si Dios tiene
dispuesto que muera a vuestras manos, resignado espero la muerte vil que me
estáis preparando; no será el de mi persona el primero ni el último asesinato
que cargaréis sobre vuestra conciencia...
Tampoco
se inmutó el semblante de San Bruno ante este insulto
—
¿Persistís en ocultar a vuestros cómplices? — interrogó impertérrito.
— No soy
culpable de nada, ni puedo, por lo tanto, tener cómplices.
— ¿Y si
yo os convenciera...?
— No
podréis hacerlo, porque nada he cometido — dijo por último, dejándose caer
nuevamente sobre el “poyó” que le servía de asiento.
San Bruno
dio algunos pasos por el calabozo con las manos atrás; echó, en seguida, sendas
miradas sobre las hojas del expediente que el escribano le había alargado, a su
insinuación, y disponiéndose a salir, dijo al preso, ya sobre la marcha:
— Por lo
que pueda ocurrir, me parece que es conveniente que empecéis a arreglar
vuestros asuntos terrenales... En cuanto a los espirituales, ya sabéis que los
traidores al Rey no alcanzan perdón de Dios.
Y
desapareció tras una “mediaguas” del cuartel.
No le
preocupaba a San Bruno condenar a un hombre por insurgente o traidor — aunque
no estuviese muy convencido de su culpabilidad— así se tratase, como en este
caso, de un “español europeo”, como lo era La Rosa, porque no era la primera
vez que el tremendo Talavera había eliminado a un sospechoso nada más que por
“disminuir” el número de insurgentes entre los estantes y habitantes de Chile.
Lo que le quitaba la tranquilidad y el sueño era que el reo se “emperrara” en
no declarar a sus cómplices, ni revelara el secreto de la conspiración... si la
había; porque aun de esto no estaba seguro el Presidente del Tribunal de
Vigilancia.
Tampoco
había logrado reunir San Bruno prueba ni antecedente sobre la “conspiración de
Quillota”; aparte de la primera sospecha que alguien le había “soplado” sobre
ciertos viajes “sigilosos” que La Rosa habría hecho por San Felipe y sus
alrededores algunas semanas atrás, y la amistad, más o menos constante que se
le conocía con Domingo Cortés, lo único que podía acentuar la sospecha contra
el sargento era la casi repentina partida del arriero, y el encuentro de la
famosa carta, cuyos términos enigmáticos habían dado pie a San Bruno para
encerrarlo en un calabozo y procurar arrancarle confesiones por medio de
amenazas o de presión.
El más
afectado en esto de la conspiración quillotana y en la prisión del sargento,
era el comandante del escuadrón de Húsares, don Manuel Barañao; él era el jefe,
militar y político, del “partido” y de la guarnición, el responsable del orden
interno y de la disciplina; su ignorancia sobre las actividades de los
insurgentes de su jurisdicción podía acarrearle una reprimenda o un castigo de
parte del Gobernador Marcó del Pont, con el consiguiente desprestigio para su
carrera. Tenía, pues, un interés ansioso en que la situación se aclarara rápida
y completamente, y había puesto el mayor empeño en que sus patrullas dieran
alcance a Domingo Cortés, cuyas declaraciones podían dar la luz que se
necesitaba. Desgraciadamente, las patrullas habían regresado ya, casi todas, y
ninguna había logrado dar con el fugitivo.
— ¿Ha
declarado algo más el sargento La Rosa señor San Bruno? — preguntó Barañao al
Talavera saliendo a su encuentro cuando le vio regresar del calabozo.
— Nada —
contestó el Capitán— si se empeña en callar, me veré obligado a aplicarle unas
“estropeadas”, que es el sistema que me ha dado mejor resultado para soltar la
lengua a los emperrados.
Barañao
no contestó, pero la amenaza del Talavera, junto con causarle espanto, le
arrancó un gesto de indignación.
— Por lo
pronto — agregó San Bruno, sin dignarse detener el paso para hablar con un
militar de más alta graduación que la suya— ya le he dicho al sargento La Rosa
que arregle sus asuntos terrenales...
— ¡Cómo!
— exclamó el Comandante— ¿Sería posible que le condenarais a muerte?...
— Es la
pena que merecen los traidores al Rey.
— Pero
vos no tenéis pruebas de que La Rosa lo sea...
—
Pruebas... pruebas de la traición misma, no las tengo, pero estoy convencido de
que ese sargento es culpable.
—
¿Culpable de qué?
— De...
complicidad, por lo menos; la carta que se le ha encontrado demuestra que
estaba en tratos con el enemigo. Y por último — acentuó San Bruno, golpeando la
voz— yo debo dar cuenta de mis actos solamente al Gobernador don Francisco
Marcó del Pont, a quien, en el momento oportuno, informaré de lo que se debe
hacer en Quillota, y en el escuadrón de Húsares de la Concordia, para garantir
el orden público en este partido y estar seguro de la lealtad de las tropas del
Rey...
— ¡Señor
Capitán San Bruno!... Olvidáis, lamentablemente, que habláis con un teniente
coronel.
— No os
hablo como capitán de Talaveras, sino como Presidente del Tribunal de
Vigilancia... Y terminemos, si sois servido, porque estas discusiones no nos
conducirán a nada; quedad con Dios — concluyó, endilgando hacia la “mayoría”,
en donde había establecido San Bruno su despacho de juez instructor.
— Oídme
aún — replicó Barañao— las palabras que habéis dicho son intolerables y aunque
seáis Presidente de ese Tribunal y tengáis poderes omnímodos para perseguir a
los rebeldes, no os reconozco jurisdicción alguna sobre la gente militar, ni
menos sobre los jefes de los reales ejércitos...
San Bruno
dignóse volver la cabeza para mirar al Comandante por sobre el hombro.
— Yo haré
lo que crea de mi obligación — dijo con acento despectivo— y para ello no habré
de reparar en opiniones ajenas...
— Por no
estorbar a la justicia de Su Majestad, yo he permitido que tengáis en prisiones
al sargento La Rosa; pero sabed que en este mismo instante voy a despachar un
mensajero a la capital, para dar cuenta a mi jefe el Coronel Marquieli de lo
que está pasando en Quillota y en mi escuadrón; usía sabrá si la protesta que
haré ante él, de las órdenes que habéis dado aquí, debe o no llevarlas hasta la
presencia del Gobernador del Reino.
Y dando
violentamente la espalda al Talavera, entró en su despacho, que estaba al
frente.
San Bruno
enarcó sus gruesos labios con indiferencia y se metió también en el suyo.
El
escribano le esperaba de pie junto al escritorio.
— Señor —
díjole— hanme dicho que una mujer ha venido varias veces a pedir que la
permitan hablar con el preso...
— ¿Quién
es ella?...
— Una
muchacha que vive cerca del cuartel y que, según Se advierte, por la manera
como hablan de ella los soldados de este cuartel, ha de tener amoríos con el
sargento.
—
¡Hola!,. .¡Hola!... ¿Sabéis su nombre?
— Le
dicen Catita Negrón, es mulata y huérfana; su padre, a lo que afirman, fue un
don Marcial de Costabal, antiguo vecino de este pueblo, que falleció hace poco.
— Quiero
verla — dijo San Bruno, después de un instante— . ¿Decís que vive cerca de este
cuartel?
— Así me
lo ha dicho el soldado que asiste a la guardia de banderas.
— Mandad
por ella, si sois servido.
Salió el
escribano y antes de cinco minutos la mulata Catalina Negrón estaba al frente
del Capitán de Talaveras.
— Dícenme
que deseabais hablar con el sargento preso — díjole, mientras la escudriñaba
con los ojos fruncidos y penetrantes.
— Así es
la verdad — contestó la mulata, clavando en el militar una mirada profunda y
recelosa— . Quiero verlo y hablar con él.
— Ello es
imposible — afirmó San Bruno— está incomunicado y no tardará en ser pronunciada
su sentencia condenatoria.
— ¿Y por
qué lo condenan?...
— ¿Lo
queréis saber? Por traidor; por mantener comunicaciones con los enemigos del
Rey...
— ¡Eso es
mentira! — vociferó la muchacha.
— ¡Ten la
lengua... mulata! — ordenó el Capitán.
— ¡Es
mentira! Si condenáis a La Rosa es porque no sabéis quiénes son los traidores,
y no sois capaces de averiguarlo.
San Bruno
se volvió rápidamente hacia Catalina Negrón, la tomó por ambos brazos, la miró
a los ojos unos instantes, y con voz sigilosa le dijo:
— ¿Los
conocéis vos?...
La
muchacha recogióse en un esfuerzo supremo, y se desprendió violentamente de las
garras del militar.
— Tened
las manos, señor mío, que de esa manera conseguiréis menos de lo que yo quiera
daros...
San Bruno
formuló una mueca de sonreír.
— Está
bien — dijo,— espero que me digáis, entonces, si conocéis a los traidores.
— ¿Veis
como no los conocíais? — respondió la muchacha— ¿Veis cómo mentíais?
Tornóse
serio el Capitán al verse enrostrado por una mujer, y aun por una mulata, que
era un ser más infeliz todavía. Disimuló, empero, ante la expectativa de saber
los nombres de los insurgentes y de conocer, por último el plan de la
conspiración misma, de que aun estaba ignorante.
— Bien —
díjole— pensad lo que queráis; lo que yo deseo saber ahora, es quiénes son los
traidores y qué tramaban en compañía del sargento La Rosa.
— No
repitáis esto último — interrumpió la mulata— . El sargento La Rosa no es
culpable ni cómplice de nada, si es que hay algo en todo esto.
— Bien —
contestó San Bruno— dime entonces lo que sabes...
— ¿Y qué
me daréis en cambio?... — interrogó Cata Negrón.
— El
dinero que queráis...
Catalina
formuló una mueca despreciativa.
— ¡No
necesito dinero!
— ¿Qué
queréis, entonces?...
— Que
pongáis en libertad a La Rosa... — acentuó sin titubear.
— ¡Estáis
loca! Ese hombre es un criminal que debe recibir el único castigo que merecen
los traidores.
— Con
castigar a La Rosa no podríais impedir que se llevara a cabo la traición que
teméis.
Quedóse
pensativo un momento el Capitán San Bruno; al fin y al cabo, si prometía a la
muchacha que pondría en libertad al preso, no arriesgaba nada, pues estaba en
su mano cumplir o no; en cambio, podría saber algo de lo que estaba
perfectamente ignorante o, por lo menos, tener un hilo para descubrirlo.
—
¿Conocéis a los conspiradores?...
—
¿Conspiradores?... No sé si lo serán; diré lo que yo he visto y sospechado al
oír los comentarios que se hacen en el pueblo después que pusisteis en
prisiones al sargento. Allá lo averiguaréis vos.
— ¿Qué
habéis visto, por ejemplo?
— Es
inútil que me interroguéis si antes no aceptáis la condición que he puesto.
—
Paréceme que el sargento no va a ser el único que va a quedar en prisiones —
dijo con ironía el Capitán-.
— En
cuanto a mí, poco me importa — contestó la mulata pero con mi prisión o con mi
muerte muy poco avanzaríais en el descubrimiento de la conspiración, ni
podríais impedirla... Y quién sabe si las consecuencias no rebotarían en el
Presidente del Tribunal de Vigilancia...
San Bruno
hizo una mueca de desprecio.
—
¿Exigís, entonces, la libertad del sargento a cambio de revelarme lo que
sabéis?
— Tan
pronto como déis libertad al preso, os diré cuanto sé, y os llevaré a un sitio
en donde encontraréis, de seguro, algunos papeles que os darán las luces que
andáis buscando por caminos equivocados.
—
¿Papeles?... ¿De los conspiradores?...
La
muchacha hizo un movimiento afirmativo y prometedor.
— Dad la
orden de libertad.
— Esta
noche...
— ¿A qué
horas?
— Después
de la queda.
— ¿Os
espero en mi casa? ¿No trataréis de engañarme?
—
Esperadme, pero andaos con mucho cuidado.
Media
hora había transcurrido después que la campana del cuartel de los Húsares de la
Concordia había dado su último lamento en la obscuridad de la noche del 1? de
diciembre de 1816, cuando tres embozados se detuvieron frente a la casa de
Catalina Negrón; uno de ellos empujó la puerta que estaba entornada y sin
tranca, diciendo:
— Es
aquí; entre usted, señor San Bruno.
Un
momento más se encontraban los tres en el dormitorio de Catalina Negrón.
Acompañaban al Capitán de Talaveras, el Comandante don Manuel Barañao y el
escribano.
— ¿A
dónde habremos de ir ahora? — preguntó el Capitán.
— Lo
primero — dijo la mulata, es que usted me dé la orden para que se deje en
libertad al sargento La Rosa.
— Aquí
está — dijo San Bruno, alargando un papel.
La
muchacha alargó la mano para cogerlo, pero San Bruno retiró la suya.
— Os lo
entregaré cuando vea los papeles que me habéis prometido. ..
— ¿Y si
ya no estuvieran allí?...
— Cuando
me déis los nombres de los insurgentes y yo vea que no tratáis de engañarme.
— Bien —
dijo Cata Negrón— Vamos allá... Y se encaminó hacia la puerta.
— ¿A
dónde? — preguntó el Comandante Barañao.
— A casa
de don Juan José Traslaviña.
Barañao
se quedó estático.
— A la
casa de... ¡tu tío!...
— ¿Mi
tío?... ¿Acaso una mulata tiene parientes que no sean mulatos también. Yo no
reconozco más parientes que mi madre y ya está muerta. ¡Vamos allá, señor
Capitán San Bruno, que yo quiero cumplir mi palabra, para que su merced cumpla
también la suya.
Y salió
adelante, seguida de todos. Llegaron a la esquina de la Plaza, y luego frente a
la casa de don Pepe Traslaviña, cuya puerta les fue franqueada, después de
haber golpeado varias veces.
— ¿Es
usted don Juan José Traslaviña? — preguntó San Bruno, enfrentándose al dueño de
casa.
— Soy
yo,— contestó con entereza el criollo— . Y usted, ¿quién
es? —
preguntó, a su vez, alzando orgullosamente la cabeza.
— Un
insurgente está obligado a conocer al Presidente del Tribunal; de Vigilancia —
contestó San Bruno— . Voy a registrar esta casa.
— ¿Y con
qué motivo? — interrogó Traslaviña.
— No
tengo por qué contestar a usted — dijo el Talavera, al mismo tiempo que se
dirigía a un vergüeño que estaba en un rincón.
Traslaviña
se lanzó a impedirle el paso, pero el Comandante Barañao le dijo:
— Don
José, le ruego que no se oponga a este registro; sería inútil y agravaría su
situación.
Entre los
primeros papeles que San Bruno extrajo de la caja, apareció la carta de San
Martín, dirigida a Traslaviña y a Salinas. El Talavera la leyó tranquilamente,
la guardó en su faltriquera junto con otros papeles, y después de haber
inspeccionado, casi a la ligera, la habitación, dijo:
— Vamos
andando; no necesito más que esto. Estáis preso — dijo al dueño de casa, al
avanzar hacia la puerta— . Señor Barañao, haceos cargo de él, si sois servido.
Antes de
que traspusiera el umbral, la mulata Catalina Negrón le cruzó el paso.
— He
cumplido; cumplid vos ahora — díjole, extendiendo la mano.
— Es
justo — dijo San Bruno— aquí tenéis la orden de libertad para el sargento
Francisco La Rosa.
El 5 de
diciembre, o sea, cuatro días después de la prisión de don Juan José de
Traslaviña, pendían de tres horcas que se habían levantado en la Plaza de
Santiago, los cadáveres de sendos ajusticiados, condenados la noche anterior a
tal pena por el Tribunal de Vigilancia. Los criminales eran tres insurgentes
que, en connivencia con San Martín, debían apresurar un levantamiento de los
“huasos” de los campos de Quillota, San Felipe y Putaendo, a fin de distraer la
atención de las autoridades realistas, mientras el Ejército de los Andes
cruzaría la cordillera.
Al pie de
cada horca habíase colocado un papel con el nombre del ajusticiado: Juan José
Traslaviña, José Antonio Salinas, Pedro Regando Hernández, el “maestro de
escuela”.
Los
Talaveras buscaban también al criminal que había dado muerte, la misma noche de
la prisión de Traslaviña, a la mulata Catita Negrón, hundiéndole un puñal en el
pecho...
Decíase
que el matador había sido Ño Francisco Hinostroza; pero nadie toma esto en
serio, porque el pobre era ya muy viejo y quería a la muchacha como un padre...
§ 3. Los
apuros de un emisario
Casi
tocaban a su término los preparativos que el Gobernador de Cuyo, don José de
San Martín, estaba haciendo desde medio año atrás para reunir, instruir y
equipar al Ejército de los Andes, y aun el General en Jefe — cargo de que
recientemente le había investido el Congreso de Tucumán— no tenía resuelto por
dónde habían de cruzar las tropas al agrio macizo andino. Los diferentes
“pasos”: Uspallata, Patos, Coquimbo, Planchón, eran buenos y casi fáciles para
transeúntes, y a lo más para una recua de muías; pero ninguno de ellos podía
servir, sin serios arreglos previos, para el transporte de la artillería y de
los carros de maestranza, de todo lo cual estaba muy bien dotado ese ejército,
“el más grande, y completo que hubiera organizado hasta entonces la libre
América”.
La
preocupación de San Martín iba en aumento por horas... Nada habría ganado el
activo estratega con haber dado vida y sacado de la nada ese “hermoso” ejército
que espetaba listo al pie de la cordillera, si “al fin y la postre” estaba
destinado a desbarrancarse por los desfiladeros andinos o a llegar disminuido y
desfalleciente a los sitios en donde lo esperaban, en son de combate, las bien
equipadas y descansadas tropas realistas del país chileno a quien venían a
libertar.
Empezaba
el mes de diciembre de 1816, plena primavera; las nieves andinas se derretían
al calor de los candentes soles, despejábanse las sendas, los caminos y las
veredas hacía poco tapadas de nieve como incitando a cruzarlas antes de que un
nuevo invierno las cubriera de nuevo, y sin embargo, San Martín encontrábase,
todavía con las “manos amarradas”, porque no había podido descubrir las
dificultades y peligros de esos senderos más allá de lo que le permitían las
avanzadas, realistas chilenas que montaban guardia y estrecha vigilancia por el
lado occidental. Corría entretanto el tiempo, estrechábase el plazo que se
había fijado para la oportuna partida a Chile del Ejército Libertador y aun no
era posible dar la orden de marcha...
La
embarazosa y comprometida situación debía tener término, y San Martín se puso a
ello. La imaginación del General en Jefe era rica en inventiva y antes de mucho
encontró, por fin, la manera de obtener lo que necesitaba; era una fórmula
atrevida, de una audacia desconcertante; pero ya sabemos que San Martín no se
paró jamás en barras ni en barrotes para llegar a su objetivo.
Desde
principios de ese año de 1816 — a las. pocas semanas de haber llegado a Chile
el nuevo Presidente don Francisco Casimiro Marcó del Pont— el Gobernador de
Cuyo había tenido oportunidad de comunicarse oficial y periódicamente con las
autoridades chilenas, con motivo de las peticiones que hacían algunos realistas
residentes en Santiago para que se les permitiera enviar a sus parientes,
residentes en Mendoza, algunos “socorros de dinero y especies”, destinados a
aliviar su situación de prisioneros en que se encontraban en esa ciudad.
San
Martín no había tenido inconveniente en acceder a la petición de los realistas
chilenos, y a fin de facilitar esos envíos y de tomar las debidas precauciones
para tenerlos en control, dispuso que todas esas remesas fueran traídas en
“hatos cosidos”, si eran especies, o en “balijas”, si se trataba de oro o
moneda.
Los hatos
y valijas debían ser llevados hasta el primer puesto cuyano por un individuo de
la clase de oficial, siendo necesario que este hombre, para anunciar su
presencia desde lejos y evitar se le tomara como espía, enarbolara una bandera
blanca desde que saliera del último puesto de vigilancia chilena^ hasta que
llegara al primero del país vecino.
Como
reciprocidad por esta concesión, las autoridades realistas debían permitir,
también, que “parlamentarios” cuyanos cruzaran la cordillera, hacia Chile,
sometiéndose al mismo ceremonial acordado para los emisarios chilenos; pero la
verdad era que San Martín no había usado nunca de esta reciprocidad, porque
nada tenía que mandar a Chile... es decir, no tenía nada “inocente” que mandar
a Chile y que no le importara que fuera conocido por estas autoridades.
Los
emisarios que enviaba continuamente con “recaditos” para los patriotas de ese
lado no cruzaban la cordillera por allí, en primer lugar, y luego debían
guardarse muy mucho de caer en las manos de los agentes de Marcó y de San
Bruno, si querían conservar la cabeza en su sitio. A la altura a que habían
llegado las cosas, los tiempos no eran para contemplaciones.
En el
envío de un “Parlamentario” de éstos, había encontrado San Martín la solución
de su problema de reconocer los senderos cordilleranos chilenos; pero todavía
tenía que resolver una dificultad más grave: este parlamentario, tal como
estaban establecidos los procedimientos, no podía avanzar más allá del puesto
de vigilancia realista, pues habiendo de entregar allí su “balija”, debía
regresar inmediatamente por donde se había ido... era menester, entonces que le
permitiese entrar al territorio chileno, llegar hasta el Palacio del Presidente
y aun> hasta su presencia misma.
Aguzando
el ingenio, San Martín encontró también el arbitrio, un arbitrio peligrosísimo,
eso sí, como que iba a poner en peligro la cabeza del emisario si Marcó del
Pont se daba cuenta de la jugada y de la burla que ella envolvía.
Hacía
unos cuantos meses que el Congreso de Tucumán había proclamado la independencia
de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y aunque el Gobernador de Cuyo
estaba cierto de que la noticia estaba sabida, comentada y tal vez olvidada ya
en Chile, imaginó que no era mal pretexto para justificar el envío del
emisario, mandar con él, al Presidente Marcó, una copia autorizada del Acta
Tucumana, a modo de comunicación oficial, de un Estado a otro Estado; el
emisario tendría entonces el carácter de “diputado diplomático” o, en último
caso, el de “parlamentario de guerra”, si Marcó se negaba a reconocer la
soberanía de la nueva nación rioplatense, que era lo más seguro.
Todo
dependía del tino y “savoir faire” que desarrollara el emisario en los momentos
de presentar sus “credenciales”, y de los nervios que tuviera en ese mismo acto
su señoría el Presidente de Chile.
Sin
pensarlo más, San Martín se puso a la obra. Por primera diligencia recorrió
mentalmente a los hombres que actuaban cerca de sí, para elegir al
parlamentario, y habiendo fijado su juicio sobre el que le pareció adecuado,
procedió en seguida a escribir, de su puño y letra, la credencial que debía
llevar. En esa carta autógrafa pedía el Gobernador de Cuyo al Presidente Marcó
que tuviera a bien dar crédito a las palabras de su diputado; pedíale, además.,
que lo recibiera “con la deferencia que le correspondía por el Derecho de
Gentes”; que lo despachara cuanto antes con la escolta debida a su alto rango,
y por último, “que cualquier desprecio u ofensa que se hiciera a la persona del
dicho emisario del Gobierno de las Provincias Unidas provocaría las represalias
consiguientes en las personas de los muchos españoles que viven aquí, en
rehenes”.
En
seguida hizo copiar el Acta de la Independencia con la mejor letra de escribano
que fue posible encontrar en Mendoza, le puso al pie el consabido “es copia
fiel”, y más abajo: lo comunico a Vuestra Señoría para su cabal conocimiento”,
le rubricó su firma completa y, por último, selló el pliego, doblado en tres,
sobre una “oblea” de lacre, poniéndole por sobreescrito: “Al Muy Ilustre señor
Don Francisco Casimiro Marcó del Pont, Ángel, Díaz y Méndez, de la Orden de
Santiago, Presidente, Superior Gobernador y Capitán General del Reyno de Chile
y Mariscal de Campo de los Reales Exércitos”.
Dos días
antes de la fecha en que había determinado que partiera el emisario, llamó a su
ayudante de campo, el Sargento Mayor de Ingenieros don José Antonio Álvarez
Condarco, y le dijo, así como de sopetón:
— Señor
Álvarez, prepárese a salir para Chile pasado mañana, de albita, de albita, y en
lo montado... ¡en lo montado!— Es decir, sin mayor bagaje y preparativos.
Y no
había más que obedecer, bien lo sabía el ayudante Álvarez Condarco.
Cuando el
emisario conoció a fondo y en detalles el objeto de su misión, mediante las
instrucciones que verbalmente le explicó su jefe, vio que el “encargüito” era
de aquellos que resuelven un solo dilema: triunfar o sucumbir; si lo primero,
volvería a Mendoza con todos los estudios hechos para que el Ejército cruzara
los Andes; si lo segundo, su cadáver quedaría en Santiago a medio sepultar en
el enterratorio de la Caridad, sitio destinado a la inhumación de los traidores
al Rey, y a los criminales. Era necesario, pues, tomar todas las precauciones
para salvar el pellejo, no precisamente por salvarlo, sino por asegurar el
éxito de la Expedición Libertadora de Chile, por la cual habíanse hecho en
Mendoza incontables sacrificios de todo orden.
Su
carácter de “emisario” y la pomposa credencial que llevaba, representándole a
Marcó “las inmunidades que el Derecho de Gentes daba a los parlamentarios”, y
aquello otro de las “represalias” que se tomarían en Mendoza sobre los
españoles allí residentes, eran algo así como voladores de luces que podrían o
no tener éxito, según fuere el estado de ánimo de las autoridades chilenas, y
creyó Álvarez Condarco que no estarían de más, y por el contrario, que era
imprescindible llevar también algunas cartas de recomendación de algunos
realistas de Mendoza para algunos de sus correligionarios prestigiosos de
Santiago, a fin de recurrir a ellos en un caso de apuro.
Residía
en Mendoza un respetable comerciante español que había sido desterrado de la
“otra banda” por el Gobierno de José Miguel Carrera, el año 1813, a causa de
ser “un incorregible realista”; llamábase don Felipe del Castillo Albo, y su
condición de “prisionero” de San Martín y sus padecimientos por la causa del
Rey en poder de los enemigos, le había rodeado de un merecido prestigio entre
los gobernantes de Chile, donde residía su familia, con la cual se comunicaba,
de cuando en cuando, haciendo uso de aquella concesión que había hecho el
Gobernador de Cuyo, y de la cual ya he hablado.
Álvarez
Condarco y Castillo Albo cultivaban en Mendoza excelentes relaciones de
amistad, y le fue muy fácil al emisario obtener de su amigo varias cartas de
presentación para sus parientes de Santiago, inclusa su mujer doña Mercedes de
Irigoyen, y para el sargento mayor del Regimiento de Talaveras don Antonio
Morgado, uno de los personajes más prestigiosos y considerados del Reino. No
ocultó Álvarez, algún tiempo después, que estas cartas le dieron más confianza
en el éxito de su misión que todas las credenciales y amenazas del General San
Martín.
Premunido,
pues, de todos sus papeles, el emisario partió hacia Chile,
“en lo montado”, el 2 de diciembre de 1816; para despistar completamente a todo
el que lo hubiera visto salir del campamento, Álvarez tomó los senderos del sur
y una vez que se encontró en plena cordillera torció riendas hacia el camino de
Los Patos, por donde llegó sin tropiezo alguno al primer puesto de avanzada
realista del distrito de Putaendo, el 6 de diciembre, a la caída de la tarde.
El
oficial español, jefe del puesto^ había visto al viajero desde que apareció en
las alturas del desfiladero de Las Águilas, enarbolando su bandera blanca, de
manera que cuando el parlamentario llegó a la pequeña explanada donde se
levantaba la “casucha” encontróse éste con que la “guarnición” — cinco hombres—
se encontraba formada para recibirlo.
Saludó de
lejos el viajero, y luego, segunda; vez, antes de desmontarse al lado del
“varón” delantero.
— Déme,
su merced, la valija — dijo el oficial, después de contestar el saludo— y pase
a descansar hasta mañana, que buen tiempo tenemos para que pueda volverse “de
albita”.
— Soy
parlamentario de Gobierno — contestóle Álvarez— y las cartas que traigo debo
entregarlas, en persona, al Excelentísimo señor Presidente, don Francisco
Casimiro Marcó del Pont...
—
¿Parlamentario de Gobierno... ? ¿De qué Gobierno... ? — inquirió el oficial.
— Del
Gobierno de Cuyo, y de su jefe, el señor General don José de San Martín.
El caso
era de “novedad” para el oficial realista, más aún, cuando el “parlamentario”
hablaba con tono solemne.
— Espero
que su merced me dará alojamiento por esta noche, y escolta, mañana, para
seguir mi viaje a Santiago — agregó Álvarez Condarco— como lo manda el Derecho
de Gentes, bajo cuyas disposiciones me amparo.
El
oficial realista no era un sujeto vulgar; llamábase don Antonio Gutiérrez de la
Fuente, peruano de origen, y recién llegado de la Península, en donde había
recibido escogida instrucción militar, y el grado de alférez de Carabineros
Reales; conocía, por lo tanto, el Derecho de Gentes y las prerrogativas que
rodeaban a los “parlamentarios”. Por si no tengo oportunidad para decirlo en
otra ocasión, ha de saber el lector que este oficial Gutiérrez de la Fuente
abandonó, más tarde, las banderas del Rey, se incorporó a las del Ejército de
los Andes, y tomó parte señalada en la independencia de su patria, el. Perú, en
donde alcanzó el grado de Gran Mariscal y luego el de Presidente de la
República.
El
alférez de la Fuente no quiso proceder por sí solo en tan importante caso, cuya
gravedad no desconocía, y junto con invitar nuevamente al viajero a que
“pasara” a descansar bajo techo, escribió un pliego a su jefe inmediato, el
capitán Jiménez de Aroca, destacado en la villa de Santa Rosa de los Andes,
pidiéndole instrucciones sobre lo que tenía que hacer en tal emergencia.
Con esta
comunicación despachó a su sargento Espinosa, encargándole que tanto de ida
como de vuelta “ lo hiciera al galope”.
Antes de
que asomaran las luces del alba del siguiente día el prudente oficial de la
Fuente tenía en su poder la respuesta de su jefe, “Dé paso usted al llamado
parlamentario, decíale Jiménez, haciéndole escoltar por dos hombres, los cuales
no deben permitir se comunique con persona alguna, trayéndolo a mi presencia”.
Esa misma tarde el emisario Álvarez Condarco llegaba a Los Andes y era sometido
a un estrecho interrogatorio por el capitán Jiménez de Aroca. El argentino
contestó con habilidad, y, al parecer, dejó satisfecho al español, quien, junto
con informarle de que había anunciado su presencia al Gobierno de Santiago, le
trató con toda clase de consideraciones, diciéndole. que lo haría escoltar
convenientemente para que siguiera su viaje al otro día.
En
efecto, a media tarde del 8 de diciembre un oficial y quince soldados
encontrábanse listos para conducir al parlamentario hacia la capital, y al
momento de montar en su caballo, Condarco estrechó la mano de su huésped,
diciéndole:
—
Agradezco, señor Jiménez, las atenciones que he recibido de usted y ojalá pueda
corresponderías algún día... ¡Hasta la vuelta!
— No hay
qué agradecerme, señor mío y créame su merced que tendré particularísimo agrado
de volver a verlo “por aquí” — contestó Jiménez dando a sus últimas palabras
una entonación que el parlamentario comprendió perfectamente.
Esa noche
la comitiva pernoctó en las casas de la Hacienda de Chacabuco y al otro día de
madrugada galopaba hacia el Salto, término de esa jornada.
El
anuncio de que un parlamentario del Gobernador de Cuyo se encontraba en
territorio chileno, había causado en la capital una sorpresa inexplicable.
Marcó del Pont y sus consejeros se “hacían cruces” para adivinar el objeto de
una misión tan extraña como inesperada y todos se encontraban “sumidos en
conjeturas y cavilaciones”, cada cual más disparatadas. En su vanidosa
arrogancia, Marcó “se plantó” en que el emisario cuyano no podía traer sino un
encargo de paz y de sumisión; las noticias que hasta entonces habían llegado a
su conocimiento respecto de la situación de las Provincias Unidas y de Mendoza
eran de que aquel país se encontraba agotado y en ruinas con motivo de la
prolongada guerra que sus batallones sostenían en el Alto Perú, con los
disciplinados ejércitos del Virrey Abascal; en realidad, esa guerra había sido
desastrosa para las armas republicanas y se daba por cierto que San Martín y
los demás gobernantes rioplatenses, “desengañados por la imposibilidad de
llegar al logro de su soñada independencia y deseosos de evitar el golpe mortal
que se les acercaba, dirigiese este mensaje con miras pacíficas y juiciosas
y que intentasen volver, arrepentidos, a la obediencia del Monarca, a quien
negaron, perjuros”.
Tales
fueron las palabras con que la Gaceta del Rey, periódico
realista que se publicaba en Santiago, dio cuenta de la llegada a la capital
del emisario Álvarez Condarco, y de las resoluciones que el Gobierno había
adoptado para su recibimiento.
Imbuido
en estas ideas. Marcó del Pont quiso deslumbrar al emisario patriota para
hacerle concebir, desde el primer momento, una alta idea del poder y de los
recursos con que contaba el Gobierno de Chile para aplastar a la “hidra”
revolucionaria; en consecuencia, dispuso que el parlamentario fuese recibido
con un aparato excepcional...
Una
compañía completa del Regimiento de Talavera salió en la mañana del 11 de
diciembre a “encontrar” al parlamentario a la entrada del camino real, o sea,
detrás de los cerros de Huechuraba, a fin de rendirle honores y de escoltarlo
hasta las puertas del Palacio, situado, ya lo sabe el lector, en la Plaza de
Armas. La tropa vestía de gran gala, y los oficiales ostentaban todas sus
insignias; acompañaba a esta tropa una banda de cornetas cuyos instrumentos
“eran de plata”, era la banda que acompañaba al Presidente Marcó cuando salía
de palacio por la población.
No hacía
mucho que la tropa estaba esperando la llegada del viajero, cuando se divisó a
lo lejos la comitiva que lo escoltaba desde Los Andes; inmediatamente montaron
a caballo un oficial y cuatro soldados talaveras y avanzaron a encontrar al
parlamentario, y desenvainando sus espadas, le presentaron los saludos del
sargento mayor que lo aguardaba al frente del escuadrón:
A los
pocos minutos encontrábanse todos reunidos y el jefe de la fuerza, después de
los saludos del caso, dijo al emisario:
— Señor,
me perdonaréis que en cumplimiento de las órdenes que traigo, os someta a las
reglas que son de uso con los parlamentarios de guerra cuando entran al campo
enemigo.
— Señor —
contestó Álvarez— , estoy en vuestras manos, y podéis hacer de mí lo que creáis
que os cumple, dentro de las inmunidades que me concede el Derecho de Gentes.
El
Sargento Mayor por sus propias manos, vendó ceremoniosamente los ojos al
parlamentario y le ayudó, en seguida, a subir a caballo, encargando a un
sargento que le llevara la rienda. Se dio la orden de partida y las cometas
rompieron con una breve marcha.
Con todos
estos incidentes y ceremonias, Álvarez experimentaba las más encontradas
impresiones, sin explicarse hasta dónde le llevarían estas atenciones que,
francamente, no las esperaba, por lo menos en la proporción que se le
presentaban. Al llegar a las casas de Huechuraba, el Sargento Mayor ofrecióle
un “refresco” Álvarez tuvo un mal momento de duda... pero lo aceptó.
Rechazarlo, cuando no había comido nada por el camino, era manifestar un recelo
imprudente; “comió un fiambre” y bebió además dos vasos de agua clara.
Eran las
tres y media de la tarde, cuando la comitiva embocó el camino de la Cañadilla;
las trompetas desgarraron los aires con una tocata “de avance” y muy pronto la
gente de la Chimba ocupó el largo “tierral” que se extendía desde el Cerro
Blanco hasta el puente de Calicanto. La plebe miraba todo aquello con
indiferencia; sólo algunos manifestaban cierta curiosidad al ver a un hombre
“decente”, vendados los ojos y rodeado de tropas que no tenían aspecto de
aprehensoras, las cornetas de plata que acompañaban al cortejo, tocando
entusiastas “dianas”, venían a poner un tinte de incomprensible extrañeza a ese
acto, asaz solemne para un “preso”.
A la
entrada del puente de Calicanto, y agrupados a lo largo de sus veredas, se veía
una multitud de distintas condiciones: clérigos, frailes, artesanos,
“caballeros”, jovencitos, algunas damas de “copete”, chinas de “casa grande”,
negros, aguateros, pasteros .y otros vendedores callejeros se habían situado
allí para ver mejor el paso de las tropas y especialmente del individuo que
había provocado tal alboroto.
— ¿Quién
será ése?... — preguntábanse por lo bajo uno al otro, tratando de satisfacer su
curiosidad.
— Ha de
ser alguno de los de “ño Neira”, que han pillado “por el” las tropas del Rey
nuestro señor — contestó, por fin, un lego mercedario que se las daba de
sabihondo en política— . Yo oí decir antenoche en el locutorio — continuó el
“mocho”— que habían tomado una partida de facinerosos insurgentes y que al
caporal de ellos lo iban a “a trer” a Santiago para “horcarlo” en la Plaza.
Al darse
cuenta de la “peroración” del lego, dos individuos del pueblo que estaban cerca
se abrieron paso para ponerse al lado del motilón y oírle mejor. Uno de ellos
era “velero” y llevaba sobre la cabeza varias “cuelgas” de mercadería, de
distintos tamaños, que le ocultaban buena parte de la cara.
— Ten
cuidado Manuel — susurróle su compañero casi al oído— , no te metas muy allá,
que pueden “pisarte”...
— Déjame
oír a este “mocho” — contestó el hombre más con la mirada que con las palabras—
; necesito saber quién es ése a quien traen preso con tanto aparato.
Y
abriéndose paso a codo quedóse al lado del lego, esperando que continuase su
información, pero el mercedario no salió de su dicho; todo lo que ganó el
velero fue situarse en un “claro” desde donde podía ver perfectamente el paso
del cortejo, cuyos primeros “batidores” y trompetas embocaban ya el “embudo”
del puente.
— “Ai
viene” — dijo el velero a su compañero— fíjate bien en él...
— Viene
con la vista vendada, pero el pañuelo no le tapa toda la cara...
El
vendedor de velas clavó la mirada en la faz del “preso” desde que lo pudo
contemplar a su antojo, a cuatro, cinco varas de distancia y no se la quitó
hasta que pasó otras tantas delante de él; a medida que el hombre vendado
avanzaba la faz del vendedor de velas de sebo se iba iluminando con un tinte de
alegría intensa, y cuando ya lo perdió de vista entre los soldados de la
escolta, se arrojó sobre su compañero echándolo hacia un lado y acercándose a
su oído más de lo que permitían las “cuelgas” de velas le secreteó:
— Lo
conocí...
Abrió
tamaña boca el amigo y ambos se abrieron paso para salir del puente; bajaron,
por fin hacia la orilla del río, y cuando se percataron que nadie podía oírlos,
el velero dijo:
— Es el
cuyano Antonio Álvarez que viene, seguramente, de parte de San Martín... ¡tengo
que ir a verlo!
— Oye,
Manuel, ándate con cuidado, no sea que te pesque San Bruno ahora...
— ¿A
mí?... ¡No seas zonzo!... ¡A Manuel Rodríguez no le pescan ni veinte San
Brunos!...
Desde que
se dio aviso en Palacio, de que el “cuyano”? liaría llegado a la Cañadilla y
avanzaba con su lucida escolta hacia la (Plaza de Armas habían comenzado a
reunirse en los salones del Presidente todas aquellas personas que componían
“la Corte” del Primer Mandatario, y principalmente “su camarilla” pues es
necesario hacer distinción de la una y de la otra, a pesar de que pudieran
creerse una misma cosa.
Componían
la “corte” los altos funcionarios del Reino; los oidores, el obispo, los
cabildos civil y eclesiástico, los oficiales de hacienda, los jefes de cuerpos
militares, en una palabra, los que por sus empleos o investidura habían de
colaborar o asesorar al Presidente en el gobierno mismo del Estado. En cambio,
la “camarilla” eran aquellos sujetos que, siendo o no funcionarios de la
indicada categoría, llegaban hasta el Presidente con algún “chisme” o con algún
“arbitrio” para pacificar el Reino, o sea, para fomentar la persecución de los
patriotas, única preocupación y meta de la administración española por aquella
época."
De la
“camarilla” formaba parte, en primera fila, el Capitán Vicente San Bruno,
Presidente del Terrible Tribunal de Vigilancia, constituido especialmente o
exclusivamente para juzgar y sentenciar a los individuos sindicados de
“insurgentes” e investido de las más amplias facultades ejecutivas para cumplir
sus resoluciones o sentencias, sin que tribunal alguno, ni aun el Supremo de la
Real Audiencia, pudiera intervenir o conocer de apelaciones en sus fallos; la
única autoridad que estaba sobre ese tribunal era la de Marcó del Pont.
Otro de
los miembros conspicuos de la “camarilla” era el auditor de guerra, don
Prudencio Lazcano, realista fanático,
aunque
oriundo de Buenos Aires; este caballero, llevado de su celo por la causa del
Rey, no tuvo empacho en aconsejar a Marcó, insistentemente, que no debía dar
cumplimiento a la orden de indulto para los infelices patriotas desterrados en
Juan Fernández que había concedido el Monarca español, por medio de una Real
Cédula, especialmente expedida para ese efecto. También ejercía poderosa
influencia sobre el Presidente el hijo mayor del Coronel don Tomás de Figueroa,
aquel militar que encabezó el motín realista de 1811, en la Plaza de Santiago,
y que fue fusilado por la Junta de Gobierno horas después de su alzamiento.
Este hijo mayor, qué ahora encontrábase de consejero y “privado” del Mandatario
realista, llamábase don Manuel Antonio Figueroa, y el recuerdo del sacrificio
de su padre por la causa del Rey, le había hecho ser duro y hasta cruel con los
partidarios de los que mandaron ejecutar a su padre, y ahora se encontraban en
desgracia.
Los demás
miembros del Tribunal de Vigilancia y Seguridad Pública — Figueroa lo era—
formaban, también, en la camarilla, junto con varios comerciantes y hacendados
españoles que no podían olvidar las ofensas y persecuciones que a su vez habían
sufrido durante los gobiernos patriotas desde 1810 hasta Rancagua, y que ahora,
en la Reconquista, aprovechaban de su situación para ejercer toda clase de
represalias.
Muy
realistas eran también los altos funcionarios que formaban la “corte” del
Presidente, pero es necesario establecer que todos ellos, o la gran mayoría, no
aceptaban ni la política de persecución ni de terror implantada por el
Presidente Marcó, ni menos la intervención de la camarilla despreciable que
presidía San Bruno alrededor del Primer Mandatario; por otra parte, las
costumbres de ostentación, vana y afeminada de Marcó del Pont, .sus gustos
superficiales, su deseo de ser admirado, servido y adulado, la cerval inquietud
que le invadía cada vez que recibía noticias verdaderas o supuestas de las
actividades revolucionarias de los patriotas, las disparatadas disposiciones
con que pretendía resolver las consultas y problemas que le eran consultados,
todos sus antecedentes, en fin, que lo mostraban como un mandatario inepto y
digno de compasión, habían distan-
ciado al
Presidente de todas aquellas personas de positivo valer que podían asesorarle
con prudencia y eficacia.
Entre
estas personas había un grupo de que formaban parte el comandante del famoso
Regimiento de Talavera, don Antonio Morgado; el coronel Marquieli, el
comandante Cacho, el oidor de la audiencia don José Félix Basso y Berry y
algunos otros, que no se recataban para declarar “que se encontraban deprimidos
bajo el mando de ese fantoche de Marcó”... Morgado y Marquieli, en la Península
habían pertenecido a una de aquellas sociedades secretas, de origen francés,
que tenían por finalidad las reformas políticas de avanzada filosofía, eran,
por decirlo así, los dirigentes del grupo que detestaba a Marcó y a su Gobierno
y camarilla. Hombres jóvenes y enérgicos, habían llegado a convenir en que,
para “salvar” el Reino de Chile, era imprescindible “desprenderse del muñeco de
Marcó”. Verá el lector que dentro del partido realista existía una
peligrosísima división, uno de cuyos partidos alentaba el proyecto de derrocar
a la autoridad constituida.
Morgado,
Marquieli, Cacho, Basso y sus amigos más decididos, reuníanse continuamente, y
con el mayor sigilo, en casa del primero, que vivía en la calle de Santo
Domingo, entre Puente y 21 de Mayo,, “a los pies” del cuartel del Regimiento de
Talaveras, que ocupaba el solar detrás del Palacio del Presidente. Ese solar es
el que actualmente ocupan la Bomba y todos los almacenes que dan a la calle de
Puente y Santo Domingo, desde la puerta posterior del Correo hasta la mitad de
la cuadra de la última calle nombrada. Se juntaban en uno de los salones de su
“posada”, generalmente dos veces por semana, “para tomar un mate con yerba
paraguaya”, y allí “platicaban a lo largo”, sobre todos los asuntos que
interesaban al Monarca español en el Reino de Chile, y muy especialmente sobre
las inepcias de su representante en Santiago, a quien llamaban, en el seno de
sus conciliábulos, “el capón sin cresta”.
Sabido es
que las sociedades secretas y sobre todo la moderna francmasonería, habían
adoptado ya, para reconocer a sus miembros, ciertos signos emblemáticos que se
comunicaban, o al “dar la mano”, para saludarse, o al ser presentados a una
reunión;
los
amigos de Marquieli habían adoptado también igual procedimiento para asegurarse
de qué, cuando se reunían, se encontraban entre amigos e “iniciados”; por muy
realista que se manifestara algún sujeto en esas reuniones, si no había hecho
al dueño de casa la señal misteriosa y convenida, había la seguridad de que
ninguno de los conjurados soltaría la menor palabra que pudiera revelar algo
más de lo que corrientemente se sabía.
Con estas
precauciones, Marquieli y los suyos habían llegado á¡ convenir en la necesidad
absoluta de “quitar a Marcó el mando”, ya fuera pidiéndolo así a la Corte, ya
fuere, sencillamente, derrocándolo; y, en consecuencia, cada cual estaba
trabajando firme por conseguirlo, de una u otra manera.
Esta era
la situación interna del Gobierno de Chile, cuando llegó a Santiago el emisario
de San Martín, el 10 de diciembre de 1816.
Cuando
resonaron en la Plaza los clarines de plata, que precedían al “preso”, el salón
de audiencias del Presidente encontrábase rebosante de personajes, los más
conspicuos del Reino, vestidos de gran gala, a imitación del fastuoso
Presidente, que vestía un espléndido y costoso traje de grana y oro, de grandes
bordaduras y encajes, abotonado de esmeraldas en el pecho, y de zafiros y
rubíes las mangas y calzón. El Presidente Marcó había colocado sobre su casaca
un cementerio de cruces y de condecoraciones; de sus hombros cruzaban no menos
de tres “bandas” distintas, y su esbelta cintura estaba ceñida con otras tantas
“fajas” de recios borlones; sobre todo a pie! musco andante caía al albísimo
“manto” del Hábito de Santiago, con su cruz de azabache a la altura de la
tetilla izquierda, y como complemento de tanta magnificencia, su peluca de seda
rizada sostenía el riquísimo “tricornio” de Jama, plata y oro, ribeteado de
blanca plumilla de avestruz-hembra, el summum, la esencia misma de la elegancia
opulenta.
Ya sabía
el capitán de la guardia qué tenía que hacer cuando llegara el emisario a las
puertas cíe Palacio; entretanto, los funcionarios que esperaban se abalanzaron
a los balcones para satisfacer su curiosidad de ver qué “facha” tenía el famoso
emisario del no menos famoso “Gobierno” de Cuyo; el Presidente Marcó no fue de
los últimos en “empinarse” a través de los vidrios para “divisar” al viajero
cuando se bajaba del caballo, ayudado de los oficiales,, y era conducido por la
escalinata hacia el cuerpo de guardia, en donde le fue quitada la venda, y se
le permitió “adecentarse” para avanzar hasta el salón presidencial.
Álvarez
Condarco había tenido la precaución de afeitarse la mañana de ese día, de modo
que con una pequeña “lavada” y una buena sacudida de su uniforme de Sargento
Mayor — que también había vestido esa mañana— quedó en bastante buenas
condiciones para presentarse, sin desdoro de su individuo. Por otra parte, la
figura de Álvarez era imponente, y llevaba sus treinta años con una arrogancia
y una bizarría que las santiaguinas pudieron admirar “a su gusto” cuando el
emisario, cuatro meses más tarde, ya no era un “preso”, sino un libérrimo,
alegre y galante oficial del Ejército de los Andes, vencedor de Chacabuco.
Precedido
de dos alabarderos y escoltado por cuatro soldados y el oficial de la guardia
palatina, el emisario Álvarez atravesó los pasillos y antesalas que conducían
al gran salón; en una de sus manos enguantadas llevaba el pliego lacrado que
contenía su credencial y la copia del Acta Tucumana, y la otra apoyábala
elegantemente sobre el puño del espadín de parada que colgaba de un blanco
tahalí ribeteado de oro. La “planta” del parlamentario era atrayente y disponía
a su favor; de modo que cuando Álvarez traspuso los umbrales del salón, y
mostró su figura alta, espigada, y su faz tranquila, aunque intensamente
pálida, la emperifollada concurrencia tuvo que abandonar la sonrisita de
protectora curiosidad con que esperaba la entrada del “cuyano”. Álvarez dio un
paso adentro, detúvose, paseó la mirada, y una vez que hubo ubicado al
Presidente en su situal doselado, formuló una reverencia “de corte”, de
refinada elegancia ante la cual ninguno de los presentes pudo excusarse de
corresponder.
Avanzó en
seguida con paso desenvuelto hasta el dosel, bajo el cual Marcó permanecía
sentado, e inclinando, de nuevo, el busto, alargó el pliego; al recibirlo, el
insigne Mandatario tuvo la gentileza de sonreír, benévolo y acogedor...
La
concurrencia, a insinuación del “maestro de ceremonias”, ocupó sus asientos,
mientras el secretario de Cámara, don Juan Francisco de Meneses, rompía líos
lacres y se disponía a dar lectura a las comunicaciones del emisario;
entretanto, Álvarez permanecía de pie, enhiesto, inmutable, en espera de los
acontecimientos trascendentales que deberían desarrollarse en pocos minutos
más, y de los cuales dependería, probablemente, la integridad de su persona.
Previa
una “venia” de Meneses, que Marcó del Pont contestó con una leve mueca
sonriente, empezó la lectura, en medio de una atención y silencio profundos.
Los primeros párrafos de la “credencial” no causaron mayor extrañeza; eran de
la terminología oficial corriente para presentar la persona de un diplomático;
pero empezó cierta atención preocupante en aquello de las “represalias”, ante
cuya expresión hubo más de uno que miró al vecino “espantado” de la insolencia
del “seudo” gobernadorcillo de la otra banda; avanzaba la lectura, iba a
terminar ya, y todavía el pliego no decía nada del objeto mismo de la misión,
la que, según lo esperado por todos, ya lo he dicho, no podía ser otra que la
de proponer una obediencia y una sumisión completas al Soberano español y a sus
representantes en estos reinos.
Por lo
contrario, al final ya de la credencial, un poco antes de la firma, el
“desvergonzado San Martín” había puesto, “sin temor alguno a la ira de Dios”,
lo siguiente: “Junto con las presentes, recibirá Su Señoría una copia fiel del
Acta de la Augusta Asamblea en que el Congreso Libre de Tucumán acordó declarar
ante el mundo que las Provincias Unidas del Río de la Plata son desde aquella
fecha, independientes de la Monarquía de Fernando VII y de cualquier potencia
extranjera, lo que me piafe comunicar a Vuestra Señoría para su entendimiento
cabal”.
Si el
secretario Meneses temblaba de emoción rabiosa mientras leía este párrafo de
audacia inaudita, el Presidente Marcó del Pont iba poniéndose frenético por
momentos, lo cual contenía a; duras penas las protestas airadas que habían
empezado a elevarse entre el auditorio, y que sólo esperaban, para reventar,
que el Mandatario diera la señal con una sola palabra. Álvarez, pálido,
intenso, permanecía inmutable, cuadrado, tieso, la mira-
da en la
alfombra pero la cabeza erecta, el morrión en su antebrazo y el izquierdo
caído, sobre la línea de su pantalón.
Marcó del
Pont había retenido por más de un minuto ya los impulsos de su indignación, más
por no saber, positivamente, qué actitud tomar ante el “ultraje”, que por
dominar sus nervios; pero el tiempo de la crisis se alargaba y era necesario
abrir las válvulas de ese volcán que amenazaba estallar; manoteó, varias veces,
abrió la boca otras tantas, como para hablar o gritar, y por último, ante la
expectación ansiosa del alborotado concurso, no atinó a otra cosa que a
arrebatar los papeles de manos del secretario Meneses y estrujándolos, primero
en una mano, en seguida en la otra, y por fin en las dos, vociferó, con
entrecortado acento mientras sus labios mostraban un espumarajo amarillento:
— ¿Y esto
me traéis?... ¿esto me traéis?... (¡Ingratos.-, perjuros... desvergonzados...!
¡Mirad... mirad lo que hago con vuestros papeles!... ¡Mirad!... ¡Mirad!...
Y
apretujándolos de nuevo, rabiosamente, escupió sobre ellos su espumarajo, los
arrojó al suelo, y plantó sobre los inermes y ya estropeados papeles, su
bordada zapatilla de lama, hebillada de oro macizo.
— ¡Viva
el Rey! «— gritó el irreductible secretario Meneses, poniendo su rechoncha
persona sobre la punta de los pies y alargando los brazos sobre su cabeza.
— ¡Para
la conservación de la Monarquía del Universo! — exclamó el Canónigo Portales— .
¡Que viva!...
Un coro
sonoro, vibrante, largo, leal, respondió a esas voces enronquecidas por la
emoción tanto tiempo aprisionada. El “cuyano”, entretanto, aguantaba el
chaparrón a pie firme, sin que el más pequeño músculo de su cara revelara, ni
por un instante, una brizna de pavor, sin embargo que sabía el peligro que
estaba corriendo su persona.
Las voces
que oyó en la Sala dieron a Marcó del Pont mayores bríos, o por lo menos una
orientación más definida a sus pensamientos, y encarándose resueltamente con
Álvarez Condarco, profirióle:
— Saldrás
de aquí a la cárcel, malvado, y un consejo de guerra verbal juzgará y condenará
tu insolencia imperdonable...
— Señor —
contestó! al punto Álvarez— olvidáis que mi carácter de emisario de un gobierno
libre, da inmunidad completa a mi persona.
—
¿Gobierno?... ¿libre...? — repitió automáticamente Marcó del Pont, mirando
interrogativamente a las personas que estaban a su alrededor.
—
Gobierno libre, ¡de facto!... — respondió enérgicamente el emisario. El Derecho
de Gentes me ampara, y ante las naciones del mundo responderéis de la
integridad del parlamentario, a quien vos mismo autorizasteis para llegar hasta
vuestra presencia, y aun lo honrasteis con vuestra propia escolta.
Las
firmes expresiones y los no menos firmes razonamientos del “cuyano”, dejaron
perplejo al Presidente y aun a. los “jurisperitos” que los oyeron; el
parlamentario había sabido “dejar caer” sus palabras, sus poquísimas palabras
en el momento preciso en que se las necesitaba; si era discutible la legalidad
del “gobierno” de Cuyo, por lo menos había que reconocer que se había valido de
un emisario que sabía aplicar, oportunamente, los dictados del “moderno Derecho
de Gentes”.
— Habla
conforme a derecho, señor Presidente — dijo con serenidad el Regente de la
Audiencia, don José de Santiago Concha, en un momento en que Marcó habíase
inclinado hacia él— . Soy de parecer que Su Señoría no puede incautarse de la
persona de un emisario por más que éste sea de un gobierno que no se conoce...
— ¿Y qué
habremos de hacer con él?... — interrogó extrañado Marcó.
—
Devolverlo inmediatamente a su país — contestó el Regente — pero tampoco os lo
aconsejo, señor, hasta no averiguar algo más sobre el verdadero estado en que
se encuentran las provincias de la otra banda.
A pesar
del barullo que reinaba en la Sala, Álvarez Condarco habíase dado cuenta
perfectamente de las palabras que el Regente y Marcó habían cambiado y de la
indecisión que habían llevado al ánimo del Presidente, tan alterado un poco
antes; creyó necesario aprovechar de la coyuntura favorable y extrayendo de su
abotonadura otro pliego, lo alargó al primer Mandatario, diciéndole, con voz
insinuante, pero siempre entera:
i— Señor,
aquí tenéis unas letras que os envía conmigo, un compatriota vuestro que reside
en Mendoza al amparo y consideración del Gobierno del General San Martín...
Marcó
miró rápidamente, varias veces, al emisario, al pliego, y a los circunstantes,
antes de recibirlo y por fin lo arrancó de manos de Álvarez, sin resolverse a
pasarlo a su secretario o a abrirlo por sus manos.
— Es para
vos, personalmente — acentuó Álvarez.
— ¿¡Para
mí, personalmente?... — repitió Marcó, echando de nuevo su mirada al papel y al
cuyano. — ¿Y de quién es esto? ¿De quién es?...
— De don
Felipe del Castillo Albo, mi amigo muy amado...
El nombre
del conspicuo personaje realista produjo el efecto de un arco iris... Marcó
rompió los lacres y pasó su vista, ansiosamente, por la carta del “mártir” de
la causa real confinado en Mendoza, y rehén del Gobierno de Cuyo; mientras
avanzaba en la lectura, la faz del Presidente iba cambiando hacia la
satisfacción y hacia la placidez, y cuando levantó la vista del papel, en su
rostro apareció una sonrisa; para secundar a su Jefe, la concurrencia sonrió
también, sin saber por qué.
— Están
bien estas letras, señores — se dignó decir el Mandatario— don Felipe del
Castillo Albo, nuestro amigo, me informa de que el señor Álvarez Condarco le es
acreedor a muy estimables atenciones y que a él le debe mucho de la
tranquilidad que goza en su ya largo cautiverio. Gracias, señor de Álvarez —
continuó diciendo el Presidente, amabilísimo ya— y contad con que, mediante
esta recomendación calurosa que habéis traído, habrá de moderarse la condición
en que habría de permanecer vuestra persona durante la breve estada que me es
permitido, concederos en Santiago, vista la odiosa misión que trajisteis.
En pocos
instantes la carta de Castillo Albo circuló entre la concurrencia, en medio de
los más favorables comentarios, y cinco minutos después la situación del
enviado de San Martín era completamente distinta. Había entre los asistentes
varios parientes del desterrado, los que asediaron a preguntas al cuyano para
saber, de primera mano, las noticias más cercanas de su deudo, y hubo algunos
que pretendieron la gracia de alojar en sus casas al parlamentario, mientras
regresaba a su tierra.
i— No es
posible tal cosa— contestó al punto Marcó del Pont, al conocer la pretensión de
los parientes— no podemos olvidar que Álvarez es el enviado de un seudo
gobierno rebelde a nuestro soberano y que debe ser tratado como enemigo que es.
Respetaré su persona, cual cumple a mis antecedentes de caballero hijodalgo —
agregó, enderezando el busto majestuosamente— pero lo mantendré en la debida
reclusión, hasta su regreso. Morgado — llamó, entonando la voz— hágase cargo
Vuesa Merced del parlamentario, alójelo en su casa, con afabilidad, aseo y
cortesanía, y no permita, como es de rigor, que se comunique con nadie.
Acercóse
al grupo el Comandante de los Talaveras, formuló una elegante inclinación, a la
que Álvarez correspondió de la misma manera, y un momento más tarde ambos se
encaminaban, escoltados por un piquete, a la posada del Coronel, en donde el
parlamentario quedó instalado con la comodidad y aseo que había recomendado el
Presidente.
Cuando el
cuyano salió del salón presidencial, don Manuel Antonio Figueroa, acercóse al
Primer Mandatario y, sin mayor preámbulo, preguntóle, un si es no es molesto y
atrevido:
—
Señor, ¿y qué se hará con los papeles indignos que ha traído
ese emisario de la otra banda? ¿Acaso también queréis usar de benevolencia ante
el insulto que se ha hecho a la soberanía de nuestro amado Rey Fernando?...
— ¡Cómo!
— exclamó el Presidente— ¿creéis, por ventura, que tales desvergüenzas pudieran
quedar sin castigo? ¡Jamás! — contestó él mismo, echando un brazo de alto
abajo— . Señor San Bruno -— ordenó al Presidente del Tribunal de Vigilancia,
que permanecía mohíno y adusto tras el sillón del sitial— disponed que ese
papel del Acta de Tucumán sea quemado, con 1a. debida solemnidad, por mano del
verdugo, en plena Plaza de Armas, para que el pueblo vea cómo castigo yo a los
que intentan rebelarse contra la majestad del Rey de las Españas...
— ¡Que
viva! — gritó el secretario Meneses, empinándose de nuevo con sus brazos en
alto.
— -¡Para
la conservación de la Monarquía del Universo! — coreó inmediatamente el
canónigo Portales, desde el sillón en donde reposaba, hundida, su corpulenta
humanidad.
— (¡Loor
al muy magnífico señor Presidente don Francisco Casimiro Marcó del Pont, Ángel
Díaz y Méndez...!
Los
últimos apellidos del Mandatario quedaron ahogados por la exclamación compacta
que siguió al vibrante vítor que lanzara en su honor el auditor de guerra don
Prudencio Lazcano.
Marcó del
Pont inclinóse, satisfecho y orondo ante su amigo y admirador, repartiendo en
seguida venias y sonrisas a la entusiasmada concurrencia, la que, para
corresponderle, repitió otra vez sus aclamaciones al Presidente, a la Monarquía
y al “amado” Rey Fernando, haciendo, de paso, venturosas alusiones a la
recientemente obtenida libertad del Soberano español. Sabe el lector que
Fernando VII, después de haber estado prisionero de Napoleón, durante cinco
años más o menos, había sido reintegrado a su trono por las estipulaciones de
la “Bella Alianza”, a raíz de la derrota del Emperador francés, en Waterloo, y
de la expulsión de la Península del “intruso” Pepe Botella, que se había
proclamado Rey de España.
Era
necesario} dejar constancia fehaciente de todo lo que había pasado, a fin de
dar cuenta de ello al Virrey y a la Corte y para dar su aspecto legal a las
resoluciones que se tomaran. El Regente de la Audiencia, don José de Santiago
Concha, así lo hizo presente, “asesorando” de nuevo al Mandatario, y éste,
alzando ceremoniosamente su mano derecha, impuso silencio para dar a conocer su
resolución.
— Señor
Auditor de la Guerra — dijo, dirigiéndose a Lazcano— corresponde a Vuestra
Merced evacuar su dictamen sobre los acontecimientos que se han producido, con
motivo de la llegada de este parlamentario insurgente; sed servido de hacer
relación de ellos y de proponerme lo que se haya de hacer.
— Lo
primero — interpuso por primera vez el Presidente del Tribunal de Vigilancia,
Vicente San Bruno— lo primero es quemar este inmundo papel en la pira del
verdugo, según lo ha mandado ya el magnífico señor Presidente.
Titubeó
Marcó, puesto que faltaba, para el auto de fe, el trámite de la orden superior,
escrita y firmada, que sólo podía venir después del informe del Auditor
Lazcano; el capitán San Bruno empuñaba en su mano derecha el Acta Tucumana, y
quizás se había adelantado ya a disponer los preliminares de la ceremonia.
— Que
todo se ejecute ordenadamente, según los dictados de las ordenanzas — intervino
el Regente, cuya mala voluntad hacia el capitán San Bruno, jefe de la
camarilla, era notoria— . Que se forme sumario — continuó don José de Santiago—
y que todo se tramite conforme a derecho.
Nadie fue
osado de oponerse a lo dicho por tan alta y respetable autoridad; por el
contrario, oída la opinión de San Bruno y el interés que manifestaba por
proceder desde luego, fueron muchos los que asintieron a las palabras del
oidor, alentados, aun, por la indecisión del Presidente.
— Ya he
ordenado al señor Lazcano lo que debe hacer — determinó Marcó— entregadle los
papeles — concluyó, dirigiéndose a San Bruno— que una vez concluido el rápido
sumario y vista, no podrá demorar el cumplimiento de mis órdenes.
La misma
tarde empezó Lazcano el estudio “legal” de los acontecimientos y no demoró más
de tres horas en la redacción de su informe.
“Ese
papel, decía el Auditor, debe reputarse como un libelo infame y provocativo;
sus autores y todos aquellos que le obedecieren y toleraren, deben ser
declarados traidores y, por lo tanto, ningún leal vasallo de Su Majestad debe
tener comunicación con los tales”, que deberían ser juzgados y sentenciados por
un consejo de guerra. En cuanto al acta misma, en que se había declarado la
independencia, ella “debe ser tomada como una agresión formal, injusta, opuesta
al Derecho de Gentes y a las regalías de la Corona, escandalosa, subversiva y
ruinosa a todas las sociedades e imperios, cuya tranquilidad estaría siempre
vacilante si se permitiese a una provincia separarse de su cuerpo”. Por último,
el recalcitrante auditor Lazcano, proponía al Gobierno de Chile “que este Reyno
y todo buen vasallo debía armarse para invadir a los rebeldes y exterminarlos y
reducirlos a la obediencia”. Y como corolario del informe, y expresión final de
esa pieza jurídico-literaria, pedía, “que el libelo se quemase por mano del verdugo
en medio de la plaza principal, a presencia del pueblo y de las tropas”.
Era ya
más de la medianoche cuando el Auditor dio por terminado su trabajo y como a
esas .alturas no era posible ponerlo en manos del Presidente, tuvo que aguardar
el otro día para hacerlo, con gran sentimiento suyo, pues en su entusiasta
adhesión a la causa real hubiera querido que no demorara ni un minuto la
resolución superior.
Cuando el
coronel Antonio Morgado y su huésped prisionero llegaron a la posada,
escoltados por el piquete de tropas y por “mucho pueblo” que los había seguido
“para curiosear”, ambos entraron por el zaguán hacia la escribanía, que era en
el primer patio. La puerta del. aposento estaba cerrada y Morgado avanzó un
paso para abrir una de sus hojas; empujóla desde afuera, y formulando una
inclinación de cortesía invitó a su huésped a entrar.
— Tome
Usarced asiento y posesión de esta casa, como si fuera la suya — dijo el
español, con acento firme y leal— estará Usarced en completa libertad para
hacer lo que usted guste y puede mandar a los criados y al dueño, como sea de
su agrado...
Álvarez
Condarco, que permanecía aún de pie, agradeció, con una reverencia, las
gentiles expresiones de su huésped; parecían sinceras, y aunque su obligación
era dudar de todo en las apretadas circunstancias en que se encontraba, la
actitud del coronel realista lo dispuso en su favor.
— Una
sola exigencia le hago — continuó Morgado— ; aunque no se me ha dado
instrucción ninguna sobre la condición en que debo mantener su persona,, creo
que no debo permitir que vuesa merced se comunique con nadie extraño a esta
casa; le pido, en consecuencia, que no salga de ella...
— No
saldré ni trataré de hacerlo; ¡mi palabra de honor! — afirmó Álvarez} llevándose,
con fuerza, la mano derecha sobre el pecho.
—
¡Venga!... — dijo Morgado, ofreciendo su mano al parlamentario.
— ¡Allá
va!... — contestó al punto Álvarez.
Ambas
manos se estrecharon con un golpe cordial, y se retuvieron un instante...
De
pronto, Álvarez y Morgado se penetraron con una mirada firme, persistente,
inquisidora,.. las manos unidas se apretaron de nuevo, se sacudieron otra vez
con mayor firmeza y ambas se atrajeron lentamente hasta juntar los pechos,
hinchados por la emoción anhelante, mientras los ojos de esos dos hombres
cruzaban rayos de sorpresa indefinible... Casi juntos ya, las manos fuertemente
unidas, Morgado musitó:
—
¡Hermano!...
—
¡Hermano!... — repitió Álvarez, en idéntica forma.
— Logia
gaditana... — pronunció Morgado.
— Logia
Lautarina... — contestó Álvarez.
Morgado
echó una rápida mirada hacia la puerta, y al verla entreabierta, desprendióse
de su huésped, abrió una hoja y dijo al oficial del piquete, que permanecía, en
espera de órdenes, junto al zaguán:
— Señor
Calderón, puede vuestra merced retirar su tropa; vaya vuestra merced con Dios —
agregó, formulando un saludo militar.
Cerró
cuidadosamente la puerta, corrió el cerrojo y fuese al lado de su “hermano” que
aun permanecía de pie; ofrecióle un sillón y acomodóse a su vera, en otro.
i— Nos
encontramos en distintos campos — dijo Morgado inmediatamente— muy poco podemos
ayudarnos... Sin embargo, decidme con franqueza, si traéis otra misión que la
de hacemos conocer lo del Acta de Tucumán.
— No
traigo otra — contestó al punto Álvarez, si rio es la de saber, por mí mismo,
el estado en que se encuentra este reino su Gobierno y su Mandatario...
— ¿Qué
sabéis de todo eso...?
— Que
Marcó es odiado — dijo sin recatarse Álvarez— odiado por los patriotas y por
los realistas, y además, que es inepto.
Calló el
coronel; pero después de un instante, continuó:
— Ello es
cierto, señor Álvarez, y puedo agregaros que si Marcó no hace dejación de su
cargo, este reino está expuesto a perderse para la Corona. Yo y los comandantes
de los demás cuerpos reales, estamos dispuestos a perder la vida por nuestro
amado Monarca, pero nuestro sacrificio puede ser inútil, porque no tenemos jefe
que aúne nuestros esfuerzos y voluntades; la es-
tupida
tiranía del Presidente y de la despreciable camarilla de que
está rodeado, han hecho que la gente de pro, criolla y española, se distancie
del Palacio. Y ahora decidme, con la misma franqueza — agregó Morgado— ¿qué
tenéis en la otra banda? ¿Es verdad que en Mendoza estáis armando un ejército?
¿Y con qué elementos, si sabemos que apenas tenéis qué comer?...
A su vez,
Álvarez pensó la respuesta.
— Nuestro
Ejército — dijo pausadamente— está listo para invadir a Chile.
— No
habrá de ser por Uspallata...
-^Perdonad...
hermano... Aunque lo supiera, no os lo diría; ¡lo comprenderéis bien!
—
Sabemos, sin embargo, que San Martín ha hecho un pacto con los indios
pehuenches, para que permitan el paso por el Planchón...
— ¿Sabéis
eso?... — exclamó sorprendido Álvarez, dándole a su interrogación el más
ingenuo acento.
— Lo
sabemos todo — contestó Morgado— sabemos también que habéis encontrado las
mayores dificultades en el Gobierno de Buenos Aires para obtener armas y
pertrechos, y aun entre los mendocinos — terminó.
Álvarez
se convenció de que los realistas de Santiago no sabían nada; pero “se mantuvo
melancólico”, para no dar sospechas a su huésped.
— Sin
embargo — continuó Morgado— vosotros podríais precipitar la caída de Marcó y
ganar con ello... — insinuó luego.
El
“cuyano” se puso en guardia; veía que el Coronel de Dragones guardaba un doble
fondo, y que si éste consistía en “sonsacarle”, solamente, el español iba
descaminado. Sin manifestar mayor sorpresa, preguntó a su vez:
—
¿Ganaríamos en ello? ¿Y cómo?... Si Marcó fuere derrocado, ocuparía su lugar
otro Presidente que organizaría la defensa en forma eficaz...
— Pero
podría, tal vez, dar a los criollos la libertad que pretenden, sin derramar
sangre ni lágrimas, y trayendo la paz al reino.
Las
palabras de Álvarez abrieron a Morgado nuevos horizontes; si por el momento los
“gaditanos de Chile no podían realizar su propósito de derrocar a Marcó, ello
podía facilitarse si los “insurgentes” del otro lado ejercían una formal
presión sobre Chile.
Álvarez
se manifestó ahora sorprendido.
— ¿Y cómo
podría ser eso...? — inquirió.
— La
Constitución de Cádiz concede libertad amplia a los reinos de América — acentuó
Morgado— tanto para enviar sus diputados a las cortes españolas, cuanto para
gobernarse a sí mismos. Esa es la aspiración de la Logia Gaditana, que nosotros
queremos y habremos de realizar en Chile.
El cuyano
conocía perfectamente los ideales de los gaditanos pero sabía también que la
Logia Lautarina no los aceptaba, ni podía aceptarlos, porque los ideales de los
americanos eran la independencia absoluta y definitiva de estos pueblos, de
cualquiera potencia extranjera, por leve que fuera esa dependencia; sin
embargo, las palabras del Coronel Morgado envolvían un proyecto de
trascendencia, y era necesario que él lo conociese a fondo.
— Si “los
hermanos” de Chile quisieran declararse independientes del actual gobierno
tirano de España — dijo Álvarez— pienso que San Martín podría, tal vez,
abandonar su proyectada expedición a Chile. Y aun ayudar a que esa
independencia se consolidase.
¿Qué se
perdía con aceptar aquella ayuda de líos cuyanos? Conseguida la caída del
“capón sin cresta”, las tropas realistas podían hacer frente, con mayor
eficiencia aun, a cualquiera invasión, puesto que, suprimido el régimen de
terror en este reino, los chilenos agradecidos, no querrían tal vez, embarcarse
en nuevas aventuras de independencia, más aún si se implantaba, como querían
los gaditanos, el plan de garantías y de libertad consagrado por la
Constitución de Cádiz para el gobierno de los países de América.
Esa misma
noche se reunieron en casa de Morgado los habituales del “Mate de yerba
paraguaya”, o sean, el oidor Basso, Marquieli, Cacho y uno o dos “hermanos”
más, de los indudablemente seguros; el) dueño de casa quería que sus amigos
conocieran el huésped y, sobre todo, que supieran la gran novedad; aunque el
cuyano era enemigo, era también un “hermano”...
La
“tenida” no pudo ser más interesante, como puede suponer el lector; atrancadas
las puertas, recogida la servidumbre, previa una revisión de la posada que
practicó personalmente el dueño de casa, los cinco o seis iniciados se metieron
en un laberinto de combinaciones y de proposiciones, a cual más atrevida, para
encontrar la manera de llevar a la práctica el único objetivo que era, lo
sabemos ya, el derrocamiento del Presidente Marcó. Por cierto que esa noche no
se llegó a nada concreto, y a eso de la medianoche todos se retiraron a su
olivo “acordados” en reunirse los días siguientes, previo aviso de Morgado^ que
era algo así como el venerable maestre...
Cuando se
retiró el último, Morgado acompañó a su alojado a la alcoba que le tenía
dispuesta, y antes de darle las buenas noches, díjole:
— Señor
Álvarez, si necesita vuesa merced cualquier cosa, no tiene más que tocar esa
campanilla; ahí fuera está el negro Juan Ronquillo, su sirviente, que acudirá
en seguida. Que vuesa merced descanse, que harto lo ha menester.
Se
despidieron con un “casi” abrazo, y un momento más tarde había en la amplia
posada un absoluto silencio.
Álvarez
fuése a la puerta, revisó sus cerrojos, la atrancó, echó una mirada a su
alrededor, examinó los muebles, miró un poco debajo de la “cuja” y se dispuso,
por último, a echarse, desabrochando lentamente su dormán, mientras su mente
recorría los variadísimos incidentes de ese día memorable. Ya “en mangas”,
extrajo de uno de los bolsillos del dormán un cuadernillo, sentóse frente a la
mesa colocada al centro de la habitación, y empezó a escribir, llenando, en
pocos momentos una página entera con “garabatos” ininteligibles. Absorto en su
tarea, que debía ser importante dio con la pluma fuera del tintero e
inconscientemente alzó la vista... La cortina de la alacena, situada en el
rincón del frente, pareció moverse... Álvarez sintió una corazonada, pero retuvo
un impulso; entintó tranquilamente la pluma y continuó en sus jeroglíficos,
adoptando lentamente una postura que le permitía observar de reojo hacia la
alacena; mantúvose un minuto en esta observación y quedó convencido de que tras
de la cortina había una persona. El caso era comprometido; esa persona no podía
ser sino un espía; no era posible pensar que Morgado, cuyas palabras de lealtad
aun resonaban en sus oídos, hubiera puesto allí un asesino; sin embargo,
Álvarez quiso estar en situación de defender su vida; no había venido él para
ser sacrificado como un conejo en una trampa.
Alzóse
rápidamente de la silla, echando mano a sus pistolas que traía a la cintura...
pero antes de que pudiera apuntarlas hacia la alacena, la cortina se abrió en
dos y un hombre alzó las manos y dijo, con voz sigilosa y sonriente faz:
— ¿No me
conoces?... — continuó el sujeto, sin moverse de Álvarez, paralizado por la
sorpresa, clavó la mirada en el rostro del “aparecido”.
— ¿No me
conoces?... — continuó el sujeto, sin moverse de su sitio y sin cambiar de
actitud. — «¡Fíjate bien!... ¡Fíjate!...
—
¡Manuel... Rodríguez!...
— ¡El
mismo!... Pero quita esas pistolas, “no sea cosa” que se te vaya a salir el
tiro.
Álvarez
dejó las armas sobre la mesa, y ambos hombres se echaron los brazos.
— ¿Pero
cómo estás aquí? — inquirió el parlamentario, sin salir todavía del asombro que
le producía tal audacia— . ¿Cómo has podido meterte en esta casa, y en esta
alcoba, sin que te hayan visto?...
— Ya te
lo contaré algún día — contestó Manuel Rodríguez— déjame sentarme, primero,
porque estoy que me caigo de haber estado haciendo fuerza en ese maldito cajón
desde las nueve de la noche. Por ahora, lo que apura es que me digas si
necesitas algo, un “chasque”, un mandado, un recado en fin que te saque de
algún compromiso...
—
Hombre... no lo he pensado; no me figuraba jamás que podría encontrarte en
Santiago, ni menos hablar contigo...
— ¿No
quieres “arrancarte”...? Lo tengo todo arreglado para que salgas en este mismo
momento de Santiago, y para dejarte sano y salvo en la otra banda.
— No, no
— contestó al punto el cuyano— . Tengo mucho que hacer aquí todavía, y me
encuentro bien entre estos godos...
—
¡Hombre!... y yo que me encuentro tan malí Te han tratado muy bien, según he
visto.
—
Admirablemente, y creo que voy a matar dos pájaros de un tiro...
— Ándate
con tiento, cuyano, que estos godos del diablo son muy traicioneros; lo único
que nos favorece es que algunas veces se ponen más tontos que un par de viejas.
Bueno, ¿y en qué te puedo ayudar?
— Por
ahora no se me ocurre; quién sabe si mañana...
—
¿Mañana...? ¡Quién sabe dónde estaré yo mañana! Esta misma noche tengo que
llegar a Talagante, para verme con Pedro Ramos, que me espera allí, y no sé si
podré volver a Santiago o tendré que irme a San Fernando, para hacerle una
jugada a Quintanilla que ha salido a buscarme, y a traerme vivo o muerto...
¡Pero cuéntame algo de lo que pasa por tu tierra y de lo que ha ocurrido aquí,
para saber en qué puedo ayudar!
Álvarez,
tranquilo ya, comunicó a Manuel Rodríguez las peripecias de su viaje y de su
“recibimiento” en Palacio, y especialmente las expectativas que tenía de
convencer a su huésped y a los “gaditanos” de que debían derrocar a Marcó, y
declararse independientes del Gobierno de España, revelándose, al mismo tiempo,
la existencia en Santiago de la asociación secreta de realistas que trabajaba
por realizar ese proyecto.
— No les
creas mucho a esos maturrangos — había interrumpido varias veces el
guerrillero— no sea cosa que te estén echando un anzuelo.
— En todo
caso gano tiempo para tirar bien mis líneas y salir por pies de este berenjenal
en que me ha metido San Martín — contestó por fin Álvarez Condarco— . Y se me
ocurre ahora que, si puedes, estaría bueno mandar a Mendoza un chasque para
avisarle al General que mi situación es buena hasta hoy y que llevaré lo que me
ha encargado, si es que mi buena estrella continúa.
— ¿Y por
qué no le mandas, también, algo de lo que ya tienes. .. por si los godos no te
dejaran regresar?... ¡Hay que ponerse en todos los casos!
Lo pensó
un momento Álvarez y arrancando algunas hojas escritas de su cuadernillo las
envolvió en un papel, aplicó una “oblea” y se las entregó al guerrillero.
— Van en
clave — díjole— y tengo copia... ¡aquí! — terminó, señalando su cabeza.
Se
estrecharon nuevamente en los brazos y se separaron. Rodríguez apagó la vela de
un soplo, se dirigió a la puerta y salió, sin que Álvarez supiera hacia dónde.
Las
reuniones de los “gaditanos” con el enviado de San Martín, continuaron en el
mismo terreno durante tres días, y por más que se discutía y se formulaban
proposiciones por ambas partes, no se llegaba a ninguna conclusión concreta.
Los realistas estaban convencidos, por una parte, de que las fuerzas de San
Martín eran insignificantes para secundar un movimiento de los realistas
santiaguinos y, por otra parte, no les inspiraban suficiente confianza las
promesas del argentino, quien no les daba garantía alguna, con su sola palabra;
trepidaban, pues, en aceptar la idea de un pronunciamiento para declararse
independientes de la Corona, como se los proponía Álvarez, y ellos, a su vez,
proponían que los insurgentes principiasen por “pasarse” al ejército realista
chileno, sobre la base del reconocimiento de sus empleos y de la libertad
absoluta para, gobernarse, bajo la autoridad del Monarca español.
Entretanto,
desde el día siguiente al “recibimiento” del parlamentario, y desde el momento
en que recibió el informe del Auditor Lazcano, el Presidente Marcó habíase
preocupado de que el Consejo de Guerra se pronunciase sobre lo que debía
hacerse con la persona del emisario de Cuyo; ya sabemos que el destino del Acta
Tucumana era ser quemada públicamente por mano del verdugo.
El
Consejo pudo pronunciar su veredicto sin mayor demora; pero tocaba la
casualidad de que formaban parte de é] Morgado, Marquieli, Cacho y dos
militares más de graduación inferior; sabemos que los tres nombrados eran
“hermanos”, y sabemos -también que los tres estaban en “tratos” con el
parlamentario... No extrañará entonces el lector que el pronunciamiento del
Consejo se retardase, con gran extrañeza de todos los realistas y, muy
especialmente, de la camarilla, deseosa como estaba su jefe, San Bruno, de realizar,
cuanto antes, el público escarmiento. A las preguntas que muchas veces se
dirigieron a los Consejeros de Guerra sobre esta inusitada demora en un
pronunciamiento “tan de cajón”, contestaban que el fallo “saldría en poco más”.
Marcó no
era de los más pacientes en esta espera, y la noche del 12 de diciembre,
durante la tertulia de Palacio, oyó que San Bruno le dijo, en un momento en que
el Presidente estaba casi solo, cercano a la ventana esquinera de la Plaza:
— Señor,
tengo conocimiento de que en el Consejo de Guerra se habla de cualquier cosa,
menos de lo que tiene entre manos, y sospecho que esta dilación en el
pronunciamiento de una cosa tan sencilla, obedece a algo que por el momento no
puedo explicar a Vuestra Señoría con la claridad que sería menester.
— No os
entiendo bien, San Bruno — contestó Marcó, arqueando un brazo sobre su esbelta
cintura— ¿qué sospecháis... ? Decídmelo claro.
— ¿A qué
ha venido ese parlamentario?... — preguntó el Talavera, con entonación
indefinible— ¿a comunicaros esa declaración de independencia que ya conocíamos
de sobra?... ¿A nada más ha venido?...
El
Presidente miró a los ojos a su terrible interlocutor, y una violenta sospecha
iluminó de pronto su cerebro.
— Tenéis
razón — exclamó— ¡es un espía!
— ¡Y los
espías del enemigo, en tiempo de guerra, deben ser ahorcados! — profirió San
Bruno.
— ¡Sí! —
confirmó el Presidente— ¡ahorcados!... ¡Pero no! — rectificó— a éste lo ampara
el Derecho de Gentes; ¡no!... «¡Este es un parlamentario!...
— ¡Sí!...
Porque éste no es parlamentario, sino espía vulgar. ...
Marcó se
llevó un dedo a la nariz, en actitud de reflexión.
— ¡En
efecto!.,. Parece espía... ¡no! — dijo, por fin— ¡quiero ser magnánimo!... Lo
despacharé mañana mismo a su tierra. ¡Quedáis encargado de cumplir ésta, mi
orden suprema, definitiva e irrevocable!...
Y dando
la espalda al capitán San Bruno, se retiró hacia el grupo de cortesanos que
tenía más cerca.
Apenas
hubo dado unos pasos, volvió, y dijo al Talavera:
— Cuidad,
eso sí, de que sea tratado a su regreso, con afabilidad, aseo y cumplimiento;
pensad — agregó a media voz, en que ese San Martín puede tomar represalias en
las personas de nuestros compatriotas que gimen allí, en el cautiverio...
Al otro
día, 13 de diciembre, por la mañana, un oficial de Talavera, al mando de
veinticinco hombres, se presentó en casa del Coronel Morgado, llevando un
pliego que, manifestó, debía entregar personalmente al parlamentario allí
hospedado; llevado al aposento de Álvarez Condarco, inclinóse ante el cuyano, y
le dijo:
— De
orden de Su Señoría, el muy ilustre Presidente, me pongo a vuestra disposición
para, escoltaros hasta la frontera; debéis salir inmediatamente; os obsequio el
plazo de diez minutos para que recojáis vuestras ropas. Tampoco puedo
permitiros que os comuniquéis con persona alguna...
— Estoy a
vuestra disposición, señor oficial.
Antes de
los diez minutos, el parlamentario y su escolta atravesaban el puente de
Calicanto en dirección a la Cuesta de Chacabuco; bien pocas personas se dieron
cuenta de que en ese grupo de soldados iba el parlamentario cuyano que el
pueblo de Santiago había visto llegar precedido de trompetas de plata, cuatro
días antes.
Ese mismo
día, 13 de diciembre, “a las seis y minutos, en la Plaza Pública de esta
capital y a presencia de la tropa que en ella formaba un hermoso y respetable
cuadro de un número considerable de personajes y gente lucida, leí y publiqué,
por voz de pregonero el Acta de Tucumán y el decreto del muy ilustre señor
Presidente de este Reyno, referente al dictamen del señor Auditor de Guerra,
hecho, tiré al suelo la susodicha Acta y el señor Mayor de Plaza mandó al
verdugo la tomase y que manifestándole al público, la entregase a las llamas,
como lo hizo, estando a este fin, anticipada la hoguera de incendio en que se
consumió. Todo fue hecho ante mí. — Ramón de Rebolledo, escribano
de Gobierno.”
El 21 de
diciembre llegaba Álvarez Condarco a presencia de San Martín y le entregaba
todos los apuntes que en el camino de ida y regreso había tomado para señalar
el trayecto que debía seguir el Ejército de los Andes desde Mendoza a
Chacabuco.
§ 4. Un
duelo del guerrillero don Manuel Rodríguez
(1816)
La
proximidad del paso de los Andes por el Ejército chileno-argentino que se
alistaba en Mendoza para caer sobre Chile, había puesto en movimiento las
montoneras que Manuel Rodríguez y su ayudante Neira comandaban por los campos
de Colchagua, y cuyas correrías tenían loco al Gobernador don Francisco
Casimiro Marcó del Pont, Ángel, Díaz y Méndez, caballero de San Hermenegildo y
Benemérito de la Patria en grado Heroico y Eminente — que tales apellidos y
títulos eran los que ostentaba, de diario, el Presidente de este Reino como un
medio de hacerse admirar venerar y temer por sus vasallos.
El plan
del guerrillero era, lo sabemos todos, despistar a los realistas sobre el
verdadero camino (pie iba a seguir el Ejército de San Martín para llegar a
Chile, a fin do que el ejército Real dividiera sus fuerzas en los distintos
pasos cordilleranos de la región central y aun distrajera fuerzas en perseguir
a las montoneras que asaltaban villas, haciendas y propiedades en los valles
adyacentes.
Algunos
perjuicios habían hecho las montoneras, a principios de diciembre de 1816 en
los fundos cercanos a Rancagua, y mientras el Coronel Quintanilla perseguía a
aquellos fantasmas que después de sus depredaciones se esfumaban en las
sombras, el guerrillero había emprendido su marcha hacia las cercanías de la
capital para ver modo de echarle otro susto a Marcó del Pont, en sus propias
narices. Acompañado solamente de su asistente, Rosario Mardones, llegó hasta la
ribera sur del Maipo; descansaban allí, esperando el momento oportuno para
cruzar el río, cuando divisaron a dos jinetes que avanzaban “al tranquito”
hacia donde ellos estaban; ocultándose detrás de unas peñas para examinarlos
mejor, pero al tenerlos cerca, el asistente Mardones dijo a su amo:
-¡Si es
mi compadre Galleguillos, patroncito!... ¿No se acuerda que alojamos una noche
en su casa allá en Las Pataguas, cerca de Los Cauquenes?...
En pocos
momentos, los cuatro estuvieron juntos, y luego la conversación se enrieló
hacia el tema que era obligado cuando Rodríguez se reunía con sus conocidos: el
exterminio de los godos que tenían esclavizada a la patria. Pronto supo que los
viajeros venían de Melipilla, y que allí habían sabido que el gobernador del
pueblo, por orden de Marcó del Pont, había impuesto muchas contribuciones a los
patriotas para armar el ejército real, y que toda la plata la tenía guardada en
su casa. La idea del guerrillero fue rápida.
— ¿Vamos
a quitarle la plata al godo?...
— ¡Y qué
nos demoraremos en llegar a Melipilla, pues, patrón! — opinó Mardones, dando un
latigazo a su caballo.
Cruzaron
el río por el vado de Naltagua, y fueron a pernoctar en el caserío llamado Lo
Chacón, situado cerca de la aldea de San Francisco del Monte. Rodríguez tenía
allí un “amigo”, llamado José Guzmán, y pasó a convidarlo; una hora más tarde,
galopaban todos hacia el Paico, lugar en donde iban a empezar el desarrollo del
plan que se había formado el guerrillero. Antes de seguir adelante, voy a
apuntar los nombres de los “rotos” que se juntaron al guerrillero a la orilla
del río: son Ramón Paso y Lorenzo Galleguillos.
Los
asaltantes iban lo mejor armados que era posible en personas que no habían
pensado en asaltar a nadie; el guerrillero, dos pares de pistolas, un sable y
una daga; su asistente Mardones, cuchillo y tercerola; Paso, un cuchillo, y un
“cortaplumas”; Guzmán, un sable, y Galleguillos, un cuchillo machete y un
rebenque con “alma” de fierro.
Pero
estoy viendo, señores, que la relación se me tuerce de su objeto principal;
quiero contar el duelo que tuvo nuestro guerrillero, algunos días después de
este audaz asalto, y noto que aun no salgo de los preliminares de la acción.
Corrijo la digresión y solo para no interrumpir la unidad del relato, voy a
agregar en este párrafo que el guerrillero se instaló medio a medio del camino
Real, “atajó” a cuanto huaso venía o iba para Melipilla, y cuando ya tuvo unos
ochenta, los “convidó” para apoderarse de la villa y repartirse de todo el
dinero que “los sarracenos habían robado a los chilenos” y que lo tenían
guardado allí. A un grito de ¡viva la Patria!, arrancaron todos, armados con
palos, picanas, chuzos y hasta piedras, y con el guerrillero a la cabeza,
penetraron en aquel pueblo a las nueve de la mañana, en medio de un chivateo de
todos los diablos; apresaron al gobernador don Julián Yécora, le obligaron a
entregar dos mil pesos que era lo único que había en caja, y después de
muchísimos vivas, se instalaron en la Plaza, y allí Manuel Rodríguez hizo la
más equitativa repartición de la plata, dejándose para sí sólo cinco
“narigonas”, siendo que el que menos, recibió la cantidad de veinte onzas. Un
restito que quedó en una bolsa, fue tirado “a la chuña” y disputado por el
populacho “a patá y combo”.
Una vez
que Manuel Rodríguez hubo celebrado varias conferencias con los patriotas
melipillanos, dio la orden de retirada, que en realidad fue de desbande, porque
todos los huasos quisieron ponerse a salvo de las represalias que no tardarían
en producirse a la llegada de una partida do veinticinco Talaveras que habían
salido a revienta cinchas de la capital, cuando allí se supo la noticia del
audaz asalto de la montonera.
Al
retirarse, a su vez, supo Manuel Rodríguez que en las casas de Codegua había un
teniente español que “veraneaba” allí con su asistente, y no quiso dejarlo a su
espalda. Acompañado de sus cuatro amigos y de unos cuantos huasos que aun no se
habían retirado, presentóse en aquel fundo e intimó prisión a los militares. El
oficial don Manuel Terreros tuvo que darse preso y al! poco rato caminaba, con
su asistente al centro del grupo de sus captores en dirección a la hacienda de
Chocalán, en cuyas serranías el guerrillero y sus amigos tenían seguro refugio.
Mientras
los soldados de Marcó del Pont recoman los alrededores de Melipilla en
persecución de los asaltantes de ese pueblo, Manuel Rodríguez y los suyos
vagaban por los montes y laderas de las haciendas de Culiprán, Santa Rosa y San
Vicente, soportando con ánimo entero la fatiga y el hambre; alguna vez cazaban
algún pájaro cuya carne les servía paria “engañar a las tripas” y sólo una vez
tuvieron la alegre esperanza de comer un asado de cabro, mediante las audaces
andanzas de Galleguillos, que logró echarle el lazo a un animal de éstos, que
se había extraviado de su manada; pero la mala suerte de los prófugos fue tal,
que no pudieron comer la carne porque el cabro era chivato viejo.
Parecía
difícil que los montoneros pudieran burlar por más tiempo a sus perseguidores;
sus cabalgaduras estaban tan estropeadas por aquellas penosas caminatas, a
través de los ásperos pedregales y de los sinuosos repechos que podían
considerarse inutilizadas sin un descanso más o menos largo, y era inútil
pensar en esto; llevaban, además, a los dos prisioneros que en esas condiciones
eran un verdadero estorbo para continuar la fuga. Muchas veces Rodríguez se
sintió pesaroso de haberlos aprehendido.
Una
tarde, después de haber “siesteado” para olvidar las penurias, se notó la
desaparición del asistente prisionero; Manuel Rodríguez temió por la seguridad
de sus compañeros y por la suya propia, al pensar que, el prófugo podía
encontrar a los soldados perseguidores, e informarlos de la pista que seguían
los montoneros.
— Venga
usted aquí — ordenó al oficial Terreros— y dígame pronto hacia dónde se ha
fugado su compañero.
— No lo
sé, señor mío — contestó con sequedad el oficial.
— Sí que
lo sabe — afirmó Rodríguez— y me lo va a decir inmediatamente, si no desea que
tome represalia en usted.
— Puede
usted tomar la que sea de su agrado — respondió con firmeza el prisionero—
puesto que en su poder estoy, inerme y enfermo, que todo vejamen espero de
tropas irregulares como las que usted manda.
Efectivamente,
el oficial, sea porque realmente estaba enfermo o porque se encontrara
debilitado por la penosa marcha de la montonera, o porque deseaba ganar tiempo
para que los suyos alcanzasen a los fugitivos, había adoptado la actitud de
caminar con una lentitud desesperante desde el segundo día de ser tomado
prisionero.
Al
escuchar las últimas palabras del oficial español, Manuel Rodríguez avanzó
nerviosamente hacia él, y levantó la mano empuñada.
—
¡Golpéeme usted, máteme usted! — vociferó el oficial, al ver la actitud
amenazante del guerrillero— agregue a la patria que usted defiende, un galardón
más, ultimando villanamente a un caballero...
Rodríguez
no se atrevió a descargar el golpe, bajó el brazo, echóse lentamente ambas alas
del poncho sobre los hombros, una en pos de otra, puso los brazos en jarra, y
dijo, tranquilamente:
— Yo
también soy un caballero, tal vez más que usted, que es un desconocido; pero
voy a creer a su palabra. ¿Cómo quiere usted que lo castigue? ...
—
¡Castigarme!... ¿Y por qué?
— Por
haber insultado a la patria y a uno de los jefes de sus ejércitos, que soy yo.
—
¿Usted?... ¡Calle, hombre!
— Usted,
señor oficial Terreros, se encuentra delante del coronel don Manuel Javier
Rodríguez y Ordoiza, quien tiene la bondad de concederle la elección del
castigo que merece su complicidad en la fuga de un prisionero y la insolencia
de sus palabras; pero si usted rechaza este beneficio, me veré en la necesidad
de matarlo como a un perro, o como a un traidor, por la espalda — No merezco
morir de ninguna de esas maneras; soy caballero y debo morir como tal, porque
respondo de mis palabras y de mis actos, y cuando se me provoca e insulta,
respondo, si está en mi mano.
— Supongo
que no tiene usted armas — dijo Rodríguez.
— Si las
tuviera, no estaría prisionero — contestó el oficial español.
— Pues
aquí tiene usted una pistola — dijo el guerrillero, desprendiéndose de una qué
llevaba a la cintura, y alargándosela por el cañón, al prisionero— . Téngala en
esa misma posición hasta que yo le avise, y tome distancia!, luego, diez pasos.
Vaciló el
español, pero al notar la sonrisa despreciativa del guerrillero, contestó con
energía:
—
¡Acepto!
Y empezó
a medir los diez pasos, dando una media vuelta.
— ¡Pero
qué es esto, patrón! — exclamó en voz baja y emocionada, el asistente Mardones,
acercándose al guerrillero, que ya tenía en su mano la otra pistola.
— ¿No lo
estás viendo?... Nada de particular; ¡un godo menos! ...
— ¡Pero
así no se hace, pues patrón!... — contestó Mardones, en son de cariñoso y
respetuoso reproche.
— Cállate
y anda a ponerte al lado del godo — mandó Rodríguez— para que no vaya a hacer
alguna traición.
De un par
de saltos estuvo Mardones junto al oficial Terreros, sin comprender todavía
cómo iba a batirse su amo en tales condiciones y circunstancias. Los demás
montoneros, que habían presenciado casi toda la discusión, se mostraban
espantados también, al ver la inaudita imprudencia del guerrillero, y sin
atreverse a intervenir, porque Rodríguez los había dejado inmóviles con una
mirada.
Terreros
había andado ya los diez pasos y se había detenido, enhiesto, siempre vuelto de
espaldas. El asistente Mardones lo vigilaba sin quitarse de su lado.
—
Vuélvase usted de frente, y dispare cuando guste — mandó Rodríguez— que yo
dispararé después de usted.
Terreros
levantó el brazo armado e inició, lentamente, el movimiento del busto.
—
¡Mardones, quítate de ahí!... — ordenó Manuel Rodríguez, con voz estentórea, al
ver que su asistente permanecía, sin dar muestras de querer retirarse, al lado
del español.
Vaciló un
segundo el “roto” pero al encontrarse con la terrible mirada con que su amo le
conminaba, hizo un rápido y extraño movimiento con su brazo derecho y se tiró
al suelo... Casi en el mismo momento el oficial español levantó ambos brazos,
enarcó las espaldas y se desplomó hacia atrás, azotando, al caer, la cabeza
sobre una piedra.
—
¡Asesino... qué has hecho! — gritó estupefacto el guerrillero; e
inmediatamente, echando a correr hacia donde yacía su rival, descargó su
pistola sobre el asistente.
— ¡Qué
has hecho!... ¡Qué has hecho!... — repetía, contemplando el cadáver de Terreros
que se desangraba por la ancha herida en el abdomen.
Mardones,
entretanto, se revolcaba en tierra, procurando contener la sangre que brotaba,
renegrida, de una de sus pantorrillas, a donde había penetrado el proyectil que
le disparara su amo en un momento de exasperación.
Un rato
más tarde, Manuel Rodríguez y sus tres compañeros daban caritativa sepultura al
cadáver del infeliz oficial y se dirigían a montar sus jamelgos para continuar
su penosa fuga.
—
¡Patroncito... perdóneme, señorcito, por Diosito!... — oyó que le suplicaba
Mardones, que había llegado hasta él, arrastrando la pierna herida, para
sujetarle la rienda del caballo— ¿cómo iba a dejar que ese godo pudiera
matarlo, a su merced, por la pura alberja, cuando su merced
hace tantísima falta?...
Quizá en
ese momento comprendió el impetuoso guerrillero que se había dejado arrastrar
por una imprudencia loca, al exponer fanfarronamente su vida, en desmedro de
los intereses de la patria.
§ 5. Un
militar y un guerrillero
(1816)
Con la
llegada del general don Antonio Pareja a las costas chilenas, en 1813, empezó
la verdadera guerra de la independencia; el general español traía terminantes
instrucciones del virrey del Perú, don Femando de Abascal para organizar
militarmente a los residentes españoles de Chile y emprender la tarea de
recuperar el gobierno de ese país, que había salido de las manos de los
representantes del Monarca mediante los acontecimientos de 1810.
Tan
pronto como el general Pareja se posesionó de la ciudad de Concepción recibió
el homenaje de adhesión de los numerosos realistas que allí soportaban la
presión de Martínez de Rozas y de O’Higgins; entre esos realistas había un
joven de veinticinco años, empleado en la casa de comercio de uno de sus
parientes, los Mansilla Quintanilla, familia que durante un par de siglos había
ejercido notoria influencia social, militar y comercial en todo el sur de
Chile. El fundador de esta familia, según el Reverendo Padre franciscano fray
Luis Mansilla Vidal, en su interesante Relación Genealógica de
las familias de Chiloé, fue don Mateo Mansilla Quintanilla, vecino de León,
España, que llegó a Osorno en 1590.
El joven
a que me he referido y que ofreció desde el primer momento sus servicios al
general Pareja para restablecer el dominio del monarca español en Chile, fue
don Antonio de Quintanilla y Santiago, cuya actuación inmediata y posterior en
los hechos de armas de la campaña de la reconquista iba a tener una señalada
caracterización, especialmente como último gobernador español de la isla de
Chiloé.
El
general Pareja aceptó desde luego los. servicios del joven y animoso soldado,
le confirió el empleo de capitán de las milicias de caballería y lo llevó a su
lado en calidad de ayudante de campo en la primera campaña hasta el sitio de
Chillán. La proeza del capitán Antonio de Quintanilla fue un asalto a la
división del coronel patriota Luis de la Cruz, en la madrugada del 1º de julio
de 1813, en el cual obligó a rendirse a este jefe. Posteriormente, nombrado
gobernador de la plaza de San Pedro en la ribera sur del Biobío, hizo mil
correrías afortunadas y en marzo de 1817 sorprendió durante una noche, las
caballadas del ejército patriota”.
Con la
llegada del brigadier don Mariano Osorio, el capitán Quintanilla fue colocado a
la cabeza del cuerpo de carabineros reales con el grado de teniente coronel y
en esta condición se encontró en la batalla de Rancagua — que consumó la
reconquista de Chile— y entró a Santiago al frente de sus tropas vencedoras.
Pasados
los períodos de angustias para los vencidos patriotas, y cimentado nuevamente
el régimen monárquico por la fuerza y la opresión brutal de individuos como
Marcó del Pont y San Bruno, empezaron a diseñarse en la penumbra, en el caos de
la catástrofe de la Patria Vieja, figuras estupendas como la de Manuel
Rodríguez, que con sus audacias increíbles llevaban un rayo de esperanza,
aunque remota, a los angustiados mártires de la libertad.
Los
campos de Melipilla, de Colchagua, de Maipo, de Chacabuco, de Talca, se sentían
estremecidos por una noche de rebelión que atravesaba sorpresivamente dejando
tras de sí el pasajero resplandor de un aerolito que se hunde luego en los
espacios insondables de lo desconocido. Las bandas de Manuel Rodríguez eran
intangibles; pero sus efectos eran reales y a veces tremendos. Los nombres
pavorosos del bandido Neira, del tuerto Tapia y del “Pelao Cavieres” se
barajaban en los consejos de palacio como si se tratara de portentosos
generales de grandes ejércitos que obedecían a la voz del guerrillero jefe,
otro “bandido insurgente”, digno, como aquéllos, de la más vil horca.
Había
necesidad urgente de atrapar a esos “malhechores audaces” que perturbaban “la
felicidad de los buenos y leales súbditos de Chile” y para esto, la autoridad
realista tenía que recurrir a sus mejores jefes. Uno de éstos fue el teniente
coronel Quintanilla; las órdenes eran terminantes y terribles: fusilar sin
término de proceso a cuantos insurgentes encontrase.
Quintanilla,
al frente de los mejores soldados de su escuadrón de carabineros, partió hacia
los campos de Colchagua, donde actuaba, según noticias de las autoridades, el
guerrillero jefe Manuel Rodríguez.
Ocho días
iban a cumplirse desde que el jefe español había llegado al pueblo de San
Femando y aun sus tropas, diseminadas en partidas por los distintos caminos y
parajes de la provincia, no habían tenido ocasión de encontrarse con las
“bandas” de Neira y del “pelao” Cavieres. Tampoco se había oído decir que estas
bandas hubieran cometido sus acostumbradas depredaciones en las haciendas de
los realistas, ni que siquiera se las hubiera visto. Quintanilla, atento, en
San Femando, al menor aviso, tenía bajo su inmediato mando un pelotón de quince
soldados con el fin de lanzarlo donde fuese necesario para apoyar la acción de
las patrullas que recorrían los diversos sectores.
Una
tarde, mientras paseaba en compañía del corregidor Fernando, por los corredores
de la casa que le servía de cuartel, le avisó un soldado que un campesino de
Requinoa quería hablarle.
— ¿No ha
dicho quién es y qué desea? — interrogó Quintanilla.
— Es un
tal Pedro Jiménez, y dice que es “sirviente” de don Toribio Larraín...
— ¿Es
tartamudo?... — intervino el corregidor.
— Como
que se demora tres padrenuestros para dar los buenos días — contestó el
soldado, que debía ser andaluz.
— Pues
entonces es el mismo — dijo el Corregidor— . Es el sirviente de confianza del
Marqués Larraín y “de juro” que le manda a su merced algún recado. Es un buen
hombre, yo lo conozco mucho,
— Éntralo
hasta aquí — dijo Quintanilla al soldado— y vete a ver si viene acompañado.
A los
pocos minutos estaba delante del jefe español el tartamudo Pedro Jiménez, con
el sombrero en la mano y haciendo esfuerzos por pronunciar un saludo.
— Güeñas
tardes, mi caballero y... y compañía; yo... o... vengo del... a Re... equingua,
pa...ecile que mi pa... a ... troncito... don José Toribio le manda decir que
pase muy güeñas tardes con la co... compañía...
— Bueno,
bueno, Pedro Jiménez — interrumpió el Corregidor — da tu recado al señor
Quintanilla lo más corto posible, porque se necesita harta paciencia para
escucharte.
— Déjelo
usted, señor Corregidor — intervino el bondadoso militar— déjelo que se
tranquilice y que me dé el recado del señor Marqués, lo mejor que pueda. A ver,
Jiménez — dijo, dirigiéndose cariñosamente al mensajero— ¿qué me manda decir mi
señor don Toribio?
— Ma...
anda decir mi patroncito, q... ue se ha oído decir que esta noche van a saltiar
las casas de la Requinoa, los de la banda de ño Neira.
— ¿Esta
noche?... — exclamó Quintanilla, acercándose a Pedro Jiménez, como queriendo
arrancar las palabras y hasta el pensamiento del humilde campesino.
— Así
dicen, mi caballero — terminó Jiménez— . Su merced sabrá lo qui hace...
Quintanilla
tomó inmediatamente su resolución y llamando a! sargento de guardia le ordenó
alistar diez hombres para que partieran junto con él al sitio amagado.
Interiormente le halagaba la idea de que en la partida asaltante pudiera ir
Manuel Rodríguez, a quien tenía vivos deseos de conocer y echarle el guante.
Diez
minutos más tarde partía Quintanilla con sus diez hombres, en dirección a la
Requinoa, a! galope tendido de sus magníficos caballos; Pedro Jiménez, montado
en un jamelgo de edad venerable, siguió cuanto pudo el rápido tren de los
soldados, pero a la vuelta de un recodo su caballo tropezó y se dio unas
cuantas vueltas por el santo suelo. Los soldados de Quintanilla lanzaron una
carcajada y continuaron su galope, mientras el infeliz mensajero se incorporaba
medio aturdido y cubierto de polvo.
Lejos
iban ya los soldados españoles cuando Pedro Jiménez dio por terminado su aseo y
el de su caballo... Trepó de un salto sobre la montura y torciendo riendas se
volvió hacia el pueblo.
Tocaban a
“ánimas” las campanas de la parroquia cuando penetraba por la calle principal
de San Femando, el 22 de junio de 1816, una partida de irnos treinta huasos
bien montados, y se dirigía al trote largo hacia el cuartel; mitad de la
partida quedó a caballo a la puerta; los demás se desmontaron y penetraron; los
cinco soldados españoles, que estaban en la cuadra imposibilitados para hacer
resistencia, fueron amarrados de pies y manos y amordazados y encerrados en un
calabozo. Al tiempo de retirarse los asaltantes, uno de ellos dejó un papel
escrito en un sitio visible previniendo a los prisioneros que entregasen el
papel a su jefe Quintanilla, cuando regresara.
Momentos
más tarde la montonera asaltaba y saqueaba los negocios y casas de los
españoles de San Femando, en medio de una batahola de gritos y de disparos que
hicieron ocultarse a la población en lo más profundo de los escondrijos de sus
casas. Una hora más tarde, la montonera anunciaba su retirada haciendo disparos
a todo correr de sus cabalgaduras por la calle principal y por el camino a la
cordillera.
Ni un
solo ruido se oía en el pueblo cuando corea de la medianoche, Quintanilla y los
suyos regresaron de la Requinoa; llegaron al cuartel y con gran sorpresa vieron
que nadie acudía a recibirlos; que las puertas estaban abiertas y que todo
estaba en desorden.
Quintanilla
— que volvía de mal humor, porque en las casas de la Requinoa no encontró al
marqués Larraín ni a persona de la familia, y nadie tenía noticias, siquiera de
tal asalto proyectado para esa noche— sintió un estremecimiento nervioso al
notar la soledad del cuartel); pensando estaba en el canalla del falso Pedro
Jiménez, en su simplicidad, en su mal caballejo, y en su porrazo, cuando un
soldado, varios soldados, lanzaron un grito de júbilo o de espanto: habían
encontrado a los prisioneros dentro del calabozo.
Pronto
los desataron y pudieron contar lo sucedido; Quintanilla se mordía los bigotes
de rabia al ver que había sido engañado como un chiquillo, y se paseaba de un
extremo a otro del corredor pensando en una venganza digna de la ofensa... Pero
no dejaba de sonreír al recordar la cara de estúpido que ponía Pedro Jiménez,
mientras daba el “recado” y, sobre todo las recomendaciones que de su persona
le había hecho en sus mismas barbas, el Corregidor de San Fernando que conocía
a Pedro Jiménez, tantos tiempos...
Pero la
desesperación de Quintanilla llegó a su colmo cuando un soldado le llevó el
papel que los asaltantes habían dejado; eran solamente dos líneas, que decían
lo siguiente:
“Señor
Quintanilla,
“Muy
señor mío y mi dueño:
“Cuando
vea al tartamudo Pedro Jiménez, haga cuenta que está viendo a su servidor,
Manuel Rodríguez. Hasta más ver, que Dios quiera que sea pronto. Saludos al
Corregidor”.
Esta fue
la única vez que se encontraron frente el guerrillero Manuel Rodríguez y el
brigadier Quintanilla, último gobernador español de Chiloé y último
representante, también, de la monarquía en América.
§ 6. Los
corsarios chilenos
La
situación comercial y económica del país, desde 1810 hasta Chacabuco, había ido
empeorando año por año sin remedio, al extremo de que el ejército de los Andes
— que esperaba encontrar en Chile algún dinero para satisfacer los sueldos del
personal y varios pagos en que se había empeñado O’Higgins con algunos
comerciantes de Mendoza que “fiaron” especies para el ejército — no encontró en
las arcas reales cantidad alguna apreciable de que echar mano.
Cuanto a
la situación de los particulares, puede ella colegirse por la siguiente
descripción que hace don Miguel Luis Amunátegui: “Los trabajos agrícolas y
mineros estaban paralizados; el comercio suspendido; el trigo, que no había
dónde exportar, carecía de precio; el azúcar, que ya no podía ser traída del
Perú, sino con mucha dificultad, tenía, por lo contrario, un precio excesivo;
lo que le ocurría al trigo y al azúcar puede hacer presumir lo que pasaba con
los otros artículos do exportación e importación”.
De modo
que la acción principal del Director O’Higgins, tan pronto como tomó a su cargo
el Gobierno, fue la de procurarse metálico por los medios más prácticos y
rápidos, y naturalmente, el fomento del comercio y de las aduanas fue el que
más ocupó su atención.
Para
limpiar el mar y alejar el bloqueo de los puertos que mantenían los corsarios
españoles, publicó un bando por el cual autorizaba el corso de barcos con
bandera chilena, contra la bandera española. Los comerciantes de Valparaíso
estaban sufriendo las consecuencias de la inacción y fueron los primeros en
responder a este llamado que les traería provecho por todos los lados: las
presas que podrían hacer, la venta de sus mercancías, la compra de artículos
extranjeros, el alejamiento de los corsarios enemigos y la suspensión del
bloqueo de los puertos chilenos para que pudieran entrar los barcos mercantes
extranjeros, cuyas periódicas visitas habíanse suspendido por el peligro de
caer en poder de los españoles.
Los
últimos días de septiembre de 1817 llegó a Valparaíso la noticia, traída por un
barco neutral, de encontrarse en el puerto de Arica el buque mercante español
“Minerva”, preparando el desembarco de un valioso cargamento que traía de
Europa destinado al Alto Perú. Al imponerse de esta noticia, dos marineros
ingleses que habían quedado en Valparaíso sin empleo, por apresamiento de su
barco por los españoles, concibieron el atrevido proyecto de capturar a la
“Minerva” en su fondeadero, y aprovecharse de ella, autorizados por el
Reglamento de Corso que O’Higgins acababa de dictar.
(Pidieron
la respectiva patente, que les fue inmediatamente extendida, compraron a
crédito un lanchón de diez remos, al que le aplicaron una vela “latina”, se
proveyeron de sables, cuchillos, cuatro pistolas y un Mo de charqui, que les
facilitó el gobernador del Valparaíso, don Reducindo Alvarado, y el 11 de
noviembre se lanzaron resueltamente rumbo al norte. Pintaron en la proa del
lanchón el simbólico nombre “La Fortuna”, y en la vela escribieron estas
significativas palabras: “Gloria o Muerte”. Parece que con esta somera
descripción, el lector se habrá dado cuenta del espíritu y de las “intenciones”
de los tripulantes del primer corsario chileno.
El
capitán llamábase James Mackay y su segundo John Budge.
Doce días
más tarde, protegidos por vientos favorables, los aventureros estaban a la
vista de Arica y del “Minerva”, el objetivo de su viaje; “después de un breve y
rudo consejo” resolvieron dar el golpe esa misma noche. Forraron los remos,
revisaron sus armas y a las tres de la mañana atracaban sigilosamente al
costado del buque mercante español; a los diez minutos encontrábanse todos
sobre la cubierta y emprendían el ataque, cuchillo en mano, contra los
vigilantes, quienes se defendieron denodadamente. Una de las primeras órdenes
del capitán corsario había sido la de cerrar las escotillas para impedir que
los demás tripulantes del buque pudieran salir a participar en el combate.
Después
de media hora los españoles tuvieron que rendirse; habían tenido seis muertos y
diez heridos graves, en un total de treinta hombres.
Los
corsarios prepararon en seguida la maniobra y después de desembarcar a los
prisioneros a su propio lanchón, les proporcionaron un par de remos para que se
fueran a tierra y ellos salieron del puerto “a todo trapo”, poniendo fuera de
peligro a su valiosa cuanto deseada “Minerva”.
Navegaban
gallardamente hacia el norte, en busca de nuevas aventuras, cuando avistaron un
nuevo barco, al que dieron caza prontamente: era el bergantín español “Santa
María”, procedente del Callao; por un tripulante chileno de este barco, supo el
corsario Mackay, que en aquel puerto peruano se estaba alistando la expedición
que mandaba el virrey para reconquistar a Chile, a cargo de Osorio. La noticia
era muy importante y el capitán viró con sus dos presas hacia el sur; entregó
el bergantín a las autoridades de Coquimbo y él continuó viaje hasta Valparaíso
con la “Minerva”.
Tal fue
la notable correría del primer barco chileno armado en corso.
Una
semana antes de que arribara el capitán Mackay, habíase presentado al
gobernador de Valparaíso una nueva solicitud de parte del comerciante don
Felipe Santiago del Solar, para “hacer el corso contra los enemigos de América
y quemar, destruir o apresar todos los buques enemigos que se encuentren
durante la guerra en los mares en que navegue el bergantín “El Chileno”, de mi
propiedad, que he dispuesto armar con doce piezas de artillería y noventa
hombres de tripulación, bajo el pabellón de este Estado”.
“El
Chileno” zarpó el 18 de noviembre de Valparaíso con rumbo al norte, al mando
del capitán don Enrique Santiago y durante seis meses recorrió las costas
peruanas y apresó los siguientes barcos enemigos: bergantines “Saeta”, “Bolero”
y “San Antonio”, goleta “Diamante” y fragata “Inspectora”. “Los dos primeros
los incendió y trajo a Valparaíso los dos últimos”.
El éxito
con que maniobraron estos primeros corsarios tenía que estimular a otros, sobre
todo cuando los comerciantes del país estaban recogiendo los frutos de tales
empresas y se encontraban dispuestos a ayudarlas. A mediados de enero de 1818,
el ciudadano chileno don Estanislao Lynch pedía autorización para armar seis
corsarios, y lo mismo pidió el comerciante argentino don Felipe Arana, en
nombre de tres connacionales, para echar a la mar dos corsarios más, todos con
bandera de Chile.
A todos
éstos concedió patente el Director O’Higgins con grandes liberalidades, a
trueque de que persiguieran sin descanso a los buques españoles de comercio y
mantuvieran en constante movimiento e inquietud a la marina de guerra de la
Península, ya muy agotada por el pesado trabajo de policía del extenso litoral.
Don
Manuel Antonio Boza, acreditado exportador de trigo con grandes bodegas en
Valparaíso, pidió y obtuvo patente de corso para “un pequeño buque nombrado
“Nuestra Señora del Carmen”, al que le he cambiado este nombre por el de “La
Furiosa”. .. El señor Boza pidió, además, “junto con el supremo permiso de Su
Excelencia, la patente e instrucciones y leyes penales del corso nacional, como
también se sirva S. E. mandar se me franquee un cañón de a seis, quince fusiles
y mil cartuchos”. Todo lo consiguió fácilmente la ex “Virgen del Carmen” y tan
bien correspondió a las expectativas de O’Higgins, que en un crucero de dos
meses y medio, entre Valparaíso y Panamá, apresó la fragata “Nuestra Señora de
los Dolores” y el bergantín “Machete”, con los cuales se presentó ufana en
Valparaíso el 15 de mayo del año 1818, cuando aun se celebraba el reciente
triunfo de Maipo.
A la
semana siguiente, la pequeña y atrevida “Furiosa”, salió nuevamente a la mar,
pero regresó a toda vela al cuarto día: habíase encontrado a las alturas de
Coquimbo con una escuadrilla española de tres barcos que llevaba prisionera a
la goleta chilena “Abril”. No podía tolerar la “Furiosa” tal) desacato a su
bandera; a pesar de la enorme diferencia de fuerzas, quiso libertar a su
compatriota y arremetió contra el bergantín “Veloz” que la vigilaba de cerca;
pero este barco español maniobró con tal habilidad que “por nadita” envuelve a
la “Furiosa” en el resto de la escuadrilla enemiga y la aborda... Ante el
peligro inminente, la “Furiosa” volvió popa y huyó “a todo trapo” hacia
Valparaíso, perseguida tenazmente por el “Veloz”.
Entretanto,
el capitán James Mackay, aquel audaz inglés que abordó a la “Minerva” en la
bahía de Arica, había estado preparando una goleta que había adquirido con el
dinero que le produjera su primera empresa corsaria, hasta hacerse nuevamente a
la mar, en mejores condiciones que antes. Dio a su nuevo barco el mismo nombre
de “La Fortuna” que había puesto al lanchón remero que le sirviera en su hazaña
inicial y se lanzó resueltamente hacia Panamá, en donde pensaba acometer
grandes empresas, en cumplimiento de las instrucciones que le había dado
personalmente el Ministro de Marina, don José Ignacio Zenteno, siendo la
principal de ellas, la de destruir la base naval que allí tenían las naves
españolas.
A
principios de marzo voltejeaba frente a Panamá y horas más tarde se batía con
uno de los castillos que defendían el puerto, hasta acallar cinco de sus siete
cañones; durante el combate incendió el bergantín “San Miguel”, que estaba
fondeado allí, y una vez que lo consideró oportuno, se retiró para desembarcar,
más al norte, una compañía de doscientos soldados, con los cuales asaltó,
saqueó, destruyó e incendió un pequeño pueblo panameño.
Producidos
estos perjuicios, enveló hacia el sur y a las alturas de Guayaquil apresó al
bergantín llamado “El Gran Poder de Dios”, que llevaba un valioso cargamento de
azúcar y cacao; más al sur, frente a Paita, apresó dos goletas y otras
embarcaciones menores, todas las cuales “marineró”, es decir, les puso
tripulación chilena, y las despachó a Coquimbo, donde funcionaba un tribunal de
presas. A mediados de julio, “La Fortuna” entraba a Valparaíso levando en sus
bodegas un rico botín y 22.000 pesos en oro y plata.
En mayo
del mismo año había salido de Coquimbo un bergantín corsario propiedad del
comerciante serenense don Gregorio Cordovez, llamado el “Bueras”. Este buque
era el ex “Lancaster”, inglés, que el serenense había adquirido recientemente
para dedicarlo al corso, entregándolo a la pericia náutica del capitán escocés
don Juan Brown, avecindado en Valparaíso. En su correría de cinco meses — salió
en octubre del año 18 y regresó a su base en marzo del 19— apresó a la corsaria
española “Los Ángeles” y a los mercantes “María en Gracia”, “Manila y “Ruperto”
a los cuales incendió por no poderlos “marinerar”, después de saquearlos. Un
mes antes de entrar en Valparaíso apresó al bergantín español armado en guerra
“Resolución”, que formaba parte de la ya escuálida escuadra del Virrey.
Los dos
últimos corsarios chilenos que salieron al mar el año 1818, fueron el “Maipú” y
el “Lanza Fuego”, de propiedad del! porteño don José María Manterola. Este
último barco tuvo una actuación destacada debido a que la armada real, reducida
a su más simple expresión, perdió en absoluto el escaso control de los mares
del Pacífico; aparte de varios desembarcos felices en la costa peruana, el
“Lanza Fuego” apresó los barcos “San Antonio”, Providencia” y “Buena Esperanza”
que ejercían el comercio de cabotaje en la costa norte. Por ese mismo tiempo,
otro corsario chileno llamado el “Congreso”, que al parecer no tenía patente de
corso en regla, apresó los bergantines españoles “Empecinado” y “Leal”, y las
goletas “Golondrina” y “San Pedro Regalado”, todos los cuales mandó a
Valparaíso.
A fines
de ese año, el poder naval de España en el Pacífico se encontraba completamente
destruido, pues el último intento de la Península para reconquistarlo había
fracasado con el apresamiento total de su flota de guerra por la escuadra
chilena al mando de Blanco Encalada. No había necesidad ya de continuar la
guerra de corso y el Director O’Higgins no concedió más patentes y empezó a
cancelar las otorgadas.
Las naves
apresadas por los corsarios chilenos habían pasado a manos de los comerciantes
del litoral y salían de norte a sur, desde Valdivia a California, y daban
vuelta al Cabo de Hornos llevando los productos chilenos que dos años antes
yacían inmovilizados en las bodegas. El comercio marítimo tomó de nuevo un auge
inusitado y el puerto de Valparaíso cobró nueva vida.
“Al
abrigo de la prepotencia adquirida por la escuadra nacional en el [Pacífico —
dice don Antonio García Reyes, en su estudio sobre la marina chilena— la marina
mercante había comenzado a tener un notable crecimiento (1819). Sobre veinte
buques de buen porte recorrían las costas incesantemente cambiando las
producciones de las diversas provincias y no eran raras las expediciones a
Buenos Aires y a Río de Janeiro. El pabellón nacional se desplegaba impune en
toda la extensión del océano, y bajo su sombra, la industria iba adquiriendo
una nueva y nunca vista actividad. Valparaíso, sobre todo, ensanchaba sus
dimensiones: casas de comercio extranjero, cuyas raíces estaban en Europa y
Norteamérica, venían a transmitir al país la savia vivificante de la riqueza y
los síntomas del futuro desarrollo industrial que se dejaban percibir en el
movimiento tenue, pero constante, que por todas partes comenzaba a agitar las
provincias”.
Las
siguientes cifras son reveladoras del movimiento comercial de Chile,
inmediatamente después del triunfo de Chacabuco, es decir, cuando O’Higgins
tomó el Gobierno del Estado:
Los meses
de enero y febrero de 1817, Gobierno español, las entradas de aduana fueron
nulas; en marzo, primer mes del nuevo Gobierno nacional, produjeran 4.387
pesos; en junio 19.877 pesos en agosto, 20.456 pesos; en octubre 32.590 pesos y
en diciembre, 43.682 pesos. El total de las entradas de aduana en los diez
meses de 1817, cuando los corsarios chilenos abrieron los puertos al mercado de
todos los países, fue de 251.080 pesos. El año siguiente, 1818, las entradas de
aduana se habían triplicado.
Las
afortunadas correrías de los corsarios chilenos a todo lo largo del litoral del
Pacífico, iniciadas, ya lo sabemos, el año 1817, y el dominio sin contrapeso
que ejerció más tarde la escuadra de Cochrane, determinaron el alejamiento
completo de las naves españolas en este mar, dejando amplio camino para que la
marina mercante nacional paseara su bandera por todos los puertos sin que su
acción fuera estorbada por nadie. Por lo contrario, sus barcos eran esperados
con impaciencia por los comerciantes, desde Acapulco hasta Arequipa, pues
fueron los proveedores casi únicos de los principales artículos de alimentación
y de muchos otros que eran considerados como de lujo. No era que en Chile se
fabricaran paños, sedas, muebles, etc., sino que los navieros chilenos hacían
presión sobre los barcos que arribaban a Valparaíso después de su larga
travesía del Atlántico, y se ingeniaban para “copar” toda la mercadería europea
con el objeto de “revenderla” en seguida más al norte.
El
progreso que se notaba en Chile, sobre todo en Santiago, Valparaíso y
Concepción, iba en progresión incontenible, desde el año 1818. Seis años más
tarde, esto es, en 1823, estas tres ciudades habían aumentado su comercio por
lo menos en un cuádruple, y por lo que respecta a Valparaíso, ya se la
consideró como una ciudad “aparte” de la capital, después de haber sido,
durante cerca de tres siglos, solamente “el puerto de Santiago”. En 1810,
Valparaíso contaba con unos cinco mil habitantes, escasamente; en 1823, la
población no era inferior a veinte mil, de los cuales, tres mil eran
extranjeros avecindados.
En los
últimos cinco años habíanse levantado más de doscientas casas, algunas de ellas
de tres y cuatro pisos;... las de dos pisos eran numerosas, las habitaciones
“pajizas” instaladas en los cerros, muchísimas. Los documentos de aquella época
acusan la existencia de treinta y una casas de comercio al por mayor, aparte de
los innumerables baratillos, tiendas y “puestos” de toda clase; entre fondas,
cafés, posadas, billares, cocinerías, agencias, etc. había no menos de cuarenta
negocios.
La Marina
Mercante contaba con cuarenta y siete naves registradas y entre barcos de
guerra y mercantes, tanto nacionales como extranjeros, la bahía de Valparaíso
nunca tenía al ancla menos de sesenta o más buques, aparte de un par de
centenares de lanchas y botes “de carrera”. Un buen “arsenal” prestaba
oportunos servicios de carena a estos barcos de todas las banderas que
arribaban a dejar sus cargamentos y a solicitarlos antes de partir nuevamente a
sus lejanos rumbos.
Las
entradas de aduana en el año 1818 alcanzaron a 410.000 pesos, y en el año 1823
subieron de 1.100.000; los “cargamentos” llegados a Valparaíso en 1820 fueron
89, y en 1823 ese número se elevó a 241. Llamábase “cargamentos” a las
mercadería s que transportaba un barco, “íntegramente” para un puerto.
Los
cargamentos enviados de Valparaíso para los puertos de la costa del Pacífico
legaron a 103 el año 1820, y subieron a 267 en 1823. En 1820 llegaron a
Valparaíso 142 buques, y en 1823 zarparon 333.
No se
necesita exponer mayores datos para ver el progreso colosal que había alcanzado
el puerto en los ocho o nueve años del Gobierno republicano, o sea, de absoluta
libertad de comercio, con "nuestro mar” despejado.
El
tránsito entre el puerto y la capital habíase intensificado también en forma
que las autoridades tuvieron que preocuparse de facilitarlo.
Durante
la Colonia los viajes entre ambas ciudades se hacían inevitablemente a caballo;
si entonces se hizo sentir alguna vez la necesidad de un vehículo, ella no
alcanzó a cristalizarse en el establecimiento de una "diligencia” para
aprovechar el buen camino carretero construido por el Gobernador O’Higgins a
fines de 1792, pero a principios de 1821 las exigencias de los viajeros,
especialmente de los ingleses, animaron a dos de sus compatriotas llamados
Carlos Neville y José Mors a construir uní carromato para transportar pasajeros
y a dedicarlo al servicio regular entre Santiago y Valparaíso, con un viaje
redondo cada semana.
El éxito
de esta primera empresa fue estupendo, hasta el extremo de que el Gobierno se
vio en la necesidad de intervenir en su reglamentación, dando al mismo tiempo
las facilidades que estaban en su mano, a fin de que los viajes fueran más
continuos para servir a las muchas personas que deseaban usar ese transporte,
mucho más cómodo, por cierto, que el de caballería. El servicio se regularizó
en forma, y hubo semanas en que se hicieron tres viajes redondos, con ocho
pasajeros; el valor del pasaje fue al principio de catorce pesos, pero más
tarde se elevó a una onza, o sea, 17 pesos; el viaje duraba de quince a
diecisiete horas.
A fines
de 1823 los viajes eran diarios y había tres “diligencias” en servicio; en la
misma época se estableció el correo también diario entre ambas ciudades, con
todo lo cual vino un notable progreso en la vida económica y social de Chile.
El
movimiento de pasajeros entre la capital y el puerto era una consecuencia
lógica del resurgimiento del comercio chileno por la vía marítima, de manera
que los barcos salían de Valparaíso hacia el norte con un número considerable
de comerciantes y aun de “turistas” que deseaban conocer los países tropicales.
Los barcos mercantes no contaban con instalaciones que dieran alguna comodidad
a los viajeros, pero éstos se acomodaban en la mejor forma posible para hacerse
llevadera la vida a bordo, siguiendo la colonial costumbre de dormir bajo
carpas, sobre cubierta, y de hacerse la comida con el “cocaví” que cada cual
llevaba en sus “prevenciones”.
La
necesidad de afrontar esta deficiencia, que cada día se hacía más notable,
estimuló a un comerciante italiano llegado a Valparaíso en 1821, a intentar el
establecimiento de un barco para pasajeros que hiciera la carrera entre
Valparaíso y el Callao; la idea fue acogida con entusiasmo por el gobernador de
Valparaíso, don José Ignacio Zenteno, pero a pesar de los esfuerzos que se
hicieron para llevarla a cabo en poco tiempo, sólo tuvo efecto a principios de
1827, fecha en que el referido empresario pudo adquirir el bergantín llamado
“Terrible”, que antes estuviera armado en guerra, para transformarlo en
pacífico velero de pasajeros.
El señor
don Pedro Alessandri, que tal era el nombre de este armador, puso activos
trabajos en su bergantín, y al cabo de seis meses lo tenía convertido en el
primer buque de pasajeros que iba a surcar el Pacífico austral. Empezó por
cambiarle el nombre antiguo y en vez de “Terrible”, su proa ostentó el adjetivo
“Volador”... En la proa se construyeron doce camarotes y en la popa diez, y en
cada uno se instaló un armazón para dos camas, es decir, una arriba y otra
abajo; al centro de la cubierta se armó una buena carpa, que servía de comedor
común, y en el entrepuente se puso la cocina. Por primera vez en esta costa, el
empresario se comprometía a proporcionar y servir la comida a los viajeros, con
derecho a media botella de vino y “desengraso”, que consistía en dulces, frutas
y otras “frioleras”.
El precio
del pasaje, incluidos la comida, el vino y las frioleras, era de tres onzas
para los pasajeros de proa y de seis onzas para los de popa. Había también
pasajes para “gente pobre”, que valían una onza; estos viajeros dormían como
podían en las bodegas y comían de lo que cada cual llevaba.
En el
contrato que Alessandri celebró con el gobierno de Chile para obtener la
concesión y ciertos privilegios, el empresario se comprometió a hacer seis
viajes redondos por año, y el primero de ellos se inició el 13 de octubre de
1827, fecha en que el “Volador” zarpó de Valparaíso rumbo al Callao, con todos
sus camarotes ocupados y con sesenta y dos pasajeros “pobres”. El capitán de
este primer buque de pasajero» “pobres” fue Mr. Dobie, oficial de marina inglés
que se había hecho notar por su competencia durante los últimos años de la
guerra marítima contra España.
Antes de
seis meses quedó demostrado que el empresario Alessandri había triunfado
ampliamente en su empresa; su barco hacía sus viajes de ida y regreso con todos
sus camarotes ocupados, con gran afluencia de pasajeros, que llamaríamos de
tercera clase y con sus bodegas repletas de mercaderías “livianas” que venía
recogiendo de los puertos intermedios del Perú y Chile, donde los demás barcos
no se detenían. Antes de terminar el primer año, el “Volador” había dejado a su
propietario una respetable utilidad.
Pero la
mayor ventaja de este éxito fue el estímulo que despertó en otros navieros para
establecer también carrera de barcos para pasajeros en la costa del Pacífico;
las ventajas que el Gobierno había otorgado a Alessandri se referían solamente
a los puertos chilenos de Valparaíso, al norte, y por su parte, el Gobierno del
Perú también se las había otorgado desde el Callao al sur, y todas ellas
solamente por el término de un año, De manera que, terminado este período,
ambos gobiernos quedaban en libertad para proceder con otros navieros que se
interesasen por acogerse a tales ventajas.
Ante el
éxito de Alessandri, no faltaron, pues, otros armadores que quisiesen intentar
la empresa, y uno de ellos fue el comerciante inglés don Tomás Brown,
avecindado en Valparaíso, que obtuvo fácilmente el permiso necesario para
establecer la carrera en una goleta “muy marinera” entre Concepción y los
puertos del norte, “hasta Panamá y Acapulco, llevando pasajeros y carga”; por
su parte, Alessandri obtuvo también los mismos privilegios y desde el año 1829
surcaron la costa del “mare nostrum” dos naves de pasajeros llevando al tope la
bandera chilena.
La goleta
de Brown salió de Valparaíso a Concepción, puerto de partida, a fines de
diciembre de 1828 y después de tomar allí a tres pasajeros de camarote y a
siete de tercera, hizo rumbo a Valparaíso para recoger a trece viajeros más, de
camarote y a quince “pobres”. Esta nave llegó al Callao con setenta y tres
pasajeros en total y salió de allí en febrero hacia Panamá. El nuevo barco de
la carrera se llamó “Lima-Paquete” y su nombre, así como el “Volador” continúa
figurando en los anales de la bahía de Valparaíso hasta 1838, año en que un
nuevo acontecimiento vino a provocar una expectación en la industria marítima
de Chile y de la que hablaremos en nuestro próximo artículo, con el cual
daremos término a estas publicaciones. Trátase de la inauguración de la
navegación a vapor en el Pacífico.
Como
antecedentes de este hecho magno y trascendental, nos será preciso informar al
lector de las tentativas que se habían hecho desde años atrás para realizar la
aspiración de traer hasta este ancho mar el beneficio del portentoso
descubrimiento de Santiago Watt; en anteriores artículos contamos las
peripecias del “Estrella Naciente”, aquel barco movido a vapor que mandó
construir el Gobierno de Chile, en 1817, a insinuación de Lord Cochrane, y su
desconocido fin en aguas chilenas, que por fuerza debió ser triste, porque las
crónicas de la época no nos indican huellas de ningún género, después de su
fracaso en Quintero.
El mismo
Lord, al venirse a Chile, había mandado construir en Portsmouth algunos motores
a vapor de diez o quince caballos de fuerza, destinados a ser aplicados a
embarcaciones menores que podían servir a la escuadra que él venía a organizar,
como lanchas cañoneras. Esos motores llegaron a Chile junto con el marino
inglés en el velero “Rosa”, y una de las primeras órdenes del Gobierno, en su
afán de preparar rápidamente la Expedición Libertadora del Perú, fue la de
disponer la construcción de esas lanchas en los astilleros del Maulé.
Los
trabajos estuvieron a cargo del marino inglés Mr. John Morrell y antes de tres
meses flotaban sobre las aguas del Maulé ocho fuertes lanchas hábilmente
dispuestas y mejor calafateadas para el objeto a que se las había dedicado;
pero las dificultades surgieron irremediables cuando se trató de aplicarles las
máquinas a vapor; ni Morrell y otros marinos ingleses de los que trajo e l Lord
y ni aun él mismo fueron competentes para instalar esos “aparatos mecánicos”,
por lo cual se dejaron de la mano. Más tarde fueron llevados a Guayaquil con el
mismo objeto, pues había llegado allí un técnico de vapores, y aquel gobierno
tenía el propósito de defender la ría con lanchas cañoneras; tampoco sirvieron
allí las máquinas y, por lo tanto, fueron abandonadas definitivamente.
Un año
antes de que llegara a Valparaíso la “Estrella Naciente”, de la que ya he
hablado, o sea, en 1821 el Gobierno había recibido la presentación de un
industrial norteamericano llamado Mr. Daniel Greenall, en la cual ofrecía
introducir en nuestras costas la navegación a vapor si se le concedía
privilegio exclusivo para practicar él solo esa navegación por quince años. El
Gobierno, previa consulta al Senado, concedió ese privilegio por diez años, y
entre otras condiciones puso la de que el concesionario debía emplear cierto
número de oficiales y marineros chilenos “para que adquiriesen los
conocimientos de la máquina y su manejo”.
Sea
porque las restricciones que se pusieron a la concesión no satisficiesen al
solicitante, sea porque no tuviese a su alcance los medios para traer a Chile
ese buque a vapor en el tiempo que se le fijó, el hecho fue que Mr. Greenall
dejó caducar su permiso y no volvió a hablarse de ello.
Al año
siguiente, 1822, arribó a Valparaíso, después de una trabajosa navegación, la
“Estrella Naciente”, y ya sabemos que fracasó sin que haya llegado a nuestro
conocimiento el fin que tuvieron el “aparato mecánico” y el buque. No se hizo
ninguna nueva tentativa sino hasta el año 1835, en que el ingeniero
norteamericano Mr. William Weelwright, capitán de la marina mercante de Chile,
pidió privilegio exclusivo para establecer la navegación a vapor con dos barcos
que decía poder construir en Bristol, tan pronto como obtuviera del Gobierno
las concesiones que pedía.
El
Gobierno de Prieto no tardó en concedérselas, de acuerdo con el Congreso, y una
vez que Weelwright tuvo en su poder el decreto respectivo, se trasladó a
Europa, organizó allí, con grandes esfuerzos, una sociedad anónima que denominó
“Pacific Steam Navigation Company”, mandó construir dos barcos gemelos a los
que denominó “Chile” y “Perú, y seis años más tarde, en 1841, se presentó en la
rada de Valparaíso con el primero de ellos, causando la admiración de los
porteños. Este será el tema de mi próximo y último artículo sobre los orígenes
de nuestra marina mercante.
§ 7. La
“Legión del Mérito”
(1817)
Uno de
los primeros decretos que dictó don Bernardo O’Higgins al hacerse cargo del
mando supremo del Estado, después de la batalla de Chacabuco, fue la de abolir
los escudos nobiliarios, que se ostentaban en el frontis de las casas de sus
dueños; por este decreto, expedido el 22 de marzo de 1817, a poco más de un mes
de aquella victoria, se disponía que “en el plazo de ocho días se quiten de
todas las puertas de calle los escudos, armas e insignias de nobleza con que
los tiranos compensaban las injurias que inferían a sus vasallos”. Muchos
fueron los escudos que se quitaron de raíz, dejando sólo “el boquerón”, pero
tampoco fueron menos los nobles que adoptaron el sistema de cubrir los escudos
con una capa de barro, a trueque de no malograr el edificio. Cubiertos de esta
manera, muchos emblemas permanecieron en su sitio hasta los años 1840, 50 y 70,
en que desapareció el del Marqués Huylobro, que fue de los últimos.
A raíz de
esta disposición, por demás atrevida, pues las preocupaciones de “nobleza”
estaban muy arraigadas en nuestros abuelos, el Director quiso crear una
institución “que diera lustre y premiara el verdadero mérito de los servidores
de la Patria”; quería substituir con esta “Orden” la recién abolida nobleza
real y, al mismo tiempo que compensar a los abolidos que lo merecieran, premiar
también a los valientes que se habían distinguido en la reciente acción de
guerra que había traído la libertad a Chile.
Quien
había insinuado esta idea al Director Supremo era el Sargento Mayor don Antonio
Arcos, europeo de nacimiento, recién llegado a América después de haber servido
en los ejércitos de Napoleón; Arcos, acostumbrado al brillo y relumbrones de
las cortes europeas, no cejó en su empeño de obtener que O’Higgins decretase la
creación de una “Orden” chilena que distinguiese a los buenos patriotas de la
turbamulta... tanto bregó el Mayor Arcos, que el Director aceptó al fin la
idea, en principio, y encargó al mismo Arcos que presentara un “estatuto de
reglamentación”. [Para aceptar la creación de la “Orden” O’Higgins había tenido
en vista que Estados Unidos había formado una institución análoga, la de
Cincinato, para premiar a sus valientes de la guerra de la Independencia, 1787,
y que la Francia, bajo el régimen republicano del Consulado, había creado
también la Legión de Honor.
Funcionaba
ya en Santiago la Logia Lautarina, cuyos estatutos disponían que “todo acto,
exceptuando los de mero trámite, en que debiera resolver un miembro de la
Logia, debía ser previamente consultado”. La creación proyectada no era asunto
de mero trámite y el Director debió ponerlo en conocimiento de los “hermanos”;
así lo hizo, efectivamente, y la Logia — debió ser allá por mediados de abril—
aunque aceptó la idea con entusiasmo, no quiso tomar un acuerdo definitivo en
ausencia de San Martín, que en esos días encontrábase en Buenos Aires. Esta
circunstancia y la partida de O’Higgins al sur, para organizar la defensa del
territorio de la nueva invasión española que se anunciaba, impidieron que el
Supremo Director, preocupado como estaba por asuntos de mayor importancia,
expidiera el decreto que con tanto empeño gestionaba el Mayor Arcos.
Pero este
militar no abandonaba la partida y aprovechando su situación al lado de
O’Higgins — era su secretario de gobierno en campaña— le recordaba
continuamente el proyecto “acentuándole que los militares extranjeros
recientemente incorporados al ejército chileno, se verían estimulados, muy
mucho, con la expectativa de alcanzar una condecoración tan importante como la
del Estado de Chile”. Como comprenderá el lector, los estatuto s de la futura
“Orden” encomendados ya lo sabemos al Mayor Arcos, ya estaban “compuestos”
hacía tiempo, sólo faltaba la sanción suprema. Arcos insistía y O’Higgins tenía
deseos de acceder.
Encontrábase
el Director en Concepción, al frente de su ejército vencedor a las veces,
vencido y estropeado otras, y con deseos locos de condecorar a algunos
militares sobresalientes para estimular a los demás, cuando supo que San Martín
había llegado a Santiago, de regreso ya de su viaje a Buenos Aires. Uno de los
motivos que tenía O’Higgins para no haber dictado el decreto de creación de la
Orden, era el de no conocer sobre ello la opinión de su amigo, consejero y
“hermano” el general en jefe del Ejército de los Andes. Así fue que, tan pronto
recibió la noticia del regreso del general, le envió una carta, fecha en
Concepción, 19 de mayo, en la cual, como vía de posdata le decía lo siguiente:
“Acompaño a usted lo acordado ya por los “hermanos”... acerca de la legión de
mérito para que, si es de su aprobación, venga a vuelta de correo y darle el
giro que corresponda”.
San
Martín no demoró la respuesta, pues en carta de 5 de junio, fecha en Santiago,
contestó a su amigo amado también en forma de posdata: “No puede mejorarse el
establecimiento de la legión de honor, y lo devuelto”. Nótese que mientras
O’Higgins decía legión “de mérito”, San Martín la denominaba legión “de honor”,
es un detalle insignificante, pero que, unido a lo otro de tratar sobre la
creación de una Orden de esa naturaleza en dos líneas de una vulgar posdata,
revela mucho el carácter de esos dos caudillos americanos.
Lo que
tardó el “chasque” en llegar a Concepción y lo que tardaron Arcos y el Ministro
don José Ignacio Zenteno en sacar en limpio los “estatutos”, el uno, y en
redactar el decreto, el otro, y en los trámites preliminares de la expedición
del decreto, fue lo que demoró en conocerse la creación del nuevo instituto,
cuyo nombre fue “Legión de Mérito de Chile”, nombre que se ha conservado hasta
hace poco, si he de creer, por las informaciones que el público conoce que su
nombre es, ahora “Orden al Mérito”. La fecha del decreto de O’Higgins es de 1
de junio de 1817; pero bien sabe el lector que sólo el 5 de ese mes dio su
aprobación San Martín a la creación de la Legión.
El
exordio o mejor dicho el decreto mismo es una excelente pieza literaria, que
sería digna de ser reproducida; pero en la imposibilidad de hacerlo, por su
extensión, me limitaré a señalar uno o dos de sus principales acápites.
La Legión
de Mérito tenía por objeto “abrir un camino glorioso a las acciones brillantes,
a los grandes talentos y a las altas virtudes” de los chilenos y de los
extranjeros que sirvan a la patria.
“La
gloria militar, dice en otra parte, no será la sola que halle un premio en esta
condecoración. El Ministro de Dios; el magistrado cuya equidad proteja nuestros
derechos; el administrador que coadyuve a las miras de un gobierno paternal; el
hombre ilustrado que dedique sus tareas a la propaganda de las luces; el
artista cuyo genio parezca animar el lienzo o hacer respirar el mármol; en una
palabra, toda clase de mérito encontrará el mismo estímulo”.
Los
miembros de la Legión de Mérito quedaban divididos en cuatro categorías o
jerarquías: Grandes Oficiales, Oficiales, Suboficiales y Legionarios; los
primeros gozarían de las prerrogativas de Brigadieres Generales y de una renta
de un mil pesos; los segundos, las de Coroneles, con renta de quinientos pesos;
los terceros, las de Sargentos Mayores y renta de doscientos cincuenta pesos; y
los últimos, las de Tenientes, con una renta de ciento cincuenta pesos. En la
categoría de Legionarios debían figurar veinticinco individuos de tropa que se
hubieran distinguido en la batalla de Chacabuco; estos individuos, como tampoco
ningún miembro de la Legión, podían ser juzgados por los tribunales ordinarios
de justicia, sino por el Consejo de la Legión, el cual, según fuera el delito
del sindicado, imponía la pena o concedía el desafuero.
Las
insignias de la Legión se detallaron con toda claridad.
El Gran
oficial usará una placa de oro sobre el costado izquierdo, en la cual estarán
grabadas las armas legionarias; llevará, además, una banda azul-celeste que
pasando sobre el hombro derecho irá a recogerse con un lazo al costado
izquierdo, donde quedará pendiente la Cruz de la Legión.
El
Oficial llevará la Cruz de Oro prendida al cuello de una cinta ancha
azul-celeste; el Suboficial llevará la Cruz de Oro prendida del ojal de la
casaca con igual cinta; y el legionario llevará la Cruz de plata prendida del
mismo modo que el Suboficial, con igual cinta.
La Cruz
Legionaria representará, por un frente, un pequeño escudo esmaltado de
azul-celeste, sobre el cual resaltarán, dorados, las columnas y el globo de las
armas del Estado. Recordará el lector que éstos eran los principales emblemas
del escudo nacional en esa época. Al contorno del pequeño escudo habrá un
letrero que diga: “Legión de Mérito de Chile”. Del centro de este escudo
saldrán rayos de plata O' blancos, en las cruces de los Legionarios, y de oro y
rojos, en las demás clases, rayos que pasarán al través de una orla de laurel.
En la
parte superior de la Cruz, el laurel se enlazará con una pequeña faja donde
aparecerá el mote: “Vencedor de Chacabuco” para los que se hallaron en esta
acción, y “Libertad” para los que fueron condecorados posteriormente y que no
concurrieron a ella. A todo este emblema coronará un pequeño lazo, con argolla,
para prender la cinta.
El lado
opuesto, o sea, el reverso de la Cruz, no se diferenciará más que en el escudo
del centro, que, siendo igualmente esmaltado de azul-celeste, representará una
cordillera de plata con un volcán de oro en la mayor eminencia. Al contorno del
emblema, por el reverso, se leerá lo siguiente: “Honor y premio al
patriotismo”.
En el
mismo decreto de creación de la Legión de Mérito se nombró a los primeros
miembros de ella, con la categoría de Oficiales; éstos fueron el jefe del
Estado Mayor interino del Ejército de los Andes, general Juan Gregorio Las
Heras; el coronel don Diego Paroissien; el comandante don Ramón Freiré; los
argentinos de igual grado Pedro Conde y Cirilo Correa; el coronel don Enrique
Martínez y los sargentos mayores don Manuel Escalada y don Antonio Arcos, este
último activo gestor de la Legión, que fue, también, su primer secretario.
Por
derecho “nato”, el presidente de la Legión de Mérito fue el Director Supremo
del Estado, don Bernardo O’Higgins, con el grado de Gran Oficial, que fue el
único de esta jerarquía que se concedió entonces; posteriormente, tuvieron este
mismo grado el ex Director argentino Pueyrredón, el general “cuyano” don
Antonio González Balcarce, el Libertador Simón Bolívar y el Mariscal Sucre. No
he encontrado el nombre de San Martín en las listas de la Legión.
La Legión
debía ser gobernada por un Consejo del que formaban parte: el Director Supremo
del Estado de Chile, su presidente nato; todos los Grandes Oficiales, de los
cuales el más antiguo tenía el carácter de vicepresidente del Consejo; doce
Oficiales; seis Suboficiales y seis Legionarios. El secretario de Consejo debía
tener la categoría de Oficial.
El
ingreso a la Legión podía ser solicitado por el que se creyera con títulos para
ello, o propuesto por un Gran Oficial; la propuesta o la solicitud debía pasar
a una comisión de cinco individuos, uno solo de los cuales podía ser simple
Legionario; esta comisión tenía la obligación de investigar acuciosamente los
antecedentes del candidato, para informar en seguida al Consejo. Cualquier
miembro de la Legión podía intervenir en esta “información” y tenía la
obligación de denunciar cualquier hecho que pudiera “desmerecer” al
solicitante, a fin de que “la Legión se conserve pura e indemne por la
honorabilidad de sus miembros”.
El
Consejo debía celebrar solamente dos reuniones al año para conceder el ingreso
de nuevos miembros: una antes de la fiesta del 18 de Septiembre, y la otra
antes del 12 de febrero, aniversario de Chacabuco. El Legionario que fuera
juzgado por un delito que mereciera castigo grave de parte del Consejo o que
fuera “desaforado”, era eliminado de la Legión, quitadas sus insignias y no
podía reingresar jamás a ella.
Al
admitir a un nuevo Legionario se le “recibía” en una sesión solemne, a la que
asistían de gran gala el presidente y su Consejo, y todos los miembros de la
institución. En esa “augusta asamblea” se le investía de las insignias y se le
hacía entrega de un diploma, que decía como sigue:
“El
Director Supremo del Estado de Chile. Por cuanto el Consejo de la Legión de
Mérito de Chile, en sesión celebrada el día tantos, acordó nombrar a usted
(Oficial o Legionario) de esta Orden, he mandado expedir el presente diploma
firmado por mí, sellado con las armas de la Legión y refrendado por su
secretario. En prueba de esta prueba de su estimación y aprecio, estimula a
usted, con la mayor eficacia, a repetir las acciones loables de virtud y noble
patriotismo que le distinguen. Dado en la sala del Consejo de la Legión”, etc.
La Legión
del Mérito llevó vida activa durante toda la administración de O’Higgins;
cuando este excelso patriota abdicó el mando y abandonó para siempre su tierra,
la Legión decayó también, hasta desaparecer casi completamente, ocho años más
tarde, o sea, en 1830.
El año
1819, en pleno vigor, el Consejo de la Legión estaba compuesto de los
siguientes personajes: el Director O’Higgins, los generales Francisco Calderón,
Francisco Antonio Pérez, don Juan Agustín Alcalde, don Francisco de Borja
Fontecilla, don José Antonio Rodríguez Aldea, coronel Luis Jofré Pereira, don
José Mellán, don Luis Reyes, Fray Domingo de la Jaraquemada, don Francisco
Martínez, don Mariano Merlo, don Rafael Correa de Saa, don José María Guzmán, y
el canónigo Casimiro Albano.
La Legión
constaba de cuatro Grandes Oficiales, de tres Oficiales, de doce Suboficiales y
de quince Legionarios.
§ 8. La
fundación de la Escuela Militar
La
primera preocupación de O’Higgins una vez que el vecindario de Santiago,
reunido en Cabildo abierto, le aclamó como Director Supremo del Estado de
Chile, aquella memorable mañana del 16 de febrero de 1817, fue la de organizar
el ejército de la patria, que estaba llamado a consolidar el triunfo que el
Ejército de los Andes había conquistado en Chacabuco cuatro días antes. Sin la
existencia de un ejército netamente chileno, que arrojara definitivamente de
nuestro territorio a los restos de los escuadrones españoles que no habían
alcanzado a huir y a las fuerzas respetables que aun subsistían en el sur de
Chile, la independencia del país sería un mito.
Sin
descuidar, por cierto, la organización preliminar de la administración pública,
que con el cambio violento de autoridades se debatía en el caos, y
defendiéndose denodadamente de las resistencias que oponían a toda clase de
medidas los numerosos e influyentes elementos peninsulares en todos los órdenes
de la sociedad, el Director emprendió la tarea de crear dos cuerpos de tropas
totalmente nacionales, para lo cual fue su brazo derecho el coronel de milicias
don José Ignacio Zenteno, a quien había designado su secretario o Ministro de
Guerra.
El ojo
penetrante de Zenteno se fijó en dos activos patriotas que durante las primeras
campañas de la independencia habían demostrado una energía y una resolución a
toda prueba; uno de ellos era el coronel don Juan de Dios Vial, y el otro el
teniente coronel don Joaquín Prieto, el que, andando los años, habría de llegar
a la Presidencia de la República. El primero quedó encargado de fundar el
Batallón de Infantería Nº 1 del Ejército de Chile, con elementos de la
provincia de Aconcagua, y el segundo el primer Regimiento de Artillería. Al
mismo tiempo se organizaba en Santiago una compañía de jinetes que fue la base
del Regimiento de Caballería “Cazadores”, que debía desempeñar durante las
futuras campañas un brillante papel.
El
espíritu militar de los chilenos correspondió ampliamente a las expectativas
del Director Supremo; antes de quince días el Batallón de Infantería contaba
466 hombres, el de Artillería 197 y Cazadores 100 jinetes escogidos; cada uno
de estos últimos habíase presentado al cuartel con “caballo y arreos”.
Pero el
plan de O’Higgins era mucho más vasto. El gran patriota había palpado, durante
las campañas de la Patria Vieja, los inconvenientes que presentaban las tropas
indisciplinadas, y las enormes ventajas que, por lo contrario, ofrecía en una
batalla un ejército instruido y veterano. En el campamento de Mendoza, en el
paso de los Andes y, por último, en la reciente batalla de Chacabuco, había
comprobado O’Higgins que la disciplina y la instrucción de la tropa eran las
determinantes del éxito. Aspiraba, por lo tanto, a que el nuevo ejército de
Chile fuera vaciado en esos moldes para que pudiera responder a las exigencias
del futuro.
En
aquellos tiempos las cosas se hacían más rápidamente que ahora, y el 16 de
marzo de 1817 — apenas hacía un mes que O’Higgins desempeñaba el mando supremo—
se dictó el decreto que creó una Academia Militar, cuyo objeto, “por ahora, se
dirige a formar una Academia teórica y práctica de donde puedan sacarse, a los
seis meses, oficiales, sargentos y cabos con los conocimientos tácticos
necesarios para las maniobras de batallón y escuadrón”.
Según el
decreto de fundación, nadie podría, en lo sucesivo, entrar a servir en el
ejército en los cargos de oficial o de sargento sin haber hecho los respectivos
cursos en la mencionada Escuela.
La
“Gaceta del Supremo Gobierno de Chile” — que había comenzado a publicarse a
raíz del triunfo de Chacabuco, en substitución de la “Gaceta del Rey” que
servía de vocero al Gobierno realista— publicó, en su número del 19 de marzo,
un artículo escrito por Zenteno, Ministro de la Guerra, en el cual se leen
entre otros, los siguientes conceptos, como comentario al decreto de creación
de la Academia Militar: “Nosotros deberíamos avergonzamos de que todavía nos
veamos precisados a mendigar extrañas luces para defender a la patria en el
campo del honor. El arte de triunfar en el menor tiempo posible economiza la
sangre de nuestros semejantes; y este arte, aprendido en una Academia de
educación, reúne en el militar las virtudes sociales que dulcifican el carácter,
le hacen amable y le adornan de aquellas costumbres blandas y apreciables que,
sin afeminar al hombre, le presentan apacible en la ciudad y terrible en el
campo de Marte...”
En el
mismo decreto de creación de la Escuela se designó al sargento mayor de
Ingenieros don Antonio Arcos para director. Este militar era de origen español;
pero había abrazado con entusiasmo la causa de la revolución de Chile, se había
batido en varias ocasiones, y prestado importantes servicios al ejército
patriota, en donde gozaba del merecido prestigio de haber pertenecido a los
ejércitos de Napoleón. Otro militar extranjero, igualmente prestigiado por
haber figurado con brillo en aquel mismo ejército, fue designado ayudante
mayor, o subdirector; éste fue el teniente de caballería don Jorge Beauchef,
que demostró desde el principio y durante su vida al servicio de Chile
relevantes dotes de talento, actividad y competencia militar.
Pero
junto con el decreto de creación se presentó la primera dificultad. El Gobierno
había dispuesto que la Academia Militar ocupara una parte del convento de San
Agustín, cuya espaciosa cabida estaba habitada por solo cuatro frailes, cinco
novicios y un lego y, en cumplimiento de esa disposición, el mayor Arcos
presentóse ante el prior de esa orden para convenir con él la forma y el sitio
en que debería funcionar el nuevo instituto. Pero el Superior, alegando los
derechos de su comunidad, los cánones y la violación de la clausura, no
solamente se negó a tratar con el Director de la Academia, sino que llegó hasta
señalarle la puerta, saliendo violentamente del locutorio en donde se realizaba
la conferencia.
O’Higgins
no era de los que se paraban en pelillos ni en barras cuando veía desobedecidas
sus órdenes, y así que supo la actitud del agustiniano, tomó un papel y por su
mano escribió una orden para que el Intendente de Santiago, don Francisco Ruiz
Tagle “tome de inmediato posesión del mencionado convento y coloque a los
frailes en un patio interior”, entregando el resto del edificio al mayor Arcos.
“Y luego reprehenderá usía al reverendo superior, manifestándole el desagrado
que el Gobierno ha tenido al saber su resistencia”.
Pero
mientras se tramitaba esta orden, no faltó quien diera conocimiento de ella a
los frailes y les insinuara lo conveniente que sería alejar el peligro de una
invasión violenta» El superior, por su parte, no podía desentenderse de ese
peligro, y sin otro propósito que el de salvar su inmediata responsabilidad,
dio parte al Obispo de Santiago, señor Rodríguez Zorrilla, de las incidencias
que estaban ocurriendo y de las que se esperaban.
El obispo
era maturrango fino, y ya había tenido varios choques con el Gobierno — a
propósito de algunas medidas que había adoptado O’Higgins contra varios curas
que predicaban contra la República— en todos los cuales la autoridad episcopal
no había resultado bien parada. No quiso el obispo extremar dificultades en
esos momentos, y contra todo su deseo, aconsejó al superior que se sometiera a
la imposición del Gobierno, que se recluyera con sus frailes al patio que caía
hacia la calle de San Antonio esquina con la de Moneda, y que entregara el
resto al mayor Arcos, junto con una protesta escrita contra ese acto violatorio
de los derechos e inmunidades eclesiásticos.
Mal de su
grado, sometiéronse los frailes y procedieron a transportar sus bártulos más
precisos al patio que se les había señalado; pero dejáronse llevar por un
despecho insensato y, al desocupar “los cuartos” del convento que iban a ser
entregados a la Academia Militar, arrancaron varias puertas y ventanas
destrozaron e inutilizaron otras, rompieron muebles, arañaron las paredes,
emporcaron los pisos, y uno de ellos, un padre de apellido Lemos, escribió,
entre otros letreros igualmente procaces e insolentes, el que sigue: “Baldón
para el huacho O'Higgins”.
El
castigo a esté desacato no demoró ni una hora; esa misma tarde el Director
Supremo firmó la siguiente orden, que fue puesta en ejecución inmediatamente:
“Este atentado es el más escandaloso y degradante con que pueda provocarse la
indignación de un Gobierno, que si hasta aquí, por consideraciones de
prudencia, ha sabido disimular la inicua comportación de esos religiosos, ya no
puede desentenderse ni dejar impunes tamaños excesos. Así, para empezar a
ejemplarizarlos, dispondrá usted que en la tarde de este mismo día salgan de
aquel convento todos los individuos que habitan en él, sin excepción de alguno,
y que, dejándolo enteramente desocupado, pasen a continuar una vida
verdaderamente monástica en la Recoleta Dominica o en otros puntos a que usted
tenga a bien destinarlos”.
En otra
comunicación de la misma fecha, el Ministro Zenteno ordenaba al Auditor de
Guerra la investigación de los hechos “en horas, si es posible” y el proceso de
los frailes que resultaren culpables, “para imponer por mí mismo el castigo de
los delincuentes”.
El
Auditor, que lo era don Bernardo de Vera y Pintado, anduvo tan diligente que al
siguiente día pudo señalar al Ministro como principales culpables a los
religiosos Juan de Dios Vera, Ramón Valenzuela y José Lemos, los cuales fueron
desterrados a Mendoza, en donde ya se encontraba, por orden de San Martín, el
célebre padre Zapata, de la misma Orden, por una causa parecida, que vale la
pena recordar, para que se aprecie el buen humor que a veces se gastaba el
adusto jefe argentino.
Este
padre Zapata era un realista tan procaz como recalcitrante. Cuando San Martín
llegó a Santiago supo que el agustino, en sus constantes predicaciones desde el
pulpito y en todos los círculos, había dicho que el general cuyano era el más
abominable de los herejes y que, por lo tanto, no merecía llamarse “San
Martín”, sino Martín, a secas, como su homónimo y correligionario Martín
Lutero. San Martín hizo llevar a su presencia al fraile y le dijo,
plantándosele al frente: “Usted, padre, me h a suprimido una parte de mi
apellido; pues bien, en castigo, yo le suprimo a usted la primera letra del
suyo, y en adelante usted se llamará “Apata” en vez de Zapata, y, como
complemento, lo destierro a Mendoza, y le mando que se vaya ahora mismo, y “a
piesito”...
— Conque,
padre Apata, salga para Mendoza “a pata”...
Desalojado
el convento de San Agustín, el mayor Arcos tomó posesión de él y empezó su
ardua labor en compañía de Beauchef, con entusiasmo y fe; el Gobierno le
proporcionó generosamente todos los medios que se necesitaban para que el
instituto pudiera rendir los frutos que de él esperaba la patria naciente, y es
justo reconocer que ellos correspondieron a esas expectativas.
La
Academia constaba de tres secciones; la primera, compuesta de cien cadetes,
jóvenes distinguidos por su honradez y buena conducta, estaba dividida en dos
compañías; la mitad de ellos pagaba cincuenta pesos cada semestre; los otros,
elegidos por el Gobierno entre los hijos de militares, de viudas, de padres
pobres pero virtuosos, o de individuos que hubieran prestado servicios a la
patria, estaban relevados de pagar y, en cambio, recibían diez pesos al mes.
La
segunda sección era compuesta por ciento cincuenta individuos de buena
conducta, que sabían leer y escribir, divididos igualmente en dos compañías,
recibían el sueldo de seis pesos al mes, y al terminar sus cursos deberían
ingresar al ejército en clases de cabos y sargentos.
La
tercera sección era exclusivamente para oficiales en servicio, los que debían
adquirir allí los conocimientos de táctica y los necesarios para uniformar el
orden y la disciplina en los demás cuerpos del ejército.
El
teniente Beauchef, ayudante mayor o subdirector de la Academia, en unas
memorias autobiográficas que escribió veinte años después, consigna
interesantísimos detalles sobre los primeros dos años de la Academia Militar, y
cuya recordación es oportuna.
“En pocas
semanas de trabajos preliminares — dice— estuvimos en situación de recibir a la
juventud entusiasta por la independencia de su patria, y pronto contamos con
noventa jóvenes, de las mejores familias, que recibieron el título de cadetes;
y luego una segunda sección de sargentos y cabos, que ganaban seis pesos al
mes; éstos eran 120 hombres. Luego se nos agregó, como instructor, un oficial
compatriota mío, llamado Deslande.
“Las
armas, los caballos y el equipo estuvieron listos en poco tiempo; la juventud
se nos prestaba a todo con grande ardor y había mucho trabajo. Enseñamos los
elementos de las tres armas: infantería, caballería y artillería; yo estaba
encargado de las dos primeras. El cargo era pesado, pero yo lo desempeñaba con
gusto, al ver el entusiasmo de los jóvenes, y para servir a mi nueva patria.
“Luego se
vio a esa arrogante juventud bien uniformada, con el fusil al brazo y la
mochila a la espalda y con mucho donaire, porque los chilenos son muy bien
dispuestos para el servicio de las armas; además, el señor O’Higgins no nos
dejaba carecer de nada”.
“Se
pasaron seis meses de un trabajo continuo, desde las seis de la mañana hasta la
tarde y, al fin de ese tiempo, salieron a los diversos cuerpos que hacían la
campaña del sur ochenta oficiales y cien cabos y sargentos.
Tales
fueron los primeros frutos de la Academia Militar, fundada, con gran visión de
estadista y de patriota, por el Director Supremo don Bernardo O'Higgins.
§ 9. La
jura de la Independencia chilena
(1817)
Desde las
primeras manifestaciones revolucionarias que dieron por resultado el Cabildo
Abierto de 1810, hasta fines de 1818, es decir, duran-te ocho años de lucha por
la libertad, no se había hecho en Chile un demostración expresa y “oficial”
sobre cuál era la aspiración de los habitantes de este “reino” en cuanto a su
vida futura en el campo político. Sin embargo, nadie había que dudara, al
terminar el año 1818, de que gobierno, “vecindario” y pueblo estaban resueltos
a desligarse absoluta y perpetuamente de la antigua metrópoli para vivir “o
morir” como un Estado libre e independiente.
Se debe
recordar, sin embargo, que, aparte del padre de la Revolución, Martínez de
Rozas y de sus a bíteres el Mercedario Larraín y el Mayorazgo don José Antonio
Rojas, “los cuales hablaban entre sí de independencia absoluta cuando se
encontraban solos”, hubo un fraile, Camilo Henríquez, que no tuvo pelos en la
lengua para vociferar en proclamas, en corrillos y aun desde el pulpito, que el
“pueblo era el único soberano y dueño de gobernarse como le diera la gana”.
También se debe recordar que las revoluciones de los Carrera, aparte de la
satisfacción de las ambiciones de mando de José Miguel se fundaron en que los
patriotas de 1810 eran “moderados” y sólo deseaban guardar y conservar estos
reinos para entregarlos a su legítimo dueño, “nuestro amado monarca Fernando
VII”...
En el
transcurso de esos ocho años han ocurrido grandes y trascendentales
acontecimientos; a los conatos de gobiernos independientes que sucedieron a las
revoluciones carrerinas de 1811, sobrevinieron las expediciones españolas de
Gainza, de Pareja y de Osorio, que trajeron la derrota de Rancagua en 1814, con
la Reconquista durante veintiocho meses, y por último, el paso de los Andes y
la victoria de Chacabuco, que llevó a O’Higgins al solio directorial, el año
1817.
Durante
todo el tiempo que el poder estuvo en manos de los patriotas, antes de la
Reconquista, no hubo tiempo ni ocasión para producir la declaración oficial de
la independencia de Chile. La lucha partidista entre Carrerinos y “larraínes”,
primero, y entre patriotas y realistas, después, absorbió todas las
preocupaciones y en esto llegó Rancagua y todo se lo llevó Pateta.
Pero
ganada la batalla de Chacabuco, restablecido el régimen patriota y tomadas las
indispensables disposiciones para enderezar los rumbos del nuevo Estado Libre,
el Director O’Higgins no quiso demorar la realización de un acto al cual con
lejanas miradas de estadista, daba toda la importancia que realmente tenía.
Todos los
actos del gobierno directorial, sus decretos, sus comunicaciones con los
gobiernos extranjeros, los escritos de la prensa, el ambiente mismo en que se
desarrollaban los sucesos revelaban, sin vacilación alguna, sin el disimulo de
los años anteriores, el propósito firme y bien decidido, de conservar la
libertad e independencia de Chile por sobre todos los obstáculos. “Chile tenía
bandera propia, moneda propia y escudo de armas propio, símbolos, todos, de un
Estado independiente; en realidad, no faltaba más que hacer una declaración
expresa, como lo habían hecho los Estados Unidos en 1776, Venezuela en 1811,
Nueva Granada y México en 1813, y en las provincias del Río de la Plata en
1816”, en él célebre Congreso de Tucumán.
El
Director O’Higgins encontrábase al frente del Ejército en el distrito de la
provincia de Concepción, en el mes de septiembre de 1817, cuando le fue
comunicada la noticia de que el Virrey del Perú, don Fernando de Abascal,
estaba organizando una expedición al mando del general Osorio, el vencedor de
Rancagua, con el objeto de restablecer nuevamente en Chile el dominio español.
El Director no titubeó un instante y junto con dar las órdenes de preparar al
país para rechazar la invasión, dispuso que la Junta que gobernaba en Santiago,
en su nombre, lanzara un manifiesto a los pueblos, convocándolos a declarar “a
la faz del mundo, que el Estado de Chile era y estaba dispuesto a permanecer
libre e independiente de la España y de cualquier otro Estado extranjero”.
Para que
esta declaración solemne y trascendental tuviera toda la fuerza moral que el
acto requería, debía ser hecha por una asamblea de origen popular; tal era el
pensamiento del Director, pero O’Higgins estaba convencido de que el país no
estaba apto aun para elegir Congresos, ni había cerebros suficientemente
preparados para formar asambleas legislativas eficientes; aun más, el Director
creía que todos los males que había sufrido el país durante el período de la
Patria Vieja, habían tenido su origen en el Primer Congreso Nacional, que se
inauguró en 1811 y al cual él mismo había contribuido a elegir, contra la
opinión de Martínez de Rozas. Como hombre patriota y sincero, el Director
O’Higgins reconocía sus errores y no se avergonzaba de volver sobre sus pasos.
La
proposición de la Junta de Santiago para convocar a los pueblos a elegir un
“Congreso” que debería hacer la declaración solemne de la independencia de
Chile, fue rechazada terminantemente por el Director; él había pensado ya otro
procedimiento y solamente le faltaba madurarlo, discutiéndolo en compañía de
sus colaboradores del Gobierno; el procedimiento era nuevo, pero no podía
presentar dificultades: se trataba de un “plebiscito”. ..
“Para dar
a este acto todo su valor, presentándolo como la expresión del voto libre y
uniforme de todos los ciudadanos, se manda que en cada uno de los cuatro
cuarteles en que está dividida administrativamente la ciudad de Santiago, y a
cargo de sus respectivos inspectores y alcaldes, se mantengan abiertos durante
quince días dos libros, uno en favor de la declaración de la independencia y
otro en contra de ella, en los cuales podrán firmar todos los ciudadanos que
quieran apoyar una u otra proposición. En los demás pueblos del Estado se
observará el mismo procedimiento por medio de una o más comisiones, según la
extensión de cada pueblo”.
El
resultado del procedimiento estaba descontado: tanto en Santiago como en las
demás ciudades y villas, los libros en que se manifestaba la necesidad de
proclamar inmediatamente la independencia se llenaron con millares de firmas, y
por lo contrario, en los otros libros no se estampó ninguna... Los pocos
realistas que aun quedaban en Chile, se guardaron bien de hacerse presentes, a
fin de no atraer sobre sus personas y bienes la animadversión o la persecución
general.
El
resultado de los escrutinios fue conocido por el Director, casi totalmente, a
principios de diciembre, y en esos mismos días, encontrándose acampado, con su
Ejército, por los campos de Linares, recibió también la noticia de que la
expedición realista del general Osorio había partido del Callao con rumbo a
Chile. El conocimiento de esta última noticia, cuya gravedad era enorme,
determinó al Director a apresurarla proclamación solemne de la independencia de
Chile; era algo así como la contestación o el reto a muerte que el naciente
Estado lanzaba contra la opresión amenazante de sus dominadores centenarios.
Con los
mismos correos que habían traído noticias de los escrutinios envió el Director
sus órdenes a la Junta, presidida entonces por el general don Luis Cruz, para
que se iniciaran cuanto antes los preparativos de las fiestas públicas con que
debía celebrarse en Santiago y en todos los pueblos del país el acto de la
proclamación de la independencia. Entretanto, ordenó a su Ministro del
Interior, don Miguel Zañartu que redactara el documento que habría de ser
firmado por el Gobierno “como testimonio imperecedero de tal acontecimiento”;
en esa acta se expresaría claramente la voluntad del pueblo chileno y a la vez
debía publicarse “un manifiesto oficial, en que se hallasen expuestos los
fundamentos y razones de aquella determinación.
Este
segundo documento fue confiado a la pericia literaria y al
entusiasmo patriótico del doctor don Bernardo Vera y Pintado.
“Se quería que ambas piezas, por la firmeza de los propósitos, por el vigor del
raciocinio y hasta por la elegancia de la forma literaria
fueran dignas del grande acto con que la patria iba a incorporarse en el número
de las naciones independientes”. Los comisionados pusieron grande empeño en el
cumplimiento de su cometido y emplearon largos días en tan delicado trabajo.
Solamente
a mediados de enero de 1818 llegaron a poder del Director los borradores de
ambas redacciones; habían puesto en ellas todo el vigor de sus almas patriotas,
pero todo eso no satisfizo las expectativas del Director. “Conozco, decía en un
oficio que envió inmediatamente a la Junta, que mis conocimientos no son
suficientes para dar a los borradores el retoque necesario, ni menos aun para
censurarlos; pero, hablando con franqueza, creo que el sentido común es
bastante para conocer que puede llegarse a otros grados de perfección, en estos
documentos”.
Y para
dar una idea más exacta de lo que él deseaba, dispuso que el acta de la
declaración de independencia “debía reducirse a la simple expresión de la
voluntad del pueblo chileno que quería ser libre, por tener derecho a serlo y
fuerzas suficientes que sirvieran de escudo a su libertad”. En el manifiesto
podían exponerse todas las razones que se quisiera para justificar la
declaración, “no omitiendo el abominable y espantoso crimen de haber excitado
en contra nuestra, y en todo el curso de la guerra, a las tribus bárbaras de
nuestro mediodía (los araucanos) no con el objeto de sujetarnos, sino de
destruirnos y arrasar al país entero. La Europa se horrorizaría, continúa
O'Higgins, de una conducta tan feroz, por cuanto los pueblos cultos se
abstienen de beligerar en concurso de los bárbaros que, desconociendo toda
especie de derecho, no distinguen entre el combatiente, el rendido y el inerme
ciudadano”. El Director aludía al soliviantamiento de las tribus araucanas por
los oficiales y soldados españoles de Valdivia en contra de los ejércitos y
ciudadanos patriotas.
Formuladas
estas y otras observaciones, el Director devolvió los borradores y comisionó a
los señores Ministros Zañartu, doctor Vera y Juan Egaña para que revisaran y
dieran una nueva forma al acta de la Proclamación y al Manifiesto, con el
encargo de que se los remitieran cuanto antes para firmarlos, pues “yo difiero
desde luego, en el acuerdo y tino de la comisión”.
En
efecto, el día 2 de febrero de 1818, estando el Director en su campamento de
Talca, recibió los documentos escritos en limpio; el acta venía copiada en una
hoja grande de papel grueso, con letra menuda y elegante. Leyó el Director la
nueva redacción, aprobó francamente algunas partes, se detuvo atentamente en
otras, pero cuando llegó a aquellas frases que dicen: “Hemos tenido a bien, en
ejercicio del poder extraordinario con que para este caso nos han autorizado
los pueblos, declarar solemnemente a nombre de ellos en presencia del Altísimo,
y hacer saber a la gran confederación del género humano que el territorio
continental de Chile y sus islas adyacentes forman de hecho y por derecho, un
Estado libre, independiente y soberano y quedan para siempre separados de la
monarquía de España...” volvió a leer el párrafo, lo encontró todavía poco
vigoroso, tal vez difuso, y sin poderse contener, le agregó, entre líneas, y de
su puño y letra, las siguientes palabras: “y de cualquier otro Estado”.
Y firmó
con rasgo firme, el trascendental documento.
A los dos
días llegaba el mensajero a Santiago y ponía en manos de la Junta el Acta de la
Proclamación, firmada, y un oficio del Director, en el cual anunciaba que el
día 10 de febrero se encontraría en la capital para presidir las fiestas que
debían realizarse el día 12, primer aniversario de la batalla de Chacabuco y
para las cuales se habían hecho grandes y meticulosos preparativos.
Junto con
enviar a O’Higgins el Acta copiada en limpio para que fuera firmada, el jefe de
la Junta, general Cruz, la había mandado a imprimir a fin de repartirla
profusamente en la capital y en los demás pueblos del país de manera que cuando
llegó a sus manos el Acta original firmada por el Director, con el agregado de
las palabras “y de cualquiera otro Estado” que según hemos visto puso entre
líneas el propio O'Higgins, ya no fue posible hacer en los numerosos ejemplares
ya distribuidos la enmendatura indicada por el Jefe del Estado. El precioso
original corregido de puño y letra de O’Higgins fue relegado, por este motivo,
al olvido y sólo se conoce el ejemplar del Acta que se mandó a copiar
esmeradamente algunos años más tarde, cuando el gran Padre de la Patria se
encontraba proscrito en el Perú, a donde le fue enviado para que estampara su
firma, juntamente con la de sus ministros don Miguel Zañartu, don Hipólito de
Villegas y don José Ignacio Zenteno, que residían en Chile.
El día 9
de febrero, por la mañana, se publicó el primer bando del general Cruz, en el
que anunciaba al pueblo de Santiago que el Director Supremo del Estado había
pernoctado en las haciendas de Paine y que llegaría a la capital antes del
mediodía; en el mismo bando se daba a conocer el programa de las ceremonias con
que se haría, el 12 de febrero, la solemne proclamación de la Independencia de
Chile, y se invitaba al pueblo a participar en ellas “con el entusiasmo y la
ingenuidad de hombres sanos que reciben un ansiado presente de la providencia”.
Paso por
alto la descripción del recibimiento que se tributó al Director a su entrada a
la capital por el camino real de la Ollería, o sea, por la actual Avenida
Portugal; baste decir que la ciudad se “despobló” y que las tropas mandadas por
el general San Martín le abrieron calle hasta el Palacio Directorial, situado,
ya lo sabemos, en el sitio donde está hoy el Correo.
Se tenía
preparado para esa noche un sarao en honor del Director, de su madre doña
Isabel Riquelme y de Rosita O’Higgins, su hermana; pero el recién llegado pidió
“de gracia” que se suspendiera la fiesta, porque deseaba emplear la noche para
tratar asuntos de Estado y de guerra con sus ministros y con el general en jefe
del Ejército, a fin de preparar la resistencia contra la expedición española
que ya debería estar cercana al puerto de Concepción.
En la
tarde del día siguiente, 11 de febrero, los cañones del Santa Lucía atronaron
los espacios con salvas mayores de 34 cañonazos, anunciando, “no como en
tiempos pasados, la llegada de un nuevo opresor o el nacimiento de un nuevo
príncipe, o el advenimiento de un nuevo rey, sino el nacimiento de un pueblo
libre”, según expresa en términos entusiastas una relación de la época, que
será la que me sirva de guía para hacer la presente descripción somera de
aquellas fiestas. El pueblo se reunió en la Plaza Mayor para presenciar, entre
toques de música y tambores y fanfarrias, “la quema” de ostentosos fuegos de
artificio, preparados por el maestro Munita, discípulo aventajado del
franciscano Padre Beltrán.
Al toque
de diana del día siguiente, y antes de la salida del sol, se formaron en la
Plaza las tropas de la guarnición y las guardias nacionales, formando un cuadro
por las cuatro calles, con la caballería y la infantería; al centro de la
Plaza, se había levantado un “tabladillo” de dos metros de alto y de siete
metros de cuadro; frente a ese tablado se plantó un “palo” de diez metros de
altura que iba a servir de asta para la bandera nacional que se izaría en el
momento oportuno.
Aun no
aparecían los primeros rayos del sol cuando empezaron a llegar a la Plaza las
escuelas públicas, que eran cinco; una de mujeres y cuatro de hombres; todos
los niños llevaban escarapelas tricolor al pecho y ramas de arrayanes en las
manos; a su vez, el pueblo llevaba las escarapelas en los sombreros y todos se
presentaron a la Plaza con sus mejores vestidos, “como para celebrar la mayor
solemnidad de su vida”.
Poco
después apareció por encima de las cordilleras nevadas el sol precursor de la
libertad de Chile; en este momento, los cañones de las baterías del Santa Lucía
atronaron los espacios y en este mismo momento se izó en la Plaza la bandera
nacional, y el pueblo y la tropa saludaron con potentes gritos de “invicto
tricolor”; luego se acercaron los niños de las escuelas y puestos alrededor de
la bandera cantaron a la patria tiernos himnos de alegría, “que excitaban un
doble interés por su objeto y por la suerte venturosa que de la patria debe
esperar la generación naciente”.
El
entusiasmo del pueblo, con sus cánticos y exclamaciones, no decayó un instante
hasta las nueve de la mañana, hora en que empezaron a llegar al Palacio
Directorial “los Tribunales, las corporaciones, las comunidades religiosas, el
Gobernador del Obispado, Canónigo Cienfuegos; los funcionarios públicos y por
último el Capitán General del Ejército Unido don José de San Martín, acompañado
del Diputado del Gobierno de Buenos Aires, don Tomás Guido, y la Plana Mayor”.
Todos iban a dar los buenos días al Director O’Higgins y “a sacarlo” para que
fuera a presidir la ceremonia.
A las
nueve y media salió el Director, “precedido de esta respetable comitiva”, y se
dirigió solemnemente, entre vítores y redobles, hacia el tablado de la Plaza.
Al presentarse ante el pueblo, el Director fue objeto de las más delicadas
demostraciones, y un hombre del pueblo, arrastrado por entusiasmo patriótico,
se trepó sobre el entarimado sin que la tropa pudiera impedirlo, llegó
impertérrito hasta el Director y le dio un abrazo... y un beso. O’Higgins,
vuelto de su sorpresa, correspondió gentil y benévolo, la manifestación de este
“roto” chileno, espontáneo y patriota.
Una vez
instalada la brillante comitiva en sus respectivos asientos, el Fiscal del
Tribunal de Apelaciones, don José Gregorio Argomedo, pronunció una vibrante
alocución, en nombre de Gobierno, para explicar al pueblo el significado
altísimo del acto que se iba a realizar en pocos momentos más. “Con la
proclamación ante la faz del mundo, de la Independencia de Chile — dijo
Argomedo— vais a dar todo su valor al país más favorecido de la providencia, y
ya el producto de vuestra industria y agricultura lo solicitarán las demás
naciones con emulación y os proporcionarán las más útiles ventajas los demás
pueblos de la tierra. Vais a franquear vuestros mares y comercios á todas las
naciones, y os traerán la abundancia, la comodidad y la cultura. Vais a abrir a
vuestros hijos la catrera del honor, de los empleos, del comercio y el
desarrollo de las virtudes y talentos que con tanto «esfuerzo se empeñaba en
sofocar el gobierno colonial”.
Inmediatamente
después, el Ministro Zañartu dio lectura al Acta de la Proclamación, y una vez
que hubo terminado la lectura, se levanto de su sitial el Director O’Higgins;
toda la comitiva se puso también de pie, y un silencio solemne se hizo en los
ámbitos de la Plaza. Iba a realizarse el acto más grande y trascendental de la
vida chilena; era el bautismo de un pueblo recién nacido al concierto de las
naciones libres; era la confirmación del propósito inconmovible de vivir y
morir en la santa y deseada independencia, por sobre todos los obstáculos y
sacrificios.
O’Higgins,
pálido de emoción, avanzó hasta el centro del tablado, en donde estaba colocado
un atril con el libro de los Evangelios, se arrodilló reverentemente sobre un
cojín, extendió su mano derecha encima de las páginas del Nuevo Testamento, y
dijo, en alta, solemne y conmovida voz.
“Juro a
Dios, y prometo a la Patria, bajo la garantía de mi honor, vida y fortuna,
sostener la declaración de independencia absoluta del Estado chileno, de
Fernando VII, sus sucesores y de cualquiera otra nación extraña Un clamor
incontenible, envuelto en los estampidos de las salvas se elevó hacia los
espacios, mientras el Director estrechaba entre sus brazos a cada uno de los
miembros de la comitiva, “y éstos lo hacían entre sí”; el bullicio perduró no
menos de cinco minutos, y sólo vino a terminar cuando el Director, llamando
hacia sí al Gobernador del Obispado, Canónigo don José Ignacio Cienfuegos, le
pidió que repitiera la fórmula del juramento.
El
Canónigo, que era un excelso y ardoroso patriota, pronunció con voz sonora el
juramento del Director, y agregó al final: “Y así lo furo, porque creo,
en mi -conciencia, que ésta es la voluntad del Eterno”.
En
seguida, el Director recibió el juramento del Capitán General del Ejército
Unido, San Martín, y de los Ministros de Estado, y luego el Ministro del
Interior, don Miguel Zañartu, lo recibió de todos las corporaciones y
funcionarios asistentes.
El
pueblo, entretanto, contemplaba emocionado la conmovedora ceremonia, sin dar
muestra de fatiga alguna, a pesar de que se había prolongado ya hasta cerca de
las once de la mañana, a pleno rayo de sol; por lo contrario, cada nuevo
juramento era celebrado con aplausos y demostraciones bulliciosas que ponían la
nota pintoresca en la severa ceremonia oficial.
Terminada
que fue la recepción del juramento a las corporaciones y funcionarios, el
Intendente de Santiago y Presidente del Cabildo, don Francisco de Borja
Fontecilla, procedió a recibir su juramento al pueblo mismo, según estaba
dispuesto en el programa.
Tomó en
sus manos la bandera nacional, que, llevada por un alférez, acompañaba siempre
a la persona del Primer Mandatario, y batiendo el pabellón en cada una de las
cuatro esquinas del tablado, pronunció las siguientes palabras: “¿Juráis, por
Dios y prometéis a la Patria, bajo la garantía de vuestro honor, vida y
fortuna, sostener 3a presente independencia de Fernando VII, de sus sucesores y
de cualquiera otra nación extranjera?”
“Aun no
acababa de oír el pueblo las últimas palabras, cuando el cielo escuchaba el
juramento clamoroso y conmovedor de la multitud, que alzaba sus brazos para
ponerlo por testigo de su resolución altiva e inconmovible de conservar la
libertad tanto tiempo apetecida”.
Se
hicieron varias descargas de artillería y luego se arrojaron, desde el tablado,
las medallas de la jura”, que fueron recogidas y disputadas “a la chuña” por
todos los que pudieron, “quedando con ello, muchos contusos”...
Estas
medallas eran de plata y llevaban el escudo nacional y una
inscripción alusiva al acto que se conmemoraba. Acuñadas en número muy
limitado, por razones de economía, advierte Barros Arana, circularon en los
pueblos como moneda corriente y se hicieron luego tan escasas y raras, que
veinte años más tarde era casi imposible procurarse una.
Desde el
tablado de la Plaza se dirigieron la comitiva y el pueblo a la Plazuela de San
Francisco, en donde el Alcalde Fontecilla y dos Regidores repitieron ante el
pueblo la fórmula del juramento, y desde allí pasaron todos a la residencia del
General San Martín, “para dejarlo en su casa”, y de aquí siguieron hasta el
Palacio Directorial, para hacer lo mismo con el Primer Magistrado de la Nación.
Al día
siguiente se cantó en la Catedral un solemne “Te Deum”, con toda la
magnificencia que era de rigor, y durante esta ceremonia pronunció una
“oración” patriótica el canónigo Julián Navarro que, por lo avanzado de sus
ideas sobre libertad e independencia, fue comparado muchas veces con Camilo
Henríquez y con el mercedario Larraín.
A esto
siguió un sarao en el Palacio Directorial y un banquete ofrecido por
el Plenipotenciario de Buenos Aires, don Tomás Guido.
La
relación que me ha servido de guía para esta crónica, fue escrita por don
Bernardo Monteagudo, probablemente por orden del Gobierno, y publicada en un
folleto de veinte páginas con el título de Proclamación de la
Independencia de Chile, se .encuentran allí numerosos! detalles sobre los
distintos festejos que se celebraron en las “casas particulares” para dar
brillo a este acto trascendental, detalles que no es posible resumir en un
artículo periodístico; sin embargo, no resisto a copiar el siguiente párrafo,
que da una idea general del entusiasmo y solemnidad con que el pueblo acompañó
a las autoridades en la celebración del fausto acontecimiento:
Las
fiestas públicas se prolongaron hasta el 16 de febrero. La variedad y
brillantez de los fuegos de artificio — dice la relación— las músicas y coros
patrióticos que se encontraban por todas partes; las danzas y pantomimas que
formaban los quince gremios de artesanos de la ciudad y la Maestranza,
compuestos de quinientos ochenta hombres vestidos con variedad de formas, pero
con uniformidad para guardar consonancia con los colores del pabellón; los
carros triunfales que ellos conducían, llevando cada uno los diferentes
símbolos que representaban la Fama, el Árbol de la Libertad, la América y otros
objetos análogos a estos días; la bandera tricolor, puesta en la fachada de las
casas, al lado del pabellón argentino, como muestra de la eterna alianza que
existirá entre ambos Estados y de la sinceridad con que están dispuestos a
sostenerse recíprocamente, en cualquier peligro, todo este conjunto de ideas y
representaciones excitaba el entusiasmo.
§ 10.
Preliminares del abrazo de Maipo
(1818)
No...No
fueron pequeños ni pocos los dolores de cabeza que sufrieron O’Higgins y San
Martín antes de darse la satisfacción de abrazarse en pleno campo de batalla el
día 5 de abril; aquella acción guerrera que determinó la independencia
definitiva de Chile, tuvo, lo sabe demasiado el lector, preliminares más
trágicos aun que la batalla misma, en donde se batió el cobre con verdadera
hazaña por ambos lados, como que los contendores estaban jugando la última
carta, o por lo menos la penúltima...
La
historia anecdótica de la batalla de Maipo no ha sido escrita todavía, por lo
menos en la extensión y la unidad que tal acontecimiento requiere, y es buena
obra contribuir a que tal cosa se realice por algún paciente colega que venga
detrás de mí con más empuje y con mejores condiciones; aquí va, pues, mi
contribución a tal obra y espero en Dios que no habrá de ser la única, pues
poseo algunas anécdotas sabrosas que dan a conocer el carácter, el alma de
muchos de los actores de aquel hecho afortunado que nos libró de una nueva
repechada de los Andes.
Por
suerte estoy escribiendo a cien años de distancia de aquel acontecimiento, y si
el Director O’Higgins está actualmente en condiciones de leer la última, frase
del párrafo anterior, no lo estará felizmente, para mandarme fusilar por
haberla escrito...Tal fue, por lo menos, el ofrecimiento que hizo a todo aquél
que hablara de emigrar nuevamente a Mendoza, a causa de la desastrosa sorpresa
que nos dieron los godos en Cancha Rayada, quince días antes del 5 de abril.
Y esta
declaración del gran patriota se produjo de la manera que voy a contar.
En la
sorpresa de Cancha Rayada recibió el Director varias heridas, una de ellas
grave en el brazo derecho; la abundante pérdida de sangre y la fatiga que
experimentó por su acelerado viaje a Santiago para tomar el gobierno del país —
que lo había arrebatado Manuel Rodríguez— y organizar de nuevo la resistencia
al invasor triunfante, dejó a O’Higgins con aspecto cadavérico y en alarmante
palidez. Observando sus facciones desencajadas y sus ojos hundidos, el cirujano
jefe don Diego Paroissien trató de confortarlo diciéndole que no estaba todo
perdido aún y todo se podía arreglar retirándose a Mendoza para crear allí otro
ejército...
O’Higgins
estaba sentado en un sillón en donde el cirujano acababa de hacerle una
dolorosa curación al brazo herido; pero al oír las palabras del físico, se puso
de pie de un salto, dio un golpe sobre la mesa, que puso en revolución los
“recados de escribir” y avanzando dos pasos hacia el asustado cirujano, le
gritó alzando el brazo sano:
— ¿A
Mendoza?... ¡Jamás! Con una emigración basta. Mientras yo viva y haya un solo
chileno que quiera seguirme, haré a los españoles la guerra en Chile... ¡Y
cuidadito, señor cirujano, con que yo sepa que usted ha repetido a persona
alguna esta insinuación, porque le mando dar cuatro tiros a usted y a cuantos
la repitan!
Estoy
seguro de que Paroissien no volvió a acordarse de que existía una ciudad al
otro lado de la cordillera.
Pero no
era éste el “preliminar” del 5 de abril que me proponía contar en esta crónica;
la anécdota de mi relato se refiere a San Martín, que fue el héroe principal de
la jomada y a uno de los generales extranjeros que servían en el ejército
chileno-argentino. Trátase del general napoleónico Barón Miguel de Brayer, que
desde Estados Unidos — en donde estaba emigrado después del destierro del
Emperador francés— vino a Buenos Aires, entre los oficiales que trajo don José
Miguel Carrera, para organizar el ejército que pretendía levantar en Chile para
hacer la guerra al español.
Llegado a
Buenos Aires el barón Brayer, encontróse con que aquel gobierno era contrario a
las pretensiones de Carrera; pero como lo que él deseaba era ofrecer su espada
a la causa de la independencia americana, presentóse a San Martín, que por
entonces estaba en la capital Argentina, y pidió ser reincorporado al ejército
unido de los Andes, que a las órdenes de O’Higgins estaba haciendo la campaña
del sur de Chile.
El
Director dio a Brayer el alto cargo de comandante general de caballería, en la
esperanza de que habría de corresponder a los antecedentes militares que
ostentaba el francés en su brillante hoja de servicios en el más prestigioso
ejército de Europa; pero la acción del recién llegado fue tan opaca y de tan
escasa significación, que en la primera entrevista que celebraron O’Higgins y
San Martín, después del regreso de este último a Chile, el Director dijo al
General en Jefe:
— Mi
general, no me pregunte usía por su recomendado Brayer, porque tendría que
decirle que no sirve para nada.
San
Martín, admirador de Napoleón y de sus ejércitos, no acertaba a explicarse el
fracaso de uno de los más calificados estrategas del Imperio que había ganado
galón por galón los entorchados de teniente general, por su actuación brillante
en treinta años de servicios; Napoleón no podía estar tan equivocado al premiar
al barón de Brayer con repetidos ascensos, muchos de ellos en el mismo campo de
batalla, y con los títulos de conde y Par de Francia; pero como tenía absoluta
confianza en O’Higgins, se propuso observar de cerca al francés.
Con la
discreción que era su característica, San Martín supo averiguar a las pocas
semanas que Brayer ora un “carrerino” decidido y que, por lo tanto, “no podía
ver al huacho O'Higgins”, bajo cuyo mando encontrábase deprimido.
El
General en Jefe no podía desentenderse de tal cosa, pero tampoco deseaba
desechar los importantes servicios que prestaría al ejército chileno y a la
causa americana un militar de tan calificado prestigio como Brayer; trató,
pues, de “componer” la situación con acucioso tacto, apartando las ocasiones de
que e l Director y el General Brayer se pusiera en relación directa.
La
campaña contra el ejército español de Osorio desembarcado en Talcahuano,
habíase iniciado con violencia y el ejército chileno efectuaba la penosa cuanto
peligrosa retirada hacia el norte, para llegar a la concentración total de las
fuerzas y presentar la batalla decisiva; Osorio venía pisando los talones a
O’Higgins y este general hacía sobrehumanos esfuerzos para alcanzar la ribera
norte del Maulé, en donde le esperaba San Martín con buen refuerzo de tropas.
En uno de estos encuentros parciales, el comandante Ramón Freire emprendió un
ataque contra fuerzas mayores mandadas por el coronel Joaquín Primo de Rivera —
antecesor del que fue gobernante español— y San Martín dio orden al general
Brayer para que apoyara, en el momento oportuno, con su caballería, al audaz y
valiente jefe chileno.
Se
produjo el choque, pero Brayer no cumplió la orden que había recibido y Freire
estuvo en un tris de perecer en la acción con toda su tropa, habiéndose salvado
mediante la ayuda que de su propia iniciativa le prestara el impetuoso y
valiente Santiago Bueras. El comportamiento de Brayer en esta acción, sacó de
tino a San Martín; de cómo calificó esta conducta, pueden dar una muestra estas
frases que escribió más tarde en un documento público:
“Yo le di
a Brayer la orden para que con toda su caballería sostuviera los movimientos
que Freire iba a emprender sobre la vanguardia enemiga; pero la conducta de
Brayer en esta jornada fue la más vergonzosa por su cobardía; él comprometió a
Freire en tales términos, que sólo el valor de este oficial pudo sacarlo del
empeño”.
Don Tomás
Guido, ministro argentino en Chile, que se encontraba en el campo de batalla,
declaró “que él había visto a Brayer, ese día, afeitándose tranquilamente
delante de un espejo y debajo de un árbol, mientras Freire se batía
desesperadamente”.
San
Martín quitó a Brayer, ese mismo día, el mando de la caballería y lo destinó al
Estado Mayor; creyó, tal vez, que con este castigo el militar francés
modificaría su conducta futura, pero no fue así, desgraciadamente.
Producida
la sorpresa de Cancha Rayada y el desastre de las tropas patriotas, San Martín
encontró a O’Higgins herido de gravedad, rendido bajo un árbol, mientras uno de
los “practicantes” procuraba aliviarle sus dolores; a su alrededor se juntaron
varios jefes en espera de órdenes y una vez recibidas, partieron a su destino.
Tras de un breve descanso, O’Higgins y San Martín continuaron la marcha hacia
el norte, y en esos momentos se les juntó Brayer. “Yo acompañaba al Director—
dice San Martín— que iba gravemente herido; los agudos dolores que éste
experimentaba, le obligaban a marchar a paso muy lento. Yo no podía abandonar a
un amigo, más cuando ese amigo era el Jefe de Chile; Brayer, en cambio, lo hizo
vergonzosamente, al poco rato de ir con nosotros”, y dos días después entraba a
Santiago confirmando sin reservas las noticias del desastre en la asamblea
popular que había organizado Manuel Rodríguez para apoderarse del mando.
Llegados
a la capital, O’Higgins y San Martín, Brayer fue separado del ejército en forma
despreciativa y hasta humillante, pues ni siquiera se dictó un decreto de
separación, sino que se le envió una mera orden verbal para que entregara los
papeles y documentos oficiales que pudiera tener consigo. Brayer entregó la
documentación y como, transcurridos varios días, no recibiera órdenes de ningún
género en los momentos en que se trabajaba febrilmente para organizar el
ejército que debía pelear en Maipo, envió a San Martín una presentación en que
se leen las siguientes palabras:
...“me
dirijo a V. E. suplicándole me conceda algún mando en las tropas que se reúnen
para rechazar al enemigo. Mi salud destruida por heridas graves, me deja sólo
una existencia dolorosa, cuyos restos ofrezco en obsequio de la independencia
del país que me ha acogido en mi desgracia. — Marzo 27 de 1818 — Brayer”.
La
respuesta de San Martín fue cruel. Díjole en nota oficial: “Señor General, la
salud de V. S. es muy interesante, y por lo mismo deberá reponerla por medio de
una curación formal. Cuando usted mejore, se proveerá su solicitud”. Era una
burla sangrienta, que, según parece, Brayer no entendió en todo su significado,
porque el 5 de abril, un poco antes de empezar la batalla se presentó ante San
Martín, “cojeando y solicitando que le concediese licencia para pasar a los
baños medicinales de Colina”; “mi contestación, fue, dice San Martín, que con
la misma licencia con que se había retirado de Cancha Rayada a Santiago, podía
hacerlo para ir a los baños”; pero como la batalla estaba para empezar por
momentos, le agregó que si sus males se lo permitían, se quedara allí para
coadyuvar a la libertad de Chile. “El señor Brayer me contestó que no estaba en
estado de hacerlo, porque la antigua herida de su pierna no se lo permitía; mi
primer impulso, agrega San Martín, fue pasarlo por las armas, pero no pude
contenerme de decirle públicamente:
— Señor
General Brayer, el último tambor del ejército unido tiene más honor que Vuestra
Señoría”.
Bueno;
esto es lo que cuenta el General San Martín, en un documento oficial que envió
al Gobierno de Buenos Aires; pero la verdad parece ser otra, en cuanto a los
detalles de esta entrevista, según el relato del escritor inglés Samuel Haigh,
que se encontró presente en ella. Dice Haigh que “San Martín expresó a Brayer
su sorpresa en términos poco mesurados, y después de indicarle que podía irse
donde quisiera, concluyó diciéndole:
— Señor
General, es usted un “carraco”...
Y le
volvió las ancas de su caballo.
§ 11. La
víspera del 5 de abril
(1818)
Los
esfuerzos de las autoridades y en especial los del Intendente de Santiago, don
Francisco de la Fuentecilla y miembros del ayuntamiento, no pudieron evitar que
la ciudad se diera cuenta de que nuestro brillante ejército que había salido
orgulloso a batir a los “maturrangos” en su avance hacia el norte, había
sufrido un serio descalabro en los campos de Cancha Rayada, cerca de Talca.
Calculábase, allá por el 20 de marzo, que en esos días debía producirse el
encuentro entre ambos ejércitos; todos tenían al principio gran confianza en
que San Martín y O’Higgins habrían de triunfar esta vez de Osorio, como un año
antes habían triunfado en Chacabuco de Marolo y de Marcó del Pont; pero sea que
la moral hubiera decaído un poco después de los desastres de Talcahuano y de
Cancha Rayada, sea que los chilenos recordaran que Osorio era de mano pesada,
puesto que se la habían conocido en Rancagua, el hecho es que la gente de
Santiago estaba “esperando” una mala noticia. Y esta mala noticia la trajo,
según Zapiola, el teniente Samaniego, del Regimiento de Granaderos de Los
Andes, que fue uno de los primeros que lograron huir del desastre...
La
segunda persona que llegó a Santiago en la misma noche del 20 de marzo,
trayendo la noticia o mejor dicho la confirmación del desastre de Cancha
Rayada, fue el auditor de guerra don Bernardo Monteagudo, que venía apurado
para arreglar sus maletas y seguir el mismo día camino de la cuesta de
Chacabuco y de Mendoza.
Total,
que al salir el sol: del día ya no había nadie en la capital que no supiera el
desastre de nuestro ejército, y se preparara, pudiendo hacerlo, para emigrar a
“la otra banda” que era tenida algo así como el puerto de salvación: Ese día 21
era Sábado Santo, y se celebraba de madrugada la tradicional procesión del
Señor Resucitado que salía por la puerta principal del templo de Santo Domingo,
subía por la calle del Puente, pasaba a hacer “una venia” a la Virgen Madre,
que esperaba la pasada de su glorioso hijo en la puerta de la Catedral, daba
vuelta a la Plaza, seguía por la calle de la Pescadería (21 de Mayo) y entraba
otra vez al templo por la “puerta del Perdón”, que así se llamaban las “puertas
del costado” de todos los templos.
Pues
bien, esta procesión que era solemnísima, “de tabla”, o de obligación para los
santiaguinos, “casi no salió ese Sábado Santo, porque toda la “gente decente”
que hacía de “alumbrante” en ella, no concurrió al templo preocupada por la
fuga.
A medida
que avanzaba el día iban esparciéndose también la confusión, el desorden y el
pánico en la ciudad, y a eso de las dos de la tarde fueron saqueadas varias
tiendas y casas de algunos patriotas ... El “soberano pueblo” que por entonces
entendía esto de la patria y del rey, según la libertad que unos y otros le
dejaran para vaciar las casas del enemigo, no dejó escapar la insinuación que
algún “godo” hiciera al “saqueador” más conspicuo que tenía la capital! en la
persona del "canchero” Francisco Segovia, maestro en estas funciones, pues
es fama que después de Chacabuco se despachó en menos de una hora cinco casas
de godos, sin dejar ni la puerta.
A eso de
las tres de la tarde el camino y aun los senderos que atravesaban el “arenal”
del llano de Maipo se iban cubriendo por momentos de gente de toda condición
que venía fugitiva de las ciudades y villas del sur, y que “pasaban de largo”
para Chacabuco sin detenerse en Santiago; entre esos fugitivos se veían
soldados y oficiales del ejército derrotado, armados, polvorientos, sudorosos y
abatidos— ¡El espectáculo era para consolar a cualquiera!
Antes de
partir hacia el sur el General San Martín» para conquistarse la adhesión del
astuto e inquieto guerrillero Manuel Rodríguez, y al mismo tiempo para alejarlo
definitivamente de Santiago, donde no cesaba de conspirar contra el gobierno,
líe había ofrecido el cargo de Embajador de Chile en Buenos Aires. Sea porque
San Martín le hizo este ofrecimiento “con alguna energía” sea porque el
guerrillero creyera que allá podría combinar personalmente sus planes
revolucionarios con José Miguel Carrera, el hecho fue que aceptó el cargo y
empezó a preparar su viaje.
En esos
preparativos se encontraba Manuel Rodríguez, cuando se produjo el desastre de
Cancha Rayada y se difundió el pánico, sobre todo a causa de que los realistas,
según se decía venían ejerciendo duras represalias contra los que caían en sus
manos, ya fuera en calidad de prisioneros de guerra como de simples civiles.
El
Director interino don Luis de la Cruz, los Ministros Astorga, Zañartu y Pérez,
los altos funcionarios, los principales vecinos, vieron que la ola venía
agrandándose y que podía llegar a ser avasalladora.
Los
“carrerinos”, por su parte, se encargaban de fomentar las noticias malsanas y
echaban a circular pavorosas invenciones con el objeto de culpar al Gobierno de
inepcia para dirigir la guerra contra el invasor; Manuel Rodríguez fue
ardientemente solicitado por sus partidarios para que, aprovechándose de la
“revoltura” se pusiera a la cabeza de un movimiento revolucionario para
derrocar, de una vez, el Gobierno de Cruz; pero el guerrillero se mostraba
vacilante. Ya había aceptado un cargo diplomático de ese gobierno, y además,
sus proyectos revolucionarios los había ubicado en Buenos Aires, al lado do
José Miguel Carrera, a quien creía en situación de emprender una revolución en
forma.
En la
tarde del Sábado Santo aparecieron por la “Cañada de San Lázaro varios grupos
de “rotos” encabezados por mayordomos del fundo San Miguel (este fundo era de
propiedad de los Carrera) que venían hacia el centro de la ciudad dando gritos
de ¡Abajo el Gobierno! ¡Viva Manuel Rodríguez!, gritos que pusieron en alarma a
la población y al Gobierno, porque,
al fin, los “manifestantes” se vinieron a situar en la (Plaza, frente a l
Palacio Directorial, actual sitio del Correo. Una hora más tarde, la poblada
alcanzaba a un par de miles de hombres, que hasta ese momento se limitaban a
renovar sus gritos cada cinco o diez minutos.
A eso de
las cinco de la tarde una delegación del pueblo pidió y obtuvo licencia para
entrevistarse con el Director Cruz, que estaba reunido con sus Ministros; la
delegación, cuya voz era llevada por don Manuel Serrano, solicitó del Director
que convocara al vecindario a un Cabildo Abierto; el Director pidió una hora
para contestar, declarando que él aceptaba, en principio, la petición.
Mientras
la delegación bajaba las escalinatas de Palacio, llegó a la plaza Manuel
Rodríguez, acompañado de Valdivieso, Bartolomé Araos, José Manuel Gandarillas y
otros dirigentes del “carrerismo”. Cuando la multitud vio al guerrillero, le
abrió paso en medio de un estusiasmo clamoroso hasta la puerta de Palacio, que
era donde se dirigía. Llegado a presencia de Cruz, el guerrillero le entregó en
sus manos un papel que decía:
“Excmo.
Señor: Soy destinado a Embajador en Buenos Aires; la comisión me hace decoro, y
yo creo que el primero de mi vida es seguir las órdenes de V. E. ¿Marcho hoy,
que el país está en apuro? Disponga V. E.; mis votos son por Chile, por el
orden y por la reputación de los que recibimos la fortuna de sostener la libertad. No
conozco amor a 1a vida, ni me empeña sino el crédito americano. Hoy 21 de marzo
de 1818 protesto por mi honor de no demorarme un momento, sucedida la
independencia segura y suplico a las autoridades que no me impidan correr a lo
más peligroso. ¡Ojalá, con mi sacrificio, yo haga al cabo alguna utilidad! Dios
guarde a V. E. Excmo. Señor. — Manuel Rodríguez.
Al
momento de terminar la lectura de este pliego, el Director tomó solemnemente la
pluma y escribió de su puño la siguiente providencia al pie de la solicitud:
“Respecto
a estar amenazada la patria por él enemigo y considerarse que el solicitante
puede serle útil en sus actuales apuros, suspenderá por ahora su marcha y se le
destina para que sirva de mi edecán durante el conflicto de la patria. — Cruz.
En el
mismo acto, el Director declaró que el Cabildo Abierto que había pedido el
pueblo se realizaría al subsiguiente día, o sea, el lunes 23, a las 11 de la
mañana.
Efectivamente,
a la hora indicada reuniéronse en la Presidencia hasta 200 vecinos “de lo
mejorcito” que quedaba en Santiago, puesto que la mayor parte había huido ya a
Chacabuco y Los Andes para esperar allí las noticias finales que habrían de
determinar si se trasmontaban las cordilleras o si se volvía a la capital. En
la Plaza se había amontonado un pueblo bullicioso y agitado que no cesaba de
gritar ¡Viva Manuel Rodríguez…
¡Los
carrerinos lo tenían todo preparado!
Entretanto,
en la sala principal, donde estaba reunido el Cabildo Abierto, el guerrillero
tomó la palabra y con acento vibrante convencido e irresistible afirmó que era
necesario cambiar a los hombres de gobierno para que el pueblo designara
libremente a los que debían salvarlo en esas circunstancias. Después de larga y
agitada discusión, se tomó el siguiente acuerdo:
“En
fuerza de la autoridad que reside en el pueblo, se determina que las facultades
del Director Supremo propietario (O’Higgins) se entiendan delegadas en toda su
extensión en los ciudadanos Coronel don Luis Cruz y en el teniente coronel don
Manuel Rodríguez, de cuyo enérgico celo espera el pueblo la salvación de la
Patria”.
Con este
acuerdo, Manuel Rodríguez y los carrerinos prescindieron del Director Cruz y
sin consultar a nadie se lanzaron a organizar el Regimiento de Húsares de la
Muerte, del cual se nombró Coronel el mismo guerrillero; desde el teniente
coronel, que fue Manuel Serrano, hasta el último oficial fueron carrerinos
“previamente calificados”; la tropa fue, asimismo, escogida entre los
inquilinos de sus partidarios, en los fundos vecinos.
Con la
protesta enérgica del Sargento Mayor don Joaquín Prieto, jefe de los Arsenales
y Maestranza, Manuel Rodríguez hizo sacar violentamente de las bodegas todo el
armamento y equipo que allí encontró para armar y vestir a sus Húsares.
Tales
actos de violencia y otros de distinto género, obligaron al Ministro Zañartu a
enviar tres propios “uno después del otro” a O’Higgins, con pliegos en los
cuales, junto con darle cuenta de lo que ocurría en la capital, le pedía que
regresara a ella “cualquiera que fuere el estado en que se encontrase”.
El primer
mensaje encontró a O’Higgins en San Femando; el Director venía herido de
gravedad y con fiebre alta; a pesar de todo, no hizo caso a las órdenes y
protestas de su médico Juan Green, y partió hacia la capital, adonde llegó a
las 4 de la mañana del día 24. Inmediatamente hizo llamar a Cruz, quien le
confirmó la conducta de Manuel Rodríguez que había asumido de hecho la
dictadura: O’Higgins dio orden en el acto de citar al vecindario a un Cabildo
Abierto para las doce de ese mismo día, y en esa reunión, que fue numerosísima,
su nombre fue vitoreado con entusiasmo clamoroso.
La
estrella del guerrillero se había eclipsado otra vez, y ahora lo era en
definitiva.
Los
Húsares de la Muerte no fueron tomados en cuenta para la batalla de Maipo, a
pesar de que fue un regimiento formado especialmente para “salvar a la Patria”.
Al principio se creyó que San Martín y O’Higgins habían prescindido del
regimiento por consideraciones políticas, o sea, por odio a Manuel Rodríguez;
pero doce años más tarde “se supo, por don Ramón Allende, capitán del segundo
escuadrón de Húsares, y caracterizado carrerino, que la víspera del combate
Manuel Rodríguez convocó con la mayor reserva a una junta de oficiales del
regimiento, a la que sólo debían asistir el primero y segundo jefe y los
capitanes; y allí se acordó, sin la menor vacilación y por unanimidad, no
concurrir a la batalla, porque el Regimiento, exceptuando la oficialidad toda, estaba
malísimamente montado y con armas la mayor parte inservibles.
“En caso
de ganarse la batalla se trataría de conservar a todo trance el Regimiento, con
la casi seguridad de que habrían de llegar próximamente de Mendoza don Juan
José y don Luis Carrera, que estaban en vísperas de salir en libertad y en todo
caso don José Miguel Carrera, que estaba libre en Montevideo. El Regimiento
debía servir de base para una revolución contra San Martín y O’Higgins.
“Si la
batalla se perdía, el Regimiento estaba llamado a prestar valiosos servicios a
la Patria, retirándose hacia el norte y sublevando la provincia de Coquimbo
contra los españoles. En todo caso, los Húsares hicieron el juramento de no
emigrar por segunda vez hacia Mendoza”.
(Pero...
La
batalla de Maipo se ganó; Juan José y Luis Carrera fueron fusilados en Mendoza
tres días después de la victoria, precisamente cuando se creía que iban a salir
en libertad; el Regimiento de Húsares fue disuelto violentamente, mientras
desempeñaba una comisión que se le había dado cerca de San Fernando; y Manuel
Rodríguez, despojado ya de su título de coronel, fue tomado preso en Santiago
el 17 de abril, en circunstancias que había entrado a caballo encabezando un
“mitin”, hasta el Palacio Directorial.
Sabe el
lector que ésta fue la última prisión del guerrillero y que no le fue posible,
como otras veces, burlar la vigilancia de sus carceleros.
§ 12. La
vigilia del 5 de abril
(1818)
La
tranquilidad y la confianza que habían producido en el vecindario de Santiago
las prodigiosas actividades desplegadas por Manuel Rodríguez, a raíz del
desastre de Cancha Rayada, y por el Director O’Higgins y San Martín, en los
días posteriores, para organizar la resistencia al avance incontenible del
ejército realista, vinieron por tierra cuando se supo que el General Osorio,
desviándose unas tres leguas al poniente del camino real había cruzado el Maipo
por el vado del Lonquén, detrás del cerro de la Calera de Tango, y avanzaba en
demanda de Lo Espejo, burlando así al ejército patriota, que estaba concentrado
en los llanos de Maipo. Este movimiento estratégico del general español
indicaba, al sentir de los dirigentes chilenos, que los realistas pretendían
caer sobre la capital por el poniente y por el norte, para evitar la
resistencia organizada por el sur y el oriente.
El plan
realista venía a dejar a la ciudad casi inerme, pues por el norte y poniente no
existían defensas y habría que organizarías precipitadamente, junto con
estudiar nuevas posiciones y mover el ejército, casi frente a un enemigo
Inerte, disciplinado y victorioso.
Desde el
jueves 2 de abril, día en (pie se tuvo conocimiento del paso
del Lonquén, la ciudad fue presa de intenso pánico. Aunque muchas familias, sin
descuidar sus preparativos para huir a Mendoza, habían permanecido en Santiago,
confiadas en una victoria que las autoridades aseguraban, otras más miedosas o
prudentes habían continuado saliendo con dirección a la villa de los Andes,
para ganar el paso cordillerano de Uspallata a la primera noticia de una nueva
derrota. Pero cuando se tuvo por cierto el paso de Osorio por Lonquén y su plan
de atacar a la ciudad por el norte, ya nadie pudo detener la fuga y el propio
Director O’Higgins dispuso que su madre y su hermana partieran hacia la Cuesta
de Chacabuco antes de que se viera “cortada” por las avanzadas realistas.
Mientras
se producía este atropellado exilio, el Director, sin preocuparse ya de
impedirlo, dedicó todas sus energías a defender la ciudad por el oeste y aun
por el norte, a pesar de que el Mapocho le ofrecía un baluarte natural. La
ciudad llegaba, por entonces, hasta la actual Avenida Brasil; existían algunas
casas hacia el poniente, pero la casi totalidad de esos terrenos eran baldíos o
“chacras” extensas, la mayor parte sin cultivo. O’Higgins dispuso que en cada
una de las bocacalles que caían a la “Cañada de Negrete” — este era el nombre
de la Avenida Brasil— se abrieran anchos fosos con profundidad de dos varas
como mínimo, y se aprovecharan todos los accidentes del terreno para dificultar
el paso de la caballería y aun el de la infantería.
En esta
obra, no solamente trabajaron los ochocientos milicianos que estaban
acuartelados en el antiguo Convictorio de los Jesuitas, calle de la Catedral,
sino cuanto individuo se encontraba en estado de usar una pala. Un día y medio,
“con su noche”, demoró esta obra; el sábado 4 de abril, por la mañana, la
Cañada de Negrete estaba totalmente “foseada” y resguardada por destacamentos
de milicianos a las órdenes de los tenientes coroneles don Francisco Elizalde,
argentino, y don José Santiago Aldunate, el futuro héroe chileno.
En
realidad, esta guardia y vigilancia no se había establecido solamente ese día;
los milicianos que trabajaban en los fosos desde el jueves, hacían guardias y
centinelas en la noche, turnándose por horas. O’Higgins, a pesar de la gravedad
de su herida — la había recibido quince días antes en Cancha Rayada— y de la
fiebre alta que no lo abandonaba, recorría día y noche los puestos militares,
acompañado de su fiel amigo el “gringo Green”, su médico, del Intendente
Fuentecílla y del Comandante de Armas don Joaquín Prieto; visitaba los
cuarteles, disponía lo conveniente, resolvía las dudas y daba alientos, con su
presencia, a esas tropas bisoñas para que estuvieran alertas y resueltas a
defender a la ciudad, ya que por su falta de instrucción militar no eran aptas
para formar en las filas del ejército que iba a batirse en Maipo.
Sólo uno
de los cuarteles no era visitado por el Director; era el de los Húsares de la
Muerte, situado en el “conventillo” franciscano de San Diego, donde hoy se
levanta el edificio de la Universidad de Chile. Sabía que ese cuerpo,
organizado por Manuel Rodríguez, quince días antes, o sea, a raíz de la derrota
de Cancha Rayada, era un reducto de enemigos del gobierno, en donde se
conspiraba desembozadamente contra las personas del Director y del General, San
Martín. Era un reducto “carrerino” inexpugnable en esos momentos en que todas
las energías debían emplearse en conjurar el supremo peligro en que se
encontraba la patria.
En
efecto, cuando el guerrillero se apoderó del Gobierno la tarde del 23 de marzo
anterior, en los momentos angustiosos, que experimentaba la ciudad ante el
desastre de Candía Rayada y la “destrucción” del ejército i— según se
aseguraba— el primer acto de Manuel Rodríguez fue el de organizar el regimiento
de caballería que llevó el nombre de “Húsares de la Muerte”; por cierto que la
oficialidad de este regimiento, del que Rodríguez se designó Coronel, fue
compuesta totalmente de sus amigos “carrerinos” que en esos momentos trabajaban
por obtener la libertad de Juan José y de Luis Carrera, presos en Mendoza, a
fin de que “pasaran” a Chile a tomar el mando del país.
Los
nombres de la oficialidad, constantes de la “relación” del Sargento Mayor del
mencionado cuerpo, don Pedro Aldunate y Toro, lo demuestran claramente, porque
allí se encuentran los de los “carrerinos” que más tarde actuaron en la
política activa: Coronel, Manuel Rodríguez; teniente coronel, Manuel Serrano;
sargentos mayores, Pedro Aldunate, Gregorio Serrano y Pedro Urriola;
portaguiones, Antonio Mujica y Manuel Jordán; capellanes, el mercedario Joaquín
Vera y el franciscano Juan Mateluna; capitanes, Gregorio Allende y Bernardo
Luco; tenientes, Pedro Bustamante, Juan de Dios Ureta, Pedro Fuentealba, Tadeo
Quezada y Tomás Martínez; subtenientes, Lorenzo Villegas y Manuel Honorato.
Estos militares, habían formado, desde las primeras campañas de la patria, en
las filas del ejército de Carrera y en la actualidad se encontraban destituidos
de sus empleos.
Al llegar
O’Higgins a Santiago y recuperar el Gobierno, pudo dejar nula la fundación del
nuevo regimiento, pero no quiso intentarlo, limitándose a recoger el armamento
que Rodríguez había distribuido, sin discreción alguna, al populacho; para
disolver el Húsares habría tenido que contar con fuerzas organizadas y
disciplinadas capaces de cumplir sus órdenes o emplear en ello energías que en
esos momentos eran indispensables en otras actividades.
Continuó,
pues, el Húsares, en su cuartel de San Diego, sin ser tomado en cuenta para
nada, pues se le suponía, y con razón, una resuelta actitud de resistencia al
Gobierno de O’Higgins; por lo demás, bien poco se podía esperar de un centenar
de individuos desprovistos de disciplina militar, sin uniforme, mal vestidos y
sin caballada, aunque regularmente armados. La oficialidad era la única que
ostentaba sus elegantes uniformes de pasadas campañas.
Despojado
del mando supremo con la llegada de O’Higgins, el guerrillero quedó sin medios
para continuar en la realización de sus planes y el Húsares no pasó de ser un
conjunto de individuos sin valor militar alguno; el comercio y los
particulares, que al principio entregaron a Manuel Rodríguez los elementos que
les pedía en nombre y con la autoridad del Gobierno, le negaban ahora todo
recurso, todo era natural, puesto que el Director O’Higgins ejercía la
autoridad en pleno, y con eficacia. El aislamiento del guerrillero y de sus
húsares se acentuó cuando se supo la noticia de que San Martín se había negado
a incluir a este regimiento entre las tropas que iban a combatir en Maipo; y la
razón era clara: la tropa de Húsares no tenía instrucción militar, y podía ser
un estorbo y aun un peligro en aquella batalla.
Con todos
estos “desprecios”, Rodríguez y sus oficiales estaban frenéticos, y no pudiendo
hacer otra cosa, daban juego a la lengua, poniendo como un trapo al Director, a
San Martín, al Intendente Fuentecilla, al Comandante Joaquín Prieto y a todas
las autoridades por parejo. Llegó un día en que la situación hizo crisis, y
este día fue el 2 de abril, cuando se supo en Santiago que Osorio había cruzado
el Maipo por el Lonquén.
— Esta
noche iré a verme con O’Higgins— dijo el guerrillero a sus amigos, en la
reunión permanente que tenían en la “mayoría” del cuartel de San Diego.
— Si es
que te recibe — díjole Gabriel Valdivieso— porque ya ves que el “huacho” se da
ahora todas las ínfulas de un emperador.
— Sí, me
recibirá — afirmó Rodríguez—. No me quiere ver, pero me tiene miedo.
— ¿Y se
puede saber qué le vas a decir?... — preguntó Manuel Serrano, el segundo jefe
del Húsares,
— Supongo
que no le vas a pedir perdón — murmuró Juan Antonio Díaz Muñoz, que guardaba al
Director un rencor profundo.
El
guerrillero no hizo caso de estas últimas palabras, y contestó a Serrano:
— Voy a
pedirle, por última vez, que ocupe los servicios del Húsares de la Muerte; se
acerca la hora del sacrificio y en estos momentos no se puede desechar el
esfuerzo de cualquier hombre, aun del más infeliz.
— ¡No
pierdas el tiempo! — intervino Bartolomé Araoz— O’Higgins te despedirá, o con
buenas palabras o con cajas destempladas, pero te despedirá, porque no quiere
nada con nosotros.
Bajo esta
impresión se realizó la entrevista del guerrillero con el Director, la noche
del jueves 2 de abril. Después de un trabajo abrumador de todo ese día,
Instigado constantemente por la fiebre y por agudos dolores en su herida,
O’Higgins se había echado a la cama antes de las ocho de la noche, obligado por
su médico, pero no por eso había dejado de atender los innumerables asuntos que
momento a momento le consultaban sus ministros y ayudantes. Cuando le
anunciaron que Manuel Rodríguez quería hablarle, se encontraban a su lado el
Ministro Zañartu y el médico.
— Si lo
recibe Vuecelencia, yo me retiro — dijo Zañartu.
—
Retírese, Ministro, pero vuelva en seguida.
La
entrevista fue corta.
— Si los
húsares quieren coadyuvar a la salvación de la patria en estos momentos, que se
pongan incondicionalmente a las órdenes de la autoridad.
—
¿Asistirán a la batalla de Maipo?... — insinuó Rodríguez.
— Eso lo
resolverá el general en jefe — contestó el Director — entretanto, continuarán
en su cuartel, como milicianos que son.
Bien poco
satisfactoria para el guerrillero y sus amigos había sido la respuesta del Jefe
del Estado, aunque era razonable para cualquier criterio imparcial; al
conocerla, los ánimos se excitaron y no faltó una voz — la de Díaz Muñoz— que
dijo:
—
¿Y “a santo” de qué estamos consultando tanto a O’Higgins?
Nosotros debemos hacer lo que nos parezca bien y nos convenga; doscientos
hombres obedientes tenemos en la mano y con ellos podemos inclinar la balanza
en un momento dado.
Después
del fracaso de la entrevista con el Director, los “carrerinos” se consideraron
en libertad para proceder según las circunstancias.
Esta era
la situación de los Húsares la víspera y la vigilia del 5 de abril, o sea, el
día y la noche del sábado 4, durante las horas en que el vecindario, presa de
la más profunda inquietud, temía que el ejército realista atacara a la ciudad
por el poniente y el norte, si el ejército patriota no había logrado cruzarle
el paso. Sabíase, sin embargo, que San Martín había movido aceleradamente sus
tropas desde la chacra de Ochagavía hacia el poniente, hasta muy cerca de la
ribera del Mapocho; pero bien podía suceder que, aprovechando la obscuridad de
la noche, Osorio pudiera avanzar siquiera una división que ganase el camino de
Valparaíso, desde donde habría sido fácil atacar la ciudad y tal vez apoderarse
de ella.
Ese temor
fue infundado; al día siguiente, después de ganada la batalla, se supo que una
división española, al mando del coronel Primo de Rivera, había intentado
acercarse a la ciudad por ese lado; pero la profunda obscuridad y el
desconocimiento del terreno lo habían hecho desistir de su intento.
Un
viajero norteamericano, Samuel Haigh, que se encontraba en Santiago esa noche
del 4 de abril y que al día siguiente asistió a la batalla de Maipo, como
espectador, describe el triste aspecto que presentaba la amedrentada población
aquella noche de angustia. Por las desiertas calles no se oía sino el ruido de
las patrullas de milicianos que acudían al relevo de los puestos de vigilancia
de las Cañadas de Negrete y de San Lázaro (Alameda) y los gritos de ¡Quién
vive! y la correspondiente respuesta de ¡La Patria! ¡Gente de Paz! Todo el
vecindario estuvo encerrado desde temprano en sus casas con sus hatos listos
para huir en el momento en que se diera la alarma; en la mayoría de los hogares
se rezaba en comunidad el rosario u otras oraciones y cualquier ruido de la
calle interrumpía de súbito este fervor religioso para dar luz a las más
extrañas manifestaciones de pavor y de sobresalto. Si se hubiera sabido que,
efectivamente, una división realista había avanzado hasta cerca de los cerros
de Renca para atacar a la ciudad por el norte, la población habría huido
despavorida, en medio de la obscuridad, sin que nadie hubiera podido detenerla.
Desde el
Director abajo, todos los jefes y autoridades de Santiago permanecieron en vela
y patrullando la ciudad y los puestos de avanzada, toda esa terrible noche.
Entretanto,
a eso de las once, habíase efectuado en casa de Matilde Lorca, ubicada en el
callejón de Ugarte (calle Cochrane) una trascendental reunión de los dirigentes
carrerinos. Allí estuvieron Araoz, Lastra, Valdivieso, el inevitable Díaz Muñoz
y uno o dos civiles más; de los Húsares, sólo fueron invitados aparte del
guerrillero, el segundo jefe don Manuel Serrano, y los capitanes don Gregorio
Allende y don Bernardo Luco.
Existía
desacuerdo entre los carrerinos sobre la actitud que debía adoptar el
Regimiento Húsares el día de la batalla, que se consideraba inevitable al
siguiente día. El guerrillero y toda la oficialidad eran partidarios de
presentarse al combate, de cualquier manera, aun reconociendo que su tropa no
estaba instruida ni bien armada ni montada; “pero de algo ha de servir, aunque
sea para lacear godos”, decía Manuel Rodríguez. Alguno s civiles, como Araoz y
Lastra, participaban de esta misma opinión; pero Valdivieso, que hacía de jefe
de los carrerinos, Díaz Muñoz y “Martinito” — Juan de Dios Martínez— combatían
con ardor esta participación de los Húsares en la acción próxima, por razones
de lógica y... “de política”.
— El
Regimiento Húsares — decía Valdivieso— exceptuando la oficialidad, y no toda,
está malísimamente montado, con armas deficientes, y sin disciplina alguna;
será, ésta, una de las razones, y muy justificadas, para que San Martín rechace
esta tropa cuando se presente al campo de batalla.
— Aparte
de que los Húsares harán un triste papel, vestidos de andrajos, al lado de la
caballería “vestida como Tagua” con que cuenta el cuyano— agregaba Díaz Muñoz.
¡Que no vayan los Húsares!
— La
acción del regimiento no está en esa batalla— opinó Martinito.
— ¿Y
dónde...? — preguntó el guerrillero.
— Te lo
va a decir Valdivieso...
Rodríguez
puso atención, clavando la mirada en el político.
— Lo
hemos pensado bastante — empezó el aludido— oye, sin interrumpir. Si la batalla
se gana, nos manejaremos en forma de conservar intacto el Regimiento, aun
haciendo sacrificio de nuestro orgullo y halagando a San Martín y a O’Higgins,
que desearán disolverlo cuanto antes. Tú sabes — agregó, bajando la voz— que la
libertad de Juan José y de Luis Carrera, presos en Mendoza, es inminente; más
todavía, es segura si se triunfa de Osorio... Y estando libres los Carrera no
demorarán en llegar a Chile... En todo caso, José Miguel está en Montevideo...
Los Húsares serían el primer regimiento que se pondrá a sus órdenes.
Los
concurrentes no acertaron a pronunciar objeción alguna a este razonamiento del
“político” y callaron durante algunos instantes.
— ¿Y si
la batalla se pierde...? — preguntó, de pronto, el capitán Allende.
— Si se
perdiera — contestó, al punto, Valdivieso— el Regimiento, por su alejamiento de
la batalla, se encontraría en mejor situación que ningún otro para reunir a los
dispersos en una ordenada retirada hacia Aconcagua y Coquimbo, que serían la
base de la reorganización de las fuerzas en derrota; en este caso, la causa de
los Carrera quedaría victoriosa sin combatir, con la emigración de todo el
mundo hacia la otra banda...
No hubo
más discusión, después de estas formidables razones. Los Húsares de la Muerte,
organizados en momentos de angustia trágica, para defender a la patria hasta
sucumbir, resolvieron en las primeras horas del mismo día 5 de abril, no
concurrir a la batalla en que se jugaba, tal vez definitivamente, la suerte de
la Patria Nueva.
La
batalla se ganó, en medio de torrentes de sangre; el Jefe de los Húsares, fue
alejado de su cargo el mismo día y una semana más tarde el Regimiento fue
disuelto, bruscamente, mientras recorría las orillas del Maulé, en persecución
de los realistas derrotados y dispersos.
§ 13. La
Virgen del Carmen es chilena y republicana
(1818)
La
devoción que los chilenos tenemos por la Virgen del Carmen no data, como
pudiera creerse, de aquellos primeros siglos del coloniaje, en que había un
santo para cada calamidad; esta devoción, nacida en las postrimerías de la
dominación española, se acentuó y se hizo popular solamente a raíz de la
batalla de Chacabuco, en cuyo éxito el General San Martín la declaró
participante. Puede decirse que la devoción del pueblo chileno por la Virgen
del Carmen es netamente republicana.
En
efecto, restablecida la autoridad de la República por el Ejército de los Andes,
el Director Supremo del Estado, General San Martín, “hizo jurar en una gran
fiesta celebrada en la Plaza de Armas, como Patrona de las Armas de Chile a la
Reina de Los Ángeles en su advocación de Nuestra Señora del Carmen, por el voto
general de este pueblo, por haber experimentado su protección en el
restablecimiento del Estado que yacía bajo la presión de los tiranos, mediante
el esfuerzo del Ejército de los Andes”, siendo este acto la primera
manifestación patriótico-religiosa de los chilenos hacia la Madre de Dios
invocada con ese nombre.
Después
de esta ceremonia, que se celebró a fines de febrero de 1817, no se encuentra
noticia de otra análoga que pudiera considerarse como el cumplimiento de un
voto; pero el día 14 de marzo del año siguiente, cuando el ejército de Osorio
avanzaba triunfante desde el sur en demanda de la capital y ponía nuevamente en
peligro la estabilidad de la República naciente, celebróse en la Catedral de
Santiago una solemne ceremonia para pedir a la Virgen del Carmen su protección
ante el peligro español. ¡Sólo cuando truena se acuerdan los chilenos de Santa
Bárbara!
A esa
ceremonia “concurrieron el Gobierno, las corporaciones y un inmenso pueblo, al
objeto de ratificar, como ratificaron, el expreso juramento de Patrona de sus
Armas y de ofrecerle erigirle un templo en el lugar donde se diese la batalla a
que nos provoca el general enemigo Osorio”. Hubo una misa “de tres” con un
patriótico sermón predicado por el canónigo Salas, y a la salida de la misa se
dispararon en la plaza las consabidas salvas de artillería que eran el encanto
de Ha plebe” y el terror de los dueños de ventanas con vidrieras.
Un lego
mercedario agregó a las letanías una más, que decía: “Auxilium chilenorum, ora
pro nobis”.
Diez días
antes de esta fecha se había descubierto en Santiago una conspiración realista
contra la República, en la cual estaban comprometidos los clérigos españoles
don Ignacio García Eguiluz y don Juan Medina; el comerciante don Juan
Nepomuceno Herrera; los vecinos “godos” don Pedro Cuevas y Recarte, don
Santiago Frutos y otros más; las monjas agustinas doña María Castro y doña
Mercedes Sagredo; las señoras “copetonas” doña Concepción Xara, doña Dolores y
Doña María Muñoz, y la “china” Francisca, a quien por ser tal no se la da
apellido en el proceso.
Los
hombres estaban todos presos: los civiles y los clérigos en casa de los más
reconocidos patriotas; las señoras en las suyas, y las monjas en la portería de
su convento; la “china” fue arrojada a los calabozos de “las recogidas”, que
era la cárcel de mujeres. Había gran indignación por el descubrimiento de ese
complot que tenía por objeto enviar noticias al general invasor Osorio de los
preparativos que hacían los patriotas de la capital para su defensa, y se llegó
hasta hablar de fusilar a los hombres comprometidos y presos.
La fiesta
que se acababa de celebrar en honor de la Virgen del Carmen vino a salvar la
vida de los procesados; los patriotas que habían ido a implorar humilde y
angustiosamente la protección del cielo para sus armas en el duro trance que
los amenazaba, sintieron que la piedad para los conspiradores era la mejor
ofrenda que podían presentar a la reina de la paz.
“Como un
homenaje a la Reina de los Cielos, nuestra Señora del Carmen, cuya protección
hemos pedido hoy, y aunque los crímenes cometidos por los reos merecen la
muerte — dice en su sentencia el auditor de guerra don Bernardo Vera— de
acuerdo con el Superior Gobierno condeno a destierro, etc.” En consecuencia, a
influjos de la Virgen del Carmen, el juez se contentó con desterrar a todos los
reos, incluso a las monjas, hacia la provincia de Cuyo.
Sin
embargo de esos ruegos y de estos actos de clemencia para con los enemigos, la
Virgen “hizo una desconocida” a los patriotas en los días siguientes con la
sorpresa de Cancha Rayada, el 19 de marzo, que por nada nos echa otra vez
caminito de Mendoza... En medio del desconcierto que provocó esta derrota,
cuentan que Manuel Rodríguez díjole al Director Interino, don Luis de la Cruz:
— Don
Luis, la Virgen del Carmen no nos hace caso porque es “maturranga”...
— No es
cierto — diz que contestóle don Luis— la Virgen del Carmen es chilena y
republicana; pero le hace caso no más que a San Martín.
Efectivamente,
el 5 de abril la Virgen se puso a las órdenes del general argentino en los
campos de Maipo y consolidó para siempre la independencia de Chile.
La fe de
los soldados chilenos en la protección de la Virgen del Carmen a sus armas, fue
ciega desde entonces y no se puede dudar de que ha continuado siéndolo a través
de toda nuestra vida republicana; no sé si actualmente conservan los
soldados-ciudadanos, en lo más íntimo de su alma, algún recuerdo de lo que
oyeron en su niñez de los labios de sus padres o sus abuelos que fueron
soldados; pero es lo cierto que en todas las acciones de guerra de la República
contra enemigos exteriores, en el 37, en el 65, en el 79, la confianza en que
la Virgen del Carmen dirigía sus ejércitos como generala y ganaba las batallas,
acentuó el coraje de muchos corazones sencillos y dio a la patria miles de
héroes anónimos que, seguramente, llevaban colgado al cuello el escapulario del
Carmen.
La poesía
popular, de la cual fueron sus más genuinos representantes Bernardino Guajardo,
Aniceto Pozo, el ciego Peralta, Rosa Araneda y otros, contribuyó a inculcar en
el alma del pueblo el convencimiento de que la Virgen del Carmen es la
protectora de Chile en el campo de batalla. Son conocidísimos los versos que
Guajardo publicó durante la Guerra del Pacífico, figurando un “contrapunto”
entre la Virgen del Carmen y Santa Rosa de Lima, protectora del Perú, en el
cual la santa limeña quedaba de lo más mal parada.
Ganada la
batalla de Maipo y alejado definitivamente el peligro de perder nuevamente
nuestra bien ganada libertad — con la destrucción del ejército español— el
Director Supremo del Estado, don Bernardo O’Higgins, interpretando el sentir
del pueblo, creyó necesario dar cumplimiento al voto solemne que se había hecho
el 14 de marzo, de erigir un templo a la Virgen del Carmen en el lugar donde se
diese la batalla definitiva contra los realistas.
Para este
efecto, dictó un decreto que lleva la fecha del 7 de mayo de 1818, en el cual,
después de recordar los votos hechos a la Virgen, dice: “Y como no debe
tardarse un momento más en dar cumplimiento a esa sagrada promesa y para que
tenga efecto a la mayor brevedad, nombro a don Juan Agustín Alcalde y a don
Agustín de Eyzaguirre como superintendentes de la obra y me presentarán un
plano de ella con su presupuesto, proponiéndome los sujetos que deben emplearse
en colectar los fondos y la forma en que debe celebrarse el acto de poner las
piedras fundamentales del edificio, marchando a pie todo el pueblo desde la
capital hasta el lugar de Maipo, en cumplimiento de su misma promesa”.
No
sabemos cómo cumplieron los comisionados con estos encargos; lo cierto es que
hasta ahora no se ha levantado todavía ese templo votivo... ni se levantará, a
lo que supongo, pues los tiempos han cambiado demasiado, tal vez por desgracia.
Sin embargo, por otro decreto del Gobierno y también por la Ordenanza General
de Ejército, se ordenó que las fuerzas armadas acompañaran la procesión anual,
como un reconocimiento perpetuo que quisieron establecer nuestros padres a la
protección que la Virgen del Carmen dio a las armas de la República, cuando
surgieron a la vida libre, que era cuando más la necesitábamos.
¡Ojalá
que la Virgen del Carmen continúe siendo chilena y republicana!
Con este
mismo título publiqué no hace mucho una crónica en honor y elogio de la Patrona
de Chile y de la devoción que por ella tiene nuestro “pueblo”; pongo entre
comillas la palabra “pueblo”, porque deseo darle su significado vulgar y no su
significado político. Podría negarse, desde luego, que el pueblo
chileno actual, es decir, el conglomerado demográfico de este país en
el año 1926, compuesto de todas las clases sociales, tuviera especial devoción
por la Virgen del Carmen; pero podrá afirmarse que aquella parte de nuestros
conciudadanos a quien denominamos corrientemente con el calificativo de “la
gente del pueblo” — para distinguirla de los “aristócratas”, de los adinerados,
y de la clase media aristocratizante— conserva todavía intacta su sencilla, su
ingenua admiración por la reina de los cielos bajo la advocación del Carmelo.
En
aquella crónica recordaba el origen de la devoción chilena por la Virgen del
Carmen, y decía, contra todo lo que podía creerse, que esa devoción no se
remontaba a los lejanos tiempos de. la Colonia, en los cuales todo apuro
individual o colectivo se entregaba a la resolución y amparo de algún santo de
la corte celestial; agregaba, por fin, que la devoción de la Virgen no nació
siquiera en los albores de la República; esto es, cuando “la Casa Otomana” de
los Larraín, los Rojas, los Eyzaguirre, los Errázuriz y demás “facciosos”
andaban tras de “nombrar Junta” para conservar estos reinos “a nuestro amado
Rey Fernando”, sino que había llegado a Chile junto con el Ejército de los
Andes, esto es, después que los “maturrangos” nos habían dado la gran paliza en
Rancagua y se habían enseñoreado de nuevo en nuestra capital durante los tres
años de la reconquista.
Por
cierto que en su entusiasmo por la Virgen vencedora de Chacabuco no faltó quien
dijere — y esto se lo atribuyeron a un lego mercedario— que la culpa de nuestra
derrota en Rancagua no la había tenido Carrera por no haber sacado de apuros a
O’Higgins, sino por no haber querido nombrar “generala” de las armas
republicanas a la Virgen. No se acordaba el lego que en ese tiempo los chilenos
no teníamos aún concomitancia alguna con Nuestra Señora del Carmelo, ni
sospechábamos siquiera que nos tuviera tan buena voluntad.
Hay que
agregar por vía de curiosidad que ese lego patriota, héroe y fugitivo del
desastre de Rancagua, donde había peleado como cabo de escuadra a las órdenes
del Mayor Riquelme, tío de O’Higgins, habíase guarecido en el convento
mercedario de Santiago, valiéndose quién sabe de qué subterfugios para salvar
el pellejo que en esos días corría bastante peligro para los patriotas; y que
cuando asomaron los primeros resplandores de Chacabuco, el hermano Nolasco —
así se llamaba nuestro héroe— estaba luchando con la teología y con los
cánones, empeñado en alcanzar los honores y las gracias del presbiterado.
Fue,
pues, el General San Martín quien nos trajo de “la otra banda” tan excelsa
protectora y de tal manera fue patente su protección y su parcialidad en favor
de nuestras armas en Chacabuco, que el general argentino quiso demostrarle
solemne y ruidosamente, sus agradecimientos con una gran fiesta que se realizó
en su honor, en la Plaza de Armas de Santiago, tres días después de la entrada
del ejército vencedor a la capital del Estado de Chile.
En esta
fiesta eminentemente popular, “se juró a la Reina de los Ángeles, bajo la
advocación de Nuestra Señora del Carmen, como Patrona de las Armas de Chile,
por haber experimentado su protección en el restablecimiento del Estado que
yacía bajo la presión de los tiranos”. Tales son las palabras textuales que se
leen en la “Gaceta del Gobierno”, cuya letra de molde hace tanta fe como la
firma de un escribano.
¡Mucha
gratitud, mucho entusiasmo y mucha palabrería en honor de la Virgen del Carmen
en aquellos primeros días! Pero luego la gratitud se fue olvidando y las
promesas también, hasta que Nuestra Señora estimó necesario recordar a sus
nuevos y veleidosos amigos qué las amistades para que sean buenas y
satisfactorias, hay que cultivarlas. El “recorderis” de la Virgen fue eficaz en
demasía, como que en la noche del 19 de marzo de 1818 los “godos”, como en
Rancagua tres años antes, dieron tal batida a las armas patriotas en Cancha
Rayada que en un tris estuvo que Osorio volviera a hacer una segunda entrada
triunfal en Santiago.
Vinieron
los “sarracenos” y nos molieron a palos...
Que Dios
protege a los malos cuando son más que los buenos.
Los
clamores que se levantaron entonces a la Patrona de Chile y de sus armas fueron
angustiosos, y por lo tanto sinceros. Se hizo una fiesta
patriótico-religiosa-oficial a la Virgen en la Catedral, con asistencia de todo
el elemento gubernativo militar, social y popular, y allí se renovó el
juramento que se hiciera el año anterior en la Plaza de Armas, “pronunciándolo
todo el gran concurso con voces claras y fervorosas”; y para confirmar ese
juramento, “ofrecieron erigirle un templo en el lugar mismo donde se diese la
batalla a que nos. provoca el general enemigo Osorio”.
La Virgen
aceptó el ofrecimiento y el 5 de abril se presentó ella misma, según testimonio
fehaciente de muchos soldados, en los campos de Maipo, y ayudó eficazmente a
que San Martín pusiera en fuga a los “sarracenos”. Muchos soldados “la vieron”
ponerse al frente de la caballería patriota y dirigirla hacia las casas de Lo
Espejo, en cuyas lomas dieron los nuestros la famosa y decisiva carga en la que
cayeron muertos o prisioneros los tercios más granados del célebre Regimiento
Burgos, más el bravo coronel Primo de Rivera, antecesor del Marqués de Estella,
que tuvo en un puño a sus simpáticos compatriotas...
Después
de lo ocurrido en Cancha Rayada los patriotas no quisieron incurrir otra vez en
mora con la Virgen; no fuera cos a que por olvidar nuevamente la solemne
promesa, Nuestra Señora se fuera también a olvidar completa y definitivamente
de nosotros y permitiera que el Barrabás de Osorio volviera “desde por ahí” con
ganas de darnos otro susto! Pasados los primeros transportes de alegría por la
victoria de Maipo, y vueltos a Santiago los prófugos que estaban en las cuestas
andinas esperando el resultado de la batalla para regresar a sus hogares o para
seguir huyendo a la “otra banda”, el Gobierno se apresuró a dar forma práctica
al ofrecimiento hecho a la patrona de Chile.
Por medio
de un decreto firmado por O’Higgins y por su Ministro Echeverría el 7 de mayo
de 1818, o sea, un mes después de la acción militar que nos dio independencia
definitiva, se designó al ex conde de Quinta Alegre, don Juan Agustín Alcalde y
al señor don Agustín de Eyzaguirre para que “como superintendentes de la obra”
se encargaran de formar los planos, presupuesto, de colectar los fondos y
proponer el programa de la ceremonia que debía efectuarse en Maipo para la
colocación de “las piedras fundamentales” del templo que debía erigirse a la
Virgen en el mismo sitio de la batalla.
La
sociedad y el pueblo de Santiago correspondieron con entusiasmo a la iniciativa
del Gobierno y los “superintendentes” pudieron contar, en muy poco tiempo, con
una cantidad de recursos bastantes para iniciar la obra, empezando,
naturalmente, por la colocación de las piedras fundamentales, función que daría
lugar a la solemne ceremonia de público reconocimiento de los favores de la
Virgen a las armas de la Patria en la reciente batalla de Maipo.
No hay
constancia de la fecha en que se realizó la ceremonia de la colocación de las
piedras fundamentales, pero si hemos de deducir en vista de documentos
posteriores, ella debió ser por los meses de septiembre u octubre del 18, es
decir, tan pronto como la primavera secó los “barriales” del camino real de
Santiago a Maipú.
Según los
términos del juramento que el pueblo hizo en la ceremonia religiosa de la
Catedral, cuando prometió erigir el templo — términos que reproduce el decreto
de O’Higgins de 7 de mayo— “debía ir marchando a pie todo el pueblo desde la
capital hasta el lugar dé Maipo en cumplimiento de su misma promesa”. Una
promesa como ésta no podía dejar de cumplirse, pues está en la idiosincrasia de
nuestro pueblo hacer esta clase de sacrificios personales en satisfacción de
sus “mandas”. Así, pues, a la ceremonia de la colocación de la “primera piedra”
del templo votivo de Maipú concurrió todo Santiago; “se despobló”, dice la
referencia de que tomamos el dato.
Desde el
Director y su Gobierno, hasta el último soldado; desde el más empingorotado
patricio hasta el más infeliz “rotoso”; desde el gobernador del obispado hasta
el más modesto rapavelas y desde la señorona de copete hasta la “china de pata
rajá”, se trasladaron ese día a los campos de Maipú para asistir a la bendición
de la primera piedra y a su colocación en “el hoyo” que tenía cubierto con una
gran ramada de “fagina” y circundado con guirnaldas, flores y cintas de los
colores de la patria, recientemente decretados por O’Higgins.
En la
ciudad quedaron solamente las monjas, porque eran de clausura, los inválidos,
porque no podían moverse, y... los “maturrangos”; no habría sido “propio”
obligarlos a rendirle homenaje a la que los había derrotado tan
definitivamente. Cuéntase que los prisioneros españoles que ocupaban el
“conventillo” franciscano de San Diego (Alameda esquina con la calle Arturo
Prat, o sea, la Biblioteca del Instituto Nacional), organizaron ese día una
fiesta en honor de la Pilarica, con el objeto de quebrarle los ojos” a la
Virgen chilena y que un andaluz muy mal hablado, pero muy gracioso que había
entre ellos, cantó unas .coplas nada pulcras contra ciertos personajes
chilenos.
Por esta
falta de respeto, los prisioneros fueron castigados con arresto extraordinario
de nueve días; a ese arresto lo llamaron los prisioneros la “novena” del
Carmen.
Los
superintendentes de la obra empezaron los trabajos con toda decisión; pero
llegó un momento en que tuvieron que paralizarlos, no por falta de materiales
sino por falla de “numerario” para pagar los jornales a los obreros. El “bando”
de O’Higgins que el autor tiene a la vista, deja perfectamente en claro esta
situación; ante la escasez de moneda, uno de los superintendentes, que era el
presbítero don José Tomás Vargas, propuso que se recurriera nuevamente al
arbitrio de la subscripción entre los vecinos, y así se hizo, autorizándose el
procedimiento por decreto supremo de fecha 18 de noviembre del año 1819.
De estos
datos fehacientes resulta que el templo votivo de Maipú se empezó a construir y
que los trabajos debieron haber avanzado bastante. No he tenido oportunidad
para continuar indagando si alguna vez se dio por terminado el edificio y si se
llegó a inaugurar; si esos, datos me llegan a las manos los utilizaré en una
próxima crónica que me propongo escribir para probar que la Virgen del Carmen
hizo también su paseíto por el Perú con la Expedición Chilena Libertadora de
aquel país, y que ayudó eficazmente a las armas de la independencia. Por
aquellos tiempos Santa Rosa de Lima era todavía realista y no quería saber nada
de las “novedades” en que estaban sus compatriotas.
Que el
templo votivo de Maipú era exclusivamente el cumplimiento de una promesa a la
Virgen del Carmen y que no podía tomarse como una mera conmemoración de la
batalla que nos diera la libertad definitiva, lo prueba el hecho de que el
Director O’Higgins, junto con ordenar la erección del templo votivo, decretara
también “la erección de una Pirámide cuadrangular de treinta pies de alto”, en
cuyos cuatro costados debía llevar inscripciones esculpidas en bronce, para
conmemorar el trascendental hecho de armas que cimentó la libertad de Chile.
El mismo
decreto, que es de extensa redacción-, contiene las inscripciones que debería
llevar la Pirámide, una de las cuales, la principal, debía decir: “Gloria
inmortal a los héroes de Maipo, vencedores de los vencedores de Bailén. En
otro de los costados de la Pirámide debía inscribirse el nombre de San Martín y
de los jefes patriotas que mandaron la acción de guerra.
La
construcción de esta Pirámide corrió la misma suerte de la otra que mandó
erigir Carrera en la Plaza de Armas, en 1813, para inmortalizar a los héroes
patriotas que sucumbieron en las primeras campañas de la independencia,
peleando contra el ejército invasor de Gainza. Ni siquiera se intentó construir
ninguna de las dos, a pesar de que después de cada encuentro con el enemigo, se
decretaba por el Gobierno de la Patria Vieja la inscripción en la Pirámide de
la Fama, de los nombres de los héroes que iban cayendo en defensa de la patria.
El templo
votivo de Maipú fue, en consecuencia, exclusivamente un homenaje del pueblo
entero de Chile hacia la Virgen del Carmen, como Patrona Jurada de sus Armas.
El pueblo
sencillo y bueno ha conservado su tradicional devoción hacia esta “santa”
chilena, y genuinamente republicana; podrán los avances de las ideas hacer
olvidar y aun desterrar el oficialismo que ha tenido esta devoción; podrá
derogarse la orden de que las tropas del ejército acompañen la procesión del
Carmen en su fiesta anual; podrá desentenderse el Gobierno de todo cuando sea
participar en esta festividad eminentemente popular que nació junto con
nuestras instituciones republicanas; pero todo esto no podrá borrar del alma
del pueblo la tradición arraigada con fuerza de que la Virgen del Carmen es el
amuleto de todas sus empresas, especialmente de aquellas en que es necesario el
valor indomable de la raza.
§ 14. Una
reconstrucción histórica
No se
borrará tan pronto el recuerdo de la magna fiesta que organizaron y llevaron a
cabo los católicos de Santiago en honor y gloria de la Virgen del Carmen para
celebrar su coronación como reina y protectora de nuestra patria. Y no se
borrará tan fácilmente, porque las cabezas dirigentes de las fiestas tuvieron
el talento de ilustrar el motivo principal de ellas con algo que hizo profunda
impresión en este pueblo y le ha hecho revivir por un par de horas aquella
soñolienta, tranquila y patriarcal vida colonial, ya lejana pero inolvidable.
Me quiero
referir a la reconstrucción histórica que se realizó el día anterior a la
fiesta principal en el mismo amplio sitio que, pletórico de una concurrencia
nunca vista en Chile en tal número, presenció la más grande de las ceremonias
patriótico-religiosas y las más bulliciosas y entusiastas ovaciones a la
sagrada imagen de María.
Debo
confesar que el anuncio de un desfile de tal naturaleza no logró llevar a mi
ánimo la esperanza de que pudiera ser algo excepcional; había presenciado otros
desfiles de escenas análogas, anunciados con frases más o menos ampulosas y
prometedoras, y no me parecía que entre nosotros se pudiera esperar más de lo
visto. La organización de tales procesiones presenta dificultades que a las
veces son insuperables a pesar de todas las energías que se empleen para
vencerlas; por otra parte, es muy fácil que al emprender tales obras, que son
grandiosas, se caiga en lo ridículo al pretender realizar lo sublime.
Sin
embargo, la enorme concurrencia que asistió al desfile histórico bajo la
presión de exigencias que era lógico suponer en quienes habían pagado muy
buenos precios por sus localidades, no tuvo sino palabras de elogio para el
organizador y para los colaboradores de tal espectáculo que en realidad debe
calificarse de soberbio, pues supera a cuanto podía esperarse de los medios de
que habitualmente se cree disponer para obras de ese empuje.
Desde la
iniciación del desfile por los heraldos que abrieron la marcha, pudo notarse la
influencia decisiva de una dirección enérgica e inteligente: la presentación de
los heraldos fue un anuncio claro de éxito, anuncio que fue confirmándose a
medida que avanzaba el desarrollo del programa; el carro de Isabel la Católica
no podía sufrir más observación que la de presentar una reina demasiado joven,
a pesar de las galas con que se procuró “envejecer” a la donosa chiquilla que
ocupaba el trono.
La
magnificencia de los trajes, la acertada disposición de las figuras, la actitud
de los “actores”, todo en fin dejaba la impresión de que allí se había
trabajado a conciencia para corresponder a las expectativas del público, a la
severidad del espectáculo y a la dignificación de la festividad cuyo preliminar
se celebraba.
No
ocurrió en este desfile ningún accidente tragicómico que viniera a hacer
demérito de la fiesta, como uno que ocurriera el año 1680, si mal no recuerdo,
con motivo de las fiestas que se realizaron en Santiago en honor del Presidente
don Juan Henríquez, que recién llegaba a tomar posesión de su alto cargo. Como
un número de ese programa, el Cabildo acordó realizar también un desfile o
procesión de antorchas, “faramalla” y farándula, en la cual se presentó en un
carro al arcángel San Miguel arrojando del paraíso al “malo”.
Estaban
encargados de representar esta escena tres cómicos portugueses que habían
llegado a Santiago por la vía de cordillera y aquí no hallaban qué hacer, tanto
para ganarse la vida como para continuar viaje a Lima, pues el obispo don Fray
Bernardo Carrasco los había declarado “pecadores públicos”, y no podían
“representar” comedia ni farsa alguna. Como se trataba de algo excepcional, el
procurador de la ciudad obtuvo del Obispo que diera permiso a esos infelices
para que pudieran “trabajar” en el mencionado desfile y lo solemnizaran en
honor del nuevo mandatario, con un espectáculo novedoso.
Encerráronse
durante tres o cuatro días en el último patio de la cárcel, ubicada donde hoy
está la Municipalidad, y allí arreglaron el carro, ocultando meticulosamente
sus preparativos. Llegó el día y la hora del desfile y apareció el armatoste de
los cómicos ostentando una atrevida alegoría del infierno; los pobres querían
congraciarse con el pueblo y con el señor Obispo y estimaron que nada podía ser
más grato a su ilustrísima que presentar al arcángel San Miguel venciendo al
demonio; en efecto, sobre un peñasco, en medio de las llamas, aparecía el
arcángel teniendo bajo su planta al diablo, cuya cabeza de chivo yacía bajo la
punta de la flamígera lanza con que estaba armado el jefe de las milicias
celestiales.
Eli
efecto que tal carro produjo en el pueblo fue “estupefactante”, como diría un
literato moderno.
Pero
estaba escrito que los infelices cómicos no pudieran tener éxito en Santiago.
Al desembocar en la plaza, el carro tenía que atravesar la acequia que corría a
tajo abierto por el lado de la “recova” (ya he dicho en otras ocasiones que
este establecimiento funcionaba al lado oriente de este paseo), sea porque el
conductor del carro no pudo calcular bien dónde estaba el “vado” de la acequia,
sea porque la multitud hubiera destruido el paso, el hecho fue que el carro
alegórico del infierno dio un “barquinazo” al pasar la acequia y arrojó por el
aire al cómico que hacía el papel de San Miguel; ítem más, con la violencia del
movimiento “San Miguel” enterró la lanza en el pescuezo al otro cómico que
representaba al diablo, y le infirió una herida no pequeña; para colmo se
incendiaron “las viejas” y hago gracia al lector de describirle el barullo que
se formó en medio, o al principio, del grandioso desfile organizado en honor
del señor gobernador.
Incidentes
como el relatado no son raros en fiestas para las cuales no se tiene adquirida
la suficiente experiencia; pero en el desfile histórico del sábado se pudo
apreciar tal organización, tal orden y posesión de sus funciones en cada uno de
los participantes, que halaga la esperanza de encontrar en Santiago un
magnifico director de películas.
Todos los
cuadros, en general, fueron bien presentados e interpretados; pero el que más
gustó, a mi parecer, fue la procesión de Santiago Apóstol, o sea, el paseo del
Estandarte Real, fiesta colonial que era la más suntuosa y la más importante de
todas, entre las civiles, así como entre las religiosas era la de Corpus.
El cargo
de Alférez Real era el más ostentoso de todos, el más apreciado y más apetecido
por los caballeros de buena estampa, pues tenía el singular privilegio de
llevar el Estandarte Real durante el paseo anual en la fiesta del patrono de la
ciudad. Además, al Alférez le cabía el insigne honor de guardar en su casa el
real pendón durante un año, y naturalmente, el agraciado le señalaba el sitio
de preferencia en la “cuadra” o salón donde recibía sus visitas.
Para la
fiesta del Apóstol Santiago se preparaban los mejores caballos, las más ricas
monturas y las más ostentosas “gualdrapas” bordadas de oro y plata por las
prolijas manos de las bellas santiaguinas; en los primeros tiempos, el Alférez
Real era llevado al medio entre el Gobernador y el Alcalde; pero corriendo los
años, el Alférez se situaba entre el Alcalde y el Corregidor, yendo adelante
los funcionarios de menor categoría y detrás el Gobernador, el Obispo y la
Audiencia.
Detrás de
este brillantísimo cortejo marchaba el pueblo, o mejor dicho, los caballeros
con sus inquilinos y sirvientes que venían de las haciendas vecinas para
solemnizar el acto, montados “en lo mejorcito”. Después de cantadas las
vísperas en la Catedral y efectuada la ceremonia religiosa que presidía el
Prelado y su Cabildo, el Alférez y su cortejo daban una vuelta a la Plaza, en
seguida recorrían la calle del Rey, y por último, la procesión se dirigía al
domicilio del Alférez para dejar depositada allí la insignia real hasta el año
siguiente. Guardado el estandarte, el Alférez “se cuadraba” con una fiesta y
sarao en el que se hacía derroche de “mistelas” y confituras de las monjas
Agustinas. La fiesta costaba al Alférez buenos “pesos de oro” que por cierto él
pagaba con mucho gusto, porque se había dado el lujo de ser, durante
veinticuatro horas, la “primera persona del Reyno”.
Cabe aquí
recordar que el primer Alférez Real de Santiago fue el conquistador Juan Jufré,
en 1556, y el último el insigne patriota don Diego de Larraín, uno de los más
conspicuos revolucionarios de 1810, en cuya casa de la Plaza de Armas estuvo
depositado durante varios años el último estandarte real que se paseó por las
calles de Santiago.
§ 15. El
sacrificio de Juan José y de Luis Carrera
(1818)
Detenidos
por las autoridades argentinas durante su viaje de Buenos Aires, a través de
las pampas, para promover en Chile una revolución contra el Gobierno
establecido después de la victoria de Chacabuco, Juan José y Luis Carrera
fueron encarcelados en Mendoza a mediados de agosto de 1817 y puestos en severa
incomunicación, sometidos a un proceso bastante irregular, que no tenía otro
objeto que mantener a esos temibles conspiradores alejados del escenario de sus
posibles actividades En realidad, la conspiración fraguada en Buenos Aires, en
casa de doña Javiera Carrera, era un intento descabellado que aun realizándose
en la forma ideada para llevarlo a cabo, no habría dado a Chile otro resultado
que promover disturbios que habrían sido reprimidos sin mayor esfuerzo. Este
plan, formado a base de las informaciones que enviaban de Chile Manuel
Rodríguez, Bartolo Araoz, José Manuel Gandarillas, Gabriel Valdivieso y otros
carrerinos recalcitrantes, cegados por el despecho de verse alejados del nuevo
gobierno, descansaba en la certeza de que la casi totalidad del pueblo de
Chile, las tropas chilenas del ejército, la “nobleza” y aun los realistas, se
levantarían en masa contra O’Higgins y San Martín, tan pronto levantara bandera
de rebelión cualquiera de los hermanos Carrera.
Para
alcanzar este éxito, bastaba que llegara a Chile uno de ellos, mientras podían
hacerlo los otros dos. No podían emprender la marcha los tres juntos; en primer
lugar, porque las autoridades de Buenos Aires los vigilaban acuciosamente y les
impedirían el viaje; y en segundo lugar, porque José Miguel Carrera estaba en
Montevideo, desterrado por el Gobierno argentino.
Engañados
por sus ilusiones de proscritos y ansiosos de volver a la patria, en donde,
según las informaciones de Chile, se les esperaba en triunfo, Juan José y Luis
Carrera resolvieron partir hacia Chile por algunos de los pasos cercanos a
Mendoza; Luis salió adelante, el 10 de julio, y Juan José un mes más tarde, el
8 de agosto. El primero viajaba con el nombre supuesto de Leandro Barra, y el
segundo, con el de Narciso Méndez. Para subvenir a sus gastos de viaje, los
conspiradores de Buenos Aires hicieron una colecta de dinero que alcanzó a unas
40 onzas de oro y a 150 pesos de plata; para reunir esta cantidad, doña Javiera
Carrera vendió o pignoró buena parte de sus joyas.
Como José
Miguel Carrera no podía penetrar a territorio argentino sin ser aprehendido, se
resolvió que haría su viaje a Chile por mar, en la fragata “General Scott”, que
se esperaba de los Estados Unidos. Esta era una nueva ilusión: los informes
sobre el arribo de ese barco a Montevideo, eran inexactos.
Luis
Carrera, bien poco discreto para conspirador, no tardó en revelar su verdadera
personalidad y el motivo de su viaje a varias personas durante el trayecto, y
aun incurrió en faltas o errores que lo hicieron sospechoso a las autoridades
de Córdoba, primero, y de San Juan, después; el 5 de agosto, a las dos de la
mañana, mientras se dirigía a Mendoza, don Luis Carrera fue aprehendido y
encerrado en la cárcel; al principio quiso ocultar su nombre, asegurando que
“era Leandro Barra, el que indicaba el pasaporte”; pero reconocido por varias
personas, se vio constreñido a confesar que era efectivamente Luis Carrera,
pero que su viaje a Chile no tenía ningún propósito hostil al Gobierno de este
país.
No
demoraron mucho las autoridades en saber la verdad.
Don Luis
había partido de Buenos Aires, en compañía de un chileno llamado Juan Felipe
Cárdenas, “gran secuaz de los Carrera”, de quien se había separado en San Juan
a causa de ciertas desavenencias ocurridas en esta ciudad, con motivo de una
fiesta a la que habían concurrido ambos, y en la cual habían tenido que
intervenir las autoridades. Sabida la noticia de que don Luis había sido preso
por conspirador, el Gobernador de Mendoza dio orden de aprehender también a su
compañero de viaje, el cual cayó pronto en poder de las autoridades.
Cuando
Cárdenas supo la prisión de don Luis y los motivos que la habían causado, no
titubeó un instante en declarar toda la verdad, cierto de que la causa de los
Carrera estaba irremisiblemente perdida; en su declaración ante el Fiscal, don
Manuel Corvalán, que instruía el sumario, reveló todo el plan de conspiración
fraguado en Buenos Aires, en casa de doña Javiera, agregando que ya debía venir
en viaje a Mendoza y a Chile, el otro hermano del reo, don Juan José Carrera.
El mismo Cárdenas reveló, asimismo, los nombres de todos los conspiradores.
El 20 de
agosto era aprehendido don Juan José por las autoridades de San Luis y
trasladado a Mendoza, a la misma cárcel en que se encontraba su hermano; pero
en distintos calabozos; sendas barras de grillos los mantuvieron aprisionados
desde ese momento, hasta que, por esas coincidencias fatales del destino,
rindieron la vida.
La
noticia de la prisión de Luis Carrera, enviada a San Martín por el Gobernador
de Mendoza, don Toribio Luzurriaga, produjo en Chile una estupefacción profunda
por lo inesperada y una indignación indescriptible al saberse la causa que la
había motivado. Una conspiración contra el Gobierno en los momentos en que las
tropas chilenas se batían desesperadamente contra el enemigo español
atrincherado en Talcahuano y dominante en casi toda la región araucana mediante
el decidido apoyo de los indios, fue considerada como una traición a la patria
naciente y en peligro.
Las
medidas coercitivas contra los Carrera y contra sus partidarios residentes en
Santiago, no tardaron en venir; dos horas después de conocida la comunicación
del Gobernador de Mendoza, estaban en la cárcel, incomunicados y sometidos a
proceso Manuel Rodríguez, Juan Antonio Díaz Muñoz, Juan de Dio s Martínez, José
Manuel Gandarillas, el anciano padre de los Carrera, don Ignacio, Bartolo
Araoz, Gabriel Valdivieso, Manuel de la Lastra, hijo de doña Javiera y José
Conde, el fiel asistente de don José Miguel Carrera. Todos estos nombres
figuraban en la declaración que había prestado en Mendoza el chileno Juan
Felipe Cárdenas.
Las
declaraciones que estos presos rindieron ante el rápido y severo tribunal que
se constituyó ad hoc para este efecto, dejaron en claro lo descabellado del
plan fraguado en Buenos Aires; ninguno de los presos, excepto José Conde, que
había llegado esa misma tarde de la otra banda, sabía nada del plan mismo, ni
aun que Juan José y Luis Carrera hubiesen partido de Buenos Aires con el ánimo
de pasar a Chile; de sus deposiciones sólo resultó que los “carrerinos” de
Santiago habían escrito, efectivamente, muchas cartas a sus parciales de Buenos
Aires, comunicándoles el estado desastroso de la revolución de Chile, sin
ocultar que de esa situación estimaban responsables a O’Higgins y a San Martín,
por creerlos ineptos, al uno para gobernar y al otro para dirigir la guerra.
Tampoco
negaron, Manuel Rodríguez, Gandarillas y Araoz que en el caso de que hubieran
contado o contaran con medios para “enderezar el gobierno y la guerra, lo
harían con resolución para servir la causa de América”; preguntados si, para
conseguir este objeto, creerían necesario derrocar a esos personajes,
“contestaron que tal vez”...
La
prisión de los Carrera venía a echar por tierra todos los planes de revuelta y
a desvanecer las ilusiones de sus partidarios de Santiago; no había, pues,
objeto para mantener las severas medidas que se habían decretado para éstos,
que en realidad no eran culpables, y el Gobierno estimó que era una medida
discreta la de tranquilizar los sobresaltados espíritus de los numerosos
parciales del carrerismo, aminorando el rigor que había comenzado a desplegar.
Por
intermedio de San Martín pidió al Gobernador de Mendoza que extremara la
vigilancia de los Carrera en su prisión, y poco a poco fue dejando en libertad
a los presos de Santiago.
Los
primeros que salieron de la cárcel fueron Gandarillas, Manuel Rodríguez y don
Ignacio de la Carrera. A fines de noviembre, muy pocos eran los que recordaban
la fracasada tentativa revolucionaria, más para compadecer el atolondramiento
de sus autores que para condenarlos.
Entretanto,
Juan José y Luis permanecían en Mendoza sometidos a estrecha prisión, con
grillos permanentes y severamente incomunicados, sin esperanza alguna de que
aquella situación tuviera término, pues el proceso habíase paralizado
virtualmente. Lo único que las autoridades querían era que los presos
estuvieran apartados de donde pudieran ejecutar sus planes de perturbar la
marcha ordenada de la revolución chilena. Las activas gestiones de doña Javiera
ante el Gobierno de Buenos Aires y las de doña Ana María Cotapos, mujer de don
Juan José, ante el de Santiago, para obtener la libertad de los presos, fueron
inútiles, por lo menos en esos momentos; sin embargo, todo dejaba traslucir que
una vez cimentada la independencia de Chile con la destrucción del ejército
español, fuerte en Concepción y en el sur, no era imposible la libertad de
ambos conspiradores.
Si los
Carrera no hubieran sido irritables, fanfarrones, atolondrados e ilusos, su
suerte habría sido distinta de lo que desgraciadamente fue, según lo verá el
lector.
Desesperados
de verse en tal situación que se prolongaba ya para los seis meses y sin dar
crédito a las palabras de confianza que les prodigaban algunos de sus buenos
amigos — Como Muñoz Urzúa y otros— ambos presos creyeron posible fugarse de la
cárcel en vista de que uno de los cabos de la guardia llamado Manuel Solís,
chileno oriundo de Illapel, les prometió cooperar en la empresa; se acentuó
esta confianza de los Carrera con el hecho de que otros soldados, inducidos por
Solís, les brindaron también su apoyo.
Las
angustias y padecimientos inherentes a una prolongada y dura prisión; el
recuerdo de la patria, y de su cercanía, en donde la fortuna les había sonreído
durante un período esplendoroso y brillante; las ilusiones que se forjaban de
su popularidad, y la fantasía de su juventud ardorosa y temeraria, perturbaron
una vez más el criterio de ambos malogrados patriotas, dignos de un mejor
destino.
Tanto les
cegó su confianza en el éxito de su plan de fuga, que no se limitaron ya a
pensar en sólo transponer la cordillera, sino en apoderarse de la plaza militar
de Mendoza, incautarse de los fondos públicos y del armamento, deponer al
Gobernador, formar un cuerpo de tropas con los voluntarios chilenos y
argentinos que quisieran seguirlos, y aun con los prisioneros españoles de
Chacabuco que se hallaban en esa ciudad, y penetrar con toda esa gente en
Chile, en donde creían, o estaban seguros de contar no sólo con las simpatías
del pueblo, sino con más de la mitad del Ejército.
El golpe
estaba fijado para la noche del 25 al 26 de febrero (había entrado ya el año
1818), y se llevaría a cabo de sorpresa, con la cooperación de la guardia
comprometida y de los presos de la cárcel, a los cuales se les abrirían las
puertas de sus calabozos; tan hábil y sigilosamente se habían hecho todos los
preparativos, que ni el alcaide del establecimiento, ni funcionario alguno de
la Gobernación, habían tenido la menor sospecha del audaz proyecto hasta
entrada la noche del 25.
La
traición de uno de los conjurados, un tal Pedro Antonio Olmos, trajo el fracaso
rotundo del golpe. Arrepentido a última hora del tamaño crimen que iba a
cometer contra la autoridad, se echó a los pies del Gobernador Luzurriaga y le
reveló toda la conjuración. De más está decir que la guardia fue relevada con
toda rapidez y puesta presa, y que los Carrera quedaron desde ese momento con
centinelas de vista y con grillos y esposas. La misma noche se comenzó el
sumario, y las declaraciones de los soldados de la guardia comprometidos
confirmaron, con lujo de detalles la denuncia del delator, revelando, además,
la magnitud de la empresa; varios estuvieron acordes en que, dentro del plan,
figuraba el fusilamiento del Gobernador Luzurriaga.
Los
Carrera, por su parte, se obstinaron en la más tenaz negativa, no sólo del plan
de apoderarse de Mendoza, sino especialmente en lo que se refería al
fusilamiento del Gobernador; pero en vista de que los cargos irrefutables y
concretos del fiscal demostraban que todo había sido descubierto, Luis Carrera
prometió hacer una franca y explícita declaración, siempre que se perdonara la
vida a los soldados comprometidos. Y esa declaración la rindió total y
concluyente el 7 de marzo, con la única protesta de no ser efectivo el intento
de dar muerte al Gobernador Luzurriaga.
La
conspiración para derrocar el gobierno de Mendoza, levantar tropas y apoderarse
de la autoridad quedó totalmente comprobada, como asimismo el propósito de
pasar a Chile a intentar lo mismo con el gobierno de Santiago; lo último era,
en este caso, secundario; pero lo primero adoptaba caracteres de gravedad suma;
si para juzgar el intento de alterar el orden en Chile era prudente consultar a
este gobierno, para fallar el atentado contra las autoridades argentinas, no
era preciso ese trámite.
No había
discrepancia alguna en que la pena que merecían los promotores de la fracasada
conspiración era la de muerte; pero antes de que el Fiscal Corvalán emitiera su
dictamen en este sentido, quiso el Gobernador Luzurriaga, consideradas la
gravedad y trascendencia del caso, consultar al Gobierno de Buenos Aires, y así
lo hizo enviando una extensa comunicación al Director Pueyrredón, el 20 de
marzo. El mensajero debía demorar, en ida y vuelta no menos de veinte días.
Pero el
24 de marzo, cuatro días después, llegó a Mendoza la primera noticia del
desastre de Cancha Rayada, con el agregado de que el ejército chileno había
sido completamente destruido y que los habitantes de Santiago habían empezado a
huir nuevamente por Uspallata; se agravaba este dato con el rumor de que el
ejército realista, vencedor, se proponía invadirlas provincias argentinas por
ese mismo paso cordillerano y por otros de más al sur.
Las
autoridades y el pueblo cayeron en la más profunda consternación y pronto
apoderáronse de todos los ánimos la zozobra y el espanto; los otros
fugitivos que llegaron de Chile al siguiente y subsiguientes días no hicieron
sino confirmar la noticia del desastre de las armas de la patria.
Las
autoridades de Mendoza desplegaron una grande actividad para poner a la
provincia en estado de defensa, y sus primeras providencias se encaminaron a
impedir que los numerosos prisioneros españoles que había en la ciudad pudieran
intentar un levantamiento; y como también creyeran posible que los Carrera
pretendieran ponerse a la cabeza de los prisioneros aprovechándose de la
agitación reinante; dispusieron que se les doblaran las prisiones y se les
colocara, para ejercer una mejor vigilancia sobre ellos, en un mismo calabozo.
Tales
eran la situación de Mendoza y el ambiente de sobresalto que la envolvía,
cuando llegó a esa ciudad, también fugitivo de Chile, el Auditor de Guerra del
ejército chileno don Bernardo de Monteagudo, “el zambo funesto”, según lo
calificaban sus enemigos, que eran innumerables. Dotado de una verba fácil,
fluida, convincente, poseedor de un talento claro e indiscutible, le fue
sumamente fácil imponer sus opiniones en esos momentos de dudas, de inquietudes
y de fundadísimos temores, así pudo colocarse al lado del Gobernador Luzurriaga
en condición, de consejero insustituible.
Enemigo
rencoroso de los Carrera, a causa de algunos desaires y burlas crueles que
éstos le habían inferido por su modesto nacimiento y sobre todo por su
condición de mulato, Monteagudo imbuyó en la mente del Gobernador Luzurriaga la
idea de que, para la seguridad del Estado en esos momentos de peligro nacional,
era absolutamente necesaria la eliminación de los Carrera.
El
Gobernador de Mendoza no fue capaz de zafarse de esta presión-; y a pesar de
que siempre había tratado de favorecer en lo posible a los desgraciados
patriotas chilenos, cedió a esa influencia maligna; pero antes de proceder,
quiso tener en su mano un dictamen de letrados en que descargar su conciencia.
En Mendoza no había sino tres “doctores” en derecho: don Juan de la Cruz
Vargas, don José Miguel Caligliana y don Bernardo de Monteagudo. El primero se
dio por implicado para dictaminar; los otros dos aceptaron el cargo y
expidieron rápidamente su dictamen, cuya redacción ya tenía hecha Monteagudo.
“A pesar
de nuestros particulares sentimientos — concluían en ese documento— y de no
haberse consultado en favor de los reos medios ordinarios que pudieran
disminuir el rigor de la ley, por no permitirlo las circunstancias
extraordinarias del momento, somos de opinión de que debe aplicárseles,
inmediatamente, la pena de muerte, sin embargo de apelación y de consulta”.
Este
dictamen fue expedido el día 8 de abril; y “en el mismo momento de recibirlo,
las dos y media de la tarde, el Gobernador Luzurriaga dictó su fallo: “Téngase
este dictamen por sentencia en forma, y ejecútese a las cinco de la tarde, hoy
mismo, pasándose por las armas a don Juan José y a don Luis Carrera”.
El
sacrificio de ambos malogrados chilenos se llevó a cabo a las seis; a las nueve
de la noche del mismo día llegó a Mendoza la estupenda nueva de la aplastante
victoria de Maipo; el mensajero, teniente coronel don Manuel de Escalada,
traía, además, la noticia de que el Gobierno chileno en celebración del triunfo
definitivo de la patria, pediría al Gobierno de Mendoza la libertad de los
Carrera...
En
efecto, el 11 de abril partía de Santiago un propio con un oficio de O’Higgins
para el Gobernador Luzurriaga, en el que se leía lo siguiente: “Este Gobierno,
considerando justo que el placer de la victoria alcance también a esa
desconsolada familia (la de los Carrera), suplica a V. S. en favor de los
citados individuos toda la indulgencia conciliable con el progreso de nuestra
causa”.
§ 16. Un
Primo de Rivera en la historia de Chile
(1819)
Comentando,
en noches pasadas, en la tertulia del Director de “La Nación” los
acontecimientos de la política española, que se tornan excepcionalmente graves,
según las noticias que nos llegan por el cable, uno de los presentes, José
María Raposo, contó una entrevista que tuvo con el Marqués de Estella, General
(Primo de Rivera, cuándo nuestro amigo pasó por España en su viaje por el Viejo
Mundo, y le fue dada la oportunidad de conocer y tratar a muchos personajes
españoles que han tenido importante figuración en los actuales acontecimientos
de la Península.
En esa
entrevista, Raposo recordó al entonces Gobernador de Barcelona que uno de sus
antepasados, el Coronel don Joaquín Primo de Rivera, había desempeñado en Chile
un cargo de alta representación y responsabilidad y que su nombre había quedado
unido al acontecimiento más importante y trascendental de nuestra vida
independiente: la última campaña del brigadier don Mariano Osorio, con su
brillante avance desde Talcahuano — donde desembarcó la expedición española de
la reconquista de Chile— hasta las puertas de Santiago, y con su heroico
desastre en los campos de Maipú.
El actual
presidente del Directorio Militar de España recordó que, efectivamente, un tío
abuelo suyo, cuyo nombre hemos apuntado más arriba, habíase embarcado con rumbo
al Perú poco después de la restauración de Fernando VII en su trono, como
segundo jefe del Regimiento Infante Don Carlos, destinado a reforzar la
autoridad algo carcomida del Virrey de Lima, que lo era en 1816 don Gabriel de
Avilés, Marqués de la Concordia; y que llegado al Perú había recibido su
ascenso a coronel de manos del nuevo Virrey don Joaquín de la Pezuela y
Sánchez, poniéndole al frente del brillante regimiento Burgos, veterano de las
guerras contra Napoleón y uno de los que más se distinguieron en Badén.
Recordaba
también el Marqués de Estella que su antepasado había venido a Chile en la
expedición restauradora del Brigadier Osorio, con el alto cargo de Jefe del
Estado Mayor, empleo que se le había conferido antes de los treinta y cinco
años de edad, y que su actuación debía haber correspondido a sus antecedentes
de valiente y pundonoroso militar; pero que desde esa época habíase perdido
toda huella de don Joaquín Primo de Rivera, por más empeño que la familia había
puesto por encontrarle o para repatriar sus restos, llevándolos a descansar en
paz en la tumba de sus mayores.
La
insinuante charla de nuestro amigo Raposo, el cariñoso recuerdo que el
prestigioso militar y político español que actualmente atrae las miradas de
todo el mundo, dedicó a Chile en la entrevista que celebró con nuestro
compañero de redacción y lo interesante y dramático de los episodios que
precedieron a la trágica muerte del valiente coronel español, nos han inducido
a dedicarle un recuerdo a su memoria.
Desde el
desembarco en Talcahuano de la Expedición Restauradora enviada por el Virrey
Pezuela para vengar el desastre de Chacabuco y restablecer en Chile la
autoridad del monarca español, se caracterizó el Jefe del Estado Mayor don
Joaquín Primo de Rivera por su arrojo y acometividad para emprender y llevar la
campaña en contraposición con las ideas del General en Jefe, don Mariano
Osorio, que conociendo las dotes del soldado chileno, era de opinión de que en
ningún caso debían precipitarse los acontecimientos. Apoyaban decididamente al
Jefe del Estado Mayor, los oficiales y jefes jóvenes del ejército realista,
casi todos recién llegados de España, orgullosos de haber derrotado allí a las
huestes napoleónicas.
La
política guerrera de Primo de Rivera tuvo sus éxitos indudablemente, el combate
de Quechereguas y la sorpresa de Cancha Rayada pusieron al ejército patriota en
un tris de ser arrollado definitivamente haciendo fracasar por segunda vez la
magna empresa de la independencia de Chile. Sólo el valor y el heroísmo
desesperado de Freire y del “gringo” Brayer en Quechereguas, pudieron salvar
del desastre a nuestras armas ante la estrategia y el arrojo del Coronel Primo
de Rivera. Cuéntase que en los momentos en que Freire huía protegiendo la
retirada de sus tropas que habían caído en la trampa, alcanzólo Primo de Rivera
con un cintarazo que el héroe chileno logró desviar al mismo tiempo que daba
cara a su adversario: "luchan a brazo partido con el mayor furor; pero
sobreviniendo algunos soldados de la patria en auxilio de Freire, se vio Primo
de Rivera precisado a abandonar la presa reteniendo en sus manos la gorra de su
adversario y un mechón de pelo indicador de la violencia de sus
esfuerzos".
En la
sorpresa de Cancha Rayada, que fue para nuestras armas una acción de guerra
parecida al desastre de Rancagua, Primo de Rivera desempeñó un papel definitivo
y le cupo en suerte recoger la casi totalidad de los laureles de la victoria.
I.as tropas españolas que envolvieron a las nuestras y las obligaron a huir en
desorden, abandonando sus bagajes con más de quinientos muertos, estuvieron
divididas en tres brigadas, a cargo de Primo de Rivera, del brigadier Ordóñez y
del coronel Bernardo Latorre, Primo de Rivera fue el que, en un movimiento
afortunado, cortó la división de Las Heras, envolviendo el resto, junto con 24
cañones patriotas, 2 obuses, porción considerable de armas, pertrechos,
provisiones, 700 heridos y prisioneros., etc. Si no fuera por el arrojo y
audacia de Las Heras y por la serenidad de Rudecindo Alvarado y de Rondizzoni,
que lograron poner a salvo el grueso del ejército chileno, el coronel Primo de
Rivera habría liquidado allí “al altivo y orgulloso ejército de O’Higgins”.
Este
brillante recorrido tuvo, sin embargo, su ocaso definitivo en Maipú. El genio
de San Martín que organizaba ejércitos de la nada, presentó a las victoriosas
huestes de Osorio y de Primo de Rivera un plan de batalla ante el cual de nada
valieron ni el arrojo ni la temeridad, ni la estrategia de los hijos dé España.
La última etapa de esta batalla sangrienta, la cubrieron los granaderos de San
Martín contra los Cazadores de Primo de Rivera, cuyo mando tomó él mismo en el
mismo campo de batalla, alrededor de las célebres casas de Lo Espejo. Las más
brillantes espadas de ambos bandos se unieron en ese momento decisivo para las
armas españolas, derrotadas ya en toda la línea, y de esta manera, cuando los
vencedores quedaron en número aplastante por muerte de sus heroicos
contendores, los brillantes jefes españoles que se llamaron Ordóñez, Morgado,
Latorre, Moría, Berganza, Berroeta, Beza, Bayona y tantos otros, con Primo de
Rivera a la cabeza, se vieron precisados a romper sus espadas, como el
orgulloso Ordóñez, o a soltarlas por la fuerza, como Beza, Moría y Bayona, o
entregarlas a un jefe de su categoría, como Primo de Rivera, que la rindió al
heroico y caballeroso Las Heras.
Los altos
prisioneros de Maipú fueron traídos a Santiago y alojados esa noche en la sala
del Consulado, hoy Biblioteca Nacional. A los pocos días, por disposición de
San Martín, Primo de Rivera, Ordóñez, Morgado y cincuenta jefes y oficiales
más, trasmontaban la cordillera, camino de San Luis de la Punta, República
Argentina, en calidad de prisioneros de guerra. En esta villa tuvo lugar su
trágica muerte que provocó un grito de general indignación en América y cubrió
de oprobio al hombre perverso y felón que fue su principal causante.
Con ellos
cayó también el bizarro Coronel don Joaquín Primo de Rivera.
El
caserío de San Luis de la Punta “era un presidio aislado y seguro, especie de
Santa Elena mediterráneo, donde los más ilustres caudillos de España irían a
purgar, en dura proscripción, la noble fidelidad a sus banderas. Era lo mismo
que los virreyes de Lima habían inventado en las islas del lago Titicaca contra
los más esclarecidos patriotas del continente; era la represalia que los
chilenos habían inventado contra el presidio de Juan Fernández”.
Quien
allí entraba debía renunciar a salir si no contaba, no sólo con la anuencia,
sino con la protección decidida del gobernador de la ciudad, que era a la vez
el carcelero. No había quien se aventurase a trescientas leguas de distancia
del primer centro poblado, a través de la inmensa e inclemente pampa argentina.
Por
expresa orden de San Martín, los prisioneros españoles fueron tratados con
excepcional consideración. Se les proporcionaron las comodidades que se podían
ofrecer en aquella pobre villa. Muy pronto los prisioneros se atrajeron las
simpatías de los vecinos y familias del pueblo. Primo de Rivera, en el apogeo
de su juventud, de gallarda apostura y de cultura refinada “cayó de pie” en el
hogar más simpático y encantador del pueblo: el de la familia de don Nolasco
Bustamante, cuya hija, de veinte años de edad, era la más hermosa flor de ese
jardín. No tardó el galante coronel en ser el más leal amigo de don Nolasco y
el más rendido admirador de “Carmencita, la chilena”. Todos los oficiales y
jefes españoles prisioneros eran asiduos visitantes y no menos leales amigos de
la familia Bustamante.
Por ese
tiempo llegó a San Luís, desterrado por O’Higgins, uno de los hombres más
perversos que hayan figurado entre los dirigentes patriotas de la
Independencia, que hubo de ser tolerado por ellos a causa de su inmenso
talento, a pesar de reconocérsele como un malvado.
Este
personaje fue don Bernardo de Monteagudo, el mulato, del cual dice un ilustre
escritor “que sólo vivió para dos géneros de voluptuosidades: la voluptuosidad
de la mujer y la voluptuosidad de la sangre. Para su alma de criollo, y para su
fantasía tropical los destinos del hombre estaban eternamente suspendidos entre
el tálamo y el cadalso”.
Monteagudo
no podía quedar indiferente ante la hermosura de Carmencita Bustamante y pronto
se le demostró obsequioso y rendido; pero el campo ya estaba tomado y además,
entre la esbelta y caucásica figura de Primo de Rivera y la broncínea y
aceitunada piel del mulato patriota, por muy inteligente que fuese, no había
duda posible para una mujer soñadora. La lucha entre ambos pretendientes
quedaba declarada; solamente que el coronel español, leal y galante, se iba a
encontrar con un rival enconado y artero.
Era
gobernador de esa ciudad y presidio de San Luis, un personaje de mediocre
cultura llamado Vicente Dupuy, de origen francés como es natural, tenía
autoridad omnímoda sobre sus gobernados; hasta entonces el jefe político y
militar había observado una conducta ecuánime y digna con sus prisioneros de
guerra, los cuales, por otra parte, no daban motivo alguno para que se
adoptaran medidas de severidad contra ellos, pues como ya hemos dicho, hacían
una vida tranquila y casi resignada con su suerte. Más aún: los prisioneros
españoles eran los mejores vecinos de la ciudad y como militares cultos,
colaboraban eficazmente al mantenimiento del orden y a prestigiar el principio
de autoridad. Pero una vez que Monteagudo se vio rechazado por la dama que era
el centro de la “vida social” de los prisioneros de Maipú, su espíritu
intrigante le llevó a inducir al gobernador a tomar ciertas medidas que por su
injusticia despertaron en los oficiales españoles la inquietud, el desasosiego
y la resistencia. Una de las primeras fue la de prohibir a los prisioneros que
salieran de sus casas después de las nueve de la noche, a pretexto de ciertos
alborotos y montoneras que habían aparecido, según se decía, en el litoral del
Paraná, o sea, a unas trescientas leguas de distancia... Otras medidas,
igualmente humillantes para estos prisioneros^ no tardaron en venir.
A los
pocos días se consumó un acto inicuo que causó la protesta y la desesperación
de los vehementes y galantes hijos de España; Carmencita Bustamante había sido
deportada, junto con toda su familia, bajo el mismo pretexto de las
revoluciones de Paraná. “El hogar de los prisioneros perdió desde ese momento
su última sonrisa”, dice un documento que tenemos a la vista y también desde
ese momento se concluyó la paz en la colonia de San Luis, para dar lugar a las
más trágicas escenas que acabaron con la vida de los cincuenta prisioneros de
Maipú.
El lunes
8 de febrero de 1819, a las ocho de la mañana, los prisioneros españoles de San
Luis de la Punta se dividían en tres grupos para tomarse por asalto el cuartel
de la guarnición, la cárcel y el edificio donde vivía el Gobernador Dupuy. En
su desesperación por los actos inicuos contra ellos y contra los seres que les
eran queridos, habían concedido el proyecto loco, descabellado, irrealizable,
de conseguir su libertad rodeados por un desierto de trescientas leguas y cuyos
límites estaban ocupados y dominados por las armas patriotas...
Primo de
Rivera y Ordóñez, encabezaban el grupo que debía apoderarse de la persona del
Gobernador Dupuy; en este grupo formaban también los coroneles Morgado y Moría.
No se trataba de matar a nadie; los amotinados sólo querían su libertad; pero
si no lo conseguían por el asentimiento arrancado al Gobernador, querían morir
matando: "antes de dos horas seremos libres o habremos muerto” fueron las
palabras de Ordóñez al separarse de los otros dos grupos de conjurados.
Pero todo
el plan, descabellado como era, fracasó, derrumbándose estrepitosamente; los
grupos que debían sorprender el cuartel y la cárcel cayeron en sendas celadas y
fueron sacrificados con encarnizamiento y crueldad, rindiendo sus vidas a los
golpes de puñal de los defensores que, evidentemente estaban prevenidos. Igual
cosa aconteció al grupo que atacó al Gobernador Dupuy, aunque éste fue
realmente cogido de sorpresa; pero ya todo era inútil, puesto que, dada la
alarma y vencida la casi totalidad de los sublevados, toda la guarnición de la
ciudad fue en defensa del Gobernador.
Los
cuatro jefes españoles defendieron sus vidas con desesperación, pero tenían que
sucumbir ante el número; Morgado, Moría y Ordóñez cayeron postrados a
garrotazos: "sólo Primo de Rivera, más feliz que sus amigos, encontró al
alcance de su mano una carabina y mordiéndola por el cañón se disparó la bala
en el cerebro, sucumbiendo así a su propia mano, antes que a la de los brutales
esbirros al parecer aleccionados con anterioridad”.
"La
conjuración de San Luis, dice Vicuña Mackenna, no era un plan político, ni un
golpe de mano, ni siquiera un simple motín de cuartel; era un mero arranque de
irresistible frenesí, provocado por el deseo de libertad y por las humillantes
medidas que contra ellos se tomaron y en el cual los prisioneros de Maipú
quisieron morir matando”.
Así
pereció don Joaquín Primo de Rivera, uno de los soldados más inteligentes y
valerosos de la pléyade que España envió a Chile para reconquistar el Reino.

