Libro N° 10867. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XII. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10867.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XII. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
Crónicas De La Conquista XII. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista XII. Aurelio Díaz Meza
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista XII
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
§ 1. Los primeros agentes diplomáticos de la Argentina en Chile
§ 2. Camilo Henríquez en Quito
§ 3. Hacia el Gobierno republicano y nacional
§ 4. Argomedo, el de la palabra arrobadora
§ 5. El redactor y los colaboradores de la “Aurora de Chile”
§ 6. El Cónsul y el Vicecónsul
§ 7. El aniversario de los EEUU en la Patria Vieja
§ 8. Un Dieciocho en la Patria Vieja
§ 9. Las peripecias del Padre José María de la Torre
§ 10. El ocaso del Padre de la Revolución Chilena
§ 11. La primera escuadra nacional
§ 12. Doña Isabel Riquelme y Rosita Rodríguez, prisioneras de guerra
§ 13. Campusano y Chupallilta
§ 14. La reconquista de Concepción y Talcahuano
§ 15. Un “insurgente” y un “maturrango”
§ 16. El amor es causa
§ 17. Una fuga a gusto de todos
§ 18. Un abrazo antes de Rancagua
§ 19. El último “dieciocho” de la Patria Vieja
Leyendas
y episodios chilenos XII
Aurelio
Díaz Meza
§ 1. Los
primeros agentes diplomáticos de la Argentina en Chile
(1810)
El mismo
día 25 de mayo de 1810, y casi a la misma hora en que el pueblo de Buenos Aires
derrocaba al Virrey Cisneros e instalaba la primera Junta Gubernativa Nacional,
el Presidenta ¿le Chile, don Antonio García Carrasco, mandaba aprehender en
casa del Mayorazgo Rojas, situada en la plazuela de nuestro actual Teatro
Municipal, a un grupo de insurgentes chilenos allí reunidos desde media tarde,
para “arreglar” un rápido movimiento revolucionario que tuviera por objeto
derrocar también al representante de la Monarquía en Chile, entregando el mando
a una Junta Nacional.
La
prisión del Mayorazgo y de sus amigos don Juan Antonio Ovalle y don Bernardo
Vera Pintado echó por tierra el proyecto revolucionario que se incubaba en esa
reunión, pero antes de esos meses, el 16 de julio, una asonada popular obligó
al Presidente Carrasco a dimitir el mando y a ponerlo en manos del Conde de la
Conquista don Mateo de Toro y Zambrano, alto y caracterizado personaje de la
aristocracia chilena. A las “oraciones” de ese mismo día salía de Santiago una
“posta” llevando un mensaje del Alcalde del Cabildo, don Agustín de Eyzaguirre,
para la Junta Gubernativa Nacional de Buenos Aires, donde se le comunicaba el
derrocamiento del Presidente español; el mensajero llevaba instrucciones para
“reventar caballos” y hacer el viaje en “cortos” días, con el aliciente de un
premio extra de “cuatro pesos por cada día que ganara”, de los ocho que se
empleaban para llegar a Buenos Aires.
Las
nevadas invernales de la cordillera sólo permitieron que el “chasque” ganara un
día; el 23 de julio, entre las cuatro y cinco de la tarde, el mensajero chileno
entregaba su pliego al Presidente de la Junta bonaerense, Coronel don Cornelio
Saavedra. La gratísima noticia de Chile llenó de entusiasmo al patriota
argentino e inmediatamente citó a la Junta para ponerla en su conocimiento.
A largas
conversaciones dio lugar la reunión, pues los insurgentes argentinos habían
puesto los ojos a este lado de los Andes, en busca de una cooperación eficaz
para afianzar la revolución de mayo, que poco a poco iba cambiando su faz de
adhesión al “desgraciado Fernando Rey” por la de un alejamiento absoluto de su
Monarquía. Esta evolución del pueblo argentino podía arrastrarlo quién sabe a
qué conflictos extremos, y ya se insinuaban hechos sangrientos después de la
derrota del General Liniers, en los campos de Córdoba.
Al fin
las opiniones se aunaron en la proposición de Belgrano y Mariano Moreno para
que se enviara “luego” a Santiago un “agente secreto” de la Junta bonaerense
ante “los patriotas chilenos”, con la misión de informarlos ampliamente de los
acontecimientos de mayo y siguientes y en especial, con “la de estimularlos
para que promovieran en Chile otro cambio de la misma naturaleza”. Y como la
Junta de Buenos Aires no sabía cuál era el ambiente preciso que a este respecto
dominaba en Santiago, se resolvió que el “agente” sólo fuera portador de una
“carta” particular para el doctor don Juan Martínez de Rozas y de un “oficio”
para la autoridad patriota chilena, si existiera. Ambos documentos fueron
firmados por don Manuel Belgrano y por don Juan José Castelli, que conocían a
Rozas por haber sido condiscípulos con él en el colegio de Córdoba.
Al día
siguiente de esa reunión, o sea, el 24 de julio de 1810, salía de Buenos Aires
el patriota argentino don Gregorio Gómez, investido del carácter de “agente
secreto” de aquella Junta “ante los patriotas de Chile”. Nótese que el enviado
no lo era ante “las autoridades”, sino ante “los patriotas” chilenos.
El último
día de julio bajaba los contrafuertes occidentales de la cordillera y llegaba
al primer resguardo chileno un viajero que declaraba, ante el jefe, venir a
Chile por negocios de yerba mate y tabaco... Cumpliendo las órdenes aduaneras,
el pobre equipaje del) mercader fue registrado escrupulosamente, lo mismo que
su persona; en realidad, el “cuyano” no traía equipaje, pues todo él consistía
en unas alforjas amarradas “a las ancas”, donde guardaba sus “prevenciones”.
Nada sospechoso de contrabando se le encontró, pero, sin embargo, fue llevado
en calidad de preso al pueblo de Santa Rosa de los Andes, y entregando al
subdelegado don Tomás Vicuña, quien, cuando quedó solo con el “preso”, cerró la
puerta y con una sonrisa enigmática preguntóle:
— ¿Cómo
se llama usted?...
—
Gregorio Gómez, señor — contestó sin inmutarse el viajero.
— ¿Viene
de Buenos Aires?... ¿Qué encargos trae... y de quién? ...
— Vengo
de Buenos Aires a vender yerba y tabaco paraguayo; no traigo encargos de nadie
y para nadie de este país, al que ni siquiera conozco.
—
Entonces no es usted la persona que estamos esperando — dijo Vicuña, mirando a
los ojos del viajero— . Alojará aquí, en mi casa, comerá en mi mesa y mañana
temprano lo “encaminaré” para Santiago.
Y después
de charlar de sobremesa durante un rato, el subdelegado acompañó a su preso y
huésped al aposento que se le tenía .destinado. Don Gregorio se quedó dormido
pensando en lo extraño del recibimiento.
Al día
siguiente, de madrugada, el viajero salió al patio y vio tres cabalgaduras,
además de la suya, preparadas para el viaje. A poco apareció el subdelegado
Vicuña que lo invitó a desayunar, y momentos más tarde presentóse un oficial de
húsares diciendo:
— Estoy
listo, señor Vicuña.
— Señor
Gómez — dijo Vicuña—, presento a usted al oficial que lo acompañará hasta el
término de su viaje. Tenga confianza en él.
Y
echándole los brazos, lo retuvo entre ellos, y se quedó mirándole y saludándole
hasta que lo vio partir, escoltado por el oficial y dos soldados.
Don
Gregorio Gómez iba de sorpresa en sorpresa pero, inmutable, no hacía la menor
demostración.
Al bajar
la cuesta de Chacabuco divisó un grupo de cuatro personas a la orilla del
camino por donde tenía que pasar, al llegar a ellas, vio que todas se
descubrieron para saludarlo, y el más joven de los del grupo, dijo con acento
“bien” cuyano:
—
Paisano, no tenga cuidado, pues mucho se interesan) por usted en este pueblo.
Gómez se
quedó de una pieza, pero lo disimuló bien; quitóse el guarapón y correspondió
el saludo sin detener la marcha, y su cerebro se metió en las más extrañas
cavilaciones. Pero aun le faltaban al “agente secreto” de la Junta de Buenos
Aires, muchas sorpresas, a cual de todas más curiosas e inexplicables.
Al llegar
al valle de Colina el! grupo se vio detenido por otro, más numeroso, encabezado
por el teniente coronel de milicias don Miguel Valdés y Bravo, quien ordenó al
oficial que hasta entonces había escoltado al viajero, “que se volviera con su
tropa a los Andes, y le entregara el preso”. Obedeció el oficial, despidióse
respetuosamente de don Gregorio Gómez y volvió grupas. El comandante Valdés
invitó al preso a continuar el viaje, dirigiéndole apenas la palabra durante el
camino, y al caer la noche atravesaban el puente de Calicanto, seguían por la
calle del Puente, atravesaban la Plaza Mayor... y se “apeaban” frente a la Casa
Colorada del Conde de la Conquista, Presidente del Reino.
¿Trae
usted encargos para alguna persona de Santiago? — preguntó el Conde— .
¡Dígame... dígame!...
— Puede
usted hablar con toda franqueza — agregó con sincero acento el secretario
Argomedo.
Don
Gregorio, sin titubear, contestó:
— No
traigo encargo alguno para gente de este país; vengo a comerciar' unas cargas
de yerba y tabaco que he comprado en el Paraguay.
Otras
preguntas en el mismo sentido no tuvieron mejor éxito, y el secretario
Argomedo, después de media hora, llamó al comandante Valdés, que se encontraba
en la sala vecina, y díjole:
— Miguel,
lleva a este caballero a “su alojamiento”.
Diez
minutos más tarde, el “agente secreto” de la Junta de Buenos Aires estaba
instalado en uno de los aposentos de los oficiales del Cuartel de San Pablo. Si
don Gregorio Gómez no estaba efectivamente preso, lo parecía bastante...
En
presencia de la extraña recepción que' las autoridades de Chile habíanle hecho,
don Gregorio hizo la formal promesa de guardar completo silencio, mientras lo
mantuvieran “secuestrado”, porque ésta era la verdad; el hombre había
manifestado deseos de salir a conocer la población, pero un oficial, primero, y
el Comandante Valdés, en seguida, le hicieron saber que no le era permitido
salir del cuartel.
—
Desearía conocer la causa de mi prisión — dijo al Comandante.
— Yo
mismo la ignoro — contestó Valdés— , pero pon lo que he podido colegir, ella
tiene su origen de la misión que usted ha traído de Buenos Aires...
— Repito
una vez más que no traigo misión de nadie y que los santiaguinos están
equivocados en atribuírmela.
— Es
usted demasiado desconfiado — replicó Valdés— a pesar de que le hemos,
demostrado en forma bien clara, con las deferencias que todos tenemos orden de
guardarle, y se las guardamos, que está entre amigos, si efectivamente es usted
don Gregorio Gómez, enviado por la Junta de Buenos Aires...
Tampoco
respondió una palabra el cuyano a tan clara insinuación; pero su silencio dio a
Valdés nuevas energías para continuar en la tarea de romper la obstinada
reserva de su huésped.
— Sepa
usted — continuó, en tono confidencial— que cediendo a las instancias de mis
amigos los dirigentes patriotas chilenos, acepté la comisión que me dieron para
conducirlo a Santiago y atenderlo en mi cuartel; y si se encuentra usted
detenido, es porque recelamos de todos los que
vienen de la otra banda, en donde está don Javier Elio, el nuevo Gobernador
“sarraceno” “provisto” para Chile, a quien no queremos recibir...
— Elio no
puede pasar por Buenos Aires — dijo a media voz don Gregorio— . Todavía está
detenido en Montevideo...
— ¡Buena
noticia...! — dijo Valdés, acercándose al argentino— . Hábleme usted con
libertad; comuníqueme cuanto pueda interesarme para transmitirlo a mis amigos,
y tenga la seguridad de que usted contribuirá, con ello, a que se realicen
pronto nuestras esperanzas, porque todo está ya preparado.
Poco
avanzó Valdés con su peroración, pero ella había hecho mella en el recién
llegado. Esa misma noche llevó al doctor Gaspar Marín y a don Gregorio Argomedo
al cuartel de San Pablo y los presentó a su huésped; conversaron los cuatro
hasta tarde, pero todavía no lograron que el argentino “se abriera”.
Al día
siguiente, don Gregorio fue visitado por sus compatriotas don Bernardo Vera y
Pintado, don Bernardo Vélez y Manuel Dorrego; poco a poco fue desapareciendo la
desconfianza del argentino y a dos días de “prisión” entregó a Gaspar Marín la
carta que traía para Martínez Rozas — que por entonces estaba en Concepción— a
fin de que le fuera enviada. Junto con la carta envió también al “padre de la
Revolución”, el “oficio” que traía.
En el
estado de agitación y expectativa en que se encontraba el pueblo de Santiago
con motivo de las actividades de los insurgentes, era peligroso poner en
libertad a don Gregorio Gómez, pues la presencia de este “desconocido” hubiera
dado margen a las más siniestras conjeturas; se resolvió, entonces, con acuerdo
del agente secreto, que continuaría alojado en San Pablo algunos días más y que
luego se trasladaría a la casa del Coronel español don Francisco Javier Reyna,
a quien venía recomendado. La presencia de Gómez en casa de un realista no
llamaría la atención de nadie.
Efectivamente,
a los pocos días el enviado argentino habíase lanzado a las calles sin que casi
nadie reparara en él, y como persona forastera, pudo visitar a todas las
familias que le ofrecían su casa, por vía de hospitalidad, pero por la noche, o
a la caída de la tarde, don Gregorio asistía a los conciliábulos insurgentes y
tomaba parte activa en sus deliberaciones.
Una noche
de principios de septiembre, cuando las cosas íbanse encrespando y
precipitándose hacia la crisis, don Ignacio de la Carrera fue a buscar
precipitadamente al agente argentino a su alojamiento de la casa del Coronel
Reyna, con el pretexto de que doña Javiera ‘le estaba esperando para cebarle un
matecito”; había una reunión importantísima en casa del Canónigo don Vicente
Larraín — donde se encontraban reunidos, entre muchos otros, don Manuel de
Salas, el Procurador Infante, don Agustín Lecaros, el bravo mercedario Joaquín
Larraín, el Conde Alcalde y el inevitable don Nicolás Matorras— y se consideró
necesaria la presencia de don Gregorio, por haber llegado, en la tarde, ciertas
noticias alarmantes de la otra banda.
No tardó
mucho el señor Gómez en explicar satisfactoriamente los acontecimientos a que
se referían las noticias, y luego la conversación — relacionada con los
proyectos de celebrar el Cabildo Abierto del 18— se hizo general.
-¿Y creen
ustedes que ese mismo día podrán nombrar la Junta Nacional...? — preguntó
Gómez, a fin de sondear más a fondo la resolución de los dirigentes— . ¿No han
reparado ustedes en la porfiada resistencia que pondrán los “maturrangos” para
estorbar este proyecto?
Avanzó
hacia el centro de la sala el mercedario Larraín, y sacando un puñal que
llevaba escondido en la manga de su hábito, interrumpió el argentino diciendo
con voz que impresionó a todos los presentes:
— ¡Ya se
guardará cualquier sarraceno de oponerse a la instalación de la Junta, que es
la voluntad del pueblo!
Ya
sabemos cómo se cumplió “la voluntad del pueblo” el 18 de septiembre. Mientras
el pueblo aclamaba, en las calles, a los miembros de la Junta que acababan de
prestar el juramento, don Gregorio Gómez, libre ya de toda vigilancia, fuése a
su alojamiento y se “encerró” a escribir un largo mensaje a la Junta de Buenos
Aires, dándole detallada cuenta de la instalación de la Junta Nacional Chilena
y de los variados comentarios que le habían ocurrido a su llegada y durante su
permanencia en Santiago, en cumplimiento de su misión secreta.
El señor
don Gregorio Gómez fue, en consecuencia, el primer agente diplomático de la
nación argentina “ante los patriotas” chilenos. El segundo agente diplomático
argentino, enviado por la Junta Gubernativa de Buenos Aires, lo fue, no como el
anterior, “ante los patriotas chilenos”, sino “ante la Primera Junta
Gubernativa de Chile”, esto es, de gobierno a gobierno, y llegó a Santiago el 5
de noviembre.
El
Ministro (diputado, se les llamaba entonces a estos diplomáticos), fue don
Antonio Álvarez Jonte, y presentó sus credenciales y fue reconocido por la
Junta chilena el 6 de noviembre, al día siguiente de su llegada.
Por una
singular coincidencia, el mismo día 18 de septiembre de 1810, mientras el
pueblo de Santiago se encontraba reunido en la sala del Consulado para elegir
la primera Junta de Gobierno Nacional, se reunía también en Buenos Aires la
Junta de Gobierno de las Provincias del Plata para llevar a cabo un acuerdo de
trascendencia internacional, sobre la cual los bonaerenses habían 1 discutido
bastante, trayéndolos preocupados, desde los primeros días en que quedó
instalada aquella Junta, el 25 de mayo. Tratábase de intensificar las
relaciones de amistad entre los dos países, separados por la cordillera andina,
y para llegar a un entendimiento eficaz, era necesario que ambos marcharan
unidos en un solo pensamiento y en una acción uniforme...
A la
fecha en que se instaló la Junta de las Provincias del Plata, el recordado 25
de mayo de 1810, el pueblo de Santiago consideraba distante aun el logro de sus
anhelos de libertad. Gobernaba el Reino de Chile un tiranuelo adocenado y
torpe, cuyos procedimientos de represión contra los patriotas habíanse
manifestado en forma asaz cruel e inhumana, ese mismo día, con la sorpresiva
prisión y destierro de tres venerables personajes de la más alta sociedad
patricia, los mayorazgos don José Antonio de Rojas y don Juan Antonio Ovalle, y
el abogado argentino don Bernardo Vera y Pintado.
Sin otros
medios de comunicación que el de los “chasques” que debían recorrer a caballo
las pampas argentinas y trasmontar la cordillera, la Junta del Plata, ignorante
de lo que estaba ocurriendo en Santiago en esos días, envió a Chile, en misión
reservada, a don Gregorio Gómez, con el objeto de que se pusiera en
comunicación con los patriotas de este país, les hiciera saber en forma
fidedigna los acontecimientos de Buenos Aires y procurara fomentar entre los
santiaguinos el movimiento revolucionario que diera por resultado la
instalación en Chile, de una Junta análoga a la del Plata.
La misión
de Gómez, que llegó a Chile a fines de julio, en el período álgido de la
deposición del Presidente García Carrasco, y cuando los chilenos recelaban de
toda persona desconocida; la prisión dé Gómez en Los Andes y su detención
preventiva en el cuartel de San Pablo, en Santiago, hasta no conocer y
comprobar si el extraño y poco comunicativo mensajero era amigo o enemigo, lo
he contado más atrás. Sólo recordaré, ahora, que don Gregorio Gómez, agente
secreto de Buenos Aires, desempeñó su misión con todo éxito y que fue un activo
y eficaz colaborador y consejero en los conciliábulos preliminares del 18 de
septiembre.
Esa misma
tarde del 18, un mensajero de Gómez partía de Santiago llevando la fausta
noticia a la Junta de Buenos Aires.
Pues
bien, esa misma tarde del 18 salía, también, de la capital de! Plata un nuevo
agente de la Junta de Gobierno argentina, con una misión mucho más franca y más
amplia, ante el Cabildo de Santiago. “Para lograr en el Reino de Chile — decía
la credencial que traía el mensajero— una franca y sincera comunicación que
descubra los verdaderos principios y fines de la instalación de esta Junta y
allane y apresure la unión estrecha a que la naturaleza y todas las relaciones
más sagradas convidan a ambos pueblos, esta Junta ha nombrado por su
comisionado, con todas las facultades y representación que corresponde, al
doctor don Antonio Álvarez de Jonte, para que, pasando al expresado Reino de
Chile, se acerque al Ilustre Cabildo de aquella capital, interpelándole a que
tome aquellas medidas legales que liberten a éste de las convulsiones de la
esclavitud”... Firman esta credencial los patriotas argentinos don Cornelio de
Saavedra, Belgrano, Azcuénaga, Alberti, Mateu, Larrea y el doctor Mariano
Moreno, secretario y creador del periodismo de aquel país.
El
enviado diplomático del Plata era oriundo de Madrid, nacido en 1784. A los diez
años de edad sus padres pasaron a Buenos Aires en busca de fortuna, y el
muchacho, que había demostrando una inteligencia precoz, fue enviado al
Convictorio jesuita de Córdoba para que iniciara sus estudios de filosofía y
latinidad. Terminados allí estos cursos brillantemente, a la edad de 18 años,
pasó a Chile para ingresar a la Universidad de San Felipe, en cuyas aulas se
destacó luego como uno de los alumnos más estudiosos; sus cortos medios de
fortuna le impidieron rendir exámenes en su oportunidad; pero ayudado por el
canónigo don Pablo Fretes, pudo, por fin, obtener su bachillerato, la
licenciatura y el doctorado en leyes y cánones, y por último, al terminar el
año 1809, su título de abogado de la Real Audiencia.
A
principios de 1810 regresaba a Buenos Aires y allí fue arrastrado a las
primeras filas del movimiento revolucionario de las provincias del Plata, que
tuvo por corolario la deposición del Virrey Cisneros y la instalación del
Gobierno Nacional, el 25 de mayo. La elección de Álvarez de Jonte para enviado
diplomático de Buenos Aires en Santiago, no podía ser más acertada, el joven
abogado contaba en esta ciudad con la simpatía de numerosos amigos, en su
mayoría compañeros de universidad y comulgantes en las mismas ideas
revolucionarias que ya estaban en boga entre la juventud. Manuel Rodríguez,
Argomedo, Gaspar Marín, Infante, Irarrázabal, los Larraín y muchos jóvenes
patriotas de su valer eran sus amigos íntimos. La misión de Álvarez estaba
llamada a ser fácil.
El viaje
de Álvarez de Jonte demoró algo más de lo que ordinariamente se empleaba entre
Buenos Aires y Santiago, porque el viajero se vio obligado a detenerse una
semana en Córdoba, y unos cuantos días en Mendoza. En esta última ciudad tuvo
conocimiento de los acontecimientos ocurridos en la capital de Chile en el mes
de septiembre y aceleró su marcha. Sus poderes iban dirigidos al Cabildo como
la autoridad representativa de los ciudadanos; pero constituida la Junta de
Gobierno Nacional, el enviado argentino estimó que debía presentar sus
credenciales a la autoridad suprema del país, y así la resolvió.
El 25 de
octubre llegaba a Los Andes y al día siguiente emprendía la marcha hacia
Mapocho, yéndose a “apear” ante la casa de su amigo don Miguel Valdés y Bravo,
teniente coronel de milicias. Dos minutos después que terminaban de abrazarse
con la efusión de dos antiguos camaradas, Álvarez de Jonte revelaba el motivo
de su viaje.
— Vengo
enviado por la Junta de Buenos Aires como su “diputado” ante la Junta
Chilena... ¡Vítor!
Y
mientras el viajero se sacudía el polvo del camino, y se “adecentaba” un poco,
fueron llegando a la casa de Valdés varios de los patriotas oriundos de las
provincias transandinas que residían en Santiago, y que tan activa
participación habían tenido en los acontecimientos del 18 de septiembre,
Bernardo Vera, Manuel Dorrego, Bernardo Vélez fueron los primeros en llegar;
poco después se presentó don Gregorio Gómez, el anterior agente secreto y
oficioso; luego Gaspar Marín, Argomedo, Tomás Vicuña, Bustamante, Manuel
Rodríguez; a las ocho de la noche había en casa de Miguel Valdés no menos de
cincuenta personas, entre las cuales figuraban los dirigentes del patriciado
nacional.
La
actitud de la Junta bonaerense había provocado en los chilenos un entusiasmo
que a ratos llegaba a lo delirante.
A pesar
de lo susceptibles que eran los miembros del Cabildo de Santiago en cuanto a
las preeminencias que al ilustre Ayuntamiento correspondían, hubo aquiescencia
tácita en el sentido de que el diputado de Buenos Aires debía presentar sus
credenciales a la Junta, como autoridad suprema de la nación. Quisieran que no,
los alcaldes Eyzaguirre y de la Cerda, que al principio habían formulado
ciertos distingos al respecto por el hecho de que la Junta del Plata había
enviado a su agente ante el Cabildo santiaguino y no ante la Junta, fueron
fácilmente convencidos de que, en este caso, el pensamiento de Buenos Aires
había sido comunicarse con la autoridad suprema de Chile y no solamente con el
Cabildo de su capital. El propio enviado Álvarez de Jonte confirmaba tal
interpretación.
Resuelta
ya esta cuestión, que ni siquiera alcanzó a producir una controversia, el
diplomático argentino fue presentado al día siguiente al verdadero gobernante
de Chile, que lo, era don Juan Martínez de Rozas, y luego al Presidente de la
Junta, el Conde don Mateo de Toro Zambrano, y a los demás miembros del
Gobierno. Todos estuvieron de acuerdo en que Álvarez de Jonte debía ser
recibido y reconocido en su carácter de representante de Buenos Aires en una
sesión solemne y con los honores que la Corte acostumbraba dispensar a los
embajadores extranjeros.
Los
preparativos para esta ceremonia empezaron desde luego; debía llamarse y
acuartelarse a las milicias y repartir las invitaciones con algunos días de
anticipación, a las corporaciones, funcionarios y vecindario noble; esta tarea
no era sencilla; la imprenta que funcionaba en la Universidad de San Felipe, a
cargo del bedel don José Camilo Gallardo, demoraba lo menos un par de días o
tres en imprimir las dos o trescientas esquelas de convite que se repartieron
en esa sesión.
La
ceremonia de la recepción del diplomático fue fijada para el día 7 de
noviembre, y debía llevarse a cabo en el gran salón del Palacio de Gobierno, a
las diez de la mañana, con formación de tropas “y músicas”, y con sus
correspondientes salvas de artillería en la Plaza, lo que significaba un
despueble de la ciudad hacia las calles adyacentes. El día anterior, la Junta
envió al Cabildo una invitación especial; esto obedecía a un motivo de carácter
íntimo y tenía los caracteres de un desagravio ... Por más que los “señores
Justicia y Regimiento” hubieran reconocido — como particulares— la supremacía
de la Junta para recibir al diplomático, ellos se consideraban desairados —
como corporación— y rehusaban asistir “en cuerpo”.
—
¡Déjelos, usted, que no vayan! — habíale dicho al enviado argentino el
“dictador” don Juan Martínez de Rozas—. No hacen ninguna falta.
Pero
Álvarez de Jonte deseaba iniciar su misión sin alejamientos, ni recelos de
nadie, ni menos aun de una institución tan importante como el Cabildo, y
contestó al caudillo:
— Doctor,
tiempo habrá para saltar sobre el Cabildo, si, como usted cree, no sirve sino
para poner tropiezos. ¡Invitémoslo! ¡Invitémoslo!...
Rozas
quitó el cuerpo cuanto pudo a la petición, muy cuerda, de Álvarez de Jonte; ya
se habían insinuando en la naciente o embrionaria política nacional los dos
bandos que más tarde — a corto plazo— habrían de dividir a la familia chilena
hasta destrozarla en los campos de batalla; Rozas, encabezaba el partido de los
“exaltados” y el Cabildo a los “moderados”. Pero a Rozas le fue imposible
desentenderse de las insistentes peticiones de Álvarez de Jonte y se vio
obligado, por fin, a invitar oficialmente al Cabildo; pero lo hizo a última
hora.
Sólo la
víspera del día fijado para la recepción, el 6 de octubre, la Junta de Gobierno
hacía llegar al Cabildo la nota de invitación: “El doctor Álvarez de Jonte —
dice la nota— ha pedido a esta Junta que se le reciba y reconozca en presencia
de ese Cabildo, y para este efecto, sírvase Usía asistir mañana 7 del
corriente, a las diez de la mañana, a la sala del despacho de este Palacio”.
La
ceremonia fue aparatosa; el diplomático argentino fue “sacado” de su domicilio
por el secretario de la Junta, don Gaspar Marín, y por el Alcalde Eyzaguirre,
los cuales llevaban una escolta de cincuenta hombres, al mando del Capitán don
Manuel Bulnes, el futuro Presidente de la República. Guiaban las mulas
gualdrapeadas de la carroza cuatro palafreneros con librea, y la precedían ocho
alabarderos; al lado de las portezuelas marchaban dos lacayos negros,
“prestados” uno por el Conde de la Conquista y el otro por Don Juan Enrique
Rosales. Manejaba las riendas el popular “tarro de unto”, mulato del Conde de
Quinta Alegre; de atenerse a las referencias, ese mulato “era una maravilla”
manejando calesas, y su apodo provenía de que su amo, para ahorrar sombrero de
librea para su cochero, le había mandado fabricar uno “de lata”, pintado de
negro.
A la
puerta del Palacio — ya he dicho otras veces que el palacio de Gobierno estaba
donde hoy funciona el Correo Central esperaba al embajador una comisión
compuesta por el otro secretario de la Junta, Argomedo, y por los regidores don
Ignacio Valdés Carrera, el Conde de Quinta Alegre y don Fernando Errázuriz,
quienes “recogieron” al diplomático y lo condujeron al salón “grande”, donde lo
esperaba la Junta, esto es, el Conde
Toro,
Martínez de Rozas, Rosales, Márquez de la Plata y el Coronel Pieyna, todos
instalados ceremoniosamente bajo el dosel de los antiguos Gobernadores, el que,
como hasta entonces había estado destinado a una sola persona, se había
“mandado agrandar” para que cupieran los siete miembros de la Junta Nacional.
Bajo las cenefas de este dosel estaba el retrato de Fernando VII, “el más amado
de los monarcas”, y, coronando el trono, las armas reales.
El Conde
de la Conquista, que se pirraba por todas estas ceremonias de aparato que le
daban oportunidad para lucir sus condecoraciones, se manifestaba pletórico de
satisfacción, dando golpecitos en la tarima con su bastón de mando, emborlado,
y con un puño de oro macizo. Allegados a las murallas laterales, formaban dos
filas de alabarderos de la guardia del Presidente, uniformados con lujo
atrevido; en realidad, estos “guardias de corps” eran los únicos militares que
tenían uniforme; ni las tropas llamadas “veteranas”, ni menos las milicias, lo
tenían; cada cual se presentaba a las filas vestido a sus “posibles” o a su
capricho.
Cuando el
diplomático apareció en la puerta del salón, todos los asistentes se pusieron
de pie, y el embajador, vestido de frac, avanzó hasta colocarse frente a la
mesa presidencial. Desenrolló un pliego que llevaba en la mano derecha, y, sin
leerlo, pronunció el discurso de estilo “con vigorosa elocuencia”, según
consta. El auditorio lo escuchó con marcado interés.
Se
conocen los términos de ese discurso: el señor Barros Arana encontró en Buenos
Aires, entre unos papeles del archivo nacional, el borrador de esta importante
pieza histórica. Después de recordar las desgracias de España, Álvarez de Jonte
demuestra que los pueblos americanos estaban en el deber de constituir
gobiernos propios, que los pusieran al amparo de caer en poder de la usurpación
napoleónica; estos gobiernos, agregaba — para dar la razón de su misión en
Chile— deben estrechar sus relaciones, mantenerse unidos y auxiliarse
mutuamente para resistir los esfuerzos e invectivas con que el Virrey del Perú
trataba de restablecer en Chile y en Buenos Aires el antiguo régimen de la
regencia.
No todos
oyeron con agrado las palabras del diplomático argentino, porque las estimaron
atrevidas; uno de éstos fue el Presidente don Mateo Toro “y otros viejos”; pero
la mayoría, que era de jóvenes, “o a lo más, cuarentones”, vieron en Álvarez de
Jonte un poderoso auxiliar para el fomento de las ideas “de independencia” que
empezaban a circular, más o menos desembozadamente, desde que llegara a
Santiago Martínez de Rozas, “el corifeo de la revolución”, como lo llama el
historiador realista don Manuel Antonio Talavera.
No se
sabe si alguien contestó este discurso; por lo menos, no consta; pero se
presume que Martínez de Rozas lo contestaría, porque este corifeo era el único,
entre los miembros de la Junta, que podía hacerlo en forma. De seguro que, en
la respuesta, Rozas trataría de ponerse a tono con las ideas del diplomático.
Terminada
la recepción, el “diputado” de Buenos Aires fue conducido a su domicilio con
igual ceremonial que al principio. Olvidaba apuntar que, tanto a su llegada al
Palacio, como en el regreso a su domicilio, el pueblo estacionado en las calles
del trayecto, avivó bulliciosamente al “cuyano”, en realidad sin saber por qué,
pues poco entendía todavía de relaciones internacionales; pero Manuel Dorrego,
el futuro guerrillero Rodríguez, los jóvenes Rosales, Irarrázabal, Luis Carrera
y otros, se encargaron de “tirar reales y cobres” a la multitud, y con esta
precaución reverdeció el entusiasmo y la alegría popular.
No tardó
Álvarez de Jonte en incorporarse de lleno al movimiento patriótico y político
que se desarrollaba en Santiago, afiliándose sin embozo en las filas de los
exaltados. Su investidura diplomática no fue impedimenta para que combatiera
con franqueza ruda y personalmente a los que ponían obstáculos, razonables o
no, para encarrilar al país por la ruta de una organización política
absolutamente independiente de la metrópoli. Como consecuencia de su actitud
abiertamente parcial, el Cabildo y el partido “moderado” le hicieron cruda
oposición, hasta pedir al Gobierno de Buenos Aires el retiro del diplomático
argentino.
Ni aun la
unión patriótica que se produjo entre los dos partidos políticos chilenos, a
raíz del motín de Figueroa, fue capaz de hacer olvidar los resquemores que
había levantado en el partido “moderado” la conducta partidista de Álvarez de
Jonte; y su separación, resuelta por la Junta bonaerense, a pedido de la Junta
chilena — de la cual estaba alejado ya su íntimo amigo Martínez de Rozas— no
produjo más protesta que la aislada de un grupo compuesto de Camilo Henríquez,
Manuel Rodríguez y el clérigo, ex mercedario, Joaquín Larraín.
Álvarez
de Jonte volvió a Chile diez años después, para pasar al Perú, como secretario
de la escuadra de Lord Cochrane.
§ 2.
Camilo Henríquez en Quito
(1810)
Después
de haber sufrido un proceso de Inquisición en Lima, a causa de sus
conciliábulos con algunos “filósofos heréticos”, que se reunían en casa del
Conde de Vista Florida, don José de Baquijano, para leer ciertos libros que
este aristócrata limeño había traído de Europa en su último viaje, el Padre
Camilo Henríquez no quiso permanecer en la capital del Virreinato y pidió y
obtuvo de sus superiores una licencia para salir de allí a cualquier convento
de cualquier país. Había sufrido bastante en las mazmorras de la inquisición
limeña, “con mucha injusticia”, y deseaba olvidar ese período amargo de su vida
que hasta entonces había transcurrido en los apacibles claustros del Convento
de la Buena Muerte.
Las
activas gestiones que hicieron sus hermanos en religión para obtener su
libertad alcanzaron que la sentencia absolutoria del tremendo Tribunal del
Santo Oficio fuera amplia, y que saliera de su prisión “con certificados acerca
de su religión y buena conducta”, y que se declarara que “su proceso de
inquisición había terminado felizmente sin desdoro de su estimación pública y
honra”. Pero estas mismas declaraciones venían a confirmar la injusticia de los
vejámenes que Fray Camilo había sufrido.
La
resolución de Fray Camilo fue, pues, irrevocable, y sus superiores no pudieron
negarse a su petición de ser enviado lejos de ahí, y “para siempre”.
La
“religión” de la Buena Muerte mantenía en América muchos colegios, tanto de
enseñanza como de caridad; cuestiones de carácter interno habían producido
ciertas dificultades entre el Convento de la Buena Muerte, que existía en
Quito, y el Obispo de esa diócesis, don José de Cuero y Caicedo; más bien para
acceder al pedido de Fray Camilo que para arreglar esas dificultades que no
tenían trascendencia, los superiores de Lima encomendaron al fraile chileno la
misión de trasladarse a la capital del Ecuador para resolver esas dificultades.
Ocurría
esto a principios de 1810, y allá por el 30 de enero Fray Camilo se embarcaba
en el Callao con rumbo a Guayaquil, llegando a ese puerto en los momentos en
que los patriotas del Ecuador eran vencidos en su primera tentativa de
independencia, llevada a cabo, según sabemos, el 10 de agosto de 1809, o sea,
unos seis meses antes.
Vale la
pena recordar, aunque sea rápidamente, los acontecimientos de este grito de
libertad, uno de los primeros que se oyeron en la América española, para que el
lector se dé cuenta del momento en que llegaba a Quito el fraile chileno.
El día 9
de agosto de 1809, reuniéronse en casa de la insigne patriota doña Manuela
Cañizares, a horas avanzadas de la noche y con el mayor sigilo, unos treinta
“conjurados”, que desde algunos meses atrás habían estado tratando de deponer
al Presidente de Quito, don Manuel Urries, Conde de Ruiz Castilla, y de
constituir una Junta de Gobierno nacional que tomara el mando de la presidencia
“en nombre de Fernando VII, y para conservarle estos reinos a su corona”; sabe
el lector que en esa época el “desgraciado” Fernando estaba en manos del
“tirano de Europa”, Napoleón, quien ya no ocultaba su propósito de colocar en
el trono de España a su hermano José Bonaparte, llamado por los españoles “Pepe
Botella”.
Por
cierto que el nombramiento de estas juntas en todas las capitales de la América
española, “para conservar estos reinos a Fernando”, era el ropaje exterior de
la idea de independencia absoluta que ocultaban mañosamente los precursores,
para no espantar a sus compatriotas. En Quito, estos precursores fueron Antonio
Ante, el Marqués de Selva Alegre, don Pío Montúfar, Juan de Dios Morales, el
Conde de Selva Florida, Manuel Larrea, el Marqués de Villa Orellana y varios
más cuyos nombres omito en obsequio a la brevedad; todos ellos tenían como
principal consultor al venerable Obispo de la diócesis, don José de Cuero, el
primer prelado español que se afilió desde los primeros momentos en las huestes
revolucionarias, con el escándalo consiguiente de la enorme mayoría del clero.
Realizada
la reunión, los conjurados acordaron ahí mismo deponer inmediatamente al
Presidente Ruiz Castilla y a todas las autoridades peninsulares, reemplazando
al primero con una junta de gobierno que fue compuesta del Marqués de Selva
Alegre, don Pío Montufar, el Obispo Cuero y Caicedo, presidente y vice, y de
Juan Larrea, Morales y Manuel Quiroga como secretarios de Estado, en Interior,
Hacienda y Guerra, respectivamente. En el mismo acto fue declarada disuelta la
Real Audiencia y nombrado en su reemplazo un tribunal de justicia compuesto de
cinco magistrados patriotas; y para que no quedara nada por hacer, los
conjurados crearon también allí mismo, un Senado Legislador...
Los
quiteños hicieron todas estas cosas en el espacio de tres horas, como quien
dice entre gallos y medianoche, entre las doce y las tres de la mañana del día
10 de agosto, hora en que el “Ministro del Interior” se presentó en el Palacio
de la Presidencia, redujo a la guardia, penetró hasta las habitaciones
interiores del Conde Ruiz Castilla y le entregó, por su mano, el ‘oficio de la
Junta, en que se le notificaba su deposición. El sobrescrito del pliego decía
así: “La Junta Soberana al Conde Ruiz Castilla, ex Presidente de Quito”.
Desde ese
mismo momento el Presidente quedó preso en su palacio.
Esta
revolución “al vapor” no podía ni mantenerse, ni prosperar; antes que
revolución, propiamente tal, aquello no era otra cosa que un golpe de audacia
de unos cuantos idealistas que no contaban con la masa popular ni con la
nobleza criolla, como ocurrió en Chile y en la Argentina, cuyos cabildos fueron
la piedra angular del movimiento de independencia, pacientemente trabajada
desde muchísimos años antes.
El éxito
de la revolución ecuatoriana duró apenas dos meses y medio; los patriotas, sin
experiencia alguna en materia de gobierno y administración, sin recursos
monetarios, sin comunicaciones para extender a regiones o ciudades más
apartadas la propaganda de sus ideales, difíciles de comprender todavía, se
vieron obligados a capitular con las autoridades depuestas, y el 24 de octubre
reconocían nuevamente a los antiguos mandatarios de la Península; precipitaron
estos acontecimientos las divergencias que nacieron entre los mismos
revolucionarios a causa de las ambiciones de preponderancia y mando de los unos
sobre los otros.
Las
capitulaciones establecieron que las autoridades recién restablecidas
reconocerían y respetarían el nuevo estado de cosas y que los personajes de la
revolución no serían incomodados; pero, se comprenderá, esta aceptación no
podía durar sino hasta que las autoridades españolas se consideraran firmes
nuevamente en sus cargos. A fines del año, allá por el 20 ó 25 de diciembre, se
encontraban encarcelados más de doscientos patriotas de los que habían tenido
mayor participación en los sucesos de agosto, a todos los cuales se les había
instaurado procesos por sedición, en virtud de órdenes terminantes del Virrey
de la Nueva Granada, don Antonio Amar y Borbón.
Los meses
de febrero y marzo de 1810 fueron de graves preocupaciones para la mayoría de
las familias quiteñas; “no había hogar que no tuviera un preso en las cárceles
y cuarteles”, y que no viviera en continuo sobresalto por la suerte de su
deudo, entregado a la severidad cruel del Oidor Fuertes, que era el instructor
de los procesos. El Obispo Cuero y Caicedo, aunque patriota, mantenía todo su
prestigio ante las autoridades realistas, y éste era el único vehículo por el
cual podían esperar los encarcelados algún alivio; sus colaboradores eran
pocos, de manera que el prelado tenía que dividir todo su tiempo en los
variadísimos trajines a que lo obligaba su interés por socorrer a sus amigos
patriotas, a quienes consideraba traicionados por las autoridades realistas.
En estas
circunstancias, llegó a Quito Fray Camilo Henríquez, a quien dejamos hace un
momento, preparando su viaje para salir de Lima, en misión de sus superiores,
ante el Obispo Cuero y Caicedo.
Fray
Camilo sabía por propia experiencia lo que significaba una prisión; y aunque la
que él había sufrido era “de Inquisición”, esto es, muchísimo más severa que lo
corriente, estaba cierto de que la prisión de los patriotas quiteños, sin tener
el carácter de la del Santo Oficio, no podía ser más benévola.
Las
autoridades realistas que defendían los principios monárquicos absolutos contra
los “insurgentes”, debían proceder con la misma severidad con que las
autoridades inquisitoriales defendían los principios de la Religión; el Trono y
el Altar litigaban entonces por la misma cuerda, y era una monstruosidad creer
que un “cristiano’’ pudiera defender la libertad de su patria.
Fray
Camilo sabía algo de esto, porque su prisión había tenido por causa el
habérsele sorprendido con libros franceses de filosofía en las manos; de manera
que cuando se impuso de que el primer defensor de los quiteños presos era el
Obispo Cuero, su asombro llegó al extremo; si su conciencia de sacerdote
católico pudiera mantener todavía una duda sobre la corrección de sus ideas
sobre patria y libertad, esa duda desapareció por completo al ver que podía
colocarse al lado de un gran patriota y de un hombre de acendrada virtud como
el prelado quiteño.
Desde ese
mismo momento se unió al Obispo para ayudarlo en su labor de caridad y de
abnegación; Fray Camilo vivía en el Palacio Episcopal y tan pronto como
terminaba, diariamente, el cumplimiento de sus obligaciones sacerdotales, se
trasladaba a las cárceles, a la Audiencia, al Palacio del Presidente, a las
casas de las familias de los presos, y, en fin, a todos aquellos sitios en
donde podía prestar un servicio o una ayuda para aliviar la situación de¡ los
patriotas encarcelados y para apurar la substanciación de sus procesos que, por
su multiplicidad y el espíritu de parcialidad que manifestaban los jueces,
llevaban el cariz de eternizarse.
Entretanto,
corrían los meses sin que se insinuara resolución alguna sobre la situación de
esa gente, que gemía en horribles calabozos en medio de espantosa miseria, pues
no era permitido a sus familias aliviarle en sus necesidades. Las consultas del
juez a la Audiencia, de ésta a la Presidencia, de la Presidencia al Virrey Amar
y Borbón, se sucedían interminablemente y ya las familias y “el pueblo”
quiteños empezaron a manifestar un malestar y un descontento amenazantes. No
sabemos qué papel le cupo desempeñar en esto a Fray Camilo, y si entre sus idas
y venidas de una parte a otra de la población hizo uso de las poderosas
facultades de oratoria que más tarde encendieron el entusiasmo patriótico de
los chilenos. Sobre este punto sólo conocemos las palabras de un historiador
español contemporáneo, el franciscano Fray Melchor Martínez, que en su
interesante Memoria Histórica sobre la Revolución de Chile, hablando
de la actuación de Camilo Henríquez en nuestro país, dice: “Este Fray Camilo
había sido apóstol y secuaz de la doctrina de la independencia y después de
haberla propagado y revolucionado en Quito, se vino a, activarla en Chile”.
El
malestar del pueblo quiteño hizo crisis y se llegó a hablar desembozadamente de
un asalto a los cuarteles y cárceles de Quito, para poner en libertad a los
prisioneros. Estos rumores llegaron a oído de las autoridades y s e produjeron
entonces aquellos sangrientos sucesos que se denominaron “las matanzas de
Quito”, y que llenaron de espanto y de consternación a la América. El 2 de
agosto de 1810, ocho días antes del aniversario del primer grito de libertad
lanzado por los “conjurados” en casa de doña Manuela de Cañizares, las tropas
realistas de Quito penetraron violentamente a las cárceles donde estaban
recluidos más de doscientos patriotas, y a pretexto de que estaban confabulados
para la fuga y el asalto de los cuarteles, los asesinaron a todos, en sus
propios calabozos, en los patios de las cárceles, o en las calles de la ciudad,
hacia donde habían huido algunos para escapar de la matanza.
El Obispo
Caicedo, Fray Camilo y otros eclesiásticos y personas respetables, salieron a
las calles a contener la ferocidad de las tropas “de zambos” ebrios de sangre y
mediante sus esfuerzos pudieron librar la vida a mucha gente inocente, sobre
todo mujeres y niños, pues la soldadesca ya no respetaba nada.
Ese| día
de luto para Quito y para la América hizo profunda impresión en el alma de Fray
Camilo; su espíritu decayó y a poco una violenta fiebre lo recluyó en el lecho.
Apenas convaleciente, y llevando aún en su cerebro la visión de aquella
espantosa masacre, se embarcó en Guayaquil con destino a Piura, Perú, en busca
de salud para su cuerpo y de paz para su alma conturbada por los sufrimientos
morales.
Encontrábase
allí el 13 de octubre de 1810, cuando entró al puerto un barco del sur, y por
su capitán supo que en Chile habíase producido también un pronunciamiento
revolucionario: el fraile de la Buena Muerte no tuvo un momento de duda y en
ese mismo barco regresó al sur, y semanas después desembarcaba en Valparaíso,
modestamente, a fin de poner todas sus energías al servicio de la libertad de
su país.
§ 3. Hacia el Gobierno republicano y nacional
(1811)
(Un
paréntesis de historia)
Establecida
la junta de Gobierno, los dirigentes del movimiento revolucionario se
preocuparon desde el día siguiente en la modificación del sistema
administrativo del Estado en embrión; pero la empresa era ardua y, aparte de
esto, no era posible echar por tierra, rápidamente, un edificio fundamentado en
varios siglos de régimen autocrático absoluto. Por otra parte, la substitución
del representante del Soberano por una Junta de Gobierno, no significaba para
la mayoría de los patriotas chilenos sino la fórmula más segura de “conservar
este reino en fidelidad y adhesión a su amado Monarca Fernando VII, mientras
salía de su cautiverio”.
Había,
sin embargo, un grupo de dirigentes que había fomentado ardorosamente este
cambio de gobierno en la certeza de que habría de ser la iniciación de la era
de libertad e independencia de los pueblos y de los hombres, principios que los
revolucionarios franceses venían predicando desde muchos años atrás, y cuyas
ideas se habían extendido por la América.
Para
llegar a los resultados que soñaban esos chilenos, tuvieron que ocultar sus
verdaderos ideales, pues habrían sido condenados, a velas apagadas, si se
hubieran llegado a conocer en toda su extensión; pero una vez dado el primer
paso, ya no se recataron en propagar sus ideas. Formáronse entonces dos
corrientes: los “moderados”, encabezados por el Cabildo, y los “radicales” o
“exaltados”, que reconocían por jefes a Martínez de Rozas, a Bernardo
O’Higgins, a Camilo Henríquez y al mercedario Larraín.
Uno de
los primeros actos de la Junta, inspirado por estos cabecillas, fue el de
reformar la organización de las “milicias” y del ejército, creando nuevos
cuerpos de línea; contaban ellos con que la fuerza armada sería el mejor sostén
del nuevo régimen. Para el efecto, se elevó el efectivo de las milicias
(guardia nacional) a veinticinco mil hombres, distribuidos en tres divisiones
con asiento en Coquimbo, Santiago y Concepción; el ejército de línea
permanente, Se fijó en mil hombres bien armados y disciplinados; se
fortificaron los puertos de Coquimbo y Valparaíso y se creó la Escuela Militar.
De este establecimiento salió la mayor parte de los jefes y oficiales que
tuvieron, después, señalada actuación en la guerra de la independencia.
Dado este
primer paso, se acordó a fines de diciembre de 1810 convocar a elecciones para
establecer el primer Congreso Nacional al que debía dar la Carta Fundamental al
nuevo Estado de Chile, y los partidos “en que se había dividido la opinión” se
lanzaron por primera vez a la conquista del Parlamento, en las elecciones que
debían verificarse en el mes de marzo de 1811.
Aquellas
elecciones, primer ensayo de un sistema enteramente desconocido en Chile, no
suscitaron gran entusiasmo en el pueblo, pero se verificaron con bástate
regularidad y por procedimientos que revelaban la absoluta inexperiencia en
estas manifestaciones de la vida democrática.
Es
interesante dar a conocer estos primeros procedimientos.
En
Santiago, donde el número de electores debía ser relativamente considerable, se
recogieron los votos en una mesa colocada en la Plaza. En otras ciudades y
villas, las elecciones se practicaron en una especie de Cabildo Abierto que se
realizaba en la sala municipal. Cada Cabildo fijó para la elección el día que
les pareció más conveniente, citando por medio de esquelas a los vecinos del
distrito — ya fueran laicos o eclesiásticos, militares o funcionarios civiles—
que, por sus antecedentes de fortuna, preparación y honorabilidad, eran
considerados aptos para ejercer los derechos de electores. Reunidos en la sala
del Cabildo, después de oír en la parroquia una misa solemne y bajo la
presidencia de la Corporación Municipal, depositaban sus votos en cédulas
escritas y asistían al escrutinio, que era practicado inmediatamente y sin
mayores tropiezos, pues los electores de cada distrito eran “contaditos”. La
ceremonia se cerraba con una aparatosa romería a la iglesia parroquial, donde
se cantaba el Te Deum.
Un mes
antes de la reunión del primer Congreso Nacional, acto que debía efectuarse el
1º de mayo, se produjo en Santiago un motín contra la Junta Nacional,
encabezado por el coronel español don Tomás de Figueroa; este acto
revolucionario, que fue sofocado enérgicamente — y del cual encontrará el
lector una detallada relación en las páginas de este libro— , obligó a la Junta
a disolver el tribunal de la Real Audiencia, compuesto por jueces españoles,
que aún subsistía para la administración de justicia; en su lugar fueron
nombrados cinco jueces patriotas. Ocho días después fallecía el Obispo de.
Santiago, Monseñor Aldunate, y el Cabildo eclesiástico nombraba gobernador de
la diócesis, en Sede Vacante, al canónigo chileno don Antonio de Errázuriz; con
estos acontecimientos todo el gobierno del nuevo Estado de Chile, en los
órdenes administrativos, judicial y eclesiástico, quedaba entregado a
individuos reconocidamente adictos del régimen nacional.
Por
diversas circunstancias, el Congreso no se llegó a reunir sino hasta el 4 de
julio; se hizo una ceremonia religiosa y civil de gran aparato, y animadas
fiestas populares. Ante el nuevo Congreso declinó el mando la Junta de Gobierno
elegida el 18 de septiembre, la que fue sustituida, días más tarde, por una
Junta Ejecutiva, dependiente del Congreso, formada por los diputados Martín
Calvo Encalada, Juan José Aldunate y Javier del Solar.
En el
Congreso tenía una gran mayoría el partido “moderado”; pero había una minoría
de “radicales”, compuesta de trece diputados que estaban decididos a luchar
enérgicamente por la implantación rápida del régimen de independencia absoluta.
Estos
eran el canónigo Pablo Fretes, Antonio Mendiburu, Ramón Amagada, Bernardo
O’Higgins, Manuel de Salas, Manuel Recabarren, Santos Mascayano, Luis de la
Cruz, José Antonio O valle, Agustín Vial, Camilo Henríquez y Esteban del
Manzano. Después de ardorosas discusiones, estos diputados y algunos otros, que
poco a poco se fueron plegando a su partido, resolvieron imponer por las armas
la reforma de la composición del Congreso, expulsando de su seno a los más
opositores a la causa de la independencia; esta tendencia hizo crisis con las
revoluciones encabezadas por José Miguel Carrera y sus hermanos en los meses de
agosto y septiembre, con la disolución total del Congreso, producida en
noviembre de 1811, y con el nombramiento de una Junta Dictatorial compuesta por
José Miguel Carrera, Bernardo O’Higgins y Gaspar Marín, que se propuso, en
primer lugar, dictar una Constitución cuyos veintisiete artículos fueron
compuestos por Camilo Henríquez, Antonio José de Irisarri, Manuel de Salas y
Francisco Antonio Pinto, y en cuya redacción ocuparon casi un año.
Esta
Constitución de 1812, que fue la primera que se promulgó en el país, declaraba
que el Soberano de Chile era Femando VII, quien debería “aceptar la
Constitución que se ha dado el pueblo chileno”. A su nombre gobernaría una
Junta de tres personas que duraría en sus funciones tres años. Ninguna
resolución, decreto o providencia de cualquiera autoridad o tribunal que no
“residiera dentro” del territorio de Chile, tendría efecto alguno: “el poder
volverá al instante a manos del pueblo cuando los gobernantes den un solo paso
contra la voluntad general declarada por la Constitución”; creábase, un Senado
de siete miembros, renovables cada tres años; la Junta no podría resolver
ningún negocio grave sin acuerdo del Senado; los cabildos o municipios serían
elegidos por el pueblo cada año; se creaban dos ministerios: “uno para los
negocios del Reino y otro para los negocios de fuera”; declaraba la libertad
individual y la de prensa, y, por último, hacía la siguiente declaración
fundamental: “Todo habitante libre de Chile es igual en derecho; sólo el mérito
y la virtud constituyen acreedor a la honra de funcionario de la patria; el
español es nuestro hermano; todo desgraciado que busque asilo en nuestro suelo,
encontrará hospitalidad, si es honrado”.
Esta
Constitución, aprobada por el Cabildo y vecindario de Santiago, en una forma
rápida, casi violenta y bajo la presión del Gobierno, fue promulgada por
Carrera en decreto de 31 de octubre. Los dos Ministros nombrados según sus
disposiciones, fueron don Agustín Vial, del Interior, y don Manuel de Salas,
“de los negocios de fuera”. El Senado quedó compuesto del canónigo don Pedro
Vivar, presidente, fray Camilo Henríquez, secretario; don Gaspar Marín, don
Juan Egaña, don Francisco Ruiz Tagle, don Nicolás de la Cerda y don Manuel
Antonio Araos.
Las
enconadas discusiones que se produjeron entre los chilenos por la imposición
violenta de esta primera Carta Fundamental, llevaban camino de convertirse en
una terrible y sangrienta revolución; pero la noticia llegada a Santiago de que
el Virrey del Perú había enviado a Chile un poderoso ejército para restablecer
el régimen realista, tuvo la virtud de unir a todos los chilenos para resistir
la invasión española.
Desde
principios del año 1813 hasta el desastre de Rancagua, octubre del año 1814, en
que desapareció el Gobierno patriota, los dirigentes chilenos se preocuparon
solamente en atender a las necesidades de la guerra y no intentaron ninguna
innovación en el régimen administrativo del Estado. Tampoco lo intentaron a
raíz de Chacabuco y Maipo, en 1818, cuando triunfaron definitivamente las armas
patriotas y con ellas la causa de la independencia definitiva de Chile. El
Gobierno autocrático de O’Higgins, en medio de sus preocupaciones por cimentar
el dominio de las armas chilenas en el sur, no desatendió, sin embargo, la
organización de las instituciones fundamentales del país, como ser, el
ejército, la armada y la hacienda pública, por medio de decretos y órdenes que
poco a poco fueron siendo objeto de rudas críticas.
Para
obviar algunos de estos inconvenientes, O’Higgins dictó una Constitución
provisional, la hizo aprobar por los pueblos y la promulgó el 23 de octubre del
año 1818; pero esta Carta Fundamental, basada por lo demás en la del año 1812,
no satisfizo al país, que deseaba participar directamente, por medio de un
Congreso, en la dictación de ella y de las demás leyes de la República. La
Constitución del 18 no tenía más novedad apreciable que la declaración de que
“la República chilena es independiente de cualquier otra soberanía que no sea
la del pueblo”, etc.
El
Dictador O’Higgins no era ambicioso del poder; por lo contrario, era un gran
patriota; pero consideraba que Chile no estaba aún preparado para ser gobernado
por un Congreso: creía que el país necesitaba de una sola mano vigorosa que le
imprimiera rumbos definitivos. Sin embargo, en presencia de las críticas y
ataques a su gobierno,’ resolvió convocar a elecciones para un congreso que se
reunió, por fin, el 23 de julio de 1822 y que dictó rápidamente una nueva
Constitución, el 30 de octubre del mismo año.
A pesar
de que este Código tenía muchas deficiencias y distaba de ser el que la
naciente República necesitaba, era, con todo, mucho mejor, en bases generales,
que los anteriores. Fijaba claramente los derechos y garantías de los
ciudadanos, según los principios proclamados por la revolución y deslindaba la
acción y las funciones de los poderes públicos. El Legislativo se componía de
dos Cámaras: un Senado elegido en parte por el Poder Ejecutivo y en parte por
la Cámara de Diputados, elegida por votación popular, en la proporción de uno
por cada quince mil habitantes. Suprimió las tres grandes divisiones
administrativas que con el nombre de Intendencia, existían en Coquimbo,
Santiago y Concepción, y dividió al país en departamentos cada uno con su
Gobernador y con un Juez Mayor, nombrados por el Director Supremo con acuerdo
del Congreso. “El Poder Ejecutivo, es decir, el Director Supremo — decía el
artículo 86— será siempre electivo, jamás hereditario; durará seis años y podrá
ser reelegido una sola vez, por cuatro años más”; su elección debería hacerse
por las dos Cámaras reunidas en congreso. El artículo 86 contenía una
disposición curiosa, que produjo algún malestar: autorizaba al Director Supremo
para designar, en un pliego cerrado, a la persona que debía sucederle en el
mando en caso de muerte, hasta la reunión del Congreso.
Esta
Constitución no satisfizo a la parte más avanzada de la opinión, la cual
continuó sus críticas al Director Supremo, hasta provocar su abdicación del
mando. Llevado a la primera magistratura el General Freire, convocó
inmediatamente un nuevo congreso constituyente, el cual, después de una
discusión de diez días, aprobó una nueva Carta Fundamental, el 27 de diciembre
de 1823. Se debe prevenir que la comisión redactora de este Código, había
trabajado en su preparación desde el 16 de agosto de ese mismo año, es decir,
cuatro meses.
. La
Constitución del 23, destinada a desaparecer tan rápidamente como la anterior,
disponía que el Poder Ejecutivo sería desempeñado por un Director Supremo,
chileno de nacimiento o extranjero “naturalizado con un mínimum de doce años de
residencia en Chile y que previamente hubiera sido declarado benemérito de la
patria en grado eminente”; duraría en sus funciones cuatro años y podía ser
reelegido una vez; sus actos estaban fiscalizados estrechamente por el Poder
Legislativo y se componía de dos Cámaras: el Senado Legislador, compuesto de
nueve miembros elegidos, por seis años, y la Cámara Nacional, compuesta de un
mínimum de cincuenta diputados y un máximum de doscientos, elegidos en
proporción a la población del país. El Senado era un cuerpo permanente y la
Cámara sólo se reunía en casos determinados; los diputados duraban en funciones
ocho años.
Las
elecciones se verificarían por asambleas de ciudadanos que tendrían también
facultades para calificar o censurar a sus diputados y a los funcionarios
públicos, desde el Director Supremo abajo. Estas asambleas podían reunirse con
cualquier número para desempeñar sus funciones y se establecían en Cada uno de
los departamentos de la República, que eran veintidós. Para ser ciudadano
elector, con derecho a participar y votar en las asambleas, se requería estar
inscrito en el registro de la gobernación respectiva, para cuyo efecto era
condición previa ser católico, apostólico, romano o tener licencia especial del
Poder Legislativo.
Basta
enunciar estas disposiciones, sin entrar a examinar las demás, que son por el
mismo estilo, para convencerse de que la nueva Constitución era menos
practicable que cualquiera de las anteriores.
Seis
meses más tarde, el mismo Congreso que la aprobó facultó al Director Freire
para suspender los efectos de la Constitución del 23, y el país quedaba
entregado nuevamente al gobierno personal del Jefe del Estado y de consejeros
elegidos por él mismo. Los desastrosos acontecimientos que se produjeron en el
Perú, antes de las victorias de Junín y Ayacucho, y la última y afortunada
campaña del Director Freire contra los restos realistas que permanecían en
Chiloé, absorbieron la atención de los incipientes políticos chilenos — que
siempre abandonaron sus intereses de bandería ante la salud y seguridad de la
patria— y no se habló más de Constitución hasta que el Primer Mandatario
regresó triunfante de su campaña guerrera.
La
necesidad de una Constitución Política para la República, era indiscutible; el
nuevo Estado cantaba ya más de quince años de existencia, seis u ocho de los
cuales habían transcurrido en libertad e independencia absolutas y
consolidadas, y sin embargo, los dirigentes chilenos habían fracasado varias
veces, y ruidosamente en la organización de la República que ellos habían
creado, arrancándola de la corona de España, con un ideal de felicidad para el
pueblo oprimido. Castigados por la experiencia adquirida, emprendieron
nuevamente la ardua tarea y se aunaron en el propósito de trabajar lealmente y
llevarla a cabo.
El
Congreso de 1826, convocado por Freire, en julio, emprendió valientemente la
solución del difícil problema, lleno de confianza en el éxito; pero también
fracasó sumiendo al país en un caos que llenó de pavor a los idealistas y los
hizo temer por la suerte final de la República. Retirado Freire del mando
supremo, éste pasó sucesivamente a manos del general don Manuel Blanco
Encalada, que renunció a él el día 8 de septiembre, es decir, a los dos meses
de haberlo recibido; le sucedió el Vicepresidente don Agustín Eyzaguirre, que a
su vez dejó el cargo en enero de 1827, a los cuatro meses, para entregarlo
nuevamente a Freire, con el objeto de que dominara una revolución que había
prendido violentamente en la capital. Tres meses más tarde, ahogado el movimiento
revolucionario, el general Freire renunció irrevocablemente la Primera
Magistratura, y el Congreso llamó al Gobierno al Vicepresidente don Francisco
Antonio Pinto, mayo de 1827, quien, disolviendo nuevamente el Congreso, pudo
conservar el poder durante dos años, poniendo mano firme sobre los
revolucionarios.
En este
tiempo se promulgó la Constitución federal de 1828, redactada por el literato
español don José Joaquín de Mora; también estaba destinada a desaparecer, o,
por lo menos, a ser reformada en su principio fundamental. Según ella, la
República se constituiría según el sistema federal, para el cual,
evidentemente, no estaba preparada. El Jefe Supremo, con el título de
Presidente, debería ser chileno de nacimiento y tener más de treinta años;
duraría en sus funciones cinco años y no podría ser reelegido sino después de
un período; habría un Vicepresidente, elegido por el pueblo, conjuntamente con
el primero, en votación indirecta. Tres ministros nombrados a su voluntad por
el Presidente, serían responsables de sus actos ante el Congreso.
El Poder
Legislativo se compondría de dos Cámaras: un Senado elegido por ¡asambleas
provinciales, por cuatro años, y una Cámara de Diputados, elegida popularmente
por dos años, en la proporción de un diputado por cada quince mil habitantes.
Ambas Cámaras tendrían amplia facultad para la formación de las leyes, inclusa
la de nombrar al Presidente de la República en los casos en que el elegido no
tuviera la mayoría absoluta de los sufragios populares y la de nombrar a los
Ministros de la Corte Suprema de Justicia. El Congreso sesionaría desde el 1®
de junio hasta el 18 de septiembre de cada año y en su receso habría un
Comisión Conservadora, con facultad de citarlo extraordinariamente. El Poder
Judicial residiría en la Corte Suprema, en una Corte de Apelaciones y en los
jueces de gobernación.
Todas
estas disposiciones generales eran de fácil cumplimiento y acusaban en los
constituyentes un firme progreso político; pero las disposiciones
complementarias para el gobierno de las provincias contenían una serie de
mecanismos inherentes al sistema federal que no podían dejar de ser causa de
perturbaciones profundas, como efectivamente ocurrió, a poco de haber sido
promulgada Ha nueva Constitución.
Las
elecciones de 1829 para renovar, según el mandato de la Carta Fundamental
recién promulgada, el Congreso Nacional, tuvieron una violencia inusitada por
el encono de las pasiones políticas; el Vicepresidente Pinto, que había
gobernado ya cerca de dos años se manifestó cansado de una lucha tan apasionada
y renunció su puesto. Según los mandatos de la Constitución, entró a
reemplazarlo el Presidente de la Comisión Conservadora o Comisión Permanente,
como se la llamaba, don Francisco Ramón Vicuña, el 14 de julio del 29 pero por
veredicto popular, manifestado en las elecciones de Presidente que se hicieron
en seguida, el General Pinto fue obligado a recibirse nuevamente del mando,
contra su voluntad, el 19 de octubre; sin embargo, diez días más tarde este mandatario,
ilustre por muchos conceptos, abandonaba el poder en manos del Presidente del
Senado, don Francisco Ramón Vicuña, para que por los medios constitucionales lo
entregara al Vicepresidente de la República don Joaquín Vicuña.
Entretanto
una revolución contra el Gobierno, encabezada por el General don Joaquín
Prieto, en Concepción, obtenía la adhesión entusiasta de todo el sur y de gran
parte de Santiago, bajo la esperanza de que el nuevo caudillo pudiera poner
orden en la desorganización tremenda que reinaba en el Gobierno. Por su parte,
el Vicepresidente Vicuña se manifestó impotente para dominar la situación; en
esta emergencia, fue designado Presidente de la República el señor don
Francisco Ruiz Tagle, el 18 de febrero de 1830, y como tampoco se consideraba
apto, este mandatario, para dominar el caos sangriento en que se revolvía el
país, entregó el mando al Vicepresidente don José Tomás Ovalle, el 1º de abril de 1830. Este mandatario llamó al Gobierno a don Diego
Portales, invistiéndolo con el cargo de Ministro del Interior, de Relaciones
Exteriores y de Guerra y Marina; es decir, le entregó todo el poder público,
reservando solamente el Ministerio de Hacienda, a cargo de don Juan Francisco
Meneses.
El
Ministro Portales pacificó el país con mano de hierro; la historia le ha hecho
justicia llamándolo el organizador de la administración pública de Chile y el
creador de las instituciones republicanas y democráticas.
Bajo su
influencia se dictó la Constitución del año 1833, que es un monumento de
ciencia política y que ha resistido a los embates de cien años de nuestra vida
republicana, durante los cuales las pasiones se enardecieron hasta llegar a los
campos de batalla. Dentro de sus disposiciones se desenvolvieron y giraron
armoniosamente los rodajes de los tres poderes autónomos establecidos por la
soberanía popular representativa; los conflictos que en este largo período han
aparecido en la vida política chilena, se han debido solamente a las pasiones
de los dirigentes que los han llevado a violar o a tergiversar los términos
claros de las disposiciones constitucionales.
§ 4.
Argomedo, el de la palabra arrobadora
(1812)
Los
tumultuosos acontecimientos que provocó entre el vecindario de Santiago la
inesperada prisión de tres de sus más caracterizados personajes — el Mayorazgo
don José Antonio de Rojas, el Procurador de la ciudad don Juan Antonio Ovalle y
el mendocino don Bernardo Vera y Pintado— ordenada por el Presidente don José
Antonio García Carrasco, el 25 de mayo de 1810, pusieron de relieve la vigorosa
personalidad de un hombre modesto que hasta entonces había permanecido en la
penumbra de su bufete de abogado.
El motivo
de esa prisión — y el violento destierro de los prisioneros, que se llevó a
cabo pocas horas más tarde— era que en casa del Mayorazgo Rojas “se reunía un
club que conspiraba contra la autoridad real, y es necesario que se castigue y
se escarmiente”. Era verdad. Los acontecimientos de España, la invasión
napoleónica, la prisión del Rey Femando VII y por sobre todo esto, las
tropelías, violencias e injusticias que los “españoles-europeos” cometían con
los “españoles-americanos” habían hecho nacer y prosperar en las colonias del
nuevo mundo el deseo de gobernarse a sí mismas para ser independientes de una
monarquía en decadencia y para colocarse en situación de rechazar, libremente,
las pretensiones “del intruso Napoleón” que, de seguro, habría de echar sobre
la América las garras de su ambición incontenible.
Esos
anhelos de independencia habían prendido también en Chile y la casa solariega
del Mayorazgo Rojas, conspirador consuetudinario y recalcitrante, era donde los
iniciados chilenos tenían sus ocultos conciliábulos, ya que las salas del
Cabildo — ostensible reducto de los patricios criollos— eran objeto de la
persistente vigilancia de las autoridades realistas.
La
prisión y destierro de tan destacados personajes, llevados a cabo a las siete
de la tarde y a las dos de la madrugada siguiente, si era una verdadera ofensa
para el vecindario todo, para el Cabildo constituía una provocación; uno de los
presos era nada menos que el Procurador de la ciudad; ni el vecindario ni el
Cabildo podían tolerarla y ambos se unieron para exigir una reparación amplia y
aun para castigarla si era posible.
Aunque la
noticia de la prisión fue notoria a poco de haberse llevado a cabo, y la gente
principal, la familia y los numerosísimos amigos de los presos confiaban en
que, vista la alarma pública, éstos serían puestos en libertad a las pocas
horas, hubo esa noche un revuelo en las “cuadras” y salones de la capital; pero
cuando se supo, al otro día que el Presidente Carrasco había aprovechado las
altas horas de la noche para sacar a los presos del cuartel de San Pablo y
enviarlos a Valparaíso “en cabalgaduras ruines” y con órdenes reservadas, no
sólo el vecindario noble, sino el pueblo todo se echó a la calle en son de
protesta, que pronto adquirió los caracteres de tan alarmante como inusitada.
A las
nueve de la mañana, la Plaza Mayor se veía agitada por una multitud inquieta
que se apretujaba alrededor de los vecinos más destacados para inquirir
noticias sobre los presos y la suerte que podrían haber corrido en su
intempestivo viaje a Valparaíso, a donde habían sido enviados, según se
aseguraba, para embarcarlos con destino a las casamatas del Callao. La multitud
permaneció estacionada allí toda la mañana y no se movió a mediodía; un bando
publicado a media tarde, prohibiendo las reuniones públicas y privadas y
conminando con severas penas a los que “hablaran de cosas -de independencia’’,
no tuvo efecto alguno; la gente no sólo se mantuvo allí hasta entrada la noche,
en número de más de mil quinientas personas “del pueblo y decentes”, sino que al
día siguiente se estacionó delante del Palacio Presidencial (Correo) y el de la
Audiencia (Telégrafos), con la “pretensión de que se le dijera si volverían los
presos a sus casas”.
Por
cierto que no fue ninguno de los realistas que contemplaban estas escenas
detrás de las “vidrieras” del Palacio Presidencial, el que se atrevió a
enfrentarse con el 'pueblo, en esos momentos de creciente excitación; “fue un
abogado de esta Audiencia quien dijo al pueblo que se fuese a sus casas, que ya
era tarde, y que él con los Alcaldes habría de pedir al Presidente la libertad
de los presos, o los quitarían”...
Este
abogado, que era una de la innumerables “personas decentes’’ que también habían
salido y permanecido en las calles y plaza para protestar del “atentado
vituperable” cometido por el Presidente Carrasco, era el doctor don José
Gregorio Argomedo.
En
efecto, encabezando un grupo numeroso de pueblo, se presentaba Argomedo al día
siguiente en las salas del Cabildo— “que mandó abrir porque los alcaldes y
regidores estaban, en ayuntamiento para pedir a la Corporación Municipal que
tomara resoluciones “prontas” y definitivas para “exigir” del Presidente la
vuelta de los presos a sus hogares. La palabra cálida, vibrante, enérgica,
convincente, “arrobadora” del abogado Argomedo, disipó en un momento todas las
dudas que surgían en alcaldes y regidores frente a la atrevida gestión que se
insinuaba al Cabildo, y muy pronto el inesperado caudillo se vio apoyado,
bulliciosamente, no sólo por los que iban tras de él, sino por todos los
regidores, aun los más meticulosos y timoratos.
— ¿Y
quiénes habrán de presentarse ante el Presidente? — inquirió un regidor.
— ¡Los
Alcaldes! — contestó al punto Argomedo.
— ¡Sí,
sí! ¡Los Alcaldes, los Alcaldes! — coreó la multitud, que ya invadía la Sala.
— ¡No
puede ser! — exclamó el regidor don Joaquín Rodríguez Zorrilla—. Esas
peticiones al señor Presidente deben ser hechas, según las leyes, por el
Procurador de la ciudad, y el señor Ovalle está preso...
Era una
argumentación de leguleyo, pero de efecto; todos echaron sus ojos sobre el
caudillo del pueblo.
— El
Cabildo no puede permanecer sin Procurador — contestó Argomedo— , y si el
titular está imposibilitado para desempeñar su oficio que se nombre un
substituto.
— ¡Usted
mismo! — indicó el Alcalde Eyzaguirre, señalando al doctor Argomedo con su vara
emborlada.
Un
vocerío entusiasta y ensordecedor ahogó las palabras del Alcalde, mientras una
docena de robustos brazos alzaron al tribuno, lo llevaron, en andas, hacia el
estrado y lo colocaron al lado del Alcalde, bajo el dosel.
En esta
forma se inició en la vida pública el laborioso abogado que desde el año
anterior, 1809 — en que había obtenido sus borlas de doctor después de
pacientes y dificultosos estudios y lucido examen— , ejercía modestamente su
profesión en la capital del Reino de Chile, de cuya independencia iba a ser un
prócer.
La
actitud felona del Presidente Carrasco ante las reclamaciones del Cabildo sobre
la libertad de los prisioneros, dio oportunidad al Procurador substituto de la
ciudad para revelarse no sólo un tribuno de palabra fácil y de conceptos
brillantes, sino como un hombre de acción, enérgico, resuelto, y como un
político de alto vuelo. Desde que tomó a su dirección el movimiento popular que
tan espontáneamente había surgido la noche del 25 de mayo, el doctor Argomedo
procuró encauzarlo hacia un objetivo definido y trascendental “que produjo
espanto” entre los directores de la causa patriota: ese objetivo era la
destitución del Presidente Carrasco.
El plan
de Argomedo fue considerado una “fatuidad” por la enorme mayoría de los
patricios; sólo unos cuantos locos como el Procurador substituto divisaron que
se acercaba, a grandes pasos, el momento de realizar en Chile el “soñado” ideal
de gobernarse a sí mismos.
Por
suerte, los procedimientos insensatos del Presidente hicieron fácil la
consumación de los proyectos del Procurador Argomedo. Alarmado Carrasco con la
actitud francamente hostil del vecindario y con las insistentes reclamaciones
que por intermedio de su Procurador hacía el Cabildo para que se diera libertad
a los presos, concibió la idea de engañarlos a fin de que se quedaran
tranquilos; contestando, una tarde, a las requisitorias verbales de los
representantes de la ciudad, les anunció que esa misma noche partiría á
Valparaíso el Capitán don Manuel Bulnes, llevando órdenes para que Rojas,
Ovalle y Vera fueran trasladados a Santiago, al seno de sus hogares. Esto
significaba el triunfo completo del vecindario de la capital.
Pero el
torcido pensamiento del Presidente era otro.
En vez de
la orden de libertad, el capitán Bulnes debía disponer que las autoridades de
Valparaíso embarcaran a los presos inmediatamente, en cualquiera de los
bergantines que allí hubiera, y los enviaran, sin perder minuto, rumbo al
Callao.
El pueblo
de Santiago, que esperaba recibir la noticia de que los presos llegarían a la
capital de un momento a otro, según lo había prometido el Presidente, estalló
de indignación cuando, tres días después, supo que Ovalle y Rojas iban
navegando hacia el Perú. El vecindario, estupefacto, dejaba apresuradamente sus
casas y corría a la Plaza para imponerse de si era verdad que se había
consumado un acto de tan extraordinaria perfidia.
Algunos
jóvenes de la aristocracia, montados, se ocupaban en esparcir la noticia, en
convocar al pueblo y en propagar la alarma; hombres y mujeres, pobres y ricos,
recorrían las calles en medio de la mayor indignación y por todas partes se
oían exclamaciones de execración para el falaz mandatario que se había
degradado hasta lo más bajo con tan vergonzoso engaño.
A las
nueve de la mañana embocó a la Plaza, por la calle de la Pescadería; una
columna de más de quinientas personas, a cuya cabeza iba el Procurador de la
ciudad, don José Gregorio Argomedo; las puertas del Cabildo (Municipalidad)
estaban cerradas todavía, pero el Procurador les hizo poner hombros... la
multitud invadió el recinto y se posesionó de las salas pidiendo a gritos la
reunión de un “cabildo abierto”. La ciudad de Santiago
no había
presenciado jamás una manifestación popular tan imponente y amenazadora como
aquélla.
El
bullicio que reinaba en la Sala capitular y en las adyacentes, impedía
cualquier acuerdo, que, por lo demás, parecía superfluo, pues solo había una
idea que dominaba el sentir de esta multitud excitada hasta la exacerbación.
— ¡A la
Sala de la Audiencia!... ¡A la Audiencia!... — gritó Argomedo, los brazos en
alto y tratando de abrirse paso.
— ¿Qué
pretende usted? — interrogó el Alcalde Eyzaguirre, que llegaba en ese momento.
— ¡Que se
destituya al Presidente Carrasco! — contestó Argomedo, arrastrando tras de sí a
la multitud.
Antes de
dos minutos la muchedumbre invadía la Real Audiencia, en medio de gritos de
provocación, ocupando patios, escaleras, pasillos y oficinas; Argomedo,
Eyzaguirre, Cerda y otros individuos caracterizados de la ciudad, penetraron
sin miramiento alguno a la Sala de Acuerdos, en donde se encontraban los
oidores, los cuales no volvían de su asombro ante tal desacato.
—
¡Exigimos que venga el Presidente a esta Sala, para que explique su conducta! —
concluyó diciendo el Alcalde Eyzaguirre, después de haber hecho una somera
relación de los sucesos y de las quejas del vecindario.
— ¡Oh,
que Vuestra Alteza lo exonere del cargo que tan mal sirve y no honra! — agregó
Argomedo.
—
¡Téngase el doctor Argomedo! — mandó el Oidor Decano, don José de Santiago
Concha.
La
protesta de Argomedo no se oyó, porque un bullicio atronador recibió las
palabras del Decano.
Los
oidores estaban perplejos ante la amenazadora actitud de la muchedumbre; les
constaba la justicia de su queja; ellos no habrían autorizado jamás los
pérfidos procedimientos con que el Presidente había revestido sus últimas
órdenes. No era posible, tampoco, perder tiempo, porque la excitación de los
ánimos podía acarrear una conmoción violenta. Tras rápidas consultas, fue
comisionado el Oidor Irigoyen para dar cuenta a Carrasco de tan inesperados
acontecimientos y para rogarle que tuviera a bien, en beneficio de la paz
pública, concurrir a la Sala de Acuerdos.
Por
entonces, y hasta hace unos cuantos años, los palacios del Presidente (Correo)
y de la Audiencia (Telégrafos), estaban comunicados por dentro por una puerta
colocada en las murallas divisorias, a la altura del segundo piso; por esa
puerta llegó a la Sala de Acuerdos el Presidente Carrasco; al entrar a la Sala
“pálido como cera, miró a todos con una sonrisa o gesticulación extraña, que no
fue fácil distinguir si era de mofa o de turbación”.
Carrasco
tomó asiento en el sitial que le correspondía, bajo el dosel, “sin que la
multitud hubiera dejado de gritar tumultuosamente”. Costó trabajo imponer
silencio, y sólo se consiguió alguno cuando se vio que Argomedo avanzaba hacia
el frente del dosel, “en actitud de requerir al Tribunal”.
—
¡Alteza!... — empezó, dirigiéndose a la Audiencia, pues ese era el
“tratamiento” que le correspondía.
Y en
medio del más absoluto silencio, el Procurador, con voz entera y sonora, hizo
relación breve y sumaria de los acontecimientos que traían agitado al pueblo,
de los vejámenes inferidos al Cabildo, de la violación de las leyes con la
prisión arbitraria de tres ciudadanos ilustres, del engaño empleado por el
Presidente para ocultar sus propósitos, y del descontento del Reino por la mala
administración del señor Carrasco. Exigió luego la revocación de la orden de
destierro de los presos, y por último propuso apartar del lado del Gobernador
al secretario Reyes, al asesor Campo y al escribano Meneses, a quienes el
pueblo culpaba como instigadores y cómplices de los crímenes cometidos...
Tales son
las palabras con que un escritor de aquella época, testigo de esos sucesos,
resume el formidable discurso del Procurador Argomedo en aquella memorable
reunión. Por su parte, el propio García Carrasco da cuenta al Rey de ese
discurso en la siguiente forma: “Apenas tomé asiento me dirigió la palabra el
tal Procurador con una arrogancia procaz y desatenta, y pidió en tono
descompasado y furioso la libertad de los reos y la remoción del Asesor y la
del Secretario y la del escribano”.
Las
arrogantes palabras de Argomedo, absolutamente desconocidas hasta entonces para
dirigirse a los más altos representantes de la autoridad real, sacaron de tino
al Presidente Carrasco, que no necesitaba de mucho para irritarse y ponerse
furioso.
-‘¡Calle
usted! — gritó en un momento de exasperación, alzándose de su sitial, rabioso,
congestionado y con las pupilas centelleantes.
— ¡Habré
de decirlo todo — contestó Argomedo, sin turbarse—, pues que estoy hablando en
nombre del pueblo!...
Un
aplauso tumultuoso afirmó la frase lapidaria del Procurador, el cual permanecía
enhiesto frente al dosel. El Presidente perdió el control de sí mismo, y
vociferó, dirigiéndose a la concurrencia:
— ¿Y
quién de ustedes cree salir de aquí en libertad?...
Era una
amenaza torpe e inútil, que el rápido talento de Argomedo iba a contrarrestar
victoriosamente.
— El
pueblo, reunido en la Plaza y en este recinto — contestó incontinenti— , es la
mejor garantía de que los hombres que aquí están reclamando justicia, se hallan
a salvo de cualquier golpe de autoridad.
En medio
del nuevo tumulto que provocaron estas palabras, los oidores que rodeaban al
Presidente buscaron la manera de poner término a esas escenas, que se iban
violentando por momentos hasta amenazar una crisis cuyas consecuencias nadie
podía prever. Después de lo ocurrido, la permanencia de Carrasco en su alto
cargo era imposible, y tras laboriosas gestiones, encabezadas por la Audiencia
misma, el Presidente renunciaba esa misma tarde, entregando el mando a don
Mateo de Toro Zambrano.
Argomedo
había obtenido el triunfo completo de su atrevido proyecto, y la independencia
de Chile había avanzado su primer paso en firme. Era necesario, para cimentar y
consolidar este triunfo, que al lado del nuevo Mandatario estuviera un hombre
resuelto que alejara las invectivas y destruyera las asechanzas que habrían de
rodearle para explotar la debilidad de su carácter en beneficio de la causa
realista en decadencia.
El hombre
fue Argomedo, desde el cargo de Asesor, a que fue i llevado en arremetida
formidable por aquel grupo de patriotas que en esos movimientos populares
maniobraban “inocultis” para enderezar los acontecimientos hacia la realización
de sus atrevidos propósitos, todavía inconfesables. La acción del nuevo Asesor
de la Presidencia fue definitiva, y puso en ella toda su energía, toda su alma
de patriota, toda su abnegación de apóstol y sus vastísimos conocimientos de
jurisprudencia; sus comunicaciones oficiales con los experimentados y sutiles
oidores de la Real Audiencia, en defensa de los fueros y facultades privativos
del Primer Mandatario, constituyeron una valla formidable contra los
desesperados ataques del “realismo” a la realización del memorable Cabildo
Abierto del 18 de septiembre de 1810.
Establecida
la primera Junta de Gobierno Nacional, el doctor Argomedo fue aclamado su
Secretario, “encargado de los negocios del Interior y de Hacienda”, en unión de
don Gaspar Marín, que lo fue “de Guerra y Marina”; ambos constituyeron el
primer Ministerio y fueron los primeros Secretarios de Estado de la incipiente
nación chilena. Argomedo y Martínez de Rozas fueron en seguida el alma de ese
primer período de nuestra vida independiente que se caracterizó por la acción
perfectamente definida de sus dirigentes.
Enemigos
de constituir un Congreso Nacional, porque estimaban que la deficiente cultura
de los criollos no les permitía, aún, dedicarse a legisladores, respetaron, sin
embargo, la voluntad del pueblo, dictaron la primera ley de elecciones, y una
vez elegido el Congreso se despojaron, patrióticamente, del mando, poniéndolo
en manos de la Asamblea Legislativa. Los acontecimientos posteriores vinieron a
darles la razón, y el país tuvo que aceptar, antes de tres meses, la dictadura
de don José Miguel Carrera; Martínez de Rozas y Argomedo, que pretendieron
recuperar el gobierno, fueron perseguidos con tenacidad; el primero murió en el
destierro, y el segundo tuvo que permanecer oculto hasta que el desastre de
Rancagua lo arrojó, junto con la mayoría de los creadores de la patria chilena,
hacia el otro lado de los Andes.
A su
regreso, Argomedo bordeaba en los cincuenta años, y los sufrimientos de la
proscripción habían minado su organismo. Elevado por O’Higgins a los sitiales
de la Administración Suprema de Justicia, siguió sirviendo a su patria en todo
aquello que no le exigía un esfuerzo de actividad personal; su ecuanimidad
proverbial lo colocó muchas veces como árbitro de los distintos caudillos que
se disputaban el Gobierno de la República en el período azaroso que siguió a la
abdicación de O’Higgins, hasta el advenimiento de Portales; y vio llegar la
muerte, apaciblemente y respetado de todos, el 5 de octubre de 1830, a la edad
de 63 años.
Había
nacido en la villa de San Fernando, en 1767.
§ 5. El
redactor y los colaboradores de la “Aurora de Chile”
(1812)
Después
de cuatro meses de navegación, arribó a Valparaíso la fragata mercante Galloway,
procedente de Nueva York, trayendo a su bordo a los “artistas” bostoneses que
venían a Chile para imprimir el periódico “destinado a disponer la ilustración
del pueblo”, según lo dejó establecido el Presidente Carrera en uno de sus
decretos. Eran estos “artistas” los americanos Samuel B. Johnston, Guillermo
Burbidge y Simón Garrison y venían “consignados” al comerciante sueco don Mateo
Arnaldo Hoevel, que había adquirido una pequeña prensa y tipografía por encargo
especial del Gobierno.
Diez días
después de su llegada a Valparaíso, o sea, el 1º o el 2 de diciembre de 1812, los tipógrafos americanos salían de
ese puerto con dirección a Santiago, trayendo consigo los tres cajones en que
venía toda la imprenta; al cuarto día de viaje entraban en la capital por el
“Camino de O’Higgins”, o sea, por el de la Cuesta de Lo Prado.
Recibieron
a los viajeros, en nombre del Presidente, el comandante don Juan de Dios Vial,
recién salido de la cárcel, absuelto de la acusación de complicidad en el
atentado que contra los hermanos Carrera se había producido semanas antes; el
Capitán Muñoz Bezanila, Ayudante del Presidente, y el Secretario del Gobierno,
don Manuel Javier Rodríguez, el futuro guerrillero.
Los
tipógrafos fueron objeto de muchas atenciones de parte de la sociedad,
especialmente Johnston, que era un sujeto de no pequeña ilustración.
A los
pocos días se empezó a desencajonar la imprenta y a instalarla en uno de los
salones de la Universidad, actual Teatro Municipal; el 1º de febrero de 1812 quedaba armada y lista la prensa y distribuidos
los tipos en sus cajas y chivaletes. Ese mismo día, el Gobierno dictaba un
decreto que decía: “Son impresores para correr con el arreglo de los papeles de
Chile y dirigir su grabado en imprenta, Samuel Burr Johnston, Guillermo H.
Burbidge y Simón Garrison, ciudadanos de los Estados Unidos, con mil pesos de
sueldo anual cada uno, y Samuel J. Benítez, “de Londres’’, con trescientos
pesos, en calidad de intérprete”, etc.
A pesar
de su apellido Benítez, este tipógrafo era inglés y probablemente vino también
como pasajero en la Galloway, junto con los americanos, pero
por su sola cuenta y riesgo. El intérprete era indispensable, porque ninguno de
los “bostoneses” hablaba una palabra de castellano. Uno de ellos, Johnston, lo
dice expresamente en una de sus cartas, y en forma bastante galana.
Cuenta
que a su llegada a Valparaíso fue invitado por el Gobernador Lastra a un paseo,
en compañía de señoras y niñas. “La hermosura angelical confiada a mis
atenciones, dice, parecía olvidarse de que yo no entendía su lengua y me
hablaba con la mayor animación imaginable; por mi parte, tenía que limitarme a
mirarla con alegres ojos y hablar desenfadadamente en inglés, tal como mi
encantadora compañera lo hacía en castellano”.
Dos
semanas antes del decreto que declaraba impresores a los recién llegados
bostoneses, el Gobierno dictó otro, fecha 16 de enero, por el cual se nombraba
redactor “para la apertura de la prensa al presbítero Fray Camilo Henríquez, de
la Orden de la Buena Muerte”. Se asignó al redactor el sueldo de seiscientos
pesos al año, es decir, un poquito más de la mitad de lo que se les asignó a
los tipógrafos.
El
personal técnico entró, pues, oficialmente en funciones el 1º de febrero, sin perjuicio, debemos suponerlo, de haber estado
“componiendo” y, sobre todo, corrigiendo las pruebas del artículo que apareció
en el número prospecto y los que se publicaron en el primer número de la Aurora
de Chile. Gomo muestra de las dificultades que tuvieron que vencer los
tipógrafos americanos para “componer” en el idioma castellano que no conocían,
nótanse en los títulos dos errores tipográficos que el intérprete Benítez se
aburrió tal vez de corregir. Uno está en el nombre Guillermo y el otro en las
palabras Estados Unidos. El tipógrafo bostonés puso “Guillelmo” y “Estatos”
Unidos. Es cierto que aun hoy en día mis estimados compañeros de las linotipias
se dan la satisfacción de poner por ahí algún gazapo que tiene la
particularidad de molestar únicamente al autor, porque la verdad es que el
lector los pasa inadvertidos, y a lo sumo sonríe de tales disparates, o salta
la frase, como un trampolín, si no la entiende.
Entrando,
ya de lleno, en el trabajo de la publicación normal del periódico, que era
semanal, empezaron a aparecer los “periodistas”; ¡los fundadores de este
asendereado gremio que ha servido tantas veces de escabel para que otros
asciendan a las alturas!
El oficio
es atrayente, no se puede negar, y proporciona sus satisfacciones, sobre todo
cuando se escribe algo que da en el clavo; y por eso es que hay muchos
interesados en apropiarse de ciertos articulillos que han llegado a gozar de
popularidad. Eso mismo ocurrió en aquellos tiempos; muchos de los artículos
publicados en La Aurora fueron atribuidos a personas que no
eran sus autores y recibían, por ellos, felicitaciones; pero se sabe también de
un señor, llamado don Pedro María de Guzmán y Roco, que recibió una paliza por
habérsele atribuido “una carta de un chileno residente en Lima”, en la cual se
hacían ciertas apreciaciones que molestaban a “terceros”. Por cierto que el
señor Guzmán ni siquiera sabía por qué le estaban rompiendo la cabeza, en los
momentos del vapuleo.
Mediante
las investigaciones y análisis comparativos que en los tiempos actuales se han
hecho sobre las publicaciones de La Aurora — especialmente los
que practicó el señor don Luis Montt, Director de la Biblioteca Nacional— se ha
podido establecer la identidad de los periodistas y escritores que laboraron en
nuestro primer periódico nacional; si no es tan sencillo hacer, en los actuales
tiempos, una investigación y escrutinio de esa especie, comprenderá el lector
cuán difícil resultará hacerlo a través de cien años de distancia y con
elementos de trabajo bien reducidos y deficientes.
Algunos —
casi todos los historiadores y escritores de la época atribuyeron a muchos
padres de la patria, de los más populares, una intervención muy pronunciada en
la redacción de La Aurora; se ha creído, durante mucho tiempo, que
José Ignacio Zenteno, Martínez de Rozas, Gandarillas, Vera y Pintado, los
Larraín, Rosales y otros, colaboraron continuamente en las columnas del
periódico “ministerial y político”, fundado por Carrera y Fray Camilo; la
verdad es bien distinta, como lo verá el lector.
Hay que
establecer, en primer lugar, que en los cincuenta y ocho números de La
Aurora, aparecidos desde su nacimiento, el 12 de febrero de 1812,
hasta el 1º de abril de 1813, fecha en que dejó de publicarse, no faltó sino
una o dos veces la colaboración de Fray Camilo, que generalmente escribía dos y
hasta tres artículos en cada número; era, como quien dice, el redactor base, el
imprescindible, el hombre de fuerza... Esto, aparte de las traducciones de
“gacetas” francesas e inglesas con que “llenaba” el periódico cuando fallaban
los colaboradores.
Fray
Camilo poseía el francés, medianamente, pero no sabía nada de inglés; pues
bien, a fin de estar en condiciones de traducir las noticias que llegaban de
los’ Estados Unidos y de Inglaterra, en las gacetas que se recibían y se
guardaban “como hueso de santo” en Santiago, el abnegado fraile no titubeó en
estudiar la lengua inglesa, y así lo avisó en el número 9 de La Aurora, de
fecha 9 de abril, en la forma siguiente:
“A fin de
servir mejor a la patria en la dirección de este periódico puesto a su cuidado,
el editor emprendió el aprendizaje del inglés; y en menos de un mes se ha
puesto en aptitud de traducir los periódicos extranjeros. Y para que se vea que
las últimas noticias de España las ha tomado de estos periódicos, reproduce una
parte de esas noticias en el texto original”.
Los
artículos del “editor” se publicaban, generalmente sin firma, pero muchas veces
los señaló con los pseudónimos de Cayo Horacio o Patricio Curiñanco; el
mismo Fray Camilo dejó establecido, en el número 29, “que cuanto en las Auroras está
sin el nombre o cifra de su pluma, es obra del editor.
El
principal colaborador de Fray Camilo fue don Antonio J. Irisarri, que pronto
hizo popular su seudónimo AJI., compuesto, como se ve, por las iniciales de su
nombre y apellido. A la verdad que el seudónimo le venía al pelo, pues don José
Antonio era lo que se llamaba “picante” escribiendo sus sátiras.
Don Juan
Egaña, don Hipólito de Villegas, don Anselmo de la Cruz y don Manuel de' Salas
y Corvalán colaboraron también en La Aurora, con artículos de
verdadero y novedoso interés para la ilustración de los lectores. Merece
especial recuerdo “por lo espontáneo de su colaboración, y por el gesto
simpático que revela”, el español don Manuel Fernández Hortelano, Contador
Mayor del Reino, que saludó la aparición de La Aurora con una
canción titulada “A la Aurora de Chile, canción de un europeo de clase
distinguida”. Hay que advertir que durante la reconquista española el señor
Fernández fue procesado por haber publicado esta canción que se estimó
“criminal” contra el Rey; pero fue absuelto.
Dos
colaboradores muy caracterizados fueron el Secretario de la Junta de Gobierno,
don Agustín Vial Santelices, que escribió dos artículos sobre “la organización
militar que le conviene al país”, y el padre franciscano fray José María
Bazaguchiascua, con una carta que dirigió “al Editor de nuestra Aurora chilena,
para que siga exhortando al patriotismo”, y con un “discurso
político-moral sobre que peca mortalmente todo el que no sigue el sistema de la
patria y respeta las autoridades constituidas”.
El Padre
Bazaguchiascua fue un esclarecido patriota que sufrió recias persecuciones de
parte de sus compañeros de religión, hasta el punto de haber sido procesado y
preso en los calabozos del convento Máximo de Santiago. Triunfante la
República, Bazaguchiascua fue propuesto para la mitra de Concepción, pero no
llegó a ser consagrado.
Tales
fueron los redactores colaboradores de La Aurora; tales fueron
los primeros periodistas que tuvieron en Chile, al empezar su Gobierno nacional
la grandiosa tarea de la educación de las masas por medio de la imprenta. Si se
considera un momento lo qué significó para Chile la aparición y difusión del
primer periódico, tal vez no se encuentre tan “contra el pelo” el que los
periodistas tengan ahora una Caja de Retiro y de Jubilación, vigilada y
amparada por el Estado; se verá probablemente que algo han hecho y algo hacen
por la educación pública.
Como dato
curioso, apuntaré que el costo del mantenimiento de la imprenta, sin tomar en
cuenta el valor del papel y la tinta, importó al Estado la cantidad de 3.900
pesos durante el tiempo que se publicó La Aurora, esto es, catorce
meses.
§ 6. El
Cónsul y el Vicecónsul
(1812)
El correo
de Buenos Aires llegado a Santiago el 20 de diciembre de 1811, trajo una
comunicación asaz importante para el Gobierno del General Carrera: el Ministro
de Chile ante el Gobierno del Plata, don Francisco Antonio Pinto, comunicaba a
nuestra Junta de Gobierno que el día 27 de noviembre había salido de ahí, en
viaje a Chile, Mr. Joel Roberts Poinsett, llevando credenciales de Cónsul de
los Estados Unidos en Santiago, y que no tardaría en presentarse ante la Junta
para ser reconocido en tal carácter. Agregaba el Ministro Pinto que Poinsett
era “un sujeto de bellísimas cualidades, muy amante de nuestro sistema y por
cuya mediación se puede alcanzar en los Estados Unidos cuanto necesitamos”.
La
noticia no podía ser más halagüeña para la ‘Junta chilena que, en esos
momentos, se preocupaba en resolver gravísimos problemas relacionados con la
organización interna del país, con sus finanzas, con su defensa y con la
libertad de comercio recientemente decretada. El arribo de un Cónsul de los
Estados Unidos, país que había cimentado ya su independencia y que marchaba a
la cabeza de las naciones americanas, como recompensa de sus sacrificios por su
libertad, debía llenar de satisfacción y de esperanzas a los revolucionarios de
Chile que estaban luchando por la suya.
El envío
de este Cónsul les demostraba, según ellos, que la gran República del norte
reconocía a los chilenos en el rango de nación soberana y que estaba dispuesta
a socorrerla eficazmente para afianzar la independencia que en el hecho habían
declarado, aunque todavía no se hubieran atrevido a hacerlo pública y
oficialmente. Era preciso, pues, recibir a este personaje con la deferencia
debida a su rango; y para “hacer grata su entrada en nuestro país”, el General
Carrera comisionó al Coronel de milicias don Manuel Joaquín Valdivieso, a fin
de que lo fuera a encontrar a Uspallata.
Poinsett
venía acompañado del arriero Joaquín Pezoa y de un mozo; su travesía de la
cordillera nevada había sido feliz y sus primeras palabras al encontrarse con
Valdivieso, fueron de admiración por los majestuosos panoramas que había tenido
ante su vista durante los cinco días que había demorado su viaje desde Mendoza.
Tres días
más tarde, Poinsett y el coronel chileno entraban a la capital, y esa misma
noche el Presidente Carrera lo visitaba en su alojamiento, en compañía del
vocal de la Junta, don José Santiago Portales, y del secretario de la misma,
don Javier Manuel Rodríguez, el futuro guerrillero. El Cónsul había quedado
alojado en casa del coronel Valdivieso.
Poinsett
era un mozo de treinta y dos años. Activo, animoso, profundamente demócrata y
liberal, y, por lo tanto, apasionado de las nuevas ideas de redención que
circulaban por la América; de clara inteligencia y de verba fácil, impulsivo,
audaz, no tardó en conquistarse las simpatías del Presidente, que reunía en sí
esas mismas cualidades; el Cónsul “bostonés”, por su parte, simpatizó
francamente con el carácter abierto de Carrera y de su secretario Manuel
Rodríguez, y esa noche la tertulia en casa de Valdivieso se prolongó hasta las
primeras horas de la madrugada.
Al día
siguiente, todo el “Santiago radical y exaltado”, conocía los antecedentes de
la misión Poinsett y el plan que se proponía desarrollar en los países de la
América del Sur. La misión había sido preparada en Washington con la mayor
reserva, para que los agentes diplomáticos de España no se percataran de ello,
a pesar de que, convencidos de que los Estados Unidos fomentaban la rebelión de
las colonias americanas contra la Madre Patria, el Ministro español don Luis de
Onis y sus comisionados, espiaban con suma atención las relaciones del célebre
Ministro Monroe con los numerosos agentes hispanoamericanos que llegaban a
Washington.
Sm
embargo de este espionaje, la misión Poinsett pasó inadvertida para los
diplomáticos españoles; el Cónsul pudo salir de Washington sin que ninguno de
ellos se diera cuenta, y sólo siete meses después el Ministro español vino a
saber que el agente “bostonés” se encontraba en Río de Janeiro y listo para
continuar su viaje a Buenos Aires y Chile.
Al llegar
a Chile, el Cónsul Poinsett se encontró con que también acababan de llegar al
país tres conciudadanos suyos que habían sido contratados por el Gobierno de
Carrera para imprimir el primer periódico que iba a aparecer en Chile; grande
fue el placer con que el Cónsul estrechó entre sus brazos a Samuel Johnston,
Guillermo Burbidge y Simón Garrison, “ciudadanos de los Estados Unidos” que en
esos días armaban la pequeña prensa, distribuían los tipos y preparaban el
número prospecto de la “Aurora de Chile”, cuyo taller funcionaba en uno de los
aposentos de la Universidad de San Felipe, ubicada donde hoy está el Teatro
Municipal.
Mientras
los hombres de gobierno discutían la forma en que deberían hacer el
reconocimiento oficial del diplomático bostonés, el forastero se preocupaba de
conocer el campo en que iba a funcionar, y a sus hombres; Camilo Henríquez,
Manuel Rodríguez, Muñoz Bezanilla, Valdivieso, el ex mercedario Larraín y, en
general, todos los “exaltados”, rodearon al Cónsul de toda clase de atenciones,
tanto para halagarle como a forastero y diplomático, cuanto para distanciarlo
de los “moderados”, cuyo partido había sido recientemente derrocado del poder
por Carrera y el llamado “soberano pueblo”.
Poinsett
era partidario del sistema violento que predominaba en las esferas del
Gobierno, y no tardó en incorporarse de lleno a esta política, olvidando las
reservas y la parsimonia que le imponían su investidura diplomática. Esta fue
la principal causa porque un grupo numeroso de dirigentes, encabezado por el
Tribunal del Consulado, manifestó su opinión en el sentido de que el “Cónsul
bostonés no debe ser reconocido como tal”. El Gobierno, sin embargo,
desestimando esta opinión solemnemente manifestada, cogió la del secretario de
la Junta, don Agustín Vial que fue diametralmente opuesta, y resolvió, de
acuerdo con el Cabildo y con la Corte Suprema de Justicia, “recibir cuanto
antes al señor Poinsett en su carácter oficial”.
El 24 de
febrero, en una aparatosa reunión que se llevó a cabo en el despacho del
presidente de la Junta, con asistencia de los vocales, secretarios, asesores,
Ministros de Justicia, cabildos civil y eclesiásticos, funcionarios,
corporaciones, etc., se realizó el solemne acto del reconocimiento del Cónsul
Poinsett como enviado del Presidente de los Estados Unidos, James Madison, ante
el superior Gobierno de Chile.
Como era
de costumbre en las ceremonias a que se quería dar especial solemnidad,
formaron los Granaderos, los Dragones y la Artillería, abriendo calle a la
comitiva que fue a “sacar” al Cónsul de su alojamiento, reuniéndose después en
la Plaza, frente al Palacio de Gobierno. La carroza del Marqués de Montepío —
que por ser la más nueva y mejor compuesta, se pedía prestada, “con calesero y
todo”, para estas fiestas— trajo a Poinsett desde su casa a la puerta de
Palacio; desde aquí subió por las escaleras alfombradas y por entre dos filas
de alabarderos, hasta la sala de la reunión, en donde lo esperaba la Junta con
su Presidente al centro, “y todo el concurso de pie, delante de sus sillas y
bancas”.
“El
bostonés iba muy compuesto”, al decir del Padre Melchor Martínez y con su porte
bizarro y elegante, llamó la atención, “manifestándose con un murmullo de
admiración”. Avanzó hacia la mesa presidencial y con una rendida cortesía puso
en manos del general Carrera los pliegos de sus credenciales. Todos, o la mayor
parte, esperaban que el bostonés dijera su discurso de presentación y
permanecieron anhelantes en espera de su primera palabra. Pero el bostonés no
hablaba, ni hacía “amago” de querer hacerlo. Ante la expectación de todos, fue
el general Carrera quien rompió el silencio, con estas palabras, copiadas, tal
vez en signos y abreviaturas, por Camilo Henríquez que inauguraba con esto las
funciones de “repórter” del periódico que había aparecido diez días atrás:
“Chile,
señor Cónsul — dijo el Presidente— por su Gobierno y sus corporaciones aquí
reunidas, reconoce en Vuestra Señoría al Cónsul de los Estados Unidos de
Norteamérica, potencia que se lleva todas nuestras atenciones y nuestra
adhesión. Puede Vuestra Señoría protestarlas seguramente. Su comercio será
atendido y no saldrán de nosotros sin efecto las representaciones de Vuestra
Señoría que se dirijan a nuestra prosperidad. Este es el sentimiento general de
este pueblo, por quien he hablado a Vuestra Señoría”.
— ¡Bien
dicho! ¡Muy bien, muy bien! — fueron las voces que se oyeron en la Sala— . ¡El
señor Carrera ha dicho bien!...
Entretanto,
el Cónsul no manifestaba, tampoco ahora, el deseo de hablar, aunque se
encontraba comprometido a hacerlo después del “espiche” (speech) del
Presidente; pero una vez que se hizo el silencio, Poinsett irguióse sin
pedantería y dijo, con voz naturalmente entonada y en “muy buen idioma”
castellano, que fue lo que más llamó la atención de todos:
“El
Gobierno de los Estados Unidos me encargó esta comisión cerca del Excelentísimo
Gobierno de Chile, para dar prueba nada equívoca de su amistad y deseos de
establecer con este reino unas relaciones comerciales recíprocamente
ventajosas.
“Los americanos del norte miran generalmente con sumo interés los sucesos de
estos países y desean con ardor la prosperidad y la felicidad de sus hermanos
del sur. Haré presente al Gobierno de los Estados Unidos, los sentimientos
amigables de V. E. y me felicito de haber sido el primero que tuvo el cargo
honorífico de establecer relaciones entre dos naciones generosas que deben
unirse como amigas y como aliadas naturales”.
Lo que
ahora se oyó en la sala fueron aplausos; el discurso del Cónsul si algún
defecto tenía para los chilenos oyentes, era el de la brevedad, a la que no
estaban acostumbrados ni se han acostumbrado hasta ahora, si hemos de creer a
los criticones de antaño y hogaño; pero lo dicho por el Cónsul era bastante
satisfactorio y sus palabras habíanse colocado a la altura y al diapasón de las
pronunciadas por el Presidente Carrera.
La
simpatía que se atrajo Mister Poinsett después de su corta pero ceñida
alocución, se acentuó cada día más en los círculos de los dirigentes, sobre
todo cuando su estrecha amistad con el General Carrera le colocó entre los
íntimos de palacio y los consultores e inspiradores de todos sus actos de
gobierno.
Vivía
entonces en Santiago un extranjero que se había conquistado también el aprecio
de los dirigentes santiaguinos, por el celo con que había servido los intereses
de la revolución, y muy ‘ especialmente en lo relativo a la publicación del
periódico “La Aurora de Chile”, era don Mateo Arnaldo Hoevel, sueco de
nacimiento, pero naturalizado en los Estados Unidos. Hoevel había llegado a
Chile unos cuatro años antes y aunque extranjero, había participado con interés
en todos los movimientos revolucionarios que trajeron por consecuencia la
instalación de la Junta de Gobierno de 1810.
Cuando
Carrera se apoderó del Gobierno, derrocando a esta primera Junta, Hoevel se
puso francamente de parte del general revolucionario, y entre sus más efectivas
sugestiones le indicó el proyecto de establecer en Chile una imprenta para
editar un periódico que propagara con valentía las ideas de independencia,
coadyuvando, de esta manera, a los propósitos del nuevo Gobierno, que eran los
mismos. Entre Camilo Henríquez, Bernardo Vera y Hoevel, consiguieron pronto que
el Gobierno de Carrera aceptara el proyecto y lo pusiera en práctica sin mayor
tardanza.
Hoevel
recibió la orden de trasladarse a los Estados Unidos, adquirir allí una prensa,
tipo y material, y contratar a tres tipógrafos-impresores del nuevo periódico.
Antes de cuatro meses el proyecto estaba realizado, y el periódico había salido
a luz el 12 de febrero, esto es, diez o doce días antes de la recepción del
diplomático norteamericano. Este verdadero milagro, realizado por Hoevel,
habíale conquistado las más hondas simpatías y colocándole, ya lo he dicho, en
gran predicamento ante el Gobierno.
El Cónsul
Poinsett necesitaba tener a su lado a un funcionario de su entera confianza a
quien encomendar ciertas comisiones que él, por su carácter, no podía
desempeñar; las circunstancias habíanse reunido para señalar a Hoevel como la
persona indicaba para esto; su excepcional situación ante el Gobierno y la
sociedad chilenos, el activo y caballeroso extranjero unía la condición de ser
“nacionalizado en los Estados Unidos”. Poinsett no titubeó en nombrar
Vicecónsul de su patria en Chile a don Mateo Arnaldo Hoevel.
Entrado
de lleno al campo de la política, al lado del General Carrera, e inspirador de
la mayor parte de sus actos, el cónsul Poinsett corrió, a su vez, la suerte del
caudillo chileno; destituido Carrera de su alto cargo, a causa de sus
desaciertos en la campaña contra Pareja, el Cónsul bostonés se encontró aislado
por los enemigos políticos del impulsivo general chileno, y a principios de
1814 regresó a su patria, en donde hizo una carrera brillante en la
administración pública y en la diplomacia.
El
Vicecónsul Hoevel terminó de hecho en sus funciones, tanto por el advenimiento
al Gobierno de los enemigos de Carrera, cuanto por la reconquista española,
después de Rancagua. Su biografía puede resumirse en las siguientes palabras
del erudito don Julio Vicuña Cifuentes: “Incorporado a la vida chilena por su
matrimonio con doña Catalina Echanes, fue "en Chile, sucesivamente,
comerciante, agente consular, capitán de milicias, desterrado político en Juan
Fernández, Gobernador Intendente de Santiago, Superintendente General de
Policía, periodista, Comandante Tesorero de Marina e intérprete oficial del
gobernador de Valparaíso. Falleció en Valparaíso en agosto de 1918 y dejó tres
hijos.
§ 7. El
aniversario de los EEUU en la Patria Vieja
(1812)
Los
esfuerzos que hacía Camilo Henríquez desde su tribuna de “La Aurora” para
despertar en el pueblo de Chile el amor a la causa de la libertad, encontraron
un estímulo de gran efecto con motivo de acercarse la fecha del aniversario de
la Independencia de los Estados Unidos, el 4 de julio de 1812, es decir, a los
cuatro meses de fundado el primer periódico nacional.
El Cónsul
de Norteamérica, don Joel Roberts Poinsett, había querido celebrar el
aniversario de la independencia de su país en una forma que sirviera de ejemplo
a los incipientes patriotas chilenos, cuyas ideas sobre “patria” “libertad” e
“independencia” no se manifestaban todavía definidas, a pesar de los esfuerzos
de los “radicales”, encabezados por Carrera, Henríquez, O’Higgins y otros
“exaltados”.
Se ha
dicho que el Cónsul Poinsett fue el primer diplomático extranjero recibido por
el Gobierno de Chile en tal carácter. Antes de continuar esta crónica, quiero
dejar dicho que esto no es exacto; veintiún meses antes, el 29 de octubre de
1810 presentó sus credenciales a la Junta de Gobierno de Chile el “diputado” de
la Junta de Gobierno de Buenos Aires, don Antonio Álvarez de Jonte, y antes que
él había llegado otro argentino, don Gregorio Gómez, con una misión
confidencial ante “los patriotas’’ de Santiago.
La idea
del Cónsul Poinsett fue acogida con cálido entusiasmo por fray Camilo; no podía
serlo de otra manera, pues el ardoroso periodista no dejaba escapar ocasión
para levantar el espíritu público de sus compatriotas y dirigirlo hacia la
consecución de los ideales de independencia absoluta. Púsose, pues, a la obra,
en compañía de otro fraile muy patriota, de la orden de San Francisco, llamado
José María Bazaguchiascua y ambos, secundados por el Cónsul y los tres
tipógrafos yanquis que imprimían La Aurora prepararon un
programa de celebración del 4 de julio, cuya realización fue un acontecimiento,
como va a verse.
A las
siete de la mañana, una banda de músicos organizada ad hoc por el “gringo”
Greene fue a tocar una diana a las puertas de la residencia del Cónsul Poinsett
y en los mismos momentos “una lucida comisión de patriotas, encabezada por los
miembros de la Junta de Gobierno” pasó a saludar al representante de los
Estados Unidos y a felicitarlo por el aniversario que se celebraba.
Camilo
Henríquez, el padre Bazaguchiascua, don Agustín Vial Santelices y don Manuel
José Gandarillas, llevaban unos cartelitos impresos que repartieron por su mano
a la concurrencia y al pueblo que se había congregado al oír la música. Estos
carteles, los primeros que se imprimieron en la imprenta de La
Aurora con propósito de propaganda, contenían una estrofa compuesta
por Camilo Henríquez en honor de los Estados Unidos; por cierto que el
cartelito fue un éxito y todo el mundo se lo disputaba para leerlo y aun para
conservarlo como un recuerdo; la tirada de ese volante fue muy escasa, tal vez
unos cien ejemplares, todos los cuales se han perdido, pues ni aun existe uno,
de muestra, en la Biblioteca Nacional.
La
estrofa fue reproducida a petición del público y del Gobierno en el número 23
de La Aurora correspondiente al 16 de julio, y es como sigue:
Vuelve el
día feliz y esclarecido
De nuestra libertad y nuestra gloria
El monstruo de opresión enfurecido,
Detesta de este día la memoria:
El huye y la vileza lo ha seguido,
Que engaña con promesas de victoria:
Y exclama la virtud: ¡Americanos!
¡Donde florecen héroes, no hay tiranos!
No es un
monumento literario esta octava real, pero fray Camilo no se paraba en pelillos
ni en ripios literarios cuando se trataba de luchar por sus ideales. La
escritora inglesa María Graham, su contemporánea, lo llamaba “poeta de
circunstancias”, ¡a fe que esta señora tenía razón!
Después
que los visitantes hubieron tomado el desayuno “con mistela y confituras” que
les ofreció Mr. Poinsett, se retiraron al son de música para preparar las
fiestas que iban a verificarse más tarde, y especialmente la más importante de
ellas, que era el “ambigú’’ y el baile que iba a realizarse en la noche en los
salones del Consulado.
“El
Gobierno tomó en la celebridad de este día — dice don Juan Egaña en Épocas
y hechos memorables de Chile— todo el interés imaginable. Preparó los
ánimos para este objeto, dando orden a los cuerpos militares y empleados, de
llevar la escarapela tricolor”, insignia que la primera Junta de Gobierno de
Carrera y el Congreso de 1811 habían impuesto como de uso obligatorio para las
fiestas oficiales a todos los funcionarios del Estado.
A las
doce del día se dispararon en la Plaza de Armas tres salvas de cañonazos que
entusiasmaron al pueblo hasta el delirio “y quebraron varios centenares de
vidrios”... En la tarde hubo “chinganas” en la Cañada y en el Callejón de
Ugarte y a las siete de la noche empezó el “ambigú”, al que estaban invitadas
todas las “personas ilustres” de la capital.
Al centro
del salón principal del Consulado se había puesto un ramillete en el que se
veían cruzados “el pabellón de los Estados Unidos con el estandarte tricolor” y
alrededor de la sala, colgaban “festones y arañas de luces de sebo y cera que
daban aspecto maravilloso y todo inspiraba ideas de libertad”.
Asistieron
a la fiesta todos los jefes del Gobierno y demás corporaciones con los
principales vecinos, siendo el concurso de ambos sexos innumerables; los
“bostoneses”, así se denominaba a los ciudadanos de los Estados Unidos,
atendían con obsequiosidad al recibimiento y acomodo de los invitados.
La
colonia yanqui era asaz pequeña; don Luis Montt, en su Biografía
Chilena, la limita a los siguientes individuos: “el Cónsul Poinsett;
el Vicecónsul don Mateo Arnaldo Hoevel, sueco nacionalizado americano; un Mr.
Ross, que se decía ingeniero desaguador de minas; los tipógrafos de La
Aurora don Samuel Johnston, don Guillermo Burbidge y don Simón
Garrison y cuatro o cinco artesanos, desertores de barcos extranjeros”. Hay que
agregar a éstos al “gringo” Greene, otro marino desertor que, entre otras
habilidades, tenía la de ser músico, por lo cual fue encargado por Carrera para
organizar bandas militares para los distintos cuerpos del ejército, encargo que
cumplió el “gringo” con singular éxito.
El sarao
del consulado fue magnífico y la gente entusiasmada lanzaba de cuando en cuando
sonoros vivas a la patria chilena y a los Estados Unidos en los intervalos de
cuadrillas, redovas y minués. Los tipógrafos americanos eran los más
entusiasmados y al mismo tiempo los más atendidos por su condición de
impresores del periódico que había venido a revolucionar las costumbres de la
patriarcal sociedad santiaguina; pero parece que en cierto momento,
“punteaditos” como estaban, gritaron más de lo conveniente y una parte de la
concurrencia se manifestó disgustada.
Advertido
el Cónsul de esta incidencia, insinuó a los gritones que se retiraran, lo cual
efectivamente hicieron éstos, bastante irritados por el desaire que les infería
su Cónsul. Esta incidencia vino a perturbar el entusiasmo general, y, lo que es
peor, a echar por tierra un proyecto que tenían ocultamente preparado Camilo
Henríquez, Bernardo Vera y José Antonio de Irisarri, en combinación con el
Cónsul Poinsett, para lanzarlo en los momentos más cálidos de la fiesta: era
nada menos que la proclamación de la absoluta independencia de Chile...
En
efecto, esos ardorosos patriotas habíanse puesto de acuerdo con el Cónsul para
aprovechar la hora de los brindis y lanzar ante la enorme concurrencia que
llenaba el salón, la idea de firmar allí mismo, e inmediatamente, la
declaración solemne de que “el territorio de Chile quedaba desde ese instante
desligado por siempre jamás de la España y de cualquier otro país, y constituía
una República libre”. La redacción del documento era, por cierto, de Camilo
Henríquez y debía ser firmado no sólo por los hombres, sino que también por
todas las mujeres asistentes.
Las
escenas que ocurrieron con motivo del retiro de los “entusiasmados”
“bostoneses”, impidieron que la fecha del 4 de julio fuera un aniversario común
a Chile y a los Estados Unidos.
El
historiador realista fray Melchor Martínez, consignando estos hechos en
su Memoria Histórica sobre la Revolución de Chile, los confirma de
esta manera: “Turbóse la fiesta con ese motivo, y? aunque siguió el baile y la
cena hasta el amanecer, parece que se contuvieron en el principal designio de
ella, que era el de publicar la independencia del reino en aquella noche’’.
§ 8. Un
Dieciocho en la Patria Vieja
(1812)
Aparte de
muchas razones que abonaban la celebración entusiasta del segundo aniversario
de la constitución del primer gobierno nacional, existía una, ante la cual don
José Miguel Carrera, Presidente de la Junta Gubernativa, estaba dispuesto a
olvidar todas sus disensiones con su hermano Juan José para que la celebración
alcanzara proporciones de solemnidad nunca vista. Había llegado a Santiago y
presentado sus credenciales el Cónsul de los Estados Unidos en Chile, Mr. Joel
Roberts Poinsett, y el Primer Mandatario deseaba que el representante de la
Unión se convenciera de que los choques, incidentes y enemistades que se habían
producido — y que continuaban produciéndose— entre los patriotas chilenos, no
tenían gravedad ni trascendencia alguna.
Don José
Miguel abrigaba lisonjeras esperanzas de que el Gobierno de los Estados Unidos
ayudara a la revolución chilena con algunas y elementos para que pudiera hacer
frente a la reconquista española que estaba preparando el activo Virrey Abascal
y deseaba, como era natural, presentarse al país perfectamente unido en su
resolución de ser libre, pues hay que advertir que Juan José Carrera estaba
sindicado, en odio al Presidente, su hermano, de estar fraguando combinaciones
con los “maturrangos” para intentar una reacción.
Decíase
en aquellos días, y esto era casi voz pública, que Juan José había escrito al
Virrey Abascal exhortándolo a que formase una expedición para sujetar a este
revolucionado reino, dándole ideas acerca del modo más fácil para ejecutarlo;
tal afirma, por lo menos, el historiador realista Fray Melchor Martínez; el
propio don José Miguel Carrera, en su Diario Militar, dice, a este
respecto: “Juan José se vio varias veces con el vocal Portales y en una de
ellas le dijo que quería escribir al Virrey del Perú para contentarlo y darle
confianza. Portales le aconsejó que no lo hiciera; pero más lo dominaba el godo
Manuel Manso y no sabemos lo que haría”.
Lo cierto
es que el Presidente Cañera anhelaba demostrar al Cónsul “bostonés” la unidad
de los propósitos de los habitantes de Chile y no desperdiciaba ocasión para
hacerlo; la primera de esas ocasiones se había presentado dos meses antes, en
el aniversario de la independencia de los Estados Unidos, el 4 de julio. Ese
día el Cónsul ofreció un sarao “al Gobierno” en el salón del Consulado con
extraordinaria asistencia de damas y caballeros; y para halagar al Cónsul, se
ideó el proyecto de sorprenderlo, en lo mejor de la fiesta, con un acto
trascendental que no podría dejar de impresionar al patriota funcionario
yanqui: el proyecto consistía en proclamar, allí mismo, la independencia
absoluta del Reino de Chile, firmando un acta que llevaba preparada, al efecto,
Camilo Henríquez. Por motivos que he contacto otras veces, no se llevó a cabo
esa noche el plan audaz de Carrera y sus consejeros; sólo se realizó una parte,
y ella fue “la publicación’’ de la bandera nacional, blanca, azul y amarilla, y
la escarapela tricolor, que desde entonces fue obligatoria para militares y
civiles.
Aunque
las disensiones y choques entre Carrera y Martínez de Rozas, O’Higgins, los
Larraín, etc. eran continuas y graves, y a pesar, también, de que la
“malquerencia” entre José Miguel y Juan José agregaba a estos entredichos una
nota de escándalo que amenazaba convertirse, de la noche a la mañana, en lucha
armada, el Presidente dispuso que el aniversario del “Dieciocho” de 1812, se
celebrara digna y esplendorosamente; Carrera esperaba que la fiesta nacional,
celebrada con una pompa hasta entonces desconocida, tuviera la virtud de
agrupar a todos los patriotas en torno del Gobierno... aunque fuera sólo para
convencer a Mr. Poinsett de que debía proveernos de fusiles y cañones
norteamericanos.
Pero sea
porque las disensiones se agravaron la primera semana de septiembre, o porque,
según explicó el Presidente, “no alcanzarían a estar completos los preparativos
suntuosos que se disponían”, la celebración hubo de postergarse para el día 30,
en vez del 18 de septiembre.
No había,
según todas las opiniones, otro local en Santiago que pudiera contener la
enorme concurrencia que se esperaba para el sarao, que el edificio de la Moneda
y éste fue elegido para la fiesta.
“El
Gobierno va a solemnizar el 30 de septiembre, el aniversario de su instalación
— decía la esquela de convite que circuló impresa en los talleres de La Aurora—
y espera a Ud. para que lo acompañe por la mañana al Te Deum en la Catedral, y
por la noche en la Casa de Moneda, donde el digno vecindario chileno debe
sensibilizar sus transportes por la libertad de la patria”.
Se
distribuyeron unas seiscientas invitaciones “entre otras tantas personas
principales, damas y caballeros’’; pero, según informan los realistas Martínez
y Talavera, “muchas plebeyas de mala fama y poco honor” que se vieron excluidas
de la invitación, “se empeñaron con algunos oficiales”, y éstos substrajeron
algunas invitaciones en blanco “y pusieron en ellas los nombres de personas de
las cualidades dichas”, lo que dio margen para que las señoras chilenas,
“mirándose desairadas con tal vil compañía”, se quejaran al Gobierno, el cual
“remedió el desorden’’. Por lo que se ve, parece que esto tiene cara de
chisme...
Estas
incidencias femeniles, y otras que también surgieron entre ambos hermanos y que
no tuvieron arreglo a. pesar de los esfuerzos que hizo su propio padre don
Ignacio de la Carrera para componerlas, produjeron cierto malestar en la
población, pues se llegó a decir que Juan José, con su regimiento de
granaderos, se preparaba para asaltar la Moneda y derrocar al Gobierno en lo
mejor de la fiesta; sin embargo, todo pareció tranquilizarse y los “ruidosos”
preparativos para el 30 de septiembre continuaron con ardor, bajo la propia
vigilancia de don José Miguel, de doña Javiera, su hermana, de Camilo
Henríquez, del doctor Bernardo Vera y Pintado “diputado” de Buenos Aires, y aun
del Cónsul Poinsett, que era entusiasta por todo “lo que respiraba libertad”.
El 25 de
septiembre, el Gobierno decretó, por bando, tres días de iluminación “y
alegrías” generales, siendo el tercero, día 30, el de la iluminación más
ostentosa y lucida, pues esa noche se iba a “encender” la Casa de Moneda. Se
ordenó, también, embanderamiento general; pero fueron pocas las casas que
pudieron izar la nueva bandera “blanca, azul y amarilla”, pues no hubo género
suficiente en el comercio. En cambio, todo el mundo se ingenió para lucir la
escarapela, “en el sombrero los hombres y en el pecho las mujeres”.
Llegó el
“suspirado” día 30 y el vecindario fue despertado con una salva de 31
cañonazos, que fue la señal para que se izaran, en sendos mástiles que se
habían levantado en la Plaza de Armas, en la Plazuela de la Moneda y en el
Cerro Santa Lucía, la bandera de Chile “al son de ciertas músicas” que había
organizado el “gringo Greene”, un marinero bostonés desertor, que residía en
Santiago desde años atrás. Una hora más tarde, casi toda la población circulaba
por las calles y plazas principales, ataviada con sus mejores galas y
aprestándose para el desfile “del Gobierno” desde la casa del Presidente,
Agustinas esquina de Morandé, hasta la Catedral, donde se iba a cantar el Te
Deum, a las 10 de la mañana.
Alguna
inquietud causó el hecho de que no asistiera a la formación de las tropas, para
esta ceremonia, el regimiento de granaderos; se dio como explicación que su
jefe, Juan José Carrera, había salido la noche anterior para su hacienda de San
Francisco del Monte; pero después se supo que el rencoroso hermano “se había
negado a hacer honores al loco José Miguel”.
La fiesta
religiosa de la Catedral estuvo lucidísima; cantó el Te Deum el Deán Errázuriz
con todos los canónigos, que eran diez, y el sermón estuvo a cargo del agustino
fray Ventura Silva, quien, al decir del “sarraceno” Talavera “escandalizó a los
leales comparando la esclavitud americana con la del pueblo israelítico, bajo
el imperio de Faraón, con lo cual fomentó el odio más horroroso a nuestros
reyes, y el amor más heroico a la libertad e independencia”.
Entretanto,
se ultimaban en la Moneda y en su plazuela los costosos preparativos para la
fiesta de la noche, durante la cual se tenía proyectado dar al Cónsul Poinsett
la sorpresa que no se le pudo dar en la fiesta del 4 de julio, esto es, la
declaración de la Independencia de Chile, y que tampoco se llevó a cabo esa
noche por los motivos que contaré otro día.
El
aspecto de la plazuela había sido objeto de una transformación completa; el
cuadrado escueto y sucio, con caracteres de basural, que servía generalmente
para que tomara sol y aire el ganado de la Artillería, cuyo cuartel estaba
donde hoy funciona el Ministerio de Guerra, había sido aseado con el mayor
esmero y quitádosele las varas, horcones y “ramadas” que se prestaban a los más
variados usos; en medio se había colocado el mástil para izar el nuevo pabellón
nacional.
En ambas
bocacalles que daban acceso a la plazuela, esto es, en las esquinas de Morandé
y de Teatinos, de la actual calle de la Moneda, se construyeron “sendos arcos
triunfales, cada uno de cuatro caras, con sus pedestales, cornisas y
coronaciones’’ y de éstas pendían varias docenas de “tarjetas” con poesías,
inscripciones y lemas debidos al ingenio de Camilo Henríquez, Bernardo Vera,
Irisarri u otros. Las bases, o pedestales estaban pintados de azul y el resto
de “rosado”.
En la
“coronación” de los arcos se había escrito una leyenda en latín: la de Morandé
decía: Safas populi suprema lex esto, y la de Teatinos: Desiderium
libertatis ómnibus insitum est; y en el “óvalo” una estrofa de cada
uno de los dos principales poetas de la revolución, Bernardo Vera y Henríquez.
La del primero, escrita en el arco de Morandé, decía:
¡Que viva
la Patria!
Musas entonad,
A la luz preciosa De la Libertad.
La de
Camilo Henríquez era más larga y más mala; sabido es que el patriota
fraile-periodista fue poeta y versificador sólo obligado por las
circunstancias; pero en cambio su conceptos eran formidables:
¿Sois
hombres? Pues, sed libres; que los cielos
Al hombre hicieron libre; sus eternas
E imprescriptibles leyes lo prescriben,
Ya la tazón lo dicta y manifiesta.
Esto no
es verso; pero decir estas cosas en aquellos tiempos era, simplemente, una
barbaridad.
En lo más
elevado de la portada principal de la Casa de Moneda se había colocado una gran
tela, a modo de cuadro o decoración pintada, como las otras, a que aludiré
luego, por el pintor José Gil, recién llegado de su patria, el Ecuador, donde
había conocido a Fray Camilo; esa decoración figuraba la cordillera andina,
tras de cuyas nieves aparecían los rayos del sol auroral, iluminando una
inscripción que decía: Aurora libertatis chilensis; en la
parte inferior de ese cuadro, se leía: Umbra et nocti lux et libertas
sucedunt.
Abajo de
esta decoración, o sea, entre la última corrida de ventanas y el dintel del
pórtico, se colocó el nuevo escudo nacional pintado en un cuadro ovalado. Véase
la descripción de este escudo hecha por el Padre Melchor Martínez: “En él se
veía retratada una robusta columna, en cuya cúspide aparecía un globo
terráqueo, y sobre él, una palma y una lanza cruzadas. Sobre todo esto se
descubría una radiante estrella encumbrada con alguna distancia. A la derecha
de la columna figuraba un gallardo joven vestido de indio, y a la izquierda una
hermosa mujer con el mismo traje. La inscripción sobre este escudo era: Post
tenebras, lux; y debajo: Aut conciliis aut ense.
Tanto los
lienzos del pórtico como de los arcos triunfales, estaban dotados de luces
(velas, velones y lampiones de sebo), interior y exteriormente, para que se
destacaran sus inscripciones y detalles en la noche. Asimismo, en la plazuela,
el frontis de la Casa de Moneda y los dos patios interiores, contaban con una
iluminación de más de ochenta lampiones muy bien distribuidos.
Más de
cien hombres trabajaron afanosamente todo el día para dar remate a estos
preparativos y, sin embargo, a las siete de la tarde apenas pudo decirse que
estuvieran terminados; ya, por lo demás, era la hora de que empezara a llegar
“la gente” y los encargados de encender las luces entraron en actividad. Una
hora más tarde, aquello “era un ampo de luz” y el pueblo de Santiago apretujado
en la plazuela por las guardas, pudo admirar el maravilloso efecto de la
iluminación a giorno.
Contra
todo lo que esperaba el Presidente Carrera, la asistencia de invitados fue un
fracaso; de los seiscientos o más que habían recibido la esquela de convite,
sólo asistieron 61 damas y unos 200 caballeros. Se dio como explicación de
esto, el resentimiento de las señoras por. haberse convidado subrepticiamente,
según ya dije, a aquellas plebeyas “de mala fama y poco honor”, y el temor que
tenían las primeras, de encontrarse en el baile con las segundas a pesar de las
medidas que había tomado “el Gobierno para precaverlo”.
Los
verdaderos motivos, en realidad, fueron otros; a eso de las once de la mañana,
cuando terminaba el Te Deum llegó a Santiago un “propio” de Concepción,
anunciando que allí había estallado una revolución contra don Juan Martínez de
Rozas y a favor de don José Miguel Carrera, lo cual puso “frenético” a su
hermano Juan José, que conspiraba contra su hermano en Santiago. Esta noticia
fue lo que determinó a este último a no tomar parte alguna en la fiesta,
prohibiendo a sus oficiales, familias y amigos, que asistieran al sarao de la
Moneda “para evitar desabrimientos y tragedias”.
Sin
embargo, los que concurrieron esa noche se divirtieron bastante y les fue dado
admirar un detalle de la mayor significación “que hizo explotar el contento” de
los patriotas y que sacó de tino a los maturrangos, cuando fue conocido por
ellos.
En el
segundo patio interior de la Moneda, “donde se halla una primorosa ventana con
una reja de fierro que tiene las armas del Rey’’, se pusieron en la parte de
atrás muchas luces, y para impedir la vista del escudo, que ocupaba el centro
“lo cubrieron con hoja de lata, de suerte que con la luz de atrás resultaba una
circunferencia de gran obscuridad, semejante a un eclipse total de sol,
significando el ocaso de la Monarquía”. Pero no fue esto solo. Doña Javiera
Carrera, “hermana de nuestros corifeos”, llevaba en la cabeza una guirnalda de
diamantes y perlas, de la cual pendía una corona real vuelta al revés “en señal
de rendimiento”; y sus hermanos José Miguel y Luis llevaban también la misma
corona, “aquél en el sombrero y éste en la gorra, y sobre la corona un fusil en
actitud de darle fuego, y una espada en ademán de partirla”...
Empezó el
baile con una contradanza general, que dio ocasión “para que brillaran las
damas chilenas” y se robaran la atención de los asistentes por lo rico y
agraciado de sus trajes, siendo celebradísima la idea que tuvieron dos de ellas
— dice Talavera — de presentarse “vestidas de indias bárbaras, en homenaje al
Estado Araucano”. Estas señoras fueron la esposa del penquista don Rodolfo Sesé
y “Madama” Samaniego, madrileña, mujer de don José Samaniego, estimable
comerciante peninsular y vecino de Santiago.
El baile
se efectuó “en un salón de 47 varas”, que estaba adornado con arañas de plata,
cornucopias, candelabros, vargueños, sofás y cortinas, “y más de cuatrocientas
luces”, la mayoría de cera; el resto de las luces de los salones era “de
esperma”, una substancia que recién se introducía en el comercio. Cerca del
salón de baile, estaba el “de ramilletes’’ que así se denominaba el de
refrescos; en una gran mesa en forma de media luna imitando prados, jardines,
“pilas o surtidores”, se ofrecía a las damas y caballeros, en delicados
cristales y “locería” las más variadas especies de dulces, vinos, helados,
frutas, “rosolíes” y mistelas. Y, por último, un salón de 27 varas que quedaba
al frente, estaba dispuesto para la cena; este salón, al decir de las crónicas,
“no cedía en hermosura a los otros dos”. Cuatro grandes mesas, también en forma
de media luna y compuestas con artificio y bella perspectiva, ofrecieron a los
asistentes, allá por las tres de la mañana, “más de 250 fuentes de delicadas
viandas”.
Los
brindis empezaron a eso de las dos de la madrugada, en el salón “de
ramilletes”, y el primero que brindó fue Fray Camilo Henríquez, con una
octavilla real de la cual hago gracia al lector; continuaron allí los brindis,
alternados con los rigodones, gavotas, minués, alemandas, churres, riñes y
paspiés hasta que la concurrencia “pasó a la mesa”, y aquí se renovaron, apenas
terminaron los platos fuertes. Un cronista calcula que durante el sarao se
pronunciaron no menos de ciento cincuenta brindis, eso sí que entonces no
alcanzaban la extensión que suelen tener ahora.
Cerca de
las seis de la mañana bailaban todavía las últimas parejas; a esa hora había
invadido el salón de la cena y aun el “de ramilletes” mucha de la gente plebeya
que había permanecido toda la noche en la plazuela, contemplando el
espectáculo, “y a la espera de los conchos”, como era costumbre que lo hiciera
el pueblo, en las fiestas de las “casas grandes”.
Tal fue
la forma en que se celebró “oficialmente” el segundo aniversario de la
instalación del primer gobierno nacional, en 1812, siendo Presidente don José
Miguel Carrera, a pretexto de demostrar al Cónsul Poinsett la unión que reinaba
entre los chilenos en sus propósitos de libertad.
§ 9. Las
peripecias del Padre José María de la Torre
(1812)
La
provincia de Concepción no había secundado la serie de revoluciones con que el
General don José Miguel Carrera habíase apoderado del Gobierno de Santiago con
la mira de imponer su voluntad omnímoda sobre todo este país que con tantos
esfuerzos había logrado zafarse de la dominación española, mediante los
trascendentales acontecimientos de septiembre de 1810; de
manera que cuando don Juan Martínez de Rozas, representante de Concepción en
Santiago, vio desconocida su investidura de miembro de la Junta y suplantada su
autoridad por los “tres hermanos”, no pensó sino en regresar a sus lares de las
riberas del Biobío en donde, además de las hondas y generales simpatías que se
le brindaban al “cerebro” de la revolución, le esperaba su hogar y dentro de
él, su abnegada y hermosa mujer, doña María de las Nieves Urrutia y Mendiburu,
de la que había tenido que separarse varias veces por largos períodos para
servir a la libertad de su patria.
El doctor
Rozas entró en la ciudad de Concepción la tarde del 25 de agosto de 1811, en
medio del aparatoso recibimiento que le tenían preparado sus amigos, y desde
esa misma noche se dejó sentir su influencia decisiva en el círculo de los
hombres dirigentes de la extensa e importante gobernación militar de la
frontera; su jefe, el coronel don José María Benavente, amigo y admirador de
Martínez de Rozas, secundó con franqueza las proposiciones del recién venido y
tras de algunos días de agitación, durante los cuales el vecindario permanecía
largas horas formando corrillos en los portales y frente a las casas de los
prohombres del movimiento, se hizo aquel solemne Cabildo Abierto del 5 de
septiembre, que tuvo por resultado la creación de una Junta de Gobierno en
Concepción, con poderes amplios y con absoluta autonomía del Gobierno de la
capital.
Uno de
los más ardientes partidarios del doctor Rozas y del Gobierno autónomo de
Concepción había sido el franciscano Fray Antonio de Orihuela, quien para hacer
una propaganda más eficaz había escrito una proclama revolucionaria “contra los
aristócratas que se habían apoderado del Gobierno de Santiago, que burlaban las
esperanzas de la nación y que parecían empeñados en mantener la servidumbre del
pueblo chileno”; el padre Orihuela instalábase desde temprano bajo los portales
o en una esquina de la Plaza Mayor, o sencillamente bajo las ventanas del
obispo Antonio Navarro Martín de Villodres, realista consuetudinario, y desde
allí “predicaba” periquitos contra todo el “sarracenismo’’. Había sido inútil
que el guardián del convento franciscano y aun el obispo conminaran a Orihuela
con severísimas penas canónicas para hacer cesar su arrebatado “patriotismo”;
el fraile no sólo se desentendía de tales amenazas, sino que, contra toda
regla, se quedaba fuera del convento la mayoría de las noches para participar en
las largas y agitadas reuniones que celebraban los patriotas en las casas de
sus dirigentes.
El padre
Orihuela había llevado la insolencia con su prelado hasta el extremo de
“sacarle la lengua” en circunstancias de que el guardián le amonestaba
severamente para que no saliera a )a calle, cierta tarde que había reunión en
casa de Martínez de Rozas.
Por su
parte, los realistas pencones tampoco lo hacían mal; el obispo Villodres no
podía conformarse con los trastornos que se estaban produciendo en su obispado
y en el reino mismo contra la autoridad real, y creía de su deber oponer toda
la resistencia de que fuera capaz; las conminaciones canónicas no bastaban para
detener la ola revolucionaria y el dicho de que los “patriotas” eran herejes,
enemigos de la religión, estaba cayendo o había caído ya en el vacío; los
eclesiásticos patriotas eran muchos, tanto en Santiago como en Concepción y La
Serena, y el ejemplo del padre Camilo Henríquez, de los canónigos Fretes y
Navarro y de los obispos Andreu y Guerrero, estaban desmintiendo a cada
instante la atrevida imputación de herejía de la revolución chilena.
No había
más que combatir las ideas con ideas, como dijo alguien en estos tiempos, y a
eso dio impulso el obispo pencón y realista, puesto que debía aprovechar de los
muchísimos frailes que continuaban fieles a la monarquía y dispuestos a
defenderla. Uno de estos frailes fue el elegido para oponerlo a nuestro
patriota Orihuela; se llamaba fray José María de la Torre, era dominico y
celebérrimo pico de oro de la orden de predicadores.
Por
cierto que para combatir con éxito necesitábase empezar por el principio, como
dijo el señor don Pero Grullo; y el principio era tener libertad para hacer
propaganda. Martínez de Rozas experimentado ya con lo que había presenciado en
Santiago, impuso las más severas sanciones a todo realista que fuera
sorprendido hablando contra el “sistema”, ya fuera públicamente o debajo de
techo y en ellas habían caído ya varios “maturrangos” de Concepción, quienes, o
se habían llevado sus correspondientes azotainas, o estaban guardados en la
cárcel; no era cosa de dar coces contra el aguijón. Lo primero era derrocar a
esa Junta malhadada que había tomado el mando en jefe sin control alguno; a
esto se dirigieron las actividades del obispo y de sus partidarios.
La Junta
pencona componíase de cinco individuos, señaladamente patriotas: don Pedro José
Benavente, que la presidía, don Juan Martínez de Rozas, don Luis de la Cruz,
don Bernardo Vergara y don Manuel! Vásquez de Novoa; en realidad, quien mandaba
allí era Martínez de Rozas y mantenía la disciplina en la forma que ya he
insinuado al lector, sin descuidarse en lo más mínimo. Era difícil de echarla
abajo, pero nada hay imposible, sobre todo para un individuo enérgico e
inteligente, como lo era el padre de la Torre, que fue el “alter ego” del
obispo Villodres para este objeto.
No se
podía ir de prisa en asunto tan importante; por lo tanto, el padre de la Torre
tampoco quiso precipitar acontecimientos, sino marchar a paso lento, pero
seguro, alargando sus tentáculos, sin nerviosidades ni aspavientos hacia las
partes más débiles y despreocupadas del campo enemigo. Empezó por buscar la
amistad del padre Orihuela, el corifeo de la revolución penquista, y un buen
día lo abordó en una esquina de la Plaza y le dijo, saludándolo reverente y
cordial:
— Mi
enhorabuena, reverendo padre, por la magnífica “plática” que nos dijo el
domingo en la novena de Nuestra Señora; su paternidad merece ser llamado el
Juan Crisóstomo de las Indias.
Orihuela
sintióse halagado con el piropo, más aún cuando venía de un adversario, pero un
natural recelo púsole en guardia.
—
Huélgome, padre, de que vuestra reverencia, con la autoridad que tiene en la
cátedra del Espíritu Santo, me haga tal elogio, que agradezco, pero que rechazo
por inmerecido; me llama la atención, por otra parte, que vuestra paternidad me
elogie, cuando otras veces sólo he tenido censuras de su parte...
— No haga
caso de ellas, hermano en Cristo; si algo dije alguna vez contra sus prédicas,
ello se refería a las “cosas de independencia” y demás novedades que vuestra
paternidad ha sustentado, y que al fin y al cabo no son tan fuera de tiesto
como al principio se creía. Ya ve, su paternidad, lo satisfechos y tranquilos
que estamos todos con el gobierno del doctor Rozas, quien ha probado no ser el
energúmeno ni el barrabás que se nos pintaba, más aún, cuando todos sabemos que
estas juntas están conservando estos reinos para nuestro amado cuanto
desgraciado Rey Fernando VII.
El padre
Orihuela oía a la Torre y no salía de su asombro; jamás habría sospechado que
el dominico, su tenaz adversario político, llegaría a pronunciar tales palabras
que no podían ser más consoladoras en aquellos momentos. Porque ha de saber el
lector que la Junta pencona estaba pasando las mayores angustias con motivo de
la falta de dinero para pagar a las tropas, y había pensado formalmente en
recurrir a severos arbitrios, tan severos, que seguramente causarían espanto;
la confiscación de los bienes de los realistas. El Gobierno de Santiago, en
vista de la autonomía que había proclamado la provincia de Concepción, habíale
suprimido los fondos para cubrir los sueldos del ejército de la frontera y la
tropa permanecía impaga desde seis meses atrás; de más está decir que la
disciplina militar se estaba relajando y que esto constituía uno de los mayores
peligros para la estabilidad del gobierno provincial.
Fue
precisamente en este punto donde los realistas pencones fijaron sus visuales e
hicieron converger todos sus esfuerzos.
Mediante
sus continuos encuentros, insinuantes conversaciones y repetidas demostraciones
y protestas de paz y de conformidad con los hechos consumados, el padre la
Torre logró que su adversario político el padre Orihuela fuera alejando de su
ánimo todos los recelos y le hiciera consentir que ambos, y aun el) obispo y
demás sarracenos, estaban de acuerdo en que debían desaparecer las vallas que
impedían la unión de todos los pencones; y por si todavía podían quedar algunas
dudas en el fraile patriota sobre la “conversación” de su hermano en Cristo,
ellas desaparecieron por entero cuando la Torre díjole una tarde:
— Hermano
padre Orihuela, tengo que darle a vuestra reverencia una nueva que le habrá de
agradar: el obispo Villodres hame dicho hace un momento que desea hablar con el
doctor Rozas para ofrecerle su ayuda en esto del pago de las tropas...
—
¡Cómo!... ¿El obispo ha dicho eso?
— Así
como lo oye, vuestra reverencia; su ilustrísima está dispuesto a entregar a la
Junta todo el dinero de que pueda disponer, aunque es poco, a fin de que salve
sus apuros del momento; y esto lo hace para contribuir a conservar la paz en
este obispado y no ocurra lo que, según noticias llegadas, está pasando en
Santiago.
Orihuela
dio un brinco de gusto, y antes de media hora ya sabía todo Concepción que el
doctor Rozas y Villodres “se habían puesto bien”. Efectivamente, desde el día
siguiente realistas y patriotas empezaron otra vida y un bienhechor
entendimiento entre ambos bandos vino a calmar las mutuas reticencias y
recelos. El obispo y su mano derecha, el padre la Torre, habían triunfado, pues
todas estas condescendencias no obedecían sino a la realización de un plan que
los maturrangos habían ideado para adormecer la vigilancia de los “juntistas”
de Concepción, y poder dar un golpe eficaz.
El padre
la Torre, despojado ya de sus sospechas de realista y conspirador, pudo ponerse
al habla con los diversos jefes de los regimientos de la guarnición y aun con
la tropa, a la cual hablaba con su palabra dicharachera y con “cortos
obsequios”, y como el hombre era discreto, no tardó en conquistarse las
Simpatías y la confianza de todos.
Tres de
los principales jefes de los regimientos pencones se manifestaron los más
inclinados amigos del dominico; se les veía siempre juntos en la Plaza, en
misa, y... en cierta casa cuya dueña tenía fama de condimentar gallinas con el
primor de cocinera de convento de monjas; estos oficiales eran el comandante
accidental del Dragones, don Juan Miguel Benavente; don Ramón de Jiménez Navia,
sargento mayor del batallón de infantería y el capitán de la brigada de
artillería don José Zapatero. Los dos últimos tenían o habían tenido cierto
tinte de realistas y tal vez la continua compañía con el padre la Torre hubiera
podido llamar la atención; pero en cambio Benavente era reconocidamente
patriota y, además, hermano del presidente de la Junta y gobernador militar de
la provincia. Su presencia de todo momento en el grupo, que jamás llegó a ser
fundadamente sospechoso, venía a diluir y a esfumar cualquier mal pensamiento.
Sin
embargo, he aquí como, el 8 de julio de 1812, a las dieciocho horas, en medio
de la general estupefacción, el vecindario vio que los tres mencionados
oficiales, encabezando cada cual su batallón, ocupaban la Plaza de Armas,
ponían cañones a metralla en sus esquinas y penetraban al palacio de gobierno,
obligando al presidente de la Junta a secundar la acción del ejército; se
exigía la disolución de esa corporación gubernativa y la prisión de sus
miembros, excepto el doctor Rozas, que debía permanecer recluido en su casa por
consideraciones a su mujer, doña Nieves, que acababa de dar a luz un varón.
La
Corporación disuelta debía ser substituida por otra denominada Junta de Guerra,
y quedaría formada por el coronel don Pedro José Benavente, el mismo que
presidía la Junta derrocada, por el teniente coronel don José Miguel Benavente,
su hermano, el compinche del padre la Torre, del sargento mayor Jiménez Navia,
otro de los conjurados, y del capitán de dragones don José María Artigas. Como
secretarios de esta Junta fueron designados el capitán don Luis Garretón y el
padre José María de la Torre, Jiménez, Artigas y la Torre eran sarracenos
decididos, y si los demás eran patriotas, no fue por falta de ganas del obispo,
sino porque los Benavente, persuadidos de que el movimiento había tenido por
objeto cimentar la paz y la avenencia en las familias, se impusieron con
energía para no consentir que los patriotas quedaran desalojados o en minoría.
El primer
acto de la nueva Junta fue redactar un manifiesto al vecindario y a la
provincia, y ese trabajo fue encomendado al padre la Torre, como el secretario
más “letrado y como alma que había sido de la revolución; la Torre trabajó toda
la noche en la redacción y en las quince o veinte copias que del documento se
sacaron para distribuir en las poblaciones de la provincia y a la mañana
siguiente se promulgaba con toda solemnidad el bando de costumbre, con lo cual
se daba por consumada la primera parte del pronunciamiento.
La
segunda parte, que consistía en abatir a los adversarios, empezó
inmediatamente; los miembros de la Junta derrocada-fueron despachados hacia el
norte, incluso el doctor Rozas, a las órdenes y disposición del gobierno de
Santiago; Carrera, su jefe, confinó a su más temible adversario, el doctor
Rozas, a la hacienda de San Vicente, en Talagante que fue su última residencia
en Chile, pues de allí lo deportó a Mendoza, en donde falleció al año
siguiente.
La misma
suerte corrieron los demás dirigentes patriotas que fueron sindicados de
“alborotadores” y a poco una aparente tranquilidad vino a enseñorearse sobre la
ciudad y la provincia de Concepción.
Sin
embargo, el padre la Torre no las tenía todas consigo; había uno de los más
peligrosos insurgentes que había tenido la suerte de escapar a sus insinuantes
pesquisas, y ese era el padre Orihuela, su hermano en Cristo, que se había
esfumado como si se lo hubiera tragado la tierra, desde los primeros momentos
de la revolución. Todas las pistáis que se habían seguido para dar con él
resultaron fallidas y ni aun el sargento Carretero, precursor, en Concepción,
del célebre San Bruno de la Reconquista, fue capaz de echar sus garras sobre el
patriota franciscano. Pasó una semana entera sin que Orihuela apareciera por
ninguna parte y allá por el veinte de septiembre nadie, ni aun la Torre, se
acordaba ya del ardoroso propagandista insurgente, a quien se creía muy lejos
de Concepción.
Sin
embargo, Orihuela no se había movido de allí. Cuando se dio cuenta de la
traición de las tropas penconas contra sus jefes, y vio que era imposible e
inútil torcer el giro de la revolución del padre la Torre, si no era por medio
de una resistencia eficaz, se quitó los hábitos y vistiendo un traje vulgar y
“rotoso” atravesó el Biobío, por San Pedro, y se metió por las serranías de
Laraquete; pasó por allí dos noches, pero antes de la tercera, arrastrado por
irresistible impulso, volvió a Concepción, ansioso de saber noticias.
En las
afueras de la ciudad, cerca de la laguna de las Tres Pascualas, encontró al
capitán Rioseco, su íntimo amigo, y por él supo que todo estaba tranquilo; que
los regimientos habían vuelto a sus cuarteles y allí se mantenían a las órdenes
de sus jefes, pero que éstos, los oficiales y las “clases” echaban periquitos
contra el obispo, el padre la Torre y la nueva Junta, no faltando quienes
hubieran hablado de llamar nuevamente al doctor Rozas y reponerlo en sus
funciones. Orihuela abrió tamaños ojos ante estas novedades, se las hizo
explicar más ampliamente por su amigo, que también era “rosino", y se
avanzó a preguntarle, entre reticencias, si le parecía posible llevar a cabo el
restablecimiento de la antigua Junta.
— ¿Y por
qué no?... — contestó Rioseco— , mi compañía está lista para cuando se la
llame. Si vuestra paternidad lo quiere, dentro de un par de horas le traigo
aquí al comandante Calderón, con quien puede su paternidad hablar más
largamente.
Al padre
Orihuela le sonaba a repiques de gloría el poder devolver la mano al traidor la
Torre; de manera que cuando, ocultos en el rancho de un balsero, se encontró el
franciscano con tres animosos oficiales de la guarnición y éstos le
significaron que se hallaban listos para encabezar el movimiento restaurador en
el momento que alguien diera la voz de mando, su alegría fue tan grande que de
puro gusto se dio tres vueltas de carnero... según insinúa un manuscrito
anónimo que se conserva en la Biblioteca Nacional.
La
contrarrevolución se concertó tan rápida, con tanto sigilo y con tanta fortuna,
que a los veinte días de la primera revolución del 5 de septiembre reventaba la
otra en el palacio mismo del Gobernador, y no sólo con su anuencia, sino que
con su propia colaboración. El 24 de septiembre el presidente de la Junta de
Guerra, coronel don Pedro José Benavente, ayudado por Rioseco, Calderón, Zapata
y varios oficiales más, puso sobre las armas una parte considerable de las
fuerzas, apresó en sus casas a Artigas, Zapatero, Jiménez Navia y Garretón,
miembros de la Junta de Guerra y declaró restablecido el gobierno patriota.
El padre
Orihuela se encontró de nuevo triunfante, y dejando que los victoriosos
cimentaran su situación como mejor quisieran, él, por su parte, se dedicó
exclusivamente a buscar a su hermano en Cristo, el padre la Torre, con quien
tenía muchas cuentas que saldar. El dominico, sospechoso de todo esto, había
escondido el bulto tan pronto se convenció de que la contrarrevolución
triunfaría ampliamente y que, como consecuencia, el franciscano lo buscaría con
empeño para vengarse de la traición del que se le presentó como amigo; pero no
tuvo la precaución de salir de la ciudad para ponerse a cubierto de cualquier
infidencia. Más aún, creyendo, pasados algunos días, que su adversario se
estaba olvidando de él, no resistió al deseo de ir, una noche, a casa de su
amigo don Leopoldo Varela, donde tenía la afición de reunirse con algunos
realistas para echar una manito de tresillo con que antes acortaba las noches
hasta después de la media.
Los
sabuesos del padre Orihuela le alcanzaron a reconocer en la ‘penumbra, cuando
la Torre, encapuchado hasta los ojos, penetraba en casa de don Leopoldo, e
inmediatamente fueron a dar parte del hallazgo; si el franciscano no se dio
otras tres vueltas de camero de puro gusto, debió hacer equivalentes
manifestaciones de otro orden, que habrán quedado en la reserva de la
historia...; salió a paso acelerado del convento y se dirigió al cuartel de
dragones.
— ¿Cuál
es el caballo o potrillo más chúcaro que tiene vuestra merced, señor comandante
Calderón, en su regimiento? — preguntó Orihuela a su amigo.
— Como
chúcaro, chúcaro ... tengo uno que me han traído esta mañana de las serranías
de Colcura — contestó el militar— , pero ¿para qué quiere su paternidad un
animal montaraz...?
— ¡Para
hacerle un remedio a un fraile sarraceno! — contestó al punto el franciscano— .
Démelo, su merced, o véndamelo, y proporcióneme una escolta de cuatro soldados
de buena envergadura, que no sean de corazón blando y que deseen ganarse veinte
pesos para llevar, de un solo trote, un mensaje a la capital, saliendo esta
misma noche.
El padre
Orihuela era en esos momentos “palo grueso”, como decimos ahora, y el
comandante Calderón no pudo negarse a lo que se le pedía en nombre de la
patria... Antes de una hora, el potrillo chúcaro, ensillado apenas con un
pellejo, tascaba el freno nerviosamente en la esquina más cercana de la casa
del maturrango don Leopoldo Varela; los cuatro soldados esperaban al pie de sus
cabalgaduras y junto a ellos se dibujaba la silueta del franciscano, todos a la
expectativa del padre la Torre que, como sabemos, estaba adentro,
hurgueteándole las patas a la sota de bastos.
La una de
la madrugada había sonado hacía rato en la torre de “palacio”, cuando salía el
padre la Torre, arrebujado hasta las narices de casa de su amigo; observó la
calle atentamente con sus ojos “encandilados” y al convencerse de que no había
peligro, avanzó hacia la esquina con paso tardo y receloso; oyóse el golpe de
la puerta y de la tranca que la aseguraba por la noche y el reverendo sintió
algo así como la impresión de la soledad y del miedo... Llegó a la esquina y
dos manos férreas le empuñaron el pescuezo, mientras alguien le introducía una
mordaza.
De pronto
se sintió suspendido y transportado en el aire sobre los lomos de un animal que
al notar el extraño peso hizo un corveteo como a brinco; sendos lazos le
amarraron las piernas alrededor de los ijares, y sin darle tiempo ni para
reflexionar, se rió arrastrado en una carrera loca, interminable, cerro arriba,
cerro abajo, atravesando barreales, charcos y arroyos, saltando cercos, cequias
y obstáculos con el más despiadado detrimento para sus infelices posaderas...
Las
impresiones del padre la Torre sobre este inesperado, terrible y rapidísimo
viaje de Concepción a Santiago, están consignadas en una carta de su puño y
letra que he tenido a mi vista; la escribió al padre Tomás Navarrete, su
sucesor en el convento dominicano de Concepción, a los pocos días de su llegada
al convento de la capital y cuando aun sentía en su cuerpo las consecuencias de
la vertiginosa carrera. Copio algunos párrafos de ese precioso documento, para
que el lector no crea que le estoy inventando historias:
“Santiago
y noviembre 6 de 1812. — Amigo y hermano en Cristo, muy amado ¡Padre Navarrete:
día aciago y fatal fue para mí el 27 del pasado. ¡Oh, triste noche! ¡Qué bien
mereces hacer época en los anales de mi trágica vida! Apenas me separé de la
tertulia del amigo Varela, como a la una, cuando, sin pasar a casa de Nicolás,
según tenía de costumbre, me dirigí hacia mi convento y llegando a la esquina
fui como otro San Pablo, arrebatado, pero no al cuarto cielo, sino al infierno
mismo.
“Jamás pensé hacer viaje tan acelerado hacia esta capital, ni menos por los
perversos caminos que mis conductores me trajeron. La transportación mágica del
obispo de Jaén y el rapto de Elena por el enamorado París, nada tienen que ver
con el mío. Su Ilustrísima hizo su viaje caballero en un demonio, y la hermosa
griega en una nave con toda comodidad; pero no así el pobre padre la Torre,
para quien destinaron sus enemigos un caballo frisón, no sólo de maldito trote,
sino de tales resabios y mañas que en cada paso amenazaba peligro para mi vida.
“Yo no sabré decir a V.P. en cuántos días llegué a este destinó; tan fuera de
mí venía que de nada me acuerdo, y sólo hago memoria de lo mucho que en el
camino padecí. Han querido persuadirme de que fueron duendes mis conductores,
lo que yo no creo, pues siendo así hubiese venido en un globo aerostático por
la región del aire, si es verdad que los duendes son una especie de animales
aéreos, según dijo el padre Fuente Lapeña en su libro El Ente Dilucidado.
“Hombres fueron mis robadores, no hay que dudarlo, y unos jayanes en fuerzas,
pues así dieron conmigo sobre el caballo, como si hubiese sido un frailecito
hecho de paja o lana.
“Si por acaso pudiese V.P. investigar quiénes fueron mis robadores, les dirá
que los perdono de corazón, y que igualmente los estimo por amantes de la
tranquilidad de su patria y que el viaje que tan a deshoras me hicieron
emprender la noche del 27 se los agradezco...
“El cielo conceda a V.P. mejor suerte que no a mí, y el Padre de las Luces le
alumbre para no dar incautamente en garras de aves nocturnas como le aconteció
a su amigo, que sus manos besa, Fr. José María de la Torre.”
§ 10. El
ocaso del Padre de la Revolución Chilena
(1812)
La
llegada al país de don José Miguel Carrera lo había trastornado todo. Apenas
constituido el primer Congreso Nacional mediante los esfuerzos de Martínez de
Rozas y de O’Higgins — quienes, a pesar de no tener confianza en la experiencia
política de esos legisladores improvisados, atribuían a esa Asamblea una
trascendencia decisiva como punto de partida para el porvenir una revolución
audaz, encabezada por aquel fogoso caudillo echó por tierra, en pocas horas,
todo lo que se había logrado establecer hasta entonces con tantos esfuerzos;
desde ese día los iniciadores y dirigentes del movimiento de 1810, quedaron
relegados a postrer término; el Congreso fue disuelto, sus principales hombres
desterrados o encarcelados, y solamente algunos lograron ponerse a salvo,
huyendo lejos de la capital. Entre éstos se contaron O’Higgins, que se recluyó
en su hacienda “Las Canteras”, y Martínez de Rozas, que se restituyó a su
hogar, en Concepción, de donde tantas veces estuvo ausente por servir la causa
de la naciente patria por cuya formación había batallado sin descanso.
Martínez
de Rozas gozaba en Concepción y en todo el sur, de un prestigio ilimitado;
cuando llegó al seno de los suyos, derrotado por los acontecimientos de
Santiago, el pueblo entero y sus autoridades se pusieron incondicionalmente a
sus órdenes, y a una voz le aclamaron como presidente de la Junta Provincial
que allí gobernaba. Si Rozas hubiera tenido ambiciones de caudillo habría
podido marchar inmediatamente sobre la capital al frente de un numeroso y
aguerrido ejército, encabezado por los experimentados batallones de la frontera
de Arauco.
Pero el
patriota pencón rehusó toda violencia; tampoco aceptó la presidencia de la
Junta; y para no negar su concurso a la patria, sólo quiso ser un modesto
consejero de los gobernantes de la provincia.
Carrera,
árbitro absoluto de los destinos de la capital, quiso tener también bajo su
dominio a la provincia de Concepción, pero sus órdenes pasaban allí por el
tamiz de una Junta que le era adversa, y muy pocas veces fueron acatadas por
entero; el caudillo santiaguino veía que allá se discutían sus resoluciones y a
veces se las modificaba o se las contrariaba abiertamente; sabía que Rozas era
el consultor de los pencones y, naturalmente, le culpaba a él de las
desobediencias. Era menester concluir con aquel estorbo, y para ello no había
otro camino que marchar contra Concepción y dominarla por las armas.
El
ejército de Carrera marchó hacia el sur y el de Concepción hacia el norte, y
ambos acamparon a las respectivas orillas del Maule. Hubo, empero, un momento
de cordura y los caudillos quisieron celebrar una entrevista, para ver la
manera de encontrar un arreglo a las dificultades; tratábase de aunar el
gobierno del país, para que desapareciera la tirantez que existía entre
Concepción y Santiago; Rozas y Carrera se reunieron varias veces en los ranchos
riberanos, se dirigieron comunicaciones de campamento a campamento, discutieron
proposiciones, una tras otra, y, por último, convinieron en que ambos ejércitos
se retirarían a sus respectivos asientos de Santiago y de Concepción, sin haber
resuelto nada de lo principal. En una palabra, los caudillos se tuvieron miedo;
pero si alguien salió derrotado en esta escaramuza, ese fue Carrera, porque la
Junta de Concepción continuó funcionando, ahora, como un organismo
independiente del gobierno de la capital.
Para
apoderarse del Gobierno, la primera vez, Carrera se valió de los realistas,
haciéndoles creer que hacía la revolución contra el gobierno patriota de
Santiago, para restablecer en el poder a las autoridades españolas. Los
“maturrangos” cayeron en la trampa, y después de haber ayudado con sus personas
y con su dinero al triunfo del audaz caudillo chileno, experimentaron el más
triste desengaño. El recuerdo de este primer éxito, indujo al General Carrera a
intentarlo nuevamente en Concepción, para apoderarse de esa provincia rebelde a
su autoridad.
La noche
del 8 de julio de 1812 estalló en aquella ciudad un movimiento militar que
nadie había previsto; don José Miguel Benavente, comandante accidental del
Regimiento Dragones; don Ramón Jiménez Navia, Sargento Mayor de Infantería; y
don José Zapatero, capitán de una brigada de artillería, pusieron sobre las
armas a sus respectivas tropas y colocaron gruesos piquetes de soldados,
sostenidos por los cañones en las cuatro esquinas de la Plaza. Todos los
miembros de la Junta Provincial, con la sola excepción de su presidente, don
Pedro José Benavente, fueron apresados en sus casas, y también lo fueron muchas
otras personas adictas al gobierno provincial; antes de media hora todos los
detenidos se encontraban presos y con grillos en la cárcel o en los cuarteles.
Sólo don Juan Martínez de Rozas, por consideraciones a su esposa, que había
dado a luz dos días antes, quedó arrestado en su residencia con una guardia de
treinta soldados.
Había
dirigido este movimiento el Obispo de Concepción, don Diego Navarro Martín de
Villodres, reconocido jefe de los realistas pencones, secundado por los
militares que encabezaron las tropas y por sus parciales del vecindario, entre
los cuales se contaba la mayoría de los frailes del Convento Franciscano. La
revolución estaba consumada antes de media hora, sin haber encontrado la menor
resistencia.
La misma
noche quedó constituido el nuevo gobierno con una Junta de Guerra compuesta, en
su mayoría, de realistas declarados; y su primer acto fue enviar a Santiago una
adhesión incondicional al Gobierno del General Carrera, rogándole “que nos
comunique las órdenes que su superior discernimiento juzgue conducentes para el
bien general y para la eterna conservación de la dulce paz y unión de las dos
provincias, hasta ahora distanciadas por las ambiciones de los malos
gobernantes”.
Había
triunfado, pues, el General Carrera sobre su tenaz adversario, y era preciso,
para cimentar este importante triunfo, que el doctor Rozas estuviera bajo su
control; era peligroso que permaneciera al lado de sus amigos, donde podrían
provocar fácilmente una nueva revuelta. “Hará V. S. — decía el caudillo
santiaguino a la Junta de Concepción— que el señor brigadier don Juan Martínez
de Rozas, pase inmediatamente a esta capital, bajo su palabra de honor, y
acompañado sólo de un oficial; a los demás presos los remitirá V. S. con una
escolta segura, pero sin mengua de su carácter y destinos”.
La noche
antes de partir, camino de Santiago, el doctor Rozas recibió en casa un papel
en que se le hacía saber que un grupo de sus amigos, secundado por numerosa
tropa, se encontraban listos para asaltar a sus vigilantes y ponerlo en
libertad; Rozas reconoció en el escrito la letra de don Tomás Vásquez de Novoa,
su amigo íntimo, cuyo hermano también estaba preso. Sin titubear, el patriota
pencón escribió al pie “Gracias, Tomacito, ya es tarde”. Sabía que un amago de
esa especie, por afortunado que fuera, haría correr la sangre de hermanos y
prefirió correr su propia suerte.
En las
primeras horas de esa madrugada, partía hacia la capital, acompañado solamente
de un oficial y de tres de sus sirvientes; salía de su provincia, de su pueblo
y de su hogar, en el que dejaba a una hermosa y abnegada mujer, y a varios
hijos — uno de los cuales recién llegaba al mundo— para no volverlo a ver.
Cuando el
preso llegó a la ribera sur del Maipo, le esperaba allí un piquete de
granaderos, cuyo oficial tenía orden de conducirlo a la hacienda de San
Vicente, propiedad de don José María Rozas, sobrino del caudillo pencón; la
Junta Gubernativa de Santiago temía que el hábil y activo tribuno conservase
todavía, a pesar de su caída, el prestigio suficiente para reconquistar el
poder en la propia capital, donde Carrera dominaba sin contrapeso. La hacienda
de San Vicente estaba ubicada en el distrito de Talagante, y cerca de la
hacienda de San Miguel, propiedad de los Carrera.
No era
posible, sin embargo, ejercer sobre tan excelso patriota una vigilancia
vejatoria; sus merecimientos le hacían acreedor a toda clase de consideraciones
y la Junta santiaguina no quiso ni pudo ir contra la opinión pública, que
habría mirado con horror cualquier actitud hostil u ofensiva que se cometiera
contra la persona del “padre de la revolución”, que tal era el calificativo que
corrientemente se daba al doctor Rozas. Por disposición de la Junta, publicada
en La Aurora, se hizo saber que “el ciudadano don Juan
Martínez de Rozas está en libre plática y que puede ser visitado por quienes lo
deseen”.
Los
amigos y parientes del doctor Rozas no tardaron en concurrir, en gran número, a
las tertulias que, sobre todo los sábados y domingos se reunían en la hacienda
de San Vicente; se hablaba allí de todo, y en especial de los problemas que
interesaban a la patria, pero jamás, según lo atestiguaron muchas personas, y
lo comprobó también la Junta, se movió conversación sobre la política que
seguía el Gobierno de la capital ni sobre la persona misma de los Carrera. El
preso se manifestaba tranquilo y conforme con su suerte, sin referirse jamás a
su situación persona], manifestando en toda ocasión sus esperanzas de que “la
patria se consolide y se levante, para el bien y felicidad do los americanos”.
Don José
Miguel Carrera llegó a convencerse de que el doctor Rozas había abandonado por
completo los proyectos de contrarrevolución que se habían temido de él, a raíz
de su prisión; según se cuenta, varias veces tuvo el propósito de consultarlo
acerca de algunos negocios de su Gobierno, especialmente cuando ¿se redactaba
el proyecto de la Constitución Provisional de 1812; pero estos buenos
propósitos eran combatidos resueltamente por don Juan José Carrera, quien,
convencido de que “el pencón no tenía enmienda”, insistía en que el ilustre
patriota fuera expulsado del territorio nacional.
Un motín
de cuartel, sin importancia alguna, ocurrido en Santiago a mediados de
noviembre, determinó la suerte del doctor Rozas; el motín fue sofocado en diez
minutos y de las averiguaciones que se hicieron después, resultó que toda la
alarma había sido provocada por la insubordinación de un soldado borracho, que
gritó ¡abajo Carrera!, refiriéndose a un cabo de este apellido que lo había
mandado en arresto. La Junta, instigada por Juan José, dispuso inmediatamente
la prisión de numerosos amigos del doctor Rozas y que éste partiera desterrado
a Mendoza.
La
sociedad de Santiago se conmovió; la injusticia de tal medida era manifiesta,
por cuanto en la conciencia de todos estaba que don Juan Martínez de Rozas no
podía tener parte alguna en ese incidente, cuya pequeñez, si fue evidente desde
los primeros momentos, quedó reconocida a los pocos días. El proscrito recibió
la orden de su destierro con admirable estoicismo, y mientras muchos de sus
amigos derramaban lágrimas al estrecharlo por última vez en sus brazos, “el
Doctor Rozas les sonreía, consolándoles y prometiéndoles un pronto regreso a la
patria”.
El doctor
don Bernardo Vera y Pintado, diputado de Buenos Aires en Santiago, daba cuenta
a su Gobierno de la deportación del doctor Rozas, en estos términos. “Para
deponer, castigar y confinar a los patriotas de Chile, no ha sido menester
proceso alguno; en fuerza de la persecución, ayer ha caminado el doctor Juan
Martínez de Rozas a pasar los Andes. Este sabio benemérito puede llenar a
satisfacción cualquier empleo que V. E. le encomiende, como no sea de los que
exigen mucha suspicacia y poca credulidad, pues cuanto le falta de aquella le
sobra de ésta, por su bondad suma”.
Rozas se
alejaba de Chile agobiado por el cansancio y la fatiga; por los desengaños y
sinsabores de una lucha en que la ambición tenía el primer lugar; pero,
“conservando su fe en los principios de libertad y de independencia que había
proclamado y defendido con tanto ardor y con tanto talento”, aun desde mucho
tiempo antes de las campañas de 1810. Cuando pernoctaba en la villa de los
Andes, para trasponer al día siguiente la cordillera nevada, se despidió con
una carta de su amigo íntimo el Pbro. don Joaquín Larraín, su compañero
inseparable en los momentos más críticos de aquellas memorables jornadas; en
ese papel estampó sin amargura alguna estas palabras que trasparentan el alma
nobilísima del ilustre patriota: “Estarnos viejos, mi amado clérigo; toca a los
jóvenes dar cima a la empresa que nosotros acometimos; la suerte de la
revolución de Chile queda ahora en las manos de Carrera; a él corresponderá la
gloria de haberla llevado a término o la responsabilidad de haberla perdido”.
Atravesó
el macizo andino los días 29 y 30 de noviembre de
1812, y entró a la ciudad de Mendoza el 1º
de diciembre, rodeado de los funcionarios del Gobierno de Cuyo, que recibieron
con grandes honores al compatriota que había emigrado de esa ciudad treinta y
cinco años antes en busca de sabiduría y ciencia por los institutos de Santiago
de Chile, la capital de su país, pues en aquella época la provincia de Cuyo
formaba parte del Reino de Chile.
Antes de
un mes y apenas repuesto de la penurias de su viaje, que había afectado
seriamente a su debilitado organismo, encontrábase al frente de una sociedad
patriótica que se había fundado en Mendoza para cooperar a la independencia de
Buenos Aires, pero una tremenda nostalgia había invadido su espíritu, al verse
proscrito de aquella patria a la que había dedicado los mejores arrestos de su
vida, de los amigos y compañeros de su juventud y de su madurez, y
especialmente de su hogar, de su noble y abnegada compañera y de sus tiernos
hijos que le esperarían en vano en aquella lejana ciudad de Concepción, que
había sido el escenario de sus triunfos y de su efímera gloria.
A los
cinco meses de estada en Mendoza, el 5 de mayo de 1813, se extinguió
apaciblemente la vida de ese patriota excelso, acaso el más ilustre de los
promotores de la revolución hispanoamericana. La ciudad de Mendoza vistió de
luto ocho días, y después de grandes y solemnes honras, en las que participó el
pueblo, sus restos fueron sepultados a la entrada de la Iglesia Matriz, bajo
una modesta lápida, en la que se grabó esta inscripción: Hic jacet
Johannis de Rozas, pulvis et cinis.
§ 11. La primera escuadra nacional
(1813)
Cuando el
Virrey del Perú, don Fernando de Abascal, se convenció del rumbo francamente
revolucionario que había tomado el movimiento político de 1810, dejó de mano
toda la contemplación que hasta entonces había gastado con los llamados
patriotas chilenos que desde el primer momento habían declarado, y continuaban
declarando que la “Junta” del 18 de septiembre tenía por único propósito
“conservar este Reino para su adorado Fernando VII”, y, sin embargo, habíanse
lanzado por el atajo dictando leyes sobre la libertad de comercio, reuniendo un
Congreso Nacional, desobedeciendo las órdenes del Consejo de Regencia, fundando
un periódico en que se escribía, desembozadamente de independencia absoluta, y,
por fin, lo que era muchísimo más grave, adoptando una bandera nacional propia,
con prescindencia de la española, que hasta hacía poco flameaba en todos los
mástiles del reino de Chile.
El “Argos
de cien ojos”, como se denominaba a ese activo e inflexible Virrey, consideró
que los chilenos habían estado burlándose de él durante dos años y que ya era
tiempo sobrado para hacerles comprender que aun quedaban, en la América
sublevada, autoridades monárquicas poderosas que sabrían poner a raya los
“desmanes” de los insurgentes; por otra parte, los “patriotas” de Chile, según
sus noticias, estaban peleándose entre sí desde el mes siguiente de la
instalación de la Junta, y en el corto espacio de dos años habían tenido no
menos de cinco revoluciones, a consecuencia de las cuales el Gobierno andaba de
mano en mano, o de pies en pies, como una vulgar y moderna pelota de fútbol.
El
momento no podía ser más oportuno, entonces, para emprender una campaña de
“reivindicación” del Gobierno de Chile; cosa que ya se hacía indispensable,
puesto que los acontecimientos americanos estaban tomando un cariz nada
agradable; la derrota del ejército real en la campaña de Tucumán, contra los
patriotas argentinos, en la cual participaron argentinos y chilenos, al mando,
éstos, de don Francisco Antonio ¡Pinto, significaba que estas dos naciones
hacían causa común y que, en consecuencia, los chilenos no habíanse limitado a
“independizarse” de palabras, sino también con las armas en la mano; en la
misma forma había que responder.
El Virrey
necesitaba un hombre valiente y decidido a quien encomendar la reconquista de
Chile; y fijó su mirada en un marino de la real armada que había llegado a
Lima, algunos meses antes, investido con el cargo de Gobernador político y
militar de Concepción, empleo que no había podido ocupar porque la Junta
Chilena había dispuesto otra cosa...
Este
marino era el Brigadier don Antonio Pareja, héroe de la famosa batalla naval de
Trafalgar, en donde se había batido durante largas horas al mando del navío
“Argonauta”, y retirádose herido, con su barco hecho pedazos y con su
tripulación disminuida a la tercera parte. A este marino confió Abascal la
reconquista de Chile; el plan del Virrey era sencillo, y Pareja lo encontró
espléndido; se embarcaría en el Callao con los oficiales, sargentos y cabos que
considerara necesarios para organizar un ejército de tres mil hombres, y
premunidos del dinero y demás elementos consiguientes, desembarcaría en Chiloé;
levantaría allí las tropas que hubiere, se vendría a Valdivia, haría allí lo
mismo, y con todas ellas.se presentaría
ante Talcahuano y Concepción, plazas que no podrían resistir a las fuerzas del
General español.
Efectivamente,
a fines de diciembre de 1812, salió Pareja del Callao con sus aprestos
embarcados en una modesta flotilla de cinco bergantines; a los treinta y cinco
días se presentó en la rada de San Carlos de Ancud, el 20 de marzo estaba en
Valdivia, con un ejército de mil cuatrocientos chilotes y seis días más tarde,
después de haber embarcado en Valdivia el contingente que se le tenía preparado
y listo en aquella plaza, anunciaba su presencia frente a Talcahuano, y luego
procedía al desembarco de su ejército fuerte de dos mil setecientos hombres
bien armados y equipados, en la caleta de San Vicente.
Las
fuerzas patriotas de Concepción fueron traicionadas por su jefe, el coronel don
Ramón Jiménez Navia, español de nacimiento, pero que había prestado juramento y
adhesión a la Junta, y tuvieron que entregarse sin combatir, por carecer, en
esos momentos, de un jefe de prestigio. Pareja no se podía quejar de su suerte,
puesto que iba de triunfo en triunfo; allí mismo organizó el avance hasta el
centro del país, y al poco tiempo se apoderó de Chillán.
El
revuelo que se produjo en Santiago, cuando se supieron tan graves noticias, fue
inmenso, imponderable. El General José Miguel Carrera, que presidía entonces la
Junta de Gobierno, era el caudillo indicado para salir al encuentro de los
invasores, y el Senado — que ya existía en virtud del Reglamento
Constitucional, promulgado el año 1812, y que fue nuestra primera Constitución
Política— confío a este General el mando del ejército y su organización...
porque, a decir verdad, todavía no habían organizado los patriotas un ejército,
lo que existía eran agrupaciones de individuos con los más variados uniformes,
con el más variado armamento, y con la más variada disciplina.
No debía
ser de mucho mejor calidad el ejército de chilotes que llevaba el Brigadier
Pareja, porque Carrera consiguió detenerlo a las orillas del Maule, mientras se
preparaban en la capital los batallones bisoños, que más tarde obtuvieron en
aquellos campos sureños señalados triunfos.
Entretanto,
la Junta Gubernativa de la capital trabajaba con energía para reunir elementos
con que rechazar la invasión, y para arbitrar medios con que hostilizarla
eficientemente; componían la Junta los respetables patricios don José Miguel
Infante, don Agustín de Eyzaguirre y don Francisco Antonio Pérez, a quienes el
pueblo y la sociedad guardaban toda clase de consideraciones por su posición
social, por los servicios que prestaran a la revolución desde sus comienzos, y
por la seriedad y rectitud de sus caracteres; esta Junta, al revés de lo que
ocurría con la que anteriormente presidía el General Carrera, designado jefe
del ejército, contaba con gran ascendiente moral sobre las masas y le permitía
desempeñar sus funciones, en aquellos momentos álgidos, con el decidido apoyo
de todos los partidos “en que se hallaba dividida la opinión”, como diría un
editorialista de nuestros tiempos.
Uno de
esos partidos era el que encabezaba el Cabildo de Santiago, a quien el Gobierno
anterior no “llevaba de apunte”; pero el nuevo Gobierno, que era de cooperación
nacional destinada a unir a todos los chilenos ante el peligro común de la
invasión extranjera, no pudo ni tuvo por qué desentenderse de un acuerdo
trascendental que tomó en su sesión de 5 de abril; en verdad, ese acuerdo del
Cabildo de Santiago encerraba una idea de importancia enorme para la salvación
de la república naciente. El acuerdo decía de esta manera, copiado a la letra
del acta del Cabildo, fechado en 5 de abril de 1813:
“Los
señores alcaldes y regidores acuerdan proponer al Gobernador de Valparaíso si
convendría armar prontamente dos buques de guerra con el objeto de bloquear a
Talcahuano para embarazar a nuestros enemigos e impedir que reciban los
auxilios y refuerzos que les puedan enviar de Chiloé y de Lima”.
Al
conocer este acuerdo, la Junta lo acogió con entusiasmo, y ordenó
inmediatamente que se pusiera en ejecución, con la mayor actividad.
El
Gobernador de Valparaíso, don Francisco de la Lastra, que había servido en
clase de teniente en la marina real de España, desplegó en esta empresa una
gran actividad; era un ramo que él había conocido de cerca y puso en su
realización sus mejores esfuerzos. Antes de quince días comunicaba al gobierno
haber adquirido, por arriendo, una fragata norteamericana llamada “Perla’’, y
por compra, un bergantín de la misma nacionalidad nombrado “Potrillo”. Al mismo
tiempo, comunicaba que estaba en tratos con el capitán de un barco mercante
portugués, armado en guerra, que acababa de entrar a Valparaíso, procedente de
Río de Janeiro, para que cediera o arrendara su buque al Gobierno de Chile.
El
capitán del “San José de la Fama” — así se denominaba el barco portugués puso
dificultades para esta transacción, y aunque el Gobierno de Chile pudo haberse
incautado del buque, no lo hizo porque Lastra, después de una detenida
inspección del barco, vio que no estaba en condiciones de eficiencia para
ingresar a la escuadrilla, sin someterlo antes a importantes reparaciones que
requerían tiempo y mucho dinero. El gobernador de Valparaíso, a quien se habían
dado facultades amplias para proceder, se limitó a apoderarse de los cañones,
carroñadas, fusiles, municiones y demás elementos de guerra del buque
portugués, y con ellos completó el armamento de los otros dos barcos que iban a
componer la primera “armadilla” de guerra del recién nacido Estado de Chile.
La
actividad que desplegara el gobernador Lastra para realizar el pensamiento del
Cabildo santiaguino había contagiado a todo el mundo, y acrecía el entusiasmo
general al ver el avance que día por día se manifestaba en la preparación de la
“escuadra chilena”, destinada, según “El Monitor Araucano” a destruir y
aniquilar al “feroz enemigo de la patria”.
La Junta,
por su parte, ponía en juego todos sus medios para secundar las actividades de
Lastra, quien había prometido al Gobierno echar a la mar la escuadra antes de
un mes, para que saliera a combatir a los buques españoles que bloqueaban a
Valparaíso, Concepción y Coquimbo, y bloquearon a su vez a Talcahuano, y cortar
así a los invasores todos los recursos que se les pudiera enviar de Lima y de
Chiloé.
“En las
grandes urgencias, es preciso recurrir a los ciudadanos de cuyos sentimientos
se halla penetrado el Gobierno — decía la Junta en nota de 21 de abril a don
José María de Rozas, caracterizado patriota— y sabe que esos ciudadanos lo
pospondrán todo a la salud de la patria. La expedición naval que se prepara en
Valparaíso sólo espera, para salir, tener la suficiente metralla y balas de
calibre de a 12, y la Junta comisiona a usted para que se encargue de correr
con su fábrica que se tiene contratada a don ¡Pedro Pascual Rodríguez, fundidor
de la Casa de Moneda. Es preciso juntar cuantos operarios se crean útiles y
ocupables de día y de noche, para abreviar, y pida usted los auxilios que
necesite, ya sean de dinero, fuerza armada, etc.”
Rozas
“veló” durante cinco días consecutivos, y el 26 de abril despachaba hacia
Valparaíso tres recuas de veintiocho muías, cada una llevando “la metralla” y
balas, cuya fabricación habíasele encargado. Embarcada esta munición, el
Gobernador dispuso que la escuadrilla se hiciera a la mar el 2 de mayo,
llevando al tope la bandera azul, blanco y amarillo, creada un año antes por
José Miguel Carrera, para substituir a la bandera española.
La
tripulación de estos dos barcos, que compusieron nuestra primera escuadra
nacional, era de lo más heterogénea que puede imaginarse; el jefe de la
escuadrilla y comandante de la “Perla” era un experimentado marino chileno
llamado don José Vicente Barba, que si no tenía conocimientos militares, había
dado pruebas de arrojo en sus correrías de marino, mitad mercante y mitad
corsario; el comandante del “Potrillo” lo era el teniente de la marina mercante
norteamericana Mr. Eduardo Barnewall; los oficiales, en su mayoría
norteamericanos también; y como representantes del patriotismo chileno, sólo
había entre ellos los jóvenes Francisco Lastarria, Vicente Guzmán, Julio
Molina, José Rodríguez, Luis Ovalle, el capellán, padre franciscano José Aunar
y el contador don Pedro Garmendia.
La
tripulación la componía una masa de individuos de las más variadas razas y
países; los había turcos, italianos, árabes, ingleses, dinamarqueses, noruegos,
negros africanos, norteamericanos, etc. Los chilenos podían contarse con los
dedos de ambas manos. En la dotación de oficiales del “Potrillo”, figuraba don
Manuel Burr Johnston, uno de los tres tipógrafos norteamericanos que vinieron a
Chile a imprimir “La Aurora” de Camilo Henríquez.
Antes de
cortar sus amarras, las tripulaciones de ambos barcos se reunieron en la
cubierta de la “Perla” para oír una misa de buen augurio; y cuando se
desplegaron las velas, toda la población de Valparaíso, con sus autoridades a
la cabeza, se agrupó en la playa y en los cerros para verlos partir, mientras
los cañones de los fuertes saludaban a la bandera de Chile que iba a pasearse
gloriosa y orgullosa a lo largo del litoral.
Todavía
había otra circunstancia para que la población porteña permaneciera a la
expectativa; por la boca de la bahía merodeaba, desde quince días atrás, la
fragata española “Warren”, que mantenía el bloqueo, y era inevitable un combate
con la escuadrilla chilena, que iba preparada para ello. Efectivamente, la nave
enemiga, fuera del alcance de los cañones de tierra, dibujaba su silueta en el
horizonte. La “¡Perla” y el “Potrillo” enderezaron a toda vela hacia la enemiga
y todos los corazones chilenos aceleraron sus latidos... Las distancias se
acortaban, las naves chilenas aparecían casi juntas con la “Warren” y sin
embargo no se oía el estampido de cañones ni el humo de fogonazo alguno
empañaba el clarísimo cielo de esa mañana de mayo...
A poco,
vese por fin, que el “Potrillo” dispara una andanada y luego otra, que son
contestadas por la “Warren” y por la “Perla”, unidas minutos después.
Valparaíso entero presenció con estupor profundo e inexplicable que el pequeño
barco chileno viraba en redondo, disparando siempre sus cañones, y que los
otros dos buques emprendieron su persecución cañoneándolo vigorosamente hasta
perderse en el horizonte. ¿Qué había pasado? ¡Una traición, la más negra e
infame! La tripulación de la “Perla”, sobornada con anterioridad por algunos
comerciantes españoles de Valparaíso habíase sublevado aprisionando a la
oficialidad y entregado su barco al enemigo; ambos buques unidos en la
traición, habían intimado rendición al pequeño “Potrillo”, y éste, impotente
para hacer frente a los traidores, había huido.
La
consternación que produjo esta infamia en el pueblo de Valparaíso, que la había
presenciado toda entera, fue tremenda y mayor fue la que se produjo en Santiago
y en todo el país, al ver destruidas en un momento todas las ilusiones que
había forjado en su primera escuadra nacional, en cuya organización había
puesto sus más grandes energías.
No
resisto a copiar las palabras con que relata Samuel Burr Johnston, oficial del
“Potrillo” la escena ocurrida en alta mar, en los momentos de la traición; fue
testigo presencial, y tienen por lo tanto un valor excepcional. Esta relación
fue encontrada por nuestro infatigable investigador don José Toribio Medina, en
unas cartas de Johnston, publicadas en Pennsylvania, cuando regresó
definitivamente a su patria.
“Al salir
de Valparaíso — dice la carta— pusimos la proa (del ‘‘Potrillo”) en derechura
al corsario (la “Warren”), pero nos sobresaltamos grandemente al ver que la
“Perla” se alejaba de nosotros con todas las velas desplegadas. Incapaces de
explicarnos tan extraña maniobra, que al principio se atribuyó al deseo del
capitán Barba de adiestrar a sus hombres, y a la vez distraer al enemigo,
largamos también todas las velas con el propósito de ponemos al habla con él y
conocer sus designios, en vista de que no respondía a nuestras señales para que
virase y empeñase la acción. Cuando enfrentamos al corsario “Warren”, éste
comenzó a disparamos con sus cañones de proa y así continuó hasta enterar 87
disparos; enderezamos hacia la “Perla” a toda fuerza de velas, pero continuó
alejándose de nosotros y tan luego como la alcanzamos, empezó a dispararnos,
también, sus cañones de caza, cuyos tiros caían tan lejos de nosotros que
todavía abrigábamos la esperanza de que hacía esa maniobra para atraer al
enemigo; pero habiendo llegado a tiro de fusil, nos pudimos cerciorar de que
los tiros iban dirigidos a nosotros, y que se trataba de una infame traición.
“Luego
nos pusimos al habla y al inquirir la causa de semejante actitud, recibimos por
respuesta tres descargas de mosquetería acompañadas de grandes hurras por
Fernando VII, por el Rey de España y por el Virrey de Lima que fueron también
contestadas vigorosamente por nuestra tripulación, con las mismas voces.
Estupefactos de horror, los oficiales del “Potrillo”, ante tan villana conducta
de la “Perla”, y encontrándonos al frente de dos grandes barcos armados y con
nuestra propia tripulación sublevada, tratamos de huir, pero pronto fuimos
desarmados y alcanzados por los barcos traidores”.
Tal fue,
pues, el lamentable fin de la primera “armadilla” de guerra que levantó el
naciente Estado de Chile, el año 1813.
§ 12.
Doña Isabel Riquelme y Rosita Rodríguez, prisioneras de guerra
(1813)
La
altanería, el desprecio y la falta de consideración a toda clase de personas,
de que hacía gala el General don José Miguel Carrera desde las altas esferas de
su Gobierno, habían alejado de su lado a los individuos más eficientes en
materia gubernativa, o, por lo menos, a los que más habían luchado por llevar a
cabo dos hechos trascendentales de 1810. El “cerebro” de la revolución,
Martínez de Rozas, había muerto desterrado de la patria que recién creara y
condujera en sus primeros pasos. El Mayorazgo Rojas, Eyzaguirre, Rosales,
Argomedo, Vera y Pintado y una cincuentena de “patricios” meritorios,
encontrábanse, o procesados, encarcelados, confinados, perseguidos, o.
sencillamente recluidos en sus casas o haciendas por delitos de conspiración,
supuestos o no, que habían conmovido a la sociedad santiaguina, temerosa de por
sí, especialmente en su querendona parte femenina.
'Aun los
amigos más íntimos de los Carrera, como Camilo Henríquez, Manuel Rodríguez y el
clérigo Julián Uribe, encontrábanse sin ambiente al lado de don José Miguel, a
quien, según él “hacía sombra” su propio hermano don Juan José, el bravo
comandante del Regimiento de Granaderos.
Don
Bernardo O’Higgins, después de la revolución de noviembre de 1811, que entregó
el poder omnímodo en manos del General Carrera, habíase retirado también de la
escena política que tan brillantemente iniciara en el primer Congreso Nacional
de ese mismo año; a pesar de que gozaba en Santiago de un bien merecido
prestigio y su amistad con Martínez de Rozas le ponía en condiciones de hacer
frente a la ambición de mando del General revolucionario. O’Higgins no había
querido manchar el suelo de la patria con sangre hermana, y antes de empuñar
las armas, o de verse en la necesidad de hacerlo ante los atropellos del
Presidente de facto, prefirió regresar a su hacienda hogareña de Las Canteras,
en el partido de Los Ángeles, lejos de todo bullicio y de toda influencia
política.
Allí
había vivido desde unos ocho años antes — desde su regreso de Europa— dedicado
a las labores agrícolas y a la atención de su madre, doña Isabel Riquelme, y de
su hermana Isabel Rodríguez, a quien todos los amigos, parientes y conocidos
llamaban sencillamente “Rosita O’Higgins”. Su madre y su hermana constituían
toda la familia del prócer y sus más grandes afectos; el recuerdo de cierta
novia de sus años de estudiante se conservaba en lo más recóndito de su
corazón, como una lucecilla lejana de tanta lejanía como de polo a polo...
Ella, Miss Carlota Eels, vivía en las playas de Morgate, costa inglesa del Mar
del Norte, y su constante amador en las tierras más australes del último rincón
del mundo. Bernardo O’Higgins no tenía otros amores, cerca de sí, que los de su
madre y los de su hermana.
La
hacienda de Las Canteras era una grande y rica extensión de seis mil cuadras de
magníficos terrenos, situados en la isla de Laja, que había pertenecido al
Presidente don Ambrosio O’Higgins, quien, a su muerte en Lima, la dejó a su
hijo Bernardo Riquelme”, cuando aún este joven estaba en Europa completando su
educación. Junto con la valiosa hacienda, el joven Bernardo recibía también el
apellido que hasta entonces le había negado su meticuloso progenitor, y desde
ese año, 1802, el humilde vástago rechazado desde su cuna por su orgulloso y
ofendido abuelo Simón Riquelme, pasó a ser uno de los más ricos y considerados
agricultores del sur, con el nombre de Bernardo O’Higgins.
El rico
heredero encontró en Chillán a su madre, viuda ya de don Félix Rodríguez, y a
una hija de este matrimonio, que venía a ser su media hermana; ambas vivían en
modesta condición, casi pobremente; los tiernos sentimientos filiales de
Bernardo despertaron y crecieron con rapidez en su ardiente corazón a la vista
de aquella desgraciada mujer que había tenido que separarse de su hijo recién
nacido para ocultar su pecado de amor, y desde ese momento doña Isabel, Rosa y
Bernardo se cobijaron, y para siempre, en un solo hogar...
Instalado
en Las Canteras, Bernardo se contrajo a adelantar esa propiedad introduciendo
en ella felices innovaciones con el propósito de formar allí uno de esos
grandes fundos agrícolas que había admirado en Europa, dedicando a su cultivo y
progreso sus más esmeradas atenciones. Sus costumbres inglesas le inclinaban a
vivir con todo el confort que era posible conseguir en esta atrasada colonia y
que hasta entonces era desconocido en las casas de campo del país.
En diez
años de trabajo, Bernardo O’Higgins había llegado a tener en su hacienda
extensos edificios para casa-habitación, bodegas, establos y galpones; una viña
de más de ochenta mil plantas, ocho mil vacas, mil quinientos caballos y yeguas
y dos mil cabezas de vacunos de lechería, engorde y labranza; las bodegas
contenían, en enero de 1813, más o menos quinientos líos de charqui, mil
seiscientas fanegas de trigo y mil doscientas arrobas de “mosto”, aparte de
otras especies. Tal vez ninguno de los agricultores chilenos de la época podía
presentar un inventario tan valioso y saneado como el
hacendado d§ Las Canteras.
Allí
deslizaba su vida pletórica de entusiasmos patrióticos, tronchados en flor, el
que iba a ser el primer ciudadano de Chile y su libertador, cuando trascendió
la tremenda noticia de que el general español don Antonio Pareja había
desembarcado en Talcahuano con un ejército de “chilotes”, fuerte de tres mil
hombres, y ocupado la ciudad de Concepción sin combatir, pues el jefe de la
guarnición, Jiménez Navia, había capitulado en forma traidora y cobarde.
Chile
entero se conmovió al conocer este desastre de trascendencias incalculables,
puesto que a poco de ocupar la capital del sur, se supo que el general español
empezaba sus preparativos para avanzar en demanda de la “capital del Reyno”,
que consideraba ya reconquistado. Todos volvieron sus ojos hacia el Presidente
Carrera, y el remedo de Senado, que servía de escabel al dictador, designó al
Jefe del Ejecutivo como general en jefe del “ejército restaurador”. En abril de
1813, el General Carrera abandonaba el mando supremo en manos de una nueva
Junta de Gobierno, y partía apresuradamente a Talca, en donde se proponía
“organizar” el ejército chileno que debía resistir el empuje de los chilotes.
El clarín
de alarma extendióse rápidamente por todo el país, y llegó también a la
hacienda Las Canteras; donde Bernardo O’Higgins preparábase para salir del país
en viaje a Europa con su familia; estaba decepcionado, ya lo sabemos, con los
acontecimientos políticos de la patria independiente y deseaba alejarse antes
de verla destruida por sus propios hijos. Pero al saber que las huestes del
Virrey español habían desembarcado en son de guerra y que se proponían
reconquistar su dominio sobre el antiguo reino, sintió reverdecer sus
entusiasmos patrióticos y se lanzó a la lucha.
Su
hacienda de Las Canteras se convirtió en cuartel general de las tropas bisoñas
que empezó a reunir en el partido de Los Ángeles y antes de cuarenta días se
ponía al frente de una división de cuatrocientos hombres armados y equipados a
su costa, con los cuales acudió a sostener el malaventurado sitio de Chillán,
ordenado tan descabelladamente por el General Carrera.
Sabemos
cuál fue el resultado de esta acción militar que trajo el completo desprestigio
del general en jefe del ejército chileno y su inevitable caída; las tropas
patriotas perdieron allí todo lo que habían ganado, y el ejército español, que
pudo ser destruido y aniquilado, estuvo en situación de darse el lujo de
perseguir a los vencedores de la campaña.
Las
diversas partidas españolas que salieron en persecución del ejército chileno
cuando éste recibió la orden de levantar el sitio de Chillán, se extendieron
rápidamente por los campos de Quirihue, Cauquenes, Concepción y Laja, para
impedir que los patriotas se concentraran en Concepción, que tal fue la orden
del General Carrera; la devastación de las haciendas y propiedades patriotas y
los tremendos cupos de guerra que les impusieron fueron la consecuencia lógica
de aquel error inexplicable y de tan fatales resultados para la patria
naciente, y la iniciación de la serie de desastres que terminó con la tragedia
de Rancagua.
Una de
esas partidas, al mando del comandante realista don Ildefonso Elorreaga,
llevando como segundo jefe al capitán don Antonio de Quintanilla, que fue más
tarde el valeroso jefe de Chiloé; último baluarte español en Chile, salió rumbo
al sur, y después de someter los pueblos que encontró a su paso, atravesó el
Biobío, sin encontrar mayor resistencia y ocupó en pocos días la isla de Laja.
El
Coronel O’Higgins, cumpliendo las órdenes del General Carrera, encontrábase en
las cercanías de Concepción defendiendo con doscientos hombres de caballería y
cien fusileros los fortines y pasos para sostener la retirada del grueso del
ejército chileno perseguido con insistencia por el enemigo; merodeaba por los
campos de Buenuraqui cuando recibió la noticia de que Elorreaga y Quintanilla
atravesaban el Biobío y se proponían ocupar la isla de Laja, en donde él tenía
su hacienda y en cuyas casas vivían su madre y su hermana. La guerra habíase
tornado cruel y hasta sanguinaria; era una guerra de enemigos enconados en la
que recurríase a los más extraños arbitrios.
El
General Carrera, hay que decirlo, había cometido verdaderas depredaciones no
solamente con los prisioneros de guerra, sino aun con sus familias; al ocupar
nuevamente a Concepción en donde tenía su cuartel general, había tomado
prisioneras a muchas señoras españolas y a algunas de ellas las mantenía
recluidas fuera de Sus domicilios; entre estas últimas se contaba a doña Ramona
Antonia Lozano, esposa del general en jefe español don Juan Francisco Sánchez,
y a dos de sus hijas, Isabel y Carmen, de 22 y 18 años, respectivamente.
Como
represalia por estos vejámenes, los jefes españoles buscaban con empeño
aprehender también a las principales damas patriotas, y tal habían hecho en
Chillán con varias señoras a quienes tildaban de insurgentes aunque en realidad
no lo fueran del todo. En tal caso estaban las señoras chillanejas doña Rosario
Lantaño y doña Clara Zumelzu, a quienes se achacaba “patriotismo”, a pesar de
sus protestas, verdaderas o fingidas.
Cuando el
Coronel O’Higgins supo que la división realista de Elorreaga atravesaba el
Biobío, tembló por su madre y por su hermana; en la isla de Laja no había
fuerzas patriotas que pudieran oponer ni siquiera débil resistencia a los
invasores y era indudable que toda ella caería en poder de la partida realista;
su hacienda de Las Canteras, como propiedad de un insurgente tan caracterizado
como O’Higgins, era una presa de primer orden, y su madre y su hermana no
podrían escapar de caer en poder de aquellas fuerzas, como prisioneras de
guerra de suma importancia por su alta condición.
Sin
pensarlo más, partió veloz hacia el paso del Biobío con el propósito de
estorbar la travesía de la división realista, o de ir a Los Ángeles a disputar
la libertad de aquellos seres queridos; pero los acontecimientos no se
presentaron a medida del deseo del jefe chileno y después de combatir
denodadamente por conseguir su objetivo, no pudo impedir que Elorreaga y los
suyos entraran victoriosos en Los Ángeles y extendieran su dominio sobre toda
la región. Las incidencias de la campaña y el cumplimiento de la misión que
había recibido del general en jefe, de mantener las comunicaciones al norte del
Biobío, le obligaron a permanecer por estos contornos sin serle posible correr
en defensa de aquellas mujeres abandonadas a su suerte.
No tardó
Elorreaga en darse cuenta de que tenía en su mano el más preciado botín de
guerra que pudiera desear, y sin perder mucho tiempo en organizarla guarnición
de los antiguos fortines españoles de Los Ángeles, Nacimiento y otros, ordenó
la ocupación de Las Canteras y la destrucción de todo aquello que no podía
transportar. Grandes partidas de animales y de frutos depositados en las
diversas bodegas fueron saliendo con dirección a “el real” del ejército
español, para el aprovisionamiento de sus diferentes guarniciones, y la
destrucción sistemática de todos los edificios, casas de inquilinos y “ranchos”
dejó de manifiesto el propósito del jefe español.
Doña
Isabel sólo pensó en poner a salvo su persona y la de su hija Rosa; no ignoraba
el desastre de las armas de la patria, o por lo menos su angustiada situación,
porque ¡Pedro Rebolledo, el “campero” de la hacienda, había logrado llegar
hasta allí, mandado por el coronel O’Higgins, en cuya compañía había “ido a la
guerra”, y la había informado de los peligros que corrían ellas ante la
invasión de la división española.
— El
patroncito dice que se “arranque” para Concepción, misiá Chabelita, para que no
caiga presa con misiá Rosita, porque dicen que los maturrangos quieren pelear
agora con las mujeres. Vámonos al tiro de aquí, porque no han de demorar los
sarracenos en llegar a las casas.
Esa misma
tarde, el 13 de octubre, abandonaron su mansión de Las Canteras doña Isabel y
Rosita O’Higgins, escoltadas por cuatro sirvientes, los únicos “inquilinos” que
pudo juntar rápidamente Pedro Rebolledo; iban montados en regulares caballos y
se proponían pernoctar esa noche en la casa de un mayordomo de la hacienda,
para continuar con el alba del siguiente día hacia Concepción por ciertos
caminos extraviados de la orilla sur del Biobío. Este plan, ideado por
Rebolledo, era el más seguro; la región del norte del río estaba casi toda
controlada por las avanzadas enemigas y era muy aventurado exponer a tales
damas a las contingencias de un asalto o de una sorpresa.
La tarde
y la noche transcurrieron sin novedad, y aun todo el día siguiente; sus
cuarenta y seis años no eran impedimento para que doña Isabel soportara con
energía las largas repechadas de los senderos montañosos ni los galopes
tendidos de los valles, con que procuraban ganar tiempo y terreno para llegar
en dos o tres días a cierto vado de las cercanías de Santa Juana, por donde
Rebolledo tenía el propósito de cruzar el río. Por su parte, Rosita O’Higgins,
con sus veintisiete años lozanos y vigorosos afrontaba alegremente las fatigas
y peripecias y aun hacía gala de querer encontrarse frente a frente con los
“maturrangos” para “enseñarles a gente”...
Los
fugitivos habían salido ya de los linderos de la hacienda y si bien no se
podían considerar completamente seguros todavía, se halagaban con la idea de
haber pasado el mayor peligro; la noche del 14 debían pasarla en el rancho de
Juan Antonio Santibáñez, otro de los buenos amigos de Rebolledo, que también se
encontraba combatiendo al lado de O’Higgins; y a sus alrededores llegaron como
a las nueve de la noche; desde lo alto de un cerro ribereño divisaron el rancho
y una fogata que estimaron como una señal de bienvenida y hacia allá
“descolgaron” sus cabalgaduras, con la expectativa de descansar de la jornada
que había sido dura y fatigosa.
La
cabalgata desfilaba de a uno, orillando los obstáculos que presentaba la
montaña selvática, y al paso cansado y meticuloso de los sufridos animales; el
espíritu de los caminantes manteníase en una tensión animosa, alentado con la
esperanza de un bien deseado descanso y de un oportuno refrigerio, de pronto,
Rebolledo, que iba delantero y explorador, retuvo la rienda y aguzó el oído, al
mismo tiempo que su fiel tordillo estiró las orejas y volvió la manchada cabeza
hacia la izquierda; el busto de un hombre surgió de entre unas matas y alargó
el pescuezo:
— ¡LOS maturrangos!... ¡Los maturrangos llegaron al rancho, “ño
Rebolledo”! — avisó el campesino, ahogando la voz en su garganta para no hacer
ruido...
Rebolledo
se quedó “suspenso”; volver grupas era lo único que podía salvarlos, pero la
noche estaba entrada y las bestias rendidas.
— ¿Qué
pasa...? — gritó Rosita O’Higgins al ver que toda la fila se había detenido.
—
¡Chist... por Diosito! — ordenó Rebolledo— no hable nada, señorita, por la
Virgen — dijo enseguida, echando pie a tierra, y acercándose a las señoras— .
Los sarracenos han llegado al rancho de Santibáñez y lo único que podemos hacer
es volvernos para tomar otro camino.
— ¿Y por
qué no “los escondemos” aquí mismo? — opinó otro de los inquilinos— . Dejamos
descansar las bestias hasta que amanezca y con las primeras luces seguimos
caminando.
— Mejor
sería que se fueran — murmuró el campesino que había dado el aviso— no será
mucho que los maturrangos salgan de ronda y los pillen.
Pero la
dificultad de repechar de nuevo la montaña abrupta con los animales “despiados”
y el cansancio que había hecho mella en aquellas mujeres que disimulaban su
fatiga para no descorazonar a sus fieles acompañantes, determinaron a Rebolledo
a seguir el primer consejo, y en pocos minutos tenía acomodadas a las señoras
bajo las ramas de un árbol emboscado en las dereceras del sendero, y a los
animales escondidos en las sinuosidades del terreno.
Un poco
más de la medianoche había transcurrido, cuando Rebolledo, que dormitaba
sentado sobre un tronco, sintió ruidos cercanos y sospechosos; retuvo el
aliento y preparó su cuchillo, atisbando por entre el ramaje con sus pupilas
agrandadas por la obscuridad. No se atrevió a dar voz de alarma sin saber el
origen de tales ruidos y, además, porque lo consideró inútil, cualquiera que
fuera el origen. De pronto oyó voces sigilosas y luego percibió pasos, cada vez
más cercanos ... Quiso esperar todavía pero un grito y un lamento, una
maldición, muchas maldiciones, se dejaron oír sucesivamente en el silencio
trágico de esa noche obscurísima.
Una ronda
realista de la partida de Elorreaga había caído sobre los fugitivos y en pocos
momentos Rebolledo, las damas y todos sus acompañantes estaban en su poder. Uno
de éstos, Juan Rojas, había sido gravemente herido de una puñalada.
— ¿Quién
sois vos, señora? — preguntó el sargento español a doña Isabel, y una vez que
todos los inquilinos estuvieron maniatados y con vigilancia segura— . Responded
pronto, y no mintáis, que será inútil.
Rosita
O’Higgins, al lado de su madre, hizo ademán de protesta, pero doña Isabel la
contuvo, estrechándola contra su cuerpo.
— Somos
dos mujeres indefensas que vamos a guarecernos a la ciudad... — contestó doña
Isabel.
— ¿A qué
ciudad...? ¿A Concepción? ¡Ah... entonces sois insurgentes! ¡Vais a poneros
bajo la protección del llamado General Carrera, ese infame enemigo del Rey
Fernando y de Nuestra Santa Religión!
— Vamos a
Concepción para librarnos de las persecuciones de la guerra y de las vejaciones
de los que mandan — agregó doña Isabel— y os ruego que soltéis a nuestros
sirvientes y nos dejéis continuar nuestra marcha.
— Decidme
antes quiénes sois y cómo os llamáis...
Calló
doña Isabel, y tal vez pensó en decir cualquier nombre.
— ¿No
queréis decir vuestro nombre?... |Vamos!... ¡Ya lo diréis por las buenas o por
las malas!...
Rosa O’Higgins no aguantó más, y enfrentándose al sargento le gritó:
— ¡Soy
Rosa O’Higgins y esta es mi madre! Mi hermano se bate en la guerra por la
patria, y si sois caballeros sabréis respetar a dos damas; y si no lo sois,
vengad pronto los agravios de vuestro Rey en nosotras; pero soltad a esos
infelices que son nuestros sirvientes.
— ¡Ah!...
¡Con que sois familia del insurgente O’Higgins!... ¡Vamos, hombre, y que buena
estrella me acompaña! ¡Por haberos aprehendido, tal vez me he ganado el galón
de oficial! Andando, que ya desespero por entregaros sanas y salvas en poder de
mi comandante Elorreaga, que se pirra por vosotras...
— Señor
sargento... — intervino doña Isabel— soltadnos, que tendréis vuestra
recompensa...
— Señora
— contestó severamente el sargento— soy soldado de guerra, y cumpliré mi deber
de tal, por doloroso que me sea. Preparaos a marchar conmigo y contad con que
al desprenderme de vosotras no tendréis quejas de mí.
Efectivamente,
dos días después doña Isabel Riquelme y Rosita O’Higgins eran entregadas al
coronel Elorreaga por el sargento Juan Pinoco, sanas y salvas de la accidentada
travesía desde las serranías de su aprehensión hasta el campamento de Yumbel,
donde estaba el cuartel general realista. Elorreaga no quiso verlas; dolíase
como soldado español, de tener que aprisionar a mujeres y verlas sufrir por
culpas ajenas y se limitó a enviarlas a Chillán a disposición del general en
jefe de las fuerzas españolas, don Juan Francisco Sánchez, quien las retuvo
prisioneras de guerra hasta que tres meses después se produjo el arreglo de
canjearlas por las damas españolas retenidas por Carrera en> Concepción.
Don
Bernardo O’Higgins supo cuando su madre y su hermana atravesaban prisioneras
los campos de Chillán y salió al encuentro de algunas fuerzas españolas que,
según sus noticias, podían ser las que conducían a esos seres amados, el
resultado de ese encuentro fue la batalla del Roble, en la que el héroe se
cubrió de
gloria, y
obtuvo una brillante victoria para la patria; pero las prisioneras no iban
entre las fuerzas derrotadas, y en medio de los gritos de triunfo de sus
soldados, solamente el prócer permaneció con una espina clavada en el corazón.
§ 13.
Campusano y Chupallilta
(1813)
El
ejército del General Pareja había desembarcado en Talcahuano y avanzaba hacia
Concepción a ocupar esta ciudad que iba a entregársele sin combatir, a causa de
la traición de su jefe de la guarnición, Ramón Jiménez Navia, que siendo godo
de sangre y viejo, había logrado embaucar a los patriotas hasta el último
momento.
No había
salido aún de la ciudad el parlamentario español don José Tomás Vergara, que
había ido a exigir la rendición incondicional de la plaza, cuando empezaron a
emigrar también, de su recinto, los vecinos más caracterizados, que eran a la
vez los más comprometidos en la revolución de la independencia; emigraban hacia
el norte, a ponerse al amparo del ejército de José Miguel Carrera, que habría
de venir desde Santiago a reconquistar la ciudad perdida; lo abandonaban todo,
antes de permanecer bajo la férula vengadora de los enemigos de la patria.
Gregorio
Campusano, cabo de uno de los batallones de milicias que, según las
estipulaciones de la capitulación, debía entregarse con armas y bagaje a las
fuerzas invasoras, se apartó de un grupo de soldados que esperaban indiferentes
el desarrollo de los sucesos, y fue a sentarse en una de las piedras de esquina
de la Alameda, en donde estaba formado su batallón; extrajo de su bolsillo la
tabaquera, torció un cigarro, y mientras lo encendía en su yesquero, llamó a un
soldado que descansaba allí cerca, afirmado en su fusil.
— Oye,
Chupallita, ¿serías capaz de arrancarte pa Las Canteras?
— Yo me
arranco de aquí, solo u acompañado, ño Gregorio — contestó Chupallita— yo no me
entriego a los maturrangos, manque mi amarren...
Campusano
dio dos chupadas a su cigarro, y después de engullirse el humo de un solo
tirón, dijo tranquilamente:
— ¿Y a
qué horas te vais?...
— Si
quiere los vamos altero...
El cabo
Campusano dio la última chupada, se incorporó, tomó su fusil, que estaba al
lado, y contestó:
— Ya
está; vámonos altero...
Y sin
decir una palabra más, el cabo Campusano y Chupallita salieron “tostando”
Alameda abajo, sin importarles un comino el batallón que dejaban atrás, y sin
que nadie, tampoco, les estorbara el paso.
Iban a
apartarse ya del camino real, para tomar el que debía conducirlos, por la
ribera del Biobío hacia el vado de Talcamávida, cuando oyeron que las cornetas
y tambores de los batallones formados en la Alameda tocaban a ‘reunión y fila”.
— ¿Oye,
fío Campusano? Están tocando reunión, ¿pa qué será?
— No ha
de ser pa ir a peliar con los godos, Chupallita; camina, no más.
— ¿Y si
fuera pa eso, ño Campusano? ¿Por qué no nos volvimos, mire? Pudiera ser que
fuera pa ir a pelear... Tengo tantísimas ganas de encontrarme con algún
maturrango...
— Veamos
primero pa qué están tocando — contestó el cabo, a quien pareció halagar el
vehemente deseo de su compañero—. Si se van pa San Vicente o pa Talcahuano, nos
volvimos; pero si se quean en la Alameda o se meten en los cuarteles, las
endilgamos para Las Canteras, donde ha de estar mi Coronel “Ojín”.
Subiéronse
los prófugos a unos cerrillos que se extienden a lo largo de la Alameda y desde
allí pudieron ver que un grupo de sargentos y cabos de los distintos
batallones, que habían formado “rueda” alrededor del comandante Jiménez Navia,
sacaron de sus gorras y sombreros la escarapela tricolor de la patria y, a una
voz del traidor, las arrojaron al suelo y las pisotearon al grito de ¡viva el
Rey!
Campusano
y Chupallita no se atrevieron a mirarse; parece que tenían vergüenza. Los ojos
se les habían empañado; tal vez el polvillo les había hecho saltar algunos
lagrimones. Como si se hubieran puesto de acuerdo, sin mirarse, sin decirse una
palabra, los dos al mismo tiempo apuntaron sus fusiles al medio de la “rueda” y
dispararon...
Las balas
no anduvieron ni cerca; pero ellos se echaron el fusil al hombro, como si
hubieran cumplido con su deber, como si se hubiesen desahogado, y siguieron
falda abajo a tomar el camino del río. A las oraciones llegaron al vado de
Talcamávida, pasaron la noche en el rancho del balsero y al día siguiente, de
alba, cruzaron el Biobío en dirección a Las Canteras, que era el sitio donde
esperaban encontrar a su Coronel “Ojín”, en cuyas guerrillas estaban seguros de
ser admitidos.
Efectivamente,
al saber las primeras noticias del desastre de Talcahuano y la ocupación de la
ciudad de Concepción por las fuerzas españolas, el Coronel don Bernardo
O’Higgins — que se había retirado a su hacienda de Las Canteras para alejarse
de toda injerencia en el Gobierno— creyó que no le era posible permanecer
inactivo ante las desgracias de la Patria. Muchos y graves resentimientos tenía
contra José Miguel Carrera y sus hermanos, que eran los que gobernaban; pero
todo lo echó a la espalda y no pensó sino en formar un nuevo batallón para
agregarlo a las fuerzas que debían estar preparándose en el norte para rechazar
al invasor. La misma tarde en que supo la noticia llamó a su fiel Pedro María,
que lo mismo era su sirviente en la ciudad, como su mayordomo en el campo, y le
dijo:
— Los
sarracenos han entrado a la patria, ¡Pedro María, ¿qué hacemos?
— Habrá
que echarlos, no más, pues, patrón — contestó Pedro María, dando vueltas el
sombrero entre las manos.
Un
momento más tarde salía Pedro María, montado en su macho de lujo, a recorrer
caminos y posesiones, convocando a sus “niños” para la guerra, montado casi en
pelo en ese animal medio chúcaro, Pedro María parecía un mocetón del antiguo
Arauco que hubiera salido a “correr la flecha”... Poco a poco fue poblándose el
campamento de Los Litres con la gente que acudía a él, enviada por el mayordomo
y sus ayudantes; O’Higgins y sus amigos los propietarios de los alrededores
recibían a los reclutas, les entregaban una gorra de “hilado” y un par de
ojotas, y los echaban a hacer ejercicios con palos de coligüe que lo mismo
simulaban lanzas que fusiles ... Estos eran los soldados del Batallón Lautaro
en formación.
Una tarde
llegaron también al campamento el cabo Campusano y Chupallita.
— A la
orden, mi Coronel — dijeron ambos, presentando armas con sus fusiles, los que,
durante el camino, llevaron siempre bajo el poncho, para ocultarlos en lo
posible.
—
¿Quiénes son ustedes? — preguntó acuciosamente el Coronel, al ver delante de sí
a dos individuos armados y “cuadrados” como militares.
— Somos
los “arrancaos” de Concepción, que no han querido quedarse en poder de los
sarracenos, mi Coronel. Yo soy el cabo Gregorio Campusano de la milicia de mi
Comandante Rioseco, y éste.. . éste es. .. ¿cómo te llamai vos,
“Chupallita”...?
— Yo...
me llamo… Juan Nepomuceno Andaur... — contestó tartamudeando de miedo
Chupallita— , y yo soy soldado de mi cabo Campusano...
El
Coronel O’Higgins examinó atentamente a los recién llegados, les hizo varias
preguntas relativas a la rendición de la plaza, quedó satisfecho al parecer del
despejo con que contestaron, y para terminar les dijo:
— ¿Han
comido ustedes?
— No, mi
Coronel — contestaron al punto.
— ¿Cómo
es eso? — exclamó O’Higgins en tono airado— ¡Al rancho inmediatamente!
Ambos
“arrancaron” a saltos en dirección a un fogón que se veía debajo de un sauce.
El fuerte
y presidio de Los Ángeles era una de las posiciones más eficaces de la frontera
para detener los avances de los araucanos; desde que su último reconstructor,
el Presidente Amat y Junient le diera tan hábil disposición estratégica, las
invectivas de los porfiados indígenas habíanse estrellado, impotentes, contra
las enhiestas y adustas murallas del fortín.
Los
ennegrecidos torreones habían sido inmutables testigos del martirio de
centenares de héroes, que lucharon durante largos años por la libertad de un
pueblo; y sobre sus bastiones se alzó muchas veces la horca, en donde, por vía
de escarmiento, se balancearon trágicamente los despojos de mil anónimos
precursores de la independencia de Chile.
El fuerte
de Los Ángeles era un serio estorbo para los proyectos del Coronel O’Higgins
que organizaba sus huestes en la misma zona que caía bajo el control de los
castellanos; una denuncia, una sospecha, podía poner sobre aviso al comandante
del fortín y desbaratar en un momento los preparativos que se hacían con tanto
sacrificio para rechazar aj invasor de la patria. Era peligroso proseguir la
organización del Batallón Lautaro, si antes no caía en poder de los patriotas
el fuerte de Los Ángeles.
Sólo
había dos formas para que esto sucediera: ponerle sitio en regla, con fuerzas
organizadas de artillería e infantería, o dar un golpe de mano con un puñado de
audaces. O’Higgins no disponía de lo primero, pero sí de lo segundo, y a ello
fue.
Eligió
por sí mismo cincuenta huasos de los más “adelantados” que tenía el campamento
de Los Litres, y sin decirles una palabra los llevó una tarde cerca del vado
del Río Claro, distante unas diez cuadras del fortín. Pedro María, su
mayordomo, el cabo Campusano, Chupallita, el “campañisto” Lorenzo Madariaga y
dos “niños” más, de confianza, hacían de clases de esa tropa; don Juan de Dios
Campos y don Julián Guevara, hijos de dos hacendados vecinos se enrolaron en
calidad de ayudantes de O’Híggins, que era el jefe de la acción.
Lo
primero era saber qué guarnición tenía e) fuerte y en qué condiciones estaba la
tropa y la guardia; O’Higgins llamó a Pedro María:
— Hay que
saber cuánta tropa tiene el fortín y en dónde están colocados los centinelas —
dijóle el Coronel.
— Si su
merced quiere, yo iré a ver si puede saber algo, pues, patrón — contestó Pedro
María, con el sombrero en la mano.
Una hora
más tarde volvía Pedro María con la “diligencia” hecha. El fortín tenía ciento
treinta dragones de guarnición, con artillería y caballería, pero cincuenta y
cinco andaban patrullando las riberas del Biobío, al mando del comandante del
fortín, don Rafael Sorondo, y no regresarían hasta la noche siguiente; los
centinelas estaban apostados sobre las murallas, en los cuarteles y polvorines
del interior; en la puerta había uno solo; ni en el puente levadizo ni en la
casa-habitación del comandante, situada al costado oriente de la ¡Plaza de
Armas, había centinela alguno.
O’Higgins
no titubeó; entregó a cada soldado una lanza corta de coligüe y un “cuchillo
corvo”, dio orden de cebar sus pistolas a un grupo de quince, que eran los
únicos que las tenían, y recomendó a todos orden y silencio, hizo una señal
para que le siguieran a través de un potrero boscoso. El crepúsculo de la tarde
y el espeso ramaje ocultaron los movimientos de esa tropa bisoña que iba a
jugarse la vida.
A unos
cien metros de la Plaza, el jefe mandó hacer alto y una vez que todos
estuvieron a su alrededor, O’Higgins, bajando la voz les dijo estas palabras
que la tradición y la historia han conservado:
—
“Muchachos, vamos a tomarnos ese fortín... entre morir con honor y vivir con
deshonra, el partido primero es el mejor, y a esto nos vamos a arrojar ahora;
yo, adelante de ustedes, les daré el ejemplo y seré el primero en caer.
Silencio — terminó— ; al primero que hable una palabra, lo mato”.
Todos
reprimieron el grito de ¡viva la Patria! que les estaba haciendo cosquillas en
la garganta.
— ¡A ver!
— continuó— necesito dos niños que se vayan conmigo adelante...
En un
¡Jesús! vióse apretujado por los soldados, ansiosos de ser los elegidos.
Pecho con
pecho, frente a él, vio O’Higgins a Campusano; lo miró en los ojos y el “roto”
sostuvo la mirada; el Coronel díjole:
— Usted,
Campusano, elija su compañero.
—
¡Chupallita!... — dijo al punto el cabo.
Ambos se
abrieron paso, orgullosamente, para colocarse detrás de su Coronel.
— ¡Orden
y silencio! — repitió el jefe— . Cuando oigan mi señal, que será un silbido,
ustedes avanzarán hasta la puerta del fortín, siempre con el mayor sigilo...
¡Hasta luego, muchachos! — dijo, alejándose con el dedo puesto sobre los
labios.
Cuando
O’Higgins hubo avanzado cincuenta pasos, la tropa se deslizó, a su vez, por la
Plaza de Armas casi arrastrándose; era el paso más peligroso, porque frente a
ella tenía el comandante del fuerte, y allí casi siempre había algún oficial.
Por fin, llegó O’Higgins a unos treinta pasos de la puerta del fortín, donde
estaba la garita del centinela; levantó la mano y a esta señal, la tropa que lo
seguía a la distancia echóse al suelo. El Coronel, seguido a unos cuantos pasos
por Campusano y Chupallita, que se ocultaban como mejor podían entre los
arbustos del foso, avanzó valientemente hacia la puerta...
— ¡Quién
vive!— gritó el centinela al oír ruido.
O’Higgins
no contestó, pero siguió avanzando; unos diez pasos le faltarían para llegar
hasta el centinela, cuando éste gritó por segunda vez el ¡quién vive!,
preparando su arma.
O’Higgins,
adoptando el tono y la manera de hablar de los campesinos, sin detener su
marcha, contestó:
— ¡Vaya
ñor, por Diosito! ¡Ya no me conoce ya! ¿No ve que vengo todas las semanas, del
otro lado, con el encarguito para mi sargento?... Baje el fusil... no me vaya a
'malograr, por Diosito, por estarse jugando con este pobre...
Mientras
hablaba, había llegado ya hasta el centinela y con un rápido movimiento le tomó
el fusil como para desviar la puntería; en el mismo momento, Campusano y
Chupallita cayeron sobre el soldado. O’Higgins le puso una pistola en la
frente:
— Si
gritas, ¡te mato! — le conminó.
Mientras
el centinela era amarrado y amordazado, O’Higgins lanzó un tenue pero
penetrante silbido, que era la señal para que avanzara la tropa; en cortos
instantes aparecieron los soldados como surgentes de las sombras y se reunieron
frente a la puerta; a una orden penetraron, siempre en silencio, hasta
enfrentar el “cuarto de banderas”, donde estaban los fusiles de la guardia,
colocados en sus armerillos; un soldado que allí había, tal vez de vigilante,
fue amordazado y sujeto como el centinela.
El asalto
se realizaba, hasta ese momento, con todo éxito; pero quedaba la parte más
peligrosa; veinte de los individuos que formaban la guardia del fuerte estaban
reunidos en una cuadra inmediata, alrededor de una hermosa “candelada”. Era
necesario caer sobre ellos y dominarlos desde el primer momento, en tal forma
que no pudiesen dar la menor alarma a los centinelas de las murallas,
torreones, cuarteles y polvorines.
O’Higgins
distribuyó los fusiles del cuarto de banderas entre sus soldados, dejó bien
vigilada la entrada del fuerte, colocó centinelas en distintas direcciones y
siempre en silencio encaminóse hacia donde estaba el cuerpo de guardia
alrededor de la fogata; cubrió la retaguardia con sus fieles y ya entusiasmados
rotos, y penetró impertérrito a la cuadra, seguido solamente por Campusano y
Chupallita, que iban hinchados de orgullo, guardando las espaldas a su Coronel,
cerraron tras de sí la puerta y se quedaron a su custodia.
—
¡Muchachos! — exclamó— ¡Nadie se mueva!... La patria ha ocupado este fortín-...
vosotros sois chilenos ... ¡Viva la patria!
Y como
ninguno de los soldados acertara a explicarse lo que pasaba, O’Higgins acercóse
más al fogón, cuyas llamas iluminaron su rostro, y ordenó:
— Gritad
conmigo: ¡Viva la patria!
— ¡Viva
la patria!— exclamaron todos, poniéndose de pie, y sugestionados ya por el
temerario arrojo del Coronel.
— ¡Viva
mi Coronel “Ojín”! — gritó, ahogando la voz, Chupallita, desde la puerta.
El cabo
Campusano dio un codazo a Chupallita, por faltar a la orden de no hablar que
había dado el Coronel; pero las voces y aclamaciones de la tropa y los abrazos
que O’Higgins prodigaba a los entusiasmados dragones, que lo habían reconocido
ya, hicieron comprender a Campusano que Chupallita había estado de lo más
oportuno al lanzar el viva.
— ¿Cómo
te llamas, muchacho? — preguntó O’Higgins a uno de los dragones que lucía la
jineta de cabo.
— Agustín
Marabolí, mi Coronel.
— Cabo
Marabolí, desde este momento es usted sargento; releve los centinelas del
fuerte; afuera tiene usted tropa suficiente. Cabo Chupallita — continuó
O’Higgins, sin preocuparse de recordar el nombre del soldado— póngase a las
órdenes de su sargento Marabolí.
Chupallita
recibió la orden de su ascenso como si le hubieran dado un papirotazo en la
nariz y al primer momento no supo qué actitud tomar; pero volviendo en sí
entiesó las piernas, miró al cabo Campusano de arriba abajo, y díjole, al
salir, echando su fusil al hombro y arqueando despreciativamente los labios:
— ¡Vos
serís, cabo, no más, pues Campusano!...
En pocos
minutos estuvieron relevados los centinelas con gente de Las Canteras, y presos
en calabozo un oficial y dos sargentos de la antigua guardia que “habían
querido insolentarse”. Antes de una hora los reclutas del campamento de Los
Litres se habían instalado en los cuarteles del fuerte, bien cacharpeados con
los flamantes uniformes que encontraron en los almacenes, y mejor armados con
los fusiles, lanzas y machetes que sobraban en su maestranza. Grandes fogatas
encendidas en la plaza interior del fortín anunciaron a la villa de Los
Ángeles, esa misma noche, que el fuerte del Rey había pasado a poder de las
armas de la República, y al día siguiente, al son de alegres dianas, de
tambores, trompetas y pífanos, se izó por la primera vez en el mástil del torreón
más alto, y por las propias manos de la bella Rosita O’Higgins, la bandera
blanca, roja y amarilla que para substituir el pendón español había creado el
primer Presidente de Chile, don José Miguel Carrera.
Las
tropas que patrullaban la ribera sur del Biobío al mando del comandante
Sorondo, encontrábanse a unas cinco leguas del fortín de Los Ángeles, cuando
llegó hasta ellos la noticia, llevada por un indio, de que los patriotas habían
ocupado el fuerte y plantado allí la bandera insurgente ...
Sorondo
no podía dar crédito a tamaña novedad; pero las afirmaciones del mensajero
fueron tan concluyentes, que clavando espuelas disparó hacia el vado a galope
largo y para acortar el camino, endilgó por un escarpado sendero que
embarrancaba sobre las tranquilas y profundas aguas del río.
El fortín
de Los Ángeles divisábase desde lo alto de la roca; la mañana, de claridad
transparente, hacía destacarse, a través del aire diáfano, los colores de una
bandera que, izada en el mástil del torreón más alto, batía sus pliegues al
viento; y aquélla no era bandera del Rey...
El jefe
español notó que su vista se nublaba, que su cabeza ardía, que todo su cuerpo
bamboleaba sobre la montura de su caballo. Alzó los brazos empuñados, apretó
los ijares, lanzó una gran voz y se desplomó sobre las afiladas rocas que
fueron tifiándose de sangre, de alto abajo, hasta que los pingajos de un cuerpo
destrozado se hundieron en las mansas y profundas aguas del Biobío.
§ 14. La
reconquista de Concepción y Talcahuano
(1813)
El
señalado triunfo que las armas de la República, al mando del General don José
Miguel Carrera, habían obtenido sobre las huestes realistas del General Pareja
en los alrededores de San Carlos, a principios de mayo de 1813, determinó una
franca y desastrosa retirada de este ya desmedrado ejército hacia la ciudad de
Chillán, en donde iba a guarecerse con el propósito de invernar y reparar sus
descalabros, al amparo de su vecindario, que tan adicto se había mostrado a la
causa del Rey.
Las
tropas de Pareja habían perdido, junto con sus bagajes, abandonados
apresuradamente para cruzar el Ñuble, la disciplina y moral y los restos de
aquellos batallones de chilotes que meses antes habían ocupado a Concepción y a
Talcahuano casi sin combatir, apenas si formaban un conglomerado de gente que
huía en desorden por caminos extraviados y arrojando sus armas para poder
manejarse con más libertad.
La suerte
de este ejército en derrota era más negra aún; las penalidades de la campaña
que había emprendido hasta las orillas del Maule, en su avance hacia la capital
— objetivo del General realista— habían comprendido el estado sanitario de la
tropa, con enfermedades que asumieron los caracteres de epidemias; de manera
que los batallones fugitivos arrastraban tras de sí, además de sus miserias,
una cantidad considerable de enfermos en camillas, en carretas, en parihuelas,
o, sencillamente, atravesados en caballos o muías. En la precipitada fuga
muchos de estos infelices quedaron abandonados en el camino o en las orillas
del río Ñuble, a merced de su mala fortuna.
Pero la
mayor desgracia de este ejército fue la grave enfermedad que atacó a su jefe.
Poco después de la sorpresa de Yerbas Buenas, el General don Antonio (Pareja
tuvo que soportar la intemperie de casi toda una noche de lluvia y al segundo o
tercer día se vio obligado a substraerse de la atención de sus superiores
funciones, a pesar de lo importantes que eran en tales circunstancias. Una
fuerte neumonía atacó su organismo debilitado por las penalidades, por los
sufrimientos morales y por los años, y tuvo que recluirse bajo su tienda de
campaña con intensa fiebre y agudos dolores que lo retuvieron en su lecho. La
batalla de San Carlos lo encontró en esta condición, sin que le fuera posible,
siquiera, dar una orden que pudiera aminorar los terribles efectos de esa
derrota; pronunciada la fuga de su ejército, ante el empuje de los batallones
patriotas, la camilla del General Pareja fue arrastrada hacia las márgenes del
río Ñuble, cuyas correntosas aguas sirvieron de valla o de baluarte para
impedir la destrucción total del campo realista. Tal fue la precipitación con
que estas tropas, presas del pánico, atravesaron este río, que casi todo el
equipaje personal del General Pareja fue abandonado en la orilla norte; cuando
las patrullas patriotas recogieron estos bagajes, encontraron en uno de los
almofrejes. del general fugitivo y ya casi moribundo, junto con sus trajes de
gala, la “venera” del Hábito de Santiago, que correspondía a su investidura de
Caballero de esta Orden; el General Carrera envió esta “sagrada” insignia al
Cabildo de la capital, como trofeo de guerra, a fin de que la colocara
solemnemente a los pies de la imagen del apóstol que se veneraba en la
Catedral, en reconocimiento de la victoria de las armas republicanas. Esta
ceremonia se realizó el 5 de junio, “poniéndosela al santo pendiente al cuello
de una cadena exquisita de oro y para solemnizar tan augusta ceremonia, se
iluminó y adornó el altar y se dijo una misa de tres con la mayor solemnidad”.
Ha de
saber el lector que el apóstol Santiago era el patrono oficial de la capital y
del Reino de Chile.
La
derrota del ejército español en San Carlos y su fuga hacia Chillán, en donde
quedó encerrado, dejó expedito el paso del ejército patriota hacia el sur, es
decir, hacia Concepción, Talcahuano y la frontera, región que dominaban y
controlaban los realistas desde que desembarcaron en San Vicente, a mediados de
marzo, es decir, dos meses antes. El General Carrera, en su entusiasmo de
vencedor, padeció en esta ocasión de un error profundo cuyas consecuencias
fueron determinantes para la suerte futura de la patria y para él mismo, puesto
que precipitaron su ruidosa caída. Nadie se pudo explicar, entonces, ¿i
después, por qué no se precipitó el general chileno tras los restos del
ejército derrotado y se estableció en las orillas del Ñuble para terminar su
destrucción completa, con lo cual la campaña habría terminado definitivamente;
en cambio, después de la victoria de San Carlos ordenó que los batallones
victoriosos se replegaran para lanzarse sobre Concepción y Talcahuano,
desviándose hacia la costa, haciendo posible de esta manera que los realistas
cruzaran el Ñuble sin ser molestados, a pesar de la situación desastrosa en que
iban los fugitivos.
Mientras
los batallones chilenos avanzaban a marchas sostenidas hacia Concepción, el
General Carrera se limitó a enviar parlamentarios a Chillán para pedir la
rendición del ejército español; pero ya éste se encontraba al amparo del
vecindario decididamente realista en su gran mayoría, y rechazó toda
negociación a pesar de la condición miserable en que entró en la ciudad. Los
frailes franciscanos del Colegio de Chillán que tenían allí una influencia
incontrastable, “movieron el corazón del vecindario y pueblo al ver el
espectáculo en que volvían las tropas del Rey, estropeadas de la marcha, faltas
de alimentos y fatigadas con los choques de Yerbas Buenas y San Carlos; para
colmo de males, venía el general gravemente enfermo. Asistieron al señor
General Pareja con la mayor puntualidad, y con esmero a los demás enfermos, de
que prontamente se repletó el hospital y a todo esto proveyó generosamente este
heroico pueblo, lo que hizo que prontamente se repusieran las tropas”.
Que el
General Carrera pudo destruir completamente el ejército de Pareja fue en
aquella época una opinión general e incontrovertible. El historiador español y
franciscano padre Melchor Martínez, afirma que el general chileno “dio la
batalla de San Carlos contra todas las reglas del arte” pero que a pesar de
esto “con solo haber asegurado y fortificado el único paso transitable del río
Ñuble, con su numeroso ejército insurgente hubiera conseguido con facilidad la
completa destrucción de nuestras tropas”. Lo mismo afirman militares como
Quintanilla, el heroico jefe español que posteriormente fue Gobernador de
Chiloé, otro historiador realista, don Mariano Torrente, y por último el
coronel Ballesteros, autor de unas ‘‘Memorias sobre la guerra de Chile” publicadas
por orden del Virrey.
Las
opiniones de los historiadores y militares patriotas, así como “las de todo el
reino” en esa época, están contestes en el error que cometió el General Carrera
después del combate y victoria de San Carlos.
Los
enconados enemigos políticos que se habían concitado Carrera y sus hermanos
durante su accidentado gobierno, achacaron esta inexplicable actitud al deseo
que tenían de llegar a Concepción para “satisfacer sus truhanerías” y para
conquistarse una “popularidad barata” con la reconquista de la metrópoli del
sur. “perdiéndose lo principal (la destrucción del ejército real) por recuperar
lo accesorio (la ciudad de Concepción)”.
Las
noticias de la derrota del ejército español llegaron muy pronto a oídos de las
autoridades de Concepción, las cuales no se encontraban en condiciones de
resistir a las fuerzas vencedoras, si éstas se presentaban a exigir la
rendición de la ciudad. El 19 de mayo, a media tarde, había llegado a Penco una
partida de fugitivos de San Carlos y por ellos había sabido el
gobernador-intendente el descalabro de los realistas y su fuga hacia Chillán;
pero la noticia que consternó al gobernador pencón fue la grave enfermedad que
aquejaba al General español, quien habíase visto obligado a declinar el mando
en el coronel don Juan Francisco Sánchez.
Gobernaba
entonces la provincia el Obispo de Concepción don Diego Navarro y Martín de
Villodres, cuya intransigencia realista había tocado ya los límites de la
procacidad; el Obispo Villodres transformábase en un energúmeno cuando oía
hablar de “cosas de patriotismo”, o siquiera se nombraba a los dirigentes del
gobierno nacional. A los Carrera los llamaba “hijos del diablo” y si alguno de
sus contertulios pronunciaba este apellido en su presencia, junto con lanzarle
al despreocupado una mirada furibunda, el Obispo se santiguaba rápidamente...
Sólo en
una ocasión dicen que el señor Villodres oyó con una sonrisa pronunciar a su
lado el nombre de don José Miguel Carrera; fue cuando supo que había tomado
preso a don Juan Martínez de Rozas, “el padre de la revolución”, y lo había
desterrado hacia “la otra banda”.
— Gracias
a Dios que se acabará la “insurgencia” — habría dicho el Obispo—, pues sus
corifeos empiezan a devorarse...
Pero sus
odios juntos no alcanzaban a la mitad tratándose del Obispo de Santiago, don
Rafael de Andreu y Guerrero, al cual Villodres llamaba “renegado digno de la
hoguera”, porque este prelado, aunque español de origen y condecorado con la
Cruz de Carlos III, habíase declarado partidario del gobierno nacional y
particular amigo del General Carrera y del cónsul americano Poinsett, su
principal consejero. Antes de salir a la campaña contra la invasión de Pareja,
el general chileno había solicitado del prelado santiaguino que lo acompañara
hacia el sur, a fin de que levantara el patriotismo de los pueblos con la
elocuencia de su palabra, pues el Obispo era lo que se llama un “pico de oro”
de primera categoría. Andreu había aceptado la invitación y cumplido su
cometido a las mil maravillas; actualmente venía en el ejército vencedor y
según las noticias que tenía el Obispo Villodres, el prelado santiaguino se
aprestaba a tomar venganza de su émulo el Obispo pencón, sentándose en ... su
silla.
El
obispo-gobernador e intendente vio que la suerte le volvía las espaldas y que
antes de un par de días habría de estar a merced de sus enemigos civiles y, lo
peor de todo, de su terrible enemigo eclesiástico. No temía tanto lo primero,
pues su investidura episcopal le ponía mucho a cubierto de represalias
violentas de parte del general chileno; pero lo más amargo para su señoría era
que el obispo santiaguino e insurgente se apropiaría de su Catedral y de su
trono y aun — contra el derecho canónico— sería muy capaz de tomar, “de facto”,
el gobierno eclesiástico de la diócesis del sur.
Esto era
lo que sacaba de tino al prelado-intendente y en una de las últimas reuniones
que tuvo en su palacio, dos días antes de abandonarlo para huir a Talcahuano,
dijo a su amigo don Julián Urmeneta, en el corrillo que le formaban el padre
Navarrete, dominico, y el conde de la Marquina:
— Si ese
obispillo Andreu se atreve a entrar a una iglesia de Concepción para decir
misa, tendrá que irse sin celebrar, porque no habrá fraile ni cura que le
procure altar, que ya se los tengo notificado; y si pretende entrar a mi
Catedral, lo excomulgo...
— Y lo
peor del caso es — contestó el conde— que el insurgente Carrera llegará aquí
como a país conquistado y nos obligará a rendir homenajes al obispo que trae...
Por eso me resisto yo a aceptar el encargo que vuestra señoría quiere darme,
dejando en mis manos el gobierno de la ciudad si vuestra señoría persiste en
retirarse bajo los fuertes de Talcahuano.
— El
encargo de vuestra merced, señor conde, será proteger las vidas y haciendas del
vecindario noble, que será el más expuesto a los vejámenes de esa chusma; pero,
en fin, cualquier cosa toleraría, menos que ese Andreu se posesione de mi
Catedral y de éste mi palacio.
— Diga
vuestra señoría y perdone — intervino don Julián Urmeneta— ¿qué haremos con los
insurgentes presos? ¿Los dejaremos en prisiones o los soltaremos antes de que
entren los insurgentes? ...
— Yo no
los suelto — contestó el gobernador-obispo— ; vuestras mercedes verán lo que
hacen con ellos una vez que yo me retire de la ciudad.
— ¿Es
verdad que vuestra señoría piensa embarcarse en uno de los buques fondeados en
la bahía y envelar hacia el Callao?...
— Si los
cañones de Talcahuano no son capaces de resistir, será necesario que me
embarque y huya — murmuró el obispo con voz ronca por la emoción— , pues no
puedo exponer la dignidad de mi cargo a los vejámenes de esos traidores.
Al día
siguiente llegaron a Concepción otros grupos de fugitivos y entre ellos algunos
jefes del ejército derrotado, todos los cuales informaron al obispo de la
imposibilidad en que se encontraban los realistas, sitiados ya en Chillán, de
socorrer a la metrópoli. El mayor Justis, jefe de los chilotes, el cuartel
maestre Tejeiro y el mayor Jiménez Navia aconsejaron al prelado-intendente que
debía poner a salvo su persona retirándose a Talcahuano y ordenar, al mismo
tiempo, que la nave “Bretaña”, allí fondeada, se alistase para levar anclas una
vez que, embarcado el obispo, se viera que los cañones del puerto no podían
detener el avance de los batallones patriotas que pronto deberían ocupar a
Concepción. El que más insistía en la fuga era Jiménez Navia, cuya conciencia
le remordería aún la traición que cometiera dos meses antes, cuando entregó la
ciudad a los realistas, sin disparar un tiro, siendo él el jefe de la numerosa
guarnición patriota. Sabía este traidor que si caía en manos de los
“insurgentes” sería ahorcado sin piedad, en justo castigo de su mala acción.
El Obispo
Villodres creyó llegado el caso de huir, aunque repugnaba a su conciencia de
mandatario y de obispo el tener que abandonar a sus gobernados, y a su rebaño
en las horas de prueba. Antes de montar en la mula que lo condujo a las alturas
de Talcahuano, con la debida escolta, encerróse en su escritorio y redactó la
última pastoral a sus diocesanos, que fue también la última proclama a sus
súbditos. “Supuesta la inseguridad de nuestra persona en Concepción y no
pudiendo dudar de las perversas intenciones de los enemigos, y viéndonos en. la
extrema alternativa de perecer o de huir de aquellos furiosos, nos hemos
resuelto por este último partido, siguiendo el precepto del Redentor, cuando
dijo a sus apóstoles: “cuando fuereis perseguidos en una ciudad, huid a otra
...”
Por
cierto que esta cita la dijo en latín, a fin de dar mayor solemnidad al
documento; pero, a pesar de todo, el vecindario de Concepción vio en tal
actitud de su gobernador y prelado el ejemplo de lo que debía hacer; cuando su
señoría salió del palacio para montar en la caballería que lo esperaba
ricamente enjaezada en la plaza, se encontró con que había allí un centenar de
animales ensillados que esperaban a sus dueños para huir, también, tras del
obispo.
El señor
Villodres había entregado el mando de la provincia, un momento antes, a su
amigo y correligionario el conde de la Marquina, quien una vez que se vio
investido del cargo, sólo se preocupó de tirar sus líneas para traspasarlo en
la mejor forma posible a las autoridades patriotas que debían presentarse de un
momento a otro a exigir la rendición de la ciudad; en efecto, al día siguiente,
a las siete de la mañana, el acaudalado vecino pencón don Juan Esteban del
Manzano, que formaba parte del ejército patriota en clase de sargento mayor de
caballería, fuese a apear frente a la casa del conde, situada a una cuadra de
la plaza.
— El
señor general en jefe del ejército nacional — dijo el mayor Manzano tan pronto
echó la vista encima al anciano conde y sin dignarse aun contestar el
ceremonioso saludo con que éste lo recibiera— exige la inmediata e
incondicional rendición de esta plaza y sus términos, como el único medio de
evitar un ataque a la ciudad que habría de ser fatal para su vecindario. Le
conviene, al señor conde de la Marquina, resolverse y responder in
continenti...
— Ya lo
tengo resuelto — contestó sin tardar el conde— ; puede el señor general en jefe
tomar por sí mismo, o por delegado, el mando de la ciudad, que estoy pronto a
depositar en las manos que se me indiquen.
— La
ciudad y la provincia — agregó el parlamentario.
— La
ciudad — contestó en el acto el conde— . Solamente el mando de la ciudad me ha
sido entregado; en la provincia mandan las armas del Rey y su representante,
que es el señor intendente gobernador, el ilustrísimo Obispo Villodres.
— Esta
misma tarde entregaréis el mando a la persona que designe para ello el señor
General Carrera, y de su parte os mando que impidáis salir de la ciudad al
vecindario, so pena de confiscación de bienes a vos y a los fugitivos...
¡Quedad con Dios!
En la
tarde del 26 de mayo de 1813, a los sesenta días justos de haberla ocupado las
fuerzas españolas del General Pareja, entraron nuevamente a Concepción las
autoridades patriotas representadas por el prestigioso vecino don Antonio
Mendiburu, que desempeñaba el cargo de ayudante del General Carrera, y que fue
designado para tomar interinamente el mando de la ciudad; lo acompañaba, como
jefe del destacamento que escoltaba al nuevo gobernador, el capitán don Joaquín
Prieto, que, transcurriendo los años, debía llegar al alto cargo de Presidente
de Chile.
El
gobernador y su escolta llegaron a tiempo para impedir los saqueos y violencias
que habían empezado a ejecutar los soldados realistas que se replegaban
apresuradamente a Talcahuano, al llamado del intendente-obispo, para reforzar
la resistencia; la tarde de ese mismo día el Gobernador Mendiburu mandó
ahorcar, en la plaza, tras un bando solemne, a tres soldados que habían sido
sorprendidos robando dentro de una casa, después de haber golpeado y herido a
sus dueños. Con este escarmiento la ciudad se vio tranquila.
Ocupada
la población por el destacamento patriota, empezaron a salir de su escondites
numerosos “insurgentes” que permanecían ocultos para sustraerse a la
persecución del Obispo Villodres y de sus secuaces; entre ellos, se hizo
presente, de los primeros, el arcediano de la Catedral, canónigo don Salvador
Andrade, que había sido una de las víctimas más asediadas por el prelado a
causa de sus decididas “ideas de patriotismo”. Cuando entró a Concepción, el
General Carrera puso el gobierno de la iglesia pencona en manos de este
canónigo, el cual, como se comprenderá, no puso el menor inconveniente para que
el Obispo Andreu y Guerrero “oficiara” en la Catedral “como si estuviera en su
propia diócesis”.
A las
bulliciosas fiestas con, que el vecindario celebró la reconquista de la ciudad
de Concepción por los patriotas — entre las cuales figuró en primer término un
Te Deum cantado en la Catedral y un sermón, predicado en el “tabladillo” de la
plaza por el Obispo Andreu delante de toda la tropa, vecindario y pueblo
reunido allí— siguieron los primeros actos administrativos de las autoridades.
El primer decreto del General Carrera fue para designar el gobierno local, que
recayó en una junta compuesta del arcediano Andrade, del activo y famoso
clérigo revolucionario don Julián Uribe que acompañaba al ejército desde
Santiago, y del respetable funcionario pencón don Santiago Fernández; esta
junta, premunida de poderes amplios para reorganizar todos los servicios de la
administración provincial, podía aprehender, tomar cuentas, destituir,
reemplazar y aun condenar a los empleados realistas.
El
general en jefe no quiso demorar la toma del puerto de Talcahuano que era el
complemento de la ocupación de Concepción; la misma tarde de su entrada a la
metrópoli envió al Obispo Villodres, en su calidad de autoridad realista civil,
una severa conminación para que rindiera incondicionalmente las fortalezas bajo
las cuales se habían refugiado los realistas fugitivos con la esperanza, aunque
remota, de recibir auxilio del ejército de Pareja o de las demás plazas de la
frontera; pero ya sabemos que el obispo estaba empecinado en no tratar con
insurgentes, y ni siquiera contestó la comunicación del general chileno.
Era
necesario, pues, recurrir a las armas.
La misma
noche del 26 de mayo se pusieron en movimiento hacia Talcahuano seiscientos
hombres de infantería, cuatrocientos de caballería y cuatro cañones, y sin ser
sentidos por el enemigo, tomaron posiciones en las cercanías de la plaza
marítima. A la madrugada del siguiente día, dos guerrillas patriotas, al mando
del teniente don Ramón Freire, iniciaron el avance, resueltamente, hacia las
alturas que dominan a Talcahuano y antes de dos horas, las tropas del teniente
Freire y las del capitán don Joaquín Prieto que habían seguido a las primeras,
apoyadas todas por el batallón de Infantes de la Patria y dos piezas de
artillería, caían sobre las primeras casas del pueblo sembrando el pánico sobre
la población y sobre los fuertes mismos que defendían la plaza.
Los
realistas, desmoralizados con el sorpresivo ataque, apenas si oponían una débil
resistencia, concretándose la gran mayoría a huir hacia la playa para
embarcarse atropelladamente en lanchas y bateles para ganar los buques
fondeados en la bahía, perseguidos de cerca por los soldados patriotas, algunos
de los cuales “se metieron al mar con el agua hasta la garganta para dar
alcance a las embarcaciones o a los fugitivos que nadaban para guarecerse en
ellas”.
Una
compañía de granaderos al mando del capitán don Manuel Rencoret, llevando a su
cabeza a su capellán, el presbítero don Juan Miguel Benavides, llegó a la plaza
de Talcahuano en los momentos en que se desprendía de la plaza la última barca
que llevaba a algunos realistas hacia el bergantín “San José”, uno de los
barcos españoles fondeados en la bahía, y que servía de prisión flotante a
numerosos patriotas. Sobre uno de los edificios de la plaza, abandonado ya por
el enemigo, flameaba aún la bandera del Rey.
En el
centro ya de la plaza, el capitán Rencoret desparramó su tropa por las diversas
calles, en persecución de los enemigos que huían y a los pocos instantes se
encontraban allí apenas unos veinte soldados, junto a los cuales se hallaba el
clérigo Benavides, que habiendo perdido su sombrero “de teja”, lo había
reemplazado con quepis de soldado, con la escarapela de la patria. Pletórico de
entusiasmo, el clérigo puso sus brazos en jarra y lanzando un viva a la patria,
abrió sus gruesos labios resecos por la carrera que se “había pegado” para
llegar hasta allí con sus soldados, y aspiró a pulmón pleno las refrescantes
brisas marinas; pero al volver el rostro hacia la derecha, vio el asta con la
bandera española que flameaba todavía sobre aquel campo que ya era patriota;
dejando para mejor ocasión el refocilarse con las brisas marinas, corrió hacia
la bandera enemiga, la arrancó del asta, cogióla entre sus uñas y entre sus
dientes, destrozóla, arrojó sus jirones al suelo, los pateó, y, por último, no
encontrando mayor insulto que hacer a la odiada insignia de los tiranos... se
sentó en ella...
Las
órdenes que habían recibido los asaltantes era la de apoderarse del
obispo-gobernador para tenerlo en rehenes y obligar dé esta manera al ejército
de Chillán a que capitulara; pero el señor Villodres habíase embarcado la noche
anterior en la fragata “Bretaña” para prevenir cualquier desaguisado de los
patriotas contra su venerada persona, y tan pronto como vio que las fuerzas
nacionales emprendían el ataque a Talcahuano, resueltas a triunfar, dio orden
de levar anclas y partir hacia el norte, rumbo al Callao.
§ 15. Un
“insurgente” y un “maturrango”
(1813)
El Obispo
de Concepción, don Diego Antonio Navarro Martín de Villodres, más conocido en
su tiempo con el último de sus apellidos, había aceptado los acontecimientos de
1810 con todas las reservas mentales que podía alumbrar su bien constituido
cerebro de realista convencido e intransigente. Aunque todas las declaraciones
de los patriotas estaban concordes en que el nombramiento o designación de una
“Junta” nacional para el gobierno de Chile respondía al honradísimo propósito
de “conservar este Reyno para nuestro amadísimo Soberano, el señor don Femando
Séptimo”, ningún maturrango “de ley” se encontraba dispuesto a tragarse la
píldora, ni menos podía hacer tal cosa un obispo, español de origen y de tantas
agallas como Su Ilustrísima penquista.
Cuando
llegó a Concepción el Comisionado de la Junta santiaguina, don José María
Rozas, con el objeto de comunicar las novedades ocurridas el 18 de septiembre y
de pedir a su primo don Juan Martínez de Rozas que se trasladara a la capital,
‘a pedido del pueblo” que lo había designado miembro de la Junta, el Obispo
Villodres se negó a recibirlo la primera vez que el Comisionado se presentó al
Palacio Episcopal.
— No
quiero ver a ese renegado — diz que dijo el iracundo prelado, cuando su
“familiar”, el padre dominicano Orihuela, anunció al visitante.
— Ese
insurgente dice traer comunicaciones de la Junta para vuestra señoría
ilustrísima...
— ‘¡Que
las deje, si gusta! Ya veré yo si las abro o si las quemo sin abrirlas. |Y
déjame en paz — terminó— que estoy leyendo mi breviario!...
Cuando
don José María supo el recibimiento que le hacía el Obispo maturrango, dijo,
sin inmutarse, al “familiar”:
— Diga a
su amo que si se interesa por conocer las comunicaciones de la Excelentísima
Junta, mande por ellas a mi casa; pero prevéngale, también, que si llego a
Santiago sin su contestación, es posible que tenga que salir de su diócesis en
peores condiciones que el Intendente Alava...
Aun no
había doblado la esquina el desairado Comisionado Rozas, cuando ya el
dominicano le había trasmitido al Obispo la amenaza del insurgente y repetídole
“de pe a pa” otras palabras y epítetos menos suaves que había agregado al
despedirse; podía el Obispo desentenderse, tal vez, de los epítetos, pero no
era fácil que hiciera lo mismo con la amenaza. El Intendente don Luis de Alava,
al saber los acontecimientos de Santiago, había optado por las de Villadiego,
‘‘amedrentado como estaba por los pasquines que O’Higgins, Martínez de Rozas y
otros patriotas de Concepción habían estado circulando desde algunos días
atrás, en los cuales se ponía en ridículo al Intendente y le amenazaban con una
deposición inmediata, perpetrada por el pueblo y hasta con la muerte en
afrentoso patíbulo”, si no dejaba el mando o se sometía incondicionalmente a la
autoridad de la Junta “que se iba a instalar en la capital”.
Bajo la
influencia de estas amenazas, el anciano y achacoso Intendente se encontraba en
una inquietud y nerviosidad aterrantes, y su inquietud se convirtió en pavor
cuando el pueblo penquista, soliviantado por Martínez de Rozas, Mendiburu,
Rioseco, Benavente y otros, se echó a la calle en un estallido de
manifestaciones de entusiasmo loco, al saber las noticias que traía el
Comisionado. Incapaz, por sus achaques, de afrontar una resistencia o guardar
el orden público, el Intendente Alava fue a refugiarse al Palacio Episcopal, y
esa misma noche fuese a embarcar, con infinitas precauciones, en la fragata
“Europa”, que estaba fondeada en Talcahuano, de partida para el Callao.
Esa tarde
y parte de la noche, la multitud había permanecido frente al Palacio del
Obispo, profiriendo los más crudos insultos contra el infeliz mandatario,
envolviendo en ellos, también, al Obispo Villodres, el cual temió, varias
veces, ver asaltada e invadida su residencia.
Al día
siguiente de estos sucesos habíase presentado en Palacio el Comisionado Rozas,
con la pretensión de hablar con Su Ilustrísima; se comprenderá, entonces, el
“recibimiento” que el señor Villodres hizo al emisario patriota; pero,
recapacitando sobre las palabras que éste había dicho a su familiar, el Obispo
entendió que, por lo menos, había de oír al Comisionado y saber qué podía
decirle la decantada Junta santiaguina”, en las comunicaciones que se le
anunciaban. Tal como se presentaban las cosas no era posible ni conveniente
empezar dando coces contra el aguijón.
Parece
que el Comisionado fue discreto y que, a pesar del desaire recibido, supo
manejarse bien en su entrevista con el prelado, y parece, también, que éste
amainó un poco en su intransigencia realista o supo disimularla en espera de
ponerla en acción en ocasión más favorable; el hecho fue que cuando los
funcionarios, las corporaciones y “el pueblo” de Concepción juraron obediencia
a la recién instalada Junta de Gobierno de la capital, el Obispo Villodres no
sólo fue uno de los asistentes al Cabildo Abierto en que se acordó y firmó el
acta de adhesión al nuevo estado de cosas, el 12 de octubre, sino que extremó
esta adhesión con el “juramento público de obediencia y fidelidad” que hicieron
todas las autoridades y funcionarios pencones el 17 del mismo mes, “según el
modo y la forma que correspondía a la clase de cada uno”.
Pero
estas adhesiones de Villodres, así como las de los franciscanos, de la mayoría
del Cabildo Eclesiástico y de militares, como don Tomás de Figueroa y don Ramón
Jiménez Navia, no tenían intenciones de ser sinceras; ellas obedecían, en
primer lugar, a la presión que hacía el pueblo, instigado por el “corifeo” de
la revolución, Martínez de Rozas y por su principal ayudante don Bernardo
O’Higgins, el cual, recluido hasta entonces en su hacienda Las Canteras, Los
Ángeles, “sentía que ya le llegaba la hora” de poner sus facultades, fortuna y
su vida al servicio de su patria, según se lo había prometido al “precursor”
Francisco de Miranda, antes de partir de Londres hacia Chile.
Sabido es
que durante los primeros años de “sistema republicano” que siguieron al
establecimiento de la Junta de Gobierno Nacional, la ciudad de Concepción fue
un hervidero. Distantes cien leguas de la capital, con comunicación que
demoraba cuatro días “reventando caballos”, los penquistas considerábanse casi
independientes del gobierno central, cuyo control no podía ejercitar en forma
eficaz, para mantener la unidad de acción que tal situación reclamaba. Por otra
parte, existía allí un ejército veterano mandado por peninsulares de prestigio
como el comandante Figueroa y el mayor Jiménez Navia, que juntamente con el
Obispo, las comunidades religiosas y otros funcionarios de la burocracia
realista, formaban el núcleo de resistencia a las “novedades” santiaguinas, por
más que éstas hubieran prendido ya en el pueblo mediante la acción
incontrastable de los revolucionarios criollos.
Este
núcleo de maturrangos podía ceder, momentáneamente, a esa formidable presión
popular; pero estaba listo para tomar la revancha al menor descuido, y para
recuperar su situación perdida. De aquí que durante esos dos años “la
metrópolis” del sur estuviera en constante movimiento revolucionario y su mando
pasara de una mano más o menos patriota a otra más o menos realista, según los
vientos que corrían en la capital; las revoluciones de los hermanos Carrera y
las luchas entre “exaltados” y “moderados” en el seno de la Junta o en el
Cabildo santiaguinos repercutían en> Concepción ruidosamente y determinaban
el cambio violento del gobierno de la provincia. De esta manera ocurrieron en
aquella ciudad las diversas revoluciones que mantuvieron en constante alarma no
solamente a los pencones, sino a Santiago mismo.
El
Palacio Episcopal era el punto de reunión, el centro, el aquelarre de los
realistas, y el Obispo Villodres su jefe nato. Dotado de una actividad
prodigiosa, el prelado mantenía el fuego sagrado de la monarquía con sus
predicaciones constantes, con sus pastorales, con las misiones que enviaba a
los campos, con los “ejercicios espirituales” que mandaba celebrar en las
ciudades poniendo en constante actividad a los clérigos y frailes de su
jurisdicción. La Iglesia y el Trono litigaban allí por una cuerda contra las
nuevas ideas y, según el prelado, “no podía haber avenimiento entre la
revolución y la fe católica”; todo insurgente era un renegado a quien no era
posible administrarle los sacramentos si no hacía humilde abjuración de sus
ideas; los clérigos y frailes que formaban en las filas patriotas eran
calificados de “apóstatas”, y, por lo tanto, suspensos “a divinis”,
más aún “incursos” en excomunión.
Las
barbaridades de todo orden que cometió nuestro Padre de la Patria, don José
Miguel Carrera, desde que ingresó a la vida pública mediante su primera
revolución de 1811 — barbaridades que fueron en creciente desde que empuñó la
suma del poder, en diciembre de ese mismo año— culminaron con la “jugada” que
hizo al promulgar el “Reglamento Constitucional Provisorio del Estado de
Chile”, que lleva la fecha de octubre de 1812. Esta Constitución, la primera
que se dictó en Chile, fue redactada por don Francisco Antonio Pérez, don Jaime
Zudáñez, don Manuel de Salas, don Hipólito de Villegas, don Francisco de la
Lastra y Camilo Henríquez, los cuales recibieron esta comisión del Presidente
Carrera y trataron de cumplirla lo más pronto posible; uno de sus artículos
establecía que la religión del Estado sería la “católica, apostólica, romana”,
y así fue presentada al vecindario y al pueblo para que la ratificara con su
firmas, tanto en Santiago como en las demás ciudades. Todo ‘‘el que supo” firmó
en Santiago este Reglamento Constitucional, y cuando el documento fue llevado a
Concepción, el Obispo Villodres lo firmó también, haciendo previamente algunos
distingos sobre ciertas declaraciones más o menos insurgentes que allí se
contenían, porque, hay que decirlo, en esa Constitución se reconocía la
soberanía española.
Pero don
José Miguel Carrera no podía dejar de hacer una pilatunada, aun en asunto de
tanta importancia como la primera de nuestras Cartas Magnas, y cuando mandó
imprimir el documentó para “circularlo”, o sea, para promulgarlo, le suprimió
“una sola palabrita” pero que tenía una trascendencia enorme; allí donde decía
“iglesia católica, apostólica, romana” hizo quitar la palabra “romana”... ¡Para
qué decir el revuelo que se produjo en el clero y luego en la sociedad misma,
cuando se vio esta deliberada omisión! Los clérigos y frailes patriotas fueron
los primeros en alzar su protesta, y el primero de todos Camilo Henríquez, uno
de los redactores del Estatuto recién falsificado. No digo nada del clero
realista, encabezado en Santiago por el Obispo electo Rodríguez Zorrilla,
porque quiero referirme especialmente al Obispo de Concepción, señor Villodres,
a quien tenemos entre manos.
Por
cierto que tan pronto como Su Ilustrísima se dio cuenta de la omisión de esa
importantísima palabra “romana”, su celo apostólico se inflamó como un volcán,
predispuesto como estaba en contra de todo lo que venía de los insurgentes. La
jugada de Carrera le dio pie, a las mil maravillas, para lanzar sobre el
gobierno nacional sus más enconadas iras, llamándolo desleal y tachándolo de
“herético y cismático”, pues no solo tenía intenciones de repudiar a la
monarquía, sino también a la Iglesia de Roma, de cuya autoridad pontifical
quería apartar a este rebaño; el mal que en esos momentos causó el General
Carrera a los intereses de la patria naciente con su atolondrada jugarreta, fue
enorme, pues dio a los realistas argumentos bastantes para combatir con éxito
las ideas de independencia y libertad política que en esa época estaban, puede
decirse, en embrión.
El
General Carrera, sin embargo, no era hombre de pararse en estos pelillos, y si
no dejó de preocuparle el hecho de haber provocado una nueva y grave dificultad
a su Gobierno, ya bastante accidentado, cortó por lo más breve, que fue irse de
frente contra el Obispo electo de Santiago, don José Antonio Rodríguez
Zorrilla, a quien tenía más a la mano y que había sido el primero en protestar
de la deliberada omisión de aquella palabrita “romana”, insignificante en sí
misma, pero de trascendencia indiscutible. Tocaba la casualidad de que
Rodríguez era un realista consumado y, por lo tanto, enemigo irreductible del
nuevo sistema de gobierno.
Por una y
otra parte, el General Carrera “creyó de primera necesidad poner a la cabeza de
la Iglesia chilena a un pastor cuyas ideas liberales ayudasen nuestra causa. La
mitra estaba vacante, dice él mismo en su Diario, y el vicario
Rodríguez era enemigo del sistema, lo mismo el Cabildo y las comunidades
religiosas”.
Vivía en
Quillota, alejado de sus compañeros de ministerio sacerdotal, a causa de
antiguas diferencias con la autoridad eclesiástica, un mitrado que tenía el
título de obispo auxiliar de Santiago, Charcas y Arequipa. Llamábase don Rafael
de Andreu y Guerrero, y se había hecho notar por la inflexibilidad de su
carácter y por sus acendradas ideas revolucionarias; a los pocos días del motín
de Figueroa, el año anterior, había pronunciado una violenta alocución contra
los “que combatían al gobierno constitucional” — es decir, contra los
realistas— en una ceremonia religiosa que la Junta había hecho celebrar en la
Plaza de Armas para dar gracias al cielo por haber dado el triunfo a la patria
“contra los rebeldes”, esto es, por la derrota del amotinado jefe español. El
Obispo Andreu era un orador de amplia y elegante verba y con su palabra cálida
y vibrante lograba, fácilmente, entusiasmar a su auditorio.
Este fue
el eclesiástico elegido por el General Carrera para entregarle el gobierno de
la Iglesia nacional. Después de varias entrevistas con el Obispo Andreu, que se
resistía a aceptar el cargo alegando ciertas irregularidades canónicas que
creía ver en su entrada al gobierno eclesiástico de la diócesis, el señor
Andreu cedió al fin, convencido de que en tales circunstancias no era posible
que la Iglesia de este reino estuviera entregada a los vaivenes de pasiones
políticas sin control..
Influyó
mucho en la resolución del señor Andreu, la intervención que tuvo en estas
negociaciones el cónsul americano Mr. Poinsett, llegado a Chile algunos meses
antes y que por sus avanzadas ideas en pro de la independencia de las colonias
españolas, había logrado captarse la simpatía y la confianza del Presidente
Carrera.
— Yo no
soy católico, señor Andreu — dijo al Obispo en una de sus entrevistas de
Quillota— , pero respetando la religión que profesa este país, creo que
necesita de un prelado que la dirija con enseñanzas que no se contrapongan con
el sistema republicano, que es el único que puede hacer la felicidad de los
pueblos. Usted es ese prelado, y aunque no es chileno, habrá de amar a este
país y querrá trabajar por su felicidad, así como lo hago yo, que tampoco soy
chileno.
Olvidaba
decir que Andreu era español de origen.
A
mediados de diciembre llegó a Santiago el Obispo Andreu y tomó inmediatamente
posesión de su cargo, con la protesta del Obispo electo, Rodríguez Zorrilla, y
de tres de los canónigos, todos los cuales tuvieron que recluirse en sus casas,
porque el Gobierno los amenazó con el destierro si persistían en poner
dificultades a la administración eclesiástica del nuevo prelado. Instalado ya
en la silla episcopal, el señor Andreu, que no era de paños tibios cuando
tomaba sus resoluciones, se puso por entero al servicio de la revolución y
dentro de muy pocas semanas se encontró “de punta” con el prelado de
Concepción, señor Villodres que, como hemos visto, se había lanzado también a
la lucha, enarbolando las banderas del Rey.
Ambos
mitrados, cada uno en su jurisdicción, organizaron sus huestes para defender
sus ideales y para atacar con furor al enemigo; ambos eran oradores de fuste y
escritores de acerada pluma; el púlpito y las pastorales eran sus armas de
combate preferidas y desde sus altas tribunas arrojaban sus dardos candentes
sobre sus adversarios y sobre ellos mismos, no sólo con violencia, sino con
encono y procacidad; por su parte ambos cleros secundaban a su respectivo
prelado con entusiasmo ardoroso, aprovechando de los variados medios de
propaganda eficaz de que disponían, la predicación, el confesionario y las
censuras espirituales.
Los
eclesiásticos enemigos del respectivo prelado encontrábanse hostilizados
perennemente en el desempeño de su ministerio, y casi siempre suspensos ‘‘a
divinis”; los clérigos y frailes realistas no tenían libertad alguna para
actuar en el obispado de Santiago, y como represalia, los clérigos y frailes
patriotas se encontraban en Concepción como en corral ajeno. Las jiras de ambos
prelados por los campos y ciudades de su jurisdicción eran frecuentes; durante
esas jiras, a las cuales se les daba el carácter de visitas diocesanas, los
prelados predicaban “con mitra y báculo”, a fin de dar a este acto una
solemnidad excepcional y hacer mayor impresión en sus sencillos oyentes.
Las
“misiones” eran otro recurso muy socorrido de los enardecidos mitrados. “Hoy
salen a los campos veinticuatro misioneros, recolectados en los diferentes
conventos, y de acendrado patriotismo, para que generalicen la opinión de
libertad — decía don Bernardo Vera y Pintado, diputado de Buenos Aires en
Santiago, en una comunicación a su Gobierno— , pues se trata de remover a
algunos curas enemigos de nuestra santa causa”.
“Quedan
suspensos a divinis como vulgares apóstatas — conminaba en una de sus
pastorales el Obispo Villodres— los clérigos y frailes de nuestra diócesis que
de alguna manera, por sutil que sea, traten de insinuar al pueblo el diabólico
sistema de república que han proclamado algunos ambiciosos de poder, en
desmedro de los derechos de la Iglesia y del legítimo monarca de estos reinos,
y además pronuncio desde luego la pena de descomunión ipso facto, reservada a
Nos, para todo eclesiástico que en tal estado de suspensión administre los
sacramentos”.
“Mandamos
a todos los eclesiásticos seculares y regulares de nuestra diócesis — decía,
por su parte, el Obispo Andreu, en pastoral fecha 13 de marzo de 1813— que bajo
ningún título, causa ni pretexto declamen, aconsejen o influyan directa o
indirectamente contra la justa causa de América, sea en conversaciones privadas
y públicas, sea en la cátedra del Espíritu Santo y mucho menos en el venerable
sacramento de la penitencia, debiendo, por lo contrario, ilustrar a los
ignorantes, confortar a los débiles y asegurar las conciencias timoratas,
manifestándoles la armonía y concordia que reina entre la sacrosanta religión
de Jesucristo y el nuevo sistema americano, bajo pena de suspensión de
confesar, predicar y celebrar”...
Comprenderá
el lector que tales arrestos de los dos prelados que gobernaban la iglesia
chilena habían hecho recrudecer en el país la lucha por la preponderancia
política, pues es un hecho establecido que las luchas religiosas han tenido, en
todos los tiempos y edades, “la virtud” de enconar los espíritus más pacíficos
y de trastornar los cerebros más equilibrados.
Tal era
la situación del país, espiritualmente hablando, al empezar el año 1813, o sea,
en los precisos tiempos en que el General Pareja se encontraba ya en Chiloé
organizando los batallones realistas con que se proponía desembarcar en
Talcahuano para emprender su campaña de reivindicación del Reino de Chile para
Su Majestad don Fernando VII.
Cuando el
general realista ocupó a Concepción, el Obispo Villodres encontrábase en visita
diocesana por la región del Laja, acompañado de un grupo de misioneros
franciscanos; Villodres tenía conocimiento ya de la proyectada invasión
realista y sus trabajos en esa visita iban encaminados a preparar los ánimos en
favor de la reconquista; inmediatamente de saber que Pareja había entrado a la
metrópoli del sur, se encaminó rápidamente hacia allá a fin de ponerse a las
órdenes del representante del Rey y de presidir la solemne ceremonia del
juramento público que deberían prestar la ciudad y sus habitantes, sin
distinción alguna. La ‘‘oración” que en ese acto pronunció el Obispo Villodres,
hizo época por su violencia, por la procacidad de sus epítetos contra los
patriotas y por el encono profundo que manifestó en sus palabras, desde la
“cátedra del Espíritu Santo”. Con absoluta propiedad, se calificó él mismo en
ese discurso, “el primer realista de este antes desgraciado y ahora feliz Reino
de Chile”.
Cuando
Pareja salió de Concepción para emprender la marcha hacia Santiago, no encontró
una persona más calificada para encargarle el gobierno de la ciudad en nombre
del Rey, que el Obispo Villodres, y así lo hizo, designándolo gobernador
político de toda la provincia.
La
noticia de la invasión realista produjo en Santiago el revuelo que es de
imaginar. Las continuadas luchas políticas internas habían absorbido por entero
la atención de gobernantes y gobernador durante dos años enteros, y el país se
encontraba totalmente desprovisto y desarmado para resistir a la invasión, que
asumía caracteres de formidable.
La Junta
de Gobierno que presidía el General Carrera tuvo el buen acuerdo de renunciar
para que ocuparan esos cargos otros individuos más idóneos que pudieran
afrontar la peligrosa situación; don Francisco José Prado y don José Santiago
Portales fueron substituidos por don Agustín de Eyzaguirre y don José Miguel
Infante, y habiéndose nombrado a Carrera general en jefe del ejército en
campaña, ocupó la presidencia de la Junta don Francisco Antonio Pérez.
Carrera y
sus ex compañeros de la Junta anterior, conocían las actividades del Obispo
Villodres y el éxito estupendo que había tenido en sus predicaciones en los
campos del sur, y también conocían de cerca los admirables resultados que había
alcanzado el Obispo Andreu y Guerrero en el poco tiempo que ocupaba la silla
episcopal de Santiago; era éste un elemento indispensable e insustituible para
la campaña que iba a empezar, a través de la zona central del país, donde había
necesidad de levantar la opinión de los pueblos a favor de la causa patriota, y
el General Carrera estimó absolutamente necesario llevar consigo al Obispo de
Santiago.
— Señor
Ilustrísimo — díjole, tres días antes de partir hacia Talca, en una visita que
le hizo especialmente en su palacio de la Plaza— , voy a pedir a su señoría un
nuevo sacrificio en favor de la patria injuriada hoy por la planta del
enemigo...
— Señor —
contestó el mitrado—, sabe vuecencia que el Obispo de Santiago está llano a
cualquiera petición que se le haga en nombre y por la salud de la patria.
Mándeme vuecencia...
— El
Obispo Villodres ha sido nombrado gobernador político de Concepción, por el
invasor, y diz que viene en su compañía hacia el norte... Deseo que vuestra
señoría me acompañe a organizar el ejército de la patria, hasta las orillas del
Maule.
— ¿El
Obispo Villodres viene hacia el norte?... — inquirió el señor Andreu, afirmando
las manos en la brazadas de su sillón y echando el busto hacia adelante.
— Así lo
afirman — acentuó Carrera.
— Pues yo
voy al sur — resolvió el prelado, dando un golpe sobre la mesa— . ¿Cuándo
salimos?
— El
general en jefe debía salir al sur sin detenerse y fijó su viaje para el día
subsiguiente.
— ¿Pero
ya tiene vuecencia sus tropas listas para la campaña? — preguntó el Obispo.
— No,
Señor Ilustrísimo; pero me adelantaré a ellas, para preparar sus campamentos y
para reclutar soldados durante el trayecto hasta Talca.
Aunque no
estaba preparado para un viaje así tan de sopetón, el Obispo se manifestó
dispuesto para acompañar al General, cuya escolta sólo comprendía unos veinte
oficiales de Estado Mayor y el Cónsul Poinsett, que en esos momentos de peligro
nacional se había constituido en consejero de los dirigentes chilenos y en
especial del jefe del ejército.
Recapacitando,
sin embargo, sobre la inconveniencia de un viaje tan precipitado del Obispo, el
General Carrera creyó más útil a sus propósitos que el señor Andreu partiera al
sur con los primeros cuerpos de ejército que salieran de Santiago algunos días más
tarde, y así quedaron convenidos.
El
prelado comenzó inmediatamente sus preparativos de viaje, y sus primeras
disposiciones fueron las de seleccionar un cuerpo numeroso de capellanes y
misioneros, los unos para que atendieran el servicio religioso de las tropas en
campaña y los otros para que esparcieran por los caminos del trayecto
“levantando la opinión de libertad, convenciendo a los tibios y exaltando el
entusiasmo guerrero de los campesinos para que se incorporaran a los ejércitos
de la patria envilecida por los “traidores”. Antes de cuatro días, el señor
Andreu y Guerrero contaba con más de cincuenta frailes y diecisiete clérigos
“inflamados de patriotismo y de libertad” que se encontraban listos para entrar
en campaña...
Entre los
frailes, fueron los mercedarios los que proporcionaron una mayor cuota; en
seguida, venían los dominicanos, en tercer lugar los franciscanos y por último,
los agustinos, que sólo contribuyeron con siete frailes.
El 4 de
abril se “proclamaba” en Santiago una pastoral del Obispo Andreu en la cual,
junto con pedir. a todas las ovejas de su rebaño que elevaran
preces a Dios por el éxito de la campaña de libertad, ordenaba a todos los
rectores de los templos de su jurisdicción que hicieran distribuciones y
rogativas solemnes para “implorar el poder del Dios de las batallas en obsequio
de las armas que defienden la santa libertad de que es autor”; esa pastoral no
sólo se leyó durante varios días en los templos, sino que se publicó en sitio
preferente en el Monitor Araucano, de fecha 17 de abril.
En el
primer refuerzo de tropas que recibió el General Carrera en Talca, compuesto de
unos 80 húsares de la Gran Guardia, llegó a esa ciudad el Obispo de Santiago;
en Rancagua, en San Fernando, en Curicó y en todas las villas y poblachos del
trayecto, el Obispo había predicado sendos sermones para excitar a las gentes a
tomar las armas para la defensa nacional; de manera que al llegar a la ciudad
del Piduco, el señor Andreu traía, además de su escolta militar de ochenta
húsares, varios centenares de campesinos y muchísimos “jóvenes pudientes” que
iban a incorporarse voluntariamente a los batallones en formación.
Varios
frailes y clérigos que se habían internado por los campos circunvecinos de las
ciudades nombradas para predicar y “misionar”, fueron llegando también a Talca,
los días siguientes, trayendo consigo no sólo gente de tropa sino también
“comida”, ropa, armas y otros elementos con los que los hacendados contribuían
al avituallamiento de los ejércitos de la patria.
El
General Carrera quiso que el recibimiento del Obispo en Talca fuera
excepcionalmente solemne; no sólo merecíalo el prelado, riño que era
conveniente para la propaganda patriótica rodear su persona del mayor prestigio
posible. A fin de preparar este recibimiento en forma, dispuso que el señor
Andreu pernoctara en las casas de la hacienda Panguileinu, cercanas a la
ciudad, y que al siguiente día hiciera su entrada, bajo palio y montado en una
soberbia mula blanca gualdrapada de brocado y cuyas riendas llevó el Alcalde
don Roberto Salamanca.
Todas las
tropas que había reunido hasta ese día e] General Carrera formaron calle al
paso del prelado y su comitiva y le rindieron honores de Capitán General. El
jefe del ejército, con su Estado mayor y el inevitable Cónsul Poinsett
esperaban al Obispo en la Plaza de Armas, al pie del “tabladillo” que allí se
había levantado para que ambas autoridades “se saludaran”; tanto al entrar la
comitiva al pueblo, como al llegar a la Plaza, la artillería hizo tronar sus
cañones con salvas de honor, y durante todo el trayecto las campanas de la
Matriz, San Agustín, Santo Domingo, San Francisco y la Merced fueron echadas a
vuelo...
En esto
hay un poco de exageración, porque “la única campana que se oía era la de San
Francisco”, pues las otras eran tan insignificantes que sus modestísimos sones
no alcanzaban a oírse, al decir del capitán Spano.
Llegado
el Obispo a la Plaza, fue invitado a subir al tabladillo, en donde se colocaron
también las autoridades civiles; desde allí el señor Andreu dirigió la palabra
al pueblo y a las tropas en una alocución patriótica de tal fuerza de
convencimiento, que el General Carrera creyó de su deber dar cuenta de ella a
la Junta, con estas palabras, en comunicación oficial de 12 de abril: “Demostró
el Obispo con tanta viveza y solidez la justicia de nuestra causa, que todo el
gran concurso del pueblo y del ejército exclamaba, interrumpiéndole: ¡Viva la
patria! No se pudo presenciar ese acto sin enternecerse, y al final de él se
enarboló, con salvas, el estandarte tricolor”.
Por esos
mismos días, el General Carrera comunicó al Comandante O’Higgins — que
organizaba la resistencia en los campos al sur del Maule— el arribo a Talca del
Obispo y las fiestas que aquí se hicieron en su honor, en los términos
siguientes:
“Ha
llegado el señor Obispo, y al frente de la plaza concurrida por el vecindario y
tropas, vertió una oración patriótica que electrizó al pueblo de un modo
prodigioso. Concibo, sin temor de equivocarme, agregaba Carrera al modesto
soldado a quien pronto iba a considerar como su enemigo y rival, que los
hombres mandados por el patriota O’Higgins no necesitan maestros ni oradores
para ser virtuosos, bravos y decididos, porque todo lo suple su ejemplo”.
Ya en su
campo de acción, el Obispo Andreu se entregó por completo al desempeño de su
cometido, que era mantener el fuego sagrado del entusiasmo patriótico de los
bisoños guerreros del primer ejército nacional, que recibían en el campamento
de Talca una trabajosa instrucción militar, en medio de privaciones de todo
género.
Dije más
arriba que los dos años de continuas disensiones entre los dirigentes del
“nuevo Estado de Chile” habían distraído su atención a lo que debieron cuidar
de preferencia, esto es, la defensa nacional.
Durante
su gobierno absoluto y dictatorial, Carrera sólo habíase preocupado de
mantenerse en el poder, continuamente hostilizado por sus adversarios, los
Larraín, cuyos jefes, el ex mercedario don Joaquín y el caudillo pencón
Martínez de Rozas, no descansaban en su tarea de derrocarlo.
Las
entradas del erario chileno se invertían, en su mayor parte, en armas para
dotar a los grupos de campesinos y “plebe” que seguían al caudillo que estaba
en el poder, o que lo pretendía; pero todas esas armas y elementos bélicos se
esfumaban una vez que el caudillo quedaba dueño del campo, pues la gente,
llevada a los cuarteles por la fuerza, ajena a toda disciplina militar y sin
entusiasmo cívico alguno, aprovechaba la menor coyuntura para desertar y
volverse a sus hogares, de donde había sido arrancada por la “recluta”. Por
cierto que los soldados huían llevándose las armas, el vestuario — si se lo
habían: dado— y cuanto encontraban a la mano.
Cuando se
supo en Santiago el desembarco del ejército de Pareja en Talcahuano, la
ocupación de Concepción y el avance hacia Chillán, los dirigentes chilenos
despertaron de su borrachera revolucionaria, y habiendo medido el inmenso
peligro que amenazaba a las incipientes instituciones republicanas, tuvieron el
buen sentido de sacudirse de sus vicios políticos y especialmente del
caudillaje, que era el mayor de esos vicios. Lo primero era preparar al país
para rechazar la invasión realista y armarlo con la rapidez que exigían las
circunstancias apremiantes; si con grandes sacrificios se podía juntar algún
dinero mediante contribuciones o empréstitos forzosos de los particulares — ya
que el erario estaba exhausto— era casi materialmente imposible adquirir armas
y elementos bélicos con la prontitud que era menester, pues el avance del
ejército realista era rápido y aplastante. Armas había en el país, pero ellas
no estaban en los cuarteles, sino que diseminadas por las casas de los
particulares, en las ciudades y en los campos; la Junta ordenó que todos estos
elementos fueran entregados a las autoridades, conminando con severos castigos
a los que así no lo hicieran; pero al mismo tiempo prometió una recompensa de
veinticinco pesos por cada fusil, de ocho pesos por cada par de pistolas y de
seis pesos por cada sable o machete que fuera entregado en el plazo de dos
semanas; de esta manera fue posible reunir, antes de ese plazo, más de
setecientos rifles, doscientas pistolas y buen numero de sables y machetes.
El Obispo
y los misioneros tuvieron en esto una grande y eficaz participación, pues con
el estrecho contacto que tenían con la “plebe” por medio de las misiones y
demás actividades religiosas de su ministerio, conseguían fácilmente que los
campesinos y la demás gente del pueblo concurriese, confiada, a depositar esas
armas en poder de las autoridades y aun se incorporase espontáneamente a los
batallones de formación.
La Junta
Gubernativa reconoció ampliamente los importantísimos servicios que estaban
prestando a la causa de la patria el Obispo Andreu y sus auxiliares, los
cuales, a ejemplo de su prelado, no escatimaban sacrificios para hacerlos cada
día más eficaces. Entre las muchas demostraciones de agradecimiento que la
Junta hizo al Obispo se encuentra un oficio concebido en estos términos: “El
contraste que forman los virtuosos sentimientos del prelado de Santiago con
aquellos pastores que sacrificados a los caprichos e ideas sanguinarias de los
tiranos, han prostituido su carácter, su dignidad y su sagrado ministerio de
paz y de caridad (la Junta se refería al Obispo Villodres, de Concepción, que,
según ya sabemos, había tomado bandera en el campo realista), llenan a V. S. I.
de gloria, y las más remotas generaciones bendecirán su nombre, que siempre
recordarán con ternura. El gobierno mira con la mayor satisfacción a V. S. I.
consagrado a instruir a los pueblos en virtud de su apostólico ministerio y a
infundirles respeto y amor a la patria y a las autoridades. Tan heroicas
fatigas constituyen a V. S. I., por todos aspectos, padre de este pueblo y
acreedor al más profundo reconocimiento y aprecio del Gobierno y a que V. S. I.
sea mirado en todos los tiempos y en todo el mundo como el modelo de los
prelados”.
Los
realistas de Concepción, y muy especialmente el Obispo Villodres, apreciaban de
muy distinto modo la actuación del Obispo de Santiago, a quien achacaban, y con
razón, la responsabilidad de que los patriotas hubiesen podido organizar en
breves días una resistencia formal al avance del ejército invasor, que había
visto obstaculizada su marcha triunfal con las ágiles patrullas que mandaba
O’Higgins al sur del Maule y cuyas actividades alcanzaban ya hasta Chillán.
Villodres,
en cuanto gobernador político de aquellas provincias y en cuanto Obispo de
Concepción, lanzaba sus elementos espirituales y temporales contra los
patriotas y especialmente contra el Obispo santiaguino, a quien no se recataba
de calificar, en sus pastorales, como un “aborto del infierno” y otros
calificativos por este estilo. Andreu estaba perfectamente informado de estas
procacidades de su “hermano en Cristo” y correspondía con vigor cada y cuando
se le presentaba la oportunidad; pero se debe dejar constancia de que Andreu,
si bien diría periquitos de Villodres, y lo llamaría con epítetos nada amables
en el seno de sus íntimas conversaciones con Carrera, Poinsett y demás
compinches, no se conocen en sus pastorales expresiones del calibre de las que
hemos encontrado en las del Obispo pencón.
Por otra
parte, las noticias que Andreu recibía sobre los ataques de su colega fueron al
principio verbales y muchas de ellas las achacaría el señor Andreu al celo de
los “chismosos”, pero cuando aquella pastoral en que Villodres lo llamaba
“aborto del infierno”, la paciencia del santiaguino llegó a sus límites, y el
hombre estalló.
— ¡He de
echarlo de Concepción — juró el señor Andreu— y he de sentarme en... su silla!
Ha de ver ese... ¡maturrango indecente!. .. qué puntos calza la bota del Obispo
de Santiago.
La copia
de la pastoral habíasela traído al prelado patriota un “parlamentario” que
envió el general Pareja a Carrera para proponerle negociaciones de paz; este
parlamentario era el sargento mayor don Estanislao Varela, jefe de las milicias
de Rere que, siendo patriota, se había visto obligado a incorporarse al
ejército realista y ansiaba encontrar una oportunidad para abandonar unas filas
que repugnaban a su conciencia. Cuando Pareja le encomendó la misión de
entregar al general chileno el pliego de estas negociaciones pacíficas, Varela
vio el cielo abierto; llegó al campamento patriota, echóse en los brazos del
general “enemiga” y le dijo, en medio de la sorpresa de los circunstantes:
— Señor
Carrera, soy tan patriota como vuecencia, y aquí me tiene, para que me mande,
en servicio de la causa de América. Haga vuecencia el uso que quiera del pliego
que le envían conmigo el maturrango Pareja y su primer consejero el Obispo
Villodres.
—
¿Villodres...? — interpuso el Obispo Andreu, que se encontraba entre los
acompañantes del General chileno— . ¿Le ha visto usted?... ¿Es verdad que
predica en contra del Obispo de Santiago?...
— No sólo
predica — contestó Várela— sino que lanza pastorales como ésta — agregó,
registrando su faltriquera y extrayendo de ella un papel que entregó
inmediatamente al Obispo.
Mientras
que el parlamentario y el General Carrera platicaban de sus asuntos militares,
el Obispo Andreu devoró ansiosamente el escrito y sin esperar a que los
conferenciantes terminaran su entrevista protocolar, salió de la tienda y se
encaminó a su escribanía; tomó la pluma y empezó a borronear papeles que luego
destruía, para comenzar de nuevo. El Obispo se manifestaba extremadamente
nervioso; era indudable que trataba de coordinar una pastoral o algo parecido
para responder a los ataques del rival, en el mismo tono; pero, por fin, arrojó
la pluma y se quedó unos instantes con la cabeza apoyada en las manos, de codos
sobre la mesa. Incorporóse en seguida, casi tranquilo ya, paseó y luego fuese a
la tienda del general en jefe.
— ¿Ha
determinado vuecencia dar lugar a las negociaciones de paz? — preguntó el
Obispo, tras de algunas palabras de cortesía.
— Su
Ilustrísima no está cuerda — contestó Carrera, con aquel desparpajo
irrespetuoso que no lo abandonó ni en los momentos de su caída— , el maturrango
de Pareja tendrá que entregarse a mí incondicionalmente, si quiere salir de
Chile con los honores de la guerra; de otra manera, sufrirá las consecuencias
de la derrota.
La verdad
era que las victorias de (Pareja, a raíz de su repentino desembarco, se habían
visto detenidas por las audacias estupendas del teniente Ramón Freire, del
capitán Rioseco, del mayor Serrano, de don Pedro Ramón Amagada, de don Fernando
Vásquez y otros prófugos de la capitulación de Concepción encabezados por el
teniente coronel O’Higgins, que, hasta entonces, había estado recluido en su
hacienda Las Canteras, a causa de sus desavenencias con Carrera. El ejército
realista, ya lo sabemos, estaba compuesto en su casi totalidad por humildes y
sumisos chilotes que malditas las ganas que tenían de entrar en batalla, cuyos
fines no les interesaban ni entendían...; de modo, pues, que tan pronto los
chiloenses se dieron cuenta que la cosa iba de veras y que “los otros” tiraban
con bala, empezaron a manifestarse rebeldes a continuar en el avance hacia el
norte y poco a poco la deserción fue raleando Has filas hasta el extremo de que
el ejército de cuatro mil realistas quedó reducido a poco más de mil.
Las
derrotas de Yerbas Buenas y de San Carlos abrieron el camino al ejército de la
patria hacia Concepción, quedando el ejército realista sitiado en Chillán.
Cuando el
ejército de Carrera estaba a las puertas de la metrópoli del sur, el
gobernador-intendente de la provincia — ya sabemos que lo era el Obispo
Villodres— llamó a su palacio al Conde de la Marquina y le entregó solemnemente
el mando de la ciudad; ordenó, en seguida, que las milicias disponibles se
replegaran a Talcahuano, plaza fortificada con artillería gruesa. El Obispo
tenía en vista dos cosas: resistir si era posible, hasta recibir refuerzos de
Pareja, o embarcarse con sus familiares, si era preciso huir en alguno de los
buques fondeados en la bahía.
El
General chileno estaba al corriente de la situación de Concepción y de su
mitrado-mandatario; su espíritu burlesco había ideado una “jugarreta” para
deprimir al obispo-gobernador y dar una satisfacción a su compatriota el Obispo
de Santiago, que había sido víctima de la constante procacidad del prelado
pencón. Deseaba Carrera tomar preso al Obispo Villodres y obligarlo a entregar
el mando de la provincia y de la diócesis a su odiado rival, en sus propias
manos, “y frente a frente...”
Con
terminantes instrucciones en este sentido, el general en jefe despachó a
Concepción a don Juan Esteban del Manzano, con el carácter de parlamentario,
para exigir la entrega incondicional de la ciudad, “rogando cortésmente al
señor Obispo que no se apartase del gobierno de su diócesis a fin de evitar los
estragos que podrían resultar de una inútil resistencia a las armas patriotas”.
Cuando el parlamentario Manzano llegó a la ciudad ya había salido de ella el
obispo-gobernador, y estaba — lo sabemos ya— atrincherado en Talcahuano, y
resuelto a huir. Bien sabía él señor Villodres lo que le esperaba si caía en
manos del jefe patriota y de su particular enemigo el Obispo Andreu.
Eli 26 de
mayo entraba el ejército vencedor a Concepción, y su General, llevando a su
derecha al Obispo Santiaguino, se apeaba, a eso de las diez de la mañana,
frente a la Catedral, donde fueron recibidos por el canónigo don Salvador
Andrade y tres canónigos más, que eran los únicos capitulares patriotas de la
diócesis del sur, y que hasta ese día habían estado recluidos en sus casas, por
disposición del Obispo realista.
Al entrar
al templo, Carrera se volvió hada el Obispo Andreu, y le dijo:
— Señor
Ilustrísimo, su sitio en este templo está bajo el dosel episcopal... Cumpla
ahora su deseo de sentarse en... el sillón del Obispo Villodres
— Señor
General — contestó Andreu— , no recuerde vuecencia aquello que pasó; mi sitial
está solamente en mi Santa Iglesia Catedral de Santiago, y terminada mi misión
en el ejército de la patria triunfante, me partiré luego a la capital, donde me
espera mi abandonado rebaño. Vamos, ahora, a dar gracias al Señor Dios de los
Ejércitos...
Y un
momento más tarde entonaba por sí mismo el Te Deum.
Dos días
después, las tropas patriotas ocupaban a Talcahuano, y el obispo-gobernador se
embarcaba ocultamente en la fragata Bretaña, en compañía de sus
familiares y de los jefes españoles Tejeiro, Justis y Jiménez Navia — el
traidor que entregó la ciudad de Concepción, cuando Pareja se
presentó ante ella— y la madrugada del día siguiente sus velas
apenas se divisaban ya, detrás de la península de Tumbes.
Los
prófugos llevaban clavado en el corazón el dardo envenenado de la impotencia de
la derrota y de la desesperación. Necesitaban vengarse de alguna manera de su
descalabro, antes de abandonar las aguas de este país chileno que tan
severamente había castigado a los invasores de su suelo.
Allá por
el 14 de junio, la Bretaña enfrentó el puerto de Huasco y hubo
de entrar a él para renovar sus víveres; nadie sabía allí los acontecimientos
del sur de Chile, de modo que a los fugitivos les. fue fácil inventar un
arbitrio para llevar la alarma y la inquietud a un mísero poblacho, compuesto
de gentes sencillas y pacíficas. Al fondear en medio de la bahía, la Bretaña disparó
un cañonazo, y luego se vio desprenderse de babor un bajel con bandera
española; diez minutos más tarde, el emisario entregaba un pliego al
subdelegado don Bernardo de Hodar, en el cual se le decía: “El capitán de
la Bretaña, barco que forma parte de la expedición que ha
enviado a Chile el Excelentísimo Virrey del Perú, don Joaquín de la Pezuela,
exige a las autoridades de este puerto que pongan a su disposición, en el
término perentorio de veinticuatro horas, trescientos caballos y doscientas
mulas para el transporte de la división del ejército que desembarcará mañana y
que continuará hacia el sur, en demanda de la capital de este reino rebelado.
Si estos elementos no se encontraren listos mañana a la hora indicada, la
población será pasada a cuchillo, quemadas sus casas y sus haberes y
confiscados sus bienes”. Y al pie, la firma “Mariano Osorio, coronel, jefe de
la tercera división del ejército invasor”.
Parece
superfluo describir el pánico inmenso que invadió a los infelices huasquinos,
al conocer tal orden, imposible de cumplir, porque en todo el distrito no se
juntarían, seguramente, veinte caballos y otras tantas muías...
La
población, con su autoridad a la cabeza, huyó despavorida hacia la sierra y por
allí se mantuvo hasta ocho días después que la Bretaña levó
anclas hacia el Callao — que fue al día siguiente— y hasta que
se convenció de que tal orden había sido solamente una burla sangrienta y baja,
con que los despechados fugitivos habían querido vengar sus derrotas en una
infeliz población de “estos odiados” chilenos.
§ 16. El
amor es causa
(1814)
Los
graves errores que se habían cometido en la dirección de la campaña del sur,
contra la invasión de Pareja y que habían culminado con el malhadado sitio de
Chillán, donde el ejército de la patria sufrió un verdadero desastre, pudiendo
haber destruido a los desmedrados escuadrones realistas, produjeron en Santiago
y en todo el país un incontenible movimiento de protesta contra el general en
jefe del ejército chileno, don José Miguel Carrera, especialmente, y contra sus
hermanos don Luis y don Juan José, a quienes se señalaba como los únicos
culpables del fracaso de las armas patriotas, pues con su carácter absorbente y
con su impetuoso y desmedido orgullo habían despreciado todas las oportunas
indicaciones que les hicieran, no solamente sus naturales asesores, los jefes
de los distintos cuerpos del ejército, sino aun los jefes del Gobierno central.
Carrera y sus hermanos miraban con supremo desprecio a todo el mundo, y estaban
convencidos de que solo ellos “entendían” en cuestiones militares y en asuntos
de gobierno; el único que tenía vara alta en los consejos “de la casa y
familia” era el Cónsul americano Poinsett, que si bien podría haber aconsejado
con discernimiento en asuntos de política, en cuestiones de milicia era tan
ayuno como un sacristán de monjas.
El
fracaso de Chillán tuvo por resultado que el ejército español, compuesto apenas
de unos dos mil hombres, en su gran mayoría chilotes “desganados”, se impusiera
a un ejército de chilenos, fuerte de tres mil quinientos “fusileros” de cinco
mil milicianos de caballería y de treinta cañones, los obligara a levantar el
sitio de la ciudad antes de quince días y aun a retirarse apresuradamente hacia
Concepción, casi en desbande, perseguidas de cerca algunas de sus partidas que
habían quedado un tanto rezagadas al producirse la orden de levantar carpas.
Cuando
estas noticias llegaron a Santiago, junto con nuevos pedidos de refuerzos de
tropas y de dinero, que hacía el General Carrera, la Junta Gubernativa, se
alarmó profundamente; el erario nacional había hecho un esfuerzo formidable
para levantar, de la nada, un ejército que llegó a ser tres o cuatro veces
mayor que el enemigo; y cuando se estaba esperando la resolución de esta
campaña que había agotado los recursos de la nación, se recibían las
informaciones más lamentables sobre los resultados de aquel desastroso sitio,
el cual, según lo había afirmado Carrera en todos los tonos, habría de ser el
término definitivo y glorioso de la campaña contra los invasores del territorio
nacional.
Por esos
mismos días llegaron también a Santiago el Cónsul Poinsett y don Luis Carrera,
y ambos confirmaron, tanto las noticias enviadas por el cuartel general, como
las que vinieron “por la posta”, traídas por oficiales que habían hecho la
última campaña y asistido al sitio de Chillán, los cuales explicaban las
peripecias y miserias que habían sufrido y el estado calamitoso en que se
encontraba el ejército que tuvo derecho para considerarse victorioso meses
antes. Estos informes produjeron una explosión de dolor en todos los círculos,
la protesta airada contra los directores de la campaña y un desatiento
deprimente por la expectativa miserable que presentábala patria invadida. Las
huestes vencedoras del ejército enemigo habíanse esparcido por los campos vecinos
a Concepción, libres ya de la presión en que se encontraron en Chillán, y
amenazaban destruir los restos del ejército sitiador y ahora fugitivo. La Junta
de Gobierno, compuesta de don José Miguel Infante y de don Agustín de
Eyzaguirre, no titubeó en la resolución que, a su juicio, debía adoptar, y
reuniendo al Senado propuso francamente la exoneración de don José Miguel
Carrera y de sus hermanos de los cargos de general en jefe y de comandantes de
la artillería y caballería respectivamente. Aceptado este temperamento por el
Senado, se entregó a h. Junta el cumplimiento del acuerdo,
autorizándola para que buscara la mejor forma de llevarlo a cabo, sin provocar
un rompimiento violento con los Carrera, los cuales, teniendo en sus manos la
fuerza, podían resistir o burlar la grave resolución gubernativa.
Sabemos
ya que don Luis Carrera había llegado a Santiago en esos días, y como los
acuerdos que se habían adoptado eran casi públicos, pronto estuvo al corriente
no solo del acuerdo de reemplazar al general en jefe “y familia”, sino de los
esfuerzos que se hacían para encontrar un reemplazante para don José Miguel.
Durante las gestiones de la Junta, había sonado el nombre del Coronel don
Francisco de la Lastra, Gobernador de Valparaíso, para sustituir a don Luis en
el mando de la artillería, y se había dicho ya que Lastra saldría pronto hacia
el sur, al frente de una división que se organizaba rápidamente en Santiago,
para reforzar al desmedrado ejército chileno y contener los avances cada día
más resueltos de los realistas. Cuando don Luis Carrera oyó este rumor, no pudo
reprimir su disgusto y se presentó en persona ante la Junta; en una conferencia
“seca y desabrida” que celebró con Infante y con Eyzaguirre el 12 de septiembre
— estamos en 1813— pidió para sí el mando de esa división, por cuanto creía desdoroso
para él y para su familia el que se le dejara sin un puesto que, según él, le
correspondía”.
— La
exigencia de Vuestra Señoría es inaceptable — contestó al punto don José Miguel
Infante, en tono que demostraba la inquebrantable resolución de la Junta.
— ¿Qué es
eso de inaceptable?... — saltó el impetuoso Luis Carrera, poniéndose en pie con
aire de provocación.
—
¡Inaceptable! — acentuó, sin inmutarse el Mandatario— y vuelva Su Señoría a
tomar asiento, si gusta. La Junta y el Senado — agregó incontinente— estiman
que la concentración del mando militar en una sola familia ofrece gravísimos
inconvenientes; es el motivo del público descontento que invade la capital y el
reino y, sobre todo, es la causa prima de la desorganización del ejército.
Luis
Carrera no esperaba una respuesta tan categórica, y no tuvo una contestación
que estuviera a la altura del inconmovible razonamiento de Infante. No podía,
sin embargo, eludir una protesta, “y tras de muchas expresiones de agravio”,
terminó formulando con su acostumbrada arrogancia, una renuncia formal y
compromitente:
— Si esa
es la opinión del Gobierno — dijo, poniéndose de pie nuevamente— , téngase por
hecha la renuncia de mi hermano José Miguel a la jefatura general del ejército.
— ¿La
ratifica Vuestra Señoría en nombre del General en Jefe... ? — interrogó don
Agustín de Eyzaguirre.
— La
ratifico; pero téngase presente que luego habrá de venir a Santiago el General
Carrera, a tomar cuentas de todos estos desaires y desprecios que se le hacen a
él y a su familia, y a castigar a sus enemigos.
Y salió
de la sala sin despedirse, dando un portazo.
Infante
llamó inmediatamente al “oficial mayor”, y haciéndole sentar al frente de su
escribanía, le dictó una comunicación para el General en Jefe, en la cual,
después de “pasar revista a la situación de la patria y al estado de
desorganización en que se encontraba el ejército a sus órdenes, le preguntaba
si era efectiva y valedera la renuncia hecha a su nombre por don Luis Carrera,
del cargo de General en Jefe del Ejército”. Esa misma tarde salió hacia
Concepción un propio llevando esta comunicación a su destinatario.
Dos o
tres días más tarde, el 18 de septiembre, ocurrió un hecho que vino a agravar
más aún las relaciones de los Carrera con el Gobierno.
Celebrábase
en la Catedral una ceremonia religiosa en conmemoración del tercer aniversario
de la creación del Gobierno Nacional, con asistencia de todas las
corporaciones, pueblo e individuos del Gobierno, y en el momento oportuno subió
al púlpito el orador a quien se había encargado el “sermón de regla”; ese
orador era el padre dominicano fray José Arce. Después de haber recordado los
hechos que se conmemoraban, el predicador se refirió a la campaña en que la
patria estaba empeñada para arrojar de su seno a los invasores, y a los
contrastes que sus armas habían sufrido “a causa de la mala dirección de las
operaciones”; el dominicano insistió un rato sobre esta “mala dirección”, al¡
ver que su auditorio le escuchaba complacido, y terminó anunciando que ahora se
organizaba una nueva división de tropas, que abriría una nueva campaña contra
el invasor, la cual, “dirigida con más acierto, vendría a afianzar, de una vez,
la libertad de Chile...”
Don Luis
Carrera, que asistía al acto rodeado de un numeroso grupo de sus amigos y
partidarios, esperó al predicador a la salida del templo, para “castigar su
insolencia”; pero avisado a tiempo, fray José Arce esquivó el bulto y se guardó
bien de salir de la Catedral hasta no saber que don Luis y sus amigos se habían
retirado de los alrededores. En efecto, don Luis tuvo el buen acuerdo de
renunciar a castigar al fraile patriota y criticón, que, al fin y al cabo,
“hablaba por boca de ganso”, según dijo el Cónsul Poinsett; pero esa misma
noche se apersonó “al Gobierno” y con tono destemplado exigió el castigo del
predicador, “que había ofendido a su familia”; y como Infante se negara
resueltamente a acceder a esta exigencia, don Luis Carrera “renovó sus amenazas
al Gobierno y aun las hizo públicas y más arrogantes que la primera vez”, con
lo cual las relaciones del general en jefe y su familia con el Gobierno
adquirieron proporciones alarmantes.
Precipitaron
los hechos el nombramiento que se hizo del cura de Talca, don José Ignacio
Cienfuegos, para tercer miembro de la Junta de Gobierno, la cual, según
sabemos, constaba solo de dos miembros — don Francisco Antonio Pérez había
-renunciado a ese cargo a causa del fallecimiento de su esposa que lo afectó
profundamente— y el acuerdo que la Junta así integrada tomó en su primera
reunión, para exonerar de su cargo al general en jefe.
Cienfuegos
no había figurado hasta entonces en los negocios públicos y sólo era conocido
por sus acendradas virtudes de cura de almas; sin embargo, era todo un patriota
de corazón, dotado de una energía y de una resolución incontrastables y de una
rectitud de propósitos a toda prueba. Al recibir su nombramiento e imponerse a
fondo de la situación del ejército y del país, exigió
perentoriamente
el reemplazo de los principales jefes militares que habían llevado a la ruina
las armas de la patria, y, principalmente, del General Carrera, sin que para
ello valiera consideración alguna, afrontando, con resolución, las
consecuencias.
El 9 de
noviembre la Junta envió al general en jefe una nota, exigiéndole su renuncia y
ofreciéndole, al mismo tiempo, un cargo diplomático en el extranjero. Al
recibir esta comunicación, Carrera reunió en Concepción una “Junta de
Corporaciones”, compuesta, en su mayoría, de sus amigos y partidarios, y esta
Junta resolvió dirigirse al Gobierno, representándole los graves inconvenientes
que acarrearía el retiro de don José Miguel y la llegada de un nuevo General
que no contaría, tal vez, con las simpatías “y popularidad” del exonerado. La
Junta de Gobierno vio en esto un acto de insubordinación y, sin dar oído a los
temores de su colega Eyzaguirre, resolvió, en el acto, con la opinión de
Infante y Cienfuegos, la exoneración inmediata de don José Miguel Carrera; en
la misma reunión reemplazó a sus hermanos en el comando de la artillería y de
la caballería, y envió al teniente don Ramón Gaona con una orden para el
Coronel don Bernardo O’Higgins, a fin de que se trasladara inmediatamente a
Talca — en donde actuaba, desde un mes antes, la Junta de Gobierno— con el
objeto de entregarle solemnemente el mando en jefe del ejército.
La Junta
demostraba con esto una voluntad incontrastable y un valor cívico resuelto y
firme que no se dejaba arredrar ni por las amenazas ni los peligros.
Se
presentaba ahora una situación delicadísima: exonerado Carrera en la forma
violenta que conocemos, ¿entregaría pacíficamente el mando del ejército de
Concepción? Aunque se sabía que la mayoría de los oficiales eran, francamente
adversos “a la familia”, por cuanto estaban convencidos de que era la causante
de los males que sufría el ejército, sabíase, también, que el carácter
atropellador y soberbio del General podía arrastrar a la minoría a resistir las
órdenes de la Junta con las armas en la mano. Y una guerra civil, en esas
circunstancias, cuando los realistas estaban victoriosos y atisbaban la
oportunidad para aplastar a los rebeldes, era la mayor desgracia que podía caer
sobre la patria.
Necesitábase
una persona de gran prestigio y de alta discreción para que afrontara el
peligro, y se trasladara a Concepción a hacerse cargo del mando político y
militar, mientras llegaba allí el general en jefe recién nombrado, y a
dilucidar, entretanto, el cúmulo de incidencias que habrían de producirse con
motivo del cambio de comando. Esa persona fue la que nadie sospechó: el clérigo
Cienfuegos, cuya moderación y alejamiento anterior de los negocios públicos, no
podían sino garantir la ecuanimidad de sus resoluciones, pero cuya energía y
condiciones de carácter habían de dar la seguridad de que esas resoluciones se
habrían de cumplir al pie de la letra.
Y tan
bien supo manejarse el presbítero Cienfuegos, con Carrera y los “carrerinos” de
Concepción que a los pocos días de su llegada, don José Miguel Carrera firmaba
una proclama dirigida al ejército, en la cual se leen estas palabras: “Al
retirarme de vuestro lado y al dejar el mando en manos del virtuoso y valeroso
O’Higgins, os pido que concluyáis la obra con el mismo entusiasmo con que lo
habéis hecho hasta hoy, a las órdenes del que fue vuestro General— Carrera.
Desde los
primeros días que el General Carrera se alejó del mando, empezaron a aparecer
en Concepción síntomas de perturbaciones que llevaban cariz de ahondarse
rápidamente. Llevado de un espíritu de conciliación, O’Higgins había dejado en
sus puestos a casi todos los parciales de Carrera, en quienes creía descubrir
el propósito de sacrificar su espíritu de bandería en beneficio del interés
público; al mismo tiempo para hacer justicia llana, había llamado a las filas a
muchos de los militares que su predecesor había mantenido alejados del
ejército.
No
tardaron ambos grupos en provocar choques más o menos escandalosos con
discusiones que varias veces terminaron violentamente; era natural que esta
situación produjera un malestar continuo, persistente, pues los “carrerinos” no
podían conformarse con no contar ahora, en la forma de antes, con la absoluta
benevolencia del general en jefe, y que vieran en cada medida que se tomaba un
acto de hostilidad manifiesta contra sus personas.
Por otra
parte, los parciales de Carrera hacían públicamente críticas y burlas, muchas
de aquellas acerbas, contra las disposiciones que dictaba el nuevo General, y
muchas veces insultaron y provocaron de hecho a los oficiales “o’higginistas”
que acataban o defendían aquellas órdenes; todos estos incidentes ocurrían a
diario, llegaban a conocimiento de O’Higgins y de Carrera por medio de sus
respectivos partidarios, y se dio el caso de que una noche, en circunstancias
en que Carrera y algunos amigos salían de casa “de las Oyarce”, donde se
estaban divirtiendo, se encontraran, por casualidad, con el comandante
“o’higginista” don Domingo Valdés, que iba acompañado del teniente don Santiago
Aldunate, uno de los “carrerinos” se acercara a Valdés y le encrepara
diciéndole: “éste es uno de los lameplatos de la Junta”...
No se
necesitaba de tanto para que se armara una “bolina y alharaca” entre ambos
grupos, y quién sabe hasta dónde habrían llegado las cosas, si los dos
“o’higginistas” no. hubieran quitado el cuerpo al ver que el grupo de sus
contrarios era tres o cuatro veces más numeroso.
Al día
siguiente, al saberse el incidente de la noche anterior, más de cien oficiales
de todas graduaciones y vecinos prestigiosos de Concepción, se reunieron en el
Cuartel de Artillería para protestar de la provocación de que había sido
víctima el comandante Valdés y dirigieron a O’Higgins un
oficio en el que “imploraban que en primer lugar y sin pérdida de instante se
haga salir de Concepción a estos individuos, para que pueda haber paz”.
O’Higgins
comenzaba a ver que las medidas de moderación con que había creído salvar esa
difícil situación-, no habían servido para nada; pero, a pesar
de eso, se resistió todavía a tomar medidas que aparecieran
atropelladas o violentas contra los indicados de provocadores;
pero esa misma tarde se dirigió a Carrera por medio de una carta confidencial,
para pedirle, casi por favor, que saliera de Concepción.
Carrera
se encontraba de visita esa noche en casa de doña María Luisa Ocampo, cuando
llegó allí el Capitán don Venancio Escandía llevando la carta de O’Higgins; el
General Carrera rompió la oblea y retirándose a un rincón de la “cuadra” pidió
permiso a la dueña de casa, y leyó la carta; al llegar a la firma, el altivo
mozo estaba rojo de indignación, casi de vergüenza...
— ¿Qué es
ello, José Miguel? — preguntóle misiá Luisa, fijando la mirada en su amigo— .
¿Es mala noticia...? ¡Diga usted!...
— María
Luisa, es que me echan de Concepción — contestó don José Miguel— ; esos
miserables facciosos e ignorantes, han exigido a O’Higgins que me haga salir de
esta ciudad, porque tienen miedo a que alguna vez me digne castigarlos por mi
mano, como a rotos que son.
— ¿Y
O’Higgins hace eso... ? — inquirió la dama.
— El
pobre O’Higgins quiere tranquilidad, y al fin y al cabo es buena persona — dijo
Carrera— . Vea usted cómo termina su carta: “Haga usted el último sacrificio;
evite lances que pueden comprometerme y causar a usted y a la patria y a mí
males que se divisan próximos... Admita un consejo de quien desea su
tranquilidad y es su apasionado amigo — Bernardo O’Higgins”.
Misiá
María Luisa quedó pensativa, con la mirada en la alfombra durante algunos
minutos, mientras Carrera la contemplaba firmemente, tiernamente.
— ¿Así es
que se va?...
— ¡Me
voy!...
—
¿Cuándo?...
— Si
pudiera, esta misma noche...
La dama
inclinó la hermosa cabeza rubia. ‘
— ¿No me
dice usted nada?... ¿No me dice que me quede?... -agregó.
— ¡No se
quedaría usted!... — contestó a media voz la dama— . No se quedaría, porque
primero que todo está su deseo de grandeza y de poder, y para eso tiene que
irse...
Don José
Miguel acercóse sonriente, satisfecho, glorioso, atrajo a sí el busto triunfal
de doña María Luisa, y acercando sus labios a los perfumados rizos de oro que
caían sobre la mejilla, murmuró, a media voz, lentamente:
— ¡Me
quedo en Concepción!
Alzó la
cabeza la niña, miró al caballero en los ojos, y mostrando una sonrisa que
descubrió los granitos de arroz de sus dientes, en impecable hilera, preguntó:
— ¿Y si
te prenden?...
—
¡Quedaré prisionero de amor!
Y se
echaron los brazos.
Muy
enamorado podría estar José Miguel Carrera y aún “manifestarse” a su adorado
tormento con todas las reglas del arte; pero es fama que ninguno de sus
múltiples desvaríos de bizarro e inquieto galán le duró más de una semana,
salvo el de la ideal doña Mercedes de la Fuentecilla, que me lo llevó “cortito”
a la parroquia de Santa Ana, tan pronto como don José Miguel llegó a Santiago
después de su prisión, que estoy relatando, y de su fuga de Chillán — que
relataré otro día— una vez firmadas, entre patriotas y realistas, las paces de
Lircay.
La
promesa que acababa de hacer a doña María Luisa Ocampo no obedecía sino al
impulso del momento, y lo menos que deseaba el altivo mozo era quedarse en
Concepción en la situación desmedrada en que lo había dejado la severa
resolución de la Junta, esto es, sin mando alguno y, por lo contrario, bajo la
autoridad del nuevo jefe del ejército, y expuesto al inquinoso y burlesco
desprecio de los que semanas antes habían estado a sus órdenes. El ruego de
O’Higgins para que saliera de Concepción le molestaba solamente en su orgullo
de criollo aristocrático que se veía sobrepasado por otro criollo, a quien, si
aún no consideraba propiamente como un rival, todavía, lo había mirado siempre
“de alto a bajo” por su condición de “hijo natural”... Lo que deseaba ardientemente
don José Miguel era salir de Concepción y llegar a sus tierras santiaguinas, en
donde pronto se encontraría rodeado y espaldeado por amigos y partidarios que,
como él, estaban ahora alejados del Gobierno.
(Pero
para salir de Concepción necesitaba el Caudillo atravesar regiones infestadas
de enemigos; los realistas, libres ya de la presión del ejército patriota, que
los tuvo sitiados en¡ Chillán, habíanse esparcido en todas direcciones y
controlaban haciendas', caminos y los pasos de los ríos para impedir las
comunicaciones entre las fuerzas chilenas de Concepción y las del Coronel
Mackenna, sitiadas, casi, en el Membrillar. Burlar ese control era casi
imposible y cualquier intento de hacerlo llevaba aparejado el peligro de
encontrarse envuelto en un combate con fuerzas desconocidas y cuyo resultado
podía ser fatal.
La
insinuación o ruego de O’Higgins para que se alejara de Concepción, dio a
Carrera la oportunidad de pedir al general en jefe los medios que le
garantizaran su seguridad personal para poder atravesar la zona peligrosa. La
misma noche en que recibió la carta de O’Higgins, y al poco rato de haberse
retirado el Capitán Escandía, que fue su portador, el General Carrera dio las
buenas noches a su amiga, diciéndole:
— María
Luisa, perdóneme que me retire...
— ¿Tan
pronto?... ¿Hase arrepentido ya, mi huésped, de quedar en Concepción,
prisionero de amor?...
— Puede
usted estar segura de que no, María Luisa; es que deseo dar a O’Higgins pronta
respuesta a su carta...
— Aquí
tiene usted recado de escribir... Hágalo usted desde aquí; mi sirviente llevará
el pliego, a la hora que usted lo mande.
— Es
mejor que vaya yo mismo; así podré apreciar si O’Higgins ha sido sincero,
mirándolo frente a frente.
—
¿Volverá usted... ahora?
— Tal
vez... ¡Buenas noches!...
— ¡Hasta
luego!... ¡Hasta luego!... — insistió la dama, reteniendo la mano del galán.
— ¡Hasta
pronto!... — pronunció el joven, desprendiéndose de su amiga y cerrando tras de
sí la puerta de la cuadra.
Atravesó
el zaguán a largos y taconeados pasos y al salir a la calle encontróse con dos
hombres que iban llegando al portón; eran su hermano don Luis y el Coronel don
Estanislao Portales, que venían, precisamente, a casa de doña María Luisa
Ocampo a buscar a don José Miguel.
— Vengo
de “palacio” — fue la primera palabra de don Luis, al reconocer a su hermano— y
de hablar con O’Higgins...
— ¿Qué te
ha dicho?...
— Está
desesperado con lo que pasa en la ciudad, porque todos esos ingratos le piden
que nos eche...
—
¿Echarnos...? — profirió don José Miguel— . ]No me moveré de Concepción, por
Cristo Crucificado, hasta que no haya hecho tragarse la lengua a esos mal
nacidos!
—
Tranquilízate, y no grites — interpuso Portales—, al fin y al cabo lo que pide
esa canalla es lo que cree justo y de razón. Nosotros les estorbamos y, además
— agregó, bajando el tono— , aquí perdemos el tiempo y debemos pensar en llegar
cuanto antes a Santiago, que allí nos han de estar esperando..
— ¿Y qué
hacer para salir de Concepción y no exponernos a caer en manos de los
maturrangos? — interrogó José Miguel.
— Ya le
he pedido a O’Higgins una escolta...
— ¿Y te
la dio?
— Treinta
hombres, mandados por un oficial.
—
¿Quién?...
— El
Alférez José Ignacio Manzano.
— Buen
sujeto — acentuó José Miguel—. ¿Y para cuándo?
— Para
cuando tú dispongas el viaje. Manzano recibió orden de presentarse a ti mañana
temprano y hacerte entrega de seis mulas para nuestro equipaje.
— Pues
saldremos mañana mismo de la ciudad — dispuso José Miguel— y nos instalaremos
en Penco a fin de .explorar desde allí los caminos de nuestra primera jornada
hasta las riberas del Itata...
— ¿Y por
qué en Penco? — preguntó Portales— . Déjate de chiquilladas, José Miguel, que
en estas circunstancias pueden ser peligrosas. Acuérdate de que allí manda la
plaza el andaluz Ramón Torres.
— Se le
ha dado orden de que se ponga a nuestra disposición — dijo Luis.
— Pero yo
no quiero ver a ese ingrato — contestó José Miguel— y me alojaré en el
Molino...
— ¡Ah...
en casa de “las Oviedo”... ¡Bien sospechaba yo la causa de tu paradilla en
Penco!
— Y yo
también — agregó Luis, dando una palmada en el hombro de su hermano.
— No sean
mal pensados y acompáñenme “a palacio”, que quiero hablar yo mismo con “Su
Excelencia”— dijo el caudillo, dando una entonación sarcástica al título que
había concedido al general en jefe— . Quiero despedirme de él, y recibir sus
órdenes para la capital.
— No
vayas — insinuó Portales— , que ya no tiene objeto, puesto que Luis ya habló
con él; y aunque parece que O’Higgins no te quiere mal, habrá de sentirse
molesto con tu presencia, en estas circunstancias.
— Peor
para él si le molesta mi presencia — afirmó el General— , porque habré de
decirle muchas cosas de los revoltosos que lo rodean, por lo menos para que
ponga en guardia de ingratos y viva prevenido; vamos allá.
Y los
tres se encaminaron “a palacio”, cuyo centinela, al reconocerlos y notar la
resolución con que penetraron por el amplio portalón, no se atrevió a
detenerlos.
Al llegar
a la antesala, cuya entrada les fue franqueada, sin inconveniente, por el
oficial de la guardia, Portales dijo:
— Yo no
entraré a la sala del General; no tengo para que, y su presencia me causa
fastidio.
— Ni yo —
agregó Luis Carrera—, hace un rato estuve con él y no quiero que piense que
quiero adularlo...
— Entraré
yo solo — dispuso José Miguel, indicando al oficial que deseaba ser anunciado a
Su Excelencia.
Veinte
minutos más tarde salían de palacio los tres amigos, y si bien José Miguel
manifestaba “cierto acaloramiento”, nada dijo entonces de que hubiera tenido
algún incidente con el general en jefe. Sin embargo, años más tarde, cuando el
General Carrera escribió su Diario Militar y las pasiones
políticas habían agriado su carácter contra O’Higgins, a quien consideraba ya
como su enemigo, estampó en el mencionado Diario la siguiente
relación de esa entrevista:
“Le hablé
(a O’Higgins) con una impaciencia que pocas veces he tenido, y me separé de él
apretándole un brazo, y diciéndole que me retiraba porque mientras estuviese a
su lado no había de oír otra cosa que mis insultos. Nada hizo O’Higgins, y se
quedó tan sereno como si le estuviera haciendo un grande obsequio. Él pecado le
acusaba a aquel ingrato y no había modo de que contestase a ningún cargo que se
le hiciera”.
Aunque
O’Higgins era, por naturaleza, frío y flemático, como buen hijo de inglés y
educado en Inglaterra, y aunque durante toda su vida cuidó especialmente de
evitar choques personales con cualquier persona, que habrían menoscabado su
prestigio de Mandatario, “no creemos — dice Barros Arana— que hubiera dejado
sin represión las provocaciones de que habla Carrera, si ellas hubieren sido
efectivas”. En todo caso, la cita que he hecho del Diario Militar servirá para
que el lector aprecie el estado de ánimo a que había llegado, no mucho tiempo
después, el fogoso caudillo revolucionario de la Patria Vieja.
Antes de
las ocho de la mañana del siguiente día, o sea, el 2 de marzo del año 1814,
salía de Concepción el General Carrera, acompañado de su hermano Luis, del
Coronel Portales, de su secretario Vicente Aguirre, de sus asistentes y
sirvientes y de unas sesenta personas más, casi todos oficiales de ejército que
habían sido separados “por carrerinos” o que se habían alejado ellos mismos por
no servir bajo las órdenes del nuevo general en jefe. Aunque todos iban
armados, como para un largo viaje, una escolta de treinta soldados, al mando
del Alférez don José Ignacio Manzano, acompañaba a esta columna “para proteger
la persona de su señoría, el señor General Carrera”.
Los
viajeros formaban una columna de más de cien personas, fuerza suficiente para
resistir cualquier asalto de las patrullas realistas que, según sabemos,
recorrían los campos cercanos a Concepción y Chillán, guarnición esta última,
de las fuerzas españolas.
La
noticia de la partida de don José Miguel Carrera y de sus amigos más allegados,
habíase difundido profusamente, no sólo en Concepción, sino que en el campo
realista, en donde conocíanse ya las disidencias graves que habían surgido
entre los patriotas con motivo del cambio de general en jefe del ejército; por
esos mismos días había llegado a Chillán el nuevo general español enviado por
el Virrey para tomar el mando de las fuerzas reales, en reemplazo del fallecido
General Pareja; el recién llegado era el Brigadier don Gavino Gainza, reputado
en la Corte como un militar inteligente, honorable y circunspecto, a quien se
le había considerado lo suficientemente capaz para “terminar” la guerra de
Chile, ya fuera por las armas, ya fuere por una buena negociación de paz, a
base del reconocimiento por parte de los chilenos de la soberanía del Rey de
España.
Gainza
había llegado a Chile cuando las armas españolas considerábanse victoriosas,
esto es, cuando obligados los chilenos a levantar el sitio de Chillán, aquéllas
controlaban libremente toda la región de guerra; acentuaban esta situación de
victoria las disidencias patriotas, el retiro del General Carrera del mando del
ejército y la partida de este jefe hacia la capital del Reino.
Los jefes
españoles creyeron que se les presentaba, entonces, una magnífica ocasión para
dar a sus enemigos un nuevo golpe, si conseguían aprehender a tan conspicuo
personaje chileno, cuando tratara de cruzar la zona de guerra en su viaje hacia
la capital, y a ello se concretaron con empeño, encomendando esta misión a los
comandantes don Rafael Lantaño y don Manuel Barañao, cuyas tropas recorrían los
campos de Coelemu y las riberas del Itata.
Cuando
Carrera y su comitiva llegaron a Penco, Lantaño y Barañao, tenían destacados
ya, por los campos vecinos, a varios espías y atalayas que tan pronto vieron
que los viajeros se instalaban en ese puentecillo y villorrio, sin tomar
mayores precauciones, lo comunicaron a sus jefes, dándoles, además, importantes
detalles sobre la situación en que quedaban las tropas patriotas y sobre su
alojamiento y vivac. La más importante de esas noticias era la de que mientras
las tropas y la comitiva se habían alojado en el pueblo de Penco y en la
fortaleza, el General Carrera con su hermano don Luis, el Coronel ¡Portales y
el secretario Aguirre, se habían instalado en el Molino, o sea, en. casa de
“las Oviedo” situada en las afueras de la población.
Y así
era, en efecto.
José
Miguel Carrera no había podido prescindir de hacer compañía, siquiera por unas
cuantas horas, antes de emprender un viaje que iba a tenerlo ausente de
aquellas regiones quién sabe por cuánto tiempo, a sus grandes y queridos amigos
don Nicolás Oviedo y señora, padres de dos botoncitos de rosa tempraneros, tras
uno de los cuales, el llamado Graciela, había andado de trote durante dos o
tres meses el bizarro general.
La
llegada de los Carrera al Molino había sido celebrada como un verdadero
acontecimiento por los dueños de casa y por las chicas, y esa misma tarde del 2
de marzo habíase organizado allí una fiesta íntima en la que los hermosos dedos
de Graciela y de su hermana Merceditas hicieron primores en el rasgueo de la
guitarra y del arpa, instrumentos en que ambas eran monumentales. Pero la
fiesta habíase acabado casi de repente, como a eso de las doce de la noche, o
un poco más, a causa de que José Miguel había manifestado encontrarse con una
jaqueca con visos de tabardillo, que lo obligaba a echarse a la cama, sin más
dilación...
Alarmáronse
un tanto los dueños de casa con este contratiempo, más aún las niñas, que se
encontraban tan entretenidas y más todavía Gracielita, que venía a ser la reina
de la fiesta; pero el enfermo los tranquilizó asegurándoles que todo era
momentáneo, y que la dolencia pasaría tan pronto como lograra “pegar los ojos”.
— Que no
se “pare” la fiesta por mí — pidió Carrera, al retirarse a su habitación— y que
siga el canto; no sería raro que dentro de media hora me vieran otra vez entre
ustedes... Y, por si acaso, ¡hasta luego! — terminó, echando una ardiente y
significativa mirada al susodicho botoncito de rosa tempranero.
Salió
José Miguel de la cuadra, seguido de su hermano, que , manifestó empeño en
acompañarlo hasta la habitación que les era común para dormir esa noche; pero
al encontrarse ambos en el patio, José Miguel dijo a Luis, en voz queda:
— Me voy
a dar un galope para Concepción...
— ¿Qué
vas hacer allá?... — interrogó sorprendido el joven coronel.
— A
despedirme de la María Luisa; no me lo perdonaría, si no lo hiciera... Si
ustedes entretienen a “las Oviedo” un poco más de una hora, es posible que
alcance a la “colita” de esta fiesta, que está magnífica.
Y
saltando sobre su caballo, que mantenía de la brida su fiel asistente José
Conde, partió hacia la ciudad de un espolazo, trepando por el Cerro de la
Ermita, que era el camino más corto, aunque el menos “trillado”. Tras del
General partieron también el asistente y el sargento Yacotár, su inseparable.
Precisamente,
porque Gracielita Oviedo estaba ciegamente enamorada del gallardo e impetuoso
galán, y había experimentado ya muchas de sus veleidades, no había creído una
palabra de la enfermedad repentina “de don Miguelito”; cuando los dos hermanos
salieron de la cuadra, la niña fuese disimuladamente a una ventana y desde allí
pudo ver que “el enfermo”, en vez de ir a echarse a la cama para aliviarse del
tabardillo, había montado a caballo y partido, en la forma que ya sabemos.
Graciela no tuvo la menor duda de que su galán le era infiel...
Atormentada
por las más crueles inquietudes, herida en su orgullo de mujer, Graciela fuese
a su cuarto, se echó sobre un almofrej, y allí permaneció entregada a las más
extravagantes reflexiones hasta que su hermana, alarmada por su ausencia de la
cuadra, dio con ella. Su rostro congestionado por el dolor, mostraba sus
grandes y magníficos ojos salientes de las órbitas y sus labios temblorosos por
la desesperación, apenas podían modular estas palabras:
— ¡Es un
infame!... ¡Es un canalla!
Al día
siguiente, 3 de marzo, los viajeros dedicáronse desde temprano a preparar su
itinerario de marcha, la que pensaban emprender dentro de un par de días, o
sea, cuando recibieran las noticias que habían “mandado a buscar”, por. medio
de espías, sobre la situación de las fuerzas realistas que controlaban los
caminos hacia el norte. José Miguel Carrera, su hermano y el Coronel Portales
apenas habían visto y hablado con los dueños de casa esa mañana, y sólo a
mediodía se encontraron con la familia, “en la sala de comer”. Graciela no fue
a la mesa; su hermana Merceditas declaró que la niña estaba con jaquecas
rebeldes, y se había quedado en cama. Ninguno de los “alojados” ni menos aún
José Miguel, tuvo la más leve sospecha de que la causa de esa ausencia pudiera
ser otra, tal fue el acento de sinceridad con que Merceditas dio la noticia.
Efectivamente,
Graciela permanecía en su cuarto, pero la causa de ello no eran tales jaquecas;
la niña había llegado a su casa y penetrado en su alcoba “con el sol alto”,
después de haber andado buscando “cóguiles” desde muy temprano por los montes
vecinos, según ella misma lo había explicado a su “ñaña” que la vio llegar a
esas horas, con la consiguiente extrañeza. La muchacha traía los zapatos y los
vestidos destrozados y el bello óvalo de su rostro cruzado por los arañones de
las ramas espinosas del enmarañado bosque.
— ¿Diste
con ellos? — había sido la primera pregunta que le hiciera su hermana Mercedes,
cuando Graciela se arrojó, extenuada de fatiga, sobre su mullida cuja.
—
Encontré a Lorenzo Plaza de los Reyes cerca del estero de Rafael... — contestó
la muchacha—. Estaba con Esteban Fontalba y con su gente, a la espera de la
columna de los Carrera que, según las noticias que tenían, debían llegar por
allí pasado mañana. .. ¡Quieren cogerlos vivos!... Pero como José Miguel lleva
mucha gente, creen que habrá combate, y pueden escaparse o morir...
— ¡Dios
santo!...— gimió la niña.
— No te
aflijas — continuó Graciela— que los cogerán vivos...
— Y
¿cómo?...
— Vendrán
a “tomarlos” aquí.. .
—
¿Aquí?... ¿A Penco?... ¿Al Molino?...
— ¡Al
Molino! Le dije a Lorenzo que José Miguel estaba alojado en nuestra casa, con
su hermano y unos ocho hombres; que toda la demás gente había quedado en Penco
y en el fuerte, y que si nos asaltaban en la noche, cuando todos durmieran-,
podrían apoderarse de todos ellos casi sin peligro.
— ¿Y qué
contestó Lorenzo Plaza?...
— Todo lo
que quiere Lorenzo es vengar a su primo Dámaso Fontalba, que fue ahorcado por
Carrera en Concepción. Y yo le dije que dejaría abierto el tranquero y la
puerta de las casas...
Merceditas
se cubrió el rostro con ambas manos e hizo un movimiento para salir.
—
Hermana, ¡me has prometido secreto! — avanzó Graciela— ; acentuando la voz en
el sigilo— ; no lo olvides.
— ¡No lo
olvido! — respondió Mercedes, y salió del cuarto.
Después
de sus “diligencias” por los bosques de Rafael, Graciela no deseaba ver a
ninguno de sus alojados, ni menos dejarse ver, para que no la interrogaran
sobre los “rajuñones” de su cara. Permaneció, pues, en su alcoba toda la tarde
y hasta que los huéspedes, después de una corta tertulia después de la cena, se
retiraron a descansar.
Como la
noche anterior, José Miguel montó en su caballo cuando ya no se sintió ruido en
la casa, y seguido de sus habituales acompañantes el sargento Yacotar y el
asistente José Conde, galopó hacia Concepción; una hora más tarde salían,
también, hacia la ciudad Luis Carrera y el secretario Aguirre, y se reunían,
antes de la medianoche con el General en casa de Doña Melania Ortiz, “en donde
nos juntamos varios de la comitiva a divertirnos”, según cuenta en su
interesante Diario Militar el brillante caudillo de la
revolución chilena.
Ya cerca
de las tres de la mañana emprendieron los alegres jóvenes su viaje de regreso a
Penco; según el Diario Militar, esa noche del 3 de marzo, don
Luis Carrera visitó al General O’Higgins para decirle que al día siguiente
“pensábamos volvernos a la chácara de don Pedro José Benavente, situada en las
afueras de Concepción, porque nos encontrábamos muy expuestos y sin ninguna
seguridad en Penco”. Agrega el Diario que O’Higgins había
encontrado muy buena esta medida de prudencia, y que aun le había manifestado
“que si queríamos, podíamos volvernos a Concepción”. En su odio a O’Higgins, el
General Carrera quiso dejar estampada en su Diario la sospecha
de que don Bernardo “no estaba tan inocente de lo que iba a ocurrir más tarde”,
que es lo que me he propuesto contar al lector en esta crónica, y lo haré con
las propias palabras del Diario Militar, y con las de
documentos fehacientes, como va a verse.
“Pasamos
en tertulia con unos amigos, esa noche del 3 de marzo — dice el Diario de
Carrera— y a las 3 de la mañana nos volvimos a Penco para, después de dormir un
poco, mudar nuestro alojamiento. Llegamos a casa de “las Oviedo” al amanecer;
inmediato a las casas encontramos “un roto” a pie, que se dirigía al fuerte de
Penco; creyéndolo espía, lo hice detener, pero como no descubriese cosa alguna,
a pesar de las amenazas, lo dejamos libre”.
Al pasar
por Penco y por el fuerte, la comitiva notó una tranquilidad completa; todo
dormía en absoluta despreocupación y confianza, y tanto los viajeros que
formaban la columna acompañante del General, como la escolta militar que iba a
protegerla — al mando, ya lo sabemos, del alférez Manzano— estaban entregados
al descanso, al amparo de la guarnición de la plaza militar.
Carrera y
los suyos, que componían un grupo de unas siete personas, continuaron su camino
hacia el Molino — que distaba de la fortaleza unas veinte cuadras— y antes de
media hora se encontraban cada cual en su habitación y ocupando sus lechos.
“Al
romper el alba (del día 4 de marzo) — dice el Diario— y cuando
empezábamos a tomar' el sueño, fuimos sorprendidos por los enemigos. Las
descargas de los fusiles y los gritos de “¡Viva el Rey!”, nos despertaron; pero
no era posible huir porque el pequeño cuarto en que dormíamos con Luis estaba
ya rodeado de tropas y por la parte donde sólo había un tabique de tablas nos
hacían fuego vivísimo. No teníamos armas, y los ordenanzas no habían podido
hacer uso de las suyas, porque antes de moverse de sus camas habían sido
prisioneros o muertos. Una avalancha que irrumpió en nuestro cuarto nos hizo
presos y aunque algunos de esos quisieron matamos, lo impidió un cabo de
voluntarios de Chiloé, de apellido Marzan, cuyo empeño por defendemos llegó al
extremo de ponerse delante de Luis (Carrera), cuando un hijo de Dámaso Fontalba
quiso darle un tiro, creyendo que era él quien había firmado la sentencia de
muerte contra su padre”.
La
entrada al cuarto del Capitán español don Antonio Vites Pisquel, puso algún
orden en aquella crítica circunstancia,, y en realidad salvó la vida a ambos
Carrera en esos momentos. Les mandó vestirse, hízoles poner sendos pares de
esposas en las manos, por detrás, y antes de media hora salía con ellos en
dirección a Chillán, para depositar su valiosísima presa en poder del General
español don Gavino Gainza.
La
escolta militar que por orden expresa de O’Higgins debía cuidar de la persona
del General Carrera, fue sorprendida, también durante el sueño, y dispersada
fácilmente a las primeras descargas; su jefe, el alférez Manzano, luchó ahogado
por la inmensa superioridad numérica del enemigo, hasta caer acribillado a
balazos.
Cuando
sonaron las primeras descargas de los asaltantes, el dueño de casa, don Nicolás
Oviedo, saltó de su lecho e instintivamente corrió hacia el dormitorio de sus
hijas...; al pie de una ventana que daba al patio a donde “caía” el cuarto de
los Carrera, yacía el cuerpo de Graciela, atravesado por dos balas “locas” que
habían tronchado, certeras, esa vida en flor.
§ 17. Una
fuga a gusto de todos
(1814)
Aprehendidos
en Penco, por las tropas realistas, en la madrugada del día 3 de marzo de 1814,
y en los momentos que regresaban de Concepción, adonde habían iba a
“divertirse”, los hermanos José Miguel y Luis Carrera, fueron llevados por sus
aprehensores a presencia del general en jefe del ejército español, don Gavino
Gainza, que había llegado en esos días a la región, procedente del Perú.
Desconocía Gainza el carácter que había asumido la “guerra de Chile” y aún no
podía darse cuenta de que ésta no era una vulgar rebelión de vasallos del
monarca español, sino un pronunciamiento consciente del “criollismo” chileno,
representado por la gente de mayor valer del país, en fortuna, posición social
y talento. Este desconocimiento fue, tal vez, lo que le indujo a recibir a los
Carrera como unos vulgares “insurgentes” o “cabecillas”, no concediéndoles,
siquiera, las atenciones a que tienen derecho los prisioneros de ejércitos
beligerantes, que invisten grados superiores. José Miguel tenía el grado de
General y lo había sido en jefe del ejército chileno; y Luis tenía el de
Coronel, habiendo sido el comandante en jefe de la artillería.
Gainza,
sin embargo, trató a estos jefes con altivo desprecio y después de haber
cruzado algunas palabras con ellos, dispuso que fueran trasladados a Chillán, a
disposición del comandante de aquella guarnición, el Coronel don Juan Francisco
Sánchez, a quien envió sus instrucciones para la guarda severa de tan
importantes prisioneros.
No sé si
en otra ocasión he contado al lector que don José Miguel, cuando mandaba en
Concepción con poder omnímodo e incontrastable, había cometido la falta de
consideración de mantener en> prisiones a la esposa del Coronel Sánchez,
doña Ramona Antonia Lozano, y a sus tres hijas, primero en el domicilio de
estas señoras, y después en el presidio de Tumbes; cuando los realistas se
apoderaron de la plaza de Los Ángeles invadieron, como era natural, las
haciendas de la región y entre ellas la de Las Canteras, propiedad del Coronel
O’Higgins, en donde vivían su madre doña Isabel Riquelme y su hermana, “la
Rosita” Rodríguez, a la que ya se le decía — y se le dijo hasta su muerte—
Rosita O’Higgins. No podían sustraerse estas damas de caer prisioneras de los
realistas, ya que lo mismo había hecho Carrera con las mujeres de los
dirigentes españoles, y no tardaron en ser llevadas a Chillán en calidad de
prisioneras de guerra; por suerte, hubo un momento de cordura entre los
generales de ambos ejércitos combatientes y las señoras realistas y patriotas
fueron canjeadas, el 14 de enero de 1814, a las orillas del río Diguillín,
volviendo cada grupo de damas al seno de los suyos.
Estas
ofensas inferidas a damas de distinción — aun suponiéndolas culpables de
espionaje, que tal era la acusación que les hacía Carrera— y la serie de
ejecuciones, castigos, persecuciones que el orgulloso e irreductible caudillo
chileno había hecho efectivas contra los realistas durante la campaña, habían
levantado contra él una ola de rencor y de indignación. Cuando en Chillán se
tuvo noticias de que iban a llegar a la ciudad José Miguel y Luis Carrera,
prisioneros, el vecindario, realista en su casi totalidad, se conmovió; quería
presenciar la llegada de tales hombres, especialmente de José Miguel, tanto por
echarle la vista al “tirano”, cuanto por la satisfacción de verlo en prisiones.
Cuando los Carrera fueron llevados a presencia del comandante de la guarnición
de Chillán, Coronel Sánchez, diz que éste levantóse de su sillón y clavando en
José Miguel una mirada de rencor, díjole, dándose una palmada en el pecho:
— Aquí
tiene usted al hombre que tantas veces lo buscó a usted en el campo de batalla
para castigarlo; mi mala suerte me impide hacerlo ahora, porque es mi
prisionero.
— ¡Puede
usted hacerlo impunemente — contestóle Carrera— es la única forma en que
pudiera usted eludir el castigo que merecen sus insolencias.
Ambos
Carrera fueron llevados incomunicados a calabozos distintos, con centinelas de
vista, y al día siguiente se les remacharon sendas barras de grillos.
Cuando el
Coronel Sánchez dejó el mando de la plaza de Chillán para tomar a su cargo una
de las divisiones del ejército español, quedó en su reemplazo el Coronel
Berganza, quien fue un poco más urbano con los prisioneros chilenos, aunque
igualmente severo. Mientras se les instruyó el proceso a que fueron sometidos
como vasallos sublevados contra su soberano y como jefes de una revolución que
había trastornado el orden público, ambos Carrera se vieron privados no sólo de
las más elementales comodidades, sino aun de alimentos apropiados al rango de
sus personas; en este proceso se le acumularon a José Miguel cuantos cargos era
posible imaginar para justificar una sentencia severísima desde acusarlo y
hacerlo responsable de la ejecución de diecinueve personas, hasta el de haber
usado un tono arrogante y provocador en sus comunicaciones con los jefes de los
ejércitos reales.
Sin
embargo, hubo entre los realistas quienes creyeron no sólo posible, sino lo más
conveniente, ganarse a los Carrera para las armas del rey, conociendo su
ambición, su orgullo y el deseo de vengarse de sus compatriotas, enemigos
políticos. El que sostenía con mayor ardor este propósito era el padre
franciscano fray Juan Almirail, que desempeñaba el cargo de secretario del
General en Jefe del Ejército Real y, en verdad, el hombre de mayor influencia
sobre el General Gainza.
En las
varias conferencias que el franciscano celebró con los Carrera en los calabozos
de la cárcel de Chillán, no se llegó, sin embargo, a hablar de esto; el padre
Almirail temía, y con razón, que los Carrera, José Miguel especialmente, le
contestaran una barbaridad en el caso de que su insinuación no cayera en buen
terreno; lo que en verdad consiguió el astuto franciscano fue convencer a los
impresionables y deprimidos jóvenes chilenos, de que la causa de la patria
estaba irremisiblemente perdida; para esto exageraba el valor de los triunfos
parciales que, en realidad, habían conseguido las fuerzas monarquistas, o
tergiversaba los hechos que eran favorables a las armas patriotas. Como único
resultado de las entrevistas el padre Almirail solo consiguió que éstos se
ofrecieran para llevar a Santiago proposiciones de paz sobre la base de una
“capitulación honrosa” del ejército patriota; pero consultado el General
Gainza, y a pesar del empeño que puso el padre Almirail por que estas
negociaciones se iniciasen por intermedio de los Carrera, a quienes se pondría
en libertad para que pasasen a Santiago — con la segunda intención de que estos
caudillos provocaran disturbios en el Gobierno chileno— el General Gainza,
repito, se negó a aceptar la proposición cuya mayor gravedad sería la de poner
en libertad a un prisionero de tan alta categoría como el General Carrera, que
podía con su prestigio, organizar una seria resistencia al avance del ejército
español, que ya se consideraba victorioso.
Abandonado,
pues, el proyecto de negociar la paz, el padre Almirail tuvo que seguir al
ejército que iba a empezar la campaña definitiva hacia el norte, en demanda de
la capital, con lo cual los Carrera quedaron abandonados en sus calabozos de
Chillán, y ya nadie se preocupó de los presos, sino para hacerles más dura su
prisión.
Las
vicisitudes del ejército de Gainza durante esta campaña y las duras derrotas
que le infligieron O’Higgins y Mackenna en su avance sobre las ciudades,
pueblos y regiones para ganarse el paso de los ríos, habían cambiado la
situación ventajosa en que se encontraron los monarquistas en el mes de febrero
y el General pensó muchas veces en que el padre Almirail no dejaba de tener
razón cuando un mes antes le aconsejó negociar la paz sobre la base de una
capitulación honrosa del ejército chileno.
La verdad
era que españoles y chilenos, cansados ya de una lucha ingrata y tenaz, que se
prolongaba sin mayores esperanzas de que alguno de los beligerantes alcanzara
un éxito definitivo, deseaban por lo menos un armisticio; tanto los patriotas
como los realistas estaban consumiéndose; las bajas se llenaban con dificultad
suma, o no se llenaban; los elementos de guerra, las provisiones, el equipo
escaseaban hasta la miseria, y la moral de las tropas decaía en proporción
alarmante.
Y
en esta situación fue cuando llegó a Valparaíso el almirante inglés Mr. James
Hillyar, comodoro de la escuadra británica de estación en el Pacífico, quien
hizo presente al Gobierno de Chile que traía instrucciones del Virrey del Perú
para servir de mediador en la guerra y procurar un advenimiento entre ambos
beligerantes. El Director Supremo de Chile, don Francisco de la Lastra, y sus
consejeros, vieron una magnífica oportunidad para suspender honrosamente una
guerra desastrosa y llamaron apresuradamente a Santiago al comodoro inglés, a
fin de estudiar las bases de las negociaciones de paz que por su intermedio
habrían de proponerse al General Gainza, quien encontrábase acampado con su
ejército a las orillas del río Lircay, en Talca.
Y
aquí vemos a los más firmes sostenedores de la independencia de Chile, como
Lastra, Cienfuegos, Camilo Henríquez, O’Higgins, Infante, Eyzaguirre, Irisarri,
Vera y Pintado, el canónigo Larraín, todos, en fin, los que jamás habían
aceptado negociar con España sino sobre la base de una independencia absoluta y
definitiva del Estado.de Chile,
ratificar complacidos, “y como un beneficio del Altísimo”, los términos del
Tratado de Lircay, en cuyo artículo primero “el Estado de Chile se declara
parte integrante de la monarquía española y reconoce por su soberano a Fernando
VII”.
Si bien
esta declaración podía ser satisfactoria para los realistas, en cambio las
otras disposiciones del tratado no podían serles igualmente aceptables, y ellas
fueron las que envolvieron a Gainza en las más acerbas censuras de parte de los
jefes de su ejército y de sus compatriotas en general y determinaron, por fin,
la negativa a cumplir el pacto recién firmado. Según los términos de las otras
disposiciones, “el ejército español debía evacuar la ciudad de Talca en el
término de treinta horas y un mes más tarde la provincia de Concepción”. No era
difícil ni aventurado esperar que el tratado firmado a las orillas del Lircay,
entre los generales en jefe de los ejércitos español y chileno, Gainza y
O’Higgins, no iba a ser cumplido por ninguna de las partes y que, por lo
contrario, iba a producir las más serias perturbaciones, dentro de muy poco.
Una de
las estipulaciones del pacto disponía que los prisioneros que mantuvieran ambos
contratantes debían ser puestos inmediatamente en libertad y, en efecto, así se
hizo, desde luego; pero el Gobierno de Chile había hecho, en esto, una
salvedad: los dos hermanos Carrera, prisioneros en Chillán, debían ser
transportados a Talcahuano y embarcados allí en uno de los buques del comodoro
Hillyar, quien habíase ofrecido de muy buena voluntad para transportarlos a Río
de Janeiro, en cuya corte debían desempeñar un cargo diplomático de que iban a
ser investidos por el Gobierno de Chile. No es difícil adivinar el propósito
del Gobierno del Director Lastra; temeroso de que José Miguel Carrera y sus
hermanos, una vez en libertad, se lanzaran nuevamente en las empresas
revolucionarias que les eran familiares, había resuelto, “en consulta de
notables”, enviar al extranjero a los hermanos Carrera y “para José Miguel el
cargo de diputado plenipotenciario ante el emperador del Brasil, y a Luis, el
de “attaché”; Juan José Carrera se encontraba ya fuera de Chile; había partido
a Mendoza o a Buenos Aires, en compañía del famoso Cónsul Poinsett, el
consejero inseparable de José Miguel Carrera en su agitado período de
revolucionario, de Presidente del Estado y de General en Jefe del ejército
chileno.
Estaba
convencido el Gobierno de que, una vez alejados del territorio de Chile los
tres hermanos Carrera, el país viviría en tranquilidad. Bien claro lo decía el
Director Lastra al General O’Higgins, en carta del 9 de mayo — dos días después
de firmado el Tratado de Lircay— carta que tengo a la vista: “Los maestros de
los desórdenes interiores son los de aquella familia devoradora que usted
conoce muy 'de cerca; de ellos, Juan José dio bastante que hacer, pero ya no
está en el país; los dos que quedan en Chillán son más cavilosos y deben estar
con las entrañas muy quemadas; si quedan en nuestro suelo, es indudable que no
sólo volveremos a las antiguas, sino que nos haremos de peor condición y
seremos víctimas de su furor. Estamos en tiempo de poner remedio y no debemos
excusarlo por miramientos ni consideraciones que deben disimularse ante la
salud pública”.
La
noticia de que, según los acuerdos reservados del pacto de Lircay, los jóvenes
caudillos prisioneros debían ser trasladados a Talcahuano y embarcados hacia el
extranjero, causaron en los Carrera la impresión que es fácil de imaginar; lo
peor de todo era que ellos mismos no sabían a ciencia cierta adónde se les
llevaba y en qué calidad o condición irían; los realistas chillanejos, que
tampoco lo sabían, por cuanto, ya lo dije, el acuerdo entre los generales
Gainza y O’Higgins era privado, corrieron la voz de que los Carrera iban a ser
transportados, según unos, a Santiago, en calidad de presos del Gobierno, y
según otros, a Lima, a disposición del Virrey del Perú. Ambas versiones
llegaron, como es natural, a los interesados, y por cierto que ninguna de las
dos expectativas era halagüeña para los ardorosos caudillos, acostumbrados a la
libertad y a hacer su voluntad sin cortapisas.
Ya dije
que el pacto de Lircay no había satisfecho a los realistas, así tanto como no
había satisfecho a los patriotas; los primeros tenían que evacuar el territorio
nacional en el plazo de un mes, esto es, debían abandonar las ciudades de
Chillán y de Concepción, las fortificaciones de Talcahuano,. Los Ángeles,
Arauco y muchas otras que habían conquistado y mantenido a sangre y fuego; esto
era extremadamente duro para esos orgullosos castellanos y no tardaron en
aparecer síntomas de descontento entre la oficialidad y el vecindario, síntomas
que pronto adoptaron los caracteres de resistencia a la evacuación y aun al
cumplimiento del tratado. Una de las formas de no cumplirlo, fue la de
provocar, pequeños incidentes entre las tropas de uno y otro bando, o dificultades
administrativas que produjeron roces entre los jefes españoles y el Gobierno de
Chile. Las personas de los Carrera, a quienes aquéllos debían entregar en
Talcahuano en determinadas condiciones, dieron lugar' a que esas dificultades
tomaran cuerpo y dieran pie para demorar el cumplimiento de las estipulaciones
preliminares y aun del pacto mismo.
Tan
pronto como llegaron a Chillán las noticias de haberse firmado el Tratado y las
órdenes de Gainza para dar cumplimiento a las estipulaciones de realización
inmediata, el comandante de la plaza, Coronel don Luis Urrejola, puso en
libertad a todos los prisioneros, incluso a los jóvenes Carrera, los cuales
abandonaron, por fin, su estrecho calabozo y salieron por primera vez a la
calle el 10 de mayo, después de dos meses y medio de incomunicación; eso sí que
se les notificó la orden de no salir de la ciudad, y para esto se les puso
vigilancia. La simpatía que irradiaba de sus personas, su brillante juventud y
lo destacado de sus personalidades, les atrajeron inmediatamente la amistad de
muchos jefes, oficiales y vecinos realistas y varios de ellos les ofrecieron
sus hogares; esa misma tarde habían sido acogidos con indudables demostraciones
de simpatía en uno de los hogares más prestigiosos de Chillán, el del
intendente militar realista don Matías de la Fuente, cuya esposa, doña María
Loayza — bella peruana que había venido a Chile acompañando a su marido el año
anterior, en la expedición Pareja— les brindó una franca hospitalidad,
impresionada por las desgracias de ambos jóvenes y por la entereza y aun por la
despreocupada alegría con que demostraban sobrellevarlas.
Esta
amistad, si era sincera de parte de doña María, era, sin embargo, mentida de
parte de su marido; el intendente de la Fuente, uno de los que más resistía el
cumplimiento del Tratado de Lircay, habíase puesto de acuerdo con el comandante
Urrejola para insinuar a los Carrera por intermedio de la dama, un proyecto de
fuga; creían estos personajes que si los jóvenes caudillos se fugaban a
Santiago, o al campo patriota, lograrían fácilmente soliviantar a sus paisanos
y partidarios y derrocar al gobierno de la capital, produciendo así una
situación que no solamente sería favorable a las armas españolas, sino que
podía darles pie para dejar nulo el Tratado, o sencillamente, para no cumplirlo
en definitiva.
Para
preparar el ánimo de los Carrera, haciéndoles conocer exactamente las
intenciones que sobre ellos abrigaban sus compatriotas y enemigos del ejército
y gobierno chilenos, se eligió a un hombre cuya palabra debía ser, para los
prisioneros, indudable: la del abogado don José Antonio Rodríguez Aldea, que
había asistido a las conferencias y negociaciones del Tratado de Lircay, en
calidad de asesor del General Gainza y que conocía, exactamente, los proyectos
del Gobierno de Santiago sobre el destino que se debía dar a los hermanos
Carrera, por haberlo oído de boca del General O’Higgins y del Coronel Mackenna,
negociadores chilenos del Tratado.
Rodríguez
Aldea cumplió su cometido esa misma noche del 10 de mayo, inmediatamente
después de la comida a que los jóvenes fueron invitados en casa del intendente
realista; el asesor controles allí, en tono de amigable confidencia, con todos
sus detalles y con la autoridad que le daba su alta situación, todo lo que
pensaba el Gobierno de Santiago sobre las personas de la “familia devoradora”,
y sobre los peligros que se temían para la tranquilidad del país, si los
hermanos permanecieran en Chile. El asesor se limitó a esto y no insinuó a los
jóvenes ningún proyecto de fuga; bien sabía el astuto abogado que no había
necesidad de tal cosa, pues aparte de que los Carrera ya estarían pensando en
evadirse, sabrían aprovechar la ocasión que pronto se les presentaría por
intermedio de la señora Loayza.
Los
Carrera despidiéronse de los dueños de casa, las doce pasadas, y mientras se
dirigían a sus calabozos, seguidos a la distancia por sus vigilantes, fuéronse
conversando sobre lo que acababan de oír de boca del asesor Rodríguez.
— Debemos
fugarnos — dijo José Miguel—, y, si-fuera posible, esta misma noche.
— Eso se
puede decir fácilmente — contestó José Luis— , pero ¿cómo, si no disponemos ni
de un mal caballejo? Además, necesitamos guía, pues no podríamos seguir el
camino real...
Nada
contestó José Miguel; también veía él la imposibilidad en que se encontraban
para intentar una fuga, sin dinero, sin elemento alguno y con todo el campo,
hasta Santiago, en contra. Si lograban atravesar el campo español, antes de
cruzar el Maule, caerían irremediablemente en poder de las tropas de % O’Higgins,
que controlaban la región de Talca hacia el norte. Sin embargo, después de
largos minutos de recapacitar, dijo:
— Créeme.
Luis, que no temo llegar a Talca; por muy dispuesto que esté O’Higgins a
cumplir las órdenes del “capón” Lastra y de los demás “capones” que gobiernan,
no creo que el “señor General” haga violencia conmigo...
— ¿Te
atreverías a presentarte a O’Higgins?...
— Sí, al
fin y al cabo, O’Higgins no me habría de fusilar; en el peor de los casos nos
pondría presos, y así como podemos fugar del poder de los maturrangos, ahora
que estamos entre enemigos, también podríamos fugar mañana de donde tuviéramos
algún amigo... ¡porque aun los tenemos!— afirmó José Miguel, con acento
convencido.
La
cercanía del cuartel, donde tenían sus calabozos, les hizo guardar
silencio y media hora más tarde se encontraban descansando,
ahora en buenas camas y en una pieza “de oficial”; quiso hablar Luis Carrera,
sobre el mismo tema» pero José Miguel le hizo callar diciéndole:
—
Hermano, sea discreto, piense, discurra y duérmase, si puede.
Al día
siguiente ambos hermanos salieron a pasear por las calles, y como
no había mucho por donde hacerlo, pues el movimiento de tropas era inusitado —
hablábase ya de la evacuación— fuéronse a sentar bajo un frondoso canelo que se
alzaba en medio de la plaza, frente al templo. Estaban allí hablando a largos
intervalos, preocupados de sus proyectos, a los cuales habíanles dedicado casi
toda la mañana, cuando vieron venir hacia ellos a don José Riquelme y Mesa,
vecino caracterizado de Chillán y cuya actuación en favor de
las armas reales había sido bien definida, a pesar de su
indiscutible origen criollo. Fuese hacia los jóvenes y díjoles, de sopetón:
—
¿Saben ustedes que se trata de llevarlos a Talcahuano hoy día,
para embarcarlos en una nave del inglés Hillyar, rumbo a
Río de Janeiro?
—
¿Hoy...?— preguntó, anhelante, Luis Carrera.
— Así lo he
oído decir, a persona que cree saberlo.
—
Sabíamos que eso se tenía acordado — intervino José Miguel—
pero ignorábamos que nuestro traslado fuera
hoy y por cierto que me causa extrañeza tanto apuro.
En fin — terminó— hágase la voluntad del
Gobierno...
Guardó un
instante de silencio don José Riquelme, como dudando hacer una revelación.
— ¿Han
visto ustedes a don Juan de Dios Campillo?...
— No
hemos visto desde ayer a nuestro buen abogado defensor — contestó José Miguel—
; quizá más tarde le veamos, para pedirle consejo.
Después
de otro instante de silencio, Riquelme dijo, extendiendo la mano para
despedirse, casi repentinamente:
—
Vayan... vayan a ver a Campillo, no dejen de ver luego a Campillo... ¡Adiós!
Y se fue,
a paso rápido.
El
capitán realista don Juan de Dios Campillo había sido el defensor de los
Carrera en el proceso que las autoridades habíanles instaurado a raíz de su
prisión y al cual me referí más atrás; el joven militar realista y sus
defendidos habían simpatizado de corazón, a tal extremo que durante su
cautiverio los Carrera habían tenido en él no solo un amigo — el único— sino
aun un protector, pues muchas veces “los socorrió” de su peculio.
Un tanto
extrañados por el consejo de Riquelme, los jóvenes patriotas no titubearon en
echarse a buscar a Campillo; era un amigo que los aconsejaría bien y
desinteresadamente.
— Que
ustedes tendrán que salir para Talcahuano y embarcarse en el buque del inglés,
es indudable — les dijo el capitán—; ahora que esto sea hoy, esta noche o
mañana, eso no lo sé; no lo he oído decir...
— ¿Y no
podría saberse...? — preguntó José Luis, en tono confidencial.
— ¿Qué
ganaríais con ello? — preguntó, a su vez, Campillo.
José
Miguel no contestó, pero fijó su mirada en el realista.
—
¿Pretendéis fugaros? — interrogó con los ojos más que con la palabra el joven
oficial.
— Si tú
nos ayudas, sí — murmuró, entre dientes, José Luis.
— ¡Yo!
¿Pero cómo...? ¡Es imposible! — afirmó Campillo, después de un instante de
reflexión— . Conociendo el acuerdo que existe entre los generales, yo no podría
hacer nada, sin faltar a mi deber.
— Bien —
contestó José Miguel— pero no te negarás para satisfacer nuestras necesidades,
que son muchas...
— Para satisfacer vuestras necesidades, aquí está mi bolsa — dijo
Campillo, alargando un “cambucho” de cuero de cabro novato— y si es poco,
prometo que buscaré más para dároslo; pero no quiero saber qué vais a hacer con
ese dinero...
— Satisfacer nuestras necesidades — repitió Luis Carrera.
—
¿Podrías darme otras diez onzas? — preguntó José Luis, después de haber contado
el dinero de la bolsa.
— Esta
tarde, a las seis — contestó Campillo— os espero en mi casa. ¡Adiós! — dijo y
se alejó rápidamente.
Esa misma
noche del 11 de mayo celebrábase en casa del intendente militar don Matías de
la Fuente una gran fiesta “con músicas” y derroche de luces; era el cumpleaños
de la dueña de casa y el intendente había querido que su bella esposa recibiera
ese día los cumplidos de todos los personajes de significación que habitaban en
Chillán, y que tenían el insigne honor de cultivar la amistad del expectable
matrimonio limeño. Por cierto que los hermanos Carrera estuvieron invitados
también a la fiesta, desde que los pactos de Lircay habían allanado las
dificultades y el natural entredicho en que se encontraban los que días antes
eran enemigos.
Campillo
había entregado, a la hora convenida, las diez onzas que habíale pedido Carrera
a más de las que ya le había dado generosamente su amigo, el oficial español.
i—
Perdona, Campillo, que te haya impuesto este nuevo sacrificio — habíale dicho
José Miguel al recibir el dinero— pero ten la seguridad, no solo de que estas
onzas y las anteriores volverán a tu poder cuanto antes, sino, además, que el
favor que nos has hecho habrá de ser recompensado algún día...
— José
Miguel — contestó Campillo— las onzas que te di antes, son mías y te las
obsequio; éstas de ahora son del comandante Urrejola, quien me las dio también
de muy buena gana, sabiendo el destino que iban a tener...
— ¿Le
dijiste que eran para nosotros...?
— Le dije
y no me las negó.
Sorprendido
quedó Carrera con la noticia, pero su pensamiento preocupado fuertemente con
ciertos proyectos que había lucubrado durante la tarde y cuya realización iba a
intentar dentro de pocas horas, le hicieron olvidar la curiosa y extraña
actitud del comandante Urrejola, en quien días antes había tenido un enemigo
severo y casi enconado.
Eran un
poco más de las diez de la noche, cuando la festejada doña María Loayza
acercóse a los hermanos Carrera, que en esos momentos departían con algunos
oficiales al extremo de un saloncito y haciéndole a José Miguel una insinuación
amable, prendióse de su brazo:
— José
Miguel — dijóle— no haga usted ninguna demostración al oír lo que voy a
decirle; disimule usted... quédese indiferente a todo... a todo lo que oiga...
Los caballos están listos ya, en casa de don José Riquelme, y allí mismo hay un
“guaso” que les servirá de guía; he cumplido mi palabra, y la han cumplido
también todos los que me prometieron ayudarme... No me diga nada... nada...
lléveme a tomar un refresco, y despidámonos... ¡hasta más ver!...
Momentos
más tarde, José Miguel y Luis Carrera salían de la casa del intendente de la
Fuente, habiéndose deslizado, con todo disimulo, de los grupos que invadían los
salones, y se dirigían, protegidos por la densa oscuridad de una noche
encapotada por negros nubarrones, a la “posada” de don José Riquelme, en cuya
puerta falsa esperaba un “sirviente”, listo para dar paso a los que se les
esperaba...
Al lado
adentro; bajo unos corredores, estaba Riquelme, con su mujer, doña Dolores
Lantaño, y tres o cuatro personas más; eran “patriotas” recién libertados que
deseaban ver partir a los audaces caudillos revolucionarios que iban a jugarse
nuevamente 1a vida en una aventura peligrosísima.
— ¿Llevan
ustedes armas? — preguntó Dolores.
— Ni un
mal cuchillo, señora — contestó José Miguel, inclinándose sonriente ante la
dama.
— Aquí
hay dos pares de pistolas — dijo doña Dolores, cogiendo las armas, que estaban
colgadas de un horcón— ; están cargadas — agregó, al entregar un par a cada uno
de los fugitivos.
Los
jóvenes las afirmaron a sus cinturas, se cubrieron con sendos “ponchos”,
repartieron algunos abrazos y apretones de mano, y saltaron sobre los caballos
que esperaban briosos.
Una hora
más tarde habían vadeado el Ñuble y galopaban hacia el villorrio de San Carlos,
en demanda del peligroso Maule.
—
¡Partieron!... — fue la primera palabra que pronunció don José Riquelme al
enfrentarse con el comandante Urrejola, en uno de los salones de la fiesta del
intendente de la Fuente, que estaba en su apogeo a eso de las once de la noche.
— ¡Que
Dios proteja a ese par de locos! — dijo el comandante— allá ellos, y todo sea
por el rey y su bandera.
§ 18. Un
abrazo antes de Rancagua
(1814)
A la
situación de angustia y sobresalto en que vivía el vecindario de la capital
desde que los Carrera habían asaltado de nuevo el poder, aprisionando al
Director Supremo don Francisco de la Lastra, a sus ministros, a los altos
funcionarios y en general a todos los que alguna participación habían tenido en
el Gobierno anterior, vino a agregarse ahora la gravísima noticia de que el
General O’Higgins, por resolución del ejército de su mando, acantonado en
Talca, había desconocido al gobierno revolucionario y avanzaba hacia la capital
a la cabeza de sus tropas a fin de derrocar a la Junta “carrerina”, que había
quedado compuesta del presbítero don Julián Uribe, de don Manuel Muñoz Urzúa y
del propio don José Miguel Carrera, como Presidente.
El choque
que se preveía, iba a ser tremendo; conocíase el empuje audaz de los nuevos
gobernantes, su resolución de conservar el poder, sus incontenibles deseos de
represalias por los “desaires y desprecios” que habían recibido de sus émulos
al ser exonerados del mando del ejército, a raíz del fracaso de Chillán y de la
campaña del sur, y su desprecio a la muerte... Por otra parte, sabíase también;
que O’Higgins, como buen inglés, no retrocedería después de tomada una
resolución y que afrontaría todas las consecuencias que resultaran de ello;
muchas pruebas de valentía y de heroísmo temerario llevaba dadas el “sureño”
durante la campaña contra los invasores de la patria, y todos estaban ciertos
de que, llegados frente a frente los ejércitos de Carrera y de O’Higgins uno de
los dos habría de sucumbir, si no sucumbían los dos.
Efectivamente,
el 26 de agosto de 1814, atravesaba O’Higgins el río Maipo, a la cabeza de una
pequeña columna de vanguardia y tomaba colocación en su ribera norte, para
aguardar allí al grueso de su ejército y proteger su “balseo”. Al conocer esta
noticia — por los vigilantes y atalayas que se habían colocado en las
“angosturas” de Paine— las tropas de Carrera salieron precipitadamente de
Santiago al mando de don Luis y de don Diego José Benavente, y en pocas horas
de marcha durante la noche, amanecieron, al día siguiente, a corta distancia
del enemigo; sin pérdida de tiempo, emplazaron sus cañones y el combate estaba
empeñado decididamente antes del mediodía.
La
situación de las tropas de O’Higgins no podía ser más comprometida delante de
un ejército que las triplicaba en número; no solo encontrábanse distantes del
grueso del ejército talquino, sino, aun, tenían a sus espaldas el río Maipo,
que acababan de vadear; era por demás peligroso emprender una retirada en esas
condiciones, y el general del sur, temerario como siempre, presentó combate,
confiado en su buena estrella. Al caer la tarde, las tropas o’higginistas, en
franca derrota por los llanos ribereños del Maipo, repasaban el río,
desordenadamente, para substraerse a la persecución de los vencedores. En un
desesperado asalto a la bayoneta de un grupo de o’higginistas, encabezados por
el propio general y por el capitán Ramón Freire, el primero perdió su caballo y
estuvo a punto de perecer al pie de la trinchera enemiga; le salvó la
generosidad de su ayudante Barrenechea, quien, desmontándose rápidamente, en
medio de una lluvia de balas, ofreció su cabalgadura al general y le obligó a
aceptarla.
En la
mañana del 28 de agosto, cuando aun O’Higgins se encontraba acampado a un par
de leguas de la ribera sur del Maipo, haciendo esfuerzos desesperados para
reunir los restos . de su derrotada tropa, recibió la visita de un
parlamentario del general del ejército realista, don Mariano Osorio, el cual
exigía la rendición incondicional del ejército patriota “si los que mandaban en
Chile” querían evitar a las poblaciones “el castigo a que se habían hecho
acreedoras por su rebelión contra el soberano”. Osorio anunciaba que, habiendo
desembárcalo en Talcahuano ocho días antes, con grandes refuerzos que había
traído del Perú, avanzaba hacia el norte con un ejército de cinco mil hombres y
en esos momentos ya debía estar cruzando el río Maule.
La patria
encontrábase, en consecuencia, frente a un inmenso peligro, y era necesario que
todas las fuerzas chilenas se unieran para conjurarlo, dejando de mano las
diferencias intestinas.
— Estas
comunicaciones — contestó O’Higgins al parlamentario español, que era el
capitán don Antonio Vites Pasquel— deben ser conocidas por los hombres que
están a la cabeza del Gobierno.
— Pero
Vuestra Señoría, que es el jefe del ejército, no ha reconocido la legalidad de
ese gobierno, que es espúreo y de facto...
— ¡Alto,
señor parlamentario! — interrumpió O’Higgins— sea cual y como sea el Gobierno
del Estado de Chile, vuestra merced no es el llamado a calificarlo. Pasará
vuestra merced a la otra orilla del río Maipo, y para eso le facilitaré todos
los medios; allí se encontrará usted con el gobierno, que es a quien debe usted
entregar esas comunicaciones. ¡Adiós, y buena suerte...
Dos horas
después que el parlamentario español había partido, el General O’Higgins
despachaba hacia la capital al coronel Venancio Escandía para hacer saber a la
Junta de Gobierno que “no era ese el momento de competencias ni de discordias y
que debía buscarse un arreglo inmediato y definitivo a las dificultades
pendientes, a fin de reunir todas las fuerzas de la patria para salvarla de
esta crisis tremenda”.
Desde que
se recibió en Santiago la noticia de la presencia de O’Higgins con sus tropas,
a pocas (leguas de la capital, la inquietud en el vecindario había alcanzado
los caracteres de pavor y cuando las tropas de Luis Carrera y de Pedro José
Benavente abandonaron los cuarteles para salir contra el “enemigo” a
presentarle combate a campo rasó, ese pavor se convirtió en pánico.
La ciudad
iba a quedar desguarnecida y, soliviantados como estaban “los rotos”, era muy
probable que se dedicaran al saqueo. Realistas y “anticarrerinos” andaban “con
el credo en la boca”, porque eran ellos los más expuestos a las iras de los que
manejaban al “soberano pueblo”, que de nuevo había entrado en acción, con el
advenimiento del Gobierno de los revolucionarios de 1811, de pavorosa
recordación. A la media tarde de ese día 27 de agosto, mientras se desarrollaba
el combate fratricida entre ambas fuerzas chilenas, “todo era confusión, llanto
y amargura, principalmente en las casas de los llamados sarracenos — que eran
objeto de las mayores vejaciones— y de los sospechosos de anticarrerismo”, los
cuales, sin poder disponer de la gente de servicio, soliviantada con la
expectativa de un próximo saqueo, tuvieron que trabajar con sus propias manos
“para abrir subterráneos en sus habitaciones, donde ocultar sus haberes;
algunos de los que podían hacerlo, los transportaban a sus chácaras del campo”.
Gran
parte de la población salió a las calles, a las afueras de la ciudad, al cerro
Santa Lucía, al Cerro Blanco, a las faldas del San Cristóbal o a otras
prominencias, desde donde creían dominar los llanos de Maipo, con el objeto de
“divisar” las peripecias del combate, cuyo cañoneo se oía; los más timoratos,
generalmente las mujeres, se asilaban en los templos, y allí imploraban a
gritos la protección del cielo “ante el peligro que amenazaba sus vidas”.
El
Presidente, don José Miguel Carrera, había quedado en la capital, organizando
rápidamente un nuevo escuadrón para salir a reforzar a los que ya habían
partido al mando de Luis Carrera y de Benavente; en esta tarea le secundaban
los otros dos vocales de la Junta, Muñoz Urzúa y el clérigo Julián Uribe, el
cual, “con la espada al cinto sobre su traje sacerdotal, recorría las calles a
la cabeza de una corta partida de tropa de caballería para disolver las
agrupaciones de gente y conservar la tranquilidad y el orden”.
Cerca de
las tres de la tarde, José Miguel Carrera tenía listo "y montado” el
escuadrón con el cual iba a participar en la refriega, la que, según el cañoneo
que se oía a la distancia, habíase formalizado ya entre los bandos
combatientes; dio la orden de marcha, y entregando el mando de la tropa al
Vocal Muñoz, con la indicación de que debía marchar, sin detenerse y a galope
largo, espoleó su caballo, diciendo:
— Avante,
Muñoz, con la tropa; yo me voy a un menester y los alcanzaré, antes de que
lleguen a “lo de Espejo”. ¡Avante!
Y
torciendo riendas, partió a la carrera, “Cañada abajo” — el escuadrón se había
estado alistando en la Ollería, actual Avenida Portugal— seguido de sus fieles
José Conde y sargento Yacotar, que jamás se separaban de su lado; doblaron por
la calle “del Estado” — ya se la denominaba así, por orden de Carrera, en
substitución de la del Rey— y luego por la de los Huérfanos, y fueron a frenar
violentamente sus caballos frente a la casa de doña Luisa Valdivieso. Don José
Miguel arrojóse de su caballo penetró corriendo por el ancho zaguán y enfrentó
una de las puertas que caían a la derecha del amplio patio que ostentaba al
centro un frondoso naranjo en flor. Empujó la puerta entornada y se echó sobre
unos brazos que lo esperaban ansiosos, abiertos y anhelantes...
Eran los
de Merceditas de la Fuentecilla, su encantadora mujer, con quien había
contraído matrimonio cinco días antes.
Ambos
jóvenes permanecieron unidos durante un largo minuto, sin decirse una palabra,
pero hablándose atropelladamente en aquel elocuentísimo idioma que inventaron
nuestros venerables abuelos en el Paraíso Terrenal, debajo de un manzano, y,
por último, se aplicaron un beso... Bueno, supongamos que no fue uno solo; pero
después del último, José Miguel desprendióse de aquellos brazos que lo retenían
por el cuello y que al abrirse, para dar libertad al prisionero, se mantuvieron
extendidos y suplicantes, y de un salto encontróse junto al naranjo; arrancó un
opulento gajo de azahares, y haciéndolos un puñado de pétalos, los arrojó sobre
el grácil cuerpo de su mujer...
Echando
su caballo a todo correr, José Miguel se reunía con su escuadrón antes de que
hubiera llegado a “lo de Espejo”, y dos horas más tarde enviaba a Santiago,
desde los llanos de Maipo, la noticia del triunfo de sus armas.
Cuando,
ya entrada la noche, súpose en la capital el resultado del combate entre
“carrerinos” y “o'higginistas”, el clérigo Uribe que era la única autoridad de
la ciudad, mandó echar a vuelo las campanas de todos los templos y encender
luminarias en todas las casas, además de las “piras” que se acostumbraba
“incendiar” en las rocas altas del Santa Lucía los días de grandes y
excepcionales “alegrías púbicas”. En medio del envanecimiento por este triunfo,
el clérigo se despreocupó del orden, y esto dio origen a que “el soberano
pueblo” cometiera lamentables atropellos contra las propiedades y las personas
de los “vencidos”, esto es, de los adversarios del gobierno.
— Señor
Uribe — díjole, un tanto alterado, el respetable vecino don Juan Enrique
Rosales, al Vocal de la Junta, que en esos momentos se encontraba bajo los
portales de la plaza, rodeado de algunos de sus allegados, celebrando el
triunfo, en medio de alegres comentarios— . Señor Uribe., una turba acaba de
asaltar mi casa y en estos momentos la saquea, golpea a mis sirvientes y aun a
mi familia... Pido a usted que me proteja con las fuerzas que manda.
Uribe
miró de alto a bajo al que se atrevía a interrumpir sus expansiones de
triunfador, y al reconocer al “viejo” Rosales, su enemigo político y uno de los
prohombres del partido derrocado, avanzó hacia él lentamente, alzó la mano
empuñada y la dejó caer sobre el rostro del anciano.
Irguióse
Rosales, e instintivamente levantó el bastón; pero en el mismo instante fue
sujetado firmemente por los del grupo.
—
¡Llévenlo a la cárcel! — ordenó el clérigo vocal— y que pase la noche en el
calabozo y con un par de grillos bien remachados, a fin de que “se remedie de
su intolerancia” con el Gobierno.
Efectivamente,
el vocal de la Junta de Gobierno de 1810, don Juan Enrique Rosales, pasó esa
noche en la cárcel, y con una barra de grillos. Cuando José Miguel Carrera
regresó a la capital, a la madrugada del siguiente día 29 de agosto y supo la
prisión y la causa del castigo en que se encontraba Rosales, dijo a Uribe:
—
¡Clérigo, no seas indígena!...
Y mandó
poner en libertad al venerable patricio.
El
Coronel don Venancio Escandía entró en Santiago escoltado por una pequeña
guardia que le proporcionó el Coronel Benavente en los llanos de Maipo, cuando
supo que venía como mensajero del General O’Higgins, y fue llevado sin demora a
presencia de la Junta de Gobierno, que en esos momentos encontrábase reunida
deliberando sobre la comunicación o ultimátum del general en jefe realista.
Escandía era amigo de los tres vocales, y en el seno de la amistad pudo
explicarles verbalmente la resolución en que se encontraba don Bernardo
O’Higgins para acordar, en vista del peligro en que se encontraba el país,
cualquier arreglo que concluyera con las diferencias que se habían suscitado
con motivo del cambio de gobierno.
— Es que
no puede hacer otra cosa, después de la derrota que han sufrido sus tropas —
dijo Muñoz Urzúa.
— Sí que
podría hacer algo — contestó Escandía, fijando una firme mirada sobre el mal
pensado vocal—. El General O’Higgins estará reunido esta tarde con el grueso de
su ejército, compuesto de dos mil quinientos hombres, y podría no sólo
defenderse, sino también pasar al norte del Maipo, y tentar fortuna; pero no
quiere eso: quiere que las fuerzas del gobierno y las suyas se unan para
rechazar al invasor...
— ¿Y qué
pide para hacer eso?.. — preguntó Uribe.
— Que
cesen las persecuciones en Santiago y se forme un Gobierno provisional,
designado por el pueblo, sin intervención alguna de los individuos que componen
actualmente ambos ejércitos, los cuales se retirarían a dos leguas de la
capital, mientras esté reunido el Cabildo Abierto.
— Y el
mando del ejército, ¿quién lo tendría? — interrogó Carrera.
—
Mientras el Cabildo Abierto y la Junta que allí se nombre, lo disponen, cada
ejército reconocerá a sus actuales y respectivos jefes... Y, desde luego —
agregó Escandía, anticipándose a una objeción que veía venir de parte de sus
interlocutores— en nombre del señor General O’Higgins declaro que él renuncia
formalmente al mando en jefe y que solo pide se le dé el mando de la división
de vanguardia, para salir inmediatamente a detener el avance realista.
“El
arrogante ¡Presidente de la Junta quiso ver en esa generosa proposición
solamente un arbitrio encaminado a quitarle el poder que él había conquistado
con tanto trabajo ... pero eran tan razonables las proposiciones de O’Higgins
que, sin rechazarlas ni aceptarlas, se limitó a pedir una entrevista con su
émulo”.
— Partirá
usted ahora mismo hacia el campamento de O’Higgins — dijo Carrera al mensajero
Escandía, después de haber conferenciado privadamente con sus colegas de la
Junta— y le manifestará que acepto, en principio, la reconciliación sobre las
bases que me ha propuesto; pero que para determinar los detalles, es preciso
que él y yo celebremos una entrevista. Yo estaré mañana, a la caída del sol, en
la ribera norte del Maipo, y allí le espero.
A las
once de la mañana del día 2 de septiembre, ambos caudillos, acompañados
solamente de sus respectivos ayudantes, se encontraron en los callejones de la
hacienda de Tango y pasaron reunidos bajo una ramada hasta la caída de la
tarde; la conferencia fue sin testigos y, al decir de los ayudantes que
solamente los contemplaban, a ratos, desde lejos, ella fue en todo momento
cordial. En ocasión próxima habré de relatar con alguna detención la
trascendental entrevista de estos célebres caudillos de la independencia
patria, y me reservaré para entonces dar a conocer algunos detalles de ella,
desconocidos hasta ahora.
Resuelto
como estaba O’Higgins a dar por terminadas todas las dificultades, aceptó todo
cuanto propuso Carrera; éste, por su parte, no transigió en nada, ni aun en
reemplazar a Uribe y a Muñoz Urzúa en sus cargos de vocales de la Junta,
quienes, según O’Higgins, “carecían de los antecedentes y del prestigio
necesarios para dar fuerza moral al poder público”.
Al día
siguiente, 3 de septiembre, llegaba a Santiago el General O’Higgins, acompañado
sólo de cuatro oficiales de su ejército y de dos asistentes, y se iba a
desmontar de su caballo de guerra frente a la casa particular del General
Carrera.
— Señor —
dijo cuando se enfrentó con el Presidente, que había salido a recibirle, al
medio del primer patio— en obsequio de la patria y en virtud de las ardientes
protestas de comunidad de propósitos que Vuestra Excelencia me ha hecho, yo y
los oficiales del ejército a mis órdenes reconocemos la autoridad de la Junta
de Gobierno, y en este momento deposito en vuestras manos, como su Presidente,
el mando de las fuerzas que me fue confiado, en jefe, hace seis meses,
pidiéndoos que dispongáis la manera rápida y eficaz en que se debe detener al
invasor...
Carrera
se adelantó con los brazos abiertos, y al abrir los suyos, O’Higgins agregó:
— El
ejército del sur, y su jefe, no reclaman otro honor que el de formar la
división de vanguardia, que debe salir al encuentro del enemigo.
Y ambos
ardorosos y valientes caudillos quedaron unidos, durante varios instantes, por
un estrecho abrazo, ¡que ojalá hubiera sido duradero!
§ 19. El
último “dieciocho” de la Patria Vieja
(1814)
Terminadas
— aparentemente— las inquietantes disensiones entre O’Higgins y José Miguel
Carrera con el abrazo que ambos caudillos se dieron en la Plaza de Armas de
Santiago, el 3 de septiembre de 1814, en presencia de una multitud que los
aclamaba, y después de haber recorrido juntos las calles de la ciudad en
estrecha camaradería, el vecindario de la capital, hasta entonces profundamente
dividido por la enconada lucha política, se estrechó también para prepararse a
la defensa del suelo patrio, recién invadido, desde el sur; por los batallones
realistas del General Mariano Osorio, desembarcados en Talcahuano quince días
antes, o sea, el 13 de agosto.
Mientras
las tropas de O’Higgins, acantonadas en Talca, de acuerdo con el reciente
Tratado de Lircay, esperaban la ratificación de este convenio y el reembarco
del ejército realista de Gainza que había sido prácticamente derrotado en la
campaña iniciada el año anterior, los Carrera se habían apoderado del Gobierno
Supremo mediante la audaz asonada del 23 de julio, e impuesto en Santiago un
régimen de terror contra sus adversarios, destruyendo, así la concordia y la
unión que tan necesarias eran, sobre todo en esos momentos, para la familia
chilena.
Repudiado
el nuevo Gobierno por el ejército en campaña y fracasadas las tratativas que se
hicieron para llegar a un arreglo con los revolucionarios, O’Higgins determinó
avanzar con su ejército hacia la capital para arrojar del poder a los
revolucionarios y restablecer la autoridad del pueblo mediante una convocatoria
a elecciones por un Cabildo Abierto. Dejó en Talca una guarnición de
seiscientos veteranos a cargo del comandante don Joaquín ¡Prieto y emprendió su
avance hacia la capital el 7 de agosto, con el resto del ejército. “Ejecuto
esta marcha con el mayor dolor — escribía al representante del gobierno
argentino, don Juan José Paso— pero es inevitable; la responsabilidad de lo que
suceda debe pesar sobre los verdaderos autores del mal”.
Se
refería el gran patriota a la lucha entre hermanos que habría de producirse
entre sus tropas y las de Carrera; lo menos que hubiera podido ocurrírsele, era
que en pocos días más iba a desembarcar en Talcahuano una nueva división
realista, que al mando de Osorio había enviado del Perú el Virrey Abascal, para
reconquistar a Chile.
En
efecto, el 13 de agosto fondeaban en la bahía de Penco los navíos “Asia”,
“Sebastiana” y “Potrillo”, que conducían al nuevo ejército del Virrey, y cinco
días más tarde se reunían en Chillán todas las fuerzas, formando un respetable
conjunto de cinco mil hombres; dos días después, el 20 de agosto, el nuevo
general realista Osorio enviaba “a los que mandan en Chile” la arrogante
conminación de que depusieran las armas y se sometieran incondicionalmente a la
autoridad del monarca español, cuyo representante en Lima, el Virrey Abascal,
había desaprobado los tratados pacíficos de Lircay.
Entretanto,
O’Higgins avanzaba hacia el norte y a esas fechas ya había pasado por Rancagua
y continuado hasta muy próximo del río Maipo, en cuyas cercanías proponíase
concentrar su ejército en marcha, para vadearlo en orden y presentarse ante la
capital en condiciones de reducir a los revoltosos sin derramamiento de sangre;
y con el objeto de proteger el paso del grueso de sus tropas cruzó el río al
frente de su columna de vanguardia, compuesta de unos cuatrocientos hombres,
con los cuales ocupó la ribera norte.
No se
imaginaba O’Higgins que las tropas revolucionarias de José Miguel Carrera se
encontraban ya sobre su vanguardia.
A eso de
la una de la tarde, mientras el general y sus ayudantes recorrían
despreocupadamente la ribera norte del Maipo, para disponer el paso del
ejército del sur que debería estar concentrado en la ribera opuesta a la noche
siguiente, se oyeron los primeros disparos de las fuerzas revolucionarias
contra las avanzadas o’higginistas; a las cuatro de la tarde la batalla estaba
declarada, y a las seis, las tropas de Carrera habían dispersado a las
avanzadas de O’Higgins obligándolas a repasar el río, o a huir en distintas
direcciones.
Encontrábase
O’Higgins, al siguiente día 27 de agosto, dando las instrucciones para la mejor
concentración de su ejército, que ya había empezado a llegar
al sur del Maipo, cuando fue traído a su presencia el parlamentario español don
Antonio Vites Pasquel, enviado por Osorio con aquellos pliegos conminatorios
dirigidos “a los que mandan en Chile”. El general chileno fue informado
verbalmente del contenido de los pliegos y del significado de la misión;
concentró unos instantes su espíritu y en vista de la gravedad del caso,
resolvió no tomar conocimiento de los pliegos; hizo acompañar al parlamentario
hasta la ribera del Maipo y encaminarlo hacia la capital, a fin de que se
entrevistara con la Junta de Gobierno revolucionaria que presidía don José
Miguel Carrera.
Momentos
más tarde, O’Higgins despachaba también hacia la capital al coronel don
Estanislao Pórtales, para hacer saber a la Junta que era necesario poner
término inmediato a las divergencias entre chilenos y que él y su ejército
estaban dispuestos a buscar y poner en práctica cualquier arreglo que reuniera
todas las fuerzas del país, para salvar a la patria invadida y en inmenso
peligro.
Las
negociaciones que empezaron al día siguiente y que terminaron seis días
después, 2 de septiembre, en la conferencia que celebraron, a solas, O’Higgins
y Carrera, bajo una ramada en la ribera norte del río Maipo, hicieron
desaparecer, en apariencia, la profunda divergencia que dividía a esos dos
grandes patriotas; al día siguiente llegó O’Higgins a Santiago, a las ocho de
la noche, y se desmontaba frente a la casa de su rival; solo le acompañaban en
este trascendental momento histórico de Santiago, pues era el encargado de
amenizar y de coronar toda fiesta que necesitaba del
entusiasmo de la “plebe del pueblo”.
Fallecido
su alto patrón, Pedro López Guindo fue atacado de monjío, y solicitó
humildemente vestir el hábito de lego dominicano, lo que le fue concedido solo
mediante las gestiones de doña María Esterripa, la viuda del Presidente, pues
el prior del convento no consideraba con los antecedentes necesarios para
alcanzar tal grado a un candidato que deseaba ofrecer sus huesos a Dios,
después de haber dado la carne al diablo.
López
Guindo, o el “mocho Perico”, según se le llamaba, había sido uno de los
concurrentes a la lectura del bando que la Junta había hecho publicar el día
17, para dar cuenta de la traición del capitán Vega. “Todo ciudadano, decía el
bando, está autorizado para matar al capitán Vega, como al enemigo público; la
patria le niega el agua y el fuego; el que le franquee el menor auxilio sufrirá
el mismo suplicio. La muerte ignominiosa es el premio (?) de los traidores”.
Dice una
relación de la época que “el pueblo aullaba de coraje y de santa indignación”
contra el traidor infame, y que muchos grupos, armados de palos, salieron a
buscarlo...
El “Mocho
Perico” anduvo metido también entre los perseguidores del traidor, pero luego
se convenció de que no darían con él, y fuese a su convento en donde tenía
bastante trabajo, pues le habían sido encargados los fuegos artificiales que
habrían de ser quemados a la noche siguiente del “Dieciocho”.' Estaba armado de
un “remolino” que, según esperaba, habría de ser un éxito estupefactante,
cuando se le ocurrió que también él podría contribuir, si no al
descuartizamiento efectivo y real del traidor Vega, por lo menos a su
descuartizamiento en efigie. Se frotó las manos después de haber lucubrado el
plan de su proyecto, dio un par de saltos de satisfacción y alegría, diciéndole
al mulato que le servía de oficial:
—
Apúrate, jetón, que tenemos mucho que hacer esta tarde, y tal vez esta noche
para celebrar a la patria en su día de mañana.
— ¡Pero,
mi amito lego, si ya están acabados los voladores, los truenos y los remolinos,
y queda poco que hacer!...
— ¡Qué
sabís vos, negro curiche!... ¡Pásame la cuerda mecha y calla la boca!
Al día
siguiente, día de la patria, que iba a ser el último “Dieciocho” de la Patria
Vieja, los cañonazos de la artillería sorprendieron al Mocho Perico y a su
ayudante armando los “fuegos” en los palos que deberían sostener las piezas que
se iban a quemar esa noche, y que en realidad sería la única fiesta realmente
popular de ese día. El 18 de septiembre de 1814 no hubo saraos, ni fondas, ni
chinganas, ni procesiones, ni ejercicios militares, ni carros alegóricos, ni
luminarias en el cerro Santa Lucía; los únicos actos celebratorios de la gran
fecha se redujeron a la misa solemne en la Catedral y a unas rogativas por el
triunfo de las armas chilenas. Sabíase que Osorio estaba a punto de cruzar el
río Cachapoal y que, por lo tanto, una gran batalla se iba a producir entre los
realistas y las divisiones de O’Higgins y de Juan José Carrera, que estaban
apoyadas en Rancagua. No había familia santiaguina que no tuviera allí algún
deudo, y lógicamente habría de suponerse que la muerte se cernía sobre ellos.
Las
rogativas fueron plegarias de lágrimas, de dolor y de angustia y el sermón del
Padre Soto, con toda su patriótica elocuencia, no consiguió levantar los ánimos
caídos de las madres, de las esposas, de las hermanas y de las hijas de los
futuros héroes de la libertad chilena.
A la
salida de la función religiosa empezaron a disparar los cañones de la plaza la
salva de la tarde, que era también el anuncio de que iban a comenzar los
“fuegos de artificio”; todo Santiago se desbordó sobre el cuadrilátero en pocos
instantes y buscó su sitio desde el cual podía dominar el atrayente
espectáculo. Las familias “pudientes” ocuparon los altos del Portal de Sierra
Bella, que era la mejor tribuna, y las ventanas altas y bajas del Palacio
Episcopal, del Palacio de Gobierno, de la extinguida Real Audiencia, del
Cabildo y Cárcel, y de las casas de Larraín y Ruiz Tagle, que ocupaban todo el
costado oriente de la Plaza. Las personas “decentes” se contentaban con ocupar
los quicios de las puertas y las escalinatas de las casas “particulares” y por
último, “la plebe del pueblo” invadía la Plaza misma, sin importarle un grano
de alpiste que el “palo” de algún volador, o una “vieja” o algún “remolino” o
alguna “pirámide” le estropeara el individuo o le quemara la ropa.
El éxito
que obtuvo el Mocho Perico con sus “fuegos” de esa noche, con ser grandioso,
fue una “pitajaña comparado con la clamorosa estupefacción que produjo el
incendio de la última “pieza”, reservada precisamente para el final, como
coronación de la fiesta. Era una gran horca que se fue dibujando rápidamente en
el espacio; tres petardos rojos, y la figura de un condenado apareció colgante
de la cuerda corrediza, con las manos atadas a la espalda, la enorme lengua
afuera y los ojos como dos ascuas; irnos diablos monstruosos, armados de
tridentes emergieron de la sombra en actitud amenazante, y mientras el ahorcado
vaciaba fuego por boca y orejas, aparecieron unas enormes letras que decían:
“Este es Vega, traidor”.
El
pueblo, enloquecido de entusiasmo y al mismo tiempo de indignación, junto con
los vivas a la patria, aullaba mueras para el indigno que había abandonado su
bandera ante el enemigo; pero este entusiasmo e indignación llegaron a lo
superlativo cuando después de centenares de saetas diabólicas que traspasaban
el cuerpo del ahorcado, tres petardos formidables que hicieron explosión en la
cabeza, en el cuerpo y en los pies de la figura, la descuartizaron en
pedacillos, arrojándolos al espacio. Solamente quedaron iluminadas, y por
largos instantes las dos últimas palabras del letrero infamante: “Vega,
traidor”.
El Mocho
Perico no pudo levantarse al día siguiente; estaba reventado de tanto que había
trabajado para ese “Dieciocho”, que iba a ser el último de la Patria Vieja,
porque días después se produjo el desastre de Rancagua, la emigración a Mendoza
y la reconquista española.
El
“Mocho” tuvo que emigrar, también, para escapar de la persecución del traidor
Vega, que entró a Santiago como vencedor en el ejército realista. Fray Pedro
López Guindo falleció en Tucumán, en 1816, cuando se preparaba para volver a
Chile con el ejército de San Martín.

