Libro N° 10866. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XI. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10866.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista XI. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
Crónicas De La Conquista X. Aurelio Díaz
Meza
Versión Original: © Crónicas
De La Conquista X. Aurelio Díaz Meza
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista XI
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
Introducción
§ 1. La conspiración de los franceses
§ 2. Bernardo O'Higgins, su nacimiento, su juventud y su primer y único
amor
§ 3. El sacristán mayor de La Serena
§ 4. Un título de Castilla en venta
§ 5. La aventura de un cazador de palomas
§ 6. Un claustro pleno
§ 7. Se calumnia al Marqués de Larraín
§ 8. Los chillanejos conspiran
§ 9. El partido de "Mi seá" Carlota
§ 10. Cómo destituyó el pueblo de Santiago, al Presidente García
Carrasco
§ 11. El Conde de Toro y su "casa colorada''
§ 12. Los preliminares de la gran revolución
§ 13. El dieciocho de septiembre y su víspera
§ 14. El pueblo en el "dieciocho"
§ 15. ¡Chilenos!... ¡Cuidado con Juan I!
§ 16. El fraile de la Buena Muerte
§ 17. El motín de Figueroa
§ 18. El "Soberano Pueblo"
§ 19. Cómo fue inaugurado el Primer Congreso Nacional
§ 20. Los "Carreras" contra los "Larraínes”
§ 21. El conspirador y su novia
Leyendas y episodios chilenos XI
Aurelio Díaz Meza
Introducción
En
cumplimiento del plan que me sirve de base para la publicación de las Leyendas
y Episodios Chilenos, sale a luz el presente volumen que es el primero de
la tercera y última serie de mis crónicas coloniales. Su título, Patria
Vieja y Patria Nueva, indica con claridad el período de nuestra vida
nacional que abarcará esta serie.
Con el
objeto de que el lector pueda apreciar la forma como germinaron en nuestra
Patria las ideas y principios libertarios, que lanzaron al mundo los filósofos
franceses del siglo XVIII, y cómo pudieron desarrollarse, hasta fructificar, en
un campo que les era enteramente adverso, he creído necesario iniciar el
presente volumen con algunos "episodios y leyendas” que corresponderían,
en realidad, a la serie En Plena Colonia, puesto que se
refieren a acontecimientos ocurridos en la segunda mitad del siglo antepasado,
o sea desde 1760 en adelante.
Según mi
criterio, era esto imprescindible; los personajes que actuaron en primera línea
en los trascendentales sucesos de 1810, en el curso de la Revolución de la
Independencia, y aún hasta la organización definitiva de la República,
nacieron, vivieron o se formaron durante los últimos cincuenta años de nuestra
vida colonial; no era posible, en consecuencia, dar una impresión del ambiente
de la época y del carácter y condiciones de tales personajes, si el autor
hubiera empezado el volumen de Patria Vieja y Patria Nueva, a raíz
de los acontecimientos que precedieron al Cabildo Abierto de 1810.
En el
presente volumen encontrará el lector, junto con la explicación y el origen de
tales acontecimientos, la iniciación, los primeros pasos, los vacilantes
proyectos, las ingenuas expectativas de los Padres de nuestra Patria, proyectos
y expectativas que poco a poco fueron cimentándose, y desarrollándose
angustiosamente, dolorosamente, trágicamente, hasta llegar a convertirse en una
espléndida y gloriosa realidad, mediante la energía irreductible de cerebros
tan poderosos como el Mayorazgo don José Antonio de Rojas, don Juan Martínez de
Rozas, el mercedario don Joaquín Larraín, el Alcalde don Agustín de Eyzaguirre,
Camilo Henríquez, José Miguel Carrera, Manuel Rodríguez y cien más, que no
sería posible nombrar en esta página.
Encontrará,
también, los nombres de los últimos representantes que tuvo en Chile el Monarca
Absoluto, que lo había dominado cerca de tres siglos, y podrá apreciar sus
caracteres, sus modalidades, y sobre todo, la forma fatal como fue
extinguiéndose, paulatinamente, el prestigio, el poderío y la soberbia de los
Presidentes, Oidores y funcionarios, hasta la caída bien poco gallarda, por
cierto, del último reducto español en Chile, la Real Audiencia.
Vuelvo a
repetir en esta ocasión que Leyendas y Episodios Chilenos distan
mucho de ser una obra científica y de investigación histórica que dé lugar a
controversia... Lo repito y lo confirmo una vez más, para que no salga, por
ahí, otro Padre Escudero a rectificarme fruslerías.[1]
Aurelio
Díaz Meza
§ 1. La
conspiración de los franceses
Parecerá
un poco extraño, pero el hecho es real y verídico: diez años antes de que los
parisienses destruyeran la Bastilla, dos ciudadanos franceses avecindados en
Santiago, escandalizaban a la respetable y soñolienta Real Audiencia de este
Reino de Chile, y a su Presidente don Ambrosio de Benavides con una tentativa
revolucionaria —recién delatada por un traidor— para hacer "que este bello
país se declarara independiente de la monarquía española”. Uno de ellos, don
Antonio Gramuset, residente en Chile algunos años, fue el que concibió la idea,
"en vista del absurdo y despótico régimen colonial y de las vejaciones a
que se hallaban sujetos los criollos” y la comunicó a su compatriota don
Alejandro Berney, que recién llegaba a este reino en 1776 y que apenas conocía
el país adonde lo arrojaba su suerte.
Lo enorme
de la empresa, manifestada así tan sin embozo, obligó a Bemey a pedir a su
compatriota el compromiso de no comunicar con nadie tales conceptos que en el’
ambiente de la época constituían, sencillamente, una blasfemia digna de la
horca. No era que Bemey rechazara las ideas de Gramuset; por lo contrario:
había vivido entre libros, era literato, profesor, filósofo y matemático;
llegaba recientemente de Europa, donde las doctrinas de Rousseau, de Voltaire,
de Diderot y otros, revolucionaban las ideas. Además, Bemey tenía ciertas
concepciones propias acerca de la República y hasta abrigaba las pretensiones
de ser legislador de un pueblo...
Pero
Alejandro Berney deseaba, primeramente, darse cuenta exacta del nuevo ambiente
en que Se encontraba.
Antonio
Gramuset había llegado a Chile allá por el año 1768, procedente de Lima,
acompañado de su esposa, también francesa, con quien había contraído reciente
matrimonio. Era un joven inteligente y emprendedor y venía a nuestro país en
busca de fortuna.
Sus
primeras actividades las dedicó a la agricultura, en una hacienda que arrendó a
los Padres Mercedarios en Cumpeo, cerca de Talca; pero como en esta industria
no viera las expectativas de fortuna rápida que deseaba, emprendió,
valientemente, la explotación de unas minas de oro que encontró en las
cercanías —tal vez las del Chivato, en el partido de Maulé— y la compra de
productos agrícolas para aprovisionar el ejército que hacía la guerra en las
fronteras de Arauco.
Ninguna
de estas empresas le proporcionó, sin embargo, las riquezas que ambicionaba
para volver a la opulenta Lima donde se vivía con más comodidades que en
Santiago. Dio, entonces, alas a su fantasía y se hizo inventor. Dejó sus
empresas agrícolas y mineras, arrendó una chacra al oriente de Santiago, cerca
del Mapocho, y empezó la construcción de una rueda hidráulica que podía
levantar el agua cincuenta o más metros, y con la cual pretendía desaguar las
minas cuya explotación se encontraba paralizada por esa circunstancia. La fe
que abrigaba en su obra, el entusiasmo que ponía en explicarla y las enormes
expectativas que tenía en ella, hicieron que los santiaguinos se interesaran
también en el invento, y que la chacra de Gramuset fuera por algún tiempo el
punto de reunión de la gente adinerada.
Pero, sea
que el invento no respondiera, sea que la gente se convenciera de que no tenía
utilidad práctica, el hecho es que poco a poco la chacra del francés fue
quedando solitaria. Con este nuevo fracaso, el carácter de Gramuset se amargó
y, en sus lucubraciones, tal vez culpó, de ello al poco apoyo que encontraba en
el Gobierno para desarrollar el invento que, según él, estaba llamado a dar
grandes rentas a la Corona.
Fue por
este tiempo, a fines de 1776, cuando llegó a Santiago el profesor y filólogo
Alejandro Bemey, cuya fisonomía, espiritual he bosquejado, rápidamente, más
arriba.
* * * *
Para
cubrir los ingentes gastos de su Corte y del Ejército, el Rey de España se veía
obligado a exigir de sus colonias de América el pago de impuestos,
contribuciones y gabelas que día por día iban en aumento según fuera el celo
que, en cobrarlas, pusieran los oficiales de la Real Hacienda. Estos tributos
significaban, a las veces, verdaderas exacciones y, como es natural, producían
un profundo descontento entre el elemento patricio que era el directamente
afectado, y en el elemento popular que recibía las consecuencias.
Esta
inquietud pública no se levantaba, empero, contra el Soberano, cuya "Sacra
Real Majestad” era intangible; la condenación de los súbditos de América caía
sobre los Ministros y representantes del Soberano, los cuales tenían que hacer
frente a las más acerbas recriminaciones y protestas.
En Chile,
como en los otros reinos, estas protestas dieron lugar a incidencias gravísimas
que muchas veces asumieron caracteres de revueltas; pero ni aun en los casos
más extremos se pensó jamás en repudiar la soberanía del Monarca español,
"rey, y señor natural” de estas provincias, a quien se recurría, en último
término, como árbitro inapelable de las enconadas controversias.
Incidencias
de esta especie se habían estado sucediendo en Chile desde el año 1770, en que
el Contador Mayor del Reino, don Silvestre García había introducido en el
sistema tributario de este país ciertas modificaciones que fueron calificadas
como "una expoliación del pueblo”. Tales fueron las protestas y "los
tumultos que se hicieron frente al Cabildo”, que el Presidente don Agustín de
Jáuregui, hubo de suspender el cumplimiento de esas modificaciones, hasta
consultar al Rey.
Ocurría
esto en 1776, precisamente en el tiempo en que llegaba a Santiago el profesor
Bemey y cuando su compatriota Gramuset, amargado por sus fracasos, le proponía
la empresa de "hacer que este bello país se declarase independiente de la
monarquía española”, haciéndole resaltar el grado de excitación en que se
encontraba el pueblo contra el régimen colonial, y lo fácil que sería
aprovechar de esas circunstancias para derrocar y suplantar a las autoridades
españolas.
Tal vez
la resolución acertada y discreta del Presidente Jáuregui al suspender el
cumplimiento de las disposiciones del Contador García y la calma que se produjo
después de los tumultos, decidieron a los dos franceses a postergar, también,
su empresa revolucionaria hasta mejores días.
* * * *
Pasó el
tiempo y aunque la calma del pueblo no era ni con mucho definitiva, pues la
amenaza de los impuestos de García se iba cumpliendo poco a poco, Bemey y
Gramuset no hablaron más —seriamente al menos— de la empresa revolucionaria; se
convencerían tal vez de lo difícil que era llevarla a cabo sin contar con los
elementos indispensables: mucho dinero y, sobre todo, cooperación de los
patricios chilenos. Pero un buen día del mes de noviembre do 1780 Alejandro
Berney que desempeñaba las cátedras de matemáticas y de latín en el Colegio
Carolino, fue a entrevistarse con .su compatriota, y con todas las reservas que
eran del caso, le comunicó que un aristócrata chileno, de los más
caracterizados, recién llegado de Europa, le había manifestado estar dispuesto a
ayudarles, con su persona y su fortuna, en la empresa de independizar a Chile
de la monarquía española. La noticia no podía ser más importante^ y ambos se
dieron cita en la casa del nuevo conjurado, que era nada menos que el Mayorazgo
don José Antonio de Rojas, joven de treinta años, cuya nobleza y fortuna eran
de las primeras en el Reino.
Antes de
cinco minutos los tres conspiradores estaban de acuerdo... Rojas recién llegaba
de Europa después de haber recorrido gran parte del Antiguo Continente y en
especial la Francia, en donde se había saturado de las doctrinas filosóficas y
políticas que en pocos años más habrían de trastornar al Mundo.
Al
regresar a su patria, el Mayorazgo había traído entre los pliegues de sus
maletas una cantidad de libros sobre filosofía, política, literatura y
ciencias, entre los cuales, y como muestra de lo que serían los demás, nombraré
la Enciclopedia, de D'Alembert y Diderot y el
Diccionario Filosófico, de Voltaire. El joven y "copetudo”
patriota había introducido en Chile el Caballo de Troya, según la expresión de
don Miguel Luis Amunátegui.
A las
pocas conferencias, los conjurados sabían ya que podían contar —mediante las
gestiones del influyente y entusiasta Mayorazgo— con auxiliares, tan
importantes como el limeño don José Manuel Orejuela, jefe de una división
militar que ofrecía sublevar en Valdivia, y con el Capitán don Francisco de
Borja Araos, jefe de la guarnición de Valparaíso, que disponía de una compañía
de artilleros. También se podía contar con los coroneles don Mateo de Toro
Zambrano y don Agustín Larraín, jefes de dos regimientos de milicias de
guarnición de Santiago, patricios que no aceptaban el régimen de expoliaciones
impuesto por los gobernantes del Reino.
Gramuset
y Bemey divisaron cercano, por fin, el éxito de su magna y atrevida empresa y
resolvieron dedicarse, de lleno, junto con Rojas, a elaborar el plan que debían
poner en práctica.
Gramuset,
hombre de pocas teorías, se concretaba a estos dos puntos principales: 1º
proclamar la independencia de Chile; 2° constituir la dictadura para
cimentarla.
Berney,
como filósofo y político, iba más allá; quería organizar la nueva nación según
sus teorías propias, que eran el producto de sus lecturas y estudios. El se
encargaría de redactar la nueva Constitución y su compatriota, ayudado de los
patricios, de ponerla en práctica.
Convenidos
en este plan inicial, Bemey se trasladó a la Hacienda de Polpaico, de propiedad
del Mayorazgo Rojas, para redactar allí, en solitario retiro, la Carta Magna
del Estado de Chile; entretanto, Gramuset y Rojas emprendían en Santiago la
difícil y peligrosa tarea de conseguir adeptos. ¿Cómo hacerlo para no correr el
riesgo de encontrarse con un espía o con un traidor? Gramuset inventó el
siguiente plan, que posteriormente se hizo común en América; "La bola de
nieve”. Cada uno de los iniciados debía buscar un nuevo prosélito a quien daría
a conocer el gran proyecto, pero sin revelar los nombres de los jefes ni de los
demás iniciados. De esta manera, si caía el secreto en poder de un traidor,
sólo se conocería el nombre de uno de los conjurados o de dos, a lo sumo, y la
conspiración podía seguir su desarrollo sin inconveniente.
Por medio
de los conjurados más seguros se tomaría noticia de los armamentos, moniciones
y víveres que existían en la dudad; el día designado para el golpe, se haría
llegar al Presidente y a la Audiencia una falsa noticia sobre presencia de
piratas «i Valparaíso, y mientras los gobernantes se reunían para deliberar,
los conjurados, a la voz de un santo y seña que se daría la víspera, se
reunirían al otro lado del Mapocho, en el barrio de la Chimba, donde algunos
frailes chilenos, conjurados también, arengarían a las masas; en caso de que
estos frailes fueran pocos, algunos seglares se vestirían con hábitos para
multiplicar estas arengas, aprovechando del prestigio que daba la vestidura
eclesiástica; los discursos deberían girar alrededor de este tema: "Fuera
de la República, no hay salvación para las naciones”.
En el
momento oportuno y a una voz de orden, la masa popular se dividiría en partidas
a cargo de jefes, que marcharían unas al Palacio de la Audiencia, otras a Cajas
Reales y otras a los depósitos de armas, provisiones y víveres, de los cuales
se apoderarían por sorpresa, ayudados y secundados por la milicias de Toro
Zambrano y de Larraín; de esta manera la revolución quedaría consumada, tal vez
sin haber derramado una gota de sangre...
Orejuela
en Valdivia y Araos en Valparaíso, no tendrían sino que atenerse a los
acontecimientos de la capital.
* * * *
Desde ese
momento, Alejandro Bemey entraría en su papel de Legislador. Su proyecto de
Constitución se daría a conocer y se promulgaría solemnemente, mientras
Gramuset, Rojas, Toro Zambrano, Larraín y demás patricios, se encargarían de
guardar el orden dictatorialmente.
Vale la
pena dar a conocer, en síntesis, el proyecto de la Constitución de Bemey, para
avalorar el espíritu, la ilustración y la capacidad del Legislador.
La
constitución del nuevo Estado, era el desenvolvimiento de estas dos máximas
evangélicas: "Ama a tu prójimo como a ti mismo”, y "No hagas a otro
lo que no quieras que hagan contigo”. En consecuencia, la pena de muerte y la
esclavitud debían ser abolidas; las tierras se repartirían en proporciones
iguales; no habría jerarquías sociales; gobernaría el Estado un cuerpo
colegiado que se llamaría "El Soberano Senado de la muy noble, muy fuerte
y muy católica República Chilena”, cuyos miembros serían elegidos por el
pueblo, incluida la raza araucana; se organizaría el ejército regular para
guardar el orden interno y la paz exterior; libertad de comercio con todas las
naciones del Orbe, incluso con España y, por último, se proclamaría la
confraternidad de todas las razas humanas.
¡Las
teorías de Bemey no tenían nada que envidiar a los legisladores modernos más
avanzados!
Como
corolario de este documento, Bemey presentaba una comunicación que debería
dirigirse al Rey de España, y que empezaba así:
"Poderoso
Monarca: Nuestros ascendientes españoles, tuvieron por conveniente elegir por
reyes a vuestros ascendientes para que los gobernaran; nosotros, después de
maduro examen y experiencia, hallamos por conveniente, ahora, dispensaros de
tanto peso”...
* * * *
Pero se
presentó el temido caso del traidor.
A su
vuelta de la Hacienda de Polpaico, donde había estado redactando la nueva
Constitución, se encontró Bemey con un abogado argentino llamado Mariano Pérez
de Saravia y Sorante, a quien había conocido durante su estada en Buenos Aires,
y con quien había cultivado muy buenas y estrechas relaciones. Creyó, Bemey,
que podían confiar en este amigo, y después de haber sondeado sus opiniones
políticas, le confió el plan revolucionario invitándolo a secundar la obra.
Aceptó Saravia, tal vez sinceramente, al principio, y aún coadyuvó con
entusiasmo en ciertas comisiones que se le encomendaron; pero el caso fue que,
espantado, seguramente, con la enormidad de la empresa en que se había metido,
resolvió apersonarse al Regente de la Audiencia don Tomás Álvarez de Acevedo y
revelarle lo que sabía con la esperanza de ser perdonado.
El
Regente comprendió la gravedad de la situación, pero no perdió la calma. Ordenó
al delator que siguiera manteniendo relaciones con Bemey, y que lo tuviera al
corriente de lo que hicieran los conspiradores; fuese, en seguida, a
entrevistar con el Presidente del Reino don Ambrosio de Benavides y con sus
congas los Oidores y, en secreto consejo, acordaron esperar que el delator
trajera noticias más detalladas de la conjuración.
No demoró
mucho, Saravia, en cumplir su repugnante cometido, pues puso el empeño de un
verdadero espía y de un renegado para obtener el perdón y la gracia de las
autoridades españolas. El 1° de enero de 1781 había hecho la
primera denuncia y el día 9 del mismo mes el Regente de la Audiencia se
consideraba en posesión de todos los antecedentes necesarios para aprehender a
los cabecillas del movimiento.
El
Presidente Benavides y la Audiencia habían acordado proceder en esto con el más
absoluto sigilo; como no sabían el número ni la importancia ni los nombres de
los conjurados, excepto los de Gramuset y Bemey, temieron que si se daba
publicidad a la prisión de estos sujetos y al proceso que se les iba a
instruir, la sociedad y el pueblo chilenos pudieran alarmarse quizá hasta qué
extremos. No le asustaba al Presidente Benavides ni a los Oidores la
conjuración misma; con haberla descubierto ya la tenían dominada. Lo que
verdaderamente les inquietaba era que pudiera esparcirse entre los pacientes
colonos la idea sacrílega de la independencia; más que a la conjuración temían
ellos a que pudiera cundir el mal ejemplo...
Para
salvar este peligro había que guardar el más profundo secreto y así se hizo; el
activo Presidente comisionó a dos Oidores para que separadamente fueran a
aprehender a cada uno de los franceses. El Oidor don José de Gorbea y Vadilla
quedó encargado de aprisionar a Gramuset y el Oidor don Nicolás de Mérida y
Segura al profesor Bemey; al toque de "queda" del día 10 de enero del
año dicho, acompañados, cada uno de cuatro alguaciles juramentados para que
guardaran reserva de lo que vieran, tomaron presos a los dos franceses en el
domicilio de cada cual y los depositaron en el Cuartel de San Pablo en la misma
noche, incomunicados y con grillos.
Inmediatamente,
sin escribano y "por sí y ante sí”, ambos Oidores empezaron la
instrucción, cada uno por separado, del correspondiente sumario.
* * * *
Gramuset
guardó el mutismo más completo y su juez no pudo arrancarle declaración alguna,
ni menos confesión. Berney, por lo contrario, confesó todo de golpe. S\i juez,
el Oidor Mérida, conoció en la misma noche todo el plan y los nombres de los
principales conjurados.
Tomar
presos al Mayorazgo Rojas, al conde Toro Zambrano, a Larraín, a Orejuela y a
otros "copetudos” era, no sólo revelar la sacrílega idea de independencia,
cuya propagación tanto se temía, sino que provocar en la aristocracia chilena y
en el pueblo, el instinto de defensa en favor de los compatriotas aprehendidos;
era un paso altamente anti político que el muy discreto Presidente Benavides no
podía dar.
Seguido
el proceso secretamente, para conocer en todos sus detalles la conspiración, el
Presidente y la Audiencia acordaron, sencillamente, la impunidad de los
compatriotas comprometidos; y aunque Gramuset y Berney estaban, convicto el uno
y confeso el otro del delito de alta traición a la Monarquía, no quisieron,
tampoco, condenarlos en Chile, y los enviaron, bajo partida de registro a Lima,
para que de ahí los remitieran a España a disposición del Alto Consejo de
Indias, donde debía fallarse la causa contra ellos instruida.
Los
franceses fueron embarcados con rumbo a España en el galeón San Pedro
de Alcántara que naufragó un poco antes de arribar a Cádiz; en el
naufragio pereció Berney.; su compañero Gramuset salvó herido, pero murió en un
calabozo de la cárcel de aquel puerto.
"¡Pobre
Bemey! ¡Pobre Gramuset! —exclama don Miguel Luis "Amunátegui, minucioso
cronista de estos hechos. Fueron desagraciados hasta por el género de su
suplicio que, sufrido en "secreto, les arrebató las simpatías populares y
los defraudó de "la merecida fama a que eran acreedores. Si Bemey y
Gramuset hubieran subido al cadalso de la Plaza principal de Santiago, con su
martirio público, estos hijos de Francia hubieran alcanzado la inmortalidad”.
§ 2.
Bernardo O’Higgins, su nacimiento, su juventud y su primer y único amor.
En la
primavera del año 1779 acampó en las afueras de la villa de Chillán el
Regimiento de Dragones de la Frontera que se aprestaba para emprender una nueva
campaña contra los irreductibles araucanos. Asentado el vivac y acomodada la
tropa, el Coronel del Regimiento con los oficiales superiores entraron a la
ciudad en busca de hospedaje entre las familias de mayor significación, las
cuales se disputaban el honor de dar alojamiento, durante su estada, a los
jefes del Ejército pacificador. El Coronel de los Dragones, don Ambrosio
O’Higgins, fue invitado a la casa solariega del respetable vecino don Simón
Riquelme de la Barrera, descendiente del Conquistador del Perú Alonso de
Riquelme, y allí recibió las delicadas atenciones de su esposa doña Manuela de
Mesa y de su bella hija Isabel, que lucía, .con sus quince años, el primer
albor de su inocencia y los más seductores atractivos de su pubertad.
A pesar
de sus cincuenta y nueve años, de su aspecto agrio y de sus modales de rudo
militar, el Coronel O’Higgins no pudo resistir a la influencia de tal belleza
que se presentaba de improviso en su azarosa vida de aventurero; tampoco pudo,
la inocente niña, sustraerse a la atracción de ese hombre, pletórico de vida,
rodeado de un prestigio inmenso por sus hechos afortunados y que en esos
momentos era la garantía de la tranquilidad de los hogares amenazados por los
terribles salvajes. Además, era el primero que le hablara de amor... y de
libertad; porque el padre de la niña, en ejercicio de su autoridad, quería
unirla, sin su consentimiento, a un hombre que ella misma no conocía aún.
Partió el
Regimiento hacia la frontera araucana, dejando enlazados los afectos de ese
Coronel sexagenario con aquella rosa de abril; transcurría el tiempo, pero cada
semana, un ordenanza del Coronel llegaba invariablemente hasta la casa
solariega de Chillán para presentar sus respetos a la familia de don Simón
Riquelme de la Barrera.
Un día de
noviembre trajo sus saludos el propio interesado; era el 19, día de Santa
Isabel, onomástico de la joya de ese hogar. La rumbosa fiesta tradicional
adquirió excepcional esplendor con la asistencia de tan encumbrado personaje
especialmente venido desde el lejano campamento para tributar su homenaje a la
bella festejada. A los pocos días regresó el Coronel a su regimiento, dejando
una palabra empeñada —una palabra que no cumplió— y el 20 de agosto del año
siguiente, 1780 se conmovía el hogar de don Simón Riquelme con un
acontecimiento abrumador: Isabel daba a luz un niño, a quien un amigo íntimo de
la casa, el franciscano Javier Ramírez, bautizó con el nombre de Bernardo.
El recién
nacido no podía permanecer en ese hogar, porque el empecinado don Simón no
abandonaba la idea de casar a su hija con el hombre que le había destinado de
antemano; así fue cómo, dos meses más tarde, un oficial del Regimiento
Dragones, por encargo de su Coronel, presentóse con la misión de trasladar al
niño al seno de una familia honorabilísima que iba a criarlo y educarlo en sus
primeros años. El Oficial recibió a la débil criatura y la llevó en sus brazos
hasta una hacienda situada en Talca, de propiedad de don Juan Albano,
confidente íntimo del Coronel.
Tres años
después del nacimiento de Bernardo, don Simón Riquelme cumplía su propósito de
casar a su hija Isabel con don Félix Rodríguez, de cuyo matrimonio nació una
sola mujer que se llamó Rosa, la Rosita Rodríguez que años más tarde, muerto ya
su padre, prefirió llamarse Rosita O’Higgins.
Sus
primeros nueve años los pasó el niño Bernardo en poder de la familia Albano, en
la hacienda de Maulé, vigilado y asistido de cerca por su padre que en ese
tiempo había llegado ya al cargo de Gobernador, Capitán General y Presidente de
la Real Audiencia del Reino. En vista de sus indiscutibles merecimientos, el
Rey le había conferido, además, el título de Barón de Ballinary.
A pesar
de estar casada, doña Isabel iba también, cada vez que le era posible, a
visitar a su hijo Bernardo y se cuenta que, en varias ocasiones, lo llevó
consigo a Chillán, aprovechándose de prolongadas ausencias de su marido. En
estos viajes a Chillán el niño aprendió a leer a enseñanza del franciscano
Ramírez, a quien en su trato familiar llamaba ‘‘taitita”. Este religioso
regentaba una escuela para indígenas que había fundado don Ambrosio O’Higgins y
a esta escuela se refiere don Bernardo en unas memorias que escribió en su
destierro de Montalván, en el Perú, uno de cuyos párrafos dice, "la
primera escuela pública a que asistí fue la que mi propio padre había fundado
para la educación de los caciques araucanos”.
Cuando
Bernardo cumplió los diez años de edad, el Presidente O’Higgins creyó
conveniente enviar a su hijo al Colegio del Príncipe, en Lima, para que
empezara su educación en ese instituto destinado a niños de alta alcurnia. Allí
fue matriculado con el nombre de Bernardo Riquelme, y permaneció
cuatro años; entre sus compañeros se contaron el que fue después Marqués de
Torre-Tagle y el príncipe peruano Don Juan Nepomuceno Manco Inca.
Cumplidos
los quince años, resolvió don Ambrosio enviar a su hijo a Inglaterra para que
terminara sus estudios en un establecimiento de los mejor conceptuados; el
joven Bernardo fue embarcado en un galeón que salió directo del Callao a Cádiz,
con una carta de recomendación para el acaudalado comerciante chileno don
Nicolás de la Cruz, futuro Conde del Maulé, que por entonces residía en aquel
puerto español atendiendo sus cuantiosos negocios con América. Según las
disposiciones del Presidente de Chile, el joven Bernardo debía continuar viaje
a Inglaterra para entrar de interno en el colegio que de la Cruz estimara más
aparente para el noble joven chileno.
Cruz
cumplió el encargo lo mejor que le pareció, y despachó al pupilo con destino a
Londres, recomendado a unos comerciantes judíos de apellido Spencer y Perkins,
quienes lo enviaron al colegio de Richmond, a tres millas de la Capital. Tres
años asistió Bernardo a las aulas de este instituto, y allí tuvo oportunidad de
conocer y ser presentado al príncipe que después fue el Rey Jorge III de
Inglaterra y a muchos jóvenes de la aristocracia inglesa que más tarde
figuraron en la política de su país.
Su padre
le socorría, por intermedio de don Nicolás de la Cruz y de los judíos Spencer y
Perkins, con la cantidad de mil quinientos pesos al año, como pensión: pero los
apoderados de Londres, que eran los encargados de cubrir sus gastos, apretaban
la mano al pobre chileno cargándole precios fabulosos por artículos
deleznables.
Bernardo
Riquelme vivía en Richmond en casa de un estimable vecino llamado Mr. Tomás
Eels, que recibía huéspedes distinguidos, de preferencia estudiantes
extranjeros, con los cuales el joven chileno estableció una verdadera
camaradería de juventud. Pero también vivía bajo ese mismo techo una mujer...
la única que hizo palpitar aceleradamente el corazón del héroe chileno durante
toda su vida.
Miss
Carlota Eels, hija del dueño de casa, era una linda muchacha de quince años,
esbelta y rubia que compartía con el modesto estudiante las horas de
esparcimiento que le dejaban las aulas de Richmond y compartía sus
preocupaciones, sus pesares y sus proyectos para el porvenir. No fueron
extrañas, estas ideales relaciones, al propósito "de ser algo, de ser útil
a mi patria y a la humanidad” que comenzó a desarrollarse, impetuosamente, en
el que iba a ser, años más tarde, el primer ciudadano de su lejano país.
Los puros
amores de Bernardo y de Carlota se desenvolvieron plácidamente a las orillas
del mar del Norte, en las playas de Morgate, a donde continuamente iban ambos,
a pasear, acompañados de sus amigos, los estudiantes huéspedes de Mr. Eels;
pero llegó el día en que los amantes hubieron de separarse, para que el joven
chileno pudiera realizar los proyectos que germinaban en su alma.
Entre los
profesores que tuvo Bernardo Riquelme en el colegio de Richmond figuraba el
general venezolano Francisco Miranda, apóstol de la independencia de su patria
y de América, revolucionario por convencimiento y proscrito de su patria desde
un cuarto de siglo, había puesto su espada al servicio de la independencia de
los Estados Unidos; terminada esta revolución e inútil ya para el servicio de
las armas, habíase dedicado al profesorado en Inglaterra, haciendo de su
cátedra una tribuna para la propaganda de sus ideas de libertad.
Bernardo
Riquelme fue un discípulo aventajado de las nuevas ideas y su corazón generoso
se plegó entusiasta al movimiento que desde Londres dirigía el viejo General
venezolano contra la dominación extranjera de la América.
Cuando el
viejo General supo que el joven chileno regresaba a su patria para establecerse
al lado de su madre, ya viuda de don Félix Rodríguez, quiso darle una alta
prueba de la estimación que le tenía; le confió la misión de entregar un pliego
reservado a la "Gran Reunión Americana” que funcionaba secretamente en
Cádiz y que tenía por objeto mover, continuamente, la opinión de América en
favor de su independencia. Bernardo Riquelme aceptó el encargo, vivamente
emocionado y desde ese momento hizo la promesa de dedicar su vida entera a la
causa de la libertad de América.
Previo el
santo y seña, el novel revolucionario penetró al misterioso recinto donde
funcionaba la "logia” e hizo entrega a la "Gran Reunión”, de los
pliegos de que era portador. Allí estaban, entre otros, Bejarano, Caro,
Iznardi, Baquijano, los canónigos Pedro Pablo Fretes y José Cortez Madariaga y
otros apóstoles de la independencia americana.
Al
embarcarse Bernardo para América, llevaba una carta que el General Miranda le
había entregado, al partir de Inglaterra, con el preciso encargo de no leerla
hasta que estuviera a bordo y navegando. La carta es larga; sólo copiaré, para
que el lector se dé cuenta de su contenido, los siguientes acápites:
"Consejos
de un viejo americano a un joven compatriota, al "regresar de
Inglaterra a su país. Mi joven amigo: el ardiente "interés que
tomo por vuestra felicidad, me induce a ofreceros "algunas palabras de
advertencia al entrar en ese gran mundo en cuyas olas yo he sido arrastrado por
tantos años. "Conocéis la historia de mi vida y podéis juzgar si mis
consejos merecen, o no, ser oídos.”
* * * *
"Al
dejar a Inglaterra, no olvidéis, por un solo instante, que fuera de este país
no hay en toda la Tierra sino otra nación en la que se pueda hablar una palabra
de libertad, y esa nación son los Estados Unidos.”
* * * *
"No
conozco vuestro país; sois el único chileno que he tratado; pero, por los
hechos que me habéis referido, espero mucho de vuestros campesinos del Sur
donde vais a establecer vuestra residencia; la cercanía de un pueblo libre,
como el araucano, debe traer a los demás la idea de la libertad y de la
independencia.”
* * * *
"Desconfiad
de todo hombre que haya pasado los cuarenta "años, a menos que os conste
que es amigo de la lectura de los libros prohibidos por la Inquisición.”
* * * *
"El
orgullo de los Españoles es invencible; ellos os despreciarán por haber nacido
en América y os aborrecerán por haberos educado en Inglaterra.”
* * * *
"Leed
este papel todos los días durante vuestra navegación y destruidlo en seguida.
No olvidéis ni la Inquisición, ni sus "espías, ni sus suplicios. — Francisco
Miranda”.
Bernardo
no destruyó este precioso documento; lo conservó durante toda su vida
ocultándolo cuidadosamente en el forro de su chaqueta de uso diario.
A
mediados de 1802 arribó, por fin, a las plazas de su tierra natal después de
trece años de ausencia, el joven Bernardo Riquelme que contaba ya 22 años y a
los pocos meses, por muerte de su padre el ex virrey del Perú don Ambrosio
O’Higgins, Marqués de Osorno y Barón de Ballinary, entraba en posesión de su
herencia paterna que consistía en una hacienda de 16.699 cuadras, cerca del
pueblo de los Ángeles, en la región del Bío-Bío, con 4.664 vacas, 540 caballos
y yeguas, 6.000 ovejas, etc.
Al mismo
tiempo entró en posesión del apellido de su padre y desde entonces se
firmó Bernardo O’Higgins.
Cuando
estuvo en el apogeo de su gloria, a principios del año 1822, escribió a un
amigo de Londres, el general O’Brien, inquiriéndole, tal vez, noticias de
aquella linda Miss Carlota Eels que fue el amor de sus veinte años y cuyo
nombre no aparece nunca más en toda la vida de este excelso ciudadano.
O’Brien
contestó esa carta el 23 de marzo de 1823, pero la respuesta llegó a poder de
O’Higgins cuando ya estaba desposeído del gobierno de su patria y desterrado en
el Perú. La carta contenía el párrafo siguiente:
Os envío, desde
Dublín, el retrato de Miss Carlota Eels, vuestra antigua bien amada
(your old sweet heart)”.
O’Higgins
murió soltero, y jamás se le conoció otro afecto femenino que el de su madre y
de su hermana.
§ 3. El
sacristán mayor de La Serena
Mucho
tardaron en llegar a Chile las noticias de las primeras ocurrencias de la
revolución francesa, pero tenían que llegar, y llegaron al fin, a pesar de las
infinitas precauciones que para el caso tomaban las autoridades. En crónicas
anteriores he dicho que habían pasado por la aduana de Santiago algunas de las
obras más "peligrosas” de los filósofos franceses, y que el audaz que tal
empresa llevara a cabo había sido el Mayorazgo don José Antonio de Rojas, a su
vuelta de Europa, el año 1779.
Después
de haber recorrido las ciudades españolas más importantes, el Mayorazgo creyó
necesario dar su vueltecita por Francia, por París, el cerebro del Mundo que
por entonces estaba en ebullición. Visitó los laboratorios de los sabios y los
estudios de los filósofos que estaban de moda; adquirió una buena colección de
instrumentos de física y química los cuales, aunque desconocidos por completo
en Chile, podían servir a nuestra Universidad de San Felipe siquiera para que
"curioseasen” sus sabios; adquirió, así mismo, una partida de libros, en
francés, que trataban de filosofía, literatura, historia, viajes, ciencias, y
todo lo embarcó en uno de los galeones que estaban de partida para Buenos Aires
y en el cual había tomado su pasaje de vuelta a sus tierras indianas.
"El
Mayorazgo Rojas —dice un escritor contemporáneo— había salido de Chile y de
América como un leal vasallo del rey de España y volvía como un súbdito
rebelde...”
Un
problema tenía que resolver el Mayorazgo para introducir en Santiago los libros
que había comprado en Francia; los vistas de aduanas tenían órdenes terminantes
de confiscar todo impreso que viniera del extranjero y que no fuera de aquellos
contenidos en una lista aprobada por las autoridades civiles y eclesiásticas;
en caso de duda, los vistas debían poner los impresos en poder del Comisario
del Santo Oficio, y no habiéndolo, en poder del Obispo de la Diócesis.
El
Mayorazgo Rojas conocía la lista.
Antes de
embarcar, en Europa, los libros que había adquirido, los hizo empastar
elegantemente y ponerles en los lomos, bajo cortes dorados y símbolos
religiosos, los títulos de los que figuraban como libros cuya introducción era
permitida. Así, la Enciclopedia, de D’Alembert y Diderot,
ostentaba con letras doradas, en sus diversos tomos, el siguiente título:
"Vida del glorioso San Francisco de Asís” y este otro: "Camino recto
y seguro para llegar a la patria celestial”. El Diccionario Filosófico, de
Voltaire, venía empastado en cuero, en varios tomos que decían:
"Ejercicios espirituales”, y así sucesivamente.
Nada,
pues, tuvieron que observar los aduaneros cuando revisaron los equipajes de un
personaje tan caracterizado, tan opulento como el Mayorazgo Rojas; y al tomar
entre sus manos algunos de los volúmenes del "Camino recto”, si lo quiso
leer, el vista tampoco pudo hacerlo porque estaba en francés...
No digo
yo que tales libros los leería mucha gente; pero aquellos que los leyeron les
tomaron gusto y uno de ellos fue el joven Joaquín Larraín, que más tarde,
siendo fraile de la Merced, Regó a ser el jefe más caracterizado del partido
revolucionario.
El efecto
que produjeron en Chile los acontecimientos preliminares de la revolución
francesa, es decir, la toma de la Bastilla y los sucesos posteriores que
prepararon la caída definitiva de los reyes —como una comprobación de las
doctrinas de los filósofos de ese tiempo que negaron el derecho divino de los
monarcas— fue eficaz.
El
Mayorazgo Rojas había dejado en Europa muy buenos amigos —no en balde llevaba
la bolsa repleta de ducados y patacones; y debió ser uno de aquellos quien, en
carta misiva, notició al patricio chileno de los acontecimientos ruidosos con
que el pueblo parisién destruyó la prisión del Estado, hecho que vino a ser el
símbolo de la rebeldía contra el poder absoluto de "un hombre” y la
iniciación del reconocimiento de los derechos "del hombre”.
Que Rojas
comunicó esas noticias a sus amigos íntimos, es indudable; pero no consta, la
suposición siquiera, de que la hubiera comunicado a un curioso personaje
residente en La Serena, que respondía al nombre de don Clemente Morán, clérigo
presbítero, Doctor en Sagrados Cánones y Sacristán Mayor de la Iglesia Matriz
de aquella parroquia. El hecho cierto es que nuestro don Clemente Morán se
volvió un ogro allá por los años de 1793 y 94 "apoyando en sus
conversaciones los procedimientos actuales de la Francia”; y no solamente
paraba en esto el Clérigo serenense, sino que "pronosticaba y aún excitaba
a seguir ese ejemplo en los dominios de su Majestad” el Rey de España.
Las
palabras que están entre comillas pertenecen a un oficio que el Presidente don
Ambrosio O’Higgins de Ballinary, envió al Obispo de Santiago don Francisco José
de Marán, anunciándole "el asombroso hecho” del clérigo revolucionario, y
excitando su celo para que lo procesase y conminase con las mayores censuras y
castigos.
¿Qué
hacía, entre tanto, el Clérigo Morán, en la realista, por los cuatro costados,
ciudad de La Serena?
Diré,
primeramente, que la noticia de la toma de la Bastilla y demás sucesos de
Francia había llegado a conocimiento del Clérigo por intermedio del Capitán
del Californian, velero norteamericano que había entrado a
Coquimbo de arribada, en sus andanzas para la pesca de la ballena, pretexto con
que llegaban a los puertos sudamericanos todos aquellos buques
"bostonenses” que traían a su bordo contrabando espiritual y del otro. El
Cura Morán supo, por el mencionado Capitán, que los franceses estaban
"desprendiéndose” poco a poco no solamente del Rey Luis reinante, sino de
los demás Reyes Luises por reinar, y que para empezar, habían asaltado la
prisión del Estado denominada La Bastilla, donde el Rey de Francia encerraba,
desde tiempos inmemoriales, a los sujetos que se le insubordinaban de alguna
manera.
Morán,
que además de revoltoso era lengua suelta, no tardó en dar a conocer tal
acontecimiento a cuantos quisieron oírle, incluso el Corregidor don Sebastián
de Aguirre, quien, oyéndole hablar en cierta ocasión con el calor que gastaba
el Clérigo, le dijo, sentenciosamente:
— Mi
amigo don Clemente, ate Usarced la sin hueso, que por la boca muere el pez;
mire, además, que está Usarced delante de la autoridad, y que por muy amigo que
sea de Usarced, puede verse obligada a acallarlo,, con sotana y todo, si
persiste en hablar con tan poco respeto, de Su Majestad, a quien Dios guarde...
Poco caso
parece que hizo el Clérigo Morán de la admonición de Aguirre, porque a los
pocos días apareció pegado en las paredes de la Iglesia Matriz un pasquín,
manuscrito por cierto, que contenía una versaina dedicada al Corregidor
Aguirre, en la que se le llamaba, entre otra cosas, "viejo hueco”... Todo
el pueblo culpó al Clérigo como autor del pasquín y del desacato a la
autoridad, pues no era, en verdad, la primera pava que pelaba el Sacristán
Mayor.
Llegó a
tal punto la indignación que provocó el pasquín de Morán, que el franciscano
Padre López, poeta popular de aquella época escribió una larga versaina para
fustigar al Clérigo Morán y desagraviar al Corregidor. El Padre López, empezaba
con la siguiente estrofa:
Morán,
por desengañarte
movido de caridad,
pretendo con claridad
él Evangelio cantarte...
Efectivamente,
no podía ser más clara, sonora la filípica que el Padre López aplicaba al
Clérigo en el curso de los versos; era fama el Clérigo era sucio y desastrado
en el vestir, y además tenía costumbre de recurrir al pasquín para vengar las
ofensas que le hacían. Aludiendo a esto, el Padre López decía:
¿No es
mejor que te destines
a cuidar sólo de ti
y no andar de aquí y de allí
poniendo a todos pasquines?
El
Clérigo Morán, a pesar de todo, era un individuo que dedicaba varias horas del
día a ejercicios de penitencia; pero sus amigos no creían en estos actos de
arrepentimiento, y así podía decirle el Padre López:
¡Miserable
penitente!
¡Oh, qué poco te aprovecha
pasar vida tan estrecha,
cuando allá, por el Infierno,
te harán aguantar la mecha!
El Padre
López era feroz con su enemigo y una vez que había empezado no acabaría hasta
decirle al Clérigo todo lo que guardaba, le mandaba que hiciera un examen de
conciencia, y se lo decía en esta forma:
Si a los
mandamientos vas
a ver cuál has quebrantado,
del sexto te habrás librado,
pero no délos demás...
Podría
seguir citando versitos del Padre López contra el Clérigo revolucionario, pero
haría interminable esta crónica; sin embargo, no resisto a la tentación de
reproducir, para terminar esta referencia, unas de las últimas estrofas de la
versaina, que dice, aludiendo a que Morán era desastrado en el vestir y mordaz
en la crítica:
Un hombre
que no se sabe si es seglar
o monigote; indefinible pegote
en quien todo refrán cabe;
que no es pez, ni bruto, ni ave,
trasgo, fantasma, ni duende,
en fin, uno que pretende,
sólo como el can morder,
¿quién, diablos, lo ha de entender,
cuando él mismo no se entiende?
No fue,
por cierto, esta versaina —que circuló profusamente en La Serena— el único
castigo que recibió el Cura Clemente Morán por sus ideas avanzadas, de que
jamás hizo ocultación; "el sujeto se hallaba contaminado con las perversas
doctrinas proclamadas por la revolución francesa” y no era posible que su
presencia pasara inadvertida para el "ogro” que gobernaba a Chile en
nombre de S. M. don Carlos IV.
Tan
pronto como llegaron a oídos del Presidente O’Higgins las actividades de
Clérigo Morán, Su Señoría ordenó al Corregidor de La Serena que enviara a
Santiago al Clérigo, "a fin de examinarlo”, pues, ,advertía el Presidente,
"pienso hacer uso de las "facultades soberanas que el Rey tiene
depositadas en mis manos para proceder, aún por las vías del hecho, contra
cualquier persona, sea eclesiástica o secular, que ofendiendo a la Majestad,
intente perturbar con hechos o palabras el reposo, tranquilidad y seguridad de
su imperio”. Ordenaba, también, al Corregidor, que pusiera desde luego en
prisiones y con toda seguridad a cuantos aparecieran culpables y comprometidos
en tan execrable hecho, por adhesión a las máximas del Doctor Morán.
Llegado a
la Capital el principal culpable —no sé si trajeron también otros cómplices— el
Presidente lo envió a disposición de la Real Audiencia "para que se
instruyera del exceso y libertad "con que don Clemente Morán, clérigo
presbítero y domiciliario de aquella ciudad, hablaba de los negocios presentes
de Francia y perversas ideas que iba repartiendo sobre esto en dicho leal
pueblo de Coquimbo y La Serena”.
Ante los
estrados de la Audiencia se acumularon todas las probanzas que se pudo para
presentar al mal trajeado Clérigo como un peligroso anarquista que pretendía
sublevar a los coquimbanos y serenenses contra la autoridad del Rey de España;
pero, por fortuna, la Audiencia tomó la cosa en su verdadero punto y después de
oír al Clérigo Morán, informó al Presidente que lo único que se podría hacer,
como preventivo, recluirlo dentro de la Capital "en que esté cerca de su
Prelado y a la vista del gobierno mientras se termina la causa".
En buenas
cuentas, la Audiencia declaró, con esto, que el coplero Morán era un murmurador
de aldea y que ni siquiera tenía la estampa de apóstol revolucionario.
Sin
embargo, no debió pensar del mismo modo el Presidente O’Higgins, pues dispuso
que el Doctor Morán fuera vigilado atentamente "para ver qué hacía y con
quién se comunicaba”, una vez que, terminaba la causa, salió en libertad: y aún
impidió que volviera a La Serena a continuar desempeñando su empleo de
Sacristán Mayor de la Iglesia Matriz.
§ 4. Un
título de Castilla en venta
Muchos
apuros de dinero estaba pasando Su Majestad el Rey de España, señor don Carlos
IV, no sólo por los ingentes gastos que le demandaban sus graves dificultades
internacionales, sino muy especialmente por las prodigalidades de su sin par
María Luisa en connivencia con el Ministro favorito don Manuel Godoy, que de
simple Guardia de Corps había llegado, en breve tiempo, al súmmum del poder
arrastrando tras de su afortunado ascenso los títulos de Príncipe de la Paz,
Duque de Alcudia, Grande de España, Gran Cruz de la Orden de Carlos III y una
docena de condecoraciones más y otros títulos menores.
En
verdad, pocos casos registra la historia de tan rápidos y culminantes ascensos
en el breve espacio de diez años, los más floridos por cierto, del arrogante,
bizarro y enamorado Oficial de la escolta de la Reina.
Pero los
Ministros de su Majestad eran hombres de arbitrios y no se dejaban dominar por
la "melancolía” cuando notaban que el oro iba escaseando en las arcas
reales. Verdad era que las colonias de América estaban expoliadas por
contribuciones e impuestos que gravitaban sobre los vasallos en forma
aplastante, y también era verdad que por más que cavilaran los Ministros, no
podían encontrar "otros ramos que imponer”; pero, como digo, los arbitrios
no podían fallar, por aquello de que "más discurre un hambriento que cien
letrados”.
Recordó
el Ministro de Hacienda de Carlos IV que su antecesor, en el reinado de Carlos
III, había autorizado al Presidente de Chile don José Manso de Velasco, 1744,
para vender, entre los criollos enriquecidos de Santiago, cuatro títulos
nobiliarios a veinte mil educados cado uno, dinero que debía destinarse a
ciertos gastos de la Caja Real; y aunque según sus recuerdos los criollos
chilenos rechazaron "por caros” los codiciados títulos honoríficos,
recordaba también que años más tarde habían sido "colocados” en Santiago
otros cuatro, esta vez solicitados y bien pagados por otros tantos vecinos.
Creo no
cometer ninguna indiscreción al nombrar a los preclaros criollos de Santiago
que adquirieron esos cuatro títulos entre los años de 1755 y 1771, para
esplendor de sus personas y familias y para ayudar a los gastos de la Corona de
España. Fueron don Francisco García de Huidobro, por el marquesado de Casa
Real; don Juan Nicolás de Aguirre, por el marquesado de Montepío; don Juan
Agustín de Alcalde, por el condado de quinta Alegre y don Mateo de Toro
Zambrano por el condado de la Conquista. El último criollo que adquirió un
título de Marqués en 1786, fue don José Toribio Larraín y Guzmán que se firmó
hasta después de 1810: "el Marqués de Casa-Larraín”.
Decía,
pues, que el Ministro de Hacienda de Carlos IV en 1797 que era si no me
equivoco, un señor Varela, había ideado en sus apuros por dinero poner en venta
nuevamente "algunas mercedes de títulos de Castilla” que al Rey no le
costaba más que el valor del papel en que venía escrita la Real Cédula, pero
que su Majestad estimaba en la módica suma de 37 mil pesos por cada uno.
Recuerde el lector que los anteriores títulos habían sido vendidos a 20 mil
pesos más o menos; pero los de ahora costaban más "a causa de la
diferencia en el valor de la moneda”, dice con todo desparpajo la Real Cédula
que tengo a la vista.
Recibió
esta Cédula el Presidente Marqués de Avilés, que era marqués auténtico, la
besó, la puso sobre su cabeza en señal de acatamiento a una orden "de su
Rey y Señor Natural” y se dispuso a cumplirla, confiado en que no habida de
faltar un criollo amante de su soberano que quisiese lucir el título y echarse
a cuesta el pago de los treinta y siete mil.
No era,
por cierto, el Marqués de Avilés, el más indicado para obtener éxito en la
venta de los títulos que ofrecía el Rey. "La modestia de su carácter, de
sus hábitos y de su caso —dice un escritor de su tiempo— era contada como un
modelo y muestra de su humildad cristiana”. El mismo autor, que es don José
Pérez García, cuenta que el Presidente Avilés tenía en la sala de su despacho
un cuadro que representaba a Adán y Eva, vestidos a la usanza del Paraíso
Terrenal y que al pie había hecho escribir:
¡De estos
destripaterrenos
Descienden
los señorones!
Pero el
Presidente era, ante todo, un leal vasallo, y aunque en lo íntimo de su alma se
riera de "los señorones” que pudieran interesarse por ser condes o
marqueses de pega, comenzó a tirar sus líneas "para sacar la cuenta” de
quiénes podrían ser los interesados.
Por lo
pronto eliminó a todos los "españoles europeos”, es decir, los
peninsulares que aun tenían poca residencia en Chile; algunos había bastante
ricos para optar a títulos, pero bien sabía él buen Marqués de Avilés que sus
compatriotas habían venido a las Indias a juntar platita para ellos y no para
darla ni aún a su "amado” Rey. El candidato, si existía, debía buscarlo
entre los criollos, o sea entre los "españoles americanos” que tenían el
ansioso deseo de sobresalir del común de las gentes, a causa de que siempre se
veían postergados por el Gobierno español de toda opción a los altos puestos
que se proveían en el Reino.
Y
caminando por el sendero de la eliminación, el Presidente vio claro que debía
concretar la búsqueda de su candidato, o candidatos, entre los miembros del
Cabildo que ya, por entonces, empezaba a ser la guarida o el semillero donde se
juntaban los ricachones chilenos descontentos y amargados con los desdenes de
la Metrópoli. No sospechaba, entonces, el Presidente que de ese Cabildo
santiaguino iba a salir, dentro de pocos años, la chispa que encendería la
hoguera revolucionaria que traería a tierra el dominio español en Chile.
Poco le
costó, al Presidente, ponerse al habla con don Agustín de Eyzaguirre, hijo y
heredero de un mercader vizcaíno llegado a Chile a mediados del siglo y que
había hecho fortuna más o menos rápidamente, debido tanto a sus Condiciones,
cuanto a la protección decidida que le prestó el Obispo Alday por haberse
casado con una sobrina del Prelado, doña María Rosa Arechavala. El joven
Agustín oyó la proposición del Presidente, se retorció el mostacho, halagado
con la idea de que lo llamaran "señoría”, y quedó de consultar el caso con
su padre, que era el que disponía del cumquibus.
— Este no
tiene dinero, se dijo el Marqués de Avilés para su jubón, y el vizcaíno viejo
no soltará los ducados con el aliciente de tener títulos, aun cuando ya está
para doblar la esquina.
Aludía el
Marqués a que el padre de don Agustín estaba ya enfermo y achacoso, como que
falleció dos años más tarde.
Efectivamente,
por más que al joven don Agustín se le hiciera agua la boca por ser marqués, o
conde, su padre, don Domingo, mucho más práctico y con la experiencia de los
años, se negó terminantemente a aceptar el presente griego, lo que vale decir
que cerró la bolsa. Por su parte el joven criollo, aunque también tenía algo
que rasguñar, "porque era trabajador”, tuvo el buen sentido de rechazar la
oferta que, de haberla aceptado, lo habría dejado "inope”.
Pero
estas gestiones habían llegado ya a conocimiento de los criollos del Cabildo,
por más que el Presidente había recomendado a Eyzaguirre la más absoluta
reserva y no hay para qué decir que los comentarios y el "pelambre” fueron
magistrales; y llegaron a ser tan ampulosos y picantes que, cierto día, el
secretario particular del Marqués, don Miguel Lastarria, abuelo de nuestro don
José Victorino, creyó necesario informar de ellos al Presidente, más o menos de
esta manera.
—
Paréceme, señor Marqués, que si don Agustín de Eyzaguirre no vuelve sobre su
negativa de aceptar el título de Castilla que Usía le ofreció en nombre de Su
Majestad, a quien Dios guarde, no habrá quién lo compre en Mapocho, por lo
menos antes de la cosecha próxima.
—
Secretario mío, contestóle el Presidente, conozco un poco a los hombres y
espero que habré de encontrar un chileno que por el honor de ingresar a la
nobleza de Castilla quiera servir a la hacienda de Su Majestad, aunque, a la
verdad, me parezca un poco subido el valor de la Real Merced. Si don Agustín no
vuelve de su negativa, lo que todavía espero, tengo el proyecto de ofrecerle la
gracia al Mayorazgo don José Antonio de Rojas en lo cual no voy descaminado,
según me ha dicho el "dominico” Martín Castro, que tiene motivo para
saberlo...
— ¿El
padre Castro?... interrumpió Lastarria.
— Sí; el
padre Castro, afirmó el Presidente; ¿por qué le extraña a usted?
Calló
Lastarria para no contradecir a Su Señoría, pero bien sabido tenía, el
Secretario, que el citado dominicano era uno de los que más comentaban, y con
ironía mordaz, el fracaso de la venta del título de Castilla, "haciendo
irrisión" de tal merced real.
Más aún,
era cosa sabida que el dominicano había tenido, no hacía mucho tiempo, un
"disgusto” con el Marqués de Casa-Larraín, don José Toribio, porque el
fraile había dado en la flor de llamarlo "el último Marqués"
aludiendo al hecho de que este caballero era el "último” criollo que había
comprado un título nobiliario, de modo que al oír el Secretario Lastarria, el
nombre del padre Castro como el encargado, o poco menos, de colocar el nuevo
título en venta, no dudó de que era una broma del dominico, a las cuales el
fraile era cruelmente aficionado.
Y la
verdad era que el padre Castro y los miembros del Cabildo con sus adláteres que
eran, ya lo he dicho, casi todos los criollos que alguna inquina tenían contra
la Metrópoli, se habían propuesto echar a la berlina la negociación del
Presidente para hacerla fracasar, a pesar del respeto que tenían a la persona e
indiscutibles méritos del Marqués de Avilés y a pesar, también, de que más de
alguno de esos criollos no se habrían sentido del todo mal "quebrándole
los ojos” a sus compatriotas agregando a su apellido y firma un título de
nobleza que lo elevara sobre el común de los mortales.
Pronto
corrió la voz de que el título en venta iba a ser adquirido por el Mayorazgo
Rojas —y esto se dio por hecho, porque todo chisme empieza por una afirmación
concluyente— y no faltó un amigo que le enviara una misiva a don José Antonio,
a la Hacienda de Polpaico, donde se encontraba desde algún tiempo explotando
unas minas, llamándolo "conde de Villa Rojas” y felicitándolo por su
ingreso oficial a la nobleza peninsular.
Esta fue
la primera noticia que tuvo don José Antonio de que existía un título de
Castilla en pública subasta; el Padre Castro a pesar de lo que había informado
al Presidente no había hablado jamás con el Mayorazgo sobre la adquisición de
la Real Merced, de modo que cuando éste recibió la misiva de felicitación echó
un "temo” de aquellos con mostaza, pimienta y ajos, pidió su caballo
"cuartago” y de un solo trote se llegó a "apear” a su casa, situada
"a los pies de la calle del Muerto”, actualmente Agustinas, esquina con
San Antonio.
El
"terno” que había echado don José Antonio tenía su razón y justificación.
El mayorazgo era uno de los pocos chilenos que a esas alturas, y aún veinte
años antes, había tenido la estupenda idea de que este país debía declararse
independiente de España "sin lo cual no podría haber felicidad”. El había
sido quien ayudara con su dinero a aquellos dos locos franceses, Bemey y
Gramuset, que fraguaron una revolución en 1780 y para declarar a Chile
"República Independiente”; Rojas había traído de Europa los primeros
libros "heréticos” que proclamaban los derechos del hombre y de los
pueblos.
El
mayorazgo Rojas había sido un demagogo en los tiempos de su juventud y si ahora
vivía tranquilo, más o menos, era porque sus años avanzaban hacia los sesenta y
había tenido muchos reveses de fortuna que lo obligaban a preocuparse del
porvenir de su familia; pero esto no podía llegar a interpretarse como un
abandono de sus ideas políticas, que las conservaba integérrimas, ni menos aún
que las pudiera abdicar a cambio de un desmedrado título de nobleza que
poquísimo y nada agregaba al legítimo abolengo del mayorazgo Don José Antonio
de Rojas e Iturgoyen.
Su
primera diligencia, al llegar a su casa, fue mandar "recado” al amigo que
le había escrito llamándolo "conde de Villa Rojas”, y que era otro
Mayorazgo, don Pedro José de Prado y Jaraquemada, Capitán de Caballería del
Regimiento de la Princesa, y una vez frente a frente, interrogóle Rojas qué
significaba aquello del condado y de las felicitaciones. Prado no pudo explicar
sino que "lo había oído decir” a muchas personas y que su felicitación no
tenía otro significado que una sincera atención y cortesía para el viejo amigo.
Comprendió
el Mayorazgo Rojas que su amigo Prado "no tenía doblez”, pero vio también
que entre los criollos del Cabildo y en "todo Santiago” se le tenía como
pretendiente oficial del título en subasta ‘‘en desmedro de su crédito de buen
chileno”; resolvió cortar por lo más derecho y "vistiéndose con la
decencia que es de rigor” encaminóse a Palacio, decidido a entrevistarse con Su
Señoría, el Presidente.
Abriéronse,
sin inconveniente, las antesalas del despacho del Marqués de Avilés, ante la
prestigiosa persona del orgulloso criollo, y a los pocos instantes don José
Antonio encontrábase en presencia del Gobernador del Reino, quien, al verlo,
extendióle su diestra para que el Mayorazgo la besase, como lo exigía la
etiqueta.
— Señor
Presidente —dijo Rojas—, ha llegado hasta mi Hacienda de Polpaico la noticia de
que Su Señoría ha pensado en hacerme el honor de ofrecerme una merced de
títulos de Castilla concedida a un» chileno por Su Majestad el señor don Carlos
IV...
— ... ¡a
quien Dios guarde!, —intercaló el Presidente, incorporándose del sillón en que
estaba sentado.
— ... ¡a
quien Dios guarde!... —repitió maquinalmente el Mayorazgo— y por si esto fuera
efectivo, he querido venir personalmente, y luego, a manifestarle a Su Señoría
que no me encuentro en situación, ni en deseo, de aceptar tan alta distinción,
que agradezco, pero que rehusó...
— ¡Señor
don José Antonio...!, —dijo asombrado el Marqués.
— ¡Que
agradezco, pero que rehusó! —repitió con firmeza el criollo.
La verdad
era que el Marqués esperaba todo lo contrario de la visita de Rojas, pues creía
que ella tenía por objeto agradece!:, aceptar y llegar a un acuerdo para el
pago de los treinta y siete mil patacones, según se lo había hecho creer, al
Presidente, el pícaro del Padre Castro; de modo que Su Señoría, que no estaba
preparado para este rechazo tan perentorio, quedóse cortado y algo así como con
un palmo de narices. Hízole, sin embargo, algunas consideraciones, por aquello
de que hay que salir por pies, y momentos después ambos despedíanse, algo más
fríamente.
El
Marqués de Avilés era un hombre extremadamente devoto, como que los limeños
decían "que en la oración hábil es y en el gobierno inhábil
es” y tenía su "oratorio” en el templo de Santo Domingo a donde
concurría, diariamente, a oír la misa. Al día siguiente de la entrevista que he
contado, el Presidente fue, como de costumbre, a cumplir sus devociones y
cuando ya iba a retirarse, llamó al lego sacristán que andaba por allí
limpiando vinajeras, y le dijo:
—
Hermano, hágame, Su Merced, el bien de llamar al Padre Martín Castro y decirle
que aquí lo espero...
—
Excelentísimo señor —contestó el mocho—, el Padre Martín salió esta mañana, de
madrugada, para Colina...
— ¿Si?...
Pues... mándele decir de mi parte que no vuelva más... ¡que le conviene!
De más
está decir que ese título de Castilla no tuvo postores en Chile, y que aún debe
andar por ahí la Real Cédula, metida entre los papeles viejos de la Capitanía
General, con el nombre del agraciado en blanco, pues así la había enviado el
Monarca, para que el Presidente Avilés llenara el hueco con el nombre del
comprador.
Doy la
noticia por si alguno de mis lectores se interesa por ingresar a la nobleza de
Castilla.
§ 5. La
aventura de un cazador de palomas
El rico
hacendado señor don Joaquín de los Álamos y Aguirre, gran benefactor de los
pobres del Hospital de San Juan de Dios, tal vez "por haberlos creado
antes” —como dijo el otro— y candidato a un Hábito de Cruzado por presentación
que de su persona había hecho el señor Presidente don Joaquín del Pino Rosas,
era un apasionado del saludable ejercicio de la caza, placer que prefería a
todos los que pudiera ofrecerle su alta situación de hombre poderoso y de
prestigio.
Poseía,
nuestro don Joaquín, un armerillo completo de las mejores armas para el
ejercicio de su "deporte” (no se usaba entonces esta palabrita pero la uso
yo ahora para mi comodidad) y un estante bien provisto de todos los elementos
que para el caso se pudieran necesitar. Quiero decir, con esto, que el futuro
Caballero Cruzado y conspicuo vecino de la Villa del Mapocho, no era solamente
un cazador de "pólvora”, sino también un cazador de "alforja”, esto
es, que lo mismo mataba la caza con escopeta, que con perros, con lazos, con
trampas o con liga. No reparaba en los medios: era lo que podía llamarse un
cazador de abolengo.
Este
apasionamiento por la caza, que lo obligaba a permanecer días y aún semanas
enteras en su hacienda ubicada en el "partido” de Melipilla o en otras de
sus numerosos amigos, no fue, desde que contrajo matrimonio, del agrado de su
mujer, la bella Nicolasita Guzmán quien a pesar de que, por entonces —¡felices
tiempos que pasaron!— la mujer no tenía derecho para "levantarle la vista”
al marido, díjole en cierta ocasión en que don Joaquín se había
"enmontado” en Polpaico durante veinte días:
— Mi
señor don Joaquín, vea, Su Merced, qué hace y cómo lo hace, porque yo "no
me hallo” tanto tiempo sola en esta casa tan grande, ni en esta cama tan ancha.
Está bien que vaya Su Merced a cazar perdices y liebres el día sábado y vuelva
el lunes, pero no que se pase las semanas enteras fuera de casa y deje a su
mujer rezando avemarías a las benditas ánimas del Purgatorio. ¿Para esto me he
casado yo?
Don
Joaquín era cuarentón y su mujer tenía apenas la mitad de los años de su
marido. Cabro viejo, de hábitos arraigados, de asta caracoleada, enmendóse
durante un mes pero en seguida volvió a las mismas; los reclamos de su mujer
persistieron durante algún tiempo, pero al fin amainaron, definitivamente, en
fuerza de la costumbre y de la inutilidad de las observaciones.
Vamos
hablando claro: el cazador no lo era solamente de perdices, venados y liebres;
don Joaquín se había especializado en palomas... y lo más raro que ejercitaba
esta caza en plena ciudad y por medio de un halcón o lechuza que contestaba al
nombre de Peta Chandía. Si los reclamos de Nicolasita Guzmán tenían por base
algo de lo que pasaba en cierta quinta del callejón "de Uarte”, hay que
reconocer que la niña tenía motivos suficientes para sus reclamos.
Por si el
lector no se ha dado cuenta dónde estaba el mencionado callejón, se lo diré:
era lo que hoy es calle de Cochrane, que hasta unos veinticinco años atrás se
denominaba todavía calle Duarte, palabra que viene a ser corrupción de "de
Ugarte”. A la entrada de ese callejón tenía una quinta, a fines del siglo
XVIII, den José Pablo de Ugarte y el apellido de este caballero dio su nombre
al callejón, que fue célebre, dicho sea de paso, por las "quintas” que por
allí hubo, donde vendían empanadas de horno, picarones y unos vasos grandes de
ponche en leche que llamaban "mercedarios”. Es fama que una de esas
quintas, "la de Jaramillo” era visitada con mucha frecuencia por el
Ministro Diego Portales.
Sigamos
con nuestro cazador.
Sea
porque Nicolasita se aburrió por completo de la conducta de su marido, sea
porque se acostumbró a la soledad, el hecho fue que las ausencias de don
Joaquín ya no quitaron el sueño de la joven, ni encontró que el caserón le
quedaba grande ni que la cuja le quedaba ancha; en una palabra, Nicolasita se
conformó con su suerte, con la consiguiente satisfacción del marido que se vio
libre de sermones y de quejas y en entera libertad para dedicarse a sus
aficiones.
* * * *
Retirábase,
don Joaquín, a su casa, una tarde después de "oraciones” embozado en su
capa, porque hacía frío y amenazaba lluvia; venía de "tertuliar”' su
acostumbrada horita en el café de Pancho Barrios —el más acreditado de los dos
que funcionaban en* Santiago por el año 1806— cuando al doblar la esquina de la
calle de los Huérfanos con la de Teatinos, donde estaba la morada de nuestro
cazador, tropezó, violentamente contra otro embozado que doblaba la misma
"acera” en sentido contrario.
— ¡Bien
podía, Usarced, tener más cuidado al doblar las esquinas, señor mío! —dijo
ásperamente don Joaquín, inclinándose a recoger su chambergo que, con et
encontrón, había caído al suelo.
Y como el
aludido no se dignará contestar una palabra dé excusa, ni siquiera se detuviera
un instante en su brioso y largo tranquear, el cazador le soltó un ¡mal criado
y majadero! que; aunque enérgico y resonante, no tuvo la virtud, tampoco, de
detener la marcha impertérrita del provocador.
No era el
caso correr tras él "en cabeza” y .a gritos, sobre todo cuando el sujeto
se había perdido de vista en la obscuridad y según el trotecito que llevaba
debería ir llegando ya a la calle de Morandé por donde podía torcer y ocultarse
definitivamente. Conformóse, pues, nuestro conocido, con echar un par de
reniegos contra la mala madre y peor familia de su gratuito ofensor, e
inclinóse a recoger su sombrero, que, para colmo, había rodado por la
concavidad de la calle. Recuerde el lector que por entonces no se conocía el
"lomo de toro” y en vez de correr las aguas lluvias por las cunetas de las
aceras, se deslizaban hacia la acequia que corría a tajo abierto por el medio
de la calle.
El
asendereado don Joaquín tuvo que encender una "pajuela de azufre” —que por
esos años era un lujo y un derroche— y alumbrando el suelo a su alrededor para
encontrar su sombrero, divisó un papel plegado cuidadosamente; lo tomó, lo
desdobló, y a la apagosa luz de la cuerda-mecha, leyó lo siguiente:
"No
sea usted bobo; en vez de andar cazando torcazas con la "Peta
Chandía, le conviene más cuidar la palomita que tiene "en casa; se lo dice
un amigo”.
Leyó y
releyó don Joaquín, el innoble, el puerco papel y a pesar de que en el primer
momento no pudo imaginarse que estuviera destinado a su persona, ni referirse a
la bella Nicolasita, su mujer, pronto se disiparon sus dudas; el raro encontrón
con el embozado, su estudiado silencio, su rápido desaparecimiento, el sombrero
que se cae, el papel que se encuentra al lado, y, sobre todo esto, la alusión a
la caza "de palomas” que allí se hacía, no podían referirse sino a su
persona.
Recogió
su sombrero y echó a andar, pausadamente, hacia su casa con el cerebro
convertido en una hoguera: empujó la "puerta chica” del grave y solemne
portón claveteado, en cuyo frontispicio se veían, alumbradas por el farol
callejero, las armas de sus antepasados, esculpidas en una piedra del Cerro
Blanco, y penetró por el trechito que dejaba, en el zaguán, la calesa en que
solía salir a misa, o a hacer visitas, la encantadora Nicolasita Guzmán.
Al
desembocar en el patio dirigióse, automáticamente, hacia el "pasadizo” de
la izquierda, donde estaba su "escribanía”, pero cambiando en seguida de
rumbo, fuese al extremo de la derecha, en cuya puerta del rincón, que era la
ante alcoba de su mujer, vio luz y notó ruido.
— ¡Ave
María purísima!, —dijo al empujar la puerta.
Tres
voces distintas le contestaron el ¡sin pecado concebida!: su mujer, la llavera
y la negra que hacía las obligaciones de doncella o camarera. Quiso decir algo
el dueño de casa, pero sus palabras se quedaron en la mente o en la garganta;
cogió un "taburete” y se sentó, cerca del brasero; extrajo de sus
bolsillos la "tabaquera” que al desenrollarla mostró ser un primor en
bordaduras, y afirmado, de codos sobre las rodillas, lió un "cigarro”, lo
prendió en las "brasas” que tenía a sus pies, y lo "pitó” a largas
chupadas.
Ni una
sola palabra dirigió a su mujer, ni ésta le habló tampoco, a pesar de que ambos
estuvieron a punto de decir algo, varias veces. A medida que las domésticas que
acompañaban a la "señura” fueron terminando sus "quiaceres”, salió
una primero, y la otra después, dando previamente las "buenas noches les
dé Dios a la señora y al patrón”. Pasaron todavía algunos momentos largos, y
por fin, don Joaquín, dijo:
— Mañana
me voy a Paine a cazar venados... Mañana temprano —acentuó.
— ¿Otra
vez? ¿Que no estuvo, Su Merced, la otra semana...?
— Así
fue; pero dejamos la "zorreadura” abierta, y esta va a ser larga —agregó—,
tenemos zorros encerrados en el soto de mi compadre Larraín cerca de los
Cauquenes.
— Bueno,
pues, que les vaya bien: ¿y cuándo es la vuelta?
— Qué
menos de cuatro o cinco días nos "dilataremos”, pues. Y para no
despertarla mañana cuando me vaya, "de alba”, le daré, a Su Merced, las
buenas noches ahora. ¡Que pase buenas noches! —dijo don Joaquín de los Álamos a
su mujer, poniéndose de pie y embozándose en su capa en disposición para salir.
— Buenas
noches, mi señor don Joaquín —contestó la dama, sin levantarse de "la
alfombra” donde estaba "encluquillada”.
El
caballero salió al corredor cerrando tras de sí la puerta, y se encaminó a la
escribanía, al lado de la cual estaban las piezas "de los forasteros”, en
una de cuyas camas se acostó casi sin desvestirse.
Al día
siguiente, muy de alba, salía don Joaquín por la puerta falsa de su casa,
montado en el rabicano que era su regalón, con su escopeta al hombro, y detrás
de él, Segundo Pato, el negro que le servía de asistente desde su juventud;
ambos desaparecieron por el callejón de San Diego, hacia el sur.
* * * *
El
Clérigo don Manuel Vicuña, futuro primer Arzobispo de Santiago, había puesto de
"priva” nuevamente la iglesia de la Compañía, abandonada poco tiempo
después de la expulsión de los jesuitas; el celo apostólico del joven rector de
ese templo logró que la sociedad santiaguina renovara su adhesión y sus
recuerdos a la Orden que había tenido en su poder el dominio espiritual y
temporal del Reino de Chile y aún el de toda la América española. *
Entre las
funciones religiosas que diariamente atraía a la "flor” de las niñas, se
cantaba la misa "de nueve”, en la cual predicaba el Presbítero Vicuña, a
la sazón joven de veintisiete años no cumplidos, verdadero "pico de oro”
que reunía en sí juventud. Esta misa de nueve era, diariamente, el
"rendez-vous” de lo realmente distinguido y notable de las damas... y por
consecuencia, de muchos jóvenes galanes.
A esta
misa no faltaba jamás Nicolasita Guzmán y tocaba la casualidad que tanto a la
entrada como a la salida encontraba en el atrio del templo "alguien” que
le hacía el más obsequioso de los saludos, y le presentaba sus dedos mojados
con agua bendita para que la hermosa niña se persignara...
¡Quién te
pudiera besar,
Donde dices "enemigos”...!
Tampoco
faltó Nicolasita a misa ese día en que su marido había salido tan
intempestivamente a su cacería de Paine; y tampoco faltó un caballero alto,
trigueño, de ojos negros y mirada decidida y penetrante, que saludara con
rendimiento a la dama y que, al notar en ella cierta insinuación, avanzara
hacia dos pasos más allá del umbral del templo, y se pusiera en condición de
oír de sus labios (rougíneos, diríamos hoy), las siguientes palabras, dichas de
pasada:
— Se fue;
anda esta tarde "a la oración”.
No se
figuren mis lectores que Nicolasita invitaba al caballero a rezar...; le quería
decir, sencillamente, que fuera a la hora crepuscular del toque de oraciones,
en que todos los gatos son pardos.
Precisamente
sonaba en la lejanía el primer toque del Angelus de la torre de las Carmelitas
"del alto” (Santa Lucía) —monjitas que tenían, al parecer, el reloj
adelantado, porque eran siempre las primeras en tocar "el alba” a las
cinco de la mañana; "las doce”, al mediodía y las "oraciones” a las
siete de la tarde— cuando un caballero avanzaba, despreocupadamente, al
parecer, hacia la puerta de la casa de don Joaquín de los Álamos, que, ya lo he
dicho, estaba en Teatinos, a unos cuantos pasos de la esquina con Huérfanos;
iba a llegar, el caballero, al frente de la puerta, cuando apareció, al doblar
de la esquina, un personaje, que al ver al otro que avanzaba, díjole,
alegremente, y abriendo los brazos.
— ¡José
Miguel, te andaba buscando,..!
Llevóse
rápidamente la mano a la boca el aludido José Miguel, haciendo un imperioso
ademán' de silencio; y cubriéndose el rostro con su capa y chambergo, se
embutió en la abertura de la puerta de la casa de Álamos, y desapareció tras
ella.
Obedeciendo,
como autómata, a la orden recibida, el "aparecido” avanzó unos diez pasos
hacia adelante, volvió furtivamente la cabeza para mirar el portón por donde
había desaparecido su amigo, y murmuró:
— ¿Qué
diablos, vendrá a hacer a casa de Álamos, este barrabás de José Miguel Carrera?
,
* * * *
Todos los
esfuerzos y tentativas que había hecho don Ignacio de la Carrera y Cuevas para
reducir a buen camino a su hijo don José Miguel habían sido perfectamente
inútiles; el muchacho fue un "anarquista” desde que empezó a estudiar
"gramática y primeras letras” en el Colegio Carolino y no habían tenido
ningún resultado sobre su conducta ni las severidades del Padre Bórquez, que
era un rector de cáscara amarga, ni los megos de doña Javiera Verdugo, su
madre, ni los tirones de su hermana mayor, doña Javiera Carrera.
La
"última” que había hecho y que le costara su expulsión del Carolino, fue
la de haber dejado encerrado toda una tarde, en una Sida, al profesor de
dibujo, don Martín Petri, con el objeto de que no pudiera tomar la lección;
delatado por un compañero, que lo fue Martín Araos, su primo, se escapó por los
tejados para librarse del castigo, no sin haberle propinado antes, al
"soplón”, una tunda de mojicones.
Desde esa
edad, los quince años, se manifestó propenso al lujo, a la ostentación y a la
prodigalidad; para satisfacer sus gastos mandaba o iba él mismo a la Hacienda
San Miguel, de su padre, y sacaba de ahí los objetos o especies que podía
reducir a "doblones”. Como ‘caporal” de los carolinos encabezaba los
combates "a lo que es piedra” que acostumbraban sostener los muchachos en
la ribera del Mapocho y muchas veces llegó a Su casa con la cabeza rota o
aliquebrado, pero sin manifestar, jamás, el más mínimo dolor.
Dos o
tres años más farde, José Miguel Carrera había abandonado ya los estudios y
dedicaba su tiempo a pasear por los portales, en compañía de Pedro Vivar,
Panchito Ruiz Tagle y Gaspar Marín con quienes formaron durante algunos meses
un "cuadrilátero tremendo”. Su espíritu inquieto y sus naturales
inclinaciones formaron de él un muchacho alegre y calavera, que pisoteaba las
preocupaciones más arraigadas en la sociedad, burlándose de los hombres más
encumbrados, y especialmente de las autoridades. "A los veinte años —dice
don Manuel Antonio Tocornal —ya se había dado a la vida libre; su existencia
era una "perpetua tempestad, aunque había sabido mantenerse en los
"límites del buen tono”.
José
Miguel Carrera, a esa edad, era lo que podríamos llamar una bala perdida.
Cierto
día habíase encontrado el irreductible calavera en casa de uno de sus
parientes, con su "prima segunda” la Nicolasita Guzmán, que había ido allí
"a pasar el día” porque su marido andaba de caza hacía una semana, y la
pobre niña "no se hallaba”, sola en su caserón. José Miguel no tardó en
hilar y tejer conversación con la niña, ambos eran jóvenes, eran parientes,
aunque lejanos, y el uno creyó que tenía obligación de consolar a la pariente
que sufría, y la otra no pudo sustraerse a la simpatía que emanaba de un buen
mozo que se esforzaba por "hacerle nada” sus padecimientos. Cruzáronse
miradas, hablaron los ojos y se dijeron quizá qué cosas; gimió la niña el
abandono en que la dejaba su cazador de palomas, ofrecióse el galán para
hacerle compañía, metió el diablo el rabo y se armó el lío... y ahí tiene
usted, lector amable, que sin darse cuenta, apenas, ambos jóvenes se
encontraron un día en la quinta de "ño Gómez” en la Alameda del Tajamar,
sentados debajo de un sauce llorón y entregados, mano a mano, a un coloquio que
duró hasta cerca de las oraciones.
Al
principio Se defendió la niña de los asaltos del galán pero la mujer es como la
leña verde:... "resiste, gime y llora y al fin se enciende”.
Sea
porque los asaltos fueron cada día más vigorosos; sea porque Nicolasita fuera
perdiendo energías con esa lucha diaria; sea, sencillamente, porque le fuera
gustando, el hecho es que resultó lo inevitable: ambos jóvenes cerraron los
.ojos y se lanzaron por la calle del medio con poquísimo respeto para el
cazador de palomas. Y hétenos aquí con que llegó el día en que un "soplón”
le pasó el cuento al marido en la forma que conocemos, y hétenos también con
que don Joaquín de los Álamos se encontró de un momento a otro con la espina de
los celos clavada en la mitad del corazón, y dispuesto a tomar condigna
venganza si el infame denuncio resultaba verídico.
Ya conoce
el lector la actitud que asumió don Joaquín al leer el panfleto, y su simulada
partida de caza a los potreros de Paine; no le parecerá extraño, entonces,
saber que al poco rato de haber penetrado el galán al cercado ajeno, se
presentara el marido ante el portón de su casa con el propósito de sorprender a
los ofensores de su honra.
La Ley
del Embudo, es la más antigua y la mejor cumplida de todas las leyes.
Desmontóse,
don Joaquín, con toda calma, entregó las riendas a Segundo Pato y fue a empujar
la "puerta de calle” la que como de costumbre, encontró entornada. ¡Ni esa
precaución tomaban los desvergonzados! Penetró en el zaguán y encaminóse,
decididamente, hacia la ante alcoba de su mujer; empujó la puerta, y como no
cediera, golpeó, llamando a Nicolasita por su nombre.
Nadie
contestó al llamado, a los llamados, porque fueron varios; pero bien alcanzó a
percibir, don Joaquín que en el interior del aposento habíase producido un
revuelo cuando se oyeron los primeros golpes a la puerta.
— ¡Abra
usted la puerta, señora, si no quiere que ponga hombros en ella! —dijo don
Joaquín, con acento vibrante.
Bien
sabía el marido que el aposento de su mujer no tenía otra salida que la que él
estaba guardando; de manera que las personas que allí dentro estaban —porque ya
no había duda de que eran más de una— tenían, por fuerza, que presentarse ante
su vista.
Y como la
puerta de la alcoba permaneciera porfiadamente cerrada, don Joaquín llamó a los
criados, que eran cuatro negros y el mayordomo que también lo era, pero
liberto, y entre los cinco, a hombro, removieron la puerta de su quicio. Cuando
ya cedían los tableros, oyóse la voz angustiada de Nicolasita Guzmán, que
suplicó a su marido:
— ¡Señor,
mande, Su Merced, que los sirvientes se alejen, y la puerta se abrirá!
— ¡Ya es
tarde, señora! —contestó don Joaquín—; toda la servidumbre habrá de imponerse
de que Nicolasa Guzmán es una perdida y habrán de verla salir de esta casa,
ahora mismo, desnuda, como su madre la parió!
Un gemido
de terror y un rugido de indignación se oyeron simultáneamente dentro de la
alcoba, y casi al mismo tiempo se dislocaron las trancas interiores: José
Miguel Carrera, saltando por sobre los negros, que habían quedado hechos un
montón en el umbral, plantóse frente a don Joaquín de los Álamos, y levantando
ambos brazos empuñados, díjole:
— ¡No
cometerá usted tal infamia, por Dios vivo...!
No
alcanzó a terminar la frase, porque rodó violentamente por los suelos a impulso
de un feroz puñetazo que le asestó, en la cara, el corpulento e indignado don
Joaquín.
—
¡Sujetadle! ¡Amarradle! —gritó inmediatamente a los negros; y los cinco
esclavos se arrojaron como perros sobre el joven y tuvieron a gala poner sus
diez cochinas manos sobre el orgulloso vástago de uno de los más respetables
patricios.
Sin hacer
caso de Nicolasita, que había caído víctima de un patatús —el inevitable y
consabido patatús con que salen de tales pasos las señoras— el marido ordenó
que amarraran de píes y manos al galán, le pusieran, además, una mordaza,
porque había empezado a vociferar, y lo echaran a una pieza del primer patio;
en esta función estaban cuando empezaron a llegar al zaguán algunos vecinos que
oyeron los gritos, denuestos y golpes que se habían originado con las escenas
que acabo de referir; no tardaron, pues, en saber la causa de tamaño desorden y
el castigo que pensaba dar el marido a la esposa infiel y a su cómplice.
— ¿Pero
es verdad que piensas echar a la calle a tu mujer a estas horas y desnuda?
—interrogó el venerable don Juan del Pozo que vivía en la casa vecina,
"calle en medio”.
— Es tan
cierto, que si Vuestra Merced tiene la paciencia de esperar unos momentos,
podrá verlo por sus ojos —contestó el marido—; y ruego a vuestras mercedes que
no intervengan en ello ni estorben el derecho que tengo para castigarla a mi
agrado —terminó con acento terminante y seco.
Nadie
chistó, pero uno a uno fueron saliendo, deslizándose, por el portón hacia la
calle. Don Juan del Pozo, acompañado de Luis Martínez y de Rafael de Santa Ana
fuéronse, de ahí, a casa del Asesor de la Presidencia don Pedro Díaz de Valdés,
cargo que tenía la autoridad que antes residía en los corregidores, y
denunciáronle los hechos que el lector ha conocido. Díaz de Valdés era el
marido de doña Javiera Carrera y por lo tanto, cuñado de José Miguel,
protagonista de este cuento; de manera que tan pronto como ambos esposos
supieron el grave peligro en que se encontraban los amantes culpables,
"echáronse unos abrigos” y salieron dispuestos a intervenir, el uno con su
autoridad y la otra con su ascendiente, para evitar mayores males.
Entre
tanto, el esposo ofendido habíase dirigido a la alcoba de su mujer tal vez para
poner en práctica la terrible sentencia; penetró, a la luz apagosa de una vela
buscó a la culpable, pero no la encontró...
— ¡A
dónde!... ¡a dónde se ha ido! —vociferó con un acento que sobrecogió de espanto
a las criadas que' habían acudido, también, al bochinche—; ¿dónde se ha
escondido la Nicolasa?... —Interrogó por fin, a una de las negras, cogiéndola
por el pescuezo.
La pobre,
con la lengua fuera, no pudo contestar con palabras, pero hizo señas, con las
manos, hacia el patio interior.
—
¡Alcáncenla! y ¡guay de vosotros si no dais con ella, porque os haré azotar con
roseta y a "reiz”!
A la voz
de azotes, las negras temblaron y todas arrancaron hacia el segundo patio; el
mismo don Joaquín salió tras ellas, y vio cómo las amedrentadas esclavas
entraban y salían de las diferentes "piezas”, llorando, chillando y
lamentándose con anticipación de la tunda que les había ofrecido el patrón; se
veía, empero, que no ponían gran interés en encontrar a la prófuga, porque, a
la verdad, Nicolasa se había hecho querer de sus negras, y más de alguna se
habría dejado azotar, si con eso las librara del trance.
Una de
ellas, la Simona Tabita, una mulatilla flor de canela que con su donaire tenía
alborotado al vecindario —gritó desde el interior de una pieza:
— ¡Aquí
parece que hay alguien en el "soberao”...! ¡vengan, vengan!
No era
verdad; pero todos los perseguidores, incluso el patrón, se arremolinaron para
trepar por una escalera "de espino” que alcanzaba al envigado de la
leñera; en esta función estaban todos cuando llegaron al primer patio de la
casa el Asesor Valdés y su mujer doña Javiera Carrera; con ellos venían, además
de dos alguaciles y un sereno, Juan José, el hermano mayor, y don Ignacio, el
malaventurado padre del "calavera”, seguidos de "varios señores de la
vecindad”.
En este
primer patio sólo se encontraba Segundo Pato, que tenía la misión de vigilar la
habitación donde estaba amarrado y preso el galán.
— ¿Dónde
está tu amo?, —preguntóle, seca y autoritariamente, el Asesor.
Al
reconocer a tan alta autoridad, Segundo Pato empezó a temblar de piernas a
barba ¡sabía, tal vez, el pobre, que la cuerda se corta por lo delgado y que en
este caso no sería su patrón quien iba a recibir la azotaina.
— Anda
por "aentro” señorcito mi amito —contestó balbuciente.
— A ver,
endílganos —ordenó Díaz Valdés.
Al oír
esta orden, Segundo Pato se echó a gemir y a poco cayó arrodillado a los pies
del Asesor.
— No
puedo moverme de aquí, mi amito —dijo, alzando las manos suplicantes—; tengo
que cuidar al "guainita” don José Miguel, que está aquí...
— ¿Dónde,
dónde?.... —interrogaron ansiosamente doña Javiera y su hermano.
Dos o
tres golpes que se oyeron en el interior del aposento indicaron a los recién
llegados el sitio donde estaba el asandereado galán. Abrieron violentamente las
puertas y a la luz de un candil vieron que José Miguel se debatía en el suelo
por librarse de las cuerdas que lo sujetaban. Quitáronle la mordaza, y lo
primero que Oyeron de sus labios fue:
— ¡Corran
a librar a la Nicolasita que ya la deben haber hallado por allá adentro...1
¡Corran, corran, por la Virgen!
Todos,
menos don Ignacio y doña Javiera obedecieron, automáticamente, esta angustiada
súplica y "se metieron” por el pasadizo hacia el interior.
— Vayan,
también —suplicó José Miguel a su padre y hermana una vez que se vio con las
manos desatadas— yo seguiré quitándome las cuerdas de las piernas y en un
momento' estaré con ustedes.
— La
ofensa que has cometido en esta casa es demasiado grave para que aun quieras
permanecer en ella y ponerte al frente al caballero a quien has agraviado...
—dijo, severamente, don Ignacio a su hijo—, ¡Ándate de aquí!
— ¡Pero,
señor!... —interrumpió José Miguel.
—
¡Cállate, bandolero! —increpó doña Javiera—; recoge tu capa y "sale” de
aquí... No sé si podría defenderte —agregó con voz temblorosa por la
indignación— si viera que don Joaquín de los Álamos te estuviera estrangulando.
¡Sal de esta casal
José
Miguel "bajó la vista” ante la mirada terrible que "le clavó” su
hermana, y con la "cabeza gacha” salió del aposento y de la casa; saltó
sobre un caballo que encontró a la puerta y partió con dirección a San
Francisco del Monte, de donde ya no volvió a Santiago.
Don
Ignacio y doña Javiera se encaminaban hada el segundo patío para saber lo que
allí pasaba, cuando una mujer que salió agitada y recelosa de un "cuarto”
situado en un rincón del pasadizo, se echó a los pies de ambos y elevando sus
brazos exclamó con angustioso acento:
—
¡Sálvenme, por Dios vivo!... sálvenme de este trance terrible que me espera...
¡Javierita...! ¡Javierita... por sus hijitos!
Nicolasita
Guzmán, ahogada por los sollozos, no pudo pronunciar una palabra más; don
Ignacio y doña Javiera quedaron un momento perplejos sin saber qué partido
tomar, pues don Joaquín, enfurecido, se debatía en los patios interiores,
removiendo cuanto encontraba a su alcance en busca de su mujer. Una rápida
resolución de doña Javiera eliminó la dificultad:
—
¡Ayúdeme, Su Merced!, —dijo a su padre: y ambos formando con sus brazos una
silla de manos, salieron de la casa con el cuerpo exánime de Nicolasita, y la
transportaron a la del Asesor Valdés, que estaba a dos cuadras, por la calle de
los Huérfanos.
A la
mañana siguiente, en las primeras horas, se abría la portería de las monjas
agustinas para dar asilo a la hermosa y desgraciada Nicolasita Guzmán.
* * * *
Don
Joaquín de los Álamos y Aguirre, defraudado en su venganza, recurrió a los
tribunales denunciando el crimen de su mujer y de su cómplice sin importarle un
alpiste el escándalo y el comentario.
Nicolasita,
defendida por un tío suyo que era abogado de la Real Audiencia, negóse a
declarar sin que antes lo hubiera hecho la persona a quien su marido acusaba de
complicidad, esto es, José Miguel Carrera; negóse, también, a salir del
convento "temerosa del mal genio y trato que le podría dar su marido”.
Por su
parte, José Miguel Carrera estuvo oculto —a pesar suyo— en la Hacienda de San
Miguel y como la persecución del marido arreciaba, don Ignacio de la Carrera,
su padre, resolvió embarcarlo ocultamente en un galeón que estaba de partida
para el Perú, y de ahí a España, donde el futuro Padre de la Patria hizo sus
primeras armas contra el ejército de Napoleón, ingresando al Regimiento de
Húsares de Galicia, del cual llegó a ser Sargento Mayor.
§ 6. Un
claustro pleno
Don Juan
José del Campo y Lantadilla había desempeñado el cargo de Rector de la
Universidad de San Felipe durante tres años consecutivos y tenia vehementes
deseos de continuar en el empleo un año más; la cosa no era tan sencilla,
porque las constituciones de nuestra Universidad sólo autorizaban la reelección
del Rector por un período —que era de un año— y "toleraban” que el patrono
(el Rey) o Vice-Patrono (el Primer Mandatario del Reino) prorrogaran, motu
proprio, el rectorado de una misma persona sólo un año más. El caso de
prórroga, por el Patrono o Vice-Patrono, sólo se había presentado una vez en
Chile, en el rectorado del Doctor don José Ignacio Guzmán, que había gobernado
cuatro años la Universidad de San Felipe, durante la Presidencia del Marqués de
Avilés.
Pero la
reelección de Guzmán había sido hecha con el asentimiento del Claustro Pleno,
que reconoció la necesidad de que Guzmán continuara en el cargo para que diera
término a ciertas obras que él mismo había iniciado; en el caso actual de la
reelección de don Juan José del Campo, la cosa era bien distinta; el
pretendiente se había enajenado la voluntad de la mayoría de los doctores y
había un grupo que le hacía cruda guerra.
No se le
ocultaba, al Doctor del Campo, que saldría derrotado en la elección que iba a
practicar el Claustro Pleno el día 30 de abril de 1808; los propios doctores de
la Universidad no tenían ni el lejano pensamiento de que el Rector pretendiera
continuar un cuarto año al frente del "Alcázar de las Ciencias”, y como es
natural en un acto electivo de tal índole, formáronse dos o tres bandos con sus
respectivos candidatos al rectorado. El Doctor del Campo, empero, que no era
hombre de abandonar así no más sus pretensiones, encontró la manera de
interesar a su favor al Presidente García Carrasco, que recién llegaba a
Santiago a tomar el mando interino del Reino, y, sin que sus adversarios lo
sospechaban siquiera, obtuvo de Su Señoría que "prorrogara por un año más
el Rectorado de la Universidad de San Felipe al doctor don Juan José del Campo,
porque es conveniente a las ciencias, que así sea”.
Con su
decreto de prórroga en la faltriquera, el Doctor del Campo fuese a poner al
habla con sus amigos y partidarios, que, aunque pocos, eran decididos; él
temía, y con razón, que la mayoría del Claustro Pleno no sólo protestara
ruidosamente de la prórroga concedida sino que "suspendiera su
cumplimiento”, esto es, que no reconociera al nuevo Rector sin haber hecho
antes una presentación ante el Presidente. Para prevenir el desarrollo de
cualesquiera dificultades durante la sesión del Claustro Pleno, el Rector pidió
a sus amigos que concurrieran antes de la hora fijada para la reunión, a fin de
que ésta se efectuara a la hora en punto y, si era posible, sin la asistencia
de los contrarios. Díjose, aún, que el Rector del Campo había adelantado el
reloj del Aula Universitaria... ¡Yo creía que esto de adelantar los relojes era
invención de los colegios electorales republicanos!
No se
quedó en esto el Rector del Campo, sino que pidió y obtuvo del Presidente que
pusiera a su disposición una compañía de infantería y un escuadrón de
caballería para guardar el orden. Es bien difícil, como verá el lector, hacer
tanto divino disparate a un mismo tiempo.
A todo
esto faltaban sólo tres días para la reunión del Claustro Pleno, y los
doctores, preocupados como estaban del triunfo de sus respectivos candidatos,
no habían reparado en los trajines del Rector; sin embargo, no faltó quien
diera la voz de alarma, diciendo que "algo se tramaba en la Rectoría, y
que harían bien los doctores en estar prevenidos”.
Llegó el
día sábado 30 de abril de 1808, fecha en que estaba citado el Claustro Pleno, a
las nueve de la mañana.
Desde las
ocho se suspendió el tránsito público por las calles de San Antonio, desde la
Alameda hasta la calle de la Merced, y de la Universidad (Agustinas) desde la
calle del Rey. Supongo que el lector sabrá que la Universidad ocupaba el sitio
del actual Teatro Municipal. En las bocacalles se habían situado piquetes de
caballería, a fin de impedir que penetraran hasta la plazuela de la Universidad
(actual Plazuela del Teatro) personas extrañas al Claustro. Varios
destacamentos de infantería custodiaban las diversas puertas, corredores y
demás dependencias del edificio universitario. "Aquel aparato bélico
habría inducido a pensar en que se trataba, no de elegir un Rector, sino de
rechazar un asalto”, dice el cronista que me sirve de cicerone.
Los
doctores, ignorantes de las maquinaciones del Rector del Campo, no podían
comprender aquel musitado despliegue de fuerza armada y se preparaban para
protestar tan pronto como la sesión comenzara; como aún faltara más de un
cuarto de hora para la reunión, salieron al patio los doctores Traslaviña, y
don Ambrosio José de Ochoa, adversarios, ambos del Rector del Campo; iban a
esperar a sus compañeros para comentar con ellos los sucesos y "acordarse”
antes de entrar, en lo que deberían hacer.
—
Aproveche, Vuesa Merced, la ocasión de que estamos solos para leer el oficio y
decreto —dijo al Rector el Doctor fray José de Portusagasti, de la Orden de San
Francisco...
— Faltan
todavía siete minutos para la hora —objetó otro de los partidarios del Rector,
el Doctor don Agustín Seco de Santa Cruz.
— No se
pare Usarced, en minutillos —insistió el franciscano.
— Tiene
razón, Su Paternidad —dijo del Campo, y subiendo los escalones de la Cátedra
doselada que servía de Presidencia, sacudió la campanilla e hizo a los bedeles
la pregunta sacramental:
— ¿Habéis
citado a todos los doctores de esta Real Universidad de San Felipe?
— Sí,
señor Rector —contestaron al unísono y solemnemente los dos bedeles uno de los
cuales era don José Camilo Gallardo, futuro impresor y periodista nacional, y
antecesor de Conrado, ¡perdón!, antecesor del actual señor Ministro de
Relaciones Exteriores (1929).
En este
momento penetraron al aula los doctores que se habían reunido en los
corredores, y alcanzaron a oír que el Rector decía:
— Señor
Secretario, lea usted ese oficio y decreto del muy ilustre señor Presidente.
El Cura
de Santa Ana, Doctor don Vicente Martínez de Aldunate, que era uno de los
cabecillas del bando contrario al Rector, comprendió inmediatamente cuál había
sido la maniobra de del Campo, y avanzando rápidamente al centro del salón,
gritó con voz sonora y enérgica:
— ¡Me
opongo a esa lectura! Nos hemos congregado aquí, no para oír lecturas de
oficios, sino para elegir Rector de la Universidad.
— ¡Eso
es, eso es! —repitieron, haciendo coro, los partidarios de Aldunate— ¡No
debemos permitir lecturas de ningún género!
— El
señor Doctor Aldunate debe tener presente que no le es lícito impugnar ni
oponerse a las resoluciones superiores —acentuó a su vez el Rector.
— ¡Yo
reclamo el cumplimiento de nuestras constituciones, y protesto
contra todo lo que se haga y se quiera hacer fuera de eso! —repuso
violentamente Aldunate.
— ¡El
señor Doctor está faltando al decoro debido a mi persona y a la Corporación!
—dijo del Campo, alzando el tono.
— ¡Que se
le eche! —gritó fray Portusagasti, desde un rincón.
— ¡Sí,
sí, que llamen a los guardias! —agregó don Juan José de los Ríos y Terán, que
era otro de los más decididos partidarios del Rector.
Desde
este momento fue incomprensible el altercado que se produjo en la sala, entre
los individuos de ambos bandos; el altercado debió ser tanto de palabra como de
hechos, pues encuentro una referencia que dice que el Doctor don Francisco
Bruno de Riverola "perdió el capirote y no lo pudo encontrar hasta tres
días más tarde, que un paje se lo llevó a su posada”.
Aprovechándose,
precisamente, de la batahola, el Rector del Campo ordenó al Secretario que
diese lectura al oficio y decreto del Presidente que prorrogaba su rectorado
por un año más; terminada la lectura oyóse en el salón el estruendo que produjo
la descarga de un par de pistolas.
El
estampido impuso silencio y aprovechándose de él, el Rector declaró que ponía
término a la sesión.
— ¡Pueden
retirarse los señores doctores! —declaró en seguida, y se bajó de la Cátedra.
¡No se
pudo saber quién había disparado las pistolas!
Si grave
había sido el bochinche del principio, el que se produjo después de las
palabras del Rector fue triple.
Los
cabecillas del partido contrario se subían a los bancos para dominar el tumulto
y para insultar con más éxito a sus adversarios y especialmente al Rector del
Campo, que era la cabeza de turco donde se ubicaban todos los ataques.
— ¡Salgan
ustedes! ¡Váyanse ustedes! ¡Nada tienen que hacer aquí, ahora! —Les decía el
Rector a los doctores—; la orden del señor Presidente es para ser oída
solamente; ¡retírense ustedes!
— ¡No nos
moveremos de aquí hasta que no se llegue a un acuerdo sobre el cumplimiento de
la orden que se ha dado! —dijo con voz estentórea el Cura Martínez de Aldunate.
— ¡Es lo
que vamos a ver! —rugió del Campo; y dirigiéndose al oficial que mandaba la
tropa: "Señor Oficial —gritó— haga usted salir a estos señores”...
El
Capitán don Domingo Díaz Muñoz, que mandaba la tropa, quedó perplejo ante la
orden que acababa de recibir, pues la respetabilidad de las personas allí
presentes le impedía ejercer sobre ellos violencia alguna.
— Señor
Oficial —dijo el Doctor José de Ochoa, subiéndose sobre un sillón—, sírvase
usted manifestar al señor Presidente del Reino que el Claustro entero acata su
decreto, pero que suspende su ejecución hasta que Su Señoría, oyendo las
razones de la Corporación, decida si es conveniente o no que el Rector del
Campo continúe en el cargo durante un cuarto año.
—
¡Despeje usted, señor Oficial, despeje usted! —ordenó, de nuevo, el Rector.
Alzó la
mano el Capitán Díaz Muñoz y dijo:
— No
pondré mis manos sobre ninguno de estos señores, después de la petición que me
han hecho, de llevar al señor Presidente el mensaje que se ha oído; así, pues,
señores, queden vuestras señorías y mercedes con Dios, que, a lo que se me
alcanza, en vuestra casa estáis...
Un
aplauso cerrado recibió las palabras del Capitán, el cual salió solemnemente
del Aula, con dirección a Palacio.
Detrás de
él salió también una diputación de doctores que iba a entrevistarse con el
Presidente para que "del modo más sumiso y reverente le expusiera los
agravios que el doctor del Campo había inferido a la Universidad y le suplicase
que Su Señoría tuviera a bien revocar un decreto que debía haberle sido
arrancado subrepticiamente”.
La
contestación de García Carrasco fue: "formule el Real Claustro sus
peticiones por escrito y yo las resolveré como convenga”.
Terminaron
las incidencias de ese día, pero continuaron, durante los sucesivos, las
conversaciones y comentarios en el vecindario, pues la elección del Rector de
la Universidad apasionaba tanto como la de provinciales y abadesas de los
conventos; y como todo era hostil para el Rector del Campo, tanto su cuarto
rectorado, como su actitud al emplear la violencia para imponerse a los
doctores reunidos en Claustro, el Presidente* Carrasco derogó su primitivo
decreto y dejó en libertad a los doctores para elegir su Rector.
Con esta
resolución, que le fue aconsejada por su secretario Martínez de Rozas, el
Presidente García Carrasco se atrajo la simpatía de mucha parte de la gente
principal de Santiago, que lo había recibido con recelo. ¡Lástima que no
pudiera conservarla por mucho tiempo!
En el
nuevo Claustro, que se reunió el 11 de mayo del mismo año, fue elegido Rector
el Cura de Santa Ana, don Vicente Martínez de Aldunate, por 48 votos contra 41;
lo que quiere decir que no era tan chica la minoría que apoyaba a don Juan José
del Campo y Lantadilla.
§ 7. Se
calumnia al marqués de Larraín
Así como
el gobernador don Luis Muñoz de Guzmán, con su ecuanimidad y don de gentes,
detuvo el avance de las ideas revolucionarias que venía sembrando paulatina
pero insistentemente en la sociedad chilena el Mayorazgo don José Antonio de
Rojas e Iturgoyen desde veinte o veinticinco años atrás, así también su sucesor
don Francisco Antonio García Carrasco con sus malos manejos y acciones indignas
tuvo la "virtud” de precipitar el descrédito de la Monarquía y de sus
hombres de gobierno desde los primeros meses en que ese Mandatario asumió el
poder.
La
codicia era una de las características del nuevo Presidente; no disimulaba, Su
Señoría, el deseo, que lo dominaba, de hacer fortuna rápida, como si
presintiera que no iba a durar mucho en el alto puesto que jamás soñara ocupar,
si no hubiera sido porque Martínez de Rozas se lo soplara a la oreja guiado por
el deseo de "usar” del Mandatario para sus ulteriores propósitos. Manga
ancha tenía García Carrasco y no iba a pararse en pelillos para satisfacer sus
ambiciones de fortuna quien años antes, siendo Gobernador suplente del puerto
de Valparaíso, no había tenido reparos en apoderarse de una fragata
contrabandista ocultando para sí buena parte de su cargamento.
Buscando
andaría, el flamante Mandatario de Chile, en qué emplear de manera positiva y
efectiva el exceso de poder que le había caído a la mano, cuando recibió la
noticia, traída por el dueño de un fundo costero de Colchagua, de que una
fragata denominada Escorpión había entrado sigilosamente, al
parecer, a la caleta de Topocalma situada en las playas de la mencionada
hacienda. Agregaba el noticiante —que era el propio dueño del fundo, don José
de Fuenzalida—, que el barco tenía todas las trazas de contrabandista y que su
capitán se había puesto en comunicación con un médico "bostonense” que
residía entonces en Santiago, llamado Enrique Foulkner.
No
manifestó gran interés el Presidente ante la noticia que acababa de recibir,
pero ella era muy importante para que Su Señoría no vislumbrara que podía
encontrarse envuelto allí un magnífico golpe de mano que enderezara un poco las
arcas reales, y de carambolas, las gavetas del Presidente y de algunos de sus
allegados. Lo primero que hizo García Carrasco fue llamar al médico
norteamericano Mister Foulkner y encerrándose con él, "sin testigos” lo
obligó con cierta astucia primero y "con amenazas de muerte” después, a
revelarle lo que había ocurrido entre el médico y la fragata Escorpión, en
la caleta de Topocalma.
El asunto
era claro: la Escorpión, Capitán Tristán Bunker, era una
fragata contrabandista tripulada por ingleses —aunque su capitán era
"bostonés’'— y uno de sus agentes, en Chile, era el médico Foulkner. El
viaje de éste, y su entrevista de Topocalma, obedecieron a una cita que ambos
socios tenían acordada desde varios meses atrás para hacer entrega a Foulkner
de los muestrarios de las mercaderías que se trataba de vender en Santiago.
Bajo la
amenaza de "pena de la vida” el Presidente ordenó al médico que guardara
el más completo silencio de lo que ambos habían hablado; García Carrasco había
concebido un plan y quería meditarlo bien antes de tomar resolución alguna.
Foulkner,
empero, no pudo permanecer tranquilo sabiendo que, revelado el secreto de la
existencia de la Escorpión y su condición de contrabandista,
la fragata y su capitán corrían inmenso peligro; un deber de la más elemental
lealtad le obligaba a correr el riesgo de dar a conocer a su socio el Capitán
Bunker, su entrevista con el Presidente del Reino. Con todas las precauciones
del caso despachó un "propio” hacia La Serena, llevando una carta para su
amigo y colega el médico inglés Jorge Edwards residente allí, en la que le daba
a conocer lo sucedido rogándole lo pusiera en conocimiento del Capitán de
la Escorpión.
Edwards
era otro de los agentes del Capitán Contrabandista en el Norte, en compañía,
entre otras personas de significación, de don Francisco Bascuñán Aldunate. Es
conveniente advertir que, por entonces, el comercio de contrabando no era
desdoroso y que los más encopetados ricachones españoles y criollos arrostraban
toda clase de peligros para hacer fortuna por este medio; por otra parte, todo
lo que podía ser de algún perjuicio para el Erario era particularmente grato,
en especial para los criollos.
El médico
Edwards cumplió el encargo de su amigo Foulkner, y cierta noche que la Escorpión voltejeaba
frente a las costas de Coquimbo, hizo señales al barco y le envió una carta
previniendo a su Capitán de los graves acontecimientos ocurridos a su agente en
la Capital.
Entre
tanto, García Carrasco había meditado y madurado un plan para apresar al barco
contrabandista y apropiarse por entero de su cargamento sin beneficiar con ello
al Erario Real. Dos maneras había para llevar a cabo tal apresamiento; una,
hacerlo con fuerzas marítimas de guerra; la otra apresar el barco por medio de
captores particulares. En el primer caso, el barco y su cargamento caían en
comiso, esto es, a poder del Erario Real, en su mayor parte; en el otro caso,
el barco y su cargamento eran considerados "buena presa” y debían
distribuirse entre sus captores. No había mucho que pensar; la captura se
llevaría a cabo por particulares...
García
Carrasco se fue derecho al grano, y como él no podía intervenir directamente en
esto, compartió el "negocio” con unos cuantos amigos seguros. El principal
de ellos fue el comerciante español don Pedro Arrué, que junto con don José de
Medina y don Joaquín de Echeverría aportaron el dinero necesario para los
gastos de la "compañía’’; como socios "industriales” que ponían su
persona y servicios, entraron un mallorquín, Damián Seguí, antiguo compañero de
correrías y hombre de confianza del Presidente en Valparaíso, y el médico
Foulkner, que fue obligado a ello bajo amenazas, porque sin su cooperación era
imposible llevar a cabo el plan que había fraguado' el Presidente.
En la
entrevista del médico Foulkner con el Capitán Bunker, en la caleta de
Topocalma, y que fue sorprendida, ambos habían quedado de acuerdo en
encontrarse en ese mismo sitio el 25 de septiembre de ese mismo año de 1808,
para dar fin a sus negocios que quedaban pendientes, o sea, para desembarcar
las mercaderías que debían ser vendidas en Santiago. En su confesión al
Presidente, el atemorizado médico le había revelado todo, y naturalmente esto
también, de modo que García Carrasco sabía que tal día, 25 de septiembre, debía
fondear en Topocalma la Escorpión.
A fin de
conocer las condiciones del barco, el valor de su cargamento, de cerciorarse de
que Foulkner había dicho la verdad, y principalmente, de no dar un paso en
falso, García Carrasco creyó prudente enviar a Topocalma a uno de sus
consocios, bien aleccionado, para que preparara la realización final del plan
de apresamiento. Este socio fue Damián Seguí, su antiguo cómplice de
Valparaíso, y cuya actuación en el crimen que estoy relatando me ahorrará el
presentárselo anticipadamente al lector: Foulkner debía ir en compañía de
Damián sólo para dar confianza al contrabandista, porque el médico no sabía
detalle alguno del plan que habían fraguado el Presidente y sus socios. Un
segundo acompañante de Seguí, debería ser otro de los socios, don José de
Medina.
El
Capitán Bunker estaba prevenido, como sabemos, de las actividades del
Presidente Carrasco y del peligro que corría;, pero era un hombre decidido y de
valor temerario; confiado en su buena estrella y en¡ la fuerza de sus cañones,
no titubeó en concurrir a la cita de Topocalma para aclarar la situación y
apreciarla de cerca.
La mañana
del 25 de septiembre lo encontró fondeado en la caleta colchagüina y al poco
rato un bote se desprendió de la playa llevando a su bordo tres hombres, en uno
de los cuales reconoció, desde el primer momento, a su socio y amigo el médico
Foulkner. Subieron a bordo los recién llegados y el contrabandista' los recibió
en la escalera, acompañado de tres de sus oficiales, pistola al cinto; no lejos
de allí, varios marineros esperaban listos las órdenes de su jefe.
Bunker,
sin contestar el saludo de los visitantes, dirigió al médico la siguiente
acusación:
— Un
amigo mío me ha escrito que una persona allegada al Presidente del Reino le ha
hecho saber que se prepara una celada para prenderme y capturar mi barco.
— Eso es
una calumnia infame y abominable —respondió uno de los recién llegados, don
José de Medina.
— No
puede ser calumnia —repuso el Capitán— porque mi amigo es don Jorge Edwards, de
La Serena, y él no puede decir una falsedad. Leed esta carta.
Y así
diciendo, Bunker alargó a Medina el papel que el médico serenense le había
enviado cuando la Escorpión voltejeaba por las alturas de
Coquimbo.
Medina
leyó la carta, que estaba escrita en inglés; pero al leer la firma, que decía
"Ambrosio querido”, dijo:
— Esta
carta es un anónimo a los cuales no debe darse crédito.
— Yo sí
que le doy crédito —contestó el contrabandista, porque sé quién la ha escrito,
y porque mi amigo Edwards no puede engañarme.
— Quiere
decir, entonces, que don Jorge se ha dejado engañar por un chisme inventado por
algún malévolo; aquí viene con nosotros un amigo de usted, del cual no podrá
dudar —repuso Medina, refiriéndose al médico Faulkner.
Hasta
este momento el médico no había dicho una palabra, amenazado como estaba, de
perder la vida en el mismo instante en que hiciera el menor gesto que pudiera
dar a sospechar a los contrabandistas la celada que se les estaba armando.
En vista
de la actitud de Foulkner, que con su silencio parecía asentir a lo que decía
Medina, pero sin abandonar su tono resuelto, el Capitán Bunker, dijo:
— Será
como ustedes quieran; pero les declaro, y ténganlo por bien entendido, que
ahorcaré de los penoles de mi fragata a cualquiera que intentare inferirme la
menor ofensa y daño...
— No
hable más de esto —concluyó Medina, que era el único que hasta entonces había
llevado la voz y sepa usted que en vez de la maquinación de que se nos acusa,
nos hemos estado preocupando de su negocio y del nuestro; para comprobárselo,
lea usted esta carta.
Bunker
desdobló el pliego y dibujó en su rostro el mayor asombro al leer la firma que
venía al pie y que decía "El Marqués de Casa Larraín”, sobre una elegante
y bien garabateada rúbrica.
Sabía el
Capitán Bunker que este personaje era uno de los más acaudalados de la sociedad
chilena y las pocas sospechas que pudo haber abrigado hasta ese momento
desaparecieron al leer el texto, en el cual le decía encontrarse dispuesto a
comprar a Bunker hasta la suma de cuatrocientos mil pesos en mercaderías, para
lo cual daba poder e instrucciones bastantes a su administrador general, o
mayordomo, Pedro Sánchez, portador de la carta.
— ¿Es
usted el señor Sánchez? —preguntó el Capitán a Medina, tendiéndole la mano.
— No,
señor Capitán —dijo Medina, estrechando la mano del marino—; el señor Sánchez
es este caballero —agregó, señalando al tercer personaje que había subido a
bordo.
Se
adelantó el mallorquín Damián Seguí, previa una cortesana reverencia, y el
contrabandista le abrió los brazos.
"Bunker
poseía la temeridad de un corsario y la codicia de un contrabandista”, dice el
relato de quien tomó los detalles de este negro episodio de la administración
de García Carrasco; "a condición de realizar una buena ganancia no había
nada que lo intimidase, y así olvidó fácilmente el aviso de su amigo Jorge
Edwards y los propósitos de prudencia que se había formado, para pensar sólo en
las estipulaciones del negocio pingüe que se le presentaba”.
El
Capitán y Damián Seguí se encerraron en la cámara para tratar la forma en que
iban a realizar la negociación; allí, el mallorquín "desempeñó su papel
como el más consumado comediante” y Bunker se dejó engañar como un necio,
discutiendo con la mayor seriedad con el "representante” del Marqués
Larraín, las cláusulas del convenio.
Desaparecieron
las pocas dudas que hubieren podido quedar en la mente del contrabandista, al
oír de los labios del. "administrador Sánchez” la proposición de que el
desembarque de las mercaderías no se hiciera en la caleta de Topocalma —en la
cual estaban— a causa de haber sido sorprendido ya este sitio por los agentes
de la autoridad, sino en otra caleta del Norte, cuya elección dejó por entero
al marino, como más conocedor de la costa. Bunker propuso que ese desembarque
se hiciera en Quilimarí o Pichidangui; aceptó Damián Seguí sin vacilar, y se
fijó la fecha del 13 de octubre para llevar a cabo este acto final, Al
despedirse, Pedro Sánchez, o sea Damián Seguí, anunció al Capitán Bunker que su
patrón don José Toribio, Marqués de Larraín, iría, en persona, a Pichidangui,
el día convenido.
* * * *
Para
llevar a cabo la felonía que estaba preparando, García Carrasco no había
reparado en los medios.
Don José
Toribio Larraín y Guzmán, Marqués de Casa Larraín y Caballero del Hábito de
Santiago, era uno de los personajes mejor conceptuados que tenía el naciente
partido criollo, tanto por su fortuna cuantiosa, su caballerosidad, su
entereza, como por su acrisolada honradez. Por su título y Mayorazgo, era el
Jefe de la Familia, y tan numerosa ésta, que se la llamaba "la de los
ochocientos”, o la "Casa Otomana’’ como decían otros, más picaros. Todo el
Reino, en sus personajes más caracterizados, y ellos guardaban su crédito y
honra con meticuloso cuidado.
Puede
decirse, sin desmedro de nadie, que los más genuinos representantes del
criollismo y de las nuevas tendencias eran, evidentemente, los Larraínes.
No creo
que García Carrasco hubiera elegido a esta familia para echar lodo sobre su
reputación con miras políticas; no pretendo que alcanzara hasta allí la
perspicacia maquiavélica del Presidente. Tomó el nombre de los Larraínes,
porque, a su juicio, era el que mejor podía engañar al Capitán contrabandista
para hacerlo caer en la trampa que le estaba armando; cualquier otro apellido
criollo no hubiera ofrecido tanta garantía, desde el primer momento, al marino
"bostonés”. Debo hacer presente al lector que se denominaba
"bostoneses’’ a los ciudadanos de los Estados Unidos, como ahora los
denominamos "yanquis”.
Damián
Seguí había prometido al Capitán Bunker que su patrón, el Marqués don José
Toribio, iría en persona a Pichidangui el día de la entrega de la mercadería;
para cumplir esta promesa no había otro medio que suplantar al Marqués, como ya
se había suplantado su firma; pero el caso era ahora más comprometido. García
Carrasco, que no había aprobado este avance por demás compromitente de su
adlátere y cómplice, no tuvo más remedio que pensar en la manera de inventar un
marqués —esto era lo de menos— y de autentificarlo en forma concluyente —que
era lo más grave— para no despertar las sospechas del contrabandista.
Pensándolo
un poco, encontró al Marqués... en la persona de otro de sus socios, el
comerciante español don Pedro de Arrué, que, como se recordará, no había ido a
Topocalma, y, por lo tanto, era persona desconocida para Bunker. Para
autentificar la persona, creyó García Carrasco que no había nada mejor que una
"venera” del Hábito de Santiago, o sea, la cruz o insignia roja que los
cruzados usaban, habitualmente, sobre el jubón, al lado izquierdo. ¿Cómo
procurarse una "venera”, o mejor que todo, la venera del Marqués Larraín?
El
comerciante don Pedro de Arrué era hombre de recursos y no le costó mucho dar
con una señora amiga del Marqués, y que a la vez era amiga suya. Muy ingeniosos
debieron ser los argumentos que empleara el comerciante español y tan
definitivos, que al fin obtuvo que esta buena señora convenciera a su amigo don
José Toribio que le dejara la dichosa "venera”, mientras "iba y
volvía de su hacienda” de los alrededores de Viluco o Baños de Cauquenes,
donde, a la fecha, atendía sus trabajos agrícolas el Marqués Larraín.
Premunido
del objeto que debía autentificar al supuesto marqués chileno, don Pedro de
Arrué y demás cómplices de García Carrasco trasladáronse a la caleta de
Pichidangui para llevar a término el espantable crimen que con tanta sangre
fría tenían ideado.
Los
preparativos que hizo el Presidente para realizar la captura de la fragata
contrabandista acusan un refinamiento de maldad que lo retratan como un
criminal de profesión. Quien lee, ahora, ese proceso a través de los ciento
veinte años que nos separan de ese acontecimiento luctuoso, tiene que olvidarse
de que su principal autor e instigador haya sido el más alto representante de
la Monarquía en Chile, el Gobernador del Reino y el Presidente de su Real
Audiencia;... pero así se explica, también, el que García Carrasco haya sido
repudiado por sus propios compatriotas, arrojado ignominiosamente del Solio
presidencial, y execrada su memoria.
El
recuerdo de que el Capitán Bunker había sido prevenido ya por don Jorge Edwards
de la celada que se preparaba para capturarlo, obligó a los complotados a
extremar las medidas de prudencia para que el contrabandista no sospechara
algún detalle que lo hiciera ponerse en salvo.
El plan,
diabólico de Pichidangui debía llevarse a cabo en todas sus partes, a fin de
que el buque y su valioso cargamento pudieran caer en manos de los captores, en
la forma que era precisa para que su valor quedara legal e íntegramente en
poder de "la compañía formada al efecto” por Carrasco y los demás que
conocemos, sin participación alguna del Erario Real.
El
Presidente puso en ello todo el poder y los elementos de que disponía, para
asegurar el éxito.
En primer
término ordenó, con diversos pretextos, que fueran retirados los agentes de
aduana que había en Pichidangui y sus alrededores; en seguida dispuso que se
alistase en Valparaíso un grupo de marineros armados que entregó al mando de su
conocido y viejo amigo Damián Seguí, asesorado de los demás socios de la
compañía, quienes debían conducir esa fuerza al puerto que iba a ser teatro del
sangriento suceso; y por último, sacó ocultamente de las arcas reales una buena
cantidad de oro y plata amonedada que hizo llevar a aquel sitio, junto con
algunas barras de cobre, ‘para mostrarlas a Bunker y comprobarle que el Marqués
Larraín le pagaría de contado".
Dos días
antes del 13 de octubre ya estaban listos en Pichidangui todos los socios del
Presidente con sus elementos; deberían hacer cabeza en todos los actos que se
iban a desarrollar, primeramente, don Pedro de Arrué que iba a presentarse como
Marqués de Casa-Larraín, y Damián Seguí, que era el Pedro Sánchez, ya conocido
del Capitán Bunker, como mayordomo, o administrador general del Marqués.
El día 12
de octubre divisóse desde los cerros de la costa la fragata Escorpión que
voltejeaba frente a Los Vilos; en la noche se encendieron fogatas en el cerro y
se hicieron otras señales ya convenidas, con las cuales la fragata amaneció
fondeada, el día 13, dentro de la bahía. A otra señal de tierra, desprendióse
del barco una chalupa de cuatro remeros que llegó rápidamente a la playa,
donde, se embarcaron don Pedro de Arrué, Damián Seguí y otros.
Arrué,
vestido con musitada corrección, ostentaba sobre su pecho la "venera” del
Cruzado de la Orden de Santiago; su mayordomo, Pedro Sánchez, se inclinó hasta
el suelo cuando lo presentó al Capitán Bunker, diciendo:
— Su
Señoría, el Caballero de la Orden de Santiago, mi señor don José Toribio,
Marqués de Casa-Larraín y sus criados.
Toda la
oficialidad de la nave, correctamente formada, y un grupo de marinería,
rindieron al Marqués los honores que a su rango le correspondían.
Al poco
rato, el pseudo Marqués y el Capitán se encerraban en la cámara para ratificar,
el primero, todas las estipulaciones que en su nombre había contratado su
mayordomo y representante Pedro Sánchez, en la rada de Topocalma. Pero de
pronto el Marqués sintióse mal, tal vez con el movimiento del barco, y
manifestó deseos de volver a tierra. El Capitán se ofreció, cortésmente, a
acompañarlo y el ofrecimiento fue aceptado.
Una vez
en el alojamiento del Marqués, éste se dio maña para que el marino viera los
capachos de oro y plata y las barras de cobre que estaban listas para el pago
de la mercadería que iba a desembarcar, y después de haber almorzado y de
"hecha la siesta”, ambos contratantes se entregaron a finalizar los
innumerables detalles de negociación tan cuantiosa.
A la
caída del sol todavía faltaba mucho para dar por terminada la transacción; de
modo que el Capitán pidió permiso para retirarse a su barco, prometiendo volver
al siguiente día, para concluir definitivamente. Bunker estaba encantado de la
gentileza del "marqués" y de sus compañeros y ya no cabía en su
imaginación ni un asomo de recelo.
Al
siguiente día, después de almorzar —el almuerzo se hacía a las diez de la
mañana— el contrabandista se vino a tierra en su falúa de gala, tripulada por
diez marineros. Al ver tan numerosa tripulación, el "marqués”, dijo a
Seguí:
— Damián,
¿qué me dices de tanta gente?... ¿No te parece raro?
— No está
bueno, mi señor don Pedro; pero hoy debemos terminar, según lo convenido,
siempre que esa gente no traiga bocas de fuego.
Efectivamente,
ni los marineros ni el propio Capitán traían armas, tan absoluta era la
confianza que les habían inspirado el "marqués” y los suyos, que en total,
según pensaban los contrabandistas, eran sólo cinco. No habían sospechado,
siquiera, que, ocultos en el bosque o serranía cercanos esperaban listos los
hombres armados que ‘la compañía de apresamiento” había traído de Valparaíso.
Por
cierto que don Pedro de Arrué se ingenió para que la negociación se prolongara
toda la tarde y aún quedara sin terminar; y como el Capitán manifestara su
propósito de «levar anclas al día siguiente, antes de que cerrara la noche, el
supuesto Marqués le propuso, amablemente, que se quedara a alojar en tierra con
toda su gente, a fin de empezar a trabajar con el alba del siguiente día, sin
que el marino tuviera que venir de su barco que estaba fondeado lejos de la
playa.
Aceptó
sin inconvenientes el Capitán Bunker, agradecido, todavía, de la extremada
gentileza de su huésped, y a poco todo el mundo estaba arreglado para pasar la
noche lo mejor posible. Bunker había dado aviso, por semáforo, a los oficiales
del barco, comunicándoles su resolución.
Los
marinos de la Escorpión se durmieron completamente
despreocupados, en un rancho algo alejado de las ramadas que ocupaban los
patrones y ni siquiera se dieron cuenta de que su alojamiento fue rodeado,
sigilosamente, por los hombres que estaban ocultos en el bosque, todos armados
de puñales. Otros de estos mismos sujetos rodearon la ramada donde dormía el
Capitán Bunker y dada la voz convenida por Damián Seguí, aquellos bárbaros se
lanzaron contra los inermes ingleses y "los cosieron a puñaladas” Ocho murieron
esa misma noche; los otros dos quedaron malheridos y prisioneros.
La misma
escena se repitió, como es de suponer, en la ramada del Capitán; el
contrabandista alcanzó a oír los primeros alborotos y lamentos de su gente y
salió a medio vestir, a ver lo que ocurría; pero al traspasar la puerta del
rancho fue atacado por tres hombres, que le dieron once puñaladas mortales. El
médico Enrique Foulkner que había acudido a prestar alguna ayuda a su
compatriota, recibió, también, algunas heridas graves, pero sanó de ellas.
Inmediatamente
de terminada la masacre, Damián Seguí embarcó a su gente en la falúa del
Capitán y con ella se dirigió, bien armada, al costado de la Escorpión que
apenas tenía un vigilante en la cofa de popa, el cual se había quedado dormido
borracho... El asaltante pudo, así, abordar el barco sin combatir, y a los
pocos instantes, toda la tripulación, de Capitán a paje, quedaba prisionera y
maniatada. Desembarcóse a la oficialidad y al día siguiente a la marinería,
quedando el barco y su cargamento, en poder de la "compañía".
El avalúo
de la presa alcanzó a la bonita suma de seiscientos mil pesos, unos cinco
millones de hoy.
* * * *
La
primera diligencia del Presidente García Carrasco fue la de instaurar un
proceso para dejar establecida la corrección y legalidad de la presa y de los
procedimientos que se habían empleado para llevarla a cabo, lo cual, como
estaba en sus maños, puesto que era el juez instructor, no le fue difícil. Una
de sus primeras providencias fue encarcelar al médico don Jorge Edwards por
haber dado el aviso al Capitán Bunker del peligro que corría. Esta, sin embargo
fue la primera voz de alarma que se oyó sobre los luctuosos sucesos de
Pichidangui.
De aquí,
y por lo que contaron algunos de los marineros llevados dé Valparaíso y por lo
que dijeron los oficiales ingleses prisioneros, se supo que el Marqués don José
Toribio Larraín había tenido una participación principal en la traición que se
había hecho al Capitán bostonés; no tardó en saber, el Marqués, lo que de él se
decía, "y sé volvió loco”... Podía probar, hasta la saciedad, que él no
había salido de sus haciendas o permanecido en Santiago mientras se
desarrollaban en el Norte los acontecimientos sangrientos en que se le achacaba
participación tan indigna.
Cuando
oyó decir que los oficiales ingleses sostenían que lo habían visto con "su
venera de Santiago al pecho’’ un rayo de luz penetró en su mente atormentada, y
se lanzó a casa de la señora a quien había entregado esa condecoración en un
momento de aquiescencia inconsciente.
— ¿Dónde
está mi "venera", señora? Decidme luego, por Santiago que creo que
voy a estallar...
— Aquí la
tiene, Su Merced —contestó la dama—. Y ¿qué es ello, por la Virgen?
— ¿La ha
tenido siempre, Su Merced, consigo? —insistió el Marqués.
"Turbóse
la señora y no contestó derechamente”
— ¿Dónde
ha estado? ..., ¿dónde ha estado mi venera? —rugió don José Toribio—, ¡Hablad,
señora, de una vez...!
Cuando el
Marqués supo que la venera había estado, hasta hacía poco, en poder de don
Pedro de Arrué, fuese corriendo a casa de su amigo y pariente don Manuel Salas
y contóle lo que acababa de saber, exigiéndole que "lo aconsejara si debía
matar o no a ese español”.
Don
Manuel díjole "que no hiciera tal, sino presentarse a la Audiencia
solicitando se abriera información ad. perpetuararei
memorian para desmentir judicialmente la calumniosa imputación que se
le corría.
Así lo
hizo el Marqués, y "rindió la prueba más amplia y concluyente que darse
puede”, que fue la siguiente: hizo citar a los estrados del Oidor sumariante,
don José Santiago Martínez de Aldunate, al español don Pedro de Arrué, su
suplantador, y a tres oficiales de la Escorpión que
permanecían prisioneros: éstos eran Guillermo Kennedy, Isaac Ellard y Juan
Eduardo Wolleter y haciéndolos entrar, de a uno, a presencia del Oidor, en cuya
compañía estaban Arrué y don José Toribio, el magistrado preguntó a cada
uno de los ingleses, cuál de esos dos caballeros presentes, había sido el que
fue a bordo de la Escorpión en Pichidangui, ostentando la
venera de la Orden de Santiago. Los tres oficiales, separadamente, señalaron a
Arrué.
El 17 de
diciembre de ese mismo año, el Oidor Martínez de Aldunate declaraba, por un
"auto", que "el Marqués Larraín tiene acreditada su absoluta
inocencia e inculpabilidad en el asunto que expresa, la que, por otra parte le
consta a este tribunal por notoriedad”. La vindicación del Marqués era, pues,
completa, pero don José Toribio no se contentó con esto, y dirigió al Almirante
de la escuadra británica, en Río de Janeiro, una presentación en la que le hizo
una relación detallada de las incidencias que costaron la vida al Capitán
Bunker y a sus marineros, y ocasionaron la prisión de los oficiales ingleses.
"Hallándome
en una de mis haciendas de campo —dice el Marqués, al Almirante— llegó a mí la
noticia de que un comerciante de esta capital, usurpando mi título, y
condecorándose con una venera de mi Orden, que obtuvo por interpósita persona
que ignoró el destino que se le iba a dar, había engañado con una carta al
capitán Tristán Bunker, al que mataron, etc.”
La
condenación de Carrasco y de sus cómplices fue completa y general, a pesar de
que el Presidente, con el sumario que levantara como juez, había arreglado las
cosas a su sabor para obtener la aprobación de sus actos por la Corte española
y para declarar, como lo hizo con la mayor impudicia, que "la captura de
la fragata Escorpión era un caso de sorpresa, y no de comiso.
En consecuencia, habíase procedido a la repartición del valor de la fragata y
de su cargamento, entre los captores pero, según suele suceder en las
distribuciones de esta especie, varios de los interesados se dieron por
defraudados, pues el Presidente se adjudicó, probablemente, la mejor parte.
En el
proceso que se siguió por estas dificultades, se hicieron parte el
Administrador de Aduana, don Manuel Manso y los asesores reales don Pedro Díaz
de Valdés y don Antonio Garfias y allí se descubrió toda la trama ruin del
Presidente; llevado el caso al Consejo de Regencia, que gobernaba en Cádiz en
nombre del Soberano español prisionero, se expidió una Real Cédula, con fecha
de 23 de marzo de 1811, que dice lo siguiente:
"He
resuelto que desde luego dispongáis, por todos los medios, la devolución y su
depósito en mis reales arcas, del importe de la fragata Escorpión y
de su cargamento por aquellos a quienes conste haberse distribuido, haciendo
afianzar las resultas al Gobernador García Carrasco, y procediendo, de lo
contrario, a su prisión y embargo de sus bienes”.
A esta
fecha, García Carrasco había dejado ya de ser, por suerte para él, Presidente
del Reino de Chile.
La
sociedad y el pueblo apodaron a este fatal gobernante, y a sus cómplices en
este crimen felón, con el nombre de "los escorpionistas”.
§ 8. Los
chillanejos conspiran
Los
avances del Cabildo de Santiago en sus maquinaciones para imponer las ideas de
"independencia y otras novedades” provocaban, como es de suponer, las más
vivas protestas de parte del elemento "español-europeo" Y no era para
menos, pues los cabildantes, en su mayoría "españoles-americanos”, se
creían con autoridad para deliberar, proponer y resolver los más complejos y
variados problemas de Gobierno.
Aunque el
partido español, encabezado por la Real Audiencia, trataba ahora de acercarse
al Presidente —a quien había aislado ante la causa de sus "bajas aficiones
y deleznables amistades”— don Juan Martínez de Rozas se manejaba en forma de
que García Carrasco se encontrara satisfecho y halagado con las diversiones y
entretenimientos que le proporcionaban los criollos, en su propósito de tenerlo
contento. Fueron famosas las "picas de gallos" que honraba con su
presencia el Gobernador de Chile, en el reñidero de la Plazuela de las Ramadas.
Alguna
vez habré de contar cómo eran estas fiestas que constituyeron la nota
característica de los últimos años de la vida colonial, y que tanto sirvieron
para echar por tierra el poquísimo prestigio que ya le quedaba a la autoridad
real en Chile; pero no terminaré el presente párrafo sin decir al lector que la
"gallera” del Presidente, era una negra llamada Rita, que tenía el honor
de vivir en Palacio en calidad de casi dueña de casa, y que según decían las
malas lenguas, "ejercía gran predominio en el ánimo de su amo”.
No podían
conformarse, en verdad, los españoles, con la idea de que el Representante de
la Monarquía estuviera entregado en cuerpo y alma a los criollos,
representados, cerca de su persona, por Martínez de Rozas, a quien el
historiador realista fray Melchor Martínez llamó "el aborto del mundo”; y
en medio de sus cavilaciones, tan desorientados estaban, que apenas si
vislumbraron, un día, que en el propio Palacio tenían un hombre que, como
ningún otro, era el que necesitaban para contrarrestar la enorme influencia del
Secretario privado.
Ese
hombre era nada menos que el Secretario de la Presidencia y de la Capitanía
General, don Judas Tadeo de Reyes, que venía desempeñando tal cargo desde mucho
tiempo atrás, con talento y dedicación extraordinarios y con una lealtad a toda
prueba. Reyes había sido Secretario de Ion Presidentes Benavides, O’Higgins,
Avilés, Pino y Muñoz de Guzmán, y de los interinos Acevedo, Rezabal y Ugarte,
de Santiago Concha y Diez de Medina, lo que vale decir que había intervenido en
las tareas del Gobierno de Chile desde 1780, o sea, desde treinta años, más o
menos, a la fecha en que tomó el mando el Brigadier García Carrasco.
Aunque"
postergado por la audacia de Martínez de Rozas, el Secretario Reyes no abandonó
un punto la situación a que le daba derecho su cargo oficial, y cada vez que
debía extender o refrendar una orden que, a su juicio, fuera perjudicial o
menoscabara las regalías del Monarca, don Judas Tadeo, como el Argos
mitológico, estaba pronto para representársela al Presidente, haciéndole ver
los inconvenientes de tal orden y sus probables consecuencias.
Los
avances del Cabildo criollo, bien poco meditados algunos,
pretenciosos los más, invasores, casi todos, de ajenas atribuciones, tuvieron
que llamar, por fin, la atención de García Carrasco, por muy porra que fuese Su
Señoría. Por otra parte, los Oidores no dejaban pasar la oportunidad para
demostrar al Gobernador la crítica situación por que atravesaba la Península
invadida por Napoleón, quien debería tener especial interés en provocar, en
estas colonias, algunos movimientos "insurgentes’* que socavaran el
prestigio del Soberano español.
¡Y ya se
estaba viendo la actitud insolentona del Cabildo santiaguino, cuyos miembros y
adláteres no se recataban en aconsejar la formación de un Gobierno
"nacional" que asegurara su "independencia!
El
partido español hubiera tolerado cualquier cosa, menos que los criollos se
familiarizaran con esto de "independencia”; los criollos, por su parte,
hubieran pasado por ser súbditos del Gran Kan, si éste les hubiera ofrecido un
Gobierno "nacional’’, en que ellos pudieran tener parte preponderante.
Situada la controversia en este terreno, la lucha se formalizó entre el Cabildo
y la Audiencia, y se sintetizó en Martínez de Rozas y en Judas Tadeo de Reyes,
genuinos representantes de las dos tendencias. El "ring” de este
"match de fondo” tenía que ser el despacho del Presidente García Carrasco,
donde ambos actuaban por ejercer la preponderancia.
Ambos
campeones eran de mérito indiscutible, por su ilustración, por su talento, por
su versación en las leyes y por sus dilatados servicios en el Reino; ambos
sostenían y defendían con calor, con apasionamiento, sus opuestos ideales
políticos y ambos tenían tras de sí partidarios fieles y decididos; la lucha
entre estos dos hombres no podía prolongarse mucho tiempo, y debía ser
decisiva. Efectivamente, así lo fue, y don Judas Tadeo quedó vencedor; el
Cabildo criollo fue disuelto y una mano de hierro cayó desde entonces sobre los
que se atrevían a hablar v sostener las teorías "malsanas”.
Don Juan
Martínez de Rozas lió sus bártulos y visiblemente amargado, pero no
descorazonado, y para tranquilizar sus ánimos y no perturbar en mayor
proporción la paz de sus amigos, volvióse a Concepción al lado de su hermosa
mujer doña María de las Nieves Urrutia y Mendiburu, de cuyo lado no había
titubeado en alejarse, a pesar del tierno amor que los unía, para servir sus
altos ideales políticos.
* * * *
Pero el
hombre no había nacido para estarse quieto ni menos aún para abandonar una
lucha de cuyo triunfo, estaba convencido, dependía la felicidad de su patria.
Pasadas algunas semanas de su arribo a Concepción, empezó de nuevo a mover la
opinión de sus amigos de aquella ciudad —donde era sumamente respetado— y de
los pueblos de los alrededores, en el sentido de que las noticias que llegaban
a Chile de los sucesos que ocurrían en España hacían necesario pensar en lo que
deberían hacer estas colonias si "el intruso José Bonaparte” llegaba a
proclamarse Rey de los españoles.
Su
opinión era, sencillamente, la de que debía constituirse inmediatamente un
"Gobierno nacional” que diese garantías de fidelidad al legítimo Soberano
y de resistencia al invasor extranjero. No necesitaron mucho los penquistas
para dejarse convencer por el audaz e influyente abogado y la idea fue
extendiéndose como "mancha aceitosa" por toda la región.
Cierto
día encontróse Martínez de Rozas, bajo los portales de la Intendencia de
Concepción con un Fraile Hospitalario de San Juan de Dios, que residía en
Chillán; como era natural la conversación rodó luego por los campos de la
política.
— ¿Y
cree, mi señor don Juan Rozas, que será posible que Pepe Botella sea coronado
Rey de España, desconociendo los derechos de Femando VII...? —preguntó
ingenuamente el fraile, moviendo sus brazos con inusitado aspaviento.
— Y tanto
lo creo —respondió Rozas—, que según las noticias que llegan en los
"papeles públicos”, no está lejano el día en que lo veamos coronado, y con
el consenso de los mismos españoles.
Exasperóse
el buen religioso con estas y otras informaciones que le dio su amigo,
secundado por los circunstantes, y al final exclamó:
— Pues
señor, debemos ponerle atajo antes de que eso llegue a ocurrir; yo me vuelvo
hoy a Chillán y dentro de poco sabrá, Su Merced, que allí tampoco lo
toleraremos. Y así diciendo, separóse del grupo visiblemente afectado.
Miráronse
las caras los del corrillo, un tanto extrañados del "patriotismo” del
religioso Hospitalario, y más de uno formuló una sonrisa de duda sobre la
sinceridad de tales manifestaciones; pero el Doctor Rozas, conocedor de los
hombres, no titubeó en decir:
— No debe
extrañar a Vuestras Mercedes la actitud de fray Rosauro Acuña, porque chileno
es, y no puede haber americano de corazón que no piense como nosotros.
En
efecto, no pasaron muchos días sin que se supiera en Concepción que en la
tienda de don José del Solar, en Chillán, se reunían los vecinos más
caracterizados del pueblo para comentar las noticias que llegaban de la
Península, y que allí "llevaba la voz, don Pedro Ramón de la Amagada, que
es un sujeto de los pudientes del pueblo", diciendo, en presencia de don
Clemente Lantaño, de don Jacinto la Piedra y de don Felipe José de Aciego,
"que en España no había rey español, que José Bonaparte estaba jurado y coronado
por tal y que estaba gobernando sin impedimento de los españoles" que
todos eran "unos intrusos y que lo que convenía era que los habitantes de
estos reinos tratasen de ser independientes”.
No era
raro que don Pedro de la Arriagada dijera y vociferara tales proposiciones,
pues era tenido "por demagogo y por hereje”, y ya había cambiado sus dimes
y diretes con el Intendente de Concepción, don Luis de Álava por esto o algo
parecido, pero lo que causó estupor fue saber que el "prior de los frailes
del hospital de San Juan de Dios, fray Rosauro Acuña, como a las ocho de la
noche de un día de agosto, estando de visita en casa de doña Javiera del Solar,
en la misma ciudad de Chillán, propuso el mismo plan de don Pedro de la
Arriagada a presencia de muchos caballeros y de las hijas de la dicha señora
Javiera, y habiéndole contradicho Piedra y Aciego, el prior sostuvo su
raciocinio, persuadiéndoles de lo útil que sería poner en ejecución el sistema
y la conveniencia que debía resultar a este reino de Chile, al Perú y a Buenos
Aires que se tornasen republicanos, porque estos reinos no necesitaban de rey…
¡No había
resultado mal alumno el Padre Acuña! Comprenderá el lector la pelotera que se
armó en Chillán y en Concepción al saberse que el Padre Acuña estaba haciendo
causa común con el "hereje” don Ramón Arriagada. y con el Doctor Martínez
de Rozas, a quien sólo por respeto no se le daba igual epíteto. Ha de saberse,
por otra parte, que esos "herejes”, oían misa y "cumplían con la
iglesia” como cualquier "beato” de hoy y que aquello del sobrenombre era
solamente un recurso de adversario político.
El mismo
día en que el Gobernador Álava supo las fenomenales ocurrencias de la tienda de
don José Solar y de la "cuadra" de doña Javiera, envió un propio a
Santiago para informar detenidamente al Presidente García Carrasco de tan
graves "desacatos”; la resolución del Presidente no se hizo esperar,
estando a sus anchas, en la secretaría del Mandatario, nuestro conocido don
Judas Tadeo de Reyes, espaldeado por toda la Audiencia y el partido español.
Ordenó, en consecuencia, que ambos sujetos fueran trasladados a Santiago,
"a cargo de un oficial de graduación”, por supuesto que en calidad de reos
para que fueran juzgados por la Audiencia "sobre sembrar ideas subversivas
y de independencia”.
No es
improbable que el "oficial de graduación" encargado de trasladar a
los reos, fuera el Capitán don Manuel Bulnes, más tarde nuestro Presidente
republicano, que, por entonces empezaba su carrera y era uno de los oficiales
más distinguidos del ejército y persona de confianza del Gobernador. Digo esto
porque, meses después, se le encargó una misión parecida, cuando fueron
llevados a Valparaíso los patriotas Vera y Pintado, Ovalle y el Mayorazgo
Rojas.
El Padre
Acuña y don Ramón Arriagada salieron de Chillán a mediados de octubre de 1809,
con "buena, escolta”, a las nueve de la noche, no permitiéndose a sus
amigos la última despedida; sin embargo, hay constancia de que los amigos de
ambos reos eran "personas poderosas” de aquella provincia, "que
ayudaban a esparcir palabras sueltas inducibles al mismo fin", o sea,
propagar las ideas revolucionarias. Junto con los presos, el oficial trajo
"dos envoltorios cosidos de los papeles que se les secuestraron” los que
fueron examinados por don Judas Tadeo y por el Fiscal de la Audiencia.
La
noticia de que iban a llegar a Santiago, presos, el prior de los Hermanos
Hospitalarios de Chillán y un respetable caballero del mismo pueblo, para ser
enjuiciados por "propagar cosas de independencia”, circuló rápidamente en
Mapocho, y, por muy presionado que estuviera el elemento criollo, no se pudo
impedir que una "regular poblada" se estacionara a esperarlos en la
Cañada, a su entrada por el callejón de San Diego. "Muchos hablaban de
quitarlos” a sus custodias, pero el proyecto no pasó dé allí, pues habría sido
temerario intento.
Entre los
curiosos había una mulata "patizamba”, que seguramente no sabía de qué se
trataba; pero al reconocer entre los presos al Padre Acuña "que le había
salvado la vida en el hospital”, empezó a llorar a gritos, a lamentarse,
"y a decir palabras soeces a los guardas”. Por orden del Presidente, o
mejor dicho, de don Judas Tadeo de los Reyes, el Padre Acuña fue recluido en el
Cuartel de Dragones de la Reina, situado a los pies del Palacio (cuartel de
‘Bombas) y don Ramón Arriagada en el de San Pablo (Prefectura de Policía,
1926).
No hay
para qué decir que el elemento español pedía para estos reos los castigos más
severos, y en especial para el Padre Acuña, quien, por primera providencia, fue
relevado de su cargo de Prior del Hospital de Chillán; los españoles podrían,
tal vez, explicarse que el Doctor Rozas, Arriagada, Eyzaguirre, Cerdas Rojas y
otros seglares tuvieran la "pretensión” de inmiscuirse en asuntos de
gobierno; pero no podían comprender, ni tolerar, que frailes y clérigos
pudieran "contaminarse" con tales ideas malsanas. Ni sospechaban, por
cierto, los "maturrangos”, que los conventos de frailes de Santiago eran
por esos tiempos, ocultos hormigueros de tremendos insurgentes; sólo que no se
atrevían a manifestarse por temor a las censuras y castigos de sus prelados,
que, en general, eran españoles. Ya contaré algo de esto en otra ocasión.
Por su
parte el "criollismo” se soliviantó también con la prisión de estos
patriotas, y empezó a maniobrar en el escondite que les servía de
"guarida" en casa del Conde de Quinta Alegre don Agustín Alcalde,
donde se reunían los dirigentes, de cuando en cuando, con el pretexto de
"tomar un matecito” con cierta yerba que le mandaban al Conde desde el
Paraguay; sabíase que la yerba pasaba por Buenos Aires y que de ahí la mandaban
empaquetada en ciertos "papeles” que los conjurados chilenos releían y
comentaban entre mate y mate.
Miguel
Irarrázabal, hijo del Marqués de la Pica y su heredero, era de los
"materos" de Quinta Alegre y uno de los más vehementes; en
connivencia con el Regidor don Diego de Larraín y con el Mercedario Joaquín
Larraín, propuso, una tarde, libertar a los presos de una manera muy sencilla;
traer de las haciendas vecinas un par de centenares de huasos y darles
"por tarea” sacar a los prisioneros de donde estuvieran.
— Miguel,
no seas bárbaro y déjate de "chapetonadas”— dijole don José Ignacio de la
Cuadra, mientras devolvía a "la Rosario”, que era la "cebadora”, el
mate recién "sonado”—. Lo que hay que hacer aquí es conseguir de cualquier
manera, que el "orejudo” de García Carrasco los mande soltar a las
derechas o a las torcidas y se me ocurre que lo mejor para esto es tratar el
caso con Marianito Barros y con la negra Rita que son los que más pueden en
Palacio.
Ya sabe
el lector quién era la Rita y las importantes funciones que desempeñaba al lado
del Presidente. En cuanto a Marianito Barros, bastará decir que era el tocador
de arpa más popular que había en la ribera norte del Mapocho, o sea, en la
Cañadilla y que mediante su habilidad insuperable para rascar ese instrumento y
para cantar "tonadas saladísimas" en las reuniones íntimas del
Presidente había obtenido el grado de Capitán del Batallón de Pardos,
denominación que se daba a las familias formadas por zambos, mulatos y negros
libertos; este batallón se denominó, después de 1810, "de los Infantes de
la Patria".
Algún
resultado debieron tener las gestiones de don Ignacio de la Cuadra, cerca de la
Rita y de Marianito Barros, porque fue toda una sorpresa, para españoles y
criollos, para Santiago entero, que el Padre Rosauro Acuña y don Ramón
Arriagada, acusados de un delito tan grave y traídos de Chillán con tanta
solemnidad para ser juzgados por la Real Audiencia, o ser trasladados a Lima
como reos de Estado, según se susurraba, "se hallaran a los pocos días en
entera libertad paseando en esta capital y divulgando con más energía su atroz
sistema".
§ 9. El
partido de "misea” Carlota
No habían
pasado muchas semanas desde que el Doctor don Juan Martínez de Rozas había
vuelto a su residencia, Concepción, derrotado por la reacción que el elemento
español había obtenido en el ánimo del Presidente Carrasco, cuando corrió la
voz en Santiago de que el último correo había traído importantísima
correspondencia para determinados personajes del partido realista. Esto alarmó,
necesariamente, al elemento patriota, más por la imposibilidad en que estaban
ahora Sus dirigentes, de conocer esas noticias que por el hecho mismo, pues no
tenía nada de particular. Si Martínez de Rozas hubiera permanecido como
Secretario privado de García Carrasco, esas comunicaciones las habrían
conocido, tal vez, antes que el Presidente.
— ¡Qué
será, que no será!, —decía una tarde, como hablando consigo mismo, el Regidor
don Diego de Larraín, en un rincón de la "cuadra” en donde se reunían los
"facciosos” a tomar mate en la casa del Conde Alcalde que era la guarida
de los insurgentes.
— ¿Dice,
Su Merced, que don Judas Tadeo Reyes ha recibido, también correspondencia de la
España...? —preguntó de pronto don Bernardo Vera y Pintado, que, como buen
"cuyano”, se había amarrado la cabeza con un pañuelo de yerbas para chupar
su cimarrón.
— Así me
lo dijo don Santos Izquierdo esta mañana —intervino don Ignacio Cuadra—; pero
yo creo que no será así, porque las cartas, según aseguran, traían sello real,
y no es "factible" que el Rey, o su flamante Consejo se estén
carteando, directamente, con don Judas Tadeo. Pero, lo cierto es, que el
Presidente y cada uno de los Oidores han recibido "su” carta.
Lo
positivo era que entre los dirigentes del partido español había causado una
verdadera conmoción de entusiasmo la noticia de la llegada a Mapocho de cartas
con sello real y que este entusiasmo y satisfacción se trasparentaban en los
rostros de todos "los leales vasallos” cuando salían de la trastienda de
don Nicolás Chopitea, que era el rendez-vous de los realistas, así como lo era
la casa del Conde Alcalde para los "patricios”.'
Rato
hacía que los "materos” estaban dando vueltas la noticia de las cartas
"para encontrarle el haz”, cuando aparecieron, por el zaguán, las figuras
de dos de los más asiduos concurrentes al ágape patriota, y que ese día
habíanse retrasado con la consiguiente extrañeza de sus amigos. Don Nicolás
Matorras, que los vio entrar por el portón, pasó inmediatamente la voz a sus
amigos, diciéndoles:
— ¡Allí
viene el número 10…! Parece que el "uno” y el "cero” traen noticias
gordas, porque los dos vienen muy apurados.
El
"número 10”, a que se refería don Nicolás Matorras, eran el Padre
franciscano fray José María Bazaguchiazcua —a quien por lo bajito y regordete
sus amigos le llamaban "la bolita de cancha”— y Miguel Irarrázabal que era
su contraste por lo alto y lo delgado. Matorras, al verlos, cierta vez, el uno
al lado del otro, los había bautizado inmediatamente con el sobrenombre de
"el número 10".
—
¡Albricias dobles!... ¡albricias dobles!... —fue lo único que el franciscano
alcanzó a decir, al dejarse caer, ruidosamente, sobre un sillón, pues venia
agitadísimo.
— Ya
sabemos de quién son, y que dicen las cartas que recibieron los
"maturrangos” —agregó Irarrázabal.
—
¡Cállate niño, y déjame contar a mí, que lo sé mejor que vos! —interrumpió el
fraile— pero, señores, "demen” un poco de aire y pásenme un matecito,
"pa la calor”, porque este bárbaro de Miguel, con sus zancajos, me ha
traído con la lengua afuera desde la Cañada.
A las
primeras palabras de los recién llegados, los de la reunión —que presentían una
gran noticia, por cuanto Bazaguchiazcua era una especialidad para descubrirlas—
rodearon al "repórter” y lo asediaron a preguntas a pesar de sus protestas
aspaventosas.
— Bueno,
bueno —dijo, por fin, don Juan Agustín Alcalde, una vez que Bazaguchiazcua hubo
dado la segunda chupetada a la bombilla—; díganos, Su Reverencia, qué noticias
ha logrado saber.
— Pues,
es muy sencillo, señor Conde —respondió el religioso—. Las cartas no son de
España...
— ¿Que
no... ? —dijeron varios, mirándose las caras con extrañeza.
— No son
de España, señores —continuó el noticiante— pero no por eso es menos importante
Su contenido para nosotros. Las misivas vienen del Brasil, y provienen nada
menos que de Su Alteza la Infanta de España, doña Carlota Joaquina de Borbón,
hermana de nuestro Rey don Fernando.
Vera y
Pintado, que hasta ese momento no había intervenido en los diálogos de los
"insurgentes” —dejándose llevar por el atento espíritu de observación de
que estaba dotado— acercóse al grupo que formaban Alcalde, con Juan de Dios
Vial y con el Mayorazgo de la Cerda, y díjole, sin más preámbulos:
— Estas
cartas de la Carlota, caballeros, son la continuación de la maniobra que empezó
el inglés Federico Douling cuando estuvo hace algunos meses en Santiago. La
hermana de Femando Séptimo, de acuerdo con su marido el Regente de Portugal, no
abandona, a lo que parece, su pretensión de ser Reina española en América.
— ¿Pero
todavía persiste, usted, en imaginar tal locura? —dijo un tanto molesto don
Ignacio Cuadra a su yerno don Bernardo Vera—. ¡Cuando se le pone, a usted, algo
entre ceja y ceja, no se lo sacan a los veinticinco tirones!
— Es que
yo tengo mis razones, don Ignacio, para decir lo que digo, y además, yo conozco
a mi gente de Buenos Aires, que no me engaña.
No lo
engañará a usted deliberadamente, pero también puede ser que esa gente esté
equivocada...
— No
puede estarlo tanto, señor, como para citarme hechos y apuntarme nombres.
— ¿Pero,
qué es todo esto? —intervino don Diego Larraín—; a ver, sea lo que sea, que lo
cuente Bernardo, para que todos nosotros lo sepamos. ¿Por qué asegura este
cuyano que la Carlota quiere ser Reina española en América?
— Ya lo
he dicho, y no me lo quieren creer —repuso Vera— pero lo voy a repetir a
ustedes, y verán que la razón me sobra.
Y con la
facilidad de palabra que era su mejor atractivo, el "cuyano” demostró a
los patriotas chilenos las maniobras insistentes de la Corte del Brasil para
agregar a su Corona los territorios que pertenecían a España en Sur-América, y
formar con ellos un gran imperio bajo el protectorado de Portugal, cuyo
soberano era Juan VI, marido de la Princesa española.
Contó, el
patriota argentino, que uno de los prohombres que sostenían las nuevas ideas de
independencia en Buenos Aires, don Saturnino Rodríguez Peña, había caído en las
sutiles redes que le tendiera la Princesa Carlota para apoyar este proyecto, y
que Rodríguez no había tenido reparo en patrocinarlo en las provincias del
plata, habiendo logrado arrastrar a este partido a muchos y respetables
criollos argentinos, los cuales .habían considerado preferible, antes de
continuar bajo la dominación de los monarcas españoles, establecer en las
provincias platenses una monarquía independiente.
Recordó,
en seguida, que la primera maniobra del Rey de Portugal para
"desprender" los reinos de América del dominio de España, había sido
la de que su mujer, la Infanta Carlota, se presentara ante los americanos como
la primera defensora de los derechos de su hermano Femando VII, derechos que
pretendía usurpar el "intruso Bonaparte”, y solicitara de los súbditos
indianos su más decidida adhesión a la Monarquía española. Relacionó en seguida
este hecho con la estada en Santiago, hacía pocos meses, del inglés Federico
Douling, que llegó ante las autoridades del Reino de Chile con el carácter de
Correo de Gabinete de la Princesa Carlota, en misión confidencial y luego con
las cartas que ahora se habían recibido de la misma, y concluyó demostrando que
las pretensiones de la Reina del Brasil estaban perfecta e inteligentemente
dirigidas para sustituir, como Reina, a su hermano Fernando Séptimo.
A juicio
de don Bernardo Vera, la maquinación de la Corte de Portugal por intermedio de
la Princesa española, se encaminaba, fatalmente, a incorporar a la Corona
lusitana el Virreinato de Buenos Aires y el Reino de Chile; y si la cosa
marchaba sin grandes tropiezos, también los virreinatos del Perú y Nueva
Granada.
— Antes
de aceptar el yugo de Napoleón —concluía don Bernardo Vera— los americanos
serían capaces de aceptar un Monarca español que residiera en América,
ilusionados con la idea de que de esta manera serían independientes; este es el
plan de la Princesa Carlota y de su marido.
La
vivacidad de palabra, las frases cálidas y convencidas del "cuyano"
impresionaron, como siempre, a sus oyentes, y aún su suegro, don Ignacio, no
encontró qué replicar al contundente razonamiento del orador.
— ¿Y qué
hay que hacer ahora? —insinuó Larraín, que en todos los momentos de indecisión
era quien buscaba, las soluciones.
— Ya sé
lo que tenemos que hacer —intervino Miguel Irarrázabal, que hasta entonces
habíase limitado a arrebatar el mate a la negra cebadora—; juntamos a los
"huasos" de las haciendas v les damos "por tarea” que saquen de
Santiago al Presidente y al secretario Judas Tadeo y los vayan a embarcar a
Valparaíso...
El Conde
Alcalde y Matorras echaron una mirada de simpático reproche al impulsivo
heredero del Marqués de la Pica, y el primero, dirigiéndose a Bernardo Vera,
preguntóle:
— ¿Y no
ha pensado usted, don Bernardo, en que la Audiencia sería la más franca enemiga
de esos proyectos de la Princesa?
— Sí que
lo he pensado, señor Conde —respondió el argentino— y precisamente en esto veo
yo un peligro para la realización de nuestros proyectos de establecer en este
Reino un gobierno independiente. Si los "maturrangos —continuó— cayeran en
el lazo que les tiende "la Carlota” nuestra causa estaría) ganada, porque
nos darían pie para decir al pueblo que ellos nos quieren entregar á los
portugueses, traicionando "a nuestro amado Fernando", y que
para defendemos de esta traición, era absolutamente necesario establecer aquí
una Junta.
—
Entonces la cosa es muy fácil —dijo Bazaguchiazcua, que permanecía arrellanado
en el sillón sobre el cual se había desplomado a su llegada.
Todos se
volvieron a mirar la faz sonriente, rubicunda y satisfecha del fraile.
— Es muy
fácil —continuó apaciblemente— porque yo puedo encargarme de correr la voz de
que los sarracenos tienen resuelto entregar este Reino a los portugueses, y que
por eso se están carteando con mi señora la Princesa del Brasil...
—
¡Bah!... en eso yo también puedo ayudar al Padre José María —agregó Miguelito
Irarrázabal, dando una palmada "de entusiasmo" al negro que le
recibía el mate.
— Y yo
"también” le ayudo, mi amito —añadió por lo bajo el negro—, que "pa
eso” tengo tantos conocidos entre los mulatos de la recova.
Sonrió
socarronamente don Bernardo Vera al oír las anteriores palabras, que eran la
cristalización de su pensamiento y el resultado a que se había propuesto
llegar. Agrandáronse sus pupilas de "albino”, habituadas a mirar casi a
través de sus pestañas blanquizcas y la siempre pálida y pecosa piel de su
rostro se coloreó con una sonrisa de triunfo.
— Eso es
lo que se debe hacer —dijo, mostrando su dentadura fuerte y sañuda—. Hay que
decirle a todo el pueblo que corremos en estos momentos el inmenso peligro de
caer en manos del portugués a causa de las connivencias que el Presidente
Carrasco y la Audiencia mantienen con la Princesa Carlota del Brasil, que
pretende ser heredera del Rey Fernando en América so pretexto de que, estos
reinos no caigan en poder del "intruso Napoleón”, y convencerlo, por
último, de que lo único que nos puede salvar es el nombramiento de una Junta
elegida por nosotros mismos.
Bernardo
Vera había llevado las cosas al terreno que él mismo eligiera, y poco le costó
convencer a sus oyentes de la bondad de su plan, porque ya había comenzado a
"hablar de Junta” que era el tema que entusiasmaba a los criollos
santiaguinos.
—
¡Queremos Junta! —era la voz corriente entre los iniciados en las
"novedades” de independencia; ¡queremos Junta! repetían, al salir
"tranqueando’’, orgullosos, de la trastienda de don Agustín de Eyzaguirre
en la calle "de los Huérfanos”, los patriotas que acudían allí a saber
"de segunda mano’’ las noticias que se lanzaban a la circulación desde la
casa del Conde Alcalde, o de la de don José Antonio de Rojas; ¡queremos Junta!,
exclamaban los Regidores en sus conciliábulos del Cabildo; ¡queremos Junta!, murmuraban,
entre sí, los frailes patriotas en los claustros de los diversos conventos.
El Padre
Bazaguchiazcua, Miguel Irarrázabal y el negro Ramoncito echaron a correr desde
ese mismo día la especie de que el Reino iba a ser entregado a la Princesa
Carlota y para hacer más pegadizo el chisme, dieron en bautizar a los
"leales vasallos” con un nuevo apodo: "los carlotinos”. Ya los habían
denominado "maturrangos”, o "sarracenos” o "chapetones”; el
nuevo sobrenombre era de circunstancias y prosperó fácilmente.
En vano
se afanaban los realistas por desvirtuar la especie; en vano juraban por todo
lo que había que jurar, que las comunicaciones de "la Carlota” no tenían
otro objeto que el de recomendar a los súbditos españoles de América una
perfecta, uniforme e incontrastable fidelidad a Femando Séptimo, ante las
pretensiones del Emperador francés; la "opinión pública” se había formado
ya y no había quién no estuviera cierto de que de un momento a otro, se
produciría una declaración y un pronunciamiento formal sobre "el
chisme". Aun los mismos realistas que no estaban en conocimiento completo
de las comunicaciones, llegaron a discutir si efectivamente no sería solución
conveniente, para salir del terrible caso en que se encontraba la Monarquía, el
que la hermana del Rey Fernando recogiera sobre su cabeza de Princesa $e Borbón
y de Reina del Portugal y del Brasil, la ya deprimida corona de Carlos V.
A fines
de septiembre de 1809 celebróse un "ayuntamiento” en el Cabildo de
Santiago, el que fue presidido por don Francisco Antonio Pérez Salas,
"abogado hábil y de crédito, rodeado de conexiones con la temible y
numerosa familia Larraín" según asegura el historiador realista Melchor
Martínez; la reunión fue secreta como lo eran generalmente todas las del
Cabildo; pero ésta lo fue "a machote”; los cabildantes atrancaron las
puertas de la Sala y pusieron un "sirviente” en el corredor para que nadie
"fuera osado” de acercarse. Lo que hablaron allí no se sabe, pero se
colige por lo que aconteció dos o tres días más tarde, y fue la comidilla y el
comentario de todo el mundo.
Había en
la Cañada una cancha de bolas y palitroque que pertenecía a Pedro Picarte,
individuo español que tenía su mejor clientela entre sus paisanos; a esta fonda
o "chingana” la habían bautizado también con el apodo de "la
carlotina” en honor de su clientela maturranga, y esto había ejercido bastante
influencia para que se retrajeran de frecuentarla los no pocos "cancheros”
criollos aficionados a la pala y al aro. A unos cuantos metros de "la
carlotina” funcionaba la "chingana” de Jacinto Jaramillo, mayordomo que
había sido de una de las haciendas de los Larraínes, en Paine; ambos negocios
se hacían una competencia ruinosa.
Un día de
fiesta, en la tarde, súpose en Santiago que en la Cañada se había producido un
bochinche fenomenal que convirtió la extensión comprendida entre las actuales
calles de Gálvez y Nataniel en un verdadero campo de batalla. Lo que había
sucedido era que un grupo de jugadores de chingana de Jaramillo habíase
"enredado en palabras” con otro grupo de los que "paleaban” en la
cancha del lado y que sin saber cómo habíanse encrespado las cosas hasta el
extremo de que los "jaramillos” fuéronse sobre los "picartes” y
después de propinarse palos y pedradas penetraron todos en la "carlotina”
y echaron abajo las ramadas, sacaron las puertas, quebraron mesas y mostradores
y llevaron su devastación hasta "levantar” las canchas de bolas.
"Los
gritos de ¡abajo los carlotinos!, ¡abajo los sarracenos] que resonaron
vigorosamente durante el combate, hicieron creer a los realistas que los
"jaramillos” estaban obedeciendo insinuaciones de los Regidores del
Cabildo...
Si esa
sospecha hubiera tenido fundamento, me sería muy satisfactorio apuntar que he
dado con la noticia de la primera "intervención política” en los anales
chilenos…
No me
parece superfluo decir que, desde entonces, sólo funcionó la cancha de bolas
criolla...
§ 10.
Cómo destituyó el pueblo de Santiago, al presidente García Carrasco
Por el
lamentable fallecimiento del Presidente don Luis Muñoz Guzmán, el 11 de febrero
de 1808, y en cumplimiento de las disposiciones vigentes, entró a reemplazarlo
el militar más antiguo residente en Chile, que lo era el Brigadier don
Francisco Antonio García Carrasco, militar oscuro, de pocos ánimos y de
cortísima ilustración, que tal vez no habría soñado jamás llegar hasta el solio
de los orgullosos Presidentes de Chile.
La
posición subalterna que siempre había ocupado —dice Barros Arana—, su falta de
relaciones y de trato con personas de consideración, lo habían reducido a vivir
en un medio social inferior al que correspondía al puesto que iba a ocupar, y a
mantener relaciones de amistad que debían alejar, necesariamente, de su lado, a
las gentes aristocráticas”.
Por su
parte, un escritor inglés, Richard J. Cleveland, que permaneció en Chile
algunos meses y conoció algo íntimamente a García Carrasco, ha hecho de él un
retrato —que conceptuó admirable— en las siguientes palabras de su libro A
narrative of voyages and commercial enterprises: "Era don Antonio
de cerca de sesenta años, de agradables maneras, de aspecto que imponía a su
favor, y aparentemente de benévola disposición pero de carácter indeciso, de
mente estrecha, inflado de vanidad y pronto a exaltarse al no cumplirse una
orden dada por él en nombre del Rey. Por lo demás, por su persona, por su
carácter y por su inteligencia, ofrecía una perfecta semejanza con el retrato
del célebre Gobernador de Barataria, dibujado por Cervantes”.
Una vez
instalado en el Palacio de los Presidentes de Chile, las distintas corrientes
en que ya se estaba dividiendo la opinión del país con motivo de los
acontecimientos de la Corte española, trataron de aprovecharse de la ignorancia
del nuevo Mandatario para inclinarlo a su favor. El primero que supo
aprovecharse de ella fue el talentoso abogado chileno don Juan Martínez de
Rozas, a quien Carrasco debía, no sólo buenos consejos y particulares
atenciones, sino la enérgica defensa de sus derechos a ocupar la Presidencia,
derechos que habían sido desconocidos, en los primeros momentos por la Real
Audiencia. A insinuación de Martínez de Rozas, el Presidente Carrasco reformó
la composición del Cabildo de Santiago, elevando a doce el número de sus
miembros y nombrando para esos puestos a patriotas conocidos. Con estos
nombramientos, los "españoles-chilenos” quedaron en esa corporación con
una mayoría de nueve Regidores, contra tres, que eran
"españoles-europeos”. Sabido es que el Cabildo de Santiago fue quien capitaneó
el movimiento revolucionario de 1810.
La nueva
composición del Cabildo produjo una violenta reacción entre el elemento español
encabezado por la Real Audiencia, cuyo Regente, el Oidor Rodríguez Ballesteros,
llamó enérgicamente la atención del Presidente hacia el peligro que importaba
un hecho de tal trascendencia. Carrasco comprendió, también, ese peligro, y se
entregó, de lleno, en manos del Regente y se volvió decididamente contra el
Cabildo sin forma alguna de prudencia ni de tacto, ubicando sus ataques y
antipatías sobre don José Nicolás de la Cerda y don Agustín Eyzaguirre y el
Regidor don José Antonio de Rojas que eran los más teñidos en
"patriotismo”.
El
Cabildo disimuló, cuanto pudo, los ataques del Presidente: no le convenía
romper con la autoridad que podía disolverlo —así como le había dado vida— por
lo menos hasta contar con el apoyo del pueblo o de otra fuerza que oponer a la
del Presidente. Por otra parte, el Doctor Martínez de Rozas había perdido el
favor y la confianza de Carrasco, a causa de las protestas de la Audiencia, y
no contaba la Corporación Municipal con apoyo alguno cerca del Gobernador.
En estas
incidencias transcurrió el año 1809 y se presentó el caso de la elección de
Alcaldes para el año siguiente. Carrasco había manifestado claramente su
antipatía por los Alcaldes Cerda y Eyzaguirre y amenazado con disolver el
Cabildo si éstos resultaban reelegidos.
Los
cabildantes pesaron las circunstancias y acordaron, para no provocar un
conflicto, dar gusto al Presidente; los nuevos Alcaldes fueron don Fernando
Errázuriz y don Ignacio José de Aránguiz "tan criollos y patriotas como
los anteriores y pertenecientes al Partido Reformista”. El Presidente no podía
quedar conforme, por entero, con esta elección, pero se guardó de manifestarlo
por el momento. Se comprenderá, sin esfuerzo, que esta situación no podía
mantenerse.
Los
Consejeros de Carrasco, aparte del Regente de la Audiencia, eran el Doctor Juan
José del Campo Lantadilla, como Asesor Letrado, y don Judas Tadeo Reyes, como
Secretario, y viendo éstos personajes que el Cabildo no tenía más compostura
que la de quitar a los "malos elementos”, es decir, a los patriotas o
reformistas, obtuvieron del Presidente que "los regidores auxiliares que
había nombrado en julio del año anterior cesasen en sus funciones y que en
adelante el Cabildo celebrara sus sesiones con sólo los regidores
propietarios”, es decir, con los que estaban en funciones cuando Carrasco se
hizo cargo del mando. Junto con esta orden venía otra: "He nombrado para
que me sustituya en la presidencia del Cabildo al doctor Juan José del Campo”.
Esto era la disolución de la Corporación Municipal, a la vez que" un golpe
de graves consecuencias para la causa patriota...
El
Cabildo no se dejó imponer esta orden y protestó respetuosa, pero
enérgicamente, de la exoneración de los Regidores auxiliares, y respecto del
nombramiento del Doctor del Campo, declaró en términos perentorios que "no
podía reconocerlo en el carácter de que lo investía, mientras éste no tuviera
nombramiento Real”.
La lucha
entre las dos autoridades estaba, pues, declarada, y en ella tomaron parte, con
el ardor que es fácil de imaginar, los elementos más caracterizados de los
partidos español y patriota.
Carrasco,
posesionado de la autoridad y de la fuerza, empezó a perseguir con encono, con
crueldad y hasta con encarnizamiento a los partidarios del Cabildo.
El
Presidente hacía espiar, por esbirros y alguaciles, a los principales
personajes de la sociedad para sorprender sus reuniones y conversaciones
subversivas. Hemos visto que hizo aprehender y procesar al respetable caballero
chillanejo don Ramón Arriagada y al Superior de los frailes Hospitalarios del
mismo pueblo, fray Rosauro Acuña, por haber sostenido "que así como estos
pueblos se habían sometido al Gobierno español por su propia voluntad, así
también podían separarse de él y vivir libres”.
Llegó el
19 de enero de 1810, fecha en que el Cabildo debía hacer la elección de
Alcaldes. Agitados los ánimos por las agrias discusiones públicas y por los
atropellos del Presidente, los Regidores jugaron el todo por el todo y
eligieron a dos de los más caracterizados patriotas: don José Nicolás de la
Cerda y don Agustín Eyzaguirre, personajes de prestigio y de moderación, pero
al mismo tiempo de gran firmeza de carácter. Como Procurador de la ciudad fue
designado el Doctor don Juan Antonio Ovalle "hombre rico, Mayorazgo,
anciano y orgulloso de su sabiduría y estadística, que desplegó sus raras
cualidades y extraordinarias ideas engañado por la malicia y seducción de los
facciosos”.
El
Presidente vio en la elección de esas personas un desafío a su autoridad.
Uno de
los patriotas más prestigiosos era el anciano Mayorazgo don José Antonio de
Rojas, cuyas aspiraciones en pro de la independencia databan de treinta años
atrás. En su casa ubicada en la calle de San Antonio, esquina con la Plazuela
del Teatro Municipal, se reunían, cotidianamente, los patriotas, para cambiar
ideas sobre la situación; en estas reuniones llevaban la batuta el Procurador
Ovalle y el abogado argentino don Bernardo Vera y Pintado. Por el denuncio de
los espías que mantenía el Presidente, se supo que en una reunión se había
sostenido que "nuestra mayor felicidad debía consistir en la
independencia, a la que todos habíamos de aspirar y que en Chile debía
establecerse una Junta Gubernativa cuyos vocales durasen un año". Otro de
los espías declaró que el Doctor Vera "había proferido expresiones de
odiosidad contra el Gobierno español, siendo una de ellas, que jamás sería
feliz la América bajo ,1a dominación española”.
Sin más
fórmula de proceso, el día 25 de mayo, a las seis de la tarde, fueron tomados
presos los respetables ancianos señores Rojas y Ovalle y el Doctor Vera y
depositados en el Cuartel de San Pablo.
Esa tarde
encontrábanse reunidos en casa del Mayorazgo Rojas, situada, ya lo he dicho, en
la calle de San Antonio, esquina con la de Agustinas, lado norponiente, además
del dueño de casa, sus íntimos amigos y compañeros de conspiración, los
patriotas don Juan Antonio Ovalle, don Bernardo Vera y Pintado, don José Miguel
Infante y don José María Infante.
Discutían
con mucho calor —dice Zapiola— la interpretación de una Real Cédula en la cual
pretendían apoyar el nombramiento de la Junta de Gobierno que ya habían
acordado crear, para sustituir al Presidente Carrasco mientras permanecía
cautivo, en Francia, el "amado” Femando VII; para cortar la discusión, don
José Miguel Infante mandó a su primo José María a buscar a su casa —que distaba
sólo dos cuadras— un libro en que se encontraba la discutida Real Cédula. Salió
don José María a cumplir el encargo; pero como se demorara en volver, don José
Miguel tomó su sombrero y salió también, a toda prisa, a buscar a su primo.
Apenas
habían pasado minutos, cuando se presentó a la casa del Mayorazgo Rojas una
partida de tropas con orden del Presidente Carrasco para tomar presos a los
cinco conjurados patriotas, sorprendieron, solamente, al dueño de casa y a los
señores Ovalle y Vera.
La
ausencia momentánea de ambos Infantes, los libró de caer presos, junto con sus
tres amigos.
Reunida
la Audiencia, a petición del Presidente, y después de un acuerdo que duró hasta
cerca de las diez de la noche, declaró que "debía aprobar y aprobó la
dicha prisión; y que para evitar movimientos que pudieren sobrevenir de los
cómplices que hay en la ciudad, se trasladase a los reos esa misma noche a
Valparaíso para pasarlos inmediatamente a Lima a las órdenes del Virrey”.
A las dos
de la mañana partían los presos a Valparaíso, escoltados por doce hombres.
La
noticia de la prisión de Ovalle, Rojas y Verá, produjo una alarma terrible; en
las calles, plazas y salones, no se hablaba de otra cosa, diciendo, todos, que
la edad de los reos, su situación y su fortuna debían ponerlos a cubierto de
esos vejámenes.
En este
estado de excitación de los ánimos, Carrasco hizo publicar a la mañana
siguiente, un bando en que mandaba: "que ninguna persona de alta o baja
esfera fuese osada de increpar al superior gobierno, ni tampoco de tratar o
conversar de cosa que suene a independencia o libertad bajo la pena ordinaria
de muerte, que desde luego se impone a los contraventores”. Carrasco quería
intimidar a la población con la proclamación de estas medidas enérgicas; pero
el procedimiento iba a ser completamente ineficaz.
Desde
antes del mediodía una gran poblada se situó en la Plaza de Armas frente al
Palacio del Presidente, mientras el Cabildo, previamente citado, resolvía la
forma en que haría una formal presentación al Presidente Carrasco pidiéndole la
revocación de la orden de destierro; a las once de la mañana llegaba la
Corporación a las puertas de Palacio y se disponía a entrar; pero fue detenida
por la guardia. Avanzó el Alcalde Cerda y encarándose con el Oficial, le gritó:
— ¿Quién
se atreve a cruzar el paso al Cabildo de la ciudad? ¡Somos los representantes
del pueblo! ¡Adelante, señores!
Y antes
de que el Oficial volviera de su estupor, los cabildantes cruzaron el primer
salón y penetraron al despacho del Presidente, que se encontraba rodeado de los
Oidores.
Tomó la
palabra el Alcalde Eyzaguirre y leyó al Presidente el acuerdo que acababa de
tomar el Cabildo, en el cual se pedía la inmediata libertad de los presos con
las fianzas correspondientes, y su juzgamiento por los tribunales ordinarios
para que se estableciera si tenían culpa o no.
—
"El pueblo sufre en estos momentos una profunda inquietud, agregó Cerda;
no es posible que Su Señoría contribuya a exacerbarlo, y allí en la Plaza
espera...
— ¡Y
todos vienen como yo!, dijo uno de los recién llegados, joven de veinte años,
abriendo su capa, y mostrando un par de pistolas.
Era Luis
Carrera.
Acercóse
Carrasco a la ventana y miró hacia la Plaza, donde la multitud se agitaba en
actitudes nada tranquilizadoras; sin embargo guardó silencio, ante un gesto del
Regente Ballesteros, quien, avanzando un poco dijo a los Regidores:
—
Señores, el caso no se puede resolver bajo esta presión; el señor Presidente
dará a conocer a Vuestras Señorías dentro de dos horas, lo que sea cumplidero
al servicio de Su Majestad a quien todos debemos acatamiento.
Se retiró
el Cabildo, y una hora después se sabía que el Oidor Bazo y Berry saldría esa
misma noche para Valparaíso para iniciar procesos separados a cada uno de los
presos, lo que interpretaba como que no se ejecutaría la orden de extrañamiento
dictada contra ellos.
Celebróse
el triunfo con grandes vivas en la Plaza y con fiestas en las casas
particulares y todos estaban convencidos de que pronto regresarían al seno de
sus hogares los ilustres patricios. Se supo días más tarde, que el Oidor Bazo y
Berry, no habiendo encontrado fundamento para condenarlos, había dispuesto que
los presos vivieran cada uno en sus casas o en las de sus amigos del vecino
puerto; el que aún no volvieran a Santiago sólo preocupaba débilmente a sus
numerosas relaciones de la Capital por más que algunos empezaron a hacer
diligencias para que fueran trasladados cuanto antes a su residencia.
. Había
transcurrido más de un mes; era el 26 de julio cuando el Alcalde Cerda por
encargo del Cabildo pasó a ver al Presidente para rogarle una vez más, que
dispusiera la vuelta de los presos, Carrasco "con una extraña e
inexplicable sonrisa”, le contestó que esa misma mañana había salido para
Valparaíso el Capitán Manuel Bulnes con órdenes relativas al traslado de los
presos. La noticia era cierta, pero Carrasco había cometido la más negra
perfidia. Las órdenes que había enviado eran para que con el mayor sigilo, el
Gobernador de Valparaíso embarcara a los presos con rumbo a Lima...
La
noticia, conocida en Santiago cinco días después, causó estupor y una
incontenible indignación. "Hombres y mujeres, pobres y ricos recorrían las
calles en medio de inquietud y confusión, y en todas partes se oían voces de
odio y de execración contra el mandatario que había cometido un atentado
semejante y un engaño tan vergonzoso. El pueblo pedía a gritos la reunión de un
Cabildo Abierto para hacer oír sus quejas”. A las nueve de la mañana los
Alcaldes hacían abrir las puertas del Ayuntamiento y "se precipitaban en
la Sala más de trescientas personas de cierto rango social; numerosos grupos
ocupaban las escaleras y pasadizos y una porción considerable la Plaza
pública”.
Inmediatamente
se comisionó a los Alcaldes para que fueran a exigir a Carrasco que
"viniera inmediatamente” a la Sala Capitular a dar cuenta de sus
procedimientos. El Presidente, sin querer oír a tan respetables caballeros, les
mandó retirarse, con un recado altanero, y les ordenó que disolvieran,
brevemente, la reunión popular.
Ante la
negativa de Carrasco, el Cabildo y la multitud, en medio de gritos
provocadores, abandonaron el Palacio del Presidente y se precipitaron en
tropel, en el de la Real Audiencia (hoy Intendencia); ocuparon patios,
escaleras y salones y los que pudieron, penetraron, con el Cabildo, a la Sala
del Acuerdo.
Los
oidores ya tenían conocimiento de los acontecimientos; estaban "blancos
como la cera”; pero conservaban su entereza.
—
¡Queremos la destitución de Carrasco!, gritaban los Regidores, apoyados por los
exaltados que enarbolaban bastones, palos y cuchillos y proferían insultos y
amenazas.
Después
de grandes esfuerzos lograron, los Oidores, hacerse escuchar y dijeron que
ellos no aprobaban tampoco la conducta felona del Presidente y que estaban
dispuestos a apoyar la petición del pueblo, exigiendo la renuncia a Carrasco, o
decretando su deposición, en caso de que se negara a ello.
Con esta
respuesta, el pueblo abandonó el palacio de la Audiencia y se situó frente al
del Presidente, a esperar la resolución del conflicto. A las tres de la tarde
llegaban a la Plaza más de tres mil inquilinos de las haciendas vecinas,
armados con toda clase de armas, que habían juntado en pocas horas, el Regidor
don Diego de Larraín, Luis Carrera, Miguel Irarrázabal, Matorras y otros, los
que, unidos a los manifestantes de Santiago formaban una masa de seis o siete
mil hombres, dispuestos a arrollar a las tropas del Rey, si el caso llegaba.
Entre
tanto, los Oidores habían comisionado al dominico fray Francisco Cano, confesor
del Presidente, "para que expusiera a Carrasco los peligros de aquel
estado de cosas, la excitación creciente del pueblo, la resolución que había de
deponerlo del mando, la mucha sangre que iba a correr si trataba de resistir
con la fuerza armada, y los trastornos que ocurrirían en el reino con la
destitución que harían los chilenos de todos los funcionarios que allí
sostenían la causa de España”. El Padre Cano debía aconsejarle que hiciese la
renuncia del gobierno como único medio de detener una tempestad.
Carrasco
se dio a la razón, "renunció ese mismo día”.
Le
sucedió en el mando el anciano Brigadier don Mateo de Toro y Zambrano, el 27 de
julio de 1810 y con esto, antes de dos meses, pudo consumarse en Chile el
cambio de un régimen de gobierno que duraba tres siglos.
§ 11. El
Conde de Toro y su "casa colorada”
No habían
pasado aún quince días desde que el Conde don Mateo Toro había asumido el mando
supremo del Reino de Chile, en reemplazo de García Carrasco, cuando llegaron
noticias de haberse establecido en España el Consejo de Regencia, y las órdenes
del Ministro Harmasas para que las autoridades y funcionarios de las Indias
reconocieran su autoridad y le jurasen obediencia.
Los
criollos de Santiago, que habían obtenido tan señalada victoria con la
deposición de García Carrasco y que tenían, además, la sartén por el mango en
el Gobierno del Reino, vieron un gran peligro para sus proyectos de establecer
la "Junta”, en que se llegara a realizar la ceremonia del juramento de
obediencia a la nueva entidad que había aparecido en la Península. No
titubearon, pues, en tomar la resolución de impedir, por todos los medios
posibles, que se llevara a cabo la ostentosa ceremonia civil y religiosa con
que se acostumbraba rendir vasallaje a un nuevo Soberano.
Por su
parte, los realistas vieron en esta circunstancia un medio para entorpecer las
actividades de los patriotas y se aprestaron, por intermedio de la Audiencia, a
presionar al nuevo Presidente don Mateo de Toro Zambrano para que dispusiera, a
la mayor brevedad, casi fulminantemente, la realización de aquel importante
acto. Para el efecto, el Regente de la Audiencia, don Juan Rodríguez de
Ballesteros, apersonóse al Conde Toro a la mañana siguiente de haberse recibido
las comunicaciones de España y sin perder tiempo propuso la cuestión,
diciéndole:
— Señor
Conde, habrá visto, Usía, las órdenes del Ministro Harmasas para que se
verifique en las Indias el reconocimiento de la autoridad del Consejo de
Regencia que gobernará en nombre de nuestro adorado Rey Fernando...
— Sí, sí,
don Juan, sí, sí. Mi secretario don José Gregorio Argomedo me ha leído anoche
las comunicaciones y ¡claro! ¡clarito!, tenemos que reconocer al Consejo,
¡claro!, ¡clarito!...
— ¿Y no
cree, Usía, señor Conde, que mientras más pronto se haga ese reconocimiento
será mucho mejor? —agregó inmediatamente el Regente.
—
¡Claro!, ¡Clarito! Mientras más luego, mejor será...
— Así se
tranquilizarán también los "juntistas” y todos viviremos en paz, señor
Conde, acentuó la nuera de don Mateo, doña Josefina Dumont, que era la
"agente” que tenían los realistas al lado del Presidente.
— ¡Claro,
pues, hijita! Así se tranquilizarán todos y viviremos en paz.
— ¿No le
parece, a Usía, que la ceremonia podría realizarse pasado mañana?... —insinuó,
con audacia, Rodríguez Ballesteros, al ver la buena disposición en que se
encontraba el Conde.
A don
Mateo, como todo hombre débil, le gustaba demostrar autoridad cada vez que
podía y creyó del caso hacerlo ahora.
— Don
Juan, don Juan, me parece que no se debe hacer pasado mañana; ¡el Presidente
cree que no se debe hacer pasado mañana...! ¡No, señor! ¡Pasado mañana no!
¡Claro! ¡Clarito!, ¡no se debe hacer pasado mañana!
Ballesteros
no quiso insistir en esto que, en realidad, era menos importante y se limitó a
obtener del Conde la ratificación de la promesa de realizar el reconocimiento
del Consejo de Regencia a la mayor brevedad, dejando para otra oportunidad
cercana la fijación de la fecha.
Al
retirarse de la residencia del Conde —la conocida "Casa Colorada" de
la calle de la Merced— el Regente besó la mano de doña Josefa y dijóle:
— Señora,
Vuestra Merced, como buena española, prestará un señalado servicio a nuestro
amado Soberano, obteniendo que el señor Conde disponga, cuanto antes, la
ceremonia del reconocimiento del Consejo de Regencia. Estos servicios los
recompensa, largamente, Su Majestad...
La visita
que Ballesteros había hecho al Conde, a una hora tan poco acostumbrada, no pudo
ser desconocida por Juan Macaco, el zambo que desempeñaba el importante cargo
de portero de la Casa Colorada, ni por la "china” Mónica, que prestaba sus
servicios en casa del Conde Alcalde —que vivía casi al frente— pues al Macaco
le "estaba gustando” la Mónica y los negros amantes se daban conversación
divulgando hasta lo más insignificante que ocurría en casa de sus amos.
Por su
parte, la china, que era "una diabla”, no le hacía ascos, tampoco, al
negro Ramón, el calesero del Conde Alcalde, y le contaba, también, todo lo que
veía, suponía o llegaba a su noticia; de modo que por boca de los negros
supieron el mismo día, los "insurgentes”, que la Audiencia y su Regente
estaban empeñados en que se realizara, cuanto antes, el público juramento de
subordinación del Reino al nuevo Consejo Español.
En la
reunión que ese día tuvieron los conjurados en casa de don Juan Agustín Alcalde
no se habló de otra cosa, que de la "osadía” de los maturrangos para
intentar una reacción en la opinión del pueblo. El Regidor del Cabildo don
Femando Errázuriz dijo haber sabido que el Oidor don Félix Bazo y Berry,
"templado” de la Mariquita Riesco, se aprontaba para lucirse, el día de la
ceremonia del juramento, con una garnacha nueva que le habían traído de Lima a
fin de deslumbrar a la muchacha "que no queipa darle el sí, ni por nada”.
Por su
parte, don Bernardo Vera, recién llegado de su prisión en Valparaíso, aseguró
que si los Regidores del Cabildo no interponían una fuerte acción ante el
Presidente para que se negara a ordenar tal ceremonia, la causa de los
patriotas estaba perdida y que aquel "proyecto de nombrar Junta” podía
pasar definitivamente a la historia.
— Pero,
señores, —dijo de pronto José Miguel Infante—, yo veo que sus mercedes no toman
en cuenta para nada las leyes, y están discurriendo con una ignorancia absoluta
de los procedimientos. El reconocimiento del Consejo de Regencia debe ser
precedido, ante todo, por un examen de los documentos que lo ordenan, para ver
si todo está en regla, y en este examen deben intervenir, primero la Audiencia
y luego el Cabildo... Y yo suponga que el Cabildo todavía no sabe nada de esto
por cuanto, el Procurador, que soy yo, no ha evacuado su vista, que en este
caso es imprescindible.
— Todo
está bueno —repuso Vera—, pero lo primero es lo primero y en este caso lo es el
impedir que don Mateo haga una barbaridad. Hay que ponerse al habla con Gaspar
Marín, que, como su Asesor letrado, tiene los medios para estar "al tanto”
de lo que ocurra cerca del Presidente.
— ¿Y no
sería bueno, también, traer de las haciendas algunos huasos...? —insinuó
tímidamente Miguel Irarrázabal.
Esta vez
nadie protestó de la idea del Marquesito de la Pica, y por el contrario, don
Juan de Dios Vial, Comandante de las Milicias, echóle los brazos y díjole,
entusiasmado:
—
¡Tráeme, niño, una buena partida de tus sirvientes, y te prometo que los haré
hacer un buen papel al lado de mis soldados milicianos.
Esa misma
tarde pasaron a ver al Presidente, don Diego Larraín, don Francisco Antonio
Pérez, don Femando Errázuriz y don José Miguel Infante; iban como diputados del
Cabildo para hacer ver, al Conde Mateo, lo inconveniente y peligroso que era
realizar la ceremonia del juramento del Consejo de Regencia, "por cuanto
el pueblo ve en esto una maniobra de los cariotinos para desprender este reino
del dominio de nuestro amado Rey Femando”.
— ¿Cómo
es eso, cómo es eso? —repitió el Presidente, levantando su bastón a la altura
de la nariz.
— Como
Usía lo está oyendo —dijo Larraín—. Los carlotinos tienen alborotado al pueblo
y se proponen impedir que se lleve a cabo el reconocimiento del Consejo.
— ¡No
puede ser!, ¡no puede ser! replicó el Conde—; don Juan Ballesteros ha venido
aquí a decirme que el pueblo desea jurar al Soberano y cuando él lo dice,
cierto será.
— También
Ballesteros puede estar engañado, señor Conde —intervino don Femando
Errázuriz—; los carlotinos no se atreven a proceder francamente y no reparan en
los medios para lograr sus torcidos propósitos.
— Lo que
conviene hacer ahora es suspender todo reconocimiento hasta que venga la
tranquilidad y las tropas estén sobre las armas para sostener las órdenes de
Usía —terminó diciendo Larraín.
— El
Cabildo no tomará parte en la ceremonia para no tener ni la menor
responsabilidad en lo que pueda ocurrir, dijo, por último, don Francisco
Antonio Pérez.
— ¿De
modo que ustedes dicen que son los carlotinos los que no quieren el
reconocimiento?, preguntó, de nuevo, el Presidente.
— Ni más
ni menos, son los carlotinos; y como el pueblo está contra ellos, no podrá
tolerar que hagan tumulto en la Plaza el día de la ceremonia, y de ahí vendrá
un conflicto que puede ser sangriento...
— ¡Eso
nunca, eso nunca! —dijo el Conde, incorporándose trabajosamente de su sillón—
nada de violencias; no quiero violencias. Si no quieren vivir en paz, entrego
el bastón. ¡Ahí está el bastón —dijo, por último, echándolo sobre una mesa—;
¡que mande otro!
Don
Femando Errázuriz tomó la insignia presidencial y presentándola al Conde,
respetuosa y obsequiosamente, díjole:
— En
ningunas manos está mejor, esa insignia, que en las muy ilustres de Usía, señor
Conde; quien debe mandamos es Usía, y nuestro deber es sólo obedecer.
Don
Mateo, ceremonioso y complacido, recibió el bastón, se apoyó en él —harto lo
necesitaba Su Señoría— y respondió:
—
¡Gracias, gracias, Femando! ¡Nuestro Rey adorado necesita de mí, y no puedo
negarle mis servicios a quien tanto debo! Los carlotinos no tendrán
oportunidad, esta vez, para llevar a cabo sus planes, pues no se realizará la
ceremonia hasta que los buenos y fieles vasallos, que somos nosotros, estemos
seguros de poder impedir todo mal intento.
Contentísimos
se retiraron los representantes del Cabildo con la respuesta que habían
obtenido del Presidente, y después de besarle la mano se fueron a la Sala del
Ayuntamiento en donde los esperaban sus compañeros; el Alcalde don Agustín de
Eyzaguirre mandó atrancar las puertas de la Sala y los Regidores se entregaron
a la más viva discusión sobre lo que se debía hacer entregaron los propósitos
de la Audiencia.
La
mentira que le habían soltado al Presidente, de ser los carlotinos quienes
trataban de impedir el reconocimiento, sólo podía perdurar hasta que algún
Oidor u otro "sarraceno" explicara al anciano Conde dónde estaban los
verdaderos opositores a ese acto de adhesión a la Monarquía; y los patriotas
estaban seguros de que si no aprovechaban los momentos, todos sus proyectos se
vendrían al suelo. Así fue cómo, esa misma noche, ya cerca de las once,
resolvieron enviar una comunicación a la Real Audiencia diciéndole, lisa y
llanamente, que el Cabido había acordado reconocer la autoridad del Consejo de
Regencia, "pero no jurarle obediencia”, y que la ceremonia del
reconocimiento "se difería, para mejor oportunidad”.
Vieron
claro, los cabildantes, que no podían negarse a reconocer una autoridad
metropolitana sin poner en evidencia sus planes; pero resistieron el acto de un
juramento que iba a gravitar, pesadamente, sobre sus devotas y fervorosas
conciencias de cristianos. Fue el Procurador del Cabildo don José Miguel
Infante, quien, como buen letrado, encontró la fórmula para conciliar los
proyectos revolucionarios de sus compañeros con las exigencias del momento,
imposibles de evitar sin poner en peligro el éxito mismo del plan de
independencia.
Apenas
tomó conocimiento, el Regente, de la comunicación del Cabildo, hizo reunirse a
la Audiencia en acuerdo extraordinario para que estudiara y resolviera el caso
de esta nueva insubordinación de los insurgentes. Letrados y de asta
caracoleada eran sus señorías, y práctica tenían en los vericuetos legales,
para no ver que el Cabildo estaba haciendo un juego doble a fin de quedar con
las manos libres para seguir desarrollando sus planes revolucionarios.
La
réplica y protesta de la Audiencia por la resolución del Cabildo no podía
tardar; ese mismo día, después de la siesta, el Regente trasladóse al Palacio
del Presidente llevando una comunicación del Alto Tribunal en la que se pedía
al Primer Magistrado dictara, a la mayor brevedad, las órdenes para que se
realizara la ceremonia del reconocimiento público y solemne del Consejo de
Regencia.
Poco
trabajo costó a don Juan Rodríguez de Ballesteros convencer al Conde Toro de
que debía firmar inmediatamente la orden pedida, pues cualquier retardo podría
causar perjuicio irremediable a la causa Real, conocidas como eran las
"perversas” intenciones del Cabildo. Doña Josefa Dumont, que tenía sobre
el anciano Conde de la Conquista decisivo ascendiente por la ternura y
solicitud con que cuidaba de su ancianidad, fue la que puso en sus manos la
pluma de ganso para que el Mandatario firmara la orden que en ese mismo momento
redactó y escribió de su puño, y a su sabor, el Regente Ballesteros.
Pronto
circuló en Santiago la noticia de que al día siguiente se reconocería y juraría
solemnemente a las nuevas autoridades de la Península; era el 17 de agosto de
1810 y las cinco de la tarde; la ceremonia estaba ordenada para el 18 a las
once de la mañana, de modo que si los patriotas no lograban desbaratar los
planes realistas antes de veinticuatro horas, el Reino de Chile, por intermedio
de sus autoridades, habría reconocido "y jurado” obediencia a un nuevo
gobierno monárquico.
Por
cierto que la estupenda novedad cayó como un petardo en el aquelarre de los
"juntistas” que ese día se habían reunido en casa del Canónigo don Vicente
Larraín; a poco la reunión fue excepcionalmente numerosa y a ella concurrieron,
también, doña Javiera Carrera y su marido el licenciado español Díaz Valdés. No
había tiempo que perder, y tan pronto como se logró aunar las opiniones, salió
una delegación a entrevistarse con el Presidente, a quien encontraron
"reposando su cena”.
Esta vez
encabezaba la delegación don Bernardo Vera, que debía llevar la palabra,
asesorado por el Canónigo Larraín, por don Femando Errázuriz y por Infante. El
hijo segundo del Conde, don Domingo Toro, patriota exaltado, servía de
introductor a esta delegación.
Cuando
doña Josefa Dumont vio llegar a los comisionados en compañía de su cuñado don
Domingo, fuese rápidamente al aposentó del Conde y díjole a su suegro.
— Ah
vienen los "juntistas”, tatita, y vienen con Domingo, "de juro” que
le pedirán que suspenda la ceremonia de mañana, pero Su Merced no les debe dar
gusto, porque ello va en perjuicio de nuestro amado Rey...
— ¿Vienen
los juntistas...? ¿Y con Domingo...? |Vas a ver lo que les contesto...! ¡Pero
no te me vayas! ¡No te me vayas, niña! —agregó inmediatamente.
Doña
Josefa no quería otra cosa, y cuando la delegación entró a la habitación,
encontró que la señora estaba, de pie, junto a su suegro.
— Venimos
a solicitar, respetuosamente, del patriotismo del señor Presidente, que tenga a
bien suspender la ceremonia del reconocimiento y juramento del Consejo de
Regencia para evitar grandes desgracias —dijo Bernardo Vera, después de haber
saludado ceremoniosamente al Conde y a la señora Dumont.
— ¿Cómo
es eso, cómo es eso...? —Inquirió el Presidente—. Ya he ordenado que la
ceremonia se haga mañana y no puede suspenderse por nada, por nada. ¡No, señor!
Cuando yo digo una palabra, no la retiro. ¡No, señor!
Y la
sorpresa grande de los patriotas fue que el Presidente se mantuvo en sus trece
y no cedió a pesar de la labia que se gastaba don Bernardo Vera, que era
especialista en ello.
Don
Domingo Toro observaba el panorama y estaba viendo que las energías de su padre
provenían de la compañía que se le había instalado al lado; tiró su plan
rápidamente, y acercándose a su cuñada, le dijo:
— Hijita,
¡vayámonos para adentro; dejemos a esta gente testaruda, ya ve cómo está
molestando a este pobre caballero! Bueno, señores —agregó, guiñándoles el ojo a
sus amigos—; veis que el Presidente no accede a vuestro pedido y es inútil que
le quitemos su descanso. Mañana será otro día...
Comprendieron
los delegados que algún plan nuevo había ideado don Domingo para quebrar la
voluntad de su padre, y a poco se despidieron, encaminándose todos a la casa
del Conde Alcalde, que estaba al frente.
Todo
parecía tranquilo en la "casa colorada” como a eso de las diez de la
noche; pero el hecho era que en la alcoba del Conde Toro estaba celebrándose
una nueva entrevista entre el Canónigo Larraín, don Francisco Antonio Pérez,
don Gaspar Marín y el Presidente. Al poco rato las
intempestivas visitas se retiraban, cautelosamente, llevando consigo la orden
para suspender la ceremonia del juramento que debía realizarse solemnemente al
siguiente día, 18 de agosto, postergándola para el día 21.
El Conde
Toro, sin la compañía de su nuera doña Josefa, no había tenido fuerzas para
resistir la segunda embestida de los patriotas.
¡No era
ésta, sin embargo, la resolución definitiva del Presidente!
De la
casa del Conde Toro, los comisionados fuéronse, como era su costumbre, a la
Sala del Cabildo y allí atrancáronse por dentro para "maquinar’'; no pasó
mucho rato sin que se abrieran las puertas para dar paso a la severa silueta
del escribano municipal don Agustín Díaz que llevaba, debajo de la capa en que
iba arrebujado, un "auto” que tenía orden de notificar, inmediatamente, al
Regente de la Audiencia don Juan Ballesteros, "donde le encontrase”.
Eran casi
las once de la noche y el Magistrado se preparaba ya para meterse entre las
sábanas, cuando "su mulato” entró a su aposento a comunicarle "que
allí estaba el escribano don Agustín que quería besarle las manos". En
otros tiempos, Su Señoría, el Regente de la Real Audiencia, habría mandado a la
punta de un cuerno al que hubiera tenido la insolencia de llegar a molestarlo a
tales horas; pero las cosas habían cambiado tanto, que "el poderoso señor”
Regente, después de haber tragado un poco de saliva y rascándose el extremo
inferior de la oreja derecha, díjole a doña María Antonia Taforó, su mujer, que
ya ocupaba su sitio en la amplia cuja matrimonial.
—
Barrunto, Antoñita, que malas noticias me trae ese escribano a esas horas. ¿Te
parece que lo eche o que lo oiga?
— Óyele,
sin perjuicio de que le eches en seguida —aconsejó la prudente señora, dándose
vuelta para el rincón.
Un
momento después, el señor Regente recibía, de manos del escribano, un
"traslado” del auto del Cabildo, que era brevísimo: "Por disposición
del muy ilustre señor Presidente, la ceremonia del 'reconocimiento y juramento
a la autoridad del Supremo Consejo de Regencia, se ha diferido para el día 21
del presente mes de agosto".
— ¿Quién
lo manda, a usted, a estas horas y con este pliego...? —interrogó Ballesteros
al Escribano Díaz, que ya no veía el instante de trasponer el umbral de la
puerta de calle, al ver la actitud bien poco amable de Su Señoría.
— Me
manda el ilustre señor Alcalde... —balbuceó el escribano.
— ¿Y en
dónde está el Alcalde? —insistió el Regente.
— En este
momento está reunido con los señores del Cabildo, en la Sala del Ayuntamiento.
No
necesitaba de mayores detalles, el Regente, para sospechar que los insurgentes
se habían "tomado" de nuevo al Presidente Toro y le habían arrancado
esa noche la orden de suspender la ceremonia que él mismo ordenara y firmara a
las cinco de la tarde de ese mismo día. Echó tres o cuatro ‘‘españoladas” de
calibre, mientras el escribano retrocedía hasta ganar la puerta, y se metió a
su alcoba matrimonial resuelto a mandar llamar inmediatamente a sus colegas,
los Oidores, para que tomaran conocimiento de la estupenda novedad.
—
Acuéstate, Juan —díjole doña Antoñita—, que no son horas éstas para llamar a
nadie. Ya podrás, hacer lo que quieras mañana: siempre será mejor que procures
ser el último en hablar con el Presidente.
Tal vez
no le pareció mal el consejo de su mujer a don Juan Rodríguez, porque después
de pasearse un rato por la alcoba tomó la horizontal y dejó a todo el mundo en
paz esa noche.
No
hicieron lo mismo los Regidores del Cabildo.
Tan
pronto como salió de la Sala Capitular el Escribano Díaz, para notificar a don
Juan Ballesteros la última orden del Conde Toro, salió también a la calle el
Regidor don Diego Larraín, atravesó la Plaza rápidamente y penetró a su casa
que estaba en donde hoy se encuentra el Portal Mac-Clure a la mitad de la
cuadra; al lado adentro del portón dormitaba un "sirviente”, que al oír
que empujaban la puerta se desperezó con agilidad.
— ¿Sois
vos, Pedro María —dijo Larraín acercándose.
— Yo,
patroncito..
—
"Andavete” a la casa de don Miguelito Irarrázabal y "álcele” que se
venga para el Cabildo, corriendo, que lo estamos esperando; y a la vuelta ‘‘te
pasas" por la casa de don Ignacio Carrera y le "decís” al sirviente
que le dé el mismo "recado” a don Luchito. Y a ver, Pedro María, si
"hacís" estas diligencias en "un Creo”....
Partió
corriendo Pedro María con dirección a la calle del Rey; Larraín quedó a la
puerta de su casa indeciso de "cortar" para arriba o para abajo, y
oyendo cómo se alejaba el ruido de las "chalailas” de su sirviente, un
huaso cuarentón de los Linderos que se había encariñado con él, desde que el
Regidor lo librara de una tunda de azotes que le había mandado aplicar al
Alcalde Eyzaguirre por ciertos ‘‘pecadillos públicos" que cometiera una
noche, en la chingana de la Peta Ruiz, allá en la Chimba.
Por fin,
don Diego se determinó a ‘‘cortar” en dirección a la calle de las Monjitas por
donde siguió hasta atravesar el basural que constituía, entonces, la calle de
San Antonio, en esa parte; anduvo unos treinta pasos al Oriente y fue a golpear
"la puerta chica" de un caserón viejo que se extendía allí, en un
largo de media cuadra. No tardaron en abrir y don Diego penetró al zaguán
seguido de una zamba que llevaba un candil de greda.
Tres
caballos ensillados y con las riendas colgadas de unos horcones, indicaban que
sus jinetes no estaban muy lejos; efectivamente, a una voz de Larraín abrióse
una puerta de las que "caían” al patio y aparecieron dos hombres
emponchados.
— José
Antonio... —dijo Larraín en voz queda.’
— ¿Qué
novedades traes? —respondió el aludido, en el mismo tono.
— ¿Está
por ahí Manuel Bulnes...?
— Fue
para adentro —contestó José Antonio Bustamante, tomando del brazo a don Diego y
entrando ambos en el "cuarto”.
— Le
sacamos la orden al Presidente para que suspendiera la ceremonia mañana y la
dejara para el 21. Tenemos tres días para juntar la gente...
— ¡Pasado
mañana amanezco yo con mis inquilinos en Lo Espejo —dijo Bustamante, dándole al
recién llegado una recia palmada en el hombro como manifestación de entusiasmo.
— Acabo
de mandar llamar a Miguel Irarrázabal y a Luis Carrera para que salgan para
Melipilla y se traigan el inquilinaje de Talagante y Mallarauco...
Bustamante
levantó la mano para hacer otra demostración de entusiasmo, pero Larraín le
quitó el hombro.
En ese
momento apareció la corpulenta silueta del Capitán de Milicias, Manuel Bulnes,
que tan señalada actuación había tenido en los acontecimientos que se
desarrollaron con motivo de la prisión de los patriotas Rojas, Ovalle y Vera, y
en la deposición del Presidente Carrasco.
— ¿Ya
tenemos algo que hacer? —preguntó Bulnes, incorporándose al grupo.
— Salir
esta misma noche a buscar gente —dijo Larraín— y estar con ella lista, a más
tardar pasado mañana, pues el Presidente ha postergado para el 21 la ceremonia
del juramento.
— Con la
"albita” me "podís" mandar a buscar a las Barrancas, pasado
mañana —dijo Bulnes, abrochándose "el cinturero” —porque esta misma noche
llego a Polpaico.
— Y ya
saben —agregó Larraín—; hay que entrar en la plaza gritando: "¡Viva la
Patria! /¡Queremos Junta! y rodear al Presidente echándole vivas, que esto es
lo que al viejo le gusta. Lo demás lo hacemos nosotros. Y hasta la vista
—concluyó Larraín—, que en Cabildo me están esperando, porque ya deben haber
llagado Carrera y Miguel Irarrázabal. ¡Buena suerte, palo y tente tieso! —dijo
al salir.
Media
hora más tarde "galopiaban" por los embarrados caminos de los
alrededores de Santiago, en distintas direcciones, los animosos jóvenes que
tenían la importantísima misión de llegar "en lo mejor” de la ceremonia
del juramento "debiendo entrar a la Plaza en gran número, al tiempo del
reconocimiento y tumultuar al pueblo reunido y clamorear que querían Junta,
para cuyo efecto pedirían Cabildo Abierto y que se omitiese el reconocimiento
del Consejo’’. Tal dice un escritor realista.
Era cerca
de la una de la mañana cuando los Regidores salían del Cabildo, después de
dejar bien arreglada y delineada la primera parte del plan que, según ellos,
debía tener por resultado el nombramiento de una Junta de Gobierno compuesta,
en su totalidad, por criollos.
—
"Con tal” de que el Presidente no nos falle mañana —dijo don Francisco
Antonio Pérez a don Bernardo Vera— creo que estamos próximos a tener Junta.
— Dios le
oiga a Su Merced —respondió el "cuyano”—; pero esto no lo creeré hasta que
no lo vea. Es mucho cuento esto de que al lado de don Mateo esté viviendo doña
Josefa Dumont.
— No
desconfíe tanto, Su Merced —respondió Pérez—; también viven al lado del Conde
Toro sus hijas Mariana y Merceditas, que son patriotas y no lo hacen mal.
* * * *
Antes de
las ocho de la mañana del día siguiente el Regente don Juan Ballesteros había
reunido a los Oidores para que resolvieran qué se debía hacer para
contrarrestar la contra orden que los cabildantes habían obtenido del
Presidente para suspender la ceremonia dispuesta para ese día a las once.
El Fiscal
de la Audiencia habló en tono enérgico, y pidió que el Regente se apersonara al
Primer Mandatario para exigirle el cumplimiento estricto de la orden primitiva,
o lo que es lo mismo, la realización del acto, "incontinente”.
Supo
también, la Audiencia, que los patriotas habían mandado traer gente de las
haciendas vecinas y cuál era el objeto de esa invasión rural; aceptar la
postergación era, sencillamente, exponerse a una desagradable sorpresa que
podía tener trascendencia enorme.
No
titubearon, pues, los Oidores, en acceder al pedido del Fiscal, y a los pocos
instantes el Regente Ballesteros estaba frente a frente del Conde Toro, en su
residencia de la Casa Colorada.
— La
providencia que Usía dictó anoche, a pedido del Cabildo, debe ser suspendida
—dijo Ballesteros— porque la súplica de ese cuerpo insurgente es maliciosa y
depravada.
— ¿Cómo
es eso, cómo es eso?... —díjole el Conde—. Yo he suspendido la ceremonia, y
bien suspendida está, porque he sabido que el pueblo está dividido en dos
facciones que se vendrán a las manos y habrá sangre... Yo no quiero sangre...
No quiero violencia, ¡no, señor!
— No hay
tal división en el pueblo, señor Conde —insistió Ballesteros—; todos quieren
jurar al Consejo como cumple a buenos vasallos de Su Majestad.
— Sí que
la hay, señor don Juan; los carlotinos se oponen a que haya juramento y para
impedir o están dispuestos a hacer toda clase de excesos; todo lo he sabido.
— No hay
tales carlotinos, tatita —intervino la señora Dumont—; esa es una invención de
los insurgentes para tenerlo engañado a Su Merced.
¡Los
insurgentes... los insurgentes! La Marianita y la Merceditas ¿también son
insurgentes? — ¡Tate callá, niña! Los carlotinos son los que tienen la culpa de
todo lo que pasa, ¡Psch! ¡si yo lo sé!...
— ¡Hay,
tatita! —suplicó doña Josefa—; la Marianita y la Merceditas son tan insurgentes
como Domingo y como Joaquín; y es claro, como son sus hijos de Su Merced... les
cree más a ellos que a mí, que sólo soy su nuera.
— No, no;
no digas eso Chepita; ante todo, yo soy leal vasallo de Su Majestad y sólo
quiero servirle...
— Pues
entonces —intervino el Regente— Usía no debe oponerse a que se reconozca su
autoridad, solemnemente, como es de ley.
— Señor
don Juan, señor don Juan, yo estoy dispuesto a reconocerla, la reconozco desde
luego, y tómeme la palabra.
— Se la
tomo desde luego a Usía —agregó Ballesteros— y le pido en nombre de la Real
Audiencia, que tiene la representación directa del Soberano, que ahora mismo,
luego, se realice la ceremonia suspendida por esa orden inconsulta que le fue
arrancada sorpresivamente anoche.
Iba a
replicar el Conde, pero en ese momento penetraron al aposento, conducidos por
don Gregorio Toro, hijo mayor del Presidente, los cuatro Oidores de la
Audiencia, seguidos, también, por el Fiscal, quien, tomando la palabra, dijo
con énfasis:
— Señor
Presidente, el pueblo empieza a reunirse en la Plaza con el objeto de
presenciar la ceremonia del juramento a que ha sido citado, y Usía no puede
negarse a darle pronto la satisfacción que espera, de ver a Usía, para
aclamarle como representante de nuestro amado Soberano. ¡Salga, Usía, a
presenciar ese regocijado concurso y convénzase, Usía, de la absoluta fidelidad
del pueblo!
Finchóse,
el Conde don Mateo Toro, al, oír las palabras del Fiscal don Teodoro Sánchez,
que le anunciaban el próximo halago del aplauso popular; presintió la apoteosis
que le aguardaba al trasponer los dinteles de su palacio, rodeado de la
brillante comitiva de magistrados, prelados, caballeros, funcionarios, y
militares; se imaginó aclamado, reverenciado, en medio del bullicio de la
multitud entusiasmada, de los alegres repiques de las campanas, de los
vibrantes redobles de tambor y de las descacharrantes salvas de la artillería;
perdido el control de sus facultades, ante la expectativa de bañarse por unos
instantes en las aguas de rosas de la vanidad, el Presidente olvidó todo;
alzóse de su sitial, sorbió una narigada de rapé, tosió, y arqueando su brazo
derecho a la altura de la cadera, dijo a doña Josefa:
Chepita,
¡tráeme mis insignias!
Un sonoro
¡viva el Presidente!, resonó en la Sala.
La
concurrencia, que por momentos iba llegando a la Casa Colorada, tenía que
llamar la atención de los "juntistas", los cuales sabían muy bien que
sus adversarios no dejarían de presionar al Presidente para obtener la
revocación de la orden de postergación de la ceremonia; así, pues, cuando
supieron que toda la Real Audiencia se había trasladado al domicilio del Conde,
no pudieron dudar de que en esos momentos don Mateo estaba siendo víctima de
una formidable embestida. El deber de ellos era defender al Mandatario y
defender, también, sus ideales, puesto que de la resistencia que presentara el
Conde dependía el éxito del nombramiento .de la Junta que proyectaban imponer,
por la presión de los ‘huasos”, el día 21...
Don Juan
Enrique Rosales fue uno de los primeros en llegar a la Casa Colorada junto con
don Fernando Errázuriz; en el zaguán se encontraron con la Merceditas Toro,
quien les dijo angustiosamente:
—
¡Apúrense, por Dios! ahí están los maturrangos "que ya se comen" a mi
tatita. Entren por ese "cuarto" —agregó, mostrando una puerta a la
derecha del patio.
Penetraron
los recién llegados, y encontraron allí al joven Joaquín Alonso, nieto del
Conde, que se cambiaba de indumentaria, pues acababa de llegar "del campo”
a donde habían alcanzado ya las noticias de las ocurrencias que pasaban en
Santiago.
Alonso
les abrió otra puerta interior y les indicó, "que siguieran por el cañón”
hasta el aposento en que estaban el Conde y la Real Audiencia.
Por el
mismo camino se introdujeron, momentos más tarde, hasta el sitio de la reunión,
don Diego Larraín, don Pancho Pérez y don Nicolás de la Cerda; de los
patriotas, sólo el Conde de Quinta Alegre, don Juan Agustín Alcalde, pudo
entrar a la reunión por la puerta principal, pues don José Gregorio Toro, el
hijo mayor del Conde, marido de doña Josefa Dumont se constituyó en Cancerbero
para impedir la entrada a todo insurgente.
Puede
decirse que Alcalde "se le pasó”, cuando don Gregorio abrió la puerta para
que entrara a la Sala del Presidente el Marqués de Casa Real, don Vicente
García de Huidobro que era uno de los más caracterizados realistas criollos.
Los
juntistas se dieron cuenta inmediatamente de que su causa había perdido gran
terreno; vieron al Presidente vestido de gala, terciadas sus bandas azul y
roja, prendidas al pecho sus cruces, tocada la peluca, empuñado el bastón
emborlado; tratar de impedir el acto con la repetición de los razonamientos que
hicieran la noche anterior, era inútil, pues don Mateo se encontraba rodeado de
los realistas más genuinos, quienes podían rebatir esos argumentos, y con
ventaja; empeñar una nueva batalla en esas condiciones, era perderla
irremisiblemente.
Sin
embargo, don Fernando Errázuriz no resistió al impulso de hacer una última
tentativa.
Acercóse
al Presidente en un momento en que los demás estaban conversando animadamente
en pequeños grupos, y díjole:
— Señor
Presidente: no confíe Usía demasiado en que los carlotinos están tranquilos; y
como la verdad, desgraciadamente, es distinta, bueno sería que Usía ordenara
que la tropa asistiera al acto para resguardar la persona de Usía, que puede
correr peligro, y para que, en todo caso, sostenga las órdenes que Usía
imparta.
— ¡Eso
es, eso es! ¡Que venga la tropa! A ver, ¿donde está Vial? ¡Que venga Vial!
Errázuriz
se apresuró a llamar al Comandante de las Milicias, don Juan de Dios Vial, que
se encontraba en un extremo del salón.
— Señor
Comandante, disponga usted que se forme la tropa en la Plaza para que prevenga
todo desorden... |Que se forme la tropa!
— Ello no
es posible, señor Conde —respondió prontamente Vial—, porque toda ella está
dispersa y desprevenida, a causa de la orden que Usía dio anoche de
postergación de la ceremonia...
La verdad
era otra; la tropa estaba acuartelada, y Vial, que era uno de los principales
‘‘insurgentes”, estaba procediendo de acuerdo con los cabildantes.
— Tampoco
se necesita de tropa, señor Presidente —intervino el mercedario Padre Andrés
Romo, exaltado realista que se había acercado al grupo al notar las actividades
de don Femando Errázuriz—; el pueblo está sosegado y no desea otra cosa que
ofrecer su fidelidad al supremo Consejo de Regencia. No demore Usía, por esto,
la ceremonia.
— Y si
Usía quiere que venga la tropa —agregó enérgicamente el Capitán realista don
Diego Padilla—, deme Usía la orden a mí, que yo presentaré la tropa,
prontamente, pues toda ella está acuartelada; me consta y lo pruebo —terminó,
plantándose frente al vacilante Mandatario, y echando una mirada altiva y
desafiante al Comandante Vial.
— ¡Sí,
sí; que Padilla traiga la tropa! —exclamaron ardorosamente los^, realistas, al
verse espaldeados por el Oficial español.
— ¡Mande,
Usía, que Padilla se ponga a la cabeza de los reales vasallos de Su Majestad!
—gritó el Padre Romo.
Confundidos
los patriotas y presionados por el número, no pudieron impedir que el Capitán
Padilla saliera del aposento, arrogantemente, y fuera a ponerse a la cabeza de
los milicianos para solemnizar la ceremonia y servir de escolta al Presidente.
Eran las
diez de la mañana; la ceremonia estaba dispuesta para las once.
* * * *
Ante la
audacia y despinte del Capitán Padilla, los juntistas quedaron pasmados,
especialmente el Comandante de las Milicias, don Juan de Dios Vial, que había
afirmado al Presidente no estar las tropas prevenidas para una formación.
El primer
impulso del militar criollo fue el de lanzarse tras de Padilla e impedirle, de
hecho, que cumpliera su propósito; esto habría sido relativamente fácil; pero
los demás patriotas que estaban junto a él, en la Sala, y sobre todo el
respetable don Juan Enrique Rosales y "el muy sereno” don Ignacio de la
Cuadra, opusiéronse terminantemente a que Vial hiciese cualquiera violencia,
que, a juicio de ellos, sería contraproducente.
Por otra
parte, los realistas habían "criado ánimos” con la actitud Valiente del
Capitán Padilla, y no les habría sido difícil apoyarle y secundar su acción si
los patriotas hubiesen querido estorbar por cualquier medio la formación y la
salida de las tropas; ítem: los principales ayudantes del Comandante Vial, o
sea, Irarrázabal, Luis Carrera, Bustamante, Bulnes, de la Cerda, los jóvenes
Rosales y muchos más, habían salido la noche anterior, como ya sabemos, en
busca del "inquilinaje" de los alrededores, que debían encontrarse en
la Capital el día 21, para secundar el plan de los criollos y proclamar la
Junta.
Habría
sido, pues, inútil, que Vial hiciera cualquier amago contra Padilla;
determinaron, en consecuencia, los patriotas, esperar resignadamente el
desarrollo de los acontecimientos, sin abandonar, por cierto, la esperanza de
que todavía fuera posible impedir la realización de la ceremonia del juramento.
Mientras
los Oidores, los prelados de las comunidades y demás funcionarios, rodeaban al
Presidente "para entretenerlo" ínter llegaban las tropas y se daba
principio a la función, don Domingo Toro se hallaba en un grupo a un costado de
don Fernando Errázuriz, Vial, Pérez, Rosales y el Padre mercedario Romo, y
tomando del brazo al primero llevólo aparte y díjole:
— ¿Será
posible que dejemos que estos maturrangos de... cochinada salgan con ‘‘la
suya”?
— Eso
mismo digo yo, José Domingo; ese Padre Romo está allí más finchado que un
portugués, dándonos consejos de cómo debemos portamos con nuestro Soberano,
como si no supiéramos. lo que tenemos que hacer...
— ¡Y
repara quién habla...! (como si todos no supiéramos quién es y de dónde ha
salido e! Padre Romo! Yo conocí a su padre, remando, en Valparaíso, en los
bateles del Rey.
— Y yo
conocí a su madre...
— Yo
también 'a conocí; y por cierto que no fue una desgracia para ella casarse con
el batelero...
— ¡Bueno,
bueno!; pero el caso es que estos sarracenos van a salir con la suya...
— ¿Y qué
hacemos?
— Se me
ha ocurrido una cosa; llévame donde tu "mamá’’, mi señora la Condesa...
— ¿Qué
quieres hacer?... Acuérdate de que mi "mamita" se asusta por todo y
que ya no está en edad para meterla en nada.
— Se me
ocurre que si mi señora la Condesa le dijera al Presidente que no saliera a la
publicación del bando, porque los carlotinos están alborotados, el Conde no
saldría...
— Quién
sabe ¡Hagamos un tanteo!... —propuso Domingo Toro.
—
¡Hagámoslo! —aceptó Errázuriz.
Ambos
caballeros salieron de la Sala sin llamar la atención, y se dirigieren a una de
las habitaciones del primer patio, a la derecha, don Domingo empujó la puerta,
con suavidad...
— ¿Mamita
Nicolasa?... —pronunció cariñosamente.
— Entra,
niño, entra —contestó una anciana que en ese momento entregaba a su sirviente
una jícara vacía—. ¿Con quién vienes? —agregó la señora, al notar que detrás de
su hijo entraba también otra persona.
— Con
Femando Errázuriz...
— Con
Fernando... A ver, niño, "vení” a contarme que está pasando, porque hasta
aquí no llegan sino los ruidos —dijo la anciana Condesa de la Conquista, doña
Nicolasa Valdés y Carrera.
No
pretendía otra cosa, don Femando, y en un dos por tres, impuso a "mi
seá" Nicolasa, de los principales acontecimientos de la mañana, pues los
ocurridos la noche anterior los sabía ya, muy bien, la señora. Por cierto que
el criollo narró esas ocurrencias con las marcadas tintas patriotas que eran
menester, intercalando de refilón algunos "refregones" para los
carlotinos, que eran algo así como la cabeza de turco donde iban a parar los
golpes de los juntistas.
— No
queremos otra cosa que jurar a nuestro Soberano y a su Consejo de Regencia
—terminó diciendo don Femando— pero queremos jurarlo en paz, y de ninguna
manera exponernos a que los carlotinos nos vengan a "aguar la
fiesta".
— ¿Y
crees, niño, que esos carlotinos sean capaces de interrumpir ceremonia tan
solemne? —preguntó la Condesa.
— ¡Y tan
capaces, mi señora doña Nicolasita! Y lo peor del caso es que el pueblo odia
profundamente a los carlotinos y a la primera manifestación que hagan, "se
les irá encima"; no quisiera saber lo que pasaría, ¡por Nuestra Señora!...
La
Condesa Toro tenía por su marido la adoración que es posible imaginar en un
matrimonio que vivía ya sesenta años de ejemplar y apacible unión; por hada en
el mundo, ninguno de ambos cónyuges hubiera querido ver al otro expuesto al más
pequeño peligro, así supiera que con él o iba a duplicar su fortuna, o alcanzar
un honor, el más insigne. Así, pues, al cabo de reflexionar un momento sobre lo
que había oído, la anciana señora mandó recado al Conde, con su nieto Joaquín
Alonso, diciéndole que "la Condesa quería besarle las manos".
El joven
Joaquín, afiliado también entre los insurgentes, no tardó en volver al aposento
de su abuela trayendo apoyado en su brazo al asendereado Presidente, que había
concurrido al llamado de su mujer, de mil amores, creyendo así libertarse del
círculo de hierro que lo tenía aprisionado en la Sala.
—
¡Hijita, hijita! ¡Qué atrocidades estoy pasando! —dijo, dejándose caer sobre un
amplio sillón—. ¡Estos insurgentes me hacen sufrir lo indecible!; ¡lo
indecible!
— No
serán los insurgentes, hijo —contestóle la Condesa—; serán los carlotinos, que
son los únicos que se oponen a la publicación del batido...
— Me
acaban de decir Ballesteros y el Guardián del convento de mi Padre San
Francisco, que son los insurgentes los que no quieren que se jure a nuestro
amado Rey Femando.
— Pues te
engañan, hijo —acentuó la Condesa—; Femado Errázuriz me dice que son los
carlotinos y que están dispuestos a interrumpir la ceremonia, sea como sea, y
aunque corra sangre...
—
¿Sangre...? ¿Sangre...? ¡Eso sí que no! ¡Yo no quiero violencias, por nada!,
¡por nada!
— Pues,
lo mejor, para que no haya esas violencias y el pueblo se aquiete, es que no se
haga la ceremonia —agregó la Condesa— así todo el mundo se va tranquilo para su
casa...
— Y nadie
expone su persona —agregó intencionadamente Errázuriz.
— Eso es
—terminó doña Nicolasa—; nadie expone su persona. Ya está, hijito; vaya a
decirle a todos que se vayan porque no hay ceremonia; la dejaremos para otro
día, cuando ya se tranquilicen los ánimos. ¿No es cierto?
— Pero
¡qué van a decir Ballesteros, los Oidores, y la demás gente que está allí
deseosa de salir al bando...! —arguyó débilmente el Conde.
— ¿Qué
van a decir? Que Su Merced es el Presidente... ¡Que Su Merced es el que manda!
—dijo con energía don Domingo Toro—, y cuando manda el Presidente, a los demás
no nos queda más que obedecer.
— Tienes
razón, Domingo —dijo don Mateo—. ¡A ver!, ¡anda a decirles a los que están
esperando que ya no hay ceremonia..,! ¡No!; es mejor que vaya yo mismo... Es
decir, ¡vamos los dos, vayamos los dos!...
Y seguido
de su hijo Domingo, de su nieto Joaquín Alonso y de don Femando Errázuriz; más
misiá Merceditas Toro —que caminaban cerrando el grupo, del brazo de su hijo
José Santiago Aldunate, el futuro héroe de Ayacucho y de Chiloé —el Conde hizo
su entrada al salón y llamando en voz alta al Regente Ballesteros, díjole;
— Señor
Regente, he dispuesto que la ceremonia se postergue, así como lo había mandado
anoche, y hágase así, que es mi voluntad.! ¡No puedo permitir que haya aquí una
carnicería, entre el pueblo y los carlotinos!
Oír esto
los patriotas y echar al aire los sombreros dando vivas y aclamaciones al
Presidente, fue cesa de un instante; pero al punto el Conde fue rodeado
nuevamente por los Oidores y demás asistentes, "quienes procuraron
desimpresionarle y animarle haciéndose ver que todo era falso y que al pueblo
se le infería una injusta calumnia creyéndolo dispuesto a perturbar la
ceremonia".
"Con
éstas y otras razones reasumió espíritu el Presidente, y llegando en estos
momentos las tropas empezó todo el concurso a ponerse en orden para salir a la
calle y luego a la Plaza”...
Los
patriotas, que ya creían ganada la partida, vieron vacilar al anciano Conde,
pues los Oidores, funcionarios y prelados, sin hacer caso de la orden de
suspensión que acababa de dar el Presidente, comenzaron a tomar sus
colocaciones para formar la columna del cortejo en el patio de la casa y salir
de allí, en dirección a la Plaza.
El
Marqués de Casa Real, don Vicente Huidobro, el prior del Consulado, don
Celedonio Villouta, don Roque Allende y don Santos Izquierdo, diéronse a la
tarea de organizar la columna sin preocuparse de lo que dijera o no el
Presidente, y a pesar de que, por el otro lado, don Femando Errázuriz, el
mercedario Larraín, don Justo Salinas y don Agustín Eyzaguirre, proclamaban en
alta voz que era inútil la formación de la columna porque el Presidente había
suspendido la ceremonia.
— ¡No
hagan caso, Vuestras Mercedes, a lo que digan esos insurgentes, enemigos de la
Religión y del Rey! —gritó de pronto don Felipe del Castillo Alba,
caracterizado realista que se empeñaba en dar colocación, en la columna, a la
comunidad franciscana, algunos de cuyos frailes estaban entretenidos en
conversación con el mercedario Joaquín Larraín llamado el "prior de
frailes facciosos".
— ¡Aquí
no hay otros enemigos de la Religión y del Rey, que los empecinados carlotinos
que desean entregamos al portugués! —gritó con voz estentórea el vehemente
Regidor Larraín!
— Haya
consideración, haya respeto, señores —pronunció el Fiscal Sánchez; si todos
somos leales vasallos, vayamos a la Plaza a jurar obediencia a nuestro amado
Soberano Femando VII.
Un
murmullo de asentimiento se dejó oír en el patio y todos se aprestaron a salir,
pues en ese momento los tambores de las tropas, que estaban formadas abriendo
calle desde la Casa Colorada hasta la Plaza empezaron a batir marcha.
Los
juntistas, en escaso número, no podían hacer oír sus voces de protesta, o mejor
dicho, esas voces eran ahogadas por los realistas que ya se consideraban
vencedores; por otra parte, el Presidente no hacía manifestación alguna que
significara su resolución de mantener la orden que acababa de impartir para
postergar la ceremonia. La derrota de los criollos era inminente; sus proyectos
de proclamar la Junta el 21 de agosto podían darse por fracasados si no ocurría
algún incidente extraño e inesperado.
Los
Regidores del Cabildo habían convenido en no asistir, ni como Cabildo, ni como
particulares a la ceremonia del juramento; sólo dos de ellos, don Joaquín
Rodríguez Zorrilla y don José Antonio González Álamos, que eran realistas a
toda fuerza, se negaron a participar del acuerdo, y estaban instalados en su
sitio de honor en la columna del cortejo.
— ¡Ocupar
vuestro lugar, señores del Cabildo!—dijo en voz alta el Marqués de Montepío don
José Santos Aguirre, desde su sitio de honor, al lado del Marqués de Casa Real,
don Vicente Huidobro, de don Gregorio de Toro, de don Nicolás de Chopitea y de
otros ‘‘Caballeros de Hábito”, que ya estaban formados luciendo sus insignias.
— ¡El
Cabildo respeta las órdenes del señor Presidente, que ha mandado suspender la
ceremonia —contestó el Regidor Díaz de Arteaga— y los Regidores que están allí
formados, desobedecen al Presidente y al Soberano!
Entre
tanto, Castillo Albo había logrado ya ordenar la columna de honor que debía
salir precediendo al Primer Mandatario y a la Audiencia en su desfile hasta la
Plaza y mandado que la cabeza saliera del patio tras los tambores y los tres
"rabelistas" que componían la única "banda de músicos"
solemnizante de todas las fiestas oficiales; con esto ponía ya en movimiento el
concurso, y las esperanzas de los patriotas, de que viniera algo inesperado a
interrumpir y postergar la ceremonia, venían ruidosamente por los suelos.
Al ver
que la columna se ponía en marcha y al oír que en la calle empezaban a lanzar
vivas al Rey y al Presidente, don Mateo cobró ánimos de nuevo, y, olvidándose
de que, hacía un momento, había dispuesto la postergación de la ceremonia, a
pedido de la Condesa, su mujer, requirió su bastón y su tricornio, y apoyándose
en el brazo del Regente, salió al patio para tomar su colocación.
Los vivas
al Presidente resonaron ahora en el patio y don Mateo sintió en todo su ser la
caricia de la popularidad... Otros vivas y otras aclamaciones, más y más
entusiastas, convencieron, definitivamente, al Conde, de que debía llevarse a
cabo la ceremonia con toda la esplendidez y la solemnidad a que era acreedor el
"amado Rey Femando”, y al efecto, ordenó seguir la marcha hacia la Plaza,
al son de los tambores.
Sin
embargo...
"Estaba
ya puesto en el patio el Presidente, y se acercó a él uno de los cabildantes
(fue don Diego Larraín), y le dijo al oído: que de ningún modo saliera de la
casa, porque exponía su vida; hizo tanto efecto este último estímulo de la
malicia —dice el Padre Martínez— que detuvo su marcha el Conde, y declaró en
alta voz, a todo el concurso, que por nada pasaría adelante por no arriesgar su
vida, y así concluyó diciendo: que los asistentes determinasen lo que
quisiesen, porque él no seguiría. Los señores de la Audiencia y demás prelados
prosiguieron el desfile, saliendo algunos a la calle y convidando con su
ejemplo para que también saliera el Gobernador, y manifestándose así,
prácticamente, que el pueblo estaba pacífico e inocente".
Por fin,
después de muchas y nuevas, vacilaciones, que fomentaban por un lado Larraín,
Errázuriz, Rosales, Cuadra y demás patriotas, y Ballesteros, Sánchez, Huidobro,
Manso Izquierdo y los frailes por el otro, el Conde Toro "animado de
nuevo, siguió presidiendo el concurso hasta la Plaza, en donde, tomando
ensanche su oprimido corazón, entre vivas y aclamaciones de todo el pueblo,
conoció los engaños del Cabildo y gozó de indecible satisfacción al
experimentar la fiel subordinación y amor a su Soberano que manifestaba todo el
pueblo".
Concluyóse
la publicación del bando y el reconocimiento con todas las formalidades
acostumbradas, y siguieron tres días de iluminación, con "misa de gracias
y Te-Deum”.
Esa misma
tarde, varios "sirvientes” partieron en distintas direcciones hacia los
campos de los alrededores, para avisar al inquilinaje que era inútil, por
ahora, su venida a la ciudad.
Así fue
cómo fracasó la segunda tentativa de los patriotas para instalar la Junta de
Gobierno el 21 de agosto de 1810.
Faltaba
la tercera, que iba a ser la definitiva.
§ 12. Los
preliminares de la gran revolución
Desde que
empezaron a llegar a Santiago las noticias de los acontecimientos ocurridos en
Buenos Aires en julio de 1810, y que tuvieron por consecuencia el
reconocimiento de la Junta de Gobierno Nacional instalada en la Capital de ese
Virreinato, la opinión de los patriotas chilenos se uniformó en el sentido de
que también en Chile se debía poner el Gobierno en manos de una Junta que
respondiera al deseo de conservar la independencia y la integridad de este
Reino "para entregarla a su legítimo Soberano Fernando VII", cuya
suerte, en poder de Bonaparte, era esos días un misterio impenetrable.
Las
noticias llegaban a Santiago en las Gacetas, o sea, en los
ejemplares de este periódico semanal que se publicaba en Buenos Aires y que se
recibían en Santiago con el atraso mínimo de treinta a cuarenta días; pero era
tanta la irregularidad con que se distribuía este único periódico, que
solamente algunos ejemplares llegaban a poder de sus suscriptores; ni aún los
ejemplares destinados al Cabildo llegaban completos a manos del Secretario de
la Corporación. Todo esto producía en los dirigentes, realistas y patriotas, un
desconcierto muy fácil de comprender y daba lugar a las más extrañas
cavilaciones. Un escritor patriota de la época, decía: "Se opina que por
convenios recíprocos entre los empleados de la renta de correos, se entresacan
las noticias buenas y se dejan las malas o menos favorables y. por eso vienen
truncas". A su vez, Talavera, escritor realista, se expresa así,
refiriéndose a este mismo antecedente: "Otros juzgan, con probabilidad,
que las Gacetas se imprimen en Buenos Aires como venidas de
España, describiendo en ellas las noticias melancólicas, arbitrio propuesto por
los juntistas para deprimir el ánimo de los españoles...”
Los
patriotas chilenos tenían algunas de sus reuniones en casa del Regidor don
Diego de Larraín —situada en la Plaza de Armas, costado Oriente— para conocer
las noticias de las Gacetas y deliberar sobre ellas. A estas
reuniones no faltaban, en primer lugar, los miembros del Cabildo —que, a
excepción de dos o tres, eran francamente patriotas—, el Procurador de la
ciudad, don José Miguel Infante, el Padre Mercedario fray Joaquín Larraín, don
Juan Egaña, don Juan Enrique Rosales y muchos más, reconocidos por sus ideas
antirrealistas.
El 6 de
septiembre llegó a Santiago una remesa de Gacetas, y aunque desde
el 1° de ese mes se estaban haciendo repetidas reuniones en
casa de Larraín, "desde el 6 fueron diariamente y en mayor número de
personas y con mejor partido”. Y por lo que hace al Cabildo, "éste
duplicaba sus acuerdos y meditaba arbitrios para instalar la Junta cuanto
antes".
Sin
embargo de que la agitación entre los patriotas iba cundiendo, nunca se había
hecho todavía una manifestación pública u oficial de sus aspiraciones. Todo ese
movimiento se desenvolvía "por lo bajo", nadie osaba proponerlo con
franqueza, y aún, no faltó iniciado que lo negara, al ser interrogado por algún
curioso.
Las. Gacetas llegadas
el 6 de septiembre vinieron a precipitar les sucesos. Los días viernes 7 y
sábado 8 hubo reunión permanente en casa del Regidor Larraín; los iniciados
entraban y salían trayendo y llevando noticias, siendo los más activos el
Alcalde Eyzaguirre, los Regidores Errázuriz, Ramírez y Pérez, el Procurador
Infante, el Canónigo don Vicente Larraín y otros.
El sábado
las opiniones se habían aunado en el sentido de pedir al Presidente don Mateo
Toro que citara a un Cabildo Abierto para tratar "de lo que se debía
hacer” en presencia de los graves acontecimientos de la Península, y de la
prisión de Fernando VII.
Al día
siguiente, domingo 9, el atrio de la Catedral, a la hora de misa, la Plaza los
Portales de Sierra Bella y los alrededores de la casa del Regidor Larraín se
vieron extraordinariamente agitados por una concurrencia que no era la
habitual, esto es, la de las hermosas y elegantes devotas de ‘‘la misa de
nueve”. La noticia de que el Cabildo se iba a reunir a las diez, contra su
costumbre, en día domingo, hizo que una poblada se situara frente a la
"Casa Consistorial” (Municipalidad), para ver entrar a los Alcaldes y
Regidores; pero éstos no llegaron; sólo se vio al Secretario don Agustín Díaz y
al Regidor Pérez, quienes salieron juntos, diez minutos después, con dirección
a la casa del Regidor Larraín. A las preguntas insistentes de los espectadores
Pérez contestaba solo con estas palabras: "Esperarse, esperarse; tendremos
Junta, tendremos Junta”.
El
domingo pasó sin novedades, a pesar de todas las expectativas de la mañana.
Llegó el lunes 10, y desde las nueve empezaron a reunirse en la casa de Larraín
los Regidores y demás habituales; cerca de las doce del día se incorporó a la
reunión el Secretario del Presidente Toro, don José Gregorio Argomedo, a quien
fue a buscar el Regidor don Pedro José Prado y Jaraquemada. El Secretario salió
de la reunión después de mediodía, acompañado de algunos Regidores, que fueron
a almorzar a sus casas; los demás almorzaron con don Diego de Larraín. Antes de
la una y media, estaban todos reunidos otra vez, y la concurrencia no era
inferior a cuarenta personas entre las cuales se contaban seis u ocho frailes.
Pasada la
siesta empezó a juntarse, también, en la Plaza, frente a la casa del Regidor
Larraín, buena cantidad de personas que comentaban a su manera los
acontecimientos, por cierto que la mayoría era de patriotas, quienes
manifestaban, sin embargo, sus deseos "de que pronto hubiera Junta”; los
españoles, por su parte, metidos entre la concurrencia, combatían enérgicamente
esta pretensión, encabezados por don Santos Izquierdo, por don Manuel Manso,
por don Celedonio Villouta, Allende, Castillo Albo, Lazcano, Huidobro y otros.
Cuando, cerca de las siete de la tarde, se terminó la reunión en casa de
Larraín y los Regidores y demás personas se retiraron a sus casas, el público
agrupado no bajaba de trescientas personas.
Rápidamente
cundió la noticia de que al día siguiente, martes 11, se iba a hacer Cabildo
para acordar que el día miércoles 12 concurriesen todos los vecinos a Cabildo
Abierto, con el objeto de establecer Junta. Este rumor llego a oídos del
Presidente "quien se sorprendió demasiado”.
Efectivamente,
‘‘en la ciudad de Santiago, en once días del mes de septiembre de 1810, los
señores del ilustre ayuntamiento juntos y congregados como lo han de uso y
costumbre dijeron que siendo tan notorios los partidos y divisiones del pueblo,
con los que peligra la tranquilidad pública y el buen orden, acordaron que se
remita al señor Presidente una diputación de un Alcalde y un Regidor para que
se sirva, tratando de esa materia con todas las corporaciones y vecinos
nobles, ordenar se tomen las providencias que fueren conformes a la
opinión que allí se acordase, para la seguridad y defensa de
nuestra Religión, Rey y Patria”.
El
Alcalde Eyzaguirre y el Regidor Errázuriz fueron los comisionados por el
Cabildo para cumplir esa misión y el mismo día 11 se presentaron ante el
Presidente Toro a pedirle su venia para efectuar la reunión al día siguiente,
12, en la Sala Capitular, a la que asistirían el mismo Presidente, los Oidores,
los jefes de oficinas y de corporaciones públicas y los principales vecinos que
el Presidente y el Cabildo acordasen.
El
Presidente Toro pidió media hora para dar la respuesta y llamó a su Secretario
Argomedo. A la hora indicada contestó que, antes de resolver sobre lo
propuesto, necesitaba conferenciar con el Cabildo mismo y que en consecuencia,
rogaba decir a los Regidores que pasaran al día siguiente a Palacio, en
Corporación, para tratar de aquel grave negocio.
Llegó el
día siguiente, miércoles 12, y los regidores dirigiéronse a la Casa Colorada
para asistir a la reunión; pero encontráronse con la sorpresa de que el
Presidente Toro había cambiado de parecer ante los razonamientos que "en
contra” le había expuesto la noche anterior —después de la visita de Eyzaguirre
y Errázuriz— el Regente de la Audiencia Rodríguez Ballesteros. Los cabildantes
protestaron respetuosamente ante el Presidente,
de esta
"informalidad” y se retiraron —"sumamente corridos”, dice Talavera— a
deliberar a casa del Regidor Larraín. El público que se había agrupado frente
al Palacio para conocer el resultado de la reunión, acompañó a los Regidores
comentando en alta voz el incidente "y en son de tumulto varios
incontenibles gritaron: ¡queremos Junta!"
Las
noticias que corrían eran sumamente contradictorias. Los del partido español
decían que se iba a publicar un bando prohibiendo a todo el mundo que hablara
de establecer Junta o de cualquier cambio de Gobierno; por su parte, los
patriotas afirmaban que nada había de concreto, y se jactaban de que el
establecimiento de la Junta era irresistible.
Estas
discusiones se enardecían por momentos, sin que nadie tratara de apaciguar los
ánimos. A las siete de la tarde, hora, en que los reunidos en la casa del
Regidor Larraín salían para sus casas, la Plaza y los portales eran un
hervidero y en el ánimo de todos estaba que algo de extraordinario iba a
ocurrir esa noche, o al día siguiente.
El
prestigioso comerciante español don Pedro Nicolás de Chopitea, que en compañía
de sus parciales andaba entre la concurrencia defendiendo los acuerdos de la
Audiencia, creyó entender que los patriotas preparaban un levantamiento para
esa noche y sin pérdida de tiempo se fue a casa del hijo del Presidente, don
José Gregorio Toro, y le dijo:
—
"Gregorio, tu padre el Presidente está perdido: los chilenos intentan
mudar gobierno esta noche misma, e instituir Junta; para llevar a cabo sus
plañes se proponen sorprender los cuarteles y apoderarse de las armas”.
Gregorio
Toro era realista decidido, y poco le costó creer lo que le afirmaba su
correligionario Chopitea.
— ‘El
único medio de precaver tamaños males —dijo Chopitea —es reforzar esta noche el
Cuartel de Artillería con un buen número de personas fieles y seguras que al
efecto tengo apercibidas”.
Efectivamente:
Chopitea, desde la mañana de ese día 12, había andado ofreciendo a cada hombre
del pueblo que consideraba fiel, un peso de remuneración por
cada noche de servicio en la guardia del Cuartel de Artillería. Este Cuartel
estaba donde hoy funciona el Ministerio de Guerra, frente a la Moneda.
Don José
Gregorio aprobó el arbitrio que se le proponía, y salió a ver a su padre para
hacerle conocer la noticia y pedirle licencia para poner en práctica el plan do
defensa. El Presidente accedió sin titubear...
Dos horas
más tarde penetraban al Cuartel de Artillería cincuenta y cuatro hombres
encabezados por Chopitea, Juan Castillo Albo y Joaquín Arangua, con el objeto
de ‘‘reforzar” el Regimiento;... cargaron un cañón con metralla, lo subieron al
tejado, colocaron centinelas en el piso alto, y esperaron los acontecimientos
"bebiendo un exquisito ponche en ron" que mandó preparar, en su
propia casa, el abnegado realista Chopitea.
Como a
las diez de la noche vino al Cuartel el Coronel del Regimiento don Francisco
Javier de Reyna para impartir órdenes y "recomendar a sus improvisados
auxiliares, juicio, subordinación y quietud".
Pronto se
difundió, por la población, la noticia de lo que ocurría en el Cuartel de la
Artillería y los Alcaldes don José Nicolás de la Cerda y don Agustín
Eyzaguirre, el Regidor Larraín y don Nicolás Matorras, acompañados de una
veintena de personas "formadas en patrulla", se dirigieron a visitar
el Cuartel. Golpearon la puerta y salió a abrir el Oficial de servicio
"quien recibió a los Alcaldes con guardia doble, bala en boca y bayoneta
calada”.
— ¿Qué
gente es ésta que hay aquí? —preguntó Eyzaguirre.
— Hombres
de bien, y la mayor parte del comercio —contestó el Oficial.
"Viendo
los Alcaldes el número de gente que allí había —dice el Secretario de Gobierno
don José Gregorio Argomedo— tuvieron a bien volverse; pero los europeos que
allí estaban empezaron a silbarlos y a hacerles pifias desde el tejado”.
Este
hecho enardeció los ánimos de los patriotas; a pesar de la hora avanzada —eran
más de las doce— reunióse una gran poblada encabezada por los Alcaldes, y todos
se dirigieron a casa del Presidente Toro, que ya estaba en cama, pero que tuvo
que recibirlos en vista de la actitud decidida del pueblo. Los Alcaldes
pidieron al Presidente, enérgicamente, que se les permitiese hacer un Cabildo
al día siguiente, jueves 13 de septiembre, al cual debían asistir precisamente,
"las corporaciones, altos empleados y vecinos nobles, dos miembros del
Cabildo Eclesiástico, dos Oidores, dos miembros del tribunal del Consulado y
otros”. El Presidente accedió a todo y además "confió al Cabildo" la
elección de los sujetos que debían ser invitados...
Al día
siguiente se llevó a cabo la reunión (los Oidores se negaron a asistir, y allí
se acordó, por unanimidad, celebrar el gran Cabildo Abierto del 18 de
septiembre "para determinar si se debía establecer Junta de Gobierno, y
para nombrarla en el mismo acto, quedando obligados, en el entretanto, el señor
Celedonio Villouta a mantener en sosiego a la porción europea y el señor don
Ignacio de la Carrera a la de los patricios”.
Este
último acuerdo, sin embargo, no fue muy eficaz, porque los patriotas empezaron,
esa misma noche, a apretar la mano a sus adversarios.
Cuando se
conoció en la ciudad el acuerdo tomado en la mañana, los patriotas se echaron a
la calle dando vítores a la Patria, al Presidente, al Cabildo y a todos los que
habían asistido a la reunión; por su parte, los realistas, que esperaban todo
lo contrario, o sea la publicación del bando que prohibiría "se hablara de
Junta y demás novedades" fueron a casa del maturrango Aldunate donde hubo
una gran "tertulia" en la cual los comerciantes realistas don Antonio
Fresno y don Manuel Riesco, después de participar en la agitada discusión que
se produjo, propusieron que se enviara una "diputación” ante los dirigente
patriotas para acordar con ellos "un modo de vivir”...
Aceptada
la idea, contra la opinión de Chopitea, que ‘‘no quería nada con insurgentes”,
fueron comisionados los señores Antonio Martínez de la Matta y Castillo Albo
para entrevistarse con don Juan Enrique Rosales, a quien vieron al día
siguiente, temprano. Rosales se limitó a oírles y los citó para que asistieran
a una reunión que los patriotas iban a tener ese mismo día, en la noche, en
casa de don Diego Larraín.
Realizóse
la reunión, y además de Castillo Albo, asistieron a ella por parte de los
realistas, el "escorpionista” don Pedro de Arrué, don Mariano Serra y el
Coronel Olaguer y Feliú; ningún resultado se alcanzó, sin embargo, parque todo
fue ‘‘recriminarse los unos a los otros" y poco faltó para que la reunión
terminase a capazos.
El día 15
transcurrió más o menos tranquilamente, a pesar de ciertas reuniones
sospechosas que tuvieron los realistas en casa del Marqués de Casa Real don
Vicente Huidobro y en la de don Prudencio Lazcano, en las cuales habíase
acordado asaltar con doscientos hombres el Cuartel de la Artillería... Parece
que los políticos de ese tiempo daban a ese cuartel los caracteres de símbolo,
porque todos los esfuerzos se dirigían a conquistárselo, cada partido para sí,
con la "certeza” de que su poseedor era el dueño de la situación. El
Cuartel de Artillería poseía seis cañones sin bala, y una culebrina...
Pero la
noche del día 15 fue asaz agitada.
Sabedores,
los patriotas, de los proyectos realistas, "sacaron" apresuradamente
dos compañías del Regimiento de la Princesa y varios pelotones de caballería
para reforzar la guarnición del Cuartel de Artillería y juntaron gente para
patrullar la ciudad. Una de estas patrullas, mandada por don Juan Enrique
Rosales, aprehendió, cerca del Puente de Calicanto, a un grupo de realistas
armados de pistolas y cuchillos que llevaban por jefes a don José Arias y a don
Diego de Carvajal, y tras un breve interrogatorio, los llevaron presos al
Cuartel de San Pablo.
Otra
patrulla, encabezada por don Ignacio de la Carrera, aprehendió a don Cristino
Huidobro, hermano del Marqués de Casa Real, y a un sobrino de don Nicolás de
Chopitea, que dirigían un grupo de gente por la Cañada, hacia la Ollería;
todos, también, iban armados. Una tercera patrulla, a cargo de don Diego
Larraín, persiguió tenazmente a otro grupo de realistas que salía del convento
de la Merced; pero los ‘maturrangos" pudieron ganar el paso del Mapocho
frente a la Chimba, y desaparecieron en la obscuridad.
Entre
tanto, la gente habíase reunido en la Plaza y en los Portales en donde recibía,
a montones, las noticias de lo que pasaba en la ciudad. Cerca de las doce de la
noche quedaban todavía en la Plaza más de un ciento de personas.
El día
siguiente, 16 .de septiembre, amanecieron en Santiago las milicias campesinas
de los Regimientos del Rey y de la Princesa, en número de unos 600 hombres de
caballería, que iban a quedar al mando de su Coronel, el Regidor don Pedro
Prado y Jaraquemada; como los cuarteles estaban repletos de milicianos de otros
cuerpos, aquellos regimientos fueron alojados en la casa de campo del. Conde
Alcalde, situada "al lado de Barranca”, en terrenos que son hoy del
Seminario; otros grupos de soldados se hospedaron en casas particulares.
El
movimiento, ese día y esa noche no cesó, y las patrullas recorrieron la ciudad
sin encontrar patrullas adversarias. Los realistas, .aun los más animosos, Se
retiraron de la lucha, y los más pusilánimes empezaron a salir de la ciudad,
para guarecerse en sus "chácaras" de los alrededores. Otros se
limitaron a poner en salvo a sus familias, pues estaban convencidos de que
"no tardaría en correr sangre".
La única
que conservaba su entereza y orgullo, encastillada en su desolada Sala de
Acuerdos, era la Real Audiencia, que desde el día 13, cuando se acordó celebrar
el Cabildo Abierto del 18 de septiembre, no había cesado de protestar, en
sucesivas comunicaciones al Presidente, conminándolo con terribles sanciones
que debían venirle de la Corte.
Acercábase
la víspera del grande y ansiado día, y los regidores, que habían trabajado
mucho los días anteriores, estaban rendidos...
— ¿Qué te
parece, Agustín, que nos vayamos a descansar....? ¡Yo estoy desfallecido...!
—dijo al Alcalde Eyzaguirre, a su colega, el Regidor don Femando Errázuriz.
— No me
parece mal —contestó el Alcalde—, sobre todo cuando Diego Larraín y Pancho
Pérez acaban de decirme que se quedará de vigilantes toda esta noche, por lo
que pueda acontecer. !
Y
embozándose en sus capas —porque todavía quedaba algo del frío del invierno
recién pasado—, ambos capitulares atravesaron la Plaza, se persignaron al
enfrentar la Catedral, rezaron, "sobre andando", un Padre Nuestro por
la benditas ánimas de los difuntos enterrados en el Cementerio del Sagrario, y
se fueron, cada uno a su olivo.
— ¡Mañana
será otro día… —dijo Eyzaguirre al despedirse de Errázuriz, en la esquina de
las calles de los Huérfanos con la de Ahumada.
— ¡Qué
día será el de mañana, Agustín!—contestó el Regidor, estrechando la mano de su
amigo y pariente—, ¡Que Dios nos proteja dijo al separarse.
— ¡Nos
protegerá!— afirmó, convencido, el enérgico Alcalde.
§ 13. El
dieciocho de septiembre y su víspera
Las
preocupaciones del agitado día domingo 16 de septiembre habían mantenido con
los nervios excitados al Mercedario Larraín; al echarse a la cama, esa noche
permaneció "desvelado”, contra su costumbre, durante un par de horas, y en
este tiempo su cerebro se enredó en los más enmarañados proyectos y
cavilaciones. Durmióse, por fin, pero despertó con el alba y por más empeño que
hizo no pudo conciliar de nuevo el sueño.
Permaneció
un rato en la horizontal, dando vueltas en su imaginación el posible desarrollo
de los acontecimientos que se iban a producir durante la reunión del Cabildo
Abierto y en su víspera —ya estaba en ella— y de pronto dio un brinco; se sentó
en la cama, afirmado en un brazo, y a los pocos instantes, de otro brinco, se
encontró de pie en medio de la habitación en la más extraña figura, por cierto.
Puso los
brazos en jarra, pensativo, dio unos cuantos pasos, se sentó sobre un almofrej
apoyando la barbilla en el hueco de una mano, se incorporó de nuevo, echó una
mirada sobre su "ropa” que yacía sobre un sillón de vaqueta, y como
poseído de una inspiración repentina se persignó rápidamente, arrancó de su
cabeza el gorro de dormir con largas borlas azules que caían sobre sus hombros
y empezó a vestirse prestamente. A los pocos minutos, fray Larraín abría el
portón de su casa —la de su hermano Diego, en> la Plaza, en donde había
alojado esa noche— y atravesaba con paso acelerado por entre los baratillos y
tendales de la recova con dirección a la Catedral.
Era
todavía muy "de alba” y las puertas del templo estaban cerradas; pero el
Mercedario fuese al Palacio Episcopal y empujando el portón, que estaba
entornado, se introdujo hasta el corredor, siguió por él y llegó al
"aposento” del Canónigo ‘‘racionero” don Juan Pablo Fretes al cual
encontró sentado en un taburete, rezando el breviario.
— ¿Qué ha
oído hablar, Su Merced, del Coronel Reyna...?— preguntó, de sopetón, el
Mercedario.
— ¿Yo?...
¡nada! —respondió, sorprendido, el Canónigo; y como Larraín quedara
pensativo, Fretes agregó: ¿Por qué lo pregunta, Su Paternidad.
— El
Coronel don Francisco Javier Reyna es el Comandante de la Artillería —dijo
Larraín—, es español y con "tinte realista... ¿No le parece, a Su Merced,
que esto es peligroso.
El
Canónigo dejó a un lado el breviario, sacó su caja de tabaco, echóse una
pulgarada y mientras se agitaba las narices con una mano, alargaba a su amigo
la otra, ofreciéndole la caja.
—
¡Peligroso! —Afirmó el Racionero— ¡muy peligroso...!
Todas las
fuerzas de Santiago y las que iban a llegar ese día eran mandadas por
patriotas, y por este capítulo los juntistas estaban garantidos; pero había un
Cuartel, el de la Artillería, que estaba a cargo del Coronel Reyna,
"español y con tinte realista" que, bien dirigido, podía dominar
fácilmente a la tropa miliciana bisoña y producir un incidente peligroso o de
consecuencias graves.
Ambos
eclesiásticos sostuvieron durante media hora un animado diálogo y convinieron
en juntarse, a las ocho de la mañana, en casa del Alcalde Eyzaguirre, con quien
acordaron consultar el caso; entre tanto, el Canónigo fuese a la Catedral y el
Mercedario al convento de "las Monjitas” para ‘‘hacer*’ cada uno su misa.
A la hora
convenida llegaron nuestros patriotas a casa del Alcalde, a quien encontraron
en compañía de sus colegas de Cabildo don Pancho Ramírez y don Femando
Errázuriz, con quienes acostumbraba tomar su matinal jícara de chocolate
después de haber ‘‘matado el gusano” con un traguito de "anisado” de las
vegas de Itata. La compañía no podía ser más oportuna para hablar del grave
negocio que había preocupado al Mercedario.
— A mí me
han dicho que Javier Reyna, aunque español, no se opone a que se reúna el
Cabildo Abierto ni a que se cumpla lo que allí se acuerde —dijo Errázuriz.
— Yo
estoy convencido de lo mismo —agregó Ramírez—; pero ya que el Padre Larraín
tiene sus dudas, no quiero que estas palabras mías influyan en la resolución
que deseen ustedes tomar para la seguridad de nuestros proyectos.
— Lo que
abunda no daña —dijo el Alcalde— y yo soy de parecer que "saquemos" a
Reyna del mando de la Artillería...
— Eso
mismo me parece a mí —agregó Larraín—; debemos sacarlo.
— ¿Y si
Reyna se ‘‘siente”? —dijo Errázuriz.
— Si se
‘‘siente”... quiere decir que la hemos acertado —habló, por fin, el Canónigo
Fretes, que hasta entonces apenas había pronunciado palabra.
Sin
embargo, la reunión se disolvió sin haber tomado un acuerdo definitivo, en
espera de una diligencia que iba a hacer el Mercedario, y que consistía en ir a
"semblantear” al Coronel Reyna para saber si se podía contar con él o no.
Quedaron' de juntarse, nuevamente, a las diez, en casa del Conde Alcalde, y
fray Larraín salió a dar cumplimiento a su cometido.
Eran
cerca de las nueve cuando el Mercedario, después de saludar, de pasada, a don
Ignacio de la Carrera, que lucía su gran poncho de vicuña frente al portón de
su casa, se dirigió "calle abajo", hacia la del Coronel Reyna, que
vivía en la de Agustinas, al llegar a la del Peumo (Amunátegui). Había
atravesado ya la calle de los Teatinos —iba por la media cuadra— cuando vio
salir de la casa del Coronel a don José Gregorio Toro, hijo mayor del
Presidente, y uno de los realistas más furibundos.
Larraín
disimuló su desagradable sorpresa y siguió andando hasta cruzarse con el
Mayorazgo, a quien saludó, concediéndole una sonrisa; el fraile continuó hasta
la casa del Coronel, enfrentó el portón, insinuó detener el paso, como para
entrar, pero siguió "de largo” y torció la esquina.
— El
Coronel es ‘maturrango” —murmuró entre dientes— y Gregorio Toro está en
conversaciones con él. ¡No me la pega!
A las
once de la mañana una delegación del Cabildo se presentaba ante el Presidente
Toro Zambrano a pedirle que, ‘‘en resguardo de la paz pública", ordenara
la traslación de la Artillería al Cuartel de San Pablo, "donde hacía más
falta”; el Presidente accedió a todo, y antes de media hora la tropa de la
Artillería con los seis cañones "y una culebrina" que era todo el
armamento, abandonaba el cuartel frontero a la Moneda, y salía con dirección al
de San Pablo, escoltada por 150 hombres de caballería.
Cuando el
Coronel Reyna recibió la orden, a las once y media, aun no había abandonado su
lecho, porque estaba enfermo; quiso levantarse, a pesar de todo, para alcanzar
a Palacio y conocer alguna de las razones que había tenido el gobierno .para
dictar sin consultarle o prevenírselo, siquiera por cortesía, esa tan extraña
orden, pero en ese mismo momento llegó hasta su alcoba su amigo don Ignacio de
la Carrera, y le dijo:
— No te
afanes, Javier; estás enfermo y no te convienen estas andanzas. Deja que corra
la bola, que, al fin y al cabo, todo es servicio de nuestro amado Rey Femando.
Y don
Ignacio lo decía sinceramente,
"En
vista de la enfermedad del señor Coronel don Francisco Reyna, el gobierno le
dio licencia, y entregó el mando de la Artillería al Capitán de Ingenieros don
Juan Mackenna, invistiéndolo al mismo tiempo del cargo de Ayudante Mayor de la
Plaza";
Todas las
fuerzas militares de Santiago quedaron con esto, en manos de los
‘‘juntistas".
* * * *
Durante
todo el día 17 continuaron los detalles de los preparativos para la reunión del
18, en medio de las más activas ‘‘diligencias" de los miembros del Cabildo
y de los demás jefes del movimiento revolucionario. El Comandante General de
Armas don Juan de Dios Vial, su "segundo" el Capitán Mackenna y demás
ayudantes, distribuyeron las órdenes a los jefes de los distintos cuerpos de
guarnición para la colocación que debían tener durante el acto del día
siguiente y el Cabildo, por su parte, ocupóse en hacer la lista y distribuir
las esquelas de invitación, con las cuales podrían entrar los vecinos al local
de la reunión.
La lista,
severamente seleccionada, alcanzó al número de 437 vecinos, de los cuales,
según los historiadores realistas, solamente catorce eran
"españoles-europeos"... Para completar el número de patriotas
restantes, el Cabildo tuvo que poner los nombres de "mozuelos hasta de 16
años que aún estaban bajo la patria potestad, y otros jóvenes advenedizos de
las provincias de Cuyo, que no eran vecinos".
De los
conventos, solamente fueron invitados los frailes reconocidamente patriotas,
"que estaban en la proporción de uno contra cuatro realistas", según
advierte don Antonio Talavera; los provinciales de las comunidades mercedaria y
agustina protestaron de que no se las hubieran invitado "en
corporación", pero el Conde Toro contestó a los mercedarios, por escrito,
"que como sólo se trata de establecer la quietud y la tranquilidad pública
en el Reino, ella se lograría mucho si su devota comunidad se limita a
interponer sus ruegos a la Majestad Divina, como le encargo lo verifique,
conforme al saludable y único objeto de su instituto".
No
necesito decir que el Conde se redujo a poner su firma en la
"providencia" redactada por Gaspar Marín.
Como los
realistas habían empezado a correr la voz de que la Junta que iba a designarse
al día siguiente, sería compuesta "por enemigos de la Religión y del Rey
que tenían el propósito de alterar la vida religiosa de los monasterios, de
confiscar sus bienes y cometer otros excesos”, los consejeros del Presidente
creyeron necesario que se enviara una circular a las religiosas de los siete
monasterios de la ciudad, protestando de tal inepcia, que las traía
"temerosas y afligidas” y dándoles las seguridades de que "jamás se
podrían cometer tan execrables delitos”.
Los
dirigentes habían dispuesto hacer, la noche de la víspera, "un ensayo” de
la reunión del Directorio, a fin de que "todo saliera fácil y derecho”;
era esto indispensable, porque a pesar de que se había tomado toda clase de
precauciones para asegurar el éxito, podía ocurrir cualquier incidente, en la
reunión misma, que pudiera perturbarla.
La
reunión "de ensayo” se realizó en casa de don José Domingo Toro y
asistieron a ella ciento veinticinco personas, indudablemente "todos” los
patriotas de Santiago, descontando los viejos y los temerosos; presidió el acto
el Canónigo don Vicente Larraín —a quien no se debe confundir con su hermano,
el Mercedario fray Joaquín— y para empezar, "echó” un discurso
declamatorio y patético, ensalzando las delicias de la libertad de la Patria.
Por los apuntes de este discurso, que se encontraron entre los papeles del
Canónigo, a su muerte, nos será posible apreciar su estilo, ampuloso y
gongorino; véase:
"Compatriotas
míos, hijos de tan feliz suelo chileno, que ha destinado la Providencia para la
obra más grande e interesante de nuestra Patria... oh! cómo
se llena.de regocijo mi corazón y se transporta mi alma al veros
reunidos para un mismo fin... ¡Ah! la obra tanto tiempo meditada se va a
realizar mañana... ¡ah! ¡qué contento para mí!... ¡ah!...”
Después
que hubo declamado bastante, el gran patricio sacó de su faltriquera un papel,
y agregó: "todo está ya acordado; he aquí los nombres de los ilustres
caballeros que compondrán la Junta: el primero de todos, el que deberá ser
nuestro Presidente perpetuo, es el magnánimo y eminente señor Conde de la
Conquista don Mateo de Toro”...
Un
aplauso cerrado cayó sobre el orador cuando pronunció el nombre del Presidente,
y lo mismo ocurrió al oírse el de cada uno de los demás miembros, que eran, lo
sabemos todos, el Obispo Martínez Aldunate como Vicepresidente, don Juan
Martínez de Rozas, primer vocal, don Femando Márquez de la Plata, segundo, y
don Ignacio de la Carrera, tercero. Según lo que se verá más adelante, a última
hora se designó primer vocal a Márquez y segundo a Rozas. La Junta, según lo
que se había hablado hasta entonces, debía componerse de "cinco sujetos”
solamente, y ninguno de ellos debía ser miembro del Cabildo, pues se habían
declarado incompatibles ambas funciones.
Sin
embargo, don Ignacio de la Cuadra "pidió permiso para decir que, a su
parecer, la Junta debía componerse de siete personas, "a lo menos”; en
esta oportunidad fue apoyado por muchas personas, entre ellas por Manuel
Rodríguez y los "cuyanos” Manuel Dorrego y Bernardo Vera. Pero saltó a la
palestra el Alcalde Eyzaguirre y en un dos por tres, ayudado por Infante,
impuso su prestigiosa opinión ante el auditorio; y como Eyzaguirre quisiera
"dejar acordada” tal resolución, Manuel Rodríguez "se paró” sobre una
banca y gritó:
— ¡Eso lo
veremos mañana, en el Cabildo Abierto; ahora no estamos en Cabildo, para
"acordamos” en nada!
Toda la
"gente seria” se volvió hacia el gritón, y le hizo callar con repetidos
¡schit!... ¡chitón...! pero de pronto surgió una voz de adolescente, pero
vigorosa:
— Tiene
razón el señor Manuel Javier Rodríguez... ¡mañana veremos esto y no se hable
más...! —terminó, con acento cortante.
Era
Manuel Dorrego, el "cuyanito” audaz e insolente...
Al
bullicio de protesta que provocaron las palabras y vivo diálogo de los
"muchachos” y de sus amigos, entre los cuales se contaban a Luis Carrera,
a Mariano Egaña, a Bernardo Vera y otros, siguió una calma impuesta, a gritos,
por el Canónigo Presidente. Cuando se hubo hecho el silencio, Argomedo,
secretario del Presidente Toro, explicó la forma cómo se iba a desarrollar la
ceremonia misma, según lo acordado con el Conde: Llegada la comitiva oficial al
Consulado, reunido ya el vecindario en el gran salón, el Presidente depositaría
su bastón sobre la mesa como señal de que, desde ese momento, entregaba al
Pueblo, allí reunido, el poder que hasta ese momento había tenido en su mano.
En
seguida, el secretario Argomedo debería hacer una corta alocución para explicar
el significado y trascendencia de este acto generoso que el Presidente hacía en
aras de la Patria, guiado por el alto propósito de procurar la tranquilidad del
pueblo perturbada por las noticias graves y dolorosas que llegaban de España
sobre la invasión del "intruso” Napoleón y el cautiverio del "adorado
Fernando Rey”.
Luego
hablaría el Procurador don José Miguel Infante, en nombre del Cabildo de la
ciudad, para explicar la "legalidad” del acto, y el "derecho” que
tenía el pueblo de Santiago para nombrar una Junta Gubernativa local, que
tomara el mando del Reino "para conservarlo a su legítimo dueño él señor
don Femando, y mientras durara su cautiverio”, y terminaría proponiendo los
nombres de las personas que debían componerla; es decir, leería la lista que
acababa de ser conocida, la cual "habría de ser recibida con los mayores
aplausos, para impresionar a los enemigos.
— ¿Y
quién más va a hablar...? —preguntó Manuel Rodríguez.
— Todos
los que quieran —contestó Infante.
—
¿También los maturrangos..? —agregó Miguel Irarrázaval.
Hubo un
momento de silencio, porque, a la verdad, nadie había "caído en ello”.
Una
explosión de aplausos coronó sus palabras, y por convencimiento unánime quedó
resuelto que a ninguno de los poquísimos realistas a quienes se les había
"pasado” invitación se les concedería el derecho de hablar "más de un
minuto”.
— ¿Y si
insistieran en usar de su derecho? —objetó el Regidor González Álamos, que
todavía no abandonaba, del todo, sus aficiones realistas.
— |Ya nos
encargaremos de avisarles que deben callar! —contestó Rodríguez.
Cerca de
la medianoche era ya, cuando los últimos patriotas abandonaron la casa de don
Domingo Toro, después de haber dejado acordado todos los detalles de la
trascendental ceremonia que iba a realizarse al día siguiente.
Un grupo
de los que se retiraban por la calle de la Merced arriba, vio, a esa hora, que
la "calesa” del Conde Toro, escoltada por una carreta entoldada y por seis
"inquilinos”, caminaba lentamente hacia el Alto del Puerto, situado detrás
del Santa Lucía, para seguir de allí por el camino .de Vitacura, en donde tenía
su "chácara” el Mayorazgo don José Gregorio.
En la
calesa iba su esposa doña Josefa Dumont con sus hijos, y en la carreta su
servidumbre; perdida la esperanza de impedir la reunión del Cabildo Abierto y
el nombramiento de la Junta Patriota, que era su inevitable consecuencia, la
estimable dama realista abandonó la casa de su suegro, y la ciudad, para no
presenciar cómo se iba a desmoronar la autoridad de su Rey y Señor Natural.
* * * *
Si
durmieron, o no, la noche del 17 de septiembre de 1810, los dirigentes del
movimiento revolucionario, es un detalle que no me he preocupado en averiguar;
pero lo más probable es que los miembros del Cabildo y demás insurgentes que
estuvieron reunidos "hasta tarde en la casa de don Domingo Toro para hacer
"el ensayo de la ceremonia del día siguiente se "desvelaran”
imaginando la multitud de dificultades que veían surgir por todos lados hasta
llegar al término de la jornada del 18.
Apenas
asomaron las primeras luces del alba, el Comandante de la Plaza don Juan de
Dios Vial se echó de la cama, persignándose devotamente, y dio una voz a su
hijo Juan de Dios Vial y Arcaya, que dormía en el aposento vecino.
Era su
primer ayudante de campo, su ayudante de confianza, a quien debía encomendarle
los "recados” más inmediatos. El muchacho era de inteligencia vivaz;
contaba apenas dieciocho años y tenía unos deseos locos de tomar una
participación importante en los acontecimientos de ese día.
En cortos
instantes ambos Vial estuvieron listos, y el joven recibió la orden de
dirigirse al Cuartel de la Artillería para cuidar de que los "trompetas”
no atrasaran el toque de diana, a cuyos sones la tropa alojada en los distintos
cuarteles debía ponerse en armas, o presentarse en ellos la que estuviera
alojada en casas particulares.
Cuando el
joven ayudante llegó a la Plazuela de la Moneda estaban formados ya los
"trompetas” y tambores a la orden del Teniente Barainca, quien tenía en
sus manos su "reló” esperando la hora exacta para dar la señal.
A las
cinco en punto, los clarines atronaron el espacio y anunciaron a la ciudad
soñolienta que se iban a empezar los preparativos para el grande y suspirado
acontecimiento.
Desde la
seis de la mañana comenzaron las milicias a moverse por las calles de Santiago
y una hora más tarde habían ocupado ya los puestos que les habían sido
designados desde el día anterior, en la orden de la Plaza. El Regimiento de la
Princesa, al mando del Coronel y Regidor don Pedro Prado de la Jaraquemada se
colocó en la Cañada, lado sur, «extendido desde San Francisco hasta San Lázaro
con la orden de impedir la entrada al interior de la población, a toda clase de
personal
Ya he
dicho que el Callejón "de Uarte” (actual calle de Cochrane), el de San
Diego (actual Arturo Prat), el del Hospital (actual Santa Rosa), y el de la
Ollería (calle de Maestranza), eran las principales entradas a la Capital, por
el sur.
El
regimiento del Príncipe, a las órdenes del Coronel don José Santos Aguirre,
Marqués de Montepío, fue destinado a patrullar la población con tres de sus
compañías, al mando de otros tantos capitanes reconocidamente patriotas, pues
el Marqués continuaba siendo "algo” realista y era preciso
"separarlo” de su tropa en todo lo posible... Otras dos compañías de este
Regimiento se dejaron extendidas en la calle de la Compañía hacia el poniente
de la Plazuela del Consulado y por la calle de la Bandera hacia el norte y el
sur.
El
Regimiento del Rey fue colocado en la Plaza Mayor, abriendo calle al lado sur,
por donde debía atravesar la comitiva del Presidente Toro, desde la Casa
Colorada hasta el Consulado; al centro de la Plaza se colocó la tropa de la
Artillería con un cañón, para las salvas; el resto de cañones habíase
"guardado” en el Cuartel de San Pablo, desde el día anterior, como ya
sabemos, y allí se puso una compañía de Dragones de la Princesa para
custodiarlo, por si los realistas, aprovechándose de la "bolina” hubiesen
querido apropiárselo.
Una
compañía veterana de los Dragones de la Frontera, al mando del Comandante don
Juan Miguel Benavente, formó al lado sur de la calle de la Compañía, entre la
Plaza Mayor y la plazuela; y al lado norte, una compañía de Dragones de la
Reina.
Por
último, en la puerta del Consulado —más una fila de infantería miliciana, más
una compañía entera de Dragones, al mando del Conde de Quinta Alegre— se
colocaron "guardias dobles escogidas” para que controlaran, por última
vez, a los invitados, examinando sus esquelas de invitación por si alguno se
hubiera "pasado” sin ella en la "aduana” de las tres o cuatro
bocacalles que tendría que cruzar antes de llegar a la puerta...
"Era
un aparato aterrador el que se dispuso para intimidar al honrado y fiel pueblo
de Santiago de Chile” afirma un escritor realista.
Pasadas
eran las diez de la mañana cuando se oyeron los clarines de la Piara anunciando
que el Presidente y comitiva salían de la Casa Colorada; inmediatamente oyóse
el estampido del 'primero de los cinco cañonazos con que se saludaba a la
autoridad cesante. Desde que don Mateo apareció en el dintel de su palacio oyó
los más atronadores vítores a su persona, en los cuales se le aclamaba
eminente, por los cuatro costados...; don Mateo, sonriente, benévolo, marchaba
afirmado en su bastón por un lado, y en el Alcalde Cerda, por el otro; de
cuando en cuando levantaba el brazo, con bastón y todo, y se dignaba menear la
cabeza para agradecer la caricia del vítor popular. Don Mateo iba radiante,
como en sus mejores días.
En, la
comitiva formaron todos los altos funcionarios del Reino, excepto el personal
de la Real Audiencia; sus señorías estaban "sentidos y agraviados” y se
encerraron, algunos en sus casas, y otros en las salas del Tribunal, desde
cuyas ventanas contemplaron, por entre las cortinillas, los acontecimientos de
la Plaza. Las comunidades religiosas no fueron invitadas, oficialmente, ya lo
sabemos, al Cabildo Abierto; era bastante peligroso, por ser muy numerosas y
los frailes muy buenos predicadores y podrían sus reverencias "cerrarse” a
perorar; por otra parte, el hábito eclesiástico imponía respeto y no era cosa
de impedir, por la fuerza, el que sus reverendas personas cerraran el pico.
Sin
embargo, recibieron invitaciones más de treinta y cinco frailes reconocidamente
"juntistas” y de ellos asistieron más de veinte; los demás no se
atrevieron a salir de sus conventos por temor a las censuras o represalias de
sus superiores.
Si
entusiastas habían sido los vivas y aplausos que se tributaron al Conde Mateo
durante el trayecto, los que oyó, Su Señoría, cuando desembocó en la Plazuela
del Consulado, fueron clamorosos; varias "chinas” enviadas para ese objeto
por algunas damas de "casa grande”, arrojaron flores y arrayanes al
Presidente; con tantas emociones, don Mateo hubo de detenerse un momento antes
de entrar, y solo pudo decir:
— ¡Está
muy bonito...! ¡Está muy bonito...!
La sala
de la reunión se había "repletado” con los 337 vecinos que asistieron al
acto, de los 437 a quienes se enviara invitación. Esta sala de la ex Biblioteca
Nacional conservábase, con muy pocas modificaciones, mientras funcionó en ella
este establecimiento; se la designaba con el número 7, y mi respetable amigo
don Ramón Laval, subdirector de la Biblioteca (1925), la llamaba,
reverentemente: "la histórica siete”.
A la
llegada del Presidente, la apretada concurrencia le abrió paso, entre
aclamaciones, hasta que llegó al sitial doselado donde iba a tomar asiento.
Este dosel era el que usaba el Tribunal del Consulado, o de Comercio cuyo
"prior” era el caracterizado realista don Celedonio Villouta, a quien el
lector ha conocido en crónicas anteriores. Don Celedonio fue uno de los catorce
maturrangos que recibió invitación —al fin y al cabo era el dueño de casa— y
estuvo presente en el Cabildo Abierto.
Sentado
ya, el Presidente, los secretarios Argomedo y Gaspar Marín, el ceremonioso
Procurador Infante don Ignacio Cuadra y muchos más, se empeñaron en hacer
silencio —porque todo era bullicio— a fin de dar principio al acto. Por fin, el
Alcalde Eyzaguirre se trepó sobre un banco y dijo con voz fuerte:
—
¡Señores... caballeros... escuchad, escuchad! El muy ilustre señor Presidente
va a iniciar el acto.
Don Mateo
llevaba la lección aprendida; pero aunque era bien corta, con las emociones del
trayecto se olvidó de los detalles y se limitó a decir, con voz que se empeñó
en ser clara y comprensible:
— ¡Aquí
está el bastón!... ¡Disponed de él y del mando!
Echó la
insignia sobre la mesa, requirió ambos brazos del sillón y se dejó caer sobre
sus mullidos cojines diciendo:
— Señor
Argomedo, explicad a estos señores lo que os tengo prevenido.
A las
últimas palabras del Conde Toro habíase hecho ya un silencio profundo en la
Sala.
Argomedo
se puso de pie y sin salir de su sitio, en el extremo de la mesa, explicó
brevemente el significado de la reunión, terminando por elogiar el
desprendimiento y "patriotismo” del Presidente que venía a depositar en el
Pueblo todo el poder de que se hallaba investido, a fin de que éste resolviera
libremente lo que debía hacer en presencia de los graves acontecimientos de la
Península.
Cuando
terminó el vibrante orador, resonó un aplauso cerrado en la Asamblea y de
pronto oyóse una voz, desde el extremo de la Sala, que gritó:
—
¡Queremos Junta!... ¡Junta queremos!...
"A
lo que siguió un enorme bullicio” que duró varios minutos.
Volvió el
Alcalde Eyzaguirre a encaramarse sobre su asiento y después de "muchas
voces y trabajos” logró nuevamente que se produjera silencio, anunciando, por
último, que el Procurador de la ciudad iba a expresar la opinión del Cabildo.
Don José
Miguel Infante avanzó hasta el medio de la Sala, al lado de la mesa
presidencial; su figura corpulenta y atrayente y más que todo, el gran
prestigio de que gozaba "por su ciencia y letras” impusieron la atención
de todos. La alocución del Procurador fue larga y como buen abogado, se
extendió en explicar el punto jurídico, y el derecho que asistía al pueblo para
"darse” una Junta de Gobierno al igual de las que habían nombrado las
diversas provincias españolas en estas mismas circunstancias. Para terminar —ya
había hablado cerca de una hora— "lisonjeó al pueblo y ensalzó sus amplias
facultades y autoridad para disponer y constituir un gobierno propio” y por fin
"expresó su deseo de que los circunstantes manifestaran su sentir...
Ante tal
invitación, el Administrador de la Real Aduana, don Manuel Manso, levantóse de
su asiento y dijo, fuerte:
— ¡Pido
la voz!...
Manso era
uno de los realistas más orgullosos y por lo mismo, de los más intransigentes
con las nuevas ideas; su invitación al Cabildo Abierto había dado lugar a una
agitada discusión entre los que tenían a su cargo la selección y
"escrutinio" de los invitados y aunque todos habían estado de acuerdo
en que debía ser eliminado de la lista, Don Diego Larraín obtuvo su inclusión,
mediante el siguiente razonamiento:
—
Dejémoslo, señores; este será el que menos hable en el Cabildo Abierto, porque
es tartamudo...
Al oírse
la petición de don Manuel Manso la concurrencia quedó en silencio un momento;
pero cuando el Procurador Infante dijo: "Que hable el señor don Manuel”,
el grupo de muchachos que encabezaba Manuel Rodríguez, desde el extremo de la
Sala, prorrumpió en gritos: ¡No, no!, ¡que no hable! ¡que no se le deje...!
—
¡Silencio! —intervino el Alcalde Cerda—. ¡Déjesele hablar! ¡Que diga su
parecer!
En medio
del bullicio levantóse Manso, y paseando su mirada olímpica por toda la Sala,
empezó a hacer muecas y a decir:
—
¡Caballeros...!
Y terminó
por sentarse, porque una carcajada fenomenal ahogó cada una de sus palabras
siguientes, "que no se oyeron”.
Los
catorce realistas que había en la Sala hicieron todo lo imaginable para amparar
el derecho de su correligionario, pero fue inútil; la muchachada insolente
lanzaba sobre el infeliz caballero tartamudo una cuchufleta tras la otra y el
resto de la concurrencia no podía sujetar la carcajada por más que lo quisiera.
Dominados y deprimidos por esa mayoría abrumadora, don Manuel y sus amigos se
dispusieron, entonces, a abandonar la Sala, pero antes de salir, y mientras se
abrían paso, trabajosamente, hasta la puerta, don Santos Izquierdo, luciendo su
hábito de Caballero de la Orden y Montesa, gritó:
—
¡Protesto, por el Rey, del insulto que se le hace!... ¡Protesto …protesto!...
—
¡Anda... y saca para afuera a tu caballo Manso! —gritó Manuel Rodríguez.
No
valieron de nada las voces de los alcaldes y demás gente "de respeto” que
ordenaban "compostura y consideración*', y los maturrangos tuvieron que
salir de la reunión "Henos de insultos y desprecios”.
La gente
de la Plazuela del Consulado se había dado cuenta ya de lo que ocurría en la
Sala; de manera que cuando Manso, Izquierdo, Arangua, Villouta, Lazcano y otros
aparecieron en la puerta, fueron recibidos con una rechifla estupenda que los
obligó a volver espaldas y guarecerse en la escribanía o despacho del Prior
Villouta, donde permanecieron hasta que la reunión hubo terminado.
La
Asamblea, entre tanto, había vuelto a la normalidad, y el Procurador Infante a
continuar su disertación jurídica; pero la muchachada había perdido ya el
respeto y la paciencia y no estaba dispuesta a permanecer inactiva.
—
¡Queremos Junta¡—gritó uno.
— ¡Que se
nombre la Junta luego!...
— ¡Que se
calle el Procurador! —lanzó otro más insolente.
— ¡Sí,
sí! —Vociferó el grupo de energúmenos—. ¡Que se nombre la Junta, que ya es
tarde!
Y como el
desorden no amainara, el Procurador Infante, después de consultar con la mirada
a los alcaldes y "por haber visto que el señor Presidente estaba incómodo”
se resolvió a dar por terminado su discurso indicando, por señas, a los que
estaban al extremo del salón, que guardaran silencio un instante.
— He aquí
la lista de las ilustres personas que compondrán la Junta —dijo, cuando hubo un
poco de calma.
Ante este
anuncio se hizo un silencio completo.
— Será
nuestro Presidente perpetuo el eminente señor Conde de la Conquista don Mateo
de Toro y Zambrano, Caballero de la Orden de Santiago...
Apuntar
las aclamaciones y vítores con que fue recibido este anuncio, es superfluo;
durante unos minutos la gritería fue indescriptible y el Conde Toro, después de
inclinarse trabajosamente varias veces para corresponder al aplauso popular,
cayó de nuevo en su sillón para no moverse hasta el final, como ' aplastado por
la ovación inmensa.
— El
cargo de Vicepresidente le correspondió a nuestro sapientísimo Prelado Doctor
don Antonio Martínez de Aldunate… Primer Vocal, él Consejero de Indias y
antiguo Regente de la Real Audiencia don Fernando Márquez de la (Plata...
Segundo Vocal, el Doctor don Juan Martínez de Rozas, que está ausente, pero se
le mandará llamar, porque esta es la voluntad del pueblo... Y tercer Vocal, el
ilustre General señor don Ignacio de la Carrera.
Aminorado
el clamor de la gritería ensordecedora con que fueron recibidos cada uno de los
nombres que pronunciaba el Procurador Infante, el licenciado Manuel Javier
Rodríguez gritó:
— ¡Son
pocos los miembros de la Junta!... ¡que se nombren cuatro más!...
Otra
batahola coronó las palabras del futuro guerrillero, que ya se destacaba como
tribuno. Dorrego, Vera, Luis Carrera, Irarrázabal, los jóvenes Rosales,
Francisco Formas, Vigil, Ureta, Campino y cincuenta más, subieron sobre las
bancas a pedir, a gritos, la designación de cuatro vocales más para la Junta.
Los
dirigentes, entretanto, se agruparon a un extremo de la Sala a deliberar sobre
el punto.
— Si
queremos terminar la reunión alguna vez —dijo el Regidor Larraín— nombremos
siquiera a dos vocales más; esos muchachos son incorregibles y no cederán en su
desorden, si no los satisfacemos siquiera en parte.
Y como
esa era la verdad, los opositores a que la Junta fuera más numerosa se vieron
obligados a ceder, y así lo anunciaron al grupo de revoltosos, los que, para
celebrar el triunfo, armaron otra gritería doble...
Inmediatamente
se procedió a elegir a los dos nuevos vocales, en votación escrita;
participaron! en ella cerca de doscientos cuarenta vecinos, pues el resto
habíase retirado a sus casas, por ser ya cerca de la una de la tarde, "y
no habían comido” o porque estaban aburridos del bochinche. Del escrutinio
resultaron elegidos, con las más altas mayorías, don Juan Enrique Rosales, con
89 votos, y con 96 el Coronel realista don Francisco Javier de Reyna, que había
sido, hasta el día anterior, Comandante de la Artillería. Los votos restantes
se dispersaron entre Manuel Rodríguez, Juan José Carrera, Bernardo Vera y
muchos más, del partido de los "muchachos”.
La
elección y escrutinio prolongaron la reunión hasta pasadas las dos de la tarde;
a esa hora casi todos estaban cansados y rendidos. Don Mateo Toro se quedó
plácidamente dormido en su sillón presidencial, después de haber hecho, allí
mismo, una rápida colación...
"Aunque
no hubiera hecho, por la Patria, nada más que presidir el Cabildo Abierto hasta
su terminación —dice el escritor— el provecto Conde Toro habríase ganado, con
el sacrificio de su persona, el título de benemérito”.
Disuelta
la reunión del Cabildo, el Presidente y la Junta fueron llevados a la Casa
Colorada, escoltados por el vecindario y en medio de las más bulliciosas
manifestaciones del pueblo agrupado a lo largo del trayecto; los más
entusiasmados eran los negros y mulatos, entre los cuales había cundido la
estupenda noticia de que en adelante, y merced a la Patria Nueva, "ellos
iban a parecerse a sus amitos”...
— ¡Con la
jeta que tenis, no te vais a parecer nunca a ellos, Mareíto!... —afirmaba, a su
"veco”, la mulata Antonia Morrillo, cocinera de don Fernando Errázuriz.
La tarde
y la noche fue de jolgorio en las calles, plazas y salones; hubo fuego de
artificio y mojiganga, repiques de campanas, serenatas y salvas: A las
"oraciones” las familias de los más destacados patriotas empezaron a
reunirse en la Casa Colorada para dar la enhorabuena a Su Señoría y a la
Condesa doña Nicolasa Valdés, la cual, acompañada de sus hijas Mariana y
Merceditas, ofrecieron "un gran sarao y refrescos” a sus visitantes,
iluminando toda la casa con "arañas” y el frontis con los cuatro
"velones” cuyos candeleras empotrados, en la muralla, todavía pueden verse
(1930).
A
medianoche todavía quedaban grupos de "rotos” y de mulatos recalcitrantes
que recorrían las calles "echando” vivas a la Patria, a la Junta y a cada
uno de sus miembros.
Uno de
estos grupos, encabezados por don Bernardo Vélez, acompañó, hasta pasado el
Puente de Calicanto, el "chasque” Benjamín Moreira que partía hacia Buenos
Aires llevando un Mensaje para su Cabildo, en que se le comunicaba la fausta
noticia de haberse establecido, en Santiago, una Junta Gubernativa Nacional en
la misma forma que la nombrada en la Capital de las provincias del Río de la
Plata el 25 de mayo.
El
mensaje iba firmado por el "cuyano” don Gregorio Gómez, que se encontraba
en Chile, desde el mes de julio, en desempeño de una misión "que le
confiaran los insurgentes argentinos Belgrano y Castelli” para agitar en
Santiago, la formación de una Junta análoga a la que se había instalado en
Buenos Aires, con el especial encargo de procurar "que ambas marcharan
unidas en el común propósito de gobernarse con independencia”.
Esta
misión diplomática fue el primer paso que se dio para llegar a la unión y
alianza de ambos pueblos.
En las
primeras horas de la mañana siguiente, 19 de septiembre, se esparció como un
relámpago, por todos los ámbitos de la ciudad, una noticia que llenó de pavor a
sus habitantes e hizo saltar de sus lechos a los dirigentes de la Revolución.
Decíase
que el Marqués de Cañada Hermosa, don Tomás Real de Arzúa, venía por la cuesta
de la Dormida con mil quinientos milicianos de Valparaíso y de Quillota a
ocupar la Capital y a destruir la recién nombrada Junta...
* * * *
La alarma
fue indescriptible; se tocó generala y se hicieron salir tropas de avanzada
para detener a los reaccionarios; "pero luego se supo que el señor Marqués
había llegado a Santiago tarde en la noche del 18 y estaba muy quieto en su
casa.
La
extensa fila de baúles, cargas y almofrejes del anciano Mayorazgo de Cañada
Hermosa, que se trasladaba desde su hacienda al palacio de su residencia en
Santiago, había sido el origen de esa falsa alarma.
§ 14. El
pueblo en el "dieciocho”
En la
gestación del pronunciamiento revolucionario del 18 de septiembre le cupo al
pueblo una actuación que debe calificarse de muy importante, considerados el
desprecio, la indiferencia o la despreocupación en que se le mantuvo durante
todo el tiempo del coloniaje.
Las ideas
y aun la palabra "democracia" eran no sólo una novedad, sino una cosa
rara y al hablar de "pueblo" nuestros patricios se referían más bien
a cierta clase de vecindario, a la "gente acomodada", a las personas
que siendo ricas, nobles y de solar conocido, no desdeñaban permanecer detrás
del mostrador para vender una vara de "ralladillo” o un almud de trigo o
levantarse de "albita” a rodear las vacas de su hacienda; tal era la masa
de ciudadanos que formaba el concepto político de "pueblo”, en los tiempos
en que se cultivaba el embrión de nuestra independencia.
Y no era
que los patriotas despreciaran al "rotoso” por un sentimiento de orgullo;
era que la clase baja, la trabajadora, la "peonada”, por decirlo más
gráficamente, no abrigaba en su falta de cultura, otro sentimiento que su
adhesión al "patrón»”, fuera éste patriota o realista. Y así se explica
cómo, años más tarde, hubiera "rotos” chilenos en los ejércitos patriotas
y realistas.
La acción
del "rotoso” o del "roto” —esta era la denominación corriente y que
no tenía nada de ofensiva— fue muy importante, sin embargo, en aquel álgido
período. Desde que Martínez de Rozas empezó a sembrar y a cultivar la semilla
de la independencia entre los chilenos, años antes de 1810, al mismo tiempo que
maniobraba entre el vecindario dirigente e ilustrado, se preocupó
especialmente, en hacer entender las nuevas ideas al artesano y al inquilinaje.
No
comprendían éstos, como es de suponer, la esencia de la idea libertaria y
habría sido inoficioso perder el tiempo en explicársela ...; pero el hecho sólo
de prometerles que su condición de ciudadanos sería igual a la de sus patrones
y a la de los "maturrangos”; la expectativa de que no pagarían tributos
para un Rey al que jamás habían visto, y, por último, la seguridad de que a su
lado tendrían siempre a sus patrones haciendo causa común con ellos, era
suficiente para que esos elementos simpatizaran abierta y lealmente con las
nuevas ideas, y prometieran, con el entusiasmo que es característico en nuestra
clase popular, poner su brazo y dar su vida por el triunfo de la
"libertad”.
De esta
esperanza nació, pues, la adhesión que prestaron el artesano y el "roto” a
los movimientos populares que tanto influyeron en el ánimo de García y Carrasco
y en la Real Audiencia, en los incidentes del nombramiento de del Campo, para
Asesor del Cabildo, en los de la prisión de los patriotas Ovalle, Rojas y Vera,
en los de varios Cabildos Abiertos y, finalmente, en los de la violenta
destitución del Presidente García Carrasco.
Triunfante
la idea revolucionaria en todos los incidentes que se promovieron durante la
presidencia de García Carrasco; asegurada una mayoría inamovible en el Cabildo
de Santiago; instalado en la Presidencia del Reino un "chileno”, y
desprestigiado el poder Real en todas las instituciones más importantes, los
patriotas iniciaron la preparación del acto final de su programa que era el de
entregar el gobierno del país a una Junta de Gobierno que representara "al
pueblo”.
El
Cabildo de Santiago, empezó, pues, a organizar la memorable jomada del 18 de
septiembre, y entre los elementos con que se afanó en contar, estuvo, en primer
término, el pueblo.
El
Regidor don Diego de Larraín, uno de los jefes "de los ochocientos”,
encomendó al Marqués don José Toribio, la formación de unas milicias, o algo
parecido, con los inquilinos de sus haciendas de los alrededores de Santiago,
hasta Rancagua.
Otro de
los ricachones, don Manuel Barros, fue encargado para reclutar inquilinaje por
los fondos cordilleranos; Juan José y Luis Carrera tenían idéntica misión por
el poniente, hasta Melipilla y don Manuel de la Cruz, Miguel Irarrázabal,
Bustamante y los Rojas fueron indicados para hacer lo mismo por los campos de
Renca, Tiltil y Polpaico. Todos aquellos "rotos”, en su mayoría montados,
deberían estar listos para entrar a la Capital la víspera del 18 de Septiembre.
Existían
en Santiago dos regimientos de fundación monárquica, que se denominaban
"del Príncipe” y "de la Princesa”. El Cabildo se concretó a atraer a
su partido a los jefes y oficiales de estos cuerpos, a fin de que, llegado el
caso, no presentaran resistencia a la creación de la Junta en proyecto, ni
desobedecieran sus órdenes una vez que tomara el mando del Reino. El Regimiento
del Príncipe estaba a cargo del Marqués de Montepío, y el de la Princesa y una
brigada de artillería, a las órdenes del Coronel español don Francisco Javier
de Reyna, quien era, a la vez, el jefe militar de la Plaza. El Coronel Reyna,
leal a su Rey, era abiertamente contrario a todo cambio de gobierno; pero sus
relaciones sociales con la aristocracia chilena, y las seguridades que se le
dieron de que la Junta gobernaría en nombre de Fernando VII lo indujeron a
aceptar retirarse del mando, la víspera del 18.
Se ve,
pues, que los patriotas de 1810 no procedieron con atolondramiento y que
prepararon la "revolución pacífica” con tino digno de un acto
trascendental.
* * * *
Hechos
todos los preparativos para allanar el camino al nombramiento de la Junta, los
patriotas obtuvieron, contra todos los obstáculos que opusieron la Audiencia,
el Vicario Capitular del Obispado don José Santiago Rodríguez y el vecindario
español, que el Presidente firmara la invitación que se había redactado para
celebrar el Cabildo Abierto.
Este fue
el primer triunfo de los patriotas; *el Cabildo Abierto no podría calificarse
de acto de sedición o de insubordinación contra la autoridad Real, por cuanto
era el propio Representante del Monarca quien presidiría la asamblea popular.
Conseguido
este triunfo político, al que se daba toda la importancia que realmente tenía,
los regidores del Cabildo, encabezados por su Alcalde, don Agustín de
Eyzaguirre y secundados por la brillante juventud patricia, en la que figuraban
los Rojas, los Cruz, los Larraín, los Matorras, los Infante, los hijos del
Conde de Alcalde y los del Conde Toro —menos José Gregorio— los Vigil, los
Carrera, los Errázuriz, los Irarrázabal, Gabriel Valdivieso, un joven
argentino, Manuel Dorrego —recién llegado» en esos días, con la noticia de los
acontecimientos del 25 de Mayo en Buenos Aires y muchos más, se dieron a la
tarea de recorrer los barrios de la Chimba y Carmen Bajo, San Diego, Tajamar,
San Lázaro y otros, para imponer "al pueblo” de los acontecimientos que
pronto se iban a realizar y a los cuales debería prestar su adhesión "todo
chileno patriota”.
La
palabra "libertad” se deslizaba al oído, todavía furtivamente; pero los
"rotos”, sin comprenderla aún en toda su amplitud, manifestaban sentir, al
oírla, una impresión mágica que iluminaba sus pupilas con irradiaciones
desconocidas. Un ‘‘patacón” o un par de "reales*, resbalados a hurtadillas
por debajo del poncho, era un argumento decisivo; y un grito de ¡viva la
Patria! lanzando con entusiasmo y a pleno pulmón, coronaba inmediatamente la
"eficaz” propaganda de los "patroncitos”.
* * * *
El día 18
de Septiembre, desde las primeras horas de la mañana, empezó en las calles de
la Capital un movimiento inusitado.
Las
milicias campesinas de las haciendas circunvecinas habían llegado durante la
noche y entre ellas se veían al Marqués Larraín, a Matorras, al Conde de Quinta
Alegre, a Miguel Irarrázabal, a los Cerdas, a Juan Mackenna, a Prado, todos
vestidos de militares con insignias de mando, recorrer las líneas de sus
improvisados y bisoños batallones dando las órdenes para su mejor colocación.
Partidas
de campesinos, encabezadas por esos jóvenes ‘‘de la aristocracia”, patrullaban
los arrabales y las calles centrales fraternizando con el populacho curioso que
poco a poco se iba reuniendo en las calles y plazas o en la Cañada, y
recomendando orden y compostura.
Un
sirviente del Conde Alcalde —negro "jetón”, que era conocidísimo en el
pueblo por haber sido el primero que usara sombrero de copa, "de lata”,
para salir de "calesero” de su amo— andaba detrás de uno de los hijos del
Conde montado en un macho, encargando a sus numerosísimos conocidos que cuando
divisaran al Presidente Toro Zambrano debían "echar” fuertes vivas a la
Patria y en especial al Presidente, "que era muy amigo” de esta clase de
manifestaciones. Tal vez refiriéndose a este Negro, al que le decían "el
tarro de lata”, los historiado^ res realistas afirman "que los patriotas
amenazaban al pueblo con hacerlo azotar por los esclavos si gritaban contra el
Rey” cuya "sagrada persona” debía permanecer intangible, para no causar
alarma...
La tropa
impedía que la muchedumbre invadiera la Plaza del Consulado y sólo daba paso,
por la calle de la Compañía, a las personas invitadas, y éstas, para tener paso
franco, debían mostrar la esquela de invitación correspondiente.
Cada
personaje conocido que atravesaba la línea controladora, recibía una ovación
iniciada por el "negro jetón”; cuando pasaba alguno que era sindicado de
realista, la concurrencia guardaba silencio o hacía una débil demostración
hostil, como lo hizo con don Manuel Manso —sobrino del Virrey Conde de
Superunda— que asistió a la asamblea y "quiso” pronunciar allí un discurso
protesta contra la proyectada Junta, por lo cual fue hecho callar
bulliciosamente a iniciativa del cuyano Manuel Dorrego, que tuvo fama de
‘‘bochinchero”, en la compañía de otro gran bochinchero, nuestro Manuel
Rodríguez.
Está de
más decir que el negro "tarro de lata”, precursor en Chile de los
caudillos callejeros, tuvo un éxito enorme, y que el "pueblo”, propiamente
dicho, quedó convencido de que también le era permitido, por primera vez, y
desde entonces para siempre, tomar participación directa en la "cosa
pública”.
Durante
las cuatro o cinco horas que duró el Cabildo Abierto, la elección de la Junta y
el juramento de los nombrados,
el pueblo
de Santiago permaneció en las calles perfectamente ordenado y correcto. La
presencia, entre ellos, y a su lado, codo con codo, de lo más florido de la
aristocracia y de la juventud colonial, a las cuales había considerado siempre
a inmensa distancia, por su fortuna, "letras” y posición social, dióle a
entender que había "algo” de verdad en la nueva doctrina de "libertad
e igualdad” que se predicaba con insistencia. En aquellas cinco horas de
estacionamiento en las calles hubo comunión espiritual entre esas dos clases
sociales que hasta entonces habían vivido alejadas por el ambiente y por los
prejuicios; y durante esas horas de especiante camaradería, debió quedar
consagrado el tácito convenio de marchar unidos a la conquista completa del
ideal que en ese día nació en la penumbra de proyectos vagos, pero nobles, que
debían fructificar años más tarde.
Cuando
los asambleístas empezaron a abandonar el recinto del Consulado y se supo que
la Junta de Gobierno había jurado ya, los patriotas se entregaron a las más
entusiastas y locas manifestaciones de alegría.
Los
cronistas de la época —Argomedo, Martínez, Talavera, y el Acta misma del
Cabildo Abierto— dejan constancia, cada cual a su manera, del entusiasmo
popular; la gente se abrazaba en las calles, entre aclamaciones delirantes, en
los salones de las casas, en los corrillos; los que no se conocían, se
saludaban con apretones de manos dándose la enhorabuena "por tanta
felicidad”, y el pueblo, el "rotoso”, se entregó, en medio del mayor
orden, a sus diversiones favoritas con mayor entusiasmo que si se tratara de un
día de fiesta de guardar.
Las
calles de Santiago ostentaron esa noche "brillantes” luminarias de faroles
y velas de sebo, aun en las casas más modestas; y don Diego Barros Arana afirma
que entre las casas mejor iluminadas, estaba el palacio particular de los
Gobernadores de la colonia, donde aún vivía el último Presidente español,
brigadier don José Antonio García Carrasco.
Las
bulliciosas fiestas de ese día, en las cuales "el pueblo” se divirtió
"a sus anchas”, dejaron bautizado, para siempre, el mayor y el más amplio
jolgorio popular del año, con el nombre de "el Dieciocho”.
§15.
¡Chilenos!... ¡cuidado con Juan I!
Al ser
designado miembro de la Junta de Gobierno, don Juan Martínez de Rozas
encontrábase en Concepción, a donde había llegado seis meses antes, casi
fugitivo de Santiago y bastante decepcionado de los resultados que podrían»
alcanzar los que pretendían cambiar el régimen de gobierno. Aunque el Doctor
Rozas estaba al tanto de lo que ocurría en la Capital durante los meases de
julio y agosto, la noticia del nombramiento de Junta, y de la designación de su
persona para miembro de ella, le causó gran sorpresa y tal vez la hubiera
puesto en duda si no llegara plenamente confirmada por comunicaciones
fidedignas.
Por
propia decisión y accediendo, al mismo tiempo, a los deseos de sus amigos de la
Capital, el Doctor Rozas empezó a arreglar rápidamente su viaje a Santiago para
incorporarse a la Junta de Gobierno, y antes de quince días emprendía su viaje
hacia el Mapocho, acompañado de una pequeña escolta. La recepción que se hizo
al Caudillo penquista cuando arribó al "conventillo” de la Ollería
—propiedad que habría pertenecido a los jesuitas, situada en el camino Real que
actualmente es la calle de Maestranza— fue solemne, como que se trataba de
hacer público reconocimiento de los servicios que había prestado a la
Revolución uno de sus más destacados precursores.
Tan
pronto se supo que Martínez de Rozas había llegado al "conventillo”, el
Presidente Toro Zambrano ordenó que el Capitán Bulnes, con veinticinco
Dragones, se instalara en.la Ollería para servir de guardia de honor al
Caudillo. Al día siguiente, 2 de noviembre, los Regimientos de Dragones y de
Granaderos y el Cuerpo de Artillería, se situaron en los alrededores del
alojamiento para escoltar al "fundador y maestro de la revolución
chilena”.
El Doctor
Rozas "hizo su entrada a la ciudad acompañado de la Junta, el Cabildo,
corporaciones, jefes de tribunales, prelados regulares, jefes militares, Real
Audiencia y tan numerosa multitud de vecindario, que no había memoria en esta
ciudad de semejante celebración”. En las calles por donde debía pasar estaba
"tendida” la tropa; se le hicieron salvas correspondientes a Capitán
General, repique total de campanas, fuegos artificiales y vítores sin número.
Esta
explosión de entusiasmo popular, encaminada, especialmente, a' prestigiar a un
prohombre de la Revolución y a la Revolución misma, no podía parecer bien, sin
embargo, a los enemigos del Caudillo penquista, uno de los cuales era don
Bernardo Vera y Pintado: ¡ya empezaban a asomar las discordias intestinas que
tantas desgracias iban a producir entre los patriotas de 1810.
No tardó,
Martínez de Rozas, en ponerse a la cabeza del Gobierno; su vigoroso cerebro no
admitía vallas, y su voluntad primaba sin contrapeso en las resoluciones de la
Junta; sus enemigos, impotentes para combatirlo en el terreno del derecho, en
la honrada controversia, recurrieron entonces a la guerrilla solapada siempre
censurable, pero eficaz. Un día amaneció pegado un pasquín en la puerta de la
casa del Doctor Rozas. "Tenía pintado en la parte superior un bastón
atravesado de una espada ensangrentada, y encima una corona Real con una
inscripción que decía: Chilenos, abrid los ojos; ¡cuidado con Juan I!”
La
oposición de Martínez de Rozas para que se eligiera un Congreso de
representantes de las provincias, vino a dar pie, a sus adversarios, para
lanzar la especie de que Rozas deseaba declararse dictador de Chile, logrando
que hasta su amigo y comprovinciano Bernardo O’Higgins le amenazara con venir
desde Concepción a derrocarlo si no se elegía luego una representación
nacional: y O’Higgins habló siempre con sinceridad.
El
Caudillo penquista vio, entonces, que necesitaba apoyarse en la fuerza de las
armas para sostenerse y poder cumplir el programa que se había forjado para
cimentar la libertad de la Patria; y como no podía contar con las fuerzas
armadas de Santiago, en las cuales tenía muy pocos arraigos, determinó traer
parte de aquellos batallones aguerridos de Concepción que le eran completamente
adictos.
A
pretexto de enviar tropas a Buenos Aires o de fortificar el puerto de
Valparaíso contra las invasiones napoleónicas, obtuvo Martínez de Rozas que la
Junta ordenara el traslado a Santiago de importantes fuerzas guarnecidas en
Concepción: un segundo escuadrón completo del Regimiento Dragones de la
Frontera, para agregarlo al mando del Teniente Coronel don Juan Miguel
Benavente —que se encontraba en Santiago desde antes al frente de un primero— y
una Compañía del Batallón Fijo de Infantería de aquella misma ciudad, a las
órdenes de su jefe, el Teniente Coronel don Tomás de Figueroa; Benavente y
Figueroa eran dos amigos íntimos en quienes Rozas podría confiar con seguridad
absoluta. Figueroa, además, era compadre del Caudillo pencón.
En
presencia de tales preparativos, parece que los enemigos de Martínez de Rozas
¡no iban muy descaminados al sospechar que "el padre de la revolución”
quería proclamarse "Juan I”...!
Más
adelante veremos hasta dónde tenían, razón los adversarios de este gran
patriota.
§ 16. El
fraile de la Buena Muerte
El
fundador de la familia de Camilo Henríquez fue el Capitán español don Pedro
Henríquez, llegado a principios del siglo XVIII, y debió arribar al puerto de
Valdivia en alguno de los refuerzos de tropa enviados del Perú por el Virrey
don Manuel de Oms y Santa Pau, Marqués de Casteldos-Rius, para defender los
fuertes y castillos de Corral, amenazados por las invectivas piráticas del
inglés Guillermo Dampier, salido del Támesis en su primera expedición el 30 de
abril de 1703, con destino a las costas del Pacífico americano, y por segunda
vez, desde Irlanda, en septiembre de 1708.
Don Pedro
Henríquez, que debió llegar muy joven a Valdivia, casó allí con una señora
Carrión y de su matrimonio vinieron varios hijos que, como su padre, siguieron
la carrera de las armas; conocemos los nombres de tres de ellos: Pedro,
Gregorio y Félix; este último, tal vez el más joven, fue el padre de fray
Camilo y de dos hijos más, llamados José Manuel y Melchora, habidos en su
matrimonio con la señora doña Rosa González, oriunda de Valdivia, e hija del
Regidor don José María González y Almonacid.
José
Manuel Henríquez pereció heroicamente en la batalla de Rancagua, en 1814, a la
edad de cuarenta y ocho años, defendiendo una barricada en aquella célebre
plaza; doña Melchora contrajo matrimonio con el caballero argentino don Diego
Pérez de Arce, de cuyo enlace procede la familia de este apellido, cuyos
varones han tenido destacada actuación «a la generación pasada y presente.
También
proceden del tronco Pérez de Arce-Henríquez los descendientes del estimable
literato don José Antonio Torres, cuyos representantes han honrado a la ciencia
y las artes chilenas.
El niño
Camilo Henríquez aprendió las primeras letras en su ciudad natal, siendo su
maestro el presbítero don José Ignacio de la Bocha, quien pudo apreciar desde
las primeras lecciones, la clara inteligencia y precoz talento de su discípulo.
A la edad de diez años el alumno ayudaba la misa y entendía fácilmente el
latín.
Como la
instrucción que recibía en Valdivia no podía llenar las aspiraciones de sus
padres, el niño Camilo fue enviado a Santiago a poder de un amigo de su
profesor, con el encargo de que lo mantuviera en el Colegio Carolino; pero,
seguramente por dificultades económicas, el alumno se vio privado de concluir,
en esas aulas, los estudios de licenciatura en cánones.
Catorce
años contaba Camilo Henríquez cuando su tío, fray Nicasio González, de la Orden
de los frailes de la Buena Muerte, residente en Lima, determinó hacerse cargo
de la educación de su sobrino, de quien tan buenos informes tenía, no sólo por
su hermana, sino también por don José María Verdugo, caballero chileno
residente en la Capital del Perú, que había conocido al niño en Valdivia y en
Santiago. Fray González y don José María reunieron el dinero necesario para el
viaje del educando y éste se embarcó para el Callao a principios de 1784. Como
dato curioso, vale la pena apuntar que don José María era tío de don José
Miguel Carrera, cuyo segundo apellido era Verdugo.
Los
padres de la Orden de la Buena Muerte regentaban en Lima un buen
establecimiento de enseñanza, sin duda uno de los mejores de la Metrópoli, si
hemos de juzgar por sus programas y por su Rector y principal profesor, el
Padre Isidoro de Celis, autor de varias obras que se imprimieron en la
Península y fueron muy solicitadas. En una de sus obras, el (Padre Celis
establece principios bastante avanzados para su tiempo, según lo demuestra don
Miguel Luis Amunátegui en uno de sus más interesantes estudios; es conveniente
copiarlos aquí para apreciar la escuela en que se educó Camilo Henríquez.
Dice
Amunátegui: "La obra del Padre Celis es una especie de enciclopedia, y se
encuentran envueltos en ella pensamientos como los que siguen:
"La
razón es el principal de los dones que Dios ha concedido al hombre.
"Para
el alma, la ignorancia es la noche; la sabiduría es el día.
"El
hombre dominado por el error camina a tientas y a tropezones, sin saber lo que
puede y lo que no puede, como ciego en medio de las tinieblas.
‘‘La
ciencia liberta al alma ignorante de la obscura cárcel donde yacía aherrojada y
le descubre los horizontes más sublimes.
"Los
hombres tienen el imperioso deber de servir a sus semejantes; pero el mayor
beneficio que pueden hacerles, es ilustrarlos”.
Camilo
Henríquez supo aprovechar las lecciones de su maestro fray Isidoro de Celis.
A los
tres años de su ingreso al Colegio, el joven chileno entró de novicio en la
Orden de la Buena Muerte, y después de otros tres años, durante los cuales
recibió las órdenes menores, profesó y pronunció sus votos perpetuos,
dedicándose a la enseñanza, en el mismo Colegio, a los deberes de su Orden —que
eran los de preparar a los moribundos para su, comparecencia ante el Supremo
Tribunal— y a la lectura de cuanto libro caía en sus manos.
Cerca de
veinte años pasó, Camilo, entregado por completo a esos estudios en los que
participaban varios intelectuales limeños que formaban un círculo muy
relacionado con pudientes familias criollas, cuyos varones, en sus frecuentes
viajes a Europa, adquirían los libros más en boga sobre ciencia política y
social, tal como lo hacía en Chile, por esa misma época, el Mayorazgo don José
Antonio Rojas, quien pudo introducir en Santiago las obras de Voltaire,
D’Alembert, de Rousseau, de Diderot y otros "herejes”, con empastadura en
cuyos lomos se leían títulos de libros místicos...
Nada se
conoce de la vida de Camilo Henríquez en Lima durante esos largos veinte años;
es probable que en ese período de su juventud y madurez, sólo fueran germinando
y acentuándose en su cerebro las enseñanzas y las avanzadas ideas de su
profesor el Padre Celis, abonadas y cultivadas por la lectura de los filósofos
franceses, sin esperanzas, por cierto, de verlas realizadas algún día.
La
apacible vida conventual de fray Camilo se vio, sin embargo, interrumpida,
cuando ya cumplía los cuarenta años, por un acontecimiento que hizo profunda
impresión en su espíritu.
El
Tribunal de la Inquisición de Lima, sabedor de que el Conde de Vista Florida
don José de Baquíjano poseía una pequeña biblioteca de los autores franceses
anatematizados por la Iglesia y por las autoridades españolas, ordenó la
requisición de esos libros y la prisión de los individuos sindicados de haber
sido sus lectores. Entre éstos se incluyó a fray Camilo, y en consecuencia, fue
encerrado en los calabozos del Santo Oficio. No se conocen los incidentes del
proceso que se instruyó al Fraile de la Buena Muerte, sólo sabemos que estuvo
preso desde mediados de 1809 hasta enero de 1810 y que salió de las cárceles
mediante los esfuerzos y gestiones activas de sus hermanos en religión,
"Con certificados acerca de su religión y buena conducta” y que su proceso
terminó, felizmente, "sin desdoro de su estimación pública y honra”.
Al salir
de su prisión, fray Camilo renunció a continuar residiendo en Lima y obtuvo los
medios para dirigirse a Quito, llevando una importante comisión de los
superiores de su convento cerca del santo y patriota obispo ecuatoriano don
José Cuero y Caicedo; en marzo de 1810 se encontraba ya en la capital del
Ecuador, y a las pocas semanas podía presenciar los primeros movimientos
revolucionarios de aquel país en favor de su independencia.
De los
escritos de Camilo Henríquez no aparece que él tuviera alguna participación en
estos movimientos; pero el acreditado cronista franciscano fray Melchor
Martínez, que escribió un libro sobre la revolución chilena por encargo del
Monarca, asegura que fray Camilo "había sido apóstol y secuaz de la
doctrina de la independencia, y que después de haberla propagado y
revolucionado en Quito, se hallaba activando la de Chile”. Parece que ésta es
la verdad, según insinúa un competente investigador chileno, porque Camilo
Henríquez cultivó en aquella ciudad estrechas relaciones con patriotas tan
insignes como Restrepo, Azcásubi, el Obispo Cuero y el jesuita Hospital, y es
lógico presumir que, teniendo ideas avanzadas, no iba a estar mano sobre mano
en aquellas circunstancias.
La misión
que fray Camilo llevó a Quito fracasó por efecto de las convulsiones que dejo
apuntadas; de manera que, a fines de septiembre, se embarcó de regreso a Lima,
a dar cuenta de su cometido ante sus superiores. Firme en su propósito de
alejarse definitivamente de la Metrópoli limeña, que lo había visto
encarcelado, pidió licencia para trasladarse al Alto Perú, donde existía un
convento de su Orden; concedido el permiso, fray Camilo se dirigió a Piura,
para de allí marchar a su nueva residencia; pero su viaje se vio interrumpido
por una grave enfermedad contraída, seguramente, durante su prisión en los
calabozos inquisitoriales.
Finalizaba
el año 1810, y Camilo Henríquez convalecía de sus dolencias en aquel apacible
puerto peruano, cuando arribó un barco procedente de Valparaíso en el cual
llegaron noticias de los acontecimientos del 18 de Setiembre en la Capital de
Chile. "Cuando supe el gran movimiento que nuestra madre patria tomaba
hacia su felicidad —dice fray Camilo en una carta que escribió a su cuñado don
Diego Pérez de Arce— volé al instante a servirla hasta donde alcanzasen mis
luces y conocimientos, y a sostener, en cuanto pudiese, las ideas de los buenos
y el fuego patriótico”.
En el
mismo barco se embarcó con rumbo a Valparaíso, "dejando en aquellas
poblaciones del Perú muchos recuerdos por los grandes sermones que decían haber
allí predicado”, informa el reconocido patriota chileno don Joaquín Campino,
que llegó a Piura días después de haber partido a su patria el Fraile de la
Buena Muerte.
Entre el
28 y el 31 de diciembre del año 1810 entró en Santiago, obscura y humildemente,
después de veintiséis años de ausencia y a los cuarenta y un años de edad, el
que iba a ser ilustre Padre de la Patria chilena, tesonero y audaz agitador
revolucionario, el primero que se atrevió a lanzar entre sus compatriotas la
idea de independencia absoluta, y el fundador del periodismo nacional.
* * * *
Antes de
tres días de su llegada a la Capital, fray Camilo estaba en relaciones con los
patriotas chilenos más avanzados, de quienes eran jefes don Juan Martínez de
Rozas y el padre Mercedario fray Joaquín Larraín. Si las ideas de estos
patriotas se consideraban "exaltadas” porque hablaban de establecer en
Chile un gobierno completamente autónomo de la Península "para conservar
estos reinos al muy amado cuanto desgraciado Monarca Femando VII”, debióse
producir una explosión cuando oyeron a fray Camilo preconizar, sin vacilación
alguna, "que el pueblo era soberano y que, por lo tanto, poseía el derecho
inalienable de darse el gobierno que mejor conviniera a sus intereses y
progreso”.
Camilo
Henríquez no solamente acentuó estas ideas en sus conversaciones, "con
palabras convencidas e insinuantes”, sino que manifestó su propósito de
estamparlas por escrito a fin de que pudieran ser leídas y propagadas entre el
mayor número de personas.
En
efecto, el día 6 de enero de 1811, es decir, a los ocho días de haber llegado a
Santiago, sin tener más amigos que unos cuantos patriotas a quienes apenas
conocía, hizo circular el primer ejemplar, y luego tres más, de una proclama
escrita que causó "una sensación inmensa” por la valentía de sus conceptos
y por las "tremendas ideas” que en ella desarrollaba. La proclama llevaba
la firma de Quirino Lemachez anagrama del autor; pero como era
absolutamente desconocido este nombre, de la enorme mayoría de sus
compatriotas, el escrito fue atribuido al Mercedario Larraín, quien fue objeto
de las más acerbas censuras.
Seis
ejemplares más de la hoja subversiva—dos de los cuales fueron escritos, uno por
doña Javiera Carrera y el otro por doña Mariana Toro— se distribuyeron así:
tres en Santiago, uno enviado a Concepción, otro a La Serena y el último a
Buenos Aires, de donde fue enviada una copia a Londres para ser publicada en el
periódico "El Español” que editaba allí Blanco White”.
Durante
los meses de enero, febrero y marzo, participó, fray Camilo, de todas las
reuniones y conciliábulos de los dirigentes patriotas adictos a la Junta, en su
mayoría "radicales”, y que hacían una política contraria a la que
pretendía imponer el Cabildo, donde dominaban los "moderados”. El país
había sido convocado a elecciones y era necesario que el futuro Congreso
reflejara la tendencia que, según las ideas del electorado y sus dirigentes,
debía de ser más provechosa para su felicidad y progreso.
Henríquez
adquirió luego fama de orador y las principales fiestas religiosas y civiles lo
reclamaban para que pronunciara en ellas los sermones o discursos de regla. En
los conventos había prendido también la discordia con motivo de las
"novedades” que proclamara la Junta; de manera que, según fueran las
opiniones del predicador, el sermón era, o patriota o realista... Los mejores
oradores de Santiago eran el Padre Romo, mercedario, y el Padre Alonso,
franciscano, ambos realistas, y fray Larraín y Fray Camilo Henríquez, patriotas
exaltados; todos ellos desarrollaban sus sermones de acuerdo con sus ideas,
apoyados en los versículos de la Biblia... En estos sermones el fraile de la
Buena Muerte desplegó una activa y efectiva propaganda en favor de sus avanzadas
ideas.
Llegó,
por fin, la fecha en que debían efectuarse las elecciones de diputados en la
provincia de Santiago; el acto cívico que por primera vez iba a ejercitar el
pueblo de la Capital, debía verificarse en la Plaza del Consulado, el 1° de
abril. Camilo Henríquez y sus partidarios tenían hechos sus preparativos y se
disponían a concurrir al acto, que iba a iniciarse a las nueve de la mañana,
"previa una misa de Espíritu Santo que se cantaría en la Catedral”, cuando
fueron sorprendidos con la noticia de que el Coronel don Tomás de Figueroa se
había alzado en motín, con sus tropas, contra la Junta y proclamado la
autoridad del Rey Fernando VI.
Veremos,
más adelante, cómo el pueblo y las tropas leales sofocaron rápidamente la
revuelta después de un corto tiroteo en la Plaza de Armas, durante el cual
cayeron unas cuantas víctimas; se organizaron patrullas para guardar el orden
en la ciudad, y "una de éstas —dice el cronista español Talavera— era
mandada personalmente por Camilo Henríquez, natural de Valdivia, quien, con un
gran palo en la mano, sin capa y sin sombrero, dando varias voces a los
patriotas frente al Palacio Directorial (Correo) reunió mucha mocería y
formando su división y cuadrilla, la capitaneó, dirigiéndose al Cuartel de San
Pablo, que era el punto de reunión de los penquistas”, para de ahí recorrer sus
alrededores.
No fue
esa sola misión la que tuvo que cumplir ese día fray Camilo; fuera de asistir,
en sus últimos momentos, a los caídos en el motín de la Plaza, le fue impuesta
la muy penosa de ayudar a bien morir al Jefe de la insurrección, Coronel
Figueroa, condenado a muerte después de un rápido proceso sumario. La terrible
sentencia fue notificada al reo en su celda de la Cárcel Pública
(Municipalidad) a las doce de la noche del mismo día 1º de abril, para ser
ejecutada cuatro horas más tarde; el reo pidió un confesor e indicó al padre
franciscano fray Blas Alonso, realista caracterizado, pero la Junta le negó
esta gracia y le señaló a uno de los únicos sacerdotes que en esas
circunstancias daban garantías de lealtad a la República, cuya existencia había
sido terriblemente amagada ese día. Ese sacerdote fue fray Camilo, y el
patriota fraile de la Buena Muerte, proporcionó a su adversario el último
consuelo, en la hora extrema.
Verificada
la interrumpida elección, algunas semanas más tarde constituyóse, solemnemente,
el primer Congreso Nacional, y a él se incorporó fray Camilo, en calidad de
diputado suplente por La Florida. En esta calidad fue encargado del sermón que
se pronunció en la Catedral el día en que los congresales prestaron su
juramento. El discurso fue previamente revisado por el Congreso, a fin de que
no tuviera alguna frase demasiado fuerte...
Dividido
el Parlamento entre "exaltados” y "moderados”, y estando aquéllos en
minoría, abandonaron poco a poco la asistencia a las sesiones y trataron de
imponer, por la fuerza, una nueva Junta de Gobierno que imprimiera rumbos
enérgicos y definidos a la causa de la independencia. El candidato a Presidente
de esta nueva Junta era Martínez de Rozas, y a secretarios, Camilo Henríquez y
Bernardo Vera y Pintado; pero, sorprendida la conspiración, quedó fracasado el
proyecto.
No
sucedió lo mismo un mes más tarde cuando encabezó el movimiento José Miguel
Carrera, el 4 de septiembre; Camilo Henríquez estuvo de parte de Carrera y
contribuyó a afianzar la revolución, instruyendo a su cuñado don Diego Pérez de
Arce y a su tío don Gregorio Henríquez, Sargento Mayor de un batallón de
guarnición en Valdivia, para que apresaran al Gobernador realista de aquella
plaza, y constituyeran allí una Junta de Gobierno patriota.
Desde
este acontecimiento, fray Camilo y José Miguel Carrera marcharon unidos por una
recíproca simpatía. El primero era un cerebro en ebullición; el segundo era la
audacia aplicada a la rapidez del pensamiento en acción; la naciente República
había encontrado un par de caudillos que iban a precipitar los acontecimientos
para sacarla de su estado embrionario. En esos mismos días apareció el brazo
fuerte destinado a ganar las batallas campales: Bernardo O’Higgins, el modesto
y obediente Diputado y Coronel de las milicias de La Laja.
Camilo
Henríquez no era hombre de espada; su acción debía desarrollarse en la
tranquilidad de su ascética celda de fraile sin convento, frente a unas
cuartillas de papel en las cuales vaciaba ya sin protesta de nadie, las
"escandalosas” teorías sobre los derechos soberanos de los pueblos para
gobernarse, y los deberes ineludibles de los gobiernos, de ilustrar a las
gentes. De ese modesto laboratorio salió el primer proyecto que se presentó al
Congreso para "formar un plan de enseñanza para el pueblo de Chile”, muy
deficiente, según el sentir de un profesor "de estos tiempos”, pero que a
pesar de esa deficiencia, era imposible, por entonces, ponerlo en práctica:
¡tal era el estado de atraso en que nos encontrábamos!
En ese
plan, Camilo Henríquez creaba por primera vez en Chile las clases de gramática
castellana... establecía un curso de matemáticas; otro de ciencias sociales y
de educación cívica. ‘‘Cuando se encuentre quien enseñe la ciencia particular
de "los cuerpos —dice el plan— será su obligación enseñar los principios
elementales y prácticos de química y de la ciencia de "las minas”.
"El inglés y el francés —decía en otra parte— son "lenguas sabias
consagradas a la filosofía y a la profundidad "del pensamiento; se
enseñará, pues, su traducción por principio”.
Fray
Camilo fue, por último, el que bautizó, con el nombre de Instituto Nacional, el
Colegio Carolino que funcionaba desde los tiempos coloniales en los jardines
del Congreso, por 1a calle de la Catedral.
Toda su
preocupación, desde que comenzó a tomar alguna influencia en los negocios
públicos, fue procurar la difusión de la lectura en el pueblo y procurarle
libros en qué ejercitarla.
* * * *
A fines
de noviembre llegó al país la imprenta que el Presidente Carrera había
encargado a los Estados Unidos, por intermedio de don Mateo Arnaldo Hoebel. A
principios de 1812, el Gobierno designó al fraile de la Buena Muerte para que
fuera el redactor del "periódico político y ministerial”, que iba a
editarse.
"Como
es necesario que se elija un redactor, que, adornado de principios políticos,
de religión, de talento, y demás virtudes naturales y cívicas, disponga la
ilustración popular de un modo seguro, transmitiendo con el mayor escrúpulo la
verdad... y recayendo estas cualidades en el presbítero fray Camilo Henríquez,
se le confiere desde luego el cargo, con la asignación de quinientos pesos al
año.
—Carrera.
—Cerda. —Manso. —Vial, secretario”.
Iba a
empezar su carrera el primer periodista chileno y desde ese mismo momento no
descansó en la tarea de escribir sobre los múltiples y complicados problemas
políticos, administrativos, financieros, educacionales, diplomáticos,
militares, etc. etc., que se presentaban en ese embrión de República chilena.
Todos los temas fueron abordados por el periodista infatigable y llevó su
abnegación hasta "aprender en pocas semanas los idiomas francés e inglés”
con el único propósito de quedar en situación de traducir las noticias que
publican los periódicos de aquellos idiomas que se recibían en Santiago.
Las
páginas de la Aurora son el testimonio inmortal de sus
prodigiosas actividades y quien las examine aunque sea rápidamente, no puede
menos que rendir, a ese periodista portentoso, el tributo de su más espontánea
admiración.
No es
posible, en una crónica volandera, analizar a fondo, ni aun a la ligera, la
compleja labor del periodista que fundó la prensa chilena; abarca ella tal
multiplicidad de temas y demuestra tan extraña asimilación de ideas, que en
muchas ocasiones el investigador se desorienta y le es muy fácil incurrir en
errores para apreciar con exactitud el punto de vista desde el cual se han
emitido las opiniones que allí aparecen. La obra de Camilo Henríquez y su
influencia decisiva en la independencia de Chile no está aún demostrada
suficientemente y nos parecen perfectamente justas las siguientes palabras con
que el señor don Luis Montt se refiere a la obra de Henríquez y a otros hombres
de sus mismos años: "Aplaudimos esa época —dice Montt— con la indulgencia
que inspira la gratitud, más que con justicia, cuando debiéramos aplaudirla por
justicia y por gratitud”.
* * * *
Camilo
Henríquez tuvo que sufrir las preocupaciones de su época.
Desde su
llegada a Chile, a fines de 1810, hasta su expatriación, a raíz del desastre de
Rancagua, es decir, en el período más agitado de la revolución chilena, fray
Camilo fue combatido tenazmente por aquella parte del clero que consideraba
unida la causa del Rey con la causa de la Iglesia; los clérigos y frailes
realistas consideraban al periodista chileno como un renegado, como un apóstata
y sólo veían en él a un fraile prófugo de su convento, demagogo recalcitrante y
ex procesado por la Inquisición. Había quienes se persignaban cuando Henríquez
pasaba junto a ellos... y hubo muchos que le desconocieron, desde el púlpito,
el derecho de ejercer su misión sacerdotal, exhortando a los fieles a que no
recurrieran o rechazaran los servicios religiosos de fray Camilo.
Sin
embargo, fray Camilo, al igual de un medio centenar de frailes y clérigos,
prelados y canónigos, que se ostentaban como ardorosos y atrevidos patriotas,
era un severo y estricto ministro del Altar, que desempeñaba, ampliamente, su
ministerio; no solamente subía a la tribuna sagrada, con gran expectación de su
numeroso auditorio, sino que administraba todos los sacramentos.
En la
lucha de frailes y clérigos, realistas y patriotas, vencieron éstos mediante la
energía y decisión de fray Larraín, de fray Rosauro Acuña, de fray Camilo y de
los canónigos Fretes y Errázuriz que aparecieron siempre como los jefes de la
clerecía patriota y no menguaron en su propaganda por campos y ciudades, hasta
que llegó un momento, durante el gobierno de Carrera, en que los frailes
realistas tuvieron que cesar, por la fuerza, en su prédica contra el nuevo
régimen establecido.
Pues
bien, durante toda esa época de lucha ardiente y enconada, jamás pudo cundir
alguna especie calumniosa contra la honradez sacerdotal y la virtud del tenaz
fraile de la Buena Muerte; todos los improperios que le dirigían sus enemigos
se estrellaron contra la corrección admirable de todos y de cada uno de los
actos de la honestísima vida privada del primer periodista nacional.
Solamente
cuando regresó a Chile, según veremos, en 1822, o sea a los cincuenta y tres
años de edad, agotado por los sufrimientos del destierro, enfermo, débil y
achacoso, logró la insidia de sus adversarios políticos fomentar una calumnia
infame que lo persiguió hasta su muerte, y ello fue en la forma que contaré en
seguida, permitiéndome la digresión.
Cuarenta
y cinco años contaba Camilo Henríquez en 1814, cuando tuvo que emigrar de su
patria, caída nuevamente en la esclavitud, después de Rancagua. Iba enfermo y
pobre a ganarse el pan del destierro, y consta que durante su estada de siete
años en Buenos Aires tuvo que llevar una vida de continuas privaciones.
Para
ayudar a su sustento, vióse obligado allí a recibirse de médico... pero la
profesión apenas le daba para mantenerse y ayudar a vivir a otros compatriotas,
desterrados como él. Se sabe que durante un tiempo hubo de ser alimentado en la
pobre mesa de doña Mercedes Fontecilla, esposa de José Miguel Carrera, la cual
tenía que hacer cigarrillos para ganarse el pan; en esta industria también
trabajaba fray Camilo...
¡No
hubiera sido admitido en ese hogar si Henríquez no fuera un hombre correcto, ni
tampoco se le habría llamado a las importantes funciones públicas que le
encomendó allí, el Gobernador de Buenos Aires, si su vida de sacerdote no
hubiera estado a la altura de sus deberes!
Cuando
Henríquez volvió a la Patria, a principios del año 1822, contaba cincuenta y
tres años; sus enfermedades, agravadas con las penas del destierro y con las
miserias, le habían envejecido prematuramente; ¡lo que no había envejecido en
él era su prodigioso cerebro!
Pues
bien; fue en esta ocasión, es decir, cuando venía agotado por los sufrimientos,
cuando su cuerpo tenía que apoyarse en un bastón para hacer el trayecto desde
su casa ubicada en la calle de los Teatinos entre Huérfanos y Agustinas— hasta
el local del Congreso; fue en esta ocasión, repito, cuando la calumnia de sus
adversarios políticos, más procaz, ahora, que los ataques de los enemigos de la
Patria, diez años antes, le vino a morder en su honra de sacerdote.
Camilo
Henríquez había dejado de usar el traje talar de la Orden de la Buena Muerte
debido a que así lo acostumbraban y aún lo acostumbran los capellanes de
ejército, y él tenía ese cargo. Este hecho fue mal mirado por ciertos
pelucones, aún de los del partido de O’Higgins, que era su amigo. Unióse a esto
el que viviera solo en su casa —y no en un convento o en la residencia de
alguna familia— y que cuidara de su persona, aparte de dos sirvientes, una
respetable señora llamada doña Trinidad Gana, la cual, compadecida de la
soledad y desamparo de un enfermo, que era a la vez un gran patriota, le
dedicara sus desvelos.
Doña
Trinidad despreció todas las calumnias que los adversarios políticos de fray
Camilo lanzaban en los corrillos, en los estrados, en los "cafées” y en
cuantos sitios de reunión y comentario había por entonces en nuestra pequeña
Capital, y llevó su abnegación hasta rechazar enérgicamente las insistentes
insinuaciones ( de su familia para que abandonara al
enfermo; un fraile franciscano, también de su familia, fue arrojado
violentamente por esta señora, de la casa del Diputado Henríquez, cierta
ocasión en que el Franciscano había ido a insistir para que doña Trinidad se
alejara de ese sitio.
* * * *
Hecha la
digresión, continúo ésta rápida semblanza del fraile de la Buena Muerte.
Las
actividades de fray Camilo no se circunscribieron al periodismo mientras que
permaneció al frente de la Aurora: disuelto el Congreso de
1811, del cual formaba parte, fue designado, por Carrera, en la comisión que
debía redactar la Constitución del año 1812, la primera que se dictó en Chile.
Esta comisión la formaron Henríquez, Francisco Antonio Pérez, Jaime Zudáñez,
Manuel de Salas e Irisarri.
Promulgada
la Carta Fundamental, fray Camilo formó parte del Senado creado por ella, y fue
el Secretario y el alma de esa alta Corporación.
Entre sus
acuerdos más importantes, a los cuales Henríquez aportó su contingente decidido
y definido, deben anotarse la "organización y creación de cuerpos e
institutos que enseñen la ciencia militar”; el proyecto y los informes
redactados por su pluma para "abolir la pena de muerte”; los reglamentos y
acuerdos sobre "protección y civilización de los indígenas”; la fundación
del Instituto Nacional y la unión del Seminario con el nuevo establecimiento;
la creación de un Museo Nacional y muchos otros.
La
enunciación de estos proyectos, o leyes del Senado, dejan ver, con claridad,
cuáles eran las proyecciones del programa que pensaba desarrollar fray Camilo
para procurar el progreso y la felicidad de sus conciudadanos.
El
desembarco del ejército del General Pareja, enviado por el Virrey del Perú para
destruir el Gobierno nacional y para someter, nuevamente, el país a la
obediencia del Monarca español, puso término a la publicación de la Aurora,
y dio lugar el nacimiento del Monitor Araucano, periódico
semidiario destinado, especialmente, a levantar el espíritu popular para hacer
frente a las tropas realistas. Camilo Henríquez se demostró, entonces, como un
caudillo; sus escritos enardecían la sangre de los descendientes de Arauco y
tenían la virtud de unir las voluntades de los adversarios políticos del
Gobierno de Carrera para cooperar a la defensa del territorio invadido. Es
admirable su Catecismo de los patriotas escrito en forma de
diálogo, que circuló en todo Chile como proclama que incitaba a la guerra.
Todo
este Catecismo, que consta de algunas páginas, es un tratado de
educación cívica que aún hoy mismo podría ser enseñado en las escuelas, por su
claridad y sencillez.
Sin
embargo, de todos los esfuerzos para unir a los chilenos bajo el Gobierno de
Carrera, este fogoso militar patriota fue incapaz de mantener esa unión a causa
de su vehemencia, la Junta, que lo asesoraba, y el Senado, cayeron envueltos en
revolución que encabezó Irisarri y lo llevó al poder. Henríquez aceptó el nuevo
Gobierno porque vio en él la salvación de la Patria, de cuya libertad absoluta
era él un apóstol irreductible. Sin embargo, fray Camilo suscribió meses más
tarde el Tratado de Lircay... ¿por qué causas? Tal vez por las mismas que
tuvieron en vista los demás patriotas que lo firmaron, causas que no fueron
aceptadas ni por el pueblo de Chile, ni por el gobierno español.
Camilo
Henríquez cayó enfermo gravemente y en esa situación lo encontró el desastre de
Rancagua. El fraile de la Buena Muerte fue uno de los prófugos al otro lado de
los Andes, y en su destierro llegó hasta Buenos Aires en busca de ganarse el
pan de cada día.
Pocos
meses después de su llegada, fray Camilo fue nombrado redactor de la Gaceta
de Buenos Aires con el sueldo de mil pesos fuertes al año, cargo de
que no disfrutó sino unos meses a causa de habérsele querido obligar a escribir
contra sus opiniones en ciertos actos gubernativos. ^Prefirió la miseria al
envilecimiento de su pluma”, dice un escritor argentino.
Retirado,
por entonces, de las actividades periodísticas, se dedicó a los estudios de
matemáticas para hacer clases, y a los de medicina, hasta recibirse de médico
para ganarse la vida a medias; "por la visita de un médico se le dan tres
reales” informa don Carlos Rodríguez, amigo íntimo de fray Camilo en Buenos
Aires. Hubo días en que algunos expatriados chilenos allí residentes, no
tuvieron qué comer.
Pasaran
más de dos años antes que el Fraile desterrado pudiera estar seguro de su
alimentación cotidiana; el Ayuntamiento de Buenos Aires, echando al olvido el
incidente que alejara a fray Camilo de la redacción de la Gaceta,
en 1814, le nombró redactor del Censor, en 1817, con un sueldo de
mil pesos anuales. Uno de sus primeros y mejores artículos fue el titulado
"El triunfo de los Andes” en el cual ensalzó el éxito de las armas
patriotas en Chacabuco.
No le fue
dado, sin embargo, regresar a Chile, junto con sus victoriosos hermanos; la
escasez de recursos para hacer el largo viaje desde la Capital argentina lo fue
reteniendo en aquel país, a pesar de sus anhelos de volver a la Patria; sus
dolencias, por otra parte, le hacían particularmente penosa la travesía de la
pampa y de la cordillera, pero todas estas dificultades hubieran sido pequeñas
si hubiera dispuesto de dinero.
Casi
perdida ya la esperanza de regresar a Chile, encontróse un día con una noticia
que lo llenó de placer: el Ministro de Chile en Buenos Aires don Manuel Zañartu
le comunicó que el Director O’Higgins, su antiguo amigo, deseaba saber si
quería regresar a Chile con un cargo en la administración pública, "a fin
de que colaborara con su talento en la organización del país, libre ya de
enemigos”. Agregaba Zañartu que tenía orden de proporcionarle los elementos
necesarios para su viaje de regreso.
Fray
Camilo recibió la noticia y la carta de O’Higgins con las mayores
demostraciones de gratitud, y a pesar de estar enfermo, resolvió su viaje a la
mayor brevedad.
Entre
tanto y como para despedirse dignamente de la ciudad que lo había albergado
durante siete años, hizo representar, en uno de los teatros, su comedia
titulada La Camila o La Patriota de Sudamérica, pieza
que no tuvo mayor éxito, artísticamente hablando; pero halagado por los pocos
aplausos corteses que se le tributaron, escribió otra comedia que tituló La
Inocencia es el Asih de las Virtudes, que no llegó a las tablas.
Camilo
entró a Santiago en los primeros días de enero de 1822, siendo recibido por el
Director y sus compatriotas con entusiastas demostraciones de afecto. Como
venía premunido de nombramiento de Capellán del Estado Mayor, dejó de vestir el
hábito talar que no había dejado de usar hasta entonces.
Su
primera empresa fue fundar un periódico que tituló El Mercurio de Chile y
que redactó hasta el 21 de abril de 1823. Libre ya el país, sin cortapisas en
su marcha y destruido el poder español, la República naciente tenía detrás de
sí un inmenso porvenir; el país, al cual llegaba, era completamente distinto
del que abandonó en 1814.
El
Mercurio de Chile fue una tribuna científica desde la cual se
podían emitir todas las ideas; Camilo Henríquez llenó sus páginas con los más
diferentes temas, expresando sus opiniones sin tapujos ni reticencias. Los
temas sobre hacienda y crédito públicos fueron los que más lo apasionaron,
precisamente porque esos eran los problemas más graves que tenía que resolver,
por entonces la República.
El país
vivía bajo el régimen de una dictadura. O’Higgins, Director Supremo desde 1817,
había creído necesario conservar el poder omnímodo y resistía la convocatoria a
elecciones para elegir un Congreso que dictara una Constitución. Camilo
Henríquez había profesado las ideas republicanas y no podía aceptar esa
dictadura, por muy leve o suave que fuese; en consecuencia, El Mercurio
de Chile abogó, francamente, por la convocatoria a elecciones.
El
Congreso de 1822 llevó a Henríquez a uno de sus bancos para representar al
"partido”, o departamento de Valdivia; fue nombrado secretario y redactó
el Diario de la Convención de Chile; redactó también el
reglamento de la Cámara y estableció que las sesiones fueran públicas. "La
popularidad de Camilo Henríquez era envidiable”, dice uno de sus
contemporáneos, y prevalido de ella, obtuvo de la Cámara el nombramiento de una Comisión
de Misericordia que debía proponer una Ley de Olvido o
de amnistía, para todos los reos políticos.
La caída
de O'Higgins, el 28 de enero de 1823, determinó la cesación de un Consejo
Consultivo del que formó parte Henríquez y fue su Secretario. Este Consejo
debía asesorar a la Junta de Gobierno y, en efecto, el Secretario, y el
Presidente, que lo era don Manuel de Salas, fueron el alma de sus acertadas
resoluciones; fray Camilo llegaba casi a la cúspide de su influencia política
en el país a pesar de que sus dolencias físicas lo retenían en su celda.
El
Reglamento Constitucional provisorio, de marzo del 23, estableció el Senado
Conservador y Legislador, el cual eligió también a Henríquez por su Secretario;
puede decirse que al Fraile de la Buena Muerte se le consideraba imprescindible
para este cargo en todos esos cuerpos colegiados, tal era su actividad y su
competencia en materias legislativas.
El 19 de
julio de 1823 se creó la Biblioteca Nacional; necesitábase de una persona
versada y activa que organizara sus servicios y le diera vida con los
escasísimos medios de que podía disponer; esta persona no podía ser sino Camilo
Henríquez, y en consecuencia, fue nombrado, por Freiré, su primer Director, o
‘‘bibliotecario”, con el sueldo de quinientos pesos al año y dos mil pesos para
compra de libros.
Henríquez
figuró, también, en el Congreso Constituyente de 1823, y fue nombrado
Presidente de la Comisión de Hacienda, la más importante de su época; pero no
pudo desempeñar este cargo durante mucho tiempo, a causa de sus graves
dolencias. "El mal estado de mi salud me precisa ya a partir para las
aguas de Colina”, decía Henríquez al Presidente del Congreso, el 4 de diciembre
de 1823. El médico Pedro Moreno, certificando la enfermedad de fray Camilo,
decía: "Ha más de dos meses estoy asistiendo al doctor Camilo Henríquez,
de una fiebre intermitente, o terciana, procedente de un fomes gástrico”.
A pesar
de estar alejado de los negocios públicos, fue elegido Diputado al Congreso de
1824, y asistió a su inauguración el 2 de noviembre. Fue elegido, otra vez,
miembro de la Comisión de Hacienda, en cuyas materias era considerado un
maestro; se le encargó, también, la redacción del reglamento del Congreso.
Durante el mes de diciembre, primer mes de funcionamiento de la Cámara, trabajó
intensamente en su comisión, y tomó parte activa en las discusiones como lo
atestigua el Boletín del Congreso, que tengo a la vista. Tal esfuerzo agotó sus
energías, y al terminar la sesión de 31 de diciembre, tuvo que ser llevado a su
domicilio en silla de manos.
Esta fue
la última sesión a que asistió Camilo Henríquez, pues ya no pudo abandonar el
lecho hasta su muerte. El 8 de enero de 1825, sintiendo cercano su fin, otorgó
su testamento, "en nombre de la Santísima Trinidad, tres personas
distintas y un "solo Dios verdadero, tal como lo cree, confiesa y enseña
nuestra Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana, bajo cuya fe y
creencia he vivido y protesto vivir y morir como fiel y católico cristiano”.
El 16 de
marzo, después de una larga agonía de más de dos meses, con todos los auxilios
de la religión, falleció, en las primeras horas de la mañana, este gran
ciudadano que dedicó a su patria sus vastos conocimientos y todas sus energías.
El mismo
día, en la sesión del Congreso, se dio cuenta de este fallecimiento y se acordó
tributarle a Henríquez los mismos honores que pocos meses antes se le habían
hecho al Diputado Canónigo Larraín, en sus funerales; esos honores consistían
en nombrar comisiones para que asistieran a las exequias y que los Diputados
llevaran luto por tres días. Por su parte, el Gobierno dispuso, por decreto de
16 de marzo, "que mañana se haga una salva en el fuerte del Santa Lucía,
durante las exequias, con los intervalos” que eran de ordenanza.
§ 17. El
motín de Figueroa
En vano
habíase opuesto Martínez de Rozas a la elección de Congreso, del cual solo
esperaba perturbaciones, pues sabía que los chilenos no tenían todavía la
capacidad suficiente para formar un cuerpo legislador; Rozas era partidario de
que gobernara dictatorialmente, una Junta lo más reducida posible, pues estaba
convencido de que una asamblea numerosa compuesta de individuos "ajenos al
arte de gobernar” solo podía cometer torpezas irreparables.
Pero esta
opinión del Caudillo de 1810 era tenazmente combatida por la inmensa mayoría, y
especialmente por Bernardo O’Higgins, su comprovinciano, quien a pesar de la
antigua y leal amistad que los unía, había llegado a decirle en una carta:
"Si tú te opones al nombramiento de diputados de las provincias, y por lo
contrario, no lo apoyas como miembro de la "Junta, nos iremos a Santiago
para derrocar al Gobierno”.
Ordenóse,
pues, la elección de diputados; y ya casi todos ellos estaban designados en las
provincias y "partidos” —así se denominaban los departamentos— a la fecha
en que el Cabildo de Santiago dispuso que la votación para elegir los
correspondientes a la Capital, se verificase el 1° de abril de 1811, día lunes,
debiendo empezar el acto a las nueve de la mañana "después de una misa de
Espíritu Santo”.
Desde que
se convocó al pueblo para elecciones, empezaron los bandos a prepararse para la
lucha cívica que por primera vez iba a realizarse en Santiago; el partido
español no se quedó atrás y por lo contrario, tomó sus posiciones, dispuesto a
hacer valer sus derechos; dicho sea en verdad, los realistas tenían más
elementos que los patriotas para triunfar en una consulta popular…
Por otra
parte, los patriotas de Santiago habíanse dividido en "exaltados” y en
"moderados” y ambos partidos se combatían con ferocidad, con inquina...
Los primeros reconocían por jefes a Martínez de Rozas, O’Higgins, Camilo
Henríquez y al ex mercedario Larraín, recién secularizado; los segundos, a los
Alcaldes Eyzaguirre y de la Cerda, a don Ignacio de la Carrera, a Errázuriz y a
Márquez de la Plata. Como ambos bandos se manifestaban dispuestos a hacerse una
guerra cruda, no era descaminado sospechar que en la lucha eleccionaria
pudieran triunfar los realistas.
Para
prevenir esta situación, los patriotas no se pararon en pelillos y acordaron,
sencillamente, eliminar del derecho de sufragio a los españoles; ¡para qué
andarse por las ramas! Y así fue como tres días antes de la elección, o sea el
28 de marzo, la Junta lanzó un decreto, como providencia a una presentación de
los abogados don Bernardo Vera y Pintado y don Carlos Francisco Correa de Saá,
disponiendo que "quedaban privados "del derecho de elegir y de ser
elegidos diputados, por ser notoriamente enemigos del sistema”, los individuos
contenidos en una lista que al efecto se hizo.
No se
podía encontrar un medio mejor para cortar por lo sano.
Esta
disposición exasperó al elemento español europeo, que, así, se encontraba, de
la noche a la mañana, en condición de inferioridad manifiesta, y a su juicio,
perfectamente injusta.
Aunque
del proceso que se levantó contra el Coronel don Tomás de Figueroa y de las
posteriores instrucciones judiciales que vamos a conocer en seguida, no se
desprende cargo alguno contra los dirigentes del partido realista por
participación en los acontecimientos que voy a narrar, la conciencia del que
escribe a distancia de más de cien años no puede dejar de ver que la causa que
precipitó el motín de Figueroa no pudo ser otra que la vejación inferida a la
colectividad monarquista desconociéndole sus derechos de participar de la
elección y privándola de ellos, autoritariamente.
* * * *
Don Tomás
de Figueroa y Caravacal era, por aquellas fechas, un respetable militar español
de 65 años de edad, más o menos, que había llegado a Chile desterrado de la
Corte de Madrid por ciertos delitos galantes que tuvieron serias consecuencias
para su porvenir. Nacido por los años de 1746 ó 47, de padres nobles, fue
admitido como soldado de la Guardia de Corps del Rey Don Carlos II, y, según
Vicuña Mackenna, su gallarda figura fue la causante de las desgracias que le
sobrevinieron en su vida aventurera.
Se le
sorprendió, una noche, en uno de los salones interiores del Palacio Real, cerca
de las alcobas de las damas de honor de la Reina.
El
gallardo y caballeroso Guardia de Corps no quiso comprometer la honra de
ninguna de ellas y cogiendo un alhajero, lo ocultó bajo su capa y huyó con él,
como un ladronzuelo.
Un rápido
proceso lo condenó a destierro a Chile y al presidio de Valdivia.
Después
de una larga, trabajosa y agitada carrera militar en estos fuertes, Figueroa
obtuvo que el Rey Carlos IV lo rehabilitara del castigo que le impusieran las
justicias de S. M. y le concediera, además, el grado de capitán de infantería,
autorizándolo para que pudiera pasar a Méjico a hacer compañía a su esposa doña
Rosa Polo, con quien había contraído matrimonio, en España, sin consentimiento
de sus mayores. Doña Rosa, sin embargo, estaba viviendo en Valdivia al lado de
su marido, dato que no conocían los asesores de S. M.
A
principios del siglo XIX, después de una rápida y cruel campaña de pacificación
por las regiones de Río Bueno, el Capitán Figueroa obtuvo sus ascensos hasta
llegar al grado de teniente coronel de infantería y comandante del Batallón
Fijo que guarnecía la ciudad de Concepción y era la valla formidable de los
araucanos rebeldes de la frontera.
Este
cargo, y la antigüedad del militar que lo desempeñaba, "equivalía a la
tercera posición política del Reino”, puesto que después del (Presidente,
seguía en categoría el Intendente de Concepción y luego el jefe militar de más
alta graduación y más antiguo de la plaza; y éste era el Comandante Figueroa.
"La
única ventura de don Tomás, en su destierro de esta tierra lejana, consistió en
la satisfacción que le proporcionó el enlace de su hijo primogénito don Manuel
Antonio de Figueroa y Polo con la rica heredera criolla doña Dolores Araos y
Carrera”, dice un estimable escritor chileno; y a la verdad, bien puede decirse
que todo fue desventura en la larga vida del brillante guardia de Corps de
Carlos III, hasta culminar rindiendo su vida, en obscuro calabozo de la cárcel
de Santiago, después del sangriento motín, sin gloria, que vamos a conocer
enseguida.
* * * *
El
decreto de la Junta que negaba a los realistas el derecho de elegir y de ser
elegidos miembros del Poder Legislativo, junto con exasperarlos por la evidente
injusticia que el desconocimiento de ese derecho significaba, constituía una
sarcástica ironía, pues los voceros de la libertad y de la igualdad chilenas
empezaban por negar el derecho que tenía parte muy consciente del pueblo para
manifestar sus opiniones dentro de ley que habían dictado ellos mismos.
Los que
menos se conformaban con esa orden atrabiliaria eran, naturalmente, los oidores
de la Audiencia, quienes, como cabezas visibles de los "maturrangos”,
habían sido algo así como la cabeza de turco donde habían venido a ubicarse
todos los garrotazos del' partido vencedor. No es aventurado creer, entonces,
que fuera entre los oidores donde naciera y se incubara la idea de un motín
contrarrevolucionario para derrocar la Junta insurgente y restablecer la§
antiguas autoridades; al fin y al fallo, los que habían perdido toda autoridad
y ascendiente en el pueblo, moral y materialmente hablando, eran los oidores;
los semidioses de otro tiempo habían bajado a la categoría de simples mortales
subordinados, por entero, a un grupo de audaces criollos.
— No es
posible que toleremos esta nueva ofensa, señores decía una tarde don Pedro
Nicolás Chopitea a un grupo de sus amigos y compatriotas entre los cuales se
encontraban el oidor Basso y Berry, el comerciante don Pedro Arrué y don
Antonio Martínez de la Matta—; no seríamos hombres, ni seríamos dignos de
llamarnos vasallos leales de nuestro adorado Rey Fernando, si aceptáramos la
condición de inferioridad en que nos han colocado los facciosos... ¡Mi fortuna
está, toda entera, para servir a mi Rey!
— Bueno
—interrumpió don Roque Allende—; pero ¿quién es el que le pone los cascabeles
al gato...?
— ¿Acaso
no habrá un militar que sea capaz de ponerse al frente? —dijo el
"escorpionista” don Pedro Arrué.
— ¿Al
frente de quién? —preguntó intencionadamente don Manuel Antonio Talavera que,
como correcto y honorable sujeto, no podría disimular su "tirria” contra
el principal culpable de la felonía que se cometiera, no hacía mucho, contra el
Capitán Bunker y sus tripulantes de la Escorpión.
— ¡Al
frente de los leales! —contestó Arrué.
— ¿Y
dónde están ésos? —insistió Talavera—; porque recuerdo que cuando anduvimos con
don Roque Allende "corriendo” la subscripción para levantar tropa por el
Rey, apenas si encontramos a quienes anotar con servicio personal; todos abrían
más o menos la bolsa, pero poquitísimos, o nadie, ofrecían su brazo armado. Y
es menester confesar que son brazos armados los que ahora nos hacen falta.
Entre los
militares conocidamente realistas que podían encabezar un movimiento
revolucionario contra la Junta, solo podían contarse tres: el Coronel de
Ingenieros don Manuel de Olaguer y Feliú, el de Artillería don Francisco Javier
de Reyna, y el Teniente Coronel de Infantería don Tomás de Figueroa. Pero
Olaguer contaba no menos de setenta años de edad y acababa de ser relevado del
comando de la Artillería; Reyna formaba parte de la Junta y, aunque realista,
bien poco podía hacer en favor de la causa, porque las miradas de sus
compañeros estaban sobre él; puede decirse que lo habían colocado en la Junta
para que no pudiera estar en otra parte...
Solo
quedaba don Tomás de Figueroa, recién llegado de Concepción; y he dicho, en una
crónica anterior, que Martínez de Rozas quiso traerlo a su lado, como uno de
sus amigos más fieles, para cimentar su influencia y predominio político.
Agregaré que el Caudillo revolucionario había propuesto, en la Junta, el
ascenso de Figueroa al grado de Coronel, y que en público y en privado ambos
hacían manifestaciones de una estrecha amistad.
Con estos
antecedentes, bien poca esperanza podían tener los realistas de que este
militar estuviera dispuesto a secundar cualquier plan contra el Gobierno
constituido. Sin embargo, "habíase oído decir” que Figueroa estaba muy
descontento con los últimos acuerdos de la Junta, y sobre todo, que había
criticado con acritud la resolución de enviar a Buenos Aires un refuerzo de
tropas chilenas para sostener la autoridad del gobierno nacional de las
provincias del Plata. En este refuerzo debería ser parte principal el Batallón
Fijo de Concepción.
Don
Nicolás de Chopitea, el Marqués de Casa Real y don Roque Allende, que se
juntaron esa misma noche del 28 en casa de don Manuel Aldunate con otros
realistas, sostuvieron, sin embargo, que el Coronel Figueroa, a pesar de sus
compromisos con Martínez de Rozas y demás insurgentes, era un decidido defensor
de la autoridad Real y que lo conceptuaban muy capaz de encabezar un
movimiento, siempre que contara "con la voz del Rey”, esto es, con el
apoyo de la Audiencia que era la representante germina del Soberano. Basaban su
opinión en ciertas circunstancias y detalles que habían logrado saber por boca
de don Manuel Antonio Figueroa, hijo del Coronel, y en cuya casa estaba alojado
el militar penquista.
Chopitea
no abandonó, desde ese momento, la idea de "reivindicar” el poder para el
partido español, y empeñoso y esforzado como era, puso todas sus energías en la
organización de un plan que pudiera poner en manos del Coronel Figueroa la
fuerza necesaria para derrocar a la Junta por medio de un golpe de audacia. Se
contaba con qué Figueroa no se negaría a levantar bandera por el Rey en el
instante en que, encontrándose al frente de una tropa adicta, la Audiencia le
diera su apoyo moral.
La base
para formar la fuerza contrarrevolucionaria debería ser el Batallón Fijo de
Concepción, que por orden de la Junta venía en marcha hacia Santiago para pasar
después a Buenos Aires, como queda dicho; siendo Figueroa el jefe de este
batallón, sería fácil encontrar la oportunidad para que ésa fuerza hiciera un
pronunciamiento decisivo que viniera a restablecer, sin grave trastorno ni
efusión de sangre, el dominio de las antiguas autoridades.
Pero
había que tomar en cuenta, al mismo tiempo, el resto de la fuerza que guarnecía
la Capital y procurar que secundara los planes, o se abstuviera de participar
en contra; iniciar gestiones para soliviantar la tropa de los diversos cuerpos,
hubiera sido, sencillamente, una inepcia, pues jamás se habría podido guardar
la reserva que era necesaria para el éxito; de modo que, de acuerdo con la más
elemental prudencia, Chopitea y sus colaboradores solo pensaron, por lo pronto,
en atraer a su bando, por medio de oportunas dádivas, solamente a la tropa que
Martínez de Rozas había traído de Concepción, que eran, ya lo he dicho, el
Regimiento Dragones de la Frontera, y una compañía del Fijo.
Para esto
se pusieron al habla con dos cabos del Regimiento Dragones, llamados Eduardo
Molina y Emilio Sáez a quienes encomendaron la misión de propagar el
descontento entre la tropa contra sus oficiales, y en especial, contra, el
jefe, Teniente Coronel don Juan Miguel Benavente, lo que no fue difícil
conseguir, sobre todo cuando se disponía de dinero y elementos para halagar a
los soldados.
De todos
estos movimientos los conjurados daban conocimiento detallado al Regente de la
Audiencia don Juan Rodríguez Ballesteros, y éste a los demás oidores, quienes,
con gran disimulo para no comprometerse en lo más mínimo, insinuaban sus ideas
por intermedio del Regente, llevando, en el hecho, la dirección completa de la
proyectada revolución restauradora.
Aunque
del proceso que se formó por el motín no resulta ningún cómplice del comandante
Figueroa, y por lo contrario, este caballeroso militar, en su confesión, negó
perentoriamente que los tuviera, es indudable que estaba en comunicaciones con
los revolucionarios y probablemente por intermedio de su hijo don Manuel
Antonio, en cuya casa estaba alojado. Don Manuel Antonio Figueroa vivía en la
calle de las Monjitas, entre San Antonio y Claras, en el sitio donde estuvo
hasta hace poco (1924) el palacio Urmeneta.
No es
posible creer que el plan revolucionario fuera el de provocar el movimiento del
día 1° de abril, fecha fijada por el Cabildo para la elección de diputados por
Santiago; el solo resultado del motín está probando que no había acuerdo
alguno, ni entre los dirigentes ni entre los subordinados, para llevar a cabo,
ese día, el golpe que debía echar por tierra el gobierno nacional.
Por otra
parte, las tropas del Batallón Fijo de Concepción, venían todavía en marcha
hacia Santiago, una parte por tierra, desde el sur, y la otra desde Valparaíso,
en donde acababan de desembarcar del velero Begoña, que las
había transportado desde Penco. Muy descabellados deberían haber sido los
realistas revolucionarios para precipitar inútilmente los acontecimientos y
comprometer el éxito de sus proyectos por no esperar que estuvieran en Santiago
los cuatrocientos soldados aguerridos del batallón penquista, con los cuales el
Comandante Figueroa, su jefe, habría dominado a su voluntad a los bisoños y mal
armados batallones patriotas de Santiago.
Entre
tanto, los cabos Sáez y Molina, continuaban su labor entre la tropa de su
Regimiento Dragones de la Frontera, y entre la de los Dragones de Chile, que
así se denominaba el regimiento de caballería de Santiago. Ambos regimientos
estaban acuartelados en el antiguo Colegio Jesuita que se extendía al lado
poniente de la calle de los Teatinos, entre la actual calle de San Pabló y el
río Mapocho, o sea, donde hoy están ubicadas la Prefectura de Policía (1926) y
la Cárcel. En el mismo "conventillo” se alojaba la compañía del Batallón
Fijo de Infantería.
Es
preciso reconocer que los mencionados cabos hicieron su propaganda con
habilidad, porque a pesar de lo comprometido de la comisión que desempeñaban,
ninguno de los oficiales sospechó que la moral de su tropa estaba sufriendo
serio menoscabo y que se la estaba preparando para un golpe de tanta
trascendencia.
Había
llegado el 31 de marzo, día domingo, y todas las tropas debían asistir,
formadas, a oír misa, como era de ordenanza.
El
Dragones de la Frontera y el de Chile hicieron su formación en los patios del
Cuartel de San Pablo y allí oyeron la misa, que les fue a "hacer” el
dominico Fray Femando Guerrero, uno de los más decididos frailes patriotas de
ese convento. En el momento oportuno, el fraile subióse a un altillo y explicó
a sus oyentes la doctrina evangélica y, como final, echóles un corto pero
ferviente "espiche” sobre la Patria; tal era, por lo demás, la obligación
de todo predicador, y ¡guay! del que no lo hiciera, porque se llevaba una
reprimenda o castigo del Cabildo o de la Junta. El inventor de esta forma de
propaganda había sido Martínez de Rozas, que no dejaba pasar ocasión para
inculcar en el pueblo la idea de patria libre.
Antes de
terminar su peroración, el Padre Guerrero lanzó los consabidos vivas a la
Religión, al Rey, a la Patria y al Gobierno; los tres primeros estuvieron más o
menos bien coreados; pero el último lo fue, apenas, por unos cuantos. Íbase a
bajar el predicador, para dar por terminado el acto; pero al notar la frialdad
con que se contestó al "viva el Gobierno” alzó cabeza y pecho, miró
altivamente a su auditorio, y exclamó:
— ¿Qué es
esto, soldados de la patria? ¿Por qué no habéis gritado con el calor de otras
veces? A ver, ¡esos zambos jetones! griten conmigo: ¡Viva la Religión, el Rey,
la Patria y el Gobierno!
¡Viva,
viva! —gritaron todos esta vez, echando las gorras y sombreros al aire.
Pero al
perspicaz dominico no se le escapó la circunstancia de que varios cabos y
soldados, "hicieron señas, que así podían ser para que gritaran o para que
no”, aunque más parecía que era "para que no”...
Esta
observación, que tal vez pudo haber servido para poner sobre aviso a los
patriotas, si el Padre Guerrero la hubiera participado ese mismo día a algún
miembro del Cabildo o de la Junta, solo vino a hacerse presente en la tarde del
otro día, lunes 1º de abril, cuando ya se habían* producido los sucesos que
fueron el bautismo de sangre de la revolución de la independencia.
Nada,
pues, hacía sospechar, a los patriotas, el 31 de marzo, que al día siguiente,
en vez de la lucha cívica, que se aprestaban para elegir sus diputados al
primer Congreso Nacional, presenciarían el primer choque sangriento de dos
fuerzas que se buscaban inquinosamente, desde algunos meses atrás, para
aniquilarse.
Tampoco
pensaban los realistas que al día siguiente iría a producirse, inesperadamente,
el pronunciamiento que ellos estaban preparando con meticuloso cuidado y que
con esa precipitación se vendrían por tierra todos sus cálculos para restaurar
en el Reino de Chile las autoridades de Fernando VII.
La única
preocupación de los patriotas, la noche del 31 de marzo, fue la de dar las
órdenes para que al día siguiente, desde la madrugada, la tropa del ejército
resguardara el orden en la Plaza del Consulado (ex Biblioteca Nacional), y en
sus alrededores, pues en ese local iba a realizarse la votación; para el
efecto, el Comandante de Armas, don Juan de Dios Vial, dispuso que el Jefe de
los Dragones de la Frontera, don Juan Miguel Benavente, con cincuenta de sus
soldados, se situara en esa Plazuela, a las órdenes del Cabildo, que era la
autoridad que presidiría el acto electoral.
— Juan
Miguel —díjole Martínez de Rozas a su amigo y comprovinciano— te entrego el
éxito de la votación; "vos sabrás” como te "arregláis” para que no te
la ganen los del Cabildo.
Ya dije
que Martínez de Rozas era jefe de los "radicales” o exaltados, como los
Alcaldes lo eran de los "moderados”; la lucha de partidos iba a iniciarse
en Chile, y la fuerza iba a ponerse al servicio de uno de ellos.
— Don
Juan —contestó Benavente—, ya sabe, Su Merced, que soy suyo, y que soy
pencón...
* * * *
Cumpliendo
las órdenes de la Junta, el Comandante Benavente presentóse, de madrugada, en
el Cuartel de San Pablo, para ponerse al frente de sus cincuenta Dragones, con
los cuales iba a resguardar el orden durante el acto electoral. Cuando
Benavente llegó al "patio de ejercicios”, ya estaban allí los Dragones
armados y listos para la formación, al mando del joven y animoso capitán
chillanejo don Pedro Lagos, en espera del Jefe que debía conducirlos al punto
de su guarnición.
En los
otros patios del cuartel se encontraba, en instrucción, el resto de la tropa
del Dragones de la Frontera, los Dragones de Chile, y los pocos soldados de la
infantería de Figueroa.
Desde que
tocó llamada a su tropa para que se presentara en formación, el Capitán Lagos
había notado cierto inusitado movimiento y cuchicheo entre un grupo de soldados
y los cabos Sáez y Muñoz, el primero venido de Penco y el último santiaguino,
de los Dragones de Chile. Estos soldados iban y venían de un patio a otro y de
un grupo a otro; pero como la disciplina militar de aquellos tiempos no era muy
severa, el Capitán no tuvo por qué dar a esos trajines mayor importancia.
Sin
embargo, cuando se acercó a saludar a su Comandante Benavente, que recién
llegaba, como a las siete de la mañana, el Capitán estuvo a punto de
participarle la particular animación que había notado entre los Dragones
"penquistas”.
— La
tropa está lista y a su disposición, mi señor Comandante —dijo el Capitán—; Su
Merced me dirá si la llevo amunicionada.
— Sin
municiones, Capitán —contestó Benavente—. Todo se presenta tranquilo en la
ciudad, a Dios gracias, y me parece que en un caso de alboroto bastará con la
presencia de la tropa para imponer respeto.
— ¿Ni
siquiera las clases llevarán cargados sus fusiles?
— Me
parece natural que los lleven cargados.
— Les
repartiré, entonces, la munición —dijo el Capitán; y encaminóse a la armería.
— Una vez
que arregle usted eso —dijo Benavente— haga formar a los Dragones que habrán de
ir de guardia al Consulado, pues ya es tiempo de salir.
Un
momento más tarde, el Capitán Lagos salía de la armería, después de haber
entregado la munición a los sargentos y cabos para sus armas, y hacía una señal
al tambor —un zambito llamado Manuel— quien, colgándose al hombro su bullicioso
instrumento, echó a andar pausada y solemnemente por el patio, haciendo dibujos
con los palillos en sonoro redoble.
Casi una
vuelta entera había dado el zambito por entre la tropa haciendo sonar su
"caja” y aún los cincuenta dragones no terminaban de ponerse en fila; los
soldados seguían yendo y viniendo de un> lado a otro, consultándose, al
parecer, con los cabos y sargentos y especialmente con Sáez, que por todas las
exterioridades parecía la cabeza del desorden. Lagos no pudo ya desentenderse
de la desobediencia, y avanzando valientemente hacia el grupo más cercano,
dijo, echando un "temo”:
— ¡A
formar están tocando, "rotosos de moledera”...! ¡Zafen, sí no quieren que
les curta la "callana” por vía de desayuno!
A juzgar
por la actitud en que permaneció, parece que uno de los soldados quiso
contestar en tono insolente; pero Lagos fuésele encima, y hubiérale castigado
de hecho si el soldado, al ver la actitud decidida del Oficial, no hubiera
vuelto espaldas y seguido rápidamente a sus demás compañeros que ya habíanse
encaminado a ganar las filas.
El
Capitán siguió dando varios gritos más, algunos de los cuales tuvieron, el
éxito de su primera "parada”, pero otros no tanto, porque los soldados que
estaban más lejanos "se desentendían” hasta que el animoso Oficial no
llegaba cerca de ellos.
En estos
trajines andaba el Capitán Lagos, de un lado para otro, cuando asomó al extremo
del patio el Comandante Benavente que había estado observando, desde lejos, las
diferentes incidencias y no atinaba a darse cuenta exacta de su importancia;
pero obedeciendo a un rápido impulso, clavó las espuelas a su "rosillo”
—que más tarde iba a hacerse famoso por sus cargas contra los maturrangos”— y
lo vino a "parar” precisamente en medio de uní grupo que encabezaba el
Cabo Sáez, dando tiempo, "apenitas” para que los soldados quitaran el
cuerpo a la embestida del fogoso animal.
— ¿Qué
está pasando aquí? —gritó el Comandante con su voz bronca y fornida. ¡A ver...!
cada uno a su puesto en fila, ¡y ligero!, agregó, levantando la chicotera,
listo para descargarla sobre el más cercano.
Oyóse una
voz entera y decidida que dijo:
— Mi
señor Comandante...
— ¿Quién
chista por ahí...? —interrogó violentamente el militar.
— Soy yo,
el Cabo Sáez —respondió éste presentándose al frente, apoyado en su fusil.
— ¿Y qué
quiere el Cabo Sáez, en este momento en que debiera estar formado al lado de su
tropa?... ¡A la fila!, —rugió Benavente—; ¡a la fila el atrevido!, y echándole
el "rosillo” encima, obligó a! Cabo a quitar el cuerpo, atropelladamente.
Y
paseando luego una mirada soberbia y amenazante sobre la doble fila de
Dragones, que desde ese momento había quedado en sobrecogido silencio, mandó:.
—
¡Atención!
Manteníanse
los soldados en esta orden y el Comandante iba a dar la de ¡marchen!, cuando
oyóse nuevamente en la fila.
— ¡Mi
señor Comandante...!
— ¿Otra
vez...? —gritó airado Benavente, echando una mirada furibunda y acercándose al
sitio de donde había salido la voz.
En el
mismo tiempo, el Subteniente don Miguel García encarándose con el Sargento
Eduardo Molina,' que había hablado ahora, le intimaba la orden de arresto en
calabozo, tan pronto como la tropa estuviera de vuelta en su Cuartel.
Al oír el
castigo que acababa de imponer el Oficial, los soldados cercanos alzaron un
murmullo de protesta que fue extendiéndose hasta formar un pequeño desorden,
que los demás oficiales subalternos trataban de dominar en su origen. El
Comandante Benavente, espíritu sagaz, comprendió rápidamente el peligro y
cambiando de táctica, se empinó sobre sus estribos y gritó, .dominando el
alboroto:
—
¡Dragones de la Frontera, firmes!
Nuevamente
se sosegaron los soldados al oír la voz enérgica de su Comandante; pero
comprendiendo éste que ese sosiego era sólo momentáneo, aprovechó el instante y
dijo:
— Quien
tenga alguna justicia que reclamar, que hable luego.
Varios
soldados avanzaron de la fila levantando las manos o las armas, en actitud, de
hacerse oír a voces.
— ¡Que
hable uno solo! —gritó Benavente.
Adelantóse
el Sargento Molina y dijo:
—
Queremos saber contra quién vamos a pelear...
— ¡Sí,
sí! —Apoyaron en coro y bulliciosamente los soldados—. ¡Que se nos diga, que se
nos diga! —agregaron algunos.
— No
vamos a pelear contra nadie que no sea revoltoso —contestó Benavente—,
Solamente nos han llamado para guardar el orden en la Plaza del Consulado,
durante la votación al Congreso del Reino.
—
¡Nosotros no queremos Congreso, sino pelear por nuestro Rey Fernando VII y por
la religión! —intervino el Cabo Sáez.
Un gran
coro y aplauso apoyó las palabras del Cabo.
Dejó
pasar el bullicio, el Comandante, y contestó:
— Pues, a
eso vamos; y para ello estoy listo con mis queridos Dragones. Vamos a pelear
por el Rey, por la Religión y por la Patria; a esto hemos venido a Mapocho, y
ningún "pencón” se debe quedar atrás. ¡Viva el Rey Fernando! —gritó, por
fin, como para confirmar sus palabras.
— ¡Viva,
viva! —contestaron los soldados en su gran mayoría, sin reparar en que las
palabras del Comandante sólo iban encaminadas a halagar a la tropa y ponerla de
su parte. Trataban los cabecillas de insistir en sus protestas, para producir
una situación de violencia que diera ocasión para que el resto de la tropa
acuartelada en San Pablo interviniera en el conflicto, pues ya tenían socavada
la lealtad de varios sargentos y cabos de los Dragones de Chile; pero la
habilidad del Comandante Benavente no dio lugar a los conjurados para conseguir
sus propósitos y volviendo a empinarse de nuevo sobre los estribos, gritó:
—
¡Dragones de la Frontera! ¡Por el Rey, por la Religión y por la Patria, firmes,
y adelante!
— ¡Vítor,
por el Comandante Benavente! —exclamó el Cabo Loayza, con voz estentórea, que
entusiasmó a la tropa...
— ¡Vítor,
vítor, por el Rey y por Benavente! —contestaron en coro, alzando sus fusiles y
espadas y saliendo tras el Jefe con dirección a la Plazuela del Consulado.
Eran ya
las siete de la mañana cuando los Dragones llegaron al sitio que se les había
designado; como el acto electoral debía empezar a las ocho y media, aun no se
notaba gran movimiento, allí en los alrededores. Solo se veía el entrar y salir
de los fieles en la iglesia de la Compañía que por entonces estaba "de
priva” mediante el celo apostólico del Presbítero don Manuel Vicuña, futuro
primer Arzobispo de Santiago. Ya he dicho, en otras ocasiones, que el templo de
la Compañía se levantaba donde hoy están los jardines de la Cámara de
Diputados.
No habían
pasado cinco minutos desde que la tropa se encontraba "extendida" en
la Plazuela, a la espera de la junta electoral que iba a recibir la votación,
cuando el Cabo Sáez, aprovechándose de que Benavente había ido a reunirse con
el Comandante de Armas don Juan de Dios Vial, en la portería de los jesuitas,
hizo ciertas señales a otros cabos, y lanzóse al medio de la Plazuela gritando,
al mismo tiempo que enarbolaba un paño blanco en el extremo de una lanza:
— ¡Ea,
señores, álcense por el Rey y por la Religión! Que venga a reunírsenos la
compañía de Infantería de la Frontera, y a mandamos a todos el Comandante
Figueroa.
— ¡Viva
el Rey! —contestó un grupo, y luego repitieron el mismo grito todos los demás
soldados, levantando sus armas.
Al ver
los movimientos y oír los primeros gritos, Benavente vínose a la carrera desde
el patio del templo a enfrentarse con los desordenados; al llegar a la
Plazuela, el Cabo Sáez estaba perorando encaramado sobre una piedra de esquina
que había al lado de la que hoy es calle de la Bandera; fuese sobre el
revolucionario y le aplicó "dos cortos golpes para corregir «el exceso”;
pero en ese mismo instante salieron al través el Cabo Muñoz y el Sargento
Molina, quienes "echándose el fusil a la cara, le hicieron el punto”,
diciéndole:
—
¡Sosiéguese, señor, y váyase de aquí...!
— ¡Sí,
sí! ¡Váyase, váyase! —repitieron todos los soldados.
—
¡Queremos que nos mande sólo el Comandante Figueroa...!
— ¡Vítor
por el Comandante Figueroa! —gritó el Cabo Sáez.
Al ser
intimado en esa forma, el Comandante Benavente quiso echar mano a sus pistolas;
pero desgraciadamente —o por fortuna— las había dejado en el arzón de su
montura; sin embargo, lanzóse a mano blanca contra los tumultuarios; pero fue
impedido por el Comandante Vial que en ese momento llegó también al lado de su
compañero y de los oficiales que le habían rodeado.
Vial era
el Jefe de la Plaza, y en esa virtud quiso también imponerse a la tropa
sublevada; pero el Sargento Molina levantó otra vez su fusil, "le hizo el
punto y le repitió que se retirase, "que allí no debía mandar sino el
Comandante Figueroa, a lo " cual asistieron bulliciosamente los soldados,
pidiendo de nuevo que viniera a reunírseles la tropa de infantería del
Regimiento Fijo de Concepción”.
El
desorden iba tomando cuerpo por momentos y aunque los transeúntes que a esas
horas pasaban por la Plazuela eran muy pocos, "al poco rato se vio allí
mucha gente”. No convenía, pues, que el público se posesionase de que la tropa
se había sublevado contra sus jefes, ni que se divulgase tan mala noticia; de
acuerdo Benavente con Vial, dispusieron que los Dragones se retirasen a su
cuartel de San Pablo, y llamando a un lado al Capitán Lagos, Benavente le dio
la siguiente orden:
—
Capitán, retírese con la tropa a su cuartel, y una vez allí, desármela y
arreste en el calabozo a los cabos y sargentos...
— ¡Y
póngale una barra de grillos a cada uno! —agregó don Juan de Dios Vial.
No era
muy fácil de cumplir la orden que se le había dado, pero el joven Capitán montó
a caballo, sacó su sable; afianzó sus pistolas y mandó:
—
¡Dragones, a su cuartel; paso redoblado, marchen por frente!
Y el
zambito Manuel, sin importarle un grano de alpiste si estaba sirviendo al Rey o
a la Junta, emprendió el mismo entusiasta redoble con que hacía poco había
sacado a la tropa del Cuartel de San Pablo para traerla al Consulado.
* * * *
Sin
embargo, de las precauciones que tomaban Vial y Benavente para que no se
divulgase la noticia de la sublevación de los Dragones, se comprenderá que era
inútil pretensión la de que tamaño acontecimiento no llegara velozmente a oídos
de los interesados, que eh este caso eran los instigadores del motín. Uno de
los primeros en saberlo fue el realista don Lucas Melo que se encontraba, al
parecer, en el patio del templo de la Compañía; aunque al principio no se dio
perfecta cuenta de lo que pasaba en la Plazuela, comprendió, en seguida, que
"el tumulto” tendría algo que ver con las actividades de sus compatriotas,
de las cuales estaba algo impuesto.
Puso,
pues, la mayor atención y así pudo ver la actitud decidida e insolente del Cabo
Sáez y del Sargento Molina, a quienes conocía, cuando éstos "hicieron el
punto” a los comandantes Vial y Benavente; vio también que Vial había ordenado
el retiro de la tropa y la actitud insubordinada en que ésta lo hacía y no dejó
de llamarle la atención el hecho de que los Dragones sublevados fueran
siguiendo, obedientes, al Capitán Lagos; hasta llegó a suponer que este Oficial
estaría en el complot. Por cierto que don Lucas Melo estaba rabioso por saber
más noticias; pero, bastante discreto, no se atrevió a averiguar con nadie, a
fin de no despertar sospechas.
Don Lucas
Melo siguió a la tropa hasta que ésta dio vuelta por la calle de Morandé hacia
el río, para dirigirse al Cuartel de San Pablo; detúvose un momento en esa
esquina, y una vez que echó una mirada de inspección para ver que ningún
sospechoso lo observara, se dirigió rápidamente a la casa del Marqués de
Montepío, don José Santos de Aguirre, empujó el portón que estaba entornado y
desapareció tras él. La casa del Marqués estaba en el mismo solar donde se
levanta ahora el edificio de "El Mercurio”.
Al
desembocar en el primer patio, Melo encontróse con don Joaquín Aguirre, el
primogénito del Marqués.
— ¿Por
qué tan de madrugada, don Lucas? Se le ha atracado algo a Su Merced? —preguntó
don Joaquín, dando suelta a su carácter bromista.
— ¿Pero
no sabe usted la novedad, don Joaquín...?
— Hasta
la coronilla estoy ya de noticias gordas y mentirosas —contestó el Mayorazgo—;
ayer no más estuvimos leyendo "las Gacetas” de Buenos Aires y hemos
quedado de falsedades para un año.
— Bueno,
bueno; pero ¿es verdad que no saben ustedes nada de lo que pasa?
— Pero,
¿es que pasa algo más? —preguntó a su vez don Joaquín.
— ¡Y
tanto...! Figúrese que la tropa del Dragones que trajeron al Consulado, para la
votación, se sublevó y levantó bandera por Fernando VII.
Abrió
tamaña boca don Joaquín, y, sin articular palabra, corrió hacia una puerta y
empujó:
— ¡Señor
Marqués, señor Marqués! —Dijo entrando— las tropas se han sublevado a la voz
del Rey
—
¡Bendito sea Dios! —contestó don José Santos—; ya era tiempo... Pero, ¿quién
dice eso?
— Yo,
señor Marqués, que lo he visto —contestó don Lucas Melo—; en este momento pasa
la tropa del Dragones con dirección a San Pablo...
— ¿Y
quién la manda? —inquirió el Marqués.
— Un
Capitán Lagos, chillanejo.
—
Lagos... Lagos... No recuerdo a ningún oficial de ese apellido. ¿No sabe usted
si anda por ahí don Tomás de Figueroa? ...
— Yo no
he visto a nadie; ni sé nada, señor Marqués; al ver lo que pasaba en la
Plazuela del Consulado, me vine a casa de Su Merced, para ponerme a sus
órdenes, como Capitán que soy del Regimiento de la Princesa de que Usía es
Comandante.
Retorcióse
el mostacho el Marqués de Montepío, al recordar que, efectivamente, era el jefe
de un cuerpo militar y bien podía tocarle, como caracterizado realista, una
gran figuración en caso de haber un trastorno; tosió dos veces, con la mano en
la cadera, y ordenó:
— Pues
bien, señor Capitán Melo, vaya usted al Cuartel San Pablo, averigüe lo que está
pasando y tráigame la noticia.
Entre
tanto la tropa "tumultuada” del Dragones había llegado ya a San Pablo y al
entrar al cuartel sus cabecillas habían lanzado fuertes vítores por el Rey, por
la Audiencia y por el ex Presidente García Carrasco, a quien reclamaban por
jefe, juntamente con el Corone! Olaguer Feliú y el Comandante Figueroa. La
insurrección era ya desembozada y a poco se/lanzaron mueras a la Junta...
El
valiente Capitán Lagos trató de dominar a sus soldados en el primer momento,
pero se convenció de la imposibilidad de hacerlo, al ver que el resto de las
tropas del Dragones, las del de Chile y la Infantería de Concepción, es decir,
todas las que estaban hospedadas en San Pablo, se pusieron de parte de los:
sublevados, desconociendo la autoridad de los oficiales.
Al ver la
grave complicación que se había producido, el Capitán Lagos quiso salir del
cuartel para dar aviso a sus jefes de lo que estaba pasando, pero al trasponer
el zaguán fue detenido por un grupo que encabezaba el tambor del Dragones, José
María López, y llevado al "cuarto de banderas” donde fue encerrado; Lagos
se encontró allí con dos oficiales más que habían sido igualmente aprisionados.
El
Sargento Molina, los cabos Juan Manuel Sáez y Casimiro González y el Dragón
Nicolás Aravena que formaban algo así como el estado mayor de
la conjuración, deliberaban, entre tanto, sobre lo que deberían hacer; ellos
estaban confiados en que oportunamente, habrían de haberse presentado los jefes
que debían poner al frente del movimiento; pero hasta el momento no llegaba
ninguno de ellos al cuartel; era necesario, pues, determinar alguna medida para
mantener el entusiasmo, mientras había una cabeza a quien obedecer.
En este
momento llegó al cuartel el Capitán Melo, enviado, como sabemos, por el Marqués
de Montepío; el centinela le había impedido la entrada, pero su conocimiento
con los cabecillas Sáez y Molina le franqueó el paso.
— Me
envía el señor Marqués de Montepío a saber qué ocurre en este cuartel —dijo
Melo— y a decirles a los soldados que Su Señoría y el Regimiento de la
Princesa, están de parte del Rey.
— Lo que
ocurre es que esta tropa ha levantado bandera por el Rey Femando y desea que
vuelva a mandar el Reino el señor García Carrasco...
— Pero la
actual Junta ha sido reconocida y jurada —dijo intencionadamente el Capitán
Melo.
—
¡Déjese, Su Merced, de Juntas...! —Interrumpió el Cabo González—; no queremos
nada con Juntas. ¡Muera la Junta!, gritó por último, a cuyo grito contestaron
con exclamaciones y epítetos los circunstantes.
— Lo que
hace falta aquí es que vengan a ponerse al frente de esta tropa el Coronel
Olaguer o el Comandante Figueroa… ¡Vítor por Figueroa!
— ¡Sí,
sí! ¡Vítor a Figueroa! —resonó en el extenso patio.
— Pues,
señores —dijo Melo— si ustedes quieren, yo puedo avisar al señor Comandante...
— ¡Vítor
por Olaguer, vítor por Olaguer! —oyóse gritar en esos momentos por los soldados
que estaban cercanos a la puerta del cuartel. Era que habían visto penetrar,
por el zaguán, al anciano pero animoso Coronel de Ingenieros, don Manuel
Olaguer y Feliú a quien alguien había avisado de los acontecimientos graves que
se habían desarrollado en 1a Plaza del Consulado. Este alguien había sido el
comerciante "europeo” don Manuel Aldunate, nuestro conocido, hermano del
Oidor.
Junto con
Olaguer venían don Roque Allende y don Prudencio Lazcano, únicos realistas que
se habían atrevido a salir de sus casas y a presentarse en el Cuartel de San
Pablo. Aldunate había avisado, también, a otros; pero, según parece, ninguno se
dio prisa por formar de los primeros en las filas de los defensores de la causa
Real.
Molina
"se cuadró” ante Olaguer y díjole "que la tropa lo proclamaba como su
jefe y estaba dispuesta a morir en defensa del Rey”; pero Olaguer rehusó el
cargo y dijo "que no era él la persona llamada a ser jefe y caudillo, sino
don Tomás de Figueroa, y que lo llamaran” porque debía estar esperando el
aviso.
— Yo
estaré con ustedes —agregó Olaguer—; pero viejo y achacoso como soy, no
serviré, sino para morir de centinela mientras vosotros peleáis.
Entre
tanto, el Capitán Melo había salido a la carrera a dar aviso al Comandante
Figueroa, que vivía, ya lo he dicho, en la calle de las Monjitas,
"saltando” la de San Antonio, en casa de su hijo don Manuel. El mensajero
pasó casi a la carrera por la vereda de la Audiencia y del Cabildo, acera norte
de la Plaza de Armas, y vio que en esos instantes subíanlas escaleras del
Tribunal el Regente don Juan Rodríguez Ballesteros; deberían ser más o menos
las ocho de la mañana y era hora desusada para las tareas del mencionado
Tribunal.
— ¡Señor
don Tomás, señor don Tomás! —respiró don Lucas, al entrar a la habitación donde
se encontraba, en ese momento, el Comandante Figueroa—; la tropa del Cuartel de
San Pablo se ha sublevado por el Rey, y lo está pidiendo a usted como su
caudillo; ¡vaya, usted, a sujetarla, por Nuestra Señora, antes de que cometa
algún desaguisado!...
Ante la
sorpresa de Figueroa, el mensajero contó en dos palabras lo acontecido en la
Plaza del Consulado y en el cuartel, como asimismo, la llegada a San Pablo del
Coronel Olaguer, acompañado de Aldunate, Allende y Lazcano. El Comandante
pencón no terminó de oír el breve relato, pues tan pronto como acabó de vestir
su uniforme militar, tomó su espadín y sus pistolas, y salió a tranco largo con
dirección a San Pablo.
: Al
pasar por la Plaza, frente al Tribunal de la Audiencia, encontróse con su
vecino don Manuel Aldunate, que también venía de San Pablo, en su busca.
— ¿Qué
pasa, don Manuel? —dijo rápidamente Figueroa.
— ¡Vaya,
vaya usted pronto a San Pablo a dirigir esa tropa, que es usted al único que le
obedece! —Contestó Aldunate—; yo venía a buscarlo a usted, pero ahora pasaré al
Palacio para contar a los señores de la Audiencia lo que está ocurriendo.
Continuó
Figueroa su camino, torciendo por la calle del Puente y luego por la de San
Pablo, y llegó al cuartel* en los momentos en que un gran grupo de soldados
salía de allí, tal vez para dirigirse al centro de la ciudad. Al divisar al
Comandante, los soldados prorrumpieron en vítores y corrieron a rodearlo,
levantándolo en brazos y llevándolo hacia el patio interior.
— ¡Viva
el Rey, la Justicia y la Patria! ¡Muera la Junta! ¡No queremos que nos mande
otro que usted! —fueron los gritos que lanzaron los soldados, según la
confesión que prestó Figueroa en su proceso.
Todos los
documentos que hablan de este hecho, están de acuerdo en que estás o parecidas
fueron las expresiones que se lanzaron por los soldados en esta sublevación.
Una vez
que la tropa se hubo sosegado, tanto a instancias de Figueroa cómo por las
órdenes enérgicas de los cabos y sargentos que la manejaban, el Comandante
Figueroa la arengó diciendo que "por mandatos superiores, emanados de las
legítimas autoridades de la Monarquía, las tropas leales a su mando tenían la
obligación de pelear hasta morir por el Rey Femando y por la Religión”; dio las
seguridades de que el resto de las tropas de Santiago, y sobre todo la
Artillería, sé plegarían a las fuerzas leales de los Dragones y Húsares tan
pronto como éstas se presentaran en público y "apellidaran al Rey”; dijo;
además, que los elementos civiles apoyarían con entusiasmo a las fuerzas
armadas para derrocar a la Junta, y que la Real Audiencia reconocería inmediatamente
el nuevo orden de cosas, tan pronto como se restableciera la autoridad de los
representantes del Monarca.
Por
último, y como para acentuar sus palabras, ordenó como jefe de las fuerzas, que
se abrieran los polvorines y se distribuyeran armas y municiones, "a fin
de salir a sostener en campo y plaza” la autoridad del Rey.
Mientras
los soldados, entre aclamaciones bulliciosas, descerrajaban los polvorines para
proveerse de municiones, acercáronse al nuevo caudillo don Nicolás de Chopitea,
que recién llegaba al cuartel, y el Coronel Olaguer, y llamándolo aparte, el
primero díjole:
— ¿Y qué
piensa hacer, Su Merced, una vez que su tropa esté armada...?
— Pues,
salir con ella a la 'Plaza y ponerla a disposición de la Audiencia, única
autoridad que por ahora representa, en este Reino, la autoridad de nuestro
Monarca legítimo...
— No
olvide usted —dijo Olaguer— que existe una Junta que gobierna el Reino en
nombre de Su Majestad...
— ¡Yo no
reconozco la autoridad de esa Junta! —contestó Figueroa.
— Muy
bien —replicó Olaguer—; entonces, lo primero que debe hacer usted, es
derrocarla...
Abrió los
ojos, espantado, el Comandante Figueroa, dándose cuenta sólo en ese momento, de
que mientras existiera la Junta Gubernativa que había sido reconocida "y
jurada” por todos, incluso por la Audiencia, como guardadora de la autoridad de
Fernando VII, era imposible faltar al juramento de fidelidad que se le debía.
Quedóse
un momento indeciso, y por fin, dijo:
— ¿Y qué
se debe hacer, entonces...?
— Pues...
¡suprimirla! —Dijo seca e implacablemente Chopitea—. Sólo de esta manera podrá
usted tener el apoyo decidido de la Audiencia y de los "europeos”, que ya
han jurado obediencia y fidelidad a una Junta que, mal que mal, representa al
Monarca. En el Consulado debe estar reunida en este momento, y ocasión sería
ésta, inmejorable, para aprisionarla y obligarla a dimitir.
— ¿Y si
se resiste?...
— Ahí no
hay sino un hombre capaz de resistir a la imposición de la fuerza y ese es don
Juan Martínez de Rozas, su amigo y compadre de usted —contestó Olaguer—; y si
usted se maneja en forma de prometerle, a Rozas, la presidencia del Reino, el
hombre, que es ambicioso, obligará a sus colegas a dimitir...
— ¿Y si
mi compadre don Juan Rozas también resiste?.. . — insistió Figueroa.
— Si
resiste don Juan de Rozas, no queda a usted más camino que suprimir la Junta...
si quiere prestar efectivo servicio al Soberano...
— ¡Abajo
la Junta! ¡Muera la Junta! —gritaban, entre tanto, los soldados, que, bajo las
órdenes de los sargentos y cabos, empezaban a formar, "con sus fusiles
cargados y cebados”.
— ¿Lo oye
usted?... —dijo Chopitea, mirando fijamente a los ojos de Figueroa y señalando
enérgicamente al patio—. ¡Muera la Junta! es lo que gritan sus soldados...
— Pues,
¡habrá de morir, si se resiste a firmar su dimisión!—, dijo el Caudillo,
saliendo al patio.
Y
montando a caballo con la gallardía de un mozo, a pesar de sus sesenta y cinco
años, desenvainó su espadín, y mandó:
— ¡Tropas
leales, marchen por frente, que a la Junta os llevo para reclamar justicia o a
morir por el Rey!
Y a
tambores batientes salió la insubordinada tropa hacia el Consulado, donde
Figueroa creía que estaba la Junta, decidido a derrocarla, sea que dimitiera,
sea que hubiera necesidad de "suprimirla” como había indicado don Nicolás
de Chopitea. El drama iba, pues, a empezar y llevaba inclinaciones de tragedia.
La tropa
—unos doscientos hombres— siguió por la calle de San Pablo, por la de los
Teatinos, y dobló hacia la Plaza del Consulado por la de Compañía. Al pasar la
tropa frente a la casa del Marqués de Montepío, dando vivas al Rey y mueras a
la Junta, levantóse la cortinilla de una ventana y una hermosa dama observó,
con ojos espantados, el espectáculo de la tropa insubordinada y en son de
combate.
— ¡Esposo
mío y señor! —Exclamó la señora, echando los brazos al cuello a un caballero
que, visiblemente emocionado, contemplaba, también, el paso de las tropas—;
¿qué va a pasar ahora con esa gente que va "borracha”? ¡Dios nos libre y
nos proteja!, terminó diciendo la señora, que, por ser totalmente interesante,
hasta su estado lo era...
—
¡Tranquilízate, mujer —díjole su marido, mirándola a los ojos con cariñoso
reproche— y no vayas a "salir” ahora con tu "Domingo siete!...”
— Sí,
hija mía, sí —agregó el Marqués de Montepío, que en esos momentos entraba a la
pieza—; debes tranquilizarte, porque nada de grave sucederá; he vestido mi
traje de Coronel, —agregó, bajando lentamente ambas manos por el reverso, por
ambos lados de su hermoso busto— para ponerme al frente de mi Regimiento en el
momento en que se proclame, de nuevo, la autoridad de los legítimos
representantes de nuestro Soberano...
— ¿Pero
va, Su Merced, a salir? —interrogó, alarmado, don Francisco Ramón Vicuña, el
marido de doña Mariana de Aguirre la "interesante” señora que estaba a su
lado.
—
¿Salir?... ¡Claro que sí, yerno mío!... pero, una vez que todo haya acabado en
paz —agregó, ¡en tono confidencial!— No están mis años para meterme en
"bochinches”...! —terminó el anciano criollo realista.
* * * *
Cuando
ocurrió la primera insubordinación del Sargento Molina y del Cabo Sáez en la
Plaza del Consulado, el Comandante General de Armas don Juan de Dios Vial creyó
que debía dar cuenta inmediatamente a la Junta de tan grave ocurrencia; y
aunque el Presidente era don Fernando Márquez de la Plata y parecería lógico
que Vial se dirigiera a él, lo cierto fue que corrió a casa del vocal don Juan
Martínez de Rozas, ubicada en la calle de la Catedral, casi al llegar a la de
Peumo (Amunátegui).
La razón
para esta preferencia era muy sencilla; Martínez de Rozas era "el hombre”,
y no se movía una paja sin que él lo autorizara. Los demás vocales de la Junta
eran "caballeros de edad”, la mayoría, y en general solo prestaban su
nombre "hablado y escrito” para refrendar las órdenes del vocal pencón. En
aquella época, Rozas era "el dictador de Chile” y no había quién
contrarrestara su influencia.
Al oír de
boca de don Juan de Dios Vial la concisa y nerviosa relación, el Vocal Rozas no
titubeó un instante en adoptar resoluciones y la primera de ellas fue la de
ordenar, a Vial que ‘‘se fuera a la Casa de Huérfanos, sacara de allí las
tropas de Granaderos y con ellas saliera a defender el Cuartel de la
Artillería”. En seguida mandó aviso de lo que ocurría a los vocales don Ignacio
de la Carrera, don Francisco Javier de Reyna v don Fernando Márquez de la
Plata, para que se "juntaran rápidamente y secretamente” en casa del
último; y echándose la capa sobre los hombros, salió él mismo a dar aviso al
otro vocal don Juan Enrique Rosales, que vivía a una cuadra de distancia, o
sea, en la casa que fue de don Gonzalo Bulnes (calle de la Compañía).
Mientras
se reunían los miembros de la Junta en casa del Presidente, Rozas y Rosales,
cada uno por su lado, salieron a buscar a los jóvenes patriotas más
entusiastas, a fin de formar con ellos la guardia cívica que tan señalada
actuación iba a tener ese día. Así fue, como, antes de las nueve de la mañana
ya andaban recorriendo las calles y especialmente los arrabales, para juntar
gente, varias patrullas encabezadas por los jóvenes Irarrázaval, por Manuel
Rodríguez, por don Diego Larraín, por Enrique Campino, por el cuyanito Manuel
Dorrego y hasta por Gamito Henríquez, el fraile de la Buena Muerte que, recién
llegado tres meses antes, ya se había conquistado la simpatía de los patriotas.
Antes de
media hora, la Junta estaba reunida en casa de Márquez de la Plata, ubicada en
la calle de Agustinas esquina con Teatinos (Ministerio de Instrucción); sólo
faltaba el vocal Reyna, que se excusó, por estar enfermo, pero que
evidentemente no quiso asistir, por un exceso de cautela. No debemos olvidar
que era español "europeo” neto, que debía estar comprometido también en el
motín, y, por lo tanto, no querría meterse en la cueva del lobo.
Cuando
Figueroa y sus tropas se dirigieron al Consulado para sorprender allí a la
Junta y "pedirle justicia”, o sea, para "suprimirla” según la
indicación de Chopitea, los vocales estaban lejos de tan peligroso sitio; los
salvó a ellos y a la patria naciente, la circunstancia de haberlos citado,
Martínez de Rozas, a reunirse en casa del Presidente Márquez de la Plata; si la
Junta hubiera sido sorprendida en el Consulado, sus miembros habrían sido
presos y rápidamente eliminados.
Al no
encontrar allí a los vocales, el Comandante Figueroa, siempre en medio de los
gritos de su tropa insubordinada, encaminóse a la Plaza, a insinuación de
Lazcano y Chopitea, para entrevistarse con el Cabildo, a quien se suponía,
también, reunido en su Sala, con motivo de la realización del acto electoral;
mientras los amotinados se dirigían a la Plaza y se agrupaban a las puertas de
la cárcel, en cuyos altos funcionaba la Corporación Municipal, Martínez de
Rozas "repitió las órdenes para que los Regimientos, de Granaderos y de
Artillería, se presentaran en la Plaza a fin de hacer frente y reducir a la
tropa de Figueroa”.
Al
saberse esta noticia, se formó en la "recova” un alboroto y una confusión
tal que "no dejaba a nadie entender al vecino”; los vendedores del mercado
abandonaron sus puestos y fugaron; los mercaderes de los baratillos del Portal
de Sierra Bella y los artesanos, cerraron sus puertas; "los vecinos, unos
fugaban de la ciudad, otros se escondían en el interior de las casas; la madre
trataba de contener al hijo, la esposa al marido, las mujeres lloraban por las
calles y la plebe volaba a ocultarse en los suburbios”.
Tal fue
el pánico que dominó al vecindario en esos primeros momentos, que "varias
señoras que se encontraban en meses mayores, sufrieron las consecuencias” y
entre éstas, las más notables y distinguidas fueron la esposa de don Francisco
Ramón Vicuña, doña Mariana de Aguirre que dio a luz a don Francisco de Paula
—tío de don Benjamín Vicuña Mackenna— y la del secretario de
la Junta don Gaspar Marín, doña Luisa Recabarren, que alumbró a don Francisco,
hermano de doña Mercedes Marín del Solar, la poetisa.
No
habiendo encontrado, tampoco, a los miembros del Cabildo, Figueroa dirigióse
con sus "tumultuarios” al Palacio del lado, donde funcionaba la Real
Audiencia. El Caudillo y sus consejeros Chopitea, Olaguer, Aldunate y don
Prudencio Lazcano, escoltados por "un grupo de oficiales y parte del
pueblo” subieron bulliciosamente las escaleras que conducían a la Sala del
Tribunal.
Al final
de la escalera y adelante de la puerta de la Audiencia encontráronse con los
porteros Antonio Guzmán y Toribio de la Cuadra, los cuales trataron de impedir
el paso; pero Figueroa, Lazcano y demás, los atropellaron y lograron penetrar
"hasta unos diez” en la Sala donde ya estaban reunidos cuatro de los cinco
oidores. No era la hora usual de trabajo; era que los oidores habíanse reunido
extraordinariamente.
— ¡Aquí
está Figueroa!... ¡Aquí está Figueroa!... —exclamó Chopitea, al entrar. ¡Sólo
espera una orden de sus señorías para levantar bandera por el Rey!
— No
necesita orden de nadie —dijo Ballesteros—; si él tiene la fuerza, también
tendrá derecho para hacer lo que su conciencia le mande.
Ante la
respuesta bastante ambigua y cautelosa del Regente, el Comandante Figueroa se
quedó un tanto perplejo; creía él que la actitud de la Audiencia iba a ser
definida y que al verle al frente de la fuerza, dispuesta a levantar la
autoridad del deprimido Tribunal, el Regente y sus colegas no titubearían en
afrontar las responsabilidades de la situación, puesto que la Audiencia
representaba, más que nadie, a la autoridad Real.
Chopitea
fue, sin embargo, bastante explícito y dijo
—
Figueroa sólo cumplirá las órdenes que se le comuniquen; y si los señores de la
Audiencia, que son los llamados a darlas en estas circunstancias, no lo hacen,
respondan, sus señorías ante el Soberano.
Si sólo
del Regente hubiere dependido, la orden no se habría hecho esperar más; pero
formaban parte del Tribunal don José de Santiago Concha y don José Santiago de
Aldunate, quienes, aunque genuinos realistas, tenían estrechas vinculaciones de
familia con prestigiosos personajes patriotas y no se encontraban dispuestos a
violentar ni a precipitar los acontecimientos. Ellos proponían y sostenían que
debía ser llamada la Junta para tratar con la Audiencia, y eso se hizo en
definitiva.
Cerca de
media hora había transcurrido en estas discusiones entre los oidores y los
tumultuarios, cuando se oyeron redobles de tambores y voces de mando en la
Plaza; el Oidor Irigoyen acercóse al balcón y pudo ver, a través de las
vidrieras, que entraban tropas por la calle de la Compañía; eran los Granaderos
de la Patria que venían al mando de don Juan de Dios Vial, "para sostener
las órdenes de la Junta”. Con la tropa de Granaderos venía una batería de
Artillería al mando de los capitanes Bernardo Montuel y Luis Carrera.
Al
imponerse, Figueroa, de la llegada de las tropas patriotas tomó su casco y
encaminándose a la puerta, dijo al Tribunal, en tono de despedida:
— Al
frente de mi tropa estaré, a las órdenes de vuestras señorías, y espero ser
llamado cuando venga aquí la Junta.
— Pero,
entre tanto, póngase usted al frente de toda la fuerza; bastará con que usted
"apellide al Rey”, para que le sigan. ¡No lo dude usted! —afirmó el
Regente.
Al bajar
los últimos escalones, para saltar a la Plaza, acercó se al Comandante Figueroa
el Teniente Coronel patriota don José Joaquín Toro, hijo menor del finado Conde
de la Conquista; llevó la mano al "casquete”, militarmente, y díjole:
— Señor
Comandante, envíame la Excelentísima Junta a decir a usted que forme su tropa,
que la mantenga sin moverla en esta Plaza, y que espere las órdenes que le
enviará oportunamente por intermedio del Vocal don Juan Martínez de Rozas...
— ¿Dónde
está la Junta? —inquirió Figueroa.
La Junta
está reunida y deliberando.
— ¿Pero
en donde? —insistió don Prudencio Lazcano.
— No
tengo para qué decirlo a usted —acentuó el Comandante Toro, con energía.
Y
dirigiéndose nuevamente a Figueroa, que hablaba en voz baja con Chopitea y
Aldunate, díjole:
— Dejo
cumplida la orden que recibí; ¿qué contesto a la Excelentísima Junta?
— ¡No
conteste usted nada! —dijo Figueroa, y volviendo sobre sus pasos subió
nuevamente las escaleras del Tribunal.
Toro
siguió tras el grupo y cuando Figueroa y los suyos penetraron a la Sala, el
mensajero de la Junta quedóse a la puerta, aplicando el oído con disimulo para
no dar sospechas al portero, quien, por otra parte, ya había perdido el control
de sus importantes funciones.
— La
Junta me ordena que no mueva mi tropa de la Plaza...
— Eso
quiere decir que está temerosa de lo que pueda ocurrir —dijo Olaguer—; baje
usted, otra vez a la Plaza y apellide al Rey; verá usted cómo la tropa recién
llegada le sigue a usted.
Siguióse
una discusión asaz animada entre los oidores y los cabecillas de la
insurrección, y por fin salió nuevamente Figueroa hacia la (Plaza, decidido a
tentar suerte. Hizo "formar en batalla a su tropa sublevada,
"extendiéndola" sobre el costado norte, y avanzó con ella hasta la
cerca de la "pila”; la dejó "firme” y siguió él solo, pues "no
tenía oficiales”, hasta el centro mismo del cuadrilátero.
— Señor
Vial —gritó, dirigiéndose al Comandante de las fuerzas patriotas, que ocupaban,
ya lo he dicho, el costado sur de la Plaza—; ¡oiga usted una palabra, si es
servido!
El
Comandante Vial iba a contestarle una barbaridad pero aj, ver el acto de valor
de ese hombre que afrontaba, solo, una situación peligrosa para su persona,
llamó al Comandante de los Granaderos don José Santiago Luco y a su segundo don
Juan José Carrera y les dijo:
—
Acompáñenme ustedes, "a ver” lo que quiere ese pícaro.
Los tres
patriotas avanzaron al centro de la Plaza y se enfrentaron con el Comandante
sublevado.
— Señores
—dijo Figueroa— aquí la causa es una; todos queremos servir al Rey y a la
Religión y por lo tanto, debemos unirnos....
— Muy
bien —contestó el Comandante Luco—; todos estamos unidos en esto; pero lo que
veo es que usted anda en malos pasos y quiere desconocer la autoridad del
Representante del Soberano.
— ¡Esto
no es verdad! —Replicó Figueroa—; yo vengo a defender aquí la autoridad del
Soberano; y como oficial más antiguo pido a ustedes que me reconozcan como
único Jefe de la fuerza.
— El Jefe
soy yo —intervino Vial— por nombramiento que tengo de la Junta, que es la única
autoridad a quien reconozco, ¡y por cierto que no entregaré el mando a ningún
pícaro...!
— ¡Señor
Vial!... —rugió, amenazante, Figueroa.
— ¡Señor
cuerno!... —contestó Vial, echando mano a sus pistolas.
En este
momento avanzó del lado de la tropa sublevada el Sargento Molina para ponerse
al lado de su jefe; pero en el mismo instante surgió como un rayo el joven
abanderado Juan de Dios Vial y Arcaya, hijo del Comandante, y descargó sus
pistolas sobre el Sargento; al oír este disparo, el Comandante Figueroa
"volvió la espalda y echó a correr, mandando a su tropa hacer fuego”.
"Recibí
la descarga de ellos —dice el Comandante Vial—, y mandé a los míos "hacer
fuego” de cuyas resultas vi caer unos cuantos al suelo, de ambos lados”.
El ruido
atronador de las dos descargas que hicieron, cada uno a su tumo, los dos
bandos, produjo un pánico indescriptible no sólo en el vecindario sino que
también en la tropa... Cuando vieron caer a los heridos y muertos, cuyo número,
en total, llegó a trece, casi todos los soldados de ambos bandos arrojaron sus
fusiles y emprendieron la fuga volviéndose las espaldas: los patriotas por las
calles de Compañía, Ahumada, Estado y Merced, y los realistas, o sublevados,
por las de Catedral, Puente, Pescadería (21 de Mayo), y Monjitas. Cuando la
atmósfera se despejó del humo de la pólvora, la Plaza de Armas estaba
desierta...
El Café
Lampaya, situado en los "altillos” del Portal de Sierra Bella, sirvió de
refugio a una multitud de curiosos que se habían situado por ahí para
presenciar los acontecimientos; algunos de esos mismos curiosos no se
encontraron seguros allí, cuando corrieron balas, y se descolgaron a la Plaza
por los balcones del Portal, que tenían, a lo sumo, tres metros de altura;' por
cierto que éstos no se quedaron en la Plaza, sino que siguieron por la Calle
del Rey hasta que se creyeron bien guarecidos.
. Los
oficiales patriotas salieron tras sus "valientes” soldados y entre todos
dieron alcance a setenta u ochenta "rotos” con los cuales volvieron a la
Plaza "y formaron allí”; esta formación determinó la victoria de las armas
patriotas, pues, "la Plaza quedó por ellos; de lo contrario, en el motín
del 1° de abril no habría habido vencedores ni vencidos, puesto que todos
habían arrancado”.
Al ver
huir a su tropa, el Comandante Figueroa se consideró perdido; sin oficiales que
le ayudaran a reunirla, muertos o heridos tres de los sargentos que habían
hecho cabeza en el motín y desbandados los demás, creyó que sólo le restaba
poner en salvo su persona, pues las represalias no tardarían en empezar. ¡No se
imaginaba, el Comandante revolucionario, que los oficiales patriotas se
encontraban en la misma condición suya, esto es, sin soldados con qué hacer
frente!
Después
de encaminarse a su domicilio, calle de las Monjitas, volvió sobre sus pasos
sin entrar a su alojamiento, y fue a golpear la portería del convento de las
monjas de la Victoria, "las monjitas” de la esquina de la Plaza. Tiró
varias, veces del cordón de la campanilla y por fin abrióse cautelosamente la
cancela.
— ¡Por
Dios y por el Rey, dad refugio a un militar desgraciado! —dijo Figueroa a la
portera.
—
Perdone, Su Merced, mi señor don Tomás —dijo la monja —pero nosotras no podemos
darle acobijo, lamentándolo mucho. ¡Vaya con Dios y que El proteja a su Merced!
Inclinó
la cabeza el abatido anciano, salió de la portería y se encaminó, sin mirar
atrás, al Convento de Santo Domingo; entró, sin que nadie se lo impidiera,
hasta la celda de su amigo el padre Nolasco González.
—
Escóndame, amigo, y sálveme los pocos años de vida que me quedan —dijo el
Comandante Figueroa echándose sobre un banco— que si los de la Junta se me
echan encima, no escaparé de sus garras.
* * * *
Dispersada
la tropa de ambos bandos, después de haber disparado sus armas "al
tuntún”, según decía poco después el Conde Alcalde, los oficiales patriotas
volvieron a la Plaza con la poca que habían logrado juntar, para seguir
"sosteniendo” las órdenes de la Junta; pero mientras la mayoría de ellos
andaba detrás de los asustados "rotos”, que por primera vez veían
"caer gente en nombre de la Patria”, el Capitán de la tercera compañía don
Femando Márquez de la Plata creyó del caso poner en conocimiento de su padre,
el Presidente de la Junta, la ocurrencia de la Plaza y el extraño combate que
acababa de "librarse”.
Echó a
andar, pues, por la calle de los Huérfanos, y, pronto se encontró en las
cercanías de su casa, situada ya lo he dicho, en la calle de las Agustinas,
esquina con la de los Teatinos; un pequeño grupo de gente armada custodiaba la
puerta de calle, y otros grupos, igualmente armados, patrullaban las cuadras
adyacentes. Los patriotas, al oír las descargas que se habían producido en la
Plaza, tomaron toda clase de precauciones para defender a la Junta que en esos
momentos, según sabemos, estaba "reunida y deliberando”.
Al ser
reconocido el Capitán Márquez de la Plata, se le dejó el paso franco y a los
pocos minutos estuvo en presencia de su padre que presidía la reunión.
—
¡Estamos perdidos —dijo el joven Márquez— si inmediatamente no se juntan las
patrullas y se presentan en la Plaza para hacer frente a los maturrangos! Todos
los "rotos” volvieron las espaldas al oír las descargas de los sarracenos
y en estos momentos los capitanes van tras de ellos para "rodearlos”.
— ¿Y los
realistas qué hacen? —preguntó don* Ignacio de la Carrera.
— No lo
sé —contestó Márquez—; deben estar organizando una batida contra el Cuartel de
la Artillería...
No sabía
el capitán patriota que los "sarracenos” habían huido también.
En esos
momentos entró a la sala Martínez de Rozas, que había salido, acompañado de don
Nicolás Matorras, para tomar lenguas de lo sucedido.
— Estos
rotos de moledera, "tales por cuales”, han arrancado a la primera descarga
—dijo Rozas— y hay necesidad de que patrullemos nosotros mismos la población;
me dicen que la mayoría de los maturrangos ha huido también, camino de
Valparaíso y que Figueroa no ha logrado juntar mucho número de los que se hace,
y que Dios nos proteja —terminó—; vuestras mercedes deben permanecer aquí,
reunidos, hasta que esto termine, si es posible, con felicidad...
— ¡Y con
la muerte del pícaro de Tomás Figueroa! —agregó Rosales, tomando su sombrero y
saliendo tras del "dictador de Chile”.
Seguidos
de siete u ocho jóvenes armados de pistolas y cuchillos, salieron ambos vocales
por la calle de los Teatinos con dirección a la Plaza, para posesionarse de la
situación en que se encontraban los acontecimientos; torcieron con las
precauciones consiguientes, por la calle de la Catedral, pero en el trayecto no
encontraron ningún grupo enemigo, a pesar de que estaban cercanos al Cuartel de
San Pablo, que era el hogar de los amotinados. Esto dio confianza al Vocal
Rozas, quien, participándole su sentir a Rosales, le dijo:
— Muy
tranquilo veo esto, Juan Enrique, para estar en poder de los maturrangos;
sigamos hacia la Plaza, que es allí donde podremos apreciar hasta dónde ha
llegado nuestra desgracia.
— Mira,
Juan Rozas, no juegues con la suerte; quédate por aquí con estos amigos y yo
iré, solo, a la Plaza, para traerte noticias.
Titubeó
Rozas un momento, porque apreció el alcance de la observación y generosa
abnegación de su amigo y compañero; sabía, el Dictador, que entre todos los
patriotas, entusiastas y decididos como eran los dirigentes, era bien difícil
que apareciera la persona que hacía falta en esos momentos para encabezar la
resistencia a la revolución reaccionaria; sabía, al mismo tiempo, que el único
deseo de los realistas habría de ser, en esos momentos, apoderarse de su
persona,( en la seguridad de que teniéndolo consigo, la
resistencia patriota habría de ser fácilmente quebrantada.
Pero la
resolución del Dictador fue terminante; "nadie se quede atrás”, dijo, y
efectivamente, avanzó impertérrito por la calle de la Catedral; al llegar a la
de Bandera, torció al norte, y entrando por la de Santo Domingo llegó hasta la
calle de San Antonio, en cuya esquina tenía su casa el teniente patriota don
Manuel de Salas. Junto al portón había un grupo de personas y entre ellas se
destacaba un fraile, alto, enjuto y pálido, que peroraba, al parecer.
Alarmáronse,
al principio, los del grupo de Rozas, pero un momento después, Rosales dijo:
— ¡Es
fray Camilo! ¡Vamos allá!..,
Henríquez,
ostentando sobre su sotana la cruz roja de la Buena Muerte, y apoyado en un
alto garrote, alzaba su mano izquierda para dar fuerza de convicción a sus
palabras; al ver a Rozas, el fraile fuese a él y mostrándolo a sus oyentes,
dijo, con énfasis:
— ¡Aquí
tenéis al Caudillo que salvará a la Patria en este trance! reguémosle que nos
dirija y que nos mande, para que podamos castigar a los felones que han
traicionado a sus hermanos, haciendo correr su sangre inocente...
— ¡Que se
aprehenda y se juzgue sumariamente a Figueroa!— dijo una voz vibrante y hasta
enconada.
— ¿Pero
en dónde está? —preguntó Rozas, dirigiéndose al joven argentino Manuel Dorrego,
que era quien había hablado tan reciamente.
— ¡Se le
busca —contestó Dorrego— y se le encuentra! ¡Deme, Su Merced, la orden y yo
habré de dar con él, así se oculte en lo más sagrado!
— Pues,
si eso es lo que necesita usted —contestó Rozas, haga cuenta que tiene la orden
firmada, no sólo por mí, sino por toda la Junta.
— Repara,
Juan, en que Dorrego es capaz de cometer cualquier desaguisado —dijo Rosales al
Dictador y que Figueroa es tu compadre.
— ¡Así
fuera mi padre —contestó Rozas— la misma orden daría, y por mi mano firmaría su
sentencia de muerte!
Y
dirigiéndose enseguida a don Manuel Salas que se encontraba al extremo del
primer patio, pues toda esta escena ocurría en el zaguán de su casa, díjole:
— Mi
señor don Manuel, ¿querrá prestar, Su Merced, un servicio a la Patria y a mí,
cediéndome, por unas horas su caballo, para recorrer el pueblo?
— Ahí lo
tiene, Su Merced, a su disposición —contestó don Manuel, señalando al manso y
tranquilo caballo blanco, que, amarrado a un horcón del patio, descansaba del
paseo matinal que hacía diariamente por la ciudad, repartiendo la leche de una
chacra que su amo tenía en los alrededores del San Cristóbal.
Cabalgó
rápidamente el doctor Rozas, y dirigiéndose al grupo que se había amontonado
frente al portón, por la calle San Antonio, dijo, según lo asegura el
historiador realista Padre Melchor Martínez:
—
"¡A ver, ciudadanos! ¡Síganme a defender la patria!"
"Todos
respondieron entusiastamente a la invitación y siguieron tras el Caudillo,
algunos, y otros tras de Manuel Dorrego, Diego Larraín, Nicolás Matorras, y
especialmente de fray Camilo Henríquez, apóstol y secuaz de las doctrinas de la
independencia que después de haberla propagado y revolucionado en Quito se
hallaba fugitivo activando la de Chile”.
Los
distintos guerrilleros se diseminaron por la ciudad en busca de Figueroa y de
los principales realistas a quienes creían comprometidos en el motín.
Fray
Camilo dirigióse, hacia el barrio de San Pablo, con la pretensión de apoderarse
del Cuartel, que, según noticias, ya estaba casi vacío, pues los soldados
amotinados, faltos de jefes, habían huido en grupos por el camino a Valparaíso;
Manuel Dorrego fuese a la quinta de don Julián Zilleruelo, en la Chimba, con el
propósito de aprehender, como lo hizo, al ex Presidente García Carrasco,
alojado u oculto allí; Diego y Martín Larraín salieron a recorrer "los
barrios de la Cañada” para juntar adeptos entre los clientes de la cancha de
bolas del "petizo” Columbes, sucesor de Jaramillo, que tenía "la
obligación de proporcionar gente” al Cabildo para cualquier emergencia, a
cambio de ciertas tolerancias de la autoridad municipal; los demás fuéronse en
otras direcciones en cumplimiento de las órdenes recibidas, y por último, el
Vocal Rozas, que había asumido algo así como el carácter de "comisario” de
la Junta, fuese a la Plaza de Armas para establecer allí su cuartel general, al
amparo de la tropa que los oficiales patriotas habían vuelto a reunir después
del desbande.
Al
desembocar en la Plaza, el "Dictador” vio a los oidores de la Audiencia
que "rodeados de algunos sujetos” comentaban los acontecimientos a la
puerta del Palacio (Intendencia). Rozas dirigióse inmediatamente a ellos, y
encarándose con el Regente Ballesteros, lo increpó:
— ¡Sus
señorías son los culpables de la sangre que ha corrido, y de la traición que a
la Patria se ha hecho; la vindicta no se hará esperar!"
— ¿Qué
dice el señor Juan Rozas? —interrogó con orgullosa altivez el Regente, quien, a
pesar del poco prestigio de la Audiencia, se esforzaba por conservar, aún, el
ascendiente de antaño—. ¡Modérese, el señor Vocal de la Excelentísima Junta, y
no haga juicios temerarios!
— No cabe
aquí otra moderación que la de decirles, a sus señorías, que son los
responsables de la conjuración, por haber concurrido, con sus consejeros, a
soliviantar a Figueroa, y que harían bien en precaverse, porque el pueblo los
tiene malquistos y aborrecidos y sus personas y vidas corren riesgo…
"Las
palabras del Vocal fueron seguidas de otras expresiones ultrajantes que
prorrumpieron los de su comitiva contra los Ministros del Tribunal, y hubo uno
que dijo, gritando: ¿Por qué no matan a balazos a estos picaros?”
La
prevención no pudo ser más oportuna y más seria; ese mismo día, en
conversaciones privadas, los oidores determinaron no volver a reunirse como
Tribunal, y poner sus personas en salvo; efectivamente, cinco o seis días
después, tres de los oidores renunciaban a sus puestos y a los ocho días la
Junta decretaba solemnemente la disolución del Alto Tribunal realista.
La
autoridad del Monarca había sido despojada de su más genuino exponente.
No
terminaban, aún, los comentarios que hacían los que presenciaron tan
trascendental escena, cuando se vio venir de la calle de las Monjitas un
numeroso grupo de personas encabezado por un mulato llamado Ramón Carabantes,
que enarbolando un largo palo de luma, a manera de lanza, gritaba:
—
¡Albricias, albricias, mi amito don Juancito Rozas! ¡Albricias! ¡El maturrango
Figueroa está escondido en Santo Domingo!... ¡En Santo Domingo!... ¡Sí!
— Pues
allá nos vamos —dijo el Vocal; y llamando a Juan José Carreras y a don Pedro
Prado, que estaban al frente de su tropa en la Plaza, les ordenó que le
siguieran al Convento de Santo Domingo con una compañía de caballería y otra de
infantería, todo lo cual se efectuó con la mayor presteza.
La multitud
presintió un espectáculo, quizá trágico, y arremolinóse alrededor de la puerta
del convento a presenciar la caza que iba a emprender la tropa dirigida
personalmente por el Dictador. La compañía de caballería rodeó el convento para
evitar la fuga del reo, y Rozas, al mando inmediato de la infantería, penetró
al claustro sin pensar siquiera en tomar en cuenta las protestas del prior, que
invocaba la inviolabilidad del religioso recinto.
Iba
entrando la tropa y tomando sus posiciones en el jardín del primer patio,
cuando vino a "rematar” su caballo, en la misma portería, Manuel Dorrego,
que llegó seguido por unos jinetes y a la distancia por un numeroso grupo de
gente "de a pie”.
— ¡Don
Juan Rozas, don Juan Rozas! —Gritó— aquí le traigo un "regalito”, para que
"se lo sirva” a la salud de la Patria...
— ¿Y qué
es ello?... —preguntó Rozas, sin dar al anuncio mayor importancia, por cuanto
era conocido el carácter zumbón del joven patriota argentino.
— ¡Le
traigo al viejo García Carrasco y a su compinche, Zilleruelo! ¿Dónde se los
dejo?
—
¡Caracolitos! —Exclamó Rozas—; ¡qué buenos regalos se gasta usted! Pues...
déjemelos en la cárcel y prevenga a José Diego Portales que les ponga un par de
grillos a cada uno, mientras yo me desocupo de esta otra "diligencia”.
— ¿Y de
qué se trata aquí, que veo tanta gente? —preguntó Dorrego.
— ¿Que no
lo sabe todavía...? Aquí tengo acorralado al traidor Figueroa, que luego habrá
de pagar, por juntas, todas sus picardías. ¡Vaya, Su Merced, a dejar a sus
viejos y vuelva, porque me parece que habrá algo que hacer!
Momentos
más tarde el "rebelde Dorrego” penetraba al templo de los dominicos
—mientras los demás registraban el convento— "y por su maño levantaba con
suma irreverencia las vestiduras a los santos para ver si debajo de ellas
estaba escondido el Comandante Figueroa”.
* * * *
La
noticia de que el Jefe del motín estaba acorralado en el Convento de Santo
Domingo por las fuerzas patriotas y que el Vocal Rozas se proponía allanar los
claustros, sin reparo alguno, a fin de echarle mano, se extendió rápidamente
por la ciudad y llevó a los alrededores; del convento y de su portería a una
cantidad enorme de individuos. Es preciso decir que los patriotas
"aparecieron” como por ensalmo por todas partes; dos horas antes, nadie
era ni patriota ni realista; pero ahora que la victoria se pronunciaba por los
patriotas, nadie quería dejar de serlo...
Con el
objeto de levantar los ánimos de la "plebe”, Martínez de Rozas había hecho
"pregonar” que daría una gratificación de quinientos pesos a la persona,
"cualquiera que fuera su calidad”, que presentara vivo o muerto a
Figueroa, "de preferencia vivo”; este aliciente había "fomentado” el
patriotismo de una cantidad de gente que deseaba prestar a la Patria el
servicio de entregar a la horca al desgraciado militar que se prestara a
secundar los proyectos reaccionarios de la Audiencia y compinches.
Seguidos,
pues, de muchos patriotas de última hora, entró el Dictador a los claustros, y,
pese a las protestas de los frailes, empezó un minucioso registro de celdas y
departamentos. Al llegar a la celda del Provincial Fray Gaspar Rodríguez, éste
salió a la puerta y, alzando la mano, dijo al Vocal Rozas:
— Señor,
sea cual sea su autoridad, que no habré de reconocer sino cuando Su Merced me
la demuestre conforme a derecho, sepa que le está prohibido continuar en el
allanamiento de esta casa, y, desde luego, penetrar en estas celdas bajo
apercibimiento de censuras eclesiásticas que pueden llegar a la
excomunión, ipso facto incurrenda, tanto para Vuestra Merced como
para cada uno de sus acompañantes...
Las
palabras del dominico lograron detener el avance de la tropa y acompañantes del
Vocal; la audacia de los pseudo patriotas no llegaba todavía hasta despreciar
las amenazas de censuras espirituales que hiciera un prelado de la
responsabilidad del Provincial de Santo Domingo; pero Martínez de Rozas, que
iba resuelto a terminar el registro por sobre todos los obstáculos, no estaba
dispuesto a dejarse detener por protestas más o menos severas, de modo que,
avanzando, sombrero en mano, hacia el Provincial Rodríguez, hízole una
reverente inclinación y díjole:
— La
autoridad suprema que invisto proviene de la excelentísima Junta, que
representa al Soberano, bien lo sabe Su Paternidad reverenda; se ha cometido un
crimen de traición al Rey y a la Patria y se busca al culpable que, según se
dice, está oculto en este convento. Su Paternidad no podría ni querría hacerse
reo de complicidad, ocultando al autor de tan grande crimen, ni tampoco yo,
responsable como soy de la seguridad del Reino, podría dejar de cumplir con el
penoso encargó, que me ha dado la Junta, de aprehender al culpable. ¡Conque,
reverendo padre Provincial, sea, Su Paternidad, un leal vasallo del Rey, y no
dificulte su justicia!
Y sin
esperar respuesta, avanzó, impertérrito, a través de la puerta y penetró a la
celda, seguidlo dé sus soldados.
Nada
había de sospechoso en la celda del Provincial y pronto salieron de allí para
penetrar en otras, hasta recorrerlas minuciosamente todas. Por su parte, Manuel
Dorrego había registrado el templo, la sacristía, los armarios de los
ornamentos, "el cuarto de la cera” y hasta el campanario, sin encontrar ni
indicios del ocultamiento del prófugo. El teniente de Granaderos,
don
Enrique Campino y el Capitán de Artillería don Luis Carrera, a la cabeza de
otros pelotones, habían registrado otros patios y dependencias, el huerto
grande y la cocina, también infructuosamente; cerca de las once de la mañana
eran ya, y los aprehensores se habían juntado en el patio de la portería para
resolver qué harían después de tan bullado y fracasado registro, cuando el
Vocal Rozas empezó a disponer la evacuación del convento, no sin dejar allí
guardias "por el qué dirán”, pues la verdad sea dicha, lo habían
registrado todo en tal forma, que a nadie cabía dudas de que el prófugo no
estaba allí.
Habían
salido ya algunos soldados y gente civil, incluso don Nicolás Matorras que, en
estas cosas, era el último que abandonaba la partida, cuando vieron venir desde
el patio interior a un muchacho como de doce años que hacía señas con las manos
mientras corría, gritando a la vez, algo que no se entendía bien. Miraron
algunos, pero otros no dieron al hecho mayor importancia, sino cuando el
teniente Santiago Bueras, que estando al extremo del patio había detenido al
muchacho para averiguar la ocurrencia, gritó con su voz estentórea.
¡Este
muchacho dice que ha visto a Figueroa escondido en un huertecillo!
No tardó
un par de minutos en volver sobre sus pasos una gruesa patrulla, encabezada por
Martínez de Rozas, que siguió hacia el segundo patio, detrás del denunciante;
en la patrulla iban el Capitán Carrera y los tenientes Campino y Bueras.
En
aquella época las celdas de los claustros, tanto de los frailes como los de
monjas, eran pequeños departamentos perfectamente divididos, que constaban de
una o de dos piezas y un patiecillo, en donde el recluso podía vivir con
absoluta independencia; en estos departamentos se criaban gallinas, pavos,
conejos, se cultivaban jardincillos y hortalizas y, fraile hubo que mantuvo
allí una vaca con su cría. Con todos estos elementos había muchos que hacían su
comida en la celda e invitaban a sus vecinos y aún a sus amigos de afuera a
compartirlas, especialmente en los días de santos en que el "celebrado”
reunía en su celda a sus más selectas relaciones.
Pues
bien, en una de estas celdas, en la perteneciente al Padre Nolasco González,
estaba oculto, como ya sabemos, el Comandante Figueroa, y allí había sido visto
por el muchacho denunciante, en los momentos en que salía de su escondite,
debajo de un colchón, una vez que hubo pasado la patrulla, la primera vez.
Al
presentarse la patrulla en la celda del padre González, éste salió a la puerta
con el evidente propósito de dar tiempo a su amigo Figueroa para que se
ocultara de nuevo; efectivamente, protestó una y otra vez de que se le volviera
*a molestar después de haber registrado ya la celda; pero, como se comprenderá,
de nada le valió su protesta y aun el Vocal Rozas se permitió advertirle:
— Padre
González, bastante ha hecho, Su Paternidad, por el amigo; ¡no insista en
constituirse en su cómplice!
La
rebusca no podía tardar mucho, y antes de cinco minutos el Capitán Luis Carrera
encontraba al prófugo "debajo de las esteras que estaban en el parroncillo
de la celda”.
Figueroa
no hizo resistencia alguna; por lo demás, habría sido perfectamente inútil, si
no era para librarse de caer vivo en manos de sus enemigos.
La vista
de aquel, capturado en condición tan desmedrada, contuvo los desmanes que en el
primer momento pudo haber cometido la tropa bajo la influencia de un entusiasmo
inconsciente.
— ¡Dése
preso el traidor! —dijo alguien.
— ¡Soy
preso —contestó Figueroa— pero no traidor, que por mi Rey he peleado y por él
estoy dispuesto a morir!
— ¡No
tardará mucho en que tu deseo se cumpla! —agregó a media voz, Manuel Dorrego,
que en esos momentos llegaba al sitio de la aprehensión.
Cinco
minutos más tarde el reo Tomás de Figueroa ingresaba a la cárcel pública (ya he
dicho que la cárcel ocupaba el sitio que hoy tiene la Municipalidad) y era
colocado en un calabozo central a la derecha del vestíbulo, donde quedaba a la
inmediata vigilancia del Alcalde, Capitán don José Diego Portales. Una barra de
grillos y dos pares de esposas aseguraron la prisión del reo, más el grueso
cerrojo de la puerta de reja del calabozo. Mientras se hacía este encierro, la
multitud de la Plaza prorrumpía en vítores a la Patria y en mueras a Figueroa y
a los realistas. Ya había desaparecido ese respeto a la desgracia que se había
hecho presente en los primeros momentos de la aprehensión del Jefe del motín,
porque no convenía a Martínez de Rozas qué los ánimos se calmaran sino hasta
que la situación de Figueroa se liquidase.
Asegurado
*e! reo, el Vocal Dictador dirigióse a casa del Presidente Márquez de la Plata,
donde estaba reunida la Junta, y media hora más tarde salía de allí el Vocal
Rosales, con el Asesor Letrado don Francisco Antonio Pérez, llevando consigo un
auto de la Junta que lo comisionaba plenamente para levantar un rápido sumario
a fin de "averiguar quiénes hayan sido "los autores causantes del
tumulto causado el día de hoy, en "que hizo cabeza el Comandante Figueroa,
con quienes hubiese "liga o confederación”.
— La
conclusión de ese sumario debe ser breve y definitiva, Juan Enrique —díjole a
Rosales, el Dictador Rozas—; mientras ustedes lo hacen, yo prepararé al pueblo
para que vea y acepte la única conclusión que tiene.
En ese
instante se oyó un entusiasta repique de campanas en la torre de la Catedral y
luego en la Merced y en San Francisco; la hora inusitada en que tales repiques
se oyeron, pusieron nuevamente^ en alarma a la ciudad, impresionada ya con los
acontecimientos ocurridos en la mañana.
— ¿Por
qué repican? —dijo Rosales.
— Por
noticias que han llegado de Buenos Aires —contestó Rozas, guiñándole un ojo—.
Noticias buenas, inmejorables para la causa patriota, que ha traído un correo
recién llegado de la cordillera...
Y como
aun Rosales no se diera por satisfecho, el doctor Rozas agregó:
— No
pierdas tiempo, Juan Enrique; esas noticias las he inventado yo para levantar
el ánimo de los patriotas y para deprimir el de los sarracenos, y he mandado
que se repiquen las Campanas y salgan músicas, para lo mismo. En poco rato más
llegarán a la cárcel otros reos a quienes deberás enjuiciar también y te vuelvo
a repetir que no pierdas tiempo ...
Los
cadáveres de los caídos en la Plaza, a consecuencia de las dos descargas que la
tropa de ambos bandos hiciera en la mañana, habían permanecido tendidos en el
santo suelo sin que nadie se "comidiera” a cumplir las obras de
misericordia. Una de las primeras órdenes que dio el fiscal, o juez, Rosales,
al iniciar el sumario, fue la de que "se colgasen de la horca los
cadáveres de los realistas, para escarmiento”, y que fueran sepulta das, con
todos los honores, las víctimas patriotas. Para el efecto se hizo formar a
todas las tropas en la Plaza de Armas, a las cuatro de la tarde, procediéndose
al acto de degradar a los sarracenos antes de elevarlos en la picota. En los
mismos momentos fueron traídos presos a la cárcel, "paseándolos por entre
el pueblo, los caracterizados realistas Coronel Olaguer y Feliú, don Enrique
Cardoso, don Manuel Antonio Figueroa, hijo *del Jefe del motín, y el abogado
don Manuel Antonio Talavera”. Estas prisiones, agrega un realista, "fueron
hechas con tan insolentes vejámenes y tropelías cuanta era la rabia concebida
contra el distinguido mérito de dichos sujetos”.
Todo lo
que perseguían, con este aparato, los vocales Rozas y Rosales, era preparar el
cruel escarmiento que se habían propuesto hacer en la persona del Comandante
Figueroa, pasando por cualquier dificultad legal que hubiere para juzgar y
condenar a un militar que gozaba de fuero y que sólo podía ser condenado por un
consejo de guerra.
, Para
realizar el plan funesto, era preciso cerrar los ojos a toda legalidad y los
vocales patriotas tuvieron que mirar solamente la conveniencia de los intereses
de la Patria naciente; jera necesario, para la causa de la Independencia, que
Figueroa muriera, y pronto, a fin de suprimir el Caudillo de los realistas; y
así se hizo.
A las
cinco de la tarde se constituyó el Tribunal en la Cárcel Pública, y sin que
previamente se tomara declaración alguna a los testigos que podían declarar en
el proceso, se llamó a prestar su confesión al reo Figueroa; la confesión fue
cruel y fue larga; duró hasta cerca de las nueve de la noche, y en ella el reo
se defendió todo lo mejor que pudo, dentro del terreno legal.
—
"Me puse a la cabeza de las tropas sublevadas —dijo— porque se me había
asegurado que todas las que existían en la guarnición estaban de acuerdo”, y
calificó "de falso, falsísimo”, el que hubiera dado orden a su tropa para
que disparara.
Inmediatamente
de terminada su confesión, con cargos, el juez instructor comunicó el hecho al
Vocal Rozas y éste hizo citar, incontinenti, a los miembros de la Junta y a los
del Cabildo para una reunión que se verificaría dentro de quince minutos; todos
estaban avisados con anticipación y por lo tanto, ninguno faltó. Leyéronse los
autos, deliberóse, trabajosamente porque al fin se trataba de la vida de un
hombre y por fin, el Vocal Rozas propuso para el reo la pena ordinaria de
muerte.
Los que
debían votar la sentencia eran los cinco miembros de la Junta; Rozas y Rosales
estuvieron por la muerte; don Ignacio de la Carrera y el realista Reyna,
votaron por el destierro; el quinto vocal, el Presidente Márquez de la Plata,
tenía que decidir y votó por la muerte... A pesar de que era español de
nacimiento, y había sido Oidor, no pudo escapar a la presión que en esos
instantes ejercitaba el Vocal Rozas y los miembros del Cabildo insurgente, que
habían sido llevados, especialmente, a la deliberación, para ejercerla.
"A
las diez y media de la noche, hora en que se firmó la sentencia, entró al
calabozo de Figueroa el Alférez Real don Diego Larraín, llamó al carcelero e
hizo poner otro par de grillos y esposas al reo; a las once pasó el Capitán de
la guardia con el Teniente don Bernardo Vélez y doce hombres, llevando consigo
al secretario Argomedo y al fraile de la Buena Muerte Camilo Henríquez; el
Secretario le intimó la sentencia de ser pasado por las armas dentro de cinco
horas; el Comandante Figueroa leyó por sí mismo en voz alta la sentencia y dijo
que rendiría la vida a la fuerza, ya que la sentencia no emanaba de una
autoridad legítima”.
Y
habiéndosele presentado a fray Camilo para que hiciera su confesión postrera y
se preparara a morir, como cristiano, dijo:
— Me
resisto a ello, por ser este fraile declaradamente insurgente; quiero elegir mi
propio confesar. ¡Que venga el Padre Blas Alfonso, franciscano, que es mi
director espiritual!
— No es
hora ya de traer a ese religioso —contestó Argomedo— ni tampoco es conveniente
a la República que se ande golpeando puertas en estas circunstancias, pues ello
puede causar alarma. No mire, usted, en este sacerdote, sino a un Ministro de
Dios que le absolverá en este trance.
Figueroa
"se resolvió, entonces, a hacer con Camilo Henríquez su confesión con
bastantes demostraciones de dolor y de arrepentimiento”, agrega un historiador
realista "que lo vido”.
"El
reo y el sacerdote quedaron solos. Una vela de sebo, encerrada dentro de un
farol, iluminaba con amarillenta luz el sombrío calabozo y a un anciano de
sesenta y cuatro años, inmóvil, sentado en un viejo sillón, con esposas y
grillos”.
Figueroa
había rehusado, al principio el socorro espiritual de un fraile revolucionario,
cuyo ministerio se le imponía; pero era católico sincero y anhelaba, como tal,
recibir la bendición de un sacerdote antes de emprender el viaje eterno.
Impulsado por ese sentimiento, "ofreció su cólera a Dios y se confesó
humildemente con su adversario político”.
A las
tres y media de la mañana se puso toda la guardia sobre las armas; se les hizo
reconocer sus fusiles y "cebarlos!”, e inmediatamente pasó el Capitán
Portales, con el Teniente Vélez y doce hombres a la ejecución de la sentencia
en el propio calabozo. Figueroa, había permanecido sentado en un sillón de
vaqueta durante casi todo el tiempo de su prisión, debido a los pesados grillos
con que se le tenía aprisionado; el Capitán Portales lo amarró por sí mismo a
la silla.
— ¡Amarra
fuerte, capitancito! —díjole Figueroa, demostrando cierta ligereza de ánimo
bien extraña, por cierto, en esas terribles circunstancias.
"El
mismo Capitán le vendó los ojos, y a las cuatro menos cinco minutos se le dio
la descarga y con ella la muerte, para saciar el odio que le habían concebido
los facciosos”.
Así murió
el anciano militar que intentó una reacción realista instigado por la Real
Audiencia y los dirigentes del partido
español,
los cuales, sin embargo, le abandonaron cuando se dieron cuenta de que sus
planes habían sido descubiertos y contrarrestados por el hombre que ese día
peligrosísimo para la Patria naciente, se reveló como un caudillo de audacia
incontenible.
Martínez
de Rozas no solo salvó la causa de la independencia, ese día 1? de abril de
1811, sino que, marcando la fecha en que” corrió la primera sangre patriota en
defensa de la Causa, destruyó el más sólido pedestal de la Monarquía: la Real
Audiencia.
§ 18. El
"soberano pueblo”
Aprovechándose
del "saludable” espanto que dejara en los santiaguinos la tragedia del
Comandante don Tomás de Figueroa, la Junta, cuya cabeza visible y cerebro
efectivo era don Juan Martínez de Rozas, se dedicó a cimentar el prestigio de
las ideas patriotas que ya iban definiéndose, gracias a la poderosa y
desembozada propaganda que hacía, entre otros, fray Camilo, el austero,
enfermizo, flaco, alto y débil fraile de la Buena Muerte, quien, desde el día
del motín, había pasado a ser uno de los hombres populares de Santiago.
Ese día
lúgubre de "la Patria Vieja”, cuando los más animosos patriotas del 18 de
septiembre escondieron el bulto en los "cuartos” más seguros de sus casas
solariegas por temor a las balas que "andaban sueltas”, sólo se vieron por
las calles, a la cabeza de grupos de "rotosos” —envalentonados con
"mates” de mosto— a una media docena de los muchos que habían figurado
antes como ardorosos paladines del "nuevo sistema”. El primero de todos
fue el Vocal Rozas, que, montado en el caballo "lechero” de don Manuel de
Salas, recorrió las calles de Santiago diciendo a cuantos encontraba:
—
¡Acompáñenme a defender la Patria...! Compañeros del animoso Vocal penquista
fueron, ese día, fray Camilo, quien "llevando un descomunal bastón,
encabezó un grupo de hombres del pueblo para guardar el cuartel de San Pablo”;
Miguel Irarrázaval, que tomó a su cargo guardar el orden en la Chimba, donde se
temía que "pudiera alzar gente” el Marqués de Casa Real; don Nicolás
Matorras, que recorrió el barrio del comerció; el "cuyano” Manuel Dorrego
que se dedicó a aprehender a los "maturrangos” más peligrosos; el Regidor
Larraín y tal vez dos o tres más cuyos nombres no ha conservado la crónica.
Ejecutado
Figueroa y expuesto su cadáver en las gradas de la Cárcel "para
escarmiento de traidores a la Patria”, empezaron a aparecer patriotas por todos
lados quienes no sólo vociferaban ahora contra los "sarracenos” sino que
protestaban de que "el Vocal Rozas no fuera lo suficientemente enérgico
para reprimir a los traidores”... Rozas, que supo esto de boca de fray Camilo,
díjole a su leal amigo:
—
¡Ayijuna...! ¿Por qué, Padre, no le dio un "moquete” al badulaque que tal
cosa dijo...?
— Pues,
mi amigo, no queda otra sino darles en el gusto, y ponerlos todos "al
filo” —respondió Henríquez.
Desde
entonces el Vocal Rozas, pasando por sobre todo, atropellándolo todo, y
arrogándose las facultades y el poder de la Junta, organizó la "república”
a su sabor, llevó a cabo las elecciones de los diputados y llegó, muy a su
pesar por cierto, a la instalación del primer Congreso Nacional, el día 4 de
julio de 1811.
A ninguno
de mis lectores se le habrá ocurrido pensar en que el Jefe Supremo del
Gobierno, el Vocal de poder omnímodo y sin contrapeso, el que tenía en su mano
la libertad y aún la vida de sus conciudadanos; el que estaba organizando la
representación de la soberanía nacional y el Gobierno mismo; el que, por fin,
había hecho, a su voluntad, los diputados de las provincias, iba "a quedar
fuera del Congreso” derrotado por sus enemigos. Así fue, en efecto; el partido
"moderado” que imperaba en el Cabildo de Santiago "triunfó lejos” en
la elección de los diputados de la Capital y sacó la lista completa de sus
partidarios, dejando al Vocal Rozas en la condición de "simple ciudadano”.
Un mes
antes de la instalación del Congreso Nacional y aprovechándose del caos en que
transcurrían los días que faltaban para la reunión, el Sargento Mayor del
Cuerpo de Granaderos don Juan José Carrera había sublevado a la tropa y
oficiales del Regimiento contra su propio Comandante el Coronel don José
Santiago Luco, a quien acusaba de ineptitud y de cobardía. Había propalado,
Carrera, que el día del motín de Figueroa, el Coronel Luco al oír las descargas
de patriotas y realistas, no había atinado sino "a huir de la Pescadería
juntamente con el Coronel don Juan de Dios Vial” y que Luco, para correr mejor,
"tiró el bastón” y un soldado estuvo advertido "para recogerlo y
sacarle el puño de oro”, antes de que el prófugo mandara a buscarlo.
No le fue
difícil, pues, al Mayor Carrera, obtener que los soldados desconocieran la
autoridad del Coronel y que le reconocieran a él mismo como Jefe del
Regimiento; y una vez que hubo tenido completo éxito en esta audaz empresa, se
dio maña para colocar a su Regimiento en el mejor pie de guerra que era posible
dentro de los recursos de la naciente República, a fin de influir decisivamente
en su gobierno.
Martínez
de Rozas, como árbitro que todavía era del gobierno, fomentó las ambiciones de
Juan José Carrera con la esperanza de aprovechar de sus servicios y de sus
fuerzas en el momento oportuno, porque, en verdad, el Vocal Rozas no creía en
la competencia y preparación de los congresales recién elegidos, y estaba
maquinando disolver el Congreso e instalarse él mismo, francamente, como
Dictador. Pero Juan José, aconsejado por "un cleriguito Uribe, de
Concepción”, sin rechazar a Rozas empezó también a prescindir de él y formó
"un círculo de mozos vividores y audaces, encabezados por su primo Roberto
Araos, que en el número de cincuenta u ochenta salían continuamente a la Plaza,
dando vítores a la Patria y a Juan José”... A esta reunión de gente bullanguera,
que se hizo célebre, los carrerinos dieron el nombre de "Soberano Pueblo”.
Cuando se
quería deprimir el ánimo de los sarracenos, de los "moderados”, o de la
gente que no era partidaria de Juan José y de Luis Carrera, salía el
"Soberano Pueblo” a la Plaza y allí peroraba el "cleriguillo” o
Bartolo Araos o Ignacio Torres que era otro de los "dirigentes”, pidiendo
cuanto creían necesario obtener de la soberanía...
La forma
en que procedía el Soberano Pueblo era curiosísima, y no puedo prescindir de
contar uno de los casos más característicos.
A
mediados de junio, el clérigo Uribe intentó un golpe audaz, y empezó por
"soplar” al oído de Juan José Carrera que era conveniente cambiar los
individuos de la Junta y que el Comandante del Regimiento de Granaderos debía
tener el grado de Brigadier. No le pareció mal el ascenso al Sargento Mayor;
aceptó el "invito” del tentador, y al poco rato salía el "Soberano
Pueblo” a la Plaza, seguido de un escuadrón de Granaderos y de una compañía de
artillería, al mando de Luis Carrera.
Como se
habían juntado muy pocos, los afiliados en el "Soberano Pueblo”, pusieron
guardias "en las bocacalles para impedir que saliesen de la Plaza los
individuos que se encontrasen en ella y para que se introdujera el mayor número
de curiosos”;... cuando el número fue de unos ochenta o cien, los obligaron,
por la fuerza, a pasar al patio de la Cárcel (actual Municipalidad) a reunirse
y formar un mayor número con el "Soberano Pueblo” que allí había entrado.
Hízose,
en seguida, una rueda, "y puesto al medio, el clérigo Uribe dio principio
a perorar y proponer mejoras en la administración, haciendo presente que
convenía mudar los Vocales de la Junta del Gobierno y sus Secretarios, a lo que
respondía el "Soberano Pueblo";
— :¡Muy
bueno!, ¡muy bueno!
En vista
de esta respuesta, Uribe preguntó:
— ¿Qué
ciudadanos son de la confianza del "Soberano Pueblo" para Vocales y
Secretarios de la Junta?
El
"Soberano Pueblo” contestó, sin turbarse, como si lo llevase bien
aprendido:
Don N. N.
y N.
"Y
con esto terminó la primera jomada”.
Se
presentó, en seguida, en medio del círculo, don Ignacio Torres, con un legajo
de papeles que llevaba bajo el brazo y sacando uno de ellos pidió la atención
de la "soberanía” y empezó a leer una letanía de proscripciones,
destierros y contribuciones, hasta que llegó al nombre de uno de los que
estaban allí en la rueda; luego que éste oyó su nombre, "pidió justicia
contra el calumniador Ignacio Torres que por miras particulares lo había
colocado en la lista”...
Llegó la
tercera parte del "mitin”, que era la que pedía el ascenso a Brigadier del
Sargento Mayor don Juan José Carrera. "Esta se empezó al instante —dice un
manuscrito, anónimo, pero muy interesante— con unas vocerías, entre las que se
aclamaba por Brigadier a Juan José Carrera, con el sueldo de Coronel, a lo que
respondieron todos:
—
"¡Que viva, que viva el protector de la justicia, el desfacedor de
agravios y el enderezador de entuertos!
Pero un
individuo que se hallaba retirado del pelotón, aunque en el mismo patio,
"pidió la voz”, y dijo:
—
"Señores, no seamos tan pródigos en*"dar empleos; en buena hora que
se permita el mérito del señor don Juan José Carrera, pero sólo con el grado y
sueldo de Coronel, con lo que está muy bien recompensado”.
El
"Soberano Pueblo”, que oyó esto, se le fue, inmediatamente, a las manos al
hablador con el fin de meterlo en el calabozo "de lo que se libró por una
casualidad”.
Esta era
la forma asaz curiosa, pero eficaz, en que actuaba el "Soberano Pueblo”.
Esta
fuerza material, que era decisiva, podía en un momento dado entregar el mando
de la Nación a la persona que supiera tenerla grata y aprovecharse de ella;
esto trataron de hacer con el llamado "Soberano Pueblo”, Martínez de
Rozas, primero, y los Larraínes después, cuando el Caudillo penquista se marchó
a su tierra a preparar allí la revolución contra el Congreso y el Gobierno
entregados por entero a los maturrangos, según el decir de los exaltados”.
§ 19.
cómo fue inaugurado el primer Congreso Nacional
Interrumpido
por el motín de Figueroa, el acto electoral que iba a realizar el mismo día 1º
de abril para designar los diputados por Santiago al primer Congreso que iba a
tener la nueva Patria chilena y tranquilizados los ánimos de los habitantes,
fuertemente excitados por los sangrientos sucesos que trajo consigo tal
acontecimiento, el Cabildo acordó, el 4 de mayo, que se realizara la elección
de los representantes del pueblo de la Capital el día subsiguiente, o sea, el 6
del mismo mes; para el efecto envió a los electores, previamente seleccionados
—a fu* de que no votara ningún "sarraceno”— una esquela de invitación que
debía ser presentada al momento de sufragar, sin cuyo requisito no se podía
ejercer el derecho a voto.
El
resultado de la elección, según, el escrutinio practicado por el escribano del
Cabildo don Agustín Díaz, y proclamado por la corporación municipal, fue un
triunfo completo para el partido "moderado”, contra el partido
"radical”. Se debe dejar constancia de que Martínez de Rozas era en el
hecho, el Jefe del Ejecutivo; que tenía en sus manos el mando, y que desde el
motín de Figueroa había asumido, francamente, el papel de Dictador.
El
"distrito” o la provincia de Santiago eligió doce diputados en vez de los
seis que había fijado el decreto de convocatoria a elecciones; la razón de esta
"infracción” hay que buscarla en los intereses políticos que nuestros
abuelos habían empezado a poner en juego desde que vieron que tenían en sus
manos la sartén... Los "moderados” del Cabildo veían que el partido
"rosino” había sacado en las provincias una gran cuota de representantes
que iban a formar una fuerte .mayoría en el Congreso y no encontraron otra
manera de contrarrestarla, que aumentar el número de diputados en Santiago, e
intervenir eficazmente en su elección...
Pero no
nos metamos en política, que la cosa tiene sus bemoles.
Efectuada
la elección, correspondía inaugurar la Asamblea de Representantes del pueblo,
el Primer Congreso Nacional que iba a tener "el Reino”; porque el lector
habrá de tener presente que, por aquellas fechas, aun no botábamos el pelo' de
la dehesa, y todos los trotes e innovaciones iban dirigidos, todavía, a
"conservar este reino al adorable monarca Fernando Séptimo”.
La Junta,
manejada, como ya he dicho, por Martínez de Rozas, no demostraba mayor interés
por la inauguración de una asamblea que le iba a quitar el mando; no así el
Cabildo, que aspiraba a que cuanto antes se erigieran las altas funciones del
Congreso de origen popular, donde él iba a tener preponderancia. Entre las
resistencias de la Junta, que maniobraba para anular las elecciones, y los
apremios del Cabildo, acordóse, por fin, que la instalación del nuevo organismo
democrático se llevara a cabo el día 23 de junio.
Tanto la
Junta como la Corporación Municipal pasaron invitaciones y oficios a los
prelados, corporaciones, funcionarios y gente principal. A los prelados, o sea,
a los superiores de los conventos, se les ordenaba, además, que tres días antes
del fijado para la ceremonia se empezaran en el respectivo templo solemnes
"rogativas” para que las funciones de tan alta Corporación fueran
bendecidas por el Ser Supremo; el Vicario Capitular del Obispado, dispuso, por
su parte, que el día de la víspera saliera de la Catedral una procesión de
rogativa con dirección a Santo Domingo, a la que debían asistir las
comunidades, el clero, los tribunales y todas las corporaciones de la Capital.
Todo ese
ceremonial se llevó a cabo; pero la instalación misma del Congreso no pudo
realizarse el día 23 a causa de una lluvia tenaz y torrencial que empezó desde
la mañana y no terminó sino al día siguiente. Si sólo se hubiera tratado de la
reunión de los diputados en su sala de sesiones no habría sido grave
inconveniente la lluvia; pero del ceremonial que se había aprobado, la mitad,
por lo menos, debía realizarse en la Catedral y en la Plaza, pues los diputados
iban a desfilar en formación desde el templo hasta el Palacio de la ex Real
Audiencia, cuya Sala de Acuerdos había sido destinada para las sesiones de la
nueva corporación.
Pasado el
chaparrón, las autoridades señalaron, nuevamente, el día en que debía
celebrarse la postergada ceremonia; esta vez se fijó el 4 de julio.
Debo
prevenir al lector que el partido del Cabildo había logrado alejar del Gobierno
al Doctor Rozas, si no del todo, por lo menos de la presión que ejercía sobre
la Junta, lo que, en realidad, era un verdadero triunfo para los moradores;
pero no faltó quien "corriera” la especie de que el audaz tribuno había
querido alejarse, de por sí, a fin de maniobrar con más libertad y poder llevar
a cabo su proyecto de apoderarse del Gobierno "tumultuariamente” y en
seguida anular o disolver el recién elegido Congreso.
Que algo
de eso había, no hay cuestión; pero que Martínez de Rozas encontró serias
dificultades para llevar a cabo su proyecto, no es menos cierto. El hecho es
que llegó el día fijado para la instalación del Congreso y ella se llevó a cabo
con el ceremonial y la solemnidad que describiré lo más a la ligera que me sea
posible para no omitir detalles que den la impresión más o menos exacta de tan
solemne y trascendental acto, el primero democrático de nuestra vida
independiente.
Como las
autoridades temían un golpe de mano de parte del partido "rosino”, se
tomaron toda dase de precauciones para impedir cualquier intento. Desde las 6
de la mañana del día 4 de julio, ocuparon las tropas los puntos principales de
la ciudad; en la Plaza Mayor formaron, al costado Sur y al Oeste, las tropas
del Regimiento del Rey; al Este, o sea al lado de la ‘recova”, el Batallón de
Pardos, que era formado por negros, zambos y mulatos; al lado Norte,
correspondiente al Cabildo, Audiencia y Palacio de Gobierno, se colocaron los
Granaderos de la Patria, con su Jefe el Coronel don Juan José Carrera. Los
Granaderos extendían su línea hasta la "puerta del costado” de la
Catedral, por donde iba a entrar al templo "el Gobierno”.
Todas las
demás calles inmediatas a la Plaza, estaban guarnecidas y atentamente vigiladas
por los regimientos del Príncipe y de la Princesa, al mando de don Pedro Prado
de la Jara Quemada y del Marqués de Montepío, respectivamente, con órdenes
terminantes de impedir el paso hacia la Plaza Mayor "a todo sujeto que
llevase poncho o capa”. Para prevenir cualquier sorpresa habíase puesto
centinelas dobles en la Artillería y en la "sala de armas”, que estaba a
su costado Poniente; esta Sala era "el arsenal de guerra” de ese ejército
incipiente.
Todas las
fuerzas estaban bajo las órdenes del Comandante General de Armas, Coronel don
Francisco Javier de Reyna, Vocal de la Junta.
Más o
menos a las nueve y media hicieron su aparición en la Plaza, precedidos de un
toque de trompetas y clarines, los miembros de la Junta, los del Cabildo y
todos los diputados al Congreso Nacional; los acompañaban los miembros de los
Tribunales de Justicia y del Consulado, jefes militares, etc.; la tropa, a la
voz del Coronel Reyna, presentó armas y una batería al mando de don Luis
Carrera, colocada al centro de la Plaza, saludó a la imponente agrupación con
una salva de cañonazos.
El
pomposo cortejo avanzó, solemnemente, por la calle de la Catedral, hasta la
altura de la puerta del costado del templo; allí lo esperaba el Cabildo
eclesiástico, quien condujo hasta su sitial, bajo palio, al Presidente de la
Junta, don Femando Márquez de la Plata. Colocados todos los funcionarios en el
sitio que se les había designado, junto al presbiterio, empezó la solemne misa
que fue oficiada por el Vicario Capitular en Sede Vacante, Canónigo don José
Antonio Errázuriz, el primer patriota que ocupó tan< alto puesto.
Acabado
el Evangelio "se les dio incienso y a besar el misal” a los Vocales de la
Junta —insigne honor que sólo era privilegio de los Gobernadores— y luego subió
a la tribuna sagrada el ya famoso Padre Camilo Henríquez, quien, después de dar
una breve noticia del origen, progresos y fin de los principales imperios del
mundo, explicó que los pueblos, usando de sus derechos imprescriptibles, habían
variado siempre, y a su voluntad, la forma de sus gobiernos; de esta doctrina,
intentó probar, primero, que la mutación del Gobierno de Chile era autorizada
por nuestra Santa Religión Católica; segundo, que era conforme y sostenida por
la razón, en la cual se fundaban los derechos del hombre; y tercero, que entre
el Gobierno y el Pueblo existía una recíproca obligación, o "contrato
social” por el cual, el primero debía promover la felicidad del segundo, y
éste, someterse con entera obediencia y confianza, al primero...”
Tal es la
descripción o resumen que hace del sermón el Padre Melchor Martínez, el más
caracterizado y severo de los historiadores realistas de la revolución de la
Independencia; los antecedentes que tenemos sobre las teorías que sustentó Fray
Camilo Henríquez nos inducen a creer, fácilmente, que el historiador español
interpretó con fidelidad los fundamentos del sermón que en tal ocasión, asaz
solemne, pronunciara el Fraile de la Buena Muerte.
Lamento
no demostrar ahora, con otras citas, lo avanzado de las ideas que desarrolló en
ese sermón el fraile patriota e irreductible; pero creo que el lector podrá
tener una idea del escándalo que tales conceptos produjeron entre el elemento
español, por las siguientes palabras que dejó escritas uno de los oyentes:
"Se
prostituyó en ese sermón la sagrada tribuna y el sagrado ministerio sacerdotal,
que tal es el medio de que se sirven los impíos para sembrar y propagar los
errores subversivos al Trono, al Orden y a la Religión; pero lo más doloroso
para mí, fue el abrigo y aplauso que los oyentes tributaron al predicador”.
Terminado
el sermón, se procedió a tomar el juramento a los miembros del Congreso,
ceremonia que atrajo la expectativa de la enorme concurrencia. Arreglóse, sobre
el presbiterio, un atril cubierto con, un paño recamado de oro y plata y sobre
ese aparato púsose, solemnemente, un misal abierto, en la parte correspondiente
a la consagración; al lado del misal situóse el Vicario Capitular celebrante, y
junto a él los diáconos, los canónigos y demás escolta de ritual.
Avanzó,
en seguida, el Secretario de la Junta, don José Gregorio Argomedo, y rogó a los
diputados que se acercaran a las gradas del presbiterio, "lo que todos
hicieron reverentemente’’. Cuando todos estuvieron reunidos ‘‘y arrodillados
ante el misal”, Argomedo, "tomando la venia del celebrante”, les preguntó
en alta voz:
— ¿Juráis
por Dios, Nuestro Señor, y sobre los Santos Evangelios, defender la Religión
Católica, Apostólica, Romana? ¿Juráis obedecer a Femando VII de Borbón, nuestro
católico Monarca? ¿Juráis defender el Reino de todos sus enemigos exteriores e
interiores, cumpliendo fielmente el cargo de diputado?
"Entonces
repitieron todos en clara voz: ¡Sí, juramos!
"Y
dicho esto se levantaron los diputados y pasando de dos en dos, hincaron la
rodilla ante la imagen del Crucificado, que estaba sobre la mesa, en el
Presbiterio, y tocaron con la mano derecha el libro de los Evangelios volviendo
a su sitio y no hubo ningún tropiezo en esto, a pesar de no haberse ensayado y
probado este ejercicio”.
Terminada
la misa, la Junta y los diputados salieron de la iglesia con el mismo
ceremonial; envueltos en el estruendo de las salvas de la artillería instalada
en la Plaza y de los aplausos y vítores del "pueblo”, se dirigieron al
Palacio de la Audiencia, en cuya Sala de Acuerdos, ya lo he dicho, iba a quedar
instalado el primero de los cuerpos legislativos que iba a tener la Patria
chilena.
En el
sitial de la Audiencia, esto es, bajo el dosel, tomó asiento la Junta,
compuesta de su presidente, Márquez de la Plata, y de los Vocales Martínez de
Rozas, Ignacio de la Carrera, Rosales y Reyna; los Secretarios Argomedo y
Gaspar Marín, a los extremos de la mesa, ordenaban sus "pergaminos” para
dar fe, "la necesaria” de tal acontecimiento.
Habiendo
ocupado sus respectivos asientos los diputados, en las bancas que se les tenían
preparadas, levantóse del suyo el Vocal de la Junta, Martínez de Rozas, "y
produjo una elegante oración” para explicar, ante sus oyentes, la alta
significación que tenía la instalación del Congreso. No sé si en el curso de
esta "oración” el Vocal Rozas manifestaría la opinión que tenía sobre el
Congreso recién elegido...
Terminado
el discurso del Vocal, la Junta se retiró de la Sala, dejando formulada su
renuncia, y entregando, en consecuencia, la suma del poder en manos del
Congreso.
Por
aclamación, los diputados designaron como Presidente provisional al reconocido
patriota don Juan Antonio Ovalle, aquel que junto con el Mayorazgo Rojas y el
argentino Vera y Pintado, Rieron los primeros prisioneros políticos, por la
Patria, algunos meses atrás. El Presidente agradeció la designación y
"leyó un discurso que llevaba” para el acto, "en el cual persuadió
con elocuencia y energía que era deber del Congreso consagrar sus tareas en
obsequio de la Religión, del Rey y de la Patria”, e indicó, al mismo tiempo,
los procedimientos que para conseguirlo debía adoptar.
Se
procedió, en seguida, a la elección del Presidente y Vicepresidente definitivos
del Congreso y salieron electos el mismo señor Ovalle para el primer cargo y el
señor don Martín Calvo de Encalada para el segundo; se resolvió que estos
cargos se renovaran cada quince días. Hizo de Secretario el Diputado don
Francisco Ruiz Tagle, "que lo es nato del Cuerpo por lo más joven”.
Antes de
levantar la sesión de ese día, se acordó que el Congreso tendría el tratamiento
de "Alteza” y los honores de Capitán General del Reino, y el Presidente y
Vice, el de "Excelencia” y honores de Capitán General de provincia,
"dentro o fuera de la sala”.
Con este
acto se suspendió la sesión para continuarla al día siguiente, que era el
fijado de antemano para que prestaran juramento de fidelidad y obediencia al
Congreso los funcionarios civiles, militares y eclesiásticos.
En
efecto, a las 10 de la mañana encontrábanse en la sala de sesiones todos los
individuos de categoría que, según la ordenanza, debían prestar juramento cada
vez que subía al poder un nuevo gobernante del Reino.
La
fórmula del juramento, fue la siguiente:
—
¿Reconocéis en el Congreso de los Diputados de este Reino, la suprema autoridad
que en nombre de nuestro muy amado Fernando VII, representa?
—
¡Reconocemos! —dijeron todos.
— ¿Juráis
obedecer sus decretos, leyes y Constitución que se establezcan, según los
santos fines para que se han reunido, y observarlas inviolablemente?
— ¡Sí,
juramos! —respondieron nuevamente todos— "y fueron despedidos”.
Después
de este acto, el Congreso procedió a elegir a sus Secretarios y, en votación
secreta, la elección recayó en los abogados don José Antonio de Echaurren y don
Diego Antonio de Elizondo, que no eran diputados, pero cuyas luces se
consideraron necesarias para iniciar las tareas legislativas.
Como lo
había previsto Martínez de Rozas, este Congreso llevó una vida accidentada y
precaria, pues duró en funciones sólo cinco meses. A mediados del mes de
diciembre, del mismo año, fue disuelto por don José Miguel Carrera, que había
asumido, un poco antes, todo el poder público.
§
20. Los "Carreras” contra
los "Larraines”
Instalado
el Congreso con la solemnidad musitada que el lector ya conoce, el Vocal Rozas
fue desposeído de su cargo, pues "Su Alteza, el Alto Congreso Nacional”
resolvió tomar él mismo el Gobierno, desde luego, y poco después, designar una
nueva Junta encargada del Poder Ejecutivo.
La
mayoría del Congreso era "moderada”; los partidarios de Martínez de Rozas,
que eran los "exaltados” o radicales, acusaban a la mayoría de ser
"maturranga” y de obedecer las inspiraciones del abogado español don
Antonio Martínez de la Matta, "hombre de talento, de opinión y de fortuna,
relacionado en» las primeras casas de Chile”.
Por esos
mismos días circuló la noticia de que el partido "carlotino” pretendía
volver a sus actividades de entregar este Reino a la Princesa del Brasil
"para salvarlo de las garras del usurpador francés y que en el Congreso,
por instancia e influencia de Martínez de la Matta, no era mal vista la
negociación diplomática* Ante noticia semejante —echada a correr,
probablemente, por los radicales "para levantar la protesta del pueblo”—
el Congreso modificó un poco su conducta, pero sin abandonar el rumbo
"moderado” que exasperaba a los "Trece Virtuosos”, como llamaban a
los diputados que componían la minoría de "radicales”.
Estos
"virtuosos” se irritaron, por fin, de la impotencia en que se encontraban
y determinaron retirarse del Congreso, como lo hicieron efectivamente, por
consejo de Martínez de Rozas, que ya estaba preparando sus maletas para
volverse a "sus tierras de Concepción”, en donde contaba con elementos
para conspirar "a gusto”.
Cuando el
ex Vocal omnipotente hubo salido de Santiago, circuló una caricatura con el
título de Linterna Mágica, debida a un artista que se ocultó bajo el seudónimo
de "José Líquido Transparente”. En este dibujo, "cada vocal del
Congreso era representado con las armas de la ignorancia y de la traición; y el
doctor Rozas, pintado con capa, poncho, zuecos y espuelas, tenía a los pies una
cuarteta que decía:
"¡Afuera
tanto ladrón!...
y porque
no me persigan,
ni más
testimonios digan,
me voy
para Concepción”.
Entre
tanto, los exaltados santiaguinos no se dormían; sabían ellos que la provincia
de Concepción se levantaría en armas, dentro de poco, encabezada por Martínez
de Rozas, contra el Congreso y el Gobierno de la Capital y que deberían estar
en situación de secundar tales planes. Los jefes radicales santiaguinos eran
los Larraínes, o la casa y familia de los "ochocientos” los cuales a pesar
de su poderío, influencias y relaciones, no habían podido desplazar a los
"moderados” que contaban con el fuerte apoyo social y económico del
partido español.
Para
apoyar los planes revolucionarios del Caudillo penquista, el ex mercedario, don
Joaquín Larraín, que hacía de Jefe de los "ochocientos”, no tuvo reparo en
proponer a Juan José Carrera que, con la fuerza de su mando, hiciera una
revolución para quitar del Congreso a los individuos que se mostraban reacios a
tomar medidas definitivas a favor de la independencia y para implantar
decididamente "el sistema”.
Juan José
no era un individuo de inteligencia expedita, de manera que no sospechó que la
proposición de Larraín significaba, solamente, usar y aprovechar la fuerza que
estaba en manos del afortunado militar, en beneficio de la "casa otomana”
que había sido desplazada del Gobierno; Carrera vio únicamente la conveniencia,
que la revolución tendría, para el avance de las ideas de independencia que
proclamaban sin embozo los individuos que más habían luchado por constituir la
Junta del 18 de septiembre, entre los cuales estaba su padre, don Ignacio de la
Carrera.
En esta
condición, no vaciló en aceptar la proposición de Larraín y de Rozas que eran
los que hacían de directores del movimiento, en unión de otra persona de ideas
insospechables, como era don Antonio Álvarez Jonte, "diputado”, o Ministro
Diplomático que la Junta de Buenos Aires había enviado a Santiago, para
coordinar los esfuerzos de ambos países en favor de sus ideales.
El
movimiento revolucionario debía verificarse el 28 de julio, o sea, a los veinte
días de estar en funciones el Congreso; pero un acontecimiento inesperado vino
a postergar la revolución por algunas semanas; ese acontecimiento fue la
llegada a Valparaíso del navío británico Standart, a cuyo
bordo venía el Mayor de Húsares don José Miguel Carrera, que llegaba de España
a incorporarse en las milicias de la Patria, decidido a luchar por su
independencia. .
Don José
Miguel llegó a Santiago tres días antes de la fecha señalada para el movimiento
revolucionario y la misma noche en que se "apeó” de su caballo en el
zaguán de la casa de su padre, supo, por su hermano Juan José, que el país se
encontraba en vísperas de sufrir un trastorno en sus recién establecidas
instituciones.
— ¿Quién
es el jefe del movimiento...? —interrogó don José Miguel.
— La
"casa” de los Larraínes —contestó Juan José.
— ¿Y el
Jefe de las fuerzas...?
— La
"casa” de los Carreras —agregó el Coronel de Granaderos.
Pensó un
momento, el recién llegado, en lo que acababa de oír, y luego dijo a su
hermano:
— Debo
volver a Valparaíso, por un compromiso que tengo con el Capitán Fleming, de
la Standart, que me ha traído de España, gentilmente. Te
ruego, hermano, que postergues tu compromiso con los Larraínes, hasta mi
vuelta. Permite que yo también, aunque hermano menor, defienda el porvenir de
la "casa” de los Carreras.
No era
fácil, sin embargo, detener repentinamente el desarrollo de los acontecimientos
que se venían preparando para el día 28 de julio.
Juan José
Carrera, "el jefe de las armas”, púsose inmediatamente al habla con don
Juan Enrique Rosales, y comunicóle la promesa que le había hecho a su hermano
José Miguel, de postergar el pronunciamiento hasta que éste regresara de
Valparaíso, donde había tenido que ir a cumplir un compromiso impostergable que
adquiriera con el Comandante Fleming, según' hemos visto. Rosales acogió la
noticia con evidente disgusto y de ahí mismo se dirigió a casa del Padre
Larraín, jefe de la revolución, para darle a conocer la desagradable novedad.
— Siempre
atolondrados e "inservibles” estos Carreras —refunfuñó el ex mercedario.
— ¿Y qué
se habrá de hacer ahora? —preguntó Rosales a su cuñado.
— Si no
conseguimos con "la” Javierita Carrera que Juan José vuelva sobre su
resolución y nos preste su apoyo, no nos quedará otra que esperar al fatuo de
José Miguel, y ojalá no tengamos que deplorar que haya llegado a este Reino. Yo
me encargaré de hablar con la Javierita, a propósito de darle la enhorabuena
por la llegada de Pedro Díaz Valdés, su marido.
La
entrevista con doña Javiera no tuvo ningún resultado, a pesar de que el Padre
Larraín usó de su prodigiosa oratoria para convencerla de no aplazar la
revolución; la dama tenía plena confianza en sus hermanos y por nada se habría
puesto contra las resoluciones que tomaran; así como ninguno de los miembros de
la "casa” de los Larraínes habría ido en contra de las resoluciones del
jefe, así también, ninguno de los miembros de la "casa” de los Carreras se
consideraba capaz de tratar siquiera de contrariar una disposición que hubiera
tomado cualquiera de ellos, más aún en negocios de tanta trascendencia como el
que se tenía en proyecto.
La
negativa de doña Javiera hizo que esa misma noche, del 26 de julio, se
reunieran los conjurados en casa del Regidor don Diego Larraín; en medio de
acaloradas discusiones entre la mayoría, que deseaba que la revolución se
llevara a cabo sin postergación, aún' sin el apoyo de la fuerza, y una minoría
de los que eran partidarios de esperar a José Miguel Carrera, "porque no
querían exponer su pellejo” se resolvió, por fin, que el pronunciamiento debía
hacerse, por un golpe de audacia al día siguiente, 27 de julio, esto es, un día
antes de lo convenido con Juan José.
— Así no
le deberemos nada a esa gente soberbia e informal —dijo don José Antonio Huid,
que era uno de los más decididos.
Y sobre
todo —agregó don Gregorio Argomedo— que adelantando para mañana la revolución,
podremos impedir que el Congreso designe la Junta de Gobierno que tiene
proyectada, y que no habrá de ser sino el reflejo de la voluntad de los
maturrangos que dominan ahora en el Congreso.
"El
resultado del "club” celebrado la noche del 26 dice un historiador
realista— fue acordado en esta forma: todos los facciosos debían estar listos y
prevenidos en la Plaza Mayor para la hora en que el Congreso tratase de la
elección de la Junta, y deberían entrar tumultuariamente a la sala de la sesión
(el Congreso funcionaba en el actual edificio de la Intendencia), proclamando a
voces por Presidente de la Junta al doctor Rozas, de primer Vocal al Mayorazgo
Rojas, de segundo a Gregorio Argomedo, de tercero al ex mercedario Larraín, y
de Secretario a Bernardo Vera y al Padre Camilo, de la Buena Muerte”.
El golpe
iba a darse, como queda dicho, sin tomar en cuenta a los Carreras...
Al día
siguiente, desde las diez de la mañana, empezaron a llegar los conjurados a la
Plaza Mayor, "a la desfilada y vestidos de capas y de capotones para
ocultar las armas que llevaban prevenidas”.
Los
grupos se quedaban "a la disimulada” en distintos puntos, y en especial
cerca de los puestos de la recova o detrás de "la pila”, a orillas de la
acequia que cruzaba la Plaza, o en el atrio de la Catedral.
Los
diputados iban llegando también para constituirse en sesión.
A la
llegada de don José Miguel Infante y de don Agustín Eyzaguirre, "cabezas”
del partido "moderado” que imperaba en el Congreso, varios de los
conjurados, entre los que estaban don Nicolás Matorras y el joven Manuel
Dorrego, "lanzaron ciertos dichos mortificantes” para esos caballeros, a
los cuales aquellos no hicieron caso, "y los despreciaron”. Ocurrió este
incidente "en la esquina de Palacio”, o sea, en la actual esquina del
Correo, por donde pasaron los nombrados con dirección al Congreso, que funcionaba,
ya he dicho, en una de las salas de la actual Intendencia.
Desde los
balcones de este edificio escrutaba lo que estaba ocurriendo en la Plaza el
diputado don Domingo Díaz de Salcedo Muñoz y no podía pasarle inadvertido el
hecho musitado de que hubiera "grupitos” de gente con "capotones”
diseminados por diferentes partes, "como en espera de ciertas señales
convenidas”. Inmediatamente llamó la atención sobre ello a su "colega” don
José Santiago Portales, y ambos, sin perder minuto, fueron a decírselo al
Presidente del Congreso don Juan Antonio Ovalle. El mismo Díaz Muñoz fue
encargado para "salir ocultamente a llamar al Comandante de Armas” y en el
intertanto, el Presidente declaró que "Su Alteza el Alto Congreso del
Reino de Chile no haría sesión hasta que las armas vengan en apoyo de sus
resoluciones”; con esta declaración, "varios diputados se salieron de la
Sala muy temerosos”.
Con la
voz de alarma dada por Díaz Muñoz, que impidió la reunión del Congreso y
reclamó la presencia de los regimientos, la revolución intentada por los
Larraínes, sin la cooperación de los Carreras, fracasaba decididamente; antes
de que el Presidente Ovalle se hubiera dado cuenta de la presencia de los
conjurados en la Plaza, el golpe de audacia habría sido posible, aún sin que el
Congreso estuviera reunido en sesión; pero el momento había pasado y los
Larraínes se vieron obligados a tocar retirada: "los conjurados evacuaron
la Plaza Mayor con disimulo y dolor al ver descubiertas sus trazas”.
No tardó
en llegar a la Plaza el Regimiento de Granaderos, a cuya cabeza venía don Juan
José Carrera; luego hizo su aparición el Regimiento de Artillería, y luego los
Dragones, a cargo del famoso don Joaquín Guzmán, amigo inseparable de los
Carreras; y como pará completar la reunión, llegó también el "Soberano
Pueblo” con sus capitanes, el "cleriguillo Uribe” y Bartolo Araos, vivando
a los jefes de las fuerzas.
La mayor
parte de los Larraínes fuéronse, por detrás de la recova, a la casa del Regidor
don Diego, que vivía como ya lo he dicho, al costado Oriente de la Plaza, en el
sitio que hoy (1929) corresponde a la entrada de la Galería San Carlos; de los
balcones podían dominar el panorama y saber qué disposiciones tomarían las
autoridades.
El
Presidente del Congreso hizo llamar a Juan José Carrera y cuando lo tuvo en su
presencia manifestóle que habiéndose visto y sorprendido muchos grupos
sospechosos que al parecer querían introducirse violentamente en la reunión de
los diputados, "le había mandado llamar para que defendiera, con la
fuerza, a los representantes del pueblo”.
— El
Congreso puede contar con que nadie podrá desconocerle sin el beneplácito de la
"casa” de los Carreras —respondió sencillamente don Juan José, sin reparar
en que las palabras que acababa de decir envolvían la más seria amenaza que
pudiera hacerse a la representación nacional.
Don José
Miguel Infante quiso protestar, o siquiera llamar la atención del Comandante
hacia las expresiones que pronunciara, ante los diputados, en momentos de tanta
expectación; pero el Padre Chaparro, superior de los Hospitalarios de San Juan
de Dios, que era diputado por Santiago, tiró de manga a su amigo y vecino,
diciéndole:
—
"En estos momentos vale más callar, don José Miguel; además, repare su
merced en que ningún diputado y ni aún Juan José Carrera se han dado cuenta de
lo que éste ha dicho”.
Pronto
quedaron colocadas las guardias en las esquinas de la Plaza, frente a los
edificios del Congreso y del Cabildo, en el Consulado, por cierto también que
en el simbólico Cuartel de la Artillería, y en general, en todas aquellas
partes que se creían vulnerables por los revolucionarios. Los Larraínes,
encerrados en casa del Regidor, se convencieron, ya, de que, ese día por lo
menos, no podrían llevar a cabo ningún acto contra el Congreso; éste, por su
parte, "procedió a la averiguación de los promotores de la conmoción y
aunque tuvo muchas noticias y halló complicados parte de las tropas y muchos
oficiales, se vio en la impotencia de castigar, por temor de peores
resultados”.
Sin
embargo, al caer la tarde, empezaron a correr insistentes rumores de que los
"rosinos” y los "otomanos” tenían proyectado, para esa misma noche,
"forzar la cárcel, y poner en libertad a 70 soldados que estaban presos de
resultas del motín de Figueroa, los que, unidos con los partidarios y alguna
tropa infiel, se apoderarían de la Artillería y demás cuarteles; y que para
facilitar este paso se prendería fuego al palacio del Gobierno a fin de que
acudiera allí el pueblo y las tropas, y en ese ínterin, los conjurados se
apoderarían de los cuarteles...”
A pesar
de lo burdo de la trama, hubo quienes creyeron realizable el proyecto y
obligaron a la tropa a pernoctar con las armas al brazo.
Ciertas o
no, las actividades revolucionarias de otomanos y rosinos, no tuvieron
consecuencia alguna hasta que volvió de Valparaíso el que iba a ser el jefe de
la "casa” de los Carreras, don José Miguel.
* * * *
En vista
de las consecuencias que había tenido la negativa de Juan José Carrera para
secundar la revolución de julio, los Larraínes habían empezado a hacer una
tenaz campaña contra el Regimiento de Granaderos que era el cuerpo de que
disponía incondicionalmente el mencionado militar; para el caso, habían tomado
pie de las palabras imprudentes que Juan José pronunciara ante los diputados, y
llegaron a convencer al ¡Presidente del Congreso, que lo era en esa quincena
don Manuel Cotapos, de que el citado Regimiento era un peligro para la
autoridad y de la conveniencia que había en aminorar su poder.
— ¿Y cómo
se puede conseguir eso, sin "ponerse de punta” con Juan José? —había
preguntado el Presidente, que tenía un miedo cerval a los Carreras.
— Pues,
mande, Su Excelencia, que dos escuadrones de Granaderos se vayan de guarnición
a Valparaíso y otro a Concepción; y, mientras tanto, ordene que el batallón de
milicias del Rey sea acuartelado para prevenir cualquiera rebeldía —aconsejó
Bernardo Vera, que siempre tenía un arbitrio para las dificultades.
Pero ese
mismo día regresó de Valparaíso don José Miguel Carrera y todos los proyectos
de la Casa Otomana vinieron por tierra; no hubo más remedio que entrar a
capitular con el nuevo jefe, director y dueño de la fuerza, cuyos deseos de
mando y de dominio se sospechaban hasta entonces, pero quedaron en evidencia
luego, una vez que los Larraínes celebraron con él la primera entrevista en
casa de don Manuel Astorga.
— Quiero
hablar claro —dijo José Miguel al diputado de Buenos Aires, don José Álvarez
Jonte—; no acepto, no puedo sufrir que nos elijan a los Carreras para agentes
del engrandecimiento de los Larraínes; y estoy seguro de que si hiciéramos este
paso, bastante peligroso, y triunfáramos, seríamos víctimas, muy pronto, de la
emulación de esos señores.
— No
digas eso! —díjole don Femando Errázuriz—; se trata aquí de la suerte de la
Patria y no del engrandecimiento de ninguna "casa”...
— Así se
dice —repuso Carrera— y así quiero yo que sea, si hemos de "arreglar” el
Congreso por la fuerza; yo creo que si todos estamos para servir a la Patria,
cada cual debe intentar su remedio con sus propias fuerzas y no con las de los
demás, y cargue con los peligros y con los beneficios.
Y así
diciendo, dio las buenas noches y salió a la calle, donde lo esperaba su
inseparable amigo el Teniente Julián Fretes; ambos se dirigieron a casa de don
Juan Enrique Rosales, uno de los jefes del partido otomano —pero que estaba
ligado por estrecha amistad con la "casa” de los Carreras— y juntos con él
acordaron, en reuniones sucesivas, el plan para la revolución, que debía
realizarse el 4 de septiembre. Ese plan, según el manuscrito, o /‘Diario de su
vida” que dejó don José Miguel Carrera, era el siguiente:
"A
las doce del día debía asaltarse el Cuartel de la Artillería, (frente a la
Moneda), por sesenta Granaderos escogidos, a las órdenes de los tres Carreras;
una compañía de los mismos debía ocupar, a la misma hora, las murallas y la
torre de la Catedral;
y el
resto del batallón, después de mandar *una compañía de auxilio al Cuartel de la
Artillería, (para apoyar a los sesenta asaltantes en caso necesario), había de
apoderarse de las casas de la Aduana (antiguos Tribunales de Justicia), el
Consulado (ex Biblioteca) e Iglesia de la Compañía (jardines del Congreso) que
todo esto está en una plazuela distante una cuadra de la Plaza Mayor".
Los
Dragones —continúa el "Diario”— estaban destinados a ocupar el Basural
(actual Mercado Central) para controlar el puente de Calicanto; los guardias
del Palacio del Gobierno, del Congreso y de la Cárcel, tenían orden terminante
de cerrar las puertas y colocar las tropas en¡ los balcones y ventanas que caen
a la Plaza; todas estas fuerzas tenían por objeto batir al Regimiento del Rey,
Por si hacía oposición; este Regimiento estaba acuartelado en el Palacio del
Obispo (actual Palacio Arzobispal). "El Congreso debía ser detenido; y en
caso de obstinación, el oficial de guardia debía pasar por las armas a los
godos más empecinados, entre los que estaban en primera línea, don Domingo Días
de Salcedo Muñoz y don Manuel Fernández”.
Vamos a
ver cómo se desarrolló este plan, y el resultado que tuvo la revolución del 4
de septiembre, que coincidió con la que estaba preparando, también contra el
Congreso, el partido "rosino” de Concepción.
* * * *
Los
preparativos para la revolución empezaron a hacerse desde el siguiente día, con
todo el secreto que requería la importancia del suceso; el alma de ellos fue
José Miguel Carrera, como jefe del movimiento, y como hombre que había revelado
un carácter firme y decidido.
A los
últimos días de agosto habíase producido en los círculos políticos una calma
que muchos creyeron efectiva, pero que en realidad era sólo aparente y
precursora de la tempestad que pronto iba a desencadenarse. La elección de
Presidente del Congreso se hacía cada quince días, y verificóse el 1º de
septiembre en medio de una tranquilidad casi absoluta, pues no alcanzó a
perturbarla la protesta pasiva que hicieran los "Trece Virtuosos” de la
minoría, los cuales acostumbraban asistir solamente a la apertura de las
sesiones, retirándose en seguida con solemnidad... El ¡Presidente elegido el 1º
de septiembre fue el Presbítero don Juan Cerdán, diputado por Concepción.
Ese mismo
día, a las cuatro de la tarde, llegaron seis carretas y una "tropa de
muías con cosecha” del fundo San* Miguel, para la familia Carrera; como de
costumbre, se les abrió "el portón”, y carretas y animales, con su
numerosa peonada, entraron por la calle de Morandé, al tercer patio de la casa
de don Ignacio de la Carrera, ubicada en el solar que corresponde hoy a la
calle de Agustinas esquina Sur Poniente con Morandé. En una palabra, la casa de
don Ignacio venía a quedar "a espaldas” del Cuartel de la Artillería que
"se iban a tomar” sus hijos.
Con el
movimiento de carretas, muías y peones que hubo esa tarde, nadie se dio cuenta
de que también entraron por el portón "varios negros con unos bultos al
hombro”; estos bultos eran, sencillamente, fusiles que los Carreras estaban
juntando en casa de su padre, para ulteriores necesidades; los dos días
subsiguientes entraron también "bultos”, a distintas horas, y algunos por
la "puerta de calle”, que daba a la calle de las Agustinas.
Este
movimiento inusitado no pasó inadvertido, sin embargo, para algunos
"observadores” del partido moderado o congresista, y los rumores y
sospechas fueron comunicados al Presidente don Juan Cerdán; el Presbítero
"despreció estos denuncios como rumores populares que eran” y de esta
manera los revolucionarios pudieron acumular, sin estorbo alguno, hasta setenta
fusiles con sus balas y pólvora, y algunas espadas y cuchillos.
El día 3
llegaron más carretas de San Miguel; por lo menos había unos treinta inquilinos
del fundo, "que habían venido a pelear por el patroncito” encabezados por
el campañista Bonifacio Soto, "que era muy curioso para el cuchillo”. El
día 4, fijado para el pronunciamiento, empezaron a llegar "a la
desfilada”, desde muy temprano, los soldados del Regimiento Granaderos que
habían sido seleccionados por Juan José Carrera para dar el asalto a la
Artillería; entraban algunos por el portón de Morandé y otros por la puerta
principal de Agustinas, "de a uno o a lo más, de a dos”, y se iban
juntando en el tercer patio, donde se les tenía preparado un abundante
almuerzo, "chicha y mosto”.
Los
citados eran setenta, pero sólo concurrieron cuarenta y nueve.
José
Miguel había dado todas las órdenes para la ejecución del plan que ya conoce el
lector; cinco minutos antes de las doce debían salir las compañías de los
Granaderos a ocupar sus puestos en la Plaza Mayor y en la Plazuela de la
Compañía, y el Regimiento Dragones, al mando de su Comandante don Joaquín
Guzmán, en el basural del Mapocho. Al golpe de las doce todos deberían empezar
a cumplir, rápida y decididamente, su cometido.
A la
misma hora, José Miguel y Juan José, a la cabeza de los sesenta o setenta
hombres que tenían reunidos en el tercer patio de su casa debían forzar las
puertas del Cuartel de la Artillería, que les quedaba "a la vuelta de la
esquina”, o sea, en la Plazuela de la Moneda.
Para
facilitar este golpe y evitar en lo posible derramamiento de sangre, los
Carreras quisieron allegar a su partido a dos de los sargentos más prestigiosos
del Regimiento de Artillería; sus miradas se dirigieron, a indicación de Luis
Carrera, que era Capitán del mencionado Cuerpo, a don Antonio Millán y a don
Ramón Picarte. Al oír la proposición, Millán contestó a José Miguel Carrera:
— Si el
asalto tiene lugar estando yo de guardia, aseguro a usted que me haré matar en
mi puesto...
— Pero
usted guardará silencio... —dijo Carrera, alzándose de su asiento y echando
mano a sus pistolas.
— ¡Yo no
soy delator! —contestó Millán, echando mano a las suyas, y poniéndose
rápidamente en guardia.
José
Miguel estrechó la mano del Sargento Millán.
Luis
Carrera se cuidó de que este sargento no estuviera en el cuartel el día del
asalto.
El
Sargento don Ramón Picarte no tuvo inconveniente en acompañar a los Carreras en
su aventura, y toda su vida fue su decidido partidario.
Lista la
gente destinada al asalto, Juan José y José Miguel, que lucía por primera vez
en Santiago su lujoso y brillante uniforme de Mayor de Húsares de Galicia, se
dirigieron solos a la Plazuela de la Moneda y "empezaron a pasearse a lo
largo de la vereda frente a la puerta de la Artillería”. Dos o tres minutos
antes de la hora llegaron al cuerpo de guardia tres sujetos y pidieron hablar
con el oficial, que era el Capitán don José Miguel Barainca, de quien
solicitaron una orden para que ¿el mayordomo de su chacra
—situada en los que son hoy terrenos del Seminario— recibiera unos caballos a
talaje”. Barainca no tuvo inconveniente y salió del Cuartel para escribir la
orden, a una "cochera” que servía de casino para los oficiales y que
estaba situada a veinte metros de la puerta del Cuartel. Por cierto que los
tres sujetos eran conjurados "carrerinos”.
Inmediatamente
que Barainca entró al casino, José Miguel Carrera que se había situado en la
esquina de Morandé con la Plazuela, dio la señal para que saliera su gente por
el portón, y poniéndose a su cabeza, los tres hermanos cayeron sobre el
centinela "que huyó”.
Al
extremo del zaguán estaba, en ese momento, el Sargento de guardia Tomás
González, quien, al ver la avalancha y la fuga del centinela arrebató el fusil
a otro centinela, y gritó al mismo tiempo que apuntaba el arma a Juan José
Carrera.
— ¡Esto
es traición!
Al ver
esta actitud resuelta, el soldado granadero Manuel Fredes, interpuso su
persona, con arrojo inaudito, para cubrir la de su Jefe; salió el tiro, y el
heroico granadero recibió una herida en el costado derecho. Antes de que el
Sargento González, pudiera requerir otra arma, don Juan José Carrera, "le
descerrajó una de sus pistolas”, y viéndole tendido en tierra, moribundo,
"le disparó la otra pistola”, según asegura el franciscano Melchor
Martínez. No hubo otro acto de resistencia dentro del Cuartel de Artillería.
Juan José
y José Miguel entregaron el mando del Cuerpo a su hermano Luis y lo hicieron
reconocer por la tropa y oficialidad, "cuya mayor parte estaba de acuerdo
con antelación” e inmediatamente enviaron a uno de los oficiales de Granaderos,
el Teniente Zorrilla, con 12 soldados, a tomar preso al Comandante de la
Artillería, Coronel Francisco Javier de Reyna, el que quedó arrestado y con
centinela de vista en su propia casa. Igual suerte corrió el Capitán de
Artillería don José María Ugarte, que se negó a aceptar por jefe a Luis
Carrera.
¿Qué
ocurría, entretanto, en la Plaza, en el basural, y en la Plazuela de la
Compañía?
En
realidad, el acontecimiento de la Artillería fue el único número del programa
revolucionario que se llevó a cabo; véase lo que dice a este respecto el Jefe
de la Revolución, don José Miguel Carrera, en su Diario, que tengo a la vista
"El Comandante de los Granaderos (don Santiago Luco), se enfrentó; los
oficiales del mismo cuerpo, a pesar de la buena disposición de la tropa, no
tomaron la Catedral, ni la Plazuela de la Compañía, ni mandaron el auxilio de
cien hombres que había quedado acordado para reforzar a los asaltantes de la
Artillería, y más bien, procuraron escapar dejándonos en la empresa; a tal
extremo llegó esto, que el sargento Torres, de guardia en Granaderos, tuvo que
amenazar con su fusil, para que no huyeran. Los Dragones de Guzmán, ni Vial, se
tomaron el Basural, ni los Jefes de las guardias del Congreso y de Palacio
cerraron las puertas”.
Aunque se
ve que José Miguel Carrera quiere hacer resaltar, en desmedro de los demás, la
acción de sus hermanos en esta revolución, la verdad es .que si no hubiera
tenido un éxito tan concluyente el asalto a la Artillería, no habría sido fácil
dar cima al movimiento sin la cooperación de los demás cuerpos; todos, cual
más, cual menos, cumplieron con su cometido, aunque tarde... ¡No estaban
acostumbrados a organizar revoluciones los patriotas de 1810, ni tenían un
ingenio tan rápido ni un espíritu militar tan desarrollado como el Sargento
Mayor de Húsares de Galicia que recién llegaba a Chile!
Si el
Capitán don José Santos Portales, Comandante de la guardia del Congreso, no
cerró las puertas, como estaba ordenado, no por eso dejó escapar a ninguno de
los diputados que en esos momentos estaban reunidos en sesión: lo mismo se debe
decir del Comandante de la guardia del Palacio del Gobierno, Teniente don
Julián Fretes; si no cerró las puertas ni ocupó los balcones, entró
decididamente hasta el despacho del Presidente don Martín Calvo Encalada y le
notificó respetuosa y firmemente la orden de arresto.
— ¡Salga,
usted, de mi presencia…¡ —ordenó el Presidente al Oficial, echando mano de la
caja de pistolas que tenía sobre la mesa.
— ¡No me
obligue, Su Excelencia, a usar de mis armas! —contestó el Oficial apuntando con
ellas a la cabeza del Presidente.
Uno de
los primeros en ser arrestados en los corredores del Congreso fue el diputado
don Domingo Díaz de Salcedo Muñoz "recalcitrante español” que, a su cargo
parlamentario, unía el de Comandante del Regimiento del Rey, acuartelado en el
Palacio Obispal. Con esto se aseguraba, por de pronto, la quietud del
mencionado Regimiento.
Los
acontecimientos tendían a desarrollarse con rapidez. A las doce y cincuenta
minutos, más o menos, llegaron a la Plaza, José Miguel y Juan José Carrera, al
frente de una compañía de Granaderos, rodeados, por el "Soberano Pueblo”
que conocemos; los portavoces del "soberano” estaban en sus puestos; el
único que se atrasó un poco fue el "cleriguillo” Julián Uribe; los otros,
Araos, Torres y Tomás Benavente habíanse juntado desde temprano en el tercer
patio de la casa de don Ignacio, y allí habían estado "aleccionando” a los
inquilinos de San Miguel, para que desempeñaran cumplidamente su papel de
"soberanos”...
Después
de unos cuantos vivas a los salvadores de la Patria, lanzados por el Soberano,
José Miguel bajó de su caballo y penetró, seguido de unos veinte granaderos y
de otros tantos ciudadanos, al recinto del Congreso y luego a su Sala de
Sesiones, en donde estaban arrestados. Al ver a José Miguel, el Presidente
exclamó:
Aquí está
el señor Carrera... ¡Veamos qué quiere!
— Sí, sí,
¡que sepamos de una vez qué quieren repitieron algunos diputados.
En
realidad Carrera no llevaba peticiones que hacer, porque lo único que habían
pensado era echar por tierra los poderes constituidos. Sea porque José Miguel
se perturbara con el espectáculo que tenía ante sus ojos, sea porque los gritos
e insultos que el "soberano” y los "trece diputados virtuosos”
lanzaban contra los sarracenos, amenazándolos con la muerte, no le dejaran
reflexionar, el hecho fue que no pudo contestar derechamente, y sólo declaró
que era enviado del pueblo, el cual se mantenía, hasta ese momento, quieto en
la Plaza.
En
cambio, los Larraínes, o sea, los "virtuosos” iban perfectamente
preparados para el caso, y tan pronto como vieron que Carrera vacilaba,
acercósele el ex mercedario que andaba junto con don Carlos Correa de Saa y con
don Francisco Ramírez, y entrególe un pliego que Carrera guardó en sus
bolsillos. Al mismo tiempo, el diputado "godo” don Manuel Fernández,
dominando al tumulto, decía, subiéndose a la mesa:
— ¡Esto
debe terminar, señores; oigamos, de una vez, lo que quiere el pueblo!; el señor
Carrera puede exigir que haga por escrito sus peticiones, para evitar
confusión.
Ante el
coro de voces de aceptación que se oyó en la Sala, José Miguel bajó a la Plaza
y al momento en que iba a dirigir la palabra al pueblo, reunido en alguna
cantidad, don Carlos Correa, díjole:
— Ahí
tiene, Su Merced, las peticiones que debe hacer el pueblo; léalas y si son
aceptadas, vuelva con ellas al Congreso.
Cayó
Carrera en el garlito y empezó a dar lectura al pliego que le había entregado
el Padre Larraín, a cada uno de los puntos que leía, "el Soberano Pueblo”
contestaba bulliciosamente con ¡viva!, ¡muy bueno!, "sin saber lo que
pedía” —advierte Carrera— de manera que las peticiones de los Larraínes,
"acomodadas todas, a tomar para ellos todo el gobierno”, fueron aceptadas
íntegramente por el Congreso, una vez que Carrera volvió a la Sala de Sesiones,
en la forma que se verá.
"La
única parte que tuve en esas peticiones, dice Carrera, fue la de haber cambiado
uno de los nombres de la lista de los diputados que debían ser suprimidos por
sarracenos; yo no conocía casi a nadie, pero al ver en la lista el nombre del
Conde de Quinta Alegre, se me ocurrió que era mucho más patriota que Agustín
Eyzaguirre, al ver a éste con sus hebillas de oro, sus polvos, su bastón gordo,
capa grana y zapatos de terciopelo; y así fue que borré de la lista a Alcalde y
puse a Eyzaguirre”.
La forma
como el Congreso aceptó las peticiones "del pueblo” en la revolución del 4
de septiembre de 1811, se asemeja algo a la forma en que aceptó el despacho de
las leyes en la revolución del 5 de septiembre de 1924.
El
Secretario del Congreso, presbítero Elizondo, iba dando lectura a las
peticiones, y el Presidente, don Juan Cerdán, iba diciendo: "aceptada,
aceptada”. Hay que prevenir, empero, que esto ocurría a las once de la noche,
cuando ya los diputados de 1811 "desfallecían de debilidad” porque no
habían comido desde la mañana, y los revolucionarios habían declarado que
"nadie saldría de allí” sin haber aprobado las peticiones. Llevaban, pues
once horas de reclusión, y sólo podían salir "a la casita”.
Despachadas
las peticiones, los revolucionarios, es decir, los Larraínes, pues ya habían
tomado éstos la dirección del movimiento, declararon depuesta la Junta de
Gobierno anterior y nombraron una nueva, con Rosales, Martínez de Rozas, Juan
Mackenna, Gaspar Martín y Encalada; este último pertenecía a la anterior, pero
fue considerado "hombre bueno”. Todos éstos eran "otomanos”
reconocidos.
Desde el
día siguiente, en que fue proclamada la nueva Junta por bando, con salvas,
repiques, Te-Deum e iluminaciones, se preocuparon los Larraínes de remover al
personal de la antigua administración. El Padre Larraín era el que hacía cabeza
y en todo momento procuraba convencer de la bondad de sus proyectos a José
Miguel, que era el otro jefe revolucionario, de quien no podía prescindir;
estas reuniones se celebraban en casa de Rosales, designado Jefe del Ejecutivo.
Larraín y Carrera se temían y se vigilaban el uno al otro. Las dos "casas”
estaban en plena lucha después de la victoria.
"Le
vi tender la vista sobre la Casa de Moneda, la administración de tabacos,
aduanas y otros empleítos de esta naturaleza, dice Carrera; es verdad que el
pobrecito fraile tenía necesidad dé acomodar a sus hermanos Martín Primero y
Martín Segundo, a su sobrino político Irisarri y a una porción de parientes
pobres y cargados de familia; ¡hagámosle justicia! —Exclamó irónicamente— ¡la
familia de los ochocientos debe reconocer a este fraile Larraín por su padre, y
padre muy amante! Yo me opuse todo lo que pude —termina Carrera— porque los que
iban a quedar cesantes nos atribuirían la obra a la "casa” de los
Carreras, y nos llevaríamos los odios de los que iban a quedar en la miseria”.
Al
subsiguiente día, el Padre Larraín fue elegido Presidente del Congreso; dos
días más tarde, el Alto Tribunal de Justicia que había reemplazado a la Real
Audiencia, designaba como su Presidente a don Francisco Antonio Pérez y como la
presidencia de la Junta de Gobierno había recaído en Rosales, venía a resultar
que los presidentes de los tres poderes de la Nación estaban "dentro de la
Casa Otomana”. Rosales es casado con una hermana del Padre Larraín, y Pérez con
una sobrina.
Esto era,
sencillamente intolerable, para los Carreras.
"Me
convidó fray Joaquín a un paseo —dice José Miguel en su Diario— en compañía de
Rosales, Ramírez, Izquierdo y Pérez. En el camino, después de algunas botellas
de ponche, dijo fray Joaquín:
—
"Todas las Presidencias las tenemos en casa; yo, Presidente del Congreso,
mi cuñado Rosales, del Ejecutivo y mi sobrino Pérez, de la Audiencia. ¿Qué más
podemos desear?
Me
incomodó su orgullo y le respondí, imprudentemente:
— ¿Y
quién tiene la presidencia de las bayonetas?
Le hizo
tanta impresión al fraile, esta chanza, que se demudó. .
Había
terminado el proceso de la revolución de septiembre, pero ya se estaba
incubando otra...
Al llevar
a cabo la primera, los Carreras habían caído en el lazo que les tendieran los
Larraínes; al realizar la segunda, con el objeto de desplazar a los enemigos de
su "casa”, los Carreras iban a caer en el lazo que empezaban a tenderles
los "maturrangos”, al verlos ambiciosos de poder.
§ 21. El
conspirador y su novia
— Dentro de
un par de semanas nos casaremos, mi alma, y desde ese momento no nos
separaremos más; te lo juro por el "perro” de Nuestro Padre Santo Domingo
—dijo, en un tono por demás irreverente, el Capitán de Artillería don Francisco
Formas a su novia, la preciosísima Isabelita Ramírez, que había caído, por fin,
en las redes de Cupido después de haber andado "loqueando por él”, como
decía su abuela, misiá Rosarito Vial.
— Mira,
Panchito —replicó la niña, con mohín de regalona— no digas herejías delante de
la gente ni menos delante de mi abuela, porque son muy capaces de contárselo al
Padre Aguirre o a don Joaquín Larraín, y si a éstos "se les pone”, nos
dejan sin casarnos por lo menos tres meses más, hasta que crean que estás
enmendado y arrepentido.
— No le
tengo miedo al Padre Larraín —contestó Formas—; está muy contento conmigo por
todo lo que hice en la revolución de septiembre y si el Padre Aguirre quiere
meterse a aconsejar a misiá Rosarito, estoy seguro de que don Joaquín
intervendría a mi favor, y ganaría lejos. ¡No hay quien se le ponga por delante
a ese cura!
— ¡Sí que
hay! —Contestó Isabelita—; no te olvides de los Carreras y de Bartolo Araos...
— ¡Los
Carreras...! ¡Todos se llenan la boca con los Carreras, y no pasan de ser tres
fanfarrones que andan arrastrando la charrasca y el poncho a ver quién se los
pisa!; pero, Isabelita, no te "metáis” vos también a hablar de cosas del
Gobierno; deja eso para misiá Javierita y para misiá Manuelita Larraín, ya que
sus maridos se lo permiten.
— Es que
yo les tengo mucho miedo a los Carreras y se me ocurre que un día va a suceder
"más de algo” o te puede suceder a vos, Panchito, que estás junto con ese
diablo de Luis, en la Artillería; acuérdate de que la revolución de septiembre
ni siquiera la oliste...
— Así
fue, pero desde entonces me he puesto más fino de olfato que perro perdiguero;
y si no, pregúntaselo a don Juan Mackenna, o a tu tío, mi señor don Enrique
Rosales, a quienes los tengo "al tanto” de lo que hacen los pipiolillos en
Granaderos. Un poquito fuerte que respiren, ya lo sé yo terminó, sonriente, el
joven y enamorado Capitán— y antes de media hora lo sabe el Gobierno.
Y después
de decirse otras frases muy cerca del oído, con el evidente propósito de que
nadie las oyera, ambos "templados”, se separaron, enviándose al través de
la bordada reja en donde habían estado pelando la pava, una o varias de esas
miradas incendiarias con que se fulminan los que están enfermos del mal de
amor. ¡Ay!
Formas
siguió calle de los Huérfanos abajo y al cruzar la de San Agustín —así se llamó
la calle del Estado, cuando los insurgentes empezaron a negarle el nombre de
"Calle del Rey”— se vio detenido por un grupo de hasta ocho personas que
ocupaban la vereda de la casa de don José María Guzmán. Preocupado con sus
alegres pensamientos de enamorado, Formas habíase desviado prudentemente para
pasar por la calzada; pero uno de los del grupo lo reconoció fácilmente, a
pesar de que el Capitán caminaba embozado en su amplia capa "de granate” y
sin preámbulos, díjole:
— ¡Hola,
Formitas, llegas más a tiempo que si te hubieran llamado con esquela del
Cabildo!...
Pancho
Formas volvió en sí y saludó sonriente y afectuoso a los del grupo, que eran
todos amigos.
— ¿Sabes
que se anda diciendo que José Miguel Carrera tiene preparativos para otra
revolución?..., fue la primera pregunta que oyó Formas, mientras terminaba de
saludar a sus camaradas.
— Nada he
oído —contestó el joven—; y ni aunque me lo dijeran; ya estoy cansado de bolas.
— ¡Quién
sabe si ésta no lo es! —replicó el Regidor don José Antonio Huici—. Tú sabes
que los Carreras, y sobre todo José Miguel, han quedado muy disgustados con los
resultados de la revolución de septiembre, de la que ellos fueron la cabeza y
el alma. José Miguel tuvo la pretensión de quedar al frente del Gobierno y
culpa a los Larraínes de ambiciosos y usurpadores.
— Culpa,
sobre todo, al Padre Joaquín a quien llama el protector de los ochocientos —agregó
don Manuel Astorga.
— ¡Si lo
llamara sólo eso, no sería nada! —intervino Gabriel Larraín, sobrino del
Mercedario—; un pasquín que anda circulando por mano de Baltasar Ureta, empieza
así: "El apóstata Larraín, fraile intrigante y ladrón... etc.”, y ese
pasquín dicen que lo ha escrito José Miguel.
— El
autor del pasquín no es José Miguel —interrumpió Astorga—; él mismo me lo dijo,
y ya sabes que no se recataría para afirmarlo si lo hubiera escrito. "Pa
mí” que el pasquinero ha sido José Manuel Barros...
— Ese es
demasiado burro para haber escrito eso —concluyó Larraín—; pero sea quien sea,
los responsables de todo son Carrera y sus hermanos, y ellos tendrán que
pagarlo.
Entretanto,
Huici había contado a Pancho Formas que, según las noticias circulantes, a la
noche siguiente^ entre doce y una, los Carreras y unos cuantos de sus secuaces
se proponían apoderarse de las personas que desempeñaban los cargos de miembros
de la Junta Gubernativa, especialmente de don Juan Mackenna, que era el
Presidente, y el primer Vocal, don Enrique Rosales.
— Nada
más fácil que impedirlo, si esto fuera verdad —dijo Formas— pues con vigilar
las casas de los miembros de la Junta se alejaría el peligro; pero como es
conveniente estar prevenido contra los golpes de mano, no estaría de más
vigilar a los Carreras para ver lo que hacen.
— Si
alguno de ellos sale para San Miguel o Melipilla, la revolución es segura —dijo
Astorga, sentenciosamente.
Ocurría
esto a principios del mes de octubre de 1811, y más propiamente, el día 7; la
noche de ese día, la del 8 y la del 9, los Larraínes pusieron las más estrechas
vigilancias en los alrededores y en las casas mismas de los hermanos Carreras y
de sus principales partidarios. Pancho Formas y su hermano Ramón, oficiales de
los Regimientos de Artillería y de Granaderos, respectivamente, vigilaron los
más insignificantes movimientos en sus cuarteles, hasta el extremo de
presentarse sorpresivamente en las "cuadras” dos o tres veces durante la
noche, para ver si los soldados hacían algún "oculto amago”; en los techos
de los cuarteles se pusieron centinelas, y en el de la Artillería se emplazó la
famosa "culebrina”.
No
ocurrió absolutamente nada, y al ver que sus adversarios se limitaban a menear
la lengua para el chisme, y la pluma para el pasquín, los Larraínes quedaron
seguros de que los "carrerinos” habían adoptado el cuerdo camino de
"sosegarse”.
* * * *
Pancho
Formas e Isabelita Ramírez habían acordado, en sus conferencias diarias a
través de la reja, realizar su matrimonio el 19 de noviembre, día del santo y
cumpleaños de la novia, en el cual se hacía, en casa de don Francisco Ramírez,
una fiesta tradicional que era sonada; cuando los prometidos participaron este
acuerdo a la mamá, doña Victoria Prieto, ésta se limitó a decir: —Esto hay que
decírselo a Francisco; él es el que dispone, pues hijitos; él es el dueño de
casa, y el que "da para la plaza”.
Efectivamente,
las señoras de aquellos tiempos hacían un papel perfectamente definido en el
manejo del hogar, acatando reverentemente las disposiciones del jefe de la
familia, y no como en estos benditos tiempos en que ellas hacen mangas y
capirote e imponen la ley de su volumen —según dicen algunos maridos, entre los
cuales yo no me encuentro, dicho sea con toda claridad para que no haya
"malentendidos” que puedan perjudicarme.
Cuando
los "interesados” se lo dijeron a don Francisco, éste les miró de soslayo,
se retorció el mostacho izquierdo, tosió con carraspera y contestó:
— Siempre
que ese día no corra peligro "el sistema”, por mí no hay inconveniente;
debo decirles, además, que no conviene que "se lo lleven” pelando la pava
en la reja, porque ya os han visto los serenos y dentro de poco no habrá en
Santiago quien no sepa que estáis "templados”...
— En eso
no mienten nada, don Francisco —dijo Pancho Formas—; y ya que Su Merced nos da
permiso para casamos, desde ahora lo voy a avisar a todos mis conocidos y a
convidarlos para el 19.
—
¡Siempre que no esté en peligro "el sistema”! —insistió el inflexible
patriota—; primero es la ¡Patria y después las templaduras —dijo, y salió en
dirección al zaguán de su casa, donde casi siempre, a esa hora de "las
once”, lo esperaba su calesa para conducirlo a casa del Mayorazgo don José
Antonio de Rojas, quien, a pesar de sus años, era director y consultor de todos
los movimientos que tenían por objeto combatir el régimen monárquico.
Y desde
ese día no fue un secreto la boda de Pancho Formas con la Chabelita Ramírez, ni
tampoco tenían por qué recatarse los novios para presentarse en público; se les
veía en la iglesia, en el Portal, en la Alameda... (No confundir la Alameda,
situada entonces donde está hoy el Parque Forestal, con la Cañada, que es la
actual Avenida de las Delicias).
El
noviazgo de Panchito y Chabela era algo popular y "santiaguino” que
pertenecía a todo el vecindario; no había quién no se interesara por esta
pareja que representaba la simpatía y la bienandanza para sirios y troyanos,
para montescos y capuletos; los patriotas estaban representados en Panchito
Formas y los maturrangos en la Chabelita, pues hay que decir que doña Victoria
Prieto, su madre, era lo que se llama una maturranga de copete indomable, que
se sometía a la autoridad de su marido, pero no a la de los "pipiolillos”
patriotas.
* * * *
Pancho
Formas era un ad látere de los Larraínes y hacía el papel de antena dentro de
su regimiento, cuyo Comandante, Luis Carrera, era uno de los jefes de la
familia pretendiente y conspiradora. Si Formas no ocupaba uno de los cargos más
destacados en la política, era porque no tenía "los años” para
desempeñarlo. El concepto contrario tenían los Carreras; según ellos, los
viejos no servían para nada, y los puestos públicos, aun los más importantes,
debían ser desempeñados por los jóvenes, como único medio de que la Patria
progresara.
El
próximo matrimonio de ambos jóvenes preocupó a la ciudad de Santiago como uno
de los acontecimientos más famosos y cada familia de la aristocracia hacía los
preparativos más meticulosos para asistir "en buena forma” a la ceremonia
nupcial y a la fiesta que se anunciaba en casa de don Francisco Ramírez. El
Maestro Escobedo, especialista en fuegos artificiales, había sido encargado
para "armar” cinco piezas en la Plaza de Armas la noche de la ceremonia,
para que el pueblo participara también del regocijo general; las monjas
Agustinas estaban encargadas de los dulces, mistelas y refrescos; las Claras,
de las viandas y comistrajos, y las Capuchinas del adorno de los salones y
comedores de la casa, y muy especialmente del aderezo de la alcoba matrimonial.
Para esto último, cuya importancia no tengo para qué recalcar a mis lectoras,
tenía un prestigio indiscutible Sor María de la Inmaculada Concepción, que
había arreglado las alcobas de todas las novias aristocráticas de Santiago
durante cuarenta años, por la módica limosna de diez pesos; y era fama que
todos los novios que ocupaban la "cuja” aderezada por Sor María, eran tan
felices, que celebraban el primer bautizo antes del año.
Siguiendo
la costumbre de esos tiempos, ocho días antes de la ceremonia matrimonial se
realizó la fiesta de los esponsales, en la casa de la novia; el día 12 de
noviembre, a las 3 de la tarde, lo más copetudo de Mapocho se reunió en casa de
don Francisco Ramírez para presenciar la ceremonia que iba a presidir el
Vicario Capitular don Antonio Errázuriz. Se reunieron allí, en concepto de
parientes de los novios, los Larraínes, los Carreras, los Trucíos, los
Lazcanos, los Errázuriz, los Eyzaguirre, los Vial, los Campino, los Rosales,
los Vicuña, los Mackenna, los Araos, los Ureta, los Marín, los Izquierdo, los
Pérez, los Valdés, los Guzmán, los Echeverría, los Huici, los Franco, los
Argomedo, los Bezanilla, los Vigil, los Astorga, los Rodríguez, los Álamos, los
Fermandois, los Díaz Valdés... y el notario don Pedro Cousiño, que debía
autorizar y "dar fe” de las capitulaciones matrimoniales.
Describir
la emoción con que los concurrentes, y sobre todo los novios, oyeron las
sacramentales palabras del Deán y las del notario, cuando declararon, cada uno
por su lado, que Panchito Formas y Chabelita Ramírez quedaban comprometidos
bajo palabra de honor y por solemne juramento, a unir sus vidas para siempre,
sería inútil. Ambos jóvenes, sin reparar en que estaban delante de un centenar
de personas que los atisbaban acuciosamente —sobre todo las niñas— se lanzaron
el uno sobre el otro, abrieron los brazos, los cerraron en seguida y, por
último, "se pegaron” un beso que, tal vez por lo largo y
"cinematográfico”, hizo época.
¡Qué
diablos! ¡Era un anticipo a una semana de plazo!
Durante
la fiesta de los esponsales, el suegro don Francisco Ramírez estuvo
contentísimo porque vio muchas veces a don Juan Mackenna y a José Miguel
Carrera en cordial camaradería; ambos jóvenes aparecían, para el público, como
los corifeos de los dos bandos que se diputaban el poder y el hecho de verlos
charlando en la intimidad de una fiesta familiar, ante un gran concurso de
dirigentes de la política, fue para el exaltado patriota don Francisco, no un
antecedente, sino la seguridad de que "el sistema” no corría peligro
alguno de ser alterado.
No
ocurría lo mismo con la suegra, misiá Victoria, que a cada rato, y sobre todo
cuando lograba divisar a los novios, echaba sus lagrimones, diciendo que su
hija "ya era harina de otro costal” y pensando en los "padecimientos”
que iba a sufrir "la pobre Chabelita” en su nuevo estado.
— Si no
son tantos los padecimientos, misiá Victoria —díjole, una vez, ‘la Loreto”
Guzmán, recién casada con Jorge Vigil—; ¡más es lo que hablan!...
La
juventud por su parte, aprovechó, como siempre, de las circunstancias para
meterse en el torbellino de los bailes que con singular maestría tocaban en el
clave doña María Esterripa y su hija; los "paspiés” sucedían a los
rigodones, a los minués, a las gavotas y al "rin”, que por entonces
considerábase tan de última moda, tan exótico y tan non plus ultra, como el
charlestón en nuestros días. José Miguel Carrera, recién llegado de Europa, era
el campeón del "rin” y en este concepto hizo una verdadera "demostración”,
como diríamos hoy, en compañía de la Mariquita Cotapos, su futura cuñada, que
le había resultado una discípula de primera.
Eran no
menos de las once de la noche del domingo 12 de noviembre cuando se retiraron
de la fiesta de esponsales José Miguel Carrera, José Vigil y Santiago Muñoz
Bezanilla, sin despedirse de los dueños de casa, es decir, a la francesa,
costumbre traída también por los que llegaban de Europa; se juntaron los tres
en el zaguán de la casa y embozándose en sus capas siguieron por la calle de
los Huérfanos, precedidos del negro que les alumbraba con su farol, hasta la
casa de don Ignacio de la Carrera, situada en la esquina Sur-Poniente de
Agustinas con Morandé.
Al saltar
la acequia que corría a tajo .abierto por el medio de la calle de las
Agustinas, Bezanilla calculó mal. y metió la pierna en el agua inmunda.
— ¡Todos
los demonios!... —rugió el Capitán de Artilleros—. Espérenme un poco, mientras
me limpio...
— ¡Déjate
de melindres! — contestóle Carrera—; dentro de un par de días te vas a meter
hasta el "cogote” quizá dónde, y ahora te estás fijando en un agüita
sucia...
Entraron
a la casa y los tres jóvenes se metieron en la "pieza” de José Miguel,
ubicada en el costado izquierdo del patio, debajo del corredor.
— No hay
más remedio que llevar a cabo lo resuelto —dijo Carrera, tirando su
"colero” sobre la mesa—; Mackenna está entregado por completo a los
otomanos y no acepta hacer nada sino de acuerdo con ellos; mucho le hablé esta
noche para que tratara de poner trabas al descontento general que había en el
pueblo contra los Larraínes; le dije que si no procedía así, él se vería
envuelto en las desgracias que amenazaban a esa gente, pero a nada quiso
acceder; dijo que estando unido estrechamente con Rozas, contaba con las
fuerzas...
— ¿Dijo
que contaba con las fuerzas?... —preguntó Vigil.
— Según
mi opinión, le repliqué, el día en que cualquier hombre enérgico se ponga a la
cabeza de los descontentos, al Gobierno se lo llevaría el demonio...
— ¡Mal
hecho!, no debiste decirle eso —intervino Bezanilla.
— Me
preguntó si yo sabía algo —continuó diciendo Carrera— y le contesté que no;
pero como insistiera, le prometí, por mi honor, que le avisaría cualquier cosa
que, sabiéndolo yo, se intentara contra el Gobierno.
— ¿No
piensas, entonces, ponerte a la cabeza de la revolución? —preguntó Bezanilla.
— ¿No
pienso? Dentro de tres días estará el poder en mi mano y les costará algo, a
los Larraínes, quitármelo otra vez.
— ¿Y
entonces...? ¿Cómo has hecho esa promesa a Mackenna?
— Porque
soy caballero, y quiero enseñarles a serlo también; antes de hacerles la‘
revolución, se los avisaré, para que se defiendan si pueden, lo que es bastante
difícil, porque todos los hilos estarán tomados y tendrán que reconocer que no
les queda otro recurso, para subsistir, que entregarme voluntariamente el
mando.
— ¡Ándate
con cuidado, José Miguel! —Dijo Vigil— ¡mira que Juan Mackenna es hombre
valiente y está muy bien espaldeado!...
— Sí, sí;
está muy bien espaldeado por el fraile Larraín, y por Argomedo, y por Marín;
pero ante la intriga de éstos, yo voy a oponer la sinceridad "de mi
familia” y la confianza que en ella tiene el pueblo.
* * * *
Para
tener un firme y eficaz apoyo en su proyectada revolución, los Carreras habían
hecho creer a los realistas que su propósito era el de restablecer el antiguo
gobierno, o sea, el gobierno de la Monarquía, valiéndose de un procedimiento
que no pudiera ser repudiado de plano por los chilenos, y que consistiría en
poner como Presidente del Reino, a un patriota moderado, de tranquilo
temperamento y que fuera generalmente estimado por el vecindario. Pasados los
primeros incidentes, y cuando ya la revolución contara con el consenso del
pueblo, el Presidente accidental llamaría a hacerse cargo del alto puesto al
titular nombrado por el Rey, que lo era don Baltasar Vigodete, a la sazón
detenido en Montevideo por los patriotas de Buenos Aires.
Los
realistas no cupieron en sí de satisfacción ante la expectativa de volver a
tomar el poder, y brindaron a los Carreras todo el concurso moral y pecuniario
que necesitaran para llevar a cabo el movimiento.
"Con
este artificio, se cohonestó todo el partido realista (por otro nombre
sarraceno) cuyo número y poder sobrepujaba siempre al partido revolucionario y
se reunieron muchos leales y se presentaron a los Carreras ofreciéndoles sus
auxilios, sus caudales y personas en defensa de la buena causa”. Y para darles
la mayor prueba de confianza y de unión, los realistas "diputaron” al
Marqués de Casa Real don Francisco García Huidobro y a don Felipe del Castillo
Albo para que fueran personalmente a declarar a José Miguel Carrera, en nombre
de "la mejor gente”, que verían con muchísimo gusto que fuera Presidente
del Reino don Ignacio de la Carrera, padre de los jefes de la revolución.
Bajo este
ambiente se realizó la revolución carrerina del 15 de noviembre, cuya
preparación había insinuado con temeraria audacia José Miguel, al jefe del
Ejecutivo don Juan Mackenna, prometiendo comunicarle oportunamente
"cualquiera cosa que se intentara contra el Gobierno”.
Efectivamente,
el día 15, a las once de la noche, salió. José Miguel de su casa —en donde
estaban reunidos con sus hermanos, con Manuel Araos, con Manuel Javier
Rodríguez, el futuro guerrillero, y con varios amigos más que esperaban la hora
convenida para el pronunciamiento— y se dirigió a casa de Mackenna, que por
entonces vivía en la calle de los Huérfanos, cerca del Cerro.
— Voy a
avisarle a Mackenna que se intenta una revolución contra su Gobierno y contra
los Larraínes —dijo Carrera, al encasquetarse su sombrero—; no dirá, después,
que no he cumplido mi palabra.
— ¡¡Pero
eso es una locura!... —dijo Araos.
— ¡Y una
traición! —agregó Rodríguez.
José
Miguel volvióse hacia Rodríguez, lo miró de alto abajo y por fin, contestóle,
al salir:
— Mira,
Licenciado, te convendría mucho medir tus palabras que son de poca vida...
— ¡En
todo caso, yo dispongo de la mía —replicó Manuel Rodríguez— pero no de la de
los otros, ni menos aún de la suerte de la Patria! Haz lo que quieras; ve a
decirle a Mackenna lo que se te ocurra, puede ser que el Gobierno sepa ya algo
de lo que se prepara y aproveche que vas a meterte a la boca del lobo!...
—
Mackenna es tan caballero como yo —dijo Carrera— y no le temo.
— Pero no
puedes decir lo mismo de los Larraínes —replicó Araos.
Detúvose
a reflexionar un instante José Miguel; pero al fin, embozándose en la capa,
salió al zaguán, diciendo:
— ¡Sea lo
que quiera, yo cumplo con lo que he prometido bajo mi palabra de honor! ¡Que
Dios me ayude!
Tras él
salieron, un instante después, Luis Carrera y el Capitán don José María Guzmán;
cuando José Miguel penetró al zaguán de la casa de Mackenna, ambos jóvenes
quedáronse a la puerta mientras el otro avanzaba valientemente hacia la
"cuadra”.
— ¿Qué te
trae a estas horas, José Miguel? —díjole, al verle, doña Josefa Vicuña, que
estaba en un círculo de damas y caballeros visitantes.
— Vengo a
buscar a Juan —contestó el caballero—; le necesito para informarlo de un,
asunto interesante...
— Pues,
niño, no lo has encontrado —contestóle misiá Natalia Guzmán, bondadosa dama que
había sido amiga cordial de la madre de los Carreras, y que conservaba por
ellos un grande afecto.
— Ni sé
en dónde se le puede encontrar —agregó doña Josefa.
— Pues,
señoras mías, lo siento —dijo el mozo—; le había prometido ganarle unas
albricias.
— Se las
ganarás mañana —díjole don Gabriel Larraín.
— O
dentro de un rato, si lo esperas —agregó don Gregorio Argomedo...
— No
puedo esperarlo —terminó Carrera— y mañana no sería gracia. Dejaré de ganar
estas albricias a Juan; pero conste que he venido a cumplir mi promesa esta
noche; dígaselo Su Merced, mi señora doña Josefina. ¡Buenas noches tengan
ustedes!
Al darse
vuelta para tomar la puerta, Carrera encontróse, frente a frente, con Panchito
Formas, que venía entrando en ese instante.
— ¿Te
despedías, europeo? —díjole a José Miguel.
— Me
despedía... y también me despido de ti —agregó, haciéndole un saludo
ceremonioso—. ¡Buenas noches!
Al salir
a la calle, José Miguel encontró a su hermano Luis y a Guzmán, que lo
esperaban.
— ¿Qué
dijo Mackenna? —preguntó Luis.
— No
estaba en casa —contestó José Miguel— pero le dejé dicho que había ido a
cumplir mi promesa. He cumplido mi palabra, y ahora estoy tranquilo... ¡y
libre!
Torcieron
hacia la Cañada por la calle de San Antonio y al llegar a la esquina del
Mayorazgo Rojas, frente a la Plazuela de la Universidad (Teatro Municipal),
Luis separóse del grupo para seguir hasta la casa de don José Manuel Astorga,
otro de los conjurados, donde tenía una misión que cumplir; José Miguel y
Guzmán continuaron por la calle "del Muerto”, que así se denominaba la de
Agustinas, entre San Antonio y Estado, y se fueron a sentar en un "escaño”
de piedra que había en la Plazuela de San Agustín (actual edificio del Banco
Español, 1927). El sitio era lóbrego; había árboles frondosos que hacían más
negra, la noche negra; era un sitio ideal para entrevistas de conspiradores.
La
campana de las Agustinas llamó a sus monjas a la oración de medianoche y a los
pocos minutos fueron notándose ruidos y movimientos por entre los árboles,
ruidos y pasos que convergían a la esquina Sur-Poniente de la Plazuela, donde
quedaba la puerta de una casa deshabitada, desde algunos años atrás, por cierto
pleito entre el Conde Quinta Alegre y la sucesión de don Belarmino Urbaneta,
que discutían la propiedad del inmueble.
Un
trágico suceso ocurrido años antes en la casa mencionada había dado tema para
que la imaginación popular dejara establecido que allí "penaban"
desde medianoche para adelante, y nadie "por ninguna plata” habría osado
pasar por ese rincón, después de tal hora. El sitio no podía ser más aparente
para que José Miguel diese cita allí a sus conjurados, puesto que ni los
serenos se atrevían a cruzar por las calles adyacentes a la Plazuela de San
Agustín después de haber "cantado las doce”...
Lo que
allí hablaron los conspiradores no lo dejaron escrito en ningún documento, ni
tendría importancia el que perdiéramos el tiempo en averiguarlo; baste decir
que después de un cuarto de hora la reunión empezó a deshacerse y a la media
hora no quedaba nadie en la Plazuela. José Miguel y Guzmán se dirigieron, uno a
su casa y el otro a su cuartel, donde éste tenía que cumplir a la una de la
mañana, la trascendental misión de levantar su tropa, armarla y salir para
juntarse a los Granaderos de Juan José, que a esa misma hora debía tener,
también, formados sus escuadrones para ocupar los cuarteles de San Pablo y de
los Huérfanos.
Cuando la
tertulia de casa de don Juan Mackenna se desparramó, eran más o menos las doce
de la noche y a esa hora se fue Panchito Formas a su olivo, pensando,
naturalmente, en que sólo le faltaban unos "diítas” para ser el feliz
marido de la chiquilla más simpática —esta es la palabra— de todo Santiago;
ensimismado, como todos los enamorados, en sus pensamientos color de rosa, no
era posible que reparara en los inusitados movimientos que ocurrían en la
Plazuela de San Agustín, precisamente cuando él pasaba por su costado de la
calle de las Agustinas. De haberlo notado, valiente como era, habría tratado de
inquirir la causa de tales novedades y la revolución de esa noche no se habría
llevado a cabo, o no habría tenido el éxito que tuvo, según veremos.
Cuando al
día siguiente se supo que los Carreras se habían apoderado, durante la noche,
de toda la fuerza armada de la Capital y puesto duras condiciones al Gobierno
para obligarlo a entregar el mando; cuando el exaltado patriota don Francisco
Ramírez supo que los Carreras habían hecho la revolución "para restablecer
el antiguo régimen monárquico”, salió a la calle, y luego a la Plaza, para
saber noticias. Eran las nueve de la mañana, más o menos, y había allí un
despliegue de tropas que impedía el tránsito y la reunión de las personas, aún
en la recova para comprar provisiones del día. Don Francisco Ramírez se situó
en los alrededores del baratillo de don Manuel Aldunate, bajo los portales, que
era uno de los puntos de reunión de los "caballeros” y de ahí observó los
movimientos y trajines de los revolucionarios^
Ya no le
quedó duda alguna, al patricio chileno, de que los Carreras eran dueños
absolutos de la situación; tampoco le quedó duda de que restablecerían el
Gobierno monárquico; no había más que fijarse en que los maturrangos más
caracterizados andaban entusiasmados, citando a toda la "nobleza” a un
Cabildo Abierto...
Atravesaba
en ese momento, Pancho Formas, la avenida Sur de la Plaza en dirección a la
"pila"; iba a tranco largo y\ resuelto, con su capa
arrastrando de un extremo, y con el espadín al cinto.
— ¡Pancho
Formas!... ¡Pancho Formas!... —oyó que le gritaron.
Volvió el
rostro y vio a su suegro don Francisco Ramírez que avanzaba hacia él
apresuradamente y con el brazo en alto; salió a su encuentro y le tendió la
mano.
— ¿Qué ha
pasado?, ¡cuéntame, Pancho Formas!...
— ¡Los
Carreras!... ¡los Carreras!... ¡Siempre los Carreras!
— ¿Dicen
que van a restablecer el Gobierno de Femando Séptimo...?
— ¡No
puede ser, don Francisco! ¡El pueblo no lo aguantaría!
Quedóse
pensativo, un momento, don Francisco.
— Pancho
Formas... "el sistema” está en peligro, y no podrán ustedes recibir las
bendiciones...
— Don
Francisco... faltan sólo tres días...; ¡fíjese!, ¡ya están todos avisados!...
—
Mientras "el sistema” esté en peligro, no hay casamiento, ¡no hay
casamiento! —repitió el inflexible don Francisco echando a andar agitando en
alto la mano en movimiento negativo y terminante.
Para
Francisco Formas, la permanencia de los Carreras en el Gobierno significaba,
primero, el que los maturrangos, según se decía, volverían a dominar el Reino,
pues ellos habían proporcionado el dinero y los elementos para el triunfo
obtenido, y segundo, que "peligrando el sistema” su casamiento era
imposible, y é} necesitaba casarse, y la Chabelita Ramírez también, porque
ambos estaban enamorados hasta lo supremo.
Sin
embargo, Pancho Formas había tenido un alivio al saber que Juan José Carrera y
Santiago Muñoz Bezanilla, cabecillas de la revolución, habían disuelto a
caballazos una reunión de maturrangos que pretendían formar un Cabildo Abierto
al día siguiente del pronunciamiento, para pedir y acordar la designación de
nuevas autoridades. Según las noticias que habían llegado a su conocimiento,
por boca de Gabriel Larraín —que dijo haber presenciado los sucesos— Muñoz
Bezanilla, a la cabeza de| su escuadrón de Granaderos habíase enfrentado a la
reunión de realistas que pretendían penetrar a la Sala del Cabildo, y les»
había gritado, sable en mano:
—
Retirarse, ¡caanastos! En vano pretende el sarracenismo levantar bandera,
porque sólo podrá conseguirlo cuando no quede uno solo de mis granaderos.
¡Punta de lanza, muchachos —habíales gritado a sus soldados— y adelante!...
En esos
mismos instantes había hecho su entrada a la Plaza, por la bocacalle de la
Compañía, el resto del Regimiento de Granaderos, al mando de Juan José Carrera,
a cuya sola presencia los maturrangos "se metieron en fuga” por los
portales y calles que dan a la Cañada.
Las
informaciones de Gabriel Larraín eran exactas.
La
decidida actitud de los Granaderos de Juan José y del Capitán Muñoz Bezanilla
"aniquiló y sepultó las esperanzas de los buenos”, dice fray Melchor
Martínez: "la mudanza de ánimo de los Carreras fijó la mala suerte del
Reino y al instante percibimos la temeridad de nuestra esperanza y el engaño
que habíamos padecido.
Sin
embargo, Pancho Formas, los Larraínes y Mackenna no las tenían todas consigo;
sabían que José Miguel Carrera, el que hacía dé Jefe de la familia y de la
revolución, podía cambiar de dirección en cualquier instante, según fuera su
conveniencia y las expectativas que tuviera para llegar al logro de sus
ambiciones; nada o muy poco valía el que Juan José, su hermano mayor y jefe de
las fuerzas mejor organizadas de la Capital, manifestara opiniones en
contrario; José Miguel, con su carácter dominante e irreflexivo, podía
embarcarse en la más^ estrafalaria empresa sin tomar en cuenta para nada a los
que se opusieran a sus planes, aun cuando éstos fueran su padre, o sus
hermanos. Sólo había una persona ante la cual cedía José Miguel: esta persona
era su hermana doña Javiera, "pero no se sabía si era ella la que le
aconsejaba en esta revolución, porque siempre se negó a intervenir con su amado
José Miguel”.
Las
esperanzas de Pancho Formas y de su amigo Gabriel Larraín, valiente mozo que
había entrado a la Revolución de la Independencia, con el ardor de sus
dieciocho, años, se vieron completamente destruidas al saber que los Carreras
habían acordado pedir la renuncia de la Junta que presidía Mackenna y que ésta,
a fin de demostrar su ninguna ambición de mando, habíase anticipado a
presentarla. Mackenna era una garantía de que "el sistema” no peligraría;
pero su alejamiento del Gobierno venía a poner en el tapete la preocupación más
grande que podía tener el enamorado Pancho Formas.
Aunque de
la nueva Junta que se había designado formaban parte dos patriotas
indiscutibles, como Bernardo O'Higgins y Gaspar Marín, la presencia del tercer
miembro, José Miguel Carrera, que mantenía la presidencia, venía a descomponer
—a los ojos de Formas y de Larraín— cualquiera, seguridad que se tuviera en el
patriotismo de los otros. El odio de "familia” había llegado a
sobreponerse al interés de la "patria”, en tal forma, que nadie creía
patriota al adversario político.
— Aquí
"no queda más” que suprimir a José Miguel —dijo Pancho Formas a Gabriel
Larraín.
— A José
Miguel, a Luis y a Juan José —acentuó Larraín—. Mientras esos sujetos
permanezcan en Chile no tendremos paz ni tendremos Patria.
— Bien
—respondió Formas—; pero ¿cómo nos desprenderemos de los tres? De uno, es ya
peligroso; de los tres, se hace temerario.
— No te
lo niego —contestó Gabriel—; pero hay que hacerlo; si fuéramos tú y yo,
solamente, no sería posible; pero somos muchos los Larraínes y más aún los
amigos de los Larraínes.
Los
conspiradores conversaban de estos graves asuntos en la esquina del Portal de
Sierra Bella con la calle de Ahumada, cerca del baratillo de don Nicolás
Chopitea, "nido” de realistas; al terminar, Larraín, de decir las últimas
palabras, dos golpecitos en el hombro le hicieron volver la cabeza, y oyó una
voz conocida que le decía:
— ¡Tengan
cuidado, los jóvenes inexpertos, al hablar de esas cosas! las paredes tienen
oídos, y aunque no los tuvieran, miren que están muy cerca de Chopitea, que
adivina lo que se habla por el movimiento de los labios...
Quien
hablaba, era Domingo Huici, Regidor del Cabildo y exaltado patriota que había
estado luchando dos días por mantener a Juan Mackenna en la presidencia de la
Junta, y llegado a decir que sería traicionar a la Patria dejar en el Gobierno
a cualquiera de los Carreras.
Dichas
esas palabras, a media voz, Huici endilgó por la calle de la Compañía hacia la
Plazuela y tras él siguieron ambos jóvenes; Huici entró a una casa "de
puerta chica”, situada a la medianía de la cuadra, a los pies de la casa del
Obispo, y tras él penetraron también Formas y Larraín; cerraron la puerta de
calle, la atrancaron, y luego fuéronse a sentar en torno de una mesa colocada
en el "cuarto” de las herramientas.
— Aquí
podemos hablar de todo sin que nos oigan extraños —dijo Huici.
— ¿Y qué
es ello...? —preguntó Larraín.
— Ello es
lo que ustedes hablaban y que yo oí —contestó Huici y como ustedes y yo andamos
en lo mismo, mejor será que hablemos en común. Se trata de suprimir a los
Carreras; pues bien, al lado de ustedes estoy yo, y conmigo Mackenna y sus
amigos...
— Pero,
¿tienen ustedes algún plan...?
— Hay
uno, pero me parece muy difícil de llevar a cabo... Se trata de que uno de
estos días sean citados a la Sala del Gobierno todos los jefes de los
Regimientos y que cuando estén reunidos, caigan sobre ellos veinte o treinta
hombres que estarán apostados en las salas vecinas, se aprehenda a los Carreras
y se sujete, como se pueda, a los demás...
— Eso no
sirve —dijo Formas—; sería preferible buscar un arbitrio para aprehender
solamente a José Miguel o cuando más a los tres Carreras, y esto se puede hacer
cualquier día, o cualquier noche, cuando vayan a sus tertulias.
— Yo sé
que pasan todas las noches por el puente nuevo hacia la Chimba —dijo Larraín.
— Dicen
que van a lo de Franco —agregó Formas—; pero yo sé que van a la
"querencia” de José Miguel. Lo mejor sería aprovechar estas excursiones de
"los tiranos" para caer sobre ellos. Yo hablaré luego con Berguecio,
con los Vicuña y otros; según lo que opinen, arreglaremos el plan para una de
estas noches.
Separáronse
los conspiradores cada cual con el ánimo hecho de "suprimir” a los tres
hombres que, según ellos, iban a traer la ruina de la Patria si no se les
quitaba el mando que habían usurpado.
A los
tres días de esta reunión allá por el 20 de noviembre, la conspiración contra
los Carreras y su derrocamiento era una cosa acordada; faltaba solamente
señalar el día, o mejor dicho la noche en que se debía llevar a cabo. Los
conjurados eran doce: dos Formas, dos Larraínes, dos Huici, un Astorga, un
Berguecio, un mayordomo de don Martín Larraín, un esclavo de don Juan José
Echeverría, llamado Rafael Chavarría, "y los capitanes don José Vigil y
don Santiago Muñoz Bezanilla, que habiendo sido carrerinos, habían entrado en
la conspiración convencidos de la maldad de los tres Carreras”...
Por fin
quedó señalado el día del golpe: era el 27 de noviembre, en la noche, cuando
José Miguel y Luis pasaran por el puente nuevo del Mapocho, de vuelta de sus
trapicheos por la Chimba. El puente nuevo, ubicado al continuación de la calle
de San Antonio, daba frente a la Recoleta Franciscana.
Huici,
Gabriel Larraín y Pancho Formas se reunieron la tarde del día 27, y en
presencia de otro de los conjurados, el Capitán Muñoz Bezanilla, el primero
dijo:
—
"Hoy he trabajado mucho; pero esta noche se dará por fin el golpe y mañana
al amanecer, aparecerá la horca de la Plaza con un padre y tres hijos Carreras,
más don Miguel Ureta que también morirá.
Y bajando
la voz, agregó:
— Mi
hermano Antonio ha quitado "la ceba” a las pistolas de Juan José....
Los
conjurados se miraron asombrados.
— No
faltéis a la hora convenida; la suerte está echada y la Patria se salvará
—terminó Huici, despidiéndose de sus amigos, los cuales se fueron en distintas
direcciones.
El
Capitán Muñoz Bezanilla dirigióse rápidamente al cuartel de Granaderos y al
llegar, encontróse con Luis Carrera, llamólo aparte y preguntóle por sus
hermanos, a lo que contestó Luis que ambos estaban juntos, en la pieza de Juan
José.
— Esta
noche se da el golpe —dijo Muñoz Bezanilla—. Acabo de saberlo.
Detúvose
sorprendido Luis, y tomando a Muñoz por ambos brazos, preguntóle:
— ¿Es
verdad eso?... ¿Cómo lo sabes?...
— ¡Calla!
— dijo Muñoz—; no llames la atención; vayamos donde tus hermanos.
Luis
empujó la puerta ambos jóvenes penetraron en el aposento; Juan José y José
Miguel jugaban a los naipes, despreocupadamente.
—
¡Muestra tus pistolas! —dijo Luis a Juan José.
Y como el
aludido demorara en hacerlo, con un silencio interrogativo, Luis repitió la
frase, agregando:
—
¡Registra ‘‘la ceba”!
Juan José
echó mano a sus armas, las examinó, y con gran sorpresa vio que la
"ceba" que les había puesto en la mañana no existía.
— Y no
puede haberse caído —agregó— porque no he movido las pistolas y además tienen
un resorte que asegura el rastrillo.
La ceba
de tus pistolas la sacó Antonio Huici, durante el ejercicio doctrinal de esta
mañana —dijo Luis—; Santiago Muñoz Bezanilla, aquí presente, lo oyó contar de
los propios labios de su hermano Domingo. La conjuración de los Larraínes está
en su punto, y esta noche darán el golpe contra ustedes, cuando pasen a su
tertulia en lo de Franco...
Tres
golpes en la puerta hicieron un receloso silencio.
—
¡Adelante quien sea! —dijo Juan José.
Abrióse
la puerta y apareció el Regidor Domingo Huici, jefe de la conspiración
"otomana”. La poca luz que había en el cuarto impidió al recién llegado
ver las caras de asombro con que le recibieron los cuatro oficiales sobre todo
Muñoz Bezanilla, que se consideraba descubierto...
Avanzó
Huid para saludar a los Carreras y al ver los naipes, dijo:
— Apuesto
cualquier cosa a que el perdidoso es José Miguel... ¡No hay mujer que resista
al brillante Húsar de Galicia!
Pasada la
primera impresión, ninguno de los Carreras hizo la menor demostración de
desagrado y por lo contrario, José Miguel ofreció asiento "y qué beber” al
recién llegado, quien aceptando un vaso alzólo con bizarría y exclamó:
— ¡Por
vos, José Miguel, por tu familia, y por la Patria!...
Mientras
Huici brindaba, los tres Carreras cruzaron asombrados, rápidas miradas de
inteligencia.
Al poco
rato salían todos del cuartel y al separarse, los Carreras entraron a casa de
don Joaquín Zuazogoitía; desde allí dieron orden para que se les alistaran sus
caballos y cuatro sirvientes de la hacienda San Miguel que vivían en casa de
don Ignacio de la Carrera, uno de los cuales, Belarmino Soto, tenía "la
gracia” de clavar su puñal a diez varas de distancia "adonde se lo
pidieran sus patrones”.
Huid
endilgó por la calle Huérfanos, arriba, con dirección a su casa, para esperar
la hora en que debían juntarse los conjurados debajo del tercer ojo del puente
nuevo.
Al pasar
por frente a la casa de don Francisco Ramírez, divisó detrás de las cortinas de
una ventana la grácil silueta de Chabelita Ramírez que atisbaba hacia afuera,
como quien dice de mampuesto.
— Voy a
darle un momento de alegría a esta "templa’ —dijo Huici.
Atravesó
la calle, acercóse a la ventana y alzándose en la punta de los pies para que
sus ojos alcanzaran a mirar el interior, por encima del visillo, dijo:
— No
estés triste, Chabelita, que muy poso falta para que puedas tener en el puño a
ese pobre Pancho Formas que está loco entero por ti...
Abrióse
una hoja de la ventana y apareció Chabelita cubierto el "descotes” bajo un
chal bordado con una borrachera de colores.
— ¿Es
cierto eso...? —preguntó con una sonrisa de coquetuela "consentida”.
— Como
que esta noche se decidirá...
— ¿Y los
Carreras...?
— En el
Limbo; no sospechan una palabra, acabo de separarme de ellos...
— ¡Qué
les vaya bien...! —murmuró la niña, con voz de emoción profunda; y cerró la
ventana.
— ¡Que
Dios te oiga, Chabelita! —contestó el mozo.
Después
de beber un buen vaso de "asoleado” en casa de Zuazagoitía, los Carreras
pusiéronse de acuerdo en la manera cómo debían de salir a la calle para no
despertar sospechas por si alguien los veía juntos con Muñoz Bezanilla;
salieron, en efecto, Bezanilla adelante, como para explorar la calle, y los
Carreras después; el primero torció por la calle del Peumo, hoy Amunátegui,
hacia la Cañada, y los otros tres siguieron por la calle de los Huérfanos hacia
"el centro”, como diríamos hoy, para concurrir al rendez-vous de la
Plazuela de la Compañía donde tenían la costumbre de juntarse lo$ jóvenes y las
niñas, diariamente, desde las cinco de la tarde para adelante, con el plausible
propósito de "pelar la pava".
Sin
embargo de las precauciones tomadas, no faltó quién viera salir de casa de
Zuazagoitía al mozo que llevó el recado de los Carreras para que se les
prepararan sus caballos y sus sirvientes, ni tampoco quien viera a Bezanilla
junto con los "tiranos” en amigable camaradería. Los momentos eran para
sospechar de todo, y tales noticias llegaron, antes de media, hora, a
conocimiento de Gabriel Larraín, que, como sabemos, era uno de los jefes del
movimiento.
Larraín
había sido uno de los que siempre habían sospechado de la sinceridad
revolucionaria de Muñoz Bezanilla y de José Vigil, capitanes "carrerinos”
convertidos a última hora, por más que ambos "neófitos” hicieran las
mayores protestas de adhesión a sus nuevos amigos; cuando supo que Muñoz
Bezanilla no solamente había estado con los Carreras en casa de Zuazagoitía
sino que se había dirigido al Cuartel de Granaderos inmediatamente de haberse
separado del "comité” revolucionario, esa misma tarde, sus sospechas se
acentuaron hasta el punto de que abrigó la certeza de que la conspiración había
sido delatada y en esta convicción, "resolvió", desde ese mismo
momento, postergar el golpe acordado para esa noche e inmediatamente se echó a
buscar a los conjurados, para explicarles el motivo importantísimo que habíase
presentado para aplazar la empresa.
A las
ocho de la noche todos estaban avisados de la postergación, menos dos, que no
pudieron ser habidos: estos eran Pancho Formas y Antonio Huici, el que había
quitado la "ceba” de las pistolas de Juan José Carrera, durante el
ejercicio doctrinal de la mañana, en el cuartel de Granaderos.
Inmediatamente
después de la reunión de la tarde, Pancho Formas había montado a caballo para
irse a una chacra que tenía en Macul desde donde pensaba venir directamente a
ocupar su puesto en "el ojo” del puente nuevo; por nada en el mundo habría
faltado Pancho Formas a su compromiso, pues si había algún interesado formal en
el triunfo de la revolución era él, porque mientras Carrera estuviera en el
poder, y por lo tanto, peligrara "el sistema”, don Francisco Ramírez no lo
dejaría casarse con la Chabelita.
El
Capitán Antonio Huici había creído conveniente, a su vez, esconder el bulto
durante toda la tarde para librarse de compromisos; á este propósito no había
encontrado otra manera que la de guarecerse en casa de una buena amiga patriota
que vivía cerca de la Cañada de San Lázaro... '
Eran
pasadas las nueve de la noche cuando Gabriel Larraín y Francisco Berguecio,
cada uno por su lado, "buscaban todavía a Formas y a Antonio Huici para
comunicarles la postergación del golpe; aburridos de recorrer los sitios donde
generalmente se les encontraba, Berguecio determinó ir a pasear por la Alameda
del Tajamar, sitio de reunión en las noches.de luna, como era la del 27 de
noviembre en que se desarrollaban estos acontecimientos. Por su parte, Gabriel
Larraín fuese al fin, a casa de la Chabelita Ramírez, a donde
"forzosamente” tendría que "pasar" Pancho Formas antes de
meterse en los peligrosos vericuetos de la conspiración.
Encontró
a la novia bajo el corredor del primer patio de la casa, haciendo rueda, en
compañía de amigas y amigos de la vecindad, a "ña Tránsita”, vieja más
arrugada que pergamino de notario, que sabía y contaba, los cuentos más
enmarañados de la región de Paine, "su tierra”.
Los
sirvientes y las "chinas" de la casa, sentados a la puerta de calle,
"echábanse adivinanzas” de grueso calibre y "metían” sin
consideración alguna, y en medio de la más grande algazara, a los que "se
daban por vencidos” en no adivinarlas.
Chabelita
Ramírez alzóse de un salto al ver aparecer a Gabriel Larraín en el zaguán de su
casa, y fuese corriendo hacia el joven. Clavó sus grandes ojos pardos en los de
su primo en una muda interrogación, y dijo:
—
¿Qué...? ¿Qué ha pasado, Gabriel...?
— ¡Nada,
niña...! —Contestóle Gabriel—; precisamente no ha podido pasar nada porque se
suspendió el golpe.
— ¿Se
suspendió...?, ¿y por qué...? —exclamó Chabelita con expresión que no se
hubiera podido calificar si era de pena o de gozo.
— Parece
que hubo traición —murmuró Gabriel.
Chabela
se cubrió la cara con sus manos y dijo, con voz alarmada:
—
¡Traición...!, ¿de quién?
—
Bezanilla...
— ¿Y
Pancho...? —interrogó de pronto.
— No
hemos podido encontrarlo todavía para .decirle que el golpe se ha postergado.
—
¡Gabriel…! ¡Madre mía! ¡Pancho va a caer preso...! —Gimió Isabel—. ¡Pancho debe
de estar a estas horas en los alrededores del puente nuevo!...
— Lo
hemos buscado allí y en todas partes; precisamente, yo vine a saber si estaba
aquí en tu casa, o para "dejarle dicho”, si venía antes de irse al puente,
que todo se había postergado para otro día.
— ¡Dios
mío! —exclamó de nuevo la niña en un gesto de desesperación—; ¡Pancho va a caer
en¡ las manos de los Carreras que le tienen odio y se vengarán cruelmente...!
¡Gabriel... por tu madrecita!... ¡sal a buscarlo otra vez!
Gabriel
hizo un movimiento hacia la puerta, envolvióse en su capa y dijo:
—
Chabela, yo te traeré a Pancho esta misma noche, a la hora en que lo encuentre,
para que duermas tranquila.
Y salió
decidido a dar con el conspirador perdido.
Toda esta
rápida conversación la hablad sostenido ambos primos en un rincón del primer
patio de la casa; cuando salió Gabriel, Chabela acercóse nuevamente al grupo
''de ña Tránsita”; pero en vez de sentarse quedóse afirmada en la reja de la
ventana que daba a la cuadra en donde habíanse colocado las personas mayores.
Don Francisco Ramírez había observado la conversación de ambos jóvenes, pero no
le había dado mayor importancia;, sólo cuando vio que su Chabelita habíase
quedado mustia y preocupada, sin atender, casi, a los "cuentos" de la
Tránsita, que mantenía en tensión los nervios de sus oyentes, salió de la
cuadra y acercándose a su hija, díjole:
— ¡Algo
ha pasado, Chabelilla, cuando Gabriel te ha dejado tan triste...!
La
Chabela echóse en los brazos de su padre y entre contenidos sollozos le
participó sus sospechas, las terribles sospechas que, con las noticias de
Gabriel, habíanse apoderado de su corazón.
Pocos
minutos después de haber sonado las diez en el reloj de la Compañía, salieron
por la puerta falsa de la casa de don Ignacio de la Carrera, todos montados, el
Presidente, don José Miguel, su hermano Luis y cuatro asistentes; siguieron por
la calle de los Teatinos, hasta el tajamar del río, torcieron hacia el Basural,
(actual Mercado Central) y se detuvieron al bajar al puente nuevo, frente a la
Recoleta.
Aguardaron
allí un rato; esperaban a Juan José que se había adelantado "por motivos
especiales que tenía”, para ir los tres a lo de Franco, que era la tertulia
obligada que hacían todas las noches, en la Chimba. Los tres hermanos y sus
cuatro asistentes creían ser bastantes para descubrir, a los traidores
confabulados, y para asaltarlos, a pesar de que sabían que los conspiradores
eran doce. Los Carreras eran francamente temerarios.
José
Miguel, Luis y sus sirvientes esperaron hasta cerca de las diez y media, y como
no apareciera Juan José, atravesaron el puente y siguieron hasta lo de Franco,
examinando detenidamente cuanto escondrijo quedaba a la vera del camino, por si
en ellos estaban ocultos los conspiradores. En la casa de sus amigos de la
Chimba ya no estaba Juan José; había regresado a la ciudad; sin embargo, los
recién llegados no se habían cruzado con él en el camino. ¿Qué le había
ocurrido a Juan José?
Rápidamente
volvió la partida hacia el puente, lo atravesó de nuevo sin encontrar tampoco
rastro alguno que indicara la presencia o haber pasado por allí el Comandante'
de los Granaderos.
José
Miguel, seguido de dos asistentes, galopó por el Basural, entró por la calle de
los Teatinos y fuese al Cuartel; al llegar a la puerta, el centinela dióle el
¡quién vive! En vez de contestar, José Miguel, preguntó:
— ¿Está
en el cuartel tu Comandante...?
—
¡Pregúnteselo usted al cabo!... —contestó secamente el centinela— ¡Cabo de
guardia! —gritó.
El cabo
salió a la puerta del cuartel y reconociendo al Presidente Carrera, se cuadró y
dijo, contestando a la interrogación del Jefe del Estado:
— Mi
Comandante Juan José acaba de estar aquí y dijo que se iba a su casa.
Satisfecho
ya con la noticia, José Miguel, antes de retirarse, preguntó a la Clase.
— ¿Quién
es el centinela que está en la puerta?...
— El
soldado Juan José Astudillo —contestó el cabo, llevándose la mano al quepis.
— ¡Buenas
noches! —dijo Carrera, y volvió grupas, otra vez, hacia el puente nuevo.
Juntáronse
las partidas de José Miguel y Luis Carrera y una vez que ambos hermanos se
comunicaron sus impresiones sobre el fracaso de la conjuración, fracaso que no
podían atribuir sino a informaciones equivocadas del Capitán Muñoz Bezanilla,
determinaron volverse tranquilamente a su casa; pero antes quisieron hacer un
último paseo a través del puente para admirar la espléndida luna que ya se
escondía.
Endilgaron
sus caballos hacia la Recoleta y al regreso, Luis Carrera, fijando atentamente
su mirada en la sombra que proyectaba uno de los "ojos” del puente, sin
detener su caballo, dijo a José Miguel:
—
¡Allí... debajo del puente, en el primer ojo, hay gente ‘‘de a caballo!...”, no
te detengas, para no llamar la atención, pero fíjate bien...
José
Miguel, después de un momento, contestó:
— ¡Son
ellos, Luis!... Caminemos tranquilamente; pero al llegar al otro lado los
rodeamos...
Efectivamente,
cuando bajaron el puente, en vez de seguir por la calle de San Antonio, José
Miguel y Luis Carrera, seguidos de su partida, rodearon el ojo del puente,
gritando el primero:
—
¡Entréguense los traidores, si quieren salvar la vida!...
Los que
estaban ocultos, que eran tres, saltaron sobre sus caballos, emprendieron la
fuga por el lado Oriente, y salieron rápidos a la Calle de San Antonio,
dispersándose; uno siguió por esa calle hacia el Sur, otro tomó por el Basural,
y el tercero hacia el Oriente; la partida de los Carreras se dividió, a su vez,
para perseguir a los fugitivos; el grupo encabezado por Luis Carrera siguió
tras el que huía por San Antonio y a la altura de la calle de las Monjitas dio
alcance al prófugo, que en su carrera había tenido la desgracia de resbalar con
su caballo y rodar por los suelos.
Luis
Carrera fuese sobre el caído, echóle a la cabeza un poncho, y a los pocos
instantes, ayudado por sus hombres, le tenía sujeto y maniatado. A la luz del
farol del sereno —la luna ya se había "entrado"— Luis Carrera
reconoció, en el preso, al conspirador Pancho Formas...
* * * *
Media
hora después de la aprehensión de Pancho Formas, todo Santiago estaba impuesto
de que los Carreras habían sorprendido y hecho abortar una "terrible”
conspiración en contra de sus personas, encabezada por los Larraínes; los
conspiradores, ocultos bajo el ojo seco del puente nuevo, habían logrado
escapar y sólo había caído en manos de Luis Carrera uno de ellos, Pancho
Formas, y en poder de José Miguel, un negro de don Juan José Echeverría, que
declaró llamarse Rafael Chavarría.
Al decir
"todo Santiago”, nos referimos a aquel Santiago que a las once y media de
la noche todavía estaba en pie... y que era muy poco, a pesar, como ya he
dicho, de que la noche era de luna y muchos se acostaron tarde para
disfrutarla. Pero entre los que estaban en pie encontrábanse, naturalmente, los
personajes que a nosotros interesan, uno de los cuales era la Chabelita Ramírez
que había quedado esperando las noticias que de su novio conspirador había de
traerle su primo Gabriel.
Los
primeros rumores de los sucesos del puente nuevo llegaron a casa de don
Francisco Ramírez en los momentos en que se deshacía la tertulia; la
"nueva” la trajo uno de los sirvientes que venía del Tajamar, en donde
estuvo "viendo pasiar” a la gente.
— ¿Y
quién te dijo todo eso...? —preguntaba por cuarta o quinta vez don Francisco al
esclavo, que no acertaba a dar una respuesta satisfactoria.
— Yo lo
oí, mi amito, a una gente que conversaba...
— ¿Y qué
oíste...?
— Que
habían tomado preso a unos caballeros que iban a matar "al gobierno"
en el puente nuevo.
El
cerebro de Chabelita era un volcán; oía las palabras incoherentes del esclavo,
sin noticia alguna concreta, sin ningún dato que diera una luz, y ella estaba
viendo el peligro que se cernía sobre su novio a quien —ella estaba segura—
habían aprehendido en el puente porque era el único que no había recibido
aviso) de la postergación del golpe revolucionario.
¡Padrecito
—dijo la niña, colgándose al cuello de don Francisco—, han tomado preso a
Pancho!... ¡me lo dice el corazón!
— No seas
torpe, muchacha —contestó don Francisco, con nerviosos movimientos de mano que
acusaban los sobresaltos de su espíritu—; ¿cómo se te ocurre tal cosa?...
— ¡Es
cierto, es cierto, padrecito de mi alma! ¡Pancho y Domingo Huici fueron los
únicos que no supieron la traición de Bezanilla, y por eso fueron al puente...
¡Padrecito...! ¡Anda a saber noticias! ¡Anda, por Dios...!
Don
Francisco quiso retirarse, pero vio que misiá Victoria, su mujer, "le
tenía clavados los ojos suplicantes”, única forma en que daba órdenes a su
marido la orgullosa "española europea”. Don Francisco envolvióse en su
ancha capa verde y seguido del esclavo Lorenzo Barbón, que era su sirviente de
confianza, salió a la calle con dirección a la Plaza' Mayor, en donde estaban
ubicados el palacio de Gobierno y la cárcel, establecimientos que debían tener
noticias de lo que pasaba.
Efectivamente;
en el cuerpo de guardia de la cárcel había luz y también se veía encendido el
"lampión” del pasadizo central. La reja de la calle estaba cerrada y al
lado adentro veíase al centinela dentro de su garita; don Francisco acercóse
con el propósito de preguntar al centinela lo que había de novedad; pero el
soldado, tan pronto como vio que alguien se allegaba a la puerta, gritó:
— ¡Pase
su camino! ¡Pase su camino!
Don
Francisco siguió por la vereda hacia el Poniente y luego divisó un grupo de
personas, frente a la puerta de la ex Audiencia.
¡Es don
Francisco Ramírez! —dijo alguien, y a esta voz rodearon al caballero cinco o
seis personas, que le preguntaron, ávidas, por Pancho Formas...
Las
palabras se le atragantaron al anciano patriota; venía él a saber alguna
noticia de su futuro yerno y se encontraba con que tampoco sabían nada las
únicas personas a quienes podía preguntarles allí. Pero como éstas deberían
saber algo, puesto que él estaba ignorante de lo ocurrido, les preguntó,
llanamente:
— ¿Qué le
ha pasado a Pancho Formas...?, ¡díganmelo enteramente, díganmelo!...
Y como
ninguno contestara a las derechas, agregó:
— Lo han
tomado preso, ¿no es cierto?, ¿dónde lo tienen...?
— Está en
la cárcel y lo tienen con grillos —contestó Manuel Jesús Chopitea—; dicen que
lo sorprendió don Luis Carrera en una emboscada que pretendía armarle Pancho
Formas, cerca del río.
— En este
momento le está tomando declaración el Presidente —agregó otro—; mire, usted,
la ventana del cuerpo de guardia; allí lo tienen.
— En esos
momentos abriéronse las puertas de la Cárcel, y en la penumbra vieron salir de
allí a cuatro personas.
— ¡Es el
Presidente! —dijo alguien.
— Otro es
Luis Carrera —agregó el vecino.
Los otros
dos eran el notario Ramón Ruiz de Rebolledo y un amanuense.
El grupo
de los cuatro cruzó la Plaza desde la cárcel a la calle de la Compañía y siguió
por allí hacia el Poniente. Don Francisco, dirigióse hacia la reja de la cárcel
y sin preámbulo, mandó al centinela que llamara al Capitán don José Diego
Portales que estaba de guardia, según lo había averiguado. Quiso negarse el
centinela, pero un doblón "resbalado" oportunamente alejó toda
resistencia.
Portales
era pariente cercano de don Francisco Ramírez, de modo que si algún castigo
merecía la falta del centinela,, la sanción llevaba camino de no ser tan grave.
En todo caso, los duelos con parí son menos.
— José
Diego, ¡por la Virgen María!, ¡dime qué le pasa a Pancho Formas, que la
Chabelita está de muerte...! —gimió el caballero.
— ¡Por
Diosito, don Francisco, no me comprometa! — contestóle el Oficial—; Pancho
está... mal, muy mal— Lo van a llevar al Cuartel de Granaderos esta misma
noche... Vean al Presidente; ¡no me pregunte más, por Dios, váyase y no pierda
tiempo!
Y así
diciendo, el Capitán Portales cerró la reja y "arrancó” hacia el patio
interior. Las últimas palabras habían quedado resonando en los oídos de don
Francisco Ramírez, por el tono trémulo y emocionante con que les había
pronunciado el Oficial.
El
anciano comprendió la gravedad de las informaciones del Capitán, y cruzando la
Plaza dirigióse a su casa, como un autómata.
Chabela
le esperaba junto a su madre; oyó sin aspaviento alguno las noticias que trajo
don Francisco y una vez que hubo meditado unos instantes con el rostro entre
las manos, echóse un chal sobre la cabeza, llamó a una de sus sirvientes y dijo
a su padre:
— Señor,
¡acompáñeme, Su Merced!...
— ¿A
dónde quieres ir, hija, a estas horas...? ¡Repara en que ya son cerca de las
dos de la mañana!...
— Voy a
ver a José Miguel Carrera —dijo Isabel—; él no me podrá negar el favor que le
voy a pedir una mujer junto con la cual ha crecido desde niño...
— ¡Hija!
—dijeron a la vez misiá Victoria y don Francisco.
— A nada
me expongo —dijo Isabel—; y aunque me expusiera, mi deber cumplo, pues la vida
de mi esposo está en peligro.
Media
hora más tarde, don Francisco y su hija salían de casa de don Ignacio de la
Carrera, en donde habíanse entrevistado con José Miguel y sus hermanos. Isabel
volvía tranquilizada con las promesas del caballeroso José Miguel, que le había
asegurado que "a pesar de lo horrendo de la conspiración contra su
familia, Pancho Formas no sufrirá nada, porque es el menor culpable”. Sin
embargo, era preciso que permaneciera preso "hasta conocer todo el complot
y el número de los comprometidos en él”.
— Confía
en mí, Chabela —habíale dicho José Miguel Carrera, al despedirla—, que nada le
pasará a tu novio y os podréis casar de aquí a poco; a lo más, para quitarle la
tentación de conspirar os relegaré a ambos a una de las haciendas de tu padre
que "vos misma elijáis”.
— He
sabido que van a llevar a Pancho al Cuartel de Granaderos, esta misma noche
—dijo don Francisco, recordando las palabras del Capitán Portales.
— Debía
haber sido llevado al Cuartel de la Artillería, que es el suyo —dijo Luis
Carrera— pero hemos creído que, por hoy, queda mejor en el de Granaderos. Sin
embargo, mañana se resolverá eso en definitiva.
Don
Francisco y los suyos atravesaban la bocacalle del Consulado (Bandera) con
Huérfanos, en dirección a su casa —la cual, según sabemos, estaba cerca del
Cerro— cuando vieron venir, desde la altura de la calle de Ahumada, un grupo de
soldados, al que precedía el sereno con su farol. Chabela tuvo una corazonada;
el grupo venía, al parecer, de la Plaza, y a ella se le antojó que allí traían
a Pancho Formas en camino hacia el Cuartel de Granaderos; caminaban por veredas
distintas y la obscuridad no permitía reconocer a las personas; Chabela, sin
embargo, detúvose cuando el grupo de soldados pasó al frente, y sin poderlo
impedir, escapósele un grito...
—
¡Pancho.., Pancho...!
— ¡Niña!,
alcanzó a decir don Francisco, tomándola de un brazo.
Pero en
ese mismo instante una voz desde la acera del frente, gritó a su vez:
—
¡Chabela... Chabelita...! ¡Volveré pronto...!, ¡mañana estaré contigo...!
mañana...
— Vamos,
vamos, ordenó el sargento que conducía el grupo, silencio y marchar, señor
Formas, y dejarse de "añuñuyes”, que no es hora. Es prohibido hablar a los
presos —dijo dirigiéndose, sobre andando, al grupo de "paisanos” que en
forma tan intempestiva había interrumpido la marcha—. ¡Mucho cuidadito!
—terminó con acento entre bondadoso y amenazador.
— Es que
venimos de hablar con los señores Carreras dijo, a su vez, don Francisco
Ramírez— y nos ha dicho...
— ¡Yo no
sé nada!, ¡yo no sé nada...! y ¡andando, andando! —concluyó el sargento,
haciendo apurar el paso. a su gente.
Chabela,
don Francisco y sus fieles sirvientes quedáronse ahí hasta que el preso y su
escolta se hundieron en la obscuridad de la calle de los Huérfanos, abajo,
donde estaba ubicado el Cuartel de los Granaderos; al poco rato penetraban en
su casa y cada cual fuese a descansar, si era posible, y a esperar el nuevo
día.
En la
puerta del Cuartel esperaban al preso dos oficiales; eran los Capitanes Muñoz
Bezanilla, el delator de la conspiración, y el Capitán José Vigil, otro de los
"comprometidos” en el complot. Al llegar el preso, Muñoz ordenó que fuera
introducido en el "cuarto de banderas”, donde se encontraban un cabo y
tres granaderos que "se recibieron” del reo con las formalidades de
ordenanza, después de lo cual, la guardia de la cárcel regresó a su residencia.
En un
extremo del "cuarto” había una mesa con recado de escribir y en sendos
taburetes que estaban junto a ella tomaron asiento los dos nombrados capitanes
y un escribiente. Era algo así como un tribunal el que se había constituido en
el cuarto de banderas del Cuartel de Granaderos.
— Capitán
don Francisco Formas —dijo Muñoz Bezanilla— la justicia necesita que usted diga
quiénes son sus cómplices en el intento de asesinato a los señores Carreras, y
cuál era el plan que ellos, y usted, iban a cumplir esta noche cuando fueron
sorprendidos en el ojo del puente nuevo...
Pancho
Formas —que se encontraba maniatado por la espalda— miró de alto abajo, con
soberano desprecio a ambos militares, y recordando, que los dos habían sido
"conspiradores”, como él, dijo:
— Los
cómplices y el plan los conocen ustedes tan bien o mejor que yo..., y les ruego
que no me interroguen, porque ya he dado mi declaración ante el Excelentísimo
señor Presidente, don José Miguel Carrera y su hermano don Luis... Y, por
último —agregó con energía— ¡no sé con qué derecho me interrogan ustedes, que
debían estar presos y procesados como yo!
— Mida
sus palabras —dijo, a su vez, el Capitán Vigil— y limítese a contestar; el
preso se encuentra ante un tribunal militar que ha recibido órdenes especiales
y terminantes que deben ser cumplidas esta misma noche.
— Si este
curioso tribunal tiene órdenes especiales y terminantes que cumplir, puede
hacerlo; yo no lo reconozco como tal y no contestaré sus interrogaciones.
—
Considere, el reo, su precaria situación y no la agrave con una contumacia que
a nada favorable le conduciría.
— Nada
tengo que agregar a lo declarado hace un rato, ante el notario Ruiz de
Rebolledo, y pido que no se me interrogue, porque desde luego me niego a
contestar.
Fueron
inútiles todos los esfuerzos que hicieron ambos "jueces” para que ¡Pancho
Formas ampliara la declaración que había dado horas antes, y que se reducía a
decir que había estado bajo el puente nuevo en compañía de Domingo Huici, quien
lo había convidado para una expedición que el reo supuso ser de
"tunanterías de mozos” y que allí estaban esperando a otros amigos cuando
fueron perseguidos y presos; Formas se había "emperrado” en no contestar
palabra alguna, y aún "dijo a los capitanes algunas expresiones atrevidas
por demás”. Después de media hora de interrogatorio inútil, el Capitán Vigil,
dijo al reo, mirando su reloj:
— Capitán
don Francisco Formas, hemos hecho todo lo posible para salvarle a usted,
dándole ocasión para que se defienda de las tremendas acusaciones que se le
hacen, e indique a sus cómplices que, "de juro”, son más culpables que
usted; su compañero Domingo Huici ha huido; el esclavo Rafael Chavarría nada
sabe; es usted el único que deberá responder de todo y pagar la culpa por
todos. Óigalo usted bien, que esto es grave; dentro de media hora volveremos
para cumplir las órdenes qué hemos recibido, si usted persiste en callar.
Y
salieron todos, dejando a Formas solo, en medio de la más desconcertante
ansiedad.
Eran las
dos y media de la madrugada.
Pasaron
algunos minutos y oyóse el toque de "formación”; luego las voces de mando
de los Oficiales, cabos y sargentos, el ruido de los arreos; las carreras de
los soldados, las exclamaciones contenidas y todo aquel ajetreo de un
regimiento que ha sido conmovido intempestivamente y por un grave motivo.
. Un
caballo que partió al galope desde la puerta del Cuartel, después de recibir,
su jinete, una orden, llamó un tanto la atención de Pancho Formas que se
encontraba ya lo he dicho, en el cuarto de banderas que daba a la calle. Nada
de extraordinario tenía, por otra parte, el hecho de que se mandaran mensajes
esa noche de musitados acontecimientos.
Pasaron
todavía algunos minutos, durante los cuales el reo notó que el movimiento
dentro del Cuartel no decaía, y por lo contrario, manteníase como en tensión;
sin explicarse el motivo, un vago temor invadió su ser...
El
mensajero enviado hacía un rato había regresado, pero no vino solo.
— Pase,
Su Merced, señor Cura, oyó que dijo un oficial; el Capitán Bezanilla tiene que
comunicarle una orden.
Formas
oyó perfectamente los pasos del llamado "señor cura”, frente a la puerta
del cuarto de banderas.
¿Qué
podía ser todo aquello, a esa hora, y para qué?
Abrióse
nuevamente la puerta del cuarto y aparecieron los capitanes, el escribano, dos
centinelas y un cabo, que traía una barra de grillos. Sentáronse, "los
jueces”, solemnemente, y uno de ellos preguntó:
— ¿Está
dispuesto el Capitán don Francisco Formas, a contestar satisfactoriamente el
interrogatorio que se le ha hecho y que se le hará nuevamente?
Guardó
silencio un instante el preso; la escena y el momento eran imponentes, como lo
desconocido.
— ¿Qué se
quiere de mí? —dijo por fin.
— Que
revele el nombre de sus cómplices y el plan que tenían para llevar a cabo el
asesinato de los señores Carreras...
Volvió a
callar Pancho Formas; pero esta vez fue porque la ira le entorpeció la lengua.
— ¡No soy
culpable, no tengo cómplices, ni soy delator! —se limitó a decir.
— Segunda
y tercera vez conmino al Capitán Formas para que conteste derecha y
satisfactoriamente.
Formas
hizo un movimiento de desprecio.
— ¡Usted
lo ha querido, Capitán! —Dijo Vigil—. Cabo Vallejo, cumpla las órdenes que se
le han dado.
El Cabo
se adelantó con la barra de grillos y un momento después resonaron los golpes
de los remaches.
—
¡Adelante! —ordenó el Cabo.
Pancho
Formas, avanzó como un autómata sin darse cuenta de lo que estaba pasando
alrededor de su persona; como los hierros le impidieran andar, el Cabo lo
ayudó, tomándolo de un brazo. El preso adelante, los centinelas a su vera, y la
demás gente en seguida, el grupo, que había adquirido un aspecto trágico, entró
a una "cuadra”, donde se veía formada la tropa de Granaderos en filas
apegadas a las murallas.
Al
fondo...
Cuando
Pancho Formas miró al fondo de la cuadra quedó estático con los ojos
desmesuradamente abiertos, los dedos crispados entre los cordeles que le
sujetaban las muñecas y un grito de supremo espanto secó su garganta.
"Se
estremece la humanidad al recordar el inaudito tormento que inventaron para
arrancar a don Francisco Formas una declaración que pudiera comprometer a los
adversarios. De la cárcel fue trasudado el reo al Cuartel Granaderos, y allí,
sin orden alguna, lo pusieron en una "cuadra”, donde ya estaba una mesa y
un Santo Cristo, y le intimaron sentencia de muerte que debía cumplirse
inmediatamente. Lo obligaron a recibir al sota cura de Santa Ana, que le oyó
sacramentalmente, y empezó a auxiliarlo a bien morir; lo llevaron en seguida a
un banquillo, delante de seis soldados, con el fusil preparado; le vendaron la
vista, y un oficial mandó apuntarle... Aquí paró la escena, porque el reo se
desplomó, y vieron que era inútil hacerle fuego”.
* * * *
"Probó
todos los horrores del cadalso —agrega don Bernardo Vera y Pintado de quien son
las palabras anteriores— y lo único que le faltó fue el descanso eterno que
sucede al vacío de la existencia porque el infeliz quedó fatuo, y cada día se
extenúa más...”
Un año
entero demoró Pancho Formas en volver a la razón, y sólo entonces pudo cumplir
su anhelo de unirse, para siempre, con su adorada Chabelita.
Notas:
[1] El
Padre agustino don Fray Alonso Escudero publicó en el Nº 87, Tomo LIII de
la Revista Chilena de Historia y Geografía, una extensa
crítica a mi libro En Plena Colonia, Primer Tomo, en la cual,
después de aplicarme un vapuleo perfectamente anticristiano, me hizo ciertas
rectificaciones ingenuas, referentes a las relaciones estrechas que tuvieron
los agustinos con La Quintrala y la familia Lisperguer, durante el siglo XVII,
y especialmente en su primera mitad.
Una sola de esas rectificaciones valía la pena de ser tomada en cuenta: la de
que los Lisperguer hubieran sido —lo afirmaba yo— los benefactores de los
agustinos, cuando esa Orden llegó a Chile, en 1595, más o menos. El Padre
Escudero negó perentoriamente el hecho, lo llamó "falso de toda falsedad”,
y con voz sonora y altiva declaró: "Entre los benefactores de los
agustinos de ese tiempo, no hubo ningún Lisperguer”.
Mi respetable amigo, el erudito historiador don Domingo Amunátegui Solar, en su
estimable obra Las Encomiendas Indígenas en Chile, me proporcionó
la refutación a la tan atrevida afirmación, de su reverencia el Padre Escudero,
y ella fue un "ítem” del testamento de don Pedro Lisperguer y Flores, en
el cual deja al convento de San Agustín el quinto de sus bienes, disponiendo
"que de la cantidad que fuese, y del valor de los cimientos que
hice de la iglesia y del valor de los ladrillos que los padres tienen recibidos
para la obra, de todo se imponga una capellanía en el dicho Convento,
etc.”
El Padre Escudero estaba, pues, equivocado medio a medio, y no tenía razón para
insultarme.
Repito: mis Leyendas y Episodios Chilenos. no deben dar pie a la
controversia...

