Libro N° 10865. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista X. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10865.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista X. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
Crónicas De La Conquista X. Aurelio Díaz
Meza
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De La Conquista X. Aurelio Díaz Meza
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista X
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
§ 1. El primer suicida del Canal San Carlos
§ 2. Bandos de “Buen Gobierno”
§ 3. El primer incendio de la Catedral
§ 4. Las brujas que se robaron a Teresita Ármijo
§ 5. El ánima en pena
§ 6. Parlamentos “Embajadores” de Arauco
§ 7. Las loterías de antaño
§ 8. El Conde del Asalto
§ 9. Don José Antonio de Rojas, el Mayorazgo
§ 10. Carnavales y Cuaresmas
§ 11. El basural
§ 12. Él tesoro de Meneses
§ 13. La Moneda, monumento arquitectónico
§ 14. El Mapocho y sus grandes avenidas
§ 15. Los tres grandes reinos de la América española
§ 16. La cabeza de un Obispo jugada a la chueca
§ 17. Las islas de Juan Fernández
§ 18. Historia del portal de Sierra Bella
§ 19. Los tajamares del Gobernador O’Higgins
§ 20. Mercadería colonial
§ 21. El criollo y sus derechos
§ 22. La real persona en los tiempos coloniales
§ 23. Navios de registro
§ 24. El esquinazo al Presidente
§ 25. Isabelilla en la reja
§ 26. Precursores del salitre industrial
§ 27. El primer periódico que apareció en Buenos Aires
§ 28. La cajuela del Marqués de Avilés
§ 29. El jesuita Manuel Lacunza y Díaz
§ 30. La Colonia y su Gobierno
§ 31. Los albores del arte musical en Chile
§ 32. El teatro en los tiempos de la Colonia
En Plena Colonia X
Aurelio Díaz Meza
§ 1. El
primer suicida del Canal San Carlos
(1766)
La
necesidad de construir un canal que trajera las aguas del río Maipo a través
del páramo que separaba la ciudad de Santiago de la provincia de los indios
promaucaes, o colchagüinos, sólo vino a notarse después de siglo y medio de
fundada la capital del Reino, mejor dicho, cuando la población, compuesta en
los primeros veinte años de unos mil habitantes, se hubo decuplicado y las
acequias hacían disminuir el caudal del Mapocho, proveedor de las aguas “de
riego y de beber”.
Durante
la primera mitad del siglo XVII las “secas” no lograron preocupar demasiado al
vecindario y a las autoridades; si un año llovía poco o no llovía, se aguantaba
la gente, acarreando cada cual su agua, ya sea desde las “bajitas” situadas en
el “ejido de, la ciudad” — antigua Plaza Bello— o del “pilón” de la Plaza, o de
la “represa” que habían construido los franciscanos frente a su templo, en la
Cañada. Si la “seca” se prolongaba, se mandaba rezar algunos novenarios a San
Antonio — que fue, por un tiempo, “el patrono oficial de los santiaguinos” para
las necesidades de agua— a la Virgen del Socorro o a San Saturnino, que en esto
de “protector” de la ciudad se había ganado una bien tenida capilla, situada
donde hoy está la Plaza de Vicuña Mackenna.
Pero ya
en la segunda mitad de ese siglo y, sobre todo, allá por los años de 1680 ó 90,
la escasez de agua alcanzó a los límites de la sed colectiva y al
achicharramiento de los pastos, chacras, arboledas, la consiguiente muerte de
los animales, y, por lo tanto, a una calamidad pública. Durante todo un mes —
el de agosto del año 1691— se hicieron rogativas a varios santos y aun
penitencias públicas, aconsejadas por los jesuitas para obtener lluvias o
deshielos que aumentaran el caudal del Mapocho; pero todos los santos
protectores oficiales de Santiago se hicieron los sordos y no había agua ni en
las boticas.
Fue por
aquella época cuando hizo su entrada en la devoción santiaguina San Isidro, que
hasta entonces era un santo perfectamente desconocido en Mapocho. Un clérigo de
órdenes menores, llegado a Santiago un par de años antes y que terminaba sus
estudios de teología en el “conventillo” de San Diego, comunicó a su profesor
de Cánones, el chantre de la Catedral, que en España el intercesor de los
agricultores en la Corte Celestial era San Isidro Labrador, y que — sin que
esto fuera en desmedro de ninguno de los santos conocidos de la ciudad de
Santiago— bien podían dirigírsele súplicas y votos para alcanzar del
Todopoderoso un alivio en la desgracia en que se encontraban.
El
chantre vio que nada se perdía con intentar los auxilios de un nuevo protector,
especialmente en esas apretadas circunstancias, y corno la voz; bastó un corto
“triduo”, que se rezó en el templo de San Francisco, para que el santo
hortelano vizcaíno se manifestase. Consta de una certificación notarial que
durante la procesión con que se daba término a la rogativa a San Isidro, cayó
una lluvia tan copiosa que, a pesar de la resignación con que la recibieron los
devotos sobre sus cabezas descubiertas, el provincial franciscano Pedro del
Caso, celebrante en la ceremonia, inició la huida hacia el templo con un
apresuramiento bien poco digno de las circunstancias y de los sagrados
paramentos sacerdotales de que iba revestido.
Desde
entonces, ya lo dije, fue San Isidro el protector de la agricultura chilena, y
lo es hasta hoy. Los encomenderos, presididos por su alcalde, levantaron a San
Isidro su templo en el mismo sitio en que hoy se encuentra y años más tarde el
Ilustrísimo Obispo Sarricolea y Olea erigió, bajo su advocación, la parroquia
de ese nombre.
Pero esto
de las sequías, como lo de las inundaciones, era periódico, mejor dicho;
intermitente. En el transcurso de los años, unas y otras mortificaban a los
vecinos y a los agricultores, causándoles los consiguientes perjuicios y
provocando en estos últimos el consabido coro de lamentaciones; cierto es que
yo no conozco un agricultor que no se queje, pero el hecho es que inundaciones
y sequías fueron siempre la calamidad de los santiaguinos.
Cuando
llegó a hacerse cargo de la Presidencia el gobernador don Juan Andrés de
Ustáriz, la región Central de Chile pasaba por unas angustias atroces, debido a
una sequía que duraba ya tres años. “No hay en este reino qué comer”, decía
gráfica y ciertamente el mandatario recién llegado, en una de sus cartas al
Rey, dándole cuenta del estado del país. Y refiriéndose a la sequía que azotaba
a la región, decía que “el río desta ciudad (el Mapocho) tiene tan poca agua
que su caudal no alcanza para las necesidades de regar y de beber, ni aun para
una u otra Cosa separadamente”. Y como remedio para este grave mal, el
Presidente insinuaba al Soberano la idea de “aumentar el caudal del río
Mapocho, trayendo el agua del río Maipo, que es a siete leguas de la ciudad”.
Ya me
figuro la cara que pondría el Rey al oír la lectura de esta carta. ¿Y a mí
qué?... diría Su Majestad, don Felipe V. Si necesitan agua, que la busquen, o
sea, “el que tenga sed, baje al agua”, como decimos ahora. Y ahí quedó eso. Por
su parte, cuando los santiaguinos sufrían de escasez de agua, recurrían a San
Isidro; y con un par de chaparrones quedaban tan contentos.
Pero a
medida que transcurría el tiempo, las “secas” hacían cada vez mayores estragos,
y llegó un día en que, por muy egoístas que fueran los vecinos de Mapocho,
tuvieron que espaldearse los unos con los otros para dar solución, alguna vez,
al gravísimo problema de la alimentación, que cada año se complicaba más.
Angustiados por las penurias y estrecheces que habían experimentado el año
anterior de 1725 y los primeros meses del corriente, 1726, el vecindario clamó
ante el Cabildo para que tomara o encabezara una gestión que detuviera la
catástrofe que se veía venir.
Este
clamor general fue el origen del acuerdo que tomó el Cabildo, en su
ayuntamiento de 4 de mayo de 1726, en reunión plena. “No había caído gota de
agua” durante 16 meses, desde el Maule hasta el Choapa, que era la jurisdicción
del Cabildo santiaguino, y los últimos meses del otoño se presentaban tan
calurosos como los de pleno verano; era preciso, una vez por todas, facilitar a
San Isidro sus gestiones, ya que los cielos se le cerraban también a él.
El
Corregidor don Juan de la Cerda fue derecho al asunto y dijo que “era preciso
buscar agua para la ciudad y que le parecía conveniente que se hiciesen
cabildos abiertos para ver si los vecinos y moradores se animan y contribuyen
para conducir el agua del río Maipo”. Es natural creer que los regidores
estaban ya de acuerdo para aceptar la proposición del Corregidor, pues tan
pronto como el alcalde don Manuel de Carabajal aceptó que se llamara a cabildos
abiertos, el regidor don Buenaventura Camus propuso “que se hagan los dichos
cabildos abiertos unos en pos de otros, pues no se pueden celebrar en un día”.
Las
mencionadas reuniones cívicas — una de las más antiguas conquistas democráticas
del pueblo español— debían celebrarse diariamente, desde el día 6 de mayo “y
subsiguiente que no sean feriados”, previa repartición de “papeles de convite”.
Sabe el lector que los cabildos abiertos a los que tenían acceso todos los
vecinos, se celebraban “a campana tañida” y sólo para resolver asuntos
trascendentales para la comunidad. Tal sería la importancia que había adquirido
la cuestión de las aguas en la capital, que en esta ocasión el Cabildo abierto
fue citado por esquelas y para sesión permanente.
Tres días
duró el Cabildo Abierto, que resolvió “unánimes y conformes, que se traiga el
agua del dicho río Maipo, por la grande utilidad que reporta para el riego de
las chácaras y huertos y crecimiento de la yerba para los animales, y
especialmente para beber, presentado informe de don Daniel, médico y cirujano
desta ciudad, sobre lo dañino que es para la salud el agua deste río Mapocho, y
su malignidad”. En la tercera y última reunión, la del 9 de mayo, quedó
acordado que el Corregidor don Juan de la Cerda, acompañado de algunos
“peritos”, visitara la región por donde era posible construir el canal para que
las aguas del Maipo entraran en el Mapocho.
El
Corregidor, que era uno de los más entusiastas sostenedores del proyecto,
practicó esa histórica visita de reconocimiento los días 24, 25 y 26 de julio,
haciéndose acompañar por los técnicos que existían en Santiago por aquellos
años, y ellos fueron el agrimensor don José de Gatica y el arquitecto francés
don Francisco Arnous Loriel, establecido en Valparaíso desde principios de ese
siglo, también fue invitado a la excursión el jesuita Guillermo Milet, quien
había dado demostraciones de entender de estas cosas por haber construido un
pequeño canal para regar la hacienda de la Compañía en la Calera.
El
informe de los técnicos no pudo ser más favorable; no solamente se estimó
practicable la obra, sino que se creyó fácil y de no subido costo. Gatica y
Loriel lo calcularon en 31 mil pesos y el jesuita en 16 mil; pero así y todo
no. se empezaron los trabajos por dos razones: la primera, porque, a pesar del
entusiasmo de los santiaguinos, sólo alcanzaron a suscribir la cantidad de
13.000 pesos, y la otra, porque en los meses de julio y agosto cayeron fuertes
lluvias, con lo cual la necesidad perentoria de agua desapareció. Como antes,
también esta vez San Isidro había cumplido con su deber. Los años sucesivos
fueron normales en cuanto a lluvias, y con este motivo se fue dejando de la
mano el proyecto, hasta que se olvidó completamente.
Pero esto
de las “secas” en la región del Mapocho era intermitente, ya lo dije, y no
había de pasar mucho tiempo sin que se volvieran a" presentar. En efecto,
desde el año 1740 al 43 se repitieron las angustias del vecindario y de los
agricultores, y ya en este último año la situación se hizo trágica. En los
libros del Cabildo hay constancia de que en septiembre del año 40 “se manda
hacer una novena a San Isidro para que haga cesar la sequía”, que había durado
todo el invierno; el 41, en mayo se repite la novena; en junio se decreta una
rogativa; en agosto se hace una procesión, y en septiembre se repite la novena
al santo sordo e inclemente.
El año
1742, en mayo, se empezó nuevamente con San Isidro; pero en julio la devoción
se pasó a la Virgen del Socorro, y en agosto se recurrió a San Antonio,
modestísimo santo, cuya devoción se había olvidado, a pesar de que sil
protección a la ciudad de Santiago databa desde los tiempos de la conquista.
Ineficaces debieron de ser estas rogativas, porque al año siguiente las novenas
y las procesiones se repitieron a todos los santos nombrados y también a San
Francisco Solano y a “Santo Término”, según escribió el secretario del Cabildo
el nombre de San Saturnino.
Los
cuatro años de sequía, a los que se agregó la calamidad de una peste de
viruelas que hizo innumerables víctimas, hicieron recordar a los santiaguinos
el antiguo proyecto de traer a Mapocho las aguas del Maipo, como un remedio
concluyente para reparar las calamidades de la falta de agua, sin el solo
recurso de las rogativas. El, Presidente del) Reino, don José Manso de Velasco,
apoyó decididamente el proyecto, y sin tomar parecer a nadie, “dada la
urgencia”, ordenó que se empezaran los trabajos ese mismo año”.
El
Gobernador en persona hizo el primer reconocimiento de los terrenos por donde
debería pasar el canal, y como “peritos entendidos de arquitectura” llevó
consigo al jesuita Juan Petri y al regidor don Juan Francisco de Barros.
Fijaron el punto de la bocatoma e hicieron el trazado en la mejor forma que
Dios les dio a entender; cuatro meses más tarde, en diciembre del año 1743, los
trabajos se encontraban en grande actividad.
Pero no
tardó en reconocerse el gran error en que habían incurrido los “peritos
entendidos en arquitectura”; la bocatoma estaba mal situada, mal dispuesta y
era insuficiente; los niveles del trazado no correspondían y se vio que el agua
no podría llegar jamás al Mapocho por tal herido. El corregidor don Juan
Francisco de Larraín, director de la obra, fue el primero en pedir al
Presidente Manso “que se mande hacer un nuevo mapa por persona competente, y
que mientras, se suspenda la obra, por ser inútil gasto”. No había en Chile
ingeniero alguno a quien consultar; pero en Valparaíso estaba fondeada la
escuadra del almirante español Pizarro, y entre su personal se encontró un
piloto “entendido de agrimensor”, quien, traído a Santiago para que diera su
opinión sobre el canal en trabajo, declaró “que debía sacarse más arriba, para
que pudiera ser de utilidad”.
El ensayo
había costado caro, pues se había invertido en él una suma superior a 30.000
pesos, que podía considerarse perdida. Los años siguientes hubo fuertes
lluvias, y con el fracaso recién experimentado no había para qué seguid
pensando en conducir las aguas del Maipo para incrementar las del Mapocho; sin
embargo, algunos propietarios de las cercanías de la bocatoma y del canal
empezado, lograron aprovechar las pocas aguas que se escurrían para regar sus
chácaras y transformarlas, de páramo desolado como eran, en hermosos fundos
productivos.
Otros
veinte años pasaron sin que la ciudad volviera a preocuparse de la obra
abandonada, y si alguien pensó en ella ocasionalmente o en días de angustia, se
guardó bien en comunicarlo, porque nadie le habría hecho caso. Una última
tentativa del Presidente interino, don Félix de Berroeta, el año 1764, para
continuar, o mejor dicho, para empezar de nuevo la obra, mereció la más rotunda
desaprobación del Monarca, quien por Real Cédula de 29 de febrero de 1766,
mandó “suspender la ejecución de la mencionada obra, hasta no formar un mapa
nuevo y completo” que debería ser aprobado previamente por el Rey.
Seis años
más tarde, y después de una nueva sequía, apareció sin embargo un loco que
ofreció hacer a su costo el “suspirado” canal, con la sola pretensión de que,
una vez terminado, se le reconociera, perpetuamente, el derecho de propiedad a
cincuenta regadores de agua que él se proponía vender entre los propietarios
del “llano de Lepe”, que tal era el nombre que se daba entonces al actual
“Llano de Maipo”.
Pidió
también ese empresario, cuyo nombre era don Matías Ugareta, que “la ciudad me
pague el décimo del valor de la venta o arrendamiento de los regadores que se
saquen del canal, a más de los cincuenta”; pero esto no le fue concedido; el
Cabildo, que no tenía un real para hacer la obra, regateaba lo que podía
producir un trabajo ajeno. Ugareta no se desconsoló «por eso, y pleno de fe
emprendió la obra, invirtiendo en ella hasta el último centavo de un capital de
35.000 pesos, que constituía toda su fortuna.
Cuando se
le concluyó el dinero, el agua llegaba sin dificultad aparente hasta los cerros
de Macul, a distancias de unas
diez
cuadras de la chacra de Gandarillas; pero existía allí una quebrada, sobre la
cual era necesario construir, un acueducto que debía unir el cauce del sur con
el del norte, que también estaba abierto, en una extensión de varias cuadras,
faltando muy poco para que llegara hasta el zanjón llamado de San Joaquín.
No era
posible paralizar los trabajos a la altura a que habían llegado ya, con éxito
evidente, puesto que muchos propietarios estaban disfrutando, aunque con
dificultades, de los beneficios del agua. Ugareta no se echó a morir, y para
reunir fondos empezó a vender sus regadores, es decir, el premio de sus
sacrificios. Con el producto de doce regadores, a quinientos, seiscientos y
ochocientos pesos, logró, por fin, construir el acueducto. El día en que puso
el último ladrillo en ese puente de Macul, el esforzado Ugareta lanzó una
exclamación de dicha inefable; al soltar el agua por el acueducto, el suspirado
elemento llegaría, de un solo impulso, hasta el zanjón de San Joaquín, a las
puertas de la ciudad, fertilizando cientos de leguas de terreno» áridos e inútiles
hasta entonces, que sólo esperaban la caricia del agua para convertirse en
huertas y jardines.
Cinco
años antes, poco después de haber empezado los trabajos, Ugareta había
bautizado el canal con el nombre de Canal de San Carlos, en honor del Rey
Carlos III, el mismo Monarca que diez años antes había negado su licencia para
continuar los trabajos de la obra. Era la más alta muestra de sumisión que
podía dar a un Rey egoísta, el hombre que había puesto su fortuna al servicio
de una idea beneficiosa para sus semejantes, rechazada por el Soberano.
El canal
de San Carlos era ya un hecho; desde San Joaquín al Mapocho, cuyas aguas iba a
incrementar el Maipo, era una distancia corta y fácil que no podía ser una
dificultad para la terminación de la obra, según creía Ugareta.
Llegó el
día fijado para echar el agua por el acueducto, y media población se trasladó
al sitio de la obra; no sé si a este acto se le dio carácter oficial, o sea, si
asistieron a él las autoridades “en cuerpo”; por las referencias que tengo,
puedo deducir que las escenas que apunto las presenció mucha gente.
Con el
objeto de mantener enjuto él terreno para trabajar las obras, el canal
desaguaba durante el trayecto hasta Macul por varías compuertas que sólo
dejaban pasar la pequeña cantidad de líquido que necesitan los regadores. El
acto inaugural consistía en largar el agua en la bocatoma para que se deslizase
a través del canal, cruzase el acueducto recién construido y llegase hasta San
Joaquín, cuyo zanjón era el desaguadero final.
Se dieron
las señales, abriéronse con dificultad las compuertas de la bocatoma, y un
torrente se precipitó por ella, invadiendo en turbonada los emplantillados y
los muros del canal, y rebalsándose por sobre los pretiles con empuje
avasallador; las primeras cuadras desde la bocatoma abajo, resistieron
victoriosamente; el desnivel era considerable, aunque el agua abrió brecha en
algunas partes; pero a medida que el torrente bajaba, su mismo volumen iba
presionando las partes más débiles de la mampostería y de los heridos de tierra
inconsistente, sin que fuera posible por la distancia y por las dificultades de
comunicación, poner oportuna defensa en los distintos sitios en que la
necesitaba inmediata.
La
avalancha de agua no demoró media hora en llegar al acueducto, saltando por
sobre todos los obstáculos que le oponían el muy defectuoso nivelado y la
deficiencia de las “obras de arte”; seis u ocho rebalsamientos destruyeron o
amenazaban destruir los parapetos, emplantillados y pretiles, y el agua se
derramaba cerro abajo, o se empozaba en los huecos de los cimientos,
agazapándose por allí como un gusano destructor e impune.
Desde la
puntilla de uno de los cerrillos de Macul, el empresario Ugareta atisbaba la
llegada del agua y su embocadura el acueducto recién construido; en su ansia
por el suspirado éxito, no imaginó jamás que la corriente desnivelada desde la
bocatoma se desenfrenara hasta el extremo de poner en peligro las obras que él
había ensayado tantas veces en los cinco años que había “dado agua” a los
regadores de Bellavista, y que por fin, se embalsara, como se embalsó
definitivamente, apenas cruzó el acueducto, cubriendo poco a poco sus extremos
y derramándose, por último, como una cascada en la extensión de ocho a diez
cuadras, por los faldeos de las colinas cordilleranas.
El nuevo
fracaso había sido rotundo, más grande aun que los anteriores, y pensar en
enmendarlo era empresa de locos. Ocho días demoró el penosísimo trabajo de
cerrar la bocatoma del Maipo para cortar el agua qué continuaba derramándose
inútilmente por el llano, “y causando perjuicios”. En esos ocho días quedaron
destruidas completamente más de veinticinco cuadras de canal, y otras tantas
quedaron inutilizadas. Un mes después Ugareta cayó enfermo, “con fiebres
malignas”, y una mañana su lecho amaneció vacío; el infeliz empresario tenía su
vivienda en la chacra de don Joaquín Plaza, precisamente donde había un “bajo”
que hizo una gran represa con las aguas escapadas del Canal de San Carlos.
Los
sirvientes que salieron a buscar al desaparecido enfermo, vieron que su cadáver
flotaba sobre las turbias aguas, circulando lentamente, siguiendo la corriente
del remolino.
§ 2.
Bandos de “Buen Gobierno”
(1768)
Durante
todo el siglo XVIII, fue costumbre “asentada” que los Presidentes, a los pocos
días de haberse recibido del mando, dictasen un bando, que era el primero de su
período, en el cual dieran a sus subordinados las normas a que debían sujetar
su modo de vivir, según fueran las teorías que sustentara el nuevo mandatario.
Este bando se llamó “de buen gobierno”, y en fuerza de la costumbre, llegó a
ser el complemento obligado, o “el broche de oro” — así como lo denominó un
fraile de campanillas de las fiestas que hacía la capital para la recepción del
Presidente recién llegado.
Sabido es
que la publicación de un bando en aquellos tiempos, era un acontecimiento
popular: aviso de tres días — o de tres veces— por voz de pregonero, citación
del Cabildo, “golpes de tambor en las cuatro esquinas de la Plaza Mayor, en la
Cañada, frente a San Francisco, frente a San Diego (la iglesia de San Diego
estaba donde está hoy la Biblioteca del Instituto) y frente a San Saturnino
(actual Plaza Vicuña Mackenna) en el Basural (Mercado Central) y en la Alameda
del Tajamar, (actual Parque Forestal). De modo, pues, que la publicación del
Bando de Buen Gobierno de los Presidentes era en verdad la última fiesta grande
que se realizaba en Santiago en honor del nuevo Mandatario.
Hasta el
último tercio del siglo anterior, o sea el siglo XVII; no hay rastros de que
los Gobernadores tuvieran incorporada esta costumbre en el ceremonial de su
recepción. Ni don Juan Henríquez, que asumió en 1670, ni don José Garro —
llamado por su piedad y devoción, “el santo Garro”— que “entró” en 1682, ni,
por último, don Tomás Marín de Poveda, que cerró el siglo, dictaron Bandos de
Buen Gobierno, propiamente tales, esto es, con las características que adoptan
los que se conocen de los Presidentes del siguiente siglo.
Todos los
Gobernadores, como es natural, dictaron disposiciones y medidas de policía y
“buenas costumbres”, que se publicaban por bando; lo hicieron siempre en el
transcurso de su gobierno y, seguramente, obedeciendo a circunstancias que las
hacían necesarias; pero no se advierte que respondieran a una costumbre que
poco a poco fue convirtiéndose en ley durante el siglo XVIII.
El
primero de los Gobernadores que inauguró el sistema de los Bandos de Buen
Gobierno fue, según parece, don Gabriel Cano de Aponte, el Presidente Galante,
como lo llamaron las santiaguinas por sus aficiones “a la cortesía y a las
buenas formas”; no se interpreten maliciosamente las últimas palabras de la
frase entre comillas, pues, también sin malicia alguna las he copiado tal como
aparecen en el mamotreto en que las encuentro. Alguna vez habré de dar a
conocer la mis lectores algunos episodios de la permanencia de Cano de Aponte
en nuestra villa del Mapocho y la trágica muerte que tuvo, al lucir su garbo y
bizarría de jinete en una gran justa de toros, cintas y cañas que se celebraba
en la Plaza Mayor, en presencia de toda la aristocracia y de la hermosísima
criolla que lo traía trastornado.
El Bando
que se conoce de Cano de Aponte no es el más característico de los bandos de
Buen Gobierno; este bando de buena policía fue complementado, durante el largo
período de 14 años de su gobierno, por los corregidores de Santiago, don Pedro
Gutiérrez de Espejo, 1718; don Juan de la Cerda y Contreras, 1722; don Pedro de
Ureta y Prado de la Canal, 1728; y don Luis de Arcaya, 1731, todos los cuales
agregaban alguna disposición más a las ya publicadas por sus «antecesores.
Con el
fallecimiento del Presidente Cano de Aponte, el gobierno del Reino cayó
sucesivamente en dos mandatarios interinos; el primero fue el oidor Barreda y
Vera, y el otro él maestre de campo del ejército de la frontera don Manuel de
Salamanca; sólo el segundo dictó Bando de Buen Gobierno, en el cual se limitó a
confirmar en sus cargos a los corregidores, alcaldes y demás funcionarios
administrativos de las diferentes ciudades.
El Bando
de Buen Gobierno que es característico, y del cual tomaron modelo todos los
demás Presidentes, fue el que dictó el Presidente don José Antonio Manso de
Velasco, futuro Conde de Superunda, el 27 de noviembre de 1738, diez días
después de haberse recibido del mando.
Empezaba
el Bando con la fórmula consagrada, es decir, con el nombre completo y los
títulos completísimos del Gobernador de Chile, los que, a veces, ocupaban media
página, sobre todo cuando el Presidente era descendiente de Portugal. En el
caso de don José Manso, el nombre y los títulos no ocupaban mucha tinta y
papel; pero en el caso de Marcó del Pont, por ejemplo, que fue el último
Gobernador español de Chile, el encabezamiento de un bando era así:
“Don
Francisco Casimiro Marcó del Pont, Ángel, Díaz y Méndez, Caballero de la Orden
de Santiago, de la Real y Militar de San Hermenegildo, de la Flor de Lis, de
Montosa, y de Calatrava; Caballero Veinticuatro de Jaén. Maestrante de la Real
Ronda, Benemérito de la Patria en grado heroyco y eminente; Mariscal de Campo
de los Reales Exércitos, Superior Gobernador, Capitán General, Presidente de la
Real Audiencia, Superintendente Subdelegado del General de la Real Hacienda y
del de Correos y Estafetas y Vice patrono Real de Este Reyno de Chile...”
No me
dirá el lector que no se necesita resuello de buzo para decir todo esto de un
tirón.
En
seguida de este encabezamiento, venían las disposiciones:
“por
cuanto así conviene al desempeño de las cosas cumplideras al servicio de Su
Majestad, a quien Dios guarde, mandamos: que nadie sea osado, con pretexto
alguno a despreciar o decir blasfemias contra Dios, la Santa Virgen, santos y
personas o cosas sagradas y que se haga la más fiel obediencia al Soberano,
acatando sumisamente su Augusto Nombre y reales mandatos y los de este superior
gobierno, real Audiencia y demás jueces”.
Esta era
una disposición general, inamovible; en todos los bandos sucesivos se
transcribe casi a la letra.
Entrando
en seguida a las disposiciones aplicables, de preferencia, a la ciudad, se
ordenaba que
“nadie se
mantuviera arrimado, en las noches, a las puertas, paredes, esquinas o
bocacalles, debiendo recogerse todos a sus casas a las nueve en invierno, y a
las diez, en verano, sin consentir bailes, cantos, ni otras diversiones
ruidosas...”.
Ninguna
persona podía usar trajes que no correspondiesen a su estado, sexo y calidad,
“por cuanto son tan graves como comunes los inconvenientes que se originan de
los disfraces, máscaras, embozados, y tapados de cara con que suelen concurrir
algunas gentes de noche a funciones públicas o a las particulares en sus casas,
y también por las calles, en cuadrillas a caballo y con cencerros en días de
carnaval”. ¿No me han dicho repetidas veces que Santiago era una ciudad
conventual?
Más
adelante se prohíben los juegos de envite, que, por entonces, eran de dados, la
“tabita” y naipes para los artesanos, oficiales, jornaleros, esclavos e hijos
de familia; la “nobleza” podía jugar hasta despellejarse, bien que “no se podía
ni era permitido “atravesar” más de diez pesos de oro en cada apuesta”.
Tampoco
era permitido admitir en las canchas de bolas, “trucos” y billares a los
individuos arriba señalados, bajo multa de cincuenta pesos, “siendo el
infractor español o noble”; que si era zambo o plebeyo, se llevaba modestamente
sus cincuenta azotes.
En una
época en que se había adoptado la costumbre de “juntarse en los portales mezcla
de individuos de ambos sexos”, a pretexto de compras en los baratillos, y
valiéndose de la obscuridad, “al par que entraban el paso de las calles,
valiéndose de la confusión, daban en expendio especies hurtadas o de mala
calidad, con engaño de compradores”; el Bando de Buen Gobierno corrigió también
este abuso y prohibió la venta “de obras de zapatería, tejidos u otras
manufacturas, efectos o prendas desde el Ave María para adelante”. Para
prevenir los robos que se hacían en las casas, se prohibió, además, a los
“baratilleros”, que compraran “o conchavaran plata, ropa o utensilios de casa a
los hijos de familia, sirvientes o esclavos”.
En el
Bando de Buen Gobierno del Marqués de Obando, al mismo tiempo que se
confirmaron las disposiciones del Presidente Manso de Velasco, se agregaron las
siguientes:
“que
nadie sea osado cantar en las calles, paseos, cuartos y sitios públicos, coplas
deshonestas, satíricas o mal sonantes, ni se tuviesen bailes provocativos”.
A los
médicos y cirujanos se les ordenó dar cuenta por carta al Gobierno del
fallecimiento de cualquiera persona, por enfermedad contagiosa “o ética”, para
que se mandase quemar las ropas y muebles contaminados; ha de saberse, por lo
demás, que entonces había la costumbre de arrojar a la vía pública los trapos,
colchones, catres, tablas y utensilios de los que morían de enfermedades de
esta especie, los cuales eran recogidos por los pobres, para su uso personal o
para hacer con ellos ropas o “trastes” que luego vendían en la recova.
El
Presidente Ortiz de Rosas, Conde de Poblaciones, agregó en su Bando una
disposición que ya se quisieran hoy los “caseros” o dueños de casas de
arriendo. “Nadie debe recibir o dar posada dentro de su casa ni en cuartos de
alquiler, a individuo alguno de cualquier sexo que no manifieste papel de dueño
de la casa en que vivió, donde asegurase su buen porte y conducta, y no deberle
cantidad alguna”. La misma “razón” estaban obligados a exigir de los anteriores
patrones, los que admitiesen a su servicio, criados o peones, so pena de
hacerse responsables de los daños que éstos ocasionaran.
Diez años
más tarde, el Gobernador Amat y Junient, que les tenía “tiria catalana” a los
jesuitas, en cuyo templo tenían su asiento varias cofradías penitenciales de
artesanos, zambos y mulatos, muchos de los cuales salían “de a caballo”
vestidos de “cucuruchos”, en las fiestas de Semana Santa, dispuso, para
“apretarles la mano”, que ninguna persona se atreviese a salir por las calles
montada en caballerías los días de la Semana Santa, a las horas de las
procesiones, para evitar averías, entrar a las iglesias, ni incorporarse a las
procesiones, vestida con traje de penitente, aspado, o cargado de cruces ni de
otra manera de penitencia pública, que sólo servía para intimidar a los niños y
mujeres y causar bullicio y fomentar designios delincuentes”.
Algún
“malalengua” dijo que Amat había dado esta disposición aconsejado por los
frailes dominicos, de quienes era grande amigo, los cuales mantenían con los
jesuitas un áspero entrevero, que duraba ya algunas decenas de años; dio margen
a este chisme el hecho de que una semana después de las celebraciones de la
Semana Santa de ese año, apareciera un pasquín pegado en la portería de los
jesuitas y en las cuatro esquinas de la Plaza, que contenía solamente estas
palabras “escritas con redondillo”: Si cum jesuitis itis, nunquam
cum Jesu itis.
Que este
pasquín se lo atribuyeron a los frailes dominicos no hay duda, porque, al
domingo siguiente, apareció otro pasquín, pegado también en las cuatro esquinas
de la Plaza, pero ahora en la portería de Sonto Domingo, que decía, parodiando
al anterior: Si cum dominicanis canis, nunquam cum Domino canist.
No se
necesita ser latinista para entender el significado de ambos panfletos, que se
atribuyeron el uno, al jesuita Diego Cordero, y el otro al dominicano fray
Jacinto Fuenzalida.
Para
terminar, por ahora, esta desaliñada crónica, voy a dar a conocer una
disposición agregada al Bando de Buen Gobierno del Presidente don Antonio Guill
y Gonzaga, la cual dará idea de los puntos que calzaba este pariente de San
Luis de Gonzaga, en su propósito de conservar la moral pública y las buenas
costumbres:
“Mando
que los casados que estuvieren en cualquier lugar del reyno, se restituyan
prontamente al domicilio de sus mujeres, a vivir con ellas y hacer vida
maridable, en el término de un mes, con apercibimiento de que, al no hacerlo,
serán arrestados y remitidos con escolta a su costa bajo partida de registro
los destinados a países ultramarinos, a menos que comprueben ser comerciantes
que viajan con permiso de sus mujeres, cual deben exhibir los agentes de Su
Majestad”.
¡Qué gran
gobernante era don Antonio Guill... ¿No, señoras?
Referiré
en otra oportunidad, otras disposiciones curiosas de los Bandos de Buen
Gobierno.
§ 3. El
primer incendio de la Catedral
(1769)
Cerca de
la medianoche del martes 22 de diciembre de 1769, hace de esto ciento cincuenta
y cinco años, la única campana que había quedado en servicio en la Catedral —
después del terremoto que en 1751 derrumbó la torre— lanzaba sobre la dormida
ciudad de Santiago sus más angustiados tañidos, haciendo que sus habitantes se
arrojaran apresuradamente del lecho para asomarse a las ventanas e inquirir la
causa de tan extraño e intempestivo llamado. Casi al mismo tiempo, la aguda voz
del “zambo Francisco”, que desempeñaba las importantes funciones de sereno,
resonaba en una y otra calle avisando a gritos que la iglesia de la Catedral
estaba incendiándose. Antes de cinco minutos las campanas de todas las iglesias
tañían lúgubremente y la mayoría de la población masculina, y mucha femenina se
situaba en la Plaza Mayor para presenciar, anonadada, el terrible espectáculo
que ofrecían las siniestras llamas destructoras del grandioso templo que el
santo obispo don Manuel de Alday y Aspée estaba reedificando casi a su costa,
después del espantoso terremoto de veinte años antes.
Uno de
los primeros en concurrir al siniestro fue el Presidente interino, don Juan de
Balmaceda y Zenzano, a pesar de que por su avanzada edad era una imprudencia
para él abandonar el lecho a esa hora. Junto con el corregidor don Mateo de
Toro Zambrano y con el Alcalde don José Miguel de Prado, trataron de domina el
fuego haciendo que se llevara agua en baldes desde la pila de la plaza, para lo
cual en pocos instantes se juntó un centenar de personas provistas de esos
elementos; pero el incendio había tomado tanto cuerpo, debido a un fuerte
viento, de travesía, que ya era imposible y aun peligroso acercarse a la
hoguera, la cual, por otra parte, había prendido con mayor vigor en la
techumbre. Además, la pila se agotó y no dio más agua.
No tardó
en llegar a la plaza el buen obispo, acompañado del canónigo don José Antonio
Errázuriz, del licenciado Bravo de Naveda y de otras personas. Al ver su
Catedral envuelta en llamas, sus más caros esfuerzos perdidos, y destruido el
ideal que soñaba realizar antes de su muerte, cual era de inaugurar el templo
diocesano, el prelado cayó de rodillas y ocultando el rostro entre las manos,
lloró.
En estos
momentos, un formidable estruendo retumbó en los ámbitos de la plaza, seguido
de un grito de la muchedumbre; el maderamen de la nave central habíase hundido
con estrépito, arrastrando tras de sí todo el andamiaje; minutos más tarde, una
inmensa hoguera enrojecía las escuetas murallas de piedra que el Presidente
Ortiz de Rozas había estimado necesario levantar para el sostén de la recia
techumbre de cedro de La Dehesa.
De pronto
resuena un grito de angustia o de esperanza: ¡la Virgen de Dolores! ¡La Virgen
de Dolores! clama una parte primero, y después toda la multitud. Por en medio
de las llamas y del humo, hase divisado, enhiesta aun sobre el altar, la imagen
de María, cuya veneración había particularizado el santo Obispo Alday ante la
devota sociedad de ese templo. El prelado alza sus manos hacia la hoguera,
incorporándose valientemente, y lánzase hacia la puerta del templo en actitud
de penetrar a él para salvar la imagen. Síguelo la multitud inconsciente del
peligro, pero detiénese al sentir en sus rostros el ardor de las llamas que
retuestan los dinteles de piedra. Dos hombres, sin embargo, no retroceden;
cubriéndose la cara con sus vestidos, penetran impertérritos en el templo y
desaparecen de la vista de los consternados espectadores. El prelado y los que
lo rodean échanse al suelo, de rodillas, a orar por, esos «héroes que luego
serán mártires de su ingenua fe.
Las luces
de la mañana del 23 de diciembre, encontraron a los habitantes de Santiago
reunidos aún delante de su destruido templo, contemplando, impotentes, cómo
iban convirtiéndose en cenizas todos los elementos que la abnegación del
Prelado y la devoción de su grey habían reunido, durante quince años, para
levantar un templo digno, por su magnitud, de ser el primero en él Reino de
Chile.
Apagada
por sí sola la hoguera, los devotos entraron al recinto para remover los
escombros y ver si había algo que recoger entre las cenizas. La imagen de la
Virgen de los Dolores estaba en el suelo, cerca de su altar; “los cuerpos de
sus salvadores fueron hallados, uno a cierta distancia y el otro al lado de la
puerta del costado, con muchas quemaduras y golpes de las vigas que caían. Se
reconoció el cuerpo de un lego de Santo Domingo, llamado Benedicto; el otro
cuerpo parece que era el de un inquilino de Pérez Uriondo, que había venido de
Paine esa noche, y que no apareció”.
El templo
que fue destruido en el incendio del 22 de diciembre de 1760 era de
construcción nueva y estaba inconcluso. El anterior había sido inaugurado un
siglo antes, en 1670, y era de ladrillo; su tamaño era más o menos la mitad del
actual y estaba ubicado de norte a sur, es decir, con su puerta de entrada por
la calle de la Catedral, siendo éste el origen del nombre de esta calle.
El
terremoto de 1751 había derrumbado su torre, y tanto por este motivo como
porque el templo estaba ya muy viejo y deteriorado, el Presidente Ortiz de
Rozas y el Obispo Alday, que se hizo cargo de la Diócesis en 1755, se empeñaron
en reconstruir el templo, dándole la grandiosidad que a juicio de ellos
requería la capital del reino de Chile.
Su
primera gestión se encaminó a hacer el frente hacia la plaza Mayor para darle
la extensión necesaria, adquirieron el solar que daba a la calle de Bandera y
que pertenecía a la familia Núñez de Pineda y Bascuñán, habiendo sido su
primitivo dueño el Licenciado Francisco Pastene, hijo de Juan Bautista Pastene.
Adquirido el solar, se empezó la construcción de la nueva Catedral por la calle
de la Bandera. Los trabajos marcharon muy lentamente, por falta de dinero en la
Caja real. Para obviar este inconveniente, el Obispo Alday destinó cinco mil
pesos anuales de su sueldo; los canónigos contribuían con cerca de diez mil
pesos y los particulares nunca dieron menos de veinticinco mil. El costo total
de la obra se calculó en cerca de cuatrocientos mil pesos. Las solas murallas
de piedra de sillería, que son las que actualmente tiene la Catedral, costaron
ciento ochenta mil pesos.
Destruida
la Catedral, el Obispo Alday tomó posesión del templo de la Compañía, situado,
como se sabe, donde hoy están los jardines del Congreso.
Los
jesuitas habían sido expulsados de Chile y de todas las posesiones españolas de
América dos años antes, es decir en 1767, y todas sus propiedades estaban en
poder de los representantes de la Corona. El Presidente interino de Chile, don
Juan de Balmaceda, no tuvo inconveniente alguno en entregar provisionalmente el
expresado templo de los jesuitas al Cabildo Eclesiástico para que se
constituyera allí la iglesia Catedral; mientras subsistía la falta de sede
episcopal, “y hasta que su Majestad proveyese”.
Al tener
conocimiento el Soberano de la desgracia ocurrida en Santiago, no sólo aprobó
lo obrado por Balmaceda, sino que ordenó al nuevo Presidente, don Agustín de
Jáuregui, que diera todo el impulso posible a la reconstrucción del templo; de
tal manera cumplió la orden el Presidente, que el 8 de diciembre de 1775, es
decir, a los seis años, se inauguraba solemnemente la mitad posterior de la
nueva Catedral, esto es la parte que daba a la calle Bandera, haciéndose allí
el servicio religioso hasta la terminación de la obra, según los planos que más
tarde hizo el sabio arquitecto italiano Joaquín Toesca.
§ 4. Las
brujas que se robaron a Teresita Armijo
(1769)
La hija
menor del capitán de caballos ligeros lanzas, de] Regimiento de Pardos, don
Tomás Armijo de Monteverde, era por los años de 1769 un pimpollo que tenía
locos a los galanes santiaguinos que, a la hora del paseo, lucían su garbo
“vestidos” a la francesa, por debajo de los portales de Sierra Bella, a los
cuales concurrían diariamente, como lo hacen hoy, las niñas y jóvenes
desocupados y en estado de merecer. Parece que el “pololeo” colonial no se
diferenciaba mucho del pololeo republicano y moderno.
Teresita
Armijo, a los diecisiete años, y en pleno régimen monárquico, era una
revolucionaria más peligrosa que el “mocho Clavería”, lego franciscano de quien
dijo el guardián Fray Melchor Martínez que era capaz de soliviantar a la
comunidad “punteando una vihuela”. Aparecía la chiquilla por el extremo de la
calle del Reyno, hoy del Estado, penetraba por el portal acompañada de la
“ñaña” o de la chinita “de la alfombra”, y como por ensalmo, se agrupaba la
turba! de galanes para abrirle calle y para apropiarse ávidamente las miradas
incendiarias que ella cuidaba de arrojar, de cuando en cuando, y con evidente
perfidia sobre sus achicharrados admiradores.
Con
motivos o sin ellos, había un mozo que sé daba el postín de ser el preferido de
la coquetuela; tal vez era solamente el más audaz; pero es el hecho que poco a
poco la pollería portalera le fue cediendo el campo y llegó el día en que se
corrió la voz de que Teresita pelaba la pava, casi todas las noches a través de
la reja de su ventana, con el afortunado Javier Álvarez de Ureta, que tal era
el nombre de uno de los mozos más calaveras y pendencieros de su tiempo.
No tardó
en llegar esta noticia, aumentada y corregida, a oídos de la familia de la
interesada, cuya mamá — en ausencia del capitán Armijo, que estaba al frente de
su compañía en la interminable y monótona guerra de Arauco— comisionó a su
sobrino Antonio Cano y Hormazábal para que verificara el hecho, rondando
durante algunas noches por frente a las ventanas de la muchacha, sorprendiera
al atrevido galán y le aplicara un soplamocos o un cintarazo, según fuera lo
conveniente. Cano era uno de los pretendientes oficiales de Teresita.
Pasaron
noches hasta cuatro, sin novedad; pero al aclarar el día de la quinta ronda,
los criados del capitán Armijo encontraron en la calle, frente á la casa de su
amo, el cadáver del infortunado don Antonio Cano atravesado de parte a parte
por una diestra y firme estocada.
Nadie
puso en duda, pero sin atreverse a afirmarlo, que el autor de la mortal herida
había sido Javier Álvarez.
El
escándalo que produjo la muerte alevosa del joven Cano de Hormazábal y las
circunstancias que la rodearon, hicieron que el corregidor de Santiago, don
Mateo de Toro Zambrano, a instancias de la Real Audiencia y por especial
petición de los padres del occiso, tomaran ciertas medidas de “buen gobierno”,
que fueron prontamente puestas en práctica. Esas medidas fueron que el presunto
hechor, á quien nada se le pudo probar — “no se acercase por ningún pretexto a
menos de cuatro cuadras en contorno de la casa del susodicho capitán Armijo; y
que cesase en absoluto de sus paseos nocturnos”— bajo pena de multa y prisión,
y que “el susodicho capitán Armijo retirase por algún tiempo su hija al campo o
al monasterio que fuese de su mejor agriado”. Como se ve, la sentencia del
corregidor y futuro Conde de la Conquista fue más “pilatúnica” que
“salomónica”.
Pasaron
semanas y meses, y cuando ya nadie se acordaba de los vivos ni del muerto, el
capitán Armijo creyó innecesario mantener por más tiempo alejada de la capital
a la bella causante del drama de la calle de la Merced, pues allí, a dos
cuadras de la plaza, había ocurrido la tragedia; pero todo fue que Teresita
llegara a Santiago para que el porfiado y terrible galán apareciera también en
los portales y sobre todo en el “salón de trucos” — así se llamaba un café con
billar que regentaba y servía el mulato Francisco Ulloa en la primera cuadra de
la calle de Ahumada.
La
presencia de Javier Álvarez de Ureta en éste y otros centros de “disipación y
escándalo”, puso en alarma al capitán Armijo, y esa alarma se convirtió en
profunda inquietud cuando a los tres días de estar Teresita en Santiago le fue
encontrada, debajo del colchón, esta carta que copiamos con su ortografía
original:
“Querida
terecita de mi corazón: El gusto de saber que estoy tan cerca de Ti no me deja
desirte lo que mi corazón Siente, ya que tu no has querido darme el contento de
participármelo. Me alegraré de verte mañana en la misa de once en el sitio de
siempre; Dios nos ayude en esta ocasión para que no sea lo pasado, ya que he
sido un David en lo perseguido, no sea que ahora sea un Alberto Mano en las
hazañas que voy a hacer si me mandan a Penco. Estraño no me hallas escrito
ahora, pero mal digo, adiós ingrata. Tu mas fino amante que de corazón te
estima Y atravesado, en una cara blanca del papel, esta frase por demás
sugestiva: Te espejo mañana en la noche”.
Inútil
será decir que el capitán encerró a Teresita bajo siete llaves en el último
patio de la casa que daba a la mitad de la cuadra comprendida entre las calles
de la Merced y Monjitas, por la de las Claras, y que para más seguridad le puso
de vigilante a un negro y una negra, antiguos y viejos sirvientes de su
confianza. Hecho esto fue a buscar al Corregidor don Mateo » de Toro y lo
impuso de la gravedad del caso.
Don Mateo
sacó su tabaquera de oro y plata, regalo del Presidente Guill y Gonzaga, cuando
lo nombró Corregidor, y de la cual no se separó jamás, llamó a su escribano y
le dictó el. siguiente auto: “Y para que cese todo perjuicio, se quite de raíz
todo inconveniente y de todo punto cese el orgullo y se eviten otras fatales
consecuencias posteriores, mando que habiendo navíos en el puerto de
Valparaíso, salga extrañado dicho don Javier Álvarez de Ureta perpetuamente
fuera del Reyno, notificándole que por pretexto alguno vuelva a él y que en el
acto de esta notificación salga desterrado para dicho puerto de Valparaíso, con
encargo particular al señor Gobernador del, para que su señoría le haga salir
en el primer navío”.
Había
sonado la “queda” cuando el capitán Armijo salió de la casa del Corregidor con
su orden de prisión en la faltriquera, dispuesto a hacerla cumplir en aclarando
el día siguiente. Al llegar a su casa, encontróse con que toda ella estaba en
alarma; su mujer, doña Ana Josefa Machado, víctima de un ataque, yacía en el
lecho, con los dientes apretados, y “sin habla”, rodeada de su servidumbre; sus
dos hijas, dando gritos histéricos, clamaban la protección del cielo y otros
sirvientes, medio muertos de pavor en un rincón, señalaban hacia el último
patio
El
capitán tuvo una sospecha terrible; atravesó a la carrera la “cuadra” y el
jardín, y encontró, frente a la puerta abierta de la pieza donde había
encerrado a Teresita, a los dos viejos sirvientes amarrados a la espalda y
echando espumarajos por la boca. — ¿Qué ha pasado aquí? ¡Vive Cristo! — gritó
el capitán.
— Tres...
brujas... se han robado... a la amita... — contestaron los infelices negros, y
se echaron a gemir.
Ni Javier
Álvarez ni Teresita Armijo fueron habidos nunca jamás, a pesar de todas, las
diligencias del capitán y de los “autos” perentorios del Corregidor.
§ 5. El
ánima en pena
(1770)
Habían
transcurrido unos tres años, más o menos, desde que el benemérito vecino de
Santiago don Manuel Jerónimo de Salas y Puerta, fundara de su peculio el
enterratorio de pobres y de ajusticiados, que llamó de la Caridad, sin que el
vecindario sintiera los efectos sobrenaturales de tan espeluznante cercanía...
Me refiero a los temores que ciertos vecinos del cementerio manifestaron desde
que el fundador adquirió el sitio de la actual calle de 21 de Mayo para
dedicarlo al piadoso objeto de cumplir la postrera de las obras de
misericordia, con los despojos de los infelices que no tenían dónde caerse
muertos.
Estos
temores eran bastante fundados; antaño, los que “fallescían desta vida”
tenían la fea costumbre de salir a “penar”, especialmente los que en su paso
por este valle de lágrimas habían sido malas personas, y malísimas habrían de
ser las que tuvieran que ser arrojadas en el “hoyo” de ocho varas de largo,
cuatro de ancho y cinco de fondo que don Manuel Jerónimo había mandado “labrar”
en el centro del sitio, detrás de la modestísima capilla en donde el padre
franciscano fray Torcuato Meneses rezó durante veinte años una misa semanal por
las pecadoras almas de los que allí pudrían sus no menos pecadores cuerpos.
Cuando
don Manuel Jerónimo hizo público su propósito de adquirir el Solar de la calle
del Contador Antonio de Azócar, que tal era el nombre que tenía a principios
del siglo XVIII la actual calle de 21 de Mayo, para dedicarlo a cementerio de
pobres, sus amigos y convecinos le hicieron ver los graves inconvenientes que
tenía la instalación de un cementerio de esa calaña a cuadra y media de la
plaza mayor, y en sitio que estaba edificado por todos sus contornos.
— No toma
en cuenta vuestra merced — habíale dicho don Gregorio Venegas y Carrillo,
estimable personaje de origen peruano-andaluz, y por ende exagerado— que el
vecindario habrá de verse molestado continuamente con las “penas” de los
ajusticiados que allí se enterrarán; yo conocí en Lima, mi patria, el caso de
una señora que se volvió loca por causa de haberse ido a vivir en una casa
donde habían enterrado, a un sujeto, muerto, después de una riña, por aquella
monja alférez llamada Catalina de Erauzo...
—
¡Vuestra merced no representa los ciento veinte años que ha tenido que vivir
para conocer, como dice, el caso ése! — contestó don Manuel Jerónimo con cierto
tonito que molestó a su interpelante.
Reparó
don Gregorio que había dicho una barbaridad anacrónica, en su deseo de dar
visos de verdad a su cuento, pero como no era hombre de quedarse callado y con
la espina, agregó:
— No
sería la monja alférez la que mató al otro, pero el hecho me consta porque la
señora era mi tía abuela y murió loca; y sepa vuestra merced, mi señor don
Jerónimo, que muchos vecinos y yo (con ellos, nos iremos donde el ilustrísimo
Obispo don Alonso del Pozo y Silva, para rogarle que no le dé a vuestra merced
licencia para que ponga en ese sitio el cementerio de los ahorcados.
—
Cuídese, vuestra merced — contestó sonriente el caritativo caballero; de que no
le vaya a penar el ánima del primer infeliz que vaya a caer a la fosa, pues yo
he oído decir que esa gente es vengativa; y lo mejor será que no estorben
vuestras mercedes la realización de una obra cristiana, porque a todos les
pueden alcanzar las “penas” de ese prójimo nuestro que será el primero en pagar
sus culpas en manos del Corregidor don Juan de la Cerda, que está loco por
estrenar el cementerio.
Muchas
fueron las influencias que se ejercitaron ante el Obispo del Pozo para que
negara la licencia canónica, pero el prelado las desechó todas, inclusa la del
oidor decano — ya era mucho desechar— y así fue como, una vez tapiado y bendito
el nuevo camposanto, que recibió el nombre de “la Caridad”, fue enterrado allí
el primer ahorcado, que fue el bandido Juan Córdoba, “robador y matador de
hombres, mujeres, e un lego dominico”, a quien el Corregidor de la Cerda colgó
de la horca, muy a gusto, por cuanto el pícaro le había dado malísimos tratos
en sus correrías por Apoquindo, Ñuñoa, y aun en el centro mismo de la ciudad.
Por
cierto que no se figuró jamás el cuatrero Juan Córdoba que iba a ser sepultado
con tanta solemnidad; si alguna vez pensó en que le era muy posible acabar sus
agitados días cimbrándose en el “palo negro”, siempre se figuró que debería
permanecer dos o tres días botado en el santo suelo frente a la cárcel, para
escarmiento, hasta que la cofradía de San Benito lo llevara alguna noche en un
saco hasta las tapias del cementerio del hospital San Juan de Dios, situado en
pleno campo eriazo y yermo, que tal era el sitio en donde se arrojaban los
miserables despojos de los ajusticiados. Este cementerio estaba situado “a los
pies” del huerto del susodicho Hospital, a la altura en donde queda actualmente
la conjunción de las calles de Santa Rosa y Diez de Julio, y estaba destinado
para los que fallecían hospitalizados: era el “cementerio de pobres”; los
ajusticiados no eran sepultados dentro de sus tapias sino al lado de afuera, y
siempre que el “panteonero” se descuidaba en impedirlo; por esto era que la
Cofradía de San Benito hacía estos entierros siempre de noche, hasta que cierto
panteonero caritativo o codicioso, ideó el modo de “hacerse el desentendido”
mediante el pago de dos reales por cada muerto.
Para el
entierro del primer ocupante de la Caridad, se hizo toda una ceremonia; aunque
los dominicos estaban afectados por el asesinato de su lego, quisieron dar una
pública demostración de perdón hacia el matador, y no sólo acompañaron el
cadáver desde la horca al cementerio, sino que llevaron su obsequiosidad hasta
decir una misa en la aun no terminada capilla, por el descanso y perdón de
aquella alma descarriada. Tanto a la traslación del cadáver, cuanto a la misa,
asistieron, numerosísimas personas, todas las cuales ganaron los cien días de
indulgencia que el Obispo tuvo a bien, conceder a los que concurriesen a tan
piadosa demostración de caridad. Repito que Córdoba no se imaginó jamás que su
sepelio iba a ser tan concurrido y solemne.
Don
Gregorio Venegas y Carrillo, con sus compinches enemigos del enterratorio de la
Caridad, al verse derrotados en sus pretensiones, resolvieron adherir a los
vencedores, más por miedo que por otra cosa; la respuesta que había dado en un
principio don Manuel Jerónimo de Salas se había hecho pública y cada cual temía
la venganza del ahorcado, máxime cuando el bárbaro había rehusado con soberbia
los últimos auxilios de la religión. Tenían por cierto que si no la misma
primera noche, no pasaría la tercera sin que su ánima saliera de los profundos
infiernos en donde seguramente estaba, para “penarles” largo y parejo.
Muchos de
los afectados, si no todos, se pasaron esas primeras noches rezando el rosario
y tapados hasta la coronilla con las “cubijas” de la cama y si durmieron o no,
sólo hubieran podido decirlo sus cónyuges; pero el ánima de Córdoba se portó
tan decente, que ninguno de ellos tuvo la menor queja ni en los primeros, ni
décimos ni centésimos días, hasta que ya le perdieron el miedo del todo y
dejaron de rezar el rosario. Es posible que don Gregorio declarara, por fin,
que esto de las “penaduras” de ánimas eran cuentos de chicos o de pusilánimes.
Y pasaron
años, hasta tres, sin que nadie se acordara ya del pobre ahorcado, ni siquiera
para decirle “¡que te pudras!”; el mismo don Gregorio se daba el lujo de pasar
de noche y después de la queda por frente a la Caridad sin el menor recelo, y
si bien no olvidaba jamás decir una jaculatoria en memoria de los que allí
descansaban en sueño enterno, nunca su mente creó un recuerdo especial para el
infeliz por quien estuvo rezando rosario tras rosario de puro miedo. Pero una
noche que volvió a su casa algo tarde, casi por el filo de la media, se terció
en una conversación viva y sostenida con sus acompañantes, don Pedro de la
Orden y don Tomás de Azúa, y argumentos van y argumentos vienen, don Gregorio
pasó frente a la Caridad, olvidó el decir su acostumbrada oración; llegó a su
casa, penetró, alumbrándose con el farolillo, y se metió en su alcoba cerrando
tras de sí la puerta con la gruesa tranca de palo de luma, que no podía faltar
en el rincón. A los pocos minutos don Gregorio estiraba los talones por entre las
sábanas y se abandonaba en los preliminares bostezos de a jeme con que
acostumbraba llamar al sueño.
En uno de
esos pestañeos perezosos que acusan la inconsciencia del trance, don Gregorio
notó que no había apagado la vela.
Incorporóse
sobre sus ancas y volteó la cabeza hacia el taburete velador; estiró los morros
para vaciar con toda la energía de que era capaz la copucha que tenía inflada
con sus mofletes y para darles dirección eficaz y definitiva, entreabrió los
párpados soñolientos y pesados...
El dedo
de una mano descamada y amarilla apuntaba hacia la llama de la vela y aun
tocaba su falange extrema la punta misma de la pavesa ardiente; el dedo, la
mano y casi todo el brazo esquelético conservábanse inmóviles a la altura de un
cuerpo normal que se esfumaba en la sombra o en los velos negros que al parecer
caían desde las vigas del aposento. Don Gregorio clavó sus pupilas agrandadas y
salientes en ese maldito dedo incombusto, mientras sentía que su frente, su
pecho, todo su cuerpo se humedecía y enfriaba por punta y punta. Quiso gritar,
y su voz murió al nacer; quiso darse vuelta para el rincón y sus miembros no
obedecieron al repetido esfuerzo de sus músculos; quiso soplar la vela y se le
había acabado el viento; optó por desplomarse sobre la almohada y en un rapto
supremo, tiró de las “cubijas” y se cubrió el rostro.
Apenas se
creyó libre — como el avestruz por haber escondido la cabeza— su pensamiento se
arrojó sobre aquel maldito ahorcado Juan Córdoba, que lo tuviera en jaque a
raíz de su muerte, y a quien había olvidado en sus oraciones hacía tanto
tiempo. Las promesas que in mente le hizo en aquellos angustiosos instantes y
las oraciones y jaculatorias que inició para empezar a cumplirlas, fueron tan
numerosas, que se sintió aliviado por un momento y tentó descubrirse el rostro
para mirar con el “rabillo” del izquierdo hacia la maldita vela y el maldito
dedo incombustible.
Pero
cuando inició el movimiento lentísimo de retirar la “frezada” sintió que la
ropa se levantaba sola y que sus garras eran impotentes para retenerla; a poco
vio que la mano sarmentosa empuñaba todas las “cubijas” y las echaba hacia
atrás, dejándolo completamente descubierto y en paños menores; al mismo tiempo,
un impulso irresistible obligaba a don Gregorio a echar los pies fuera del
lecho, a incorporarse, y a dirigirse a la puerta; la mano huesosa y el dedo
estirado iban adelante de él, mostrándole el camino.
La tranca
saltó sola, la puerta se abrió sola, y el portón se abrió solo... Don Gregorio,
llevando por delante la maldita mano encontróse en la calle y caminando hacia
la Caridad; llevado por el mismo impulso que lo arrastrara a salir de su
aposento y a lanzarse a la calle, don Gregorio se arrodilló frente al portón
del cementerio, puso sus brazos en cruz, pronunció la jaculatoria que había
olvidado rezar esa misma noche, y cayó de bruces.
El
“sereno” que cantó las dos de la madrugada en la esquina de la plazuela de
Santo Domingo, encontró, minutos más tarde, el cuerpo yerto de don Gregorio
Venegas y Carrillo; en su desvarío, que duró dos días, sólo pronunciaba
insistentemente estas palabras: ¡Juan Córdoba... me salió a “penar”!
Tres
horas antes de morir, don Gregorio recobró la lucidez de su mente, dictó su
testamento, y dispuso que sus despojos fueran sepultados en el templo de Santo
Domingo, “mirando” a la Caridad.
§ 6.
Parlamentos “Embajadores” de Arauco
(1771)
Los
numerosos “parlamentos” que los gobernadores del Reino de Chile celebraron con
los indios araucanos para inducirlos a aceptar la paz, o sea, la sumisión más o
menos incondicional a la autoridad del rey de España, no tuvieron jamás un
éxito apreciable, a pesar de que “el fisco de Su Majestad" invertía en
ellos buena cantidad de dinero en “banquetear", durante diez o quince
días, a los caciques y mocetones, cuyo número ascendió a veces a más de cuatro
mil individuos — como en el parlamento de Negrete— y en los ostentosos regalos
de ropa, utensilios y “vitualla”, que era de obligación ofrecer a los
asistentes.
La
costumbre de hacer estos parlamentos fue iniciada por el Conquistador Valdivia
y puede considerarse como el primero de la larga serie, la asamblea que este
capitán celebró con los indios mapochinos a su llegada a este valle, antes de
decidirse a fundar en él nuestra ciudad de Santiago, para explicarles a sus
habitantes el objeto de su venida a Chile. En este parlamento, al que
asistieron humildemente, el señor de la tierra, Michimalonco, y el
representante del Inca, de quien los chilenos eran tributarios, Vitacura, los
indios oyeron tranquilos esa explicación y se sometieron a sus nuevos señores.
Esta sumisión, como, ya se sabe, era sólo aparente.
A pesar
de este fracaso, que fue sangriento, el mismo Valdivia celebró dos parlamentos
más: uno en Concepción y otro en Imperial, antes de fundar esas ciudades; estas
asambleas fueron también inútiles, a pesar de las protestas de amistad que
recibía de los caciques reunidos; él mismo experimentó, rindiendo su vida, la
ineficacia de estos tratados “internacionales”.
Los
gobernadores que sucedieron a Pedro de Valdivia, durante cincuenta años,
abandonaron el sistema de pacificación por medio de parlamentos, convencidos de
su inutilidad; pero los inició nuevamente el gobernador García Ramón a
principios del siglo XVII, a insinuación del jesuita Luis de Valdivia, quien
por orden del Rey celebró uno, muy numeroso, en los alrededores de Concepción,
el domingo 20 de marzo eje 1605, en el cual se hizo saber a los araucanos que
Su Majestad los declaraba libres del trabajo personal a que estaban obligados
hasta entonces, substituyéndolo por un impuesto o tributo pagadero en dinero...
Por
cierto que ese parlamento y los treinta y tres más que se celebraron en las
diferentes regiones de Arauco durante ese siglo, tuvieron el mismo resultado
que los tres primeros celebrados por Pedro de Valdivia; los mañosos
descendientes de Lautaro y Colocolo, asistían entusiasmados a las aparatosas
reuniones, prometían cuanto se les pedía, aclamaban bulliciosamente a Su
Majestad, a su señoría el gobernador y hasta el último teniente, comían hasta
hartarse durante ocho o quince días y bebían en proporción, y, por último, se
retiraban a sus tierras llevándose los regalos y obsequios que era de regla se
les hiciese en recuerdo de “las paces” y en nombre del soberano español. Al año
siguiente la guerra empezaba con el mismo fervor de antes.
Los
parlamentos continuaron celebrándose en el siglo XVIII con el mismo entusiasmo
por parte de los araucanos; pero los gobernadores y especialmente los militares
que sostenían la guerra en la frontera, habían perdido ya la confianza en su
eficacia; si continuaban con esa costumbre, era sólo por cumplir las
terminantes órdenes del Rey, quien, a instancias de los misioneros, había
dispuesto la “conquista pacífica de los indios chilenos”.
Al
hacerse cargo de la gobernación de Chile el Presidente don Manuel de Amat y
Junient, gentilhombre de Cámara, Casa y Boca de Su Majestad, Caballero de San
Juan y Comendador de la Real y Distinguida Orden de San Jenaro, en 1755, inició
su campaña de la frontera con un parlamento que celebró en el Salto del Laja,
exigiendo que asistiera a él en persona el toqui general de los araucanos, que
era el famoso Vilumilla, célebre en los anales de la guerra, tanto por su
valentía como por su experiencia, seriedad en sus tratos y condiciones de
gobernante y caudillo. Los indios que negociaron la celebración del parlamento
del Laja, prometieron que asistiría el toqui general, y así quedó acordado;
pero fue el caso de que Vilumilla no aceptó el convenio de sus representantes y
el orgulloso gobernador Amat se tiró una soberbia plancha creyendo que iba a
encontrarse allí mano a mano con el prestigioso soberano de Arauco, a quien
pretendía deslumbrar con la brillante escolta y aparato de que se rodeó.
El
parlamento del 13 de diciembre de 1755, fue muy corto, pues duró solamente dos
días; el gobernador Amat y Junient se retiró disgustado a Concepción y luego a
Santiago, prometiendo no concurrir más a tales parlamentos, y renegando
interiormente de los frailes misioneros que eran los que fomentaban esas
reuniones e influían en el monarca español para que las ordenase. Sin embargo,
por orden expresa del Rey, tuvo que celebrar un segundo parlamento en
Concepción, en enero de 1759, y aun un tercero, en febrero del 1760; pero
este último lo hizo reunirse en la misma capital de Chile, en su propio palacio
frente a la Plaza, adonde entraron socarronamente treinta caciques venidos de
Arauco, obsequiosamente atendidos durante el trayecto por numerosa escolta.
Arregladas las nuevas paces, ante notario, y recibidos los consabidos regalos,
los indios regresaron a sus tierras para preparar la campaña del año siguiente.
El
ejemplo del gobernador Amat fue imitado diez años más tarde por su sucesor el
Presidente don Francisco Javier de Morales y Castejón, que no se limitó a traer
a Santiago treinta caciques y otros tantos mocetones, sino que hizo venir 42,
catorce capitanejos y 180 mocetones. Encabezaba esta numerosa comitiva el
cacique principal Lebián, caudillo de los pehuenches, que traía consigo a dos
de sus mujeres y una escolta especial de sus capitanes.
“El 28 de
enero de 1771 emprendieron la marcha hacia Santiago los caciques y mocetones
escoltados por la compañía de Dragones de la Reina, que mandaba el Capitán don
Domingo Álvarez, montada en buenos caballos, con armas, tambor y pífanos; hizo
caminar, a la vanguardia de la comitiva, a cuatro soldados con espada en mano;
y puestos los indios en buen orden en el centro, ocupaba la retaguardia con el
resto de la compañía, este lucido capitán, formándoles escolta. Detrás de la
compañía seguía el equipaje, el de los indios y el de los oficiales de las
compañías milicianas a cuyo cargo estaban los caballos de remuda necesarios
para los indios, que eran más de trescientos, y los comestibles para los
expresados”.
En esta
forma entraron en Santiago, el 11 de febrero, y fueron alojados en las casas de
la Ollería, propiedad de los jesuitas, propiedad que comprendía casi todo lo
que se llama hoy llano de Subercaseaux.
En
Santiago se habían hecho los más aparatosos aprestos para recibir a los indios.
El patio del palacio del Gobernador había sido cubierto con un toldo y
revestido de todos los adornos que se creyó más apropiados para impresionar a
esos bárbaros. A fondo se levantaba el dosel para el Gobernador, adornado con
el retrato del Rey Carlos III y en los lados se colocaron sillones y bancos
para la Real Audiencia, el Cabildo, las autoridades civiles y militares, las
órdenes religiosas y los vecinos de mayor consideración.
Al día
siguiente de la llegada de los caciques se realizó el parlamento; desde las
primeras horas de la mañana estuvieron sobre las armas todas las tropas y
milicias que había en la capital, formando filas de honor desde la Ollería
hasta el palacio. Los tambores y pífanos, dice una relación contemporánea,
anunciaban a los santiaguinos una fiesta nunca vista, y atraían hacia la plaza
a apretados grupos de curiosos de todas condiciones. A las ocho de la mañana
salieron los indios de su alojamiento, haciendo oír su desagradable música
de trutrucas (cornetas de madera) y penetraron por la calle
que es hoy de Ahumada, llegaron a Palacio, y tomaron asiento en los bancos que
se les tenía preparados, en medio de las salvas de artillería que se hacían en
la plaza.
Todo este
aparato, perfectamente inútil para el objeto que se perseguía, costó al erario
de Su Majestad 9,487 pesos y siete reales. Después de las promesas y regalos de
costumbre, los caciques, con Lebián y sus dos esposas a la cabeza, regresaron a
la frontera con la misma escolta de Dragones de la Reina.
No fue
esté el último parlamento que el Presidente Morales celebró en Santiago; tan
bien le pareció el primero, que en marzo del año siguiente hizo otro para
tratar con los araucanos sobre la regularización del comercio de la sal.
El
Presidente don Agustín de Jáuregui y Aldecoa, sucesor de Morales, vio que esto
de los parlamentos era de una perfecta inutilidad y que sólo servía para que
los indios cachazudos y socarrones se burlaran lindamente de las autoridades
españolas. Previas consultas con los oidores, los prelados, los cabildos, y en
general, con toda la gente de significación, quiso terminar con ellos en forma
paulatina. Para el caso, ideó un sistema que, si no daba desde el primer
momento los resultados apetecidos, por lo menos reducía enormemente los gastos
que cada parlamento ocasionaba al erario real.
El
sistema era pedir a los araucanos que en vez de venir en gran número a Santiago
o de reunirse en la frontera para tratar con las autoridades españolas,
eligieran cuatro caciques, “nombrándolos sus representantes para que se
quedaran a vivir en la capital del Reyno en calidad de Embajadores del Estado
Araucano, trayendo si quisiesen a su familia...”
No les
pareció muy bien a los indios esta reducción del número de los invitados; pero
como ya era cosa resuelta, no tuvieron sino que conformarse con lo dispuesto
por el Gobernador. El entonces teniente coronel don Ambrosio O’Higgins recibió
el encargo de traer a Santiago a los flamantes embajadores.
“Parece
inconcebible, dice Barros Arana, que aquellos gobernantes, que debían conocer
perfectamente la rudeza y las condiciones morales de los indios, llegaran a
creer que éstos pudiesen adaptarse a las instituciones creadas en los países
más adelantados, para conservar sus relaciones internacionales”
Los
embajadores fueron conducidos con gran pompa a Palacio, y allí el Gobernador
les hizo un discurso para ofrecerles la paz, reprocharles haberla turbado, y
explicarles las ventajas que les resultarían del establecimiento de tales
embajadores.
“Los
indios, por medio de intérpretes, contestaron que reconocían la utilidad y
conveniencia de los embajadores, que pedían perdón por sus pasados errores y
que, finalmente, juraban ser fieles vasallos del Rey, nuestro señor.”
Los
cuatro caciques que debían quedar en Santiago con el carácter de embajadores
recibieron un obsequio especial: el gobernador les colgó al cuello, por medio
de una cadena de plata, una medalla del mismo metal, que tenía la efigie del
Rey.
Los
tambores y pífanos resonaron en la plaza, junto con los estampidos del cañón,
cuando los embajadores asomaron su figura en las escalinatas del palacio de los
presidentes para dirigirse a sus alojamientos que estaban ubicados en el
cuartel de San Pablo, por en medio de una doble fila de guardias milicianas,
que al pasar los embajadores los saludaban con sus armas. No sabemos si los
cuatro embajadores trajeron sus esposas y familias; lo que sabemos es que los
caciques no duraron en Santiago más de tres meses, y que el primero que “se
fugó” hacia la frontera fue el llamado Antillanca.
Un año
más tarde, todos los embajadores de Arauco habían emigrado a sus tierras y ya
sólo por excepción venían algunos a presentar sus peticiones al Gobernador de
los gobernadores, no ya como “diplomáticos”, sino como humildes solicitantes.
Aunque
los parlamentos no se suprimieron del todo, ya su costumbre decayó; el
advenimiento de la república vino, por fin, a relegar a segundo término la
guerra de Arauco.
§ 7. Las
loterías de antaño
(1779)
Si
nuestros antepasados de los siglos anteriores a la Independencia no gozaban de
los beneficios que nos ha traído el régimen republicano y democrático, por lo
menos eran gobernados, generalmente, por individuos de sentido práctico que,
valiéndose de la amplia autoridad que ejercían, dictaban disposiciones y
mandatos que producían benéficos resultados para la comunidad.
Cuando un
Presidente, después de haberlo consultado con la almohada, resolvía dar una
nueva ley a sus gobernados, llamaba sencillamente a su escribano, lo hacía
garabatear el “mandamiento” que pocas horas más tarde se publicaba por bando en
las cuatro esquinas de la Plaza, con todas las solemnidades de estilo, y asunto
concluido. Si la ley salía mal, otro “mandamiento” y otro bando con las mismas
solemnidades dejaba las cosas como antes estaban, o peores que estaban; pero
todo se hacía ejecutivamente. ¡Qué pamplinas de Congreso ni de discusiones
periodísticas! Y cuando algún procuradorcillo de Cabildo se propasaba a “hacer
representaciones o requerimientos” más serios, ya se conocía la providencia: “Su
Señoría dijo que lo oye, y resolverá”. Con esto se acababa la cuestión.
¡Aquéllos
eran gobernantes!
También
es verdad que a veces colgaban a un prójimo si el Gobernador amanecía de mal
humor; pero no todas habían de ser mieles. Ahora mismo, en plena República y
régimen parlamentario, se dicta cada ley que temblamos todos.
Con un
“mandamiento” y con las solemnidades que eran de rigor se dio a conocer a los
santiaguinos una resolución del señor Gobernador y Capitán General del Reino de
Chile y Presidente de su Real Audiencia, don Agustín de Jáuregui y Aldecoa,
fecha en 4 de febrero de 1779, por la cual se establecía una lotería “con
suertes de pesos de oro” para incrementar los dineros que Su Majestad emplea en
los gastos de este Reyno.
Antes de
pasar adelante, y en honor de la verdad, debemos dejar constancia de que el
Presidente Jáuregui no fue el inventor de la lotería en Santiago; lo fue el
intendente de hacienda, don Martín Gregorio del Villar que, como todo ministro
del ramo, en todas las épocas y en todos los países, andaba estrujándose el
intelecto para proveer la caja de Su Majestad, siempre exhausta.
Don
Martín sabía que los comerciantes vecinos y encomenderos del Reino de Chile
estaban bastante ahogados con los impuestos de alcabala, almorifarifazgo,
quintos reales, diezmos, media anata, portazgo, tonelada, gracias al sacar,
avería, balanza, derrama y muchos más que no queremos nombrar para no abrir el
apetito de los hacendistas de 1924; sabía también que tanto él como sus
antecesores habían tenido que sufrir las maldiciones de los contribuyentes en
cada nuevo impuesto que establecían; y sabía, por último, que por más que
inventara no podría imponer, sin peligro, una nueva expoliación a los chilenos,
algunos de los cuales empezaban a dar oído a ciertas utopías de emancipación,
de libertad, de gobierno propio y otras garambainas por ese estilo.
Pero más
discurre un hambriento; y el hambriento, en este caso, era el intendente de
hacienda y un buen día se presentó ante el Presidente, con su proyectito de
lotería, de cuyos beneficios el Rey tocaría la cuarta parte... No le pareció
muy bien al Presidente esto, de que “el fisco de Su Majestad” ejerciera de
empresario de lotería, y menos le halagó el poco beneficio que iba a tener la
real hacienda, pues suponía que, por lo menos, al principio, la lotería no iba
a tener mucha aceptación.
Don
Martín Gregorio — Gregorio, el apellido— no retrocedió ante la primera
dificultad; no insistió, por lo pronto, pero una semana más tarde se presentó
nuevamente ante Su Señoría, acompañado de don Juan José Concha, estimable
comerciante español, dueño de un “baratillo”, el “más surtido” de la calle de
la Compañía. El señor Concha iba a pedir autorización al Presidente para hacer
loterías con suertes de pesos de oro, “por su cuenta”, y ofrecía pagar a la
caija de Su Majestad, por vía de contribución, “un sesmo” de las utilidades que
sacara del negocio.
Esto era
ya otra cosa; que Su Majestad cobrara una contribución sobre una lotería era
diferente a que Su Majestad fuera el lotero. El Presidente aceptó; se promulgó
el bando de costumbre, y don Juan José Concha, bajo la vigilancia de don
Martín, se dedicó a preparar la primera jugada, la cual, como todas las demás,
debía someterse a las siguientes disposiciones. El valor de cada número era de
un real de plata; para que verificara una extracción no debía esperarse más de
dos meses, debiendo jugarse con el dinero que se hubiese juntado; sin embargo,
podía jugarse la lotería antes de ese plazo, si se reunía la cantidad de 400
pesos en la venta de boletos.
La cuarta
parte del dinero reunido para cada lotería pertenecía al empresario, para
cubrir los gastos y como utilidad en el negocio; con el dinero restante se
haría una suerte de cien pesos, dos de cincuenta y cinco de veinte.
Contra
las suposiciones del Presidente, los santiaguinos recibieron la lotería con
entusiasmo y hasta el más infeliz aportaba su modesto “real” para comprarle un
numerito a “Ña Concha”; por cierto que los “ricos” gastaban como nada, no
diremos su peso, que eran ocho reales, sino su guapa “narigona” que eran
diecisiete pesos y dos reales, o sean ciento treinta y ocho boletos de golpe.
¡Era jugar de lujo!
La
primera jugada se verificó el 7 de marzo de 1779, a la salida de misa, lo que
trajo una protesta del cura, porque los feligreses, ansiosos de ver el
resultado, se salieron de la iglesia antes de que terminara por completo el
oficio divino; no ha llegado a nuestro conocimiento el nombre del agraciado con
el premio gordo, pero sabemos, gracias, a las investigaciones de nuestro
eminente historiador y bibliógrafo don José Toribio Medina, que desde el 7 de
marzo hasta el 12 de julio de ese año se jugaron 17 loterías, lo que
corresponde a una lotería por semana, descontada la que no se jugó en respeto a
la Semana Santa.
Los
derechos que le correspondieron al Rey en estas extracciones, alcanzaron a la
suma de 1.887 pesos, casi tanto como lo que ganó el empresario. Para ensayo no
estaba malo.
La
lotería tuvo que suspenderse ese mismo año a causa de, las terribles epidemias
que azotaron a la colonia y de otras calamidades públicas que sobrevinieron» en
los años siguientes, no siendo la menor una plaga de ratones que asoló los
graneros y las despensas de la ciudad. Por fortuna, algunos años antes habían
llegado a Santiago los primeros gatos, los cuales pasaron a la categoría de
seres indispensables en todos los hogares.
Pasaron
años, hasta siete u ocho, sin que se restableciera en forma normal el juego de
lotería. La pobreza del vecindario hacía difícil mantener esta forma de juego,
a pesar de que en las trastiendas nuestros abuelos se pelaban las faltriqueras
con decisión, y a pesar también de que “Don Concha” trataba de entusiasmar a la
gente con loterías que organizaba de vez en cuando.
El
Presidente que sucedió a Jáuregui, que lo fue don Antonio de Benavides, no
consideró correcto que el Rey fuera copartícipe de las ganancias de un juego de
azar y se negó a dar permiso a don Juan José Concha para restablecer el juego
sobre las bases que lo había hecho Jáuregui; pero tanto insistió Concha y tan
buenos padrinos llevó ante el Presidente, que a ruegos del Comendador de la
Merced, Virgen patrona de cautivos, accedió el Gobernador a autorizar la
lotería, dedicando la parte que antes se asignaba al Rey a socorrer a los
encarcelados.
No
tuvieron mucha suerte los presos, porque se modificaron tal vez las condiciones
de los sorteos, la lotería duró poco, según nuestras noticias, y no disfrutaron
de sus beneficios sino unos cuantos meses, en muy pocos sorteos, y en escasa
venta de números.
El gran
éxito de la lotería santiaguina fue en 1797, durante el gobierno del señor
Gabriel de Avilés y del Fierro, Marqués de Avilés. Este Presidente no se anduvo
con chicas, y sin consultar a nadie — este era su sistema— mandó un buen día a
llamar al “diputado del Hospital de San Juan de Dios”, así se titulaba su
administrador, y le dijo que como Su Majestad no tenía dinero para mantener los
servicios de caridad, le indicaba un medio seguro para conseguirlo: una lotería
pública en la cual el hospital podía ganar la cuarta parte de la venta de
boletos.
No
sabemos que el señor Administrador hiciera algún asco, repulgo ni melindre a la
idea del Presidente; lo que sabemos es que la lotería se restableció como en
los tiempos del Presidente Jáuregui y de Ño Concha, con resultados espléndidos.
Desde la
primera jugada, a fines de noviembre del indicado año, no paró la función todas
las semanas, hasta el 8 de junio de 1802, sin hacer gran caso a lo que parece,
a una real cédula de Su Majestad, don Carlos IV, de fecha 9 de mayo de 1799, en
la que ordenaba muy cortésmente que se le diese cuenta de las causas que
movieron a las autoridades de Chile a establecer las loterías.
En los
seis años que se jugó esa lotería de beneficencia, se hicieron 134 extracciones
y se pagaron más de 300,000 pesos en premios; al Hospital de San Juan de Dios
le correspondieron alrededor de 42,000 pesos y a la casa de Huérfanos cuatro
mil y tantos pesos.
Con los
fondos recogidos en los dos primeros años, se iniciaron los trabajos para la
construcción de las salas llamadas “del Crucero”, en el mencionado hospital,
sobre los planos que hizo Toesca. Los acaudalados vecinos don José Ramírez
Saldaña y don Manuel Ruiz Tagle contribuyeron después a la terminación total de
la obra, dedicando a ello importantes sumas de su peculio personal.
El nombre
del Marqués de Avilés está ligado a los espléndidos resultados que produjo la
primera lotería de beneficencia que hubo en Chile.
§ 8. El
Conde del Asalto
(1779)
Correspondió
al Excelentísimo Señor don Agustín de Jáuregui y Aldecoa, Caballero de
Santiago, Gobernador de Chile, Presidente de Su Real Audiencia y Teniente
General de los Reales Ejércitos, el insigne honor de recibir en su palacio de
la Plaza de Armas a los cuatro indígenas que componían la “Embajada del Estado
de Arauco”, que, por orden de Su Majestad don Carlos, III de este nombre, Rey
de las Españas y de las Indias, debía residir en la capital del Reyno.
La
beligerancia que la Corte española se había visto obligada a conceder a los
araucanos a causa de la “guerra viva” que esta nación sostenía con el ejército
real y que se prolongaba ya por más de dos siglos, había inducido a los
Ministros de Indias, en varias ocasiones, a intentar arreglos pacíficos con los
rebeldes; y porque los acostumbrados “parlamentos” no habían dado resultado
práctico alguno, creyeron obtenerlo más eficaz manteniendo en la capital una
“embajada” que estuviera en contacto permanente con el Gobernador del Reino.
No puede
negarse que el arbitrio era bastante ridículo y ni aun podría justificarse con
el hecho de que en la Corte había una ignorancia completa de lo que ocurría en
Chile. Pero, en fin, lo ordenado por Su Majestad tenía que cumplirse y así fue
como los santiaguinos tuvieron como “huéspedes de honor” durante tres meses —
¡por suerte!— a los susodichos cuatro mapuches, con sus correspondientes
mujeres, e hijos, después de haber sido recibidos con escoltas desde la ribera
del río Maipo hasta la Cañada, y de ahí con las tropas que les hacían calle
hasta la Plaza de Armas, y con alabarderos desde la puerta de Palacio hasta
dejarlos en presencia del Gobernador de Chile.
La
curiosidad con que el pueblo, alto y bajo, de la capital los recibiera en los
primeros días, se transformó luego en motivo de diversión para el populacho, al
ver que los “embajadores” eran unos infelices que no tenían la menor noción de
la dignidad de su investidura. A los pocos días de su recepción oficial en
Palacio, en la cual el Presidente Jáuregui y el Corregidor don Martín José de
Larraín pronunciaron sendos discursos de salutación — que fueron contestados
por intérpretes— los embajadores andaban por las tabernas y “chinganas” del
callejón de “Uarte” (antigua calle de Duarte, hoy Cochrane) convidados o no por
la clientela, en donde se les ofrecía vino y aguardiente, bebidas a que se
manifestaban especialmente aficionados.
Pero no
paró en esto la “popularidad” de los flamantes embajadores. En su tránsito por
las calles de la ciudad, muchas veces borrachos, los “pililos” iban tras ellos
para darles unas “cencerradas” que desconcertaban a esos pobres indios, y les
hacían “tirar piedras”... Llegó a tal punto el abuso de esa “palomilla”, que el
Presidente se vio obligado a publicar un bando en el cual imponía pena de
azotes y hasta diez años de destierro a Juan Fernández a los que hicieran burla
“de los embajadores y sus mujeres”; y como, a pesar de, todo “la plebe”
continuara molestando a los mapuches, el Presidente ordenó que cada vez que un
“embajador” saliera a la calle le acompañaran dos soldados.
Uno de
los más molestos con la presencia de los susodichos indios en la capital era el
Corregidor Larraín, pues era él, cómo la primera autoridad administrativa,
judicial y policial, quien debía prevenir estos desmanes contra los huéspedes
de la ciudad y castigarlos, según el caso. El Corregidor se encontraba molesto,
además, porque los primeros días de la presencia en Santiago de los embajadores
los tuvo alojados en el tercer patio de su casa, imaginando que los huéspedes,
por muy indígenas que fueran, no lo serían tanto, dada su alta categoría, pero
habían resultado tan genuinamente indígenas, con categoría y todo, que la
última noche “encandilaron fuego dentro del aposento” y para alimentarle
echaron a las llamas dos “mesillas” y una silla de baqueta.
La dueña
de casa, doña Antonia Salas, notificó formalmente a su marido el Corregidor
que, o echaba a la calle a los huéspedes, o ella se iba de la casa conyugal,
con sus hijos, a la de sus padres. Por mucho que el Corregidor quisiera halagar
al Presidente Jáuregui, su amigo y jefe — a cuyo pedido había tenido esta
lamentable condescendencia— no tuvo más remedio que echar a los indios a la
calle, o sea instalarlos en el antiguo establecimiento de los jesuitas, llamado
La Ollería, en la calle de la Maestranza.
Esta
incidencia conyugal y las que se repetían diariamente en las calles, entre el
populacho y los embajadores, mantenían al Corregidor en una tensión de nervios
que amenazaba estallar el peor día si no se presentaba una solución
providencial que viniera a darle término, y ese término no podía ser sino el
que los embajadores tomaran el portante y dejaran tranquila a la ciudad y a su
Corregidor. La cosa no era fácil. Primero, porque la voluntad del Soberano era
que esos representantes del Estado de Arauco permanecieran en Santiago algo así
como en rehenes, para garantizar la paz en la Frontera, y segundo, porque los
indios, aparte de las molestias muy relativas que les ocasionaban los pihuelos
callejeros, se encontraban en Santiago como en la gloria, bien alojados, bien
vestidos, bien comidos y bien bebidos, todo por cuenta de la Corona.
Pero la
solución providencial se presentó, y repentinamente. Una mañana los
embajadores, sus mujeres y chiquillos “no amanecieron” en su alojamiento de La
Ollería, y por más diligencias que se practicaron no aparecían por ninguna
parte. El Corregidor responsable de sus importantes personas disparó a sus
alguaciles, serenos y guindillas hacia los cuatro ángulos de la ciudad, y
después de una búsqueda de todo el día se vino a saber que los fugitivos habían
atravesado el río Maipo en las primeras horas de la mañana y allí habían dicho
“al guarda de la puente” que regresaban a sus tierras para no volver más.
Algún
chismoso echó a correr la especie de que el propio Corregidor Larraín había
inducido a los indios a que se fugaran y que aun les había dado “ropa, vitualla
y dinero de plata” para convencerlos de una vez; pero sea lo que fuese, el
hecho es que la ciudad lanzó un suspiro de satisfacción) cuando supo, de
cierto, que los embajadores se habían ausentado definitivamente.
No habían
transcurrido quince días — uno más o menos— de la aplaudida fuga de los
mapuches, cuando una mañana de enero de 1779 llegó a la ciudad una noticia que
en fuerza de su gravedad se esparció como un reguero de pólvora encendida;
aunque el portador de la noticia, que era un muchacho, no sabía dar razón
satisfactoria del origen, ella hacía saber que una horda de indios araucanos
había penetrado al valle de Maipo a través del paso cordillerano denominado de
Jaurúa, y que avanzaba hacia la ciudad rápidamente, con intenciones que no
podían ser pacíficas.
Todos
recordaron inmediatamente la presencia en la ciudad de los embajadores que
habían concluido por despedirse a la francesa; pero nadie pensó siquiera en que
pudieran volver en son de guerra quienes fueron atendidos y agasajados con
esplendidez durante su estada y si algunas molestias sufrieron de parte de la
“plebe del pueblo” ellas no eran como para provocar venganza cruel y
sangrienta. Por otra parte, si era verdad como lo parecía que el Corregidor
Larraín les había “gratificado” para que se fugaran, de esto deberían estar
agradecidos, pues don Martín José tenía conquistada buena fama de generoso.
Pero esas
dudas íbanse transformando en pánico, y no era cosa de discutir en esos
momentos si eran galgos o eran podencos los que amenazaban la integridad de los
habitantes de Mapocho; por el contrario, contados fueron los que titubearon en
asegurar que los asaltantes venían capitaneados por los “embajadores”,
asegurando que durante el tiempo que éstos permanecieron en la capital sólo
habíanse preocupado de conocer la ciudad y sus costumbres para tirar sus planes
de un saqueo en regla.
Uno de
los que no creían en el asalto de los indios, era el Presidente Jáuregui; pero
tantas fueron las súplicas, las lamentaciones y el pánico de la población, que
Su Señoría, no encontró otro medio para tranquilizarla, que adoptar
disposiciones tan. espectaculares como las de enviar a la Cordillera una gruesa
partida de tropa del Regimiento de la Princesa, con su coronel al frente — que
era el propio Corregidor de Santiago don Martín José de Larraín— con el objeto
de detener el asalto a la ciudad y castigar ejemplarmente a los malhechores
desagradecidos, si efectivamente los embajadores eran los cabecillas.
Al mismo
tiempo mandó poner guardias dobladas en las Cajas Reales, en la Casa de Moneda,
en los conventos de monjas, y formar barricadas en los callejones que daban
acceso a la ciudad; montar cañones en el Cerro de Santa Lucía y despachar
avanzadas de caballería para reconocer los faldeos de Apoquindo, Ñuñoa y Macul.
Santiago
estuvo, en pocas horas, en pie de guerra y el generalísimo de la próxima acción
iba a ser el Corregidor Larraín, a quien debería la ciudad no sólo su reposo
sino su existencia misma.
Don
Martín José de Larraín sentíase un héroe en gestación. Después de un servicio
tan importante como el que iba a prestar a sus conciudadanos y al Rey, la
merced de un título de Castilla— suprema aspiración de un criollo enriquecido—
que gestionaba hacía tiempo en la Corte, por intermedio de su íntimo amigo el
Gobernador Jáuregui, era pan comido.
Salió a
campaña el Corregidor Larraín, se internó valientemente por las serranías
cordilleranas que circundaban el amagado Paso de Jaurúa, paseóse, provocativo y
resuelto, por los faldeos de la zona, en todas direcciones, y regresó a
Santiago tan incólume como había partido. No encontró ni asomos, ni siquiera
olor a indios en ninguna parte.
Pero el
servicio estaba hecho y había que premiarlo. “Todo Santiago” tenía conocimiento
de que Larraín había solicitado del Soberano ese título de Castilla en premio
de sus pasados servicios “y para honrar a su casta”; lo justo era, entonces,
que también “todo Santiago” implorara ahora él otorgamiento de ese premio al
que había sacrificado su tranquilidad y ofrecido su vida para salvar a la
ciudad. Así se resolvió hacerlo, en Cabildo.
Abierto,
entregando al Presidente Jáuregui un memorial dirigido al Rey.
Sólo
faltaba un detalle. ¿Qué denominación debería tener el condado o el marquesado
del Corregidor Larraín, para que la posteridad recordara siempre el enorme
servicio que había hecho al vecindario de Mapocho?
No fue
difícil encontrarla, ya que a un agudo ingenio de fraile fue encomendada la
comprometida comisión.
— ¡Ya la
encontré, y la tengo!... — exclamó el fraile, que también asistía a la reunión
en donde se discutía la grave cuestión.
—
¡Díganosla, su reverencia! — mandó el Alcalde.
— ¡Se
llamará el señor Conde del Asalto! — falló el fraile.
Y tan
acertado pareció el título, que la proposición fue aclamada.
“De aquí
tomó su origen dicho título, para la Casa Larraín”, asegura grave y
solemnemente el historiador franciscano Padre José Javier de Guzmán y Lecaroz.
§ 9. Don
José Antonio de Rojas, el Mayorazgo
(1780)
Cuando el
Presidente de Chile, don Manuel de Amat y Junient, fue promovido al Virreinato
de Lima, en recompensa de sus buenos servicios, quiso llevar de Santiago un
séquito de personas distinguidas que lo rodeasen en la nueva corte que pensaba
formar en el Palacio de Pizarro, para desalojar a la que “enseñoreaba” durante
el largo gobierno de su antecesor don José Manso de Velasco, que también había
sido Presidente de Chile. Al primero que eligió para su acompañante fue al
sabio “latinista” don José Perfecto de Salas, a quien invistió, desde luego,
con el alto cargo de asesor del Virreinato; el segundo elegido fue “el capitán
de caballería, de los del número del Batallón de la ciudad de Santiago, don
José Antonio de Rojas y Urtugurem, atendida su buena conducta, inteligencia y
calidad”.
Apenas
llegado a Lima, después de un rápido y ostentoso viaje marítimo a bordo de la
fragata “Santa Lucía”, el Virrey Amat confirió al capitán chileno una
distinción más, que lo situó en expectación envidiable: le nombró Ayudante Real
de su persona, en reemplazo del Conde peruano de Casa "Dávalos, que había
desempeñado ese cargo durante diez años de la administración del Virrey Manso
de Velasco. El capitán don José Antonio de Rojas contaba en esa fecha, 1761,
diecinueve años de edad.
Dos
chilenos desempeñaban, pues, los más altos cargos en el Virreinato de Lima; en
otras palabras; los orgullosos peruanos, que siempre habían mirado a “los de
Chile” como parientes pobres, se veían supeditados ahora por dos “aparecidos”
de las orillas del Mapocho, y lo peor de todo era que tenían que “hacerles
venias”, para poder llegar hasta la persona del Virrey, a quien todos querían
acercarse, y tener de su mano.
Los
favores del Virrey Amat al capitán chileno no pararon ahí; antes de un año el
Ayudante Real estaba investido de Coronel de Infantería y de Corregidor de las
provincias de Chucuito y Puno, a donde fue enviado para sofocar “ciertos
tumultos de independencia”, que habíanse producido por allí, a causa de las
extorsiones que cometiera contra los indios el anterior Corregidor, don Juan de
Mata Quiñones. El coronel Rojas fue enviado a esas provincias a restablecer la
autoridad del Rey, “por cuanto yo conozco vuestro celo y adhesión a nuestro
Monarca”. El chileno confirmó con creces estos conceptos del Virrey; sus
sacrificios personales para establecer la paz en t la región “insurgente”
corrieron parejas con su generosidad, pues “en los alborotos de Chucuito y Puno
acudió personalmente con más de setecientos hombres costeados de su propio
caudal, y se debieron a sus acertadas disposiciones y providencias el sosiego y
quietud de sus moradores”.
El
coronel don José Antonio de Rojas era, pues, allá por los años de 1768, un
campeón de la autoridad y soberanía real, y un azoté para los que osaban
desconocerla. Su entrada a Lima, terminada la afortunada campaña contra los
revoltosos de Chucuito, fue una apoteosis: el hombre, a la vista de todos,
podía considerarse feliz, y muchos envidiarían su suerte; sin embargo, nadie
podía imaginarse que ese bizarro militar aureolado de gloria, favorecido por la
confianza del Virrey, pleno de los halagos de la vida, estuviera sufriendo los
vulgarísimos pesares de un amor insatisfecho.
El
coronel estaba enamorado como un cadete, y su amor era imposible...
— ¿No lo
quería la muchacha?... — oigo que me pregunta una lectora.
— Sí, lo
quería — le contesto inmediatamente— se querían ambos, “a reventar”; pero
entonces hasta para casarse era preciso contar con la voluntad del Rey de
España que se metía en todo.
Rojas
estaba enamorado de una de las hijas de su compatriota el asesor del
Virreinato, don José Perfecto de Salas, y las leyes de Indias prohibían que los
parientes, hasta el tercer grado, de los funcionarios de esta categoría,
contrajeran matrimonio con personas que residieran en los territorios de su
jurisdicción; y cuando la cosa no podía solucionarse con un rompimiento entre
los novios, que era lo corriente, era preciso pedir especial licencia al Rey,
la cual, si se concedía, venía a llegar cuando ya los novios estaban lejos...
El
coronel Rojas tenía tentado eliminar la dificultad elevando a la Corte las
petitorias de estilo; pero tanto la primera solicitud, como las que durante
tres años largos había estado “renovando” a la Península, habían corrido igual
suerte en poder del Ministro-Rey, como se le llamaba al omnipotente bailío don
Frey Julián de Arriaga, Secretario Universal de Indias, el cual miraba con tan
soberano desprecio las peticiones de los “indianos”, que no se dignaba mirarlas si ellas no tenían algún interés para
“el erario e fisco” de Su Majestad, o para alguno de los “privados” del
Ministro.
A su
regreso a Lima, don José Antonio de Rojas venía resuelto a acometer
definitivamente la empresa de su matrimonio, y para ello esperaba contar con la
eficacísima cooperación de su protector, el Virrey, y con la ayuda de su futuro
suegro, el Asesor Salas: el momento no podía ser más oportuno, pues volvía
triunfante de una campaña que habíale merecido los más entusiastas parabienes,
y se encontraba en situación de pedir cualquier merced. Lo que Rojas deseaba
era que el propio Virrey pidiera al Ministro la “gracia” de que permitiera
casarse al vencedor de los insurgentes de Chucuito, con la hija del Asesor del
Virreinato.
Pero al
llegar a Lima, Rojas supo “con espanto”, que el Virrey y el Asesor “se habían
malquistado”, y que el primero había enviado a la Corté informes nada
favorables sobre don Perfecto Salas, y que éste, a su vez, habíase defendido de
la misma manera. Ambos, separadamente, le confirmaron estos hechos, y el Virrey
se avanzó a decir al novio, “por el interés y favor en que le tenía”, que
desistiera de su proyectado matrimonio, “pues el Asesor era hombre perdido en
la Corte”.
Don José
Antonio de Rojas no titubeó en el partido que debía tomar, y desde el mismo
momento en que oyera las palabras del Virrey, determinó dejar el empleo que
tenía a su lado, para ponerse al servicio del padre de su amada.
— Señor —
díjole a don José Perfecto, esa misma noche, durante la tertulia familiar—, he
resuelto partir a la Corte para agitar por mí mismo ante el Ministro de Indias,
la licencia para casarme con vuestra hija...
—
¿Cómo...? ¿Hacéis dejación de vuestra carrera...? ¡Mal me parece!
— La
dejo, señor, y me volveré a mi tierra, y a mis campos de Polpaico, en donde mi
señor padre me tiene asignada una hijuela, cuyo trabajo me dará para el
mantenimiento de mi casa... si es que vos no os negáis, ahora, a concederme la
mano de Mercedes...
Don José
Perfecto echó los brazos al joven.
Antes de
tres días estaba preparado el viajero para embarcarse en el galeón que debía
partir hacia Panamá. Además de su principal propósito, Rojas llevaba a la Corte
importantes encargos de su futuro suegro: primeramente, entablar reclamaciones
y súplicas para desvirtuar los malos informes que sobre su actuación en el Perú
había enviado el Virrey; en seguida, pedir el traslado de Salas a Chile con su
antiguo cargo de fiscal de la Capitanía General, y por último, comprar en
España y en otros países europeos, una buena colección de libros modernos, de
muy difícil adquisición en América, a cuya lectura tenían ambos una afición
bien poco común en aquella época.
Se
suponía con mucho fundamento que la estada de don José Antonio de Rojas en
Europa no habría de ser corta, y para subvenir a esos gastos, y también para
“hacerse abrir las puertas de los ministros”, don José Perfecto de Salas
entregó a su futuro yerno la cantidad de cincuenta mil pesos, suma que, unida a
los veinte mil que de su peculio llevaba el viajero, consideraron suficiente
para que “se presentara con decencia en la Corte.
Antes de
partir, don José Antonio de Rojas celebró solemnes esponsales con su novia,
doña María Mercedes de Salas y Corvalán, y a los veinticinco días llegaba a
Nombre de Dios, en donde se embarcó para cruzar el Atlántico. En el mes de
diciembre de 1770 el “indiano” golpeaba por primera vez la portería del
omnipotente Ministro-Rey, el señor bailío Amaga.
Mucho
había oído hablar, el chileno Rojas, de las penurias que los pretendientes
indianos tenían que sufrir en sus trajines por las antesalas de la Corte; pero
jamás se imaginó que ellas podían ser tan amargas como las que él experimentó
desde su primer intento de apersonarse con el Secretario Universal de Indias.
Haber conseguido hablar con el jefe de la guardia de Palacio para que le
permitiera esperar, en el patio, “el paso” de uno de los camareros del
amanuense mayor de uno de los escribanos, costó a Rojas tres meses de espera y
cuatrocientos ducados. Llegar hasta el escribano de turno para entregarle dos
memoriales y pedirle que solicitara para él una audiencia del secretario del
Ministro, le impuso un gasto de novecientos ducados y dos meses y medio de
trajines; ser introducido, por fin, a presencia de este secretario y que le
oyera dos minutos, de pie, durante los cuales el “pretendiente” tuvo que
limitarse a pedir una audiencia del Ministro-Rey. Costóle, además de dinero y
tiempo, una serie de humillaciones que el orgulloso criollo toleró, sólo porque
se trataba de su felicidad y de los intereses y el honor de su bondadoso
suegro.
Don José
Antonio se convenció en poco tiempo dé esta triste verdad: si en las colonias,
la simple calidad de “español-europeo” era un motivo de consideración, en la
Metrópoli, la calidad de “español-americano” lo era de menosprecio, y aun de
burla. Su memorial en solicitud de la licencia para que el Asesor Salas pudiera
casar a sus hijos con personas residentes en el territorio de su jurisdicción
“recibía sonrisas” cada vez que el interesado lograba llegar hasta el recinto
inviolable de los covachuelistas más inferiores de la Secretaría de Indias, y
sólo después de tres años, y mediante los empeños del Conde de Valle Umbroso,
que distinguió a Rojas con una leal amistad durante su permanencia en la Corte,
pudo ver, al fin, despachada favorablemente esta petición, que llevaba ya seis
años y medio “de dormir” entre papeles inútiles.
El
“éxito” de esta solicitud, estimuló, como puede suponerse, los deseos de Rojas
de regresar al Perú, a fin de reunirse con su prometida; pero la necesidad de
activar los negocios de su suegro, le impedían moverse de allí hasta no
solucionarlos por completo; además, algunos parientes suyos y paisanos habían
querido aprovechar de su estada en Madrid para encomendarle que “agitara”
algunos asuntos que también tenían pendientes, y no era posible desatenderlos.
Con todas
las contrariedades que había experimentado y continuaba experimentando en sus
trajines por Palacio, el carácter de don José Antonio se iba tomando escéptico,
y la manera como eran tratados allí los peninsulares, completamente distinta al
trato que recibían los americanos, le confirmaron en el convencimiento de que
éstos eran considerados como meros sirvientes de los gobernantes españoles. Las
numerosas cartas que escribió a los suyos durante su larga permanencia en la
Corte, transparentan el estado de alma en que vivió don José Antonio en Madrid.
“Más de diez meses de trabajos me ha costado conseguir para mi sobrino don
Antonio de Herrera una plaza de guardiamarina, a pesar de haber hecho valer sus
importantes servicios en la guerra de Arauco — dice en una de sus cartas a don
Perfecto Salas— ¡Vea usted lo que sirven los servicios que se prestan a la
Corona en Chile, y cuán engañados están allá los que “enfajinan” por esos
servicios! Una bagatela es lo que he conseguido, pero tome en cuenta que todo lo
que concierne a los que están manchados con el pecado original de indianos, es
aquí siempre grave”.
En otra
de sus cartas, fechada en 1775 — hacía ya cinco años que don José Antonio
permanecía en la Corte, con el carácter de “pretendiente” — exclama con
amargura: “La desgracia de ser indiano es inexplicable; cualquier natural de
España puede obtener lo más difícil; pero el indiano, jamás”. Desengáñese usted
— agregaba— todo lo que allá se llama mérito, aquí no vale nada”.
Un
industrial chileno, don José Manuel Orejuela, le había encomendado la gestión
de que interesara al Ministro en el proyecto de establecer un astillero en una
caleta de Valdivia, donde había excelentes maderas y abundante fierro. “Su plan
sería adoptable, le escribía a Orejuela, si no fuera en Indias, porque la mira
que aquí se tiene es la de que aquello nunca sea nada, pues saben que
no podrán sujetarlas cuando sus individuos sean algo racionales. Esta
frase, escrita en una carta fechada en 7 de abril de 1775, es la primera
manifestación definida, que se conoce de la atrevida idea que se iba incubando
en la mente del que, hasta no hace mucho, fuera el adalid de la soberanía real
en las provincias de Puno y de Chucuito.
Todas
esas contrariedades produjeron en el ánimo de Rojas una profunda melancolía;
padecía de una nostalgia dolorosa, y no pensaba sino en su regreso a la patria
y al hogar. “Amigo y hermano — escribía a su cuñado don Manuel de Salas»— me
alegra saber que estás en Chile; amigo, ese es el país del mundo; allí sí que
es vivir, y no en esta mazmorra de la Corte, que parece haber fabricado la
adversa fortuna para los indianos. No falta a los chilenos más que quieran ser
felices para que efectivamente lo sean; todo prodiga en ese bellísimo reino,
la naturaleza a manos llenas; sólo falta genio a las gentes, y que se corra el
velo que aun los contiene y les causa terror pánico”.
En otra
carta dirigida a su cuñado don Judas José de Salas, le decía: “Cuídate, para
que vayas a gozar a Chile en compañía de Manuel, a quien contemplo desde aquí
como huaso rematado. ¡Dios nos dé vida para que vayamos a hacerle compañía y
podamos oír otra vez los dichosos: ¡qué querís! y ¡qué te importa a vos! de
nuestra santa tierra. No veo las horas de ponerme un poncho, de agarrar un buen
lazo y endilgar para las carreras de la pampa, y de renunciar para siempre a
eso del té y del café: una ulpada o dos mates valen más que esos brebajes, y al
fin y al cabo, ellos han sido nuestra leche”...
Lo único
que consolaba al “desengañado” de la Corte, era la lectura, a la que se
entregaba, con fruición, todas las horas que dejaban libres sus trajines
incesantes. Cumpliendo los encargos de su suegro, se había dado maña para
adquirir, tanto en España como en Francia, Inglaterra y Holanda, todas aquellas
obras de los filósofos de la época, que ya estaban trastornando los antiguos
postulados, y que en pocos años más iban a transformar el mundo; Rojas devoraba
esas lecturas y su cerebro se iba nutriendo, rápidamente, de esas nuevas ideas,
que encontraban en él un espléndido campo de cultivo.
Para
prevenirse de las persecuciones del Santo Oficio de la Inquisición, que ejercía
una vigilancia estrecha sobre esta clase de libros, Rojas se ingenió para
obtener del Pontífice reinante un permiso especial para leer y conservar libros
prohibidos; con este mismo permiso comenzó a enviar a Chile esos volúmenes, en
cajones “lacrados y sellados” por el Tribunal español, a fin de que las aduanas
de este país no se incautaran de ellos. De esta manera pudieron ser
introducidos en Chile la Enciclopedia de D’Alembert; El
Sistema de la Naturaleza, de Holbach; la famosa obra anónima impresa
en Ámsterdam, titulada Historia de los Establecimientos Europeos de
Indias; la Historia de América, del Padre Touron; las
obras de Rosseau, Montespan, Helvecio, Robertson, Diderot y de muchos filósofos
más. “Van en el "Aurorita” diez cajones con libros — escribía
a su padre, don Andrés de Rojas— . Ud. se gobernará con gran sagacidad, de modo
que, sin abrirlos ni revolverlos, se metan en casa, hasta mi llegada; cuídelos
de la humedad, pues yo estimo más esos cajones que si fueran llenos de tisúes u
oro en polvo”.
Por fin,
a fines de 1778, después de ocho años de permanencia en la Península, pudo
partir de regreso a su patria el asendereado indiano. Había ido a España
henchido de esperanzas y de sincero amor por su Rey, de quien esperaba recibir
un merecido premio por su adhesión y probada lealtad, y volvía ahora
desengañado de la “realeza”, amargado por, los innumerables sinsabores y
humillaciones que había sufrido por su condición de “indiano” y con su cerebro
repleto de ideas nuevas, de filosofías estupendas, que a muchos, a casi todos,
deberían parecérles deschavetadas, incoherentes y peligrosísimas.
Llegó a
Chile, y a Santiago, el 3 de abril de 1780; acompañado de su mujer, la
constante doña Mercedes de Salas, con quien había contraído matrimonio en
Mendoza seis meses antes. Se instaló en su hacienda de Polpaico, a trabajar sus
tierras y sus minas, y rehusó mantener relaciones con el oficialismo...
A fines
del mismo año se descubría en Santiago una conspiración encabezada por los
franceses Berney y Gramusset, y que tenía por objeto “hacer independiente a
este bello país”. En el proceso quedó establecido que la conspiración había
incubado en Polpaico.
§ 10.
Carnavales y Cuaresmas
(1780)
Existe la
creencia, muy generalizada, de que nuestros abuelos de los tiempos coloniales
llevaban una vida poco menos que conventual y que la pasaban metidos en los
templos o en el rincón más escondido de sus estrados, con el rosario en una
mano y un Santo Cristo en la otra; escritores he leído que, con toda ingenuidad
e indiscutible buena fe, han calificado aquella época de “patriarcal”, no sólo
en el sentido de que era apacible y monótona, sino en el de que las gentes no
tenían otras diversiones que las fiestas religiosas de la Semana Santa, las de
Corpus, las novenas, las procesiones y los días de guardar, y que todo su
placer se lo proporcionaban las azotainas que se propinaban los “penitentes” de
la Cofradía de la Veracruz, los cuales dejaban marcado el recorrido de la
procesión del Jueves Santo con un reguero de sangre.
Sin la
pretensión de negar que la devoción y la religiosidad fueran la principal
característica de la sociedad y pueblo santiaguinos, la verdad sobre aquella
vida es bastante distinta. Calificar a nuestros abuelos de frailes cartujos
porque rezaban el rosario y concurrían a cuanta fiesta religiosa se les
presentaba en su pequeño mundo, es, sencillamente, tomar el rábano por las
hojas, con perdón sea dicho. Estrechadas las distancias, la sociedad de
entonces, como toda colectividad de seres humanos, era punto más, punto menos,
como lo que es hoy y lo que será mañana, y nuestros venerables
abuelitos se Consideraban tan competentes como lo son
sus nietos del siglo XX, para infringir todos y cada uno de los diez
mandamientos de la ley de Dios y los cinco de Nuestra Santa Madre la Iglesia,
con la sola excepción, si se quiere, del que manda oír misa entera los días de
fiesta de guardar. La infracción de este mandamiento, como también el de
no confesarse una vez al año por la Cuaresma, era considerada entonces
como “pecado público”, y a nadie le convenía incurrir en él, por las consecuencias
que le traía para su persona.
Recorra
el benévolo lector, uno por uno los citados mandamientos — o haga paciente
recuerdo de ellos si los ha olvidado— y juzgue por sí mismo si
nuestros abuelos serían o no capaces siendo extremeños o andaluces, de jurar
grueso, de desollejar al prójimo con estilete, de infringir el
octavo y de darse de cuchilladas por el décimo.
Con
relación a los otros dos o tres siglos que nos separan no parece posible
asegurar que aquella vida santiaguina sufriera de la “patriarcalidad” con que
ha querido caracterizársela, comparadas las épocas, el aislamiento geográfico
del país, su idiosincrasia y aun sus medios de comunicación de entonces con los
que actualmente existen. Vale la pena recordar que en pleno siglo XX no hace
diez o doce años que en Santiago celebramos la fiesta de los estudiantes con
sus farándulas de disfrazados, sus carros alegóricos, sus luces de bengala y
sus batallas de serpentinas. Sin embargo, para muchos lectores será tal vez una
sorpresa saber que las fiestas callejeras de este estilo, fueron famosas en nuestra
mapochina capital durante los siglos XVII y XVIII, en los días de
Carnaval.
En estos
tres días de carnestolendas, que los santiaguinos llamaban “chalilones” los
habitantes de Mapocho, desde el más empingorotado y “grave” hasta el más
humilde zambo, se entregaban “a los mayores excesos”, según rezan las
pastorales de varios obispos — las he leído— en distintas épocas, y
muchos “cronistas” de distintos géneros. La gente joven — y
mucha vieja— se calaba sus disfraces, máscaras, embozos, “se pintarrajeaba
los rostros” y se lanzaba a la calle para hacer “broma y mojiganda” a cuanto
transeúnte encontraba a su paso, sin reparar en que fuera amigo o desconocido,
y a “jugar chalilones” con cuanta materia arrojadiza, limpia o puerca, podía
llevar consigo.
El joven
John Byron — que se encontró en dos carnavales, cuaresmas y Semanas Santas de
nuestra capital— cuenta que la noche de} Jueves Santo, mientras contemplaba la
procesión de sangre que salía del templo de la Merced a medianoche, recibió una
serie de pellizcos en ambos brazos que se los dejaron overos durante un mes, y
agrega que “mis victimarías fueron todas mujeres y muchas de ellas amigas mías
que me apreciaban mucho; yo reconocí a varias, a pesar del velo que les cubría
el rostro, dejando descubierto sólo un ojo, y por eso no quise tomar las
represalias que merecían tan crueles asaltos”.
Que tales
fiestas de carnaval eran famosas, consta fehacientemente por el hecho de que
venía “a pasarlas” a Santiago mucha gente del “puerto”, de Quillota, y aun de
Serena, Chillán y Concepción; en el tercer tercio del siglo XVIII, cuando ya
estaban fundadas Talca, Curicó, San Fernando, Rancagua, San Felipe y Los Andes,
“la romería” de la gente devota que venía a pasar la cuaresma y a cumplir con
la Iglesia a la capital, era grande; pero esto era una “alcahuetería”, al decir
del Corregidor de Rancagua, don Fernando de Tobar, porque, según él, entre los
veinte rancagüinos que vinieron a “cuaresmiar” el año 1788, estaban incluidos
tres de los cinco regidores de ese Cabildo “que viven aquí en continuos excesos
y van a Mapocho a cometerlos con impunidad, dejando abandonadas a sus mujeres”.
Esto de
“cuaresmiar” era un término preciso del celoso Corregidor Tobar, pues las
fiestas carnavalescas se prolongaban, a pesar de las protestas del clero, hasta
el Domingo de Resurrección, con el sólo intervalo del Viernes Santo, en el
cual, al decir del Padre Ovalle, “ni aun los más empedernidos pecadores son
osados de hablar fuerte”.
Que los
jugadores de chalilones no eran finos para sus bromas, ya lo puede haber
sospechado el lector con la noticia que nos da el joven Lord Byron; pero voy a
darle otra referencia sobre este punto, con la cual desaparecerá toda duda, si
es que le quedara alguna.
Cuenta el
Padre Ovalle que el año , 1629 una cuadrilla de disfrazados, “con vestimentas
de ogros, en la que hacía de capitán uno que vestía de dragón o grifo”
aprisionó al regidor Jines de Maldonado, que por encargo del Cabildo circulaba
por la plaza y los portales con vara alta de justicia y seguido de un par de
alguaciles para resguardar el orden, “e lo metió por la cabeza en la fuente de
la Plaza e se vino a salvar porque gritó mucho y acudieron los alguaciles” los
cuales lograron aprehender a uno de los ogros y al capitán disfrazado de
dragón, los cuales, llevados a la cárcel y despojados de sus disfraces,
resultaron ser un soldado y el Sargento Mayor de milicias don Francisco López
de Acuña, cuñado del regidor y uno de los sujetos más “mojiganderos” de
Mapocho.
No eran
escasos, tampoco, durante estas fiestas, los hechos de sangre; lo de las
puñaladas y garrotazos era corriente; pero también se producían crímenes de
mayor marca y aun tragedias.
En el
último tercio del mismo siglo XVII ocurrió en pleno Portal de Sierra Bella un
“drama pasional” que causó la consiguiente sensación tanto por su gravedad como
por el día y momento en que se desarrolló; pero consta que el hecho no alcanzó
a interrumpir la ceremonia religiosa que se realizaba en esos instantes. Una
mujer de las denominadas “portuguesas” — todas las cuales eran tenidas por
pecadoras públicas— vestida de capitán de infantes y acompañada de su hermano
que vestía de mujer, con faldellín de seda, camisa bordada y sin mangas,
“atacaron con puñales venecianos y en el disimulo de la apretación, durante la
procesión del Miércoles Santo, el capitán don Manrique de Quirós y a doña María
de los Dolores, recién casados, que también andaban metidos en disfraces”.
Marido y mujer quedaron malheridos en la espalda y en los muslos.
Presos y
enjuiciados los hechores, fueron condenados, el hombre a que le fuese enclavada
la mano derecha en la picota, durante una hora, y la mujer a ser pelada al
rape, a cien azotes y a servir cuatro años, sin sueldo,
en el Hospital de San Juan de Dios..
Del
proceso resultó que Don Manrique “había abandonado a la pecadora
inopinadamente” para tomar estado, y qué esa era la causa de haber asaltado a
la pareja “en plena procesión, porque antes no lo pudo haber”.
Esta
clase de incidentes y los otros menos graves a que me he referido, determinaban
serias medidas de parte de la autoridad civil para prevenir y sancionar estos
delitos y faltas que estimaban “sacrílegos”; pero esas medidas y penas
conminatorias, a pesar de que muchas se aplicaban sumariamente, no eran
bastantes para hacer entrar en vereda a la gente alegre o desordenada, la cual
estaba cierta de que la mejor época para divertirse a sus anchas y en la casi
impunidad de los disfraces y de la poca luz, era la de estas fiestas
carnavalescas, o de cuaresma y de las procesiones de Semana Santa.
Ya desde
principios del siglo XVIII se vino prohibiendo “que cualquiera persona
anduviese montada los días de Semana Santa y a la hora de las procesiones, para
evitar averías y que ninguno se atreviese a salir por las calles, entrar a las
iglesias, ni incorporarse a las procesiones con traje que no sea el usual, ni
incorporarse a las procesiones en traje de penitente, de disciplinante o de
aspado ni de otra manera de penitencia pública, pues muchos sólo lo hacen por
abuso, para intimidar a las mujeres y niños causar bullicios y fomentar
desinios delincuentes”.
Igualmente
se prohibía en esos días detenerse en la Plaza, portales y esquinas, “con
mezcla de individuos de ambos sexos que se valen de disfraces y. de la
confusión para ofender a Nuestro Señor”. Se mandaba también, que no se cantase
en las calles, paseos, cuartos y sitios públicos, coplas deshonestas, satíricas
o mal sonantes ni se tuviesen bailes provocativos”. Pero estas costumbres se
habían arraigado tanto, que el Presidente Jáuregui creyó oportuno intervenir
directamente, con su autoridad de Gobernador del Reino, ya que los santiaguinos
no llevaban de apunte a sus Alcaldes y Corregidores.
En
efecto, pocos días después del carnaval de 1773, esto es, en plena cuaresma, Su
Señoría dictó una severísima ordenanza, entre cuyas variadas disposiciones se
lee “que ninguna persona debe usar traje que no corresponda a su estado, sexo y
calidad, por cuanto son tan graves como comunes los inconvenientes que se
originan de los disfraces, máscaras, embozos, tapados de caras, con que suelen
concurrir las gentes, de noche, a las funciones religiosas, públicas y
particulares en sus casas, y también por las calles, en cuadrillas, a caballo,
con cencerros, no sólo en carnavales, sino en cuaresma, que es tiempo de
penitencia, y aun en Semana Santa, que lo es de absoluto recogimiento”.
Muy poco
resultado parece que tuvo el moralísimo y devoto Presidente, con su ordenanza —
que fue publicada por bando en las cuatro esquinas de la Plaza, en la plazuela
de Santa Ana, en la de la Merced y en la Cañada, frente a San Francisco — si
hemos de juzgar por las fiestas de carnestolendas, de cuaresma y de Semana
Santa que se realizaron al año siguiente y de las que hay testimonio en los
libros del Cabildo.
Después
de una corrida de toros que se realizó el segundo domingo de cuaresma — a
pretexto de celebrar la llegada de un oidor y de su mujer— se empezó a preparar
la iluminación de la Plaza para la fiesta de la noche, “con calles de luces”,
con arcos de faroles y grandes “lampiones de sebo” colocados en altillos “para
que alumbren la pasada de los carros fantásticos costeados por los gremios de
artesanos”, en honor de Su Señoría el Oidor de Su Majestad.
El
desfile fue presenciado por todas las autoridades, incluso el severo y grave
Presidente y una vez terminado, todo el mundo “se fue a las comedias”, las
cuales, según mis cálculos, ya se “celebraban” en la calle de las Ramadas
(Esmeralda), en el primer patio de la casa de don Joaquín Oláez de Gacitúa.
Hay,
pues, cierta sospechosa contradicción entre las órdenes severas y terminantes
que había dictado el Presidente Jáuregui un año antes y su presencia misma en
las fiestas a que acabo de referirme, que se celebraron en plena Semana Santa,
como se ha visto.
No era
raro, entonces, que los Presidentes posteriores, Benavides y Ambrosio
O’Higgins, continuaran dictando “bandos de buen gobierno” sobre el mismo tema
según los cuales persistía la costumbre de los disfraces, máscaras y embozos
durante la cuaresma. En uno de esos bandos — que acabo de leer— el Presidente
O’Higgins extremó su severidad por la moral pública, pues llegó a prohibir “que
las mujeres" regentaran las pulperías, pues a fin de favorecer la venta de
licor, invitan a sus amigas y conocidas a que vayan allí a dar animación al
concurso, llegándose a extremos sumamente vergonzosos, con menosprecio de la
moral”.
En otra
parte del mismo bando, dispuso que “durante la cuaresma que viene, los casados
se restituyan inmediatamente al domicilio de sus mujeres, a vivir con ellas,
con apercibimiento de ser arrestados y remitidos con escolta y a su costa”...
¡Caramba!
De la
corta y deshilvanada relación que acabo de hacer, se desprende que nuestros
progenitores se divertían de lo mejor, no sólo en carnavales, en cuaresma y en
Semana Santa, “sin ningún temor de Dios”, sino durante todo el año.
§ 11. El
basural
(1780)
A juzgar
por la actividad de los trabajos que se ejecutan frente al Mercado o “Plaza de
Abastos”, como se denominó ese edificio “suntuoso”, a raíz de su terminación,
en 1871, no pasará mucho tiempo sin que veamos despejado el antiguo basural del
Mapocho, que tal era el nombre de ese sitio desde los tiempos en que la ribera
pedregosa del río ponía límite a la ciudad de Santiago, por el norte, así como
la actual Alameda era el límite Sur.
El
Basural del Mapocho, a pesar de su nombre, no fue el primero ni el único
depósito de basuras de la capital, oficialmente reconocido; también lo era, y
éste sé que fue el primero de todos, el cauce del brazo de río que se bifurcaba
detrás del peñón de Santa Lucía, casi todos los años, en los meses invernales y
dejaba convertida la ciudad en una isla; ya he dicho muchas veces, y el lector
lo sabrá de memoria, que ese brazo de río corría por nuestra Alameda de la
Delicias y que su cauce se fue rellenando con todos los desperdicios de las
cocinas y todos los escombros de la ciudad y alrededores, hasta formar la
Cañada de Nuestra Señora del Socorro, que fue uno de los paseos santiaguinos
del siglo XVI.
Cuando el
Cabildo ordenó que se arrojaran a ese cauce todas las basuras de la ciudad,
dispuso también la forma en que debían hacerlo, a fin de que no formaran
“tacos” en los inviernos, y se rebalsara el río. Los indios de servicios debían
cuidar de que las basuras no ocuparan “la madre” del canal, o sea el centro, o
el divortia aquarum, en otras palabras: las basuras y escombros se
depositaban en forma de dejar al centro un cequión para que corrieran
libremente las aguas.; de esta manera fue quedando a ambos lados de este
cequión un buen espacio de tierra que poco a poco fue tomando nivel hasta
formar la Cañada, o camino de tránsito para las “caballerías” con sus
respectivas “veredas” para la gente de a pie.
La
popularidad que los franciscanos dieron a la ermita de la Virgen del Socorro, y
la “priva” en que estuvo esta pequeña iglesia cuando se derrumbó la Iglesia
Mayor de la Plaza, en 1558, y estos frailes ofrecieron la suya para los oficios
parroquiales, dieron a este barrio, “que es en las afueras de la ciudad”, una
gran importancia, y con este motivo no sólo se acomodaron “los caminos” y la
calle principal (Estado), que daba acceso a la ermita, sino que aun se
construyó “una puente” al frente de esta última calle, para pasar al lado sur
del cequión.
Pero las
basuras y escombros de veinte años no eran todavía suficientes para emparejar
la Cañada del Socorro, y aparte de las veredas y senderos allí formados con el
“trajín” del vecindario devoto, sólo se veían montones aislados de cuanto
desperdicio se producía en la ciudad. El hospital, por ser un establecimiento
cercano, era uno de los “mayores contribuyentes” de basuras; de allí salían,
diariamente, dos o tres “enfermos” con sendos bultos, o capachos, para
depositar su contenido en el montón que se estaba formando, cuidadosamente, a
la orilla del cequión, y a pocas varas de la puerta misma del establecimiento;
en esos capachos se podía encontrar desde la modesta y vulgar cáscara de papa
hasta la desvencijada “pallasa”, en donde habían pasado a mejor vida media
docena de indios “éticos”, y desde el estropajo cocinero hasta la “desdentada”
rama de espino que había servido de escoba durante un mes; y allí quedaba todo
eso, expuesto a la canícula o a la lluvia invernal, hasta que la pudrición lo
reducía a lo más sólido....
Y como el
Hospital, así también tenían su botadero “propio” en las proximidades del
cequión, los conventos de San Francisco y de la Merced, y las casas de las
familias que vivían cercanas, aportando todos su generosa contribución de
basuras para la formación de nuestro futuro gran paseo, del que habríamos de
enorgullecemos, en definitiva, los republicanos.
Pero la
ciudad debía extenderse, como era lo natural, y así iba sucediendo, en efecto;
no solamente por las cercanías de la Calle del Rey y de la Cañada, y por la
calle de San Antonio, se levantaban las “posadas” de los nuevos vecinos que año
por año llegaban de afuera a incrementar la población de Santiago, sino que
también se alzaban, y no pocas, por los alrededores de la Plaza de Armas, sobre
todo hacia el norte y el oriente, por donde se habían establecido los
dominicanos y los mercedarios. La terminación de la Iglesia Mayor, convertida
ya en Catedral, y la construcción de las casas del “Cabildo y Cárcel” y las
Cajas Reales (actual edificio del Telégrafo), habían conquistado para este
barrio la importancia urbana que al principio se diera a la Calle del Rey, como
vía obligada para ir a la ermita de los franciscanos.
Allá por
los años de 1566 y 70, es decir, unos treinta después de la fundación de la
ciudad, el barrio nororiente de la Plaza, o sea el comprendido entre las
actuales calles de Miraflores y Bandera, hasta el río Mapocho, había adquirido
supremacía efectiva, pese a los esfuerzos de muchos vecinos influyentes de la
Cañada “que amparaban a los frailes franciscos”. Por cierto que estos frailes
echaban toda la culpa de este abandono en que iban quedando, a los dominicos y
a los mercedarios, con quienes habían tenido incidentes y hasta choques que
causaron alarma pública, desde los primeros años de la fundación de esos
conventos, choques e incidentes que he contado en otras ocasiones.
Un
meticuloso cronista de ese tiempo, el escribano del Cabildo, Nicolás de
Gárnica, dejó por ahí un dato fehaciente del cual me aprovecho para asentar que
por entonces había en ese sector nororiente cincuenta y tres casas, lo que
constituía, en su opinión, una densidad de población con caracteres de
alarmante, “pues por aquí acostumbra salir el río de avenida, rompiendo
tajamares, con graves destrucciones”, lo que era verdad.
Pues
bien, este vecindario nuevo no tenía “botadero de basuras” — la Cañada le
quedaba lejos— y la autoridad local hubo de proveer a esta necesidad; “las
basuras o desperdicios o escombros se echan a las calles”, reza un acta del
Cabildo, en la cual aparece el procurador de la ciudad, Diego García de Cáceres, como
un campeón de la salubridad pública. El Cabildo no tardó en proveer de
“botadero” a esta parte de la población, y señaló para ello el “pedregal del
río”, que estaba a la mano; por lo demás, no hizo sino confirmar lo que iba
siendo costumbre; muchos vecinos mandaban arrojar las basuras al pedregal
“detrás del convento de Nuestro Señor Santo Domingo”.
Ha de
suponerse que el plano de la ciudad, por aquellos años, y en esta parte
nororiente, era bien distinto del actual, pues ni se pensaba en “ganar al río”
las numerosas cuadras del cascajal que ahora ocupan los palacetes y demás
construcciones costaneras al Parque Forestal. El antiguo límite de la ciudad,
por este lado, empezaba en la calle de Tres Montes (actual calle José Miguel de
la Barra), esquina con la calle de la Merced, o sea, en la punta norte del
Cerro Santa Lucía, en donde se extendía una plazoleta denominada el Egido de la
Ciudad, o el Alto del Puerto, pues allí llegaban los “acarretos” o recuas de
mulas que hacían el transporte de las mercaderías y “vituallas” que se
internaban al Reino por el puerto de Valparaíso. Este Alto del Puerto era, en
realidad, la aduana, pues aquí se bacía la revisión y clasificación de las
especies para aplicarles los derechos y “gabelas” que correspondían al Fisco de
Su Majestad y al Cabildo.
Desde
este punto continuaba una línea oblicua que podría corresponder, actualmente, a
la calle de Santo Domingo, inclinándola hacia detrás del convento de los
dominicanos, que era el extremo de la ciudad, por el norte; esto vale decir que
el pedregal, hasta el río, empezaba desde las mismas tapias traseras del
convento, o sea, desde la calle de las Rosas.
Pero el
auge que había tomado la ciudad por estos lados y la determinación del Cabildo
de señalar como basural este sector, y, particularmente, el hermoso pedazo de
terreno que quedaba detrás del convento, indujo al Provincial de Santo Domingo,
fray Lope de la Fuente, a prevenir a su instituto de futuras contingencias.
En
efecto, después de haber “trabajado” a los alcaldes y regidores, que debían ser
sus amigos, el Provincial hizo una humilde presentación. a la corporación
municipal en la cual “suplico a vuestra mercedes se nos haga merced e limosna
del sitio que está a espalda del dicho convento e monesterio, e también de la
calle”... Se refería el Provincial al camino de Valparaíso, que, pasando por el
pedregal, detrás del convento, iba a terminar al Alto del Puerto.
No hubo
inconveniente, y ni siquiera discusión, según se desprende del acta de la
Corporación Municipal, que tengo a la vista. “E vista la dicha petición,
dijeron todos juntos, unánimes y conformes, que le hacían e hicieron merced al
dicho padre fray Lope y al dicho convento, e limosna de la dicha cuadra e
calle, desde las tapias a espaldas del dicho monasterio, medida la calle e
cuatro solares, e no más, hacia el río. E así lo proveyeron e mandaron e
firmaron de sus nombres”.
Esta
“merced e limosna” fue concedida por el Cabildo en sesión de 19 de noviembre de
1568, y es posible que la entrega de la calle y cuatro solares se hubiera
efectuado sin mayor demora; sin embargo, al margen de la página correspondiente
al acta citada, se lee una anotación que dice: “Tomaron possissión dello, de la
cuadra e calle en veintidóos de noviembre de mili e quinientos Sesenta y nueve
años”, lo que significaría que los frailes dejaron pasar un año para
recibirse del terreno, lo cual no tendría explicación. Esta discordancia de
fecha es, tal vez, un error del escribano del Cabildo, Andrés de Valdenegro.
Tenemos,
pues, a los dominicos en “possissión” de una calle de doce varas y de una
cuadra de cuatro solares detrás de su convento sobre el pedregal del río, calle
y cuadra que hoy corresponden a la calle de las Rosas y a la manzana 21 de
Mayo, San Pablo y Puente. No tardaron mucho en cerrar la calle y la nueva
manzana, pues antes de un año tenían su convento “en un paño” y el camino al
Alto del Puerto se había trasladado “hasta la mitad del pedregal”, según reza
un documento de la citada Orden. Como consecuencia de todo este movimiento, “el
basural se trasladó al sitio que hoy ocupa el Mercado Central, y abarcó toda la
ribera sur del río, desde el ya nombrado Alto del Puerto hasta más abajo de la
manzana que es hoy la cárcel.
El
Basural “se cargó” frente al actual Mercado, pues por esos alrededores la
población era más densa; sin embargo, cuando la ciudad fue siendo más crecida,
las basuras eran trasudadas a lomo de mula, o de indio, desde otros sectores
más distantes, pues el Cabildo creyó conveniente formar allí unos tajamares
para proteger a la ciudad de inundaciones. Estos tajamares se formaron con
“cabras” de madera y con “canastas” que se rellenaban con piedra del río, “de
las grandes”. El espacio que quedaba entre el tajamar y la tapia del convento
dominicano, era el destinado a la basura; no se podría asegurar que este
terraplén fuera de los más firmes para contener las corrientes invernales.
Y así
pasaron siglos, hasta dos completos, y por muy poco que barrieran los
santiaguinos, las basuras y los escombros de doscientos años tuvieron que
influir para que el pedregal fuera cubriéndose hasta formar una explanada que
alcanzó un nivel apreciable; contribuyeron a este “progreso” de la ciudad, en
primer lugar los terremotos — y en especial el del 13 de mayo de 1647, que
proveyó de escombros para una buena extensión— y luego los puentes que se
construyeron para comunicar a la ciudad con la Chimba, el “de palo” frente a la
Recoleta, y el de Calicanto, frente a la Cañadilla; estos puentes, con el
tajamar de ladrillos que levantó el Presidente Henríquez en substitución de los
de cabra y canastos de piedra, limitaron el terraplén a una extensión de tres o
cuatro cuadras de largo por dos de ancho, más o menos.
No he
encontrado referencia alguna respecto a que los dominicos hubieran obtenido una
nueva concesión de terrenos sobre ese sitio terraplenado durante los dos siglos
que transcurrieron desde que el Cabildo les concediera la calle y solares de
que hablé más arriba, hasta el año 1772, en que alegaron, y con éxito, la
propiedad de un nuevo sitio a continuación, “calle en medio”, de las tapias de
su convento, las que llegaban, ya lo he dicho, hasta la que era y es todavía la
calle de San Pablo, frente al Mercado.
Es el
caso de que hábiéndose buscado, el dicho año, un sitio para edificar la nueva
Casa Real de Moneda — pues el edificio en que funcionaba hasta esa fecha
pertenecía al Marqués Don Francisco García de Huidobro—, el Presidente don
Francisco Xavier de Morales pidió al Cabildo la cesión de un pedazo de terreno
en el Basural, en la parte colindante con el Convento, “habiéndose de dejar
calle que deje paso al Colegio de San Pablo”, y el Cabildo, cuyo Corregidor era
el célebre don Luis Manuel de Zañartu, “se lo cedió complacidísimo a Su
Majestad”.
Se
entregó el terreno, se posesionaron de él los constructores, se abrieron los
heridos, se colocó allí la primera piedra por el nuevo Presidente don Agustín
de Jáuregui — pues vale la pena informar al lector que desde la primera gestión
hasta ese solemne momento habían transcurrido cinco años y el anterior
mandatario se había ido— se emparejó el terreno lo mejor que se pudo, se
levantaron algunos galpones para guardar materiales y herramientas, y después
que todo estuvo más o menos avanzado, el Provincial de Santo Domingo se
presentó al Cabildo y luego a la Audiencia, reclamando de que “se le ha quitado
y despojado al Convento de un pedazo de tierra, en el Basural, y se construye
allí, contra todo derecho, una obra”.
Mucho
alegó el Cabildo, mucho apeló, muchísimo protestó, pero más y mejor alegaron
los frailes, pues obtuvieron del Rey una Real Orden para que el Cabildo
indemnizara al Convento con la cantidad de 21.996 pesos, “valor de dicho
terreno y costas”. Pero a poco llegó a Chile el célebre arquitecto Toesca, y
tras una rápida inspección pericial, declaró que ese terreno era inservible
para edificar la proyectada Casa de Moneda, la cual, según los planos que se
habían ideado, “iba a ser el edificio más suntuoso de las Indias”.
La
declaración formal y definitiva de un profesional tan prestigioso como el
artista italiano, provocó la consiguiente protesta no sólo en los círculos
oficiales, desde el Presidente abajo, sino también en el vecindario del barrio,
pues los propietarios de por ahí especulaban ya con tener al lado la Casa de
Moneda, la cual, unida al Puente de Calicanto recién construido, al templo dé
Santo Domingo, cuya fábrica de piedra había empezado ya con los veinte mil
patacones que habían recibido los frailes por el terreno del Basural, y al
Monasterio del Carmen Bajo, que también estaba por terminarse formarían un
núcleo de “monumentos” que estaría destinado a trasladar a la ribera sur del
Mapocho el eje de la ciudad.
A pesar
de que la declaración de Toesca venía a ser una verdadera censura para el
Presidente Jáuregui, este Mandatario no quiso cargar con la responsabilidad de
ordenar que se continuaran los trabajos de la Moneda en el Basural, que tal era
la exigencia general de los interesados; y para no dar su brazo a torcer “por
el dicho de un albañil” — así se le denominaba a Toesca— dispuso que esta
opinión pericial se enviara en consulta al Comandante de Ingenieros don Antonio
de Estremiñana, que por esas fechas estaba construyendo ciertas fortalezas en
el Callao. Con esto, los trabajos se paralizaron de hecho, pues hubo necesidad
de enviar a Lima todos los planos de la Casa de Moneda, que eran 240, con sus
especificaciones y detalles. Y en estos estudios y consultas transcurrieron
cuatro años, al fin de los cuales el nuevo Presidente de Chile, don Ambrosio de
Benavides, libre de presiones interesadas y convencido también de que el
terreno del Basural no era apto para soportar una construcción de la magnitud
de la proyectada, dispuso que se abandonara definitivamente la idea de
levantarla allí. Dos años más tarde se empezaron a abrir los heridos para
edificar la Casa de Moneda en el sitio en que ahora se encuentra y el terreno
del Basural quedó nuevamente abandonado, y en poder del Municipio santiaguino.
Los
trabajos iniciales para levantar aquí la Casa de Moneda, como ser la nivelación
del terreno y su dragado para trazar las acequias y zanjones que debían
encauzar las filtraciones del río, formaron en ese sitio una gran plaza que
llegó a ser el centro de un activo movimiento comercial, pues caía sobre ella
el extremo sur del puente de Calicanto, que fue la arteria de comunicación de
la ciudad con la Cañadilla, en donde se había reunido una población
numerosísima, dedicada a la industria y al comercio menudo; a ambos lados de
esta Cañadilla se construyeron “tiradas” de cuartos que tanto servían de
viviendas como de “fondas” cocinerías, pulperías, etc., delante de cuyas varas
“se apeaban” los que venían del norte, o de la otra banda, trayendo artículos
de mercancía.
También
había “quintas” y aun “casas grandes” de familias pudientes, cuyos jefes venían
casi diariamente a Santiago... Uno de éstos era el Obispo Alday, que vivía en
su chacra, situada a la altura de la actual calle de los Olivos; años más tarde
se hizo propietario y “vecino” de la Cañadilla el célebre Obispo Marán, el que
erigió la parroquia de la Estampa.
Con todo
ese movimiento, la plaza del Basural, que era el paso obligado de todo
transeúnte del Puente de Calicanto, se convirtió en una feria continua; a mayor
abundamiento, a principios del siglo XIX, el Cabildo ordenó que allí se
estacionaran las carretas que venían del norte, a fin de que los “fieles
ejecutores” las inspeccionaran y les aplicaran el arancel. En los tiempos de la
Patria Vieja, el Basural servía para los ejercicios de las tropas y aun para
las revistas de los batallones cívicos; don Juan José Carrera hacía evolucionar
sus granaderos “de puente a puente”, ensayando cargas de caballería. Ya dije
antes que frente a la Recoleta había un puente “de palo”.
La
densidad de la población en los años posteriores, y muy especialmente cuando el
Reino se convirtió francamente en República, hizo necesario que se habilitaran
otros locales para “el abasto” de la ciudad, porque el “planchado del Basural
es pequeño”; por resolución del Municipio, se instaló una nueva “recova” en el
antiguo edificio del Colegio de San Pablo y luego otra en la calle de San
Diego; años más tarde se autorizó también la instalación de recovas
particulares, o “puestos”, en distintos barrios de la ciudad, lo cual dio lugar
a muchos abusos pues la vigilancia de la autoridad, con los cortos medios de
que disponía, no podía ser suficiente, ni para evitar esos abusos ni para
recaudar en buena forma los derechos municipales, que “es la renta más genuina,
más peculiar y la más abundante de la ciudad”.
Se hacía
imprescindible la construcción de una sola “plaza de abastos” dotada de todas
las comodidades para el expendio e inspección de los artículos alimenticios y
también para la recaudación correcta y equitativa de los derechos municipales.
Emprendió esta obra “a todo costo”, el Municipio de 1869, y
quedó
terminada tres años más tarde; el local donde se levantó este edificio fue el
del histórico Basural, y a la nueva construcción se le dio el nombre de Mercado
Central.
Se
inauguró en septiembre de 1872, con una gran Exposición de Artes e Industrias,
y terminada ésta, se dio allí un baile social “cual no volverá a verse entre
nosotros”, el que se llevó a efecto el 22 de octubre; en este baile se gastaron
cerca de treinta mil pesos. “Nubló el brillo de este acontecimiento la falla
notable en el servicio de refrescos”, según advierte la detallada memoria que
presentó en su oportunidad, el Intendente de Santiago, don Benjamín Vicuña
Mackenna.
Después
de efectuado el baile, se procedió a la rápida instalación de los “puestos de
venta”, que se pusieron en remate con un resultado total de 12 mil y tantos
pesos, lo que constituyó un éxito inesperado para el Municipio. Desde entonces,
desapareció de hecho el antiguo Basural, pues la Municipalidad, halagada con el
éxito del remate, hizo pavimentar con piedra de río las avenidas laterales del
edificio, empezando por echar una sólida muralla a la orilla de río, a lo largo
de tres cuadras, lo que dio la idea de canalizar el Mapocho en toda su
extensión frente a la ciudad, proyecto que se llevó a cabo quince o veinte años
después.
§ 12. El
tesoro de Meneses
(1780)
Se busca
con afán — y ojalá se encuentre y sea dulcemente disfrutado por sus buscadores—
un tesoro cuya propiedad origen sería la de un Meneses. Eruditos u oportunistas
investigadores han citado a dos Meneses, los más destacados en nuestro pasado
histórico: uno de ellos, el Gobernador de Chile y Presidente de su Real
Audiencia, don Francisco Meneses y Brito, que vivió en Chile cuatro años —
enero de 1664 a marzo de 1668— y el Deán de la Catedral de Santiago, don Juan
Francisco Meneses, chileno, nacido en 1785 y fallecido en 1860.
También
figuró en Santiago, desde 1670 hasta 1679, un personaje que tenía el alto cargo
de Oidor de la Real Audiencia; era don José de Meneses y Alliende de Salazar,
limeño, el hombre más enamorado y audaz que se haya conocido en Chile, a lo
menos por aquella época. Baste decir que se entró al monasterio de las Claras a
extraer a una dama a quien sus padres habían recluido allí para ponerla a salvo
del Oidor, que la perseguía.
Hubo
también otros Meneses, casi todos eclesiásticos, que vivieron en distintas
épocas; pero sólo se achaca la propiedad del enterramiento a los dos primeros,
o sea, al Gobernador Meneses y Brito, que actuó en Chile siglo y medio antes de
1810 o al Canónigo Meneses, que vivió en plena República.
Creo,
formalmente, que se puede descartar de la sospecha al Gobernador Meneses, a
pesar de cierta cita que ha hecho un redactor de “Los Tiempos”, relativa a los
millones que habría reunido! durante su gobierno, mediante los expolios, cupos,
negociados, venta de empleos e infinidad de barbaridades de este género que
puso en práctica. La cita del mencionado escritor proviene de unas “Memorias
del Reino de Chile y de don Francisco Meneses”, escritas por el franciscano
fray Juan de Jesús María, contemporáneo del nombrado Gobernador. “Hallábase
Meneses — dice el cronista— con un millón de hacienda: no había en todo el
reino de Chile oro, plata, alhajas, ni cosa preciosa que ya no parase en su
poder. Su caballeriza se valoraba en cincuenta mil ducados; los frenos y
estribos de plata los despreciaba por comunes y los mandaba labrar de oro”.
Cualquier
persona advierte en estas palabras una exageración indudable; y la exageración
queda de manifiesto si se lee todo el libro de Fray Juan; don Diego Barros
Arana dice que este fraile, “haciéndose eco de la voz general, fue
extremadamente apasionado al juzgar la fortuna del Gobernador Meneses”.
Pero aun
aceptando que “el Barrabás” — éste era el apodo que le habían puesto los
santiaguinos, por sus tropelías— hubiera poseído un tesoro de tal magnitud, es
necesario recordar que Meneses fue desposeído, sorpresivamente, de su cargo de
Gobernador y encerrado en la cárcel pública con una barra de grillos e
incomunicado severamente.
Aparte de
que no tuvo tiempo material para recoger o poner a salvo las riquezas de que se
le suponía poseedor, consta que el Oidor limeño don Lope Antonio de Munive,
venido especialmente a instruir el juicio de “residencia” al depuesto
Gobernador, decretó el secuestro de todos los bienes que aparecían como de
propiedad de Meneses, hasta el extremo de que hubo de encargarse la familia de
su mujer, doña Catalina Bravo de Saravia, de la alimentación de esta señora y
sus dos hijos. Los contemporáneos hacían subir a dos millones de ducados la
suma total de los secuestros y embargos decretados por el severo Oidor Munive,
contra Meneses y sus parciales más comprometidos.
Consta,
por fin, que Meneses fue desterrado a Córdoba del Tucumán, a los tres meses de
su deposición y prisión; que en esta ciudad estuvo un año, y que después fue
confinado a Arica, de donde fue remitido a Lima, por empeños de la poderosa
familia Irarrázabal, a la que pertenecía su mujer, la cual permanecía en
Santiago.
Cuando
Meneses quedó instalado en Lima, su mujer y sus tiernos hijos fueron a
reunírsele; doña Catalina llevó consigo su patrimonio, liquidado en unos
treinta mil pesos, y con esta suma vivieron todos en la capital del virreinato.
Meneses falleció dos años después, 1672. No parece probable que haya podido
dejar tesoro escondido en Chile y menos aun en el sitio en que hoy se busca —
Mapocho entre San Antonio y 21 de Mayo— que era, por aquellos años el escueto
pedregal del Mapocho. Es conveniente recordar que los primeros “tajamares”
fueron construidos allí por el Gobernador don Juan Henríquez, ocho o diez años
después del gobierno de Meneses.
Es el
Canónigo don Juan Francisco Meneses, que nació en Santiago en junio de 1785, el
más fuertemente sindicado de haber poseído y enterrado la millonada que se está
buscando en el antiguo pedregal, o basural del Mapocho, con éxito, si nos
atenemos a lo que publica la prensa, pues ya se ha encontrado una acequia
abovedada y ciertos ladrillos señalizados, a ocho metros del actual nivel de la
calle.
Analicemos
un poco la vida de este canónigo y veamos si puede tener base una suposición
como la que ha dado pie a gente formal para atribuir a este personaje unas
riquezas tan fabulosas y un ocultamiento tan largo como inexplicable de ese
tesoro. Conste y conste, que dista mucho de mi pensamiento negar el hecho mismo
de que puedan existir esas riquezas en tal sitio o en otra parte; de lo que me
permito dudar es de que ellas pudieran haber pertenecido al canónigo y de que,
siendo suyas y ocultadas por él, no las hubiera recuperado, cuando estuvo en
excepcional situación de hacerlo, según lo demostraré en seguida.
Ante
todo, es conveniente apuntar que en las publicaciones que se han estado
haciendo sobre la ascendencia o genealogía del Canónigo se ha dado vuelo a la
fantasía, haciéndole deseender de doña Urraca o de los reyes de Portugal.
Tampoco meteré la cuchara en el tonel de los blasones y de la “fidalguía”,
porque tengo para mí que son muy pocos los que tienen cabeza para seguir un
rastro de esta especie. Lo cierto, en esto del Canónigo, es que sus padres
fueron don José Ignacio Díaz Meneses, oriundo de Aconcagua, y doña Micaela
Echanes, Santiaguina. Que el apellido de don José Ignacio fuera Díaz de
Meneses, o Diez de Meneses, como escriben algunos, no hace mucho al caso; hubo
un don Pedro Díaz de Meneses, contemporáneo, casado con doña Gregoria Guerrero,
que fueron los padres del presbítero don José Gregorio Meneses, que llegó
también a la dignidad de Canónigo el año 1829, después de haber sido un clérigo
activo y patriota, como que acompañó al ejército de San Martín en su travesía
de los Andes, en 1817. Este Canónigo vivió y murió en la pobreza.
Respecto
del Canónigo Juan Francisco Meneses, es bastante conocida su biografía, pues
fue hombre público desde sus años juveniles.
Nacido en
1785, recibió su título de doctor en Cánones y Leyes el 24 de enero de 1801,
esto es, a la edad precoz de 16 años; quince días antes, el 23 de diciembre de
1800, habíase graduado de Bachiller, después de un brillante examen. Dos años
más tarde, en 1802, fue nombrado catedrático de Derecho de la Universidad de
San Felipe, en reemplazo de su padre el doctor don José Ignacio. El 31 de
agosto de 1804, recibía su título de abogado de la Audiencia de Santiago, y
cuatro años después, el Presidente García Carrasco lo nombraba su secretario, o
escribano de gobierno.
En este
mismo año contrajo matrimonio con doña Carmen Bilbao, “en quien tuvo varios
hijos”, informa Medina.
Los
acontecimientos que determinaron el alejamiento de García Carrasco envolvieron
también a su secretario, el que fue depuesto a pedido del pueblo amotinado.
Meneses se retiró a su bufete de abogado, en el que fue protegido por una
abundante clientela realista. Desde esta fecha, hasta la reconquista, 1814, el
abogado Meneses pudo trabajar libremente, tal vez con la idea de reunir una
fortuna para sus hijos; pero las circunstancias por que atravesaba el país no
eran favorables para atesorar. Estaban en el poder los patriotas, y todos los
cupos, impuestos y expolias caían de lleno sobre los realistas, con cuyos,
dineros se sostenía la guerra.
Cuando
Osorio desembarcó en Talcahuano para emprender su marcha triunfal hacia el
norte, Meneses salió de la Capital a fin de ponerse a las órdenes del general
español. Osorio lo recibió como lo merecía el último secretario del último
Gobernador español y lo dejó en Concepción, como asesor del Intendente
Urrejola.
Producido
el desastre de Rancagua y la reconquista, Meneses fue traído a Santiago a
desempeñar uno de los cargos de más confianza cerca del Gobernador don
Francisco Casimiro Marcó del Pont. Se achacó a Meneses — a mi parecer con muy
poco fundamento— una señalada intervención en la persecución de los patriotas;
lo cierto es que fue un hombre de situación y de influencias decisivas en los
consejos realistas y que tuvo intervención directa en la imposición de las
contribuciones, cupos, expolios y confiscaciones que el gobierno realista
impuso, a su vez, a los patriotas en ese período de represalias.
¿Sería
posible suponer que Meneses reunió, en esa época, el tesoro que actualmente se
busca y cuyo monto se hace subir a millones y millones?
Como dato
ilustrativo, respecto de la capacidad financiera y monetaria de Chile en ese
período — 1814 a 1817— me parece bastante elocuente el dato que voy a citar.
Cuando se produjo la debacle a raíz del triunfo de Chacabuco, los tesoreros
realistas dispusieron poner a salvo las cajas reales, transportando los fondos
a Valparaíso, con el objeto de embarcarlos con destino a Lima; dice don Claudio
Gay, que el total de esos fondos, según informes del tesorero don Ignacio
Arangua, ascendía aproximadamente a la cantidad de 264.000 pesos; don Diego
Barros Arana agrega que “las informaciones que hacen subir ese tesoro a 300.000
pesos, adolecen de una notable exageración”.
Si la
capacidad monetaria del real fisco no sobrepasaba de 300.000 pesos, reuniendo
en un solo poder las confiscaciones y cupos de la mayoría del vecindario rico,
parece un poco aventurado suponer que Meneses, aunque fuera un funcionario
omnipotente, hubiera podido reunir en sus cofres particulares siquiera una
cantidad igual que dista mucho de la millonada en perspectiva.
Producido
el pánico en la capital, el asesor don, Juan Francisco Meneses tuvo que huir, a
la par, que el ejército realista, y que el Gobernador Marcó del Pont; consta
que el día 15 de febrero estaba embarcado a bordo de la fragata “Bretaña”,
fondeada en Valparaíso; lo acompañaban su mujer, doña Carmen Bilbao y sus
hijos, el mayor de ocho años de edad; debía tener tres o cuatro. El “Bretaña” y
ocho barcos más fueron obligados por los fugitivos a levar anclas ese mismo
día, a las diez de la mañana.
Se debe
desechar la idea de que Meneses hubiera podido construir, en pocas horas, la
bóveda que se busca al lado del antiguo tajamar, para ocultar su tesoro;
deberemos darla por hecha con anticipación y con premeditación, y en esto no se
peca, por cuanto el futuro Canónigo era hombre hábil, acucioso y previsor.
Pruebas de ello había dado y todavía tendría que darlas en su larga vida.
Durante
dos años y medio ejerció en Lima la abogacía, con éxito relativo a las
circunstancias del país y a su condición de forastero; lo poco o nada que se
sabe de su vida en Lima, autoriza para creer que vivió en una modesta y opaca
medianía, aunque Prieto del Río asegura que sirvió de secretario del Virrey. A
mediados de 1819, enfermó gravemente su mujer, y pasó a vida mejor en
noviembre.
Meneses
quedó agobiado con este sufrimiento, y antes de los seis meses solicitó del
Obispo del Cuzco la sotana clerical, iniciando, al mismo tiempo, sus estudios
de teología.
Le era
imposible vivir en el Perú; su moral estaba decaída con el golpe familiar que
había sufrido, a lo que no era ajena la situación política del virreinato,
invadido por el ejército chileno de San Martín. Quiso volver a
su patria y solicitó licencia del director O’Higgins “para pasar a residir en
Santiago, bajo leal promesa de servir a la causa de la independencia de
América” El Director aceptó la promesa, y por decreto de 30 de diciembre de
1821, le concedió el permiso. El 21 de abril del 22, recibía las órdenes del
presbiterado, de manos del Obispo de Santiago, señor Rodríguez Zorrilla.
Si
Meneses volvió a Chile con el objeto de recuperar su tesoro escondido, se
guardó bien de manifestar su propósito en esa época, porque a los dos meses de
estar ordenado, aceptó el cargo de cura párroco de Los Andes, en donde
permaneció cuatro años, llevando una vida ejemplar, por su sobriedad y caridad,
lo que le valió el cariño y la consideración de todos. También le valió una
diputación al Congreso del año 28.
Dos años
antes de esta fecha, había trasladado su residencia a la capital; recordando
las aptitudes “y literatura” del antiguo asesor de presidentes, el
general Freire le confió el rectorado del Instituto Nacional;
pero renunció este alto cargo para dirigir el “Colegio de Santiago”, que los
pelucones habían fundado recientemente, para oponerlo al colegio de don José
Joaquín de Mora, creado por los liberales...
No consta
nada que haga suponer que Meneses viviera en la opulencia durante este tiempo;
por lo contrario, su sueldo de seiscientos pesos al año, como director del
Colegio, no le daba mucho margen para darse lujos o buena vida en su casa de la
calle de las Ramadas Nº 30, donde vivía. Debo prevenir que el número 30 venía a
quedar a unos ochenta o cien metros hacia el poniente de la actual plazuela
Esmeralda, es decir, al revés de donde se anda buscando actualmente.
Por
aquella época, 1828, Meneses estaba en la plenitud de su vida; su carácter
impetuoso, combativo, avasallador, y su indiscutible talento, lo situaron sin
esfuerzo alguno al lado de Portales y de los dirigentes de la revolución contra
el pipiolismo imperante; las reuniones callejeras y tumultuosas contaban a
Meneses entre sus más destacados caporales, y varias veces encabezó reuniones
de trascendencia, como las que depusieron al Presidente Vicuña, a Freire y a
Ruiz Tagle. Las negociaciones de Ochagavía y su resultado llevaron a Meneses al
Ministerio Universal de la Junta Gubernativa, creada por ese pacto. Gozó, pues,
de la plenitud del poder durante medio año, y en la más caótica e impune de las
situaciones.
Si no
había tenido ocasión hasta entonces, de extraer el tesoro que habría podido
esconder doce o catorce años antes, la tuvo en esa oportunidad. Que Meneses y
todos los “estanqueros” necesitaban dinero para subvenir los gastos de la
revolución, lo manifiesta el hecho de que todos los dirigentes o partidarios se
“cuoteaban” para juntar numerario con que pagar al ejército y cubrir sus
necesidades más premiosas, porque no había un peso en las arcas fiscales. Que
Meneses no era egoísta o avaro, lo manifiesta el hecho de haber dedicado todo
su tiempo, sus esfuerzos, sus entusiasmos a la causa revolucionaria; si hubiera
poseído un tesoro, habría sido generoso, sin titubear; y si alguien — Portales,
por ejemplo— hubiera sospechado que Meneses era poseedor de un “entierro” se lo
habría quitado... Porque así se estilaban las cosas en ese tiempo.
Pero aun
aceptando que Meneses se hubiera dado trazas para ocultar sus riquezas durante
la época revolucionaria, no es aceptable que pasados los años, y llegada la paz
y la tranquilidad a la República, hubiera continuado con su tesoro escondido.
Tenía a quienes legar su fortuna: sus hijos o sus nietos; no la necesitaba él,
pues sus sueldos de Canónigo, visitador del Obispado, Director del Museo
Nacional, Rector de la Universidad, por muy cortos que fuesen, le daban, en<
total, para satisfacer en exceso sus necesidades.
El
Canónigo Meneses alcanzó una larga vida; falleció a los 75 años de edad, cuando
ya el hombre no tiene ambiciones. Su panegirista, el Canónigo don Miguel
Sevilla, dejó establecido en una oración fúnebre pronunciada en la Catedral,
ante los funcionarios del Gobierno, e Iglesia, y el pueblo, que Meneses “era un
pozo de caridad”, y que practicaba en alto grado aquello de “que tu mano
derecha ignore lo que da tu izquierda”.
Me parece
que a un avaro, como debiera calificarse a Meneses si teniendo oculto un tesoro
no lo revelara a sus hijos y nietos al borde la tumba, no podían habérsele
dedicado tales frases.
Dudo,
pues, que el dueño del tesoro que busca mi amigo el maestro Chocano, haya
podido ser el Canónigo don Juan Francisco Díaz Meneses y Echanes.
Puede ser
de otra persona, sí, señores; pero también me permito dudar de que ese señor
haya elegido el pedregal del Mapocho, o el Basural, para ocultar tamaña
riqueza. Por otra parte, se debe advertir que las excavaciones que se hicieron
un poco más al poniente de ese sitio, para fundamentar los cimientos del
Palacio de la Moneda que iba a construirse allí, en 1783, dieron en agua a
menos de tres varas, y por esta causa no se levanta allí el actual Palacio.
Débese
advertir, por último, que el nivel de la calle está, actualmente, ocho o diez
metros más alto que en aquellos años; basta mirar el emplantillado del canal;
de manera que la bóveda del tesoro debería encontrarse a unos
quince metros de hondura. En consecuencia, me parece que aún queda mucha tierra
que sacar...
§ 13. La
Moneda, monumento arquitectónico
(1782)
Yo no sé
si el gran edificio colonial que la República ha destinado para residencia de
sus Presidentes merezca, en concepto de la moderna ingeniería, el calificativo
de monumento arquitectónico; variadas opiniones he oído y leído a este
respecto, y si es verdad que no ha faltado un vanguardista que haya juzgado a
la mejor obra de Joaquín Toesca, de ser un “trabajo de albañilería”, en cambio
abundan los que reconocen en el Palacio de la Moneda una obra de méritos
indiscutibles, tanto por su concepción grandiosa como por su recia fábrica, que
a ha mantenido enhiesta un siglo y medio y lleva cariz de conservarla igual
otros dos tantos.
Sea cual
fuere la opinión de los modernos, el hecho es que si la Moneda no alcanzara el
calificativo de monumento “arquitectónico”, nadie le podrá negar su ejecutoria
de “Monumento” como que es, hoy en día, el más caracterizado recuerdo que nos
ha quedado de aquella época del coloniaje, en que la construcción de obras
públicas en el lejano y pobre Reino de Chile tomó señalada importancia, y marcó
una huella imborrable. Los tajamares del Mapocho, el camino carretero entre
Valparaíso y Santiago, la Catedral, la Aduana (antiguo Palacio de los
Tribunales), el templo de Santo Domingo y. la Casa de Moneda — para no recordar
otros de menor importancia— fueron los monumentos que nos dejó España en los
últimos años de su dominación, como un recuerdo de su grandeza ya en franca
decadencia.
Y no era
la falta de iniciativas la causa por qué los gobernantes españoles de Chile no
emprendieran obras de apremiante necesidad pública, como los tajamares, el
camino a Valparaíso, o el canal de Maipo, o de “ornato y adelantamiento”, como
la Catedral, la Aduana, la Casa de Moneda y otras; ni tampoco la escasez de
fondos — bien se vio, después, que el dinero no faltó— ni aun los tropiezos y
dilaciones que el más pequeño proyecto encontraba en las oficinas y antesalas
de la Corte. La causa principal estaba en que “las artes matemáticas eran
cortas”, y que los constructores de esos años, desconociendo las más
elementales reglas de la arquitectura, se encontraban imposibilitados para
emprender obras de alguna importancia.
La
llegada a Chile del arquitecto don Joaquín Toesca, discípulo del eminente
ingeniero siciliano, al servicio de España, Don Francisco Sabatini, vino a
revolucionar “el oficio de albañil” en Santiago. Apenas llegado Toesca a esta
ciudad, a mediados de 1780, el Presidente Jáuregui le encomendó el
levantamiento de los planos de una obra que se debía construir por orden del
Monarca y que estaba aún en proyecto, desde siete años antes, “por no haber en
este Reino quien tire los planes y un albañil que la levante”. Esta obra era la
Casa de Amonedación, o de Moneda, que hasta entonces funcionaba en el local del
antiguo Convento Máximo de los Jesuitas, o sea, donde hoy están los jardines
del Congreso, por la calle de la Catedral.
Lo único
que hasta entonces se había hecho para cumplir la orden del Rey, era designar
el sitio donde habría de levantarse la futura Casa de Moneda; por cierto que el
lector no se imagina dónde estaba ese sitio, ni yo tampoco quiero que “se
ponga” a hacer conjeturas y a devanarse los sesos para adivinarlo; se lo diré
de un tirón: a la orilla sur del Mapocho, en pleno basural, precisamente donde
hoy se levanta el Mercado Central.
Toesca
vio que aquella ubicación para un edificio como el que proyectaba el Soberano,
era un disparate; pero, a pesar de lo grande que era, le costó gran trabajo
convencer al Presidente, no sólo de esto, sino también de que el terreno era
inapropiado para una construcción de tal calibre; sólo cuando el arquitecto
demostró, abriendo un herido profundo, que el subsuelo del Basural “era fofo” y
que las filtraciones del río iban a constituir un peligro constante e
inevitable para los cimientos, vino a ceder, y a regañadientes, el muy ilustre
y porfiado señor Gobernador de Chile. Fue necesario, entonces, buscar otro
sitio para la Casa de Moneda, y fue el propio Toesca quien dio con él,
interesado como estaba en acreditar sus aptitudes de arquitecto y en demostrar
que sus conocimientos eran superiores a los de maese Tomás de la Rosa, el
albañil oficial de Santiago, y el único que podía enfilar adobes o ladrillos “a
más o menos plomo”. La Rosa había sido el verdadero constructor del Puente de
Calicanto, pues el ingeniero de la obra, don José Antonio Birt, falleció
trágicamente cuando apenas se habían delineado sus cimientos.
El sitio
elegido por Toesca estaba situado a cinco cuadras al sudoeste de la Plaza de
Armas y había pertenecido a los jesuitas, quienes lo adquirieron en 1745 de su
primitivo dueño el capitán don Cristóbal de Zapata, en la cantidad de 7.735
pesos y 3 reales. En la actualidad era un solar casi vacío, pues sólo tenía
unos pobres “cuartos” de arriendo hacia las actuales calles de Morandé y
Moneda; por el costado Poniente existía una casa, también muy vieja, que había
sido ocupada por unos frailes de la congregación de San Cayetano, a quienes se
les denominaba “Teatinos”, nombre que en definitiva se dio a esa calle, o
callejón, y que hasta hoy" conserva.
También
tuvo sus dificultades, el activo arquitecto italiano para convencer al
Gobernador Benavides de la conveniente ubicación de ese terreno para la Casa de
Moneda; el Gobernador, influenciado por algunos “cortesanos”, estuvo empeñado
en adquirir un terreno cerca de la ermita de San Miguel, actual templo de la
Gratitud Nacional, para levantar allí el que estaba destinado a ser el Palacio
de los Presidentes republicanos de Chile.
Por fin,
en 1775, después de tres años de discusiones, dilaciones y consultas, pudo
Toesca empezar los trabajos del edificio que el Rey de España había ordenado
construir en 1772... Pero aun no se terminaban los cimientos cuando se recibió
una orden de la Corte para que se paralizara la obra y se enviaran a España los
planos de Toesca, con el objeto de que fueran revisados y aprobados por el
Consejo de Ingenieros de Su Majestad. Junto con los planos, que fueron
dibujados en siete grandes hojas de papel, Toesca envió el cálculo del costo de
la obra, que ascendía a 597.943 pesos y 3 reales, habiéndose invertido ya, en
acopio de materiales y mano de obra la cantidad de 133.000 pesos. Sobrevino
esta paralización de los trabajos el año 1787, durante el Gobierno del Regente
de la Audiencia don Tomás Álvarez de Acevedo, quien, convencido de que la obra
costaría mucho más de la suma calculada por Toesca, pidió al Rey que concediese
algunos títulos de Castilla que podrían venderse en Chile a razón de veinte mil
pesos cada uno, dinero que se aplicaría a la terminación, “amoblamiento y
adherezo” de la Casa de Amonedación. El Rey Carlos III se negó a conceder estos
títulos para ese objeto, pero los otorgó más tarde “para ayudar a los gastos de
la Corona”.
Por
suerte no demoró mucho el estudio y aprobación de los planos en la Corte de
Madrid, y al fin del año siguiente, 1788, llegaron a Santiago con todos los
vistos buenos que eran de rigor, empezando la fábrica, desde entonces, con todo
entusiasmo. El mismo año se envió a España la cantidad de quince mil y tantos
pesos “en pasta” de oro para que se mandaran a construir en Vizcaya cuarenta y
dos balcones, ciento cuatro rejas para ventanas y “otra ferramenta” para el
edificio; este material llegó a Santiago a mediados de 1794 y fue transportado
desde Valparaíso en cinco viajes de diecisiete carretas, por el empresario don
Benjamín Vivanco, quien cobró por ello doce pesos por carretada.
Toesca
seguía trabajando con admirable constancia, no sólo en la dirección de la obra,
sino aun como “albañil de plana”, colocando por su mano los ladrillos en las
gruesas murallas y vigilando continuamente las mezclas; al mismo tiempo
prestaba servicios en los diversos trabajos públicos que en ese mismo tiempo
había emprendido el Presidente O’Higgins, como ser los tajamares y el camino a
Valparaíso, cuya nivelación hizo Toesca en su tercera parte, por lo menos;
todas las obras que ideó o dirigió el hábil arquitecto romano, quedaron
marcadas con un sello inconfundible y de un arte completamente de grandiosidad
nuevo en Chile.
— “Sin
duda alguna — dice Barros Arana— don Joaquín Toesca era uno de los hombres más
distinguidos que hubieran venido a este país, e indisputablemente el primer
ingeniero, en toda la extensión de la palabra, que se hubiera conocido en
Chile. A pesar de esto, su gran mérito artístico y científico y su incansable
laboriosidad, fueron muy mal apreciados por sus contemporáneos, ya por algunas
excentricidades de su carácter, ya porque no se daba entonces a los
conocimientos arquitectónicos mayor importancia que a la pericia de un
albañil”.
Agregaré,
por mi parte, que el gran ingeniero Sabatini — nombrado más arriba— que
desempeñaba en España el cargo de director general del Cuerpo de
Ingenieros-arquitectos de la Corona, calificaba a Toesca, en uno de sus
informes sobre los planos de la Casa de Amonedación de Chile, como “un
facultativo de bastante talento y habilidad”. Y respecto de la personalidad de
Sabatini, además de estar ligado su nombre a varias de las más notables
construcciones ejecutadas en España durante el reinado de Carlos III, encuentro
en las páginas del libro Arquitectos y Arquitectura de España, por
Llaguno y Amirola, 1829, tomo IV, página 279, la siguiente referencia:
“Francesco
Sabatini, siciliano, fue el profesor más condecorado que se ha conocido en
Europa y en la historia de la moderna arquitectura, todo debido, sin duda, a su
mérito artístico, a su esfuerzo militar, al país en que nació y al influjo que
adquirió en la Corte”.
No se
podrá decir que Toesca no tuviera buena escuela, habiendo servido en España,
trece años, a las órdenes de Sabatini.
Los
trabajos de la Moneda anduvieron rápidos, considerado el ambiente y los medios
con que en esos tiempos se contaba; el año 1795, es decir, a los diez años de
trabajos, el gran edificio estaba casi concluido; así, por lo menos, lo afirma
el viajero Jorge Vancouver, que pasó por Santiago en esa fecha; este marino
inglés dice, en su importante diario de viaje, que la Moneda, por sus
proporciones y por su estructura, puede compararse con Somerset-house, uno de
los palacios más importantes de Londres. Al mismo tiempo, declaró que "una
vez terminado este edificio, será el mejor de las colonias del Rey de España”.
El gran
Toesca, en realidad, fue un incomprendido en este país, donde dejó los más
hondos rasgos de un genio indiscutible. Su sueldo, como arquitecto, director y
aun operario en los trabajos de la Moneda, en los tajamares y en el camino a
Valparaíso, fue de 100 pesos al mes... El Presidente O’Higgins elevó ese
sueldo, durante un año y medio, a ciento veinticinco pesos, pero debido a
insistentes reclamos del Cabildo, del superintendente de los trabajos de los
Tajamares, don Manuel de Salas, y de “otras personas de figuración” se le
rebajó el sueldo a cincuenta pesos... No era raro, entonces, que para poder
subvenir a sus necesidades, “estuviera siempre adelantado en sus salarios”.
Tampoco
fue feliz en su hogar; su mujer, doña Manuela Fernández de Rebolledo, le puso
una vez veneno en unos espárragos y el arquitecto se vio en la necesidad de
separarse de ella; poco tiempo después, doña Manuela fue recluida en el
convento de las Agustinas, por orden de la justicia.
Don
Joaquín Toesca no alcanzó a ver terminada su obra magna; a mediados de 1797 dio
poder para testar a su íntimo amigo el Mayorazgo don José Antonio de Rojas, y
tras de penosa enfermedad falleció a principios de 1800.
La Casa
de Moneda, que tal fue su denominación posterior, se declaró terminada en 1805,
después de veinte años de fábrica; se trasladaron allí las maquinarias de
amonedación, de ensayes, y de balanza, y las oficinas de la Superintendencia y
empleados.
Ese mismo
año, el Presidente don Luis Muñoz de Guzmán, adquirió unas casas y ranchos que
se levantaban frente al imponente edificio, y formó allí la plazuela actual,
que servía de campo de ejercicios para los soldados del Cuartel de Artillería,
que jugó tan importante papel durante los acontecimientos de la independencia
nacional.
§ 14. El
Mapocho y sus grandes avenidas
(1783)
Sabe muy
bien el lector que nuestro Mapocho con su modesto y nada limpio caudal — que
causa cierto compasivo desprecio a nuestros conciudadanos de las provincias
australes— ha tenido muchas veces arrestos de gigante y que sus ondas
enfurecidas se han paseado avasalladoras por las calles de la capital y por los
campos vecinos, sembrando el espanto entre sus moradores; la última avenida la
recordamos perfectamente todos los que hemos pasado los veinte años, pues
cuando ella ocurrió contábamos más de siete primaveras...
En cada
una de sus avenidas nuestro río ha buscado indefectiblemente el antiguo cauce
de su brazo izquierdo y rompiendo por el camino de la Providencia se ha lanzado
por la Alameda de las Delicias, dejando entre dos corrientes la parte céntrica
de la ciudad. El Cerro Santa Lucía ha sido el vértice salvador de la metrópoli
y de aquí que nunca podremos dejar de reconocer el talento y previsión de Pedro
de Valdivia como fundador.
La
primera avenida que experimentaron los vecinos de Santiago ocurrió, si no lo
recuerdo mal, a los ocho o diez años de fundado Santiago; los perjuicios no
fueron tan grandes porque la “población apenas ocupaba el área comprendida
entre las actuales calles de Santo Domingo, Bandera, Huérfanos y San Antonio, y
alguna que otra casa hacia el cerrillo que está en las afueras de la ciudad”, y
las aguas pudieron correr a sus anchas por ambos cauces sin ocasionar mucho
perjuicio; pero la avenida que ocurrió veinte años más tarde, en 1574, cuando
Santiago tenía por límite sur el convento de San Francisco, por el norte el de
Santo Domingo, cuyas tapias orilleras llegaban hasta la hoy calle de San Pablo,
y por el poniente hasta la calle de los Teatinos, se consideró ya de grandes
proporciones por cuanto las aguas encontraron muchas manzanas edificadas y
centenares de casas en las “chácaras” adyacentes. Porque ha de saber el lector
que a la orilla sur de la Cañada, desde la que es hoy Plaza Italia hasta más
abajo de San Lázaro, estaban ubicadas las chacras de los ricachones
santiaguinos, todas ellas con frente a la cañada.
Fue esta
avenida de 1574 una verdadera catástrofe, y ocurrió el martes 20 de julio, “a
lo que amanece o poco antes”, según consta de un testimonio que dejó en su
protocolo el escribano del Cabildo, a Nicolás de Gárnica. “E yo — dice el
escribano— fui a caballo para ver el río que venía tan grande y tan poderoso; y
en excelente caballo no se podía pasar sin gran riesgo la calle de Santiago de
Azocar (Santo Domingo) que venía llena de agua. E de allí pasé de largo a la
Plaza Mayor por la cual vi que pasaban dos ríos juntos, uno que venía por la
calle de Pero Gómez (Monjitas) y el otro por la Nuestra Señora de las Mercedes,
y tan caudalosos y recios que daban a la cincha de los caballos y venían con
tanto furor, que bajé del caballo en la punta de la calle para buscar vado y
desecho para los pasar; y este brazo se llevó a algunos indios gran trecho que,
si no fueran socorridos, fueran ahogados”.
El
escribano siguió siempre en su excelente caballo por la calle del Rey y se
encontró con otros tantos ríos al atravesar las calles de Francisco de Riberos
(Huérfanos), de Gaspar de la Barrera (Agustinas), y de Pero Martín (Moneda) y
“pasé adelante hacia el Señor San Francisco y vi que la cañada que hay entre
las casas de don Francisco de Irarrázaval (Estado esquina con Alameda), que es,
a mi parecer, de más de ciento veinte pies, venía de monte a monte, porque
batía en las paredes del Señor San Francisco y las casas del dicho don
Francisco”.
Esta
avenida hizo grandes daños, como es de suponer, sobre todo en “las casas de
personas dé este pueblo, que arruinó y derribó parte de ellas y derribó muchas
paredes en todo el día y la noche siguiente, e prosiguió con gran furia e mucha
tristeza del pueblo, en el cual no durmió aquella noche la mayor parte
de él”. La población huyó a las partes altas de la ciudad, la más
cercana de las cuales es el Cerro Santa Lucía; en este sitio permaneció gran
parte de la población hasta que las aguas ¿el Mapocho bajaron a su cauce.
Después
de esta inundación el Cabildo empezó a preocuparse por primera vez, de proteger
a la ciudad de las crecidas del río y sobre todo de reparar los perjuicios que
la avenida había causado en las bocatomas que proveían al riego de las
hortalizas que cada vecino cultivaba en su respectivo solar, y las de los
molinos para el aprovisionamiento de pan; estos trabajos se hicieron con la
rapidez que el caso requería; pero en cuanto a la protección de la ciudad para
futuras inundaciones, la cosa se fue olvidando, a causa de que en los años
sucesivos el Mapocho se portó decentemente. Fue necesario que hubiera otra
crecida aunque no tan grande como la de 1574, pero que amenazara convertirse
también en catástrofe, para que el ilustre Cabildo, presionado “por la opinión”
se preocupara nuevamente de la defensa de la ciudad. Esta crecida fue la de
1581, y ese año el corregidor Juan de Barona publicó un bando en el que
mandaba, con severas penas, que todos los vecinos contribuyeran “con reales u
otros equivalentes al reparo del río”. Por su parte, el Cabildo, en sesiones
sucesivas, ordenó que “cada vecino que tuviere solar contribuyera con un peón
por cada solar y por el tiempo que durare la obra y reparo que se ha de hacer
en el dicho río”.
Sería
largo y cansado contar al lector las vicisitudes de la ciudad frente al
constante peligro de las crecidas del Mapocho, hasta que apareció el famoso
Corregidor don Luis Manuel de Zañartu, que emprendió la construcción del Puente
de Calicanto para librar a la ciudad del aislamiento en que después de cada
avenida quedaban Cañadilla y la Chimba, barrios de grandísima importancia, y la
misma ciudad de Santiago. Contemporáneo de Zañartu fue otro personaje a quien
la ciudad deberá también mucha parte de su salvación de las invectivas
periódicas y feroces del traicionero río; ese personaje es don Ambrosio
O’Higgins de Ballinary, creador y constructor de los tajamares, cuyos restos se
podían admirar todavía a la entrada de la Avenida de la Providencia. Ambos fueron
los precursores de las obras definitivas de las defensas del Mapocho, que
actualmente existen y que han hecho dormir relativamente tranquilos a los
santiaguinos durante los últimos tiempos.
Entre la
construcción del Puente de Calicanto, por Zañartu, 1782, y la construcción de
los tajamares, por O’Higgins, en 1792, ocurrió la más grande de las avenidas
del río Mapocho que se ha registrado en los anales de sus fatídicos hechos; fue
la avenida grande del día 16 de julio de 1783, es decir, al año siguiente de
haberse entregado al tránsito el gran puente del Corregidor.
A los
inmensos perjuicios que causó el río en su desbordamiento por la ciudad,
cubriéndola casi por completo, pues “se juntaron los dos brazos”, se unió una
catástrofe que puso el corolario de tristeza y espanto en toda la población;
esta catástrofe fue la inundación y destrucción del Convento del Carmen Bajo de
las monjas de la Cañadilla, situado, como hasta hoy, en la ribera norte del
río.
El
desbordamiento del Mapocho empezó más o menos a las dos de la tarde, rompiendo,
primero, por la Providencia, con lo cual se introdujo en estrepitosa corriente
por la Alameda, arrastrando casas, árboles, maderos y piedra; un poco más
tarde, los tajamares, construidos por Zañartu desde el puente hasta la Recoleta
se desbarrancaron también y las turbulentas aguas se vaciaron furiosas hacia
ambos lados de la ciudad y especialmente hacia el norte; antes de un cuarto de
hora la Chimba y la Cañadilla eran un vasto y tormentoso lago sobre cuya
superficie flotaban casas y ranchos, algunos de los cuales llevaban en sus
techos a los infelices que habían logrado llegar a guarecerse en los mojinetes.
“Pero
donde la inundación había descargado todo el peso de su fuerza — dice don J.
Abel Rosales— era en el Monasterio del Carmen de San Rafael. Las aguas subieron
hasta más de una vara de altura en patios y celdas y las monjas huyeron a
guarecerse en la iglesia, la que luego también abandonaron porque las aguas les
llegaron hasta la cintura, y sé subieron al coro”.
La
noticia de que las monjas corrían tan grave peligro se esparció por la ciudad
con rapidez, a pesar de que todo el mundo estaba preocupado por su propia
salvación; el Obispo don Manuel de Alday hizo llamar a tres hombres animosos y
ofreciéndoles abundante paga, los despachó a salvar a las enclaustradas,
enviándoles una conminación “con censuras” para que abandonaran el convento. Se
unió a estos hombres el hermano de una de las monjas, don Pedro García de la
Huerta y Rosales, que montó en una mula y atravesó a nado con grave peligro de
su vida, desde el lado norte del puente de Calicanto hasta el convento, para
salvar a su hermana.
Los
cuatro hombres tuvieron que abrir un hoyo en la muralla de la portería para
desaguar el locutorio y el primer patio y por este mismo hueco extrajeron a las
monjas “una a una”, porque “fue el taladro tan pequeño que al salir, más que
aceituna se nos aprensaba el cuerpo”, dice una de las monjas, sor Tadea de San
Joaquín, que escribió un Romance sobre esta catástrofe, y al cual me referiré
más adelante.
Agregaré
por mi parte que al salir las religiosas por tan estrecha puerta, y con la poca
suavidad que es de suponer, sus vestidos se destruyeron y casi todas ellas
tuvieron que vestirse con las poquísimas y más extrañas prendas que se les
podían proporcionar en esas circunstancias. Algunas tuvieron que ponerse
pantalones de hombre, ponchos y chaquetas, o cubrirse a medias con frazadas o
cualquier tela.
Como no
podía hacerse organización alguna para transportar a las infelices y llevarlas
a un sitio determinado, cada cual siguió el rumbo que le deparó su ventura, y
así fue cómo aquella terrible noche las monjitas de San Rafael vagaron por los
campos inundados y cienagosos, guareciéndose en algún rancho desvencijado,
algunas, y en los más extraños sitios, la mayoría. El historiador franciscano
fray Javier de Guzmán en su Historia de Chile, dice: “Y así pasaron
éste y el siguiente día de amargura, repartidas todas en diversas casas, sin
más abrigo ni ropa que la empapada que traían sus cuerpos”.
Por
suerte al día siguiente las aguas amainaron un poco y esto dio más facilidad
para recoger a las inermes víctimas de la inundación. Los que tomaron a su
cargo la tarea de reunir a las monjitas fueron los padres recoletos de la
Dominica, y principalmente su provincial el Padre Sebastián Díaz, que organizó
varias cuadrillas de trabajadores a caballo, encabezadas por religiosos, las
que salieron por los alrededores a buscar los refugios en que se encontraban.
Ese día, sin embargo, no se terminó la pesada faena, a causa de que empezó de
nuevo la lluvia y se levantaron otra vez las aguas; fue otra noche de
sufrimientos la que experimentaron las monjas que no habían alcanzado a llegar
a la recoleta dominica, donde se les había destinado un patio con sus celdas.
Al día
siguiente, desde la mañana, empezaron a llegar algunas cuadrillas que traían a
las náufragas. “A medida que alguna llegaba, llorando o riendo, que de todo
había, se formaba gran fiesta entre sus compañeras y también entre los
religiosos que trataban de consolarlas de sus infortunios por todos los medios
posibles; pero luego volvía la tristeza al considerar sobre la suerte de las
que aun quedaban aventurando; y así fueron llegando todas, las más con una
espesa túnica de barro, sin calzado o sandalia, y en el más lastimoso estado”.
Los
recoletos les proporcionaban sus hábitos, y hasta los zapatos de su uso —
agrega Rosales— y así pasaron hasta que, al cabo de un mes, se arregló a las
monjitas, en el propio convento dominico, un departamento aislado, en donde
entraron otra vez en clausura, y allí permanecieron cerca de un año, hasta que
les fue restaurado nuevamente su monasterio de la Cañadilla.
Me referí
más arriba a un Romance escrito por una de las monjas del
Carmen sobre la catástrofe de su convento y anticipé su nombre en religión, que
era el de Sor Tadea de San Joaquín; esta monja se llamó en el mundo doña Tadea
García, de la Huerta y Rosales, cuyo hermano, don Pedro, fue el que se botó a
nado en el turbulento Mapocho para ir a salvarla el día de la inundación.
Esta
religiosa estaba dotada “de gran talento y de gran espíritu”, según lo asevera
su confesor, el padre franciscano fray Manuel de la Puente; desde su entrada al
convento, en 1770, la hermana Tadea había hecho, por encargo de sus superioras,
poesías religiosas, “gozos”, novenarios, himnos, etc., y siempre había salido
airosa en sus composiciones. Cuando ocurrió la inundación, y mientras las
religiosas estaban hospedadas en la recoleta dominica, su confesor le impuso,
bajo precepto de obediencia, que compusiera un romance sobre ese
acontecimiento; la remitió a su confesor, que se hallaba ausente, de cuyas
manos no pudo resistir la monja a ese mandato de conciencia, y en el corto
plazo de una semana dio término al romance, que fue entregado a su hermano don
Pedro, quien lo hizo imprimir en Lima, al año siguiente.
La
edición limeña tiene la siguiente portada:
“Relación
de la inundación que hizo el Río Mapocho de la ciudad de Santiago de Chile en
el Monasterio de las Carmelitas, Titular de San Rafael, el 16 de julio de 1783.
Escrita en verso octosílabo por una Religiosa del mismo Monasterio, que la hubo
un Dependiente de la Autora, quien la da a la estampa”.
§ 15. Los
tres grandes reinos de la América española
(1785)
El
célebre Ministro don Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda, encontrábase
en París, como representante del Rey Carlos III, de España, cuando le
correspondió el honor de firmar, a mediados de 1783, el tratado por el cual el
Monarca español reconocía a los Estados Unidos de América su independencia de
la Corona de Inglaterra. El hecho era de trascendencia suma; España, soberana
de inmensos territorios en las Américas Norte, Central y Sur, aceptaba que los
regnícolas del Nuevo Mundo pudieran separarse de la Madre Patria y gobernarse
por sí mismos.
Es verdad
que España había dado este paso peligrosísimo, guiada, exclusivamente por odio
a Inglaterra, su enemiga secular; a esa fecha estaba recientemente fracasada
una nueva intentona de la Monarquía española para recuperar Gibraltar, cuya
ocupación por los ingleses significaba para los peninsulares una ofensa
permanente; al decir de uno de los más grandes estadistas de España, mientras
no se rescatara ese peñón, “el enemigo le tendría el pie sobre la garganta”. La
guerra de la independencia de los Estados Unidos significaba una seria
preocupación y un evidente perjuicio para Inglaterra, y la conveniencia de
España estaba en fomentarla; por eso el Conde de Aranda firmó “con alegría en
el alma” el tratado de París.
Pero con
la firma de ese documentó España se jugó la dominación de sus colonias de
América.
Apenas
cimentada la independencia de los Estados Unidos, la Monarquía española comenzó
a experimentar las consecuencias de su desatinada política internacional. La
apertura de todos los puertos “bostoneses” a todos los barcos de todos los
países del mundo, trajo para los nuevos Estados Unidos independientes el libre
comercio, y con él una ola de progreso no imaginada hasta entonces; la
supresión, o poco menos, de las barreras aduaneras en los puertos de las
antiguas colonias inglesas, vino a solucionar, de golpe, los antiguos,
inveterados y complicados problemas que las viejas teorías económicas de la
Europa habían implantado en sus colonias del Nuevo y Viejo Mundo, las cuales,
junto con impedir el desenvolvimiento de estos países productores de riquezas, estrujaban
la savia, explotaban el brazo y empobrecían al aborigen.
Fue el
venezolano Francisco Miranda el primero que concibió la idea de conquistar para
su patria y para los países de la América española aquellas mismas libertades
que acababan de alcanzar los Estados Unidos; Miranda había formado parte del
contingente de tropas que España enviara a los rebeldes de los Estados Unidos
para apoyarlos en sus pretensiones, y allí conoció el venezolano las ventajas
de la independencia. Su intentona para promover en Venezuela una insurrección
análoga, fracasó y fue ahogada en sangre; pero la semilla estaba arrojada y
fructificaría.
Por esos
mismos años — 1783 a 1787— las asonadas de protesta en México, Guayaquil,
Charcas y Chile, producidas a causa del aumento de las contribuciones y de su
cobranza violenta, hicieron pensar a los estadistas españoles en que la
condición de las colonias, en cuanto a sumisión y sometimiento a las órdenes
del Monarca, había dado un vuelco, tan peligroso, que iba en camino de un
despeñadero.
A raíz
del reconocimiento, por España, de la independencia de los Estados Unidos, el
Conde de Aranda — que a pesar de los grandes, enormes errores que cometió, era
un estadista— adquirió la convicción de que la dominación española en América
había, entrado en el terreno de lo precario, y de que la separación de estos
Estados de la Madre Patria, era cuestión de años más, años menos.
La
organización económica que España había establecido en sus colonias era aún más
humillante que la de Inglaterra sobre las suyas; los excesivos impuestos que
pesaban sobre los americanos, productores o no, con las más curiosas
denominaciones; “las contribuciones, los expolios, las gabelas, las
“peticiones” extraordinarias que hacía la Corona con motivo del nacimiento de
un infante, o del matrimonio de una Princesa, o para financiar una nueva
empresa guerrera y, especialmente, las restricciones que se decretaban contra
el comercio legítimo, junto con producir el descontento o la irritación que
provoca el hambre o la insatisfacción de las necesidades más perentorias,
habían creado una institución que ya no era posible destruir: el contrabando.
Las leyes
españolas establecían, bajo penas severísimas, la prohibición de comerciar con
naves extranjeras y de comprar o vender artículos que no provenían de la
Península. Si España hubiera tenido fábricas, manufacturas y barcos en cantidad
suficiente para abastecer sus colonias americanas, la disposición no habría
sido tan irritante; pero en la época a que me estoy refiriendo la Madre
Patria atravesaba por una crisis general, y la pobreza era absoluta.
Había
llegado a tal punto la decadencia mora! y económica de España, por los años de
1780-85, que la Corona habíase visto obligada a vender, a un grupo de
comerciantes de Cádiz, el derecho exclusivo de comerciar con las Indias...
Sería inútil agregar que estos concesionarios, con los cinco o seis barcos que
dedicaban a este comercio, imponían el precio a las mercaderías que traían de
España y fijaban el de los artículos que compraban en las Indias.
Era
inoficioso que los americanos se empeñaran en hacer producir la tierra o en
doblar las cosechas, con cuyo producto esperaban cubrir sus necesidades y los
pequeños gastos de la industria agrícola, o de la minería, únicas fuentes de
dinero. Descontadas las contribuciones, que eran sagradas y que debían pagarse
antes de cualquier otro gasto, el naviero europeo llenaba las bodegas de su
barco y luego “prorrateaba” el valor de las mercaderías que había desembarcado
con el volumen de los productos que se llevaba y según esto fijaba los
precios... Había que dar gracias cuando el productor americano "alcanzaba”
algunos reales que, generalmente, “se libraban” contra la Caja Real, que jamás
tenía un peso.
El peor
negocio que podía caerles a los americanos era el de que las cosechas fueran
abundantes. Años hubo en que no se cosechó el trigo, ni se recogieron los
cereales, ni se charqueó “la matanza”, porque los gastos de esta cosecha —
jornales, acarreos, impuestos, bodegaje, etc.— eran más altos que el valor del
producto. Don José Miguel de Lastarria, personaje que vivió en esa época y que
fue uno de los primeros en poner de manifiesto ante la Corte “las anomalías que
se veían en América”, dijo en uno de sus informes: “Dios castiga a los chilenos
con la abundancia”.
Buscando
arbitrios para remediar el estado agónico de América, los mercaderes criollos
tentaron extender su comercio con los reinos o provincias limítrofes, para, de
esta manera, adquirir el numerario o “circulante” que hacía falta para pagar
con moneda los productos que venían de España y no verse obligados a “trocar”
productos. Grandes recuas de mulas o de llamas cruzaban las cordilleras, las
pampas y las serranías, llevando y trayendo los artículos de intercambio,
evitándose de esta manera la intervención de los navieros monopolistas; pero
también duró poco este arbitrio, porque luego se establecieron aduanas
fronterizas con impuestos subidos, que hicieron imposible la permanencia de
este sistema comercial. Los impuestos fiscales eran imprescindibles para
subvenir los ingentes y disparatados gastos de la Corona, y no era posible
cercenarlos.
Para
remediar la situación miserable en que se encontraban los productores, el antes
nombrado señor Lastarria presentó a la Corte un arbitrio que calificó de
salvador para la agricultura chilena, cuya principal fuente de riqueza era el
trigo. Según este arbitrio, el Soberano debería ser el único que pudiese
comprar el trigo chileno con arreglo a una proporción o distribución, y el
único, también, que podría venderlo. Los precios de compra y de venta deberían
ser invariables: diez reales la fanega, por compra y catorce reales, por venta.
Según Lastarria, con este sistema, el Rey tendría una ganancia anual de setenta
y cinco mil pesos, calculando en doscientas mil fanegas el consumo de trigo en
el Perú.
El
arbitrio de Lastarria hizo fortuna, e iguales proposiciones se elevaron a la
Corona, desde el Perú, Buenos Aires, Lima, Potosí, Guayaquil, Ecuador,
Venezuela y México tomando por base el principal producto de sus respectivos
países.; un ecuatoriano, el jesuita Hospital, que había conseguido quedarse en
Quito, por enfermo, después de la expulsión de la Compañía, propuso a la Corte
la supresión de las fronteras aduaneras en América, esto es, el libre comercio,
por la vía terrestre, a cambio de un impuesto único, que podía ser rematado por
un concesionario.
En 1784
estas proposiciones se discutían detenidamente en la Corte, y se sabe que
existía una gran corriente de palaciegos que estaba dispuesta a aconsejarlas al
Soberano. Pero el Ministro don Francisco Moñino, Conde de Floridablanca, no
quiso resolver el problema sin consultar la opinión del Conde de Aranda,
Ministro de Carlos III en París, su amigo y consejero.
Aranda
continuaba vivamente preocupado por los asuntos de América, sobre todo cuando
él, según dije más arriba, estaba convencido de que las colonias del Nuevo
Mundo no tardarían en hacerse independientes, contra la voluntad de la Madre
Patria. En este tiempo sus elucubraciones giraban alrededor de la idea de que
España se desprendiera “generosamente” de sus colonias, adelantándose a los
acontecimientos, pero sin que sufriera menoscabo el tributo que actualmente
pagaban.
Su primer
proyecto fue la división de las colonias americanas en tres grandes partes o
reinos, que se denominarían México, Tierra Firme y Perú, los cuales serían
adjudicados a otros tantos infantes o príncipes de la familia real. El Monarca
de España tomaría el título de Emperador y reservaría para sí las islas de Cuba
y Puerto Rico; los países que formaran cada uno de los reinos de América
abrirían sus fronteras y podrían comerciar libremente entre sí, dando, de esta
manera, satisfacción a los deseos de sus provincias limítrofes, sin perjuicio
de que se acordaran cláusulas de favorecimiento aduanero al reino vecino.
Cada
reino pagaría al Emperador de España un tributo anual, y para acordarles una
mayor facilidad, México lo pagaría en barras de plata; Costa Firme en mazos de
tabaco y géneros, y el Perú, en tejos de oro. Los soberanos de los tres reinos
deberían casarse con princesas españolas, a fin de no dar entrada en los
dominios de la Corona de Carlos V a gente extranjera.
Antes de
un año el Conde de Aranda se había convencido de lo quimérico de su plan; a la
vuelta de muy poco tiempo los reyes americanos habrían encontrado arbitrios
para rehusar el pago de un tributo que no les reportaba ventaja alguna, y que,
por lo contrario, los mantenía, inútilmente, en una condición humillante y
subalterna.
Cuando le
llegó la consulta del Ministro Floridablanca, las opiniones del Conde de Aranda
eran muy otras; en vez de reyes tributarios y de los peligros que tal
organización política le representaba al Monarca de Madrid, el estadista
español había ideado, “mejorando el primero”, un nuevo proyecto para evitar o
demorar la independencia de los países de América.
España
debería conservar — decía en una comunicación famosa al Ministro Floridablanca—
lo que poseía en el Nuevo Mundo, desde el límite con los Estados Unidos hasta
los reinos de Quito, Colombia y Venezuela, inclusive. Los territorios
comprendidos desde el río Guayaquil hasta el despoblado de Atacama y desde el
Pacífico hasta el límite con el Brasil, o sea, el Perú y Charcas (Bolivia), se
entregarían al Rey de Portugal, o mejor dicho, a la Casa de Braganza, a cambio
de que esta Casa europea reinante se trasladara definitivamente a América y
cediera a España el Portugal. Por último, el Reino de Chile y las provincias
del Tucumán, de Cuyo y del Plata, formarían un reino independiente para un
infante de España.
Agregaba
el elucubrante Conde, que si para halagar más a la Casa de Braganza era
menester darle más tierras, “ahí está el Reino de Chile”...
En
verdad, tenía razón el Conde para terminar su famosa nota en esta forma: “Y yo
diré que soñaba el ciego que veía y soñaba lo que quería; y yo he soñado porque
me he llenado la cabeza de que la América meridional se nos irá de las manos el
mejor día, y ya que esto habrá de suceder, mejor será un cambio que nada”... Y
por fin, se expandía con su amigo y protegido, revelándole su pensamiento
descarnado, íntimo: “Y mientras la tengamos, hagamos uso de lo que nos pueda
ayudar para que podamos tomar alguna substancia todavía; pues llegándola a
perder, nos faltaría para siempre ese buen pedazo de tocino para el caldo
gordo...”.
Tan
irrealizable era este proyecto como el anterior si lo fuéramos a juzgar
solamente por las dificultades que presentaba el entendimiento con la Casa de
Braganza. Los estadistas de Portugal, más prácticos y más humanos que los de
España, dominaban con mucho más tranquilidad en el Brasil y su organización
aduanera y comercial les había facilitado el comercio en grande, llenándolo de
riquezas; no era fácil que aceptaran la proposición española de evacuar la
Europa a cambio del ya no muy opulento y sí muy asendereado Perú.
Fracasó,
pues, el proyecto de abrir las fronteras aduaneras entre los países de América,
que era el fondo del plan del Conde de Aranda, porque España no podía abandonar
sin desmedro de su Caja real el sistema de impuestos que tenía establecido en
sus colonias. Eran demasiados para suprimirlos de golpe; pero era también lo
único que podía detener o postergar por algún tiempo más el impulso formidable
hacia la independencia que había brotado y reverdecido con las conquistas
alcanzadas por los Estados Unidos, primero, y con la Revolución Francesa, que
había estallado en 1789, después.
Los
principales impuestos que cobraba el Erario español en Chile, eran, según
documentos que tengo a la vista:
El 4 por
ciento de alcabala a las mercaderías, traídas de España y el 4 por ciento a
todas las ventas, “trueques” y permutas que se ejecutaban en Chile. El primer
impuesto se pagaba a tiempo de embarcar en el puerto español, y el segundo, en
Valparaíso, Concepción o Serena, al desembarcar.
El 5 por
ciento de almojarifazgo al precio en que fueran vendidos los efectos que no
eran provenientes de España.
El 3 por
ciento más sobre el precio en que fueran comprados los productos anteriores.
El 2 por
ciento a las mercaderías de España, por “avería”, destinado a mantener las
escuadras de guerra, que protegían a las mercantes de los asaltos de los
corsarios.
Ocho
pesos por cada fardo o carga de mercaderías proveniente de los países
limítrofes, ya fueran originarias, o en tránsito.
El 4 por
ciento de sobrecargo por cada fardo o carga de “ropa”, que se introdujera por
los portezuelos de la frontera.
El 5 por
ciento al mayor precio, respecto del que hubieran sido comprados en Buenos
Aires los negros esclavos.
Siete
pesos cuatro reales por cada negro esclavo, o negra, que viniera de Buenos
Aires con destino al Perú.
El 2 por
ciento por derecho llamado “de Cobos”, concedido por el Emperador Carlos V,
como gracia perpetua a su Secretario Francisco de los Cobos, sobre cualquier
valor comercial en las Indias. Extinguida la progenie del agraciado, este
derecho había pasado a la Corona, y seguía cobrándose sin interrupción.
Y por
último, el “diezmo”, impuesto con que se cubrían los gastos del culto y los
sueldos, asignaciones y “congruas” de los obispos y demás personal
eclesiástico. Del volumen total de este impuesto, el Rey percibía una parte,
“para su casa y mesa”. La mayor parte de estos impuestos “fiscales”, debían
suprimirse con el proyecto de unión aduanera del Conde de Aranda; “pero como no
pudo ser”, entonces los suprimieron después los diversos países, al
constituirse en Estados independientes en 1810.
§ 16. La
cabeza de un Obispo jugada a la chueca
(1787)
A las
oraciones del día 30 de diciembre de 1787, un indio yanacona, que desempeñaba
el importante cargo de “perrero” en la iglesia Catedral, de Concepción, penetró
a toda la carrera que daba un fatigado jamelgo, por la calle principal de esa
ciudad, dando gritos ininteligibles y angustiados ante los cuales, las pocas
personas que los apercibían, quedaban perplejas. El indio paró su caballo
frente al palacio del Deán don José Tomás de Roa y Alarcón y, desmontándose de
un salto, penetró en el zaguán, dando alaridos y llamando a todo cuello a su
señoría. ¿Qué desgracia tan tremenda podría ocurrir, para que así se atreviera
a alarmar a la tranquila población penquista un insignificante indio, por más
que fuera el “perrero” de la Catedral?
Informaré
de pasada — porque no puedo detenerme en ello— que el oficio de “perrero” de
las iglesias catedrales es nada menos que una institución canónica.
“Instituimos — dice la Bula de erección del obispado de Concepción—; el oficio
de “perrero” que tendrá la obligación de echar los perros de la iglesia,
barrerla, limpiarla, etc.”.
Pues,
señores, lo que había pasado era nada menos que los indios de Boroa habían
asaltado y mantenían en estrechos apuros al ilustrísimo señor Obispo de
Concepción, don Francisco de Borja José de Marán y Celer de Catalayud, que
andaba en visita diocesana y se dirigía a la ciudad de Valdivia acompañado de
una comitiva de unas cincuenta personas; que los asaltantes habían robado el
valioso equipaje episcopal compuesto de cincuenta y siete cargas, que habían
muerto a cuatro soldados de la escolta y herido a una docena, y por último, que
Su Señoría andaba huido por barrancos y risquerías para salvar la vida...
Mientras
las autoridades de Concepción, encabezadas por el capitán don Pedro Quijada, se
disponen apresuradamente para ir en auxilio del desgraciado pastor, voy a
contar a mis bondadosos lectores cómo y en qué forma ocurrió tan lamentable
caso en las tierras que el Intendente de Concepción, don Ambrosio O’Higgins,
marqués de Osorno y barón de Balinary, aseguraba firmemente sometidas a la
autoridad del Rey de España.
Desde que
la majestad de Carlos III proveyó al canónigo de la Catedral de Cuzco, señor
Marán para la sede episcopal de Concepción, en 1779, este virtuoso y anciano
prelado no había podido efectuar la visita pastoral de su extensa diócesis a
causa del estado de constante guerra con los indios de Arauco; pero al cabo ya
de unos diez años, las actividades de don Ambrosio O’Higgins, capitán, sargento
mayor, coronel, y por último, jefe político de la provincia de Concepción,
dieron por resultado una paralización de las invectivas de los naturales, que
fue interpretada, al igual que en otras ocasiones, como un sometimiento
definitivo.
La
prolongada tranquilidad del territorio hizo concebir al Obispo Marán el deseo
de efectuar la visita pastoral tanto tiempo suspendida, y a fin de llevarla a
cabo sin inconvenientes, puso en conocimiento de las autoridades civiles y
militares la resolución que, de acuerdo con su venerable cabildo había
adoptado. Tanto el presidente interino del Reino, que lo era el Regente de la
Audiencia don Tomás Álvarez de Acevedo, como el Intendente de Concepción, don
Ambrosio O’Higgins, dieron al obispo las mayores seguridades de que su viaje de
Concepción a Valdivia, por la costa, no ofrecía inconveniente ni peligro
alguno; y para mayor seguridad, se enviaron mensajeros a todas las reducciones
de indios, a los capitanes de fuertes, a los gobernadores y alcaldes de las
ciudades del trayecto, para que despejaran el paso y escoltaran al prelado
durante su viaje.
Con estas
seguridades, además de ser notoria la tranquilidad de la región, el obispo se
dispuso a partir, y efectivamente, el 30 de octubre salió solemnemente de
Concepción, atravesó el Biobío, recorrió los curatos de San Pedro, Colcura y
Arauco, y el 19 de noviembre pernoctó en Tucapel para salir al día siguiente en
demanda de Tirúa, desde donde proyectaba llegar, en una sola jornada, a la
Imperial, antiguo asiento de su diócesis.
La
comitiva del Obispo estaba compuesta por el teniente coronel don Juan Zapatero,
que había venido expresamente de Valdivia para acompañar al Obispo en su viaje;
del teniente coronel de artillería don José Miguel de Uresberroeta; del padre
misionero franciscano fray Lorenzo Núñez; de los presbíteros don Juan de Urbera
y don Antonio Vargas; del intérprete general don Juan Antonio Martínez; de
varios capitanes, de indios amigos, de un sargento y cuatro soldados y de unos
treinta sirvientes y arrieros a cargo del equipaje, que era numeroso, según ya
he dicho.
El
capitán del fuerte de Arauco, don Alfonso de Luna, acompañó a Su Ilustrísima
hasta el río de Tirúa, y desde allí escoltaron a la comitiva los mocetones de
la reducción del cacique don •Martín de Curimilla y otros “que me llevaban como
en triunfo — dice el Obispo en su relación a la Real Audiencia— me hacían mil
obsequios, y parece que prestaban oído a las palabras de vida eterna que les
anunciaba” En esta región, comprendida entre los ríos Tirúa y Carahue, se
habían situado, sin embargo, las tribus “costinas” de los caciques Rocupura,
Maquehua, Boroa e Imperial, para realizar el pérfido asalto que tenían
proyectado.
Al
penetrar la comitiva a la serranía denominada Los Pinares, se presentó ante el
prelado el cacique Huentemu “con una compañía de jinetes que batían una bandera
y hacían oír sus clarines en son de amistad y contento”. Este indio, sin
embargo, estaba complotado también con los demás al sur, y era el encargado de
conducir a la comitiva a la celada que se le tenía preparada.
A las dos
de la tarde del día 28 de noviembre, arribó la caravana al lugar denominado
Tapihue y por indicación de Huentemu se dispuso allí el alojamiento;
descansaban confiados los viajeros a la sombra de unos robles, cuando vieron
que “por una lomita montuosa, medida de este a oeste comenzaron a desfilar con
gran compás unas columnas de indios de guerra, armados de cotas y de lanzas”.
Algunos creyeron que esos indios eran vasallos del cacique Huentemu, que venían
a rendir homenaje al prelado; pero de repente, cuando la mayor parte de la
columna estuvo en el plan, “se precipitaron con increíble viveza a tomar los
caballos que estaban cerca de las cargas descargadas, a posesionarse de éstas y
a lancear a los dragones y arrieros, que huían hacia las montañas colaterales”.
En estos
mismos instantes las voces de malón, malón, equivalentes a robo, robo, se
oyeron por todas partes. El Obispo y los sacerdotes, sobrecogidos de espanto,
no atinaron a huir y se agruparon instintivamente “como ovejas cercadas de
lobos”; y en esta posición habrían sido aprisionados por los asaltantes, si el
cacique Tripilauquén y otros indios amigos no les gritaran:
— “Suban
a las mulas y revolvámonos, señores, que somos perdidos si no logramos
salvarnos con la fuga”.
Todos
obedecieron, pues por suerte, las cabalgaduras estaban a su inmediato alcance.
A tiempo de montar, el Obispo Marán “presa de justificado pavor”, dijo a su
compañero cercano, el Padre Núñez:
—
“¡Padre, nos matan!”...
— “No,
señor de mi corazón, todavía tenemos vida — respondió el fraile—. El Señor nos
ha de libertar de este trabajo; re vuelva Ud. su mula y vamos corriendo para
atrás, que espero en Santa María nos ha de sacar de este paso”.
Unos
pocos lograron huir siguiendo al Obispo; pero el resto se dispersó por las
montañas, perseguido de cerca por los salvajes. Después de una larga y fatigosa
carrera por las cercanías, el señor Marán y cinco de sus acompañantes se
creyeron momentáneamente a salvo; la noche había caído ya y pensarán en
descansar hasta que el alba les indicara el nuevo rumbo que les deparaba su
desgracia.
La aurora
del nuevo día no les mostró, sin embargo, ningún camino de salvación;
internados en fragorosas y tupidas montañas vagaron temerosos de encontrarse a
cada instante con enemigos inclementes, ante los cuales podrían rendir la vida.
El Obispo era un hombre cercano a los sesenta años, y de complexión enfermiza;
el largo trayecto que ya había hecho desde Concepción, la precipitada fuga del
día anterior; la noche recién pasada a la intemperie, la falta de alimentos, en
fin, habían casi agotado sus energías; pero sacó fuerzas del peligro y siguió
la ruta desconocida que le indicaron sus acompañantes.
Tres
mortales días anduvieron aún errantes los infelices prófugos, a través de la
montaña, franqueando riscos y precipicios y exponiendo sus vidas en los mayores
peligros; por suerte, al segundo día encontraron a un comerciante de Valdivia,
de apellido Lara que, fugitivo también por la sublevación general de los indios
comarcanos, habíase internado en, las montañas, sin abandonar la mula donde
llevaba sus alimentos. Ese día los infelices prófugos pudieron comer...
Al lucir
el alba del día 3 de diciembre, un indio mensajero del cacique Curimilla
encontró a los fugitivos para participarles una noticia que los dejó helados de
espanto. Y no era para menos.
Los
caciques asaltantes, reunidos en consejo, se habían negado terminantemente a
dejar libre tránsito a la persona del Obispo, cuya libertad pedían
insistentemente los caciques amigos; pero después de trabajosas negociaciones
se había llegado al acuerdo de jugar a la chueca la libertad y tal vez la vida
del infeliz prelado...
“Esta
inaudita resolución causó en nuestros ánimos las mayores angustias. Su Señoría
Ilustrísima se confesó, inició su testamento, reservando en su generoso pecho
los justos sobresaltos que le inspiraba aquel crítico momento en que se hallaba
pendiente su felicidad o su infelicidad”.
Hacia el
mediodía, los fugitivos se encontraron rodeados de una numerosa concurrencia de
indios “sin que supiéramos a qué partido venían”. A poco aparecieron los
jugadores; los “costinos”, que eran los asaltantes, se pusieron frente a los
“Bañistas” que iban a defender la cabeza del mitrado, y empezó el juego en
medio de la expectación y la algazara de la multitud. Curimilla y Huentemu
fueron los jefes de ambos bandos contrincantes y el venerable Tereulipe quedó
designado juez.
De pronto
un alarido resonó en el valle y repercutió en los contrafuertes de las
serranías adyacentes. Los “costinos” habían ganado el primero de los tres
puntos de que constaba la partida. La cabeza del Ilustrísimo señor Marán
peligraba en un cincuenta por ciento...
“Durante
la conclusión del juego nos mantuvimos en suma tristeza, aguardando por
momentos el último aviso. Quiso nuestro hado feliz que, aunque se había perdido
de nuestra parte la primera raya, Curimilla ganara las otras dos, y se
declarara franco nuestro tránsito hasta Tucapel, acompañados por este cacique”.
Cuatro
días después, Su Ilustrísima hacía su entrada en la ciudad de Concepción, en
medio de los sollozos de su contristado pueblo, “derrotado, enfermo y hecho un
varón de dolores, por uno de los más grandes favores de la Divina Providencia”.
Al poco
tiempo, a insistentes ruegos del Señor Marán, el Rey de España lo sacaba de
Concepción y lo trasladaba a la capital del Reino para que ocupase la silla
episcopal de Santiago, lejos de aquellos indignos boroanos que lo tuvieron en
angustiosos aprietos.
§ 17. Las
islas de Juan Fernández
(1788)
La
invasión de los piratas al Océano Pacífico en los siglos XVI y XVII dio a las
islas de Juan Fernández una mucha mayor importancia de la que tenían desde su
descubrimiento por el célebre piloto español. Sabido es que allá por los años
del descubrimiento y conquista de Chile, los pataches y galeones que venían del
Perú a Valparaíso, o viceversa, hacían el trayecto en un tiempo mínimo de tres
meses, pues, sus pilotos debían hacer la navegación con la costa a la vista
para “no perderse”. El descubrimiento de las islas que dan frente a Valparaíso,
llevado a cabo por el navegante español, en 1563, vino a simplificar la
navegación y a reducir el trayecto a la cuarta parte, pues las naves en vez de
“costear”, hacían rumbo a la isla de Más-a-Tierra y de allí se dirigían
rectamente, por alta mar, a Valparaíso o al Callao.
La
aparición en el Pacífico de la nave pirata de Drake, en 1579, puso a los
gobernantes españoles, en el cuidado de que las islas recién descubiertas
podrían servir de magnífica estación naval a las empresas piráticas que
vinieran en lo sucesivo, y de aquí resultó que el virrey del Perú, don
Francisco de Toledo y Leiva, dispusiera que la isla Más-a-Tierra fuera
fortificada y guarnecida con un buen número de tropa, a cargo de un gobernador
militar de grado no inferior a capitán de artillería.
Me
propongo hacer en otra oportunidad algunos recuerdos sobre los primeros
gobernantes y habitantes de la isla Más-a-Tierra; por ahora me referiré a las
instrucciones que sobre la administración de las islas dieron los últimos
gobernadores de Chile a los jefes de las guarniciones que allí enviaban.
Debe
quedar establecido, en primer lugar, que las islas de Juan Fernández se
constituyeron poco a poco en presidio, como el de Valdivia, a donde se enviaba,
en calidad de soldados, a la gente de conducta incorrecta o mala. En buenas
palabras, el envío de un sujeto a Más-a-Tierra o a Valdivia era sencillamente
un castigo y claramente se establecía esa circunstancia en las órdenes o
sentencias de la autoridad. “Se condena a pena de cien azotes y a servir dos
años en el presidio, o guarnición de Valdivia, o Juan Fernández, sin soldada o
con ración”.
Aun de
Lima o de España llegaban condenados o relegados a Juan Fernández o a Valdivia.
En esta última plaza vivió muchos años, hasta ser indultado, el comandante don
Tomás de Figueroa y Caravoca, de quien he escrito en otra ocasión. Este militar
fue condenado en España a relegación “en la plaza y presidio de Valdivia”,
siendo aún muy joven, y allí en Concepción vivió más de cuarenta años de su
vida, hasta su trágica muerte en Santiago.
Desde el
primer gobierno de don Alonso de Ribera, en 1600, las islas de Juan Fernández
contaron con una guarnición eficiente para hacer frente a cualquier ataque de
navíos piratas; tanto el Gobernador de Chile como el virrey del Perú proveían
con largueza a las necesidades de estos isleños que desempeñaban allí la
importante misión de impedir a cañonazos que los corsarios y piratas bajaran a
tierra para reparar sus averías o aprovisionar sus naves. Hay una larga crónica
de hazañas de los soldados isleños en el cumplimiento de este deber, y no se ha
olvidado el nombre de un soldado que estuvo de centinela avanzado como cinco
días sobre una roca, desde donde se dominaba una ensenada que podía servir de
surgidero a la gente de una embarcación pirata holandesa que merodeaba por los
alrededores de la isla.
Este
soldado era un vizcaíno llamado Bonifacio Pérez Cuitiño, que había sido
condenado a tres años de reclusión en el presidio de Juan Fernández, por el
Corregidor de Arica, don Pedro Ampuero de Torres, por haber dado muerte a su
mujer. Algunos atenuantes tendría el crimen del soldado, pues con el acto de
abnegación que ejecutó para impedir el desembarco de los piratas fue indultado
de la pena y restituido a su tierra.
Poco le
duró, sin embargo, el perdón y la libertad, porque volvió al poco tiempo a Juan
Fernández, condenado por el Alcalde de Lima, por haber dejado malherida a otra
fulana... Por lo visto, este sujeto pretendía exterminar del “haz de la tierra”
al sexo femenino.
A medida
que las guerras de España contra Inglaterra se fueron alejando, fue
disminuyendo también la importancia militar de las islas de Juan Fernández,
hasta que a fines del siglo XVII, o sea allá por los años. 1690, el gobierno
español empezó a retirar poco a poco la guarnición. Créese que en los últimos
tres años de este siglo, no hubo más de cinco o seis habitantes.
Algo de
esto debe ser verdad, porque cuatro o cinco años más tarde, o sea, a los
comienzos del siglo XVIII, naufragó por esos mares el pirata escocés Alejandro
Sellarle, y según dice el novelista Daniel Defoe en su popular obra Robinson
Crusoe, permaneció en esa isla deshabitada durante cinco años, hasta ser
recogido por un buque inglés.
Lo cierto
es, porque consta, que por los años 1730, hubo nuevamente una guarnición
militar en aquella isla, o tal vez a consecuencia de las dificultades que
sobrevinieron nuevamente entre España e Inglaterra y Holanda.
Veinte
años más tarde, o sea en 1751, se produjo en la costa del Pacífico un gran
fenómeno sísmico, que repercutió trágicamente en la isla de Juan Fernández. Más
o menos a las tres de la tarde sintióse una violenta conmoción terrestre, “que
echó abajo en un minuto la casa del Gobernador y partió en tres la principal
fortaleza, donde montaban cuatro cañones”. Al mismo tiempo, se retiró el mar y
cayó una copiosa lluvia que inundó en pocos minutos los caminos, veredas y
casas de los isleños.
Los
soldados y sus familias huyeron a los cerros más cerca» nos para librarse de la
“salida del mar”, que se preveía, pues “las olas se recogieron más de tres
cuadras adentro”. En la bahía había un barco fondeado, y el Gobernador creyó
que la mejor salvación consistía en que todos se embarcaran en la nave; se lo
ordenó, y empezaron juntarse en las lanchas y botes, para alcanzar el navío; en
esta función estaban los isleños, cuando se hincharon de repente las olas, e
invadiendo torrentosamente la playa, envolvieron en ella al Gobernador, a su
familia, compuesta de su mujer y cinco hijos, y a treinta y dos personas más.
Todos
perecieron, sin que los pocos que se salvaron en la playa, y los tripulantes
del barco pudieran prestarles auxilio alguno.
La
noticia de la catástrofe causó sensación en Valparaíso y Santiago, y el
Gobernador Ortiz de Rozas, conde de Poblaciones, quiso reparar rápidamente los
perjuicios. Envió, en consecuencia, soldados, materiales de construcción y
elementos de guerra, a cargo del joven y animoso capitán de artillería don Juan
de la Mata y Quiñones, el cual, mediante un trabajo firme y tesonero, pudo
reparar los daños en seis meses, y poner a la guarnición en pie de rechazar
cualquiera invasión.
Pasaron
años y la paz firmada entre España y sus rivales, trajo otra vez la
tranquilidad y la inacción a las islas de Juan Fernández. Aquellos peñones que
se levantaban como atalayas en medio del mar, no servían a la metrópoli sino
como defensa de peligros piráticos; según los gobernadores de Chile, las islas
de Más-a-Tierra y Más Afuera, no servían sino para criadero de cabros, y no
podrían nunca dar de comer ni siquiera a la corta guarnición militar que
permanecía allí con sus familias.
Las
dificultades del señor don Carlos IV con los jefes de Estado de Europa,
reagravadas con las penurias del Erario español, por los cuantiosos derroches
de la reina María Luisa y el Príncipe de la Paz, movieron nuevamente al
Gobierno de Madrid a ordenar la vigilancia de los mares del Pacífico austral,
que eran los más expuestos a los golpes de mano; así fue cómo tan pronto de
recibir las órdenes del Ministro Godoy, el Presidente O’Higgins se dio, con el
entusiasmo que le era característico, a la empresa de repoblar las islas de
Juan Fernández.
Solamente
qué el “Presidente inglés”, quería esta vez resolver definitivamente el
problema de la población y sustentamiento de las islas, a fin de que alguna vez
pudieran vivir sin estar atenidas a los recursos de afuera.
Empezó
por buscar un oficial joven y enérgico, a quien encomendar la empresa, y lo
encontró pronto entre los que habían sido sus subalternos en la guerra de
Arauco. Llamábase este oficial don Juan Calvo de la Cantera, y tenía el grado
de teniente de artillería; dióle el nombramiento o “provisión”, de Gobernador
de las Islas, y un pliego de instrucciones tan claras como acostumbraba darlas
el “Presidente inglés”, para ser comprendido y obedecido.
“Siendo
el objeto de ocupar y fortificar las islas de Juan Fernández, el de precaver
los inmensos perjuicios que resultarían al servicio de Su Majestad y de su real
Erario, y la quietud de estos dominios y su comercio, si alguna nación
extranjera lograse cualquier establecimiento en ellas, debo pensar seriamente
en el fomento de la población y objetos civiles en esas islas, para su
perpetuidad; y con este ánimo inspirará vuestra merced a los habitantes y
vecinos que se enlacen por matrimonios, que edifiquen bien sus sitios,
repartiéndoles tierras de labor, para cuyo fin se les auxiliará con
herramientas, de las que vuestra merced lleva y con semillas, si fuese
necesario, avisándome las que falten o sean útiles en aquellos terrenos para
remitirlas; de modo que, asegurados con bienes raíces y con el producto de la
agricultura, puedan alguna vez subsistir por sí mismos, con sus familias, sin
esperarlo todo del Fisco de Su Majestad”.
Embarcóse,
pues, el Gobernador Calvo de la Cantera con rumbo a su ínsula, a bordo de la
goleta “Nuestra Señora de la O.”, a fines de noviembre de 1788, llevando buena
cantidad de herramientas, semillas, materiales de construcción y de guerra,
para una población de cincuenta y tres hombres, treinta y siete de los cuales
iban con sus mujeres e hijos. A tiempo de partir, el Presidente, que fue en
persona a Valparaíso a despedir a los colonos, entregó al teniente Calvo un
último pliego de instrucciones, entre las cuales había las siguientes que bien
podrían ser tomadas en cuenta ahora mismo.
“Es muy
importante, decía O’Higgins, pensar en las cosechas de pimienta, de calidad de
la de Chiapa, que se dice fructificar en dichas islas, aumentando su siembra y
los más constantes experimentos por si es posible establecer este ramo de
comercio que no dejará de ser pingüe, atento al consumo que de este grano se
hace.
“También
será de suma importancia el empeño en aumentar la pesca, disecación y comercio
de bacalao, y como tal lo recomiendo a vuestra merced, y que me dé cuenta en
todas ocasiones de los progresos que se experimentan en esto y en el anterior
artículo”.
Antes de
que el barco levara el ancla, ocurrió un hecho que se estimó de buen augurio
para los proyectos del Presidente O’Higgins. Habían vuelto ya el Presidente y
su comitiva al “Palacio” del Gobernador de Valparaíso, que lo era don Ignacio
de la Carrera e Hirigoyen, y contemplaban la goleta en sus últimos preparativos
para hacerse a la mar, cuando vieron desprenderse de babor un batel de cuatro
remeros que a los minutos estuvo en la playa. El patrón del batel dirigióse
prontamente al palacio y entregó allí una comunicación del teniente Calvo.
Leyó el
Gobernador Carrera, lanzó una carcajada y llevósela al Presidente, que
aguardaba también el conocimiento de la novedad. Calóse el anteojo Su Señoría,
hizo una mueca de satisfacción, y dijo a Carrera:
— Pues,
señor, ante esta petición, Usarced no tiene más que mandar llamar al señor cura
y enviarlo a bordo... Aunque — agregó de pronto— mejor sería que todos vinieran
a palacio y así podría servir yo de padrino a los novios.
Horas más
tarde, celebrábase solemnemente en la sala principal del palacio del Gobernador
de Valparaíso, la boda de uno de los colonos que iban solteros a Juan
Fernández, con la hija de otro de los emigrantes.
No sé si
los novios tendrían entre sí algún arreglo anterior; pero el caso es que al
partir no quisieron permanecer “en peligro” durante un tiempo indefinido, esto
es, hasta que fuera un sacerdote a Juan Fernández y resolvieron meter la cabeza
en la santa coyunda antes de que partiera el barco. Esto se llama meter la mano
al fuego de puro gusto.
Parece
que los ahijados del “Presidente inglés” se portaron bien en la isla de Más
Afuera, que fue donde quedaron establecidos, porque tres o cuatro años más
tarde, cuando O’Higgins fue ascendido a virrey del Perú, dejó para ellos
algunas, “mandas” que su apoderado en Chile cumplió al pie de la letra.
Esta fue
la última tentativa seria que hizo la administración colonial para poblar las
Islas de Juan Fernández; puede ser que también haya sido la primera.
Los
últimos gobernadores realistas sólo emplearon esas islas para desterrar y
castigar a los patriotas sorprendidos en sus conspiraciones por la libertad de
Chile.
Los
últimos fueron los que desterró Marcó del Pont; esos patriotas, en medio de su
tribulación, fundaron, en recuerdo, la benemérita Sociedad de Dolores, que
hasta ahora subsiste en Chile para alivio de los pobres.
§ 18.
Historia del portal de Sierra Bella
(1790)
No consta
el hecho de que los portales que hoy llamamos de “Fernández Concha” fueran los
primeros que se construyeron en la ciudad de Santiago; lo contrario consta de
la Histórica Relación del padre jesuita Alonso de Ovalle,
según veremos en la transcripción que a su tiempo haré; pero no admite duda el
que haya sido en el lado sur de la Plaza, en donde se pensó, por primera vez,
hacer esta clase de portales, a la usanza de todas las ciudades españolas cuya
construcción y arquitectura se imitaba en las Indias.
El Padre
Ovalle escribió su famoso libro en 1645, estando en Roma, pero había salido de
Santiago sólo cinco años antes, o sea en 1640; era chileno, nacido en la
capital y perteneciente a una familia de las más caracterizadas; conocía, por
lo tanto, a su ciudad natal como la palma de sus manos, y no tenía por qué
decir que no había portales en el costado sur de la Plaza Mayor, si en realidad
los hubiera; sin embargo, al describir la ciudad de Santiago, en su ya citado
libro, dice que “el lienzo que cae al norte de la Plaza está todo con
soportales y arcos de ladrillos” y que “el lienzo que cae al occidente lo ocupa
una mitad la Catedral y lo restante (hasta la esquina de la actual calle de la
Compañía), el palacio episcopal con corredores a la Plaza, que si como hermanan
con el lienzo del lado norte, tuvieran igual correspondencia por el lado sur y
el oriente, fuera esta Plaza una de las más galanas y vistosas de las Indias”.
Afirma,
pues, el Padre Ovalle, que hasta el año 1640, sólo existían portales en los
“lienzos” de la actual Municipalidad, Intendencia y Correo, y frente al Palacio
Arzobispal; y tan seriamente lo afirma que “no duda que con el tiempo se habrán
de derribar los dos lienzos viejos (los del sur y del oriente y se edificarán a
la moderna con sus soportales y corredores, en proporción con los que existen
hoy”.
Es
imposible dudar de las palabras de este historiador, de manera que habría que
investigar qué se hicieron, o qué les pasó a ciertos portales para cuya
construcción pidió licencia al Cabildo uno de los vecinos más acaudalados de la
capital, llamado don Pedro de Armenia, allá por los años de 1577, unos sesenta
o setenta años antes de que el Padre Ovalle escribiera su Histórica
Relación del Reyno de Chile.
La
“manzana del Rey”, denominación que se dio a la que queda al costado sur de la
Plaza, se dividió, como todas, en cuatro solares; el solar que hace esquina con
la calle de Ahumada fue cedido por Pedro de Valdivia al Conquistador Alonso, de
Escudero, y el que da a la calle del Estado a Gabriel de la Cruz, donde cada
uno levantó su morada. Los solares de la calle de Huérfanos quedaron “vacos”;
tal vez nadie se interesó por ellos, en espera de mejores remuneraciones, y
pasaron a poder de la Real Hacienda.
Cuando
Escudero partió al sur, en la expedición conquistadora de Arauco, realizó todos
los haberes que tenía en la capital, y el solar fue adquirido por el Cabildo,
quien lo compró en la cantidad de 250 pesos, para cederlo, en pago de
honorarios, al escribano Diego de Orne. Pocos años más tarde, allá por el 1567,
el escribano vendió su casa y solar a Pedro de Armenta, mercader venido de Lima
y que había realizado en breves años muy buenos negocios; Armenta puso en la
esquina de la Plaza una pulpería y tienda de “vitualla”, que fue, naturalmente,
muy visitada por la espléndida situación en que se encontraba.
El solar
de la otra esquina, perteneciente, ya lo dije, a Gabriel de la Cruz, fue
vendido a Alonso de Escobar Villarroel, y a su fallecimiento sus dos herederos
lo dividieron en dos partes; el sitio del lado poniente fue adjudicado al
Licenciado Francisco de Escobar, y el de la esquina con Estado, a su hermano
Alonso. Este heredero, a su vez, dividió su parte en tres pedazos, y dispuso de
ellos en esta forma: el de la esquina lo cedió al convento de San Francisco,
para la adquisición de una campana; el siguiente lo vendió a Juan Ruiz de
Estrada, y éste lo enajenó, en 1604, a la Compañía de Jesús; por último, el
tercer pedazo, que colindaba con la propiedad de su hermano Francisco de
Escobar y Villarroel, se lo vendió a él mismo.
No sé si
me habré explicado bien; pero he querido demostrar que de todo el frente del
lado sur de la Plaza, la mitad pertenecía a Pedro de Armenta; los cuatro sextos
de la mitad restante a Francisco de Escobar, un sexto a la Compañía de Jesús,
un sexto a la “campana” de San Francisco. Pues bien, antes del año 1577, los
cuatro sextos de Francisco de Escobar habían pasado a poder de Pedro de
Armenta, con lo cual este mercader era poseedor de la casi totalidad de la
cuadra frente a la Plaza, en donde habrían de construirse los primeros portales
de esta ciudad.
Dueño ya
de todo este frente, Armenta quiso hacer una obra de progreso público, al mismo
tiempo que dar valor a su magnífica propiedad; al lado dé su tienda de la
esquina de la Plaza con la calle de Ahumada — por entonces esa calle se
denominaba “de Lázaro de Aranguez”— habíanse instalado ya otros “baratillos” y
formádose un pequeño centro comercial, al que acudía la gente después de la
misa dominical para gozar de una ancha acera que el propietario había hecho
“labrar”. Los paseantes, hombres y mujeres, circulaban por toda la extensión de
tal acera, y mientras el sol no picaba, allí se desenvolvían los pololeos y
nacían y se fomentaban todos los chismes de la incipiente y ya numerosa
colonia.
Pedro de
Armenta quiso dar mayor comodidad a sus paseantes, e ideó la construcción de
unos “corredores con portales”, a la usanza de los que ya se habían levantado
en Lima bajo la autoridad del Virrey don Diego López de Zúñiga, Conde de Nieva;
la idea contaba con la aprobación del vecindario “noble” que sería el
beneficiado, y no tardó en salir a luz oficialmente, con la presentación que
Pedro Armenta hizo al Cabildo, para obtener las licencias consiguientes.
El 15 de
febrero de 1577 se leyó en el “ayuntamiento” del Cabildo la presentación del
mercader limeño: “yo ha muchos años que vivo en esta ciudad — decía— y para más
pertenecer a ella, tengo fechas unas casas en la Plaza Pública, y voy haciendo
agora un alto, y querría hacerle un corredor con sus portales, así en alto como
en las demás casas, que salgan los dichos corredores con portales a la dicha
Plaza; y para ello tengo necesidad de licencia y permiso de vuestras mercedes,
para que el alarife señale el tamaño de que han de ser los dichos portales”.
Dije que
la idea de los portales era ya popular, y el Cabildo no desmintió tal
afirmación; en la misma sesión “los dichos señores justicia y regimiento
proveyeron que se le hace la merced que pide, dándose, como se
da, al dicho Pedro de Armenta licencia para que haga los dichos corredores, a
condición de que sean comunes al pro e utilidad de esta dicha ciudad y no se
puedan cerrar por debajo en ningún tiempo”»
El
Cabildo puso, además, otras condiciones que manifiestan el interés y largas
miras con que los regidores apreciaban este progreso y el futuro desarrollo de la ciudad; mandaron, primeramente, “que la
primera esquina, poste o pilar que se ha de poner, se ponga de soslayo” a fin
de que se formara un ochavo con la calle “que va a las casas de Francisco de
Lugo”; esta calle es la actual calle de Ahumada, pues el Regidor Lugo tenía su
morada en la esquina norponiente de esta calle con la de Huérfanos. Aparte de
esta condición, el Cabildo “mandó que el ancho de los portales sea de doce pies
maestrales” y fijó el término de un año para que el concesionario empezara los
trabajos”.
Por
último, el Cabildo declaró “que la dicha merced se hace generalmente a todos
los que tuviesen casas en la dicha Plaza, y que quisiesen construirlas con el
dicho aditamiento” de corredores con portales.
A pesar
de la popularidad de la idea y del evidente entusiasmo con que fue acogida por
la autoridad, no consta que Pedro de Armenta haya llevado adelante su
realización, por lo menos en la proporción que pensara al principio; pero hay
indicia, para creer que, por lo menos, levantó el pilar de la esquina con
Ahumada, y lo puso “de soslayo”, en obedecimiento a las órdenes del Cabildo.
En los
largos años que transcurrieron hasta el terremoto del 13 de mayo de 1647, se
encuentran muy pocas referencias sobre la edificación de Santiago; las más
precisas están en la Histórica Relación del Padre Ovalle, que
ya he citado, y en las cuales se afirma que no existían portales en el “lienzo”
sur de la Plaza. En todo caso, el terremoto que echó a tierra casi todos los
edificios de la ciudad, debió hacer desaparecer también los que hubiera en tal
sitio, como ocurrió con los portales del Cabildo y Audiencia, y los del Obispo.
La
construcción definitiva de los portales que hoy llamamos de “Fernández Concha”,
empezó allá por los años de 1655 ó 60, casi un siglo después que los ideara
Pedro de Armenta, y su autor fue el Tesorero de la Santa Cruzada, Pedro de
Torres y Sáa, acaudalado comerciante de ascendencia portuguesa, de cuyas
actividades he tenido oportunidad de escribir en otras ocasiones. Mediante
afortunadas especulaciones, Torres había reunido en poco tiempo un capital
considerable y aparte de sus negocios que se extendían a lo largo del litoral,
poseía una “tienda”, en 1658, en la esquina de la Plaza y Ahumada, en el mismo
sitio en que la tuviera antes nuestro conocido Pedro Armenta. De aquí partió
poco a poco la posesión que adquiriera Torres, en menos de diez años, de todo
el frente sur de la Plaza, en donde empezó a levantar el edificio que habría de
ser primeramente “el Portal del Tesorero” y luego “el Portal de Sierra Bella”
Antes de
1675 estaba ya edificado uniformemente todo el frente a la Plaza con
“corredores” que salían de un extremo a otro, comunicando “por debajo” las
calles de Mercaderes (Ahumada) y de San Agustín (Estado). En la mitad de ese
frente — es decir, donde hoy se encuentra la entrada al Pasaje Matte— estaba la
puerta principal de la casa particular del dueño; la portada era de cal y
ladrillo, “con mucha arquitectura, y las hojas dé las puertas son de ciprés,
con su clavazón grande, aldabas y aldabones, braceras, gorrones y dados”, todo
de bronce a la usanza de la época.
Bajo los
“corredores” caían diecinueve tiendas y sus trastiendas, “con puertas y lobas”;
todas eran entabladas arriba y enladrilladas en el piso. Los corredores tenían
“portales” a la Plaza, los cuales descansaban sobre veintidós pilares de cal y
ladrillo. El “pilar” que venía a quedar a la esquina con la calle de San
Agustín, era de mármol.
En el
fondo del edificio estaba la casa particular del Tesorero, que era una de las
más lujosas de Santiago; constaba de tres patios, empedrados los dos últimos, y
con jardín el primero; alrededor de los patios había corredores que descansaban
sobre postes de ciprés y algarrobo. El edificio entero era de dos pisos, de
modo que las habitaciones de los altos formaban, si se quiere, una casa
independiente.
Sobre los
portales de la Plaza se alzaban los corredores del segundo piso del edificio,
de modo que el aspecto del frontis era por demás pintoresco, pues se veían
portales “dobles”, unos encima de los otros. Hacia los portales de arriba caían
doce habitaciones, con veintidós puertas y ventanas en total, “grandes y muy
bien acondicionadas”.
En la
casa habitación “se contienen dos escaparates con el principal que está en la
cuadra, y tres alacenas, y en la cuadra principal está una alcoba dorada que es
muy curiosa; y en el dormitorio está un oratorio con su tabernáculo dorado con
tres bultos de santos, y asimismo, toda la casa está lucida y blanqueada”.
Hacia el lado de la calle de Mercaderes, había dos pequeñas casas de alquiler,
“la una con sala y cuadra, y dos aposentos con su cocina y dos patios
empedrados; y la otra casa, en que está una mesa de trucos (billar), con dos
patios empedrados”.
Tal ha
sido, pues, la construcción primitiva del actual portal Fernández Concha,
levantado en la segunda mitad del siglo XVII, cuya primera denominación fue
“Portal del Tesorero”.
Algunos
años más tarde, don Pedro de Torres casó a su única hija, María, con el
caballero peruano don Cristóbal de Mesía Valenzuela, conde de Sierra Bella, y
entre la suculenta dote de cien mil pesos que llevó la novia, se incluyó el
Portal, por la suma de veinticinco mil pesos; a la muerte del Tesorero,
ocurrida en 1715, ya el Portal se denominaba de “Sierra Bella”, cuyo nombre
conservó cerca de dos siglos, esto es, hasta 1869, fecha en que un voraz
incendio lo destruyó por completo, según veremos luego.
La
primera construcción del Portal, que hemos descrito brevemente, se mantuvo en
buen estado hasta el terremoto de 1730; ese fenómeno sísmico echó por tierra
buena parte del segundo piso, y el resto quedó a muy mal traer, por lo cual el
cabildo ordenó su demolición en breve plazo. Pero como los propietarios del
Portal residían en Lima, tardaron bastante en disponer que se reconstruyera un
edificio de tales proporciones, y cuya obra demandaba un capital nada
despreciable. Solamente el año 1745 pudo ver nuevamente el vecindario de
Santiago restablecido su antiguo paseo de los “portales” con un edificio de cal
y ladrillo, que resistió valientemente las vicisitudes de ochenta largos años.
No era,
sin embargo, tal construcción, de la solidez que necesitaba, ni de la
“decencia” que requería el creciente progreso de la ciudad. Allá por los años
de 1826 el edificio se encontraba ya ruinoso, y el Cabildo republicano era
mucho menos tolerante que los antiguos municipios realistas, sobre todo en este
caso en que los propietarios eran condes y todavía, extranjeros. Sin mayores
preámbulos, el Alcalde Campino ordenó se notificara a los Condes de Sierra
Bella, residentes en Lima, que debían proceder a la reparación completa del
Portal, bajo apercibimiento de que, no haciéndolo, la autoridad procedería a
demoler el edifico por cuenta del propietario.
La
Condesa de Sierra Bella, doña María Josefa de la Fuente y Mesía, se apresuró a
cumplir los requerimientos de la autoridad chilena y dio órdenes a su apoderado
en Santiago, don Ambrosio de Aldunate y Carvajal, para que procediera a
reedificar el Portal, autorizándolo para invertir en ella hasta la cantidad de
sesenta mil pesos. Aldunate no demoró en cumplir el encargo y en menos de
cuatro años ofreció a los santiaguinos un edificio de tres pisos y de toda la
extensión de la cuadra, cuya imponente fachada a la Plaza era toda una arquería
de cal y ladrillo. El costo total del edificio, con las tiendas y trastiendas
adyacentes, fue de ciento dos mil setecientos seis pesos, y fue totalmente
entregado a mediados del año 1831.
Pero esta
“magnífica” construcción no prevaleció mucho tiempo; el 17 de abril de 1848, un
rápido incendio que se declaró en la esquina del Portal con Ahumada, causó
graves perjuicios, sobre todo en el tercer piso, que era el mejor adorno del
suntuoso edificio. Al hacer las reparaciones de la parte destruida, la
propietaria resolvió suprimir de cuajo el tercer piso, alegando que “carecía de
objeto, porque era muy difícil de arrendar”.
Tal fue
el aspecto en que quedó el portal de Sierra Bella en la mitad del siglo pasado,
hasta el año 1868, en que ocurrió el incendio que lo destruyó completamente, la
noche del l de junio.
Eran más
o menos las once y tres cuartos cuando la campana del recién fundado Cuerpo de
Bomberos, dio alarma de incendio, por aviso que llevó al Cuartel uno de los
dueños de “baratillos”, don Marcos Ortiz, que se encontraba en la Plaza; el
fuego había prendido en la sastrería Europea, de don Alfonso Blin, ubicada en
la esquina con Ahumada — parece que esta esquina tenía predestinación— y
avanzaba con una rapidez espantosa, envolviendo, en pocos minutos, todo el
edificio. Contribuyó al incremento del “voraz elemento” — como decía “El
Ferrocarril, al dar cuenta del siniestro— la falta de agua en las
acequias, pues en esa época se las había cegado para hacer un nuevo trazado de
ellas; hubo que romper la cañería matriz del agua potable.
A las
tres de la mañana el Portal de Sierra Bella había desaparecido, y sólo un
montón de escombros quedaba de la “magnífica construcción”.
La
Condesa de Sierra Bella, doña Josefa de la Fuente, había fallecido algunos años
antes, y todos sus bienes habían pasado a manos de su sobrina doña Carmen
Vásquez de Acuña, casada con el caballero chileno don Manuel de Santiago
Concha; ambos se encontraban en Chile cuando ocurrió el incendio y, a pesar de
que la reconstrucción del gran edificio les iba a imponer un cuantioso
desembolso, no titubearon en emprender la obra y pocos años más tarde la ciudad
contó con el espléndido edificio que ahora estamos viendo desaparecer,
paulatinamente, bajo la picota implacable de una sociedad constructora que
desea transformar el aspecto de la “Plaza Mayor” de la capital.
§ 19. Los
tajamares del Gobernador O’Higgins
(1790)
La picota
de la renovación que actualmente derriba todo lo viejo, ha llegado también
hasta los cimientos del único pedazo que nos quedaba de aquellos “tajamares”
que construyó, a lo largo de la ribera sur del Mapocho, el “Presidente inglés”,
don Ambrosio O’Higgins, Marqués de Osorno y Barón de Balinary, para impedir que
las aguas invernales del “manso río” arrasaran con la ciudad y con la “chimba”,
tal como había ocurrido en 1783, unos nueve años antes de que se empezaran
estas obras del Tajamar, que iban a ser y lo fueron, definitivas.
El
Mapocho, con su aspecto de “esterito mendicante”, en verano y la mayor parte de
los inviernos, ha tenido también, sus épocas en que ha infundido respeto y aun
pavor. La primera avenida en regla que registran las actas de nuestro Cabildo
data del año 1573, si los recuerdos no me fallan; cuentan esas crónicas que las
aguas se entraron por “detrás del cerrillo” y que se metieron por el antiguo
cauce de la Cañada desparramándose por todas las calles como torrentes “que no
podían atravesar la gente de caballo”; esto, que parece mentira, con toda
seguridad no lo es, porque yo, que no soy tan viejo — como lo supone una
lectora que me escribe llamándome “venerable señor”— he visto por estos mis
ojitos que se habrán de secar bajo tierra, que en la avenida de 1911 uno de los
policías de aseo fue arrastrado por la corriente al atravesar la bocacalle de
Sari Antonio frente a San Francisco, y estuvo en un tris de perecer, con
caballo y todo, pues el hombre iba montado.
Después
de aquella avenida de 1573, el Cabildo y vecindario se preocuparon seriamente
de defender la ciudad de futuras inundaciones, con tajamares de sacos de arena,
palizadas y “canastos” llenos de piedras, los cuales eran alineados
desde la “chacra de Aguirre hasta el Basural”, o sea desde el Hospital del
Salvador hasta la Estación Mapocho, hablando en términos de hoy. De algo
servían estos tajamares, pero de ninguna manera fueron suficientes para
prevenir los desastres que sobrevinieron a la ciudad con las ocho o diez
grandes avenidas que ocurrieron durante un par de siglos del coloniaje. Por
cierto que después de cada una de estas inundaciones, el Cabildo y el
vecindario se dedicaban afanosamente a construir nuevos tajamares; como ni al
año siguiente ni a los subsiguientes se repetía el desastre, el Cabildo y el
vecindario caían en despreocupada confianza y no volvían en sí sino cuando se
encontraban de nuevo con el agua al cuello.
En este
juego se pasaron, como ya dije, cerca de dos siglos, hasta que, en el año 1783
sobrevino la más grande de las catástrofes que registran los anales de la
ciudad en materia de aguas. La tarde del 15 de junio del indicado año
“rompiéronse las cataratas del cielo” y una lluvia tormentosa y pertinaz cayó
sobre la población con tal fuerza y con tal abundancia, “que así debió ser el
diluvio universal con que Dios castigó a los hombres”, según opina un documento
de la época.
Ya
entrada la noche del día 15, empezó a notarse que las aguas del Mapocho
aumentaban de volumen, y a la madrugada del 16 “la corriente llegaba hasta la
mitad de los pilares del puente de “calicanto”, cuyos once ojos — incluso el
“ojo seco”— apenas parecían suficientes para dejar libre paso a los torbellinos
de agua. Cercano ya el mediodía, descargóse una tormenta huracanada, con
relámpagos, rayos y “culebrinas”, y ya no era lluvia, ni diluvio, sino
torrentes los que arrojaban los densos nubarrones que cubrían la atmósfera.
Mientras tanto la corriente del Mapocho íbase hinchando a vista de ojos, sus
turbios y aterradores remolinos, que desde la mañana habían arrastrado ramas,
palos y troncos, traían ahora ranchos enteros, palizadas enteras, cercas
enteras, árboles arrancados de raíz, animales y aun cadáveres...
Ambas
riberas del río se llenaron de curiosos, especialmente sobre el puente de
Calicanto, en donde se situaron muchas personas “y los hermanos hospitalarios
del Señor San Juan de Dios”, para salvar “a lazo” a los infelices arrastrados
por las aguas, y con preferencia a los que daban alguna señal de vida.
A la una
y media del día se levantaron las aguas del río a una altura que jamás se había
visto ni soñado, puesto que llegaron hasta las barandillas del Puente, lo que
vale decir que los ya mencionados “once ojos” quedaron cegados, formándose allá
un “taco” que puso a prueba la solidez de la obra monumental del famoso
Corregidor Zañartu. Ante tal obstáculo, las aguas tuvieron que buscar salida y
reventaron hacia ambos lados: hacia la ciudad, y hacia la Chimba, las cuales
quedaron, en pocos momentos, convertidas en un inmenso lago. Por otra parte, la
fortísima corriente había socavado también los antiguos y no muy bien tenidos
tajamares que se extendían por ambas riberas, y a eso de las dos de la tarde
“cayeron de un golpe formando un ruido aterrador”... Ya sin vallas, las aguas
invadieron la ciudad por todas sus calles, muy especialmente por el oriente del
Santa Lucía, en donde salió el brazo del río por el antiguo cauce de la Cañada.
Como no
es mi propósito contar ahora las terroríficas incidencias de ese desastre,
“comparable sólo con el terremoto del 13 de marzo del 1647”, dejo a la fantasía
del lector imaginarse las tremendas escenas que se produjeron esa tarde y esa
noche en nuestra muy noble y muy leal ciudad del Mapocho, básteme apuntar que
la mayor parte del vecindario, abandonando sus casas, corrió a refugiarse sobre
las rocas escuetas del Santa Lucía, en las faldas del San Cristóbal y en las
torres de las iglesias.
A los
ocho días de este desastre, el Presidente del Reino, don Ambrosio de Benavides,
y el Cabildo de Santiago, se encontraban afanados en los estudios y “tractos”
que creían necesario hacer para prevenir a la ciudad de nuevas desgracias
provenientes de las “hinchazones” del río. Aunque había muchos vecinos y varios
regidores que afirmaban no ser preciso reconstruir los tajamares, sino hacerlos
de sacos y palizadas, "pues de todas maneras se los llevará el río”, la
gran mayoría, en un Cabildo abierto, opinó "porque se levantaran defensas
firmes de murallas de ladrillo, cal y piedra”. El único inconveniente que había
para hacerlas de este material, era que no había dinero... de manera que el
Presidente Benavides, pasado ya el temor de que se repitiera ese año una nueva
avenida, tomó la cosa con filosofía y junto con ordenar que don Joaquín Toesca
construyera unas defensas provisionales “de palos de espino rellenos con piedra
bolones”, por lo que pudiera acontecer, dispuso, también, que el notable ingeniero
español don Leandro Martín Badarán de Olsinalde, venido de la Península seis
años atrás, levantara unos planos “para construir tajamares definitivos contra
las corrientes del río”.
Ambos
ingenieros terminaron su cometido a fines del año de la avenida, 1783, y desde
esa fecha, entre idas y vueltas de los expedientes desde Madrid a Santiago y
viceversa, en consultas sobre la manera de reunir los ciento cincuenta mil
pesos que costaría la obra, pasaron largos siete años, durante los cuales, por
suerte, el Mapocho se mantuvo sosegado y decente. Por otra parte, la enfermedad
grave que aquejaba al Presidente Benavides le impidió preocuparse no sólo de
este proyecto, cuya realización le cautivaba, sino de casi todos los asuntos de
administración y luego, con su fallecimiento, ocurrido el año 1787, se
paralizaron todas las obras importantes que se realizaban en el Reino.
La gloria
de iniciar los trabajos definitivos de los tajamares del Mapocho le
correspondió el Presidente don Ambrosio O’Higgins, habiendo sido ésta una de
sus primeras actividades administrativas, tan pronto como se hizo cargo del
mando, a mediados de mayo de 1788; a fines de este año y en el mes de enero de
1789 enviaba a la Corte las comunicaciones del caso para hacer saber al
Gobierno Real que las obras de los tajamares iban a realizarse con dineros “de
esta Capitanía y vecinos”, para lo cual pedía el Rey que aprobara el plan de
contribuciones “que se había acordado”. Estas contribuciones, cuya denominación
era “de Tajamares”, consistían en un peso “por cada tercio” de yerba mate que
se introdujese por la Cordillera y de un peso por cada tercio de azúcar que
llegase del Perú; sin esperar la aprobación real, esta contribución se empezó a
cobrar desde luego, en una Aduana que se estableció en el Puente de Calicanto;
de modo que cuando llegó a Santiago, tres años después, la aprobación real para
que iniciaran las obras, el Presidente O’Higgins había reunido ya en arcas
fiscales la cantidad de cincuenta y un mil pesos, producto de la contribución
“de tajamares”. Se ve que el Presidente O’Higgins era ejecutivo y al mismo
tiempo previsor, porque ha de saberse que el Rey, a pedido de ciertos vecinos
influyentes de Mapocho, había “desaprobado” la contribución sobre la yerba
mate... Nada valió, sin embargo esa desaprobación, porque el Presidente
insistió “respetuosamente” sobre ella, y continuó cobrándola; de aquí a otros
tres años que demoraría la respuesta del Soberano, el Presidente habría gastado
ya la plata en ladrillos, cal y cimientos.
Recibida
la autorización de la Corte para emprender las obras de los tajamares, el
Presidente les dio un impulso extraordinario, encomendando su dirección al
célebre Toesca, según los planos y especificaciones que había hecho, ya lo
sabemos, el ingeniero Badarán de Olsinalde, en los tiempos de Benavides. Este
ilustre matemático ya no estaba en Chile en esa época, pues por el mal estado
de su salud había tenido que regresar a España en 1786, previo permiso que para
ello le fue otorgado por su mujer doña Isabel Ugalde de la Concha y Mendoza por
escritura pública del 16 de enero del citado año. Entonces no se estilaban las
cosas como ahora y los maridos andaban muy derechitos; si algún aduanero
sorprendía a un casado saliendo de cualquier Reino en viaje individual y sin el
correspondiente permiso de su señora, lo restituía sin más trámite a su hogar,
«entre dos guardias pagados a su costa, para que fuera a hacer “su vida
maridable” con toda resignación.
Según los
planos de Badarán, los tajamares deberían extenderse desde el punto denominado
“Tres Acequias” — frente al actual Hospital del Salvador— hasta unirse con los
extremos del Puente de Calicanto — actual Estación Mapocho— o sea, en una
extensión de dos millas, veinticuatro cuadras españolas. La muralla debería
tener cimientos de cuatro varas de profundidad, siendo su base de piedra, del
alto de una vara y el resto de cal y ladrillo; el alto, desde el nivel del
suelo, sería de tres varas más o menos. El espesor del molo habría de ser de
tres varas en los cimientos y de poco más de dos varas en lo alto, “en donde
se construirían barandillas para que por arriba pudieran pasear las gentes sin
peligro y gozaran de la vista deleitosa que desde lo alto se ofrece”.
Los
ladrillos que se debían emplear en la obra deberían ser de media vara de largo,
una “cuarta de ancho” y tres pulga! das de grueso y, según los cálculos del
ingeniero, “habrán de entrar suma mayor de tres millones”. La primera partida
que se compró, por propuestas públicas, fue de 683.000, al precio de 12 pesos y
medio el mil, y los primeros proveedores de este material fueron don José María
Jáuregui, por ochenta mil ladrillos, don Pablo Amagada y don Antonio Vergara,
por 20 mil; don Antonio Astorga, por 25 mil; don Juan Astudillo, por 10 mil y
don Frutos Valdivia, por 10 mil.
Para que
ejerciera la supervigilancia de la obra, hasta su término, el Presidente
designó una “Junta”, compuesta del ingeniero don Juan José de Santa Olalla, del
arquitecto Toesca, del Procurador de la Ciudad, don Francisco Errázuriz; del
Asesor de la Presidencia, don Ramón Martínez de Rozas; del Fiscal de la
Audiencia, don Bartolomé Pérez de Uriondo; y del Superintendente de los
trabajos, don Manuel de Salas. La Junta tenía como Presidente nato al
Gobernador del Reino.
Al
iniciarse los trabajos, su director, el arquitecto Toesca, levantó en el
extremo oriente de los tajamares, la pirámide que hasta hoy se conserva, con U
siguiente inscripción: “D. O. M.— Reynando Carlos IV y Gobernando este Reyno
don Ambrosio O’Higgins de Vallenar, mandó hacer estos Tajamares, año de 1792”.
Cuando
O’Higgins fue promovido al Virreinato del Perú, en 1796, la obra encontrábase
aún en su primera etapa, pero ya estaban “echados” todos sus cimientos desde la
Pirámide hasta el Puente, en la extensión de veinticuatro cuadras, y en |
algunas partes, al oriente, el muro se elevaba hasta una vara del suelo. Aunque
algunos creyeron que la ausencia del activo mandatario sería fatal para la
obra, el impulso que se le habia dado a los trabajos era tan poderoso que, a
pesar de todos los augurios continuaron con energía mediante el espíritu de
acción y de progreso del Superintendente don Manuel de Salas. En 1802 la obra
estaba ya por terminarse en sus últimos tramos cerca del Puente, bajo la
dirección técnica del “matemático” don Agustín Caballero, que había reemplazado
a Toesca en esos trabajos.
Por fin,
en 1804, el Presidente Muñoz de Guzmán dio por terminada la obra con el decreto
de pago de la última cuenta por materiales y obra de mano que alcanzó a la suma
de un mil setenta y tres pesos y cinco reales.
Desde el
año 1797, en que estuvo terminado el muro desde las Tres Acequias hasta la
actual Plaza Baquedano, la sociedad chilena constituyó en aquella sección su
paseo favorito. La ancha muralla — dos varas— había sido empedrada y
enladrillada en su parte superior y con sus altas y bien dispuestas barandillas
ofrecía el “deleitoso” paseo que había ideado el ingeniero Badarán.
A sus
pies se extendía una ancha carretera sombreada de opulentos álamos y en cada
uno de sus extremos se habían construido “sendos tazones” de agua que
refrescaban el ambiente de la canícula. Los días domingos y festivos, se
instalaban a ambos lados de esta carretera las señoras y niñas, en sus
“calesas” formadas en línea, frente a frente, dejando en medio el espacio
necesario para que los caballeros y jóvenes elegantes “pasen y vuelvan a pasar
saludándolas desde sus bien enjaezadas cabalgaduras”.
Veinte o
treinta años más tarde, allá por los de 1820 y 25, el paseo del Tajamar, creado
por la enérgica actividad del Gobernador de Chile por el Rey, don Ambrosio
O’Higgins, Marqués de Osorno y Barón de Balinary, había caído en el abandono a
causa de que otro O’Higgins, su hijo Bernardo, Director de Chile por la Patria,
había creado y puesto de moda el paseo de la “Alameda de las Delicias”,
precisamente en el sitio en que años más tarde se iba a alzar su propia estatua
de Prócer chileno.
§ 20.
Mercadería colonial
(1790)
Desde los
primeros años de la Conquista, durante toda la Colonia y hasta los primeros
años de la República, la raza “indiana”, vale decir, la que no provenía en
línea recta de la española — y para decirlo en una palabra, la raza que no era
netamente española— fue colocada en tan irritante condición de inferioridad,
que su categoría entre los seres vivientes se diferenciaba muy poca cosa de los
animales.
Pero en
estos “indianos” se hacían, aún, diferencias notables que revelaban lo acucioso
de la mentalidad española en lo relativo a establecer estas categorías de
castas entre los servidores de la raza conquistadora. Si los llamados
“mestizos”, descendientes de español y de “indiana nativa”, eran precisamente
inferiores” los descendientes de negro africano y de aborigen, o viceversa,
eran; sencillamente seres despreciables. En esta categoría se encontraban los
mulatos, los zambos y los cuarterones, todos los cuales, por su condición de
“esclavos”, constituían la hez de la sociedad. Era una raza maldita.
Según
presunción legal, aceptada no sólo en teoría por los más “graves” autores, sino
aun en los estrados de los tribunales, el nacimiento de esta gente no podía ser
sino el resultado de los vicios más extremos y por lo tanto, al venir al mundo,
traían en la frente una marca de infamia. El jurisconsulto español Solórzano
Perera, en su Tratado de Política Indiana, que le dio fama y
celebridad no superada en todo lo largo del siglo XVII, en que “floreció”,
afirma que “porque pocos son los españoles de honra que casen con indias o
negras, el defecto de estos natales les hace infames, o por lo menos infamia
fácil, y sobre ellos cae la mancha del “color vario” y otros vicios que suelen
ser como naturales y mamados en la leche”
De tales
teorías tuvo origen la disposición suprema tantas veces repetida en distintas
reales cédulas, de que ni los hombres de semejantes razas pudieran ser
admitidos al sacerdocio, ni las mujeres a la vida monástica, sin previa y muy
severa información de haber nacido de legítimo matrimonio. Sin embargo, era
perfectamente aceptado que los bastardos hijos de españoles pudieran ordenarse
y aun alcanzar los más elevados puestos eclesiásticos.
Tan
irritante llegó a ser la injusticia de estas disposiciones reales, que el
Pontífice Gregorio XIII, pasando por sobre toda consideración del patronato y
del regalismo que ligaba a la Iglesia con la Corona de España, facultó a los
Obispos de América para que dispensaran a los mestizos, zambos y mulatos del
impedimento de “natividad” y de esta manera hubiese más ministros que pudiesen
acudir a predicar, doctrinar y confesar a los indios.
Por
cierto que los españoles se substraían de arrodillarse “penitencialmente” ante
un clérigo mestizo, y si “le veían” la misa era por hacerle un favor... o
porque no tenían más remedio, para no faltar al mandamiento de la Santa
Iglesia. Se cuenta un caso ocurrido en una “misión” de la frontera de Arauco.
Era
capitán o “cabo” del fortín de Quilleco, cierto sujeto que cada vez que se
encontraba con el misionero, un humilde franciscano, “mestizo” de cacique y de
española, se llevaba una mano, o las dos, a la parte posterior de la cintura
para recordar al fraile que en una ocasión “le había visto la callana”... Aquél
de mis lectores que no sepa lo que es la “callana” en una persona, que lo
pregunte a otro; yo no estoy dispuesto a decírsela.
El
franciscano recibía este insulto con resignación y por amor de Dios, y jamás
pudo el capitán “sacarle pica”, como decimos ahora, ni lograr que el discípulo
del “pobrecillo” de Asís hiciera siquiera un ademán de protesta contra ese
repetido e injusto vejamen. Agregaba el “cabo” del fortín, que jamás “le vería
misa” al fraile, ni menos que lo ocuparía en confesión, porque no podía
rebajarse a caer de rodillas “ante un zambo que no podía disimular la jeta”; y,
en efecto, todos los domingos y fiestas de guardar, lloviera o tronara, nuestro
infeliz y linajudo militar “se partía” hacia el fortín vecino de Villacura a
oír la misa de un clérigo español, a quien no le había visto la “callana”
— ¡No lo
castigue Nuestro Señor!... — habíale dicho un día Juan de la Entrada, el fiscal
militar del distrito— mire que yo conocí a un sujeto que a la hora de la muerte
pedía perdón a gritos nada más que por haberle “sacado la lengua” una vez a un
sacristán dentro de la iglesia; y vuestra merced está ofendiendo continuamente
y con escándalo a un ministro del Altar.
— Déjese»
usted de garambainas, señor mío, que tengo para mí que el Obispo que consagró
presbítero al mulato de Quilleco ha de estar todavía en el purgatorio y lo
estará durante mucho tiempo todavía, por haber ordenado a semejante “zambaigo”.
Pero
ocurrió, precisamente, lo que anunciaba el fiscal. Una noche, el “cabo” se dio
un atracón de “cabrito con menestras”, rociándolo con cierto vino mosto sin
madurar, y al venir el día sintió los efectos desastrosos de una “lepidia” que
se le convirtió pronto en “cólico miserere”. El hombre se sentía morir en medio
de los más atroces dolores y la gente que lo rodeaba creyó llegado el caso de
llamar a un confesor para que el infeliz arreglara sus líos con el Supremo
Juez, antes de dar vuelta la esquina.
— ¡Que
venga el clérigo de Villacura, que venga! — exclamó en un grito el desesperado
“cabo”— para que reciba mi confesión.. ¡que me muero!
— Perdone
usarced — contestóle uno de los soldados que le asistían—, pero el de Villacura
salió esta mañana para Los Ángeles y no volverá hasta el sábado...
— ¡Me
muero!... — exclamó otra vez, retorciéndose en el lecho— . ¡Sálvame, Señora de
las Angustias!... ¡Por caridad, id por él!...
— Está
muy lejos... y, según la gravedad que presenta el caso, no podrá llegar a
tiempo — intervino otro de los circunstantes que no parecía muy a propósito
para consolar al triste.
— Ahí
está el misionero de Quilleco... — insinuó otro.
— ¡El
zambo!... ¡Nunca!... — vociferó el enfermo, volviéndose para la pared.
Pero en
el mismo momento, un “retorcijón” más fuerte que los anteriores, lo trajo a la
miserable realidad, y gritó, entre dos bufidos:
— Que
venga... ¡que venga el mulato!...
— Vea
usarced que ofende a un Ministro de Dios en estos momentos...
— ¡Qué
venga el señor mulato!...
— No
repita eso, señor cabo, se me ocurre que comete usarced un sacrilegio...
— ¡Llamad
luego al reverendo misionero!... — suspiró, por fin, el atribulado enfermo— que
Dios, en su misericordia, permíteme recibir en vida este castigo a mi soberbia
— murmuró, por fin, rendido.
Y un
momento más tarde, el cabo de Quilleco recibía humildemente la absolución de
sus pecados de manos del misionero mulato, a quien había ofendido
persistentemente durante tanto tiempo.
No dice
el Padre Rosales, de quien tomo esta anécdota, si el “cabo” dio el salto hacia
el otro barrio después de su confesión, o si vivió y si su arrepentimiento fue
sincero.
El
fundamento de esta general inquina contra los negros, mestizos y mulatos
provenía, ya lo dije, de que los comentaristas, juristas y teólogos abrigaban
el convencimiento de que tal gente “era infame de sí” por su nacimiento, y que
era incapaz de cualquier acto noble. Alguien afirmó, seriamente, que no tenían
alma. Entre los conquistadores podía haber, y había efectivamente un
sentimiento de conmiseración, de benevolencia y aun de caridad para el indio
nativo o aborigen; numerosos son los testimonios que se encuentran sobre esto
en diversos papeles, si no estuvieran a la vista las leyes y ordenanzas,
algunas muy severas, que imponían penas a los que trataran mal a los nativos;
para los que no existía tal conmiseración, ni caridad, ni asomo de benevolencia,
era para los “mestizos”, esto es, para los hijos de aborígenes y de otra raza.
Lo dice muy claro una real cédula de Felipe II: “Los negros mestizos y mulatos,
además de tratar mal a los indios (aborígenes) se sirven de ellos, les enseñan
sus malas costumbres y ociosidad y también muchos errores y vicios que podrán
pervertir el fruto que deseamos en orden a la salvación de los cuerpos y almas,
aumento y quietud de los indios”.
Con estas
diferencias de apreciación sobre las razas, sobre su condición étnica y sobre
su capacidad intelectual, no era raro, entonces, que las leyes para su
juzgamiento fueran también diferentes. Por un mismo crimen, un español “europeo
o criollo” recibía una pena completamente distinta a la que se imponía a un
negro, mestizo o mulato; “tantos pesos de multa, si es noble y tantos azotes si
es negro o plebeyo”, decían invariablemente las sentencias o las ordenanzas.
Mientras
por el asesinato de un negro o mestizo se imponía una multa en pesos, y la
correspondiente indemnización para “el dueño” del negro, si el hechor era
español o criollo noble, por el mismo crimen cometido por un zambo en un indio
aborigen, venía la inevitable pena de garrote vil, o sea la estrangulación “sin
recurso de súplica ni apelación”. Pero si el zambo asesinaba o solo “hería” a
un blanco, la sentencia era tremenda, llegándose a los extremos que verá el
lector, no tanto para satisfacer la vindicta pública, sino por “vía de
escarmiento”.
Por los
años de 1736 ocurrió en Santiago un suceso espeluznante: el mulato José
Martínez, exasperado tal vez por el mal trato que recibía de su amo, don Juan
Antonio de Rojas, se introdujo una noche en su alcoba y lo asesinó de un solo
garrotazo en la cabeza; y como la esposa de Rojas, doña Isabel Calderón,
quisiese poner alguna resistencia al criminal, también recibió muerte horrible
de un segundo garrotazo.
El
sumario fue rapidísimo y en él se comprobó que Rojas “era mano dura” con todos
sus esclavos y que al hechor le había castigado con azote de roseta y
"señalándole con marca a fuego en el rostro” tres o cuatro días antes del
crimen. Se me ocurre que éstas podían ser atenuantes, más aún cuando hubo! la
creencia de que el mulato Martínez pudo estar loco. Pero la Audiencia,
compuesta de los oidores don Juan de Balmaceda, don José Clemente Traslaviña y
don Juan Verdugo, “por votos unánimes y conformes fallaron que debían condenar
y condenaban al mulato José Martínez a muerte de horca y que fuese sacado de la
cárcel en un carro, y atenaceado vivo hasta el pie de la horca y que descolgado
el cuerpo, por la tarde, se le cortase la cabeza y manos, puesta aquélla en una
picota enfrente de la casa de sus amos y una mano arriba de la Cañada y a la
entrada de ella (calle de Santa Rosa) y la otra abajo de San Miguel; y lo demás
del cuerpo sea arrastrado a la cola en una bestia hasta el cequión de la
Aguada, donde estará puesta una hoguera, donde será echado el cuerpo hasta que
se convierta en cenizas; y que ninguna persona de negro ni de mulato fuese
osada de quitar de los lugares la cabeza y manos, y se niega apelación y
súplica de esta sentencia”.
Las
sentencias de esta clase son muy comunes en los archivos de la Audiencia, y no
son raros los casos en que este alto Tribunal se limitó a “absolver” a los amos
que se habían anticipado a “hacer justicia de su mano”, sobre sus esclavos.
Esto de “hacer justicia” debe entenderse haber muerto al negro o mestizo que
hubiese cometido una falta, delito o crimen.
En el
libro 7, título 5, Ley 28 de la Recopilación de Indias, que fue el Código
español durante el siglo XVIII, encuéntranse, entre otras, disposiciones como
éstas: “Las mulatas, así las negras, ya fueren libres o esclavas, no podrán
traer sobre sí oro ni plata, ni perlas, ni seda, ni mantos de burato, ni
brocado, ni lama, ni terciopelos, ni holandas ni otra tela noble salvo
mantellinas que lleguen poco más abajo de la cintura; sólo las negras o mulatas
que estén casadas con español pueden usar unos zarcillos de oro con perlas y
unas gargantillas, y en la saya un ribete de terciopelo”.
Las
infractoras eran condenadas a “perdimiento” de las joyas y ropas prohibidas,
por la primera vez; a la reincidencia, además del “perdimiento” de tales galas,
deberían sufrir “recaudo”, o prisión, en alguna casa correccional, si fueran
libres, o en la “cárcel de sus amos”, si fueran esclavas; pero si la falta se
cometía por la tercera vez, esta incorregible — hija de Eva al fin— debía
“recibir azotes a proporción”.
Durante
los primeros ciento cincuenta años de la Colonia, el mestizaje alcanzó una
proporción tan elevada, que según las pobrísimas estadísticas que de esa época
nos han quedado, la población de sus ciudades se componía en sus cuatro quintas
partes de gente de color y “cuarterona”; se debía esto, “que es un peligro”,
según decía el virrey Príncipe de Esquilache, “al poco número que al principio
hubo de mujeres de Castilla, y a la sombra con que creció el número de
mestizas”; pero ya a fines del siglo XVII la mayoría de la población mestiza se
hizo “fina sangre” por cruce y el “pueblo de la plebe” pudo considerarse
“blanco”. En general dejaban de ser esclavos porque “compraban” su libertad, y
sólo trabajaban cuando se les pagaba su jornal.
La
escasez de brazos produjo entonces la necesidad de traer negros africanos en
más abundancia, y a tal grado llegó esta necesidad, que debido a los constantes
reclamos de los encomenderos y hacendados del Perú, Chile y de la América en
general, el Rey Felipe V, al firmar la paz de Utrech, el 26 de marzo de 1713,
aceptó una cláusula por la cual se autorizaba a Inglaterra, por el término de
treinta años, para establecer en Buenos Aires un “asiento de negros”, esto es,
para traer negros del África y venderlos como esclavos en América.
El
artículo 9 de este pacto determinó meticulosamente las condiciones en que los
ingleses debían hacer este comercio “de ébano” llegando hasta fijar el máximo
de negros que podían vender en los treinta años y particularmente en cada año
en cada uno de los reinos y gobernaciones de la América. Según el tratado,
Inglaterra podía introducir en América en el citado plazo de treinta años, 144
mil negros; y en las provincias de Buenos Aires y Río de la Plata, un mil
doscientos negros por año; de éstos, cuatrocientos negros estaban destinados al
Reino de Chile.
La cuota
para, Chile no era subida, y por lo tanto, su reproducción no pudo influir
mayormente en la demografía chilena; por lo demás, Ta cláusula de ese pacto de
Utrech no perduró, y el comercio de negros se hizo difícil. En
Chile sólo se dedicaron al comercio de “ébano” determinados comerciantes, y uno
de los más acreditados fue don Francisco García de Huidobro, marqués de Casa
Real, que reunió con ellos, una gran fortuna. Por lo demás, en aquella época,
el comercio de negros, distaba mucho de ser vergonzoso, y, por el contrario,
indicaba que la persona que a tal tráfico se dedicaba, poseía un fuerte
capital.
§ 21. El
criollo y sus derechos
(1790)
Desde que
pudieron contemplar con mirada amplia y serena los campos y los cielos de su
patria, los hijos de los conquistadores, o sea los criollos, alimentaron la
pretensión de ser considerados como señores de la tierra en que habían nacido.
La subordinación, empero, a que estaban sometidos por el respeto que debían a
sus progenitores, les mantenía en la sujeción a sus mandatos y por ende a los
de las autoridades que representaban al Soberano español, Rey y señor Natural
de la Monarquía del Universo.
Carlos V
y Felipe II, que eran grandes estadistas, reconocieron sin esfuerzo los
indiscutibles derechos que los “regnícolas” tenían para pedir participación en
el manejo de la “república” y así lo dejaron establecido en muchas de sus
reales cédulas en que legislaron para los americanos, no limitándose a ordenar
que se tuvieran “consideraciones” a los descendientes de los conquistadores,
pacificadores y pobladores de las tierras americanas, sino a los propios
“naturales” o aborígenes de los nuevos reinos que se iban agregando a la Corona
de Castilla.
Los Incas
del Perú, sus príncipes de la sangre y los caciques chilenos, por ejemplo,
tenían el tratamiento de “Alteza”, de “Señoría” y de “Don” respectivamente, por
orden expresa del monarca; y Felipe II, en cierta ocasión envió un mensaje
directo “a su Alteza el Inca Don Gabriel Tupuc Amarú, mi amigo y vasallo”,
invitándolo a, la paz. Fueron varias las cartas que envió el Virrey don Andrés
Hurtado de Mendoza “a Don Alonso, amigo, Cacique y Señor de los valles de
Copiapó”, para recomendarle que tratara bien a los misioneros encargados de
explicar a los indios changos los misterios de la “fée Christiana”.
Tales
consideraciones con los representantes de la raza nativa — que a pesar de todo
defendía con heroísmo su independencia y libertad— tenían que influir
poderosamente en las aspiraciones de los hijos de los conquistadores, nacidos
de mujeres españolas, o de indias “fina sangre” por cruzamiento. Esta juventud
teníase por selecta y privilegiada por la sola condición de su nacimiento y
aun, muertos sus padres, y reemplazándolos ellos en las filas del ejército o en
sus funciones civiles, no titubeaban en anteponer a sus nombres un “Don” como
una casa; era corriente que al presentarse a desconocidos, el criollo dijera:
“Soy “don Fulano de Tal, hijo de Mengano de Cual”...
En los
primeros años de la conquista, era un hecho establecido el que los hijos de los
conquistadores mantenían todas las ventajas de que podrían haber gozado si hubieran
nacido en la propia Corte de Madrid.
Los
monarcas, ya lo dije antes, habían sido los primeros en reconocer estos
derechos. “Cuando sucediese concurrir muchos pretendientes con igualdad de
mérito — decía Carlos V al Virrey del Perú— sean preferidos los descendientes
de los primeros conquistadores y pacificadores que hayan nacido en aquellas
provincias, pues nuestra voluntad es que los hijos y naturales de ellas sean
ocupados y premiados donde nos sirvieron sus antepasados”.
Igual
cosa ordenaba Felipe II en repetidas cédulas reales expedidas en su largo
remado, en una de las cuales, fecha en 1568, se leía: “Habiendo llegado a
entender que las gratificaciones destinadas por Nos a los beneméritos de las
Indias, en premio de sus servicios, no se han convertido ni convierten, como es
justo, en beneficio de los hijos y nietos de descubridores, conquistadores,
pacificadores y pobladores mandamos y repetidamente encargamos a nuestros
virreyes y gobernadores que en las encomiendas procedan a preferir a los que
hubieren de mayores méritos y servicios en los descendientes de primeros
descubridores, pacificadores y pobladores y vecinos más antiguos y de mayor
fidelidad en mi real servicio”.
Las
mismas disposiciones se renovaron muchas veces para la provisión de regalías y
“prevehendas” eclesiásticas: “Prefieran siempre — ordenaba el Rey a los Obispos
de América— a los hijos de padre y madre españoles nacidos en aquellas
provincias, siendo igualmente dignos”, etc.; y a fin de que los clérigos
“criollos” no tuvieran necesidad de estar haciendo presentes sus méritos,
derechos y títulos cada vez que se presentaba una vacante, “los virreyes y
gobernadores tengan muy especial cuidado de informarse y saber qué personas
beneméritas hubiese en las provincias de su gobierno; y en los despachos de
cada año envíen a mi Consejo lista y relación de todo, para tenerlos presentes
en la provisión de canonjías”.
Y por
último, bastante explícita es una real orden de Carlos V, fecha en 1543, en la
que encarga a los frailes de San Francisco “que en sus sermones, consejos y
confesiones deis a entender a los vecinos de esas partes que sus testamentos y
últimas voluntades están obligados a favorecer las obras pías de los lugares
donde han adquirido bienes, y no las de España como es costumbre que lo hagan”.
Con todo
esto, la calidad de nacido en América fue un título de especial recomendación
para adquirir buenas encomiendas y aun empleos honoríficos, como el caso que
cita y pone de relieve el historiador Pérez García, ocurrido durante el
gobierno de Francisco de Villagra, el año 1563. Dice es Le cronista que
Villagra entregó a su hijo Pedro, el mando en jefe de un cuerpo de tropas
veteranas que debían marchar contra los araucanos sublevados, y que yendo desde
Imperial y Maillapoa, “llegáronle a, servir de voluntarios muchos jóvenes
chilenos, agradecidos de ver en el ma do supremo del ejército a un
compatriota”.
Que el
joven Pedro de Villagra fuera “chileno” y en el año 1563 estuviera en condición
de mandar un tercio es posible; pero convengamos en que es de todo punto
inaceptable que este vástago lo hubiera tenido el gobernador en su mujer doña
Teresa de la Cueva, con quien casó en el Perú hacia el año 1556.
La
situación de privilegio en que se escontraban los "regnícolas” en aquellos
primeros años de la conquista varió por completo en el transcurso del siglo
XVI, con la llegada a Chile de las tropas españolas que venían a “sujetar” a
los irreductibles araucanos. Mientras gobernaron este Reino capitanes como
Villagra y Ruiz de Gamboa, conquistadores de Chile, o pacificadores venidos en
las primeras expediciones, o sus descendientes, pudieron sus hijos mantener ese
privilegio; pero una vez que vinieron gobernadores peninsulares, como Alonso
Sotomayor y Bravo de Saravia, o peruanos como Oñez de Loyola, Quiñones y García
Ramón, la cosa empezó a variar y aun se volvió completamente al revés cuando se
instalaron la primera Real Audiencia en 1570 y la segunda en 1609.
El
elemento español-europeo venido en abundancia, traía su principal propósito en
“medrar”, y exigía perentoriamente el “reconocimiento, de sus
servicios. Los gobernadores, como era natural, preferían para toda clase de
cargos y funciones, honoríficas o lucrativas, tanto en el Ejército como en la
administración civil, a los soldados y capitanes que habían venido con ellos, y
así fue cómo, casi de repente, los criollos se vieron pospuestos por los
“extranjeros” en todos los empleos y “granjerías” de que antes gozaban.
Y el
resultado de este “desprecio” que se hizo con indisculpable insistencia al
criollo, se dejó notar antes de mucho tiempo. Los primeros conquistadores que
vivían su ancianidad recluidos ya en sus casas solariegas, sus hijos y nietos,
herederos de sus riquezas y de sus glorias, sus “criados” y
sirvientes se apartaron, “disgustados y ofendidos”, de toda intervención en la
dirección de aquella interminable campaña de Arauco, cuyos planes y
procedimientos, completamente distintos a los establecidos por las leyes de la
guerra, ellos conocían mejor que los más experimentados capitanes de la
batalladora Europa, recién llegados a Chile.
Y llegó
el caso de que un Presidente, el general don Francisco Laso de la Vega, se
encontró con que la juventud criolla de Santiago se negó a llenar las bajas de
los escuadrones españoles de Arauco. La odiosidad que se despertó y se
desarrolló entre criollos y europeos con motivo de las preferencias de los
gobernadores, era ya irremediable, y debía hacer crisis, a corto o a largo
plazo.
Aquellos
reyes estadistas que se llamaron Carlos V y Felipe II fueron substituidos por
otros que no estaban, por desgracia para España, a la altura del Emperador de
medio mundo y del monarca en cuyos dominios no se ponía el sol. Los Felipes y
los Carlos del siglo XVII se limitaron a ocupar el trono de sus antecesores y a
malbaratar las riquezas que aquéllos acumularon, dejando que sus ministros y
representantes explotaran en su propio beneficio las suculentas factorías de
América.
En Chile,
el más pobre de los reinos españoles, los vecinos rehusaban empeñarse en la
guerra de Arauco, que sólo les prometía penalidades y consumirse sus haciendas.
“No rehuían este trabajo — dice un cronista— por falta de valor y destreza, que
entonces y después, lo que sobra a la nobleza de Chile es animosidad y
gallardía; bien conocían y conocen ahora también la obligación que tienen de
defender el suelo patrio; pero recuerdan y tienen presente que la tierra toda
de su país está regada con la sangre de sus mayores y que el fruto de este rojo
y horrible riego vienen otros de afuera a recogerlo, sin que las piadosas
reales disposiciones de los soberanos hayan sido bastantes para remediar este
abuso irritable”.
“Ven
ellos, termina el cronista Carvallo y Goyeneche, que llevan todo el peso del
real servicio de la guerra y que los gobernadores dan a los extranjeros el
empleo que mereció el hijo de la patria, o sencillamente le quitó el empleo de
guerra o lucrativo que tenía y lo dio al extranjero”.
En el
tercer tercio de ese siglo se produjo, sin embargo, un acontecimiento que llenó
de gozo a los criollos y en su ingenuidad creyeron que podía ser el principio
de un cambio de situación.
A fines
de febrero del año 1662 falleció repentinamente en Concepción el Gobernador don
Pedro Pórter Casanate y abierto el pliego cerrado que según las disposiciones
reales debía romperse sólo por la muerte de un gobernador en funciones, se vio
con la más grata complacencia de los chilenos, que el virrey del Perú, Conde de
Alba de Liste, había designado como sucesor del Presidente Pórter, al Maestre
de Campo don Diego González Montero, con el carácter de interino.
El
gobernador González Montero era chileno neto; nacido en Santiago por los años
de 1588, era sobrino del primer Obispo don Rodrigo González Marmolejo y
pertenecía, por familia, al más alto rango de la aristocracia criolla; tenía
servidos más de cincuenta años en el Ejército, ganando grado por grado sus
ascensos, y en el curso de su larga carrera había desempeñado varias veces los
Corregimientos de Concepción y de Santiago y una vez la Gobernación de la plaza
militar de Valdivia.
Esta
elección del Virrey, dice un historiador colonial, “fue muy aplaudida y llenó
de gozo los corazones de los “regnícolas”, porque con ello vieron que no
estaban a exclusión de esa honra; pero aunque el caballero González se manejó
con integridad y moderación en su gobierno del Reino y en los de Valdivia y
Santiago que había tenido antes, fue el primero y el último chileno que logró
tal satisfacción”.
Otro
historiador moderno, don Claudio Gay, asegura que el entusiasmo que produjo en
Santiago y en todo Chile el nombramiento de González Montero fue tan grande,
“que una numerosa y brillante juventud se apresuró a alistarse bajo sus
banderas, para acompañarle a la frontera contra los araucanos”.
Esta
juventud era la misma que años antes se había negado perentoriamente a servir
al Rey bajo las banderas del Presidente Laso de la Vega.
Per
desgracia, el Gobierno de González Montero fue fugaz; así como los criollos
extremaron su entusiasmo celebrando el advenimiento del compatriota al solio
presidencial, así también los españoles europeos, “despechados por encontrarse
mandados por un chileno”, se esforzaron por dificultarle su gobierno y porque
terminara pronto su interinato. El más grave obstáculo se lo puso la Real
Audiencia que se negó a reconocerlo en el carácter de Presidente de ese Alto
Tribunal, que de hecho tenían los gobernadores.
La
actitud francamente hostil de la Audiencia y de los “europeos”, produjo un
profundo despecho y rencor en el elemento criollo, el cual se convenció, una
vez más de que no podría dejar su condición de paria en su propia patria.
Pero lo
que realmente mantenía el fuego de la rivalidad entre estos dos grandes
componentes de la sociedad chilena, eran las elecciones de Provinciales y
prelados de las distintas comunidades religiosas de Santiago.
Si los
seglares combatían ostensiblemente, cada vez que la ocasión se presentaba, por
sustentar su tendencia, los frailes no se quedaban atrás ni un momento para
mantener en alto la bandera del “criollismo” y hacerla triunfar bulliciosamente
en las elecciones capitulares que se realizaban cada cuatro años en cada
convento de frailes o de monjas.
Esta
rivalidad entre los frailes chilenos y los europeos empezó, más o menos, en el
mismo tiempo que la rivalidad entre civiles, y tuvo las mismas causas; la
pretensión de los europeos de ser ellos los únicos llamados a desempeñar los
más altos cargos en los conventos. Los civiles tenían que someterse a los
representantes que mandaba el Rey, que era el Amo y Señor Natural, contra quien
nadie era osado de rebelarse, “en lo temporal”; pero otra cosa eran los frailes
“en lo espiritual y canónico”; las comunidades, reunidas en capítulo, elegían
ellas mismas a sus autoridades por mayoría de votos y allí triunfaba
precisamente el candidato que reunía más partidarios. Y la mayoría de los
frailes era de criollos.
Pero los
conventuales europeos, aunque eran minoría, tenían “santos en la corte”, según
la expresión popular, y recurrían al Presidente o a la Audiencia para que les
prestara la ayuda del “brazo secular”, y con esta ayuda anular votos de sus
adversarios en el capítulo.
El
resultado de esta “intervención” es fácil imaginárselo: los criollos
protestaban ruidosamente de las resoluciones partidaristas de la Audiencia y no
sólo oponían a ellas sus alegatos y sus apelaciones ante el Virrey, ante el
Consejo de Indias, ante el Soberano y aun ante el Pontífice, sino que se
armaban de todas armas cortantes, contundentes y arrojadizas, se atrincheraban
en sus conventos y desde los tejados o desde la torre defendían la integridad
de sus claustros contra los asaltos de las milicias que pretendían abrirse paso
para apresar a los revoltosos e inobedientes.
(Ocasiones
hubo en que los conventos se convirtieron en campos de batalla con muertos y
heridos y sería muy fácil citar casos, como la elección de provincial de San
Francisco, del año 1701, en que la tropa, al mando de un Oidor, se vio
precisada a echar abajo a barretazos “un manto de muralla” para penetrar al
huerto y atacar por retaguardia las trincheras que tenían levantadas los
franciscanos a la entrada de cada uno de sus patios, mientras un “atalaya”
colocada en la torre, bombardeaba con bala fría al Oidor, don Lucas Francisco
Bilbao La Vieja, que al frente de una compañía pretendía forzar la puerta
principal de la Cañada.
La
repetición constante de incidentes violentos en la época de elecciones
capitulares, obligó a las autoridades de la Península a buscar la manera de
terminarlos o de aminorarlos. Esta fue la de establecer la “alternativa” en la
elección de las autoridades conventuales. Este sistema consistía en que en un
período debían ser elegidos como superiores y prelados los frailes
españoles-europeos, y en el otro período debían ser frailes españoles
americanos.
El
sistema, evidentemente, iba en desmedro de los frailes americanos, porque se
reconocía implícita y oficialmente la superioridad de los peninsulares, los
cuales debían ser elegidos, obligadamente aunque fueran minoría y aunque a
juicio de los electores no fueran dignos de ocupar esos elevados cargos.
La
“alternativa” fue aceptada en México, y en el Perú, por casi todas las
comunidades de frailes y de monjas, pero en Chile encontró una oposición
formidable en todos los conventos, a pesar de las repetidas órdenes de las más
altas autoridades civiles y eclesiásticas de la Península.
Baste
saber que la “alternativa” fue solemnemente ordenada por el Pontífice Urbano
VIII, en 1622, para México, y que pontífices sucesivos fueron extendiéndola
poco a poco a las comunidades de los virreinatos de Nueva Granada, Perú y
Charcas, y por ende a la Gobernación de Chile; pues bien, en el año 1788, o sea
unos ciento sesenta años después de la orden pontificia, todavía alegaban y la
resistían los dominicos de Santiago de Chile, y la burlaban cada vez que podían
las demás comunidades.
Uno de
los argumentos más socorridos de los, frailes chilenos para combatir la
alternativa, era el que voy a copiar de una de las muchas “presentaciones” que
enviaban a las Audiencias, al Consejo de Indias, a la Corte y al Pontífice;
verá el lector que no alegaban mal nuestros compatriotas.
“Vienen a
Chile y a las Indias — decía el Provincial dominico Parras— algunos muchachos y
mozos europeos que visten el hábito en todas las comunidades; muchos de éstos,
si no todos, pasaron a las Indias con plaza de marineros, otros en calidad de
pajes, escribientes o ayudas de cámara, o agregados o recomendados al comercio.
Determínanse después, porque les va mal, a variar de destino y piden hábito de
esta o aquella religión, sin vocación alguna y ellos saben que por su calidad
de europeos contraen un derecho indeleble de ocupar allí los primeros empleos.
Y de aquí resulta que en cuatro días se ve a un marinero transformado en
novicio, poco después en fraile profeso, luego en guardián o prior, y por fin
en un hombre que lo manda todo”.
No
necesitaré de otras citas para llevar el convencimiento al lector de que la
contienda entre criollos y peninsulares había invadido todos los círculos de la
sociedad chilena, exacerbando los ánimos hasta el frenesí cada vez que se
presentaba la ocasión de ejercitar preponderancia en cada uno de los bandos. La
lucha conventual se extendía con facilidad hacia los hogares, toda vez que los
religiosos no sólo pertenecían a las mejores familias criollas, sino que eran
sus directores espirituales y aun “temporales” más respetados.
Muchas
veces los peninsulares quisieron colocarse en situación de combatir por sus
derechos en buena lid, o en lucha franca y leal, procurando traer a Chile, para
los diferentes conventos, un número de religiosos que pudiera contrarrestar la
aplastante mayoría en que se encontraban los frailes chilenos; pero éstos
tenían la sartén por el mango y se defendían de ese peligro negando los
recursos que se pedían continuamente para el transporte de religiosos europeos
desde los conventos de la Península.
A pesar
de esta lucha continua y enconada, los peninsulares mantenían la supremacía en
todos los órdenes de la sociedad.
El
Presidente y la Real Audiencia, que conservaban en sus manos el poder
omnipotente, lo ponían por entero al servicio de sus compatriotas en la
provisión de los principales empleos de la administración, siendo secundados
con empeño por los Obispos que disponían, también a su arbitrio, de la
administración eclesiástica.
Podrá
decirse que el partido europeo estaba representado en Chile por el Gobernador,
el Obispo y la Real Audiencia, con su cortejo de funcionarios, a sueldo por el
erario y fisco” de Su Majestad y el partido criollo por el Cabildo y los
frailes que no disponían de más medios de subsistencia que los propios,
deslindándose, de esta manera, en “autoridades” y “pueblo”.
Por lo
tanto, la calidad de “español” constituía una aristocracia destinada a mandar y
de ninguna manera a trabajar y producir; y, por lo contrario, la calidad de
“criollo” constituía el conglomerado que obedecía, que trabajaba y que pagaba
los tributos y “gabelas” con los cuales se satisfacían los sueldos de los
otros.
Llegó a
afirmarse en tal forma este concepto, y a flotar con tanta claridad en el
ambiente, que los sabios españoles don Jorge Juan y don Antonio de Ulloa,
venidos a América en una expedición científica, ordenada y patrocinada por el
Monarca, allá por 1735, no tuvieron reparo en dejarla establecida en su informe
titulado Noticias Secretas de América.
Resultado
de estas preferencias, seculares ya, fue que también los criollos fueran
convenciéndose de que siendo gente inferior a los peninsulares, “por origen”,
no tenían ya derechos que alegar en satisfacción de sus justos anhelos de
surgir, y que lo único que les quedaba por hacer era “implorar la protección de
los peninsulares si querían ennoblecer a sus familias”.
Este
concepto triunfó al fin, a pesar de la resistencia que mantenían incólumes el
Cabildo y los frailes.
Por otra
parte, la verdad sea dicha, los peninsulares, aun los de baja condición, “tan
ignorantes, en teoría, como los hispanoamericanos, tenían, a lo menos, una
educación práctica superior, y hábitos de empresa y economía más arraigados”.
De esta manera se confirmaban, en forma irredargüible, las ventajas que
sobresalían en una comparación imparcial entre peninsulares y americanos.
Así se
explica, dice Juan de Ulloa en el informe a que me he referido más arriba, que
los europeos o “chapetones” que llegan a América, que por lo general son de
nacimiento bajo en España o de linajes poco conocidos, sin educación ni otro
mérito que los haga recomendables, sean acogidos por los criollos, sin
distinción, en buena amistad y correspondencia; basta que sean de Europa para
que mirándolos como personas de gran lustre hagan de ellos la mayor estimación,
llegando a tanto grado que aun aquellas familias criollas de noble e
indiscutible origen, ponen sin reparo a su mesa a los más inferiores que llegan
de España.
Otro
escritor español, don Mariano Torrente, reconociendo la efectividad de este
hecho, llega a afirmar que las niñas americanas aprendían desde su más tierna
edad este proverbio que había llegado a ser vulgar: “marido, vino y bretaña, de
España”. Y, efectivamente, durante el último siglo del coloniaje, los españoles
que pasaban a Chile, cualquiera que fuera su condición, se llevaban no sólo los
mejores empleos, las mejores rentas, los mejores negocios, sino también las
mejores mujeres y las más suculentas dotes.
Todo esto
fomentaba la irritación, la antipatía y el odio de los regnícolas hacia sus
dominadores, e iba endureciendo el fermento que, andando el tiempo, debía
producir la rebelión que reventó en los albores del siglo XIX.
La
juventud americana del sexo masculino empezaba a desperezarse mediante la
ilustración, aunque corta, que adquiría en las aulas de los colegios que desde
principios del siglo XVIII habían instalado los franciscanos, los dominicos,
los jesuitas y aun la Real Universidad de San Felipe, cuya gestación se
prolongó por cerca de medio siglo. Siendo los frailes, los que mantenían estos
colegios, no sorprenderá a nadie el hecho de que la enseñanza tuviera una
inclinación pronunciada hacia el criollismo, dentro de una inconmovible lealtad
a la Real Persona del Monarca español, la cual, según el concepto que se tenía
del derecho divino de la realeza, no podía ser responsable de lo que hicieran
sus ministros.
Agregábase
a esto el que, siendo ya más fácil hacer viajes a la Península, muchos criollos
pudientes se aventuraban a cruzar los mares para conocer el Viejo Mundo y
pasear por Europa, en donde adquirían conocimientos de otro ambiente, recibían
sugestiones de otras ideas y se enamoraban fácilmente de las teorías que a
mediados del siglo XVIII proclamaban los filósofos franceses en sus libros,
cuya sola presentación externa maravillaba a los americanos. Sabido es que las
autoridades españolas de las Indias perseguían con encarnizamiento todo
impreso, en particular los franceses, que no hubiera sido previamente aprobado
por el tribunal del Santo Oficio. Los criollos que regresaban a Chile desde
Europa, se daban maña para introducir las obras más “heréticas” en el fondo más
escondido de sus baúles para escaparlos de los “aduaneros”, o sencillamente,
como el Mayorazgo don José Antonio de Rojas, los hacían empastar con títulos de
libros místicos... Si por casualidad algún aduanero tenía la ocurrencia de
hojear esas “vidas de santos” u “horarios de oraciones”, se quedaba en las
mismas, porque no entendía el francés, que era el idioma en que se publicaban
aquellos “panfletos”.
La
reacción que todos estos hechos y circunstancias produjeron
fue lenta, muy lenta, pero fue eficaz. Contribuyó poderosamente a empujarla, la
expulsión de los jesuitas de los dominios americanos, el error político más
grave o incomprensible e inexplicable de un monarce tan hábil como Carlos III y
de un estadista sagaz como el conde de Aranda, su Ministro.
Los
jesuitas, en su mayoría criollos y participando francamente de los anhelos y
aspiraciones de sus compatriotas, eran los más firmes sostenedores de la
Realeza; expulsados de América, faltó a la Monarquía su principal apoyo, y
desde ese acontecimiento, 1767, la dominación tenía sus días contados. La
Compañía de Jesús era la más formidable organización religiosa que existía en
América, y la más opulenta y la mejor administrada; tenía una influencia
incontrarrestable en todos los círculos: autoridades, sociedades, pueblo,
mestizaje e indiada. Ninguna orden religiosa ni todas juntas, hubiera sido
capaz de oponerse a su política.
El
criollismo, desprendido de la tuición, o del control que sobre sus componentes
ejercitaba la Compañía, crió cuerpo y alas y se precipitó a campear libremente
por sus ideales en embrión. Las tonterías de Carlos IV, los derroches de su
mujer María Luisa y las ambiciones de su privado Manuel Godoy, para todo lo
cual se crearon tributos que eran verdaderas exacciones para los americanos,
vinieron a acentuar las pretensiones que éstos empezaban abrigar de gobernar
solos... El ejemplo de los Estados Unidos recién independientes de su Madre
Patria, la Inglaterra, demostró a los indianos cuál debía ser su finalidad.
Pronto
aparecieron libros de escritores americanos — juristas, jesuitas, científicos,
teólogos— en los cuales se sustentaban, sin reparo ya, por los años de 1790,
teorías como éstas: “En la distribución de los bienes y emolumentos de la
Indias, los criollos deben ser tenidos por hijos legítimos, ocupando el primer
lugar; y los nacidos en< España sólo deben ser tenidos por hijos adoptivos o
legitimados, cuya participación en esos bienes nunca podrá llegar hasta superar
a los legítimos”. Estos teorías fueron sustentadas por el Licenciado quiteño
Antonio de León en su famoso Tratado de Confirmaciones Reales, obra
que alcanzó fama en América y Europa.
Sobre la
misma materia, y en sustentación de esta misma teoría, escribieron los
jurisperitos “indianos” Ortíz de Cervantes, Oidor de Nueva Granada, o el
Inquisidor limeño Luis de Betancur, el Oidor panameño Sandoval y el canónigo
del Cuzco doctor Velasco de Contreras. Años antes habían escrito sobre lo mismo
el famoso Solórzano Pereira, el Obispo de Trujillo doctor Ortega y el chileno
don Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, en su curiosísima obra Cautiverio
Feliz.
Tampoco
fueron ajenos a estas teorías algunos hombres de Estado de la Corte, como el
ilustrado Ministro de Felipe V, don Rafael Melchor de Macanaz, quien anunciaba
a su Soberano “el descontento” que se propaga entre los americanos, porque se
ven postergados, abatidos y esclavizados por los mismos hermanos suyos que van
de España a ejercer oficios de judicatura •y administración; ponga Vuestra
Majestad esos empleos en aquellos vasallos, aconsejaba Macanaz al Rey, o
experimenten esos infelices súbditos la benignidad de su Rey y se evitarán
los disturbios que Vuestra Majestad sabe se han suscitado ya al principio de su
glorioso reinado.
Macanaz
se refería a los principios de rebelión e independencia que había encabezado en
Chile el Marqués de Corpa, allá por el año 1709.
Estos
mismos temores producidos por el mismo descontento e “irritación” de los,
americanos a causa de la injusta supremacía que alegaban los forasteros y
“advenas”, manifestaron los Ministros Conde de Aranda, en 1765, y Conde de
Floridablanca, en 1787; este último, en su famoso pliego de instrucciones que
envió a los Virreyes de América con motivo de los acontecimientos que empezaban
a producirse en Francia — y que dos años más tarde culminaron con la toma de la
Bastilla— dio la siguiente orden en la instrucción Nº 109: “Se tendrá en mucha
vigilancia y sujeción a los espíritus inquietos y turbulentos de algunos de sus
habitantes, de manera que cualquiera revolución interna pueda ser contenida,
remediada o reducida a límites estrechos, si los puertos, islas y fronteras
están bien fortificados en nuestras manos; se evitará así a los naturales y a
los extraños, la tentación de abusar en las ocasiones de cualquier guerra o en
los alborotos internos”.
Estaba
muy fresco el recuerdo de los “alborotos” de Estados Unidos para que el
Ministro de Floridablanca olvidara recomendar “vigilancia y sujeción a los
espíritus inquietos y turbulentos”.
Los
políticos de la Península no se dejaban estar, por cierto, y
valiéndose de los medios que les proporcionaba el poder, trataban de propagar y
propagaban la curiosa especie de que “el clima de América impedía el desarrollo
del intelecto de sus naturales” y que, por lo tanto, si algún americano podía
descollar por su inteligencia, ésta decaía rápidamente al llegar a la
cincuentena, y nadie llegaba a los sesenta años sin ponerse decrépito.
Ahondando
sobre esta curiosa teoría, algunos filósofos y pensadores peninsulares o
europeos de otros países afirmaban con todo desparpajo que “los criollos, a la
cuarta o quinta generación, tienen menos aptitudes para las ciencias que los
verdaderos europeos”. El vocero de esta teoría fue el filósofo prusiano Ricardo
Pauw en su libro Recherches Philosophiques sur les americains.
Apenas
conocido este libro, le salieron al paso tres jesuitas americanos, que después
de la expulsión vivían en Italia, para refutarlo vigorosamente, y con
argumentos formidables; ellos fueron Francisco Clavijero, en su Historia
Antigua de México; Juan de Velasco, en su Historia del Reino
de Quito y nuestro abate don Juan Ignacio Molina, con su Historia
Geográfica Natural y Civil del Reino de Chile. Poco más tarde, cuando
ya los acontecimientos de 1810 habían cimentado las teorías de independencia y
libertad en América, el mexicano Servando Teresa Miers, escribía, refiriéndose
a Pauw, cuya obra había levantado roncha en los criollos: “Después que el
prusiano Pauw trabajó nueve o diez años como un escarabajo para formar su
pelotilla de cuanto malo habían dicho de América y de sus hijos los tiranos de
España, los españoles han dado en regodearse con esta putrefacción para
echárnosla en cara, como si todavía fuéramos los antiguos indios”.
Los
únicos empleos que aun se mantenían en poder de los criollos a fines del siglo
XVIII y en los primeros años del XIX, eran los del Cabildo; en general, los
Alcaldes y Regidores eran criólos en su gran mayoría, porque era difícil
destruir la costumbre inveterada de tres siglos que había establecido la
elección de estos capitulares por el voto de ellos mismos...
Sin
embargo, Presidentes hubo en Chile que trataron de suprimirla; pero la
“ferocidad” con que los criollos defendieron este privilegio les dio siempre la
victoria, y pudieron mantener este sistema, que fue el origen y el fundamento
más firme, sobre el cual se echaron las bases y se levantó el soberbio edificio
de nuestra libertad y de nuestra independencia política.
Los
Cabildos de Santiago y de Concepción, sobre todo el primero, fueron el refugio
de los criollos patriotas perseguidos y abatidos durante tres centurias; a sus
salas acudían de día y de noche a puertas abiertas y cerradas la nobleza
criolla, los funcionarios, los frailes, los canónigos, los milicianos, para
saber noticias ciertas o inventadas, para leer “gacetas”, para comentar, para
murmurar y para “maquinar” contra el Presidente, los Oidores, los Obispos y
algunos prelados de conventos que representaban a aquella autoridad real de
Fernando VII que había sido derribada ya por las huestes de Napoleón
triunfante.
Por eso,
al declarar su independencia, los criollos chilenos fueron implacables en su
venganza.
§ 22. La
real persona en los tiempos coloniales
(1790)
La
veneración que se tenía por la “Real Persona” durante los tiempos de la
colonia, rayaba en la adoración, casi en idolatría; bastará, para comprobar
este aserto, recordar las fastuosas fiestas con que fue celebrada en Santiago
la llegada del “Real Sello” que trajo la Real Audiencia cuando sus Oidores
llegaron a esta ciudad para establecer ese alto Tribunal. El pequeño artefacto
de bronce, encerrado en una cajita de plata, “con su llave”, fue llevado al
templo de San Francisco y “velado” allí durante una noche entera con guardias
nobles que hicieron la centinela turnándose a las horas “de la modorra”. La
cajita fue colocada sobre un cojín de terciopelo, con flecadura de oro y plata,
y para llevarla hasta el caballo overo, engualdrapado y con pompón, que lo
esperaba a la puerta del templo para transportarla hasta la residencia del
Tribunal, el Oidor más antiguo la tomó con unos paños de seda, como si se
tratara de la Custodia Diana, para que no fuera tocada por manos profanas.
El
caballo fue conducido bajo palio...
Todo este
ceremonial tenía por objeto impresionar al pueblo e inculcarle el
convencimiento de que la persona real, cuyo símbolo era aquel sello, constituía
algo intangible y acaso sobrenatural.
Naturalmente,
todo cuanto alguna relación tenía con la persona del Rey, debía ser objeto de
la misma veneración. Una real Cédula, cuando era recibida por el Presidente,
estaba sometida también a un ceremonial especial. El Mandatario tomaba el
pliego en sus manos, lo llevaba a los labios para besarlo reverentemente, lo
alzaba en seguida sobre su cabeza y antes de leerlo declaraba que acataba la
orden como un mandato de “nuestro Rey y Señor Natural”. Algunas veces la orden
real era un real disparate que no se podía cumplir; cuando esto ocurría, el
Presidente salvaba la dificultad declarando, después de leer atentamente la
orden, “que la acataba, pero que no la cumplía”... ¡Vaya a saber el lector las
reservas mentales que hacían los Presidentes cuando se les presentaban estos
casos!
Por otra
parte, los Soberanos se metían en todo, aun en lo que no entendían, y era
natural que algunas o muchas veces, sus órdenes fueran disparatadas; pero lo
que no dejaban de comunicar jamás, eran los más insignificantes incidentes de
familia, aun los más íntimos, como ser, las primeras manifestaciones de la
llegada de un nuevo Infantito. Por cierto que la muerte de algún personaje de
la familia reinante y el nacimiento de un príncipe era una comunicación “de
tabla” que jamás faltaba a los Virreyes y Gobernadores de las Indias, con la
consiguiente insinuación, si se trataba del último caso, de que los lejanos
súbditos contribuyeran con algo para el regalo bautismal.
Cuando
ocurría el fallecimiento del Soberano, la cosa era más grave; en todos los
Reinos y provincias americanas se debían llevar a cabo solemnes exequias por el
alma del difunto, con un ceremonial ad hoc. Al recibir la Real Cédula que tan
infausta noticia comunicaba, el Presidente la tomaba en sus manos, la besaba,
puesto de pie, la colocaba sobre su cabeza “y dando las más expresivas señales
de sentimiento”, mandaba incontinenti que se publicara por bando, para que, en
consecuencia del justo dolor que deben manifestar los leales vasallos, “todos
ellos cargasen el riguroso luto que para tales casos se acostumbraba”.
Luego
disponía las diferentes ceremonias que debían realizarse: las solemnes exequias
en la Catedral, pontificadas por el Obispo; las misas de réquiem en todos los
templos, las visitas de “pésanos” que habrían de hacerse al Presidente, por las
corporaciones públicas y por todo el vecindario, etc. Esta visita tenía algunas
particularidades. El día señalado para ella, el Presidente se recluía en una de
las piezas más interiores del Palacio, y se las obcurecía por medio de
cortinajes negros; en el fondo de la pieza se instalaba el Presidente, vestido
de luto, y allí esperaba de pie, que entraran uno a uno los Oidores, los
miembros del Cabildo secular, los Canónigos, el Obispo y los funcionarios de
las más altas categorías; se colocaban en sus respectivos lugares haciendo
antes, al Presidente, una “venia” con demostraciones “las más eficaces y
tiernas del general sentimiento con que debían estar traspasados los corazones
de los vasallos por la prematura muerte del Rey”, aunque, a las veces, el
Soberano moría de puro viejo. Después de un rato, en el que todos guardaban
silencio, se retiraba el concurso en el mismo orden en que había entrado,
“dejando al Presidente en dicha su casa, continuando en su melancólica
postura”.
Es de
imaginárselo todo, después de conocer este ceremonial de la visita de
“pésanos”.
A los
días siguiente y subsiguientes, continuaban las ceremonias fúnebres, en las que
debía participar obligadamente todo el vecindario, muy especialmente en lo de
vestir de luto durante ocho días, cuando menos. Culminaban estos actos de dolor
durante la misa de réquiem de la Catedral y, sobre todo, en el sermón que
pronunciaba el más famoso pico de oro que hubiere en la capital, cuya pieza
oratoria tenía la obligación de hacer brotar lágrimas de todos los ojos.
Además, en el “túmulo” que se levantaba en el centro del templo, se colocaban
“innumerables y vistosas tarjas, en las que se leían muchas poesías lúgubres”,
como contribución de los vates que en todas las épocas y en todas partes del
mundo han sido.
No
fardaba mucho tiempo sin que se recibiera otra real cédula comunicando el
advenimiento del nuevo Soberano, a quien se debía jurar obediencia; a Rey
muerto, Rey puesto. Como se comprenderá, estas ceremonias eran bien diferentes
de las que acabo de pergeñar.
“Antes de
todo, se entregarán al Corregidor seis mil pesos a fin de costear estas fiestas
para que pueda disponer con tiempo y preparar todo lo necesario para ello”. La
disposición del ceremonial no podía ser más sabia ni más previsora, sobre todo
cuando el Cabildo, que era el pagano, andaba siempre a la cuarta pregunta.
Alguna vez habré de explicar a mis lectores el origen y el significado de
“andar a la cuarta”.
Estos
seis mil pesos eran, aparte de otros mil quinientos que se invertían en acuñar
medallas “en que por un lado se grabe la efigie del Rey y por el otro las armas
de la ciudad y algunos otros jeroglíficos”; estas medallas se distribuían el
día de la “jura” entre los personajes de significación, para lo cual se las
acuñaba en diversos tamaños y pesos, desde una onza a cuatro adarmes. Al pueblo
“se botaban” las medallas más pequeñas; se las botaba “a la chuña”, y había que
ver los verdaderos pugilatos que se armaban al pie del “tabladillo” de la Plaza
para recoger la “vera efigie” del nuevo Rey. Por cierto que la medalla popular
servía luego para “mercar” en la recova, en las tiendas y baratillos.
Muy
interesante era la disposición que se dictaba dos meses antes de la ceremonia,
para que los vecinos “blanqueen el exterior de sus casas para el mayor
lucimiento y aseo de las calles”; esto no quiere decir que las calles de
Santiago se asearan allá por la muerte de un Rey, porque la verdad era que el
Cabildo mandaba que, antes de la fiesta anual del Apóstol Santiago, patrono de
la ciudad, debían estar blanqueadas las casas de las calles por donde habría de
realizarse el paseo del estandarte real, fiesta tan importante en la Colonia
como nuestro “Dieciocho” republicano.
Desde la
víspera de la ceremonia de la “jura” del nuevo Soberano, “se ponen tres noches
de luminarias en todo el pueblo, y repican las campanas durante dos horas,
formándose en la Plaza unas especies de calles de árboles iluminados, en forma
de arcos y de algunas figuras e invenciones que la hermoseen, a cuya imitación
hacen lo mismo los vecinos más pudientes y leales frente a sus casas”. Ya
sabemos que las iluminaciones se hacían a pura vela de sebo, o con “lampiones”
de lo mismo. Estos eran unos aparatos de hoja de lata llenos de aquella
substancia y con un grueso cordón de pabilo ardiente metido al centro; habría
que haber visto la “humaera”, y no digo nada del olor.
A las
tres noches de luminarias seguían tres noches de fuegos de artificio,
costeados, a prorrata, por el comercio; las mismas noches se hacían comedias,
cuando había “representantes”, cosa que muy pocas veces ocurría porque los
Obispos y prelados habían declarado cruelísima guerra a estos modestos
exponentes del arte teatral. Baste decir que los comediantes y “comediantas”
eran llamados “histriones”, y considerados como “pecadores públicos” ¡y tómese
en debida cuenta que esos infelices distaban mucho de ser bataclánicos!
Algunas
veces — y esto ocurrió en las fiesta de la “jura” de Carlos III— se hacía
“farándula con carros fantásticos”, y uno de estos lo fue tanto, que costó
trescientos pesos. La descripción que de tal carro me proporciona mi eminente
amigo don José Toribio Medina, dice que llevaba adelante un embajador a
caballo, vestido de gala, seguido de veinte hombres con fusiles y tambores; al
entrar el carro a la Plaza se disparaban los correspondientes voladores y en
llegando el acompañamiento delante del tablado en donde estaban el Presidente y
la Real Audiencia, el embajador empezaba su embajada (debía ser algún discurso)
con el debido acatamiento; y concluida ésta, avanzaba el carro, dentro del cual
se representaba un sainete en que tomaban parte un galán y dos damas, con
acompañamiento de coros de músicas.
Para una
fiesta de esos tiempos, aquello debía causar estupefacción.
No menos
vistosos eran los fuegos artificiales que se quemaban esas mismas noches; se
hacían muchas y extrañas figuras de hombres, animales, diablos, dragones,
grifos y vestiglos de ocho o más varas de alto; corridas de toros en que los
“bichos” arrojaban fuego por hocico, narices, ojos, cuernos, rabo y demás
partes posteriores y hasta fiesta hubo en que se hizo la reconstrucción de la
fantástica toma de Troya, mediante el caballo legendario. En todo esto gastaba
el Cabildo más de dos mil pesos, que seguramente no tenía, y quedaba debiendo,
a pagar más tarde, mal y nunca; por eso no me extraña cuando oigo decir que
nuestro Municipio continúa endeudado.
Las
fiestas de una “jura” terminaban, generalmente, con tres días de corridas de
toros, de cuya pintoresca descripción hago gracia, por ahora, al amable y
desocupado lector; después de unas celebraciones que duraban, cuando menos,
diez o más días, cualquiera diría que autoridades, vecindario y “plebe”
quedaban ahítos y aburridos, pero no era así; la juerga continuaba en las
fondas de la Cañada de San Lázaro, en las canchas de bolas, en las salas de
trucos, así se llamaban los salones de billares, o sencillamente en las
chácaras, a donde se daban cita las familias “pudientes” que resistían
concurrir a los otros sitios. Tal era el entusiasmo con que la “plebe del
pueblo” celebraba el advenimiento del nuevo Rey, que “no lo paraba” hasta que
intervenía el Corregidor, con sus alguaciles y “guindillas” para restablecer la
tranquilidad pública, y volver a todo el mundo a sus ocupaciones habituales.
En uno de
los bandos que se publicaban en esas ocasiones, se deja establecido que las
pulperías eran regentadas, en casi su totalidad, por mujeres de la hez del
pueblo, zambas, indias, mulatas y cuarteronas, con el fin de favorecer la
venta, e invitaban a sus conocidos a que fuesen allí para dar animación al
concurso con menosprecio de la moral y sin ningún temor de Dios”. Aunque ha
llovido bastante desde entonces hasta ahora, parece que las cosas no han
cambiado mucho.
Fiesta
“de tabla” u oficial, era también la víspera y el día “del nombre del Rey”,
aunque, para ser verídico, necesito decir que ella tuvo su origen, por lo menos
en Chile, solamente bajo el Gobierno del Presidente don Ambrosio O’Higgins en
1790; en ésta fiesta anual, el Presidente asistía a una “misa de gracias”
pontificada por el Obispo en la Catedral, y en la tarde recibía el “besamanos”
en Palacio, fiesta a la cual asistían las corporaciones y el “vecindario
noble”. El pueblo, por lo general, no tenía mayor participación en esta fiesta.
Otra
celebración de importancia en las colonias americanas era la que originaba la
noticia, comunicada oficialmente por medio de una Real Cédula, de que la Reina
Nuestra Señora había dado a la Monarquía un nuevo vástago.
“Habiéndose
dignado la Divina Providencia, conceder el beneficio del feliz parto de la
Reina, nuestra muy cara y amada mujer” — decía el Rey D. Carlos IV, al dar
cuenta a sus súbditos de que la sin par María Luisa había sido madre del
príncipe Carlos María Isidro, de quien fue padrino el gallardo capitán de
guardias de Corps don Manuel Godoy— y siendo este beneficio un singular
consuelo para mis reinos y vasallos, he mandado que generalmente y
particularmente concurran a rendir las debidas gracias a Su Divina Majestad”.
Ante
tamaña y fausta nueva, el Presidente, después de haber puesto sobre su cabeza
el real pliego en señal de obediencia, mandó publicarla por bando, y luego
dispuso que se rindieran las debidas gracias a la Divinidad, en la forma más
sencilla y barata que se podía sin menoscabar por cierto, el decoro que tal
acto público necesitaba. El Presidente O’Higgins era un gran estadista de
sólido criterio y no creyó que la situación del Reino era para hacer todo un
gasto en celebrar un acontecimiento que podía repetirse con alguna frecuencia,
dada la juventud y lozanía de la Reina Nuestra Señora; pensándolo bien, se
limitó a mandar decir una solemne misa de gracias en la Catedral, con
asistencia de todo el oficialismo vestido de gala, y a disparar salvas en la
batería que ya se había construido en el Cerro Santa Lucía para estos efectos,
pues con la introducción del uso de los vidrios en las ventanas, se habían
manifestado los grandes inconvenientes de disparar cañonazos en el centro de la
ciudad. La “quebrazón” era tremenda, los vidrios sumamente caros y escasos, y
la protesta del vecindario, interminable.
Ya por
esos tiempos de O’Higgins había disminuido mucho la veneración de los pueblos
americanos por el monarca español; los acontecimientos de la Francia y la
triste suerte de sus reyes, así como la independencia de los Estados Unidos;
las locuras de la sin par María Luisa, las torpezas del favorito Godoy, la
rebelión del futuro Femando VII y, para terminar de una vez, el poco seso del
infeliz don Carlos IV, habían dado pie para que algunos chilenos comenzaran a
hablar en voz baja de independencia, de libertad y de otras garambainas, que no
eran las más a propósito para mantener el respeto y la devoción, a veces
idolátrica, que los pueblos americanos guardaron a los grandes reyes
estadistas. Acercábanse, a grandes pasos, los acontecimientos revolucionarios
del siglo XIX, y año por año fueron a menos las celebraciones de las fechas y
acontecimientos concernientes a la Real Familia, hasta desaparecer
definitivamente, con el advenimiento de la República.
§ 23.
Navíos de registro
(1755-1794)
El pingüe
beneficio que aportó al erario y “fisco” de Su Majestad el establecimiento de
los navíos de registro, fue tan evidente, que los Ministros de la Corte iban
cada año de sorpresa en sorpresa al ver cómo se llenaban las arcas con los
apetecidos “patacones”, provenientes de los derechos de aduana fácil y
legítimamente recaudados mediante el “honorable registro” de las mercaderías
que los buques de todas las nacionalidades europeas se apresuraban a hacer en
el puerto de Cádiz — único habilitado para el efecto— antes de echarse a la mar
con rumbo a las Américas.
Dije en
el artículo anterior que en los primeros diez años de funcionamiento de los
navíos de registro, habían llegado al Pacífico no menos de catorce buques, o
sea cada diez meses, períodos relativamente cortos, consideradas las
dificultades de todo orden que surgían para poner en práctica una innovación
tan trascendental como desconocida. Pero cinco años más tarde, o sea, en 1761,
la carrera de los navíos de registro entre el puerto de Cádiz y el Pacífico, y
sólo para los de Concepción, Valparaíso y el Callao, constituyó un récord jamás
visto en los dos siglos de dominación española.
El
indicado año llegaron al Pacífico tres navíos, con intervalo de cuatro meses, o
sea tres en un año, fueron, por su orden de llegada, la Nuestra Señora
del Pilar, el Toscario y la Esperanza, que
trajeron mercaderías españolas, inglesas y francesas por valor de cuatro
millones seiscientos y tantos mil pesos, todas las cuales fueron vendidas en
Valparaíso, Concepción y el Callao; este número de barcos por año se mantuvo
con las naturales alternativas durante un quinquenio, pero el año 1767
arribaron al Pacífico cinco barcos de Cádiz, y al año siguiente, seis. El valor
de las mercaderías internadas en el virreinato y en el reino de Chile el año
1768 fue de seis millones y medio; por su parte, estos países pagaron esta
enorme cantidad con cuatro millones en “pesos de buen oro sellado” y el resto
con “frutos de la tierra”, o sea, con mercadería de retorno entre las cuales
figuraban: cacao, cascarilla o quina, pólvora, algodón, “santos de piedra de
Guamanga”, ornamentos y cortes de hábitos de la Merced, lana de alpaca, ámbar,
concha de perlas, etc. Estos productos eran peruanos.
De Chile
llevaron esos buques cincuenta mil quintales de cobre, lana de vicuña y de
ovejas, azogue en piedras, colchas y frazadas; dos mil cueros de vaca, cien
quintales de “pellones”, pañuelos de vicuña, tres quintales de “zarzaparrilla”,
palo santo y cachanlagua, cinco quintales de añil, etc.
El
siguiente dato — de ninguna manera exacto, porque sería punto menos que
imposible averiguar el número total de barcos que entraron a nuestros puertos
en los primeros años de vigencia del sistema de registro — dará una idea del
resurgimiento comercial que provocó en nuestro litoral la reforma aduanera del
Conde de la Ensenada; en quince años arribaron al Pacífico cuarenta y cinco
navíos que transportaron a la Península una suma no inferior a setenta millones
de pesos en pago de mercaderías europeas, y sacaron de esta parte de América
más de cuarenta millones en productos indígenas.
Otro dato
interesante respecto de la importancia que adquirió en esa época nuestro puerto
de Valparaíso, es el de que dos de los más grandes navíos de registro, el Diamante y
el Príncipe Carlos, “estuvieron dedicados exclusivamente al
tránsito comercial en carrera directa desde Cádiz y viceversa”.
La
ventaja del navío de registro sobre el anterior sistema de flotas y galeones
era indiscutible ya, no solamente porque ahorraba trasbordos, destruía
especulaciones, evitaba engaños, errores y tardanzas en el despacho y venta de
las mercaderías, sino también porque las transacciones se realizaban con mayor
rapidez, puesto que los barcos llegaban de la Península cada dos o tres meses.
Por otra parte, el abaratamiento de los artículos europeos, el fierro, los
géneros, los trajes, los, objetos “de moda” fue tan grande que aun la población
más modesta de las ciudades y villas chilenas se dio el lujo de vestirse “de
París”, transformando el aspecto antes miserable que presentaba “el pueblo” y
sus propias costumbres. Baste decir que en esa época empezaron a usarse, en
casi todos los hogares, los, cuchillos y tenedores, porque los ingleses
introdujeron estos adminículos a doce reales la docena, lo que antes valía
treinta y dos pesos, siendo de calidad muy inferior. Desde entonces “la gente”
dejó de comer “con los dedos”, y usó el tenedor.
La canela
se vendía antes a cuarenta reales la libra, y bajó su precio corriente a
dieciséis; los encajes se vendían antes a cinco pesos vara, y después se podían
“conchavar” los mejores a dos pesos; la botija de aceite español se vendía a
cincuenta pesos y con los navíos de registro se obtenía fácilmente a veinte; y
así toda clase de mercadería de consumo obligado.
En cuanto
a Valparaíso, su comercio fue en progresión portentosa, puesto que era el
primer puerto de arribada; allí se reparaban las averías de los navíos y se
renovaban los víveres para seguir hacia el Callao, y allí también se
aprovisionaban los barcos y tripulaciones cuando volvían del Perú enviaje de
regreso a la Península, “por su terrible y dilatada navegación por al Cabo de
Hornos”.
Durante
el desarrollo de esta reforma, el comercio español tuvo sus años de
grandiosidad, también desconocida. El puerto de Cádiz tomó en Europa el puesto
que hoy ocuparían Nueva York, Liverpool o Hamburgo, porque todo el comercio de
medio mundo convergía a sus muelles y aduanas y una esplendorosa riqueza fue la
característica de tal ciudad. Cádiz fue llamada, y con razón, “la reina del
Atlántico y del Pacífico”.
Había
algo que preocupaba, sin embargo, al Gobierno peninsular, y esto era el
contrabando, imposible de impedir ni aun de aminorar; mientras el resurgimiento
comercial iba en aumento y el negocio de transporte y venta de mercadería
dejaba ancho margen de utilidades a causa de que aún podían mantenerse los
precios altos, el contrabando no hacía gran mella, digámoslo así, ni a
compradores ni vendedores, ni aun al Fisco real; pero una vez organizada la
competencia, que trajo como consecuencia natural la baja de los precios, era
lógico que el comercio clandestino alarmara tanto a los mercaderes como a la
Hacienda Pública.
Las más
severas órdenes de los Ministros y los castigos más graves y crueles, no
consiguieron disminuir el contrabando en América; por otra parte, la
autoridades de las Indias no contaban tampoco con los medios materiales para
impedirlo, como hubieran sido barcos de crucero, armamento y personal dedicado
a recorrer las caletas y surgideros lejanos de centros poblados por donde se
desembarcaban los fardos de mercaderías que venían “sin registrar”. Fomentaban
especialmente el contrabando la venalidad de las autoridades indianas, mal
remuneradas, las cuales estimaban como un derecho el recibir de los
contrabandistas ciertas “propinas” a cambio de tolerancias en la introducción
de esa clase de mercaderías. Llamábase en las aduanas “pasar por alto”, o
“hacer vista gorda”, cuando un comerciante lograba “pasar sin vista” algún
fardo que no había sido “palmeado”. El “palmeo” era la tasación que para los
efectos del pago de los derechos de exportación, debía efectuar la aduana de
Cádiz, al autorizar el despacho de las mercaderías destinadas a las Indias.
Llegó a
tal extremo el comercio clandestino allá por los años de 1770, que ya no se
registraban en Cádiz ni terciopelo de Génova, ni sedería de Lyon, ni
“bretañas”, ni “holandas”, ni paño de Sedán, géneros que debían su nombre y su
fama a las fábricas de sus respectivos países, porque todo el que se consumía
en América, siendo en bastante cantidad, era de contrabando. Aun las
“indianas”, denominación que se daba a nuestras actuales “percalas” y que
servían para los vestidos domingueros de las “chinas”, y los géneros de
“filipichín”, para los campesinos, se traían de fuera de España, y como
contrabando.
Ni el
marqués de Esquilache, ni Grimaldi, ni el marqués de Gausa, Ministros de Carlos
III, que sucedieron al marqués de la Ensenada, después de su exoneración,
pudieron hacer gran cosa para combatir el contrabando, organizado ya como
institución en América; le cupo el honor de combatirlo, y reducirlo a su más
simple expresión, “sin cañones”, al célebre Ministro don José Gálvez, futuro
marqués de Sonora, que entró al Ministerio en 1774 y fue su presidente un año
más tarde.
Gálvez
había venido a México, enviado por el Ministro Grimaldi en 1766, en calidad de
Visitador de Hacienda y producto de sus investigaciones y estudios fue una real
cédula expedida por Carlos III, en 1768, en la que facultó el “libre comercio”
con las cinco grandes Antillas españolas: Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo,
Trinidad y la Margarita. El resultado de ese ensayo del Visitador Gálvez había
sido portentoso, pues solamente el primer año salieron de Cádiz a Cuba 41
navíos y de Cuba a Cádiz, en el mismo período, 60; los derechos de aduana, de
cien mil pesos subieron a trescientos mil y en total, estos derechos en las
cinco islas, subieron de cien mil pesos, a un millón y medio. Un autor español
de la época tuvo oportunidad para decir que solamente la Isla de Cuba produjo
más rendimientos a la Corona española que los antiguos Estados de Flandes,
Italia y Borgoña, agregando que el comercio libre de las Antillas “elevó a la
Metrópoli a un grado de prosperidad que aturdió a la Europa entera”.
A pesar
de estos resultados palmarios, los ministros españoles no se atrevían a
implantar el mismo sistema en el resto de la América, la cual continuaba con el
método de los navíos de registro, que si bien era un progreso para veinte años
atrás, en la actualidad se veía abrumado por el desenfrenado contrabando,
imposible de impedir en tan dilatado y apartado territorio.
Pero una
vez en el poder el Ministro Gálvez, “el Rey Carlos III firmó el escrito más
memorable de su reinado, después dpi de la expulsión de los jesuitas, que tal
fue el reglamento del comercio libre, expedido en el Escorial
el 12 de octubre de 1778”.
El
sistema de navíos de registro tenía establecido un puerto único en la península
para el despacho de los buques a la América y dos en las Indias, fuera de
Valparaíso y Concepción, para el desembarco de mercaderías. El nuevo reglamento
habilitó, en España, además de Cádiz, los puertos de Sevilla, Málaga,
Cartagena, Alicante, Barcelona, Santander y Gijón, para que pudieran zarpar los
barcos a ultramar y los puertos de Buenos Aires, Montevideo, Concepción,
Valparaíso, Arica y Callao, en América Meridional para las arribadas.
Los
derechos de exportación fueron disminuidos en su gran parte, dejándolos
reducidos a un tres por ciento para los productos y manufacturas españoles y a
siete por ciento para los artículos extranjeros, los de importación, es decir,
los productos americanos que llevaban los buques en retorno, pagaban un derecho
específico igual, de siete por ciento.
El
resultado del nuevo reglamento de comercio libre no pudo ser más satisfactorio,
desde el primer año en que entró en vigencia; de los diversos puertos españoles
recientemente autorizados para otorgar el “zarpe”, vinieron a la América —
repito que sólo en el primer año— ciento setenta barcos, de todos tamaños y con
una variedad tal de mercaderías, “que jamás se la había visto en las Indias”.
El valor total de esas mercaderías fue de nueve millones doscientos y tantos
mil pesos, que pagaron al erario, solamente a la salida de España, la cantidad
de 478 mil pesos en concepto de derechos de aduana. Se produjo entonces, por
primera vez, un hecho raro: las mercaderías de retomo enviadas a España por los
americanos, tenían un precio superior a las recibidas, pues su valor subió a
nueve millones trescientos cinco mil pesos y seis reales.
Estimo
que vale la pena detallar un poco este hecho trascendental, que vino a
encarrilar a la Península, a sus colonias de América y a Chile especialmente,
por el camino de un progreso económico absolutamente desconocido hasta entonces
para su comercio y para su marina mercante, pues a partir de esa fecha la
industria naviera de Chile dejó de ser intermitente o accidental, para
constituirse en permanente sobre fundamentos inconmovibles, hasta llegar a
dominar, medio siglo más tarde, todo el litoral del Pacífico americano, o sea,
desde Valdivia hasta San Francisco de California, como lo habré de demostrar a
su tiempo en otros artículos.
Acabo de
manifestar que en el primer año de comercio libre, o sea el de 1779, salieron
de los diversos puertos de la Península, 170 barcos destinados a las Indias;
este solo número, comparado con los datos que más arriba di sobre la actividad
comercial en los tiempos dé los navíos de registro, cuando llegaban cuatro
barcos por año, y se consideraba esto un “exceso”, demostrará al lector el
resurgimiento enorme del comercio peninsular con América. Ese número de 170
barcos se descomponía así: 63 de Cádiz, 23 de Barcelona, 25 de La Coruña, 34 de
Málaga, 13 de Santander, 3 de Alicante y 9 de Tenerife; 135 de estos barcos,
tal vez los más grandes, regresaron a España llevando los productos americanos
de retomo, y el resto quedó en las costas de América para hacer el comercio de
cabotaje, correspondiendo 18 al Pacífico y 17 al Atlántico. Ya sabemos que
había una escasez grande de barcos para este servicio en ambos litorales.
Pero la
mejor comprobación del espléndido resultado que produjo la reforma del Ministro
Gálvez, la tenemos en la estadística formada por el Virrey del Perú, don
Antonio Gil y Lemus, el año 1795, para representar al Soberano las ventajas del
sistema e implorar su ampliación a toda la costa del Pacífico, es decir, hasta
México, virreinato que aun no lo tenía, por causas que no son del caso explicar
ahora.
El citado
Virrey dice en su memoria que el producto de los tres sistemas de comercio
marítimo establecidos por la Península en sus colonias de América, desde los
primeros tiempos de su dominación, ha sido el siguiente, tomando un término
medio por quinquenios:
|
Producto
de un quinquenio, por el primitivo sistema de “palmeo”, o sea, el de galones
del Rey..... |
10.625.000 |
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Producto
de un quinquenio, por el sistema de “navíos de registro” desde el año
1750..... |
21.305.385 |
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Producto
de un quinquenio por el sistema del Ministro Gálvez, de “comercio libre”,
desde el año 1778..... |
31.443.783 |
La
demostración no puede ser más concluyente, y bien merece el Ministro don José
Gálvez el título de “salvador de España y sus colonias”, con que lo han honrado
sus biógrafos.
Pero no
pararon en esto las medidas económicas y aduaneras que dictó el citado
estadista para fomentar el comercio en las colonias de América; en 1794
concedió permiso para nacionalizar en España cualquier barco construido en el
extranjero; en 1796 extendió a México, por el Pacífico, todas las franquicias
aduaneras otorgadas a Chile y al Perú, rebajó los derechos de aduana, y por
último, llegó su liberalidad hasta autorizar a los barcos neutrales para que
fueran a cargar en puertos españoles mercaderías destinadas a América.
El
monopolio español mantenido durante dos siglos y medio, había terminado, o
estaba a punto de terminar, precisamente cuando empezaban a alumbra las
alboradas de la independencia, en toda la América Meridional.
§ 24. El
esquinazo al Presidente
(1796)
Sobrados
motivos tenía el pueblo de Santiago para alegrarse de que Su Majestad el Rey de
España hubiera reemplazado en el alto cargo de Presidente de Chile al señor don
Gabriel de Avilés y del Fierro, marqués de Avilés, que desempeñaba esas
importantes funciones desde tres años atrás, con una estrictez rayana en
la tiranía. El señor marqués era devoto hasta la exageración y
desde su llegada a Santiago, en 1796, implantó un régimen tan severo en cuanto
a la “moralidad” pública y privada, que en uno de sus “bandos de buen gobierno”
ordenó que “nadie fuera osado andar por las calles después de las diez de la
noche con compañera sospechosa”...
De más
está decir que toda la gente alegre, joven o vieja, rica o pobre de esta ciudad
— que formaba la gran mayoría— estaba deseosa de que, o se muriera el marqués,
o el rey se lo llevara a gobernar cualquier convento de cartujos; de manera que
cuando se supo la noticia de que el gobernador había sido ascendido al
virreinato de Buenos Aires, ocurrió en Santiago una verdadera explosión de
entusiasmo.
Poco
importaba a los santiaguinos las condiciones que tuviera el sucesor del
marqués; tal era el concepto en que a éste lo tenían, que estaban seguros de
que el nuevo Presidente no sería nunca tan... “devoto” como el que se marchaba.
Y a manera de preparar el ánimo para entrar a una nueva vida, el “café de
trucos” o de billares, que funcionaba lánguidamente en los altos del portal de
Sierra Bella, o sea en las propias narices del marqués de Avilés, que vivía al
frente (Correo), “se atracó esa noche de gente bebedora y
desordenada que acabó con todo el vino y el aguardiente que allí había y
también el que trajo en unos cueros el mulato que les vendía”.
Pasamos
por alto las represalias que tomó el marqués cuando supo que se había celebrado
la noticia de su alejamiento con tan ruidosa y desordenada manifestación; baste
con decir que “dos mozalbetes nobles” que quisieron repetir la función a la
noche siguiente” llevando dos hombres y una mujer de la plebe que tocaran
guitarras y rabel” para amenizar la “corcova” fueron enviados a Valparaíso para
ser embarcados con destino al presidio de Valdivia...
Pero como
no hay plazo que no se cumpla, súpose por fin, que el nuevo Presidente de
Chile, don Joaquín del Pinto Rozas y Negrete, llegaría al país de su nueva
gobernación en el mes de diciembre de 1798, y que el marqués devoto o “beato”,
como diríamos hoy, partiría a Buenos Aires poco antes de esa fecha.
Era
costumbre preparar grandes fiestas para la recepción de un nuevo Presidente;
pero las que se organizaron para recibir a don Joaquín del Pino fueron
realmente excepcionales; había ansias en el pueblo de Santiago por zafarse de
la sujeción en que lo tenía Avilés y confiaba en la libertad, por pequeña que
fuera, que podía darle el Presidente que llegaba. Deseaba congraciarse con su
gobernante y no reparó en la extrema pobreza del país, y sobre todo en la del
Cabildo de la ciudad, de cuya escuálida caja iban a salir, sin tenerlos, los
ocho mil cuatrocientos veintiún pesos y dos reales que costaron las fiestas de
esa recepción presidencial.
Otras
recepciones habían costado, a lo más, dos mil pesos.
Presionados
por el pueblo, que deseaba divertirse por todo lo alto y ruidosamente, los
ilustres cabildantes no tuvieron más remedio que poner el cuero duro y formular
un programa que, satisficiera esos muy justos deseos de jolgorio; dentro del
Cabildo había quienes tenían motivos más que sobrados para desear la llegada
del nuevo Presidente y desprenderse del tiranuelo. El regidor don Teodoro
Sánchez de la Barreda y el mayordomo don Francisco Díaz de Arteaga habían
experimentado sendas reprimendas del Presidente Avilés, con perspectiva de
carcelazos a causa de que algún chismoso le llevara el cuento a Su Señoría de
que ambos ediles “se solazaban cierta noche en el callejón de Ugarte (calle
Lord Cochrane), en casa de unas mujeres de chingana recién llegadas de “lo de
Nos” y con fama”.
Por
cierto que Sánchez y Diez de Arteaga quisieron demostrarle al marqués de Avilés
que sabían divertirse solos y acompañados y para el caso formularon un programa
de fiestas que dejaban chiquititas a las fiestas llamadas “reales” y que se
celebraban solamente al ascender al trono el heredero de la monarquía española.
“Y a fin de hacer solemne la entrada y recepción del “excelentísimo señor don
Joaquín — dice el acta del Cabildo— se acordaron se hagan cuatro corridas de
toros, dos comedias y tres días de juegos de alcancías, cabezas y parejas,
encargando las primeras al señor regidor Sánchez, quien con su acostumbrado
celo arbitrará, etc., de las segundas al mayordomo Arteaga y para las terceras
se comete al alguacil mayor don José María Ugarte, quedando también encargado
de la ejecución de los carros fantásticos y demás mogiganda que deben presentar
los artesanos”.
Dentro
del laconismo del acuerdo municipal se ve muy clara la proporción que se dio a
las fiestas y en honor a la verdad se debe apuntar que todos los cronistas
están contestes en que jamás se habían efectuado en Santiago fiestas populares
más sonadas que las de recepción del Presidente don Joaquín del Pino.
Ya
dijimos que el costo de esas fiestas fue de ocho mil pesos y que la suma más
elevada que se había invertido en fiestas semejantes alcanzó a dos mil.
El
regidor Sánchez estuvo encargado, además, del arreglo, atención y servicio de
los “camaricos”...
Seguramente
el curioso lector no sabe lo que es un “camarico” y no ha oído este nombre sino
para designar cierto paraje cercano a Talca; es natural, entonces, satisfacer
su curiosidad. El diccionario de la lengua define esta, expresión de la manera
siguiente: “Camarico. — Cierto tributo que pagaban antiguamente los indios. El
regalo de cameros, gallinas, huevos, etc., que los indios llevaban a los
curas”. En el concepto de obsequio y regalo, esa expresión “camarico” se
extendió a los regalos que los indígenas presentaban a los Gobernadores,
Presidentes, Obispos, Oidores y altos funcionarios cuando éstos pasaban por sus
tierras, ya fuera en visitas de inspección, o cuando llegaban a las fronteras
del país por primera vez para hacerse cargo de sus puestos; sintetizando más
aún, el concepto “camarico” vino a ser el paraje donde el Presidente, Obispo o
alto funcionario, se detenía para almorzar, comer o dormir durante su viaje a
la capital o al punto donde iba a asumir el cargo de que iba investido.
Los
Presidentes que llegaban a Chile por vía cordillera, hacían tres “camaricos”;
el primero en Chacabuco, hacienda de los jesuitas, donde cenaban y dormían,
después de bajar los últimos contrafuertes de Uspallata; el segundo era el de
Colina; allí almorzaban al día siguiente, y continuaban su viaje después de
“siesta”, para llegar, a la puesta del sol, a la “casa de campo”, quinta
situada en Santa Rosa de Huechuraba, a unas cuantas cuadras de Lo Negrete al
final de la Cañadilla, en esta “casa de campo” comía y pernoctaba Su Señoría,
haciendo su tercero y último “camarico”, para salir al día siguiente— después
de “ver una misa que le hacían” en el oratorio de la susodicha “casa de campo”—
con dirección a Santiago, acompañado de todo el oficialismo que se trasladaba
de “alba” a la quinta de Huechuraba.
La
abigarrada comitiva entraba por la “cañadilla” y atravesaba el Mapocho por el
“puente de palo” frente a Recoleta, seguía por San Antonio hasta la “Cañada”,
cruzaba el correntoso cequión que corría al medio, por el puente carretero que
quedaba frente a la puerta del costado de San Francisco, doblaba hacia el
poniente y abría calle para que el Presidente avanzara majestuosamente montado
en el más hermoso cabalino de la región, hasta el “tabladillo” tapizado , con
alfombras y dosel, que se construía frente a la Calle del Rey (Estado), sobre
el cual trepaba Su Señoría para prestar el juramento de estilo ante el Obispo y
recibir las llaves de la ciudad de manos del Alcalde. Realizada esta ceremonia,
la comitiva cruzaba de nuevo la “cañada” y entraba por la Calle del Rey hasta
el Palacio Presidencial, ubicado en la Plaza (Correo). En todo este trayecto se
construían por lo menos ocho arcos triunfales...
Las
ceremonias para recibir al Presidente Pino — a las que estábamos refiriéndonos—
se sujetarían, como es. de rigor, a este mismo protocolo, con el aditamiento de
un sincero entusiasmo popular, por la circunstancia que al principio
explicamos; el pueblo todo esperaba tener un poco de libertad siquiera, después
de la opresión en que lo había mantenido la devoción extremosa del marqués de
Avilés.
Ya
dijimos que el encargado de atender los "camaricos” había sido el regidor
Sánchez de la Barreda, a quien el marqués de Avilés había metido en un puño por
aquello de las “cantaras de fama” del callejón de Ugarte. Parece que este señor
regidor tenía fama de saber hacer estas cosas y sobre todo de saber alegrarlas,
porque cuenta la tradición que en el último “camarico” de la casa de campo
“despertaron a Su Señoría por el alba, con unas canciones de la tierra,
acompañadas de guitarras, que llaman “esquinazos” y que son armoniosas y de
mucha alegría y a la costumbre de España; Su Señoría el señor Presidente arrojó
por la cancela algunas monedas a los cantores, con lo cual cantaron otra vez y
se fueron muy contentos, vivando al señor Presidente y a la señora Presidenta,
doña Rafaela Vera, su consorte”.
El
“esquinazo” era iniciativa del regidor Sánchez, quien había llevado a sus
amigas del callejón de Ugarte para que le fueran a alegrar el suelo al
Presidente en el último “camarico”; cantándole unos versos que empezaban así:
Aquí
llegan las “de Nos”
Y llegan humildemente
A cantarle a don Joaquín
Que viene de Presidente...
Y después
de cada copla, el siguiente estribillo:
Ya viene
el día
Ya amaneció
Los gallos cantan
Cocorocó.
No
sabemos cómo les fue a los santiaguinos alegres con su nuevo gobernante, en lo
relativo a la libertad de salir fuera de casa después de las diez de la noche y
“con compañera sospechosa”; pero sabemos que el regidor Sánchez, el del
“esquinazo”, fue uno de los favoritos de don Joaquín del Pino durante su corto
gobierno.
§ 25.
Isabelilla en la reja
(1796)
El
capitán de caballos ligeros corazas, don Pedro Montero del Águila, no habría
podido elegir mejor ocasión para llegar a la villa del Mapocho, pues apenas
hacía una semana que había tomado interinamente el mando del Reino de Chile su
señor tío, el general don Diego González Montero, a causa del fallecimiento
casi repentino del Gobernador, don Pedro Porter de Casanate, y en cumplimiento
de una disposición que dejara escrita en pliego cerrado el virrey, conde de
Alba de Liste, para el caso de que “faltase” el Gobernador titular.
Ya era
ventaja para un forastero recién llegado de tierras peruanas, la de encontrarse
con un tío tan bien puesto en el reino de su nueva residencia; pero la buena
fortuna del capitán González había querido regalarlo, todavía, con la feliz
circunstancia de que el nuevo mandatario que regía las provincias de Chile,
agregara a sus indiscutibles merecimientos una popularidad
bien ganada entre sus gobernados y la satisfacción inmensa que experimentaba la
nobleza criolla, al ver que uno de sus miembros más caracterizados había
llegado, por la primera vez, a ocupar el solio altísimo de los Gobernadores de
Chile.
Efectivamente,
en los 120 años que llevaba de existencia el reino, el criollismo habíase visto
postergado y suplantado en todos los cargos de alguna importancia, por el
elemento español o peninsular, que obtenía esos empleos mediante la influencia
y recomendaciones que hacía valer en la Corte, llegando a prevalecer el
concepto de que la calidad de “nacido en España” era un título de especial
consideración para obtenerlos, cuanto más honoríficos y lucrativos fueran, y la
de “nacidos en las Indias”, un motivo de “desconsideración”.
En
realidad, los descendientes de los conquistadores, pacificadores y primeros
pobladores, los hijos de aquellos que abrieron la brecha a costa de sacrificios
inmensos y heroicos, llegaron a ser antes de medio siglo, mucho menos estimados
que los “paseantes en Corte” o que los aventureros y gente “de equipaje”, que
viajaban en las sentinas de los galeones.
Tal orden
de cosas tenía que ofender a los criollos y herirlos en su orgullo; veían
lastimados su honor y sus intereses y fácilmente se explicará el lector cómo
desde los primeros años de la colonia — aun en plena conquista— prendiera con
tanto arraigo en nuestro país la idea de algo que podría denominarse
“nacionalismo colonial”, o sea un sentimiento de independencia, de orgullo
patrio, de amor por el terruño que se reavivaba cada vez que se veía una nueva
postergación o una nueva injusticia.
Para
satisfacer en algo sus expectativas y aspiraciones los criollos no tenían
reparo en anteponer a su nombre un “don” amplio y redondo, con el cual se
llenaban la boca. En cambio, se lo negaban a todo el que venía de España, y así
no parecerá extraña la siguiente noticia que aparece en el historiador Pérez
García: “Los criollos creen que los de España no son más valientes que ellos,
ni mejor nacidos; mas, después que mueren sus padres, les dan todas las
excelencias y también las de engendrar hombres ilustres, denominándose ellos,
entre sí, con Don y negándolo a sus padres, diciéndose:
soy Don Fulano de Tal hijo de Fulano de Tal”.
La
elección de don Diego González Montero para gobernador interino de Chile
provino — ya lo he dicho— del virrey, conde de Alba de Liste, quien, al nombrar
al Gobernador Porter Casanate, designó, en cumplimiento de las ordenanzas
reales, a la persona que debía sucederle en caso $je fallecimiento. Cuando la
Real Audiencia, en sesión solemne, abrió el sobre cerrado y lacrado que
contenía el nombre del reemplazante y el Oidor, Decano, don Manuel Muñoz de
Cuéllar, leyó el del criollo chileno, soltó de su mano el papel y no alcanzó a
pronunciar palabra, porque se le atragantó la voz en la garganta.
Alarmóse
la “sala” y el Oidor Peña de Salazar preguntó:
— ¿Se ha
puesto malo, Su Señoría y Merced?... ¿A quién nombra Su Excelencia el Virrey,
por gobernador interino?...
— Al
general González Montero — contestó el Decano.
— ¡Un
“chileno”!... — exclamaron en coro los oidores.
Y aunque
sus señorías quisieron buscarle cinco pies al gato, no pudieron prescindir de
acatar el mandato, porque el Cabildo se apresuró a reconocer y a “recibir” al
Gobernador interino, rindiéndole los honores de su rango. No olvide el lector
que los criollos habíanse apoderado de la corporación municipal desde
muchísimos años atrás, haciéndola el baluarte de sus derechos y de sus
expectativas; como que, andando los años y los siglos, fue el Cabildo el que
incubó la revolución de la independencia y fue el foco de la resistencia al
poder real.
Un
“cronista” de la colonia, el capitán don Vicente Carvallo y Goyeneche, describe
de esta manera la satisfacción de los “chilenos” al saberse la designación del
general González Montero para Gobernador interino del reino:
“Esta
elección del Virrey fue muy aplaudida y llenó de gozo los corazones de aquellos
regnícolas, porque en ella vieron que no estaban excluidos de esta honra; pero
aunque el caballero González Montero se manejó con integridad y moderación en
el Gobierno de su país, fue el primero y el último que logró tal satisfacción,
y hasta hoy, 1796, hemos visto cerrada esta puerta para todos los demás”.
Otro
historiador cuenta que el entusiasmo de los santiaguinos por el nombramiento de
González Montero llegó al punto de que una numerosa y brillante juventud
chilena se apresuró a alistarse bajo las banderas del nuevo gobernador para
acompañarle a sofocar una sublevación araucana que en esos días había reventado
en la frontera. Esta misma juventud habíase negado en muchas ocasiones a
enrolarse en las filas, al llamado y aun a la exigencia de los gobernadores.
La
satisfacción de los criollos mapochinos habíase traducido en diversas
festividades, tanto oficiales como particulares, que se hicieron para celebrar
el acontecimiento y que adquirieron caracteres de excepcional entusiasmo, en
especial las últimas, donde desapareció el estiramiento protocolar. Este
entusiasmo reflejábase en todas partes: en los paseos, en las salidas de misa,
en los corrillos del Portal del Obispo, en las trastiendas, en la Sala del
Cabildo, en la “rebotica” de los mercedarios, en todas partes, en fin, donde
acostumbraban reunirse los dirigentes del criollismo para comentar o echar a
correr las noticias, ciertas o inventadas, que alimentaba la chismografía
santiaguina.
Las
enhorabuenas alcanzaban, como es natural, a la familia de nuevo “señor
gobernador” y hasta el recién nacido, primo nieto de don Diego, era objeto de
los más delicados “añuñüyes” de todos aquellos que gustaban adorar al santo por
la peana.
En esta
situación llegó a Santiago el capitán don Pedro Montero del Águila y sería
superfluo apuntar que tan pronto se supo la llegada de tan cercano pariente del
Gobernador, que reunía, además, las condiciones de ser buen mozo, gallardo y
decidor, como buen limeño, se vio rodeado de un numeroso grupo de amigos y
parientes que se desvivían por hacerle grata su estada, colmándolo de agasajos
y de obsequiosas invitaciones.
Agréguese
a todo esto, que el capitán era soltero y se tendrá una idea del alboroto que
causó su presencia en el cotarro femenino de una tierra como ésta, en que la
guerra araucana había valorizado la soltería masculina en una proporción
fabulosa. En realidad, el capitán Montero habría podido decir,
displicentemente, “ésta quiero, ésta no quiero”, o sacudir su vistosa capa
escarlata diciendo: “Señoras mías, váyanse sus mercedes a vestir santos y a que
las entierren con palma”.
Fama tuvo
Santiago de ser en materia de casorio, como la casa del jabonero, donde el que
no cae, resbala; y esta fama se la dieron los hermanos Corbalán y Argote,
quiteños, los cuales antes de los tres meses de residencia se encontraban
casados con dos de siete hermanas de una opulenta familia. A los cuatro meses
enviudó el mayor, y dos meses más tarde estaba casado con una de sus cuñadas;
el otro Corbalán y Argote enviudó también antes del año, y quedó con un
vástago; esta era una razón para que no permaneciese soltero; la suegra lo
convenció de que debía “contraer” nuevamente, y el Argote lo hizo con otra
cuñada. Quedaban tres.
Vivía
feliz el primer Argote con su segunda mujer, de la cual tenía un retoño y un
segundo en perspectiva, cuando unas fiebres malignas le llevaron a su cara
mitad a la sepultura; la suegra, que se había encariñado con el yerno, le
endosó otra de las cuñadas a título de madre adoptiva del huérfano; y quedaban
dos. Pero vino el terremoto del 13 de mayo y aplastó a su mujer, a su suegra y
a las dos cuñadas solteras; sólo así se pudieron librar los Argote de cargar
con el resto de la familia, porque la suegra tenía todavía tres sobrinas a
quienes casar.
La
soltería del capitán estaba, por lo tanto, expuesta a los mayores peligros, y
éstos no tardaron en llegar, ocultos traidoramente bajo la basquiña de un
encanto de muchacha que poseía unos ojos más negros que la conciencia de un
ladrón; la morocha respondía al nombre de Isabel, pero su padre, su madre y sus
hermanos la llamaban Isabelilla, diminutivo ribeteado de picardía con que la
había bautizado el padre dominico fray Ruperto de Celis, que era su confesor.
Habíanse
conocido durante un “convite y sarao” que el padre de la muchacha, don Juan
Ramírez de Espejo, tuvo con motivo de “sus días”; el capitancito no había
podido substraerse a las miradas incendiarias de la muchacha, había sido su
pareja en tres minués y dos gavotas, y si no bailaron más fue porque la mamá
llamó aparte a Isabelilla y la “reprendió”, diciéndole:
— Niña,
no me baile más con ese forastero, qué ya está dando que hablar a la gente...
—
¡Mamita... no me prive su mercé, mire que el galán me gusta una barbaridad!
—
¡Calle la boca, la atrevida!... Eso no se dice... ¡No se dice nunca! — agregó,
amenazando con el dedo a su hija, desde lejos, porque Isabelilla había querido
escapar al resto de la reprimenda huyendo al aposento vecino.
Durante
la cena, el capitán se colocó al lado de la chiquilla, en vez de hacerlo al
frente; según las costumbres mapochinas, las damas debían ocupar un lado entero
de la mesa y los caballeros el otro lado, lo mismo que en la cuadra: era de
muy, mal gusto y contra toda “decencia” que se alternaran hombres y mujeres, y
especialmente cuando eran solteros.
Esta
“inconveniencia” había sido mal vista por los asistentes; pero, en cambio, los
interesados pasaron momentos agradabilísimos en sostenido y sabroso palique;
varias veces cambiaron “punzones” — así se llamaban los tenedores, de uno o de
dos pinches, que entonces usaba la gente rica— para ofrecerse los más
atrayentes bocados de las viandas y dulces que adornaban en apretada profusión
el centro de la mesa.
Los días
siguientes a la fiesta no se habló en los corrillos sino del “tiemple” de
Isabelilla y del capitán González, y no faltó quien echara a circular la
noticia de que el Gobernador, como el pariente más caracterizado del galán,
había pedido permiso para que su sobrino pudiera visitar la casa de sus futuros
suegros un día a la semana, a fin de que los jóvenes “se conocieran” y poder
formalizar el noviazgo.
Entretanto,
la verdad era que los enamorados no necesitaban de tal permiso para conocerse,
porque al segundo día de haberse encontrado, quedaron de acuerdo en verse todas
las noches a través de la reja de una ventana estratégica que caía a la calle
de Bernardino Morales, llamada hoy de la Bandera, a la vuelta de la entrada
principal de la casa de Isabelilla, situada en la calle de Pero Martín, hoy
Agustinas.
Tanto va
el cantarito al agua...
Hacía
pocos momentos que la niña esperaba detrás de la reja, con las puertas de la
ventana entreabiertas, que apareciera de un momento a otro su enamorado galán;
sin embargo, estaba nerviosilla y se paseaba impaciente en la obscuridad del
cuarto. Varias veces se dirigió a la puerta como para salir y alejarse del
sitio, y otras tantas se detuvo bajo el umbral: una fuerza superior la atraía a
la reja de sus amores.
Dejóse
caer, por fin, sobre el dintel de la ventana, en el sitio mismo en que
acostumbraba sentarse a oír las palabras cálidas y perturbadoras del avezado
limeño, y allí permaneció unos instantes con la cabeza inclinada y las manos
bajo el rostro, y si nos hubiera sido posible acercamos a ella y observarla de
cerca, tal vez hubiéramos visto que a través de las junturas de sus deditos
regordetes y puntiagudos, se escurría más de alguna lágrima indiscreta e
importuna.
En todo
caso, la agitación de su pecho y las contracciones de su busto nos podrían
indicar que la alegre y pizpireta Isabelilla atravesaba un período amargo y
doloroso de su vida en flor.
El tenue
ruido de unos pasos quedos la sacó de su abstracción; se incorporó con viveza;
una sonrisa iluminó su rostro dolorido y abriendo un lado de la puerta
ventanal, avanzó su mano a través del enrejado.
— ¡Don
Pedro... vinisteis ya...!
Por
respuesta, el limeño cogió entre las suyas la manecilla de juguetería que ha
salido a encontrarlo, y la llevó a sus labios, donde la retuvo a su arbitrio y
satisfacción, como quien dice rehenes, porque a todas luces no piensa
desprenderse muy pronto de ella. ¿Habráse visto mayor goloso?
Cualquiera
creería que tal recepción y tal correspondencia eran el comienzo de un renovado
idilio, y que los amantes que tan dulcemente lo habían empezado, habrían de
continuar así hasta que el frío u otro accidente lo viniera a interrumpir
prosaicamente; pero no, lector; a poco la niña retiró su mano, a pesar de la
silenciosa protesta del galán, y abandonó su cuerpo, afirmada en el quicio de
la ventana.
— ¿No me
contestáis, Isabel, Isabelilla? ¿Preferís no verme más? ¡Quedad con Dios, si
esa es vuestra resolución, que de aquí me marcharé, primero a la frontera, y
luego a mi patria; los indios de guerra, aquí o allá, me darán una muerte más
dulce que aquella que me dais vos con vuestro desvío!
Y
embozándose la capa, hizo ademán de alejarse. ¡Pícaro de limeño!
Isabelilla
incorporóse, lentamente, alargó la manecita, que el galán volvió a estrechar
ansiosamente entre las suyas, bajó la cabeza con abandono de voluntad, y
murmuró:
— ¡No se
vaya su merced, don Pedro!...
El
capitán estrechóse a los barrotes de la reja y por ella atrajo hacia sí el
cuerpo grácil de la niña.
Antes de
que las luces del alba disiparan las tinieblas que envolvían la villa del
Mapocho, un hombre se descolgaba por la tapia trasera de la casa de Isabelilla
Ramírez de Espejo; después de embozarse cuidadosamente hasta los ojos siguió a
paso largo con dirección a la Cañada y desapareció en la obscuridad.
No hay
plazo que no se cumpla ni amor que no tenga fin, y llegó el día — o la noche—
en que Isabelilla se quedó esperando a su capitán; estas noches, una detrás de
la otra sumaron hasta doce.
El hombre
promete hasta que se mete;
¡Una vez que se ha metido olvida lo prometido!
El
capitán Montero se había metido hasta lo más recóndito en el corazón de la
muchacha y, en consecuencia, como el romance popular, había olvidado todas sus
promesas. Y lo peor del caso era que Isabelilla, con las trasnochadas, había
empezado a desmejorar a ojos vistas, hasta el punto de que su madre, al
encontrarla un día, más pálida y más ojerosa, le dijo, tomándola de las manos y
mirándola en los ojos:
— Niña,
estás enflaquecida que es una barbaridad y está bueno que venga a verte el
hermano Figueroa para que “te pulse ...”
El
hermano Figueroa era el boticario y sangrador que ejercía de físico y curandero
en la botica de los mercedarios, en competencia con el padre Miranda, que
atendía la botica del “colegio” de los jesuitas.
Al oír el
anuncio de su buena madre, la niña abrió tamaños ojos, ardió su cara
transparente, quiso replicar, pero no pudo.
El
hermano Figueroa aseguró que la enfermedad de Isabelilla no era de cuidado y
que con tres tazas de la “melecina” que le recetó, un lavado “de pies”, “seis
fletaciones” y una manda a San Francisco Javier, quedaría mejorada en tres
días; estaba equivocado, sin embargo, el buen jesuita, y pasaron quince sin que
Isabelilla tuviera ánimos para abandonar el lecho.
Una
tarde, pasada la siesta, la enferma oyó, desde su alcoba, una voz que la hizo
incorporarse de un solo impulso; luego unos pasos, el “recado” de la china y el
taconeo vibrante de unos espolines...
—
¡Gregoria!... ¡Gregoria!... — llamó con acento alborozado—, ¿Quién llegó a la
cuadra?..,. ¡Contesta, por la Virgen!...
— El
caballerito don Pedrito, mi amita — respondió la negra, desde la puerta,
mostrando sus dientes blancos y fuertes.
— ¡Don
Pedro!... — exclamó la niña, con entonación triunfante—. ¡Dame!... ¡Dame!
¡Dame... la ropa!... ¡Quiero vestirme! ...
—
¡Niña... qué va a hacer! ¿Quiere morirse?
Y sin
esperar que la negra Gregoria le obedeciera, Isabelilla saltó de su lecho y
empezó a vestir sus ropas con agilidad febril, iba a trasponer el dintel de su
alcoba pana dirigirse a la cuadra en donde se oía el murmullo de aquella voz
que era su ansia; pero en ese momento vio que el capitán Montero salía por la
puerta del corredor y atravesaba el patio hacia la calle.
— ¡Don
Pedro... don Pedro!... — murmuró, avanzando los brazos anhelantes.
El
capitán oyó la voz, escudriñó la ventana, detrás de la cual había quedado la
joven y aunque divisó, apenas, la esbelta silueta femenina, formuló un grave y
ceremonioso saludo con su chambergo, encasquetóselo en seguida y desapareció
por el zaguán.
Isabelilla
había retenido el aliento mientras el capitán permaneció en el patio; pero
cuando vio que se alejaba; que desaparecía de su vista sintió sobre sus hombros
la presión de una montaña, y no pudiendo resistirla, bamboleó, sus
articulaciones se plegaron y su cuerpo flácido derrumbóse sobre la alfombra. Y
hubiérase “malogrado” si la negra Gregoria no llegara a tiempo para recogerla
en sus brazos robustos.
Todos los
habitantes del caserón solariego de don Juan Ramírez de Espejo habíanse
retirado a sus habitaciones, después de rezar el rosario en común, bajo el
“coro” de la dueña de casa, y un silencio de “modorra” empezaba a invadir los
ámbitos de la ciudad, sobre la cual flotaban aún las últimas y quejumbrosas
campanas de la queda.
Isabelilla
era la única persona de aquella vasta mansión señorial que permanecía
despierta; la fatiga de su organismo debilitado no había podido vencer a la
fuerte impresión que recibiera unas horas antes y su cerebro discurría entre
las más extrañas y enmarañadas cavilaciones.
La alcoba
de la muchacha caía hacia la calle y de cuando en cuando, oía los pasos
acompasados de algún trasnochador que interrumpían el silencio profundo en qué
momento a momento iba cayendo la ciudad. De pronto Isabelilla oyó unos pasos
que trajeron a su imaginación recuerdos de otro tiempo... Se le antojó que el
capitán don Pedro Montero del Águila volvía nuevamente a detenerse delante de
su enrejada ventana, y que atisbaba sus junturas para envolver con sus miradas
a la silueta de su Isabelilla, que él llamaba encantadora.
Este
pensamiento se convirtió, a los pocos momentos, en una obsesión, y la niña
enferma sentía resonar en su cerebro afiebrado los trancos nerviosos e
impacientes de su galán. Echóse de la cama y con los pies desnudos salió de su
alcoba, cubierta apenas con la camisa de noche; atravesó una sala, otra sala y
penetró en el aposento en donde esperaba a su rondador en aquel tiempo de sus
amores inefables.
Avanzó
cautelosamente hacia la ventana de sus idilios, descorrió con infinito cuidado
el cerrojo y abrió, poquito a poco, el ventanal; un viento helado partió de
alto abajo su cuerpo semidesnudo; pero abrió valientemente ambas puertas,
acercó su despeinada cabecita a los barrotes y allí se quedó un minuto, con las
pupilas enormemente dilatadas, observando acuciosamente a través de la
obscuridad.
¡Nadie!
— ¡Don
Pedro... don Pedro!... — dijo forzando la voz en el secreto.
¡Nadie!
Escudriñó
el vacio por última vez y dejó resbalar su cuerpo sobre el dintel de la
ventana, allí mismo donde tantas veces escuchara, otrora, las ardientes
palabras del limeño embustero y perturbador.
En esa
misma posición fue encontrado el cadáver de Isabelilla al día siguiente.
La negra
Gregoria aseguraba que había muerto de frío.
§ 26.
Precursores del salitre industrial
(1799)
Cuenta la
tradición que los indios del Altiplano que venían a la costa de Tarapacá con el
objeto de mercar ciertos minerales preciosos que habían extraído de una mina
abandonada de la región del Potosí, acamparon, después de fatigosa jornada, en
las cercanías de un salar de la Pampa del Tamarugal, donde se propusieron pasar
la noche; recogieron alguna leña, “le hicieron fuego”, y se prepararon para
descansar a su abrigo;, pero a poco notaron que el fuego se extendía por la
tierra reseca, chisporroteando e inflamándose a veces, sin que fueran eficaces,
para contenerlo, los repetidos y enérgicos golpes con ramas de algarrobo y los
“capotazos”, con pellejos, que aplicaban a las llamas para ahogarlas.
Espantados
con este suceso extraño e inaudito, los indios huyeron, firmemente convencidos
de que esto “era cosa del Diablo”, y no pararon hasta llegar al poblacho de
Camiña, a cuyo padre cura le fueron a contar el sobrenatural acontecimiento, a
fin de que tomara las precauciones convenientes para defender a sus feligreses
de las invectivas infernales. El cura de Camina se trasladó sin pérdida de
tiempo al sitio del suceso, y pudo comprobar la efectividad de lo que al
principio había creído una alucinación de los indígenas; echó repetidos
exorcismos, arrojó agua bendita, imprecó, y como el fuego no amainara, el
buen
párroco tuvo a bien declarar que el Diablo no tenía nada que ver en esto. Al
retirarse, el cura hizo recoger de los alrededores algunas costras y cascajo
suelto que llevó consigo, y una vez llegado a su parroquia los sometió a
diferentes pruebas y exámenes, al fin de los cuales, encontró que la tierra
aquélla era por demás útil, pues servía tanto como “tónico” para las plantas y
hortalizas, cuanto “para dar fuerza a la pólvora”.
Si nos
atuviéramos a esta tradición — que ha sido acogida por nuestro historiador del
salitre, don Enrique Kaempffer— este suceso de los indios bolivianos debió
ocurrir allá por mediados del siglo XVII, pues en los Documuentos
Peruanos de Odriozola he encontrado referencias que permiten suponer
que la Viceparroquia de Camiña fue creada por el segundo Obispo de Arequipa,
don Pedro de Villagómez y Corral de Quevedo, que ocupó ese solio episcopal el
año 1635. Desde esas fechas, más o menos, empiezan a manifestarse también, en
la historia, algunos rastros sobre el aprovechamiento de “las costras de
nitro”, para la fabricación de la pólvora, y con más insistencia, después que
cierto oficial de marina inglés — de la expedición científica de Nabourough,
1670, o de la expedición pirática de Bartolomé Sharp, 1680— descubrió que la
misteriosa substancia del cura de Camiña se parecía mucho al nitrato de potasio
que los ingleses traían de la India para la fabricación de su pólvora.
Los
buenos resultados que producía la pólvora fabricada con sal nitro para los
trabajos de las minas de fuerte venero, como las de plata de Hauntajaya, por
ejemplo — casi abandonadas, a pesar de su gran riqueza, por su resistencia al
laboreo de brazos— hicieron que las autoridades del virreinato solicitaran de
la Corona el establecimiento de un monopolio de la sal nitro y el estanco de la
pólvora. Las resoluciones gubernativas en aquella época demoraban algunos años,
por más convenientes o urgentes que parecieran; y así fue cómo, a pesar del
empeño que en obtenerla pusieron los virreyes Duque de la Palata, Conde de la
Monclova, Marqués de Castel dos Rius y el Príncipe de Santo Buono, solamente
vino a decretarse el monopolio en los tiempos del Virrey Armendaris, 1734, o
sea, después de cuarenta o cincuenta años de gestiones. Por esos años, ya la
industria de la fabricación de pólvora a base de salitre estaba muy difundida,
y costó
buen trabajo a las autoridades hacer efectivo el estanco, pues
debían luchar con fuertes contrabandistas establecidos a todo lo largo del
litoral del Pacífico y aun del Atlántico.
Los que
extraían la sal nitro y la vendían a los fabricantes de pólvora eran, en
general, los indios peruanos de Tarapacá. región que viene a ser,
indudablemente, la cuna del salitre. Por cierto que antes de llevar el producto
a la fábrica, los indios debían prepararlo, es decir, purificarlo de las
materias extrañas que contenía el caliche nativo. Para este efecto, lo
desmenuzaban, lo machacaban, lo expurgaban a mano y por último lo sometían a
una especie de decantamiento al sol, en bateas o en pilas de cobre, “dejadas de
uso”, que obtenían de los trapiches argentinos. Efectuada esta manipulación,
larga y trabajosa, cargaban con su producto a través de las pampas, en grandes
caminatas, hasta los sitios escondidos en donde fabricaban la pólvora los que
la vendían de contrabando, o hasta los “ingenios” que mantenían las autoridades
del Rey. Generalmente, los indios preferían a los contrabandistas, porque éstos
les pagaban con más largueza.
El
transcurso de los años, las necesidades de la minería y aun las guerras en que
vivía empeñada la Corona, exigieron una mayor producción de pólvora, y por lo
tanto, una mayor cantidad de salitre para su fabricación, pues no había duda de
que esta substancia “la daba excelente”; los indios rehusaban dedicarse a la
explotación del caliche, a causa del miserable pago que por ello recibían, y
fue necesario que se empleara en estas funciones otra clase de personas, es
decir, empresarios y aun trabajadores españoles, para los cuales, los métodos
indígenas de extracción de caliche y de purificación, no podían ser aceptables.
Desde
esta época, más o menos por los años de 1797-99 datan los primeros estudios o
ensayos científicos que se hicieron en Tarapacá para aprovechar en la mejor
forma la sal nitro de los grandes depósitos que se habían descubierto en la
Pampa del Tamarugal.
Gobernaba
el Virreinato el Excelentísimo señor don Ambrosio O’Higgins, marqués de Osorno
y barón de Balinary — cuyo espíritu emprendedor e infatigable habíase puesto de
relieve durante su larga estada en Chile y muy especialmente en los últimos
años que había desempeñado el cargo de Virrey del Perú— cuando se presentó el
caso de tener que enviar a España una gran cantidad de sal nitro destinada a
proveer la pólvora a los ejércitos aliados contra Napoleón; anunciábase que en
tres meses o antes, se presentaría en el Callao una fragata inglesa con el
encargo de recoger “la pólvora o el nitro” a fin de transportarlo a su destino.
El Virrey
impartió sus órdenes con la diligencia que acostumbraba; pero antes de un mes
estaba informado de que no era posible cumplir las órdenes de la Península,
porque no había quienes quisieran dedicar su tiempo a la penosa tarea de
extraer y manipular el caliche, ni menos quienes se comprometieran a entregarlo
en la cantidad ni en el plazo que lo exigía el Gobierno.
La
fragata inglesa tuvo que irse así como llegó, pues su capitán no encontró lo
que buscaba; los treinta quintales de sal nitro y los cien de pólvora que pudo
embarcar no llegaban ni a la centésima parte de la cantidad pedida, y el Virrey
tuvo que soportar el bochorno de recibir una reprimenda del Ministro Godoy,
ante el cual O’Higgins estaba un tanto en desgracia, por motivos que no son del
caso apuntar aquí.
Para
prevenir la repetición de un caso tan grave, O’Higgins llamó a su despacho al
doctor de la Universidad de San Marcos, don Domingo de Ugarriza, y le dio el
formal encargo de estudiar la manera “de sacar el mayor y más rápido provecho
del álcali mineral que se da naturalmente en los llanos de Tarapacá y que
presente luego a los químicos de Su Majestad, que vendrán, el plan que sea de
su inteligencia”. Es de suponer que el Virrey habría pedido a la Corte la
venida de estos químicos.
No he
logrado saber qué resultó de los estudios del doctor Ugarriza, ni si llegaron
al Perú los químicos del Rey de España; lo único que ha llegado a mi
conocimiento, por la noticia que dio el periódico “Minería Peruana”, que se
publicaba en Lima el año 1808, es que “habiendo todos los químicos del
Virreinato estudiado durante diez años un procedimiento para
convertir
el álcali mineral en nitrato de potasio, sin obtener resultado alguno, los
doctores Sebastián de Ugarriza y Matías de la Fuente, ocurrieron al naturalista
Tadeo Haenke, alemán de Bohemia, que reside en Cochabamba, con renta del Rey,
para que estudiase el caso y lo dilucidase”.
¿Quién
era el naturalista Tadeo Haenke, ademán de Bohemia, que residía en Cochabamba
con renta del Rey de España? Aunque mis rastrojeos no me han rendido los
resultados que esperaba, para dejar establecida la participación que ese hombre
de ciencia tuvo en los nuevos métodos que desde esa época se emplearon para la
manipulación del caliche, hasta dejarlo convertido en nitrato de potasio, creo
que los datos que he encontrado respecto de su venida a América y de sus
actividades en Chile y en el Alto Perú, serán bastantes para justificar el
título de “precursor de la explotación del salitre industriar, que
evidentemente le corresponde.
Atendiendo
a las insistentes insinuaciones de sus representantes en América, y en
presencia de las frecuentes expediciones “científicas” que Inglaterra, Holanda,
Francia y otros países de Europa enviaban a las costas del Nuevo Mundo, con los
propósitos ostensibles de avanzar en los descubrimientos geográficos, pero
evidentemente con los de emprender una penetración comercial, los soberanos
españoles se vieron en la precisión de autorizar, a su vez, la organización de
expediciones análogas a fin de contrarrestar la enorme influencia que los
extranjeros ejercían en todas partes, al amparo de su investidura de hombres de
ciencia.
Una de
estas expediciones fue confiada al capitán de fragata Alejandro Malaspina,
italiano de origen, pero al servicio de España; la expedición salió de Cádiz en
julio de 1789, y estaba compuesta de dos barcos, denominados “La Descubierta” y
“La Atrevida”; a su bordo venía un núcleo de hombres de ciencia, técnicos en
astronomía, ciencias naturales, hidrografía, dibujantes de planos, botánicos,
mineralogistas, disecadores dé plantas y animales, etc. Entre éstos figuró el
nombre del químico y naturalista alemán Tadeo Haenke, que en ese tiempo
profesaba una cátedra en la Universidad de Praga; contratado
por
Malaspina para venir en la expedición, el joven profesor aceptó inmediatamente,
y se comprometió a embarcarse en Cádiz en la fecha fijada para la partida.
Pero
llegó la fecha y Haenke no se presentó; el jefe expedicionario esperó hasta una
semana y como aun no compareciera el alemán, ni se tuvieran noticias de él,
Malaspina ordenó levar anclas y partir. Después de un mes justo llegó a Cádiz
el retrasado químico; unas calenturas rebeldes le habían retenido en Praga, mal
de su grado; pero tan pronto se notó en salud, partió al puerto español, para
cumplir su compromiso, y como no encontrara ya a la expedición, esperó la
partida del primer barco hacia América y se embarcó a la ventura, pero con la
esperanza y la resolución de juntarse con sus compañeros.
Haenke
arribó a Montevideo quince días después que los barcos de Malaspina habían
partido de allí, con rumbo al Estrecho y al Pacífico; tampoco se desanimó el
teutón, por este nuevo contratiempo y determinó atravesar la pampa argentina y
la cordillera de los Andes, para encontrar a los expedicionarios en alguna de
las ciudades de Chile; tras incontables padecimientos, el testarudo alemán
llegó a Santiago el 14 de abril de 1790, después de ocho meses de viaje.
Malaspina y los suyos se encontraban en Chile desde hacía un mes.
Acogido
con la alegría que es de presumir, el joven científico se incorporó con
entusiasmo a los trabajos y estudios en que estaban empeñados sus compañeros;
los acompañó en todas sus exploraciones a través de los campos y cordilleras,
haciendo estudios de la fauna, flora y mineralogía del territorio; visitó
muchos minerales y muy especialmente los de mercurio de Punitaqui, sobre los
cuales hizo un estudio detenido por encargo del Presidente O’Higgins, estudio
que fue elevado a la Corona y mereció especial consideración.
Continuando
la ruta de la expedición, Haenke y sus compañeros siguieron rumbo al norte;
detuviéronse un par de semanas en Arica, con el propósito de visitar los
minerales del Altiplano; pero el jefe desistió de su propósito en vista de las
dificultades casi insuperables que se le presentaron. Reembarcáronse de nuevo y
un mes más tarde arribaban al Callao, en donde
quedaron
más de un año, realizando el vasto programa de estudios y observaciones que
habían formado.
Cuando
Alejandro Malaspina resolvió continuar su ruta hacia el norte, para atravesar
por último el Pacífico en dirección a la Oceanía, el químico Haenke manifestó
su propósito de quedarse en el Perú, y así lo hizo, poniéndose al servicio del
minero Sebastián Pérez de Altamirano, que poseía ciertas minas de plata en
Uyuni, en donde le encontramos instalado allá por fines del siglo, perdiéndose
su ruta durante diez años, o sea, hasta 1808, en que reaparece su nombre en la
referencia de la Minerva Peruana, de que he hecho mención.
En esta
época, el sabio alemán residía en su hacienda “Santa Cruz”, cerca de
Cochabamba, en la cual había establecido un laboratorio químico todo lo mejor
que se podía exigir en aquellos años, y a esas alturas; a él acudían no
solamente los mineros de toda la región y del país, en solicitud de un consejo,
sino que todo el vecindario, en procura de una medicina para aliviar sus
dolencias; contaba por aquellos años de 1808, más o menos 47 años de edad, pues
había nacido en 1761, en la ciudad de Kreibnitz (Bohemia). Vivía solo; su
servidumbre era toda indígena.
A este
sabio ocurrieron, pues, los doctores Ugarriza y de la Fuente, para que
estudiara y resolviera el problema de transformación del “álcali mineral” en
nitrato de potasio, o salitre, como lo llamamos hoy; el resultado de sus
estudios fue, indudablemente, el establecimiento — los años 1810 y 12— en los
campos salitrales de Negreiros y Zapiga, a donde se trasladó Haenke, de las
primeras “paradas”, que tal nombre se les dio a las primeras “oficinas”
salitreras. El sistema de “paradas” consistía “en la disolución del álcali por
medio de la cocción”.
Para el
efecto se construyó una hornilla con dos o tres fondos de fierro dentro de los
cuales se echaba el caliche, desmenuzado, hasta poco más de la mitad; luego se
llenaban los fondos con agua y se ponía fuego a la hornilla, hasta que
sobrevenía la ebullición, en la cual se mantenía el caliche durante dos o tres
horas, moviéndolo con largas palas de fierro, para formar el “caldo gordo”.
Cuando el
caldo estaba “en punto”, se vaciaba con grandes cucharas de fierro en otros
fondos que se denominaban “chulladores” en los cuales el líquido se decantaba
por enfriamiento. La última operación era quitar el agua decantada — que tomaba
el nombre de “agua madre”— y extender el salitre en bateas expuestas al sol,
para que cristalizara. Las aguas madres, llamadas también “aguas viejas”,
servían para cocer nuevas fondadas”.
Este
procedimiento, que comenzó a emplearse allá por los años de 1810, fue,
indudablemente, el producto de los estudios del químico Tadeo Haenke, y
determinó el auge de la explotación del salitre, que ya se produjo en
abundancia; poco a poco las “paradas” fueron multiplicándose con el objeto de
proporcionar materia prima para la fabricación de la pólvora; a fines del año
1812, existían en las pampas de Tarapacá y en las del Tamarugal, tres fábricas
de pólvora, y cada una de ellas contaba con seis u ocho “paradas”.
La
pólvora, en esos años, era un artículo de primera necesidad para el Estado
chileno, pues ya estábamos en pleno ajetreo de independencia... El Gobierno de
don José Miguel Carrera, que necesitaba de ese artículo para proveer a sus
batallones, dictó un decreto que vale el trabajo transcribir como la primera
manifestación del Estado de Chile en protección de la industria salitrera. Dice
así:
“Santiago,
y 29 de octubre de 1812. — La experiencia enseña que puede separarse fácilmente
el salitre en casi todos los lugares de Chile y que esta sencilla operación
presenta un artículo seguro de industria... el Gobierno, que se desvela por la
común felicidad, ordena que no sólo no se oponga el menor estorbo a la
elaboración de estas sales, sino que se pague en la fábrica de pólvora, todas
las que de buena calidad se extraigan, al precio de veinticuatro pesos el
quintal, etc. — Carrera. — Prado. — Portales”.
Tadeo
Haenke murió en su hacienda Santa Cruz de Elicona, en Cochabamba, el 18 de
junio de 1817, por efecto de error de una de sus sirvientes que, creyendo darle
una medicina para la enfermedad que lo aquejaba desde un mes atrás, le
suministró un reactivo venenoso que Haenke conservaba en un frasco, para sus
ensayos químicos.
§ 27. El
primer periódico que apareció en Buenos Aires
(1799)
Doce años
antes de que apareciera en Chile “La Aurora” de Camilo Henríquez, se publicó en
Buenos Aires el primer periódico que demostró a los argentinos los inmensos
beneficios de la imprenta, y preparó el campo para los acontecimientos que
tenían forzosamente que venir más tarde.
La
historia de la fundación del primer periódico argentino es por cierto muy
diferente a la del nuestro, y los motivos se comprenderán sin esfuerzo al
considerar que en la “otra banda” se imprimió el primer “papel público” en
pleno régimen colonial, esto es, cuando aún no había asomo de que la “hidra”
revolucionaria prendiera con los caracteres de vorágine que tomó diez años más
tarde. La publicación del periódico bonaerense no presentaba peligro alguno
para la monarquía y antes bien, prometía ser su coadjutora; en cambio, “La
Aurora”, en 1812, era un barril de pólvora a cuyo lado estaba fray Camilo con
una mecha encendida...
El
establecimiento de la máquina de imprimir, en Buenos Aires, data más o menos de
los años de 1780 a 1781 y provino de que con la expulsión de los jesuitas,
ocurrida el año 1767, una imprenta que éstos habían establecido en su colegio
de Monserrat, en la ciudad de Córdoba, fue trasladada al asiento del Virreinato
en calidad de asignación a la casa de “Niños Huérfanos”; esta imprenta vino
cada día a menos, basta que a principios de 1795 apareció un entusiasta que se
hizo cargo de ella y le dedicó todos sus esfuerzos.
Este
hombre idealista y tesonero se llamó don Francisco Cabello y Mesa y era coronel
de milicias en el batallón del Comercio; su biografía ha sido hecha por el
erudito argentino don José María Gutiérrez y en ella se hace justicia al
verdadero iniciador del periodismo bonaerense.
La
imprenta de Cabello, así la llamaré, aunque no me consta que fuera de su
propiedad, dedicóse al principio a imprimir novenas, oraciones, reglamentos,
“gozos” y una que otra invitación que el Virrey, el Obispo o el Cabildo
mandaban hacer para sus fiestas oficiales; y en esto hubiera continuado si su
propietario o administrador no hubiera tenido en ella otras expectativas más
altas.
Parece
que el Coronel Cabello no era hombre de fortuna, que al haberla tenido habría
dedicado con el corazón ligero a dar vuelo por sí solo a la industria que tenía
en sus manos; pero si no era hombre de fortuna, lo era de recursos ya ellos
acudió para llevar a cabo el pensamiento que era su obsesión: la publicación de
un periódico.
Ideó para
esto la formación de “una sociedad patriótica, literaria y económica” o como
quien dice, para hablar en los términos modernos, una sociedad anónima y por
acciones cuyos miembros aportarían los capitales que hacían falta para la
empresa. A pesar de la novedad del recurso, no escasearon los “accionistas”,
por cuanto el organizador era una persona bien relacionada y mejor conceptuada,
pero no siempre esta clase de empresas nuevas surgen con la rapidez que se las
imagina el autor. El caso es que el Coronel Cabello se aburrió de esperar la
constitución definitiva de la sociedad, o vio que su formación iba muy lenta
para sus impulsos, y sencillamente resolvió sacar por su sola cuenta el
periódico.
Como por
entonces aquello de la “libertad de imprenta” era algo que estaba en los más
hondos arcanos, el entusiasta pichón de periodista tuvo que presentarse al
Virrey en solicitud del permiso correspondiente para dar a luz el periódico,
sin cuyo requisito el Coronel, con sus charreteras y todo, corría el peligro de
dar con su respetable persona en la cárcel. El Virrey, que lo era el muy devoto
don Gabriel de Avilés y del Fierro, marqués de Avilés, oyó atenta y
meticulosamente la petición de su amigo el Coronel Cabello y después de hacerle
preguntas y consideraciones sobre la lealtad que debía a la Corona, le
contestó:
— Déjeme
pensarlo, todavía algunos días, mi señor Coronel, y tenga vuesa merced la
seguridad de que le contestaré de acuerdo con mi conciencia, el servicio de Su
Majestad y a medida de sus justos deseos.
Es
posible que el Virrey llamara inmediatamente a su confesor para consultarle el
caso, porque es fama que el buen marqués no hacía nada sin que se lo aconsejara
el padre agustino fray Gaspar de Ulloa, que llegó del Perú a Chile cuando vino
Avilés a este reino de Gobernador y Presidente, en 1796, y se fue de aquí a
Buenos Aires cuando lo nombraron virrey en 1799, en calidad de su confesor.
No debió
parecerle malo ni peligroso el proyecto al reverendo agustino, porque a los
tres días, o sea el 27 de noviembre de 1800, el marqués de Avilés enviaba a la
junta de la real hacienda una comunicación que empieza de esta manera: “El
coronel de milicias don Francisco Cabello y Mesa se ha propuesto establecer en
esta capital una sociedad patriótica, literaria y económica; e ínterin puede
verificarse bajo las reglas y seguridades necesarias, le he concedido licencia
para hacer y publicar un “papel periódico” que llama Telégrafo
Mercantil, rural, político, económico e historiográfico del Río de
la Plata... y siendo constante el infatigable celo de Su Majestad con
que procura su mayor adelantamiento de las artes y ciencias recomiendo a
vuestra señoría esta empresa”, etc.
Ya
contaba el coronel Cabello con el permiso de la autoridad, es decir, ya estaba
seguro de que no lo llevarían a la cárcel por el delito de “periodismo”; le
faltaban ahora los elementos de otro orden, casi tan importantes como el
permiso real, para alcanzar el logro de su propósito.
La
aparición de un “papel periódico” que publicara noticias de “todas partes” y
las pusiera al alcance de todo el qué supiera leer o deletrear era una novedad
con caracteres de acontecimiento. Llevadas a Buenos Aires, por los buques que
tocaban en su puerto de vez en cuando, las noticias de las ocurrencias graves
que pasaban en Europa, los porteños las acogían con toda la desconfiada
curiosidad del que oye cosas fantásticas. De modo que al formalizarse la
empresa del coronel Cabello, no hubo quien no deseara o esperara informarse de
manera fidedigna sobre la guerra de Francia, por el órgano que pronto saldría a
luz en Buenos Aires.
La Junta
de la Real Hacienda o del Consulado, al recibir la nota y recomendación del
Virrey Avilés, creyó que no podía desatenderla y “para mejor proveer” la envió
“en vista” a su fiscal o síndico, don Ventura Marcó del Pont, tío del que fue
Gobernador y Presidente de Chile durante la reconquista, en 1815. El síndico,
que era grande y buen amigo del coronel periodista, no se pudo negar tampoco a
prestarle un señalado servicio en esta ocasión, tal vez para estar a la
recíproca más tarde; en su “vista” el síndico aconsejaba a la Junta de la Real
Hacienda que asignara una subvención anual al periódico y que se subscribiera
con 19 ejemplares...
En la
sesión que celebró la Junta el 30 de marzo de 1801, tomó conocimiento del
expediente y dictó su resolución en una forma que no podía ser más
satisfactoria para el periodista y le envió una comunicación concebida en
términos encomiásticos, de la cual tomó los siguientes párrafos: “La Junta
admite gustosa la dedicación que usted le hace (parece que el muy pícaro de
coronel les había dedicado su periódico a los de la Junta...), del “papel
periódico” titulado Telégrafo Mercantil, rural, político,
económico e historiográfico del Río de la Plata, que a impulsos de su
celo ha permitido el superior Gobierno que salga a luz, y con igual
complacencia ha determinado tomar bajo su protección la formación de la
sociedad patriótica, literaria y económica, que con incesante desvelo aspira
usted que se establezca; y así, por la honrosa recomendación del excelentísimo
señor Virrey, ha resuelto la Junta subscribirse al citado periódico con 19
ejemplares y ordenado franquearle a usted los papeles que haya en su archivo, para
que con sus luces busque en ellos las nociones que puedan ilustrar al público.
Por último, la Junta procurará que su protección a la sociedad literaria no sea
estéril y le da las gracias por su anhelo por la ilustración general y por
haber realizado sus útiles pensamientos que sin duda apresurarán el paso a la
felicidad de estos países”.
Uno de
los firmantes de esta comunicación es nada menos que Manuel Belgrano, en su
calidad de secretario; tal vez esta es la explicación de una felicitación tan
abierta para el periodista nacional, pues ya a esas alturas Belgrano andaba
revolviendo en su juvenil y ardiente imaginación la idea de que Buenos Aires
“debía mandarse solo” y creía ver en la aparición del periódico un factor
admirable para el logro de sus ideales.
Dos días
más tarde, el 1º de abril, salió a luz, en Buenos Aires, el primer periódico
argentino, bajo los auspicios, según se ha visto, de los representantes
genuinos de la monarquía.
§ 28. La
cajuela del Marqués de Avilés
(1800)
En la
brillante comitiva con que llegó a Chile el brigadier don Francisco Javier de
Morales, creado Gobernador de este Reino y Presidente de su Real Audiencia por
la Majestad de Carlos III, allá por los años 1770, figuraba un bizarro capitán
de caballería que después de haber servido a Su Majestad en los reinos de
Aragón y de Valencia, venía a esta parte de las Indias en busca de fortuna.
Este capitán era don Gabriel de Avilés y del Fierro, hijo primogénito del
Caballero Cruzado de la Orden de Alcántara, Marqués de Avilés, Miembro del
Consejo de Guerra de S. M. y Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos.
Buenos y
bastantes eran los títulos del padre para que el primogénito encontrara en las
Indias las puertas abiertas y los caminos allanados para llegar hasta los más
altos puestos, aparte, por lo demás, de las condiciones muy recomendables que
adornaban al joven y gallardo capitán de caballos; así, pues, tan pronto como
arribó a la capital de Chile, se le destinó a la guarnición de uno de los
fuertes más importantes de la frontera de Arauco, destino y meta de los más
valerosos capitanes españoles que venían deseosos de batir el cobre y zurrar la
badana a los irreductibles enemigos del Rey de las Españas.
No
alcanzó a permanecer mucho tiempo, sin embargo, en la guerra araucana el joven
Gabriel de Avilés y del Fierro, porque los gobernantes de Chile creyeron
terminada la guerra con el famoso y aparatoso parlamento de Negrete, en el cual
araucanos y españoles juraron solemnemente vivir en paz “para siempre jamás”;
pero la actuación valerosa e inteligente que había demostrado el capitán Avilés
en esos tres años, le valió un ascenso apreciable y una remoción honrosa; el
virrey Amat y Junient le envió sus despachos de Coronel de Caballería y le
ordenó que se trasladara al Perú, donde, en llegando, lo nombró subinspector
general del ejército.
Tan
brillante carrera, y tan rápida, unida a la apostura de una florida juventud,
le abrieron al coronel las puertas de los salones más opulentos de Lima, y
también, como era natural, las de los inflamables corazoncitos de las limeñas,
que no dejaban escapar indemne a cuanto mozo de pro y de garbo llegaba de la
Península sin haber puesto el cuello a la sagrada coyunda; y así fue cómo el
que había logrado escapar de las flechas mortíferas de los temibles araucanos,
no tuvo escapatoria de las no menos mortíferas del Cupido que se escondía
traidoramente a las orillas del Rímac.
Es fama
que el coronel Avilés se defendía, heroicamente de las asechanzas amorosas con
el recurso de la oración, y que cada vez que alguna enemiga del alma lo
bombardeaba con los proyectiles incendiarios de sus ojos, el guerrero de Arauco
en vez de hacer frente y repeler el ataque huía cobardemente a contarle el caso
y sus peligros a un reverendo dominico, el que, cansado ya de aconsejar a un
coronel español cobarde, le dijo un día, según contaron los chismosos:
—
Hermano, no me cuente usía lo que le va a pasar; venga a contarme lo que le ha
pasado, y entonces veremos qué penitencia merece; rece un Avemaría, que no
merece más penitencia lo que me ha confesado.
Tanta
“lisura” sacó pica, al fin, a ciertas postulantas que se les hacía agua la boca
por echar el lazo al retrecho coronel, y una de ellas, se propuso atacarlo con
las mismas armas con que se defendía el arisco galán. La candidata era viuda
reciente y andaba en busca de consuelo; con lo dicho basta para que el lector
se dé cuenta del inmenso peligro que corría, desde ese momento, el buen coronel
Avilés.
Llamábase
esa señora doña Mercedes Risco y Ciudad, y era viuda del Marqués de Santa Cruz,
fallecido hacía unos ocho meses de “un cierto mal que lo había postrado” a los
cincuenta años de edad, después de un viaje que había hecho a sus minas de
Potosí; no le habían valido al desgraciado extinto los abnegados cuidados y
atenciones de su joven esposa, que contaba apenas la mitad de los años de su
marido y una mañana, convencido ya de que “la pelada” se lo llevaba
irremisiblemente, llamó a un escribano y le dictó su testamento, dejando a su
viuda por heredera universal, encargándole a ésta, “con importunidad”, que se
casara “tan pronto como fuera decente. Y terminado de dar este último encargo,
que la viuda recibió entre dos profundas lamentaciones, el enfermo se estiró
cómodamente por última vez y se pasó al otro barrio.
Después
de haber cumplido las diversas “mandas” del testamento de su marido,
la viuda se aprestó — digo yo— a cumplir la otra, que era la de casarse en un
plazo decente; llevaba seis meses cumplidos de viudez y ya le estaría
remordiendo la conciencia de no haber hecho ninguna diligencia para satisfacer
el deseo de su difunto marido, cuando llegó a Lima el coronel Avilés; echarle
la vista encima y entrarle a la viuda unos deseos locos de cumplir la última
“manda” del Marqués fue instantáneo; pero como el coronel había dado en la flor
de “llamarse a iglesia” cada vez que la viuda le miraba tres veces seguidas,
doña Mercedes se dijo para su toca que lo mejor era batir al enemigo con sus
mismas armas.
Y. sin
pensarlo más, se fue donde el sacristán mayor del templo de Santo Domingo a
mandar decir una corrida de misas gregorianas por el ánima de su marido el
Marqués, misas que debían decirse precisamente a las ocho de la mañana, que era
la hora en que el coronel Avilés acostumbraba oírla diariamente desde un
“reclinatorio” que se había hecho colocar en la “capilla” de Santo Tomás, y
frente a su altar. La viuda hizo colocar otro reclinatorio allí mismo, en un
sitio estratégico, ya que de maniobras entre militares se trataba.
Bueno,
paciente lector, creo que para latas es bastante, y no quiero abusar de tu
buena voluntad. Concluyo diciéndote, de una vez, que so pretexto de la corrida
de sesenta misas gregorianas que la viuda y el coronel oyeron devotamente los
primeros ocho días, este último fue metiendo el pescuezo insensiblemente en la
lazadita que le había armado bonita y traidoramente doña Mercedes; que a las
veinte misas el coronel se había confesado por lo menos otras tantas con el
reverendo dominico, el que, sospechando lo que estaba pasando, le dio por
penitencia que oyera las cuarenta misas restantes sin faltar a una sola, bajo
pena de pecado mortal; y que al terminar la corrida, el coronel y la viuda
estuvieron de acuerdo para cumplir, dentro de seis semanas, la última “manda”
del Marqués de Santa Cruz.
El plazo
escogido por la viuda para contraer nuevamente el sagrado lazo no podía ser más
decente, como puede comprobarlo el lector, si quiere sacar la cuenta. Fue un
revuelo el que se produjo en la revoltosa Urna al saberse, primero la noticia
del matrimonio de la Marquesa de Santa Cruz con el coronel Avilés y luego con
la realización de la ceremonia, que fue fastuosa, porque la viuda era rica en
realidad. Los regalos que recibieron los novios llenaron la curiosidad y la
admiración de la “nobleza” durante algún tiempo, puesto que, como era la
costumbre se estuvieron exhibiendo en la “pieza de recibo” de la residencia de
los recién casados.
Entre las
muchas otras “pequeñeces” que la triunfante novia obsequió a su coronel, como
regalo de matrimonio, hubo una en la que Avilés depositó particular estimación,
como que a los popos días de exhibición en la pieza de recibo, la retiró de
allí, y la llevó a su aposento para tenerla siempre ante sus ojos como un
objeto de intimidad. Esta fue una “cajuela toda de plata repujada”, y de
excepcionales dimensiones, que doña Mercedes había mandado “labrar” a uno de
los más acreditados artífices de Potosí.
Es una
lástima que los documentos no hayan descrito con mayores detalles esta valiosa
pieza de plata maciza que fue la admiración de la nobleza limeña, por una
parte, y el objeto de los íntimos afectos del coronel Avilés, pues ahora
después de más de siglo y medio me hubiera sido profundamente grato poder decir
a mis lectores, con absoluta certeza, que la tal preciosa cajuela la he tenido
ante mis ojos y tocado con mis manos ávidas de encontrar las huellas de su
interesante dueña o de su devoto y adusto dueño.
Sin
embargo, a fuerza de pensar, de deducir y de “sacar consecuencias”, creo no
estar equivocado tan de medio a medio al aferrarme al convencimiento de que la
cajuela de plata repujada que la Marquesa de Santa Cruz obsequió a su novio el
coronel Avilés, se encuentra desde algún tiempo en Chile, en Santiago, y en
poder de mi estimado amigo el distinguido caballero peruano don Mauro Pando,
que ha vivido hace más de veinticinco años entre nosotros, y que hoy está
preparando sus maletas para volver definitivamente a su patria.
Aparte de
algunos detalles que luego manifestaré al lector, referentes a los complicados
y simbólicos dibujos que el artífice potosino estampó en los curiosos “repujes”
de la cajuela, llevan al convencimiento de la autenticidad de la pieza, la
odisea que ella corrió en compañía de su dueño y la forma en que llegó a poder
de su actual propietario.
Después
de haber vivido apaciblemente en su hogar, el coronel Avilés, desempeñando las
funciones inherentes a su alta investidura militar, fue agraciado por el
monarca con el merecido ascenso a la Gobernación de Chile, llegando a
Valparaíso el 18 de septiembre de 1796. No vino en Su compañía su mujer,: doña
Mercedes Risco, que ya era marquesa de Avilés — su marido había heredado el
título de su padre— pues algunos achaques inesperados la retuvieron en Lima;
pero Avilés trajo consigo, entre su equipaje, la famosa cajuela que le
recordaba, después de veinte años, la idílica época de su noviazgo. Sábese que
“su” cajuela de plata fue colocada en un “taburete” con patas del mismo metal,
en la alcoba del Presidente, y allí permaneció mientras Avilés fue Gobernador
de Chile.
Al partir
a Buenos Aires, en 1799, cuando recibió su promoción a ese virreinato, llevó
“su cajuela”, que recomendó especialmente a los cuidados de su estimado
secretario don Miguel Lastarria; probablemente en Buenos Aires la tendría con
la misma devoción que en Santiago, pues cuando en 1801 salió de aquella ciudad
para trasladarse a Lima, a donde volvía con el cargo de Virrey, figuraba en el
inventario de sus enseres “su cajuela de plata repujada”.
Cinco
años permaneció el marqués de Avilés como Virrey de Lima, y en el último año de
su gobierno, tuvo, el dolor de ver morir a su compañera. No quiso quedarse
allí, donde tantos detalles le recordaban su felicidad, y dejando el mando a su
sucesor don Fernando de Abascal, trasladóse, achacoso y enfermo, a Arequipa.
Dos años más tarde partía el marqués con dirección a España, en un galeón que
se proponía dar la vuelta por el Estrecho de Magallanes; pero reagravado
repentinamente de sus enfermedades, fue desembarcado en Valparaíso, donde
falleció el 19 de septiembre de 1810.
— ¿Venía
el marqués con “su cajuela de plata repujada”? Debía ser así, porqué jamás, lo
hemos visto, quiso separarse de ella. Pero el caso es que el señor don Mauro
Pando, en uno de sus viajes de negocios por las alturas de Arequipa, compró a
un cura la cajuela de que se trata, y el anciano sacerdote le aseguró que “esa
cajuela había sido de un virrey marqués”.
En los
detalles del dibujo que el artífice potosino grabó en los complicados repujes
de la cajuela, sobresalen las cariátides, las conchas de peregrino y el cuerno
de la fortuna, que son emblemas del escudo de Avilés; por esto creo posible que
la “cajuela” que en breve saldrá del país, haya sido la que me ha dado tema
para la presente crónica.
§ 29. El
jesuita Manuel Lacunza y Díaz
(1800)
Una
modesta efeméride ilustrada de “Los Tiempos” recordó al público de Santiago y
del país, el aniversario del fallecimiento de nuestro ilustre compatriota, el
jesuita don Manuel de Lacunza, ocurrido trágicamente en Imola, Italia, el 18 de
junio de 1801. La efeméride pudo ser más completa; el sabio chileno había
venido al mundo, en Santiago, el día 19 de junio de 1731, y, por lo tanto, al
día siguiente de la publicación de “Los Tiempos” se cumplía el segundo
centenario del nacimiento del portentoso cerebro que setenta años más tarde iba
a revolucionar a los teólogos del mundo con la humilde exposición de una teoría
audaz sobre la próxima venida del Mesías a la Tierra, en Gloria y Majestad.
La obra
de Lacunza debe calificarse de póstuma, pues su primera edición se hizo en
Cádiz en el año 1813, o sea doce años después de su trágico y casi misterioso
fallecimiento, del que hablaré más adelante; pero aun en vida del autor,
circularon en Europa y en América algunas copias manuscritas, de las cuajes el
propio Lacunza declara lo siguiente: “Algunas copias de mi obra, mientras ésta
se hallaba en estado informe o de borrador, salieron a recorrer el mundo, y una
de esas copias, según se asegura, ha volado hasta la otra parte del océano
(América), en donde, dicen, ha causado no poco alboroto”.
Este
alboroto, que ya había tomado cierto volumen cuando ocurrió el fallecimiento de
Lacunza, se acentuó al aparecer, la primera edición impresa en Cádiz, en 1813,
y provocó la protesta de los teólogos, las cuales no tardaron en llegar ante
los estrados de la Curia Romana. Los defensores de Lacunza y entre los cuales
se encontraban los afamados teólogos Fray Pablo de la Concepción, dominico;
Fray Antonio Gutiérrez, franciscano, y los jesuitas Viescas y José Valdivieso,
anotaron que la obra impresa en Cádiz era por demás incorrecta, y que no podía
servir de base para discutir los principios o teorías del autor, proponiendo
que cuanto antes se diera a la imprenta una edición cuidadosa y correcta, según
los originales y anotaciones que había dejado expresamente, el Padre Lacunza.
Esa
primera edición correcta y cuidada, se hizo en Londres, en 1816, “a expensas
del ministro argentino, General Belgrano”, dice el Diccionario de Cortes y muy
pronto sus ejemplares invadieron las bibliotecas, pues la fama del autor ya se
había expandido por el mundo entero, provocando las más ardorosas y apasionadas
discusiones.
En
Córdoba del Tucumán, dice el Padre Heinrich en su “Historia de la Compañía de
Jesús” la polémica tomó un giro diverso y trascendental. Un predicador de
acendradas virtudes, recomendó, en plena Catedral, la lectura de la obra de
Lacunza, de lo cual se escandalizó hondamente un fraile franciscano que era
catedrático en la Universidad de Córdoba; llegó a tal punto la impulsividad de
este religioso, que sin respetar el sitio en que se encontraba, ni el momento
solemne de la fiesta religiosa, contradijo allí mismo al predicador,
calificando de heréticas sus palabras y aconsejando a los fieles que no
siguieran el consejo que acababan de oír.
Pero no
terminó en esto la actitud del teólogo franciscano, sino que denunció
inmediatamente la obra del Padre Lacunza a la Sagrada Congregación del Índice,
pidiendo, al mismo tiempo, el castigo del predicador cordobés. La Suprema
Congregación Romana aceptó la delación y desde ese momento empezó el proceso
contra la obra de Lacunza, cuyo título exacto es: “La Venida del Mesías en
Gloria y Majestad. — Observaciones de Juan Josaphat Ben-Ezra, hebreo cristiano,
dirigidas al sacerdote Cristófolo”.
Desde el
primer examen del libro, la Congregación se convenció de qué se encontraba en
presencia de una de las manifestaciones más estupendas del talento humano; el
autor sostenía con una profunda erudición y con sencillez rayana en ingenuidad,
basado en el texto literal de las Escrituras y en particular del Apocalipsis,
que Nuestro Señor Jesucristo habría de realizar una segunda venida a la Tierra,
pero no a pasar los trabajos de una vida pobre y humilde, ni miserias, ni
escarnios, ni la muerte, sino a reinar, pleno de gloria y majestad, reuniendo
alrededor de sí a todas las tribus de Israel hoy dispersas, despreciadas y sin
patria y a un reducido número de justos que quedaría sobre la tierra.
Estas
tribus israelitas diseminadas por el orbe, reconocerían ahora al Mesías, que
desconocieron antes, y unidas a Él, reconstruirían la Casa de Abraham, Isaac y
Jacob, y dominarían al mundo hasta que fuese destruido por el fuego, en castigo
de su prevaricación y sus habitantes juzgados y sentenciados en el Juicio
Final.
Junto con
exponer sus extrañas teorías — las cuales, por lo demás, no eran nuevas, pues
fueron sostenidas, entre otros, por San Agustín y por San Jerónimo, altísimos
padres de la Iglesia— el autor sacaba ciertas deducciones o conclusiones que
debían molestar, necesariamente, a ciertos espíritus; por ejemplo, Lacunza
sostenía que el Anticristo no sería “una persona individual, sino un cuerpo
moral” y dentro de este concepto deducía que ese grupo podía ser “el estado
eclesiástico corrompido”.
Explicaba,
al mismo tiempo, el significado de las figuras simbólicas del Apocalipsis,
misterioso escrito que contiene, según los Santos Padres, la revelación de
cuánto ocurrirá en el mundo, sobre todo en sus últimos tiempos, antes de su
destrucción y el Juicio Final.
Las
Cuatro Bestias del Apocalipsis significan, al sentir de Lacunza, las cuatro
religiones que han de regir la moral de los hombres, y ellas son: el
Mahometismo; la Iglesia con dos cabezas, que son él Cisma y la Herejía; la
Idolatría y el Anticristo, que se divide en Deísmo, Ateísmo y Apostasía”.
La
apocalíptica mujer vestida de Sol, coronada de doce estrellas, que dominará al
mundo como esposa de Cristo, es la Sinagoga; las doce estrellas representan las
doce tribus de Israel que volverán a ocupar su sitio preponderante en el Orbe,
después de haberse arrepentido de su enorme pecado de no haber reconocido al
Mesías cuando vino la primera vez. La Sinagoga entrará y se instalará en
Jerusalén, ciudad que será restablecida a su antiguo esplendor.
Y
alrededor de la rehabilitación del pueblo judío, perseguido y disperso por el
mundo, giran todas las explicaciones que el Padre Lacunza da de las figuras
simbólicas del Apocalipsis, del cual dice que este libro, aunque es obscuro,
“no es otra cosa que un compendio de las Sagradas Escrituras, y en él se
encuentra con facilidad la clave que vence toda o la mayor parte de la
dificultad que aparece a primera vista” para su interpretación.
Mientras
que el Cardenal Félix Fontana, comisionado por la Congregación del Índice para
estudiar e informar sobre el libro de Lacunza, se sumía en hondas meditaciones,
escarmenando las originalísimas interpretaciones del proscrito jesuita chileno,
los teólogos de todos los países se habían dividido en dos bandos para atacar o
defender la antiquísima teoría del “milenarismo” que venía a resucitar, ahora,
ese humilde y desconocido sacerdote que había vivido 30 años aislado y pobre,
como un anacoreta, en los extramuros de Imola.
Los
religiosos de la ex Compañía de Jesús se ubicaron, por gala, en los dos bandos.
El que combatía las teorías de Lacunza tenía por jefe al célebre padre Toribio
Caballina, el cual, en dos o tres folletos, llegó a la conclusión de que la
obra de Lacunza “es desedificante, ofensiva a los oídos piadosos, censurable,
obra apta nata para causar en la Iglesia escandalosas
discordias, para poner dudas de su fe a los fieles, y para cubrir a la Compañía
de Jesús de eterno oprobio”
En
cambio, el teólogo Padre José de Valdivieso, también jesuita, afirma “que el
libro del chileno Lacunza, escrito sobre la letra de las Santas Escrituras, es
una de las manifestaciones más sublimes del espíritu divino; no hay en ella ni
herejía, ni error, ni inmoralidad, ni algo que merezca justa
reprehensión”," etc.
Pero no
sólo en el campo jesuita producía estas acres y apasionadas discusiones el
“libro milenario y judaizante”, como le llamaban sus escarnecedores, o “el
sorprendente y luminoso libro” como le calificaban sus partidarios; en el mundo
de los teólogos, el ardor de la polémica invadió las universidades, los
claustros, las tribunas, las imprentas, los púlpitos, y los más encumbrados
teólogos de la época se clasificaron entre los antagonistas o entre los
defensores del “lacunzismo”, que llegó a formar escuela.
El Obispo
de Astorga, don Félix Torres Amat, traductor de la Biblia, denominada La
Vulgata en los círculos científico, obra ampliamente aprobada por la
Curia Romana, puso en la traducción, al empezar el capítulo correspondiente al
Apocalipsis, una nota que termina de esta manera: “El sabio jesuita Lacunza ha
escrito en estos últimos años una obra a favor de los milenarios puros y
espirituales. Dicha obra es digna de que la mediten los que particularmente se
dedican al estudio de las Escrituras, pues da luz para la inteligencia de
muchos textos obscuros; pero no miro conveniente que la lean aquellos
cristianos que sólo tienen conocimiento superficial de nuestra religión, por el
mal uso que pueden hacer de algunas máximas del padre Lacunza”.
Esta
apreciación de un teólogo de fama, crédito y ortodoxia insospechables, adopta
los caracteres de un juicio concluyente sobre el alto mérito de la obra del
jesuita chileno.
Otro
sabio de fama mundial, el arcediano de Salta, Juan Gorriti, dijo: “Aconsejo a
los jóvenes eclesiásticos que lean y hagan un estudio formal de la obra del
incomparable americano Lacunza, honra no sólo de Chile, su patria, sino de todo
nuestro Continente. No es mi ánimo aconsejar la adopción de su sistema; sólo
quiero indicar dónde, el que desee leer las Escrituras con provecho, encontrará
reglas muy claras que le facilitarán la inteligencia de los libros
santos”.
No sería
posible, en un artículo periodístico, destinado únicamente a recordar el
segundo centenario del nacimiento de este eminente sabio y pensador chileno,
continuar citando opiniones sobre su obra tan profunda como trascendental, pues
para dar una impresión general, aunque incompleta, de este monumento literario
y teológico que tuvo preocupado al mundo científico durante medio siglo, debo
referirme, aunque sea a la ligera, a la sentencia que pronunció sobre el libro
de Lacunza el Tribunal de la Sagrada Congregación del Índice.
Después
de cinco años de estudio, con la patrología entera ante su vista, el Cardenal
Fontana pronunció su dictamen en un escrito que abarca ciento seis páginas.
Después de hacer un extracto sinóptico de la obra, señaló veintisiete
proposiciones y las calificó en la forma siguiente: “Una, poco exacta; dos
erróneas; tres peligrosas; nueve, temerarias; seis, falsas; una, escandalosa, y
cinco, injuriosas”. Se limita a señalar esta calificación para que el Tribunal
se forme juicio y termina manifestando que, en su opinión, no convenía la
circulación del libro.
La
Sagrada Congregación dio traslado de este dictamen al eminente teólogo español
padre Virgilio, quien no aceptó la calificación que había hecho de la obra el
Cardenal Fontana; en mucha parte la refutó vigorosamente, y aun se empeñó en
probar cuán útil sería este libro a los predicadores y demás personas rectas e
instruidas encargadas de dirigir las almas por los caminos del Señor; “pero
pudiendo abusar de tal obra los ignorantes y tímidos, no conviene que circule,
por no ser razonable publicar, para bien de unos pocos, lo que puede ser daño
para muchos”.
Estos dos
dictámenes de personas tan calificadas fueron puestos en manos de un tercer
teólogo, el jesuita Zechinelli, profesor de Sagradas Escrituras del Colegio
Romano, quien después de un estudio analítico y comparativo, en que ocupó dos
años, se inclinó a la opinión del Cardenal Fontana, formulando graves reparos a
la obra en cuanto a sus teorías “milenarias”, y estableciendo, por fin, que,
aunque muchos padres de la Iglesia de los primeros siglos, habían aceptado la
segunda venida del Mesías a reinar sobre la tierra durante un largo e
indeterminado tiempo (mil años), esas teorías habían sido desacreditadas por
Arrio, Nestorio, Dióscoro y demás herejes y cismáticos censurados por la
Iglesia.
Sin
embargo, en este informe severo se lee lo siguiente: “Los reparos que acabo de
hacer exigen que no se permita circular libremente la obra; pero no faltan
razones que me retraen de proponer que sea absolutamente prohibida. Tal vez
bastaría que únicamente se prohibiese su impresión en Roma”... Las razones a
que alude el padre Zechinelli las dejó escritas, y son;
1ª La
celebridad y buena fama del autor, y que aun personas eminentes por su saber y
piedad, miran con respeto su sistema.
2ª La intención, al parecer, recta y sincera del autor de sujetar su persona y
su obra al juicio de la Iglesia;
3ª La autoridad de San Agustín y San Jerónimo, que jamás condenaron el
“milenarismo moderado”;
4ª La misma obscuridad en que las Sagradas Escrituras han dejado envueltos los
sucesos que han de tener lugar en la venida del Mesías y en el fin del mundo, y
5ª El silencio de la Iglesia, que no parece haya condenado el milenarismo
moderado”.
Con estos
antecedentes, y con los estudios de los propios miembros de la Congregación del
Índice, este Supremo e Inapelable Tribunal pronunció el 6 de septiembre de
1826, después de once años de proceso, esta brevísima sentencia: “Prohibetur in
quocumque idiomate”. (Se prohíbe en cualquier idioma). Desde esa fecha la obra
de Lacunza quedó inscrita en el Índice.
Dos años
más tarde, 1826, el editor Ackermann publicó en Londres una nueva edición de “La
Venida del Mesías en Gloria y Majestad”, con la siguiente advertencia en la
primera página: “En los anales de la bibliografía no se halla ejemplo de una
suerte semejante a la que ha tenido la presente obra. Pocos escritos de
materias religiosas han excitado tanto la curiosidad y la admiración de los
inteligentes, y, sin embargo, no conocemos una sola producción del espíritu
humano que haya sido tan mutilada, tan estropeada, tan corrompida por las
copias y las impresiones”. La edición de Ackermann está considerada como la
mejor que existe, pues fue hecha sobre los originales mismos de Lacunza,
recogidos y entregados por su amanuense, el jesuita, González Carvajal, chileno,
y proscrito también, como Lacunza.
Habría
mucho que escribir para dar una semblanza biográfica del eminente chileno que
conmovió al mundo cristiano con las profundas lucubraciones de su cerebro
poderoso, pero no será posible hacerlo, por ahora.
Me
limitaré a apuntar algunos datos sobre su niñez, su juventud, sus estudios, su
ingreso a la Compañía de Jesús; sobre el pronunciamiento de sus votos
definitivos, apenas unos seis meses antes de la expulsión de la Compañía; sobre
su destierro; su larga proscripción en Imola, durante la cual escribió su obra
magna, y, por último, sobre su trágica y misteriosa muerte.
El padre
Manuel de Lacunza y Díaz nació en Santiago el 19 de junio de 1731 y fue el
único hijo de don Carlos de Lacunza y Ziarres, natural de Cartagena, España, y
de la dama santiaguina doña Josefa Díaz Durán. Don Carlos, viudo de doña
Bernarda Cortina desempeñaba el modesto empleo de escribano de un barco
mercante, y en esta condición llegó a Valparaíso; resuelto a buscar trabajo en
tierra firme, pues no quería continuar la vida de a bordo, se trasladó a
Santiago, siendo recibido en la tienda de don Manuel Díaz Montero, en calidad
de contador.
Esta
tienda, que era una de las principales de la capital, estaba situada en la
Plazuela de la Compañía, en el sitio en que más tarde estuvo el Consulado y
últimamente la antigua Biblioteca Nacional, frente a los jardines del Congreso.
La contracción al trabajo del nuevo dependiente, su seriedad y su distinguida
educación, le conquistaron pronto la estimación de su principal y un poco más
tarde el amor de una de sus hijas, la nombrada doña Josefa Díaz, con la que
contrajo matrimonio en junio de 1730. Un año más tarde nacía el primero y único
vástago de este matrimonio: Manuel de Lacunza y Díaz, el que iba a ser, andando
los años, el teólogo eminente.
De
constitución débil, raquítica, en sus primeros nueve años no pudo estudiar
nada; apenas si conoció las primeras letras; casi todo el día lo pasaba jugando
en la plazuela, frente a su casa, en compañía de sus primos, que eran numerosos
y de otros niños de la aristocrática vecindad. Su precaria salud hacía ilusorio
el deseo de sus padres de dedicarlo al estudio.
Una
circunstancia casual vino a resolver este caso; uno de sus tíos más jóvenes,
Domingo Díaz, se educaba en el Convictorio Jesuita de San Francisco Javier; y
como no se sintiera con vocación para el claustro, abandonó el Convictorio a
mediados del año 1741. El padre del joven había pagado ya la pensión de su
hijo; pero para no perderla, hizo ingresar en la vacante a su nieto, el niño
Manuel de Lacunza y Díaz. Desde ese día, 12 de agosto del año indicado, el niño
Lacunza ingresó a la Compañía para no abandonarla hasta su muerte.
Seis años
después, terminados sus estudios humanísticos, Lacunza fue enviado a Bucalemu
para iniciar los de cánones y de teología, los que concluyó también con éxito,
quedando en aptitudes para recibir las órdenes menores y en tiempo oportuno las
del sacerdocio, formulando sus votos preparatorios para ingresar
definitivamente a la Compañía de Jesús. En febrero del año 1767 rindió sus
votos definitivos y perpetuos en el Colegio máximo de Santiago, y seis meses
más tarde salía expulsado de Chile, juntamente con 28 de sus correligionarios,
en el navío “Nuestra Señora de la Ermita”, con rumbo a Cádiz. Contaba, en esa
fecha, treinta y seis años de edad.
Fijó,
como otros desterrados, su residencia en Imola, Italia, en donde llevó una vida
de aislamiento en una casa solitaria; situada en las mismas murallas de la
ciudad; comenzó allí su vida de meditación, de estudios y de privaciones, y
concentró todas sus facultades en el examen de los Libros Sagrados y en las
sentencias de los Santos Padres. La Patrología — así se denomina la colección
de estos infolios, que forman más de mil volúmenes— llegó a ser familiar para
el padre Lacunza, según lo declara su amanuense, el jesuita chileno González de
Carvajal.
En esta
condición y durante treinta años, maduró su obra “La Venida del Mesías”
que colocó a su autor entre los teólogos más destacados de la Iglesia Romana.
Decía misa muy temprano en una modestísima capilla de los arrabales de Imola; a
la vuelta compraba sus provisiones para dos o tres días; preparaba por sus
manos la frugal comida; estudiaba, dormía una corta siesta, y en seguida salía
a dar un paseo, a solas, por el campo; cenaba, y luego, al caer el sol,
empezaba su trabajo formal, en su obra, hasta el amanecer.
Su
familia en Chile, enviábale periódicamente, el producto de un censo que había
heredado y que constituía su único medio de vida, el cual lo compartía con
otros de sus compatriotas y correligionarios desterrados, como él, en Imola; el
abate Molina, el historiador Gómez de Vidaurre, el padre González Carvajal y
otros participaron muchas veces de las pobrezas de Lacunza. Algunos años la
“libranza” del censo no llegaba, y entonces el proscrito se veía obligado a
ayudar más de lo acostumbrado. Hubo un período de tres años en que sus
parientes no le enviaron nada, a causa de un pleito de particiones en que entró
la familia por el fallecimiento de la abuela doña Josefa Durán.
Lacunza
estaba emparentado con Urra, Solascasas, Ereña, De la Fuente, Azúa, Andía y
Varela, Hurtado de Mendoza. Los años 1798, 1799 y 1800 el padre Lacunza, viejo
ya, sufrió sus más grandes estrecheces.
Poco
tiempo más tarde, el 18 de junio de 1801, el célebre jesuita falleció
trágicamente. Su cadáver fue encontrado esa mañana junto al río que baña la
ciudad de Imola en una poza de poca profundidad. Se supuso que había caído en
ella la noche anterior, mientras daba su acostumbrado paseo, antes de retirarse
a trabajar.
Cuando la
Compañía de Jesús fue restablecida en Santiago de Chile, levantando su colegio
en los terrenos casi baldíos que rodeaban la actual Iglesia de San Ignacio, el
entonces Intendente de Santiago, don Benjamín Vicuña Mackenna, hizo recuerdo de
los grandes jesuitas chilenos que han dado honra mundial a su país, y dio los
nombres de Lacunza, Alonso Ovalle, Olivares y Rosales, a las cuatro calles que
hasta hoy lo conservan.
Este ha
sido el único honor público que su patria ha rendido al teólogo más eminente
del siglo XVIII.
§ 30. La
Colonia y su Gobierno
El
régimen de gobierno de las colonias hispanoamericanas fue el de “monarquía
absoluta”, basado en que “el Rey de España era el dueño absoluto y exclusivo de
toda la América de su suelo y de sus habitantes, de sus minas y de sus mares,
en virtud de la donación hecha por el Papa Alejandro VI a los Reyes Católicos y
a sus sucesores”. En consecuencia, las leyes eran dictadas por el Rey, a su
voluntad, oyendo la opinión de una corporación elegida por él mismo y que tenía
el título de Supremo Consejo de Indias; estas leyes se daban a conocer por
“Reales Cédulas”, firmadas por el Soberano y refrendadas por el “Consejo”; se
enviaban originales a los virreyes, gobernadores, audiencias o cabildos, los
cuales, antes de imponerse de ellas, besaban los sellos, ponían los papeles
sobre sus cabezas y prometían acatar las órdenes “de su Rey y señor natural a
quien Dios guarde para la conservación de la monarquía del Universo”. Después
de esta ceremonia se rompía el lacre donde venía impreso el sello real, y el
escribano leía en alta voz la orden mientras los oyentes permanecían de pie y
descubiertos. Como último trámite, la ley se promulgaba por bando, acto que
adquiría siempre gran solemnidad.
Los
representantes directos del Rey eran los virreyes, los gobernadores y las
reales audiencias, compuestas de “oidores” que administraban justicia en última
instancia; los virreyes y gobernadores tenían a su cargo la segunda instancia,
en su calidad de “justicia mayor”; la primera instancia correspondía a alcaldes
de los cabildos, electos en voto directo por los regidores, por un año y
reelegibles; los cabildos se generaban a sí mismos, los regidores salientes
elegían a sus sucesores. Los virreyes y los gobernantes eran los Presidentes
natos de las audiencias.
Los
representantes del Rey asumían, cuando lo estimaban conveniente, la plenitud
del poder y en consecuencia; podían condenar a muerte con o sin confiscación de
bienes a cualquiera persona, siempre que no fuera eclesiástico; y cuando la
gravedad del caso lo requería, podían condenar hasta sin forma de proceso,
reservando para después la justificación de la terrible sentencia.
A falta
de leyes especiales sobre cuestiones locales cada Virrey o Gobernador podía
dictar disposiciones, reglas y ordenanzas dentro de su jurisdicción, “por
virtud del poder que de Su Majestad tengo”, y hacerlas cumplir bajo las penas
más severas, inclusas las de muerte, confiscación total o parcial de bienes;
pero, con todo su poder, un Virrey o Gobernador estaba impedido para condonar
los derechos y contribuciones que correspondían al Soberano en concepto de
quintos reales por explotación de minas, por diezmos, alcabala, etc. El Virrey
o Gobernador que echaba mano de estos dineros, aun en circunstancias
angustiosas para una colonia, tenía que responder con sus bienes al absoluto
reintegro, si el Soberano no aprobaba la inversión.
Aunque el
régimen monárquico absoluto se mantuvo invariable hasta el advenimiento de la
República, su administración fue modificada por varios soberanos en el
transcurso de esos tres siglos y medio, de acuerdo con el natural desarrollo de
la ciencia política. La primera modificación importante fue dictada por Carlos
II, en 1680, y consistió en la Recopilación de las Leyes de Indias, que
mandó publicar y distribuir. Este fue el primer Código de Leyes que existió en
América y que sirvió para que los jueces dictaran sus sentencias sobre
fundamentos inamovibles; antes de ese Código los jueces y especialmente los
alcaldes fallaban según su conciencia y criterio, pues, en general, no conocían
las leyes, ni menos la jurisprudencia.
Otra
modificación importante para la administración de los diversos Estados
americanos, fue la Ordenanza de Intendentes, dictada por
Carlos III, en 1782, que vino a facilitar el régimen y el gobierno interior.
Por lo que hace al Reino de Chile, la nueva Ordenanza dividió al país en dos
intendencias separadas por el río Maule. Los primeros intendentes de Chile,
fueron, de Maule al norte, el Presidente y Gobernador del Reino don Ambrosio de
Benavides; y de Maule al sur, con residencia en Concepción, don Ambrosio
O’Higgins. Las intendencias se dividieron en Partidos, con
un Gobernador por jefe político. La primera división, asignó
doce partidos a la Intendencia de Santiago, y siete a la de Concepción; pero al
terminar el régimen colonial, había en Chile una intendencia más, la de
Coquimbo y veintidós partidos en total.
El Estado
o país de Chile, perteneció en la época de su descubrimiento por los españoles,
a la gobernación del Perú, en virtud de las capitulaciones celebradas por
Carlos V con Almagro y Pizarro, en las cuales se concedía a estos
conquistadores el gobierno de una de las cuatro partes en que empíricamente se
dividió a las Indias Meridionales.
Para
transar las dificultades que habían nacido entre ambos conquistadores del Perú,
don Diego de Almagro partió al descubrimiento de Chile en 1536; pero regresó,
fracasado, al Cuzco, al año siguiente, y fue decapitado por su rival. Francisco
Pizarro asumió entonces el mando de toda su enorme gobernación, que se extendía
desde Panamá hasta Magallanes, y envió en calidad de su teniente a Pedro de
Valdivia, en 1540, a realizar la conquista de Chile, descubierto, como ya hemos
dicho, por Almagro, en su fracasada expedición de 1536.
A los
tres meses de fundada la ciudad de Santiago, falleció Pizarro en el Perú; Pedro
de Valdivia consideró desligado el Estado de Chile de la dependencia de Lima, y
lo convirtió de hecho en gobernación autónoma, “hasta que Su Majestad otra cosa
ordenase”.
Siete
años pasaron en esta curiosa situación, durante los cuales gobernó Valdivia
dictatorialmente, sin tomar en cuenta a la metrópoli peruana ni a sus
gobernantes, que estaban envueltos en una terrible revolución. Por fin, en
1547, pudo llegar a Lima el licenciado Pedro de la Gasca, que traía amplios
poderes del Monarca, y Valdivia partió al Perú a ponerse a sus órdenes. La
Gasca confirió a Valdivia el nombramiento de Gobernador de Chile, en nombre del
Rey, y desde ese año se regularizó la situación gubernativa de este país,
quedando reconocida la autonomía del Reino de Chile. En consecuencia, el
nombramiento de su Gobernador correspondía exclusivamente al Rey; pero mientras
se creaba la Real Audiencia de Chile, la administración de justicia en última
instancia y la supervigilancia inmediata del gobierno, residirían en la
Audiencia y en el Virrey de Lima.
Pasaron
algunos años antes que el Rey y su Consejo proveyeran la creación de la
Audiencia de Chile. Sólo en 1565, esto es, quince años después de reconocida la
autonomía del Reino, se instituyó este alto cuerpo, dándole por residencia la
ciudad de Concepción, pues se pretendía instalar allí la capital del Reino de
Chile. Fue su primer Presidente el Gobernador don Melchor Bravo de Saravia. Con
la instalación de este tribunal, el 5 de agosto de 1567, la autonomía del Reino
fue completa. Pero la duración de la Audiencia de Concepción fue corta; debido
a causas que no corresponde exponer en el presente artículo, el Rey determinó
la supresión de este Tribunal en 1575; había funcionado apenas ocho años. De
acuerdo con la “real cédula”, que hizo cesar las actuaciones de este tribunal,
los fallos de última instancia correspondían al Gobernador. Correspondió a don
Rodrigo de Quiroga asumir el cargo de supremo juez administrador de la justicia
en Chile, cargo que, unido al de Gobernador, lo constituían en casi árbitro absoluto
de las vidas y haciendas de los habitantes del Reino.
Pasaron
cerca de cuarenta años de este poder omnímodo de los Gobernadores de Chile, sin
que el Rey y su Consejo de Indias fijaran su mirada en esta apartada colonia.
La verdad era que la interminable guerra contra los araucanos preocupaba mucho
más que la organización civil de este país, a cuyo gobierno se enviaban, de
preferencia, a los más acreditados militares; quienes no tenían otro punto de
mira que terminar la guerra, entregando la administración de justicia y el
gobierno civil a sus tenientes y asesores letrados.
Por fin,
el Rey Felipe III determinó establecer a firme la Audiencia de Chile, dándole
por residencia la ciudad de Santiago. El 8 de septiembre de 1609 quedó
constituida la Audiencia con gran solemnidad, y ya no cesó en sus funciones
hasta el advenimiento de la República.
Esta
primera Real Audiencia “definitiva”, fue compuesta por don Alonso García Ramón,
en su calidad de Presidente y Gobernador el Reino y por los oidores don Luis
Merlo de la Fuente; el licenciado don Juan Cajal, el licenciado Hernando
Talaverano Gallegos y el doctor Gabriel de Celada; el primer fiscal de la
Audiencia fue el licenciado Francisco Pastene.
Desde
esta fecha empezó el gobierno regular del país y la organización a firme de sus
instituciones, las cuales subsistieron sin grandes variantes, durante los
primeros años de vida republicana.
Las
Constituciones Políticas para la República de Chile que se dictaron
sucesivamente en 1822, en 1823 y en 1828, no lograron modificar en forma
estable los procedimientos institucionales del régimen colonial y fueron algo
así como una transición hasta que se promulgó la Constitución del año 1833, que
estableció a firme la autonomía de los poderes Ejecutivo, Legislativo y
Judicial, que hasta ahora nos rige, y que ha cimentado el régimen republicano
sobre bases inconmovibles.
§ 31. Los
albores del arte musical en Chile
Muy pocas
noticias existen sobre el cultivo de la música en los primeros siglos de la
época colonial; los datos que de cuando en cuando aparecen en algunos
documentos, se refieren a canciones o coplas que se cantaban en algunas fiestas
públicas o privadas con acompañamiento de “rabel” o “atambor”, o con cualquiera
de los dos separadamente, o con ambos conjuntamente. Es probable que el “rabel”
se prefiriera para acompañamiento de canciones en las fiestas familiares o para
las que se verificaban en recintos techados; pero se sabe que ambos
instrumentos se tocaban conjuntamente en los regocijos públicos.
Parece
superfluo apuntar que no ha quedado rastro del ritmo o melodía de las
canciones; apenas se vislumbraba en Chile el arte musical y por lo tanto nadie
era apto para transcribir en la pauta las notas de una canción; sólo ha llegado
hasta nosotros la letra de alguna de ellas, con lo cual poco se avanza para
analizar el pequeño valor musical que podría tener.
Como
curiosidad, vamos a referirnos a la primera canción que aparece cantada en
Chile, con acompañamiento de clarín o de “trompa”, por el soldado Alonso de
Torres, en 1547. Hacemos abstracción de la circunstancia dolorosa en que el
“artista” ejecutaba su canción. He aquí, copiado a la letra, el pasaje de la
“Crónica de Mariño de Lobera”.
“Estaba,
entre ésos infelices hombres un trompeta, llamado Alonso de Torres, quien
viendo ir a la vela el navío, comenzó a tocar con la trompeta y tocó en un son
tan lastimoso una canción que decía: Cata el lobo do va, Juanica, cata
el lobo do va, y luego dio con la trompeta en las peñas, haciéndola
pedazos...”
Aparte de
Canciones o coplas semejantes a la copiada, no hay rastros de otra clase de
música que fuera de más elevación y que revelara un superior ambiente
artístico; nos referimos, por cierto, a la música profana, porque en los
templos se cultivaba, como es natural, el canto llano, según lo ordena la
liturgia. Hay que suponer, sin embargo, que este arte religioso ha debido
degenerar también por falta de cultores competentes para mantener su ritmo
majestuoso.
Sólo en
1645, esto es un siglo después de fundada la colonia, aparece una referencia
que revela un manifiesto progreso en el arte musical. El Padre Ovalle en
su Histórica Relación del Reino de Chile, dando cuenta de las
aparatosas solemnidades que se realizaban en el templo de la Compañía para
celebrar las fiestas de San Ignacio, dice que los estudiantes hacían alguna
oración o poema al intento de la fiesta con buena música y de
vez en cuando a manera de coloquio entre muchos”. Agrega otras
noticias sobre estas representaciones a lo divino, que
claramente indican el carácter evidente de “autos sacramentales” que tenían,
pues se verificaban generalmente en el atrio de los templos o en los templos
mismos.
Poco a
poco estos autos sacramentales fuéronse haciendo más continuos y por lo tanto
mejorándose. Los agustinos, los mercedarios, los franciscanos y los dominicos
rivalizaban con los jesuitas en la pompa y solemnidad de sus respectivos Santos
Patronos y aparte de las festividades puramente religiosas en el recinto de los
templos, sus procesiones alrededor de la Plaza Mayor, daban lugar para que las
“representaciones a lo divino”, adquirieran caracteres de verdaderas
representaciones teatrales en las cuales se cantaban “gozos” a una voz, que
eran contestados con un “estribillo” por un coro, en el que, paulatinamente,
iba tomando parte el pueblo.
Por el
desarrollo natural que debía tomar esta forma nueva de manifestar el regocijo
individual y colectivo, los “gozos” y los “estribillos”, fueron transformándose
en elementos de diversión profana, y dieron lugar a que los poetas populares
compusieran versos que adaptaban a la innovación puesta en práctica. El éxito
de los poetas vulgarizó el sistema y llegó el momento en que ya no fue posible
a las comunidades continuar en la representación de los autos sacramentales sin
exponer sus coros y gozos a una profanación.
Nació con
esto la “farsa” y el “sainete”, cuyas escenas se entreveraban con coplas
alusivas, o sencillamente con canciones que nada tenían que ver con la pieza, y
que sé cantaban con acompañamiento de rabel, y de flauta, sin llaves por
cierto, únicos instrumentos cantantes que se conocieron en Chile en los siglos
XVI y XVII.
En el
primer cuarto del siglo XVII, llegó al país un instrumento musical de
concierto: la espineta. Así se llamaba lo que después se
llamó clave y ahora piano. La trajo en su
lujoso equipaje el Gobernador don Gabriel Cano de Aponte, cuya esposa, doña
María Francisca Javiera Velaz de Medrano, era una habilísima ejecutante. Parece
superfino decir que el nuevo y desconocido instrumento musical causó sensación
en la sociedad santiaguina, y que fue una atracción más para que la hermosa
gobernadora reuniera en sus elegantes salones, una pequeña corte de
admiradores. El Obispo de Santiago, don Alonso del Pozo y Silva, era uno de los
contertulios más constantes de la gobernadora-artista.
Muy
pronto empezaron a llegar a Santiago otras espinetas encargadas por los
ricachones que no querían ser menos que el Gobernador, en cuanto a lujo y
ostentación; uno de los primeros en lucirla en sus salones, fue don Andrés Toro
de Hidalgo, personaje tan rico que casi toda la provincia de Aconcagua le
pertenecía; este don Andrés pretendía a su prima doña Ignacia Hidalgo y le
obsequió la espineta como regalo de novio; pero como la dama no sabía música,
se ofreció la gobernadora, para darle lecciones.
Se sabe
qué había otra espineta en casa del oidor don Francisco Sánchez de la Barreda y
Vera.
El gusto
por la música se había difundido lentamente; pero en los años de 1740 y 1745,
no existían menos de veinte espinetas en la capital, por lo menos cinco en
Concepción, y una en La Serena. En 1749, llegó a Santiago el padre mercedario
Madux, notable músico, que residía en Lima, y trajo consigo un clave de
seis octavas, en el cual dio a conocer a los santiaguinos algunas composiciones
musicales suyas que revelaron a los aficionados otros y más vastos horizontes
en el arte del sonido. Un año más tarde llegó el padre franciscano Ajuria, que
según los recuerdos que de él se tenían a principios del siglo XIX, era un
verdadero artista, ejecutante y compositor.
Por el
año 1765, vino el oidor limeño, don Tomás Álvarez de Acevedo, para desempeñar
el cargo de Regente de la Real Audiencia de Chile, acompañado de su esposa doña
Josefa de Salazar, la cual traía en su equipaje un salterio, instrumento
parecido a la lira, pero de más sonoridad, que se pulsaba con uñetas de carey y
con una sola mano. Doña Josefa causó sensación con sus canciones acompañadas
con las tiernas vibraciones del instrumento. El arpa es más o
menos del mismo tiempo del salterio. La guitarra parece que es
posterior en Chile.
En 1796,
llegaron los dos primeros pianos que hubo en Chile; vinieron
directamente de España, uno para la señora doña María Teresa Larraín de Guzmán
y el otro para don Manuel Pérez de Cotapos; ambos instrumentos eran de la
fábrica de Juan de Mármol, de Sevilla.
Los
padres Madux y Ajuria, nombrados más arriba, habían sido los profesores de
música de toda una generación, y sus esfuerzos no fueron estériles; la afición
musical se difundía con rapidez tanto en las clases elevadas como en el pueblo,
donde el arpa, la guitarra y el rabel, como instrumentos más sencillos y menos
costosos por su fabricación nacional, eran los compañeros obligados de todo
regocijo.
A fines
del siglo existían por lo menos unos diez pianos, ochenta claves, algunas
espinetas, no menos de cien arpas, tal vez un par de salterios y centenar y
medio de guitarras. Había también violines, pero sólo tenemos conocimiento de
uno, que tocaba el portugués Juan Luis, en la catedral, y una flauta que tocaba
de “oído”, un tal Cartabia, en las mismas festividades religiosas.
En las
fiestas de sociedad, se hicieron famosas las señoras Matilde Mateos de Orunas,
Mercedes Ortiz de Velasco y Carmelita Muñoz, por sus privilegiadas voces, y los
señores Julián de Salinas y un señor Barros que tocaba el arpa en forma hasta
entonces no oída.
A
principios del siglo XIX, 1802, llegó un nuevo Gobernador de Chile, durante
cuyo gobierno el arte iba a recibir un gran impulso; era don Luis Muñoz de
Guzmán, distinguido y caballeroso personaje que supo captarse las simpatías de
todos los chilenos. Lo acompañaba su esposa, la señora María Luisa Esterripa, y
su hija Carmen, que fueron también tipos acabados del buen tono y la gentileza
y que unían a esas brillantes cualidades la de ser consumadas artistas,
especialmente en música. Las reuniones en el palacio del Presidente, en las que
se daba parte principal a la música y a las artes, se recordaban aún en los
tiempos de la República y es fama que si el fallecimiento del Presidente Muñoz
de Guzmán no ocurriera en 1808, la independencia de Chile no se hubiera
producido dos años más tarde; tal era la simpatía y el acendrado cariño que la
sociedad y el pueblo guardaban para esos representantes del Rey de España.
Otro
personaje que protegía y fomentaba decididamente la música en esos tiempos, era
el señor don José Manuel de Astorga, reuniendo a los aficionados en su casa
todas las semanas. En estas reuniones se formó una pequeña orquesta que
tocó por primera vez en público en una fiesta de Palacio y que después pasó a
formar parte de la capilla de cantores de la Catedral, para, acompañar el órgano que
existía ¡allí, según parece, desde algún tiempo atrás. Es probable que la
“orquesta” fuera un simple cuarteto o quinteto, compuesto por Juan Luis,
Cartabia, Barros y algún otro aficionado. Esta orquesta tocaba en 1811.
Hasta esa
fecha eran desconocidos los instrumentos de metal; la corneta y el clarín, tan
en uso en toda la América española, no habían llegado aún a Chile.
Los
primeros regimientos patriotas de la Patria Vieja tenían bandas de música
de cuerdas, compuestas de dos o tres violines “arrabelados”,
un par de guitarras, otro par de tambores y el imprescindible bombo. Sólo en
1811, se conocieron los instrumentos de metal, por haber traído un pequeño
instrumental don José Miguel Carrera a su regreso de Europa.
A
principios de ese año, desertó de un buque inglés fondeado en Valparaíso, un
marinero llamado Guillermo Carter, que era músico y tocaba varios instrumentos;
presentóse a don José Miguel a ofrecerle sus servicios, y naturalmente, fueron
aceptados. El propio don José Miguel empezó a tomar lecciones de clarinete, y
llegó a ser, según dicen, un hábil ejecutante. Pronto formóse la banda militar
que fue puesta al frente del célebre Regimiento de Granaderos cuyo jefe era
Juan José Carrera, y el pueblo de Santiago pudo oír, por primera vez, los
vibrantes sonidos de las cornetas, de las trompas, de los trombones, del
bascorno, cuyo uso ha desaparecido, y especialmente del serpentón, que era,
como “su nombre lo indica, una gran culebra negra y enroscada”. Los “violinistas”
y guitarristas de la banda anterior, aprendieron a tocar los nuevos
instrumentos sin grandes dificultades.
El
“profesor” Guillermo Carter tomó su cargo en serio y al poco tiempo la banda
“ejecutaba” sinfonías de Stamitz, Haydn y Pleyel.
La música
religiosa no quedó estacionaria; el Cabildo Eclesiástico había traído de Lima
al lego Campderros, de la orden de la Buena Muerte, para que organizara la
capilla de la Catedral; este lego tenía conocimientos musicales nada vulgares y
había compuesto varios motetes para órgano y orquesta; los instrumentos de
metal, proscritos por la liturgia, no podían usarse en el coro de la Catedral.
Fue necesario, entonces, traer a Chile nuevos ejecutantes de instrumentos de
cuerda. Algo se resistían los severos y anacrónicos prebendados del Cabildo;
pero a instancias de los canónigos don José Antonio Errázuriz y don José
Santiago Rodríguez Zorrilla, después Obispo, se contrataron en Buenos Aires a
don Teodoro Guzmán, violín y a don Ramón Gil, violoncelo, con los cuales la
orquesta de la catedral adquirió gran reputación. El señor Guzmán fue uno de
los maestros de música más solicitados por la sociedad de ese tiempo. El señor
Gil falleció un año después de su llegada.
Había
también en Santiago otra orquesta de lo más original. “Era la que acompañaba,
pero sólo de noche, al Santísimo Sacramento de la Catedral cuando se llevaba a
los enfermos. Esta orquesta consistía en un violín y un bombo, llamado
entonces, “tambora”.
Con el
desastre de Rancagua, se concluyó la banda del Regimiento Granaderos y toda
música para el pueblo. De los regimientos españoles sólo el famoso de Talaveras
tenía música, pero nada más que de cornetas, pífanos y tambores, eso sí, muy
bien tocados.
El
ejército de San Martín, vencedor en Chacabuco, entró a Santiago entre los
acordes de dos excelentes bandas de músicos, una de las cuales, la mejor, era
compuesta en su totalidad de negros africanos y de uno o dos criollos
argentinos, más o menos del mismo color, uniformados a la turca. Es
indescriptible el entusiasmo que produjo en el pueblo aquella música, en los
momentos en que se reconquistaba de nuevo la libertad de la Patria. Cuando el
ejército libertador partió al Perú, en 1820, la capital quedó nuevamente sin
música; pero el inglés Carter demoró poco en organizar una nueva banda, pues ya
había un buen número de aficionados. Desde ese año, no faltó ya la música para
el pueblo, formalizándose la costumbre de la “retreta”, tocada frente a la
Cárcel, en la Plaza de Armas. La Cárcel ocupaba el edificio donde está ahora la
Municipalidad.
El
progreso del arte musical entre los particulares, adquirió un gran impulso con
la llegada al país del señor Carlos Drewetke, en 1819, entusiasta aficionado
alemán que trajo consigo, además de su violoncelo, una colección de partituras
de Haydn, Mozart, Beethoven, Crommer, etc. El señor Drewetke empezó a reunir,
poco a poco, a los aficionados y a los músicos “profesionales” de mejores
condiciones para explicarles pacientemente el significado y la interpretación
de esas partituras absolutamente desconocidas, por ellos. A fuerza de trabajo
constante logró tocar una sinfonía de Beethoven y un cuarteto de Mozart, por
primera vez, en una fiesta que dio en Palacio el Director O’Higgins, el 30 de
agosto del 19, día de su hermana doña Rosa.
En esta
época empezaba sus estudios musicales don José Zapiola, que fue más tarde un
hábil flautista, director de orquesta de la Compañía de Opera que vino el 1830,
y Presidente del Conservatorio Nacional de Música, en 1851. A los recuerdos
literarios y musicales del señor Zapiola, publicados el año 1852 en la
interesante revista La Estrella de Chile, debemos buena parte
d¿ los datos que utilizamos en este trabajo, correspondientes a la época en que
actuó.
Fue
también contemporáneo de Zapiola el maestro Manuel Robles, profesor de violín y
autor de nuestra, primera canción nacional, substituida, en el año 1828, por la
de Carnicer, que es la que actualmente se canta. La canción de Robles se
estrenó el 20 de agosto de 1820, día de la inauguración del Teatro Principal,
mandado construir por “O’Higgins en la Plazuela de la Compañía. Esta sala de
espectáculos, la primera de la época de la República, fomentó en tal forma el
arte teatral, que las familias se abonaban a palcos por todo un año, a fin de
reservar sus localidades para las funciones de comedia, drama, tragedia o
música que se daban cuatro veces por semana, corrientemente, aparte de las
funciones extraordinarias.
En 1822
llegó al país la señorita Isidora Zegers, y esto marcó una época en el arte
musical, y especialmente en el canto. “Fue una verdadera revolución en la
música vocal”, dice un escritor contemporáneo. “Su vocalización era brillante y
atrevida; su afinación irreprochable con una voz que sin ser de gran volumen en
las notas graves, alcanzaba hasta el “fa agudísimo” con toda franqueza. Estas
condiciones excepcionales la constituyeron en intérprete obligada de la música
de Rossini, tan en boga en ese tiempo, y que ella había traído consigo; las
arias Dolce pensiero, de Semiramis; Oh quante lacrime;
La Donna dil Lago; Se il padre niabhandona, de Otello, fueran éxitos
estupendos de la señorita Zegers en los salones aristocráticos y en las
funciones teatrales benéficas que se organizaban.
Los
aplausos que se tributaban a la señorita Zegers animaron a las niñas de
entonces a cultivar sus dotes vocales y fueron innumerables las que empezaron a
aprender vocalización y canto bajo la dirección de la Zegers y de Rosario
Garfias, “cuya voz prodigiosa aun no ha tenido rival”, escribe en 1848, uno de
sus admiradores. ,
En ese
mismo año 22 vinieron a Chile los mendocinos don Femando Guzmán y Su hijo
Francisco, profesor de piano el primero, y sobresaliente violín, el segundo.
Estos profesores establecieron la enseñanza pedagógica de la música, obligando
a los alumnos a hacer escalas, intervalos y otros ejercicios previos en sus
instrumentos antes de aprender “prececitas”. Se debe apuntar que, antes de esta
reforma, el alumno empezaba su aprendizaje, con un minué... Pocos meses más
tarde llegaba el limeño don Bartolomé Filomeno, profesor de violín y de canto,
que unió sus esfuerzos a los profesores anteriores para establecer la enseñanza
sobre lógicas y fundamentales bases.
Es justo
y necesario dejar constancia de la decidida protección que prestó el Director
O’Higgins a todas estas manifestaciones de arte, estimulándolas en todo
sentido.
A fines
de ese año 1822 pudo apreciar la sociedad de Santiago al mejor profesor de
música que había tenido hasta entonces; fue don Bernardo Alcedo, peruano de
nacimiento, Alcedo es el autor del himno nacional de su patria y de una obra
pedagógica muy bien reputada que lleva por título “Filosofía de la Música”. Fue
maestro de capilla de la Catedral en 1847 y más tarde regresó a su patria
llamado por su Gobierno para fundar el Conservatorio de Música de Lima.
Todo este
profesorado que actuó en el año 1822, determinó una evolución notable en el
progreso del arte, y bien puede dejarse establecido que desde esta fecha
comienza una nueva era en el desenvolvimiento musical de Chile. Todavía, a
fines del 1822, o a principios del 1823, tuvo un nuevo impulso la afición
musical de Santiago, con la llegada de un joven argentino, don Juan Crisóstomo
Lafinur, que emigraba de su patria por cuestiones políticas. El señor Lafinur
era un ejecutante de piano de grandes condiciones; dotado de un temperamento
excepcional para este arte y de una memoria prodigiosa, interpretaba las
sinfonías de Haydn, de Mozart y de Dusek sin mirar la partitura, y en una forma
completamente nueva, que emocionaba a los santiaguinos. El fallecimiento del
señor Lafinur, ocurrido a los dos años de su llegada, fue considerado como una
irreparable pérdida para la sociedad y para el arte.
A
mediados del año 1826, existía $n Santiago un apreciable núcleo de músicos,
entre profesores y aficionados que demostraban sus habilidades en conciertos
públicos y privados, pero no con la continuidad que ellos deseaban y que la
sociedad exigía. Se gestionó entonces la organización de una Sociedad
Filarmónica, y se realizó la idea con tanto éxito, que fácilmente se reunió
un conjunto orquestal do dieciséis músicos. Como se viera que hacía falta
un director para esa orquesta tan numerosa, se negoció la
venida al país del célebre violinista Santiago Massoni, que en esa época
actuaba en Buenos Aires con éxito enorme. La Filarmónica adquirió pronto, bajo
la dirección de Massoni, una gran reputación y a sus sesiones,
que se realizaban en la casa de don Pedro Fernández Recio, asistía toda la
aristocracia. Cerca de tres años funcionó esta sociedad sin que decayera el
entusiasmo; pero poco a poco, y sobre todo cuando Massoni se ausentó del país,
la Filarmónica degeneró en salón de baile, hasta que se aburrieron los músicos
de tocar exclusivamente para que se divirtiera la gente joven.
Figuraron
en esta orquesta, dirigidos por Massoni, los violinistas Guzmán Robles,
Filomeno Cotapos y Santos Pérez, hermano este último del que fue Presidente de
la República; el violinista Castañeda; los violoncelos Drewetke y Alcedo; el
Contrabajo Guillermo Carter; el flautista Zapiola; el pianista Francisco
Guzmán; el fagot Herbert; el clarinete Roca; los guitarristas Gabriel Campo,
Correa y otros.
Como
cantantes figuraban en primera línea, Isidora Zegers, Rosario Garfias, Inés
Larraín, el tenor Arteaga y dos niños. En el último año de florecimiento de la
Filarmónica, cantó también la tiple Concepción Salvatierra, que actuaba en una
compañía dramática que hacía una temporada en el Teatro Principal.
El
corolario de todo este esfuerzo por el desarrollo del arte musical de Chile,
fue la venida de la primera compañía de ópera italiana, acontecimiento que tuvo
lugar el año 1830, en medio de un entusiasmo loco de la sociedad, que iba a
ver, por fin, representadas en escena las obras musicales que conocía bastante
por las interpretaciones parciales que de ellas habían hecho los aficionados en
los últimos tiempos.
La
compañía se componía de un quinteto de voces: Matilde Scheroni, soprano; Lucía
Garavaglia, contralto; Tito Betali, tenor; Emilio Pizzoni, barítono y Jesús
Rirotta, bajo. Se estrenó con la ópera de Rossini El Engaño Feliz, en
el Teatro Principal, la segunda quincena de mayo de 1830.
De esa
fecha en adelante, el arte musical se desarrolló fecundamente en nuestra
patria, mediante las innegables condiciones de la raza y la corriente continua
de artistas y profesores extranjeros que llegaron al país, y que eran recibidos
con cariño simpatía por los chilenos.
La música
de bandas que en esos últimos diez años se había mantenido algo estacionaria,
recibió un gran impulso con el advenimiento al Gobierno del Ministro Portales,
que encargó dos instrumentales a Europa y se empeñó para que cada regimiento
tuviera su banda propia.
El mismo
tomó lecciones de clarinete con el profesor Zapiola, y según dice éste, en
sus Recuerdos, “el ministro no lo hacía mal”.
§ 32. El
teatro en los tiempos de la Colonia
Las
representaciones dramáticas principiaron en Chile, como en otros países, en el
recinto de los conventos, o a su sombra.
Apenas
había transcurrido un siglo desde la conquista, cuando el padre Ovalle,
describiendo en su Relación Histórica las aparatosas
ceremonias con que en la Iglesia de la Compañía se celebraban las funciones
religiosas, refería que a ellas “solía añadirse unas veces alguna
representación a lo divino que hacían los estudiantes, y otras, alguna oración
o poema al intento de la fiesta, con buena música y de vez en cuando a manera
de coloquio entre muchos”.
La
práctica de festejarse con comedias los aniversarios eclesiásticos, se
encuentra también atestiguada en 1657 por el Obispo de Santiago don fray Gaspar
de Villarroel, en su Gobierno Eclesiástico Pacífico, quien la
menciona, hablando de un caso muy característico en aquella época, en que él
mismo intervino. El oidor don Bernardino Figueroa tenía la obligación de
celebrar con pompa la Natividad de Nuestra Señora. Cierto año, entre los
regocijos que dispuso, había “tres comedias que debían representarse en el
Cementerio del Convento de la Merced”. Apuntaré de paso que este hecho macabro
fue un caso de disputa entre el Obispo y el Oidor.
Mucho
antes de que se pensara en fundar un teatro, se dilucidó en Chile una cuestión
que agitó bastante a los moralistas y confesores, cual fue la de saber “si las
representaciones sobre asuntos profanos, debían o no "ser permitidas” Pero
no se llegó a resolver de un modo fijo tan complicado problema.
Con
motivo de las celebraciones que se hicieron en 1626 por el restablecimiento de
la guerra ofensiva contra los araucanos, tuvieron lugar las primeras
representaciones dramáticas, probablemente sobre asuntos religiosos, de que
hacen mención clara los documentos. En esa época los santiaguinos conocieron
verdaderas obras teatrales, como que eran las mismas que representaban en
España. Nos referimos a los autos sacramentales.
Las
primeras representaciones dramáticas sobre asuntos profanos ejecutadas en
Chile, fueron las que se verificaron en Concepción a principios de 1693, para
celebrar la llegada del nuevo Gobernador don Tomás Marín de Pobeda, y su
casamiento con la dama limeña doña Juana de Urdanegui, venida desde Lima a
contraer este matrimonio, en la ciudad de Concepción. “Constaba el obsequio —
dice el cronista Córdoba y Figueroa— de catorce comedias y la que se
llamaba El Hércules Chileno, obra compuesta por dos regnícolas”. De
modo, pues, que ya existían “autores teatrales criollos” al terminar el siglo
XVII. Es una lástima que el cronista que hemos citado, haya omitido el nombre
de esos autores que fueron los pioneros de nuestro malaventurado teatro
nacional. Desde entonces, y tal vez desde un poco antes, las representaciones
teatrales debieron formar parte de los suntuosos regocijos públicos, con que
acostumbraban solemnizar la jura de los reyes y el recibimiento de los nuevos
gobernadores del Reino.
Con
motivo de la proclamación de Femando VI, se hicieron en La Serena varias
fiestas a fines de abril del año 1748. Entre ellas sobresalieron las
representaciones de las comedias “Resucitar cotí él Agua” y “El
Alcázar del Secreto”. También se representó allí el sainete “Barbero,
afeita al Burro”.
Durante
esta época, la Pascua de Navidad se celebraba comúnmente con la representarán
de autos sacramentales y siempre con la exhibición de nacimientos en
las casas particulares, los cuales continuaron existiendo y atrayendo a mucha
gente aun después de la proclamación de la independencia. Consistían esos nacimientos en
colocar en una sala espaciosa muchas mesas, y en la principal se arreglaba un
pesebre con el niño Jesús, la Virgen y San José adorado por los pastores y los
reyes magos. En las mesas restantes se arreglaban varios episodios relativos a
la vida de Jesús en la infancia.
En la
Pascua de Navidad de 1780, un empresario improvisó una compañía de actores para
representar en Santiago sainetes y autos sacramentales. No hubo allí ni
decoraciones ni aparato escénico; sin embargo, el empresario logró atraer al
espectáculo bastante público y obtuvo ganancias. En vista del éxito el mismo
empresario solicitó y obtuvo del Presidente Jáuregui, que le permitiera
establecer una casa de comedias permanente; pero la fuerte oposición que opuso
a la idea el Obispo Alday, echó por tierra las ilusiones del animoso
empresario.
Por ese
mismo tiempo había en Santiago dos compañías de bailarines formadas por
mulatos; una se denominaba “bailarines del río” y la otra “bailarines de la
cañada”. Vivían y actuaban en perpetua competencia, que a veces degeneraba en
pugilatos; bailaban en las procesiones y especialmente en la de Corpus Christi,
vestidos de turcos y al son de un violín, que rascaba un negro, por cuyo
trabajo se le pagaba ocho reales.
En agosto
de 1789, el Cabildo de Santiago comunicaba al Gobernador O’Higgins, que en las
fiestas reales que se organizaban para celebrar la jura del rey Carlos IV,
figuraban tres noches de comedias. Para el efecto se construyó un teatro
provisional en el sitio llamado él basural, a la orilla del
Mapocho, donde hoy está el Mercado Central.
En las
funciones que hasta entonces se habían hecho en el teatro, se representaron
entre otras, las siguientes comedias y dramas: El Jenízaro de Hungría, El
Hipocondríaco, Los Españoles en Chile, el Mayor monstruo, los
celos, y el Domine Lucas. También se representó Una
obra escrita por don Juan Egaña, cuyo título es Al ardor vence el
deber, melodrama para cantar o representar, traducción libre y
modificada de la Cenobia del célebre Metastasio, en obsequio de la ilustre
Marfisa”. Esta es la más antigua obra que se conoce, escrita en Chile, porque
corre impresa, La primera de que se tiene noticias es aquella del Hércules
Chileno, a que antes me referí, pero que no ha llegado hasta nosotros.
En
noviembre de 1795, el Cabildo de Santiago, tomó en consideración una solicitud
de don Ignacio Torres para que se le permitiera hacer “una serie de
representaciones entre Pascua y Carnaval”. Se accedió a su solicitud bajo
ciertas condiciones, a que nos referiremos más adelante.
Algunos
años más tarde, en 1799, se presentó al Cabildo una solicitud de don José Cos,
“para establecer a firme en Santiago un teatro dramático por espacio de diez
años”. Las condiciones que el Cabildo puso a la licencia, que le fue concedida,
fueron más o menos las mismas acordadas en 1795, pero la empresa de Cos no pasó
de proyecto.
El primer
teatro estable que hubo en Santiago, después de muchas tentativas y
contradicciones por parte de la autoridad eclesiástica, fue una modestísima
construcción que se hizo durante el gobierno de don Luis Muñoz de Guzmán,
situada en la plazuela de las Ramadas, llamada hoy plaza Esmeralda, Era una
construcción casi provisional de las más modestas condiciones y había sido
levantada en el primer patio de la casa de don Joaquín Olaes de Gacitúa. Las
piezas laterales del patio servían de palco o “cuartos para familias” y para
mirar al proscenio, se abrían las ventanas y las puertas. En el patio se
colocaban sillas, que se denominaban “lunetas” y al fondo, es decir, en el
zaguán de la entrada, estaba la “cazuela” para la gente de pie. Él proscenio
quedaba en el corredor frontero al zaguán. El Presidente del Reino y el Cabildo
gozaban de palco especial, y el primero tenía entrada independiente.
Un
reglamento dictado por el Cabildo, disponía que las funciones debían
suspenderse siempre que no hubiese cien asistentes al “patio” o lunetas.
Existía un juez encargado de dirimir todas las dificultades que se suscitasen,
bien fuese entre los empresarios, los actores o entre el público mismo. Había
un administrador que ganaba trescientos pesos al año. El teatro se alumbraba
con grandes lampiones de sebo. Esta “Casa de Comedias” subsistió hasta 1819,
pero casi destruida ya.
A fines
del año 1815 el Gobernador don FranciscoCasimiro Marcó del Pont, que fue uno de
los más entusiastas favorecedores del teatro, fomentó la construcción de otra
casa de comedias, en una casa particular de la calle de Merced esquina con la
de Mosquete. Este fue el primer teatro donde los asistentes estuvieron bajo
techo; los anteriores habían funcionado al aíre libre, de modo que sólo podían
hacerse funciones durante el verano. Este teatro se estrenó el 24 de diciembre
del citado año, con la comedia El sitio de Calahorra o
la Constancia Española. y el sainete El Chasco de las
Cambarías. La segunda función se verificó el 14 de enero del 16, con
una comedia nueva en Chile, titulada El Emperador Alberto I y la
Adelina y con el sainete Los locos de mayor marca. La
tercera función fue el 2 de febrero, con la comedia, La virtud
triunfante de la más negra traición; y la cuarta se celebró el 22, con
la comedia de Tirso, El Desdén con el Desdén y el
sainete El Maestro de Escuela.
La
primera dama de la compañía, Josefa Morales, “la Pepa”, como se la llamaba, dio
su función de beneficio con el drama Marco Antonio y Cleopatra, en
un acto, con la comedia La criada más sagaz, y el
sainete El Abate y el Albañil. En esta función el Gobernador
Marcó del Pont ofreció a la beneficiada un ostentoso regalo y una fiesta; se
corrió entonces que la actriz traía medio loco al Gobernador y parece que los
rumores no carecían de fundamento, deduciéndose de todo esto la decidida
protección que el Presidente brindaba al arte teatral y a la compañía.
Para
corresponder a esta protección de la primera autoridad del Reino, la compañía
organizó una gran función en honor de Marcó del Pont el día de su santo, el 4
de octubre. En el primer entreacto, la primera dama salió al proscenio para
declamar un soneto dedicado al festejado, por un poeta chirle, que las malas
lenguas indicaron en la reverenda persona del dominico fray José María La
Torre. Para castigo del poeta es necesario reproducir siquiera una estrofa:
Vi,
señor, vuestra historia peregrina
Donde mostráis ingenio peregrino
Con quien la desposáis, demás es digno
Y ella de tal esposo no es indigna
Esta es
la estrofa más comprensible del soneto.
[Pero lo
mejor de todo era la dedicatoria; en otros tiempos y circunstancias parecería
una tomadura de pelo. Decía así:
“Al
ilustre señor Don Francisco Casimiro Marcó del Pont, Ángel Díaz y Méndez.
Caballero de la Orden de Santiago, de la Real y Militar de San Hermenegildo, de
la Flor de Lis, Maestrante de la Real de Ronda, Benemérito de la Patria en
grado heroico y eminente, Mariscal de Campo de los Reales Ejércitos. Superior
Gobernador, Capitán General, Presidente de la Real Audiencia, Superintendente
Subdelegado del General de Real Hacienda y de el de Correos, Postas y Estafetas
y Vicepatrono Real de este Reino de Chile”.
Se
necesitaba tener resuello de buzo para decir de un tirón los títulos del señor
Presidente.
Esta Sala
de Comedias duró hasta dos años después de Chacabuco; a ella asistía
regularmente, cuando estaba en Santiago, el Director O’Higgins, y se celebraban
aparatosas funciones de gala en los días de fiestas patrióticas. Pero la
ubicación del teatro, su mala construcción y la falta de elementos indujeron al
Director a pedir a uno de sus amigos, el coronel don Domingo de Arteaga, que
era su edecán, que tomara a su cargo el proporcionar al público santiaguino un
local digno de la capital del naciente Estado de Chile para que se realizaran
las representaciones de dramas y comedias y toda otra clase de espectáculos que
pudieran venir a Chile, desde Buenos Aires o Lima.
A
despecho de las dificultades que encontró el coronel Arteaga, se logró
habilitar por lo pronto un nuevo teatro en la calle de la Catedral, a dos
cuadras de la plaza, con los elementos que existían en el teatro de las Ramadas
y en el de Mosqueto. Esta Sala funcionó desde 1818 hasta 1820, año en que se
inauguró solemnemente un teatro construido “con todas las reglas y progresos
del arte”, en la plazuela del templo de la compañía, hoy estatua de Bello. El
estreno del nuevo teatro, que se llamó Teatro Principal, se verificó el 20 de
octubre del año 20, día onomástico y cumpleaños del Director O’Higgins.
La platea
de esta Sala tenía más de veinticinco metros, de largó alrededor de la cual
había una fila de palcos con bastante comodidad. Sobre los palcos había un
balcón, que se prolongaba en la parte de atrás y que estaba destinado a la
“cazuela”, i El escenario era extenso, las decoraciones muy buenas, pero el
proscenio demasiado bajo. En el telón de boca había una inscripción en letras
doradas debida a la pluma de Bernardo Vera y Pintado, que decía: “Aquí
está el espejó de la virtud y el vicio; miraos en él y pronunciad el juicio” A
la derecha del proscenio estaba el palco del Director Supremo, adornado con
sederías azules, rojas y blancas, con franjas doradas. Al frente, el palco del
Cabildo, menos suntuoso pero decorado con los mismos colores. El teatro tenía
cabida para más de quinientas personas.
Los
actores que componían el elenco de la compañía eran, en general, prisioneros
españoles encabezados por el coronel La Torre, prisionero también, que dedicó
sus ocios a dar vuelo a sus aficiones artísticas. La Torre fue el maestro que
tuvieron los actores chilenos que figuraron en los años siguientes como
destacados elementos del arte teatral.
La
compañía que estrenó el Teatro Principal era numerosísima; según las crónicas
de la época, hasta entonces no había actuado ninguna de tanto y tan selecto
personal: figuraban en ella tres galanes, que eran el célebre Andrés Cáceres,
Bartolo Hevia y otro; cuatro barbas, dos de los cuales eran el coronel La Torre
y Ángel Pérez; tres graciosos, que lo eran José Pose, español; Toribio Fuentes
y Domingo Soto, chilenos, aparte de cinco actores más de menor categoría.
En el
elemento femenino figuraban cinco actrices primeras, siendo la principal “la
hermosa Lucía Rodríguez, la actriz chilena más bella y de más mérito que hemos
tenido”, dice un periodista de la época; la Ángela Calderón, la Rosa Lagunas,
limeña de grandes atractivos que cantaba tonadillas después de los dramas o
comedias, la Pilar Sopeña, hembra de fuste que traía al retortero a todo el
elemento oficial, empezando, según decían los murmuradores, por el Ministro
Zenteno; la Margarita Pezuela, limeña, que se bailaba unas sanjurianas contra
las cuales reclamaron los regidores y un canónigo, porque “al dar las vueltas
tan rápidamente se le veían las ligas” El canónigo “hablaba de oídas”, según se
dejaba expresa constancia en la presentación que se hizo al Director O’Higgins
y que éste desestimó.
Las
comedias y sainetes que se representaban servían también de propaganda
política. No se ponía en escena ninguna obra que contuviera alguna frase contra
el sistema republicano, pero se toleraba y se agregaba todo aquello que
desprestigiara al régimen realista. La canción nacional era obligatoria al,
empezar las representaciones, y todos la oían de pie; a cada lado del proscenio
se colocaba un soldado armado de su fusil, con el cual hacía los honores
mientras los actores cantaban el himno patrio; terminado el canto, los soldados
se colocaban en la puerta de entrada a la platea.
En 1822
llegó a Santiago y se incorporó a la compañía el célebre actor argentino Luis
Ambrosio Morante, que, desde sus primeras funciones, entró a disputarle la
popularidad al primer actor chileno, Cáceres. Ambos en realidad eran dos
grandes figuras artísticas y tal vez el primero era más meritorio; si juzgamos
a través de las crónicas que han llegado hasta nosotros. El argentino “era, sin
agraviarlo, feo”, según don José Zapiola, que los conoció personalmente, y
Cáceres todo un buen mozo, cualidades que son definitivas en las tablas. Sin
embargo, el feo y forastero tuvo tanta popularidad como el buen mozo chileno,
lo que quiere decir que el argentino era un actor irresistible.
El
público continuaba dividido en dos bandos que a veces se insultaban, y no faltó
ocasión en que estuvieron a punto de llegar a vías de hecho, en pleno teatro,
defendiendo cada partido a su favorito. Sólo terminó la lucha cuando Cáceres
salió desterrado de Santiago por o’higginista, en enero de 1823. Desde esa
fecha quedó Morante solo y ya nadie le disputó la popularidad.
El actor
argentino era simpático de por sí; pero más simpático se hizo para los
liberales cuando supieron que a más de liberal era demagogo, y volteriano. Con
la caída de O’Higgins este partido tomó gran preponderancia y por consiguiente
sus partidarios hacían ostentación de tales ideas donde y cuando podían;
Morante fue un gran propagandista desde el escenario del Teatro Principal,
arreglando obras extranjeras con escenas alusivas a los acontecimientos
políticos de Chile y con incidentes de actualidad.
Como una
muestra de la actuación de Morante a este respecto, voy a contar un hecho que
por cierto sería censurado en estos tiempos en que, según se afirma, existe
más, liberalismo que antes.
A
principios de marzo de 1824, llegó a Santiago el delegado Apostólico monseñor
Muzi y a los pocos meses tuvo que retirarse por no haber podido cumplir su
misión ante el Gobierno de Chile. Este hecho fue entusiastamente aplaudido por
los libe rulos. Pues bien, el actor Morante encontró en este suceso un
argumento y un motivo para dar expansión a sus ideas y halagar a sus correligionarios.
Desenterró una antigua comedia que no se había puesto en escena todavía en
Chile y aprovechándose del título, que era: El falso Nuncio de
Portugal; la arregló en forma de excitar la burla contra el Nuncio que
acababa de salir de Chile.
Se
anunció la obra con gran bombo y se la presentó con inusitado aparato, a lo que
contribuyeron inocentemente las sacristías de varios conventos de Santiago,
prestando ornamentos y otros útiles de culto.
Morante
hacía el papel del Nuncio de Portugal, y para dar más relieve al personaje,
entró al proscenio por la platea, atravesando todo el teatro antes de subir al
escenario. El Nuncio venía precedido por una numerosa comitiva de eclesiásticos
de todas jerarquías, todos cómicos de la compañía, vestidos adecuadamente; al
fin de la comitiva venía el actor Morante con hábito cardenalicio, repartiendo
bendiciones a diestra y siniestra. “Como era preciso imitar en un todo a la
persona que se trataba de exhibir, Morante no omitió detalle alguno: el señor
Muzi tenía un ojo menos; Morante se tapó un ojo y apareció tuerto”.
El actor
argentino regresó a su patria en 1825, pero volvió a Santiago al año siguiente,
cuando ya el chileno Cáceres había vuelto de su destierro. Ambos actuaron
juntos, de nuevo; pero la diferencia de edades evitó las rivalidades que habían
surgido cuatro años antes.
Y en esos
tiempos habían desaparecido los últimos restos del arte teatral que nos había
legado la colonia, y el teatro chileno era una verdadera potencia, que vivió
robusta hasta 20 o 30 años más tarde, época que no entra en el período que
abarcará la presente serie de Leyendas y Episodios Chilenos.

