Libro N° 10864. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista IX. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10864.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista IX. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
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Crónicas De La Conquista IX. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista IX. Aurelio Díaz Meza
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista IX
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
§ 1. La madre y la hija
§ 2. Recoletos Mercedarios
§ 3. San Martín de la Concha
§ 4. Venganza criolla
§ 5. Monsieur Petit
§ 6. Una santa chilena por canonizar
§ 7. Baby Lindy
§ 8. Fray Bardesi y sus milagros
§ 9. Ordenanza contra el lujo
§ 10. El trigo de Chile
§ 11. La "pila" de Alonso Meléndez
§ 12. Aspectos de la sociedad chilena en el primer tercio del siglo
XVIII
§ 13. Los escrúpulos de Su Ilustrísima
§ 14. Las talegas del Presidente Cano de Aponte
§ 15. Predestinación
§ 16. Primero hizo Dios al hombre
§ 17. San Felipe el Real
§ 18. Gorras y garnacha
§ 19. Lord Anson
§ 20. La villa de San Agustín de Talca
§ 21. Venganza de Gobernador
§ 22. El indio Don Juan
§ 23. Fiesta de los pescadores
§ 24. El “relox” de la Compañía
§ 25. Valiente, enamorado y andaluz
§ 26. Las locuras del Padre Garmendia
§ 27. Las “borlas” del Doctor
§ 28. La dama del cintillo de diamantes
§ 29. La novia por una canonjía
§ 30. Noche de San Juan
§ 31. Aguinaldo y Noche Buena
§ 32. Fiestas del Presidente nuevo
En Plena Colonia IX
Aurelio Díaz Meza
§ 1. La
madre y la hija
(1713)
La
noticia de que en el primer patio de la solitaria morada de don Joseph de la
Torre y Pasos, difunto, se estaba “adherezando” un tablado para que una
compañía de cómicos recién llegada a la capital, procedente de la otra banda,
ofreciera “ciertas comedias” cuyo producto se destinaría en parte a remediar la
pobreza en que vivía él hospital de San Juan de Dios, causó la consiguiente
sorpresa en el vecindario de Santiago, tan poco acostumbrado a esta clase de
divertimientos de índole absolutamente profana, y que en muchas ocasiones
habían sido calificados de pecaminosos por los obispos y prelados de la iglesia
mapochina.
Pero la
novedad era de tanto calibre, que gran parte de los vecinos, por no decir todo
Santiago, quiso comprobarla por sus propios ojos, yendo en persona a curiosear
los trabajos que maese Juan López, carpintero, estaba haciendo en el mencionado
primer patio, para transformarlo en “corral”, que este era el nombre que se
daba al sitio que hoy llamamos teatro.
Instalado
en la puerta de entrada, y vestido de mamarracho, un enmascarado iba
repitiendo, con entonación de “candinga” a los grupos de curiosos que entraban
por el zaguán:
—Venid a
honrar, señores caballeros, las terribles tragedias, las honestas comedias, los
graciosos entremeses que harán, para vuestro regocijo, estos representantes,
humildes y vagamundos, que recién llegan a la capital de este reino. Venid,
señores, a oír las canciones de todos los países que hemos recorrido y a ver
las danzas de una inocente orfanilla que vive a nuestro amparo, y os
deleitaréis con ellas. Venid, señores caballeros, y daréis de comer a estos
infelices vagamundos y melecinas a los pobres del Hospital de Nuestro Padre San
Juan de Dios... Venid, señores, venid... Las del sábado y del domingo serán,
las noches de las terribles tragedias, de las honestas comedias y de los
graciosos entremeses que harán estos representantes para vuestro regocijo, y de
las danzas y canciones de la orfanilla... Venid, venid... Dos reales vale la
entrada al corral, y un cuartillo la del “gallinero” para vuestros criados...
Mandad luego, señores, vuestras “silletas” con los dos reales...
La
noticia no podía ser más verídica, puesto que los preparativos para las noches
de comedias estaban a la vista, y a ninguno de los visitantes pudo ocurrírsele
hacer la reflexión de si los farsantes habían obtenido o no la imprescindible
licencia para llevar a cabo el novedoso espectáculo.
Sin
embargo, hubo alguien que tuvo la ocurrencia, y no quiso quedar en la duda, y
ese fue el Provincial de San Agustín, fray Alonso de Caso, que, a más de su
destacado cargo en la mencionada “religión”, desempeñaba otro de muchísima
mayor trascendencia, como era el de Comisario del Santo Oficio en este Reino.
Después de haber visto los preparativos y de oír el “reclamo” del enmascarado
anunciador de las danzas de la inocente orfanilla, Su Paternidad quedó cavilosa
y pensó, para su capucha, si esos bailes y canciones no serían cosa provocativa
de pecado.
Fuese,
pues, sin pérdida de tiempo, en busca del Corregidor, que lo era don Rodrigo
Antonio Matías de Valdovinos, a quien, afortunadamente, encontró en los
portales, a la entrada del Cabildo, Sin andarse con rodeos, porque el
Corregidor era seco, y recordándole antes, con mucha discreción, que le hablaba
el Comisario del Santo Oficio, preguntóle:
—Señor
don Matías, será servido Su Señoría y Merced si me dijera quién dio licencia a
los farsantes que han llegado a Mapocho, para que puedan hacer representaciones
de comedias, con danzas y canciones... Supongo que no habrá sido vuestra
señoría y merced, que ha de conocer las premáticas de Su Majestad sobre estos
casos...
—Conozco
las premáticas de Su Majestad, reverendo señor —contestó el Corregidor,
poniendo sus brazos en jarra—, y ha supuesto muy bien su paternidad, que este
Corregidor no ha dado esa licencia...
El fraile
abrió la boca y ojos, espantado, y apenas pudo balbucear:
— ¿Quién,
entonces, si vuestra señoría y merced es la mayor autoridad de Mapocho...?
—
¿Quién...? Pues otra señoría y merced que es la mayor autoridad del Reino... El
muy ilustre señor Presidente Uztariz, a quien Dios guarde... Ya lo sabe el
reverendo Comisario del Santo Oficio, y vaya con Dios —concluyó, despidiéndose
del Agustino con una olímpica venia.
El caso
no era de los muy claros para el Padre Agustino. Según las órdenes reales, las
“representaciones” —que generalmente se hacían en el atrio de los templos en
calidad de autos sacramentales— estaban bajo la jurisdicción del Obispo, y él
era el único que podía permitirlas; por consiguiente, el Padre Caso creyó de su
deber acudir a la autoridad eclesiástica para que interviniera en el asunto y
prohibiera estas representaciones que se anunciaban con todo el cariz de
pecaminosas.
Y como el
padre era de los que embisten, encaminóse hacia el Palacio Episcopal, y se
encaró con el Vicario Capitular en Sede vacante, que reemplazaba al recién
fallecido Obispo de la Puebla. Pero a las primeras palabras del Agustino, el
Vicario don Juan Muñoz de Lepe, contestóle de esta manera:
—Padre,
esto no tiene arreglo; yo mismo fui a interponer mi reclamo ante el Presidente,
y el señor Uztariz, a quien ya conocemos por testarudo, no titubeó para
decirme, muy fresco, que cuando los frailes me pidieran licencia para
representar “autos” en el cementerio o en el atrio de sus templos, yo era dueño
de dársela o de negársela; pero que en tratándose de representaciones
“profanas” y en locales no sagrados, era él —el Presidente y nadie más— quien
debía dar o negar la licencia; y que, habiéndola dado ya, y de muy buena gana,
para que esos farsantes hicieran sus comedias, no se la podía ni se la quería
quitar Así, pues, Padre, aquí no hay nada que hacer, si no es pelearse una vez
más con Su Señoría, y yo no estoy en vena para ello, pues en este cargo estoy
muy de paso.
—Su
señoría, señor Vicario, puede reclamar ante la Audiencia.
— ¡Quite,
Padre!... Ya lo había intentado yo, y para el efecto, quise conocer, con maña,
la opinión de los oidores...
— ¿Y...?
—preguntó ansiosamente el provincial.
—
¡Escandalícese, Padre; pero no haga aspavientos! Dos oidores de Su Majestad
dijeron que no les interesaban tanto las comedias como las canciones y las
danzas que ofrece la muchacha. .. Y esta mañana he sabido que los dos oidores
han mandado sillones, con alfombra y cojín, para que se los coloque lo más
cerca posible del tablado...
* * * *
Poco
después de tocadas las “oraciones” del día sábado 18 de diciembre de 1713,
empezó a llegar a la casa del difunto don Joseph de Torres, y a ocupar las
“silletas” que se habían enviado con anticipación, un gentío que antes de media
hora había repletado el primer patio de la casa, convertido en “corral” por
maese López, en poco menos de una semana.
Lo que
hoy llamamos “platea” era el patio mismo, con su empedrado y su naranjo en el
centro, y ocupaba las tres cuartas partes del cuadrado; el resto, hasta el
zaguán, separado por una fuerte baranda, era el “gallinero”. Aquí no se
admitían sillas ni bancas, y los asistentes debían presenciar el espectáculo de
pie y empinándose para mirar el proscenio por sobre los hombros de los
espectadores de más adelante.
Los
corredores de ambos lados estaban destinados a las mesas para los “refrescos”
que se ofrecían durante la función misma; detrás de las ventanas que caían a
los corredores tomaban colocación aquellas personas que deseaban no ser vistas,
como ser ciertas señoronas, funcionarios “graves” y especialmente los
eclesiásticos que asistían en calidad de censores o sencillamente para
deleitarse ocultamente con la función.
Al fondo
del patio, o sea enfrentando al zaguán y puerta de entrada, se alzaba el
“tablado”, el cual no tenía “telón de boca”; pero al fondo del proscenio
colgaba una cortina pintarrajeada, y delante de ella, un búcaro de flores y de
arrayanes. Lampiones de sebo, colgados de los pilares del corredor, daban luz
al patio, echando humo que habría sido insoportable si no estuvieran al aire
libre; delante del proscenio, unas cuantas velas, sin pantalla, pretendían
iluminar las figuras que luego aparecerían allí, en demanda del juicio crítico
del “público” mapochino.
Un
redoble de tambores puso en expectación a la ya impaciente concurrencia, y a
los pocos instantes todo el mundo, de pie, saludaba en silencio respetuoso y
venerando al representante de Su Majestad, el Gobernador de Chile, don Juan
Andrés de Uztariz. Detrás de su señoría desfilaron luego, ceremoniosamente,
hasta sus sitiales, los oidores don Álvaro Bernardo de Quirós, don Juan del
Corral y Calvo y el provecto don Leonardo Fernández de Torquemada. Tras de
ellos, el inseparable “paniaguado” del Presidente —el Corregidor Valdovinos—, a
quien los santiaguinos atribuían todo lo censurable que hacía Uztariz.
Los
sitiales de estos magnates estaban colocados, según el deseo de los oidores, en
la primera fila... Por lo demás, éste era el lugar que correspondía a tan
señalados personajes.
Después
de un “exordio” que salió a decir Juan Urquixo, jefe de los cómicos, para
explicar la tragedia que se iba a representar, empezó el desarrollo de la
pieza, cuyo título era “Resucitar con el agua, o San Pedro de Tasara”; el papel
de la dama, en esta tragedia, lo desempeñó un muchacho que hablaba con voz de
falsete. Luego vino la comedia, en seguida dos entremeses y, por fin, ante una
expectación ansiosa, nerviosa, refrenada apenas por la presencia de los más
altos poderes del Reino, hizo su entrada al tablado María Jiménez, la
verdadera, la única atracción que había reunido en ese sitio a lo más granado
de la capital.
Decir que
la “orfanilla” conmovió en lo más recóndito al elemente masculino —que se la
comía con los ojos mientras danzaba y estaba pendiente de sus labios cuando
cantaba— es decir una majadería; cualquier cronista teatral de hoy dice lo
mismo al ver a la Goya o a la Argentinita. Yo estoy cierto de que, aparte de
las enormes consecuencias —las contaré otro día—que la presencia de María
Jiménez causó en los círculos gubernativos y judiciales de su tiempo, durante
treinta años, y que fueron de pública notoriedad, como lo veremos, hubo más de
media docena de tragedias conyugales que no permanecieron del todo ocultas.
El éxito
de María Jiménez fue tan concluyente, que al siguiente día el “corral” estaba
repleto desde antes de las “oraciones”; el Presidente Uztariz, con sus oidores
se encontraba instalado en sus sitiales con una puntualidad que ya la hubiera
querido la Audiencia para más de un acuerdo trascendental. Pero esa misma
noche, la ciudad de Santiago presenció algo que hizo enrojecer de vergüenza a
la sociedad entera: el oidor Quirós, abandonando el severo continente que era
la característica de los oidores cuando estaban en público, levantóse de su
sitial, sonriente y emocionado, después de una de las danzas de María Jiménez,
llegó hasta las candilejas y arrojó un ramo de flores sobre el tablado.
Pero lo
que produjo el mayor escándalo fue que la bailarina cogiera el ramo y lo
llevara a sus labios, formulando la más graciosa de las cortesías a su
obsequioso admirador, el cual, por su parte, barrió el suelo con las plumas de
su gorra flamenca.
* * * *
Don
Álvaro Bernardo de Quirós, señor de la Casa de Quirós, del Consejo de Su
Majestad y Oidor de la Real Audiencia de Santiago, contaba en esas fechas unos
cuarenta y cinco añitos llevados con la gallardía de un mozo de treinta. A su
fortuna personal, que era cuantiosa, el jurisperito había agregado varias
talegas de relucientes ducados indianos, provenientes, no por cierto de los
ahorros de su salario de Oidor, sino al decir de las malas lenguas, del
producido de ciertas concomitancias que se le achacaron con los Presidentes
Ibáñez y Uztariz, en la distribución del situado del Ejército, y de algunas
complacencias con los contrabandistas franceses de Concepción, ciudad en la
cual, por orden del Rey, había permanecido tres años, con el oficio de
Corregidor.
Aunque
casado en España, el Oidor Quirós había llegado a Chile sin su mujer, a causa,
según se decía, de que la Oidora no se atrevía a cruzar el océano; pero esta
falta de compañía femenina en su hogar de Mapocho no había dado jamás comidilla
a la maledicencia; las severísimas costumbres y la acendrada piedad del
funcionario, eran un baluarte en donde se estrellaban aun las sospechas más
sutiles sobre posibles trapicheos femeninos de Su Señoría.
Fue, por
lo tanto, un verdadero torpedo el que reventó en Santiago cuando corrió la voz
de que por la puerta falsa de la morada del Oidor Quirós entraba una figura de
mujer enteramente cubierta con un amplio rebozo, y que salía de allí por la
misma puerta falsa, a las primeras horas de la madrugada... Y lo más grave era
que el testigo “casual” que contaba el chisme aseguraba que esto venía
sucediendo hacía ya algunos meses…
Si esto
era efectivo, ¿quién podía ser la excepcional mujer que había conseguido
seducir la virtud de varón tan honesto, piadoso y cabal?
No
trabajará mucho tiempo el pensamiento del lector que haya leído esta
croniquilla para descifrar el misterio, porque yo le voy a confirmar sus
sospechas diciéndole que ha caído en mis manos el expediente del pleito que se
siguió varios años más tarde entre los herederos del Oidor Quirós y María
Jiménez, para que esta dama, que vivía en la capital en una casa de su
propiedad que fue por muchos años el centro de reunión de la élite santiaguina,
entregara a la sucesión cierta cantidad de dinero “y muchas alhajas” que, según
se decía, el jurisperito había dejado en su poder cuando murió.
Los
defensores de María Jiménez —que fueron cuatro abogados de nota— alegaron y
comprobaron que las susodichas alhajas y dinero habían sido donados por el
difunto a la menor Isabel Jiménez, hija de la demandada, “por el mucho amor que
le tenía” y para su dote, cuando llegara a la edad de tomar estado.
Y como la
vida de la madre y de la hija tuvo figuración durante un largo período en esta
ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, me daré la satisfacción de contársela al
lector en otra croniquilla.
* * * *
Tenía
razón para sentirse satisfecha, y hasta orgullosa, doña María Jiménez de
Madureira, propietaria de la hermosa mansión señorial “y de cadena que se
alzaba en el solar donde hacían la esquina sur oriente las calles de las
Monjitas y de Santa Clara, a dos cuadras escasas de la Plaza Mayor. El
Presidente don Gabriel Cano y el oidor don Francisco Sánchez de la Barreda
habíanse dignado asistir, vestidos “de corte” y en carroza el primero, y de
garnacha y birrete el segundo, a la fiesta con que la dueña de casa había
querido celebrar la instalación de su nuevo domicilio en la suntuosa morada que
había hecho construir, a todo costo, “por mano” del recién llegado “albañil y
arquitecto” de la ciudad de Lima, Lorenzo Ponzuelo, y por la cual había pagado,
“de contado”, la bonita suma de once mil cuatrocientos patacones.
Sería
superfluo agregar, después de lo dicho, que esta fiesta inaugural habíase visto
concurrida por lo más copetudo de Mapocho, así de las esferas del oficialismo
como de la nobleza criolla, sin que faltaran ni un par de canónigos, ni media
docena de frailes “graves” para dar el toque de suprema distinción al “convite”
con que doña María Jiménez había querido estrenar su nueva residencia.
Porque no
crea el lector que esta dama era una advenediza en la Capital del Reino; muy
por el contrario. Su vecindad “oficial” constaba de los libros del Cabildo
desde un par de lustros, por lo menos, y al tomar ese acuerdo la Corporación
Municipal le había concedido las preeminencias de encomendera —a pesar de que
doña María no lo era— “habida consideración de sus muchos servicios a la
ciudad” Por otra parte, durante muchos años antes de tal reconocimiento oficial
que doña María vivía en Santiago, sus lujosos estrados habían sido el punto de
reunión a donde convergía lo más granado que tenía la capital en el Gobierno,
la Iglesia, el Ejército y la Judicatura.
Más de
algún orgulloso funcionario, de esos que recién llegaban, había querido hacer
un mohín de estiramiento las primeras veces que se encontraba con la bizarra
doña María en actos de sociedad, por inquirir “quién es y de dónde”, toda vez
que la dama aparecía sin editor responsable... pero el curioso no había tardado
mucho en abatir su orgullo ante las respuestas definitivas y categóricas que
recibía de todo el mundo. Doña María Jiménez de la Casa, portuguesa de los
Madureiras, sostenía con su peculio una casa de niños huérfanos; daba
abundantes limosnas a las viudas vergonzantes, pagaba a los jesuitas cuatro
“corridas’’ de ejercicio al año, dos para hombres y dos para mujeres; jamás
negaba un socorro al indigente que golpeaba a su puerta y, por último, había
entregado, hasta el año de este relato, 1732, muy cerca de siete mil patacones
para dar término a la “Casa de Recogidas”, cuya fábrica venía haciéndose desde
veinticinco años atrás.
En
presencia de estos antecedentes, repetidos con uniformidad por los personajes
más destacados de la capital, bien poco quedaba por averiguar a cualquier
forastero meticuloso. Una dama hermosa y atractiva que nada pedía y que, por lo
contrario, daba mucho, y cuya morada era visitada con obsequioso acatamiento
por el Presidente, por el Obispo, por Oidores, Canónigos, Ministros de
Hacienda, Corregidores, nobleza y plebe, no podía merecer otra cosa que la
consideración y el respeto de todos.
Por otra
parte, bastaba que una sola vez hubiera asistido un forastero a una de las
frecuentes reuniones que ofrecía doña María, para que ya no pudiera prescindir
de ellas en lo sucesivo; a más del ambiente señorial, acogedor y elegante de
que se disfrutaba junto con trasponer los umbrales de su morada, los golosos
podían saborear allí las exquisitas mistelas de las Capuchinas, las afamadas
“confituras” de las Claras, los sabrosos alfajores de las Agustinas y el
inimitable “ponche seco” de la zamba Estefanía, cuya “mano” no tenía competidor
en la combinación y “golpeo” del oloroso aguardiente de las Vegas de Itata, con
la infusión de culén, el clavo de olor y los “palitos” de canela.
Pero la
mansión de doña María no solamente ofrecía estos atractivos; una vez al mes,
por lo menos, oíanse en su “cuadra” las armonías que arrancaban a la
“espineta”, al arpa y a la cítara los virtuosos que por aquellos años vivían o
pasaban por Mapocho. En esas reuniones lució sus celebradas dotes de
clavicordista y de cantante “la señora Presidenta” doña Francisca de Medrano,
la cual, según las crónicas, era una maravilla; el Padre Ortiz, que tocaba el
arpa como el mismísimo Rey David, y, por último, un pimpollito de dieciséis
primaveras lozanas y floridas, que pulsaba la cítara como un arcángel; este
arcángel respondía al nombre de Isabel, y daba a la dueña de casa el título de
tía...
Si la
“gente de respeto" asistía a esas reuniones bajo la atracción de la
simpatía irresistible de doña María Jiménez, de la primorosa voz de la
Presidenta, de los arpegios del Padre Ortiz y del sabroso ponche seco, me
puedes creer sin juramento, desocupado lector, si te aseguro que la gente
joven, sin hacer menosprecio de lo dicho, iba allí por encontrar la manera de
conquistar siquiera una mirada de los enormes y profundos ojos verdes de la
dulce y despampanante Isabelilla Jiménez.
* * * *
Al día
siguiente de la fiesta con que inauguró su nueva residencia doña María, el
oidor don Francisco Sánchez de la Barreda salió de sus aposentos hondamente
preocupado, y tras de él, su mujer doña Juana de Espinosa, la cual, durante
gran parte de la noche, había notado la agitación y el desvelo de su marido,
sin poder arrancarle los motivos de tal estado de ánimo, muy distante de su
modo de ser habitual.
—Habrá
comido, su merced, alguna “pasta” que le haya caído mal, insinuó la señora; le
vi, ayer tarde, mano a mano y durante un largo rato con el Corregidor
Valdovinos, que es un goloso y un glotón, y no sería raro que su merced hubiera
caído en la tentación de ceder a sus exigencias. ¿Quiere, su merced, una tisana
preparada por mi mano...?
—Nada de
tisanas, señora, contestó el oidor, después de haber escuchado por algunos
instantes los ingenuos razonamientos de su cónyuge; mis preocupaciones tienen
una causa mucho más grave que la de ingerir golosinas. Ha de saber su merced,
mi señora doña Juana, continuó el magistrado bajando la voz, que doña María
piensa en tomar estado…
— ¿Va a
casarse...? —inquirió la oidora, vivamente alarmada.
—
¿Casarse...? No he dicho eso, señora —contestó don Francisco—; doña María
quiere meterse monja.
—
¡Monja...!
—Como Su
merced lo oye.
—Pues,
señor... no me parece mal... Si nuestro Señor le ha tocado en el corazón... y
la llama a la penitencia... Es rica...libre...
—
¿Libre...? ¿Y su sobrina?
— Su
hija, dirá su merced.
El oidor
no pudo reprimir un respingo de alarma y se llevó un dedo a los labios,
echando, instintivamente una mirada hacia la puerta.
—No se
alarme, su merced —aconsejó doña Juana—, que todo el mundo sabe, aunque lo
disimula, que no hay tal sobrina... Isabelilla se casará con nuestro ahijado el
Capitán Lorenzo de Córdoba, según se ha dicho; y doña María podrá hacer de su
capa una sayuela.
—Ahí es
lo grave; doña María no quiere por yerno a Córdoba...ayer me dijo formalmente,
que antes de consentir en tal alianza se llevará consigo a Isabel al convento.
— ¿Y cuál
es la causa de tal repudio? El mozo, si no es rico, es noble y es galán...
—Pero es
criollo...
— ¿Y
qué...?
—
¡Marido, vino y Bretaña, de España!, me dijo doña María Jiménez, y jura que no
admitirá por yerno a quien no venga directamente de la Península.
Doña
Juana de Espinosa, que cifraba su orgullo en ser criolla fina y en haber nacido
en la mismísima plazuela de Santa Ana, riñón de Lima, no pudo contener su
indignación al oír el refrancito de moda entre los “chapetones”, y puesto ahora
en boca de la portuguesa, y exclamó, poniendo los brazos en jarra:
—
¿Habráse visto la pindonga embelequera y zarrapastrosa?
—
¡Señora...! —interrumpió don Francisco, alarmado con la actitud de su mujer.
— ¿Y
quién es ella para gastarse humitos de señora peninsular? ¡Como si no
supiéramos que llegó a Mapocho con una mano por delante y la otra por detrás!
—No
alborote, su merced, y no olvide que jurado tenemos no recordar eso...
— ¡Hacer
ascos a mi ahijado y venirse con orgullitos y fantasías, la muy comiquilla...!
—
¡Schist...! ¡Sosiéguese, y tenga calma, que esto habrá de tener el arreglo que
convenga! De algo me habrá de servir la cúratela que tengo de doña Isabel y a
la cual estoy obligado por el juramento que hice a su desgraciado padre,
nuestro buen amigo el oidor Quirós, cuando pasó de esta vida...
— ¡Y a
quien Dios haya perdonado sus bellaquerías! —terminó la enfurecida limeña,
dando una “colada” y saliendo del aposento.
* * * *
Fue
inútil cuanto hizo el Oidor don Francisco Sánchez de la Barreda y Vera para
convencer a la “tía” que debía casar a su “sobrina” Isabel Jiménez con el
Capitán de Lanzas Españolas don Lorenzo de Córdoba y Arbulo, gallardo y
donjuanesco mozo de treinta y cinco años, que después de haber combatido en el
ejército de la Frontera durante dos veranos, había fondeado en la Capital del
Reino bajo la protección del Presidente Cano, de cuya corte palaciega era un
inmejorable adorno.
Ni las
insistentes acometidas del oidor —que en su carácter de clandestino curador de
'la niña, era un asiduo visitante de doña María Jiménez de Madureira—, ni las
insinuaciones de los conspicuos personajes que honraban sus estrados, ni los
consejos paternales de cierto canónigo que era el director espiritual de la
devota portuguesa, ni aun la petición formal que, según se dijo, había hecho el
Presidente Cano de Aponte de la mano de Isabelilla para su protegido el
Capitán, pudieron torcer la resolución inquebrantable que adoptó la “tía” de no
casar a la sobrina sino con un descendiente directo del Cid Campeador, genuino
y auténtico, sin la más leve contaminación de sangre indiana.
Si a los
peninsulares esto les sabía a gloria, en cambio a los- criollos les tenía
justamente amoscados, aunque se guardaban bien de manifestarlo a 'la generosa y
cada día más influyente dama.
—No
insista, reverendo padre —díjole un día al Provincial de los jesuitas, que
estaba dándole, desde hacía una hora, una verdadera carga de caballería—;
cuando mi pobre hermano, en sus últimos momentos, me encargó a su hija, me hizo
poner la mano sobre la suya, y alzando su voz, ya muy débil, díjome: “Hermana,
cuando llegue el tiempo de dar estado a mi hija, si aun permaneces en las
Indias, recuerda que “marido, vino y Bretaña, de España”.
Disimuló
el jesuita la sonrisa que vino a sus labios al oír tal revelación, porque
recordó, tal vez, que ella era tan verdadera como la religión de Mahoma; pero
era el caso no contradecir, y se limitó a lamentar una resolución que privaría
de la felicidad a dos tórtolos que ansiaban por casarse...
— ¿Qué
dice vuestra reverencia, padre...?
—Digo que
si Doña Isabel y el Capitán Córdoba “se aprecian” y desean unirse con la
bendición de Dios, vuestra merced no haría bien si se lo estorbara...
— ¿Pero
sabe vuestra paternidad que don Lorenzo de Córdoba quiere casarse con mi
sobrina…? —inquirió, un tanto nerviosa, doña María.
El
jesuita miró a los ojos de la portuguesa... y ésta sostuvo la mirada con mal
disimulada ansiedad.
—No lo sé
de cierto, señora —contestó pausadamente el padre—, pero lo supongo. La voz
pública así lo dice y él no lo niega, según creo.
Doña
María respiró:
—Pues,
tranquilícese, reverendo señor; ni don Lorenzo ha pensado en casarse con mi
sobrina, ni mi sobrina quiere casarse con don Lorenzo; bien claro me ha dicho
ella su deseo de tomar cuanto antes el velo blanco en el monasterio de las
Claras, o de encerrarse conmigo en el beaterío de las Recogidas, si es que
Nuestro Señor me mantiene en su gracia para dedicar mi vida a salvar las almas
de las infelices pecadoras.
El
jesuita escuchó, imperturbable, las últimas palabras de la devota dama, y al
poco rato, formulando una reverencia, salió del aposento, encaminándose
directamente a casa de su amigo el oidor don Francisco Sánchez.
—Señor
oidor, no hay tales cameros —díjole, poniéndole familiarmente la mano sobre el
hombro—; huéleme a que doña María tiene su plan, y que vuestra señoría y
merced, como curador de la chica y padrino del presunto novio, debe prepararse
para saborear novedades dentro de muy poco tiempo.
* * * *
Para
encomendarle el gobierno de la Casa de Recogidas, de reciente data, el Obispo
de Santiago había autorizado la fundación de un beaterio del que podían formar
parte ciertas señoras principales de la ciudad “y sin obligaciones”, que
quisieran dedicar sus días a la conversión de las “arrepentidas", o sea
aquellas hijas de Eva que, habiendo tomado la calle del medio, quisieran volver
al redil después de haber corrido poco o bastante. Estas beatas deberían hacer
vida común y monástica, pero ningún voto las obligaba a permanecer allí
indefinidamente; vale decir, que podían colgar el hábito cuando les viniera en
deseo, sin faltar a ningún deber.
La
determinación —que luego se hizo pública— que tomara doña María Jiménez y
Madureira, de ingresar como fundadora a este beaterio, si causó la admiración
sensacional del vecindario de Santiago, ella no fue tan grande como la de
haberse sabido que la portuguesa, cediendo a inspiraciones de lo alto, había
abandonado su capricho de mantener incólume y enhiesto el conocido refrán que
tanto halagaba a los chapetones, sobre que el marido, el vino y la Bretaña,
debían venir de España.
—Me
declaro vencida, y no insisto más —había dicho doña María en una reunión de sus
amigos, en presencia de su confidente don Francisco Sánchez— en mantener la
promesa que hice a mi hermano, en su lecho de muerte; si mi sobrina quiere
casarse, que lo haga hasta con un negro angola y bozal, que yo no me opongo y
para ello le doy libertad y albedrío; menos podré oponerme a que se case con un
buen mozo, como lo es el Capitán Córdoba, el ahijado de mi buen amigo don
Francisco, que es merecedor de lo mejor que haya en las Indias. Conque,
señores, vayan en busca de los novios y del escribano, que deseo dejar
terminado este menester cuanto antes, para ir a recluirme en la santa casa que
Nuestro Señor me tiene destinada.
No hay
para qué decir que los “padrinos" del noviazgo, que eran muchos, salieron
escapados en busca del novio, para traerlo, cortito, al degolladero; pero,
entretanto, los más íntimos se fueron por la novia, que estaba en las
habitaciones interiores, y no tardaron en llegar con ella frente a la tía...
—Ya
puedes considerarte casada, chiquilla, con ese verduguillo que te hacía la
rueda tan inútilmente hasta ahora...
— ¿Pero
qué dicen vuestras mercedes...?
—Que tu
tía consiente, por fin, en que te cases...
— ¡Si yo
no quiero casarme...!
— ¡Qué
inocente...!
— ¡No...!
No...¡Yo quiero ser monja!
-¡Ja...
ja...!
— ¡Quiero
profesar...Quiero profesar en Santa Clara!
Y el caso
fue que todos quedaron de una pieza cuando, después de un rato de preguntas, de
averiguaciones y de consejos, oyeron que la Chabelilla Jiménez, a quien todos
creían con unos deseos locos de salir de soltería, echóse en brazos de su
pariente y le suplicó, gimiendo:
— ¡Tía...
lléveme su merced, luego, a Santa Clara...!
Pero la
plancha de los casamenteros era aun de mayor volumen.
El
Capitán don Lorenzo de Córdoba y Arbulo había salido de la ciudad tres días
antes y desaparecido, como si se 'lo hubiera tragado la tierra.
Nada se
supo de él durante año y medio...
* * * *
El
epílogo de esta desabrida crónica no puede ser más vulgar.
Un año
más tarde de estos sucesos, profesaba solemnemente, en el Convento de las
Claras, doña Isabel Jiménez y Madureira.
Al año y
dos meses colgaba los hábitos y las tocas de beata la hermosa doña María
Jiménez y se instalaba de nuevo en su lujosa morada, para recibir el homenaje
de sus constantes admiradores, que no la habían olvidado ni un momento.
Y al año
y medio, el Obispo de Santiago, don Juan de Sarricolea y Olea, imponía la
sagrada coyunda al Capitán don Lorenzo de Córdoba y Arbulo y a doña María
Jiménez de Madureira…
—Señora
—murmuró al oído de la novia el Regente de la Audiencia, don Francisco Sánchez
de la Barreda y Vera—, marido, vino y Bretaña, ¡de España!
—Ese
refrán no reza conmigo, señor Regente —contestó la recién casada, enganchándose
al brazo de su marido.
§ 2.
Recoletos Mercedarios
(1715)
En los
últimos años del gobierno de don Tomás Marín de Poveda, Caballero de Santiago y
Teniente General de Caballería de los Reales Ejércitos, por el año de 1699, los
terrenos que se extendían hacia el Poniente de la ciudad, desde la que es hoy
Avenida Brasil —entonces aun se llamaba la “Cañada de García de Cáceres” por
haber sido la “cabecera” de la chacra del Conquistador don Diego de esos
apellidos— esos terrenos no sólo se encontraban baldíos, sino abandonados,
porque la parentela del conquistador, diluida hacia la línea femenina, había
terminado casi en punta con el ingreso de su último vástago directo al
Monasterio de las Agustinas y su fallecimiento ab intestato.
No quiere
decir esto que el Síndico del Convento se hubiera quedado indiferente ante esa
herencia destinada a caer al haber de la Comunidad; lo que en realidad había
ocurrido era que el Capitán Francisco Hernández Lancha, marido de la biznieta
del Conquistador, habíase opuesto formalmente a las pretensiones del Síndico,
alegando tan buenas razones, que la justicia se negó a conceder al Convento la
posesión efectiva de la herencia de sor María Eugenia de la Paz, en el mundo
doña Isabel Osorio de Cáceres, mientras no probara ciertas cosas que el Síndico
no pudo jamás probar.
Pero
tampoco aceptó la justicia entregar la herencia intestada al Capitán Lancha; y
de esta manera los haberes se hicieron agua en poder de los escribanos y
ministriles y la chacra del Conquistador quedó abandonada como cualquier vil
mostrenco, y a disposición del que quería engordar por allí sus animales, o
vivir sin comprar sitio. Allá por los años de 1690 eran no menos de veinte los
ranchos que se habían levantado dentro de ese extenso predio, en distintas
partes, aun hacia el lado sur, que era un camino de herradura que se había ido
formando a continuación de la Cañada de San Lázaro pues sólo hasta allí
llegaba, por entonces, nuestra hermosa Alameda de las Delicias.
Entre las
muchas obras de “adelantamiento” que efectuó en Santiago el Presidente Marín de
Poveda no podía faltar una ermita, ya que esta clase de obras era de aquellas
que, mediante la devoción del vecindario, podían conservarse perpetuamente, y
con ellas, el recuerdo del fundador.
Existían
en la Capital del Reino bastantes templos grandes y no pocas ermitas y
capillas, casi todos en el área central de la ciudad; en la actual Alameda, y
en el solo espacio comprendido entre el extremo sur del Cerro Santa Lucía hasta
la Cañada de García de Cáceres, se levantaban no menos de ocho o diez; tal vez
era demasiado, y el Presidente Marín no encontraba sitio para su proyectada
fundación piadosa, no porque se opusiera el devoto vecindario, sino porque los
propios frailes y la autoridad eclesiástica consideraban inconveniente tal
multiplicación de templos, según consta de documentos fidedignos.
Pero un
deseo del Presidente no podía quedar sin ser satisfecho, y no faltó un adulón
que soplara a Su Señoría la conveniencia de alzar la nueva ermita a
continuación de la Cañada de San Lázaro, o como quien dice, al pie de las
goteras de la ciudad. Parece que don Tomás Marín era hombre de visuales y a
pesar de que se le insinuaba un sitio extramuros, vislumbró que con el tiempo
la Cañada de San Lázaro, o actual Alameda, habría de prolongarse hacia el
poniente hasta quién sabe dónde... Por otra parte, lo que deseaba el gobernador
era alzar la capilla, anotar en su haber este nuevo servicio a la Religión y al
Soberano, hacerlo valer a su tiempo, recoger la recompensa que viniera y aquí
paz y después gloria.
Y tras
haberse dado un paseíto a caballo por la Cañada, hasta llegar a la de García de
Cáceres, y haberse internado una cuadra o dos, más abajo, para contemplar el
panorama, resolvió instalar su nueva capilla “en un sitio abandonado de la
chacra que perteneció al Conquistador García de Cáceres, junto al camino de
herradura que prolonga la Cañada de San Lázaro"; esto, dicho en nuestro
lenguaje actual, significa que la proyectada capilla levantó sus murallas en el
sitio en que hoy se encuentra el templo de la Gratitud Nacional de mis
reverendos amigos los discípulos del benemérito don Juan Bosco.
La
bendición de la nueva ermita, puesta bajo el patrocinio y advocación de San
Miguel Arcángel, dio lugar a una fiesta religiosa que fue sonada, porque para
asistir a ella el Presidente y su mujer doña Juana de Urdanegui, que fueron los
padrinos, el Obispo Carrasco, los oidores, los funcionarios, los canónigos, el
Cabildo, las comunidades religiosas, el clero, las tropas y el pueblo, fue
necesario organizar un verdadero viaje a extramuros de la ciudad, en carrozas,
a caballo, en carreta, en muía y en burro, los que podían disponer de estos
elementos, y en el caballito de Nuestro Padre San Francisco los demás.
Las
ceremonias empezaron a las ocho de la mañana y se prolongaron hasta después de
mediodía; muchos fueron los que merendaron en el terreno, para lo cual se
habían provisto de “cocaví". En la tarde, ya quedaba muy poca
concurrencia, y a la caída del sol no había por allí sino el “santero” de la
ermita, esto es, el encargado de cuidar la imagen de San Miguel que había sido
llevada en procesión.
Las
limosnas que se recogieron ese día de la inauguración, más el donativo de
cincuenta ducados que había hecho el padrino, aseguraron la celebración del
santo sacrificio de la misa que los días domingos y festivos iba a celebrar
algún clérigo o fraile necesitado de los diez reales que se pagaban por ese
servicio. En rigor, el arancel corriente señalaba por una misa rezada el
estipendio de sólo ocho reales, pero vista la “andada” que se pegaba el
celebrante, desde el centro de la ciudad a extramuros, se había arreglado pagar
esos dos reales de exceso.
Pero
llegó un día en que el “santero” no tuvo los susodichos diez reales para el
estipendio y no se encontró fraile que quisiese darse ese trabajo
gratuitamente; el santero, que lo era un viejo soldado de Arauco llamado
Lorenzo Matus, salía durante dos días de la semana casi arrastrando su
humanidad para pedir limosna por las calles de la capital para la misa, luz,
vino y aceite de la ermita de San Miguel; pero a las veces volvía tan limpio de
alcancía como había salido y el Santo Arcángel tenía que resignarse a no oír
campanillas el domingo y a pasarse a obscuras toda la semana. El Gobernador
Marín, lo sacaba de apuros cuando estaba en Santiago; pero no había quién lo
hiciera cuando Su Señoría se partía a la Concepción de Penco.
La
ausencia del Gobernador, y luego su fallecimiento ocurrido en 1702, dejaron en
la orfandad a San Miguel y a su ermita; a poco murió también el santero Matus y
con esto la capilla quedó abandonada en medio de aquellos campos solitarios.
La ermita
del jefe de las milicias celestiales se encontraba casi en ruinas cuando llegó
a gobernar este Reino dos Juan Manuel de Uztariz en 1709, y era muy
comprensible, pues durante los últimos seis años no hubo santero que cuidara,
no diré la imagen, cuyos vestidos habían sido devorados por los pericotes, sino
aun la capilla misma que, desvencijada por los vientos y las lluvias, había
llegado a servir de pesebrera común de los animales de los potreros vecinos.
Un día
recibió Uztariz una severa comunicación del Obispo Romero en que reclamaba de
la “cristiandad” del Presidente algún auxilio para esa abandonada casa de Dios,
vilmente profanada a diario a causa del descuido o negligencia de las
autoridades encargadas de mantenerla en decoro. A decir verdad, y esto quedó
establecido, el Presidente ni siquiera sabía que existiera tal capilla en sus
dominios, ni menos aun que su denominación fuera la de San Miguel Arcángel, de
quien Su Señoría era particularmente devoto, por motivos especiales e íntimos
que va a conocer el lector.
Cuéntase
que en cierta ocasión, el Presidente Uztariz se encontró extraviado, durante la
noche, en unos caminos de la serranía gaditana infestada de bandidos y que,
inquieto y temeroso de que éstos le jugaran una mala pasada y le quitaran junto
con la vida, una importante cantidad de doblones que llevaba, puso su
pensamiento y confianza en San Miguel, ofreciéndole honrar su nombre en la
primera ocasión que se le presentara. Parece que esta ocasión no se le había
presentado todavía al señor Presidente, por lo menos tan de frentón como con el
reclamo del Obispo; de modo que echando a la espalda el resquemor que le
causara la reprimenda episcopal, resolvió cumplir incontinenti su compromiso
con el Santo, con lo cual mataba dos pájaros de un tiro, pues también quedaría
al partir de un confite con el Prelado, que le tenía bastante mala voluntad,
dicho sea de paso.
Determinado
a echar la casa por la ventana con esta fundación, para quedar bien en el cielo
y en la tierra, el Presidente no se detuvo en pesos más o pesos menos para
reparar la ermita, retocar el Santo, vestirlo de nuevecito con media docena de
trajes para repuesto, dotar a la capilla de sus ornamentos, levantar casa no
sólo para el santero sino para un cura permanente, Cerrar el sitio, labrar
huerto, etc., etc., Buenos pesos había ganado el señor Presidente haciendo la
vista gorda en el contrabando para mostrarse roñoso en cumplir la manda.
Dos años
completos demoró la fábrica de la capilla de San Miguel, con frente a la
continuación de la Cañada, que ya por esos años habíase adueñado del camino de
herradura que fuera su humilde origen; también durante aquellos años habíanse
levantado —para adular al Gobernador— otras casas más al poniente, de manera
que ya no se podía decir que la ermita se encontrara solitaria a extramuros de
la ciudad.
La fiesta
con que se celebró el día de San Miguel del año 1714, fue tanto o más solemne y
bulliciosa que la de quince años antes, celebrada por Marín de Poveda; en esta
última, por lo menos, no ocurrió que el Santo y el santero quedaran solos al
caer la tarde, pues además del vecindario, en las casas de la capilla quedaron
instalados el “ermitaño” que fue el clérigo presbítero don Pablo de Zárate y
Vallejo, el sacristán, su mujer y cinco chicos de familia y dos “inquilinos”
para el trabajo de la tierra, más un negro esclavo que donó, cotizado en
seiscientos pesos, el señor Presidente.
Feliz
vivía el ermitaño en su ermita, diciendo regularmente su misa los días domingos
y festivos y hasta dos y tres veces por semana, con gran satisfacción de los
vecinos, y sobre todo de los “caminantes” que allí pasaban a oírla, muy
temprano, antes de seguir viaje a Malloco, Talagante, Melipilla o San Antonio,
o a Valparaíso (recuerde el lector que la actual Avenida Brasil era el camino
al Puerto), cuando ocurrió una desgracia que interrumpió por algunas semanas
los servicios divinos en San Miguel. El ermitaño fue encontrado una mañana
muerto en su celda, de enfermedad natural al parecer; pero descubrióse después
que la punta de un estilete que el asesino le metió por un costado, le había
tocado el corazón.
Mientras
llegaba a Santiago, el Gobernador, que se encontraba en Valparaíso, y se
resolvía la ceremonia litúrgica en desagravio solemne por la profanación que
había sufrido ese lugar sagrado, pasaron días, semanas y hasta dos meses,
durante los cuales no hubo misa, ni rosario, ni función alguna en la ermita; y
lo peor de todo fue que después del desagravio no hubo clérigo ni fraile que
quisiera irse a vivir a la Capilla, por temor de otra puñalada de pícaro. El
Obispo y sobre todo el Presidente, estaban consternados y preocupadísimos con
este poderoso inconveniente.
Fue en
estas circunstancias cuando el Provincial de La Merced, fray Casimiro Chuecas
se presentó al Gobernador Uztariz, como un salvador de la situación,
ofreciéndole los servicios de uno de los hermanos, no para decir la misa ni
rezar el rosario en la Capilla los días de fiesta, sino para irse a vivir,
valientemente al peligroso y apartado sitio.
—Padre,
¡de Vuestra Reverencia es la capilla! —exclamó el Presidente al oír la
proposición del Provincial, y a fin de asegurar el generoso ofrecimiento.
—Le cojo
la palabra, excelentísimo señor —contestó al punto el Padre Chuecas.
El
Presidente se quedó pestañeando un momento al notar la viveza de la
contestación y en seguida preguntó, con mal disimulada curiosidad.
— ¿Qué
palabra, reverendo padre...?
—La
cesión de la Capilla, que me acaba de hacer tan espontáneamente el señor
Gobernador, y que como palabra dicha por el representante de Su Majestad no
puede volver atrás...
Rascóse
la barbilla el señor Uztariz, mientras lo pensaba bien, y por fin contestó,
convencido de que la propuesta era inmejorable:
—Bien,
padre Chuecas; de vuestra reverencia es la Capilla de San Miguel; pero yo no
quiero que me pueda hacer responsable nadie en el caso de que asesinen al
ermitaño...
—No hay
temor, señor Presidente —respondió el fraile, frotándose las manos—. El
ermitaño no estará solo, porque estoy pensando que en la Capilla de San Miguel
podré instalar el convento de la Recolección Mercedaria de la Estricta
Observancia, que ya está haciendo muchísima falta en esta devota Provincia de
Chile.
Ante la
sonrisa con que el Presidente Uztariz recibió las palabras del astuto
Provincial, éste continuó como en confidencia:
—Los
frailes “franciscanos” y los “dominicos” tienen recoleta hace muchísimos años;
no hay justicia en que la tengan esos santos que fueron pecadores, y carezca de
ella la Purísima Madre de Dios, Nuestra Señora de las Mercedes...
Uztariz
quedó convencido con tan formidable argumento, y decretó la cesión de la ermita
de San Miguel Arcángel, “con sus casas”, para que se fundara allí la Recoleta
Mercedaria.
Un gran
retrato al óleo del generoso Mandatario, que se conservó en el locutorio hasta
que ese convento dejó de pertenecer a los mercedarios, a mediados del pasado
siglo XIX, recordaba la munificencia cristiana del Presidente don Juan Andrés
de Uztariz llamado “el codicioso" por sus contemporáneos.
§ 3. San
Martín de la Concha
(1717)
Desaparecidas
las siete ciudades del sur como consecuencia del tremendo alzamiento de los
araucanos a fines del siglo XVI, que las destruyó hasta sus cimientos, sólo
pudieron sostenerse las de Concepción y de Chillán, la primera por ser una
ciudad costera, que podía recibir constantes refuerzos por mar y la segunda por
estar ubicada a buena distancia del Bío-Bío, que había venido a ser, en
definitiva, “la línea de frontera entre el Estado de Arauco y el Estado de
Chile”, según formalmente se lee en severos documentos de la época.
Desde que
llegaron a la Corte las noticias de la destrucción de esas ciudades —Osorno,
Valdivia, Villarrica, Imperial, Angol, Cañete y Arauco— que durante cuarenta o
más años de existencia habían llegado a ser florecientes, los ministros de Su
Majestad no habían cesado de ordenar que fueran repobladas, “so pena de
perdimiento de bienes de quienes las abandonaron”; parece que estaban
convencidos los altos señores consejeros de Indias de que sólo bastaba una
orden del Rey para que esas ciudades alzaran de nuevo sus muros, o sea, para
que los que cayeron defendiéndolas, resucitasen.
Por
desgracia, los terribles araucanos opinaban de una manera distinta; y por más
empeño que los representantes de Su Majestad pusiesen para darle gusto, pasaron
los años, por decenas, y por medios siglos, sin que las terminantes órdenes
para repoblar o fundar pueblos pudieran ser cumplidas. La guerra de Arauco
alcanzó en todo ese siglo XVII su mayor intensidad a causa de la eficacia de
los nuevos métodos de guerra que habían aprendido los defensores del suelo
nativo; de manera que las huestes españolas hubieron de permanecer, en largas
intermitencias, guarecidas dentro de sus fuertes “defendiendo estrechamente las
vidas”, casi en una guerra sin gloria.
Pero ya a
fines de ese siglo, esa larga campaña había cambiado de faz. Los continuos
“parlamentos’’ que los Gobernadores del Reino habían acostumbrado celebrar con
los naturales para traerlos en paz, y las concesiones que los “beligerantes” se
habían hecho mutuamente para “conchabar” en paz y dar vida a los negociados,
nada correctos, por cierto, que se hicieron famosos en la frontera, fueron
relajando la severidad de la guerra de Arauco, y sólo de vez en cuando
reventaba por ahí algún nuevo ulmén que obligaba a los ocupantes de las plazas
y fortines de avanzada a requerir sus armas.
Fue,
pues, por aquellos años de relativa paz, cuando los Gobernadores de Chile
comenzaron a pensar en dar cumplimiento a las insistentes órdenes del Monarca
para la repoblación de las ciudades destruidas casi un siglo antes; y como era
imposible hacerlo en los mismos sitios donde habían estado, porque toda esa-
región continuaba, prácticamente, en poder de los indios, creyeron cumplir esas
órdenes ubicando las nuevas fundaciones en los valles del lado norte del río
Bío-Bío, que continuaba siendo la línea de frontera.
Fue el
Gobernador Marín de Poveda quien inició esta verdadera empresa de la fundación
de nuevas poblaciones, aunque, a decir verdad, su tentativa no alcanzó el
resultado que buscaba.
Por
aquellos años de 1695, no existía, entre las ciudades de Concepción y Santiago,
sino un centro poblado —la villa de San Bartolomé de Gamboa de Chillán— que
pudiera servir de estación de descanso a los que hacían el largo viaje entre la
Frontera y la Capital. Desde Chillán a Santiago el camino real se encontraba
tan desamparado que era menester hacer el trayecto en grupos más o menos
numerosos y bien armados, para no ser víctimas de los bandoleros que infestaban
esos campos.
Los
corregimientos de Maule y de Colchagua habían tenido que alzar sendas horcas en
el vado de Duao y en los cerrillos de Teno, para colgar de ellas a los
malhechores, a quienes lograban aprehender después de 'laboriosas incursiones
punitivas a través de los centenares de escondrijos y madrigueras de la extensa
región. Se hicieron célebres ciertos predecesores de nuestro republicano
Ciriaco Contreras, que asaltaban, robaban y asesinaban a los transeúntes,
disfrazados de frailes franciscanos...
Para dar
cumplimiento a la orden de fundar nuevos pueblos, Marín de Poveda ideó un plan,
que evidentemente tenía sus ventajas; consistía ese proyecto en ubicar las
nuevas poblaciones a lo largo del trayecto entre Concepción y Santiago, pues
estimaba el Presidente que estos nuevos centros poblados harían alejarse a los
bandidos de los sitios de sus actividades. Con el aplauso de todos, Marín de
Poveda pudo dar cuenta al Soberano, a fines de ese año de 1695, de que había
echado los cimientos de cuatro pueblos, que fueron Buena Esperanza de Rere, al
amparo del antiguo fuerte que allí existía; el de San José de Itata, a las
orillas de este río; el de San Agustín de Talca, al oriente del río Maule, y el
de San Luis de Chimbarongo, en la ribera del estero de este nombre, en el
corregimiento de Colchagua.
Se nombró
a los respectivos cabildos y demás funcionarios, se repartieron solares a los
individuos que habían aceptado constituirse como vecinos, se señalaron sitios
para las parroquias, conventos y hospitales, se concedieron las “mercedes"
con que se acostumbrara “honrar” a las ciudades y a su vecindario, y hasta se
colocaron solemnemente la horca y el rollo en mitad de las plazas de Talca y
Chimbarongo.
Pero todo
no pasó de ahí; la muerte del Gobernador Marín de Poveda; ocurrida dos años
después de la última fundación, que fue la de Chimbarongo, vino a echar por
tierra todo lo hecho, pues al desgano con que la mayoría del vecindario de los
pueblos recién fundados había aceptado radicarse en ellos, se unió el ningún
interés por conservarlos que manifestó el nuevo Gobernador, Sargento General de
Batalla, don Francisco Ibáñez de Peralta.
Diez años
más tarde, sólo quedaban dos de aquellas ciudades, convertidas en dos
pobrísimas aldeas: Rere y Talca.
* * * *
Los
Gobiernos de Ibáñez y de Uztariz, su sucesor, no pusieron interés alguno en
cumplir las órdenes reales sobre fundación de pueblos; acabo de decir que de
las villas, de Marín de Poveda sólo quedaba un pobre recuerdo. Bien es cierto
que ambos Gobernadores habían venido a Chile con bien definidos programas; el
primero a cambiar la situación de hambruna permanente en que estaba viviendo en
la Península, en compañía de una parentela copiosa, y el segundo a resarcirse,
con la correspondiente utilidad, de los veinticuatro mil pesos contantes que
había pagado a los tesoreros de Su Majestad por el empleo de Gobernador de
Chile. España había llegado en esa época, al tope de la venalidad en su
administración y en todos los órdenes.
Sería
difícil establecer cuál de estos dos Presidentes fue el más desvergonzado para
acumular riquezas, por medio de la extorsión y del abuso, pues ambos se
encontraron en la época en que el puerto de Concepción fue el centro del
contrabando de los barcos franceses de Saint Maló. Los juicios de residencia a
que fueron sometidos dejan en claro que ambos Presidentes, en connivencia con
oidores, corregidores y otros funcionarios, sus “paniaguados”, no se recataban
para recibir, y aun para exigir gruesas cantidades de dinero a los capitanes de
los barcos franceses a cambio de permitirles ejercer libremente el contrabando.
A tal
punto llegó el escándalo y tal fue la grita de los perjudicados, que el último
de esos Presidentes, don Juan Andrés de Uztariz, fue exonerado violentamente de
su puesto por el oidor limeño don José de Santiago Concha, que llegó
secretamente a Chile en marzo de 1717, con la orden de someterlo a juicio de
residencia, y de tomar el mando del Reino si así lo estimaba necesario.
El nuevo
Mandatario interino unía al prestigio de su persona, una vasta experiencia en
asuntos administrativos, una laboriosidad a prueba de cansancio y un carácter
bien templado para desempeñar la difícil misión de que venía investido. A pesar
de las dificultades inherentes que oponía un juicio de residencia tan
complicado como el que venía a instruir, le dio término en cuatro meses y dictó
una sentencia que ponía sobre el Presidente acusado un estigma indeleble.
Sin
descuidar, por cierto, la instrucción de este proceso, que era su principal
misión, don José de Santiago Concha encontró tiempo para ocuparlo en enderezar
los servicios administrativos del Reino, que habían andado a la bolina durante
quince años, en los Gobiernos de Ibáñez y de Uztariz; y registrando papeles,
que para eso Su Señoría era balazo, se encontró con media docena de reales
cédulas en las que Su Majestad ordenaba repoblar las ciudades destruidas un
siglo atrás, y fundar nuevas.
Prácticamente
vio el Presidente Concha que lo de repoblar las antiguas era imposible; las
propias averiguaciones que había hecho sobre el estado de la guerra de Arauco
le demostraron que no se podía pensar en penetrar más allá de la línea de
frontera del Bío-Bío, esto es, a los territorios en donde habían existido
Cañete, Angol, Villarrica, Osorno y las demás; pero creyó que era fácil
repoblar las villas instauradas por Marín de Poveda, y aun fundar otras. No
tardó, pues, en dictar las disposiciones iniciales para volver a la vida a
Rere, Itata, Talca y Chimbarongo, e hizo saber su propósito de fundar un nuevo
pueblo entre Santiago y Valparaíso, a las riberas del río “de Chile y
Quillota”, en cierto paraje “de terrenos muy acomodados donde existía una casa
del señor San Francisco” y una pequeña dependencia de la hacienda de Ocoa,
perteneciente a la Compañía de Jesús, a cuyos alrededores se habían levantado
algunos ranchos de indios y de españoles.
El origen
de esta población en tal sitio se remontaba a los tiempos en que tuvo su auge
la población de los lavaderos auríferos de Marga-Marga años más tarde, cuando
ocurrió la destrucción de Imperial y Osorno; muchos de los fugitivos de estas
ciudades que llegaron por mar a Valparaíso, se guarecieron en los alrededores
de un “tambo" en que vivían, o mejor dicho, en que pernoctaban dos
misioneros franciscanos que se habían instalado por allí en calidad de
“doctrineros" de los indios comarcanos.
En esos
tiempos ese modestísimo tambo franciscano fue denominado “la conversión de
Quillota" por haber quedado ubicado “en el comedio de un valle de cuatro
leguas de largo por dos de ancho, que por un lado ciñe una cordillera y por el
otro el copioso río de Chile y Quillota”; pero, pasados algunos años, el tambo
fue trasladado una legua más abajo, a un terreno de diez cuadras que donó el
encomendero Francisco Hernández, para que se construyera la casa del señor San
Francisco, o sea, el convento que hasta ahora existe, el cual fue erigido en
parroquia. El primitivo tambo quedó como vice parroquia.
Por
cierto que la mayor parte de los que vivían en los alrededores del tambo
antiguo trasladaron sus viviendas a las cercanías del nuevo convento,
formándose de esta manera y, poco a poco, una larga fila de casas, “a modo de
una calle’’ que unía por buen camino real, el tambo primitivo con el convento
nuevo. La fertilidad de los campos, “el temperamento, buen aire y agua rica”,
de que se disfrutaba en ese paraje, y especialmente la vecindad al puerto de
Valparaíso, hicieron de la “conversión de Quillota" un pequeño centro de
actividad que fue creciendo después que los jesuitas construyeron, por allí,
una pequeña casa dependiente de su gran hacienda de Ocoa.
La
devoción al bienaventurado San Martín que los franciscanos habían fomentado
desde los primeros años, constituyendo al santo en patrono de la
“conversión" dio también mucha popularidad a este poblado. A las fiestas
de San Martín, que se celebraban en noviembre, concurrían no solamente los
habitantes de las haciendas de los alrededores y los de Valparaíso, sino
centenares de vecinos de Santiago, que con el pretexto de pagar “mandas” iban a
pasar allí una semana o dos de bullicioso jolgorio, en la mayor libertad
posible. Se dio el caso de una reclamación interpuesta ante el Gobernador, don
Juan Henríquez, por doña Lorenza de Arteaga, porque su marido, el general don
Matías de Valdovinos “se ha ido a las fiestas del señor San Martín hace un mes
y no vuelve a esta ciudad”, por lo que suponía la ingenua señora que su cónyuge
hubiera sido víctima de algún accidente. La verdad era que don Matías, en
compañía de otros “devotos’’ de Santiago, se había entusiasmado tanto con “el
cariño” que le habían hecho en Quillota, que se había olvidado del hogar.
El
Presidente Concha conoció este pueblo a su llegada a Chile, por invitación que
le había hecho el jesuita Padre Pablo Xuárez, para que viera el sitio donde la
Compañía quería fundar un colegio y para mostrarle la casa que actualmente
tenía; Concha había ido a Quillota en compañía del gobernador de Valparaíso,
don Manuel Tobar del Campo, y quedado encantado del paraje y del fértil valle
que se extendía al pie del cerro de Mayaca.
Su
determinación de fundar allí un pueblo, obedecía, pues, al convencimiento
íntimo de que habría de tener gran importancia en no lejano tiempo, por su
ubicación tan cercana al puerto, por su apacible clima y por la fertilidad de
sus campiñas.
Para
ajustarse a las instrucciones que regían para estos actos, reunió en su
“cuarto" a los oidores de la audiencia, a su Fiscal, al Obispo de
Santiago, al Deán de la Catedral, al Corregidor de Quillota, don Alonso de la
Xara Quemada, y al prestigioso vecino de Santiago don Pedro de Iturgoyen y
Amasa, a quien había designado Superintendente de la proyectada fundación, y
todos estuvieron conformes en aprobar el proyecto del Presidente. Ese mismo
día, que fue el 9 de agosto de 1717 quedó firmado el “auto" por el cual se
daba vida, por el momento en el papel, a la nueva ciudad, a la cual se puso el
nombre de San Martín, en honor del celestial patrono de la región con el
agregado “de la Concha", en perpetuo recuerdo de su fundador, don José de
Santiago Concha.
En el
mismo acto, el Presidente nombró dos alcaldes y seis regidores en las personas
de los encomenderos más prestigiosos de aquel valle, y ellos fueron don Alonso
Pizarro de Figueroa y don Pedro de Frías, alcaldes, y don Diego Torrejón, don
Jinés de Escobar, don Francisco de Riberos y don Femando Ortiz, regidores.
El
Superintendente Iturgoyen y Amasa, encargado de supervigilar la “fábrica” de la
nueva ciudad, puso en su labor un entusiasmo fervoroso; no en balde el
Superintendente era uno de los más ricos encomenderos de ese valle, aunque él
vivía en Santiago, como opulento criollo. Una semana después de la reunión en
que quedó fundada, “por escrito”, la ciudad de San Martín de la Concha, el
Superintendente se encontraba en el valle de Quillota, reuniendo los elementos
que se necesitaban para fundarla en el terreno, esto es, notificando a los
habitantes del valle y de los campos circunvecinos, que en perentorio plazo
deberían reunirse a vivir en la ciudad recién fundada, en donde se les
repartirían solares adecuados y se les “honraría como
ciudadanos”.
El
Superintendente con los alcaldes y regidores habían anunciado a los futuros
vecinos que a la ceremonia de la fundación de la ciudad asistirían el
Presidente del Reino y el Obispo de Santiago, don Luis Francisco Romero,
acompañados de sendas comitivas y que por lo tanto esas ceremonias adquirirían
los caracteres de fastuosas, como no lo habrían soñado jamás los quillotanos.
Se unía a estas expectativas, el hecho de que el Presidente había elegido para
efectuar la ceremonia, la fecha del 11 de noviembre, día de la fiesta de San
Martín, que según ya sabemos, reunía en ese valle a centenares de personas aun
de las más distantes parroquias.
En
efecto, el señalado día 11 de noviembre de 1717, la antigua “conversión"
de Quillota veía reunidas delante del templo de San Francisco una multitud
jamás vista de personas que rodeaban el solio que allí se había levantado para
cobijar bajo sus cortinajes de grana y oro, a los dos más altos dignatarios del
Reino, el Presidente y el Obispo, a los cuales hacían guardia de honor sus
edecanes y familiares en respetable número, y las tropas que habían venido de
la capital para escoltarlos. En sitio conveniente frente al dosel, habíase
colocado la imagen “de bulto" de San Martín, patrono, más que nunca de la
nueva ciudad, y al pie del Santo, el escudo rojo y azul de los Concha, todo
rodeado de las banderas reales, y al centro, el estandarte de la ciudad, obsequio
del Presidente, por cuya bordadura había pagado a las monjas Agustinas sesenta
y siete pesos “más el hilo de oro”.
Al pie
del pedestal de la imagen fueron colocadas las bancas del Cabildo, al centro de
las cuales tenían su lugar los alcaldes que en ese acto iban a recibir
solemnemente la autoridad, de manos del Presidente. A uno de los costados, el
Guardián del Convento franciscano, que era el cura, con seis frailes y dos
“mochos” venidos en la comitiva santiaguina para desempeñar las funciones
religiosas de la ceremonia, permanecían revestidos esperando la señal para
entonar los cánticos preliminares de la bendición previa con que el Obispo iba
a iniciar el acto.
Hecho el
silencio ante la majestad del prelado, que se puso de pie, revestido de sus
lujosos paramentos, calzada la mitra y apoyado en el dorado báculo pastoral,
llenaron los aires los coros litúrgicos y un momento después la concurrencia
hincó sus rodillas en tierra, mientras el Obispo figuraba en el aire, con su
mano derecha, el signo de la redención.
Las
trompetas y tambores hicieron nuevo silencio una vez terminado el acto de la
bendición episcopal, para dar lugar a que el escribano pudiera dar lectura al
“auto” del Gobernador, por el cual, de orden de Su Majestad, hacía saber a los
quillotanos que había tenido a bien fundar esa nueva ciudad, con el nombre de
San Martín de la Concha, “que así lo quisieron los altos señores de su Consejo
en la capital de este Reyno, para recordar inmerecidamente mi nombre, como lo
hicieron Valdivia, García de Mendoza, Loyola, Castro y otros que fundaron
ciudades”.
Cuando el
escribano terminó, la arcabucería empezó a atronar el espacio con sus descargas
por turno; al mismo tiempo que la única campana del templo franciscano se
volvía loca por hacer el mayor ruido posible; por cierto que el ruido de media
docena de campanas hubiera sido apagado también por la inmensa gritería de
aclamaciones y vítores, con que la multitud allí reunida confirmó la orden de
la fundación, uniendo a los nombres del Presidente, del Obispo, del
Superintendente Iturgoyen y de los alcaldes, el del modesto San Martín, que
contemplaba humilde desde su pedestal tan entusiasmados transportes de alegría.
Once días
permaneció en la nueva ciudad el Presidente Concha, pues no quiso moverse de
allí hasta no dejar trazada la ciudad, repartidos los solares e instalado el
Cabildo; y sólo cuando Su Señoría creyó que su presencia no era tan necesaria,
emprendió su regreso a la capital, en donde lo esperaban nuevas fiestas en
celebración del importante acto gubernativo con que había acrecentado en Chile
su ya brillante hoja de servicios a la Corona.
San
Martín de la Concha había recibido del Gobernador el título de ciudad; pero el
Soberano, al confirmar la fundación de ese pueblo por Real Cédula del 21 de
diciembre de 1719, sólo le concedió el título de “villa", con el que
subsistió durante veinticinco años más, a pesar de las insistentes peticiones
de su cabildo y vecindario que no se conformaban por haber sido rebajados de
categoría.
§ 4.
Venganza criolla
(1717)
No
obstante su bien adquirida fama de incorruptible magistrado, de inflexible
gobernante y de persona de costumbres severísimas, Su Señoría el Oidor de la
Audiencia de Lima, don José de Santiago Concha, Caballero de Calatrava, del
Consejo de Su Majestad, Gobernador Interino del Reino de Chile y Juez de
Residencia del desposeído Gobernador don Juan Andrés de Uztariz, cayó —según
parece— a poco de llegar a Concepción, a donde había ido a poner a raya el
contrabando francés que se había enseñoreado en esas playas, cayó, repito,
según me parece, y cómo un inexperto pececillo, en las redes que muy
disimuladamente mantenía tendidas en aquellas aguas una sagaz pencona de unos
veinticinco añitos mal contados y en las cuales se daban de cabezazos más de
una docena de galanes de lo mejorcito de la región.
Esbelta,
bien plantada y con unos andares de triunfadora que los hubiera envidiado el
conquistador de América; carita ovalada y morena mate con un hoyuelo en cada
mejilla; par de ojazos verdemar que insultaban o suplicaban, según el caso, a
través de unas pestañas largas y arqueadas como un corvo asesino; naricilla
remangada como para que pudiera lucir en toda su pequeñez una boca tan
chiquirritica en la que, indudablemente, no cabía un peso entero sino en
pequeñas parcialidades,
piececillos
poco más grandes que piñones, ante los cuales no se explicaba la gente cómo
podía tenerse en pie tal criatura; en fin, señores, una estupefacción de mujer
que a todo lo dicho podía agregar la cualidad de no ofrecer suegra al futuro
marido, pues la pobrecilla vivía al solo cuidado de una especie de tía viuda.
Tal era, allá por el año 1717, doña María Isabel de Magaña y Benavente, vecina
de la Concepción de Penco y presunta “encomendera” de la Imperial.
Única
hija del Sargento Mayor de Artillería don Joaquín Alfonso de Magaña y Ochoa y
de doña Lorenza de Fuica Benavente, fallecida en la Imperial, su residencia,
durante una epidemia de chavalonco que asoló esa región el año 1703, la
huérfana fue llevada por su padre a Concepción, en donde vivía la tía, casada
entonces, que le sirvió de madre desde aquella fecha, y de único apoyo en la
vida desde que el Sargento Mayor sucumbiera heroicamente a manos de los indios
alzados de Boroa, en 1715. Un año antes de esta fecha había fallecido también
el marido de la tía; de modo que cuando faltó el padre de la muchacha, las dos
mujeres hubieron de afrontar solas una desesperada lucha por la existencia.
Al “pasar
desta vida”, el Sargento Mayor había dejado en la Imperial, entre algunos
haberes de poca monta, una encomienda de doscientos indios cuyo principal fruto
consistía en la explotación de unos lavaderos de oro en ciertas quebradas que
caían al río de Las Damas; mientras don Joaquín de Magaña estuvo vigilando
personalmente su encomienda, los lavaderos le rindieron lo suficiente para
cubrir sus necesidades; pero una vez que faltó, sus mayordomos, primero, y sus
amigos, después, se repartieron de lo que había quedado sin preocuparse mucho
de la única y legítima heredera a quien despojaban de lo que le serviría para
vivir.
Huérfana,
joven, bonita y pobre no faltaron a doña María Isabel protectores que llegaban
adorando al santo por la peana; el “do ut des” fue un refrán cuyo significado
experimentó muy de cerca la hermosa cuanto afligida muchacha en los duros y
largos períodos en que la necesidad la asediaba, y cuando su compañera de
orfandad, desesperada tal vez ante la miseria, adoptaba ciertas actitudes de
Celestina.
El
Corregidor de Penco, un señor escribano, el abogado Uriondo, el Tesorero
Caxigal, los marinos franceses, los oficiales del Ejército de la Frontera, y en
fin, todo el que se sentía en condiciones de galán y podía disponer de una
faltriquera más o menos provista, echaba la mirada codiciosa sobre la hermosa
criolla huérfana, no para tenderle mano honrada y leal, sino con intenciones
que doña María Isabel comprendía luego y rechazaba con indignación.
En esta
lucha cruel y desigual, la niña aprendió mucho, y sobre todo a defenderse; y
fue su propia estampa de real moza y su resistencia al asedio su mejor arma;
galán que alcanzaba la gloria de una mirada incendiaria o suplicante de
aquellos ojazos verdemar, podía darse por uncido al yugo, sin que le valieran
ni las dádivas, ni las ternuras, ni promesas, ni constancias que no estuviera
dispuesto a confirmar delante del señor cura párroco.
Y como
todos los pretendientes que le habían presentado a la muchacha —menos uno que,
por desgracia, murió— no iban a las derechas sino a las muy torcidas, resultaba
que doña María Isabel contaba con más de una docena de adoradores, pero con
ningún novio, hasta que la niña se dio a pensar, en serio, en que el Santo
Sacramento del matrimonio podía ser una pamplina, por lo menos en Penco.
Entretanto,
el tiempo pasaba y su situación de huérfana pobre se iba agravando cada día
más, con el consiguiente mal humor de la tía que no podía conformarse con tener
que vivir al borde de la miseria teniendo a su lado una sobrina joven y bonita.
—Ya sé,
señora, lo que tengo que hacer, y no me mortifique más, por Nuestra Madre de
las Nieves —contestó una tarde a su tía, la desesperada muchacha—. Me
presentaré al señor Gobernador 'recién llegado, me echaré a sus pies, y le
pediré que me restituya en la posesión de la encomienda de mi señor padre, que
santa gloria haya, con lo cual acabarán nuestras penas.
—Harás
una nueva necedad, sobrina —contestó la vieja—, pues el nuevo Gobernador don
José de Santiago Concha, si te oye, hará lo que el pasado, don Andrés Uztariz,
que todo fue prometer y nada cumplir, si no fue en lo de dar ocasión a que su
hijo menudeara sus visitas a esta casa, con perjuicio más que beneficio.
—Calle,
vuestra merced, tía, que no vale recordar eso...
—Sí, que
vale, pues te conviene no olvidar que la continua entrada del hijo del
Gobernador en nuestra posada, dio pie para que se alejara de aquí algún
pretendiente a marido que hubiera podido sacarnos de ayunos y a ti de soltería.
Aludía la
tía vieja —a la que llamaremos doña Dolores, porque su nombre no ha pasado a la
historia— a cierto pretendiente cincuentón que, por desempeñar el cargo de
síndico de las Trinitarias de Penco, había podido compartir, con cierta
generosidad, las provisiones entre el tomo de esas beatas y la despensa de las
huérfanas, y con tal motivo parece que había echado el ojo sobre la sobrina.
—Si se
refiere a don Perfecto Cañón, sufre vuestra merced, señora, un error grave,
pues si ese provecto señor nos ha sacado de ayunos, cosa que agradezco, jamás
ha pensado en sacarme de soltería —replicó la muchacha coloreado el rostro.
Algo
refunfuñó doña Dolores, que hizo dar un respingo a su interlocutora, y
contestar con voz airada:
—Lo que
yo haga será por mi deseo y a mi placer, que en lo tocante y cumplidero a mi
persona yo misma seré mi juez.
Y echando
un “rebozo” sobre sus bien peinados cabellos y una fugaz mirada sobre su rostro
reflejado en un “espejuelo de azogue”, obsequio de un marino francés, salió de
la casa dando un portazo y endilgó por la calle “del Corregidor" hacia la
Plaza de Armas. ¿A dónde iba?...
Un grupo
de galanes de los que acostumbraban estacionarse en el atrio de la Catedral
para disparar de mampuesto sobre las palomitas que a esa hora salían a tomar
aires, se prestaron a abrir paso a esa admirable y altiva beldad pencona,
aunque sabían que muy contadas veces concedía una mirada y casi nunca una
sonrisa. Faltaban todavía algunos pasos para que la niña llegara al grupo,
cuando los mozos, y alguno que no lo era, comenzaron a desplegarse en dos filas
entre las cuales debería pasar, y pasó, María Isabel, esbelta triunfadora,
señoril y recatada, mientras se alzaban las puntas de las espadas al peso de la
manoque se apoyaba en la empuñadura, mientras se inclinaban los fornidos pechos
y se batían, de alto abajo, las gorras y los chambergos emplumados.
María
Isabel atravesó la calle salvando con severa elegancia el “arroyo” que se
deslizaba al medio y se dirigió, resueltamente, hacia la puerta principal de.
Palacio en cuya “escalinata” se agrupaban algunos oficiales de la guardia. La
gallardía de la dama al detenerse frente al primer oficial que encontró a su
paso, obligó a todos los demás a suspender la charla que sostenían, y ninguno
dejó de admirar la melodía de aquella voz que pronunció, con el aplomo de una
dama de Corte:
—Señor
oficial, doña María Isabel de Magaña y Benavente, encomendera de la Imperial,
desea besar las manos al señor Gobernador, don José de Santiago Concha...
¿Sería servido de conducirme a su presencia?
El
oficial era un perulero recién llegado de Lima en compañía del Gobernador y a
fuer de extranjero no quiso (o no pudo) resistir al deseo de quedar por galante
con la hermosa criolla que lo interpelaba con tan singular cortesanía.
—Aunque
las órdenes que tengo no se conforman con vuestra petición, señora —dijo el
apuesto mozo, descubriendo su ensortijada peluca—, sed servida de acompañarme.
Y penetró
junto a ella al zaguán y luego a un aposento que era una de las antesalas de la
escribanía del Gobernador. Momentos más tarde, doña María Isabel se encontraba
en presencia de Su Señoría el Gobernador de Chile.
Dijeron
las malas lenguas que doña Isabel había 'sido alzada por el severo Magistrado a
cuyos pies se había arrodillado al entrar, y conducida por él mismo a un
taburete muy cercano a su dorado sitial y que allí había escuchado, con visible
interés y aun con emoción, el relato que la hermosísima criolla le había hecho
de sus penas desde que falleció su padre en el asalto del fortín de Boroa;
díjose que terminada la entrevista, don José había acompañado a la dama hasta
la puerta, y lo que era más grave y revelador, había levantado por su mano la
cortina de brocado para dar paso a la visitante; agregaron los palaciegos que
el Gobernador había llamado a su ayudante de guardia y ordenádole que
acompañara a la encomendera hasta su casa y por fin, que al despedirse de ella
habíale alargado su alba y peluda mano para recibir el tenue beso de honda
gratitud con que la agradecida muchacha deseaba, seguramente, corresponder al
Mandatario tanta benignidad.
Como
veraz e imparcial cronista yo me abstengo de decires y de comentarios sobre
estos chismes, pues de tales debo calificarlos al no haber encontrado en los
documentos referencia alguna sobre estas versiones que corrieron en Penco y de
las cuales apenas han quedado algunas frasecillas que pudieran ser
interpretadas en ese malévolo sentido, en algunos documentos poco dignos de fe,
pues provienen de la desesperada defensa que hizo de su actuación pública el
desconceptuado Gobernador Uztariz, a quien don José de Santiago Concha, vino a
residenciar, y condenó.
El hecho
cierto fue el de que doña María Isabel y su tía doña Dolores, cambiaron de pelo
desde entonces; que al par de semanas después de la entrevista que acabo de
esbozar ante el lector, la sobrina fue puesta en posesión solemne de su
encomienda de la Imperial, con lavaderos y todo y que las minas debieron rendir
bastante desde el primer momento, porque antes de dos meses la apetitosa
criolla llevaba el cetro de la elegancia y el lujo en Penco, y su casa,
modestísima antes, era ahora el centro de reunión de lo más encopetado del
funcionarismo austral, que le rendía el más cortesano acatamiento.
A fines
de julio de ese año de 1717, el Gobernador, don José de Santiago Concha se
trasladaba a la Capital del Reino para implantar allí también los nuevos y
severos rumbos que ya dejaba impuestos en la administración pública de la
libertina Penco. Ausente el Gobernador, y en pleno invierno, la ciudad de
Concepción había quedado durmiente y casi solitaria; la mayor parte de los
funcionarios y de los vecinos de pro emigraban hacia la abrigada y cómoda
Chillán, o a las confortables casas de sus haciendas, y los pocos que
permanecían en la metrópoli del sur encerrábanse en sus posadas, al amparo del
frío, de la lluvia majadera y de los temporales furiosos que asolaban la costa.
Doña
María Isabel y su tía desaparecieron también de la inaguantable ciudad de
Penco, y aunque la “china” cuidadora de la casa contestaba invariablemente que
sus amitas habían partido a la Imperial, muchas personas que de allí venían a
“la Concebición” aseguraban que la conocidísima y popular doña María Isabel no
estaba viviendo en las casas de su encomienda imperialeña.
No dejaba
de extrañar, por cierto, el que sobrina y tía “se hubiesen perdido"...
pero un oficial de la marina francesa cuyo barco había aportado en Penco, a
fines de agosto, procedente de Valparaíso, corrió la voz de que “había oído
decir" que vivía en Santiago —cómodamente instalada en una casa de la
calle de Santo Domingo y a pocos pasos de la “puerta falsa" del Palacio
del Gobernador— una hermosísima forastera que con su garbo, su bizarría y sus
maneras señoriles, había logrado atraer a su casa a lo más granado del
contingente masculino de Mapocho, desde el Gobernador abajo. Agregaba el
“franchute” que el último revuelo alrededor de la residencia de la forastera lo
había causado la exhibición de un grande y hermoso retrato del Gobernador
Concha pintado por un quiteño residente, el cual retrato, adquirido por la
forastera, había sido aceptado por el Cabildo de la Capital para que adornara
su Sala de Sesiones perpetuamente.
Y el mala
lengua del marino francés, juraba, por Carlomagno, que esa forastera mapochina,
no podía ser otra que la desaparecida pencona doña María Isabel de Magaña y
Benavente...
Dicen que
cuando el río suena, piedras lleva; pero la verdad es, señores, que si a este
respecto yo he oído campanas, no sé por dónde han sonado y en este caso lo
mejor será que ustedes no esperen saber nada de estos chismes por mi
intermedio; y pasemos a otra cosa, que es tiempo ya de poner término a esta
lata y desabrida relación.
Cuando
menos se esperaba, circuló en Santiago la noticia de que el nuevo Gobernador de
Chile, recién nombrado por el Rey, don Gabriel Cano de Aponte, estaba por
llegar al “camarico” de Chacabuco, pues Su Señoría venía por la ruta de Buenos
Aires. Esto significaba que el Gobernador Interino, don José de Santiago
Concha, había terminado su misión en Chile y debía partir, cuanto antes, a
reasumir sus altas funciones de Oidor de la Audiencia de Lima. En efecto, a los
pocos días se trasladaba a Valparaíso, casi de repente, para aprovechar la
partida de un galeón que estaba de zarpe rumbo al Callao.
Cuéntase
que cuando el Oidor limeño se encontraba instalado en el camarote del barco,
llegó hasta allí, inesperadamente una dama que ocultaba el rostro tras un
espeso velo, y que demostraba en sus actitudes y ademanes una agitación
angustiosa y desesperada; penetró al camarote del Oidor, cerró tras sí la
puerta y permaneció allí hasta que, ya caída la tarde, se la vio salir
sollozante, entre el capitán de la nave y otra persona que la sostenían de los
brazos. El batel, listo en la escalera, condujo a la dama a la playa, y una
hora después el galeón enveló hacia el norte, llevando a su bordo a Su Señoría
el Oidor don José de Santiago Concha.
* * * *
Escándalo
de grandes proporciones se produjo en Santiago, cuando el vecindario supo que
en la sala del Cabildo se había cometido un sacrilegio espantoso... Pero léase,
para ahorrar la palabrería de este cuentista abusador, lo que a este respecto
dice el acta de la sesión del Cabildo, fecha de 23 de enero de 1718:
“Habiendo
entrado a la sala de su ayuntamiento los señores del Cabildo, y reparado en una
efigie y retrato del señor Joseph de Santiago Concha, gobernador y capitán
general que fue de este Reyno, que está colgada en la referida Sala, se halló
en el rostro con muchos tajos y todo el costado, al parecer con cuchillo o
espada y vista tamaña injuria gravísima, hecha más al Ayuntamiento que a dicho
señor don Joseph, por los beneficios notorios que hizo a esta ciudad y Reyno,
mandaron se traslade la efigie por el artífice que la hizo sin reparar en
costos y se proceda luego, in continenti, a la averiguación y castigo del
agresor”, etc., etc.
Algo se
dijo, durante las averiguaciones, que alguien había visto esa noche del
atentado, a una “mujer encubierta" rondar por los portales del Cabildo,
horas después de la “queda", pero no se llegó a establecer si era verdad
este nuevo chisme, ni menos quién podría ser esa mujer.
— ¡Ah!,
¡se me olvidaba!
Doña
María Isabel de Magaña y Benavente tomó el hábito de novicia en las Trinitarias
de Concepción, a mediados de abril de ese mismo año.
§ 5.
Monsieur Petit
(1720)
A bordo
del navío francés “Aurora”, capitán Dufresne, procedente de Saint Malo, arribó
a las playas de Penco, a principios del año 1718, un médico francés llamado
Monsieur Pablo Petit, provisto, además, de su licenciatura obtenida en la
Universidad de Amiens, de muy buenas informaciones sobre este país y su gente,
que le habían sido proporcionadas por su compatriota el ingeniero Amadeo
Frezier, hombre de ciencia que había recorrido los reinos de Chile y Perú,
cinco años antes, en comisión reservada de Su Majestad Cristianísima el Rey de
Francia.
Pero,
además de las informaciones antedichas, que indudablemente no bastaban para que
un profesional extranjero se resolviese a venir a tentar suerte en este
distanciado país, Monsieur contaba con algo más, y este algo era lo que habíalo
empujado a emprender esta verdadera aventura: en tres años que Petit había
permanecido en España, como catedrático de Medicina en la Universidad de
Mataró, Cataluña, y como médico del Real Hospital de la misma ciudad, tuvo
oportunidad de tratar con alguna intimidad al Mariscal de los Ejércitos
Españoles don Gabriel Cano de Aponte, a cuya primera mujer, doña María Camps,
había “curado” en una de sus enfermedades que más tarde le produjeron la
muerte.
Agradecidísimo
de tan señalados y eficaces servicios, don Gabriel habíase ofrecido, del médico
como su atento y seguro servidor, y no como ahora se usa vulgarmente al pie de
cualquier carta, sino en el verdadero y honrado sentido de la expresión. Y tan
sincero fue este ofrecimiento del agradecido cliente, que cuando don Gabriel
Cano recibió su nombramiento de Gobernador de Chile invitó al médico Petit a
que lo acompañara, formando parte de su comitiva, con la promesa de toda la
protección que estaría en situación de otorgarle en una tierra de la que iba a
ser verdadero señor.
Algún
inconveniente grave tendría el físico francés para no aceptar, por el momento,
la generosa proposición del Gobernador de Chile, o, por lo menos, no se
atrevería a lanzarse, a ciegas, a lo desconocido.
El hecho
fue que no se vino entonces; pero la expectativa de “pasar” a la América, en
donde, tal vez, lo esperaba una rápida fortuna, quedó en su cerebro y en un
viaje que hizo a su patria, se encontró en Marsella, con su antiguo
condiscípulo el ingeniero Frezier, que recién regresaba de las Indias
españolas. Después de una conversación larga y sostenida con ese amigo que no
tenía interés alguno en engañarle, quedó convencido de que, contando con la
protección del Gobernador de un país tan maravillosamente dotado de riqueza y
tan “delicioso” como Chile, no pasaría de ser un mentecato si no cruzaba el
charco en la primera ocasión.
Resuelto
ya el punto principal, cualquier otro obstáculo sería pequeño; el médico y
profesor no era un rotoso; los barcos franceses salían de Saint Malo y aun de
Marsella cada tres o cuatro meses, directamente a Penco, y ninguno de sus
paisanos le negaría pasaje, mejor aun si lo pagaba de contado. Embarcóse, pues,
en Saint Malo, a fines de 1717 y entre el tercero y cuarto mes del año
siguiente desembarcaba con toda felicidad en Penco, después de una travesía
bastante accidentada del Cabo de Horn (Hornos) durante la cual el médico estuvo
convencido varias veces de que su aventura iba a terminar en el fondo del mar.
La
felicidad de Monsieur consistió en que en esos mismos días había llegado a
Concepción el nuevo Comisario General de la Caballería del Ejército de Chile,
don Manuel de Salamanca —para hacerse cargo de la dirección de la guerra de
Arauco, que continuaba vivita— y este señor Salamanca era nada menos que un
sobrino del Gobernador Cano, que había venido de España en la comitiva de su
tío. El médico, había conocido “naranjo" al señor de Salamanca en
Barcelona, esto es, de modestísimo subteniente y lo encontraba ahora en Chile
convertido en todo un señor Comisario General... ¡Era toda una expectativa para
el recién llegado!
Por
suerte, el Comisario Salamanca no le hizo la desconocida al recién llegado,
cuando éste se presentó, casi tembloroso, ante Su Merced, y, por el contrario,
todo fue verle, reconocerle y echarle los brazos, recordando con alegría y con
gratitud aquellas atenciones que otrora prestara el médico a la difunta señora
tía en España.
—Descuide
Vuestra Merced, señor médico, de su suerte en este Reino mientras permanezcamos
en él mi señor tío el Gobernador, y éste su reconocido amigo; por ahora, y
mientras descansa del largo y duro viaje que me ha contado, traslade Vuestra
Merced su residente a ésta mi casa, que también será la suya si lo quiere, y en
ella estará servido como lo merece.
El médico
Pablo Petit vio sus expectativas realizadas al oír estas palabras, y, sobre
todo, cuando el simpatiquísimo sobrino le prometió comunicar su llegada al tío
Gobernador “para que Su Señoría dispusiese”. Pero, conocedor del mundo y del
humano corazón, Monsieur Pablo no quiso aceptar el hospedaje que el Señor
Comisario le ofrecía, aunque agradeció con el rendimiento que era de rigor tal
gentileza. Tenía como sostenerse con decencia durante algún tiempo y no quería
recibir esta clase de protección de quienes esperaba otra bien distinta y mucho
más productiva.
Dos meses
permaneció don Pablo en la Concepción de Penco en espera de las disposiciones
del Gobernador y los aprovechó muy bien para orientarse respecto de las
condiciones y de la situación del país que venía a conquistar. Comprobó, desde
luego, que las informaciones que había recibido de su amigo y compatriota
Frezier eran por demás exactas sobre las expectativas que se había forjado,
pues, en la ciudad de Penco, la segunda en importancia del Reino, tuvo una
acogida de franca cordialidad. Su primer cliente había sido nada menos que el
Obispo don Juan de Nicolalde, a quien curó de unas cuartanas rebeldes que el
Prelado contrajera con el cambio de clima, pues Su Ilustrísima había sido
promovida de una canonjía de la Catedral de La Paz, o sea, desde el seco Altiplano,
a la lluviosa playa de Concepción.
Por fin,
en el mes de junio de 1718 recibió el médico francés, por intermedio del
Comisario Salamanca, la invitación del Gobernador Cano para que “pasara" a
Santiago, la Meca de sus ilusiones. Después de despedirse de sus numerosos
amigos y de su clientela “que lo lloró", don Pablo Petit montó a caballo y
partió rumbo a la capital, muy bien recomendado al postillón del correo Benicio
Palma, que salía de Concepción hacia las ciudades del norte. El francés pudo
conocer, de paso, la villa de Rere, el fuerte de Yumbel, la ciudad de Chillán,
las casi deshabitadas poblaciones de Talca y Chimbarongo fundadas veinte años
atrás por el Gobernador Marín de Poveda, y los fértiles campos del valle
central de Chile. A los ocho días de viaje cruzaba el puente del Maipo y su
desolado “llano” y entraba a la capital del Reino por el camino real de la
Ollería (calle de la Maestranza), en cuya casa “se apeó”, pues traía cartas de
recomendación para el Padre Lagos, Superior de ese establecimiento jesuítico.
El
recibimiento que al subsiguiente día le hizo el Gobernador Cano cuando el
médico se presentó a Palacio, a la hora que le fue previamente indicada, le
confirmó plenamente en sus expectativas: el Gobernador no solamente esperaba
con los brazos abiertos al que una vez salvó la vida de su primera mujer doña
María Camps, sino que le tenía lista una “provisión" que le designaba
médico del Hospital de San Juan de Dios, lo cual significaba que el recién
llegado no tendría que preocuparse de su comida y vivienda, porque contaba con
un sueldo de quinientos ducados al año...
Apenas
instalado en tres “cuartos” que a pedido del Gobernador le arrendó al
facultativo, en su propia casa, el Procurador de la ciudad, don Antonio de
Zumeta, el médico se presentó al Superior del Hospital, Padre José Ignacio
Cantos, para tomar posesión de su empleo. Ya sabía el religioso de este
nombramiento que él se había visto obligado a aceptar de muy mala gana y sólo
por haberle sido pedido por el Gobernador, a quien era bien difícil negar nada,
pues a su alto cargo de Primer Mandatario unía la calidad de Vice Patrono del
establecimiento hospitalario; de manera que cuando Petit pidió ser “recibido”,
y que le fuera indicado su “quehacer", el Padre le dijo, en un tonillo que
al interesado le pareció bastante desagradable:
—Señor
mío, ha de saber Vuestra Merced que en este santo establecimiento asisten
cuatro médicos “latinos”, uno “de romance” y un último “de yerbas”, que es
hermano de nuestra sagrada Religión del señor San Juan de Dios, y que todos los
enfermos que hay les están distribuidos, no siendo posible quitárselos. ¿Es
médico latino o de romance Vuestra Merced? —interrumpió de súbito el Padre.
—Mi
licenciatura de la Facultad de Amiens, y mi cátedra de Mataró habrán indicado a
Vuestra Paternidad que soy médico latino; pero, a más de recetar comúnmente en
latín, también receto en romance, si el boticario no tiene ciencia.
—Nuestro
hermano boticario es facultativo de medicina —interpuso el Superior—, y sólo
por humildad no cura; no haya, pues, temor de que no entienda el latín —agregó
en tono de mal disimulado reproche—. Y volviendo a lo que hablábamos —terminó—,
si Vuestra Merced quiere asistir a nuestro Hospital, habrá de esperar que
vengan otros enfermos.
—Haré lo
que disponga Vuestra Reverencia, Padre —contestó el semi amoscado francés—,
pues he venido a que me mande; esperaré que vengan nuevos enfermos, si los que
hay están ya en cura por otros de mis colegas...
—Es que
tampoco hay sitio en donde ponerlos, si vienen...
—Entonces...
aguardaré a que sanen... o mueran los que hay, para que dejen sitio...
— ¿Cómo
es eso de que mueran?... ¿Supone, Usarced, que no se dan aquí medicinas capaces
de curar?...
—Padre...
—
¡Cuerno!...
—Vuestra
Reverencia repare en que...
— ¡Mal me
parece, señor, lo que dice en desmedro de esta santa casa, y no ose repetirlo!
—terminó el hospitalario poniéndose de pie y alargando la mano para que el
forastero la besase, según costumbre, indicando con esto que la entrevista
había terminado.
Perturbado
por tan extraño recibimiento, Monsieur cogió la mano del fraile y la retuvo un
momento, tratando de hacerse oír siquiera una ligera explicación que remendara
el desastre de esa primera entrevista; pero el Padre Cantos retiró su diestra y
salió “puerta afuera” dejando al francés con la palabra en la boca, y sin que
pudiera cumplir con el besamanos de reglamento, costumbre que, al decir verdad,
no conocía.
—
¡“Franchute” había de ser! —rezongó Su Reverencia al alejarse rápidamente del
locutorio, en donde se había desarrollado la breve y bien poco cordial
conversación.
Don Pablo
salió del Hospital casi a tropezones, y cruzó el puentecillo que daba frente a
la calle de San Antonio, sobre el canal del Socorro, que corría a tajo abierto
por medio de la Cañada, y metiéndose por la Calle del Rey (Estado) endilgó,
cabizbajo y mohíno, hacia sus “cuartos” de la casa del procurador Zumeta, que
estaba ubicada en la calle que hasta hoy se denomina “de los Huérfanos” al
llegar a la “de Ahumada", acera sur. Era la primera dificultad seria que
había encontrado en Chile y no se le ocurría la manera de salir de ella, sin
desmedro de su dignidad, y sin violentar, tampoco, la situación del Padre
Cantos, llevando las cosas a conocimiento del Presidente Cano, quien, estaba
cierto, no toleraría un desaire a su autoridad.
Procediendo,
pues, con el tino que le aconsejaban las circunstancias de su “forastería”,
creyó, y creyó muy bien, que un consejo de su huésped el procurador Zumeta
podría orientarlo para salir por pies de este lance. El procurador, por su
empleo, estaba en condiciones de ilustrarlo sobre las cualidades y debilidades
de sus conciudadanos.
—Este
Padre Cantos —díjole don Antonio Zumeta—, es sujeto caprichoso y nada bueno; a
lo que se me alcanza, Vuestra Merced, señor médico, tiene en este caso dos
caminos para manejarse en sus relaciones con el hospitalario: o le torea y
adula, o lo vence con el poder de Su Señoría el Gobernador, qué tiene encargo
de domeñar gente soberbia y rebelde. Recomiendo a Vuestra Merced el primer
camino, por vía de ensayo –continuó el procurador, sin dejar que el médico le
interrumpiera— que poco le costará disimular un poco a trueque de su
tranquilidad y buen vivir, pero si ese camino le falla, camine resueltamente
por el otro, en la seguridad de que Su Señoría le librará muy luego del Padre
Cantos.
Pensativo
quedó el “franchute” con el consejo del procurador que, en realidad, era de
bastante compromiso, si optaba por el segundo camino; pero, tantas razones le
repitió su huésped, que en ese momento estuvo convencido de que debía caminar
por allí.
—Y aunque
no haya peor enemigo que el de tu mismo oficio, como dice el refrán —terminó
Zumeta— bueno sería que Vuestra Merced se pusiera en relaciones con el
Licenciado Ochandiano, médico, y muy especialmente con el señor La Sirena,
paisano de Vuestra Merced y de quien ya le había dicho que se encuentra en el
puerto de Valparaíso curando al Corregidor de Quillota de unas calenturas
ardientes, y que deben dar la vuelta a esta ciudad en estos días. Ellos conocen
demasiado al Padre Cantos y le aconsejarán lo que será necesario hacer para
lograr que el hospitalario se modere.
No había
apuro en precipitar un arreglo y Monsieur Petit estimó que bien podía esperar
un par de días, pues también podría ocurrir que la dificultad se arreglara
sola; entre tanto haría conocimiento más estrecho con su colega Ochandiano,
conversaría con él y oiría su opinión, mientras regresaba su compatriota La
Sirena, de quien esperaba el mejor consejo.
Pero el
incidente del Hospital era demasiada cosa para que pudiera pasar inadvertido en
el “todo Santiago” de aquella época en que el más insignificante chisme era
elevado a la categoría de acontecimiento a causa de la monótona ociosidad de la
“vida social”; antes de una hora de producido el incidente entre el “franchute”
y el Padre Cantos, ya se le comentaba en las trastiendas y reboticas, que
fueron las antecesoras del Club de la Unión en esto de ser el volcán de los
comentarios.
No fue
pequeña la sorpresa del “musió" cuando a eso de la una de la tarde, se le
presentó un camarero con un “recado" del Presidente Cano “para que pasara
a Palacio”... Don Pablo Petit vio venírsele el mundo encima y en los primeros
momentos quedó sumido en un mar de conjeturas; pero pensándolo bien, calmó sus
nervios y llegó a la conclusión de que nada de malo y, por el contrario, mucho
de bueno, podía resultar de su entrevista con su protector y amigo el
Gobernador.
Acicaló
cuidadosamente su persona, como era de rigor, y se dirigió a Palacio confiado
en su buena estrella, dudando, todavía, de que el llamado pudiera tener
relación con su incidente con el Padre Cantos, pues encontraba bastante raro
que tal nimiedad hubiera llegado tan luego a conocimiento del Primer
Mandatario. Pero, a las primeras palabras del Presidente, supo el médico que Su
Señoría ya estaba enterado del caso.
—Conque,
mi señor don Pablo, ¿no quiso Vuestra Merced besar la mano del Padre
Cantos?.... ¿Y por qué motivo cometió Usarced tal falta de cortesía y respeto
con ese santo varón?... —interrogó el Presidente al ofrecer su diestra al
francés, que no hallaba qué contestar a esa pregunta que la parecía extraña.
— ¿La
mano... besar la mano?... repetía el pobre francés, sin poder explicarse lo que
estaba oyendo, y con las orejas coloradas.
—Sí,
señor mío: hanme dicho que rehusó Usarced cumplir esta cortesía con Su
Reverencia esta mañana —agregó el Gobernador—, y esto ha sido muy mal visto por
este humilde religioso y por sus muchos amigos... Siéntese aquí, a mi lado
—continuó, insinuando una sonrisa muy consoladora para el gabacho—, y cuénteme
lo ocurrido, que me interesa; y no se azore Usarced, que paréceme el caso sin
importancia a juzgar por los antecedentes que del fraile he recogido desde mi
llegada a este Reino.
Monsieur
Petit, que estaba trasudando de justificado temor al verse acusado de algo que
todavía no alcanzaba a definir, cobró ánimos ante la afectuosa actitud de su
alto amigo, y le relató con la mayor exactitud todos los detalles de su
entrevista con el Padre Cantos, terminando por demostrar a Su Señoría que, en
cuanto al reclamado beso de la mano, ni había sospechado que existía tal
costumbre. Pero, lo que más tranquilizó al francés, y definitivamente, fue que
al Presidente Cano le atacó tal impulso de risa mientras oía el relato, que al
final dio suelta a una ruidosa carcajada.
—Amigo
don Pablo —dijo el Presidente una vez que hubo tranquilizado sus nervios—;
vuelva Vuestra Merced hoy mismo a enfrentarse con el Padre Cantos y, empezando
por besarle la mano, pídale, en mi nombre, que le dé la posesión del empleo de
que ha sido provisto...
—Señor
Presidente.... —balbuceó Petit con mal disimulada desconfianza—, ¿no cree Su
Señoría que ir luego será muy pronto?
—Vaya,
vaya Vuestra Merced, y no haya temor, que ese Padre no pasará de rezongar un
poco; mas recomiendo a Usarced que al despedirse no olvide de besarle la mano,
como a la llegada...
Resuelto
a besar todo lo que fuera menester para reparar el involuntario agravio que
había inferido al religioso, Monsieur Petit se fue directamente a tranco largo
al Hospital de San Juan de Dios, cuyo portón encontró cerrado, pues era la hora
de la siesta; golpeó, le abrió un negro soñoliento y penetró hacia el patio
esperando encontrarse allí con algún hermano hospitalario que lo anunciase al
Superior; pero anduvo por los corredores, por el extenso jardín y llegó hasta
cerca de la Capilla sin encontrarse con nadie. Por fin oyó murmullo de voces
hacia el extremo del arbolado y endilgó resueltamente, con el propósito de
hacerse ver.
Pero de
súbito se sintió cogido por los brazos desde atrás y luego por las piernas, y
rápidamente alzado en vilo por seis frailes que, sin ningún miramiento, lo
transportaban en esta desairada condición a través del jardín “diciéndole
muchos denuestos y llamándole “bellaco”; instintivamente el infeliz francés
lanzó voces de auxilio “que se oyeron en la Cañada”; pero uno de los captores
“le metió un lienzo inmundo en la boca y dio- le muchos mojicones”, uno de los
cuales le hirió en un ojo...
El de los
mojicones era el Padre Cantos, el cual, al ser reconocido y enrostrado por el
francés, díjole:
— ¡Anda y
que venga el Gobernador a quitarte estos cardenales, francés de los demonios!
“Y al
llegar a- la puerta de la Cañada lo arrojaron alto a bajo cerca del canal del
Socorro, que poco faltó para que cayera en el agua”.
Sin
esperar a que desaparecieran los cardenales, Monsieur Petit partió al puerto de
Valparaíso, y a los pocos días navegaba hacia el Callao, resuelto a no volver
jamás al “delicioso" Chile que habíale pintado su amigo y compatriota
Frezier.
§ 6. Una
santa chilena por canonizar
(1725)
Tal vez
para borrar el recuerdo de los crímenes de Doña Catalina de los Ríos y
Lisperguer, la Quintrala, quiso la Providencia en su misericordia infinita, que
una de sus parientes directas —y de su mismo nombre— ejemplarizara a la
sociedad de Santiago y a la de Lima con excepcionales virtudes que la colocan
en un pedestal de veneración, durante su vida, y que la posteridad pensara
llevarla a los altares, una vez entregó su alma a Dios.
Esta
“santa” chilena y mapochina fue Doña Catalina de Iturgoyen y Lisperguer, hija
del benemérito general don Pedro de Iturgoyen y Pastene y de Doña Catalina
Lisperguer Irarrázabal, y por consiguiente, sobrina nieta de la tristemente
célebre Tirana de la Ligua. Nacida en 1584 —cerca de veinte años después del
fallecimiento de la Quintrala— es posible que no llegaran a su conocimiento,
durante su juventud, los espantosos crímenes de su pariente, cuidadosamente
ocultados por la poderosa familia; pero cuéntase que semanas antes de su
desposorio con don Matías José Vásquez de Acuña, el año 1701, mientras la
servidumbre de su casa disponía los almofrejes que la novia debía llevar
consigo a Valparaíso, de donde el novio era gobernador, una mulata vieja que
había sido esclava de la feroz Quintrala, dijo a la niña, acariciándole el~
cabello:
—No vaya
“ni por ná”, mi niña, al Ingenio de la Ligua, porque allí penan...
— ¡Calla
la boca, Marta Curiche!... ¿Quién va a penar en esa casa tanto tiempo sola...?
— ¡Los
muertos, niña...! ¡Los muertos de la Catrala!...
La
inocente muchacha no entendió ni el consejo ni la explicación; pero cierta vez
que su marido tuvo que ir hacia el valle de Longotoma y se proponía llegar
hasta el Ingenio en misión de su alto cargo, su joven esposa se colgó de su
cuello y le dijo, suplicante, y con sus enormes ojos verdes humedecidos en
lágrimas:
— ¡No
vaya, mi señor, al Ingenio de la Ligua, porque allí penan!...
La
apacible vida de Doña Catalina en Valparaíso fue continuación de la
ejemplarísima e inocente que había llevado al lado de sus padres, desde su
niñez; recatada en el hablar, modesta en el vestir, humilde aun en el trato de
sus criados, tenía a gala servir a los pobres y particularmente a los enfermos,
a quienes llevaba medicinas a sus propias casas cuando sabía de alguno que
estaba impedido de llegar hasta su puerta, siempre abierta para remediar una
necesidad. Por su mano repartía el alimento que daba a los ancianos y a los
niños que carecían de él, y junto con proporcionarles el pan cotidiano, rezaba
con ellos, en coro, arrodillada en pleno patio del Castillo de San José,
residencia de los gobernadores, un rosario por las ánimas en pena...
Mediante
la munificencia de Doña Catalina —que adquirió un solar y edificó una casa para
ese objeto— el cura de Valparaíso don Juan Velásquez de Covarrubias fundó un
hospital del cual la Gobernadora fue la principal enfermera, y a las veces la
única. Al lado del lecho de un enfermo la sorprendió la llegada de su segundo
hijo y la madre hubo de quedar instalada allí, hasta que fue posible
trasladarla, sin peligro, a su palacio del Castillo de San José.
Su
caridad ilimitada, su fervor, el desprendimiento absoluto que manifestaba por
todo lo terrenal y la veneración que todas estas virtudes provocaban en los
habitantes de Valparaíso, y muy especialmente en los pobres que eran sus
predilectos, la colocaron luego en concepto de santidad y aun le atribuyeron el
don de hacer milagros.
Se tuvo
por cierto, en esos años, que a su intervención y a sus ruegos se debió que
volviera a la vida una mujer que había muerto en pecado mortal y cuyo cadáver
ya estaban velando cuando Doña Catalina llegó al rancho de la occisa. La
imaginación popular aseguraba que la virtuosa señora recibía la visita de
santos tan caracterizados como San Agustín, que se daba el placer de conversar
largamente con ella, de San Francisco, que bajaba del cielo a darle la Santa
Comunión por sus manos; un lego mercedario afirmó haber presenciado que la
Gobernadora había estado rezando un rosario, en coro, con las benditas almas
del purgatorio...
Pero el
bien no es duradero, y después de cinco años de residencia en el puerto, el
Gobernador de Valparaíso don Matías José Vásquez de Acuña anunció su
determinación de dejar el cargo. Oriundo de Lima, e hijo del Conde de la Vega
del Ren, había sido llamado por su padre para que entrara en posesión del
Mayorazgo de la familia por fallecimiento del primogénito. Doña Catalina iba a
alejarse, pues, no sólo de su amado pueblo de Valparaíso, sino aun de la
patria, y para no volver.
El día en
que la nave que llevaba a Doña Catalina zarpó rumbo al Callao, fue de duelo
para los habitantes del puerto; toda la población se reunió en la playa para
despedir a su bienhechora. Hombres, mujeres, niños y ancianos lloraban y se
lamentaban a gritos, diciendo: “Ya se acabó nuestro bien, ¿qué haremos?",
y un centenar de botes y bateles escoltó al galeón hasta donde se lo permitió
el oleaje de la bahía.
El
Mayorazgo y su familia se establecieron en Lima, en la casa solariega de la
aristocrática fundadora doña Isabel Pérez Menacho y se renovaron aquí las
mismas escenas de caridad que habían sido cotidianas en el Castillo de San José
de Valparaíso. Los pobres invadieron luego el zaguán y el primer patio de la
elegante residencia, como una revancha por los desaires y humillaciones que
habían sufrido en vida de su primitiva dueña, doña Josefa Zorrilla de la
Gándara, que, según fama, sufría ataque de nervios cuando divisaba a un
mendigo.
Diariamente,
en pleno patio, se rezaba en coro un rosario por las ánimas en pena...
Pero la
alta situación de su marido y las relaciones estrechas que debía mantener con
la nobleza virreinal, dificultaban la acción generosa que la virtuosa dama
chilena quería desarrollar a su vista y en persona; esto la obligó a trasladar
“el hospicio” —así habían llamado las limeñas a la residencia del matrimonio
recién llegado— a una chacra del barrio de Bellavista, en los extramuros de la
ciudad. Desde que esto ocurrió, era difícil encontrar en su palacio a doña
Catalina de Iturgoyen, porque el cuidado de sus pobres y enfermos ocupaba todo
su tiempo, desde la mañana a la noche, reservando sólo el indispensable para la
atención de sus hijos y casa.
La
designación de don Matías Vásquez de Acuña para Corregidor de Castro Virreina,
en 1718, obligó a doña Catalina a entregar en otras manos las obras de caridad
a que ya estaba habituada en Lima; pero antes de trasladarse a su nueva
residencia fue a postrarse a los pies del Arzobispo fray Antonio de Zuloaga
para suplicarle que vigilara su hospicio de Bellavista y distribuyera las
limosnas que dejaba “mandadas” a los pobres y viudas vergonzantes en una larga
lista que le entregó, junto con los medios para cumplirlas.
Sería
inútil apuntar que doña Catalina continuó en Castro Virreina —por no decir que
empezó de nuevo— el ejercicio de sus acendradas virtudes, y especialmente de la
caridad, que era la primera de todas; y cuando regresó a Lima, después de seis
años, para entrar en posesión del Consulado de la Vega del Ren, que su marido
había heredado por fallecimiento de su padre, los pobres y los infelices de
aquel Corregimiento hicieron tanto o más duelo que los de Valparaíso en la
circunstancia que ya he referido.
Haría
interminable esta crónica si me propusiera contar detalles de la santa vida de
nuestra compatriota en el Perú, y de su no menos santa muerte, ocurrida en la
capital del Virreinato en 1730 cuando apenas contaba cuarenta y cuatro años de
edad. Las campanas de todos los templos tocaron “agonía’’, mientras doña
Catalina esperaba el último trance, y toda la población, pobres y ricos,
arrodillados en calles y plazas, imploraban a Dios la conservación de la vida
de tan excelsa cristiana.
Y fue,
precisamente, el indiscutible concepto de santidad en que vivió y murió doña
Catalina de Iturgoyen, la causa de que sus grandes virtudes fueran
desnaturalizadas por sus biógrafos, ingenuamente, si se quiere, envolviendo el
relato de aquella hermosa y apacible vida en un cúmulo de patrañas que no
resisten el más simple examen.
Aparte de
las oraciones fúnebres que se pronunciaron en las exequias que todas las
iglesias de la capital, de Castro Virreina y muchas otras del Perú, realizaron
a raíz de su muerte —dos de las cuales conozco— en las que, junto al elogio de
la extinta, se contaban las más estupendas invenciones sobre sus milagros, el
Canónigo Magistral de la Catedral de Lima, don José Manuel Bermúdez, escribió
una “Breve noticia de la vida y virtudes de la señora Catalina de Iturgoyen
Amasa y Lisperguer, condesa de la Vega del Ren”, que es la quintaesencia de lo
disparatado, de lo inverosímil y de lo ridículo.
Este
folleto de unas cien páginas circuló primero manuscrito y luego fue impreso
para su difusión y mandarlo a Roma, cuando se empezó a gestionar la
beatificación de la admirable mujer. Estoy seguro de que al ser leído ese
folleto en la Sagrada Congregación de Ritos, los cardenales dejaron de mano,
ipso facto, el examen de la santidad de la taumaturga chilena.
Según el
canónigo limeño, desde los seis años de edad había sentido doña Catalina
inspiraciones de santidad y “vuelos místicos” y buscaba los martirios y las
flagelaciones como su mejor placer. Era poseedora de una belleza poco común;
pero ella quería ser fea, y una de las primeras cosas que hizo al llegar a la
pubertad, “fue arrancarse las pestañas para deformar su rostro y no provocar
tentaciones”... Era tan grande su espíritu de mortificación y de sacrificio,
“que gustándole mucho los dulces, confitaba por su mano guindas agrias en
acíbar y las comía sonriente”. Para mortificar su deseo de comer ensaladas de
legumbres tempraneras, comía diariamente garbanzos revueltos con ceniza. Se
desayunaba con mate como buena criolla, pero lo “cebaba" en una calavera,
a la que llamaba “mate de marfil". En fin, que cada uno de sus gustos o
aficiones proporcionaba a la joven Catalina una ocasión y un medio para
mortificar su cuerpo.
El
canónigo olvidó una prueba más, que podía llevar el convencimiento absoluto a
los eminentes cardenales, y es la siguiente:
La joven
Catalina tenía aversión al matrimonio y procuraba no provocar tentaciones con
su hermosura; pero, para mortificarse, se casó a los dieciséis años.
Como una
demostración de que las virtudes de nuestra “santa” provocaban la irritación de
los espíritus infernales, cuenta el señor Bermúdez, que “en una ocasión se
encontraba esta sierva de Dios en la iglesia de Santo Domingo, después de haber
confesado; y se le apareció el Diablo en figura de cabro, y le dio de cornadas,
arrojándola contra el confesonario”. Y otra vez que doña Catalina “se había
puesto en oración debajo de una cama, fue tanta la rabia y el furor de los
demonios, que la suspendieron de pies y manos, atormentándola como en un
potro”. Pero 'la mayor de estas demostraciones satánicas ocurrió “una vez que
se le pusieron dos demonios en forma de escapulario, uno en el pecho y otro en
la espalda, y otra vez que se halló con la saya llena de gatos
infernales".
Algún
lector pudiera creer que estas citas pertenecen a un señor que pudo ser todo lo
canónigo que quisiese, pero que no estuviera con sus sentidos cabales; pero a
esto podría responder yo que en esa época los libros sólo se imprimían con
autorización episcopal y después de severo examen; de modo que si bien podría
admitirse como “un caso” el del autor del libro, no podríamos admitirlo para el
Obispo y los censores.
Pero no
quiero citar solamente al Canónigo Bermúdez; voy a referirme también a otro
sujeto “grave", que en su época alcanzó notoriedad y autoridad; es el
Padre Rivadeneira, provincial que fue de los franciscanos de Lima, después de
haber sido guardián del Convento Máximo de nuestra Cañada. También escribió
este religioso sobre doña Catalina de Iturgoyen, su compatriota, a quien había
conocido de Gobernadora en Valparaíso y después de Condesa en la Capital del
Virreinato.
Ambos
autores están en el más perfecto acuerdo en el fondo y en cuanto a los
detalles, los escritos se conjuntan admirablemente.
Cuenta
Rivadeneira que en cierta ocasión un marino francés, de visita en casa del
Gobernador de Valparaíso, dijo un elogio a las bellísimas manos de la
Gobernadora; pues bien, “doña Catalina salió inmediatamente del aposento, y fue
a meter sus manos en una olla de lejía”; y a fin de que no se repitieran dichos
elogios, porque el francés era de aquellos que no cejan “la señora dio en untar
sus manos con miel y se retiraba a lo más excusado de la casa, puesta al sol,
para que la picasen las moscas.
El modo
como trataba su persona doña Catalina no pudo ser más ejemplar, según el padre
Rivadeneira: “su camisa era de choleta; su faldellín de bayeta; no usaba medias
ni calcetas; y a pesar de que la señora era limpia y aseada su saya era pobre y
puerca”.
¿Cuál era
la cama de toda una señora Gobernadora? se pregunta el padre franciscano para
darse la satisfacción de contestarse a sí mismo, de esta manera:
—
¡Avergüéncese, confúndase la vanidad! ¡Su cama era de pellejos; sus sábanas dos
jergas» y sus frazadas, que al principio eran de lana blanca, las hizo teñir
negras para mortificarse!
Con
razón, repito, los cardenales no canonizaron a nuestra compatriota después de
haber leído los panegíricos del canónigo y del franciscano.
§ 7. Baby
Lindy
(1730)
La
Corregidora de Concepción, doña Isabel de Orellana y Benavente, que se
encontraba de visita en casa de su amigo y pariente don Julián del Río Seco,
Alférez de la Frontera, se quedó espantada al oír la rápida relación que entre
lamentaciones y “pucheros" le hizo la zamba Micaela, su “cuidadora de
niños", para comunicarle que Don Alfonsito, el chico menor, o sea la
“guagua” de la señora, había desaparecido, como si se la hubiera tragado la
tierra, mientras el muchacho correteaba por entre el arbolado de la propia
huerta del Corregidor, como quien dice, en el tercer patio de su casa situada a
media cuadra escasa de la plaza de armas de la ciudad.
En un
principio, la zamba había creído que el chico, que era un pequeño barrabás, se
le habría escapado hacia “las casas”, y cuando lo echó de menos corrió hacia
ellas llamándolo a gritos y prometiéndole una zurra “con consejo” tan pronto
como le echara la garra encima; pero 'la Micaela había llegado a la casa,
registrándola toda, inquirido de la servidumbre —la cual había participado
también, afanosamente en la búsqueda— y el mocoso no aparecía por ninguna
parte.
Entre
todos los parientes, más dos señoras de la vecindad que acudieron a los gritos
y lamentaciones que había comenzado a lanzar la zamba, emprendieron un nuevo y
más acucioso “escrutinio” general por toda la casa, “aposento por aposento y
desván por desván”; pero el resultado fue el mismo. Alfonsito Martínez de
Herrera y Orellana, 'lindo muchachito de cuatro años y diez meses, tercero y
último vástago del Corregidor de Concepción, se había hecho humo casi a la
vista de su cuidadora y “mama" la zamba Micaela, “mujer de razón y fiel si
las hay", según quedó establecido en 'la sumaria que instruyó la justicia
representada por el Alcalde don Pedro Pizarro y Caxigal del Solar.
No hay
para qué decir que los alguaciles, corchetes y serenos se agitaron durante los
primeros días de ocurrido el extraño caso, para encontrar al chicuelo
desaparecido; lo que es necesario establecer es que todas las tropas
disponibles de la ciudad, con sus oficiales a la cabeza; los frailes de los
diversos conventos y, para decirlo de una vez, todo el pueblo de Concepción se
puso en actividad para dar con el perdido. Los capitanes de los barcos
franceses fondeados en la bahía de Penco no pudieron, tampoco, permanecer
indiferentes ante la desgracia que había caído en el hogar del Corregidor y
organizaron por su cuenta una búsqueda lanzando a tierra un escogido grupo de
sus tripulaciones, para que contribuyera a esclarecer el misterioso
desaparecimiento.
Pero
transcurrían los días, pasó una semana y otra, y los buscadores regresaban
diariamente con las caras mustias y la decepción en el alma, pues ni por asomo
habíase divisado nunca el más insignificante derrotero que pudiera dar un
indicio cierto del paradero del muchacho ni de la suerte que hubiera corrido.
El
tiempo, que todo lo empareja y que aun cicatriza las más hondas heridas,
comenzó a echar su velo de olvido sobre el extraño caso de Alfonsito Martínez
de Herrera y Orellana; aun el Corregidor, agobiado por el dolor y las vigilias
de sus interminables pesquisas por la ciudad, por los extramuros, por los
campos y cerros circunvecinos, y aun por las riberas del Bío-Bío, regresó una
madrugada a su hogar con el corazón vacío de la última esperanza. Su mujer, en
vela, se llegó a su vera, en muda interrogación.
—
¡Nada... nada, señora!
Ni un
gemido quedaba ya en el pecho de esa madre.
Poco a
poco las pesquisas fueron abandonándose y llegó un día en que nadie salió de su
casa con el pensamiento fijo como otrora, de dar con el paradero del infeliz
chicuelo. Para toda la población de Penco, Alfonsito Martínez había muerto,
aunque nadie podía sospechar de qué manera; la suposición más socorrida era la
de que el niño hubiera salido a la calle por la puerta misma de su casa sin ser
visto por nadie; que de allí- se hubiera escapado hacia el cequión que surtía a
un molino, a media cuadra de distancia, y que cruzaba la calle a tajo abierto,
y que hubiera caído en él, siendo sin remedio arrastrado por la corriente. Las
aguas de este cequión, después de recorrer turbulentamente un par de centenares
de varas, se vaciaban, como en cascada, en el mar.
A los dos
o tres meses de ocurrida esa desgracia, sólo había una persona en Concepción
que estaba segura que Alfonsito Martínez estaba vivo... Esta persona, no
necesitaría decirlo, era su desventurada madre.
—
¡Alfonsito no está muerto!... ‘ Mi hijo vive... ¡Me dice el corazón que habré
de hallarlo algún día...! solía exclamar cuando esta obsesión de su martirizado
cerebro rebalsaba hasta sus labios, que habían quedado porfiadamente mudos
desde que los buscadores de su hijo fueron abandonando y abandonaron las
esperanzas de encontrarlo.
Todos
callaban, misericordiosamente, al oír estas palabras que se estimaban como el
natural desahogo de un corazón torturado por un dolor supremo; pero una tarde,
el Obispo don Antonio Escandón, que habitualmente visitaba a la doliente dama
para infundirle consuelo y valor, se atrevió a insinuar una pregunta que nadie
había hecho, tal vez por inoficiosa, indiscreta y hasta cierto punto cruel.
—Sábelo
Dios, señora—dijo el prelado—, que lo deseo en mi ánima; pero agotados los
medios materiales, como parece que lo están, para dar con el niño, no queda
sino rogar a Nuestra Señora que dé a Vuestra Señoría y Merced la resignación
que ha menester para soportar este sufrimiento, en la seguridad de que si el
pequeño Alfonso ha pasado de esta vida, formará ahora en el coro de los
ángeles...
— ¡Habré
de encontrarlo!... —musitó, inmutable, doña Isabel de Orellana.
— ¿Y cómo
puede ser ello —insinuó el prelado—, si a lo que parece, nada queda por hacer
ya?
— ¡Habré
de encontrarlo! ¡Díceme el corazón que vivo está!
—El
Obispo quedó convencido de que, doña Isabel “iba acabándose de
melancolía", y creyó de su deber aconsejar al Corregidor Martínez de
Herrera, que debía alejar a su mujer de la ciudad para evitar, en lo posible,
que la permanencia en día y en la casa donde aun resonarían los charloteos y
travesuras del pequeño barrabás, apresuraran los días de la desventurada madre.
—No lo
quiere, Ilustrísimo señor —contestó el no menos agobiado padre—. Doña Isabel
está empecinada en que habrá de encontrar a su hijo, así pasen los años, pues
lo reconocerá aunque esté crecido, por ciertas marcas que lleva en su cuerpo.
Yo también le reconocería —agregó bajando la voz, sin poder disimular una
lejana esperanza—; cierta cicatriz que le quedó de una quemadura en el brazo
derecho es una señal que no sería dable confundir... ¡Pero esto sería un
milagro!
—Del que
no podemos desconfiar —acentuó devotamente el prelado—; pero lo principal es,
ahora, que la vida de mi señora doña Isabel se conserve, aun para el caso de
que Su Majestad Divina nos conceda tan señalada gracia, y para ello, paréceme,
Vuestra Señoría y Merced, que debe hacer valer su autoridad de marido,
responsable como es ante Dios de la suerte de los suyos.
Y al
decir estas palabras, con severa entonación, el anciano prelado estrechó entre
sus brazos a su viejo amigo el Corregidor de Concepción don Antonio Martínez de
Herrera y Jiménez de la Espada.
* * * *
Quince
días después de la entrevista que tan a la ligera he contado, entre el Obispo y
el Corregidor, la ciudad de Concepción fue víctima del espantoso terremoto del
8 de julio de 1730, que llevó la ruina a casi todas las ciudades de Chile,
especialmente a las del Sur. Valdivia, Concepción, Chillán, los fuertes de la
frontera, las casas de las haciendas de toda esa extensa región sufrieron daños
tan considerables, que sólo se pudieron comparar con los que produjo el
tristemente célebre terremoto del 13 de mayo de 1647 que destruyó la ciudad de
Santiago.
El
fenómeno se presentó a la una y media de la mañana, lo que vale decir que todo
el mundo se encontraba recogido en sus casas; si bien la población de Chillán y
los edificios de 'las haciendas del interior experimentaron las angustias que
son de imaginar, las ciudades de Valdivia y Concepción, especialmente la
última, agregaron a la tremenda conmoción terrestre que trajo al suelo los
edificios, el estrago de la inundación, pues el mar recogió sus aguas “como
media legua de las playas” y las arrojó en seguida violentamente sobre la
población inerme y desolada.
En
Concepción las olas del mar cayeron durante esa noche tres veces sobre la
ciudad, ya convertida en un montón de escombros con los incesantes temblores
“cada uno más fuerte que el anterior”, según afirma un asustado cronista que
los experimentó. La última salida de mar se produjo como a las cinco de la
mañana, acompañada de un nuevo temblor de “mucha mayor duración y con tan
violentos vaivenes que parecía que la tierra quería arrojar de sí a los
mortales”. Si algo quedaba en pie en la ciudad, después de las cuatro horas que
transcurrieran desde que la costra terrestre había iniciado su danza macabra,
con los últimos compases del crescendo matinal se vino al suelo definitivamente
o quedó tan a mal traer, que veraces narradores de esa catástrofe han podido
afirmar “que las tres cuartas partes de los templos, casas y edificios quedaron
arruinadas”, llevándose las aguas cuanto encontraron en su retroceso.
Cayeron
los templos de San Francisco, el de San Agustín, el hospital y templo de San
Juan de Dios, los edificios de las Cajas Reales, del Arsenal o depósito de
armas, los cuarteles de infantería y caballería, las casas del Ayuntamiento, la
Cárcel, las bodegas y graneros, los portales de las tiendas y baratillos “de
manera, Señor —se lee en una de las cartas enviadas al Rey— que no cabe en la
más alta ponderación la descripción de esta calamidad, ni la pueden registrar
los ojos sin afligir los tristes corazones con la amargura de las lágrimas”.
La ciudad
de Concepción estaba ubicada entonces —ya lo sabe el lector— en el sitio donde
hoy se encuentra el pueblo de Penco, y la población se extendía hacia los
cerros; uno de los cuales, llamado “de la Ermita" porque en su alto se
levantaba la de Nuestra Señora de 'las Nieves, alargaba un suave faldeo hasta
cerca de la Plaza de Armas, en cuyos costados se alzaban la Catedral, las casas
del Ayuntamiento, el edificio de la Gobernación, 'llamado también “el
Palacio" y algunas casas de los principales vecinos, entre ellas la del
Corregidor Martínez de Herrera.
Desde los
primeros momentos del terremoto, los habitantes de estos alrededores, al huir
desde el interior de sus casas, y sobre todo cuando se empezó a temer la salida
del mar, cuyas ondas habíanse recogido amenazantes, se prepararon para ganar el
cerro, en cuyas faldas podrían salvarse de la inundación.
En la
obscuridad de la noche y dominados por el terror, cada cual trataba de poner en
salvo su persona, sin preocuparse gran cosa de los demás; y así fue cómo, al
cundir el pánico ante el anuncio de la segunda salida del mar, el único
familiar que había acompañado al Obispo Escandón hasta ese momento, huyó
despavorido, abandonando al anciano a mitad de la falda del cerro, “en donde
quedó a medio vestir, porque la prisa con que huyó de palacio no le dejó coger
la túnica”, entregado a sus propias y débiles fuerzas.
Arrastrándose
por sobre la yerba, el Obispo avanzó instintivamente y como pudo, cerro arriba,
tratando de guarecer de alguna manera su cuerpo entumecido y clamando de vez en
cuando por un socorro que muy pocos podían dar en aquellos aciagos momentos.
Los gritos, los llantos, lamentaciones e imprecaciones al Cielo y los santos
que el Obispo oyó en los momentos de un gran estremecimiento .de la tierra, le indicaron que por
esas cercanías se había juntado un grupo de fugitivos; hacia allá arrastró su
cuerpo sin cesar de clamar auxilio, y por fin llegó hasta unas varas de un
árbol debajo del cual se había cobijado una veintena de personas de las más
distintas condiciones.
Aunque
nadie, en medio de tales angustias, no se preocupa más que de sí mismo o de
buscar protección, no faltó un buen hombre que quisiera atender al gemebundo
que pedía socorro; llevado al centro del grupo, ninguno de los que allí estaban
hubiera reconocido al anciano prelado, si él mismo no hubiera exclamado,
débilmente:
—
¡Nuestra Señora os recompense la’ caridad que hacéis a vuestro Obispo!
Extenuado
por el esfuerzo y por las fuertes emociones, el Obispo Escandón se quedó
yacente, apoyada su cabeza en las faldas de una mujer que inmóvil, tal vez, por
el espanto, permanecía callada, con un chicuelo en sus brazos.
Cuando
las sombras de esa noche infausta fueron diluyéndose y el crepúsculo matinal
empezó a iluminar los rostros flácidos, espantados, exangües, el Obispo fijó
sus pupilas cansadas sobre la faz de la mujer que había estado y continuaba
inmóvil, inmutable, con el chicuelo en los brazos, sin hablar, sin lamentarse,
aun sin pedir misericordia…
Poco a
poco las pupilas del anciano fueron agrandándose; sus párpados se agitaron como
para desechar una visión y por fin tuvo que esforzar su garganta para decir con
entrecortada voz:
—
¡Señora... doña Isabel...! ¿Es, acaso, Vuestra Merced...?
— ¡Lo he
encontrado... lo he encontrado!
“Estas
fueron las únicas palabras que esta dicha señora acertaba a decir, porque el
perdimiento de su hijo la dejó fatua, hasta que murió".
Tal dice
una relación que del terremoto de Concepción envió al Rey, en agosto de 1731,
fray Francisco Seco, apoderado de los franciscanos de Chile, para pedir que la
Corona los socorriera.
§ 8. Fray
Bardesi y sus milagros
(1730)
Veinticinco
años habían transcurrido desde la llorada muerte del humildísimo lego
franciscano Pedro Bardesi, y todavía no se borraban de la memoria de los
santiaguinos ni la fama de su santidad, ni los recuerdos de los múltiples
beneficios que recibieran del cielo por intermedio del místico “donado”, cuyas
oraciones eran, evidentemente, escuchadas por Dios. El recoleto había fallecido
a mediados de septiembre de 1700, y la pompa de sus funerales llevados a cabo
en el Convento Máximo de la Cañada, había sido realzada por la presencia de
Gobernador del Reino, de la Audiencia, del Obispo, de la nobleza, del
vecindario, del pueblo y particularmente de los indios y esclavos de quienes
Fray Bardesi fuera amigo del alma.
Tres
días, con sus noches, estuvo expuesto el cadáver a la veneración del pueblo; el
primer día, en su desmantelada celda mortuoria; el segundo día, en uno de los
corredores del claustro, a fin de satisfacer la expectación de la multitud
ansiosa de rendir el postrer tributo al santo, y, por último, en la nave
central del templo franciscano. Durante esas setenta horas no faltaron
centenares de personas que permanecieran arrodilladas alrededor de la tarima
sobre la cual yacía el cuerpo del siervo de Dios, vestido con su raído hábito,
calada la capucha y descubiertos sus encallecidos pies, sobre los cuales todos
posaban sus labios...
La gente
madura o provecta que vivía veinticinco años más tarde, 1726, no podía olvidar
ni la sentida muerte del santo lego franciscano, ni sus milagros, ni las
agitadas circunstancias en que había acaecido el tránsito de aquel siervo de
Dios.
En los
primeros meses de 1700, año en que Fray Pedro Bardesi fue llamado al cielo, la
comunidad franciscana de Chile se vio convulsionada por gravísimas luchas
intestinas que habían tenido origen en el “capítulo” celebrado por la Comunidad
el mes de enero, para elegir Provincial. Los dos formidables competidores que
se disputaban el mando lograron enardecer a tal grado los ánimos y las
pasiones, que la Comunidad se dividió en dos partidos enconados que llegaron
muchas veces a las manos, en pleno claustro o en plena iglesia. El escándalo
llegó al extremo de que el Gobernador del Reino, don Tomás Marín de Poveda, se
viera obligado a ordenar que cada bando se recluyera en un convento distinto:
uno en el de la Cañada y el otro en el de la Recoleta, precisamente con el río
Mapocho de por medio.
Ante la
orden del Gobernador, apoyada por las milicias, cada fraile requirió su campo,
o su tienda, en medio de las burlas, los insultos y las rechiflas del
adversario; la actual calle de San Antonio y el puente “de palo” que la unía
con la plazuela de la Recoleta, fue la vía crucis de los infelices frailes que,
para vivir en paz, buscaban la celda amiga. Las Compañías Milicianas del
Corregidor don Antonio Matías de Baldovinos, formadas a lo largo de esa calle,
estuvieron muchas veces en apuros para dispersar a los frailes revoltosos y
soliviantados que pretendían atacar a los emigrados de uno y otro convento; por
esa calle pasó, también, a cuestas con la cruz de alerce que le acompañaba en
su celda, el humilde siervo de Dios Fray Bardesi, en su tránsito desde el
convento de la Recoleta al de la Cañada; este humilde lego fue tal vez el único
que cruzó entre sus adversarios “políticos” sin que recibiera una ofensa.
Desde su
ingreso en la religión franciscana, treinta años antes, Fray Bardesi había
vivido en la Recoleta, “a la chimba” de Mapocho.
Instalado
ya en su nuevo convento, bajo la autoridad del Superior que según su conciencia
le correspondía, Fray Bardesi quiso dedicarse, de nuevo, a su oficio de
limosnero; pero al terreno a que habían llegado las cosas era peligroso para un
franciscano andar por las calles, plazas y cañadas sin elementos de defensa;
“por la ciudad andan los diablos sueltos”, dice una relación de la época, y
estas palabras se referían a los frailes franciscos que “vagamundeaban” en
demanda de adhesiones para su causa, entregada, en esos momentos, a la
resolución de la Real Audiencia.
Iban
trascurridos seis meses y la revolución franciscana no terminaba, a pesar de
las prudentes o enérgicas disposiciones del Gobernador Marín de Poveda, para
guardar el orden público, y de las permanentes rogativas en todos los templos;
cada resolución del Alto Tribunal de la Audiencia era objeto de una apelación
del bando contrario, “para ante el Consejo de Indias” el Rey o el Pontífice; y
si se hubiera de esperar el resultado de esos recursos, la convulsión social y
religiosa de la capital de Chile tendría para años.
Fray
Bardesi, privado de su oficio de limosnero, obligado a permanecer en la
inacción en su convento de la Cañada, e impedido de ambular por las calles con
su saco al hombro, golpeando las puertas de los ricos, para distribuir, en
seguida, lo que recogiera, en las miserables chozas de los pobres, cayó en un
abatimiento que no fue capaz de combatir ni aun su serena confianza en Dios.
Los
achaques de su cuerpo, unidos al hondo sufrimiento de su alma al contemplar,
impotente, el encono con que se combatían sus hermanos en esa prolongada e
interminable lucha intestina, socavaron pronto ese organismo debilitado por los
años, por los cilicios y por los ayunos penitenciales. Ayudado por el lego
José, su compañero de limosnería, se trasladaba, de madrugada, a la sacristía,
y allí quedaba en permanente oración hasta que su cirineo le volvía a su celda
o le inducía, invocando la obediencia, a tomar algún alimento.
Empezó el
mes de julio de 1700 y él oyó decir que los superiores de la religión
franciscana habían enviado a Chile un comisario con amplios poderes para
dirimir, de una vez, la escandalosa controversia de los conventuales chilenos;
ese día la oración de Fray Bardesi fue más honda: “¡Señor, toma mi pobre vida a
cambio de que mis hermanos vuelvan a la paz!”
El día en
que llegó a Santiago Fray Pedro Guerrero, Comisario franciscano de Lima,
investido de la autoridad suprema, Fray Bardesi no pudo abandonar la tarima que
le servía de lecho; mientras el Comisario y los dirigentes de ambos bandos
alegaban sus derechos con el enardecimiento que precede a la crisis, y
trajinaban desde la sala de la Audiencia al Palacio Episcopal y al despacho del
Presidente, gestionando recursos y apelaciones en medio del desorden en que
había caído nuevamente la población, el manso lego mascullaba sus oraciones por
la paz, en el fondo de su celda, abrazado de la rústica cruz de alerce que
oprimía su cuerpo yacente.
Largos
días transcurrieron antes de que la Audiencia pudiera desprenderse de las
“súplicas”, apelaciones, recursos e incidencias que los enconados contrincantes
provocaron para impedir al Comisario Guerrero el uso de sus amplias
atribuciones; por fin, el 23 de julio, el Oidor, don Diego de Zúñiga y Tobar,
especialmente designado por el Tribunal para poner en posesión de su cargo al
Comisario se presentó al Convento de la Cañada para notificar a los
conventuales allí guarecidos, la sentencia definitiva del “brazo secular”.
Ese día
23 de julio de 1700, la Cañada y el Convento de San Francisco fueron el
escenario de los más escandalosos excesos; los frailes, subidos a la torre y a
los tejados recibieron a pedradas al representante de la Audiencia, a los
alguaciles, a los milicianos y especialmente a los frailes de la Recoleta que
habían acudido a presenciar la notificación. Cerradas y atrancadas “a
machote" las puertas del Convento y del templo, el Oidor y los suyos
tuvieron que retirarse para no ser heridos por la artillería de mano que
disparaban de lo alto.
Pero el
representante de la autoridad real no podía quedar bajo la afrenta de tal
desacato, y ordenó que la fuerza penetrara a los claustros abriendo brechas en
las tapias del huerto conventual, que caía al “callejón del Hospital’’ (calle
de San Francisco), a la altura de la actual calle de Tarapacá. Y así se hizo en
medio de una batalla campal en la que no sólo “corrieron” garrotazos y
pedradas, “sino que puñaladas y tiros de arcabuz”, intensificándose la lucha en
cada trinchera, o sea, en cada una de las tapias divisorias de los patios
interiores del Convento.
Mientras
sus frenéticos hermanos resistían, con las armas en las manos, la invasión de
su claustro, fray Bardesi permanecía en su celda, abrazado a la cruz de alerce,
balbuceando débil, pero intensamente su oración; “Señor, toma mi vida a cambio
de que mis hermanos vuelvan a la paz”.
El
Comisario Guerrero quedó instalado en su cargo de suprema y única autoridad de
la religión franciscana de Chile; excepto siete cabecillas recalcitrantes,
todos los demás frailes, enfilados bajo los corredores del claustro de la
Cañada, fueron postrándose a los pies del Superior para besar, sumisos y
arrepentidos, el bordón del enérgico prelado limeño. Sólo fray Bardesi no pudo
cumplir este mandato de la obediencia; había entrado en la plácida agonía de su
santa muerte.
La paz
reinaba en los conventos franciscanos de Santiago, pero no en la familia
franciscana de Chile; no había llegado, aun, el momento en que Dios consumara
el holocausto de su Siervo.
Los
cabecillas de la revuelta, empecinados en no reconocer sus yerros y en “no dar
la obediciencia”, habían sido llevados presos a las casas del Cabildo y desde
su prisión persistieron, obcecados, en mantener una rebelión que ya estaba
virtualmente vencida; mientras los rebeldes ensayaban los más ingeniosos
recursos legales para librarse de sus prisiones, la agonía de fray Bardesi se
prolongaba, apacible y estacionaria, por días y semanas, sin que su debilitado
organismo manifestara ni decadencia ni mejoría. Tendido sobre su tarima, los
ojos fijos, en la cruz de alerce, los brazos sobre el pecho, ese cuerpo no daba
otras señales de vida que el intermitente movimiento de sus labios para musitar
su persistente ruego: “¡Señor, mi vida porque mis hermanos vuelvan a la
paz!"
En los
últimos días de agosto se produjo la definitiva resolución de la Audiencia para
que los presos fueran trasladados a Valparaíso en espera de un barco que
debería transportarlos a Lima; el 2 de septiembre partieron hacia el puerto los
siete franciscanos desterrados^ y cuatro días después eran recibidos a bordo
del galeón “El Niño Jesús”, piloto Juan Artuño Meléndez, que completaba
su carga para zarpar rumbo a Panamá.
El 12 de
septiembre, a eso de las 5 de la madrugada, fray Pedro Bardesi entregaba su
alma a Dios; dos días más tarde se supo en la capital que a esa misma hora del
mismo día había levado sus anclas el galeón de los desterrados. Desde ese
momento reinaba la paz en la familia franciscana de Santiago y también a esa
misma hora se había consumado el holocausto de la vida del Siervo de Dios.
La
información que mandó levantar el Obispo de Santiago, don Francisco de la
Puebla y González, en el momento de conocerse el fallecimiento de fray Bardesi,
dejó establecido, a los pocos días, este hecho concluyente que no fue el de
menor admiración. Centenares de personas acudieron ante el tribunal
eclesiástico que presidía el canónigo don José de Toro y Zambrano para
manifestar, con información de testigos, los innumerables milagros que había
hecho en vida el humilde lego de la Recoleta. La mayoría de tales
acontecimientos sobrenaturales se fundaban en el don de la profecía de que era
un “virtuoso" el donado franciscano.
La
familia del canónigo don Juan de Hermua testificó con doce personas que fray
Bardesi había predicho con seis meses de anticipación el fallecimiento del
citado canónigo, en una forma clara y concreta. Don Juan de Hermua, anciano de
setenta años, se encontró al borde del sepulcro y en su agonía pidió a fray
Bardesi que obtuviera de la Reina del Cielo le prolongara la vida durante seis
meses a fin de dejar arreglados en forma sus asuntos espirituales y temporales;
el lego se puso en oración, al lado del moribundo, y después de un momento,
díjole: “Nuestra gran Reina concede a vuestra merced la gracia que le
pide". Una hora después el canónigo dormía profunda y tranquilamente y al
siguiente día se encontró sano. “Abandonó el lecho y anduvo por sus pies
mostrándose a todos sus parientes”, establecen las declaraciones acordes.
Estando perfectamente sano, “pasó desta vida a las nueve y media de la noche,
hora exacta de cumplidos los seis meses”.
Doña
Catalina de Arteaga comprobó con testigos y documentalmente que tres años
antes, estando su marido en viaje a Lima, había llegado a su noticia que la
nave había sido asaltada por el pirata Scharp, a las alturas de Coquimbo. Fuese
inmediatamente a ver a Fray Bardesi para pedirle consejo, y habiéndose, el
lego, puesto en oración, contestóle a la dama: “No pase penas, señora; su
marido don Juan Diez de Gutiérrez llegó hoy sin novedad al Callao, y en este
momento va en viaje a Lima".
Cartas
que llegaron a Santiago dos meses más tarde, comprobaron que, en efecto, el
viajero había llegado al Callao el día y a la hora en que lo había predicho el
lego franciscano.
El
capitán don Francisco Bardesi, hermano del franciscano declaró, bajo juramento,
que cuatro meses antes de su muerte el lego había estado en su casa a la hora
del almuerzo (las nueve de la mañana) y que mientras la familia merendaba, fray
Bardesi se “había quedado traspuesto”. Al volver en sí, el lego dijo a su
hermano: “Oremos por nuestra madre que acaba de morir en España”. Cuando el
capitán Bardesi prestó esta declaración, no había recibido aún noticia alguna
de la Península; pero ocho meses más tarde presentaba al Tribunal una carta de
Madrid, en la que se le comunicaba el fallecimiento de su señora madre doña
Manuela de Aguinaco y Vidaurre, ocurrido a la misma hora y el mismo día en que
lo había anunciado el fraile franciscano.
Sería
largo referir en una crónica volandera la serie de milagros de esta naturaleza
que fueron comprobados en la primera información rendida a raíz del
fallecimiento del lego Barde- si; pero no omitiré la siguiente: María
Candelaria Isbraín, de veintitrés años, casada, era perseguida con insistencia
por el caballero francés don Juan Merlet, recién llegado al país en uno de los
barcos de Saint Malo. La joven María se encontraba cierta vez en un grave apuro
de dinero —cuatro pesos— que necesitaba para pagar el alquiler de la casa donde
vivía; su marido estaba ausente y no tenía a quién recurrir para salvar las
“cargosidades” del casero implacable.
Desesperada
con esta situación que no tenía remedio inmediato, se resolvió a pedir al
francés el dinero que necesitaba; cuando se disponía a salir, golpearon a la
puerta y apareció en el umbral la figura de fray Bardesi, quien, alargándole un
pequeño envoltorio, le dijo: “Aquí le mandan estos cuatro pesos; dele gracias a
la Gran Reina, y no caiga en pecado”.
Estos y
muchos otros milagros se recordaban veinticinco años después de la muerte de
fray Bardesi, cuando los franciscanos habían resuelto pedir a Roma la
beatificación del taumaturgo del convento de la Recoleta, en 1726.
§ 9.
Ordenanza contra el lujo
(1731)
Los siete
años de las vacas flacas habíanse pronunciado en Chile de una manera
catastrófica desde el 1627 y estaban en su apogeo allá por el 1631, al segundo
año de gobierno del Muy Magnífico e Ilustre señor don Francisco Lasso de la
Vega, caballero de la distinguida orden de Santiago, Individuo del Consejo de
Guerra de Su Majestad en los Estados de Flandes, Gobernador del Reino de Chile
y Presidente de su Real Audiencia. Su Señoría había venido del Perú y pasado de
largo hacia Concepción, centro de la guerra, haciéndole un mohín al puerto de
Valparaíso y a la orgullosa capital, en donde la “nobleza" le tenía
preparado un aparatoso recibimiento, cuyos gastos se habían hecho “al fiado”
—dicho sea en verdad— a causa de que la moneda se iba haciendo cada día más
rara.
Acostumbrados
estaban los santiaguinos a estos desaires de los Gobernadores, pues los tres
anteriores a Lasso de la Vega habían hecho lo mismo; pero en esta ocasión,
lloviendo sobre mojado, la cosa era más grave, pues los gastos fastuosos que el
Cabildo y el vecindario habían hecho para recibir dignamente a Su Señoría iban
a pagarlos con réditos crecidos y sin haberlos disfrutado. En una palabra, todo
el mundo se había “encalillado" inútilmente.
Y
encalillarse en la situación por que atravesaba la población significaba un
desastre, iba para los tres años que las cosechas
permanecían
arruinadas en las “mediaguas" de las haciendas y no se vendía un 'lío de
charqui ni un grano de trigo para el Perú, que era el primer consumidor de la
producción agrícola chilena: el vino añejo, mollar o albino, por más que fuera
de las Vegas de Itata, no tenía mercado en la costa peruana a causa de que las
viñas de México y de California habían dado un rendimiento inusitado e invadido
la feria de Acapulco con su famoso “soconusco” mucho más apreciado que nuestro
aguardiente; y por último, los armadores del Callao se habían puesto de acuerdo
para “ahorcar” a los chilenos en esta ocasión, en correspondencia a que, en
otros años, los productores chilenos los habían ahorcado a ellos, exigiéndoles
precios elevadísimos por el sebo, el charqui, los cueros, el vino y el trigo.
Es verdad
que los chilenos se gastaban alegremente toda la plata que les venía del Perú,
en la adquisición de artículos de lujo para el adorno y “decencia” de sus
personas y de sus mujeres e hijas; pero, en fin, con esto se daban una de las
más grandes satisfacciones: parecerse y aun rivalizar con las mujeres de Lima
que tenían fama de ser las más elegantes y ostentosas de América.
Mientras
que el trigo salía de Valparaíso copiosamente, aunque fuera “agorgojado”, para
dar pan a los peruleros y volvía convertido en sedas, lanas, terciopelos,
chamelotes, tabí floreteado, anillos de pedrería, prendedores, aros y
tembladeras, todo estaba bien; pero cuando cesó aquel intercambio y los
magnates santiaguinos se vieron obligados a entregar oro en vez de sebo, y
plata en lugar de charqui, para pagar los lujos y preseas a que se habían
aficionado terriblemente sus esposas e hijas, la cosa se puso seria y quisieron
cerrar la bolsa todos aquellos que todavía tenían moneda, pasta o chafalonía en
sus cajuelas; pero ya era tarde. La señora estaba compitiendo en trajes con la
oidora o con la corregidora y habría sido pésimamente visto que una criolla
quedara vencida por una peninsular.
Y esta
clase de luchas es brava, mejor dicho, es inhumana. No ya en los salones, en
los paseos, en las corridas de toros, en las carreras y “andadas" de
caballos, en los portales y en cualquier parte profana se ponían de manifiesto
los “posibles” de los padres y maridos, sino aun en los templos, en las misas
solemnes de los días de fiesta, en los bautismos, en los matrimonios, y aun en
las novenas o modestísimos “triduos” a que se asistía generalmente de noche.
Una
oidora, la mujer de don Nicolás González de Güemes, la primera vez que asistió
a misa después de su llegada a Santiago, llevó dos “chinas” como escolta,
vestidas de bayeta negra con ribetes de lanilla blanca; una de las chinas le
llevaba la cola del vestido y la otra la “alfombrilla”. Su entrada al templo
produjo tal sensación, que el franciscano que estaba predicando sobre las
virtudes de San Antonio —era su novena— tuvo que interrumpir el panegírico
hasta que la oidora tomó su sitio y las devotas calmaron los transportes de su
admiración.
La
innovación era atrevida y se creyó difícil que alguna santiaguina quisiera
imitarla: eso de usar “cola larga” y que todavía se la llevara una china que
bien podía levantarla más de lo conveniente, o “estironearla” en un mal
momento, era peligroso, y pareció que todo aquello de la oidora, su cola y su
par de chinas iba a quedar en el comentario y en el pelambre; pero había en
Santiago una criolla que no se dejaba bajar el moño así no más, ni menos por
una “aparecida”, por muy oidora que fuese.
Llamábase,
esta criolla, doña Beatriz de Ahumada “mujer rica, emparentada, principal y
poderosa, bordeante en los treinta, y para colmo viuda reciente y con
manifiestos deseos de reincidir; por aquellos meses la viuda andaba bebiendo
vientos por el Capitán Diego Vásquez de Padilla quien, sea por tener otra
afición, o por “política”, había dado por mostrarse retrechero con la incitante
doña Beatriz, lo cual mantenía a la viuda en una tensión cercana al frenesí.
La
ocasión que se le presentaba a la viuda para atraer sobre sí la atención
popular, y por ende, la del indiferente Capitán, era única; era imposible que
don Diego Vásquez, al verla triunfante de una oidora y admirada por cuanto
caballero galán husmeaba sus huellas en demanda humilde de tanta bizarría, no
quisiese aprovechar de tal popularidad, siquiera para ostentación y lucimiento
de su persona. Si don Diego Vásquez caía en este lazo, la viuda estaba segura
de uncirle la coyunda.
Llegó el
domingo siguiente, y casi nadie se acordaba ya de la espectacular entrada que
había hecho la oidora el domingo anterior, cuando las puertas del templo se
abrieron para dar paso, nuevamente a la mujer del oidor González de Güemes, la
que venía ahora vestida de “tabi", con una cola de dos varas, llevada por
“tres negrillas ataviadas con trajes de bayeta de Castilla con guarniciones
dobles y muy bien peinadas”, más una china que llevaba la consabida alfombra.
La oidora había aumentado su escolta.
Nuevamente
se interrumpió el sermón con el “alboroto y las exclamaciones que hizo el
pueblo”, al ver, contemplar y admirar tal presentación y tal boato; el pico de
oro de fray Joan de Funes —el que predicaba— tuvo que cerrarse en desmedro de
su fama de orador gerundiano y durante algunos minutos se encontró anulado por
la rival que le había salido.
Sólo
cuando la oidora quedó instalada sobre su alfombra, al pie de la última grada
del presbiterio, con sus chinas a respetuosa distancia, pudo fray Joan reanudar
su prédica, la cual empezó con una admonición de pimienta y mostaza no sólo
para el auditorio banal e irrespetuoso que así desdeñaba la palabra divina por
atender a “mundanidades”, sino también para “quien era causa dello, que es el
lujo satánico, enemigo de las almas”.
No sé yo
si la oidora se dio por aludida de la filípica que le estaba aplicando en
carnes vivas fray Joan de Funes; pero es el caso de que aun no terminaba esa
filípica el predicador cuando ábrese de nuevo la puerta principal del templo y
aparece por allí un nuevo cortejo, tanto más extraño cuanto fastuoso.
Dos
negros corpulentos, llevando en las manos sendos ramos de flores, en altos y
laboreados tiestos de plata, marchaban adelante, como abriendo paso a una dama
que iba a tres pasos de distancia, vestida con un atavío de terciopelo azul de
Flan- des guarnecido de cintas de lama de oro y plata; de una “guirnalda” de
pedrería que adornaba su sencillo tocado, caía el tul negro de las viudas que
se confundía con la cauda de su vestido, sostenida por seis esclavillas no
mayores de diez años, todas pe- laditas al rape; detrás de la dama y de las
esclavillas, marchaban otras dos negras, que llevaban una la alfombra y la otra
una “silleta”.
— ¡Doña
Beatriz! ¡Doña Beatriz de Ahumada!... exclamaba la gente apretujándose para
abrirle paso hacia las gradas del presbiterio, y comiéndosela con los ojos
ávidos, las mujeres con mal disimulada envidia, y los hombres con franco
apetito de goloso, olvidando por completo que se encontraban en el templo de
Dios, y delante del predicador de más campanillas que ayunaba y decía misa en
el Reino.
Y luego
aparecieron los primeros síntomas de divergencia de opiniones; una “goda”, la
mujer del Tesorero, don Jerónimo Hurtado de Mendoza, llamó “mentecata” a doña
Beatriz de Ahumada, y una criolla “la” Teresita del Campo Lantadilla, que
estaba a su lado, declaró que la “goda de la oidora y todas las de su calaña
eran unas aparecidas, y que de dónde le había salido tanto orgullo para venir a
humillar a la gente”. Los “dichos", si nacieron allí, se propagaron
fácilmente por todo el templo y a los pocos minutos no eran pocas la parejas
femeninas que se habían insultado indecorosamente para defender a las
protagonistas de estos incidentes.
Y el
alboroto no terminó sino cuando el Padre Joan de Funes esforzando la voz, o
mejor dicho, a todo grito, declaró excomulgado a todo el que “habiéndolo oído”
no se arrodillara a pedir perdón a Dios por el desacato.
En
efecto, la terrible conminación surtió efecto rápido, y minutos más tarde todos
los asistentes, de veras o de mentiras, estaban oyendo, sin chistar, la nueva
filípica que el Padre Funes propinó sobre la irrespetuosa concurrencia y muy
especialmente contra las dos promotoras, quienes la oyeron, desde sus sitiales,
como quien oye llover.
El
bochinche había sido bastante grande y sonado para que no tuviera sus
consecuencias; pero el caso era bien difícil para las autoridades; las
protagonistas habían sido dos damas de las más empingorotadas de Santiago:
oidora la una, y criolla “emparentada” con lo más selecto de las familias la
otra. No le faltarían deseos al Oidor Güemes para poner en salvo a su esposa de
cualquier medida, civil o eclesiástica; pero tocaba la casualidad de que había
sido la oidora la provocativa, y mal se podría castigar a la criolla, si no se
castigaba también a la “goda”.
El
conflicto era serio, bromas aparte. El Obispo don Francisco de Salcedo y su
Vicario don Jerónimo de Salvatierra habían protestado ante la Audiencia y ante
el Cabildo de la “indecencia” que cometieran en pleno templo, “y con
escándalo”, las damas que “tenían arraigo” con miembros de esas corporaciones,
a quienes conminaban y hacían responsables de los actos “delictuosos” cometidos
por ellas. Olvidaba decir que doña Beatriz era hermana del Corregidor de
Santiago don Valeriano de Ahumada. La Audiencia y el Cabildo no se atrevían, en
verdad, a proceder sin peligro de menoscabar, cada cual, sus prerrogativas y
“puntillos”; empezaban ya a diseñarse los dos partidos, realista y criollo, que
encabezaron hasta 1810, ambas corporaciones.
Con tal
motivo el vecindario se “revolvió”, dicen algunos documentos; otros papeles
dicen, a su vez, que el vecindario se “dividió”; de las dos cosas habría. El
hecho es que, después de una serie de gestiones, conferencias y ajetreos para
dar satisfacción al Obispo, los dos bandos se acordaron en celebrar un Cabildo
Abierto, para que allí, reunidos los vecinos principales y las corporaciones,
comunidades religiosas y funcionarios, se buscara y se propusiera el medio de
cortar de raíz el mal del lujo “y su rivalidad entre las mujeres”, que había
prendido en Chile hasta el extremo de ocasionar un escándalo en plena función
religiosa.
La
ocasión para declarar esta guerra al lujo no podía ser más propicia; no había
dinero en Chile; iban tres años, según sabemos, de estagnación de los productos
de la agricultura, que era la única renta del país y no había esperanza de que
aquello mejorase. En todo caso, si llegase a mejorar, para el año entrante,
aquellas ganancias servirían para cubrir el déficit de los tres años pasados.
El
Cabildo Abierto reunióse “a campana tañida” el 17 de octubre de 1631, y
asistieron a él unos cincuenta vecinos “e siete frailes”, y desde el primer
momento fue abordada la cuestión por el Alcalde don Diego de la Xara Quemada,
quien propuso “que es notorio el trabajoso estado en que los vecinos y
moradores de la ciudad estaban, por los excesivos trajes que los hombres y las
mujeres traen, y el poco precio de las cosechas este año y el pasado de que se
teme una gran ruina” en lo que todos estuvieron de acuerdo sin discusión. Pero
cuando don Melchor Jufré del Águila propuso, como remedio, que el Cabildo
“señalara los vestidos y trajes que han de llevar hombres y mujeres”, el
acuerdo no fue tan unánime, pues “la mitad más bella de la humanidad” mapochina
—como dijo el poeta adulón- había tomado también sus medidas para influir en el
Cabildo Abierto.
Don
Alonso Campofrío de Carvajal, marido de doña Catalina de los Ríos, la
Quintrala, insinuó, tímidamente al principio, pero con energía después “que
cada señora se vistiese como fueren sus posibles”, siendo apoyado en esta
teoría por don Alonso Chimeno de Zúñiga, quien dijo algo que causó sensación y
escándalo, por lo menos en los frailes asistentes. “Que se adherecen las
mujeres, que así se ven mejores”. El galante orador tenía sus motivos para
hablar así; era uno de les más asiduos pretendientes de doña Beatriz de
Ahumada.
Tengo a
la vista el acta del Cabildo Abierto y podría continuar apuntando más nombres y
más opiniones, adversas y favorables al caso, pero me parece que con lo dicho
basta para que el lector se dé cuenta del ambiente; por cierto que la mayoría
estaba francamente en contra del marido de la Quintrala y del pretendiente de
doña Beatriz de Ahumada. El acuerdo no tardó en producirse: “y habiendo tratado
de los proes y contras acordaron ser muy justo poner remedio en los trajes y
vestidos para que no se mande oro ni plata al Perú y que el modo cómo se
ejecute, lo dejan encargado al Cabildo de la ciudad, y todos consienten en lo
cumplir y lo guardar”.
Antes de
ocho días, el Cabildo daba a conocer su resolución por medio de una ordenanza
que hacía pregonar por bando y con las solemnidades de regla. En la redacción
de este documento intervinieron el Vicario Salvatierra, el Padre Joan de Funes,
el Alcalde Xara Quemada y el respetable vecino don Melchor Jufré del Águila; la
pieza consta de 14 artículos y vale la pena dar razón de ella para conocimiento
y modelo de legisladores y gobernantes republicanos.
Empieza
la Ordenanza: “Habiendo considerado lo mucho que los gastos excusados y
excesivos que se hacen en los costosísimos trajes que cada día se varían y
enflaquecen la república desustanciándola del dinero, sustancia, sangre y
nervio que la conservan y el exceso que en esta materia se ha tenido
alargándose en gastos tan desproporcionados que reducen a los vecinos a tal
pobreza, que algunos apenas dejan con qué poder enterrarlos, y deseando obviar
estos daños y que esta república cobre algún alivio y venga moderación y
templanza como corresponde a buenos cristianos, nos ha parecido que debemos
ordenar y ordenamos:
Primeramente,
que ninguna persona, hombre o mujer de ningún estado ni calidad, pueda vestir
enteramente de tela rica de oro y plata, ni de seda, ni traer jubones ni mangas
de las dichas telas, ni lama, ni guarniciones en los vestidos que las que esta
ordenanza señala.
Lo
segundo, que el hombre de más calidad y empleo no pueda traer más de una capa y
ropilla de paño negro y calzón de terciopelo damasco, u otra seda, liso sin
guarnición alguna, y mangas de seda llana que no sea de tela rica, lama, tabí,
floreteado de oro y plata, ni tenga cosas del y ligas sin punta; y en tiempo de
calor podrán diferenciar dicha capa y ropilla en lanilla perpetúan, añascote y
otro género que no sea sino de lana; y el que tuviere ropilla de terciopelo la
pueda traer hasta consumirla.
Lo
tercero, que los vestidos de paño de Castilla o de la tierra no puedan llevar
vueltas ni guarnición alguna, ni de botones más de una gruesa.
Lo
cuarto, que las mujeres de más caudal y calidad no puedan traer más que una
ropa de bayeta, lanilla, tafetán, tabí, damasco o terciopelo, todo llano, sin
guarniciones de oro o plata, ni manto con puntas, sino llano, salvo los días de
fiesta, ni faldellín, que no sea de paño, grana, tamente o cochinilla, liso,
sin trencilla.
Lo
quinto, mandamos que ningún sastre sea osado cortar ni coser ningún vestido de
hombre ni de mujer que exceda de nuestra Ordenanza, pena de multa de cien pesos
y cuarenta días de cárcel y destierro a la guerra por dos años; y si fuere
esclavo o indio liberto, sea trasquilado y se le den doscientos azotes.
Lo sexto,
que ningún mercader pueda traer de fuera ningún vestido hecho, de hombre o de
mujer, y que todos se hagan en la tierra.
Lo
séptimo, que porque hay mucha gente que tiene vestidos y adherezos prohibidos
por nuestra Ordenanza, concedemos que se puedan descoser o consumir usándolos
solamente los días de las cuatro pascuas del año, Corpus Christi, Encamación,
fiestas de Pedro y Pablo y Santiago Apóstol, y también cuando se ofreciere un
desposorio a que forzosamente hayan de acudir, o en días de toros o fiestas
reales, con que no puedan hacer otros nuevos.
Lo
octavo, que ningún indio, india, negro, mulato, zambo ni cuarterón pueda
vestirse sino con ropa de la tierra, o cuando mucho de jerqueta, perpetúan o
añascóte solo, todo llano, sin seda alguna, aunque se la den, pena de
perdimiento del vestido y de ser trasquilados y treinta días de cárcel y cien
azotes, de a veinticinco cada partida.
Lo
noveno, que en los bautismos, que ningún compadre ni el dueño de la criatura
pueda vestirla sino de paño y tela llana.
Lo
décimo, que en los entierros y honras no se consuma cera más que dos libras,
siendo persona de la mayor calidad y que en las demás, tomen permiso del
Cabildo para la prender, y que enciendan sebo de la tierra.
Lo
onceno, que ninguna persona de cualquier estado o calidad pueda sacar más de
tres criados o criadas de librea, la cual sea de paño de la tierra, llana y sin
vueltas, ni guarnición, ni chinas, ni negros, pena de ducientos pesos.
Lo
doceno, que no puedan introducirse gastos superfluos en las bodas, en vajillas
de alcorza y aparadores y sahumerios y castillos y otras piezas e invenciones
que se ponen sobre las mesas, y mandamos que ninguna persona sea osada
ponerlas, ni darlas, ni hacer estos gastos por sí ni por interpósita persona,
pena de cien pesos y perdidas la alcorza y demás que se darán a los pobres del
Hospital.
Lo
treceno, ordenamos que ninguna persona sea osada de mandar hacer para sí ni
para otro ningún vestido ni pieza de las prohibidas, pena de perdidas las
piezas y multa del doblado de lo que valga, a tasación de persona inteligente.
Lo
catorceno, que nuestra ordenanza es nuestro intento de ser padres de la
república y procurar su argumento y conservación y que los vecinos no hagan
gastos superfluos e inexcusados, mandamos que todos la cumplan como a tal
Ordenanza y desde luego condenamos a los infractores en las penas della”.
Si los
vecinos cumplieron o no esta severa Ordenanza, no podría asegurarlo; sólo sé
qué al siguiente año de 1632, hubo una demanda enorme de productos chilenos
para el Perú, a causa de que en ese país sobrevino un espantoso terremoto y
luego se produjo una sequía en que murieron doscientas mil vacas en un mes.
¡Ya
volvían a tener plata los chilenos!
§ 10. El
trigo de Chile
(1730)
Allá por
los últimos años del siglo XVII había ocurrido en el centro del Perú un
fenómeno sísmico que tuvo serias y trascendentales consecuencias para ese país
y para Chile. Hasta entonces —el terremoto ocurrió el año 1685— el comercio
chileno estaba completamente arruinado por el exceso de producción agrícola,
que era el único ramo de “exportación”, y por el monopolio de los transportes
marítimos que ejercía, en general, el Gobierno peninsular, según dejamos dicho,
y en particular, los armadores peruanos que eran los propietarios de la casi
totalidad de las naves mercantes. Pero el remecimiento violento de la costra
terrestre de los valles trigueros peruanos produjo el fenómeno de incapacitarla
para la producción de este cereal, y las cosechas de este año y de los
posteriores fueron malas. La población peruana se vio ante el espectro del
hambre.
La
primera providencia del Virrey Duque de la Palata fue la de ordenar que se
trajera trigo de Chile, en donde había una gran existencia, pues la producción
había sido tan abundante, que algunos hacendados ni siquiera se habían tomado
el trabajo de “recogerlo”. La demanda de este cereal dio un repentino
movimiento a las naves peruanas hacia los puertos de Coquimbo, Valparaíso y
Concepción y fue por entonces cuando don Blas de los Reyes y otros armadores
chilenos botaron al agua los primeros buques mercantes de este país y a
los cuales me acabo de referir. El Santo Cristo y la Dolores hicieron
ese año dos viajes al Callao y los años posteriores muchos más.
Por su
parte, los agricultores chilenos hicieron su agosto y llegaron a vender el
trigo, allá por los años 1690 a 91, al enorme precio de veintiocho pesos de
oro, la fanega, medida que antes valía apenas siete reales, o sea ochenta y
siete centavos; este exceso de precio, que despertó la codicia de los
productores, trajo por consecuencia el peligro del hambre en Chile, “pues todo
aquel que cosechaba cinco almudes de trigo queríalos vender sin guardar nada
para su comida”.
Pero el
Presidente Marín de Poveda tomó sus precauciones y por medio de enérgicos
bandos reglamentó las exportaciones “por cuanto hay falta de pan cocido para el
sustento de esta ciudad de Santiago y se ha encarecido con el pretexto de
enajenarse el trigo para la ciudad de los Reyes del Perú y se hace necesario
remediar esta exorbitancia”.
La
exportación constante de trigo hacia el norte, que aumentaba de año en año,
trajo a este reino de Chile un bienestar y una holgura desconocidos; las barras
de plata de Potosí y el oro de Lima se vaciaba en este pobre Reino que durante
más de un siglo había sido una simple factoría del orgulloso virreinato: “con
la riqueza recrudecieron los vicios —declara el Obispo de Santiago en una
pastoral— por manera que ágora esta devota ciudad es una Babilonia de pecados”.
En esta
situación llegaron a Chile las primeras expediciones comerciales francesas de
que hablé en otra parte y que trajeron preferentemente mercaderías “de lujo”
ante las cuales santiaguinos y santiaguinas quedaron deslumbrados;
anteriormente las damas de Mapocho compraban estos objetos en Lima y pagaban
por ellos precios exorbitantes con el adiamiento de ser de “segunda mano”, o de
estar ya “muy elegidos” por las limeñas; ahora las santiaguinas se “regodeaban”
con las primeras manifestaciones de la moda de París y aunque los franceses se
hacían pagar caro, nunca era tanto como lo que cobraban los “cambalacheros” del
Callao.
Si el
Obispo de Santiago se quejaba de la Babilonia santiaguina diez años antes, con
mayor razón lo podía hacer en la primera década del siglo XVIII en que “la
lujuria en Mapocho fue un furor”. Se calcula que los buques franceses sacaron
de Chile, durante el tiempo en que fueron los únicos mercaderes de la Mar del
Sur, una suma de dinero no inferior a cuatrocientos millones de pesos, de
aquella moneda...
Pero este
privilegio de los franceses, basado en conveniencias pasajeras de dos
dinastías, estaba condenado a terminar el día en que apareciera una dificultad,
y ésta se presentó por intermedio de la diplomacia británica, cuyo gobierno
aspiraba a tomar parte en esta feria de millones que salían de América. La
llamada “paz de Utrecht”, entre las potencias europeas, para poner término a la
guerra de sucesión en España, dio a los ingleses un derecho, hipotético si se
quiere, pero que su gobierno supo aprovechar inteligentemente.
Durante
la prolongada guerra de sucesión habían arreciado las empresas piráticas hacia
la América, encabezadas por marinos ingleses, alemanes, holandeses y
portugueses, tenidas siempre a raya por los franceses que estaban disfrutando
del privilegio de comerciar en la Mar del Sur; la paz quitó ese privilegio a
los franceses y entregó la policía del Pacífico a todos los aliados, para
garantir los derechos soberanos de España. Con esto terminaron las expediciones
autorizadas de Saint-Malo, Marsella y la Rochela, pero dio lugar al
establecimiento del contrabando, que desde entonces se hizo endémico en las
costas del Pacífico; la navegación por el Estrecho estaba abandonada y era muy
difícil controlar el paso del Cabo de Hornos, que ya había sido dominado por los
barcos franceses.
La
desaparición de la flota mercante legal francesa produjo en el comercio de
trigo en Chile un verdadero trastorno, porque se presentó de nuevo el problema
de los transportes; dos de los tres barcos chilenos de que hablé antes habían
sido contratados por navieros peruanos para el transporte de cereales y otros
productos entre los puertos del Perú y México, y en buenas cuentas dependían de
sus arrendatarios; el transporte de trigo chileno en los años anteriores lo
hacían, en casi su totalidad, los barcos franceses, de modo que jamás se había
presentado el caso de que tan apetecida mercancía, que era la base de la
riqueza chilena, se viera amenazada con la inmovilidad en los puertos de
nuestra costa.
En esta
confianza, los agricultores chilenos, seguros ya de que no habrían de faltar
barcos para el transporte del trigo, habían contratado la venta del cereal
puesto en playa en el Callao; de manera que al producirse el éxodo de la flota
francesa ante la “paz de Utrecht”, los hacendados de Chile se encontraron en la
imposibilidad de cumplir sus contratos si no aceptaban el precio de los fletes
que los navieros peruanos les impusieron.
Empezó
con esto una lucha tremenda entre los navieros del Perú y los bodegueros de
Chile; los primeros establecieron tarifas y condiciones que dejaban el precio
del trigo por los suelos y-como éstos se negasen a aceptarlos, se presentaron
muchísimos casos de demanda para “hacer buenos” los contratos de entrega de
trigo que tenían firmados los productores chilenos.
Por otra
parte, la detención del trigo en las bodegas de Valparaíso produjo otra
situación que representaba una nueva pérdida para los productores: la aparición
del “gorgojo” que destruía el grano, para lo cual el único remedio era el
“traspaleo” de esos enormes montones, trabajo que costaba una apreciable suma
de dinero.
Las
dificultades que surgieron entre los armadores peruanos y los trigueros
chilenos, a causa del transporte de este cereal, produjeron dos situaciones,
naturalmente distintas en cada país: en el Perú, la escasez de pan, y en Chile,
la falta de dinero. Es verdad que la situación de los peruleros era más grave,
porque el problema era de estómago; pero no nos olvidemos que el oro del Perú y
la plata de Potosí nos habían acostumbrado a una vida de lujo, de derroche y de
esplendor que no era fácil abandonar de un día para otro.
Así,
pues, ambos interesados, por más que trataran de ponerse tiesos, no tuvieron
sino que empeñarse en salir de las dificultades de la mejor manera posible y
con los menores perjuicios. Lo primero que hicieron los agricultores fue
construir en Valparaíso grandes bodegas para guardar su trigo. Hasta entonces
no se había reparado en esa necesidad, porque el cereal, estuviera ensacado o a
granel, no necesitaba permanecer mucho tiempo inmovilizado —los barcos lo
cargaban luego— y era fácil, por lo tanto, protegerlo de alguna pequeña lluvia
de verano. Pero ahora, con la falta de flete y la discusión pendiente, el
.trigo podía permanecer algunos meses a la intemperie y malograrse, como se
malogró, esos primeros años, en gran cantidad.
La
bodegas se extendieron luego por la playa del antiguo puerto, que era desde
donde hoy está la Intendencia, hasta el “estanco viejo”; eran grandes
cuadriláteros de adobe, de no más de dos metros y medio de altura y techados
con tabla, teja y totora, siendo el centro de este barrio comercial el “estanco
viejo”, que venía a quedar cerca del camino de las carretas, por donde llegaba
el trigo a las bodegas. Aunque cada agricultor de importancia construía la
bodega para su trigo, había quienes lo recibían “a bodega”, y cobraban un real
por fanega y por año empezado. Generalmente este trigo se guardaba a granel, y
siempre se daba por él un “vale”, que era, en realidad, el objeto comerciable.
Todas las
bodegas tenían tres secciones: una para el trigo “electo”, otra para el
“corriente” y la tercera para el trigo “achuchocado”, que era el de calidad
inferior.
Con la
existencia de estas bodegas nació el empleo de “bodeguero”, que llegó a tener
importancia enorme, pues este funcionario, aparte de ser el árbitro y contralor
de las ventas, tenía la obligación de “visitar” el trigo para ver si había
“entrado” el gorgojo, o si la bodega sólo estaba “caliente’, circunstancia
preliminar que anunciaba la inevitable y próxima aparición del animalito.
Cuando el visitador encontraba tales indicios, procedía con estrictez y
rápidamente: previa presentación por escrito al Gobernador de la plaza,
notificación al dueño del .trigo y presencia de dos peritos que reconocían el
daño, se mandaba botar a la playa el trigo infectado. A esta operación se la
llamaba “dar la bota” y de allí viene nuestro refrán popular.
Cuando
hubo muchas bodegas y, por lo tanto, muchos bodegueros, se creyó necesario
designar un funcionario que fuese el jefe de este “servicio” y representara los
intereses de todos los trigueros ante los navieros del Callao; el nuevo
funcionario se denominó el “Diputado de bodegas”, y su nombramiento procedía
del Cabildo de Santiago; tómese en cuenta que los principales productores de
trigo eran los Regidores del Ilustre Ayuntamiento. La remuneración del Diputado
era de un real por fanega de trigo embodegado, y tomando en consideración que
la cantidad total que salía anualmente por Valparaíso era de 150 mil fanegas,
podemos saber que tal funcionario “sacaba” un sueldecito superior a quince mil
pesos, desde luego mucho mayor que el de Gobernador del Reino.
Por su
parte, los navieros del Callao “se federaron” también para defenderse de los
bodegueros chilenos y nombraron, a su vez un “Diputado de buques”, al que
encargaron exclusivamente de la compra de trigo en Chile; fueron famosas las
conferencias, discusiones y “arreglos” que ambos Diputados celebraban en
Valparaíso cada vez que venían buques del Callao, pues ambos pretendían
“tragarse” mutuamente. Las negociaciones del Tratado de Ancón tienen sus
antecedentes y sus antecesores, y aquí viene al pelo aquello de “quien lo
hereda no lo hurta”.
Tanta
dificultad y discusión por los fletes y acarreo estimuló, por fin, a los
armadores chilenos para intentar de nuevo la construcción de barcos mercantes,
como en los tiempos de don Blas de los Reyes, cuyo barco, Santo Cristo
de Lezo, había pasado a poder, definitivamente, del armador peruano Simón
de la Plata. Un comerciante esforzado, don Marcos Sáenz, oriundo de Concepción,
emprendió valientemente la construcción de un barco de doscientas toneladas de
carga, y al año siguiente, 1730, lo botó al agua en la playa de San Vicente;
casi al mismo tiempo la quilla de otro barco rompió las aguas marinas a la
desembocadura del río Maule, donde más tarde iba a fundarse la villa de Nueva
Bilbao, hoy Constitución.
La
aparición de ambos barcos chilenos en la rada de Valparaíso, listos para cargar
el trigo y transportarlo a los puertos del norte, fue celebrada con bullicioso
entusiasmo por los agricultores; la industria nacional había tenido un triunfo
espléndido y mediante el esfuerzo de dos mercaderes del país, se iba a salvar
la economía chilena del fracaso que año a año le preparaban los consumidores
del Callao. Partieron los buques, repletos de trigo, y no hay para qué decir la
desagradabilísima sorpresa que experimentaron los peruleros cuando vieron
surgir, uno en pos del otro, el par de “galeones” que se habían desprendido en
la costa chilena para ir a venderles en su propia casa el pan de cada día, “por
si querían comprar”, pues los capitanes manifestaron estar resueltos a
continuar, cuanto antes, su viaje hacia los puertos de Guayaquil, Panamá y
Acapulco, para descargar allí el precioso cargamento.
Empezaron
las negociaciones y “tractos” para la venta del trigo sin que los chilenos
aflojaran un pelo en el precio que le habían puesto al cereal sus dueños, al
salir de Valparaíso, y, por su parte, los peruanos se plantaron en un precio
que los chilenos consideraron ridículo; el capitán de uno de los barcos,
cediendo a una presión tal vez, aceptó cierto precio que no era el establecido,
con lo cual los navieros se creyeron triunfantes; pero el capitán del otro
barco, después de echar a su colega una rociada “a lo marino”, con ají,
pimienta y ajos, declaró que no aceptaba para su trigo el mencionado precio y
que, por lo tanto, el día siguiente pediría el “arzpe” y haría rumbo al norte,
para vender el cereal en Acapulco.
Tal
resolución alarmó a los navieros, pues el trigo de un solo buque era una gota
de agua para el sediento; uno de los armadores, que tenía vara alta en el
Palacio de los Virreyes, creyó del caso solicitar la intervención de la
autoridad para obligar a los barcos a que dejaran allí el trigo, so pretexto de
necesidad pública, y, por lo tanto, impedir su salida de la bahía del Callao.
Tal sería la necesidad, o la influencia que tenía el armador en Palacio, que el
Virrey Armendáriz dio la orden que se le pedía, y los barcos chilenos tuvieron
que desembarcar su trigo y recibir en pago la cantidad de seis pesos por
fanega.
Era una
extorsión intolerable, y por muy Virrey que fuera el excelentísimo señor don
José de Armendáriz, Marqués de Castel Fuerte, Comendador de Chiclana y de
Montrion, en la Orden y Caballería de Alcántara, y señor de las Cinco Villas,
se encontró con que el Presidente de Chile, don Gabriel Cano de Aponte, tomando
la representación de los agricultores chilenos y del Cabildo de Santiago, le
puso las peras a cuartillo a su excelencia, con las leyes en la mano, y exigió
de la Real Audiencia de Lima la revocación de tales órdenes.'
Desde
entonces el comercio del trigo se hizo libremente en el Callao y con pago al
contado, pues los bodegueros aprovecharon de esta incidencia para zafarse
también de otra mala costumbre que habían establecido los compradores: la de
pagar en “cambalache”, esto es, con especies entregables a plazo. De aquí viene
el refrán de “pagar tarde, mal y nunca”. En lo sucesivo, los
chilenos exigieron “doblones” y como éstos se guardaban en bolsas de cuero de
chivato, y en ellas mismas se traía el dinero, salió la costumbre de decir que
los pagos debían hacerse “chivateados”.
Con estos
arreglos, la industria agrícola prosperó y con ella la industria naviera; por
los años de 1730 a 40, eran no menos de veinte los barcos que hacían la carrera
por los puertos del Pacífico, y no menos de diez los que pertenecían a
armadores chilenos. Como curiosidad, voy a anotar los nombres de algunos, los
más populares, que he encontrado en mi rebusca de papeles; el Santo
Cristo de Burgos, Santo Tomás de Villanueva, Nuestra Señora del Buen Sucedo (éste
se fue a pique en Papudo), la Sacra Familia, el San
Francisco de Lezo, la Dolores, el Jesús María, la Astuta,
el Peruano, etc., etc.
§ 11. La
“pila” de Alonso Meléndez
(1731)
Algo que
inmediatamente llama la atención del curioso que va ahora al Palacio de la
Moneda, es la “pila” que se ha colocado al medio del hermoso primer patio. No
sólo, pues, se ha restaurado el edificio construido por Joaquín Toesca, allá
por los años de 1787 en adelante, sino que aun se le han agregado algunas
cosidas más, no habiéndosele quitado aun todas las que la República y sus
gobiernos le han estado aplicando o superponiendo, a medida del gusto o de las
necesidades, durante ochenta o más años.
Pues
bien, si algo de lo que se le ha superpuesto al hermoso edificio de Toesca
merece estar y permanecer allí, ello es la “pila de Henríquez” o “del maestro
Meléndez”, como se la llamó durante algún tiempo después que fue colocada
solemnemente en medio de la Plaza de Armas, allá por el mes de abril o mayo de,
1672. Y no sólo por tratarse de un artefacto valioso —es todo de cobre con
aleación de plata y oro— sino también por ser de autenticidad indudable, puesto
que su ejecutoria de nobleza y fidalguía está escrita en relieves alrededor de
su columna vertebral, lo que hace innecesario recurrir a un Rey de Armas para
que le invente su origen y nos venga a decir “más o menos” de dónde viene y
quiénes fueron los autores de su existencia.
Hay
también otro motivo que justifica plenamente la ubicación que se le ha dado
—supongo que en definitiva— a esta “pila” de los tiempos coloniales que durante
los años de la República ha sido más andariega que un carte. La “pila de
Meléndez” fue la que dio de beber a los santiaguinos durante ciento cincuenta
años cuando menos, y la primera fuente “con caños y atanores’’ que les ofreció
agua potable; la existencia de esa pila marca, pues, un progreso en la higiene
y salubridad públicas de Santiago, y bien merecido tiene ese “chisme”, el sitio
honorable que se le ha dado ahora, después que anduvo “vagamundeando” de un
extremo a otro de la ciudad, como lo comprobaré luego, si me acuerdo a tiempo.
Como
estoy seguro de que la mayoría de los curiosos que se acercaron a examinar la
“pila” cuando la estaban colocando en el patio de la Moneda, no ha podido
descifrar íntegramente la leyenda que se divisa en los siete círculos que
rodean la columna, voy a darme el placer de proclamarme rey de los ciegos.
Cuando esta fuente fue llevada a la plazuela del restaurant del Cerro Santa
Lucía, hace unos cinco o seis años, pasé varios días tratando de descifrar la
tal inscripción, sin poder dar con algunas de las muchas abreviaturas que
contiene; por último, me llevé para arriba a mi querido amigo y maestro don
Ramón Laval, que en paz descanse, y entre los dos interpretamos la mayor parte
de los jeroglíficos, menos los de dos palabras, con las cuales no dimos nunca,
y las despreciamos...
Con los
apuntes que entonces tomé y los recuerdos que conservo, y algo que estuve
inquiriendo ahora, encaramado en la “taza” antes de que dieran el agua, he
logrado reconstruir toda la leyenda, que es así
FIZO ESTA
OBRA CON LOS PROPIOS DESTA MVY NOBLE Y MVY LEAL CIVDAD EL MVY ILVSTRE S. D.
JVAN ENRIQVEZ, CAPITAN GENERAL Y PRESIDENTE DESTA REAL AVDIENCIA -SIENDO
CORREGIDOR EL GOBERNADOR D. GASPAR DE AVMADA— ASISTIOLA EL CAPITAN D. IERONIMO
DE QVIROGA, REGIDOR PERPETVO.— EL CAPITAN ALONSO MELENDEZ ME FESIT.
Ya' veo
el respingo que harán los latinistas al leer la última palabra de la
inscripción: “fesit” —escrito con “s”— será para los doctores Oroz y Galante
algo como un desacato escandaloso.
La
historia de la fuente de Meléndez es bastante curiosa, tanto como la de su
antecesora, que fue mucho más modesta, como que consistía en una humilde taza
de ladrillos a donde llegaba el agua por una acequia que venía “a tajo abierto”
desde Apoquindo hasta la calle de Alonso del Castillo, situada frente al
extremo norte del Cerro Santa Lucía —actual Plaza de Bello— y desde allí, hasta
la Plaza de Armas “por una acequia cubierta”.
Esta fue
la primera obra de “sanidad” pública que se construyó en la capital del Reino,
y ella fue ordenada porque las aguas del Mapocho, de donde se proveía la
población para beber, “se enturbiaban” en invierno y “de repente” muchos días
en verano. No tenía gran importancia eso de que el río se enturbiara en
invierno, porque en esos meses el vecindario se proveía de agua potable con la
mayor facilidad; con poner palanganas, pailas, cántaros y otros “tiestos” en
medio de los patios o en las “goteras” de las calles, cuando llovía, ya tenían
los santiaguinos, agua de beber en abundancia. La gente principal higienizaba
algo esta agua en “destiladeras” de piedra permeable que se extraía del cerrito
de Monserrate, el actual Cerro Blanco; pero la generalidad de la población la
usaba “al natural” tanto la de lluvia como la del Mapocho.
Por
cierto que no todos los vecinos iban ellos mismos a traer el agua del río; los
que no tenían “piezas”, o sea, indios de servicio destinados a este
indispensable menester, encargaban el “acarreo" a los aguateros, que
generalmente eran negros horros o indios librea, especialmente mujeres, a los
cuales se les pagaba “cuartillo por viaje de agua”, esto es, por dos cántaros o
“cueros”. Estos cueros eran de oveja o cabrito nuevo y para obtenerlo^ se
sometía a esos animales a una cruelísima operación, que consistía en
despellejarlos vivos, desde el cogote a la cola, como quien desenfunda una
almohada, o da vueltas un calcetín.
Cuando se
construyó la primitiva pila, o taza, y con mayor razón cuando, se instaló la
fuente de Meléndez, los aguateros estuvieron de plácemes, pues ya no tuvieron
que ir al río a llenar sus cueros; se ahorraban con esto largos y repetidos
viajes a “las cajitas de agua” que se habían construido detrás del cerro Santa
Lucía para captar agua del Mapocho y dejar “que allí se aconchara”; desde
entonces concurrieron a la Plaza, y había que ver el “barrial” que se formó
alrededor de la pila con el ajetreo de los aguateros y los desvergonzamientos
que ocurrían todas las mañanas con motivo de que todos querían ser los primeros
en llenar sus cántaros para que los anteriores no les “ensuciaran” el agua.
El Cuerpo
de Aguateros llegó a tener tanta importancia, que la autoridad municipal se vio
obligada a organizarlo casi militarmente, poniéndole al frente un “cabo” a fin
de tener sobre esa gente un severo control, y poder evitar o castigar los
abusos que continuamente cometía, en el aprovisionamiento del agua. Por si no
tengo oportunidad de decirlo más adelante, lo diré luego: el cuerpo de
aguateros fue el precursor del Cuerpo de Bomberos de Santiago. Cuando el
Alcalde don Diego Antonio Matías de Valdovinos, puso a raya a los hombres del
cántaro, ordenó que hicieran turno semanal, por grupos, a fin de que estuvieran
en condiciones de acudir con rapidez, premunidos de sus elementos, a sofocar
los incendios que en esa época habían menudeado sobre la población, y eso sin
que hubiera todavía compañías de seguros.
Cuando el
aumento de la población santiaguina dificultó el aprovisionamiento de agua que
se hacía desde el Mapocho, a causa de que los aguadores no daban abasto había
mucha gente que cocía sus alimentos con agua turbia o añeja, pensó el Municipio
en solucionar el problema trayendo a la Plaza el agua de “las cajitas”, que ya
he dicho que estaban detrás del Santa Lucía; pero esta agua era del Mapocho y a
veces era “barro líquido” y por más que se la decantara en las cajitas y en las
destiladeras, no podía constituir garantía para la salud “y es por cierto que
el común de la gente está malo”. Pero este proyecto no prosperó por el buen
sentido y la energía de uno de los regidores, don Juan de Ahumada, quien
propuso, desde el primer momento, “que el agua de beber se truxese del
nacimiento que sale del manantial por encima de Tobalaba”.
Bastante
debió combatir por imponer su idea el regidor Ahumada, porque vemos que el
Cabildo demoró cerca de un año en resolver el problema del abastecimiento de
“agua de beber”; por fin, en el “ayuntamiento” del 4 de marzo de 1577, el
Cabildo tomó su primer acuerdo a este respecto, el cual dice a la letra: “que
se traiga el agua del Manantial de Tobalaba y Apoquindo, toda ella a Santiago,
para hacer en la Plaza Pública una fuente para beber el común, atenta la gran
necesidad que esta ciudad tiene de agua clara para conservar la salud del
común”.
La obra
costaba caro, pero ya no era posible postergar por más tiempo su realización,
“porque la del río es malsana y causa en los habitantes mal de orina y otras
enfermedades”. La distancia entre Tobalaba y la Plaza de Santiago era larga y,
según los cálculos de los alarifes, la acequia debía tener, por lo menos, dos
leguas; “y atento a que la ciudad no tiene propias (rentas) y otros bienes para
gastar en traer el agua y hacer la fuente, que dos de los señores regidores
anden por la ciudad a pedir a los vecinos y moradores lo que quisieren dar o
mandar para la dicha obra, y que el mayordomo de la ciudad tenga cuenta y razón
de lo que se recibiere y gastare para que en todo ello haya la claridad y razón
que se requiere”.
La obra
misma se contrató con el “maestro albañil de arquitectura”, Carlos de Molina;
la acequia o canal debía ser de vara y media “de hondo” por “tres cuartas de
anchura”; desde el manantial vendría a tajo abierto, hasta la calle de Alonso
del Castillo, y “encañada” desde allí hasta el centro de la plaza. No se crea
que la obra no encontró dificultades, a pesar de su reconocida utilidad
pública; uno de los más formidables opositores fue el encomendero Juan de
Barros, dueño de Tobalaba y Apoquindo, quien, junto con el protector de los
indios de Ñuñoa, trató de impedir, muchas veces, los trabajos de la acequia,
“por cuanto atraviesa mi campo y quita mi agua de regar”; el Cabildo, tomando
en consideración “el pro de la República”, declaró que la acequia debía pasar
por allí, “y que si algún perjuicio sufriere Juan de Barros y los indios de
Ñuñoa, se tase y se pague con los propios de la ciudad”.
Los
trabajos estuvieron terminados en agosto de 1578, y el municipio, antes de
recibirse de ellos, los mandó revisar “por vista de ojos de Juan Mallorquín,
albañil y cantero, y vea si las tapias que se han hecho para la fuente están
bien bardadas y si están bien hechas como conviene”. Después de esta vista de
ojos “se echó el agua, la cual llenó la tasa y pilar, y se ordenó que sólo de
allí bebiera la población”; al mismo tiempo se nombró a Mallorquín “para que
tenga cuenta con la dicha fuente de agua, y se conserve y no se pierda lo que
en ella se ha gastado y gastare, y la repare; y señalaron a
Mallorquín el salario de cincuenta pesos de buen oro cada un año, para dichos
reparos y conservación de la fuente y encañado”.
Será
curioso saber cuánto costaron los trabajos de la primera agua potable que
tuvieron los santiaguinos: el propio libro del Cabildo nos lo dice, en la forma
un poco confusa que va a leer el lector: “Ítem, pareció que Diego García de
Cáceres, el Mozo, dio para la dicha obra dos mil quinientos pesos, que a tomín
y nueve gramos, montaron quinientos cuarenta pesos y tres tomines, de los
cuales dióse por entregado, por la obra de la fuente”.
El
“pilar” de la plaza proveyó de agua de beber a la población de Santiago desde
esa fecha, 1578, hasta que el terremoto del 13 de mayo de 1647 destruyó casi
por completo el encañado de la acequia por donde venía el agua a la plaza; la
miseria en que quedó el Cabildo y el vecindario mismo, no permitió emprender
entonces los costosos trabajos que eran necesarios para habilitar de nuevo el
servicio de agua potable, y los vecinos tuvieron que recurrir nuevamente o al
río Mapocho, o a las cajitas de agua ya dichas en el extremo norte del cerro.
Poco a poco la “pila” de la plaza fue destruyéndose, y en el transcurso de
veinte años, ya no existían casi ni vestigios de ella.
Pero la
necesidad de proveer de agua potable a la población, se hacía
sentir cada día con mayor aprecio, y llegó el caso de que el Cabildo se
encontró presionado por la exigencia del vecindario para que solucionara ese
importante problema; las enfermedades “de tripas” eran casi endémicas en
Santiago, y los “físicos” ya no tenían qué remedios administrar a los numerosos
enfermos de afecciones intestinales que llenaban el hospital de San Juan de
Dios “siendo pobres”, y a los pudientes que se medicinaban en sus casas.
Vino a
precipitar la resolución de este problema, la llegada del Gobernador don
Francisco Meneses, en 1664, quien, al saber que en Santiago no había “agua que
se pudiese beber” ordenó perentoriamente que “el Corregidor la traiga de
Tobalaba y de Ramón, o de donde fuese”, para lo cual podría disponer del dinero
que diese el arrendamiento de la pescadería. Algo habían hecho, antes de esta
orden, algunos regidores de Santiago, ayudados por un fraile franciscano
llegado de Lima dos años antes, con fama de “maestro de arquitectura”; pero
tropezaban siempre con la falta de dinero, mal crónico del Cabildo mapochino,
entonces, después, ahora, mañana y pasado. La orden de Meneses vino a entonar
el proyecto y desde ese momento. El Corregidor don Alonso de Soto y Córdoba, y
el Maestre de Campo, don Alonso Rodríguez de Ovalle se dedicaron a realizarlo,
con el mayor entusiasmo, empezando por el principio: reunir dinero entre los
vecinos, ya que el Cabildo solamente iba a contribuir a cien pesos al año para
la obra, que tal era la cantidad que daba a la ciudad el arriendo de la
pescadería.
Nuevamente
acudió el vecindario a la realización de esa obra pública, y antes de un año
había reunido en poder del síndico o tesorero de la ciudad, unos mil doscientos
pesos fuera de algunos materiales, como ladrillos, maderas y cal. Recordará el
lector que el Presidente Meneses fue llamado el Barrabás... por algo sería;
pues bien, entre sus muchas “barrabasadas” no fue la menor la de apropiarse
violentamente del dinero reunido “para la pila”, a pretexto de que lo
necesitaba para los gastos de la guerra. Con esto se vinieron a tierra, por
entonces, los deseos de los santiaguinos, quienes, con muy buen acuerdo,
resolvieron esperar que Meneses se fuera de Chile para pensar de nuevo en beber
agua limpia, y sanar de sus dolores “de tripas”.
Pasaron
todavía tres años hasta que Meneses fuera exonerado de su cargo, y llegara a
gobernar a Chile el Presidente don Juan Henríquez, que fue el gobernador más
progresista que tuvo el Reino durante todo el siglo XVII. Este mandatario
encontró a la capital en un estado desastroso, pues desde el terremoto que la
había destruido veintidós años antes, no se había hecho casi nada por
reconstruir los edificios públicos que se vinieran a tierra, ni menos se habían
emprendido obras nuevas que eran absolutamente necesarias, como ser los
tajamares del río, para evitar las inundaciones; el puente definitivo sobre el
Mapocho, para comunicar a la ciudad con “la chimba”, el agua potable, etc.etc.
En cuanto a lo que el terremoto había destruido, aún permanecían en tierra los
edificios del Cabildo, la cárcel, el palacio del Gobernador, la Audiencia, la
Catedral y varios templos y monasterios.
Henríquez
dispuso que todos los dineros que entrasen a las cajas reales, “no siendo de la
real casa de Su Majestad”, se emplearan en la fábrica de las obras públicas, y
para saber el cálculo de lo que se necesitaba para darles término, encomendó su
tasación al maestro cantero, Miguel de Lepe, quien “presupuestó” para la pila
un gasto de cuatro mil pesos. Don Juan Henríquez, proveyó “incontinente, que
fiziese la pila, con sus caños y atanores, y una fuente de bronce con chorros
abundantes”. Para que vigilase los trabajos “y tenga cuenta de ellos”, designó
al regidor perpetuo, don Jerónimo de Quiroga, “por la satisfacción que se tiene
de su celo y cuidado, y para que se haga cargo de la fábrica de la pila que se
ha de hacer en la Plaza, y la continué hasta ponerla en perfección". Como
alto supervigilante de la obra, fue designado el Corregidor de la ciudad don
Gaspar de Ahumada.
Mientras
los albañiles construían el encañado o acequia subterránea, desde la calle de
Alonso del Castillo hasta el centro de la plaza, y los canteros labraban la
“taza” en piedra del Cerro de Monserrate, el capitán fundidor de cañones,
Alonso Meléndez, traído especialmente por el Gobernador Henríquez, de
Concepción, trabajaba en el moldeo de la fuente de bronce que debía colocarse
al medio de la “taza”; ésta era una obra de arte, la primera que iba a
exhibirse en público en la capital, y para su “adherezo” el artista puso toda
su dedicación. La fundición se estableció en la Ollería, una chacra que poseían
los jesuitas en la calle que se denomina hoy Maestranza; allí se llevaron ocho
quintales de cobre traídos de la frontera y de Coquimbo, más unos seis que se
reunieron en Mapocho, “y cincuenta marcos de plata y doscientos pesos de oro
con que se alearon, y esto lo dieron los vecinos”. Desde que Meléndez empezó
sus trabajos de moldeo, hasta que terminó la fundición de la última de las
cuatro piezas de que, se compone la fuente, transcurrieron ocho meses.
A
mediados de marzo de 1672 se encontraba Alonso Meléndez ajustando las piezas
del artefacto en el centro de la “taza” y combinando los atanores de “loza
vidriada” que debían distribuir el agua por los treinta y tres caños de la
fuente.
Por ese
tiempo se encontraba ya en Santiago el Presidente Henríquez, de vuelta de su
viaje primaveral y veraniego a la frontera de guerra; junto con el Gobernador,
había llegado a Santiago el obispo de la Concepción, don Fray Francisco de
Loyola y Vergara, y es posible que Su Ilustrísima haya sido invitado por el
Gobernador, a la inauguración de la fuente, pues ello constituía un
acontecimiento para la capital y aun para el reino.
Ni las
actas del Cabildo, ni los papeles que nos sirven de consulta dicen nada de la
fecha en que fue inaugurada la pila, cuya construcción había empezado seis o
siete años antes; es posible que esas fiestas hayan sido excepcionalmente
solemnes, dada la expectativa con que se esperaba la terminación de una obra
tan necesaria para la higiene pública y para el hermosea- miento de la capital.
Sin embargo, es posible colegir que la inauguración se haya efectuado antes del
29 de septiembre, porque existe por ahí una referencia que dice: “se pagó al
Padre Bonifacio quince pesos por el sermón de la plaza”. ¿Sermón en la plaza y
en esa época del año? Si el sermón no fue para la ceremonia de bendecir la
pila, no se me ocurre para qué otra fiesta en la plaza pudo ser; y en aquel
caso, debemos suponer que la ceremonia fue de lo mejor, pues hasta sermón hubo,
y bien pagado, pues la cantidad de quince pesos por una “plática” al aire
libre, no era poca cosa.
El hecho
es que la “fuente del Gobernador” o “de Henríquez’’ o “de Meléndez”, o “del
Corregidor”, don Gaspar de Ahumada, o “de don Jerónimo” de Quiroga —el regidor
que tuvo a su inmediato cargo la fábrica de la pila— que de todas estas maneras
se la llamó en los primeros tiempos, quedó instalada y en funciones antes del
17 de octubre de 1672, fecha en que el Gobernador partió nuevamente a
Concepción, a atender la guerra araucana. En carta dirigida por el Gobernador a
la Reina Gobernadora, con fecha 25 de diciembre, dícele a Su Majestad:
“Se trajo
el agua para la ciudad de unas vertientes que nacen al pie de la cordillera y
se construyó en la Plaza principal una fuente necesaria para el servicio y
adorno de la república; y más adelante, agregaba: “Queda hoy, en toda
perfección la fuente, muy hermosa, con treinta y tres caños de agua que arroja
muy copiosa”
Parece,
sin embargo, que la fuente, si no funcionaba ya estaba instalada y se
preparaban a principios de abril, por lo menos sus caños y atanores interiores,
pues el Obispo de Santiago en carta a la Corte de fecha 12 de abril del
mencionado año de 1672, escribía lo siguiente: “Y mediante el cuidado y desvelo
del Gobernador se ha hecho en la Plaza Pública, una fuente de bronce muy
hermosa que no sólo la adorna, sino que abastecerá con sus
aguas a todos los habitadores de ella”.
Es
natural que los aguadores hayan celebrado bulliciosamente la instalación de la
fuente, pues les venía a ahorrar viajes a las “cajitas”; para que alrededor de
la pila hubiera orden y no se destruyeran la fuente y las instalaciones, como
asimismo para cuidar de que no se formara nuevamente el “barrial”, en la Plaza,
se nombró un vigilante, a quien se le asignó un salario de ciento cincuenta
pesos al año; éste fue el maestro albañil “teniente” Nicolás Muñiz; pero tan
mal cumplió su cometido este sujeto, que dos años más tarde la pila “se echó a
perder” y no daba agua, con el consiguiente perjuicio “y daño” para la
población.
El
Cabildo recurrió nuevamente al activo regidor Jerónimo de Quiroga para que se
encargara con el sumo de autoridad, de poner orden en el adherezo de la fuente;
mientras Quiroga permaneció en Santiago, hasta 1677, la pila funcionó sin
dificultades; pero cuando por nombramiento del Gobernador Henríquez hubo de
trasladarse a Concepción con el cargo de Comisario General de Caballería, la
fuente “se echó a perder", de nuevo y el vecindario volvió a su vía crucis
de la falta de agua.
El
Cabildo contrató entonces el arreglo, la conservación y el mantenimiento de la
fuente con Francisco de Castañeda, quien pidió el salario de ciento setenta
pesos, “obligándose a tenerla corriente todo un año”. Castañeda cumplió su
compromiso durante cinco años y estaba siempre “al tanto” para arreglar los
desperfectos que se producían con el ajetreo diario de los aguadores, a quienes
debía tener a raya, “porque es gente descompuesta’’, pero el albañil pasó a
mejor vida a fines del año 1680 y nuevamente la pila quedó abandonada su
suerte. No tardó, pues, en estar echada a perder otra vez.
Nuevas
gestiones del Cabildo, y nuevos trajines de alcaldes y regidores para encontrar
“un sujeto” que quisiese tomar la responsabilidad de la provisión de agua, cosa
que ya no era posible hacer por el antiguo sistema de traerla a hombro desde
las “cajitas” del Santa Lucía. “El agua que se ha traído de Ramón para la pila
de la Plaza y salud de la república no corre, por estar ciega la acequia, y por
no tener caños la taza de la pila no se coge de ella el agua con limpidez”,
decía el Alcalde don Joseph de Morales Negrete, en ayuntamiento de 8 de mayo de
1681; era necesario proveer rápida y enérgicamente a tal deficiencia, y para
ello el Cabildo no reparó en gastos.
A la
sesión próxima del Cabildo compareció Juan Flores, con quien los señores
“justicia y regimiento se concertaron para que tenga cuidado de la pila y del
agua que se trae de Ramón y han de pagársele doscientos pesos cada un año, y ha
de ser obligado Juan Flores a tener la pila corriente, sin que falte en ella el
agua un día natural, con calidad de que, por la primera vez que faltare la
dicha agua, se le han de descontar seis pesos y por la segunda diez”.
Al
aceptar el cargo, Juan Flores tuvo una exigencia, que el Cabildo le concedió
sin mayor reparo: el cuidador de la pila creía necesario que se le invistiese
de autoridad para hacer respetar sus mandatos y pidió se le conociese como
“Ministro de Justicia”, a fin de poner a raya a los aguadores y demás gente “de
la plebe”, que se instalaba alrededor de la fuente “y con sus malas costumbres
empuerca el agua’’. En la sesión del 16 de junio “el dicho Juan Flores hizo
juramento a Dios y una señal de Cruz, prometiendo hacer bien cumplidamente su
oficio, y en señal de posesión, el capitán don Joseph de Morales Negrete,
alcalde ordinario, le entregó vara alta de la real justicia”...
Pero el
Juan Flores resultó un fanfarrón, y parece que sólo quería la vara de justicia
para darse facha paseándose por los portales y por las calles, con su vara
enarbolada, a la cual le agregó dos anillos de plata; el hecho fue que después
de haber recibido por adelanto, la mitad de su salario, a pretexto de comprar
materiales para el “adherezo” de la pila, y de haber “levantado” el suelo para
revisar el encañado y de haber hurgueteado los atanores a su antojo, sin poder
dar con el arreglo, desapareció de Santiago, un buen día, y no se le volvió a
ver.
“Y visto
por el Cabildo, acordó que por haber hecho fuga el encargado Juan Flores, a
cuyo cargo estaban los adherezos de la pila, dejando su cañería muy maltratada
que pide un costoso reparo, y ser esta una obra pública que se debe hacer
luego, se comete al maestro albañil de arquitectura, la comisión del
adherezamiento de la pila, para que no falte el agua a la república”. Ocurría
esto en marzo de 1672, o sea a los diez años después de instalada la fuente de
Meléndez.
En
verdad, el funcionamiento de la “pila” no fue correcto, sino treinta o cuarenta
años más tarde, o sea, allá por 1715-25, cuando llegaron a Chile, o pudieron
fabricarse aquí caños de cobre o estaño para substituir los de greda vidriada
que se habían usado hasta entonces para la conducción del agua desde “una
cajita” que se construyó en la Plaza misma, a siete varas de la fuente, hasta
los atanores del pilar. Después de este “adherezo” definitivo, la Fuente de la
Plaza prestó sus servicios al vecindario durante ciento y tantos años
consecutivos, aun hasta después de que las modernas cañerías distribuyeron el
agua a los diferentes “pilones’’ que se instalaron en diversas calles de la
ciudad, o directamente a las casas.
El año
1836, en plena república, el Gobierno de Prieto ordenó quitar de la Plaza la
pila de Meléndez, para substituirla por el jeroglífico de mármol que hasta hoy
subsiste allí. El noble artefacto de bronce fue regalado a la Alameda de las
Delicias, frente a San Miguel, más o menos; allí estuvo unos veinte años, hasta
que un Intendente de Santiago creyó darle más honrosa colocación en la plazuela
de la Recoleta. De aquí fue trasladada al extremo norte del Cerro Santa Lucía,
para ser colocada sobre una “taza” de granito artificial... Por fortuna, hubo
un alma buena que impidió este desacato y obtuvo que la pila de Meléndez fuera
instalada en la plazuela del Restaurant del Cerro, sobre una taza de piedra que
era, por cierto, más honrosa que la de granito artificial. En este sitio la
encontró recién instalada el Cardenal Benlloc, cuando vino a Santiago y por
cierto que tuvo palabras de admiración para la pila y de elogio para el
Municipio santiaguino “que así veneraba las reliquias de sus antepasados”...
¡No sabía
Su Eminencia que la pila de Meléndez estaba allí por pura chiripa!
Ahora que
se ha tenido la plausible idea de instalar esa pila en el primer patio de la
Moneda, puede decirse que la república y la ciudad de Santiago han honrado como
lo merecen los nombres de los mandatarios y funcionarios que emprendieron en la
capital los primeros trabajos de salubridad e higiene públicas.
§ 12. Aspectos
de la sociedad chilena en el primer tercio del siglo XVIII
(1733)
Durante
el siglo y medio que iba corrido desde la fundación de Santiago del Nuevo
Extremo, la sociedad chilena había experimentado las más variadas alternativas
sin que le hubiera sido posible, todavía, delinear los caracteres que debían
destacarla entre las demás agrupaciones sociales que ya se habían formado y
vivían lozanas en las diversas capitales de las Indias españolas. En ese largo
período, la vida chilena había tenido que amoldarse a las exigencias, siempre
crecientes, de la prolongada lucha que sostenían el conquistador y el indio
araucano que jamás entregó las armas a sus vencedores del momento, ni cumplió
promesas de vasallaje, ni se sometió a servidumbre; el país entero fue durante
ese tiempo, sólo un vasto campamento militar que se movía de un punto a otro
según las exigencias de la guerra, y las ciudades, en donde vivían las mujeres^
los niños y los ancianos, no eran otra cosa que fortalezas defendidas por
cañones.
La ciudad
de Santiago, la única que por su distancia del teatro de la guerra, estaba más
a cubierto de las contingencias materiales del drama que se desarrollaba en los
campos del Sur, venía a ser, en realidad, la proveedora de los recursos que el
ejército de Arauco necesitaba para mantener trabajosamente sus líneas
fronterizas e impedir la invasión de las hordas indígenas sobre el territorio
ganado.
Exhausto
el Reino de los elementos con que proveer el ejército, en forma eficiente, los
mandatarios de Chile se veían obligados a recurrir al virreinato del Perú, o a
la Península, en demanda de auxilios para mantener la conquista y no se
perdiera definitivamente, cualquier desgraciado día, esta larga costa que podía
servir de asiento o de base de operaciones a las empresas piráticas que
amenazaban constantemente las posesiones españolas del Pacífico y muy
especialmente al opulento Perú, considerado como el “tesorillo” del Rey de
España.
En Chile,
ya lo he dicho, no había hombres suficientes para llenar las bajas del
ejército, ni dinero para sostener la guerra: la juventud criolla pagaba su
tributo de sangre en la interminable campaña de Arauco, dejando vacíos los
hogares y el suelo, sin poder producir el oro que sobraba en el Perú; sólo
ofrecía los sencillos productos que el ejército necesitaba para su
alimentación. Tal situación no era, por lo tanto, la más apropiada para que
surgiera y se destacara el grupo de habitantes, más o menos numeroso y selecto,
que fuera formando el conjunto hogareño llamado por su talento y riqueza, a
marcar los rumbos característicos que lo distinguieran de la masa, o sea de
aquel conglomerado heterogéneo que en nuestro moderno lenguaje democrático
llamamos “pueblo”, y que por aquellos entonces era bien diferente, en
costumbres y educación, al que conocemos actualmente.
Si el
destino de la juventud chilena era sucumbir en la guerra de Arauco, o sufrir
las vicisitudes de la invalidez al amparo del viejo solar, el de la juventud
femenina no era más halagüeño; familias enteras se recluían en los cuatro
conventos que a mediados del siglo XVI existían ya en la capital y que fuéronse
instalando uno a uno, para dar asilo a las jóvenes de la nobleza que recurrían
al claustro como única aspiración de su vida, para pedir al Cielo la protección
que necesitaban sus padres y hermanos en la peligrosa guerra que los alejaba
por largo tiempo de sus hogares; la población de estos monasterios alcanzó
ciertos , años a límites que parecerían increíbles; el solo convento de las
Agustinas llegó a contener más de cuatrocientas reclusas.
Si se
toma en consideración que las religiosas pertenecían en su totalidad a la
“nobleza”, caeremos en la cuenta de que, por lo menos, unas quinientas niñas
—que pudieron formar hogares distinguidos y crear en Santiago el ambiente
social que ya hacía falta a la capital del reino— permanecían substraídas al
acervo familiar en que debía desenvolverse y seleccionarse el elemento nativo
destinado a crear, formar y fomentar la sociedad chilena.
El obispo
de Santiago, don Francisco de Salcedo, consideró y manifestó varias veces y con
plausible franqueza los inconvenientes de esta peligrosa situación social.
La
sociedad santiaguina de aquella época que podríamos llamar primitiva, la
componían, en primer término, las familias de los funcionarios españoles que
llegaron al Mapocho a servir sus cargos desde la fritura olímpica de sus
categorías. Presidentes, oidores, ministros de la Real Hacienda, generales
corregidores, se encastillaban en sus moradas con sus esposas, hijas y
parentela, formando un círculo a veces impenetrable; y, si algunas veces abrían
sus “Cuadras” a determinados elementos del país, éstos llegaban hasta allí bajo
un ambiente de protección y de condescendencia que muy pocas veces era lo
suficientemente sincero para que fuera eficaz. Por otra parte, las leyes
españolas eran severísimas al respecto; ningún alto funcionario, ni sus hijos y
parientes, hasta el cuarto grado, podía contraer matrimonio con hijos del país
donde estuvieran desempeñando sus cargos; la contravención a estas
disposiciones fue siempre castigada con inclemente severidad.
La
situación social que he descrito tan a la ligera, era la consecuencia del
latente estado de guerra que se mantenía en el reino; hasta fines del siglo
XVII, época de esta somera descripción, los gobernantes de Chile habríanse
podido clasificar en tres categorías que demuestran la marcha paulatina de
nuestro país en el camino de la civilización, marcha lenta, muy lenta, que sólo
demuestra la entereza y el denuedo y la porfía de dos razas formidables que al
luchar durante siglos, la una por imponer la civilización cristiana, y la otra
por conservar su independencia, dieron nacimiento al actual pueblo de Chile,
que bien puede enorgullecerse de haber heredado todas aquella virtudes y aun
sus defectos.
La
primera categoría de los mandatarios de Chile podría ser la de los Gobernantes
conquistadores, con Pedro de Valdivia a la cabeza, hasta Alonso de Ribera, de
1617; en este largo período de cerca de ochenta años, los presidentes fueron
capitanes de guerra, sufridos y audaces, que se lanzaron a través de las selvas
australes, cruzaron ríos, mares y montañas y plantaron el pabellón de sus reyes
en los más lejanos y desconocidos territorios del que iba a ser Reino de Chile.
La segunda categoría correspondería a los mandatarios pacificadores, cuya
misión fue conservar lo que sus antecesores descubrieron y conquistaron,
sosteniendo la lucha cruel e incesante contra las huestes araucanas rebeladas;
este período de más de medio siglo, empieza con el gobernador don Lope de Ulloa
y Lemos y podría terminar con Acuña y Cabrera, o Salamanca, por los años de
1670. La tercera clasificación sería la de los presidentes administradores,
cuya actuación se repartió entre la organización civil de la colonia y las
atenciones de la guerra intermitente; con esta categoría se inicia un período
de transición entre los gobernadores guerreros y los gobernantes estadistas,
como reflejo a la vez, de la evolución que empezó a producirse en la Península
con el advenimiento de Carlos II.
Ya era
tiempo, por lo demás, de que la espada cediera su sitio a la toga; la América
española encontrábase en tranquilidad; la guerra de conquista había terminado
ya, y la pacificación de los pocos rebeldes que aun quedaban, no podía
justificar el mantenimiento de aquel régimen de violencia que duraba cerca de
dos siglos. El Reino de Chile alcanzó también el beneficio de esta nueva
política, aunque su suelo era el único que todavía perturbaba la paz de la
América.
Terminado
el período que he llamado de pacificación, empezaron a llegar a Chile
gobernadores que ostentaban solo como un adorno sus títulos y grados militares;
si como jefes supremos del Estado debían tener bajo su tuición y
responsabilidad la guerra de Arauco, muy pocas veces se colocaron ellos al
frente del Ejército, y optaron por confiar su mando y acción a sus maestres
generales, quienes, como viejos soldados de esa guerra, tenían adquirida en
ella una sólida experiencia, que generalmente faltaba a los mandatarios recién
llegados. La consecuencia necesaria de este nuevo sistema fue que los
Presidentes de ese período no fijaran, como sus antecesores, su residencia en
Concepción, prefirieran permanecer en Santiago, en donde ya se construyó un
palacio para que residieran con el decoro que correspondía a los representantes
del Soberano.
La
permanencia en la capital de los gobernadores del Reino debía influir
necesariamente en las costumbres sociales del vecindario y muy especialmente en
aquel círculo de personas que por su importancia deberían estar en continuo
contacto con el Primer Mandatario. Poco tardó, entonces, en formarse a su
alrededor una pequeña “corte” como la que existía en el Palacio de los Virreyes
de Lima, sobre todo si el Presidente vivía en Palacio con su mujer y familia.
El
Presidente Acuña y Cabrera, uno de los primeros en establecer la costumbre de
señalar un día determinado para el besamanos de la presidenta, abría sus
salones el día jueves de cada semana, a las siete de la tarde, para recibir los
cumplimientos que las señoras e hijas de los altos funcionarios y de los
magnates criollos, se enorgullecían de presentar a la esposa del Gobernador,
doña Juana de Salazar.
Igual
costumbre siguió el Gobernador Francisco Meneses y Brito, aunque siempre se
abstuvo de presentar en Palacio a su mujer, la bella criolla doña Catalina
Bravo de Saravia, con quien había contraído matrimonio clandestinamente.
Meneses
deseaba ocultar su matrimonio con el objeto de substraerse a las penas e
inhabilidades que la legislación vigente aplicaba a los funcionarios que
contraían enlace con personas bajo su jurisdicción; pero esta situación no
podía permanecer en secreto durante mucho tiempo, y llegó el día en que las
familias se percataron de ello, y optaron por alejarse poco a poco hasta dejar
al. Gobernador en la sola compañía de los caballeros.
La
costumbre se interrumpió un tanto bajo la presidencia de don Marcos de Garro,
llamado “el santo” por su acendrado misticismo y por la aversión que siempre
manifestó por la mitad más bella del género humano; pero culminó bajo el
gobierno del teniente general don Tomás Marín de Poveda, el constante amador
que permaneció en noviazgo durante doce años, antes de contraer matrimonio con
la no menos constante limeña doña Juana de Urdanegui, hija de los marqueses de
Villafuerte.
Durante
el gobierno de este Presidente se inició, o se hizo más constante la costumbre
de que cada quincena, a lo menos, se organizara un sarao en la casa de algún
vecino “de la nobleza”, a quien se ocultaba cuidadosamente la noticia a fin de
pillarlo desprevenido y de ponerlo ,en apuros para atender a la avalancha de
amigos que se “dejaba caer” inesperadamente a su morada; a esto se llamaba
“malón”, adoptando para el caso la palabra indígena, cuyo significado era el
asalto que una turba organizaba de sorpresa a una ciudad o a una hacienda, en
donde se quería hacer perjuicio o daño. La costumbre de los malones de esta
clase ha llegado, según parece, hasta nuestros días, porque varias veces los he
visto anunciados en la “vida social”.
La
costumbre de “dar la sorpresa” —éste era uno de los mejores atractivos de tales
fiestas— se vio interrumpida durante el período de Marín de Poveda, a causa de
que el malón que se dio a la casa del licenciado don Juan de la Cerda y
Confieras estuvo a punto de fracasar por las causas que contaré luego.
El
entusiasmo por esta clase de fiestas había ido en creciente, pues los tres
malones anteriores de ese año habían estado “regios”, si quisiéramos
describirlos con la palabra que hoy tanto se usa para todo: el primero de la
temporada fue a la lujosa mansión del Tesorero Pedro de Torres, cuya hija, la
condesa de Sierra Bella, organizó en un rato un sarao monumental en el que hubo
hasta fuegos artificiales que se quemaron en la Plaza, frente al palacio de los
dueños de casa, hoy Portal Fernández Concha. El segundo malón habíase dado al
marqués de la Pica, don Francisco Bravo de Saravia, cuya nieta, doña María
Norberta, mujer de don Antonio da Ixarrázaval, recién llegada de Lima no quiso
ser menos que la tesorera y echó por la ventana su casa de la Cañada, frente a
San Francisco, haciendo venir del convento a un padre y a un lego que eran
eximios en la espineta y en el rabel, para que tocaran las “pavanas” y los
minués con que era costumbre inaugurar el baile.
Del
tercer malón había sido “víctima” don Andrés de Toro Mazote y Cifuentes, en su
residencia de la Cañada esquina con la actual calle de Arturo Prat, llamada
entonces de San Diego; la mujer de don Andrés, doña Antonia Hidalgo y Escobar,
fue prevenida por algún amigo tal vez, del malón que se le iba a dar y recibió
a los “asaltantes” con arcos de flores, con iluminación completa y con todos
sus esclavos vestidos de librea.
El chasco
que los maloneros se habían llevado en casa de don Andrés de Toro, indujo a los
cabecillas de los malones a encargar la más absoluta reserva para el malón
siguiente que debía “caer”, ya lo he dicho, en la morada del Licenciado Cerda,
y efectivamente, nadie se había atrevido a hablar siquiera de tal cosa, no digo
al licenciado, sino aun a sus hijos y demás parentela cercana, guardándose en
todo la más estricta reserva.
Las siete
de la tarde eran por filo cuando salía de la casa del conde de Sierra Bella,
situada bajo los portales de su nombre, el numeroso grupo de maloneros, que
desde ese punto de reunión se dirigían hacia la morada del licenciado, ubicada
en la calle de San Antonio esquina nororiente con la de los Huérfanos,
denominada entonces “calle de Gaspar de la Barrera”.
Saltando
acequias y salvando charcos mediante los puentecillos que los sirvientes iban
poniendo con tablones de álamo, los asaltantes avanzaron rápidamente, bajo una
“garuga” nada agradable hasta la calle de San Antonio, cuidando de golpear de
pasada los aldabones de las casas cuyos maloneros no se habían incorporado
todavía a la columna.
El
frontis de la casa del licenciado Cerda tenia colgado en su mojinete, y
encendido ya, el chonchón de sebo que debía alumbrar toda la noche si el viento
no lo apagaba; el portón claveteado se veía cerrado y sólo se mantenía “junta”
la puerta chica, enmarcada en la hoja derecha del portón. Ningún movimiento
extraordinario divisaron los maloneros, cuando, los primeras en llegar,
enfrentaron la casa de la víctima; todo hacía creer que la sorpresa iba a tener
éxito completo.
Juntáronse
todos frente a la casa, y a una señal penetraron bulliciosamente por el zaguán,
al grito de guerra: ¡malón...! ¡Malón;..! ¡Malón al licenciado Cerda!
¡Malón...!
Atravesaron
a la carrera el primer patio empedrado, que tenía al centro su correspondiente
naranjo, y se instalaron en los corredores fronteros, golpeando con sus manos y
bastones las puertas y las ventanas en medio de gritos y de vítores, mientras
la Dominga Flores y sus tres “chinas” lanzaban al aire sus potentes y
experimentadas voces al compás de un esquinazo con arpa y guitarra. La Dominga
era la mejor “cantora” de Santiago y la asistente obligada de cuanta fiesta se
organizaba en los círculos aristocráticos; mediante la equitativa suma de ocho
pesos, ella y sus hijas animaban cualquier fiesta, cantando tonadas y
“sajurias” durante toda la noche.
A la
algazara de los asaltantes salieron al corredor, por distintas puertas, el
dueño de casa, sus dos hijos hombres y tres tías; pero todos ellos mostraban
ese aire de alegría inquieta del que no espera recibir una sorpresa de esa
clase y por muy agradable que sea.
— ¡Vítor
por el señor licenciado Cerda...! —gritaban las niñas alzando sus manos
enguantadas.
—Vítor
por mi señora,' doña Antonia de Hermua... —gritó uno de los jóvenes echando al
aire su sombrero mojado.
—
¡Vítor...! ¡Vítor...! —exclamaban todos, en medio de aclamaciones entusiastas.
—
¡Bienvenidos... bienvenidos...! —contestaban los dueños de casa, con mal
encubiertas reticencias, pero correspondiendo a sus amigos con apretados
abrazos, mientras abrían las puertas de la cuadra, a donde todos penetraban y
los criados encendían la cera de los candelabros.
—Pero,
¿dónde está la reina de esta casa...? —interrogó, por fin, el licenciado don
Diego de Zúñiga y Tobar, al notar que doña Antonia de Hermua continuaba ausente
después de algún rato; los maloneros —continuó con estudiado énfasis—,
necesitamos que se presente a nos, brevemente...
El
licenciado Cerda, sus hijos y las tías se miraron las caras, en silenciosa e
inquietante consulta.
Ante tal
actitud, los visitantes se quedaron perplejos. ¿Qué ocurría en la casa?
El doctor
Blanco Rojas quiso aclarar las cosas, y ante la expectativa general, preguntó a
su colega de la Cerda:
—Pues,
¿qué pasa aquí...? Decidlo luego, señor don Juan, que prestos estamos para
retirarnos.
Y como
aun no contestara el dueño de casa, Blanco insistió:
—No lo
digáis, si no lo queréis, y ¡perdonad...!
—Yo lo
diré, señores —dijo el mercedario fray José de Iturrieta, que en ese momento
penetraba al salón por una de las puertas que iban al interior—; habéis de
saber, señores, que acabo de poner el agua bautismal a una niña que ha llegado
como bendición de Dios a este cristiano hogar, hace unas cuantas horas...
La
sorpresa se la llevaron ahora lo(s maloneros, y una general
exclamación de alegría y de enhorabuena brotó de todos los labios, al mismo
tiempo que el licenciado don Juan de la Cerda y Confieras devolvía, orgulloso y
satisfecho, los incontables abrazos de sus amigos.
—Bueno
será que nos vayamos para no incomodar a la Antoñita —observó grave y
sentenciosamente misiá Josefa de los Ríos, que con el prestigio de haber sido
madre de once hijos, alguna experiencia debía tener de tales trances y
momentos.
—Eso no
—exclamó, alzando enérgicamente la voz el dueño de casa—; Antoñita “ha quedado”
muy bien y desde su alcoba se alegrará mucho de que celebremos el suceso. A
ver, Dominga —mandó a la cantora—, arráncate con otro esquinazo, y “échale” el
cogollo a la guagua.
Antes de
una hora, el malón del licenciado de la Cerda estaba “que se ardía”.
Al
finalizar el siglo XVII no era mucho mayor el avance que había experimentado la
vida social de la ciudad; aparte de esto;? malones invernales y de las
celebraciones más o menos entusiastas de “santos”, cumpleaños, “óleos’’ y
casamientos, las reuniones de las familias y sus tratos colectivos no pasaban
de los encuentros en las plazuelas de los templos, después de la misa, de la
novena y demás “distribuciones" religiosas, y de algunos paseos por el
Portal de Sierra Bella; empero, las iniciativas de los Presidentes y los
entusiasmos de algunos altos funcionarios, como los oidores Peña de Salazar y
Juan de las Cuevas y Luco, que alcanzaron fama de “alegres”, habían mantenido
entre la “nobleza” cierto ambiente de regocijo que también habíase propagado
fácilmente entre la gente del pueblo.
En otras
ocasiones he contado que era costumbre antigua permitir que ciertas comparsas
de bailarinas formaran en la procesión de Corpus Christi y compitieran durante
su trayecto alrededor de la Plaza, en curiosos y originales bailes para los
cuales se ensayaban con anticipación; esta costumbre se extendió a fines de
este siglo XVII, a casi todas las demás procesiones, y por cierto que los
bailes fueron modificándose hasta salir del carácter de meras danzas
religiosas. En una ocasión, los plateros de Santiago, queriendo contribuir al
esplendor de la procesión de Nuestra Señora del Rosario, organizaron comparsas
de bailarines para que danzaran durante el trayecto; pero una vez que la
procesión hubo .salido del recinto de la Plaza Mayor, los danzantes abandonaron
el “anda” y se quedaron en la Plaza “con gran irreverencia y desprecio de la
venerada imagen” y al poco rato todo el pueblo estaba bailando también al
compás de los tambores, flautas y chirimías.
El
Corregidor don Femando Mate de Luna y Mendoza, culpable de esta tolerancia,
mereció severa reprimenda de parte del Prelado, el “santo” Garro.
El
advenimiento del Presidente Uztariz, al empezar el siglo XVIII, y cuyo Gobierno
se prolongó por ocho años, precipitó el período de franca sociabilidad con que
terminaba la centuria y se iniciaba la siguiente- Contribuyó a cimentar esta
situación, la paz que sobrevino en la guerra de Arauco con lo cual la juventud
chilena no se vio obligada a trasladarse al sur para reforzar, como era de
rigor, los ejércitos de pacificación; como era lo natural, esa juventud,
iniciada ya en leí camino de las diversiones y del esparcimiento, se ingenió
para hacer lo más agradable posible su estada en la capital.
Las
reuniones, los esquinazos, las serenatas y los malones se intercalaban entre
las celebraciones de santos y demás fiestas familiares —las cuales fueron
adoptando un carácter más expansivo— hasta formar una serie continua de saraos
que mantenían en perpetua actividad a la gente joven y también a la que no lo
era. Aquellos tiempos de agitación, aumentada con la llegada a Chile de los
barcos franceses que inundaron los hogares santiaguinos con las “frivolidades y
chucherías, con trajes y muebles de la última moda de París”, pusieron en
alarma a los reverendos obispos de Santiago y de Concepción, los cuales no
titubearon en afirmar que ambas ciudades habíanse transformado “en modernas
Babilonias de pecados”.
Algo
anormal, sin embargo, hacíase notar en las relaciones familiares; los hombres
no se manifestaban lo suficientemente asiduos con las damas, y éstas,
con sus encantos naturales apenas si lograban retenerlos más del tiempo que
duraba un sarao; parecía existir en los hombres cierta aspereza atávica
incompatible con el rendimiento y la devoción de .que es merecedora la adorable
mitad conjunta de la especie humana puesta por el Hacedor en la tierra para
consuelo de la otra mitad...
Tal vez
la crueldad de la guerra, la dureza del campamento, el largo contacto del
soldado con el enemigo, con los elementos, con las privaciones, la ausencia del
hogar, habían formado en el alma de los jóvenes chilenos un cierto despego, un
cierto desdén con que se pretendía encubrir una explicable timidez; pero esta
¡actitud no podía ser sino más aparente que real, y como consecuencia de
aquella falta de roce, de íntimo trato en que habían vivido las familias
durante largos períodos, era natural que estuviese destinado a desaparecer tan
pronto como se cimentara aquel ambiente de sociabilidad iniciado débilmente
años atrás, y que ya se mostraba progresivo y floreciente.
La
llegada de un nuevo gobernante, dotado de excepcionales cualidades que hacían
atrayente su persona, vino a modificar, casi de raíz, el carácter de las
reuniones sociales de Santiago, y a educar a la juventud en las modalidades de
la escuela francesa cuyos principios han sido la extremada cortesanía, mejor
dicho, la devoción y el rendimiento del caballero a la dama.
Don
Gabriel Cano de Aponte, Caballero de Santiago, Comendador de Mayorga en la
Orden y Caballería de Alcántara, teniente general de los Reales Ejércitos, fue
nombrado Gobernador de Chile y Presidente de su Real Audiencia, en premio de
sus relevantes servicios al Rey don Felipe V, en las guerras de sucesión y en
las campañas que se emprendieron contra el Ejército francés enemigo de su
dinastía.
Sirviendo
en los regimientos franceses que apoyaban al Rey de España, adquirió Cano de
Aponte las costumbres galantes, un tanto ligeras y disipadas que caracterizaban
o los militares de la época de los Luises, y al mismo tiempo una inclinación
pronunciada por los ejercicios ecuestres, en los cuales llegó a ser eximio, una
pasión invencible por el lujo ostentoso en los trajes, por las aventuras
amorosas, y aun cierto desprecio por las consideraciones que
se debían a las personas, sobre todo si eran enemigas de su Rey.
Toda su
juventud, desde los 17 años, la pasó Cano de Aponte en este ambiente de
continuos y nada edificantes pasatiempos, hasta que a la edad de treinta y
cinco años, contrajo matrimonio con una señora flamenca llamada doña María
Camps, que le entregó, junto con su mano, una dote de cincuenta mil florines;
el matrimonio y la riqueza no lograron modificar las costumbres del futuro
Gobernador de Chile, y su palacio de Bruselas fue durante algunos años el
centro de reuniones, saraos y fiestas a donde concurrían las más bellas damas,
los más elegantes oficiales de los ejércitos franceses y los más ostentosos
señores de esa corte.
Vuelto a
España, en los primeros años del siglo XVIII, instaló su residencia, en
Pamplona y a poco, una nueva guerra contra el pretendiente al trono de España
lo llevó, siempre en unión de sus antiguos camaradas del Ejército francés, a
las duras campañas de Aragón y Cataluña, bajo las banderas de los mariscales
Villard, Vendóme y Berwitz, hasta la toma de Barcelona, término de la guerra de
sucesión, en la cual se ilustró por su arrojado valor al mando de la
caballería.
Llegados
a Pamplona, el Rey de España le confirió el grado de Teniente General de
Ejército, y le condecoró con el Hábito de Santiago, en premio de sus hazañas.
Seis meses después de estos triunfos, que Cano de Aponte celebró
bulliciosamente en su palacio de la capital de Navarra, tuvo el dolor de perder
a su esposa. Cano contaba en esta fecha cincuenta años cumplidos y se mostró
inconsolable. El Rey Felipe V quiso hacerle llevadero su dolor y le propuso la
Gobernación del Reino de Chile, vacante por haber cumplido su período el
Presidente Uztariz; Cano, resuelto a alejarse de aquellas tierras españolas que
le traían tan caros e inolvidables recuerdos, aceptó el ofrecimiento de su Rey,
pero antes de partir, contrajo nuevo matrimonio con una bella dama que contaba
apenas diecinueve primaveras...
Nuestro
Gobernador tuvo presente, sin duda, el precepto bíblico de que “no es
conveniente que el hombre esté solo...”.
A fines
del año 1717 el nuevo Presidente don Gabriel Cano de Aponte, trasmontaba los
Andes acompañado de su joven esposa, doña María Francisca Javiera Velaz de
Medrano, y entre su numeroso equipaje personal traía veintitrés cargas con
muebles y vajilla, un clavicordio, cuatro violines, un arpa y varias panderetas
andaluzas, aparte de quince acémilas repletas de ricos trajes.
La ciudad
de Santiago se preparó para hacer a Cano y su mujer un recibimiento que fue
excepcionalmente solemne y ostentoso.
Al llegar
a tierra chilena, Cano de Aponte y su gentil esposa pernoctaron en Chacabuco,
hacienda de los jesuitas y recibieron allí el primer “camarico", que tal
nombre se daba a los obsequios que se hacían a los presidentes en sus
alojamientos cuando iban de viaje; el segundo camarico se llevó a cabo en
Colina, pertenencia de unos señores Salcedo que más tarde cedieron a los
dominicos; y el tercero, que fue el más ostentoso, en una quinta llamada “la
casia de campo”, situada en la Cañadilla, a la altura, más o menos, de la
actual Avenida Hipódromo Chile.
El 15 de
diciembre, a eso de las cuatro de la tarde, llegó la comitiva presidencial al
último camarico; allí la esperaban ya la Real Audiencia y el Cabildo, que
habían llegado una hora antes en dos filas de carruajes cuyos caballos iban
cubiertos con gualdrapas dé color grana y flecadura de oro, y pompones de
plumas blancas; los caleseros y palafreneros vestían flamantes libreas,
costeadas por el Cabildo, y aun los cabildantes lucieron también, en esa
ocasión, uniformes talares de esmerada confección y de telas valiosas, de
origen francés. Los oidores fueron- vestidos con sus trajes de gala y más de
uno, seguramente, renovó para este acto su garnacha y su birrete de raso
carmesí, a fin de presentarse ante el mandatario, que traía fama de elegante y
de cortesano, en las condiciones de “decencia’’ que sus altas personas
merecían.
Cano de
Aponte recibió a sus vasallos con demostraciones de la más exquisita cortesía y
delicadeza y lo mismo hizo su bella mujer, extremando ésta su gentileza hasta
ofrecer su enguantada mano a los oidores, a los cabildantes y demás caballeros;
la impresión que recibieron todos del nuevo Presidente y de su esposa, no pudo
ser más halagadora y al volverse a la ciudad no hubo nadie que no dijera que el
Gobernador y su esposa eran unos encantos... siendo su señoría un poco viejo
para marido de tan lozana flor abrileña.
En
obsequio a la brevedad, voy a pasar por alto la ostentosa recepción que al día
siguiente hizo el vecindario al nuevo Presidente, y aun no me detendré en
describir, ni someramente, la serie de agasajos que las familias más pudientes
de la capital tributaron a don Gabriel Cano y a su esposa cuando ambos
empezaron a pagar las visitas que recibieron en palacio a raíz de su llegada;
tampoco me será posible hacer mayores referencias a las fiestas que se daban en
palacio —y que asumían los caracteres de lo que hoy llamaríamos “grandes
recepciones”— cuando se trataba de celebrar el santo o cumpleaños de los dueños
de casa, o el natalicio del Soberano, de la Reina, de los Príncipes o el
nacimiento de un nuevo infante. Bástame decir que con el gobierno de Cano de
Aponte la vida de sociedad en Santiago adquirió una actividad desconocida hasta
entonces, aun tomando en consideración aquellos años en que los Obispos
llamaron a la capital de Chile una moderna Babilonia.
Cano, a
la vez que un guerrero, era gentilhombre a la escuela francesa, que por
entonces, con la invasión de su comercio marítimo a nuestras playas, estaba de
moda; “soldado” de un Borbón, había tenido por camaradas a aquellos
deslumbradores caballeros, mitad cortesanos mitad héroes, de la Corte de los
Luises, en quienes era costumbre, antes de salir a los combates, besar
ceremoniosamente la mano de una dama, y cumplido este deber sabían morir entre
cuchilladas, como entre los brindis del festín. Cano traía consigo todas las
cualidades y todos los defectos de esa escuela frívola y brillante, aquella
alegría contagiosa, que se ostenta, así en los salones, como en la arena de los
torneos; aquella insinuación afable y seductora en el rostro y en los modales, aquella
sonrisa que triunfa siempre en el gabinete del estadista, en la charla amistosa
de los camaradas, en el coloquio íntimo de dos almas.
Si el
amor por el lujo había prendido ya en los hogares, con la propagación de las
modas femeninas que llegaban de Francia, no tardaron en seguirla los caballeros
y especialmente los jóvenes criollos; año por año, en las fiestas del paseo del
estandarte real por las calles de Santiago, la juventud masculina presentábase
cada vez mejor ataviada, montada en sus caballos de brillantes atalajes; en las
fiestas y saraos hacía derroche de vestidos costosos, encargados a los sastres
y costurero^ franceses, o calcados en Chile por artífices limeños o europeos
que ya comenzaban a llegar a nuestro país atraídos por la fama de ricos y
“gastadores” que de nuestros criollos habían propagado los marinos franceses en
aquellos países. En las corridas de toros, que en tiempos de Cano alcanzaron su
mayor esplendor, la sociedad entera hacía ostentación, no solamente de trajes y
joyas, sino que también de los tapices riquísimos con que adornaba sus
“tablados” en la plaza; en los templos mismos, las fiestas religiosas adquirían
los caracteres de grandes funciones en que los adornos y atavíos del culto
salían de la modestia y austeridad que en lustros pasados ofrecían las pobres
iglesias santiaguinas, siempre necesitadas, y siempre inconclusas.
El
Presidente Cano era una apasionado por los juegos caballerescos, por los
torneos y justas, por las suertes de cañas, cintas y. estafermo; en todas estas
pruebas participaba el Presidente, caballero en fogosos corceles amaestrados
por él mismo, y sobre los cuales lucía una gallardía inconcebible a los 60 años
de su edad; en las corridas de toros salía a rejonear, como el más diestro
picador, y luego partía como un rayo hasta el palco de la dama a quien brindaba
ese día, para poner a sus pies el trofeo que acababa de ganar-
Los
jóvenes y los caballeros criollos empezaron también a imitarle y para no hacer
papeles desairados en las justas adiestrábanse acuciosamente para tales
pruebas; de aquí resultó una escuela de galantería en la que los chilenos no se
mostraron reacios ni torpes; a poco, cada justador salió a la arena a luchar
por una flor, por una cinta, por una escarapela que luego corría a depositar,
orgulloso, en manos de su dama. El minué, que luego se hizo indispensable en
los salones, como la danza más representativa de la elegancia y de la
cortesanía, y en la cual eran eximios el Presidente y su mujer, vino a dar el
último retoque de galantería a la juventud criolla; era, precisamente, lo que
le hacía falta, era el complemento de una educación social a la que había
estado ajena desde los tiempos duros y amargados de - la guerra de Arauco.
El largo
período que gobernó Cano de Aponte, más de 16 años, el más extenso que haya
gobernado a Chile presidente alguno, sirvió para que arraigasen las costumbres
sociales que introdujera en el país este ilustre mandatario; aparte de esta
reforma substancial, emprendió importantes obras públicas que no le impedían
tomar parte en las fiestas y torneos que se llevaban a efecto en la capital y
que ya se habían incorporado a sus costumbres; el brillante y gallardo jinete
que la ciudad conoció desde que llegara a gobernarla, continuaba impertérrito,
a los 65 años de edad, encabezando cuantas presentaciones y justas se
organizaban para distraer la monotonía de la vida colonial.
Cano
debía morir tal como había vivido, y así fue.
Celebrábanse
las fiestas anuales del Apóstol Santiago del año 1734, con el esplendor siempre
creciente que ya era habitual; después del paseo del estandarte real y de las
ceremonias religiosas a que esta fiesta de tabla daba lugar, debían efectuarse
en la Plaza Mayor unos brillantes juegos de cintas y cañas en los que tomaban
parte los caballeros más distinguidos y elegantes de la sociedad criolla. El
Presidente Cano, a pesar de sus 66 años, se sintió con bríos para participar en
el torneo y se preparó con tiempo para disputar los premios asignados a las
diferentes pruebas; más ¡aún, haciendo honor a sus antecedentes de caballero
galante, ofreció públicamente, en una de las recepciones de Palacio, depositar
todos los trofeos que ganara, a los pies de una hermosa criolla de 15 abriles
floridos, llamada doña Paz de Iturgoyen, a quien había tenido en sus brazos
desde pequeña y que por entonces era cortejada por uno de los galanes más
bizarros de la sociedad mapochina.
La Plaza
de Santiago, a las cuatro de la tarde de ese día, estaba repleta; los tablados
de la Audiencia, el del Obispo y sus familiares, el del Cabildo Civil, el de
los Canónigos, el de los grandes oficiales, ocupaban el costado norte, que era
el de preferencia, ostentando, además de una concurrencia desbordante, lujosos
tapices y mantones, gallardetes, banderolas y estandartes; los tabladillos del
lado poniente, destinados a las familias de los magnates, formaban una barrera
de damas y caballeros que con sus trajes de gala de los más vivos colores,
daban la impresión de una ancha guirnalda florida que exornara la vetusta
muralla de piedra de la Catedral; y, por último, la abigarrada multitud de
pueblo que se apretujaba y se revolvía impaciente por los lados oriente y sur,
venía a dar la nota pintoresca a esa inmensa reunión de “todo Santiago”, que
esperaba inquieta el desarrollo de una de las fiestas más espectaculares de la
capital, y que iba a ser honrada ahora como nunca, con la participación
señalada que iba a tener en ellas el Gobernador.
Al
anuncio de las trompetas, aparecen por fin los justadores, y empieza el torneo
en medio de la más grande expectación: la primera prueba fue la de cintas;
parten rápidos los caballeros, tras el que las lleva flotantes al viento y
después de una carrera loca, en la que algunos justadores caen entre las ágiles
patas de los caballos atropellantes, el Presidente Cano logró por fin,
apoderarse del trofeo; con la caña en alto, parte hacia el tablado donde su
dama le contempla anhelante e ingenua, y cubre sus diminutos chapines con el
amplio cendal de colores.
Las
aclamaciones de la multitud entusiasmada llenaron los ámbitos de la Plaza
cuando el Presidente galán, después de haber depositado a los pies de su dama
el trofeo de su victoria, obligó a su caballo a doblar las rodillas; ante el
tablado.
Un nuevo
toque de clarines anuncia el comienzo de la segunda prueba, trátase ahora de
derribar, con la punta de una lanza, y a todo correr del caballo, una cabeza
clavada en una pica; ocho caballeros han intentado la prueba sin lograr el
anhelado premio; solamente dos jinetes quedan por justas, y uno de ellos es el
Presidente; parte veloz su contendor, enfila su lanza, afirma los estribos y
clava los aguijones del espolín en los ijares de su caballo; una polvareda
envuelve al caballo y al jinete, y una exclamación espontánea y vibrante
anuncia a la plaza entera que el paladín ha conseguido el triunfo. Aun no
terminaban las aclamaciones y los vítores con que fue celebrada esta hazaña,
cuando el Presidente Cano avanza, confiado y sonriente, hacia el medio del
circo, empuñando la lanza con que va a disputar el premio recién ganado por su
rival. Se produce un silencio inquietante, nervioso, y una expectación
inmensa... El brioso animal que monta el Presidente corvetea inquieto,
esperando el momento en que su amo le lance hacia la meta; el jinete enarca sus
anchas espaldas y parte, como flecha, fija la punta de pica medio a medio del
blanco. Todos los ojos siguen al audaz caballero en su carreña loca; los pechos
han reprimido la respiración anhelante... pero, una exclamación de desconsuelo
se extiende por el recinto, al ver que el caballo, al impulso de una violenta
espolinada final, alza sus manos en el momento mismo de llegar a la meta y
obliga a su jinete a desviar la pica, que ya iba a clavarse en mitad del objetivo.
Al verse
derrotado, el Presidente no pudo reprimir su coraje y dando espolín al
encabritado animal, le revolvió varias veces sobre sus patas traseras, y se
empeñó, por último, en hacerle poner las manos sobre un alto burladero.
Resistióse el soberbio bruto; pero obligado por los golpes del aguijón,
arrojóse a la última tentativa, y echó violentamente las manos en alto... Con
este impulso perdió el equilibrio, y cayó de espaldas.
En la
Plaza resonó un grito de espanto y de horror; el Presidente Cano yacía en
tierra aplastado por su caballo, frente al palco de la tierna niña que esperaba
anhelante el segundo trofeo que para ella disputaba su caballero galán.
La
robusta complexión del Gobernador resistió tan tremendo accidente durante
varias semanas, pero al fin fue vencida; antes de entregar su alma a Dios,
pidió perdón, humildemente, a todos aquellos que hubiesen recibido de él alguna
ofensa, y murió, por fin, en medio de la consternación de todo el pueblo, que
al saber su agonía, por el lastimero toque de las campanas de todos los
templos, se reunió frente a su Palacio, en la misma Plaza donde tantas veces
habíase aclamado como triunfador, para llorarlo esta vez y rogar por su alma.
Tal fue
el lamentable fin del Presidente don Gabriel Cano de Aponte, llamado por los
chilenos “el Gobernador galán”, cuya larga administración marcó una época en la
vida social de Santiago y dejó entre sus gobernados la imborrable huella de la
afabilidad de su trato, de la delicadeza y cortesanía de sus costumbres, y de
sus admirables cualidades de caballero español.
§ 13. Los
escrúpulos de Su Ilustrísima
(1734)
El
capítulo que tuvo por resultado la elección de la Abadesa del Monasterio de
Santa Clara de la Victoria, el año 1734, no fue como el que se verificó cuatro
años antes, en el que la priora y la sub priora dieron motivo
para que se las arrestara en la celda de castigo y a media ración, a más de
negárseles los sacramentos hasta que juraran obediencia a la prelada recién
electa; pero el capítulo de que voy a tratar no fue tampoco de los más
tranquilos ni estuvo exenta la ciudad de las inquietudes que eran corrientes
cada vez que monjas o frailes se reunían canónicamente para elegir sus
autoridades.
El
capítulo de las monjas de la Victoria, “las monjitas’’, como se las denominaba
—y por lo cual se dio nombre a la calle que actualmente lo tiene— debía
reunirse el 24 de agosto del citado año, para elegir Abadesa; por cierto que
desde muchos meses antes las monjas con derecho a voto —y también las “legas”
que no lo tenían— se dividieron en dos bandos, que apoyaban, lino a la hermana
Cristobalina de la Banda, señoría de unos cincuenta y cinco años que había
desempeñado el cargo en otras ocasiones con éxito muy discutible, al decir de
sus subordinadas, y el otro a la hermana Manuela de Silva, que era la candidata
de las monjas jóvenes. En buenas cuentas, parece que la lucha era por la
defensa de las dos tendencias, que hoy vuelven a estar de moda: la de la
oficialidad joven- y la de la oficialidad no joven.
Aquellos
de mis curiosos lectores que no sepan dónde estaba ubicado el monasterio de
“las monjitas”, les informaré que el convento se levantaba en la esquina
nororiente de la Plaza de Armas, en el edificio donde actualmente hay una
pastelería y muchas tiendas de turcos.
Con la
experiencia adquirida en el capítulo anterior, las autoridades eclesiástica y
civil creyeron necesario tomar Sus precauciones para que la reunión monjil se
realizase con tranquilidad, y para intervenir oportunamente, por si había
necesidad de arrestar a alguna revoltosa. El Gobernador don Manuel de Salamanca
ofreció el concurso de las milicias y de los alguaciles para rodear el
monasterio y penetrar en la clausura al primer aviso, y por su parte, el Obispo
don Juan de Sarricolea y Olea se instaló en pleno recinto capitular para
presidir la elección.
Parece
que tales demostraciones de fuerza y de energía convencieron a “las monjitas”
de que era inútil valerse de ataques de nervios y de las uñas para ganar la
elección, y no tuvieron más que acudir humildemente a depositar sus votos a los
pies de su Ilustrísima, quien, asesorado por el notario eclesiástico, practicó
el escrutinio y proclamó a la electa, que resultó ser la hermana Manuela de
Silva, candidata de la “oficialidad joven”
Conforme
a los ritos correspondientes, una vez hecha la proclamación, el Obispo entonó
el Te Deum y organizóse la procesión para dirigirse al coro donde la comunidad
debía prestar obediencia a la nueva abadesa; pero ni la solemnidad del acto, ni
la presencia del Obispo, fueron óbice para que una parte de las derrotadas
formaran corrillos, agitados y murmuradores, que muy luego llamaron la atención
del Ilustrísimo Sarricolea.
No era
este prelado de los que disimulaban mucho y, por lo tanto, al notar que había
reclamo y se dibujaba una tempestad, quiso conjurarla sobre la marcha; el
llanto sobre el difunto, y sin más preámbulo alzó una mano y dijo a la monja
que llevaba el coro en el Te Deum:
—Pare el
canto, hermanita; pare el canto; vamos a ver qué dicen y por qué gesticulan
aquellas señoras que no quieren dar gracias a Dios por la elección que habéis
hecho, protegidas por el Espíritu Santo...
Y como
las monjas descontentas no respondieran tan pronto, agregó:
—Contesten
pronto vuestras reverencias si tienen algo que observar a la elección que se ha
hecho; lo mando en virtud del voto de santa obediencia que tenéis pronunciado.
Y como
todas continuaran en silencio, “su señoría dijo: quien calla otorga, y mandó
dar a la madre Manuela de Silva la posesión de su cargo de abadesa, en cuanto
hubiese lugar en derecho”.
* * * *
No las
tenía todas consigo, a pesar de todo, el enérgico Obispo y se retiró a su
palacio con el cominillo de haber podido ejercer presión, con su actitud, sobre
las monjas reclamantes, impidiéndoles así dar sus razones, que bien podían ser
atendibles. Mayores remordimientos le asaltaron a los tres días siguientes,
cuando el oidor don Francisco Sánchez de la Barreda y Vera llegó a su presencia
para comunicarle una carta anónima que había llegado a su poder, en la cual se
le denunciaba que la abadesa recién elegida tenía un serio impedimento canónico
para desempeñar el cargo...
— ¡Ave
María Purísima...! ¡Qué impedimento será el de la monja! —exclamó el Prelado,
llevándose la mano a la barbilla.
Pero su
señoría respiró cuando supo que el impedimento consistía en que doña Manuela de
Silva no tenía la edad de cuarenta años, requerida para ser abadesa.
—Si esa
carta es de las monjas, debe ser verdad lo que afirman—dijo su Ilustrísima.
—Pero
también puede ser una afirmación falsa—replicó el oidor, para tranquilizar al
Obispo.
—Le digo
que no puede ser, mi respetable amigo.
— ¿Y por
qué, Ilustrísimo señor?
—Porque
aun no he conocido a una mujer que le quite la edad a otra mujer, por enemiga
que sea.
“Y para
que no se introdujese en dicho monasterio disensión, discordia ni perturbación
alguna, mandó su señoría que el secretario de la cámara episcopal pasase al
monasterio con la lista de las monjas vocales y la carta que en su nombre se
decía escrita, y por el tomo o confesionario de la sacristía las hiciese llamar
una por una y les preguntase qué edad tenía la dicha doña Manuela de Silva, y
si en caso de no tener los cuarenta años, votaron por ella a sabiendas o no, y
si hallaban en su conciencia que concurriesen mayores prendas espirituales o
temporales de las que requería el gobierno del monasterio, en otra religiosa de
las que pasaban de los dichos cuarenta años”.
El día 8
de septiembre, a las once de la mañana, trasladóse al convento el secretario
obispal, y en nombre del prelado mandó juntar a toda la comunidad tras la reja
del coro y fue llamando al confesionario una a una a todas las monjas que
participaron en la elección, para interrogarlas al tenor de la pregunta del
Obispo “y todas estuvieron contestes en que la habían elegido a pesar de que
sabían que no tenía los dichos cuarenta años, pues las que la excedían estaban
ya muy achacosas”...
Aun las
que no habían votado por ella se manifestaron conformes con la elección de la
hermana Manuela, salvo la hermana doña Eugenia Canales y doña Cristobalina de
la Banda (la derrotada) “que afirmaron creer mala la elección por ser la
elegida mujer moza y obedecía a los influjos de dos monjas viejas que la
trataban de hija, y que eran ásperas y de mal genio”...
Después
de esta encuesta, el Obispo, las autoridades civiles y la ciudad de Santiago
pudieron dormir tranquilos, porque debemos agregar a fuer de verídicos
cronistas, “que los padres, hermanos e parientes de la susodicha doña Manuela
de Silva se mostraron dispuestos a mantenerla de abadesa contra la opinión de
los contrarios e aun de los clérigos”.
§ 14. Las
talegas del Presidente Cano de Aponte
(1734)
La
celebración de las fiestas del Patrono de la Ciudad, el Apóstol Santiago,
habían adquirido solemnidad inusitada el año 1733, con motivo de la reciente
llegada a la capital del Presidente don Gabriel Cano de Aponte, de regreso de
un largo viaje por la frontera que lo había tenido ausente de su habitual
residencia mapochina desde el mes de octubre del año anterior, restando a sus
innúmeras relaciones la satisfacción irreemplazable de su trato exquisito y de
su comunicativa alegría a la ciudad.
Otra
causa tenía, también, el vecindario de la capital para celebrar con mayor pompa
que otros años, la siempre fastuosa fiesta de Santiago Apóstol. Una Real Cédula
recibida en marzo, había dejado a conocer la determinación que había tomado Su
Majestad, de poner término a las funciones del Gobernador Cano, llamándolo a la
Península “para que tomara descanso”, que bien lo habría de necesitar el
magistrado que había desempeñado el cargo, de Gobernador de Chile y Presidente
de su Real Audiencia durante dos períodos consecutivos de ocho años, contra lo
establecido y guardado hasta entonces. Era, pues, una de las últimas fiestas
públicas que iba a presidir “el más cortesano caballero y el más galán de los
gobernadores deste reino”, según lo calificó años más tarde, el provincial
dominicano fray Andrés de Moya, en la relación que me servirá de guía para
componer esta crónica.
Y a la
verdad que esos calificativos eran merecidos.
Cano de
Aponte era uno de esos espíritus cultivados de los cuales llegaron pocos a las
costas americanas. Ingresado a los 17 años en el ejército real, le tocó pasar a
Flandes con el grado de alférez de uno de los regimientos de infantería que
combatían allí por la hegemonía española; más tarde, cuando Carlos II de España
declaró la guerra a la Francia, el joven Cano hubo de permanecer en tierra
francesa defendiendo las banderas de su rey, aliado entonces con los duques
bretones que combatían al rey de Francia, y, por último, a raíz del
advenimiento a la corona de España del príncipe francés que la gobernó con el
nombre de Felipe V, el ya capitán de los tercios flamencos, don Gabriel Cano de
Aponte fue uno de los militares que más lustres dieron a esa campaña, que
terminó, por fin, con el memorable asedio y ¡asalto a Barcelona, afianzando,
definitivamente, al Borbón francés en la corona española.
Durante
los veinte o más años que había permanecido en tierra francesa, teniendo por
camaradas ¡a aquellos “locos de la Gascuña”, que antes de darse de cuchilladas,
por una bagatela, iban ¡a besar la mano de su dama, Cano de Aponte tuvo tiempo
holgado para impregnar su espíritu en las costumbres disipadas y ligeras que
caracterizaban a los militares de la época de los Luises, las que se traducían
en una invencible pasión por el lujo ostentoso, sin reparar mucho en los medios
de obtenerlo, en extrañas aventuras galantes y en arriesgados ejercicios
ecuestres, pues eran éstos los que daban ocasión de mayor lucimiento personal.
Cano de
Aponte jugó cañas, cintas y estafermo delante de la más alta nobleza del norte
de Francia y de Flandes, que habían sido su cuna militar y social. A los
treinta y cinco años de edad, como quien dice en la plenitud de la vida, ganó
las cintas que ofreciera el Duque de Vendóme, en los ostentosos juegos de la
plaza de Namur, con que se celebró una de sus grandes victorias. Al recibir, de
rodillas, las cintas, de manos de la duquesa, el bizarro capitán Cano de Aponte
saltó sobre su caballo enjaezado que era mantenido de la brida por un
palafrenero del duque, y haciendo un elegante rodeo por la plaza repleta de
espectadores que lo aclamaban, fue a depositar su bien ganado trofeo en las
manos de doña María Camps, rica heredera flamenca, a la que un mes más tarde
conducía al altar.
Pero ni
el matrimonio ni la riqueza lograron modificar las costumbres disipadas del
afortunado capitán, que ya estaba propuesto para la banda de mariscal de los
ejércitos españoles. Su palacio de Bruselas fue, durante años, el mejor centro
de reuniones, saraos y fiestas, adonde concurrirían bellas damas, elegantes
oficiales de los ejércitos franceses y ostentosos señores de la corte flamenca.
Terminadas
las guerras el mariscal Cano de Aponte fue trasladado a Pamplona, y en esta
ocasión el rey de España quiso premiar, una vez más, las hazañas de su
brillante servidor en Flandes, con el Hábito de Calatrava y la Cruz de
Comendador de Mayorga, de la misma Orden; pero las suntuosas fiestas con que
fue celebrada en su palacio de Pamplona la nueva gracia del soberano, fueron
ahogadas con una desgracia horrible: Doña María Camps, la bella mujer del
Caballero Cruzado, falleció casi repentinamente, dejando desolado aquel hogar
de la perenne alegría y dentro de él un marido abatido por el dolor.
El viudo
acababa de cumplir los cincuenta y dos años, “y a esta edad, decía en una carta
que le envió al rey, los recuerdos de mi dicha perdida son insoportables para
mi, y así suplico que Vuestra Majestad me saque de aquí y me mande a servirlo
muy lejos de Navarra”, porque no podrir subsistir en aquella villa que había
presenciado los días de sus mayores dichas. No podía resistirse, el bondadoso
monarca, ante una petición tan dolorida, tan sincera, y lo designó para
Gobernador del reino de Chile. ¡Echarlo más lejos, imposible!
Yo
supongo, sin que esto se considere un mal pensamiento mío, que cuando el
agraciado se dio cuenta de que Chile se encontraba en el último rincón de los
dominios españoles, debió arrepentirse de haber hecho una petición tan sentida;
pero no era cosa de volver sobre sus pasos, sobre todo cuando el soberano le
había concedido la gracia tan al pie de la letra.
Resignado,
pues, con su nuevo empleo, que al fin y al cabo ser Gobernador en las Indias no
era poca cosa, empezó a liar sus bártulos y a prepararse para el largo viaje.
Metió en
acémilas muy bien dispuestas y firmes sus joyas, sus muebles, su platería y
vajilla, sus ricos trajes de Corte; dio colocación muy conveniente y segura a
once talegas con sonoras monedas de oro en florines flamencos y en ducados
españoles que constituían su fortuna, inclusa la dote de su fallecida mujer de
la que había sido heredero único, y no olvidó ni el clavicordio, ni los cuatro
violines, ni las dos arpas, ni la dotación de panderetas napolitanas que habían
formado “las músicas” de sus regocijados palacios de Bruselas y de Pamplona.
Con todos estos “chismes” reunió un equipo de veintitrés cargas y quince
almofrejes que iba a cruzar mares, pampas y cordilleras durante largos meses
para recorrer miles de leguas hasta llegar a Chile-
Cuando ya
todo este equipaje iba camino de Cádiz para ser embarcado en la flota que debía
transportarlo a Buenos Aires, el viudo cayó en la más honda melancolía; el
próximo alejamiento de la patria, de sus amigos de tantos años; la vida infeliz
que tal vez le esperaba en aquellas tierras extrañas y lejanas en donde iba a
permanecer quizás por cuánto tiempo; la soledad en que viviría, a su edad más
que cincuentona, dentro de su palacio presidencial, rodeado de gentes
desconocidas; tanto meditó en esta soledad, en este aislamiento de su espíritu
acostumbrado a una vida bien diferente, que su pensamiento cayó, con facilidad
en aquella sabia observación bíblica de que “no es conveniente que el hombre
esté solo” y tal fue la obsesión de su pensamiento que un mes antes de partir
de Pamplona tras de su equipaje contrajo matrimonio con una linda muchacha de
diecinueve primaveras floridas, llamada doña Francisca Javiera Velaz de
Medrano, su vecina, a la cual se había visto obligado a ofrecer, varias veces,
durante su viudez, el agua bendita al entrar al templo de Dios ...
Tuvo
razón el que dijo que la chicharra tiene que morir cantando.
* * * *
La
entrada que el nuevo Gobernador y su linda mujer hicieron en la capital del
Reino de su gobernación fue mucho más brillante que la de los gobernadores
anteriores, pues a las ceremonias y fiestas “de tabla” o de protocolo, se unió
un sincero y bullicioso entusiasmo popular. Sabíase ya, en Mapocho, por las
noticias que oportunamente enviaban de la Península los que observaban allí los
“negocios de Indias", que el nuevo Presidente era todo un gentil
caballero, bien distinto, por cierto, del vulgar y codicioso Uztariz y del
altanero y atropellador Ibáñez de Peralta que habían gobernado en los últimos
períodos, y se esperaba de Cano de Aponte que habría de enmendar los yerros de
sus antecesores, ofreciendo a los nativos una era de bienestar, o siquiera de
consideración que les hacía mucha falta.
Uníase a
esto el que el Gobernador llegara acompañado de su mujer, cosa desusada hasta
entonces, pues muy pocos habían sido los mandatarios venidos de la Península
que habían querido conferir ese honor a los “chilenos”; esa circunstancia dio
ocasión para que las damas criollas y aun las españolas que obligadamente
permanecían alejadas de Palacio por la soltería del Presidente o porque no
había allí una dueña de casa, tomaran ahora una participación activa en los
preparativos de la recepción y en la recepción misma, con el objeto de
obsequiar y presentar sus respetos a la Gobernadora.
Pero lo
que causó estupefacción y satisfacción sin límite en el vecindario todo, fue la
orden que el nuevo Mandatario impartió, para que su equipaje fuera paseado
alrededor de la Plaza de Armas y luego se abrieran allí las acémilas y
almofrejes para mostrar al pueblo lo que traía en ellos: sus vajillas, sus
joyeles, sus trajes recamados de plata y oro, sus ricos tapices y alfombras y
sus once talegas de florines y ducados. Su Señoría quería ponerse a cubierto,
desde luego, de malas lenguas y demostrar que traía consigo, a su llegada, lo
que otros gobernadores acostumbraban llevar, cuando salían.
Parece
que no hay necesidad de decir que el Gobernador Cano de Aponte no tardó en
renovar, en Santiago, la vida fastuosa, ligera y frívola que había hecho
durante toda su vida; moro viejo no puede ser buen cristiano, dijo no sé quién.
Las fiestas y saraos que ofrecía en Palacio, de una suntuosidad nunca soñada
por los santiaguinos, en medio de un- ambiente de distinción, de cortesanía, de
elegancia, de galantería desconocido en reuniones de esta índole, pues antes
“todo era un estiramiento” y una gravedad superlativa, marcaron una época en la
vida social de la Capital del Reino.
Fue
necesario, entonces, que los criollos poseyeran trajes nuevos, de acuerdo con
la “moda de París”, para presentarse “decentemente” en Palacio al lado del
Gobernador y de la Gobernadora que los lucían riquísimos y novedosos porque los
adquirían “de los franceses” que llegaban a Concepción con sus barcos repletos
de holandas, encajes, de terciopelos, de “melanias”, de tules y de cuanta
chuchería y frivolidad inventaban los costureros de Francia. Fue necesario
aprender a bailar el ceremonioso minué, que tanta hilaridad había causado a los
pencones, cuando lo bailaron allí, por primera vez y tal vez como una
“demostración”, el viajero francés Barbinais le Gentil con Monsieur Briand de
la Morandais, este último vestido de dama, con un traje que le proporcionó doña
Juana de Caxigal y Solar, que no demoró mucho en ser su mujer.' Cano de Aponte
y doña Francisca Javiera, su mujer, eran eximios en este baile de Corte y es
fama que ambos “adiestraron” en sus elegantes evoluciones a más de un par de
parejas santiaguinas que luego fueron las maestras de esta danza.
Fue
imprescindible, también, a la juventud masculina, adiestrar caballos para
presentarse a las corridas de toros y no hacer papel deslucido al lado del
Presidente, que era un equitador apasionado por los más arriesgados juegos de
rejoneo, montando los más fogosos corceles, sobre los cuales ostentaba una
bizarría inconcebible para sus sesenta años. Aparte de estas corridas de toros,
que en esos años alcanzaron el brillo de grandes fiestas, el gallardo
Mandatario implantó los juegos de cañas, cintas y estafermo a la manera de
Flandes, y con todo el ceremonial francés, que obligaba a los justadores a
entrar en la contienda “por su dama”, ante la cual debía rendir el vencedor el
trofeo ganado.
Esta vida
de constantes divertimientos y fiestas no amainó durante el largo período del
Gobierno del animoso y regocijado Caballero Cano; y aunque el Presidente tenía
fama de rico — todos recordaban aún haber visto las talegas repletas de oro que
trajo al llegar a Santiago— no faltaban quienes “se hacían cruces” pensando
cómo podía satisfacer los ingentes gastos que le demandaría esa vida de
continuo derroche, sin que su caudal estuviera por agotarse-
—Esas
talegas, o son milagrosas, o han de estar vacías ya, señores —dijo una vez don
José de Perochena en casa de don Antonio del Castillo, en presencia de varios
de los criticones del Presidente—, y como no creo en milagros, se me ocurre que
pronto veremos que en Palacio comenzará el ayuno.
— ¡Qué
van a estar vacías, mi señor don José! —contestó el Fiscal de la Audiencia don
Martín de Jáuregui y Olio—; sin milagro alguno, esas talegas se mantienen
repletas a causa del Comisario de la Frontera don Manuel de Salamanca, y a mi
compadre don Diego de Encalada, Corregidor de Colchagua...
—Señor
don Martín —aconsejó el dueño de la casa—, no avance Vuestra Merced juicios
temerarios...
—
¿Juicios temerarios...? Quizás son tan efectivos que pronto estarán en
conocimiento de Su Majestad, y por intermedio de su Fiscal —interrumpió
Jáuregui, acentuando sus palabras con una palmada en el pecho—. Ha de saber
vuestra Merced, mi señor don Antonio, que el Gobernador, allí donde Vuestra
Merced le ve tan galanteador y bailarín, va al partir de ganancias en el
comercio de los “ponchos” que hace su sobrino Salamanca, con los indios de la
Frontera, y “al tanto” con las granjerías que obtiene mi compadre Encalada en
el corregimiento.
—Y
agregue Vuestra Merced lo que acabo de saber por un hombre que “está en ello” y
es que el Gobernador ha recogido toda la plata de los litigantes de su juzgado,
pese a la protesta de los plateros, guardándola para sí —gritó don Lorenzo de
Fuenzalida, a quien Cano había quitado no hacía mucho el corregimiento de
Maule.
La
mayoría de los oyentes quedó espantada al oír la audaz acusación de don
Lorenzo.
* * * *
A media
tarde del 28 de julio de 1733, la Plaza de Armas de Santiago encontrábase
repleta con sus tres mil habitantes, para presenciar uno de los más atrayentes
espectáculos con que estaba celebrando, ese día, la fiesta del Apóstol
Santiago, Patrono de la ciudad. Era una justa de cañas y cintas en la cual iba
a participar, como otras veces, el Gobernador; pero la de ahora llevaba el
aliciente de que los santiaguinos iban a aplaudir, tal vez por última vez, las
gallardías y proezas del “Gobernador Galán”, pues ya se había recibido en
Santiago —según dije al principio— el anuncio de que el Rey lo llamaba a la
Península.
La Real
Audiencia, el Obispo con su Cabildo, el Ayuntamiento, los grandes oficiales y
funcionarios, los Caballeros de Hábito, los magnates criollos con sus familias
en los “tablados y tabladillos”, que para el efecto se levantaban
a los costados norte y poniente, exornados con lujosos tapices, mantones,
gallardetes, estandartes y banderolas, y la abigarrada multitud del pueblo que
se revolvía impaciente en espera del lance caballeresco, cuyas arriesgadas
evoluciones tenían la virtud de hacerle olvidar las penurias de todo un año...
Las
trompetas anuncian la entrada de los justadores, y adelante de todos ellos un
gallardo jinete que, a pesar de su bizarría, no puede ocultar, entre la
juventud que lo escolta, sus sesenta y seis años, eso sí, admirablemente
llevados. Empieza la contienda y después de las agitadas incidencias de la
primera parte, que han enloquecido de entusiasmo a la juventud, el Gobernador
avanza hasta un burladero que se levanta al frente del tablado de las damas;
las saluda con el rendimiento del más refinado cortesano e inicia en honor de
ellas, la arriesgada prueba que en jerga de justadores es llamada “pies en
pared”, y que consiste en obligar al caballo a poner las manos en alto, sobre
el burladero.
Tres
tentativas hizo el animal para obedecer a las incitaciones del aguijón con que
su caballero le hostigaba sin piedad, pero fue inútil; el noble bruto,
encabritado ya por el dolor, recogió sus cuartos traseros y lanzó sus manos
hacia lo alto, “pero con este impulso perdió el equilibrio, y se fue de
espaldas...” El imprudente jinete quedó aplastado por el animal.
Tres
meses más tarde, el Presidente don Gabriel Cano de Aponte “fallecía desta vida”
en medio de la consternación de todo el pueblo, el cual durante la prolongada
agonía del Magistrado, tristemente anunciada por todas las campanas de la
Capital, permaneció orando en la Plaza, frente al Palacio, en el mismo sitio
donde había caído el justador, cuando ofrecía su caballeresca prueba a las
damas santiaguinas.
* * * *
Las leyes
españolas eran severísimas cuando se trataba de poner a salvo la hacienda de Su
Majestad; de ahí que los Gobernadores, antes de entrar a desempeñar sus
funciones, estaban obligados a rendir fianzas llanas y abonadas para responder
al juicio de residencia a que debían someterse cuando dejaban el cargo Cano de
Aponte no había rendido esa fianza, y la Real Audiencia de Santiago se
consideró obligada a embargar todos los bienes del difunto a fin de garantir
las resultas del juicio de residencia. Inventariados los bienes que se
encontraron en Palacio y que fueron reconocidos como de propiedad del
Gobernador, los oidores quedaron espantados al saber que el valor de las
especies no subía de ocho mil pesos, suma muy inferior a la que el Fiscal,
nuestro conocido don Martín de Jáuregui y Olio había fijado como suficiente
para la garantía del Rey.
— ¿Y las
talegas...? —se atrevió a insinuar, cierta vez, a sus compañeros de Tribunal,
el Regente don Francisco Sánchez de la Barreda, fiel amigo del difunto y su
desolada viuda, a la cual todos querían favorecer en su desgracia.
—Esas
talegas habrán de estar agotadas ya —indicó otro de los oidores—, y no habrá
que pensar en ellas...
— ¡Quiá!,
no, señores —intervino el irreductible Fiscal—; esas talegas existen y vuestras
señorías habrán de encontrarlas si en ello ponen el interés que deben al
servicio de Su Majestad.
— ¿Pero
cómo...? Todo ha sido muy bien registrado en Palacio...
— ¿Y cree
Vuestra Señoría que las talegas estarán en Palacio, si don Manuel de Salamanca,
el sobrino del Gobernador...?
—y ¡que
en paz descanse...! —murmuraron los oidores.
—…si el
sobrino del Gobernador —continuó impertérrito el Fiscal—, se instaló en Palacio
desde su llegada y no ha querido salir de él, pese a sus obligaciones en la
Frontera... ¡Tiempo sobrado ha tenido el sobrino para ocultarlas, pues bien
llenas estarán!
Por más
que los oidores trataban de dilatar los procedimientos para no verse obligados
a hacer efectivas las leyes del caso, hubieran tenido que proceder contra doña
Francisca Javiera si el Virrey del Perú, Marqués de Castelfuerte no hubiera
querido prestar resuelto amparo a la viuda de su viejo camarada, el Presidente
Cano, con quien había hecho las últimas campañas de Barcelona. A los tres meses
del fallecimiento del Presidente, llegó a Santiago el nombramiento de
Gobernador interino de Chile, “mientras Su Majestad provee”, a favor de don
Manuel de Salamanca, el cual, una vez con las riendas del poder en las manos no
tuvo que aguzar demasiado el ingenio para obtener un permiso del Virrey, “para
que la señora doña Javiera parta a España por la vía de Buenos Aires,
llevándose los haberes que son suyos por su dote”...
Cuando la
protesta del Fiscal Jáuregui llegó a los pies de Su Majestad, ya doña Francisca
Javiera se encontraba en Buenos Aires, en espera del barco que la habría de
conducir a la Península.
“Informes
privados y voces difundidas que me hicieron mandar que se levantase una
información, hanme comprobado que doña Francisca Javiera de Medrano, mujer que
fue del difunto Gobernador Cano de Aponte, sacó de este Reyno veinticuatro
talegas de oro y plata, que condujo ocultamente por el paso de Putaendo y por
otros caminos solitarios, bajo el amparo que le prestó don Manuel de Salamanca,
quien le dio escolta de caballería para que llegara hasta Buenos Aires, en
donde espera un barco para irse a España con su hijo”...
Según
esto, las once talegas que había traído Cano, de España, se habían aumentado a
veinticuatro...
§ 15.
Predestinación
(1734)
Agazapados
entre los fardos de mercancías que transportaba a las Indias el galeón de Su
Majestad llamado El San Benito del Milagro, fueron
sorprendidos por el contramaestre, a la salida del puerto de Cádiz, dos
muchachos andaluces que se habían huido de sus hogares para venir a América en
busca de aventuras. Encontrarlos el maestre y ordenar que les aplicaran, por
vía de aperitivo, sendas tundas de azotes “a raíz”, fue la misma cosa; en
seguida, y sin esperar que se les enfriaran las partes doloridas, los destinó,
al aseo de ciertos sitios malolientes, castigo clásico de los que se
aventuraban a viajar “de guerra” en los barcos de Su Majestad. Los fugitivos se
llamaban Pablo Domingo González y Pedro María de Lorca; contaban quince y
diecisiete años, respectivamente, y si bien era verdad que pertenecían a
familias “fijasdalgo”, no era menos cierto que con sus bellaquerías habían
conseguido que sus parientes los repudiasen y los abandonasen a su suerte.
. Ambos
amigos habían hecho un pacto al determinarse a emigrar a América, donde estaban
seguros de ganar dinero y opulencia: “nos seremos fieles en la dicha y en el
infortunio”, se habían prometido solemnemente antes de abordar el barco
trepando por la cadena del ancla la noche anterior al zarpe del San
Benito; ese mismo juramento se lo repitieron después de recibir la azotaina
y lo volvieron a confirmar al encontrarse en el vil oficio a que se les había
destinado durante la travesía.
Con
admirable resignación cumplían diariamente sus “funciones”, llamando con ello
la atención aun del contramaestre, que era una fiera descontentadiza, y cuando
arribaron a Nombre de Dios (Colón), el capitán del barco les ofreció
registrarlos como marineros, con ración y soldada, si querían volver a España;
pero los emigrados prefirieron seguir su ruta hacia el Perú, país de sus
ensueños; en donde tenían resuelto radicarse.
A
mediados del año 1713, hacían su estrada en Lima, en el caballo de nuestro
padre San Francisco, los asendereados peregrinos, sin saber que cada uno
llevaba en el zurrón “un bastón de mariscal”, o más propiamente dicho, Lorca,
la vara de regidor del Cabildo limeño, y González, la cogulla de lector de la
Merced, importantes cargos con que los encontramos en la época del relato que
voy a ofrecer a mis abnegados lectores.
No creo
que sea necesario referir cómo y en qué forma llegaron a tan conspicuos honores
los distinguidos granujas que acabamos de conocer en las bodegas del galeón
gaditano; las peripecias debieron ser largas y caracoleadas y no cabrían en,
una “crónica” volandera; además, debo confesar humildemente que no han llegado
a mi conocimiento... Pero para el caso que me propongo narrar, no hace falta
saber otra cosa sino que cierto día del mes de mayo de 1740, el muy magnífico
señor Corregidor de Lima, don Juan del Castillo y Portocarrero, Comendador de
Calatrava y Caballero Veinticuatro de Sevilla, sorprendió en el bodegón del
mulato Domingo Griego, a una veintena de sujetos que se despellejaban de lo
lindo, jugando a la “taba” —habiendo quienes “habían perdido ya su hacienda o
la mitad della, más tres que en ese momento jugaban los jubones”— y que en esta
reunión de calaveras se contaba a nuestros conocidos, el regidor limeño don
Pedro María de Lorca y el padre mercedario fray Pablo Domingo González... amén
de cierto conde español y de cierto marqués limeño, de cuatro capitanes, un
coronel de milicias ciudadanas, un alguacil de la Real Audiencia, un escribano
que era el “juez de apuestas”, y muchos clientes más de la misma categoría.
El
escándalo que se formó en Lima al saberse que el inflexible Corregidor había
metido en chirona a tantos y tan caracterizados personajes,
fue tremendo, y se transformó en espanto cuando su señoría notificó a los
presos que no podrían salir en libertad sino pagando cincuenta patacones de
multa, y comprometiéndose a salir de la ciudad en el plazo de ocho días con
obligación de permanecer deportados “fuera de los términos de la ciudad”,
durante dos años. No hay para qué referir los empeños e influencia que se
ejercitaron alrededor de su señoría para que revocara su severísima sentencia;
pero todo fue inútil; los tahúres, excepto tres que permanecieron presos porque
no tuvieron con qué pagar la multa, empezaron a emigrar de Lima, unos hacia
Quito, Guayaquil o Panamá, otros hacia “los términos de Arequipa” o el Alto
Perú, y otros hacia Chile.
Nuestros
conocidos, el regidor Lorca y el mercedario fray González, “unidos en la dicha
y en el infortunio”, según los términos de su juramento de Cádiz, se embarcaron
juntos para Chile a cumplir la condena que les había sido impuesta; el
mercedario venía castigado, además, por el provincial del convento de Lima, de
quien traía comunicaciones secretas para los superiores de Chile, ante quienes
venía “recomendado”.
Al llegar
a nuestra capital, ambos amigos se despidieron con un significativo “hasta
prontito, pues”, y se encaminaron, el uno a su convento y el otro a presentarse
al Corregidor de Santiago, don Juan Francisco de Larraín, que desempeñaba ese
cargo el año 1740, con la esperanza de encontrarse en breve en alguna
trastienda donde se “terciara”; pero resultó .que el Comendador de la Merced,
al tomar conocimiento de las “recomendaciones” que le hacía el provincial
limeño de la persona y aficiones del padre González, creyó lo más conveniente
enviarlo a Rancagua, donde tendría tal vez menos tentaciones.
Separáronse,
desconsolados, ambos proscriptos, y el fraile partió a instalarse en aquella
pobre villa que apenas contaba con diez o quince casas. Era la primera vez que
ambos amigos se separaban y al darse el abrazo postrero, díjole el fraile a su
amigo:
—No sé
qué presentimientos tengo, Pedro María, al separarme de vos... Mira de
desprenderte luego del Corregidor Larraín para que te vayas a Rancagua a
hacerme compañía... Tengo miedo, y no sé por qué.
Lorca
consoló a su amigo lo mejor que pudo, y el padre González partió a su
destierro.
“Hallábase
en Rancagua el mercedario fray Pablo Domingo González, desterrado del Perú, y
un día de celebración de Pascua, en que el pueblo estaba de fiesta, quiso
solazarse en su destierro “echando una mano” en el juego llamado la rueda de la
fortuna; mas un tal Vicente Toledo, a quien no le agradé la presencia del
fraile, se negó a jugar con él; insistió el padre; opúsose nuevamente el
plebeyo y sacó un cuchillo; agarré el padre el puntero de la rueda para su
defensa y diole al Toledo un tan duro revés, que lo tendió en el suelo, para
morir a los ocho días”.
—Si mi
amigo Pedro María estuviera conmigo en este malhadado trance, repetía el
desgraciado fraile en el calabozo de su convento, mientras se ventilaba el
proceso por la muerte de Toledo, no me ocurriera este fatal suceso. Pero era
tal vez una predestinación, por mis muchos pecados…
§ 16.
Primero hizo Dios al hombre…
(1737)
Las cosas
se habían presentado de tal manera, que don Francisco de la Roca y Cordovez no
tuvo sino que conformarse con ver partir a su amada hacia el lejano puerto de
Valdivia donde iba a fijar su residencia, acompañando a su marido que llevaba
un alto cargo en las oficinas de hacienda; la verdad hay que decirla: don
Francisco estaba enamorado hasta dos cuartas más arriba de la coronilla de doña
Isabel de Fredes, mujer legítima de don Tomás de Alvarado, factor de su
Majestad...
Mis
benévolas lectoras me perdonarán esta indiscreción que he cometido revelando
unos amores que, por ser protagonistas una pareja “de compromiso”, deberían
haberse mantenido ocultos “per saecula”; pero el asunto es curioso y bien vale
la pena de cometer un pecadillo venial con el objeto de contribuir a que quede
de manifiesto la veleidad de algunas mujeres... Nótese que he dicho “de algunas
mujeres”, porque yo, particularmente, estoy convencido de que todas ellas son
fidelísimas, menos una que yo conozco y otras que habrá por ahí.
Don
Francisco halló lenitivo en su desgracia, primero, porque no le quedaba otra
cosa que hacer, desde que su adorado tormento se marchaba con su legítimo
dueño, y segundo, porque los juramentos de fidelidad y de perpetuo recuerdo que
doña Carmen Isabel le había dicho eran para convencer al más incrédulo y para
satisfacer al más descontentadizo. Ítem más, habían convenido los amantes en
que mantendrían una continua correspondencia a pesar de los peligros que ello
significaba, pues advertirá el lector que por entonces, 1734, el servicio de
correspondencia estaba encomendado a la benevolencia de ciertos arrieros, a los
pilotos de los barcos, o sencillamente a los amigos que emprendían un viaje.
Mientras los “papeles” o “mesivas” iban dirigidos a la gente masculina, la
reserva de ellos podía darse por cierta, pues había un respeto innato por los
que “entendían leer”; pero si iban dirigidas a mujeres, a todo el mundo le
entraba la curiosidad por saber quién escribía y qué se le decía a una señora,
soltera, casada o viuda. Desde luego, a una mujer, según la creencia de esos
tiempos, no se le podía “escribir sino cosas “pecaminosas”.
Era
imposible exigir de una mujer más prueba de amor y de abnegación de las que
Isabelita, antes de partir, diera a don Francisco, de modo que éste, en medio
de su dolor, se aferró a la única esperanza que ambos amantes habían hecho
germinar y que constituía el desiderátum de su vida: volverse a reunir en
Santiago en no lejano tiempo, para continuar el idilio que comenzaran cierto
día 18 de marzo, vísperas del señor San José, y en el cual se juraron y se
prometieron todo lo que los amantes jamás llegan a ver cumplido.
* * * *
El
reemplazo de don Manuel de Salamanca por el señor don José Manso de Velasco,
Caballero de Santiago, en el gobierno del Reino de Chile, había producido
cierta esperanza entre las familias que apoyaban o estaban complicadas en las
malas artes y desmanes que había cometido el anterior Gobernador Francisco
Meneses y por los cuales estaba severamente procesado por su reemplazante el
irreductible Marqués de Navarmorquende y por el “amargo” oidor limeño don Lope
de Munive. La noticia de que el marqués iba a ser substituido por don Juan
Henríquez, hizo creer al vecindario de Santiago que el nuevo mandatario sería
más accesible y más humano con el ex gobernante en desgracia.
La
esperanza, sin embargo, se desvaneció pronto, pues a pesar de los muchos
“empeños” que se le hicieron al recién llegado, éste no se dejó impresionar, y
el oidor continuó su meticulosa investigación de las trapacerías de Meneses,
hasta enviarlo relegado al Perú.
Don Tomás
de Alvarado, el cónyuge de Isabelita de Fredes, en¡ su calidad de factor de Su
Majestad, había sido uno de los más tenaces acusadores de Meneses y con tal
motivo tuvo una actuación relevante al lado del juez de residencia;
naturalmente, junto con el oidor, Alvarado se llevó también su parte de
impopularidad; aunque poco importaba al factor la inquina de los cómplices de
Meneses, por más que fueran “los principales” de Santiago, no dejó de influir
esta circunstancia en la resolución que tomó de aceptar una vez terminado el
juicio residencial, el cargo de tesorero de Su Majestad en la provincia de
Valdivia, que dependía directamente del virreinato del Perú. Tal determinación
de Alvarado vino a interrumpir, como dejé dicho antes, el idilio que se produjera
entre la encantadora Isabelita, criatura que no había nacido para “amohozarse”
entre cuentas y papelotes, y el animoso y galante “cuarentón” don Francisco de
la Roca, que enamorado como un cadete, había caído “redondo” ante la bizarría
de la “factora”.
Los
amigos de don Francisco le veían ¡a las veces satisfecho, dicharachero y
rebosante de alegría; era cuando había logrado vencer las dificultades que el
estado “de compromiso” de Isabelita le impedían acercarse a ella; era la “seña”
tan segura, que el Alcalde de Corte don Pedro de Hinojosa, amigo íntimo de
nuestro enamorado cuarentón, y con quien se juntaba diariamente en el
“baratillo” que Juan Humeres tenía en el Portal de Sierra Bella, cada vez
notaba el cambio de “genio” de su amigo y decíale:
—Don
Francisco, don Francisco... parece que ha habido regocijo.
Y cuando,
por lo contrario, el interfecto mostrábase mohíno y vagaroso, molesto y sin
ganas de conversación, Hinojosa no recatábase para reprochar al “templado” de
esta manera:
—Cuidadito,
cuidadito, que ninguna vale la pena de que un hombre sufra por ella un dolor de
cabeza.
La última
vez que Hinojosa repitió su dicho fue la víspera de la partida del Tesorero con
su linda mujer a Valparaíso,
desde
donde debía continuar viaje a su destino; don Francisco había hecho todo lo
imaginable para volver a ver a su adorado tormento; pero no había sido posible,
pues el Tesorero, entre sus buenas cualidades de marido, tenía la de ser
extremadamente celoso, y se le había puesto entre ceja y ceja aquello de que el
diablo, en sus momentos de ocio, en vez de matar moscas con el rabo, se dedica
a ciertos oficios de “hacer tercio” o de tocar el violín, como decimos ahora, y
con resultados apreciables.
—No diga
usted sandeces, mi señor don Pedro, le contestó don Francisco, que esa mujer a
quien yo “aprecio” es digna y merecedora de que cualquier hombre dé su vida por
ser su esclavo.
— ¿Sí...?
¿Y quién es ese portento? —preguntó a su vez Hinojosa.
—Se lo
diré dentro de algunos días, si es verdad que su merced insiste en hacer aquel
viaje de que me habló hace algunas semanas.
—Mi viaje
al presidio de Valdivia, de que hablé a su merced, lo haré sin falta de aquí
dos meses, si Dios quiere...
—Si eso
ocurre, usarced sabrá quién es esa dama, y me dirá si vale o no la pena de
sufrir por ella hasta un dolor de muelas.
Hinojosa
movió sentenciosamente la cabeza, como un hombre experimentado en achaques de
enamoramiento, y se limitó a decir:
—Allá lo
veremos, don Francisco, y ojalá esa dama venga a demostrarme que he vivido
equivocado hasta hoy.
Y pasaron
meses, varios meses, durante los cuales, cada arriero, cada piloto, o cada
“postal” de la renta de correos de Su Majestad, de los que venían de la ciudad
y presidio de Valdivia traía una “mesiva” para el afortunado don Francisco de
la Roca y Cordovez y esa carta era la determinante de varias semanas de
jolgorio y regocijo para el protagonista de este cuento; con la “mesiva” en la
mano, Roca se daba el lujo de esperar a su escéptico amigo en el baratillo de
Humeres e invariablemente decíale, irónicamente:
— ¡Don
Pedro!; no hay ninguna mujer que valga un dolor de cabeza...
E
Hinojosa contestaba:
—Ojalá le
dure y no le madure, don Francisco.
Habían
transcurrido ya varias semanas desde la llegada de la última carta, que le
había traído de Valdivia el “correo valijero” de Penco y también había llegado
a Valparaíso un patache, cargado de cecinas valdivianas, que iba de paso hasta
el Callao para entregar allí esa carta que representaba el impuesto que pagaban
los habitantes de Valdivia al real erario; sin embargo, don Francisco no había
aparecido por el portal ostentando como trofeo una nueva carta de su amante
“corresponsala” de la región austral; Hinojosa esperó todavía una semana más,
durante la cual, tocó la coincidencia de que llegara un nuevo arriero del sur y
por fin, seguro ya de que su buen amigo don Francisco de la Roca necesitaba de
un reactivo enérgico o por lo menos de un consuelo, encaminóse a su casa,
situada en la calle de Santiago de Azocar, y penetrando en la “escribanía” que
era la habitación donde a su amigo le gustaba permanecer cuando lo invadía la
“songonana”, encontrólo, efectivamente, echado sobre un almofré, con el rostro
entre los brazos cruzados.
—No son
horas para dormir siesta, mi señor don Francisco —dijo alegremente Hinojosa, al
propio tiempo que remecía por los hombros a su amigo—; álcese vuestra merced,
que necesito que me acompañe a mi casa para catar un “soconusco” que hame
traído de México, el piloto Lamero...
Incorporóse,
después de un instante, don Francisco, y como tomando una resolución preguntó a
su amigo:
—
¿Insiste vuestra merced, mi señor don Pedro, .en que no hay ninguna mujer que
valga la pena que da un dolor de cabeza?
—Claro
está que insisto... ¿Pero a qué viene esta pregunta?
—Viene a
que estoy por encontrarle razón...
—Ha
perdido por lo menos un año en esta duda. Sepa vuestra merced que “primero hizo
Dios al hombre, y después a la mujer; primero se hace la torre y la veleta
después”. Y no olvide vuestra merced esta copla, que la cantaba un tío abuelo
mío que murió de viejo, pero soltero. ¿Quiere vuestra merced que vayamos a
catar el soconusco mexicano?
—Antes
una pregunta, don Pedro, ¿su merced estuvo en la ciudad de Valdivia hace tres
meses...? ¿Vio allá a doña Isabel de Fredes...?
—La vi,
miré y observé a su alrededor, y puedo decirle que es inútil que su merced
piense en ella...
— ¿Yo...?
—interrumpió violentamente extrañado don Francisco.
— ¿Para
qué negármelo todavía? Créame; entre ella y vuestra merced ha terminado todo lo
que en un tiempo hubo.
— ¿No me
engañáis, don Pedro...? —preguntó angustiado Cordovez...
—No
habría para qué engañaros, contestó el caballero; habéis sido un iluso que a
pesar de los años que lleváis vividos no pudisteis comprender que la mujer,
como los niños, es inconstante por naturaleza, y caíste en sus redes.
Salieron
juntos los amigos, probablemente a probar el soconusco, pero no volvieron a
hablar del tema; anduvieron aún la tarde y parte de la noche, haciendo visitas,
entre otras, al corregidor don Antonio Montero del Águila, y a eso de las “once
pasadas” don Pedro de Hinojosa dejó acostado en su alcoba a su amigo don
Francisco de la Roca y Cordovez, y en seguida fuese también a tomar la
horizontal. Desde el día siguiente, 18 de febrero de 1675, ni don Pedro de
Hinojosa, ni ninguno de sus amigos de Santiago volvieron a ver al “animoso y
galante cuarentón” don Francisco de la Roca y Cordovez.
En el
proceso que se siguió por el desaparecimiento de tal personaje, alguien dijo
haberlo visto por el camino real hacia Concepción y otro testigo declaró que
“un caballero del talante que se describe”, llegó a la ciudad de Valdivia, y
“por sus fortines debe estar”; pero lo cierto fue que jamás volvió a sonar el
nombre de aquel sujeto “que a pesar de los años que llevaba vividos, no pudo
comprender que las mujeres, como los niños, son inconstantes de naturaleza”.
* * * *
— ¿Y qué
fue de Isabelita de Fredes, la encantadora mujercita del Tesorero Alvarado?
oigo que me pregunta el lector, después de haber leído este deshilvanado
relato, tomado de un proceso judicial.
Amigo
lector, deberás disculpar mi ignorancia, esta vez como otras; no puedo
contestar exactamente a tu razonable pregunta, pero puedo decirte mi sincera
impresión sobre la protagonista; por las conjeturas que sugieren los
antecedentes que han llegado a mi conocimiento: Isabelita Alvarado se confesó
con un franciscano, el cual le mandó que no continuara en esos amores
pecaminosos; obedeció Isabel, con lágrimas de arrepentimiento, pero es probable
que su corazón sediento de amor no se conformara con permanecer
solitario, y aceptara el consuelo de algún caritativo bizarro
oficial de la guarnición valdiviana, que no fuera cuarentón, como el infeliz
Francisco de la Roca y Cordovez.
§ 17. San
Felipe el Real
(1740)
Las
insistentes órdenes del Monarca para que los habitantes de Chile, así españoles
como indios, se reunieran a vivir en pueblos, venían repitiéndose desde un
siglo atrás, por lo menos, pues la primera de esas reales cédulas de que tengo
noticias ciertas, data del año 1620, y ya en ésta se hace referencia a mandatos
anteriores. Se tenía por cierto, en la Corte, que el mejor remedio, si no el
único, para poner término a la dilatada y costosa guerra de Chile, era el de
“poblar” la región disputada.
No
pensaban mal los Ministros de Su Majestad; pero el caso era que, para llevar a
cabo ese proyecto, existían inconvenientes que no se subsanaban con sólo una
orden del Soberano por más que éste fuera el “Monarca del Universo”, como
llamaban sus súbditos al Rey de España. Ni los araucanos permitían invasión
extranjera más allá del Biobío; ni los invasores contaban con los medios, no
digo para fundar una ciudad, sino para mantener un fortín en tal región. De
modo que cada Real Orden que recibía el Gobernador de Chile sobre fundación de
ciudades de españoles o pueblos de indios, después de leída, besada y
“obedecida como mandato de su Rey y Señor Natural”, iba a parar “al cajón”, y
allí quedaba, ad perpetuam, como hostia sin consagrar.
Poco
menos de un siglo transcurrió antes de que un Presidente se resolviera a poner
en práctica una de esas órdenes, y éste fue don Tomás Marín de Poveda, quien,
en 1695, emprendió la fundación de cuatro pueblos, que fueron Rere, Itata,
Talca y Chimbarongo. Sobre la fundación de estos pueblos —nacidos al amparo de
los fortines que en esos mismos sitios se levantaban— ya he dado noticia en
otra ocasión y también he dicho que veinte o treinta años más tarde no quedaba
sino el recuerdo; solamente la villa de Talca conservaba alguna casa o rancho,
debido a que los frailes agustinos, que tenían grandes propiedades entre los
ríos Maule y Lircay —y principalmente las minas del Chivato— dábanle alguna
vida.
En el
primer cuarto del siglo XVIII, y más exactamente dicho, en el año 1717, otro
Gobernador, don José de Santiago Concha, que gobernó interinamente durante ocho
meses, echó los cimientos de la ciudad de Quillota, a la que se le dio el
nombre de San Martín de la Concha; pero, a pesar de que los tiempos eran otros
y de que la nueva ciudad estaba situada en tierras de paz, tampoco tuvo el auge
que el fundador esperaba de su vecindad al puerto de Valparaíso y a la ciudad
de Santiago. Quince o veinte años más tarde, Quillota era todavía un pobrísimo
caserío que sólo cobraba alguna animación en noviembre, durante las fiestas que
se celebraban en honor del patrono “San Martín”, el 11 de dicho mes, y a la que
acudían los vecinos de Santiago y de Valparaíso que deseaban darse algunos días
de libre jolgorio.
Pero las
órdenes del Rey arreciaban sobre los Gobernadores de Chile para que no dejaran
de la mano las “fundaciones”, y era necesario hacer algo, aunque fuera para
poder responder a la constante frase con que terminaban las citadas Reales
Ordenes, que era así: “Y en la primera oportunidad dareisme cuenta y razón de
lo que al respecto hiciéredes.
El
Presidente Cano de Aponte, durante su gobierno de quince años —el período más
largo que haya gobernado un Mandatario en Chile— sólo hizo, en este orden, el
nombramiento de una Junta de Poblaciones, presidida por él y compuesta del
Obispo y de los más altos funcionarios del; Reino, la que tenía por encargo
“estudiar esta importante cuestión para satisfacer a Su Majestad, con el doble
propósito de reducir a pueblos a los habitantes del Reino que viven diseminados
en los campos y de avanzar la conquista y ocupaciones del territorio que ocupan
los indios de guerra, mediante la fundación de ciudades y aldeas en que se
recojan las tribus..." Por cierto que todo quedó en esto mismo, pues la
Junta llegó a la conclusión de que, sin el auxilio pecuniario de la Corona, era
imposible fundar pueblos; y memoriales van y providencias vienen, pasaron años
hasta diez o doce y hasta quince o veinte; murió Cano, murieron dos obispos,
varios oidores, muchos alcaldes y corregidores de los que formaban la Junta
primitiva, y hasta se perdieron las actas de sus sesiones... Por fin, en 1734,
el Cabildo de Santiago por propia iniciativa envió a Madrid un representante,
que lo fue el abogado don Tomás de Azúa e Iturgoyen, para que, con el carácter
de procurador de Chile, pidiese al Rey, algunas “mercedes” en favor de las
ciudades en proyecto.
Pero
mientras esto ocurría, llegó a Chile un Mandatario de grandes actividades, de
poderosa iniciativa y de notables condiciones de administrador, y él fue don
José Antonio Manso de Velasco, Caballero de Santiago, del Consejo de Su
Majestad, Brigadier de los Reales Ejércitos, Gobernador y Capitán General del
Reino de Chile y Presidente de su Real Audiencia.
Recibido
de su alto cargo el 15 de noviembre de 1737, apenas demoró una semana en partir
hacia la frontera para recoger impresiones, de visu, sobre la guerra araucana,
que tenía el propósito de terminar de una vez. Encontrábase en Concepción
cuando ocurrió el formidable terremoto del 24 de diciembre de ese año que
destruyó los fuertes de Valdivia y Chiloé, y dejó muy deteriorados los de la
región costera, desde Biobío al sur.
No
titubeó el Gobernador en continuar, de inmediato, hacia la zona destruida, y la
recorrió, animosamente, impartiendo las órdenes que convenían para remediar la
desgracia colectiva y para prevenir las incursiones de los indios de guerra,
que se aprovechaban de tales circunstancias para poner en jaque a sus enemigos
seculares. La presencia del Gobernador, soportando las privaciones a parejas
con sus subordinados y sus atinadas disposiciones, le rodearon luego del
cariñoso respeto de las guarniciones del sur y de un merecido prestigio en todo
el Reino.
Cuando
llegó a Santiago, después de un año de trabajos y de padecimientos a través de
la región austral —la recorrió hasta Carelmapu— se le tributó una recepción tan
aparatosa, pero tan sincera, que todos los historiadores y cronistas
contemporáneos recuerdan con regocijo-
Entre los
muchos asuntos administrativos por resolver, con que se encontró don José
Manso, cuando quedó más o menos tranquilo en Santiago, figura el de las
fundaciones de pueblos ordenada por el Monarca. Su detenido viaje a lo largo de
Ja región austral del país le hizo conocer gran parte del extenso territorio,
desde Santiago al Sur, y las necesidades morales y materiales de aquella
población diseminada por los campos sin contacto, casi, entre sí, y llegó al
convencimiento de que la fundación de nuevos pueblos venía a constituir una
necesidad imprescindible si se quería sacar a este Reino de una postración
“política y sociable” que lo llevaría a la ruina.
Entre la
capital y Concepción no existía pueblo alguno y tampoco lo había entre Santiago
y La Serena; Valparaíso contaba apenas con unas cuantas barracas para guardar
mercaderías, y su movimiento era “de entrada por salida" de las carretas
que transportaban los productos de embarque, desde la zona central al puerto.
La villa de Quillota estaba reducida a siete casas, o ranchos, y a la capilla
de San Martín, que servía de parroquia.
No demoró
el Presidente en resolverse a llevar a cabo la empresa que había arredrado a
sus antecesores, ni tampoco se descorazonó cuando, al pedir a sus secretarios y
asesores algún mapa, o siquiera croquis del país, se le contestó que “no habían
visto jamás un pitipié del Reino”. No había en Chile, por esos años, ni
siquiera un mal “alarife”, a quien encomendar un trabajo de esa especie, y el
Presidente “lo hizo por su mano”...; esto es, dibujó por sí mismo un “mapa” del
Reino de Chile, ayudado por sus recuerdos de viaje, y por los conocimientos de
un misionero jesuita alemán, el Padre Kuen, compañero de otro sabio jesuita, el
Padre Joaquín Villarreal, que había elevado al Rey repetidos memoriales
recomendando la fundación de nuevos pueblos en Chile.
En la
construcción de este “mapa” de don José Manso, colaboraron todos los que podían
aportar una indicación nueva, ya fuera sobre el curso de los ríos, sobre la
situación de cerros, cordilleras, lagunas, campos, haciendas, minas, vados,
caminos, senderos, población etc. No tenía el plano, como se comprenderá base
científica la que menor, y así lo establece don Diego Barros Arana, que lo
conoció en el Archivo de Indias; pero sirvió lo suficiente para que el activo
Mandatario pudiera formar el plan de fundaciones que debía conquistarle
merecido renombre.
Los
estudios sobre el “mapa” indicaron al Presidente que la primera de esas
ciudades debería establecerse en el valle de Aconcagua, cerca del paso
transandino. El comercio de Chile con las ciudades del Plata había tomado mucho
incremento y era necesario proteger las comunicaciones a través de la
Cordillera nevada. Esta necesidad era sentida con mayor intensidad por los
vecinos cordilleranos de dicho valle; en sus tierras recibían las recuas que
llegaban extenuadas después de haber cruzado los desfiladeros andinos, y allí
se preparaban, también; para remontarlos, en su viaje hacia las pampas
argentinas.
Un pueblo
en tal región estaba destinado a surgir muy pronto, pues el comercio entre
Buenos Aires y demás ciudades transandinas y el puerto de Valparaíso, que era
su término natural para el embarque de las mercaderías hacia el Perú, daría un
movimiento activo y provechoso a la población en proyecto.
Varios
vecinos de los valles aconcagüinos de Curimón. Putaendo, Llay-Llay y Santa Rosa
deseaban alcanzar el privilegio de tener a la mano la nueva población; poseían
vastas haciendas de cultivo y de pastoreo, las que, necesariamente habrían de
quedar beneficiadas en mucho mayor proporción si el pueblo quedaba dentro de
sus límites. Don Andrés de Toro Hidalgo era propietario de una gran extensión
al lado norte del río Aconcagua; al lado o ribera sur del mismo río se extendía
el valle de Curimón, propiedad del maestre de campo don Gabriel de Soto, y por
la misma ribera, hacia el poniente, quedaba ubicada la hacienda de Panquehue,
de don Jerónimo Camus, hasta colindar con la de Llay-Llay, del Teniente General
don Manuel de Castro.
Limítrofe
con el fundo de don Andrés de Toro, por el norte, se encontraba la enorme
hacienda de Putaendo, con sus inmejorables vegas donde florecían los ingenios
de jarcia.
A base de
que la hoya del río Aconcagua habría de ser la ubicación necesaria de la nueva
ciudad, la lucha por la ubicación del sitio se contrajo a los propietarios de
los fundos de ambas riberas, don Gabriel de Soto y don Andrés de Toro. El
primero —sobre la ribera sur— ofreció al Presidente todo el terreno que fuera
menester para la nueva ciudad, en el valle de Curimón; el segundo —sobre la
ribera norte— tampoco se quedó corto, y además de las tierras, ofreció
construir, por su cuenta, la iglesia parroquial y dar la madera para las casas
del Cabildo.
Pero el
Presidente no quiso resolver de oídas; el sitio de la fundación no estaba
lejano y bien podía darse un viajecito de una semana, por caminos transitables
y con buen tiempo, quien había recorrido la región austral de Chile durante un
año y en pleno invierno. Así, pues, un buen día Su Excelencia anunció su
propósito de trasladarse al terreno de la controversia para resolver, “por
vista de Ojos” en dónde habría de levantarse el primer pueblo de su vasto
programa de fundaciones.
Seguido
de un numeroso cortejo de asesores, escribanos, funcionarios de hacienda,
veedores y alguaciles, el Presidente Manso llegaba al Convento de Santa Rosa de
Viterbo que tenían los recoletos franciscanos en el sitio en donde hoy se
levanta la ciudad de Los Andes, y allí anunció que al día siguiente, 1° de
agosto de 1740, se realizaría una “junta” o asamblea a la que, desde luego,
invitaba a todos los vecinos de la región, con el objeto de oírlos antes de
resolver la ubicación del nuevo pueblo.
De más
estará decir que el aula del convento franciscano se vio honrada con cuanto de
notable contaban los valles de Putaendo, Santa Rosa, Curimón, Aconcagua, y
Llay-Llay. Entre los más puntuales se destacaron don Andrés de Toro y don
Gabriel de Soto, que eran los rivales; el primero llevaba como personero al
cura de Aconcagua, don José de Rozas, el cual, ante la expectativa de tener
iglesia nueva y gratis, se había puesto empeñosamente al servicio de don
Andrés.
Se
encontraron en esa magna e histórica reunión de aconcagüinos, fuera de los
rivales el marqués de Cañada Hermosa, de San Bartolomé, don José Marín de
Poveda; el Maestre de Campo don Miguel de Olavarría; el capitán don Julio de
Valdés, el alférez don Julio Pastor; el alguacil mayor del Corregimiento, don
Jerónimo Camus; don Juan Ramírez de Cobo, don Diego de Riberos, don Luis de
Villarreal, el “teniente general” don Manuel de Castro, don Gregorio Javier de
Goycolea, don Jacinto Ponce de León, don Francisco Javier de Castro, don
Nicolás Durán, don Cristóbal de Villarreal, don Francisco Ramírez de Soto, don
Felipe de Alba, don... En fin, señores, la flor, la nata, la crema dé Aconcagua
y sus contornos.
Olvidaba
apuntar el nombre del Corregidor de ese partido, don Pedro de Lecaroz y Ovalle,
que vino de Quillota, con su comitiva, para dar la bienvenida y ponerse al
servicio del Gobernador.
Apenas
terminó el Presidente un breve discurso de saludo para los asistentes y de
exhortación para que secundaran los deseos de Su Majestad, se levantó el Cura
Rozas para agradecer, la presencia del representante del Rey, que había venido
a honrar al Corregimiento de Aconcagua “y a engrandecerlo con una ciudad
nueva”, por lo cual “nos encontramos felices”. Si el Cura hubiera llegado sólo
hasta aquí, todo habría estado bien; pero después de algunos ditirambos más,
para el “jefe amado", y como quien dice para dorar la píldora, el Cura se
largó a campear por lo suyo, esto es, a ponderar “la otra parte del río”, como
sitio insustituible para fundar la nueva liudad.
A don
Gabriel de Soto, el de Curimón, no le hacía gracia alguna “la tupé” del Cura y
si no le interrumpió en más de algún pasaje de su exagerada loa a “la otra
parte del río”, fue por el respeto que infundía el alto visitante; pero llegó
un momento en que don Gabriel no aguantó más —y fue cuando el Cura dijo que
Curimón no tenía agua ni leña— y, plantándose valientemente en el medio de la
sala, apostrofó al eclesiástico:
—Señor
Gobernador; ¡lo que dice ese clérigo es mentira...! ¡Vaya Usiría a ver los
terrenos de Curimón...!
La
mayoría de los asistentes, si no todos, quedaron espantados “y temblantes” con
tamaño desacato, y creyeron que con esto la fundación del nuevo pueblo se había
ido a la porra; pero se les volvió el alma al almario cuando vieron que el
bondadoso don José Manso, después de reprimirse cuanto pudo, soltó una
bulliciosa carcajada, la que a los pocos instantes se hizo general.
En lo que
siguió de reunión, el Presidente pudo quedar convencido de que los vecinos de
Aconcagua estaban perfectamente divididos en dos bandos: uno por “la otra parte
del río” y el otro por Curimón, y que el acuerdo entre ambos era imposible.
—Señores
— díjoles, al poner término a la “junta”—: espero que en servicio de Su
Majestad habréis de mantener vuestro propósito de sustentar la nueva población
en cualquier sitio que sea fundada...
—Esperamos
el fallo de Usiría, y lo acataremos —se adelantó a decir el Cura Rozas—. Que lo
prometan, ante Usiría, los del lado de Curimón...
Don
Gabriel de Soto se encontró directamente aludido, y no tuvo más remedio que
asentir; pero lo hizo con un movimiento de cabeza.
—No, no
—intervino el Cura—; que lo diga en alta e inteligible voz...
Iba a
contestarle al clérigo otra barbaridad el amoscado don Gabriel, pero se detuvo
a tiempo.
— ¡Lo
prometo! —se limitó a decir.
Al día
siguiente el Gobernador y todos los vecinos se trasladaron a Curimón, situado,
ya lo dije, a la orilla sur del Aconcagua, y recorrieron detenidamente los
terrenos que don Gabriel de Soto ofrecía para el pueblo nuevo, los cuales
venían a quedar “frente por frente” de los que prometía obsequiar su rival al
otro lado del río, o sea en la ribera norte. El Presidente, observó, inquirió,
oyó, se mostró satisfecho de todo; pero no largó prenda que pudiera ser
interpretada como una opinión concluyen- te, ni en pro ni en contra. Don
Gabriel y sus amigos creían, a ratos, haber convencido al Gobernador, pero en
seguida caían en dudas tremendas. Don José Manso mostrábase impenetrable.
Había
terminado la “vista de ojos” del sitio de Curimón y el Gobernador se dispuso a
pasar “de la otra parte del río” para conocer los terrenos de don Andrés de
Toro. No era todavía la hora de la “comida” —lo que ahora llamamos “almuerzo”—
pero don Gabriel de Soto rogó a Su Señoría que le hiciera la gracia de aceptar
su convite, para lo cual había hecho levantar una rama en un pintoresco paraje
a la orilla del río.
—No sería
posible ni “decente” que Su Señoría comiera a estas horas —eran un poco más de
las nueve de la mañana—, cuando apenas hace un rato que ha desayunado
—intervino el Cura Rozas—. La comida de Su Señoría está preparada a la hora
competente a la otra parte del río, y el señor maestre de Campo don Andrés de
Toro le suplica que le honre, aceptándola.
Don
Gabriel de Soto habría fulminado al Cura con la mirada que le lanzó; pero el
Presidente acudió a calmar la borrasca en perspectiva, diciendo al Cura, con la
mejor de sus sonrisas:
—Mi señor
don José, muy agradecido quedo de la fineza de mi señor don Andrés; pero no
puedo rehusar el convite que acaba de hacerme el gentil caballero en cuyos
dominios me encuentro. .. ¡Me quedo con su merced, mi señor don Gabriel!
—terminó poniendo familiarmente la mano sobre el hombro de su invitante.
Ante tal
demostración de preferencia, todos creyeron ganada la causa por Curimón y el
Cura Rozas se vio sin parroquia nueva. Durante el almuerzo los dueños de casa
hicieron derroche de atenciones con el Presidente y comitiva, y aun, entre vaso
y vaso de magnífico mosto asoleado aconcagüino, se permitieron echar algunas
pullas a sus contendores del “otro lado”.
La vista
de ojos de los terrenos de don Andrés de Toro Hidalgo fue más detenida, más
severa, más acuciosa. Pareció que el Presidente se afanaba en presentar
dificultades y en buscar defectos a los terrenos de don Andrés; inquiría si las
aguadas eran fáciles, si las maderas de construcción eran abundantes, si la
leña estaba a la mano, si los niveles para las futuras acequias serían aptos,
en fin, que, a pesar de la dialéctica del Gura Rozas y del dueño que ofrecía de
todo para el sustentamiento de la población, bien pocos creían que don José
Manso iría a resolverse por “el otro lado”.
Al
regresar al convento franciscano de Santa Rosa, y al agradecer, de nuevo, el
obsequioso acompañamiento y exquisitas atenciones de los vecinos, el Presidente
les anunció que al día siguiente les haría conocer su resolución y que confiaba
en la promesa de acatarla que le habían hecho.
Montescos
y Capuletos dieron las buenas noches al Gobernador, y cada mochuelo se retiró a
su olivo, alimentando, cada cual, el éxito que esperaba para el día siguiente.
El 4 de
agosto de 1740, “en este valle de Aconcagua y convento de Santa Rosa de
Viterbo, para mayor gloria de Dios y de su bendita Madre, yo, don José Manso de
Velasco, Gobernador y Capitán General del Reyno de Chile, en nombre, y por
mandato de Su Majestad don Felipe, quinto de este nombre, y mi Rey y Señor
Natural, ordeno y mando que se funde en este valle de Aconcagua un pueblo de
españoles que se nombrará San Felipe el Real, en los terrenos que ha ofrecido
donar perpetuamente, en las riberas del norte de dicho río, el Maestre de Campo
don Andrés de Toro Hidalgo, que son cuarenta y nueve cuadras en área...”.
Dos años
después, el superintendente de la fábrica del nuevo pueblo, don José Marín de
Poveda, marqués de Cañada la Hermosa, de San Bartolomé, recibía la nueva
iglesia parroquial de San Felipe, recién construida, a su costa, por don Andrés
de Toro y la entregaba al Cura de Aconcagua, doctor don José de Rozas y
Verdugo, el cual para mayor solemnidad del acto, la estrenó con una “misa de
tres”.
Pero
ninguno de los de Curimón asistió a la fiesta.
§ 18.
Gorras y garnacha
(1740)
El
vecindario de Santiago quedó escandalizado al saber que en la fiesta de Corpus
Christi, para la cual sólo faltaban tres días, el Cabildo de la Ciudad iba a
estar ausente, es decir, que no iba a asistir “en cuerpo”, a causa de que el
Obispo don Alonso del Pozo y Silva había omitido, hasta ese momento, el
acostumbrado requisito de “convidarlo por esquelas” con- ocho días de
anticipación , habiéndolo hecho apenas “por recado”, por boca del Sacristán
Mayor, Francisco Durán, clérigo.
No era
esto solo; tampoco la Audiencia había sido invitada por esquela, si bien era
verdad que el “recado” habíalo llevado al Real Acuerdo el Venerable Deán en
persona; pero los señores oidores tenían unas dudas tremendas sobre si debían
aceptar o no la invitación verbal, por más que hubiera sido hecha por tan
caracterizado mensajero; la costumbre inmemorial, consagrada como ley,
establecía que el Prelado convidara a la Audiencia y al Cabildo, por escrito,
cuando se tratara de estas fiestas “de tabla”; en que ambas entidades habrían
de asistir en corporación.
Por
cierto que en presencia del enorme conflicto que se dibujaba a corto plazo,
todo cuanto títere que se sentía o se creía con influencias «antes los oidores,
cabildantes y el Obispo, se echó a la calle para tratar, como amigable
componedor, de solucionar la dificultad que, si se mantenía, estaba destinada a
producir una incidencia trascendental. ¡Ahí era nada que ni la Audiencia ni el
Cabildo ocuparan sus sitiales en la Catedral durante la Misa “de tres”, ni sus
destacados puestos en la procesión que debía recorrer los cuatro lados de la
Plaza, restándole a la fiesta gran parte de su lucimiento y solemnidad!
Pero los
amigables componedores habíanse encontrado con que el Obispo del Pozo afirmaba
haber cumplido su deber con la mayor exactitud “enviando los recados con
personeros de exceso” y no se encontraba dispuesto a rectificar su actitud
“porque ya está mandado y hecho”, agregando que, hacerlo de nuevo; sería
reconocer “que lo que hizo estaba malo”, y Su Ilustrísima no era hombre de dar
su brazo a torcer. Por su parte, la Audiencia, aunque miraba en menos al
Cabildo, por estar compuesto de “criollos soberbios”, no quería dejarlo en la
estacada, aceptando ella la invitación en la forma que había sido hecha por el
Prelado —y que el Tribunal no encontraba del todo “incompetente”. Por su parte,
el Cabildo no aceptaba otro arreglo que la invitación “por esquela”, aunque el
recado de convite lo trajeran los canónigos en corporación.
Los
trajines en que se vieron empeñados los prohombres de la ciudad para encontrar
una componenda que suprimiera la dificultad y el conflicto que ya estaba encima
—porque habían pasado dos días y ya estábamos en la víspera de Corpus— no son
para contarlos así tan fácilmente. Bastará decir, para que el lector imagine la
gravedad del caso, que el Padre Provincial de Santo Domingo, fray Alonso
Verdejo y el Padre Viñela, Ministro del Colegio de la Compañía de Jesús,
confesores de las Monjas Claras y Carmelitas, respectivamente, anduvieron esa
tarde “para arriba y para abajo’, por especial encargo de sus confesadas, para
ver modo de que alguno de los tres “poderes” aflojara en algo de sus
respectivas posiciones.
Ya casi a
la caída de la tarde, supo el vecindario que se había producido una vislumbre
de solución; no podía ser de otra manera, habiendo intervenido en ello las
monjas, por medio de tan prestigiosos y “graves” sujetos, tenidos por todo el
mundo en concepto de santidad. Y no había sido el humilde Obispo quien había
cedido ni siquiera una pizca, según todos esperaban, sino que había sido la
orgullosa Audiencia y el no menos soberbio Cabildo criollo los que, a fin de
que no se perturbara la tranquilidad del devoto vecindario, habían acordado
asistir “en cuerpo” a la solemne festividad; religiosa, “correspondiendo”, en
la forma que compete al convite de Su Ilustrísima”.
La
solución confirmada mucho antes del toque de “oraciones” llevó a los
santiaguinos la tranquilidad que habían perdido los días anteriores y que tanta
falta les había hecho para disponerse a disfrutar de unas fiestas cuyos
preparativos empezaban un par de meses antes y en las cuales participaban, cada
uno en su esfera, desde el Presidente con su Real Audiencia, hasta el más
infeliz negro de una cofradía de mulatos.
A las
nueve de la mañana del siguiente día, la Plaza de Armas lucía en todo su
esplendor; los cuatro altares que se alzaban en cada una de las esquinas,
rivalizaban no solamente en el lujo y en la cera que se derrochaba en ellos,
sino en la originalidad de la “arquitectura” en la cual aguzaban el ingenio las
cuatro comunidades religiosas que tercian el privilegio de levantarlos en esta
fiesta. Los jesuitas, en la esquina “de Palacio”, actual Correo; los dominicos,
en la del Cabildo y Cárcel, o sea, frente a la que es hoy Municipalidad; los
mercedarios, en la esquina sud- oriente, y los franciscanos en la sud poniente.
Como los agustinos fueron los quintos en llegar a Santiago, se quedaron sin
esquina, y sólo vinieron a levantar altar “de Corpus” en la Plaza cuando los
jesuitas fueron expulsados en 1767.
En los
costados de la Plaza, por donde iba a pasar la procesión, se levantaban los
arcos de madera, cubiertos o revestidos con ramas de arrayán, con flores,
cintas, gasas y “guirnaldas”; en la parte alta de algunos arcos se veía “la
granada”, que debía abrirse al pasar Nuestro Amo, dejando caer lindas flores
sobre el Palio o dejando libertad a una pareja de palomas blancas que llevaban
largas cintas prendidas alrededor del cuello.
En
distintas partes del trayecto se veían ya, convenientemente dispuestos, los
grandes canastos repletos de flores y de hierbas odoríficas que debían ser
arrojadas al paso del Palio; al centro de la Plaza, es decir, a los alrededores
de “la Pila de Meléndez” —que es la misma que se alza hoy día en el primer
patio del imperturbable cuanto asendereado edificio de la Moneda— se agrupaban
las comparsas de bailarines, de “gigantes” y de “cabezones”, cuya descripción
he hecho en otra ocasión y que esperaban, rodeados por sus admiradores de “la
plebe del pueblo”, el momento de entrar en sus importantes funciones de hacer
piruetas y “vueltas de camero” delante del Santísimo.
Frente a
la puerta principal del templo, que por entonces “caía” hacia la calle de la
Catedral y que conserva su antiguo nombre, esperaba, un tanto impaciente la
popular y temida “tarasca”, que era una ingeniosa “invención del gremio de
carpinteros para solemnizar la fiesta de Corpus. Consistía, la “tarasca”, en
una “serpiente monstruosa que iba delante de la Cruz Alta de la procesión,
abriéndole calle” y lo hacía “a colazos” con los chiquillos, zambos y mulatos
que se apretujaban para verla de cerca y que con esto impedían el paso.
Las
tropas veteranas y las milicias estaban “tendidas” alrededor de la Plaza en dos
filas, abriendo paso a la procesión, formando “cuadra de honra” en los altares
y por último, haciendo calle al Presidente y corporaciones desde la puerta de
Palacio hasta la puerta del templo. Sonaron las campanas de la Catedral en
solemne repique y la abigarrada concurrencia se arremolinó hacia el frente de
Palacio, por donde habría de salir el Gobernador del Reino, seguido de su
brillante comitiva de oidores, cabildantes y altos funcionarios civiles que ya
se habían empezado a juntar allí para “sacar” a Su Señoría- A los oidores no se
les había visto llegar a Palacio, porque esos personajes disponían de entradas
reservadas para llegar hasta la “escribanía” del Presidente, cuidando de no
mostrarse al público antes de hacerlo “en corporación”, cuanto a los alcaldes y
regidores del Cabildo nadie había reparado tampoco en ellos, pues no habían
sido vistas las capas negras ribeteadas de rojo, ni las gorras carmesí,; que
constituían su uniforme de gala.
Apenas
terminó el repique de las campanas y cuando aun no daban la tercera “seña”
después de repique, aparecieron en lo alto de la escalinata de Palacio (la
escalinata tenía cuatro escalones) la arrogante figura del señor Gobernador del
Reino y Presidente de la Real Audiencia, don José Manso de Velasco, cubierto su
pecho de una verdadera coraza de cruces y medallas, testimonio fehaciente de
sus múltiples e importantísimos servicios a la Corona. Su Señoría llevaba un
traje de seda azul con ancha bordadura de oro, pantalón corto y espada al cinto
pendiente de un tahalí de brocado y plata. Un verdadero clamor de admiración se
oyó en la apretujada concurrencia al contemplar “tanta bizarría y nobleza”
reunidas en una sola persona; por lo menos así lo hace constar el documento que
me sirve de guía para relatar esta incidencia que tan insistentemente estoy
administrando al abnegado lector.
Bajó el
señor Presidente un par de escalones a fin de dar lugar a que pasaran adelante
los oidores de la Audiencia que debían precederlo, y el resto de los altos
funcionario que iban a abrir la marcha; aparecieron los oficiales de Corte, los
oficiales de Hacienda, los generales, los maestres de campo, los capitanes, los
Caballeros de Hábito, los dos mayorazgos y los dos marqueses que entonces
vivían en Mapocho (el de la Pica y el de la Cañada Hermosa) y toda la nobleza
menuda y por fin los Alcaldes y Regidores que formaban la Corporación de la
Ciudad, y que aparte de la Real Audiencia, era lo más alto y lo más
empingorotado que existía en Santiago.
Pero el
vecindario y la multitud que esperaban ver a los cabildantes reunidos, no para
contemplar su linda cara, sino para solazarse en sus uniformes e insignias, se
quedaron de una pieza cuando reconociendo a sus personas, les vieron vestidos
“como el común de las gentes, aunque con su acostumbrada decencia”, sin que
ninguno llevara el uniforme edilicio, ni por cierto la gorra carmesí que era el
principal distintivo. Aun no salía de su asombro la concurrencia, por esta
inexplicable omisión, cuando surgieron del marco semioscuro de la puerta de
Palacio, los “altos y poderosos señores de la Real Audiencia”, precedidos de su
Decano, pero sin asomo de la ostentosa “garnacha y birrete grana, con borla”
que eran la admiración de sus subordinados y casi el símbolo de su amplia y
efectiva autoridad.
Nadie
podía explicarse lo que pasaba: ni la nobleza que allí había asistido a
solemnizar ese acto, a conciencia de su deber, ni menos la multitud que no
estaba capacitada para explicarse esa verdadera estafa de que era víctima y que
para ella significaba una decepción tan grave como si no hubieran concurrido a
la fiesta de Corpus ni la “tarasca” ni la comparsa de bailarines.
Todo el
mundo quedóse mirando el cortejo, muy lucido por lo demás, que avanzaba hacia
la Catedral, pero nadie acertaba a explicarse cómo podía ocurrir una cosa
semejante; aquello, no era una fiesta de Corpus ni Cristo que lo fundó; eso
podría ser cualquier “óleo” o cualquier “casamiento" de ricos, pero jamás
una fiesta de la magnitud de la que celebraba ese día la ciudad de Santiago.
— ¿No me
dirá, Usarced, qué pasa, mi señor don Juan- de la Encalada, con esta indecencia
de que la Audiencia y el Cabildo hayan “formado” sin garnachas ni gorras en una
celebración tan grande como la de Corpus? ¡Esto no se ha de ver ni en el país
de Guinea!
—Lo que
pasa, Vuestra Merced, sábelo tan bien como yo, y no podrá decirme que a las
Corporaciones les falta razón...
— ¿Razón
para venir sin garnachas ni gorras a esta función de tabla en la Catedral y en
presencia del Obispo?.. ¡Quiá, no señor! Esto es imperdonable y hará muy bien
Su Ilustrísima en castigar esa falta como se merece, pues no lo creo capaz de
tolerar tamaño desacato a su dignidad.
—La
sangre no llegará al río, señor Espinosa de los Monteros, pues Su Ilustrísima
sabe bien que no está ajeno de culpa en lo que ocurre.
— ¿Se
atreve, Usarced, a culpar a Su Ilustrísima?.. ¡Es el colmo!
—Líbreme
Nuestra Señora —exclamó Encalada—, que yo soy muy poca cosa para hacerlo; pero
si yo fuera autoridad, esté segura Vuestra Merced que yo no habría venido a
esta procesión sin uniforme.
— ¡Es
natural...! —asintió Espinosa.
—Pero,
tampoco habría venido sin él, y “en cuerpo”, como lo han hecho ahora los
señores oidores, Cabildo y regimiento, —afirmó Encalada—, para que se viera de
manifiesto la protesta de la ciudad por el desaire que Su Ilustrísima le hace
al no convidar a su Cabildo por esquela, como le corresponde por etiqueta-
— ¿De
modo que Vuestra Merced encuentra malo que el Cabildo haya venido a la
procesión aunque lo haya hecho sin uniforme?
—Sí,
señor mío, malísimo...
—Vuestra
Merced, está loco.
—Y la
Vuestra Merced lo está de remate…
—Calle,
señor, antes de que me retire, si no quiere dar que ver á estas gentes...
— ¿Y qué
podrán ver?...
—Cómo le
castigaré con esta vara...
Brillaron
las pupilas a Don Juan de la Encalada, pero se contuvo ante las canas de su
violento interlocutor; quiso alejarse del viejo para verse libre de conflictos,
pero en ese momento aparecieron por la puerta de la Catedral los acólitos,
luego los familiares, los clérigos y presbíteros asistentes al Trono y, por
último, el ilustrísimo Obispo del Pozo y Silva, revestido con su capa magna;
los monigotes de adelante endilgaron hacia la Plaza y luego torcieron en
dirección al Palacio Episcopal, por en medio de los apretados grupos de fieles
que se postraban al paso del Prelado, para recibir las malhumoradas y rápidas
bendiciones que iba arrojando a su paso- Penetraron a Palacio y tras de Su
Ilustrísima cerráronse las puertas.
Lo que
había pasado en el Templo era algo no imaginado, jamás esperado, “inaudito”.
Su
Ilustrísima esperaba, sentado bajo el Trono y rodeado de su “corte”, la llegada
del Gobernador del Reino con su comitiva de Oidores, Cabildantes y
funcionarios, para “hacer las cortesías" y empezar a revestirse de sus
paramentos pontificales con lo que empezaba oficialmente la ceremonia.
Oyéronse
las campanillas que anunciaban la llegada del Presidente y Su Ilustrísima se
puso de pie, grave y solemne; acercáronse obsequiosos sus familiares para
acomodarle la imponente capa de armiño y grana que caía desde sus hombros, la
sobrepelliz de encajes y sus sotanas de púrpura, y luego tomaron su colocación
litúrgica para presenciar el ceremonioso encuentro de los dos más altos poderes
del Reino: Pontificio y Regio, como los había calificado el Obispo Villarroel.
Avanzó el
Presidente y tras de Su Señoría los oidores de la Audiencia.
El Obispo no daba crédito a sus ojos; veía al Presidente y detrás de él
reconocía las personas de los oidores, pero estos venían sin garnacha y sin
birrete con borlas... y sin las medias moradas... y sin las
hebillas de plata en el chapín bordado;... ¿Qué era aquello? Pero no eran
solamente los oidores los que venían con esos trajes “indecentes” a postrarse
ante el Trono del Prelado; también venían los cabildantes, los alcaldes, los
regidores, los alguaciles, los oficiales más o menos menudos... todos éstos
venían también sin sus uniformes, sin sus capas negras ribeteadas, sin sus
gorras carmesíes.
El Obispo
del Pozo y Silva miraba y no veía; sus pupilas se habían
agrandado como si se encontrara en la oscuridad y sus pensamientos no eran
capaces de fijarse en algo concreto; por un momento creyó que su persona y el
Trono mismo bamboleaban; pero en un instante de enérgica reacción preguntó con
voz bien clara a uno de sus familiares que estaba al lado:
— ¿He
visto mal, o los oidores vienen sin garnacha y birrete?
—Y no
sólo ellos, ilustrísimo señor, sino que tampoco los alcaldes y regidores vienen
“de gorra”...
En ese
momento llegaba ante el Trono el Presidente y formulaba su venia... El Obispo
vio que no podía negársela, pues Su Excelencia “vestía bien”, es decir, no
tenía por qué usar otro traje que el de Corte, pero antes de inclinarse ante el
representante del Rey echó una firme y severa mirada a los oidores y otra “muy
altanera sobre los municipales”. Inclinóse por fin, y sin dar tiempo para que
los de la comitiva ocuparan sus sitios, bajó del Trono y luego del presbiterio,
y endilgó hacia la puerta de salida seguido de sus familiares, y monacillos que
no hallaban qué hacer en el primer momento.
Organizado
el cortejo obispal, ya sabemos que Su Ilustrísima salió a la calle, y fue a
encerrarse en su Palacio, dejando en el templo a toda la concurrencia oficial,
con un palmo de narices.
Las
fiestas de Corpus de ese año de 1743, se realizaron en Santiago, sin la
concurrencia del Obispo “lo que fue nota de escándalo” según la queja que la
Real Audiencia presentó al Rey; pero el informe que se pidió al Obispo, dice
que ello se debió a que este año “se concertaron los oidores con los del;
Cabildo para desairar la dignidad del Prelado, mandándole decir, con engaño que
asistirían “correspondiendo en la forma que compete al convite de Su
Ilustrísima”. Pero a esto contestaron los oidores que “la forma que competía al
convite verbal que había hecho el Obispo, era la de asistir “de ordinario”;
pues si Su Ilustrísima hubiera querido que las corporaciones asistieran de
uniforme, las habría convidado “por esquela” y entonces los oidores “habrían
vestido sus garnachas y birretes con borla, así como el cabildo habría llevado
sus capas y gorras".
La causa
de las “Gorras y Garnachas” duró trece taños en la Corte; y cuando su fallo
llegó a Santiago no quedaba sino un oidor en ejercicio; los otros habían muerto
o se habían ido de Chile. Por lo demás, no hacía falta que hubiera ningún
interesado, porque el fallo real sólo decía: “Que se atengan a la costumbre”...
§ 19.
Lord Anson
(1740)
Mientras
se desarrollaba en el Pacífico el comercio, la navegación mercante, el
bienestar y la riqueza, la política europea tenería sus miradas ansiosas hacia
este litoral, siempre cerrado a toda relación con el Viejo Mundo. La Inglaterra
no abandonaba jamás sus pretensiones de dominar estos mares y hacer pesar en
ellos su influencia, ni España tenía intención de hacer concesiones que
siquiera debilitaran aquellos deseos. Los franceses, acostumbrados por sus
quince años de dominio comercial en el Pacífico, habían organizado un
contrabando sistemático hacia estas posesiones pobladas de hombres ricos que
ansiaban emplear o derrochar su dinero en las especies “de Francia”, el país
del buen tono y de la moda, y, a pesar de las órdenes de la Península y de la vigilancia
de los funcionarios de América, había sido imposible cortar o detener siquiera
la acción de aquellos ¡audaces que habían encontrado los medios de burlar a las
autoridades.
La
postración en que yació la Península después de la guerra de sucesión, fue
desapareciendo, sin embargo, mediante las severas medidas de gobierno de
aquellos insignes ministros de Felipe V, que impusieron a la nación, y
corriendo los años, España se encontró fuerte otra vez para declarar la guerra
a su enemiga secular, Inglaterra, que había sido la principal amparadora de los
contrabandistas- Por su parte, Inglaterra aceptó con regocijo la guerra que
venía a darle ocasión para emprender abierta y legalmente la persecución del
comercio español.
La
primera escuadra regular inglesa partió de Bristol a cargo del Almirante Vémon,
la que atacó directa y resueltamente a Portobello, la célebre feria del mar
Caribe, que ya no tenía, por cierto, la importancia de antaño, pero que aún
conservaba algún control sobre el comercio de las Indias del Pacífico, por
Paraná; pero, en seguida salió de Plymouth, la “grande armada” del Lord Anson,
que traía la misión “de cambiar la faz de la América española”, haciendo su
entrada al mar del sur, por el Cabo de Hornos. Casi al mismo tiempo partía de
Cádiz la flota más poderosa que hasta entonces había armado España, para
defender sus colonias, al mando del Almirante don José Pizarro y envelaba hacia
el Cabo de Hornos, para detener al inglés.
La
Providencia se encargó de liquidar estas fuerzas destructoras y de reducirlas a
su más simple expresión; ambas escuadras, arrastradas por las corrientes y por
las tormentas invencibles de los mares australes, se desbarataron al doblar el
Cabo; el almirante inglés salvó trabajosamente su vida, en la nave Centurión,
y después de vagar, casi desarbolada por las soledades marinas, sin
rumbo y sin esperanzas de salvación, encontróse una mañana a la vista de las
islas de Juan Fernández, a donde recaló sin saber cuál iba a ser su suerte.
Tres
meses hacía que Lord Anson permanecía en la Isla Más a Tierra, tratando de
reparar las graves averías de su nave y dando descanso a su gente, casi agotada
por los sufrimientos, cuando apareció uno de sus barcos, el Trial, y ocho
días más tarde, el Ana; pero eran los más pequeños de su flota y
venían inservibles... Con los “restos” de esas naves pudo reparar el Centurión
y hacerse valientemente a la mar, a los cinco meses de haber entrado
al Pacífico.
Cuanto a
la armada española, sólo podemos decir que salvaron dos naves, casi
desmanteladas y que recalaron en Montevideo; que un año después salieron con
rumbo al Cabo, al mando del capitán Mendinueta; que una de ellas se perdió allí
definitivamente y que la otra, llamada la Esperanza, logró
llegar al Pacífico cuando ya-Lord Anson lo había recorrido triunfalmente y
había resuelto retirarse a sus lares, cargado de un botín sólo comparable al
que dos siglos antes recogiera su compatriota Drake. El inglés había logrado
interrumpir casi en absoluto el comercio marítimo entre Chile y el Perú.
El
almirante Pizarro quedó en Montevideo esperando los recursos que había pedido a
España para restablecer su armada, y como no llegaran tan pronto, optó por
venir al Perú, por tierra, a fin de pedirlos aquí; Pizarro atravesó las pampas
argentinas “en carreta”, movilización bien poco airosa para un almirante.
El
triunfal crucero de Lord Anson trajo por consecuencia la supresión absoluta de
la feria de Portobello y la eliminación del comercio peninsular por medio de
“los galdones del Rey”; el Ministro español, conde de la Ensenada, con visión
de un verdadero estadista, quiso suprimir de una vez el origen de la guerra
intermitente entre España e Inglaterra, que no era sino una “guerra de
mercaderías”, y propuso al monarca una reforma, que si bien causó alarma en
ciertos círculos privilegiados de la Península, fue la salvación de España y de
sus colonias.
Esa
reforma fue el establecimiento de los “navíos de registro”, y consistía en que
los armadores, de cualquiera nacionalidad que fuesen, podían comerciar con
cualquiera de los reinos de América sin más obligación que inscribir sus barcos
en determinados puertos españoles y “registrar” en ellos la mercadería que
trajeran. Al tiempo de hacer estas “manifestaciones” debían pagar los derechos
de aduana establecidos en el arancel. Era la libertad absoluta de comercio.
Complemento de esta reforma fue la autorización concedida ampliamente a los
barcos de todos los países para navegar por el Cabo de Hornos y recorrer el
litoral del Pacífico americano.
El
comercio directo de Europa con las Indias iba a comenzar con impulso propio, y
los chilenos no podían imaginar todavía que esta reforma habría de traerles el
máximo de su prosperidad, porque “Valparaíso, como centinela avanzado en sur
Pacífico, cosecharía a dos manos los todavía incalculables frutos de aquel
cambio de sistema”.
El primer
buque extranjero “de registro” que dio vuelta al Cabo de Hornos, haciendo uso
de esta reforma aduanera, fue la fragata francesa Condé, capitán
Brignon, en 1747, y en este viaje realizó, en Chile solamente, negocios por más
de cien mil pesos; al año siguiente vino otro buque francés, el Victoria,
con idénticos o mejores resultados; el tercer año fueron seis los navíos de
registro que llegaron de Europa, uno de ellos español, y diez años más tarde
alcanzaron a catorce las entradas o recaladas de esta clase de barcos en
Valparaíso.
El
resurgimiento comercial del Reino de Chile dio alas, nuevamente, a los
mercaderes de esta costa para emprender negocios en mayor escala; pero
“faltaban barcos”... Un comerciante porteño que tenía grandes contratos de
aprovisionamiento con el Gobierno, se vio obligado a mandar construir un buque
para el transporte de sus productos a Valdivia, Chiloé, Arauco, Coquimbo y
Arica. El astillero de la desembocadura del Maule proporcionóle uno, a quien
llamó El Milagro, porque fue botado al agua en el milagroso tiempo
de tres meses. También es cierto que el buque era de ciento veinte toneladas
apenas, y estaba destinado a caletear, o sea, a hacer el comercio de cabotaje
entre los puertos chilenos, “porque los navíos de registro no tenían interés en
entrar, por poca cosa, a las caletas”.
Se ve,
pues, que allá por los años de 1765 faltaban barcos y sobraba flete.
§ 20. La
villa de San Agustín de Talca
(1740)
El pueblo
de Talca fue fundado por el Presidente don Tomás Marín de Poveda, en
obedecimiento de las repetidas órdenes del Monarca, que deseaba reducir a
poblaciones a los naturales, como medio de tenerlos sujetos y vigilados
y de que se incorporaran a la civilización. La primera
tentativa para realizar esta difícil empresa dio por resultado la fundación de
cuatro pueblos de indios, que fueron: el de Buena Esperanza de Rere, el de
Talca, para reducir a los nativos de Maule; el de Itata, a la orilla del río de
este nombre; y el de Chimbarongo, en la ribera norte de dicho río.
El virrey
del Perú, Conde de la Moncloya, dio su aprobación a estas fundaciones y aun
concedió algunas mercedes a los españoles y criollos que se resolvieran a
establecerse en los pueblos recién fundados; en lo que respecta a Talca,
solamente se contaron allí como vecinos de ella, en los tres primeros años,
1693-1696 no más de ocho personas, cuatro de las cuales llevaron a sus
familias.
Parece
que la soledad o el aislamiento en que permaneció la población, y aun los
peligros en que se encontraba por los asaltos que algunas veces sufrían las
haciendas de los alrededores de parte de los indios cordilleranos que se
“descolgaban” por el cajón del Maule, fueron causa de que no prosperara; el
hecho es que transcurrieron unos treinta o cuarenta años sin que la población
fundada por Marín de Poveda figurara en la demografía colonial de Chile. Por lo
demás, el mismo Gobernador había presentido la inutilidad de las nuevas
poblaciones, y así lo manifestó al Rey en una de sus cartas, la fechada en 7 de
febrero de 1697.
“A pesar
de mis desvelos, decía, no he podido conseguir hasta ahora algún adelantamiento
en ellas, ni en lo espiritual ni en lo temporal, por la falta de medios con que
se hallan los vecinos para la fábrica de sus casas en los parajes que se les
han asignado”.
Por otra
parte, el terreno que se había elegido para la población de Talca era de
calidad deficiente; formado por tosca dura, no prestábase para el cultivo
fácil; se debe advertir que la primitiva planta de la ciudad estaba situada más
al oriente.
Ninguno
de los Gobernadores que sucedieron a Marín logró dar vida a esa población y
llegó a tal extremo el atraso, que en el censo de 1720 ni figuró Talca; y a tal
punto la indiferencia de las primeras autoridades del reino, respecto de esta
villa, que el Presidente don Manuel de Salamanca dio orden para despoblarla y
se hubiera cumplido si oportunamente no hubiera sido relevado de su cargo por
el virrey don José de Armendáriz, Marqués de Castel Fuerte.
Ocurría
esto allá por el año 1735, en la época en que los Ministros de Carlos II
persistían en sus órdenes para que se aumentaran las poblaciones en las Indias,
como un medio eficaz para incrementar las arcas reales, bastante exhaustas ya
por los dispendios de la Corte.
El nuevo
virrey del Perú, don José Antonio de Mendoza, Marqués de Villa García, trajo,
entre sus instrucciones más importantes, la de fomentar la creación de nuevos
pueblos, y por lo tanto, la de mantener los ya fundados: en obedecimiento a
estas instrucciones el Gobernador de Chile, don José Manso de Velasco, sucesor
de Salamanca, se propuso dar impulso y vida a las poblaciones existentes, antes
de ordenar la creación de otros pueblos.
Hizo una
recorrida al camino real entre Santiago y Concepción y después de estudiar la
situación topográfica de la extensa región que era el trayecto obligado entre
las dos ciudades más importantes del Reino, determinó la fundación de cinco
villas “a distancias proporcionadas unas de otras para que puedan sostenerse
con mutuo socorro y que el arraigo de sus vecinos las haga subsistir con
permanencia, porque, para retener a los hombres, sirve de atractivo la casa que
se construye y la heredad que se fundó”.
Las cinco
villas ideadas por el Presidente Manso fueron Nuestra Señora de las Mercedes de
Tutuben (Cauquenes); San Agustín de Talca, San José de Buena Vista de Curicó,
San Fernando de Tinguiririca y Santa Cruz de Triana (Rancagua).
Unos
quince o veinte años después de la primitiva fundación de Talca, habíanse
instalado allí los padres agustinos mediante la cesión de grandes extensiones
de tierras que les hiciera el Presidente don Juan Andrés de Ustariz, gran
protector de la Orden; pero por más esfuerzos que los frailes hacían por hacer
surgir su convento, no lograban mantenerlo siquiera en pie, y años hubo en que
las pobres casas de las haciendas estuvieron solitarias o con un solo fraile.
Cuando el
Presidente Manso dio a conocer su propósito de dar vida a las ciudades
costaneras al camino de Santiago a Concepción, el Provincial de San Agustín,
Fray Luis Caldera, apersonóse al Presidente —que lo tenía en gran estima,
porque el Padre Caldera “era varón justo y bueno”— y junto con representarle
que la decadencia de Talca tenía por causa principal su mala ubicación, ofreció
“a Su Majestad” todos los terrenos que se necesitasen para “labrar” una
población en los mejores sitios de la región, “dejando la asignación de la
cantidad que necesitare al superior arbitrio del señor Presidente y
Gobernador”.
Don José
Manso no pudo negarse a aceptar tan fino y oportuno obsequio, sobre todo cuando
lo que su señoría necesitaba era la cooperación de todos para llevar adelante
sus propósitos; antes de un mes se reunían en el convento de Talca los
superiores de la Orden en Chile, y “por ante” el escribano público Juan Antonio
Cherinos dejaban entregada a Su Majestad “las cuadras” de tierra necesarias
para la nueva población.
Firmaron
esta donación el Padre Luis Caldera, provincial de la Orden, “en este reino de
Chile”, el Padre Lorenzo Guerrero, prior del convento de Talca; los padres
“presentados” Alonso de Soto, José Solís, Justo Veliz “e muchos religiosos
más”.
La
escritura de donación establece que “a más de la cuadra que se tiene señalada
para Plaza de Armas, por cada uno de sus cuatro costados hayan seis cuadras,
con la circunstancia de que si la figura de la tierra por alguno de sus
costados no pudiera alcanzar a tener las seis cuadras por algún legítimo
embarazo, lo que faltare de tierra se prolongue por otro de los dichos
costados, donde no se ofrezca impedimento, dé suerte que es ánimo que dicha
villa tenga trece cuadras de longitud y otras tantas de latitud y que encierre
ciento setenta y nueve cuadras”
No se
limitó a esto la generosidad de los padres agustinos, sino que “necesitando la
ciudad terrenos para propios y para “caídos”, asignaron también, además,
cincuenta cuadras, en la parte que quisiere, exceptuando el potrerillo del
convento”. La ciudad debe, pues, a los agustinos su existencia en el sitio en
que ahora se encuentra.
Una vez
aceptada esta donación por el Gobernador Manso, se ordenó la delineación de la
planta; este importantísimo trabajo fue hecho bajo la dirección del Corregidor
recién nombrado por el Presidente, y que lo fue el sargento mayor don Juan
Cornelio de Baeza, a quien debe su nombre uno de los esteros que cruzan la
ciudad, unas vertientes que la surtieron de agua “y un deleitoso monte de
pataguas, canelos y arrayanes, de donde aquéllas vienen”. Entiendo que aun dan
agua a la ciudad esas vertientes; en mi niñez, ya lejana, fui muchas veces a
hacer la cimarra a este “deleitoso” monte de mi pueblo natal, hoy en desgracia.
El
Corregidor Baeza deslindó los solares, los repartió entre el nuevo vecindario
“fizo el amojonamiento” y fue repartiéndolos a medida que los solicitaban los
nuevos vecinos que pronto empezaron a interesarse por levantar sus casas allí,
para gozar de los muchos privilegios que concedió el Presidente a los
pobladores de las nuevas villas. Un colaborador eficacísimo del Corregidor
Baeza, fue su “theniente” don Mauricio Morales, nombrado por el gobernador
Manso, con las mismas facultades que el propietario, en los casos “de
absencia”, enfermedades y precisos embarazos” del propietario.
No es
posible asentar el orden en qué llegaron a Talca sus vecinos fundadores; pero
mi estimado amigo y colega en esto de escribir cosas viejas, don Francisco
Hederra, autor de un excelente libro de Anécdotas y Crónicas Talquinas, apunta
los nombres de muchos de ellos. Figuran allí los Cruz y Bahamonde, uno de los
cuales llegó a ser Conde de Maule; los Albano, Pereira, Baeza, el corregidor;
Herrera, Arcaya, Berenguel, de donde proviene un célebre gobernador de Chiloé;
Burgos, Concha, Cienfuegos, Arteaga, Opazo, Castro, Donoso Pajuelo, que fue un
célebre escribano; Gaete, Fantóbal, Lothalier, que después se transformó en
Letelier; Montenegro, Molina, Morales, Silva, proveniente de don Francisco de
Silva; uno de los primeros vecinos, y de los más generosos y opulentos, pues
obsequió las casas para el Cabildo y la cárcel; Olave, Polloni, País, Paulete
(Poblete), Rojas Retamal, Sepúlveda, San Cristóbal y muchos otros.
La nueva
población surgió rápidamente; a los cinco ¡años tenía en pie no menos de cien
casas;, a los diez años tenía ciento setenta y cuatro, y a los dieciocho años,
o sea, en 1760, se contaron doscientas treinta y siete “fuera de ranchos”. Tal
reza el memorial que elevó el vecindario al Rey Carlos III, para pedirle que
concediera a la villa un escudo de armas. El rey, en vista de los magníficos
informes del Presidente de Chile, don Manuel de Amat y Juniet, le concedió el
escudo de armas con la leyenda: “Tralca, trueno; Provehit soli leo”. Es un
escudo donde aparece un león cruzando un río y con el estandarte real en una
mano.
Veinte
años más tarde, 1792, los talquinos reclamaron para su ciudad, que poco a poco
iba alcanzando un progreso notable, el título de ciudad; ya les pareció muy
modesto el de villa. El Presidente don Ambrosio O’Higgins les concedió el
título, y además el agregado de “muy noble y muy leal”.
La
importancia de la ciudad de Talca fue en camino ascendente por la riqueza de su
suelo, por sus famosas minas del Chivato, y sobre todo por el empuje de sus
hijos y su acendrado amor al terruño, que ha sido su característica.
§ 21.
Venganza de Gobernador
(1743)
En algo
de lo que he escrito a través de un par y medio de lustros sobre añejeces
coloniales, me he referido a las prolongadas gestiones que los santiaguinos
tuvieron que hacer para conseguir que el Rey de España autorizara la erección,
en la capital de este Reino, “de una Universidad Real perteneciente al Real
Patronato”, fundación que en concepto del Alcalde don Francisco Ruiz de
Berecedo, iniciador de esta gestión, era una necesidad “la más precisa y
preeminente”. Propóngome contar ahora algunos incidentes que tuvieron lugar en
Santiago después de 1740, fecha en que se recibió aquí la real cédula de Felipe
V por la cual concedía al Reino de Chile la merced que se había solicitado
veintisiete años antes ...
Porque ha
de saber el amigo lector que el acuerdo inicial del Cabildo de Santiago para
elevar la primera presentación al Monarca fue tomado el 2 de diciembre de 1713,
en una sesión que será memorable a través de la historia cultural de nuestro
país y a la cual asistieron los cabildantes que luego conocerá el lector y
cuyos nombres habían de estar escritos con letras de oro, como se dice
corrientemente^ en el aula de la Universidad de Chile que es la sucesora de
aquella Universidad de San Felipe, tan empeñosamente gestionada durante la
primera mitad del siglo XVIII.
Los
alcaldes, regidores y funcionarios que asistieron a ese “ayuntamiento” fueron:
el Corregidor y Justicia Mayor del Reino, don Rodrigo Antonio Matías de
Valdovinos, los alcaldes ordinarios don Pedro Gutiérrez de Espejo y Licenciado
don Francisco Ruiz de Berecedo y Alemán, el Alguacil Mayor don Cristóbal Dongo
y Barnuevo, el Maestre de Campo don Antonio Jofré de Loaisa, el Alférez Mayor
don Tomás Canales de la Cerda, y los regidores don Luis Miguel de Ulloa Ursino;
don Antonio de Zumaeta y de la Gándara, don Fernando del Pozo y Silva y don
José de Prado y Carrera,
El
proyecto, evidentemente, lo tenían hablado y discutido los ilustres regidores
de ese Cabildo desde muchos días o meses antes de la sesión del 2 de diciembre;
así lo demuestra con claridad el acta de la sesión, pues inmediatamente de la
fórmula sacramental de la asistencia, sin tratar ni referirse a otro “asumpto
tocante y cumplidero al servicio de Su Majestad y República”, vienen la
relación de un largo y bien razonado discurso del Alcalde Ruiz de Berecedo, en
el cual propone al Cabildo que se eleven las consiguientes “rogatorias” al
Monarca para que fuera servido erigir la “Real Universidad en esta ciudad de
Santiago”, representándole, especialmente, “que en estos reynos de las Indias
no había más Universidad que la de San Marcos de Lima” a la cual no podían
asistir, por su gran distancia “la juventud de mozos” de las provincias de
Tucumán, Paraguay, Buenos Aires, San Juan, San Luis, Mendoza, Chillán,
Concepción, Santiago y Serena, que son “las ciudades más lustrosas de las
Indias”.
Y el
orador terminó su larga peroración —que seguramente la llevaba escrita como lo
hacen los oradores de hogaño—, pidiendo “a los dichos señores justicia y
regimiento”, que acordasen y deliberasen sobre materia tan grave y de tanta
entidad. “Y los dichos señores, habiendo oído la dicha propuesta y conferido
dilatadamente sobre ella, acordaron, unánimes y conformes, que se suplicase,
pidiese y escribiese carta a Nuestro Rey y Señor que enviase su Real Cédula
para la erección de dicha Universidad, con la dotación de cinco mil doscientos
pesos cada año para su sostenimiento, y que se pidiese también al Señor
Presidente, oidores e ilustrísimo Obispo enviaran al Señor Rey carta-informe
sobre ello”.
Antes de
dos meses navegaban hacia la Península la presentación del Cabildo y los
informes de los personajes nombrados, coincidentes, por cierto, en la utilidad
y necesidad de la fundación universitaria; pero no se limitó a esto el
ayuntamiento santiaguino y sobre todo el Licenciado Ruiz de Berecedo —que ya el
siguiente año 1714 no fue alcalde ni cabildante— sino que “asalariaron” a un
letrado de cierta influencia en la Corte madrileña para que gestionase allí el
pronto despacho de la solicitud, dándole poder bastante para que hiciera ante
el Gobierno Real las representaciones que estimare del caso en consecución de
los propósitos de la sociedad chilena.
Si don
Manuel Antonio Balcarce y Velasco —así se llamaba el letrado— cumplió bien o
mal su cometido, lo juzgará el lector al saber que la presentación del Cabildo
pasó siete años en Madrid sin que siquiera se le diera el trámite de pedir
informe al Fiscal del Consejo de Indias, Corporación que tenía la tuición de
todo negocio relacionado con los “asumptos” de América. Parece ser que el
delegado no quedó conforme con el “estipendio” que le fue ofrecido y que entre
cartas van y cartas vienen en regateo del honorario, transcurrió todo ese
tiempo sin que la gestión avanzara. En aquella época, tanto o más que ahora, la
máquina no andaba sin aceite y era una verdad inconcusa aquello de que sin
“venga a nos” no hay “hágase tu voluntad”.
Por fin
parece que llegó a Madrid el dinero santiaguino y prodújose rápidamente
entonces, no sólo el informe del Fiscal sino que también el del Consejo de
Indias y la Real Respuesta, la cual, desgraciadamente, no era favorable; Su
Majestad manifestaba con mucha claridad “que los medios para el establecimiento
de la proyectada Universidad no salgan de mi Real Hacienda ni sean en perjuicio
de las obras públicas, porque esto es a lo primero que debe atenderse”. Pedía
informe, en consecuencia, sobre si sería posible que los catedráticos hicieran
sus clases “de balde” durante los dos primeros años, y si el vecindario estaría
dispuesto a “concurrir voluntariamente con donativos para la fábrica del
edificio universitario y para comprar el terreno"... Su Majestad quería
hacer la merced sin que le costara un peso.
Esta
Cédula fue despachada en Madrid el 17 de marzo de 1720 y llegó a Santiago el 15
de noviembre; en aquella época los barcos andaban ya más ligero y sólo
demoraban ocho meses en llegar a Valparaíso, desde Sevilla.
A pesar
del interés que habían manifestado el Cabildo y el vecindario por la fundación
del Instituto, no anduvieron muy rápidas las gestiones para informar a la Corte
sobre la insinuación del Rey. Las cosas se volvían al revés y, para el
vecindario, uno era pedir, y otro era dar... Ruiz de Berecedo, sin embargo, no
descansaba en el empeño de llevar adelante su propósito, y por fin, después de
un año de traqueteos, consiguió que el Municipio acordara, en sesión de 14 de
agosto de 1722, convocar al vecindario a un Cabildo Abierto para que allí
resolvieran la insinuación de Su Majestad “y se esforzasen a contribuir con
algún donativo gracioso para el costo de la fábrica”.
Realizóse
el Cabildo Abierto y durante los tres días “subsesivos” que duró, “los
capitulares y vecinos que asistieron a este Congreso condescendieron en
concurrir con un donativo libre para el efecto requerido, y en primer lugar
ofreció Su Excelencia, el señor Presidente don Gabriel Cano de Aponte, la
cantidad de trescientos pesos bien en “reales”, bien en “maderas”. Ante tal
ejemplar generosidad del Primer Mandatario, que sirvió de “poderoso incentivo”,
los regidores y vecinos tuvieron que abrirse, y según el “apunte” del libro del
Cabildo, la subscripción alcanzó la bonita suma de dos mil novecientos seis
pesos. Hay que tomar en cuenta que el presupuesto total de la fábrica del
edificio e importe del terreno, era de unos dieciséis mil pesos.
Pero noto
que sin querer estoy haciendo una “histórica relación”, aunque sucinta, de la
gestación de la Universidad de San Felipe, lo que no era mi propósito ahora,
como lo dije al principio; pero “metido” ya en tales andurriales, trataré de
salir por pies, rápidamente, para entrar en mi objeto de relatar algunos
pormenores y solemnidades a que dio lugar en Santiago la recepción de la Real
Cédula de la fundación.
Después
de ese Cabildo Abierto y de esa subscripción, realizados, ya lo sabemos, en
1722, se enviaron las correspondientes comunicaciones a la Península dando
cuenta de todo; pero transcurría el tiempo y la ansiada respuesta de la Corte
no llegaba, ni aun porque el Cabildo renovara en 1726 una petición en ese
sentido, ni aun porque la Real Audiencia adhiriera a ella al año siguiente de
1727, El delegado Balcarce y Velasco no daba señales de vida sino para cobrar
su “anualidad”.
El
Cabildo quiso tomar una resolución sobre esto y sencillamente cambió de
representante en Madrid; exoneró a Balcarce y designó a un personaje de alta
significación, chileno, rico y patriota, que se trasladó a la Corte sin cobrar
nada y logró empujar la gestión hasta su término. Este personaje fue don Tomás
Real de Azúa e Iturgoyen, quien, tan pronto llegó a Madrid, en 1731, presentó
al Rey un memorial y consiguió una providencia para que se pidieran a Santiago
ciertos informes que se consideraron indispensables. Andando muy ligero, esos
informes llegaron a la Corte a fines de 1736, y por fin, todavía año y medio
más tarde, Su Majestad, firmó en San Ildefonso, a 28 de julio de 1738, la Real
Cédula en que daba licencias para la erección de la Real Universidad de San
Felipe, cédula que fue recibida en Santiago el 15 de septiembre de 1740, sin
que nadie sospechara que el “valijón” llegado a bordo del galeón María
de Regis, que trajo la noticia de la declaratoria de guerra de España
a Inglaterra, y el anuncio de‘ que había salido de Plymouth la escuadra de Lord
Anson destinada a “piratear” en el Pacífico, fuera portador también de un
mensaje tan halagüeño para los santiaguinos como era la suspirada creación de
la Universidad de San Felipe.
Los
secretarios ministeriales de la Corte habían enviado ejemplares de esa Real
Cédula a la Audiencia y al Cabildo de Santiago; por cierto que la Audiencia fue
la primera en conocer la noticia en su “acuerdo” secreto del 8 de octubre, y
aunque por algo eran secretas las reuniones en que se tomaba conocimiento de
las Reales Cédulas, la noticia de la creación de la Universidad traspasó las
paredes de la adusta sala del Tribunal y se derramó por la ciudad como un
torrente. Cuando los oidores “deshicieron” su reunión secreta, “multitud de
vecinos los esperaban a las puertas del Tribunal para darles la enhorabuena con
grande bullicio e todos se abrazaban” para manifestar su contentamiento.
Al
conocer la Real Resolución, la Audiencia había acordado “obedecerla”; pero en
cuanto a su “cumplimiento”, lo había dejado para más adelante, “porque no era
posible pensar en ello por causa de la guerra que había sobrevenido con
Inglaterra”; a juicio del Presidente, don José Manso de Velasco, los caudales
de las Cajas Reales debían invertirse de preferencia en la defensa del Reino,
que dentro de poco habría de encontrarse amagado por la expedición pirática del
inglés Anson.
El
Municipio, en cambio, no fue de la misma opinión de la Audiencia; ambas
entidades eran ya antagónicas y cuando una decía blanco, era fijo que la otra
decía negro; la Audiencia representaba a la “realeza europea” y el Cabildo a la
“realeza criolla”. En este caso reconoció el Cabildo la necesidad de la defensa
del Reino, pero no estimó que debían paralizarse las gestiones para dar
cumplimiento al Real Mandato; y por lo tanto, en el “ayuntamiento” del 15 de
diciembre, el señor Comisario General don Antonio Gutiérrez de Espejo, alguacil
mayor y procurador general, “puesto de pie y en nombre de la ciudad, cogió la
Real Cédula, la besó, la puso sobre su cabeza y dijo que la obedecía como
mandato de Nuestro Señor Rey” y que se encontraba dispuesto a cumplirla desde
luego, a pesar de que reconocía que la primera necesidad del Reino era su
defensa.
Y en
efecto, al día siguiente presentóse ante el Presidente Manso a pedirle “que se
sirviese dar las providencias necesarias para la elección y compra del sitio en
que debía edificarse la casa de la Real Universidad”.
—He dicho
que no se comprará todavía el sitio ni se levantará la casa —previno el
Presidente.
—Sabia
resolución es la de Vuestra Excelencia —contestó el “criollo” Gutiérrez de
Espejo—, porque “primus vivere, deinde filosofare”; pero eso no es “obte” para
que vayamos viendo desde luego en dónde habremos de instalar la Real
Universidad, y esta es la proposición que por mi intermedio formula a Vuecencia
el Ilustre Cabildo de la ciudad.
La
petición era razonable y no implicaba compromiso monetario alguno; no era del
caso, tampoco, disgustar al Cabildo por una insignificancia; de modo que el
Presidente, después de rascarse la barbilla, creyó que no se avanzaba mucho en
contestar lo siguiente:
“Señor
Procurador, puede Vuesa Merced decir al Cabildo que de parte de este superior
gobierno no hay inconveniente en que se busque, desde luego, el sitio en donde
habrá de edificarse la casa de la Universidad; pero repito que la compra no
podrá hacerse todavía porque el dinero lo necesitamos, para la defensa del
Reino”.
Y como el
Presidente se viera precisado a trasladarse a Concepción para ponerse al habla
con el Almirante de la escuadra española don José Pizarro —venida al Pacífico
en persecución del inglés Anson— hizo saber al Municipio que había dejado en su
reemplazo para resolver en su ausencia lo relativo a estos asuntos “de
Universidad” al Corregidor don Juan Nicolás de Aguirre.
Parece
que el Cabildo tenía todo esto bastante avanzado ya, y aun “había connivencias”
con el criollo Aguirre; no se explica de otra manera que en el “breve” plazo de
un año que se empleó en tasar los sitios de diferentes propietarios, el Cabildo
dejara terminada la compra de un retazo de terreno “de unía cuadra de largo y
media de ancho que está a espaldas del convento del Señor San Agustín” en la
cantidad de trece mil quinientos catorce pesos y cuatro reales.
El
terreno adquirido para la Real Universidad de San Felipe es el mismo que hoy
ocupa el Teatro Municipal; por cierto que la actual calle de Tenderini no
existía entonces; la gran mayoría de mis lectores ha sido testigo de la
apertura de esa calle, que no data de más de diez años a esta parte.
Será
curioso saber a quiénes pertenecían los diferentes sitios de esa “media
manzana”, a mediados del siglo XVIII.
Por la
calle de las Agustinas, o sea lo que hoy es el frente del Teatro había dos
sitios; el de la esquina con San Antonio pertenecía a la sucesión de don
Antonio de Mendoza y Figueredo y el del lado, que era más pequeño, al abogado
don Antonio Caldera; el primero fue adquirido por el Cabildo en la cantidad de
5.659 pesos y cinco reales, en remate público; y el segundo, en 1.939 pesos.
Los sitios “de atrás”, o sea los que caían hacia la calle de Moneda,
pertenecían, “el de adentro”, con unas casas “muy mal tratadas” a doña Isabel y
doña Teresa Montaner, huérfanas de un comerciante francés de San Malo,
avecindado en Chile desde principios del siglo, quienes lo vendieron en 1.232
pesos. El sitio y casas de la esquina eran de doña María Hidalgo y de sus hijas
Teresa y Prudencia de Aro, y fue enajenado en 4.622 pesos y siete reales,
“porque tenía buenas casas con altillo”.
Cuando el
Presidente Manso supo que su representante Aguirre y el Cabildo no se habían
detenido en buscar el sitio para la Universidad, sino que ya los tenían
“firmados”, se rascó nuevamente la barbilla, pero esta vez lo hizo con cierta
violencia; los criollos se le habían sublevado y pasado por sobre sus órdenes;
a pesar de su temperamento tranquilo no pudo disimular su contrariedad y su
primer impulso fue el de desautorizar tales compras con un “auto” que tuvo
redactado de su puño; pero, pensándolo mejor, vio que ese camino era
“imprudente” y que con ello sólo conseguiría disgustar a los criollos y
malquistarse con ellos.
Más vale
maña que fuerza —se dijo el Presidente—, y no me faltará cómo meterles en
vereda y hacerles sentir mi autoridad.
Llamó a
su despacho al Corregidor Aguirre y al Procurador Gutiérrez de Espejo, y
después de echarles una reprimenda con ají, pimienta y ajos por haberse
“propasado” en sus atribuciones con desmedro de la superior autoridad, les
dijo;
—Señores
míos, a lo hecho pecho y a pesar de que Vuestras Señorías y Mercedes me han
ofendido con desobedecer mis órdenes, no seré yo quien desautorice lo que ha
hecho mi delegado y subalterno el Corregidor Aguirre. Quédense las cosas como
están, pero vamos a cuentas, que yo las quiero muy claras. Luego notificarán a
Vuestras Señorías y Mercedes un “auto” que me propongo firmar un rato más, y
esperó que os empeñarais en darle cumplimiento en breve plazo. Id con Dios,
señores y amigos míos, y esperad mi venganza.
Y con una
cumplida reverencia los despachó, acompañándolos hasta la puerta. Con las
orejas coloradas y gravemente preocupados salieron Aguirre y Gutiérrez de
Espejo de la sala presidencial, haciéndose mil conjeturas sobre el auto con que
los había amenazado el Presidente Manso y para pasar el mal rato dirigiéronse a
casa del Alcalde don Domingo Valdés, que había sido el principal gestor en la
compra de los sitios para la Universidad.
— ¿Qué
será ello? ¡Qué será ello! —Exclamó por centésima vez el Procurador Gutiérrez
de Espejo—. El señor Presidente estaba seriamente disgustado…
— ¡Y no
lo disimulaba...! —terminó el Corregidor Aguirre “atornillándose” la perilla.
—Vuestras
mercedes ponen soga antes de parto —interpuso el Alcalde Valdés—; para mí, lo
que ha dicho el Presidente es sólo para echarles miedo. Y verán, Sus Señorías,
que todo termina en punta. Quédense Usías a comer, que ya es pasada la hora y
olviden el mal rato con un vaso de un vinillo de las vegas de Itata que me ha
mandado, en obsequio anticipado para mis días, mi bueno y excelente amigo y
compadre don Jacinto Rioseco que vive en Concepción.
Fuéronse
los amigos a la mesa y al sabor y cateo del bravo mosto de Cauquenes, olvidaron
la preocupación de la mañana y se trenzaron luego en sabrosa, variada y picante
conversación, que se prolongó hasta pasada la una de la tarde.
—Es la
hora de la siesta —insinuó el Corregidor— y por nada en, el mundo dejo yo de
dormirla en mi cama... Conque, hasta más ver señores, que tiempo nos queda para
platicar —dijo, requiriendo su chambergo y vara que había dejado sobre un
almofrej.
—Santa
palabra —agregó el Procurador Gutiérrez de Espejo poniéndose de pie, y los tres
“compadres” salieron de la sala de comer con dirección al zaguán.
Aun no
salían al primer patio, cuando una “china” fue al encuentro de los caballeros:
—Allí
está el señor escribano “del Gobierno” —dijo con su media lengua—, que pregunta
por el señor Procurador...
La
animada conversación que traían los comensales se apagó de repente y los tres
se miraron las caras.
—Dios
Nuestro Señor guarde a Sus Señorías y Mercedes por muchos años —rezongó el
escribano formulando una profunda reverencia—, y que sea para su mayor gloria.
Y antes
de que ninguno acertase a contestar una palabra desenrolló un pliego que traía
en la mano, se afirmó el “anteojo” que se le resbalaba hacia la punta de la
nariz y continuó, impertérrito:
—Notifico
a Vuestras Señorías y Mercedes el siguiente “auto” del Muy Ilustre señor
Presidente y Gobernador del Reino señor don José Manso de Velasco. Santiago y
septiembre 26 de 1743. Porque los gastos para la fundación de la Real
Universidad han de sacarse del Ramo de Balanza, a condición de que no se
atrasen y se perjudiquen las obras públicas del Reino según lo ordenado por Su
Majestad, haga constar el Procurador de la Ciudad, primeramente, que ninguna de
las obras públicas se encuentra en atraso y perjuicio; y segundamente, ponga de
manifiesto el Procurador el importe de los donativos que ha hecho el vecindario
para ayudar a la fundación de la Universidad, y cuyo monto se ha comunicado a
Su Majestad tener recogidos. —Manso.
El
Procurador Gutiérrez de Espejo quedó de una pieza, y en la misma condición
quedaron sus amigos y sobre todo el Alcalde Valdés, que era la persona a quien,
por intermedio del Procurador, iba dirigido el último arcabuzazo.
—Ninguna
obra pública está atrasada ni perjudicada —afirmó el Procurador—y y
bien puedo jurarlo sobre una señal de cruz.
— ¿Y el
importe de los donativos…? —preguntó el Procurador Aguirre.
El
Procurador y el Alcalde se inquirieron mutuamente.
—Yo no
tengo noticia alguna de tales donativos —insinuó el Alcalde Valdés.
—Ni yo...
—agregó el Procurador.
—Desde
que soy Regidor y Alcalde, y de esto van siete años —repuso
Valdés—, jamás he oído que haya algún dinero de donativos para la Universidad.
—Yo sí
—intervino el Corregidor Aguirre, después de hacer un rápido hurgueteo en su
memoria—; algo de esto recuerdo haber oído varias veces a mi padre y señor en
años pasados, cuando Su Merced fue Alcalde... ¡Ahora recuerdo mejor! —exclamó
de pronto—. Algo hubo en eso de los dineros, pues por ello estuvo en la cárcel
aquel Miguel Lepe que fue fiel ejecutor del Cabildo...
—Quien
debe saberlo, de cierto, es don Francisco Ruiz de Berecedo —opinó triunfalmente
el Procurador Gutiérrez de Espejo—; vayamos a él y saldremos del paso en que
hora mala nos ha puesto el Presidente.
Los tres
funcionarios salieron a trancos largos y acelerados hacia la posada del
venerable patricio que por su ancianidad ya no salía de su casa y habitación,
sino en contadas ocasiones. Recostado en su amplio sillón de vaqueta, rodeado
de almohadas y cojines y “pitando”, uno tras otro los cigarrillos que le iba
“torciendo” una fámula, Ruiz de Berecedo oyó atentamente el “tres- lado” del
auto presidencial y las preguntas con que lo acosaron sus amigos sobre el
importe de los donativos de dinero que, según el Presidente Manso, debían
existir en poder del Cabildo.
—Pues,
señores —contestó el anciano—, el Señor Presidente está en lo cierto; donativos
del vecindario hubo por subscripción que se hizo en cierto Cabildo Abierto que
se reunió hace unos veinte años pero de los vecinos que se “apuntaron” en ese
Cabildo, sólo dos entregaron el dinero prometido, que fueron ciento cincuenta
pesos “Que se perdieron, parte en don Rodrigo Henríquez, y parte en Miguel
Lepe, quien fue preso por ello”...
—¡¡Lo
robaron!!—dijo el Procurador.
— ¿Lo
veis, señores? —Interrumpió el Corregidor—, Mis recuerdos eran ciertos.
—Ya
sabemos lo que habremos de contestar al señor Gobernador —exclamó el Alcalde—;
nada nos incumbe a nosotros ni a nuestro Cabildo de lo que ha pasado antes,
pues “lo que no es en mi año no es en mi daño” —agregó, sentenciosa y
alegremente—. Vamos, señores —terminó—, que estoy ansioso de hacer saber a Su
Excelencia tal noticia.
Y
despidiéndose rápidamente del respetable anciano se encaminaron a Palacio.
El
Presidente Manso oyó atentamente las explicaciones de las autoridades
municipales, preguntó, interrogó, inquirió durante un cuarto de hora y después
de manifestarse convencido de la inocencia de ellos en la pérdida de los ciento
cincuenta pesos entregados por los vecinos, llamó a su escribano y le ordenó;
—Mundaca,
escriba lo que le voy a “notar”: “Visto y oído: Habiéndose perdido en poder del
Cabildo la cantidad de ciento cincuenta pesos donados por ciertos vecinos para
los gastos de fundación y fábrica de la Real Universidad y no siendo posible
que Su Majestad sea perjudicada y defraudada siquiera en esa corta suma, sea
ella de cargo de los actuales Alcaldes y Regidores so pena de embargo de sus
bienes; y se declara que esta sentencia por mí pronunciada no afecta a la
reputación y fama de los dichos Alcaldes y Regidores, si buenamente pagaren su
prorrateo”.
Y
cogiendo la de ganso, que tenía a la mano, estampó su firma, con evidente
satisfacción.
—Buenas
tardes, señores —concluyó el Gobernador—; que siquiera le cueste al ilustre
Cabildo algún pequeño castigo el haber desobedecido mis órdenes. Y esta es mi
venganza.
§ 22. El
indio Don Juan
(1744)
En uno de
sus viajes a la frontera de Arauco, para ejercer su lucrativo comercio “de los
ponchos” que tan suculentas utilidades les dejaba, el Presidente interino del:
Reino, don Manuel de Salamanca, trajo en su comitiva de regreso y en calidad de
protegido, a un hijo de su grande y considerado amigo el Cacique de Laraquete,
a quien, por su alcurnia, por su riqueza, por la buena vecindad que
proporcionaba a los españoles de la región de Penco y, muy especialmente, por
las relaciones comerciales que le unían al Gobernador, se le conocía y se le
llamaba en toda la frontera con el pomposo nombre de “Don Pedro”.
El
Cacique “Don” Pedro de Laraquete, vistiendo una indumentaria indígena que jamás
abandonó, pese a sus altas y arraigadas relaciones “en Palacio”, era recibido a
son de trompetas y tambores cada vez que, anunciados sus continuos viajes a
Penco, llegaba, seguido de sus mocetones a los términos o cercanías del fuerte
de Colcura, uno de los más próximos al “paso” del Biobío. De ese primer
‘‘camarico’’, previos los ceremoniosos recibimientos del capitán del fuerte y
de su guarnición, era escoltado por un piquete de guardias españoles, hasta el
“vado” y entregado allá, con las mismas ceremonias, a las vanguardias de los
distintos retenes del recorrido, hasta que por fin llegaba a las puertas de
Palacio, en la Plaza de Armas de Concepción, en donde le esperaban los
alabarderos que le precedían hasta dejarlo en la “escribanía” del primer
Mandatario de Chile.
Afirmaba
don Manuel de Salamanca que estas inusitadas cortesías, que al principio
parecieron extrañas, se mandaban tributar al Cacique Don Pedro en cumplimiento
a terminantes órdenes del Monarca, recibidas no solamente en los últimos
tiempos, sino desde muy antiguo, en el sentido de guardar toda deferencia y
respeto a los “señores de la tierra”, vale decir, a los jefes nativos,
llamáranse incas, ulmenes o caciques, a todos los cuales debería
considerárseles como príncipes y aplicárseles, antes del nombre, el distintivo
nobiliario de “Don”.
Eso era
efectivo, dicho sea en honor de la verdad, y no era el gobernador Salamanca el
primero que llamaba “don” a los caciques americanos; yo he visto, además de las
Reales Cédulas que tal mandaban, muchísimos documentos provenientes de
Virreyes, de Gobernadores y de Audiencias en los cuales no se les apea el “don”
a los caciques, ni para mandarlos ahorcar. Pero también estoy seguro de que si
el Gobernador Salamanca no hubiera tenido este lucrativo negocio de los ponchos
en la frontera y si su mejor agente no hubiera sido el Cacique de Laraquete,
jamás se le hubiera ocurrido llamar “don” a ese infeliz araucano, ni menos
hubiera ordenado tributarle tan ridículos honores.
Por la
plata baila el perro, dicen.
Pero el
hecho es que Don Pedro de Laraquete no solamente alcanzó el honor de ser
dignificado en su persona y título, sino que obtuvo del Gobernador Salamanca
una gracia que causó la sorpresa de todos tan pronto fue conocida, porque fue
pública. Don Pedro, padre de muchos hijos —tenía seis esposas—, pidió a su alto
protector y amigo que se hiciera cargo de la educación de uno de sus vástagos
que había manifestado aspiraciones de salir de la ruca y abandonar el chiripá,
y el Gobernador aceptó el encargo regocijadísimo... Es decir, a mí se me figura
que fue así, porque el mocetón, sacudiendo el polvo de sus “chalailas” a la
orilla del Biobío, emprendió su viaje a la capital del Reino formando parte de
la comitiva del Gobernador a su regreso de la frontera en el mes de mayo de
1737.
Como hijo
del Cacique don Pedro de Laraquete, el mocetón tenía derecho a que también se
le llamara “don”, y efectivamente, en los documentos que me sirven de guía para
componer esta crónica, se le llama “Don Juan de Laraquete, indio”.
A su
llegada a la capital, Don Juan, indio, era un mozo de dieciocho años, alto,
bien plantado, de esbelto continente, de andar garboso, aunque tímido en el
hablar, pero de inteligencia despierta. Es indudable que no demostraría mucha
afición a la carrera de las armas, que era la que más a mano tenía el
Gobernador para su protegido, porque al poco tiempo de permanecer en el
Regimiento del Príncipe, como soldado distinguido, su protector lo hizo
ingresar como estudiante al colegio que con pretensiones de convictorio
regentaban los frailes dominicos de Santiago en competencia con el colegio de
los jesuitas, los dos únicos establecimientos de enseñanza superior que por
entonces existían en la capital
El día en
que Don Juan, indio, se terció la beca roja que lo constituía en estudiante de
“prima de letras”, su padrino, el Gobernador, le entregó una bolsa de monedas,
diciéndole, en presencia de sus maestros y compañeros:
—Este es
mi obsequio, don Juan, en este día primero de tu carrera, que os la deseo
feliz; guarda ese oro para que con él adquieras lo que sea de tu agrado, el día
en que determines tu suerte.
El
muchacho besó la mano de su protector humedeciéndola con lágrimas de emoción y
gratitud, recibió la bolsa y se internó, en medio de sus compañeros en el
claustro dominico. Relegado a su modestísimo cuarto de estudiante se arrodilló
al pie de la hornacina de la Virgen del Rosario y depositó, a sus pies,
reverentemente la bolsa con monedas.
Que los
estudios del indio Don Juan fueron aprovechados lo constata el hecho de que los
frailes le distinguieron con los cargos de “monitor”, de “decurión” y de
“centurión” en incontables ocasiones, aparte de otras en que el alumno las
ganaba noblemente en los “remates” sabatinos que los alumnos del Colegio
Dominicano realizaban, unas veces en el aula del Convento y otras en mitad de
la Plaza de Armas.
Por si
algún lector no sabe lo que eran estos “remates”, se lo voy a decir. Los
alumnos de un curso se dividían en dos grupos que generalmente se denominaban,
uno “Roma” y el otro “Cartago”; en el colegio dominico esos grupos tenían los
nombres de Santo Tomás y de San Casiano. Salidos a la Plaza o al aula, ambos
grupos se colocaban frente a frente, con el común maestro a la cabeza; luego
salía un alumno de cada grupo, ambos se colocaban al centro y allí se
“examinaban” al tenor de los temas que habían estudiado durante la semana;
había de árbitro en este duelo, el maestro, quien iba tomando apuntes de las
malas contestaciones y después de algunos minutos de discusión, generalmente
acalorada, iban entrando al “ring” parejas sucesivas hasta que, con la última,
concluía el remate. Los triunfadores recibían allí mismo sus insignias y
galardones, y los perdedores, aparte del bochorno consiguiente, debían
prepararse para recibir “el castigo condino” al volver al colegio.
Pero la
inclinación más decidida del indio Don Juan no fue la de las letras, sino la de
la música, en la que muy pronto se destacó entre sus compañeros.
Residía
entonces, en el convento dominicano de Santiago, el Padre Araoz, peruano, que
había sido traído por la comunidad para que hiciera la competencia, en tocar el
órgano en el templo, al padre Juárez, jesuita, cuyo arte en este instrumento y
en la composición de coros y “motetes”, había abarrotado la asistencia de los
devotos mapochinos al templo de la Compañía, en desmedro del templo dominico.
El Padre Araoz era, a lo que parece, un artista, y bien pronto descubrió entre
los alumnos del colegio que formaban el coro, las excepcionales aptitudes del
indio, las que se propuso cultivar y cultivó, con tal suerte, que la primera
noche de un “triduo” le hizo cantar uno “gozos” a Nuestra Señora del Rosario
compuestos por él y a la noche siguiente “nuestra iglesia se repletó hasta la
plazuela”, para oír de nuevo al cantor y a su maestro.
Y no paró
en esto el progreso musical de Don Juan, sino que al poco tiempo se había hecho
tan diestro en el arte, que, en una ocasión en que el Padre Araoz estuvo malo,
el artista indígena, “cantó solo” es decir, “se acompañó él mismo en el órgano
una plegaria, a la Virgen Nuestra Señora, que le tenía enseñada el Padre”. Con
su inspiración artística el indio Don Juan iba en camino de su popularidad.
Por
aquella época sólo existía en Santiago una “espineta”, o clave, o piano, según
se les llamó más tarde, y ese instrumento se encontraba en poder de don Manuel
de Salamanca, el recién pasado Gobernador, que permanecía en la capital para
responder al acostumbrado juicio de residencia a que eran sometidos los
mandatarios cuando dejaban el cargo. La encumbrada situación que había tenido
en Chile, aun desde muchos años antes de ser Gobernador, su enlace con doña
Isabel de Zabala, de la aristocracia pencona y las cuantiosas riquezas que
había acumulado en sus negocios algo turbios, en verdad, aran suficientes
motivos para que Salamanca conservara incólume el vasto círculo de relaciones
que le rodeara en sus años de esplendor oficial. Sabemos que Salamanca era el
padrino y protector del indio don Juan y no parecerá raro, entonces, que el ya
devastado mocetón araucano, convertido en hábil artista y prestigiado por el
sonoro “don” que revelaba su alcurnia de “príncipe”, fuera uno de los mejores
“adornos” en las continuas reuniones sociales que se realizaban en la
aristocrática “posada” del general don Manuel de Salamanca, en las cuales el
indio don Juan “tañía la espineta y pulsaba el harpa” ante lo más granado de la
sociedad mapochina.
Aquellas
de mis lectoras que ante la canción apasionada de un buen mozo, bizarro y bien
entonado, hayan sentido cierto fugaz temblorcillo de su delicado sistema
nervioso y experimentado la indefinible emoción del anhelo, podrán comprender,
sin que yo haga ridículos esfuerzos de retórica, la extraña atracción que
ejercían, en las recatadlas palomitas de aquel tiempo, las endechas
arrulladoras del trovero indígena. Por lo demás, las niñas eran las que menos
comentaban las íntimas emociones que sentían ante las canciones de don Juan;
eran las viejas, digo las señoras matronas, y los caballeros de barba los que
más se hacían lenguas para ponderar la buena voz y el harpa del cantor.
Antes de
mucho tiempo, no había quién se estimara en algo, que no hubiera convidado a su
casa al indio don Juan, y no sólo para oírlo cantar y tañer el harpa en sus
fiestas acostumbradas, sino en sus reuniones íntimas, admitiéndole sin reparo
alguno que alternara con los jóvenes y las niñas de la familia. Al fin y al
cabo, el músico era joven, agradable, bien educado, vestía “decentemente” y
aunque tenía suficientes títulos para usar el “don” antes de su nombre —lo que
le colocaba en el mismo plano social de los más empingorotados criollos— “nunca
salía de su lugar”...
El indio
don Juan salió del colegio dominico, una vez que terminó o se aburrió de
estudiar latines, y se quedó a residir en la ciudad de Santiago como cualquier
vecino; de cuando en cuando recibía de su padre, el cacique don Pedro de
Laraquete, algún socorro que, unido a lo que ganaba por cantar en el templo de
Santo Domingo los días de grandes fiestas y a los obsequios que recibía de las
familias por enseñar música a las niñas, le bastaba para subvenir a las
necesidades de su vida tranquila y modesta.
Cierto
día del mes de octubre de 1745, el indio don Juan no llegó a su domicilio, que
lo tenía en “los cuartos” de la casa de don Bernardo de Ureta y Chacón, en la
calle de la Merced; tampoco se le vio llegar al siguiente día ni el
subsiguiente, ni sus amigos lo encontraron en los diversos sitios en donde
acostumbraban juntarse con él, ni apareció tampoco por las casas de las
distintas familias a cuyas hijas enseñaba a tañer el harpa. Transcurrieron los
días, las semanas y los meses y el indio don Juan continuaba ausente, esfumado,
sin que nadie pudiera decir que hubiera tenido ni siquiera una noticia vaga de
su paradero.
Transcurrió
el año y su recuerdo en la ciudad y entre los numerosísimos amigos, hubo
también de esfumarse hasta desaparecer por completo. Las incontables caritas
entristecidas y anhelantes que estuvieron, tardes tras tardes, pegadas a la
rejas escrutando con sus ojos, muchas veces humedecidos, las puertas por donde
entraba el músico para alegrarles su monótona vida mapochina, volvieron, poco a
poco, a sonreír, íntimamente esperanzadas, tal vez, de volver a experimentar,
algún día, la dicha que pasó.
Los años,
los siglos, borraron por completo el recuerdo del indio Don Juan; pero, si
nadie supo entonces el misterio de su desaparición repentina, vosotros,
estimables lectores, podéis saberlo ahora si pasáis la vista por el documento
que os voy a copiar y que he encontrado en el “Libro de Votos Secretos de la
Real Audiencia de Santiago”.
Dice así:
“Estando
en el Real Acuerdo de Justicia el muy ilustre señor Presidente don Francisco
José de Obando, Marqués de Obando, y los señores oidores don Martín de
Recabarren, don Clemente Traslaviña y don Juan de Valmaceda, el primero propuso
que había sido informado por personas de todo crédito y satisfacción, para que
se pusiese remedio en la persona de un indio arpista y maestro de música,
llamado don Juan. Con ocasión de la entrada que tiene en esta ciudad para
enseñar a las niñas doncellas y principales de algunas casas y la continua
comunicación que con ellas tiene mediante la dicha enseñanza y con la
satisfacción de sus padres, sucede que en una casa honrada y de obligaciones,
ha tenido y tiene actualmente comunicación y trato con una niña principal, la cual
se ha puesto encinta con el trato de dicho don Juan, indio; y recelando que al
saber su padre esta noticia peligre la vida de la hija, pues por su condición,
don Juan no se puede casar con ella, y que el dicho cómplice no se apartaría de
dicha criminal comunicación por su ceguedad, y no se le habría de castigar por
no manchar a la dicha familia, acordaron los dichos señores, advirtiendo la
gravedad del caso, que se debía proceder sin figura de juicio y fueron de
parecer, unánimes y conformes, que se diera orden para que sea preso el dicho
don Juan, indio, con todo secreto y que sea llevado al puerto de Valparaíso y
al punto se le haga embarcar en el navío de “Nuestra Señora de Balbaneda” que
está para salir para el puerto de Valdivia, diciéndole que va desterrado por un
delito grave y por el tiempo de quince años en la dicha plaza; y se le escriba
al Gobernador della que le reciba y le tenga en buena guarda y custodia por el
dicho tiempo; y que ni al dicho indio don Juan ni a persona alguna se le diga
el motivo y causa de su prisión, y se tome juramento a los alguaciles y al
capitán de dicho navío, pena de confiscación de bienes, si no guardan el
secreto. Y así lo acordaron", etc., etc.
§ 23.
Fiesta de los pescadores
(1750)
Tal vez
puede decirse que el origen de la solemne fiesta, que en el día de San Pedro
celebran los pescadores de Valparaíso, se pierde en la noche de los tiempos...
En mis rebuscas de papeles viejos no me ha tocado todavía encontrarme con
antecedentes que indiquen desde cuándo y por qué circunstancia especial la
gente de mar —como se dice ahora— adoptó este patrono para tener en su día el
jolgorio que se hizo tradicional y se conserva hasta nuestros días.
La
primera noticia que he encontrado de esa fiesta aparece en la época en que fue
gobernador de Valparaíso el general don Francisco de la Carrera, en 1682, en
cuyas celebraciones ocurrieron varias desgracias por haberse volcado un bote
con veinticinco personas durante la procesión marítima que se le hacía al
venerable y bondadoso portero celestial.
No parece
deducirse de esos datos que la fiesta fuera “de tabla”, es decir, instituida
como obligación anual de la población porteña; pero no cabe duda de que así
haya sido, por cuanto se sabe que existía allí, fundada por los jesuitas, a
principios del siglo una cofradía “de oficios marítimos’’ en la que figuraban
en primer término los pescadores; y existiendo cofradía había de haber un
patrono y ese patrono de pescadores no podía ser otro que San Pedro...
Y el que
encuentre mala la deducción, que me lo pruebe.
La
referencia más aproximada a la fecha que se apunta más arriba, cae en el año
1705, mientras era gobernador de Valparaíso el segundo Conde de la Vega del
Ren, don Matías Vásquez de Acuña casado con la santa doña Catalina de Iturgoyen
Amaza y Lisperguer. Parece ser que esta señora, que fue un verdadero prodigio
de santidad y de virtudes, dio a todas las festividades religiosas del Puerto
una solemnidad desconocida hasta entonces, poniendo en práctica allí las
costumbres establecidas en Santiago para esos casos.
En
aquellos tiempos Valparaíso era un infeliz poblacho de treinta o cuarenta casas
que se extendían a la orilla de la playa al amparo del sombrío castillo que
defendía con sus cañones “de a 24” los intereses de los mercaderes criollos
contra los asaltos piráticos. Con seguridad que fue en esa época, cuando se
agregaron para solemnizar la procesión de San Pedro, los “bailes de chinos” y
las piruetas de los “catimbaos” que ya estaban en boga en las procesiones de la
capital.
Luego
diré al curioso lector lo que eran los “chinos” y los “catimbaos”.
Aparte de
estas dos referencias, no me ha tocado en suerte encontrar otras noticias de la
procesión de San Pedro en los tiempos de la colonia; ello se debe, a mi juicio,
a que Valparaíso fue considerado siempre como parte integrante de la ciudad de
Santiago y no había allí autoridad local, o sea Cabildo, corporación que fue en
todas partes la que dio carácter a cada pueblo. En los libros de actas de los
cabildos quedaba constancia de todo lo que tenía atinencia con las
“obligaciones” de la ciudad, y obligaciones perentorias eran entonces las de
atender al brillo de las procesiones. De aquí es que sobre las procesiones,
cofradías, rogativas, novenas, etc., sean los libros de actas de los cabildos
las mejores fuentes de información.
En
Valparaíso, como he dicho, no había Cabildo; su creación se debe al Gobernador
O’Higgins en 1791, es decir, casi a la terminación del período colonial; sólo
desde entonces “la perla del Pacífico” pasó a la categoría de ciudad, lo que
fue celebrado con grandes fiestas que dentro de poco me propongo recordar. Y
con esto contesto la insinuación que varias veces ha tenido la bondad de
hacerme un caballero de Valparaíso que, según me ha dicho, ha tenido la
desgracia de caer en el vicio de leer cuanto “chisme colonial” se publica en
“La Nación” con mi firma.
Desde
principios del siglo XVIII se conocen ya detalles más concretos sobre la
procesión de San Pedro, patrono de los pescadores de Valparaíso. Consta varias
veces de las actas del Cabildo que ése ayuntamiento tomaba, en esa fiesta, la
participación que era de rigor para su debida solemnidad, nombrando, como en el
año 1805, dos regidores para que presidieran la procesión terrestre y marítima,
que salía de la iglesia Matriz, recorriendo las calles del Almendral hasta la
playa, donde se embarcaba el anda de San Pedro en una “lancha grande y muy bien
aderezada” para dar una gran vuelta por la bahía y llegar hasta la caleta de
los pescadores, sitio de una gran “parranda” con harpa y vihuela.
A la
fiesta del año citado asistió también el gobernador de la plaza, que lo era el
brigadier don Antonio García Carrasco, que después fue Presidente de Chile. Con
este motivo se formó un incidente grave, pues los regidores del cabildo, que
también concurrieron, se presentaron a la ceremonia sin medias de seda, sin
hebillas de plata y aun sin “empolvarse el chapecán”. Este descuido fue
interpretado por el gobernador García Carrasco como una ofensa para su persona
y por ello recurrió en grado 4© queja ante el Presidente don Luis Muñoz de
Guzmán.
Al
sacarse el “anda” de la iglesia, se colocaban delante de ella los
“catimbaos", que era una comparsa, a veces numerosa, de individuos que
vestían trajes fantásticos. Algunos llevaban trajes de indios del Perú y
México, de Quito y de Arauco; otros vestían de “catalanes”, o sea pantalón
blanco, medias de seda y chaquetilla de terciopelo o géneros de colores.
Algunos, en vez.de chaquetillas,
llevaban camisas anchas adornadas con colgajos de cintas multicolores, collares
y pedazos de vidrios o espejos. Estos “catimbaos” salían un día antes de la
procesión, o durante la novena que la precedía, a convidar al pueblo,
acompañados de músicas y precedidos por un jefe que llamaban “alcalde” y que
llevaba, como signo de su autoridad, “un palo” con empuñadura “de oro”, dicen
las crónicas, pero bien se conoce que esta es una exageración.
Al
organizarse la procesión, los catimbaos rodeaban el anda de San Pedro y
empezaba una complicada danza que duraba hasta que la columna llegaba a la
playa donde debía embarcarse la imagen; presidía las danzas una especie de
bufón, disfrazado de demonio colorado, cuernos y rabo, y que manejaba una
guasca, con la cual abría paso y cancha para sus bailarines, cuando la curiosa
concurrencia se agrupaba demasiado para verlos bailar. A veces este demonio —a
quien el pueblo llamaba “el mata gallinas”— soltaba demasiado la mano y pegaba
fuerte; pero nadie protestaba de esos azotes, pues todo eso era en honor de San
Pedro.
Los
“chinos” eran sencillamente los negros esclavos que también tenían su cofradía
para asistir en corporación a la procesión; también ejecutaban danzas al son de
flautas y un tambor, siendo una de sus piruetas más celebradas “unas
reverencias muy finas” que hacían al Santo.
La lancha
“grande y muy bien aderezada” esperaba en el embarcadero rodeada de cuanta
embarcación a remo había en la bahía, lista para recibir el anda, la que era
depositada en el sitio previamente dispuesto en medio de las aclamaciones del
gentío y del disparo de voladores, camaretas “viejas” y otras piezas de
artificio; una vez arreglada la imagen de San Pedro, la lancha emprendía la
travesía seguida de la numerosa y alegre flotilla de canoas y botes “adornados
con banderas, cintas y chales de mujer’.
Durante
el trayecto marítimo se sucedían las aclamaciones, los disparos y las músicas
de cornetas, flautas, rabel y vihuela, hasta llegar a la Caleta, “pequeña aldea
situada sobre unos peñascos de la costa”, en cuya playa se levantaba un altar
para la recepción del Santo. “Aquí la confusión es grande —dice la relación de
un oficial inglés que se encontró en la fiesta el año 1823— para alcanzar el
honor de ayudar a desembarcar la imagen, echándose todo el mundo al agua para
recibirla, empresa en que triunfan de ordinario los huasos, que se lanzan en
sus caballos y llegan a la lancha antes de que toque a la orilla”-
La fiesta
en la Caleta de los Pescadores continuaba toda la noche, por cierto sin la
anuencia de San Pedro, el que era recluido en una cabaña que le era previamente
designada. Una vez que encerraban al Santo, los pescadores se entregaban a un
desenfrenado jolgorio que muchas veces preocupó la atención de las autoridades
y especialmente del cura, por la presencia numerosa del elemento femenino.
Corrióse,
durante una de estas fiestas que había aparecido el diablo en una de las
quebradas que dan a la Caleta por los alrededores de la casa de una viuda que
tenía una pequeña hostería: alarmóse el concurso a tal punto que la fiesta
estuvo a punto de “aguarse” por el temor de que “el malo” quisiera presentarse
en ella e hiciera alguna de las suyas. Alguien dio parte de esta novedad al
regidor encargado de guardar el orden y éste se propuso vérselas frente a
frente con el espíritu infernal.
Armóse de
una cruz y de algunos escapularios, elementos indispensables y eficaces para
combatir al enemigo de las almas, pero no olvidó tampoco su espada y un buen
rebenque que usaba “para desarmar las borracheras”; rodeó con tres alguaciles
oficiosos la casa de la viuda y penetró a la hostería decidido a todo y como
los conjuros no diesen resultado empezó una rebusca por todos los rincones y
vericuetos. Al meter la espada debajo del catre de la dueña de casa, el
“diablo” dio un grito y salió gateando hasta el medio de la habitación...
El
demonio no era otro que un grumete del navío La Dolores, al
ancla en el puerto, que había tenido la picara idea de darle un susto a la
viuda.
Pedro
Ponce —así se llamaba el grumete— fue llevado a la Caleta donde estaba la
fiesta y allí le fueron aplicados veinticinco azotes de mano maestra, por haber
interrumpido el jolgorio de la noche de San Pedro. Pero una vez que se reanudó
la jarana, una de las niñas asistentes, aprovechando la confusión y compadecida
de las de gracias del infeliz grumete, “le dio ocasión para que se fugara a su
barco en una de las canoas que estaban amarradas en la playa’’.
§ 24. El
“relox” de la Compañía
(1752)
Entre las
numerosas obras de progreso para el Reino y los positivos beneficios para las
diferentes ciudades de Chile que llevara a cabo la Compañía de Jesús durante
los años del coloniaje, merece especial recordación la “fabrica’’ del primer
“relox” público que tuvo la capital, y que durante setenta y seis años midió el
tiempo y tocó la hora “y los cuartos’’ desde la torre de la iglesia de los
jesuitas que estuvo situada, ya lo sabe el lector, en el sitio que hoy ocupan
los jardines del Congreso, por el lado de la calle de la Bandera, Sería inútil,
hoy en día, poner de manifiesto el inconveniente de carecer de reloj sin
embargo, no estaría de más que el lector recordara que durante un par de siglos
los habitantes de Santiago y de todos los pueblos y de todos los campos de
Chile carecieron de ese “utensilio” y que a pesar de todo vivían felices
calculando la hora por el Sol, en el día —aunque estuviera nublado— y
conformándose con el canto del sereno, por la noche.
Es verdad
que algunos “copetudos", especialmente los que llegaban de la Península,
usaban “relox”, en sus alcobas, estrados o “cuadras’’ y más de algún elegante
lo ostentaba, “con cadena”, prendido del “gilete”; pero también era cierto que-
el reloj que se descomponía quedaba como .adorno en cualquier rinconera, porque
no había “maestro" que se atreviera a poner mano sobre su complicada
maquinaria.
Reconociendo
que el Cabildo santiaguino había hecho una formal intentona, a principios del
siglo XVII, para instalar un reloj público que ofrecía “adherezar’ maese
Urquijo, herrero, y que no tuvo efecto, se debe dejar establecido que fueron
los frailes dominicanos los primeros que anunciaron regularmente las horas a la
ciudad, desde su campanario. El célebre Padre Naveda, que fue a España como
procurador de su Orden, en 1660, trajo, a su regreso, un pequeño reloj que fue
instalado en la sacristía, para el servicio de la Comunidad; y desde que se
esparció en la ciudad la noticia de tal adquisición, no hubo vecino que
estimándose en algo, no se creyese en la obligación de mandar a preguntar la
hora al Convento de Santo Domingo, y no una vez, sino tres o cuatro en el día.
El “mocho” sacristán, que iba en camino de quedar sin piernas con tantísimo
viaje a través de los corredores para servir a la clientela, arrodillándose
humildemente, una tarde, a los pies del Padre Na- veda, le dijo:
—Reverendo
Padre, o saca su paternidad el relojito de la sacristía, o me saca a mí, el
chisme ése no se cansa de andar todavía, pero yo estoy por cansarme; no vaya a
ser cosa que nos cansemos los dos y se quede la ciudad y el convento sin saber
la hora...
El Padre
apreció en toda su amplitud el reclamo del “mocho”, y por el momento, se limitó
a contestar:
—Se
proveerá, hermano; se proveerá...
Ideando,
pues, la manera de satisfacer al vecindario y de evitar, al mismo tiempo que
llegaran a realizarse los vaticinios del “mocho”, el Padre Naveda encontró la
solución del conflicto en anunciar las horas a la ciudad por medio de una de
las campanas de la torre de Santo Domingo. El primer “toque”, era a las seis de
la mañana y el último, el de la “queda” a las nueve de la noche.
No tengo
noticias sobre si este anuncio de horas, por los dominicos, perduró, ni por
cuánto tiempo; si el “relox” del Padre Naveda se descompuso alguna vez, o se
cansó de andar en el largo tiempo que transcurrió, desde 1660 hasta que se
construyó el “relox’’ de la Compañía, en 1766 —un siglo largo de talle— es
seguro que el vecindario de Mapocho se resignó, como antaño, a calcular las
horas por el Sol y por el sereno.
* * * *
Herr Karl
von Haymhausen, hijo segundo de los condes de Flainhausen, de Baviera,
emparentado con la Casa Imperial de Austria y con la Reina doña Juana, de
Portugal, vistió el hábito de novicio en el Colegio Jesuita de Munich, su
patria, a la edad de diecisiete años y allí mismo rindió sus tres años de
“probación” y sus exámenes de Teología para recibir las órdenes sacerdotales.
Dedicado
con particular empeño a los altos estudios en las diversas ramas de la ciencia,
no demoró en adquirir una vasta ilustración que le dejó capacitado para
desempeñar, con extraordinario brillo, diversas cátedras en el Convictorio de
Nobles que regentaba la Compañía, y en la Universidad Real de Munich. Unido
esto a sus excepcionales dotes de orador sagrado, a su virtud y fervor
religioso y a la alta prosapia de sus mayores, el joven jesuita se vio rodeado,
luego, de merecido prestigio como sabio y como santo.
Contaba
treinta años el Padre Haymhausen y se encontraba en todo el apogeo de su
aureola, cuando anunció su propósito de alejarse, definitivamente de su ciudad
natal y de su patria misma, sin que pudieran torcer su voluntad ni los ruegos
de sus discípulos ni las influencias de su familia. A principios del año 1722
partió de Munnich, rumbo a España y de aquí salió, a los pocos meses, con
destino a Chile, el último rincón del mundo. En enero de 1724 sus superiores
del Colegio Máximo de Santiago lo enviaron a Penco a profesar la cátedra de
Teología Dogmática en el Seminario Diocesano que en esa ciudad regentaba la
Compañía.
El
jesuita alemán fue profesor allí del futuro obispo de Santiago don Manuel de
Alday y Axpee.
No tardó
en destacarse el talento extraordinario del Padre Haymhausen, y la Compañía no
pudo prescindir de sus luces para el gobierno superior de la Orden en esta
provincia chilena; llamado a la capital para oír su consejo sobre diferentes
asuntos de la mayor importancia, fue obligado a permanecer aquí como un asesor
imprescindible del Padre Rabanal que desempeñaba el cargo de Procurador General
y en cuyo cargo estaba la administración de los cuantiosos y valiosos intereses
materiales que la Compañía poseía en Chile. Sus servicios debieron ser tan
señalados, que la “congregación” o capítulo jesuita celebrado en 1740, designó
al Padre Haymhausen como Procurador de la Provincia en Roma.
El viaje
del Padre Haymhausen a Europa duró cerca de siete años y en ese tiempo el
Procurador de Chile recorrió los principales países del viejo mundo reuniendo
los elementos que estimaba necesarios y adecuados para el progreso y
adelantamiento de la Orden jesuita chilena y para el incremento de su
prestigio- Los procuradores que anteriormente habían ido a Europa con el mismo
encargo, habían dedicado sus afanes a reunir selectos grupos de sabios,
humanistas, teólogos y sólo por excepción habían traído algún médico o un
geómetra. Es verdad que con este programa habían dado un definitivo impulso a
las ciencias y colocado a la Compañía a la cabeza de la instrucción en Chile;
no había un hombre de valer, en este país, en cualquier rama o categoría del
funcionarismo —gobierno, administración, ejército, clero o judicatura— que no
debiera su valía y su prestigio a la enseñanza de los jesuitas.
Pues
bien, el Padre Haymhausen interrumpió ese programa tradicional, y en vez de
humanistas y teólogos quiso traer ahora “artífices” de los más variados
trabajos manuales.
Los
cuarenta individuos que llegaron a Chile con el Padre Haymhausen en 1748, eran
“hermanos coadjutores”, en lugar de los sacerdotes o estudiantes qué
anteriormente se traían para renovar el personal de la provincia chilena. Entre
ellos vinieron tres plateros, cuatro fundidores, dos relojeros, siete pintores,
dos escultores, cinco ebanistas, seis carpinteros, tres boticarios, cinco
tejedores y tres bataneros, y la mayor parte de esos operarios eran consumados
artistas, como puede ser comprobado ahora mismo con sólo examinar las obras de
sus manos que aún se conservan entre los tesoros de la Catedral de Santiago.
Cuentan
los biógrafos del Padre Haymhausen que cuando éste vagaba por los colegios
jesuitas de los distintos países de Europa, sobre todo de Alemania, eligiendo
el “personal” que deseaba traer a su provincia de Chile, los superiores de esos
colegios le ofrecían predicadores, profesores, filósofos, teólogos, juristas,
etc., pero que invariablemente el Padre Haymhausen les contestaba:
—Hay
exceso de sabios y humanistas en Chile; necesito artesanos...
¡Parecería
que el Padre Haymhausen hubiera estado viviendo en nuestro tiempo!
Pero no
todos los cuarenta “artífices” que vinieron con el talentoso jesuita eran
miembros de la Compañía; la mayor parte de ellos —por lo menos veinte— eran, en
su patria, obreros seglares que trabajan en fábricas y talleres de Alemania y a
quienes el Padre Procurador halagó e indujo a venir a Chile, tal vez con la
magia de su palabra dulce y convincente. “Para salvar el obstáculo que la
legislación vigente oponía al establecimiento de extranjeros en las colonias
del Rey de España —dice Barros Arana— el Padre Haymhausen recurrió al arbitrio
de introducir a esos artífices en la nave y desembarcarlos en Chile vestidos
con traje de jesuitas y con el carácter de hermanos coadjutores”.
Esta
afirmación del historiador chileno está contradicha por el Padre Enrich,
historiador de la Compañía, quien afirma que los mencionados artífices eran,
efectivamente, hermanos jesuitas... Sea de ello lo que fuese, el hecho cierto
es que el Padre Haymhausen fue quien trajo a Chile los primeros artistas
manuales que se conocieron en el Reino; que los trajo en grupo numeroso,
eficiente y de las más variadas especialidades, que los reunió y los estableció
en Chile a su sola costa, esto es, sin gasto alguno para el erario real, y que
con esto prestó un servicio inapreciable a la cultura de este país.
Los
hermanos artífices fueron instalados en el Colegio que los jesuitas tenían en
su hacienda de la Calera y allí construyeron los talleres de sus distintos
oficios. Pronto empezaron a ser conocidos preciosos muebles, lujosos
ornamentos, excelentes pinturas, artísticos y hasta ahora inimitables burilados
—como la gran Custodia y un cáliz de oro que posee nuestra Catedral—, enormes y
sonoras campanas, candelabros, esculturas, tejidos, relieves y cuanta obra era
precisa para el esplendor del culto en los templos y colegios de la Compañía.
No puedo detenerme por ahora en la descripción de tales joyas —que fueron la
admiración de sus contemporáneos y que aun lo son de aquellos que las han
visto— pues debo dedicar el espacio que me queda a mencionar las obras de arte
y de mecánica que alcanzaron en Santiago la más grande popularidad de los
últimos años de la Colonia y de los primeros de la República.
Fueron
las obras del hermano relojero Pedro Roetz, constructor del “relox de la
Compañía”, de cuatro esferas, que fue colocado en la torre de ese templo el año
1765 y que marcó las horas imperturbablemente y con admirable precisión durante
76 años, esto es, hasta el incendio de la mencionada iglesia, ocurrido el año
1841.
Según el
libro de cuentas del Colegio Máximo, la construcción del “reloj” duró trece
años y se emplearon en su fábrica cuarenta quintales de fierro y cobre, los
cuales quedaron reducidos a veinte una vez labradas y pulidas las diferentes
piezas del aparato. Las cuatro esferas, enfrentando a los cuatro puntos
cardinales, eran de fierro pintado de blanco, y los indicadores, dorados,
medían “vara y cuarta” el minutero y poco menos de una vara el horario. Cada
una de las dos “pesas” colgaba de una cadena de acero; una daba movimiento a la
maquinaria del reloj y la otra a la combinación de campanas con que tocaba las
horas “y los cuartos” La campana de las horas se denominaba “la Angélica” y
pesaba diez quintales, y la de los cuartos “la Dolores", y pesaba siete.
La
“fábrica” del gigantesco reloj fue tan acabada y sus engranajes tan precisos,
que no hay recuerdo de que el gigantesco reloj se hubiera descompuesto alguna
vez durante su larga vida.
En el
mencionado incendio de 1841, el fuego invadió rápidamente la torre y en pocos
instantes el viejo “relo de la Compañía" se derrumbaba desde su alto
sitial, envuelto en llamas; recogido de los escombros, un afamado artista
mecánico suizo se dio a la tarea de reconstruir sus destrozadas piezas y sobre
sus moldes vaciar otras para dar vida a un relox gemelo; consiguiólo el
tesonero artífice y el nuevo marcador del tiempo fue instalado en la torre de
la iglesia de Santa Ana; pero duró en movimiento poco tiempo; la obra perfecta
del artífice ignaciano había sucumbido ya.
—No fue
esta sola la obra del hermano Pedro Roetz.
Al par
que trabajaba en el “relox de la Compañía”, iba aprovechando sus estudios y
cálculos matemáticos para construir dos relojes más, de tamaño mucho menor, y
que eran gemelos. Si el de la torre de la Compañía fue una pieza de esfuerzo
material, admirable por sus proporciones, los relojes a que me refiero pueden
ser calificados de obras magistrales de mecánica, a la vez de verdaderos
prodigios del intelecto humano de aquel tiempo.
Además de
marcar y tocar las horas y los cuartos con precisión admirable, indicaban
también, por medio de un ingenioso y complicado mecanismo, las fases de la
luna, la elíptica del Sol y el movimiento de todos los satélites de nuestro
sistema planetario. Uno de estos relojes existía hasta hace muy pocos años en
la sacristía de la Catedral de Santiago, donde continuaba prestando sus
servicios en cuanto a las horas; el mecanismo del sistema planetario se había
descompuesto y no se encontró en Santiago un artista capaz de ponerlo en
marcha.
El otro
reloj gemelo fue obsequiado por el Padre Haymhausen a su prima la doña Juana de
Austria Reina de Portugal, en correspondencia a la “limosna’’ de una gran
cantidad de valiosas joyas que la mencionada señora había dado al jesuita, a
tiempo de partir éste con rumbo a Chile en 1748, cuando traía su numerosa
colonia de artífices, vestidos la mayor parte de ellos con el traje de hermanos
coadjutores.
§ 25.
Valiente, enamorado y andaluz
(1753)
El
Capitán de Guardias Walonas don Manuel Francisco Ibáñez de Sotoca, treinta años
cumplidos, retorcido bigote, puntiaguda barbilla, gallardo, valiente, enamorado
y andaluz, formaba parte de la brillante comitiva con que arribó a Santiago
procedente de la Gobernación de Buenos Aires —en donde había tenido una gran
figuración, con motivo de la guerra contra los portugueses del Brasil— el muy
ilustre señor don Domingo Ortiz de Rosas y García de Villanzo, Caballero
Cruzado en la Orden de Santiago, Gobernador del Reyno de Chile, Presidente de
su Real Audiencia y Theniente General de los Reales Ejércitos.
El
Capitán Ibáñez de Sotoca era el Jefe de la Escolta del nuevo Gobernador, y su
gallarda apostura hacía admirable complemento con el majestuoso continente de
ese Mandatario de 65 años, albo de cabellera y barbas pero enhiesto y vigoroso.
No diré
yo que junto con exhibir su atrayente figura, mientras escoltaba a Su Señoría
durante la fastuosa procesión que lo condujo hasta el Palacio de los
Gobernadores —ese arrogante Capitán hubiera hecho explotar la admiración hacia
su persona de la concurrencia femenina, abundante y curiosa, que se desbordaba
de los balcones al paso del cortejo; pero que a la salida de la Misa Mayor del
Domingo siguiente se hayan dado cita, en el atrio de la Catedral, media docena
de lindas muchachas para disparar de mampuesto sobre el bien plantado andaluz
—que también había concurrido allí para cumplir sus deberes de cristiano— y me
lo podéis creer sin juramento, desocupado lector, porque no es cosa del otro
mundo, sino muy de éste.
En los
cuatro o cinco días que iban transcurridos desde su llegada a Mapocho, el
Capitán Sotoca había podido comprobar que en estas regiones que parecían de
paz, existía, empero, un numeroso y bien entrenado ejército que provocaba
activa pelea...; pero este ejército no era de mulatos jetones ni de indios con
taparrabo como el que acababa de derrotar en el Brasil, sino de gentecita
primorosa, que usaba moñitos y guedejas, arracadas de oro fino y acinturado
faldellín, y en vez de macanas y boleadoras, tenía por armamento una flechería
incendiaria en el mirar de soslayo, una caballería atropelladora en el andar
garboso y un hechizo perturbador en el criollo canturreo de su dulce palique.
Sobradas
pruebas de su pericia militar había dado en estos días el Capitán Sotoca con
sólo haber salido indemne de las escaramuzas con que lo acosara, desde la misma
tarde de su llegada, tan peligroso enemigo; pero yo podría jurar que el capitán
walón debió experimentar un verdadero sobresalto cuando, el extender la mirada
sobre los grupos que después de la misa se formaban en la escalinata de la
Catedral, reconoció en uno de ellos a las más audaces de las avanzadas
enemigas, las cuales, por lo visto, parecían dispuestas a perseguirlo hasta el
pie del altar.
Si el
prudente soldado quiso rehuir este encuentro, no lo consiguió,
desgraciadamente, porque la susodicha avanzada puso en inmediata acción la
artillería de soslayo y luego la caballería atropelladora, y sin dar tiempo a
que el enemigo se repusiera de la sorpresa, le enfiló la primera descarga casi
a quemarropa, con un alborozado muy buenos días haya vuestra merced, señor
Capitán Sotoca... A la que el andaluz no pudo excusarse de contestar,
sonriente, pero nerviosillo, con un espléndidos me los da Dios, señoras mías,
enviándomelos con los ángeles del Cielo...
Cualquiera
podría creer que con este gran peligro al frente, el Capitán Sotoca llevaba
todas las de perder; pero, señores, para un hombre como nuestro andaluz, que
tenía muy bien corridos en la Corte sus treinta añitos, estas escaramuzas
indianas le resultaban una guinda. De modo, pues, que a los pocos minutos,
recuperado por entero su dominio, nuestro Capitán había empezado a jugar de
capa por todo lo alto y a colocar banderillas a su regalado antojo.
La verdad
era que entre las muchachas que le habían acorralado había dos que llevaban,
cada una por su lado, la muy aviesa intención de echarle una pescuecera a don
Manuel Francisco, y de arrastrarlo ante los estrados de cierto canónigo, cuya
mala fama de casamentero había llegado ya a oídos del Capitán. Una de ellas era
la Dolorcitas Lecaroz y Rojas —con quien había bailado dos rigodones, tres
redovas y un minué, que hicieron época en el sarao del Oidor Blanco
Laysequilla—, y la otra, la Chavelita de la Cerda y Hermua —que había sufrido
un “terrible” desmayo en los precisos momentos en que ella y el Capitán se
encontraban solitos, contemplando el panorama, en un delicioso bosquezuelo,
frente al río, durante un paseo campestre a una chácara de Ñuñoa, el día
anterior.
Ese
domingo, el comentario sobre el desmayo, los rigodones y las redovas estaba en
su punto y “no se hablaba de otra cosa” en todas partes; de modo que las
miradas de “todo Santiago”, durante el acostumbrado paseo de donceles y
doncellas bajo los portales del Cabildo, después de la misa, convergieron,
inquisidoras y picarescas, sobre el bullicioso grupo que formaron, luego, el
Capitán Sotoca y las regocijadas muchachas, entre las cuales se destacaban,
como es natural, la desmayada y la bailarina...
Hombre de
mundo, el gallardo sevillano afrontó, airosamente, el chaparrón, y al final
todavía le sobró tupé para conducir de la mano a la Dolorcitas hasta su calesa
y para volver en seguida a los portales para acompañar ceremoniosamente, a la
Chavelita hasta su casa, situada en la calle del Rey, al lado de la plazuela de
San Agustín.
La
numerosa tertulia que noche a noche se reunía en casa del escribano don Juan
Bautista Borda y la no menos concurrida de doña Josefa Suárez de Melo tuvieron
sobradísimo tema, esa noche, para el obligado comentario de las concurrencias
del día y de la semana; y en la primera de ellas, don José Vivar —el mayor
chismoso de su tiempo— dio por hecho que el Capitán Sotoca “se casa" con
la Chabela de la Cerda, porque el andaluz y—según Vivar— se había dado buena
maña para desprenderse, elegantemente, de la Lolo, con el solo propósito de
pelar la pava, en libertad, con la Chabela.
—Pues,
señor, ese casamiento sería una indecencia —interpuso don Luis Ureta y
Carrasco—; recuerde vuestra merced que Sotoca se bailó con la Dolorcitas tres
redovas seguidas...
—Que
bailara con la Lolo veinte redovas no es lo mismo que haya estado media hora
con la Chabela en ese bosque con vista al río —insistió, formalmente, don José
Vivar.
— ¡No
hable de lo que no sabe...! —Intervino miseá Panchita Carrera—. Tantos bailes
seguidos con una muchacha sólo tienen arreglo delante del Cura, y yo sé lo que
digo —agregó, echando una mirada de soslayo a su cónyuge, don Domingo Valdés,
que en su tiempo tuvo fama de bailarín.
Pero
pasaban semanas y meses y no se veía nada claro en lo del casorio del revoltoso
andaluz; los tertulianos, preocupadísimos, veían, sin embargo, que las chicas
continuaban asistiendo a la misa dominical con una devoción y una constancia
que parecía don del Cielo, y que el Capitán Sotoca no faltaba al atrio de la
Catedral ni a los portales, así lloviesen lanzas, ni dejaba de conducir hasta
su calesa a la Dolorcitas, ni de acompañar a su casa a la Chabela.
Sólo una
vez, acorralada por doña Panchita Carrera, la Chabela de la Cerda habíale
dicho, entre dos suspiros hondos:
—No soy
yo, miseá Panchita... ¡Será la Dolores!...
Y por su
parte, don José Vivar había logrado, tras de muchísimos enviones, que la
Dolorcitas Lecaroz, después de resistir y de gemir como leña verde, le revelara
en confidencia:
— ¡Ay,
don José, yo no sé nada...! ¡Ha de ser la Chabela...!
Los
contertulios del escribano Borda y los de doña Josefa Melo sentíanse estafados
con esa actitud “indecente” del Capitán andaluz, que “no era capaz” de
resolverse todavía por ninguna de las dos muchachas.
Una
noticia que circuló sin saberse el origen, pero que a los pocos días fue
confirmada por el pendolista de la Capitanía General vino a producir en las
tertulias un desconcierto absoluto: el Capitán Sotoca había solicitado del
Gobernador la consabida licencia para casarse... ¡Pero el pendolista no sabía
quién era la novia!
A los
pocos días de este petardo, la Lolo Lecaroz y la Chabela de la Cerda
encontráronse una mañana en la ermita de San Miguel, a donde habían ido “a
pagar mandas de velas"; plantáronse frente a frente, se interrogaron, se
fulminaron y acabaron por echarse los brazos, sollozantes y angustiadas.
Ninguna de las dos era la presunta novia del Capitán don Manuel Francisco
Ibáñez de Sotoca.
* * * *
Las
fiestas con que el vecindario de la capital estaba celebrando el día de
Santiago Apóstol, su celestial Patrono, iban a culminar esa tarde con juegos de
cintas, cañas y estafermo, para la nobleza, entreverados con mojiganga y toros,
poderosísimos atractivos de cualquier programa popular.
Aunque no
era la primera vez que encopetados huéspedes habían bajado a la arena de la
Plaza Mayor para participar en aquellas justas caballerescas que creó y fomentó
el “Presidente galán’’, don Gabriel Cano de Aponte, había ansiedad, ese día,
por admirar la destreza de un forastero jactancioso que se había propuesto
ganar los mejores trofeos de esa jornada, para brindarlos, públicamente, según
dijo, a la encantadora criatura que le tenía flechado el corazón.
— ¿Y
quién es esa bella, si sois servido...? —habíale preguntado un amigo.
— ¡Ya lo
verá vuestra merced esta tarde, señor curioso! —había contestado el capitán
Sotoca, que tal era el nombre del nuevo justador.
Plaza
desbordante; algazara, vocería, colgaduras, tapices, banderolas, gallardetes
enarbolados al viento; tablados y palquería repletos; lujos, ostentación,
belleza, juventud, esperanzas, amor, plebe impaciente, desordenada,
alborotadora procaz...
Tras una
clarinada que anuncia, el Gobernador aparece en el palco, seguido de imponentes
oidores, con su inevitable cortejo de alabarderos, funcionarios, alcaldes,
esbirros. El Estandarte Real en su sitio de honra, los escudos, las partesanas,
el dosel, los entorchados, brillan al sol.
Otra
clarinada, y el Obispo que surge en su tablado, de un hervidero de monacillos
rojos, de familiares obsequiosos, de frailes “graves”, de canónigos
impertérritos; un brazo purpurado que se alza, mayestático, y la gritería del
pueblo que se medio apaga, para recibir una bendición rápida. El último acomodo
de la muchedumbre movediza, la expectación que renace, la trompetería
destemplada que avisa, por fin, el comienzo de la función, y la clamorosa
algarabía qué saluda al piquete de Dragones que penetra, al galope, para
despejar la Plaza.
En los
“andamios” del lado de la Catedral ocupa su palco don Nicolás de la Cerda y
Carvajal, con su mujer, doña Nicolasa Sánchez de la Barreda, que compite en
bizarría con sus siete hijas, entre las cuales destaca su serena hermosura la
Chavelita. .. En los tablados del Cabildo resplandece la juventud florida y
lozana de Lolito Lecaroz y Rojas, entre sus alegres primos Ureta, que por ser
uno de ellos regidor del Ayuntamiento, se han instalado en el mejor sitio.
Derrámanse
sobre la pista la mojiganga de catimbaos ridículos, las cuadrillas de zambos
que cabriolean, los volatineros con su bulliciosa cascabelería, y los
picadores, banderilleros y demás gente del torear plebeyo; es el pueblo el que
ha tomado, primero, posesión de la pista, y la cruzan en todas direcciones,
para recoger, en plenitud, el aplauso popular, hasta que una nueva clarinada
les anuncia que los justadores del torneo piden Plaza...
Y ahora
penetran los caballeros, altivos, ostentosos, cada cual seguido de su escolta
de criados, con trajes rozagantes. Empieza un desfile de caballerías
empenachadas, de talajes bruñidos; de vestidos de terciopelos y brocados,
cuellos de encaje y plumería multicolor. Cada justador debe avanzar hasta el
centro del circo y debe formular allí —exigiendo a su caballo las más
arriesgadas corvetas— el saludo de los paladines.
Apagado
el aplauso con que es recibida esta primera gallardía, el justador deberá
rendir público homenaje a la dama que lo guía en esta jornada... Hombres y
mujeres escudriñan, maliciosos y sonrientes, las miradas del galán, y cuando el
caballero, empinado sobre los estribos, entrega su capa a la elegida, estalla
en la Plaza una aclamación a la belleza y al amor.
Con
vistosa escolta de esclavos negros, vestidos a la turca, y caballero sobre un
potro membrudo y rebelde, entra también a la pista el capitán de guardias
walonas don Manuel Francisco Ibáñez de Sotoca, gallardo, valiente, enamorado y
andaluz. A su presencia dos corazones de mujer han apresurado su latir, dos
lindos palmitos han empalidecido, y un murmullo de admiración ha invadido la
Plaza...
Sofrenando
las altiveces del animal, avanza el andaluz, erguido y sonriente, para rendir
su saludo de paladín; planta al potro, afirma espuelas, lanza a la bestia con
las patas delanteras en alto y la sostiene allí mientras arroja al aire su
galoneada gorra flamenca. La atrevida y elegante prueba arranca un grito de
todos los pechos, y a los pocos instantes, la Plaza entera, enloquecida, se
desborda en vocería ensordecedora.
El
caballero echa la mirada sobre los tablados para elegir su dama.... (Dos
muchachas hermosas están temblando como arbustos en ventolera); pero las
aclamaciones recrudecen; el pueblo, excitado por el arrojo del temerario
jinete, grita, vocifera, ruge... y exige más.
El
capitán sonríe, complacido y complaciente; requiere las riendas, se acomoda en
la montura, saluda, por última vez a la Plaza, con la fusta, y afirma una nueva
y feroz espolada. La bestia se estremece y arroja, enfurecida, los cascos en
alto...; el 'descontrolado impulso rompe el contrapeso, la fiera baila en sus
cuartos traseros, bambolea en el vacío y se tumba, de lomos, sobre el jinete...
Derribado
en vida plena y lozana, el Capitán don Manuel Francisco Ibáñez de Sotoca,
valiente, enamorado y andaluz, yace, mutilado, sobre la arena del circo; pero
de cara al sol.
El
Convento de las Monjas Agustinas de la Limpia Concepción viste de gala para
recibir el voto de dos novicias que habíanse presentado juntas, un año antes, a
pedir el hábito, y juntas habían querido ahora vestir el velo de las profesas.
La aristocracia criolla llenaba el templo, pictórico de luces, de flores y de
aromas.
Las
jóvenes, en traje de novia, arrodíllame ante el trono del Obispo don Juan
González Melgarejo.
Un
silencio emocionante invade el templo.
— ¿Cómo
os llamáis, señora? —pregunta el Prelado, a la una. —Isabel de la Inmaculada
Concepción…
— ¿Y
vos...? —dijo a la otra.
—Dolores
del Niño Jesús.
§ 26. Las
locuras del Padre Garmendia
(1755)
A
mediados del siglo XVIII, allá por el año de 1755 llegaron a conocimiento del
Presidente del: Reino don Manuel de Amat y Junient, Caballero de Reales y
Distinguidas Cortes de San Jenaro y de San Juan y Gentilhombre de Cámara de Su
Majestad don Fernando IV las más extrañas noticias de lo que ocurría en La
Serena, cuyo vecindario “estaba alborotado” con la conducta que públicamente
observaba el Padre Comendador de la Merced fray José de Garmendia.
El
Corregidor de la ciudad don Santiago de Valdés y Munizaga, capitán de las
milicias de artillería acusaba a fray Garmendia de que este mercedario “cometía
tales excesos a título del santo hábito que viste, asociado de sus súbditos,
que si no se providencia pronto remedio se halla la ciudad expuesta a un
general alboroto contra dicho padre comendador, su convento y religiosos".
Al mismo tiempo acompañaba al denuncio tres certificaciones de las tres
jurisdicciones, “política, económica y militar” por las cuales constaban tres
desaguisados notorios que se decían cometidos por el fraile.
El
Presidente Amat, aunque no era de los más afectos a la sotana, como que durante
su gobierno mantuvo en un puño a los jesuitas, no dio crédito, así de buenas a
primeras a los denuncios del corregidor serenense y antes de “proveer” quiso
posesionarse de la verdad; al efecto “dio comisión" a uno de sus hombres
de confianza para que trasladándose al “teatro de los sucesos’’ investigara “e
hiciera fe y relación de lo ocurrido”.
El
comisionado, que lo era don Bartolomé Garate y Picapedrero, embarcóse en
Valparaíso en una balandra de don Miguel de Mayorga que hacía cabotaje hasta
Arica y arribó a La Serena a las doce de la noche del 12 de diciembre de 1755
en los precisos momentos en que un grupo de personas, entre las cuales se
contaban algunos soldados armados, un oficial, un negro y hasta veinte sujetos
de la plebe, sostenían una escandalosa riña con tres padres mercedarios frente
a la portería del convento, alumbrados por dos antorchas de “betume” y varios
chonchones de sebo. Uno de los padres sostenía en una maño un tambor y en la
otra un garrote que blandía con destreza e indiscutible éxito y este padre era
nada menos que el Comendador Garmendia.
La
oportunidad de la llegada del comisionado del Presidente Amat era innegable; el
Comendador había sido sorprendido con las manos en la masa. Tan pronto como don
Bartolomé pudo darse a conocer de los combatientes “apellidó a la justicia del
Rey’’ y penetró en el convento, seguido de todos y se constituyó en la sala del
capítulo para interrogarlos.
El
primero en declarar fue el oficial, quien dijo haber recibido orden del
Corregidor para disparar cañones y tocar a tambores a fin de reunir a la gente
de guerra, pues se preveía un alzamiento de indios; y que al pasar su tropa y
“mirones’’ frente al convento, había salido el padre Garmendia seguido de tres
frailes más a impedirlo, arrebatando el tambor al negro que lo iba tocando, y
que de eso provenía la riña que sostenían a medianoche.
El Padre
Garmendia replicó que lo del alzamiento de indios era un pretexto del
Corregidor para molestarlo a él y a su convento particularmente; porque sabe
que “yo sufro de una enfermedad al seso que no puedo oír ruidos fuertes que me
parecen terremotos y me vuelvo frenético cuando los oigo"; agregó que el
Corregidor hacía eso y muchas cosas más en su contra porque deseaba que el
Comendador se fuera de la ciudad, y así se lo había prometido a una madama
ilegítima “con quien escandaliza” y a la cual había “sermoneado" en la
misa mayor, porque se había presentado allí un día domingo “vestida de
portuguesa, con descote, moños y abanico y faldellín de cola”, faltando al
recato y consideración de los devotos; y por último, que el Corregidor hacía
gala de no cumplir con la Iglesia, desde tres años a esa parte, como lo podía
comprobar con todos los clérigos de La Serena, ni con el bando de buen gobierno
del Presidente Ortiz de Rosas, que ordenaba “que los casados se juntaran con
sus mujeres’’.
Esta
declaración prestada por el Comendador Garmendia tuvo que interrumpirse por ser
ya cerca de las dos de la madrugada; pero al día siguiente la continuó
largamente; y si en la primera había tratado bastante mal al Corregidor, según
se ve, en la segunda lo dejó como un estropajo.
La verdad
era que el Corregidor Valdés y Munizaga, dentro de muchas cualidades de
gobernante^ no podía negar los cargos que le hacía el mercedario; la
“portuguesa’’ que le tenía bebido el seso era una limeña llegada dos años hacía
en un galeón que había naufragado en las costas del Huasco y que al decir de
ella había quedado viuda por haber perecido su marido en dicho naufragio. El
Corregidor había caído en las redes de sus largas pestañas y en las
profundidades de sus negrísimos ojos hasta el punto de que había permitido que
su legítima mujer se viniera a Santiago al lado de su familia.
El Padre
Garmendia, director espiritual de la esposa abandonada puso toda su influencia
para inducir al apasionado pecador a que cumpliera sus deberes de marido y como
no lo consiguiera por la buenas le declaró una franca y cruda guerra, a la que
el Corregidor correspondió como pudo, usando de todos los resortes y medios que
ponía a su disposición el alto cargo que desempeñaba. Uno de esos medios fue el
de hacer la vida imposible a fray Garmendia, atronando a cañonazos, a
medianoche, los alrededores del convento, a fin de “ponerlo frenético de la
enfermedad al seso” de que sufría el pobre fraile.
El
comisionado don Bartolomé Garate vio muy claro en las “locuras” del Comendador
de la Merced de La Serena, y relató escuetamente los hechos al Presidente Amat.
Terminada la relación de los “autos", el panzudo Presidente catalán sorbió
una narigada de rapé de Tarragona, estornudó, aseóse con su gran pañuelo de
seda floreada —regalo de otra “portuguesa” que diz que venía en su
bagaje— y dijo al escribano:
—Escribe,
Garate, que voy a sentenciar:
—Fallo
que debo mandar e mando que visto que el Corregidor de La Serena no ha probado
que son falsas las acusaciones que le ha hecho el Padre Garmendia de la Orden
de Nuestra Señora de la Merced e que siendo ciertas, como parecen, el dicho
Corregidor, para no dar pábulo a escándalo, debe juntarse prontamente con su
mujer, para lo cual le debo dar el plazo de dos meses contados desde que le sea
notificada esta sentencia definitiva, bajo pena de que no haciéndolo perderá su
empleo y será llevado por fuerza e a su costa al domicilio de la susodicha su
mujer para que viva con ella maritalmente, como lo manda la madre Iglesia”.
§ 27. Las
“borlas” del Doctor
(1757)
El
acontecimiento social de mayor trascendencia en la vida colonial durante el
siglo XVIII, fue sin duda, la creación e inauguración de la Universidad de San
Felipe, que vino a independizar la enseñanza científica, literaria y artística
de los chilenos, que hasta entonces habían sido tributarios, en esto, como en
muchas cosas, del virreinato de Lima.
La idea
de la fundación de una Universidad chilena perteneció al alcalde de Santiago,
don Francisco Ruiz de Berecedo, abogado de la Real Audiencia, que formó parte
del Ayuntamiento de la capital allá por el año 1712; pero la realización del
magno proyecto sólo pudo tener confirmación real unos 26 años más tarde, en
1738, fecha en que el Rey Felipe V firmó en Valladolid la real cédula de
erección de la Universidad Santiaguina. Todavía pasaron nueve años antes de que
el edificio del nuevo instituto estuviera medianamente en condiciones de abrir
sus puertas, en el sitio que hoy ocupa el Teatro Municipal, pues sólo en
diciembre de 1746, pudo nombrar, el Presidente Ortiz de Rosas, los seis
examinadores —todos doctores de la Universidad de Lima— que recibieron los
exámenes de los estudiantes que se preparaban particularmente. Por último, a
fines de enero de 1747, el Presidente en su calidad de Vice Patrono designó
rector ad perpetuam, de la Universidad de San Felipe, al doctor Tomás de Azúa e
Iturgoyen.
El
nombramiento del doctor Azúa no podía ser más acertado, ni más justo; en su
calidad de procurador de la ciudad de Santiagoel mencionado doctor había
permanecido a su costa, durante cinco años en la Corte de Madrid, y durante ese
tiempo no había cesado de gestionar, en nombre del Cabildo, la creación de la
Universidad.
Los
apuros del erario municipal impidieron, sin embargo, que las clases
universitarias pudieran funcionar ese año de 1747; la fábrica del edificio se
paralizó y su director o “superintendente’’ don Alonso de Lecaroz y Ovalle se
vio en la precisión de dejarla de la mano, a pesar de su generosa voluntad.
Acompañaban
a Lecaroz en los trabajos de edificación, el lego jesuita Juan Agen, como
arquitecto, don Cayetano de Oliva, como carpintero y José Santos Vargas, como
albañil.
Por fin,
el año 1756, nueve años después del nombramiento de rector, fue posible empezar
las funciones universitarias; se hizo el nombramiento de los profesores de las
diversas cátedras y los alumnos pudieron asistir a las aulas. Es interesante
conocer los nombres de los primeros profesores de nuestro “Alcázar de las
Ciencias’’, como se la denominó pomposamente.
Fue
nombrado profesor de la cátedra de Prima de Teología el doctor don Pedro
Ascencio de Tula Bazán, arce deán de la catedral; de Prima de Leyes, el doctor
don Santiago de las Tordesillas, abogado de las Reales Audiencias de Lima y de
Santiago; de Prima de Cánones, el doctor don Alfonso Guzmán y Peralta, oidor
jubilado de Quito, y asesor letrado de la Gobernación; Maestro de Sentencias,
el doctor Fray Manuel Rodríguez, provincial dominico; Cátedra de Decreto, el
doctor don Santiago Ignacio Marín de Azúa; de Instituta, el doctor José
Martínez de Aldunate; de Lengua Latina, don Domingo de la Barreda y Vera; de
Prima de Medicina, el médico francés o escocés, don Domingo Nevin, y de
Matemáticas, el dominico fray Gabriel de León Garavito.
El
historiador Carvallo y Goyeneche nos ha dejado una descripción corta, pero
precisa del edificio universitario, terminado en 1767. Nótese el número de años
que transcurrieron desde que Berecedo lanzó la idea, hasta que empezaron con
regularidad las funciones del instituto. La idea de Berecedo fue en 1712, la
creación, por el Rey, en 1738; nombramiento de rector y examinadores, en 1746;
nombramiento de profesorado, en 1756; terminación del edificio, 1767; total, 54
años de gestiones y trabajos.
La
descripción que hace Carvallo del edificio universitario, es así: “La obra es
de buena arquitectura con las correspondientes salas para las facultades que se
enseñan, espaciosa capilla para el culto divino, magnífico salón para las
funciones públicas y una lucida fachada con un escudo de armas de la
Corporación, dividido en dos mitades. En la mitad de la derecha se ve la imagen
del Apóstol San Felipe, cuyo nombre lleva la Universidad, y en la de la
izquierda, el escudo de armas de la ciudad en campo de plata con un león
rampante del mismo color con espada desenvainada en la mano derecha; en la
brosla a la derecha ocho veneras del Apóstol Santiago, y por orla un blasón que
dice: uAcademmia Chilensis in Urbe Sancti Jacobi”.
El primer
rector de la Universidad falleció en 1757, y fue substituido por el doctor Tula
Bazán, catedrático de Teología, elegido por el claustro, según las
Constituciones, Ordenanzas y Leyes de Indias, relativas a Universidades; estas
mismas Ordenanzas fueron puestas en práctica estrictamente, para conferir los
títulos y grados universitarios y por ser bastante curioso, voy a contar al
lector cómo era el ceremonial que se desarrollaba para “dar el grado” a un
doctor, en cualquier asignatura.
Terminados satisfactoriamente sus estudios y exámenes, el “doctorando,
presentábase ante el rector, en su domicilio, acompañado del doctor a quien
había elegido previamente como su padrino; en esta visita, el aspirante
solicitaba respetuosamente del rector la gracia de que se le señalara el día en
que debían tener lugar las dos importantes ceremonias de que constaba su
incorporación al doctorado, y que se denominaban, “el paseo" y el “grado”.
El paseo tenía lugar el día anterior al del “grado”.
La
víspera del día señalado para el paseo, el aspirante debía depositar en poder
del ecónomo de la Universidad la cantidad de doscientos pesos en garantía de
que las fiestas y obsequios que ocasionaría la investidura del nuevo doctor
estarían conformes con las ordenanzas. Si la cena, los refrescos, los guantes,
y demás obsequios de que hablaré en seguida no correspondían a las ordenanzas,
el ecónomo podía reparar las deficiencias con los doscientos pesos.
Junto con
entregar este dinero, el “doctorando" debía enviar al rector y doctores
seglares una gorra de terciopelo y al rector y doctores eclesiásticos un bonete
o birrete, del mismo género. A opinión del rector y doctores, el obsequio de la
gorra o birrete podía ser reemplazado por la cantidad de “20 reales contantes y
sonantes.
Al mismo
tiempo, debía enviar al rector “doce gallinas’’ y ocho libras de dulces secos
de los “llamados colación”; al maestre-escuela, ocho gallinas y seis libras de
colación; al doctor padrino, un obsequio igual que al maestre escuela; a cada
uno de los doctores profesores, seis gallinas y cuatro libras de dulces; al
maestro en Artes, tres gallinas y dos libras de colación; y a cada uno de los
bedeles, que eran dos, dos libras de colación, sin gallinas.
El día
del “paseo" salía de la casa del aspirante a doctor una procesión o
comitiva que se dirigía a la casa del rector, llevando en el lugar de honor al
“doctorando” y a su padrino. Esta ceremonia se llamaba “de la
presentación". Encabezaba la comitiva una “banda” de músicos, compuesta de
los únicos instrumentos que se conocían: cajas, clarines y rabeles;
posteriormente esta banda la compusieron estudiantes que tocaban, además de
rabeles, como guitarras y salterios. ¿De aquí viene lo de estudiantinas? Detrás
de la banda caminaba un “escudero” que guiaba, de la brida, un caballo
ricamente engualdrapado por un lado con el estandarte de la Universidad y por
el otro con las armas o escudos del aspirante, pintados sobre telas de seda.
Detrás
del caballo iban los bedeles de la Universidad, con sus “masas’’, y detrás de
estos heraldos, caminaban gravemente los maestros y doctores, ataviados con sus
ropas e insignias; cerrando el grupo de maestros marcaban solemnemente la
marcha media docena de lacayos, con bastones altos y librea, y dos pajecillos
también- de librea. A continuación marchaban el “doctorando” y su padrino; en
este acto, el candidato vestía por primera vez la museta, con “mangas y
capirote”, pero sin cubrirse la cabeza. La procesión cerraba con el mayor
número de gente de a caballo que podía reunir el aspirante, su familia y
amigos.
Al llegar
a casa del rector, la comitiva hacía alto, mientras el candidato, su padrino y
los maestros penetraban a “sacar’ al jefe de la Universidad, previas tres
reverencias con dos pasos de distancia, “como mínimo”. Salía el rector y tomaba
colocación entre el aspirante y su padrino; continuaba la marcha y la comitiva
recorría las calles que previamente se había señalado.
Por
cierto que el elemento femenino se hacía todo ojos desde los balcones para
mirar y admirar al doctorando, sobre todo si era joven y buen mozo.
Hecho el
recorrido, la comitiva pasaba a dejar en .su casa al rector y al aspirante' en
la suya; aquí se disolvía la procesión.
El “día
del grado", que era el siguiente, el aspirante era conducido con el mismo
acompañamiento a la iglesia designada para la ceremonia trascendental. La
procesión pasaba primero a “sacar” al rector a su casa.
Al pie
del presbiterio se había construido un tablado “como de un estado de alto”
(vara y media) sobre el cual se colocaban el rector y los doctores, más el
doctorando, en el momento oportuno. El tablado debía estar engalanado con las
armas reales, al centro, las de la Universidad a la' derecha y las del
aspirante a la izquierda “todas pintadas en raso, a costa del aspirante”. En
una mesa, al centro, cubierta con terciopelo, se colocaba una bandeja de plata
con las insignias del doctorado, y cierto número de pares de guantes...
Una vez
todos sentados, los bedeles con sus mazas, los lacayos y pajes con sus bastones
y escudos, subía a la cátedra el padrino y “proponía una cuestión” que el
aspirante debía desarrollar “per utraque pars, en elegantes palabras en latín y
sin hacer oración”. Después de cinco o diez minutos, el rector “hacía
callar" al orador y ocupaba la cátedra otro de los doctores para “hacer el
vejamen” del candidato. Antiguamente, según previene el autor de quien tomo
estos datos, el vejamen era efectivamente una diatriba, que el aspirante debía
rechazar enérgicamente; pero en esos años, el “vejamen" era un panegírico.
Terminado
este discurso, el candidato, acompañado de los bedeles, pajes, padrino y
doctores, iba a arrodillarse ante el rector para prestar el juramento, con las
manos puestas sobre el misal; este juramento terminaba profiriendo la promesa
de defender hasta la muerte el misterio de la Inmaculada Concepción de la
Virgen María. A continuación, el padrino revestía al candidato con las
insignias doctorales, en la siguiente forma: le daba un ósculo en la mejilla
derecha diciéndole: “recibe este ósculo de paz en señal de fraternidad y
amistad”.
Luego le
ponía un anillo de oro en el dedo anular izquierdo, con estas palabras: “Recibe
este anillo en señal de los desposorios que contraes con la sabiduría, qué ha
de ser tu esposa muy querida”. Entregándole después un libro, decíale: “recibe
este libro de la sabiduría, para que puedas, libre y públicamente, enseñar a
otros”; a continuación, ciñéndole una espada dorada decíale: “recibe esta
espada victoriosa en señal de milicia, pues los doctores no combaten menos
contra los vicios que los soldados contra los enemigos”. Por último, calzándole
unas espuelas doradas: “Recibe estas espuelas de oro, pues los doctores, como
los caballeros ilustres, acometen denodadamente contra las huestes de la
ignorancia”.
Al
imponer cada una de las insignias, la música ejecutaba una “armonía”. Terminada
esta ceremonia, el padrino llevaba al nuevo doctor ante el rector, quien le
daba el primer abrazo de felicitación; luego venían los abrazos de los padres,
hermanos y parentela, y por último, los de sus profesores y “colegas”.
Terminado el besuqueo, el nuevo doctor sentábase al lado del rector y procedía
a distribuir los guantes de que he hablado más arriba, en la siguiente forma:
dos pares al rector, y un par a cada uno de los profesores y bedeles. En el
mismo acto se hacía la distribución de las “propinas” en dinero que las
constituciones y ordenanzas reales disponían para estos casos, a favor del
cuerpo docente de las universidades.
“Y el
rector y doctores se irán como vinieron, dice la ordenanza, por las calles que
previamente se haya designado, hasta la casa del graduado, y allí éste les
ofrecerá una comida, cuyas viandas serán primeramente examinadas por un
diputado del rector, quien verá que sean decentes; y de cada una de las viandas
se dé su plato a cada doctor para que éste lo pueda dar o enviar a quien le
pareciere”.
El
doctorando debía también dar de comer al secretario, a los bedeles y a los
pajes.
Si la
comida era “decente” y se habían cumplido satisfactoriamente las ceremonias,
obsequios, donativos, etc., el ecónomo devolvía al nuevo doctor los doscientos
pesos de depósito; pero no ocurría esto si había faltado algo, y la fiesta se
había deslucido por “roñería’’ del candidato. En la Universidad de San Marcos
de Lima, el aspirante debía pagar también una corrida de toros.
Todas
estas fiestas y “regocijos” costaban al nuevo doctor, muy por lo bajo,
quinientos pesos de oro; pero como sólo recibían el grado los ricos, y las
familias se pirraban por tener un doctor en casa, nadie paraba mientes en el
gasto que se exigía, y por lo contrario, se hacía ostentación y derroche en el
valor de los regalos, en la comida y en el traje de los bedeles, pajes y
escudos.
Otros, en
cambio, tuvieron grandes dificultades, o no pudieron recibir el grado por falta
de dinero. Entre estos puede citarse a Manuel Rodríguez, nuestro guerrillero,
que no recibió el título de abogado por no haber podido disponer de la cantidad
de quinientos pesos a que ascendían los gastos de propinas, regalos y fiestas,
el año 1809, cantidad que debía depositarse previamente en la Universidad.
Rodríguez no se desanimó por esta “pequeña’ dificultad y mediante la fuerza de
su palabra y de su simpatía logró que el rector don Juan José del Campo
Lantadilla y la mayor parte del profesorado aceptaran que el interesado “pagara
después” estos derechos. Para garantir ese pago, Rodríguez ofreció desempeñar
las cátedras de Cánones, Leyes, Instituía y Decreto “sin cobrar su paga";
esta garantía fue afianzada por don José Gregorio Argomedo.
Pero hubo
un par de doctores que se opusieron tenazmente a este “arreglo” y lograron que
el Presidente García Carrasco desechara o por lo menos demorara la resolución
de la solicitud de nuestro futuro padre de la Patria. Rodríguez, entretanto, no
se estaba quieto, y en sus comentarios de corrillos del Portal de Sierra Bella
y en el Café de Pancho Barrios, en la calle de Ahumada, decía casi a voz en
cuello:
—Los
“calzonazos" de don Pancho Meneses y don Juan del Pozo (estos eran los
doctores que se oponían), no han de salirse con la suya, ni menos el “hediondo”
de García Carrasco; tengo que encasquetarme las borlas aunque tenga que
arrancárselas a mano a cualquiera de esos vejestorios.
§ 28. La
dama del cintillo de diamantes
(1760)
Con una
pompa hasta entonces desconocida en Mapocho había sido recibido como Gobernador
de Chile y Presidente de su Real Audiencia el muy ilustre señor don Manuel de
Amat y Junient, caballero de las Ordenes de San Juan y de San Jenaro, presunto
heredero del marquesado de Castelbell, en Catalunya, Gentilhombre de Casa y
Boca de Su Majestad don Fernando VI y Mariscal de Campo de los Reales
Ejércitos. Con decir que el vecindario de Santiago había contribuido con cuatro
mil trescientos cincuenta y cuatro pesos siete reales y dos cuartillos al
esplendor de las fiestas que se le hicieron al nuevo Presidente está dicho
todo, pues en ocasiones análogas, es decir, para la recepción de otros
presidentes apenas si se habían “juntado” dos mil pesos, y eso, pegándoles en
el codo a los vecinos más pudientes, que eran también los más roñosos.
Había, es
cierto, un motivo especial para que en esta ocasión se mostrara el vecindario
más generoso que en otras ocasiones; sabíase que Su Señoría, el nuevo
Presidente, era un sujeto arrogante, altanero, voluntarioso y despreciativo y
que le gustaba mirar en menos todo lo que se le presentaba por delante, ítem
más que tomaba muy en cuenta las obsequiosidades de sus subalternos a los
cuales correspondía “según sus méritos’’. Y como todo el mundo esperaba
conseguir algo del sol naciente, los santiaguinos quisieron rivalizar ante el
Presidente Amat para lograr la mejor tajada, si alguna había.
Don Juan
del Castillo y Mate de Lima fue uno de los vecinos más
generosos en la “derrama” que echó sobre el vecindario el Corregidor don
Ignacio de la Carrera; aparte de haber subscrito él solo ciento cincuenta
patacones en la lista, ofreció “parar" el caballo de “ostenta” que debía
montar el Presidente a su entrada a la ciudad, más dos parejas de mulas
cuyanas, “gordas y mansas’’, para la calesa de su señoría. El solo caballo era
un obsequio de rumbo para cualquier vecino, pues además del animal, que debía
ser de primer orden, “había de vestirlo” con ropa nueva, esto es, ensillarlo y
“atalajearlo” con el primor y el lujo que merecían las ilustres posaderas del
primer mandatario.
El
rumboso don Juan del Castillo no quiso quedarse en el solo caballo; como ya
hemos visto, agregó las cuatro muías para el carruaje; y si no las obsequió con
calesa y todo fue, probablemente, porque no había en Santiago una que fuera
digna del alto y orgulloso dignatario que venía a mandar al Reino de Chile; por
lo demás, la calesa de los presidentes era la mejor de las cinco que rodaban
por las embarradas calles de la ciudad, y no era el caso encargar otra a Lima,
a Madrid o ¡a París de Francia, sólo para extremar la ostentación, que era
inútil, por cuanto ningún vecino había alcanzado ni a la rodilla a don Juan del
Castillo y Mate de Luna.
Tal
desprendimiento era inusitado en tal personaje y su generosidad del momento
habría de llamar la atención de amigos y enemigos, que le tenían o le conocían
como un “cicatero” que no era capaz de dar un grano de trigo al gallo de la
Pasión.
—Algo le
pasa a Juan del Castillo; ¡algo le pasa! —afirmaba sentenciosamente don Nicolás
Martínez y la Espada en sus cotidianas conversaciones con el Guardián de San
Francisco, su íntimo amigo y compatriota, pues ambos eran arequipeños—; y me
parece que no ando descaminado si digo que mucho tienen que ver estos
“dispendios’’ con la Isabelita Mascayano y con la herencia que a la chica la
administra. ¡Líbreme Dios de malos pensamientos!
—Mi señor
don Nicolás, no haga vuestra merced juicios temerarios, que van contra el
cuarto mandamiento; nada tiene de particular que don Juan del Castillo
contribuya con generosidad al esplendor del representante de nuestro Soberano a
quien Dios conserve la monarquía del Universo.
—
¿Juicios temerarios? Allá los veredes y lo sufriredes, padre mío, que yo
conozco las uvas de mi huerto. Sepa vuestra reverencia, que don Juan del
Castillo, con sus cincuenta y cinco noviembres a cuestas, quiere tomar por
mujer a su ahijada Isabelita a fin de no tener que dar cuenta a nadie de la
administración de los cien mil patacones que la chica recibió en herencia, y
sepa también que en estas diligencias ha llegado hasta el Deán de la Catedral
en demanda de su protección.
— ¿Para
conseguir la dispensa canónica...?
—Para
conseguir la dispensa canónica y para que influya en la chica, que según
parece, no quiere marido viejo.
— ¡Vea
vuestra merced cómo están las mujeres ahora...! —exclamó el Guardián, cruzando
los brazos y meneando filosóficamente la cabeza.
—Déjese
vuestra paternidad de garambainas y no olvide aquello de que “quien se casa
viejo presto da el pellejo”.
—Bien
parece la moza lozana junto a la barba cana —arguyó el fraile.
—
¡Pamplinas! —Replicó don Nicolás Martínez y la Espada—; que una mujer de
dieciocho no cumplidos se case con un carnero vejancón, es pedir que un chantre
de catedral cante a una misma voz con un tiple.
—La mujer
del viejo relumbra como un espejo —afirmó el franciscano echando mano a la
colección de refranes con que acostumbraba salir de los pasos difíciles.
-¿Sí...?
No olvide su reverencia el versito que dijo el “representante” Juan Coello en
la comedia que vimos para los días del señor Oidor Decano:
... No
necesita
ni
cordeles ni venenos
quien se
casa a los sesenta
con
muchacha de ojos negros.
Al oír la
alusión al “representante" el franciscano hizo un respingo.
—Ese mozo
debiera ser echado del reino si no quiere que lo ahorque —vociferó.
Y ante la
mirada de curiosa interrogación que don Nicolás echó sobre su reverendo amigo,
el Guardián continuó, bajando la voz:
—Tengo
sabido, mi señor don Nicolás, que ese farsante, con su voz meliflua, sus
afeites y sus miradas ha tenido la “avilantez" de requerir de amores a más
de una dama honesta de las que desgraciadamente han asistido a las
representaciones de comedias y farsas que han dado en la flor de organizar en
sus palacios algunos vecinos “afrancesados” de Mapocho. ¿Ha visto vuestra
merced mayor insolencia...?
—Grave me
parece —opinó don Nicolás—, pero lo dudo.
—No lo
dude; lo he sabido de buena fuente y tan cierto es, que el ilustrísimo doctor
don Manuel de Alday, obispo de la Santa Iglesia Catedral, prepara una pastoral
en contra de esas representaciones, por los muchos peligros para la moral y las
buenas costumbres que ellas encierran, y va a pedir también el castigo de Juan
Coello, como pecador público, y que sea arrojado del reino.
Abrió
tamaños ojos y boca don Nicolás y sin poder reprimir su deseo de conocer
“detalles”, avanzó la pregunta que hacía rato le hacía cosquillas en los
labios.
—Oiga,
Padre: ¿y quiénes son las damas a quienes el “farsante’’ Juan Coello ha
requerido de amores...?
El
Guardián examinó a su amigo con una mirada que pretendía penetrar hasta lo
recóndito, y guardó silencio receloso.
—Debe
guardarse el secreto —dijo por fin, requiriendo un polvo de su caja de rapé, y
afilándose la nariz—; pero a vuestra merced lo tengo por discreto y se lo diré,
a pesar de la inquina que le tiene a don Juan del Castillo...
Las
pobladas cejas de don Nicolás se enarcaron con amplitud y sus pupilas azules y
pequeñitas se expandieron en un movimiento de sorpresa realmente sincera.
— ¿Juan
del Castillo...?
— ¿Pero
no lo ha oído decir su merced...? —Inquirió el fraile al ver el gesto de su
amigo—; ¡si no se habla de otra cosa en Mapocho...!
— ¿Y qué
es ello, por el amor de Dios? —preguntó a su vez don Nicolás, desesperado ya
tanto por las reticencias del franciscano cuanto por el hecho de tener que
mostrarse ignoro de un chisme santiaguino que, según las noticias que acababa
de saber, era conocido de todo el mundo.
—Pues,
que el farsante Juan Coello se “ha visto’’ ya dos veces con Isabelita Mascayano
a través de la reja de su casa que da a la calle del Corregidor Ahumada...
— ¡Ahí!
¡Desventurado Juan del Castillo! ¿Y está vuestra paternidad, seguro... de
que... las entrevistas... han sido solamente a través de la reja...? —formuló
con acento de sospechosa picardía el caballero Martínez y la Espada.
—Sí,
señor —contestó con energía el Guardián—, porque yo he visto una de ellas...
— ¿la
otra? —insistió el viejo, tosiendo con carraspera.
— ¡Calle
la boca! —Mandó el fraile— y no sea “mala lengua”; yo vi la entrevista de
anoche y vi también que un poco más adentro del aposento en donde estaba
Isabelita, encontrábase su "aya”, de cuerpo presente y ojo avizor.
—Perdone
vuestra reverencia, padre Guardián —respondió con voz complaciente don
Nicolás—, pero ya conoce vuestra reverencia aquello de que “a un lado la
doncella, al otro el mancebo y el diablo en el medio”.
—Estuve a
punto —agregó el franciscano— de llamar al alguacil, que vive allí cerca, para
que aprehendiera al farsante en flagrante delito, pero tuve temor al escándalo;
y no siga preguntando, el curioso, que nada más le diré.
Y,
efectivamente, por más enviones que hizo don Nicolás por saber otros detalles,
el fraile se cerró y no quiso soltar más prendas; pero las que largara eran
suficientes para que en la tarde del mismo día se comentará, en todos los
corrillos y trastiendas, las “relaciones” que mantenía Isabelita Mascayano con
el farsante Juan Coello, a espaldas de su tutor y “prete’’ don Juan del
Castillo y Mate de Luna, el más generoso contribuyente para las fiestas de
recepción del nuevo Gobernador de
Chile,
don Manuel Amat y Junient, de quien, evidentemente esperaba importantes
“mercedes’’.
Por
cierto que mientras “todo Santiago” se hacía una sola lengua para compadecer a
la víctima, el único que no sabía de la jugarreta de Isabelita con Juan Coello
era el interesado. ¡Ay qué mundo, Facundo!
El amplio
primer patio de la casa solariega de don Mateo de la Cerda y Sánchez de la
Barreda, ubicada en la calle de San Antonio, casi esquina con la de los
Huérfanos, encontrábase repleto con la más selecta y entusiasta concurrencia
que era posible reunir en la Capital del Reino de Chile, para presenciar la
“primer noche de comedias” que se ofrecía en honor del nuevo Presidente. Desde
media tarde habían comenzado a llegar a la casa de don Mateo transportadas por
“negros y chinas" las “silletas" que enviaban los convidados para que
fueran colocadas en los mejores lugares del patio a fin de poder gozar con la
mayor comodidad posible del curioso y atrayente espectáculo teatral que por
tercera vez en ese año, ofrecía al vecindario un “histrión” portugués llamado
Juan Coello, llegado al país por la ruta de las provincias transandinas en
compañía de dos farsantes más, uno de los cuales hacía en las comedias los
papeles de mujer, “como si lo fuera”, y adoptando la voz de falsete.
Es
necesario advertir que la “compañía’’ del cómico Juan Coello había traído
consigo una “dama’’ para la representación de estos papeles; pero las graves
dificultades que encontró, no solamente en cierta parte del vecindario, sino
muy especialmente en las autoridades eclesiásticas, para que se permitiera
actuar en el proscenio a la artista juntamente con los actores, obligó al jefe
de los cómicos a suprimir de su elenco a la muy simpática Mariquita Confieras
con la consiguiente desesperación de sus admiradores. El Deán de la Catedral
estimó “profundamente inmoral” que apareciera en el escenario una mujer
“revuelta” con los hombres.
A pesar
de todo, el “representante" Juan Coello había triunfado desde que se
presentara en el atrio del templo de la Compañía, interpretando el papel de San
Juan Evangelista, en un auto sacramental de Semana Santa compuesto por el Padre
Juan Vivanco, maestro del colegio jesuita. Desde ese día cambió por completo la
situación del “representante", y con la protección del padre Vivanco le
fue fácil obtener permiso para ofrecer al vecindario de Mapocho una función “de
pago”, en el patio mismo del Colegio de la Compañía, función que le produjo la
considerable suma de setenta y ocho pesos. En esta representación, Juan Coello
declamó unos versos “amatorios” del mercedario Tirso de Molina, y como este
excelso fraile poeta sabía decir las cosas y Coello interpretarlas, los versos
y el actor pudieron llegar al alma de los oyentes, sobre todo a las del sexo
femenino que son las más impresionables. Juan Coello llegó a ser el ídolo de
las niñas y más de alguna, al igual de Isabelita Mascayano, quedaríase dormida
recordando la arrullante cadencia de los versos y la aterciopelada e insinuante
voz del hábil y circunspecto mozo.
Isabelita
no podía faltar aquella noche de fiesta, y acompañada de su “dueña” y de su
tutor, don Juan del Castillo, ocupaban también un sitio de los mejores entre la
concurrencia, como que sus “silletas’’ estaban colocadas al lado mismo de la
ventana del principal aposento desde donde iba a presenciar la comedia el
Presidente Amat; no sabía, no sospechaba la niña ni su tutor y pretendiente,
que ellos eran objeto de insistentes y curiosas miradas que atisbaban sus
menores movimientos para sacar “consecuencias” y aliñar el comentario; toda la
atención de don Juan estaba puesta en la llegada del Presidente y estaba listo
y bien preparado para corresponder aspaventosamente el saludo que Su Señoría
habría de hacerle al ver tan cerca de sí a uno de sus más generosos
obsequiantes; toda la atención de la niña se dirigía al “tablado” por donde
habría de aparecer la esbelta y arrogante figura de Juan Coello, a quien, ya lo
sabe el lector, había abierto el postigo de su reja.
Quien
hubiera puesto sus ojos en los atrayentes “bajos" de la joven, habría
notado algo que seguramente le hubiera llamado la atención; a uno de los
chapines dorados que forraban sus pies diminutos, como piñones, le faltaba el
cintillo de diamantes que debía sujetarlo a la bien torneada pantorrilla...
¿Cómo había podido ocurrir tamaño descuido en una muchacha tan bien trajeada y
alhajada como Isabelita Mascayano?
Pero si
los vecinos de la joven no habían notado tal deficiencia, ella no pudo escapar
al examen de la persona que tenía puestos sus ojos en sus encantos y que por
ellos andaba a mal traer, y este era don Juan del Castillo.
Isabelita,
un cintillo de su chapín, no está en su sitio —díjole en voz baja,
inclinándose, de lado, hacia la joven.
Isabel
Mascayano recogió rápidamente su pie y sintió que su rostro ardía.
No pudo
contestar nada, porque su voz murió al salir de su garganta; ante la mirada de
nueva interrogación que sospechó sobre sí, la joven, dijo, sin poder disimular
el temblor de su voz:
—He
perdido el cintillo, señor, más creo poder encontrarlo en mi aposento;
descuidad, que mañana lo tendré conmigo.
—Lástima
sería, Isabel, que perdierais esa joya, porque no habrá en Mapocho cómo
reponerla y porque os la obsequié de corazón.
La joven
ahogó una angustia inmensa. Lo que menos pensaba era que don Juan- del
Castillo, al obsequiarle los cintillos para sus chapines de gala, lo hubiera
hecho con la intención de que fueran tenidos “como obsequio del corazón”... En
esos momentos hubiera querido que se la tragara la tierra, pues presintió que
algo tremendo le acechaba; se sintió tan inquieta y desesperada, que dos veces
estuvo a punto de decir a su “dueña que la acompañara a retirarse de aquel
sitio en donde tenía la certeza de que la esperaba una desgracia; sus sienes
latían con golpes sañudos y amenazantes y el vaivén de su busto velado por el
camisolín de encajes denotaba la tremenda agitación de su alma.
Sonaron
los destemplados clarines que anunciaban la llegada del Presidente y prodújose
en el patio un silencio de reverencia hacia el representante del Soberano; todo
el mundo de pie volvióse hacia el portón de entrada y al aparecer los
alabarderos, el Corregidor Carrera echó el primer vítor; caballeros y damas
alzaron las manos enguantadas y a poco todo el concurso formó un bullicio de
salutación entusiasta, mientras el Presidente y los de su comitiva penetraban
al “aposento” que les estaba reservado.
Don Juan
del Castillo, sin poder resistir más tiempo la carencia del saludo que esperaba
del Presidente acercóse a la ventana y formuló su más contrita reverencia de
corte; el Presidente Amat se dignó posar sus ojos sobre el criollo y se dignó
aún preguntar su nombre.
—Es don
Juan del Castillo y Mate de Luna... —le informó el Oidor Portales.
— ¡Ah!
—Exclamó el Presidente—; ¡el de las mulas!... ¡Buenas noches tenga vuestra
merced, señor caballero!
La
emoción impidió a don Juan contestar al Presidente, pero su cabeza casi se
juntó con las rodillas. Habría permanecido don Juan en esa actitud algunos
instantes más, si no oyera el murmullo que brotó de la concurrencia al aparecer
en escena Juan Coello, que se presentó radiante; un traje de terciopelo azul,
con encajes de Holanda en la gorguera y en el borde del calzón, medias blancas
de seda y zapatillas de lama de plata cubrían su cuerpo gallardo y elegante;
una “gorra” emplumada, del mismo color, cruzada por un cintillo de diamantes,
cuyo extremo y broche caía sobre la oreja irradiando luces multicolores ornaba
su cabellera lustrosa y ensortijada de muchacho fuerte, sano y galán...
Avanzó
hacia el borde del tablado, paseó una mirada de satisfacción y de
agradecimiento por sobre esa concurrencia cuya admiración por su persona no
disimulaba, cruzó sus brazos sobre el pecho e inclinó el busto con reverencia;
llevó luego la mano a la gorra, la puso sobre sus labios, y en el mismo
cintillo de diamantes aplicó un beso largo y profundo...
— ¡El
cintillo!... ¡el cintillo!... —exclama don Juan del Castillo y Mate de Luna al
reconocer, por instantes la joya que adornaba la gorra del “histrión"—;
¡el cintillo! ¡Mi cintillo! ¡Mi obsequio de corazón!... ¡obsequio de
corazón!...
Alzóse de
su asiento, tembloroso de vergüenza y de coraje, levantó el bastón y avanzó
amenazante, hasta dos pasos del escenario... Abrió los brazos, lanzó una voz
estridente que murió ahogada en su garganta, y se derrumbó hacia atrás.
Tres días
después de los solemnes funerales que se celebraron en el templo de San Agustín
por el eterno descanso del Maestre de Campo don Juan del Castillo y Mate de
Luna, “fallecido de esta vida de un patatús”, penetraba por la portería del
Convento de Nuestra Señora de la Victoria, una nueva novicia, doña Isabel
Mascayano y Jiménez de las Tordesillas, que un año más tarde profesó con el
nombre de Sor María de los Dolores, y llegó a ser, por sus virtudes y santidad,
abadesa de “las monjitas”.
§ 29. La
novia por una canonjía
(1760)
Después
de brillantes estudios de Teología y Artes (así se denominaba la Filosofía),
con profesores tan notables como el sabio jesuita Carlos von Haymhausen y el no
menos docto Padre Ignacio de Arcaya en el Convictorio que la Compañía dirigía
en Concepción, partió con rumbo al Callao, en la corbeta Los Dolores, el
joven pencón don Manuel de Alday y Aspée; destinado por sus padres, don José de
Alday y Ascarruns y doña Josefa de Aspée y Ruiz de Berecedo, a continuar y
terminar su carrera de letrado en el Colegio de San Martín y en la Universidad
de San Marcos de Lima.
El joven
Alday y Aspée pertenecía a la aristocracia de la sangre y de la fortuna. Su
padre, originario de la villa de Vergara, en Guipúzcoa, había llegado a Chile,
a la edad de catorce años en compañía del Gobernador don Tomás Marín de Poveda,
su padrino de óleo, y que al venir de la Península para tomar el Gobierno de
este Reino de Chile, quiso traer consigo a su ahijado para encargarse de su
educación y de su porvenir. Incorporado a tan distinguido hogar, y debiendo
alternar con lo más selecto de la aristocracia chilena, no parecerá extraño que
al llegar el joven a la edad competente le fuera dada en matrimonio, con la
complacencia de toda su larga y empingorotada parentela, una de las más
apreciadas y ricas herederas criollas de su tiempo, la nombrada doña Josefa de
Aspée, delicado retoño de selectas alianzas de familias santiaguinas y penconas.
Instalado
el nuevo hogar en Concepción, patria de la novia, fue allí donde nació su
primer vástago, el joven Alday y Aspée, a quien hemos dejado
navegando rumbo al Callao.
Pocos
estudiantes de su época —y aun de anteriores y posteriores—
hicieron en más corto tiempo y con tanto lucimiento, sus estudios de Cánones y
de Jurisprudencia como el criollo chileno.
Ingresado
al Convictorio jesuita de Concepción en 1721, a la edad de ocho años, a los 19
se encontraba ya en posesión de sus títulos de doctor en Teología, y de Maestro
de Arte, otorgados por el Obispo de la Diócesis don Francisco Antonio de
Escandón. La precocidad del colegial fue tan notable, que el jesuita Olivares,
en su Historia de la Compañía de Jesús, señala al joven Alday
como uno de los talentos más aventajados no sólo de Chile, sino aun de las
Indias; y otro jesuita célebre, el Padre Ceballos, refiriéndose especialmente a
los estudios de Alday en el Convictorio penquista, dijo “que los ha hecho con
tan feliz aplicación y corrió con tan rápido vuelo por las facultades
filosófica y teológica de nuestras escuelas, que a juicio de sus maestros dejó
siempre muy distantes a sus condiscípulos”.
Cuando
recibía sus diplomas de Doctor en Teología y de Maestro de Artes, ni el joven
Aspée ni su padre abrigaban intenciones de que el estudiante siguiera la
carrera eclesiástica; por el contrario, siguiendo las costumbres de la vieja
nobleza solariega, sus progenitores “tenían hablado” el compromiso matrimonial,
o “alianza” de su vástago con una niña que a la sazón bordeaba los doce años,
hija del Tesorero de la Santa Cruzada, don Juan Francisco Briand de la
Morandais. Es posible que los futuros o presuntos cónyuges, si alguna vez se
encontraron en casa de sus padres, el “novio” debió mirar a la “novia” de alto
abajo, y ésta a aquél de abajo para arriba, ajenos a lo que contra ellos se
tramaba.
El mismo
éxito con que terminó sus cursos de Teología y de Filosofía en Concepción,
acompañó al colegial chileno en sus estudios de Derecho y Jurisprudencia en el
Colegio de San Martín y en la Universidad de Lima. Apenas dos años le bastaron
para quedar en condiciones de presentarse ante la Real Audiencia del Virreinato
en demanda del ansiado título de Abogado, meta de su carrera de estudiante y
punto de partida para arrebatar al mundo la gloria y la fortuna.
El 18 de
enero de 1734, ante el imponente solio del Alto Tribunal limeño presidido por
el Virrey Marqués de Castelfuerte y con la asistencia de los oidores don José
de Santiago Concha, Marqués de Casa Concha; don José de Ceballos y Guerra,
Conde de las Torres; don Álvaro de Navia y Bolaños, Caballero de Alcántara; don
Álvaro Cavero y Lucerna, Veinticuatro de Navarra, y don Álvaro Ortiz de Avilés,
después de un examen tan severo de parte de los oidores —“que se turnaban para
interrogar— como brillante de parte del candidato y de prestar juramento de no
patrocinar causas injustas, de defender gratuitamente a los pobres y al fisco
de Su Majestad y de guardar el secreto profesional, fue vestido de la garnacha
y del birrete que le permitía tomar asiento entre el respetable gremio de los
defensores del Derecho.
Para
decorar su persona con todos los laureles que a un criollo era posible
conquistar en las Indias, sólo faltaba al joven chileno y pencón estar en
posesión de las borlas de doctor en Cánones y en Derecho. Para quien había dado
tantas y excepcionales pruebas de habilidad y de talento, no podía ser difícil
cumplir ese deseo. Seis meses más tarde, el Aula Magna de la Universidad de San
Marcos se vestía de gala para presenciar el nuevo y definitivo triunfo del
brillante alumno a quien había bachillerado y licenciado en esas ciencias, y
que ahora pedía ser admitido a enseñarlas como Maestro.
Y he aquí
a nuestro compatriota poseedor del cetro de todas las ciencias de su época, y
de todos los honores que ellas conferían, a la edad de 24 años.
Desde esa
fecha, 1736, floreció en Lima “uno de los mayores juristas que hayan tenido las
Indias,, dijo de Alday el famoso potosino Gutiérrez Navarro llamado “el alcázar
de las ciencias” por sus contemporáneos de la Audiencia de las Charcas. No sé
si la exageración será del potosino o de sus contemporáneos.
Durante
los dos años que permaneció en la capital del Virreinato, el joven chileno
ejerció la abogacía con dedicación tan abnegada y con tanta honradez que sólo
admitía los juicios que estimaba justos y que podía atender con eficacia, y no
cobraba honorarios sino cuando ganaba la instancia.
Con tan
ejemplar conducta, parece natural que el abogado pencón hubiese sido uno de los
mejores adornos de la sociedad limeña, pues a su demostrado talento podía unir
las muy apreciables condiciones de linaje, de fortuna y de juventud, y no sería
raro que alguna mamá, con ribetes de suegra, se desvelará pensando en la
soledad en que vivía en Lima ese pobre muchacho.
A
principios de 1739, llegó a su conocimiento que se había producido^ una vacante
de canónigo en el coro de la Catedral de Santiago. “Era común en aquella época
—dice un estimable escritor chileno— que seglares nobles y capacitados
pretendieran obispados, canonjías u otras dignidades eclesiásticas, antes de
vestir la sotana, y que sólo pidieran las órdenes clericales después de haber
obtenido del Rey tales beneficios. El joven Alday fue uno de éstos, ya sea por
vocación verdadera o por el deseo de volver a su patria para llevar una vida
tranquila; sin pensarlo dos veces se embarcó rumbo a Chile en el primer galeón
que zarpó del Callao, dispuesto a oponerse a ese empleo en el concurso abierto
para proveerlo.
Al llegar
a Mapocho después de cinco años de ausencia, halló aquí a sus padres que habían
venido expresamente de Concepción para abrazarlo, y se encontraban hospedados
en casa de su viejo amigo don Juan Francisco de la Morandais, el cual, a causa
de la enfermedad de su mujer doña Juana Caxigal del Solar, habíase visto
obligado a trasladar su residencia de Penco a Santiago.
La
recepción del viajero había reunido en el amplio salón de la casa a
numerosísima concurrencia de amigos y parentela, que habían querido dar
alborozada bienvenida al joven triunfador vuelto a sus lares después de tanto
tiempo. Junto a su madre, doña Josefa de Aspée, se encontraban los dueños de
casa, y al lado de éstos, dos niñas, una de las cuales, la que parecía menor,
temblaba como arbusto en ventolera, sin poder, sin embargo, retirar su mirada
de la apuesta figura del recién llegado.
— ¡Aquí
está la María Ignacia!... ¡tu novia, niño!... —exclamó alegremente su madre,
cuando el joven, sin desprenderse aún de sus brazos, se aprestaba a continuar
saludando a la concurrencia.
Si
desconcertado estaba el jurisperito con las emociones que le producía el
caluroso recibimiento de su patria y familia, quedó definitivamente aturdido
después de fijar sus ojos en los muy grandes, muy azules, anhelantes y húmedos
de su inesperada “novia” de la cual casi no tenía recuerdo, y desde ese momento
sintió que perdía el dominio de sus facultades.
Pero él
venía a ganar una canonjía: venía a “pelearla” con opositores a quienes sabía
competentes, hábiles, experimentados; venía, además, de la metrópoli
expresamente a eso, y todavía, con una aureola de sabiduría bien ganada y bien
sonada, la cual aureola y fama no podía ni debía exponer a una derrota, que
sería vergonzosa si llegaba a producirse. ¡No podía renunciar a la lucha! ¡Pero
tampoco podía decidirse a renunciar a la muchacha!...
Algunas
veces se encerraba en su cuarto, se santiguaba,, rezaba avemarías y se sumía en
el estudio, reconfortado y resuelto para ahondar en las proposiciones que
debería defender ante el severo jurado el día del examen, que llevaba el cariz
de ser también, un verdadero día de juicio; pero a los pocos instantes
sorprendía a su cerebro, antes tan bien organizado, en- una revoltura de
pragmáticas, de cánones, de instituías, de “proposiciones sutiles”, que no
podía desenredar, y en cierta ocasión estuvo dudando sobre si las Partidas de
Alfonso el Sabio eran siete, catorce o treinta y tres.
Llegó por
fin el día del examen y, a pesar de las perturbaciones de su cerebro, derrotó
fácilmente a sus competidores; la canonjía se le venía a las manos y empezaron
a llover las felicitaciones para el futuro Canónigo Doctoral de la Santa
Iglesia Catedral de Santiago.
Pero el
diablo de la chica lo mantenía en ascuas a pesar de todo y los desvelos y los
insomnios del candidato eran, cada noche, más afiebrados; él mismo no hallaba
por cuál de las dos “cosas” decidirse; si por la majestuosa Capa Magna y el
birrete carmesí, o por las blancas galas de novia de la encantadora María
Ignacia de la Morandais.
Las
propuestas, entretanto, navegaban rumbo a la Península y si bien es cierto que
los informes del Presidente, del Obispo, de la Audiencia y del Jurado, le
aseguraban el éxito ante el Soberano, bien podía ocurrir que algún pretendiente
con más y mejores santos en la Corte, le arrebatara el triunfo en la puerta.
Había que
urdir una combinación para asegurar, o la canonjía o la novia, y esto fue lo
que hizo el joven Manuel, pues para algo se había quemado las pestañas
estudiando leyes y sus triquiñuelas.
“Presentándosele
proposición de matrimonio con una señora principal y de mucha calidad —dice el
historiador Carvallo y Goyeneche— el joven Manuel Alday y Aspée pasó a celebrar
esponsales secretos con ella, bajo la condición de que si el Rey le hacía merced
de la Canonjía, él recibiría las órdenes clericales y ella entraría en
religión”.
Seis
meses más tarde llegó de la Corte el nombramiento de Alday para Canónigo
Doctoral de la Catedral santiaguina y el 5 de enero de 1740 recibía el
presbiterado de manos del Obispo don Juan Bravo del Ribero.
Fiel a su
palabra empeñada, su novia, doña María Ignacia de la Morandais y Caxigal del
Solaringresó al Convento de las Claras, en donde profesó al poco tiempo.
Don
Manuel de Alday y Aspée ciñó la mitra episcopal de Santiago el 24 de agosto de
1755; Sor María Ignacia de la Morandais empuñó el báculo abacial de Santa Clara
el 17 de diciembre de 1760.
El Obispo
falleció el 19 de enero de 1780, y la Abadesa entregaba su alma a Dios el 20 de
marzo de 1781.
§ 30.
Noche de San Juan
(1762)
Las
supersticiones y la “hechicería” han tenido en todos los tiempos una gran
influencia en la vida de los pueblos, y no solamente en sus clases inferiores o
incultas, sino también en sus clases seleccionadas o aristocráticas; por cierto
que el pueblo bajo ha sido el origen y el incubador de las “brujerías”, por lo
mismo que, en su incultura, ha querido explicarse algunos fenómenos que le han
parecido sobrenaturales, o defenderse de sus consecuencias, recurriendo a las
mismas fuerzas misteriosas u ocultas que, en su concento, las han provocado.
Pero la tendencia natural de los espíritus débiles ha hecho extenderse la
brujería a todos los círculos de la sociedad, y hoy mismo podremos ver
centenares de automóviles de las mejores marcas haciendo cola á las puertas de
los “adivinos”, en espera de sus dueños que aguardan pacientemente su turno en
las antesalas de los astrólogos, de los quirománticos y de los cartománticos,
para oír de sus experimentados labios lo que les tiene deparado el porvenir.
Aunque el
pueblo español ha tenido fama de supersticioso y de inclinado a la brujería,
los conquistadores, al llegar al Mapocho, se vieron supeditados por los
naturales, en esto de los “encantamientos y hechizos”; parece que los ritos de
los indios chilenos y el conocimiento que demostraron de las propiedades de
algunas plantas, arbustos y yerbas del país, picaron la curiosidad de los
recién llegados por conocer más a fondo los misterios de la ciencia infusa de
que hacían gala los indios de Talagante, que eran los más adelantados en ella.
Desde los
primeros años de la ciudad, el “manitreo” de los indios constituyó una
preocupación para las autoridades y para el vecindario, hasta el punto de que
el Procurador de la ciudad, Francisco Martínez, elevó al Cabildo una
presentación en la que ' pedía “que sus señorías mandasen, cada seis meses,
cuando menos, vaya un juez de comisión que recorra las tierras de los
hechiceros, que llaman ambicamayos, dándole poder para castigarlos con rigor,
pues es público y notorio de los muchos indios y indias que mueren por esto”,
es decir, por las hechicerías.
Y como el
Cabildo no resolviera este asunto con la premura que al Procurador le parecía
conveniente, Martínez se dirigió resueltamente al Gobernador Pedro de Valdivia
en una famosa exclamación que tengo a la vista, y que dice, en su parte
pertinente: “Otrosí, pido a vueseñoría, que, pues los naturales se matan los
unos a los otros y se van consumiendo con ambis y hechizos que se dan,
vueseñoría mande cada tres meses dos vecinos que vayan del Maipo hasta el Maule
y a las tierras del indio Talagante, y otros hasta el Choapa, con comisión y
cuidado de castigar a estos hechiceros y ambicamayos que hacen daños y hechizos
invocando al demonio".
Pedro de
Valdivia no sólo creía en los brujos, sino que los consultaba continuamente;
poco caso hizo de la presentación del Procurador y se limitó a contestar “que
ya tiene mandado a las justicias que provean a ello”... Por aquellos años,
1552, el Conquistador tenía “tractos” con María de Encio, “la mayor encantadora
y hechicera destas provincias”, según quedó comprobado en el proceso que le
siguió, años más tarde, la Inquisición limeña; no es improbable, entonces, que
esta fulana tuviera alguna participación en la casi desdeñosa providencia que
puso el Gobernador a la “exclamación” de Francisco Martínez.
En el
mismo proceso inquisitorial a que acabo de aludir —publicado por mi recordado
maestro el sabio Medina— se comprobó también que María de Encio “manitraba” con
el diablo la noche de San Juan, lo que demuestra que las brujerías que más
tarde fueron corrientes en Chile, no procedieron sólo de los ritos y creencias
de los indios naturales chilenos, sino que los conquistadores las acogieron,
modificaron y propagaron, adaptándolas a las de España. Sería tarea fácil, por
lo demás, comprobad que las hechicerías de aquellos tiempos y que han llegado
hasta nosotros, si no son las mismas, tienen abundantes puntos de semejanza con
las de la Península.
Es bien
sabido, en primer lugar, que tres grandes santos españoles fueron, también,
tres grandes brujos: San Cipriano, San Benito y San Silvestre; de ellos quedan
oraciones y conjuros que son atrozmente útiles a sus devotos para triunfar de
las malas artes de sus enemigos. Quien sepa alguna oración de alguno de estos
santos, especialmente de San- Cipriano, debe tener sumo cuidado al decirla, no
sea que la oiga algún brujo de malas intenciones, la aprenda y la aplique,
dándole mal uso.
Tan
grande es la influencia de San Cipriano, “brujo de Monte Tabor”, que hoy en día
es punto menos que imposible adquirir una estampa suya; su reproducción fue
prohibida, porque existe el temor de que algún brujo perverso se valga de ella
para consumar “daños” irreparables o abominables sortilegios.
En todo
caso, es conveniente que se sepa que los malos brujos no entran en la casa
donde existe una imagen de San Jerónimo, porque ella es una verdadera “contra”
para toda clase de brujerías. Por si no se tiene a la mano una “vera efigie” de
ese santo ermitaño y barbón, la estampa puede sustituirse por unas tijeras que
se cuelgan “de un ojo” detrás de la puerta de calle, para que sus “piernas”
queden en cruz. También es muy eficaz poner en los huertos y jardines una
matita de “ruda”, que tiene la cualidad de defender la casa y la huerta de
cualquier maleficio.
La noche
de San Juan, según los anales de la brujería, es el período más propicio del
año para hacer toda clase de pruebas, beneficiosas o perversas. A la nombrada
María de Encio, por ejemplo, le fue testificado que en una noche de éstas,
salió a buscar la flor de la higuera acompañada de una india que estaba en
meses mayores y que habiéndose posesionado de la flor “por malas artes” causó
la muerte del marido de la india y del vástago. Como éste, fueron muchos los
crímenes que castigó, a veces con la hoguera, la Inquisición de Lima,
denunciados por sus familiares de Chile.
Pero este
tremendo tribunal no sólo conoció de esta clase de crímenes nefandos, sino de
muchas otras brujerías que, en realidad, no constituían delito; eran
manifestaciones de simple curiosidad “aunque no ajena de pecado" al decir
del jesuita Admirall; pero como se practicaban, preferentemente, la noche de
San Juan, se castigaba “la presunción de delito y el sacrilegio” de elegir,
para estas hechicerías, la víspera o las primeras horas del día consagrado al
bautista de Nuestro Señor.
A fines
del siglo XVII, por el año de 1693, causó grande alboroto el proceso que se
instruyó en Santiago a Catalina Herazo, india, por haber enseñado a unas
muchachas colegiales del convento de las Agustinas, varios “manitreos”, algunos
de los cuales debían llevarse a cabo, precisamente, la noche de San Juan. A
pesar de las precauciones que habían tomado las muchachas, cinco de ellas
fueron sorprendidas en la cocina, por la monja “veladora" a la luz de una
cera y presididas por un crucifijo quiteño “muy milagroso”, de propiedad de la
maestra de novicias, la cual formó un verdadero escándalo por la profanación de
que había sido víctima su Cristo.
Las cinco
muchachas, con la vista vendada, giraban, tomadas de las manos, alrededor de
una mesa redonda, sobre la cual estaban colocados cinco platos de greda, cada
uno con un contenido distinto: “frísoles”, garbanzos, lentejas, maíz y una
castaña.. . Al sonar la última campanada de las doce de la noche en el reloj
del convento, las cinco experimentadoras debían soltarse de las manos, dar tres
vueltas sobre sí mismas alargar la derecha en dirección al centro de la mesa y
apoderarse del plato que hubiera quedado a su frente. La que atrapara el plato
con la castaña, vería satisfechos sus íntimos deseos en el curso “del año”.
Mientras
giraban alrededor de la mesa, las muchachas deberían “rezar” en voz baja, pero
entonada.
San Juan,
San Juan, San Juan,
La Madre
Maestra no tiene fustán;
Protege a
tus siervas que aquí están.
Fue en
estos momentos cuando hizo su aparición la veladora, y el conjuro se fue a la
porra, antes de que la deseada castaña llegara a poder de alguna de las
postulantes. Llevadas a encierro y estrechadas en varios interrogatorios
severísimos y amenazadas con ser denunciadas al Santo Oficio, las culpables
confesaron que la “china” Cata Herazo, sirvienta del convento, les había
enseñado, entre otros conjuros, a manitrar la noche de San Juan, para saber, a
ciencia cierta, cuál de las cinco se casaría primero.
Una bruja
en pleno convento era la más grande desgracia que podía ocurrir a las
reverendas monjas agustinas, y se llegó a creer que era un aviso de lo alto
para que se reformaran ciertos procedimientos que había puesto en práctica la
Abadesa doña Beatriz de Guzmán, en la educación de sus aristocráticas alumnas,
y que un jesuita había calificado de mundanos. Las cosas habían trascendido
bastante, y el Comisario del Santo Oficio, fray Nicolás de la Fuentecilla,
dominico, se incautó de la india, la cual, sea porque quiso confesar
espontáneamente, o porque “el caballo, la rueda o la escalera” la convencieron,
largó de plano, de frente y de costado todo lo» que había hecho y pensaba
hacer.
Declaró
que antes de venir al convento a servir a su ama la monja doña Juana Jiménez de
la Entrada, “estaba en la encomienda que fue de Don Fadrique Lisperguer y vivía
en una cueva de Naltagua con su madre que daba melecinas”. Con tal antecedente
de familia, la india Cata pasó sin más trámite a la categoría de bruja de
Talagante y, en consecuencia, su causa empeoró sin remedio.
En una de
sus confesiones finales, la Cata se explayó con el Juez instructor y le hizo
una revelación que dejó pálido y desencajado al Comisario del Santo Oficio;
eran los procedimientos que la procesada ponía en práctica para procurarse un
talismán que la hacía invisible a los ojos humanos. Como la confesión fue
amplia, los procedimientos quedaron estampados en el proceso, y de ahí los tomo
para darlos a conocer al curioso lector, por si le conviniera pasar inadvertido
alguna vez.
Prevengole,
ante todo, que estos métodos deben realizarse la víspera de San Juan,
empezándolos antes de las doce; está, pues, en tiempo oportuno.
Se elige
un sitio oculto de una montaña donde haya muchas hormigas, y allí se hace un
pequeño corralito de una vara de alto, más o menos. Antes de las doce de la
noche de la víspera de San Juan, el interesado debe encontrarse en el sitio
elegido, llevando consigo una rana viva, pescada ese mismo día, antes de
ponerse el sol, si lo ha habido, o antes de las oraciones, si no. Cuando
calcule que falta poco para que la medianoche lo sea por filo, arrojará la rana
dentro del corralito regresando inmediatamente a su casa, sin volver la cabeza
atrás, aunque oiga que lo llaman o lo insultan.'
A los
quince días justos volverá al corralito, también a medianoche,
y encontrará en él solamente el esqueleto de la infeliz rana, cuya carne habrá
sido devorada enteramente por las hormigas; recogerá cuidadosamente el
esqueleto, en un cuero de conejo negro, lo llevará a su casa, lo lavará con
escrupulosidad y en seguida, colocándose delante de un espejo desarticulará el
esqueleto, echándose uno a uno, los huesitos a la boca, hasta que dé con el que
tiene la virtud de hacerlo invisible, lo que comprobará con el hecho de que la
imagen del experimentador deja de reflejarse en el espejo que tiene delante de
sí.
Este
talismán conserva su virtud hasta el momento en que el poseedor enviuda, se
casa o se mete a fraile o monja.
El
segundo procedimiento para adquirir el talismán de la invisibilidad consiste en
echar a cocer vivo un gato overo o “romano” en una paila de cobre cuyo líquido
esté hirviendo en el momento de arrojar allí el desgraciado felino, lo que debe
hacerse junto con oírse la última campana de las oraciones de la víspera de San
Juan. Desde este instante, hasta que se extraiga el gato, debe dársele leña a
la hoguera para que se mantenga el hervor sin que amaine. A medianoche se reza
la oración de Santa María y se sigue echando leña, hasta que el micifuz esté
convertido en jalea. Se extraen los huesos con una tenaza bendita con agua de
mirto, se limpia, y en seguida se les va llevando a la boca uno a uno, hasta
encontrar el que servirá de talismán, lo que se verificará con el espejo que se
tendrá delante.
El tercer
procedimiento es un poco más complicado, pero no menos eficaz. Se busca un gato
negro, que no tenga un pelo blanco, se le mata antes de las oraciones de la
víspera de San Juan, se le tapan todos los agujeros del cuerpo con liabas y se
lleva a enterrar, a medianoche, diciendo, mientras se realiza esa espeluznante
operación: “Lucifer, Lucifer, tuya es esta obra, pero la entierro para mí”.
Todas las
noches deberá regarse la tumba del gato, diciendo: “Lucifer, Lucifer, vengo a
regar esta plantita que es tuya, pero que la cuido para mí”. Al fin de algunos
días brotará en ese sitio una o varias matas de habas; cuando estas plantas
fructifiquen, se dejará sólo una, y de ésta se cosechará la semilla. Puesto el
interesado frente al espejo, se irá echando las semillas a la boca, una a una,
hasta encontrar la que lo haga invisible.
La Cata
reveló, también, varios procedimientos para sacar entierros; pero no los
revelaré hasta no recibir de capitalistas algunas proposiciones convenientes.
Me parece que es lo justo.
Fue muy
favorable para la Cata la uniformidad de las declaraciones que prestaron las
colegialas del convento de las agustinas sorprendidas en manitreos la consabida
noche de San Juan; todas estuvieron contestes en que la india sólo les había
enseñado “brujería” para saber su futura suerte, o más propiamente, cuándo y
con quién contraerían la sagrada coyunda, que era todo lo que ansiaban conocer
desde luego.
Aparte
del conjuro interrumpido por la intrusa veladora, las postulantes debían echar
debajo de la cuja tres papas, una pelada, otra a medio pelar y la tercera con
toda su cáscara; a la mañana siguiente, cada una debía extraer, con los ojos
vendados, uno de los tubérculos; si le tocaba el pelado, le aguardaría un año
más de encierro; si el a medio pelar, tendría algunos sufrimientos; y si le
cabía en suerte encontrarse con la papa incólume, sería completamente dichosa.
Aseguró
la Cata ser probado que si una niña doncella se asomaba a una fuente en la
madrugada del día de San Juan, vería reflejarse en el agua, al lado de la suya,
la imagen del futuro compañero de su vida; si era “paisano” se casaría; y si no
lo era, sería monja.
No
aconsejó a las niñas, la india, que procuraran coger esa noche la flor de la
higuera, aunque apoderarse de ella era clavar la rueda de la fortuna, porque
para lograrlo tendrían que “ver al demonio y a todos sus súbditos”; en cambio,
más fácil era enterrar un diente de ajo a medianoche “y si estaba de Dios”, el
ajo amanecería florido a la mañana siguiente, y esta flor era casi tan eficaz
como la de la higuera.
Es
perfectamente cierto que se puede saber el nombre del futuro marido, o la
mujer, enterrando tres porotos en el jardín o en un tiesto cualquiera, dándole
a cada poroto el nombre de uno de los tres más asiduos pretendientes que tenga
el interesado. Aquel poroto que amanezca más brotado, revelará el nombre del
futuro cónyuge. Igual experimento puede hacer con otras tantas tortillas de
rescoldo; aquella tortilla que amanezca más hinchada indicará la “suerte"
del consultante.
Lavarse
la cabeza en la mañana del día de San Juan, antes de que aparezca el sol,
asegura por ese año la vida de esa aseada persona.
La noche
de San Juan podrá echarse plomo derretido en una fuente de agua fría, y la
forma que dicho metal adopte al caer en el líquido sugerirá la
suerte del experimentador; si “sale” la figura de un arma, hay peligro de
muerte.
Si dando
el reloj la última campanada de las doce, un doncel o doncella se asoma a la
ventana, verá pasar a su novio, en persona o representado por alguien que lo
caracterice.
Estas y
muchas más fueron las revelaciones que la Cata Herazo hizo, ante su Juez, el
Padre Fuentecilla; y sea porque, el pecado fuera calificado de mortal en grado
eminente, sea porque al Padre Fuentecilla le parecieron pocos para tan
consumada bruja, el hecho fue que no se consideró competente para absolverla ni
para condenarla en justicia, y la despachó para Lima, bajo partida de registro
a las órdenes de la Inquisición.
No he
llegado a saber la suerte que corrió Cata Herazo; de sus alumnas, las
colegialas del convento de las agustinas, sé que dos de ellas se casaron y que
otras dos profesaron de monjas, desengañadas, tal vez, de las promesas de San
Juan; pero de todo este proceso inquisitorial nos han quedado las “recetas” de
la Cata que yo comunico y participo al lector, por si le sirvieren.
§ 31.
Aguinaldo y Noche Buena
(1763)
Desde las
primeras semanas de diciembre empezaba a producirse entre la servidumbre de las
“casas grandes”, o sea entre los negros mulatos y “chinas” un movimiento
inusitado y que podía haber parecido extraño a cualquier forastero de la ciudad
de Santiago; no había negro, por infeliz y humildoso que fuese, que en aquellos
días no mostrara sus dientes con más frecuencia de la acostumbrada, ni zamba
que al encontrarse con otra en la calle o donde fuese, no manifestase de alguna
manera, el contentamiento que sentía en su interior y que a las veces rebozaba
en una carcajada.
A medida
que avanzaba el mes de diciembre, la alegría de esa gente iba en crecimiento,
al punto de que allá por el día quince, los negros y mulatos no podían
disimular el júbilo que ya invadía sus corazones y lo manifestaban sin
reticencias, aun ante la severidad de sus amos y el venerando respeto que por
ellos tenían. Culminaba esta alegría de la gente de color cuando las campanas
de todos los templos de la capital, en alegre, entusiasta y prolongado repique,
anunciaban a la ciudad la tarde- noche del 16 de diciembre, que iba a empezar
la “distribución” de la primera noche de la “novena del Niño”.
Con las
campanas de la primera “seña” la servidumbre de todas las casas se precipitaba
a terminar sus “quehaceres” del día, levantando rápidamente la mesa en que
habían servido la cena, o echando ruidosamente a la batea los platos y
palanganas, las cucharas y los “punzones”, las ollas y cazuelas que todavía
estaban sin lavar en» el último patio; antes de la segunda “seña” habían salido
ya los más diligentes con dirección a la iglesia o capilla más próxima para
lograr los mejores lugares, y con la última campanada de la “seña” final podía
decirse que todo el “chinaje y el zambaje” de Santiago se encontraba mirando y
admirando con la boca abierta el “nacimiento” de su preferencia, o el que le
quedaba más cercano.
La Novena
del Niño no era como las de los demás “santos” a las cuales se iba a rezar, con
mayor o menor contrición, o a oír las pláticas de los más afamados predicadores
que constituían el orgullo del clero mapochino; fiesta religiosa eminentemente
popular, sus concurrentes asistían a ella con entusiasmo infantil para
“curiosear” el arreglo de los “nacimientos”, o sea la representación de las
serranías de Belén y de aquel pesebre en que vino al mundo el Salvador de la
humanidad dolorida.
No lucían
en aquella celebración las ostentosas galas, ni el acopio de luces, ni las
joyas, ni las riquezas que cada santo iba acumulando a través de los años con
las mandas que “ganaba” a sus devotos. El Niño-Dios era pobre, casi indigente;
y tanto, que ni pañales tenía, su cuna era un haz de paja, su techo una
pesebrera ruin, y sus hospederos los animales más humildes. En la misma forma
llegaban al mundo los negros esclavos; tampoco tenían un “trapo" que les
cubriera bajo el pajizo, escueto y desolado rancho “fondero” del último patio
de la “casa grande”. Era un consuelo para esos desterrados de la ternura, que
el Hijo de Dios hubiera venido al mundo tan desamparado como ellos.
Toda esa
gente servil, plebeya y dolorida se apretujaba alrededor de los “nacimientos”,
atraída por un sentimiento de solidaridad, mansa y resignada; sentíase obligada
a acompañar a la Virgen Madre en su largo trayecto desde Nazaret, a través de
los eriales de la Judea durante los nueve días “que duraba” ese viaje hasta
Belén... ¡Porque era indudable que María salía de Nazaret el mismo día que
empezaba en Santiago la novena del Niño!
No sólo
en los templos y capillas se alzaban los “nacimientos” del Niño; la “chusma” de
Santiago entero, que era la concurrente obligada a la “novena” no habría cabido
bajo las bóvedas de todas las iglesias, por numerosas que fuesen y ya era
tradicional que los Corregidores, con sus alguaciles y corchetes tuvieran que
repartirse en los atrios de los templos más concurridos para evitar los
desórdenes con caracteres de pugilatos que se formaban allí por ganar la
entrada cuando se “corrían los cerrojos y trancas de las puertas”.
Idénticas
medidas había que adoptar alrededor de los “nacimientos”; que de ordinario se
construían a la subida del comulgatorio. Aquí no eran los alguaciles los que
imponían el orden e impedían que los negros, zambos y “rotosos” se encaramaran
bulliciosa y atropelladamente sobre el presbiterio para curiosear mejor e
hicieran cualquier estropicio o “cosas de negro”; aquí intervenía la Cofradía
que “residía” en el templo y cada uno de los “cofrades” o hermanos se armaba de
su correspondiente “pisóte” y con él en las manos hacían respetar el sagrado
recinto.
Si la
iglesia no tenía cofradía, se solicitaba para ese caso —y para otros parecidos
que se pudieren presentar— los servicios de alguna hermandad amiga; y cuando
por repartirse los cofrades en varios templos, fallaba la guardia del
“nacimiento” por la avalancha de la “zambería” entusiasmada, no era raro ver
aparecer por la sacristía a los “mochos” de la comunidad armados de sendos
coligües apagavelas, con los cuales, a modo de lanzas, ponían a raya a los más
insolentes.
En los
tiempos del Presidente Ortiz de Rosas siguióse un proceso ante el tribunal
eclesiástico contra don Santiago de Larraín porque un negro de su propiedad
había “quebrado” la cabeza al lego Juan Montalvo, durante uno de estos
desórdenes ocurridos en el presbiterio del templo de Santo Domingo. El prior de
esta comunidad había declarado “perdonar” el atrevimiento sacrílego cometido
por el mencionado negro dentro de la iglesia y contra una “persona sagrada”
pero cobraba a su dueño don Santiago de Larraín los daños y perjuicios
ocasionados al lego.
El Obispo
don Juan González Melgarejo falló, empero, contra la comunidad, en este pleito
que llegó a meter bastante ruido durante los siete meses que duró la
tramitación de la causa.
A medida
que se acercaba el término de la novena, el entusiasmo de la concurrencia iba
en progresión; ya no se contentaban los negros y la “plebe del pueblo” con
asistir más o menos desordenados a la función religiosa de la noche,
instalándose desde media tarde en las plazuelas —que la generalidad de los
templos tenían frente a la entrada principal— para asaltar las puertas al
momento en que las abrían, sino que llevaban toda clase de instrumentos
bulliciosos para acompañar los gritos y alaridos estridentes con que, a modo de
cantos, coreaban los “gozos” que rezongaba un oficiante desde el púlpito.
La
algarabía culminaba, como es natural, la noche de Pascua, que era la última de
la novena; en esta función la plebe se entregaba a verdaderos excesos que
muchas veces pusieron en alarma a los rectores de los templos, a las
autoridades y al vecindario mismo. En una ocasión no se contentaron con gritos
y meter “buha” en el templo de San Francisco de la Alameda, que era donde se
juntaba la “negrería” más genuino, por ser este templo la “residencia" de
tres cofradías de gente de color, sino que un chusco llevó “guatapiques” que
hizo estallar dentro de tarros de lata para que fueran más estruendosos; y como
le sobraban algunos, los arrojó en el confesionario del Padre Guardián, quien
se vino a dar cuenta de ello mientras ejercía su sagrado ministerio con una confesada
que al oír los estampidos y al oler el humo azufrado de los pequeños petardos,
sospechó la presencia del ángel de las tinieblas y huyó despavorida.
En el
templo de las Agustinas, que era famoso por sus “nacimientos” —como que
permanecía “armado” todo el año para que fuera admirado por todo Santiago—
ocurrió también un hecho análogo que tuvo resonancias y que determinó serias
medidas de la autoridad. En lo mejor de la “función” y cuando la algarabía
estaba en su punto, echaron al suelo una “vieja" encendida que al recorrer
buena parte del piso de la nave central, entre “patas” y pantorrillas desnudas
de la chinería, produjo el más fenomenal barullo de gritos y lamentaciones que
es posible imaginar, con el aditamento de un buen número de chamuscados,
heridos y contusos.
En esta
ocasión, el Corregidor de Santiago, que lo era el “general” don Pedro Lecaroz y
Ovalle, que se encontraba en el atrio del templo, no pudo ni quiso disimular
tan grave y escandaloso desacato; penetró decididamente al interior, seguido de
dos corchetes y por entre el hacinamiento de negros que se atropellaban para
huir de la “vieja” echó el guante a dos mulatos que reían a mandíbula suelta y
sobre los cuales ubicó sus sospechas de que pudieran ser los autores o
cómplices del desaguisado. Efectivamente, puesto a la “garrucha” uno de ellos,
que era esclavo del artificiero maestro Juan Pardo, confesó de plano su delito
sin esperar la tercera “estropeada” pues las dos anteriores que le había dado
el verdugo en< el tormento, le habían convencido de que era inútil seguir
negando.
De la
confesión del mulato resultó que el día anterior se había puesto de acuerdo con
unos “amigos" para asistir a la función de aguinaldos en las Agustinas, y
habían robado a su amo dos varas de cuerda-mecha de la que se utilizaba como
“guía” para disparar los cañones de artillería y que en el furor del entusiasmo
por “lo bonito” que estaba el nacimiento de las “señoras monjas” había lanzado
esa “vieja” para aumentar el júbilo de la concurrencia.
Dije más
arribaque no era sólo en los templos y capillas donde se levantaban estos
“nacimientos" para “seguir” la novena del Niño.
La
plétora de concurrentes que, según he dicho, se amontonaba en las iglesias, y
los desórdenes que en aumento ocurrían año por año, sin que fuera posible
ponerles atajo, indujeron a muchos patrones a hacer esta clase de fiestas en
sus mismas casas a fin de evitar que sus esclavos salieran a la calle esas
nueve noches de “aguinaldos”, que tal era el nombre que se les daba; porque
había olvidado decir que estas salidas “de noche”, a la novena del Niño,
tenían, además el gran inconveniente de que muchos negros y negras cayeran en
la tentación de “quedarse afuera”, sin temor de Dios y el verdugo, que era el
personaje encargado de castigar a los negros insolentes.
Uno de
los “nacimientos” más acreditados de las casas “particulares” de la capital,
era el misiá Carmelita Luco, que tenía su casa y solar en la Calle Contador
Azocar, “pasadito" la de San Antonio. En varias ocasiones he dicho que la
calle del Contador era nuestra actual calle de Santo Domingo.
Misiá
Carmelita había arreglado su “nacimiento” en un aposento de puerta muy ancha
que “caía” al extenso primer patio de su casa, pavimentado con
“piedrecilla" de río; abiertos los portones de la calle, la plebe y la
servidumbre de las casas vecinas invadían el patio y cuando ya estaban todos
instalados bajo la vigilancia de sus amos, que también concurrían, pero que se
acomodaban en las “cuadras” con la ventanas “de par en par”, se abrían las
puertas del aposento donde estaba el nacimiento, iluminado por un centenar de
candelas y aparecían ante los ojos estupefactos de los visitantes, como una
visión del cielo.
Casi al
mismo tiempo, cinco o seis cantoras con arpa y vihuela empezaban a echar
gorgoritos en loor del Niño Dios y al poco rato la concurrencia toda se
encontraba coreando las ingenuas canciones de cuna que se cantaban al recién
nacido y a su Madre, porque hay que dejar establecido que esta fiesta se hacía
solamente la Noche Buena, que era la noche culminante... Los días anteriores
solo había exhibición del “nacimiento”, sin vihuelas ni tonadas.
Después
de estas expansiones que se podían prolongar por una media hora después de la
medianoche, toda la concurrencia se retiraba a sus casas precedida de los
“alumbrantes” que iban adelante de sus amos llevando faroles o “chonchones” de
sebo para esquivar los hoyos y pozas de agua de la calles, y para saltar sin
peligro de darse un remojón en las acequias que a tajo abierto “corrían” al
centro de la vía pública.
Lo que
fue imposible obtener durante los largos años del coloniaje, lo consiguió
fácilmente el Presidente Amat y Junient, desde el primer año de su gobierno, en
1761. Esa Pascua de Navidad fue esencialmente desordenada en Santiago a causa
de que el vecindario se encontraba bajo la grata impresión de ciertas buenas
noticias que habíanse recibido de la Corte y con este motivo los esclavos y
servidumbre tuvieron de sus amos una largona extraordinaria.
Con el
transcurso del tiempo, la fiesta de Navidad había ido saliendo, paulatinamente,
del recinto de los templos y se había ubicado en las plazuelas, después en las
plazas y, por último, en “las cañadas”; porque ha de saber el lector que había
dos cañadas principales donde está hoy nuestra Alameda de las Delicias. Una era
la Cañada de San Francisco, que abarcaba desde la actual calle de las Claras
hasta San Diego o Gálvez y la otra era la de San Lázaro, que tomaba un trecho
de tres cuadras más o menos, frente a San Borja.
En esa
Navidad, los celebradores de las Pascuas habíanse dividido entre ambas cañadas
y pretendían que su Pascua estaba mejor que la del lado; con este motivo se
formaron disputas y bandos, y no demoró mucho el aguardiente en encender los
ánimos y obligar a los contendientes a dirimir la diferencia a campo raso. Los
“franciscos” asaltaron a los “lázaros" en sus mismas posiciones y en un
Jesús se formó un tole tole que concluyó solo porque los alguaciles y serenos
no quisieron meterse en líos.
Al día
siguiente el Presidente Amat hizo dar garrote al mulato que había hecho de jefe
del bando asaltante y mandó aplicar sendas “raciones” de cincuenta azotes a
treinta y tres sujetos que habían sido encontrados con heridas y contusiones
que “se sospecharon” provenientes del combate de la noche anterior. Tras de
cuernos, palos.
La Pascua
del año siguiente fue excepcionalmente tranquila; dos días antes de esa
festividad, el Presidente hizo publicar un bando de buen gobierno, por el cual
prohibía a los “negros, mulatos y plebe” que permanecieran en calles, plazas y
cañadas después de la “queda”.
§ 32.
Fiestas del Presidente nuevo
(1764)
La
llegada a Santiago de cada nuevo Presidente, a la vez que era una esperanza
para los que estaban- descontentos del mandatario anterior, era un motivo de
alegría para sus habitantes, sobre todo para la “plebe" que disfrutaba en
grande de las fiestas " públicas organizadas para celebrar el
acontecimiento.
Había, en
realidad, dos fases en estas fiestas; una, la de un oficialismo ceremonioso,
encuadrado en el estiramiento protocolar, en la que sólo actuaban los
funcionarios de las diversas órdenes de la administración civil, militar y
eclesiástica, y otra, eminentemente popular, en la cual participaban
ruidosamente los plebeyos, ansiosos de divertirse alguna vez por cuenta del
“gobierno”.
Habrá
visto el lector en todo lo que ha conocido de las costumbres coloniales, la
preponderancia efectiva e imprescindible que tenía el ceremonial, aun en las
fiestas más sencillas; no se extrañará entonces de que la “jura” de los
Presidentes se sometiera al más estricto de los ceremoniales, no sólo para el
acto mismo, sino para los preparativos y para los actos posteriores, todos los
cuales se desarrollaban en un mes cuando menos.
Junto con
llegar a Santiago la real cédula que comunicaba la designación de un nuevo
mandatario, comenzaba el “movimiento” para prepararle la recepción, que habría
de ser lo bastante solemne y suntuosa como para impresionar favorablemente al
personaje que iba a dispensar favores durante un período de ocho años, cuando
menos. Se comprenderá entonces los sacrificios de todo género que estarían
dispuestos a hacer, no solamente el Cabildo —que era el pagano de todas estas
fiestas— y los funcionarios, sino corporaciones, “nobleza” y demás ricachones
que pensaban hacer la corte al sol naciente.
El
Municipio —como era su costumbre— podía no tener “ni cobre”, pero el anuncio de
la llegada del Gobernador le hacía aguzar el ingenio para juntar los seis mil
pesos, “del ramo de propios de la ciudad", que debía entregar al
Corregidor, para costear los gastos de las fiestas. Era necesario juntar
rápidamente este dinero, pues los preparativos de la recepción debían hacerse
con tiempo a fin de que la premura no hiciera fracasar algún detalle que
pudiera deslucir la fiesta.
En esta
suma de seis mil pesos estaba incluida la cantidad de un mil quinientos que se
entregaban a la Casa de Moneda para que acuñara “medallas que debían arrojarse
al pueblo" en recuerdo de tal acontecimiento. Esta clase de medallas
llevaban el busto del Rey por un lado y las armas de la ciudad por el otro,
“más ciertos jeroglíficos y leyendas en la circunferencia.
Al mismo
tiempo de juntar y entregar el dinero, el Cabildo publicaba un bando, que
ordenaba a los vecinos “que blanqueen el exterior de sus casas, para el mayor
lucimiento y aseo de las calles”.
El nuevo
Presidente podía llegar por Valparaíso, o por la Cordillera; según por donde se
anunciara su arribo, se disponían los preparativos para su recepción en los
diversos “camaricos” que se tenían señalados en el camino para que el
mandatario hiciera su viaje con la mayor comodidad posible. Denominábanse
“camaricos" las posadas donde comía, cenaba, “siesteaba” o alojaba el
Presidente y la palabra se ha tomado de la voz indígena que significaba
“obsequio o regalo”.
Los
camaricos del lado del Puerto eran siete u ocho, y no los apunto porque no
recuerdo exactamente sus nombres en este momento; los del lado de la Cordillera
eran Santa Rosa (de los Andes), Chacabuco, hacienda de los jesuitas, Colina, y
la chacra denominada “La Casa de Campo” situada a la altura del actual número
1400 de la Avenida de la Independencia.
En otra
ocasión he contado el aparatoso ceremonial que se observaba a la llegada del
Presidente a la Casa de Campo, que era el “camarico” más cercano a la capital;
allí acudía la Audiencia y demás Corporaciones para dar el primer saludo al
recién llegado; después de una corta conversación se retiraban todos para
volver al día siguiente a “sacar”, en esplendorosa procesión, toda “de a
caballo”, al mandatario real.
Desde que
se anunciaba la salida del Presidente del “camarico" de Colina
empezaban-las fiestas en la ciudad, con luminarias por las noches y repiques de
campanas en todas las iglesias, por espacio de dos horas. En la Plaza Mayor se
formaba “una especie de calles de árboles, iluminados en forma de arcos y de
otras figuras e invenciones”, a cuya imitación hacían lo mismo los vecinos más
pudientes, frente a sus casas, rivalizando entre ellos. Esto era de la mayor
importancia, pues el Presidente, terminadas las fiestas oficiales, recorría las
casas de los principales personajes “para dar gracias” y tenía oportunidad,
entonces, para apreciar de cerca hasta qué grado había llegado la adhesión de
tal vecino a las fiestas del recibimiento.
El mismo
día del “recibimiento" del Presidente se realizaba, en la Plaza Mayor y en
la Cañada, frente a la calle del Rey (Estado), la ceremonia de la “jura”, en la
cual el Presidente prestaba el juramento que voy a copiar en seguida. Para el
efecto se constituían dos tablados o tapadillos con toda la magnificencia y
ornato debidos a tan alto destino”.
En ambos
tablados, el Presidente, poniéndose de' rodillas sobre un cojín cubierto con
“terciopelo y brocado", pronunciaba ante el Obispo, que tenía en sus manos
el Misal, el juramento siguiente, en medio de la expectación de todo el pueblo:
“Juro y
prometo a la Majestad del Rey Nuestro Señor, y la de los reyes, sus sucesores
en la Corona de Castilla y de León, por Dios y estos Santos cuatro Evangelios,
que como Presidente proveído para esta Real Audiencia obedeceré los mandatos
que Su Majestad me hiciere por carta o mensajero cierto y que guardaré a S. M.
el señorío y la tierra y sus derechos en todas las cosas y su patrimonio real y
acrecentamiento del y no descubriré en manera alguna las puridades que me
mandare o enviare a mandar, que tengan secreto, y a más los secretos del Real
Acuerdo”.
“Otrosí:
que desviaré a S. M. de todo mal y daño, en todas las maneras a mis posibles y
si por ventura no hubiere poder de lo hacer, avisaré de ello a S. M. lo más
brevemente que pudiese”.
“Otrosí:
los pleitos y causas que ante mí viniesen los libraré y despacharé lo más
presto y mejor que pudiese, bien y lealmente, por leyes, fueros y derechos, y
ordenanzas de los reinos dé Su Majestad; y que por amor, ni desamor, ni miedo,
ni favor, ni perdón que me den ni prometan, no me desviaré de la verdad ni del
derecho, y guardaré justicia con igualdad a las partes”.
“Otrosí:
que no recibiré don ni promisión de persona alguna que me lo diese, y guardaré
y cumpliré todo lo más que por leyes, cédulas, ordenanzas, instrucciones reales
debo cumplir y guardar como tal Presidente; y si así lo hiciere, Dios me ayude,
y si no, me lo demande, en este mundo al cuerpo y en el otro al alma, mal y
caramente, amén”.
Terminada
de leer la fórmula, el Presidente se levantaba apoyado en las manos del Obispo,
quien en el mismo acto le daba el abrazo de paz; este era el momento en que los
cañones de artillería atronaban la plaza con descargas de honor que
entusiasmaban a la “plebe" y quebraban los, pocos vidrios que existían en
las casas de los alrededores; al mismo tiempo, los directores de la fiesta
lanzaban, desde lo alto del tabladillo y por sus cuatro esquinas, puñados de
medallas de cobre, y acunas —muy pocas— de plata, acuñadas en conmemoración de
la fiesta, y generalmente de cuatro u ocho adarmes de peso. Las de tamaño
mayor, o sea de media o de una onza, estaban reservadas para la nobleza.
A decir
verdad, la plebe se entusiasmaba mucho más cuando en vez de medallas el Cabildo
le mandaba arrojar “a la chuña” puñados de monedas de cobre o plata; entonces
sí que el jolgorio asumía los caracteres de apoteosis y los vivas y
aclamaciones continuaban... hasta que se concluían las monedas.
A la
mañana siguiente tenía lugar la misa de gracias con un ceremonial meticuloso,
cuyo desarrollo duraba desde las nueve de la mañana hasta después de mediodía.
Por la tarde, y por la noche, durante tres días, se quemaban fuegos
artificiales, costeados por el comercio; en estos mismos días se realizaban
corridas de toros en la Plaza Mayor, para lo cual se levantaban palcos, o
tabladillos alrededor de un redondel que se construía frente a Palacio. La
Audiencia, el Cabildo, el Obispo, los canónigos, la Universidad y los
escribanos tenían palco gratis en estas corridas; el resto de la localidad se
vendía a los particulares.
Las
corridas oficiales se realizaban en la tarde, a eso de las cuatro; antes de
empezarlas, pasaba una delegación del Cabildo a “sacar” al Presidente de su
palacio y lo llevaba, en formación y con escolta de tropas, a su tablado cerca
del redondel, en donde ya estaba instalado todo el elemento oficial.
Inmediatamente aparecían en la plaza, los alcaldes ordinarios del Cabildo
encabezando a los “toreadores” que “eran cuatro caballeros de lo más
distinguido de la ciudad, y puestos a la frente del tablado hacen una venia y
cortesía al señor Presidente, y después sálense los alcaldes, quedando los
toreadores”.
Después
de un segundo despejo de la plaza por los dragones, el Presidente enviaba en un
azafate de plata la llave del toril y luego se oían los clarines para que
saliera el primer toro, y así sucesivamente los demás hasta concluir la
corrida, generalmente al ponerse el sol. Durante la fiesta, se servían
refrescos y dulces al Presidente, a los oidores, funcionarios' y también a las
señoras que concurrían a los tablados; y para que el pueblo participase en
todas sus partes de esta fiesta, “se le arrojaban a la plaza muchos azafates
con mantecados y masas que enviaban los conventos de monjas para esta fiesta, y
por los cuales el Cabildo les daba una limosna”.
En las
mismas tres noches se hacía “mojiganda" y carros alegóricos, costeados por
los diversos gremios de artesanos, a quienes se les daba también la oportunidad
de hacerse gratos al Presidente; para que estos carros resultaran con la
“decencia” debida, los diversos gremios afines se unían para arreglarlos, de
modo que, generalmente, eran cuatro o cinco los que desfilaban por la plaza,
ante Su Excelencia. Él gremio’ de plateros, como el más caracterizado y
pudiente —como que le faltó poco para ser calificado de gremio noble— no se
mezclaba en el desfile de los plebeyos, y se reservaba el derecho de construir
' un arco triunfal frente al palacio del Presidente; bajo este arco pasaba toda
la mojiganda.
Entre los
carros alegóricos que desfilaron en la jura del Presidente Guill y Gonzaga,
llamó la atención el carro construido/ por el gremio de los abasteros, que en
esa ocasión no quiso juntarse a los peineros, guitarreros, estriberos y
fabricantes de carretas, que habían sido sus compañeros desde tiempos
inmemoriales. El costo de ese carro fue de trescientos pesos, suma crecidísima,
que fue calificada “de un derroche sólo justificable por el fausto
acontecimiento que se celebraba”
Adelante
del carro marchaba un “embajador”, vestido de gala, a caballo, seguido de
veinte hombres con fusiles y tambores; al entrar a la Plaza se dispararon los
correspondientes voladores y en llegando el acompañamiento delante del sitio
donde estaban el señor Presidente y los tribunales, el embajador, “haciendo el
debido acatamiento, empezó su embajada”, que fue un verso alusivo y atrozmente
elogioso para el Presidente, debido al numen de fray Antonio María Mascayano,
del orden de la Merced, que llamaba al Gobernador, entre otras cosas “ilustre
Marte elocuente”.
Concluida
la embajada, avanzó el carro, “dentro del cual se representaba un sainete en el
que tomaban parte un galán y dos damas, con acompañamiento de coros y de
música". He aquí una valiosa noticia sobre los comienzos de nuestro teatro
nacional, que no debe ser desperdiciada por el historiador que debe presentarlo
en la exposición de Sevilla.
Cerraban
el desfile “unos vistosos fuegos artificiales que se quemaron”, y que
representaban gigantes de ocho varas de alto; una pieza que era la Ciudad de
Troya tomada al asalto por el histórico caballo, y una corrida de toros que
lanzaban fuego por las narices y por los cuernos.
Con éstas
se daban por terminadas las fiestas de la “jura” de los Presidentes, y desde el
día siguiente, el nuevo mandatario empezaba a recorrer las calles de la ciudad
para conocerla y para .ganar visitas, o “dar gracias” a los personajes de
representación y sobre todo a las damas que había conocido durante los tres
días de jolgorio.

