Libro N° 10863. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista VIII. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10863.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista VIII. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
Crónicas De La Conquista VIII. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista VIII. Aurelio Díaz Meza
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista VIII
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
§ 1. El Sínodo del Obispo Carrasco
§ 2. ¿De quién son las monjitas?
§ 3. El Presidente da la gran sorpresa
§ 4. El Parlamento de Yumbel
§ 5. La horma de su zapato
§ 6. Cosas de negros
§ 7. La horca del Corregidor
§ 8. Un milagro en el Carmen Alto
§ 9. Una elección de Provincial que fue ruidosa
§ 10. Festividades en la Semana Santa
§ 11. La influencia francesa en Chile al empezar el siglo XVIII
§ 12. El motín de la Plaza de Yumbel
§ 13. Desventuras de la mulata Nicolasilia
§ 14. Por fin caíste, señor Capitán
§ 15. El Real Seminario de Caciques
§ 16. Un Obispo chileno que pudo ser Virrey del Perú
§ 17. Un Oidor con malas pulgas
§ 18. Las mentiras de un andaluz
En Plena Colonia VIII
Aurelio Díaz Meza
§ 1. El
Sínodo del Obispo Carrasco
Entre los
concilios realizados en Chile desde que fue erigido el obispado de Santiago,
1560, hasta la elevación del mismo a la categoría de Arzobispado Metropolitano,
1841, el Sínodo más importante ha sido, según las opiniones que he podido
recoger, el celebrado por el Obispo Don Fray Bernardo Carrasco y Saavedra;
efectuó su sesión inaugural el 18 de Enero de 1688 y sus resoluciones o
“consuetas” sirvieron de normas para la administración canónica de la iglesia
chilena por más de ciento cincuenta años, esto es, hasta la plena vida
republicana.
Antes de
dar una somera reseña de ese concilio, o sínodo, que fue solemnísimo, conviene
saber que el primer congreso de esta especie celebrado en Chile fue el que
convocó en la ciudad de Imperial su primer obispo, el incansable apóstol de los
araucanos Don Fray Antonio de Avendaño y Paz, conocido en su religión
franciscana y en el mundo cristiano con el nombre de Fray Antonio de San
Miguel.
El sínodo
imperialeño celebróse por los años de 1568 o 1569, tan pronto como el Prelado
arribó a las playas australes y pudo “demarcar” su diócesis en aquel territorio
que se encontraba en plena rebelión y que continuó así hasta que sus “siete
ciudades” fueron arrasadas por Pelentaru, al terminar el siglo XVI.
De este
sínodo diocesano quedan solamente los recuerdos históricos en las páginas de
los diversos cronistas coloniales; los capitanes Marino de Lobera y Góngora
Marmolejo que fueron contemporáneos y que tal vez concurrieron a solemnizarlos
al frente de sus compañías, dan noticias de él; pero sus actas desaparecieron
junto con la Imperial incendiada y destruida hasta sus cimientos.
Respecto
a la diócesis de Santiago, se sabe que su primer, sínodo fue convocado por el
tercer obispo de esta Catedral, Don Fray Diego de Medellín, franciscano
también, y que abrió sus sesiones en los primeros días de enero de 1586, bajo
la presidencia del Obispo, llegado de Lima un año antes, a donde había
concurrido para tomar parte en el sínodo o concilio provincial convocado por el
Arzobispo Don Toribio Alfonso de Mogrovejo cuyas virtudes lo llevaron, años más
tarde, al catálogo de los santos. Este Toribio fue el primer “santo” que
tuvieron los peruanos.
En
general, cada sínodo diocesano es una consecuencia de un sínodo o concilio
provincial, así como un sínodo provincial obedece a las reglas o “consuetas”
que dictan los concilios ecuménicos; y ya que me he metido en estos vericuetos
de la sapientísima organización de la Iglesia Católica, creo necesario
comunicar al lector lo único que yo sé a este respecto. Los concilios
ecuménicos son los que celebran los obispos de todo el Orbe para deliberar y
decidir sobre el dogma y dictar reglas generales sobre la disciplina
eclesiástica; de esa clase o categoría son los concilios de Trento, Toledano y
otros, cuyas disposiciones estudiadas y discutidas por largo tiempo, forman la
Carta Magna de la Iglesia. El Concilio de Trento, por ejemplo, duró dieciocho
años (1545 1563) y sus reglas perduran hasta la fecha.
Los
concilios o sínodos provinciales son los que se celebran por convocatoria de
los arzobispos metropolitanos y asisten a ellos todos los obispos sufragáneos;
en estas asambleas, que a veces duran años, se dictan resoluciones de carácter
interno para la arquidiócesis. Por último, los sínodos diocesanos son
convocados por el respectivo obispo y asisten los curas, o para conocer las
resoluciones del sínodo provincial que acaba de realizarse, o para discutir y
resolver ellos mismos, bajo la presidencia de su Prelado, la forma en que se
han de poner en práctica las reglas que se dictaron en concilios provinciales
anteriores o acordar nuevas fórmulas de procedimiento, si las circunstancias
así lo aconsejan.
Los
primeros sínodos diocesanos de Imperial y de Santiago a que me he referido,
celebráronse a raíz de los concilios provinciales que se reunieron en Lima los
años 1567 y 1581, convocado el primero por el Arzobispo Loayza y el segundo por
Santo Toribio de Mogrovejo. Sabido es que las diócesis chilenas fueron
sufragáneas del Arzobispado de Lima durante toda la colonia y hasta los
primeros años de la República, pues sólo en 1841 fue erigido el Arzobispado de
Santiago, siendo nuestro primer Metropolitano él santo Arzobispo don Manuel
Vicuña, cuya estatua se alza en el Cerro Santa Lucía.
Al
concilio limeño de 1567 no concurrió el Obispo de Santiago don Fray Fernando de
Barrionuevo, a causa de que, estando ausente, aún no se había hecho cargo de su
diócesis; sólo asistió a esta asamblea el Obispo de Imperial que estaba en el
Perú, y según el historiador Eyzaguirre, sólo pudo concurrir “como consultor,
como teólogo, o con otra investidura semejante, porque en esa fecha el Padre
San Miguel no era sino obispo electo y como tal no tenía voto en el concilio”.
Sin embargo, al llegar a su diócesis de Imperial, al año siguiente, el Obispo
San Miguel convocó a sus curas al sínodo diocesano de que he dado noticia y que
fue el primero que se reunió en Chile.
No
ocurrió lo mismo después del concilio limeño convocado por Santo Toribio en
1581. Este se realizó con gran solemnidad y asistieron casi todos los obispos
de la vastísima Metrópoli, cuya jurisdicción abarcaba centenares de leguas,
desde el Cabo de Hornos hasta Nicaragua, o sea, toda la América del Sur,
excepto las posesiones portuguesas del Brasil.
Concurrieron
a esa augusta asamblea los obispos chilenos Medellín y San Miguel, de Santiago
y de la Imperial; el Obispo del Cuzco, don Sebastián de Lartaun, que promovió
violentos incidentes en el seno de la asamblea, y a los cuales me referiré
luego, brevemente; el Obispo de La Plata, don Fray Alfonso de la Guerra; el
Obispo de Quito, don Fray Pedro de la Peña; el de Tucumán, don Fray Francisco
Victoria; el de Charcas, don Francisco Granero de Avalos, y el Arzobispo limeño
don Toribio de Mogrovejo. Faltó a esta Asamblea el Obispo de Popayán, don Fray
Agustín de la Coruña, porque su avanzada edad y sus achaques no le permitieron
emprender el largo e incómodo viaje; pero “envió un Vicario” en su
representación. Los obispados de Nicaragua y de Panamá no estuvieron
representados en este concilio, porque se encontraban en “sede vacante”; sus
mitrados don Luis Antonio de .Zayas y don Fray Manuel de Mercado, habían
fallecido uno y dos años antes, respectivamente, y por entonces la provisión de
un obispado era de tramitación muy lenta.
Después
de algunas reuniones preparatorias, el Concilio Provincial limeño celebró su
primera asamblea el 15 de agosto de 1582, con gran pompa y numerosísima barra,
compuesta de “ambos cabildos”, clero, teólogos y pueblo. A esta sesión inicial,
que empezó con una misa de pontifical celebrada por el Arzobispo, asistieron el
Virrey Don Martín Henríquez con toda su corte y la Real Audiencia rodeada del
esplendor con que los oidores acostumbran presentarse en público.
Cúpole el
insigne honor de pronunciar el sermón de regla, ante tan majestuoso concurso,
al Obispo chileno Fray Antonio de San Miguel y si hasta entonces el modesto
fraile franciscano había conquistado fama de orador sagrado con sus sencillas
predicaciones misioneras, en esa ocasión tuvo oportunidad para confirmarla
plenamente. No sólo esta distinción obtuvo nuestro Obispo imperialeño, sino que
por voto unánime del Concilio fue designado para recibir la profesión de fe del
Arzobispo Mogrovejo, quien se arrodilló humildemente a los pies de su
subalterno para pronunciar la fórmula canónica.
Prometí
contar brevemente ciertas incidencias violentas que provocó en el seno de ese
Concilio el Obispo de Cuzco, don Sebastian de Lartaun y allá voy.
En la
segunda sesión del Concilio, realizada un año después de la primera, leyóse una
presentación que hacía el clero de la diócesis del Cuzco contra su Obispo,
denunciando que el prelado, en su afán de acumular riquezas, había impuesto a
los curas ciertos impuestos que estos consideraban indebidos; y agregaban que
los continuos y reverentes reclamos elevados hasta su Silla episcopal habían
sido “despreciados” insistentemente. Agraviado el clero cuzqueño con esta
indiferencia de su Prelado, había resuelto pedir amparo al Concilio reunido,
con la esperanza de que alguna resolución de la Magna Asamblea viniera a
corregir esa situación, por demás angustiosa y deprimente, “que padecían” los
curas de almas.
Discutido
el caso con el detenimiento que requería tanta gravedad, “los Padres del
Concilio se acordaron en procesar al Obispo acusado”, encomendando la
instrucción del sumario al Obispo de Charcas don Francisco Granero, quien, a
pesar de que el señor Lartaun, “merced a sus inmensas riquezas, parecía
disponer de la voluntad de muchas personas”, se dio maña para obligar a
presentarse ante sus estrados a numerosas personas, con cuyo testimonio quedó
en claro el abuso que el Mitrado del Cuzco cometía con su clero.
Parece
que el Obispo Lartaun se había manejado con habilidad suma y logrado atraer a
su causa a varios miembros del Concilio; esto se colige de cierta petición que
hizo a la Asamblea para que en vez de continuar la instrucción del sumario y
enviarlo a Roma para su sentencia por el Pontífice — según las prescripciones
canónicas— , fuera el propio Concilio el que lo fallase en definitiva. La
petición fue impugnada, desde el primer momento por el Arzobispo Mogrovejo,
pero fue apoyada con tesón por los Obispos de Tucumán y de La Plata, que se
manifestaron dispuestos a votarla.
Mongrovejo
afirmó que ni aun esto podía hacerse, porque iba contra el derecho canónico, y
la reunión se levantó sin que se produjera acuerdo alguno, en pro ni en contra.
A la
tercera sesión que se realizó cuatro meses más tarde no pudo concurrir el
Arzobsipo y aunque era de rigor y de cortesía que en su ausencia no se tratara
de tan grave asunto, el Obispo acusado, apoyado siempre por sus dos
partidarios, propuso de nuevo la cuestión y exigió que se trajeran “in
continenti” los autos para que el Concilio tomara conocimiento de ellos.
Presidía el Obispo de Imperial señor San Miguel y con palabra moderada y hasta
humilde quiso convencer a sus colegas y hermanos que desistieran de tal
petición tomando en cuenta que el Metropolitano estaba ausente; pero el
soberbio Mitrado del Cuzco se alzó de su sitial y sin consideración alguna
avanzó hasta la mesa del Secretario del Concilio, Licenciado Menacho, y ‘le
revolvió los papeles con la pretensión de apoderarse violentamente del proceso;
mas el Secretario lo recogió y huyó hacia la sacristía y luego hasta las
habitaciones de Palacio, porque el irritado Obispo Lartaun siguió tras él”.
Esa misma
noche falleció en Lima el Virrey don Martín Henríquez y este lamentable e
inesperado suceso distrajo por el momento la atención de todo el mundo. Pero
una vez que terminaron “los duelos”, el Obispo del Cuzco se propuso dar remate
a su proyecto, de cualquier manera.
Las
circunstancias le favorecían ahora más que antes, pues el sucesor del difunto
Virrey era el Oidor decano de la Audiencia, don Cristóbal Ramírez de Cartagena,
amigo íntimo y “paniahuado” del Obispo del Cuzco, magistrado que protegía
abiertamente las pretensiones del acusado. El proyecto que el Obispo Lartaun
había ideado para apoderarse de los autos era audaz hasta la insolencia: se
trataba nada menos, que de penetrar al Palacio Arzobispal o al recinto mismo
del Concilio y despojar violentamente al Arzobispo de las llaves de las
escribanías y alacenas en donde se creía que se guardasen aquellos papeles;
estas llaves las traía constantemente consigo el Arzobispo desde el día de la
primera violencia que se hizo al Secretario.
Espaldeado
por la autoridad del Virrey suplente, el Obispo Lartaun “armó a sus amigos y
familiares y los preparó para el asalto”... Afortunadamente el proyecto de
atentado no pudo ser mantenido en secreto, y el Arzobispo dio cuenta al
Corregidor de los rumores que se corrían con insistente alarma en Lima.
Desempeñaba este alto cargo en la ciudad de los Reyes, el General don Francisco
de Quiñones, hermano político del Arzobispo, quien naturalmente adoptó las
medidas necesarias para evitar “la tropelía escandalosa con que se intentaba
vejar la venerable persona del presidente del concilio”; las tropas del
escuadrón de la Reina tuvieron rodeado el Palacio Arzobispal, durante tres
días, con la consiguiente expectativa ansiosa del devotísimo vecindario limeño.
Pero el
término que tuvo este ruidoso incidente entre mitrados fue todavía más
emocionante y llenó de pavor a todo el virreinato.
Cuatro
días después de estas alarmas y mientras en todos los templos y conventos se
elevaban “rogativas” porque sobre viniera la paz en el Concilio, “Dios quiso
remover la causa principal de un desorden tan trascendental: no fue necesario
remitir la causa al Pontífice, como quería Santo Toribio, ni que los Padres del
Concilio sentenciasen, como pretendía el Obispo del Cuzco, porque una muerte
violenta cortó la vida al Obispo Lartaun cuatro días antes de celebrarse la
penúltima sesión”...
El sínodo
diocesano que celebró en Santiago el Obispo don Fray Bernardo Carrasco y
Saavedra y del cual voy a ocuparme, fue el quinto de los convocados en Santiago
en el primer siglo de existencia del Reino de Chile, y el más importante de
todos, ya lo dije, puesto que sus resoluciones perduraron hasta la
independencia de la Iglesia chilena en 1841 y aun perduran muchas de ellas a
través de los tres o cuatro sínodos que se han celebrado en la Arquidiócesis
desde esa fecha hasta el presente.
Sabemos
ya que el primer sínodo de Mapocho celebróse por el Obispo Medellín el año
1586: sus resoluciones se perdieron en los veintiséis años transcurridos hasta
la celebración del segundo sínodo convocado en 1612 por el Obispo don Fray Juan
Pérez de Espinosa. Tampoco se conservaron las “sinodales” de este concilio
santiaguino, ni aún las del tercero, convocado por el Obispo don Francisco de
Salcedo en 1625. Ni se conservaron escritas, o por lo menos archivadas y
catalogadas en la curia, las resoluciones de la cuarta asamblea sinodal reunida
en la Capital del Reino por el severo y formidable prelado don Fray Diego de
Humanzoro el año 1670; sus reglas y sinodales circularon, escritas primero,
luego por tradición oral y al último por costumbre, hasta que el Obispo
Carrasco y Saavedra reunió el sínodo de 1688, que es el que me he propuesto
relatar ahora.
Desempeñaba
los altos cargos de Provincial de la Orden Dominicana en el Perú y de
Catedrático de Teología y de Filosofía en el Colegio de Novicios de su Orden,
cuando el Padre Bernardo de Carrasco y Saavedra fue presentado por el Rey
Carlos II a la Santidad de Inocencio XI, para Obispo de Santiago de Chile,
prelacía vacante desde tres años atrás, 1676, por fallecimiento de don Fray
Diego de Humanzoro.
El nuevo
Mitrado era un verdadero apóstol de caridad y al mismo tiempo un severo y
activo Prelado pletórico de entusiasmo, a quien no arredraban el trabajo ni la
fatiga. Cuando llegó a Santiago, en donde fue recibido con solemnidad
inusitada, encontró su iglesia Catedral en el más lamentable estado; en los
treinta años trascurridos desde el espantoso terremoto del 13 de Mayo de 1647,
no se había conseguido levantar nuevamente sus murallas destruidas por el
cataclismo y por la acción del tiempo, a causa de la pobreza en que habían
quedado la ciudad, el vecindario y el Reino mismo, y de la negligencia o
despreocupación de las autoridades confiadas siempre en que la munificencia
real habría de proveer a la fábrica del que debería ser el primer templo del
Reino.
La
capilla provisional que había levantado el Obispo Villarroel para la
celebración de los oficios episcopales “no podía convenir al esplendor de una
ciudad tan populosa como Santiago”, y el señor Carrasco emprendió valientemente
la construcción de un nuevo templo, para lo cual cedió, desde luego, todas las
rentas de su Mitra. Tal ejemplo obligó al vecindario a ser también generoso y a
los pocos meses el “dinámico” Prelado tuvo la satisfacción de ver empezadas las
obras de su iglesia Catedral, las que avanzaron con tal rapidez, que se dieron
por terminadas en sólo diez años... ¡Un verdadero récord!
Tan
pronto dejó empezadas las obras de su Catedral, el Obispo emprendió la visita
diocesana de la vasta región que abarcaba su jurisdicción; conviene saber que
el Obispado de Santiago tenía por límite sur el río Maulé y por el norte el
“despoblado” de Atacama; por el poniente, el mar y por el oriente las
provincias trasandinas de Cuyo, inclusive. Cinco años completos demoró el
Obispo en recorrer este inmenso territorio, visitando aun los poblachos de
indios más apartados, por la costa, por las serranías cordilleranas y por las
inhospitalarias pampas argentinas, sin que lo detuvieran los peligros, ni las
privaciones.
Mientras
recorría las costas del norte, estuvo a punto de caer en poder del pirata
Bartolomé Sharp, que por aquella época asolaba la costa del Pacífico.
Pernoctaban el Obispo y su comitiva cerca del "puertezuelo” de Tongoy,
para seguir viaje al día siguiente hacia La Serena, cuando el pirata efectuó un
desembarco a dos cuadras del campamento, para apoderarse de ciertas barras de
cobre que suponía ocultas en el pozo de una mina abandonada; los filibusteros
recorrieron gran extensión del' campo “con faroles” y varias veces pasaron muy
cerca del alojamiento del Obispo sin que, por fortuna, se dieran cuenta de que
tenían tan a mano una persona que podía proporcionarles un suculento rescate.
El
prelado y los suyos se consideraban perdidos con la llegada del día, y todos
ellos “se encomendaban a Nuestra Señora”, para salir lo mejor librados posible
de su cautiverio, que ya consideraban inevitable; pero con las primeras luces
del alba divisaron que el barco pirata navegaba a velas desplegadas hacia el
Norte, en demanda, según creyeron, de La Serena. Los acompañantes del Prelado
le aconsejaron “de rodillas”, que volviera al sur, o que se alejara de la costa
hacia los pueblos del interior; pero el Obispo prefirió seguir hasta la ciudad
“para consolar a sus súbditos o para correr Su misma suerte”.
Cuando el
Prelado llegó a La Serena, encontró a sus habitantes atribulados por las
extorsiones que les había inferido Sharp en un reciente asalto y los exhortó a
que perseveraran impertérritos en la defensa de la patria, “dándoles
importantes ejemplos de paciencia y de resignación en tales trabajos”. No hacía
muchos días que el Obispo había partido de esa ciudad hacia las villas de
Huasco y Copiapó cuando entró nuevamente a La Serena el Pirata Sharp y la
redujo a cenizas.
El señor
Carrasco emprendió en seguida el paso de la cordillera de los Andes para
recorrer la provincia de Cuyo, que jamás había recibido la visita de un Obispo;
las memorias que el señor Carrasco envió al Rey sobre esta excursión pastoral,
dan cuenta de los maravillosos frutos espirituales que se recogieron. Veinte
mil almas recibieron el sacramento de la confirmación, “y son sin número las
que se lavaron de sus vicios en el de la penitencia.” En cada villorrio, por
más infeliz que fuese, el Obispo se detenía, predicaba dos o tres veces, pedía
al cura que le presentase los registros de bautismos y de matrimonios y
procedía a instruirlo sobre la manera cómo debía proceder para llevar en forma
este “registro civil”.
Allá por
la primavera del año 1685, el Obispo y comitiva trasmontaron la cordillera por
el paso de Uspallata, después de haber permanecido en descanso un mes y medio
en la villa de Mendoza y entraron en Santiago a principios de Enero del año
siguiente. Cuando se supo en la Capital que el Prendo había llegado a “las
casas” de Chacabuco, el Gobernador don Marcos José de Garro, que por su
devoción era llamado “el santo Garro”, envió a su encuentro una compañía de
milicianos al mando del Corregidor don Francisco de Avaria, para que hiciera
honores al Mitrado y lo escoltara, hasta dejarlo en su palacio; pero el señor
Carrasco rogó al Corregidor que hiciera regresar las milicias, diciéndole:
— Señor
Corregidor, no quiero que me escolten soldados, porque en la condición
miserable en que vengo, más parecería que van guardando un reo y no honrando a
un Obispo.
La visita
diocesana había hecho conocer al Prelado grandes males y deficiencias en la
administración eclesiástica, que necesitaban pronto remedio. Los vicios
inveterados de todo orden en que vivían los seglares, hacían imprescindible que
la autoridad eclesiástica interviniera, con su prestigio mora!, en la reforma
de las costumbres; los ministros del altar, por su parte, no andaban muy bien
encaminados. “Mientras en el estado eclesiástico no se viere la reforma de vida
— decía el Prelado en una de sus pastorales— y el adorno de virtudes que
debe hermosearle, mal se podrá pedir, a los legos su mejora”.
Para
poner remedio a todas estas “dolencias”, el señor Carrasco determinó convocar a
un sínodo diocesano que debía reunirse a principios de enero de 1688 en la
ciudad de Santiago; y desde que se publicó la convocatoria por medio de una
pastoral que se leyó durante tres domingos en todas las iglesias de Santiago,
se empezó a enviar mensajeros a todos los curatos de la extensa diócesis a fin
de que los párrocos fueran preparando su viaje a la Capital del Reino y se
encontraran aquí “sin alegación en contrario” para la fecha fijada.
La ciudad
de Santiago fue conmoviéndose en creciente a medida que se acercaba el día de
la apertura del Sínodo; los preparativos en los conventos y en las casas
“particulares” para dar alojamiento a los sinodales, hacíanse cada vez más
activos y las autoridades, con el “santo Garro” a la cabeza, vivían preocupadas
de facilitar por todos los medios posibles el viaje de los curas, haciéndolos
acompañar por milicianos y proporcionándoles posadas en los largos trayectos.
Entre
tanto la Curia de Santiago, o mejor dicho, los secretarios y familiares del
Obispo, preparaban meticulosamente el programa de trabajos del Sínodo. En su
deseo de que todos, autoridades, comunidades religiosas y vecinos, cooperaran
al éxito de la Asamblea, el Prelado envió “cartas circulares” a los
corregidores, cabildos, corporaciones, religiones y funcionarios destacados,
pidiéndoles que expresaran con libertad los males y deficiencias que hubiesen
notado en la administración eclesiástica de sus jurisdicciones y en las
costumbres “de sus súbditos” y que insinuaran, al mismo tiempo, el remedio que
consideraban eficaz para su reforma.
Muchos
contestaron a la circular del Prelado, y de esa encuesta pudo sacar el señor
Carrasco muchas ideas y conclusiones para compararlas con las suyas propias y
formular las “reglas consuetas7’ que debería proponer para el
estudio y resolución de la Asamblea sinodal.
Tengo a
la vista la respuesta que el Cabildo de Santiago envió al Prelado en esta
ocasión, y no dejará de parecer curiosa, al lector, la forma en que interpretó
el Cabildo la circular del Obispo, y los puntos de reforma que insinuó a Su
Señoría Ilustrísima.
Lo
primero, dice el Cabildo, es que los curas averigüen en sus distritos los
matrimonios de los forasteros, porque acontece que “algunos hombres habitan
públicamente con mujeres debajo del título y figura de matrimonio”; lo segundo,
que ‘en los lugares donde hubiese mujeres divorciadas y separadas de sus
maridos por sentencia de juez, vivan en recogimiento en alguna casa honesta y
no con libertad, “porque de esta manera el divorcio se repare y enmiende y
vuelvan a unirse y conformarse los casados”; lo tercero, que los curas de
indios no pongan manos en los bienes de los difuntos a pretexto de sufragios
por sus almas; lo cuarto, que los curas excusen las ofrendas de los indios por
besar el manípulo, “porque esto abre camino para que lo hagan no por devoción,
sino por respeto al cura”; etc., etc.
A la
solemne apertura de la Asamblea precedió un “triduo” en súplica al Espíritu
Santo por el éxito del Sínodo; esta función religiosa que se hace por tres días
consecutivos, se celebró simultáneamente en todos los templos de Santiago, “con
acopio de luces y músicas”, y se concedieron indulgencias especiales a los
fieles que visitasen, cada día, mayor número de iglesias. Las gentes circulaban
rápidamente por las calles para alcanzar a entrar a todos los templos y hacerse
acreedoras al total de estas gracias espirituales. El “santo Garro”, seguido de
un numeroso y brillante cortejo, ganó todas las indulgencias de los tres días,
y lo mismo dice que hizo “la Audiencia” compuesta ese año de “un solo Oidor”,
por los motivos que diré luego, si tengo tiempo.
Llegó por
fin el día domingo 18 de enero de 1688, fijado para la primera reunión. La
Iglesia Catedral, recientemente consagrada, encontrábase repleta; el Gobernador
Garro, “el Oidor” de la Audiencia, el Cabildo, los altos funcionarios, las
comunidades, los treinta y cinco párrocos sinodales y los demás funcionarios
eclesiásticos que por derecho habían de intervenir en el Sínodo, las personas
de la nobleza “sin faltar sino los inválidos”, y el pueblo soberano, que se
apretujaba a lo largo de las naves laterales del templo reservadas para “el
público en general”.
A la hora
conveniente “salió Su Señoría Ilustrísima de su palacio obispal con capa magna
y báculo acompañado del venerable Deán y cabildo de esta Santa Iglesia
Catedral, de todo el clero con sobrepellices y de los prelados de las
religiones, llevando adelante al Corregidor y Teniente de Capitán General de
esta ciudad con mucho pueblo, y así fueron procesionaliter, cantando letanías
hasta la Catedral, donde se hizo el recibimiento con repiques de campanas,
fuegos de artificio y demás celebridad que fue posible”.
Hízose
luego la profesión de fe y siguió una misa de pontifical por el Prelado, en el
curso de la cual predicó el sermón el más famoso pico de oro que en esa época
existía, no diré en Chile, sino en la costa del Pacífico, el dominicano
Dionisio Negrón de Luna. En el momento oportuno, el Obispo dio la comunión “por
su mano” a todo el clero, lo que constituyó una ceremonia emocionante, y al
final de la misa “se acomodaron los sinodales” en los bancos que se les tenía
prevenidos en el presbiterio, y delante de Su Divina Majestad, e invocado el
Espíritu Santo, el Ilustrísimo Señor dijo que abría y abrió, constituía y
constituyó el Santo Sínodo Diocesano de Santiago, capital del Reino de Chile,
para aprovechamiento de las almas y su salvación.
En esta
sesión inicial sólo se fijaron las horas de las reuniones y los días en que
debían hacerlas, que fue el lunes de cada semana, y el local del Sínodo: el
palacio episcopal.
Las
resoluciones de es.te Sínodo forman 14 capítulos divididos cada uno en varias
constituciones. El primero ordena lo conveniente para el decoro con que debe
celebrarse la Santa Misa; se prohíbe a los clérigos fumar antes de celebrar y a
los seglares antes de comulgar; indica los sitios en que no se puede decir misa
y establece, bajo pena de excomunión, decirlas “en las salas de los difuntos”.
El segundo y tercer capítulos se dirigen a disponer reglas sobre la vida
privada que deben observar los clérigos, estableciendo penas tremendas contra
los que cometan ciertos pecados; manda que se abstengan de los juegos de
naipes; reglamenta el traje que deben vestir; provee a la instrucción “de los
clérigos idiotas” y por último, excomulga a los que salgan sin permiso de su
Diócesis.
Los
capítulos cuarto y quinto están dedicados a los párrocos y entre otras cosas
les mandan no tener servidumbre femenina; celebrar las misas a una hora cómoda
para los feligreses; cuidar de la enseñanza cristiana de los niños; visitar
continuamente su feligresía, “y formar matrimonios con los que cumplan los
preceptos de la confesión y comunión anual”, no ausentarse de su curato sin
licencia. Los faculta para celebrar dos misas dominicales en ciertas
circunstancias; conmina a los que bendijesen matrimonios “sin la trina
amonestación pública”, y les impone la obligación de asistir a los moribundos;
les prohíbe usar de traje seglar, administrar los sacramentos sin el traje
talar y Íes ordena llevar cinco libros: dos para los bautizos (uno de españoles
y el otro de indios); uno de confirmaciones; uno de “sepultaciones” y uno de
matrimonio.
El sexto
capítulo da reglas para promover la observancia estricta de las reglas en los
monasterios; prohíbe a las monjas la salida frecuente a los locutorios;
confesarse con sacerdote que no esté facultado in scriptis para confesar
monjas; encarga a las preladas y prelados que no sean fáciles para conceder
permiso a los seglares para que penetren a la “clausura” de los monasterios “so
color” de visita; prohíbe a las religiosas servir de madrinas, representar
sainetes y dejar que las niñas que educan vistan “galas costosas”; que no
permitan bailes a las educandas y que eviten “el lujo de la demasiada
iluminación y otros adornos superfluos en sus templos”.
Los
capítulos séptimo, octavo y noveno se refieren al trato que se debe dar a los
indios encomendados, a los esclavos y a la servidumbre libre y al reglamento
que debe observarse dentro de los hospitales; entre muchas disposiciones
tendientes a aliviar la situación de esta gente infeliz, figura la que fulmina
excomunión “contra los que quitasen a los indios e indias, negros o esclavos,
la libertad para contraer matrimonio”.
El
capítulo diez se dirige a establecer penas contra los pecadores públicos “y
gente infeliz” entre los cuales se cataloga a los “comediantes y farsantes” que
anden en “burulú’’ con mujeres. En el mismo artículo se prohíbe “el uso de
trajes inmodestos a que son tan aficionadas las mujeres”; especial mención se
hizo de la prohibición “de la cauda” en los trajes femeninos. Hay que dejar
constancia, sin embargo, de que las señoras de Santiago se sonrieron de los
acuerdos del Sínodo y que antes de un mes, después de su proclamación, la
“Corregidora” y la “alcaldesa” se presentaron en plena Catedral en competencia
de cual de las dos arrastraba una cauda más larga.
Habrá
comprendido el lector que se trata de la “cola” en los trajes femeninos.
En lo
único en que, según parece, hicieron caso las damas al Sínodo Diocesano, fue en
“no llevar más de un paje que les lleve la cauda”: porque “oidora” hubo que se
había dado el lujo de llevar cuatro “negrillos’’ sosteniéndole la cola del
vestido.
Las
disposiciones siguientes de este Sínodo se refieren a cuestiones de alta
Teología y Filosofía de las cuales hago gracia al pacientísimo lector, y con
esto doy por terminada esta desaliñada relación del Sínodo Diocesano del Obispo
don Fray Bernardo Carrasco y Saavedra, “cuyas reglas consuetas’’ han gobernado
a la iglesia Chilena desde 1688 hasta el presente.
§ 2. ¿De
quién son las monjitas?
Dije en
otra “crónica” que a nuestro conocido Fray Juan de la Concepción se le había
metido entre ceja y ceja fundar en Chile un monasterio de religiosas
carmelitas; el fraile era portugués, y casi gallego — lo que vale decir que si
se le ocurría abrir un hoyo en la muralla, lo hacía a punta de cabezazos, si no
tenía otra herramienta— y no habría de desanimarse en su propósito por el
pequeño detalle de no tener dinero para comprar un terreno, levantar una casa
para el convento y formar una renta de “sustentación congrua” para las monjas
que vendrían a habitarlo.
Al llegar
a Chile, allá por los años de 1680, el fraile portugués había empezado a
recorrer el país recogiendo limosna desde La Serena hasta la frontera de
Arauco, premunido ‘de una estampa de su patrona, la Virgen del Carmen, y de una
alcancía de hojalata y a pesar de la desventaja que le daba su nacionalidad —
Portugal se había separado de España— tanta diligencia y actividad empleó
en su misión, “y encontró tan bien dispuesta la tierra”, que, aunque pobre y
esquilmada por la guerra, correspondió con generosidad a la apostólica y
humilde solicitud del fervoroso fraile descalzo.
“Sólo de
los soldados de los tercios fronterizos recogió fray Juan de la Concepción 638
pesos”, que debían ser cobrados cuando se recibiera el situado del Perú, y como
éste no llegaba jamás a tiempo, “dieron poder a fray Juan para que cobrara la
limosna desde luego en las cajas reales, a descontarla de sus haberes de cada
donante, cuando el caso llegara”. Más comodidad para hacer limosnas no
encontraba en ninguna parte.
Pero el
gran golpe que debía sacarlo de todos los apuros para dar término definitivo de
su piadosa obra, esperaba darlo Fray Juan en la bien saneada fortuna de sus
buenos amigos y compatriotas Francisco López Cahuinca y Francisco de Pasos,
acaudalados comerciantes de Santiago en cuya casa se alojaba el fraile cuando
regresaba de sus excursiones limosneras; López y Pasos habían liquidado ya sus
negocios y estaban reuniendo su tesoro para disponer cristianamente de él y
prepararse enseguida para el viaje del cual todavía no ha vuelto nadie. Uno de
ellos, López Cahuinca, era clérigo, y el otro soltero, o solterón; no se les
conocía herederos forzosos y seguramente todo aquel caudal iba a ser repartido
en obras pías y de caridad. El futuro convento de monjas carmelitas iba a
surgir de allí esplendoroso, sin más compromisos que algunos centenares de
misas gregorianas.
Lo que no
sabía fray Juan era que ambos socios habían hecho un testamento por el cual se
nombraban mutuamente herederos y se daban poder, también mutuamente, para
testar; la sociedad comercial López y Pasos, que había durado más de 20 años en
envidiable consorcio y avenimiento, deseaba continuar en igual forma hasta
después de la muerte de uno de los socios.
Aunque
este detalle no habría influido en el resultado final que fray Juan esperaba,
puesto que cualquiera de sus dos amigos le habría favorecido igualmente con un
legado, ocurrió lo que menos se esperaba: López falleció casi repentinamente en
la mañana del día 13 de Marzo de 1681 y el mismo día, a las 6 de la tarde, cayó
enfermo, gravemente, su socio y fiel compañero de tantos años, Francisco de
Pasos. Mientras fray Juan y otros amigos hacían las diligencias para los
funerales y sepelio del clérigo López Cahuinca, el otro socio, Pasos,
previendo, también la cercanía de su muerte y para no ocuparse ya sino de la
preparación de su alma para su comparecencia ante el Tribunal Supremo, se
limitó a conferir, ante el escribano Vélez Pantoja un amplio poder para testar
a favor de su amigo íntimo, el Tesorero de la Santa Cruzada don Pedro de Torres
y Saa, nombrándolo, al mismo tiempo, heredero universal del remanente de sus
bienes.
Cuando
fray Juan se impuso de esta novedad, quedóse meditabundo y serio; pensó un
momento en que sus expectativas se complicaban; pero, hombre enérgico,
pronunció desde el fondo de su alma un ¡Sursum Corda! y se instaló a la
cabecera del enfermo, dispuesto a aprovechar cualquier momento de
reacción y lucidez para recordarle la promesa muchas veces
formulada, de contribuir a la fundación del proyectado convento de monjas
carmelitas.
Ya conté
en otra ocasión cómo se produjo el legado de cinco mil pesos, cuyo cumplimiento
exigió posteriormente fray Juan de la Concepción; “en un momento lúcido del
enfermo, dijo el fraile descalzo, preguntóle cuanto dejaba para la fundación
del convento, y como Pasos no podía hablar, estiró una mano y fue encogiendo
uno a uno los cinco dedos, con lo cual queda muy en claro que dejaba cinco mil
pesos”. Tal explicación no fue aceptada ni por el heredero Torres, ni por los
tribunales; el Carmelita se consideró defraudado; pero desde ese mismo momento
declaró una guerra formidable al Tesorero y con tal tenacidad la llevó a su
término, que obtuvo, diez años más tarde, cuando ya estaba fundado el convento
de monjas, una condena tremenda para el “cicatero” que, llevado de su codicia,
le había negado una limosna muy mezquina en comparación con el “tesoro de los
portugueses” que había caído en sus manos.
Para que
el lector aprecie la energía inconmovible de fray Juan, ante las resoluciones
que tomaba, voy a contarle en poquísimas palabras, cómo llegó a conseguir de
las justicias del Rey la condena del Tesorero Torres; con este ejemplo a la
vista le será fácil comprender las curiosas incidencias que relataré enseguida
para justificar el título de la presente crónica y podamos saber en definitiva
“de quién son las monjitas” que fray Juan fue a buscar a Chuquisaca para fundar
el monasterio carmelita de Santiago.
Cuando el
fraile descalzo se convenció de que el Tesorero Torres le cerraba
terminantemente la bolsa, negándose a pagar el legado de los “cinco dedos”, lo
demandó, primeramente, ante los tribunales mapochinos y como no obtuviera
éxito, envió subrepticiamente a Lima a un fraile agustino, que se decía hijo
natural de Pasos, a denunciar ante el Virrey, Duque de la Palata, y ante el
Arzobispo Liñán y Cisneros, el despojo que había cometido el Tesorero de la
herencia que correspondía al Agustino por la muerte de su Padre Francisco
Pasos, herencia que estaba destinada a obras piadosas, dada la condición de
fraile en que se encontraba el presunto heredero.
Ni el
Virrey ni el Arzobispo, hicieron caso de tal reclamo, “por más que el
reclamante se echara a sus pies”; por lo contrario, el Prelado limeño envió al
Agustino a su convento, en calidad de preso, por haberse ido de Chile sin
licencia de sus superiores y a las pocas semanas el fugado era remitido a
Santiago, “rabum ínter pernorum” como decía cierto “mocho” franciscano
que se jactaba de latinista.
La cólera
del carmelita descalzo, ante este nuevo fracaso, fue tremenda; junto con echar
una reprimenda de órdago a su desgraciado comitente en los términos más
avanzados que le permitía su regla, le convenció de que, si no había encontrado
justicia en Lima, debía ir a buscarla a la Corte, o a Roma, si era necesario;
el Agustino estaba amargado también por el fracaso y sobre todo por los díceres
y burlas del Tesorero y sus “paniahuados” de Santiago, de manera que no tardó
mucho en aceptar la tentativa de una nueva y más audaz aventura.
No habían
transcurrido tres meses de su regreso a Santiago, cuando una tarde desapareció
del convento y fue a embarcarse en Coquimbo, con rumbo al Callao; ocultándose
en la sentina del barco, esperó pacientemente la salida de otro navío que
partía hacia Panamá, desde donde atravesando el Istmo, se embarcó para la
península. Llegado a Madrid, el Agustino se ingenió para llevar su denuncia
hasta las gradas del Trono.
Se
trataba de una herencia que ascendía a la cantidad “de trescientos mil pesos de
buen oro”, como eran los pesos de entonces, y los Ministros de Su Majestad no
estaban para hacer ascos a tan bonita suma, sobre todo cuando la “caja e fisco”
no andaban muy boyantes con las esplendideces de Madama de Colmenares, en la
Corte de Carlos II. El difunto era portugués, y, según las Leyes de Indias,
ningún extranjero podía residir en las colonias españolas sin licencia del
Monarca, so pena de perdimiento de sus bienes; el asunto no podía ser más
claro; ninguno de los portugueses, López ni Pasos, había tenido ese permiso;
ergo, el dinero de la herencia pertenecía al Monarca.
El
Agustino regresó prontamente de la Península, trayendo en su faltriquera una
Real Cédula, en la que el Soberano ordenaba a la Audiencia de Santiago
procediera a instruir, “pronta y sigilosamente” una sumaria criminal contra el
Tesorero Torres, a fin de que restituyese los considerables caudales usurpados
a la corona. Este triunfo no fue sino el principio de la tremenda venganza que
tomaron contra Torres el Padre Juan de la Concepción y el presunto hijo de
Pasos.
Baste
decir que, antes de tres años, el Fiscal de la Audiencia don Pablo Vásquez de
Velasco, había embargado al Tesorero todos sus bienes para que respondiera a la
cantidad de 163 mil pesos a que ascendía, según inventario que practicó, la
herencia de los portugueses, y por último lo encerró en las cárceles del
Cabildo por los delitos de “ocultación de bienes, simulación y colusión” de que
se había hecho reo.
— Alguito
le ha costado al Tesorero don Pedro de Torres su capricho de ser “roñoso” y
cicatero, negándome el legado de los cinco mil pesos para mis monjitas — decía
a quien quería oírle, en la misma esquina del Portal de Sierra Bella, fray Juan
de la Concepción—; experimenten sus mercedes — agregaba sentenciosamente a su
auditorio— y sean generosos en sus limosnas para el monasterio de las
carmelitas...
Tal era
el hombre que se había propuesto llevar a cabo, en Santiago, la fundación del
convento de monjas de Nuestra Señora del Carmen, llamado después del “Carmen
Alto” para diferenciarlo* del otro convento de la misma regla que fundó ochenta
años más tarde el célebre Corregidor Zañartu en la Cañadilla, con el nombre
de “El Carmen Bajo”
Cuando, a
raíz del fallecimiento del portugués Pasos, surgieron las primeras dificultades
entre su heredero Torres y Fray Juan — por el legado de los “cinco dedos”—
el fraile conmovió a la sociedad mapochina por medio de comentarios
enconados que circulaban por corrillos y trastiendas, .destinados a mostrar la
enorme codicia del albacea ante una obra tan grande y tan cristiana como era la
fundación del proyectado convento. Fray Juan perseguía con esto el desprestigio
del Tesorero, por una parte, a fin de obligarlo, tal vez, a capitular y por
otra, mover la caridad y munificencia de los vecinos paria que cooperaran con
mayor generosidad a la realización de su obra piadosa.
Aunque
Fray Juan, según he contado, demoró diez años en alcanzar lo primero — esto es,
la condena y la pérdida de la honra de don Pedro de Torres— , logró fácilmente
lo segundo, y antes de un año había reunido la cantidad de cuatro mil pesos
para levantar los claustros del futuro convento en la chacra que le había
cedido para tal objeto el Capitán don Francisco Bardesi, cuyas casas estaban
situadas en el mismo sitio donde hoy se alza el templo de las monjas del Carmen
Alto, Alameda esquina con la calle del Carmen. El Capitán Bardesi era hermano
del lego franciscano fray Pedro Bardesi, fallecido en concepto de santidad.
Una
plancha de mármol, colocada al pie del altar, recuerda a la posteridad tal
desprendimiento generoso, con la siguiente inscripción: “Francisco
Bardesi y Barnaba de la Cerda, cedieron su propia casa”
Con la
actividad que era su característica, no le costó mucho al fraile descalzo
obtener del Presidente Garro, del Obispo Carrasco y del Arzobispo de Lima, los
informes necesarios para que la Majestad de Carlos II concediera las licencias
que eran imprescindibles para la nueva fundación; ya con los documentos en la
mano, fray Juan partió, pleno de satisfacción, hacia Chuquisaca, en Bolivia,
con el objeto de solicitar del Obispo de aquella Diócesis, que designara tres
monjas del convento carmelitano que allí existía — y que era el único de esa
Orden en América— para que se trasladaran a Santiago de Chile como
fundadoras del nuevo monasterio.
Cuando
fray Juan se echó a los pies del Arzobispo de Charcas y le formuló su petición,
el Prelado, “espantado de tamaña empresa”, díjole:
— Padre,
Su Paternidad está medio loca, si no lo está enterá; ¿se figura Su Paternidad a
tres monjas solas, atravesando cordilleras y desiertos para llegar al valle de
Chile en un viaje de quinientas leguas, sin que nadie las ampare en aquellas
soledades?
— Señor
Ilustrísimo — contestó el fraile—, las monjas son hijas de nuestra madre Santa
Teresa, como lo soy yo, y un carmelita no se detiene ante sacrificios ni
mortificaciones. Confíelas Su Ilustrísima a mis cuidados en la seguridad de que
llegarán a Mapocho sanas y salvas.
El
Arzobispo conocía la energía inagotable del fraile carmelita y su
incontrarrestable entereza; pero medía la responsabilidad que caería sobre su
persona y conciencia si algún accidente ponía en peligro a esas débiles mujeres
durante el largo y penoso viaje que iban a emprender. Antes de contestar
definitivamente, dijo al solicitante:
— Padre,
déjeme Su Reverencia algunos días para reflexionar sobre asunto tan grave, que
no es cosa de resolver con ligereza estos casos de conciencia.
En la
tarde de ese mismo día el Arzobispo recibió la visita del Fiscal de la
Audiencia de Charcas don Tomás de Urcullo y Almeyda; en la conversación salió a
terreno la pretensión de fray Juan, y el Prelado manifestó a su amigo las
indecisiones en que se encontraba para resolver el caso, pues no era tan
sencillo negarse redondamente a enviar esas monjas que iban a desempeñar una
misión tan cristiana en un reino como Chile, que necesitaba más que ninguno de
las Indias los beneficios de la evangelización. La perpetua rebeldía de los
araucanos había formado cierto concepto general sobre el estado de atraso en
que se encontraban “esas provincias”.
— Si las
dudas de Su Ilustrísima se reducen a los peligros que puede ofrecer el largo y
accidentado viaje — contestó el Fiscal—, .ellas pueden desaparecer si Su
Señoría las confía al Capitán chileno don Gaspar de Ahumada, que se encuentra
en Cochabamba y que luego partirá a su patria a la cabeza de veinte soldados
que lo acompañan...
Al oír
esta noticia el Arzobispo se echó de rodillas, alzó las manos en alto y dio
gracias a Dios, pues atribuyó a inspiración del cielo el haber contado a su
amigo don Tomás las preocupaciones de su corazón. Ocho días más tarde, el
Capitán don Gaspar de Ahumada recibía del Arzobispo de Charcas la comisión de
transportar hasta la ciudad de Santiago y entregar en manos del' Obispo
Carrasco, a las tres monjas carmelitas que iban a fundar el convento mapochino;
don Gaspar puso una mano sobre el crucifijo “pectoral” del Arzobispo y la otra
sobre la empuñadura de su espada y juró cumplir su comisión “así me cueste la
vida”.
A los
pocos días partían de Chuquisaca, después de haber oído una misa solemne en
presencia de todo el vecindario, las religiosas Francisca del Niño Jesús,
Catalina de San Miguel, y Violante Antonia de la Madre de Dios escoltadas por
el Capitán Ahumada y sus soldados. Fray Juan de la Concepción investido con el
alto cargo de confesor de las monjas, era su director espiritual, a quien
debían obedecí mientras llegaran a poder del Diocesano chileno; por último, el
Obispo nombró capellán de las monjas en viaje, al clérigo don José González de
Poveda, que formaba parte de la comitiva del Capitán desde antes que éste
recibiera el honroso encargo.
El pueblo
de Chuquisaca escoltó el carro donde viajaban las tres monjitas hasta más allá
de tres leguas de la ciudad, rezando el rosario en alta voz y cantando himnos
devotos; poco a poco la comitiva fue quedando sola, y al caer la tarde el
Director espiritual de la expedición dispuso que se hiciera alto, para
pernoctar.
— Este
sitio no es conveniente para pasar la noche, Reverendo Padre — dijo el Capitán
Ahumada a fray Juan— , avancemos todavía algunas toesas hasta llegar a aquel
plano, en donde tenemos mayor comodidad...
Fray Juan
miró con extrañeza al Capitán, y dudó un momento entre contestarle o no; pero
por fin, díjole en tono entre indiferente y desdeñoso:
— He
dicho que pernoctemos aquí, señor Capitán.
Esta vez
fue Ahumada quien examinó de alto a bajo al fraile; retorcióse el mostacho,
aguzóse la perilla, y alzando la voz ordenó al sargento que encabezaba el
convoy:
—
Adelante, señor Sargento, hasta el plano que tenemos al frente, que habrá de
ser allí donde alojemos.
Y picando
espuelas, dio el ejemplo, y toda la comitiva se puso en marcha.
Fray Juan
no tuvo más que seguir, so pena de quedarse solo en la cuesta de la montaña.
A la
noche siguiente se produjo entre el Capitán y el Des: calzo un
segundo incidente, porque el primero ordenó hacer alto en un sitio para alojar,
y el segundo opinó que el alojamiento debía hacerse más arriba; el tercero y el
cuarto día ocurrieron iguales o parecidas controversias y, por último, el
quinto día, molesto ya el Capitán por estos pequeños choques que iban
produciendo una tirantez progresiva, determinó aclarar la figura para cortarlos
de raíz.
— Oiga,
Padre — díjole— ; conveniente sería que Su Reverencia no se metiera en lo que
no le incumbe, a fin de que tengamos el viaje en la paz que requiere esta santa
expedición. Sabe Su Paternidad que soy yo el jefe de este convoy en el cual
llevo a las monjitas por disposición del Ilustrísimo Arzobispo, a quien he
jurado transportarles y entregarlas en manos del Obispo de Santiago, bajo mi
exclusiva responsabilidad. Quítese Su Paternidad de mandos y de órdenes sobre
el viaje, alojamientos y comidas y así lo pasaremos bien ...
—
Extráñame, señor mío, de que quiera Su Merced alejarme de dar las órdenes que
me parezcan convenientes para que “mis monjas” hagan este pesado viaje de la
mejor manera, puesto que soy director espiritual de ellas...
— Pues,
diríjalas Su Paternidad espiritualmente... pero déjeme a mí la tarea de
dirigirlas de la otra manera.
— El
espíritu debe dirigir a la materia...
— No sólo
de pan vive el hombre, y se me ocurre que aquí se trata, primeramente, de vivir
...
— No haga
Su Merced burlas del Santo Evangelio, que ello puede traerle a Su Merced la
perdición.
— Líbreme
Dios de hacerlas, Padre: lo único que le digo a Su Reverencia es que yo soy el
jefe de la expedición y que le prohibiré a Su Merced que mande en ella; y lo
mejor que puede hacer es no mandar nada, porque nadie le obedecerá.
El Padre
Juan dio un respingo al oír estas últimas palabras y después de protestar
airado contra “la fuerza que le hacía” el Capitán, concluyó por amenazarlo con
excomunión si persistía en negarle el derecho de ejercer autoridad.
— Antes
de que Su Paternidad me excomulgue — contestóle don Gaspar de Ahumada—
despacharé un propio a Su Ilustrísima para que dirima la dificultad.
Y así
diciendo, ordenó alto, y en el mismo sitio, dos leguas antes de llegar a
Potosí, escribió una larga carta al Arzobispo y la envió “por la posta”, con
uno de sus soldados a Chuquisaca. La expedición no continuaría viaje sin
conocer antes la resolución del Prelado.
El Padre
Juan envió también, con el mismo mensajero, una relación de lo ocurrido para
que el Arzobispo fallara teniendo a la vista el pro y el contra.
Diez días
pasaron antes de que regresara el mensajero durante los cuales el Padre Juan
dispuso que “sus monjitas” así las llamaba, “hicieran ejercicios y oraciones
para que Dios iluminara al Prelado y resolviera en justicia y derecho”. Antes
de abrir el pliego que trajo el soldado, todos los expedicionarios se
arrodillaron como demostración y promesa de cumplir lo que se ordenara;
juntaron devotamente las manos y el Capellán de la comitiva viajera, el clérigo
González de Poveda, empezó a leer...
A medida
de que avanzaba la lectura, el Padre Juan iba poniéndose “blanco como la cera”
y cuando se leyó la firma, el Descalzo estaba “abismado”. El Arzobispo de
Charcas ordenaba perentoriamente que todos obedecieran, sin replicar, las
órdenes que el Capitán Ahumada impartiera sobre las condiciones en que la
expedición habría de hacer el viaje hasta Mapocho y condenaba a pena de
excomunión ipso facto incurrenda y quinientos pesos de multa “si fuera hidalgo,
y doscientos azotes, no siéndolo” a quien desobedeciera al Capitán o estorbara
el cumplimiento de sus órdenes.
— ¿De
quién son las monjitas? ... — preguntó uno de los sargentos, que no se había
percatado bien de la lectura del fallo.
— ¿Las
monjitas...? ¡Las monjitas son mías! — contestó el Capitán, echando un terno.
Pero fray
Juan no era hombre de conformarse con una resolución adversa después de haber
sostenido su derecho en forma tan ruidosa. Buscándole cinco patas al gato, ideó
un medio para alegar su derecho a las monjitas, apoyándose esta vez en la
jurisprudencia... No podía aceptar eso de llegar a Mapocho sin “su monjas” y en
pleno ejercicio de autoridad sobre aquellas religiosas que habían sido la
obsesión de su vida.
Apenas
había entrado el convoy en los territorios chilenos de Copiapó, fray Juan se
apersonó de nuevo al Capitán Ahumada y le dijo:
— Señor
Capitán, estamos en territorio del Reino de Chile, en el cual ya no tiene
jurisdicción el Arzobispo de Charcas, cuyas órdenes venimos obedeciendo, de
manera que las monjitas me pertenecen exclusivamente, desde este momento,
porque yo represento la autoridad del Obispo de Santiago, que es nuestro
Prelado. Conque ¡ya lo sabe Su Merced!
— Mire,
Padre, no empecemos de nuevo — contestó el Capitán— , que el que puede salir
perdiendo con todo esto es Su Reverencia. Le repito que las monjitas son mías
porque me las dio Su Ilustrísima el Arzobispo, y no las soltaré hasta ponerlas
en manos del Obispo de Chile. Poco nos falta ya para el término de nuestro
viaje y no vale la pena que vengamos ahora a echar pelos a la grasa.
Tranquilícese y confórmese. Padre.
— ¿No le
teme Su Merced a una excomunión...?
— Para
qué lo voy a engañar, Padre; una excomunión de Su Paternidad no me causa la
menor preocupación, créamelo; pero, por si acaso, antes de que me excomulgue le
declaro, como jefe de esta expedición, que “lo aparto de ella” desde este
momento y, por lo tanto, lo dejaré en estos riscos en compañía de las
chinchillas. Aquí se verá si esos animaluchos se dejan comer crudos por Su
Paternidad o si ellos se lo comen a Su Merced, lo que me parece más probable.
La
amenaza no era para desentenderse y fray Juan, protestando “otra, otra y mil
veces de la fuerza que se le hace”, se resolvió, a regañadientes, a seguir el
viaje a las órdenes del peligroso don Gaspar de Ahumada.
Nuevas
tentativas de rebelión y nuevas amenazas espirituales al llegar a Coquimbo y al
valle de Aconcagua, no tuvieron tampoco efecto alguno porque se estrellaron
contra la energía incontrarrestable del Capitán, que no cedió un punto a las
pretensiones del Carmelita descalzo. Fray Juan de la Concepción había
encontrado, por fin, la horma de su zapato, y valga el refrán, porque ya he
repetido muchas veces, que el fraile era descalzo...
El día 3
dé diciembre de 1689 por la tarde, hicieron su entrada en Santiago, con
inusitada solemnidad, las tres monjitas que habían salido tres meses antes de
las sierras bolivianas en demanda del primer convento carmelitano que se
estableció en Chile.
El Obispo
Carrasco esperó a las tres religiosas, que venían con sus velos echados sobre
el rostro, en el pórtico de la Catedral; a sus pies se arrojaron las monjitas y
tras ellas se arrodilló el Capitán don Gaspar de Ahumada, entregándole al
Diocesano los pliegos que había recibido del Arzobispo de las Charcas.
El Obispo
Carrasco, “para más honrar al Capitán, alzóse de su sitial, echóle los brazos y
dióle a besar la esposa, lo cual el capitán lo hizo arrodillado”. Cuando el
Capitán se incorporó el Obispo díjole:
— Señor
Capitán, con el alma muy complacida abro mi corazón para recibir a “sus
monjitas”.
A fray
Juan de la Concepción, que oyó clarísimamente esta frase, se le enmudeció la
lengua: ¡las monjitas eran del Capitán!
§ 3. El
Presidente da la gran sorpresa
Faltaban
todavía dos años para que cumpliera su período de Gobierno, el Presidente de
Chile don Marcos José de Garro y Siney de Artola — el período era de ocho años,
según las últimas ordenanzas reales— cuando la Majestad de don Carlos II,
por la Gracia de Dios, Rey de España y Emperador de las Indias, designó al
Teniente General de Caballería de los Reales Ejércitos, don Tomás Marín y
González de Poveda, para que viniera a reemplazar al “santo Garro”, en el mando
de este apartado Reino. No era, sin embargo, un plazo muy largo el que tenía el
nuevo Gobernador para trasladarse desde la Península a Chile; aparte del tiempo
que debía emplear en sus preparativos para tan largo viaje, por mar y tierra,
era necesario calcular el tiempo que le tomaría la travesía del Atlántico,
desde Cádiz a Buenos Aires y la travesía de la pampa argentina, desde Buenos
Aires a San Luis de la Punta o a Mendoza, ciudades trasandinas pertenecientes a
la Gobernación de Chile, en donde, generalmente, se hacían reconocer "de
pasadita” los Gobernadores que llegaban a este Reino por aquella vía.
Y aún
quedaba la travesía de la Cordillera — que era penosa y peligrosa— antes
de llegar a la Capital de la Gobernación, en donde se realizaba la ceremonia
solemne de “recibirse” del mando.
Su
nombramiento para Gobernador de Chile había llenado de júbilo al General Marín
de Poveda, no sólo por el alto honor que le discernía su Soberano al confiarle
el mando del reino más difícil de Las Indias, sino, especialmente, porque el
agraciado quedaba en situación de realizar, con su traslado a estos confines de
la América, un íntimo anhelo de su vida... Lo diré de una vez: don Tomás estaba
enamorado como un seminarista sin vocación, y mantenía “connivencias” — por el
vulgarísimo sistema de cartas "mesivas”— con una preciosa chiquilla
que comía pan en Lima, esperando, entre suspiros de a vara, que su lejano galán
transpusiera algún día las dos mil leguas mal contadas, que lo separaban de su
adorado tormento.
La
explicación dé unos amores tan a la distancia en bien sencilla. Don Tomás había
residido en el Perú desde su juventud y hasta unos diez años antes de regresar
a España, en 1684; y al partir de Lima había dejado "palabreada” a la hija
segunda de los marqueses de Villafuerte, llamada doña Juana de Urdanegui y
Recalde, de quien decían las limeñas que era una santa, porque se
"encerró” en su casa desde el día en que el novio puso pie en el barco
rumbo a España. Y esta opinión de las limeñas vale, porque han tenido fama, las
ninfas del Rímac, de no dar su brazo a torcer por ninguna de su sexo, ni aún
por Santa Rosa, de quien, por “sacarle” algo, dijeron que era "patona”, el
defecto más grave que se le puede achacar a una limeña. Ya lo dijo el coplero:
Tiene mi
dueño Esto pequeño...
Chiquito lo otro Y estrecho el pie...
La
primera diligencia que hizo el Gobernador Marín, cuando recibió la
transcripción o “traslado” de su nombramiento, fue la de escribir a su novia
limeña participándole la fausta nueva de su viaje a Chile, y su deseo de
encontrarla en Concepción, a su llegada, para celebrar "incontinente” la
ceremonia matrimonial. A don Tomás no solamente le corría apuro ingresar cuanto
antes al gremio de los padres de familia, sino que deseaba aprovechar las
fiestas aparatosas de su recepción, como Gobernador en Chile, para solemnizar
su matrimonio y ofrendar a su novia los más altos homenajes que un enamorado
puede ofrecer a su amada.
Si doña
Juana de Urdanegui no se volvió loca de gusto cuando recibió tan estupenda
noticia, fue porque tenía bien organizadas las celdillas de su cerebro; pero
las que se desbordaron en exclamaciones de todo género fueron las limeñas, que
no podían convencerse de la "suerte” que había hecho "la Juanita”, a
quien, por la reclusión en que había permanecido durante tanto tiempo, en
espera del lejano pretendiente, consideraban ya fuera de concurso en las
fiestas de Himeneo.
Así como
se supo en Lima la noticia del próximo matrimonio de doña Juana, el palacio de
los marqueses de Villafuerte vióse invadido a diario por toda la nobleza del
Rímac, que concurría a dar la enhorabuena al General don Juan de Urdanegui, a
su esposa doña Constanza de Luján y Recalde y a la novia feliz, que iba a
realizar Pronto los suspirados anhelos de su alma. Entre los primeros que
concurrieron a Palacio se contó al Virrey don Melchor de Navarra y Rocafull,
Duque de la Palata, Príncipe de Masa y Marqués de Tola, que se hizo un deber en
presentar sus felicitaciones al de Villafuerte, su constante contendor en el
juego del "revesino” y el único a quien no podía ganar cuando el Marqués
no quería... Es necesario advertir que Su Excelencia, el Virrey, tenía la
pretensión de creerse invencible en este juego de naipes y que las partidas de
revesino constituían la "entretención” casi única de las tertulias en el
Palacio de Pizarro.
—
Comunicaciones me han llegado de la corte, dijo el Virrey a su amigo, sobre que
el Gobernador Marín de Poveda saldrá de Cádiz en la armada del General Valdés
Espino que hará crucero al Río de la Plata, y que cuando esta armada arribe al
puerto de Buenos Aires, me enviarán un chasque, por el Alto Perú, dándome aviso
para que os lo comunique, salgáis, si sois servido, con vuestra hija rumbo a
Penco y os encontréis allí con el Gobernador, vuestro yerno. Sabéis, señor
Marqués, la buena afición que os brindo y el deseo que tengo de serviros y
honraros en esta ocasión.
A pesar
de que el tiempo no transcurría con la rapidez que seguramente deseaba la
novia, llegó el día en que debió embarcarse en el Callao con rumbo a Chile y a
Concepción. Una gran cabalgada escoltó el carruaje en que la novia y su padre
se trasladaron al puerto para embarcarse en el navío San Juan de
Letrán, piloto Santiago Armijo, contratado especialmente para
transportar el nupcial cargamento a las playas penquistas. Ochenta y cinco^
almofrejes y “hatos’’ componían el equipaje le doña Juana, y sus acompañantes
fueron diez personas, entre las cuales se contaron los marqueses limeños de
Castellón y de Valleumbroso, el Conde de Torreblanca don Luis Ibáñez de Segovia
y Orellana, y el Vizconde del Portillo don Agustín del Sarmiento y Sotomayor.
Dejemos
que la novia siga navegando en demanda de la felicidad por largo tiempo deseada
y ocupémonos del novio, que, por esas fechas, fines de Diciembre de 1691, se
preparaba para la travesía de la cordillera de los Andes, desde su último
descanso en Mendoza.
Al
emprender la última etapa de su largo viaje, don Tomás Marín de Poveda había
despachado adelante un mensajero para avisar a la Audiencia y al Cabildo su
próximo arribo a la Capital del Reino y su deseo de salir, cuanto antes, hacia
Penco, para ponerse al frente del ejército de la frontera e iniciar la
consabida campaña veraniega contra los araucanos. Pero el mensajero llevaba
también cartas “mesivas” para varios personajes mapochinos que eran amigos del
Gobernador, desde los tiempos en que Marín de Poveda había sido Capitán de
tercio en Arauco, unos doce años antes, en el período del Gobernador don Juan
Henríquez, en cuya escolta vino del Perú.
Estas
cartas explicaban un poco más el por qué del apuro del Gobernador para salir a
la guerra... Aunque no lo decían bien claro, todos los vecinos de Santiago
comprendieron que don Tomás deseaba estar en Concepción cuando arribara a ese
puerto el barco en que venía la dueña de sus pensamientos, cuyo viaje había
sido anunciado ya a las autoridades de Santiago por el Virrey Conde de la
Monclova, don Melchor Portocarrero y Lazo de la Vega, que había substituido en
el cargo al Duque de la Palata.
El
revuelo que se armó en la ciudad, especialmente en sus “altos círculos”, fue
agitadísimo, al saberse que el Presidente venía de novio; y si a esto se
agregaba el que hubiera elegido por ring el Reino de Chile, para efectuar su
matrimonio con una dama que venía también en viaje, la sorpresa no podía ser
más justificable. Lo que molestaba, francamente, a los santiaguinos era que el
nuevo Presidente fuera a casarse a la ciudad de Concepción, cuya rivalidad con
la Capital era declarada; pero ¡qué diablos! no era cosa de mostrar las orejas
en tal ocasión y hacer un desaire a un mandatario recién llegado y de quien
siempre se esperaban “mercedes” .
Desde
antes que llegara a Mendoza el Gobernador Marín, se había preocupado ya el
Cabildo santiaguino, como era de su deber, de la recepción, solemne del Primer
Mandatario, encargando la tarea de organizar el programa de festejos al
Corregidor don Fernando de Mendoza y Mate de Luna, quien, por haber “subido”
recientemente al cargo, creyó conveniente asesorarse del Corregidor cesante,
don Gaspar de Ahumada, para cumplir mejor tan comprometida comisión.
Don
Gaspar era hombre de iniciativas enérgicas y de ideas luminosas; había
desempeñado varias veces el cargo de Alcalde y de Corregidor, aparte de otros
“oficios” menores que le valieron un bien merecido prestigio como funcionario
activo, entusiasta y de buena voluntad. Don Gaspar de Ahumada había llegado a
ser, en ciertos períodos, el factótum de la ciudad de Santiago, y en
consecuencia, no podía quedar en mejores manos el pandero para preparar al
Gobernador entrante la agradable recepción que merecía un antiguo amigo, que
ahora llegaba, anheloso, en busca de su prometida.
No quiero
detenerme en describir los preparativos ni las fiestas santiaguinas, que en
esta ocasión fueron excepcionales, aunque, en realidad, ellas sólo
constituyeron los preliminares de las muy grandes y magníficas que se
realizaron en Concepción, dos meses más tarde, cuando el Presidente Marín se
trasladó al sur para reunirse con su novia; pero no puedo dejar de apuntar un
número nuevo y original que inventó el asesor Ahumada, para dar los buenos días
al Presidente en su primer alojamiento en el “camarico” de Chacabuco, hacienda
de los padres jesuitas.
Vivían en
el Salto de Araya tres muchachonas hijas de “la” Dominga Muñoz, la mejor
tocadora de harpa que tuvo la Capital de Chile en el período en que los oidores
de la Audiencia fueron la gente más alegre y divertida del Reino, allá por los
años de 1670 a 1680; había que ver cómo se “despercudían” sus señorías bajo la
ramada de la Dominga situada al píe del San Cristóbal, sin impórtales un poroto
las hablillas y pelambres de la villa del Mapocho, que calificaban al Oidor
Peña de Salazar de “sinvergonzón” y a su colega Muñoz de Cuéllar de mal marido;
la escandalera llegó al extremo de que el Obispo Humanzoro, por un lado, y los
padres agustinos, por el otro, se vieron obligados, en conciencia, a elevar
sendos memoriales a la Corte, en denuncio de “la vida escandalosa” de tales
funcionarios. Cuanto a la Dominga, sus contemporáneos la llamaban “la pata
rajá” y con esto parece que está todo dicho.
Al tiempo
de la llegada a Chile del Presidente Marín, la Dominga no hacía ya la vida
activa de antes; pero en su reemplazo actuaban sus tres hijas que “habían
salido” unos monumentos para rascar el harpa, la guitarra y el rabel,
cachivaches con que “se acompañaban” las tonadas y los esquinazos que volvían
locos a sus admiradores. Como Corregidor y Alcalde que había sido don Gaspar de
Ahumada, era natural que conociera de cerca a las “cantoras”, quienes en muchas
ocasiones habían tenido sus dimes y diretes con la autoridad, a causa de
ciertas vehemencias de la alegre clientela que las visitaba, y también porque
habríase visto obligado alguna vez, como Corregidor, — digo yo— a hacer
acto de presencia en las fiestas de la Dominga, para “dar fe” de sus atractivos
o para aplicarles la ley.
Tales
serían las buenas cualidades artísticas de “las Muñoces”, que el ex Corregidor
determinó que se trasladaran al “camarico” de Chacabuco para que dieran un
“esquinazo” al Presidente novio, al amanecer del primer día de su alojamiento
en este Chile, en donde lo esperaba la felicidad.
Diz que
el esquinazo empezó con unas “alabanzas” del tenor siguiente:
Ya viene
rompiendo el alba con su luz el claro día
“démoles” muchas gracias
a Jesús, José y María.
Al oír
tales versos, los padres de la Compañía se asomaron complacidísimos a las
ventanas que daban al patio donde se habían instalado las cantoras, para honrar
con su presencia, esquinazo tan místico y “decente’*; pero don Gaspar, apenas
hubo oído la segunda copla, que era por el estilo de la primera, acercóse a la
Dominga y díjole, en tono poco amable;
— China
del cuerno, yo no te he traído para cantar letanías;... y si no cantas una
tonada de esas que alegran el espíritu, a más de no pagarte los “reales” que te
he ofrecido, te mandaré con un recadito donde el Tiñoso, que buen rebenque
tiene para consolar al triste.
— ¿Las
quiere Su Merced más alegres, mi señor don Gaspar...?
¡Viva el
sol, viva la luna!
¡viva la flor del picante!
¡viva la niña que tiene a don Tomás por amante...!
—
¡Dominga, por tu madre, no vayas a soltar una barbaridad!... — interrumpió don
Gaspar, por lo bajo, temeroso de que “la pata rajá” cantara alguna
inconveniencia.
El nuevo
Gobernador no era de talla muy alta, por lo cual sus antiguos compañeros de
armas en Chile le llamaban “el chico”; no sé si la cantora sabría el
antecedente; pero el hecho fue que después de algunas coplas de atrevidas
alusiones al novio — que hacían sudar gordo al ex Corregidor— la Dominga
cantó, como
¡Tan
chiquito y tan regalón!
Me pide cama de pabellón,
también me pide un almuadón,
que se lo ponga para el rincón.
Cuando
las Muñoces concluyeron su esquinazo, no quedaba en las ventanas ningún padre
de la Compañía. ¡De qué calibre serían las coplas!
Don Tomás
fue recibido en la Capital con el ceremonial acostumbrado; al mes y medio de
permanencia en Santiago partió hacia Concepción, pues sabía ya que el
barco San Juan de Letrán, en donde venía su novia, estaba por
fondear en la bahía de Penco; sus mayordomos habían partido con bastante
anticipación para hacerse cargo de los preparativos para la boda y habíanle
comunicado, también, que todo estaba listo para el “suceso”.
La
escolta con que salió don Tomás fue excepcionalmente numerosa; le acompañaban
más de doscientos caballeros de lo más granado d© la nobleza mapochina y aún se
atrevieron a hacer el largo viaje tres señoras que no pudieron sustraerse a la
curiosidad de conocer cuanto antes a la novia del Presidente; no conozco el
nombre de estas hermosas — así debieron ser— hijas de nuestra madre Eva, que
arrostraron todos los sacrificios de un viaje de más de cien leguas para darse
una satisfacción femenina tan plausible como aquella otra de probar el
agridulce ] de la manzana del Paraíso terrenal.
Los
“camaricos” del largo trayecto fueron numerosísimos; supongo que el lector
recordará lo que en otras oportunidades he dicho sobre lo que eran los
camaricos: los sitios destinados a las comidas, alojamientos y descansos del
Presidente y comitiva cuando iba de viaje. En todos, como es natural, se
recibió al Presidente Marín con la solemnidad y acatamiento que era de rigor,
pero a medida de que la comitiva iba acercándose a la “capital” de la frontera,
los festejos se intensificaban en forma ostentosa y demostrativa del enorme
entusiasmo que había causado allí la llegada del nuevo Gobernador y del insigne
honor que había conferido a Concepción eligiéndola para testigo de sus bodas.
Mucha parte de este entusiasmo tenía su origen en el hecho de haberse pagado, a
la llegada del Gobernador, dos años de sueldo que se debían al Ejército.
En el
último camarico, el de Chiguayante, esperaban al Presidente Marín de Poveda
todos los altos funcionarios de Penco, encabezados por los Cabildos civil y
eclesiástico, corporaciones que eran las bases de toda solemnidad; el
Gobernador de la Plaza Fuerte, don Ignacio de Torres y Santa María, con el
Maestro de Campo de todo el Ejército; el Corregidor y Justicia Mayor de la
Frontera, los alféreces reales, el Alguacil Mayor, los prelados de las órdenes
religiosas, en fin, todo cuanto de notable y de noble existía en el “obispado
de la Concebición” de Chile.
El
cortejo o escolta presidencial “agarró” no menos de dos leguas, al decir de una
relación, y para comodidad de Su Señoría se dejó de mano el protocolo que
mandaba al Presidente marchar al final de la columna. Marín de Poveda se colocó
adelante de todos para librarse del “tierral”; pensaba el hombre en que la
novia habría de estar “aguaitándolo” desde algún balcón cercano a Palacio y no
le convenía que lo viera “como mono”, la primera vez, después de diez años de
ausencia.
Con lo
dicho habrá supuesto el lector que doña Juana de Urdanegui había llegado ya a
Concepción, y así era efectivamente. Tras una navegación bastante pesada,
el San Juan de Letrán, había surgido en la bahía de Penco doce días
antes del 25 de Febrero de 1693, fecha en que el Gobernador Marín hizo su
entrada solemne en la ciudad, siendo “recebido” el mismo día por su Cabildo.
Apenas
terminadas las ceremonias de la “acción de gracias” en la Catedral y del
“recibimiento” en el Cabildo — ambos edificios daban frente a la Plaza Mayor,
al Oriente el primero y al Norte el segundo— el Presidente se dirigió a
Palacio, entre dos filas de tropas y pueblo de muchedumbre compacta que lo
aclamaba, para recibir allí el “besamanos” de todo el elemento oficial y del
vecindario; generalmente, esta ceremonia se prolongaba hasta las oraciones,
porque sobrevenía la presentación particular de cada uno de los personajes
admitidos a tan insigne honor, y era de buen tono el que Su Señoría “platicara”
personalmente con cada uno, aunque fuera de cosas insignificantes; pero el
Gobernador Marín no tenía ganas de palique con el oficialismo y todo lo que estaba
deseando era que lo dejaran solo para ir a echarse en los brazos de la dueña de
su corazón, tras la cual venía recorriendo miles de leguas por mar y tierra
desde dos años antes.
Así que
hubo pasado una media hora larga, don Tomás hizo una seña al Capitán de su
guardia don Ramón Pérez de la Cortina — que le venía acompañando desde España—
y una vez que lo tuvo al alcance de la oreja díjole, guiñándole un ojo:
— Vea Su
Merced, señor Capitán, si entre la servidumbre de Palacio hay un maestre de
medicina que me administre un brevaje para unas jaquecas rebeldes que me atacan
desde la salida del último camarico y que me tienen inquieto y desganado...
— ¿Un
maestro de medicina, señor mi amo? — dijo el Capitán, dando a entender que
había comprendido perfectamente el deseo del Gobernador— No sé que lo
haya de esta ciudad, pero sé muy bien que lo ha traído consigo el señor Marqués
de Villafuerte, que espera a Su Señoría en las habitaciones interiores de
Palacio; voy a avisarle el mal de Su Señoría y estoy cierto de que, antes de
que lleguéis allí, el susodicho físico estará a vuestro lado.
Y
formulando una reverencia de corte, desapareció tras un tapiz.
Antes de
un minuto había corrido la voz, entre la apretada concurrencia, de que el
Presidente estaba con jaquecas y en menos de cinco, el General Marín quedaba
solo y libre para entregarse a las expansiones de su enamorado corazón. El
Capitán Pérez, que había vuelto a su lado, díjole, inclinando con elegancia el
busto, e indicándole una puerta lateral:
— El
físico espera a Su Señoría...
Sin
ceremonia alguna, don Tomás se hundió, anhelante, a través de la cortina...
El
Marqués de Villafuerte, don Juan de Urdanegui, al medio de la sala, teniendo de
la mano a su hija y rodeado de sus amigos de la nobleza peruana, se inclinó
profundamente ante el Gobernador de Chile, para rendir, en su persona, el
homenaje que debía al Soberano; enderezóse en seguida, con severo gesto de
criollo noble, rico y poderoso y esperó que Marín avanzara hasta él como
cumplía a un enamorado caballero que solicitaba respetuosamente la mano de su
dama.
El
Gobernador quiso balbucear algunas frases, — que tal vez resultaron ridículas
como las de todo enamorado en tales casos— , le temblaron las piernas y después
de titubear unos instantes no le quedó camino más corto que echarse a los pies
de doña Juana, cuya inmensa palidez estaba indicando las profundas emociones
que experimentaba en esos momentos.
El onceno
mandamiento de la ley de Dios es “no estorbar” y después de los . saludos y
frases de cajón, inevitables en tales casos, el Marqués y los suyos se
esparcieron caritativamente por los demás salones, dando lugar para que los
novios, cuya constancia debe ser un ejemplo para sus congéneres, se
arrinconaran bajo un portal y comenzaran a contarse de una hasta cien mil,
cifras motas para tan insignes amadores.
Y
aleluya, aleluya,
chicuelo de mi alma,
¡toda soy tuya!
§ 4. El
Parlamento de Yumbel
Iba a
transcurrir un siglo y medio nada menos, desde que los conquistadores habían
puesto pie en el Reino de Chile con la resolución de someter a los aborígenes
por la fuerza de las armas, si no lo alcanzaban por medio del convencimiento, y
sin embargo la empresa de reducir a los araucanos estaba como en sus comienzos.
No había duda de que los naturales del norte y del centro del país, hasta el
Itata, se encontraban sometidos; los antiguos changos de la Serena y Copiapó y
los antiguos promaucaes del valle de Mapocho y Cachapoal habían desaparecido,
poco a poco, bajo las tizonas y el látigo de Francisco de Aguirre y de
Valdivia, de Alonso de Monroy y de Villagra.
Pero los
aborígenes del Sur de Bío-Bío, aquéllos ‘que en los tiempos del Conquistador
Valdivia habían opuesto una valla formidable al avance de la caballería
española, no sólo habían detenido a las huestes acorazadas y a los cañones de
Hurtado de Mendoza, sino que, manteniendo el prestigio de sus armas vencedoras
en Tucapel, continuaron en su emperrada obstinación de impedir que el forastero
asentara definitivamente el pie en la tierra libérrima “que no ha sido por rey
jamás regida ni a extranjero dominio sometida”.
Durante
un siglo y medio, los Gobernadores de Chile fueron acreditados capitanes de los
más brillantes ejércitos de Europa, que tal condición y antecedente fueron
absolutamente necesarios para venir a gobernar este Reino en perpetua rebeldía
a la Corona Española. Primaba entonces el ejercicio de la espada sobre la toga
del magistrado y aún los oidores de esta Audiencia de Chile, que por ministerio
de la ley tenían que tomar, a veces, el mando del Reino, debían ceñir la espada
encima de la garnacha y salir al frente de las tropas de pacificación.
Pero al
fin del tercer cincuentenario de dominio siempre discutido, la espada estaba en
vías de “hacer” su época; en realidad, habíase desprestigiado ya en las tierras
del “Estado de Arauco” — que así llegó a denominarse en las altas esferas
gubernativas de la Península, esa región irreductible— . Los famosos capitanes
de los ejércitos españoles, vencedores en Flandes, en Italia, en Alemania y en
Francia habían fracasado ante las “turbas” salvajes de Pelentaru, Ainavillu,
Teraulipe y Millapoa, y no era nada agradable, para tan prestigiosas espadas,
volver a la Corte, de donde habían salido confiadas, orgullosas, soberbias,
llevando una marca de derrota que estaba muy lejos de ser honorable, según el
sentir de la época.
La Corona
resolvió, entonces, cambiar de sistema de pacificación. A los empingorotados
capitanes de retorcidos gavilanes y de emplumados chambergos, sucedieron
gobernadores que empezaron a hacer ostentación de “togados”... En vez de
recurrir, como antes, al ejército, para apoyar su penetración en las selvas,
pusieron en práctica el sistema del convencimiento por medio de la palabra
habilidosa y persuasiva.
Desde que
el admirable dominicano fray Gil González de San Nicolás, fundador de su Orden
en Chile, declaró ante el ejército de don García Hurtado de Mendoza — listo en
Concepción para emprender la primera y sangrienta campaña, en 1557— “que
cometía pecado quien matase a un indio en sus tierras”, los soldados españoles
no habían cesado de oír a los diferentes misioneros que la guerra era inútil y
que sólo el procedimiento de predicación del Evangelio podía conseguir la paz
de Arauco.
Algún
gobernador, cansado tal vez de guerra inútil, siguió los consejos de los
misioneros y los dejó avanzar solos hacia la montaña tenebrosa, la cruz en alto
y la palabra divina en los labios; pero no tardaban ©n llegar las noticias del
sacrificio de esos apóstoles mártires y de un nuevo y terrible alzamiento, más
cruel, más feroz que los anteriores.
A pesar
de todo, el jesuita Luis de Valdivia obtuvo del Rey la paralización de las
hostilidades y que se encargara a sus correligionarios la pacificación de los
indios; cuatro años estuvo paralizada la guerra, y muchos creyeron que la paz
era definitiva; pero un día reventó en Concepción la tremenda nueva de haber
aparecido un nuevo caudillo araucano, Butapichun, que invadió las regiones
indígenas “de paz”, pasó a cuchillo a cuantos no quisieron tomar las armas
contra los españoles, aprisionó a las mujeres, taló sus campos sembrados,
reunió por fin una caballería de más de cinco mil indios y se presentó con ella
ante la angustiada y casi indefensa ciudad de Concepción.
En
presencia de tan gran peligro que amenazaba extenderse hasta las regiones del
Maulé, el Gobernador de Penco se consideró débil, y por primera vez, tal vez,
un oficial español provocó un parlamento con el enemigo. El procedimiento no
era nuevo, pero nunca se había puesto en práctica en tales circunstancias.
Desde
entonces, los parlamentos entre españoles e indígenas para ajustar la paz, una
tregua, o un modus vivendi, se repitieron con frecuencia; y avanzando los años
casi se hizo una costumbre el que todo nuevo gobernador “hiciese un parlamento”
con los principales caciques, en el cual se trataban, gravemente, solemnemente,
de multitud de cosas y de casos que se detallaban en las relaciones que en
forma de actas hacían los escribanos. Por cierto que nada o muy poco de lo que
allí se acordaba llegaba a su cumplimiento, porque los indios hacían luego lo
que les convenía, faltando a todas sus promesas.
Los ocho
días que duraba, generalmente, la reunión de una concurrencia numerosísima de
caciques y mocetones, atraídos por las comilonas y regalos que les ofrecía el
Gobernador, eran de no interrumpido jolgorio y de manifestaciones de adhesión y
obediencia de los indios a las autoridades españolas.
La espada
había cedido ya su puesto a las habilidades y combinaciones de la toga.
A la
llegada del Gobernador don Tomás Marín de Poveda, en 1692, “el Estado de
Arauco" se encontraba en relativa tranquilidad debido a que el anterior
Presidente — a quien por su devoción, las santiaguinas le llamaron “el santo
Garro”— paralizó un tanto la ofensiva contra los indígenas,
desentendiéndose de algunos desaguisados y “desvergonzamientos” que habían
cometido en diversas guarniciones de la frontera, sobre todo en el fuerte de
San Carlos de Austria situado en la región de Yumbel.
Españoles
e indígenas vivían en paz, tolerándose mutuamente las contravenciones que unos
y otros cometían a los tácitos convenios que celebraban los soldados de los
fortines con sus vecinos; además, los años habían sido malos para las cosechas;
las continuas y persistentes lluvias habían “acabado” con el ganado y para
colmo, una epidemia de viruelas que apareció entre los indios de la región de
Nacimiento extendiéndose hacia la población española, produjo centenares de
víctimas. La desgracia colectiva contribuía a conservar la paz entre ambas
razas antagónicas.
El nuevo
Gobernador, junto con venir como heraldo de armonía — pues el Monarca le había
dado instrucciones precisas para proceder a la pacificación del Reino por los
métodos de la persuasión y de la amistad— , trajo consigo un elemento que ha
dado los más felices resultados en todas las épocas y en todas las
circunstancias: el dinero. Hacía dos años que no llegaba del Perú “el situado”
para pagar el ejército, lo que vale decir que los soldados y oficiales vivían
por milagro o mediante la “caridad y misericordia” de los habitantes del Reino.
“Eran unos mendigos, dice una relación, y andaban rotosos, cubiertas sus
desnudeces con harapos”.
Marín de
Poveda tuvo la suerte de llegar a Chile cuando el Virrey Duque de la Palata
había despachado el situado de los dos años insolutos, y así pudo empezar su
gobierno repartiendo entre esos hambrientos el largamente codiciado maná, con
la enorme cantidad de aquella alegría y contentamiento que produce la
satisfacción de una barriga llena. No hay para qué insistir en lo entusiasta de
la recepción que por tal motivo se le tributó al Gobernador recién llegado,
entusiasmo que se duplicó, si es posible decirlo, con motivo del matrimonio del
Primer Magistrado, celebrado a los ocho días de su arribo a Concepción, con
doña Juana de Urdanegui, noble dama limeña que había llegado de su patria en
esos mismos días para esperar aquí a su novio.
Era
difícil que un Presidente se encontrara en mejores condiciones que Marín de
Poveda para emprender la campaña pacífica que traía resuelta en su programa de
gobierno y, en consecuencia, apenas se tranquilizó de sus emociones nupciales
reunió a su consejo de guerra y puso en su conocimiento la resolución que tenía
hecha de celebrar convenios de armonía con los caciques Araucanos para “poner
término definitivo a la dilatada guerra de Chile”.
Una sola
opinión contraria se alzó en ese consejo, y ella fue la del Capitán Manuel Soto
de los Pedreros, que desempeñaba las funciones de Comisario General de la
Naciones, algo así como inspector de los indios fronterizos; era, tal vez, uno
de los pocos jefes españoles que podía dar una opinión fundada y experta sobre
el estado de ánimo en que se encontraban los indígenas, siempre falaces.
—
Paréceme, señor Gobernador, que el procedimiento de parlamentar con los indios
no conducirá a nada práctico, ni mejorará lo que existe — dijo respetuosamente
Pedreros, al ser interrogado— ; cualquier gestión que se haga cerca de los
“naturales” no dará otro resultado que ponerlos en movimiento y proporcionarles
ocasión para burlar los acuerdos que tienen con nosotros.
La
observación era razonable o, por lo menos merecía estudio y consideración; por
lo mismo fue terminantemente rechazada. Los adoradores del sol que se levanta
son siempre la mayoría, y el Capitán Pedreros fue combatido y fácilmente
derrotado por los que apoyaban incondicionalmente la proposición, del
Gobernador novato. Entre los que combatieron a Pedreros se contó al Cura de
Chillón, don José González de la Ribera y Moneada, incansable apóstol de la
paz, que tenía, desde hacía tiempo, un proyecto magno que, según él, debía
producir automáticamente la pacificación total y absoluta de los indios
araucanos rebeldes.
La idea
era muy antigua; era la misma que lanzara fray Gil González en el campamento de
Concepción ante los soldados del Gobernador García de Mendoza y que procuraron
poner en práctica más tarde el jesuita Luis de Valdivia y los misioneros de
todas las “religiones” de Chile; la de pacificar el reino exclusivamente por
medio de la predicación evangélica, con prescindencia de las armas. Solamente
que ahora el Cura González de la Ribera proponía un plan completo de misiones
ubicadas “estratégicamente” en las distintas regiones de Arauco, bajo la
dirección de una “junta de Misiones” y con el novísimo complemento de la
fundación de “un seminario de Jóvenes Caciques donde se les enseñe a leer,
escribir, contar, la gramática y moral, gobernándose este Colegio por las
constituciones que le diere dicha Junta”. Pretendía el ingenuo Cura que “los
jóvenes príncipes de Arauco educados en el Seminario habrían de ser los
maestros y ejemplos de sus compatriotas para que llegaran a ser fieles vasallos
del Rey de las Españas”.
Este
proyecto idealista, y por lo tanto impracticable, tuvo la aprobación y el
aplauso entusiasta de la reunión, y desde ese mismo momento empezaron a
cumplirse las órdenes del Gobernador Marín de Poveda para llevar a cabo el gran
parlamento araucano-español de Yumbel, en donde habría de proponerse la idea
magna del Cura González, la cual, con toda seguridad sería aceptada por los
caciques...
Convocadas
las tribus fronterizas que estaban de paz y por medio de ellas todas las que se
extendían hasta las márgenes del río Cruces, en la Gobernación de Valdivia,
hacia fines de Octubre de 1693 fueron reuniéndose en los campos de Yumbel los
numerosos caciques de la frontera y todos los demás que, atraídos por la
imprescindible fiesta y jolgorio que tales parlamentos significaban, desearon
participar de ellos y de los obsequios que el Gobernador “debía” distribuir
entre los asistentes. Por su parte, el Presidente empezó a despachar también
los bagajes y provisiones necesarios para alimentar a la gente durante ocho o
diez días, y allá por los primeros días de Noviembre, los alrededores del sitio
elegido para la solemne ceremonia se cubrieron de un gentío no inferior a tres
mil indígenas, pues hay que prevenir que los caciques concurrían con sus
mocetones, mujeres y niños.
El 2 de
Noviembre, a media tarde, empezaron a llegar al campamento las avanzadas del
Ejército que precedía a la comitiva del Presidente, y a medida de que los
regimientos penetraban al “recinto”, iban tomando colocación para hacer “calle”
al representante del Soberano. Seis cañones de artillería fueron emplazados en
sitio conveniente y cuando la ostentosa y polvorienta comitiva presidencial se
dibujó por un recodo del camino, las salvas de rigor atronaron los aires. La
arcabucería, a su vez, encendió sus “cuerdas-mechas” y al poco rato un
descomunal y ensordecedor desconcierto hirió los ámbitos y repercutió en los
valles, en las selvas, en los farellones y en las quebradas. Los viejos y
experimentados caciques sonreían socarronamente al presenciar, una vez más, tan
inútil aparato de mentida grandeza, destinado sólo a impresonar “a los
sencillos naturales”.
La
primera reunión del “parlamento” se realizó al siguiente día. Algún trabajo
debió costar al Capitán Pedreros y a su ayudante el Capitán Miguel de Quiroga,
conseguir que los caciques principales se reunieran “en rueda” para esperar la
llegada del Gobernador y de sus Ministros y tributarle la respetuosa recepción
protocolar; obtúvose, por fin, que los “parlamentarios” se sosegaran, y Marín
de Poveda pudo entrar “en gloria y majestad”, al círculo de concurrentes
selectos. Grandes vivas le recibieron; bulliciosos clamores de entusiasmo
atronaron los espacios en honor del alto y desconocido personaje, a quien sus
“súbditos” iban a ver por primera vez. Halagado el Gobernador y rebozante de
satisfacción al presenciar tales demostraciones, confirmó, en ese acto, su
convencimiento de que la pacificación del Reino de Chile debía buscarse con
prescindencia de los medios violentos. El proyecto del cura González de la
Ribera podía darse por realizado, e “incontinente” el jesuita José Díaz se
adelantó a dar la bienvenida a los caciques, en nombre de Su Señoría, en un
largo y altisonante discurso, cuyo resumen tengo a la mano, pero que no pienso
aprovechar, en beneficio del ya muy paciente lector.'
Estaba en
su apogeo el parlamento cuando un prolongado bullicio, que poco a poco adoptó
los caracteres de desorden, lo interrumpió; un grupo de más de doscientos
mocetones, alrededor de un indio que peroraba encaramado encima de un tronco,
lanzaba gritos agudos y vibrantes cuya interpretación era difícil: “no se sabía
si eran de paz o de guerra”, pero luego se supo que no eran pacíficos, porque
los capitanes Pedreros y Quiroga, secundados por algunos soldados, entraron
violentamente en el grupo abriéndose paso con sus caballos, desenvainaron sus
espadas y se les vio distribuir mandobles a diestra y siniestra hasta que la
reunión se deshizo, no sin que quedaran en el campo algunos contusos. El indio
orador, después de lanzar algunas insolencias a los soldados y particularmente
a los capitanes, huyó también hacia el bosque cercano, pero aunque perseguido,
desapareció.
— Son
indios borrachos — dijo más tarde Pedreros al Gobernador, cuando éste le
interrogó sobre esta ocurrencia tan inoportuna—; a pesar de las órdenes en
contrario que dan los caciques, hay mocetones que traen “munday”, lo beben en
exceso, se emborrachan y se “desvergonzan”. Esté segura la Señoría del señor
Gobernador, que no volverá a repetirse un desorden semejante.
Efectivamente,
durante los cinco días que duró el parlamento de Yumbel, ningún nuevo incidente
vino a deslucirlo; los caciques y sus mocetones aceptaron las proposiciones que
se les hicieron, encaminadas, todas, a vivir en constante paz; aceptaron permitir
el establecimiento de misiones y escuelas en todos los sitios que el cura
González indicara; convinieron también en enviar a sus herederos al Seminario
de Jóvenes Caciques de Chillán para su educación; prometieron
“espontáneamente”, perseguir a los caciques e indios revoltosos y ponerlos a
disposición de las autoridades españolas; prometieron bautizarse, confesarse,
casarse solamente con una mujer, y en una palabra, se mostraron los más
obedientes súbditos cristianos “del más cristiano de los soberanos de la
monarquía del Universo”.
Hacia
mediados del mes de Noviembre, la gran mayoría de caciques y mocetones había
partido a sus tierras, lejanas o cercanas, y solamente quedaban en los campos
de Yumbel un par de centenares de indios que “se hacían rastra”, para sacarle
el jugo a los “conchitos” del parlamento. Los capitanes Pedreros y Quiroga, con
su compañía de “orden”, esperaban, con santa paciencia — cumpliendo el expreso
mandato que el Gobernador les había dejado al regresar a Concepción— que
también se retiraran esos recalcitrantes, para, igualmente, hacerlo ellos y
darse el descanso que tenían bien ganado... Por fin, una tarde oyeron que
muchos de los indios iban a partir ¡al caer el Sol y que otros tantos, si no
todos, lo harían durante la noche o con el alba del día siguiente.
Vieron
partir y alejarse a los primeros; vieron los preparativos de los demás y cuando
se convencieron de que al día siguiente el campamento amanecería despoblado,
ambos capitanes se retiraron, confiadamente, a descansar bajo de su tienda.
Pasada la
medianoche y “cuando entró el tiempo de la modorra”, un grupo de indios
acercóse cautelosamente a la tienda de los capitanes dormidos, penetró en ella
con infinitas precauciones, y luego salió, para saltar sobre sus caballos que
los esperaban en el fondo de una quebrada cercana.
Momentos
después todos los indios que quedaban en el campamento del parlamento de
Yumbel, habían desaparecido a través de las selvas.
Al día
siguiente, los soldados del “orden” encontraron muertos en su tienda, a los
capitanes Pedreros y Quiroga.
Tal fue
el primer fruto del Parlamento de Yumbel.
§ 5. La
horma de su zapato
Allá por
los años 1695, vivía en la villa de Pisco, Perú, un soldado distinguido de la
compañía de cañones del Capitán Rodrigo Matute, que respondía al pomposo nombre
de don Perafán de la Ribera y Mendoza. Nieto y tataranieto de conquistadores,
como que descendía en línea directa del celebérrimo Nicolás de la Ribera el
Viejo, Alcalde de Lima en 1540,, don Perafán, con su arrogante figura, sus
treinta fornidos años y su bolsa siempre bien provista, considerábase, y con
razón, un triunfador de la vida.
Destacado
en el puerto de Pisco y en la Compañía de Cañones que lo defendía de los
asaltos piráticos tan frecuentes en aquella época, don Perafán trataba de matar
el tiempo, poniendo en revolución al elemento femenino, no sólo de la ciudad,
sino que también al de “sus términos”, porque la “corta” población del puerto
le ofrecía estrecho campo para sus actividades de mozo galante y emprendedor.
Desde la princesa altiva a la que pesca en ruin barca no hubo faldellín de
“rúan” o de “mezclilla” que no hubiera sentido el roce o algo más, de la capa
verde y oro de este don Juan limeño.
Por lo
demás, no eran éstas las primeras veleidades de don Perafán de la Ribera y
Mendoza; ha de saber el lector que el soldado distinguido encontrábase
desterrado en Pisco por el Corregidor de Lima, don Bernardo del Gaviño y Sereno
y que la causa de tal castigo había sido “el continuo sobresalto en que vive el
vecindario noble de la Ciudad de los Reyes, a causa del descomedimiento de
dicho don Perafán y de sus amigos, que hacen serenatas todas las noches en
deservicio de ambas majestades”.
Es
indudable que la fama con que llegó a Pisco el galán limeño contribuyó mucho a
fomentar la “inquietud” de las damas * de ese puerto, cuyos galanes no
tendrían, seguramente, las condiciones del forastero.
Yo no
dudo de que el desterrado se consolaría bien, durante los primeros meses, y aún
el primer año de su estada en Pisco; pero también es indudable que hubo de
llegar el día en que don Perafán no tendría nada que hacer ya, y de que el
aburrimiento y la “songonana” harían presa de su ánimo, acostumbrado, como
estaba, al “cinematógrafo” de la vida limeña, variada y alegre. Prueba de esto
eran las repetidas gestiones, que tanto el desterrado como su poderosa familia
hicieron ante el Corregidor y aún ante el Virrey, para que le fuera levantado
el castigo y se le permitiera volver a la Capital del Virreinato.
Tales
serían los “antecedentes” y los malos recuerdos que conservaban las autoridades
del Rímac sobre la conducta de don Perafán que, después de consultarlo y de
pensarlo mucho, el Corregidor Gaviño y Sereno, declaró que todo lo que podía
conceder al desterrado era un permiso para que saliera de Pisco hacia donde
quisiera, menos a Lima. “Si don Perafán no puede vivir allí, declaró el
inflexible Corregidor, que se vaya a Guayaquil o a Chile. Si viene a Lima, que
sea arrepentido y casado en haz y en faz de la Santa Iglesia”...
Muchas
ganas tendría don Perafán de volver a su hermosa y envidiable Lima, pero antes
que casarse en haz y en faz, prefería, no digo quedarse en Pisco, sino emigrar
a la China.
Decidido,
pues, a salir de su destierro, empezó a tirar sus líneas para elegir otro sitio
donde levantar su tienda; naturalmente echó sus visuales hacia el país del Sur,
en donde sabía que los hijos del Rímac eran cariñosamente recibidos. Recordó,
además, que el Gobernador de Chile don Tomás Marín de Poveda, había sido amigo
de su familia cuando este gobernante vivió en Lima, al principio de su carrera
y recordó, todavía, que la esposa del
Mandatario,
doña Juana de Urdanegui, era hija de los marqueses de Villafuerte,
estrechamente vinculados con los Ribera y Mendoza. Por lo demás, la Capital del
Reino de Chile no era una ciudad tan “de pipiripavo” y bien merecía tener como
“estante” en su seno a todo un retoño del Conquistador Nicolás de la Ribera el
Viejo.
Resuelto
a venir a Chile, mientras el Corregidor Gaviño se desmontaba de su macho, don
Perafán lió sus bártulos y Se embarcó en el primer patache que fondeó en Pisco,
rumbo a Penco, dejando en las playas peruanas un reguero de lagrimones
femeninos y un montón de corazones destrozados. ¡Y hasta más ver!
La
navegación entre Pisco y Penco era directa y demoraba un par de meses cuando
las tormentas de las alturas de Coquimbo no la prolongaban al doble; esta vez
el barco anduvo con suerte y sólo demoró cuarenta y cinco días, tiempo sobrado
para que nuestro amigo hiciera conocimiento estrecho de todos y de cada uno de
sus compañeros de viaje; el hombre estaba adornado de todas las simpatías
imaginables, incluso la de “pulsar” la guitarra como el más genuino andaluz, y
aparte de esto, su condición de perseguido por el “delito” de ser enamorado, si
bien causaba cierta envidia y alarma en los hombres, producía en el otro sexo
un efecto completamente distinto: ninguna quería ser la última en cumplir con
la obra de misericordia de consolar al triste.
Don
Perafán paso los largos días de navegación tan entretenido, que estuvo a punto
de llamar mentiroso al marinero que le anunció haber llegado a Penco y que era
el momento de desembarcar; y si no pidió que el barco siguiera viaje hasta el
Estrecho fue porque una rubia veinteabrilesca, que se había embarcado en Arica
con un señor cincuentón que decía ser su marido — pero que no lo demostraba—
le aseguró que al día siguiente, entre las diez y las once de la noche
saldría a la reja de cierta casa, de cierta calle de la ciudad de Concepción,
en donde podrían continuar la conversación que traían pendiente desde aquel
lejano puerto.
Tenía
sobrada razón el Corregidor Gaviño para decir que nuestro limeño era
incorregible.
Desde la
playa siguió don Perafán a paso largo y taconeado hacia la Plaza de Armas de la
ciudad, en donde sabía que estaba ubicado el palacio del Gobernador, ante quien
iba a presentarse inmediatamente; no tenía por qué andarse por las ramas,
cuando estaba convencido de que su amigo y pariente lo recibiría con las
consideraciones debidas al rango de su estirpe, suficientemente conocida por
Marín de Poveda y por doña Juana de Urdanegui.
— Dirá su
Merced al señor Presidente, que don Perafán de la Ribera y Mendoza acaba de
llegar del Virreinato en el patache recién fondeado en la bahía y que desea
besarle las manos — había dicho el limeño al Oficial de la guardia, cuando se
presentó a las puertas de Palacio— . Soy su pariente, y aseguro a Su Merced,
señor Oficial, que Su Señoría habrá placer en recibirme.
El
Oficial se inclinó hasta el suelo al oír tales palabras y si no ofreció al
forastero un sillón, fue porque en su “cuarto de banderas” no lo tenía...
— Si el
señor Capitán quiere reposar, puedo ofrecerle este humilde taburete — insinuó
el Oficial, echando una mirada de admiración sobre el traje “acuchillado” de
terciopelo de Francia y la amplia capa verde y oro que pendía del hombro y caía
gallardamente sobre la descomunal tizona del arrogante militar.
— Todavía
no he tenido la suerte de recibir la banda de capitán, señor Oficial —
interpuso Ribera, formulando una reverencia de Corte— ; soy un simple soldado
distinguido que viene a Chile a buscar fortuna y espera encontrarla, para lo
cual cuenta con que sus nuevos compañeros de armas habrán de favorecerlo,
piadosamente.
Y con
elegante ademán, el limeño extendió la mano a su interlocutor.
Un
pariente del Gobernador que hablaba con tan desconocida sobriedad y modestia,
estaba llamado a contar con la adhesión inmediata de todo el mundo, y así fue
cómo don Perafán “robó los corazones” desde el primer momento. El Oficial de la
guardia de Palacio se hizo lenguas para proclamar la “llaneza” del pariente de
Su Señoría, y antes de una semana el recién llegado habíase conquistado las
simpatías de cuanto había de selecto y de copetudo en la pequeña corte de la
ciudad de Penco.
¿Para qué
decir que el elemento femenino, abundante entonces en la Metrópoli de la
Frontera, cayó, de cabeza en las sutiles redes de seda que el forastero le
tendía en los ‘portales’’, en el atrio de los templos, en las “cuadras” o
salones y por último en las rejas, cuyos postigos se abrían discretamente, por
las noches, para escuchar los melosos runrunees del incorregible desterrado de
Lima?
No
tardaron en llegar a oídos del Presidente Marín de Poveda las quejas de los
agraviados y tantas y tan graves fueron algunas, que el severo Mandatario
creyó, en su conciencia, que debía llamar al orden a su revoltoso pariente y
tomar medidas radicales para prevenir escándalos que podían perturbar la paz
entre sus gobernados y tal vez envolverlo a él mismo en cualquiera consecuencia
desagradable.
— Don
Perafán — díjole un día—, es necesario que Su Merced se vuelva al Perú...
— ¿Me
arroja Su Señoría de su lado?.. v — interrogó con
entonación de sorpresa el desahogado limeño.
— No
ponga usted esa cara, que estoy seguro de que no le parecerá mal cambiar de
aires — repuso el Presidente.
— Su
Señoría sabe que no puedo volver a Lima porque ese maldito Corregidor Gaviño me
lo tiene prohibido. Mándeme Su Señoría a Santiago.
— ¿A
Santiago? ¡No, en mis días! O se vuelve Su Merced a Lima, o se va donde quiera,
lo que es en Penco ya no es posible que permanezca usted después del último
escándalo que ocurrió la noche pasada frente a la casa del Veedor Jiménez de
Aroca, sin que se haya podido saber quién fue el que escaló la tapia del huerto
e hirió al sereno. No hay quien no culpe a Su Merced de ese desacato y no
faltará quien diga que por ser mi pariente y vivir en Palacio, yo lo amparo de
la justicia en deservicio del Rey.
— Aseguro
a Su Señoría que la noche aquella no estaba yo en la ciudad; bien sabe Su
Señoría que en la mañana me partí al fuerte de Colcura, en cumplimiento de las
órdenes que recibí del Contador don Juan de Esparza, y que no pudiendo repasar
el río después de “oraciones” me vi obligado a pernoctar en la choza del
barquero.
— Sin
embargo, hay quien asegura haber visto a Su Merced a extramuros de la ciudad
esa misma noche...
— ¡Y yo
lo niego! ¡Que se me presente al sujeto, y lo confundiré con una sola palabra!
Don
Perafán hablaba con acento de tal sinceridad, que el Presidente estuvo dudando;
pero eran tantos los reclamos y las sospechas que habían caído
sobre el limeño, que Marín de Poveda se mantuvo firme y después de algunos días
le notificó que debía partir a La Serena, de cuya ciudad y Partido le había
nombrado Corregidor.
— Aquella
ciudad tiene menos peligros que Concepción — había pensado el Presidente—, y
puede ser que la soledad y la calma que allí reinan y la severidad del cargo
que lleva, “compongan” las costumbres de este don Perafán de los demonios.
Partió,
pues, a su destino, el nuevo Corregidor de La Serena y el 27 de Junio de 1696
era recibido por aquel Cabildo en Ayuntamiento Pleno y con especiales
solemnidades, pues el Presidente había tenido la gentileza de recomendar a su
“amigo y pariente” ante uno de los personajes más importantes de aquella
ciudad, don Pedro Cortés y Zavala, cuyo título de Marqués de Piedra Blanca de
Huana venía ya en camino desde la Península. Los antecedentes de familia del
nuevo Corregidor, la muy eficaz recomendación que traía y sus personales
condiciones de caballero mozo, elegante, fino y decidor, le abrieron
inmediatamente las puertas de todos los hogares de la orgullosa y estirada
ciudad feudal del Conquistador Francisco de Aguirre.
Pasados
los primeros días y semanas de formulismo oficial, el limeño empezó a echar sus
visuales sobre el panorama de sus aficiones y poco a poco fue convenciéndose de
que el nuevo campo que le había caído en suerte no le presentaba las
expectativas que por un momento soñara, cuando el Gobernador le notificó, en
Concepción, que debía cambiar de aires. Aparte de haber una muy “corta”
población de vecinos pudientes, las muchachas serenenses se presentaban
refractarias a las manifestaciones que don Perafán se empeñaba en ofrecerles
cada vez que podía para demostrarles su admiración.
A lo que
parecía, cada una tenía su “pior es nada” y lo más raro era que ninguna
manifestaba el menor deseo de ser infiel.
Por otra
parte, cuando don Perafán iba de visita a la “posada” de algún vecino que
tuviera niñas en estado de merecer, el dueño de casa y demás gentes “de
respeto” lo rodeaban de atenciones tan afanosas e insistentes que le hacían
imposible dirigir la más insignificante de sus almibaradas saetas a las
palomitas que alguna vez salían a dar un corto revoloteo por la “cuadra”.
Aquello no era vivir, y don Perafán vio que estaba haciendo el ridículo, lo
cual era sencillamente intolerable para su prestigio de caballero galán,
desterrado de Lima por enamorado.
Y para
enmendar el rumbo que había tomado la cosa, se propuso volver por sus fueros
afrontando con decisión la conquista de una personita que se le había entrado
por el ojo derecho al segundo día de su llegada y a la cual había encontrado
varias veces a la salida de la misa de San Francisco, acompañada de una negra
que, junto con llevarle la alfombra, desempeñaba a su lado el papel de perro
guardián.
—
¿Morderá ese perro... ? — se preguntó para sus adentros el Corregidor.
Una
noche, a la salida de la “distribución” que los franciscanos tenían la
costumbre de hacer los días Viernes, don Perafán se ubicó en un sitio
estratégico y convenientemente embozado esperó a que la dama y su negra pasaran
delante de él; las siguió durante un breve trayecto y en un momento en que la
negra se quedó un poco atrás, acercóse rápidamente a la fámula, tiróla del
rebozo y mientras con una mano deslizábale un real, con la otra impúsole
silencio, llevándose un dedo a los labios.
— Sal a
la puerta falsa cuando se recojan tus amos— mandó don Perafán; y sin
esperar respuesta alguna pasó “de largo”.
Sea
porque la sorprendida negra no supo qué hacer en ese momento, sea porque la
moneda la hiciera cerrar el pico, o, sencillamente, porque reconociera al
Corregidor, a quien todo negro tenía un miedo cerval, el hecho fue que Antonia,
así se llamaba la esclava, se guardó muy bien de decir una sola palabra de lo
que acababa de sucederle; y para que el lector sepa de una vez las
consecuencias que tuvo este “real” en manos de una negra con ribetes de
Celestina, se lo diré en un solo respiro: la puerta falsa se abrió esa noche
para que entrara un ramo de claveles amarrado con una cinta y pendiente de la
cinta una esquela, ramo y esquela que habían de causar la más profunda
perturbación en el alma apasionada y anhelante de Margarita de Rojas y Godoy,
la rica heredera del Capitán don Diego de Rojas y Argandoña, muerto, años
antes, defendiendo su hogar durante el asalto pirático de Bartolomé Sharp. Las
noches siguientes se abrió también la puerta falsa para que pasaran claveles;
pero una noche pasó también el clavelero y “aleluya, aleluya, capitán de mi
vida, toda soy tuya”, como canta mi maestro Ricardo Palma.
Antes de
mucho tiempo, el Corregidor era un visitante obligado de la mansión señorial de
la venerable doña Isabel de Godoy, viuda del héroe de La Serena, y a poco más
toda la ciudad sabía que don Perafán de La Ribera y Mendoza era el “prete”
oficial de la bella y arrogante Margarita, que con sus veintidós años floridos
y con sangre de héroes que corría por sus venas, era mi exponente del
criollismo denodado y resuelto de aquella tierra de guerreros valientes.
Los
amores de don Perafán y de Margarita de Rojas no fueron ni la sombra de los que
hasta entonces habíansele presentado al veleta limeño; la dama serenense lo
tenía “copado y a la trinca” y la vigilancia en que mantenía a su novio hacíale
imposible al galán andarse por caminos extraviados: ítem más: transcurridos
tres meses, más o menos, después de haberse conocido de cerca, la niña puso los
puntos sobre las íes y sin andarse con muchos rodeos exigió a Su Señoría el
Corregidor que fuera arreglando sus papelitos para hacerle la consabida visita
al señor Cura y Vicario Foráneo don Antonio del Valle, a fin de que pusiera
término, de una vez, a ese noviazgo inconveniente y peligroso.
Por
cierto que en los cálculos de don Perafán no entraba aquello de la visita al
cura, y a los primeros enviones de Margarita quiso echar el caso a la broma;
pero ante las exigencias de su novia, que cada vez eran más severas, pensó
seriamente en resolver de una vez una situación que por momentos se hacía más
peligrosa para su soltería. Lo peor del caso era que la muchacha se había
ingeniado en tal forma para tenerlo inquieto, que varias veces que había
querido cortar por lo sano diciéndole a la niña que “ahí quedaba eso”, se vio
en la imposibilidad de hacerlo, porque la muy picara le ponía una carita que
era para volverse loco y para comérsela.
Por la
primera vez en su vida de galán enamorado y veleta se encontraba don Perafán en
situación tan comprometida; en otras ocasiones la cosa no habíase presentado
difícil, porque a las primeras manifestaciones de peligro, de trampa o liga, el
halconcillo había ahuecado el ala y si te he visto no me acuerdo. Pero la
situación se tornó tan grave y tan estrecho fue el sitio que puso la insinuante
y resuelta moza, que el limeño no encontró otra salvación que la fuga.
Margarita
habíale sacado la promesa de una respuesta definitiva el día sábado próximo;
estábamos a Jueves y don Perafán veía acercarse el día de su compromiso como un
sentenciado a la horca. La noche de ese día el Corregidor de La Serena no
durmió y apenitas logró quedarse “traspuesto” al clarear la aurora del viernes.
Durante la media hora que duró su agitado sueño soñó que iba a bordo de un
barco navegando a toda vela perseguido por una tempestad... Una ola inmensa
alcanzaba, por fin, al buque, e inundando su cubierta, lo arrastraba a él...
Con la
impresión del remojón despertó sobresaltado, y recapacitando sobre su estado de
alma y cuerpo vino a caer en que el sueño le indicaba que su salvación estaba
en el mar, como lo había pensado ya. Miró hacia la bahía de la Herradura, que
dominaba desde la ventana de su dormitorio, y vio que el patache San
Francisco de Asís estaba preparando su velamen para zarpar rumbo al
Perú.
Resuelto
a poner tierra y agua entre su persona y la de su adorado tormento — que lo
esperaba al día siguiente para arrancarle la confirmación de la palabra tantas
veces empeñada— , llamó a su sirviente y le ordenó echar en un almofrej sus
enseres más precisos y llevarlos rápidamente a bordo; vistióse luego,
detenidamente, acicalóse con meticulosidad y a eso de las ocho de la mañana,
después de haber dado un paseo por la Plaza para despistar al vecindario
curioso, encaminóse a la playa, tomó un batel y en pocos minutos estuvo a
bordo. Encerróse con el piloto y ordenóle levar anclas.
Pero en
este momento empezó a encapotarse el horizonte y en pocos minutos el límpido
cielo que se reflejaba en las aguas de la bahía se tornó gris, y la suave brisa
matinal se cambió en viento huracanado. La salida del barco era imposible sin
exponerse a un desastre al salir a mar abierto y, en consecuencia, el piloto se
negó terminantemente a levar anclas, a pesar de las órdenes del Corregidor.
Eran las
dos de la tarde y el patache continuaba anclado en la bahía, soportando una
lluvia tenaz que no tenía visos de amainar; varias veces quiso don Perafán
volverse a tierra, pero la perspectiva de la escena que lo esperaba el día
Sábado lo sujetó... Ya había resuelto huir y no era de valientes volver atrás.
Entre
tanto, el sirviente que llevara a bordo el almofrej con los enseres del
fugitivo no había podido sustraerse a las repetidas interrogaciones de algunas
personas que le habían visto, y luego corrió la voz, entre algunos vecinos de
que el Corregidor se fugaba... La nueva llegó a los alcaldes, luego al Cabildo
y en menos de media hora se había esparcido por toda la ciudad.
La
noticia no podía dejar de llegar también a la casa de la primera interesada en
la persona del Corregidor, y tan pronto como Margarita la confirmó, de boca del
sirviente de don Perafán, se echó a la cabeza un rebozo y salió en busca del
Procurador de la ciudad, don Gaspar Marín y Godoy, su pariente.
— El
Corregidor se fuga — exclamó nerviosamente la dama— , y esto no lo puede hacer
sino en deservicio del Rey... ¡Vuestra obligación es impedirlo!
— ¿Y
cómo? — Interrogó ansiosamente el Procurador— ¡Con los soldados de las
milicias! — propuso la resuelta niña—. Vois sois el Maestre de Armas y no
habréis de afrontar la responsabilidad de quedaros mano sobre mano, si podéis
impedir que el Corregidor no abandone la Plaza sin entregárosla ¡antes, como es
de rigor.
Don
Gaspar Marín no veía muy claro el argumento de Margarita y se encontraba muy
lejos de querer aceptarlo; no era cosa sencilla echar mano sobre un señor
Corregidor, sin saber positivamente a qué obedecía la actitud de tal autoridad.
A poco
llegaron allí los alcaldes y los regidores y “mucha gente” que comentaba de
distintas maneras “la fuga” del Mandatario; todos estaban de acuerdo en que la
fuga no podía permitirse, pero nadie se atrevía a ponerle los cascabeles al
gato.
— ¿Y
quién va a bordo con la tropa? — dijo, por fin, el Alcalde de primer voto,
paseando la mirada por el grupo.
Nadie
contestó inmediatamente; pero antes de que el Alcalde repitiera su pregunta,
Margarita Rojas se adelantó dos pasos y golpeándose el pecho con la palma de la
mano, dijo, enérgicamente:
— ¡Yo voy
a bordo! Al fin v al cabo — murmuró para sí— , tengo cuentas que arreglar con
el señor Corregidor.
Y
poniéndose al frente de los ochos soldados que esperaban órdenes junto al
batel, “les mandó embarcarse”, se colocó a la proa, y pocos momentos más tarde
atracaban al lado del Sari Francisco de Asís.
En
realidad, nadie sabía a bordo qué venían a hacer esos soldados encabezados por
una mujer; sólo don Perafán, desde la borda de popa, había sospechado el drama
que se iba a desarrollar en pocos minutos más y es conveniente y saludable
dejar estampado, para castigo de galanes veleidosos, que sus remordimientos de
conciencia le anonadaron ante la expectativa de tener que afrontar una escena
compromitente frente a la mujer que había pretendido burlar.
La
enérgica muchacha comprendió la desastrosa situación de ánimo en que se
encontraba don Perafán y al verlo en tan miserable estado de depresión, tuvo
“lástima” de su amante y no quiso humillarlo delante de 'la tripulación.
— Señor
Corregidor — díjole desde el bote, formulando una reverencia de Corte— ,
los señores justicia y regimiento de la ciudad de La Serena envían a Su Señoría
el batel para que baje a tierra y estos ocho soldados para que le sirvan de
escolta y seguridad.
El
Corregidor lo comprendió todo, dio las gracias por la cortesía, vio que había
encontrado, por fin, la horma de su zapato, bajó la escalera y regresó a La
Serena rabum Ínter pernorum, como dijo el otro.
§ 6.
Cosas de negros
En otra
ocasión creo haber manifestado mi opinión sobre que la Pascua de Negros era o
podía ser originaria de nuestra tierra mapochina; no quiero insistir ahora en
ello, porque no me siento con deseos de dar explicaciones al “erudito” que me
salga al través para pedirme comprobación con firma de escribano, de tal
opinión mía.
Por ahora
sólo quiero contar al lector un caso trágico que ocurrió por Pascua de Negros,
y en el mundo de los negros, allá por los tiempos ya lejanos en que la gente de
Angola, Guinea y el Congo tenía monopolizado el servicio doméstico en la noble
y muy leal ciudad de Santiago, y el “color moreno” era el árbitro, en mucha
parte, de la felicidad de sus habitantes, por los grandes servicios que le
prestaba.
Antes de
que el futuro Marqués de Casa Real, don Francisco García de Huidobro, llegara a
establecerse en Chile con su comercio de negros, organizado en forma, habitaba
en Santiago, en la calle de Pero Martín, “pasada” la de Bernardino Morales
(Agustinas entre Bandera y Morandé), un capitán de infantería que respondía al
sonoro nombre de don Esperidión Castañón y Rebelón; el capitán era sujeto “de
plata” y sus patacones los había juntado vendiendo “piezas de ébano” que
introducía en Chile por la vía de Buenos Aires.
El
comercio de negros era, por entonces, perfectamente honorable y ningún
personaje, por empingorotado y meticuloso que fuese, consideraba desdoroso para
su persona traer un niño de africanos “desde el real asiento de Inglaterra
sitio de Buenos Aires”, ponerlos en exhibición en el primer patio de su casa y
tratar su precio, mano a mano, con sus compradores que, generalmente, eran sus
mejores amigos.
En buena
comparación, aquel comercio era tan correcto y se practicaba tan de buena fe
como hoy practica un hacendado la compra-venta de ganado argentino sin
impuesto; no hagan ascos, pues, mis lectores, a mi Capitán Castañón y Rebelón
por el hecho de haberlo presentado como un negrero; y por lo contrario, mírenlo
con benevolencia y hasta con simpatía, por cuanto su buen corazón le había
llevado a ofrecer como “manda” al Hospital de San Juan de Dios, para alivio de
los enfermos, una pequeña “comisión’’ sobre el producto de la venta de su
mercadería. Si era por caridad o por remordimiento no me da la gana de
averiguarlo.
El
Capitán Castañón estaba recién llegado de “la otra banda” a los fines de
Diciembre de 1697 con su segundo piño anual que le prometía no menos de cinco
mil ducados de ganancia líquida; el piño estaba compuesto, esta vez, de sesenta
y siete piezas, — de las cuales treinta y siete eran femeninas— y se
aprestaba a empezar la venta como a mediados de Enero, época asaz propicia por
cuanto las faenas agrícolas de la cosecha entraban en su apogeo y se necesitaba
para ello buena gente de trabajo.
Varios
de. sus amigos le habían hecho ya proposiciones para comprarle algunas piezas,
pero Castañón no quería echar a perder su negocio exhibiendo la mercadería
antes de tiempo. Con las penurias del viaje a través de las pampas y
cordilleras, los negros habían quedado “flacones y desganados” y en esas
condiciones tenían que desmerecer en precios; Castañón los tenía, pues,
reponiéndose en el tercer patio de su casa, con buena y abundante comida, tal
como lo hace hoy un ganadero que, antes de enviar sus animales a la feria, los
echa a pastar en un buen potrero.
La Noche
Buena la habían pasado los negros en un sencillo jolgorio alrededor de un
“nacimiento” que les había hecho la mujer del Capitán Castañón; rezaban las
oraciones, los que las sabían, porque había otros que todavía sólo hablaban “en
jerga de africanos”, comieron un frangollo extraordinario en celebración de la
venida del Redentor y hubo uno que se lució entonando una cancioncilla salvaje
al compás de cierto ruido de “palillos y cañuelas”. Ya existía la costumbre dé
esperar la medianoche, para dar término a la celebración, pero eso no regía
para los negros; de modo que más o menos a las diez, el mayoral, que era un
zambo liberto, sacudió tres o cuatro latigazos por sobre las motudas y
achatadas cabezas y casi instantáneamente se abalanzaron los negros hacia “el
pajal” que les servía de dormitorio, adonde fueron a ocultarse, sin chistar.
Otro
tanto hicieron momentos más tarde las negras, a la voz de sus mayordomas, pues
ya habrá sospechado el lector que éstas no podían permanecer juntas con sus
compañeros de esclavitud. Hombres y mujeres debían permanecer separados, todo
momento en que pudieran tener entre ellos una expansión, pues era necesario
impedir “que ofendan a Dios con sus bellaquerías”. Solamente cuando al amo le
convenía, podía un negro, casarse con una negra, por cierto, y esto era pocas
veces, porque casi siempre se prefería que una negra casara con un zambo, un
mulato o un cuarterón, esto es, con individuos que hubiesen perdido ya algo de
su primitiva sangre de origen. El hombre negro recién traído del África era
sencillamente un paria; menos todavía, era un ínfimo animal.
Recogidos
estaban ya negros y negras en sus respectivos ranchos, con cerrojos exteriores
sus puertas y sueltos los perros amaestrados que impedían el tránsito de
cualquier esclavo por el callejón o “los sitios” durante la noche, cuando del
techo pajizo del dormitorio de los hombres surgió una sombra o silueta, que a
poco se deslizó por un “horcón” hasta el suelo. De allí avanzó hacia el cerco
que dividía el corral donde habitaban las mujeres y sin mayor reparo lo saltó,
internándose en el cercado ajeno.
Aproximado
a una noria, que se levantaba al medio, había un bulto... que incorporóse
decididamente al acercarse allí la ambulante silueta; el “bulto” debía ser una
mujer, porque ambos silueta y bulto, se arrojaron el uno contra el otro y así
permanecieron algunos instantes, hasta que decidieron sentarse en el brocal del
pozo para conversar con comodidad.
Efectivamente,
el fantasma que se había movido esa noche de un sitio a otro y el bulto que lo
esperaba junto a la noria, eran un negro y uña negra que venían
“enamoriscados”, tal vez desde que se les “cazó” en su tierra africana para
esclavizarlos en la América y que no habían podido “enmendarse” a pesar de las
dificultades y peligros a que tal enfermedad los exponía; aunque, pensándolo
bien, ambos estaban en aquella edad en que no se repara en peligros cuando
vienen los males del corazón; él tenía los veinte años y ella, menos de los
quince; añádase la influencia del Sol tropical, y súmese.
No apunta
el mamotreto de donde tomo los datos para mi relación, cómo fue que los perros
bravos no tuvieron noticias de estos movimientos revolucionarios que ocurrieron
en el tercer patio de la casa del Capitán Castañón; lo único que se me ocurre
es acordarme de aquello que dicen de los hambrientos: que discurren más que
cien letrados, refrán que se puede aplicar perfectamente a los que sufren de
mal de amor.
La
lustrosa pareja debía poner término a su idilio antes de que empezara a
insinuarse la aurora si no quería exponerse a ser sorprendida y a sufrir el
condigno castigo que tal delito merecía; de manera que, cuando lo creyeron
oportuno, se dispusieron a volver cada cual a su rancho.
Lo que
dijeron a la despedida, que debió ser en idioma africano, tampoco consta de
ningún documento, pero es fácil que el lector lo suponga, ya que se trata de
algo que en todos los países y en todas las lenguas se expresa sin mayores
variantes.
Había
entrado ya la negrilla a su rancho, pletórica de inefable alegría por haber
tenido la oportunidad de pelar la pava en Noche Buena con el negro de su
corazón, cuando oyó a lo lejos una enérgica y bien española exclamación y en
seguida los alarmantes ladridos de un mastín enfurecido.
Puso
atento oído la negra Aldonza, — así se llamaba nuestra conocida— , pero por más
que empeñó sus cinco sentidos, no oyó después ruido alguno.
Fue un
silencio que a la interesada se le antojó con todos los caracteres de tragedia.
Lo que
había pasado era sencillo y por el momento no tenía nada de particular; al
escalar Dominguito — así se llamaba el negro galán— el horcón del rancho
para ganar el surgidero por donde tenía que meterse al interior, fue visto,
mejor dicho, fue sospechado (a un negro no se le ve en una noche obscura) por
el zambo vigilante que tenía su “chiquero” en una esquina del sitio.
Sin
atinar a otra cosa en el primer instante, azuzó al mastín y corrió después a
imponerse de quién era el atrevido que había quebrantado la clausura; pero
cuando llegó al rancho, ya el negro Domingo habíase metido hacia el interior y
la obscuridad impedía, por el momento, un examen más detenido. El vigilante dio
un par de vueltas y fuése, prometiéndose que para otra noche tendría más
cuidado con sus prisioneros.
Por
cierto que después del susto que Dominguito se llevó esa Noche Buena, no se
aventuró a la noche siguiente ni a la subsiguiente porque bien sospechaba el
pobre que el “cuidador” estaba sobre aviso; pero no ocurrió lo mismo con la
enamorada negrilla Aldonza, que continuó asistiendo puntualmente a la cita del
pozo, en espera de su galán.
Y aquí
viene al pelo aquello de que “tanto va el cántaro al agua”, porque una noche,
ya cerca del amanecer, el vigilante alcanzó a divisar “el bulto” que hacía
Aldonza acurrucada junto al brocal.
Verlo el
zambo y azuzarle el mastín con una exclamación de rabia y de satisfacción al
mismo tiempo, por haber encontrado, al fin, al burlador de su vigilancia, fue
instantáneo.
La fiera
saltó el cerco y arrojándose sobre la inerme muchacha le enterró sus colmillos
en el cuello, y no la soltó hasta que el zambo llegó al lado del ensangrentado
grupo que se revolcaba por el suelo.
Al día
siguiente era la Pascua de Negros, y en la noche, después de las oraciones, un
fúnebre grupo de esclavos del Capitán don Esperidión Castañón y Rebelón
encabezado por el zambo vigilante, se dirigió al Campo Santo del Hospital de
San Juan de Dios para dar sepultura a una de las esclavas que había muerto la
noche anterior, de “ciertas heridas”.
En el
grupo iba el negro Dominguito, y era él uno de los que transportaban el
cadáver; el lector habrá sospechado ya que la muerta era la enamorada
Aldoncilla.
Cavóse la
fosa a la imprecisa luz del farolillo del panteonero, depositóse el cadáver,
cubriósele con la misma tierra del hoyo, y cuando ya se retiraba el cortejo, el
negro Domingo cogió el azadón que había servido para abrir la fosa de su amada
y lo descargó furioso y certero sobre la cabeza del zambo...
— ¡Cosas
de negros, señores! — Decía al día siguiente don Esperidión Castañón y Rebelón
cuando explicaba a sus amigos los detalles de la tragedia—. Lo que más siento
es que por ese jetón, costal de huesos, de Dominguillo, haya perdido quinientos
patacones, cuando menos, que me iban a pagar por la negrilla Aldonza.
— ¿Y no
cuenta, Vuestra Merced, al zambo vigilante? — preguntó uno del auditorio.
— ¡Ah,
no, señor! “por suerte” ese zambo me había pagado su libertad y lo tenía
alquilado a dos reales por el día, más la bula.
— ¡Con
este no pierdo nada, absolutamente!...
§ 7. La
horca del Corregidor
Una plaga
de ladrones y de gente maleante de la peor especie había sentado sus reales en
los campos riberanos del Maulé, por los alrededores de los “vados” que
frecuentaban los transeúntes en sus viajes a la. frontera araucana y viceversa.
“Entre los principales azotes que afligían al país, allá por los finales del
siglo XVII, se contaban las violencias y depredaciones que cometían los
soldados de la frontera cuando venían, a la Capital para proveerse de las cosas
necesarias para su vida; a la venida y a la vuelta acostumbraban a hacer el
viaje “en cuadrillas” y en esta condición de impunidad ejecutaban a todo lo
largo del trayecto, las más crueles fechorías”.
Al decir
de los cronistas de la época, esos bandidos disfrazados de soldados eran una
verdadera manga de langostas que dejaban talados los campos y “robaban las
casas de los mismos que les daban alojamiento y comida como huéspedes
caritativos y voluntarios”.
Ese
acogimiento que debía serles respetable y producir en ellos*un sentimiento de
gratitud hacia las personas y familias que les brindaban hospedaje a través del
penoso trayecto, producía en esos desalmados un sentimiento contrario y desde
que llegaban a una “hacienda” empezaban a echar sus planes para hacer el mayor
perjuicio que pudieran al momento de su partida.
El
principal de esos perjuicios era el de llevarse engañados algunos indios e
indias de servicio, dejando “desamparados” a los dueños de casa que cifraban en
el trabajo de estas “piezas” la seguridad de su alimentación, puesto que a los
esclavos estaban encomendados todos los trabajos agrícolas; otros se llevaban
robados, no solamente los caballos de las haciendas de sus huéspedes, sino
también los que encontraban a su paso, sacándolos de 'los potreros y aún de las
mismas caballerizas. Y si algún indio quería impedir este desaguisado o
siquiera los interrogaba respetuosamente, “daban con él en tierra, azotándolo,
o dejándolo por muerto”.
Para
llevar a cabo estas tropelías no reparaban en cercos ni en murallas; rompían
puertas, destrozaban tranqueras, talaban sembrados, quebraban puentes y aún,
para sustraerse a toda persecución, echaban a pique las lanchas que les habían
servido a ellos mismos para “balsearse” en los pasos del los ríos. A tal punto
llegaba el “desvergonzamiento” de esos bandidos, que a veces “raptaban a los
indios e indias, y niños y niñas” a la carrera de sus caballos, los echaban al
anca y arrancaban con ellos para venderlos, como esclavos, en otra hacienda
lejana.
Tales
desmanes tenían que llegar a conocimiento de los Gobernadores y todos daban
órdenes severísimas cuyo cumplimiento “cometían” a las respectivas autoridades
rurales; pero fácilmente se comprende que tales órdenes quedaban incumplidas,
porque esas autoridades no tenían medios para hacerse respetar de una “banda”,
numerosa casi siempre, y en todo momento dispuesta para resistir con ventaja
las imposiciones de la ley.
Aquella
licencia espantosa, dice un cronista de nuestros tiempos, había llegado a tal
extremo, que “cada viaje de soldados de la frontera significaba un período de
fechorías, de rapiña y de ultraje en los campos del largo recorrido, cuyas
lamentaciones llenaban por largos meses los comentarios del vecindario de la
capital del reino”.
Pero un
día la medida se colmó con un hecho inaudito que produjo honda impresión.
El
Guardián franciscano del Convento Máximo de Santiago, había salido de visita
misional hacia el sur, acompañado solamente de un lego; a las alturas de la
villa de Duao, en la región del Maulé, cuatro de aquellos bandidos los
detuvieron en la mitad del camino y les exigieron, en primer lugar, que les
entregaran las modestísimas provisiones que llevaban para su alimentación; una
vez que las hubieron comido en presencia de los franciscanos — que contemplaban
su despojo montado cada cual en su muía— uno de los ladrones echó el lazo
al Padre Guardián y lo derribó; quiso el Lego socorrer a su superior, pero otro
de los desalmados se fue sobre él y le partió el cráneo “con un garrote de
cuatro esquinas”; realizada esta hazaña, arrearon las muías de los frailes y
desaparecieron, dejando al Padre Guardián abandonado en el solitario camino, y
a su lado al lego muerto.
Pero no
terminaron aquí las fechorías de los facinerosos. Al caer la tarde de ese mismo
día volvieron al sitio en donde habían realizado su crimen y como vieran que el
Padre Guardián permanecía exánime “por aturdimiento”, siempre al lado del
muerto, llegaron hasta sus víctimas, las desnudaron y dos de ellos
“vistiéronse, sacrílegos, con los hábitos franciscanos, y en tal vestimenta
salieron nuevamente a saltear por los caminos a otros viajeros, dándose el
espectáculo nunca visto ni soñado de ser dos frailes mínimos los que salteaban
y robaban a los caminantes, acercándose a ellos humildemente y sacando luego
las armas de debajo de los hábitos”.
El
Gobernador Marín de Poveda encontrábase a la sazón en la Capital y tan pronto
llegó a sus oídos tan espantable hecho llamó a Palacio al Maestre de Campo don
Diego Antonio Matías de Valdovinos y sin más preámbulos, díjole:
— Señor
Don Matías, sabrá Su Merced la noticia de dos frailes que han aparecido robando
a los caminantes por los caminos y cerrillos Caune; tengo para mí que los tales
no son frailes, porque ello es increíble, sino que son bandidos disfrazados con
los hábitos sagrados. Dígame a quién parece a Su Merced que debo mandar en
persecución para que los aprehenda y castigue con la única pena que merecen,
que es el garrote vil...
— Señor
Gobernador, aquí tiene Su Señoría a mi persona, dispuesta a obedecerle en lo
que mande; a pesar de mis años, me siento con fuerzas para recorrer aquellas
serranías y para encontrar a los malvados, así se escondan en el centro de la
tierra.
— No
había pensado en dar a Su Merced tal comisión, sino en consultarle para que su
experiencia me indicara la persona que, en su sentir, tuviera las condiciones
que se requieren para desempeñar, bien, tal encargo...
Vivía
desde algunos años en Santiago, el Capitán Lorenzo de Astudillo y Goyeneche,
venido del Perú en un refuerzo de tropas que mandara, para incrementar los
tercios de Arauco, el Virrey Duque de la Palata. El peruano traía fama de
bravo, de terco y de mal carácter, pero durante una “entrada” punitiva que se
le encomendó hacia las tierras del cacique Mariñancu, en la región de Lebu,
para castigar a los indios que “se habían comido” a un jesuita misionero, el
Capitán Astudillo no sólo confirmó sus antecedentes de fiereza y crueldad, sino
que sobrepasó todas las expectativas que sobre las “cualidades” del peruano
tenía el Maestre General del Ejército Don Juan de los Campos y Chavina.
En el
corto espacio de dos semanas que duró la campaña punitiva, Astudillo “degolló
doscientos indios e indias, cuatro caciques, once caciquillos y muchos niños de
los infieles”, destruyó muchas leguas de sembrados, quemó casas de indios y
pucaráes y restituyó a los campos españoles cientos de caballos y reses. “El
éxito fue tan concluyente que los indios se quedaron quietos durante dos años,
“ítem, pronunciaban el nombre de Astudillo como si fuera el diablo”.
Sin
embargo, el Maestre General no quiso mantener en el Ejército de Concepción a
tan heroico capitán, “y, recomendándole al Presidente Garro, le dio licencia
para retirarse a Santiago y luego definitivamente del Ejército en acción”.
Desde entonces, el Capitán Astudillo vivía en Mapocho agraviado del alejamiento
en que se le tenía, a pesar de sus méritos...
Al oír
las palabras del Presidente Marín de Poveda, el Maestre Valdovinos pensó
inmediatamente en el Capitán Astudillo; ninguna persona más aparente que el
“pacificador” de Lebu y vengador del jesuita “comido”, para que corriera tras
de los malvados que insultaban tan gravemente a la sociedad mapochina y a la
Religión con las depredaciones que cometían vestidos de frailes y cuyas
noticias llegaban momento a momento a la Capital.
— El
hombre para esta comisión no puede ser otro que el Capitán Astudillo — dijo Don
Matías.
—
¿Astudillo... ? ¿El de Lebu? — interrogó, sorprendido, el Presidente.
— Los
crímenes que se cometen por esos desalmados requieren un juez inconmovible —
acentuó Valdovinos— ; dele Su Señoría al Capitán Astudillo una provisión en
regla para que persiga y juzgue y castigue a esos malhechores, y así descargará
Su Señoría la conciencia, porque dicho Capitán los buscará debajo de la tierra
y no los dejará impunes.
Marín de
Poveda estaba decidido a castigar a los malvados y también a terminar de una
vez con el bandidaje desvergonzado de las orillas del Maulé; pensólo unos
momentos y luego llamó a su escribano:
— Maese
Cabezón — díjole— , extended ahora mismo una provisión de Corregidor de Maulé
con que quiero hacer merced al Capitán Astudillo...
El
escribano dio un respingo.
— ¿He
oído mal, señor Gobernador?... ¿ha dicho Astudillo, Su Señoría?...
— He
hablado claro, señor plumario: es el Capitán Lorenzo Astudillo y Goyeneche a
quien deseo nombrar Corregidor del Maule, y seré servido de que Su Merced me
traiga la provisión, luego, y sin chistar otra palabra.
El
escribano Cabezón había oído el nombre del Capitán Astudillo, pero no salía de
su asombro; retrocedió algunos pasos hacia la puerta haciendo genuflexiones al
compás, desapareció tras la cortina de brocado y antes de media hora tenía
“fecho” el documento y el “treslado”.
—
¡Astudillo, Corregidor del Maulé! ¡qué irá a pasar allí!— exclamó el
Escribano, al recoger el último papel para llevarlo al Presidente.
Esa misma
tarde salió de Santiago el nuevo Corregidor, a la cabeza de diez soldados,
hacia el paso del Cachapoal; pernoctó en sus riberas y al día siguiente entró
en el territorio de su jurisdicción, resuelto a dar cumplimiento estricto a las
órdenes severas y terminantes que había recibido del Gobernador Martín de
Poveda.
El
Capitán Astudillo alojó la tercera noche en los cerrillos de Teno y al día
siguiente, de madrugada, se le presentó la primera oportunidad para ejercer las
amplias facultades de que se encontraba investido.
Encaramado
sobre uno de los montículos que más tarde hizo famosos nuestro Ciríaco
Contreras, inspeccionaba los campos para fijar rumbos, hasta entonces
indecisos, cuando vio venir entre los matorrales a un labriego que echaba
miradas recelosas a su alrededor cada vez que llegaba a un recodo del camino.
Siguió observándolo atentamente, y como el viajero venía con dirección al sitio
donde se encontraba el Capitán, éste esperó con paciencia que se acercara; la
actitud del hombre era sospechosa y el Capitán Astudillo estaba cierto de que
algo iba a sacar en limpio de un interrogatorio. Hasta el momento ya lo he
dicho, su incursión punitiva no había tenido oportunidad para empezar y el
Corregidor anhelaba estrenarse ...
Cuando el
labriego estuvo a corta distancia, el Capitán bajó del “cerrillo” y se situó al
lado del sendero por donde tenía que pasar el caminante.
— ¡Alto,
y de rodillas! — gritó el Corregidor, apuntándole con una pistola, cuando el
hombre estuvo a unos cuantos pasos.
El
campesino se desplomó, extendió los brazos y dio con su rostro en tierra,
exclamando, entre lamentos sollozantes:
— ¡Señor
mi amo, nada tengo que entregaros ya, sino mis pobres vestidos! ¡Quitádmelos,
pero dejadme la vida!
Astudillo
se acercó al infeliz, lo movió con el pie y después de un ligero examen vio
que, en realidad, era un “rotoso”.
— Alzad —
mandó, sin dejar de mano la pistola— y responded brevemente, quién sois,
de dónde venís y hacia dónde vais.
— ¡Señor
caballero, piedad! — suplicó el campesino levantando el rostro y juntando las
manos— ; soy un pobre hombre que viene de la villa de Yumbel en busca de su
mujer e hijos que sirven a don Pedro Delgadillo, en la Capital del Reino; llevo
cinco días de marcha a través de estos campos y vengo extenuado de hambre... no
he comido desde anteayer...
—
Concluiste tu comida...
— Sí,
señor caballero — musitó el miserable, a media voz.
—
¿Viniste con muy poca?...
— La
traía suficiente para mi viaje...
— ¿Y qué
hiciste de ella? ¿Se puede saber?...
Calló el
labriego; pero dos lágrimas se deslizaron de sus ojos espantados.
El caso
era raro, y Astudillo sospechó un misterio.
—
Contesta — insistió el Corregidor, con voz cortante.
— ¡Señor
mi amo!... — suplicó nuevamente el infeliz con acento tembloroso y
amedrentado—, ¡piedad!
—
¡Contesta! — mandó nuevamente el Corregidor, levantando el látigo.
La
amenaza era convincente, y ante ella el pobre hombre no tuvo más que ceder; con
voz entrecortada refirió lo siguiente:
Había
atravesado en una balsa el río Maulé y caminaba despreocupadamente por el
camino hacia la Capital, cuando le salió al paso un jinete que, con muy buenas
expresiones, le preguntó si podría hacerle merced de un poco de comida; el
peatón se manifestó generoso e incontinenti abrió el zurrón ofreciéndole al
jinete todo lo que traía para que satisficiese su necesidad. El jinete cogió la
bolsa y dando espuelas a su caballo, echó a correr...
El
labriego quedó con un palmo de boca abierta y creyó al principio que se trataba
de una broma; pero, cuando el jinete le tenía ganada más de una cuadra de
distancia le gritó a todo pulmón.
— Oiga,
mal hombre; no se lleve como un ladrón toda mi comida, déjeme siquiera lo que
le sobre...
Oyó esto
el jinete, volvió sobre su comenzada carrera, y volteando un látigo le dio al
labriego tantos azotes, que lo dejó por muerto. Cuando el campesino volvió en
sí, el ladrón había desaparecido.
El
Capitán Astudillo mandó montar a su gente, echó al anca de un soldado al
despojado labriego y todos emprendieron la carrera hacia las riberas del Maulé
a donde llegaron al caer la tarde. En la misma noche siguieron tras el ladrón,
según las indicaciones que diera la víctima, y con tanta fortuna anduvieron que
con las primeras luces del alba dieron con el rancho que servía de guarida a
tres hombres uno de los cuales era el que había despojado y azotado al
yumbelino.
Los
bandidos quisieron resistir; pero fue inútil; diez soldados armados eran una
fuerza incontrarrestable, aumentada considerablemente por el ascendiente moral
que les prestaba la presencia del Corregidor.
Un rápido
interrogatorio comprobó el ruin oficio de los malvados y la sentencia de
garrote no tardó en pronunciarse. Pero, ante todo, los reos debían sufrir la
pena de doscientos azotes aplicados a cada uno de sus propios compañeros. El
primero amarrado al “rollo”, fue el ex soldado Pedro Armijo, que hacía de jefe
de la banda. Después de los veinticinco primeros azotes, el Corregidor le
preguntó si sabían quiénes eran dos individuos vestidos de frailes franciscanos
que andaban por allí cometiendo fechorías. Armijo dijo no saber nada; otros
veinticinco azotes, sobre las mismas carnes vapuleadas y sangrantes no lograron
arrancar del bandido el deseado secreto; junto con los últimos azotes de la
tunda, Armijo expiró. Su cadáver fue colgado en un árbol.
Los otros
dos facinerosos corrieron igual suerte y las postrimeras luces del Sol cayeron,
tristemente, sobre los cuerpos mutilados de los tres miserables.
Se
retiraban ya los soldados, siguiendo a su Capitán por uno de los senderos de la
cuesta montañosa, cuando divisaron a un hombre que, al notar el movimiento de
la tropa, se ocultó tras unos troncos. Pronto fue descubierto y traído a
presencia del Corregidor; amarrado a un árbol, uno de los soldados le aplicó,
por orden del Jefe, la primera ración de los consabidos veinticinco azotes con
que se empezaba esta pena.
— ¿Tú
sabes quiénes son unos bandidos vestidos de frailes? — preguntó Astudillo.
— Yo vi
muerto a un lego pero no sé quién lo mató — dijo entre gemidos el reo.
— ¡Ah!
¡tú viste a un lego!... — exclamó con aire de triunfo el Capitán.
— Lo vi
muerto, y también vide a su lado a otro fraile herido — confirmó el infeliz— ;
pero no sé quiénes fueron sus victimarios.
Y
siguieron los azotes, y con ellos las negativas tenaces. Exasperado ya el
Capitán, ordenó que el reo fuera colgado de la misma horca raí donde se
balanceaban los fláccidos cuerpos de los otros tres.
— ¡Por el
santo cielo, y por vuestra salvación, señor Capitán, no me matéis que soy
inocente, y además dejo a una madre, muy vieja, que vive de mí!...
— ¡A la
horca!... — rugió el Corregidor.
Entre dos
soldados, que lo arrastraban de las piernas, el desgraciado labriego fue
llevado al pie del rústico palo de justicia, y momentos después fue suspendido
hasta el tope. El cráneo del ajusticiado sonó a hueco al chocar violentamente
con el travesaño.
Pasó el
tiempo; poco a poco, los campos ribereños del Maulé habían quedado limpios de
bandidos y los transeúntes de la Frontera, y los encomenderos de los
alrededores, pudieron viajar y vivir tranquilos. La “horca del Corregidor’’ —
que así se llamó en honor del pacificador del Maulé— se mantenía, empero,
enhiesta y solitaria, y sólo de cuando en cuando algún buitre, atraído por
algún olor de carne humana que aún quedaría entre sus rasgaduras, se aventuraba
a posar sus garras sobre el travesaño.
Pero
nadie era osado acercarse por los alrededores de la horca porque en las noches
de plenilunio habíase visto, desde un año atrás, rondar por allí una sombra que
después de pasear de un lado a otro, quedaba afirmada largo rato junto al
tronco y luego se retiraba hacia la quebrada, “en cuyas profundidades se
hundía”...
Por ese
mismo tiempo el Corregidor Astudillo había caído postrado en cama, víctima de
un mal que no había encontrado remedio en las “melecinas” que le prodigaban los
“zurujanos” más acreditados del Hospital de San Juan de Dios. El mal avanzaba
lento y doloroso y con él reavivábase en la mente del Corregidor de Maulé, la
escena de la ejecución de aquel hombre que protestó ser inocente de la muerte
del lego franciscano. Confesóse, por última vez y preparóse para bien morir.
Una noche
del mes de Abril del año 1697, cierto transeúnte de la frontera que pasó a la
luz de la luna el río Maulé, vio, al tomar el camino a la Capital, que un
cuerpo se balanceaba de “la horca del Corregidor”. Rezó apresuradamente un
Padre
Nuestro
por el alma del ajusticiado, y, lleno de pavor, clavó espuelas para alejarse de
ese sitio funesto.
Al llegar
a Santiago, después de cuatro días de viaje, supo la noticia de que el
Corregidor de Maulé, Capitán Lorenzo de Astudillo y Goyeneche, “había
fallescido desta vida”, precisamente cuatro días antes...
§ 8. Un
milagro en el Carmen Alto
Las
primeras andanzas del Padre carmelita Fray Juan de la Concepción una vez que
hubo instalado en el convento del Carmen Alto a las tres monjitas que había
traído desde las mesetas andinas de Chuquisaca para que fundaran su monasterio
de Santiago, fueron para encontrar novicias con que “poblar” el convento;
verdad era que en esa época, 1690, el anhelo de monjío era general entre las
niñas aristocráticas de Santiago, y no hubiera sido difícil reunir un grupo de
candidatas al velo negro, que es el distintivo de las novicias carmelitas; pero
el caso no era precisamente ése; la casa conventual, instalada en la chacra del
Capitán Francisco Bardesi, quien, de acuerdo con su piadosa mujer doña Barnaba
de la Cerda, “cedieron su propia casa” para tal fundación, era pequeña para
recibir allí un lote de novicias superior a diez. Se imponía, por lo tanto, una
selección, y en esto era en lo que trajinaba ahora el “trajinante” Padre Juan,
del cual ya he hablado largamente en el curso de estas “crónicas”.
Para
hacer la selección de las ocho a diez novicias que, según la «Priora Sor María
Teresa del Niño Jesús y la Maestra de Novicias, Sor Violante de la Madre de
Dios, podían ser admitidas en la estrecha cabida del convento, era necesario
conocer muy bien los antecedentes de las candidatas, no solamente en su aspecto
moral y “biológico”, — era indispensable saber si las niñas eran de sangre sin
sospecha de mezcla de judío o de luterano— ,
sino
también en su aspecto de solvencia, puesto que condición precisa era, para ser
monja profesa, poseer una dote que se debía entregar en patacones “contantes”,
o en tierras o haberes bien saneados.
Por
suerte, el convento estaba garantizado de no equivocarse en asunto de tanta
importancia, pues su fundador y director espiritual, el Padre Juan de la
Concepción, era el perito más acreditado que podía presentarse en esto de
conocer los antecedentes no tanto biológicos, como financieros, de toda la
sociedad chilena, pues la había recorrido desde la frontera de Arauco hasta La
Serna, que es como decir ahora “de Arica’” a Magallanes.
No habría
cuidado, pues, de que pudiera ser admitida en el nuevo monasterio del Carmen
una novicia que no tuviera todos sus requisitos en regla, y ello fue así,
porque las ocho novicias recibidas en solemne y emocionante ceremonia que
presidió el Obispo don Fray Bernardo Carrasco y Saavedra, el día de la Santa
Teresa del año 1691, no solamente pertenecían a la más empingorotada sociedad
mapochina, sin la menor sospecha de luteranismo ni de “morería judaizante”,
sino que llevaron a la Comunidad ciento veinte mil patacones como dote — a
razón de quince mil por novicia— , la cuarta parte en “pesos” y las otras tres
en tierras cultivadas, animales, plata labrada, etc., etc.
Con esta
primera hornada de novicias, el Padre Juan de la Concepción había cumplido la
primera de las promesas que hiciera el Rey cuando el Soberano concedió su Real
permiso para esta fundación: la de asegurar a las monjas su “congrua
alimentación” antes de que el Monasterio Carmelita de Santiago cumpliera dos
años de existencia. Evidentemente, Nuestro Señor y la excelsa fundadora del
Carmelo, Santa Teresa, bendecían esta obra y a su activo gestor, el Padre Juan.
Pero este
santo y andariego fraile no estaba aún contento del éxito que había obtenido en
tan poco tiempo y todo su anhelo era, ahora, el de que Santa
Teresa proporcionara al convento una de aquellas gracias públicas e
irredargüibles que consagran la popularidad, si no “para siempre jamás” —
porque los hombres son ingratos y olvidadizos— , a lo menos por el tiempo
necesario para que la sociedad de Santiago, teniendo por sus regalonas a las
monjas carmelitas, les ofreciera su decidida protección, y ella se tradujera en
la seguridad completa de su sustentación futura.
— Si
Nuestra Señora Santa Teresa se dignara favorecer con un milagro a nuestro
convento — suspiraba, a veces, fray Juan— , le habríamos puesto a cubierto,
para siempre, de cualquier contingencia. Un milagro, excelsa Madre Nuestra,
Santa Teresa...¡un milagro!...
Pero el
milagro no venía, a pesar de todas la intenciones de fray Juan, quien, para
cualquier cosa un tanto imposible, llamaba a voces a la admirable literata de
Ávila.
Cierto
día de Agosto, después de la “distribución” en honor de San Ignacio, se
quedaron conversando en el atrio de la iglesia de la Compañía nuestro buen
carmelita con el rector del colegio Padre Andrés de Alciato y luego recayó el
tema sobre los milagros que en esa época estaba obrando el apóstol de las
Indias San Francisco Javier, hijo predilecto de la Compañía de Jesús.
—
Vuestras reverencias — dijo el Padre Juan— tienen todas las bendiciones
del Cielo, con las cuales consiguen en la Tierra cuanto desean, para el bien de
los pecadores. Ahí tienen ahora a San Francisco Javier, que está llenando de
milagros la tierra entera, no solamente en las Indias, sino en la Corte,
y aún he oído decir que en Nápoles les ha dado vista al hijo del Gran
Canciller, con sólo haberle puesto una reliquia del Santo sobre los ojos...
— Eso no
es nada, reverendo Padre Juan de la Concepción, — contestó el jesuita—; tenemos
noticias de que una reliquia de nuestro Santo ha resucitado a la nuera de la
Duquesa de Gandía, a los tres días de sepultada en su féretro de mármol; lo que
hay es que nosotros no queremos “circular” estos milagros sin tener en nuestras
manos los “treslados” fehacientes, a fin de que los frailes dominicanos no nos
acusen de heréticos o, cuando menos, de fanfarrones... Ya sabe Su Reverencia,
Padre Juan, que los sujetos de esa Orden son nuestros émulos, por no decir
nuestros enemigos, y si no fuera por provocar la controversia, ahora mismo
proclamaríamos las glorias y milagros de San Francisco Javier, que debiera ser
exaltado como Patrono de todas las Indias;
pero
estamos convencidos de que en una lucha como ésta saldríamos mal, puesto que
tenemos como Obispo de esta Santa Iglesia Catedral al dominicano don Fray
Bernardo Carrasco que nos llevaría la contraria...
— No diga
eso, Vuestra Reverencia — interrumpió fray Juan— , no hay quien pueda negar la
gracia del Espíritu Santo...
— ¡Un
dominicano es capaz de cualquier cosa!... — afirmó el jesuita—; la única manera
de que nuestro San Francisco Javier pudiera manifestar el poder de su santidad,
antes de que el Pontífice lo declare Patrono de las Indias, sería que otros
frailes y no los jesuitas le proclamaran.
— ¿Lo
cree así Vuestra Paternidad?... — preguntó un tanto vacilante el Carmelita— ;
mire que yo me atrevería a proclamar las gracias de San Francisco Javier por mi
sola cuenta y riesgo: ya sabe, Vuestra Reverencia, que cuando me propongo algo,
me resulta. ¿Tienen, vuestras reverencias, la vida del Santo...?
— Lo
tenemos todo: la vida del Santo, las certificaciones de muchos de sus milagros
y aún algunas reliquias...
— ¡Tienen
reliquias...! entonces todo está hecho — exclamó fray Juan— . ¿Quiere Vuestra
Paternidad que vayamos a conversar a mi celda...?
— Los
padres de la Compañía no vamos a las celdas de frailes de otras religiones —
previno el Padre Alciato— ; vayamos, si Vuestra Paternidad lo quiere, a la mía.
Lo que
conversaron el Carmelita y el hijo de San Ignacio lo sospechará el paciente
lector que lea hasta el fin del presente verídico relato.
Entre las
novicias que en 1691 ingresaron al convento de las carmelitas en la primera
hornada del noviciado, figuraba una interesante señora de treinta rozagantes
mayos, hija del Capitán don Juan Antonio de la Vinagreta y de doña Matilde
Villavicencio; esta dama, desesperando encontrar la felicidad en el mundo, por
haber enterrado ya tres novios — muertos, los tres, en la guerra de Arauco y en
el transcurso de cinco años— , resolvió dedicarse al servicio de Dios en vez de
hacer la competencia a los escuadrones indígenas; estaba visto: capitán que se
enamoraba de Beatriz Villavicencio, caía heroicamente bajo las macanas de los
indios rebeldes. El hecho es que todos los capitanes y tenientes en estado de
merecer, junto con darle el pésame a la niña, se alejaban prudentemente de su
reja; y para precaverse, lo mismo empezaron a hacer los civiles.
Al entrar
al convento, Rosita Villavicencio tomó el nombre de Rosa de San Francisco
Javier, y vea el lector por donde, una elección tan sencilla vino a servir para
que la niña y el Santo se hicieran populares en Santiago, mediante la oportuna
intervención de dos frailes que tenían, cada cual por su lado, el propósito de
glorificar al Apóstol de las Indias.
Al poco
tiempo de haber ingresado al convento, Sor Beatriz sintióse atacada de
pertinaces dolores en diversas partes del cuerpo sin que las “melecinas que en
forma de ungüentos y pócimas le aplicaban, por tumo, los cinco médicos que
ejercían el oficio en Mapocho, le produjeran el menor alivio.
De un
documento fehaciente de la época, como es el proceso que se mandó instaurar
para comprobar el milagro que relataré, tomo la siguiente descripción de la
enfermedad o enfermedades que sufría Sor Beatriz, allá por los años de 1695 y
96: “se hallaba postrada en cama y desahuciada de cinco médicos, y en los
últimos períodos de su vida, con pulmonía, flujo de sangre por la boca,
continuo, durante cuatro años, dolores atroces a la espalda y otros miembros,
ulcerados los pulmones y apostemados, de que echaba insufrible podre, calentura
ética que ya estaba en tísica, y un bulto en el vientre del tamaño de la cabeza
de un niño, o de un membrillo grande, y éste le subía de ordinario hasta
ahogarla y quitarle la respiración”.
Como ve
el lector, la enferma estaba como para bailar un charleston. No había mal que
no tuviera, porque, más adelante, las (declaraciones estampadas en el documento
afirman que la “monja echaba de cuando en cuando una muela o un diente — que ya
le quedaban pocos— y de pelos ya no tenía sino quedar siempre tocada”.
En esta
situación, era natural que la enferma, sus hermanas en religión, sus parientes
y todos los que la rodeaban, consideraran que la única esperanza de alivio, que
no de remedio, estaba en algún santo de la Corte Celestial; muchas, muchísimas
mandas , habíanse hecho para conseguir esta gracia y más de alguno habría
pedido ¡Dios nos libre! que antes de tenerla en tales padecimientos en la
tierra, se la llevara consigo a los santos cielos, que bien se los tenía
ganados la Monja, con la incomparable resignación con que llevaba sus dolores.
El Padre
Juan de la Concepción, nuestro conocido, llevó a la Monja una reliquia de San
Francisco Javier — que le había proporcionado el jesuita— , recomendándole que
se la aplicara en el sitio en que sintiera los dolores más agudos; hacíalo así
la Monja, pero sólo conseguía pasear la santa reliquia a lo largo de su
mortificado cuerpo sin que notara mejoría la que menor; ni los rezos continuos
al Patrono de las Indias, ni las novenas que rezaban los jesuitas al Santo; ni
las misas y demás ejercicios piadosos que se ofrecían por su intercesión, daban
resultado alguno; evidentemente, San Francisco Javier era milagroso solamente
fuera del Reino de Chile, porque la verdad sea dicha: aún no se había sabido
que San Francisco Javier hubiera hecho aquí ningún milagro.
Yo estoy
seguro de que más de un lego dominicano debió lanzar alguna pulla al Padre
Alciato por la indiferencia con que el Santo jesuita miraba las esforzadas
peticiones de sus correligionarios de Chile, mientras la infeliz Monja “se
acababa” por momentos.
Pero un
día, el 16 de mayo de 1697, se difundió en Santiago, junto con las primeras
luces del alba y con los alegres y desusados repiques de las campanas del
Carmen Alto y de la Compañía, la estupenda noticia de que la Monja Sor Beatriz
“había sanado completamente a las cuatro de la mañana”, y que desde esas horas
se encontraba en pie y andando continuamente por todo el convento para mostrar
su sanidad”.
Por
cierto que la ciudad se despobló hacia el Carmen y llenó los alrededores del
Santa Lucía y del convento mismo: nadie creía de buenas a primeras en el
milagro, y todos querían comprobarlo, puesto que la enfermedad de Sor Beatriz
era algo así como una institución mapochina que afectaba a todo el vecindario;
pero el caso no era comprobable a “vista de ojos”, por el vecindario mismo,
porque la Monja era de “clausura”, y no podía ser vista sino por aquellos que,
ante una necesidad perentoria, consiguieran permiso del Prelado.
Tal
necesidad fue la que alegaron el Padre Alciato, jesuita, y fray Juan, el
carmelita, pues dijeron que era preciso comprobar el milagro que había hecho el
glorioso San Francisco Javier...; pero el Cabildo eclesiástico que gobernaba en
Sede Vacante por fallecimiento, en esos días, del Obispo Carrasco, se negó a
ello y sólo autorizó que se instaurara inmediatamente un sumario para comprobar
“lo que hubiere de cierto en esto de la sanidad de Sor Beatriz”. Al fin y al
cabo, una información bien acreditada valía tanto o más que una vista de ojos,
y el Padre Alciato, que, como jesuita, tenía el mayor interés en que se
comprobara el milagro de su correligionario, se presentó ese mismo día ante el
Deán del Cabildo Eclesiástico pidiendo que se recibiera la declaración
testimonial que ofrecía. El Deán don Pedro Pizarro Caxal no pudo negarse a
ello, pero no quiso ser sólo en afrontar la responsabilidad del fallo, y
dispuso que se constituyera un tribunal especial compuesto de todos los
canónigos y de los prelados de todos los conventos de Santiago.
El Padre
Alciato y fray Juan empezaron ese mismo día a llevar testigos para comprobar la
enfermedad de la Monja; hicieron declarar a sus padres y parientes, a los
médicos, a los amigos, hasta un total de catorce, y por último pidieron que el
Tribunal se constituyese en el Monasterio carmelita para tomar declaraciones,
“ante el Santísimo Sacramento”, a Sor Beatriz, a las madres Priora, Sub-priora
y Maestra de Novicias. En todas estas declaraciones estaba presente el Promotor
Fiscal de la Catedral, Licenciado Francisco. Rutal, quien “interrogaba y
contrainterrogaba”, a los testigos y “los contradecía, para anulallos, haciendo
las veces de abogado del Diablo”.
Entre
tanto la expectación del vecindario llegaba al frenesí; los jesuitas se
encargaban de formar la opinión a favor de su santo Francisco Javier, y según
la creencia general, “el abogado del Diablo, licenciado Rutal, procedía de
acuerdo con los dominicos”. .. En todas las iglesias estaba expuesta Su Divina
Majestad, y en el templo de la Compañía se turnaban los padres para la rogativa
permanente que se había establecido para el buen éxito de la información.
Por fin,
el 25 de Mayo de 1697, o sea a los nueve días del milagro, el Tribunal dictó su
fallo:
“Vista
esta causa por Nos, y con atenta consideración, reconocidos los méritos del
proceso, fallamos que el padre Alciato ha probado bien y cumplidamente su
acción e intención, y que el Licenciado Rutal, promotor fiscal de este
obispado, no probó sus excepciones, por todo lo cual declaramos por milagro y
cosa sobrenatural el que Dios Nuestro Señor ha hecho a la hermana Sor Beatriz
por intercesión del glorioso apóstol de las Indias, San Francisco Javier, honra
del reino de Navarra y de la Compañía de Jesús”.
Ahora
bien, ¿cómo se produjo el hecho milagroso?
El mismo
proceso y sentencia que tengo a la vista, lo dicen y con los detalles que va a
conocer el lector.
“La
susodicha hermana Beatriz declara haber visto a San Francisco Javier con sus
ojos corporales, como a las cuatro de la mañana, lleno de muchas luces y
claridad, con una sobrepelliz y un ramo de azucenas muy blancas, estando la
supradicha en oración hacia los pies de la cama; y que por las muchas luces que
despedía el Santo, la hermana se tapó los ojos con las manos fuertemente, y
todavía en esta forma lo vio como si los tuviera abiertos; y que después de
media hora más o menos, le habló el glorioso Santo con una voz muy meliflua y
suave y distinta a la humana, y le dijo estas palabras siguientes: “ya estás
buena: sigue tus comunidades que yo te prometo, te asistiré con mi gracia y te
llevaré de la mano como el maestro la pluma de un discípulo”.
Y en ese
momento sintió la hermana Beatriz que un gran dolor le conmovía el vientre y,
aplicándose a él la reliquia de dicho Santo, que tenía, y luego no vio más a
dicho Santo. De todo lo cual conviene a saber: haber sido sana la susodicha de
los ataques de pulmonía, ética, tísica y libre de un cirro que tenía en el
vientre, como dicho es, y que después de dicho milagro hemos visto a la dicha
hermana Beatriz, sana, y sin lesión alguna de dichos achaques, y orando y
ayunando y asistiendo a los ministerios de su regla y constituciones de su
comunidad... Y por esta sentencia definitiva así lo declaramos y mandamos,
etc.”
Ya con la
sentencia en la mano, el Padre Alciato y sus correligionarios, los jesuitas, no
tuvieron por qué temer que los dominicanos les combatieran a su glorioso Santo
Francisco Javier, el cual, durante una larguísima temporada y aún hasta después
de los días del Padre Alciato, fallecido por los años de 1735, fue tenido por
el milagrero más estupendo del Reino de Chile, en competencia con Santa Rita, a
quien se la ha llamado siempre “abogada de imposibles”.
§ 9. Una
elección de Provincial que fue ruidosa
La
celebración de asambleas o “capítulos” en las comunidades religiosas para
elegir a las autoridades que debían asumir el gobierno de las mismas durante el
período canónico, constituía en los tiempos de la colonia una preocupación de
trascendencia social. Hubo épocas, especialmente la comprendida en
la segunda mitad del siglo XVII y principios del siguiente, en que estas
asambleas o “capítulos” asumieron proporciones que convulsionaron a todo el
Reino.
Entre
muchas de las causas que provocaban tales acontecimientos debe tomarse en
cuenta la de que los conventos de frailes eran el refugio no sólo de los que
huían del mundo “y de . sus pompas vanas” arrastrados por una verdadera
inclinación a la penitencia, sino también de aquellos espíritus levantiscos que
no se amoldaban a la disciplina que imponía la guerra de Arauco; estos últimos
se encasquetaban el hábito monacal sólo para cambiar la vida de pellejerías de
un ejército hambriento y desnudo, por otra en la que había la seguridad de
comer bien o mal todos los días...
En
segundo lugar, sabido es que los prelados y superiores de las comunidades
religiosas eran personas de influencia decisiva en los consejos de gobierno y
en los consejos de las familias pudientes y como la condición humana se inclina
más al mando que a la obediencia, natural era que tales individuos se empeñaran
con todas sus facultades para colocarse entre los que mandaban.
Los
conventos de monjas no estaban exentos de las mismas controversias y a las
veces fueron éstas tan o más violentas que las de religiosos, por cuanto se
creía con derecho a intervenir en ellas toda la parentela de las reclusas en
defensa de las candidatas al empleo de abadesa que se trataba de proveer; y con
este motivo, mientras adentro del convento las monjitas se combatían con sus
armas espirituales — suspensiones, penitencias, privación de sacramentos, etc.—
y también con sus armas materiales — tijeras, lengua y uñas— , al lado
afuera, los parientes de los bandos en lucha se daban lindamente de palos y
estocadas para influir en el resultado de la elección.
Por
suerte aquel período, reflejo fiel de la corrupción y relajamiento de la Corte
española, pasó para no volver, y hoy día los capítulos para la elección de los
prelados de las comunidades religiosas, salvo excepciones, se desarrollan en la
tranquilidad y corrección que corresponde al espíritu cristiano y humilde que
informa la existencia de tales asociaciones.
Uno de
los capítulos más sonados de la época colonial fue el que se realizó en el
Convento Máximo de San Francisco el año 1699.
Habíase
hecho la elección de provincial de la Orden franciscana en Diciembre de ese
año, resultando elegido para este cargo el Padre Agustín Briseño, después de un
capítulo bastante agitado; pero, según pareció a todos, los ánimos se
aquietaron, conocidas las relevantes condiciones del nuevo prelado, y todos “le
dieron la obediencia” sin dificultad ni protesta alguna.
Sin
embargo, la paz era sólo aparente. El candidato vencido, fray Tomás Moreno, no
se conformó con su derrota y de acuerdo con sus partidarios “envió a España a
un religioso, por caminos extraviados y en traje de seglar”, para que informara
a las altas autoridades de la Orden, y al Rey, de las irregularidades que, a su
juicio, se habían cometido en el “Capítulo” que acababa de celebrarse. Buenas
razones debió alegar, o buenas influencias debía tener fray Tomás Moreno en las
alturas, pues su enviado obtuvo del Comisario General de la Orden, y del Rey,
Letras
Patentes
y Reales Cédulas que anulaban el capítulo celebrado, ordenaban realizar uno
nuevo y designaban a fray Moreno como Visitador Extraordinario, Juez en
Comisión Especial y Presidente del capítulo que se ordenaba celebrar.
Cuando el
enviado de Moreno llegó a Santiago y puso en sus manos los importantísimos
documentos de que era portador, el Provincial Briseño andaba visitando los
conventos del Sur de Chile; Moreno se aprovechó de esta circunstancia y
presentóse ante el Padre Guardián del convento de Santiago, fray Sebastián del
Casso, que hasta ese momento era su superior, y le notificó las Patentes y
Reales Cédulas que acababa de recibir, exigiéndole, al mismo tiempo, que le
reconociera como suprema autoridad de la Orden en Chile.
Después
de algunas vacilaciones, y mediante la intervención del Gobernador del Reino
don Tomás Marín de Poveda y de los oidores de la Audiencia, el Guardián del
Casso acató las órdenes y dio la obediencia al Padre Moreno “en cuanto hubiese
lugar en derecho”; y habiendo sido destituido del cargo de guardián del
convento, “pidió con instancias que se mandase depositar su persona y la de su
secretario, fray Pedro de Mesa, en un lugar conveniente y seguro para evitar
que el padre Moreno les hiciera extorsiones y molestias”.
A todo
esto, el Provincial Briseño tuvo noticias de las estupendas novedades que
ocurrían en Santiago e interrumpiendo la visita canónica que estaba efectuando,
trasladóse a la Capital para ocupar el puesto que le correspondía. A su regreso
y como primera providencia, dispuso que se vinieran a Santiago los guardianes y
superiores de todos los conventos del Reino, pues creyó necesario hacer un
“capítulo” que reforzara su autoridad.
El primer
choque entre Moreno y Briseño no se dejó esperar: “estando la comunidad en el
refectorio, Moreno ordenó que todos los frailes salieran al patio, lo que todos
hicieron reverentemente, menos Briseño, que se negó afectando autoridad de
Provincial”, después de esta manifestación, el desposeído vio claro que los
frailes habían aceptado la supremacía de su contendor Moreno y que a él no le
quedaba otra cosa que reclamar su derecho ante la Audiencia, lo que hizo en un
extenso y razonado escrito, en el que llegó a negar la autenticidad de las
Letras Patentes que había exhibido Moreno.
La Real
Audiencia apreció la gravedad del caso, especialmente cuando supo, por una
presentación que a su vez hizo el Padre Moreno, “que estaban llegando frailes
de distintas partes, temiéndose, por eso, muchos alborotos y escándalos pues
con esto algunos de los frailes que ya le habían dado la obediencia, se la
estaban quitando...” Aumentó los temores de la Audiencia el hecho de que el
Padre Moreno, para no quedar en minoría, hubiera “hecho venir más de diez
frailes del Convento de San Francisco del Monte, religiosos, mozos y coristas,
los que hacía dormir en su celda para guarda de su reverencia”.
El
Presidente y los oidores creyeron del caso buscar un arreglo entre los
contrincantes, y para que este convenio tuviera más probabilidades de éxito,
pidieron la cooperación del Obispo de Santiago, don Juan de la Puebla y
González, prelado que por sus virtudes tenía gran ascendencia entre los
conventuales. Citaron, en consecuencia, a Briseño y a Moreno a una reunión en
el palacio episcopal y en presencia del Presidente y oidores, ambos
pretendientes “manifestaron su derecho con vivacidad”, sin llegar a otro
acuerdo que el siguiente: “que los partidarios de Briseño se recluyeran en el
Convento de la Recolección Franciscana (Recoleta) y los partidarios de Moreno
quedaran en el de la Cañada, y que cada cual sujetase a sus frailes” mientras
llegaba una resolución del Comisario General de la Orden en el Perú, Padre
Mora, sobre la validez o nulidad de las Patentes que había presentado Moreno.
Después
de llevado a cabo este arreglo, Briseño partió para Lima a alegar su derecho
ante el Comisario General; lo mismo hizo el padre fray Buenaventura de Zárate,
en representación del Padre Moreno
Entre
tanto, los franciscanos de la Cañada y los de la Recoleta procuraban ganarse la
voluntad de los vecinos de Santiago, mediante una activísima campaña en
corrillos, estrados y pulpitos; era natural que los agentes de ambos partidos
se encontraran a veces en algún sitio que a poco se convertía en campo de
ardorosa y agitada controversia, en la que tomaba parte el auditorio con el
ardor que las pasiones de esta naturaleza provocan. “Andaban los diablos
sueltos en esta ciudad”, dicen algunos documentos, para expresar el grado de
excitación a que había llegado el vecindario. En una ocasión tuvieron que
intervenir los alguaciles para apaciguar a los conventuales de la Recoleta y de
la Cañada, que habían llegado a las manos en el pedregal del Mapocho, con motivo
de que los de la Cañada “querían quitar ciertas vituallas y comida” a los del
otro lado.
“Los
buenos santiaguinos” — dice nuestro don José Toribio Medina— , llegaron a
encontrarse en una situación bastante espinosa y muchos alistaron sus petacas
para salir de la Capital para no verse metidos en un conflicto; pero el
Presidente Marín de Poveda dictó un bando prohibiendo que nadie se ausentara de
la ciudad “so pena de quinientos pesos’’.
Tres
meses duró esta situación que tal fue el tiempo que demoró en llegar la
resolución del Comisario General de Lima, la cual consistió en enviar a Chile
al Padre Pedro Guerrero con el carácter de Comisario Provincial premunido de
suficiente autoridad para avocarse no sólo el conocimiento de los hechos sino
el mando absoluto de la Orden en Chile. Presentó el Padre Guerrero sus
credenciales a Moreno; pero éste, al verse desposeído del mando, las rechazó.
Ya sabemos que Moreno residía en el convento de la Cañada.
La
noticia de la llegada del Comisario Guerrero con plenos poderes, volvió locos
de contento a los franciscanos de la Recoleta, que veían en esto el triunfo del
Provincial Briseño y de su bando; pero los conventuales de la Cañada no estaban
dispuestos a ceder el campo así no más, y se prepararon para resistir en toda
forma, alegando que los poderes de Moreno estaban por encima de los de
Guerrero, puesto que los de aquél provenían del Rey y del Superior General de
toda la Orden Franciscana.
Al verse
desobedecido, el Padre Guerrero presentóse a la Audiencia “reclamando el
auxilio regio” para entrar en posesión de su cargo; el Tribunal se impuso
solemnemente de los poderes y al verlos en forma, “les dio el pase” y así lo
hizo notificar al Padre Moreno, por medio de un escribano y del Aguacil Mayor.
“Fray Moreno estaba en su celda rodeado de sus frailes, oyó el “auto” y dijo
que protestaba de él por tener razones muy fuertes que alegar y que ahora no lo
hace, porque la enfermedad no lo deja salir de la celda”.
La Real
Audiencia no podía permanecer indiferente ante tamaña rebelión, y los oidores,
encasquetándose sus bonetes, dictaron, con toda solemnidad, el siguiente auto:
“mandamos que “ninguna persona de este reino, de cualquiera condición que “sea,
acuda con socorro, limosna ni emolumento alguno temporal a los religiosos del
Convento Grande de San Francisco; “que los deudores de censos o de cualquiera
otra obligación no “sean osados de pagar, ni misas ni funerales, sino al
Comisario “Padre Guerrero; que los molineros, panaderos y panaderas no “muelan
trigo ni den pan a los dichos frailes, ni carnes ni bastimento alguno, so pena
de doscientos pesos si fueren personas “de calidad y principales, y de
doscientos azotes si fueren de “baja esfera”...
Y para
que esta orden se cumpliera con el rigor que se necesitaba, los oidores
comisionaron a su colega el Licenciado Don Diego de Zúñiga y Tobar “con todas
las facultades que tuviere a bien tomarse”; una de las primeras que el
comisionado tomó, fue la de rodear el convento con la fuerza pública a fin de
impedir que se introdujeran comidas, pues “con esto se creía seguro que los
religiosos se redujeran a la obediencia”. La otra medida fue “declarar
extrañados des te reino” al Padre Moreno y a sus principales consejeros e
instigadores, padres José y Vicente de Quero y Hernando de Alvarado, “debiendo
salir en las veinticuatro horas hacia el puerto de Valparaíso, donde esperarán
un barco rumbo a Lima”.
La
notificación de este extrañamiento la hizo personalmente a los condenados el
Oidor Zúñiga, en compañía del Escribano y del Aguacil Mayor, y para que no
digas que comento, estimable e incrédulo lector, allá va el testimonio del
ministro de fe que actuó en esta diligencia.
“Habiendo
ido en una calesa con el señor oidor — dice el “Escribano— , y con el alguacil
mayor, al Convento Grande, vi “de guarnición en forma de cordón a las milicias
de infantería y “caballería con arcabuces, lanzas y picas, y al llegar a la
portería “vide a muchos religiosos que estaban en la torre del dicho Concento y
encima del arco de la puerta principal de la iglesia,
“habían
formado un altar con cuatro velas que alumbraban las “imágenes de San Francisco
y de Santo Domingo y más abajo, la “imagen de nuestra Señora con el niño,
tocando y cantando plegarias los religiosos”.
Entraron
el Oidor y sus acompañantes y llegaron a la celda del Padre Moreno para
notificarle el extrañamiento; este religioso no la quiso oír, por lo cual el
Oidor mandó al escribano que la leyese, a pesar de todo, y que diese el
testimonio correspondiente. Hecho esto, el Oidor Zúñiga dijo: “que la orden que
traía es que no saliendo vuestras paternidades inmediatamente de este convento,
los haré sacar por la fuerza que está afuera, y llevarlos a Valparaíso”. A lo
que contestaron los desterrados que “estando ellos en su derecho, estaban
dispuestos a sufrir martirio por la justicia”.
Retiróse
el Oidor, acompañado hasta la portería por la Comunidad, “y al llegar a la reja
que allí tiene, vide que caían muchas piedras despedidas desde la torre, oí
muchas voces de gente que estaba de guarnición, dirigidas a que dichos padres
se contuviesen y no tirasen, por el grandísimo peligro y daño que de ello
venía, y así hubiera sido si no se retirase a toda priesa la gente a un lugar
más distante”.
Parece
que las pedradas que venían de la torre de San Francisco eran dirigidas
especialmente a los frailes de la Recoleta que querían entrarse al convento y
que ya estaban por lograr su intento a tiempo de salir de él el señor Oidor,
“lo cual, dijeron de .arriba los frailes que no lo permitirían en manera alguna
antes sí, que se dejarían matar y que se perdiera todo; oído lo cual el señor
oidor mandó a los de la Recoleta que se retirasen”.
Restablecida
por el memento la calma, el Oidor mandó al Corregidor don Antonio Matías de
Valdovinos “que pusiese guardas y centinelas en las puertas del convento para
que no saliese ningún religioso y que rodeara el convento y que con la mitad de
la gente fuera a abrir y echar abajo una tapia de la huerta del convento para
penetrar en él; y como la gente fuera poca, el señor oidor mandó llamar a los
religiosos de la Recoleta para que ayudasen; y, habiéndose hecho así, se
ofreció la gran dificultad y recelo en la gente por las muchísimas piedras que
tiraban desde adentro, que hubo de suspenderse el pasaje de la gente".
Pero el
Oidor no había ido allí para volverse con la vergüenza de que unos cuantos
frailes le derrotaran a pedradas; volvió, pues, a animar a su gente, mandó
traer barretas y picos, y logró abrir una brecha en la tapia, “a pesar de la
notable ofensa de piedras, cantos y tejas que tiraban desde adentro’’; y
habiendo logrado entrar los asaltantes, “vide que los de adentro se resistían
con azadones, palos y chuzos y siempre con las muchas piedras que tiraban
otros, y aunque no vide bocas de fuego, resultó haber lastimado a dos, uno en
la frente y otro en los pechos; vide también que algunas de las dichas piedras
venían encaminadas hacia la parte donde estaba parado dicho señor Oidor...
Todavía
tuvieron que tomarse otras trincheras los asaltantes, pues la brecha abierta
sólo ponía a su disposición la huerta; una de esas trincheras era la puerta que
comunicaba la huerta con el claustro, y que los religiosos habían tapiado con
adobes. “Mandó su señoría traer de nuevo las barretas y con ellas echóse abajo
el obstáculo, se vencieron las tablas de la puerta y quedó franco el paso, por
donde penetró un gran golpe de gente armada y los religiosos recoletos”.
Poco
quedaba ya por hacer, si no era aprehender a los cabecillas de la resistencia,
a quienes el Oidor increpó de esta manera:
— ¿Es
posible, padres, que hayan dado lugar a un escándalo tan grande como el que se
ha visto, estando advertidos por mí que había dé entrar con la gente que traía
a ejecutar el orden de la Audiencia? Parece que vuestras paternidades no son
vasallos de Su Majestad, según la resistencia que han hecho a sus mandatos.
Un rato
más tarde entraba al convento de la Cañada el Comisario fray Pedro Guerrero, y
tomaba solemne posesión de su cargo, restableciéndose con esto la tranquilidad
de la Capital del Reino.
Al
siguiente día salieron el Padre Moreno y demás extrañados, con dirección a
Valparaíso, donde fueron embarcados, quince días más tarde, en el galeón San
Fermín, rumbo a Lima, a disposición del Comisario General Franciscano
del Perú, quien, en castigo, los tuvo en prisión por largo tiempo.
§ 10.
Festividades en la Semana Santa
Algo que
salía de todos los márgenes en las costumbres devotas de nuestros abuelos era
la solemne unción con que se celebraban las festividades de Semana Santa en los
tiempos del Rey Nuestro Señor; eminentemente católico nuestro pueblo,
encontraba, en los días en que el Orbe conmemora la pasión y muerte del
Redentor del mundo, ancho campo para ejercitar sus místicas inclinaciones,
humildemente los más, ostentosamente no pocos.
La Semana
de Dolores, que es la anterior a la Semana Santa, y durante la cual se cubren
los altares y las imágenes de los templos con severos trapos morados, era el
anuncio y prevención que recibían los fieles para prepararse a los ejercicios
de dolor y de sacrificio; desde mediados de la Semana de Dolores empezaban a
salir a los campos vecinos los encargados de cortar las palmas y arrayanes que
habían de servir, en las distintas iglesias, para la festividad del Domingo de
Ramos. No menos de cuarenta carretadas de palmas y ramas verdes entraban a la
ciudad, allá por los años de 1700, desde el viernes a la noche y durante todo
el sábado, para proveer a los diez o doce templos y capillas que rivalizaban en
la fiesta de los ramos.
Durante
el día Sábado, en todos los conventos de monjas se trabajaba febrilmente en la
confección de “palmas de ostenta”, que así se denominaban las destinadas al
Presidente, Obispo,
oidores,
canónigos, alcaldes, regidores, altos militares y altos funcionarios. Estas
palmas eran verdaderos primores hechos “de mano de monja”, y de su tejido y
adorno se empleaban las monjas más “hábiles” de una Comunidad.
Durante
algunos años, la confección de las palmas destinadas al Obispo, al Presidente y
a los oidores, estuvo a cargo de las monjas Claras. Eran, en total, seis o
siete “palmas de ostenta’’, en las que ponían especial cuidado las “monjitas de
Osorno”, que tal era la denominación que familiarmente se les daba. Las palmas
de 'los alcaldes y de los regidores eran proporcionadas por las monjas
Agustinas, quienes, esmerándose en presentar lo mejor posible a sus “patronos”
— el Cabildo era el “patrono canónico” de las Agustinas— , les tejían unas
palmas ante las cuales venían a quedar en vergonzosa modestia las que
“ostentaban” el Obispo, el Presidente y los oidores, hasta el extremo de que el
“hereje” Gobernador Ribera no quiso salir a la procesión del Domingo de Ramos,
el año 1613, si no le cambiaban la palma... “porque es indecente que otros las
lleven mejores que el Gobernador”. Ante el grave conflicto que se suscitó
cuando ya todo el mundo estaba formado y con su palma en la mano, listo para
emprender la marcha, el Alcalde don Francisco Rodríguez del Manzano y Ovalle,
“que portaba la mejor palma, hecha por Sor Caridad, maestra de novicias de la
Limpia Concepción”, tuvo que ceder al Presidente la suya, aunque no de muy
buena gana. Hay que dejar dicho, que Sor Caridad era sobrina del Alcalde Ovalle
y era natural que la monja tejiera esa palma con cariño.
Tal vez
este incidente — y otros parecidos— determinaron que el Obispo don Fray
Pérez de Espinosa, ordenara que “desde el año que viene en adelante, las palmas
de ostenta para el señor Presidente, oidores, alcaldes y regidores, se hagan
donde ellos dispusieron, no siendo en el convento de Santa Clara, en donde sólo
se hagan para el Obispo, Canónigos y Prelados”.
En
realidad, las festividades y ceremonias de Semana Santa y el devoto
“recogimiento” del vecindario empezaban con el Domingo de Ramos; pero se dejaba
aún los días Lunes y Martes, y hasta mediodía del Miércoles, para que la
población preparara “con la mayor devoción y recogimiento” sus alimentos del
resto de la semana, pues hasta el Sábado Santo después del mediodía, no era
permitido hacer trabajo, ni gestión, ni ejercitar actividad de ningún género.
Los pescadores sólo tenían permiso para pescar hasta la salida del Sol del
Miércoles, debiendo llegar a Santiago antes de las nueve o diez y vender su
pescado y “cochayuyo” hasta las doce. A esa hora, “e no mas”, o regalaban el
pescado sobrante al Hospital de San Juan de Dios o a los conventos, o el juez
de abasto lo hacía arrojar al río.
En
ciertas ocasiones el juez hizo botar el pescado a la acequia que cruzaba la
Plaza Mayor, tal vez por estar más a la mano; pero los vecinos recamaron del
mal olor, “y fue ordenado por el Presidente que se botara lejos’’.
A las
doce empezaba el barrido rápido de la Plaza; recordará el lector que allí
estaba la recova y creo haberle dicho también que los desperdicios no se
barrían sino los días que salía alguna procesión. Como ese mismo día Miércoles
Santo salían tres procesiones, el barrido de la Plaza “era de tabla”. Las
escobas que se empleaban eran simples ramas de espino que se traían de la
Chimba; se imaginará el lector la “polvaera” que se levantaba y lo poco eficaz
del barrido. La basura “grande” la transportaban en sacos “de pellejos” al
basural del Mapocho, y la basura “chica” la tiraban a la acequia de la Plaza.
Todavía
no pasaba la “tierrería” que levantaban las ramas de espino, cuando las
campanas de la iglesia de la Compañía anunciaban con largos “clamores” la
salida de la procesión de la Verónica, en la que hacían de “alumbrantes”
exclusivamente los negros, hombres y mujeres; era condición esencial para poder
ser alumbrantes de esta procesión, el ser negro auténtico y de primera mano, es
decir, que proviniera de padres y abuelos africanos sin mezcla alguna. A esta
clase de esclavos se les denominaba “negros retintos’’, porque efectivamente
“lo eran y lo parecían”.
Los
retintos venían con su “anda” de la Verónica “dentro de la cual’’ se instalaba
generalmente un lego jesuita o un práctico que mediante un mecanismo hacía
mover los ojos, la cabeza y los brazos a la imagen, para que en el momento
oportuno limpiara el sudor al Cristo que luego vendría en la procesión que
salía de San Agustín, al aviso de que la Verónica había llegado a la Plaza.
Esta
segunda procesión era de zambos, mulatos y “cuarterones”, esto es, de hijos de
negros retintos y de mulata, india o blanca, o viceversa; vestían túnicas
negras y alumbraban, en larguísima fila, las siete u ocho “andas” de que
constaba la procesión. Al llegar a la Plaza, la Verónica de 'los retintos
avanzaba al encuentro de Jesús y en medio de la emoción de toda la opaca
concurrencia, desempeñaba su caritativo rol de enjugar el rostro del Redentor
con un lienzo blanco, el cual, por una hábil combinación del lego que iba
dentro de la Verónica, aparecía a la vista de los espectadores impreso con la
imagen del Nazareno.
Producido
este “paso”, las campanadas de la Merced anunciaban la salida de una tercera
procesión que procedía de ese templo; el anda principal era de la Virgen
Dolorosa acompañada por San Juan. Los alumbrantes de esta procesión eran los
carpinteros, los carreteros, carroceros, guitarreros y estriberos, en una
palabra, los que desempeñaban oficios relacionados con madera, en recuerdo del
Santo Madero de la Cruz; todos ellos vestían largas túnicas nazarenas de color
morado las unas y rojo las otras, con una gran cruz negra al pecho y otra a la
espalda. Estos alumbraban con “cera pequeña”, o sea, con velitas cortas y
delgadas que ponían en “pisotes de palo”. Incidentes hubo en que los
alumbrantes usaron de los “pisotes” como armas ofensivas.
Al llegar
a la Plaza, se juntaban en el centro las tres andas, y un predicador de nota,
subido en un tabladillo, espichaba un sermón alusivo que era calificado de
bueno, mejor o excelente, según lograra hacer llorar menos o más a la
concurrencia. Para oír el sermón, el centro de la Plaza se llenaba de negros,
zambos, mulatos y cuarterones; las avenidas laterales y veredas eran ocupadas
por “gente blanca’’, y los balcones de la Audiencia, Cárcel, Palacio, Portal de
Sierra Bella y balcones del Obispo y casas “particulares”, por la nobleza. No
había revolturas.
Con esto
y con los maitines que se cantaban a las oraciones en todos los conventos,
terminaban las festividades del día Miércoles.
El
Jueves, antes de la Misa Mayor de la Catedral, era posible ver todavía algún
jinete, alguna carreta o alguna carroza, cuando las hubo en Santiago; pero una
vez que los largos y solemnes repiques de la torre episcopal anunciaban que la
Santa Eucaristía había sido encerrada en el Tabernáculo, nadie se aventuraba
por esas calles en algún vehículo que pudiera hacer siquiera un pequeño ruido.
Terminada la misa, los fieles, sin hablar con nadie, marchaban a sus casas,
hacían una pequeña comida “fiambre”, que estaba preparada desde el día
anterior, y luego vestían de negro para asistir, después de la siesta, a la
ceremonia del “lavatorio de pies”, que consiste, como el lector ha de saber, en
que un prelado lave humildemente los pies a doce viejos, mientras más pobres,
mejor.
Fue muy
criticado el Obispo Villarroel porque quiso extremar su humildad lavándoles los
pies a doce esclavos “retintos”, y más de un Oidor hizo un gesto de asco al
verse obligado a tomar asiento al lado de los negros, en el presbiterio; pero
el Santo Obispo no cejó, y a pesar de las protestas, mantuvo la costumbre
durante su largo gobierno eclesiástico.
Inmediatamente
de terminada la ceremonia empezaban las “estaciones”, o sea, las visitas que se
hacía a los templos para rezar ante “el Monumento” donde se adoraba la
Eucaristía. Las iglesias rivalizaban en el adorno de estos altares y aquello
venía a ser algo así como una lucha entre comunidades religiosas. Los proyectos
de adorno de los templos y en especial de los \ monumentos, se
mantenían en el más absoluto secreto y antes de empezar a realizarlos, se
atrancaban las puertas de las iglesias para que no pudieran conocerlos ningún
rival. Los jesuitas y los dominicanos, que estuvieron peleados más de ochenta
años, iniciaron sus diferencias, primero, porque en una procesión, encabezada
por los dominicanos, los jesuitas no salieron oportunamente a cumplimentar el
anda de Nuestra Señora del Rosario, y segundo, porque los dominicanos, en
venganza, se compraron al mulato que hacía de rapavelas en la iglesia de la
Compañía y mediante esta infidencia los hijos de Santo Domingo se resolvieron a
levantar un Monumento que tenía tres varas más, de alto que el de los jesuitas.
El resultado fue que toda la gente se la llevaron este año los dominicanos.
En la
tarde salían también de San Francisco y de Santo Domingo sendas procesiones de
indios; estas eran las llamadas procesiones “de sangre”, pues los penitentes
recorrían las calles y los templos llevando grandes cruces, coronados de
espinas, las espaldas desnudas, dándose azotazos con disciplinas de “rosetas”
que eran unas puntas de clavos amarradas en los extremos de los látigos. Otros
se hacían amarrar los brazos sobre un madero atravesado por detrás sobre los
hombros y había, por fin, quienes iban envueltos en cilicios sobre un buey,
cuyos ásperos movimientos hacían que las puntas de las espinas o clavos
penetraran poco a poco en las carnes del penitente.
A la
media noche del Jueves salía del templo de la Merced la procesión de la Vera
Cruz, “institución noble” fundada por los reyes españoles, y que había sido
traída a la América meridional por Pizarro, quien, como jefe de Estado, era
Mayordomo nato de ella, según las ordenanzas reales. Pedro de Valdivia fue el
primer Mayordomo de la Cofradía en Chile. La Vera Cruz de Santiago había sido
agraciada por Felipe II, con la imagen del Cristo de Burgos que actualmente se
venera en la Merced, en uno de los altares del costado sur, y esta imagen era
'la que se sacaba en procesión a la medianoche del Jueves Santo. Los
alumbrantes de esta procesión eran todos “caballeros fijosdalgo notorios”,
requisito indispensable para pertenecer a la Cofradía.
Si
lúgubre había sido la noche del Jueves Santo, el siguiente día, Viernes,
sobrepasaba a todo lo visto; desde temprano se llenaban las naves laterales de
las iglesias principales con un gentío enorme que permanecía allí hasta cerca
del mediodía, de pie, apretujado y sin ver absolutamente nada de las ceremonias
religiosas, la nave del medio estaba destinada a la nobleza y al elemento
oficial, siendo este último el único que lograba ver algo de lo que pasaba en
el presbiterio.
Como la
festividad de las “tres horas” empezaba a las doce en punto, y no quedaba
tiempo para ir a casa a tomar alimentos y volver, la gente de las naves
laterales llevaba su “colación”, consistente en pan, queso, harina o huevos
cocidos, que masticaba “reverentemente” sin moverse de su sitio.
El tercer
“matracazo” anunciaba a los fieles que la ceremonia iba a empezar con la
lectura de la Pasión, y el rezo de las “siete palabras’’, para continuar
después con el sermón de Tres Horas,
pieza
oratoria encomendada siempre a un predicador de nota, que salía de la sacristía
y llegaba hasta el pulpito precedido de dos monacillos que llevaban sendos
cirios, y de un sacristán que le abría paso, haciendo sonar la “matraca”;
cuando se trataba de sermones que no fueran de Semana Santa, en vez de la
matraca el sacristán tocaba unas campanillas; de ahí viene que algunos
predicadores “pico de oro” fueran denominados también “de campanillas”.
Era
imprescindible en este sermón, que el orador hiciera llorar a gritos a la
concurrencia; si esto no llegaba a suceder, o si se lloraba poco, ese
predicador podía estar seguro de que no le sería encomendado otro sermón de
Tres Horas. Aunque cada convento disponía, como es natural, de predicadores de
su Orden, era costumbre que se llamara a predicadores “de afuera”; el precio
que se pagaba por un sermón de Tres Horas, fluctuaba entre veinte y treinta
pesos de once reales; a los menos, esta era la cantidad que pagaban las Monjas
Agustinas.
Terminadas
las Tres Horas, los templos se “desocupaban” rápidamente, porque la
concurrencia iba a asistir a las dos procesiones con que terminaban las
ceremonias del Viernes Santo, y porque los sacristanes tenían que asear y
ventilar las naves, pues, con la permanencia de la gente en ellas, desde la
mañana, el suelo “quedaba imposible”. Una de esas procesiones salía de Santo
Domingo y se llamaba “de la Piedad”, en la que eran paseados varios ángeles que
llevaban cada uno un símbolo de la Pasión; y la otra salía de San Francisco,
llevando una Virgen de la Soledad, que, según la tradición, había legado a
dicho templo Doña Marina de Gaete, mujer de Pedro de Valdivia. Ambas
procesiones tenían por alumbrantes a individuos vestidos con largas túnicas y
tocados con un “cucurucho” hasta de una vara de largo.
Terminado
el día con el canto de los maitines, y sus respectivas “tinieblas”, que
consistían en ir apagando, una a una, las catorce velas del único candelabro
que alumbraba el templo, los devotos se retiraban a sus casas y procuraban
dormirse lo más pronto posible, a fin de levantarse antes del alba, pues tenían
que asistir a las procesiones del Señor Resucitado y del Santo Sepulcro, que
salían de Santo Domingo y de la Compañía, respectivamente.
Los
fieles se dividían, según sus simpatías, para alumbrar en ambas procesiones, y
éste fue otro de los motivos que tenían dominicanos y jesuitas para combatirse
donde se encontrasen; no sería raro que por evitar encuentros en colectividad,
la autoridad hubiese ordenado que la procesión de Santo Domingo saliera por la
calle de la Pescadería, Monjitas, y San Antonio, y la de la Compañía por
Bandera, Huérfanos y Ahumada. Nótese que se quería evitar que los romeros se
encontraran en la Plaza.
Tal vez
para desviar los ardores de esta lucha entre dominicanos y jesuitas, y para
atraer a los negros y zambos, que eran los más apasionados, organizaron los
franciscanos una nueva cofradía de gente de color, allá por el año 1700, cuyo
objeto era sacar en procesión, al alba del Sábado Santo, una imagen del Niño
Jesús, que lo representaba como “un negrito de pasas” y vestido con traje de
indio...
A las
seis de la mañana del Sábado empezaban las ceremonias religiosas en las
distintas iglesias y a eso de las seis y media se oía en la ciudad el
estrepitoso repique de las campanas de la Catedral, que anunciaban la
resurrección de Cristo; casi al mismo tiempo, o con muy pocos minutos de
diferencia, se sucedían los repiques en las demás iglesias, y desde ese momento
se normalizaba la vida de los santiaguinos, que habían permanecido en
penitencia durante casi toda la semana.
§ 11. La
influencia francesa en Chile al empezar el siglo XVIII
Con el
fallecimiento de Carlos II y la proclamación como Rey de España, del Duque de
Anjou, nieto *del Rey de Francia Luis XIV, se inauguró en las Indias una época
que habrá de señalarse en la historia como la primera brisa de libertad que se
dejara sentir en los dominios que manejaron con mano férrea los fundadores del
imperio donde no se ponía el Sol.
Si una
guerra continental europea — la de Napoleón— vino a favorecer, y en
definitiva dio la independencia a la América, a principios del siglo XIX, otra
guerra europea — la llamada de sucesión— fue la que, al
empezar el siglo XVIII, sembró, todavía, en campo estéril, la semilla de la
libertad que habría de tardar aún cien años en dar sus frutos. En ambos
acontecimientos ha tenido la Francia una acción principal, refleja, si se
quiere, pero no por eso menos digna de recordación.
Elevado
al trono de España el nieto de Luis XIV, con el nombre de Felipe V, a la edad
de diecisiete años, el Rey de Francia fue el principal consejero del joven
Monarca y aún el árbitro de los destinos de la monarquía ibérica. Los enemigos
de España y Francia, aliadas, bloquearon entonces sus costas y las poderosas
escuadras de Inglaterra, Holanda y Alemania cortaron toda comunicación de la
Metrópolis con el Nuevo Mundo, suprimiendo ele esta manera las únicas entradas
con que contaba el erario español para sostener la guerra y aún para cubrir los
gastos perentorios de la ostentosa corte del Escorial.
Este
bloqueo dejó a España en las más precarias condiciones pues casi toda su
escuadra cayó en poder de sus enemigos en sus travesías por el Atlántico. En
esta emergencia, el Monarca español no encontró otro recurso para comunicarse
con sus reinos del Pacífico, que intentar nuevamente la navegación por el
Estrecho de Magallanes o por el Cabo de Hornos, rutas peligrosísimas y
completamente desacreditadas debido a los grandes descalabros que habían
experimentado en el siglo XVII las diversas expediciones marítimas que
encabezaron expertos navegantes.
España no
estaba en situación de emprender estas nuevas y costosas expediciones; como
cabeza de la guerra de sucesión todos sus elementos marítimos debían estar
empleados en la defensa de sus costas, activamente amagadas por las escuadras
enemigas y en consecuencia, se vio obligada a autorizar a su aliado el Rey de
Francia, para que esta enviara sus barcos al Pacífico, tanto para transportar a
la Península los tesoros del Perú, cuanto para defender las costas americanas
de los amagos piráticos de Inglaterra y Holanda.
El
historiador francés Guerin hace la siguiente afirmación que por lo perentoria
conviene citar: “La elevación al trono de España de un nieto de Luis XIV abrió
el Mar del Sur a los franceses, quienes se precipitaron en masa en su demanda,
los unos para propósitos de comercio y los otros para defender las costas de
Chile y del Perú contra los ingleses y holandeses, entonces aliados”.
Luis XIV
designó el puerto de San Maló como el único por donde podían salir los buques
franceses en demanda de la ruta del Cabo de Hornos. El rey de Francia quería
aprovechar también, pecuniariamente, del privilegio que le había concedido su
aliado y nieto, al abrir a las naves francesas las puertas de la América
Española, hasta entonces herméticas para todos los países del mundo: cada barco
francés debía pagarle un fuerte derecho antes de zarpar hacia estos mares.
El primer
buque francés que surcó el Pacífico, dando la vuelta por el Cabo de Hornos, fue
uno de ciento ochenta toneladas,
llamado La
Aurora al mando de Antoine Rogadier, capitán de la marina real. Fondeó
en Concepción a principios de Febrero de 1702 y desembarcó allí parte de su
cargamento de lencería, paños, sedas de Lyon, muebles y objetos de lujo. “Sus
ganancias fueron enormes — dice un autor— , porque recogió las primicias del
comercio, e impuso la moda”.
A fines
de ese mismo año fondearon en Penco el Jacques, el San Luis y
el Maurepas; este último trajo el primer “clave”, o sea el
primer piano que sonó en Chile y en el lujoso estrado del Presidente Ibáñez de
Peralta. Al terminar el año siguiente, 1703, habían llegado a Chile no menos de
siete buques entre los cuales uno fue La Aurora que arribaba a
estas costas, por segunda vez, en vista del éxito de su primer viaje.
Sería
largo y bien difícil seguir nombrando, con exactitud, los numerosos barcos
franceses que llegaron a Chile y recorrieron el Pacífico, hasta California,
durante los trece años que duró la guerra de sucesión; pero dará una idea
bastante exacta de la preponderancia francesa en América el hecho de que cuando
llegó a Chile la noticia de la paz de Utrecht, en 1713, se encontraban
fondeados en la bahía de Penco “no menos de quince navíos franceses que sumaban
más de doscientos cincuenta cañones y sobre dos mil seiscientos individuos de
tripulación”.
El
comercio francés por el Cabo de Hornos había transformado completamente la
condición de Chile, supeditada antes por los comerciantes del Perú que fueron
los tiranos de los productores chilenos. Los barcos franceses inundaron las
tiendas y salones de Concepción, Santiago y La Serena, de infinidad de
artículos hasta entonces desconocidos, o por los menos de muy difícil y costosa
adquisición; géneros de Bretaña y Rouden, encajes, blondas, llamadas de
Flandes, paños de Sedán, lanas, tisúes de plata y oro de Lyon, para casullas y
lujosos “faldellines”, cintas, joyas, perfumes, abanicos, espejos, alfileres,
terciopelos, “melanias” y cuanto género de lujo se ofreciera por “los
franceses” tenía la inmediata aceptación de los ricachones criollos chilenos.
“Rodaron
las primeras carrozas y furlones, las calesas y calesines”; las mesas de
billar, en reemplazo de las de trucos, los vidrios en las ventanas, los vasos,
las botellas de cristal y los espejos y en general todos los objetos de
comodidad, confort y ostentación que constituyen el progreso de los pueblos,
fueron el resultado inmediato de aquella invasión francesa de principios del
siglo XVIII.
Muchos de
los marinos de San Malo se arraigaron en Chile y fundaron su hogar atraídos por
la bondad del clima y por la belleza de sus mujeres. Entre los más notables, se
puede citar al capitán de la marina real, don Juan Francisco Briand de
Morandais, señor de la Morigandais de Saint Maló, que contrajo matrimonio, en
Concepción, con doña Juana Cajigal y Solar, hija del Tesorero de la Real
Hacienda don Mateo Cajigal y Solar y de la señora Isabel Solar y Silva; de
aquel matrimonio, que trasladó su residencia a Santiago, proviene la familia
Morandé. Otro marino francés, el capitán de la fragata Concordia, don
Nicolás Daniel Pradel, se avecindó en Concepción después de haber realizado las
mercaderías de su barco y casó con la señora Gabriela de la Barra y Río Seco,
progenitores de una larga familia.
Don
Benjamín Vicuña Mackenna cita en una de sus obras al francés don José Dunose,
natural de París, que por ese mismo tiempo — 1700 a 1713— habríase
avecindado en Chile y contraído matrimonio con la Cacica de Tango, de quien
habría recibido, en aporte, las tierras que hoy se denominan “de Nos”; pero hay
en esto una equivocación, porque don José Dunose llegó a Chile solo en 1729 y
contrajo matrimonio diez años después, 1739, con doña Gerónima Caldera, hija de
don Juan Antonio Caldera, abogado de la Real Audiencia, que fue, además,
Alcalde de Santiago.
Pero
entre los valiosos beneficios que trajo a Chile la invasión francesa de
principios del siglo XVIII deben colocarse, en lugar preferente, los que nos
ofreció en el orden moral y científico. A pesar del estrecho control que las
autoridades españolas ejercían sobre los cargamentos y mercaderías de los
buques de San Maló, lograron penetrar al país muchos libros cuya internación no
hubiera sido posible en otras circunstancias. Estos libros, escasos al
principio, fueron abriéndose camino entre los estudiosos chilenos cuyos
representantes más caracterizados se encontraban en los conventos,
especialmente en los de San Francisco, Santo Domingo y los jesuitas.
El
capitán de marina Beauchéne-Batas, en su cargamento del San José trajo
“seis bultos de libros de imprenta” al jesuita Simón de León, hecho del cual
reclamaron el franciscano fray Buenaventura Otten y el dominicano fray Antonio
María de San Pedro. Pero el Capitán francés se comprometió solemnemente con
estos frailes a traerles también a ellos una buena remesa y seguramente
cumplió, porque los reclamantes no insistieron, y además, se comprometieron a
guardar el secreto ante el Comisario del Santo Oficio de la Inquisición.
Relativamente
a las ciencias, no solamente libros vinieron en aquellos buques franceses.
A
mediados de Enero de 1707 arribó a las playas de Penco uno de los grandes
naturalistas y geógrafos de su tiempo y cuyo nombre es hasta el presente de
gran autoridad en el mundo científico. Me refiero al padre franciscano fray
Luis Feuillée, que traía un permiso especial del Rey francés para pasar a las
Indias españolas a practicar estudios botánicos y astronómicos. El franciscano
recorrió Valparaíso, donde instaló un observatorio astronómico; Santiago y sus
campos, Coquimbo y sus alrededores y por fin partió al Callao, término de su
viaje.
El
producto de sus estudios fue la publicación de dos importantísimos libros sobre
Chile que aún subsisten como autorizadas consultas en los anaqueles de los
sabios. Uno de ellos se titula: Journal des Observations Physiques,
Matemathiques et Botaniques, en tres tomos, y el segundo: Histoire
des Plantes Médicinales que sont les plus en Usage Aux Royaumes du Pérou et
du Chili. La sola enunciación de los títulos de estas
obras dan suficiente idea de su importancia y de los talentos del sabio
franciscano.
Pero no
fue el Padre Feuillée el único hombre de ciencia que nos envió la Francia en
ese período de trece años en que dominó sin contrapeso los mares del Pacífico
americano.
En uno de
los últimos barcos que salieron de Saint Maló con dirección al Cabo de Hornos,
a principios de 1712, se embarcó el “ingeniero ordinario” del Rey de Francia,
Capitán Amadeo
Francisco
Frezier, con órdenes secretas de su Soberano para explorar las costas de Chile
y del Perú, bajo el aspecto de su defensa militar. El 18 de Junio de ese mismo
año recalaba en la bahía de Penco el San José, Capitán
Bcauchéne-Batas, que traía a su bordo al enviado secreto de Luis XIV.
“Disfrazado
— contra la suspicacia de las autoridades de la Colonia— con el traje de
un simple mercader de pacotilla”, ocupóse el activo enviado del Monarca francés
en levantar el plano hidrográfico de aquel puerto y de su costa, en delinear
los contornos de sus fortificaciones, y por último, en darse cuenta del estado
social, político y comercial de la colonia chilena. En seguida continuó su
viaje a Valparaíso; “sin abandonar su humilde apostura”, trazó los planos de
las fortificaciones y de la bahía, y de ahí se trasladó a Santiago por el largo
camino de Melipilla y Talagante.
Durante
su corta estada en la Capital del Reino recogió interesantísimas observaciones
no sólo sobre todos aquellos tópicos relacionados con su secreta comisión, sino
también sobre las costumbres, usos y modalidades de la vida colonial de la
época, al extremo de que su obra “Relation du Voyage de la mer du sud
au cótes du Chili et du Pérou”, en dos volúmenes, es de las más
interesantes y amenas que se conocen, como que fue traducida en el espacio de
dos años (1715-1717) al inglés, al alemán y al español.
Aparte de
las numerosas ilustraciones que adornan la obra — debidas al propio lápiz del
autor— , referentes a la fauna, flora, costumbres, hidrografía y
fortificaciones del territorio de Chile, y que forman una documentación
científica sólo comparable con la del Padre Feuillée, el ingeniero Frezier dotó
a la Capital del Reino de un documento de valor inapreciable para la historia
de la ciudad; este documento es el plano de Santiago en 1712.
Hasta esa
fecha sólo se había hecho un plano de la ciudad, debido al Padre Alonso Ovalle,
acreditado historiador jesuita; pero ese plano, levantado en 1647, es sólo
aproximado y tiene mucho de ideal, por cuanto el padre Ovalle no era matemático
y ni siquiera tomó las más elementales mediciones para construirlo. Puede
afirmarse, entonces, que el plano de Frezier fue el primero de carácter
científico que se levantó de la ciudad de Santiago, desde su fundación. Una de
las particularidades más notables de este plano, es la de que están dibujadas
en él las diferentes redes de acequias que servían de “alcantarillado”. Estas
acequias fueron, seguramente, las que marcó el Alarife Pedro de Gamboa al
trazar la planta de la ciudad en 1541.
No puede
dejar de citarse también, entre las particularidades del libro de Frezier, la
honorífica colocación que dio en él a nuestra popular frutilla, producto
genuino y espontáneo de nuestros feraces campos. El sabio francés llevó a
Europa varias “matas” del jugoso postre chileno y las entregó al Conservador
del Jardín Real de París, M. Jussieu, quien las cultivó cariñosamente y las
hizo fructificar. ¡Quizá, alguna vez, nuestra modesta “frutilla”, trasplantada
a los campos de Francia, tuvo la honra de endulzar el refinado paladar del Rey
Sol!
Terminada
su misión en Chile con la visita que hizo, de pasada, a los minerales de
Tiltil, y a los puertos de Coquimbo y Caldera, el sabio Frezier continuó su
viaje al Perú, de cuyos puertos y fortalezas levantó planos bastante
detallados, si se considera lo secreto de la misión que llevaba; regresó del
Callao a bordo de la fragata Mariana y recaló por última vez
en Penco el 27 de Noviembre de 1713, para continuar su viaje
de regreso a Francia. El Mariana echó sus anclas en Marsella
el 16 de Agosto de 1714.
Bajo los
auspicios del Rey de Francia, el ingeniero Frezier publicó dos años más tarde
los importantes libros que he mencionado; después de haber desempeñado altos
cargos entre los cuales se puede citar el de Director de Fortificaciones
Marítimas, el eminente sabio francés falleció en Best en 1773.
Debe
citarse, también, a otro personaje que vino a Chile en las postrimerías del
dominio francés en el mar Pacífico. Fue este un viajero llamado Francisco María
La Barbinais Le Gentil, que se embarcó en Saint Maló a bordo de uno de los
últimos buques mercantes que salieron de allí hacia el Cabo de Hornos. Parece
que La Barbinais no traía otro propósito que el de viajar, como un simple
turista; a lo menos esa es la impresión que deja la lectura de su libro
titulado Nouveau Voyage Autour du Monde; la obra está escrita
en forma de cartas dirigidas por el autor al primer Ministro francés Conde de
Morville; la primera carta está “fecha” en Concepción, a 19 de Marzo de 1715,
la segunda desde Coquimbo el 4 de Junio, y todas las restantes desde Roma.
Barbinais
Le Gentil está considerado como el primer francés que dio la vuelta al mundo.
Es
indudable que los resultados de la invasión del espíritu francés en nuestro
país durante los doce o trece años que duró la guerra de sucesión, fueron
altamente beneficiosos para el progreso de nuestra modalidad; los marinos y
comerciantes de Saint Maló, al traemos los productos de la industria francesa
en sus más variadas manifestaciones, introdujeron en Chile nuevos hábitos de
vida que la hicieron más amable, que la transformaron, de monótona en amena, de
basta en elegante, de fatigosa en activa y trabajadora.
Cierto es
que dio alas al lujo de las mujeres, que fomentó su coquetería, que inquietó a
los hombres, y que perturbó a las autoridades civiles con los nuevos y
desconocidos problemas financieros que se presentaron, y quitó el sueño a más
de un Obispo a causa del trastorno que producían en las patriarcales costumbres
las fiestas, los bailes y los “vestidos de cola”... pero no es menos cierto que
el trabajo se intensificó en campos y ciudades para dar abasto a las
“exigencias sociales” que comenzaron a aparecer en la Capital del pobre y
miserable Reino de Chile, que hasta entonces había sido una mera factoría de la
orgullosa Lima.
Los
ricachones del Mapocho pudieron comprar de primera mano y mucho más barato, las
ropas elegantes de sus mujeres y de sus hijas, los muebles, las joyas, y cuanta
chuchería apetece la mujer amada y amante para alegrar su vida y la de sus
padres, sus maridos y sus novios.
La
llegada a Santiago de un nuevo Presidente que venía impregnado del espíritu de
innovación a que aspiraba la Capital, vino a trastornar por completo la antigua
vida de reclusión y de monotonía que aún luchaba por subsistir en algunos
hogares apegados a las viejas modalidades. Este mandatario fue don Gabriel Cano
de Aponte, Caballero de la Real y Distinguida
Orden de
Alcántara, Comendador de Mallorca y Teniente General de los reales Ejércitos,
que se hizo cargo de la Gobernación de Chile y de la Presidencia de su Real
Audiencia en Diciembre de 1717.
El
general Cano de Aponte había sido uno de los más brillantes capitanes de la
guerra de sucesión y había peleado en Francia bajo las banderas del mariscal
francés Vendôme, en compañía de los más nobles y linajudos soldados de Luis
XIV. Recién casado con una mujer hermosa, doña María Fancisca Vélez de Medrano
Navarra y Puelles, estableció en Santiago una pequeña corte, “verdaderamente
francesa”, comparable, en brillo, solamente con la que trajo don García Hurtado
de Mendoza en 1557.
“Cano
visitaba las casas de los particulares, asistía a las tertulias, tomaba parte
en los bailes; los jóvenes nobles y galanes que miraban su tipo en el
Presidente procuraban imitarlo en su lujo, en su apostura y en su lucimiento.
La Capital de Chile era una Babel por la movilidad, el bullicio y la algazara
de las gentes que venían desde lejos a ver las fiestas de toros, cañas, lanzas
y alcancías que se verificaban continuamente en la Plaza, ante gentío inmenso y
los vencedores de estos juegos, en los que tomaba parte principal el
Presidente, recibían allí mismo de sus amigos y parientes los premios que
consistían en ramilletes de flores, guirnaldas, espadas doradas y otros mil
objetos”.
Cano
quiso introducir en Santiago la costumbre de que los vencedores de estos
torneos fueran a poner a los pies de su dama el trofeo ganado en la justa, y en
una fiesta del Apóstol Santiago fue a ofrecer unas guirnaldas que había ganado
en el juego de cañas, a una hermosísima niña, de quien era un respetuoso
admirador. “Pero esto despertó susceptibilidades, que pudieron serle adversas
más tarde — dice un historiador de la época—, a no haberlas adormecido con mil
satisfacciones y de la renuncia formal que hizo el Presidente de no volver a
repetir ese ostentoso placer."
Las
mujeres se procuraban trajes opulentos — dice por su parte Eyzaguirre— . Se
introdujo entre las señoras de gran tono el uso de los vestidos de cola; el
corte de éstos era dispuesto de tal modo que el vestido se suspendía, dejando
descubiertos los pies. La cola, tan exquisita como el vestido, era llevada por
pajes magníficamente aderezados que seguían los pasos de su ama.
Todas
estas novedades produjeron revuelos clamorosos y persistentes en las
autoridades eclesiásticas, las que se empeñaron, por todos los medios
imaginables, hasta con censuras, en desterrarlas; pero los obispos y clero nada
pudieron obtener del devoto rebaño femenino, el cual prefirió continuar
empecinado y alegre, bajo el imperio de la moda, que es la suprema
razón de sus amables caprichos.
Tal fue
el resultado de la invasión de cultura francesa que'
experimentó
el Reino de Chile al empezar el siglo XVIII.
§ 12. El
motín de la Plaza de Yumbel
El 14 de
Diciembre de 1700 arribó a Valparaíso en un galeón procedente de Lima, y cuatro
días más tarde entró en Santiago, por el camino de Casablanca, el muy ilustre
señor Don Francisco Ibáñez de Peralta, Caballero del Orden de San Juan y
Sargento General de Batalla de los Reales Ejércitos, nombrado por su Majestad
Don Carlos II, el Imbécil, para el alto cargo de Gobernador del Reino de Chile
y Presidente de su Real Audiencia.
El nuevo
mandatario venía acompañado de “copiosa’’ parentela y de un séquito de
acreedores no menos numeroso; aquella había salido con él, desde España, a la
expectativa de mejorar en las Indias su poco envidiable situación económica a
la sombra del pariente, y el segundo le venía persiguiendo desde Cartagena y
Panamá con el objeto de asegurarse el pago de muchos dineros que el Gobernador
Ibáñez de Peralta había pedido en préstamo para poder continuar su viaje hasta
el reino de su gobernación. Puede decirse que jamás había llegado a este país
un Gobernador más ‘‘inope” ni mejor dispuesto para estrujar las ubres de una
vaca flaca, como era el “erario e fisco”, del Reino de Chile.
“Un
mendigo posee siquiera sus harapos, sin deber nada a nadie — dice Amunátegui— ;
pero la condición en que llegó a Chile ese encumbrado personaje era todavía más
triste”, porque su situación monetaria habíase reagravado lastimosamente
durante su largo y accidentado viaje, que duró cerca de dos años por carencia
de elementos de transportes entre Panamá y Valparaíso.
En el
primero de estos puertos el Gobernador Ibáñez de Peralta y su familia
estuvieron detenidos nueve meses y en el Callao medio año. Sin recursos para
subvenir a sus necesidades con el rango a que estaban obligados, el Gobernador
tuvo que tomar dinero en préstamo al ciento diez por ciento; de modo que al
llegar a Santiago traía un pasivo de ciento veinticinco mil pesos confesado por
él mismo.
En la
comitiva del Presidente venían dos de sus sobrinas, casadas, una con don Mateo
Ibáñez de Segovia y Orellana, Marqués de Corpa, y la otra con un hermano de
éste; ambos maridos no habían cruzado el charco para cambiar de aires, y así
como quedaron instalados en la Capital de Chile, en la casa que el Gobernador
arrendó, para su residencia, a la viuda del contador don Martín de Upaz en la
calle que hoy se denomina del Puente, empezaron a tirar sus líneas para ver la
manera más rápida de resarcirse de sus gastos de viaje, en primer término, para
subvenir, en seguida, a sus necesidades presentes con el decoro debido a su
rango, y para ponerse a cubierto, por último, de las contingencias del futuro.
Y no
había tiempo que perder, porque los acreedores que perseguían al Presidente
desde Cartagena, Panamá y Lima reclamaban perentoriamente el pago de sus
créditos, y algunos, como Martín de Carmona, “mercader y prestador’’ del Callao
— cuya clientela estaba formada por los oidores de las Audiencias de las Indias
y por los más altos funcionarios “de la Corte”— exigían sus créditos con
insistencia no encubierta de amenazas.
La
urgente necesidad de proporcionarse dinero indujo a Ibáñez a recurrir a
expedientes de toda especie, con mengua de la dignidad de su cargo; en primer
lugar, recurrió al préstamo de los vecinos más pudientes de Santiago,
“cuoteándolos” descaradamente para reunir la suma de cincuenta mil pesos, con
la cual esperaba descargar un poco su pasivo. Al Marqués de la Pica don Antonio
Andía e Irarrázabal le pidió veinte mil pesos de golpe, y como el Marqués no
pudiera integrarle toda la cantidad en el corto plazo que el Gobernador pedía,
don Antonio firmó un pagaré al “prestador” Carmona por siete mil patacones que,
a su vencimiento, tuvo que pagar peso sobre peso porque el Gobernador “se
desentendió”.
El
generoso vecino don Pedro de Prado y Lorca, que a la llegada del Gobernador
Ibáñez desempeñaba el cargo de Alcalde de Santiago, proporcionóle gratuitamente
una chacra, situada en el camino del Salto “para que Su señoría tenga en ella
las aves y los corderos para su mesa y las hortalizas y legumbres para la
misma, la yerba para sus caballos y las muías para su coche”, pero el
Gobernador no sólo usó de la chacra para esos menesteres, sino que implantó en
ella toda una explotación agrícola con siembras de trigo y maíz, crianza “en
grande” de ganado mayor y menor, y una fábrica de velas de sebo de cordobanes
“de cabros”.
A los
seis meses de haberse recibido del mando, el Presidente “tenía en su propia
casa una carnicería” para sacar mayor precio a una partida de ovejas que había
comprado el Marqués de Corpa, su sobrino; allí mismo expendía “cierta ropa
hecha que hacía coser en los conventos”, que también enviaba a los diversos
partidos del Reino, valiéndose de los agentes subalternos de la Administración
“y aún de los mismos Corregidores”, y cuyo producto de venta le era retornado
en ganado mayor y menor que luego hacía beneficiar y vender en la “carnicería”
de Palacio-..
“El
palacio, dice un cronista de la época, se convirtió en una oficina de agencias
y negocios, en el cual además de la habitación del Presidente y su familia,
había un vasto almacén de mercaduría”.
Quien de
tan diversas maneras buscaba el lucro de su alto empleo “sin reparar en la
dignidad dél”, no podía desechar una fuente de entradas que era ya de uso
corriente en la corrompida administración de Don Carlos II el Hechizado, o el
Imbécil, como se le llamó, en definitiva a este desgraciado soberano de la
España de Carlos V. No tardó mucho tiempo en que todo el que pretendía un
empleo de justicia, de administración, u honorífico, lo solicitara ofreciendo,
antes, una suma de dinero “que hacía pujar” el principal agente del Gobernador,
que era su sobrino el Marqués, y para los cuales habíase fijado una tarifa
mínima, según fuera la importancia del empleo. Un Corregimiento como el de
Maulé, por ejemplo, que abarcaba una región vasta y rica, valía tres mil pesos;
el Corregimiento de Aconcagua, que era más pequeño, valía solamente mil... Y
así sucesivamente.
A la
sombra del Presidente, o por su mandado, comerciaban sus secretarios, sus
familiares, sus sirvientes, sus empleados menudos y, en general, todos los que
le rodeaban. El Marqués de Corpa remató la Hacienda de Chocalán en catorce mil
novecientos pesos, “sin exhibir un solo real’’, y desde el primer día¡ en que
entró en posesión de la enorme hacienda — en aquella época no sólo comprendía
los terrenos con que en la actualidad se la conoce, sino también las haciendas
de la Vega, la del Carmen y la de Acúleo— comenzó a extraer de ella
ganados vacunos, cabríos, porcinos y caballares “en tan copiosas y crecidas
partidas, que pasaban de doce a catorce mil cabezas”
La
Hacienda de Chocalán pertenecía entonces a la testamentaría del opulento
capitán don Martín de Santander y con motivo de haber sido rematada “y no
pagada” por el Marqués de Corpa, los herederos, “que eran los primeros
caballeros de este reyno, quedaron en estado miserabilísimo expuestos a
perecer” porque no podían cobrar ni los réditos ni menos el capital. Todo
Santiago decía que el verdadero dueño de la Hacienda de Chocalán era el
Gobernador, y se confirmó esta suposición con el hecho de que el Presidente
mandara construir allí un molino y una curtiembre, cuyas instalaciones y
operarios los mandó él mismo desde Santiago.
Con lo
dicho creo haber logrado dar una impresión definida sobre la personalidad de
don Francisco Ibáñez de Peralta, Caballero de San Juan, Sargento General de
Batalla de los Reales Ejércitos y Gobernador de Chile, al empezar el siglo
XVIII. Este bosquejo de retrato moral era imprescindible para que el abnegado
lector pueda explicarse satisfactoriamente cómo pudo incubarse, nacer y tomar
cuerpo en la Plaza y Fuerte de San Carlos de Austria de Yumbel, el motín que
puso en peligro la vida del Gobernador de Chile y al Reino al borde de una
catastrófica guerra civil de trascendencia enorme, pues en aquella misma época
la guerra de sucesión, en Apaña, había dado ocasión para que Inglaterra
intentara arrebatar a la Península sus colonias de América, y a éstas para
pensar, por primera vez, en conquistar su independencia.
Adquieren
estos hechos mayor trascendencia para nuestro país, por haber sido Chile el
Reino elegido para iniciar la rebelión en esta parte meridional de la América y
ser uno de los vecinos de Santiago, el ya nombrado Marqués de Corpa, don Mateo
Ibáñez de Segovia y Orellana, el personaje sindicado en la Corte española como
caudillo de la insurrección, en connivencia con Inglaterra “e ciertos frailes”
que debían llegar “disfrazados’’ a las costas del Pacífico para soliviantar a
los “regnícolas’ y para inducir a los caciques de Arauco a entrar en pacto con
el Imperio Británico...
No
contaré por ahora las actividades del Marqués de Corpa, ni el resultado que
tuvieron los proyectos de separatismo o de independencia; ellos merecen
capítulo aparte; el motín de la Plaza de Yumbel que me propongo relatar, no
obedeció a ninguna de aquellas tentativas y sólo tuvo por origen la situación
angustiosa y desesperante en que se encontraba el Ejército — impago de sus
sueldos durante siete años— y la codicia insaciable del Gobernador Ibáñez
de Peralta, cuando recibió el dinero y la ropa del primer situado que llegaba
del Perú, después de tanto tiempo y que venían a remediar en pequeña parte la
miseria y la “hambruna” del ejército de Arauco.
Será
conveniente que el lector tenga una idea del estado en que se encontraban las
guarniciones de los diferentes fuertes y plazas de la frontera, a la fecha en
que llegó a Chile el Gobernador Ibáñez de Peralta. “Están los soldados — decía
el Veedor General del Ejército, don Juan Fermín Monteros de Espinosa, en una de
sus representaciones al Virrey del Perú— no sólo desnudos sino que
debiendo todo lo que por caridad les han “suplido” para su vestuario y
alimento, las personas y comerciantes de estas plazas, los cuales tampoco
pueden proseguir su comercio porque todo lo tienen fiado; y de esta retardación
de pago se sigue que ni los oficiales de la Real Hacienda, ni el Veedor del
Ejército, ni aún el Gobernador consiguen ya que se les fíe para racionar de pan
y carne a los oficiales y soldados. A esta consecuencia han tenido que valerse
de la violencia para quitar a los cosecheros y comerciantes el tercio de trigo,
harinas y ganados que se les ha encontrado en sus haciendas y bodegas, porque
lo primero es dar de comer a los que defienden la línea de los indios. Y lo que
nunca ha sucedido se experimenta hoy, pues los capitanes, oficiales, sargentos
y cabos se huyen del
Ejército
por hallarse en la misma miseria y desnudez que los soldados y se desparraman
por las haciendas a buscar alguna cosa con que cubrir su desnudez, sin que se
les pueda perseguir ni castigar porque no hay nadie que obedezca por estar
relajada la disciplina”.
El mismo
Gobernador Ibáñez reforzó ante el Virrey las razones y reclamos del Veedor y
pudo conseguir, a mediados de 1702, que el Mandatario limeño anunciara el envío
de un situado a cuenta de los siete que se debían. La noticia cayó como una
bendición del cielo en el mísero Ejército de la Frontera y todo el mundo se
preparó para recibir la parte que le correspondiera, aunque fuera mínima.
Conviene saber que el “situado real” con que la Corona pagaba los servicios del
Ejército de la Frontera, ascendía a la cantidad de doscientos noventa mil pesos
al año, suma que desaparecía, casi totalmente, en manos de los comerciantes que
proporcionaban ropa y vestuario a los soldados, y en la de los intermediarios,
llámense ellos veedores, oficiales de hacienda, maestres de campo y capitanes,
que todos éstos intervenían en las “pagas”, con desmedro de las “soldadas” de
la tropa.
Muchas
veces se había hecho este mismo cargo a los gobernadores, y la verdad era que
varios de ellos no tuvieron reparo para medrar: Meneses, por ejemplo, que
instaló en la esquina oriente del Portal de Sierra Bella, un gran almacén de
“vitualla y ropa”, toda ella perteneciente a los fardos que mandaba el Virrey
del Perú para el socorro de los soldados y oficiales del Ejército; había
llegado a tal extremo el impudor de Meneses, que la ropa se vendía con la
“marca real” que traía de Lima.
Un obispo
de Concepción, don Diego Montero del Águila, dijo en una de sus cartas al Rey,
refiriéndose a los abusos que los gobernadores y demás autoridades cometían en
la repartición del situado: “Para medrar mejor, el Gobernador se queda en
Santiago y los oidores le contemporizan por merecer que suelte siquiera un alón
del ave que trincha; el Corregidor busca para el Gobernador; el teniente para
el Corregidor; los vecinos para el teniente y el real servicio se reduce a
disponer papeles que dicen lo que no ha sido”.
Cuando se
recibió en Santiago la noticia de haber llegado a Penco el situado, que en
cumplimiento de órdenes terminantes del Soberano enviaba a Chile el Virrey
Conde de la Monclova, el Gobernador Ibáñez de Peralta, se dispuso a salir sin
tardanza para Concepción, a fin de presidir el reparto de la ropa, vitualla y
dinero; de acuerdo con las ordenanzas vigentes, llevó consigo al Oidor don
Álvaro Bernardo de Quiroz, quien, en calidad de auditor general de guerra,
debía presidir también aquella operación de suyo delicada y mucho más en
aquellas circunstancias en que la miseria del Ejército había llegado al
extremo.
Era la
primera vez, durante los dos años que llevaba de gobierno, que Ibáñez de
Peralta hacía este viaje a la frontera; de modo que tanto los jefes del
Ejército, como los encomenderos y vecinos, se preparaban para presentar al
Primer Mandatario los innumerables reclamos y peticiones de carácter judicial y
administrativo sobre los cuales esperaban resolución .
No podía,
el codicioso mandatario, desperdiciar esta ocasión para dar expansión a sus
instintos, y bien pronto se convencieron los vecinos de que la consecución de
sus peticiones dependía de la generosidad con que las hicieran presentes...
“Estas operaciones, que comprobaban la fama de codicia insaciable del
Gobernador, produjeron no pocos descontentos, y prepararon los ánimos para una
conmoción que estuvo a punto de crear una verdadera guerra civil”.
Instalóse
por fin, el tribunal de reparto del situado, ante la expectación ansiosa de
toda esa multitud de “rotosos famélicos” que esperaba recibir, después de siete
años de miseria, un corto alivio en sus necesidades. El Tribunal era compuesto
por el Gobernador, el Oidor Quiroz y el Veedor General del Ejército, Monteros
de Espinosa. Desde el primer momento, el Gobernador puso en evidencia sus
desordenados apetitos, en los cuales era apoyado sin reservas ni objeción por
el Oidor; al paso que el Gobernador se asignaba el pago íntegro de sus sueldos
insolutos y que apartaba otras cantidades apreciables para gastos que no podían
considerarse como indispensables, concedió a los soldados y a la mayoría de los
oficiales exiguas cantidades “a cuenta” de los sueldos de siete años que se les
debían.
Al
terminar la primera reunión del Tribunal un grupo de oficiales se dirigió al
alojamiento del Veedor General del Ejército; iban dispuestos a interpelarlo y a
saber qué actitud asumiría este jefe ante una presentación “respetuosa” que
pensaban hacer al Gobernador, pidiéndole “mayor justicia y caridad” en la
distribución del situado.
El
Capitán de infantería, Antonio Ortiz de Ceballos, tomó la palabra en nombre de
todos:
— Los
agravios que el Gobernador ha hecho y está haciendo a todo el Ejército de Su
Majestad deben cesar — dijo con firmeza el Capitán— , y es preciso que Vuestra
Merced así se lo haga presente; y haga esto por amor de Dios, porque el Reino
se pierde irremisiblemente... ¿Verdad, señores...? — terminó, dirigiéndose a
sus compañeros, que llenaban la sala.
Un clamor
de unánime asentimiento se dejó oír, y varios oficiales “alzaron voz de
amenaza’’.
— Vuestra
Señoría y Merced es la única que puede defendernos y salvar el Reino — gritó el
sargento distinguido Manuel del Pozo, dominando, con su vozarrón, aquel
desconcierto.
Alzó la
mano el Veedor Monteros de Espinosa para imponer silencio;, todos callaron,
deseosos de saber la opinión de su jefe.
— Tanta
razón hallo en vuestro reclamo, que ya me adelanté a hacer presente a Su
Señoría, hace un rato, la injusticia que se hace en este reparto . ..
— ¡Vítor
por Monteros de Espinosa...! ¡Vítor...! ¡Vítor...! — gritaron los protestantes,
echando al aire sus gorras y chambergos seguros ya de contar con el apoyo del
Veedor.
— ¡Y lo
mismo repetiré mañana! — continuó diciendo Monteros— y hasta lograr que
el Presidente os haga justicia ¡Estad seguros de ello! — afirmó, dando una
palmada sobre la mesa.
El
entusiasmo de los oficiales, ante la actitud decidida del Veedor, llegó, por un
momento, al delirio, sobre todo cuando el Teniente Juan Contreras,
perteneciente a la guarnición del fuerte de Yumbel, encaramándose sobre un
taburete, desenvainó su espada y gritó:
—
Señores, que nuestras espadas y nuestros cuerpos sirvan de escudo al defensor
de nuestros derechos, y ¡viva el Rey!...
— ¡Y
abajo el mal gobierno!... — gritaron todos en un bullicio indescriptible,
evacuando la sala y desparramándose, amenazantes, por el primer patio de la
casa del Veedor, en actitud de ganar el zaguán para salir a la calle,
desordenadamente.
El
momento era asaz peligroso y, por fortuna, en medio de aquella excitación
contagiosa, hubo alguien que conservó sus facultades en serenidad; el Capitán
Ortiz de Ceballos corrió hacia el portón de la calle, cerró la “puerta chica”
que era la única que estaba abierta, y plantándose frente a ella, mandó,
tirando de su espada:
— ¡Atrás!
¡Ninguno sea osado de salir a la calle, que por Nuestra Señora, lo pagará con
la vida!...
Ortiz
había sido el portavoz de la oficialidad que en esos momentos se encontraba
ante el Veedor, y logró conservar su ascendiente sobre ella.
Momentos
más tarde, cada oficial salía tranquilamente hacia su cuartel, llevando, eso
sí, la seguridad de que en la reunión que celebraría el Tribunal de Reparto, al
día siguiente, se levantaría una voz lo bastante enérgica para defender los
intereses del Ejército de la rapacidad del Gobernador.
— Con la
venia de Su Señoría — dijo el Veedor Monteros poniéndose de pie, cuando el
Gobernador Ibáñez de Peralta hizo leer, por el escribano, la lista de reparto
que había hecho la noche anterior en complicidad con el Oidor Quiroz— me
permito impugnar las asignaciones a los oficiales y tropa que aquí se han
fijado, porque las considero injustas y no conformes a derecho ...
— Tenga
en cuenta el Veedor que se encuentra delante del Gobernador del Reyno y del
Auditor de la Guerra, que son sus superiores, a quienes no le es lícito
censurar — interpuso el Presidente en tono firme y seco— ; si el Veedor tiene
algo que observar a lo* hecho, insinúelo con respeto, que el Tribunal proveerá.
— Con
respeto digo que impugno la partida de sueldos que a sí mismo se fija Vuestra
Señoría....
— ¡Señor
Monteros!... interrumpió el Gobernador, incorporándose violentamente.
— ... Y
las asignaciones, honorarios y “derechos” que habrán de pagarse “de contado” al
señor Auditor.,.
— ¡Tenga
la lengua!... — rugió el Oidor Quiroz, dando un golpe sobre la mesa.
— ..
.Impugno y protesto de que se paguen íntegramente los sueldos que se deben en
siete años al Maestre de Campo General y a los oficiales de hacienda — continuó
diciendo, impertérrito, el Veedor, sin hacer caso de las continuas
interrupciones del Presidente y del Licenciado— . Protesto una, dos y tres
veces de que esos pagos se llevarán la tercera parte del situado, y que,
debiendo pagarse la otra tercera a los acreedores, apenas quedará un “resto”
para repartir entre oficiales y tropa... ¡Protesto, y protesto!
— ¡Queda
arrestado el Veedor — mandó el Presidente— y no salga de su casa, hasta
que yo disponga el castigo que merece el desacato contra el representante del
Rey, y de su justicia!
Y,
requeriendo su bastón emborlado, calóse el sombrero y salió enhiesto, seguido
del Oidor y de sus familiares.
La
noticia del violento incidente y del arresto que se le había impuesto al Veedor
Monteros de Espinosa se difundió como un relámpago, y en pocos minutos
acudieron a las casas del Cabildo, en donde funcionaba el Tribunal, medio
centenar de oficiales, sargentos y soldados, que deseaban conocer más detalles
sobre lo acontecido; entre tanto, Monteros había salido también de la Sala y
dirigídose directamente a su posada para cumplir el castigo que se le había
impuesto.
Al verle
'llegar, demudado y violento, su mujer doña Clorinda Macías, que le amaba
entrañablemente, echóse en sus brazos y le interrogó, inquieta.
— En
arresto estoy, señora, de orden del Gobernador; pero no os alarméis, que la
justicia está de mi parte y no temo consecuencias.
— Huid,
señor — suplicó la dama, colgándose al cuello del probo funcionario— , que todo
es de temer de un arrebato del Gobernador.
— No creo
que sea del caso, todavía, ponerme en salvo de tal rapacete; lo. único que
ahora pretende ha de ser alejarme del Tribunal para que no pueda estorbar sus
bellaquerías. Estad tranquila, señora, y dejadme un momento, os lo suplico.
Disimuló
su inquietud doña Clorinda Macías para que su marido se tranquilizase; pero una
vez que lo vio en calma y en sostenida conversación con algunos amigos que
llegaron luego a hacerle compañía al preso, echóse sobre la cabeza un “rebozo”,
y seguida de una fámula fuése directamente a Palacio...
Sin hacer
caso de la voz del centinela que guardaba la puerta, penetró resueltamente
hasta la “escribanía” del Presidente, alzó la pesada cortina que cubría la
puerta y se encontró frente a frente del Gobernador.
i
—
Señor... — imploró, juntando las manos— ; habéis castigado a mi marido con
arresto ...
— Lo ha
merecido, señora, por el desacato que ha hecho a mi autoridad...
— ¡Pero
vos sois bondadoso! ¡sed también, magnánimo!...
— Es
imposible, señora, y perdonad... Es absolutamente necesario, para la
disciplina, que el Veedor sufra el castigo a que se ha hecho acreedor. No
insistáis, ¡por Dios! — agregó impaciente, al ver que Doña Clorinda caía a sus
pies, hincando la rodilla, mientras que su hermosa testa se inclinaba sobre el
pecho...
Poco
tardó en llegar hasta los más apartados cuarteles de la guarnición la noticia
de que el Veedor Monteros de Espinosa había sido puesto en arresto por el
Gobernador a causa de que en la reunión del Tribunal de reparto, el Procurador
del Ejército había reprochado con valentía la distribución del situado
propuesta por Ibáñez y por el Oidor Quiroz en la parte que correspondía a la
oficialidad y tropa; y como las noticias de esta clase siempre llegan
abultadas, a los fuertes de Talcamávida y Colcura llegaron con el alarmante
aditamento de que el Presidente había ordenado enjuiciar al Veedor, en sumario
verbal y rapidísimo que ponía en peligro la vida del defensor del Ejército.
El
Teniente del tercio de Yumbel, don Juan de Contreras, a quien conocimos en la
reunión de los oficiales en casa del Veedor Monteros el día anterior a estos
acontecimientos, encontrábase ese día cerca de Buenuraqui a donde había salido
de mañana para cumplir un encargo de su jefe, el Sargento Mayor don Pedro de
Molina; la noticia del arresto del Veedor llegó hasta él con los caracteres de
prisión y enjuiciamiento, y naturalmente, supuso que también se encontraba con
grillos y esposas.. .
Hemos
visto que Contreras era vehemente y que en aquella reunión había desenvainado
su espada para pedir a sus compañeros “que defendieran con sus cuerpos” al Jefe
que llevaría el reclamo y la voz de la oficialidad y del Ejército; el oficial
creyó que era llegado el momento de proceder a la defensa y salvación del
hombre generoso que se encontraba en peligro.
El fuerte
de Buenuraqui se alzaba en la ribera norte del Bío-Bío a unas siete leguas de
la Plaza de Yumbel, asiento del tercio que defendía la entrada del valle
central; entre ir a Concepción, que distaba por lo menos veinte leguas de
Buenuraqui o regresar a Yumbel donde estaba el grueso de la guarnición, cuyos
soldados y oficiales, participando del general descontento, se habían
manifestado dispuestos a mantener una protesta enérgica contra la mala
distribución del situado, optó por lo último; aquí podría consultarse con sus
compañeros sobre lo que habría que hacer para, salvar “las piltrafas del
situado que va a comerse el Gobernador”.
Sin
pérdida de tiempo partió hacia Yumbel pasadas ya las oraciones del día 22 de
Diciembre y andando toda la noche con las debidas precauciones, entró a la
Plaza de San Carlos de Austria de Yumbel como a las nueve de la mañana del día
23. Picó espuelas, requirió el cuerno que todo oficial llevaba colgado a la
bandolera y alarmó a la guarnición con largos y agitados toques, mientras
recorría la Plaza con la espada en alto, gritando a intervalos, con voz
potente:
— ¡Viva
el Rey!... ¡Abajo el mal gobierno!...
No hacía
falta tanto bullicio para que la gente yumbelina, siempre lista para entrar en
batalla, se arremolinara en torno del recién llegado — que era un oficial bien
quisto y de firme ascendiente sobre la tropa— y le acosara a preguntas
sobre los acontecimientos de Concepción que ya se rumoreaban en Yumbel.
Con
palabra caldeada y vehemente, Contreras “les dijo que el defensor del Ejército,
don Juan Fermín Monteros de Espinosa había sido preso del Gobernador y
encerrado con dos pares de grillos; que se le iba a cortar la cabeza por el
único delito de haber tomado la defensa de la tropa; que el deber de todos las
circunstantes era correr a salvarle, y que toda la población de Concepción
estaba dispuesta a apoyar el movimiento, incluso los dos clérigos que estaban
auxiliando al reo”...
La tropa
iba entusiasmándose a medida que el orador peroraba; de manera que cuando el
Teniente Contreras terminó, los soldados lanzaban ya vociferaciones frenéticas
“contra el Gobernador y sus secuaces”, que así tildaban al Oidor Quiroz, al
Maestre de Campo don Pedro de la Barra y a un Teniente, Mateo del Solar.
Aprovechándose
de la excitación, Contreras se fue al cuerpo de guardia y sacó la bandera del
Escuadrón, la que paseó por la Plaza a los gritos de ¡Viva el Rey y muera el
mal Gobierno! que, según parece, era el grito de rebelión; en este paseo lo
acompañaron todos, coreando los vivas y añadiendo las más variadas e
insultantes imprecaciones contra los “ladrones y bandidos”, epítetos con que
calificaban, sin reparo ya, al Gobernador y a sus allegados.
Dispuestos,
o mejor dicho, resueltos a acompañar al Teniente Contreras en la defensa y
salvación del Veedor preso, los soldados rompieron las puertas del almacén,
extrajeron las armas, mechas, pólvora y balas, y se las distribuyeron como para
una campaña en regla; a la una de la tarde montaron a caballo y partieron al
galope hacia Concepción; el tercio de Yumbel contaba unos ciento veinte
hombres.
Olvidaba
decir que mientras los amotinados se distribuían las armas y municiones, llegó
a la plaza el Comandante del Escuadrón, Sargento Mayor don Pedro de Molina y
que habiendo querido hacerse respetar de la tropa, sus repetidas y enérgicas
voces de mando fueron ahogadas “tumultuariamente” por los soliviantados; a los
pocos instantes el Jefe se vio obligado a retirarse, casi en fuga, hacia el
cercano fortín de San Cristóbal.
Momentos
antes de partir la tropa, el Teniente Contreras despachó mensajeros hacia
diversos fortines del lado sur del Bío-Bío y muy especialmente al fuerte de
Arauco, que era la guarnición más importante de aquella zona, así como el de
Yumbel era el asiento de la jefatura de las fuerzas que resguardaban el valle
central, el de Arauco era el resguardo jefe de la región de la costa y del
“camino real” que comunicaba a Concepción con la Imperial y Valdivia. Los
mensajes de Contreras invitaban a las tropas del Sur a reunirse en Concepción
para “campear por sus derechos en unión de las tropas del norte” y para salvar
la vida del Veedor General don Fermín Monteros de Espinosa “que estaba
condenado a muerte por el Gobernador, a causa de haberse constituido en defensor
de los derechos del Ejército”.
Entre
tanto, los yumbelinos — ya lo sabemos— galopaban "rienda suelta y
mano holgada” hacia Penco, haciendo etapas para dar descanso a sus cabalgaduras
en cada descanso, el Teniente Contreras peroraba a la tropa a fin de mantener
en ella el entusiasmo y la resolución, condición esencial para el éxito, pues
sabía muy bien, el Caudillo, que iba a luchar no tanto con el Gobernador y con
sus amigos y paniaguados, sino contra el arraigado hábito de obediencia pasiva
y de respeto venerando que todos los súbditos españoles tenían por la autoridad
real y por sus representantes.
Aseguraba
Contreras que las tropas de Concepción se unirían inmediatamente a los
yumbelinos para ir contra el Gobernador, y que lo mismo harían las de Arauco,
tan pronto como recibieran el aviso, que ya les había enviado, de estar en
marcha hacia Penco el tercio de San Carlos de Austria.
La
noticia de la sublevación de Yumbel llegó a Concepción a media tarde del día
23, enviada por el fuerte de San Cristóbal, en donde, ya lo sabemos, se había
guarecido el Sargento Mayor don Pedro de Molina, desposeído jefe de los
amotinados. Se comprenderá que el Gobernador Ibáñez de Peralta recibió este
aviso con el consiguiente asombro, pues nunca se pudo imaginar que la protesta
del Ejército llegaría hasta una revolución armada; sin embargo, reflexionó con
calma y por primera medida hizo tocar generala llamando a las armas a las
milicias y a los vecinos, como si se tratara de un asalto de los indios, en un
par de horas tenía acuartelados no menos de trescientos hombres de todas edades
y condiciones, sin que ninguno supiera a ciencia cierta de lo que se trataba.
El fuerte
de Penco, cuyas ruinas se pueden admirar todavía en las playas de ese
balneario, recibió orden de tener listos y emplazados sus cañones de metralla
hacia los caminos del norte para dar fuego al primer aviso del Gobernador o del
Maestre de Campo don Pedro de la Barra; los capitanes, oficiales, sargentos y
la tropa de línea tomaron el mando de los milicianos y reclutas y antes de las
once de la noche el Gobernador se encontraba apercibido para la defensa. Don
Francisco Ibáñez recordó sus buenos tiempos de sargento general de batalla en
los ejércitos españoles de Francia e Italia y a fe que en esos momentos de
intranquilidad, de desconcierto y tal vez de pánico, supo demostrar sus
relevantes condiciones de militar, como iba a demostrar las de hábil político
algunas horas más tarde.
La
columna yumbelina, entre tanto, avanzaba a trote sostenido en demanda de la
ciudad, con la pretensión de asaltarla esa misma noche para asegurar el éxito,
pues a pesar de que la rapidez del movimiento revolucionario les daba alguna
esperanza de encontrarla poco prevenida, no los abandonaba el temor de algún
contratiempo serio.
A unas
dos leguas del paso del río Quilacoya se convencieron, sin embargo, de que la
ciudad y sus autoridades estaban perfectamente informadas de los
acontecimientos de Yumbel y de que el Gobernador se encontraba apercibido para
la defensa.
Vivía en
Concepción un hermano del Caudillo Contreras, llamado Leandro; supo que Juan se
había lanzado en esa peligrosa aventura y convencido de que iba a un desastre
con las acertadas medidas que había adoptado el Gobernador, quiso hacerle
desistir de su intento y le envió, al camino, un mensajero para prevenirlo, por
medio de una carta, en la cual decíale “que mirara bien lo que intentaba,
porque en la ciudad le tenían la mortaja hecha”.
Juan
Contreras leyó el pliego en alta voz, para que los soldados se impusieran de su
contenido, y contestó al mensajero:
— Decid a
mi buen hermano que le agradezco el piadoso aviso; pero que esa mortaja no
habrá de servir para mí, sino para el Gobernador y sus tres consejeros que son
el Oidor Quiroz, el Capitán Baltazar Jerez y el Teniente Mateo Solar.
Y allí
mismo “volvió a jurar que junto con dar la libertad al Veedor Monteros de
Espinosa, colgaría al Gobernador y a sus secuaces” si hubiera necesidad de
hacerlo. La tropa, entusiasmada con estas peroraciones, “aclamó” de nuevo a su
Caudillo y galopó decididamente tras él para salvar la última etapa de su
marcha sobre Concepción.
A las dos
de la mañana del día 24 de diciembre de 1702, es decir, después de una jornada
de doce horas, los yumbelinos llegaban a las alturas que dominaban la ciudad de
Penco, por el nor-oriente; los espías, exploradores y atalayas que el
Gobernador había extendido hacia los caminos de acceso a la ciudad, comunicaron
sin demora la presencia de las tropas sublevadas y la situación en que venían;
el Gobernador mandó disparar dos cañonazos que, retumbando por los ámbitos de
las montañas ribereñas, dieron la señal de alarma a la ciudad, y pusieron en
movimiento a la población.
A pesar
de la resolución con que los amotinados iban a la “toma” de Penco, el estampido
de estos cañonazos, que eran “la voz del Rey”, llevó a su ánimo una racha de
inquietud siniestra... Detuvieron instintivamente su “galopada’’ y muchos
estuvieron a punto de volver riendas.
El
Teniente Juan Contreras notó la perturbación y el súbito desconcierto de la
tropa; midió el peligro, y volviendo con rapidez su caballo dio cara al
escuadrón, colocándose al medio del camino empinado sobre los estribos:
— Los
cobardes e hijos de mala hembra que tengan miedo a los cañonazos disparados al
aire ¡que se vuelvan atrás y que se vayan al cuerno! — gritó a pulmón pleno y
en un esfuerzo que casi desgarró su garganta, reseca ya por la sudorosa y
polvorienta jornada—. Los que no sean mulatos, ni gente vil, ni puerca e
indecorosa, ¡que me sigan! — gritó de nuevo, revolviendo hacia adelante su
tordillo y espoleando enérgicamente sus ya ensangrentados ijares...
— ¡Arre,
hi de puerca!... — increpó el Sargento Francisco de Pastoriza, dando un
rebencazo en la cabeza al soldado Juan Riquelme que por cualquier motivo no
anduvo tan listo para seguir el tren de marcha. El golpe fue tan bien aplicado,
que Riquelme “se desplomó y la mitad del escuadrón pasó sobre su cuerpo”.
Pero la
moral de la tropa estaba quebrantada ya; todos seguían adelante, pero muchos de
mala gana o atemorizados por aquellos cañonazos denunciadores de una situación
que podía ser, o tornarse grave. Desde luego, las seguridades que el Caudillo
había dado de que la guarnición penquista se plegaría a los revolucionarios, se
mostraban desde ese momento muy dudosas, y aquel aviso que Leandro de Contreras
enviara al camino, adquiría una importancia enorme; por otra parte, las tropas
del tercio de Arauco, avisadas solamente en la mañana de ese día, no podían
encontrarse, aún, a las puertas de Penco.
A pesar
de su resolución, que se mostraba irreductible, Juan de Contreras no dejaba de
reconocer, en su interior, que el momento no era del todo propicio para dar
remate a su aventura, pues estaba ignorante de la situación que se había
producido en la ciudad; el aviso de su hermano, que él había tomado como un
exagerado interés por su vida, adoptaba ahora caracteres relevantes; confiaba
él en que la tropa de Concepción lo hubiese apoyado si lograse realizar la
sorpresa del asalto nocturno; pero los cañonazos le indicaban, con claridad,
que la sorpresa había fracasado.
Sin
manifestar a nadie las dudas que bullían en su mente, el Caudillo dio la voz de
alto al llegar a una explanada del “cerrillo de la Merced, frente a la ciudad”,
y ordenó “recorrer” el atalaje; reunió, entre tanto, a los tres oficiales y a
los cinco sargentos que le servían de ayudantes, y les comunicó su pensamiento
de enviar espías a la ciudad para saber “el pie en que estaba’’, e instalar
algunos “atalayas” cerca del paso del Bío-Bío, con el objeto de que dieran
aviso de la cercanía de las tropas de Arauco, que, en su opinión, deberían no
estar ya muy lejos. Con la opinión contraria del Teniente Juan Rondón, el
“consejo de guerra” defirió a la opinión del Caudillo, y mientras se dio
descanso a la tropa, se despacharon espías y atalayas hacia la ciudad y el paso
del río.
Mientras
esta tropa descansa y se “enfría” de su entusiasmo revolucionario, veamos lo
que ocurrió en el fuerte de Arauco, desde el momento en que se recibió allá el
mensaje enviado desde Yumbel por el Caudillo de la sublevación.
El
emisario de Yumbel, Sargento Antonio Marfull, llegó a aquella plaza a “entradas
del sol” y a sus voces de alarma fue inmediatamente rodeado por los soldados a
quienes relató a grandes rasgos, la prisión del Veedor Monteros y el peligro
que corría su vida por haber defendido con entereza, ante el Gobernador, los
derechos del Ejército; agregó, en seguida, que el tercio de Yumbel con el
Teniente Juan de Contreras a la cabeza, había marchado a galope tendido hacia
Concepción “para salvar al Veedor, matar al gobierno y quitarle el dinero que
se había robado”; debía llegar a esa ciudad con el alba del día siguiente, 24
de Diciembre, y “daría el asalto al pueblo para apoderarse del Gobernador y de
sus consejeros”; al mismo tiempo sacaría de prisiones a Monteros de Espinosa
“para que les sirviera de cabo y cabeza”, y distribuyera el situado en justicia
y equidad.
El
mensajero Marfull terminó pidiendo, en nombre de los yumbelinos, la cooperación
y el apoyo de la guarnición de Arauco para dar cima a esta empresa
trascendental, declarando que todo el ejército sería uno debajo de la mano de
Monteros de Espinosa”.
El
terreno estaba preparado, y las palabras del emisario entusiasmaron a esa tropa
hambrienta, con la expectativa de lograr una piltrafa más para aliviar sus
miserias, pero el caso era asaz grave y nadie se atrevía a ser el primero en
aclarar la petitoria que formulaban los de Yumbel, por boca del Sargento
Marfull. Había mucho grito de aprobación, mucho entusiasmo, mucha protesta,
pero la cosa no pasaba de “boquilla”; por su parte, el emisario no quería ser
el primero en saltar 'la valla en terreno desconocido, y por ende, peligroso, y
se limitaba a observar atentamente el momento oportuno para proponer el
verdadero objetivo de su misión.
Por fin
se oyó una voz, la del Sargento Juan de Moya, “el vizcaíno”, que imponiendo
silencio preguntó al emisario:
— ¿Y qué
os parece, señor Sargento, que deberemos hacer aquí?...
— Lo
primero — contestó Marfull— es saber si vuestra gente de Arauco aprueba
lo que ha hecho Yumbel...
—
¡Aprobamos..., aprobamos..., aprobamos!... — gritaron todos bulliciosamente.
— ... y
si os encontráis dispuestos a acompañamos a la defensa y salvación del Veedor
Monteros...
— ¡Con la
espada y con la vida!... — gritó, anticipándose, el sargento Moya— . ¿Verdad,
señores y caballeros?... — continuó, alzando la voz y el brazo por sobre las
cabezas agrupadas.
Y antes
de que la multitud respondiera a la compulsiva interrogación, el Sargento
Marfull gritó:
— ¡Viva
el Rey, y abajo el mal gobierno!
Un clamor
cerrado, de asentimiento, se alzó en la Plaza al oír el nombre del Rey, tan
habilidosamente unido a la protesta... Era la solución del grave problema que
martillaba la mente de esos rudos soldadotes habituados a una obediencia
fanática hacia el Soberano: ¿cómo deslindar su acatamiento a la autoridad real,
con la rebelión a sus representantes, sin incurrir en las tremendas sanciones
que se aplicaban a los “traidores?” Ahora el problema estaba resuelto: el Rey
era una cosa, y sus representantes, otra bien distinta...
La suerte
estaba echada y era difícil volver atrás; Marfull, Moya, otros cabos y
sargentos y varios soldados, arrastraron fácilmente a la multitud contagiada de
entusiasmo y de expectativas, y pocos momentos más tarde eran sacadas las armas
de los almacenes, las municiones de la santabárbara y el estandarte de su
sitial de honor; y todo el escuadrón, con sus caballos listos, formaba en la
Plaza en espera de una voz de mando para marchar hacia Penco a juntarse con el
tercio yumbelino.
Mientras
los soldados hacían, aceleradamente, estos preparativos, los cabecillas
deliberaban sobre quién llevaría el mando del escuadrón.
Sólo
tenemos aquí un teniente de capitán, dijo Moya, y paréceme que no nos conviene
su jefatura, por ser muy muchacho...
— Mandad
vos mismo a vuestra gente, señor Sargento — propuso el yumbelino Marfull— , que
según veo tenéis sobre. ella mucha autoridad, y os obedecerá.
— Pensáis
mal, señor mío — contestó Moya— ; un escuadrón mandado por un sargento será
siempre una tropa sublevada, sin otro prestigio que la fuerza; necesítase aquí,
de un oficial, y será mejor mientras más alto sea su grado; el tercio de Arauco
no se rebela tumultuariamente, sino que presenta sus quejas, en tranquilidad,
resuelto, eso sí, a exigir justicia.
Calló
Marfull ante el férreo razonamiento.
— ¿Y qué
hacer?. .. — dijo por fin.
— No veo
sino una solución — contestó el vizcaíno— ; que nos acaudille nuestro jefe, el
Sargento Mayor, don Pedro de Otárola...
Marfull
abrió tamaños ojos ante la audaz proposición del Sargento Moya.
—
¿Contaréis con él... ? — inquirió, insinuante.
— ¡El
mismo lo decidirá, por la cuenta que le tiene! — afirmó el Sargento— ; ¡venid
conmigo!
El
Sargento Mayor don Pedro de Otárola y Prez de Barona, jefe superior del tercio
de Arauco, habíase recogido ese día a su casa antes de la cena, a causa de
“unas calenturas” que le atacaron repentinamente a media tarde: mientras se
desarrollaban en la Plaza los acontecimientos que he relatado, el Sargento
Mayor encontrábase en cama y si se percató o no del inusitado movimiento viene
a ser cosa secundaria, porque el enfermo no quiso molestarse ni ser molestado.
Sin
embargo, cuando los soldados iban llegando a la Plaza con los caballos que
habían ido a buscar al “potrero” para atalajarlos de marcha, alguien, faltando
a la orden de no interrumpir el descanso del enfermo, penetró a su alcoba, y
relatóle lo que estaba ocurriendo, agregando, por último, que la tropa se
alistaba, al parecer, para saín al campo.
— No
puede ser eso — refunfuñó el calenturiento— , porque no tiene a qué...
— Pero el
caso es efectivo — repuso el noticiante— , y paréceme que no es caso de ronda,
porque he visto entrar a la Plaza gran número de caballos.
Preocupóse
un tanto, don Pedro, ante la afirmación que oía; pero sin darle crédito aún,
dijo:
— Mandad
a que venga aquí el Teniente Albornoz... — Y se volvió “para el rincón”.
El
vizcaíno Juan de Moya venía ya hacia la posada del Sargento Mayor, acompañado
de Marfull y de unos diez cabos y sargentos, cuando el demandadero se encontró
con él a la salida de la Plaza; al conocer la orden que el mensajero llevaba de
su Jefe, Moya dijo, sonriente, a sus amigos:
— ¡No
madruga mucho el señor Sargento Mayor don Pedro de Otárola! — y todos
continuaron su camino con el mismo paso resuelto que venían.
Llegados 3 la
posada penetraron sin ceremonia, y luego estuvieron todos dentro de la alcoba
del Jefe.
Al sentir
el ruido de gente que invadía su cuarto, don Pedro levantó la cabeza, y se
incorporó a medias; pero al ver el extraño grupo frente a su lecho se sentó,
francamente, sin atinar a lanzar la interrogación que se atropellaba en sus
labios.
— No se
inquiete y cálmese el señor Sargento Mayor — se adelantó a decir el vizcaíno— ,
que el asunto que nos trae en grupo hasta su cama, puede no tener para la
respetable persona de nuestro Jefe la importancia que suele darse a estas
cosas-..
Más
intrigado aún quedó don Pedro con las palabras que acababa de oír, y se limitó
a esperar que el Sargento Moya se explicara mejor.
— La
tropa se encuentra formada y lista para partir a Concepción — continuó diciendo
el portavoz— y necesita que su Jefe natural la acaudille...
— ¿Y qué
va a hacer a Penco el tercio de Arauco?... ¿Y con qué orden se ha puesto sobre
armas?... — interrogó ahora, el Jefe, frunciendo el ceño.
— El
tercio va a salvar la vida del Veedor Monteros de Espinosa, condenado a muerte
por haber defendido al Ejército en el reparto del situado, y se ha movido por
la propia y espontánea voluntad nuestra, en apoyo del tercio de Yumbel que
también está marchando sobre Penco y con el mismo objeto...
¡Largo...,
fuera de aquí!... — vociferó don Pedro de Otárola, echando los pies fuera de la
cama y arrojándose sobre su espada— ¡¡Largo, seor bellaco!!
—
¡Téngase en calma! — acentuó con firmeza el Sargento Juan de Moya— y juro
a Dios y a Santa María que nada queremos contra vuestra Merced. El tercio está
resuelto a salir, luego, en seguimiento de su suerte, no quiere dejar a su Jefe
y señor, ni que nadie lo acaudille, sino él.
— ¡No, en
mis días!... — gritó de nuevo don Pedro— ; ¡y moriré mil veces, antes de
rebelarme contra mi Rey!...
— ¡Viva
el Rey, y abajo el mal gobierno! — gritaron en potente coro los amotinados.
— ¡Su
Majestad, que Dios guarde y conserve para la monarquía del Universo, nada tiene
que ver con las rapacerías del Gobernador Peralta! — gritó Marfull.
—
Acaudille Usía el tercio — interpuso Juan de Moya— , llévenos a salvar a quien
espera muerte vil por habernos defendido, generoso, y luego mándenos, que
juramos obedecer a Vuestra Merced ... Nada más queremos, sino lo dicho.
Don Pedro
de Otárola apreció de un golpe la situación peligrosísima en que se encontraría
si persistía en una negativa inflexible y después de un momento, solemne y
trascendental, dijo:
— Si os
llevo a Penco para salvar al Veedor, ¿juráis obedecerme?. ..
— ¡Por la
sagrada imagen de la Virgen que está a vuestra cabecera! — dijo gravemente el
Sargento Juan de Moya.
— ¡Así lo
juramos! — contestaron todos, acentuando su promesa.
— ¡Y que
castigaremos con la muerte al traidor, o al que se fugue! — terminó el
vizcaíno.
— ¡Así lo
juramos!...
Media
hora más tarde el tercio de Arauco galopaba aceleradamente hacia Concepción,
llevando como caudillo a su Sargento Mayor, don Pedro de Otárola y Prez de
Barona.
Junto con
recibirse en Concepción la noticia de la sublevación de la Plaza de Yumbel,
enviada, ya lo sabemos, por su fugitivo jefe el Sargento Mayor don Pedro de
Molina, se supo, también, que los amotinados habían enviado emisarios a la de
Arauco para invitarlos a secundar el movimiento que tenía por objeto ostensible
salvar la vida del Veedor Monteros de Espinosa, pero que, en realidad, era una
franca rebelión contra la persona del Gobernador. La situación se tornaba, con
esto, excepcionalmente grave, pues el Presidente Ibáñez de Peralta no dudó de
que los soldados de este fuerte aceptarían plegarse incontinenti a sus
compañeros con la mira de obtener, con las armas en la mano, el pago inmediato
de sus sueldos atrasados. Era necesario impedir con rapidez que ambas fuerzas,
las más importantes del Reino, se juntasen e hicieran más grave todavía la
situación de la primera autoridad.
El
Presidente no tenía elementos para estorbar, por medio de las armas, la unión
de las dos guarniciones; pero Su Señoría era bastante hábil para no abandonar
su defensa sin haber recurrido antes a todos los arbitrios que ponía en su mano
la alta autoridad que investía. Era media tarde y no había tiempo que perder;
por lo contrario, era necesario ganarlo. Sabía que el emisario de los
amotinados había salido de Yumbel a mediodía, o uh poco antes, y que a esas
horas debería estar muy cerca de la Cuesta de Villagra; gran ventaja llevaba,
pero si un mensajero salía inmediatamente de Concepción, a revienta cinchas,
podía llegar a la Plaza de Arauco en momento oportuno para intervenir
eficazmente, deshacer lo que el yumbelino hubiera logrado conseguir de aquella
tropa y detener su salida o su avance hacia Concepción.
La
calidad del mensajero que el Gobernador enviara era de importancia suma; debía
ser un funcionario que tuviera el mayor ascendiente posible sobre la masa del
ejército y una representación tan elevada que ella sola impusiera respeto;
Ibáñez pensó en el Oidor Bernardo de Quiroz, su compañero en el Tribunal de
Reparto; pero, luego recapacitó y cambió de opinión. Quiroz tenía en el
Ejército una malquerencia profunda por sus connivencias con el Gobernador y a
pesar del respeto venerando que un Oidor imponía hacia su persona, era posible
que en una situación como la producida, las tropas saltaran las vallas del
respeto y pusieran en riesgo al representante de la justicia de Su Majestad.
— No
piense Vuestra Señoría en eso, habíale dicho también el Oidor, cuando el
Presidente le participó su pensamiento, que no estoy tan poco cuerdo para
meterme en una jaula de locos y dar ocasión para que esos bárbaros hagan
vejación en la persona de un representante de la Real Justicia. Me parece que
la mejor persona para tal misión es el Jefe del Ejército, don Pedro de la
Barra, Maestre de Campo General.
Efectivamente,
no había otro funcionario más indicado para un encargo de tal especie y el
Gobernador se resolvió a despacharlo, inmediatamente. La instrucción precisa
que llevaba era la de impedir la salida de las tropas de Arauco, o por lo menos
detenerlas, para ganar tiempo, mientras el Gobernador “negociaba” con las de
Yumbel, que debían llegar a los alrededores de Concepción antes que las otras.
Para el éxito de su misión, el Maestre de Campo sólo contaba con estos medios:
la diplomacia, el convencimiento, el ruego y la súplica.
Partió el
Maestre hacia el paso del Bío-Bío, como a las cuatro de la tarde, acompañado
solamente de dos ordenanzas que llevaban caballos de repuesto; las sombras de
la tarde-noche lo sorprendieron a la repechada de la Cuesta de Villagra, y
atravesó el río Colcura “a media luna”, internándose resueltamente en los
bosques marinos de Laraquete. Cerca de la medianoche salió a campo abierto,
remudó caballo, y a la luz de la luna plena partió en derechura hacia el fuerte
de Arauco.
Al llegar
al punto denominado Paso Hondo divisó a lo lejos, destacándose en la claridad
de las arenas de la playa, una amplia y extendida mancha que avanzaba a su
encuentro; pronto se convenció de que eso era el escuadrón de Arauco, que
galopaba aceleradamente hacia Concepción. Había llegado tarde para detener, en
el fuerte mismo, a los amotinados, pero no por eso consideróse vencido; situóse
en medio del camino playero y esperó a que el escuadrón llegase hasta él
dispuesto a entrar, allí mismo, en tratos con la fuerza sublevada.
Cuando la
tropa llegó a unas cien varas de distancia, el Maestre de Campo quitóse el
emplumado chambergo y lo paseó en círculo por lo alto de su cabeza, al mismo
tiempo que hacía caminar a su caballo en líneas oblicuas cruzando el camino; la
tropa galopante percibió luego estas señales y pocos instantes después una
breve clarinada detenía el resuelto avance del escuadrón, cuyos primeros grupos
vinieron a clavarse a unas veinte varas del Maestre de Campo.
— ¿Quién
vive...? — gritó una voz del grupo delantero.
— ¡El
Rey!... — contestó, con acento vibrante el General Pedro de la Barra.
— ¡Viva
el Rey!... — replicó la voz primera.
— ...¡Y
abajo el mal gobierno!...— agregó inmediatamente el conocido vozarrón del
Sargento Juan de Moya.
Un clamor
unánime que repercutió en los contrafuertes riberanos siguió al grito de
imprecación que lanzó el verdadero caudillo de esa tropa soliviantada. El
Maestre de la Barra sintió un estremecimiento de pavor, pero se dominó. Alzó
nuevamente su chambergo, lo agitó sobre su cabeza y, aunque trabajosamente, se
hizo el silencio.
— Soy
vuestro Maestre de Campo — gritó a su vez— y quiero tratar con el Jefe de
esta fuerza.
El
Sargento Mayor don Pedro de Otárola y Prez de Barona avanzó inmediatamente
hasta cuatro pasos del Maestre; pero en el mismo momento avanzaron hasta sus
costados los sargentos Moya y Marfull.
— ¿Es
Vuestra Merced el Caudillo de la tropa...?— interrogó de la Barra.
— Soy su
Jefe legítimo — contestó Otárola— y tal consta a Vuestra Señoría.
— ¿Y a
dónde va este escuadrón a estas horas... ?
— Va a
Penco — intervino el Sargento Marfull— para salvar la Vida del Veedor
Monteros de Espinosa.
— ... O
para castigar su asesinato, si es que el Gobernador lo ha mandado ahorcar —
agregó su compañero Moya.
— Quiero
que conteste el Jefe — interpuso el Maestre de Campo, tratando de dominar, con
su autoridad, la manifiesta insubordinación de los sargentos.
— Señor
Maestre — contestó al punto Moya, avanzando su caballo hasta hacerlo cruzar la
cabeza con el de su Jefe— el señor Sargento Mayor Otárola ha consentido
en ser nuestro caudillo para el solo efecto de conducirnos hasta la presencia
del Gobernador, a quien queremos hacer saber directamente nuestras exigencias.
Apártese Usarced del camino, que no estaría bien que el escuadrón endilgara por
sobre su caballo y diese mala cuenta del animal y del jinete.
De la
Barra comprendió que Otárola no tenía sobre esa tropa ascendiente alguno y que
si iba al frente de ella era obligado por las circunstancias. Prescindió, pues,
de él, y desde ese momento dirigió la palabra al Sargento Moya.
— Espero
que no lo haréis, sin oír siquiera una palabra de quien ha sido vuestro bueno y
considerado jefe — repuso el Maestre.
—
Ocúrreseme, señor, que bien poco ganaríamos con hablar con vos — contestó el
Sargento— ; pero recordasteis que habéis sido buen jefe nuestro, y con la venia
de todos os oiremos corto, que no hay tiempo que perder si queremos llegar a
Concepción antes de la madrugada. Decid, pues.
— Habéis
olvidado la obediencia que debéis al superior, pero encuentro razón de que
protestéis por la falta de pago de vuestras soldadas de siete años atrás...
— ¡Viva
el señor Maestre de Campo!... — gritó alguien, al oír las palabras del General.
— ¡A
callar todo el mundo! — mandó enérgicamente el Sargento Moya, volviendo con
ligereza su cabalgadura— ¡Al primero que chiste, lo cuelgo! — agregó
amenazante— . Y vos, señor — continuó dirigiéndose al General— , no sigáis
hablando lo que no sentís, pues que no se comprendería que vinierais emisario
del Gobernador ladrón sino para impedir o detener nuestra marcha. Segunda y
última vez os digo que os quitéis del camino, si no queréis perecer
miserablemente bajo las herraduras de los caballos. ¡Echaos a un lado, que ya
hemos perdido, con vos, un tiempo precioso!
— Oídme
aún — insinuó el Maestre.
—
¡Quitaos fuera! — mandó de nuevo el Sargento, alzando el brazo y echando atrás
el busto para dar la voz de marcha.
— Habréis
de oírme — gritó el General, desmontándose de un salto, y echándose a tierra de
rodillas, con los brazos abiertos.
— ¿Qué
hacéis... ? — dijo extrañado el Caudillo rebelde.
—
Suplicaros que desistáis de vuestro propósito, ¡por amor de Nuestro Señor
Crucificado! — dijo, el Maestre de Campo, elevando hacia la tropa sus manos
juntas.
Los
soldados, listos para continuar la marcha, retuvieron las riendas,
impresionados por la actitud humillada de su Jefe.
—
¡Caballeros!. .. — gritó Moya, como prevención para dar la voz de partida.
— ¡No os
rebeléis contra el Rey! — exclamó de nuevo el Maestre— ¡Por el bien del
Reyno... por la honra de este escuadrón de Arauco!...
¡Avante!
¡Avante! — gritó el Sargento, clavando espuelas a su caballo.
—
¡Avante...! ¡Avante! — fueron repitiendo los cabos a lo largo de la columna, y
todo el escuadrón pasó al galope...
Incontables
casquetes de arena mojada, lanzados por las uñas de las caballerías al pasar,
emporcaron, en poquísimos instantes, las ricas vestimentas de holanda y seda, y
la cabeza y rostro del Maestre de Campo General...
Cuando
'la cabalgada iba lejos ya, don Pedro de la Barra alzó la cabeza y extendió la
mirada a su alrededor; su situación habíase tornado terrible, pues se
encontraba abandonado en la playa solitaria, lejos de todo centro de población
en pleno territorio rebelado, sin armas y a pie... Levantó los brazos en una
desesperada imprecación, dio algunos pasos, tumbándose como un borracho, y se
derrumbó, por fin, al margen de una ola que se extendió sobre la arena cuanto
pudo... como para socorrerle.
Cuando el
abatido Maestre volvió en sí, encontró a su lado un hombre que le “remediaba”
con solicitud; era el Sargento Mayor don Pedro de Otárola y Prez de Barona, que
había aprovechado la confusión producida por los incidentes anteriormente
contados para ocultarse en los bosques playeros y desprenderse, así, de la
enorme responsabilidad que podía caberle como aparente caudillo de los
rebelados.
— Yo
confío en que Vuestra Reverencia habrá de cumplir esta misión con toda la fe
que merece el servicio de Su Majestad, dijo el Presidente, y puede Su
Paternidad estar segura de que el Rey sabrá premiar, como corresponde, tal
servicio.
— En todo
momento me encontrará Su Señoría dispuesto al servicio de mi Soberano, sin
rehuir trabajos ni peligros — contestó el jesuita Antonio de Lesa— y
desde luego contesto al señor Presidente que haré cuanto me mande. Pero también
quiero manifestar mi sentir, en este caso, con el respeto que es de rigor...
— Hable,
Su Reverencia, abiertamente, que encontrará en el Gobernador un atento
discípulo dispuesto a inclinarse ante su experiencia y santidad.
— La
rebelión de los yumbelinos no tiene justificación...
— ¡No la
tiene! — intervino el Oidor Quiroz, que era el único testigo de la entrevista
del Gobernador con el superior de la Compañía de Jesús, en Penco.
— No la
tiene — repitió el jesuita— por cuanto no es permitido a los súbditos
reclamar justicia de su Rey, con las armas en la mano;
pero si
los súbditos piden Justicia, el deber del Soberano es dársela plena...
— La
justicia que reclaman los de Yumbel, se ha hecho ya — dijo el Oidor— con
haber distribuido el situado en la proporción que el Tribunal ha encontrado más
equitativa.
— Esa es
la verdad — confirmó el Gobernador.
Calló un
momento el jesuita, como buscando en su mente la frase más corta y más
comprensiva para manifestar su pensamiento.
— Temo
que la misión que me ha dado el señor Gobernador, no tenga el buen resultado
que Su Señoría espera — arguyó el Padre Lesa.
— ¿Y por
qué lo teme, Su Paternidad... ? ¿Acaso no está convencido el reverendo superior
de la Compañía, de la justicia que se ha hecho en el reparto del situado? ... —
interrogó el Oidor.
— No
estoy convencido — contestó tranquilamente el jesuita—; me parece que no se ha
hecho la justicia necesaria; y me parece, aún, que se ha faltado a la caridad
con el prójimo...
En otras
circunstancias, el orgulloso Oidor no habría tolerado que un fraile, por
jesuita que fuese, se atreviera a enrostrarle sus procedimientos; y aún en
estas mismas circunstancias no habría reparado en sotanas, ni en la reputación
de “santo y grave” de que gozaba el Padre Lesa, para hacerle sentir su
indignación; pero el Gobernador Ibáñez, consciente de la gravedad del momento,
se adelantó a decir:
— Padre,
aquí están los papeles que justifican todo lo hecho por el Tribunal; puede
Vuestra Reverencia pasar la vista por ellos y quedará convencido de que el
reparto del situado se ha hecho en la mejor manera que lo ha permitido la
cortedad de su monto.
— Señor
Presidente, paréceme que no es el momento de revisar papeles ni cuentas; lo
hecho está hecho, y la impresión que tiene el ejército no se podrá destruir
mostrándoles papeles y documentos en los que no tiene confianza; perdóneme,
Vuestra Señoría, estas palabras, que no las hubieran pronunciado mis labios si
Vuestra Señoría, a quien venero como el representante del Rey, no me hubiera
elegido a mí para tratar frente a frente con los sublevados de Yumbel.
— ¿Y qué
desea, Su Reverencia, que haga el Gobernador, para convencerle de que las
censuras y “desvergonzamientos” de que le hacen víctima, no descansan en razón?
— Por el
momento, ya no es tiempo sino de que Vuestra Señoría me invista de autoridad
para hablarle en su nombre a la tropa amotinada, y por ende, que el Gobernador
me prometa cumplir lo que, como su representante y vocero, habré de ofrecer al
escuadrón de Yumbel, a cambio de una sumisión completa.
—
Concedido, desde luego — afirmó Ibáñez— , pues confiado estoy en que la
discreción y experiencia de Vuestra Paternidad no habrá de adelantar más allá
de lo que puede permitir la dignidad de mi cargo y la veneración que se debe a
la soberanía de nuestro Rey y Señor Natural. ¿Qué desea su Reverencia que
prometa ... ?
— Lo
primero — dijo el Jesuita—, que se dé libertad, inmediata, al Veedor Monteros
de Espinosa...
— ¡Padre
Lesa — interrumpió el Oidor— Su Paternidad se propasa! Monteros ha
faltado criminalmente a los respetos que se deben al Gobernador y a la justicia
del Rey...
— ¡Yo
pido eso!... — acentuó el Jesuita, con toda tranquilidad.
—
¡Concedido! — pronunció el Gobernador, después de un instante.
El Oidor
se dejó caer sobre un sillón.
— Lo
segundo, que se me entreguen las cuentas del situado para mostrarlas a quien
quiera verlas.
— ¡Ahí
están; llévelas Su Paternidad!
— Lo
tercero, que Vuestra Señoría me dé un perdón “in aeternum”, firmado de su mano,
para todas las personas de Yumbel que hayan tomado parte en este alzamiento, a
condición de que vuelvan conformados y tranquilos a su guarnición...
— ¡Y a
condición, también, de que no vuelvan a rebelarse, porque los ahorcaré sin
piedad! — gritó el Presidente, exasperado ya por la firmeza del Jesuita.
— Y lo
cuarto...
— ¡Todo
lo que Su Paternidad quiera! — exclamó de nuevo— ¡porque después de lo
prometido no queda nada por prometer, si no es mi cabeza! ¡Vaya, salga Su
Paternidad pronto de aquí, y líbreme de ir yo mismo contra esa canalla!...
¡Salga, salga! — terminó, extendiendo violentamente su brazo hacia la puerta.
Levantase
el Jesuita de su asiento, cogió los legajos de las cuentas del situado, y antes
de dar un paso, dijo, sin inmutarse ante la actitud frenética del magistrado:
— El
Veedor Monteros de Espinosa...
— Libre
está, desde este instante — constestó el Gobernador— . ¡Solar! — ordenó al
edecán— . ¡Anda tú mismo a que dejen en libertad al tal Monteros, y que le vea
este reverendo, antes de que parta a los cerrillos de la Merced! Y de paso, —
continuó,— ved que las tropas leales se mantengan alertas para rechazar
cualquier intentona, que yo estaré luego, al frente de ellas.
Y
entrándose a largos trancos hacia las habitaciones interiores “de palacio’’,
dejó que el fraile hiciera en el vacío, la profunda reverencia con que se
despedía del Gobernador.
Cuando el
jesuita quiso hacer la misma cortesía al Oidor, éste ya habíale dado,
igualmente, la espalda.
— ¡Ved
que sube por el camino un grupo de gente montada! — afirmó con tono de alarma
el Soldado Juan Rengifo a su jefe, el Teniente Contreras, que en esos momentos,
sentado sobre un tronco y teniendo a su caballo del cabestro, discutía con un
grupo de oficiales y sargentos la idea de avanzar decididamente sobre la
ciudad, sin esperar los avisos de los espías y atisbadores que se habían
destacado, momentos antes, sobre la ribera del Bío-Bío, y la población.
Contreras
se incorporó rápidamente y echó escrutadora mirada sobre el punto que señalaba
el vigía.
— ¡Al
arma...! — ordenó con voz queda después de un instante de observación— .
¡Llamad al arma, y que monten a caballo, sin hacer ruido! Vos, Juan Rondón —
continuó— , salid por el sendero, con cuatro de los vuestros, y vos, Pastoriza,
por este otro lado, para aislar y encerrar al grupo que viene y hacerlo
prisionero, si es posible, sin daño. ¡Salid pronto, vive el Rey, para que
logréis ocupar aquel recodo antes de que lleguen a él los caminantes y podáis
sorprenderlos!. .. ¡Arre!
Diez
minutos más tarde, el Jesuita Antonio de Lesa y sus tres soldados acompañantes
subían, a pie, el último promontorio del cerrillo de la Merced, en donde los
esperaban, montados, el Caudillo Juan de Contreras y su “estado mayor”.
Contreras había sido informado ya de que los prisioneros venían en son de paz y
de que no habían puesto resistencia alguna al ser intimados; por otra parte, el
nombre del jesuita era garantía absoluta de que la misión que traía ese grupo
era de paz; los soldados acompañantes sólo traían “armas cortas” y las
entregaron a la primera insinuación de sus aprehensores.
— ¡Por
amor de Dios y del prójimo — dijo el Padre Lesa al enfrentarse con el Caudillo—
, he venido a vuestras mercedes para cumplir mi deber de sacerdote de
Cristo!... ¡No me rechacéis..., que todo será remediado!...
E
inclinando su venerable cabeza blanca esperó la respuesta, cruzando sus manos
sobre el pecho.
La
humilde actitud del Jesuita, tenido, ya lo he dicho, por santo, en la ciudad y
en la región, impresionó fuertemente a los circunstantes, incluso al Teniente
Juan Contreras, que no sólo estaba preparado para cualquier entrevista, sino
que tenía el deber de mantenerse en una posición inconmovible para conservar su
prestigio de Caudillo.
— La
carta está jugada, Padre Antonio — dijo entre dientes el Jefe— , y ya no es
tiempo de volver atrás...
— Siempre
es tiempo de remediar un mal — contestó el religioso— , sobre todo cuando este
mal puede ser tan grave que traería consecuencias funestas e irreparables.
— Las
consecuencias no nos asustan y por eso es que declaro a Vuestra Reverencia que
nuestra carta está echada; queremos la persona del Gobernador Ibáñez de Peralta
para hacer justicia en ella de los crímenes que ha cometido contra el Ejército.
— El
señor Gobernador representa al Rey, que es nuestro Señor Natural...
— Ibáñez
de Peralta ha dejado de representar a nuestro Soberano, porque ha hecho burla
de sus mandatos. ¡Viva el Rey, y abajo el mal gobierno!
— ¡No
avancéis juicios! Oídme primero, y si después de haber pesado mis razones
encontráis que vuestras conciencias no están Satisfechas en justicia, id
adelante, id donde queráis, porque al fin y al cabo, “vox populi, vox Dei”—
Un
murmullo de asentimiento recibió las hábiles palabras pronunciadas por el
Jesuita.
— ¡Que
diga esas razones el Padre Antonio!... — exclamó alguien.
— ¡A
callar! — ordenó enérgicamente Contreras, empinándose sobre los estribos; pero
a pesar del acento amenazante con que mandó, no consiguió detener las
manifestaciones de asentimiento con que fue acogida la insinuación para que el
jesuita dijera “sus razones”.
Una nueva
imprecación insultante del Caudillo impuso, sin embargo, up relativo silencio
en ese principio de insubordinación, y el Padre Antonio, perfectamente poseído
del ambiente que sus palabras habían producido, alzó las manos y dijo:
—
Obedeced, señores, a vuestro Jefe, y guardad silencio, que solamente con su
venia y permiso hablaré, y no de otra manera, pues a sus manos he venido a
entregarme por amor a vosotros y por servir al Rey Nuestro Amo y Señor.
— Yo pido
que el Padre conteste a lo que fuere preguntado — dijo en ese momento el
Capitán José Marín de la Rosa, uno de los “consejeros” del Caudillo Contreras—
, así podremos terminar pronto y no perderemos este tiempo precioso.
Una nueva
manifestación de asentimiento se dejó sentir en la tropa, que poco a poco se
había venido reuniendo alrededor del Jesuita, hasta formar un extenso círculo
de a pie y a caballo. Ya he dicho que desde que se oyeron los cañonazos del
fuerte de Penco, a la llegada del tercio a los alrededores de la ciudad, gran
parte de los amotinados sintiéronse invadidos del temor innato de caer en la
desgracia del Rey; si no habían vuelto riendas era por temor a un castigo
inmediato de parte de los “cabos”, quienes conminaban a cada momento con la
muerte a los que de alguna manera manifestaban recelo o “desgano” en continuar
avante.
— ¿Y qué
podrá decir el Padre Antonio que no sea lo que le haya mandado el Gobernador? —
arguyó Contreras.
— Pues,
oigámosle — opinó Marín de la Rosa— que nada perdemos con conocer las
angustia de aquel ladronzuelo. Y si lo permitís — continuó, dirigiéndose al
común de la tropa— yo le interrogaré.
— Sí, sí;
¡bien, bien! — exclamaron al unísono, estrechando el círculo, cuanto les fue
posible, para oír mejor.
Contreras
perdía terreno, visiblemente, en su prestigio ante la tropa. Le convenía
recuperarlo y se plegó a la mayoría.
—
Acercaos, Capitán Marín de la Rosa — dijo con voz entera— , * y vosotros
también Fernando Vallejo y Juan Radal. Interrogaremos al Padre todos cuatro, y
vosotros nos oiréis, callados, que es la única manera de entendemos y terminar
pronto, que ya el tiempo es avanzado.
Un minuto
después estaba constituida esa especie de “tribunal”; el Jesuita había
conservado su actitud inmutable, y sus manos continuaban cruzadas sobre el
pecho
— Hablad,
Padre — mandó Contreras.
— ¿Qué
queréis que os diga, si no es que seáis leales a vuestro Soberano? — contestó
tranquilamente el Jesuita, con voz humilde y convencida.
— Ya os
hemos dicho — interpuso Marín— que nuestras banderas son por el Rey,
quien no sabe de los latrocinios que cometen sus ministros...
— No sabe
el Rey que su leal ejército de la frontera sufre hambre y miseria desde hace
siete años — agregó Vallejo.
— Ni que
el situado lo distribuye el Gobernador entre sus secuaces y paniaguados,
mientras que la tropa muere de necesidad — afirmó Marín.
— Ni que
los defensores del Ejército son arrastrados a prisión y condenados a muerte,
como el Veedor Monteros de Espinosa — terminó Contreras, alzando la voz para
que la tropa oyera bien sus palabras.
— ¡Muera
el Gobernador! — gritó desde atrás el Sargento Pastoriza.
— ¡Sí,
sí; que muera en la horca! — corearon varios grupos de soldados.
Algo
nuevamente las manos el Padre Antonio.
— ¿Qué
responde a todo esto, Vuestra Reverencia? — preguntó Marín de la Rosa.
— ¡Que no
hay razón bastante para llegar a los extremos de que os alcéis en armas!...
¡Oídme, por Nuestro Señor, y lo veréis!
— Hablad
de una vez, Padre, que no podremos daros más tiempo — aseguró Contreras.
— ¡El
señor Veedor Monteros de Espinosa está en libertad!... — afirmó el Jesuita.
La
noticia cayó sobre los amotinados como un balde de agua fría.,
Contreras
vio que la revolución fracasaba redondamente, y tentó un recurso audaz.
— ¡Eso no
es verdad! ¡Miente el fraile!
El Padre
Antonio de Lesa alzó los ojos y fijó una larga mirada de sereno reproche sobre
las encendidas e inquinosas pupilas del Caudillo.
— ¡He
dicho que el señor Veedor del Ejército goza de su libertad! — repitió el Padre,
dejando caer la frase palabra tras palabra, sin asomos del menor resentimiento
por la ofensa recibida.
—
Señores, el Padre Antonio no puede mentir — afirmó el Teniente Jorge Urrutia,
volviendo su caballo hacia la tropa en círculo— , y como nuestro propósito
principal era venir a Penco a darle la libertad al preso y salvarlo de la
muerte, paréceme que debemos darnos por satisfechos de haber conseguido la
mitad por lo menos, de nuestro objeto.
Las
palabras de Urrutia iniciaron un cuasi desbande; sin embargo, Marín de la Rosa
logró paralizar el desconcierto en esa ya desmoralizada tropa:
—
¡Silencio! — ordenó— , que el Padre nos tiene que decir todavía cómo se va
arreglar esto del reparto del situado.
Aunque no
todos, la gran mayoría puso oreja en esta respuesta, que era interesantísima...
Pero el Jesuita quiso acentuar más todavía el fracaso de la revuelta con algo
que iba a causar mejor efecto en la tropa, temerosa de las resultas de aquella
calaverada sin precedentes.
— El
Presidente Ibáñez de Peralta, consciente de su deber, y magnánimo como siempre
lo ha sido, olvida todo lo que ha hecho el tercio de Yumbel, hasta este
momento, y perdona, para siempre jamás, cualesquiera faltas y delitos, y
también el crimen “lesae majestatis” que ha cometido, a condición de que el
tercio vuelva a su guarnición y que se ponga tranquilamente debajo de la mano
de su Capitán, el Sargento Mayor don Pedro de Molina.
La tropa
estuvo al borde de lanzar un ¡viva! al Gobernador...
t
Contreras
apreció con visión clara que ya esa tropa estaba entregada, y que sería inútil
insistir en que mantuviese su actitud rebelde a la autoridad; y aunque la
miseria en que vivía y en que iba a continuar viviendo, podía influir muy poco
en su resolución final, quiso levantar por última vez la bandera.
— Y en el
reparto del situado, ¿qué ha resuelto el Gobernador? ¿Se quedará Usiría con
todo él, o darános siquiera algo para alimentar a nuestros hijos y cubrir sus
desnudeces...?
Bien
pocos fueron los que atendieron a la respuesta del jesuita; lo más interesante
estaba conseguido, que era el perdón perpetuo del crimen de “lesa majestad” que
todos tenían la conciencia y el remordimiento de haber cometido y cuyo castigo
era inevitable, a la corta o a la larga, “porque el Rey no perdona a
inobedientes, aunque sean un millón, como se ha visto por infinitos ejemplares
en que han perecido, por traidores, más de treinta mil hombres en estas Indias,
y otros mayores destrozos .
“El
respeto a la autoridad del Rey y de sus legítimos representantes era, en
América, una de esas construcciones ciclópeas — al decir de un historiador
chileno— , fabricadas, indudablemente, por la mano del hombre; pero que unos
pocos individuos no hubieran sido capaces, jamás, de destruir por sí solos. La
más pequeña de sus piedras pudo ser removida sólo por fuerzas muy poderosas,
reunidas providencialmente, como lo fueron los sucesos mundiales, que, después
de larga y trabajosa gestación, produjeron los acontecimientos de 1810”.
Pronunciábase,
apenas, la tenue claridad de la primera aurora del día 24 de Diciembre, cuando
el tercio de Yumbel, que horas antes galopaba aceleradamente hacia Penco,
ardoroso, y con ansia de tomar justicia por sí mismo al estampido de sus
arcabuces, regresaba por su mismo camino a paso tardo y desganado, saboreando
la amargura de una derrota sin combate y sin llevar, como beneficio de un
esfuerzo magno, sino un “perdón magnánimo”, del Mandatario a quien pensaban
ahorcar.
El
Caudillo de los yumbelinos caminaba atrás de toda la columna. Juan de
Contreras, mohino y “amurrado”, apenas contestaba a las pocas palabras que sus
compañeros del lado le dirigían alguna vez, aun cuando no estuvieran
relacionadas con los hechos que acababan de ocurrir; el fracaso de su tentativa
le había deprimido el ánimo, y por cierto que toda la culpa la “echaba” sobre
los “intrusos” que se habían “metido” en sus “tractos” con el Jesuita.
Si
muchos, la mayoría, volvían cuasi contentos de haber salido por pies de la
peligrosa aventura, no eran pocos los que reconocían haber desperdiciado una
feliz oportunidad para imponer nuevos y definitivos procedimientos para la
distribución de los futuros situados, si no hubieran logrado obtener una nueva
y más equitativa distribución del que se estaba repartiendo. En resumen, todo
el esfuerzo, la energía, la resolución que se había empleado para levantar al
tercio en armas, atropellando la disciplina y saltando por sobre todas las
conveniencias presentes y futuras de oficiales y soldados, había sido inútil y
resultaba deleznable.
¡Dentro
de poco llegarían a Yumbel, caídos los hombros, sin fijeza en la mirada, con el
rubor en el rostro, y luego tendrían que desfilar delante del Jefe a quien
habían obligado a huir en la mañana anterior, y deberían rendirle los
acatamientos de ordenanza!
Esto no
era posible ...
Dos
leguas antes de llegar al Fuerte de San Carlos de Austria de Yumbel, ya se
habían “acordado” varios grupos de rebeldes aisladamente, para volver sobre la
Concepción, dentro de poco, si el reparto del situado no tenía la modificación
que esperaban.
En un
punto estaban de acuerdo, sin discrepancia, todos los grupos aislados de
insurgentes: en que el Teniente Juan de Contreras no servía para caudillo. Ese
oficial los había engañado “inhonestamente” asegurándoles que las guarniciones
de Concepción y de Arauco secundarían el movimiento yumbelino, y nada fue
cierto: la de Concepción no se hizo presente, si no fue por los cañonazos que
el fuerte de Penco disparó sobre los revoltosos, y la de Arauco no dio señales
de existencia. Tales “mentiras” habían determinado el fracaso — se decía—
y puesto en serio peligro las vidas de los soldados de Yumbel.
— Este
hombre es peligroso, y alborotador; no debe continuar en nuestras filas —
afirmó el soldado Manuel de Ayala.
— ¡No
debe continuar! — asintieron sus oyentes.
¡Ayer y
ahora, el éxito es el único justificativo de cualquier empresa, santa o ruin
ella sea!
Inmediatamente
que el Padre Antonio de Lesia llegó “a palacio”, de vuelta del “cerrillo”, en
donde celebrara su conferencia con los amotinados, fue introducido al gabinete
del Gobernador, que, por cierto, lo esperaba en vela.
Al
penetrar el Padre al aposento, Ibáñez, el Oidor Quiroz y el Comisario Aranda,
pusiéronse de pie, y clavaron la mirada, interrogante y ansiosa, sobre el
jesuita, aunque ya sabían que las tropas yumbelinas habían vuelto grupas hacia
su guarnición.
— ¡Mis
enhorabuenas, Padre, que será éste uno de los más grandes servicios que Su
Reverencia haya prestado al Rey! — exclamó el Gobernador, echando los brazos al
discípulo de San Ignacio, y reteniéndolo algunos instantes sobre su pecho.
Iguales
transportes de entusiasmo manifestaron el Oidor y el Comisario, y luego los
tres acosaron a preguntas al Reverendo para saber los detalles de su
trascendental y feliz misión. Antes de satisfacer la natural curiosidad de sus
oyentes, el Jesuita preguntó:
— ¿Ha
sabido algo, Su Señoría, de la guarnición de Arauco?...
— En
estos instantes, el Comisario don Matías Sánchez del Castillo debe estar en la
ribera sur del Bío-Bío, o cerca ya del fortín de San Pedro, para decir a los de
Arauco que el tercio de Yumbel ha vuelto a su guarnición, convencido de .que
estaba obrando sin justicia e inducido por engaño; que el Veedor está libre,
que lo del reparto del situado se compondrá, y que todos están perdonados ...
— Habéis,
pues, conjurado el peligro... — dijo el Jesuita.
—
Conjurado está, por ahora; pero cómo es posible que la mala hierba renazca y
cunda, si no se arranca de entre la mies, en poco tiempo más verá Su
Paternidad, que los cabecillas recibirán su castigo condigno.
Alzóse el
Jesuita al oír las últimas palabras y dijo, marcando las sílabas:
— Señor,
yo he prometido perdón, por siempre jamás, de cualesquiera faltas o delitos que
hubieran cometido los soldados y caudillos de Yumbel...
— Los
crímenes de lesa majestad no tienen perdón, Reverendo señor — intervino el
Oidor— , y deben ser castigados en cualquier tiempo, aun cuando el culpable
haya muerto.
— Yo no
entiendo, sino de una promesa, de una caución juratoria y de una palabra que me
empeñó el señor Presidente, como quién es y como Capitán General del Ejército,
de dar perdón a todos los que aparecieren culpados...
— Deje,
Vuestra Paternidad, correr los días, y no se preocupe más de tal canalla... Y
ahora, cuéntenos Su Reverencia, cómo fue aquella entrevista con los de Yumbel.
El Padre
Antonio no omitió detalle de lo sucedido en los cerrillos de la Merced y se
empeñó en poner de relieve la aceptación que tuvo en los revoltosos la noticia
de que el Veedor Monteros estaba en libertad y de que el Gobernador se
anticipaba a ofrecer perdón y olvido para todo y por siempre jamás. Esperaban
los yumbelinos que el reparto del situado se reformara, a fin de que pudiera
tocar a los soldados y oficiales un poco más de la miserable cuota que se les
había anunciado.
El
Presidente y el Oidor dejaban que el Jesuita bordara su relación con los
detalles más tiernos y atractivos con los cuales pretendía inclinar la
benevolencia de ambos personajes hacia esa infeliz gente que volvía engañada a
sus cuarteles, y más de una vez la mirada del religioso sorprendió los gestos
de inteligencia que mutuamente se propinaban, Quiroz y Peralta, en preparación
de sus próximas represalias.
Al
retirarse, el Padre Antonio estaba cierto de que el motín recién desbaratado
era sólo el preliminar de acontecimientos trágicos que no tardarían en
producirse, porque una de las partes había procedido de mala fe.
Despedíase
el Jesuita de sus contertulios a la puerta de palacio, en la madrugada del día
24 de Diciembre, cuando un jinete que venía a galope tendido por la carretera,
detuvo su caballo, casi violentamente, a cuatro pasos del zaguán.
— ¡Es don
Matías del Castillo! exclamó el Oidor, que era el más cercano a la puerta.
El
Presidente avanzó hasta la calle, en dos trancos.
— ¡Mis
enhorabuenas al señor Gobernador! — dijo con entusiasmo el recién llegado— .
Los revoltosos de Arauco, apenas supieron que los de Yumbel habían depuesto sus
quejas y vuéltose a su guarnición, acogiéronse también al indulto que les
ofrecí en nombre de Vuestra Señoría, y después de oír la fuerte reconvención
que les hice por su acto de indisciplina, se volvieron a Arauco... Yo los vi
partir, cabizbajos y humildes ...
— ¿Y a
qué más os comprometisteis, don Matías? — preguntó el Gobernador, después de
haber golpeado efusivamente el hombro al Comisario General.
— Tuve
que prometerles, también, que sus quejas serían legalmente atendidas y
remediada su miseria cuando llegase otra remesa de dinero del Perú...
— Su
Majestad, por mi intermedio, premiará este servicio que le habéis hecho, señor
Comisario — terminó el Gobernador, dando a besar su mano al militar, y
retirándose a sus aposentos, ceremoniosamente.
La
jornada había sido dura, pero había terminado con felicidad. El Gobernador
Ibáñez de Peralta había dominado la situación con energía y habilidad, y la
ciudad de Concepción podía permanecer en paz, durante algún tiempo.
No había
transcurrido una semana de la vuelta del tercio sublevado a su guarnición de
Yumbel, cuando una tarde las trompetas tocaron inesperadamente a formación de
tropa, con el objeto de oír una orden recién recibida por el Jefe de la
Guarnición. La orden provenía de Penco y procedía del comando superior del
Ejército.
Formada
la tropa en la Plaza de Armas, apareció el Sargento Mayor don Pedro de Molina,
seguido de un escribano, quien, a la señal del Jefe, dio lectura al pliego que
enrollado traía en la diestra. La orden cayó como un torpedo. Su Señoría, el
Gobernador don Francisco Ibáñez de Peralta, había tenido a bien destituir del
Ejército al Teniente Don Juan de Contreras “por acceder a la petición que le
hicieron los oficiales y sargentos del tercio de San Carlos de Austria de
Yumbel”.
Al día
siguiente, Juan de Contreras, despojado de sus arreos e insignias militares, se
colocó humildemente en el atrio de la iglesia, y formado el escuadrón, se
despidió de sus compañeros, “pidiéndoles, por amor de Dios, que le perdonasen
sus faltas”. Montó en seguida a caballo y salió de la Plaza.
Sabían,
perfectamente, los oficiales y sargentos, que ninguno de ellos, ni menos los
soldados, habían podido presentarse a la superioridad con una petición
semejante y supusieron, como era natural, que el Gobernador Ibáñez había
querido, sencillamente, castigar al cabecilla de la insubordinación pasada, con
la separación violenta del Ejército. “Echa tu barba en remojo” fue la voz que
circuló entre oficiales y tropa y cada cual esperó también la represalia que
veía descolgarse de un momento a otro.
Desaparecía
la calma momento a momento entre los soldados de Yumbel y el espíritu de
insubordinación, que ya se había introducido en la tropa, era difícil extirpar.
Por más medidas que tomara el Sargento Mayor para impedir los cuchicheos, las
murmuraciones y todo síntoma de descontento, la ola subía por instantes y las
amenazas y castigos, que el Jefe imponía con severidad imprudente, no
conseguían mantener la disciplina.
Una noche
el Sargento Mayor oyó ruidos extraños en uno de los cuarteles del fuerte, y
luego en la Plaza; vistióse con sigilo, pues ya estaba recogido en su lecho, y
miró por una ventana. A la claridad imprecisa del cielo estrellado vio que la
tropa se dirigía a la iglesia. No quiso hacerse presente, desde luego, para
saber de qué se trataba en tal inusitada religiosidad, y dejó que todo
ocurriera en calma; al poco rato salió de su casa por una puerta excusada,
fuese al templo saltando una muralla que daba a la sacristía, penetró, y desde
un resquicio pudo ver el más extraño cuadro que podían imaginar sus ojos.
La mayor
parte de los soldados del tercio, si no todos, con sus oficiales, sargentos y
cabos formaban amplio círculo alrededor del cura de la parroquia; don Francisco
Flores y Valdés — quien tenía en sus manos un Crucifijo— y murmuraban una
oración o un juramento ininteligible...
Terminado
el acto, los soldados salieron del templo tan sigilosamente como habían entrado
y se retiraron a sus alojamientos. El Sargento Mayor don Pedro de Molina no
durmió esa noche.
Nada de
extraordinario notó el Comandante Molina, ni al día siguiente, ni en los
sucesivos, aparte del desgano y mala voluntad para servir que venía
manifestando la tropa desde que el Teniente Juan de Contreras había sido
separado del escuadrón. Por medio de dos o tres soldados y un oficial que le
eran particularmente adeptos, quiso investigar las extrañas ocurrencias de
aquella noche, el significado preciso de esa curiosa reunión en la iglesia y
los motivos ocultos que habían movido al tercio a celebrar esa “ceremonia”,
cuyo final él mismo había presenciado desde la sacristía; pero ninguno había
podido decirle, con precisión, de qué se trataba.
El mismo
Cura de Yumbel, don Francisco Flores y Valdés, que, al parecer, hacía de
oficiante, sin negar el hecho, díjole al Comandante que su presencia en el
templo había obedecido a una petición sencilla que le hiciera el Capitán don
José Marín de la Rosa en nombre de la tropa, la cual, en cumplimiento de cierta
“manda penitencial” había querido reunirse en el templo después de la queda,
para rezar en común una oración que “traían aprendida” y que el párroco no
alcanzó a conocer, dado lo breve de la ceremonia.
Por su
parte, Marín de la Rosa y cuantos soldados y oficiales había interrogado,
afirmaban que la “manda” se refería a haber salido bien en el año de guerra
recién pasado y a pedir al Cielo la misma gracia para el presente. Así como
estaban las cosas, “cojas, mancas o desgreñadas” el Comandante Molina creyó
conveniente no ahondar en investigaciones que podían festinar los
acontecimientos; pero determinó vigilar atentamente los menores actos de
ciertos oficiales y sargentos en quienes no tenía confianza. Todo esto ocurría
allá por mediados de Enero de 1703, o sea, unos quince o veinte días de la
primera insurrección.
Por lo
demás, la tropa, aparte de su “desgano y negligencia notorias desde que volvió
derrotada de La Concepción, no manifestaba otros designios” ni dejaba traslucir
nada mayormente inquietante. Lo único que causó alguna preocupación al
Comandante Molina, fue haber sabido que el ex Teniente Juan de Contreras había
sido visto varias veces por los alrededores de Yumbel; pero, al fin y al cabo
no era posible prohibir que el hombre transitara por los caminos reales...
Terminó
el mes de Enero y las cosas no cambiaban gran cosa en Yumbel; casi podía
decirse que la tropa estaba ya resignada con su suerte, y que se encontraba
sometida a obediencia pasiva, como en sus mejores tiempos; aún ni “maldecía”
cuando el Sargento Mayor don Pedro de Molina los trataba con severidad “con
dureza, llamándolos, a veces, indios borrachos” y amenazándolos con “hacerlos
cuartos” y colocar sus miembros en picotas a lo largo del camino a
Concepción...
La
verdad, sin embargo, era completamente distinta; la insurrección del tercio
yumbelino estaba en preparación activa, “hirviente”, y sólo esperaba la
oportunidad para reventar en forma desastrosa, bajo la instigación del antiguo
caudillo, Teniente Juan de Contreras; y aquella inusitada reunión en el templo
parroquial de Yumbel, a deshoras y en sigilo, no fue otra cosa que el juramento
que hicieron los amotinados, ante el Crucifico, y en presencia de su Vicario,
de sacrificar la vida antes de volver atrás, y de seguir hasta “el último” bajo
la bandera del nuevo caudillo que ya habían elegido — era el Capitán don José
Marín de la Rosa— , y de guardar “silencio de tumba a riesgo de la vida” sobre
lo que se estaba haciendo.
Pretendían
los yumbelinos, antes que todo, que se rehiciera la distribución del situado,
suprimiéndose las grandes asignaciones que se habían otorgado los jefes del
Ejército, desde el Gobernador abajo, o, por lo menos, reduciéndolas a lo
equitativo; pretendían, especialmente, que los civiles no tuvieran parte en el
situado, que era, según ellos, “unos dineros que Su Majestad da sólo para su
ejército”; en esta virtud, las asignaciones que se habían fijado el Oidor
Quiroz, los oficiales de Hacienda, veedores, factores, tesoreros, escribanos,
receptores y demás interventores civiles, debían desaparecer de las listas
militares, y “hacerlas efectivas en las Cajas Reales, erario y fisco de
Mapocho”. De esta manera, “el situado alcanzará para los milites, que son los
que dan la paz al Reyno”.
El gestor
de todas estas pretensiones en Concepción y ante el Tribunal de reparto,
continuaba siendo el Veedor don Juan Fermín Monteros de Espinosa. que, ya lo
sabemos, gozaba de libertad desde la primitiva revolución del 23 de Diciembre.
Algunos papeles de la época afirman que también gestionaban el logro de estas
peticiones del Ejército, el Teniente General don Alonso de Sotomayor y Angulo,
ex Corregidor de Concepción; su hermano, don Álvaro; el Teniente General don
Antonio Francisco de Poveda, y don José Marín de Poveda, “todos enemigos del
Gobernador”, y además “cierto frailecillo a quien el Presidente había arrojado
de la ciudad” a causa de que el tonsurado se permitió echar una filípica de
órdago — en un sermón que pronunció en una misa mayor — , contra los
“repartidores” del situado.
Todas
estas gestiones, sin embargo, no habían tenido resultado alguno, y la inquietud
de todo el ejército diseminado por los fuertes, fortines y demás guarniciones
de la Frontera aumentaba o se mantenía latente el descontento. La distribución
del situado se continuaba haciendo en la misma forma primitiva; y mientras el
Gobernador y sus paniaguados, “que no alcanzaban a veinte”, se habían incautado
de la tercera parte del dinero, en concepto de sueldos atrasados, asignaciones
y honorarios, la oficialidad y tropa “llevaba” otra parte según la cual un
soldado “alcanzaba doce pesos en dinero y veinte en ropa, y un Capitán treinta
en reales y en vitualla cincuenta”.
A
mediados de Febrero súpose en Yumbel que el Presidente, dando por terminado el
reparto del situado, había dispuesto su regreso a la Capital; el ejército iba a
quedar burlado para siempre y eso no era tolerable. Reunidos esa misma tarde,
los oficiales del tercio acordaron “detener al Gobernador hasta que se pagasen
al ejército todos sus sueldos atrasados”.
La
primera medida para llevar a cabo este proyecto, es decir, para lanzar el grito
de rebelión abierta, fue aprehender al Comandante don Pedro de Molina, que fue
encerrado inmediatamente, y con grillos, en un calabozo; igual suerte corrieron
dos o tres soldados, un sargento y el Teniente Rodrigo de Arcaya, a quienes se
les tachó de “gobiernistas”.
Formados
en la Plaza, los yumbelinos ratificaron el nombramiento de caudillo que ya
tenían hecho “in ocultis” en la persona del Capitán don José Marín de la Rosa;
pero éste rehusó el cargo, exigiendo el nombramiento del Capitán don Antonio
Ortiz de Ceballos “que era de más experiencia”. Insistieron los revoltosos,
pero Marín rehusó, a su vez, “por seis veces y las seis veces tornó a ser
proclamado unánimemente, hasta que al fin se vio forzado a aceptar”.
Los
amotinados volvieron a jurar ante el Crucifijo del Cura Francisco Flores
obedecer ciegamente al Caudillo y “sacrificar la vida por salvarlo de todo
riesgo o perjuicio, si alguno sobrevenía” y aquel juramento fue ratificado esta
vez por escrito, “firmando al pie los que sabían escribir y poniendo una cruz
los que no sabían”; entre los agitadores de la tropa y promotores de este nuevo
levantamiento, le cupo un papel principal al ex Teniente don Juan de Contreras,
quien se comunicaba con ellos y los tenía al corriente de lo que ocurría en
Concepción.
El nuevo
caudillo nombró su primer ayudante a Leandro de Contreras, hermano de Juan;
recordará el lector que este Leandro envió desde Concepción, donde residía, el
aviso de que la guarnición de Penco estaba sobre las armas, cuando los
yumbelinos se levantaron la primera vez y marcharon sobre la ciudad, la
tarde-noche del 23 de Diciembre.
Otro de
los ayudantes era el Sargento Moya, del fuerte de Arauco, que después de la
vuelta de aquel tercio a su guarnición, fracasada la primera intentona, había
huido para ponerse a cubierto de represalias.
Tomadas
estas providencias iniciales, el Capitán Marín de la Rosa despachó emisarios a
los fuertes de Arauco, Purén, Nacimiento, Angol y otros, invitándolos a
secundar la acción de Yumbel, bajo la promesa de que, “apresado el Gobernador
ladrón y quitádole que hayamos el dinero que se lleva”, constituirían el
Gobierno “debajo de la mano del Veedor Monteros de Espinosa, hasta que Su
Majestad provea lo que conviniere a su servicio”. De paso diré que la mayor
parte de estas guarniciones aceptaron la peligrosa invitación ante la
expectativa de lograr un mejoramiento en sus pagas; pero llegado que fue el
caso, ninguna respondió al llamado.
Recibidas
las respuestas favorables y alentadoras de varias guarniciones de la Frontera,
el Capitán Marín creyó llegado el caso de marchar a la consecución de sus
propósitos notificando al Gobernador, lealmente, la determinación adoptada por
“el Ejército”. Marín era hombre de pluma y redactó por su mano la
/
l carta que
va a leer íntegra el lector, para que aprecie con amplitud la situación de
ánimo en que se encontraban los sublevados.
Dice el
documento:
“Señor:
Siendo
Vuestra Señoría el que con su patrocinio ampara al reino, y habiéndole enviado
Su Majestad (que Dios guarde) para que mire por sus milites, Vuestra Señoría no
atiende a ellos, llevado sólo de su codicia, adulterando los sueldos y no
mirando los graves daños que pueden sobrevenir al Reyno, pues le miramos ya del
todo perdido; y siendo Vuestra Señoría la principal causa para tan grandes
errores, por los agravios tan manifiestos como Vuestra Señoría tiene hechos en
este Reyno, así a los milites como a los milicianos, que no hay como
ponderarlos, juzgamos que la corona del Rey, Nuestro Señor, en vez de
enderezarla la tiene ya Casi caída, pues los milites de todo el Ejército están
tan mal contentos, que si Dios no lo remedia, habrán de venir daños como a las
antiguas ciudades que se perdieron por los malos gobiernos y por las codicias
tan indecibles que introdujo la malicia. Y para fin de todo, los milites, muy
mal contentos, la ida de Vuestra Señoría para la ciudad de Santiago no la
tienen por buena; y así, Vuestra Señoría suspenda su viaje que es lo más útil
para el Reyno, lo más seguro para su sosiego y lo más conveniente; y todos le
requerimos de parte del Rey Nuestro Señor que mire Vuestra Señoría lo que
conviene, atendiendo, así a las raciones de carne y harina, como al resto que
nos queda de sueldo, pues Vuestra Señoría se ha quedado con él, sin el reparo
de los inconvenientes que de los latrocinios se siguen. Es cuanto se ofrece
decir a Vuestra Señoría, avisándole que el ejército está listo para moverse con
más ímpetu que en la rebelión pasada; y así, Señor, mire las cosas con
cristiandad. Todos los milites del Ejército besamos las manos de Vuestra
Señoría.— Todo el Ejército”.
La
lectura en alta voz que hizo el Capitán Marín de esta comunicación, ante el
escuadrón formado, produjo en la tropa un entusiasmo frenético; pero Varios
oficiales, muchos, si no todos, vieron que el panfleto iba encaminado a
tronchar todo posible avenimiento entre el Gobernador y los sublevados. Era
imposible aceptar que el Presidente pudiera “tratar”, por muchos deseos que
tuviese de arreglar pacíficamente las cosas, con la gente que lo llamaba ladrón
“por escripto”.
En medio
del entusiasmo bullicioso que se produjo a raíz de la lectura, nadie se atrevió
a hacer esta observación, tan prudente, sobre un documento asaz descabellado y
que venía a colocar en el más tremendo peligro el éxito de la revolución.
—
¡Necesito un mensajero que lleve esta carta a Penco! — exclamó el Capitán
Marín, dominando el bullicio.
Un grupo
numeroso de soldados se atropelló por hacerse presente, alzando las manos por
encima del montón de cabezas.
— Os
elijo a vos, Juan Rondón — pronunció el Jefe, señalando a uno de los que
parecían más entusiastas— . Montad a caballo y partid luego, que es necesario
que el pliego llegue a manos del Gobernador antes de que parta a la Capital. Y
cuidad de que no pase a otro poder que pueda desviar su destinación.
Juan
Rondón cogió el pliego, al que se le selló con una oblea de lacre, y montando
su tordillo rabicano, partió al trote por el camino de las alturas de
Quilacoya, que era el más corto para llegar a Concepción; caminó,
aceleradamente, lo que quedaba de mañana hasta el mediodía, y el llegar a los
portezuelos de Rere, cerca del arroyuelo del Talcamávida, creyó prudente dar
descanso a su cuerpo y a su caballo, echándose a dormir la siesta bajo unos
canelos frondosos y frescos, dando suelta a su bestia, previamente
desensillada.
Mientras
cerraba un ojo y estiraba la boca con bostezos de a jeme llamando al sueño, su
pensamiento se fue tras los sucesos que irían a acontecerle a su entrada en
Penco, cuando tratara de hacer llegar a manos del Presidente el panfleto que
llevaba en su faltriquera. Por cierto que jamás había pensado llegar con él
hasta la puerta del Palacio, ni menos esperar contestación... Su propósito era,
sencillamente, entregar el pliego a cualquier soldado y dar las ancas de un
solo clavetazo de espuelas, ¡y allá se las componga el nuevo mensajero con el
torpedo que le había caído a la mano!
Pero,
pensándolo bien, cayó en la cuenta de que no era de buen revolucionario ni de
correcto mensajero — a quien se le había confiado una misión de importancia—
largar el mensaje al albur, en manos desconocidas, sin poder dar, a su
tiempo, cuenta cabal a su Jefe y a sus compañeros de la suerte que hubiera
corrido; sin esfuerzo llegó a la conclusión de que si bien podía estar
dispensado de no llegar él mismo hasta los fuertes de palacio, no tendría
disculpa alguna haber entregado el pliego a cualquiera persona, sin tener la
certeza de que llegaría a su destino.
Con todas
estas ideas en la cabeza, Juan Rondón montó de nuevo a caballo y picó,
resueltamente, con el propósito de llegar a Penco antes de que se entrara el
Sol.
En
efecto, aún no se hundía el disco luminoso del día en las aguas inquietas del
mar, cuando Juan Rondón bajaba, al tranco largo de su pingo, la última ladera
del cerrillo de la Ermita, al pie del cual se levantaba el “colegio” de la
Compañía de Jesús. Ver la esbelta torre de este templo y despejársele el
cerebro fue uno... ¿En qué manos más seguras y expertas podría quedar el pliego
de que era portador, sino en las del santo y venerable Padre Antonio de Lesa,
que había sido el emisario del Presidente para los “tractos” y convenios que se
hicieron en la revuelta anterior?
Juan
Rondón se calificó, a sí mismo, como el más distinguido mentecato por no
habérsele ocurrido antes idea tan simple como salvadora, y dando un último
espolazo a su rabicano, ganó casi al trote las tres o cuatrocientas toesas que
le faltaban piara llegar al plan.
Encontrábase
ya a pocos pasos del templo jesuita cuando le asaltó la última duda, el postrer
temor. ¿Sería conveniente que él mismo entregara el pliego al Padre Antonio?
¿No lo reconocería el religioso, y trataría de “sonsacarle” sobre lo que pasaba
en Yumbel y sobre el significado del pliego que ponía en sus manos? Y si el
jesuita sospechaba que había en Yumbel un nuevo alzamiento, ¿se prestaría para
llevar una noticia de esa especie a Palacio?
Era mucho
mejor esconder el bulto y pasar inadvertido para todos. Juan Rondón, bajó del
caballo, ató las riendas a un horcón, cerca de un rancho, y salió en busca de
una solución para su problema. Entró por la callejuela que comunicaba el camino
faldero del cerrillo con la plazuela de la Catedral, y allí, en su atrio,
esperó a que su suerte le deparara la ayuda que necesitaba.
No
transitaba nadie por esa plazuela y se imaginó el hombre que lo mejor sería
situarse en las cercanías del convento de la Compañía; hacia allá encaminó sus
pasos; atravesando la Plaza de Armas, por la hipotenusa, encontró la portería
del colegio jesuita, y saliendo de ella, a una mujer del pueblo que llevaba en
sus brazos a una criatura.
— Buena
mujer — díjole Rondón abordándola inmediatamente— , ¿quisieras hacer un
servicio al Rey, y al santo Padre Antonio, y al mismo tiempo ganaros una moneda
de cuartillo?
La mujer
casi no entendía todo eso; pero a la voz de un cuartillo, lo único que atinó a
preguntar fue:
— ¿Y
quién tiene esa moneda...? ¿Dónde hay que ir a buscarla ...?
— Héla
aquí — contestó el soldado, mostrándole la pieza de vellón— , y para ti será,
si entregas, luego, sin demora alguna, este pliego al Padre Antonio, que ha de
estar en estos momentos, recogido en su celda ...
— Sí que
lo está, señor Soldado — dijo la mujer— , pues acaba de poner sus manos sobre
éste mi hijo, para quitarle unas calenturas malignas que le han atacado.
¿Daréisme la moneda si entrego el pliego al Padre Antonio? ¡No me la neguéis,
señor, que con ella habré de mercar “melecinas” para este angelito, que se me
muere!...
— Aquí
está el pliego, buena mujer; llévalo y entrégalo, si puedes, al santo reverendo
en sus propias manos...
Cogió la
mujer el pliego, pero no se movió.
— ¿Y la
moneda...? ¿No me la dais? — insinuó, expectante.
— Os la
daré luego que vuelvas, hecho el mandado.
— ¿No os
fuyiréis...? ¿No os burlaréis de mí...? — agregó recelosa.
— No
temas, no — rió Juan Rondón— ; y para que tengáis prenda, allá va ese maravedí,
que también os lo doy, por vía de regalo. Idos — mandó— , que ya es tarde. Aquí
espero.
La mujer
cruzó en cuatro zancadas el espacio que la separaba de la portería y
desapareció en la oscuridad del quicio.
Transcurrieron
algunos minutos, durante los cuales Juan Rondón se sumió en las más encontradas
conjeturas sobre la suerte que iba a correr el pliego yumbelino y sobre los
peligros que estaba corriendo él mismo, y por fin vio que su demandadera
desembocaba del amplio portón jesuítico y se dirigía hacia él. Antes de que
Rondón alcanzara a formular la consabida pregunta, la mujer díjole:
— Dilo al
hermano portero; díjome lo entregaría por su mano en las del Padre Antonio, y
lo llevó... ¡Dame 'la moneda prometida!...
—
Contéstame antes: ¿no te inquirió el portero sobre quién enviaba el pliego?
— Sí, por
cierto; díjele que un señor soldado de Yumbel...
—
¡Demonio!... — protestó Juan Rondón— . ¿Y cómo lo supiste...? ¡Contesta!
— Lleváis
la insignia en el brazo, señor Soldado, y la conozco porque un hermano mío
sirvió allí, años ha... ¡pero dadme la moneda — insistió— , que debo irme!
Rondón no
quiso prolongar más su permanencia en ese sitio, después de tal revelación;
alargó la moneda a la perspicaz pueblerina, y arrojando un ¡buenas tardes!
desapareció por la callejuela para saltar sobre su caballo y picar
aceleradamente hacia Yumbel.
Cuando el
Gobernador Ibáñez de Peralta terminó de leer el insultante panfleto, un
espumarajo amarillento inundó sus labios; sus manos afiladas, elegantes,
trasegaron nerviosas la faltriquera, en demanda de una batista y, tembloroso,
se enjugó el sudor frío y abundante que brotó de su faz congestionada y
convulsa.
El Padre
Antonio, de pie delante del gobernador, avanzó un paso para auxiliarlo; Ibáñez
movió negativamente las manos, con pañuelo y todo y requirió la campanilla que
esperaba sus órdenes sobre la mesa de prolongado tapete carmesí; la agitó, y el
sonajero, como un contraste al trágico momento que vivía su amo, cantó un
alegre repique, como la carcajada de un niño.
— Que el
señor Marqués sea servido de venir a este mi aposento.. . — mandó el Gobernador
al criado; y se abandonó sobre el amplio sitial— . No os retiréis, Padre —
agregó al notar que el Jesuita formulaba una reverencia de despedida—, quiero
que estéis presente cuando el señor Marqués de Corpa, mi sobrino, y Capitán de
mi escolta, diga su opinión sobre el inmundo cartel que la canalla de Yumbel ha
mandado, por vuestra mano, al Sargento General de Batalla de los Reales
Ejércitos Don Francisco Ibáñez de Peralta, Caballero de San Juan y Gobernador
del Reino de Chile, por Su Majestad... — terminó de un tirón, y forzando la
voz.
— ¡Por mi
mano!... — musitó, el jesuita, inclinando la cabeza blanca.
— ¡Por
vuestra mano!... Por vuestra mano inocente, Padre; si no estuviera cierto de
que vuestro pecho no da albergue a la traición, aquí mismo castigaría con mi
espada tan negra perfidia.
— Ved,
Marqués, ese escrito — dijo el Gobernador, cuando el Marqués de Corpa apareció
bajo el ala del pesado cortinaje—, y decidme qué castigo merecen los felones de
tal calaña...
Cogió Don
Mateo Ibáñez de Segovia y Orellana el pliego y pasó la vista sobre sus
renglones.
— Leedlo
fuerte, señor — ordenó el Gobernador—, que deseo lo conozca también el Padre
Antonio, que ha sido su portador... ¡Leed... leed en voz alta...! ¡Leed!
Cuando el
Marqués de Corpa acabó la lectura, la transparente faz del jesuita estaba
inundada por las lágrimas.
— Vos
sabéis, señor Gobernador, el castigo que merecen los traidores al Rey — dijo
con enronquecida voz el Marqués—; garrote vil, y descuartizamiento.
El
Gobernador no tenía por qué, ni siquiera pasó por su mente, entrar a tratar con
los revoltosos para solucionar por vías de la componenda las dificultades que
originaba el nuevo motín. Su situación actual era muy diferente de cuando se
produjo la primera sublevación, un mes antes.
La
guarnición de Concepción y las milicias le eran adeptas, o por lo menos, buen
cuidado había tenido de poner al frente de ellas a oficiales de su amaño, que
sabían mantener la disciplina; las tropas diseminadas por los fuertes, fortines
y plazas de armas de la frontera, podrían estar disgustadas y en disposición de
alzarse contra la autoridad; pero con el fracaso, casi ridículo, del
levantamiento anterior, sus ánimos habían decaído hasta la sumisión, y bien'
informado estaba el Presidente de que no habría quien pudiera levantarlas otra
vez, en son de rebelión contra el Rey.
Y, por
último, el hombre prevenido vale por ciento, y en este caso se encontraba el
Presidente. El motín del 23 de Diciembre le había abierto los ojos, y hubiera
sido imperdonable que un mandatario hábil e inteligente, arrojado y valeroso
como el Sargento General de Batalla, pudiera ser sorprendido, otra vez, en la
situación peligrosísima en que estuvo un mes antes; a esto, precisamente, había
obedecido el llamado que a raíz de aquellos sucesos había hecho a su sobrino el
Marqués de Corpa — que permanecía en Santiago al frente de los negocios que les
eran comunes— para que se viniera aceleradamente a Penco trayendo de la
Capital cincuenta hombres de su confianza, bien armados y apertrechados que le
sirvieran de guarda y escolta.
Esta
guardia personal del Gobernador había sido aumentada con alguna gente escogida
de Penco, y a esas fechas alcanzaba a un centenar de hombres resueltos, que
tenían por jefe al Marqués, mozo impulsivo y valiente que con su título
nobiliario y su procedencia peninsular tenía sobre esa tropa un ascendiente
incontrarrestable.
La misma
noche en que el Gobernador Ibáñez de Peralta tomó conocimiento del descabellado
panfleto de los yumbelinos, impartió las órdenes convenientes para que fueran
acuarteladas las milicias de Penco, incorporándose a sus respectivas unidades;
junto con esto, ordenó alistarse a su cuerpo de guardia personal para salir a
campaña al primer aviso. Al día siguiente, por la tarde, Concepción contaba con
fuerzas muy superiores a las que podía presentar el tercio de Yumbel, que, ya
lo dije antes, alcanzaban a poco más de un centenar de veteranos.
El
Presidente dejó el mando de las tropas de Penco en manos del Maestre de Campo
General don Pedro de la Barra, con la orden de ahogar en sangre cualquier
movimiento sedicioso, y a la madrugada del día 2 de Marzo partió hacia Yumbel
escoltado por ciento diez hombres, ochenta de los cuales eran de caballería y
el resto arcabuceros, al mando superior del Marqués de Corpa y de oficiales
seleccionados, entre los cuales se contaba a los capitanes Juan Jerez y
Rioseco, Alberto Benavente y el teniente Mateo del Solar, “paniaguados” del
Primer Mandatario.
El
Presidente llevaba como asesor jurídico al Oidor don Álvaro Bernardo de Quiroz,
y como escribano de Cámara a don Juan Vásquez de Novoa; como ayudantes o
edecanes, a los comisarios generales del Ejército don Matías Sánchez del
Castillo y don Pedro Sánchez de Arena, y al Capitán de caballos don Alonso de
Mendoza. Por haber rehusado insistentemente el cargo de capellán de la campaña
el Padre Antonio de Lesa, “a causa de sus achaques”, el Gobernador designó en
su reemplazo a otro jesuita del Colegio de Concepción, el Padre Jorge Bürger.
El
Presidente iba resuelto a sofocar la insurrección por la fuerza, si era
menester, y a hacer justicia severa.
La noche
antes de la partida envió mensajeros a las principales plazas de la frontera
para comunicarles que salía al frente del ejército para castigar
implacablemente todo conato de revuelta, y que desde ese momento condenaba a
muerte y a confiscación de bienes, por delito de lesa majestad, a todo oficial
o soldado que tomare las armas contra la autoridad de su jefe natural, y daba
poder a cualquiera persona, fuera militar o civil, para que, procediendo en
nombre del Gobernador a la defensa del orden, “quitara la vida al que
amotinare, acaudillare e incitare en contra de mi autoridad superior y
suprema”.
Las
guarniciones de Purén y de Nacimiento, que estaban resueltas a secundar el
movimiento de Yumbel, “dieron la vuelta a sus campamentos’’ al conocer el
terrible y corajudo mensaje del Gobernador y las demás, que probablemente
estaban indecisas todavía, resolvieron no lanzarse en tan peligrosa aventura y
mantenerse quietas.
La
columna expedicionaria caminó tranquilamente hacia las riberas del estero de
Quilacoya, y después de haber tomado un descanso continuó su derrotero hasta
los campos de Rere, en donde “hizo siesta”. La tropa marchaba contenta,
satisfecha y confiada en el ascendiente moral que le daba su papel de defensora
de los derechos del Rey.
Pasadas
las alturas del Rere, la columna bajó a los campos planos y vegosos de Yumbel,
que suponían controlados ya por las tropas sublevadas; no era posible pensar en
llegar ese mismo día a la plaza fuerte, y el Gobernador dispuso que se
“plantara el vivac” para pernoctar, y salir al siguiente día en demanda de San
Carlos de Austria, para ponerle sitio, si no era posible asaltarlo
inmediatamente.
Tomáronse
las precauciones militares que eran de rigor en campo enemigo y la noche
transcurrió sin novedad. Con la alborada del día 3 de Marzo, la columna
emprendió la última jomada hacia su destino, a donde se proponía llegar antes
del mediodía.
El Jefe
de los amotinados, Capitán Marín de la Rosa, estaba perfectamente informado,
desde el día anterior, del avance de los “de Penco” y de su número y calidad.
De cuáles eran los propósitos del Presidente, que se hacía acompañar de un
séquito de juristas y asesores, no podían tener dudas los yumbelinos, ya sabían
que la cuestión se iba a resolver pronto y en definitiva, porque ellos, a su
vez, estaban dispuestos a llegar hasta el fin.
Cuando
Marín supo que las fuerzas enemigas vivaqueaban a tres o cuatro leguas de
Yumbel, pensó en que un asalto nocturno podía dar a los rebeldes una ventaja
enorme, y tal vez poner en sus manos la persona del Gobernador; pero,
consultado su “consejo de Guerra”, resolvió esperarlo en línea de batalla, en
ciertas posiciones que se estimaron mucho más ventajosas que el fuerte mismo.
Dejando
en la “plaza” solamente la tropa necesaria para servir la artillería, Marín
salió con su tercio muy de madrugada, en demanda de la columna presidencial y
ocupó a su arbitrio las posiciones estratégicas que estimó de mayor eficacia
para detener el avance de los enemigos. A eso de las nueve de la mañana, las
avanzadas del Presidente divisaron a las de los rebeldes y ambas “saludáronse”
con sendas descargas de arcabucería destinadas más a dar la alarma que a
ofenderse. Media hora más tarde, los ejércitos “se carearon” en línea de
batalla, y una vez que el Marqués de Corpa, General en Jefe de los
“presidenciales”, hubo manifestado encontrarse listo, el Gobernador ordenó el
ataque.
— ¿Me
permitís, por amor de Dios, una última palabra, antes de que esto no tenga
remedio, señor Presidente? — suplicó el jesuita, Padre Bürger, yendo hacia el
Mandatario, que se encontraba rodeado de sus consejeros.
— ¿Qué es
ello, Padre? — interrogó Ibáñez con cierto despego— ; os prevengo que es
inútil, ya, buscar cualquier avenimiento con los rebeldes ...
—
Aguardad un momento, señor Marqués — rogó el jesuita, yendo hacia el de Corpa,
que ya había dado riendas...— Deteneos sólo un instante, por la Preciosa
Sangre del Crucificado... ¡Señor! exclamó de nuevo, volviendo el rostro hacia
el Presidente, con las manos en alto.
— No
acierto a comprender lo que pretendéis, Padre — dijo el Gobernador, un tanto
molesto con la actitud del religioso— ; ved que los ejércitos están a las manos
y que por oíros puede ocurrir algo irremediable...
— ¡Es
sólo un instante, señor!... ¡Esperad un instante... Un instante!... — dijo por
fin, corriendo hacia el Gobernador, y colgándose del arzón.
—
¡Hablad, pues y pronto!... — dijo por fin Ibáñez, deteniendo, con una señal, al
Marqués de Corpa, que miraba indeciso al jesuita.
— Señor —
continuó el Padre Bürger, con voz entrecortada por emoción nerviosa— ; ¡mirad
que sois hermanos... de la misma sangre!...
— ¡Son
rebeldes!... — intervino el Oidor Quiroz.
— ¡Son
infelices, y van engañados!... — rectificó el Padre Jorge Bürger, y quizá si no
están pidiendo perdón desde el fondo de sus ánimas, y no pueden hacerse oír de
vuestra magnanimidad... ¡Señor — exclamó de nuevo, casi con lágrimas en los
ojos— , dejadme que vaya hasta ellos y los incite a que se arrepientan y que se
arrojen a vuestras plantas!...
— Ya es
tarde — afirmó el Gobernador.
— ¡Pensad
en los que caerán y perderán sus almas, por no haberles dado vos una
oportunidad de arrepentimiento!...
— ¿Y qué
pretendéis, por fin? — preguntó el Gobernador dejando caer sobre el jesuita una
mirada que deseaba ser indiferente.
— Señor,
dadme sólo unos minutos, los necesarios para ir al campamento de los rebeldes,
y volver y si no os traigo una esperanza, proceded como queráis. ¡No neguéis
este consuelo a mi corazón de sacerdote de Cristo!...
El
Gobernador no pudo desentenderse de tan insistente súplica, que al, fin y al
cabo venía de un jesuita... ¡Hay que figurarse lo que era un jesuita en esos
tiempos! El haberse negado a oír proposiciones de paz en esta rebelión, causada
por motivos tan discutidos, tan enmarañados, podía traerle al Gobernador
complicaciones muy graves si la “Compañía de Jesús” informaba al Rey de ciertas
cosillas...
Consultó
rápidamente a sus asesores, y ninguno, excepto el Oidor, cerró los ojos al
capricho; al fin y al cabo se iba a batir el cobre de lo lindo, y nadie era
profeta para saber el resultado del próximo triquitraque...
— Padre —
díjole, después de haber tratado en reserva con sus consejeros— , le doy a
Vuestra Paternidad una hora para que traiga de paz a esa gente y para que se
vuelva tranquila a esperar en su guarnición, depositando, previamente, las
armas, la resolución que habré de tomar sobre sus delitos, repetidos ya,
segunda vez. Vaya Su Reverencia, luego, que al fin y al cabo todo habrá de ser
tiempo perdido.
Precedido
de una bandera blanca que portaba un alférez, repechó el Padre Bürger la colina
sobre la cual se mantenían, ordenados en batalla, los amotinados de Yumbel.
Cuando los centinelas dieron aviso de que se acercaba un parlamentario y,
especialmente cuando fue reconocido el jesuita, el Capitán Marín de la Rosa
ordenó que el Capitán Ortiz de Ceballos y los alféreces Antonio Chavarría y
Lorenzo de Arcos salieran a su encuentro para interrogarle sobre el objeto de
su misión.
— Os
pido, en nombre de Dios, que me llevéis delante de vuestro caudillo — dijo, con
firme continente, el jesuita.
— ¿De
modo, Padre — observó el Capitán Ortiz— que no queréis decirme a mí el
objeto de vuestra misión?...
— Habréis
de suponer que es de paz — repuso el religioso, abriendo los brazos, como para
mostrar su amplia sotana.
— El caso
es que, antes de permitiros el paso, habré de tomar la venia de nuestro
General, Capitán Marín de la Rosa.
— Haced
lo que gustéis — contestó el jesuita— , pero decidle que habré de llegar hasta
su real, aunque me cueste la vida.
Asombróse
Ortiz al oír tales palabras, dichas en forma tan cortante por un religioso; y
aunque quiso contestar en el mismo tenor, no lo hizo, y se limitó a decir a sus
alféreces:
— Haced
compañía al Padre, si sois servidos, mientras vuelvo.
Y
“picando”, colina arriba, desapareció luego por un recodo.
— Pasad,
Padre Bürger, vos solo — gritó, una vez que hubo aparecido de nuevo en lo alto—
y vosotros — ordenó a los alféreces— quedaos a la vera del
abanderado.
Cruzó el
jesuita la línea de batalla del campo rebelde y en pocos momentos estuvo frente
al Caudillo Marín de la Rosa, que lo esperaba rodeado de su Consejo de Guerra.
—
¿Traéis, Padre, la voz del Gobernador...?
— ¡Traigo
la voz del Rey!... afirmó el jesuita, inclinándose ante el grupo.
Tal
respuesta causó sensación.
— La voz
del Rey es la que se oye en este campo — arguyó el Caudillo— porque el
Soberano es deservido allá al frente.
— El Rey
está donde flamean las banderas de sus representantes, quienes ellos sean. El
tercio de Yumbel se ha levantado en armas contra esas banderas; es rebelde, y
está fuera de la ley...
—
Téngase, Padre — aconsejó el Caudillo— , que no le valdrá a Vuestra Reverencia
el santo hábito que viste, para sufrir consecuencias que no tiene por qué
afrontar.
—
Resuelto vengo a entregar mi vida — contestó el parlamentario— y no tengo
reparo en cumplir mi deber de sacerdote y de leal servidor de Su Majestad.
— Vuestro
deber de sacerdote es el de defender al oprimido, al que sufre hambres y
miserias, y no el de amparar a 'ladrones. — ¿Tenéis algo más que proponer, o
habéis venido sólo a reprocharnos. .. ?
— Lo
primero, vengo a deciros que vuestra conducta es ofensiva a Dios, porque es
contraria a la lealtad y obediencia que debéis al Rey, vuestro Señor Natural, y
que debéis reparar este delito lesae mcajestatis, que merece la
muerte en esta vida y la eterna condenación en la otra; y lo segundo, que la
única manera de repararlo y de no caer en las tremendas penas espirituales y
corporales ¡a que os habéis hecho merecedores, es que os volváis humildemente a
vuestros cuarteles y que aceptéis de nuevo el mando de nuestro Sargento Mayor
don Pedro de Molina...
—
¡Moriremos primero! — dijo Marín.
— ¡Sí,
moriremos! ¡Una y mil veces! — exclamaron en coro los oyentes, que ya eran una
treintena de oficiales y sargentos.
—
¡Moriréis de cuerpo y de alma — amenazó el jesuita— , porque el que cae con las
armas en la mano contra su Rey, muere excomulgado!...
— ¡Calle,
Su Reverencia, Padre!... — gritó Marín, avanzando hacia el religioso.
— No
habré de callar — replicó Bürger, firmemente— porque mi oficio de
sacerdote me obliga a rendir hasta el último aliento de mi vida por salvar
vuestras almas, y por servir al Rey... Haced de mí lo que queráis — agregó al
ver que Marín de la Rosa llegaba hasta cinco pasos— ; heridme, ponedme en
prisiones, matadme de una vez, que con ello sólo conseguiréis agravar vuestro
crimen con un sacrilegio...
Tal
fuerza de* convicción ponía el Padre Bürger en sus palabras, tal era la
resolución con que avanzó hasta él Marín de la Rosa, que un grupo se abalanzó a
interponerse entre ambos, para evitar el desacato que se preveía...
—
¡Deteneos! — mandó el Caudillo a su gente, alzando la mano, y deteniéndose a su
vez.
— ¡No
atropelléis al Padre! — interpuso el Capitán Ortiz de Ceballos.
—
Apartaos, Ortiz — mandó Marín— , que ya llegará el momento en que mandéis vos
el tercio, si no consigo ser obedecido. Dejadme, que deseo hablar con este
mensajero algunas palabras.
La gente
se había arremolinado alrededor del jesuita, en grupos aislados que comentaban
sus palabras de distintas maneras; pero muy pocos eran los que conservaban sus
bríos, obligados a recapacitar sobre las tremendas amenazas que había lanzado
el irreductible religioso.
— ¿Y qué
es lo que pretendéis, por fin? — dijo el Capitán Marín, acercándose al
parlamentario, que permanecía enhiesto.
— Que por
amor a Dios, por respeto y lealtad al Rey y por la salvación de vuestras almas,
os volváis a Yumbel — contestó con firmeza el Padre Bürger.
— ¿Y
habrá de quedarse con nuestro dinero el Gobernador? — propuso el Sargento
Francisco de Espinosa.
— El Rey
tiene justicia, y si puede tardar, llega al fin — afirmó el jesuita— ; buenos y
numerosos servidores tiene su Majestad en este Reino, que podrán informarle de
'lo malo o perverso que hayan hecho sus representantes; ¡y os aseguro que habrá
justicia y castigo, si lo sabéis pedir como cumple a leales vasallos! —
terminó, como en tono singularmente enérgico.
— Ved que
podemos apoderarnos de la persona del Gobernador — dijo el Alférez Agustín
Ramírez— , y hacernos justicia inmediata...
' — ¡Sí,
pero a costa de mucha sangre, y en son de rebelión, — arguyó el Padre— , y eso
es lo que tengo de impedir. No dudéis más, y pensad en la salvación de vuestras
almas, en la de vuestra vida, — porque al fin habréis de sucumbir en una lucha
con el Rey, y en la infamia que caerá sobre vuestros hijos!...
— ¿Y qué
deberemos hacer entonces? — interrogó Juan de Contreras, el caudillo de la
primera revuelta— ¿acaso deberemos volvernos, derrotados sin combatir,
como en Penco, para que el Gobernador tome, después, venganza en nosotros?...
— No
volveréis derrotados, sino acreditados de leales ante el Rey, puesto que por
ser fieles habéis abandonado las ventajas que podríais tener, momentáneamente,
en espera de justicia. ..
— Que
oiga el Gobernador nuestros reclamos y que prometa acogerlos!... — propuso
María de la Rosa.
— El
Gobernador no oirá redamos ni quejas que se hagan en son de guerra y con las
armas en la mano — afirmó el Padre Bürger.
— Una vez
que hayamos regresado a nuestros cuarteles, el Gobernador se reirá de nosotros
y de nuestros reclamos, y en seguida nos castigará con represalias.. —
intervino el Sargento Juan de Moya, aquel caudillo del tercio de Arauco— ; ¡no
deberemos ceder! — gritó, dirigiéndose a la tropa que se había reunido, casi
toda, alrededor del jesuita.
— Os
aseguro que no ocurrirá eso — acentuó el religioso— , porque la “Compañía”
defenderá vuestras reclamaciones y vuestras personas... ¡Volved a vuestro
cuartel, y descansad en “mis hermanos”, y en mí!...
La
promesa de que “la Compañía” defendería las reclamaciones del Ejército fue el
argumento decisivo para inclinar a la mayoría de los sublevados hacia la
solución de paz, si no hubiera sido suficiente la expectativa de morir bajo
pena de excomunión...
Desde ese
momento la resistencia de los amotinados se debilitó y cayó, y después de
discutir, brevemente, algunos detalles casi insignificantes, se manifestaron
dispuestos a regresar a sus cuarteles, a condición de que no continuara como
Jefe de la Plaza el Sargento Mayor Molina, y de una formal promesa del
Gobernador, de no tomar represalias, y conceder amnistía general.
Por su
parte, el Padre Bürger afirmó una vez más que la Compañía de Jesús apoyaría
ante el Virrey del Perú, y ante la Corte, si fuera necesario, las reclamaciones
del ejército de Arauco, si el Gobernador Ibáñez de Peralta las rechazaba como
hasta entonces.
Una larga
clarinada que se oyó en el campamento enemigo avisó al parlamentario que el
tiempo concedido para su conferencia con los rebeldes había terminado, y
despidiéndose de ellos con palabras “de consuelo” el jesuita regresó al real
del Gobernador, absolutamente confiado en que su misión había tenido éxito
completo.
Cuando el
Padre Bürger, después de referir a Ibáñez de Peralta los detalles de su
entrevista, le comunicó las únicas condiciones que los rebeldes habían puesto
para someterse, contestó el Gobernador:
— Padre,
mucho le debo a Vuestra Reverencia, pero no acepto la condición de quitar el
mando del fuerte de Yumbel a don Pedro de Molina, aunque lo merecería, por
torpe; y en cuanto a la general amnistía, estoy dispuesto a concederla a todos,
menos a Marín de la Rosa y a Juan de Contreras que han sido los caudillos de
las dos revueltas. Puede Vuestra Reverencia comunicar esto a los rebeldes, o si
no quiere hacerlo Vuestra Reverencia por sí misma, yo se los haré saber.
Y
llamando al escribano Vásquez de Novoa, díjole:
—
Escribid, si sois servido, lo siguiente, que luego iréis a notificar “verbo ad
verbum”, al que mandare en el campo rebelde.
“Don
Francisco Ibáñez de Peralta, Gobernador del Reino de Chile, por Su Majestad,
manda al tercio de Yumbel que vuelva, luego, a sus cuarteles, deposite allí sus
armas y se ponga debajo de la mano de su Sargento Mayor, don Pedro de Molina.
Sólo así conseguirán, oficiales y tropa, la indulgencia del Gobernador y su
perdón por el delito “lesae majestatis” que han cometido por alzarse,
segunda vez, en armas contra el Rey Nuestro Señor; más, declaro que en este
perdón no están incluidos ni el Capitán José Marín de la Rosa, ni Juan de
Contreras, que fue Teniente, los que serán aprehendidos en sus cuerpos, e
identificados, se les ajusticiará por mano del verdugo con garrote vil, hasta
que mueran naturalmente por traidores al Rey”.
Un
profundo desaliento invadió al tercio de Yumbel cuando oyó la noticia de este
“auto”; ante la incontrarrestable energía del Gobernador, que rechazaba de
plano una de las dos condiciones que habían puesto los rebeldes para someterse
a la autoridad, y negaba terminantemente el perdón para los caudillos Marín y
Contreras, sin asomos de temor por las consecuencias, los yumbelinos se
consideraron perdidos, y buscando cada cual la salvación de la propia vida,
“fueron apartándose poco a poco” y dieron la vuelta a Yumbel.
Los
caudillos Marín y Contreras, y algunos otros oficiales que no tenían confianza
en el indulto ofrecido por Ibáñez, tomaron francamente la fuga y se
sustrajeron, por el momento, a la persecución, que inmediatamente fue ordenada
por el Gobernador, en forma tenaz.
Aún antes
de haber llegado a las cercanías de las murallas del fuerte, los soldados del
tercio de Yumbel pudieron convencerse de que el perdón que tan solemnemente se
había ofrecido a los sublevados, era un mero engaño; apenas habían caminado una
legua desde que, abandonando las posiciones que habían escogido para resistir,
volvieron riendas hacia su guarnición, el Gobernador Ibáñez, a pretexto de que
el tercio yumbelino guardaba la correcta formación de marcha, dispuso que el
Marqués de Corpa, general de las tropas gubernistas, avanzase con sus ayudantes
hacia adelante para tomar el mando en jefe de todo el ejército.
Partió el
Marqués y su primera medida fue quitar el mando a los oficiales yumbelinos,
poniendo en su lugar a los de su séquito; e inquiriendo enseguida dónde se
encontraba el caudillo revolucionario Marín de la Rosa, manifestó su propósito
de hacerlo prisionero.
Por
cierto que ni Marín, ni Juan y Leandro Contreras, ni Juan Moya, ni ninguno de
los cabecillas de la insurrección se hicieron presentes. Marín y Contreras
sabían ya que no tenían perdón, y los demás, desconfiando con razón de las
palabras del Gobernador, habíanse puesto en salvo tan pronto como vieron que la
tropa, en su gran mayoría, había fallado en presencia de la energía con que
Ibáñez había dado su última respuesta.
Y los
soldados mismos, al ver que el Marqués de Corpa había sustituido a los
oficiales y sargentos, empezaron a temer por sus vidas y poco a poco fueron
abandonando las filas a la vuelta de los recodos y de los bosques del trayecto,
bastante conocidos por ellos.
Algunos
de los oficiales huidos se adelantaron, imprudentes, hacia la Plaza de Yumbel
para recoger sus pobres haberes antes de huir a otras tierras; otros, más
temerosos o más prudentes, huyeron con lo “encapillado’’; éstos fueron en
realidad los que pusieron en salvo sus personas de las crueles o sangrientas
represalias que el Presidente y su Auditor de la Guerra, el Oidor Quiroz, iban
lucubrando en castigo de los que habían tenido la audacia de reclamar con las
armas en las manos sus miserables “pagas” tanto tiempo insolutas.
En medio
de aquel desbande de gente temerosa, era natural que hubiera muchos que
deseasen congraciarse con el Presidente para eludir el castigo: no faltó, pues,
uno o varios que hiciera llegar a oídos del Gobernador Ibáñez la noticia de que
muchos oficiales habíanse adelantado hacia Yumbel para de ahí ponerse a salvo,
y que posiblemente entre aquéllos podrían encontrarse los dos cabecillas que no
habían obtenido gracia.
A una
orden del Gobernador partió inmediatamente, por la posta, una compañía de
caballos ligeros lanzas, al mando del Capitán don Antonio de Mendoza, con el
encargo de penetrar
(
al
fuerte, de ocuparlo militarmente y de aprehender a cuantos se encontraran
dentro de sus murallas y en los alrededores.
Mendoza
llegó al puente levadizo de Yumbel antes de dos horas, y pudo penetrar sin
obstáculo hasta sus cuarteles, porque el puente estaba echado y sin guardia
alguna. Los vigilantes de la fortaleza habían abandonado sus atalayas y
puéstose en salvo, tan pronto como supieron, por boca de los oficiales
fugitivos que habíanse adelantado en busca de sus “cortas especies”, que todo
el tercio yumbelino se había rendido al Gobernador.
En
efecto, la caballería ligera de Mendoza no encontró resistencia alguna para
ocupar las dependencias de la fortaleza y para poner en prisiones a los pocos
soldados que encontró a su paso antes de proceder a la revisión y “escrutinio”
de las casamatas y aposentos. Una vez colocadas las guardias y centinelas que
le aconsejaba la prudencia, el Capitán Mendoza, en persona, echóse a
inspeccionar los “cuartos y cuarteles” en busca de los cabecillas “que allí se
habían metido”, según sus noticias.
Pronto
llamó su atención un aposento que permanecía cerrado, al lado del “cuarto de
banderas”; empujó la puerta y no cedió: estaba atrancada por dentro,
evidentemente, pues la puerta no mostraba “boca de llave”.
— ¡Abrid,
por el Rey! — gritó Mendoza— ; es inútil que permanezcáis allí, estando ocupado
el fuerte por las tropas leales.
Y como no
se oyera respuesta alguna ni a la segunda ni a la tercera requisitoria, el
Capitán dijo:
— Quienes
seáis, señores o no, os aconsejo que no agravéis vuestro delito con una
resistencia torpe e imbécil. Estáis rodeados y no podréis escapar ni ahora, ni
menos aún cuando ocupen el fuerte las restantes tropas de Su Señoría el
Gobernador.
—
Dejadnos huir, señor Capitán, por vuestra vida — dijo una voz de adentro.
— Mal
momento habéis elegido para pedírmelo — contestó Mendoza— . Salid y hablad
frente a frente, como cumple a caballeros; y apresuraos en ello, que no será
ninguna gallardía para vuestras personas el que se os aprehenda como conejos en
trampa.
— ¿No nos
prometéis dejarnos huir? — repitió otra voz, después de un momento.
— No
responderé a tales inepcias — dijo, por fin, el Capitán— . Yo he venido a
aprehenderos porque el Gobernador sabía que pretendíais huir; faltaría a su
deber de soldado y traicionaría a mi superior, si hiciera lo que me pedís. Os
aconsejo de nuevo — terminó— que os entreguéis a mí, cual cumple a nobles
vencidos, y de esta manera habréis esperanzas de alcanzar perdón, pues no tengo
por qué decir la manera como os hice prisioneros.
— ¿No
diréis al Gobernador que hemos resistido?
— Hasta
ahora no habéis resistido, sino que estáis haciendo una tontería.
— ¿Y qué
habremos de hacer, señor Capitán Mendoza, para ser tratados con misericordia? —
dijo otra voz distinta de las que habían hablado hasta ese momento.
Mendoza
reparó en que el diálogo era insulso, que se repetía sobre el mismo tema y era
inútil; una sospecha le sobrevino de repente.
— Vigilad
las murallas exteriores — ordenó al punto, corriendo él mismo hacia el puente
levadizo.
La orden
del Capitán Mendoza no pudo ser más oportuna. El aposento donde estaban
“atrancados” los cabecillas tenía una pequeña ventana “de luz”, que daba a la
Plaza de Armas, frontera al fuerte, y por allí, torciendo los hierros
empotrados que servían de reja, estaban descolgándose hacia afuera de uno en
uno, los que el Capitán creía cazados en trampa, mientras los que esperaban su
tumo sostenían 'la conversación puerta por medio.
Cuando el
Capitán y una docena de soldados pudieron salir al campo, ya habían logrado
escapar varios, ocultándose en los matorrales vecinos, algunos, y acogiéndose a
la Iglesia parroquial los que no tenían otros medios para ponerse a salvo.
— ¡No os
escaparéis, malditos! — rugió el burlado Capitán, requiriendo su caballo y
dando órdenes para que diversas patrullas corrieran en persecución de los
fugitivos.
Por
primera medida, hizo rodear el templo parroquial y la casa del Cura Flores y
Valdés y dio instrucciones terminantes de hacer fuego de arcabuz sobre
cualquier rebelde que osara salir del recinto sagrado; y si no penetró allí,
desde luego, fue porque las severas leyes eclesiásticas no permitían tal
allanamiento. En seguida, impartiendo severas órdenes a la tropa que vigilaba
el fortín, salió él mismo con varios grupos, a rondar los alrededores.
Sólo tres
de los fugitivos fueron alcanzados en los bosques vecinos; pero sabíase que
dentro del templo había siete; en el aposento atrancado del fuerte permanecían
todavía otros seis de los que no habían tenido tiempo para huir por la ventana
de luz.
A media
tarde, casi a la caída del Sol, llegaron a la Plaza de Yumbel las tropas
triunfantes precediendo al Gobernador y a sus asesores: apenas el Presidente
hubo penetrado a la villa y ocupado, para su estado y residencia, la casa del
Sargento Mayor don Pedro de Molina, declaró instalado el Tribunal de Guerra que
habría de enjuiciar y juzgar a los facciosos.
Los
juicios iban a ser “sumarísimos’’ y casi verbales, lo que evidenciaba el
propósito del Gobernador de no dar lugar a la clemencia.
Levantada
el acta de instalación del Tribunal “a la luz de candelas”, el Gobernador
Ibáñez declaró que al día siguiente, de mañana, empezarían los juicios con la
“confesión” de los culpados, inscriptos en una larga lista, a todos los cuales
se les declaró reos desde ese momento; en el mismo “auto” se citó y emplazó a
los reos ausentes por fuga “o acogidos a Iglesia”, para que se presentaran ante
el Tribunal a la mañana siguiente, a defenderse de la acusación del crimen de
lesa majestad.
Cuando el
Presidente y su auditor de la Guerra Oidor Quiroz se retiraban a sus alcobas,
presentóse ante ellos el jesuita Bürger que esperaba en el “corredor”.
— Señor
Gobernador — dijo el reverendo— me permito recordar a Vuestra Señoría su
palabra empeñada, solemnemente, de que todos los oficiales y soldados de Yumbel
serán perdonados de sus faltas o delitos, menos los cabecillas Marín de la Rosa
y Juan Contreras...
— Padre
Bürger — contestó el Presidente sin detener su marcha—, no se meta Vuestra
Reverencia en asuntos de gobierno que sólo me tocan a mí. Buenas Noches.
“Quedóse
espantado” el Padre, durante algunos segundos, pero el solo pensamiento de que
el Presidente podría faltar a su palabra y proceder a castigar con la muerte a
una docena o más de aquellos infelices que se habían entregado, humildes, con
la expectativa del perdón, lo volvió en sí, y avanzando detrás del
ensoberbecido Mandatario, le suplicó de nuevo, con tono de angustiada alarma:
— ¡Señor
Gobernador!.. ¡Por la Santa Virgen de los Dolores!. .. ¡Óigame Vuestra
Señoría!...
— ¡Buenas
noches! — repitió Ibáñez, entrando a su alcoba y cerrando de golpe la puerta.
Al otro
día, de madrugada, y tan pronto la campana del fortín tocó la señal de “libre
plática”, el Padre Bürger encaminóse apresuradamente al templo parroquial para
entrevistarse con el Cura Flores a quien no había podido ver la tarde anterior
por los ajetreos de la llegada de las tropas. Flores estaba ya en la sacristía,
y en esos momentos oía en confesión a los prófugos asilados en
su iglesia.
Al
aparecer el jesuita en la sacristía, encontrábase arrodillado a los pies del
confesor el Sargento Juan de Moya, y esperaban su turno, diseminados por el
aposento en actitud de contrición, el Capitán Ortiz de Ceballos, los sargentos
Francisco Pastoriza y Juan Rondón y el Soldado Ignacio Campón. Ya habían
confesado, y rezaban devotamente sus “penitencias”, el Sargento Leandro de
Contreras — hermano del primitivo caudillo Juan Contreras— y el Alférez
Antonio Chavarría.
Al notar
su presencia, todos y aún el confesante, fuéronse hacia el Padre Bürger para
inquirir alguna noticia que les revelara su posible suerte. El jesuita bajó la
cabeza y con ahogado acento les relató su última entrevista con el Gobernador y
los preparativos que se habían hecho para que el tribunal Militar iniciara sus
severas y terribles funciones esa misma mañana.
— ¿Y
quiénes compondrán ese Tribunal? — preguntó con rara energía el Cura Flores— .
¿No lo sabe Vuestra Paternidad?
— No lo
sé — contestó el jesuita— ; pero se me ocurre que los jueces serán el
Gobernador y el Oidor Quiroz.
— ¡Cómo!
— interpuso el Cura— . ¿Será posible que la impudicia del Gobernador llegue
hasta constituirse, él mismo, en juez de sus propios enemigos, de los que han
querido tomar venganza en su persona? ¿Acaso no sabe el Gobernador que los
soldados del tercio de Yumbel habían jurado colgarlo a él, al Oidor Quiroz y a
sus consejeros más allegados?
— ¡No
pueden, el Presidente y el Oidor, ser nuestros jueces! — gritó Ortiz de
Ceballos.
— ¡No, no
podrán! — contestaron todos en coro y fuerte, olvidándose del sitio en que se
encontraban.
— Pues
señores y amigos míos, temo mucho que sean ellos mismos los que compongan el
Tribunal de Guerra; más aún, creo estar seguro de ello — terminó el jesuita.
— ¡No lo
consentiré! — afirmó el Cura Flores— ; estos reos están amparados por la
inmunidad de la Iglesia, y no los entregaré sino al tribunal eclesiástico.
Conocida
la terca firmeza con que el Presidente sostenía sus resoluciones, los
aprisionados yumbelinos vieron que sus esperanzas de salvación no eran muchas;
pero se aferraron a ellas, como náufragos.
— No nos
sacarán de aquí — acentuó el Alférez Chavarría— , sino en pedazos;
afortunadamente llevo mis armas.
— Y yo
las mías.
— Y las
mías también están conmigo — dijeron dos o tres.
— Señores
— interpuso el Padre Bürger— , os aconsejo que no hagáis uso de ellas en el
lamentable caso de que el Gobernador mande aprehenderos; si pudiérais tener
esperanzas de perdón, entregándoos sin resistir, las perderíais definitivamente
si cruzarais vuestros aceros con las armas del Rey, nuestro Dueño y Señor
Natural...
Callaron
todos un momento, anonadados por aquella majestad, tan grande como intangible,
cuya veneración los entregaba mermes en manos de un tiranuelo, codicioso y
ladrón.
— ¿Y qué
hacer? — interrogó débilmente el Sargento Pastoriza.
—
¿Entregamos como borregos para que el Gobernador nos mande colgar? — agregó el
Sargento Juan de Moya.
Todos
aguardaron, ansiosos, la respuesta del jesuita.
— Dejad
que vuestro Cura use de las facultades canónicas de que está investido —
aconsejó el Padre Bürger— , que manejándolas con habilidad, con discreción y
con energía, pueden salvaros por el momento y tal vez en definitiva.
—
¿Oís?... — interrumpió Leandro Contreras, avanzando hacia una puerta y poniendo
oído.
— Son las
patrullas del Gobernador — afirmó el Soldado Ignacio Campón, requiriendo su
espada colgante del tahalí.
—
¡¡Quedos!!... — ordenó el Cura Flores— ; ¡una partida se ha arrimado a la
puerta de la Curia!
Todos se
miraron con cara de espanto.
— Cerrad
y atrancad esta puerta — agregó el Cura— , y si oís mis voces, meteos en la
Iglesia y atrincheraos allí. Voy a ver qué ocurre en la Plaza.
Y salió
de la sacristía, cruzando el patio, a la carrera, en dirección a su casa.
— Señora
de las Angustias, ampáranos — suplicó, elevando las manos, el Sargento
Pastoriza, con voz temblorosa e intensamente pálido.
— ¡Dejáos
ahora de rezos — vociferó el Sargento Moya— , que ha llegado el momento de
defender la vida!
— Ten la
lengua, Moya — ordenó el jesuita con severidad— , que no es el templo un campo
de combate, sino de oración y de súplica. Venid conmigo — agregó, dirigiéndose
a todos— , que vuestra salvación está únicamente al pie del altar de Dios.
Y
abriendo la puerta que comunicaba la sacristía con el presbiterio, atravesó el
umbral seguido por los soldados, afirmó las puertas tras del último, y todos
fueron a arrodillarse, humildemente, en la gradería del Tabernáculo.
Repetidos
y fuertes golpes en las puertas del templo, y vigorosas embestidas de hombro,
con vociferaciones, gritos y una que otra maldición y luego las altisonantes
protestas del Cura Flores que resonaban con claridad en el patio, significaron
a los refugiados que las tropas del Gobernador venían a extraerlos del recinto
sagrado sin respetar la inmunidad del asilo eclesiástico.
A' poco
entró por la sacristía el Párroco y en un momento estuvo en medio del grupo,
frente al altar.
— Es el
Corregidor de Concepción don José de Espinoza — dijo con voz entrecortada por
la agitación— que al oír mi negativa para entregaros ordenó a su tropa
que penetrara por fuerza al templo y os extrajera de donde os ocultarais.
— ¿No
respeta el derecho de asilo-.? — preguntó el jesuita.
— Afirma
que el Presidente no reconoce asilo para los traidores al Rey, y que ha
ordenado la aprehensión de estos refugiados, aún en presencia de 'la Majestad
Divina — acentuó el Cura.
— ¡Pues
así sea! — resolvió el Padre Bürger.
—
Encended los cirios — ordenó— y arrodillaos, que sí os aprehenden los
soldados del corregidor, habrá de ser delante de su Divina Majestad...
Vistió
luego una “pelliz” y la blanca “estola” que servían para el baptisterio y
abriendo el sagrado Tabernáculo extrajo de allí el “viril’’ que encerraba entre
dos cristales la Santa Hostia... Alzóla entre sus manos, finas y exangües, fijó
en ella sus ojos lagrimosos y seguido del Cura alumbrante con un cirio, y de
los siete refugiados, con las cabezas gachas, bajó del presbiterio a paso tardo
y solemne, murmurando una grave oración eucarística.
La
“procesión” iba por mitad de la “nave” cuando una violenta atropellada de
afuera, envuelta en un vocerío rabioso y desconcertante hizo saltar de sus
quicios 'la puerta del templo; en el mismo instante apareció el Corregidor
Espinoza abriéndose paso a espuela de su caballo por entremedio de los soldados
que habían abierto la brecha, y ordenándoles, a voz en cuello, que penetraran
al recinto.
Ninguno,
sin embargo, quiso hacerlo primero, y el Corregidor se vio obligado a dar el
ejemplo; cegado por la luz de pleno Sol de que traía repletas sus pupilas, no
pudo ver, desde afuera, que dentro del templo estaba el grupo de los reos que
iba a aprehender y que en medio de ellos se encontraba el sacerdote con la
Hostia Divina en alto.
Espoleó
por última vez su caballo, casi en el umbral de la puerta y al rudo golpe del
acicate, la bestia levantó las manos, saltó por encima de los soldados que se
interponían a su paso y fue a caer adentro del templo mismo arrojando a su
jinete a unas cuantas varas del sacerdote.
Levantóse
del suelo cuanto más ligero pudo, el desgreñado Corregidor, y al echar la
mirada hacia adelante, reparó en el grupo que rodeaba al Sagrado Símbolo que en
ese mismo momento el jesuita levantó más en alto aún. No pudo contener la
sorpresa pavorosa con que tal espectáculo invadió sus facultades y el militar
cayó de rodillas... y allí quedó sin atreverse a levantar la cabeza; sus
compañeros, sobrecogidos de igual respeto por la Majestad Divina, doblaron
también la rodilla al contemplar a su jefe, humillado ante la serena grandeza
del Sacramento.
La
empresa de los aprehensores habíase interrumpido bruscamente y nadie sabía cuál
iba a ser el fin de aquel incidente inesperado.
Un poco
ya sobre sí, el Corregidor Espinoza insinuó un movimiento de retirada, bien
poco airoso por cierto; cogió su chambergo que había quedado, por suerte, al
alcance de su mano y sin enderezar la cabeza que se empeñaba en mantener
apegada al pecho y hundida entre los hombros, giró violentamente hacia atrás
para ganar la puerta. Tal movimiento determinó la retirada general, y los
soldados, como quien no espera otra cosa, dieron espaldas al templo y
corrieron, unos a requerir sus cabalgaduras y los otros a ganar la entrada del
fortín cruzando la Plaza.
Pero
ninguno de los fugitivos aprehensores reparó, en el primer momento, en que
había cruzado ya el puente levadizo un grupo de caballería al frente del cual
venía nada menos que el Gobernador con el Auditor de la Guerra y con sus altos
asesores; cuando los soldados huían casi a la desbandada desde la puerta del
templo, el Gobernador Ibáñez, sin poder explicarse tal suceso, clavó espuelas y
atravesó al galope, seguido de su escolta, el corto espacio que lo separaba de
la destrozada puerta parroquial.
A unos
cuantos pasos del portón encontró ¡al Corregidor Espinoza de a pie, con su
caballo de tiro y con la faz descompuesta aún, por las encontradas emociones
que había experimentado y estaba aún experimentando.
— ¡Qué os
sucede, pardióbre! — gritóle el Gobernador Ibáñez, deteniendo de golpe su
caballo a menos de una vara de la autoridad pencona— ; ¿qué es esto de que
todos huyan y de que vos estéis aquí a pie y a mal traer, como gente
desbaratada y plebeya?
Abrió la
boca el Corregidor para contestar, pero de su garganta sólo se escapó un sonido
nervioso, tartamudezco...
El
Gobernador formuló un gesto de desprecio, picó nuevamente espuela y enfrentó la
desquiciada puerta del templo. Al medio de la “nave” permanecía aún el jesuita
con el Sagrado Viril en las manos y a su alrededor, arrodillados, los siete
prófugos.
Ibáñez de
Peralta se empinó sobre sus estribos, puso la mano derecha, como visera, sobre
la frente, frunció las pestañas para ver mejor en la obscuridad del templo, y
después de contemplar el cuadro gritó:
—
Vosotros que allí estáis, rezando, ¿no sois de los rebeldes que se han acogido
a la Iglesia?..¡Responded! — mandó con voz áspera, cuando vio que ninguno
contestaba a su interrogación. ¡Responded, os mando, ruin, canalla! — vociferó
por fin, encabritando al animal con repetidos espolazos.
— ¡Señor!
— exclamó el Cura Flores, alzando las manos, en una de las cuales mantenía el
cirio encendido.
— ¡Qué
señor, ni que cuernos! — gritó, de nuevo, Ibáñez— ¿Qué maneras son esas
de contestar al Gobernador del Reyno? ¡Acercaos aquí, mil demonios, si no
queréis que entre a castigar por mi mano tal desacato!
El cura
Flores entregó el cirio a un soldado y llegó hasta tres pasos de la puerta;
cuando todavía venía en camino, el Gobernador le gritó otra vez:
—
¿Queréis decirme qué significa toda esta pantomima? Decidme, luego, si son,
esos soldados que allí veo arrodillados, los rebeldes fugitivos que se han
acogido a la iglesia.
— Ellos
son, señor Gobernador...
— ¡Pues
echadlos fuera, incontinenti! — mandó Ibáñez, interrumpiendo violentamente la
respuesta del Cura.
— ¡No
puede ser!...
— ¿Qué
oigo, señor misacantano de cualquier cosa? — rugió el Gobernador, clavando
espuelas y penetrando al templo con el látigo en alto.
— ¡Salga
Vuestra Señoría del templo — mandó ahora el Cura Flores— si no quiere
caer en las censuras de los sacrílegos!
— ¿Yo
fuera?... ¡vais a ver ahora, Cura del cuerno! ¡Avante, señores! — mandó a su
gente— ¡echad pie a tierra y coged a esa canalla traidora de Dios y del
Rey! ¡Pena de muerte al que huya! — gritó al ver que los infelices y
amedrentados yumbelinos, dejando sólo al jesuita que mantenía todavía en alto
el Sacramento, arrancaban hacia la sacristía.
Y
echando, él mismo, pie a tierra, fue indicando a sus sollados que ya habían
penetrado todos al templo, los sitios hacia donde habían huido los rebeldes.
El
jesuita había quedado solo en medio del templo, teniendo aún en alto entre sus
manos la Santa Hostia; gruesas lágrimas corrían por sus mejillas y sus labios
blancos, secos y temblorosos, movíanse en una continua oración.
El
Gobernador avanzó hasta el Sacerdote, contemplólo un momento con severidad no
ajena a medroso respeto, titubeó unos instantes todavía y por fin cayó de
rodillas ante la Divina Majestad; alzóse, después de algunos segundos,
recatándose de mirar al Sacerdote y al Sacramento y antes de continuar su
marcha hacia la sacristía en donde ya estaban presos todos los rebeldes, dijo
al jesuita, con voz queda, temblorosa y enronquecida:
— ¡Padre,
ya no hace falta que permanezca Vuestra Reverencia aquí! ¡Se ha consumado
todo!...
El Cura
Párroco don Francisco Plores Valdés no se había quedado mano sobre mano después
que fracasó en su empeño de impedir que fueran extraídos del templo los que se
habían acogido a su inmunidad. Impotente para detener la consumación del acto
materialmente, pues las puertas de la iglesia acababan de ser destrozadas, e
invadido, con sacrilegio, el recinto sagrado, había echado mano, sin vacilar,
de los medios canónicos que estaban a su alcance.
Fuése a
su escribanía y dictó un “auto’’ conminatorio contra el Gobernador, exigiendo
la entrega de los reos en el término de una hora, “para enviarlos a disposición
de su Ilustrísima Don Martín de Hijar, Obispo de la Concepción, quien, conforme
a derecho, debe avocarse tal conocimiento de este proceso”. Ya vimos cómo había
contestado el Gobernador Ibáñez al primer requerimiento verbal que el Cura le
hiciera en el templo; pues bien: ahora, cuando el notario eclesiástico le
entregó, temblando, el “treslado”, en el momento de notificarle el auto, Su
Señoría cogió el pliego y sin dignarse siquiera echar la vista sobre el
escrito, lo partió rabiosamente en dos, diciendo:
— ¡Así me
importa a mí de lo del Cura y de sus conminaciones! — ¡Salga Usarced de mi
presencia, maese notario de albondiguilas, y no vuelva por aquí, que le
conviene!
Aunque el
Cura sospechaba ya la actitud que iba a asumir el Gobernador, esperó la hora
que había dado de plazo para la entrega de los reos, y como ésta “no hubiese
tenido lugar’’, estampó, al pie de la certificación de haber notificado la
conminatoria al Gobernador, “verbo ad verbum”, la censura canónica de
excomunión, cuyo alzamiento reservó al Obispo de Concepción, don Martín de
Hijar, su Diocesano.
— Mi
señor don José Martín Rojas — dijo a su notario— , de aquí a media hora mandará
Vuesa Merced al sacristán que toque las campanadas de “entredicho”, para que
toda la villa sepa que el Gobernador queda descomulgado. Yo me marcho
inmediatamente a Penco, a poner mi queja a los pies del Prelado.
Y
montando en su caballo que lo esperaba a las puertas de la curia, salió por la
posta y a galope largo, desapareciendo luego por los senderos del bosque.
El Cura
Flores Valdés sabía también que le convenía encontrarse bastante lejos del
atrabiliario Mandatario cuando éste supiera, por los “dobles’’ de las campanas
parroquiales, que el Vicario le había declarado fuera de la Iglesia: muy capaz
lo creía de incautarse de su persona y de obligarlo, quizá por qué medios, a
alzar la censura, que no por venir de un modesto párroco dejaba de ser
terrible, mientras permaneciera vigente.
Alentado,
el Gobernador Ibáñez de Peralta, por el parecer de su asesor Don Álvaro
Bernardo de Quiroz, no se figuró jamás que el Cura Flores llevaría el conflicto
más allá de una protesta airada; en su soberbia inconmensurable, creía que el
Párroco, atemorizado por la actitud violenta y atropelladora de su autoridad,
se quedaría amedrentado y quieto después de lo sucedido.
Así fue
que, cuando transcurrido el plazo fijado por el Cura, se oyeron en la Plaza y
en los alrededores los acompasados lamentos de la campana parroquial que
anunciaba el tremendo entredicho, el Gobernador quedóse espantado, “suspenso” e
inmóvil durante un minuto; vinieron a su memoria, rápidamente, todas las
escenas que por su orden se produjeron dentro del templo, recordó la
mayestática figura del jesuita manteniendo en sus manos reverendas* la Divina
Hostia, delante de la cual y sin respeto alguno, él había vociferado
maldiciones y denuestos, mientras sus soldados perseguían, como a fieras, por
los rincones del templo, a los infelices que se habían refugiado en él. Tuvo
una ráfaga de pavoroso remordimiento que golpeó fuertemente su pecho, pero fue
sólo una ráfaga. .. Agitó con violencia la campanilla de la escribanía y al
presentarse su edecán, el Capitán Alfonso Alfaro, cuya palidez denotaba la
honda impresión que ya había hecho presa en aquellos hombres el fatídico
anuncio, le gritó:
—
¡Traedme a ese Cura, aquí, luego!...
— El
Vicario Flores salió de la Plaza hace mucho rato, y ya debe estar lejos, señor
Presidente — contestó el oficial.
— Pues,
¿a dónde ha ido? — inquirió Ibáñez.
— Dícenme
que a Penco, señor.
— ¡Los
infiernos! — rugió el Presidente, dejando caer sobre la mesa un puñetazo, que
hizo saltar el recaudo de escribir.
Las
campanas iniciaron un nuevo “doble lastimero”.
— ¡Que
callen esas malditas campanas! — vociferó de nuevo, alzando las manos
empuñadas, ¡que callen o arrancaré las orejas al que las toca! ¡Id a
traérmelo!... — ordenó por fin.
El Oidor
Quiroz entró en ese momento al cuarto, y antes de que el Presidente dijera otra
palabra, se adelantó, formulando una sonrisa.
— Está
muy bien que mandéis acallar esas campanas, señor Gobernador; pero permitid que
os advierta que, conforme a derecho, las censuras del Vicario y aun las del
Prelado no tienen efecto para el caso de crimen lesae majestatis que ahora se
juzga. La Pragmática 19 de Alfonso el Sabio, y las leyes 11 y 12 Título Cuarto
de la Novísima Recopilación, hacen desaparecer la inmunidad eclesiástica cuando
se atenta contra la autoridad real, aun con la excepción “a Tiranis” que alegan
el “subtil” Scotto y el doctor Angélico...
El
Gobernador deseaba tranquilizarse, y el pequeño alegato jurídico de su asesor
bastó para tranquilizarlo...
— ¿De
modo que las censuras del Vicario Flores...?
— ¡Son
ningunas! ¡Son ningunas!...
— ¿Y las
del Obispo, si vinieren?
—
¡Ningunas, ningunas! — acentuó el Oidor, moviendo cabeza y mano en pausada y
convincente negación— ; pero para prevenir cualquier tropiezo — agregó luego— ,
y en tranquilidad de vuestra conciencia, os aconsejo que procedáis a instruir
los sumarios con rapidez y dictéis y mandéis ejecutar la sentencia sin demora.
La tarde
de ese mismo día estaban “confesos” los siete reos aprehendidos en el templo, y
previas unas cuantas declaraciones y el “parecer” del Auditor de Guerra, el
Gobernador cerró el sumario sumarísimo instruido a estos reos y a los otros
tres cabecillas prófugos que habían puesto en salvo sus personas — Marín de la
Rosa, Juan de Contreras y Hernando Vallejo — y citó para la sentencia que debía
ser pronunciada y notificada al siguiente día 12 de Marzo de 1703, lo que se
hizo con la solemnidad que verá el lector.
Al día
siguiente de los sacrílegos acontecimientos que se desarrollaron alrededor y
dentro del templo parroquial de Yumbel, todos los escuadrones del ejército
encontrábanse formados en el cuadrado que con el nombre de Plaza de Armas se
extendía frente al fortín, por el lado norte; de la Iglesia y curia por el sur,
y de la “casa fuerte” que servía de residencia al Sargento Mayor Comandante de
las Armas don Pedro de Molina, por el oriente.
Bajo el
alero exterior de esta casa, llamado “el corredor”, se había instalado el
Tribunal de guerra que iba a pronunciar la sentencia que había recaído en el
juicio sumarísimo a que se sometiera a los rebeldes extraídos violentamente de
su refugio eclesiástico. Sentados a la mesa del Tribunal, colocada sobre una
tarima alfombrada, encontrábase el Gobernador don Francisco Ibáñez de Peralta y
el Oidor de la Real Audiencia don Álvaro Bernardo de Quiroz, su asesor. Detrás
de estos personajes permanecían de pie, vestidos de todas armas, los jefes
superiores del Ejército, generales, maestres de campo, Comisario y demás,
encabezados por el Comandante en Jefe don Luis Ibáñez de Segovia y Orellana,
Marqués de Corpa, quien tenía su “banca” a la derecha del Tribunal. En una
pequeña mesa ad látere garrapateaban afanosamente con sus largas plumas de
ganso, el Escribano don Juan Vásquez de Novoa y un pendolista: a la derecha,
adelante, alzábase orgulloso e imponente el Real Estandarte sostenido en alto
por el Alférez Mayor del Reino don Matías Velásquez de Covarrubias, y a la
izquierda batíase al viento el pendón “oro y azul” de los Ibáñez. Dando frente
a todo este aparato, formaban en una fila, acollarados de una cadena, los siete
reos extraídos del templo.
El sonido
cascarrabias de una trompeta acalló de súbito los murmullos que vagueaban sobre
la tropa nerviosa y sobreexcitada por el espectáculo, y la figura enteca del
Escribano, previa una profunda “venia’’ al Tribunal, avanzó hacia el centro y
se situó, papeles en mano, entre ambos Estandartes. Calóse el chapeo y los
anteojos y después de dos “toses” estiró el cuello y con una voz que desmentía
la debilidad de su físico, clamó:
— Esta es
la sentencia que da y pronuncia el señor Sargento General de Batalla don
Francisco Ibáñez de Peralta, Caballero del Orden de San Juan, del Consejo de Su
Majestad, Gobernador y Capitán General de este Reyno de Chile y Presidente de
su Real Audiencia, con parecer del señor Licenciado don Álvaro Bernardo de
Quiroz, Auditor General de la Guerra, en la causa criminal que, de oficio de la
Real Justicia, se ha seguido a los promotores de la rebelión de esta Plaza de
San Carlos de Austria de Yumbel...
—
¡Arrodillaos! — mandó a los reos, el Sargento que los vigilaba.
El
silencio se había hecho completo y cada hombre aguzó sus tímpanos para oír lo
más mínimo.
El
Escribano tomó resuello, tosió dos veces para afinar las campanillas de su
garganta y continuó."
— En el
sumario sumarísimo que se ha instruido contra Antonio Ortiz de Ceballos, Juan
de Moya, Leandro Contreras, Antonio Chavarría, Ignacio Gampón, Francisco de
Pastoriza y Juan Rondón, oficiales y soldados de esta Plaza que se refugiaron
irrespetuosamente en esta Santa Iglesia parroquial, por haber tumultuado en
diferentes ocasiones con las armas en la mano y haber faltado a la obediencia a
sus cabos, echando dos veces de esta dicha Plaza al Sargento Mayor del Reyno
don Pedro de Molina y saliendo de ella en escuadrón, corriendo a diferentes
partes en son de guerra y obligando al presidio y gente miliciana de Concepción
a estar al arma de noche y de día para resistir a las violencias que se
recelaban, por haber divulgado querer dar muerte al Gobernador y otras personas
de dicha ciudad, y por haber convocado dichos rebeldes a los soldados de las
plazas de Purén y Arauco para confederarse con ellos en sus excesos, todo con
notoriedad y escándalo de todas las plazas y poblaciones de la frontera y del
Reyno, visto los autos, declaraciones y contenciones del sumarísimo, fallo,
atentos y considerados los autos y méritos de esta causa, que debo condenar y
condeno en pena de muerte...
Un hondo
y prolongado ¡oh! de espanto y conmiseración se dejó oír a todo lo largo de la
apretadas filas...
El
Marqués de Corpa levantóse violentamente, alzó la mano y una estridente y
rabiosa clarinada que invadió los ámbitos de la Plaza, impuso silencio.
— ¡Nadie
sea osado de murmurar o de hacer ruido!... — gritó el Marqués, avanzando hacia
el centro a grandes zancajos y echando el brazo de alto a bajo, por encima de
su cabeza.
Los siete
tipos, que al oír nombrar pena de muerte habían quedado estáticos los unos y
anonadados los otros, volvieron en sí y se prepararon a oír el resto de la
sentencia con resignación inconsciente.
—
¡Continuad, Escribano! — mandó el Marqués.
— ...
Condeno en pena de muerte a los dichos Leandro de Contreras...
Al oír su
nombre, Contreras se desplomó.
— ...
Juan de Moya ...
El
Sargento del tercio de Arauco hinchó el pecho, despreciativamente.
— .. .y
Antonio Ortiz de Ceballos...
El
capitán yumbelino limitóse a sonreír...
—... la
cual sentencia se ejecutará dándoles garrote en medio de esta Plaza hasta que
naturalmente mueran y después sean sus cuerpos puestos y colgados en las horcas
que para este efecto se levantarán luego. Y, asimismo, condeno a Francisco de
Pastoriza...
Lo demás
reos se incorporaron sobre sus rodillas y concentraron sus sentidos en la voz
del Escribano.
— Condeno
a Francisco de Pastoriza y a Ignacio Campón a destierro perpetuo al castillo de
Chagres, de la jurisdicción y distrito de Tierra Firme; y a Antonio Chavarría a
destierro perpetuo al presidio de Valdivia, y a Juan Rondón a servir por toda
su vida y sin soldada, en el castillo y fuerte de Valparaíso. Y así lo mando,
con perdimiento de bienes aplicados al Real Fisco y a las costas de esta
causa”.
Retiróse
el Escribano, en medio del profundo silencio general, acercóse a la mesa del
Tribunal, alargó respetuosamente los pliegos que acababa de leer, y el señor
Sargento General de Batalla garabateó su firma al pie, rasgando el papel.
— Leed la
otra sentencia, mandó en seguida, arrojando la pluma sobre el tapete.
Vásquez
de Novoa avanzó de nuevo al centro.
— “En la
causa criminal que de oficio de la Real Justicia se sigue en rebeldía contra
los cabecillas facciosos, José Marín de la Rosa, Juan de Contreras y Fernando
Vallejos, ausentes, militares de esta plaza, fallo que los debo condenar, y los
condeno en pena de muerte, que se ejecutará ahorcándolos hasta que naturalmente
mueran, y después de muertos, sus cuerpos se dividirán en cuartos que se
pondrán en picotas en los caminos de esta Plaza a la ciudad de Concepción, y en
los altos de ella”...
Nuevamente
rasgó el papel al poner su firma el Gobernador, y, terminado el acto y al son
de trompetas, Su Señoría se retiró majestuosamente a las habitaciones de su
alojamiento.
Las
tropas se diseminaron, melancólicas, y al poco rato aparecieron en la Plaza
algunos negros esclavos, y el verdugo, con sus “menesteres de ajusticiar”.
Hemos
visto que, terminado ese acto, el Presidente y el Oidor retiráronse a la
habitación del primero a comentar los detalles de la escarmentable ceremonia
que acababan de presidir, seguidos de “la corte” de funcionarios que observaban
atentamente sus «menores ademanes; en un instante acercóse a ellos el Marqués
de Corpa, con la confianza que le daba su estrecho parentesco con el
Gobernador, y, sin preámbulo, interrumpió la conversación de los altos
personajes con la siguiente pregunta:
— ¿Y no
me dirán, sus señorías, qué piensan hacer con el mayor culpable de estos
excesos, el famoso Veedor don Fermín Monteros de Espinoza...?
La
insidia era manifiesta.
La
persona de Monteros, producidos los primeros actos facciosos de Enero, había
desaparecido del escenario de los sucesos, a tal punto, que después haber sido
puesto en libertad, por imposición del jesuita Antonio de Lesa, a raíz de la
conferencia que recordará el lector, se había resistido a concurrir a las
reuniones del Tribunal de Reparto de que formaba número.
— A los
tiranos, matarlos o dejarlos — había dicho en una ocasión el irreductible
Veedor— y yo no quiero exponerme a lo primero.
Y se
encerró en su casa “sin querer saber o no del Gobernador y de sus cómplices”.
Al oír la
pregunta del Marqués, el Presidente calló, pero el Oidor no había podido
disimular su deseo de adelantarse a contestar.
—
¿Decíais algo, señor Auditor de la Guerra...? — insinuó con evidente
malevolencia el Marqués.
— Digo yo
que el Veedor habría de estar preso y ya juzgado, pues esa es la ley —
pronunció con terrible calma el Oidor— , pero Su Señoría el señor Presidente ha
querido, al parecer, mostrar su magnanimidad con el que más le ha ofendido en
su honra.
La frase
era un puntazo de estilete que debía llegar a fondo, y el Gobernador no era de
los que aguantaban; una intensa palidez cubrió sus mejillas y sus labios
desaparecieron entre sus dientes apretados.
— Debo
deciros, con franqueza, señor don Álvaro — contestó con forzada calma— , que
hasta ahora no había encontrado que el Veedor Monteros fuera culpable de delito
alguno ...
—
Ostensiblemente ... parece que no; pero en mi fuero pienso y digo que esta
gente sublevada ha tenido un instigador, y ese no se encuentra en Yumbel.
—
¿Queréis decir que don Fermín Monteros ha sido el instigador de la
rebelión..-.?
— Soy
juez, y no puedo adelantar juicio sin haber acumulado antecedentes conforme a
derecho — dijo el Oidor.
— ¿Pero
existirán antecedentes... ?
—
Presunciones sí que existen y no os será difícil llegar a esa conclusión, si lo
pensáis un poco. El panfleto que os enviaron estos rebeldes debió ser el auto
cabeza de este proceso, y, sin embargo, Vuestra Señoría no lo ha estimado así.
Como Auditor de la Guerra, mi función no puede ir más allá de opinar cuando soy
solicitado; pero si éste no fuera un caso de fuero militar, el Veedor Monteros
estaría preso, procesado y sentenciado ya, por mí.. '|
— Pues
bien — dijo con toda calma el Presidente, después de algunos instantes-del
reflexivo silencio— mando que su sumarie al Veedor para averiguar la
participación que haya podido tener en las rebeliones. Escribid, señor Auditor
de la Guerra, el orden de prisión, que dispuesto estoy a firmárosla.
Horas más
tarde, cuando ya se acercaban las del ajusticiamiento de los condenados a
muerte, un mensajero galopaba hacia Concepción, llevando al Maestre de Campo,
don Pedro de la Barra, la orden de aprehender y de remitir prontamente a
Yumbel, con la suficiente escolta, al Veedor don Fermín Monteros de Espinoza.
En el paso del río Quilacoya, el mensajero se cruzó con el Cura Flores Valdés,
que volvía ya de Concepción.
— ¿Qué
noticias me dais de mi parroquia, señor alférez Francisco Naranjo? — preguntó
el Cura deteniendo un poco el galope de su cabalgadura.
— Las
mismas que dejasteis, señor Cura — contestó el oficial— , si es que a estas
horas los condenados a muerte no están ya dando cuenta de sus pecados delante
del tribunal de Dios ...
El Cura
detuvo su caballo de golpe.
— Os he
dicho mi parecer, señor Cura — agregó insinuante el Alférez, al notar el efecto
aplastante que sus palabras habían hecho en el sacerdote— ; yo no lo sé de
cierto, os lo juro...
El Cura
partió a galope largo. La esperanza de salvar la vida de los condenados — con
las severísimas conminaciones y censuras que* llevaba firmadas de la propia
mano del Obispo— se reducían a muy poca cosa después de las palabras que
acababa de oír; pero no desmayó y dio espuela a su maltratado animal.
Efectivamente,
en esas horas, las cinco de la tarde, Juan de Moya, Ortiz de Ceballos y Leandro
Contreras, muertos en garrote vil, eran suspendidos de sendas horcas que se
habían levantado en la Plaza de Yumbel. Unas cuantas mujeres “e indios”,
encabezados por el jesuita Bürger, alumbrados por media docena de
“velones”,
fueron las únicas personas que acompañaron toda la noche los cadáveres de los
ajusticiados “rezando por sus ánimas”.
Varias
partidas de soldados salieron de Yumbel esa misma noche del 12 de marzo, en
distintas direcciones, llevando a los condenados a destierro a sus respectivas
destinaciones y con la orden de buscar y perseguir tenazmente a los cabecillas
prófugos , que habían sido sentenciados en rebeldía. Estos eran, ya lo sabe el
lector, José Marín de la Rosa, Juan de Contreras y Hernando Vallejo.
Los dos
últimos “se ocultaron debajo de la tierra” y no pudieron ser habidos; pero no
tuvo la misma fortuna Marín de la Rosa..» \
Era
oriundo del “partido” de Talca y hacia sus tierras huyó, en la confianza de que
podría encontrar allí un asilo más seguro que en el resto del Reyno; hallábase
oculto en unos ranchos ribereños del Río Maulé cuando supo que habían llegado
por allí los esbirros del Gobernador; no creyó bastante seguro su asilo, “y se
acogió a la capilla de los Agustinos” del pueblo de Talca. ¡Ignoraba el
infeliz, el ningún respeto que tenía el Gobernador por la inmunidad
eclesiástica!
“Certifico
en la mejor forma que debo y puedo que ayer jueves que se contaron cinco días
de abril desde el presente año de 1703, se le dio garrote al capitán José Marín
de la Rosa de orden del señor Sargento General de Batalla Don Francisco Ibáñez
de Peralta, Caballero del Orden de San Juan, del Consejo de Su Majestad,
Gobernador de este Reyno, por el crimen de lesae majestatis y haberse declarado
traidor contra el Rey Nuestro Señor tumultuando los soldados del tercio de
Yumbel; y para que sirva de ejemplar hice poner su cuerpo colgado de una horca
en el morro y pasaje del Barco del Maulé, camino real de Concepción a Santiago.
Y para que conste doy el presente a los seis días de dicho mes, y lo certifico
en este papel común, por no haber de sello. — Don Juan de Obregón,
teniente de Corregidor de Maulé”.
¿Y el
Veedor Monteros de Espinoza?
“Aunque
privado de todo auxilio, el Veedor Monteros no quiso, sin embargo, dejarse
apresar. Tomó una espada y una pistola, saltó a una casa vecina, pues la suya
estaba rodeada por la tropa del Maestre de Campo don Pedro de la Barra, e
imponiendo respeto a los centinelas que podían cerrarle el paso salió a la
calle y fue a asilarse en el convento de los padres de San Agustín. Protegido
por éstos, salió esa misma noche y se embarcó en un navío que estaba de partida
para el Perú, dejando burlados a sus perseguidores”.
§ 13.
Desventuras de la mulata Nicolasilla
Han
tenido fama nuestros vecinos del Norte, de ser los hombres más enamorados de
todas estas regiones de la América y hay que convenir en que
esa reputación la tienen bien ganada pues les viene desde los apacibles al par
que voluptuosos tiempos coloniales.
La vida
limeña, tranquila, regalona y opulenta les brindó siempre toda clase de
placeres y era principalmente el del amor el que hacía más estragos en sus
almas tropicales, embriagadas por la molicie. El Capitán de infantería don
Francisco Gómez de la Fraila, mozo de veintisiete años, gallardo y atrevido…uno
de los ejemplares genuinos de la juventud limeña allá p<n los años de 1707
cuando gobernaba el Virreinato el Excelentísimo señor don Manuel de Oms y
Santapau de Senmanat y de Lanuza, Marqués de Castell dos Rius, Grande de España
de Primera Clase y Capitán General de los Reales Ejércitos.
Tantas
habían sido las pilatunas amorosas que había cometido el héroe del presente
relato, que el Corregidor de Lima, don Juan de Pedroso y Portocarrero no
encontró, como medida de buen gobierno, otro medio para tranquilizar a los
padres y maridos de su jurisdicción, que enviar al inflamable capitancito
desterrado “al presidio de Chile”.
¡Con
buena pieza nos brindaba a los santiaguinos, Su Señoría, el Corregidor limeño!
El
desterrado llegó a Coquimbo a fines de diciembre del citado año — que era de
gracia, porque Su Santidad Clemente XI había enriquecido esas pascuas con
excepcionales indulgencias—, y al desembarcar fue entregado por el capitán del
barco a las autoridades, a petición del pasajero don Melchor de Castañeda que
lo acusaba de haber querido ultrajar, durante el viaje, a su sobrina que venía
a Chile a contraer matrimonio con un acreditado mercader de Concepción. No
sabemos qué resultó dé este reclamo y proceso; pero el hecho es que al año
siguiente encontramos a nuestro Tenorio instalado en Santiago con el empleo de
capitán de una compañía de milicianos.
Parece
que las santiaguinas no fueron tan asequibles a las persecuciones galantes del
apuesto Capitán Gómez de la Fraila y que, por el contrario, encontró aquí la
horma de su zapato, pues una de ellas, la pizpireta hija del Fiel Ejecutor don
Pedro Márquez, lo arrastró, “cortito” de la pezcuecera, hasta la curia de Santa
Ana, donde el clérigo Presbítero don Agustín Jirón, le leyó a ambos, el mismo
día y a la misma hora y momento, la cartilla de la santa coyunda.
Entre los
enseres de la dote que el Fiel Ejecutor había dado a su hija, figuraba, al lado
de “tantas fuentes de plata”, de “tantas varas de bayeta”, de tantos carneros,
y otros efectos, figuraba, digo, “una mulatilla soltera, de quince años
nombrada Nicolasa, tasada en trescientos pesos’’. La mulatilla era la sirviente
de confianza de la recién desposada; se habían criado juntas desde pequeñas y
habían llegado a quererse, conservando, por cierto, las distancias. “Ítem más”:
la mulatilla era una pastillita de café con leche y más de un goloso, al ver
juntas a la ama y a la criada, habría querido adorar el santo por la peana.
Y con
todos estos antecedentes, ya sospechará el malicioso lector lo que sucedería.
Moro viejo no puede ser buen cristiano, la ocasión hace al ladrón, etc., etc. y
como consecuencia, a los dos meses de casado con la patrona, el canallita del
Capitán Gómez de la Fraila, era el desvergonzado amante de la apetitosa mulata.
La criada
salía todas las mañanas al mercado de la Plaza de Armas a vender velas de sebo
— que era una de las industrias a que se dedicaba el suegro— y a comprar
algunas especies que se necesitaban en casa de sus amos; una hora más tarde
salía también de la casa el Capitán Gómez y “cortaba” en dirección a un
discreto bosque de olivos que existía detrás del Cerro Santa Lucía; allí
llegaba al poco rato la pecadora mulata, y sepa el Diablo lo que conversaban
ambos en tan apartado, agreste, tupido y solitario olivar...
Al decir
del proceso, de cuyas páginas amarillentas he tomado los datos para contar esta
verídica historia, el Capitán de la Fraila tenía tanto de enamorado como de
celoso y se le revolvía la bilis cuando veía o tenía noticias de que los mozos
del mercado o los “lachos” callejeros echaban flores a la pasada de
Nicolasilla, la cual, según tengo entendido, no hacía ascos, tampoco, a las
manifestaciones galantes de sus admiradores.
Eso sí
que las consecuencias de esos “pololeos” las pagaba bastante caras la
coquetuela, porque el Capitán, al pretexto de faltas cometidas en el servicio
doméstico, le daba cada vuelta de azotes, por mano propia o por la de una negra
que hacía de jefe de la servidumbre, que dejaba a la infeliz con más cardenales
que un jardín andaluz.
Pero no
pararon en esto las desgracias de Nicolasa. La esposa del Capitán Gómez tuvo
que saber, al fin, por boca de alguna chismosa, que su marido y la mulata
conferenciaban largo, diario, y tendido en el bosque de olivos del Santa Lucía;
supo, además, que un sirviente había sorprendido a los culpables estrechamente
abrazados en la despensa de la propia casa... Su indignación ante tanta bajeza
de su marido y ante la traición de una “china” la hizo estallar y ordenó a la
negra jefe que le aplicara, por su cuenta, una paliza diaria por cualquier
motivo y de preferencia a la hora en que la mulata regresaba de sus quehaceres
de la recova...
El idilio
de la pobre Nicolasa, si al principio lo hubo, se transformó en tragedia
prolongada y terrible; y así fue como una mañana, después de recibir la
azotaina de reglamento, más fuerte, tal vez, que de costumbre, la mulatilla
tomó la determinación de fugarse del hogar y de presentarse ante la Real
Audiencia en. solicitud de amparo, denunciando, previamente, las relaciones que
mantenía con su patrón y acusándolo como su corruptor.
El
altísimo Tribunal podía, según los casos, hacer la vista gorda sobre cualquier
delito; pero era inflexible para castigar y poner atajo a “los pecados
públicos” o sea aquellos que ofendían a las buenas costumbres; no tardó pues,
en decretar que el Capitán Gómez de la Fraila procediese a “enajenar’’ ipso
facto, en pública subasta, a la perturbadora mulata ...
Mientras
tanto, la muchacha fue entregada, en depósito y custodia, a doña Catalina
Chacón, esposa de Su Señoría el Comisario General del Santo Oficio, don Diego
Calvo de Encalada; en tan repetible poder no había por qué temer los asedios
del tenaz y celoso amante que había jurado, según información de testigos, que
recuperaría a su mulata por encima de las “garnachas” de todos los oidores de
la Audiencia.
Pasaron
algunos días, durante los cuales el Capitán se dedicó a interponer todos los
recursos dilatorios que, para evitar el remate de Nicolasa le aconsejaba, sotto
voce, su amigo y compañero de correrías el Licenciado Agustín Robles Pareja;
pero la Audiencia se plantó firme en el remate y el enardecido galán vio que
por el lado de las triquiñuelas abogadiles no tenía nada que esperar. Se
decidió entonces por la “acción directa”, como decíamos el año 1921.
Era el
día Jueves Santo y las calles principales de la ciudad estaban llenas de gente
a las ocho de la noche, hora en que salía de la Merced la procesión de los
“Penitentes” en la que formaban individuos vestidos con una larga túnica talar
y un “cucurucho” que les cubría enteramente el rostro. Esta extraña vestimenta
era uno de los mayores atractivos de esa fiesta religiosa.
La señora
Chacón, depositaría, como sabemos, de la mulata Nicolasa, salió también a
presenciar la popular fiesta, acompañada de su familia y servidumbre, y se
instaló en la esquina de la Plaza de Armas con la calle de Don Valeriano de
“Ahumada”; por cierto que llevó consigo a la mulata para no abandonarla ni un
momento, pues sabía que el Capitán Gómez de la Fraila era muy capaz de
aprovechar su ausencia para penetrar a su hogar y cometer un desaguisado.
“Se
hallaba la devota señora, como a eso de las nueve de la noche, esperando el
regreso de la procesión, frente al palacio episcopal, cuando de repente se
presenta el capitán de la Fraila, vestido de penitente, y acompañado de dos
sujetos con el mismo traje, cubiertos los rostros, y sin decir palabra se
abalanza sobre la mulata la toma del “chape” y habrían, sin duda, cargado con
ella, a no ser por una robusta criada de la señora Chacón, que, dando un fuerte
empujón y zancada al atrevido capitán don Francisco de la Fraila, lo hizo
soltar su presa. Al ver esto, sus compañeros huyeron”.
Tamaño
desacato a tan encopetada señora, la violación de órdenes terminantes del más
alto tribunal del Reino, la irreverencia cometida en un día tan santo y
majestuoso y en tan irrespetuosas condiciones, obligaron al Tribunal a reunirse
extraordinariamente para acordar severísimas penas con el empecinado “pecador
público”. Al día siguiente el Capitán de la Fraila era encerrado en un
calabozo, y el Sábado se dictaba un “auto" de embargo de todos sus bienes
para sacarlos a remate.
La mulata
Nicolasa, causante de tantos escándalos, fue rematada por don Jinés Delgadillo
en ochocientos pesos y le fue adjudicada con la condición de enviarla a
Concepción, previa una corrida de ejercicios.
Solo tres
meses más tarde y después de muchos trajines, logró salir de su prisión el
enamorado Capitán previo solemne juramento de fidelidad conyugal.
§ 14. Por
fin caíste, señor Capitán
Cuando la
calle de las Ramadas estaba en sus comienzos, mucho antes, por cierto, de que
el fidalgo portugués don Joao de Pezoa y Lino, adquiriera el solar y edificara
su “casa de altos’’, en la esquina nor-poniente de la que fue más tarde la
Plazuela de las Ramadas, vivió en una modestísima casita de corredores que se
alzaba alegre y risueña al salto de una de las callejuelas que “tiraban” hacia
el sur, cierta muchacha que tuvo su historia en los anales de la sociedad de
Santiago, allá por los años de mil seiscientos noventa y tantos.
La
historia de esta mujer se remontaba, sin embargo, a unos diez a doce años
atrás; pero, como mi relato sólo abarcará un pequeño período de aquella
accidentada y misteriosa vida femenina sólo diré, para “ambientar” al lector,
que la bailarina Angelita Moreno había llegado a Santiago, por la vía de
Atacama, en un grupo de cómicos de la legua, que pretendió dar ciertas
“representaciones” dramáticas, durante las fiestas del Apóstol Santiago, del
año 1693, y que fueron impedidas ese primer año, bajo pena de excomunión mayor,
por el Obispo Carrasco, a .pesar de que el Alcalde y Cabildo santiaguinos las
habían autorizado para mayor solemnizar esas fiestas.
Angelita
Moreno contaba entonces unos catorce años, apenas, y su misión en la “troupe”,
no era otra que la de bailar unos “escobillados” al compás de panderetas cuando
terminaba la representación del drama.
No dicen
las crónicas si Angelita cantaba, o si se acompañaba de canto ajeno, lo cual
nos daría oportunidad para hacer constar que la chiquilla de 1693, habría sido
la precursora de la turba de tonadilleras que invadieron los escenarios de todo
el mundo hace unos diez años. Sin embargo de su juventud impúber, la bailarina
logró llamar sobre sí la atención de un personaje que entre muchas cualidades
tenía la de llevar muy bien, una cuarentena de agostos, a pesar de los cuales —
dijeron las malas lenguas— había logrado interesar a la niña hasta el
extremo de que, pasados los plazos de rigor, amaneció en Santiago un nuevo
habitante del sexo femenino que fue bautizado con el poético nombre de María.
Antes de que esto acaeciera, el “causante’’ había desaparecido de Santiago.
Sea lo
que fuere, lector amable, yo te invito a que no nos metamos a averiguar vidas
ajenas, y que aceptemos los hechos consumados, diciendo, como habría dicho
Angelita, si hubiera sido verdad lo de la chica: “a lo hecho, pecho”...
Lo
cierto, lo verídico, lo que no tiene discusión, fue que Angelita Moreno dejó de
bailar en público, se separó de sus compañeros de farándula y se encerró en su
casita modestísima del callejón de las Ramadas, sin dejarse ver de otra persona
que de una vieja con ribetes y estampa de bruja, que salía todas las mañanas a
la recova para comprar, entre regateos, las provisiones que ambas necesitaban
para alimentarse. A los dos años de encierro alguien divisó, por primera vez,
por sobre las “quinchas” que deslindaban el “sitio” de la casita de la bruja, a
una arrogante muchacha que jugueteaba alegremente con una bella criatura de
ensortijados bucles de oro, la cual se afanaba por dar sus primeros pasos
levantando una a una sus patitas rubicundas y regordetas.
El
misterioso encierro de Angelita Moreno llegó a ser clásico; durante, cuatro,
seis, ocho, diez, doce años, poquísimos fueron los que pudieron afirmar que
habían visto cara a cara a la muchacha y ninguno fue osado insinuar siquiera
haber cruzado con ella una palabra; la única puerta de la casa estaba siempre
cerrada y por ella no salía ni entraba sino la vieja, cada día más gruñona,
cada día más fea, y cada día más vieja. Era un perro de presa, sobre todo
cuando alguien le dirigía la palabra, aunque fuera para darle los buenos días.
Transcurrieron
los años y un buen día los vivientes cercanos a la casita del callejón de las
Ramadas se dieron cuenta de que las misteriosas “habitantes” habían emprendido
el vuelo; la primera señal fue no haber visto los cotidianos trajines de la
vieja, y luego, que las luces nocturnas, aunque débiles y escasas, ya no lucían
como de costumbre, a través de los intersticios. Uno de esos zambos, picaros y
audaces que siempre están listos para cualquier atrevimiento, saltó una tarde
la “quincha”, se metió por el sitio, llegó hasta las casas, empujó una de las
puertas, que cedió sin mayor esfuerzo, entró a todos los cuartos, y
encontrándolos vacíos, salió, pues no tenía nada que hacer, ni qué robar.
Al saltar
la “quincha”, obscuro ya, un feroz golpe con un palo de luna — que fue
encontrado al día siguiente al lado del sitio del suceso— 5 dio
con el zambo en tierra, y allí hubiera pasado gran parte de la noche si sus
cómplices — ciertos “silleteros” que tenían su rancho en pleno basural del río—
no hubieran salido a buscarlo cuando se dieron cuenta de que se demoraba
demasiado en regresar.
Desde
entonces nadie volvió a registrar la “casa sola”, ni tampoco se vio jamás a un
nuevo habitante en la modesta y alegre casita del Callejón de las Ramadas.
Por si
algún lector no sabe hacia dónde caía esta calle, se lo diré: la calle de las
Ramadas era la que hoy llamamos Esmeralda, y su plazuela, cerrada con
“varones’’, sirvió, años más tarde, para dejar allí los caballos de los
numerosos aficionados a las “picas” de gallos cuando entraban al “reñidero’’
que al costado poniente construyó, a fines de 1730? el Capitán
don Melitón de Albornoz y Ramírez, con autorización del Cabildo y previo pago
de la contribución de dos pesos por pareja de gallos que pelearen allí, bajo la
inspección de un “veedor” nombrado por la autoridad.*
“Mi seá”
Rosarito Martínez de la Cueva, era, allá por los años de 1707, la tía más
bizarra y más despampanante que se abría calle a través de los Portales de
Sierra Bella, establecida ya la moda entre el femenino sexo, de salir a lucir
hechuras y andares ante el inquieto y goloso sexo contrario para provocarlo a
esa eterna lucha que empezó en el Paraíso terrenal y terminará el día del
juicio, por la tarde, según las opiniones más autorizadas.
La tía
ésta no “representaba” más de veinticinco años — ¡pongámosle veintiséis!—
aunque, había cumplido ya los treinta, según corrían por ahí voces
femeninas, que eran las más empeñadas en rebajar méritos a la que? desde
su llegada a Mapocho, traía al retortero y desesperado, a un enjambre de
galanes de todos los tipos y calibres: desde un poderoso y respetable Oidor de
la Real Audiencia que tenía bien ganada fama de enamorado, hasta un modestísimo
capitán de lanzas españolas sin otros méritos exteriores que unos bigotazos
rubios con hebras plateadas que parecían de seda, y una cabellera ondeada,
negra como la traición de un negro, que caía en lustrosos bucles sobre sus
anchas espaldas de atleta. La edad del capitán era indefinible, y su vida en el
seno de la sociedad santiaguina había sido siempre un misterio, desde que
regresara de Arauco, cinco años antes.
Este
capitán tenía fama de ser más pobre que un conejo de rulo; pero a pesar de su
reconocida inopia y de sus años sin control, cualquiera de las más
empingorotadas santiaguinas se habría considerado dichosa en compartir con el
fornido y enhiesto galán, la pequeña soldada de catorce pesos al mes que tenía
asignada en el situado por su empleo de capitán. Otras hubieran querido ejercer
con él, de muy buena gana, las obras de misericordia dándole hospedaje en su
propia casa..., pero el capitán no solamente era retrechero, sino que también
orgulloso y hacía gala de mantenerse en una espléndida independencia, que era
lo que sacaba de tino a las interesadas.
Acompañaba
a la tía una monada de chiquilla quinceabrileña, la cual, según el dicho de uno
de los legos mercedarios, debió haberse escapado de un cuadro que el Provincial
de su comunidad había traído de España para colocarlo en el altar Mayor; en
este cuadro aparecía la Virgen transportada a los cielos por una turba de
angelitos rubios, morenos y castaños; la muchacha era indiscutiblemente uno de
éstos, un angelito rubio que se había aburrido de volar en seco dentro del
cuadro y había preferido pasearse por los Portales para desasosiego de los
galanes y doncellas mapochinos.
Para
decirlo de una vez, y no estar haciendo frasecitas cursilonas: la tía, mi seá
Rosarito Martínez de la Cueva y su sobrina, la chiquilla María Muñoz de los
Prados, estaban “haciendo rayas” entre el vecindario noble y galán desde que
llegaron a la villa de Mapocho, procedentes de Quito, su patria, de donde
habían emigrado por prescripción médica después de haber dejado bajo tierra al
padre de Mariquita, don Belarmino de los Prados, Caballero Veinticuatro de
Sevilla, segundón de Casa Ruiz y Maestre de Campo de los Reales Ejércitos,
venido a las Indias en comisión de Real Hacienda, doce años antes.
Esto, a
lo menos, era lo que se corría, como verídico, en “cuadras” y trastiendas.
Al
desembarcar en Valparaíso, la tía y la sobrina contrataron, ellas solas, toda
la tropa de muías de “acarreto” de Juan Gutiérrez Espejo para transportar a
Santiago los cuarenta y tres bultos de equipaje “y casa” que las viajeras
traían; ellas se quedaron en el puerto quince días, alojadas en la posada de
don Silvestre Ochoa, por gestión especial del Guardián de San Francisco a quien
venían recomendadas, y mientras el mayordomo de doña Rosarito buscaba y
arreglaba en Santiago la residencia definitiva de las damas quiteñas. Quince o
veinte días más tarde salían ambas viajeras de Valparaíso, con dirección a
Santiago por el camino de Casablanca, y después de un viaje cómodo de seis
jomadas, entraban a la ciudad de su nueva residencia y quedaban instaladas en
la casa que les había arrendado, en la calle de San Agustín, cerca de la Plaza,
el Conde de Sierra Bella Don Pedro Mesía de Torres, por cantidad de catorce
pesos y seis reales cada mes. Esta casa era una de las mejores de la Capital.
Con estos
antecedentes queda suficientemente instruido el lector de la causa del alboroto
que causó en el vecindario de Santiago la llegada de tales damas; aparte del
rumbo con que se instalaron en el riñón de la ciudad, ellas mismas eran dos
barbianas capaces de competir con el verdugo en esto de hacer perder la cabeza.
Antes de
un mes, las principales familias les habían abierto las puertas de sus casas y
antes de los dos meses las recién llegadas habían metido en la suya a cuanto
había de escogido en la sociedad mapochina; en este éxito social habían
influido eficazmente el Provincial franciscano, por una parte, y el aristócrata
limeño Don Antonio de Munive que en esa época había llegado también a Santiago;
ambos personajes habían atestiguado la personalidad de las damas quiteñas y la
notoriedad de su fidalgo origen.
Por
descontado que tanto la tía como la sobrina encontraron admiradores por
docenas; no sabe este cronista si la sobrina enganchó a alguno en forma
definitiva; lo que sabe es que la tía, después de hacer carantoñas al Oidor
Bernardo de Quiroz, al Maestre de Campo don Juan de los Ríos y al síndico de
Santo Domingo don Matías Antonio de Zárate, se embarcó con el que nadie
imaginó, y éste fue el capitán veterano y recalcitrante solterón, el de los
bigotazos rubios y cabellera ondeada — cuyo fugaz retrato pretendí hacer más
arriba— y ello se supo y se divulgó una noche en que la tía ofrecía una
fiesta en su casa, con motivo de haber cumplido dieciséis años su sobrina la
Mariíta Muñoz de los Prados.
Esa noche
fue un acontecimiento social para los habitantes de Santiago. La fiesta de las
quiteñas rebalsó los salones y patios de la casa y se había extendido hasta la
Plaza Mayor, en donde habíase agrupado el pueblo para presenciar la “quema” de
ostentosos fuegos de artificio y participar en la repartición de refrescos y
dulces “de las monjas” entre los cuales se contaban varios “costales” de
colación, que eran unas pildoritas perfumadas de variadas formas que “por
duras” era necesario enterrarles muela. Mientras el pueblo se divertía en la
Plaza, echando bulliciosos vivas a la festejada, los invitados se distribuían
por los salones de la casa en alegre tertulia, cada momento más animada al
influjo de las grandes bandejas bien provistas de mistelas de distintos
colores, para las damas, y de sabroso y bien golpeado ponche en leche y en
culén para los caballeros, sin contar con los de “guarisnaque”, al natural, que
se aplicaban insistentemente aquellos que gustaban sentir entre pecho y espalda
el escozor inconfundible y legítimo del aguardiente de las vegas del Itata.
Entre
juegos de prendas, “con penitencia”, entre redovas y minués, entre
“escobillados” y sajurianas había pasado ya la medianoche sin que el entusiasmo
y la alegría decayeran un instante; y tal sería el ambiente de “entretención”
que reinaba en la casa de mi seá Rosario Martínez que hasta el Provincial de
los franciscanos permanecía allí, a pesar de la hora, sin acordarse, al
parecer, de que al día siguiente debía decir misa.
Tanto la
festejada, como su tía, se esmeraban en hacer los honores de la casa, y
circulaban por los distintos salones animando con su presencia los juegos de
prenda, las músicas, los bailes y las conversaciones de sus invitados, y
vigilando a los sirvientes para que no cesaran de ofrecer mistelas y refrescos
de los que había gran provisión, según tenemos derecho a suponer.
En vano
el Oidor Quiroz, y los demás galanes que asediaban a la Rosarito habían querido
arrastrarla hacia algún rinconcillo para darle palique y arrancarle prenda, ya
que la ocasión era por demás propicia; la “tía” quitaba bonitamente el bulto y
si alguna vez, obligada por las circunstancias, escuchó algún comienzo de
conversación que amenazara compromiso de respuesta, no le faltó recurso para
alejarse del peligro en el momento culminante, dejando al interesado con la
palabra en la boca.
— Esta
pajarita no se me escapará esta noche, había dicho para su garnacha el Oidor
Quiroz, y tendrá que soltarme la promesa y prenda que hasta ahora me niega. Más
duras de pelar me han tocado y, sin embargo, han tenido que rendirse.
Y era la
verdad, porque este Oidor había llegado hasta el asalto en despoblado para
satisfacer sus caprichos amorosos; pero en esta ocasión iba a recibir Su
Señoría el más espléndido plato de calabazas que jamás soñara.
Entre los
invitados encontrábase, también, el Capitán don Roberto de Aliaga y Maldonado,
que tal era el nombre de ese hidalgo de cabellera negra, lustrosa y ondeada que
conocemos; retraído en el rincón de una de las salas, había pasado casi toda la
noche en atenta observación de la tía Rosarito, arrastrado por una, curiosidad
que ni él mismo se podía explicar; había visto muchas veces a la bizarra tía en
sus paseos por el Portal, la había encontrado en distintas fiestas y saraos, y
sus miradas habíanse cruzado más de una vez, porque Rosarito, dentro de la
orgullosa indiferencia con que recibía las codiciosas miradas de sus
admiradores, había tenido especial predilección por las del misterioso Capitán;
pero esa noche, excepcionalmente, el Capitán Aliaga habíase sentido como
subyugado por la espléndida hermosura de la dueña de casa y su mirada había
corrido varías veces tras la silueta inconfundible de Rosarito en sus
constantes excursiones a través de las cuadras repletas de invitados.
Dos o
tres personajes habíanse acercado al Capitán Aliaga y sostenían con él una
conversación sin importancia, cuando acercóse al grupo un negro, y dijo,
inclinándose hasta hacer con su persona un ángulo agudo:
— Al
señor Capitán don Roberto de Aliaga, lo espera un caballero en el jardín del
segundo patio...
— ¿A mí...?
— dijo Aliaga, con no fingida extrañeza...
— A mi
señor Capitán don Roberto de Aliaga... — repitió el negro.
O
Formulando
una inclinación de cortesía para sus acompañantes el Capitán Aliaga siguió tras
el criado, salió al primer patio y endilgó por el “pasadizo”, al extremo del
cual se detuvo el sirviente y señaló el fondo oscuro del amplio jardín.
Antes de
bajar del embaldosado corredor, Aliaga titubeó un momento, pero inmediatamente
dio dos o tres pasos sobre el húmedo suelo; tampoco vio a nadie; volvió la cara
para consultar nuevamente al criado, pero éste había desaparecido ya. No era
cosa de volverse a los salones sin saber quién le había llamado en forma tan
misteriosa; sin pensarlo más, se metió entre la yerba y a poco se encontró en
medio del jardín. Sus ojos “encandilados”, fuéronse acostumbrando a la
oscuridad, y fijando la vista hacia el frente, le pareció divisar la silueta de
una mujer vestida de blanco.
Su
corazón dio un vuelco ante la inesperada visión; la silueta le pareció
conocida... era la inconfundible silueta que había estado admirando toda esa
noche en los salones de la fiesta.
— ¿Será
posible... ? — murmuró.
Y tras
una breve irresolución, avanzó impertérrito hacia la escalinata sobre cuyos
altos peldaños se destacaba de espaldas la elegante figura, débilmente
iluminada por un farol de hierro artísticamente labrado de arabescos.
— ¿Sois
vos, señora.. . ? — pronunció el Capitán al llegar al pie de la escalera— ; ¿me
habéis mandado llamar vos...? — insistió, al no oír inmediatamente la respuesta
de la dama.
— Yo no —
respondió por fin, Rosarito Martínez— ; la que os ha llamado ahora es Angelita
Moreno... ¿la recordáis, señor Capitán?
En la
mente de Aliaga surgieron, de pronto, los más extraños pensamientos, que se
transformaron luego en innumerables y lejanos recuerdos. Sintió que su cabeza
ardía y a poco un desvanecimiento total de sus miembros le puso en el peligro
de dar con su cuerpo en tierra; apoyóse en un árbol y tras un momento en que su
lengua fue muda, volvió sus ojos hacia lo alto de la escalinata, desde donde lo
contemplaba, aún, Rosarito Martínez.
Por entre
el velo de una lágrima que se atravesó en su pupila, el Capitán Aliaga
reconoció, en ese rostro, de treinta años espléndidos, iluminado débilmente por
la candela del farol, la grácil figura de Angelita Moreno, que dieciséis años
antes, él había sacrificado a sus caprichos de galán.
—
¡Angelita... perdóname...! — musitó el Capitán^ dejando caer* el rostro entre
sus manos.
Bajó
Angelita, paso a paso, las gradas de la escalinata, llegó hasta el sitio donde
se había detenido el caballero, y echándole los brazos, díjole, amorosamente:
— ¡Por
fin caíste, señor Capitán!.. .
“Fue
extraño caso el de cierta señora principal de Quito que habiendo permanecido
oculta durante algunos años en la capital de este Reino, a donde había sido
traída, robada por unos comediantes, que son gente ruin y descomulgada, se
encontrara, después de los días de sus padres y haber recibido una mucha
herencia en doblones, con un capitán que era padre de una hija que .la señora
había y que pasaba por su sobrina; encontrado al padre de esta hija, la señora
casó con él y para no dar escándalo, se fueron al Alto Perú, en donde vivieron
juntos todavía muchos años, en paz y gracia de Dios, y en haz de la Santa
Iglesia”.
Así dice
un “cronicón” del siglo XVIII.
§
15. El Real Seminario de Caciques
Don Juan
Andrés de Ustariz y Bertizberea, Caballero del Orden de Santiago, había
obtenido del Rey don Felipe V su nombramiento de Gobernador de Chile “rompiendo
los moldes” que hasta entonces habían servido para la designación de los
mandatarios de las colonias de América. Su Señoría, aunque pertenecía a la
nobleza española de la provincia de Navarra, no había desempeñado jamás un
cargo público, ni en la administración, ni en el ejército, y sus actividades
habíanse desarrollado, precisamente, en el campo contrario, el comercio, en
donde, con felices combinaciones, logró reunir una fortuna no despreciable.
Los
grandes apuros que pasaba la Corte española por falta de recursos para sostener
la guerra de sucesión, indujeron a los ministros del Rey Felipe a procurarse
dinero por los ‘medios más raros, y uno de éstos fue el de vender empleos,
títulos y condecoraciones; estos últimos estaban más a la mano — sólo costaban
al Rey una hoja de papel y eran también los más inofensivos, puesto que ninguna
consecuencia podía tener para la Corona el que hubiera una plétora de condes y
marqueses o de “Caballeros de Hábito” que saliesen a lucir su flamante
“fidalguía” en los actos oficiales o familiares; cuanto a la venta de empleos o
“prebehendas’’, la cosa era más seria, porque los “agraciados”, que pagaban
caro el nombramiento, no se contentaban con lucir sus insignias, sino que
trataban, con mucho sentido práctico, de reembolsar, lo más rápido posible, la
suma que habían pagado a las arcas del Rey.
Ustariz
había conseguido por este medio su Hábito de Santiago, y después de lucirlo
durante cinco años en Sevilla, en donde tenía una acreditada casa de comercio
para “mercar” en grande escala con las Indias, pensó en que no le sería difícil
obtener un empleo que, junto con darle más brillo a su persona “e casa”, le
proporcionara las facilidades para resarcirse de ciertas pérdidas considerables
de dinero que había tenido a causa, precisamente, de la guerra de sucesión. Una
gobernación en las Indias fue el empleo a que echó el ojo nuestro hábil
comerciante, y después de calcular lo que podía rendirle en ocho años — período
que duraban estos “gobiernos” — procedió a negociarlo firme y
rápidamente.
Ocurría
esto a fines de 1706, cuando sólo faltaba un año para que terminara su período
el Gobernador de Chile don Francisco Ibáñez de Peralta; ante la solicitación de
Ustariz, la Corte no titubeó y algunos meses más tarde le fue comunicada al
peticionario la noticia de que “Su Majestad le hacía la merced de la
Gobernación de Chile en recompensa de la suma de veinticuatro mil pesos de oro”
con que el interesado ofrecía contribuir a los gastos del “erario e fisco” del
Rey de España.
Caro era
el precio de esta “merced”, pero no se podía por menos, pues hubo otros
interesados que ‘^pujaron” por el mismo empleo.
Obtenido
el nombramiento, previo integro de los veinticuatro mil, el agraciado empezó
sus preparativos de viaje para trasladarse lo antes posible a su gobernación;
le apuraba llegar luego para no perder tiempo en el reembolso de la bonita suma
de que acababa de desprenderse... Dejó a su esposa en Sevilla y se embarcó en
la primera flota que salió de la Península con destino a Tierra Firme trayendo
consigo a tres de sus hijos mayores y a una docena de los dependientes de su
casa de comercio; era todo un personal experimentado el que traía Su Señoría
para establecer en Chile su nueva base de especulaciones mercantiles.
A causa
de las dificultades y peligros que presentaba la navegación de Atlántico y del
Pacífico, interrumpida por los corsarios en guerra, el nuevo Gobernador de
Chile y Presidente de su Real Audiencia sólo arribó a Valparaíso a mediados de
Enero de 1709, después de año y medio de viaje.
Ese año
era el octavo del funcionamiento de un colegio que existía en el ciudad de
Chillón para la instrucción y educación de “indios nobles”, fundado mediante
los esfuerzos de un clérigo chileno que se había constituido en apóstol de los
araucanos; este benemérito eclesiástico, oriundo de esa ciudad, llamábase
don José González de la Ribera y Moneada y había desempeñado
el cargo de cura de almas de su pueblo natal desde el año 1685, con singular
celo “y mucho provecho”, dedicando a su parroquia, además de toda su energía,
toda su fortuna, que no era poca. Por su sola cuenta levantó una iglesia, “la
alhajó”, y a su costado norte construyó una casa para su habitación, “a la cual
daría después honroso destino”.
Movido de
su celo apostólico y de su cariño hacia los indígenas, el Cura González
organizó una expedición misional hacia el interior de la Araucanía, dejando en
su puesto de cura de Chile a su hermano Miguel, secundado por los clérigos
presbíteros Lorenzo Moneada, su primo, y don José de Armenteros, ambos
chillanejos, con el encargo de “cuidar de su feligresía”. Llevó consigo, como
cooperador, al Presbítero José Díaz, sotacura de la parroquia, y que, como su
jefe, estaba “devorado por un celo ardiente” en beneficio de los naturales
chilenos.
El 15 de
Septiembre de 1690, día fijado para la partida del Cura González y de su
ayudante, “todo el vecindario chillanense, llevando a la cabeza al Corregidor
don Juan de Ahumada, a los alcaldes y regidores don Agustín de Saldías, don
Juan de Mesa, Alonso Bravo de Villalba, Gilberto de Leyva y Sepúlveda y al
Procurador Juan Bravo, salió a despedirlos hasta el río “e allí estuvieron
todos con lágrimas en los ojos hasta que se perdieron de la otra parte”. Fue
una despedida emocionante la que tributó el vecindario de Chillón a su Cura,
cuando salió a “misionar” a los indios de allende el Itata.
La
excursión misional del Cura González duró más de un año y tuvo éxito, pues en
todas las reducciones que recorrió fue bien recibido por los caciques; contados
fueron los que rechazaron a los misioneros; “bauticé a muchos cientos”, dice el
Clérigo en su primer memorial que elevó al Presidente Marín de Poveda, “e fice
entre ellos matrimonios en faz de Nuestra Santa Iglesia’’. Pero no fue tanto en
este punto en lo que el misionero González hizo hincapié; la excursión al
territorio araucano le dio conocimiento profundo del modo de ser y de vivir de
la raza indígena y le sugirió ideas muy prácticas y muy nobles — dice nuestro
Obispo Muñoz Olave— acerca de la conquista de ese pueblo. Notó y apreció
los inconvenientes y defectos de la obra del conquistador español y se propuso
remediarlos en cuanto estuviera de su parte. En vez de la conquista por la
fuerza de las armas, el Cura González “ideó la conquista del indio por medio de
la cultura”... La fuerza armada sólo debía amparar al maestro y al preceptor en
caso de que éstos reclamaran su auxilio.
La idea
no era absolutamente nueva en Chile; unos setenta u ochenta años antes había
vivido en las tierras de Arauco un jesuita, el Padre Luis de Valdivia, que
había pretendido, inútilmente, pacificar esa raza sólo por medio de la
predicación del Evangelio; pero el Cura González no pretendía, como el Padre
Valdivia, lanzar misioneros inermes a través de la selva para civilizar a los
viejos guerreros, a las multitudes que habían pasado su vida en un continuo
batallar y cuyos odios y costumbres estaban arraigados en su alma salvaje. El
proyecto del nuevo misionero consistía en traer a la ciudad a los niños
araucanos, de preferencia a los hijos de los caciques, para educar sus almas
inocentes en la civilización, apartándolas de aquel medio durante toda su niñez
para hacerlas olvidar, por completo, las costumbres en que habían nacido, y
todo esto sin que perdiera el contacto con sus padres.
En una
palabra, lo que proyectó el Cura González fue el establecimiento de un colegio
para hijos de caciques o sea, un Seminario de Nobles Araucanos.
Todas
estas ideas, convenientemente explayadas, fueron enviadas por el Cura al
Presidente Marín de Poveda, en dos memoriales que llevan la fecha de septiembre
de 1691 y noviembre de 1692; la obra no podía ser más simpática y el Presidente
la acogió con verdadero entusiasmo; pero las facultades del Gobernador de Chile
no llegaban hasta autorizar la fundación misma y envió todos los documentos a
España, a fin de que el Soberano resolviera “lo que fuere de su servicio”.
El
proyecto del Cura González, entretanto, se abría camino fácilmente en todo el
Reino, sobre todo en la región austral. En un Parlamento que Marín de Poveda
celebró con 'los indígenas en Choque Choque, se trató, entre el Presidente y
los caciques reunidos, de la fundación de este Colegio; estaba presente allí el
Cura González y explicó a la concurrencia, en lengua indígena, las ventajas que
de su fundación se seguirían para la paz entre “ambos estados”; varios caciques
manifestaron también sus opiniones, y por último, “después de haber oído un
discurso de don Alonso Nahuelhuala, cacique de Repocura”, se convino en que los
caciques enviarían sus hijos al Seminario de Nobles Araucanos una vez que se
fundara este instituto.
Mientras
se esperaba la resolución del Soberano — que debía tardar seis años—
González no cesaba de propagar sus ideas por todo el Reino interesando en
ellas a cuantos podían prestarle ayuda en tiempo oportuno; él mismo abrió una
“encuesta” para conocer la opinión de algunos personajes “graves” acerca del
sitio donde debería establecerse el futuro Colegio. Algunos opinaron que el
Colegio debía instalarse en Purén, en Angol, en Imperial, u otras de las plazas
fuertes de la Frontera; muchas opiniones hubo por que el Seminario funcionara
en Concepción, la ciudad más importante del Sur; porque se estableciera en
Santiago opinaron dos oidores y el Provincial de Santo Domingo, y no faltó
quien propusiera, como sede del Colegio, la ciudad de La Serena “por estar muy
retirada del campo de la guerra’’.
El Cura
González había estudiado el problema a fondo y tenía su opinión bien formada
acerca del sitio en donde debía levantarse el Seminario. Purén y los demás
sitios fuertes de la Frontera “tienen dos inconvenientes graves — decía,
rebatiendo esta opinión— , que destruyen el fin que se persigue. El primero es
ser, dichas plazas, de soldados cuyas costumbres extraviadas causarían
escándalo en esta juventud; el segundo es que dichas plazas están en medio de
la tierra de guerra y los jóvenes quedarían en gran cercanía a sus padres y
madres, cuyas visitas habrían de ser continuas y esto daría ocasión para que
por cualquier castigo que recibieran los educandos se fuyesen; y además, con
cualquiera sublevación que hicieren los indios, intentarían quitar a sus hijos
con gran facilidad”.
Aceptaba
González que la ciudad de Concepción sería buena sede para el Colegio; “pero
mejor es Chillán, que está en envidiable situación: no dista de la Araucanía
tanto que haga incómodo el envío de los caciquitos, y su distancia es
suficiente para impedir que los niños indios caigan en la tentación de huir o
de irse a su tierra por cualquier motivo infundado’’; agregaba que “los campos
de Chillán son agradables y feraces y harán placentera la permanencia allí de
los colegiales”.
A fines
de 1698 llegó, por fin, la contestación del Soberano español y ella era
favorable. “Que se funde un Colegio Seminario para la educación de los indios
caciques circunvecinos del estado de Arauco — ordenaba el Rey— el cual
esté a cargo de la religión de la Compañía de Jesús, para que los enseñen a
leer, escribir, contar y la gramática y moral, gobernándose el Colegio por las
constituciones y órdenes que le diere una Junta de Misiones’’. El Soberano
designaba esta Junta con las personas del Gobernador del Reyno, del Oidor más
antiguo de la Real Audiencia, del Obispo, del Deán de dicha Catedral, y de los
presbíteros don José González de la Ribera y José Díaz”.
Los
alumnos deberían ser veinte, al principio, con un director y dos profesores
jesuitas; el Rey concedía la cantidad de cuatro mil pesos anuales para el
sostenimiento del Colegio y esta cantidad debía sacarse del “real situado”.
La Junta
de Misiones se constituyó antes de un mes y su primer acuerdo fue designar al
Cura González para que presentara el proyecto definitivo de fundación del
Colegio, cuya denominación oficial fue “Real Seminario de Caciques”. A los
siete meses cumplidos, este proyecto estaba en poder de la Junta, y en acuerdo
del 5 de septiembre de 1699 se resolvió el inmediato funcionamiento del Real
Seminario, dándole por sede la ciudad de Chillán.
Para
obviar dificultades posteriores, en cuanto a la instalación definitiva del
Colegio, el benemérito benefactor de la niñez araucana cedió su propia casa;
“porque tengo en dicha ciudad de
Chillán
dos solares enteros que hacen una cuadra en largo y media de ancho, con
bastante edificio, para que sin dilación puedan vivir, hago gracia desde luego
de esos solares a la Compañía de Jesús, para que en dichos solares se funde el
colegio”. Ya sabe el lector que el Rey había encomendado a los jesuitas la
dirección del Real Seminario “por cuanto es la Orden que se necesita para la
reformación de las costumbres y crianza de la juventud.”
En su
proyecto definitivo, el Cura González había propuesto “que se establezca una
cátedra de idioma araucano, no sólo en el Colegio Seminario, sino en los otros
centros de formación de misioneros”, decía, además, que estas cátedras deberían
ser servidas por los jesuitas, “porque entre esos religiosos hay muy escogidos
lenguaraces” y también, porque sabido es que los indígenas “se precian de
elocuentes en su idioma, que le tienen en gran estimación y celebran y veneran
a los que son más elegantes en el hablar”;, y por lo contrario, los indios
tienen aversión a los misioneros que no hablan el araucano”.
La Junta,
de acuerdo con el Provincial de los jesuitas, Padre Francisco Bürges, designó
Rector del Real Seminario al Padre Nicolás Deodati, y profesores a los Padres
chilenos Domingo Hurtado y Antonio Covarrubias, los cuales se trasladaron a
Chillán y entraron inmediatamente en posesión de la “casa y solares’’ que había
donado el Cura González. Sólo faltaba, ahora, traer a los primeros alumnos y
para esto se comisionó al capitán chillanejo don Francisco Riquelme, antecesor,
por línea materna, de nuestro Bernardo O’Higgins. “Riquelme había estado
prisionero de los indios de Imperial algunos años y conocía a muchos caciques
de esa región, de los cuales varios se decían parientes suyos”. Esto y las
recomendaciones que llevaba del-Cura González le facilitaron su misión y logró
traer en ese primer viaje, “doce caciquitos”.
Por fin,
el 5 de septiembre de 1700, pudo declararse abierto el Real Seminario de
Caciques e iniciadas sus funciones con una gran fiesta “de la que fue la
principal persona el Cura González”. La gestación del Colegio había demorado
diez años; pero había triunfado al fin el tesón apostólico del buen
eclesiástico, quien pensó, desde entonces, vivir tranquilo; mas, todavía estaba
muy lejos de haber terminado su misión.
La Real
Cédula que había autorizado la fundación del Real Seminario le asignaba, para
su mantenimiento, la cantidad de cuatro mil pesos que debía sacarse del Real
Situado, o sea del dinero que la Corona enviaba, del Perú, para pagar al
ejército de Chile. Ese año de 1700, el “situado” fue tan escaso, que no alcanzó
sino para dar un “corto suplemento” ¡a los soldados, y por lo tanto, “el Real
Seminario no logró peso alguno, ni vitualla de ropa’’. Igual cosa ocurrió el
año siguiente, 1701, y para prevenir lo que podía ocurrir en lo sucesivo, la
Junta elevó una reclamación al Virrey de Lima, aludiendo, respetuosamente, a la
Real Cédula de Felipe V, que asignaba al Real Seminario la cantidad de cuatro
mil pesos del Situado para su sostenimiento. Pero el Virrey don Manuel de Oms y
Santapau de Senmanat y de Lanuza, Marqués de Castell dos Rius, Grande de España
de Primera Clase, etc., etc., contestó, sencillamente, “que el situado de Su
Majestad no podía traer nada para el Seminario”... Y hétenos aquí con que el Cura
González empezó de nuevo en sus preocupaciones para sostener, ahora, el Colegio
que con tanto trabajo había logrado fundar al fin.
Para que
el Colegio no fracasara después de tantos esfuerzos, no le quedó otra cosa que
dedicar el resto de sus bienes — que sólo le alcanzaban ya para vivir
pobremente, pues “todos los había dado”— a la manutención de los
colegiales y a la de sus maestros; y como esos bienes no fueran suficientes,
tuvo que recurrir a la caridad del vecindario de Chillán. Después de cada
cosecha, el Cura, en persona, salía por las calles y por los fundos de los
alrededores, hasta Concepción, al frente de varias carretas, para recoger
“comida” y ropa destinada a sus pupilos; ningún hacendado se negaba a dar esta
limosna “por amor a su Cura y para que no padeciese”...
Esta
situación se prolongó durante siete años; pero por mucho que trabajaran el Cura
González y los jesuitas, llegó a ser insostenible; el Cura envejecía y por más
que su espíritu no decayera, sus energías físicas se iban aminorando.
El
Presidente de Chile, don Francisco Ibáñez de Peralta, envuelto en continuas
dificultades con los oidores de la Audiencia, con los jefes del ejército, con
las invectivas de los araucanos sublevados nuevamente y aún con la Corte
española, había dejado de la mano la atención que años antes prestara al
sostenimiento del Real Seminario; por lo demás, el período de este Mandatario
estaba ya por terminar y todas sus actividades las empleaba en prepararse para
afrontar el inevitable juicio de residencia a que debía someterse al dejar el
mando. Sabíase ya, en Chile, que el Monarca había nombrado un nuevo Gobernador
en la persona de don Juan Andrés de Ustariz, a quien el lector conoce por las
noticias que ha leído al principio de esta crónica, y el Cura González se
aprestó a presentársele tan pronto como el mandatario recién llegado descansara
de su largo viaje, que, dicho sea de paso, había sido bastante accidentado y no
exento de peligros.
Confiaba
el Cura “en el buen corazón y en el desprendimiento’’ del nuevo Gobernador...
No conocía el Cura González al señor Ustariz.
Terminadas
las solemnes fiestas con que fue recibido en Santiago el nuevo Gobernador y
tranquilizado, aunque a medias, su ánimo, fuertemente impresionado por los
desaires que desde el primer día le infirieron los oidores de la Audiencia —
los cuales habían sido informados dé la manera como había obtenido su
nombramiento de Presidente de Chile— le fue anunciada una tarde la visita
del Presbítero González.
— ¿Sabes
quién es ese clérigo?... preguntó el Gobernador a su hijo Fermín, que era su
“asistente’’ y a quien había encargado de averiguar la condición de los
“estantes y habitantes” del Reino que fueran a visitarlo.
Es un
clérigo de Chillán — contestóle don Fermín, y viene a pedir a Usía que le dé
ayuda para cierto Colegio Seminario de Caciques que sostiene allí, con los
jesuitas.
—
¿jesuitas?... Pues, a mal palo se arriman si vienen por dinero.— adujo el
Presidente— . Como no quiero perder tiempo, ve tu, hijo, la manera de sondear a
ese clérigo para saber qué quiere y qué trae... De todo lo cuál me darás cuenta
después, diciéndole que vuelva otro día.
El
“sondeo” de don Fermín de Ustariz al Cura González no pudo ser más sencillo ni
más rápido; el buen Cura expuso francamente la situación de su Colegio con
motivo de la negativa del Virrey para enviarle la asignación anual que el
Soberano había concedido para el mantenimiento del Seminario, y la esperanza
que le asistía de que el nuevo mandatario, “a quien Dios había concedido tantas
riquezas”, se desprendiera de una pequeña parte de ellas para “remedio” de una
obra tan cristiana como era la educación de los niños indígenas, “con lo cual
habría paz en el Estado de Arauco”.
La
respuesta de Ustariz fue definitiva y concluyente: Su Señoría no había venido a
Chile, comprando su elevado cargo de Gobernador, para cambiar de aires y para
dar lo que esperaba recuperar aquí. Sin mayores preámbulos ordenó a su hijo que
echara al Cura “con buenas palabras’’ significándole, eso sí, muy clarito, que
se había equivocado de puerta.
El Cura
González volvióse a Chillán profundamente apenado, porque todas sus esperanzas
habíanse derrumbado de un solo golpe; el Presidente, que era su expectativa, ni
siquiera había querido recibirle, “ni aún para dejar que le besara las manos’’.
Al día
siguiente de su llegada a Chillán, el Cura salió a recorrer la ciudad, llevando
de la mano, como era su costumbre, a uno de los “caciquitos”, en calidad de
compañero y “lazarillo”. Al pasar frente a la “posada’’ y solar de doña Juana
de Leyva y Saldías, esposa del Regidor don Pedro Bravo de Villalba, quiso
entrar allí para descansar y saludar, al mismo tiempo, a una de las mayores y
más constantes benefactoras del Real Seminario.
— ¡Dios
le guarde, mi señor don José! — exclamó alegremente la dama, cuando vio entrar
en la “cuadra” al venerable anciano—. No sabía yo que hubiera, Su Paternidad,
regresado de su viaje A Mapocho... ¿Por qué tanto secreto? Siéntese, Vuestra
Merced, a mi vera.
El Cura
González abrazó silenciosamente a su amiga mientras dos lagrimones se
deslizaron por sus mejillas arrugadas y exangües, y se dejó caer sobre el
sillón.
— ¿Qué le
pasa a Su Reverencia?... — interrogó inquieta la dama, al notar el profundo
decaimiento del anciano— , ¡Hable, por Nuestra Señora!...
¡Nuestro
Seminario se acaba, señora!... ¡Se acaba nuestro Colegio de caciquitos!...
— Pues...
¿qué ocurre? — inquirió doña Juana.
— El
señor Gobernador Ustariz, a quien Dios guarde, nos niega su protección y ni
siquiera ha querido oírme.
— ¿El
Gobernador? — exclamó la dama, inclinando su cabeza— . ¡La esperanza que
teníamos para sostener nuestro Seminario!
— ¡Le
habremos de cerrar, y echar fuera, para siempre, a nuestros niños!
Calló
doña Juana unos instantes, pero en seguida, como iluminada por una resolución
repentina, alzó las manos, aclaró su rostro con una sonrisa de felicidad y
exclamó:
—
Aguarde, Su Reverencia, Padre González. ¡Aguarde, Su Merced!...
Y
desapareció hacia los aposentos interiores. Momentos después doña Juana de Ley
va y Saldías penetraba en la “cuadra” nuevamente, llevando en el hueco de ambas
manos juntas un montón de joyas: brazaletes, alfileres, gargantillas, sortijas
y pendientes.
— Tome Su
Reverencia, Padre González; coja Su Merced todas esas vanidades, y véndalas...
¡No se acabará nuestro Real Seminario de Chillán!
§ 16. Un
Obispo chileno que pudo ser Virrey del Perú
El
Ilustrísimo señor don Diego González Montero y Xufré del Águila, Obispo de la
Concepción, por presentación que de su venerable persona hiciera a Su Santidad
Clemente XI, el Rey Felipe V, fue un prelado de acendradas virtudes, entre las
cuales descollaban el apostolado y la severidad en las costumbres, muy
especialmente en lo que tocaba a la inversión de los caudales confiados a su
vigilancia. Cuéntase de esta Señoría Ilustrísima que, habiendo notado cierto
exceso en el consumo de cera en la Catedral de Penco, abrió una investigación
contra el Sacristán Mayor, presbítero Ramón Benavente, y como de ella resultase
que uno de los monacillos se apropiaba de los “cabos” y los vendía “a tanto la
libra” en cierto chiribitil de un ropavejero con ribetes de judío, no sólo
destituyó de su empleo al Sacristán Mayor, haciéndole pagar el robo, sino que
mandó azotar al rapavelas y confiscar los “chilpes” al judío, conminándolo con
excomunión y destierro.
‘El
severo Prelado pencón era nieto de don Antonio González Montero y Marmolejo,
sobrino del primer Obispo de Santiago, señor González Marmolejo, y de doña
Ginebra de Justiniano, hija del Conquistador Juan Ambrosio Justiniano, genovés
de origen, y uno de los primeros mercaderes navegantes que vinieran a Chile en
los tiempos de Pedro de Valdivia. Este matrimonio Formó uno de los hogares más
respetables de la naciente dudad de Santiago y tuvo un único hijo, que fue don
Diego González Montero y Justiniano brillante capitán que se ilustró en la
guerra de Arauco en aquella época de heroísmos estupendos que caracterizaron
las campañas de fin del siglo XVI.
Don Diego
fue un personaje destacado y tal vez el de mayor significación que tuvo la
colonia durante los primeros cincuenta años del siglo XVII; desempeñó,
sucesivamente, los cargos de Regidor, Alcalde, Corregidor, Veedor,
Cuartel-Maestre General del Ejército, Teniente de Gobernador y Justicia Mayor
del Reino, y por último, Gobernador interino de Chile en dos ocasiones. Fue el
único chileno que alcanzara tan alta distinción durante los doscientos ochenta
años de la época colonial.
Allá por
los años de 1621, siendo coronel de la milicias de Concepción, don Diego
contrajo matrimonio en Santiago con doña María Clara Xufré de Loaiza, reputada
como “la más hermosa señora hembra de este reyno y capitanía”; viudo, después
de quince años de matrimonio, casó al año siguiente con doña Ana Xufré del
Águila y Sarmiento, prima de su primera mujer; esta señora era hija del
historiador y poeta colonial don Melchor Xufré del Águila, famoso tanto por su
espada como por su péñola. De este matrimonio provino el futuro Obispo de la
Concepción, el ya nombrado don Diego González Montero y Xufré del Águila.
Pero
antes de meter al lector en el relato con que me propongo “obsequiarle’’, creo
necesario que le dé a conocer cómo llegó el señor Montero a sentarse en la
Silla Episcopal de Concepción, después de haber estado casado y haber tenido
numerosa prole en su mujer, la aristocrática limeña doña María Lorenza Zorrilla
y Mandujano.
Cuando
apenas contaba trece años, el joven Diego fue destinado por su padre a las
filas del ejército de Arauco, en calidad de soldado distinguido; pero el
Presidente don Francisco Meneses y Brito, atendida la “niñez’’ del soldado, lo
sacó de las filas y lo nombró su “paje de corte’’, en donde se destacó por su
inteligencia “para el tracto y recibo de los visitantes”. Los violentos
incidentes que se produjeron con motivo de la deposición del Presidente
Meneses, llamado el Barrabás, — según ya sabe el lector— hicieron que el
joven Montero del Águila le tomara distancia a la vida de corte y aún a la
carrera militar y a la administrativa, y manifestara francamente, a su señor
padre, que deseaba seguir los estudios de Derecho y Teología. Los colegios que mantenían
en Santiago los jesuitas, los dominicanos y los franciscanos, no estaban aún en
situación de conferir grados, y fue necesario que el joven se trasladara a Lima
para ingresar allí a la Universidad de San Marcos, la más acreditada de las
Indias.
Las
inclinaciones del mancebo eran las de la carrera sacerdotal; al decir de sus
profesores y compañeros, su vida era ejemplar, “alternando sus estudios de
teología, letras y artes con las prácticas religiosas’’; continuamente se le
veía en los templos^ especialmente en el de los jesuitas, en donde oía misa
todos los días, siendo siempre el primero en las procesiones y demás actos de
piedad. El ignaciano Padre Madorell, Superior del Colegio de San Martín,
afirmaba que el joven estudiante Diego Montero “habría de llegar a los más
altos puestos de la Compañía”; tal era la certeza que tenía Su Reverencia de
que el chileno estaba destinado a vestir el hábito de San Ignacio.
Después
de cuatro años de estudios en la Universidad de San Marcos, el joven Montero
del Águila recibió sus títulos y la investidura de Doctor en Leyes en una
fiesta solemnísima que se realizó en la Catedral de Lima, con asistencia del
Arzobispo don Melchor de Liñán y Cisneros “y de cuanto distinguido en ciencias
habita en la ciudad de los Reyes”. En conformidad con el ceremonial
establecido, después de esta recepción solemne los nuevos doctores debían
asistir a diversas fiestas y saraos que ofrecían en su honor los amigos, los
parientes y los antiguos profesores. Una de estas fiestas le fue ofrecida al
doctor don Diego Montero del Águila, por el aristócrata limeño don Francisco de
Paula Zorrilla y Goyeneche, antiguo y buen amigo del padre de nuestro protagonista,
con quien, treinta años antes, había sido compañero de armas en Chile.
La fiesta
de don Francisco de Paula fue un acontecimiento en Lima, pues a ella asistió,
desde el Virrey abajo, todo cuanto había de notable en la Capital del Perú; el
palacio de Zorrilla era “un campo de luces y de aromas’’ y alrededor de la
“manzana”
I
se juntaron,
esa noche, más de ciento veinte carrozas de familias que concurrieron al sarao;
y se debe considerar que no todas las familias, por empingorotadas que fueran,
tenían carroza.
No hay
para qué decir que el festejado fue “víctima” de los elogios de toda la
concurrencia y que los más abundantes fueron los que se referían a su modestia,
a sus virtudes y a su piedad. El Padre Madorell, que también asistía a la
fiesta, declaró, sin empacho, que el joven Montero estaba predestinado a la
Compañía de Jesús, porque San Ignacio no podía permitir que tal dechado de
virtudes y de saber “se perdiera’’ en el mundo.
— Eso
será— intervino la Marquesa de Buena Vista, doña Melchora de Mendoza y
Castilla — si alguna limeña no lo convence de lo contrario, pues tanto da
servir a Dios como Padre jesuita que como padre de familia...
Sonrió el
padre Madorell de las “pretensiones” de la Marquesa, y sólo se limitó a
contestar:
— Señora
Marquesa, aseguro a Su Señoría, que no habrá limeña, madre ni hija, que pueda
desviar a don Diego del camino recto que ha elegido para la salvación de su
alma.
Esto de
“madre ni hija’’ era un tiro al ala, pues la señora Marquesa de Buena Vista era
madre de seis niñas y su buena fama de casamentera la tenía bien ganada con
haber “colocado” a cuatro de ellas, antes de que cumplieran los veinte años. Si
no había casado a las otras dos, era porque una tenía once y la otra siete.
— Déjese
de lisuras, Padre? que esas cosas no las entiende Su
Reverencia. Pero... ¡mire Su Paternidad al novicio! — agregó, alegremente,
señalando con el abanico al joven doctor, que en esos precisos instantes se
inclinaba en elegante y rendida “venia” ante doña María Lorenza Zorrilla y
Mandujano, la angelical primogénita del dueño de casa, para invitarla a
“seguir” el minué que en esos momentos insinuaban los violines de maese Rolando
Lagos, el maestro de capilla de los mercedarios, tenido como el “mayor musicante”
de su tiempo en Lima.
El
jesuita se quedó con algo de boca abierta, mientras la Marquesa le punzaba con
una risita de estilete; pero cuando el Padre Madorell entró en cuidado,
verdadero y formal, fue al notar que el joven, terminada la danza, llevó a sus
labios la enguantada manecita de la niña y se dio el lujo de retenerla allí
varios segundos...
— Pero
mire, Su Paternidad, qué atrevido es ese novicio ¿no? — oyó el jesuita que le
sopló al oído de la Marquesa, mientras el Padre, rojo como un camarón,
contemplaba la escena formulando, para sus adentros, las más extrañas
conjeturas.
Y lo peor
del caso fue que el joven doctor y presunto novicio no se apartó del lado de la
niña sino por momentos, cuando alguno de los asistentes, por cumplimentar al
festejado, se acercaba a interrumpir el palique, que habría de ser sabroso a
juzgar por la dedicación que él y ella ponían en mantenerlo. Imagine el lector
los cilicios del Padre Madorell y las “pullas” de la Marquesa de Buena Vista y
comprenderá por qué el jesuita abandonó el sarao mucho antes de que llamaran a
la cena, cuya expectativa era de primera clase, puesto que el anfitrión, que no
era roñoso, la había encargado, por mitad, a las monjas de Santa Clara y a las
Trinitarias, conceptuadas como los mejores “misteleras’’ de Lima, las unas, y
como inimitables fabricantes de “masitas”, las otras.
El éxito
del nuevo doctor fue estupendo y rápido; antes de un año su fama de jurisperito
se había extendido por toda Lima, por todo el Perú y aún traspasado las
fronteras, pues habiéndole encargado el Marqués de Casa Fuentes la defensa de
un juicio que sostenía ante la Real Audiencia de Quito, hubo de trasladarse a
aquella Presidencia y a los tres meses volvió triunfante a Lima después de
haber “espantado” a los quiteños con su sabiduría. A su regreso a la Capital
del Virreinato, se encontraba vacante la cátedra de prima de leyes y habiendo
hecho oposición a ella “picó puntos’’ y en hora y media de peroración ante el
severísimo Claustro Universitario dejó “tendidos” a sus contradictores y
conquistó, sin oposición, las palmas de la ciencia jurídica.
No .por
sus continuados y detonantes triunfos en el campo de la jurisprudencia y en la
sociedad limeña, el joven doctor dejaba de frecuentar sus antiguas prácticas
religiosas; los templos de Lima y los claustros del Colegio jesuita de San
Martín, teníanle siempre entre sus visitantes más asiduos, y la celda del Padre
Madorell era su refugio más íntimo; el jesuita era, si no el director
espiritual del chileno, por lo menos su consejero y confidente, a quien
placíale consultar todos aquellos “casos” que alguna trascendencia podían tener
en su profesión y aún en su vida. Al verle tan asiduo, Madorell no podía
abandonar su antigua expectativa de ver al joven vestido con el traje talar de
San Ignacio.
— Padre —
díjole una tarde el joven— , tengo que contarle a Su Reverencia un caso de
conciencia, para que me aconseje lo que conviene a la salvación de mi alma...
El
jesuita, que los últimos días había notado al joven bastante preocupado y
mohíno a veces, pensó, para su esclavina, que se acercaba el momento
psicológico de la determinación trascendental de una vida... Incorporóse,
acogedor, echó los brazos a su amigo y arrastrólo suavemente a la vera de su
sillón de vaqueta.
— Habla,
hijo mío — murmuró a su oído— , háblame, cuéntame las cuitas de tu alma y pon
tu confianza en el Dispensador de todas las gracias ¡Habla.. . Habla!...
—
Padre... — pronunció el joven, con un acento de humildad que conmovió al
jesuita— ¡quiero... casarme!
El padre
Madorell se desplomara sobre el santo suelo si no estuviera el sillón a su
lado.
—
¿Casarte? ... pero cómo ... ¿y con quién? — terminó, afirmando sus manos sobre
los brazados del sillón y echando el cuerpo adelante, en un indefinible
movimiento de sorpresa.
— Quiero
casarme con doña María Lorenza Zorrilla y Mandujano...
Parece
que el jesuita vio que el caso era perdido y que no tenía vuelta, dados el tono
y las circunstancias de la consulta, y sin hacer mayores demostraciones,
contestó al joven, pasados algunos segundos:
— Hijo
mío, si Dios te llama al estado matrimonial, sigue tu inclinación, pero no
olvides aquello de que “antes de que te cases, mira lo que faces”...
— Sí que
lo he mirado, Reverendo Padre — contestó sin titubear el joven “novicio”— ; y a
fe de que cada día que pasa me convenzo más de que no puedo dejar de casarme
con la bella doña María, a quien Dios y Nuestra Señora me la conserven en salud
perfecta...
Si el
Padre Madorell alentaba alguna esperanza de que el joven se “arrepintiera”, al
oír esto debió perderla por completo.
Hago
gracia al lector de contarle la solemnidad con que el Arzobispo de Lima bendijo
el matrimonio del doctor don Diego Antonio González Montero y Xufré del Águila,
Abogado de la Real Audiencia y Catedrático de Prima de Leyes de la Real
Universidad de San Marcos, con doña María Lorenza Zorrilla y Mandujano, hija
del que iba a ser presunto heredero del condado de la Vega del Ren; no quiero
ni siquiera posar mis ojos en tan deslumbrador espectáculo, porque, de seguro,
me quedaría enredado en la descripción de sus múltiples atractivos y no
llegaría nunca al hecho que elegí por tema para mi relato.
Básteme
apuntar estos datos: el traje “exterior” de la novia costó seiscientos trece
patacones, sin contar los chapines de lama de plata y oro, por los que se pagó
ochenta y tres, con siete reales; y el traje “interior”, la interesante suma de
trescientos cuarenta y seis castellanos, en sólo tres prendas: la enagua, los
pantaloncillos y el camisín; este último chisme costó ciento veintiséis
castellanos. ¡Habría que haberlo visto!... ¡Dios nos perdone!
Que la
pareja fue feliz lo demuestran cuatro hijos que tuvieron en el angustiado plazo
de cuatro años y un mes que doña Lorenza acompañó a su marido, pues falleció a
la temprana edad de veintidós años. La muerte de su mujer sumió al doctor don
Diego en un dolor inconmensurable, para el cual no encontró otro lenitivo que
consagrar su vida a Dios. A los dos años de viudez inconsolable, vistió el
hábito de clérigo y como ya tenía todo sus estudios teológicos hechos, recibió,
a los cuatro meses, el orden sacerdotal de manos del Metropolitano Liñán y
Cisneros y poco después obtuvo, por concurso, el Rectorado de la Parroquia del
Sagrario, adonde se recluyó con sus cuatro hijos para atender a su crianza y a
su educación.
La vida
del doctor González Montero en Lima, fue ejemplar en virtudes cristianas y
apostólicas; su condición de aristócrata y de; doctor en ambos derechos, así
como de Abogado de Audiencia, le abrieron todas las puertas, ampliamente, y una
aureola de merecido prestigio rodeó a su venerable persona, que se conquistó
todas las simpatías, especialmente las del elemento femenino, que veía en el
doctor González Montero a un amador constante y fiel, azotado por el Destino.
Desempeñó
más tarde el alto cargo de Provisor y Vicario General del Arzobispado, y
permaneció en tales funciones más de veinte años, habiendo contado con la
confianza de dos Arzobispos sucesivos, lo cual es ya mucho decir de su
ecuanimidad, pues es bien sabido que lo nuevo tiene el prurito de reemplazar a
lo antiguo, aunque este sea bueno o mejor.
Cincuenta
y cinco años de edad llevaba cumplidos el señor González Montero cuando la
Majestad de don Felipe V fijó sus miradas en él, para presentarlo a Su Santidad
como Obispo de La Concepción de Chile; toda Lima se conmovió de alegría cuando
supo la fausta nueva y todos se aprestaron para despedir al nuevo Prelado con
los parabienes y augurios por su merecida elevación a Príncipe de la Iglesia.
El señor González Montero fue consagrado solemnemente en la Catedral de Lima,
ante el mismo altar de Dios donde había recibido los más grandes honores y las
más grandes emociones de su vida: su doctorado, su matrimonio, su investidura
sacerdotal, y ahora la púrpura; después de un mes, la sociedad limeña
acompañaba al nuevo Prelado hasta el puerto del Callao, en donde se debía
embarcar con rumbo a su Diócesis. Dejaba allí sus más grandes afectos — a tres
de sus hijos— , y prometió volver.
A
principios de Enero de 1712, el barco francés Philix, Capitán
Robail, fondeaba en Penco en medio de las atronadoras salvas de la artillería,
pues traía a su bordo al nuevo Prelado que venía a poner término a la viudez de
la Iglesia pencona, en Sede Vacante desde siete años atrás, por el
fallecimiento de Ilustrísimo Don Fray Martín de Hijar y Mendoza, de los
marqueses peruanos de San Miguel de Hijar.
Posesionado
ya de su Diócesis, el señor González Monteros empezó a tomar lenguas sobre los
componentes del nuevo rebaño cuyo cuidado le habían entregado Dios y el Rey;
por cierto que no tardó en saber que el Gobernador del Reino, don Juan Andrés
de Ustariz, era el primero y más desahogado contrabandista de la costa chilena,
y el mayor “desvergonzón”, para toda clase de negocios y negociados, que comía
pan en la costa del Pacífico.
La
primera noticia de esto la había tenido el Obispo, del Capitán del barco que le
había traído a Chile, no sólo asediado de comodidades y atenciones, sino
gratuitamente. El capitán
!
Robad no
desmentía su origen francés, y su gentileza, durante toda la navegación, tenía
altamente comprometida la gratitud del Obispo chileno. El Capitán Robail había
afirmado al Obispo haber pagado al Gobernador Ustariz más de veinte mil pesos
en concepto de propinas, o de “coimas”, como decimos ahora, para obtener de Su
Señoría un “zarpe" a tiempo, o para que los vistas de los resguardos de
Valparaíso, Serena y Concepción, la hicieran gorda en el desembarco clandestino
de mercadería de contrabando, actividades a que se dedicaban todos los barcos
franceses que venían al Pacífico.
El señor
González estaba abismado de la corrupción administrativa que se había
enseñoreado en Chile, pues, con el ejemplo del Gobernador, “no hay quídam que
no haga o quiera hacer ál’’, según la expresión del Prelado en una de sus
comunicaciones a la Corte. Concepción, o mejor dicho, Penco, era el centro del
contrabando por las facilidades que presentaba el puerto, alejado de la Capital
y de las autoridades superiores.
Seis
meses habían transcurrido, a lo sumo, cuando se produjo en Concepción un hecho
por demás escandaloso que llenó de indignación la severa conciencia del
Prelado. Había llegado al puerto la barca francesa San Antonio Padua y
su Capitán, Monsieur Nicolás Frondac, acompañado de un oficial, había bajado a
tierra sin el menor temor; cuando menos lo esperaban, ambos fueron aprehendidos
por orden del Gobernador, quien había encargado al Corregidor de Concepción el
enjuiciamiento del mencionado marino, acusándolo de contrabandista.
Había en
el puerto no menos de veinte buques franceses; de modo que cuando sus capitanes
y tripulaciones supieron la prisión de Frondac, se pusieron inmediatamente en
campaña para conocer los motivos del arresto y arbitrar los medios de poner en
libertad al preso.
No
tardaron gran cosa en saber lo primero y en solucionar lo segundo. El
Gobernador Ustariz había ordenado enjuiciar al capitán contrabandista, pero al
mismo tiempo había encargado al Sargento Mayor don Juan Antonio de Espineda,
que contratara la libertad del preso por la cantidad de dieciséis mil pesos de
oro, que debía serle entregada en la propia casa del negociador, a cambio de la
orden de libertad, que éste ya tenía en su poder.
Los
franceses reunieron inmediatamente la suma pedida, la llevaron “en cargas” a la
casa de Espineda, y en el mismo acto les fue entregada la orden del Presidente
para que el Corregidor pusiera en libertad al Capitán Frondac. Negocio más
rápido y expedito, imposible.
Lo
desvergonzado del hecho, la irritación que produjo en los franceses tal
extorsión del Gobernador y la circunstancia de que Ustariz no se encontraba en
Concepción — pues todo lo había ordenado desde Santiago— soltaron la
lengua de los ofendidos, “y se echaron por las calles con el preso recién
libertado, mostrándolo a todos, y diciendo que el Gobernador los había robado
con descaro’’; nadie se atrevía a contradecirles, porque todos conocían las
vergonzosas incidencias, “y ellos no mentían” de modo que los
españoles optaron por encerrarse en sus casas “para no oír que desacreditaban a
las autoridades del Rey”...
Cansados
ya los franceses de hablar en público, “y de gritar el robo”, determinaron
volverse a bordo; pero uno de los que formaban el grupo era el Capitán Robail,
y dijo:
—
Señores, propongo que vayamos a denunciar este robo a la única persona honrada
que vive en Penco...
— ¿Y
quién es ese fenómeno?... — se me ocurre que preguntaría algún francés.
— El es
“Monsigneur’’, el Obispo González Montero, mi amigo; vámonos a su palacio. Su
Señoría nos oirá en justicia.
Y allá se
fueron todos, causando la consiguiente alarma en los familiares de Su
Ilustrísima, que vieron invadidas, de sopetón, las antesalas de la residencia
episcopal.
El
Capitán Robail, seguido de la víctima y de sus compatriotas, llegó a presencia
del Prelado y le contó detalladamente el escandaloso suceso. El señor González
Montero les oyó con vergüenza y con profunda indignación.
— Hoy
mismo escribiré a Su Majestad, mi Soberano y Señor — contestó el Obispo— ,
haciéndole saber estos hechos inauditos; por Dios y Nuestra Señora, ¡callad,
callad, por caridad!...
La carta
del Prelado pencón llegó a la Corte a principios del año siguiente, 1713, y el
conocimiento de la vergonzosa extorsión que Ustariz había ejecutado contra el
marino francés, en forma tan cínica, determinó la destitución de este
Gobernador de Chile.
El
denunciante de tal escándalo debía ser también recompensado, y ello no tardó
mucho; pues habiendo vacado la Diócesis de Trujillo, en el Perú, conceptuada
como el Obispado más suculento del Virreinato, Su Majestad se dignó proveerlo
con el Ilustrísimo Obispo de Concepción, “y para más honrar su mitra y sus
virtudes”, el Rey despachó a su favor el nombramiento de Virrey y Gobernador
interino del Perú, y Presidente de su Real Audiencia, “para el caso de que
vacare el cargo por falta del que estuviere gobernando, o de haber fallecido el
Príncipe de Santo Bono, últimamente promovido a él”.
Sabemos
que el Ilustrísimo González Montero y Xufré del Águila era chieno; por ende,
estuvimos en un tris de que un compatriota nuestro fuera Virrey de los
orgullosos peruanos, que escaparon “jabonados”, porque el Obispo y presunto
Virrey falleció en Trujillo unos cuantos meses antes de que el Príncipe de
Santo Bono fuéra promovido al gobierno de México, dejando acéfalo el Virreinato
de Lima.
§ 17. Un
Oidor con malas pulgas
Mucho se
lee en los mamotretos de la colonia, sobre las rencillas y “competencias” que
se suscitaban entre los poderes eclesiástico y civil, o entre individuos de los
mismos poderes entre sí por motivos de preeminencias ceremoniales o de
preferencias de “asientos” en las festividades públicas y privadas. Caso hubo
de haberse suspendido un sarao, en casa del Oidor Cuba y Arce, a causa de que
el Alférez Real don Basilio de la Rocha y Córdoba no sacó a danzar a la
Corregidora en la primera contradanza y fue a ofrecer su brazo a una linda
chiquilla de quien estaba enamorado, y a la cual estaba cortejando, en ese
rato, un rival que le había salido de repente.
Me
propongo contar un caso de mucho mayor trascendencia; se trata, nada menos, que
de un serio incidente provocado en plena iglesia Catedral y durante una solemne
misa de pontifical, por el Oidor don Próspero Solís del Vango, contra Su
Señoría Ilustrísima el Reverendo Obispo de Santiago don Alejo Femando de Rojas,
que era el oficiante.
Debo
apuntar, de paso, que el Oidor del Vango era el hombre de “peor carácter y
figura que había en este reyno”, según la expresión de un contemporáneo suyo;
también es verdad que ese contemporáneo había recibido del mencionado Oidor una
paliza de padre y muy señor nuestro porque al pasar a su lado, por la
callejuela de la Compañía, se había limitado “a darle la venia con la cabeza y
no se había quitado el sombrerillo”...
Con este
antecedente, para no citar otros, podrá darse cuenta el lector del geniecito
que se gastaba el ilustre Ministro de la Justicia de Su Majestad, cuando creía
que no se le guardaban las consideraciones y preeminencias a que su alto cargo
le hacían acreedor.
Y sin más
preámbulo, vamos al hecho.
La fiesta
de Corpus Christi celebrábase en nuestra capital, desde tiempos inmemoriales,
con solemnidad superada solamente por la del Apóstol Santiago, patrono de la
ciudad. A las distribuciones religiosas de la Catedral, llamadas del
“octavario”, que seguían a la solemne procesión de Corpus, tenían la obligación
de asistir la Real Audiencia, el Cabildo, las instituciones monásticas, las
cofradías, etc. — todos en corporación y con sus estandartes — , y en general
todo el pueblo. En la misa, que por devoción aunque no de “regla” era siempre
de gran pontifical, tenía su colocación preferente la Real Audiencia con su
Presidente, el Gobernador del Reino.
Uno de
los principales honores que se le tributaban a este alto funcionario y a los
oidores, era el de “darles la paz cuando el celebrante dice aquella oración que
termina con la frase: Pax Domine sit semper vobiscum. En ese
momento, el Subdiácono — que ha recibido del Diácono el abrazo de paz— , baja
del altar y por orden de categoría va dando un abrazo a todos los canónigos,
clérigos y monacillos que están en el presbiterio, participantes del divino
oficio. Según el ceremonial solemne, cuando asistían a la misa el Presidente y
la Audiencia, el Subdiácono debía dar el abrazo de paz, en primer lugar al
Obispo e inmediatamente después al Presidente y a los Oidores por orden de
antigüedad; a continuación debía seguir con los canónigos y demás clérigos
asistentes.
En las
celebraciones de Corpus del año 1721 sólo estuvieron presentes en la misa del
tercer día de octavario los oidores, porque el Presidente, que lo era el muy
ilustre señor don Gabriel de Aponte, Caballero del Hábito de Mayorga y Mariscal
de Campo General de los Reales Ejércitos, había salido a ponerse al frente de
las tropas, en la frontera de Arauco. Presidía la Audiencia, en calidad de
Regente, al oidor más antiguo, que era nuestro héroe, el mal ageniado don
Próspero Solís, y a él le correspondía recibir, primero, el abrazo de paz,
inmediatamente después que se lo dieran a Su Ilustrísima que estaba en su
trono, asistiendo de pontifical.
Llegado
el momento bajó del altar el Subdiácono, que era un “corista” de Santo Domingo
recién recibido de órdenes menores, dirigióse al trono del Obispo, dióle el
abrazo, y encaminóse en seguida hacia los sillones de la Real Audiencia con el
objeto de dar cumplimiento a la ceremonia; pero al extender los brazos hacia el
oidor del Vango, éste echóse hacia atrás y díjole en tono alto y destemplado:
— ¿Qué
viene a hacer aquí el frailecillo de cualquier cosa? Retírese, luego si no sabe
su oficio, que es el de darme la paz a mí, primero, antes que al Obispo, pues
no es “de regla” que esté hoy de pontifical.
Turbóse
el Subdiácono, como era natural, y en su atolondramiento tentó de nuevo
acercarse al enojado Oidor; pero éste dio una patada en el suelo y un golpe con
su bastón en el reclinatorio, “ruidos” que fueron más que suficientes para que
el pobre corista dominicano huyera casi a la carrera hacia el altar.
Estas
escenas, inadvertidas al principio por el Obispo y demás gente del prebisterio,
causaron el consiguiente revuelo una vez que los circunstantes se dieron cuenta
de la grosería del Oidor del Vango; pero el momento no era para alharacas y
protestas y tanto el Obispo como los demás asistentes “disimularon” su
justificado enojo.
Pero la
cosa no terminó en eso; parece que el Oidor no quedó conforme con que su
provocación terminara .en punta, y lo que necesitaba era medirse con alguien
que fuera más caracterizado que un modesto “frailecillo de cualquier cosía”.
Terminada
la misa, el Obispo descendió de su Trono y seguido de sus familiares se dirigió
al altar mayor pasando frente al sitio donde estaba la Real Audiencia. Al
enfrentar el cortejo, los oidores don Leonardo Fernández de Torquemada, don
Ignacio Gallegos, don Martín de Recabarren y el Alguacil Mayor de Corte se
pusieron de pie, como era de elemental cortesía, y correspondieron a la “venia”
del Obispo; pero el Oidor del Vango no sólo se quedó sentado en su poltrona,
sino que todavía echó despectivamente la vista a un lado...
El Obispo
no aguantó más, aunque tenía fama bien ganada de humilde, y dijo suave y
firmemente:
— ¡Señor
Oidor de Su Majestad, no se debe tratar así a la dignidad de un Obispo, aunque
ella recaiga en mi humilde persona!... Y pasó.
Alzóse el
Oidor Solís, como si le hubieran puesto banderillas, y avanzando dos pasos,
pues el Prelado había seguido su camino, le gritó:
— ¡Soy
representante del Soberano, y el Rey no se levanta cuando pasan sus
vasallos!...
Y como el
Obispo siguiera tranquilamente su ruta hacia el altar mayor, sin responder una
palabra, el enfurecido magistrado “siguiólo por el presbiterio”, y le volvió a
gritar en son de amenaza:
— Y
advertid, señor de Rojas, que las reales órdenes os prohíben serviros de más de
un criado, y ahora lleváis veinte — agregó, aludiendo al cortejo de familiares
que iba tras del Prelado.
“Todo lo
cual lo toleró sin chistar y pasó por ello el señor Obispo, por no causar mayor
escándalo que el que ya se había formado en el templo”, termina diciendo el
interesante documento que me ha dado a conocer nuestro eminente historiógrafo
don José Toribio Medina, y del cual he tomado este relato.
Víctima
de su mal carácter y de otras culpas menos honrosas todavía, el Oidor del Vango
fue suspendido de su cargo; terminó sus días relegado en Quillota.
§ 18. Las
mentiras de un andaluz
El arribo
a Valparaíso del “cajón” de España, que así se denominaba la valija que traía
la correspondencia oficial para las autoridades de América, era casi un
acontecimiento para los habitantes de este arrinconado Reyno de Chile, pues los
“cajones” tardaban generalmente un año en llegar a estas costas debido a los
repetidos trasbordos que debían tener en su largo y a veces accidentado viaje.
Desde la residencia de la Corte — que se trasladaba de una ciudad a otra a
voluntad del Soberano— , hasta Sevilla, asiento del Consejo de Indias; desde
aquí a Cádiz u otro puerto español; desde Cádiz a Nombre de Dios, en el Istmo
de Panamá; desde allí a Puerto Bello, atravesando* a muía u hombro de indio las
escarpadas cordilleras panameñas; desde este puerto a Guayaquil o el Callao y
desde el Callao a Valparaíso, con las correspondientes esperas de barcos, en
cada estación — pues casi nunca estaban listos para el zarpe inmediato— y
con los numerosos accidentes imprevistos en tan largo trayecto^ el viaje de una
Real Orden alcanzaba los caracteres de una verdadera odisea y venía a llegar a
su destino muchas veces tan a destiempo como las “vírgenes necias”.
Habían
transcurrido por lo menos tres años desde que gobernaba este Reyno de Chile el
ilustre don Gabriel Cano de Aponte, Comendador de Mayorga en la Orden de
Alcántara y
Mariscal
de Campo de los Reales Exércitos y en este tiempo sólo una vez habíase recibido
“cajón” de la Corte; de modo que el aviso de haber fondeado en Valparaíso, a
principios de Enero de 1720, un patache del Perú, que lo traía, produjo en la
Capital el consiguiente entusiasmo y expectativa. En presencia de tal
acontecimiento, casi inesperado, el Presidente envió al puerto, esa misma
tarde, a su secretario, acompañado de dos “edecanes” a fin de que, “con
preferencia a toda otra cosa’’ transportaran a Santiago la valija de las cartas
reales “con el cuidado, respeto y solemnidad que se debe y es natural”.
Las
valijas eran dos, “y gordas”; venía correspondencia para contentar a todo el
mundo; el Obispo, los prelados de las distintas “religiones’’; la Audiencia,
los oidores, muchos “empleados” y más de “ducientas mesivas” para distintas
personas de significación se repartieron el fausto día de la llegada a Mapocho
del “cajón’ de España. Hay constancia de que la Presidenta doña María Francisca
Javiera Velaz de Medrano recibió tres cartas de su familia, lo que se comentó
mucho, “por ser demasiado”.
Por su
parte, el Gobernador recibió también un lote de Reales Cédulas de Su Majestad
Felipe V y al día siguiente — porque la valija llegó después de oraciones—
se reunieron en Palacio los altos funcionarios que debían encontrarse
presentes en el “rompimiento de los sellos” y demás formalidades que eran de
rigor para el acto de “obedecer y cumplir” las órdenes reales, acto que era
previo a su lectura.
Llevaban
ya siete cédulas obedecidas y leídas cuando se oyeron los toques de la campana
del Cabildo que anunciaba el mediodía, la “hora de comer”. Por si el lector lo
ha olvidado, o no lo sabe, apuntaré que esta campana era la de la Cárcel y
estaba colgada bajo ©1 mojinete del edificio penitenciario en cuyos altos
funcionaba la Corporación Municipal. Ese edificio levantábase en el mismo sitio
donde se encuentra hoy la actual Municipalidad.
—
Abriremos las demás cédulas después de la comida — insinuó el Presidente Cano,
cuya característica era molestarse lo menos posible— , ¿Os parece, ilustres
Señores?
— Creo
advertir que sólo queda una — intervino el Oidor don Ignacio del Castillo— , y
sería mejor, para no volver después de la siesta, que la “obedeciéramos” y
leyéramos incontinenti. Esto, si el muy ilustre señor Presidente así lo
dispone.
— Si es
sólo una — contestó Cano— , que se obedezca y que se lea, pero luego; porque la
comida espera y el estómago es el mejor asistente para servir a Su Majestad...
Y
diciendo y haciendo, el Presidente arrebató el último pliego doblado y sellado
que el Escribano tenía entre sus manos, púsose de pie, llevó el pliego encima
de su cabeza y en seguida besó las armas del Rey estampadas sobre el lacre,
pronunciando al mismo tiempo las sacramentales palabras: “acato y cumplo”.
Repetidas estas palabras, por los presentes, “en orden a su antigüedad”, el
Notario rompió el lacre, desdobló el papel y empezó a gangosear la extensa
lista de los títulos reales con que se iniciaban las cédulas del Rey de las
Españas.
— Saltad
todo eso, señor Escribano — dijo el Presidente— , que ya conocemos de sobra los
muchos y merecidos títulos que ostenta y puede ostentar la Majestad de nuestro
Católico Monarca, a quien Dios guarde para la superioridad del Universo;
empezad por aquello de “mandamos”, que es lo que interesa por el momento.
Un tanto
sorprendido por la “irreverencia”, el Escribano atajó un golpe de carraspera
que se le vino a la nuez, y empezó la lectura del “mandamos”;.. . pero a medida
que avanzaba la lectura, tanto el Presidente como sus asesores iban abriendo la
boca y manifestando en sus rostros la más caracterizada de las sorpresas.
Cuando el Escribano terminó la lectura, los oyentes quedaron “estáticos” y
pasaron algunos instantes antes de que un oidor dijera:
—
Paréceme extraño que todavía haya consejeros de Indias que crean en la
existencia de la tal Ciudad Encantada de los Césares y que hagan firmar, por Su
Majestad, una orden tan “sin acuerdo”.
— Alto
ahí, señor Oidor — interpuso Cano— , que no nos es permitido poner en tela de
juicio una orden fumada de la augusta mano del Rey Nuestro Señor. La Orden se
obedecerá, que para eso tiene Su Majestad un Gobernador en Chile. En cuanto a
cumplirla, ya lo veremos... Y como ya es tarde — terminó— , vayámonos a comer y
echar la siesta; puede que la almohada nos traiga alguna razón para satisfacer
los deseos de nuestro amado Soberano.
Y así
diciendo, alzóse de su sitial, requirió su chambergo emplumado y tras una
“venia” desapareció por la abertura de una espesa cortina de Francia que cubría
la entrada a los departamentos interiores de Palacio.
Los
oidores y demás funcionarios no tardaron en imitar al Presidente, retirándose
“de a dos”, hacia la Plaza y luego a sus posadas, y de seguro que el comentario
de cada pareja recaería sobre la extraña orden cuya lectura acababan de oír.
— ¿Sabe,
Vuestra Señoría, alguna cosa de esa tal Ciudad de los Césares?... — preguntó
por cuarta vez el Oidor Solís Vango a su colega del Castillo, quien, tal vez
por decir algo, habíase manifestado contrario al Oidor que lanzara aquel
mandoble contra los Consejeros de su Majestad.
— A la
verdad, señor — contestó Castillo— , nada sé de los Césares sino lo que cuenta
el jesuita Rosales en un escrito que me ha hecho leer el Rector del Colegio
Máximo. Aunque lo que dice el jesuita parece real, dudo mucho de que exista en
aquellas tierras desoladas de los patagones, una ciudad de piedras labradas y
torres de oro, sin que en los cien años que afirman lleva de vida no haya hecho
llegar hasta nosotros, que somos los más cercanos, siquiera la noticia de su
poderío y riqueza.
— Pero ya
habéis oído que ese fulano Díaz háse presentado ante el Consejo de Indias
afirmando “haber visto, andado y tocado” todo lo que ha referido en su
escrito...
— Hay que
averiguar, primero, de dónde es natural ese fulano Díaz...
— No se
me ocurre qué de nuevo puede aportar ese dato — formuló Solís Vango.
— A mí sí
que se me ocurre, y doy a ello mucha importancia — arguyó Castillo— . Si el
Fulano es andaluz, no dude Vuestra Señoría y Merced que es embustero...,
Los
oidores llegaron a la esquina Sur-poniente de la Plaza y allí se bifurcaron
cada uno a su olivo, pues Solís vivía en la Plazuela de la Compañía, y Castillo
en la Calle de Mercaderes, que es hoy día la de Ahumada. Antes de separarse,
ambos
“se
correspondieron” con una ceremoniosa venia, previa una sonrisa que llamaríamos
hoy día de “cliché”.
El
“fulano” a quien los oidores se habían referido, era, efectivamente, andaluz, y
por lo tanto de una fantasía más que rica, exuberante.
Había
arribado al puerto de Buenos Aires allá por el año 1700 en un barco francés de
los primeros que vinieron a América premunidos de permiso para negociar en las
colonias españolas y allí se había quedado como agente del Capitán Rogadier, de
Saint Maló, que trajo en su buque Aurora un valioso cargamento
de lencería, paños, objetos de lujo y los primeros muebles de estilo “Luis
Quince” que se vendieron en América. El andaluz llamábase Silvestre Antonio
Díaz y era locuaz y “jacarandoso” como buen hijo de la tierra del Sol; ninguna
persona podía ser más aparente para engatusar a los americanos con la mercancía
novedosa que traía el barco francés y “sacarle” mejores precios, y el Capitán
Rogadier hizo una buena adquisición en este activo y vivo agente de su negocio,
que fue espléndido en Buenos Aires y en toda la costa del Pacífico, dicho sea
de paso. Se sabe que este barco regresó a su puerto de origen con más de
doscientos mil ducados, producto de sus ventas en América.
Liquidada
su agencia, Silvestre Antonio Díaz quedóse en las provincias del Plata y las
recorrió en el sentido de la rosa de los vientos: desde los Charcas, Bolivia,
hasta el extremo austral, y desde el Atlántico al Pacífico, pues se sabe que
también estuvo en Chile; pero su espíritu aventurero y “vagamundos” no le
permitía permanecer mucho tiempo en un sitio, por más que sus condiciones de
sempiterno y de agradable charlador le abrieran todas las puertas y le hicieran
fácil la vida.
Después
de muchas andanzas aburrióse de América, apareció en la Corte española y se dio
trazas para hacerse simpático al Padre jesuita Ignacio Alemán, que desempeñaba
allí el cargo de consultor del Consejo de Cámara. El andaluz “asistía”
generalmente a la modesta mesa que el jesuita tenía en Palacio, era su
acompañante obligado en todas partes, y con motivo de haber permanecido cerca
de quince años en las provincias australes de América le “intimaba”
detalladamente de cuanto podía satisfacer la curiosidad del Ignaciano sobre las
“cosas” de estas partes de las Indias.
Y así fue
como cierta vez que el andaluz encontraríase falto de tema para distraer a su
amigo y protector, le espetó, misteriosamente, la gran noticia: en sus
correrías por las pampas y por las cordilleras australes de las provincias del
Plata y de Chile, habíase encontrado con una población maravillosa, incrustada
entre los más escondidos contrafuertes del macizo andino; esta “urbe” era casi
desconocida, a causa de su lejanía de los centros poblados de los reinos de
Chile y Buenos Aires y de las inmensas dificultades que era necesario vencer
para llegar hasta allí, atravesando llanuras, montañas y horrorosos
desfiladeros erizados de peligros.
Afirmaba
Silvestre Díaz que esa población de españoles contenía hermosos edificios de
templos y de casas de piedras labradas y bien trabajadas, con buenas estancias
de ganado y cultivos de frutos de Europa, en abundancia, excepto el olivo y la
vid, por no tener sarmientos para plantarla. “Díaz hablaba de esta región, como
hombre que había visto, andado y tocado todo lo que refería’’ y se avanzaba a
asegurar que esa maravillosa tierra no sólo abundaba en ricos metales
y minas de oro poderosísimas, “sino que parece otro paraíso terrenal, según la
abundancia de sus cipreses, cedros, álamos, pinos, naranjos, palmas y
muchedumbre de frutas muy sabrosas”; el embustero andaluz agregaba que “allí la
tierra es tan sana, que la gente se muere de puro vieja”...
El Padre
Ignacio Alemán había recibido en esos meses su designación para el cargo de
procurador general de los jesuitas de Chile en la Corte, y quiso corresponder a
este honor ofreciendo a sus hermanos de esta “provincia” la oportunidad de ser
los descubridores de tan poderosa y desconocida metrópoli, que había
permanecido hasta entonces y por más de un siglo apartada del control de la
Monarquía y de sus representantes en estas tierras. Dando, pues, entero crédito
a los “cuentos” del andaluz, habló un día al Ministro Jefe del Consejo del Rey
y le reveló el importante descubrimiento, “requiriéndole” para que lo pusiera
en conocimiento de Su Majestad “y de los señores de su Cámara, por ser esto en
servicio de Dios y de la Monarquía.
El
Ministro de Cámara era el Licenciado don Bernardo Tinajero de la Escalera y
“teníase por hombre reposado, cuerdo y grave”; no quiso, seguramente, desmentir
esta calificación, y después de observar por sobre los “antojos’’ a su no menos
“grave” interlocutor, díjole, para sondear, tal vez, el grado de locura en que
lo suponía incurso...
— No es
la primera vez que oigo hablar de la Ciudad Encantada de los Césares, que se
levanta, según dicen, en las tierras de los patagones, y me holgaría en
conversar con ese Silvestre Díaz.
Pues, no
hay nada más fácil — interrumpió el jesuita— ; Silvestre Díaz está en la
antecámara, y Vuestra Grandeza puede llamarlo a la hora que guste.
— Pero
ante todo quisiera saber si Vuestra Paternidad está convencida de lo que ha
oído al andaluz...
— Tan
convencido estoy — repuso en el acto el jesuita— , que me encuentro dispuesto a
volver a Chile en el primer galeón que zarpe de Cádiz, para formar parte de la
expedición que Vuestra Grandeza habrá de enviar al descubrimiento de los
Césares. Mi oficio es servir a Dios y a Su Majestad y no omitiré sacrificio.
Don
Bernardo Tinajero vio que el jesuita no tenía remedio y trató de parlamentar
con él, pues sabía que el hijo de San Ignacio era bastante capacito de
presentarse al Rey Felipe V y de obtener del Monarca una resolución favorable a
su proyecto. Su Majestad, aparte de no negar nada a los jesuitas, estaba
bastante alcanzado de dinero, y la expectativa de descubrir nuevas minas de oro
y de ingresar a su real erario los “quintos” correspondientes, podía hacerlo
caer con facilidad en esta aventura.
— Padre —
díjole— , basta que Vuestra Reverencia me manifieste su confianza en este nuevo
descubrimiento para que yo, conocedor del empeño que tiene Su Majestad por la
propagación de nuestra Santa Fe Católica, le proponga un arbitrio para llevar a
cabo, cuanto antes, el proyecto de Vuestra Reverencia. Écheme, Su Paternidad, a
ese Silvestre Díaz, para oírle, y confíe en que no demorará en saber que Su
Majestad ha ordenado lo que conviene a su servicio.
En
efecto, don Bernardo Tinajero de la Escalera había pensado y encontrado ya la
forma en que podía desprenderse del jesuita, sin aparecer contrariándolo, ni
exponerse a que el Rey le obligara a meterse en una locura nueva, que ya muchas
había hecho Su Sacra Real Majestad. La solución era facilísima: enviar al
Gobernador de Chile una Real Orden para que “previos los estudios *del caso, se
den las providencias necesarias para que de allí, reino cercano y con más
individualidad, se pueda apurar la verdad del hecho que afirma Silvestre
Antonio Díaz, y hecho, se envíe la expedición al dicho descubrimiento”.
Y esta
fue la Real Cédula que, recibida por Cano de Aponte en el “cajón” que arribó a
Valparaíso en el mes de enero de 1720, tuvo hondamente preocupados a todos los
funcionarios de la administración del Reino de Chile y a la mayor parte de los
vecindarios de Santiago y de Concepción, cuando la noticia del próximo
descubrimiento de tamaña riqueza se difundió por todo el país.
La verdad
era que la existencia de la tal Ciudad Encantada de los Césares constituía una
tradición entre los habitantes de Chile y las provincias del Plata, quienes
estaban ciertos de que por las cercanías del Estrecho de Magallanes se
levantaban una o varias poblaciones de los españoles llegados a aquellas
regiones en la primera mitad del siglo XVI, provenientes de las expediciones
marítimas que, allá por los años de 1539, enviara al descubrimiento de las
Molucas, el famoso Obispo de Placencia.
Según esa
tradición — conservada en Chile por las causas que más adelante referiré— , uno
de los barcos de la expedición episcopal fue a estrellarse contra las arenas de
la orilla septentrional del Estrecho, y toda la tripulación, excepto una
veintena de personas que perecieron, logró tomar tierra y ponerse a salvo. Los
náufragos eran unos cincuenta artilleros y mosqueteros, una centena de colonos
y veintitrés mujeres.
El
Capitán del barco, Sebastián de Argüello, formó allí un improvisado campamento,
con los restos del buque y con las
“tiras’’
de su destrozado velamen y permaneció en aquella playa desolada en espera del
auxilio que debería prestarle otro de los barcos de la expedición, que venía
más atrás; pero la nave auxiliadora no llegó nunca y los infelices abandonados
tuvieron que ir pensando en arrancar a la tierra, por sí mismos, el cotidiano
alimento. Sebastián de Argüello entró en “tractos” con los Indios onas y
patagones, y tan afortunado anduvo en sus negociaciones, que estos salvajes —
los más salvajes de América, según afirman, al unísono, mis amigos el Doctor
Aureliano Oyarzún y el Padre Martín Gusinde—, proporcionaron a los náufragos
“muchos auxilios con los cuales” pudieron sustentarse hasta que el trabajo
tesonero y rudo de hombres y mujeres logró ponerlos a cubierto del hambre. Al
segundo año del espantoso destierro, los náufragos tenían almacenada “copia de
comida para dos años más”. Aparte de la carne salada proveniente de animales
salvajes, y de “mucho pescado’’ contaban también con “cierta legumbre que
producía un arbolillo pampero, muy buena de comer”.
La
existencia de aquella gente — eran más de ciento setenta personas— podía
considerarse feliz en medio de su espantoso aislamiento. Pero como el Diablo,
cuando no tiene que hacer, mata moscas con el rabo, metió también la cola en el
casi apacible destierro de aquellos infelices; un “flamenco” de los que allí
estaban “se revolvió” con la hija del patagón que hacía de cacique principal, y
este lío trajo otro de mucho más volumen y trascendencia. El patagón “encendió
la guerra”, y los españoles no tuvieron más que defenderse con sus armas para
escapar de las iras de! meticuloso indio ona. Para ponerse a cubierto de las
asechanzas y “traiciones” de los salvajes, el Capitán Argüello mandó levantar
el campamento y seguir hacia el corazón de la Patagonia, “dando batalla,
algunas veces, a los naturales belicosos, otras compartiendo su hospitalidad,
como amigos, hasta que habiendo adelantado sesenta leguas al norte, grado 48,
encontró unas amenas lagunas rodeadas de fértiles praderas, y allí asentó sus
reales”.
No tardó
un día en darse cuenta, el Capitán Argüello, de que había topado con el más
grande descubrimiento que era posible imaginar; solamente Pizarro y Almagro, al
llegar a Cajamarca,
pudieron
quedar tan sorprendidos al contemplar a lo lejos, como lo hizo Argüello, a la
luz del brillante Sol del día siguiente, una gran ciudad “con sus torres altas
y muchas en construcción todavía, y casas de piedra labrada, e mojinetes”, que
se elevaban orgullosas y confiadas en medio de las extensas praderas de
cultivo. La “ciudad encantada” estaba situada en la ribera norte de una gran
laguna de aguas verdes y tan transparentes que descubrían su fondo “de granito
vetado de oro y plata”; los españoles habían llegado por el lado sur de la
laguna, y sólo con el pequeño esfuerzo de cruzar el lago o de rodearlo, podían
llegar en cortas jornadas a aquel oasis maravilloso que se les presentaba de
repente, después de los infinitos padecimientos que habían sufrido en tres o
cuatro años de solitario destierro.
No dicen
mis papeles cómo se las arregló Arguello para llegar a la Ciudad Encantada; lo
más probable sería rodeando el lago, porque esto era más rápido que construir
lanchas o balsas; el asunto es que allá por el año 1548, según las cuentas, los
náufragos de la expedición del Obispo de Placencia acamparon en las afueras de
la ciudad, a la que pusieron por nombre “Los Césares”, en recuerdo del
Emperador Carlos V y su hijo Felipe II.
La ciudad
— según la relación que hicieron sus primeros denunciantes, que fueron dos
soldados de la expedición de Argüello que llegaron “huidos” a Concepción,
Chile, el año 1567, llamados Pedro de Oviedo y Antonio Cobos— , “tenía calles
tan largas, que para andarlas todas era necesario empezar cuando el sol salía y
terminar cuando se entraba”.
—
¿Quiénes habían edificado en aquellos apartados parajes* ciudad de tan
maravillosa planta y riqueza?
Los dos
soldados “huidos” de la Ciudad de los Césares dieron a los “pencones” todos los
datos que les pidieron, y en su afán de complacerlos para hacerse simpáticos,
echaron a vuelo su fantasía, porque está probado que también eran hijos de la
bella y exuberante región andaluza.
Pedro de
Oviedo y Antonio Cobos reunían a su vera a cuantos querían oírles, que fueron
casi todos los habitantes de Concepción, y allí, de casa en casa, en las
calles, en las plazuelas o donde los alcanzaba un grupo, contaban “y no
acababan’’ de las maravillas de los “Césares” y de las portentosas riquezas que
estaban, como quien dice, al alcance de la mano. Antonio Cobos llegó a afirmar,
con el asenso de su compañero, que “cuando salieron de *allí por la calle
principal de la ciudad, caminaron dos días por ella y fueron viendo gran
multitud de oficiales plateros que labraban obras de vasijas de plata gruesa y
sotiles y algunas con variedad de piedras azules y verdes que las engastaban”.
Agregaban, por último, que aquellas buenas gentes eran de “rostros aguileños,
lúcidos e ingeniosos”, y les ofrecieron cuanta plata quisieran llevar consigo
en su viaje...; pero que ellos la rehusaron por no embarazarse en la fuga. Lo
único que habían aceptado de los “cesarenses’’ era una escolta para que los
encaminara a tierra de cristianos, “lo que hicieron por el boquete de
Villarrica”.
Imaginará
el lector el revuelo que producían estas noticias en el vecindario y en la
“soldadesca’’ de la ciudad de Concepción, que por esas fechas, 1567, estaban
padeciendo el furor siempre creciente de los indomables araucanos. Entre
permanecer allí en “vela y vigilia” con arma al brazo, esperando a momentos una
sorpresa trágica de los terribles enemigos y aventurar un poco para llegar a la
maravillosa ciudad “que era otro paraíso terrenal”, la elección no podía ser
discutida, y así fue como empezó a insinuarse, entre los soldados de Penco, la
idea de la deserción.
Gobernaba
la ciudad con el título de Corregidor, el Licenciado Don Julián Gutiérrez de
Altamirano, antiguo y experimentado guerrero de la Frontera, quien no tardó en
conocer las noticias que esparcían los prófugos de los Césares, junto con los
rumores que se difundían entre los soldados y el vecindario; la autoridad no
podía desentenderse de unos y otros, y su primera medida fue interrogar
acuciosamente a los forasteros. Oviedo y Cobos no se recataron para repetir lo
que habían dicho, y aún agregaron muchísimas cosas más en confirmación de lo
contado; y de tal manera embaucaron al señor Corregidor, a sus consejeros “y
allegados” y a las autoridades mismas, que Gutiérrez de Altamirano creyó del
caso exigir a los andaluces una declaración ante escribano “y bajo la religión
del sagrado juramento”.
Oviedo y
Cobos no titubearon, y “por ante mí, Felipe* Gómez de Salazar, escribano de Su
Majestad en la ciudad y puerto de la Concepción, a los 27 días del mes de junio
de mile e quinientos e sesenta y siete años” comparecieron ambos andaluces y
firmaron una larguísima y detallada declaración confirmatoria de todo lo que
habían relatado sobre la existencia de la Ciudad de los Césares.
De esa
declaración resultaba que la ciudad encantada había sido fundada “hacia los
años de 1534’’ por algunos millares de indios peruanos fugitivos de las crueles
matanzas que Pizarro y Almagro habían hecho en las tribus
incaicas cuando se apoderaron de Cajamarca y el Cuzco y de la persona del Inca
Atahualpa. Esas tribus habían huido a través del Alto Perú, Tucumán y la falda
oriental de la cordillera de los Andes, hasta llegar a la apacible y feraz
comarca de los lagos australes del Continente, y allí se habían instalado al
amparo de la lejanía y del aislamiento completo de su patria invadida. Las
tribus fugitivas y nómades formaban un conjunto de más de treinta mil almas y
trajeron consigo enormes riquezas en oro y pedrería para librarlas de la
codicia de los conquistadores; era posible que esas riquezas formaran parte del
tesoro que por aquel tiempo se reunía en todo el Imperio para rescatar, por
segunda vez, la persona del Inca y que no alcanzó a llegar totalmente al Cuzco
por haber sido ejecutado el Soberano, traidora e inesperadamente por los
españoles.
Llegados
a la región de los lagos, el jefe de la expedición fugitiva encontró que el
sitio era inmejorable para establecer una colonia, y a poco dispuso que se
levantara allí la ciudad en donde debía perpetuarse la raza incaica, desposeída
de sus tierras milenarias.
Los
peruanos llevaban ya un cuarto de siglo de existencia apacible y patriarcal, y
en este tiempo habían construido hermosas casas y aún suntuosos templos al Sol,
enriquecidos con los tesoros de que fueran portadores y con el oro que extraían
de las arenas orilleras de los ríos, arroyos y lagunas y de las minas que
trabajaban con sus adelantados procedimientos y experiencia cuando arribaron a
la playa opuesta de la laguna “que servía de espejo a la ciudad”, los errantes
náufragos del Obispo de Placencia con su Caudillo Sebastián de Argüello a la
cabeza. Los errantes del sur y los errantes del norte no se consideraron como
enemigos y pronto llegaron al acuerdo de convivir unidos y en paz, auxiliándose
mutuamente en aquellas soledades. Españoles y peruanos formaron así un solo
pueblo y pronto se vieron los espléndidos resultados de esa entente sumamente
cordial, “porque nacieron hijos y hijas en grande número..
Desde
entonces los castellanos no habían tenido otro sufrimiento que haber visto
“pasar de esta vida”, a los más viejos camaradas y compañeros de aislamiento;
entre éstos, agrega un escritor chileno que ha tratado este mismo asunto,
fallecieron uno a uno “los tres monjes que venían en la expedición española” y
que habían sido los apacibles pastores espirituales de ese abandonado rebaño.
Al fallecer el último de los monjes, había impuesto sus manos sacerdotales
sobre un joven e inteligente indio, recién convertido, “y le había consagrado
para que efectuara todos aquellos ministerios que no implican responsabilidad
de sacramentos”. Era algo así como un diácono de las antiguas catacumbas...
Comprenderá
el lector que tales declaraciones firmadas ante escribano y bajo la “religión
del juramento”, debían hacer profunda mella en aquella población aventurera,
ansiosa de oro y de poner término alguna vez a sus prolongados padecimientos.
De muy buena gana lo habrían abandonado todo para salir a través de las pampas
y de las cordilleras en demanda de aquel portentoso vellocino de oro que se
ocultaba intacto allá en los Césares en espera de que algunos audaces llegaran
hasta allí para recogerlo; porque su existencia era indudable: Oviedo y Cobos
venían de allá, eran dos hombres viejos, venían extenuados por largo y
accidentado camino, habían atravesado impunemente las pampas y cordilleras
infestadas de salvajes feroces, y por último habían relatado sus aventuras bajo
la fe del juramento. Dos “cristianos”, que deberían comparecer dentro de poco
ante el Supremo Tribunal, no podían mentir tanto...
El
Corregidor Altamirano fue uno de los primeros que dio crédito absoluto a los
relatos de ambos andaluces, y sólo el cumplimiento de su deber, como autoridad,
le impidió dar su asentimiento para que algunos entusiastas, organizados en
caravana, salieran hacia el boquete de Villarrica en demanda de los Césares.
Pero, en cambio, comunicó detalladamente tales novedades al Gobernador del
Reyno, Rodrigo de Quiroga, que gobernaba interinamente, haciéndole presente que
había muchos soldados dispuestos a partir hacia el otro lado de la
cordillera y que sólo esperaban la “venia’’ del Gobernador.
Quiroga
encontrábase por esos días en la Capital, y ya había recibido noticias de que
el Rey había entregado el Gobierno de Chile a una Real Audiencia, cuyos
miembros deberían llegar a Concepción de un momento a otro para hacerse cargo
del mando. No le pareció conveniente resolver sobre esto y contestó a Gutiérrez
de Altamirano que “no diera permiso a ningún soldado ni vecinos para salir de
estas provincias, hasta que los señores de la Real Audiencia Gobernadora lo
acordaren”. Tal disposición impidió, pues, que los vecinos de Concepción
enviaran la primera expedición “cesarista”, en demanda de los tesoros incaicos
de ultra cordillera austral. Sin embargo, el Corregidor Gutiérrez de Altamirano
creyó que no faltaba a las órdenes superiores recién recibidas, si enviaba,
como lo hizo, “una carta mesiva al Capitán Sebastián Argüello, Gobernador de
los Césares, con su norabuena” y ofreciéndole su ayuda “para que se
libertara”... Según parece, Altamirano estaba en la creencia de que Sebastián
de Argüello y su gente se encontraban en calidad de prisioneros de los incas.
Me olvidaba apuntar que el mensajero que llevó esta “mesiva” regresó un año más
tarde en el más lamentable estado, “con muchas heridas”, sin haber logrado dar
con los Césares.
Sin
embargo, la expectativa de llegar a ese descubrimiento aumentaba cada día más,
no sólo en Concepción, residencia de los andaluces, sino en todo el Reino, aún
en el Perú y hasta en España, adonde habían llegado las noticias enormemente
abultadas y producido un verdadero revuelo entre los aventureros que soñaban
con las riquezas estupendas de las Indias. Por lo que respecta a Chile, consta
que la Audiencia Gobernadora trató varias veces de la posibilidad de enviar
alguna expedición hacia la Patagonia; pero la escasez de soldados y elementos
en este reino, todos los cuales eran siempre pocos para hacer frente a los
indios de Arauco, impidió que la empresa se realizara.
La plaza
de Valdivia era la que se consideraba más cercana a los Césares y no faltaron
allí quienes pensaran formalmente en llevarla a cabo a pesar de la negativa de
la Real Audiencia. Uno de éstos fue el Capitán de la compañía de lanzas
españolas, Pedro de Espinoza, que se había constituido en el “caudillo” de los
cesaristas de aquella región. Contra las reiteradas órdenes de la Audiencia
“levantó pendón’’ en la ciudad y en pocos días o semanas reunió bajo sus
banderas una cincuentena de fanáticos, dispuestos a partir a la conquista de la
opulenta ciudad transandina y resueltos a todo.
La
noticia de que el Capitán Espinoza había levantado banderas contra los acuerdos
de la Audiencia, no tardó en llegar a Concepción, e inmediatamente partió hacia
Valdivia el Oidor Egas Venegas, instruyó allí una especie de “sumario verbal”,
y antes de tres días “el individuo” del Capitán Espinoza colgaba de la horca.
Tal justicia rápida quebrantó los bríos, no sólo de los cesaristas valdivianos,
sino los de todos aquellos que pensarían, tal vez, en seguir sus huellas.
Pasaron
hasta diez años sin que se volviera a hablar en Chile de la Ciudad Encantada de
los Césares; el severo castigo que el Oidor Venegas había hecho en la persona
del Capitán Espinoza, echó por tierra todos los proyectos y desvaneció todos
los sueños de grandeza; por otra parte, los andaluces Oviedo y Cobos “pasaron
de esta vida”, el uno comido por los indios de Colcura y el otro de viejo, y
con esto los pencones habían quedado sin “los guías’’ que pudieran señalarles
la ruta que sólo ellos conocían para llegar a la portentosa Ciudad Encantada.
Sólo
cuando gobernaba el Perú el Virrey don García Hurtado de Mendoza se volvió a
averiguar nuevamente en Chile la veracidad de lo que ya había pasado a ser una
leyenda. Ciertas órdenes recibidas de España por el Virrey, disponían que se
hiciera una “información” juramentada sobre aquel éxodo de los indios peruanos
ocurrido a raíz de la ocupación de Cajamarca y el Cuzco por Almagro y Pizarro
en 1536, y al cual me referí antes.
Ocurrieron
estas investigaciones en 1596, es decir, sesenta y tantos años después de la
pretendida emigración de los indios peruanos y por lo menos a los cincuenta
años de la llegada de los náufragos españoles a la Ciudad Encantada; sin
embargo, el Corregidor de Atacama, don Diego de Godoy y Loayza, encargado por
Don García de levantar la nueva información, encontró bastantes testigos que
declararon, bajo juramento, que era verdad que los indios del Inca habían
emigrado hacia el Sur, “en grandísimo número de hombres y mujeres, llevando
mucho oro, platería y piedras ricas, fuyentes de la invasión’’.
Cuando
esta nueva información testimonial llegó a España y a la Corte, la existencia
de la Ciudad Encantada de los Césares dejó de ser una leyenda para convertirse
en una verdad de fe; de este convencimiento, del que nadie se permitía dudar,
resultó que el nuevo Monarca de las Españas, Felipe III, ordenara,
perentoriamente, que el Gobernador del Reino de Chile “fuese parte en que se
descubriesen los Césares, aquella ciudad que debe estar allí donde llegaron los
náufragos de las naves que fueron a los descubrimientos del Estrecho de
Magellan”.
Pasaron
todavía algunos años antes de que las órdenes del Rey Felipe III se cumplieran;
los gobernadores de Chile “las obedecían” con todas las ceremonias del caso,
pero sus múltiples preocupaciones de la pacificación de Arauco les “amarraban
los brazos” y les quitaban toda ocasión para armar una empresa fuerte, capaz de
trasmontar las cordilleras y continuar la peligrosa y larga marcha hacia el
interior de la Patagonia.
A la
muerte del Gobernador Alonso de Ribera, el Virrey del Perú, Marqués de Montes
Claros, proveyó en su reemplazo al Capitán de Guerra, don Lope de Ulloa y
Lemos, para que viniera a tomar el mando de Chile; entre sus instrucciones, don
Lope traía la de “mandar, en breve tiempo, al descubrimiento de los Césares que
son detrás de las Cordilleras, cerca del Estrecho”; por cierto que en los
primeros dos años de su gobierno, no tuvo tiempo, el nuevo Mandatario, de
preocuparse del encargo; las cosas estaban muy apretadas en Arauco para estar
pensando en Césares... Sin embargo don Lope no pudo desentenderse, cuando, al
recibir del Rey la confirmación en su cargo de Gobernador, leyó una instrucción
que le ordenaba, precisamente, proveer al descubrimiento de la Ciudad
Encantada, en el plazo de los “ocho meses primeros siguientes” a la recepción
de la Orden. Don Lope no titubeó más y antes de ocho días enviaba, con
mensajero especial, al Corregidor de la provincia transandina de Cuyo don Pedro
de Escobar e Ibacache, la comisión “de penetrar la tierra adentro por la región
del Sur y llegar a los lugares poblados de españoles”.
Al mismo
tiempo, el Gobernador don Lope organizaba otra expedición marítima por el lado
chileno, encomendándola al piloto “práctico” Juan García Tao, quien llevaba la
misión de “penetrar la cordillera frente a la ciudad de Castro hasta encontrar
los Césares, que son del otro lado”... Parece inútil apuntar que, tanto la
expedición del Corregidor Escobar Ibacache, como la del Piloto García Tao, no
tuvieron efecto alguno; digo mal, ambos capitanes regresaron plenamente
convencidos de que la existencia de la Ciudad de los Césares era un hecho
cierto, y que si ellos no habían podido dar con ella, era únicamente porque los
recursos que llevaban eran escasos...
Pero no
fue sólo don Lope de Ulloa el que experimentó el fracaso de este
descubrimiento. El Gobernador de Buenos Aires, don Hernando Arias, cumpliendo
también órdenes del Rey, había despachado, dos años antes, una expedición,
desde Córdoba, al mando del General Luis de Cabrera, con el mismo objeto “de
los Césares”; pero a este Caudillo las cosas le habían salido peores, aunque
era portador de mucho mayores elementos que los enviados por el Gobernador
chileno. Cabrera llevaba doscientos soldados “y mutitud de indios pamperos”
para que sirvieran de guía; pues bien: cuando la expedición había pasado varios
ríos e internádose algunas decenas de leguas en las pampas, los indios
auxiliares se le declararon en guerra y ayudados por los regionales atacaron
las huestes españolas “y las desbarataran completamente si el caudillo no fuera
asaz, valiente y arrojado”.
Había
corrido, a todo esto, un siglo entero desde que naufragara en las costas del
Estrecho la nave de Sebastián, de Argüello y, a pesar del tiempo, de los
repetidos fracasos y de la ausencia completa de una confirmación fehaciente de
la existencia de la tal Ciudad de los Césares, la tradición o la leyenda se
conservaban vivas y latentes, tanto en América como en la Corte española.
Todavía
quiero hacer mención de una tentativa que hizo por su sola cuenta y sin pedirle
permiso a nadie, el Corregidor de Castro, don Dionisio de la Rueda, allá por el
año 1643, inducido por un alférez que dióle noticias de haber cautivado a un
indio cordillerano, el cual, para ganar su libertad, le había revelado que
“allá lejos, después de unos cerros altos y pasando varios ríos, vivían
españoles blancos, rubios y barbudos”. Esta noticia fue suficiente para que el
Corregidor chilote alistara una fuerte expedición que se embarcó en un patache,
llevando como piloto “y capellán’’ al padre franciscano Gerónimo de Montemayor,
y se lanzara sobre los canales del sur, “hasta la provincia de Puaqui, habitada
por los indios gaviotas, llamados así porque al echarse al agua graznan como
esos pájaros”. Aparte de este descubrimiento de 'los indios gaviotas, la
expedición del Corregidor de Castro no trajo ninguna otra novedad.
Pero
quien vino a confirmar todo el prestigio de la leyenda de la Ciudad Encantada
de los Césares, fue el Padre jesuita Diego de Rosales, raí su Historia
y Descripción del Reyno de Chile, publicada el año 1674. En ese libro,
que es una de las fuentes más copiosas de nuestra historia, cuajada de datos
verídicos y muy exactos, el jesuita acogió cuanto se había hablado, dicho, oído
e inventado sobre la existencia de los Césares, desde la llegada a Concepción
de los dos andaluces que se decían fugitivos de los Césares, en 1567, hasta la
última expedición del Corregidor de Castro, don Dionisio de Rueda, en 1643. La
fama que tenía Rosales, no solamente en Chile, sino en Europa y en la Corte,
como escritor y como jesuita, dio a la leyenda todos los visos de una realidad
inconcusa y ella se acentuó al dejarse establecido allí, por primera vez hasta
entonces, “que el Padre jesuita Miascardí, salido de Chile hacia las
cordilleras en 1666, había caído víctima de su celo apostólico por encontrar a
los perdidos náufragos, o a sus descendientes que vivían en los Césares, y
cuyas almas, después de tanto tiempo de abandono espiritual de nuestra Santa
Fée Cathólica, han de correr los riesgos de perderse”.
“Ojalá,
terminaba el Padre Rosales, que Dios se compadezca al fin de estos desgraciados
y abandonados españoles, que cuando esta historia se escribe, año de 1674, ha
ciento veintinueve años se perdieron”...
Los años
que trascurrieron desde que Rosales publicó su libro hasta que terminó el siglo
XVII, empezó el XVIII y llegó el año 1720, en que se recibió en la Capital de
Chile la Real Cédula que ordenaba al Presidente Cano de Aponte despachar una
nueva expedición en demanda de la Ciudad Encantada de los Césares, debieron ser
de tranquilidad para la tradición y la leyenda, porque no he encontrado
referencias de nuevas expediciones ultracordilleranas durante esos cincuenta
años. Lo que está bien en claro es que la tradición no había muerto y por lo
contrario estaba vivita y aún coleaba en las antecámaras de Su Majestad don
Felipe V.
Sabemos,
también, que el andaluz Silvestre Antonio Díaz había llevado la alarma a la
Corte, tal vez con las intenciones de que el jesuita, su amigo y protector, le
consiguiera la jefatura de la próxima expedición; pero también sabemos que el
Ministro de Cámara, don Bernardo Tinajero de la Escalera, había ideado la
manera de sacudirse del jesuita y del Andaluz, arrojándole la pelota al
representante de Su Majestad en Chile, a quien hemos dejado preocupadísimo para
encontrar la manera de “cumplir” el Real encargo sin mayores, detrimentos para
el erario, que, dicho sea de paso, no tenía por dónde aguantar más detrimentos.
Al
principio, el Presidente Cano mandó pedir informes a cuantos funcionarios creyó
en condiciones de saber algo de los tales Césares; repartió “providencias y
autos” por docenas, poniendo en agitación al pobre escribano de cámara que se
veía negro para notificar a todos los “cesaristas” y entregarles el
correspondiente “treslado” que cada cual se daba el lujo de pedir. El
Presidente se encontró, a la vuelta de un par de meses, con un respetable
legajo de informes sobre los Césares y a pesar de su número y de su extensión,
vio que no podía sacar nada en limpio. Estaba ya por dejar la recibida Real
Cédula, como una vulgar “hostia sin consagrar” — que así se decía de una Real
Orden que se echaba al canasto— cuando una noche dé tertulia en Palacio,
el Oidor del Castillo le preguntó:
— ¿Se
podría saber, Magnífico señor, si ya tiene, Su Señoría, dispuesta la expedición
a los Césares?...
El
Presidente miró al Oidor por entre las pestañas para convencerse de que el
Letrado no quería alisarle la peluca, y, después de un momento, le contestó:
— Vea, Su
Señoría, lo que son las cosas, señor Oidor de Su Majestad; la expedición puede
estar lista en pocos días o semanas para salir de la Concepción; pero no la
puedo despachar por falta de un guía... ¿Conoce, Su Señoría, alguno?
— ¿Un
guía?, pues eso me parece muy sencillo.
— ¿Un
guía para llegar a los Césares?...
— A los
Césares, o por allí cerca de donde se dice que están, que nadie hasta ahora lo
ha sabido, señor Presidente...
Cano de
Aponte sorbió un “tabaquillo rapé”, sonóse ruidosa y extensamente, como para
darse tiempo de madurar la respuesta, y por fin dijo:
—
¿Conoce, el señor Oidor, a un guía de esos...?
— Conozco
al indio Raca, a quien traje de Valdivia para mi servicio, pero que no pude
mantener conmigo por ‘vagamundos”... Ese indio ha de saber dónde están los
Césares.
— Pues ya
tengo el guía — contestó el Presidente—; lo mandaré, antes, con una carta para
el Gobernador de la Ciudad Encantada, y según sea la respuesta, mandaré con él
mismo la expedición, cuando vuelva.
— ¡Si es
que vuelve!... — agregó el Oidor, bajando la voz y confidencialmente.
— ¡Que
ojalá no vuelva! — concluyó Cano, en el mismo tono—, y así habrá hecho, sin
sospecharlo, un gran servicio a Su Majestad.
Efectivamente,
después de haber recibido una bolsa con monedas, el indio Raca partió “para los
Césares” a fines de 1720, llevando una carta de saludo para los “cesarinos”,
redactada y escrita “de puño’’ por el propio Oidor Castillo; pero el indio no
volvió nunca más, “ni en la vida se supo dél”.
Y así
quedó “cumplida” la Real Cédula de Su Majestad don Felipe V para que el
Presidente de Chile mandara a descubrir “Los Césares”.

