Libro N° 10862. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista VII. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10862.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista VII. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
Crónicas De La Conquista VII. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista VII. Aurelio Díaz Meza
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Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista VII
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
§ 1. El Obispo y el Inquisidor
§ 2. Los holandeses en Valdivia
§ 3. La fuga de la Bella Peregrina
§ 4. La rebelión de las monjitas
§ 5. El Mestizo Alejo
§ 6. La muerte del Caudillo
§ 7. Inesita Vega, su perro y el señor Corregidor
§ 8. Fundación de la Recoleta Franciscana
§ 9. El Barrabás
§ 10. El casamiento del Gobernador Meneses
§ 11. El fallecimiento de La Quintrala
§ 12. ¡Muere, mal Gobernador!
§ 13. El día del juicio
§ 14. El descubrimiento del cura de Camiña
§ 15. La traición de don Carolus
§ 16. El conflicto entre el Oidor y el Presidente
§ 17. La aventura del Oidor Meneses
§ 18. Un desterrado del cielo y de la tierra
§ 19. Primero hizo Dios al hombre...
§ 20. El tesoro de los portugueses
§ 21. Milagros del Santo Garro
§ 22. Brujerías de la noche de San Juan
§ 23. Un lecho nupcial con barandillas de oro
Leyendas Y Episodios Chilenos VII
Aurelio Díaz Meza
§ 1. El
Obispo y el Inquisidor
El cargo
de Comisario del Santo Oficio de la Inquisición en el Reino de Chile era uno de
los más codiciados por los que creían reunir en sí los requisitos para
desempeñarlo; de manera que, cuando vacaba el puesto, se movían en Lima y aun
en la Corte todo género de influencias, no siendo ajenas a ellas las del
elemento femenino. Caso hubo — habré de contarlo alguna vez— en que de la
intervención oportuna de una dama de copete dependió el triunfo de un candidato
que no contaba con mayores probabilidades para alcanzar tamaña distinción.
El empleo
era, en verdad, apetecible; renta mayor que la de un canónigo de Catedral
“decente”; influencia decisiva en los consejos del gobierno civil, del
eclesiástico y en la administración de justicia; respeto rayano en veneración
en el elemento "noble” y miedo cerval en “la plebe del pueblo”. Para gozar
de este cúmulo de regalías se necesitaba comprobar, necesariamente, tres
condiciones: solar conocido, limpieza de sangre e información de “vita et
moribus”. Quien no entienda esto último, que lo pregunte.
Establecidas
estas tres condiciones, los candidatos quedaban con las uñas libres para
arañarse.
A fin de
cortar de raíz la irregularidad de hacer pecha por conseguir estos empleos, el
Rey Felipe III dispuso que, en lo sucesivo, el Comisariato del Santo Oficio
fuera desempeñado por el Diocesano en las ciudades donde los hubiere y por los
delegados que éste designase, en las demás. En caso de fallecimiento del Obispo
u otro inconveniente imprevisto desempeñaría el cargo interinamente el Deán,
hasta que el Gran Inquisidor de Lima le confirmara en el empleo o nombrase a
otro en su lugar mientras se proveía la Diócesis vacante.
Si bien
la disposición real suprimía una de las causales de dificultad en la provisión
del cargo de Comisario, quedaba en pie otra casi igualmente grave, pues dejaba
al arbitrio del Gran Inquisidor el nombramiento de un interino que podía durar
varios años, esto es, hasta el nombramiento de un nuevo Obispo.
Esto fue,
precisamente, lo que dio lugar al serio altercado entre el Inquisidor don Tomás
de Santiago, Deán de la Catedral, y el Obispo don Fray Gaspar de Villarroel,
incidente que me propongo contar ahora y para cuyo mejor entendimiento es
preciso que el lector se moleste un poquito para tomar conocimiento de algunos
antecedentes que le voy a proporcionar, en breves palabras.
La
expansión e incremento que había tomado en América el Tribunal de la
Inquisición llegó a ocasionar al Tesoro Real tales gastos, que el Rey Felipe IV
se vio precisado a arbitrar medios extraordinarios para cubrirlos; uno de éstos
fue el suprimir una canonjía en cada uno de los ocho obispados en que estaban
divididas las Indias. La forma de cumplir esta orden era la de no proveer la
primera vacante de canónigo que se produjera en cada Catedral.
Cuando
llegó a Santiago la Real Cédula con esta disposición, gobernaba la Diócesis el
Obispo don Francisco Salcedo, quien se apresuró a prestar obediencia al mandato
de su Rey y Señor natural, y al mismo tiempo impuso, por medio de un rescripto,
su estricto cumplimiento por parte del Cabildo Eclesiástico quien juró, como
era de rigor, entregar la “prebehenda" o renta de la canonjía que primero
vacara, al Representante de la Inquisición de Santiago.
A poco de
haber sido tomado ese acuerdo y juramento, el más viejo y achacoso de los
canónigos, don Francisco Navarro, resolvió terminar sus días en el convento de
San Francisco, vistiendo el hábito de fraile; el Cabildo Eclesiástico estudió
el caso y creyó que debía declarar “la muerte civil”, del enclaustrado; en
consecuencia, determinó que la renta del canónigo Navarro se entregara al
Tribunal de la Inquisición, en cumplimiento de la Real Cédula. Todo se hizo en
armonía y todo marchó muy bien, a pesar de que el Provisor, canónigo Machado de
Chávez, había manifestado opinión contraria. Hizo de “cabecilla” en el acuerdo
de los canónigos el Deán don Tomás de Santiago.
Un año
más tarde, en 1635, “Dios llamó a sí" al Obispo Salcedo, procediéndose a
cumplir las formalidades canónicas que rigen en estos casos .para llenar las
funciones que desempeñaba el Prelado fallecido.
Debía
reemplazar al Obispo, en el cargo de Comisario del Santo Oficio, por ministerio
de la Ley, el Deán de la Catedral, que lo era, ya sabemos, don Tomás de
Santiago; y por su parte, el Cabildo Eclesiástico designó como Vicario
Capitular en Sede Vacante y Gobernador del Obispado, al Provisor don Juan
Machado de Chávez.
¿Advierte
el lector cómo el Diablo estaba metiendo su cola para que se armara el soberano
escándalo que dentro de poco iba a preocupar a todo el vecindario de la ciudad,
a las autoridades y aún a todo el Reino?
Debo
advertir, como cronista leal y verídico (a pesar de las opiniones en contrario
que echan a circular mis enemigos), que el acuerdo del Cabildo para declarar
vacante la canonjía del recluso Navarro, a causa de su “muerte civil",
habíase tomado bajo la presión del bondadoso Obispo Salcedo a quien todos
respetaban profundamente; la verdadera opinión de la casi totalidad del Cabildo
era que Navarro, a pesar de ser fraile, continuaba siendo canónigo, porque
ninguna disposición se oponía a ello y por lo tanto debía seguir percibiendo su
renta, la cual, en caso de ser rehusada, pasaría a incrementar las de sus
colegas de canonjía. Los prebendados estaban convencidos, íntimamente, de que
aún no había llegado el caso de que el Tribunal del Santo Oficio percibiera
emolumentos de una canonjía chilena vacante, sencillamente “porque aun no la
había”.
Sabemos
que el Deán, don Tomás, había sido el cabecilla de los canónigos cuando éstos
tomaron el acuerdo, presionados por la bondad del Obispo; sabemos también que
había combatido
este
acuerdo el Provisor Machado; el primero había ascendido a Comisario de la
Inquisición y el segundo a Gobernador del Obispado; para colmo, empezaban ya
las rivalidades entre españoles "europeos'’ y españoles
"criollos"; el Deán era europeo y todos los demás canónigos eran
criollos de las principales familias del Reino. El Deán y el Provisor quedaban,
pues, "de punta” y de potencia a potencia.
En las
primeras reuniones del Cabildo, después de las solemnes exequias que se
tributaron a la memoria del Santo Obispo extinto, empezaron los canónigos a
"mover” el tema de la canonjía "supresa” de Navarro y, antes de los
seis meses, uno de ellos había "propuesto que se estudiara mucho el caso”.
Vino a precipitar la crisis la muerte de uno de los canónigos, don Jerónimo
Salvatierra, la cual no fue "muerte civil”, como la de Navarro, sino tan
real y efectiva, que a Su Señoría y Merced me lo enterraron solemnemente bajo
una vara de tierra en el presbiterio de San Agustín.
Al
siguiente “capítulo”, el Chantre don Diego López de Azocar propuso formalmente
"que se aplicase el presente fallecimiento del canónigo Salvatierra a la
real cédula de su majestad en lo tocante a no proveer la vacante y entregar
esta prebenda para sustentamiento del Santo Oficio, y no la de Navarro, pues
que el canónigo Navarro está vivo” Pedía que esto se acordase “con consulta de
Su Majestad”, lo que valía decir que se suspendería desde luego la entrega de
la prebenda que, por Navarro, estaba percibiendo el Deán Comisario y que se
sometería al consiguiente trámite, largo y engorrosísimo, la gestión de la
entrega de la renta del recién difunto Salvatierra. Era, en realidad, quitarle
el pan de la boca a uno que está comiéndolo regaladamente.
Al oír
tal proposición, el Deán don Tomás Santiago saltó de su poltrona como si le
hubieran picado por debajo del cordobán, y dio, con voz airada, todas las
razones que a su juicio abonaban el acuerdo tomado por el Cabildo en vida del
Obispo Salcedo; replicáronle, por tumo, los canónigos López de Azocar y el
tesorero Pastene "contradiciéndole, y llamándolo a la razón”, puesto que
podían probar, como quisieran, que el Canónigo Navarro estaba vivo… "y no
valía declararlo muerto por despojalle”; siguió la discusión hasta que,
exasperado el Deán, declaró, usando de sus facultades, que el asunto se
resolvería en “segunda vista”, esto es, en otra sesión del Capítulo.
Como
habrá de suponerse, los ánimos se acaloraron bastante con la discusión habida y
con la actitud bien poco tranquila del Deán Comisario, que veía escapárseles de
la faltriquera los escudos que tan pacíficamente estaba recibiendo; pero la
suerte estaba echada y no había más que afrontar la crisis. El Deán era, lo
repetiré para acentuarlo, el Comisario del Santo Oficio de la Inquisición y por
lo tanto, tenía facultades ilimitadas sobre vidas y haciendas... ¿No podría
tomar alguna represalia contra sus colegas los canónigos...? Una excomunión,
una confiscación de bienes, aunque fuera por pocos días, no eran nada agradable
en aquellos tiempos, y ambas cosas estaban dentro de las facultades del
Comisario. Es cierto que estas censuras o castigos eran apelables al Diocesano
o a la Real Audiencia, y que los canónigos podían contar con el Diocesano o
Vicario Capitular en Sede Vacante, Machado de Chávez; pero ¿contarían los
canónigos con la Audiencia?
La
primera diligencia de los prebendados fue la de visitar al Vicario y darle
cuenta de lo ocurrido en el Capítulo; Machado infundió confianza a sus colegas,
asegurándoles que “ya había conversado el caso del canónigo Navarro con los
señores de la Audiencia, especialmente con el oidor Machado de Chávez, su
hermano, el cual había explicado también el caso a sus colegas y parientes
consanguíneos los oidores Güemes y San Martín”. Esto valía decir que la
Audiencia no ampararía al Deán Comisario en cualquiera medida “temporal"
que éste quisiera tomar; en cuanto a las medidas espirituales, el Provisor
Machado sabría cómo hacerlas ineficaces.
Confiados,
pues, en la actitud de ambos poderes, los canónigos citaron a Capítulo por
intermedio del Arcediano don Lope de Landa y Buitrón, y a los pocos días el
vecindario santiaguino oía, los sonoros toques de la Mariangélica,
la campana de la Catedral que tenía el privilegio de llamar a reunión al
Venerable Cabildo Eclesiástico y de anunciar la agonía de cualquiera de los
canónigos, con distintos toques, naturalmente.
Encontrábanse
sus mercedes reunidas en capítulo, bajo la presidencia de su Venerable Deán don
Tomás de Santiago, el día 19 de agosto de 1636, “habiendo rezado antes el Veni
Creator y entrado a tratar la cuestión propuesta por el chantre, cuando abrióse
la puerta y apareció el canónigo Navarro vestido con su hábito del señor San
Francisco”; el Canónigo venía, sencillamente, a manifestar, de cuerpo presente,
que estaba vivo y no muerto como pretendía el Comisario.
La
sorpresa del Deán Comisario fue incalificable, pero Su Señoría no perdió su
sangre fría, a pesar del golpe de efecto; comprendió que los canónigos habían
recurrido a este arbitrio a fin de precipitar el desenlace de la controversia,
pero, a su vez, haciendo uso de una facultad canónica que le fue reconocida en
ese acto, pidió que el Cabildo diese inmediato cumplimiento a la Real Cédula y
a la anterior resolución del Cabildo para declarar suprimida la canonjía de
Navarro por su “muerte civil”.
— El
Venerable Cabildo — dijo el Deán— no puede negar obediencia a una Real Orden y
“exijo que lo haga luego”.
Por toda
respuesta, el arcediano don Lope de Landa tomó en sus manos la Real Cédula, que
estaba sobre la mesa, y poniéndola sobre su cabeza después de haberla besado
reverentemente, dijo: “que la obedece como mandato de su Rey y Señor Natural;
pero queden cuanto a su cumplimiento, no ha lugar..
Eran dos
cosas distintas obedecer y cumplir.
Ahora sí
que el Deán perdió las estriberas y aun las riendas; las palabras del Arcediano
significaban una abierta rebelión contra su autoridad de Jefe superior del
Cabildo y de Comisario del Santo Oficio y no podía, sin desmedro de su
prestigio presente y futuro, dejar de adoptar una actitud condigna de tal
“alzamiento”. Incorporóse, pues, de su asiento, recogió sus papeles y salió
majestuosa y solemnemente de la sala. Era una calma precursora de tempestad.
En
ausencia del Deán, ocupó el sitial el Arcediano y, sencillamente, el Cabildo
“tomó el acuerdo de suprimir la canonjía del difunto Salvatierra y de dejar
subsistente la del franciscano Navarro” el cual, ya lo hemos visto, estaba
vivito, y a pesar de sus achaques, coleando. La reunión del Venerable Cabildo
terminó en paz... y cada uno para su casa. Pero...
A la hora
de la cena, en todas o en la mayoría de las casas de Santiago se comentaba de
una o de otra manera tanto el acuerdo del Cabildo como la actitud del Deán
Comisario, que habíase limitado a salirse de la sala; pero nadie creía que sólo
en eso iban a parar los maitines.
—
Esperemos, veremos, y luego nos lamentaremos — decía el Maestre de Campo don
Juan de los Monteros en el círculo de amigotes que se reunían todas las tardes
en la escribanía” de don Pedro de Armenteros, situada en una de las casas del
costado sur de la Plaza, donde años después iba a levantarse el Portal de
Sierra Bella.
— ¿Cree,
Vuestra Merced, que puede ocurrir algo?
—
Esperemos y veremos... — repitió el viejo, sorbiendo una narigada de tabaco
mexicano.
Iba a
disolverse la reunión con las ¡buenas noches nos dé Dios! de los últimos
contertulios, cuando las campanas de la Catedral empezaron a sonar con los
cadenciosos, con los tétricos toques de “entredicho”, a los pocos instantes,
todos los campaneros de Santiago, encaramados en sus “altillos”, secundaban,
temblando de pavor, los toques de la Iglesia Mayor, y cinco minutos más tarde
la población entera se reunía en calles y plazas y frente a los templos,
inquiriendo, ansiosamente, el o los nombres de los “descomulgados” y las causas
de haber incurrido en tal condenación.
Antes de
un cuarto de hora apareció en la Plaza el escribano de la Inquisición llevando
en sus manos un papel que fue a colocar, clavado, en la puerta misma de la
Catedral.
Mientras
el curial avanzaba hacia ese sitio, los grupos de personas le abrían paso con
una mezcla de respeto, de pavor y de recelo; sabían que en el pliego que ese
hombre llevaba en la mano iban escritos los nombres de los desgraciados que
habían caído en la más tremenda de las desgracias que podía azotar a un
cristiano: la de verse privado de los santos sacramentos.
Cuando el
escribano se alejó, dejando clavado el cartel de excomunión, acercóse al
escrito uno de los presentes, y leyó, a la vacilante luz de una pajuela:
“Nos, don
Tomás de Santiago, Deán de esta Santa Iglesia Cathedral y Comisario del Santo
Oficio de la Inquisición contra la herética pravedad en este Reino de Chile...
mandamos que sean descomulgados los canónigos de esta Santa Iglesia Cathedral”.
Inmediatamente
de conocerse los nombres de los excomulgados, la ciudad lanzó un suspiro de
alivio; lo enorme de la censura y lo altamente colocados que se hallaban los
censurados, fue esperanza cierta de que aquello no podría mantenerse por mucho
tiempo y aun por muchas horas. Efectivamente, antes de la “queda” ya estaba
reunida la Audiencia, a petición de los canónigos, para tomar conocimiento del
“auto” que había lanzado el Comisario de la Inquisición.
Por su
parte, el Gobernador del Obispado, Provisor Machado de Chávez, en resguardo de
los derechos espirituales de sus canónigos, había “mandado” al Comisario Pérez
de Santiago bajo pena de excomunión “de participantis, ipso facto incurrenda”,
que levantara incontinente la censura a los prebendados, declarando al mismo
tiempo que “ella no podría tener lugar sino una vez resuelta la apelación que
desde luego se interponía para ante el Gran Inquisidor, primero, y para ante el
Metropolitano, después”.
La Real
Audiencia, cuyos oidores estaban de antemano informados de los incidentes por
el Provisor Machado, no demoró mucho la resolución que debía dar en el recurso
interpuesto por el Cabildo Eclesiástico; sin embargo, no era cosa de pasar, así
como en juguete, por sobre la autoridad de todo un Comisario de la Inquisición;
y aunque todos los oidores “estaban en ello”, el Real Acuerdo se prolongó hasta
cerca de la medianoche, hora en que apareció en los portales — por entonces los
había en los edificios del costado Norte de la Plaza—, el escribano de la
Audiencia don Francisco de Toro Mazotte, para notificar al Deán Inquisidor la
resolución del Tribunal, que era: “Se declara que el señor Comisario hace
fuerza al poner censuras al Venerable Cabildo”.
La
autoridad del Inquisidor había quedado, en consecuencia, por los suelos, y con
razón el Deán Pérez de Santiago, al dar cuenta de estos incidentes al Gran
Inquisidor limeño Juan de Mañozca, le decía: “Todos, aquí, me han querido comer
vivo por haber querido ejercitar mis preeminencias y esto se ha producido
principalmente, porque ellos son criollos y yo de España”.
El primer
encontrón lo habían ganado los criollos; pero no era el Comisario hombre para
dejar que le agacharan el moño así no más; ocultando sus intenciones, junto con
levantar las censuras, se preparó para tomar condigna revancha contra los que,
por el momento, habían hecho fracasar sus planes.
La
ocasión se presentó a fines de ese mismo año, con motivo de cierto juicio que
la Inquisición limeña siguió contra el comerciante portugués Pedro Martínez
Gago, residente en Mapocho, por haber quedado establecido que este sujeto
mantenía ciertas relaciones con un millonario portugués, Bautista Pérez, a
quien había procesado y “quemado" por hereje y judaizante la Inquisición
de Lima.
Del
proceso resultó que Martínez Gago debía ser embargado de todos sus bienes, y a
ello procedió inmediatamente el Comisario Pérez de Santiago, en cumplimiento de
las órdenes de sus superiores de Lima. Pero cuando el Comisario dio un brinco
de gusto, fue al revisar la lista de los deudores del comerciante Martínez,
pues por ella supo “que no hay oidor, ni canónigo, ni provisor, ni clérigo, ni
fraile que no esté enredado en estos bienes de Pedro Martínez Gago”.
— ¡Ahora
veredes, monigotillos de cualquier cosa! — Exclamó el Comisario, restregándose
las manos— ; ¡me habréis de pagar, junto con el último maravedí de la deuda del
Santo Oficio y de mis honorarios de juez, todos los bochornos que me hicisteis
en lo del malaventurado canónigo Navarro!
Y sin
perder tiempo empezó a notificar de verbo ad verbum "y
sin requerimiento", en nombre del Santo Oficio de la Inquisición “y por la
plena facultad que en él reside”, a cada uno de los deudores del mercader
Martínez; del primer envión, quedaron notificados y embargados en sus bienes,
los oidores Machado de Chávez, González de Güemes y Gutiérrez de Lugo; el
Provisor Vicario, los canónigos Camacho, Aranguez y Pastene, el Corregidor don
Agustín de Arévalo y Briceño y el Alcalde de primer voto don Francisco Bravo de
Saravia.
Y para
ponerse a cubierto de cualquier recurso que interpusieran las víctimas, dictó
un auto previniendo a la Real Audiencia “que este Santo Tribunal haría
efectivas las facultades de que estaba investido temporal y espiritualmente
para declarar incurso en todas CENSURAS, CUYA SUSPENSIÓN ESTABA
EXCLUSIVAMENTE RESERVADA AL INQUISIDOR, A TODA PERSONA O AUTORIDAD QUE FUERE
OSADA DE INTERVENIR EN ESTE JUICIO MERAMENTE ECLESIÁSTICO”.
Tal
amenaza no podía ser tolerada por la Audiencia e hizo llamar ante sus estrados
al Comisario para interrogarlo; concurrió este, pero además de continuar
sosteniendo su resolución, “se tomó la libertad de leer ante los oidores una
carta del Gran Inquisidor Mañozca, uno de cuyos párrafos decía: si la Audiencia
de Chile cree que puede usar autoridad con el Comisario de la Inquisición como
lo hace con los demás jueces eclesiásticos, está engañada; y si lo echan del
reino, por librarse de vuesa merced, antes de embarcarse o al salir el barco,
los dejará descomulgados, y a ver quién los absuelve si no es vuesa merced o
yo”.
Alegatos
van, escritos vienen, entre la Audiencia y el vengativo Comisario, prodújose
una situación vidriosa que ninguno de los dos se atrevía a cortar; entre tanto,
habíase anunciado la llegada a Santiago del nuevo Obispo que venía a reemplazar
al fallecido don Francisco Salcedo, en cuyo gobierno había empezado la
incidencia que todavía duraba y no llevaba visos de acabar. Suspendiéronse las
actividades de ambos bandos mientras se efectuaban las fiestas para el
“recibimiento” del nuevo Prelado, que lo era el agustino don Fray Gaspar de
Villarroel y una vez que ellas hubieron concluido, el Deán renovó con frescos
bríos la persecución de sus víctimas, pues, aunque llegado un nuevo Obispo, él
debía continuar sustanciando, hasta fallar, los juicios iniciados.
Una de
ellas, el mercader Antonio María Romero, no había podido satisfacer el pago de
doscientos pesos por los cuales estaba embargado, y el Comisario dio
“mandamiento” para que le fueran retenidas ciertas especies que el deudor tenía
depositadas en un pueblo de los alrededores. El mismo día en que los esbirros
salieron para hacer efectiva la orden, con “allanamiento”, encontrábase allí en
visita diocesana el nuevo Obispo Villarroel y pudo presenciar — porque la casa
de Romero estaba junto a la parroquia—, que los enviados del Comisario
asaltaron la casa y golpearon al dueño, el cual a su vez rechazó enérgicamente
el asalto con la gente que para el caso tenía preparada.
Al ver
tales escenas, el obispo llamó a su presencia a los parciales de ambos bandos y
les interrogó sobre las causas que originaban tan vergonzosos hechos el mismo
día en que Su Ilustrísima se encontraba en ese pueblo y el vecindario de
fiesta. El caporal de los enviados del Comisario, un clérigo llamado Ampuero,
dio a conocer al Obispo la misión que tenía y agregó que, salvo orden en
contrario del Deán, él tendría que cumplirla.
— ¿Cómo
se entiende, señor monacillo...? — dijo el Obispo— . ¿Conque Vuesa Merced no
obedecería una orden de su Prelado...? ¡Habría que verlo...!
—
Ilustrísimo señor... — balbuceó el clérigo—, yo me atengo a...
—
¡Usarced no se atiene a nada y váyase de aquí sin escandalizar más! — dijo en
forma concluyente el Obispo, entrándose a la parroquia seguido de su comitiva.
El
clérigo Ampuero encontróse entre la espada y la pared y como quien dice “por
una parte obligado y por otra queriendo bien”; él deseaba tal vez complacer al
Obispo; pero como dependiente que era del Comisario de la Inquisición éste
tenía “jurisdicción” sobre él y podía castigarlo con penas severísimas; así
pues, cuando todo quedó tranquilo aprovechóse de un descuido del dueño de casa
y volvió al asalto apoderándose de las especies en embargo. Romero puso su
protesta en el cielo gritando:
¡Traición!
¡Aquí del Rey! ¡Justicia, Ilustrísimo señor! — a cuyas voces alborotóse otra
vez el pueblo juntándose una regular poblada frente al alojamiento del Obispo.
El señor
Villarroel hizo comparecer inmediatamente a su presencia al Clérigo Ampuero y
reprochándole su conducta, díjole:
— Salga
Usarced inmediatamente de este pueblo, si no quiere que lo mande azotar y
dígale a ese “deanejo de burlas”, su amo, que pronto nos hemos de ver y
arreglaremos cuentas, que por algo soy Obispo y si no me sonrío de la
Inquisición, por ser cosa sagrada, sí que lo hago de sus malos representantes.
—
Respetuosamente protesto, como es mi deber, del mandato de mi Prelado que me
impide cumplir con mi obligación de agente del Santo Oficio — balbuceó el
clérigo Ampuero.
— Y yo,
sin ningún respeto, te haré volver a Santiago "atado a la cola de un
caballo”, si no te mandas mudar inmediatamente — contestó el Obispo.
Terminó
el incidente en la modesta villa, pero iba a continuar, aumentado de volumen,
en plena Capital.
Cuando el
Comisario Pérez de Santiago supo lo ocurrido a su agente Ampuero "se dio a
maldecir” y prometió “por su consagración, que el Obispo se las había de pagar,
“y amargas” El Prelado volvió a la Capital, terminada su visita diocesana, y
fue recibido solemnemente, como era la costumbre, por el Cabildo Eclesiástico,
en el aula obispal”; al entrar el Obispo Villarroel, todos los canónigos
ocupaban sus correspondientes sitiales menos el Deán Comisario; el Obispo lo
echó de menos como era natural, y disimuló el desaire; pero cuando el Deán
penetró a la sala capitular, después de unos veinte minutos de atraso, “hízolo
llegar a su presencia y reconvínolo con aspereza en razón de su falta de
cortesía” y terminó la admonición multándole en cuatro pesos “por su estudiada
tardanza”.
Pérez de
Santiago no podía tolerar tamaña reprimenda coronada todavía con una pena
desdorosa para su alta investidura eclesiástica e inquisitorial, “allí mismo
protestó y apeló de ella, una, dos y tres veces”; pero el Obispo no solo le
negó la apelación, sino que “por su soberbia”, repitió la admonición con más
severidad... y le aumentó la multa a cien pesos.
Y como el
Deán empezara a protestar de nuevo “a voces”, el Obispo mandó a sus clérigos
que le aprehendieran “y le llevaran a la capilla”; al oír tal orden, el
Comisario “salió huyendo hacia la calle, pero el dicho Obispo mandó que le
siguieran y el Provisor don Juan Machado de Chávez llegó a mí con sus criados y
me dijo que fuese preso y me llevaron con gran algazara de los canónigos, a la
capilla, donde me dejaron esa noche”.
Al día
siguiente el Obispo ordenó que se instruyera al Deán el correspondiente sumario
por el desacato que había cometido en su persona; se comprenderá que en este
proceso declararon en su contra de muy buena gana, no sólo los canónigos sino
todos los que habían sido embargados por la deuda de Martínez Gago. Terminada
la rápida sumaria, el Prelado dispuso que el reo permaneciera preso en su
domicilio hasta que se dictara sentencia.
El
asendereado representante del Santo Oficio era, con todo, un litigante que
conocía todos los recursos que proporcionan las leyes y pensando, en el
aislamiento de su prisión, la manera cómo evadirse de la jurisdicción del
Obispo Villarroel, sobornó a uno de sus guardas, huyó una noche de su casa y
fuese a pedir refugio al Convento de San Agustín, cuyo Superior era viejo amigo
suyo. Negóse al principio el fraile a meterse en el lío: pero tantos fueron los
ruegos del Deán Comisario que por fin accedió a darle asilo, a condición, eso
sí, de que vistiera el hábito de fraile agustino.
El Obispó
era también fraile de esta Orden y ya sea porque vio bastante humillado al
Deán, ya porque no quiso causar molestias y desdoro a sus hermanos en religión,
resolvió dejar en paz, por el momento al rebelde. A los pocos días, sin
embargo, llegó a conocimiento del Obispo que el Inquisidor había empezado a
instruir sumarios separados contra cada uno de los que habían declarado en su
contra en el proceso mandado levantar por el señor Villarroel amenazando a los
testigos con penas de excomunión si no declaraban en la forma que el Deán
quería.
El Obispo
vio entonces que era inútil su espíritu de conciliación y que nada conseguiría
con mantenerlo; además, el Deán había excomulgado a los dos provisores y al
Oidor que habían instruido el sumario por orden del Obispo, y éste, a su vez,
había excomulgado al Deán; el vecindario, con este motivo, estaba en alarma;
las parroquias y los conventos hacían públicas rogativas y procesiones para
restablecer la paz de la Iglesia y en todos los templos se mantenía expuesto el
Santísimo para que acudieran los fieles a implorar la protección divina en tal
trance.
El señor
Villarroel, que unía a su bondad ingénita una energía inquebrantable, resolvió
terminar de una vez. Pidió a la Real Audiencia y al Gobernador Lazo de la Vega,
la ayuda del "brazo secular" — que le fue concedido sin dificultad,
porque todos estaban hartos de la testarudez del Inquisidor— y dictó un auto de
prisión contra el Deán, "sobre todos los fueros de la Inquisición y del
hábito de Nuestro Padre San Agustín”. A las diez de una mañana do Agosto de
1639, los alcaldes Bravo de Saravia y Agustín de Arévalo, llevando en alto sus
varas y seguidos de una cohorte de alguaciles y “belleguines”, penetraron al
Convento de San Agustín y “extrajeron” al Deán Pérez de Santiago, “llevándolo
preso al Convento de Santo Domingo, en una silla, con mucha gente”.
Al poco
rato de encontrarse en el calabozo, “se presentó el Provisor Machado y me echó
unos grillos muy bien remachados y dormí toda la noche con ellos, que es la
primera cosa más inaudita que ha sucedido en las Indias y en el mundo entero”,
decía el desgraciado Deán al Gran Inquisidor de Lima.
¡Podía
haber agregado que había encontrado, por fin, la horma de su zapato!
Después
de haberle hecho pasar tan mala noche, el Obispo Villarroel presentóse, al día
siguiente, en el Convento de Santo Domingo, e hizo comparecer a su presencia al
reo; “al ver al Obispo me eché a sus pies, cuenta al acongojado Comisario, y le
dije que en qué lo había ofendido y que mirase que el Provisor y todos los
canónigos sólo querían vengarse de mí, y que me perdonara”. Compadecióse el
señor Villarroel y ordenó que le quitasen las prisiones y grillos, mandándole
antes, que se quitase el hábito de San Agustín; pero cuidó de hacerle esta
saludable advertencia: “en su pluma y en su lengua está su vida de vuestra
merced”.
El
soberbio Inquisidor de antaño había desaparecido por lo pronto, y permaneció
sumiso a su Prelado durante algún tiempo; pero, pasados/ algunos años, volvió
de nuevo a sus atropellos, dando rienda a su orgullo e insolencia y provocando
nuevos embrollos que esta vez le costaron la pérdida de su puesto.
En
efecto, después de un sumario que vino a instruirle el doctor Juan de la Huerta
Gutiérrez, en 1645, quedó establecido “que era tan difícil de reducir”, que el
Rey, por cédula de 1646, dictada en Aranjuez, “hubo de quitarle el Comisariato
del Santo Oficio en Chile”.
§ 2. Los
holandeses en Valdivia
La guerra
que sostuvieron los estados de Flandes para emanciparse de la tiranía española
rebalsó los límites de Europa y se extendió, por los mares, hasta los confines
del mundo; “del fragmento de territorio que se llamaba provincia de Holanda en
los primeros tiempos de Carlos Quinto, se había levantado, durante sesenta años
de combates sangrientos, una gran potencia que se atrevía a hacer la guerra al
mayor imperio del Mundo”, como lo era España; y durante esa misma y prolongada
guerra por su libertad, la pequeña nación de héroes y estadistas habíase
convertido en un estado formidable por sus riquezas y por el inmenso valor que
alcanzaban ya las posesiones que había adquirido en los diversos puntos del
Globo.
A las
postrimerías del siglo XVI, Holanda era una potencia marítima; la derrota de la
Invencible Armada española por la flota de Inglaterra dejó a los estados
flamencos en situación de salir al mar libre sin temor de que sus barcos fueran
controlados por la nación que hasta entonces había dominado a los Países Bajos,
en la tierra y en el mar; el incontrastable poderío de España, se eclipsaba con
el siglo y con la vida de Felipe el Inmenso, y, el imperio que subyugara a
Alemania, Flandes, Francia, Austria, Italia y Portugal agonizaba sus últimos
días, al mismo tiempo que los países subyugados recuperaban a jirones la
libertad de sus territorios.
Los
holandeses eran tan activos comerciantes como hábiles marinos en el último
cuarto del siglo XVI; sin embargo, mientras la otras potencian marítimas
emprendían largas navegaciones hacia todos 1os hemisferios en busca de los
tesoros de las tierras nuevas, ellos carecían de los medios para hacer respetar
sus banderas; la garra de los Monarcas españoles los mantenía quietos en sus
islas Frisias y en sus inmensas vegas inundadas; pero una vez que Inglaterra
rompió el poderío naval de España y proclamó la libertad de los mares, Holanda
no tuvo ya impedimento alguno para lanzarse vigorosa y abiertamente a
conquistar mercados para sus industrias y abrir nuevas rutas para sus
intrépidos navegantes.
Sus
primeras empresas marítimas las llevaron hacia la Zelandia, por el Océano
Glacial Ártico, y pretendieron llegar por allí a la China y a las Molucas; más
tarde doblaron el Cabo de Buena Esperanza y, por último, enderezaron sus proas
hacia el Estrecho» de Magallanes; la América y el opulento Perú, con sus
dilatadas costas y florecientes colonias pictóricas de oro — así se las
imaginaban en Europa—, tuvieron para los holandeses mayor atractivo que las ya
muy explotadas factorías del Asia.
Un
comerciante de Rotterdam llamado Baltasar Moucheron fue el primero que lanzó la
idea en Holanda de organizar una sociedad naviera para enviar a las Américas y
especialmente al Pacífico una expedición comercial que viniera a “cambiar”
efectos europeos por oro, o por materias primas aprovechables para la industria
holandesa. Aunque la empresa era comercial, los navieros acordaron armarla
militarmente con el objeto de que no solo pudiera rechazar cualquier ataque de
los buques españoles que encontrara a su paso, sino también para ejercer, sobre
los dominios de éstos, las hostilidades que se creyeran necesarias. Los tiempos
eran de lucha, y el dinero se conquistaba con las armas en la mano.
La
expedición se embarcó en Rotterdam en cinco navíos armados con ciento cuarenta
cañones, y una tripulación de 578 hombres, entre pilotos, marineros y soldados
de desembarco, armados de arcabuces, espadas y todas armas, y con una abundante
dotación de municiones y víveres para un año; embarcaron, además, gran cantidad
de mercaderías. El 27 de junio de 1598, la flota levó anclas y enderezó proas
hacia la costa africana, al mando del hábil navegante Jacobo de Mahu.
Frente a
las costas de Guinea, la flota sufrió su primero y grave contratiempo: el
Almirante Mahu falleció “de muerte natural” tras una rápida enfermedad, después
de haber entregado el mando a su segundo, un animoso comerciante de Ámsterdam
llamado Simón de Cordes. La flota atravesó, en seguida, el Atlántico, frente al
Brasil y continuó su ruta con relativa felicidad, hasta el Estrecho de
Magallanes, donde penetraron los barcos a principios de abril de 1599.
No les
fue fácil, empero, navegar por esos canales a causa de lo crudo del invierno y
hubieron de fondear en el surgidero que denominaron “Bahía de Cordes”, y
permanecer allí cuatro meses en espera de tiempo favorable; en este lapso la
tripulación fue atacada de terribles enfermedades, de cuyas resultas
fallecieron más de cien hombres, entre otros el capitán de una de las naves, el
que fue reemplazado por Baltasar de Cordes, hermano del Jefe de la expedición;
a este capitán le cupo más tarde una señalada actuación con su nave, en la toma
y ocupación de la ciudad de Castro, dramático episodio que he contado en otra
crónica y en el cual fue heroína doña Inés de Bazán, viuda del Sargento Mayor
don Juan de Oyarzún, vecino de Osorno.
Los
barcos salieron, por fin, al mar Pacífico, pero violentas tempestades
dispersaron a las naves y cada cual tomó el rumbo que el destino quiso; dos de
ellas arribaron a las costas de Chile — la de Baltasar de Cordes fue una de
ellas — y tras de algunos merodeos inútiles para el propósito principal de la
expedición, las naves que pudieron hacerlo se alejaron del continente americano
y enderezaron sus proas al Asia.
Casi en
el mismo tiempo en que Jacobo de Mahu preparaba su salida hacia las costas del
Nuevo Mundo, según acabo de contar, se alistaba en el puerto de Gorea otra
expedición holandesa, con iguales propósitos: abrir comercio en las costas del
África, Asia y América y hostilizar la navegación de los barcos del Monarca
español. Esta segunda empresa pirática traía una misión de mayor trascendencia
que la de Mahu, y esta misión consistía en obtener de los “naturales” de
América una alianza ofensiva y defensiva de americanos y holandeses contra
España. El jefe de esta expedición era un viejo marino flamenco llamado Olivier
de Noort, que había tenido en su juventud una señalada actuación mi su patria,
destacándose por su valentía y audacia, por la rapidez de sus resoluciones y
especialmente por la incontrarrestable energía con que sostenía aún las más
terribles.
Al
atravesar el Estrecho, el Capitán de uno de sus buques desobedeció sus órdenes;
Noort lo hizo enjuiciar por un consejo de guerra y, establecida la culpabilidad
del Capitán, lo condenó a la pena de quedar abandonado en aquellas horribles
soledades. “En cumplimiento de esta sentencia — dice la Description du
pénible voyage fait á Tentour de l’universe par Olivier du Noort— el
Capitán fue llevado a la ribera el 26 de febrero de 1600, en una chalupa, con
un poco de pan y de vino, alimentos que no podían prolongar su vida por muy
largo tiempo, de modo que era preciso que en pocos días más muriese de hambre o
fuese cogido y comido por los salvajes”.
En
cumplimiento de su misión política, Noort trató de ponerse en contacto con los
araucanos de las costas de Valdivia para inducirlos a que entraran en alianza
con los holandeses, quienes los proveerían de armas para arrojar a los
españoles fuera del país; pero la rebelión general de los indios chilenos, en
esa época, dificultó toda negociación, porque los araucanos no hacían
distinción entre holandeses y españoles, considerándolos, igualmente, enemigos
de su país.
El
“pirata” dedicóse entonces a hostilizar los puertos y barcos españoles;
aprehendió dos buques en la Isla de Santa María y tres en Valparaíso, extrajo
de sus bodegas los elementos que podían servirle y destruyó los demás, junto
con las naves, y siguió por la costa al norte hasta “Terrapacá”, desde donde,
recelando que el Virrey del Perú hubiera enviado elementos para combatir a su
escuadra, bastante desmedrada ya, torció rumbo hacia las Molucas. Las
relaciones holandesas de este viaje contienen interesantísimos datos sobre la
costa chilena, sobre los productos del país, sobre el clima de sus diversas
zonas y sobre las buenas expectativas que tendría en Chile una colonia
holandesa que lograra aliarse con “la brava gente del país del Arauco”.
Es
curiosísima, eso sí, la forma como el cronista holandés interpretó los nombres
de los lugares, cosas y personas de la costa chilena; al Huasco le llama
Laguasco; Tarapacá, Terrapacá; Pisagua, Pisago; Tucapel, Tuccabel; Chillán,
Siliac, al Capitán Miguel de Silva se le llama Michel de Chilve, el capitán y
el piloto de uno de los barcos que apresaron y cuyos nombres eran Francisco de
Ibarra y Juan Sandoval, se les llama Francisco Dibara y Juan Sant Aval. Y así
sucesivamente.
El
fracaso de estas dos expediciones no desanimó, por cierto, ni a la Corte ni a
los comerciantes flamencos; el Príncipe Mauricio de Nassau, Gobernador de los
Países Bajos, entendía que la guerra que su nación sostenía contra España por
cimentar su independencia absoluta y definitiva, debía extenderse a todos los
confines del mundo donde existieran súbditos españoles; esto, según el criterio
del Príncipe, tenía varias ventajas: ampliar el comercio y la industria
holandeses y, por lo tanto, atraer hacia las arcas flamencas el oro que llovía
por todo el mundo; fundar colonias en los territorios que día a día se
descubrían en el nuevo continente americano y en las costas africanas y
asiáticas, y por último — para no puntualizar otras ventajas— constituir una nación
poderosa que pudiera mantener una flota capaz de garantir la independencia del
país contra su secular enemiga, la Monarquía española.
Mientras
las naves holandesas surcaban los mares de Europa, Asia y África en sus
correrías “piráticas”, el Príncipe Nassau no cejaba en su empeño de organizar
una grande empresa marítima que atravesara el Estrecho de Magallanes y navegara
el Pacífico — cerrado hasta entonces a toda nave que no fuera española—, con el
principal propósito de que ocupara definitivamente alguna región estratégica de
su dilatada costa y se fortificara en ella, a despecho de todo el poderío de
España; a pesar de los fracasos de Mahu y de Noort, el Príncipe flamenco logró
interesar en una nueva empresa a un grupo de comerciantes de Rotterdam y los
indujo a formar una “Compañía Holandesa de las Indias Occidentales", con
un capital de veinticinco mil libras, para el objeto principal de “navegar el
Pacífico y de fundar una factoría holandesa al pie del Estrecho de Magellan
(Sic), en donde puedan las naves del señor Príncipe renovar sus comidas para
seguir a las Molucas y a la China”. Se ve claramente que la nueva factoría holandesa
debía establecerse en la costa chilena.
Bajo la
influencia de la Corte, los comerciantes holandeses pusieron empeño en realizar
cuanto antes el proyecto y a principios de 1604 lanzaron al Atlántico dos
navíos al mando del Capitán de la marina flamenca Joris van Spilbergen, a fin
de que saliera como avanzada o explorador de una flota más poderosa que debería
partir del puerto de Texel una vez que el emisario regresara con los estudios y
observaciones que hiciera en este viaje inicial.
Listo ya
para partir, el Capitán Spilbergen fue llevado al palacio del Príncipe
gobernante de los Países Bajos e introducido con gran solemnidad hasta las
habitaciones particulares de Mauricio de Nassau, declarado “protector” de la
empresa; al penetrar por la puerta de bronce formóse la guardia, “como si se
tratara de un embajador” y los familiares del Soberano flamenco lo acompañaron
en procesión y precedido de un estandarte, hasta la sala en donde lo esperaba
el Príncipe.
Era la
primera vez que Spilbergen se encontraba frente a frente de su Soberano, “é iba
temblando"; cuando los ujieres levantaron la gran cortina de brocado y el
marino pudo ver el rostro del Príncipe holandés, le faltaron las fuerzas y cayó
de rodillas; “el Príncipe Mauricio avanzó hacia él y le levantó con sus propias
y sagradas manos” y así lo condujo hasta su sitial, extremando su bondad hasta
permitirle que se sentara a su lado.
Las
suaves palabras con que Mauricio de Nassau recibió al marino hicieron que éste
volviera luego de su fuerte emoción y que a los pocos minutos Príncipe y
súbdito pudieran manifestarse sus ideas, proyectos y expectativas sobre la
empresa trascendental para la grandeza de los Países Bajos, cuya realización
iba a empezar.
Con
amplia visión de estadista, Nassau explicó al “pirata” cuál era el propósito
principal de la expedición; llevar sus naves, su comercio y su poderío hasta
los confines de aquellos lejanos mares desconocidos y humillar para siempre a
la España, enemiga de su religión y de su patria; Holanda necesitaba abrirse
una ruta segura por el Estrecho de Magallanes y establecer, a su salida al
Pacífico, una colonia y plaza fuerte en un sitio que pudiera servir de refugio
a las naves y tripulaciones que llegaran hasta allí después de las rudas,
largas y peligrosas navegaciones por el Atlántico. La misión que la “Sociedad
Holandesa de las Indias Occidentales”, bajo la protección del Príncipe,
encomendaba al marino Spilbergen, era, pues, de trascendencia enorme para la
patria, y su éxito dependía ahora del esfuerzo que el hombre escogido
desarrollara para llevar a cabo esta exploración inicial cuyas observaciones
deberían servir de base para organizar la expedición futura.
— Aquí
tienes, Joris, escritas y firmadas de mi mano, las reglas que debes observar en
tu viaje — díjole por último el Príncipe Mauricio al marino— ; léelas con
atención y devoción y jura a Dios que las cumplirás todas ellas dándote Él vida
y fuerza.
Spilbergen
alzóse de la “banca” en que estaba sentado y cayó de rodillas ante el Soberano.
Al
recibir el pliego, el marino cogió las manos del Príncipe, “las besó
humildemente muchas veces y las dejó bañadas con sus lágrimas de
reconocimiento”.
— Prometo
a Vuestra Alteza morir en ello... — contestó Spilbergen, con voz bronca y
entrecortada por emoción profunda.
Al salir
del Palacio, las trompetas de plata de los heraldos resonaron en la Plaza,
mientras “el pirata”, entre dos filas de engalonados alabarderos, avanzaba
hacia la carroza del Príncipe, que lo esperaba al pie de la escalinata para
conducirlo hasta el muelle de gala en donde también lo esperaba una góndola
palatina de cincuenta remeros que lo llevó a bordo de la nave almiranta.
Dos días
después salían del puerto de Texel y desplegaban sus velas, en medio de
atronadoras salvas, los dos barcos con que Joris van Spilbergen — o Spilberg,
como lo llamaron los españoles y lo llamaremos, en adelante nosotros— venía a
explorar las costas australes de Chile, para elegir el sitio en donde
establecer una “factoría” o posesión holandesa.
El viaje
del marino holandés, aunque accidentado, fue feliz en la travesía del
Atlántico; en las costas del Brasil encontró varios buques españoles y
portugueses, con los cuales se batió en buenas condiciones para abrirse paso
hacia el Estrecho; al recalar, en busca de víveres, en la desembocadura del Río
de la Plata, fue atacado a traición por los indígenas, los que le mataron tres
hombres; igual recibimiento le hicieron los naturales de más al sur por las
costas patagónicas, pero, extremando las medidas de prudencia, logró evitar
muchas “muertes de hombres”.
Al
enfrentar la boca oriental del Estrecho, a fines de abril de 1604, encontróse
en plena estación invernal, y terribles temporales de agua, viento y nieve le
impidieron continuar su rumbo, obligándole a guarecerse en diversas caletas y
surgideros, que, por suerte, le ofrecieron buenos refugios hasta el mes de
septiembre, en que las tempestades amainaron y le permitieron tentar nuevamente
la entrada al Canal.
Durante
este tiempo, el Almirante tuvo serias dificultades con la tripulación de los
barcos y aun con los capitanes y oficiales, muchos de los cuales deseaban
volverse a Holanda, persuadidos de que el paso del Estrecho y la travesía del
Pacífico les presentaría dificultades insuperables y de consecuencias trágicas
para la expedición. Mientras estaban fondeados en una de las bahías de la
Patagonia, todos los oficiales, excepto tres, encabezados por el capitán de uno
de los barcos, acordaron pedir al Almirante “que ordenara el regreso de la
expedición, porque era imposible atravesar el Estrecho desde luego, dejando la
obra para cuando amainase el invierno, ya que no quedarían víveres y morirían
de hambre”.
Spilberg
contestó, sencilla y severamente: “Yo tengo orden de atravesar el Estrecho, y
así lo haré; os mando desde luego que toméis toda precaución para que nuestras
naves no se separen cuando emprendamos la travesía".
Insistieron
los oficiales y aun tentaron imponerse al Almirante por la presión; pero
Spilberg, sin inmutarse, hizo fijar en el palo mayor de sus dos barcos un
pliego, con las siguientes palabras: “Cualquiera que sea el que me hable de
regresar a Holanda, haga primero sus últimos encargos en esta vida”. Y
efectivamente, antes de tres días “mandó a colgar de una cofa al contramaestre
Guerrik" por haber contravenido la disposición del Almirante.
Por fin,
a fines de marzo de 1605, las naves pudieron entrar al Estrecho y tras de
muchos trabajos, a causa de los vientos contrarios, fondearon el 16 de abril en
la bahía de Cordes, marcada ya en las cartas náuticas de las anteriores
expediciones holandesas; aquí hizo sus últimos preparativos para seguir su
rumbo al Pacífico y fijó la fecha en que los barcos deberían levar sus anclas.
Llegó el día indicado, y los vigías de la nave en que iba embarcado el
Almirante vieron que el otro buque ya no estaba en su fondeadero; creyóse, en
el primer momento, que anticipándose a la hora, la nave habría continuado su
viaje hacia el Pacífico; pero luego se supo que los tripulantes, de acuerdo tal
vez con los oficiales, habían aprovechado de la oscuridad de la noche para dar
la vuelta a Europa.
Spilberg
no se desanimó por esta defección y con su única nave cruzó el Estrecho,
desembocó en el Pacífico en medio de terribles temporales y logró, por fin,
ganar los canales del archipiélago austral, avanzando entre sus islas hacia el
norte en demanda de la costa chilena que se proponía explorar. Se detuvo
durante varias semanas en diversos puntos para hacer estudios hidrográficos,
levantar cartas náuticas y tomar informaciones sobre el clima, población y
productos de la zona a fin de cumplir con el principal cometido de la
expedición, que era, ya lo sabemos, encontrar un sitio conveniente para la
fundación de la proyectada colonia holandesa en Chile.'
Avanzó
por el litoral de la Isla Grande de Chiloé, y a poco encontróse con la entrada
al “Estrecho de Osorno”, que tal era la denominación del actual canal de
Chacao; pero cuando se proponía enderezar su barco por esa ruta, levantóse un
temporal dé agua y viento, que lo arrojó en menos de dos horas a veinticinco
millas de la costa, y luego, nuevos vendavales lo arrastraron hacia el norte en
tan loca carrera, que cuando al mediodía siguiente pudo tomar la altura, el
sextante le indicó que se hallaba a más de cuatrocientas millas de la costa
americana.
En la
imposibilidad de volver nuevamente hacia el Oriente, con su nave desarbolada,
las velas rotas y escaso de todo elemento para dar cima a su empresa
exploradora en regiones desconocidas y enemigas, Spilberg resolvió aprovechar
un fuerte viento “leste ueste”, que siguió a la tempestad, y continuar viaje a
las islas asiáticas.
Si no
había podido dar remate a su empresa exploradora, por lo menos llevaba un
acopio abundante de datos e informaciones sobre la costa chilena, con los
cuales podía, a su llegada a Holanda, aclarar muchos puntos obscuros sobre la
navegación de estos mares y sobre las expectativas de su país para fundar en
Chile austral la colonia que soñaba el Soberano de los Países Bajos.
Después
de dos años y medio de penurias por los mares del Asia y África, Spilberg
surgió por fin en Texel a principios de 1608, y habiendo dado cuenta de los
resultados de su empresa, la Sociedad Holandesa de las Indias Occidentales
resolvió armar una escuadrilla de cinco grandes navíos bien amunicionados y con
abundante cargamento de mercaderías y elementos de desembarco para emprender,
en definitiva, la fundación de la colonia flamenca en la costa chilena, recién
explorada.
El Jefe
de esta poderosa expedición iba a ser el mismo Jorge Spilberg.
La
noticia de que los holandeses se proponían “piratear” por el Pacífico con una
poderosa escuadra alarmó, como es natural, a los gobernantes de España y no
tardaron en salir de la Corte las más terminantes órdenes para que los virreyes
y gobernadores de las Indias se aprestasen a rechazar con toda energía “y con
escarmiento” cualquier invectiva o proyecto de desembarco de fuerzas
extranjeras “y herejes”.
El Virrey
del Perú, Marqués de Montesclaros, no descuidó su deber y junto con recibir las
graves noticias que se le comunicaban, ordenó alistarse a unas cuantas naves de
que disponía en di Callao y las despachó bien armadas y mejor equipadas hacia
el sur al mando del General don Rodrigo de Mendoza, y con orden de situarse en
los alrededores del puerto de Valdivia, señalado ya como refugio de piratas. El
Gobernador de Chile, Alonso de Ribera, que no tenía elementos marítimos que
movilizar, se concretó a ordenar la más estricta vigilancia de las costas y
puertos del extenso litoral del sur — Castro, Carelmapu, Valdivia, Arauco y
Penco— para saber a qué punto se acercarían los holandeses y acudir lo más
prontamente que pudiese a impedirles su desembarco.
Ocurrían
estas alarmas a fines de octubre de. 1614, y sin embargo, la expedición
holandesa de Jorge van Spilberg se encontraba todavía muy lejos de la costa
chilena, luchando denodadamente con las tormentas de las costas patagónicas
para acercarse a la boca oriental del Estrecho. Era inútil, por lo tanto, el
patrulleo que mantenía la flota española; su Almirante, cansado ya de recorrer,
durante cuatro meses, la costa del Pacífico austral sin encontrar “asomos de
piratas”, dio la vuelta al Callao, en donde surgió el 25 de febrero de 1615,
declarando que, a su parecer, las noticias de la expedición enemiga eran
erróneas.
Sin
embargo, en esa fecha Spilberg había avanzado ya hasta muy cerca de la boca
occidental del Estrecho, y después de dos meses de descanso para reparar las
averías de sus naves y aprovisionarlas convenientemente, surgió en el Pacífico
a fines de Abril, enderezando sus proas hacia Cuyamo, que tal era el nombre —
ya lo he dicho en otra ocasión— del puerto de Valdivia.
La
travesía de la escuadra holandesa había sido por demás accidentada. Los
furiosos temporales del Atlántico dispersaron la flota y sus cinco barcos
fueron arrastrados por 'los vientos hacia distintas direcciones; “fue un favor
de Dios — dice el cronista de la expedición— que nuestras naves, contrariadas
por los vientos y por tantas marejadas y corrientes desconocidas pudieran
encontrarse en un mismo día y en un mismo sitio después de haberse apartado por
tanto tiempo las unas de las otras”.
Los
holandeses entraron al Pacífico a principios del Invierno cuando los vientos
nortes levantan tempestades continuas y peligrosas; sin embargo, las cinco
naves vencieron a los elementos y pudieron enfrentar sin mayores accidentes el
canal de Osorno (Chacao), y avanzar luego hasta la altura de Cuyamo en donde
Spilberg proyectaba hacer su primera recalada.
“No era
la voluntad de Dios — agrega el cronista holandés—, que nuestro General
cumpliera su propósito, porque al poner las proas al oriente nos envolvió una
nueva y terrible tormenta que nos arrastró irresistiblemente hacia el norte y
fuimos a dar al frente de una isla que está muy cerca de la costa del estado de
Arauco.
Era la
Isla Mocha.
El tiempo
magnífico que siguió a la tempestad, indujo al general holandés a fondear en el
surgidero de la Isla y “encontrándola apacible" se decidió a enviar a
tierra un batel con un buen destacamento de tropas; él mismo se embarcó en el
bote y antes de una hora se encontraba en amigable y cordial camaradería con
los indígenas que poblaban la Isla, de quienes obtuvo buena cantidad de
víveres, a cambio de algunas baratijas y de utensilios de escaso valor.
Tan bien
se ingenió Spilberg para halagar a los indios y a su “soberano”, el Cacique
Lochengo, que obtuvo de éste que lo acompañara a bordo para mostrarle la nave
almiranta y su poderoso armamento, con el cual — díjole— venía a hacer la
guerra a los españoles.
Un poco
antes de mediodía se desprendía de la playa el batel del pirata trayendo a su
bordo al Cacique y a su hijo mayor, sentados al lado derecho del Almirante,
mientras los remeros bogaban “de gala”; al llegar a la escala de la nave, la
tripulación con sus oficiales formaron en el puente y en las cofas y cuando el
“soberano" puso su desnudo pie sobre la cubierta, los marineros “saludaron
con solemnidad, mientras un coro de trompetas tocaba a generala”.
En
seguida el Cacique fue invitado por el Almirante y oficiales a recorrer los
diversos departamentos del hermoso barco, recibiendo todas las explicaciones
sobre el objeto a que se les destinaba; al mostrársele uno de los grandes
cañones de popa, Spilberg dijo a Lochengo:
— Señor,
con este cañón podemos echar a pique el más grande barco español.
“Por lo
cual ambos indios demostraron alegría”.
Momentos
más tarde los visitantes fueron llevados a la cámara del Almirante y allí el
pirata trató de convencer al Cacique de que el viaje de la escuadra de su mando
tenía por único objeto combatir a los súbditos del Monarca español, para lo
cual era necesario que los indios ayudaran a los holandeses proporcionándoles
víveres en abundancia.
— Te daré
lo que pides, a cambio de lo que traes — contestó sin inmutarse el “soberano”.
Y de esto
no lo sacó nadie, por más que el capellán de la expedición, que hacía de
intérprete, haciera (sic) derroche de elocuencia para convencer a Lochengo de
que “su pueblo” debía hacer una alianza con los holandeses contra el común
enemigo.
Los
indios alojaron en la nave, ceremoniosamente tratados, y al día siguiente
manifestaron deseos de volver a tierra dispuestos a dar a sus obsequiosos
amigos todos los víveres que necesitaran, pero en cambio de ‘‘mercadería”,
especialmente de cuchillos hachas y otras armas. “Cambiamos hachas, cuentas de
vidrio, y otras cosas, por corderos; obteníamos dos de estos animales por una
hacha pequeña y tuvimos así más de cien ovejas o corderos grandes y gordos, de
lana blanca, y muchas gallinas y otras aves, por hachas, cuchillos, camisas,
sombreros, pedazos de fierro y algunas espadas viejas”.
Terminado
el “cambalache”, Lochengo — que había intervenido directamente en las minucias
sin reparar en su dignidad de “soberano” — dijo al oficial Stulink, que hacía
cabeza en las negociaciones:
— Amigo,
ya no hay más ovejas que darte ahora; otra vez que vengas tendré mayor porción
de “comida” y te la daré; pero tráeme hachas y sombreros.
“Y
después de esto, los mismos indios les pidieron que se alejasen de la isla”.
Spilberg
no vio, seguramente, más amplias expectativas en estas negociaciones con los
isleños y determinó continuar su ruta; supo también que la escuadra española
había andado recorriendo esos mares y quiso aprestarse para rechazar cualquier
ataque, ya que se encontraba entre enemigos, y suponía que el puerto de
Valdivia habría de estar custodiado y preparado para la defensa: dio orden de
levar anclas y aprovechando una brisa favorable siguió hacia el norte. Pronto
divisó otra isla y antes de dos horas sus buques fondearon en la bahía de Santa
María.
Un corto
examen de la Isla le reveló luego que había allí una guarnición española y
después de un detenido consejo con sus oficiales, ordenó un desembarco formal
con tres compañías de hombres bien armados. Supuso que las fuerzas españolas no
podían ser muy numerosas e iba dispuesto a batirlas.
En
efecto, existía allí una pequeña guarnición al mando del Capitán Mateo de
Hinojosa, quien, al notar la actitud agresiva de los piratas y su número,
estimó que era una imprudencia presentar combate, y ordenó la retirada hacia el
interior; los piratas persiguieron cuanto les fue posible a los fugitivos y en
seguida saquearon la “ranchería”, poniéndole fuego. No era esto, sin embargo,
lo que buscaba Spilberg; su propósito de llegar a las costas del continente, y
particularmente a Valdivia, para estudiar allí la fundación de una colonia,
estaba aún irrealizado y puso todo su empeño en conseguirlo.
Pero no
estaba escrito que tal empresa fuera del acervo del bravo y audaz marino;
apenas largadas las velas un rápido y firme viento sur arrastró las naves hacia
el norte, y en la tarde de ese mismo día la escuadra se encontraba frente a
Quintero; en la rada estaba fondeado un pequeño barco español, el San
Agustín, y al momento se destacó de la escuadrilla un buque para darle
caza. La guarnición, empero, estaba sobre las armas y rechazó con sus arcabuces
a los asaltantes, obligándolos a pedir prontamente el auxilio de sus
compañeros; Spilberg no titubeó un instante en ordenar un fuerte desembarco de
tropas con las cuales dominó en menos de media hora a la guarnición de tierra;
pero la caída de la tarde impidió que la acción se decidiera por completo y los
piratas se reembarcaron dejando en llamas el bergantín español.
Salidos
nuevamente a la mar, esa misma noche, los barcos holandeses tuvieron que seguir
rumbo al norte a merced del viento que les dificultaba la navegación hacia
Valdivia y, perdida ya la esperanza de poder recalar esos días en la costa
austral, largaron velas y en pocos días estuvieron cerca del Callao, en cuyos
contornos dieron con la escuadra enemiga, viéndose obligados a presentar un
recio combate cuya relación no entra en el plan de esta crónica.
Nuevamente
había fracasado Spilberg en su empresa de fundar en Chile una colonia
holandesa.
El
Príncipe Mauricio de Nassau, que a pesar de su avanzada edad gobernaba aún con
particular energía los Países Bajos, quiso tentar una vez más, antes de su
muerte, la conquista para su nación de aquella colonia en el Pacífico austral
que había sido la obsesión de su largo gobierno. Con las experiencias recogidas
en las anteriores empresas marítimas de Cordes, de van Noort y de Spilberg,
ordenó, a principios de 1623, alistar una escuadra, la más poderosa que hubiera
surcado el Pacífico, a fin de traer a estas colonias una guerra eficaz para
arrancar de manos del Monarca español el cetro de las Indias americanas. La
República de Holanda estaba, en esa época, en el apogeo de su grandeza y tenía
elementos sobrados pana llevar a cabo tal empresa con expectativas de éxito.
La
intención del Príncipe Mauricio era enviar una escuadra a las costas del
Atlántico para disputar al Portugal el dominio del Brasil y otra al Pacífico
para amagar los virreinatos de Perú y Nueva España o sea, toda la costa
americana. Ambas escuadras estuvieron listas para zarpar a mediados del año
citado y el Príncipe Mauricio las despidió solemnemente en el puerto de Gorea,
entregando a cada uno de los almirantes un pliego de instrucciones que debía
abrir en alta mar.
La
escuadra del Pacífico componíase de once grandes navíos, con 294 cañones, 1.039
hombres de tripulación y 600 soldados; su Almirante era Jacobo L’Hermite, y su
segundo, o Vice-Almirante, Hugo Shapenham, audaz navegante que había surcado
desde los 16 años los mares de la India en empresas comerciales o
contrabandistas, que tanto da. Los diecisiete barcos atravesaron en convoy el
Atlántico, apresaron varios navíos españoles que no pudieron hacer la menor
resistencia a tan poderosa flota de guerra, y al atravesar la línea ecuatorial
cada uno de los jefes ordenó a los suyos el rumbo que indicaban las
instrucciones del Príncipe. Jacobo L’Hermite endilgó con sus once naves hacia
el Estrecho y el otro Almirante puso proas al Brasil, con las seis naves
restantes. La separación de ambas escuadras dio motivo a una escena conmovedora
que los cronistas de cada una de las expediciones relatan detalladamente: los
almirantes, cada uno en el puente de su nave, rodeados de su Consejo, los
capitanes de todos los demás barcos en sus puestos, las marinerías formadas en
las cubiertas, puentes, gavias y cofas entonaron un himno al Señor bajo la
dirección del Pastor, mientras los cañones de todos los barcos atronaban los
aires saludando al estandarte de la Casa de Nassau que flameaba en los más
altos trinquetes.
Después
de luchar tres largos meses con los vientos contrarios de la costa patagónica,
la flota de L’Hermite embocó, sin pérdida de ninguna de sus naves, el Canal de
Lemaire, situado al sur del Estrecho de Magallanes, el 2 de febrero de 1624.
Ese Canal, que constituía un nuevo paso del Atlántico al Pacífico, había sido
descubierto diez años antes por los exploradores holandeses Jacobo Lemaire y
Guillermo Schouten que habían venido después de la salida de Spilberg, en
misión puramente científica a reconocer el extremo austral de América.
Esta
expedición fue la que descubrió el Cabo llamado posteriormente de Hornos, y
cuya verdadera y primitiva denominación fue Cabo de Horn, en recuerdo de la
ciudad holandesa, de este nombre, en donde habíase organizado la expedición.
Alguna vez habré de contar las aventuras extraordinarias de estos célebres
navegantes hasta llegar al descubrimiento del paso a mar libre entre los dos
grandes océanos.
Durante
un mes entero, en que los vientos no les permitían avanzar hacia el norte, los
holandeses de la escuadra de L’Hermite exploraron detenidamente las costas de
la Tierra del Fuego y los archipiélagos vecinos, levantaron cartas
hidrográficas de toda esa región y recogieron importantes informaciones sobre
las costumbres de los indios Onas, que la pueblan; deseaban acumular todos los
antecedentes que podían serles útiles para la organización de la colonia que
proyectaban fundar.
La
pretensión de L’Hermite era establecer, primeramente, una base naval fuerte y
segura para desarrollar en seguida su programa de conquista; en Holanda
seguíase pensando, para esto, en Valdivia, pero el Almirante abandonó el
proyecto ante las noticias que había tenido, durante su travesía por el
Atlántico, de que los virreyes del Perú habían levantado allí fortificaciones
como las del Callao para impedir cualquier intento de desembarco. En todo caso,
antes de presentarse en Cuyamo, L’Hermite deseaba conocer la situación militar
del puerto.
Consultado
el caso con su Consejo, resolvió, con el acuerdo de todos los capitanes
“fiscales” y demás jefes de la expedición, enderezar hacia las Islas de Juan
Fernández, sitio que consideraron el más apropiado para establecer la base
naval de las operaciones holandesas en el Pacífico. Por otra parte, sabíase que
el Virrey del Perú, don Diego Fernández de Córdoba, Marqués de Guadalcazar,
tenía a sus órdenes una poderosa escuadra a la que era necesario batir antes de
emprender una empresa de tanta trascendencia como la que traía la escuadra de
los Países Bajos.
La flota
holandesa recaló en Juan Fernández a mediados de Mayo de 1624 y después de
haber reparado sus averías y hecho provisión de agua y víveres en la abundancia
necesaria y alistado cañones, armas y municiones para entrar en batalla en
cualquier momento, levaron anclas “encomendándose al Altísimo", y
envelaron hacia el Callao, con el ánimo de atacar resueltamente la formidable
plaza fuerte. Favorecidos por fuertes ventolinas del sur, los buques
encontráronse fondeados, a fines de ese mismo mes, en el surgidero de la Isla
San Lorenzo, frente al Callao; inmediatamente tomaron posesión de la Isla y
establecieron un severo bloqueo del puerto.
A los
pocos días de estar allí, cayó enfermo el Almirante L’Hermite y tras de una
prolongada agonía falleció, el 2 de Junio, siendo sepultado con grandes honores
en la Isla San Lorenzo, en medio de las sentidas manifestaciones de pesar que
le tributaron sus consternados compañeros. El mismo día tomó el mando de la
escuadra el vice almirante Hugo Shapenham quien mantuvo el bloqueo con más
severidad aún que el fallecido Almirante, desplegando un despiadado rigor con
las naves que caían en su poder, y con los prisioneros.
El
bloqueo se prolongaba ya tres meses, sin éxitos apreciables para los flamencos,
pues los formidables fuertes del Callao mantenían a raya las invectivas
insistentes y audaces de los piratas; durante ese tiempo se desarrollaron en la
rada del Callao hechos de heroísmo inauditos “que no son para contados; los
peruanos se lanzaban a la defensa de sus hogares con “desprecio de sus
vidas" y los holandeses, con el estandarte de su Príncipe al tope y la
bandera negra a popa, desafiaban impertérritos el espantoso cañoneo de la
fortaleza.
Cuando el
Jefe holandés se convenció de que no le era posible conseguir una victoria
definitiva sobre los peruanos del Callao que se mantenían enhiestos, con
abundantes e inagotables recursos de toda especie, reunió a su Consejo y tras
de largas deliberaciones resolvió levantar el bloqueo y seguir hacia el norte
en demanda de los puertos españoles del Virreinato de México, en donde esperaba
hacer buenas presas y renovar sus víveres y municiones que ya iban en camino de
escasear. Además, su tripulación había disminuido en más de cuatrocientos
hombres con las penalidades de la larga travesía, con las enfermedades que se
desarrollaban a bordo y sobre todo, con las bajas que habían tenido frente al
Callao.
Su
propósito era volver en seguida al sur y caer sobre las costas de Chile,
efectuar en ellas un desembarco formal en un punto apropiado, y fundar, de una
vez, la colonia holandesa que era la aspiración única de su Príncipe.
La
empresa, empero, estaba ya fracasada, porque la moral de la tropa que lo
acompañaba se había relajado con las privaciones, las penalidades y con el
indiscutible fracaso del prolongado bloqueo del puerto peruano.
Partió la
flota hacia el norte el 9 de Junio y después de merodear sin grandes resultados
por la costa de México, el Consejo resolvió emprender la vuelta hacia Holanda
atravesando el Pacífico por el Asia, en cuyos archipiélagos los holandeses
tenían posesiones y establecimientos donde procurarse los socorros que ya no
podían esperar de la costa americana.
Al
arribar a las Molucas supieron que el Príncipe Mauricio de Nassau había
fallecido; pero también supieron que sus últimas palabras, antes de morir,
habían sido para recomendar a los gobernantes de su patria que no abandonaran
el proyecto de quitar a España sus posesiones en América, estableciendo
previamente una gran colonia holandesa en el Pacífico austral.
— Padre y
señor — habríale contestado su hijo mayor—, si el Altísimo tiene decretada
vuestra muerte ahora, morid tranquilo, que yo habré de tratar de que vuestros
deseos se cumplan.
Veremos
cómo cumplió el joven Conde Mauricio de Nassau la promesa que le hizo a su
padre en el lecho de muerte.
La
empresa marítima de Jacobo L’Hermite había sido un desastre, y los holandeses,
recién fallecido el Príncipe Mauricio, que era el promotor de estas
expediciones conquistadoras de la América Austral, dejaron de mano todo
proyecto de navegar el Pacífico, aun cuando sólo fuera para pasar a las Indias
Occidentales por el Estrecho de Magallanes o por el Cabo de Hornos.
El nuevo
Gobernador-Regente de los Países Bajos, Príncipe de Orange, concretó sus
esfuerzos a cimentar las conquistas de Holanda en las costas del Brasil, que
estaban más cerca de Europa y que, con menores riesgos, producían mayores
rendimientos; con tales buenos resultados, era mucho más útil concentrar en el
Brasil todos los elementos de Holanda que aventurar grandes capitales en
lejanos mares, más aún cuando todas las expediciones anteriores habían
fracasado.
Sin
embargo, pasados un par de lustros, el Gobierno de los Estados de Flandes se
encontró en el caso de pensar de nuevo en que el Príncipe Mauricio de Nassau,
había dedicado toda su vida de mandatario a la empresa de establecer una
colonia de su patria en la costa del Pacífico austral con el principal objeto
de abatir el poderío de la España en el Perú; Chile, Panamá, y México.
El que
más empeño ponía en inducir al Gobierno a que considerara este proyecto era el
Conde Mauricio de Nassau, hijo y heredero del Príncipe Mauricio; no olvidaba el
Conde las últimas palabras de su padre moribundo y la Promesa que le había
hecho cuando recibió su bendición al lado de su lecho mortuorio.
El Conde
Mauricio formaba parte del Consejo de los Estados, y a medida de que empresas
brasileñas avanzaban en el éxito, dando cada día mayor poderío a Holanda, el
joven Conde iba también preparando el momento en que pensaba imponer el
proyecto tan insistentemente acariciado por su padre.
Varias
veces, durante quince años, propuso la cuestión, el Conde Mauricio, en el seno
del Consejo, y otras tantas fue abandonada por causas varias, aunque nunca se
la rechazó perentoriamente, porque todo holandés tenía una sola mira: hacer la
guerra a España, donde fuera posible.
Allá por
el año 1637, el Consejo de los Estados de Flandes confirió al Conde Mauricio el
alto cargo de Gobernador General de las posesiones holandesas de América; había
necesidad de que viniera a las Guayanas un mandatario enérgico que mantuviera a
raya no sólo a los bravos naturales del Amazonas sino también a los
portugueses, a quienes la Corona de España tenía entregado el cuidado de sus
colonias en la costa brasileña.
Al
aceptar el cargo, el Conde Mauricio había dicho al Consejo:
— Una
condición os ruego que aceptéis, altos señores, a cambio de la vida que
rendiré, si el caso llega, en cumplimiento de la misión que me confiáis...
—
Decidla, señor Conde — contestó el Gobernador Regente—, que siendo en mayor
gloria de la patria, los altos señores del Consejo no podrán negárosla.
— El
Príncipe Mauricio, que paz de Dios haya, me encargó al pasar de esta vida, que
dedicara mi existencia entera al servicio del proyecto que él no pudo ver
realizado a pesar de sus esfuerzos: quitar a 'la España el dominio de la Mar
del Sur. El Gobierno de los Estados, si no ha olvidado llevar a cabo la empresa
del Príncipe, se ha visto impedido para ello a causa de la guerra del Brasil;
pero ahora que me habéis confiado el gobierno de esas posesiones y me
encontraré cerca del Estrecho, permitid que tan pronto yo restablezca la paz en
el Amazonas y en el Janeiro, organice la expedición que habrá de llevar la
guerra al Pacífico...
La
condición insinuada por el Conde Mauricio no era de las que se podían aceptar
sin maduro examen, a pesar de venir de tan prestigioso personaje; pero el
Consejo deliberó unos cuantos días y, por fin, con el parecer contrario del
condestable y burgomaestre de Texel, Joris van Baerle, “se dio poder al señor
Conde Mauricio para ir a la conquista de una posesión española en el Pacífico
en el sitio que eligiere y a tiempo que su alto pensamiento lo estimare bueno
para gloria de los Estados”.
El
promotor más constante de esta empresa era un viejo navegante y soldado que
gozaba en Holanda de gran reputación; llamábase Enrique Brouwer, y había
servido largos años en mar y tierra en las posesiones holandesas del Asia desde
los tiempos de la regencia del Príncipe, a quien admiraba; después del
fallecimiento de este gran gobernante flamenco, Brouwer había sido nombrado
Gobernador General de las factorías de su patria en las Indias Orientales y en
el desempeño de tan elevado cargo había demostrado excepcional prudencia y
energía. El historiador holandés Martín Netscher, dice que Brouwer “era hombre
de señalado valor, recto proceder y notable integridad, pero odioso a sus
subordinados porque su disciplina era dura a fuerza de ser severa, pues, como
la mayor parte de sus compatriotas de aquel siglo, Brouwer no conocía la
compasión ni la clemencia".
Cuando
terminó su período de Gobierno en el Asia, Enrique Brouwer, al borde ya de la
ancianidad, pudo terminar sus días tranquilamente en su patria; pero su
espíritu inquieto no le permitía vivir sino preocupado “de meditar en qué podía
servir a Holanda haciendo daño a nuestros implacables enemigos los españoles”.
No tardó en ponerse al servicio del hijo de su amigo y protector de antaño, y
ambos a dos, unidos en un mismo pensamiento, laboraban continuamente el
proyecto de expedicionar sobre las costas chilenas para llevar a cabo el
proyecto de fundar la colonia holandesa en el Pacífico.
Brouwer
era, al mismo tiempo, consejero de la compañía Holandesa de las Indias
Occidentales y en el seno de esa sociedad había cultivado constantemente la
idea de enviar nuevamente una expedición al occidente del Estrecho: cuando
ocurrió el nombramiento del Conde Mauricio para la Gobernación de las Guayanas,
fue el viejo marino quien insinuó al Conde la idea de poner a la aceptación de
ese mandato, la condición que, ya sabemos, fue aceptada en los términos que
acabo de dar a conocer.
Cuando el
Conde Mauricio partió de Holanda a hacerse cargo de su gobernación en las
Guayanas, llevó consigo a Brouwer, quien, a su vez, llevaba poderes amplios de
la Compañía de las Indias para estudiar la preparación de la futura empresa,
aunando los intereses de los Estados con los de la compañía; no les fue
difícil, en consecuencia, entenderse pronto, y antes de un año volvía Brouwer a
Texel para dar comienzo a los preparativos, los cuales empezaron allí con gran
diligencia.
Mientras
el futuro jefe de la expedición reunía en su mesa de trabajo todos los estudios
geográficos e hidrográficos y las observaciones de las anteriores empresas de
Mahu, Cordes, Spilberg y van Noort, la Compañía alistaba tres naves poderosas
bien equipadas y amunicionadas, con 140 cañones y regular acopio de víveres y
elementos de colonización; sabían que esos víveres y elementos serían renovados
y aumentados en las costas del Brasil; asimismo se contaba con que el Conde
Mauricio dotaría a las naves con mayor número de soldados y gente de
desembarco. El Gobierno de los Estados flamencos, por su parte, concedió a la
expedición trescientos quintales de municiones, ciento ochenta arcabuces,
cincuenta picas y otras tantas espadas.
Listos ya
los buques, Enrique Brouwer presentóse al Consejo para pedir instrucciones;
pero el Regente se limitó a decirle:
— Que
Dios os bendiga y proteja, Enrique Brouwer; sobre lo que tengáis que hacer en
el Pacífico, preguntad al Conde Mauricio, bajo cuyas órdenes partís.
El 6 de
noviembre de 1542 salió de Texel la escuadrilla de Brouwer y enderezó hacia
Pernambuco para ponerse a las órdenes del Conde Mauricio de Nassau.
La
travesía del Atlántico se hizo sin novedad; los buques españoles, o no vieron
las velas holandesas o no quisieron presentarles combate; el General Brouwer
venía embarcado en el Ámsterdam: seguíanlo en conserva
el Vlissingen y el Eendracht, y en este orden
atravesaron la línea ecuatorial, haciéndose allí las ceremonias que eran de
costumbre al pasar el equinoccio; “la gente venía contenta” y la expedición
navegaba bajo los mejores augurios. Diariamente se hacía provisión de víveres
frescos, pescando tiburones, albacoras y otras bestias marinas; en la mañana
del 13 de Diciembre se cogieron tres grandes tiburones, cada uno de ocho pies
de largo “y uno de ellos tenía en el estómago una gorra de marinero inglés”...
Por fin,
a poco más de un mes de navegación, la escuadrilla amaneció fondeada en
Pernambuco, en cuya rada había una treintena de buques holandeses que saludaron
la insignia de Brouwer “con todos sus cañones".
Al
siguiente día, 23 de Diciembre, el General Brouwer bajó a tierra en medio de
las aclamaciones y vítores de las tripulaciones formadas en las cubiertas de
todos los buques fondeados, mientras el Conde Mauricio le esperaba en el muelle
de gala, bajo el dosel empavesado con las banderas y pendones de la República
de Holanda. El navegante quedó alojado en el palacio del Gobernador, y allí
mismo se reunió diariamente el Consejo de los Estados Americanos para deliberar
sobre las instrucciones que habría de llevar la expedición del Pacífico.
Los
preparativos para alistar los buques y sus bastimentos ocuparon las actividades
de la población durante quince largos días. El Conde Mauricio aumentó la flota
expedicionaria a cinco barcos y la tripulación a trescientos setenta y cinco
individuos; dióle a Brouwer la insignia de Almirante y dotó a la expedición de
un segundo jefe, con el título de Vice-Almirante, designación que recayó en un
marino joven y audaz, llamado Elias Herckmans, de sólido prestigio como soldado
y como poeta. Era autor de un poema titulado “Der Zeevaert-lof”, en seis
cantos, publicado en Ámsterdam, y destinado a celebrar las empresas marítimas
de 'los holandeses en los mares del Mundo.
En una
solemne sesión del Gran Consejo Americano de los Estados, reunido a bordo
del Ámsterdam, el Conde Mauricio entregó a Brouwer sus últimas
y definitivas instrucciones, que podían reducirse a dos puntos principales:
fundar en el extremo austral del Pacífico una colonia holandesa, y quitar a
España el dominio de ese mar y las riquezas del Perú, "porque mientras
España posea esos elementos, no terminará jamás la guerra de esa Monarquía con
los Estados republicanos de Holanda”.
— No
olvidéis, señor Almirante — dijo por último, el Conde Mauricio— que vais al
Pacífico a fundar una factoría de la patria, y no a otra cosa; si para ello
necesitáis más elementos, enviad por ellos al Brasil.
En los
demás puntos de las instrucciones, se encargaba a la expedición que, “de
paso", procurase descubrir y reconocer las tierras australes y que al
llegar a la costa chilena se empeñara principalmente en ofrecer a los indios
naturales él apoyo de Holanda para mantener la guerra que sostenían contra los
españoles, haciéndoles entender que éstos eran también enemigos de los
holandeses. Con la esperanza de procurarse oro, el Almirante debía “sonsacar” a
los indios chilenos el secreto de sus minas. Debía también explorar
detenidamente la Isla de Santa María, con el propósito de fundar allí un puerto
militar que fuese la base del poder holandés en el Pacífico, y establecerse, si
era posible, en Valdivia, con el apoyo de los indios, a quienes; debería
reconocer siempre como soberanos, respetando su libertad y sus creencias
religiosas.
Por
último, para cubrir los gastos de la expedición, los holandeses debían enviar
desde Chile aquellos productos que pudieran ser útiles a las colonias del
Brasil, “como ser, vicuñas, salitre y las .diferentes sustancias tintóreas” de
que se creía gran productor a nuestro país. “Todo esto revela — dice un
escritor chileno— que los holandeses se hacían grandes ilusiones sobre los
beneficios que iba a reportarles esta empresa.”
El 15 de
Enero de 1643 partió de Pernambuco la escuadra de Brouwer en demanda del
Estrecho de Magallanes; encabezaba el convoy el Ámsterdam, buque
almirante, seguíale el Vlissingen, a cuyo bordo iba embarcado
el Vice-Almirante y poeta Elias Herckmans y siguiendo estas aguas, navegaba
el Eendracht, Capitán Crispijnsen; más atrás el Orange-boom y
el Dolphijn, los dos barcos que el Conde Mauricio había
agregado a la expedición, en la costa brasileña. Al salir de la bahía, todos
los buques de la expedición y los allí fondeados, así como los edificios
públicos y la población entera izó las banderas de los Estados Flamencos y el
pendón de la Casa de Nassau, mientras mil doscientos cañones abonaron los
ámbitos para saludar a los audaces navegantes que partían a la conquista de
nuevos lauros para la patria. Cuando los cinco barcos salieron de la bahía, el
Pastor Van der Lambertst, que permanecía en la playa “rodeado de mucho pueblo
“hincó sus rodillas, alzó las manos y entonó una plegaria al Altísimo por la
felicidad de los expedicionarios: “todo el pueblo, el Conde Mauricio y sus
grandes dignatarios echaron también sus rodillas en la arena y así estuvieron
hasta que las naves desaparecieron tras la punta de San Alejo”.
Al
empezar el mes de Marzo, la escuadra de Brouwer encontrábase cercana a la boca
oriental del Estrecho y no pudiendo penetrar en él a causa de los fuertes
temporales, el Almirante resolvió seguir hacia el sur para hacer su entrada por
el Canal de Lemaire, o por el Cabo de Hornos, el cual doblaron, por fin, tras
de infinitos padecimientos a principios de Mayo; afortunadamente, fuertes
vientos del sur los empujaron hada el archipiélago, y en menos de una semana el
sextante les indicó, inesperadamente, que estaban a la altura de la Isla Grande
de Chiloé.
Enderezaron
hacia el continente, favorecidos otra vez por los vientos, y la aurora del
nuevo día 20 les mostró las costas del país que venían a conquistar.
La
noticia de que una escuadra “pirata” había partido de las costas brasileñas en
son de guerra, hacia el Pacífico, había llegado a Chile a través de las pampas
argentinas a principios de Enero, y el Gobernador del Reino don Francisco López
de Zúñiga, Marqués de Baides, no había descuidado la defensa de las costas,
sobre las cuales acostumbraban actuar los “bandoleros del mar”, enemigos de
España. El sur de Chile estaba, puede decirse, a merced de estos filibusteros,
pues la ciudad de Valdivia, destruida por los indios cuarenta años antes, no
había podido ser restaurada a causa de la pobreza del erario chileno y de la
negligencia del Virreinato de Lima, de cuya autoridad dependían esa plaza
militar y puerto. En cuanto a la ciudad de Castro, la más austral del Reino, y
las plazas de Carelmapu y Calbuco, se mantenían en pie, debido solamente a la
mansedumbre de los indios y a la pobreza misma en que vivían, enteramente
aislados del resto del país.
Por otra
parte, hacía por lo menos veinte años que no visitaban estas costas los piratas
holandeses ni los de ningún país europeo; de modo que los elementos de defensa
que habían existido antaño, encontrábanse no solamente abandonados, sino
también inútiles.
Comunicada
al Virrey la noticia de la venida de estos piratas, el Mandatario limeño,
presionado por la enorme responsabilidad que caería sobre su administración si
los holandeses lograban producir perjuicios serios en su jurisdicción, despachó
hacia Castro un pequeño barco provisto de algunos elementos de defensa, como
ser cañones, arcabuces y municiones “y alguna ropa” para los soldados, pues
supuso, y supuso bien, que “andarían desnudos”. Al mismo tiempo dio orden para
que el Gobernador de Chile, enviara refuerzos a aquellos parajes...
El
Marqués no estaba en situación de distraer mucha tropa en tales empresas
lejanas; pero sin desconocer la gran importancia que tenía para su Gobernación
la defensa de Castro, Carelmapu y Calbuco, envió treinta hombres al Corregidor
de la ciudad austral, don Andrés Muñoz Herrera, previniéndole que, “como era
muy difícil que pudiera enviarle más tropa, armara a cuanta gente de allá le
fuera posible para rechazar los insultos del enemigo, cuidando especialmente de
que no ofendieran las iglesias y conventos e imágenes de Nuestra Señora”. Junto
con esta gente, el Marqués envió a los fuertes del sur veinte quintales de
pólvora y tres fardos de cuerda mecha.
En cuanto
a la defensa de Valdivia, ordenó al Corregidor de Imperial, la plaza fuerte más
cercana, que “estuviera al tanto de lo que hicieran los piratas, pues Valdivia
está despoblada”.
Pasaron
los meses del Verano — Enero, Febrero, Marzo y Abril — y como
no aparecieran los filibusteros, el Gobernador de Chile y sus
capitanes creyeron que el peligro había pasado también y que ya, a esas alturas
del Invierno, los holandeses “o habrían sucumbido en los mares del Estrecho o
tardarían mucho en llegar, a causa de las averías o pérdidas de sus naves”. La
expectativa de las autoridades decayó un poco, y como consecuencia, la
vigilancia se relajó también.
Sabemos,
sin embargo, que la escuadrilla de Brouwer, arrastrada por vientos
excepcionalmente favorables, había enfrentado a mediados de Mayo las costas de
la Isla Grande de Chiloé, y que allá por el día 20 habían amanecido con las
rocas de una buena bahía a la vista, cerca del Estrecho de Osorno, o sea, del
actual Canal de Chacao. La escuadrilla fondeó en la bahía “sobre diez toesas de
agua con fondo de arena morena", y el Capitán Crispinjsen, cuyo barco fue
el primero en penetrar en la “herradura”, bautizó la bahía con el nombre de
Brouwerhaven (Bahía Brouwer), actualmente Puerto Inglés, detrás de la punta de
Huapilacui, que cierra la bahía de Ancud.
Reunido
el Consejo a bordo del buque almirante, “fue acordado que el Mayor Ostermans se
trasladara al barco Dolphijn, que pasara por el Estrecho de
Osorno, y que fuera a unas tierras del Golfo de Ancud con el objeto de coger
algunos prisioneros que pudiesen informar sobre la situación de la ciudad de
Castro”.
El Mayor
cumplió su comisión y a media tarde penetró al Golfo de Ancud; habiendo
divisado alguna gente en la playa, izó bandera blanca e hizo señas de que
deseaba ponerse al habla con los de tierra. Pero “un hombre a. caballo que
encabezaba a los pobladores y hacía muchas bravatas con una lanza grande, gritó
muy fuerte ciertas palabras en un idioma que nosotros no pudimos entender” pero
que luego los holandeses reconstruyeron en esta forma: “Auant, arckebus e
cavalieros, contre ist comudes fillies de chiens, que no viendran por nada
buen".
A la
vista de la actitud provocativa de la gente de tierra, el Jefe holandés quitó
la bandera blanca que hasta ese momento ondeaba en la proa de su barco, la
sustituyó por la “bandera de sangre", formó toda su tripulación sobre la
cubierta y en las cofas, y al son de trompetas izó en el trinquete el
estandarte del Conde de Nassau. Inmediatamente ordenó el desembarco de una
compañía de treinta hombres en una de las “gabarras” que llevaba prevenidas y
dio orden de disparar tres cañonazos con bala sobre los enemigos; ante tales
manifestaciones hostiles, los españoles se retiraron de - la playa y huyeron a
ocultarse en los bosques cercanos, dejando a merced de los invasores dos
humildes casas, las únicas que se levantaban a tres toesas de la playa de
Chacao.
El Jefe
holandés encontró en ellas algunos víveres frescos que hizo embarcar y luego
puso fuego a las casas con sus modestísimos utensilios; en cambio tuvo que
lamentar la pérdida de unos de sus hombres que, aventurándose en persecución de
los fugitivos, cayó prisionero de los españoles.
Esta
fácil e insignificante victoria había tenido, sin embargo, la importancia de
permitir la exploración del Golfo de Ancud y el reconocimiento de sus riberas;
cuando el barco holandés regresaba a su base del Puerto Inglés donde lo
esperaba la escuadrilla, divisó al lado opuesto del canal una humareda que al
principio confundió con nubes bajas, pero que, acercándose más, le mostró la
existencia de un grupo de ranchos y luego “de una casa fuerte”; enderezó hacia
esa costa y llegando a prudente distancia descargó sus cañones sobre la
población; antes de cinco minutos vio dos nubecillas blancas que se alzaron a
flor de tierra, luego oyó el estampido de dos cañonazos e incontinente dos
trombas de agua que se elevaron a poca distancia del barco pirata. Consultados,
rápidamente, los oficiales, el Capitán resolvió continuar su ruta hacia Puerto
Inglés para dar parte al Almirante de haber descubierto un fuerte enemigo, que
al parecer se encontraba preparado para la resistencia.
Brouwer
hizo tocar inmediatamente a zafarrancho, y antes de una hora toda la escuadra
se encontraba “en facha" ante el fuerte y población de Carelmapu. Este era
un fortín construido de palizadas, contaba con dos cañones y unos sesenta
hombres de guarnición, al mando del Corregidor de Castro, Capitán Muñoz
Herrera, que, al recibir del Presidente, Marqués, de Baides, la noticia de la
llegada de los holandeses al Pacífico, habíase trasladado rápidamente a esa
región de Carelmapu y Calbuco para preparar la defensa de sus costas.
El corto
combate que el barco holandés había tenido en la mañana de ese día en las
riberas de Chacao había puesto en alarma a la guarnición de Carelmapu y todos
sus hombres, con el Corregidor a la cabeza, estaban esperando que el buque
pirata se acercara a la ribera opuesta para dispararle sus cañones, "que
estaban listos y cebados".
Aunque
los holandeses no tenían mayores informaciones sobre el poder ofensivo del
fuerte de Carelmapu, Brouwer estaba resuelto a conquistar ese reducto español,
el primero que le presentaba resistencia desde su llegada a la costa chilena;
formalizó, pues, sus preparativos, organizó un ataque en regla, escalonando sus
barcos en consonancia con la táctica naval, y como era ya avanzada la tarde,
preparó la acción para las primeras horas del día siguiente. Entre tanto, con
el objeto de medir la capacidad del enemigo, ordenó al Eertdracht que
largara una andanada por babor”.
En el
fuerte y población de Carelmapu ocurrían, entre tanto, escenas conmovedoras y
dramáticas.
Ya
sabemos que el fuerte contaba sólo con dos cañones y sesenta hombres de
guarnición; Muñoz Herrera encontrábase capaz para resistir con ventaja el
ataque del único barco pirata que había visto en el Golfo y ansiaba, con
entusiasmo guerrero, que la nave enemiga presentara combate; cuando ese barco
desapareció de su vista, después de haber disparado sobre la población, el
Corregidor creyó que el pirata se consideraba débil ante las fuerzas españolas
y que se guardaría mucho de volver a presentarse ante Carelmapu.
— Esos
herejes, por tener todos los vicios de la tierra, tienen también el de ser
cobardes — había dicho el Corregidor, en medio del clamoroso entusiasmo del
vecindario reunido en Cabildo Abierto para celebrar la "huida” del pirata—
. Ha bastado que le hayamos disparado nuestros cañones para que desaparezcan de
nuestra vista y lo peor de todo es que ya no volverán y no podremos
escarmentarlos.
— Ojalá
tal ocurra, señor Capitán — intervino el jesuita Manuel de Ocampo— ; algunos
años he vivido en este Reino y en las Indias y conozco la traición de estos
bandidos. No confiéis demasiado y estad alerta.
— Bien
sabéis, Padre Ocampo, que no descuido mi deber; sabed, además, que mientras yo
aliente, los piratas no asentarán pie en la jurisdicción de mi mando y tengo fe
en que mis soldados habrán de imitarme; por ahora retiraos a vuestras casas —
ordenó a los vecinos, y que cada cual cumpla con lo que tengo prevenido.
Apenas
habían transcurrido seis horas de este Cabildo Abierto, cuando los atalayas
apostados en las alturas de los cerros de Carelmapu divisaron que los cinco
barcos de la escuadrilla pirata avanzaban trabajosamente por el Canal de
Chacao, debido a la fuerte vaciante del Golfo de Ancud. Los centinelas no daban
crédito a lo que veían sus ojos y uno de ellos, Tomás de Mondragón, medio
enloquecido por el pánico, abandonó su caballo y se lanzó “por un risco abajo”
para evitar la vuelta por el camino real y llegar al pueblo más pronto, a dar
aviso del peligro.
— ¡Los
piratas... los piratas! ¡Al arma... que han llegado los piratas... al arma… —
empezó a gritar Mondragón, agitando, los brazos, desde que divisó los primeros
ranchos del pueblo, y sin detener su carrera loca— . ¡Al arma, señor
Corregidor, señores soldados; alzad los puentes, cargad los cañones... cebad
vuestros ¡arcabuces... encended las cuerdas... los herejes están sobre
nosotros! ¡Al arma!...
En pocos
minutos casi toda la población encontrábase fuera de sus casas y muchos corrían
tras el centinela que, fatigado ya por aquel esfuerzo desesperado, con sus
vestidos en pedazos y ensangrentados por los arañones del bosque y de las
peñas, trataba de avanzar a zancajos desparejos y vacilantes hacia el fortín.
Varios
trompetazos nerviosos, que resonaron sobre las almenas, hicieron extenderse la
alarma sobre aquella parte de la población que aún no se había dado cuenta de
la llegada del soldado; era que el mastelero del fortín había divisado también
la vaga silueta de la escuadrilla enemiga y cumplía su misión de prevenir el
peligro.
— ¿Qué
ocurre?... — gritó el Corregidor Muñoz Herrera, saliendo a la Plaza y echando
la mirada hacia el atalayero, que en ese momento repetía, desde la cofa, su
toque de alarma.
— Cinco
barcos atraviesan el Canal y uno de ellos es el que disparó esta mañana sobre
nosotros — respondió inmediatamente el vigía, desde lo alto.
— ¿Son
cinco barcos?... — insistió el Corregidor, dudando de dar crédito a tan grave
noticia.
— Los veo
bien, a pesar de la niebla — afirmó el soldado.
Muñoz
Herrera sintió la impresión de una desgracia y de una inmensa responsabilidad;
su faz empalideció por un instante, pero casi al mismo tiempo gritó, con voz
enronquecida:
— ¡Señor
Maestre, reunid y armad la tropa, y prepararse para morir, si Dios así lo tiene
dispuesto!...
Y
saltando luego sobre la escalera de cuerdas que conducía hacia la cofa del
atalayero, subió en pocos minutos hasta lo alto y desde allí vio que,
efectivamente, cinco barcos empavesados con banderas negras, llevando en sus
sitios de honor los extraños estandartes de Holanda y del Conde de Nassau,
navegaban a velas desplegadas hacia el centro del Golfo de Ancud,
indudablemente en son de combate.
—
Malditos seáis... ¡malditos! — increpó, echando sus puños al espacio.
La
andanada de babor que lanzara el Eendracht, como desafío a la
plaza de Carelmapu, sorprendió al Corregidor Muñoz Herrera en plena actividad,
disponiendo la defensa de la población presa de una angustia cercana al pánico.
Los que al principio se habían demostrado resueltos a luchar, hasta el fin, por
su terruño y por sus hogares, estaban, pensando ya en que lo mejor era huir
hacia el interior de los bosques para poner a salvo siquiera sus personas.
Contra un solo barco enemigo era posible luchar con esperanzas de éxito, pero
no contra cinco naves; dos cañones bien dispuestos y bien manejados desde
tierra podían tener a raya a un barco, y sesenta arcabuceros, más los vecinos
apostados en las rocas de la playa, impedir un desembarco, pero estos pobres
elementos eran inútiles contra doscientos cañones y quinientos “desalmados” que
llegaban a sangre y fuego.
El
Corregidor apreció total y rápidamente la situación, y su primera medida fue la
de hacer salir del pueblo a toda la “impedimenta” o sea a las mujeres, a los
niños y a los hombres que no estuvieran en condiciones de cargar las armas;
ordenó también que las casas fueran desocupadas de todos los utensilios que
pudieran ser transportados a hombro por los fugitivos y encomendó al jesuita
Ocampo “el cuidado y gobierno” de toda esa gente, que ya había comenzado a
salir despavorida a ocultarse en los bosques.
Cuando
resonaron los cañonazos del Eendracht, el Maestre de Campo,
Juan del Castillo, corrió hacia el Corregidor y le dijo:
— Los
cañones están listos para contestar ese saludo, señor Corregidor. ¿Qué
ordenáis?...
— No
perdáis pólvora y balas, señor Maestre; tiempo habremos para aprovecharlas
mejor; seguid disponiendo el adherezo de las armas blancas, que, según colijo,
serán de más uso dentro de poco.
Caía la
tarde y con ella una lluvia pertinaz, que hacía más penosa la situación de los
fugitivos y de los defensores. El Corregidor dispuso que un cordón de
centinelas apostados entre las rocas de la playa y entre el enramado de las
alturas, vigilara atentamente los movimientos de la escuadrilla, que, con
muchas precauciones, para salvar los escollos de esas aguas desconocidas,
avanzaba en busca de un fondeadero para largar sus anclas y pernoctar. Las
sombras de la noche echaron un velo sobre los actores del drama que iba a
desarrollarse y durante cuatro largas horas no se oyó en la bahía y en el mar
otro ruido que el monótono de la persistente llovizna y el golpear de las olas
sobre las rocas playeras.
Muñoz
Herrera, arrebujado dentro de la garita del centinela, escudriñaba el horizonte
negro, como para adivinar su tremendo secreto; a su lado, los “cabos" de
cañón y algunos sargentos echados en el suelo, en espera de una orden; al otro
extremo del fortín, el Maestre de Campo, de pechos sobre una almena, atisbando
con la visera levantada.
Un
disparo de arcabuz, lejano, interrumpió la monotonía de la ya larga y fatigosa
vela: los vigilantes estiraron sus cuellos en distintas direcciones y
actitudes. Un segundo disparo, más lejos, y luego muchos, hizo que cada cual
requiriera sus armas.
— ¿Habéis
oído, señor Corregidor?... — dijo el Maestre desde su extremo, alzando la voz.
— Mirad
atentamente hacia la entrada de la bahía — contestó Muñoz Herrera— ; ¿no veis
nada...?
—
Paréceme advertir una luz... que sube y baja...
— .. .y
avanza... — terminó el Corregidor— . ¡Es el farol de una “gabarra”! — dijo por
fin— ; los piratas desembarcan, no lo dudéis. Señor Morales — ordenó al cabo
que estaba a su lado—, preparad vuestro cañón, y no disparéis hasta que no
hayáis apuntado bien; haced lo mismo — ordenó al cabo del otro cañón.
Efectivamente,
el General Brouwer había dispuesto que el yate Dolphijn largara
una “gabarra” con cincuenta hombres y se dirigiera a la costa para explorar el
campo, y un bote grande que sondeara los sitios donde pensaba surgir al día
siguiente para dar el ataque a la fortaleza. Para señalar el rumbo a la
gabarra, el bote había izado un farol y esta luz fue 'la denunciadora de la
intentona de los holandeses.
El “cabo”
Morales dio fuego a la cuerda mecha, y un estampido desgarró la atmósfera; casi
al mismo tiempo la luz del faro desapareció;... un segundo cañonazo disparado
al azar, sobre la misma puntería, puso un punto final a la actividad de la
artillería española aquella noche.
— No
tiene objeto que continuéis disparando — dijo el Corregidor—, pues ya no tenéis
dónde apuntar; coged los arcabuces y permaneced avizores para defender el
fuerte si los herejes logran llegar hasta aquí.
Y
saltando sobre su caballo, partió al galope hacia la playa, seguido de los
treinta caballeros que habían quedado a sus órdenes, después que las fuerzas
restantes partieran al mando del Maestre hacia las líneas de los centinelas de
avanzada, colocados en las alturas de la población.
Los
holandeses, entre tanto, habían atracado su gabarra con gente de desembarco en
una pequeña ensenada que los indios llamaban Párua, y con infinitas
precauciones y “audacia de piratas”, destacaron una docena de hombres al mando
del Teniente Bergen para que exploraran los alrededores del pueblo; no se
aventuraron mucho, sin embargo, no sólo por ser “noche negra”, sino porque
“alcanzaron a divisar, detrás del cerro alto, muchas casas, oyeron toques de
campana, tambor y trompetas, y el enemigo había dirigido varios tiros contra
ellos, los cuales fueron devueltos oportunamente”, según declaró el Teniente
cuando regresó a bordo.
Estas
pequeñas escaramuzas mantuvieron a los españoles en vela durante toda la noche;
era solamente el preliminar del drama que iba a desarrollarse con las primeras
luces de la mañana siguiente, tan pronto como se dibujara, ante los espantados
ojos de los castellanos, la silueta de los cinco barcos piratas, en plena rada.
“Era una insolencia intolerable”, y el Corregidor Muñoz Herrera ordenó que los
cañones del fuerte “la castigasen”. Antes de que en los navíos se notase
movimiento alguno que denunciase sus propósitos de ataque, los dos cañones de
Carelmapu enfilaron puntería sobre el Dolphijn, que era el más
cercano, y dos balas rojas levantaron dos columnas de agua y de vapor a diez
varas de proa. Fue la señal de combate. Los cañones del Dolphijn contestaron
rabiosos la provocación del fuerte con una andanada de diecisiete cañonazos, y
un momento después las poderosas culebrinas del Ámsterdam,
del Vlissingen y del Eendracht, hicieron
desaparecer, bajo enormes montones de escombros rociados con la sangre de sus
servidores, las dos únicas piezas de la artillería española.
Mientras
se realizaba esta destrucción, cinco gabarras tripuladas por ciento cincuenta
hombres desembarcaban hacia el Este, bajo el amparo de la artillería menor de
los barcos, que se empeñaban por tener a raya el “ejército” del Corregidor
Muñoz Herrera, cuyos arcabuceros, parapetados detrás de las rocas hacían
esfuerzos sobrehumanos por dar fuego a sus cuerdas mechas humedecidas aún por
la lluvia. Ni la energía con que aquellos hombres “en vigilia” mantenían sus
puestos; ni los actos de sobrehumano arrojo de la caballería cuando los
“piratas” tomaron tierra, pudo detener el avance enemigo ni impedir, tampoco,
que una vez desembarcados, se organizaran en batalla y atacaran decididamente y
con gran superioridad de armamento y de número a los noventa hombres que
resistían la invasión.
Ante el
cordón de fuego de la artillería pirata, los soldados de la caballería española
tuvieron que huir hacia el bosque y los infantes “echarse al suelo’', para huir
también arrastrándose por entre los matorrales.
Dueños
del campo, los holandeses recogieron diecinueve caballos de otros tantos
enemigos heridos o muertos, y organizando con ellos y con su gente de a pie,
una persecución en regla, se metieron en el bosque, por cuyos senderos llegaron
a la población y al fuerte y “prendieron fuego a todo, poniendo en lo alto de
una pira una imagen de bulto de Nuestra Señora” que el jesuita Ocampo no había
podido transportar el día anterior.
Encontrábase
el grupo de “sacrílegos” celebrando bulliciosamente su triunfo alrededor de la
fogata, cuando apareció por un recodo el Corregidor Muñoz Herrera a la cabeza
de una veintena de jinetes que había podido reunir con esfuerzos inauditos y
con los cuales permanecía oculto atisbando el momento de caer sobre los
piratas, confiados en su victoria.
—
¡Santiago y a ellos! — gritó, enristrando su pica; y arrojándose en medio del
grupo como una avalancha, “revolvió su caballo sobre los herejes”.
Por unos
instantes, los holandeses se sintieron desconcertados “y casi todos trataron de
huir”; pero una voz “imperiosa que les dio en su lengua el cabo de ellos,
insultándolos, al parecer”, los volvió en sí, y al poco rato los españoles,
dominados por el número y las armas de fuego, fueron cayendo los unos, y
huyendo malheridos los otros, hasta que, desesperado ya el Corregidor Muñoz
Herrera y con seis heridas de pistola y otras tantas de arma blanca en el
cuerpo, “arrojóse espada en mano sobre el Jefe pirata; pero antes de herir,
cayó muerto, atravesado por la espada de uno de ellos”.
Sin
enemigos ya, los holandeses recogieron todo lo que creyeron serles útil, que
era muy poco, y regresaron a bordo con un pobre botín.
La tarde
de ese mismo día, los cinco barcos piratas enderezaron, por el canal del Este
hacia los Chauques, en dirección a la ciudad de Castro, “la más importante del
reino del sur”, con- cuya destrucción pretendían “dejar limpia de españoles,
toda la región hasta el Estrecho de Magallanes”.
La ciudad
de Castro, ausente su Corregidor Muñoz Herrera, — ya sabemos que este
funcionario había partido a Carelmapu a organizar la defensa de aquella parte
de su extensa jurisdicción—, no se encontró en situación de resistir un solo
momento el ataque de los piratas. Tan pronto como llegó a la ciudad la noticia
de que la escuadrilla de Brouwer se encontraba en el Golfo de Ancud y que había
atacado a Chacao, el anciano vecino don Fernando de Alvarado, que hacía las
veces de la autoridad ausente, ordenó “el despueble” de la ciudad; los ciento
ochenta vecinos, con sus familias, que componían la población de unos
seiscientos habitantes, “sin contar a los indígenas, se retiraron a los bosques
del interior, como los de la destruida Carelmapu, en medio de una tormentosa
lluvia que triplicó sus padecimientos.
Cuando el
Mayor Blauewbeck, por orden del General Brouwer, desembarcó en las playas de
Castro con su compañía de soldados para apoderarse de la ciudad, “la halló
abandonada y destruida; muchas de las casas estaban reducidas a cenizas; las
demás, incluso las iglesias y los edificios públicos, estaban sin techo y
completamente desiertos”. Lo único que pudieron recoger los holandeses, en los
campos vecinos, fue una abundante provisión de manzanas ... Sin perder tiempo
acabaron la destrucción de los pobres edificios, y en la Plaza, sobre un palo
alto que plantaron exprofeso, dejaron fijada en una tabla de alerce, esta
inscripción, en idioma latino:
“Españoles:
vuestra fama llegará a oídos de vuestro Rey, pues “no habéis hecho lo que
hicieron los habitantes de Carelmapu, “una parte de los cuales murió como deben
morir siempre los soldados. Vosotros fugasteis como los cobardes”.
Al
abandonar la rada de Castro con rumbo al norte, se produjo un revuelo en todos
los barcos de la escuadrilla; el “señalero” del buque Almirante anunció una
noticia que produjo consternación profunda: el General Enrique Brouwer había
sufrido un síncope cardíaco y sus médicos no lograban volverlo en sí...
Aquellos hombres rudos, desalmados, sin Dios ni ley, al decir de la época,
hincaron sus rodillas, ante la invitación del Pastor de su nave, y elevaron una
plegaria al Altísimo por la salud de su General.
Tras dos
horas “de ausencia”, Brouwer recuperó sus facultades y el Vice-Almirante
Herckmans, en cumplimiento de su deber, le formuló la pregunta de reglamento:
— ¿Qué
mandáis, señor General?
— ¡Rumbo
a Valdivia!... — contestó, débilmente, y “se durmió tranquilo hasta el
siguiente día”.
La
escuadrilla emprendió su ruta, de vuelta hacia el norte, navegando los canales
trabajosamente, a vela cuando soplaba algún viento favorable y a remolque,
casi, el mayor trayecto; las costas de la Isla Grande, así como las riberas de
las numerosas islas pequeñas, manifestábanse desiertas y ni aun los pobres
ranchos que aparecían de vez en cuando en alguna playa daban señales de estar
habitados; los botes de la escuadrilla atracaron varias veces a esos surgideros
con el objeto de entrar en contacto con los nativos y aprovisionarse de algunos
víveres, pero jamás encontraron “alma nacida" con quien tratar.
Una vez,
sin embargo, creyeron divisar sobre unas cumbres emboscadas, algunas siluetas
humanas que seguramente atisbaban la ruta de la escuadra; el comandante de
la Eendracht, Capitán Crispijnsen, ordenó el desembarco
inmediato de diez hombres y la exploración detenida del terreno; era
indispensable aprehender a alguien que diera alguna noticia sobre el estado o
situación de aquellas provincias, información que se hacía imprescindible para
la escuadrilla, pues ya no había nada que hacer allí y era menester pensar en
avanzar hacia el norte.
El
Teniente Joris, a cuyo mando desembarcaron los diez hombres, recorrió la playa,
los bosques y cumbres cercanos en breve tiempo, y antes de tres horas regresó
al embarcadero trayendo consigo, además de cuarenta ovejas, diez cerdos y otros
víveres, a un soldado español, a una anciana y a dos niños de corta edad que
con ella andaban. El hallazgo era importante y los prisioneros fueron llevados
ante el Vice-Almirante Herckmans para ser interrogados. Aunque el General
Brouwer había salido de su gravedad y continuaba atendiendo, desde su lecho, la
dirección superior de la expedición, no se creyó necesario imponerle este
trabajo que debería ser engorroso y fatigante.
El
soldado español llamábase Juan Mascarenas Souza y declaró ser de origen
portugués, nacido en Quito y de 68 años de edad, 40 de los cuales había servido
en Chile; 7 en Concepción y 33 en el fortín de Carelmapu en cuya defensa había
actuado quince días antes, cuando los holandeses lo asaltaron y destruyeron.
Sin esfuerzo alguno, el soldado Souza dio a los holandeses todas las
informaciones que se le pidieron sobre la situación de defensa en que se
encontraban los territorios del sur del Reino, señalando hasta el número de
soldados con que contaba cada uno de los fuertes diseminados en la frontera
araucana y en la costa.
Declaró
que en Osorno “había mucho oro, pero aun más en Valdivia, de suerte que si
quisieran beneficiar minas no les haría falta el oro”; agregó que los indios
habían llevado antes este metal como adorno, perforando pedacitos nativos del
tamaño de un dedo, en forma de sartas para lucirlos al cuello, a la cintura o
de otros modos. Interrogado sobre si había oro en Castro o en Carelmapu, dijo
el prisionero que no lo había porque los indios no labraban minas desde
cuarenta años atrás, “después de una gran sublevación que hubo”... Souza
referíase al formidable levantamiento de Pelentaru, a principios del siglo
XVII, que tuvo por resultado la destrucción de las siete ciudades del sur; por
último, contestando a las insistentes preguntas que Herckmans hacía sobre
Valdivia y su región, el prisionero dijo que esta ciudad estaba abandonada por
los españoles desde aquella misma gran sublevación y que todos los intentos que
los gobernantes habían hecho por repoblarla, durante cuarenta años, habían sido
inútiles porque los “naturales,, estaban instalados allí “a
firme con sus caciques”.
Las
declaraciones que prestó en seguida la anciana coincidieron, en todo, con las
del soldado; dijo llamarse Luisa Pizarro (el escribano holandés interpretó este
nombre escribiéndolo Louyza Pizara, viuda de un soldado Jerónimo de Truxillo,
natural de Osorno y habitante de la isla Quintiao — lugar donde fue aprehendida
— desde la gran sublevación de los indios; que los habitantes de Osorno “habían
sido muy adinerados” habiendo algunos que tenían hasta trescientos indios de
encomienda a los cuales les exigían que les trajeran cierta cantidad de oro
cada semana, cómo tributo; que a causa de esta y otras cargas, crueldades y
tiranías, los indios se habían levantado, atacado y sitiado a sus amos
osorninos, hasta obligarlos a huir hacia Calbuco, Carelmapu y Chiloé, “los
únicos fortines que en esa región existen desde ese tiempo, cuarenta años más o
menos”; que en Chiloé no se sacaba oro ni plata, “pero que podría adquirirse en
abundancia en Valdivia y Osorno, y por último, que los indios de Valdivia
estaban fortificados para resistir las incursiones de los españoles, a quienes
odiaban y perseguían con encarnizamiento, habiendo establecido una línea de
frontera que vigilaban sin cesar.
Las
noticias eran importantísimas, y una vez que ellas fueron conocidas por el
General Brouwer y por “el gran Consejo” de la expedición — que funcionaba
constantemente—, el General ordenó que la escuadrilla enderezara hacia su
estación de Puerto Inglés, o Bahía Brouwer, en donde se harían los preparativos
últimos para hacer rumbo a Valdivia. Al llegar a Chacao, uno de los botes
exploradores que continuamente se enviaban a tierra en busca de víveres, volvió
trayendo prisionero a un indígena con su mujer e hijos; el indio ostentaba en
la oreja izquierda la insignia de Jefe y fue tratado con toda clase de
deferencias, “y aun con honores”... Al revés de como se había procedido con los
prisioneros españoles para su interrogatorio, el indio “fue sentado en un sitial
frente al vice-almirante” y en esa posición contestó con muchas dificultades a
las preguntas que se le hicieron porque el indio apenas entendía el idioma
español y, por cierto, nada del flamenco. Lo único que se sacó en limpio fue
que el indio prometió volver a bordo con algunos caciques “porque había notado
que los holandeses éramos enemigos de los españoles, de lo cual se alegraba
muchísimo”.
En
efecto, al día siguiente de haber sido puesto en libertad este prisionero,
presentáronse a bordo del Eendracht dos caciques con sus
comitivas, y una vez en presencia del Vice-Almirante manifestaron
espontáneamente haber visto que los holandeses eran enemigos de los españoles y
por lo tanto “amigos nuestros” y querían saber en qué podrían serles útiles.
Herckmans
contestó inmediatamente que, en efecto, los buques venían con el objeto de
hacer guerra a los españoles y que a su bordo traían gran cantidad de armas
para venderlas a cambio de “comida” a los indios de Valdivia y Osorno y a todos
los demás que quisieran contraer amistad con ellos a fin de que en lo sucesivo
pudieran defenderse juntos contra sus dominadores y tiranos. Para demostrarlo,
el Almirante declaró que los barcos estaban preparándose para hacerse a la vela
con rumbo a Valdivia.
— ¿Os
vais entonces? — preguntó extrañado uno de los caciques.
— Antes
de seis días — contestó el Almirante.
— ¿Y nos
dejaréis abandonados a los españoles, que quedarán otra vez señores de estas
tierras...?
El
Almirante quedó sorprendido de la observación del indígena y tras de algunos
segundos de reflexión, insinuó:
— ¿Y qué
querríais que hiciéramos...?
—
¡Llevarnos con vosotros! — contestó al punto el otro cacique—, si es verdad que
sois amigos nuestros, los indios de Valdivia os recibirán alegremente y sin
recelo, si ven que llegáis con nosotros y nuestras mujeres.
El caso
no era fácil de resolver y el Vice-Almirante creyó necesario consultar al
Consejo.
Sonaron
las campanas de la nave almirante y no tardaron en desprenderse del costado de
los demás barcos los bateles que traían a los consejeros; antes de una hora la
resolución estaba tomada: la escuadrilla llevaría a Valdivia a todos los
indígenas de Chiloé que así lo pidieran y con ellos podrían ir también sus
mujeres y niños. La única condición que se les impuso era lógica y
absolutamente necesaria: que cada indígena trajera consigo su alimentación
calculada para treinta días a lo menos, desde el día en que la escuadra
zarpara; también se les pidió que trajeran toda la comida que pudieran para
“trocarla” por armas, a la tripulación de los barcos. A todo asintieron los
caciques y así como bajaron a tierra, “muy contentos", se notó que
empezaba un gran movimiento en las playas de Carelmapu.
A los dos
días de esta “conferencia” llegaron a bordo de la Eendracht otros
dos caciques, uno de ellos el “soberano” de Carelmapu, llamado don Diego, y el
otro el Ulmén don Felipe, de la vecina “regua” de Calbuco. Don Felipe “era
ladino” en lengua española y se expresó con absoluta claridad y en términos que
llamaron la atención del Vice-Almirante:
— Hemos
sabido que tenéis buenas intenciones para mi nación, que estáis dispuestos a
ayudamos contra los españoles y traéis muchas armas para cambiamos a fin de que
podamos mantener nuestra resolución de libertamos de la tiranía de nuestros
enemigos. Dadnos armas y nosotros os daremos toda la comida que queráis.
“Inmediatamente
les fueron prometidos dieciocho sables, dieciocho lanzas y cinco escopetas con
sus correajes, pólvora y plomo’' a cambio de cinco vacas y bueyes, lo que fue
aceptado. Al día siguiente llegaron a los costados de las naves hasta veintiún
indígenas, en sus canoas, transportando sus miserables utensilios de uso
doméstico y los víveres para el viaje; el 6 de agosto se encontraban
distribuidos, en los cinco barcos de la escuadrilla, cuatrocientos setenta
“chileños", entre hombres, mujeres y niños que habían venido a Carelmapu
desde diversos puntos de la región, aun de Castro, para irse con los holandeses
a Valdivia, lamentándose de que la escuadra partiera tan pronto, “porque si
demora un poco más vendría el doble o triple de gente" que deseaba escapar
de los dominadores.
La
partida de la escuadra estaba fijada para el 12 de Agosto, “cumpleaños del
Conde Mauricio de Nassau", día en que habría de hacerse, a bordo de las
naves, una significativa fiesta en recuerdo del promotor y protector de la
empresa. Había necesidad de ultimar ciertos preparativos y el Almirante, desde
su lecho de enfermo, ordenó levar anclas para ir a fondear a Puerto Inglés,
desde donde se partiría hacia el norte.
Al día
siguiente, 7 de agosto, muy de madrugada, los barcos salieron por el Canal de
Chacao y antes de las ocho echaban las anclas en su nuevo fondeadero; no había
transcurrido media hora cuando el Ámsterdam izó su bandera de
guerra a media asta y disparó siete cañonazos. El Almirante Enrique Brouwer
había muerto, inesperadamente.
Sus
últimas palabras, recogidas por su segundo, Herckmans, y por el Capitán
Crispijnsen, habían sido:
— No
tardéis en zarpar hacia Valdivia; conservad mi cuerpo y sepultadme allí...
“A fin de
cumplir su pedido y preservar el cuerpo de una descomposición demasiado rápida
y de la pestilencia consiguiente, se le abrió para extraerle las entrañas, las
cuales se pusieron en una caja que fue enterrada al día siguiente al pie de una
gran roca, en la bahía Brouwer. El cuerpo, después de embalsamado con aromas
diversos, con yerbas y especias, se depositó en el buque.
El 23 de
Agosto, tras de una feliz navegación de cuatro días, la escuadra holandesa
enfrentó la bahía de Corral a cuatro millas de la Punta Galera; como la costa
se presentaba cortada y tortuosa y no soplaba viento favorable, el General
Herckmans — reconocido como jefe de la expedición a la muerte de Brouwer—
dispuso que se aguardara al otro día para enfilar el río Valdivia, cuya boca
distinguían perfectamente.
Habían
llegado, por fin, al término de su viaje, y tenían delante de sí la tierra que
habían salido a conquistar un año antes, desde las dilatadas costas de la
República de Holanda.
Al
amanecer del siguiente día los barcos enderezaron sus proas hacia el puerto y
mediante un fuerte viento del Sur se encontraron en medio de la bahía antes de
dos horas. No divisaron en sus riberas la menor señal que denotara presencia
humana; los impenetrables bosques avanzaban hasta perderse en las aguas marinas
en un admirable connubio de la Selva y del Océano, inmensos, el uno y la otra.
El Orange-Boom el Dolphijn y
el Eendracht situáronse adelante, como barcos de menor calado
y más atrás el Vlissingen y el Ámsterdam, naves
poderosas y pesadas; ya en este orden, el General Herckmans dispuso que la
escuadra emprendiera la entrada al río Valdivia “en cuya desembocadura
encontraron más de una milla de ancho”. Los barcos delanteros avanzaban
lentamente, “con una sola vela”, y los marineros, sonda en mano, iban indicando
la profundidad a fin de prevenir a las naves de retaguardia.
Después
de haber avanzado una milla, los marinos divisaron tres ramificaciones del río;
sin saber cuál de ellas era la que debían seguir — a pesar de que los indios de
a bordo indicaban una— el General ordenó que se fondease, mientras dos bateles
exploraban el río y su profundidad; todas las precauciones imaginables parecían
pocas al General Herckmans en esos momentos en que se encontraba cerca ya de
dar cima a sus proyectos.
La tarde
de ese mismo día, reconocida ya la ruta, la escuadra continuó su avance aguas
arriba, “en derechura y con buen viento”; sin embargo, apenas recorrida media
milla, el Eendracht encalló; casi simultáneamente encallaron
también el Amsterdam y el Vlissingen; el Orange-boom y
el Dolphijn detuvieron su marcha porque no era posible, ni
prudente, que avanzaran solos.
A la
madrugada del día siguiente el Eendracht amaneció zafado, no
así los otros dos buques mayores; no era posible demorar más la travesía y el
General dispuso que dos botes grandes, tripulados por quince hombres cada uno,
avanzaran aguas arriba hasta la ciudad de Valdivia, para conocer su situación;
en estos botes iban también tres caciques y siete mocetones de Carelmapu y de
Calbuco, los cuales habrían de servir de intérpretes y de “introductores"
a los “embajadores" del General holandés.
Los botes
y sus tripulantes regresaron a media tarde con las mejores noticias; los
valdivianos sabían ya, por mensajeros terrestres enviados por los indios de
Osorno y Melipulli, que pronto habían de llegar a Valdivia los holandeses, “con
grandes buques y muchas armas" para ayudar a los naturales a libertarse
para siempre de los españoles. El “soberano" del Calle-Calle, Cacique
Manquiante, estaba esperando el arribo de los buques para entrar desde luego en
negociaciones con sus jefes y “trocar’ armas por comida, de la cual tenían
hecho abundante acopio. Esa misma tarde, horas después del arribo de los botes,
atracaron a la escala de los barcos fondeados en el río varias canoas con no
menos de cincuenta “valdivianos curiosos”, todos los cuales llevaban alguna
comida que negociar con los recién llegados. Los holandeses recogieron veinte
corderos, cuatro cerdos, cinco quintales de maíz y unas cincuentas gallinas,
por todo lo cual dieron tres espadas viejas, cinco puntas de lanza, también
viejas, y varios trozos de hierro.
Los
indígenas aseguraban que estaba llegando a la ciudad mucha gente, que dentro de
un par de días llegaría mucha más, y que toda venía a “negociar' con los
forasteros.
El Ámsterdam
y el Vlissingen continuaban varados, y el
reconocimiento de los buzos indicó que “habrían de esperarse varias mareas”
para que zafaran; se ordenó entonces que los tres barcos pequeños continuaran
el avance al mando del Capitán Crispijnsen, mientras el General Herckmans
quedaba vigilante con los dos buques grandes. Las instrucciones que llevaba
Crispijnsen se limitaban a mantener cordialidad con los nativos y a observar
acuciosamente su actitud, sin bajar a tierra, entretanto se le reunía el General,
con quien debía mantener constante comunicación.
El 28 de
Agosto de 1643, antes de las ocho de la mañana, los buques Eendracht, Dolphijn
y Orange levaron anclas y siguieron avanzando hacia la ciudad de
Valdivia empujados por una suave brisa y escoltados por más de treinta canoas
de los indios valdivianos, los cuales llevaron su entusiasmo hasta ayudar al
remolque de los buques cuando calmaba el viento. Antes de una hora y media se
encontraban los barcos frente a la destruida ciudad de Valdivia; echaron las
anclas al medio del río “frente a la isla de Valenzuela” — la Teja— y mientras
se hacía esta maniobra y se amarraban los buques con largos cables a los
árboles de las orillas, “cada nave hizo seis cañonazos en señal de nuestra
alegría”.
“La
ciudad de Valdivia — dice el cronista de la expedición — fue construida por los
españoles hace unos ochenta años, y tomada y destruida por los indígenas de
Calle-Calle y Mariquina en 1599. Fueron muertos a palos todos los españoles,
exceptuando el Gobernador, a quien aprisionaron e introdujeron oro fundido en
la boca y en las orejas. Después hicieron de su cráneo un vaso y de los huesos
de sus piernas, trompetas, en señal de victoria. De la ciudad destruida
encontramos todavía muchos grandes y fuertes muros; contenía 450 casas con
varias calles y caminos cruzados y además, dos mercados extensos; ha sido una
hermosa población, pero hoy está arruinada, llena de árboles y de plantas
silvestres, de manera que no parece ciudad”.
A medida
que los buques se acercaban a la “ciudad”, se iban reuniendo a la escolta de
canoas que ya traían desde que partieron, muchas más; de modo que cuando se
ordenó fondear, había alrededor de los barcos no menos de ochenta o cien, con
doble o triple número de indios que “clamaban” por subir a bordo, “con muchas
manifestaciones de contento”. En ambas orillas del río se agitaba una multitud
“sobre dos o tres mil nativos, que gritaban destempladamente alzando las manos
mientras otros soplaban largas trompetas broncas y agudas y golpeaban tambores
y ciertas piedras huecas”, muchos se echaban al agua para llegar a nado hasta
los costados de la nave y algunos, más animosos, trataban de trepar por la
cadena de las anclas.
Los
holandeses echaron, por fin, las escalas, y los indios se precipitaron sobre
las cubiertas de las tres naves, hurgándolo todo, muy sorprendidos de la forma
de los barcos; “pero eran muy inclinados a robar y codiciosos de las cosas de
hierro y de metal; todo lo que veían era objeto de su deseo y hasta una brújula
sacaron de su bitácora. Con este motivo fue menester cerrarlo todo y poner los
objetos a cubierto y lo mismo se hizo después, cuando los indígenas venían a
bordo”.
Entre
tanto, el Cacique de Calle-Calle, Manquiante, permanecía en la Plaza principal
de la ciudad “que era el espacio donde antes había un mercado”, rodeado de unos
trescientos indios armados de lanzas, algunos a caballo y a pie los otros; el
Capitán Crispijnsen manifestó su deseo de conversar con él y de recibirlo a
bordo de la Eendracht; pero le fue comunicado que el
“soberano” esperaba que el forastero desembarcara “con todos sus soldados, con
sus armas y en orden militar, para ser acogidos en la ciudad y saludados”.
Crispijnsen tenía instrucciones terminantes en contrario “y se opuso
decididamente" ofreciendo que al siguiente día lo haría el señor General
Herckmans, que era el Jefe de la expedición.
— ¿No
está allí el “mayor": — inquirió Manquiante, cuando le fue comunicada la
respuesta de Crispijnsen.
— Dicen
que el “mayor” viene más atrás — contestó el mensajero. El “mayor” no está en
ninguno de estos buques.
Manquiante
se tiró de un salto del soberbio caballo que montaba y “se salió de la Plaza”
con tranco largo y golpeado, echando una mirada despreciativa sobre los barcos
y sin dignarse chistar una sola palabra.
Una hora
más tarde, todos los indios que habían acudido a curiosear las naves y los que
aun permanecían en expectativa, a las orillas del río, se habían retirado a sus
casas; los holandeses pasaron la tarde y la noche de ese día en un inquietante
aislamiento...
La
extraña actitud de los indios, momentos antes tan amigos, adeptos y contentos
con la llegada de los barcos holandeses, produjo en el Capitán Crispijnsen
justificado recelo y junto con tomar toda clase de precauciones para prevenir
cualquier sorpresa, envió una lancha con un teniente y diez tripulantes para
comunicar a su Jefe el magnífico recibimiento que los' naturales habían hecho a
los barcos en las primeras horas de su llegada a Valdivia y el inquietante y
repentino aislamiento en que le habían dejado a la media tarde de ese mismo
día. El mensajero llevaba instrucciones para explicar, con detalles, la causa
aparente de tal actitud, que no podía ser otra que la negativa del Capitán
Crispijnsen para bajar a tierra “con su gente armada” y presentarse a rendir
acatamiento al Cacique Manquiante, “soberano” de Valdivia.
Cuando
Herckmans conoció todos los antecedentes, meticulosamente narrados por el
Teniente Joris, determinó su actitud sin vacilar; para el éxito de su cometido
era menester dar a los naturales las más amplias pruebas de que los holandeses
y su escuadra eran amigos y que empezaban por reconocer la “personería” de sus
huéspedes, de quienes iban, sencillamente, a solicitar alianza contra los
españoles, el enemigo común.
Las
naves Ámsterdam y Vlissingen continuaban
varadas en los bajos frente la Isla del Rey y por lo tanto no podían avanzar
hasta la ciudad; tampoco quería Herckmans demorar la solución del “incidente
diplomático” esperando que las mareas “zafaran” esas naves quién sabe cuándo;
de modo que esa misma tarde dispuso que se preparara la falúa de gala de la
almiranta para partir en ella al siguiente día. La embarcación del mensajero
regresó a Valdivia esa misma noche para comunicar a Crispijnsen la resolución
de Herckmans, con órdenes para que este capitán se pusiera al habla con el
“soberano” y le anunciara que el Jefe de la Expedición se presentaría ante “su
alteza” a la hora en que quisiese recibirle...
Al
recibir tal mensaje, Manquiante tuvo la discreción de no hacerse rogar y
dispuso que toda su gente se reuniera en la Plaza de Valdivia, desde la
madrugada del otro día, para esperar la llegada del Jefe holandés; y tan pronto
como se le avisó que había reunidos unos cientos cincuenta hombres “de lanza” y
otros tantos a caballo, se presentó en la Plaza, caballero también, en su
animoso corcel favorito, colocándose en el sitio de honor que le correspondía.
Entre
tanto, ambas riberas del río empezaron “a cubrirse de pueblo” como el día
anterior, y a eso de las ocho o nueve de la mañana del día 29 de Agosto, casi
toda la población de Valdivia y alrededores aumentada con la gente que había
llegado y continuaba llegando por tierra de Osorno, Calbuco, Carelmapu,
Mariquina y hasta de Villarrica para conocer y “negociar” con los forasteros —
encontrábase agrupada frente a la ciudad o hacinada como racimos en el ramaje
de los árboles orilleros. El “cronista” de la expedición, que en esos días
“actuaba” a bordo del Dolphifn, afirma que “jamás he visto
mayor copia de gente natural reunida, ni para combatir, ni para celebrarnos”.
Cerca de
las nueve de la mañana se dibujó en el horizonte de las aguas del río “el
yate" del Almirante, seguido de tres lanchas, todos empavesados; “el señor
General Elias Herckmans quiso venir con la mayor majestad a saludar al señor
Cacique don Juan Manquiante y trajo consigo dos compañías de ochenta hombres
cada una, con todas sus armas, para hacer honores al Soberano de Calle-Calle y
a la bandera de su propio Soberano el Príncipe de Orange, Regente de los Países
Bajos, y al estandarte del Conde Mauricio de Nassau, Protector de la Expedición
y Gobernador del Brasil, que flameaban en los trinquetes”.
Seguían
las aguas de estas embarcaciones no menos de cien canoas, cada cual con “uno,
dos y hasta tres indios”, que pretendían inútilmente subir a las lanchas, pues
los soldados tenían orden de impedírselo “con buenas frases”, sin que tal
amabilidad obstara para que insistieran con “cargosidad”. En esta porfía,
varias canoas “zozobraron” y sus tripulantes hubieron de salir a nado hasta las
orillas.
La
llegada del yate almirante a la punta de la Isla de Valenzuela fue anunciada
con sendas salvas de cañonazos por los buques fondeados, y con los hurras de
sus tripulaciones formadas en cubierta o “encaramadas” en las vergas y cofas;
por su parte, “los trompeteros” de todos los barcos desgarraban la atmósfera
con sus tocatas desacordes, destempladas y extravagantes cuyos ecos repercutían
a la distancia quebrados por el bosque selvático y por las rocosas hondonadas.
El yate y
las embarcaciones de su escolta atracaron a la orilla “en un buen fondo de
agua” y los puentes, echados con rapidez, dieron paso al Almirante y a las
tripulaciones, las cuales en cortos momentos quedaron “formadas en guerra” no
sin tener que apartar con energía a la muchedumbre de indios “curiosos” que
querían invadir la formación... Avanzó el General Herckmans, “vestido con todas
sus insignias”, espaldeado por los altos señores del Consejo y sus capitanes y,
tras de no pocos esfuerzos, llegó' al centro de la Plaza en donde permanecía
inmutable “el señor” de Calle-Calle, siempre montado en su caballo, con una
larga lanza en su mano derecha y rodeado, en semicírculo, de unos trescientos
hombres “de a pie y de a caballo”.
Al
enfrentarse con el Cacique Manquiante, a unos quince pasos de distancia, el
Jefe holandés y su escolta formularon una reverencia “de corte"...
Manquiante permaneció erguido; avanzaron los holandeses algunos pasos más y en
este momento se desprendió del grupo que rodeaba al “soberano” uno de sus
“ministros” y, acercándose al General Herckmans, le preguntó, “en muy mal
español”:
— ¿Quién
es el “mayor”?.
— Yo soy
— respondió al punto Herckmans — ¿Es aquél vuestro Soberano? — preguntó a su
vez, mostrando al indio que estaba montado adelante de todos.
— El es —
asintió el mensajero, al mismo tiempo que corría hasta el Cacique Manquiante
comunicándole, a gritos, que el “mayor” de los holandeses encontrábase en su
presencia.
Ante esta
noticia el “señor” de Calle-Calle se echó diligentemente de su caballo y avanzó
“al trote” hacia el Almirante, “alargándole” su diestra en señal de amistad.
Herckmans insinuó hacer presentación de sus compañeros del alto Consejo, pero
Manquiante se empeñó en permanecer inmutable, hierático, sin dignarse echar ni
siquiera una mirada sobre la brillante comitiva del Jefe forastero. Sólo
de T z en cuando sus ojos posábanse sobre las correctas
filas de moldados holandeses cuyas picas, yelmos, y espadas radiaban heridos
por los rayos del Sol.
A lo que
a Herckmans pareció, el Cacique Manquiante no entendía una palabra en idioma
español porque no contestó jamás a ninguna de las preguntas “de cortesía” que
el forastero le dirigió; sólo algunas veces intervenía el “ministro” para
chapurrear alguna frase que pocas veces llegó a descifrar el Jefe o alguno de
su comitiva que hacía de intérprete. Pero había necesidad de hacer algo, y sin
más preámbulo Herckmans extrajo de su acordonado
Jubón un
rollo y antes de darle lectura, "dirigió al Cacique valdiviano una
excelente arenga y alocución a fin de darle a conocer el objeto que los traía y
cuán fácilmente podían defenderse, con las conquistas hechas por los holandeses
en el Brasil, de sus actuales dominadores, y recibir de allí toda clase de
armas y mercaderías".
Poco
efecto causó a los indios esa arenga, porque no la entendieron;…pero en seguida
Herckmans entregó al Cacique Manquiante “una carta credencial firmada por su
Alteza el Príncipe de Orange, la que fue leída primero e interpretada después
por uno de los indios de Carelmapu y cuyos términos gustaron muchísimo al
Cacique y a todos los indios”. No apuntan los documentos que me sirven de guía
y 'los de consulta que tengo a la mano, qué decía la carta credencial del
Príncipe de Orange; me figuro que no se diferenciaría mucho de las que enviaban
los reyes de España a los mismos caciques de Arauco llamándolos a la concordia
y a la paz, con la terminología ampulosa y poco inteligible que se empeñaban en
usar los escribanos para no ser entendidos por nadie.
Si los
términos de la carta credencial gustaron mucho, más satisfacción produjo,
seguramente, el acto que vino en seguida; "adelantóse el señor General
Herckmans hacia el Cacique y le ofreció dos espadas y una larga y hermosa lanza
que enviaba el Príncipe de Orange al soberano de Valdivia, en señal de amistad
y de alianza”; ante tamaña gentileza, el cacique Manquiante salió de su mutismo
y expresó al “embajador” un discurso “que duró más de una hora”, al decir del
cronista de la expedición; lo malo fue que ninguno de los holandeses entendió
una palabra, no sólo porque el orador pronunciaba su r-renga en su cerrado
idioma nativo, sino porque permaneció durante todo el discurso sin hacer ademán
alguno que diera lugar a interpretar “por las señas" lo que estaba
diciendo. Evidentemente, el discurso era de agradecimiento, porque los indios
oyentes “lanzaban de vez en cuando una voz, para corear a su amo, y esto
parecía ser una señal de agrado”.
Con el
obsequio de las espadas y de la lanza “del Príncipe de Orange”, el Cacique
valdiviano abandonó, al parecer y definitivamente, su actitud orgullosa e
indiferente; cuando dio término a su largo discurso "aparecieron varios
indios con sendas botijas de chicha, llamada también cawau, que
es la bebida de los chilenos, la cual bebida se empeñaron en hacer que bebieran
nuestro general y los señores del Alto Consejo, ofreciéndola en pequeños vasos
de greda; también trajeron como veinte animales de diversas clases, como
obsequio, todo lo cual fue aceptado y muy bien agradecido. Días después supimos
que la chicha o cawau se prepara de esta manera: toman maíz
que se ha tostado en la arena o también sin cocer; éste es mascado por sus
mujeres y echado en seguida en una olla grande con agua, añadiéndole algunas
raíces de árboles. Todo esto se abandona a sí mismo por uno o dos días hasta
que fermenta cual cerveza; entonces adquiere color blanco o colorado y el sabor
de un vino agrio”...
¡Se
imaginará el lector la cara que pondrían los holandeses cuando recordaron que
habían tenido que "brindar” con tal brebaje!
Terminada
la “corrida” de cawau, el Almirante creyó oportuno explicar con un
poco de detenimiento a la concurrencia, compuesta ya de unos mil quinientos
indios de guerra, “fuera de pueblo”, el motivo de la presencia de sus naves en
Valdivia. Por medio de un indio de Carelmapu que hizo de intérprete, Herckmans
dijo que en su patria, los Países Bajos, situada a mucha distancia de esta
comarca chilena, habíanse sabido y conocido las proezas de los valdivianos,
desde un siglo atrás, contra los españoles por mantener su libertad; que los
holandeses, igualmente, habían estado en guerra con los españoles durante
ochenta años, a fin de recuperar también la misma libertad, la cual, no
solamente la habían conseguido ya, sino que, con la bendición de Dios, habían
ensanchado también sus límites de tal manera que los Países Bajos eran dueños
de siete provincias del Brasil, país situado muy cerca de Arauco, y desde donde
podían llegar a Chile, en menos de dos meses, trayendo todo lo que necesitasen
los valdivianos para hacer la guerra a sus actuales dominadores; que durante
largos años los holandeses tenían el propósito de llegar a Valdivia, pero que
siempre habían tenido inconvenientes graves, por tener que atravesar regiones
desconocidas y de enemigos; que con el amparo de Dios lo realizaban ahora, para
pedirles una alianza contra el enemigo de ambos pueblos, para lo cual traían
mucha artillería y diversas armas europeas, como ser escopetas, lanzas, sables,
pólvora, plomo y diferentes mercaderías, todas para comerciar aquí a cambio de
comida.
Los
indios “saltaban de gusto” al oír de boca del intérprete los diversos períodos
de la exposición del General holandés, y estas manifestaciones culminaron al
final, cuando los escribanos de la expedición “distribuyeron entre los caciques
allí reunidos y sus ayudantes y ministros, una, carta particular del Serenísimo
Príncipe de Orange para cada uno de ellos, la cual se hacían leer y traducir
por sus propios connacionales, terminando todos por besar la carta,
felicitándose por el arribo que desde países tan lejanos habíamos hecho aquí,
para proporcionarles armas y asistirlos contra la fuerza y la tiranía de los
españoles”.
El
General Herckmans quiso aprovechar del entusiasmo de sus huéspedes para
arrancarles una promesa solemne “y ver si eran sinceros en ello”; manifestó al
“soberano” de Calle-Calle y a los demás caciques principales que los víveres de
la escuadra eran escasos y pidió que se los proporcionaran, luego, en
abundancia.
Avanzó
hacia el centro un mocetón “alto y membrudo” que se hacía entender bien en el
idioma español; era el “señor" de Mariquina, don Pedro Antivilo, y dijo,
con acento cortante y enérgico:
— Te
aseguro, señor, que todos queremos darte carneros, puercos, animales vacunos y
otros alimentos en abundancia; pero debes pagar inmediatamente con armas y
otras cosas de las que traes; te aseguro también que no recibirás ni siquiera
una gallina sin que el pago se haga al instante y en caso de que te niegues,
mejor será que partas mañana mismo con tus barcos...
Un poco
desilusionado quedó el General con las palabras del indio, pero no lo dio a
entender, y contestó “derechamente” afirmando que el cambio de armas por comida
se haría “desde luego y mano a mano”; la respuesta satisfizo a los nativos y
así lo manifestaron con grandes algazaras y continuos toques de “chirimías, al
son de las cuales bailaban”.
Eran ya
cerca de las tres de la tarde cuando el General dispuso el embarque de la
gente, habiendo ordenado, ante todo, que quedaran en tierra todos los indios,
con su mujeres y niños, que habían venido de Carelmapu, Calbuco y Chiloé;
Manquiante entregó a estos indios la plaza donde antes se levantaba uno de los
mercados de la antigua ciudad de Valdivia y allí hicieron sus ramadas los
forasteros.
Momentos
antes de dar la orden de retirada, el General, que hasta ese momento, por
intermedio de sus intérpretes, encontrábase en amigable consorcio con sus
huéspedes — quienes habían llevado su obsequiosidad hasta ofrecerle asiento “en
un buen tronco”, creyó oportuno intentar un paso más de avance en sus
relaciones “diplomáticas” con los valdivianos. Habíales manifestado ya que el
Poderosísimo señor General de los Países Bajos, su Alteza el Príncipe de
Orange, ofrecíales una alianza ofensiva y defensiva con el objeto “de asistir a
los chilenos y de ayudarlos en caso de un ataque de los enemigos” y había visto
que todos los caciques estaban en el más perfecto acuerdo, y muy contentos,
prometiendo firmemente que ellos vendrían en su auxilio tan pronto como los
holandeses fueran atacados por los españoles. No faltaba sino dar forma
efectiva a este acuerdo y el General insinuó que se le escribiera en un papel
“que señalarían ambas partes: el señor General, en nombre del Príncipe, y los
“señores” de Chile, por los valdivianos”.
Hízose el
silencio en tomo del General y poco a poco los diversos caciques “se juntaron
allí cerca para acordarle” en la respuesta; pero antes de que este acuerdo se
produjera, allí en la “junta”, el mocetón de la Mariquina, don Pedro Antivilo,
se plantó nuevamente cerca del General holandés y le dijo, siempre en su tono
cortante, seco e irreplicable:
— ¡No
entendemos de eso, ni ha sido nuestra costumbre señalar papeles!
“Y
declararon, agrega el cronista de la expedición, que tomaban los discursos
pronunciados por una y otra parte por suficientes en cuanto a ellos y también
en virtud de la carta que les había enviado su Alteza el Príncipe de Orange, la
cual querían guardar como un verdadero documento”.
— Estos
hombres pretenden traicionamos, señor General — dijo en voz baja el Capitán
Crispijnsen, acercándose a su jefe— : andad con cuidado, y retirémonos por
ahora.
Herckmans
deseaba llevarse alguna prueba tangible del acuerdo de amistad a que, en su
larga conferencia, había llegado con sus huéspedes y no se descorazonó con la
respuesta concluyente del indio Antivilo; echó una mirada de inteligencia a su
prudente compañero y dirigiéndose al indio, que permanecía aún frente a él, le
dijo afablemente:
— Señor,
nuestra amistad debe empezar desde ahora mismo a producir sus frutos; confío en
vosotros; pero debemos prepararnos para la defensa contra los ataques de
nuestros enemigos con las armas que traemos; es posible que en este momento los
españoles se preparen para atacamos desde sus fuertes de Imperial y Cautín y
considero necesario que fortifiquemos estas posiciones.
— ¿No son
bastantes los soldados que tienes, los cañones de los barcos y nuestros
mocetones?... — interrogó Antivilo, echando la mirada sobre la multitud.
— Buenos
son todos ellos, pero hace falta un fuerte en tierra con cañones más grandes
que los que habéis visto en los barcos.
— Y esos
cañones, ¿dónde están?
— En las
bodegas de nuestros buques, esperando que vosotros indiquéis dónde debemos
colocarlos; decidlo, y mi gente, ayudada por la vuestra, empezará mañana mismo
la construcción de una fortaleza capaz de resistir la fuerza de todos los
españoles de Chile.
El
pensamiento del Cacique de Mariquina, al oír tales palabras, corrió a parejas
con el pensamiento del Jefe holandés al pronunciarlas; éste pretendía
fortificarse en Valdivia contra los españoles y contra los indios, si éstos
pensaban en traicionarlo; Antivilo, a su vez, no rechazaba la idea de poder
caer sobre los holandeses, en tierra, si el pensamiento de ellos era
establecerse en la región y subyugarla de acuerdo, tal vez, con los
españoles...
— Puedes
bajar vuestros cañones — pronunció Antivilo, después de haber cruzado algunas
palabras con el “señor” de Calle-Calle y otros caciques— . Elige el sitio de la
fortaleza y nuestros mocetones te ayudarán a levantarla.
Herckmans
consideróse triunfante; larga y fatigosa había sido su primera entrevista con
los “señores” de Valdivia, pero mediante su tacto había conseguido de ellos,
voluntariamente, lo que pensaba llevar a cabo por la fuerza si hubiere sido
necesario, para dar cumplimiento a la comisión que le había encargado el Conde
Mauricio de Nassau.
Retiróse
a bordo, seguido de todos los suyos, en medio del "general contento”, y
esa noche, reunido el Alto Consejo de la expedición a bordo del Eendracht,
el Almirante pidió que se dejara constancia “de que la Expedición Holandesa del
señor General Enrique Brouwer, a quien el Altísimo llamó a sí, prematuramente,
había logrado su objeto de establecer una primera factoría en el Pacífico,
región de Baldivien, por voluntad de los mismos nativos, quienes serán tratados
como hermanos menores nuestros, atendiendo a que la nación es inteligente y que
merece ser tratada por medios apacibles”.
En
seguida el General Herckmans pidió al Consejo que le autorizara para levantar
un fuerte a las orillas del río Valdivia y en el centro de la antigua
población; “el Alto Consejo dijo que sí, que le autorizaba porque lo veía
conveniente, aunque de este parecer no participó el Alto señor Consejero,
Herbert van Crispijnsen, Capitán de la Eendracht.
Al otro
día, muy de mañana una compañía del buque Dolphijn, al mando
del Teniente Johan van Loon, bajó a tierra y eligió el sitio donde iba a
levantarse la fortaleza flamenca; junto al herido que debía contener la primera
piedra fundamental, se abrió una fosa de dos metros de hondura, en la cual, por
disposición del Consejo, debían ser sepultados los restos del Almirante Enrique
Brouwer, fallecido en Puerto Inglés un mes antes, y para cumplir la última
voluntad del infatigable promotor de la grandeza de Holanda en las costas
australes del Pacífico.
El día 16
de septiembre de 1643 fueron sepultados al lado de la primera piedra del fuerte
en medio de la expectación reverente de más de cinco mil hombres, holandeses y
valdivianos, y con grandes ceremonias fúnebres, los restos embalsamados de
Enrique Brouwer; y tras un día de duelo, se dio principio, con actividad
extraordinaria, a la construcción de la fortaleza que, en opinión de Herckmans
y del Alto Consejo, había de cimentar para siempre el dominio de Holanda en las
costas chilenas.
Los
“mocetones" valdivianos no cumplieron, sin embargo, su promesa de trabajar
en las faenas del fuerte...
¿A qué se
debió esta nueva “reculada" de los indios, tan contentos, tan
entusiasmados con la llegada de los forasteros, sus “aliados", y tan
resueltos a ayudarlos en la defensa contra el común enemigo?
Fue
sencillamente una imprudencia incalificable del “tesorero” del buque Ámsterdam Bautista
Heyns, la que hizo siempre de todos los “huincas” u hombres blancos, así fuesen
españoles holandeses o ingleses. Si bien los indios valdivianos estaban
perfectamente informados por sus compatriotas de Calbuco, Carelmapu y Chiloé,
de que los recién llegados holandeses habían atacado y reducido a la inacción a
los españoles, destruyéndoles sus fuertes y pasando a cuchillo a sus defensores
aun habían protegido decididamente a los chilotes, embarcándolos en sus naves
para traerlos a Valdivia; y también los habían visto rendir acatamiento a los
caciques de Calle-Calle y ofreciéndoles amigables presentes, los indios,
repito, desconfiaban de todos los extranjeros.
El lector
ha visto que el “señor” de Mariquina, “don" Pedro Antivilo, habíase
mostrado desde el primer momento como el cabecilla de los desconfiados,
adoptando una actitud asaz severa, seca, cortante, con Herckmans y su Consejo,
el día de la entrevista del Jefe holandés con el soberano de Calle-Calle, y que
al aceptar que los forasteros levantaran un fuerte en el centro de la ciudad de
Valdivia, escondía mañosamente la intención de atraerlos a tierra para caer
sobre ellos en un momento propicio, si veía en los recién llegados la intención
de establecerse a firme en la región, contra la voluntad de sus pobladores.
Por otra
parte, un buen, numero de caciques se manifestaron francamente descontentos,
también, de la construcción de esta fortaleza y no ocultaron su temor de que
los forasteros no persiguieran otro propósito que el de quedarse
definitivamente en Valdivia y someter por las armas a sus naturales. Según
estos caciques, la imprudencia de Antivilo sólo tendría por resultado cambiar
de amos: si antes dominaban los huincas españoles, con la construcción del
nuevo fuerte dominarían ahora los huincas holandeses.
El primer
resultado de esta divergencia fue que los caciques de Reumen, de Chihuinco, de
Llancahue, de Collileufu y “siete u ocho más”, se retiraron de Valdivia con sus
mocetones, y que otra parte se manifestara muy hostil contra los indios de
Carelmapu y de Calbuco a quienes culpaban de haber traído a Valdivia a los
holandeses. A tal extremo llegó este descontento y antipatía de los valdivianos
contra sus connacionales de Chiloé, que a éstos “se les hizo imposible la
vida”, y pidieron a los holandeses que los volvieran a sus tierras “porque allí
morirían”.
De más
está decir que, producida esta situación, no debían esperar los holandeses una
formal cooperación de los indios para los trabajos de construcción de su
fortaleza y en efecto, así fue; al tercer día de empezadas las obras de los
trescientos indígenas que habían concurrido a ellas para desembarcar los
materiales, o para cortar y transportar maderas, o para cavar los fosos, sólo
aparecieron la mitad; al cuarto día “menos de la tercera parte”, y al décimo,
ninguno...
— ¿Lo
estáis viendo, señor? — dijo en los primeros días el Capitán Crispijnsen a su
Jefe— estos salvajes preparando estarán cualquier desaguisado y quiera el
Altísimo que no nos den una noche de éstas, una desagradable sorpresa.
Prevenido estaré y creo que haréis bien en prevenir también a nuestros
capitanes para que velen con sus hombres, y se doblen o tripliquen las guardias
y centinelas.
— No me
descuido, Capitán Crispijnsen, había contestado Herckmans— ; ya he ordenado a
Joris van Loon que vigile en tierra con su compañía de arcabuceros y a los
capitanes para que atalayen los barcos que habrán de pernoctar, desde ahora
fondeados al medio del río. No me perdonaría que estos salvajes nos dieran una
sorpresa de traición con daño.
Ocurría
esto el segundo día de trabajo, cuando ya se manifestaba evidente descontento
entre el elemento indígena que trabajaba en las faenas del fuerte; y al otro
día en la tarde, ocurrió el hecho, imprudente por demás, que vino a precipitar
la crisis, y al cual me he referido más arriba.
El
tesorero, o “comisario” de la expedición, que embarcaba a bordo del Ámsterdam, tenía
la obsesión de todo tesorero: el ajuste de sus cuentas; pero Bautista Heyns —
ya dije que éste era su nombre— la tenía elevada al cubo. Celoso, hasta la
exageración, del “financiamiento” de la empresa, toda su preocupación era, no
solamente de que anduvieran balanceados el debe y el haber, sino que hubiera
superávit...
— Heyns,
no lo esperes — decíale Herckmans, cada vez que el comisario representaba a su
Jefe la escasez de los víveres y el vencimiento de los “réditos” que iban
aumentando el capital invertido por la Compañía Holandesa de las Indias
Occidentales, principal acreedora de la expedición— . Mientras no quedemos
establecidos a firme en esta factoría y podamos dedicarnos en paz a la
explotación de los productos de la tierra no habrá réditos que pagar, ni
capital que amortizar. Tened paciencia, que al fin todo se arreglará.
Pero
Heyns no entendía de esto y su preocupación era la de encontrar oro, único
producto que podía justificar rápida y efectivamente la inversión de los
fuertes aportes de la Compañía.
Obsesionado
por esta idea, y juzgando que los indios valdivianos estarían convencidos ya de
la amistad de los holandeses, se aventuró un día a decir a un “mocetón” de
Osorno, que le había propuesto “trocarle” una vaca por un trozo de hierro
viejo.
— Te daré
el hierro, más un machete nuevo, si en vez de la vaca me traes oro...
—
¿Oro...? — repitió el mocetón abriendo los ojos “espantado”.
—
¡Oro!... Sí: ¡oro!; por lo menos que me digas dónde lo hay; dónde están las
minas...
El indio
no contestó nada; dio vuelta la espalda y enderezó, no sin marcado
apresuramiento, hacia un grupo de sus compatriotas que forcejeaban en
trasportar un grueso "tronco sostén” para el fuerte. Díjoles algunas
palabras y en pocos instantes todos los indios dejaron su tarea y formaron un
círculo de donde salieron pronto voces golpeadas y enérgicas. Antes de cinco
minutos, el grupo de indios había aumentado al doble y su actitud distaba mucho
de ser pacífica.
El
Comisario Heyns había seguido con la mirada todo este movimiento, y sea porque
no se diera cuenta de la importancia que ello podía tener, sea porque la
obsesión del oro no le dejara discernir, quiso tener una respuesta concreta
sobre lo preguntado al mocetón osornino. Llegóse a paso largo al grupo en donde
veía a su mocetón “y con prudentes palabras” no sólo insistió en sus preguntas,
sino que “creyó oportuno explicarles que uno de los objetos e intención con que
habían venido los holandeses era cambiar las muchas armas que traían por oro,
porque habían oído que se hallaba en abundancia en varias partes de la región”,
pidiéndoles, por último, que se lo trajeran, o dijeran dónde estaban las minas.
Un
silencio con ribetes de trágico siguió a las palabras del Tesorero, quien, sólo
en ese comprometido momento vino a darse cuenta, por la actitud de persistente
recelo de los indios, de que con sus indiscretas averiguaciones estaba poniendo
en peligro no sólo su vida en esos momentos, sino el éxito mismo de la
expedición cuyos intereses él quería salvaguardar.
Del grupo
surgió la voz de un indio viejo que, al decir su primera palabra “en entendible
español”, atrajo la atención de todos.
— Nada
sabemos de minas de oro — dijo el indio—, porque desde muchos años no se ha
sacado, ni comerciado, ni labrado objetos con él. Tampoco queremos saber nada,
ni que se hable de eso entre nosotros, porque los viejos recordamos bien los
daños que los españoles nos hicieron para que les lleváramos oro...
—
¡Cortaban las narices!... — agregó uno, mostrando rabiosamente su faz
mutilada...
— ¡Y las
orejas!... — agregaron varios, en un murmullo inquietante.
— ¡Nadie
hable de oro! — mandó otro.
Y luego
un bronco grito o alarido general hendió los aires, y veinte, cincuenta y cien
brazos empuñados se erizaron sobre las cabezas enmarañadas. El “comisario”,
intensamente pálido, temblando en su interior, pero ocultando el temor pavoroso
que le invadía, alzó también sus manos extendidas para calmar esa ola
aplastante que amenazaba caer sobre él. Con sus ademanes pacíficos, casi
suplicantes, logró que los más cercanos dejaran de gritar, dispuestos a oírle.
—
¡Calmaos!... ¡calmaos!... oídme... oídme...
— ¡Nadie
hable de oro!... — gritó de nuevo un grupo.
Era
inútil pretender que esos salvajes que por momentos iban ensoberbeciéndose ante
un hombre inerme, quisieran oír o aten dieran, siquiera, las más tranquilas
explicaciones; lo comprendió así el Comisario, y no pensó sino en escurrir el
bulto lo más presto posible.
— ¡Nadie
hable de oro!... — continuaba gritando, empero, los semi amotinados salvajes, a
medida que ellos avanzaban y el Comisario retrocedía, con las manos siempre en
alto, y tratando inútilmente, de hacerse oír.
— ¡No
oro!... ¡No oro!... — insistían, dando patadas en tierra y abofeteando hacia el
cielo.
Los
continuos gritos y la paralización de la obra que esos indios estaban haciendo,
llamaron la atención de los otros grupos que a la distancia trabajaban en las
diversas faenas, y no tardaron los soldados holandeses en darse cuenta de la
crítica situación de su compatriota; era plena tarde y pleno sol, y en pocos
momentos el Tesorero se encontró rodeado de los suyos, alejado ya de los indios
hostiles que, tal vez por indicación de alguno de sus mismos compañeros,
desistieron de continuar la persecución lenta, pero no por eso menos
inquietante y peligrosa del celoso “facendista” flamenco.
— ¡Qué
has hecho, señor bellaco! — increpó Herckmans a Bautista Heyns cuando éste
relató a medias el incidente y su causa. Te has librado de quedar descuartizado
por los indios, pero no te librarás de los quince días de cepo en que te
condeno desde este momento. ¡Llevad a este loco a la gavia de proa — ordenó—, y
dejadlo allí hasta mañana!
“E
inmediatamente se encaminó el Almirante hacia el grupo de aquellos indios
encolerizados y les dijo que no hicieran caso del tesorero, diciéndoles,
además, que los holandeses no querían oro en la forma que lo exigían los
españoles, sino comprarlo, si los indios lo tenían, con las armas y objetos que
traían en los buques; que no pedían tributos ni impuestos en oro y que nadie
estaba forzado a traer cierta cantidad, ni al día, ni a la semana, sino que lo
trajeran si lo querían o si no, que trajeran animales y víveres para cambiar
por hierro y armas".
Nada
contestaron los indios, “ni en pro ni en contra”, pero seguramente su actitud
la tenían resuelta ya. Disimularon, sin embargo, y prometieron al Almirante
continuar trabajando como antes, lo que hicieron en efecto, logrando que el
jefe holandés y sus capitanes creyeran que el incidente del Tesoro Heyns estaba
terminado.
Dos días
después de estas ocurrencias reunióse el Alto Consejo a bordo del Eendracht, y
después de larga deliberación sobre lo sucedido y sobre la actitud que la
escuadra debía adoptar para conservar, avanzar y cimentar las “conquistas’'
alcanzadas por la expedición, acordó, siempre con el parecer contrario de
Crispijnsen, que se enviara uno de los barcos al Brasil ‘‘a fin de informar a
Su Excelencia, el señor Conde Mauricio, y a los señores del Consejo del Estado,
de los lugares y circunstancias de Chile y Valdivia, y a pedirles que enviaran
a estas costas una escuadra compuesta de diez barcos y de tres yates con
ochocientos hombres, marineros, artillería y municiones, con los cuales y con
la ayuda de los chilenos se podría subyugar a toda la comarca, sin tener que
temer a las fuerzas enemigas del mar y de tierra, y aun podría ocurrir que se
sublevara no solamente todo Chile sino la mayor parte del Perú".
Y como el
único que estaba en desacuerdo con esta resolución era Crispijnsen, designaron
a este mismo capitán para que desempeñara esta importantísima comisión,
“dándole para ello el buque Ámsterdam con ochenta hombres de
equipaje”. Crispijnsen aceptó el encargo y desde esa misma noche empezó los
preparativos de su viaje a las costas brasileñas. El 16 de septiembre
despidióse Crispijnsen del Almirante Herckmans, de los demás capitanes y consejeros
y se trasladó a su nuevo buque que permanecía fondeado a tres millas de la
ciudad.
Diez días
llevaban de trabajo las faenas del fuerte, y ya estaban cavados casi todos los
fosos y levantados “algunos lienzos de murallas”, cuando los indios empezaron a
retraerse de nuevo en acudir al toque de la campana que los llamaba al trabajo
apenas se insinuaban los primeros rayos del Sol. Esta vez, al parecer,
respondían a una orden general, porque antes de tres días la enorme mayoría de
trabajadores había desparecido juntamente con sus mujeres, y lo mismo habían
hecho los habitantes de la ciudad y alrededores de Valdivia. Y lo más grave era
que tampoco acudieron en la proporción de otros días a llevar víveres a los
barcos para “trocarlos” por armas, comercio que producía a los holandeses “de
cinco a diez animales grandes y chicos diariamente”, con lo cual, además de
aprovisionar de víveres frescos a la tripulación “los nuestros hacían algún
almacén de carne salada y cecinas para lo futuro; llegó un día en que los
ecónomos de los cuatro barcos reunieron apenas siete gallinas”.
Junto con
esto, el Almirante empezó a recibir las más extrañas y alarmantes noticias: “un
chileno informóle que el cacique de Villarrica, llamado Curewaung, se hallaba a
corta distancia de allí con dos mil hombres, y que venía a “saludar” al
Almirante, trayéndole distintas clases de animales, y que lo invitaba a salir a
encontrarlo”...
Un
prisionero de los holandeses, español, cogido en la campaña anterior de
Carelmapu y Chiloé, advirtió al Almirante que mientras andaba por las orillas
del río Colico había oído que algunos indios valdivianos hablaban de que el
Cacique de Mariquina, Antivilo, tenía juntas mil lanzas con el objeto de unirse
a los españoles de Concepción e Imperial, a fin de atacar por sorpresa a los
holandeses por tierra y por mar, pues aquel Gobernador tenía listos en ese
puerto tres barcos armados para venir a Valdivia, sabedor de que los piratas
habían asentado sus reales en esta región.
Muchas
otras informaciones llegaron a oídos del Almirante, y aunque todas no eran del
calibre de las otras, hubieron de alarmarlo y con razón. De modo que cuando
advirtió la actitud nuevamente recelosa de los valdivianos, que no sólo le
negaban su concurso de brazos para continuar el levantamiento de la fortaleza,
sino que también la provisión de víveres, resolvió afrontar la situación,
aclararla y tomar el toro por las astas, si era preciso.
Sin hacer
aspavientos de ningún género ni adoptar ninguna medida extraordinaria que
hiciera dar sospechas a su “amigo” el soberano de Calle-Calle envió a decirle
que lo esperaba a bordo del Eendracht para ofrecerle “el
obsequio de una merienda en su honor, ante cuya promesa Don Juan Manquiante
vino en seguida con sus ministros y mujeres”. Una vez que la comida hubo
terminado, y cuando el Cacique y los suyos estaban para retirarse, reunidos en
la cubierta del barco, Herckmans pidió a Don Juan que cumpliera su promesa de
enviarle víveres, “pues en los últimos días no habían recibido nada”; recordóle
que el Príncipe de Orange había ofrecido a los chilenos su amistad y alianza, a
cambio solamente de esos víveres que a la expedición eran indispensables,
mientras los holandeses pudieran conquistarlos de los españoles, por las armas;
y que una vez que esto ocurriera ellos no los molestarían más, y cada cual se
buscaría sus medios de vida mediante el trabajo de la tierra y la explotación
de las minas de oro que encontraran; que en el trabajo de estas minas no
ocuparían a los nativos pues luego llegarían del Brasil muchos hombres a
trabajarlas...
— ¿A
buscar a esos hombres fue el buque que mandaste hace algunos días? —
interrumpió el Cacique.
— A eso
fue — contestó al punto Herckmans — y volverá antes de medio año trayendo,
además, muchas armas para vosotros.
Calló el
Cacique “cerrándose en mutismo”, y por más que al Almirante holandés quiso
tirarle la lengua para obtener una respuesta, Manquiante se “emperró” en no
contestar. Sólo cuando ya bajaba la escala del barco, “honrado por un
cañonazo”, uno de los “ministros” volvióse hacia Herckmans y díjole,
simplemente, ante la estupefacción del Jefe y de sus capitanes:
— No hay
bestia ni puerco alguno que darte...
“El
general se descontentó, y atendidas las escasas provisiones de la escuadrilla,
y como los indios de Osorno y de Cuneos se expresaron también del mismo modo,
el general envió una chalupa río abajo, para ver si el señor Crispijnsen estaba
todavía allí con la nave Ámsterdam; pero encontraron que ya
había partido”.
Todas las
gestiones y negociaciones que Herckmans y sus oficiales hicieron en los días
siguientes para obtener que los indios siguieran “trocando” provisiones, fueron
inútiles; no había otra solución que “tomarlas por la fuerza de las armas”, y
esa era la opinión general de la oficialidad y de las tripulaciones.
Pasó una
semana y la situación no cambiaba; es decir, la situación empeoraba para los
expedicionarios, pues los escasos víveres que algunos indios les llevaban de
vez en cuando, no eran suficientes para el “rancho” cotidiano; era menester
acudir a las reservas de carnes saladas y de cereales depositados ya en las
bodegas para el aprovisionamiento futuro. La situación, de recelosa había
pasado a tirante; los soldados y los indios, en su contacto diario, empezaban a
mirarse ya como enemigos e iba desapareciendo, a vista de ojo, la armonía de
antes, si efectivamente había existido.
El Gran
Consejo reuníase diariamente para estudiar la situación; la opinión general, ya
lo he dicho, era de proceder manu militari, no sólo al
aprovisionamiento, sino al avance y al sustentamiento de la conquista de
Valdivia, y en este sentido “hubo muchas reuniones de los soldados para
pedirlo”. Todavía más, muchos soldados y marineros llegaron a insinuar de
“pasarse al ejército español de Imperial y de Concepción para no sufrir
hambre”, porque ya se empezaba a hablar de “racionar” a la tripulación.
Herckmans
no era partidario de la violencia; deseaba este jefe dejar abierto el camino
para continuar la conquista más tarde, con mayores elementos; esperar con
resignación el regreso de la Ámsterdam con los nuevos auxilios
que deberían enviarle desde el Brasil, o sencillamente dar la vuelta con toda
la escuadra hacia Pernambuco y venir de allí, al año siguiente, con toda la
fuerza que lograre reunir.
Más de
diez días duraron las reuniones del Gran Consejo, en las que se discutían estas
ideas, o soluciones, mientras los oficiales trataban, con esfuerzos
sobrehumanos, de reprimir con mano firme las “reuniones y propósitos violentos
de los soldados que estaban prestos a sublevarse”. Por fin triunfaron las
proposiciones del Almirante y tras un violento altercado entre los capitanes y
consejeros Haerlem y Leyden, en el cual el primero “recordó lo que siempre dijo
y sostuvo Crispijnsen”, se llegó al acuerdo de que la expedición diera la
vuelta a las costas del Brasil, para volver nuevamente a Chile con mayores
refuerzos, “porque esta tierra es buena y rica en minas de oro y otros
productos que faltan en el Brasil y en los Estados de Holanda”.
Había que
dar testimonio fehaciente de la necesidad de este acuerdo para justificarlo
ante el Conde Mauricio de Nassau, y el Almirante ordenó que la oficialidad de
cada uno de los barcos lo ratificara con sus firmas. Al siguiente día, 19 de
octubre de 1643, los oficiales de los cuatro barcos de la expedición, reunidos,
solemnemente, cada grupo a bordo de su nave, firmaban el siguiente documento,
que ©1 respectivo capitán entregó luego al Almirante:
“Considerando
lo acordado el 13 del corriente por el Gran Consejo, que, a causa de la
presente escasez de provisiones, así como la insuficiente subvención de parte
de los chilenos y de la aversión de éstos para labrar las minas, los buques
deben prepararse a dar la vela con los víveres que restan para alcanzar al
Brasil y apresurar el envío de refuerzos desde ese país, nosotros, los que
suscribimos, oficiales del buque tal, hemos creído no sólo conveniente sino aún
muy necesario emprender nuestro viaje a la brevedad para el dicho Brasil”.
Sólo
faltaba esperar el regreso del Alférez Otto van der Vielle, que había salido
con veinte soldados tras cuatro desertores que, según noticias, habían huido
hacia Concepción, con sus armas, para incorporarse a las tropas españolas; pero
mientras regresaba este oficial, los cuatro barcos preparaban el equipaje para
la navegación de regreso, río abajo y luego hacia pleno mar con rumbo al
Estrecho.
Van der
Vielle llegó a Valdivia tres días más tarde, con la noticia de haber alcanzado
a los desertores cerca de los valles de Pitrufquén; de haber fusilado, en
cumplimiento de las órdenes del Almirante, a dos de ellos echados a la suerte,
y de traer bien asegurados a los otros dos. No quedaba, sino, levar anclas y
antes de hacerlo, el día 24 de Octubre, el señor General bajó a tierra para
despedirse del soberano de Calle-Calle y de algunos otros caciques, que lo
aguardaban para esto en el llano de Valdivia; todos excusáronse mucho de no
haber podido socorrer con víveres y aparecían muy entristecidos a causa de
nuestra partida...
Si lo
creyó el Almirante, los demás oficiales vieron en esto una pobre excusa de esa
gente recelosa de todos los extranjeros, la cual, según ellos, no podía llegar
hasta esas tierras, sino para someterlas a vasallaje.
Herckmans
prometió solemnemente a los caciques volver dentro de dos años a lo más,
haciéndoles ver, otra vez, que las miras de los holandeses no eran otras que
“vivir aliados con los valdivianos”: y por su parte Don Juan Manquiante, en
nombre de todos, le dijo: “que si estuvieran ellos seguros de nuestra vuelta
dentro de uno o dos años, harían que hubiera en abundancia trigo, animales y
frijoles, para proporcionamos todo lo que necesitáramos”.
Un último
abrazo del Cacique Manquiante al General holandés, puso término a la despedida,
“que emocionó a todos”; y, a media tarde del dicho día 24, la flota que había
llegado a Valdivia dos meses antes, henchida de esperanzas y de expectativas
halagüeñas, regresaba río abajo, “en derrota”, y con la incertidumbre del Cabo
de Hornos, tan peligroso como traidor,
Al llegar
al sitio denominado Agua del Obispo, la nave puntera encalló; casi al mismo
tiempo, el Eendracht sintió que su quilla rozaba las arenas
del fondo... El Almirante no quiso seguir el curso principal del río, y dio
orden de tomar rumbo por “un brazo, que fue denominado Torna Galeones,
porque allí regresaron los nuestros, y también Poco Comer pues
ese día empezó el racionamiento de la tripulación”.
El 28 de
Octubre de 1643, fondeados los buques en Corral, el General dio la orden de
zarpe, y cada nave levó sus anclas y se echó al mar, rumbo al Sur. Herckmans
permaneció contemplando las costas de Valdivia desde el puente del Vlissingen,
hasta que se perdieron de vista...
Tal fue
el término de la formal tentativa que hicieron los holandeses para apoderarse
de Valdivia y quitar a España el dominio del Pacífico.
§ 3. La
fuga de la bella peregrina
El
desastre del ejército español en Río Bueno — en el que pereció miserablemente
la tercera parte de las tropas a causa de la testarudez de su jefe, el Maestre
de Campo don Juan de Salazar— provocó la rebelión general de los indígenas en
todo el territorio de guerra, que por entonces era desde el Itata hasta
Valdivia: en buenas cuentas, todo el sur. Esta vez los rebeldes no iban a usar
su antiguo y tradicional sistema de guerra entrando en acción desordenadamente
y cada toqui por su cuenta; en las selvas araucanas había aparecido un nuevo
caudillo de formidables energías, de talento genial y de constancia admirable,
que había logrado hacerse obedecer ciegamente por esas tribus indómitas.
El
espantoso alzamiento se pronunció en toda la vasta región la misma noche y casi
a la misma hora: el 14 de Febrero de 1655; “entrándose la luna”, los indios de
servicio de casas, haciendas, minas, fuertes, fortines y ciudades asaltaron a
sus amos inermes en sus propios lechos, los aprisionaron, saquearon las casas,
mataron a los pocos españoles que pudieron hacer resistencia, cautivaron de
preferencia a las mujeres y a medida que los escuadrones indígenas que
esperaban ocultos el momento inicial, se presentaban para apoyar el movimiento
y consumar la acción, iban arrastrando tras de sí, hacia el interior de la
tenebrosa selva impenetrable, a centenares de prisioneros y el más abundante y
suculento botín, mientras la retaguardia indígena incendiaba las ciudades y las
destruía hasta sus cimientos.
La ciudad
de Concepción, la única que quedó en pie después de esta catástrofe,
responsabilizó enérgica y severamente de estos acontecimientos
al Gobernador del Reino don Antonio de Acuña y Cabrera y no solamente lo depuso
— en un agitado y dramático Cabildo Abierto— sino que intentó castigarlo con la
muerte. La intervención de los jesuitas en cuyo “colegio” se refugió el
Gobernador, le salvó la vida, “no así la honra”, porque el Virrey del Perú,
Conde de Alba de Liste, sin aceptar, por cierto, lo obrado por “el pueblo” de
Concepción, exoneró de su cargo al Gobernador Acuña y envió en su lugar al
Almirante don Porter y Casante, entregándole un cuerpo de tropas peruanas de
cuatrocientos hombres para que viniera a Chile a reorganizar el ejército
destruido y a pacificar el territorio rebelado.
Las
circunstancias en que llegaba a Chile el nuevo Gobernador no podían ser más
difíciles; la extensa región que abarcan los ríos Bueno y Maule había sido
asolada por los indios alzados © impunes, y el progreso ganadero y agrícola,
que hasta entonces había hecho la riqueza de sus hacendados, encontrábase en
ruinas. Ya dije que todas las ciudades, excepto Concepción, estaban destruidas,
como asimismo los fuertes villorrios y establecimientos que al amparo de los
primeros habían llevado una vida tranquila, desde las “paces” de Quillín y
Boroa celebradas con los araucanos por el Gobernador Acuña y Cabrera cuatro
años antes, cuando empezó su gobierno, en 1651.
La
desorganización en que cayó el ejército español después del alzamiento del 14
de Febrero, dejó a los indios el campo libre para sus incursiones devastadoras
a través de todo el territorio, y si en un principio esas correrías tuvieron
por límite el río Itata, a las pocas semanas, prevalidos de la impotencia de
sus enemigos, los rebeldes se encontraron capaces para cruzar este río y
dominar hasta el Maule.
El
caudillo indígena que había organizado esa tremenda ofensiva era Butapichón, y
su propósito final no era otro que llegar con sus tropas frente a la Capital
del Recinto, como lo había intentado Lautaro un siglo antes. Las plazas fuertes
de Concepción, Boroa y Valdivia se mantenían a duras penas, mediante su
cercanía al mar que les permitía recibir algún refuerzo por la costa; pero como
se encontraban rodeadas por el ejército indígena, les era imposible aventurarse
a salir contra las ágiles montoneras que se movían continuamente por los
ocultos senderos de las montañas.
Entre los
ríos Itata y Maule había una sola ciudad, pero muchas haciendas y
establecimientos de la industria agrícola en plena prosperidad: era ya una
región distante del campo de guerra, puesto que quedaba al norte del Bío-Bío,
llamado generalmente “línea de la frontera"; sin embargo, hacia los campos
cordilleranos y hacia la costa, en aquellas regiones a donde no alcanzaba de
lleno todavía la acción de los ejércitos españoles, habitaban diversas tribus
indígenas que se mantenían rebeldes a toda influencia y a todo contacto con la
raza conquistadora. Los indios chiquillanes, los pehuenches, los puelches, los
cauquenes, aislados detrás de las fortificaciones naturales de los
contrafuertes cordilleranos o de las montañas ásperas e inaccesibles de la
costa, se mantenían atisbando el momento en que pudieran caer impunemente sobre
sus enemigos, asaltar sus haciendas y arrollar con cuanto encontraran a su
paso. La ciudad de San Bartolomé de Chillán, centro de esa región, había sido,
desde antiguo, el punto de mira de estas tribus rebeldes y todas las invectivas
que habían hecho desde que Ruiz de Gamboa la fundara, sesenta años antes, iban
tras de destruirla “y acabar con sus cimientos”.
Pronunciada
la rebelión de Febrero, los indígenas chillanejos tomaron, también, su parte, y
no tardaron en mover sus huestes hacia el centro del país, en demanda,
nuevamente, de “los muros” de Chillán; las primeras avanzadas de Inaqueupu — el
viejo y rencoroso ulmén pehuenche que durante cuarenta años había luchado por
apoderarse de la ciudad— aparecieron pronto por los alrededores de Alico, de
Laja y de Perquelafquén, para señalar a las hordas los puntos más vulnerables.
Inaqueupu
tenía con los chillanejos muchas cuentas por saldar; en sus anteriores asaltos,
si bien había ocasionado a la ciudad terribles pérdidas, sus habitantes y
vecinos le infligieron, también, severísimos castigos, de los cuales, el indio
y sus secuaces esperaban tomar venganza algún día.
Cuenta
el Cronicón Sacro Imperial del franciscano Ramírez que en la
campaña de 1647, ocho años antes, Inaqueupu había llevado consigo a tres de sus
mujeres y a una hija de doce años y que mientras se realizaba un asalto de los
indios por un lado de la ciudad, el Capitán español Bravo de Saravia atacó al
campamento del enemigo por la retaguardia, se apoderó, entre muchos otros
prisioneros, de las mujeres del Toqui y, habiéndolas reconocido, las envió
luego a Lima, como esclavas, de donde no volvieron nunca más. Inaqueupu trató
de recuperar a sus mujeres y a su hija y aun ofreció a los españoles una paz
permanente a trueque de las prisioneras; pero todos sus esfuerzos y
“humillaciones" se estrellaron contra la testarudez de los gobernantes
chillanejos y del Gobernador del Reino, Marqués de Baides, quienes rechazaron
perentoriamente las proposiciones del indio.
Desesperado
por la pérdida de sus mujeres, Inaqueupu se retiró a sus cordilleras resuelto a
volver en mejor ocasión sobre Chillán y “tomar venganza de tan grave ofensa a
su honra de indio noble”; efectivamente, dos años después, Inaqueupu juntó a
los caciques Guillipel, Ruya, Guiligura y Pocón “corrió la flecha y los
concertó de dar en la ciudad de Chillán y sus estancias, donde vivían capitanes
españoles nobles y hacendados con sus familias; y salióles tan bien el intento,
que sin ser sentidos dieron en Chillán y en el llano, entrando a la estancia
del capitán Juan de Azevedo y le captivaron a su mujer doña Leonor de Lagos,
señora muy hermosa, honesta y principal, y a su suegra doña María Descobar, y
un hijo, dos mozos españoles y quince indios e indias de su servicio, y
saqueando la casa robaron quanto en ella había y quitándole a doña Leonor un
hijo que tenía a los pechos, lo estrellaron inhumanamente contra una pared”.
No se
satisfizo con esto el ofendido y rencoroso Inaqueupu, sino que avanzando hacia
la ciudad, que era su objetivo, “pasó a la estancia del capitán don Miguel de
la Lastra, caballero del Orden de Santiago, contador y oficial real de
Concepción, persona de muchas prendas y estimación y le captivaron a su mujer,
haciendo saco de su hacienda, e lo mismo hicieron en la estancia de don
Salvador Manríquez, del Alférez Campos y otros, captivando a las mujeres de los
españoles, hiriendo y matando a quantos se ponían en resistencia”.
“Y todas
estas desgracias y malas suertes se lloraban y experimentaban — agrega el
Cronicón— por no haber querido admitir de paz a Guillipel y Inaqueupu cuando
rogaban por ella ante el Gobernador dé Chile, Marqués de Baides”.
Por
cierto que las tropas españolas salían, al fin, vencedoras de estos ataques —
pero no de las “ofensas” y que después de arrolladoras campeadas los indios
eran arrojados nuevamente hacia sus inaccesibles refugios cordilleranos; pero
era inútil pensar en que los rebeldes permanecerían quietos, si se les
presentaba la ocasión de volver contra sus odiados enemigos en más propicias
circunstancias.
La
rebelión de Febrero del año 1655 fue una de éstas, y el primero que se levantó
en armas contra Chillán fue el Cacique de Tomeco, quien llamó en su ayuda al
viejo Inaqueupu, a Queletaru y al bravo Loncomilla, señor de Purapel. No pasó
una semana y ya los campos vecinos a la ciudad se encontraban cubiertos de una
indiada ensoberbecida, que solo esperaba una voz para atacar las débiles y
angustiadas fuerzas españolas que guarnecían la villa. Inaqueupu bajó de las
cordilleras por el paso de Longaví con más de dos mil guerreros, y corrió a
marchas forzadas a juntarse con Queletaru y con Loncomilla, quienes esperaban
ya a su General en Jefe a las orillas del Nuble, con tres mil indios.
El
peligro para la ciudad era inminente y sus autoridades adoptaron medidas
extremas para defenderla y salvar la vida a sus habitantes.
El
Corregidor y jefe militar de la ciudad, don Tomás de los Ríos Villalobos, puso
sobre las armas a todo el que pudo cargarlas, incluso los hombres de edad, y de
esta manera pudo juntar unos cuatrocientos soldados; organizó escuadrones
volantes para ‘‘limpiar” los alrededores, a cargo de los más acreditados
capitanes, como lo eran Bartolomé Gómez Bravo, Pedro Martínez, José Saldías
Figueroa, Bravo de Saravia “y el famoso triunvirato de la Barrera, don Juan,
don Diego y don Gaspar, que desempeñaron gloriosamente su apellido, siendo
“barrera” invencible contra el torrente impetuoso y formidable de los rebeldes,
según apunta el mercedario Barrenechea Albiz en una de sus interesantísimas
crónicas de estos acontecimientos, aún inéditas.
El primer
encuentro de las avanzadas enemigas fue desgraciadísimo para los españoles. El
capitán Gómez Bravo salió, el primero, a detener a Inaqueupu, que, según
sabemos, venía a marchas forzadas con dos mil guerreros a juntarse con los
otros jefes indígenas; encontróse con ‘'estas tropas a la pasada del Longaví y
empeñado un rápido y sangriento combate, el Capitán español cayó herido
gravemente, y a su lado el capellán de la expedición Juan Bernal, cura de
Yumbel; a los pocos instantes, ambos eran destrozados por sus feroces enemigos.
Las
tropas castellanas, desconcertadas por esta desgracia, tuvieron que replegarse
en abierta fuga y con pérdida de treinta hombres. Su entrada a la ciudad
produjo terror, el que se convirtió en pánico cuando se supo horas más tarde,
que el Capitán Bravo de Saravia había sido derrotado, también, por el Toqui
Loncomilla, en Cocharcas, y que todas las tropas indígenas del norte,
victoriosas y unidas, avanzaban sobre Chillán.
Y como
complemento de estas desgracias, no tardaron en llegar noticias de que los
toquis Lehuepillán y Queletaru habían cruzado el Laja arrollando los fuertes de
Rere y de San Carlos que defendían a la ciudad por, el sur. Los chillanejos
encontrábanse, pues, rodeados, y sin esperanzas de recibir refuerzo de
Concepción, la única ciudad que permanecía en pie después de la catástrofe del
14 de Febrero. La situación habíase tornado espantosa, y por valerosos y
arrojados que fuesen los vecinos de San Bartolomé de Gamboa, hubieron de
presentir que sus hogares encontrábanse al borde de la ruina.
* * * *
Desde
cincuenta años atrás venerábase en el templo de San Francisco de la ciudad de
Chillán una pequeña imagen “de bulto” de la Virgen del Rosario cuyo origen
constituía una tradición entre los vecinos. Decíase que el lego franciscano
Tomás de Albornoz, llegado de España a fines del siglo XVI, había traído esa
imagen como único bagaje en su saco de peregrino de las Indias y que al
trasladarse desde Concepción a la recién fundada ciudad de San Bartolomé de
Gamboa, había sido asaltado por los indios de Chiguayante, quienes, dejándolo
por muerto a las orillas de un estero, habíanle llevado, como trofeo, su morral
y su hábito.
Retiráronse
los indios al interior de sus montañas para celebrar un reciente triunfo que
habían obtenido cerca de Penco y los asaltantes del lego colocaron el hábito y
el morral en lo alto de un canelo, como blanco para un ejercicio de puntería
con flechas; en el momento oportuno empezaron a disparar sobre esos trofeos los
mejores tiradores, “pero con admiración de todo el concurso se vio que ninguno
de ellos daba en el blanco, y que las flechas mejor dirigidas se desviaban al
llegar al morral, y caían al pie del árbol faltas de fuerzas y como si chocasen
contra una roca invisible”. El Toqui de estos salvajes, “que era un indio noble
y reputado de seguro ojo”, cogió a su vez una flecha y dijo a sus espantados
mocetones: “vedme, que yo daré al morral; cogiendo el arco, disparó certero con
tal fuerza que la cuerda gimió; pero en ese momento hubo una gran claridad, a
pesar de que el sol era de mediodía, y se vio salir del morral a Nuestra Señora
y elevarse como dentro de una bola de fuego que rodaba por los aires hacia el
norte, y así se perdió de vista”...
Ese mismo
día apareció la milagrosa imagen, con morral y todo, sobre el altar mayor del
templo de los franciscanos de Chillán y desde entonces se la veneró, “por
protectora declarada de la ciudad, habiéndola favorecido muchas veces de toda
clase de calamidades”.
En las
terribles circunstancias en que se encontraba el vecindario, era natural que
recurriera, ahora también, al auxilio de su celestial protectora; junto con
reforzar los fuertes y construir barricadas y defensas en las calles mismas, el
Corregidor Ríos y Villalobos ordenó “que se sacara del templo a la Bella
Peregrina” — así se la llamó a esta imagen, por su “peregrinación” desde
Chiguayante hasta el templo chillanejo— y se la colocara en la plazuela de San
Francisco, sitio donde se había construido la principal barricada, haciendo
antes una solemne procesión de rogativa por las calles de la ciudad, “a fin de
que sostuviera el valor de los soldados españoles y no permitiera el triunfo de
los enemigos”.
Entre
tanto, el número de los indios sitiadores aumentaba diariamente con los
refuerzos que venían de las haciendas vecinas donde los yanaconas continuaban
alzados contra sus amos; y por fin, el 5 de Marzo de 1655, a la madrugada, el
Toqui Inaqueupu dio la orden de asalto general. Divididos en pelotones,
capitaneados por jefes experimentados en la guerra, los indios se acercaron a
la ciudad impertérritos, sin importarles un ardite el horroroso cañoneo de los
fuertes, penetraron por las distintas calles y llegaron como una avalancha
hasta las barricadas en cada una de las cuales levantáronse montones de
cadáveres tras de combates horrendos y homéricos.
La caída
del sol sorprendió a los combatientes sin que ninguno de los bandos pudiera
darse como vencedor: los indios, siguiendo su costumbre de no pelear de noche
replegáronse a las posiciones que habían ganado y se reforzaron en ellas para
continuar la batalla al día siguiente, con el alba. Los españoles, en cambio,
vieron que sus elementos de combate disminuían sin esperanza de rehacer sus
pérdidas y tras de una agitada deliberación en Cabildo Abierto, sobre tres
resoluciones que se presentaban como más razonables, acordaron "abandonar
la ciudad y emigrar hacia Penco o a Santiago para reunirse con seres humanos”.
Pero antes de confirmar esta resolución -combatida tenazmente por gran parte de
los viejos vecinos que resistían abandonar su ciudad natal— “hubo acuerdo
unánime en hacer pública oración a la Peregrina para rogarle que de alguna
manera manifestara a los atribulados cuál era su conveniencia”.
Con la
aurora del nuevo día se renovó el combate y con él, los horrores del día
anterior; al caer la tarde “habían muy pocos que esperaban salvación, si no
venía del cielo”. Toda la población reunióse a los pies de la Peregrina para
pedirle nuevamente, “a gritos”, que manifestara su voluntad, “porque siguiendo
así perecerían”; los indios habían logrado apoderarse de las provisiones y
desviado un estero de donde se proveía de agua la población “y ese día muy
pocos habían comido”, en uno o dos días más, los quinientos habitantes de
Chillán “con sus hijos” perecerían de hambre y sed...
Terminaban
los devotos ejercicios de la noche, a la luz de una brillante luna, cuando,
súbitamente, “apareció en el altar una extraordinaria visión que sobrecogió los
ánimos de todos — porque todos la vieron—, y después de los primeros instantes
de estupor, se oyó un grito unánime: “¡La Bella Peregrina... la Bella Peregrina
se va y nosotros con ella!”.
La visión
que todos, grandes y pequeños vieron, fue que la sagrada imagen había cambiado
su traje de brocado con lentejuelas brillantes, por el de peregrino, con todos
sus aditamentos de marcha: la esclavina con conchas, un sombrerillo de alas y
un alto báculo en la mano. Algunos espectadores afirmaban haber notado en el
rostro de la Virgen “algo que dejaba entender que iba de marcha y se disponía a
emprender un largo viaje”...
Los que
se oponían a abandonar la ciudad no pudieron resistir a la presión de la
multitud, presa del pánico, y aún el Corregidor Ríos que encabezaba ese
partido, hubo de ceder ante la resolución de la enorme mayoría. Sin perder
momento, hombres, mujeres y niños empezaron a hacer sus preparativos de marcha
o de fuga bajo la dirección de los regidores Juan Verdugo Sotomayor y Agustín
Saldías y de los capitanes Duarte Suárez de Figueroa y Gonzalo García de la
Quintana; el atropellamiento con que los vecinos emprendieron esta fuga fue tan
grande “que se dieron a enterrar todos los objetos que no podían llevar
cómodamente, como ser candelabros, vasos del culto, paramentos, y llegó al
punto la imposibilidad y la confusión que dejaron oculta una milagrosa imagen de
San Sebastián, en un tremedal pajizo”.
El
Ilustrísimo Obispo don Reinaldo Muñoz Olave — de quien tomo algunas
informaciones para esta relación—, asegura que esta imagen de San Sebastián es
la misma que se venera actualmente en Yumbel y cuya fiesta es el acontecimiento
anual de los devotos del sur.
Con el
alba del siguiente día formaron las tropas en dos escuadrones y entre ambos
cuerpos de ejército fueron colocadas las mujeres, los niños y los ancianos con
los bagajes y utensilios más indispensables. A la cabeza de la columna marchaba
la Bella Peregrina en un anda llevada en hombro por los devotos chillanejos y
detrás de la imagen seguía el jesuita Mascardi, con una bolsa “limpísima” con
el Santísimo Sacramento.
La
Peregrina iba en fuga... La fuga de la Bella Peregrina marcó una fecha en los
anales de la ciudad de Chillán porque al evacuar su recinto el último soldado
español, las huestes de Inaqueupu que habían contemplado la fuga sin hacer la
menor demostración hostil, se arrojaron sobre sus abandonados edificios,
saquearon las casas, destruyeron lo que no pudieron llevarse y por último, para
que no quedara sino el recuerdo de la que había sido una villa floreciente,
prendieron fuego a sus ruinas, “e cavaron sus cimientos", a mediados de
Marzo de 1655.
Esta fue
la primera destrucción de la ciudad de San Bartolomé de Gamboa de Chillán.
§ 4.
La rebelión de las monjitas
Creo
haber contado en otra ocasión las peripecias, con ribetes de tragedia, que
sufrieron las monjas “isabelas” de Osorno cuando su convento fue destruido en
los últimos asaltos que los indígenas de Pelentaru dieron a la mencionada
ciudad, allá por los años de 1601 y 1602; sólo recordaré, por ahora, a fin de
“redondear” el presente relato, que de veintinueve monjas que formaban la
comunidad, trece fueron hechas prisioneras por los bárbaros; que algunas de
éstas murieron a los pocos días de su cautiverio; que otras tuvieron que
permanecer en las rucas de los salvajes, sin que se conociera jamás su destino
y que sólo una, Sor Francisca Gregoria Ramírez, logró ser libertada por las
tropas del Capitán Joaquín Peraza, en un afortunado ataque a los campos circunvecinos.
Para
poner a .cubierto, en lo futuro, la suerte de estás monjas, el Capitán don
Francisco del Campo dispuso que un numeroso escuadrón las escoltara a través de
la región rebelada, hasta Carelmapu, y las embarcara allí con rumbo a
Valparaíso; de aquí fueron trasladadas al Convento franciscano de San Francisco
del Monte y cuatro meses más tarde, las “isabelas” osorninas quedaban
instaladas, mediante la munificencia cristiana del vecindario de Santiago, en
su definitivo convento de la “Cañada” al pie del Santa Lucía; un año después
adoptaban, canónicamente, las reglas franciscanas bajo la devoción de Santa
Clara. El de las “clarisas” — denominación popular de estas enclaustradas — fue
el segundo convento de monjas que tuvo la Capital del Reino.
El
primero había sido el de las “Agustinas", fundado en 1575.
* * * *
Uno de
los más generosos benefactores del nuevo convento fue el Alguacil Mayor de
Santiago, Capitán don Alonso del Campo y Lantadilla, tanto por devoción a la
celestial patrona Santa Clara, cuanto porque la Madre Superiora, doña Magdalena
de la Serna, había acogido en su claustro a la hija del Alguacil Mayor cuando
su mujer, doña Mariana de Robles, “pasó desta vida”. Magdalena se llamaba
también el retoño del opulento Capitán y la Superiora le dedicó, durante los
cuatro períodos de su gobierno monacal, todas sus afecciones de institutriz y
todo su cariño de mujer.
Fue tan
eficaz la educación que recibió la huérfana en el “monesterio” de Santa Clara,
que Magdalena del Campo y Lantadilla llegó a ser, en su época abrileña, el
mejor partido de todo el Reino, por su educación, por su piedad, por su
hermosura... y por los “trescientos mil” pesos de oro “señalado” que le asignó,
de dote, el rotoso de su padre.
Agradecido
de la Orden que le había regalado esa joyita sin par, el Alguacil Mayor creyó
corresponder a tal beneficio dejando en su testamento la tentadora suma de
doscientos mil ducados de once reales para que “se abriera en la capital deste
reino un segundo convento de clarisas, a condición de que se obtenga para ese
monasterio la protección Real”. Fallecido el donante, abrióse el testamento y
con ello el apetito de los padres de Nuestro Señor San Francisco, bajo cuya
jurisdicción estaban las monjas por haberlo dispuesto así, aunque sin derecho,
el Obispo Pérez de Espinoza algunos años antes; desde ese momento los frailes y
todos los demás “herederos” se pusieron a trajinar la manera de administrar
desde luego el cuantioso legado. Desde allí hasta que pudiera cumplirse la
condición de 'la cláusula testamentaria iba a llover bastante, y no era cosa de
perder los réditos.
Las
clarisas, por su parte, vieron que todos hacían los puntos a una platita que,
en muy buenas cuentas, les pertenecía solamente a ellas, y un día, reunidas en
Capítulo “a toque de campana” discutieron larga y acaloradamente la actitud de
los padres franciscanos que se estaban arrogando un patronato y jurisdicción
que no tenían sobre el convento; largamente, porque el caso era grave y
complejo, y acaloradamente, porque entre las monjas mismas había muchas que
eran partidarias de los franciscanos y de continuar como habían estado hasta
entonces.
Y como de
la “jurisdicción” dependía el que sus dineros y el legado mismo fueran
administrados desde luego, o por los franciscanos, o por el Síndico del
convento en nombre del Ordinario Eclesiástico, se armó el pleito con todas las
solemnidades del caso, para establecer, en definitiva, a quién “pertenecían”
las monjas clarisas; y como en el pleito estaba implicado el Obispo de
Santiago, “que era parte”, el sumario levantado por el Fiscal de la Real
Audiencia tuvo que ir a Lima para que el Arzobispo don Pedro de Villagómez y
Castroverde de los Campos fallara la controversia en primera instancia.
No crea
el ingenuo lector, y perdone el adjetivo, que a la fecha del fallo arzobispal
el pleito estaba nuevo... Desde el fallecimiento del Alguacil Mayor Lantadilla,
1632, hasta que el juicio estuvo en estado de sentencia de primera instancia,
1653, habían transcurrido, entre incidentes, apelaciones, notificaciones y
"recursos”, veinte añitos mal contados. Había plata para pleitear, y con
esto, los juicios, ayer y ahora, se prolongan como esperanza de pobre.
El
Arzobispo Villagómez demoró todavía el fallo unos tres años más, y por fin, a
principios de 1656, llegó a Santiago la sentencia, que era contraria en todo a
las monjas, puesto, que declaraba perentoriamente que debían estar y mantenerse
bajo la jurisdicción y mando de los franciscanos. La misma sentencia
“encargaba” su cumplimiento a la Real Audiencia de Santiago, o sea al “brazo
secular”, por si no bastaba la “santa obediencia” de las clarisas.
Bien
informada debía estar su Ilustrísima y Reverendísima limeña de los
acontecimientos que se esperaban en la Capital de Chile, cuando tal dispuso; y
si no, que diga el escribano Juan de Roxas “como es verdad que cuando se
presentó a la portería de “Nuestra Señora Santa Clara para notificar la
sentencia a la reverenda priora Sor Crisanta Delgadillo, esta señora le dio con
“la ventanilla en las narices y se entró en la clausura sin querer “oílle”.
Ante tal
desacato, la Audiencia resolvió hacerse respetar de las “rebeladas” y para ello
comisionó a uno de sus miembros para que “tomando las precauciones y
prevenciones convenientes, proceda a que la notificación del Metropolitano haya
lugar, y trate de poner y ponga a esas señoras bajo la jurisdicción y mando del
reverendo Provincial del Convento Máximo del Señor San Francisco.”
Los
oidores estaban ciertos de que la resolución adoptada por ellos habría de
acarrear un conflicto cuyas proporciones era difícil de apreciar todavía; de
modo que, cuando se trató de designar al “colega” que habría de dar
cumplimiento al acuerdo, cada cual sacó el cuerpo lo más elegantemente que pudo
para no verse envuelto en sus consecuencias; cual más, cual menos, sus señorías
contaban con muchos y buenos amigos entre la nobleza mapochina, de la cual
formaban parte las monjitas contra quienes se iba a proceder autoritariamente.
Sabíase,
además, que la vasta parentela de las clarisas había empezado a agitarse
alrededor del Cabildo — que ya empezaba a ser el refugio y baluarte de los
criollos— y, aun, que en el seno de esa Corporación “se comentó con vehemencia”
el fallo del Metropolitano limeño.
Entre los
oidores había uno que estaba recién 'llegado a la Capital y no tenía, por lo
tanto, los “arraigos” tan profundos de sus demás colegas; y aunque éste, como
los demás, sacó el cuerpo en su oportunidad, sus compañeros de Audiencia, en
“votación reservada” se acordaron en señalarle, “y le señalaron”, para dar
cumplimiento de la desagradare y comprometida comisión.
La
“víctima” fue el Oidor don Pedro de Azaña y Ortiz de Palacios, quien, sin poder
ya desprenderse del encargo, tuvo la mala ocurrencia, “para mejor proceder”, de
consultarse con su confesor, que era él Provincial de San Francisco fray Alonso
Cordero. Este Padre era “parte” en la controversia y no tuvo la discreción de
eliminar su persona ni de sacudirse de su interés y pasión; al verse solicitado
por el Oidor para que le diera consejo, lo único que hizo fue reunir a su
“definitorio”, es decir, a los frailes de autoridad de su convento, para
consultarlos, a su vez; y a pesar de que éstos tenían muy difundida fama de
"graves y reposados”, le dieron 'los peores consejos, como luego va a
verse.
También
es cierto que desde las primeras dificultades de las clarisas con los
franciscanos, las monjas — excepto algunas "de edad”— los hablan
"dejado” como confesores y la Abadesa no les había permitido, siquiera,
llegar a la portería del monasterio. La guerra estaba declarada y las clarisas
no querían tener comunicación alguna con el enemigo.
Cuando el
Oidor Azaña oyó el plan que le presentaba el Provincial para hacer la
notificación de la sentencia arzobispal a las clarisas, quedóse
"melancólico” y díjole a su confesor y amigo:
— Padre,
perdone Vuestra Reverencia, pero me parece una barbaridad lo que me propone.
¿Cómo penetrar en una clausura de monjas, en son de fuerza, y contra personas
sagradas?... ¡Mal me parece...!
— Repare
Su Señoría en que se trata de rebeldes que han desconocido la autoridad del
Metropolitano y la muy alta de la Audiencia que representa al Rey, que Dios
Guarde para conservación de la monarquía del Universo — acentuó el Provincial.
— Bien,
bien — replicó el Oidor— ; pero las monjas son, además, muy emparentadas con la
nobleza de este Reyno, y toda ella se pondrá de su parte; yo, bien lo sabe Su
Reverencia, resido en esta Audiencia muy poco tiempo, y apenas tengo arraigo...
— Por lo
mismo — insistió fray Cordero— ; por las pocas vinculaciones que todavía tiene,
Su Señoría es el más indicado para no dejar burlada, esta vez, la justicia.
Todo está de su parte — agregó el Metropolitano—, mal que le pese al Ordinario
Eclesiástico, y el "brazo secular”, esto es, “los dos cuchillos” de que
habló el Ilustrísimo Villarroel, con los cuales "se puede hacer gobierno
pacífico”...
— Me
dice, Vuestra Reverencia, que cuento con el Ordinario Eclesiástico, y, sin
embargo, he sabido esta mañana que el Vicario Capitular en Sede Vacante piensa
excomulgarme por consejo de los canónigos, si "hago fuerza” de hecho
contra las monjas...
—
Sonríase Su Señoría de esas censuras, contando, como cuenta, con la Audiencia y
con el Metropolitano — interrumpió Cordero.
— ¿Y si
interviene el pueblo? ... — insinuó un tanto preocupado el Oidor.
— Para
eso lleva Su Señoría la tropa — respondió el Provincial.
— Poca
confianza pongo yo en ella — replicó el Oidor—, pues sus jefes son criollos, en
la mayoría, y lo son todos los soldados milicianos que hay en la ciudad; bien
sabe Su Paternidad que el Gobernador Porter Casanate acaba de llevarse, para la
guerra, a la mejor gente española.
— No
tenga aflicción por eso — sostuvo el testarudo fraile—, porque he pensado
llevar conmigo a toda la Comunidad de San Francisco, con legos y todo, y ella
hará cumplir las órdenes de Su señoría, por si falla la tropa.
El Oidor
estaba acorralado y no tuvo más que capitular con el consejero, que resolvía
rápidamente todas las dificultades.
Dispuso,
en consecuencia, que tres compañías de “cívicos”, mandadas por el capitán
español don Antonio Calero, se presentaran en la Cañada, frente al convento de
la clarisas, a las diez de la mañana del día 19 de Diciembre de 1656, “con
armas de picas y bocas de fuego y balas prevenidas”, a fin de que 'le
“apoyaran” para dar cumplimiento a su comisión. A la misma hora toda la
comunidad franciscana “que es la más numerosa desta ciudad, saltó la calle” (no
olvide el lector que las clarisas tenían su convento en el sitio donde hoy se
levanta la Biblioteca Nacional) y, llevando a su cabeza al Provincial Cordero,
se dispuso a “apoyar al Oidor, con muchos denuestos y palos que llevaban
prevenidos”.
La
primera disposición del Oidor Azaña fue la de rodear con las milicias el
convento; en seguida, dejando una “buena porción frente a la portería” y a la
iglesia, acercóse, “acompañado del provincial, de los frailes y de veinticinco
soldados, al tomo y cancela, y por su mano tiró del cordón de la campañilla”;
las monjas no abrieron, “porque al sentir los ruidos habíanse reunido en la
sala del capítulo”; pero el Oidor no había ido allí para hacer esa clase de
planchas, sino otras más gordas, y consultando con la mirada al Provincial
Cordero ordenó, con voz impulsiva y cortante:
—
“¡Póngase hombros a la clausura!”.
Saltó la
puerta de sus quicios y el Oidor, los franciscanos y tropa penetraron por la
brecha como una avalancha invadiendo los patios y corredores. Al extremo del
primer patio estaba la Sala del capítulo y en 'la puerta, acompañada de las
principales monjas, se encontraba la Abadesa Sor María de Santa Victoria, la
cual, como los extraños avanzaron hacia allá, alzó en su mano derecha el
Crucifijo que pendía de su cintura y dijo, levantando la voz:
—
¡Deteneos, señores, que violáis, sacrílegos, un recinto sagrado.. !
¡Detenéos... por Jesucristo, Nuestro Señor!...
El Oidor,
los soldados y aún muchos frailes, “quedáronse cortos y temerosos" al oír
las solemnes y enérgicas palabras de la Abadesa; pero el Provincial Cordero,
dirigiéndose al Oidor, díjole:
-No hay
sacrilegio, señor, porque yo, el patrono nato de este convento, doy la
licencia, conforme a derecho, para que la justicia cumpla su sentencia contra
las “rebeladas”. ¡Adelante, y que se notifique el fallo!...
Con estas
palabras, el Oidor cobró nuevos bríos y avanzó; tras él siguieron todos los
demás. Al ver, las monjas, que las palabras de su Abadesa no habían sido
obedecidas, “salieron del capítulo y se desparramaron por el patio, huyendo
como tórtolas que oyen el estruendo de la escopeta del cazador", dice el
historiador Presbítero Eyzaguirre. Otras, las más animosas, espaldeando a su
Abadesa, encáranse con el Oidor, el Provincial y los frailes, protestando en
alta voz “de la violencia e insulto que se les hace” y como, al final, el Oidor
Azaña ordenara “sujetar" a la Madre María para que oyera la notificación,
la Abadesa y todas, sus súbditas “echaron a correr para ganar, como algunas
ganaron, la puerta de la calle”.
Hasta ese
momento los acontecimientos habíanse mantenido violentos; de aquí en adelante
iban a tornarse trágicos; no quiero que la relación hecha con mis palabras
pueda hacer creer al lector que tergiverso los sucesos; podría probarle que
hasta ahora “los he aminorado”, aunque todas las palabras que he puesto entre
comillas están copiadas fielmente de documentos fidedignos. De aquí en adelante
las copiaré del acta de la sesión que el Cabildo de Santiago celebró el mismo
día de los acontecimientos, a la una de la tarde, es decir, a raíz de los
hechos, autorizada por el escribano Toro Mazote.
Al huir a
la calle la Abadesa y dieciséis monjas, “las acometieron los soldados y
personas que habían ido a asistir al dicho señor Oidor, ofendiéndolas con las
armas y a empellones y arrastrándolas de los cabellos, poniéndoles las manos en
los rostros y siguiéndolas los religiosos del señor San Francisco con muchas
demostraciones y agravios, en la salida que hacían para refugiarse en el
convento de las religiosas agustinas”... etc., etc. Queda mucho más por decir
sobre estos actos vergonzosos, pero no lo digo, para no recargar el colorido de
“uno de los mayores escándalos y alborotos que han sucedido en la christiandad,
ni se ha oído”, según las palabras del notario.
Las
escenas deprimentes y terribles que ocurrían en la Cañada, “a ojos de los
padres, hermanos y parientes de las dichas religiosas y de la gente principal
de la ciudad” no podían ser presenciadas en cama, a pesar de saber que se
estaba cumpliendo un mandato ordenado por los representantes del Soberano; sin
embargo, “mordiéndose el alma” no tuvieron más que pedir al escribano se
apresurara a dejar establecido que “los dichos señores se redujeron a
presentarse, con lágrimas en los ojos ante la Real Audiencia”, para reclamar
del atropello inaudito. A pesar de todo, el Alcalde don Valentín Fernández de
Córdoba, que al principio “sólo había usado de su vara, para procurar la calma,
tiró de la espada, dio una grande, y prolongada, y fuerte voz, y se lanzó a defender
a las fugitivas, arrastrando tras de sí un buen grupo de personas y pueblo”.
Al ver
esta actitud decidida del Alcalde, los soldados, obedeciendo las órdenes del
Oidor Azaña y del Provincial — que no lo dejaba de la mano—, “echáronse sobre
el pueblo con las cuerdas caladas, y poniendo bala en los arcabuces, dispararon
cuatro o cinco arcabuzazos y luego calaron picas, oyéndose durante largo tiempo
el estruendo de las espadas desnudas...”
Durante
el alboroto, sin embargo, trece de las monjas fugitivas lograron llegar hasta
el convento de las Agustinas “cuya puerta se encontraba abierta”, y por ella se
metieron refugiándose allí, “donde han quedado”. Las tres restantes fueron
restituidas “por soldados y frailes” al invadido claustro de Santa Clara, el
cual quedó, desde ese momento, en poder y “jurisdicción” de los padres
franciscanos.
El Oidor
Azaña y el Provincial Cordero habían quedado triunfantes.
A los
ruidosos acontecimientos que dejo relatados en la forma más suave que me ha
sido posible para no desvirtuarlos del todo, siguieron las no menos ruidosas
protestas del Cabildo y de la gran mayoría del vecindario “noble”.
Se
instauraron procesos contra los funcionarios y las personas que habían
participado en los diversos incidentes, además de los que siguió el Ordinario
Eclesiástico contra los frailes de San Francisco, “por escándalo”, y por
último, protestas y sumarios llegaron hasta Roma y hasta el Consejo de Indias,
llamados a fallar, en definitiva, la seria controversia.
La
justicia tarda, pero llega al fin. En este caso, tardó siete años...
¿Qué
menos podía demorar, si los procesos tenían que ir, permanecer y volver de las
cortes madrileña y romana hasta las apartadas orillas del Mapocho?
Por Real
Cédula de Septiembre de 1663, Su Majestad don Felipe IV, por la Gracia de Dios,
etc., ordenaba a las autoridades chilenas que “restituyeran a su convento a las
monjas clarisas, bajo la sola autoridad del Obispo, sin que nada tengan que ver
con ellas los padres de Nuestro Señor San Francisco, a cuyos prelados debemos
censurar, y censuramos” por haberse apropiado la jurisdicción, sin derecho.
“Las
monjitas” que habían logrado guarecerse en el convento de las Agustinas,
permanecían todavía allí, “de alojadas” y lo curioso fue que a pesar del
triunfo grande y amplio que habían obtenido “se negaron a volver a su antiguo
convento”, agregando que “no querían volver a pisar las puertas de la casa
donde habían sido vejadas”. Y allí se quedaron, erre que erre, hasta que un
procurador que enviaron a Roma obtuvo del Pontífice, primero, y del Rey de
España, después, que se autorizara la erección del convento “nuevo”, para cuya
fundación había dejado los doscientos mil ducados del pleito, el Alguacil Mayor
don Alonso del Campo y Lantadilla.
Por fin,
en 1675, recibiéronse en Santiago las autorizaciones correspondientes y dos
años más tarde “el Vicario Capitular de Santiago trasladó a siete religiosas
del antiguo convento de Santa Clara a la casa construida para el nuevo
monasterio en la esquina norte-oriente de 'la Plaza Principal’. A la cabeza de
esta nueva fundación colocó, el Prelado, a Sor Úrsula de Aráoz, nombrándola
Abadesa.
Recordará
el lector que “las monjitas rebeladas” que huyeron a refugiarse en el convento
de las Agustinas, fueron trece... Pues bien, en los veintiún años que
transcurrieron desde el asalto al convento de las clarisas y fuga de las
monjitas, hasta que lograron instalarse en su nuevo convento, murió la mitad...
El pueblo
de Santiago, que desde el comienzo del incidente les había manifestado su
simpatía, les conservó también su cariño a través de los años y de las
generaciones, denominándolas “las monjitas”, nombre que también se dio a la
calle donde establecieron su nuevo convento y que hasta hoy se conserva: “Calle
de las Monjitas”.
§ 5.
El mestizo Alejo
Tres
meses habían transcurrido desde que el Cacique Puante se instalara en los
alrededores de la villa de Angol con su ejército de más de mil araucanos
dispuestos a destruir a sangre y fuego el fuerte y la ciudad que se cobijaba al
amparo de sus cañones; el testarudo caudillo indígena no daba muestras de
querer levantar el cerco a pesar de que el Jefe de la guarnición española,
Capitán don Alfonso de Villanueva y Soberal, hacía, periódicamente, “entradas”
e incursiones por el campo enemigo, arrollando cuanto encontraba en su camino.
Ante el
empuje de las tropas castellanas, las huestes indígenas, siguiendo la táctica
aprendida de sus antecesores, cedían el paso, se diluían por entre las
quebradas y matorrales sin presentar resistencia sino cuando tenían la
seguridad, por su número y posición, de dominar a sus adversarios, o de
causarles bajas de consideración. Experimentadas de esta táctica, las avanzadas
españolas tenían orden de no aventurarse nunca más allá de ciertos límites,
dentro de los cuales podían recibir oportuno auxilio, en caso de contraataque,
y de no permanecer fuera del fortín sino hasta la caída del Sol.
En varias
ocasiones, desde que Puante pusiera cerco a la villa y fortín, había querido el
Jefe araucano dar fin a su propósito de apoderarse de la presa enemiga; pero
otras tantas veces sus porfiadas tropas habíanse estrellado contra las aceradas
picas, las fuertes corazas y las rojas metrallas de los defensores del recién
reconstruido fuerte. Acercábase, entre tanto, la época de las lluvias y los
indígenas no podían pensar en permanecer a la intemperie los meses invernales;
el Jefe indio decidido, por fin, a intentar el última asalto, reforzó sus
huestes, recorrió sus líneas, cortó los pasos por donde los españoles podían
forzar la retirada hacia el Bío-Bío y dio sus instrucciones para dar la batalla
definitiva.
El día 5
de Mayo de 1637, antes de que las primeras luces de la aurora iluminaran las
cumbres de la cordillera de Nahuelbuta, una inmensa gritería y chivateo hizo
saltar de sus lechos a los habitantes y defensores de la ciudad y fuerte de San
Francisco de Angol, y una horda incontenible invadió el campamento castellano
‘por los cuatro costados”; los centinelas y vigilantes que el Jefe español
tenía apostados en los sitios estratégicos para dar la alarma en caso de
ataque, habían sido sorprendidos y muertos por las avanzadas indígenas,
aprovechando la hora de la “modorra”, y sólo uno o dos de ellos lograron
descargar sus mosquetes antes de caer aplastados por las terribles mazas.
El ataque
había sido dispuesto de tal manera, que aunque las tropas castellanas hicieron
prodigios de valor, encabezadas por el Jefe de la guarnición y sus oficiales, y
lograron derrotar a una de las compañías asaltantes, no pudieron impedir que
fuera hecha prisionera buena parte de la población femenina, con la cual
huyeron los indígenas hacia sus impenetrables montañas.
A las
nueve o diez de la mañana se retiraban del campo de batalla los últimos
escuadrones indígenas, dejando a sus enemigos, a cambio de un centenar de
muertos, el tremendo dolor de haber presenciado, impotentes, que los bárbaros
se llevaran, en medio de una loca gritería de triunfo, a las más bellas, a las
más amadas jóvenes de la villa de Angol...
Una de
estas mártires era la hija única del Capitán de Lanzas, don Francisco Gutiérrez
de Albornoz, llamada doña Beatriz, pimpollo de dieciocho años que con su rara
hermosura había aprisionado el corazón del Alférez Real de la ciudad de
Concepción don Juan de Mata Quiñones, quien debía llevarla a los altares en
días ya cercanos.
Los
indios del caudillo victorioso se retiraron hacia una pequeña hondonada de las
muchas que forman las cordilleras que se extienden siguiendo el curso del río
Malleco, para repartirse el precioso botín conquistado en su final asalto a la
villa de Angol; más de treinta fueron las mujeres españolas que en esa junta se
distribuyeron o se disputaron los vencedores después de que el Jefe hubo
escogido su parte. Puante dejó para sí a la novia del Alférez Real de
Concepción y la bella Beatriz fue llevada a la ruca de Ulmén con las aparatosas
ceremonias nupciales consagradas para los casos en que se aumentaba el harem
del Toqui.
Los
sueños de amor de la doncella española quedaron destrozados, definitivamente,
por el más acerbo de los infortunios.
Tantos
sufrimientos, tantas terribles emociones, minaron luego su organismo y una
fiebre maligna y persistente la retuvo, durante cien días, en el mullido lecho
de “pellejos” que el propio cacique habíale acomodado. Durante su larga
enfermedad, Puante no se separó del lecho de Beatriz, veló su agitado sueño y
aún trató de alegrar sus largas horas de melancolía.
Cuando la
enferma estuvo mejorada y pudo salir de la ruca para ver y disfrutar de los
rayos del Sol, Puante díjole un día:
—
¡Florcita del campo... ya está buena... si quiere irse... la llevaré donde
quiera!... Y se echó a sus pies.
Beatriz
se quedó espantada; luego dio un grito indefinible, abrió los brazos y se
desplomara sobre el suelo si el indio no la recibiera en los suyos.
Vuelta en
sí, cayó en una profunda “songonana”; sus pensamientos giraban alrededor de las
palabras que había oído a Puante y luchaba entre aceptar su ofrecimiento de
restituirla a su hogar, y a la vergüenza que sufriría al tener que revelar a
los suyos que iba a ser madre. Hubiera preferido que nunca saliera de los
labios del Toqui tales palabras y que su vida se hubiese deslizado, bajo la
selva araucana, sin esperanza alguna de resurrección, porque considerábase
muerta para el mundo en que hasta hace poco habitara.
Transcurrido
el tiempo inexorable, Beatriz encontró un día, en su regazo, a la tierna
criatura que la iba a alejar, definitivamente, de sus pasados afectos; al
contemplarla, acurrucada junto a su pedio, abriéronse, como flor en Primavera,
los tabernáculos del amor maternal y juró no volver jamás a tierras españolas.
Fuese a la orilla del arroyo y hundiendo las manos en las aguas vírgenes de la
vertiente, bautizó a su hijo con el nombre de Alejo.
La guerra
de Arauco renovábase año tras año con mayor inquina y crueldad y con suerte
varia para los enconados combatientes. El año 1641, el Ulmén Puante reunió
grandes ejércitos con los cuales arrasó las posesiones españolas durante seis
años, sin que las armas castellanas lograran acorralar al afortunado
Caudillo que se paseaba victorioso, desde el Malleco hasta el Bío-Bío,
sembrando el terror.
Algunas
veces atravesaba este último río y aún el Laja, y asolaba la región de Yumbel
arrastrando tras de sí botín inmenso que servía de aliciente para que sus
tropas, despreciando los peligros, ejecutaran los más atrevidos actos de
heroísmo. En el “alzamiento" de 1646, encabezado por Butapichón, el
ejército de Puante se encargó de asaltar el fuerte de Nacimiento donde se había
refugiado el Sargento Mayor don José de Novajas, y lo obligó a evacuar la
fortaleza con pérdidas enormes. Terminada la campaña de Otoño y cuando las
lluvias paralizaban el movimiento de los ejércitos, Puante volvía a sus
escondites de las hondonadas del Malleco a invernar al lado de su española
Beatriz y de su hijo Alejo, que lo recibían amorosamente.
El
Muchacho iba a cumplir los ocho años y a enseñanza de su madre había aprendido
a rezar y a leer; su padre habíase preocupado, en cambio, de enseñarle el
manejo de la lanza y del caballo y el niño Alejo, cuyo físico anunciaba ser
corpulento, era, ya a su edad, un jinete de sobresaliente estampa que dominaba
fácilmente las vehemencias de cualquier animal.
Al año
siguiente la guerra empezó más temprano; había llegado a Chile un nuevo
gobernador, con refuerzos del Perú y quería aprovechar del entusiasmo de sus
tropas para dar una batida a los araucanos antes de que éstos estuvieran
preparados para la próxima campaña de Primavera. Puante respondió a la
provocación y al frente de sus huestes se instaló en las márgenes del Bío-Bío,
a esperar que los tercios españoles intentaran atravesarlo; algunos días
llevaba de vigilar atenta pero infructuosamente los “pasos”, sin notar ni la
más pequeña demostración, hasta que se decidió a levantar el campo y a
internarse otra vez en sus tierras, convencido de que el español habría
desistido de iniciar su anticipada campaña.
Anduvo
dos días y pernoctó cerca del Malleco para atravesarlo a la mañana siguiente y
penetrar en sus tierras con el alba. Puante se halagaba con la idea de
sorprender a su hijo y a Beatriz con su llegada sorpresiva.
La
ausencia total de enemigos durante la marcha, los caminos y senderos casi
intransitables aún por 'las lluvias del Invierno, y, especialmente, el
convencimiento de que los españoles no habían pasado el Bío-Bío, hicieron que
el Toqui se despreocupara de tomar precauciones severas para el vivac de su
gente. Y, precisamente ésa noche, a la hora de la “modorra’', o sea un poco
antes del alba, cuando el sueño invade con más fuerza, ocurrió al ejército de
Puante lo que tantas veces hiciera él mismo con sus enemigos.
Desbaratado
completamente el ejército araucano, las tropas del Malleco, cayeron como el
rayo sobre las desprevenidas huestes del Ulmén y las destrozaron. Puante
sucumbió de los primeros, atravesado por las lanzas de un grupo de soldados que
había recibido la misión de ubicar, especialmente, el alojamiento del Jefe
indio.
Desbaratado
completamente el ejército araucano, las tropas españolas se dedicaron a
destruir las posesiones, los abrigos y guaridas de esa región que era el
baluarte del enemigo. Una partida llegó hasta la ruca del Ulmén; la arrasó
hasta sus cimientos y tomó prisioneros a sus habitantes incorporándolos al
grupo, ya numeroso, que debía marchar hacia el fuerte de Nacimiento. Beatriz,
abrazada con su hijo, marchó adelante, sin protestar, sin decir una palabra. El
mismo Destino qué la arrancara de su primitivo hogar diez años antes, la
restituía ahora al seno de los suyos...
* * * *
En
calidad de soldado distinguido ingresó en las filas del ejército español de la
frontera, allá por el año de 1650, un bizarro muchacho no mayor de catorce
años, llamado Don Alejo Gutiérrez de Albornoz, después de haber cursado
gramática y latinidad en el colegio que mantenían los jesuitas en Concepción y
que estaba dedicado a los niños de familias nobles. El primer capitán de este
joven soldado fue don Pedro de la Raygada, quien demostró por el recluta un
interés excepcional, pues afirmaba haber conocido muy íntimamente a su padre,
muerto en acción de guerra cuando aún no nacía su hijo. La madre del pequeño
soldado era la muy principal señora doña Beatriz Gutiérrez de la Hermosilla,
que a la muerte de su marido, según ella decía, encontrábase en la Capital del
Reino, habiendo permanecido allí hasta que su padre, el Maestre de Campo don
Francisco Gutiérrez de Albornoz, la llamó a sí para que lo acompañara en su
reciente viudez.
El
muchacho, siguiendo una costumbre social de la época, había adoptado d apellido
de su abuelo, pues el Maestre de Campo no había tenido hijo varón.
El joven
don Alejo Gutiérrez hizo rápida y afortunada carrera; al año siguiente de su
ingreso en el Ejército le fue concedido el ascenso a “caporal de uno de los
grupos de su escuadrón y dos años más tarde conquistaba las charreteras de
sargento por haber dado muerte, en singular combate, al Cacique Roncomira,
frente al fuerte de San Felipe de Austria. El Sargento Gutiérrez era un
"caballero lanza” sobresaliente y en sus conversaciones de camaradería
aseguró varias veces que "desde chico le habían ejercitado en el manejo de
esa arma, cuando estaba al lado de su madre”.
Dos años
permanecía ya el Sargento Gutiérrez en el grado y no disimulaba su vehemente
aspiración de alcanzar la banda de oficial; dos veces habíanse presentado
vacantes de alferecía; sin embargo, sus jefes, desentendiéndose de sus méritos,
lo postergaron por otros que, al sentir del interesado, no lo supeditaban ni en
valor ni en competencia. ¿Por qué?
Amargóse
el ánimo del joven con esa injusticia, y de alegre y jovial tornóse mustio y
reservado.
Un día en
que los jóvenes de su escuadrón se ejercitaban en juegos de sortijas para
participar en la próxima fiesta de Santiago Apóstol, el Sargento Gutiérrez tuvo
un altercado con el Alférez Bartolomé de Moxica, "por cierto tanto que
ganara o no ganara el primero”; la discusión encrespóse y el Sargento tiró de
su espada... Pero su adversario cruzóse de brazos y, con altanero desprecio,
arrojóle al rostro «tas palabras:
— A un
hombre de limpio linaje como el Alférez Moxica, no le es permitido cruzar sus
armas con un “huacho”...
El joven
Gutiérrez quedó anonadado con este insulto soez, y aunque en seguida pretendió
lanzarse sobre su ofensor, el muchacho fue sujetado enérgicamente por sus
compañeros; la presencia de su Capitán Raygada vino a cortar oportunamente la
cuestión que habría terminado, de seguro, de una manera trágica.
— Moxica
será castigado condignamente — afirmó el Capitán— ; podéis estar seguro, señor
Sargento. Hoy mismo, ahora, luego, recibirá su licencia para abandonar el
fuerte y partir a la Concepción.
El
ofendido había recibido una reparación pública y amplia, y cualquiera, en su
lugar, hubiérase dado por satisfecho.
Gutiérrez,
empero, separóse de sus compañeros y echó sus pasos hacia el campo, sin rumbo
fijo; anduvo vagando la mañana y parte de la tarde por laderas y senderos,
aspirando el aire fresco a pulmón pleno, obsesionado por una idea que había
brotado de su cerebro afiebrado y que germinaba rápidamente. Era “huacho”... le
atraía la selva, la soledad, la naturaleza virgen; sentía en su interior un
deseo incontenible de libertad, lejos de aquella gente española que le había
desconocido sus méritos y su derecho para ocupar una alferecía que tenía bien
ganada con su valor y que, al fin, lo había vejado, por boca de un miserable.
Estaba,
pues, de más, entre esa gente; su sitio no era ése. Pero, ¿a dónde ir?
Alzóse de
pronto, como si recibiera repentinamente una inspiración, bajó casi a la
carrera por una escarpada senda que caía al campamento del fortín de San
Felipe, atisbó a los vigilantes, montó de un salto sobre un caballo y partió al
galope cortando caminos por entre las encrucijadas; sonaban los últimos toques
de “oraciones” cuando penetraba por las estrechas callejuelas de Concepción y
se detenía frente a casa de su madre, doña Beatriz Gutiérrez, en cuyos brazos
permaneció sin articular palabra durante algunos momentos.
Un
corazón de madre no podía engañarse, y doña Beatriz comprendió, en seguida, que
alguna pena honda martirizaba a su hijo; tomó con ambas manos la cabeza del
joven» clavó su mirada en las humedecidas pupilas, lo besó en los labios y
preguntóle, apasionada y dulcemente:
— ¿Por
qué sufre, mi hijo?...
De nuevo
ocultó su rostro en el regazo de su madre el joven Alejo, ahogando en su
garganta los sollozos que pugnaban por escapar y, sin moverse de ese sitio,
murmuró, con acento de profunda amargura.
—
¡Decidme, señora, quién fue mi padre!...
Doña
Beatriz se sintió desfallecer y su voz se apagó, al mismo tiempo que su cuerpo
se abandonaba flácidamente en los robustos brazos del soldado. Tendida sobre su
lecho oyó momentos después la relación de lo ocurrido en el fuerte de San
Felipe y cuando Alejo terminó de hablar, doña Beatriz incorporóse lenta, pero
resuelta, y ya con voz tranquila preguntó a su hijo:
— ¿Y qué
piensas hacer ahora?
— Lo
primero matar a mi cobarde ofensor...
— Bien...
— acentuó la española— . ¿Y luego...?
—
Luego... saber, de cualquier modo, quién fue mi padre.
— ¿No te
avergonzarás de él...?
— ¿Os
avergonzáis, vos, señora...? — inquirió a su vez el joven.
— ¡No
puedo avergonzarme de haber sido la mujer de un valiente, aunque fuera enemigo
de mi raza! ¡Eres hijo del Toqui Puante...!
El joven
Alejo se incorporó de un salto; su faz se iluminó con un gesto de alegría
gloriosa y arrancando, violentamente, la banda de sargento español que cruzaba
su pecho, alzó ambos brazos empuñados, arrojó al suelo la insignia castellana,
plantó sobre ella un pie y luego el otro, lanzó un alarido gutural, ronco e
indefinible, y cayó a los pies de doña Beatriz exclamando:
—
Madre... ¡adiós!
De un
brinco traspuso el umbral de su casa solariega y apretando los ijares del
caballo que lo esperaba a la puerta, se hundió en la tenebrosa selva araucana.
El
“mestizo Alejo” iba a empezar su vida de invencible caudillo de las huestes
indígenas.
§ 6.
La muerte del caudillo
Al
espantoso desastre de la expedición punitiva que organizó, el año 1654, el
Maestre de Campo don Juan de Salazar, para castigar a los indios cuneos de las
márgenes del Río Bueno en el cual pereció miserablemente la mitad del ejército
español, sucedió una serie de acontecimientos desgraciados que pusieron al
Reino al borde de la ruina y que culminaron con el movimiento revolucionario de
la ciudad de Concepción, cuya principal consecuencia fue la deposición por el
pueblo y el Ejército, del Gobernador don Antonio de Acuña y Cabrera.
Suceso
tan inaudito — la deposición del Representante del Soberano — no sólo perturbó
la vida social y política del Reino, sino también el desarrollo de la guerra
contra los indígenas, puesto que ningún militar considerábase con la suficiente
autoridad para sustituir en el mando del Ejército al desposeído gobernador e
imprimirle el rumbo enérgico y decidido que tal campaña necesitó siempre. El
Ejército, en consecuencia, se limitó a ponerse a la defensiva y se guareció en
sus fortificaciones de la frontera, dejando entregado a sus tenaces adversarios
en control casi absoluto de toda la región araucana.
En otro
tiempo, con otros caudillos, los indígenas hubiéranse entregado a la molicie y
a la celebración desenfrenada de sus recientes triunfos, pero un espíritu nuevo
habíase extendido rápidamente a través de las selvas y a las interminables
borracheras y orgías que sucedían a las victorias, siguió una organización
férrea de las huestes indianas bajo la mano vigorosa, inteligente y astuta de
un nuevo Toqui aparecido en las hondonadas del Malleco.
La
desordenada horda que antes entraba en combate atropelladamente, oponiendo su
pecho desnudo a las aceradas picas españolas, se transformó, a la voz del nuevo
caudillo, en recios y fornidos escuadrones de caballería ligera que volaban
durante la noche, de una región a otras y aparecía inesperadamente, frente a
los desprevenidos fuertes, a las indefensas haciendas o a las tranquilas
poblaciones, arrollándolo todo con crueldad inaudita y arrastrando en pos de sí
un botín inmenso en riqueza y en carne humana.
El nuevo
Toqui decíase hijo y heredero de Puante, el valiente Ulmén, — muerto en una
emboscada—, que veinte años atrás había mandado en jefe los ejércitos
indígenas; al presentarse, a raíz de su fuga de Concepción, ante el Toqui
Budeuco, para pedir un sitio entre sus hermanos, el Jefe preguntóle su nombre.
—
Alejo... — respondió el mocetón.
— Ese es
nombre español — acentuó despreciativamente el Toqui.
— Me
llamaré El Mestizo... “El Mestizo Alejo”.
— Te
llamarás Botumpuante: el hijo de Puante — propuso Budeuco.
— ¡No —
rechazó el joven— ; me llamaréis Alejo, quiero que los españoles sepan que es
“el mestizo” quien sembrará el terror en sus filas y los arrojará de Arauco...
¡El Mestizo Alejo…! — exclamó por fin, levantando el brazo empuñado, en
amenazante ademán.
Antes de
dos años, el Mestizo Alejo había logrado formar y ponerse al frente de un
escuadrón de caballería de más de mil hombres a quienes instruyó por la táctica
del ejército español que él sabía a fondo; conociendo perfectamente el idioma y
las costumbres de los bárbaros, sabía estimular sus pasiones e incitarlos a la
guerra por medio de soberbias arengas que entusiasmaban a sus secuaces hasta el
fanatismo y los lanzaba a la pelea ebrios de sangre y de pillaje. Los éxitos de
sus batallas y de sus audaces campañas fueron, poco a poco, reuniendo bajo su
mando a los diversos ejércitos que obedecían a otros caudillos y a la entrada
de la Primavera del año 1657, el Mestizo Alejo se encontró al frente de casi
todo el ejército araucano.
Ante el
enorme peligro en que se encontraban las poblaciones de la frontera, el nuevo
Gobernador de Chile, Almirante don Pedro Porter y Casanate, resolvió emprender
una campaña formal y decisiva contra el Mestizo, cuya fama de cruel y de
sanguinario había llegado hasta Santiago y producido “terror y melancolía” en
todo el Reino. Organizó rápidamente dos divisiones bien provistas y
amunicionadas que entregó a dos de sus mejores guerreros, los capitanes don
Martín de Irizar y don Ignacio de la Carrera, quienes partieron hacia
Concepción y entraron al territorio araucano, el uno por la costa de San Pedro
y Laraquete, y el otro por Yumbel y Los Ángeles.
El astuto
Alejo no presentó combate a ninguna de las dos divisiones con el grueso de su
ejército, sino que envió patrullas volantes para que las molestaran en su
travesía; pero una vez que supo que las tropas españolas habían avanzado hacia
el interior del territorio araucano, atravesó con dos mil hombres el Bío-Bío,
por Santa Juana, y apareció en los alrededores del fuerte de Conuco, situado a
pocas leguas de Concepción.
Al
saberse que el Mestizo había invadido el distrito de la ciudad se produjo allí
un pánico tremendo, pues todos contaban con que el Caudillo araucano
encontraríase acorralado ya, en las selvas, por las divisiones españolas; el
Gobernador impartió las órdenes más severas para la rápida organización de la
defensa y dispuso que una compañía de doscientos jinetes saliera a detener a
los invasores, mientras se acumulaban mayores elementos.
El
Capitán de la compañía, don Pedro Galleguillos, era uno de los más avezados
guerreros de las campañas de Arauco y tenía una larga experiencia de esta
guerra de emboscadas, audaz, astuta y desleal. Conocía bien al Mestizo, porque
varias veces había cruzado sus armas contra sus escuadrones, y sabía que el
menor descuido de las tropas españolas podría ocasionarle un desastre.
— Capitán
Moxica — díjole a su teniente—, sabe Vuestra Merced que el Mestizo, a quien
Dios confunda, es un traidor con quien se debe tener sumo cuidado y cautela;
prevenga, pues, al ejército, de que habrá de estar atentos a las órdenes que se
den para ejecutarlas “al tanto", no sea que por una falla nos veamos en
aprieto.
— Señor
Capitán Galleguillos — contestó el Teniente—, conozco tan bien como Vuestra
Merced al Mestizo, que fue sargento de mi compañía en el fuerte de San Felipe,
y pluguiera al cielo que entonces lo hubiera castigado en forma de que no
hubiera podido cometer la traición contra el Rey y ocasionar las desgracias que
por su causa estamos padeciendo; pero si la oportunidad se presenta ahora,
tened por cierto que sabré castigar sus crímenes. Descuidad — terminó el
Capitán Moxica—, que tendré muy prevenidos a mis soldados de lo que acabáis de
decirme, y, además, de que se ingenien para coger vivo al Mestizo a fin de
llevarlo a Concepción para su condigno castigo en la hoguera de los renegados.
Caminaba
la compañía española con todas las precauciones que eran de rigor hacia el
fuerte, cuando el Capitán recibió aviso, de sus patrullas exploradoras, de que
en el paso llamado del Molino del Ciego habíanse divisado las avanzadas del
ejército de Alejo. El Jefe castellano ordenó detener la marcha y ocupar una
loma a la derecha del camino, que le daba una ventajosa posición. Tendió allí
su línea, apoyada en dos quebradas, hizo desmontar a la tropa a fin de que
pudiera disparar sobre mampuesto con sus mosquetes de metralla, dejó detrás los
caballos listos para emprender una persecución o una carga de caballería y una
vez que hubo recorrido personalmente la línea de combate, esperó, tranquilo, el
avance del ejército enemigo.
El astuto
Alejo había observado atentamente la meticulosa disposición de las tropas
españolas y al mismo tiempo iba formando su plan; cuando lo tuvo bien meditado
y resuelto, dio la orden de atacar con ímpetu la línea española por escuadrones
de flecheros montados, y de reemplazarlos a medida que las balas fueran
raleando las filas de los atacantes. De esta manera lograba que la batalla se
mantuviera enérgica por el frente, y que los jefes españoles estuvieran
preocupados de sus menores detalles.
Entre
tanto, el Jefe indio había echado a un centenar de sus soldados por encima de
las montañas rocosas que quedaban a espaldas del ejército español y que le
servían de apoyo: al pie de esas rocas estaba guarecida la caballada del
Capitán Galleguillos, en espera de sus jinetes; con el estampido de los
proyectiles, con los gritos de chivateo, con el estruendo de la batalla, los
animales, nerviosos y asustados, eran reprimidos a duras penas por sus
cuidadores. Aprovechándose, pues, de este general desconcierto, los indios del
Mestizo empezaron a descolgarse por entre las rocas del precipicio, ocultándose
y deslizándose tras los troncos que desafiaban al abismo, y, por fin, lograron
ganar la explanada.
En medio
de una atronadora gritería y de los más extraños aullidos, atacaron con sus
picas y con ramas de espino a las espantadas cabalgaduras y los arrojaron sobre
la espaldas de la línea española, produciendo en ella el más espantoso
desorden; al mismo tiempo, el Mestizo Alejo ordenó un final e irresistible
ataque por todo el frente con la mitad de sus escuadrones, mientras que la otra
mitad, a su mando inmediato, emprendía una desastrosa persecución.
Contemplaba
el caudillo desde lo alto de una loma la carnicería que hacían sus escuadrones
en las desordenadas tropas españolas, cuando divisó a un jinete castellano,
acorazado de la cabeza ¡a los pies, que se batía fieramente contra un grupo de
indígenas, quienes, a pesar de sus esfuerzos, no podía dominar los ímpetus
temerarios del guerrero español. Poco a poco los valientes bárbaros fueron
cayendo a los pies del brioso caballo hasta que sólo quedaron dos, chorreando
sangre, que lo acosaban, empero, con ciego e incontenible ardor.
Al ver
caer a uno, Alejo hincó espuelas y se lanzó, saltando vallas, a ponerse al lado
de sus valientes. El impulso de la carrera y el choque de su cabalgadura con la
del acerado jinete, echaron por tierra al Mestizo y por poco sacó también,
fuera de la montura a su adversario; ambos, sin embargo, requirieron sus
lanzas, se midieron mañosamente, cruzáronse fulminantes miradas pletóricas de
odio y se arrojaron montado el uno y a pie el otro, en una lucha feroz, y con
la certeza de que se estaban jugando la vida.
El
caballero, prudente y receloso, recogió las riendas, reprimió los bríos del
animal y empezó a rodear a su adversario, blandiendo la pica; el Mestizo, a su
vez, giró alrededor del jinete atisbando el momento de clavar la punta de su
lanza en alguna de las junturas de la coraza. Ninguno de los dos, habilísimos
combatientes, se atrevía a echarse sobre el adversario sin llevar la certeza de
que su golpe sería decisivo; varios pinchazos que él indio “alcanzó” en el
caballo, no lograron “descomponer” al jinete, a pesar de que el animal brincaba
encabritado. Cinco veces, el caballero echó sobre el indio las patas delanteras
de su enfurecida cabalgadura, y otras tantas el ágil Mestizo apareció indemne
al lado del centauro.
La lucha
se prolongaba; los pechos sudorosos se levantaban agitados y prepotentes, al
impulso de los fuertes latidos de esos corazones enrabiados; las gargantas
secas lanzaban gemidos broncos, guturales, al compás del cansancio y del dolor,
como si estuvieran midiendo el tiempo que a sus dueños les quedaría de vida. En
un momento, el jinete paseó rápida mirada por el campo a su alrededor, como en
imploración de ayuda;... pero no vio a ninguno de los suyos en pie; por lo
contrario, divisó a la distancia a un numeroso grupo de enemigos que se
acercaban, corriendo, a ponerse al lado de su adversario.
Era
preciso terminar; el jinete incitó a su corcel, clavándole los ijares hasta
saltar la sangre, y en un rápido rodeo se lanzó sobre el indio. El Mestizo vio
que su enemigo provocaba el final del combate — a fin de poder huir antes de
verse rodeado de los bárbaros vencedores— y se preparó también para el momento
decisivo; plantóse, a pie firme, a esperar el choque, y en el momento en que el
español, lanza en ristre, la enfiló hacia su pecho desnudo, el indio giró
rápido sobre sí mismo y alzando la pica, apoyada sobre su tronco, la clavó,
certera y definitiva, en el cuello del jinete.
El
caballero se desplomó al lado de su encabritada bestia bañada, también, en
sudor y en sangre.
El
Mestizo, lento y jadeante, llegó, tambaleándose, al lado del vencido y alzóle
la caída visera... Los ojos del indio abriéronse desmesuradamente, levantó los
brazos y cayó, arrodillado, fijando una insistente mirada en el rostro de su
enemigo...
—
¡Moxica.¡ ¡Moxica...! — Murmuró— : ¡Moxica...! ¡Por fin...!
Incorporóse
lentamente, sin quitar la vista de esa faz exangüe y sin vida, pero no por eso
menos odiada; cogió la espada que había quedado junto al cuerpo yacente y,
empuñándola con ambas manos, hizo saltar, de un solo tajo, la cabeza de ese
tronco inerme.
* * * *
Entre las
cautivas que el Mestizo había arrastrado, consigo en sus correrías por la
región de Yumbe1, se contaba a una bella española que había tenido la “suerte”
de alcanzar la preferencia de favorita, durante dos años, en el numeroso harem
del indio; raro e inusitado suceso, pues el joven Caudillo hacía ostentación de
no conservar por mucho tiempo determinados afectos femeninos.
Una
mañana, la joven española fue encontrada muerta en el “loncahue”, o ruca, en
que dormía en compañía de las otras esposas del Toqui mientras éste se
encontraba ausente, y por más averiguaciones que hizo la “nenque”, o jefe del
harem, y las ceremonias que practicó la “machi”, para saber la causa del
fallecimiento de la favorita, el suceso mantúvose en impenetrable misterio.
Cuando Alejo regresó de su campeada, habían transcurrido dos semanas desde que
'la española yacía bajo tierra; el caudillo se hizo mostrar la sepultura y,
debajo del añoso roble que la cobijaba, quiso permanecer solo toda aquella
tarde.
Los días
sucesivos vagó por los bosques cercanos, sin permitir que nadie le acompañara;
echábase sobre el suelo, bajo un árbol o a la orilla de “una agua”, y dejaba
transcurrir el tiempo embebido en solitarios pensamientos.
Dos de
sus mujeres, jóvenes y esbeltas araucanas, seguían, sin embargo, las andanzas
del Caudillo desde que regresara al terruño; le seguían de lejos, le atisbaban,
y trataban de adivinar sus pensamientos para satisfacer, de rodillas si fuera
posible, sus más pequeños deseos. Ambas le amaban.
Una
tarde, la más joven, que permanecía “encluquillada” a la sombra de un canelo y
al lado de su compañera, mientras' Alejo reposaba junto a una vertiente, dijo:
— Yo voy
a hablarle, Llancareu…
— ¿Qué le
hablarás, Calicai?
— ¡Que no
tenga pena!...
Después
de un momento levantóse la india y deslizó sus pies desnudos hacia la orilla
del arroyo; humedeció su rostro con las manos, acicaló sus cabellos trenzados y
fuese a la vera del Toqui. Al sentir los pasos quedos que se hundían en la
yerba, Alejo se incorporó de un salto, receloso y adusto; Llancareu echóse a
sus pies, los besó, abrazóse de las piernas, de la cintura y luego del robusto
cuello, e inclinando su cabeza sobre el pecho del amado, como para refugiarse
en él, arrulló:
— ¡Señor,
mi señor bueno, no tenga pena! ¡No tenga pena!...
El indio
estrechó con sus brazos el esbelto cuerpo de la joven, la miró a los ojos,
profundamente, y apartándola de sí, díjole, quedo y terminante:
—
¡Ándate, Llancareu!... ¡mañana te entregaré a tu padre!
La india
le miró suplicante y extendió hacia él sus brazos en última y desesperada
solicitud, pero el mocetón dio vuelta la espalda; Llancareu hubiera caído en
tierra si no se colgara de una rama. Quedóse mirando alejarse al ingrato y a
medida de que la fortachona silueta se perdía detrás de los troncos, el rostro
de la muchacha iba transformándose, de humilde en rencoroso; de dolorido en
furibundo.
Cuando
Alejo desapareció, la india arrojó una bofetada al aire y escupió en el
vacío...
—
¡Llancareu..., hermana...! — oyó que le dijo Calicai, a la vuelta de un recodo.
— ¡Me
echó! — Rugió la india— . ¡No puede olvidar a la española!
— Te vi
abrazada con él... — replicó Calicai.
— Primero
fue así..., pero después me echó; ¡maldito!
—
¡Maldito... — repitió la compañera— . ¿Y qué harás ahora?, agregó temerosa.
—
¡Matarlo...! — Respondió al punto Llancareu— . ¡Morirá por veleidoso, por
ladrón!
—
¡¡Huacho...!! — acumuló, con rencoroso desprecio, Calicai.
* * * *
A la
mañana siguiente se difundió como un relámpago la tremenda noticia de que el
Toqui Alejo había sido encontrado muerto, en su lecho, sin demostración alguna
de la causa que ocasionara tan enorme pérdida para las huestes araucanas.
— ¿De qué
habrá muerto...? ¿De qué habrá muerto...? — preguntaban, consternados, los
forasteros que venían llegando al “entierro”.
— ¡Murió
de pena…! ¡Murió de pena...! — contestaban, invariablemente, las indias del
harem.
§ 7.
Inesita Vega, su perro y el señor Corregidor
No
cumplía aún los catorce años, cuando Inesita Vega y Pérez García se encontró
con que tenía que compartir su mullida e inocente “cuja” con el marido que sus
padres le habían elegido entre los más acreditados “mercaderes" de la
calle de Bernardino Morales (Bandera), que por los años de 10 era algo así como
la de San Pablo o la de San Diego en los tiempos actuales. No podía hacer otra
cosa, la pobre, después de la paliza que le había aplicado su señor padre al
haberla sorprendido una noche pelando la pava detrás de la reja con el Capitán
de Cañones don Juan de la Finojosa y Castañón, linajudo personaje que tenía la
más mala fama entre la gente “de asta y rejón”, que así se denominaba entonces
a la gente alegre y despreocupada.
Era
natural que la chica no se desviviera por su consorte desde que ni la edad del
marido, ni su estampa, fueran comparables con las condiciones físicas que
adornaban al calabaceado Capitán, “ítem más”, cuando Inesita se había templado
del mozo mejor que una guitarra andaluza; de modo que al poco tiempo, libre ya
la niña del ojo vigilante del autor de sus días, que era el terrible, aprovechó
lo mejor que pudo la despreocupación de su marido, y gustó de que le soplaran
al oído las “dulcedumbres” que otros galanes, acostumbrados a merodear por el
cercado ajeno saben endilgar a las muchachas bonitas. Porque 'la verdad era que
Inesita poseía unos ojos, irnos labios y unos dientecitos “raiceros”, capaces
de hacer perder la tranquilidad a un anacoreta viejo y dispéptico.
No se
necesitaba ser adivino ni tener una penetración de canciller republicano, para
augurar que la honra del pulpero de la calle de Bernardino Morales corría unos
riesgos atroces en poder de la bella Inesita; sólo la ceguera del cónyuge era
capaz de no vislumbrar que había, dejado al ratón cuidando de la integridad del
queso. Sin embargo, a fe de verídico cronista, tengo la obligación de declarar
que la solicitada niña no era de aquellas que en medio de una desesperación se
arrojan al río de cabeza;... esto quiere decir, muy claro, que la guapa moza
estaba esperando pacientemente su cuarto de hora, a conciencia de que tendría
que llegar, y pronto.
Ninguno
de los galanes que la asediaban podía enorgullecerse de haber obtenido de
Inesita algo más de una sonrisa insinuante o una mirada todo lo provocadora que
se imaginara el interesado; pero esta misma actitud indefinida de la niña
estaba incrementando, a su alrededor, una hoguera que había de quemar las alas
de la mariposa; Inesita estaba jugando con fuego.
Pedro de
Urquieta, Teniente de Fiel Ejecutor del Cabildo, era uno de los más empeñados
en que Inesita faltara a sus deberes de esposa; dos veces al día, cuando menos,
se daba el placer, o la pena, de pasar por la “tienda” a “tantear" si su
“quebradero de cabeza" se encontraba en situación de concederle algo más
que una platónica mirada; pero era el caso de que siempre, siempre, en vez de
encontrarse con la niña de sus desvelos, el Fiel Ejecutor se topaba con el
cónyuge, a quien maldita la gracia que le hacía aquello de que la justicia
merodeara alrededor de su negocio, dando pie para que se pensara en que sus
balanzas y almudes no estaban en regla.
El
pulpero comentó el caso, cierto día, con su compadre Tomás de Alarcón, viejo
cachazudo y de pocas palabras, quien, después de oír atentamente el coloquio de
su amigo díjole:
—
Cuídate, niño, de los que adoran al Santo por la peana...
Lo que el
pulpero no entendió en ese momento, lo vio clarito tres días después estaba en
la puerta de su establecimiento cuando vio venir al Fiel Ejecutor, a tranco
largo, desde la Cañada; y aunque todavía le faltaban dos “cuadras” para llegar
a la altura de su casa, supuso, y supuso bien, que Pedro de Urquieta venía a la
querencia. Inesita estaba de codos detrás del mostrador, apoyado su bello y
soñador palmito entre ambas manos, pensando, tal vez, en que ya era tiempo de
que llegara el suspirado cuarto de hora; el pulpero, sin decirle una palabra,
entró hacia el interior, salió al patio, “hizo la deshecha” volviéndose en
punta de pies a la trastienda, y ocultóse detrás de una ruma de sacos.
Efectivamente,
no tardó en llegar a la tienda el enamorado Fiel Ejecutor; desde el dintel
inspeccionó ansiosamente el interior y al ver que Inesita estaba sola, lanzóse
al ataque a la conquista.
Inés
midió el peligro e instintivamente retrocedió, lanzando un pequeño grito de
¡Jesús!, hacia el rincón más cercano; pero Urquieta, cegado por la pasión saltó
el mostrador como si éste fuera una cerca vieja, y echando los brazos al cuello
de la dama le aplicó un par de besos en pleno rostro, o donde fuese; pero al
mismo tiempo sus robustos brazos cayeron flácidos y su cuerpo entero se
desplomó sobre el cochino suelo.
El
pulpero, con una tranca en las manos y con los ojos salientes de sus órbitas,
contempló un momento al ofensor de su honra, a quien acababa de castigar, lo
remeció con el pie y al ver que no se movía, lo arrastró hacia la trastienda.
En seguida tomó su chambergo y sin preocuparse de lo que dejaba atrás,
“cortó" a largos trancos hacia el “puente de palo”, cruzó el río y
desapareció por el camino de la Cañadilla. El hombre no era de la raza del Cid
y lo único que pensó fue en poner tierra y agua entre la justicia y su persona;
y al efecto, una semana más tarde se embarcaba en Valparaíso, ocultamente, en
un galeón que estaba de partida para Arica.
* * * *
Hétenos
aquí con que Inesita vino a quedar libre, de la noche a la mañana y sin
esperarlo ella misma, del esposo que le había regalado su señor padre. La niña
esperó la vuelta del marido esa tarde, la noche, un día, dos, la semana, el
mes;... pero al medio año se dijo para su faldellín que no había nacido para
viuda-mártir ni para vivir condenada a que se le pegara la boca por no tener
con quien “platicar” y haciendo duelo por alguien que estaba tan vivo, como
muerto de miedo.
Por otra
parte, el Fiel Ejecutor que sólo había sufrido una rotura de cabeza — que ya
estaba bien zurcida—, alegaba su causa ante la dama diciéndole que tan sólo por
su amor se había expuesto a perder la vida y que era de justicia que tal
heroísmo fuera recompensado; ítem: el desaparecimiento del pulpero y la
prematura e inesperada soledad de la bella Inesita habíanle formado tal aureola
de popularidad a la niña, que no había galán en todo el valle del Mapocho que
no se creyera llamado a procurarle compañía y consuelo.
Pero
Inesita se obstinaba en mostrarse esquiva y retrechera y tanto Pedro de
Urquieta como sus demás galanteadores la encontraban en guardia y siempre dura
de pelar. Tal actitud, sin embargo, no era comprensible para el Fiel Ejecutor y
comenzó a sospechar que la resistencia de la dama era una pamplina y que
Inesilla tenía su “peor es nada” como cualquiera hija de Eva.
Y una
noche, después de haber estado vigilante muchas otras, pudo ver por sus ojos,
el vapuleado Pedro de Urquieta, que un hombre se deslizaba sigilosamente por la
entreabierta puerta de la tienda y hasta creyó sentir, en sus ansias de amante
calabaceado, que una tranca firme había venido a reforzar 'la impunidad de esos
secretos amores. El funcionario municipal sintió el resquemor de los celos, tan
fuertemente como el garrotazo que otrora recibiera del marido, y juró, con la
mano puesta sobre su vara de ministro de fe, que habría de vengarse,
condignamente, de tal desaire, de tal ingratitud y... de tales calabazas.
Gobernaba
la ciudad de Santiago, en calidad de Corregidor y Justicia Mayor, el General
don Pedro Martínez de Prado de la Canal, cuya severidad de costumbres le había
inducido a dictar un bando de buen gobierno que, entre otras cosas, disponía:
“que nadie sea osado de andar por las calles después de la queda ni entrar por
motivo alguno a las pulperías de la ciudad, ni menos en las que gobiernen las
mujeres, pues a pretexto de compras se reúne concurso de gente de ambos sexos a
cometer excesos sin ningún temor de Dios". Y era fama que Su Señoría salía
ciertas noches, seguido de un par de corchetes, a vigilar por sí mismo el
cumplimiento de sus disposiciones.
No era
este el caso de la pulpería de Inesita, pues bien sabían todos que la niña no
daba que hablar sobre su “decencia" y buen cumplimiento de las ordenanzas;
pero Urquieta no reparó sino en que se le presentaba una magnífica ocasión para
ejecutar una venganza de amante despechado. Fuese inmediatamente al domicilio
del Corregidor y aunque era muy cercana la media noche, le hizo pasar el chisme
de que sus severas órdenes eran burladas por Inés Vega y Pérez García, a quien
podría sorprender ‘ infraganti, en esos momentos, si Su Señoría se molestaba un
poquito.
Don Pedro
Martínez de Prado no titubeó un instante, a pesar de que acababa de llegar de
su acostumbrado recorrido nocturno, y momentos más tarde tranqueaba decidido y
enérgico, seguido de sus esbirros, con dirección a la pulpería denunciada. El
denunciante acompañó al Corregidor hasta la esquina más próxima, que era la de
la calle de la Catedral, y ahí se quedó a 'la expectativa de lo que iba a pasar
y para gozarse tranquilamente en su venganza,
— ¡Abrase
a la Justicia! — mandó Su Señoría, una vez que los alguaciles hubieron golpeado
reciamente la puerta.
Dos o
tres segundos pasaron y al cabo oyóse una voz de mujer que preguntaba, un tanto
alterada:
— ¿Qué
justicia llama a estas horas...?
— La del
señor Corregidor, por Su Majestad — respondió un alguacil.
Otros
segundos de silencio y la misma voz agregó:
— Sea
servida, Su Señoría, de permitir que me eche un “rebozo" sobre los
hombros...
La noche
era de esas más oscuras que la conciencia de un usurero y en esa calle no se
divisaba otra luz, allá lejos, que la moribunda y lánguida del farol de la casa
de los Bascuñanes, que venía a quedar a más de una cuadra de distancia.
Impacientábase ya el señor Corregidor con la demora de Inesita para abrir la
puerta y estaba pensando en “poner hombros” sobre los tableros cuando sintióse
que corrían las trancas y se aflojaban los cerrojos. Al mismo tiempo oyóse el
gruñido y luego el alarmante ladrido de un perro que debía ser respetable,
porque él Corregidor oyó a la niña que le mandaba enérgicamente:
— “Sale
de ái", Ferragús, y "andavete” para tu rincón...
Otro
gruñido y otra manifestación nada tranquilizadora del animal.
No era
que el Corregidor tuviera miedo a un can, que hartos hígados había demostrado
tener Su Señoría, en batallas campales y en el rejoneo de toros, en las
corridas que se hacían en la Plaza de Armas los días de gala; pero no le hacía
gracia alguna pensar que un miserable perro le pescara una pantorrilla en la
oscuridad.
— Ate ese
perro, Inés Vega — creyó conveniente prevenir el Corregidor—, no sea que me vea
en la necesidad de atravesarlo...
— No
tenga cuidado, señor Corregidor, que ya está sujeto en su sitio — respondió
Inés, al mismo tiempo que abría la puerta y dejaba el paso franco a la
autoridad.
Entró don
Pedro seguido de sus corchetes y los tres quedaron en la oscuridad de la
tienda, sin moverse, esperando que uno de los alguaciles encendiera la pajuela
y luego el cerote para alumbrar; pero en ese instante un bulto negro, enorme,
un perrazo, uno de esos mastines vaqueros, lanzóse puerta afuera por entre las
piernas de los recién llegados, con tal violencia, que casi echa por tierra al
alguacil que estaba más cercano al dintel.
—
¡Maldito chucho del demonio! — Exclamó el casi descalabrado corchete— ; ¡por
poco me malogra!
— Te
dije, Inés Vega, que amarraras ese animal — reprochó enérgicamente el
Corregidor— ; siento no haberlo tenido a mi alcance.
— Ojalá
hubiera podido alcanzarlo, Su Señoría, o cualquiera de estos señores — contestó
obsequiosamente la niña—, porque así me habría librado de esa fiera.
— A ver —
dijo don Pedro, una vez que el cerote difundió su amarillenta luz sobre los
trastos de la tienda— ; ¿dónde están tus cómplices? Quiero saber quiénes son
los osados de trasgredir mis terminantes órdenes, para que junto contigo
paguen, condignamente, su delito. Registra, Juan Romero, todos los rincones de
la casa, y a los que encuentres, me les echas, por de pronto, el lazo
pescuecero.
Alzó su
voz indignada la dueña de casa y protestó de su inocencia; pero don Pedro no
había venido a tales horas para volverse con las manos vacías ni para dejarse
envolver por lagrimitas; y sentándose sobré un taburete esperó, tranquilamente,
que los corchetes terminaran el registro, de los otros cuartos de la casa.
Volvieron,
por fin, los corchetes, como habían ido, esto es, sin ningún reo; la única
persona que habían encontrado era la de una negra que dormía á pierna suelta en
la cocina, completamente ajena a las ocurrencias.
Aunque el
Corregidor se resistía a creer que había podido ser engañado por el Fiel
Ejecutor Urquieta, que era su subordinado, tuvo que convencerse de ello y no le
quedó más camino, como gentil caballero, que dar a la picara de Inés Vega toda
clase de satisfacciones. Esta, por su parte, extremó su crueldad diciendo al
confundido don Pedro, a tiempo de obsequiarle con la última reverencia:
— Señor
Corregidor, aunque ese maldito perro le dio a Su Señoría un disgusto, no sabe
bien, Su Señoría, cuánto hubiera sido mi dolor si hubiera caído en sus manos...
Le tengo, a ese perro, tanto cariño... ¡Como que es el único compañero en mi
soledad!
-Vaya,
vaya, Inés Vega — contestóle el bondadoso Corregidor— ; no temas por tu perro;
y si vuelve mañana, como que tendrá que volver, a su querencia, acarícialo,
niña, para que olvide también el susto que pasó.
* * * *
Al día
siguiente, tempranito, el Fiel Ejecutor Pedio de Urquieta fue exonerado de su
cargo por haber “hecho burla de la autoridad”; y esa misma noche, “unos negros
que le atisbaban cerca de su posada le aplicaron copia de garrotazos, que le
dejaron inútil mucho tiempo”.
El
“perro” de Inesita Vega no se vio nunca más cerca de la casa de su dueña; gato
escaldado huye del agua fría.
Por si el
malicioso lector fuese amigo de sacar consecuencias, le informaré de que “en
ese tiempo celebróse mucho que un cierto capitán llamado don Juan de la
Finojosa tuviera el don curioso de imitar los ladridos del mastín, de lo que
hacía mucha gala entre sus amigos mozos.
§ 8.
Fundación de la Recoleta Franciscana
Pedro de
Aguayo fue un valiente soldado de los tercios conquistadores que vinieron a
Chile, en 1549, con el Gobernador Valdivia en su segundo viaje, o sea, cuando
regresó de Lima después de haber pacificado al Perú con la derrota del
“rebelde” Gonzalo Pizarro. Destinado al ejército de Concepción, Aguayo
distinguióse pronto por su valor y arrojo en los distintos encuentros con los
aborígenes, soliviantados ya por Lautaro, y pronto obtuvo los ascensos a cabo
de escuadra, a sargento de punta, y por último, a jefe de una corta guarnición
en los minerales de oro de Chiguayante. La noticia del desastre de Tucapel, en
donde rindió la vida el Conquistador Valdivia, le encontró al frente de un
pelotón de soldados con los cuales sostuvo valientemente el paso del Bío-Bío
cuando el caudillo araucano, vencedor, empezó a forzar el vado para atacar la
ciudad de Concepción.
La
campaña de Francisco de Villagra para detener el avance de Lautaro sobre la
ciudad de Santiago, contó, en Pedro de Aguayo, con uno de sus mejores
guerreros; él fue de los que se encontraren en la batalla de los cerrillos de
Caune, a las orillas del Mataquito, en donde fue derrotado y muerto el
malogrado General en Jefe ¿el ejército araucano.
Aguayo
fue uno de los pocos soldados de Chile que lograran ser tomados en
consideración por el nuevo Gobernador Don García de Mendoza; sabemos que este
joven y orgulloso Mandatario desdeñó sistemáticamente a los viejos
conquistadores y los alejó de todo mando en el brillante ejército que trajo del
Perú; sin embargo, ya lo he dicho, Aguayo fue uno de los afortunados “chilenos”
que, si no conservaron su antiguo grado, por lo menos figuraron con alguno...
La gran mayoría de los guerreros que había conquistado o descubierto este país,
los primeros pobladores, los que hicieron la durísima expedición desde el Cuzco
al Mapocho, los que “sostuvieron" la ciudad de Santiago después de su
destrucción, durante dos años de miseria, vestidos “con cueros” y engañando el
hambre con sabandijas, todos esos “fueron desdeñados por don García, quitadas
sus encomiendas y desconocidos sus oficios.”
Excepcionales
condiciones personales debía tener Aguayo, cuando supo hacerse apreciar en
tales circunstancias y salvarse de la quema, sin mayores desmedros, hasta que
don García salió de Chile y volvieron a tomar el mando los viejos soldados de
la conquista que conocían y podían apreciar los merecimientos efectivos de cada
cual y premiarlos en justicia.
Transcurrieron,
pues, los Gobiernos de los Villagra, de Quiroga, de Gamboa y de Sotomayor, y
los años fueron retirando al Capitán Aguayo del servicio del ejército, primero,
y del servicio público, más tarde, pues ha de saberse que llegó a desempeñar
varias veces los cargos de Corregidor, Alcalde, Contador, Veedor y Factor en
varias ciudades “de arriba”. Por último, anciano ya, trasladóse a Santiago —
última y suprema aspiración de todo servidor del Estado, entonces y ahora— y
adquirió un solar “a la chimba” de la ciudad, lado poniente del camino del
Salto, más o menos donde hoy se encuentra el convento de la Recoleta
Franciscana. Al poco tiempo, el Capitán Aguayo había extendido su dominio a los
sitios colindantes, por compra que hizo a sus dueños; y allá por los años de
1590 cuando notó que ya la tierra lo reclamaba y antes de estirar
definitivamente las piernas, llamó a un escribano y otorgó su testamento,
señalando como heredero universal de sus bienes a un sobrino que le había
salido en los últimos años, y que se llamaba Ramón de Aguayo y Pereira, con la
única obligación de que construyera allí una capilla donde se dijera una misa
mensual por el descanso de su alma pecadora y arrepentida.
El
heredero cumplió fielmente la condición testamentaria y consta que al principio
del siglo XVII se levantaba allí “la capilla de Aguayo”, en la cual oían misa
los numerosísimos habitantes de la Chimba, cuando se encontraba un sacerdote
dispuesto a afrontar la travesía y “vadeamiento" del Mapocho, que, por
entonces, no era el modestísimo estero que ahora conocemos, sino un peligroso
torrente que muchas veces, sobre todo en los meses invernales, puso en aprietos
a los que se aventuraban a través de sus turbulentas aguas sin tomar las
debidas precauciones.
La
“capilla de Aguayo" fue, durante muchos lustros, la única ermita del “otro
lado" y el punto obligado a donde pasaban a dar gracias a Dios o a
implorar su protección, los viajeros que tomaban esa vía para llegar o salir de
la Capital del Reino, hacia el norte.
Pero don
Ramón de Aguayo tuvo que pagar, a su vez, el imprescindible tributo a la muerte
y antes de hacerlo, “estando, en su sano juicio”, vendió la propiedad que había
heredado de su tío don Pedro, al Capitán don Nicolás García, que, por haber
ejercido el cargo de Corregidor en Coquimbo, tenía el título de Maestre de
Campo. Fue una de las condiciones de la venta, la de que él comprador debía
mantener la ermita, ad perpetuam, cuidando de que el servicio religioso fuera
atendido “con la dedicación que merece tan cristiana obra”, a lo cual se
obligaron el comprador y su piadosa mujer doña María Ferreira y Moneada, “de
muy buen grado, pues entre sus muchas cualidades se contaba, en primera línea,
la de ser cristianos viejos, grandes devotos de nuestro señor San Francisco.”
Desde
entonces la Capilla de Aguayo fue un centro de devoción donde no faltaron
jamás, por sobre todos los obstáculos que presentare el Mapocho, la misa
dominical; y continuas misiones y novenas a los santos patronos de la ciudad y
en especial a San Francisco, que vino a constituirse, de esta manera, en
patrono oficial de los chimberos. Fue especial motivo para esta preferencia el
hecho de que el Capitán García eligiese a los frailes del convento de la Cañada
como “capellanes" de la ermita de ultra Mapocho y que éstos no reparasen
en sacrificios para atender su servicio religioso.
Los
esposos García y Ferreira iban poniéndose viejos, no tenían Hijos y querían
quitarse la responsabilidad de que sus sucesores cumplieran o no con la
cláusula de mantener la ermita que obligaba a sus conciencias de buenos
cristianos. Y así fue como un buen día, en que el Provincial de San Francisco
Fray Manuel Pérez habíase quedado a merendar en casa del devoto matrimonio y
cuando los tres comensales estaban de sobremesa, él Capitán endilgó la
conversación hacia el grave asunto que le preocupaba, terminando por pedir
consejo al amigo.
Y tan
bien se manejó el Provincial, que de la conferencia resultó que la mejor forma
de tranquilizar los últimos momentos de los esposos, era la de fundar allí un
convento de recoletos franciscanos de estricta observancia, para que atendieran
el servicio religioso ad perpetuam, cumpliendo así la condición que pusiera el
primitivo dueño don Pedro de Aguayo al hacer donación de su casa y solar al
sobrino que la había enajenado más tarde.
La idea
llenaba las aspiraciones del Capitán García y de su conjunta persona; no tenían
herederos, eran ricos y ningún empleo mejor podían dar a su hacienda que el de
dedicarla a fin tan piadoso. Pidieron plazo para pensarlo bien, antes de
decidirse definitivamente, y otro día, después de haber confesado y comulgado
con la humildad de dos cristianos que se preparaban para traspasar los umbrales
de esta vida y entrar a la eterna, hicieron al Prelado franciscano la
proposición formal, que fue aceptada incontinenti.
Fray
Manuel presentóse al siguiente día ante la Real Audiencia con un escrito que
llevaba fecha de Junio de 1645, y en él establecía que “para mayor servicio de
Dios y bien espiritual de las almas, ha muchos años que 'los superiores de la
sagrada orden de San Francisco han deseado que haya en esta ciudad de Santiago
un instituto de recoletos de estricta observancia de las reglas del Seráfico,
lo que no se había podido realizar por “algunos imposibles”; pero que habiendo
Su Divina Majestad movido el corazón del “alférez" don Nicolás García,
vecino y morador de esta ciudad y hombre hacendado, que ha ofrecido para dicho
convento de Recolección el sitio que tiene en la Chimba, en parte notoria, con
iglesia capaz y muy decente, los padres han aceptado la proposición y parecen
ante vuestra Alteza para que se hagan las diligencias necesarias en orden de lo
dicho.”
Y como se
sabía, de cierto, que la Audiencia, primero, y el Rey, después, no negarían el
permiso que se pedía, “por ser de tan notoria conveniencia para el bien de las
almas y servicio de Dios”, el Provincial, a indicación del donante, procedió a
tomar, desde luego, posesión de la ermita y de sus terrenos anchos, y para esto
obtuvo también la aprobación y el permiso del Obispo Humanzoro y el del
Gobernador don Martín de Muxica, con lo cual la ermita quedó, esos mismos días,
bajo el amparo de “los dos cuchillos, pontificio y regio.”
Mientras
salían hacia Roma y hacia la Corte las consiguientes petitorias, adosadas a los
graves y extensos informes de las autoridades eclesiásticas y civiles del
Reino, y mientras volvían, — que era lo más largo— los franciscanos, por una
parte, y el Capitán García, por la otra, emprendieron la tarea de construir el
convento que debía dar albergue a los recoletos y de agrandar la iglesia que,
aunque “muy decente”, era pequeña. El donante no quiso quedar de roñoso y, de
acuerdo con su mujer, echó mano de su hacienda “para aderezar” el convento a
fin de presentar el regalo en forma que valiera la pena. No se limitó tampoco a
esto y adquirió varios lotes de terrenos adyacentes a fin de que los reverendos
padres tuvieran buen campo “para su esparcimiento" y para labrarse su
comida”. Las tierras del Capitán García llegaron hasta muy cerca del cerrillo
de Montserrat, hoy Cerro Blanco.
La
munificencia cristiana del vecindario de Santiago y en especial de los
“chimberos”, que eran los más directamente favorecidos, impulsó decididamente
la construcción del convento y antes de dos años se habían levantado, además de
un refectorio, un aula, tres celdas y 'la portería; y “más de mili e. tres
cientas varas de tapia de cierramiento”; es posible que ya se fuera pensando en
instalar allí, con carácter definitivo, alguno de los departamentos
preliminares de la “recolección” en proyecto.
Pero el
terremoto del 13 de Mayo de 1647, que echó por tierra la ciudad de Santiago,
vino a detener el franco progreso del convento de ultra Mapocho; mucha parte de
lo construido cayó en escombros y la situación de angustiosa miseria en que se
debatió la ciudad durante más de un lustro, se reflejó inevitablemente en la
piadosa obra de los esposos García y Ferreira. Era necesario empezar casi de
nuevo y para esto se debía esperar que el vecindario se repusiera del espantoso
desastre.
Siete
largos años pasaron sin que se pusiera mano en las obras de la ‘recolección” y
apenas se consiguió durante ese período despejar de escombros la capilla, a fin
de que sirviera para un altar provisorio que se “armaba” cada vez que algún
franciscano atravesaba el río para llevar los consuelos de la religión a los
atribulados chimberos. Sólo a fines de 1655 se obtuvo una orden del Presidente
Acuña y Cabrera para que el Corregidor de Santiago, don Ignacio de la Carrera,
entregara al Guardián de San Francisco “los borrachos y los pendencieros y
negros horros condenados" con el objeto de que fueran a “levantar adobes”
al convento de la Chimba.
Con la
elección del Padre Miguel de Araya para Provincial de San Francisco, efectuada
en 1659, adquirió un nuevo y definitivo impulso 'la construcción del convento
de la Recoleta y bien puede decirse que mediante su actividad se pudo dar
término a la obra empezada quince años antes. El Padre Araya se dio a la tarea
de remover con incansable entusiasmo la devoción del vecindario solicitando
limosnas “en reales” y en especies, no sólo para continuar la construcción del
templo y convento, sino “para echar sobre el río una puente" que
facilitara lo comunicación entre la ciudad “de este y del otro lado”.
Este
puente había existido desde muchos años atrás en esa parte; pero fue siempre un
armatoste “de verano” porque la corriente del Mapocho se lo llevaba
indefectiblemente con las primeras lluvias que hinchaban el cauce. El Padre
Araya pretendía, esta vez, construir un puente “de palo” que resistiera las
avenidas y que mantuviera la comunicación en todo tiempo.
No hay
mejor manera para conseguir algo, que proponérselo, por difícil que sea; el
Provincial franciscano fue irresistible en todo terreno, y antes de terminar el
año había hecho obras por más de cuatro mil pesos, suma cuantiosa si se toma en
cuenta que aun no salía el vecindario santiaguino de las apreturas en que lo
había dejado el terremoto. Junto con este trabajo material, el activo fraile
renovó ante la Audiencia las informaciones que debían enviarse a la Corte para
obtener el permiso que autorizara la erección y fundación del convento, gestión
imprescindible para que tuviera existencia legal. Recordará el lector que esto
mismo se había hecho quince años antes; pero sea porque a raíz del terremoto
habíanse paralizado todas las actividades de los interesados en esta fundación,
sea porque en la Corte no le diera a esto mayor importancia, aquella primitiva
solicitud habíase traspapelado en los rimeros de expedientes de Indias.
Pero,
esta vez, el Padre Araya tomó sus precauciones; junto con la solicitud y los
voluminosos informes del Presidente, de la Audiencia, del Obispo, de los
Cabildos y de los prelados de las distintas comunidades, envió a la Corte una
delegación de frailes franciscanos que llevaban dos encargos: el primero,
agitar el despacho del permiso Real, y el segundo, adquirir en España una
imagen de prestigio milagroso que fuera la protectora del nuevo convento y
sirviera de estandarte o de símbolo patronal a los recoletos de la Chimba.
Los
enviados cumplieron su misión a maravillas; antes del año, después de su
llegada a la Corte, habían obtenido del Rey él solicitado permiso en forma
amplia y satisfactoria y pocos meses más tarde comunicaban haber encontrado,
también, la imagen que debía instalarse, como celestial protectora, en el altar
mayor del templo ultra mapochino.
Esta era
la de Nuestra Señora de la Cabeza que se veneraba en un lejano y humilde
santuario situado entre los farellones de Sierra Morena, en la provincia
española de Jaén, y cuya tradición contaba que había sido encontrada en la
cavidad de una roca, el año 1227, por un pastor llamado Juan de Rivas que murió
en concepto de santidad. La Virgen de la Cabeza protegía a los andujareños
desde entonces, con sorprendentes milagros y los pastores le habían elevado un
modestísimo trono en aquellas rocas casi inaccesibles.
¿Cómo se
manejaron los franciscanos chilenos para adquirir aquélla imagen? No lo sé,
pero el hecho fue que a fines del año 1662 se embarcaron en Cádiz, en el galeón
panameño, trayendo en sus maletas a la milagrosa figura de Nuestra Señora y
desembarcaron en Nombre de Dios para atravesar el istmo y continuar viaje
marítimo hasta el Callao, en donde debían tomar otro buque para llegar a puerto
chileno.
Luego
contaré el milagro inaudito con que favoreció Nuestra Señora a sus compañeros
de viaje, durante la travesía del Callao a Valparaíso, y la pompa con que fue
recibida su imagen, cuando llegó a su nueva y definitiva residencia en
Santiago.
Entretanto,
ya se había recibido en la Capital la Real Cédula que concedía el permiso del
Soberano para la fundación del convento de los recoletos, y la Audiencia, a
petición del nuevo Provincial de San Francisco, que ese año de 1663 lo era el
Padre Buenaventura Oten, se apresuró a ultimar las diligencias para darle el
debido cumplimiento. La principal de esas diligencias era. el otorgamiento, por
parte del fundador don Nicolás García, de la escritura de cesión de las casas y
terrenos en que debía instalarse el convento, a favor de la Comunidad
franciscana de la Provincia de la Santísima Trinidad, que tal era la
denominación canónica de esta Orden en el Reino de Chile.
Con la
solemnidad que el caso requería, el 17 de Marzo de 1663, a las diez de la
mañana, se reunieron en las casa del Capitán García situadas en la Calle de San
Agustín (Estado) los superiores del Convento Máximo franciscano encabezados por
su Visitador Provincial y representados legalmente por el Síndico General del
convento, Capitán don Juan de Arrue, “y por ante el escribano mayor del Reyno,
don José Álvarez de Toledo comparecen el Capitán don Nicolás García y su mujer
y conjunta persona doña María Ferreira y declaran que para mayor honra de Dios
Nuestro Señor y de su Bendita Madre la Virgen Nuestra Señora, ha más tiempo de
veinte años, unidas nuestras voluntades hemos tenido y tenemos deseo firme de
fundar una Recolección de religiosos del Orden de Nuestro Padre San Francisco
descalzos, en nuestra chacra de la otra banda del río de esta ciudad de
Santiago, para cuyo efecto hemos labrado una iglesia que actualmente está
acabada y el convento haciéndose; y como ha llegado a nuestra noticia que Su
Majestad ha concedido licencia para esta fundación, poniéndola en efecto,
nuestros corazones rendidos y alegres sumamente otorgamos que hacemos gracia y
donación pura, mera, perfecta e irrevocable, hecha ínter vivos, partes
presentes, y entrega en manos de Su Santidad y en su nombre, al capitán Juan de
Arrue, como Síndico General del Convento de la Observancia desta ciudad, de
todo el sitio de la manera y forma como está edificado, para la dicha
Recolección, con más media cuadra de tierra de largo mirando a los cerros de
Conchalí; y en ancho de la huerta de dicho sitio linda por una parte con las
casas y tierras que nos quedan en la Chimba y por otra parte con la calle real
y camino de El Salto (Avenida de la Recoleta) y con la hacienda de Bartolomé
Márquez... y más el pedazo de tierra que fuere necesario comprar de ante
iglesia (plazuela) en frente de la puerta de ella y portería a elección de los
religiosos que fundaren y allí vivieren”.
La
donación, como se ha visto por los párrafos de la cláusula que he copiado, no
puede ser más “pura mera y perfecta” según los términos con que ella se
encabeza; pero en cuanto a lo de “irrevocable”, los donantes pusieron cierta
traba “de uso y costumbre” en esta clase de escrituras de fundación, pero con
toda seguridad, no se imaginó jamás el piadoso Capitán García que podía dar
margen a un pleito reivindicatorio dos siglos más tarde, según lo he leído
últimamente en una información periodística.
“Y es
declaración y condición expresa — dice la cláusula a que me refiero— que en
cualquier tiempo que los religiosos de dicha recolección desamparen dicho
convento por voluntad de sus prelados o por otro cualquier incidente de manera
que en el dicho sitio no se haya de conservar la dicha Recolección y convento
de descalzos de la Orden citada, se nos haya de devolver a nuestros herederos y
sucesores todo lo contenido en esta donación sin reservar cosa alguna de ella,
porque en esta condición la hacemos. y no de otra manera”.
La
escritura fue firmada por el Capitán García, y como su esposa no supiera
firmar, lo hizo, a su ruego, el Licenciado Pozo y Silva, viejo amigo de los
donantes, que junto con ‘otros personajes de significación había sido invitado
al acto.
Terminada
la ceremonia, la Comunidad franciscana, allí presente, echóse de rodillas y
elevó sus preces al Cielo para que Dios» conservara aún por muchos años la
preciosa existencia de los caritativos fundadores de la Recoleta y “se retiró
procesionalmente a su convento, en donde todos entonaron el Te-Deum”, menos don
Nicolás y su esposa, quienes a lo que parece, no se encontraban, por sus
achaques, en situación de andar a pie las tres o cuatro cuadras que los
separaba del templo de San Francisco.
§ 9.
El Barrabás
Aburrida
e inquieta con las desconcertantes noticias que constantemente recibía de la
guerra de Arauco, la Majestad Don Felipe IV, Rey de España y de Portugal, y
Emperador de las Indias, determinó hacer un esfuerzo extraordinario para
terminar de una vez esa campaña por demás deprimente para los ejércitos
españoles, triunfantes en toda Europa.
Las
informaciones que el Consejo de Indias había recibido del Virrey del Perú y de
la Real Audiencia de Chile, en los últimos años, no podían ser peores; a la
destrucción casi total de los tercios españoles de Arauco por las hordas del
Mestizo Alejo, había seguido el hecho inaudito de que el Gobernador del Reino,
don Antonio de Acuña y Cabrera, hubiera sido depuesto por el pueblo y el
ejército de Concepción, desesperados ya por 'las continuas derrotas y
exacerbados por los siempre crecientes impuestos.
Era
necesario, pues, “componer” el rebelado Reino de Chile, definitivamente, y
enviar, para que lo enderezara, a un general de prestigio que al mismo tiempo
fuera un gobernante de experiencia.
Sabemos
que el Virrey de Lima, don Luis Henríquez de Guzmán, Conde de Alba de Liste,
había reemplazado interinamente al Gobernador Acuña con el Almirante don Pedro
Porter y Casanate, quien, al recoger la triste herencia del mandatario
depuesto, había logrado poner algún orden y paz en el territorio rebelado; pero
él fallecimiento del Almirante, ocurrido en Concepción el 27 de Enero de 1662,
dejó de nuevo en el caos la pacificación definitiva de Arauco.
Después
de un gobierno interino de tres meses, del Maestre de Campo don Diego González
Montero, el primero y el único chileno que llegó a ese alto puesto, el nuevo
Virrey del Perú, don Diego de Benavides y de 'la Cueva, Conde de Santisteban
del Puerto, designó, para sucederle, al General don Ángel Peredo, mientras Su
Majestad proveía el cargo, en definitiva, con el importante personaje que
buscaba con ahínco el Consejo de Indias para que viniera a ‘componer' este
malaventurado Reino chileno.
La
empresa del Consejo fue difícil y costó bastantes trajines; el cargo de
Gobernador fue ofrecido, en primer lugar, al Maestre de Campo de los Ejércitos
Andaluces, don Jerónimo de Benavente y Quiñones, quien, después de haberse
informado de las ocurrencias de Chile y de su situación renunció al honor que se le ofrecía; ¡alegaría cualquier cosa, el prudente
Quiñones!... El Consejo ofreció, entonces, el obsequio, a otro militar de la
misma graduación, anciano ya, y muy experimentado en achaques guerreros, don
Juan de Balboa y Mogrovejo; aceptó éste, pero a condición de que se le
concediera cierto plazo para salir de España donde tenía algunos asuntos que
arreglar, antes de su muerte, que la veía cercana.
El
Consejo de Su Majestad tuvo que acceder a la petición del anciano; pero tenía
prisa por relevar del mando al Almirante Porter de Casanate a quien consideraba
inepto para dirigir la guerra de Arauco y lo culpaba de muchos de sus desastres
— injustamente, por lo demás—, y recurrió a un arbitrio que pinta con un solo
rasgo la inhabilidad de los consejeros del Rey y la decadencia de la Corte
española: por Real Cédula de 9 de Abril de 1662, designó Gobernador interino de
Chile, mientras llegaba el hábil guerrero propietario... ¡al Obispo de
Concepción, don Fray Dionisio Cimbrón!...
¡Su
Majestad no hacía distinción entre la mitra y la espada, en su empeño de poner
término a la guerra araucana!
Pero
cuando llegó a Chile el nombramiento del anciano obispo, el Prelado penquista
había fallecido, y ¡vea el lector la causa providencial que nos privó de contar
entre los gobernadores chilenos a un monje benedictino!
No habían
terminado aún los trajines del gobierno español para proveer la Gobernación de
Chile; cuando el Maestre de Campo Balboa y Mogrovejo iba a embarcarse en Cádiz
para atravesar el Atlántico, sufrió un “síncope extraño” y en menos de dos
horas también dobló la esquina, en medio de la consternación de sus tropas y
familias que lo acompañaban. ¡Estaba de Dios que debía venir a gobernamos “el
más turbulento de los personajes de su categoría que haya llegado a 'las
Indias!”
Este era
el General de Artillería don Francisco Meneses y Brito, originario de nobles
familias portuguesas, a quien, por sus desconcertantes antecedentes y conducta,
le llamaban El Barrabás.
“Más que
a la milicia misma — dice uno de sus biógrafos—, Meneses era inclinado a los
perros y caballos y había adquirido gran reputación por su destreza de jinete y
por su maestría en las lidias de toros. Había servido en Milán, en Flandes, en
Portugal y en Cataluña, hallándose en numerosas batallas; pero en cada
expedición y en cada campamento había cometido actos de desobediencia con sus
superiores o querellas, duelos y riñas con muchos de sus camaradas. Herido
muchas veces, procesado otras, por diversos delitos, casi siempre habíase
sustraído al castigo y hallado protectores que lo amparasen de la justicia
militar”.
Uno de
estos altos protectores era Don Juan de Austria, el hijo natural del Rey Felipe
IV. Este Príncipe era el general más acreditado en España por sus continuadas
victorias, y al mismo tiempo era el jefe del poderoso partido que combatía al
Príncipe heredero; su influencia en los consejos de gobierno era
incontrarrestable y no le costó gran trabajo obtener, para su valido, la
Gobernación del Reino de Chile.
El
Barrabás empezó inmediatamente los preparativos para su viaje. La expedición,
por lo demás, estaba lista en el puerto de Cádiz; pero antes de embarcarse, el
nuevo Gobernador obtuvo del Rey un decreto que demuestra el espíritu calculador
de Meneses y los proyectos que se había forjado al aceptar la gobernación de
Chile.
La guerra
de Arauco había sido para España una mera incidencia de sus conquistas en
América y se la consideró siempre como la simple pacificación de un territorio
rebelado; no siendo una “guerra contra un país extranjero”, el ejército que
combatía y sucumbía en Arauco no era considerado como “en guerra viva” y su
personal carecía de los privilegios y honores de un ejército en campaña, con
sus ascensos y remuneraciones extraordinarias. Meneses no quiso para sí, ni
para los soldados y oficiales que lo acompañarían, tal excepción deprimente,
más aún, cuando salían del ejército peninsular que estaba en el goce pleno de
tales prerrogativas; y valiéndose de su alto protector, solicitó y obtuvo del
Soberano el decreto que voy a copiar, y cuya trascendencia no necesita ser
señalada.
“Teniendo
presente — dice la Cédula— que la guerra de Chile siempre se ha tenido por muy
ardiente y ofensiva, reputándola con igual estimación a la que se profesa en
los demás mis ejércitos, he resuelto declararla por guerra viva, para que los
militares que me sirven en Chile gocen de todos los honores y privilegios que
están concedidos a los ejércitos de España, Italia y Flandes”.
¿Qué tal?
Si no me equivoco, esta declaración de su “Sacarrea” Majestad es toda una
ejecutoria para nuestros ascendientes del “Estado” de Arauco.
* * * *
En
compañía de trescientos soldados escogidos por él mismo entre sus antiguas
tropas y premunido de copiosos elementos para levantar y armar nuevos
escuadrones en Chile, el Barrabás embarcóse en Cádiz y echóse a la mar en la
escuadrilla que al mando de don José Martínez de Salazar, nombrado Gobernador
de Buenos Aires, transportaba a las provincias del Plata mucho material de
guerra, elementos y personal destinado al Paraguay.
Llegados
a Buenos Aires, Meneses y los suyos debían trasladarse a Chile atravesando la
pampa argentina, como ya lo habían hecho otros capitanes que trajeron, a
Arauco, refuerzos desde la Península.
La
arrogancia y el espíritu atrabiliario de Meneses produjeron las primeras
incidencias a los pocos días de navegación; sin reparar en que no tenía a bordo
mando alguno, si no era sobre sus soldados, hizo llamar un día al capitán del
barco y le " dijo, secamente:
— Señor
Piloto, mal asentado veo el equipaje y peor el rumbo que habéis tomado; cuidad
de que no os vuelva a repetir tal reproche...
El Piloto
quedóse lelo, no contestó una palabra, pero fue corriendo a contarle al Jefe de
'la escuadrilla la filípica que Meneses le había echado, no precisamente al
piloto, sino a Usía, el Almirante o Comodoro. Este marino — que se volvía un
energúmeno cuando alguien estornudaba a su lado— soltó una brava interjección
alusiva a 'la familia del Gobernador de Chile y, sin pensarlo mucho, presentóse
en la cámara de Meneses y díjole:
—
Perdone, Su Señoría y Merced, pero debo decirle que en el barco mando
únicamente yo, por derecho y poder que tengo de Su Majestad; que mientras no
llegue a puerto, no reconozco otra autoridad que mi propia voluntad o capricho;
y que si alguien me lo quisiere estorbar, buenas gavias tengo para encerrar a
los locos y mejores mastileros para colgarlos. ¡Dios guarde a la Señoría y
Merced del señor Gobernador de Chile!
Y salió.
Meneses
no era hombre para tolerar impasible tamaño chaparrón y aunque contestó al
marino en consonancia con sus antecedentes, se limitó, por el momento, a
formular una queja enérgica ante el Jefe de la expedición, Martínez de Salazar.
— Y lo
peor de todo es que el Comodoro tiene razón — dijo, por fin, el Gobernador de
Buenos Aires—, porque en verdad, nosotros somos simples viajeros que vamos al
cuidado de ese Almirante. Disimule, Su Señoría, y haya paz.
Pero ya
la tranquilidad habíase quebrado y desde ese momento, Meneses por un lado y sus
soldados por el otro, hicieron intolerable la vida a bordo, con quejas,
recamos, riñas y pendencias sin fin. Al llegar a Buenos Aires, Meneses negóse a
desembarcar y exigió que el barco en que venía continuase viaje hasta Chile por
el Cabo de Hornos, alegando, para eso, que habiendo desembarcado el Gobernador
Martínez, quedaba él como único Jefe de la flota.
Y tanto
se encresparon las cosas, que, para obligarlo a abandonar el buque, las
autoridades del puerto se vieron en el trance de apuntar sus cañones al
barco...
Una
semana más tarde Meneses y sus trescientos soldados emprendían la travesía de
la pampa, con dirección a Chile, y el 2 de Diciembre de 1663 llegaba a la villa
de San Luis de la Punta, situada en el extremo Oriente de su Gobernación. En
ese humilde y aislado villorrio de las provincias chilenas trasandinas, el
llamado Barrabás “se hizo recibir” con la más modesta solemnidad, y desde allí
mismo envió mensajeros a Santiago con sus primeras órdenes para sus
subordinados.
Cuando el
Cabildo de Santiago supo que el nuevo Gobernador se encontraba en territorio
chileno y que arribaría a Mapocho dentro de poco, empezó a preparar su
“recibimiento" con el meticuloso empeño que era de rigor. Habíase dicho,
en la ciudad, que el Gobernador Meneses era un hombre de “pésimo genio”,
atrabiliario y voluntarioso; que “se enfurecía” con muchísima facilidad, que
era asaz exigente, y soberbio hasta la intransigencia.
Cierto
día, después del “ayuntamiento” ordinario, alcaldes y regidores habíanse
quedado “platicando melancólicos” sobre estas extrañas cualidades del Barrabás
— sabían ya, los santiaguinos, que tal era el apodo de su nuevo Gobernador— y
el Alcalde don Ramón Gómez de Silva, lamentábase de la “mala fortuna” del Reino
que tendría que soportar quizás qué “desprecios y penas” con la llegada del
pendenciero personaje.
— No será
para tanto — dijo don Francisco Bravo de Saravia y Sotomayor— ; a lo mejor ese
Barrabás nos resulta un gato que se espanta con un capazo al aire. Estoy harto
de fanfarrones y no les temo — dijo, terciándose la capa y disponiéndose a
salir.
— Eso lo
dice Su Merced porque ya ha dejado el oficio de Corregidor — contestóle don
Pedro Prado de la Canal, que en esos días había entrado en el ejercicio de ese
alto cargo— ; ¡Su Merced tendrá poco que ver con el señor Meneses, pero pobres
de los que tengamos que tratarlo de cerca!...
— Dice Su
Merced una verdad — replicó Saravia, saliendo de la sala— ; dentro de muy poco
saldré de la ciudad con mujer e hijas y espero no volver a ver tan luego la
cara del Barrabás. ¡Queden sus mercedes con Dios!
— Y que
él no castigue a Su Merced por el orgullo con que ha hablado ahora — concluyó
el Alcalde Gómez de Silva.
Don
Francisco de Saravia volvió la cabeza para que sus amigos vieran la sonrisa de
indiferencia con que había recibido las últimas palabras de su amigo el
Alcalde, y siguió su camino.
A fines
del mes de Enero de 1664 la ciudad de Santiago se ostentaba engalanada para
recibir al Gobernador Meneses con todos los honores y agasajos que
correspondían al nuevo representante del Rey; una larga fila de arcos de
flores, palmas, arrayanes y ramas verdes se extendía desde la Cañadilla hasta
la puerta misma de la Catedral, por la calle del Puente, y al frente del templo
en la Plaza, habíase levantado el “tabladillo” donde subían los Presidentes a
“saludarse” con la Real Audiencia y el Obispo, en presencia del pueblo
entusiasmado.»
En la
boca-calle de Santo Domingo, esta Comunidad había levantado un arco de
excepcionales dimensiones y lujo que en su parte prominente ostentaba la imagen
de la Virgen del Rosario con su corona de oro, plata y pedrería que sólo lucía
en los días de gran gala. Era una delicada preferencia a la particular devoción
que el Gobernador Meneses tenía por Nuestra Señora. Desde esa calle, hasta la
puerta misma de la Catedral, el pavimento había sido cubierto con alfombras “de
Francia”, a fin de que Su Señoría “pudiese” hacer ese trayecto a pie...
El
pueblo, mejor dicho, “la plebe", que ordinariamente presenciaba estos
actos “atracada" a las murallas, a lo largo de todo el trayecto había sido
desalojada también de la cuadra alfombrada, a fin de que ese sitio lo ocupara
la nobleza, y particularmente las señoras, y muy especialmente las niñas, que
se desgranaban por conocer y mirar a todo nuevo Gobernador, sobre todo cuando
era soltero; y el Barrabás lo era, aunque con cincuenta Septiembres sobre la
nuca...
Otro
aliciente para las niñas era el apodo del Gobernador. Para ser llamado
“Barrabás”, necesitábase que el sujeto estuviera adornado de cualidades que las
mujeres siempre han perdonado.
En todo
caso, el Diablo es atrayente y no hay quien no desee conocerlo.
Entre las
damas que habíanse instalado en la esquina de la Plaza, casi en el atrio mismo
de la Catedral, se contaba lo más empingorotado de Santiago y entre lo mejor de
lo mejor, la familia de don Francisco Bravo de Saravia y Sotomayor, con su más
preciado adorno, Catalina de Saravia, su hija, botoncito de rosa tempranero,
surgente, apenas, de la pubertad.
Ella
también había venido a conocer al Barrabás, al mismísimo Demonio, atraída por
la curiosidad femenil y sugestionadora de sus amigas, y allí estaba, en primera
fila, para no perder detalle y contemplar al Diablo a su antojo.
Sonaron,
a lo lejos, los clarines que anunciaban la proximidad del fastuoso cortejo de
oidores, cabildantes, generales, comunidades, prelados y ministros, y poco a
poco el bullicio clamoroso de la multitud fue invadiendo los ámbitos cercanos a
la Plaza; los disparos descacharrantes de la artillería pusieron !la
nota culminante del entusiasmo e indicaron que el esperado personaje había
enfrentado el soberbio arco de los dominicanos, donde el Gobernador y su
comitiva debían “apearse” para seguir “de a pie" por el alfombrado piso
hasta la puerta de !la Catedral, en donde el Obispo don Fray
Diego de Humanzoro debía darle la bienvenida, ofreciéndole el agua bendita y el
incienso.
Pero de
pronto el bullicio amainó; evidentemente, había ocurrido algo extraordinario,
algo imprevisto, porque un ¡ah! escalofriante se escurrió de todas las
gargantas. No era para menos: cuando los enhiestos oidores, los graves
prelados, los brillantes generales, los meticulosos regidores y demás
ceremoniosa comitiva hubo echado pie a tierra y rodeado al Gobernador Meneses
para “ayudarle" a bajar de su engualdrapado caballo “de ostenta”, y
“ubicarlo”, después, en el sitio de honor para el pedestre desfile, el
Barrabás, haciendo un gesto de supremo orgullo y desprecio, picó espuelas, echó
su caballo por sobre la alfombra, y al tranco del animal atravesó impertérrito
el recinto, yéndose a desmontar de un salto y con gallardía suprema, frente al
grupo donde contemplaba “al Diablo” la bella y gentil Catalina de Saravia.
Entre
tanto, los oidores y demás comitiva cruzaban en desorden y en forma asaz
deprimente, la “cuadra” alfombrada; algunos corrían, otros se apresuraban y por
último, los oidores y demás gente “grave”, trataban de disimular “lo corridos
que quedaron” con la actitud “incomprensible” del Presidente; en cambio, el
Barrabás, después de echar una mirada “sonriente” a las víctimas y mientras
llegaban a sí, fijó sus ojos en el bello rostro de Catalina de Saravia... y no
los retiró de allí hasta que se hubo organizado nuevamente 'la columna.
Catalina,
intensamente pálida, rehusó continuar mirando “al Diablo” y en un momento
estuvo a punto de caer desmayada.
Avanzó el
Presidente hacia el pórtico de la Catedral, donde esperaba que estuviera el
Obispo Humanzoro; pero en el corto trayecto volvió varias veces la cara para
mirar a la dulce niña que se le había metido “a la desfilada” en lo más
recóndito de su corazón de guerrero enamorado, galante y cincuentón; iba a
subir las gradas del atrio, pero no pudo rechazar el impulso de volver a
contemplar, otra vez, tan ingenua hermosura, y como no la encontrara, volvió
atrás y hasta dio algunos pasos para que sus ojos ansiosos dieran con ella.
El Obispo
estaba observando, extrañamente sorprendido, la irreverente actitud del
Gobernador; pero al verlo volver atrás, en su misma presencia, “sin muestra
alguna de respeto, dio vuelta la espalda y se metió en el templo; de modo que
cuando el Barrabás volvió sobre sus pasos y subió nuevamente al atrio, se
encontró con que no tenía Obispo a quien saludar...
Sin
inmutarse, el Gobernador Meneses dio la espalda al pórtico de la Catedral,
paseó una mirada indiferente por la Plaza y por la concurrencia “espantada”, y
preguntó a la persona que tenía más a la mano:
— ¿Cuál
es la iglesia que queda más cercana,... si sois servido?
—
¡Aquella... señor Gobernador!... — dijo rápido y tembloroso el Corregidor Prado
de la Canal, señalando el templo de Santo Domingo, que por entonces estaba casi
en la esquina de la calle del Puente.
— Pues,
¡allá voy a dar gracias a Dios por mi feliz llegada! — dijo, echando una
postrera mirada hacia el grupo de doña Catalina de. Saravia.
Y
avanzando, solo, hasta el medio de la calzada, como para indicar el camino,
cogió el vuelo de su amplia capa verde y oro y lo tiró, con suprema elegancia,
sobre su hombro derecho.
Siguiéronlo
todos, a pesar de lo extraño de la orden, y a los pocos minutos el nuevo
Gobernador recibía el agua bendita y el incienso de manos del Provincial de
Santo Domingo.
—
¡Échenme obispitos...! ¡Échenme obispitos! — dicen que dijo el Barrabás, al
salir del templo dominico.
§ 10.
El casamiento del Gobernador Meneses
El
ruidoso incidente con que había estrenado su Gobierno el Presidente don
Francisco Meneses — acabo de contarlo— fue para los santiaguinos la
confirmación de los extraños antecedentes que habían circulado por la villa del
Mapocho sobre el carácter atropellador, atrabiliario y soberbio del Mandatario
con que les regalaba la Corte española. Desde el momento mismo en que salió el
Presidente del templo de Santo Domingo, después de haber dejado "plantado”
al obispo Humanzoro y al Cabildo Eclesiástico en las puertas de la Catedral, el
nuevo gobernante soltó la sin hueso y durante todo el trayecto hasta el Palacio
dejó como un trapo a la reverenda persona del Prelado santiaguino.
Los
oyentes estaban estupefactos; jamás Presidente alguno había usado lenguaje más
procaz ni epítetos más denigrantes y despreciativos para referirse a la primera
autoridad espiritual del Reino, ni aún a otras de menor categoría entre las
personas eclesiásticas; y si a esto se agregaba el público desprecio que había
hecho de la Audiencia y de los principales funcionarios que formaban en el
cortejo cuando el Presidente los dejó “de a pie", había que convenir en
que el sobrenombre de “Barrabás” le venía como de perilla al Muy Ilustre Señor
Presidente del Reino de Chile, don Francisco Meneses y Brito.
Cuando el
cortejo presidencial llegó frente al Palacio de los Gobernadores — ya he dicho
otras veces que estaba ubicado en la esquina de la Plaza, donde hoy está el
Correo—, Meneses paseó la vista por sobre los grupos de gente principal que
contemplaban el fastuoso desfile y aún se detuvo en mitad de -la escalinata
para echar una última y escudriñadora mirada sobre la concurrencia. Sus
acompañantes se detuvieron, a su vez, y todos empezaron a mirar
alternativamente al Presidente y a la concurrencia en muda interrogación, para
saber cuál sería el deseo de Su Señoría, con el evidente propósito de
satisfacerlo...
De
pronto, el Barrabás desarrugó el entrecejo, su rostro agrio iluminóse con una
sonrisa de satisfacción y sus ojos brillaron con alegría intensa: los
acompañantes siguieron la dirección de la mirada del Presidente y todos los
ojos se fueron a clavar en el grupo donde estaba la familia de don Francisco
Bravo de Saravia, y más propiamente, en la faz angelical de su hija doña
Catalina, la que en pocos momentos fue el punto a donde convergieron las
visuales del numeroso y apretado concurso.
La niña
encontróse de pronto con que era el objeto de todas las miradas, sintió que sus
piernas y su cuerpo todo desfallecían y que un cierzo helado golpeaba sus
sienes e invadía sus miembros.
Don
Francisco Bravo de Saravia, por lo contrario, estaba rojo; la audacia atrevida
del Presidente, al fijar insistente mirada sobre su hija, había despertado en
su personalidad de orgulloso caballero criollo un sentimiento de protesta
altiva, contenible sólo por la solemne circunstancia y por el sitio en que se
encontraba.
—
¡Atrevido y malvado!... — exclamó en un momento impulsivo, que no pudo
reprimir.
— ¡Qué
dices!... — interrumpió Fray Pedro de Henestroza, su cuñado, que en esos
momentos había llegado hasta él; repara en que el Gobernador te saluda.
Efectivamente,
cuando el Presidente “ubicó” el sitio donde se encontraba la personita que le
había flechado en mitad del corazón y a la que buscaban afanosamente sus ojos
de experimentado aventurero de amor, Meneses — ya lo dije— desfrunció el agrio
ceño, luego hinchó el pecho, arqueó el brazo, llevó su enguantada mano a la
gorra emplumada y desde lo alto de la escalinata, formuló 'la más elegante, la
más amplia y la más rendida reverencia de Corte que hubieran presenciado los
santiaguinos.
Al ver
que el Presidente saludaba con tal rendimiento, las personas que le rodeaban
quitáronse a su vez sus chambergos y saludaron también, al bulto, pero sin
saber a quien...
Don
Francisco Bravo de Saravia no tuvo más remedio que contestar el saludo del
Barrabás y todos los que estaban a su lado se descubrieron y se inclinaron
hasta el suelo para corresponder y dar solemnidad a tan alta preferencia. La
única que no se inclinó fue la bella Catalina, porque en ese mismo momento su
delicado cuerpo incapaz de resistir a tanta emoción, se derrumbó en los brazos
de su madre, doña Marcela de Henestroza.
—
¿Queréis decirme, por vuestra salvación, quién es esa encantadora muchacha a
quien acabo de saludar en la Plaza? — Preguntó, ardorosamente, el Barrabás, al
Corregidor Prado, que se había constituido en su asistente— . ¡Por los dolores
de Nuestra Señora, os juro no haber visto una hermosura igual en todas las
cortes que he recorrido!
— Supongo
que Vuestra Señoría se refiere a la hija del General don Francisco Bravo de
Saravia, pues ella era la dama vestida de blanco que estaba a su lado...
— ¿Y cuál
es su nombre? — Insistió, ansiosamente, el Gobernador— ; todavía no me lo
habéis dicho « — Se llama doña Catalina Bravo de Saravia y Henestroza.
— ¿De
limpio linaje?...
— Por sus
cuatro costados, Magnífico Señor.
Quedóse
pensativo el Presidente, quiso formular otra pregunta, pero desistió de ello y,
al parecer, las últimas palabras del Corregidor le dejaron hondamente
preocupado.
Cuando el
Presidente se hubo desprendido de los últimos visitantes que concurrieron al
Palacio a besarle las manos” y a darle la enhorabuena por su feliz arribo,
llamó al Capitán de su guardia, don José de Noriega, y encerrándose con él, en
la escribanía, que estaba al lado del salón principal, le dijo:
— Don
José, encuéntrome en uno de los casos más comprometidos y peligrosos de mi
vida...
El
Capitán abrió tamaños ojos y aún la boca, al oír de los labios del Barrabás tal
noticia, pues jamás, en el largo tiempo que le había acompañado a través de los
campamentos de Portugal, España y Flandes, había demostrado el General Meneses
una preocupación semejante.
— ¿Y
qué es ello, tan grave, señor? — Preguntó el Capitán— .
Imagino que no será por el desaire que a Su Señoría ha hecho ese Mitrado
Humanzoro...
— ¡Qué...
Mitrado ni qué cuartillos, Capitán mío! Lo que me trae ahora al retortero es
una muchacha de ojos azules que me ha enamorado como a un monigote y a la que
deseo ver y hablar pronto.
—
¡Zambomba! ¿Y quién es la damisela? Señálemela, Su Señoría y
no tardará el' Cabo Mayorga en avisarme el día, hora y momento en que la niña
estará rendida a las plantas del Gobernador de Chile.
— ¡Alto,
alto, Capitán Noriega! — Interrumpió el Gobernador— ; la que llamáis damisela
es la hija de un general de abolengo y tengo para mí que su conquista será la
mayor empresa en que me haya metido. Su nombre es Doña Catalina, y sus padres
son el General don Francisco Bravo de Saravia y doña Marcela de Henestroza,
emparentados con toda la nobleza de este Reino, con la del Perú y aún con buena
Casa española.
— Bien
puede pretender a tal señora, quien ha tenido amores con damas de la Princesa
de Austria — opinó el militar, inclinando adulonamente el busto.
— En
pretenderla no hay mal, y a eso voy — contestó el Gobernador— ; pero si
imaginas que mi pensamiento es colocarla al nivel de otras que he conocido,
estás en error, y por eso es que al principiar te dije que me encuentro en un
grave compromiso; ahora necesito de ti para que vayas a presentar mis respetos
al General don Francisco Bravo de Saravia y a anunciarle la visita que haré a
su casa, para besar las manos de su mujer e hija. De lo que pase y resulte de
esta entrevista dependerá mi plan para el futuro.
Meneses
habíase vuelto hosco y bien sabía el Capitán Noriega que en tales momentos no
debía replicar palabra. Inclinóse, batiendo por lo bajo el emplumado bonete y
salió de la escribanía taconeando sus pulidos espolines de plata.
Al día
siguiente, a las diez de la mañana, un largo y lujoso cortejo atravesaba 'la
Plaza Mayor en dirección a la calle de San Agustín, o del Rey. Abrían la marcha
dos trompetas que rasgaron los aires con una alegre y solemne clarinada,
justificación del revuelo que se produjo inmediatamente en toda la ciudad;
detrás de los trompetas marchaban seis alabarderos de coraza, caballeros en
engualdrapados bridones y a continuación el Alférez con el pendón de Meneses
alzado en una pica lujosamente aderezada. Seguía la calesa del Presidente,
arrastrada por tres parejas de muías blancas empenachadas de rojo; Meneses
ostentaba un soberbio traje de granada recamado de oro y prendido a su cuello,
por una cinta bordada de plata, el albo del hábito de Santiago con su cruz roja
y de aspas puntiagudas a la altura del corazón.
Diez
lacayos marchaban a los costados y detrás de la carroza, llevando en sus brazos
derechos otros tantos escudos con las armas de los Meneses, en las cuales se
veían las "quinas” portuguesas indicadoras de la procedencia nobiliaria de
su dueño; detrás del coche seguía, grave y solemne, el mayordomo del
solemnizado personaje; por último, una compañía completa de jinetes-lanzas
españolas, con el Capitán Noriega a la cabeza, cerraba el ostentoso desfile con
que el Presidente don Francisco Meneses y Brito quería honrar, especialmente,
la primera visita que hacía al General don Francisco Bravo de Saravia,
Sotomayor, Ovalle y Pastene, o, en buenas cuentas a su hija Catalina, la
encantadora criatura que había sacado de quicios — si alguna vez los tuviera—
al nombrado Barrabás.
La gente
se agrupó primeramente en la Plaza y luego a todo lo largo de la calle de San
Agustín hasta la Cañada, en cuya esquina tenía su mansión señorial el futuro
Marqués de la Pica; frente a San Agustín — en la Plazuela— la plebe se desbordó
y había dejado tan poco trecho en la calle para que pasara con el debido
lucimiento el brillante cortejo, que el Capitán Noriega se vio obligado a abrir
paso con 'las patas de su caballo.
# Al detenerse la
carroza frente al amplio portón de Saravia, el General salió al zaguán
acompañado de sus amigos más íntimos y de algunos de sus parientes; allí
estaban, formado calle hasta la "cuadra", don Gerónimo Hurtado de
Mendoza, don Pedro de Torres, don Pedro Prado de la Canal, don Rodulfo
Lisperguer y Solórzano, don Gaspar de Ahumada, don Blas de los Reyes, don
Manuel Muñoz de Cuéllar, don Ignacio de la Carrera y muchos más, que habían
concurrido a formar escolta de honor al Presidente, invitados por el dueño de
casa.
Cuando el
lacayo abrió la puerta de la carroza, don Francisco Bravo de Saravia se
adelantó a ofrecer la mano a su alto visitante y en ese momento, según la
disposición protocolar, el Presidente echó los brazos a su huésped.
Sobre el
estrado de la “cuadra" esperaban doña Marcela de Henestroza con su hija
Catalina y otras señoras; cuando Meneses traspuso el dintel, la niña tembló
como un arbusto al impulso del viento. Avanzó el Presidente, inclinóse hasta el
ángulo recto al besar !la mano de doña Marcela, y sencillamente
dobló la rodilla cuando le tocó saludar a Catalina; y aún retuvo, varios
momentos, junto a sus labios, la delicada mano de la pobrecilla...
¡Pobrecilla!
Porque la
verdad era que la inexperta había caído víctima de la audacia de ese Barrabás
desde el momento mismo en que le había visto plantar su caballo en la esquina
de la Plaza y saltar de su montura con la gallardía de un mozo; y por si esto
no hubiera sido bastante para perturbar el imaginativo cerebro de la niña — que
estaba creyendo que el Diablo era feo, viejo y cochino—, habría ocurrido, para
su desgracia, que el recién llegado clavara su penetrante mirada en las
clarísimas pupilas de la interesada y por ellas penetrara un rayo, ardiente y
matador, hasta la escondida celda en donde dormía el sueño de la inocencia, ese
niño alado que toda mujer arrulla durante las inquietudes de su pubertad.
* * * *
Rato
largo había transcurrido desde que el único sereno de Santiago había gritado
las nueve, con la acostumbrada invocación de “Ave María Purísima”, cuando
salieron por la puerta principal de Palacio dos embozados que bajaron ágilmente
la escalinata, cruzaron a tranco largo la Plaza y entraron por la calle de San
Agustín. Algunos pasos antes de llegar a la esquina de la Cañada se detuvieron
y cambiaron algunas palabras; uno de ellos se adelantó y dobló hacia el
Oriente; el otro se quedó en la esquina, miró a todos lados escudriñando en la
oscuridad, paseó, breve y cautelosamente y por fin apoyó sus espaldas en el
quicio de una puerta.
Su
compañero anduvo algunas varas hacia el Oriente, arrimado a la muralla, y se
detuvo frente a la reja de una ventana; golpeó con los nudillos, casi
imperceptiblemente, y al segundo o tercer golpe moviéronse lo barrotes
interiores y los goznes giraron silenciosos. La figura de una mujer adivinóse
en la oscuridad.
¡Vaya
usted a saber lo que se dicen los enamorados, a través de una reja, sobre todo
cuando son como los que acabo de presentar al lector, y que toman toda clase de
precauciones para no ser vistos ni oídos!
Don
Francisco Meneses — porque era él— y Catalina de Saravia — porque era ella—
estábanse diciendo sabe Dios qué dulcedumbres hacía ya más de media hora sin
preocuparse del mundo terreno, y a lo que parecía, no llevaban camino de
terminar tan pronto el sabroso palique; y tan embebidos estaban en el
soliloquio a que por turno se sometían, que ninguno de los dos oyó los
repetidos ¡ejem! ¡ejem! que había empezado a lanzar el personaje que estaba “de
loro” en la esquina.
Al ver
que sus avisos no eran oídos, el vigilante avanzó hacia la ventana de los
enamorados y a medio camino forzó la voz en el secreto diciendo:
-¡Señor!...
¡Señor! ¡Ha salido gente de la casa!... ¡Y ahí viene... — agregó, después de
echar la mirada hacia atrás— . ¡Alto! — gritó enseguida, al ver que tres
personas habían aparecido en la esquina y avanzaban hacia el grupo— ¡Huya, Su
Señoría! — rogó, por fin, al mismo tiempo que se oía cerrar de golpe la
ventana.
— ¡Huir!
— respondió despreciativamente el Gobernador—, A ver, ¡alto, quienes sean! —
ordenó.
— ¡Eso
mismo os mando! — Gritó una voz enérgica— ; ¡no os mováis, picaros, si queréis
salvar el pellejo! — continuó diciendo la voz en el mismo tono, mientras un
caballero avanzaba a paso rápido, seguido de dos compañeros,
— Quienes
exponen el pellejo y la vida sois vosotros — exclamó el Capitán Noriega,
echando mano a la espada y cruzándola con la del primero que llegó hasta él.
En un
instante chocaron cinco hierros y a sus primeros golpes saltaron chispas, como
de cinco pedernales; pero de pronto oyóse un grito y casi al mismo tiempo
abriéronse las hojas de la ventana, dejando ver, a través, la figura de una
mujer que se colgó de los encajes de la reja.
—
¡Padre!... ¡Señor!... ¡No os hiráis, por la Virgen!...
Los
brazos armados y enfurecidos quedaron inmóviles.
— ¡Señor
de Saravia!... — exclamó el Gobernador— . ¡Perdonad. ha sido una fatalidad!
No
contestó el caballero inmediatamente porque su lengua enmudeció de coraje e
indignación; pero al ver que Meneses envainaba su espada y pretendía alejarse
del sitio, gritó;
—
¡Deteneos, Gobernador! la ofensa que habéis hecho a mi Casa tendréis que
pagarla; ¡defendeos — rugió, echando un mandoble al aire—, porque si no, os
mataré como a un villano.
El
Capitán Noriega tiró de su espada nuevamente; pero al mismo tiempo cruzáronse
delante de él los hierros de ambos acompañantes del caballero ofendido. — Señor
de Saravia — repuso el Gobernador—, jamás he querido ofenderos y si me oís con
un poco de calma, fácil será que quedéis satisfecho.
— ¡No se
me ocurre qué satisfacción podáis ofrecerme vos — dijo don Francisco—, si no es
la de casaros en continente con mi hija, mal caballero!...
—
¡Reportaos, os digo, señor de Saravia, que mal camino lleváis porque jamás he
tolerado que hombre alguno me enrostre un insulto! Y tan extraño me parece
haber escuchado, sin castigaros, los que me habéis dicho, que si persistís un
momento más en vuestra testarudez, no respondo de lo que hagan ni el
Gobernador, ni el General don Francisco Meneses... ¡Caminad, si sois servido,
hacia la puerta de vuestra casa, que allá adentro, y no en este sitio, estoy
llano a satisfaceros!
Y endilgó
sus pasos hacia el portón.
Don
Francisco Bravo de Saravia hizo ademán de detenerlo; pero un nuevo gemido que
lanzó doña Catalina, esta vez en los brazos de su madre, le determinó a moderar
su orgullo y a seguir tras el Gobernador.
Antes de
entrar al zaguán, el Capitán Noriega acercóse al Barrabás y díjole, a media
voz:
— Señor,
este es el momento de huir...
—
¡Callaos, majadero! — contestó Meneses.
— ¡Os van
a casar, señor! acabo de divisar, a través de la reja de aquella malhadada
ventana, la figura del Padre Henestroza... ¡Ved lo que hacéis, por la Virgen!
— ¿Está
aquí el Padre Henestroza?...
— ¡Lo he
visto, señor!
— Mejor;
así terminaremos más pronto. Veo, Noriega, que no tengo otro medio de
conquistar a doña Catalina.
A los
pocos momentos encontrábanse todos en la escribanía del General Saravia y antes
de media hora el Padre agustino fray Pedro de Henestroza bendecía la unión del
Gobernador Meneses con aquel pimpollito de diecisiete abriles tempraneros que
había caído en las redes del Barrabás, por satisfacer la curiosidad de ver qué
ciara tenía el Diablo.
Como el
matrimonio fue clandestino, pues el Gobernador no podía casarse en Chile sin
permiso del Soberano, el Padre Henestroza “asentó” la partida de casamiento de
Francisco Brito y de Catalina de Zárate...
¡Las
sabía toditas el Padre Henestroza!
§ 11.
El fallecimiento de la Quintrala
El 15 de
Enero de 1665, a las ocho “y poco más” de la noche, después de una enfermedad
que la tuvo en dolorosas alternativas durante tres años, “fálleselo desta vida
y compareció ante la Justicia de Dios" la que fue doña Catalina de los
Ríos y Lisperguer, denominada La Quintrala.
No
rodearon su lecho de muerte los innumerables deudos con que contaba la extinta
entre las familias más prestigiosas y de más abolengo de la ciudad de Santiago,
ni aun su pariente más cercano el Maestre de Campo don Juan Rodulfo Lisperguer
y Solórzano, que era el Jefe de la familia, ni siquiera tuvo a su lado a un
criado que cerrara los ojos de su ama; en la época en que murió, una parte de
los esclavos de doña Catalina había sido puesta en remate, a petición del
Fiscal de la Audiencia, “para librarlos de venganzas" y la otra parte
andaba prófuga por los montes y serranías de La Ligua para ponerse a cubierto
de los tremendos y crueles castigos con que los había conminado su dueña.
La única
mujer “que le pasó la última agua” fue una vecina caritativa, doña Catalina de
Porras, quien, dejando a un lado prejuicios, resquemores y desaires, fue a
“rezarle en una pieza vecina” mientras el Padre agustino fray Antonio Vásquez
de Taboada imponía la última absolución a tan gran pecadora.
En otro
de los aposentos de la casa mortuoria encontrábase reunido, esperando lo fatal
desenlace, un grupo de amigos que habla concurrido dos horas antes a
presenciar, como testigos, la entrega del testamento cerrado que había hecho la
enferma, por manos del Escribano Pedro Vélez Pantoxa, a su albacea el Capitán
don Martín de Urquiza; esos testigos fueron don Álvaro de Torres y Viveros, don
Luis Verdugo de Godoy, don Juan Jerónimo de Chávez, don Andrés Gómez Sastre,
don Diego de Godoy y don Manuel Chirinos de Loayza.
Cuando el
Padre Vásquez de Taboada abrió la puerta de la alcoba y mostró el lecho donde
momentos antes había agonizado y ahora yacía inerte el cuerpo de la que fue
orgullosa y tirana, los hombres no pudieron disimular una mueca dolorosa; al
fin, todo ser que desaparece de esta tierra deja tras de sí una huella, que si
es de pecado, se desvanece, aunque sea momentáneamente, ante el misterio de la
Muerte y de 'la Misericordia.
El
Escribano abrió ahí mismo el testamento y le dio lectura; la cláusula de
cumplimiento inmediato decía: “Mando que mi “cuerpo sea sepultado en el
convento del Señor San Agustín, en el “entierro de mis padres, y mi cuerpo vaya
amortajado en el hábito “del señor San Agustín”. Los padres de doña Catalina
tenían, pues, su “entierro” en el templo nombrado “en el presbiterio, al lado
del Evangelio”, según consta de un documento otorgado por don Pedro Lisperguer
y Flores en 1649; sin embargo, en un poder para testar que se habían dado,
mutuamente, 'la Quintrala y su marido, a raíz de su casamiento, ambos ordenan
que “nuestros cuerpos sean sepultados en San Agustín, en la Capilla del
Santo Crucifijo”, o sea, delante del altar del Señor de la Agonía, o del
Señor de Mayo, como se le llamó después del gran terremoto. Debe recordar el
lector que por aquella época de su matrimonio, 1625, la Quintana tenía motivos
para estar muy agradecida del Señor de la Agonía, pues mediante “una manda que
éste le ganó” había salvado de la horca, a que fue condenada por haber mandado
asesinar, a palos, a su amante don Enrique Henríquez de Guzmán.
Antes de
proseguir la relación que me propongo hacer de los funerales de doña Catalina,
creo necesario decir algo sobre las disposiciones de su testamento relacionadas
con ellos.
Después
de disponer su entierro en la forma dicha, Doña Catalina manda que acompañen su
cuerpo “el cura, sacristán, cruz alta y cabildo eclesiástico”, lo cual quiere
decir que los funerales debían ser de los más solemnes; disponía, luego, que se
le dijera en el templo de San Agustín y “por religiosos de esa orden” misa
cantada de réquiem, “con su vigilia, responso, diácono y subdiácono y todas las
misas rezadas que pareciere a mis albaceas, así de frailes como de clérigos.
En un
testamento anterior, doña Catalina había mandado que “me digan Veinte
mil Misas, dieciséis mil en el convento de San Agustín, por religiosos
suyos, y cuatro mil por otros frailes y clérigos” y que se pagara a “un
patacón” cada misa; en el testamento último modificó esta disposición,
ordenando que “se impongan sobre sus haciendas veinte mil pesos a censo para
que con la renta se me digan perpetuamente, para siempre jamás, ciento sesenta
misas rezadas y siete cantadas”. De esta manera el alma de la testadora
aprovechaba, como bien se ve, de mayor cantidad de sufragios.
Vestido
el cadáver con la mortaja de San Agustín, que fue proporcionada por el Padre
Vásquez, y con una “toca” de lino que costó tres pesos y seis reales, fue
encerrado en un ataúd de madera hecho por las propias manos y herramientas del
Capitán don Juan de Solórzano, que por lo que se ve, era carpintero. Las
“cuatro tablas” para el ataúd fueron vendidas por uno de los herederos de doña
Catalina, don Manuel Gómez Chávez, Comisario, nada menos, del Santo Oficio de
la Inquisición — a quien dejó doce mil pesos— ; el “agradecido" heredero
cobró por estas tablas la cantidad de diez pesos; el carpintero Solórzano pidió
por su trabajo solamente cuatro pesos. Se gastaron además, .en el ataúd, doce
reales en clavos, cuatro en tachuelas, 24 pesos tres reales en tres y media
varas de bayeta de Castilla para forrar el féretro y dos pesos de cinta de
hiladillo para adornarlo. Total, 42 patacones y cuatro reales.
Hay que
agregar a esta cuenta la cantidad de 40 pesos cuatro reales “por trece varas de
sempiterna negra que se le dieron al Padre Presentado fray Antonio Vásquez de
Taboada, de 'la orden del Señor San Agustín, por el hábito que dio para
enterrar a la difunta”.
Las
campanas iniciaron sus dobles cerca de las tres de la tarde del día siguiente,
16 de Enero, anunciando que iba a empezar la ceremonia de la traslación del
cadáver de la casa mortuoria al templo de San Agustín; a estas fúnebres
campanadas siguieron luego las de todos los conventos, inclusa la Catedral,
porque todos tenían participación en el duelo; recuérdese que la extinta
“mandaba” misas y limosnas a todos los frailes, clérigos y al Cabildo
Eclesiástico. Pronto se reunió en la Plazuela de San Agustín (actual edificio
del Banco Español) una multitud ansiosa de presenciar el desfile del cortejo;
los frailes de todos los conventos y el Cabildo Eclesiástico abrieron calle
desde la casa de la extinta — ubicada en el solar de la calle de Estado esquina
con Agustinas, desde donde está la Sala Imperio, más o menos — hasta la puerta
principal del templo agustino.
Antes de
que el carpintero Capitán Solórzano diera los últimos martillazos a la tapa del
ataúd, el escribano Vélez Pantoxa firmó el instrumento que era de obligación,
cuando había quien lo pagara: la certificación del fallecimiento. “Doy fe, la
necesaria, de que hoy, día de la fecha, 16 de Enero de los 1655 años, vide
muerta y pasada desta vida al parecer naturalmente, en las casas de su morada,
a doña Catalina de les Ríos”. Total, veinte reales.
Sacóse el
ataúd de la alcoba, donde había sido “velado” y esta vez presidió el duelo el
Jefe de la familia Lisperguer don Juan Rodulfo, acompañado del joven Gonzalo de
los Ríos y Covarrubias, hijo de don Juan Alfonso Velásquez de Covarrubias y de
doña Petronila Lisperguer y Solórzano, prima de la Quintrala. Este joven, a
quien siguiendo la costumbre de la época, se le había dado el nombre y apellido
del abuelo, del padre y del hijo de doña Catalina de los Ríos -tal vez con el
proyecto de perpetuar el nombre — se había dedicado a estudiar cánones y
teología con el propósito de ordenarse de clérigo. “Por la inclinación que le
tenía” doña Catalina le había dejado a este mozo una capellanía de misas por
valor de veinte mil pesos, para que la sirva “o la, disfrute”.
Depositados
los restos en el “túmulo” que se había arreglado en medio del templo, empezaron
los responsos por todos los sacerdotes que había ese día en Santiago; estos
responsos fueron mil quinientos, los que a razón de un real cada uno, costaron
187 pesos y cinco reales. La ceremonia debió durar hasta que se cerraron las
puertas del templo, las diez de la noche, tal vez, pues desde esa hora hasta el
alba del día siguiente “velaron” el cadáver cuatro legos agustinos, que
recibieron de limosna cinco patacones cada uno.
Los
primeros “dobles”, con las primeras misas por el alma de la difunta debieron
empezar temprano, encabezándolas los dueños de casa, esto es, los frailes de
San Agustín, que eran los más favorecidos. Cuarenta y ocho fueron los
presbíteros de esta Orden que rezaron misa ese día en los altares laterales del
templo; el resto, hasta cien misas, las rezaron los frailes de las demás
comunidades y los clérigos de la Curia.
La misa
de réquiem empezó a las nueve, para lo cual se encendieron doscientas treinta y
cinco libras de cera, que serían unas cuatrocientas o quinientas velas, velones
y cirios; por estas libras de cera se pagaron 470 pesos y por la “hechura” de
las velas, “llevó” 51 patacones el “velero” oficial de San Agustín, Alférez
Diego de la Vega.
La música
de la misa, compuesta de dos rabeles y tres cantores de coro, costó ocho pesos;
barato, tal vez porque no era buena; los “dobles” de la Catedral, 25 pesos en
total, pues se hicieron oír durante el entierro, la vigilia y las honras; los
dobles de los demás templos fluctuaron entre siete y trece pesos; la asistencia
de las cofradías de artesanos, negros y mulatos, que fueron ocho, valió cuatro
pesos por cada una; el papel de estas cofradías se reducía a que el mayordomo
de cada una llevara el respectivo estandarte “y lo batiera” durante el rezo de
los responsos.
Por la
asistencia del Cabildo Eclesiástico se pagó la cantidad de 139 pesos, o sea
nueve pesos a cada uno de los once canónigos que por entonces tenía la
Catedral; el resto de cuarenta pesos corresponde a los emolumentos de maestros
de ceremonia, monacillos y sacristanes. A cada una de las comunidades
religiosas se les abonó su asistencia a razón de “doce reales por hora y por
fraile” durante el entierro, y dos pesos por hora durante las honras. El número
de Frailes asistentes se limitó a 16 por cada comunidad, que fueron cuatro:
mercedarios, dominicos, franciscanos y jesuitas, total sesenta y cuatro. Los
agustinos llenaron el resto, hasta ciento diecisiete, que fue el número total
de frailes asistentes, según las cuentas del Albacea don Martín de Urquiza.
Los
clérigos y presbíteros fueron pagados más modestamente: recibieron solamente
ocho reales por su asistencia; tal vez por esto sólo concurrieron 22. La misa
cantada fue oficiada por un prebendado que recibió seis pesos de estipendio; el
diácono y el subdiácono, como asimismo los monacillos, fueron todos agustinos e
involucraron sus honorarios en el acervo total de la Orden doliente.
“Hubo
también de notable en los funerales, el que se presentara en el templó, como
ofrenda, según era costumbre, cuatro fanegas de trigo que se trajeron de
Tobalaba, valorizada cada una en diez reales” (un peso y veinticinco centavos).
Este trigo, una vez terminada la ceremonia, quedaba a beneficio del sacerdote
que había cantado la misa de honras.
Cada uno
de los presbíteros asistentes, fraile o clérigo, tuvo la obligación de rezar un
responso delante de la sepultura que se abrió en el presbiterio de la iglesia,
al lado del Evangelio; en este sitio estaban sepultados todos los principales
Lisperguer, de modo que allí debe existir actualmente una “huesera” bastante
copiosa.
En el
testamento de doña Catalina figura un ítem que dice: “Mando y es mi voluntad
que se impongan a censo seis mil pesos de ocho reales sobre lo mejor parado de
mis bienes para que de su renta, que son trescientos pesos, se inviertan cien
en la fiesta de Nuestro Padre San Agustín y los otros doscientos en la
procesión del Santo Cristo que se celebra el 13 de Mayo de cada año, para que
se gasten perpetuamente en esa fiesta”.
Como el
Señor de Mayo era también heredero de la Quintrala, su altar estuvo iluminado
durante los funerales y se dijeron allí, desde el día siguiente del
fallecimiento, hasta el novenario de las honras, ciento diez misas por los
frailes más conspicuos y “graves” del convento.
Tenemos,
entonces, que el gasto de la procesión del Señor de Mayo que se hace todos los
años en Santiago y se hará “por siempre jamás” se cubre con los doscientos
pesos que para ello dejó rentados y censuados doña Catalina; por otra parte,
debemos informar al lector de que el Municipio de Santiago contribuía, hasta el
año 1845 más o menos, con la cantidad de ochenta pesos para la misma fiesta. He
de preguntarle a algún señor Alcalde de Santiago si aun existe en el
presupuesto municipal la partida correspondiente. Conste, también, que no
solamente estos legados tiene el Señor de Mayo; yo sé de otros de la misma
Quintrala y de personajes y devotos de aquellos tiempos, que dejaron buena
plata para la procesión del aniversario del gran terremoto.
El
recuerdo de los suntuosos funerales de doña Catalina de los Ríos se conservó
por algún tiempo en el vecindario, pero no perseveró en él, como lo hacía con
otros aniversarios fúnebres de individuos que obligaron de alguna manera la
gratitud de sus contemporáneos. A pesar de que en su testamento doña Catalina
había mandado que “se 'le hiciera cabo de año y misa cantada” ocho años más
tarde sólo recordaban su muerte, sobre su tumba, un candelabro que “prestaban”
los agustinos para encender tres velas que pagaba el Albacea.
Parece
que después de la muerte de don Martín de Urquiza, ocurrida en 1875, nadie se
acordó ya de doña Catalina de los Ríos, sino para execrarla.
§ 12.
¡Muere, mal Gobernador!
Durante
los tres años que llevaba de gobierno el Presidente don Francisco Meneses había
justificado plenamente el apodo de “Barrabás”, con que se lo bautizara en los
campamentos de España, Portugal e Italia, en donde había hecho su carrera
militar; puede asegurarse, con el testimonio de documentos fehacientes, que
nunca el Reino de Chile había tenido, ni tuvo después, un Mandatario más
atropellador, más audaz y más deschavetado que el favorito del Príncipe
bastardo, don Juan de Austria pretendiente al trono de su padre el Rey Felipe
IV, y Jefe del partido que en la Corte española combatía al heredero legítimo
de la Monarquía.
Es
indudable que la protección de tan alto personaje daba alas a Meneses para
ejecutar sus desmanes, y es indudable, también, que sus subordinados chilenos
aguantaban la mecha presionados por el temor de que, a la menor protesta,
viniera de la Corte alguna filípica que les hiciera comprender dolorosamente
los beneficios de la resignación, todo esto, aparte de las represalias que
deberían sufrir en casa, de manos “presidenciales”, pues ya he dicho que el
hombre no era de los que gustaban cosquillas en el lomo, ni en ninguna otra
parte.
Meneses
hacía gala de pisotear todo lo que había de respetable en el Reino, de burlarse
de las instituciones en general y de las personas en particular; para Meneses
no existían obispos, ni oidores ni funcionarios, ni guerreros cargados de
merecimientos, ni señoras dignas de respeto; a todo el mundo trataba “con el
pie”, y en cualquier sitio en que se encontraran; hasta sus favoritos estaban
expuestos a sufrir, en el momento menos esperado, los desaires y humillaciones
más irritantes.
Conozco
una “Relación verdadera que remite al Rey Nuestro Señor un leal vasallo suyo,
significando el estado en que se halla este Reyno de Chile después de haber
llegado a él el Gobernador don Francisco Meneses” y por el párrafo que voy a
copiar de ese escrito, que es uno de los innumerables que se enviaron a la
Corte como denuncias de los atropellos y barbaridades cometidas por el
Gobernador, podrá el lector imaginarse el ambiente que dominaba en Mapocho
durante la administración del Barrabás.
Dice así
el párrafo:
“Es,
Meneses, tan amigo de presentes cuantiosos, que a los que tienen algo que darle
los honra y da oficios, los acompaña hasta sus casas, corre hachazos en sus
puertas (paseos con hachas encendidas), baila en los desposorios y zapatea con
las muchachas, de tal suerte que en todas las fiestas viene a ser la risa de
los estrados que ven estragada la autoridad del alto oficio que representa y
desmentidas las canas de su cabeza. Salió una vez a toros en la plaza y uno de
los animales era brioso; el Gobernador, dando voces, dio tras él con unos
pretales de cascabeles, corriendo por las calles entre los vaqueros con
desjarretaderas, y algunos lisonjeros le siguieron corriendo hasta el río, tras
el toro; y ese día queriendo hacer un lance a un toro le tuvo tan descompuesto
fuera de la silla y los brazos en el cuello del animal, que a no ser manso lo
postra por los suelos, acciones que han causado grande risa, dando a entender
muy poco juicio”...
Los
Padres Agustinos, que por entonces tenían grande influencia en la Corte, no
pudieron desentenderse de los escándalos que provocaba el Gobernador en todos
los órdenes y categorías de la sociedad, y se ingeniaron para enviar a la
Península un mensajero que debía poner en manos autorizadas y seguras un pliego
de acusaciones tremendas. Porque, ha de saberse que Meneses tenía puesta una
estrecha vigilancia en los puertos de mar y de cordillera para impedir que
salieran del Reino, hacia la Corte, “cualesquier cartas mesivas”, que
denunciaran sus tropelías.
De esa
denuncia de los frailes agustinos, copio las palabras siguientes: “Se ha
entretenido el Gobernador, en los más humildes desposorios, el baile más
deshonesto que se ve en estas partes con mujeres de toda suerte; y advertido de
la murmuración común, respondió que, entre tanto le denunciasen a la Corte y
averiguasen allí cómo era el baile “pananas” (que es el nombre de esas danzas
lascivas) ¡él pasaría la vida con desahogo”...!
¡No puede
negarse que el Gobernador era un desahogado...!
Esto, en
cuanto a su vida privada; respecto de su actuación administrativa, Meneses era
de lo más desvergonzón que cabe, al decir de sus contemporáneos; vender los
cargos y oficios públicos y los grados del Ejército; apropiarse del “situado” —
así se denominaba “la paga”, que llegaba del Perú, en dinero y en especies para
ajustar sus sueldos al Ejército—, y vender las especies en una tienda que había
instalada públicamente en la esquina de la Plaza con la calle de Ahumada;
quitar sus tierras a los encomenderos para darlas a otros que le gratificaban
con “presentes”; obligar a los capitanes de buques a pagarle una gruesa suma
para obtener el permiso de salir del puerto... Estos y otros capítulos de
“entradas” para la bolsa del Gobernador estaban sistemáticamente establecidos a
lo largo del Reino y ¡guay! del funcionario que resistiera las órdenes del
Presidente.
Entre
estos funcionarios hubo uno, sin embargo, que se opuso a dar cumplimiento a las
verdaderas extorsiones que ordenaba Meneses; ese puritano, verdaderamente
heroico, fue el Veedor General del ejército don Manuel de Mendoza y Pacheco,
que tenía a su cargo la intendencia y administración del “situado” en
Concepción.
Cuando se
recibió el situado del año 1665, el Veedor verificó personalmente su
distribución dentro de las normas establecidas por las ordenanzas reales y
Meneses sólo fue solicitado para poner su firma en los documentos de
liquidación final. Al presentársele los papeles, el Presidente frunció el ceño,
hojeó el expediente, hizo como que examinaba las cuentas, preguntó, inquirió y
por fin, estampó su garabato. Pero al devolver los papeles al Ministro, díjole:
— Señor
Mendoza, cuando reciba Vuestra Merced el situado próximo, avísemelo antes de
hacer los ajustes; creo que debo ver en qué invierte la tropa sus haberes, no
sea que haya derroche.
— La
tropa pide al situado lo que necesita, señor Gobernador, y a ninguno se le hace
fuerza para que tome lo que no quiere — contestó el Veedor—, y así puede
Vuestra Señoría comprobarlo con sólo llamar a cualquier soldado o a su capitán,
sin cuyo asentimiento no se hace nada.
— Bien
está, señor mío; pero en adelante, hágase como ahora lo ordeno a Vuestra
Merced.
Al año
siguiente no llegó “situado”, lo que equivale a decir que el Ejército de la
frontera, a sus muchos sacrificios personales, tuvo que agregar el de las
privaciones; esto, por lo demás no era un caso raro, pues el Virrey del Perú
cumplía, generalmente, con lo que manda el refrán: “la caridad por casa”, y era
natural que cuando faltaba plata para pagar a las tropas peruanas, las de Chile
se chuparan el dedo.
La
anhelada “paga” de 1666 llegó por fin a mediados de Marzo de 1667, en el
navío San Juan Durmiente, el cual, antes de fondear en Penco,
estuvo a punto de naufragar en las costas de Maule; al saberse la noticia de
haber llegado el suspirado maná, todos los capitanes de las diversas
guarniciones fronterizas mandaron a sus habilitados para que recibieran la
parte que correspondía a la gente de su mando. El Veedor Mendoza entró en sus
meticulosas funciones y en menos de una semana presentaba al Gobernador, que se
encontraba en Quilacoya, los estados de distribución a fin de que autorizara la
entrega de las especies y del dinero remitidos por el Virrey.
Meneses
pasó la vista por los papeles y sin mayores melindres los tiró de lado y dijo:
— Señor
Mendoza, veo que la distribución no está buena y que Vuestra Merced no ha
tenido presentes las órdenes que le di, el año pasado, lo cual paréceme muy
mal.
— Repare
Vuestra Señoría, señor Gobernador, en que el “situado” no está aún distribuido
y en que estas listas representan solamente los pedidos que hacen los capitanes
y soldados para satisfacer sus necesidades, con la esperanza de que Vuestra
Señoría y Merced las remedie...
— ¿No
está distribuido aún el situado...?
— No,
señor Gobernador...
— Esto es
otro cantar, señor mío. Pues bien, ordene Vuestra Merced que el barco que lo
trajo ponga proa al Norte y que surja en el puerto de Valparaíso. El situado se
distribuirá en Santiago, y por mi mano, pues yo partiré mañana mismo a la
Capital; yo, mejor que ningún otro, sé lo que necesitan los soldados...
— Con el
respeto que debo al señor Gobernador — respondió el Veedor Mendoza—, me permito
reparar que esto no se conforma con las ordenanzas reales de hacienda, de cuyo
cumplimiento soy el único responsable ante el Consejo de Su Majestad.
— ¿Cómo
es eso, señor Veedor, o señor majadero?
— ¡Señor
Gobernador!.. — interrumpió con ofendido acento el Veedor.
— ¡Señor
cuerno! — Gritóle el Presidente plantándosele a una vara de distancia— . ¡Sepa,
el veedorcillo, que aquí mando yo solo, y lo que me place, y que me importa un
cuesco del tal consejo de Su Majestad... ¡Y largo de aquí! — terminó, estirando
rápida y enérgicamente su brazo hacia la puerta, que me parece raro estarlo
viendo todavía en mi presencia... ¡el curialillo de pega...!
Esa misma
tarde fue destituido Mendoza de su alto cargo de Veedor General del Ejército y
una semana más tarde partía con dirección a la Capital para recluirse en el
Hospital de San Juan de Dios, víctima de unas fiebres malignas “que le
agravaron la pesadumbre de su desgracia”.
Sin que
nadie osara oponerse a sus disposiciones, Meneses llevó a cabo su proyecto de
traer a Santiago las especies del “situado” que había llegado a Penco, y allá
por el mes de Mayo lo puso a la venta en “la tienda del Gobernador”, situada,
ya lo he dicho, en la esquina de la Plaza, “sacando de ellas gran partido y
precio”.
Tal fue
el escándalo que provocaron en Santiago estos hechos, que la Audiencia en una
comunicación al Rey, enviada, por cierto, cuando Meneses ya no estaba en Chile,
decía lo siguiente: “Pruebas bastantemente que la forma en que se han
distribuido los “situados” ha sido saber, dicho Gobernador, cuáles son los
fardos de mejores géneros y que se aparten para sí, haciéndoselos traer a esta
ciudad de Santiago con las mismas marcas reales que vienen de Lima, y vender la
ropa por su cuenta en la tienda de mercaderías que manejaba en la plaza pública
Francisco Martínez de Argomedo, que comúnmente se llamaba del Gobernador,
ocasión de que los soldados fuesen mal socorridos y anduviesen desnudos,
descalzos y otros cubiertos con camisetas de indios...”
Entre
tanto el Veedor Mendoza continuaba asilado en el Hospital, enfermo y pobre, sin
esperanzas de ser restituido a su antiguo empleo, cuyo sueldo era la única
renta con que contaba para subvenir a sus necesidades de hidalgo honrado y
austero. En ese establecimiento, el Veedor tenía un antiguo y buen amigo, el
fraile hospitalario fray Vicente Radrigán que había sido “su ángel de guarda,
sin cuya asistencia habría fallecido de esta vida”.
— Padre
Vicente, esta existencia me es insoportable y bien quisiera que Dios y Nuestra
Señora me sacaran de ella con la muerte — dijo un día el Veedor a su amigo— .
Ya estoy sano de cuerpo, mediante su caridad; pero tengo lastimado el espíritu
con la injusticia que padezco por ese Gobernador que Dios castigue...
— Don
Manuel, no profiera Vuestra Merced esas palabras de rebelión; acepte los
sufrimientos que Dios le concede en esta vida, en descuento de sus culpas, y
ruegue humildemente a Nuestra Señora que mueva el corazón del señor Gobernador
para que repare los daños que ha hecho a Vuestra Merced, si es que con ello le
viene la salvación de su ánima...
— Padre,
eso de la resignación está muy bueno para dicho; pero no lo quisiera ver a Su
Paternidad en mi caso, sufriendo injustos vejámenes y consumiéndome en la
pobreza, junto con el fiel criado que me acompaña desde mis primeros años en el
Perú. Digo a Su Paternidad, con la franqueza de un hidalgo: yo no tengo
inclinaciones para vivir de la caridad ni para morir de pobre, por más qué Su
Paternidad me diga que con ello hago méritos para la otra vida... ¡Alguna vez
habré de echar la vista encima al que tiene la culpa de mis desdichas! —
terminó Mendoza en un tono que no dejó de preocupar un poco al Padre Vicente,
pero que luego olvidó, al considerar la desmedrada situación del enfermo.
Promediaba
el mes de Octubre del año de estas ocurrencias y el Gobernador, después de
haber pasado alegremente los meses invernales en Santiago, anunció su viaje a
la frontera para ponerse a la cabeza del ejército que iba a empezar la
consabida campaña primaveral contra los araucanos, acaudillados ahora por el
Cacique Ropucura, cuya ferocidad y continuos éxitos habían mantenido en tensión
los nervios de 'los más renombrados capitanes durante la campaña anterior.
Era
costumbre que los gobernadores, antes de ausentarse de la Capital, visitaran
los establecimientos públicos a fin de Impartir “órdenes de buen gobierno” que
debían cumplirse durante su ausencia; aunque Meneses no era de aquellos
mandatarios que exigían mucho de sus subordinados, y durante su administración
dio muestras de interesarle muy poco el que se cumplieran o no las ordenanzas
reales, inició la tradicional visita, más por ostentación que por otra cosa: el
día 19 de Octubre presentóse sorpresivamente al Hospital de San Juan de Dios,
acompañado sólo de su ayudante, el coronel don Luis Francisco del Fierro, y sin
esperar la presencia del Superior se introdujo en la sala de Nuestra Señora del
Socorro.
La voz de
que el Presidente había llegado al Hospital se difundió rápidamente, y antes de
cinco minutos el Magistrado se encontró rodeado por los religiosos, quienes lo
acompañaron respetuosamente a recorrer el santo asilo, “desde la cancelería al
repostero”, y por último se encaminaron a la capilla para “dar gracias por tan
alta visita”.
El Veedor
Mendoza se encontraba tomando el sol en un extremo del segundo patio cuando
llegó hasta él la noticia de la visita del Presidente; el enfermo estaba con un
humor de todos los demonios, y maldita la gracia que le hizo el tener que
presentarse, como era la obligación de todos 'los moradores, ante el
caracterizado visitante. Pronto llegó hasta él, corriendo, su fiel criado, un
vizcaíno llamado Cortés, y díjole:
—
¡Señor!... ha llegado el señor Gobernador y debemos instalamos en nuestra sala
para darle la bienvenida...
— ¿La
bienvenida a ese pícaro? — replicó, dando un respingo, el amargado don Manuel
de Mendoza.
— Es de
ley, y así lo manda el Padre Prior...
— ¡Bien!
— contestó el Veedor, apretando los dientes, mientras sus ojillos brillaron con
resplandores siniestros; ¡ve, adelante, que ya voy!...
Y con
paso firme se encaminó hada su rincón de la sala de San Ramón Nonato en donde
tenía su alojamiento.
Todavía
no llegaba la comitiva a tal Sala, de modo que Mendoza tuvo tiempo para entrar,
abrir un saco, registrarlo, extraer de allí un objeto que escondió bajo su
raída capa, y salir a paso apurado hacia la puerta principal, precaviéndose de
no ser visto por los frailes.
Salió a
la Cañada e instalóse bajo un sauce que dejaba caer su llorona cabellera sobre
la acequia que corría a tajo abierto por mitad del antiguo cauce del Mapocho;
acomodóse sobre un poyo de piedra y quedó en atenta observación frente al
zaguán del Hospital, por donde tenía que salir el Gobernador cuando se
retirase, terminada la visita.
No había
transcurrido media hora cuando el movimiento de los sirvientes de la
“cancelería” indicó que la comitiva venía de regreso y que el Presidente se
acercaba al zaguán y a la puerta para retirarse del establecimiento. Mendoza se
puso de pie y encaminóse hacia el portón a paso largo, pero vacilante, y una
vez allí situóse tras una de las “pilastras” exteriores.
Meneses
iba, según su costumbre, adelante; su orgullo le impedía marchar llevando al
lado un acompañante y solo concedía tal honor al Obispo o a los oidores, y eso,
cuando estaba en buenas relaciones con ellos, lo que ocurrió muy pocas veces.
Se
despidió “con una venia” del Padre Prior, y mientras los demás inclinaban sus
bustos para corresponder un saludo que les llegaba sólo de reflejo cruzó el
zaguán taconeando firme sobre el empedrado. Cuando iba a trasponer el umbral
para asentar el pie en la acera, el Veedor don Manuel de Mendoza avanzó dos
pasos, levantó su brazo armado de una pistola y la descerrajó sobre el
Presidente...
—
¡Muere... mal Gobernador...! — Dijo el ofendido hidalgo—, con una exclamación
de reconcentrado rencor.
Lo
inesperado del suceso paralizó un momento la acción de los circunstantes; pero
en seguida brillaron la espada del Gobernador y la de su ayudante el coronel
del Fierro, las que no tardaron en cruzarse con la del infortunado pero
valiente Veedor, que, a pesar de su lastimoso estado, logró alcanzar varias
veces a sus contendores, y en especial a Meneses que era su sólo objetivo; pero
sin fuerzas ya para sostener un combate tan desigual, buscó instintivamente su
salvación, huyendo hacia el interior del Hospital. En ese mismo momento
apareció frente al zaguán el vizcaíno Cortés, que acudía, sin arma alguna, a
socorrer a su amo; pero, reconocido como el antiguo y fiel criado del Veedor
Mendoza, el Presidente “lo tendió” de una sola estocada en el corazón.
La
noticia de que el Presidente había sido víctima de un atentado contra su vida
se desparramó sobre la ciudad en cortísimos instantes, y un numeroso y ávido
concurso se apiñó en la Cañada, frente al Hospital; a poco las tropas
estuvieron sobre las armas haciendo alarde de un grande aparato militar,
aumentando, con esto, la excitación natural de la población. El Presidente hizo
rodear el establecimiento para impedir la fuga del Veedor y, mientras tanto,
hizo azotar en la calle pública, frente a la de San Antonio, el cadáver del
infeliz vizcaíno que era la única víctima de la refriega; una hora más tarde
ese cadáver era colgado, para escarmiento, en la horca de la Plaza Mayor.
El Veedor
permanecía, entre tanto, escondido en uno de los aposentos del Hospital; pero
como éste era un establecimiento religioso que tenía “fuero de Iglesia”, las
tropas no se atrevían a penetrar en él para aprehender al culpable.
La
oposición que había encontrado el Gobernador Meneses para aprehender a su
ofensor, asilado dentro del Hospital de San Juan de Dios y bajo el fuero “de
Iglesia” le había puesto frenético y poco faltó para que, llevándose del furor
inconsciente que lo dominaba, “agrediera de fato” al Superior del
establecimiento que no hacía sino defender su prerrogativa tradicional
fundamentada en las leyes y ordenanzas reales.
El
humilde fraile había tratado en vano de convencer a Su Señoría de que el camino
derecho para obtener la prisión del culpable era dirigirse al Obispo Humanzoro,
o al Provisor, en demanda del permiso canónico para penetrar "en son de
justicia” al asilo hospitalario; el Gobernador había contestado, por último:
— Vayan
al Diablo Su Paternidad, sus frailes y el Obispo, que yo me haré la justicia
por encima del birrete del Prelado, si, cuando vuelva, en un rato, no encuentro
el paso abierto para buscar y encentrar a ese bellaco del Veedor.
Y
efectivamente, cuando “se desocupó” de la azotaina que mandó dar al cadáver del
infeliz vizcaíno, y despachó al verdugo con el encargo de colgarlo de la horca
en la Plaza, volvió al Hospital al frente de unos treinta de sus pretorianos y
endilgó, impertérrito, hacia el interior del primer patio. El Superior y los
frailes habíanse mantenido en fila, breviario en mano, la cruz alta, y
murmurando versículos penitenciales frente al zaguán, pero no fueron capaces.de mantener sus energías ante el atropello inminente;
y al ver las puntas de las picas tan cerca de sus reverendas personas y
encendidas las cuerdas mechas de los mosquetes “recogieron hábitos en haldas” y
cada cual se puso en salvo “como mejor entendió”.
Desde la
mitad del patio repartió Meneses sus tropas con dirección a los cuatro puntos
cardinales y en menos de un periquete el culpable cuanto desgraciado Veedor de
Su Majestad, don Manuel de Mendoza y Pacheco, estuvo amarrado “codo a codo” y a
disposición de su irascible y vengativo adversario.
Por
cierto que los soldados aprehensores habían aplicado al reo,, por vía de
anticipo y aperitivo, una tunda de mojicones y de palos que lo trajeron ante el
Presidente, machucado, cojimanco y ensangrentado que era una compasión; pero
Meneses, que no entendía de ternezas, le salió al encuentro, y con un rebenque
que traía a la muñeca “le aplicó muchos azotazos por donde caía” diciéndole:
— Recibe,
señor bellaco, estos golpes, que son de “adelanto”, mientras te cuelgo...
La
expectativa no era, por lo que se ve, muy halagüeña.
Y
habiendo encontrado a la puerta del Hospital al Preboste General, o jefe de los
serenos, que era a la vez teniente de alguacil menor, se lo entregó, previa la
siguiente recomendación:
— Hazle
“cantar” los nombres de los cómplices que tenga, porque me figuro que no ha de
andar muy lejos de todo esto el Oidor Peña Salazar, que es el malandrín más
completo de toda la Audiencia; y así como sepas algo, me das parte, que buena
vara tengo para "encajar” oidores.
Y dando
un empellón final a su víctima la arrojó de bruces “y se malograra
definitivamente en el poyo de una piedra, si el Preboste no le sujetara por la
cuerda que el Veedor llevaba al pescuezo”.
El
infeliz Mendoza fue llevado, con todo ese aparato de fuerza, hasta el domicilio
del Preboste y encerrado allí en rigurosa prisión, mientras acudía a interrogar
al reo el Corregidor don Tomás Calderón, amigo íntimo y confidente del
Gobernador. El domicilio particular del Preboste servía de cárcel preventiva en
ocasiones determinadas como la presente. Entre tanto, el Presidente anunciaba
al pueblo por medio de los soldados de su guardia personal, “que habíase
quedado en el hospital curándose las heridas que recibiera en la refriega con
el Veedor”; estas heridas eran catorce... rasguños, pues quedó comprobado que
ninguna de ellas “fue óbice” para que Su Señoría saliera apresuradamente,
después de unos momentos, a presenciar el interrogatorio a que iba a ser
sometido el preso.
El
escándalo que se había producido con el atentado, primero, y con el
allanamiento del Hospital, después, no era de aquellos que podían terminar sin
otro escándalo, sobre todo cuando ambos hechos habrían de tener su sanción; ya
sospechará el lector que el atentado tendría por corolario el castigo infamante
del culpable; pero, ¿y el quebrantamiento del derecho de asilo
en sagrado? ¡Bonito era el Muy Ilustre señor Comisario del Santo Oficio de la
Inquisición, don Francisco Ramírez de León para tolerar, y todavía de
magistrado como el Barrabás una infracción tan escandalosa de los fueros
eclesiásticos!
Aun no
salía del Hospital el Gobernador Meneses, en donde, ya lo sabemos, había
quedado curándose aparatosamente sus heridas, cuando llegó a su presencia el
escribano del Santo Oficio, Clérigo-presbítero don Clemente Barainca, portador
de un “auto suplicatorio” que acababa de “señalar” su amo el Comisario para que
'le fuera presentado y notificado “en continente”.
-¿Qué es
ello?... — refunfuñó entre dientes el Gobernador, cuando el Clérigo estuvo al
frente— ; diga luego, Padre, qué me manda notificar el Santo Oficio, y cuidado
con que me venga con protestas y suplicaciones para que entregue al reo, porque
tendrá que oírme la reverenda persona de Su Merced lo que estoy obligado a
contestar al Magnífico señor Comisario, a quien Dios guarde y ampare... ¡Diga,
diga, Su Merced! Pero... ¿qué le pasa a Su Reverencia?
El
Clérigo Barainca habíase quedado mudo al oír las palabras del Gobernador y por
más que gesticulaba y movía las mandíbulas para decir algo, la voz se le había
atragantado. Meneses tuvo un momento de buen humor ante las muecas del asustado
Clérigo-presbítero, y le dijo:
—
Tranquilícese, Padre, que con Su Merced no va nada; pero tenga por entendido —
agregó en seguida—, que si me notifica Su Merced algo que se refiera a la
prisión del Veedor no respondo de lo que suceda al señor Comisario, su amo.
Desembuche, y luego, que no tengo mucho tiempo que perder.
Barainca
encontrábase por una parte obligado y por la otra queriendo bien; midió su
situación, vio que tenía tanto de largo como de ancho, y alentado por las
palabras que acababa de oír, desenvolvió el “rollo” y leyó, tragando saliva, el
auto conminatorio por el cual el Comisario del Santo Oficio protestaba del
allanamiento del Hospital y pedía, bajo pena de excomunión, que se le entregara
la persona del Veedor Mendoza para tenerlo en la cárcel pública y procesarlo
bajo la jurisdicción eclesiástica.
El
Presidente habíase mantenido tranquilo durante la lectura; pero cuando el
escribano llegó a la fecha, y antes de que leyera la firma, preguntó,
poniéndose de pie y con los brazos en jarra:
— ¿Y
quién firma eso, si sois servido?...
— Su
Señoría, el señor Comisario, don Francisco Ramírez de León — alcanzó a decir el
escribano; pero al reparar en la actitud bien poco tranquilizadora del
Gobernador, llamó en auxilio a sus temblorosas piernas, volvió espaldas y se
arrojó hacia la puerta.
Lo hizo
muy oportunamente, porque Meneses en un impulso incontenible, había lanzado la
punta de su pie con dirección precisa al extremo inferior de la espina dorsal
del Clérigo.
Atravesaba
el Presidente la Plazuela del templo de las Monjas Claras cuando se oyeron los
pausados y terroríficos sones de la campana de la Catedral, que notificaban a
la ciudad de Santiago el pronunciamiento de una excomunión mayor, cuyo cartel
se fijaba en esos mismos instantes en la “tablilla” de la puerta del templo; a
los pocos minutos, las campanas de todos los templos de la Capital secundaban
el anuncio excomulgatorio y los contristados habitantes empezaron a desfilar
por las iglesias a orar por el arrepentimiento del “pecador público”' que había
merecido la sanción tan tremenda.
El que se
manifestaba menos afectado por el castigo era Meneses; desde el Hospital se
dirigió rápidamente a la casa del Preboste, en donde estaba preso el Veedor,
según ya sabemos; quería presenciar el interrogatorio y oír por sí» mismo las
respuestas que diera el reo sobre los cómplices que pudiera tener; allí
encontró al Corregidor don Tomás Calderón en “melancólica plática” con el
Alférez Real, don Pedro de Cuéllar, y con el Preboste, quienes no se atrevían a
proceder, en presencia de la grave resolución que había tomado la autoridad
eclesiástica.
— Aquí no
mandan obispos ni comisarios, señores míos — exclamó el Presidente, al ver la
actitud indecisa de sus amigos— ; aquí manda sólo el Gobernador Meneses, y
¡guay! del que no obedezca. Dejen sus mercedes de mano la melancolía y
tráiganme aquí a ese pícaro de Mendoza, que quiero oírlo... (Ah!... No olviden
al negro Domingo, que es perito en soltar la lengua de los “emperrados”.
A los
pocos minutos se encontraban frente al Gobernador, el reo Mendoza y el verdugo;
al extremo del aposento instalóse “el caballo” y junto a este aparato, “la
rueda”...
— Dirás,
bellaco, quién te mandó que me mataras, y encomienda tu alma al Diablo, porque
habrás de «morir inconfeso y a pausa.
Un
estremecimiento de terror invadió a los presentes; solamente el negro Domingo
permaneció inmutable. Mendoza, debilitado como estaba, alzó la testa en un
gesto de entereza hidalga. Era su respuesta.
—
¡Aplícale una estropeada!... — mandó el Gobernador.
El negro
Domingo amarró el extremo de la cuerda a las muñecas del reo y tiró lentamente
de la roldana.
—
¡Fuerte...! — gritó Meneses, cruzando, de un latigazo, las espaldas del
Verdugo.
El negro
se colgó del cordel y el cuerpo exangüe del Veedor se balanceó de los brazos
atados por detrás.
—
¡Declara a tus cómplices, asesino! — gritó de nuevo Meneses.
Y como el
Veedor continuara callado, “le mandó dar estropeadas, hasta cinco iguales”, y
ésta fue la última, porque el infeliz perdió el sentido y su cuerpo cayó al
suelo como un costal de huesos.
Era
inútil continuar el tormento y el Gobernador mandó suspenderlo; pero una hora
más tarde el Corregidor Calderón empezó un nuevo interrogatorio, tan pronto
como el reo volvió en sí.
— No
persista, Su Merced, en callar el nombre de sus cómplices — habíale aconsejado
el Corregidor—, que con ello solamente agravará su causa, que ya es muy mala.
Pero
Mendoza, “constante en la verdad, dijo con ánimo invencible que ninguna persona
en el mundo le había estimulado y que con ninguno había consultado el intento,
sino consigo mismo, teniendo por cierto que no mataba al Gobernador de Chile,
sino a un tirano, enemigo del Rey y de la Iglesia”.
— No dice
Su Merced la verdad — replicó el Corregidor—, porque hase sabido que había
concomitancia con el Obispo, con el Oidor Cuba y Arce y con el Decano Peña de
Salazar...
— ¡Es
injusto...! ¡Es injusto...! — murmuró el reo.
Entró en
ese momento, otra vez, el Gobernador que había llegado de su palacio escoltado
por una compañía de su guardia “y de mucho pueblo", y plantándose en el
medio de la pieza, preguntó:
— ¿Ha
declarado el nombre de sus cómplices? ¿No...? Está bien; ya los descubriré yo
con menos apremio. — Negro — ordenó al Verdugo—, poda la cabeza y barbas a este
necio, mételo en un vestido de loco, y me lo paseas a la vergüenza pública
antes de encerrarlo en la cárcel. Señor Mendoza — terminó, dándole una palmada
bajo la barba—, alce la cabeza mientras pueda, que luego la doblará para
siempre.
“Y
Meneses mandó que llevasen al reo a la cárcel pública, rodeado de armas, cajas
y trompetas, con un vestido de loco y birrete de lo mismo, rapadas cejas y
cabellos y barbas, o como otros dicen: “a media rasura”, montado en una mula
flaca y ruin con enjalma, tan exhausto y desangrado que algunas personas
piadosas le iban sirviendo de cirineos en la pasión de aquel martirio”.
Entre
tanto, la agitación en la ciudad iba creciendo hasta llegar a extremos
desconocidos. Las campanas no cesaban de tocar a excomunión y se acercaba la
hora del "ángelus” o de “oraciones”, después, de la cual empezaba todo el
vecindario a recogerse a sus casas, hasta la "queda”, desde cuyo último y
lastimero toque no era permitido transitar por las calles sino con motivos muy
calificados. El vecindario no se encontraba dispuesto, no podía recogerse a sus
casas bajo la terrible presión de encontrarse la ciudad al borde del
“entredicho”, cuya menor consecuencia podía ser la de morir sin confesión,
porque tal declaración de la autoridad eclesiástica implicaba cesación "a
divinis”, de la administración de los sacramentos.
Pocos
eran los amigos, del Gobernador que se atrevieran a solicitarle que volviera
sobre su resolución de juzgar por el “brazo secular” el delito de Veedor, y lo
entregara a la jurisdicción eclesiástica, “conforme a derecho”; sin embargo,
era tal la excitación del vecindario, que un íntimo amigo y confidente de
Meneses, el Sargento Mayor don Melchor de Cárdenas, no pudo resistir a la
presión de sus allegados y, "las ocho pasadas”, presentóse ante el
Presidente para hacerle ver el estado de angustia en que se encontraba la
devota población.
— No haga
caso de niñerías, don Melchor — contestóle Meneses—, que en desocupándome del
“menester”, en que me trae el maldito Veedor, encontraré la manera de
componérmela con ese señor Comisario del Santo Oficio que tiene la pretensión
de oponerse a las resoluciones del representante de su Soberano. Ya verá, Su
Merced, que la excomunión no tiene efecto y sólo sirve para asustar a los
“homecillos”.
Y como
viera que Cárdenas intentaba insistir, Meneses agregó, en tono que no admitía
réplica:
— ¡Y
váyase a dormir, el Sargento Mayor de los Ejércitos de Su Majestad, que mañana
habrá de caerle algún trabajo, en servicio del Rey!
Toda esa
noche se oyó, cada media hora, el lúgubre tañido de las campanas de la Catedral
que anunciaba el “entredicho” que caería inevitablemente sobre la población si
el Gobernador no se sometía al mandato del representante del Santo Oficio y
persistía en juzgar al reo por la vía civil; muy pocos fueron los que “pegaron
los ojos” y desde las primeras horas del alba el vecindario llenó los templos
para continuar implorando la misericordia divina en favor de la paz “entre los
príncipes cristianos”.
A las
ocho de la mañana se hizo sentir en la ciudad un inusitado aparato de fuerza
armada; las tropas, con bala en boca y las cuerdas-mechas encendidas, cerraron
las calles que dan entrada a la Plaza y reforzaron las guardias de la cárcel.
El Gobernador salió del Palacio seguido de su cohorte de pretorianos y se
presentó ante la pesada reja que guardaba la entrada del establecimiento penal;
abriéronse las puertas y Meneses penetró hasta el aposento en que el
desgraciado Veedor había pasado la noche, “con dos pares de grillos en los pies
y muchas prisiones en las manos”. Desde que salió Meneses de Palacio las
campanas habían empezado a tocar “penitencia” que era el preliminar de la
temida “seña de entredicho”; al oír los primeros sones, el Presidente había echado
una significativa mirada, por sobre el hombro, al campanero de la Catedral que,
a horcajadas en una viga, cumplía como bueno su “alta” misión. ¡Pobre
campanero, si en ese momento no se encontrara tan en alto!
Inmediatamente
de haber penetrado el Gobernador a la prisión del reo, empezaron, por mandato
suyo, los preparativos para la ejecución.
— Pido
que venga un confesor — musitó Mendoza, aniquilado ya por los sufrimientos.
— Vendrá
si antes me declaras tus cómplices — contestó al punto el Gobernador.
— No
tengo cómplices — replicó Mendoza, sin alzar la vista.
—
Entonces morirás inconfeso — dijo, con acento concluyente el Barrabás.
Y con un
gesto implacable ordenó al negro Domingo procediese allí mismo, luego, a
ejecutar en el reo la pena de garrote.
“Diéronle
garrote arrimado a un palo muy mal dispuesto, y viendo que no acababa de morir,
el Gobernador le disparó un pistoletazo en la cabeza; reparóse que aún con esta
diligencia todavía tenía espíritu, y el mismo Meneses, impaciente por la
dilación, le dio con un cuchillo muchas heridas...”
Cuatro
negros esclavos sacaron a la Plaza, un rato más tarde, el cuerpo del infeliz
Veedor Mendoza, y dejáronlo arrimado al “rollo”, esto es, al horcón de la
pública justicia. Allí permaneció todo el día; entrada la noche, los Padres
Agustinos recogieron el cadáver y le dieron cristiana sepultura bajo una de las
naves de su iglesia.
El
Gobernador estaba públicamente excomulgado y la ciudad en entredicho desde el
momento en que se llevó a cabo la ejecución; pero ya el Presidente Barrabás
“habíase desocupado del menester en que le traía el maldito Veedor”, y se
encontraba listo para enfrentarse con el Comisario del Santo Oficio, doctor don
Francisco Ramírez de León. Para el Barrabás esto era una guinda, pues solamente
se trataba de obligar al Comisario a levantar la excomunión...
No
recuerdo si he dicho antes que la Audiencia constaba en esas circunstancias
sólo de dos oidores, por haber fallecido, pocos meses atrás, los otros dos; los
que estaban en ejercicio eran Cuba y Arce y Peña de Salazar, pero el primero no
se encontraba en Santiago. Aunque Peña estaba enemistado con el Presidente,
éste lo citó a su casa y 'lo obligó bajo pena de destierro inmediato, a
constituirse en tribunal integrado con los abogados don Juan del Pozo, y Silva,
don Juan de la Cerda y Contreras y don José González Manríquez, y una vez
constituidos, bajo la misma pena, los obligó a firmar un requerimiento al
Comisario Ramírez de León para que compareciera ante el Tribunal.
"Y
como el eclesiástico se negara a venir de voluntad, fue traído a violencia”.
Llegado
ante el Tribunal, “los dichos señores le advirtieron que absolviese al señor
Presidente de las excomuniones en que le tenía declarado y fijado en la
tablilla, con todos los soldados, justicias y demás personas y cabos del real
ejército que acompañaron a Su Señoría en la ejecución de la pena de muerte que
por su mandato se dio al Veedor General, don Manuel de Mendoza, por el desacato
calificado de alevosía y sacrilegio de haber querido matar al señor Presidente
con armas ofensivas y defensivas, embistiéndole por detrás y disparándole
pistoletazos...”
Don
Francisco Ramírez de León apreció en lo que valía su pellejo y tras de algunas
reservas que formuló de palabra e “in petto”, tuvo el buen acuerdo de levantar
las “descomuniones”, ese mismo día...
Y aquí
paz, y después gloria.
§ 13.
El día del juicio
El
partido que encabezaba, en la Corte española, el bastardo don Juan de Austria,
había tenido un gran fracaso con la muerte del Rey don Felipe IV, y todos los
favoritos del Monarca extinto empezaron a emigrar en precaución de las
represalias que veían venir de parte del partido contrario, adueñado del poder
con la ascensión de la Regente doña Mariana, guardadora de los derechos de su
hijo Carlos II, menor de edad. El Gobernador de Chile don Francisco Meneses,
protegido, como sabemos, del Bastardo, no podía esperar favor ni consideración
de los nuevos gobernantes, y fue incluido en la lista de los funcionarios que
debían ser exonerados.
Si hubo
razones bastantes para que lo fueran otros magistrados de las Indias, no lo
sabemos; pero consta al lector que los hechos del Presidente del Reino de Chile
habían sido bastante sonados y alborotadores para justificar la orden, que dio
la Reina, de “levantar información sobre la conducta y atropellamientos que se
dicen cometidos por nuestro Presidente de aquella Audiencia y Reyno en personas
eclesiásticas y otras de significación”.
Apenas
había sido despachada esta orden a la Audiencia de Lima — que gobernaba aquel
Virreinato por fallecimiento del Virrey Conde de Santisteban del Puerto— llegó
a Madrid una nueva representación de la Audiencia de Chile con los más serios
denuncios contra Meneses y, particularmente, contra su conducta privada, contra
las extorsiones que imponía a los vecinos, contra las vejaciones que ejercitaba
sobre los más caracterizados funcionarios “y las muchas muertes de indios y
azotes y tormentos que aplicaba a todo género de personas” por motivos
insignificantes, "que así es como lo hacen los tiranos”. Junto con esta
comunicación de la Audiencia de Santiago recibiéronse también otras del Obispo,
de los agustinos y del General don Juan Fernández Gallardo, en la que este
último se quejaba amargamente de que el Gobernador Meneses "le hubiera
hecho hacer un viaje desde la capital hasta la frontera araucana, montado en un
caballejo ruin e indecente para que diera fe de que el supradicho fuerte de
Ropucura estaba en pie y no había sido destruido por los indios”, noticia que
se corría en Santiago en desmedro de los éxitos guerreros de que se
vanagloriaba continuamente el Gobernador.
Aquello
era efectivo; Meneses había culpado a Fernández Gallardo de haber inventado y
circulado el chisme y, en castigo, le había obligado a hacer el viajecito de
trescientas leguas, ida y vuelta, montado en ese caballejo ruin "y con
guardas pagados a costa del anciano general, a seis pesos por cada día”.
Fernández Gallardo llegó a Santiago para caer en la cama.
Por su
parte, los oidores santiaguinos afirmaban, no sé con qué fundamento, que
“Meneses ha dado orden a los puertos de Concepción y Valparaíso que si llegaba
algún nuevo Gobernador nombrado por el Virrey del Perú lo prendan y lo tengan a
buen recaudo”. Si esto no era mentira de sus señorías, quedaba muy en clarito
que Meneses se preparaba para rebelarse con las armas en la mano contra el
Monarca, lo cual no podía caer bien en la Corte, sobre todo en aquellas
circunstancias. Y como corolario de todas estas tropelías, la Audiencia
terminaba diciendo a 5a Reina: “El Gobernador Meneses tiene reducida esta
Audiencia a un solo oidor, que es el que firma, pues los ha desterrado a todos,
de lo cual ha fallecido uno, y el último que desterró fue la persona del licenciado
Juan de la Peña, haciéndolo sacar de la ciudad a medio día y con garnacha y con
vara, para escarnecerlo”.
Los
Ministros de la Reina no titubearon más, y en el primer "cajón” — así se
denominaba el barco que llevaba la correspondencia— enviaron órdenes
perentorias al nuevo Virrey del Perú don Pedro Fernández de Castro y Andrade,
Conde de Lemos — que en aquellas fechas estaría por llegar a Lima— para que
“entre las primeras cosas de vuestro Gobierno recojáis informes breves y
reservados sobre esas denuncias, y siendo ellas comprobadas, es mi voluntad
nombréis un visitador que ha de llevar la orden precisa para que durante el
tiempo de su visita quite el Gobierno a don Francisco Meneses, y os ordeno que
enviéis para que gobierne a ese reino a la persona de más experiencias
militares y prudencia que halláredes más a propósito para ello”.
Al
recibirse en Lima estas órdenes de la Corona, encontrábase allá el Capitán don
Pedro Sebastián de Saldías que había ido como procurador del ejército de Chile
a gestionar algunos asuntos “cumplideros al servicio de Su Majestad”. Sabedor
el nuevo Virrey, de que se encontraba en Lima un “chileño” portador de una
misión oficial, a quien no podría achacársele inquina contra Meneses —
inconveniente de que adolecían otros que andaban allí desterrados por el
Barrabás— hizo venir a su presencia al Capitán Saldías y lo interrogó
“mañosamente”, para vislumbrar la verdad. No le costó mucho trabajo al Conde de
Lemos obtener de Saldías, previo juramento, la siguiente respuesta:
—
Excelentísimo señor, cúmpleme decir a Vuestra Excelencia que de los cargos que
he oído hacer aquí al señor don Francisco Meneses, ellos son verdad en sus
cuatro quintas partes, y séame Dios testigo de que no miento. Sólo una gracia
pido ahora a Vuestra Excelencia, y es que me permita radicarme en estos reinos
del Perú, porque después de lo dicho no podría vivir en Chile con la integridad
de mi individuo...
— Vaya
Vuestra Merced con Dios, señor caballero — habíale contestado el Conde al
precavido Capitán—, que ningún servidor de Su Majestad podrá sufrir por haberle
servido.
Una
semana después salía del puerto del Callao el galeón San Pedro del
Mutis llevando a su bordo al nuevo Gobernador de Chile, don Diego
Dávila Coello y Pacheco, Marqués de Navamorquende, General de la plaza fuerte
del Callao, a quien “por su gran moderación y entereza incontrastable en el
servicio del Rey”, había elegido el Conde de Lemos para “arreglar” los negocios
de Chile y meter en el puño al Barrabás.
El
encarguito era de compromiso y el Marqués tomó sus precauciones.
En primer
lugar inició sus preparativos de viaje rápidamente y en la mayor reserva, a fin
de que la noticia de su partida no llegara a Chile antes que él y diera tiempo
a Meneses “para prepararle un recebimiento que le trajera perjuicio”, pues todo
era de esperarlo de un “barrabás” como el Gobernador de Chile; en seguida formó
un cuerpo de ciento cincuenta soldados, bien armados, con los cuales esperaba
quedar en condiciones de hacer respetar su autoridad desde el primer instante,
toda vez que las noticias llegadas al Virreinato indicaban que Meneses
pretendía rebelarse “mano armada” contra la autoridad de cualquier nuevo
Gobernador que enviara el Virrey.
Tal era
el temor de que Meneses pudiera presentar resistencia para entregar el mando de
este Reino, que el Virrey Conde de Lemos, entre las instrucciones escritas que
diera al nuevo Gobernador de Chile, puso la siguiente: “Si las fuerzas que
lleva el Marqués fueran insuficientes para trabar lucha con las de don
Francisco (Meneses), caso de no querer entregar el mando, el señor Marqués
regresará al Perú en el mismo barco para organizar aquí una expedición más
respetable para hacerse obedecer”...
Con el
Marqués se embarcaron, además, de regreso a Chile, varios funcionarios chilenos
que se encontraban en Lima desterrados por Meneses; entre éstos figuraba el
prestigioso General don Ignacio de la Carrera e Iturgoyen, que venía investido
con el alto cargo de Maestre de Campo general del nuevo Gobernador. Sabemos que
ese personaje fue el fundador de la “casa” de los Carrera en Chile. s
En el
mismo barco San Pedro del Mutis, venía el Oidor limeño don Lope
Antonio de Munive con la misión de “residenciar” a Meneses y a todos los que
aparecieran comprometidos en los “excesos” que se le achacaban. El Oidor tenía
fama de severo y de “tan laborioso como adusto”; parece que Su Señoría no se
reía ni aunque viera tropezar a un sacristán, y cuanto a su severidad, baste
decir que había mandado ahorcar al Corregidor de Piura, “con su vara al
pescuezo”, por haberlo encontrado culpable en ciertos desfalcos al Real Erario.
Todos
estos preparativos, sin embargo, fueron inútiles, porque nada de lo qué se
esperaba tuvo ocasión para producirse: la Divina Providencia velaba ya por los
destinos de Chile — como lo hace hasta hoy—, y arregló las cosas en forma de
que el Barrabás no pudiera poner en práctica sus perversos propósitos de
rebelión, si en realidad los tuvo en la proporción que le achacaban sus
numerosos enemigos.
El 19 de
Marzo de 1668 fondeaba en Valparaíso el San Pedro del Mutis y
mientras desembarcaba la tropa y tomaba el control de la pequeña guarnición de
ese fuerte, el Marqués de Navamorquende despachó hacia la Capital un mensajero
que llevaba un documento en el cual “daba todo su poder cumplido y el que en
derecho se requiere y es necesario, al General don Antonio de Irarrázabal y
Andia, Caballero de la Orden de Alcántara, y al Maestre de Campo General don
Miguel Gómez de Silva, vecinos de la ciudad de Santiago, y en caso de
impedimento del primero, use del poder el segundo para que en nombre de su
señoría, el dicho señor Marqués, y representando a su misma persona pidan y
aprehendan la posesión del cargo de Presidente, gobernador y capitán general
del dicho reino de Chile, pareciendo ante la dicha Real Audiencia, Cabildo y
Justicia y Regimiento de la dicha ciudad de Santiago”, etc.
El
peligro estaba en que el mensajero cayera en manos de Meneses antes de que el
pliego fuera entregado a Irarrázabal o a Gómez de Silva; de modo que el
portador, antes de penetrar a la ciudad, tomó las mayores precauciones, una de
las cuales fue la de esperar la noche en “lo de Espejo”, chacrilla que
levantaba sus casas en las “goteras” de Santiago.
El
mensajero había emprendido la marcha, “a su ventura”, con dirección a la
Capital, ya tocadas mucho rato las oraciones del día 20 de Marzo, cuando “dio”
con un caminante que llevaba rumbo «contrario y aunque el mensajero no dio
muestras de querer detenerse, el otro viajero acercó su cabalgadura, le dio las
buenas noches y, siguiendo la costumbre de la época, se interesó por su salud y
por saber los motivos de su viaje. Por cierto que el mensajero no soltó prenda
e inventaría cualquiera cosa para satisfacer al preguntón, mientras lograba
deshacerse de él; pero el mensajero dio un brinco sobre su "montura”
cuando su interlocutor dijo, al despedirse:
— ¡Buena
suerte 'lleva Su Merced, señor caballero, pues que no se encontrará en Santiago
con el bellaco del Barrabás!...
— ¿Dice,
Su Merced, que el Gobernador no está en la Capital? ... ¿Ya dónde ha ido? —
agregó, anhelante, el mensajero.
— Dicen
que ha ido a la guerra; pero yo no lo creo — contestó el viajero— ; salió esta
mañana hacia el Sur y se me ocurre que sólo ha ido hasta el Paine a visitar a
su mujer, doña Catalina de Saravia, que allí reside para no ver ni saber de los
grandes pecados que comete el Barrabás contra ella, ni oír las maldiciones que
por todas partes caen sobre su marido.
— ¿Y está
segura, Su Merced, de que el Gobernador no está en Santiago?... — insistió en
preguntar el mensajero.
— Lo he
visto salir de Palacio precedido de su banda de trompetas — contestó el
viajero.
— ¡Que
Dios acompañe a Su Merced en su viaje! — contestó rápidamente el mensajero,
apretando los ijares de su cabalgadura, la que partió como un celaje al sentir
el aguijón de las espuelas, perdiéndose en la obscuridad y en la nube de polvo
que levantó al partir.
Antes de
media hora se "apeaba” el mensajero frente a la casa del General
Irarrázabal y Andia y golpeaba insistentemente el aldabón de la claveteada
puerta, en cuyo frontispicio, alumbrado por un farol, se ostentaba el escudo de
la familia, tallado en piedra del cerro de Monserrate o Cerro Blanco, como le
llamamos ahora.
— “¡Quién
es!” — Refunfuñó el negro desde su “estera” extendida en el “cuarto”, a la
derecha del zaguán— . ¿Qué quiere a estas horas? — agregó, a fin de evitar la
poco agradable “levantada”.
Pero al
oír la voz de "¡Servicio del Rey, abrid pronto!”, que pronunció
enérgicamente el mensajero, el esclavo saltó de su rincón y sin tomar siquiera
la elemental precaución de mirar, previamente, a través de la cancela, corrió
el cerrojo de la “puerta chica” y dejó el paso franco.
—
¡Servicio de Su Majestad! — repitió el viajero— . Avisad prontamente a vuestro
amo, don Antonio, que debo comunicarle una Real Orden.
Sin
atreverse a replicar y temblando de miedo, el negro se encaminó hacia el
interior; pero en ese mismo instante abrióse una puerta en cuyo marco apareció
la silueta del dueño de casa.
— Pasad,
señor, si sois portador de alguna orden de mi Soberano.
— .. .a
quien Dios conserve la monarquía del Universo — agregó el mensajero, alargando
al caballero alcantareño un “rollo” que en ese momento extrajo de su
faltriquera.
Don
Antonio “quedó con la boca abierta” cuando leyó el “poder” que le otorgaba el
nuevo Gobernador, y durante un rato no habló palabra. Su indecisión era muy
justificable; aunque reconocía la justicia de la deposición del Gobernador
Meneses y halagaba su honor de caballero criollo el hecho de haber sido
designado para hacerse cargo del mando en representación del nuevo Magistrado,
no podía olvidar que era tío de la esposa del Gobernador en desgracia y que
debería proceder contra él, con la severidad que exigían las circunstancias.
— ¿Qué
respondéis? — interrogó el mensajero— ; vuestra aceptación o rechazo no puede
demorar, porque esta misma noche debe quedar reconocido el Señor Marqués de
Navamorquende como nuevo Gobernador del Reino y, si es posible, preso y a buen
recaudo el señor Meneses... ¡Contestad, por fin, y 'luego!
—
¡Rehusó!... — dijo Irarrázabal, después de vacilar unos momentos más— . Llevad
el pliego al señor Gómez de Silva.
— En
nombre del señor Marqués de Navamorquende, Gobernador, Capitán General y
Justicia Mayor del Reino, ‘por Su Majestad, quedáis preso en vuestra casa,
hasta que otra cosa disponga Su Señoría, y con prohibición de comunicar con
nadie lo que acabáis de saber, bajo multa de cinco mil pesos oro para la Cámara
y Fisco de Su Majestad.
Así dijo
el mensajero al recibir el “rollo”, y formulando una solemne “cortesía” salió
del aposento.
A los
pocos minutos se encontraba en presencia del Maestre de Campo don Miguel Gómez
de Silva, quien, sin implicancias de ningún género y, por lo contrario, con
unas ganas locas de “hacer justicia”, aceptó el mandato, lo juró ante el
escribano del Cabildo, “e incontinente” mandó tocar la campana con la cual se
convocaba a sesiones a la Ilustre Corporación, a fin de que reconociera
inmediatamente la autoridad del nuevo Gobernador.
Era
necesario proceder con rapidez porque, ya lo sabemos, el Gobernador Meneses
había salido de Santiago hacía pocas horas y, avisado por sus parciales de las
graves ocurrencias que se desarrollaban en su ausencia, podía regresar
“reventando caballos” y producir los graves acontecimientos que se temían.
No quiera
detenerse el lector en considerar la alarma que reventó en el vecindario al
oírse, en medio del silencio de la media noche, los inusitados e insistentes
sonidos de la campana del Cabildo. “Los vecinos de toda jerarquía y condiciones
dejaban sus camas, salían a la calle a medio vestir y al saber la deposición
del Gobernador Meneses, la enorme mayoría de ellos se echaba a correr por las
calles en medio de las manifestaciones del más espontáneo contento y
felicidad.”
A la una
de la madrugada penetraba a la sala el último de los cabildantes y la
Corporación entraba en acuerdo. Leyóse solemnemente la “provisión” del Virrey
que nombraba por Gobernador de Chile al Marqués “quitando” a Meneses, y el
“poder” que el nuevo Mandatario firmaba en Valparaíso para que Gómez de Silva
se recibiera del gobierno en su nombre: aunque en el Cabildo había varios
compinches de Meneses, nadie “fue osado” de hacer oposición porque a ninguno se
le escapaba que la cosa era grave; todos vieron, en esos momentos, “que se
estaban jugando 'las cabezas”. Ni aún el Corregidor de Santiago, don Tomás
Calderón, que era el muñeco del ex Gobernador y su “manderecha”, pudo
resistirse a prestar obediencia a Gómez de Silva, y hubo de levantarse, el
primero, a jurar al nuevo Presidente.
“Jurado
el Cabildo”, el general Gómez de Silva dictó un auto exonerando de su cargo al
Corregidor Calderón y nombrando en su lugar al General don Pedro de Prado de la
Canal, antiguo y prestigioso vecino que había servido el mismo cargo años
atrás.
Pero a
pesar de las precauciones que el mensajero había tomado para que no cundieran
las noticias de la llegada del Marqués a Valparaíso y la deposición del
Barrabás, lo efectivo fue que el Corregidor Calderón, antes de dirigirse al
Cabildo, había podido despachar tres mensajeros “por la posta” para que
alcanzaran a Meneses y le comunicaran los gravísimos acontecimientos que se
desarrollaban en la Capital.
Los
enviados anduvieron tan rápidos y tan afortunados, que dieron alcance al ex
Gobernador en la ribera Norte del Cachapoal, en donde pernoctaba para cruzarlo
al día siguiente; antes de la media noche regresaba hacia Santiago y después de
“reventar” dos caballos entraba a la Capital a eso de las tres de la madrugada;
pero cerca de la Ollería encontróse con un grupo de sus amigos y por ellos supo
que dos horas antes habíase consumado el reconocimiento del nuevo Gobernador y
que en esos momentos Don Francisco Meneses ya no era sino un “estante” de la
Capital de Chile.
Abatido
por las tremendas preocupaciones de su situación, Meneses se encaminó a su casa
particular y se encerró en un cuarto para pensar en lo que le convendría hacer.
La gente, empero, que no había querido recogerse a sus casas, “celebrando la
libertad obtenida”, al saber la vuelta de Meneses y su encierro en su casa, “se
fue a las puertas de ella la misma noche, concurrió mucho pueblo a ultrajalle
con vituperios y burlas ignominiosas, y mucho número de eclesiásticos e frailes
le cantaron responsos con aquellos instrumentos fúnebres de que usa la iglesia
en los oficios de los defuntos”...
Esta
burla exasperó hasta el frenesí al orgulloso ex Mandatario y lo indujo a tomar
una resolución temeraria, que le trajo las más graves consecuencias. “Aquella
misma noche, desesperado y sin juicio, dice fray Juan de Jesús María, en sus
“Memorias”, mandó ensillar caballos y por una puerta excusada que caía a sus
jardines salió aceleradamente con poca gente y criados, animado, a la ventura,
de llegar a las fronteras de guerra y hacerse dueño de las armas”, contando con
que la tropa habría de apoyarlo para conservarse en el gobierno por medio de
una rebelión más o menos encubierta.
Cuando se
supo la fuga de Meneses, a la mañana siguiente, el nuevo Corregidor Prado puso
sobre las armas todos 'los soldados de que podía disponer para la persecución
del fugitivo. Muchos caballeros que habían sufrido vejaciones del ex Mandatario
se incorporaron a los perseguidores y partieron por diversos caminos hacia el
Sur, dispuestos a coger “vivo ó muerto” al tirano derrocado; uno de los
primeros en salir, y el más animoso, fue el General Juan Fernández Gallardo,
aquel anciano a quien Meneses había obligado a hacer el viaje de trescientas
leguas “montado en un caballejo ruin e indecente”.
— ¡Ahora
verás, tiranuelo de cochinada, cómo caerás en mis manos! — iba diciendo el
General, a todo galope de su caballo, tras las huellas del fugitivo.
Meneses
había alcanzado a correr unas ocho leguas por el camino hacia el Sur; pero los
amigos que lo acompañaban, y aún sus criados, habían ido abandonándolo “unos en
pos de otros temerosos de comprometerse en una empresa descabellada y que
importaba un enorme desacato contra la autoridad real”. Aun el caballo que
montaba Meneses se le cansó, de modo que el infeliz sátrapa en desgracia quedó
“de a pie”; en esta condición, polvoriento, sudoroso y flácido, fue encontrado
por sus perseguidores cuando regresaba, inconsciente casi, hada la ciudad.
Fernández
Gallardo divisó a Meneses desde lejos; al reconocerle, clavó rabiosamente las
espuelas a su fogoso caballo rabicano y partió como un rayo contra aquel
adversario implacable e inhumano de tiempos pasados, que por designios de la
justicia inmanente había caído en su poder; requirió el fuerte y trenzado lazo
que pendía de su montura maulina, lo hizo girar y tomar vuelo por lo alto de su
cabeza y a la distancia de unos cuantos pasos lanzó el arco sobre el prófugo...
Pero tropezó el caballo, y esta “suerte” salvó al infeliz de una muerte
espantosa.
Llevado a
la ciudad “montado en una muía ruin”, el ex Gobernador fue paseado por las
calles en medio de las befas de todo el vecindario, noble y plebeyo. Un negro
le tiró una pedrada que le hirió en la cabeza y le cubrió el rostro de sangre;
“hombres y mujeres de la plebe le persiguieron hasta las puertas de la cárcel,
en donde quedó, y el alguacil mayor que era su enemigo, se dio el lujo de
remacharle sendos grillos en las manos y pies”.
Y “el
orgulloso caballero, que jamás había tolerado la menor contradicción — dice el
cronista Rojas y Fuentes — y que se había paseado en Santiago en lujosos coches
ostentando riquísimos vestidos recamados de oro y plata y haciendo alarde de su
altanero desprecio por las gentes que el Rey había puesto bajo su mando, tuvo
que soportar las humillaciones en que parecían complacerse sus encarnizados
perseguidores”.
Así
terminó su agitado gobierno en Chile don Francisco Meneses y Brito, llamado,
por mal nombre, “el Barrabás”.
§ 14.
El descubrimiento del cura de Camiña
Cuenta la
tradición que dos indios bolivianos acamparon después de una larga jornada en
la pampa de Tarapacá y resolvieron pernoctar allí para continuar su viaje hasta
el puerto de Iquique, donde esperaban vender ciertas mercaderías que traían del
Alto Perú. Con el objeto de preparar su comida, hicieron una pequeña fogata y
al poco rato notaron, con sorpresa, primero, y con espanto, después, que la
tierra ardía sola y que el fuego se iba extendiendo por la pampa sin que se
notara la menor brisa... Recogieron sus bártulos con la presteza que es de
imaginar, se alejaron a la carrera de ese sitio y no se detuvieron hasta
llegar, al día siguiente, a la aldehuela de Camiña, asiento de un pobre curato
dependiente de la diócesis de Arequipa.
Debió
ocurrir esto allá por el primer cuarto del siglo XVII, pues sólo se conoce la
existencia del curato de Camiña desde principios de 1602, cuando era su cura el
franciscano fray Melchor Morcillo.
Los
indios fugitivos contaron las ocurrencias de la noche anterior y de boca en
boca llegó la noticia a oídos del Cura, el cual, como primera explicación, dijo
a los indios que aquel fenómeno bien podía ser un “fuego santo”, o un “fuego
del infierno”, y que para saber a qué carta quedarse necesitaba conocer el
sitio del incendio.
Al día
siguiente salió de Camiña una numerosa comitiva encabezada por el Cura; el
Sacristán llevaba los elementos de exorcismo que iban a ser los definidores del
fenómeno. Llegados a la región indicada por los indios bolivianos, la divisaron
desde lejos amagada en una gran extensión, pues el fuego había cundido en
proporción enorme, reavivado por un viento norte que se había levantado durante
la noche anterior. El buen Párroco ensayó sus exorcismos para apagar la
hoguera, pero como no tuvieran éxito alguno, declaró que, no siendo aquél un
fuego del infierno, debía ser un fuego santo...
Sin
embargo, el Cura de Camiña no quedó satisfecho con la declaración que acababa
de formular a los indios; al retirarse del lugar hizo recoger porciones de
tierra de distintas partes de la pampa, las llevó a su curato para examinarlas
con detenimiento y como no era un pobre cura de misa y olla, descubrió que las
citadas tierras contenían en gran proporción “nitrato de potasa” elemento
indispensable para la fabricación de la pólvora.
El señor
don Enrique Kaempffer, de cuyas obras recojo estos datos, agrega que el Cura de
Camiña descubrió, también, que la tierra de la pampa era un excelente abono
para las plantas y que la recomendó a sus feligreses como “tónico” para sus
sembrados, cuando no les fuera posible conseguir guano de los muchos depósitos
que existían entonces y que aún quedan en las costas del Perú.
El
salitre fue, desde aquel descubrimiento del Cura de Camiña, un artículo
apreciable, puesto que con la fácil fabricación de la pólvora, de calidad
excelente, tomó grande impulso la explotación de las minas, muchas de ellas
abandonadas, porque su baja ley no compensaba los costosos y fatigantes
trabajos de laboreo a simple barreta. Tal vez al descubrimiento del salitre se
debió la actividad que en 1630 alcanzó la región de Huantajaya, una de las
minas más ricas que se hayan conocido en el mundo, pero al mismo tiempo, de más
duro venero.
La
fabricación de la pólvora en Tarapacá llegó a constituir una industria tan
floreciente durante el siglo XVII, en que el producto recorría los mercados del
Pacífico desde México hasta Chiloé y aún se mandaron muchas remesas a Buenos
Aires y al Paraguay en cambio de yerba-mate y tabaco. Se sabe que ciertos
piratas brasileños abordaron en el Río de la Plata al galeón llamado El
Gran Poder de Dios, que llevaba en sus bodegas sesenta quintales de
pólvora superfina procedente de Tarapacá, tasada a cinco reales de libra.
Llegó,
pues, un momento, en que el Rey creyó muy conveniente para su hacienda prohibir
a los particulares la fabricación de la pólvora y declarar “realengo” el
privilegio de venderla; como consecuencia de esta prohibición declaró, también,
de propiedad real los yacimientos de salitre y de azufre, materias ambas que
entraban en su fabricación. En una palabra, el Rey de España estableció el
monopolio de la explotación del salitre, en igual o parecida forma como lo
estableció el gobierno del Perú poco antes de la guerra del Pacífico.
Con ese
monopolio se dio un golpe mortal, durante aquella época de la colonia, no
solamente a la industria salitrera para la fabricación de la pólvora, sino
también a todas las demás industrias derivadas, o sea a la minería, a la
agricultura, a los tejidos y al “avituallamento” en general. El Monarca declaró
entonces, que “siendo la “sal nitro” un producto natural “único” en las Indias
y en gran abundamiento, “convenía al Soberano ser el dueño de ella”.
El
desastre económico que se produjo en el Perú con motivo de este monopolio y la
consiguiente paralización de las industrias y minas, convenció, aunque tarde,
al Consejo de la Real Hacienda de la enormidad que había cometido con
monopolizar la explotación de la sal nitro, y se vio obligado a dejar libre,
como antes, la elaboración de la abundante materia prima de las pampas de
Tarapacá. Pero el mal estaba hecho y jamás volvió a ser la industria de la
pólvora, lo que antes había sido.
Al amparo
del monopolio Real se habían establecido en diferentes partes de la América
otras fábricas de pólvora a base del azufre que abundaba en las solfataras de
Chillán, Antuco, Ligua, Copiapó, Huanchaca, Huánuco, Quito, Magdalena y Vera
Cruz, y de pequeños yacimientos potásicos encontrados en Coquimbo; en los
treinta años que duró el monopolio, la fabricación de ese explosivo con los
nuevos componentes habíase perfeccionado hasta el extremo de que se producía ya
en calidad “superfina”, o sea para usos militares. En Chile había tres
fábricas: una en La Serena, otra en Santiago y la tercera en Valdivia.
No era
negocio fabricar pólvora con el excelente salitre de Tarapacá, porque el precio
de este producto había llegado a términos inverosímiles con las gabelas e
impuestos de “acarretos” y almojarifazgo que lo habían recargado; el quintal —
cien libras— Se cotizaba en Santiago a cuarenta y cinco pesos plata, en 1685,
mientras que la libra de pólvora superfina de las fábricas mencionadas, valía
cinco reales; es verdad que esta pólvora era inferior en potencia, comparada
con la de salitre de Tarapacá; pero como ya se habían creado grandes intereses
con las nuevas fábricas, era inútil pensar en que los industriales cedieran el
campo conquistado.
Desterrado
el salitre de Tarapacá por los fabricantes de pólvora, su explotación fue casi
completamente abandonada en el Perú. Los mineros chilenos que sacaban nitrato
en Coquimbo para la fabricación de su pólvora, no pensaron jamás en explotar
salitre en grande escala, porque el negocio distaba mucho de ser productivo.
Véase lo
que dijo a este respecto don Juan Egaña, en 1803, en su carácter de Secretario
del Real Tribunal de Minas dé Chile: “Desde Copiapó hasta Coquimbo se reconoce
en muchas partes tierra porosa que da una pulgada de grueso de nitro
cristalizado con base de álcali fino... De éstas y otras muchas preciosidades
vivimos completamente olvidados. Sólo el azufre para la pólvora; la sal y un
poco de nitro que por una vez tengo noticias que se haya purificado, hace años,
son los productos que hemos aprovechado, pues hemos fijado toda la atención en
la plata, oro y cobre".
Tenemos,
en consecuencia, que a principios del siglo XVIII la industria del salitre,
floreciente al amparo de la libre explotación, un siglo antes, había muerto
definitivamente.
Los
acontecimientos políticos de 1810 vinieron, sin embargo, a mover de nuevo esta
industria por la necesidad de abastecer de buena y abundante pólvora a los
Estados que iban independizándose de la Metrópoli. La Junta de Gobierno de
Carrera, en 1812, dictó un decreto que puede señalarse como la primera
manifestación del Gobierno de Chile para fomentar la elaboración del salitre
yacente en el territorio nacional, o sea del nitro que se encontraba desde
Atacama a Coquimbo.
“La
experiencia enseña, dice el citado decreto, que puede separarse fácilmente el
salitre en casi todos los lugares de Chile, y que esta sencilla operación
presenta un artículo seguro de industria. Por lo tanto, el Gobierno ordena que
no sólo no se oponga el menor estorbo a la elaboración de estas sales, sino que
la fábrica de pólvora pague por las que se extraigan, de buena calidad, la
cantidad de veinticuatro pesos por quintal, en proporción a su clase... Para
facilitar tan importante ocupación, las autoridades subalternas prestarán
cuantos auxilios estén a su alcance y suministrarán instrucciones en los
periódicos. — Carrera Prado Portales”.
La
continuada guerra de la Independencia dio a la industria salitrera un gran
empuje, tanto en Chile como en el Perú. En Tarapacá, Antofagasta y Atacama se
levantaron establecimientos beneficiadores de caliche, cada uno de los cuales
tenía adyacente una pequeña fábrica de pólvora, con las cuales se abastecían el
Ejército y las minas; era el régimen de libertad de explotación que volvía a
implantarse de nuevo, desterrando los funestos principios económicos que habían
aniquilado a la industria durante la Monarquía.
Los
procedimientos del sabio alemán Haemke para obtener mayor rendimiento y los
estudios de Boussigault, Barlay, Lawea, Guilbert, Kullman y otros, que
descubrieron en Europa las propiedades del salitre como abono para las
tierras envejecidas, abrieron a la industria el vastísimo campo de
progreso a que ha llegado hoy.
§ 15.
La traición de don Carolus
No habían
transcurrido dos meses desde que arribara a Concepción el General de Infantería
don Juan Henríquez, Caballero de la Orden de Santiago, recién nombrado
Gobernador de Chile — y puede decirse que Su Señoría estaba sacudiéndose
todavía el polvo del camino después de su largo y accidentado viaje— cuando
llegó a su conocimiento una noticia que debió llenar de sobresalto a toda la
población.
Y no era
para menos; el Gobernador de la Plaza de Valdivia, don Juan de Montoya, daba
parte, por ‘mensajero volandero”, de que habíase avistado merodeando por las
alturas del puerto de Corral una escuadra de doce navíos piratas — no podían
ser sino de esa calidad— cuyas intenciones no era difícil de imaginar.
El
Gobernador Henríquez despachó inmediatamente hacia Valdivia una compañía de
ciento veinte soldados escogidos al mando del Capitán don Jorge Lorenzo de
Olivar, provisto de algunos elementos bélicos y tres días más tarde, como
recibiera un nuevo mensaje del asustado Montoya, le envió un destacamento de
ochenta caballos ligeros, lanzas, más una regular provisión de cecinas, harina,
vacas y arcabuces “con sus cuerdas”. El mismo día despachó mensajeros a los
puertos de Valparaíso, Coquimbo, Arica y el Callao a fin de que las
guarniciones de la costa se pusieran en armas para rechazar el ataque de los
filibusteros, que llevaba cariz de ser tremendo a juzgar por el poderío de la
escuadra.
Sucedía
todo esto allá por el mes de Diciembre de 1670, época en que también los
señores araucanos habían empezado a moverse para saludar al nuevo Gobernador de
Chile con alguna de sus acostumbradas “malocas” de entradas de primavera.
Tenía, pues, de qué preocuparse el nuevo gobernante, a su llegada al Reino y
apenas recibido de él en Concepción, pues don Juan Henríquez todavía no había
pasado a la Capital.
Dejémoslo
en sus preocupaciones por hacer la paz con “el estado araucano” y veamos, entre
tanto, qué pasaba y a qué se debían las alarmas del Gobernador de Valdivia, don
Juan de Montoya.
* * * *
Sabemos
cuál era la política comercial de España con respecto a sus colonias de
América; las costas indianas estaban cerradas, vedadas a toda nave extranjera
cualquiera que fuera su propósito al atravesar el charco; las autoridades
españolas y la Corte sólo veían uno: el de comerciar o “contrabandear” con los
mercaderes y vecinos de los puertos, burlando la vigilancia de las aduanas, o
sencillamente comprándoselas “con dádivas”.
Esta
estrecha política internacional creó en las costas de América la curiosa
institución que se denominó El León encadenado o Los Hermanos de la
Costa, formada por los “bucaneros” en tierra, y por los “filibusteros” en
la mar, o sea, a bordo de los buques contrabandistas; era una asociación
formada por desalmados sin Dios ni ley, cuyo objeto era el salteo y el robo,
sin reparar en el asesinato ni en el incendio para conseguir sus propósitos. Y
como actuaban en dominios de la Hispano América, el juramento que hacía todo
bucanero o filibustero, era el de guerra a muerte a la España y a los
españoles.
Es
conveniente apuntar que los bucaneros, en tierra, eran los proveedores de los
víveres y elementos que los filibusteros necesitaban en el mar y que cuando se
precisaba mayor número de “gente” para un ataque formal a las ciudades
mediterráneas o a los puertos, los bucaneros engrosaban las compañías de
desembarco. El mar de las Antillas, especialmente, fue testigo de las más
grandes depredaciones de los Hermanos de la Costa.
Dicho
esto, no es necesario insistir en que filibusteros y españoles eran dos cosas
contrapuestas; filibustero que caía en poder de un español podía considerarse
un cadáver insepulto, y español que se dejaba coger vivo por un pirata podía
prepararse rápidamente a bien morir. Y si el lector agrega a ese odio innato,
el que provenía de que los unos fueron cristianos y “herejes” los otros, puede
imaginar el encono con que se iban a las manos para salvar la vida.
Este
estado de nerviosidad permanente fue ¿el que hizo ver fantasmas
al Gobernador Montoya en el puerto de Valdivia; las doce naves que dijo haber
avistado por la costa valdiviana no pasaron de ser producto de la fantasmagoría
de algún vigilante miedoso, porque jamás se tuvo noticias de la tal escuadra en
toda la costa del Pacífico; lo efectivo fue que el día 25 de Diciembre, como
quien dice, para la Pascua, amaneció en la bahía de Corral un navío
"ciego” es decir, sin nombre, fondeado casi afuera.
El
Capitán del fuerte de San Antonio, ubicado cerca de Punta Galera, dio orden de
preparar un cañón; pero pensándolo mejor, cambió de parecer, sobre todo cuando
vio que se desprendía de la nave un pequeño batel, con un solo hombre, pues él
mismo remaba. Los españoles estaban asombrados; el pirata — para ellos no podía
dejar de serlo— era de una audacia inaudita, pues venía a meterse,
tranquilamente, en la misma boca del lobo.
El
“chinchorro” llegó a la playa y su tripulante se internó por entre las rocas y
sinuosidades en demanda, al parecer, de algún habitante con quien entrar en
comunicación. A poco, el pirata desapareció entre los matorrales de la costa.
* * * *
El navío
recién llegado a Corral distaba mucho de ser un barco pirata.
Desde
algunos años atrás vivía en Inglaterra un caballero español llamado don Carlos
Henríquez, natural de Galicia, que trataba por todos los medios imaginables de
producir una entente cordial entre los comerciantes de ambos países a fin de
que cesaran las hostilidades de las fuerzas navales que se disputaban el
dominio de los mares. Don Carlos llegó a hacerse popular entre las gentes
pacíficas de la Corte de Saint James y su personalidad fue conocida con el
nombre de “Don Carolus”.
La
persistencia de don Carolus en sus buenas intenciones de llevar 'la paz al
tráfico y tránsito, de los mares, logró interesar al Almirante de la Gran
Bretaña Duque de York, y obtener de Su Gracia el envío de una expedición que
viniera a los mares del sur americano con una misión “mitad comercial, mitad
científica, ajena a todo pensamiento hostil contra los dominios españoles”. El
principal objeto de la expedición era el de “explorar las costas australes de
la América del Sur, estudiar su hidrografía, su clima y sus producciones.”
Una de
las instrucciones que traía era, precisamente, la que copio: “Observaréis la
naturaleza y las inclinaciones de los indios que habitan esos países y cuando
podáis entrar en relaciones con ellos, les diréis que se os ha enviado
expresamente para establecer comercio y estrechar amistad con ellos y les
haréis conocer el poder del príncipe y de la nación de quien dependéis. No
haréis ningún insulto a los españoles que encontréis, evitando todo motivo de
queja...”
El
Ministro español en Londres, Conde de Medina, tomó muy a mal el envío de la
expedición dispuesta por el Duque de York, y al saber que el principal promotor
de ella había sido “don Carolus”, pidió a la Corte española que don Carlos
Henríquez fuera declarado traidor a su Rey y Señor Natural. Afortunadamente la
Corte, o los Consejeros de Su Majestad Católica, dieron al asunto las debidas
proporciones y aunque no les parecieran muy bien las actividades del caballero
español, distaron mucho de declararlo traidor a su Rey...
La
expedición inglesa fue confiada al mando del Capitán John Narborough —
inteligente marino que llegó más tarde al grado de Almirante— y salió de
Deptford el 26 de Diciembre de 1669. A bordo de una de sus naves — eran dos— se
embarcó don Carolus en calidad de intérprete y conocedor de los mares
australes, trayendo consigo mercaderías por valor de trescientas libras, en
cuchillos, tijeras, espejos, brazaletes, hachas, clavos, agujas, alfileres,
“campanillas”…y ropa blanca. Se ve muy claro que las “mercaderías” estaban
destinadas a conchabarlas entre los indios.
Hacia
fines de Febrero de 1670 la expedición exploraba la costa patagónica y
reconocía sus puertos, caletas, islas y surgideros; a fines de Julio entraba al
puerto de San Julián, para invernar, y, por fin, en Octubre embocaba el
Estrecho y lo atravesaba paulatinamente para practicar las más prolijas
investigaciones geográficas e hidrográficas; la carta del Estrecho de
Magallanes levantada por el Capitán Narborough fue la más exacta y la más
detallada que hasta entonces se había dibujado, y aún hasta hoy día presta muy
importantes servicios. Me olvidaba decir que a la entrada del Estrecho la
expedición perdió una de sus naves.
Después
de una navegación de treinta y cinco días, el barco salió del Estrecho y enfiló
su proa por la costa del Pacífico, hacia el Norte; ya sabemos que el día de
Pascua de Navidad amaneció fondeado en Corral y que “don Carolus” bajó a tierra
llevando consigo unas cuantas baratijas para ponerse en contacto y amistad con
los naturales sin imaginarse, por cierto, que, a poca distancia de su
desembarcadero, había un fuerte español cuyos soldados estaban espiándolo.
Don
Carolus “marchó por la orilla del mar — dice el Capitán Narborough en su diario
de navegación— y tomó un sendero que llevaba a la desembocadura del puerto; mis
gentes lo vieron seguir hasta un cuarto de milla, y detrás de una punta de
rocas se perdió de vista...”
En
efecto, los tripulantes de la nave lo perdieron de vista y para siempre.
Veamos
qué le había ocurrido a don Carolus.
* * * *
Siguiendo
la ruta de la playa hacia la montaña, por la senda orillera de un arroyo que
vaciaba sus aguas dulces a través de los intersticios de las rocas musgosas,
don Carlos Henríquez trepó hasta una estrecha planicie que dominaba la honda
quebrada, que divide en dos la inmensa roca de la Punta Galera. Detúvose un
rato a contemplar la maravillosa conjunción del mar y de la montaña virgen,
aspiró con fruición ansiosa el aire perfumado por los robles y maitenes en flor
y después de coordinar sus pensamientos un poco perturbados por el temor a la
soledad desconocida, emprendió nuevamente la marcha con el propósito de
internarse en la selva.
Salvando
obstáculos, rasgando la espesura de los enmarañados tejidos de ramajes
exuberantes, arañando a veces los troncos centenarios para abrirse paso a
través de las enredaderas de quilas y copihues, llegó, por fin, hasta la
vertiente de donde surgía el brote de agua clara cuyos filamentos habíanle
servido de guía en su trabajosa ascensión; echóse de bruces sobre la pequeña
fuente, la sorbió hasta saciarse y sentóse luego sobre un tronco cercano para
descansar de su primera y sudorosa jornada.
Era la
primera vez, desde que saliera de Inglaterra, que podía disfrutar a sus anchas
de la vivificante esplendidez de la madre tierra; las estrecheces de la vida de
a bordo, las vigilias y penalidades de las desamparadas caletas patagónicas
habían amortiguado sus energías de bien templado caballero y las bizarrías de
sus treinta y cinco años.
Hora fue
de continuar la marcha y emprendió nuevamente su desconocida ruta; era ya cerca
del mediodía y se proponía estar de vuelta, a bordo de su barco, antes de que
cayera el Sol.
Había
andado cerca de una hora sin encontrar más rastros de ser viviente que un
incierto sendero, cuando al ascender un montículo vio la silueta de una
mujer...; quiso ocultarse, instintivamente, pero al hacer un movimiento pisó en
unas ramas secas y el ruido hizo volver la cara a una india que llevaba en sus
manos un cántaro “aguatero”.
Don
Carolus quedóse estático como si tuviera ante sus ojos a una de las damas que
frecuentaban los salones de Su Gracia el Duque de York...
Apenas
atinó a mover sus labios para modular, en inglés, una frase de sorpresa
gratísima, pero al pensar en que la india ni siquiera le entendería en
castellano, optó por recurrir al lenguaje universal y sacando de su faltriquera
una de las baratijas que traía consigo, se la ofreció a la india, alargando el
brazo primero y avanzando hacia ella en seguida.
Al primer
movimiento del caballero, la india insinuó una sonrisa de grato asombro y fijó
sus ojillos, o sus ojazos negros, en la reluciente fruslería; pero al ver que
don Carolus avanzaba hacia ella, “le sacó la lengua” con un gracioso mohín y
huyó hacia la montaña; por cierto que don Carolus siguió tras la fugitiva y no
paró hasta que le dio alcance en un recodo del sendero. Se me ocurre que la
india sé dejó alcanzar.
No
tardaron los desconocidos en entrar en amigable conversación: la india hacíase
entender con ingenua soltura en el idioma español y don Carolus encontró un
magnífico arsenal de informaciones; ítem, la india era joven y bonita y
atrayente; aquello para el “pirata” era miel sobre hojuelas y la empresa que se
le había encomendado llevaba visos de tener un éxito completo.
Pero el
Destino lo había dispuesto de una manera bien diferente.
Una larga
hora llevaban los contertulios en sabroso palique y ya don Carolus estaba
pensando en el regreso, cuando oyóse, de improviso, una fuerte voz cercana que
mandaba con acento bronco y enérgico:
— Por el
Rey de España, ¡dése preso el pirata…!
Don
Carolus incorporóse de un salto e instintivamente echó mano a su espada; pero
vio que tres arcabuces le “hacían el punto”. Alzó el brazo derecho y dijo:
—
Señores, no soy pirata, ni tampoco lo es el buque fondeado en la bahía; vasallo
soy también del Rey de España y aunque no venimos a estas costas por su orden,
nuestro objeto es pacífico. ¡Podéis estar ciertos!
El
Oficial que mandaba el grupo de soldados se quedó asombrado de oír el idioma
castellano, con su acento inconfundible, en boca de un hombre que acababa de
ser visto desembarcar del buque filibustero; a primera impresión creyó en la
verdad de las palabras que acababa de oír, pero los tiempos eran para recelar
de todo y rápidamente cruzó por su mente la idea de que se encontraba al frente
de un traidor y renegado.
— Eso lo
veremos luego — dijo— ; mientras, arrojad las armas que tengáis y avanzad con
los brazos en alto. ¡Presto! — mandó—, ¡antes de que dé orden de
arcabucearos!...
Don
Carolus desabrochó el tahalí de su espada, dejándola caer, y avanzó hacia sus
aprehensores.
— Estoy a
vuestra disposición para responder a lo que me preguntéis.
— Lo
veremos, y ¡adelante!
La india
quedóse mirando un rato al grupo que se llevaba al preso hacia el fuerte, hasta
que se perdió en las sinuosidades del terreno; don Carolus también la miró, y
por última vez.
— ¿A
dónde me lleváis? — preguntó al Oficial.
— Al
fortín de San Antonio — contestó— ; allí permaneceréis en un calabozo hasta que
venga el Gobernador de la Plaza, don Juan de Montoya y disponga de vos.
* * * *
En vano
esperó todo el día, toda la noche, el día siguiente y la noche siguiente el
Capitán Narborough, el regreso de don Carolus; las más extrañas conjeturas, las
más fantásticas combinaciones no daban solución ni aclaraban el
desaparecimiento del intérprete de la expedición y el más entusiasta de sus
tripulantes.
— Yo
desconfío siempre de todo lo español — dijo una tarde el Contramaestre Davis— y
ahora más que nunca.
— Don
Carolus no puede engañarnos — replicó el Teniente Armiger—, ni tendría para
qué; si no ha venido es porque le ha ocurrido una desgracia.
—
¡Desconfío siempre de todo lo español! — refunfuñó de nuevo el Contramaestre,
retirándose a proa.
—
Dispararemos un cañonazo para darle aviso de que vamos a levar anclas — ordenó
el Capitán.
— ¿Y le
dejaremos en tierra?... — preguntó Armiger.
— Si no
llega hasta la madrugada de mañana, sí; nada tenemos que hacer en esta costa y
los víveres escasean.
Sonó un
cañonazo, cuyo estruendo repercutió en las colinas montañosas de Niebla.
— ¡Hemos
cumplido con darle aviso de nuestra partida! — dijo el Capitán.
No habían
transcurrido cinco minutos y otro estampido, esta vez desde tierra, atronó el
espacio; un segundo y un tercer disparo produjeron una conmoción en el barco, y
se vio desplomarse, ruidosamente, el trinquete, con vela y todo.
La
tripulación se lanzó a babor a escudriñar el sitio por donde relampaguearon los
fogonazos en la costa y lanzó un grito airado amenazante y tremendo. El Capitán
Narborough levantó sus brazos empuñados, sus ojos fulguraron de ira y su planta
cayó enérgica sobre la cubierta. Cogió la bocina que colgaba de su cuello y
gritó:
— ¡Levar
las anclas! ¡Alzar las velas, y a la mar!
— ¡Era un
traidor! — dijo Armiger.
— ¡Era un
traidor! — acentuó el Capitán.
— ¡Yo
desconfío siempre de todo español! — terminó el Contramaestre, lanzando un
salivazo al vacío.
Una hora
más tarde, el “navío ciego” se lanzaba otra vez al océano desconocido, mientras
don Carolus gemía de terror en el fondo de su calabozo del fortín de San
Antonio.
§ 16.
El conflicto entre el oidor y el presidente
Las
irregularidades, abusos y violencias de todo género que cometiera el Gobernador
don Francisco Meneses durante su gobierno, habían dividido a la sociedad
santiaguina en dos bandos que se hacían una guerra encarnizada; uno llamábase
“menesista” y estaba formado por los funcionarios que debían su elevación a ese
Mandatario y por las familias emparentadas con su mujer, doña Catalina Bravo de
Saravia y Henestroza; el otro bando se denominaba “realista” y a él pertenecían
todos aquellos que habían sufrido agravios del “Barrabás”; no hay para qué
decir que este bando era el más numeroso.
A la
llegada del nuevo Presidente don Juan Henríquez, Caballero de la Orden de
Santiago, Señor de las Villas de Marena, en Extremadura, y de Llico, en el Perú
— pues Su Señoría era limeño e hijo de un Oidor de esa Audiencia—, ambos
partidos trataron de llevárselo a sus filas. Henríquez prevenido ya, en España,
por el Padre mercedario fray Ramón Morales que estaba en Madrid en calidad de
abogado de Meneses, optó por enrolarse francamente en el bando de los
menesistas, pues vio que sus partidarios, aunque no eran numerosos, formaban lo
más escogido y opulento del criollismo mapochino. Más vale poco, pero bueno,
diríase el limeño, que no venía a las Indias solamente a cambiar de clima.
Por si no
tengo otra oportunidad, me apresuro a informar al lector de que el Gobernador
Henríquez fue el que salió de este reino “con la fortuna más grande que se ha
conocido en gobernador”, como que se calculó en un millón de pesos de oro.
El jefe
del bando contrario, o sea del “realista’', lo era, ostensiblemente, el Oidor
de la Audiencia, don Juan de la Peña y Salazar, quien se atribuía el honor de
haber preparado, ante la Corte de Madrid, la estruendosa caída del Gobernador
Meneses; cuando este bando se dio cuenta de que el nuevo Gobernador se había
inclinado al lado de los menesistas, el Oidor Peña diz que dijo en una rueda de
amigos y partidarios:
— Pues,
señores, os invito a la recepción del nuevo Gobernador que tendremos dentro de
poco, porque este señor Henríquez no envejecerá en Santiago.
El dicho
recorrió la “cuadra” que separaba la casa del Oidor de la del Presidente en
menos de lo que dura un pastel entre la dentadura de un hambriento, y don Juan,
que no era hombre de quedarse con una píldora en el cuerpo, diz que también
dijo: — Algo sé de oidores porque mi padre lo es y él me ha dicho que bastan
dos para hacer acuerdo; aquí en Santiago hay cuatro, de manera que poniendo de
patitas en la otra banda al señor de la Peña, todavía me queda uno más que
echar afuera. Tengo encargo de oidores malas lenguas, y díganselo así al
aludido, si quieren hacer una obra de caridad.
Verá el
lector que don Juan Henríquez no se andaba con chiquitas y que los
acontecimientos que se esperaban eran de aquellos que hacen época como
efectivamente la hicieron.
Ambos
caudillos empezaron, pues, a hacerse una guerra sorda y aviesa, iniciando un
“finteo” de golpes formidables, cada uno de los cuales era suficiente para
pulverizar al adversario; ambos se escudriñaban sus actos públicos y privados
por medio de “soplones” que llevaban a sus amos cuenta meticulosa de lo que
hacía o dejaba de hacer su respectivo enemigo y llegó a tal punto la inquina
que se desarrolló entre realistas y menesistas, “que se daban de cuchilladas y
de palos a poco de haber cambiado palabras, y en esta “enemiga” participaban
también las mujeres de los enconados caballeros”.
Las
escaramuzas debían terminar alguna vez para dar lugar a los hechos, y esto fue
lo que ocurrió con motivo de un capítulo que celebraban los frailes agustinos
para elegir provincial.
* * * *
Ya era
costumbre que en estos capítulos de frailes y de monjas para elegir sus
autoridades intervinieran no sólo los parientes y amigos de los candidatos,
sino también las autoridades del Reino que creían de su deber prestar todo
apoyo a aquel candidato que, a su vez, les ofreciera la recíproca en las
enormes influencias que por medio de los generales de las órdenes podían,
disponer ante la Corte de Madrid.
En este
capítulo de agustinos, celebrado en Febrero de 1671, y que fue uno de los más
escandalosos de esa Orden, tomaron parte activa menesistas y realistas y cada
partido tenía un candidato, en cuyo triunfo puso todo el esfuerzo de que era
capaz. Los realistas, encabezados por el Oidor Peña de Salazar, apoyaban
arrogantemente la reelección del Provincial Padre Freitas; y los menesistas que
reconocían por jefe al Gobernador, sostenían las pretensiones del Padre
Henestroza, emparentado con los Bravo de Saravia. El padre Freitas tenía la
mayoría entre los capitulares: veinte votantes. Henestroza tenía solamente
diez, pero en cambio contaba con la fuerza pública, que el Gobernador, a la
sazón ausente en Concepción, había puesto a las órdenes del Fiscal de la Audiencia,
don Francisco de Cárdenas y Solórzano, caracterizado partidario de Meneses.
Llegado
el día del capítulo, y sabiendo los menesistas que su candidato, el padre
Henestroza, saldría derrotado inevitablemente, “abrieron la puerta de la
clausura para que entrase la tropa y se situase dentro de la sala del capítulo,
dispuesta a impedir que votaran los parciales de Freitas”: en vista de tal
atropello; que era encabezado por el Fiscal de la Audiencia, en nombre del
Gobernador, “los frailes partidarios de Freitas acordaron salir de la sala
capitular a la iglesia, entre las espadas desnudas y los arcabuces, con tal
evidente peligro de nuestras personas, que ya dentro de la iglesia un soldado
le tiró una cuchillada al provincial, y reparándola con el brazo otro
religioso, se lo hirió. Y era tanto el desorden dentro del templo, que sólo se
oían las voces de: ¡dispara! ¡mata! Y a un lego que subió a tocar las campanas
para que el pueblo nos socorriera, el fiscal Cárdenas mandó que le disparasen
un balazo a la torre, como si fuera un pájaro”.
La fuerza
pública había invadido ya, no sólo el convento sino el templo mismo, sin
respeto alguno a lo sagrado del recinto, “habiendo muchos frailes que fueron
molidos a golpes por los soldados del gobernador y por los frailes partidarios
de Henestroza”; estaban tan cegados de ira y de pasión que el Provincial
Freitas, creyendo salvar su persona y las de sus correligionarios, “tomó en sus
manos el Santísimo Sacramento”, presumiendo que con su presencia se sosegaría
el tumulto; pero fue lo contrario porque se fueron sobre él “a quitárselo de
las manos con tan poca reverencia, que se quebró un pedazo de hostia...”
Para
terminar: los veinte frailes pudieron huir, al fin, hacia la Catedral,
protegidos por el Oidor Peña de Salazar y cierta fuerza que mandaba el Capitán
de caballos ligeros lanzas, don Bartolo Ruiz de la Espada y allí eligieron a su
Provincial; a su vez, los diez frailes que “quedaron señores del convento”
reuniéronse en la sala capitular, bajo la protección del Fiscal Cárdenas, y
eligieron al Padre Henestroza. Con esto quedó armado el conflicto entre el
Gobernador don Juan Henríquez y el Oidor don Juan de la Peña y Salazar.
* * * *
Cuando el
Gobernador supo en Concepción los acontecimientos ocurridos en Santiago con
motivo de la elección de Provincial de San Agustín y la participación que en
ellos había tenido el Oidor “realista”, su enemigo, vio que se le presentaba la
esperada oportunidad para poner la mano encima a su adversario. En primer
lugar, escribió una áspera reconvención al Oidor por su intervención
“escandalosa” en las incidencias del capítulo y, en segundo lugar, dictó una
“providencia” para que “su señoría el señor Oidor don Juan de la Peña y Salazar
sea servido de salir, a la brevedad a practicar la visita judicial que por este
auto se ordena, sobre reprimir los excesos de que los indios de servicio son
víctimas de parte de los encomenderos”.
A lo
primero, o sea a la reconvención áspera, contestó Peña enviando una
presentación a la Corte de Madrid en la cual acusaba al Gobernador, nada menos
que de sacrilegio, y a su hermano« don Blas Henríquez de “escandaloso, que
hacía vida maridable y sin recato, con una señora cuyo marido permanecía en la
guerra por orden del Gobernador, cuyo nombre (de la señora) no se da por no
aumentar el escándalo.”
Y cuanto
a la orden de salir de Santiago, a pretexto de la visita judicial, el Oidor le
refregó por las narices al Gobernador una Real Cédula que mandaba
perentoriamente a los oidores no ausentarse de su sede sin orden expresa del
Soberano, “Y es lástima, — terminaba diciendo el Oidor al Presidente—, que su
señoría esté ignara destas órdenes de Su Majestad" ,¡Chúpate esa!
Pero
hasta ese momento la lucha era por escrito; lo interesante iba a ser cuando
ambos personajes se encontraran en Santiago, una vez que el Gobernador,
paralizada por las lluvias la guerra de Arauco, se recogiera a la Capital para
invernar.
Corría el
mes de Junio; la mayor parte de la oficialidad superior que formaba la comitiva
del Presidente estaba de vuelta ya en Santiago y las familias empezaban los
preparativos para los saraos y “tertulias” con que acostumbraban festejar a los
guerreros; algunas de esas fiestas tenían casi el carácter de “oficiales” pues
nadie se podía excusar, por ejemplo de asistir a las recepciones que ofrecían
el Presidente o los oidores.
Tocó su
turno a la fiesta del Oidor Peña de Salazar, y todo cuanto Santiago tenía de
noble y de caracterizado, en el criollismo y en el “europeísmo”, se congregó en
sus salones, que eran los de la casa-palacio que don Pedro de Torres, Tesorero
de la Santa Cruzada, había adquirido en el solar que más tarde iba a ser el
Portal de Sierra Bella; por esos años, el Tesorero arrendaba su casa al Oidor.
Dije más
arriba que las señoras tomaban “la debida” participación en las rivalidades de
sus enconados maridos; la esposa del Oidor’ Peña de Salazar no podía sustraerse
a esta costumbre y profesaba al Gobernador Henríquez un odio cordial, por la
guerra en que estaba empeñado con su marido. Si por ella fuera, “el Gobernador
no pisaría su casa”; pero las conveniencias sociales hacían imposible un
desaire de tal naturaleza, que habría sido un escándalo peor que el de don Blas
Henríquez...
Llegó,
pues, el día de la fiesta del Oidor Peña, y el Gobernador Henríquez hizo su
entrada solemne y esplendorosa en casa de su enemigo; la esposa del Oidor, doña
Isabel de Alba, avanzó por entre las filas de invitados hasta el dintel de la
“cuadra”, hizo la reverencia de etiqueta y luego alargó su blanca mano, que el
Gobernador llevó galantemente a sus labios. Siguieron ambos hacia el sitio de
honor y allí permanecieron “sin que la señora quisiese contestar una palabra a
las de cortesía que decíale el Gobernador”.
Los
asistentes cuchicheaban comentando el papel de ninguna manera airoso que estaba
haciendo el Gobernador al lado de la “oidora”, que, para mayor desgracia del
magistrado, “era muy hermosa y dicharachera con todos”. Por fin llegó un
momento en que el Gobernador pudo enderezar a la dama una pregunta cuya
respuesta no tuvo ésta cómo rehuir:
—
Señora... ¿Cómo es posible que seáis tan cruel, que no os dignéis dirigir la
palabra a un hombre que tanto os admira...?
Doña
Isabel miró de frente al caballero, con mirada altiva y gesto de reina
ofendida, y por fin dijo, después de un encantador pucherito de despreciativa
indiferencia:
— Señor,
estáis en mi casa, y me es imposible deciros lo que por vos siento en el fuero
de mi pecho...
—
Imposible... ¿por qué? — insistió Henríquez, satisfecho ya de haber alcanzado
una palabra de la enconada dama.
— ¡Por
vuestro carácter de huésped, y por el mío, de señora fijadalgo!
—
Decidlo, os lo ruego, aunque sea una ofensa, que seguro estoy de no merecerla y
de convenceros de mi buena fée...
— Repito
que es imposible...
— No tal.
—
¿Insistís?
—
¡Insisto!
Titubeó
un momento doña Isabel, pero al fin se resolvió y dijo, bajando la voz:
—
Aborrecéis a mi marido...
— !
No...! — interrumpió Henríquez.
— ..
.aborrecéis a mi marido, porque sois amigo de “los meneses, de quienes habéis
aprendido a recibir dinero por vender la justicia que hacéis...
Hinchó el
pecho don Juan Henríquez, clavó una mirada furibunda en los ojos azules de su
interlocutora, la paseó en seguida por el extenso salón donde lucía su gracia
la garbosa juventud y formulando una fría reverencia de «cortesía, salió de la
“cuadra” sin despedirse de nadie.
* * * *
Malhumorado
por una noche entera de insomnio, el Gobernador dejó sus habitaciones, de
madrugada, al día siguiente de la fiesta y salió al jardín a tomar un poco de
aire mañanero, a pesar de que la estación invernal no era muy a propósito para
ello; al poco rato subió a su despacho y como aún no estuviera allí su
“escribano de gobierno”, envió a buscarlo con su viejo y leal ayuda de cámara
el popular maese Ramón López que murió años más tarde en olor de santidad en un
convento franciscano de Quito.
El
escribano demoró muy poco en estar a presencia del gobernador; apenas le vio
don Juan, díjole, sin contestar al reverente saludo que el plumario le hiciera.
—
Escribid el “auto” que voy a dictaros y mandad, entretanto, que digan al
Alcalde don Pedro de Prado, que venga a Palacio.
Cumplida
la orden, el escribano afiló su pluma de ganso, y escribió, al dictado del
Gobernador, un largo “auto” cuya parte dispositiva decía:
“Porque
conviene que se sepa la verdad y qué motivos tuvo la dicha señora doña Isabel
de Alba, para decirme lo que queda referido, y se dé satisfacción a la
república y para que en ningún tiempo se vuelva a hablar de esta materia y
cesen las juntas y conversículos que se hacen en la casa de dicho señor don
Juan de la Peña, que no sirven sino para inquietar y revolver la república, se
levantará una información de todo lo “contenido y se le reciba la dicha
declaración a la dicha señora doña Isabel para que se sepa de qué personas lo
oyó y entendió, como también a los demás testigos que supieran de esto; y se
comete esta información al maestre de campo, don Pedro de Prado de la Canal,
alcalde ordinario de esta ciudad.”
En este
momento el ayuda de cámara anunció que don Pedro de Prado deseaba besar las
manos de Su Señoría, y mientras el señor Alcalde formulaba su reverencia ante
el Presidente, don Juan Henríquez, agitando los papeles en su mano izquierda,
díjole:
— Mi
señor don Pedro, Su Majestad y el presente Gobernador exigen del Magnífico
señor Alcalde que cumpla, luego, la diligencia en este papel contenida... ¡Es
servicio del Rey!
Y así
diciendo, cogió la pluma, trazó bajo el escrito los enérgicos rasgos de su
firma y alargó el papel al sorprendido funcionario.
— ¿Podría
decirme Su Señoría desde luego, de qué se trata...?
— Lo
sabrá el señor Alcalde cuando lea el “auto” — contestó el Gobernador— ; todo lo
que exijo es justicia y sobre todo, rapidez. ¡Vaya Vuestra Merced con Dios!
* * * *
Don Pedro
de Prado bajó con agilidad las escalinatas de Palacio, impaciente por enterarse
del contenido de la orden que acababa de recibir en forma tan solemne y apenas
llegado a la vereda desenrolló el papel y empezó a interpretar los garabatos
del escribano; pero a medida que don Pedro avanzaba en la lectura iba sintiendo
también un pequeño escalofrío que le recorría el cuerpo desde la nuca hasta las
pantorrillas. La orden que había recibido del Gobernador era para don Pedro
Prado un presente griego; el Alcalde era nada menos que compadre, y muy
estimado, de doña Isabel de Alba, cuyo nombre figuraba como cabeza de
investigación y como promotora del lío.
Varias
veces estuvo por volver a Palacio y rogar al Presidente que lo relevara del
encarguito, pero no se atrevió a intentarlo, por más que su mujer doña María de
Lorca habíale aconsejado: — Deje Su Merced, señor mi marido, que Su Señoría el
Presidente se averigüe como sea de su agrado con la Oidora, que buen marido
tiene nuestra comadre para su defensa. Oidor y Presidente podrán arañarse a su
sabor sin mayor escándalo, que por algo son lobos de la misma camada, y además,
porque no tienen, como nosotros con doña Isabel, ningún parentesco espiritual.
Don Pedro
no hizo caso a su mujer y en la tarde de ese mismo día presentóse en casa de su
comadre; en verdad, iba sólo con el propósito de sondear el terreno; pero la
“oidora”, que ya sabía lo del “auto” del Gobernador, se plantó en el “corredor”
del patio, cuando don Pedro atravesaba el zaguán, y enderezóle a su compadre un
discursito más o menos como el siguiente:
—
Guárdese los papeles que trae, don Pedro, donde yo no se los vea si no quiere
verlos en pedazos; a mí no me sacará Vuestra Merced declaración alguna que
poner en ellos. Lo que he dicho al Gobernador dicho está y se lo repetiré a él
si otra vez se pone a mi vista, pues no temo decir verdades; soy mujer casada
y, por la ley, el marido que Dios me dio es quien debe contestar por mí. Y
dicho esto, pase Usarced a la cuadra, señor mi compadre, y hará “las once” con
aceituna de mi huerto y soconusco de Vera Cruz.
Cuando
supo el Gobernador que doña Isabel se negaba perentoriamente a prestar
declaración, tal vez se alegró en su fuero interno, porque ello, al fin, venía
a quitarle de preocupaciones; por lo demás, la “gallada” estaba hecha y podía
alardear de ella. No quiso, sin embargo, quedarse con una mano sobre la otra
ante el atrevimiento de la oidora y en la tertulia de la tarde, al comentar en
su corrillo menesista el acontecimiento del día, cuidó de advertir que si doña
Isabel no prestaba decoración de ahí en tres días “la hacía aprehender y
depositar en el Monasterio de las Agustinas para escarmiento de habladoras.”
Ahora fue
el Oidor el que entró en cuidado, porque don Juan Henríquez, a imitación de
Meneses, tenía fama de no pararse en trancas ni en varillas cuando se le ponía
en el entrecejo enderezar para adelante; y como el Oidor era también un hombre
de resoluciones rápidas, encaminóse a Palacio dispuesto a entrevistarse con su
adversario para saber de su propios labios cuál era su pensamiento.
Subió las
escalinatas y al llegar al “corredor” que daba acceso al “pasadizo” encontró,
en vez de la servidumbre de librea que acostumbraba esperar
formada y abriendo camino a los visitantes de la categoría del Oidor, encontró,
repito, al propio Gobernador don Juan Henríquez, que lo estaba aguardando — por
haberlo visto desde el balcón— con los brazos en jarra.
El
extraño recibimiento sorprendió, como era natural, al visitante, quien no pudo
menos de perder algo y tal vez mucho de los bríos que llevaba acumulados; sin
embargo, se repuso con un esfuerzo y rápidamente formó su plan; sin inmutarse
lo más mínimo llegó hasta el Gobernador, “sin miralle e díjole, como si hablara
con un criado: avísese al señor Henríquez que ha llegado aquí su señoría el
Oidor de Su Majestad don Juan de la Peña y Zalazar, a quien no se le ha formado
la servidumbre con librea; y así diciendo pasó al lado del Gobernador sin
hacerle venia.”
El
Gobernador no aguantó el desaire, que tenía ribetes de insulto y de burla y
abalanzándose sobre el Oidor, “tomólo del jubón diciéndole que maldita era la
hora en que había nacido y otras cosas graves y de mala crianza y que se fuera,
porque lo echaría, si no; y al salir el oidor, rompióle la holanda y parte de
la garnacha, que era de paño de Francia y valiosa.”
Ante
manifestación tan contundente el Oidor tuvo que convencerse de que las cosas se
habían puesto más graves de lo que él esperaba; de ahí fuese derecho a su casa,
que estaba, ya lo he dicho, al atravesar la Plaza, y contó a su mujer el grave
incidente que había tenido con el Gobernador, incidente que, por lo demás, ya
era público en todos los corrillos y estrados santiaguinos.
Antes de
media hora la casa del Oidor estaba atestada de personas que venían a
manifestarle sus simpatías; otro tanto ocurría en Palacio; puede decirse que
menesistas y realistas reconocieron cuartel esa tarde, Plaza por medio, y si no
salieron a ella a definir de una vez sus diferencias, fue, tal vez, porque
ambos se tuvieron miedo.
Oscurecía
ya, cuando llegó a casa del Oidor uno de sus amigos más adeptos, el Maestre de
Campo de don Melchor González de la Torre, quien abriéndose paso hasta el sitio
en que se encontraba don Juan de la Peña, llamólo aparte y, a la disimulada,
díjole:
— Don
Juan, acabo de saber que el Gobernador ha dado orden de prenderlo... Creo que
sería prudente que Su Señoría se pusiera en salvo.
Deslizóse
el Oidor hacia un aposento vecino, e interrogó a su amigo:
— ¿Cómo
lo sabe Vuestra Merced?
La fuente
debió parecer fidedigna a don Juan de la Peña; llamó a su mujer, dióle algunas
instrucciones, despidióse de ella “y salió de su casa por la puerta falsa,
acompañado solamente del Maestre de Campo”; antes de media hora el Oidor,
estaba instalado en una de las celdas del convento de San Francisco, del cual
Su Señoría era uno de los protectores y devotos.
Pasó un
día entero y el Gobernador no hacía ninguna diligencia para encontrar al
prófugo, tanto que se creyó que la fuga del Oidor había sido inútil y que don
Juan Henríquez no había pensado en tomar preso a su enemigo. Pasó todavía otro
día y como continuara la tranquilidad, doña Isabel de Alba, la esposa del
Oidor, “se arriesgó” a ir hasta el convento a ver a su marido; para prevenir
cualquier espionaje, doña Isabel no quiso entrar por la portería, y “los
frailes le abrieron la entrada del huerto”; estuvo con su marido una media hora
y se volvió contenta a su casa.
Esa misma
noche hacíanse en el templo de las Agustinas los solemnes funerales y el
entierro de doña Catalina de Irarrázabal; al acto estaban invitados, desde el
Gobernador abajo, el Obispo, los oidores, funcionarios y todos los conventuales
de Santiago; los franciscanos habían asistido también, en corporación,
encabezados por su Provincial, de modo que en el convento no había quedado sino
el “mocho” de la portería. Estaban en todo lo mejor de la ceremonia funeral, y
el mocho franciscano dormitaba en la portería esperando el regreso de sus
hermanos, cuando se presentó allí un destacamento de veinte soldados que,
atropellando al lego, penetró y registró todo el convento, en busca del Oidor
Peña.
Por
suerte el prófugo alcanzó a darse cuenta de que le buscaban para aprehenderle y
saltando unas tapias logró esconderse en el huerto y escapar a la persecución,
por esa noche. Al día siguiente, disfrazado de fraile, salió por el camino de
Santa Rosa hacia el Sur y fue a ocultarse en el convento franciscano de Malloa.
Hacemos merced al lector de la protesta airada que los franciscanos, secundados
por todas las comunidades y clero, hicieron esa misma noche y al día siguiente
por la violación de su convento, y tan enérgica fue la protesta, que si el
Gobernador no anda tan listo para pedir perdón, me lo excomulgan a velas
apagadas...
Pero no
terminó aquí la persecución del Oidor Peña; sabedor el Presidente de que se
encontraba oculto en el convento de Malloa pidió al Provincial que le fuera
entregado el prófugo, a lo que éste se negó “conforme a derecho”; y como el
Oidor temió que se pudiera cometer otro desaguisado en su persona, creyó
prudente venirse ocultamente a Santiago, para ponerse al amparo de sus colegas
de la Real Audiencia; para el caso se declaró enfermo y se instaló en la
portería del convento de San Francisco de la Cañada. A mal palo se arrimó el
desgraciado Oidor, porque los otros oidores “estaban tan amedrentados con las
tropelías “del Presidente, que mandaron decir a don Juan de la Peña que
presentara su dimisión, a lo cual no quiso acceder el prófugo”.
Una vez
que lo tuvo a la mano, el Presidente hizo notificar al Oidor Peña una multa de
mil pesos y le amenazó con destituirle si no presentaba una dimisión que él le
mandaría; por lo pronto, lo confinó a Peñaflor, donde permaneció hasta que
recibió su nombramiento de Oidor para la Audiencia de Buenos Aires, arbitrio a
que recurrieron sus amigos ante el Virrey para librarlo de las persecuciones
cada día más enconadas del Gobernador y de los menesistas.
Con la
ausencia del jefe del bando contrario pudieron éstos respirar con más libertad;
pero esto duró solamente hasta que la Audiencia de Lima falló en definitiva el
juicio de residencia del ex-Gobernador don Francisco Meneses, causante único de
todas las violencias y extorsiones que se cometieron en el reino por espacio de
cerca de diez años.
§ 17.
La aventura del oidor Meneses
La
“rebotica” o trastienda del establecimiento de “melecinas” de maese Julián del
Carpio, situada a pocos metros de la Plaza Mayor, por la calle que hasta hoy se
llama de las Monjitas, encontrábase en ebullición la tarde del 17 de Mayo de
1673; la gente entraba, salía, volvía a entrar y volvía a salir con
demostración de las más viva curiosidad y preocupación; algunos guiñaban el ojo
o echaban una sonrisita enigmática al amigo que encontraran a la pasada, o a lo
más pronunciaban palabritas sueltas o frasecitas cortas y punzantes que cada
cual interpretaba según su picardía e imaginación.
La
rebotica de maese Julián era algo así como el “club” de la gente de “copete” en
aquellos tiempos, y de allí salían aumentadas y disminuidas todas las noticias
chismosas que se echaban a rodar por la villa del Mapocho. Maese del Carpio
había demostrado especial habilidad para tirar la lengua a cuanta “china” de
casa grande llegaba hasta su mostrador en demanda de un cuartillo de borraja
“para el padrejón” y de esta manera era “sabidor, do primera mano” de cuanto
pasaba al lado adentro de las más herméticas alcobas.
La última
noticia circulante no podía ser más estupenda: el Oidor don José Meneses y
Allende de Salazar había sido sorprendido, la noche anterior, dentro de la casa
de doña Beatriz de la Barrera en sabroso y compromitente palique con una nieta
de esa señora, y tal había sido el espanto y la impresión que sufriera la
anciana al ver mancillado su hogar, que le vino un patatús y “por nadita”
emprendió viaje rápido hacia el otro barrio.
Por
suerte la familia había recurrido oportunamente a maese Julián, que era una
notabilidad para aplicar una sangría, y mediante esta incisión, doña Beatriz
pudo permanecer de habitante en este mundo traidor y pícaro donde comían pan y
recibían honores “desvergonzados” tan grandes como el Oidor Meneses.
— Lo que
ha pasado es sencillamente escandaloso — afirmaba don Rafael de Miranda,
clavando la mirada de su único ojo en la faz emocionada del Corregidor don
Antonio Montero del Águila— ; Su Merced, que tiene el mando, no debiera
estarse, aquí, mano sobre mano, mientras todo el pueblo se encuentra agitado
con lo que pasa.
No sé qué
haría Su Merced — contestó el Corregidor—, si se encontrara con que el culpable
es un Oidor de la Audiencia, que tiene fuero; si se tratara de cualquier
vecino, por noble que fuese, ya vería Su Merced que el Corregidor daría
satisfacción al pueblo.
— Yo no
le echo tanta culpa al Oidor — intervino el Capitán don Juan Pérez de Saravia,
bizarro mozo de corpulenta figura, que se paseaba nervioso de un extremo a otro
de la rebotica— ; aquí la mayor culpable es la vieja, por haber dado lugar a
que ocurriera lo que ahora lamenta... ¡Así se hubiera muerto del soponcio! —
exclamó dando un puñetazo sobre una mesa.
— ¡Este
respira por la herida...! — dijo en voz baja el Alférez Real don Manuel de
Borja, a su vecino— . ¿Pero es cierto eso de que el Capitán Pérez de Saravia
pretendió a la Elvirita Tello? ¡No me parece! — agregó, para “sacar palabras”
al Alférez.
— ¡Quite
Su Merced de allí! — replicó Borja— ; si todo Santiago sabe que el Capitán
recibió de doña Beatriz un no más redondo que pelada del barbero. Pero, repare
Su Merced en quién acaba de entrar a la botica...
— ¡Ave
María Purísimaaa!... — entonó una voz gangosa.
Y al oír
el coro de “sin pecado concebida” con que todos contestaron a la salutación, el
recién llegado — que era el notario eclesiástico don Salvado Suárez— penetró
hasta la rebotica y antes de traspasar los dinteles, dijo solemnemente:
— El
Ilustrísimo señor Obispo don Fray Diego de Humanzoro, mi amo, me manda decir al
Magnífico señor Corregidor que Su Ilustrísima le necesita para un importante
menester que atañe a su cargo. Séanrne testigos los que me oyeren de que he
cumplido mi mandado...
— Diga
Vuestra Merced a Su Ilustrísima, que iré a postrarme a sus pies incontinenti —
contestó el Corregidor, avanzando hacia el centro del aposento, calándose el
emplumado chambergo y echando sobre el hombro izquierdo el vuelo de su capa.
— Si Su
Merced, el señor Corregidor, se dirige inmediatamente a Palacio llegará primero
que yo porque todavía tengo que ir hasta el convento de Santa Clara, para cuya
señora Abadesa llevo también un recado — agregó el plumario.
— ¿Y qué
recado es ese...? — preguntóle, de sopetón, el General Calero Carranza.
El
Notario Suárez pegó la barba al pecho y observó al curioso por encima de las
antiparras.
— Lo
pregunto por si se pudiera saber — agregó el General—, para prestar favor si es
necesario a los mandatos de Su Ilustrísima.
Quedóse
dubitativo un momento el escribano, entre largarla o no largarla, pero al fin
declaró:
— Son
asuntos de Estado, mi señor don Antonio Calero, y aunque, según infiero, el
señor Obispo necesitará la ayuda del brazo secular para hacer cumplir sus
disposiciones, no me creo facultado para divulgarlos todavía.
Y
formulando una ridícula inclinación del busto, parecida a un garabato, el
Notario Suárez giró sobre sus talones, enfiló la puerta de la botica y salió,
solemnemente, con dirección a la Cañada, donde estaba ubicado el monasterio de
“las Claras”.
No hay
para qué hablar del revuelo que se produjo en la rebotica al desaparecer el
notario; la noticia que acababan de saber los contertulios venía a dar un matiz
nuevo al acontecimiento del día, pues se veía que el Prelado Humanzoro iba a
tomar cartas en el juego, haciendo uso de sus facultades de supervigilan te de
la moralidad pública. En realidad, el Obispo era el único que podía poner algún
remedio encontrándose un Oidor metido en el escándalo.
— Supongo
que ahora Su Merced hará algo — interpeló don Rafael de Miranda, remeciendo por
un brazo al Corregidor.
Allá lo
verá Su Merced — contestó don Antonio Montero, echando a andar; como el señor
Obispo me mande dentro de sus facultades, y no las traspase, el brazo de mi
autoridad estará de su parte en todo momento.
Salió de
la botica, siguió hasta la Plaza Mayor, atravesó por entre los baratillos y
“tendales de chalailas” de la recova y cuando llegó a las puertas del palacio
episcopal se percató de que lo venía escoltando una poblada de amigos y
curiosos.
— ¡Por la
Virgen del Rosario! — exclamó-; dejadme ya, que dice muy mal, todo esto, de la
discreción y secreto que debe guardar un Corregidor.
Y se
escabulló por el zaguán de Palacio y luego por la primera puerta que encontró
abierta en el corredor del primer patio.
* * * *
A las
diez de la noche no había un valiente que se atreviera a transitar por las
calles de Santiago, sobre todo cuando las lluvias del invierno empezaban a
cubrirlas de aguas y de lodo; tenía que ser algo muy grave, un caso de
confesión por ejemplo, para que algún vecino o algún negro se aventurara a
cruzar las bocacalles y a saltar el charco del centro de la calzada, por donde
corría libremente el agua fangosa que arrastraba los desperdicios cotidianos o
permanentes del vecindario.
La
oscuridad más completa lo envolvía todo; aun faltaban setenta años para que
llegara el Presidente Ortiz de Rozas y ordenara que todos los vecinos pusieran
al frente de sus casas un farol con una vela de sebo para que alumbrara durante
la noche “hasta que se acabara la vela”; vecino hubo, bastante roñoso, por
cierto, que tenía mandado a su negro que con el toque de queda, bajara el farol
y apagara la vela.
Por
entonces no se veía más alumbrado nocturno en todo Santiago que el farol de los
tres serenos que recorrían las calles hasta un poco después de la media noche,
y eso cuando los preciosos no se metían a dormir a sus ranchos, tan pronto como
veían que el Corregidor o el Barrachel, su jefe inmediato, se recogían a sus
casas. La media noche era, pues, la hora de los peligros y de la impunidad para
los habitantes y para los criminales, respectivamente, de la villa de Mapocho,
y para todas las empresas de secreto y misterio.
Una noche
de esas fue la que eligió el Corregidor don Antonio Montero del Águila para
cumplir la orden que recibiera del Obispo Humanzoro aquella tarde que lo
dejamos en el zaguán del palacio episcopal. Tratábase de sacar de su casa a la
“culpable” doña Elvira Tello, a quien había sorprendido su abuela en íntimo
consorcio con el Oidor Meneses, y de trasladarla al convento de las Claras, en
una de cuyas celdas debía permanecer recluida hasta que otra cosa se ordenase.
No puedo
consentir, en mi conciencia de prelado — había dicho el Obispo al Corregidor—
que continúe este escándalo entre personas tan notables como el Oidor don José
y esa desgraciada. Tome Su Merced ese “auto y decreto”, declare, antes de salir
de mi presencia, si está dispuesto a cumplirlo según mandan las pragmáticas
reales y jure por una señal de cruz que guardará secreto sobre lo mandado.
— Sí, lo
juro — había contestado don Antonio Montero—, haciendo reserva de los derechos
que alegaren “terceros” y descargándome de toda responsabilidad por las
resultas.
El
Corregidor había tomado todas las precauciones imaginables para que su empresa
tuviera el éxito deseado; contaba, desde luego, con el asentimiento de la
abuela, quien, aparte de sus deseos porque el escándalo no continuara en su
casa, también había recibido del Obispo una seria admonición para que “tuviera
a su nieta en recogimiento” bajo pena de graves censuras.
La
Abadesa de Santa Clara, doña Aldonza Tello, era tía de la niña y había recibido
también orden del Prelado para que recogiera en el convento a su pecadora
sobrina; no faltaba sino trasladarla a la portería, en donde la esperarían las
monjas para recluirla en una celda hasta que Dios y el Obispo quisieran.
Pretender que el Oidor la sacara de allí era punto menos que imposible.
Todo
estaba, pues, preparado para el secuestro, que debía realizarse una de esas
negras noches de Invierno en que la boca de un lobo, al decir del refrán, podía
considerarse tan clara e iluminada como última noche de novena de santo popular
y milagrero.
Para no
encontrar resistencia en la niña, habíasele dicho que sus tíos, propietarios de
una chacra situada cerca de la Calera de Tango, habrían de venir a llevársela
de un momento a otro, para que pasara con ellos una temporada; pero la Elvirita
que sospechaba cualquiera jugada de su abuela, se ingenió para poner la noticia
en conocimiento del “marchante”, agregándole que ella no quería separarse de
estos trigos donde tan a su gusto se encontraba. Con tal noticia, el Oidor no
durmió tranquilo; puso en movimiento sus influencias y poderío que no eran
pocos, a fin de amparara su “peor es nada”, y estableció alrededor de la casa
de doña Elvira un espionaje que le tuviera continuamente informado de lo más
mínimo.
Llegó la
noche señalada para el secuestro y como a eso de las diez, presentóse el
Corregidor en casa de doña Beatriz de la Barrera, llevando consigo una calesa y
tres alguaciles de escolta, todos disfrazados de gente campesina y de paz.
Doña
Beatriz entró a la alcoba de su nieta, “y mostrándose entre sorprendida y
alegre, dijóle que su tío Miguel Tello mandaba por ella” para lo cual enviaban
su calesa, que la trasladaría a la Calera de Tango con toda comodidad.
— Aunque
yo no quiero salir de esta mi casa, mañana hablaremos de eso, abuela y señora
mía — contestó con desparpajo la niña.
— Tu tío
quiere que te vayas ahora mismo, luego — repuso doña Beatriz—, y en el zaguán
esperan los criados.
— Pues,
se molestará mi señor tío — contestó con resolución Elvira Tello y volviéndose
para el rincón se acomodó en la cuja en son de protesta.
La abuela
vio que no había más remedio que proceder con energía, y aunque le doliera que
“negras y cochinas manos” se posaran sobre el grácil cuerpecito de su nieta,
hizo señales al Corregidor para que procediera a dar cumplimiento a las órdenes
recibidas.
Poco
tardaron los guindillas en apoderarse de Elvirita Tello — después de que unas
negras la hubieron vestido a medias y envuelto en “cubijas”— y trasladarla a la
calesa a donde también subió doña Peta, sirviente de confianza de la casa, que
lloraba a mares por el suceso que le estaba ocurriendo a la “niña de su ánima”
que ella había criado a sus pechos. Y una vez que ambas estuvieron instaladas
en el coche, el Corregidor azotó por su mano las mulas y el grupo partió casi
al galope.
Tal vez
por el mal estado del camino, la calesa no pudo seguir por el lado Norte de la
Cañada hasta el monasterio; de modo que atravesó el antiguo lecho del Mapocho
por el “paso” del callejón de San Diego (actual calle Arturo Prat) continuó por
el lado Sur, o sea por el lado de San Francisco y del Hospital y fue a dar la
vuelta por el otro “paso” del camino de la “Ollería”, actual calle de
Maestranza.
Volvía el
grupo hacia el Poniente endilgando hacia la portería del Convento de las
Claras; con las emociones del rapto, la Elvirita encontrábase extenuada y había
cesado en las protestas bulliciosas que habían obligado al Corregidor a ponerle
una mordaza cuando la echaron al coche: todo llevaba los visos de terminar
tranquilamente con gran satisfacción del Corregidor.
Pero al
dar vuelta a la punta de piedra que el Cerro Santa Lucía echaba sobre la
Cañada, frente a lo que es hoy el Convento del Carmen Alto — por entonces no
existía aún— la muías de la calesa se encabritaron y por poco no estrellan el
vehículo contra las rocas; en ese mismo momento un grupo de jinetes, con
espadas desnudas, rodearon la calesa y a sus acompañantes y una voz estentórea
gritó:
— ¡Alto
la calesa y alto la escolta si quiere salvar la vida!
Aprovechándose
de la sorpresa de los alguaciles y demás sirvientes los asaltantes fuéronse
sobre ellos y los arrojaron al suelo dándoles “con los pechos de sus
cabalgaduras y con las espadas que llevaban”; el Corregidor, “recibió un golpe
a mansalva”, cayendo al suelo, y con esto los secuestradores se encontraron sin
jefe que los dirigiera en la defensa de la dama de que eran portadores y
guardadores.
Cuando ya
no quedaban enemigos con quienes combatir acercóse a la ventanilla de la calesa
un jinete, que era el cabecilla de los asaltantes, y díjole a la cautiva:
— Señora,
cumplo órdenes de mi amo el señor Oidor don José Meneses, que os saluda con
rendimiento; de aquí os volveréis, si en ello sois servida, a vuestra casa, o
iréis a donde queráis... Mandadme, os lo ruego.
Titubeó
un momento doña Elvira, íntimamente halagada con el mensaje de su amador,
mientras la Peta gimoteaba arrollada al fondo del vehículo, y luego dijo:
— ¿Qué es
lo que desea mi señor don José?... ¿Os lo ha dicho? — Mi señor don José
Meneses, Oidor de su Majestad, no quiere sino lo que vos queráis, señora —
contestó el caballero. — Entonces... ¡volvedme a mi casa!
Rápidamente
subió al pescante uno de los “salteadores”, azotó las muías y arrancaron Cañada
abajo a tiempo que el Corregidor Montero del Águila montaba trabajosamente
sobre un caballo, que no era el suyo, y picaba espuelas detrás del vehículo
gritando: — ¡Deteneos...! ¡Deteneos si queréis salvar la vida! ¡Soy el
Corregidor y pagaréis caro vuestro atrevimiento!
Y los
hubiera alcanzado fácilmente si don Antonio Montero del Águila, impedido por
los agudos dolores de la quebradura del tobillo, que sufriera al caer, no se
hubiera desmayado y caído de nuevo, al saltar la acequia de la calle de San
Antonio.
Ante la
sorpresa inexplicable de su abuela doña Beatriz de la Barrera, la
simpatiquísima Elvirita Tello penetró de nuevo por el zaguán de su casa, se
metió regalonamente en su cama y se acomodó entre las “cubijas” diciendo:
— ¡Que se
moleste mi tío... pero yo no salgo de aquí!
§ 18.
Un desterrado del cielo y de la tierra
No se
cumplía todavía un año desde que el “mercader” Juan Formoso habíase instalado
con un “baratillo” en la esquina oriente del portal de Sierra Bella, que por
entonces empezaba a estar de “priva” gracias a que el Tesorero de la Santa
Cruzada don Pedro de Torres, su propietario, había gastado y estaba gastando
gran cantidad de “peso de oro” en su fábrica “para adecentarlo”, cuando un día
corrió la voz en Santiago de que el buen baratillero había doblado el cogote la
noche anterior, víctima de un “mal” repentino.
La
noticia quedó confirmada plenamente en las horas antemeridianas de ese día por
el hecho de que el baratillo de Juan Formoso amaneció y permaneció cerrado
durante el paseo portalero que donceles y doncellas acostumbraban hacer, como
hoy día y diariamente, para mantener el fuego sagrado del pololeo; no quiero
decir nada de los comentarios que se hicieron ni de las frases de sentido
pésame que tal desaparecimiento causó en la habitual concurrencia, que había
llegado a simpatizar cordialmente con el extinto. “Por lo demás”, como dicen
nuestros actuales parlamentarios, ahora y siempre no hay ni ha habido muerto
malo.
Entre los
muchos motivos porque Formoso habíase captado las simpatíasde la gente moza del
Portal de Sierra Bella se contaba el muy atractivo de que el
baratillero se había constituido en una especie de intermediario, confidente,
“correveidile” o “tercerola” de los pololos que allí se daban cita. Cuando
algún doncel llegaba tarde al paseo del Portal, íbase derecho al baratillo de
Formoso y sin más preámbulo le preguntaba:
— Maese
Formoso, ¿ha visto Su Merced a la fulanita?
Y él buen
mercader le informaba al punto y exactamente si la había visto o no, y si le
apuraban decía al interesado si la “prenda” andaba con sus parientes, o con su
“china”, o con el rival.
Lo mismo
hacía, a la inversa, cuando era una, damita la que llegaba hasta su mostrador a
pretexto de “echarse a la boca “un dulce, o “colación” o un “banano de Lima”,
golosinas de que Formoso se cuidaba de estar bien provisto, siempre de primera
mano y “de lo mejor”, para satisfacer a su clientela, que siempre bien pagaba
los dulces y las noticias, tan sabrosos los unos como las otras.
El
baratillero del Portal de Sierra Bella tenía, además, un loro, un hermoso e
inteligente loro que se paseaba socarrona y gravemente por un palo atravesado a
lo largo de la tienda y frente al paseo, diciendo: “Vaya Su Merced con Dios,
caballero; vaya Su Merced con Dios, señorita”, según fuera largo o corto el
vestido del transeúnte. Una vez pasó por allí el Superior de los jesuitas,
recién llegado de Lima, Padre Alonso Rodríguez de León, que era, al parecer, un
señor de genio poco bromista; el loro, al ver su traje largo le dijo: “Vaya Su
Merced con Dios, señorita.
Oír esto
él Padre Rodríguez y volverse a interrogar al baratillero, creyendo que había
sido él quien le dijera tal desaguisado, fue todo uno; Formoso se deshizo en
explicaciones que por supuesto no satisfacían al Superior, porque el maldito
loro se había encaprichado en permanecer mudo en esos momentos, a pesar de los
mandatos de su amo, que estaba sudando tinta. Por fin pasó frente al baratillo
una mulatilla, y el loro tuvo oportunidad para repetir su dicho, con el cual el
jesuita se fue tranquilo, y hasta sonriente.
La
popularidad de Maese Formoso fue motivo para que su fallecimiento preocupara,
pues, a mucha parte del vecindario; pero esta preocupación comenzó a ser mayor
cuando se dijo que el hombre había muerto “solo, como perro”, en su “cuarto” de
la calle “del contador Azocar” cerca del río. Llegado el aviso de este
fallecimiento al Corregidor don Antonio Montero del Águila, la autoridad
dispuso que el “barrachel” o jefe de los alguaciles se hiciera cargo de cumplir
la obra de misericordia de enterrar al muerto.
Dióse a
esta piadosa tarea el Barrachel, y para el efecto tuvo que echar abajo la
puerta de la que había sido “vivienda” del popular mercachifle. En la
desesperación de la agonía, Juan Formoso había caído de la pobre cuja que le
servía de lecho, y su cuerpo yacía en el santo suelo, semidesnudo, casi metido
debajo del catre, y con varias heridas superficiales que indicaban, a las
claras, que el infeliz se había enterrado las uñas en el cuerpo en los
estertores del último trance.
Sea por
la condición en que había vivido el mercader, sea por el espanto que causara al
Barrachel la vista del cadáver, sea por lo extraño del fallecimiento, sea por
todo esto junto, el caso fue que el representante de la autoridad creyó de su
deber, antes de proseguir y de llevar a cabo su cometido, dar parte a su
superior de lo que sus ojos habían visto y especialmente de sus sospechas, que
en este punto fueron temerarias.
Pero lo
peor de todo fue que el Barrachel, antes de llegar hasta el Corregidor Montero
del Águila, encontróse en el camino con el Comisario del Santo Oficio fray
Manuel Gatica, dominicano, a quien, como es natural, contó “de pé a pá” lo que
había visto. El Comisario, después de haber ido a “ojear” el cuarto del extinto
vio en esto “un caso de inquisición” y sin más ni más dictó “un auto” por el
cual se avocaba el conocimiento del hecho.
Las
sospechas del Barrachel eran de que el mercader Formoso había muerto, no sólo
inconfeso, sino “desesperado” y por lo tanto, su alma debía estar en los
profundos infiernos, puesto que “no hubo lugar a arrepentimiento”; que nadie
había visto jamás al extinto “cumplir con la iglesia”; que nadie, tampoco, le
había visto “comer carne de cerdo” y por lo contrario, más de alguno recordaba
haberlo visto “hacer oraciones los días Sábados”. Estos y muchos antecedentes
más hacían sospechar que Juan Formoso no era cristiano sino judío, con el
aditamento de ser “judaizante...”, esto es, propagandista de la religión
judaica.
Hay que
decir, en honor de la verdad, que el Padre Gatica no dio lugar a estas
sospechas del Barrachel así enunciadas de buenas a primeras, sino que mandó
abrir información, “sin perjuicio de que se le entierre”: pero el Barrachel,
para echárselas de “cristiano viejo” declaró formalmente que él no se haría
cargo del sepelio de Juan Formoso, “así lo maten”, sin que viniera una
declaración concluyente de que el muerto “estaba en comunión con nuestra santa
religión apostólica romana”.
A todo
esto había pasado casi un día de “veinticuatro horas” y el muerto permanecía en
la misma posición que ha conocido el lector, porque nadie se había atrevido a
tocarlo desde que el Barrachel manifestara sus dudas sobre la cristiandad del
extinto, y al paso que llevaban las cosas tampoco se veía por dónde iría a
terminar el extraño y serio conflicto de este cadáver insepulto.
Toda la
primera noche transcurrió y también el medio día siguiente, sin que al pobre
Formoso “se le prendiera una vela” y lo peor de todo era que el muerto “se
estaba pasando” y seguramente se iría “a pasar” del todo si un buen fraile
hospitalario de la comunidad que tenía entonces a su cargo la atención de los
enfermos del Hospital del Socorro, llamado hasta hoy de San Juan de Dios, no
hubiera intervenido resueltamente para provocar una decisión en el incidente.
La
primera diligencia del Hermano Ramón, el hospitalario, fue apersonarse al
Comisario del Santo Oficio; el padre Gatica “no contestó a las derechas” y se
salió por la tangente diciendo que el Tribunal de la Inquisición no tenía nada
que hacer con esto de enterrar a los muertos y que su intervención en lo de
Formoso era solo “de oficio” para averiguar si el extinto era cristiano o
judío, y si sus bienes debían caer o no en comiso, y que, “por lo demás, lo
entierren, como ya lo he dicho, conforme a derecho y en el sitio que le
corresponda”.
El
Hermano Ramón fuese en seguida donde el Corregidor Montero del Águila; pero
éste, sea por necesidad efectiva o por sacar el cuerpo al espinudo asunto,
habíase ido a su chacra “del Macul”; en su ausencia, el caritativo fraile
presentóse al Alcalde ordinario don Juan de la Cerda y Contreras, “a quien
encontró de siesta”; pero como el caso era urgente ya, y una hora de tiempo
influía en el “pasamiento” del cadáver, rogó a Su Señoría “que le oyese”.
Pero el
señor Alcalde limitóse a decirle que para esto del enterramiento se entendiera
con el Barrachel y los alguaciles, y con el “tenedor de bienes de difuntos” que
también “era parte”, por cuanto Formoso “algo habría dejado que inventariar”.
No quiero
conducir al paciente lector a través del verdadero laberinto de consultas,
peticiones, y ruegos que prodigó esa tarde el Hermano Ramón para conseguir que
se diese sepultura a Formoso o se le diese permiso a él para hacerlo; todos
quitaban el bulto a la enorme responsabilidad que asumían al enterrar a un
judío judaizante sin declaración o licencia especial de una autoridad que
tampoco nadie sabía determinar...
Llegaban
las “oraciones” del segundo día sin que hubieran “tocado” el cuerpo del
desgraciado Formoso y según todas las probabilidades iba a pasar también la
segunda noche y seguramente el tercer día.
El
Hermano Ramón no esperó más y sencillamente se trasladó al aposento donde yacía
el cadáver, lo envolvió en las “frezadas” , de la cama y cargó piadosamente con
él en dirección al cementerio que el Hospital de San Juan de Dios tenía para
sus muertos en el extremo sur de la extensa propiedad en que estaba ubicado,
que es la misma que ocupa actualmente, salvo que entonces alcanzaba hasta lo
que es hoy Avenida Matta.
El
cementerio venía a quedar a la altura de la Avenida Diez de Julio yendo por el
“camino real” que hoy es la calle de Santa Rosa.
El buen
fraile atravesó la ciudad con su macabro envoltorio en hombros sin que nadie le
ayudara, pues “ni los negros esclavos se atrevían a acercarse”; algunos de
éstos, por curiosidad, le siguieron durante todo el trayecto y, sólo uno, “que
era del marqués de la Pica”, se ofreció a ayudarle a abrir “la zanja donde fue
tapado el muerto”.
Cuando el
Hermano Ramón entraba por la calle de Santa Rosa, encontróse con un arriero que
venía del Maipo; al ver al fraile cargado y cansado, este
hombre ofrecióse para llevarle “el bulto” y así fue como el cadáver avanzó dos
cuadras atravesado en una muía; “pero los negros que venían de atrás dijeron al
arriero que el muerto era un judío, y el hombre no quiso seguir”; el Hospitalario
requirió de nuevo los fúnebres despojos y siguió con ellos, al hombro, hasta el
cementerio.
Al día
siguiente se extendió rápidamente la noticia de que la noche anterior había
sido sepultado Juan Formoso por el caritativo Hermano Ramón; nadie se atrevió a
censurar el hecho mismo, pero todos se hicieron cargo, con pavor, de que la
inhumación de un presunto judío se había hecho "en sagrado”.
El caso
era grave y las autoridades locales, desde el Corregidor abajo quisieron salvar
la responsabilidad que podía caberles en tal desaguisado.
El primer
reclamo que se presentó fue el del Provisor, quien, basado en el cumplimiento
de las disposiciones pertinentes de las leyes y ordenanzas, protestaba del
hecho y exigía que los despojos fueran exhumados y colocados al lado afuera del
cementerio bendito "sin mayor dilación”, hasta que se dilucidase si Juan
Formoso era o no "hebreo de la Judea”; por su parte, el Procurador del
Cabildo propuso al Alcalde que el muerto “fuera llevado a la falda detrás del
cerrillo” para que allí quedara definitivamente “y no trajinaran sus huesos”;
una tercera autoridad, la del Familiar del Santo Oficio, fue de opinión de que
el cadáver fuera llevado y enterrado en el Salto...
El
Hermano Ramón que conoció solamente ese día la petición del Provisor, la creyó
razonable, como efectivamente lo era, dadas las costumbres y las leyes
vigentes; llevado de su espíritu cristiano, había olvidado él que no se podía
dar sepultura en sagrado a un individuo que no era católico, o que, por lo
menos, su cristiandad estaba en tela de juicio.
Para
suprimir la dificultad canónica y para que se dejara en paz al muerto, resolvió
el Hermano exhumarlo inmediatamente y darle sepultura al lado afuera del
cementerio del Hospital. Y poniendo manos a la obra, ayudado esta vez por un
esclavoperteneciente a la servidumbre del Hospital, sacó al asendereado Juan
Formoso y lo instaló “al lado, reja por medio” del cementerio. En seguida fuese
tranquilo a su Hospital, en la seguridad de que el presunto judío había quedado
bien enterrado y que de allí no se movería hasta el día del juicio; rezóle, por
si fuera cristiano, un último Padre Nuestro, y se preparó para mandar decir al
Provisor que su deseo estaba cumplido.
No
pasaron, sin embargo, dos horas, cuando el “panteonero” vino a avisarle al
Hermano Ramón que los alguaciles habían ido al cementerio con varios presos
armados de picos y azadones y que en esos momentos estaban cavando la fosa en
que se había depositado la segunda vez, el cadáver de Juan Formoso. El hecho
era efectivo y se estaba llevando a cabo por orden del Alcalde de la Cerda,
para transportar los despojos mortales del infeliz judío “a la falda oriente
del cerrillo”, sitio completamente aislado de todo lugar sagrado y que era,
según la autoridad, la única parte donde podían “descansar”.
No pudo
oponerse a ello el Hermano Ramón, pero siguió humilde y resignadamente el
cortejo de los corchetes hasta detrás del Cerro Santa Lucía, y se dispuso a
rezar allí la última oración por el ánima del baratillero, que no debía andar
tan errante como su cuerpo. Tenían ya abierto el hoyo, de una vara de
profundidad y se aprestaban los presos para “arrojar” el bulto dentro de él,
cuando apareció por entre las parras de la viña — pues viñas eran todos los
pedregales que en ese punto bifurcaban el río Mapocho—, apareció, digo el dueño
de la propiedad, Gonzalo Díaz, y sacando un papel que mostró al Alguacil jefe,
declaró que “no permitía en su terreno que sepultaran a alma nacida”.
—
Prevengo a Su Merced, señor don Gonzalo, que es orden del Magnífico señor
Alcalde... — anticipó el Aguacil.
— Pues
amigo — dijo don Gonzalo, sobre el magnífico señor Alcalde
está el muy magnífico señor Gobernador y Presidente don Juan
Henríquez; vea la orden y cúmplala, que si Su Merced no la quiere cumplir, aquí
estoy yo, y me basto para ello.
Y no hubo
más que salir de allí con el muerto, pues estaban en una propiedad particular
contra la voluntad de su dueño; y lo peor del caso era que el Alguacil no sabía
dónde depositar el desgraciado mercader portalero; en esta indecisión el
Hermano Hospitalario díjole:
— Señor
Alguacil, la orden del señor Alcalde es para que Su Merced no la quiere
cumplir, aquí estoy yo, y me basto para ello, ello puede ser en cualquiera
parte de él siempre que sea detrás... Subamos un poco por las peñas y allí
donde le parezca a Su Merced que cabe, allí lo deja.
Pocas
ganas tenía el Alguacil de andar con el muerto de un lado a otro, y sin
pensarlo más siguió el consejo del buen Hermano Ramón. Subieron el cerro por la
cuesta llamada “de los ladrones,” que debía estar por frente a la actual calle
de Pedro de Valdivia, y a los pocos metros encontraron un hueco aparente donde
“metieron”, por fin, al errante Juan Formoso, de quien nadie más se volvió a
recordar en Santiago.
Dos
siglos más tarde, más o menos por ese mismo sitio del Cerro Santa Lucía, fueron
exhumados los restos de varios protestantes y disidentes que permanecían allí
desde tiempos inmemoriales, “esperando la resurrección de la carne”. Cuando el
Intendente de Santiago don Benjamín Vicuña Mackenna emprendió la obra del
hermoseamiento del Cerro, erigió una pequeña columna a la memoria de esos a
quienes denominó “los desterrados del Cielo y de la Tierra”.
¿Sería,
tal vez Juan Formoso, el que vino a señalar el sitio en que deberían ser
depositados los huesos de los que, en el valle del Mapocho, no vivían en
comunión con la Santa Iglesia?
* * * *
¿Y el
loro?
Al ver la
orfandad en que había quedado, uno de los admiradores de Juan Formoso se hizo
cargo del 'loro y se lo llevó a su casa, con la esperanza de que sirviera de
distracción a la familia con sus habilidades, y para que saludara a las visitas
con aquella frase que tanto molestó al Superior de los jesuitas: “Vaya Su
Merced con Dios, señorita”. Pero el ave defraudó todas las esperanzas de su
nuevo amo, porque se tomó absolutamente descortés y no saludó a nadie nunca
más.
Un día su
dueño se empeñó en hacerlo hablar; le dio primero pan con vino, después le
obsequió con nueces y azúcar, y, por último, aburrido de la testarudez del
animal le aplicó unos huascazos...
Al día
siguiente el loro desapareció y no volvió más.
¡Quién
sabe si no emprendió el vuelo hacia las peñas del “cerrillo”, a hacerle
compañía, al solitario amo con quien había venido desde lejanas tierras!
§ 19.
Primero hizo Dios al hombre...
Las cosas
se habían presentado de tal manera que don Francisco de la Roca y Cordovez no
tuvo sino que conformarse con ver partir a su amada hacia el lejano puerto de
Valdivia donde iba a fijar su residencia, acompañando a su marido que llevaba
un alto cargo en las oficinas de hacienda; la verdad hay que decirla aunque sea
espantosa: don Francisco estaba enamorado hasta dos cuartas más arriba de la
coronilla, de doña Carmen Isabel de Fredes, mujer legítima de don Tomás de
Alvarado, Factor de Su Majestad...
Mis
benévolas lectoras me perdonarán esta indiscreción que he cometido revelando
unos amores que por ser sus protagonistas una pareja “de compromiso”, deberían
haberse mantenido ocultos “per saecula”; pero el asunto es curioso y bien vale
la pena de cometer un pecadillo venial con el objeto de contribuir a que quede
de manifiesto la veleidad de algunas mujeres ... Nótese que he dicho “de
algunas mujeres”, porque yo, particularmente, estoy convencido de que todas
ellas son fidelísimas, menos una que yo conozco y otras que habrá por ahí.
Don
Francisco halló lenitivo en su desgracia, primero, porque no 'le quedaba otra
cosa que hacer, desde que su adorado tormento se marchaba con su legítimo
dueño, y segundo, porque los juramentos de fidelidad y de perpetuo recuerdo que
doña Carmen Isabel le había hecho eran para convencer al más incrédulo y para
satisfacer al más descontentadizo. “Ítem más”, habían convenido los amantes en
que mantendrían una continua correspondencia a pesar de los peligros que ello
significaba, pues advertirá el lector que por entonces, 1675, el servicio de
correos estaba encomendado a la benevolencia de los arrieros, a los pilotos de
los barcos, o sencillamente a los amigos que emprendían un viaje. Mientras los
“papeles” “mesivas” iban dirigidas a la gente masculina, la reserva de ellos
podía darse por cierta, pues había un respeto innato por los que “entendían
leer”, pero si las cartas iban dirigidas a mujeres, a todo el mundo le entraba
la curiosidad por saber quién escribía y qué se le decía a una señora, soltera,
casada o viuda. Desde luego, a una mujer, según la creencia de esos tiempos, no
se le podían “escribir” sino cosas “pecaminosas.
Era
imposible exigir de una mujer más pruebas de amor y de abnegación de las que
Isabelita, antes de partir, diera a don Francisco; de modo que éste, en medio
de su dolor, se aferró a la única esperanza que ambos amantes habían hecho
germinar y que constituía el desiderátum de su vida; volverse a reunir en
Santiago en no lejano tiempo, para continuar el idilio que comenzaran cierto
día 18 de marzo, vísperas del señor San José en las playas de Valparaíso y en
el cual se juraron y se prometieron todo lo que los amantes jamás llegan a ver
cumplido.
El
reemplazo de don Diego Dávila Coello y Pacheco, Marqués de Navarmorquende por
el señor don Juan Henríquez, Caballero de Santiago, en el gobierno del Reino de
Chile, había producido cierta esperanza entre las familias que apoyaban o
estaban complicadas en las malas artes y desmanes que había cometido el
anterior Gobernador Francisco Meneses y por los cuales estaba severa y
estrechamente procesado por el “amargo” oidor limeño don Lope de Munive. La
noticia de que el Marqués iba a ser sustituido por don Juan Henríquez, hizo
creer al vecindario de Santiago que el nuevo mandatario sería más asequible y
más humano con el ex gobernante en desgracia...
La
esperanza, sin embargo, se desvaneció pronto, pues a pesar de los muchos
“empeños” que se le hicieron al recién llegado, éste disimuló bastante, y el
Oidor continuó su meticulosa investigación de las trapacerías de Meneses, hasta
enviarlo relegado al Perú.
Don Tomás
de Alvarado, el cónyuge de Isabelita Fredes, en su calidad de Factor de Su
Majestad y vigilante de los intereses de la Real Hacienda, habíase visto
obligado a revisar ciertas cuentas “menesistas” de la Plaza de Valdivia, que
dependía directamente del virreinato del Perú. Tal determinación de Alvarado
vino a interrumpir, como dejé dicho antes, el idilio que se produjera entre la
encantadora Isabelita, criatura que no había nacido pará “amohozarse” entre
cuentas y papelotes, y el animoso y galante “cuarentón” don Francisco de la
Roca, que, enamorado como un cadete, había caído “redondo” ante la bizarría de
la “factora”.
Los
amigos de don Francisco le veían a las veces satisfecho, dicharachero y
rebosante de alegría: era cuando había logrado vencer las dificultades que dado
el estado “de compromiso” de Isabelita le impedían acercarse a ella; era ésta
“seña” tan segura, que el Alcalde de Corte don Pedro de Hinojosa, amigo íntimo
de nuestro enamorado cuarentón, y con quien se juntaba diariamente en el
“baratillo” que Juan Humeres tenía en el Portal de Sierra Bella, cada vez y sin
equivocarse notaba el cambio de “genio” de su amigo y decíale:
— Don
Francisco, don Francisco... ¡parece que ha habido regocijo!
Y cuando,
por lo contrario, el “interfecto” mostrábase mohíno y vagaroso, molesto y sin
ganas de conversación, Hinojosa no recatábase para reprochar al “templado” de
esta manera:
—
Cuidadito, cuidadito, que ninguna vale la pena de que un hombre sufra por ella
un dolor de cabeza.
La última
vez que Hinojosa repitió su dicho fue la víspera de la partida del Tesorero con
su linda mujer a Valparaíso, desde donde debía continuar viaje a su destino;
don Francisco hizo todo lo imaginable para volver a ver a su adorado tormento;
pero no había sido posible, pues el Tesorero, entre sus buenas cualidades de
marido, tenía la de ser extremadamente celoso, y se le había puesto entre ceja
y ceja aquello de que el diablo, en sus momentos de ocio, en vez de matar
moscas con el rabo se dedicaba a “hacer tercio” o a tocar el violín, como
decimos ahora, y con resultados apreciables.
— No diga
usted sandeces, mi señor don Pedro — le contestó una vez don Francisco—, que
esa mujer a quien yo ‘aprecio” es digna y merecedora de que cualquier hombre dé
su vida por ser su esclavo.
— ¿Sí...?
¿Y quién es ese portento? — preguntó a su vez Hinojosa.
— Se lo
diré dentro de algunos días, si es verdad que Su Merced insiste en hacer aquel
viaje de que me habló hace algunas semanas.
— Mi
viaje al presidio de Valdivia, de que hablé a Su Merced, lo haré sin falta de
aquí en dos meses, si Dios quiere...
— Si eso
ocurre, usted sabrá quién es esa dama y me dirá si vale o no la pena de sufrir
por ella hasta un dolor de muelas.
Hinojosa
movió sentenciosamente la cabeza, como un hombre experimentado en achaques de
enamoramiento y se limitó a decir:
— Allá lo
veremos, señor don Francisco, y ojalá esa dama venga a demostrarme que he
vivido equivocado hasta hoy.
* * * *
Y pasaron
meses, varios meses, durante los cuales cada arriero, cada piloto, o cada
“postal” de la renta de correos de Su Majestad, de los que venían de la ciudad
y presidio de Valdivia traía una “mesiva” para el afortunado don Francisco de
la Roca y Cordovez y esa carta era la determinante de varias semanas de
jolgorio y de regocijo para el protagonista de este cuento; con la “mesiva” en
la mano, Roca se daba el lujo de esperar a su escéptico amigo en el baratillo
de Humeres e invariablemente decíale, con regocijada ironía:
— ¡Don
Pedro! no hay ninguna que valga un dolor de cabeza...
E
Hinojosa contestaba:
— ¡Ojalá
le dure y no le madure, don Francisco!
Habían
transcurrido ya varias semanas desde la llegada de la última carta, que le
había traído de Valdivia el “correo valijero” de Penco y también había llegado
a Valparaíso un patache, cargado de cecinas valdivianas, que iba de paso hacía
el Callao para entregar allí esa carga que representaba el impuesto que pagaban
los habitantes de Valdivia al real erario; sin embargo don Francisco no había
aparecido por el portal ostentando como trofeo una nueva carta de su amante
“corresponsala” de la región austral; Hinojosa esperó todavía una semana más,
durante la cual tocó la coincidencia de que llegara un nuevo arriero del sur y
por fin, seguro ya de que su buen amigo don Francisco de la Roca necesitaba de
un reactivo enérgico o por lo menos de un consuelo, encaminóse a su casa,
situada en la calle de Santiago de Azócar, y penetrando en la
"escribanía’' que era la habitación donde a su amigo le gustaba permanecer
cuando lo invadía la “songonana”, encontrólo, efectivamente, echado sobre un
almofré, con el rostro entre los brazos cruzados.
— No son
horas para dormir siesta, mi Señor don Francisco — dijo alegremente Hinojosa,
al propio tiempo que remecía por los hombros a su amigo— ; álcese Vuestra
Merced, que necesito que me acompañe a mi casa para catar un "soconusco”
que hame traído de México, el piloto Lamero...
Incorporóse,
después de un instante, don Francisco y como tomando una resolución, preguntó a
su amigo:
—
¿Insiste Vuestra Merced, mi señor don Pedro, en que no hay ninguna mujer que
valga la pena de un dolor de cabeza?
— Claro
está que insisto... ¿Pero a qué viene esta pregunta?
— Viene a
que estoy por encontrarle razón —
— ¡Y ha
perdido por los menos un año en esta duda! Sepa Vuestra Merced que “primero
hizo Dios al hombre y después a la mujer; primero se hace la torre y la veleta
después”. Y no olvide esta copla, que la cantaba un tío abuelo mío que murió de
viejo, pero soltero. ¿Quiere Vuestra Merced que vayamos a catar el soconusco
mexicano?
— Antes,
una pregunta, don Pedro: Su Merced estuvo en la ciudad de Valdivia, hace tres
meses... ¿Vio allá a doña Carmen Isabel de Fredes...?
— La vi,
miré y observé a su alrededor, y puedo decirle que es inútil que Su Merced
piense en ella...
— ¿Yo...?
— interrumpió, violentamente extrañado don Francisco.
— ¿Para
qué negármelo todavía? Créame; entre ella y Vuestra Merced ha terminado todo lo
que en un tiempo hubo.
— ¿No me
engaña Su Merced, mi señor don Pedro...? — preguntó angustiado Cordovez.
— No
habría para qué engañaros — contestó el caballero— ; habéis sido un iluso que a
pesar de los años que lleváis vividos no pudisteis comprender que la mujer,
como los niños, es inconstante por naturaleza.
Salieron
juntos los amigos, probablemente a probar el soconusco, pero no volvieron a
hablar del tema; anduvieron aún la tarde y parte de la noche, haciendo visitas,
entre otras al Corregidor don Antonio Montero del Águila, y a eso de las “once
pasadas” don Pedro de Hinojosa “dejó acostado en su alcoba” a su amigo don
Francisco de la Roca y Cordovez, y en seguida fuese también a tomar la
horizontal.
Desde el
día siguiente, 18 de Febrero de 1675, ni don Pedro de Hinojosa, ni ninguno de
sus amigos de Santiago volvieron a ver al “animoso y galante cuarentón” don
Francisco de la Roca y Cordovez.
En el
proceso que se siguió por la desaparición de tal personaje, alguien dijo
haberlo visto por el camino real hacia Concepción y otro testigo declaró que
“un caballero del talante que se describe, llegó a la ciudad de Valdivia, y por
sus fortines debe estar”; pero lo cierto fue que jamás volvió a sonar el nombre
de aquel sujeto que, a pesar de los años que llevaba vividos, no pudo
comprender que las mujeres, como los niños, son inconstantes por naturaleza.
¿Y qué
fue de Isabelita de Fredes, la encantadora mujercita del Tesorero Alvarado?
oigo que me pregunta el lector, después de haber leído este deshilvanado
relato, tomado de un proceso judicial.
Amigo
lector, deberás disculpar mi ignorancia, esta vez como otras; no puedo
contestar exactamente a tu razonable pregunta, pero puedo decirte mi sincera
impresión sobre la protagonista; por las conjeturas que sugieren los
antecedentes que han llegado a mi conocimiento, Isabelita se confesó con un
franciscano, el cual le mandó que no continuara en esos amores pecaminosos;
obedeció Isabel, con lágrimas de arrepentimiento; pero es probable que su
corazón, sediento de amor, no se conformara con permanecer solitario, y
aceptara el consuelo de algún bizarro oficial de la guarnición valdiviana, que
no fuera cuarentón, como el infeliz Don Francisco de la Roca y Cordovez.
§ 20.
El tesoro de los portugueses
Hay
muchos episodios de la vida colonial en que los portugueses aparecen influyendo
enérgicamente en la sociedad chilena; no es extraño, por lo demás, el que tal
influencia existiera en todas las Indias, puesto que España y Portugal,
formando la Península Ibérica, proporcionaron, unidos y casi exclusivamente,
los elementos de todo orden que se necesitaron para descubrir, conquistar y
colonizar, el Nuevo Mundo.
Con sólo
recordar a los compañeros de Colón, a Magallanes y a Núñez de Balboa, podrá
avaluar el lector la participación decisiva que tuvieron los lusitanos en la
empresa americana, y dejará en su verdadero sitio, como un chiste simpático,
aquello de “no tembres térra, que non te fago nada”.
La
audacia de los portugueses como navegantes está demostrada por los vastos
territorios que descubrieron y exploraron en los distintos continentes; y sus
condiciones de colonizadores, por las riquísimas posesiones que supieron
conservar a través de los siglos; tal era el vigor y el impulso de aquella
raza, que no sólo se limitaron, sus hijos, a dominar las tierras que caían
dentro de la jurisdicción de sus armas sino aún aquellas de jurisdicción
española a donde sólo podían penetrar en faz de simples y modestos mercaderes.
El Reino
de Chile, por apartado que estuviere del resto del mundo recién descubierto, no
podía sustraerse a las actividades de los vasallos del Rey de Portugal, y así
fue cómo, desde los primeros años de su “pacificación”, empezaron a llegar
lusitanos por las vías de Panamá y de Buenos Aires en busca “del oro de Chile”,
cuyo descubrimiento se anunciaba a boca llena en otras colonias, “para
descargarlas”, o sea para que los soldados que por allá sobraban, vinieran aquí
a sentar plaza y a llenar las bajas que dejaba la guerra de Arauco.
Los
portugueses no venían, por cierto, a pelear y si llegaban a empuñar las armas
era por accidente; su expectativa era la de comerciar en lo que se presentase y
en eso eran atrevidos. Sus recuas de muías atravesaban las cordilleras andinas,
las pampas argentinas y las tremendas sierras del altiplano, transportando los
productos de las diversas zonas hasta las más apartadas ciudades y poblachos;
sus barcos caleteaban el litoral del Pacífico, desde Acapulco hasta el cabo de
Hornos y veces pasaban al Atlántico sin arredrarse por las terribles
tempestades de los mares australes.
Después
de tal trabajo tesonero e inteligente no era raro encontrarlos acaudalados y
poderosos dominando no sólo el mercado sino la sociedad misma, pues los
encomenderos y hacendados tenían que recurrir a ellos, como a un banco, en
demanda de dinero.
Cuando
empezaron a arreciar las empresas piráticas, al segundo tercio del siglo XVII,
se produjo en el Atlántico un movimiento comercial, que llegó a ser muy activo,
entre los barcos piratas y los “bucaneros” que se habían posesionado de las
caletas menores de la costa brasileña y del Río de la Plata. Los portugueses no
podían ser ajenos a este movimiento de oro y pronto aparecieron mercaderes que
se entendían con facilidad con los “bucaneros” para comprarles las distintas
especies que constituían su comercio de contrabando.
Entre los
tripulantes del barco Nuestra Señora de la Concepción, que arribó
¡a Buenos Aires a fines de 1638, vino de Lisboa un pasajero llamado Francisco
López Cavinca, o Cahuinca, con el objeto de incorporarse al gremio de los
mercaderes indianos; por ese tiempo Portugal era todavía una provincia
española, de manera que el joven lusitano llegaba como quien dice a su casa.
Pronto entró en relaciones con el vecindario y adquirió buenos amigos; en esto
le ayudó eficazmente su profesión de cirujano, de cuyos servicios se encontraba
privada la ciudad a causa del casi repentino fallecimiento, en el transcurso de
un año, de los dos “físicos” que por entonces recetaban sangrías y “ayudas” a
los rioplatenses.
A fines
de 1640 quiso López Cavinca regresar a su patria, tal vez por haber realizado
algunos negocios que le dejaran utilidad; pero se vio impedido en su proyecto a
causa de la guerra declarada, hacía poco, entre España y Portugal; y para
colmo, a principios del año siguiente, el Gobernador del Plata, cumpliendo
estrictas órdenes de la Corte, dispuso que todos los portugueses residentes en
Buenos Aires fueran internados, en calidad de •prisioneros de guerra, en la
ciudad de Córdoba, en la región del Tucumán.
Entre los
desterrados iba también un joven portugués llamado Francisco de Pasos;
simpatizaron ambos Franciscos, y desde entonces les ligó una amistad que
perduró hasta su muerte, como lo verá el abnegado lector que llegue al término
de esta verídica relación.
Buscando
un medio de ganar su vida, López Cavinca se empleó como contador en la Catedral
de Córdoba, en donde llegó a ser el hombre de confianza del Obispo don Melchor
Maldonado; al año de estar en este empleo vistió la sotana de clérigo y
mediante los estudios “superiores” que tenía por su “oficio” de cirujano, le
fue fácil recibir su ordenación sacerdotal. Su joven amigo y compañero de
destierro, Francisco de Pasos, continuó a su lado como un hijo; y mediante la
protección que ambos recibieron del Obispo, lograron juntar pronto algunos
miles de ducados, producto de afortunados negocios.
A
principios de 1653 “fallesció desta vida" el prelado cordobés y los
portugueses no quisieron correr las contingencias de un nuevo Obispo... Ambos
liaron sus bártulos y traspusieron la cordillera andina en demanda de Chile con
el proyecto de pasar más tarde al Perú, cuya fama de riqueza atraía a todos los
aventureros indianos. Antes de tres años los dos Franciscos habían conseguido
en Santiago una situación envidiable; la seriedad de sus actos, la corrección
de sus negocios, la respetabilidad de que se rodearon, les atrajeron luego la
consideración y el crédito públicos; no solamente fueron los primeros
comerciantes de la Capital, sino también los banqueros de la gente pudiente. Su
“tienda” o almacén que tenían en la Plaza, esquina con la calle de “Mercaderes”
(Ahumada) era la más grande y la más surtida del Reino, como que allí se
vendían “hasta los brocados para las casullas y demás ornamentos sagrados. En
los libros de cuentas de estos comerciantes — se conservan en diversos
expedientes en el Archivo Histórico— figuran partidas como ésta: “Vendido al
Convento del Señor San Francisco siete varas de brocado de seda de Francia para
el Palio del Smo. 63 p. 9 d”.
La
sociedad comercial de López y Pasos giraba con centenares de miles de pesos,
que hoy serían millones. El Clérigo atendía los negocios en Santiago y Pasos
hacía viajes continuos al Perú, a dejar mercaderías y a traer; el Clérigo,
además era Síndico de las monjas Claras, Contador de la Catedral y Capellán de
San Juan de Dios, todo esto sin perjuicio, ya lo he dicho, de la atención de
los múltiples negocios de compra y venta de lanas, cueros, sebo, “huachalomos”,
géneros, sedas, joyas, cera, miel, vino, oro, recepción de prendas en empeño,
préstamos de dinero bajo firmas, y para colmo una 'botica... No olvide el
lector que López Cavinca era cirujano.
Uno de
los deudores más fuertes de la sociedad portuguesa fue el Tesorero de la Santa
Cruzada don Pedro de Torres; pero esto se explica fácilmente: el Tesorero era
uno de los individuos más ricos de Chile, comerciante de alto vuelo,
especulador en grande, vinculado con la más alta aristocracia, considerado por
los Presidentes, por los oidores, por los obispos, en una palabra, por los más
encumbrados personajes, dueño de un “palacio” en la Plaza Mayor, en el sitio
donde hoy se levanta ¡el Portal Fernández Concha — como que fue Torres el
primero que lo edificó en la extensión de toda la cuadra, dándole el nombre de
Portal de Sierra Bella. Agregúese a todo esto que el Tesorero era descendiente
de portugués y comprenderá el lector la preferencia que por él tuvieron sus
compatriotas López Cavinca y Pasos.
Más de
trece años duraba la sociedad comercial de estos afortunados lusitanos y el año
1667 resolvieron ponerle término; el clérigo encontrábase viejo y achacoso,
estaba muy rico y quiso poner término a su agitada vida de comerciante indiano.
Pasos, aunque más joven, no quiso continuar tampoco el giro de los negocios y
de común acuerdo fueron a la liquidación. La amistad entre ambos portugueses se
mantenía indestructible y cuando terminó la rendición de cuentas firmaron una
escritura testamentaria, instituyéndose mutuamente herederos.
Transcurrieron
todavía algunos años hasta el 13 de Marzo de 1681, en que el clérigo rezó el
último Padre nuestro, se acomodó tranquilamente en la cuja se dio vuelta para
el rincón y se deslizó hacia el otro barrio: esto fue en la mañana, antes del
mediodía; pues bien, en la tarde, como quien dice antes de las oraciones, cayó
enfermo su socio, amigo y compañero de toda la vida, y no se levantó más. El 25
del mismo mes de Marzo, a los doce días de la muerte del clérigo, el socio
Francisco de Pasos agachó también el moño y pasadas las reglamentarias
veinticuatro horas me lo llevaron, entre cuatro, a la iglesia de mi padre San
Francisco, abrieron un hoyo en el presbiterio, al lado del Evangelio, lo
depositaron, le echaron tierra encima y... ¡hasta la resurrección de la
carne...!
Al día
siguiente del entierro presentóse ante el tribunal correspondiente el Tesorero
Torres exhibiendo un poder para testar que le había otorgado su amigo Francisco
de Pasos el día en que cayó enfermo; en el mismo documento, el poderdante
instituía a Torres heredero universal de todos sus bienes...
La
noticia, se comprenderá, cayó como una bomba no solamente entre 'los que
esperaban heredar al portugués, sino en todo Santiago, pues, cual más, cual
menos, todos los vecinos, estantes y habitantes se creían con algún derecho, o
con deseos de rezar por el alma del interfecto.
El
afortunado Tesorero dejaba que sus conciudadanos se saborearan a su gusto con
todas las expectativas de su fantasía y continuaba impertérrito las diligencias
para obtener la posesión de la herencia que le había caído del Cielo,
Un día,
después de la siesta, golpearon el aldabón del palacio del Tesorero, y el zambo
dio entrada a dos frailes que dijeron necesitar con urgencia al heredero. Uno
era fray Juan de Pasos, agustino, y el otro fray Juan de la Concepción,
carmelita descalzo; ambos penetraron a la “escribanía” y a los pocos momentos
estuvo frente a ellos don Pedro de Torres.
Tomó la
voz el Carmelita y ahuecándola, solemnemente, dijo:
— Señor
Tesorero, viene aquí, conmigo, el Padre fray Juan de Pasos, a quien Su Merced
conoce, a rogarle que no lo olvide Su Merced cuando reciba la herencia de su
amigo don Francisco de Pasos. Existe en ello una obligación de conciencia que
el fallecido olvidó, tal vez, de cumplir, pero que Vuestra Merced, como
apoderado para testar en su nombre, no debe dejar de hacerlo, en descanso del
alma del muerto...
La
solemnidad con que hablaba el Carmelita hizo recapacitar un poco al Tesorero
antes de contestar, pero después de un momento preguntó:
— ¿Y cuál
es esa obligación de conciencia, reverendo Padre, si es servido de
manifestármela...?
—
Dígasela, Su Paternidad, sin reparo — dijo el Carmelita dirigiéndose al
Agustino—, que su sacrificio será mayor gloria de nuestra Madre Santa Teresa,
cuyo convento se levantará mediante la munificencia cristiana del señor
Tesorero. Hable Su Paternidad.
— Yo soy
hijo de don Francisco de Pasos — dijo pausadamente el Agustino—, y tengo,
además, una hermana; ambos nos creemos con derecho a heredar a nuestro padre.
El
Tesorero abrió tamaña boca y si no estuviera sentado, no hay duda que tomara
asiento en el santo suelo.
— ¡Mi
amigo don Francisco!... ¡Su Paternidad!... ¡una hermana!. ¡No puede ser!
Lo de “no
poder ser” era ya un juicio temerario del Tesorero Torres y bien pudo alegarle
esa razón el Padre carmelita; pero prefirió el camino de la convicción y estuvo
alegando el resto de la tarde, aunque sin resultado positivo; el Tesorero se
encerró en que era una calumnia la que se le quería achacar al muerto y que, de
ser cierto un hecho semejante, bien se lo habría advertido cuando le dio el
poder y sus últimas instrucciones de moribundo.
Y como
ambos frailes no se contuvieran en alzar la voz más de lo conveniente, el
Tesorero, que no aguantaba pelillos en la sopa, les señaló la puerta,
diciéndoles:
— Padres,
malísima causa han tomado sus reverencias a su cargo y peor sistema han
escogido para defenderla; nada más tengo que hablar con sus reverendas personas
y seré servido en que no vuelvan con tal mensaje por esta su casa. ¡Vayan sus
reverencias con Dios!
Y dando
un portazo se salió de la escribanía.
* * * *
Fray Juan
de la Concepción era de una voluntad inflexible; durante cerca de quince años
había recorrido las pampas argentinas, todo el territorio chileno y gran parte
del Perú en busca de limosnas para erigir en Santiago un convento de monjas
carmelitas.
Al tiempo
en que ocurrió el fallecimiento de Pasos, el Padre Juan pasaba por grandes
apuros de dinero para continuar la construcción del monasterio en la chacra que
para ello habíale cedido el Capitán Francisco Bardesi, hermano de aquel lego
franciscano que murió en concepto de santidad y cuya beatificación todavía se
persigue. La casa del generoso donante estaba ubicada, precisamente, donde hoy
se levanta el templo de las monjas carmelitas de la Alameda, frente al Cerro
Santa Lucía.
Fray Juan
era de nacionalidad portugués, y. en concepto de compatriota, residía en la
casa del acaudalado don Francisco de Pasos mientras este vivió; pero una vez
enterrado y cuando Torres se hizo cargo de sus bienes, tuvo que dejar ese
alojamiento y sus comodidades, lo cual, por cierto, lo hizo de muy mala gana.
Esto y el hecho de que el albacea no le hubiera señalado, ni, al parecer,
pensaba señalarle, legado alguno para su convento de monjas en fundación,
habían agriado el ánimo del. Carmelita y producido una profunda animadversión
contra el albacea y heredero. Buscando la manera de obtener una crecida limosna
para su piadoso objeto, encontró la forma de interesar en ello al padre
agustino Juan de Pasos para que, alegando ser hijo del fallecido, reclamara su
herencia para él y una hermana.
La tenaz
negativa del Tesorero exacerbó el ánimo del Carmelita, y cuando se despidió de
su amigo, el “presunto hijo”, en la portería de San Agustín, díjole:
— Padre,
prométame que no me abandonará hasta que consigamos quitarle a ese avariento
toda la herencia de su padre...
— ¡Se lo
prometo! — afirmó el Agustino.
—
Prométame, además, que me dará Su Reverencia la cuarta parte de lo que saque,
para mi convento de las carmelitas...
— También
se lo prometo!... ¡queriéndolo Dios!... — agregó a media voz el Padre Pasos.
— Mañana
seguiremos hablando — dijo para despedirse el Carmelita—, ¡Quede Su Paternidad
con Dios!
Desde ese
momento, el enemigo más grande que se echó encima el Tesorero Torres fue el
padre carmelita; se presentó ante el Presidente Henríquez, ante los oidores,
ante los jueces eclesiásticos, ante los de la Santa Cruzada, movió cuanto hubo
que mover en el Reino para conseguir, primero, que el Tesorero le pagara un
legado de cinco mil pesos que el fraile aseguraba, bajo juramento, que le había
dejado don Francisco de Pasos a la hora de su muerte, y luego, la herencia del
presunto hijo y de su hermana.
— Pero
¿cómo pudo haber hecho el moribundo ese legado al convento — decía el
Tesorero—, cuando yo permanecí al lado de su cama y el pobre no podía ni
hablar?...
— Muy
sencillo — alegaba Fray Juan de la Concepción— : en un momento en que Su Merced
se acercó a la ventana, yo pregunté a mi amigo, por señas, cuánto dejaba para
la fundación del convento de las carmelitas, y él, no pudiendo hablar, fue
encogiendo uno a uno los dedos de la mano derecha... lo cual quiere decir, muy
claro, que me dejaba cinco mil pesos...
Pero en
todas partes fracasó el fraile redondamente: ningún tribunal dio oídos a sus
reclamos.
Decepcionado
ya de la justicia chilena, el Carmelita intentó un golpe decisivo y audaz; no
era posible que el tesoro de los portugueses, sus compatriotas, quedara
definitivamente en manos del Tesorero avariento y roñoso que le negaba a él su
pequeño legado y al padre agustino su herencia y así fue como un buen día,
encerrándose en la celda con fray Pasos le propuso:
— Padre,
he encontrado un medio decisivo para quitarle a don Pedro de Torres el dinero
que está detentando. Dentro de ocho días parte al Callao el barco San
Francisco de Lezo, llevando al Presidente don Juan
Henríquez en viaje a Lima; en ese mismo buque se embarcará Su Paternidad y
llegando a la ciudad de los Reyes, se postrará a los pies del Virrey Duque de
la Palata y le denunciará la injusticia que se ha cometido...
— Eso es
imposible, padre Juan — contestó el Agustino— ; en primer lugar, el prior de
este convento no me dará licencia para salir de Santiago...
— Eso es
lo de menos — arguyó el Carmelita— ; Su Paternidad se irá sin permiso... Y no
me diga más — concluyó— ; mañana entregaré a Su Paternidad unas cartas para
Lima que le facilitarán su empresa y los “reales” que necesitará para el viaje.
Piense en la buena obra en que estamos empeñados, y hasta mañana.
Efectivamente,
cuando el barco estaba levando anclas, en Valparaíso para partir con rumbo al
Norte, la tripulación divisó insistentes señales que se le hacían desde la
playa para que detuviera un momento su partida, mientras llegaba a su costado
un batel en el cual iba fray Juan de Pasos; trepóse, el Agustino, por la
escalera “de gato” hasta la primera escotilla y el buque desplegó su velamen.
En la
misma embarcación que en el Callao salió a recibir el barco y a practicar su
registro aduanero, bajó a tierra fray Juan de Pasos y continuó precipitadamente
hasta Lima, y hasta el palacio del Virrey, pidió una audiencia urgentísima, fue
recibido, y llegó a presencia del Duque de la Palata para depositar en sus
manos las denuncias contra el Tesorero Torres y las autoridades chilenas.
Apenas
salido de Palacio, dirigióse al del Arzobispo don Melchor de Liñán y Cisneros,
se introdujo desolado hasta su cámara y echóse a sus pies clamando:
— ¡Favor,
justicia, Ilustrísimo y Reverendísimo señor! El más humilde de vuestros
súbditos acaba de llegar del Reino de Chile para echarse a vuestros pies en
solicitud de justicia por la extorsión y la fuerza que se le hace, en desmedro
de la gloria de Dios y en servicio de Su Majestad. ¡Favor, justicia!
Y entre
exclamaciones y lamentos fray Juan de Pasos contó a Su Ilustrísima cómo el
Tesorero de la Santa Bula de Cruzada, don Pedro de Torres, habíale arrebatado a
él y a su hermana la herencia de su padre, que tenían destinada a la fundación
del convento carmelita de Santiago.
—
¿Conoces a un cierto fray Juan de la Concepción, carmelita.? — preguntó
pausadamente el Arzobispo.
— En
Santiago de Chile está, Ilustrísimo señor.
— ¿Y sabe
algo de lo que me has contado? — agregó el Prelado.
— Lo sabe
todo, señor Ilustrísimo...
— ¡Ah!
¿Entonces ha sido él quien te ha aconsejado a venir aquí?
—
Efectivamente, señor.
— ¿Traes
carta del prior de tu convento...?
— Perdón,
señor Ilustrísimo; ¡perdón!
—
¡Viniste sin licencia!
Fray
Pasos ocultó su rostro entre las manos.
El
Arzobispo meneó una campanilla de plata y cuando el familiar estuvo en su
presencia, le ordenó, suavemente:
— Llévate
a este fraile y entrégalo a su convento con la recomendación, para su prelado,
de que lo ponga en un calabozo.
Y el
padre Juan de Pasos permaneció en chirona, por indisciplinado, hasta que hubo
un barco que lo restituyera a Chile.
* * * *
¿Cree, el
lector, que el padre carmelita se dio por vencido con este nuevo fracaso?
No,
señor; ya le contaré en otra ocasión, cómo se las arregló, al fin, para quitar
a don Pedro de Torres el tesoro de los portugueses y aun la honra...
§ 21.
Milagros del santo Garro
El
Gobierno del General don Juan Henríquez, Caballero de Santiago y Conde de
Escalante, habíase prolongado en Chile mucho más de lo que permitían las leyes
españolas, y los consejeros de Su Majestad no pudieron desentenderse por más
tiempo de buscarle sustituto. En realidad, la preocupación por encontrar el
reemplazante había comenzado desde antes que Henríquez terminase su período de
ocho años de Gobierno, o sea, allá por el año de 1678, pero, aunque parezca
raro, entre, los innumerables pretendientes a gobernación que pululaban en la
Corte — donde había siempre muchos niños para un trompo—, no fue fácil
encontrar la persona que quisiera aceptar el cargo.
Por otra
parte, las noticias que llegaban a la Península sobre las dotes administrativas
de Henríquez y sobre su -éxito en el Gobierno de este Reino, eran
satisfactorias; los araucanos no habían traspasado las fronteras ni amagado,
como en años anteriores, las “ciudades de arriba”; los filibusteros no habían
tenido en la costa de Chile aquellos terribles éxitos de sus empresas
anteriores, ni tampoco se habían pedido refuerzos extraordinarios, ni dinero —
esto último era lo que más tomaba en cuenta Su Majestad de modo que no podía
exigirse de un Gobernador chileno mayor éxito en sus funciones.
Sin
embargo no era posible, según los consejeros de Su Majestad, que un Gobernador
estuviese, como Henríquez, más de doce años en un mismo Reino, debiendo estar
ocho, a lo sumo, y llegó
el
momento en que Su Majestad resolvió poner término a esa situación “irregular”
designando al General don Antonio de Isasi, para reemplazar al Gobernador de
Chile.
Pero
estaba de Dios que don Juan continuase, para beneficio nuestro, algún tiempo
más entre nosotros. El General Isasi, tres días antes de embarcarse en “el
cajón del Rey”, para trasladarse a Buenos Aires, fue atacado de un cólico
miserere que no tuvo remedio, dando ocasión para que lo trasladaran, antes de
las veinticuatro horas, a la ciudad de las calaveras.
Más de un
año demoraron los Ministros de Carlos II en encontrar el nuevo reemplazante del
Gobernador Henríquez, y ese fue don Marcos García Rabanal, Caballero de
Santiago y Comisario General de los Reales Ejércitos; pero la muerte se burló
también, esta vez, de los consejeros reales y del Rey mismo, pues el señor
Comisario lió sus petates en alta mar, cuando venía en viaje, y fue echado al
Océano, con toda solemnidad, al pasar la línea ecuatorial.
Todavía
pasó otro año antes de que la Corte proveyera el cargo de Gobernador de Chile;
y tal vez para precaver al reemplazante de las contingencias del viaje, que tan
fatal había sido para los anteriores mandatarios, el Rey resolvió designar para
el cargo a un militar residente en las Indias desde algún tiempo. El agraciado
fue el Mariscal don Marcos José de Garro y Siney de Artola, Caballero de la
Orden de Santiago, que desempeñaba, a la sazón, el cargo de Gobernador de las
provincias de Buenos Aires.
Apenas
recibido su nombramiento, el nuevo Gobernador de Chile partió en demanda de la
cordillera andina, a fin de tomar el mando cuanto antes, en cumplimiento de
órdenes precisas y terminantes del Soberano. El 5 de Marzo de 1682 se hacía
recibir por Gobernador de Chile en la villa de San Luis de la Punta, situada,
ya lo sabemos, en la pampa argentina, y un mes más tarde entraba solemnemente
en la ciudad de Santiago después de un paseo triunfal desde Santa Rosa de
Huechuraba, por la Cañadilla, hasta la Plaza Mayor.
En la
ceremonia religiosa que, para la recepción de los Presidentes, se realizaba en
la Catedral, el nuevo Gobernador “edificó al pueblo por la devoción y humildad”
con que asistió a ella; durante toda la ceremonia, que fue larga, el Presidente
Garro permaneció arrodillado, con las manos juntas y la cabeza inclinada, y
para hacer más meritorio este acto, “despreció el almohadón de terciopelo
carmesí e hincó las rodillas a raíz del suelo”
En las
fiestas, saraos y banquetes que, según regla, se le ofrecieron para darle la
bienvenida “no probaba más de un bocado y algún corto refresco” y sólo aceptaba
asistir a ellos “en prestigio de la Majestad, cuya representación invisto”; una
vez terminadas las fiestas oficiales y sociales de su recepción, “se retiró a
ejercicios” durante diez días en el convento de los jesuitas.
Nada
podía ser más halagador para la devotísima ciudad de Santiago que tener un
Gobernador tan dado a las prácticas religiosas; su popularidad, antes de un
mes, fue enorme. Las diversas comunidades tenían a gala invitar a Su Señoría a
cuanta novena, a cuanta misa “de tres”, a cuanta función organizaban en sus
templos, con la seguridad de que el Presidente asistía puntualmente a todas
ellas, “siendo el primero en llegar”, y sólo se retiraba cuando todo estaba
terminado. “Si no se retiraba el último, era porque el pueblo permanecía en el
templo por verlo rezar”.
Si como
hombre, el Gobernador Garro se manifestaba como un ejemplo de virtud y de
piedad, como mandatario y administrador del Estado, había hecho a su llegada
una demostración que, por lo desusada y extraña, puso en cuidado a todos
aquellos que medraban a la sombra de la autoridad.
El
equipaje del nuevo Gobernador constaba de. treinta cargas y cinco de ellas eran
acémilas de cuero de “vaqueta” con cincuenta mil pesos de oro sellado, que
constituían la única fortuna del Gobernador, formada pacientemente con ahorros
que había hecho de sus sueldos percibidos durante el tiempo que servía en las
Indias.
Cuando el
equipaje llegó a Santiago, al día siguiente del arribo del Presidente, las
cargas fueron paseadas en procesión y a son de trompetas por la Plaza Mayor y
antes de ser llevadas a Palacio, se abrieron todas ellas para que el pueblo las
examinara; el mayordomo tenía instrucciones para exhibir de preferencia las
acémilas que contenían las cincuenta mil “narigonas” que don José traía y con
las cuales esperaba salir del Reino cuando terminara su período.
Estos
antecedentes y muchos otros, rodearon a don José Garro, de un sólido prestigio
y de un profundo respeto, que al poco tiempo llegó a la veneración, y no pasó
mucho sin que el vecindario de Santiago, acostumbrado a poner apodos a todo el
mundo, y en especial a los personajes destacados, denominara al Presidente “el
santo Garro”, que fue “sobrenombre” afortunado porque se difundió muy pronto
por todo el Reino.
Y, para
esto, aparte de las causas que he manifestado más arriba, hubo otras con cariz
de sobrenaturales que vinieron a convencer al pueblo de que tenía de Presidente
a un verdadero santo milagroso.
Véase, si
no, el siguiente hecho:
El
Invierno del año 1682, el mismo en que llegó a Santiago don José de Garro, fue
excepcionalmente crudo; una lluvia persistente y torrencial en ciertos días,
hizo crecer el caudal del Mapocho hasta el extremo de que las aguas rebalsaron
por sobre los tajamares recién construidos por el Presidente Henríquez, en la
sección comprendida entre las actuales calles de San Antonio y estación del
Norte.
Cuando se
esparció la infausta noticia de que las aguas amenazaban inundar la ciudad,
como en años anteriores, el vecindario se guareció en las iglesias, hizo tocar
a rebato sus campanas, encender las luces de todos los altares, y exponer el
Santísimo Sacramento. Otros vecinos más fervientes se dirigieron a los templos
donde existían imágenes milagrosas, como la de San Antonio, en San Francisco;
la de San Saturnino, en su capilla ubicada al pie del Santa Lucía; San
Francisco Solano; la Virgen del Rosario, en Santo Domingo, para sacarlas en
procesión, a pesar de la lluvia, en la esperanza de que con tal sacrificio y
demostración de piedad la Divina Providencia habría de librar a la ciudad de
una nueva catástrofe.
Cuando el
Presidente Garro supo que el vecindario, además de las rogativas del interior
de los templos, intentaba realizar esas procesiones en las calles, bajo la
lluvia, mandó llamar al Alcalde, don José González Manrique y díjole:
— Señor
don José, advierta Su Merced a los rectores de las iglesias de que no deben
permitir que salgan esas procesiones bajo, la lluvia porque no hay razón para
exponer a esas queridas imágenes a un deterioro inevitable; tampoco hay razón
para que el pueblo exponga su salud recibiendo en sus personas el chaparrón que
nos envía el Cielo y se busque agregar una epidemia a la calamidad que estamos
sufriendo en castigo de nuestras culpas. En cambio, juntémonos todos en la
Catedral para implorar la misericordia divina, que cuanto hagamos, en esto,
será tan bien recibido como aquello.
Y
echándose una capa, salió seguido por sus criados, con dirección a la Catedral.
La nave
central estaba casi repleta; cuando los que estaban cercanos a la puerta,
vieron llegar al Presidente, enteramente mojado, no pudieron reprimir una
exclamación que luego invadió el templo entero:
— ¡El
santo Garro! ¡El santo Garro!
Y todos
cayeron de rodillas a su alrededor, impidiéndole, con esto, su avance hasta el
presbiterio, donde todos los presidentes tenían su sitio de protocolo.
Al no
poder avanzar, el Presidente arrodillóse también allí mismo, en medio de los
amedrentados devotos y siguió los rezos hasta su total terminación.
Se
disponía a salir del templo la concurrencia, haciendo abstracción de la lluvia,
con la cual casi habíase familiarizado ya, cuando sobrevino una tormenta con
espantosos truenos que se desgranaban retumbantes sobre la ciudad; rayos y
culebrinas cruzaban los espacios, iluminando pavorosamente los negros
nubarrones que ensombrecían la atmósfera, y una lluvia “como de pedriscos
azotaba” los techos, haciendo saltar las tejas, que vaciaban sus torrentes
sobre las calles cubiertas de lodo.
En el
atrio de la Catedral formóse un tumulto entre la gente que ya había salido y la
que estaba por salir, porque las primeras quisieron guarecerse de nuevo en el
templo; los gritos, los alaridos y las imprecaciones se confundieron allí con
el estruendo de los elementos desencadenados, formando el más descomunal e
inaudito desconcierto bajo el chaparrón implacable que penetraba hasta los
huesos.
El
Presidente llegaba en ese momento a la puerta del templo y al presenciar tan
impresionante espectáculo sus ojos se llenaron de lágrimas; elevando sus manos
al Cielo cayó de rodillas y exclamó dando una gran voz:
—
¡Misericordia, Señor, misericordia!... ¡Misericordia... misericordia!
Un trueno
horrendo reventó en la Plaza misma “como si se hubieran quebrado los cielos”, y
un rayo, que fue a caer en la falda del San Cristóbal, hizo que todos ocultaran
el rostro entre las manos, lanzando un alarido supremo.
—
¡Misericordia!... ¡misericordia! — exclamaba entre tanto el Presidente,
manteniendo en alto sus brazos, cual otro Moisés en la falda del Sinaí.
—
¡Misericordia!... ¡misericordia! — empezaron a implorar y luego a gritar todos,
con los brazos en alto a imitación del santo Garro, formando a poco un coro de
voces angustiadas, humildes, temblorosas y persistentes.
Un
segundo trueno, que agregó una nueva nota de pavor en el amedrentado pueblo y
un nuevo y más profundo ruego de ¡misericordia!, que imploraba el Presidente
coincidió con el aparecimiento de un rayo de sol que rasgó los espacios y fue a
clavarse en las rocas del Santa Lucía; al minuto dos inmensas nubes se abrieron
y alumbró la bienhechora claridad precursora del sosiego de los elementos
desencadenados.
—
¡Misericordia!... ¡misericordia!... — continuaba implorando el Presidente sin
detener su oración y sin bajar sus brazos que temblaban y vacilaban confesando
la impotencia del humano esfuerzo.
—
¡Milagro!... ¡milagro!... — gritó alguien, desde la Plaza, al aparecer, plácido
y triunfante un hermoso arco iris sobre las últimas nubes que huían hacia los
contrafuertes cordilleranos al impulso de un fresco y ágil viento sur.
—
Milagro... — irrumpió luego el devoto pueblo, agrupado en el atrio, al
contemplar los amplios rasgos de cielo azul que iban dejando las nubes y al oír
las lejanías del trueno.
—
¡Misericordia!... ¡misericordia!... — decía entretanto, el Presidente, sin
abandonar su humilde posición—, ¡Misericordia!...
— ¡Es un
milagro del santo Garro! — gritó uno de los que estaban a su lado— : ¡loor al
San Garro! ¡Vítor por nuestro Presidente Santo! ...
Y la
multitud se abalanzó hacia el Mandatario, lo elevó en brazos y así lo
transportó hasta su palacio, donde le dejaron, “no sin que don José los
reprochara severamente”. Y fue inútil cuanto hizo después el Gobernador por
quitar de la boca de los vecinos el que “dijeran que mediante sus ruegos
habíase salvado la ciudad de una nueva inundación del Mapocho”, porque la fama
persistió hasta quedar de ello constancia en algunos papeles de la época.
Y dicen
que hasta hubo un lego de San Francisco que dijo un día, en las letanías de
todos los santos: “beato Josefus Garrus” a lo que contestaron los devotos, sin
darse cuenta: “Ora pro nobis”.
No he
sabido si este lego fue procesado por la Inquisición y obligado a retractarse.
* * * *
El
Presidente Garro era cuanto se podía ser de estricto en la fiscalización de los
intereses del Soberano, en el cumplimiento de las leyes y en el castigo de los
pecadores públicos. Muchos casos se podrían citar en los cuales se demostraría
su celo por conseguir la mayor severidad en las costumbres de los funcionarios
del Reino, sin hacer distinciones entre jerarquías.
A poco de
llegar a Santiago, tuvo conocimiento de que los oidores don Juan de la Cueva y
Lugo y don Sancho García Salazar llevaban una vida descuidada y “escandalosa”
hasta el extremo de que el Obispo de Santiago se había visto obligado a
denunciar, ante el Rey, la vida relajada que hacían tan altos funcionarios. El
Presidente Garro los amonestó severamente, conminándolos con “penas adecuadas”
para que cesaran en sus depravadas costumbres; pero como sus señorías no se
enmendaran y aun hicieran burla de la “santidad” del Presidente, el estricto,
mandatario los castigó, primero, con la privación de sus empleos y después con
la deportación. Al primero lo mandó al presidio de Valdivia, y al segundo a
Quillota; ambos murieron en sus destierros.
Pero el
caso más emocionante de la humildad del “santo Garro” ocurrió una vez que se
vio en la necesidad de castigar con azotes al barrachel de la ciudad de
Santiago, Juan Utrera, a quien había perdonado ya muchas veces ciertos pecados
gordos y muchos flacos en que había incurrido en el desempeño de su .oficio.
Los
barracheles eran los jefes de los serenos y vigilantes, algo así como un
comandante de policía; el destino, como se ve, tenía su importancia, por cuanto
estaba a su cuidado inmediato el orden en la ciudad y la seguridad del
vecindario. El barrachel Utrera, que debía vigilar las pulperías y las fondas —
que fueron las precursoras de aquellos establecimientos que posteriormente se
llamaron “chinganas”—, había dado en la flor de pasar muchas noches en la
alegre compañía de sus vigilados, y en especial, en la pulpería de una viuda
reciente y en estado de reincidir que traía revuelto el cotarro del elemento
masculino del barrio de San Diego y de los adyacentes. El barrachel era casado,
y su mujer, irritada con los trapicheos y andanzas nocturnas de su marido,
presentóse un día al Alcalde, don Martín Calvo de Encalada, para hacerle saber
que el barrachel era un sinvergüenza.
La
desgracia de Utrera fue la de que en esos mismos instantes pasara por los
portales del Cabildo el Presidente Garro y siguiendo la costumbre que tenía de
dirigir la palabra a las personas del pueblo que encontrara, preguntó a la
mujer qué deseaba obtener de la autoridad, agregando la frase sacramental:
“siempre que sea justo, estad segura de obtenerlo”.
No quiso
más la cónyuge para soltar la sin hueso, y contó a Su Señoría, “de pe a pá”
todo lo que sabía, lo que sospechaba y aún lo que no sabía. El Presidente quiso
saber de boca del culpable la magnitud del pecado y lo llamó ante sí; el hombre
se vio cogido y cantó de plano, “confiándose en la caridad del señor
Presidente”.
— Ve con
Dios, por ahora — díjole el santo Garro—, y preséntate al padre Arteche, en el
“colegio” de la Compañía, para que te absuelva, pues yo te perdono. Ve después
a tu mujer y pídele también su bendición; pero cuida, hermano, de no volver a
las andadas, porque entonces no te valdrán confesiones y te entregaré al zambo
Lorenzo para que te aplique los azotes que mereces.
Tal
bondad del Presidente fue mal aprovechada por el empecatado barrachel y
transcurridos algunos días después de sus confesiones y penitencias, fue a caer
redondo, otra vez, en las redes de la viuda y en tal forma, que pasó tres días
enteros sin aparecer por el hogar legítimo.
— Con
todo el dolor de mi corazón — díjole el Presidente al barrachel—, tengo que
ordenar que te apliquen cien azotes; llévalos con paciencia, hermano, en la
seguridad que son para el bien de tu alma.
Y por más
que Utrera lloró, suplicó y prometió una enmienda absoluta y entrar a una
“corrida” de ejercicios que preparaba el padre Arteche, el Presidente se
mantuvo inflexible y el barrachel, después de “paseado” por las calles sobre un
macho flaco, con la solemnidad acostumbrada en tales casos, fue amarrado al
“rollo” de la Plaza y el zambo Lorenzo empezó a aplicarle, a conciencia, la
saludable receta.
Desde los
primeros rebencazos el condenado comenzó a lamentarse a grito pelado,
suplicando al Presidente que le perdonara, por amor de Dios y de todos los
santos; don José de Garro, que estaba junto a un balcón de su palacio en la
misma Plaza, no pudo dejar de oír las lamentaciones del infeliz, ni resistir a
los impulsos de su buen corazón. Bajó a la Plaza, se abrió paso por entre “la
plebe” que se había agrupado para presenciar el espectáculo y llegando hasta el
“rollo” preguntó al verdugo:
—
¿Cuántos azotes le llevas dados, hermano?
— Setenta
y tres, señor mi amo...
— Ya es
por poco, hermano barrachel — dijo el Presidente—, aguántalos, hijo, por amor
de Dios y en descuento de tus pecados, y perdóname — terminó, hincando
humildemente la rodilla ante el “rollo”—, que como Presidente no pueda
levantarte el castigo que has merecido.
Dichas
estas palabras levantóse y volvió a su palacio mientras el zambo Lorenzo
terminaba su tarea.
§ 22.
Brujerías de la noche de San Juan
Antes de
que se estableciera en Santiago el Santo Oficio de la Inquisición, las niñas y
las viejas verdes hacían toda clase de pruebas y de conjuros en la noche de San
Juan para saber, entre muchas otras cosas, cuándo y con quién se casarían; las
hacían sin temor de que les trajera persecución de la justicia.
Sinceras
o no, esas prácticas tenían sabor de ingenuidad y como a nadie perjudicaban,
pasaban inadvertidas para el vecindario; su trascendencia sólo abarcaba el
recinto familiar. No había niña que la noche de San Juan dejara de consultar el
oráculo, según las variadas fórmulas circulantes, para arrancarle el secreto de
su porvenir; las papas peladas y a medio pelar que se tiraban debajo de la cuja
al tiempo de acostarse, una de las cuales se recogía al día siguiente, al azar
y a oscuras, indicaban si la interesada contraería el sagrado lazo dentro del
año, o tendría que esperar el venidero para ingresar al gremio de Santa Rita,
que es la santidad que deseo para todas mis lectoras.
— ¿Y por
qué la de Santa Rita? — oigo que preguntan muchas.
— Porque
Santa Rita se casó tres veces... y llegó a santa; con razón la denominan
“abogada de imposibles”.
Pero
estas ingenuas y patriarcales costumbres de nuestros tatarabuelos pasión a ser
pecaminosas cuando llegó a Chile y a Santiago el primer nombramiento de
Comisario del Santo Oficio recaído en la persona del canónigo tesorero de la
Catedral de Santiago, don Melchor Calderón, quien se hizo cargo de su elevado
puesto el 8 de Agosto de 1572 con un imponente ceremonial que llenó de pavoroso
respeto a la población. Desde ese momento la ciudad de Santiago y el Reino de
Chile quedaban controlados por el tremendo tribunal que funcionaba en Lima
"con jurisdicción sobre todos los Estados, provincias y señoríos del
virreinato y arzobispado del Perú”.
No fue,
por cierto, una causa por sortilegio en noche de San Juan la primera que ocupó
la atención del inquisidor chileno; tenía Su Señoría peces gordos que pescar y
a ellos dedicó sus primeras actividades, siendo el principal de todos el
Maestre de Campo don Pedro Lisperguer, a quien se tenía por hechicero y
encantador, en compañía de su mujer doña Águeda Flores, hija de la Cacica de
Talagante, tierra de brujos.
El
comisario Calderón, entre otras medidas precautorias que dictó contra el
Maestre de Campo Lisperguer, ordenó que fuera suspendido de su cargo de regidor
de la ciudad “hasta que testificase no tener concomitancias con judíos ni
luteranos”, cosa, esta última, muy sospechable, pues Lisperguer era “alemán de
Bitamberga”. Debió probar muy bien que no tenía las tales concomitancias, pues
le vemos un año más tarde desempeñando el honorífico cargo de perseguidor de
hechiceros en los términos de la ciudad de Santiago “donde hai muchos indios i
indias hechiceros que matan i han muerto con pozoña i hechizos muchas criaturas
de niños i indios i indias a que venden los hechizos públicamente”.
Sólo al
año siguiente del comisariato de Melchor Calderón, encuéntrase la primera causa
por "hechicería que hizo Lucía de León a su criada Inés, negra, en la
noche de San Juan, para saber si cierto hombre la quería por mujer”; esta causa
se agravó contra las acusadas por haberse testificado, en su secuela, que doña
Lucía había dicho, entre otras cosas, antes de las doce de la noche: “San Juan,
San Juan, en este mundo no me veas mal pasar, que en el otro no me veas mal
penar”.
Estas
palabras debían tener una importancia bárbara, porque el juez, esto es el
Comisario Calderón, declaró que las culpables debían ser abjuradas “de levi”,
además de ser condenadas a ayunar con disciplina cincuenta Sábados “y a no
comer groseza” durante tres años.
Tengo
entendido que las persecuciones del Comisario Calderón contra las niñas
solteras no lograron evitar que éstas recurrieran a San Juan en su noche de
víspera; el sexo “que se vestía” por la cabeza (en la actualidad se viste como
los hombres, por los pies) no ceja cuando “se le pone” entre crespo y crespo
enderezar por el lado que más le conviene para llevar adelante su voluntad o su
caprichito; no se detiene ante amenazas de excomunión, ni ante las rejas de la
cárcel, ni aún de las cárceles de la inquisición que eran las más severas.
Lo que
ocurre hoy en día, por ejemplo, con las órdenes de los Obispos y las
conminaciones de los rectores de iglesias, que prohíben en forma terminante que
las señoras se presenten en el templo sin sombrero y con los bracitos desnudos,
es una repetición de lo que ha ocurrido, desde siglos antes, con los Obispos
Villarroel, Sobrino Minayo, Pozo y Silva, Aldai, Vicuña, etc., etc. Los
prelados predica que predica contra los “descotes”, la falda corta y el
sombrerito, y ellas erre que erre, buscando la mejor manera de llevarle la
contraria al predicador. ¡No hay quién pueda con el sexo débil!
No había
razón alguna, en consecuencia, para que las niñas y solteronas del siglo XVI
abandonaran su costumbre de consultar a San Juan sobre un asunto de tanta
trascendencia para ellas como ha sido y es el del casamiento, por más que el
Comisario Calderón las amenazara con una persecución inquisitorial; y aunque no
he encontrado, ni sabido que se produjeran otros procesos de inquisición por
hechicerías sanjuanescas, estoy cierto de que el elemento femenino ha
“manitrado” de lo lindo en la víspera del Bautista, durante los siglos pasados
y de que continuará en los venideros.
Viene a
comprobar esta suposición el hecho de que un siglo más tarde, cuando ya el
Canónigo Calderón había doblado la esquina, caminito del otro barrio, saliera a
luz la causa más famosa y la más importante que siguiera el Santo Oficio “por
hechicerías torpes en San Juan” contra Dominga Gallardo, mujer del barrachel de
la ciudad de Concepción, Francisco Ponce. Le tocó sustanciar esta causa al
Padre Venegas, de la orden de San Agustín, que desempeñaba, por entonces, el
cargo de Comisario del Santo Tribunal.
El
matrimonio penquista tenía cuatro hijas a quienes podía aplicarse aquella copla
que dice:
En la calle en que vivo
¡Maldita sea!
Se ven cuatro muchachas,
¡A cuál más fea!
Con este
antecedente no se necesita ser brujo para pronosticar que las hijas del
barrachel, pobres y feas, no darían fruto así las abonaran con salitre.
El
barrachel y su mujer habían hecho cuanto estaba a sus alcances para
desprenderse de las niñas, tratando de endosarlas a cualquier prójimo de la
vecindad o de otro barrio o región; pero el tiempo transcurría indiferente
mientras las niñas se consumían como rosales sin riego.
La suegra
in partibus, la Dominga Gallardo, era oriunda de la ciudad de Castro, en la
Isla de Chiloé, la tierra clásica de la brujería, donde es fama que hasta ahora
existe el “chivo padre” que es el Rey de todos los brujos de que está poblada
la Isla; ese “chivo” vive en una cueva que hay en Quicaví, su trono, y allí
recibe los homenajes de sus innumerables súbditos. No se crea que estoy
inventando; tengo a la mano una copia de la sentencia del proceso que mandó
instruir contra esos brujos, ahora cincuenta años atrás, el recordado
Intendente de Chiloé, don Martiniano Rodríguez. En ese documento, que utilizaré
cuando me venga en deseo, queda comprobada la existencia de los brujos y de su
Rey, en la patria de mi querido amigo el poeta Bórquez Solar.
Aficionada,
la Dominga, a los experimentos de brujería, era diestra en preparar filtros
amorosos y ungüentos de daño, y sobre todo, en “atar la agujeta”, que debe ser
algo así como la prueba/ clásica de la magia negra; pero jamás se había
dedicado por entero al oficio, primero, porque su marido era funcionario
público y “autoridad” para más señas, y segundo, porque con la vigilancia del
Santo Oficio la profesión de brujo tenía muchas quiebras.
Sin
embargo, del proceso que se le siguió por hechicerías sanjuanescas resultó
comprobado con la declaración jurada de siete mujeres y, un lego de San
Francisco, que la Dominga había volado desde su casa a la cumbre de un
“cerrillo” convertida en lechuza.
Aquí es
del caso decir: “Amigo dígame ocho: siete comadres y un mocho”.
Pues
bien; la Dominga, que jamás había dado que hablar en cuanto a brujerías y que
apenas habría dado remedio a alguna amiga para el “padrejón”, no encontró otra
forma de conseguir marido para sus cuatro beldades que manitrar la
noche-víspera de San Juan. Y el hecho fue, según propia confesión y la de sus
dos hijas mayores, que la noche víspera de San Juan del año 1683 “se encerró en
el cuarto de la leña y allí agarró cuatro envoltorios de trapo y cueros de
borrego nonatos e hizo amago de señalarlos uno para cada hija, diciendo: San
Juan, San Juan, los cuatro mocitos aquí llegarán.”
En
seguida “peló” cuatro cabezas de cebolla, las atravesó con sendas agujas y
luego las echó en una fuente con vinagre; aquí se ve perfectamente que la
suegra buscaba yernos; luego prendió cuatro velas de sebo y las puso en fila,
en el Syuelo, al lado de los envoltorios; la hija mayor, que servía de ayudante
a la bruja, aseguró al juez que en ese acto su madre dijo algunas “palabras
redobladas”; pero interrogada la Dominga protestó de no haber dicho nada
“porque no era preciso”.
Hechas
todas esa mariguancias, la bruja y su ayudante abrieron las puertas para que
las velas se “fueran”, esto es, para que se gotearan con el viento, y poder
estudiar después, la “suerte” en los cerotes.
En
efecto, de la confesión de la Dominga resulta que se levantó como a las cuatro
de la mañana, “antes de que saliera el sol”, para ver las velas, de las, cuales
sólo quedaban unos cabitos y por ellos supo que su hija mayor, de treinta mayos
y la menor, de quince abriles, iban a casarse ese año.
Declaró
también la Dominga, que cuando su hija mayor estuvo acostada y “durmiente”,
ella salió a la huerta para ir a recoger la “flor de la higuera”, pero que se
había encontrado debajo del árbol con otra bruja “que la echó” porque ya tenía
tomada
la
higuera con anticipación. No supo decir quién era la bruja. Confesó, eso sí,
que había aprovechado el viaje para recoger las tres ramas de mirto de San
Patatín...
— ¿Qué
santo es ese...? — interrogó el Padre Venegas.
— No lo
conozco sino de nombre y por los versos — contestó la Dominga.
— ¿Qué
versos...?
— No los
puedo decir...
— ¡Te
conjuro a que los digas!...
“Haciendo
contorsiones y echando espumajos, la reo dijo:
Patatín,
Calabruz, Patatín
Calabruz, Patatín, Calabruz
No hay mal que no tenga fin
Si reniego de la Cruz.
“Al
llegar aquí el muy magnífico padre comisario le echó un exorcismo y la reo se
sosegó y calló la boca”.
Después
de todo lo que había declarado, la Dominga no tenía nada más que prepararse
para bien morir, pues su hechicería no sólo estaba probada, sino confesada, y
el caso era de los graves; el Comisario la condenó a achicharramiento solemne,
pero como esta clase de condenas debían forzosamente consultarse, si por algún
motivo el reo no apelaba, y además, la sentencia no podía ejecutarse en Chile,
sino en el Perú, que era la residencia del Tribunal, proceso y reo fueron
embarcados bajo partida de registro en el primer galeón que zarpó hacia el
Callao.
Antes de
partir, la Dominga dijo a su marido:
— No te
agobies, hombre, que este año saldrás de dos muchachas y, San Juan mediante, el
venidero nos desprenderemos de las otras dos...
Y el caso
fue que, efectivamente, “la menor y la mayor de las hijas del barrachel tomaron
estado al principiar el año 1684.”
§ 23.
Un lecho nupcial con barandillas de oro
Era don
Pedro de Torres y Saa, por los años de 1660, uno de los más acaudalados
comerciantes de la costa sin: del Pacífico. Sus recuas de muías recorrían desde
las serranías de Cajamarca, el Cuzco, Potosí, Tarapacá, Copiapó, Uspallata, el
Planchón, y Lonquimay hasta los puertos y caletas de la costa arrastrando con
cuanto producto constituía el comercio de las poblaciones y ciudades del
Virreinato, para embarcarlos en los galeones de su propiedad que surcaban el
mar desde Valdivia hasta Panamá y México.
La
fortuna de don Pedro de Torres, mal avaluada en el último tercio de ese siglo,
no podía bajar de doscientos mil pesos de oro, suma enorme a la que muy pocos
encomenderos y mercaderes de su tiempo habían alcanzado.
Pedro de
Torres era hijo de un honrado y valiente soldado portugués llegado a Chile en
1600, en un refuerzo de tropas que trajo el capitán español don Francisco
Rodríguez de Manzano y Ovalle, padre del famoso jesuita Alonso Ovalle.
Llamábase, ese soldado lusitano, Francisco de Torres y Miranda, y alcanzó el
grado de sargento mayor; de su matrimonio con doña Ana María de Saa procede
nuestro protagonista, el opulento comerciante que a mediados del siglo XVII
manejaba casi toda la riqueza de Chile.
La
juventud de Pedro de Torres transcurrió alegremente en compañía de los galanes
más caracterizados de la Capital con las más descabelladas aventuras hasta el
punto de preocupar seriamente la atención no sólo de la autoridad civil sino
también de la eclesiástica. El venerable Obispo Carrasco escandalizado con la
disolución de las costumbres de esos calaveras adinerados, fulminó contra ellos
las más severas censuras en una pastoral que causó sensación. “Ha llegado a
esta ciudad, decía el Obispo, una plaga de mujeres lusitanas que, en comenzando
a cerrar la noche salen de sus casas y van a las tiendas de los mercaderes con
pretexto de comprar los géneros, empleando lo más de la noche así en las
tiendas como en la plaza y calles en disoluciones y ofensas a Nuestro Señor’'.
Por su
parte, la autoridad civil se creyó obligada a tomar “medidas de buen gobierno”
para sancionar las censuras del Prelado y al efecto, los alcaldes lanzaron
repetidos “autos” en los que se encuentran disposiciones como las siguientes:
“Que nadie sea osado de recogerse a sus casas después de las nueve de la noche
en invierno y después de las diez en verano, y a consentir en ellas bailes,
cantos, ni otras diversiones ruidosas, con mezcla de individuos de ambos
sexos”.
No es
aventurado pensar que nuestro opulento joven mercader, lusitano de origen, y su
comparsa de amigos chilenos, fueran los más allegados amigos de “las lusitanas”
que habían venido a perturbar las pacíficas y devotas costumbres santiaguinas.
Pero la
vida azarosa y galante de Pedro de Torres tenía que terminar, como era lógico,
y llegó el día en que el cominillo de la conciencia lo hizo pensar en la
expiación de sus culpas, o sea en el matrimonio. Buena parte tuvo en esta
meditación su amigo y socio el clérigo portugués don Francisco López Cavinca,
con quien tenía importantes combinaciones comerciales.
Empezó
por encerrar en el monasterio de las Claras a una hija natural “habida en mujer
solterona y de calidad”, dotándola convenientemente y por habilitar a un hijo,
también natural, llamado Diego, “cuya madre no se nombra por ser señora de
muchas obligaciones”, para que se pudiera dedicar a la carrera del comercio.
Hecho esto, adquirió, por compras sucesivas, la mayor parte de los solares
donde está ubicado hoy el Portal Fernández Concha, arregló lujosamente la casa,
amuebló sus habitaciones con toda la magnificencia que la época permitía, y,
por último, para dar tono y prestigio a su apellido, compró el cargo de
Tesorero de la Bula de la Santa Cruzada en los obispados de Santiago y de
Concepción, en la bonita suma de veinte mil pesos al contado.
Hecho
todo esto, que era bastante para deslumbrar a las niñas de Santiago, se dedicó
a buscar novia, y ésta no fue, como tal vez quería el Tesorero Torres, alguna
de las hermosas muchachas solteras que capeaban el monjío detrás de los
venerables portones claveteados de las ricachonas mansiones santiaguinas; la
novia fue la bien plantada viuda del Capitán: don Benito de la Cruz, doña
Isabel de Olivares, de veintiocho años de edad, con una dote de veinticinco mil
pesos de oro y dos hijos de los cuales fue nombrado curador, y administrador de
sus legítimas, ascendentes a veinte mil pesos cada una. El comerciante Torres
no hizo mal negocio ni con su matrimonio que, según dicen, es el único mal
negocio que puede hacer un buen comerciante.
El
Tesorero y su mujer se instalaron en su residencia de la Plaza de Armas que no
tardó en ser el punto de reunión de lo más copetudo de la sociedad, pues el
Gobernador, los oidores, el Corregidor, los alcaldes y cabildantes, el Obispo y
los canónigos no tenían sino que atravesar la Plaza para ir a “hacer las once”
a la lujosa mansión del opulento Tesorero de la Bula.
Allí
concurrían para alternar con tan conspicuos personajes del oficialismo
peninsular, los criollos enriquecidos y los “hijosdalgo de gotera” que eran los
nobles de solar conocido, y los “hijosdalgo de bragueta” que habían ascendido a
la nobleza por matrimonio con segundonas pobres; los prelados de comunidades y
los frailes de “campanillas”, denominados así porque cuando subían al pulpito
para predicar en los días de grandes fiestas religiosas, lo hacían en medio de
un solemne repique de todas las campanillas del altar, campanilleo que no
cesaba hasta que el predicador alzaba la mano para bendecir a sus oyentes desde
lo alto del púlpito; los “caballeros de Hábito”, es decir, los que habían
merecido o comprado su incorporación a las órdenes de Santiago, Malta, San
Juan, Calatrava u otra, y cuyo precio corriente era, o fue más tarde, el de
cinco mil patacones; los militares superiores de la guerra de Arauco, los
cuales generalmente conocían esa guerra por las noticias que de ella se
recibían en Santiago; y en fin, todos aquellos vecinos que por algún motivo
eran considerados dignos de cruzar alguna fiase con tan empingorotados
personajes.
La casa
del Tesorero merecía el nombre de “palacio” en aquellos tiempos. Era de altos
en todo su frente a la Plaza y en los bajos se, extendía un “portal” desde la
calle de San Agustín, o del Rey (Estado), hasta la calle de Mercaderes
(Ahumada): en este portal había diecinueve tiendas, muchas de ellas de lujo. La
portada principal de la residencia de don Pedro de Torres era de cal y ladrillo
y el gran portón, de ciprés claveteado de cobre, tenía su frente hacia la
Plaza. Las tiendas eran enladrilladas en el piso y entabladas arriba, lo mismo
que las habitaciones. Estas ocupaban los altos y el fondo de los bajos, siendo
las principales un “estudio” o escritorio, una gran sala, “con cuadra, cámara y
recámara”, un oratorio “con su tabernáculo dorado” y varios dormitorios.
En los
bajos estaban: la caballeriza, el jardín, dos patios y huerto, todo rodeado por
“corredores”. Esta, descrita rápidamente, era la forma primitiva del actual
Portal Fernández Concha, cuya primera denominación fue Portal del Tesorero y en
seguida, Portal de Sierra Bella, cuando su heredera, de la que hablaré en
seguida, usó el título de condesa que compró al Tesorero, pero que no alcanzó a
usar, como se verá más adelante.
* * * *
Del
matrimonio de don Pedro de Torres con la viuda del Capitán de la Cruz, nacieron
dos hijos: Pedro, que murió a los dos años de edad y María, en la cual
concentró el opulento comerciante todos sus afectos, rodeándola de cuanto
bienestar podía proporcionarle con su cuantiosa fortuna. Cuando María de Torres
llegó a la pubertad, don Pedro empezó a buscar al feliz mortal que debía
llevarla al altar, sin consultar para nada el corazón ni los sentimientos de la
interesada, por cierto.
Parece
que don Pedro no encontró en Santiago un mozo que llenara las condiciones que
soñaba él para su yerno, porque en un viaje que hizo a Lima concertó por
escritura pública el matrimonio de su hija, que contaba apenas quince años, con
don Cristóbal Mesía y Valenzuela, Caballero del hábito de Santiago, hijo del
Presidente de la Audiencia de Charcas don Diego Cristóbal Mesía y León
Garabito, de la Orden de Malta y Caballero Veinticuatro de la ciudad de
Sevilla.
Aunque el
novio pertenecía a la más alta aristocracia colonial, el Tesorero Torres quiso
que su hija ostentara un título de nobleza bien definido y para el caso se
comprometió "en las capitulaciones matrimoniales — que tengo a la vista
mediante la publicación que de ellas ha hecho el notable investigador don
Domingo Amunátegui Solar— t a fundar un mayorazgo
para la novia y a ceder a su yerno el título de Marqués de Sierra Bella que
había solicitado para sí del Soberano. Cerrado este “trato y contrato”, el feliz
novio vínose a Santiago trayendo poderes de su padre para el Presidente de la
Audiencia a fin de que lo representara en la ceremonia y le otorgara el
consentimiento.
La fiesta
que el Tesorero hizo para celebrar el acontecimiento de su ingreso a la nobleza
española fue sencillamente estupenda. Puso las bendiciones el Obispo don fray
Bernardo Carrasco y Saavedra, asistido por los provinciales de los cuatro
conventos de la Capital, más el padre Viñas, jesuita, encargado del sermón
nupcial, mediante la suma de veinticinco pesos. Cada asistente recibió quince
pesos de limosna, seis los demás clérigos y frailes, cuatro el sacristán mayor,
diez reales el “turiferario” y cuatro los monaguillos.
Las
monjas Claras se encargaron de los “refrescos” y de la parte culinaria, y las
Agustinas del arreglo del palacio y especialmente del “aderezo” de la cámara y
alcoba de la novia.
Don Pedro
había traído de Lima, junto con el novio, todo “el amueblado y tapicería y
ropa” para los departamentos de los desposados. Los grandes cortinajes de
brocado y de terciopelo pata cubrir ventanas y puertas y festonear las
cornucopias costaron al suegro mil cien pesos; la “cuja” o catre nupcial, que
también fue traído de Lima — haciendo un verdadero desaire al maestro
carpintero de Santiago, Francisco Mondragón— costó ciento cincuenta pesos, unos
sesenta pesos más de lo que pedía “por la mejor cuja” el citado artesano, según
se lee en una relación de la época.
Pero la
estupefacción de los santiaguinos llegó a su colmo al saber que el ostentoso
suegro había sustituido la tradicional cinta de seda blanca, con que era
costumbre rodear el lecho de los recién casados, “por una cadenilla de oro del
peso de catorce onzas” que también había traído de Lima, junto con el novio y
los muebles. No sabemos cómo se las arregló don Cristóbal Mesía para ocupar su
sitio en el lecho conyugal; si no fue premunido de alicates, lo más probable es
que tuviera que saltar la cadenilla como un trampolín...
Las bodas
de la hija del Tesorero Torres fueron recordadas durante mucho tiempo en la
crónica tradicional de Santiago, y hasta hubo un poeta chirle y mal
intencionado que hizo unos versos ofensivos para el generoso suegro, cuando,
años después, éste se vio envuelto en un proceso por la Real Audiencia.
* * * *
El
mayorazgo de María de Torres fue constituido con la propiedad del Portal y con
el fundo San José de la Sierra (Las Condes); después se le agregó el título de
Conde Sierra Bella con que fue agraciado — mediante el dinero del tesorero— su
consuegro, el Presidente de la Audiencia de Charcas, don Diego Mesía y León
Garabito, quien fue, en consecuencia, el primer Conde. En seguida heredó el
título el yerno de Pedro de Torres.
El tercer
Conde de Sierra Bella fue el hijo de María de Torres, don Diego Mesía de Torres
y luego el hijo de éste, don Cristóbal Mesía y Munive que casó en Lima con doña
María Josefa Aliaga y Colmenares, hermana del Conde de San Juan de Lurigancho.
Extinguida
la línea masculina, el mayorazgo de Sierra Bella y el título pasaron a la hija
de este último matrimonio, doña Josefa Mesía y Aliaga, la que contrajo enlace
en Lima con el Marqués de San Miguel de Hijar, don José María de la Fuente.
Tampoco
tuvo herederos varones este matrimonio, y el vínculo de Sierra Bella cayó en
doña Josefa de la Fuente y Mesía, que casó con don Matías Vásquez de Acuña,
Conde de la Vega del Ren.
La hija
mayor de este señor Conde, doña Carmen Vásquez de la Vega heredó el mayorazgo
de Sierra Bella — que ya estaba casi definitivamente radicado en el Perú—, y lo
restituyó a Chile mediante su matrimonio con don Manuel de Santiago Concha, de
quien lo adquirieron los señores don Domingo y don Pedro Fernández Concha, sus
actuales propietarios (1926).
En otra
ocasión habré de hacer una historia más detenida del Portal de Sierra Bella,
desde que Pedro de Armenta tuvo la primera idea de “adherezar unos portales” en
el costado sur de la Plaza Mayor.
F I N

