Libro N° 10861. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista VI. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10861.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista VI. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
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Crónicas De La Conquista VI. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista VI. Aurelio Díaz Meza
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista VI
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
Dos palabras del autor
§ 1. El descubrimiento y conquista de América en la literatura dramática
española
§ 2. Luis de Valdivia, el apóstol
§ 3. ¡Desventurada María del Castillo!
§ 4. La ruina de Villarrica...
§ 5. Doña Catalina Erauzo, la Monja Alférez
§ 6. “¡Morena soy, pero hermosa!”
§ 7. San Isidro no es el patrono de las lluvias
§ 8. Las angustias de Sor Margarita de San José
§ 9. Los amores del Gobernador don Alonso de Ribera
§ 10. El Bachiller que habló de amor
§ 11. Un muerto de mal criterio
§ 12. Los brujos de Talagante
§ 13. La conquista de una palma en Domingo de Ramos
§ 14. El aguinaldo de claveles rojos
§ 15. La Quintrala y el Señor de Mayo
§ 16. La buena mano de un canónigo casamentero
§ 17. La Tiranía de La Ligua
§ 18. La conjuración femenina contra don Cristóbal de Tapia
§ 19. El secuestro de don Tomás de Quiroga, “El Galán”
§ 20. Don Lorenzo de Moraga, “El Emplazado”
§ 21. El hijo del Rey de Guinea
§ 22. Las primeras procesiones del “Señor de Mayo”
§ 23. Corpus Christi
§ 24. ¡Agáchate, Semana Santa!
§ 25. La cruz florida de las doncellas de Coleara
§ 26. El pueblo de Concepción depone a un Gobernador de Chile
En Plena Colonia VI
Aurelio Díaz Meza
Dos
palabras del autor
Con el
presente volumen empieza la serie de las Leyenda» y Episodios Chilenos que
abarca el período que pudiéramos denominar propiamente, de nuestra vida
colonial, serie que, según el plan que di a conocer al iniciar la publicación
de esta obra, se titula En Plena Colonia. Este libro es, en
consecuencia, el primer tomo de la segunda serie de Leyendas y
Episodios Chilenos.
El
período colonial es el más largo de nuestra existencia como pueblo, y durante
ese tiempo, más de dos siglos — descontados los primeros sesenta años que en el
plan de esta obra he reservado, tal vez arbitrariamente, para el período de la
Conquista—, se creó, formó y desarrolló nuestra modalidad, nuestra
idiosincrasia y nuestra personalidad, como nación y como raza, Le atribuyo, a
este largo período, mucha importancia. Es probable, entonces, que la
serie En Plena Colonia sea la que conste de mayor número de
volúmenes si el público de Chile continúa concediéndole al autor el aplauso tan
benévolo con que lo ha favorecido hasta el presente.
Mi
pensamiento es formar un volumen por cada cincuenta años de la vida colonial y,
de conformidad con este proyecto, el presente comprende los episodios más
sobresalientes que se desarrollaron desde los albores del siglo XVII (1600)
hasta 1650. Entre otras curiosidades, el lector encontrará en este primer tomo
los rasgos biográficos de dos personajes — dos mujeres— que llenaron la
atención de la sociedad chilena de esa época; ellas son: doña Catalina de
Erauzo, la célebre Monja Alférez, guerrera de Arauco en su período heroico, y
doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, La Quintrala, cuyos crímenes y
liviandades sobrepasaron cuanto es imaginable dentro de lo natural.
Sería
superfluo que el autor repitiera nuevamente que al emprender esta obra no lo ha
guiado el propósito de investigar, ni dilucidar, ni siquiera aclarar puntos
oscuros de la historia patria; sus propósitos son mucho más modestos, pero, a
su juicio, tan patrióticos como los que más lo sean. Se ha propuesto, el autor,
vulgarizar la historia de su país entre sus compatriotas, presentándoles, en la
forma más amena que le sea posible, los hechos más culminantes y
característicos que los severos investigadores; e historiadores del país han
establecido con sus detenidos y pacientes estudios de recopilación o de crítica
histórica comparativa.
La
obra Leyendas y Episodios Chilenos no es, en consecuencia, una
obra científica que dé pie para la controversia; no se exija del autor que deba
ceñirse estrictamente al hecho, sin comentario ni adorno alguno; por lo
contrario, pide el autor que se le deje alguna o “mucha” libertad para hacer
hablar y charlar libremente a sus personajes y deslizar de cuando en vez
“algo”, y aun algos, de mentiritas, dentro de tal cual dosis de verdad, en la
confianza de que no abusará “demasiado” de aquélla y en la seguridad de que “el
episodio” saldrá, así, más a gusto del consumidor.
Dejo
hecha la “petitoria” — como decían nuestros abuelos— a la cual yo mismo me
contesto: “como pide el compareciente”.
Aurelio
Díaz Meza
Santiago, octubre de 1926.
II
En Plena Colonia
§ 1. El
descubrimiento y conquista de América en la literatura dramática española
Nuestro
eminente historiador y erudito bibliógrafo don José Toribio Medina, publicó en
los Anales de la Universidad, en 1915, un interesante estudio
titulado “La Historia de América”, fuente del antiguo teatro español”, en el
cual presenta, con sorprendente acopio de referencias, a los más grandes
literatos españoles del Siglo de Oro bebiendo su inspiración en los hechos
heroicos que sus guerreros realizaron en el primer cincuentenario de la
Conquista.
Siendo la
literatura, en todos los países del mundo, el reflejo de los acontecimientos
más notables, era natural que los hechos estupendos realizados por los
conquistadores en la América, empezando por la hazaña de Cristóbal Colón,
fueran temas obligados para los escritores y poetas de la nación y raza que las
llevó a cabo; y por lo tanto, los agudos ingenios que en los siglos XVI y XVII
dieron brillo a las letras españolas dispusieron de un venero inagotable y
digno de sus excelsas péñolas.
Los
poetas y los autores dramáticos fueron los que explotaron con mayor provecho
los temas heroicos que se desarrollaron en el Nuevo Mundo. A la lista de los
héroes de la Antigüedad y de la Edad Media que hasta entonces les habían
servido de protagonistas para sus obras, pudieron agregar ahora los nombres de
Colón, Cortés, Pizarra, Núñez de Balboa, Valdivia, Hurtado de Mendoza, y tantos
otros, junto con los nombres de los héroes vencidos por sus armas: Moctezuma,
Atahualpa, Lautaro y Caupolicán.
Escritores
y poetas como Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Alonso de Ercilla,
Juan de Castellanos, Enríquez de Guzmán, Moreto, Tirso, Ruiz de Alarcón y cien
más que sería superfluo nombrar, empeñaron sus plumas en la composición de
ingeniosos argumentos basados en las historias, tradiciones y leyendas que
llegaban a la Península envueltas en el prestigio de las hazañas inauditas y de
las inagotables riquezas que brindaban a sus héroes las tierras indianas.
La causa
de cómo se impusieron estos hechos y aquellas figuras a la atención de los
escritores es muy fácil de comprender; en toda América hubo historiadores,
cronistas y poetas que narraban las proezas de conquistadores y conquistados,
tan heroicos los unos como los otros. Lasso de la Vega, en su poema Cortés
valeroso, y Guzmán con su Peregrino indiano dan a conocer
y celebran las hazañas de Hernán Cortés en México; Juan de Miramontes en Armas
antárticas, el jesuita Manuel Rodríguez en su Relación de la
tragedia de Atabáliba (Atahualpa) y Alonso Enríquez de Guzmán en el
poema Diego de Almagro enaltecen los hechos de la conquista
del Perú; y, por último, Alonso de Ercilla con La Araucana, Mariño
de Lovera y Góngora Marmolejo con sus Crónicas del Reino de Chile, Pedro
de Oña con Arauco domado, Pineda y Bascuñán con Cautiverio
feliz, y tantos otros cronistas y poetas “regnícolas” revelan la
existencia, en el extremo más distante de la América, de un pueblo indomable
que resiste vigoroso el empuje avasallador de los invencibles tercios
castellanos.
De tales
obras nacieron en la Península las primeras composiciones literarias referentes
a la conquista de América, primero en forma de romances populares y por lo
tanto anónimos; siguieron los poemas y por último las tragedias, dramas,
comedias y sainetes bajo las firmas responsables de los literatos de mayor
prestigio.
Algo que
halaga profundamente el sentimiento de los chilenos es el siguiente dato que
anota el señor Medina: con la sola excepción de tres o cuatro obras teatrales
que se refieren a los acontecimientos de México y del Perú y al descubrimiento
de América, “todas las demás producciones dramáticas de asunto americano
heroico se refieren a Chile y a los araucanos”.
Inició la
serie de dramas de asunto americano el Fénix de los Ingenios, fray Félix Lope
de Vega, con su obra en tres actos El nuevo mundo descubierto por
Cristóbal Colón, escrita probablemente en 1605 y publicada en 1614Don
Leandro Fernández de Moratín dice que esta obra “es una de las comedias más
disparatadas de Lope” y don Eugenio de Ochoa afirma “que es una muestra
del non plus ultra de la osadía dramática; pero se observa que
en medio de tal cúmulo de desatinos tiene, Lope, el arte de interesar con su disparatada
acción, y como nunca se deja de reconocer en él su gran talento”.
La
personalidad del gran navegante genovés fue llevada a escena un siglo más tarde
por un literato de tercer orden llamado don Luciano Comella, en un drama
titulado Cristóbal Colón, que no tuvo ninguna resonancia.
Otras obras dramáticas con el mismo protagonista, aparecieron a mediados del
siglo XVIII; pero ellas salen de los límites de esta reseña.
Lope de
Vega escribió en seguida la comedia Marqués del Valle, y, tal
vez, es autor también de La Conquista de Cortés, ambas
referentes a las hazañas del conquistador de México; estas piezas figuran en el
catálogo de Lope publicado por Barrera y Leirado, pero no se conoce sino la
primera, cuyo mérito no es discutible. Se conocen también los títulos
siguientes: Cortés triunfante en Tlascala por un poeta
apellidado Cordero; Conquista de México, por Femando de
Zárate, y El valeroso español, del prestigioso Gaspar de
Ávila.
Posteriormente
a estas obras aparecieron, en 1713, dos más, referentes a los hechos del
Conquistador de México: El pleito de Hernán Cortés con Pánfilo de
Narváez, en tres actos, obra plagada de inexactitudes históricas y
anacronismos, y Hernán Cortés en Tabasco, drama heroico
también en tres actos, representado en Madrid en 1790, y de relativo mérito.
A
principios del siglo XVII, el insigne autor de El Diablo cojuelo, Luis
Vélez de Guevara, escribió el drama titulado La gloria de los Pizarros, cuyos
rarísimos ejemplares, apenas conocidos, nos impiden conocer algún detalle sobre
la obra. Sigue, en el orden cronológico, la trilogía compuesta por el eminente
Tirso de Molina, con el título Todo es dar una Cosa, Hazaña de los
Pizarro, publicada en Madrid el año 1636, obra que el señor Cotarelo
califica como “una epopeya de aquella ilustre cuanto desgraciada familia” y en
la cual “puede admirarse la fuerza creadora de la imaginación de Tirso. El
estilo, entonación y lenguaje están a la altura de los hechos que recuerda”.
El
mercedario fray Alonso Remón escribió, en 1613, una comedia titulada El
español entre todas las naciones y clérigo agradecido, basada en el
libro Viaje del Mundo, del clérigo don Pedro Ordóñez de
Ceballos; en la comedia se trata de algunos incidentes del viajero en el Perú.
La obra se empezó a imprimir en 1629 en Jaín, pero quedó sólo en un segundo
acto, constando de cuatro la obra completa. “Remón, antes de entrar a la orden
mercedaria, fue licenciado en leyes; por sus obras mereció elogios de Cervantes,
Lope de Vega, Quevedo y otros escritores que fueron sus contemporáneos”.
Con
excepción de las obras que van citadas, “todas las demás comedias sobre
personajes americanos de la conquista, que yo conozco — dice el señor Medina—
se refieren a individuos que figuraron en Chile.” De ellas voy a dar una ligera
noticia, ayudado por las severas investigaciones del insigne bibliógrafo
chileno.
La
primera pieza dramática de que se tiene noticia es una de autor anónimo,
titulada Los hechos de Juan Gómez, catalogada por Barrera y
Leirado y que debe referirse a las hazañas de Juan Gómez de Almagro, compañero
de Valdivia e inmortalizado por Ercilla como caudillo de “Los Catorce de la
Fama”, en el combate que siguió al desastre de Tucapel, donde fue muerto el
Conquistador de Chile. Se debe dejar establecido que la gran mayoría de las
obras teatrales referentes a nuestro país tienen por base La Araucana de
Ercilla.
El
manuscrito de Los hechos de Juan Gómez se ha perdido.
Sigue en
el orden la pieza dramática La bellígera española, escrita por
el poeta valenciano don Pedro de Rejaule y publicada en el año 1615, obra en
tres actos, cuya protagonista es la célebre doña Mecía de los Nidos, cuñada de
Vicencio del Monte, sobrino del Papa Julio III. Entre sus personajes figuran
Lautaro, Guacolda, Rengo, Pedro de Valdivia, Villagrán, Purén y otros indios y
capitanes españoles; su argumento gira alrededor de la rivalidad entre Lautaro
y Rengo por obtener el amor de Guacolda y como contraste, las insistencias de
Villagra para conquistar a doña Mecía, consagrada por entero al ejercicio de
las armas en las cuales se ha hecho heroína. En el fondo, el argumento de la
obra corresponde, en muchas partes, a la verdad histórica, no así en los
detalles, que son de la inventiva del poeta.
Es sabido
el hecho de que Ercilla, disgustado de la conducta que había observado con él
don García Hurtado de Mendoza, cuando fue Gobernador de Chile, omitió
deliberadamente en su famoso poema las hazañas del caudillo que pacificó
momentáneamente al indómito Arauco. Esta omisión en una obra que llenó los
comentarios de la Corte española, mortificó profundamente al orgulloso don
García, quien se propuso reparar la vengativa omisión que tanto perjudicaba su
honra y la de su poderosa familia.
Para el
efecto, encomendó al cronista Suárez de Figueroa que escribiera la historia de
sus hechos y como si esto fuera poco, pidió al reputado poeta Luis Belmonte
Bermúdez, que escribiese una comedia haciéndolo protagonista. Para que la obra
resultase definitivamente prestigiada desde su nacimiento, Belmonte invitó a
colaborar en ella a siete poetas de fama en aquella época, que fueron los
siguientes: Antonio Mira de Amescua, el Conde del Basto, Juan Ruiz de Alarcón,
Femando de Ludeña, Jacinto de Herrera, don Diego de Villegas y don Guillén de
Castro.
Terminada
la obra, a la que se le dio por título Algunas hazañas, de las muchas,
de Don García de Mendoza, Marqués de Cañete, fue representada en la
Corte con gran aparato, riqueza de trajes y lujosos decorados el año 1622, todo
a costa, por cierto, de la familia Mendoza.
Pero el
hijo de don García no se detuvo en esto: “a pesar de que los poetas que
escribieron la comedia fueron sutiles, por ser los que en España tienen mejor
lugar, a despecho de la envidia” encargó al “Monstruo de la Naturaleza” que
escribiera, a su vez, una obra teatral en elogio de su padre. Lope de Vega
escribió entonces el Arcaico Domado, tragicomedia en un acto
basada en el poema que con el mismo título había compuesto cuarenta años antes
el chileno Pedro de Oña, en elogio, también, de don García. La obra, de Lope
fue traducida al francés y publicada por Reynouard, en su Chefs
d’oeuvres des Théatres étrangeres. Figuran en ella, además de don
García, como protagonista, Caupolicán, Fresia, Rengo, Galvarino, don Felipe de
Mendoza, Ercilla y otros.
Lope de
Vega escribió todavía un auto sacramental titulado La Araucana, en
el que figuran Rengo, representando al Demonio, Colocolo a San Juan Bautista y
Caupolicán a Jesucristo... Refiriéndose a esta pieza, Menéndez y Pelayo dice:
“Muy robusta debió ser la fe del pueblo que toleró farsa tan irreverente y
brutal”.
En 1652
el poeta Francisco González de Bustos dio a la imprenta, después de haber sido
representada en Sevilla, una obra titulada Los españoles en Chile, de
la cual no encontramos otra referencia que haberse puesto en escena en Chile
muchas veces, durante los primeros pasos del arte teatral, en los años 1800 a
1816. Poco después de aquella fecha, en 1662, Gaspar de Ávila componía y
entregaba a la escena la comedia El Gobernador prudente, en
tres jomadas, con un argumento de lo más disparatado; basta decir que don
García Hurtado de Mendoza dialoga con Pedro de Valdivia, que había muerto
cuatro años antes. Figuran, además, Caupolicán, Fresia, Villagrán, Lautaro,
Guacolda, Reinoso y muchos más. El tema principal está tomado del poema de
Ercilla.
Existe,
por fin, la comedia del clérigo Juan Pérez de Montalván, titulada La
Monja Alférez, que trata de la famosa doña Catalina de Erauzo, novicia
de un convento de San Sebastián en España, que huyó de la clausura y vistió de
soldado viniéndose al Perú, de donde se embarcó para la guerra de Arauco. Las
hazañas de esta monja, que han tocado los límites de la leyenda dieron tema a
Montalván para su comedia, que tuvo bastante éxito, por haberse estrenado
cuando la protagonista había vuelto a España siendo objeto de la curiosidad y
admiración públicas. Los personajes de la pieza, aparte de la “monja”, son
desconocidos en Chile.
Algunos
episodios de la vida de la Monja Alférez en América y en Chile, los encontrará
el lector en el cuerpo de este libro.
Estas son
las obras dramáticas del Siglo del Oro que han tenido por tema los
acontecimientos de la conquista de Chile y sus principales personajes; todos
ellos pertenecen a la epopeya de Ercilla.
Resta
hacer una rápida nomenclatura de las obras dramáticas de tema místico que se
produjeron en España inspiradas en los santos que florecieron en América.
La
primera de todas se debe a la pluma del autor del Quijote, don
Miguel de Cervantes Saavedra; su título fue El rufián dichoso y se
refiere a la vida de fray Cristóbal de la Cruz, dominico actuante en México,
cuya mocedad había sido non sancta, pero que murió en concepto de santidad.
Figura, después, una obra de autor anónimo, en dos jomadas, en elogio de otro
mexicano, fray Felipe de Jesús. También es anónima la “obra de un genio
insigne” titulada Iris de Hueva España, en cuatro jomadas, en
loor de Nuestra Señora de Guadalupe. Fray Gaspar de Aguilar escribió en 1602
una comedia titulada Vida y muerte de Fray Luis Beltrán; y don
Francisco de la Torre y Sevil, el auto sacramental San Luis Beltrán o La
batalla de los dos.
El Perú,
tierra de santos, ofreció a los místicos españoles abundante material. Don
Antonio Tello de Meneses escribió un drama titulado Santo Toribio o El
sol del Nuevo Mundo; el célebre don Agustín Moreto compuso la comedia
religioso-profana Santa Rosa del Perú, que es una de sus más
famosas piezas teatrales; y, por último, el insigne dramaturgo don Pedro
Calderón de la Barca empleó su pluma en la comedia La aurora de
Copacabana, en elogio de la imagen milagrosa de la Virgen encontrada
en una de las islas del Titicaca.
En esta
obra, escrita en 1672, cuyas escenas está ubicadas por el autor en las costas
de ese lago boliviano, figuran como personajes Pizarro, Almagro, el Inca
Huáscar, Guacolda, Tucapel y un virrey conde de la Coruña, que jamás ha
existido. Es una amalgama de personajes, de escenas y de hechos anacrónicos que
sólo revelan la imaginación y la inventiva del fecundo autor.
Tal ha
sido, rápida y deficientemente descrita, la influencia de las proezas del
descubrimiento y conquista de América en la literatura dramática española.
He creído
pertinente encabezar, con esta reseña, la serie de las LEYENDAS Y EPISODIOS
CHILENOS, que empieza con los últimos años del Siglo de Oro de las letras
españolas y cuya influencia espiritual contribuyó, en mucha parte, a moldear la
idiosincrasia de la sociedad chilena a pesar de su lejanía de la Madre Patria.
§ 2. Luis
de Valdivia, el apóstol
Al dejar
el gobierno del Virreinato del Perú el Excelentísimo señor don Luis de Velasco,
Marqués de Salinas, el año 1604, la situación del Reino de Chile había llegado
al desastre; a la trágica muerte del Gobernador don Martín García Oñez de
Loyola, en la sorpresa de Curalaba, la madrugada del 23 de diciembre de 1598,
había seguido el formidable alzamiento que tuvo por resultado final, en menos
de tres años, la destrucción de las siete ciudades mediterráneas del Sur,
escapando del desastre, a duras penas, la de Concepción, por su situación cerca
del mar y por el acopio de elementos que allí existían.
Los
gobernadores interinos que habían sucedido al malogrado don Martín García no
fueron capaces de detener el desastre; Pedro de Vizcarra, primero, y don
Francisco de Quiñones en seguida, trataron de contrarrestar, en vano, el
avasallador empuje de las hordas rebeladas, las cuales, apretando el cerco de
ciudades y fuertes, “enseñoreaban” por todo el territorio austral, sin
contrapeso alguno. El último de los gobernadores nombrados “pidió, por gracia,
ser relevado del mando”, y esta petición, transmitida por el Virrey a la Corte,
junto con las espantables noticias de Tos acontecimientos “que habían puesto al
Reyno de Chile al borde de perderse”, hizo que Su Majestad don Felipe III y su
Junta de Guerra se dignaran echar la mirada hacia este rincón del mundo, en
donde estaban fracasando, desde medio siglo atrás, las más brillantes espadas
de Italia y Flandes.
El
Soberano español y Su Consejo no se limitaron, ahora, a ordenar al Virrey del
Perú que enviara “refuerzos” para la guerra de Arauco: muchos millones de
ducados y mucha sangre española costaba ya esta conquista, “y es cuerdo saber
'los motivos de esta dilatada rebelión”... Por primera vez, quizá, el Monarca y
sus consejeros, pensando cuerdamente, quisieron conocer el problema a fondo, y
exigieron al Virrey Marqués de Salinas “que con toda brevedad” informara a la
Corte sobre las causas que originaban la “dilatada” rebelión y que propusiera
el remedio. Para esto debía el Virrey reunir en Consejo “a la gente grave y de
pro”, tanto de Lima como de Chile, oírla detenidamente y transmitir a la Corte
las conclusiones a que arribara.
Entre la
recepción de esta orden y la primera reunión de este Consejo, “grave y de pro”,
tuvieron que transcurrir algunos “dilatados” meses; no eran aquellos tiempos
como los de ahora, en que el aeroplano y la radio suprimen las distancias, y si
no nos permiten, todavía, desayunarnos en Santiago y almorzar en Lima, por lo
menos conversamos, sin aspaviento alguno, a miles de leguas de distancia. El
Marqués de Salinas había celebrado, apenas, la primera de estas reuniones, a
principios de 1604, cuando recibió la noticia de su traslado al Virreinato de
México; y junto con la orden de que se trasladara a su nuevo destino en el
primer galeón, el anuncio de que su sucesor iba ya de viaje a Lima. El nuevo
Virrey del Perú era el Excelentísimo señor Gaspar de Zúñiga y Fonseca, Conde de
Monterrey, quien, al llegar a la ciudad del Rímac — en noviembre de 1604—
encontró reunido ya, y en funciones, al Consejo “grave y de pro”, que debía
resolver el más serio de los problemas que perturbaban la paz de América.
En la
primera reunión que presidió el nuevo Virrey, quedó convencido de que si él no
interponía su autoridad para encarrilar las discusiones hacia soluciones
concretas, la gente grave prolongaría “el estudio” hasta lo interminable, pues
los oidores, el Arzobispo, los canónigos, los funcionarios, los prelados de las
distintas religiones, los licenciados y los frailes “de peso” que componían el
Consejo Consultor, habíanse puesto a dilucidar, “con antelación”, el
importantísimo problema de si los indios rebelados de Arauco eran o no
merecedores de los sacramentos, teoría que sustentaba, con inusitada energía,
el dominicano Aldonza, apoyado no recuerdo en qué disposiciones, o
"consuetas”, de no sé qué Concilio.
— Señores
-dijo el Virrey, al poner término a la primera reunión—, se me ocurre que
vuestras señorías y mercedes van por mal camino en el cumplimiento de las
órdenes de Nuestro Soberano, a quien Dios conserve para la Monarquía del
Universo. Se trata, aquí, de conocer de raíz las causas de la dilatada guerra'
de Chile, y no de otra cosa; así, pues, os recomiendo que estudiéis esta noche
el caso con vuestras honradas conciencias, invocando a la Divina Clemencia para
que ilumine a vuestras señorías y mercedes, a fin de que mañana, a esta misma
hora, os reunáis de nuevo y me digáis, de una vez, vuestro sapientísimo
parecer. Id con Dios, y buenas tardes.
El padre
Aldonza quedó de una pieza al oír las palabras de Su Excelencia, a quien, por
su aspecto enfermizo y achacoso no creía capaz de tamañas energías; no era del
caso, tampoco, suplicar al severo y “seco” Mandatario recién llegado y se
conformó, por el momento, con tragarse la píldora y disimular el escozor de la
filípica, pues, indudablemente, sólo a su Paternidad iba dirigida. Fueron
despidiéndose todos, a grandes reverencias, y sólo quedaron con el Virrey, el
Oidor Merlo de la Fuente, el Provincial de los jesuitas y dos o tres
funcionarios más.
— Señor
Conde — dijo Merlo al inclinarse en despedida—, confío en que, mediante la
recomendación muy oportuna que Vuestra Excelencia nos ha hecho, mañana habremos
de tener muy avanzado el informe que nuestro Soberano ha pedido sobre las
causas de la guerra de Arauco, y su remedio. El padre Aldonza no insistirá,
según creo, en continuar su probanza de la inutilidad e inconveniencia de
administrar los sacramentos a aquellos salvajes, y el padre Luis de Valdivia
podrá decirnos, entonces, su juicio y lo que proyecta para terminar, de una
vez, esa malhadada guerra que tantos dineros, sangre y honra, cuesta a la
Corona...
— ¿Luis
de Valdivia?... ¿Quién es ese sujeto?. — preguntó con vivo interés el Virrey.
— Uno de
mis hermanos, señor Conde — contestó el Superior de la Compañía de Jesús,
inclinando el busto con sus manos cruzadas sobre el pecho.
— Ha
residido algunos años en Chile, ejerciendo su apostolado — agregó el Oidor—; es
ladino en la lengua araucana y conoce de cerca a esos salvajes, pues ha vivido
entre ellos.
— ¿Ha
venido a este consejo...? — preguntó el Virrey.
— Detrás
de mí estaba — informó el jesuita—, en áspera de que yo le indicara el momento
en que debía pedir, a Vuestra Excelencia la licencia para hablar.
— Mañana
se la doy, antes de que hable otra persona — resolvió el Virrey—, pues me
interesa oír a quien conozca, como ese padre Valdivia, la guerra de Arauco.
Buenas tardes, señores, y vos, Padre Provincial, decid a vuestro súbdito que
mañana espero oírlo.
El padre
Luis de Valdivia había sido uno de los fundadores de su Instituto en el Reino
de Chile, habiendo llegado a Santiago el 12 de abril de 1593, Lunes Santo, en
compañía de cinco religiosos más, cuyo superior era el padre Baltasar de Piña,
anciano catalán que había dedicado los mejores años de su existencia a la
evangelización de los indios de América. A los pocos meses de su arribo a
Santiago, este jesuita enfermó de gravedad y sus superiores dispusieron su
regreso a Lima; en su lugar quedó el padre Luis de Valdivia, que estaba
predestinado a desempeñar en Chile un papel importantísimo en la evangelización
y civilización de los indios.
Los
jesuitas recién llegados habían vivido, desde su arribo a Santiago, en el
Convento de Santo Domingo, en calidad de alojados; el Superior Piñas había
declarado desde un principio que los hermanos de la compañía de Jesús “no
querían poseer ni casa, ni bienes algunos en Chile, pues ellos venían
exclusivamente a doctrinar a los naturales y dispuestos a vivir entre ellos, de
caridad”; sin embargo, el devoto vecindario de Santiago no pudo permitir tal
cosa, “y con la protesta del padre Piñas” adquirió, por suscripción pública, la
casa y solar que había pertenecido a Rodrigo Quiroga, a una cuadra de la Plaza
de Armas — el sitio que hoy ocupan los jardines del Congreso Nacional— y los
donó, solemnemente, a la Compañía, la cual no tuvo más que aceptar.
En ese
sitio, y al lado de la modesta capilla que se levantó allí, fundó el padre Luis
de Valdivia “un curso de artes”, el primer establecimiento de instrucción
superior que desde entonces, funcionó, regularmente, en Santiago.
Mientras
se levantaban las murallas y se techaba y se “deslía” la nueva fundación, el
padre Valdivia partió al Sur, acompañado de su correligionario el padre Miguel
Telena, con el objeto de visitar la tierra de 'los indios de guerra y estudiar
un plan de evangelización. Por esos años era gobernador de Chile el Capitán
Martín García Oñez de Loyola, gran admirador de los jesuitas — decían que era
pariente de San Ignacio, y él no lo desmentía y demás está decir que dio al
padre Valdivia y a su compañero toda clase de facilidades para que desempeñaran
su cometido, ampliamente.
En sus
excursiones por las ciudades y fuertes del Sur, el jesuita pudo comprobar, en
exceso, los enormes abusos que los conquistadores cometían con los indígenas;
contra todas las órdenes del Monarca — órdenes terminantes, severísimas—
habíase establecido en el Sur de Chile un verdadero sistema de esclavitud, con
el llamado “servicio personal” a que sometían a los indios "de paz”, o
sea, a los que se entregaban voluntariamente a los conquistadores. Cuanto a los
“indios de guerra”, esto es, los que caían prisioneros después de los combates,
o en las “malocas” o “entradas” a los territorios de conquista, sabíase ya que
eran considerados esclavos y que serían transportados al Norte del Reino, al
Perú o a Panamá, donde eran vendidos en subasta pública como los negros
africanos. Antes de ponerlos a 'la venta “los encargados deberán mandarlos
herrar, en su presencia, con fuego, a los hombres en la pantorrilla derecha,
por ser parte carnuda, y que no la cubren los indios con calza ni botas, y a
las mujeres con el mismo hierro en el molledo del brazo derecho, en la mitad,
entre el codo y la mano, a la parte de afuera”...
El autor
de quien tomo este dato, maestre de campo Alonso González de Nájera, advierte
que “aunque los esclavos y esclavas se pudiesen herrar en él rostro, como en
España, este es hierro muy pequeño, que con facilidad se puede falsificar con
otro de algún particular” y por lo tanto, convenía que la marca a fuego de los
indios chilenos “sea grande o con sello real, para que se conozca”.
Parecerá
inútil que yo pretenda allegar otros datos sobre los crímenes que se cometían
en la frontera de guerra contra los indios rebelados que caían prisioneros; lo
dicho sobra para demostrar, en primer lugar, la razón que tenían los araucanos
para combatir, hasta la muerte, por su libertad e independencia, y en segundo
lugar, que cualquier hombre de corazón debía sentirse agobiado ante tales
crímenes. El Padre Luis de Valdivia era un apóstol de caridad, y su alma
cristiana, mística, no podía admitir ni siquiera justificar tales excesos.
Trató de
remediar esos males por medio de la predicación, por el convencimiento, por la
amenaza de un castigo divino, pero sus palabras cayeron en el vacío y hasta en
el ridículo; los soldados aprehensores, cuyos sueldos jamás les eran pagados
íntegros, ni a tiempo, tenían en los prisioneros una ganancia no pequeña y
relativamente fácil; los mercaderes de esclavos esperaban de tales ventas
utilidades pingües, y los compradores de la “mercadería” — los encomenderos—
ansiaban las recuas de carne humana como el maná, pues que sin ellas los campos
quedaban sin cultivo, las haciendas sin cuidadores y los “ingenios” sin
elementos de trabajo. Los intereses de todos los habitantes “blancos” de
América estaban mancomunados para amparar la esclavitud de sus infelices
aborígenes.
El padre
Valdivia regresó a Santiago con el corazón destrozado; por más que su
apostolado se lo exigiera, él no podía, no tenía medio alguno para luchar
contra todos y Contra cada uno, desde el Gobernador del Reino hasta el más
infeliz soldado, pues todos, cual más, cual menos, algún interés tenían en
mantener y defender lo establecido, aunque ello fuera contra las órdenes del
Rey.
— Señor
Gobernador — dijo cierta vez a don Martín García, mientras paseaban después de
la “distribución”, bajo los recién levantados claustros de la Compañías—, esta
guerra de Chile no lleva cariz de acabarse, ni se acabará, porque no cuenta con
el favor de Dios...
— ¡Padre
Luis!... ¡no diga Su Reverencia tal inepcia! Todos no hacemos otra cosa que
pedir a Dios, en rogativas y novenas, que nos dé la victoria
sobre los bárbaros rebelados para que nos sea dado incorporados a nuestra Santa
Fe Católica...
— Y ya
ve, Vuestra Señoría, que el Señor no da la victoria a nuestras armas.
— No
será, aún, su santa voluntad, Padre Luis...
— Temo
que aún falte mucho, y que esta guerra sirva tan sólo para castigar las ofensas
que contra el Señor se cometen en Arauco...
—
¿Queréis decir que los ejércitos de Su Majestad no tienen razón para hacer la
guerra?...
— No iba
tan lejos, señor Gobernador; pero no creo que la conducta de los hombres de
guerra sea la que conviene al santo servicio de Dios y al de Su Majestad. Nunca
ha sido justificable el crimen; muchos se cometen en la frontera y todos quedan
sin castigo... ¡Quiera el Cielo que el castigo no caiga sobre las cabezas
sobresalientes!
El
Gobernador no pudo “contradecir” las afirmaciones del jesuita; teníale, además,
mucho respeto, y pese a su alta investidura de Primer Mandatario, tuvo que
callar ante la enorme verdad que encerraban las severas palabras del padre
Luis. Pero quedaron en sus oídos las últimas expresiones del misionero, y no
pudo sustraerse a un escalofrío que estremeció su cuerpo.
— ¡Que
Dios nos libre de tal castigo, si lo merecemos! — dijo, y a poco más besó las
manos del jesuita y se retiró, hondamente preocupado.
Cuando
ocurrió el trágico fin del Gobernador don Martín García Oñez de Loyola, a manos
de las hordas del formidable Pelentaru, el padre Valdivia se encontraba ya en
el Perú, adonde había sido llevado por sus superiores, meses antes,.
para ponerlo al frente del Colegio de Novicios de Lima. Al saber que había
sucumbido el Gobernador, el padre Valdivia elevó sus ojos y cayó de rodillas:
— ¡Que
Dios ampare a los gobernantes de Chile!...
La
reunión siguiente del Consejo “grave y de pro” celebrada en Palacio fue
totalmente diferente de las que se habían celebrado. En primer lugar, no
asistió a ella el padre Aldonza para continuar su probanza sobre que los indios
araucanos no eran
merecedores
de los sacramentos; parece que Su Paternidad recibió, esa misma noche anterior,
el caritativo aviso de que el Virrey le iba a parar los pies desde los
comienzos, pues Su Excelencia quería oír al jesuita Luis de Valdivia, de quien
sabía que era “perito” en la guerra de Arauco y sus causas.
Empezaban
ya las rivalidades de los dominicanos y jesuitas — que tan pintorescas y
sonadas fueron años más tarde— y el padre Aldonza dicen que dijo, echándose en
ambos huecos de la nariz sendas pulgadas de tabaco raspado, o “rapé”, que
decimos los franceses:
—
¡Déjenlo, déjenlo, a ese señor Virrey, con sus jesuitas, que ya volverá,
arrepentido, a buscar a los hijos de Nuestro Padre Santo Domingo!
Y como
para probar su sapiencia en la ciencia de su correligionario Santo Tomás de
Aquino y su dominio del idioma de Virgilio y Cicerón, pronunció aquella
sentencia que recogió, siglos después, don Ricardo Palma, de algún mamotreto
limeño:
— ¡Si cum
jesuitis itis, nunquam cum Jesu itis!...
Ante la
expectación de los asistentes, el padre Valdivia explicó, con sinceridad
espantable, las causas de la “dilatación” de la guerra araucana, y cuál era, a
su juicio, el remedio. No reparó el jesuita en palabras para pintar con todos
sus coloridos, el cuadro terrible que presentaba aquella región cuyos
“naturales” eran tratados como bestias, tan despreciables o más que los negros
africanos — como era general creencia— para la esclavitud. Recalcó que el
“servicio personal” a que estaban sometidos los indígenas chilenos “de paz” y
la venta como esclavos “marcados a hierro”, que sufrían los “de guerra”, era
absolutamente contraria a las leyes divinas y a las órdenes insistentes que
habían dado los soberanos españoles, leyes que estaban en vigencia en toda la
América, pero que no se cumplían en Chile porque los “encomenderos habíanse
comprado a la justicia con halagos”; agregó que hacía falta que Su Majestad
“creara en Chile una Audiencia Real que dé a cada uno su parte, lo que hace
muchísima falta ahí”, y terminó diciendo “que la guerra no se acabaría nunca,
si los ejércitos de Su Majestad no se retiran a una línea lejos del Estado
Araucano, pues estos indios están en su deber natural de defender su vida, sus
tierras y mujeres e hijos”.
Si las
palabras del jesuita no causaron escándalo ruidoso en muchos o en casi todos
los oyentes, se debió a que habían visto que el Virrey don Gaspar de Zúñiga
manifestábase casi complacido de oír al padre Luis. ¡Lo que puede el adulo!
—
Bien,... pero ¿y el remedio?. — se atrevió a decir el Factor Real don José
Pérez de Mendoza, que ya reventaba por destrozar al jesuita, si pudiera.
— ¿El
remedio? Ya lo he dicho — agregó, con voz tranquila, el padre Valdivia.
—
¿Retirar los ejércitos de Su Majestad fuera del territorio rebelado?. — increpó
el Factor, fuera ya de sí, y deteniendo un torrente de palabras duras que se le
venían a la boca.
— ¡Así
es!... — afirmó el jesuita, sin inmutarse— y además, dar libertad inmediata a
los cautivos que haya en Chile, en Lima y en Panamá, como único medio de
comprobar, a los ulmenes de Arauco, que deseamos acabar la guerra y vivir en
paz, en lo de adelante.
Iba a
replicar el Factor, pero el Virrey alzóse de su sitial y puso término a la
reunión, diciendo:
—
Señores, basta por hoy; mañana o pasado, si lo tengo a bien, os reuniré de
nuevo para seguir oyendo al padre Valdivia y a los que deseen rebatirle,
dándome buenas razones. Id con Dios, y buenas tardes.
Esa misma
noche entraban a Palacio, poco antes de la queda, el padre Luis de Valdivia y
el Provincial de los jesuitas de Lima, y salían de allí después de haber
“tractado” con el Virrey hasta pasada la media noche.
Al día
siguiente era voz pública, que el padre Valdivia partiría con rumbo a España en
un galeón que estaba de zarpe en el Callao para Panamá, llevando el informe que
el Rey había pedido a su representante en el Perú, “sobre acabar pronto la
dilatada guerra de Chile”. Decíase además que el padre Luis llevaba el encargo
de defender, ante el Soberano, las conclusiones del informe, que eran las
mismas que había expuesto el jesuita en la reunión de “sujetos graves y de pro”
§ 3.
¡Desventurada María del Castillo!
“En la
noche triste” de la destrucción de la ciudad de Imperial, el bizarro Anganamon
— “theniente” del formidable Pelentaru, “jefe supremo” de los araucanos, según
afirman los cronistas españoles de la época— había consumado la conquista
definitiva de una mujer “a la cual se había aficionado desde su niñez”. Era una
española “principal”, llamada doña María del Castillo y Carabajal, única hija
del Corregidor Fernán Castillo de Córdoba, que gobernó aquella ciudad por los
años 1588, y de Leonor Carabajal y Puertocarrero, limeña, entre cuyos parientes
contábase a Gonzalo de Carabajal, Oidor de Panamá.
Fue todo
un idilio con desenlace de tragedia, y ello fue de la manera que lo voy a
contar.
En un
grupo de prisioneros que el Corregidor Castillo hizo en una de sus “entradas”
por las montañas de Purén, núcleo irreductible de la rebelión, llegó un día a
la Imperial un muchacho de unos doce años que por su bizarro continente y su
inteligencia despierta, fue destinado al servicio de la mansión del Corregidor
y andando los meses, llegó a ser un “atinado servidor de mano en la
sala de su comer”.
Pero no
solamente en estos menesteres empleaba sus horas de trabajo el “mochacho” —
cuyo nombre fue Mateo, en la pila bautismal, a la que fue llevado “una vez que
hubo aprendido los misterios, de manos” del Mercedario que asistía a la
“doctrina” de la Imperial, y que debió ser, mi aquel tiempo, el padre Juan de
Tobar, de feliz recordación en los anales de su Orden— ; Mateo había logrado,
con su fidelidad, la confianza de sus amos, y era el asiduo acompañante de la
angelical María, el único retoño de “los corregidores” en el cual habían
concentrado el amor de su vida. María contaba, a la sazón, siete años de edad.
Pasó el
tiempo; la niña fue desarrollándose mujer, y a pesar de la edad “y las
conveniencias” debieron apartar del continuo trato al esclavo y a su “amita”;
Mateo siguió siendo el criado preferido del Corregidor y de su mujer, quienes
considerábanlo como algo de la familia, tal había sido la dedicación y la
fidelidad que el “indezuelo” había demostrado, aun en momentos difíciles, por
la casa de sus amos, donde “habíase criado y héchose cristiano”. En varios de
los asaltos que los salvajes habían hecho a la ciudad, el indio Mateo había
combatido denodadamente en la defensa del fuerte, y caso hubo en que,
abandonando las trincheras, fuése a organizar la defensa en la casa misma del
Corregidor — refugio de la Corregidora, de su hija y de las mujeres y niños durante
los combates— a fin de resistir allí, con ventaja, por si la indiada rompiera
el cerco e invadiera la ciudad. Para el Corregidor Castillo, para doña Leonor,
su mujer, y para María, su hija, el servidor de confianza, el amigo de
confianza, era el indio Mateo.
Un día
llegó a la Imperial la fatal noticia de que el Corregidor Fernán Castillo de
Córdoba había sido sorprendido por una montonera araucana en los alrededores de
Tirúa, y de que su “partida” de veinte soldados y cien indios amigos, había
sido desbaratada con grandes pérdidas; nada se decía de la suerte que hubiera
corrido el Corregidor; pero “una racha de melancolía” invadió pronto los
espíritus, ante la persistencia del silencio que todos guardaban porfiadamente.
Fue inútil que doña Leonor y su hija reclamaran de sus amigos y allegados “la
caridad” de una noticia, cuya efectividad presentían...
— Señora,
juro a Dios y a mi ánima, que nada sé de cierto — había contestado a doña
Leonor el Vicario Capitular del Obispado de la Imperial, don Alonso Dolmos de
Aguilera, que gobernaba la Diócesis en Sede Vacante— los dos soldados que han
llegado a Purén, fugitivos de la partida desbaratada, nada saben de su capitán,
pues dicen haber sido sorprendidos mientras dormían y que cada cual apenas
logró huir, desnudo de armas, hacia donde estaba vuelto, sin preocuparse sino
de poner en salvo su persona; cuanto al soldado que fue recogido y traído a la
Imperial, todavía no vuelve en sí, ni puede ser interrogado a causa de la
gravedad de sus heridas...
— ¿Y qué
hacer?... ¡Va corrido un día entero sin que se tenga noticias del Corregidor!
¡Imaginad, señor Vicario, las angustias de esta esposa y las de aquella
hija!... ¡Haced algo vos, señor Vicario, ya que nadie quiere comprender, aquí,
mi dolor!...
—
Paciencia y confianza en Dios, doña Leonor; bien sabéis que el señor Teniente,
los Alcaldes y los Oficiales reales han despachado partidas hacia diversos
puntos para encontrar al Corregidor y a sus compañeros; nada se ha dejado de
hacer, y con diligencia...
— Pero
varias partidas han regresado ya...
— Han
vuelto, pero sin noticias ciertas aún; aguardad y no desconfiéis de Dios,
señora...
Cuando
doña Leonor salió del “palacio” episcopal y subió a su litera que la aguardaba
en la puerta, el Vicario Dolmos cayó de rodillas e inclinando su reverenda
cabeza gris, suplicó, humildemente:
— ¡Señor,
perdona mi perjurio! ¡No tuve valor para decirle la verdad!
Por
disposición de don Martín García Oñez de Loyola, Gobernador del Reino, doña
Leonor de Carabajal y su hija doña María del Castillo, quedaron viviendo en la
ciudad Imperial mientras se presentaba la oportunidad de un barco seguro que
las transportara al Callao; la viuda había manifestado el deseo de radicarse en
Lima, donde tenía su parentela, a cuyo amparo quería vivir, ya que su
“horfandad” no le permitía permanecer en Chile, ni menos en una ciudad tan
peligrosa como Imperial, aunque su marido había dejado aquí una buena
encomienda y varias estacas de productivos lavaderos que podían asegurarle un
“bien pasar”.
Desde que
doña Leonor quedó sola, el amigo más fiel de ambas mujeres fue el indio Mateo,
mozo ya de veintiún años, pletórico de juventud y de bizarría. En medio de la
depresión que en su espíritu experimentaron ambas mujeres cuando se encontraron
huérfanas, hubo en esa casa un hombre “de extraña raza” que se puso al frente
de los intereses materiales, abandonados en la catástrofe de ese hogar. Mateo
“puso ojo y mano” en la encomienda y en los lavaderos cuyos capataces, ante la
perspectiva de la impunidad, habían empezado a “hacer cera y pabilos” de los
beneficios cuya administración les había confiado el Corregidor. Dentro de su
condición de “pieza de servicio”, de casi esclavo, el indio Mateo se constituyó
en un cancerbero incorruptible y en un ejecutor implacable de las órdenes que
decía recibir de su ama para el gobierno de los bienes del difunto.
Cuando
doña Leonor hizo público su deseo de partirse de la Imperial y de radicarse en
Lima, el indio Mateo “tuvo el estremecimiento de un golpe en la cabeza”; pero
volvió en sí “y se puso luego contento”, cuando oyó que su amá le dijo,
respondiendo a su respetuosa pregunta:
— Nos
vamos, Mateo; es verdad. ¿Qué haremos aquí, mujeres sin amparo, y en medio de
estos salvajes continuamente rebelados?.. ¿Quieres irte con nosotras?...
Mateo se
echó a los pies de doña Leonor, besó sus vestidos, y luego se arrodilló delante
de la joven María, cogió sus albas y delicadas manos entre las suyas, rudas y
morenas, y quedó mirándola, intensamente, en las dos esmeraldas que iluminaban
el óvalo blancopálido de su rostro.
María del
Castillo reparó, por primera vez, en la orgullosa y bien plantada testa del
indio Mateo, en sus recios músculos y en su mirada penetrante y profunda;
retiró lentamente sus manos de entre las del indio, y en instintivo movimiento
retrocedió un paso, se refugió, luego, detrás de su madre mirando por sobre su
hombro al arrobado Mateo y, por último, huyó hacia la habitación contigua.
El barco
que debía llevar al Norte a doña Leonor Carabajal, a su hija y a sus criados,
no se presentaba aún, a pesar de que el Gobernador había hecho cuanto de su
parte estaba para que alguno de los que fondearan en Valparaíso, Concepción o
Valdivia, emprendiera pronto su partida al Callao. El servicio y
aprovisionamiento de las ciudades y puertos de Chile requería la presencia, en
esta costa, de todos los elementos que pudieran contribuir a la “sustentación”
de las ciudades y plazas amenazadas por la rebelión, que día a día hacíase más
efectiva y alarmante.
Iban
pasados siete meses de la muerte del Corregidor Castillo y en todo ese tiempo
no se había “proveído” la persona quel había de reemplazarlo en tan difícil y
comprometido cargo; el gobierno de la Imperial continuaba interinamente a cargo
del Capitán del tercio de Arauco, Asmes de Casanova, y este experimentado
guerrero tenía su acción principal, efectiva y eficiente, en este
importantísimo fortín, “la llave” de la comunicación entre las dos más recias y
más amagadas ciudades del Sur: Concepción e Imperial.
Por fin
recibiéronse noticias de que el Gobernador había proveído el Corregimiento de
la Imperial, y que había elegido para este cargo a uno de los más brillantes
capitanes del Arauco: Gabriel de Villagra, sobrino nieto del Gobernador
Villagra, de recordada memoria por sus definitivos triunfos y por sus
desastrosas derrotas. Los imperialeños recibieron al nuevo mandatario con las
mayores demostraciones de confianza en su probada experiencia militar y en su
extraordinario valor; y una vez terminadas las fiestas con que era de rigor
“recibir” a los nuevos mandatarios, el Corregidor Villagra creyó de su deber
visitar a la viuda de su antecesor para ponerse a su servicio, ya que pronto
habría de salir rumbo al Perú.
Villagra
entró a la mansión de doña Leonor de Carabajal con el corazón pletórico de
optimismo y con los mejores y más sinceros deseos de servir “a mi señora doña
Leonor” en los menesteres de su embarco y largo viaje; pero salió de ahí con la
mente perturbada e inquieta, y con pocos, con poquísimos o casi con ningún
deseo de que la viuda del Corregidor Castillo saliera de la Imperial...
llevándose a su hija, la sin par María del Castillo, cuya angelical hermosura
había trastornado, de repente, todos los proyectos del nuevo e inflamable
Corregidor.
No hay
para qué decir que el Corregidor Villagra no faltó ningún día en su visita
cotidiana a la casa de la viuda, para adorar el santo por la peana; tampoco
hace falta decir que el vecindario se dio cuenta, a la tercera visita, de que
su Gobernador había caído “redondo” en las redes del niño con alitas, y había
sufrido y estaba sufriendo flechazos de muchísimo mayor trascendencia que
aquellos de los indios de Purén, que dieron muerte al Corregidor Castillo, su
antecesor. Para colmo, el barco que debía llevarse a las viajeras no venía y la
estancia de la viuda y de su hija se prolongaba indefinidamente, con gran
contentamiento, por cierto, del enamorado galán.
Pero una
tarde avisaron del puerto que un patache ascendía el río con buen viento y que,
al decir de su piloto, tenía su carga lista para zarpar, con la primera racha
favorable, rumbo al Callao, llevando además importantes pliegos que había
recibido del Gobernador de Chile para el Virrey de Lima. Villagra recibió la
noticia como quien bebe una pócima.
— ¿Me
dais albricias, señor mi amo...? — insinuó el mensajero con la cara sonriente.
—
¿Albricias...? ¡Mal rayo te parta, señor majadero! — contestó el Gobernador
echando un “temo” con pimienta y ajos.
La misma
tarde recibió la viuda del Corregidor Castillo la visita de Gabriel de
Villagra; era la segunda visita de ese día, pues la primera ya la había hecho
antes de la siesta. Sólo que en esta segunda iba acompañado del Vicario Alonso
Dolmos de Aguilera; no diré yo que la viuda se sorprendiera de que su amigo el
Vicario viniera de padrino para pedir la mano de María del Castillo para su
ahijado Gabriel de Villagra, presente; si la viuda sufrió alguna sorpresa, ella
fue la de que el pretendiente hubiera elegido la última hora para hacer tal
petitoria, ya que durante los meses pasados el galán no había hecho otra cosa
que ponerse en ridículo como enamorado tímido y tembloroso.
—
¿Dejaremos, pues, que el barco zarpe a su destino sin vuestras mercedes? —
dijo, por último, el Vicario, una vez que se convenció de que la suegra estaba
lista para el golpe final.
— De
ninguna manera, señor Vicario — contestó doña Leonor—, porque yo me partiré
sola a Lima, si doña María quiere quedarse en la Imperial. Y aprovecharé este
barco, porque no quiero morir en estas tierras malditas.
— ¿Y
querrá, doña María quedar en la Imperial, sin vuestra merced...? — insinuó,
entre tartamudeos, el valiente Corregidor a quien la resolución de la suegra se
le antojaba un tanto peligrosa.
— Dirálo
ella, señores — contestó doña Leonor, saliendo del aposento, vivamente
emocionada.
La
noticia de que el Corregidor Villagra y María del Castillo se casaban dentro de
tres días, casi de sopetón, sin que siquiera se “corrieran proclamas” — las
cuales habían sido dispensadas sin inconveniente alguno por el Vicario Dolmos,
“habida considera ración de la urgencia del caso”—, cayó en la Imperial como un
repique de campanas a media noche; de modo que el vecindario se aprestó a
presenciar el “suceso” con el regocijo de los grandes días de fiesta, ya que se
trataba del matrimonio de dos sujetos de expectación excepcional, que no tenían
impedimento, y que no dejaban nada enredado...
La
ceremonia, si tuvo preparativos, ellos fueron rapidísimos, y debía llevarse a
cabo antes del mediodía, pues la suegra debía embarcarse la misma tarde en el
patache que la esperaba sólo a ella, fondeado en el río, frente a la ciudad.
Amaneció
el día feliz, y todo el mundo dejó el lecho temprano en casa de la novia; los
sirvientes aprestaron los últimos hatos que debían ser transportados a bordo,
pues la mayor parte del equipaje de doña Leonor, la viajera, ya había sido
embarcado los días anteriores, y sólo esperaban que el indio Mateo, “caporal”
de la servidumbre que acompañaría a la viuda hasta su nueva residencia,
ordenara la tarea. Todo estaba ya listo y sin embargo Mateo no aparecía; y como
no se presentara Mateo, no faltó alguien que hiciera allí sus veces y se
encargara de. ese menester, muy sencillo, por otra parte.
Pero
transcurría el tiempo, pasaba la mañana, se acercaba el momento de la ceremonia
nupcial, iban y venían sirvientes, mensajeros y gente comedida, y el indio
Mateo ausente, como si se lo hubiera tragado la tierra.
Llegó la
hora de la ceremonia; los amigos, los funcionarios, los capitanes, los frailes,
los canónigos; llegaron el Vicario Capitular, los ministros de hacienda, los
alcaldes, los regidores, y por fin surgieron, de detrás de un cortinado, los
novios, provocando un ahogado murmullo de admiración; gallardo y satisfecho él,
delicada y emocionada ella...
Realizóse
la ceremonia, explicóles el Chantre el “significado” del Sacramento en pomposo
y gongoriano discurso, “besáronles las manos” todos los que pudieron y poco a
poco fue evacuando la “cuadra” la mayor parte de los asistentes, pues fueron
muy contaditos los invitados a la “comida”.
Y Mateo
no llegó; no llegó nunca, ni tampoco estuvo en el barco cuando doña Leonor,
acompañada de todo el pueblo, fue a instalarse a su bordo para alejarse, para
siempre, de las costas chilenas.
— ¡Adiós,
Mateo!... ¡adiós Mateo!... — murmuraba doña Leonor, agitando su pañuelo desde
la borda, para corresponder a los últimos adioses que su hija, su yerno y toda
la gente 'le enviaban desde la orilla, cuando el patache se alejaba,
rápidamente, al impulso de un fuerte viento del Sur.
— ¡Adiós,
Mateo!...
Las
últimas sombras del crepúsculo estaban cayendo, como precursoras de una noche
negra sin luna, cuando se oyeron en la Imperial las trompetas de las atalayas
del fortín que anunciaban los característicos rumores de las hordas araucanas
que se acercaban a la ciudad a través de las montañas ribereñas. El Corregidor
y su esposa encontrábanse en esos momentos en “palacio” en la reunión que era
de regla soportar antes de que los recién casados se retiraran a sus
habitaciones, al sonar la queda del día del matrimonio.
El
bullicio de los visitantes, dentro de la “cuadra”, no solamente ahogaba el
sonido de los dos “rabeles” y de la pandereta que componían “las músicas” de la
Imperial en aquella época, sino que también todo ruido que pudiera venir de
afuera; de modo que pasaron largos minutos antes de que festejantes y
festejados se dieran cuenta de la inquietud que se estaba produciendo en la
ciudad con el alarmante aviso de los centinelas del fortín.
Un
cañonazo que resonó en los ámbitos y repercutió en las hondonadas, paralizó las
regocijadas demostraciones de la fiesta nupcial, y un segundo y un tercero
lanzaron al patio y luego a la plaza a casi todo el concurso, sin darle tiempo
siquiera, para despedirse de los novios...
El
Corregidor fue de los primeros en salir, habiendo tenido ocasión, apenas, de
coger la mano de su esposa y llevarla rápidamente a sus labios; cuando Villagra
embocó el callejón que conducía al fortín, encontróse rodeado por una masa
humana poseída del pánico y que huía despavorida hacia la plaza; en vano
gritaba el Corregidor y daba órdenes y repartía mojicones, primero, y mandobles
con su espadín de gala, después; la avalancha lo arrastraba, invenciblemente,
sin que le fuera posible, “de a pie” como estaba, hacerse reconocer como el
jefe de la ciudad.
Entretanto,
los espantosos aullidos oíanse, estridentes; las hordas debían estar ya sobre
la ciudad; de pronto apareció una columna de humo, trágicamente iluminada y
luego otra y otra, por distintos puntos; el Corregidor no podía desprenderse de
aquel torrente humano irresistible que, encajonado en el callejón, se
precipitaba hacia la plaza, en donde se veían ya tres columnas de humo denso,
teñidas de rojo... Villagra se veía sucumbir, miserablemente, sin poder ponerse
al frente de la defensa de la ciudad que le había sido confiada, ni poder
defender, tampoco, a la grácil criatura que se le había entregado hacía unas
horas, ante el altar de Dios...
—
¡María!... ¡María!... ¡María!..., — imprecó desesperado, arrollando con
extraordinario empuje a niños, mujeres y ancianos que le impedían el paso; cayó
en una zanja y muchos pasaron sobre él... Levantóse después de algunos
esfuerzos y logró, por fin, llegar hasta la plaza, cuyos edificios ardían ya,
“por todos cuatro costados”; entre éstos ardía el palacio del Corregidor
En esos
mismos momentos un indio “ulmén” montado en un recio caballo chato negro
corría, campo traviesa, hacia los impenetrables bosques que coronan los cerros
de Boroa, llevando en sus brazos a una mujer despavorida.
Ella era
la desventurada novia María del Castillo; el indio era Mateo, que desde la
noche anterior, perdida ya la esperanza de impedir el matrimonio de la dulce
compañera de su niñez, había vuelto a su montaña nativa y recuperado su antiguo
nombre de Anganamon jamás olvidado, a pesar de los años y de su voluntario
cautiverio.
§ 4. La
ruina de Villarrica...
Apenas
dos meses faltaban para que se cumplieran los tres años que duraba el “cerco”
de la Ciudad Rica, o Villarrica, sin que sus empecinados atacantes amainaran un
punto en el persistente y terrible asedio, ni sus defensores, con el Capitán
Rodrigo de Bastidas a la cabeza, desfallecieran un instante.
Desde la
trágica muerte del Gobernador Loyola todo el Sur era una hoguera; habían
sucumbido ya cinco de las siete ciudades australes, y apenas si se mantenía
Concepción, que era algo así como el hospital de sangre del Reino, amparada por
su situación marítima y por el acopio de elementos y de población que llegaban
a Penco con la mira de ser distribuidos entre las plazas sitiadas “para su
refuerzo” Imperial, Cañete, Angol, Valdivia y Osorno habían ido, una a una,
“despoblándose” o cayendo en poder de los ensoberbecidos Pelentaru, Anganamon y
Guaiquimilla, quienes, después de saquearlas, rabiosamente, les ponían fuego
‘'por todos cuatro costados” removiendo después su cimientos.
Solamente
Villarrica manteníase en pie, a pesar de no haber recibido refuerzo alguno
durante los tres años del sitio; mas, para ello había sido menester que sus
pobladores, “hombres, mujeres e frailes”, empeñados en casi cotidianos combates
homéricos, hubieran visto reducido su número, de doscientos ochenta y siete
habitantes con que contaba la ciudad en 1599, a la mínima expresión de “once
hombres y diez mujeres” en el mes de febrero de 1602, fecha del último combate
de aquel puñado de héroes, y fecha también del término de su prolongado
martirio.
¿Será
preciso representar al lector los padecimientos, fuera de toda imaginación, que
sufrieron aquel puñado de infelices, en los últimos seis meses de espantosa, de
inenarrable miseria?
“Hombre
hubo, que no teniendo qué comer en cuatro días, se comió medio cuero de ante de
Castilla y dos trozos de jabón; la gente más flaca, como las mujeres y los
niños, se caían muertos de hambre, y sus mayores los dejaban irse al enemigo
por no verlos morir a sus ojos, y sin remedio; niños y mujeres iban cada cual
donde quería, sin obediencia a madres ni a maridos, porque el hambre no guarda
respetos; cuando se quería salir del fuerte a merodear algunas raíces o frutas
silvestres, o sabandijas, que sirvieran de algún refrigerio, ya no iban los
hombres, porque hacían falta para 'la defensa del amagado fuerte, y dieron en
mandar a las mujeres; salió una y llevósela el enemigo; luego salieron otras, y
también se las llevó; salieron después otras, amparadas por algunos hombres,
con sus armas, pero en una de estas salidas los aguaitó el enemigo y así
quedaron en su poder, cautivas, doña Ana de Luna, doña María de Figueroa, y el
Padre Martín de Rosas, del Orden de San Francisco”.
“Carne
humana la comieron muchos... Mujer hubo, loca de hambre, que comió el hijo de
sus entrañas, recién nacido”...
En una de
esas salidas obligadas por el hambre, fueron capturados el valiente capitán
Marcos Chiavarri y el no menos valiente soldado Juan de Torres; al día
siguiente los defensores de Villarrica, sumidos en la desesperación por la
pérdida de esos dos guerreros que habían sido de los más denodados defensores
de la ciudad, presenciaron un espectáculo “no tan extraño como nos parecería
hoy día”, dice Monseñor Errázuriz. Dos caciques, seguidos por numerosa escolta,
se presentaron ante el fuerte en son de parlamento, llevando delante de ellos
al capitán Chiavarri y al soldado Torres, cuidadosamente atados.
Los
parlamentarios, sin abandonar sus cabalgaduras, pusiéronse al habla con el
capitán Bastidas, quien asomóse a una de las almenas del fortín, y “de alto a
bajo trataron de paces”; los indios manifestaron a los españoles la inutilidad
de la resistencia, sobre todo después de haber disminuido la guarnición al
mínimo, con la muerte o cautividad de tanta gente y de sus mejores capitanes; y
por último, intimaron rendición.
— Si Dios
tiene dispuesto nuestro sacrificio por la Santa Fe y por el Rey, prontos
estamos a renovar la lucha y a sucumbir, sin rendirnos jamás — contestó Rodrigo
de Bastidas, “quitándose del fuerte”.
“Entonces
el capitán Chiavarri y el soldado Torres, que estaban abajo, con los indios,
hicieron un pedida extraño”...
— ¡Ah...
señor capitán Rodrigo! ¡Aaah!...
Al
reconocer la voz de sus desgraciados camaradas, que estaban “prisioneros y
maniatados” entre los enemigos, Bastidas apareció de nuevo en la almena.
— ¿Qué
queréis, hermanos? — voceó el capitán, con acento emocionado.
— ¡Una
gracia!... — contestaron al punto los prisioneros.
— ¿De
mí?... ¿Y en qué podremos seros útiles, infelices de nosotros?...
Lo que en
seguida oyeron los soldados del fuerte de Villarrica, los dejó espantados”.
—
¡Permitid, señor capitán, por vuestra salvación, que salgan del fuerte y vengan
a nosotros nuestras mujeres e hijos, para que nos acompañen en nuestro
cautiverio!...
Eran
cinco bocas menos a quienes alimentar...
“Vinieron
a ello los del fuerte, y las dos mujeres, con sus hijos, salieron gustosas a
comenzar la terrible vida' de esclavas de quienes habían sido antes servidas”.
Dos días
después de este hecho ocurrió otro con caracteres de horripilante, ante los
ojos horrorizados de aquella gente “abandonada de Dios”.
“Habiendo
salido, también con el hambre — dice el padre Rosales— a buscar algún caballo
que comer, un clérigo llamado Andrés Viveros, lo cogió el enemigo como a una
legua del fuerte; y como el sacerdote hubiese estado ya dos veces cautivo de
los indios, y por su buena diligencia hubiese logrado escaparse de ellos, no
quisieron esta vez que se fuyese de nuevo; y llevándolo frente al fuerte, con
gran algazara, y después de haberlo azotado dos veces amarrado a un árbol,
trajeron un palo agudo y lo espetaron en él, y le asaron, cual otro Sant
Lorenzo, a la vista de los impotentes españoles, que hubieron de limitarse a
rogar por el ánima del desventurado clérigo”.
Tantas
bajas causadas por los continuos combates, por el hambre, por las enfermedades
y por el cautiverio, durante tres años de inexorable batallar, redujeron — ya
lo he dicho— a once hombres y diez mujeres la primitiva población de Villarrica
que había sido una de las ciudades más pobladas y florecientes del Sur, por la
opulencia de sus minas de oro y plata y por sus pródigos lavaderos de las
orillas del lago Mallohueyquen (actual lago Villarrica) y del río Toltén, que
es su desaguadero. Es justo recordar los nombres de esos veintiún héroes que
llegaron hasta el fin en la defensa de sus hogares y que rindieron la vida en
el último asalto de sus sitiadores; ellos son: el capitán Rodrigo de Bastidas,
Jefe de Guarnición: los capitanes Gabriel de Villagra y Alonso de Córdoba; y
los soldados Alfonso Becerra, Juan Sarmiento de León, Domingo de Urasandi, Pero
Alonso, Andrés de Riveros, Francisco Núñez, Pedro Fernández de Córdoba, el mozo
don Juan de Maluenda y el cura Juan Sedeño. Las diez mujeres, cinco de las cuales
quedaron cautivas entre los indios, fueron: doña Ana de Chiavarri, mujer del
capitán Rodrigo; doña Lorenza de la Calzada, doña Isabel de Luna, doña Ana y
doña Inés de la Paz, doña María de Placencia, doña Juana de Chiavarri, doña
Aldonza y doña Beatriz Lozano y doña María Zapata.
El día 7
de febrero de 1602, muy de madrugada, los defensores del único torreón que se
mantenía en pie, del que había sido poderosísimo fuerte de la Ciudad Rica,
notaron en el campo de los sitiadores inusitado movimiento; acostumbrados, como
estaban, a las casi cotidianas “guazarabas” de los indios, presintieron, sin
embargo, algo imprevisto, “que inquietó al Capitán Rodrigo”, y esto era raro,
porque Bastidas tenía bastante experiencia adquirida en su larga vida de
guerrero de Arauco, y muy especialmente en esos tres años de sitiado mi
Villarrica.
La única
parte del antiguo fuerte que estaba en poder de los españoles era la punta o
esquina sur-poniente. La primitiva fortaleza, en tomo de la cual habíase
desarrollado la ciudad, tenía la forma de un amplio trapezoide con su base al
Poniente; en cada uno de los ángulos se levantaba un torreón almenado que
dominaba, estratégicamente, los dos “lienzos” de muralla que formaban la
esquina. Al centro de la fortaleza habíanse construido los primitivos cuarteles
para el alojamiento de las tropas de guarnición, los polvorines y los hornos de
fundición de balas; alrededor de estas construcciones quedaba una extensa
“plazoleta para ejercicios o refocilamiento de soldados”. Esos cuarteles y
plazoleta habían servido de refugio a toda la población de la ciudad en los
primeros asaltos de los sitiadores, y a medida de que el cerco se fue haciendo
más estrecho, esos cuarteles y plazoleta llegaron a ser la ciudad misma. Poco a
poco fue reduciéndose, también, ese recinto, pues los rebeldes atacaron “sin
miramiento alguno” los torreones esquineros, fortificados con artillería, y
“fuéronlos incendiando uno en pos de otro”, hasta que, al final de los tres
años de sitio sólo quedaba en poder de los heroicos defensores el “cubo” del
extremo sur-poniente, el que habían aislado, para defenderlo por el Oriente,
“echándole una muralla con los desechos y las piedras que sacaron de los otros
torreones, a hurtadillas, y cuando pudieron”, y cavando varios fosos.
El
recinto de que disponían el capitán Bastidas, sus diez soldados y las diez
mujeres que restaban de la primitiva población de Villarrica, no era mucho;,
unas cien varas cuadradas; pero, en realidad, sobraba para que pudieran “‘darse
vuelta” esas veintiuna personas; al centro de la plazoleta habían construido
una “barraca dividida en dos”, para dormir, en un lado los hombres y las
mujeres en el otro; a poca distancia otra que servía de cocina y “sala de
comer”, y también de capilla, pues allí redujo, sus elementos del Culto, el
cura Juan Sedeño, “por no haber otro sitio donde ponella”.
Sólo un
cañón, siete fusiles “y alguna pólvora pasada” quedaban a los sitiados como
elementos mecánicos de defensa a la distancia; para mantener esos elementos,
“que más eran de bullicio”, había sido necesario fundir todo lo metálico que
había existido en la ciudad: fierro, bronce, plata y oro... Clavos, arcabuces,
cañones inutilizados, imágenes “de bulto” — una Virgen del Rosario de
plata— y aun vasos sagrados. Por lo demás, el cañón y los
arcabuces no prestaban servicios positivos en esa circunstancia; lo más
eficiente era la espada, la pica, la coraza y el brazo. La pólvora podía darse
ya por terminada, pues el “fabricante”, que lo era el padre Martín Rosas,
franciscano, ayudado por sus correligionarios, había caído prisionero hacía
unos cuantos meses, y ninguno de los que restaban en el fuerte había logrado
producir “algo que valiera”.
La caída
de Villarrica era, pues, fatal, y ni Rodrigo de Bastidas ni habitante alguno
abrigaba esperanza, la que menor, de que “si no fuera por milagro”, podría
escapar con vida, o sin cautiverio, de un asalto final.
Ocho
meses habían transcurrido desde que los sitiados tuvieran alguna noticia
fidedigna de las otras ciudades australes; esas noticias habían sido
desastrosas, y tal prolongado silencio estaba indicando, a las claras, que “ya
el Reino se había perdido”.
Tal era
la situación de Villarrica el sábado 6 de febrero de 1602, por la tarde, cuando
los defensores del fuerte divisaron las avanzadas de una gran junta de indios
que atravesaban en balsas, canoas y a nado, el río Toltén, a media legua de
distancia de la ciudad; indudablemente se trataba de un nuevo asalto en regla y
“todos se prepararon a bien morir”, pues ante el ataque formidable que se
presumía, “consideráronse anonadados”.
—
Señores, ¿qué haremos...? — dijo Bastidas a sus compañeros, todos los cuales
habían estado contemplando, impotentes, el paso de las hordas a través del
Toltén.
— ¿Qué
queréis que hagamos — dijo a su vez Gabriel de Villagra— si no es morir de una
vez, para no prolongar esta atroz agonía...?
— ¿Y
nuestras mujeres? — se atrevió a insinuar Juan Sarmiento de León.
—
¡También morirán! — afirmó Pablo Fernández de Córdoba, con acento convencido.
— Si no
quedan cautivas... — dijo Pero Alonso, enronquecida la voz.
Todos
aquellos hombres echaran una mirada feroz a Pero Alonso...
Aquella
noche nadie durmió en el fuerte de Ciudad Rica.
“Recogiéronse
todos — dice Rosales— a un reducto muy estrecho, y pusieron en medio un altar
con la imagen de Nuestra Señora del Rosario y un Cristo muy devoto y
encomendándose a ellos, con muchas lágrimas, les suplicaban que les enviasen
socorros del cielo, ya que en la tierra no le había para ellos”.
Las
hordas, entre tanto, tomaban sus posiciones en los alrededores del fortín, sin
que nadie las inquietara; desde la plazoleta oían los sitiados el continuado y
siniestro rumor de la multitud que se acercaba en desorden, entremezclado con
gritos estridentes, con pavorosos alaridos de “trutrucas” que herían a
intervalos la atmósfera “como trompetas de juicio final”. Cuando las sombras
cayeron definitivamente sobre aquel campo de “verdugos y de mártires”, los
rumores, los gritos, los trompeteos, Riéronse apagando, y mucho antes de la
media noche habíase hecho casi el silencio; era indudable que los salvajes
tomaban descanso para dar el asalto a la madrugada del siguiente día.
El
capitán Bastidas y sus nueve soldados hicieron “guarda y vela”, turnándose de a
tres, cada dos horas.
— Idos a
descansar vosotros, todos nueve — dijo el capitán Bastidas—; yo velaré solo el
primer turno, para que vosotros empecéis de a tres, después de mí, en las horas
de más peligro, que son 'las de media noche y madrugada.
—
Velaremos todos juntos — propuso Alonso de Córdoba.
— No, a
fe — replicó el capitán—; si velamos todos, no descansará nadie y ello no es
posible ni justo; idos — mandó—, que yo habré de velar solo, por ahora.
— Y yo,
con vos, señor capitán — intervino el cura Sedeño—; si no soy, por mi oficio,
hombre de espada, puedo servir, siquiera para velar.
—
Paréceme que también habréis de manejar un arma si queréis salvar el pellejo,
padre cura — dijo Domingo de Uransandi, en tono zumbón.
— ¿Salvar
el pellejo...? Decid: mantener el pellejo algunas horas más en pie, y andaréis
acertado, señor mío — replicó Alonso Becerra, encaminándose hacia la barraca
para “echarse”, en obedecimiento a la orden del capitán.
Era
pasada la hora “segunda de la modorra”, más o menos las tres de la madrugada, y
aun no se insinuaban las primeras luces de la aurora, cuando resonaron en el
bosque los rabiosos sonidos de una trutruca que desgarraron el silencio; una en
pos de la otra fueron repitiendo la llamada un centenar de trompetas
diseminadas por el valle y las colinas orilleras del río y del lago, al mismo
tiempo que un bullicio, en creciente, surgía de la amenazadora selva. Con la
primera clarinada saltaron de sus dormitorios los defensores del fortín y antes
de un minuto encontrábanse a la vera de su jefe, en muda disposición al
sacrificio que no tardaría, o no podría pasar de ese día.
No
demoraron, tampoco, en salir de su barraca las mujeres; sus rostros fláccidos,
pálidos, exangües, demostraban la hambruna, el insomnio y el agotamiento.
Situáronse al lado afuera de la barraca, sentadas algunas, apoyadas de hombro
en el “lienzo” de la muralla las otras, y llorosas todas, resignadas a su
suerte. ¿Qué iba a ser de ellas, al final de ese día? ¿Acabarían, por sus
sufrimientos, con la muerte, o habrían de empezar otros nuevos, en el fondo de
aquella selva traidora, trágica, inhumana, que las esperaba allí al frente, con
las fauces abiertas?
—
¡Recemos a Dios!... — insinuó el cura Sedeño.
—
¡Recemos a Dios! — murmuraron todos, hombres y mujeres, pues tal vez un mismo
pensamiento los envolvía, e inclinaron sobre el pecho sus cabezas abatidas.
— ¡Ah...
capitán Rodrigo!... — oyóse que gritaba, de súbito, Francisco Núñez, que había
quedado de atalaya en la garita del cubo.
Todos
suspendieron la oración; los hombres se incorporaron y las mujeres clavaron en
el atalayero sus ojos engrandecidos.
— ¿Qué se
ofrece? — preguntó Bastidas, yendo hacia las almenas.
—
¡Apurad, señor, que es menester!
Bastidas
corrió, y en un momento llegó al bastión, por una de cuyas aberturas miró hacia
el campo. Sus diez compañeros le imitaron, con las mismas precauciones.
Un
numeroso grupo de indios, que caminaban a trancos decididos y casi en orden,
avanzaba rectamente hacia el fortín; el crepúsculo matinal y la distancia a que
todavía venían, impedía el examen de esa gente, “y saber so color de qué
venía”.
— Son muy
pocos para que vengan en son de ataque — opinó Sarmiento de León.
Vienen de
parlamento — dijo Bastidas después de unos instantes—. Ved, si no, al que viene
delante que trae un trapo rojo amarrado en lo alto de su lanza.
— Y el
que viene delante es Caminahuel — agregó Andrés de Riveros—; le he reconocido
en el alto penacho de su trarilonco.
— ¿Qué
hacemos? — insinuó Pero Alonso—. ¿Los dejaremos acercarse, sin saber si vienen
de traición?...
— No
podemos impedirlo — contestó Bastidas—, y sea cualquiera la color en que
vengan, habremos de recibirlos. Cada cual a su puesto, señores — terminó el
capitán—; tendréis el cañón y los arcabuces listos con sus cuerdas mechas
encendidas, pero no disparéis sino cuando sólo yo lo indique.
Antes de
un cuarto de hora, el grupo de indios había llegado a menos de una cuadra del
primero de los tres fosos de ocho varas de ancho y de cinco o seis de fondo que
los españoles habían construido alrededor del fuerte, y a distancia de veinte o
treinta varas uno del otro.
Acostumbrados
ya a estos parlamentos, indios y españoles sabían el “ceremonial” que era
menester para empezar los “tractos” y para concluirlos; el parlamentario
indígena dejó a sus acompañantes unas cien varas atrás y avanzó, solo, hasta la
orilla del primer foso que quedaba más o menos, a unas cincuenta toesas de la
muralla fortificada; lanzó allí una prolongada voz...
—
lEeeeeeiiiii!...
—
¡Aaaah!... — contestó el capitán Bastidas, mostrándose sobre una almena.
El
parlamentario traía aprendido un largo discurso que espetó, a gran voz y sin
tomar resuello, al jefe español; sólo de vez en cuando, después de terminado un
largo período de su oración, levantaba en alto su prolongadísima lanza — la que
mantenía horizontalmente sobre el pescuezo de su caballo, mientras hablaba— y
gritaba siempre a gran voz, haciendo revolver a su cabalgadura:
—
¡Eeeeeiiii!...
A este
grito y señal, el grupo de indios que había quedado a la distancia mientras el
parlamentario desempeñaba su cometido, respondía con un grito igual echando
también arriba sus lanzas y acicateando sus cabalgaduras, “como apoyando cuanto
dijera el emisario, ya que hablaba en nombre de su general y en el de ellos
mismos”.
El
mensaje del parlamentario, dicho en español, pues para esto los indios elegían
a “ladinos en lengua”, se reducía, en síntesis, a proponer a los sitiados una
rendición incondicional, a trueque de darles paso franco hasta Santiago o
Concepción, y hacerles algunas consideraciones sobre la insostenible situación
en que se encontraban y sobre las consecuencias de una resistencia
completamente inútil, pues “el indio declaró que su general Caminahuel tenía
resulto destruir ahora y de una vez la Ciudad Rica, para lo cual traía muchas
legiones y vendrían más, pues habiendo destruido todas las ciudades del Reino,
ya no tenían dónde combatir”.
Al oír
esas noticias y tal proposición, ‘los del fuerte quedaron espantados y
melancólicos”; el capitán Bastidas echó la vista a su alrededor, “y vio que
hombres y las mujeres lloraban”, sin decir una palabra; midió el jefe, la
responsabilidad que le cabría ante el Rey y ante su conciencia, al adoptar
cualquiera resolución, se concentró todavía un momento en sí mismo, y por fin
surgió nuevamente sobre el bastión.
—
¡Aaaah!...
—
¡Eeeeeiii!,
—
¡Volved, por nuestra respuesta, dentro de una hora!...
— ¡¡No!!.
— gritó el parlamentario.
Bastidas
se estremeció; miró nuevamente a los suyos, y en sus rostros leyó una angustia
trágica.
— ¡Media
hora!... — gritó de nuevo.
-¡¡No!!...
El
capitán empuñó ambas manos hacia lo alto; iba a contestar una herejía, pero en
ese momento el parlamentario se empinaba sobre su caballo para gritar algo.
— ¡Un
ratito!... ¡Un ratito!... — dijo, y se bajó de su cabalgadura, de un salto,
sentándose “de chiquillas” en el suelo.
Rodrigo
de Bastidas hizo una señal a sus compañeros para que vinieran a reunírsele;
todos corrieron, y en un par de segundos, hombres y mujeres le rodearon,
ansiosos. La resolución se produjeron los momentos en que el parlamentario
montaba de nuevo sobre su caballo, indicando de esta manera que el “ratito”
había terminado.
— ¡
Aaaaah!...
—
¡Eeeeeiii!...
— ¡No
creo en la noticia que me dais, ni tengo confianza en que nos daréis paso hada
la Concepción!... ¡No creo, ya, en vuestras mentiras y ardides! En esta Ciudad
Rica nos quedamos y la defenderé mientras vivamos. ¡Idos!
Una
muchedumbre incontable de salvajes llenaba, una hora más tarde, la pequeña
pampa que rodeaba el fortín, pero manteniéndose todavía a una prudente
distancia del primer foso, hacia cuyos bordes estaba emplazado el cañón. Los
arcabuceros con sus mechas “en fuego”, esperaban, listos, las órdenes del jefe,
el cual, desde una atalaya, atisbaba el momento oportuno para empezar las
descargas de esas bien poco eficaces máquinas de guerra; las mujeres,
repartidas en los sitios menos peligrosos, al lado de sus maridos, habían
empezado ya a colorear sus mejillas con los últimos restos de un coraje
arrancado a la resolución de morir, ¡por fin!...
Todos los
ojos de aquellos hombres y mujeres destinados al martirio, estaban atentos a
los movimientos y evoluciones que se agitaban en aquel campo, de donde había de
precipitarse la avalancha que los envolvería, luego, o más tarde. De pronto —
viéronlo todos, se desprendió de uno de los escuadrones más distantes, un grupo
de hasta veinte indios que escoltaban a un toqui, cuya investidura era
inconfundible por la esbelta pluma coloreada que adornaba, por el frente, su
enmarañada cabellera.
Adelante
del toqui marchaba un indio que llevaba la cuerda de la cual sujetaba, por el
pescuezo, a un muchacho de color blanco, maniatado a la espalda y desnudo de
piernas y de cintura arriba, y que caminaba trabajosamente. Todos los del
fuerte tenían la mirada fija en aquel grupo que, atravesando por el recto la
explanada, se dirigía, evidentemente, hacia el primer foso. De pronto oyóse un
grito de espanto, de dolor..., o de alegría.
—
¡Hijo!... ¡Hijo! ¡Mi hijo!...
Doña Ana
de Chiavarri, mujer del capitán Rodrigo de Bastidas, lanzóse irresistible hacia
las almenas, y su locura la hubiera arrojado de alto a abajo, estrellándola
contra el enrocado del fortín, si varios soldados no se precipitaran a
sujetarla.
El grito
desesperado de doña Ana de Chiavarri causó el consiguiente revuelo entre los
del fuerte, y todos echaron una mirada escrutadora sobre el grupo de indios
hacia el cual señalaba e imprecaba la mujer del capitán...
— ¡Aquel
mozo parece ser Julián Bastidas!... quiso afirmar doña Inés de la Paz.
— ¡Es
él... es él!... — gritaron varios, casi todos.
— ¡Sí que
es mi hijo!... ¡Mi Julián! — Continuaba gritando doña Ana-: ¡vedle demacrado y
sangrante!.-. ¡Favor de Dios!, ¡Favor de Dios! — imprecó, mesándose los
cabellos, mientras las mujeres y aun los soldados se desataban en lamentos y
protestas.
—
¡Silencio!... — vociferó el capitán Bastidas, al ver que el prisionero y el
toqui habían llegado al borde del foso, y el último había alzado la mano y
“echado una voz”.
—
¡Eeeeni!...
— ¡Aaaah!
¿Qué queréis...? — preguntó Bastidas, rabiosamente.
—
¡Entregaros vuestro hijo! — gritó el toqui.
—
¡Hijo...! — lamentó de nuevo doña Ana, echando los brazos al vacío.
—
¡Silencio!... — impuso el capitán—. ¿A cambio de qué?... — gritó de nuevo.
— ¡De que
entreguéis el fuerte! — contestó, impasible, “el indio imperioso y soberbio”.
Hubo un
silencio expectante. Bastidas hundió su cabeza entre los hombros, apretó los
dientes y los párpados, cubrióse el rostro, rabiosa y desesperadamente con sus
manos, levantólas luego, empuñadas, y gritó:
— ¡Fuego
al cañón! ¡Fuego a los arcabuces!...
Era
imposible resistir, con veinte personas, a un ejército de cinco mil salvajes,
experimentados ya en la guerra, y con elementos superiores a los que disponían
los atacantes, aunque los sitiados centuplicaban sus fuerzas con su
desesperación; hombres y mujeres luchaban, los unos cargando y disparando el
cañón y los arcabuces, las otras allegándolas y preparándoles las balas y la
pólvora, y todos haciendo esfuerzos sobrehumanos para extinguir los incendios
que se producían continuamente con “las ramas embreadas y encendidas que los
indios arrojaban por lo alto” sobre el fuerte. A eso del mediodía se concluyó
el agua, y muy pronto el fuego “enseñoreó”. Las fuerzas físicas de los
defensores se agotaban., se agotaron. y la defensa terminó.
Por entre
el fuego penetraron impertérritos los atacantes, y comenzaron por dar muerte,
impunemente, a Becerra, Urasandi, Villagra y al cura Sedeño, “que estaban
inermes” echados y jadeantes. Las mujeres, o fueron muertas, o fueron cautivas;
el último que hubo de rendirse al número, fue el capitán Rodrigo, el que fue
transportado, ceremoniosamente, hacia el campo enemigo, donde “ulmenes y
toquis” se reunieron a deliberar sobre la suerte del jefe.
Bastidas
y su mujer fueron llevados a esta junta; pero aunque algunos caciques, quizá
por gratitud a sus antiguos beneficios, “se empeñaban en conservarles la vida,
prevaleció la opinión contraria, del toqui Cuminahuel, el mismo que había ido a
parlamentar, por la mañana. Llevado Bastidas al medio de la rueda, Cuminahuel
ponderó la gloria con que se había cubierto al vencer a tan heroico capitán
prisionero que por tanto tiempo había defendido a la Ciudad Rica, y dijo que no
había mejor manera de celebrar ese triunfo, que repartir la sangre de tan
heroico guerrero en sus lanzas y sus flechas”.
No
terminaba aún el orador, cuando un golpe de maza derribó a Rodrigo de Bastidas;
inmediatamente le cortaron la cabeza, le arrancaron el corazón todavía
palpitante y “con la sangre untaron las flechas y las puntas de las lanzas, y
luego repartieron el corazón, en pedacitos, entre los caciques”.
.Doña Ana
de Chiavarri, de rodillas, los brazos en alto, lanzó una suprema y desesperada
imprecación, “y pasó también desta vida”.
§ 5. Doña
Catalina Erauzo, la Monja Alférez
Fue don
Miguel de Erauzo, padre de la Monja Alférez, un soldado valeroso de las guerras
de Flandes.
Sus
progenitores, que eran hidalgos, obtuvieron, allá por los años de 1575, que el
joven Miguel ingresara a la corte del poderoso Don Felipe H, en calidad de
paje, en cuya gestión coadyuvaron un Obispo guipuzcoano y un Oidor de la
Audiencia de Madrid que gozaban de gran predicamento en Palacio. Con tan altos
padrinos, el joven de Erauzo hizo carrera prontamente. Enviado a Flandes en una
compañía de arcabuceros, ganó, grado por grado, su banda de capitán, peleando
recio con los bravanzones; en un combate, en Charleroi, salió herido y quedó
imposibilitado para la guerra. Volvió a la corte madrileña en 1587, más o
menos, y a poco se unió en matrimonio con doña María Pérez de Gálarraga, dama
noble oriunda de Vizcaya, retirándose después a la villa de San Sebastián,
provincia de Guipúzcoa, donde fijó su residencia.
De este
matrimonio nacieron ocho hijos: cuatro varones y cuatro hembras; éstas fueron
destinadas por sus padres al claustro, en cumplimiento de un voto que hizo don
Miguel de Erauzo cuando fue herido en Charleroi. Tal vez por el mismo voto
fueron dedicados a la carrera de las armas los cuatro varones.
Las hijas
de don Miguel fueron Isabel, Jacinta, María y Catalina de Erauzo, que es la
mujer extraordinaria cuya biografía me propongo hacer. Las cuatro damas
guipuzcoanas ingresaron al
convento
dominico de San Sebastián, el Antiguo, fundado en esa villa en 1546 por don
Alonso Rodríguez, Consejero de Estado, Secretario del Emperador don Carlos V y
Comendador de Extremadura en la Orden de Santiago.
La
presente biografía de doña Catalina de Erauzo, o la Monja Alférez, está basada
en los documentos fehacientes que he encontrado en las obras de don José
Toribio Medina, en las del coronel Odriozola, en la Historia del padre Rosales,
en las memorias que se dicen escritas por la propia doña Catalina y publicadas
en 1828, en París, por don Joaquín María Ferrer y en la relación verbal de sus
hechos que hizo la Monja Alférez en 1624, cuando regresaba a España después de
veinte años de vida aventurera en América, publicada un año después en Madrid
por Ramón Fajardo.
Como
entre los documentos fehacientes, — partida de bautismo, certificaciones ante
notario, presentaciones al Rey, providencias, cédulas reales y declaraciones de
testigos, etc. y las relaciones de su vida publicadas por Ferrer y Fajardo, hay
muchos puntos de contradicción, especialmente en las fechas, escribo esta
biografía — que no pretende, ni podría ser absolutamente exacta— ajustándola a
la lógica de los acontecimientos y dando preeminencia a los documentos
oficiales sobre aquellas y otras relaciones acomodaticias que se han hecho por
muchos autores, impresionados, tal vez, con la vida novelesca de esta mujer
extraordinaria.
Doña
Catalina de Erauzo y Pérez de Galarraga, nació en San Sebastián de Guipúzcoa,
como ya dejo dicho, el año 1582; fue bautizada por el vicario Alvizúa el día 10
de febrero, según consta de la certificación que tengo a la vista.
Cuando la
niña cumplía cuatro años de edad, su padre, en cumplimiento del voto que tenía
hecho, la llevó al convento de las dominicas, entregándola, por su tierna edad,
al cuidado de la monja doña Úrsula de Unza y Sarasti, prima hermana de don
Miguel de Erauzo. La pequeña Catalina, como sus hermanas María, Jacinta e
Isabel, entró, pues, a formar su corazón en el misticismo sin haber conocido,
casi, el amor maternal.
Aunque
importaría saber algún detalle de la niñez de Catalina a fin de vislumbrar sus
tendencias ancestrales o atávicas, se debe abandonar ese deseo, por cuanto no
hay otro dato de sus once años de vida conventual, que el que han dado sus
biógrafos noveleros, como la “causa movens” que la decidió a huir del claustro.
Dicen
éstos que a los quince años de edad nuestra heroína tuvo una reyerta con una
monja profesa llamada doña Catalina de Alizi, quien, como era ya una mujer
“hecha y derecha (había profesado siendo viuda), la maltrató de manos", y
que debido a esta “reyerta” la joven novicia determinó fugarse del convento, lo
que efectivamente hizo el día 18 de marzo de 1607. Me permito disentir del
motivo que dan los biógrafos noveleros — o “noveladores”, como diría Armando
Donoso— y creo que la novicia fugó del convento porque “estando en el año de
noviciado, ya cerca del fin, para profesar” creyó que su vocación estaba muy
distante de ser la de monja.
Estando
las religiosas en el coro, a media noche del día citado, víspera de la fiesta
de San José, Catalina de Erauzo fue a la celda de la Priora y tomó las llaves
del claustro con las' que se franqueó la portería. Sin saber dónde ir, pues no
conocía la ciudad, siguió a lo largo de las murallas circundantes del convento,
y fue a parar a un bosquecillo que había cercano. Allí pernoctó y se ocultó dos
o tres días, durante los cuales cortó y se hizo ropa de hombre con los hábitos
y prendas monacales que llevaba puestas.
Una vez
en traje masculino salió del bosque y tomando el camino real, a veces, y a
campo traviesa, otras, llegó a Vitoria, distante unas veinte leguas de San
Sebastián. Allí se acomodó de sirviente en casa de un Licenciado Cerralta, que
era casado con una prima hermana de doña María Pérez de Galarraga, madre de la
fugitiva. Al poco tiempo dejó este servicio y partió a Valladolid, asiento de
la Corte española, y allí logró entrar al servicio de don Juan Idiáguez,
Secretario de Cámara del Rey Don Felipe III. El cortesano vistió a su nuevo
paje con ricos trajes y lo tuvo siempre muy cerca de su persona. Doña Catalina
había adoptado el nombre de Francisco de Loyola.
Cierto
día que Catalina estaba en una antesala, conversando con otro paje de servicio,
vio llegar hasta allí a su padre don Miguel de Erauzo que pidió ver al
Secretario de Cámara, su amigo.
Al ser
anunciado, don Juan de Idiáguez salió al encuentro de don Miguel y ambos se
abrazaron efusivamente. Eran amigos desde la campaña de Flandes.
Entrados
ambos a una salita particular, don Miguel contó a su amigo que su hija Catalina
había abandonado el convento de las dominicas y que se ignoraba su paradero;
venía él a pedir favor a su antiguo camarada para que le ayudara a encontrar a
la fugitiva. Toda esta conversación la estaba oyendo doña Catalina escondida
detrás de unos tapices, de donde que tan pronto como le fue posible salir de su
escondite fuése a su habitación, lió un poco de ropa, echóse a la faltriquera
unos doblones que eran toda su fortuna y saliendo de Palacio pernoctó en casa
de un arriero que al día siguiente tenía viaje para Bilbao.
En esta
ciudad no halló pronto acomodo y a los pocos días se arregló con otro arriero
que iba para Estella de Navarra. Aquí entró al servicio de don Carlos de
Orellana, Caballero de Santiago, en calidad de paje y estuvo con él hasta
entrado el año 1608.
Parece
lógico suponer que doña Catalina estuviera temerosa de que su padre — ayudado
por la alta influencia de su amigo don Juan de Idiáguez— lograra descubrir su
paradero. Temería la fugitiva y con razón, el duro castigo que habría de
imponerle su padre, castigo que no podría ser otro que ser restituida al
convento y hacerla profesar.
¿Pensó
alguna vez, doña Catalina, volver al hogar paterno y echarse a los pies de sus
progenitores? Se nos ocurre que sí, por el episodio que voy a referir.
Estando
“muy a su gusto” al servicio de don Carlos de Orellana se despidió de él un
buen día y partió a San Sebastián, su ciudad natal. He aquí cómo relata su
estada en la ciudad, el manuscrito atribuido a doña Catalina y publicado por
Ferrer en 1828:
…pasé a
San Sebastián, mi patria, y me estuve sin ser de nadie conocido, bien vestido y
galán; un día oí misa en mi convento, la cual oyó también mi madre, y vi que me
miraba y no me conoció; acabada la misa, unas monjas me llamaron al coro, y yo,
dándome por entendido, les hice muchas cortesías y luego me fui”.
La
Relación publicada por Luis Fajardo, en 1625, como hecha por
la propia doña Catalina, pero escrita por un tercero, dice a este respecto:
“Desde
entonces se volvió a su mesma tierra y estuvo en ella ocho días y oyó muchas
veces misa delante de su madre, y otras veces en el convento de donde había
salido, y que por estar bien vestido en hábito de paje, le solían llamar las
monjas, mas ella no quería llegar por no ser conocida”.
Por su
parte, el padre Diego de Rosales, en su Historia de Chile, dice
lo siguiente, refiriéndose a este episodio de la vida de la Monja Alférez:
“…y de
allí se fue a su propia tierra de San Sebastián, que quiso el soplo del divino
amor hacerla arribar como navecilla perdida al puerto de salvación. Fue a posar
a la casa de una tía suya enfrente de las casas de sus mesmos padres y allí
estuvo tres meses luchando con sus mesmos pensamientos y resistiendo a la
divina inspiración que la movía y apretaba la conciencia para que se diese a
conocer e hiciera penitencia, volviéndose como hijo pródigo a casa de su padre.
Más ¡oh resistencia del corazón humano! por más toques que tuvo no quiso abrir
las puertas al arrepentimiento y huyendo de sí misma se fue a embarcar a Cádiz,
desembarcó en Puerto Bello (América) y fue a parar a Trujillo, en el reino del
Perú...”
Antes de
pasar adelante y con el propósito de no interrumpir este relato, más tarde, con
disquisiciones, creo necesario apuntar que las relaciones de Fajardo y de
Ferrer, por sus muchos puntos de coincidencia, no dejan la impresión de
autenticidad; la última por lo menos, es una copia de la primera, más alargada
con detalles y aventuras, que por su repetición hacen monótona la novela a
pesar de estar escrita con cierta facilidad y hasta don elegancia.
Además,
las fechas que dan Fajardo y Ferrer no coinciden con los documentos que existen
ni con los hechos históricos en que participó la Monja Alférez; sin poner en
duda que doña Catalina de Erauzo haya narrado, efectivamente, sus aventuras al
autor del escrito publicado por Fajardo, no es posible aceptar que el autor
haya traducido fielmente la relación, ni menos aún que las memorias publicadas
por Ferrer sean “de puño y letra de la heroína”, como pretende el bibliógrafo
español.
Por
ejemplo, Ferrer y Fajardo atribuyen a una “reyerta con una monja” el motivo por
que doña Catalina abandonara el claustro. El padre Rosales, en cambio, parece
que no atribuye a aquel motivo la fuga de la novicia. Desgraciadamente, el
manuscrito de su Historia de Chile está roto en esa parte y
sólo se pueden leer las siguientes palabras, al respecto:
“...
Continuamente de... profesa en su claustro, y con muy buena nota, y hasta que
al cabo de este... una pesadumbre con otra...
“Doña
Catalina... vino a cargar una pesadumbre y sentimiento tal, que dejándose
llevar de una vehemente tristeza y tentación se salió del monasterio y para
ponerlo en ejecución, aguardó una noche, etc.”
Por su
parte, la propia Catalina, en su representación de servidos al Rey, a su vuelta
de América, afirma, de su puño y letra:
“Señor:
El Alférez doña Catalina de Erauzo, vecina de San Sebastián, etc., etc., dice:
que en tiempo de diecinueve años a esta parte, los quince los ha empleado en
servicio de V. M. en las guerras de los Reynos de Chile e Indias del Perú,
habiendo pasado a aquellas partes en hábito de varón por particular
inclinación que tuvo de ejercitar las armas en defensa de la fe cathólica y
emplearse en servicio de V. M ”, etc., etc.
Entre la
firma de la interesada, ante el Rey y la del padre Rosales por un lado, y la
afirmación de dos manuscritos anónimos o apócrifos, por el otro, creo que no
cabe dudar.
Y dicho
esto, continúo la relación interrumpida.
Una vez
llegada a Trujillo, Perú, doña Catalina entró a servir a un mercader llamado
don Juan de Urquiza, a quien ayudó fiel y eficazmente, dando prueba de mucho
talento comercial. Llegó a tal punto la confianza que depositó en ella el
comerciante, que necesitando hacer un viaje a Lima dejó a doña Catalina en
Trujillo a cargo de todos sus negocios y con una tienda de mercaderías
avaluadas en ciento treinta mil pesos, de los que rindió cuentas con toda
corrección.
Mientras
que su principal andaba en Lima, le ocurrió a doña Catalina que un señor de
apellido Reyes la provocó mientras estaban ambos en una función teatral. Reyes
había creído probablemente que un muchacho, como parecía la novicia (tenía
dieciséis años), no sería capaz de defenderse y lo insultó; la ofendida
abandonó el local, buscó y ciñó una espada por primera vez, compró un puñal, y
al día siguiente, cerrando la tienda, se dedicó a buscar a su ofensor, al que
encontró frente a una iglesia y le provocó de hecho. Salieron a relucir las
espadas y la novicia ensangrentó sus manos, por primera vez, hiriendo
gravemente a Reyes en la cara y en un costado.
Por
primera vez, también doña Catalina pisó el suelo de un calabozo.
Sabedor,
su patrón Juan de Urquiza, de la desgracia que le había ocurrido a su fiel
servidor, llegó rápidamente a Trujillo y como era un personaje bien relacionado
en la ciudad, consiguió, después de algunos trajines, ponerlo en libertad;
pero, a fin de no exponerlo a la venganza de Reyes, determinó, con mucho
sentimiento suyo, que tomara el camino de Lima enviándolo con cartas para
varias personas y especialmente para un comerciante llamado Diego Solarte, en
cuya casa quedó alojado.
Parece
que Solarte “tomó celos” (?) del joven Loyola (se recordará que Francisco de
Loyola había sido el nombre que adoptara doña Catalina cuando, recién fugada
del convento, entró al servicio del Licenciado Cerralta). El comerciante limeño
tenía una cuñada, moza de dieciocho años, con quien gustaba retozar muy a
menudo el nuevo dependiente; en la creencia, de que tal vez los mozos podían
enamorarse, Solarte previno a doña Catalina que no era de su agrado que tratase
con intimidad a su cuñada. El mozo no recibió con buena cara la prevención de
su amo y respondióle que inmediatamente dejaba su servicio. Por más que
insistió Solarte, doña Catalina no volvió atrás en su resolución.
En esa
época, que debió ser en la segunda mitad del año 1608, se encontraba en la
capital del Perú el maestre de campo don Diego Bravo de Saravia levantando
tropas para traerlas de refuerzo a Chile, donde la guerra de Arauco estaba en
todo su apogeo, con el cacique Paillamacu a la cabeza de los rebeldes.
Doña
Catalina no vaciló un instante y, despreciando las insistentes ofertas de
Solarte, se alistó en el ejército de Bravo de Saravia con el nombre de Alonso
Díaz Ramírez de Guzmán. Por fin iba a cumplir su particular
inclinación de “ejercitar las armas en defensa de la fée cathólica y emplearse
en. el servicio de Su Majestad”.
Los seis
galeones en que iba embarcada la expedición llegaron a Concepción en un viaje
feliz de veinte días, desde el Callao. Es te fue, tal vez, uno de los' récords
de navegación en aquella época, en la cual, lo corriente era emplear en ese
viaje de dos a cuatro meses.
Gobernaba
entonces en Chile el general don Alonso García Ramón y servíale de secretario,
o ayudante de órdenes, el capitán don Miguel de Erauzo... hermano de nuestra
heroína.
Fondeados
los galeones en la bahía, el Gobernador ordenó el desembarco de la tropa, la
cual, una vez formada en tierra, fue pasada en lista y revista por el capitán
Erauzo.
He aquí
cómo refiere doña Catalina esta escena:
“Tomó la
lista de la gente, fue pasando, preguntando a cada uno su nombre y patria;
llegando a mí y oyendo el nombre de mi patria soltó la pluma y me abrazó, me
fue haciendo preguntas por su padre, hermanos y por su hermanita Catalina la
monja...; fui a todo ello respondiendo como podía sin descubrirme ni caer él en
ello”.
El
capitán don Miguel de Erauzo, según los manuscritos, se había venido a las
Indias cuando Catalina contaba sólo dos años de edad, de manera que ésta no lo
conocía, pero sabía que vivía en América, aunque no su residencia.
Terminada
la lista, los soldados fueron requiriendo sus capitanes para partir a sus
destinaciones, o sea, a los diferentes fuertes diseminados en Arauco. Doña
Catalina quedó en la compañía del capitán Gonzalo Rodríguez, destinada al
fuerte de Paicaví, uno de los más peligrosos.
Por la
simpatía que la novicia, o sea, el soldado Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, había
provocado a su compatriota el capitán Erauzo, éste pidió y obtuvo del
Gobernador que el soldado no fuera a Paicaví, sino que quedara en la Concepción
como su asistente. Allí estuvo algún tiempo, hasta que por ciertas
desavenencias con su hermano, según los manuscritos de Ferrer y Fajardo, fue
enviada al fuerte de Paicaví, a las órdenes nuevamente del ya nombrado capitán
Rodríguez.
Es
curiosa la forma cómo explican los citados manuscritos la desavenencia con el
capitán Erauzo.
“Fui con
él algunas veces a casa de una dama que allí tenía y de ahí algunas otras, me
fui sin él; él alcanzó a saberlo y concibió mal; dijome que allí no entrase;
acechóme y me cogió otra vez; esperóme al salir, me embistió a cintarazos y me
hirió en una mano; fuéme forzoso defenderme y al ruido acudió el capitán
Francisco Ayllón y metió paz...”
Desde
este incidente empieza de lleno su vida guerrera doña Catalina de Erauzo, con
el nombre de Alonso Díaz, que ya no abandonó hasta que descubrió su sexo, diez
o doce años más tarde, en el Perú, según verá a su tiempo el lector.
El fuerte
y presidio de Paicaví estaba situado en la región de Purén, en la cordillera de
Nahuelbuta. Era esta parte de Arauco la más soliviantada y soberbia; los
españoles que asistían a estos fortines tenían que vivir con las armas en la
mano porque los indígenas, en grandes ejércitos, acechaban el menor descuido de
los castellanos.
Fue en
esta región — llamada el cementerio de los españoles— donde los araucanos
infligieron a los conquistadores sus más grandes derrotas; basta recordar los
desastres de Tucapel y Marihueñu.
Al llegar
a Paicaví doña Catalina entró con entusiasmo a desempeñar su oficio de soldado.
Su primer combate debió tenerlo con algún grupo de indios que la ronda — cuatro
soldados— encontrara emboscados en los alredederos del fuerte. En esos años —
debieron ser los de 1609 y 1610— gobernó el Reino de Chile García Ramón, hasta
su fallecimiento, en agosto de este último año y dejó en su lugar a don Luis
Merlo de la Fuente; los indios habían tenido una serie de victorias que los
había ensoberbecido. A fines de 1610, el Gobernador suplente ordenó al maestre
de campo, Bravo de Saravia, que juntara toda la gente que pudiera y organizara
una batida en regla contra los indios de Valdivia que habían arrasado la
ciudad. En esta partida se contó, entre los primeros, el soldado Alonso Díaz.
Empeñada
una gran batalla, los araucanos, al mando de Aiñavilu, atacaron tres veces a
las tropas españolas siendo destrozados; pero a la cuarta vez y con grandes
reservas que tenían dispuestas, arrollaron a los conquistadores, cansados ya de
tan larga pelea.
La
compañía del capitán Gonzalo Rodríguez — cuyo alférez iba escoltado por cuatro
soldados para la defensa de la bandera— entró a lo más recio del combate para
preparar la retirada de los restos del destrozado ejército español. Aiñavilu
vio el juego y con propias tropas atacó al escuadrón de Rodríguez con empuje
irresistible. Uno de los caciques se abalanzó hacia el grupo que formaban el
alférez y su escolta y en una embestida audaz arrebató de manos del oficial la
bandera de la compañía, al mismo tiempo que la indiada lo derribó de su
caballo.
Al ver su
bandera en poder del enemigo y a su alférez muerto, doña Catalina, encabezando
la escolta, se arrojó en medio de la avalancha indígena espada en mano,
abriéndose paso por encima de los caídos y de los combatientes, para
reconquistar la enseña. Un indio le dio una lanzada en el hombro izquierdo; la
hirió, pero no logró arrojarla del caballo; sus compañeros fueron cayendo uno a
uno, hasta que doña Catalina quedó sola; tuvo, sin embargo, un momento
afortunado en el que dio alcance con una estocada al indio raptor y lo mató;
cogió el pendón y dando grupas a sus enemigos fue a reunirse con el resto de su
compañía. En premio de esta hazaña el capitán Gonzalo Rodríguez la nombró
Alférez en el mismo campo de batalla y luego fue confirmada en el empleo por el
maestre de campo don Diego Bravo de Saravia.
He aquí
el relato que hace de esta hazaña, el manuscrito de Ferrer:
“... nos
mataron mucha gente, capitanes y a mi alférez, y se llevaron la bandera.
Viéndola llevar partimos detrás de ella yo y dos soldados de a caballo por
medio de la gran multitud, atropellando, matando y recibiendo daño; en breve
cayó muerto uno de los tres; proseguimos los dos; llegamos a la bandera, cayó
de un bote de lanza mi compañero; yo recibí un mal golpe en una pierna, maté al
cacique que la llevaba y quítesela; apretado con mi caballo, atropellando,
matando, hiriendo, pero mal herida yo, pasada de tres flechas y una lanza en el
hombro izquierdo llegué al fin a mucha gente y luego caí del caballo”.
Después
de este glorioso hecho de armas doña Catalina quedó en receso durante cuatro o
cinco meses curándose sus heridas en la Concepción, donde residía su hermano
Miguel, con quien reanudó sus interrumpidas relaciones. El Gobernador Merlo la
visitó varias veces para imponerse de su salud y le hizo confirmación de su
empleo de alférez.
Cuando ya
estuvo completamente restablecida, la Monja Alférez pidió ser enviada a su
compañía, pues manifestaba deseos vehementes de emplear de nuevo sus armas de
guerra.
La
compañía del capitán Gonzalo Rodríguez había pasado a guarnecer el fuerte de
Purén, cercano al de Paicaví, que fue abandonado por las tropas cristianas poco
después de su derrota en los campos valdivianos. Allí se dirigió la Monja
Alférez — probablemente a mediados de 1611— encabezando un pequeño refuerzo de
veinticinco soldados que el Gobernador enviaba a los defensores del fuerte.
Llegados
a Purén, el nuevo alférez Alonso Díaz Ramírez de Guzmán tomó
posesión de su cargo.
Ese año
la guerra detuvo su curso en la temporada de las lluvias, tiempo que ocupó el
capitán Gonzalo para preparar las “campeadas” de principio de primavera. A
fines de septiembre y cuando aún los españoles no habían empezado su campaña,
recibieron un inesperado ataque de un ejército indígena mandado por un cacique
llamado Francisco Quispihuancha, según lo nombra el manuscrito de Ferrer.
El
capitán Gonzalo creyó que lo amenazaría un gran peligro si esperaba que los
araucanos consolidaran sus posiciones frente a la fortaleza, poniéndole sitio;
de modo que determinó salir a presentarles batalla campal.
Hizo
todos sus preparativos durante esa noche y al rayar el alba cayó sobre el
ejército de Quispihuancha, creyéndolo despreocupado; pero incurrió en un error
lamentable; los araucanos presentaron resistencia tan enérgica, que a las ocho
o nueve de la mañana el capitán español tocó retirada.
Al darse
cuenta de este movimiento, el general araucano trató de ganar las entradas del
fuerte y prodújose con este motivo un combate sangriento que costó la vida al
capitán Gonzalo Rodríguez y a una docena de soldados, amén de los muchos
heridos. Muerto el capitán, tomó el mando de la compañía la Monja Alférez y se
condujo con tal acierto, audacia y valentía, que logró ganar las puertas del
fortín y guarnecer en él a la amagada tropa, en peligro ya de ser completamente
destrozada.
La Monja
Alférez era ya capitán y gobernador de un fuerte y presidio. Su carrera, como
se ve, había sido afortunada, rápida y hasta gloriosa; a esa fecha contaba
apenas veinte años, según la partida de bautismo que he citado al principio.
El
cacique Quispihuancha puso sitio a la plaza de Purén y la amagó durante seis
meses. Los sitiados se encontraban en una situación que se iba haciendo día por
día más peligrosa, porque, como los víveres mermaban, la moral de la tropa iba
en camino de relajamiento. La Monja Alférez dio pruebas, en esta ocasión, de
gran tino y prudencia en el trato y manejo de sus soldados; estableció una
disciplina estricta sin abusar de su poder omnímodo y llegó a tener la
confianza, el respeto y el cariño de sus subordinados.
En el mes
de marzo de 1612, o sea, a entrada del invierno, doña Catalina resolvió forzar
el cerco araucano y abrirse paso para despachar correos a Concepción pidiendo
auxilios para sus soldados. Tomaba esta determinación en vista de que, una vez
entrada la época de las lluvias, sería mucho más difícil que llegaran refuerzos
que vinieran a salvar la vida de los sitiados y el fuerte mismo.
Organizado
el ataque, la Monja Alférez fue poniendo en práctica su plan como si fuera un
avezado militar. Dividió sus hombres en varios grupos y los mandó atacar por
las distintas partes que de antemano les había señalado; ella misma dirigió el
combate, reservándose un grupo o escolta con la cual participó en la batalla en
el momento que creyó decisivo. Aunque el resultado final no fue una victoria
completa para los españoles — que hubieron de guarecerse otra vez, dentro del
fuerte— este encuentro tuvo una particular ventaja para ellos, y esta fue la
prisión, el enjuiciamiento y la muerte del caudillo indígena Quispihuancha.
Cuenta el
manuscrito de Ferrer, y en esto están acordes Fajardo y Rosales, que en medio
del combate doña Catalina vio al jefe indio que animaba a su gente desde una
pequeña altura. Inmediatamente la monja corrió hacia él y cruzó sus armas con
el araucano en singular combate; se defendió el indio con bravura y aun asestó
a la heroína un golpe de lanza que ésta barajó con su rodela; pero seguidamente
doña Catalina aplicó a su rival un cintarazo que lo arrojó del caballo. La
monja y los suyos recogieron al vencido y tocando retirada se metieron dentro
del fortín. Al día siguiente, tras brevísimo sumario verbal, el cuerpo del
cacique Quispihuancha se balanceaba de una horca levantada ex profeso en la
plazoleta del fortín, para que fuera visto por los indios.
Los
correos de doña Catalina habían logrado, entre tanto, romper el sitio y llegar
a la Concepción a dar parte de los prolongados sufrimientos de los sitiados de
Purén.
Recibió a
los correos el nuevo Gobernador de Chile don Alonso de Ribera, quien
consultando el caso con el Padre Luis de Valdivia, Asesor Real, determinó que
la guarnición de Purén abandonara el fuerte, y se retirara a otro más lejano de
los campos de batalla. Las órdenes que traía el nuevo Gobernador eran
terminantes en cuanto a que la pacificación de la Araucanía no debería
proseguirse a filo de espada, sino con la predicación del Evangelio. Y para
poner en práctica este sistema, Su Majestad había enviado, junto con el
Gobernador, al padre Luis de Valdivia con un buen grupo de misioneros.
Una
semana después de la batalla de Purén, llegaron a Concepción otros dos
emisarios de doña Catalina, con el encargo de dar cuenta al Gobernador de la
ejecución del cacique Quispihuancha, conceptuado como uno de los más peligrosos
caudillos del gran alzamiento que prendía y devoraba toda la tierra de Arauco.
Creyó la Monja Alférez que este hecho iba a merecer un premio, y así habría
sido si prevaleciera en el gobierno la opinión de los militares; pero como por
sobre esta opinión estaba la autoridad del padre Valdivia, condenatoria de toda
violencia contra los indios, la valerosa Monja Alférez recibió orden de
entregar el mando de la compañía a un capitán Casadevante, enviado en su
reemplazo. También hubo de dejar esa alferecía, pero conservó el empleo, pasando
id fuerte de Arauco a las órdenes del capitán Guillén Asmes de Casanova,
llamado en los documentos que nos sirven de consulta, “el castellano de
Arauco”.
Siguiendo
el plan del padre Valdivia, las tropas españolas se pusieron a la defensiva
concretándose a mantener algunos campos alrededor de los fuertes. No había,
pues, gran trabajo guerrero para los soldados, porque, a su vez, los indios se
mantenían tranquilos dominando a su sabor toda la región.
Para dar
impulso a la pacificación, el misionero ideó celebrar con los indios un gran
parlamento, cerca del fuerte de Paicaví. Concurrieron a él unos trescientos
caciques, el Gobernador Ribera y los maestres de campo Núñez de Pineda, Cid
Maldonado y Gerónimo Peraza, los capitanes Galdámez de la Vega, Julián de
Ugalde, Gil Negrete, Buitrón de Mujica, Cortés de Monroy "el castellano de
Arauco”, Guillén Asmes de Casanova y su ayudante el Alférez Monja.
No
concurrieron a esta junta los principales caciques que lo eran Pelentaru,
Anganamón, Guaiquimilla, Aiñavilu y Tereulipe, lo cual no dejó de llamar la
atención de la gente de guerra española que sabía la importancia y
significación de estos caudillos.
Don Diego
Barros Arana dice que en este parlamento el Gobernador Ribera abrazó a cada uno
de los caciques, en demostración de paz y amistad y que prometió, en nombre del
Rey, que los españoles no atacarían nunca más a los indígenas. A pedido de uno
de los asistentes — el cacique Utableme— fue mandado destruir, ese mismo día,
en señal de paz, el fuerte de Paicaví.
Por parte
de los indios, la única concesión que obtuvieron los españoles fue la de que
permitirían internarse en sus tierras a tres misioneros para predicarles la
doctrina cristiana. Pues bien, cuando los religiosos jesuitas Aranda, Vechi y
Moltalbán, habían penetrado hasta el valle de Elicura, se presentaron Anganamón
y Tereulipe a la cabeza de un gran ejército y lancearon horrorosamente a los
misioneros.
Esta
terrible tragedia determinó al Gobernador Ribera a abandonar y desobedecer
todos los planes pacifistas del padre Valdivia, a pesar de las terminantes
órdenes del Rey. Llamó a su maestre de campo don Álvaro Núñez de Pineda y le
ordenó que eligiendo los mejores y más valientes oficiales y soldados
organizara una serie de aquellas famosas “campeadas” que eran algo peor que las
guerras “punitivas" de los antiguos, en las que no había cuartel.
La
compañía de don Guillén de Casanova, compuesta de noventa hombres, dio a la
“campeada” cincuenta y ocho soldados escogidos: uno de los primeros fue el
alférez Alonso Díaz Ramírez de Guzmán, la monja. No es mi ánimo contar esa
guerra de horrores, de matanza, de incendio y de tala de campos y sembrados. Si
los araucanos fueron arrasados, los españoles tuvieron que pagarlo con mucho
heroísmo. Don Guillén de Casanova, hablando un día con el Gobernador Ribera,
díjole, recordando las hazañas de los suyos y especialmente de la Monja
Alférez: “Aseguro a Vuesa merced, que el alférez Díaz peleó como el mejor de
mis soldados caballeros”.
Terminada
esta campaña punitiva que duró dos meses, la guerra se paralizó por orden del
Virrey del Perú Marqués de Montesclaros, quien dijo haber necesidad de
consultar al Monarca respecto del conflicto suscitado entre el Gobernador
Ribera y el padre Valdivia. El Alférez Monja pidió, entonces ser trasladado a
Concepción, ya que no había en qué emplear las armas en el fuerte de Arauco; le
ayudó eficazmente a obtener este traslado el capitán Miguel de Erauzo, su
hermano, que, a lo que parece, todavía continuaba de ayudante de la
Gobernación. Doña Catalina fue destinada a la compañía del capitán don
Francisco Pérez de Navarrete, guarnecida en la Concepción.
No se
podría fijar la fecha en que salió de Chile doña Catalina de Erauzo, ni los
motivos que la indujeron a volver al Perú. Lo que aparece claro en los
documentos es que a fines de 1612 estaba ella en Potosí tomando parte
principal, a favor del Rey, en el alzamiento que provocó en aquella ciudad un
caudillo llamado Alonso Yáñez, o Ibáñez, que con ambos apellidos se le nombra.
Según los
manuscritos de Ferrer y dé Fajardo, atiborrados de aventuras inverosímiles,
doña Catalina habría salido de Chile huyendo de la justicia por haber dado
muerte a varias personas, entre las cuales apuntaremos nada más que dos: al
auditor general de guerra de Concepción, un tal Francisco Perdome — cuyo
nombre, a pesar de su alto oficio, no aparece en la historia— y a su hermano
(!) don Miguel de Erauzo. Pero, aparte de la inverosimilitud de estos crímenes
— que no habrían podido quedar impunes—, tengo a la vista documentos auténticos
para afirmar que la monja, o sea el alférez Alonso Díaz salió de Chile por el
camino de Tucumán, con dirección al Perú, licenciado por el Gobernador Ribera.
Como dije
antes, el Alférez Monja tomó parte, a favor del Rey en el alzamiento de Ibáñez,
en Potosí y al mando del capitán Juan Recio de León. Ahorcados Ibáñez y sus
cómplices, el capitán Recio pidió licencia para levantar tropas y pasar a la
conquista de las tierras de Chuncos y Dorado (Río de Oro) siendo nombrado
teniente de gobernador. En su compañía llevó, en calidad de ayudante, a la
Monja Alférez, la cual supo ganar, como en Chile, fama de valerosa, audaz y
emprendedora. El Gobernador Recio la hizo teniente del sargento mayor o maestre
de campo don Bartolomé de Alba, en cuyo puesto se comportó en la forma que
puede verse, leyendo la siguiente información firmada para SM. Don Felipe III,
por el propio teniente gobernador Juan Recio de León:
“Certifico...
que llegó a mí el Alférez Alonso Díaz Ramírez de Guzmán deseoso de continuar
sus servicios a V. M., pidiéndome que le admitiese en mi compañía y le asenté
plaza en ella por haber conocido a dicho alférez en el Reyno de Chile haciendo
su deber como el más valeroso y honrado soldado... y luego que asentó plaza en
mi compañía, conociendo su industria le ocupé en la conducción y juntar gente
de servicio para entrar a la conquista de dichas provincias de Tipoan y Chuncos
en Paitit y el Dorado... y ansímismo acudió a despachar bastimentos.
municiones, herramientas y otros pertrechos, para la facción y efecto que había
menester, y acudió como soldado honrado a mi satisfacción... por ser uno de los
más confidentes de mi compañía... por haberle visto acudir con esfuerzo
varonil, a todas las cosas que se le encargaban en la milicia y con mucha
virtud y limpieza... etc., etc.”
Parece
que el Virrey Montesclaros no autorizó, poco después, el avance de la
expedición del descubridor Recio de León sobre los territorios Chuncos y
Dorado, pues he encontrado noticias de que sus soldados y capitanes se
volvieron a “poblado de cristianos” cada uno por su cuenta.
Doña
Catalina volvió a Charcas y allí se acomodó con el comerciante Juan López de
Arquijo quien — según los manuscritos— le entregó cinco o diez mil llamas y
dinero para que hiciera negocios de compra de trigo y frutos de la tierra. Si
esto es verdad, no hay duda de que este Juan López de Arquijo ha podido ser
aquel Juan de Urquiza que en 1607 fue su amo en Trujillo y que le manifestó un
acendrado cariño por la lealtad y la honradez con que la joven Catalina
administró sus negocios.
Aquí se
pierde, nuevamente, la ruta de la monja; al atenernos a las páginas de Ferrer y
de Fajardo, durante este tiempo hasta mediados de 1615, el alférez Díaz Ramírez
de Guzmán fue un perdulario, camorrista, perdonavidas, jugador, espadachín y
asesino. En estos dos años, según la novela, la Monja Alférez cometió, mal
contados, cinco asesinatos y ochos cuchilladas originadas en la mesa de juego;
estuvo dos veces condenada a muerte, una de ellas con el cordel en el pescuezo;
presa una docena de veces, y por último, condenada “a diez años de Chile”.
Hay un
pequeño intervalo en que se cree encontrar de nuevo a doña Catalina; el
manuscrito afirma que el alférez Díaz se encontró en el combate naval ocurrido
en el Callao el 18 de julio de 1615, entre la escuadra del almirante holandés
Jorge Spilberg y la española que defendía el puerto, al mando de don Rodrigo de
Mendoza.
Recordábamos
haber 'leído en don Ricardo Palma una noticia en la que aparecía como uno de
los salvados de ese desastre español, “la célebre Monja Alférez”. Pero revisado
el caso, vemos que no es efectivo y que la noticia del célebre tradicionista
peruano, está tomada, como otras, del manuscrito de Ferrer.
Quien se
encontró en ese combate fue don Miguel de Erauzo, hermano de la monja. Así lo
afirma ella misma en su presentación al Rey, haciendo valer en favor de ella,
no sólo los servicios de este hermano, sino que también los de Domingo y
Francisco
de Erauzo, que fueron acreditados capitanes en esta parte de la América.
Aunque no
se sabe el motivo preciso que determinó a doña Catalina a descubrir su sexo,
debemos aceptar el que aparece más poderoso.
Los
manuscritos afirman, sencillamente, que fue en “artículo mortis”, debido á unas
graves heridas que recibió durante una pendencia en la ciudad del Cuzco, con un
soldado matón que era un “hombre moreno, velloso, muy alto, que con su
presencia espantaba y que llamaban el Nuevo Cid. Esta
pendencia, según Ferrer, empezó en una casa de juego y fue a terminar en la
puerta de la iglesia de San Francisco, donde murió el Cid. Doña Catalina quedó
con heridas mortales: acudió a asistirla el padre Luis Ferrer y la monja,
viéndose morir, reveló su sexo y estado, en secreto de confesión.
El
manuscrito hace sanar, todavía, a doña Catalina, escaparse de la justicia
cuzqueña y continuar en su vida de aventuras... Baste decir que en el breve
espacio de cuatro días, la monja quita la vida a un alguacil, a un corregidor y
a tres negros polizontes y sólo se rinde ante la majestad de un obispo, el de
Guamanga, que le pide su espada. Ante ese mismo prelado la Monja Alférez
confiesa sus pecados y termina con estas palabras: "... señor, todo lo que
he dicho antes a su ilustrísima, no es así; la verdad es ésta: que soy una
mujer, que nací en tal parte, hija de fulano y zutana; que me entraron en tal
edad en tal convento, con fulana mi tía; que allí me crié; que tomé el hábito;
que tuve noviciado, que estando para profesar por tal ocasión, me salí; que
me fui a tal parte, me desnudé, me vestí, me corté el cabello, partí allí y
acullá, me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé hasta venir a
parar en lo presente y a los pies de Vuestra Señoría Ilustrísima.”
No
necesito llamar la atención del lector hacia la galanura literaria de este
párrafo del manuscrito de Ferrer.
El
manuscrito de Fajardo concuerda en sus partes principales con el de Ferrer en
este punto como en muchos; pero el padre Rosales, en su Historia de
Chile, afirma que la Monja Alférez, “herida gravemente en los combates
contra los indios chuncos” — en aquella expedición que encabezó el capitán
Recio de León hacia el Dorado— partió doña Catalina al Cuzco, confesó su sexo
al padre Ferrer y gestionó su vuelta al claustro.
Dice el
padre Rosales:
"...
ella peleó varonilmente... de que sacó dos heridas de que estuvo a la muerte:
la una de un flechazo que le pasó por encima de los pechos de banda a banda (!)
Y la otra en el brazo derecho... Como se vio herida comenzó a suspirar sus
desaciertos y respirar alientos de vida, acordándose de su Dulce Esposo... y
entre temores y desconfianzas se fue al Cuzco determinada a entrar en un
convento. Confesóse con el padre Luis Ferrer de lo que tenía gran necesidad;
declaróle su estado, su vida y sus deseos de volverse a Dios; el padre la animó
ofreciéndole su ayuda..., etc., etc.”
Por su
parte, doña Catalina, en su representación de servicios al Rey, no se refiere a
este interesante episodio de su vida; los capitanes bajo cuyas inmediatas
órdenes sirvió en Chile y en el Perú, tampoco dicen gran cosa a este respecto;
pero, es conveniente citarlos.
Don Luis
Céspedes Xeria, capitán de infantería en Chile y residente en la Corte, dice
que
“le
consta que el alférez Catalina de Erauzo se halló en Chile en muchas batallas y
en la de Purén, donde salió mal herido; la conoció en hábito de varón y tengo
entendido que en el Perú se descubrió de mujer y al presente está en esta
Corte, etc.”
El
capitán don Francisco Pérez de Navarrete dice:
“… siendo
yo capitán del presidio del Callao el año pasado de 1623 la vi en Lima en
hábito de mujer, que se había descubierto, y fue cosa muy notoria, que le
llamaban la monja de Chile... etc., etc.”
El
capitán Juan Cortés de Monroy afirma que la conoció en Chile
“como
hombre de mucho valor y salió con licencia del Gobernador Ribera y se fue al
Perú, donde he sabido que por unas heridas de muerte que tuvo, ella misma se
descubrió ser mujer y al presente se halla en esta Corte... etc.”
Y, por
último, el maestre de campo Juan Recio de León, el descubridor y conquistador
de Chuncos y Dorado, dice que conoció
“al dicho
alférez en las guerras de Chile haciendo su deber...
y al poco
después de asentar plaza en mi compañía en el Perú, habiendo cumplido todo lo
que se le ordenó hacer en el Cuzco, tuve noticias que se quedó en la ciudad de
Guamanga donde por causas que a ello le movieron descubrió ser mujer al obispo
de la dicha ciudad de Guamanga”, etc.
En lo
ocurrido una vez que el Obispo de Guamanga, don fray Agustín de Caravajal, tuvo
informes juramentados de que el alférez “era mujer y virgen intacta como el
día en que nació” — como discretísimamente lo establecieron algunas señoras
principales y “comadres”— están de acuerdo dos manuscritos y el padre Rosales.
Hecha una
confesión general con el Obispo y firmada una declaración formal ante escribano
por doña Catalina, el prelado, el padre Ferrer, las “comadres” y las señoras
principales de Guamanga que habían intervenido, vistieron al ex alférez Alonso
Díaz Ramírez de Guzmán con hábito de monja clarisa y la llevaron en solemne
procesión, extraordinariamente concurrida, como es de suponer, al convento de
Santa Clara; el ilustrísimo prelado, bajo palio, llevaba a su lado a la monja,
rodeado de todas las autoridades reales, del Cabildo, de órdenes religiosas y
en fin, de cuanto de significación había en Guamanga.
La
procesión, es decir, el palio, no pudo entrar al templo porque fue
materialmente imposible, a causa de la apretura de la gente; Su Ilustrísima y
doña Catalina tuvieron que entrar por la portería del convento, mediante la
intervención de los alguaciles.
Una vez
en el templo, la comunidad entonó el Te Deum y después el Reverendo Obispo
predicó un sermón que hizo época. Terminada la ceremonia, doña Catalina de
Erauzo penetró al claustro a esperar las cartas que fueron pedidas al convento
de San Sebastián el Antiguo de Guipúzcoa, para establecer si doña Catalina
había sido, o no, monja profesa.
Ocurrieron
estos hechos a fines del año 1619.
El Obispo
Caravajal falleció repentinamente a mediados de 1620 y habiendo llegado a Lima
la noticia de estos acontecimientos maravillosos ocurridos en Guamanga, el
Virrey Príncipe de Esquilache y el Arzobispo Lobo Guerrero dispusieron que Sor
Catalina fuera trasladada a la ciudad de los Reyes. Hacemos gracia al lector de
contarle la curiosidad que despertó la monja en Lima. Dícese que fue llevada a
Palacio y presentada al Virrey, a la Audiencia y a la nobleza.
Sor
Catalina fue instalada en el convento de la Santísima Trinidad y allí estuvo
dos años cinco meses, es decir, hasta que llegaron los papeles que declaraban
haber sido solamente novicia y no monja profesa en San Sebastián, y por lo
tanto, ser libre. Doña Catalina resolvió entonces volver a España y para
realizar este viaje, que lo emprendió el año 1624, fue ayudada por las
autoridades reales y eclesiásticas, que le prestaron toda dase de atenciones.
De Lima
pasó a Guamanga, a Santa Fe de Bogotá, navegó el río Magdalena y llegó a
Zaragoza de Santa Marta. Allí embarcóse en el galeón San José, capitán
Andrés de Otón, atravesó el Atlántico y desembarcó en Cádiz el 1 de noviembre
de 1624. Ya en el buque había cambiado su traje de mujer por el de soldado; de
modo que al llegar a Cádiz una gran poblada la siguió por las calles para ver a
la nuevamente “Monja Alférez”.
Su estada
en América había durado, meses más o menos, diecisiete años, de los cuales
estuvo cuatro en Chile.
La
celebridad de doña Catalina, en España, fue grande. Su Majestad Felipe III la
recibió en especial audiencia y le otorgó una real cédula para que pudiese
pasar de nuevo a América con una pensión de quinientos ducados al año.
Antes de
salir con rumbo a México — donde fijó su residencia y murió— fue a Roma y
obtuvo la gracia de ser recibida por Su Santidad el Papa Urbano VIII. El
célebre pintor romano Francesco Crescendo le hizo un retrato.
El
escritor véneto Pietro della Valle, en una de sus cartas a Schiapano, describe
así la figura de doña Catalina, que ya usaba el nombre de Antonio de Erauzo,
que no abandonó hasta su muerte:
“Ella es
de estatura grande y abultada para mujer, bien que por ella no parezca no ser
hombre. No tiene pechos: que desde muy muchacha me dijo haber hecho no sé qué
remedio para secarlos y quedar llanos, como le quedaron, el cual fue un
emplasto que le dio un italiano que cuando se lo puso le causó gran dolor. De
rostro no es fea pero no hermosa y se le reconoce estar un tanto maltratada,
pero no de mucha edad; los cabellos son cortos y negros; viste de hombre, a la
española; trae espada bien ceñida, y así la vide, la cabeza un poco agobiada,
más de soldado valiente que de cortesano. Sólo en las manos se la puede conocer
que es mujer, porque las tiene abultadas y carnosas y las mueve algo, como
mujer”.
Antes de
abandonar la Península en 1630, el gran pintor español Pacheco le hizo un nuevo
retrato en cuya parte superior se lee:
El
alférez doña Catalina D. Herauzo Nd. S. Sebastián,
aetatis suae 52 annos. Armo 1630.
Aquí se
advierte un error. Si el retrato se hizo en 1630, doña Catalina tenía solamente
treinta y ocho años, pues nació, como ha visto el lector, en 1592.
Doña
Catalina salió para Nueva España en la segunda mitad del año 1630, pensionada,
como ya sabemos, con una encomienda de quinientos ducados en premio de sus
servicios y con una Real Cédula que decía:
“El Rey.
Mis presidentes y jueces oficiales de la Casa de Contratación de Sevilla: yo os
mando que dejéis pasar a la Nueva España al alférez doña Catalina de Erauzo que
vino de las provincias del Perú, sin le pedir información alguna. Fecha en
Madrid, a 12 de julio de 1628. — Yo, el Rey”,
Don Diego
Barros Arana, refiriéndose al fallecimiento de doña Catalina de Erauzo, dice:
“En uno
de los viajes que hacía entre Vera Cruz y México, cayó enferma en Cotastla,
cerca de Orizaba. Allí falleció cristianamente el año 1650 a los 58 años de su
edad, o a los 75, según la pretendida autobiografía de Ferrer. Sepultósela
suntuosamente y sobre su tumba hizo poner este epitafio honorífico el virtuoso
Palafox, Obispo de Puebla: “Aquí yace una mujer valerosa y cristiana”.
§ 6.
“¡Morena soy, pero hermosa!”
En los
últimos años del gobierno del ilustre general don Alonso de Sotomayor,
Comendador de Alcántara y Marqués de Villahermosa, se verificó, según afirman
seriamente dos severos cronistas de la época — y lo asegura también un
historiador contemporáneo, el presbítero don José Ignacio Víctor Eyzaguirre— el
singular combate en forma de desafío o “juicio de Dios”, entre el toqui
Cadeguala, valeroso general araucano y el capitán español, no menos valiente,
don Alonso García Ramón; en el duelo se jugó la entrega del fortín de Arauco,
por una parte, y la capitulación y sometimiento incondicional del ejército
indígena que sitiaba dicho fuerte, por la otra.
La
fortuna dio el triunfo al capitán español en este duelo caballeresco que fue
presenciado por ambos ejércitos; pero al caer Cadeguala, al golpe formidable de
un altibajo de la tizona castellana, los araucanos, sin respetar el compromiso
de su general, no solamente se negaron a la sumisión sino que emprendieron
nuevos y furibundos ataques contra el amagado fuerte, que sólo debió su
salvación a refuerzos españoles que por suerte llegaron el mismo día.
Las
represalias que tomaron los españoles fueron terribles; centenares de
prisioneros, hombres y mujeres, fueron acollarados en largas filas y remitidos
a Concepción y a Santiago, para ser “encomendados”, mediante su justo precio a
los ricos “doctrineros”, quienes, junto con enseñarles a rezar durante una hora
los días domingos, explotaban inhumanamente su trabajo durante toda la semana.
Entre los
prisioneros que llegaron a Santiago venía una pareja que se ingenió para hacer
el viaje sin separarse, a pesar de que era absolutamente prohibido que
permanecieran juntos hombres y mujeres. El era un mocetón de diecisiete años
llamado Paillamacu y ella una tierna muchachita de diez eneros, nombrada
Millarea; aseguraron que eran hermanos; pero después se supo que no era verdad
y que la niña era nada menos que la hija única del toqui Cadeguala, el valiente
paladín vencido en sin igual combate frente al fortín de Arauco.
En la
distribución que de las “piezas” se hizo entre los encomenderos santiaguinos,
la niña fue adjudicada por veinte pesos de oro al Regidor Juan Vásquez de Acuña
y el mocetón, al general ya retirado del servicio, don Lorenzo Bernal de
Mercado, llamado “el Cid Campeador de Arauco” por sus hazañas en la frontera.
Paillamacu y Millarea se miraron largamente, intensamente, dolorosamente,
cuando llegó el momento de la terrible e inevitable separación.
Doña
Jerónima de Cáceres, esposa del Regidor Vásquez de Acuña — troncos que fueron
de la familia peruana de los condes de la Vega del Ren— acogió a su nueva
esclava, Millarea, con caritativa benevolencia; poco a poco esta bondad fue
convirtiéndose en un cariño que llegó a ser acendrado, debido a que la niña
manifestó las más felices disposiciones para aprender la doctrina cristiana y
para servir a sus amos.
Millarea
manifestábase dichosa y alegre dentro de su cautiverio, que en realidad era
suave; pero de vez en cuando la invadía una intensa tristeza que causaba
preocupación a su bondadosa ama; cuando estos períodos de amargura la
dominaban, la pobre huérfana atravesaba la calle y se iba a contemplar un
“nacimiento” que mantenían durante todo el año las monjas agustinas en uno de
los altares de su templo; pero sus ojos no se detenían en la figura del niño
Jesús, ni en la de su bendita madre ni en el santo varón de la vara florida;
los negros y brillantes ojos de Millarea se fijaban profundamente en Melchor...
el rey mago moreno que, postrado ante el Divino Niño, depositaba junto al
pesebre su ofrenda de mirra.
Pasaron
los meses y los años; y Millarea se encontraba ya en la florida primavera de su
vida y su inteligencia natural habíase desarrollado prodigiosamente con el
aprendizaje de la lectura y el ejercicio que de ella hacía en los libros
místicos, únicos que podía tener a su alcance. Aunque el ambiente de la época
era de profunda religiosidad, las continuas visitas que la niña hacía al templo
y su insistente contemplación al grupo de la Natividad llamaron la atención de
sus amos hasta el punto de que, admirados de tanta disposición religiosa,
creyeron conveniente dar parte al Obispo Don Fray Juan Pérez de Espinoza, por
si Su Ilustrísima estimaba necesario intervenir en el caso.
El
resultado de esta consulta fue que la devota Millarea, después de un detenido
examen e interrogatorio a que la sometió el severo prelado franciscano, obtuvo
ser admitida, como novicia, en el convento de las agustinas. Al ingresar en el
Claustro cambió su nombre por el de Sor Constanza: pero este dolor que
experimentó al dejar su primitivo nombre, su último arraigo con el mundo
exterior, tuvo una compensación que la llenó de alegría: la superiora le
encomendó el arreglo de los altares del templo, entre los cuales figuraba el
“nacimiento” con su moreno Rey Melchor...
Desde
entonces el “nacimiento” de las agustinas fue famoso en todo Santiago; Sor
Constanza le dedicó sus candorosos entusiasmos y el altar del Niño Dios, que
durante todo el año reunía delante de sí a los curiosos y devotos atraídos por
la ingenua sencillez de sus figuras y monitos de greda, llegó a mostrarse
esplendoroso en los nueve días de “aguinaldos” que precedían a la Navidad y muy
especialmente en la fiesta de Pascua de Reyes que llegó a ser, en el templo de
las Agustinas, una solemnidad mayor que la primera, por las novedades que
introdujo en ella la entusiasta y devota Sor Constanza.
Junto con
la celebración de la Pascua de Navidad, o sea, la noche del 24 de diciembre,
aparecía dominando las alturas de las montañas de tela pintada que se elevaba
detrás del pesebre, una estrella de papel plateado sostenida en el aire por un
hilo negro. Era la estrella de los reyes magos que les señalaba el camino de
Belén. Desde este momento empezaba a despertarse la expectación de la gente
grande y menuda y muy especialmente la del elemento indígena de la población
santiaguina, que en los nueve días de la novena había tenido tiempo bastante
para curiosear la diversidad de figurillas de greda, de trapo y “de palo” que
se acumulaban delante del pesebre y que se diseminaban por todo el “nacimiento”
entre los platos de trigo nacido.
Al día
siguiente, la estrella de los reyes había avanzado varios centímetros hacia el
pesebre... cuidadosamente empujada con una varilla, a través del hilo negro,
por la picardía Sor Constanza; al tercer día el astro dominaba el “nacimiento”
al mismo tiempo que por el más alto picacho de la montaña de papel pintado
aparecía la figura del primer rey mago, que era Gaspar, montado en un camello y
precedido de bizarros guerreros vestidos a la española. Al quinto o sexto día
el séquito de Gaspar bajaba los primeros desfiladeros y aparecía el segundo rey
mago, Baltasar, más esplendoroso que su compañero y rodeado por una servidumbre
numerosa y abigarrada de peatones y caballeros montados en las más raras
caballerías.
Cuando ya
el primer rey había descendido al plan y la gran columna ocupaba las dos
terceras partes del camino montañoso; cuando la estrella, a impulsos de la
varilla de Sor Constanza, se había detenido frente al pesebre, precisamente
delante de una lamparita de aceite que la hacía más brillante y ostentosa;
cuando ese ingenuo escenario estaba en todo su esplendor y la expectación de
los curiosos llegaba a los límites de la ansiedad, aparecía, por último, el
séquito del Rey Melchor, el rey mago moreno para cuya presentación había hecho
Sor Constanza todos aquellos preparativos.
El rey
moreno aparecía sobre un trono de papel dorado transportado por un elefante,
precedido de una larga fila de servidores todos vestidos a la usanza de los
araucanos: rodeaban al Soberano muchos ministros con ostentosas capas
ribeteadas con papel de oro y plata y altos bastones a manera de cayados o de
varas de alcaldes y corregidores; detrás del rey moreno aparecía una escolta de
guerreros con largas lanzas de coligüe, poderosas macanas, fuertes mazas y
recios escudos. Todo el séquito era de hombres y mujeres morenos o negros, como
el Soberano, y tan numeroso, que ellos solos ocupaban más trecho que el de los
dos reyes anteriores juntos.
La
atención de la concurrencia durante los dos días que precedían a la Pascua de
Reyes, se concentraba en la administración del cortejo del rey moreno, o
del rey negro, como le denominaba el pueblo; instintivamente,
la plebe santiaguina ubicaba sus simpatías en este rey de faz
tostada y en su séquito del mismo color, que se presentaba ante ella con un
brillo y majestad superiores a las de los otros reyes blancos... Melchor era un
rey popular; era un Rey plebeyo; era casi un rey compañero y hermano de los esclavos
de los conquistadores.
La Pascua
de Reyes, mediante la innovación de la hija huérfana del toqui Cadeguala, fue
tomándose en la pascua del rey negro porque todo el entusiasmo del pueblo se
concentró en la aparición del Rey Melchor con su séquito de indios y en su
majestuoso desfile hasta llegar a postrarse a los pies del Niño-Dios.
Casi
todos los años ofrecía Sor Constanza en la Pascua de Reyes, alguna novedad a
sus fieles devotos, que eran los niños, los plebeyos y los esclavos; una nueva
figura en el cortejo, un aditamento cualquiera en la indumentaria, un cambio
ingenioso en la entrada de los reyes por los vericuetos de la montaña:
cualquiera de estas innovaciones, por pequeña que fuese, causaba sensación en
la sencilla imaginación de los infelices y de los inocentes.
La guerra
de Arauco en 1605 tuvo un recrudecimiento terrible con motivo de haber
aparecido un nuevo toqui que demostró, en algunos encuentros con los españoles,
dotes excepcionales de valor y de estrategia. Las noticas que poco a poco
fueron llegando a Santiago anunciaban una rebelión tremenda y sangrienta y
hasta se llegó a decir que el Gobernador del Reino don Alonso García Ramón, el
vencedor de Cadeguala, había estado en inminente peligro de ser muerto en una
hábil celada, como lo fuera pocos años antes el Gobernador don Martín García
Oñez de Loyola.
Noticias
posteriores hicieron saber que el nuevo toqui era un esclavo indio que se había
huido años antes, desde Mapocho, de la encomienda del general Bernal de Mercado
y que su nombre era Paillamacu.
Ese año
la Pascua del Rey Negro fue excepcionalmente solemne en el Monasterio de las
Agustinas, a pesar de las lamentables noticias que se recibían de la frontera
araucana; Sor Constanza había preparado una novedad estupenda: un coro de
“esclavillas” había cantado una canción de bienvenida al rey moreno, compuesta
y enseñada por ella misma; y otro grupo de pilluelos, también negros, había
ejecutado un baile, al son de pifilcas y chirimías, por el “advenimiento” del
Salvador...
Tal vez
desde entonces se llamó Pascua de los Negros a la regocijada
Pascua de Reyes de las monjas agustinas, fiesta que año tras año fue
celebrándose con mayor solemnidad y creciente alegría.
La guerra
fronteriza fue haciéndose cada año más cruel y allá por 1612 llegó a Santiago
la noticia de que el caudillo araucano Paillamacu había caído atravesado por
una lanza española al pie de los muros del fuerte de Paicaví, a fines de
diciembre del año 1611; la bulliciosa alegría con que los santiaguinos
celebraron el desaparecimiento de tan audaz y valeroso guerrero araucano, no
tuvo eco en las fiestas del “nacimiento” de las monjas agustinas, y es fama que
desde entonces decayeron paulatinamente los “recibimientos” populares que se
hacían al moreno Rey Melchor.
Millarea,
en el claustro Sor Constanza de San Lorenzo, fue desapareciendo poco a poco del
recuerdo de los pihuelos santiaguinos; pero se hizo célebre por su piedad y
virtudes en los anales del Monasterio y falleció en 1641, en concepto de
santidad.
En sus
funerales, que fueron excepcionalmente solemnes, el santo Obispo Villarroel
pronunció una oración fúnebre cuyo tema fue: ¡Morena soy, pero hermosa!
§ 7. San
Isidro no es el patrono de las lluvias
Sostengo
que San Isidro no es el patrono santiaguino de las lluvias y no crea el 'lector
que yo tenga ni asomo de mala voluntad a este simpático santo, ni que le quiera
restar honores, ni desconocer todo lo que haya podido hacer en beneficio de los
miembros de la Sociedad Nacional de Agricultura; pero la verdad sea siempre en
su lugar; el santo “cuya invocación provee auxilio en las necesidades de agua”
no es San Isidro; es San Antonio y lo voy a comprobar, como lo podría hacer con
casi todas mis aseveraciones.
El
Mapocho, con su aspecto de esterito mendicante, es un río que de cuando en
cuando se toma unas libertades completamente desusadas, aun por los grandes
ríos.
Desde los
primeros años de la fundación de Santiago el Mapocho comenzó a molestar a los
vecinos con serias avenidas producidas por inviernos lluviosos o por grandes
deshielos de “la cordillera de nieve”, a entradas de la primavera.
No se tienen noticias sobre aquellas inundaciones primitivas, tal vez porque
los perjuicios no eran tan graves; pero el primer dato que de ellas se
encuentra es verdaderamente revelador de las antiguas que provocó el desastre y
de los auxilios divinos que se solicitaron, por haber fracasado los auxilios y
precauciones humanos. En los primeros días de junio del año 1586, el cauce
principal del Mapocho empezó a llenarse a consecuencia de algunos días de
lluvia que con gran contentamiento de los agricultores había caído después de una
prolongada sequía. El beneficio de la lluvia dio lugar para que se hicieran
fiestas de regocijo en la iglesia de San Francisco, en cuya puerta principal se
veneró hasta dos años más tarde la imagen de San Antonio a quien se habían
hecho rogativas para obtener las aguas; tomó parte en estas fiestas no sólo la
población, sino el Cabildo, que asistió a misa, en corporación, el día del
Santo, que es el 13 de junio.
Pero
seguía lloviendo cada vez más fuerte, y el cauce del río llenábase cada momento
más, hasta amenazar seriamente no sólo el barrio de la Chimba sino la ciudad
misma, pues el agua alcanzaba ya hasta muy cerca de “la calle de Santiago
Azócar”, hoy calle de Santo Domingo. Por fin, una tarde el Mapocho rompió su
“tajamar de arriba”, (el de Providencia) y salió por la Cañada “destruyendo
casas con otros estragos”; ante esta calamidad, los vecinos “se fueron llorando
a la iglesia del señor San Francisco y sacaron al señor San Antonio y lo
llevaron en procesión hasta la plaza pública; desde ese momento cesó la
inundación y el río se retiró a su cauce, cuya demostración hasta ahora se
atribuye a miraculosa”.
Estas son
las palabras que constan de una declaración que prestó años más tarde el
respetable vecino don Antonio López de Gamboa en un proceso eclesiástico que se
siguió para declarar oficialmente festivo y de guarda el 13 de junio, día de
San Antonio, primer patrono de la ciudad contra las necesidades de agua y las
inundaciones”.
Tenemos,
pues consta fehacientemente, que desde más de trescientos años — desde 1586— el
patrono contra las sequías y contra las inundaciones ha sido el modesto San
Antonio; sólo la volubilidad de los santiaguinos y de sus Cabildos — lo
comprobamos en seguida— ha permitido se lo sustituya por otros santos con menos
antecedentes...
Agradecidos
a las bondades del Santo, los santiaguinos del siglo XVI, como cumplía a
hidalgos notorios, y de “gotera” — y no “de bragueta” como son los advenedizos—
celebraban la fiesta de San Antonio desde la víspera del 13 de junio, con
esplendorosas “alegrías”. En el “cerrillo” se encendían luminarias con leña que
proporcionaban los que debían “mandas” o los esclavos y vecinos multados por
faltas; “en los primeros años de este testigo, vio encender las noches de la
víspera de su fiesta costosísimos fuegos de pólvora en forma de castillos y de
otros, con asistencia y concurso de todo el pueblo”.
El
Cabildo asistía en corporación a la “misa de tres” con sermón, que se oficiaba
en San Francisco, y en la tarde se sacaba en procesión al santo Patrono por la
calle de su nombre, esto es, por la calle de San Antonio — que hasta ahora lo
conserva— con dirección a la Plaza de Armas donde daba una vuelta y regresaba
por la calle del Rey (hoy del Estado). Algunas veces parece que San Antonio y
su procesión pasaron, “de visita”, a la Catedral. Por la noche y como fin de
las fiestas, había “sarao” para la gente “de copete” y se repetían las
“alegrías” para el pueblo.
Tales
eran las festividades con que se celebraba el día de San Antonio, Primer
Patrono de Santiago del Nuevo Extremo hasta mediados del siglo XVII, época en
que ocurrió el espantoso terremoto, la noche del 13 de mayo de 1647, que
arruinó por completo la ciudad.
Apenas
alumbró el día 14 de mayo y cuando aun se oían las lamentaciones y los ayes de
las víctimas que yacían bajo los escombros de la arruinada ciudad, el cura del
Sagrario empezó a convocar a los sobrevivientes a fin de efectuar una rogativa
y penitencia pública para implorar la clemencia del cielo; con el objeto de que
esta demostración fuera más meritoria, dispuso que se fuera en romería a la
ermita de San Saturnino, situada donde está hoy la Plaza Bello (1926), que
entonces era el ejido de la ciudad.
Al llegar
la procesión a la ermita, un fuerte temblor la derribó por completo y de los
escombros surgió ¡oh milagro patente! la imagen de San Saturnino sin el menor
rasguño; el sacerdote ayudado de algunos fieles animosos se apoderaron de la
imagen y la alzaron, pidiéndole a grandes voces que intercediera ante la
Justicia Divina para que tendiera su mano misericordiosa sobre los atribulados
habitantes.
Fue cosa
establecida entonces, que los temblores disminuyeron en número e intensidad
desde ese momento: los fieles trajeron la imagen a la plaza principal y allí la
dejaron en constante veneración hasta que la tierra detuvo su fatídico baile.
No todos
los vecinos, sin embargo, atribuyeron el milagro a San Saturnino; una muy buena
parte no olvidaba que el primer Patrono de la ciudad era San Antonio y no creía
posible que este popular siervo de Dios se hubiese desentendido de las
atribulaciones de sus devotos durante el cataclismo. Apenas tranquilizados los
ánimos, los “dirigentes” trataron de dilucidar este importante asunto para
establecer a qué santo se debía elegir como patrono contra los temblores, a fin
de que se declarara oficialmente por las autoridades eclesiástica y civil como
día feriado y de guarda, el del Santo elegido, y se le rindieran los honores
que eran de rigor.
El
triunfo correspondió a San Saturnino; “pero la elección de este Santo no fue
voluntaria del pueblo, porque fueron ambos Cabildos, el eclesiástico y el
ciudadano, echaron suerte sobre el patrono que debía tener la ciudad,
escribiendo en papelitos los nombres de todos los Santos del calendario, de lo
que resultó elegido San Saturnino y se mandó guardar el día de su fiesta”.
Quedó
postergado San Antonio por la ingratitud de algunos santiaguinos innovadores;
pero los santiaguinos leales “siguieron manteniendo la devoción del Santo en
sus corazones por las experiencias multiplicadas del patrocinio del Santo toda
vez que su nombre se invoca para toda calamidad sobre todo en sequía”.
Por
primera vez, ese año 1647, no se celebró el día de San Antonio con las fiestas
acostumbradas. El Cabildo dio por disculpa Tos accidentes de la pobreza de la
ciudad por el temblor”.
Tal vez
tenía razón entonces, el Cabildo, pero no la podía tener para olvidar la
celebración de San Antonio los años posteriores.
La
justicia tarda, pero al fin llega; para San Antonio tardó setenta años.
Gobernaba
la Diócesis de Santiago el Ilustrísimo Obispo señor Doctor Don Luis Francisco
Romero, Colegial del Real de San Martín de Lima y del de Teólogos de Alcalá de
Henares, el año 1710, y era su provisor el Licenciado don Alfonso Fernández de
Albuerras ante cuyo juzgado se presentó una petición para que la autoridad
eclesiástica resolviera y declarara “que San Antonio era el patrono jurado y
votado por la ciudad, especialmente para los auxilios de necesidad de agua” y,
en consecuencia, se mandara que su fiesta era de guarda, y, por lo tanto, que
había obligación de oír misa y de abstenerse de trabajar.
“A pesar
de la notoriedad que alega la parte” el Obispo ordenó recibir la información
correspondiente, y después de numerosas declaraciones de testigos, algunas de
las cuales me han servido para las citas de esta crónica, el prelado creyó
necesario, antes de resolver tan importante cuestión, consultar al Cabildo de
la Ciudad.
Reunióse
el Cabildo solemnemente y después de oír a su procurador resolvió comunicar a
Su Ilustrísima que “por cuanto las inundaciones y sequías son mayor calamidad
que los temblores y porque es conveniente que cada calamidad tenga su patrono
especial, debe declararse feriado el día de San Antonio por los conocidos
beneficios que ha hecho a la ciudad, especialmente en calamidades de agua”.
En vista
de todo esto, “y por satisfacer tan cristiana devoción”, el Obispo Romero con
fecha 9 de mayo de 1711 declaró festivo y de guarda el 13 de junio, día de San
Antonio, “para siempre jamás”.
Todo está
bueno, dirá el lector; pero ¿y San Isidro? ¿Cómo es que este Santo ha podido
suplantar en cuestiones de sequía, al abnegado y popular San Antonio “patrono
jurado y votado” de la ciudad de Santiago para el “auxilio de calamidades de
agua”?
¡Ingratitudes
humanas, amable lector! Veleidades de este irremediable Cabildo de Santiago que
nos ha hecho sufrir desde que Pedro de Valdivia lo creó y hasta la fecha...
He aquí
el acuerdo que tomó el Cabildo el 22 de septiembre de 1740, es decir, treinta
años después del anterior:
“Por
cuanto tenemos ya larga sequía y habrá pérdida de animales y falta de comida,
que se suplique al señor Obispo que mande rezar una novena al señor San Isidro
para remediar esta calamidad”...
Pero esto
no es todo. En acuerdo de 16 de mayo de 1742, a los dos años apenas de haber
recurrido a San Isidro, el veleta del Cabildo dejó a un lado a este Santo e
imploró la protección de la Virgen del Socorro:
“... que
se suplique al padre guardián de San Francisco que haga una rogativa a Nuestra
Madre la Señora del Socorro para que termine la sequía...”
No he
sabido si después se volvió a suplicar a San Isidro, para dejarlo, como hasta
ahora, con la obligación de procuramos lluvias oportunas; pero lo que se sabe
es que tres o cuatro años más tarde se produjeron grandes inundaciones en
Santiago y es muy probable que el Cabildo haya tenido que volver los ojos, ante
esta calamidad, a su antiguo protector, San Antonio.
§ 8. Las
angustias de Sor Margarita de San José
Esto de
que unas mujeres se “compongan” y se adornen el físico para parecemos bien, es
tan antiguo como el paraíso terrenal, donde, según asegura un modisto, de quien
no doy fe, pero que conozco, se produjo una poda de hojas de parra que puso en
peligro la invención del vino, a causa de que nuestra madre Eva amaneció, un
día, con deseos de remudar trajes.
Este afán
femenino ha recorrido en forma ascendente todas las edades y todas las regiones
del Orbe y no hay razón para que también no hubiera llegado a este rincón del
mundo junto con la venerada fundadora de la sociedad chilena, mi señora Inés
Suárez que salía a “ver misa”, los días de guarda, “llevada de la mano” por el
Adelantado Gerónimo de Alderete, uno de los más caracterizados y respetables
conquistadores.
Por
cierto que doña Inés no iría a misa en tales días con sus trajes “semaneros”,
sino que es muy probable que, para dar importancia a la prenda, se acicalara
con sus mejores galas domingueras.
Mientras
que Inés Suárez reinaba sola, como la única mujer española en Santiago, podía,
tal vez, no ser muy meticulosa en el vestir; pero una vez que llegaron a
hacerle competencia doña Ginebra de Ceja, mujer del capitán Pastene y, sobre
todo doña Juana Copete de Sotomayor, mujer del aristócrata italiano Vicencio
del Monte, sobrino del Papa Julio III, es seguro que don Pedro de Valdivia tuvo
que mandar al Perú algunas partidas de “buen oro” consignadas a Rodrigo Sánchez
Clavijo que era el más acreditado mercader de terciopelos, miriñaques y
“holandas” del Virreinato.
A medida
de que la población de la incipiente ciudad de Santiago iba aumentando, y
ganando en importancia las posadas” de sus habitantes enriquecidos con las
encomiendas y lavaderos de oro, fue creciendo también el deseo de bienestar, de
lujo y de molicie; esto equivale a decir que los pecados capitales, dormidos
hasta entonces por falta de dinero, empezaron a manifestarse vivitos y
coleando. Los hombres y las mujeres se entregaron cada cual a sus respectivas
“especialidades”: los irnos al juego de la baraja, de los dados y de la “taba”
y las otras a “derezarse” la personita con “chamelotes” de Panamá, con
“faldelines” de lama y oro, con terciopelos de Flandes, y con “tisús” bordados
de realce que aplicaban en unas camisas “con pechos” que quitaban el sentido al
sexo barbudo, “por lo perniciosas”, y alarmaban a los Obispos y prelados
celosos de la moral pública.
Sin
pretender disculpar a los hombres, es necesario dejar dicho que en este
derroche colectivo, a costa del infeliz indígena, eran las mujeres las
manirrotas; conozco el expediente de un juicio por cobro de pesos a principios
del siglo XVII, entre un comerciante limeño y un potentado santiaguino, del
cual consta que la descendencia femenina del chileno le había gastado “lo que
rentan las tres haciendas, más una dellas” en la adquisición de géneros y
tapices “nobles” para el aderezamiento de sus damas.
Margarita
de Torres y Solórzano, perteneciente a la más caracterizada “fidalguía” de su
tiempo, era una coquetuela capaz de obligar a hacer el salto de la garrocha al
comisario del Santo Oficio cuya seriedad podrá imaginársela el lector, y esto
no es cuento. Con decirle que traía al retortero a dos capitanes, uno de
Caballos Ligeros Corazas y otro de Artillería; al procurador de la ciudad; al
síndico del convento de Santo Domingo y, por último, a uno de sus tíos,
respetable viudo de cincuenta y seis noviembres, me parece que le he dicho lo
suficiente para que pueda apreciar, en su justo valor, las “condiciones” de la
protagonista de este verídico episodio.
Pero
tanto jugó Margarita con el flechero alado que éste se cansó también y un buen
día, la coquetuela, presentóse humildemente ante su madre con la estupenda
novedad de que Dios la llamaba al claustro...
Y dicho y
hecho; era un día sábado por la tarde cuando Margarita había tomado esta
resolución y ya no era hora de penetrar en la portería de las monjas agustinas,
que era el convento de moda; tampoco era, el domingo, un día hábil para esa
“diligencia”, pero sí lo era el lunes; y a las siete de la mañana, tempranito,
nuestra Margarita “agarró” un par de negras esclavas, que la siguieron con
sendos bultos de ropa y, acompañada de su madre, fue a golpear la portería del
claustro. Sin esperar siquiera que la invitaran a entrar, atropelló a la
portera y se coló a echarse a los pies de su tía sor Beatriz de Guzmán, que era
la abadesa, rogándole entre sollozos que “no la dejara salir más al mundo”
porque deseaba profesar con el nombre de Sor Margarita de San José...
Margarita
de Torres y Solórzano tenía fama bien ganada de ser la muchacha más elegante de
Santiago, si no la más bonita, que esto es mucho decir; sus trajes eran
riquísimos, como que se los elegía en Lima su tía, la mujer del Oidor de
aquella audiencia don Pedro Alonso de Solórzano, señora que entendía de esto
por haber figurado entre las damas de la Corte española; Margarita ejercía un
dominio absoluto, de hija única, sobre su madre viuda y así había podido
derrochar, sin darse cuenta, toda la fortuna que le había dejado su padre,
rodeando su persona de cuantas frivolidades le exigiera su loco capricho. Muy
pocas ricas hembras santiaguinas podían competir en lujo con Margarita de
Torres; sólo Catalina Lisperguer y su hermana doña María, que, por entonces,
pretendía atrapar al Gobernador Alonso de Ribera, eran capaces de presentarse
en “lucha de trajes” y de joyas, frente a la apetecida y caprichosa criolla.
Pero un
día Margarita pidió a su madre un nuevo traje... ¡no pudo ser complacida! ¿Qué
le quedaba por hacer en el mundo?
Al tomar
su resolución, Margarita había cuidado, contra toda su costumbre, de mantenerla
en la más estricta reserva; pero una vez que la llevó a cabo, “colándose” en el
convento, su madre no la pudo ocultar, ni disimular tampoco el dolor de la
ausencia; y así fue cómo la noticia salió a luz y se expandió
por “todo Santiago” en menos de lo que emplea un cura loco en santiguarse, como
diría don Ricardo Palma.
Los cinco
pretendientes que en ese trimestre rondaban a Margarita se desesperaron, y más
que todos, el procurador de la dudad, don Luis de la Torre Mimenza, quien, como
ya lo he dicho, era de ellos y de los más asiduos. Cada uno de los galanes,
pasada la primera impresión, quiso conocer los detalles y los motivos de tan
extraña e inesperada resolución de la dama y cada uno, por su lado, se
determinó también a reconquistarla, pretendiendo hacerla quebrantar su místico
propósito.
Y aquí
empiezan las angustias de “Sor” Margarita.
El
primero que llegó hasta la portería de las agustinas fue el capitán de corazas
don Juan de Urquijo y Robleda con el “achaque” de llevar un recado de parte de
la señora madre de Margarita; la portera, que no era muy avisada,creyó lo del
recado y llamó al torno a la reclusa; al fin y al cabo, Margarita no era,
todavía, ni siquiera novicia, puesto que aun no se habían dado los primeros
pasos canónicos para su admisión.
— ¡Ave
María!... — dijo Margarita, al llegar al torno.
— ¡Sin
pecado concebida! — respondió el capitán, sin disimular la voz.
Al oír
ese acento, por demás conocido para la muchacha, su corazón dio un vuelco.
— Vengo
por vos, señora — continuó diciendo sin vacilación, el mozo; bastante me habéis
martirizado con vuestros desdenes en el mundo, para que ahora queráis
encerraros detrás de esas rejas, que no se han forjado para ocultaros de mí.
— ¡Idos,
en nombre de Dios! — suplicó enternecida Margarita.
— No lo
haré si no me prometéis, antes, salir de ese encierro que no se ha hecho para
vuestra hermosura — repitió, vehemente, el caballero.
— He
renunciado al mundo... — repuso la dama.
— Y yo he
renunciado a vivir si no soy capaz de conquistaros; pero antes, moriréis
conmigo, por mi fe de soldado — afirmó Robleda.
Oyóse un
ahogado grito de espanto y unos pasos tenues y rápidos que se alejaron hacia el
claustro.
Agitóse
el capitán, llamó repetidas veces a Margarita, golpeó la madera del torno,
pateó y vociferó, hasta que la portera asomó nuevamente la nariz por el hueco
de la ventanilla, diciéndole:
— Tenga
calma, hermano, por amor de la Virgen.
— ¡Qué
hermano, ni qué candilejas! yo necesito a doña Margarita de Torres, y la veré
por encima de la toca de la abadesa...
Santiguóse
la portera al oír tamaña “herejía”, cerró de golpe la ventanilla y fue
corriendo a dar cuenta a la prelada de las desacatadas palabras que acababa de
oír. Entre tanto, el capitán “escarbaba” al lado del torno.
— ¡Ave
María! — se oyó de nuevo a través de la cancelada—. ¿Qué desea hermano? Habla,
su merced, con la madre abadesa...
— Señora,
yo deseo que salga luego de este encierro mi prometida, Margarita de Torres, su
sobrina de Vuestra Reverencia que se ha metido aquí; ella me ha dado promesa de
casamiento y debe cumplirla y la cumplirá, porque no me dejaré burlar; y esto
debe ser pronto, luego, porque si no, me parece que no responderé de mí.
Calló un
momento la monja y luego dijo, serenamente:
— Espere,
el señor caballero, si es servido, hasta mañana a esta misma hora y le daré la
respuesta.
Y así
diciendo, Sor Beatriz alejóse del tomo con paso tranquilo encaminándose hacia
el aposento de su sobrina Margarita a la que encontró sollozando, echada boca
abajo sobre el colchón.
De la
entrevista o interrogatorio a que la sometió su tía, resultó claramente que
Margarita había tenido ciertos “tractos” con el capitán Robleda que “no la
amarraban”, pero que daban al pretendiente cierta razón para exigir el
cumplimiento de alguna promesa.
— En Dios
y en mi ánima creo, sobrina, que no podrás profesar en esta santa casa, sin que
antes no arregles con don Juan de Urquijo los “tractos” que con él has tenido,
dijo por fin la monja; de modo que mañana, cuando vuelva, le contestaré que
pasados algunos días vaya a verte a tu casa a donde volverás y allí, delante de
tu madre “os compondréis como Dios sea servido”...
— ¡Por la
Virgen de las agustinas! — exclamó la muchacha— ; ¡no me dejéis marchar de
aquí! ¡Yo no quiero volver a ver a don Juan!
— Lo
tendrás que ver, a lo menos por última vez — sentenció la abadesa; y diciendo
nuevamente ¡Ave María! se marchó a su celda.
Hice
notar más arriba que Margarita no era ni siquiera novicia y, por lo tanto, su
situación en el convento era la de una simple asilada debido a la benevolencia
de su tía la abadesa. En consecuencia, como la niña no podía penetrar a la
“claustra”, es decir, a los patios donde vivían las demás monjas, ni podía
alternar con ellas, le habían acomodado un aposento para ella y sus criadas —
las dos negras— en un “patio chico que cae a la calle de Bernardino Morales”,
que así se denominaba entonces la que es hoy calle de la Bandera. Parece
superfluo decir que en aquel tiempo la mencionada calle era un abandonado
“camino real” para entrar a la ciudad por “el basural” de la Cañada.
Mucho
rato hacía que habían sonado las “oraciones” y ya era entrada la noche cuando
un hombre protegido por la densa obscuridad y valido de una cuerda, escalaba la
muralla del convento de las Agustinas por la calle de Bernardino Morales,
frente al patio chico. Una vez que estuvo a horcajadas sobre el muro, el audaz
sujeto recogió la cuerda y por ella misma se descolgó hacia él interior.
Al posar
sus pies sobre piso firme, la negra mano de una negra. condujo al audaz
caballero hasta el aposento de doña Margarita de Torres, quien, al verlo, abrió
espantosamente los ojos, echó inconscientemente un paso atrás, se cubrió el
rostro con las manos y se desplomó sobre un sillón exclamando:
—
¡Vos!... ¡vos, don Femando! ¡Vos!
El recién
llegado era don Femando Rodríguez de Tobar, síndico del convento de Santo
Domingo, otro de los pretendientes de doña Margarita, que venía a cobrar
también una palabra empeñada.
Cerca de
la media hora había transcurrido desde que don Fernando Rodríguez llegara tan
intempestivamente y de tan extraña manera al aposento de Margarita sin que ésta
diera señales de volver a sus sentidos a pesar de los esfuerzos que hacían
ambas negras, para conseguirlo con “riegas’ y bebedizos de toronjil y romero, y
sin embargo el galán no daba muestras de mayor alarma; lo único que don
Fernando había hecho era cerrar la puerta, pasearse un rato de un extremo a
otro del “cuarto” y por fin sentarse en un taburete “al pie de la cuja”, para
esperar los acontecimientos.
Parece
que el síndico era hombre avezado en esta clase de soponcios femeninos.
Por
último, las negras se cansaron también de fregar y de dar “agüitas” y se
quedaron quietas y resignadas, una a cada lado de la cama; de seguro que tenían
alguna experiencia de los desmayos de su ama.
La voz
lastimera del sereno de la “calle de Lázaro Aránguiz” — así se denominaba la
actual calle de Ahumada, antes de que el Corregidor don Valeriano le diera su
apellido— cantó las once han dado y nublado”, porque efectivamente “estaba como
para llover”, a pesar de que promediaba el mes de abril; al oír esta hora, don
Fernando se incorporó, acomodóse el jubón y el tahalí de su espada y
acercándose a la cabecera del lecho donde yacía la accidentada doña Margarita,
díjole, con dulce al par que firme acento:
—
Volveré, doña Margarita, para llevaros conmigo, y quiera Dios que entonces os
desmayéis de nuevo para que no resistáis; no lo hago ahora porque, torpe de mí,
no preví este caso y me imaginé que vos me seguiríais por vuestro agrado para
cumplir ahora la promesa de matrimonio que tantas veces me habéis hecho y que
nunca cumplisteis. ¡Quedad con Dios, esposa mía!...
Tomóle
una de sus manos, la besó respetuosa y apasionadamente y salió del aposento.
Todo fue
que don Fernando, al salir, cerrara la puerta y que el ruido de sus pasos se
fuera alejando, para que la accidentada empezara a dar señales de volver a la
vida; lanzó un suspiro largo, abrió dos o tres veces los ojos, volvió a
suspirar y si no dijo el consabido ¿dónde estoy? fue, seguramente, porque
todavía no estaba en boga este dicho femenino, descubierto como remedio
infalible para salir de los desmayos.
Trató
luego de incorporarse, en lo que la ayudaron solícitamente las negras, en
seguida echó los pies fuera del lecho donde permaneció sentada unos momentos y
por último, presa de vehemente angustia, cubrióse el rostro y dio suelta a un
torrente de lágrimas, esta vez sinceras, al parecer.
Una de
las negras, a quien llamaré Lorenza — para distinguirla de la otra que se
llamaba Gregoria— era la que más consolaba a su ama con mimos y palabritas
almibaradas y diminutivas.
— No se
aflija, mi corderita — insistía “la” Lorenza—, que ese caballero no vendrá más
aquí a hacerla sufrir, porque yo iré mañana mismito tempranito, a avisarle a mi
señorita la abadesa y a mi amito el Procurador señor don Luis que la quiere
tanto.
— ¡Calla,
por nuestro Señor San Francisco! — Interrumpió la dama— ; no irás, “ni por ná”
a decirle a nadie lo que ha pasado, ni menos al Procurador. ¿No sabes que ese
hombre me persigue más que todos los otros y que si “se le pone” es capaz de
sacarme de donde esté?
Era,
efectivamente, “un pálpito” el de doña Margarita.
Don Luis
de la Torre y Mimenza, Procurador de la ciudad de Santiago y protector general
de indios, hombre, por lo tanto, de grandes influencias y recursos, no había
puesto en duda, ni por un instante, que Margarita volvería al hogar materno
dentro de muy breve plazo y que una vez allí, la coquetuela no podría negarse a
cumplir la promesa que le había dado de entregarle su mano...
Don Luis
no podía convencerse de que Margarita hubiérase recluido por su sola voluntad
en el convento de las Agustinas; la muchacha lo había engatusado en tal forma,
que el Procurador estaba ciertísimo de que su estampa de bien conservado
cuarentón tenía flechado a la dama de sus honradísimos pensamientos.
Y así fue
que cuando se presentó ante la madre de Margarita para interrogarla sobre el
particular, le manifestó a la atribulada señora su resolución, más o menos en
esta forma:
— Señora
mía, a mí no me convence, su merced, de que doña Margarita se haya metido de
monja por su deseo, habiéndome empeñado su palabra de ser mi mujer tan pronto
como yo alcanzara del señor Gobernador don Alonso de Rivera la provisión,
título y salario de protector general de naturales que me habilita para
sentarme al lado derecho del señor Corregidor y Justicia Mayor del Reino don
Pedro de Vizcarra. Yo tengo que hablar con doña Margarita y será vuestra merced
quien me acompañe a la portería de las monjas para que venga al torno.
— Eso es
imposible, mi señor don Luis — gimió la señora—, porque Margarita tiene
resuelto no hablar ni siquiera conmigo y mi prima la abadesa no lo permite.
— ¿Cómo
es eso de que no lo permite? — Interrumpió don Luis, dando un respingo— ;
¿olvida su merced que el patrono del convento es el Cabildo y que yo soy el
Procurador y el mayordomo de la ciudad? La señora abadesa se guardará muy bien
de oponerse a tal cosa por la cuenta que le tiene. Muy luego va a convencerse,
su merced, de lo que le he dicho.
Y así
diciendo, don Luis requirió su chambergo emplumado de rojo, tercióse el extremo
de su capa, y haciendo a la dama un saludo cortesano salió del aposento; a
tranco largo, firme y resuelto, recorrió las dos cuadras que distanciaban la
casa de su presunta suegra de la portería del convento, donde encontróse,
ventanilla por medio con la “mocha” que la servía.
— ¡Ave
María purísima! — dijo la portera.
— Buenos
días — contestó secamente el Procurador— ; dígale, su merced, a la señora madre
abadesa que el Procurador del Cabildo don Luis de la Torre Mimenza desea verla
para un menester grave.
Al oír lo
de “Procurador del Cabildo”, la portera se indinó todo lo que le permitió su
cercanía a la ventanilla y partió a dar el recado. Luego se oyeron pasos en el
locutorio y se abrió la puerta para dar entrada al representante del patrono
del convento, honor que le correspondía de derecho.
— ¡Ave
María purísima! — saludó la abadesa, que estaba de pie delante de un sillón,
con el velo echado sobre el rostro y con las manos metidas en las mangas del
hábito.
— ¡Sin
pecado concebida! — contestó esta vez el Procurador.
— ¿En qué
puede ser servido el ilustre patrono de esta santa casa? — dijo serenamente la
abadesa.
Se le
atragantó la voz varias veces al resuelto don Luis antes de hablar, pero al fin
dijo:
— En este
convento, venerable señora, se ha recibido, según noticias que han llegado a
mí, a una nueva novicia...
— Son
equivocadas esas noticias, señor Procurador; en el convento, no se ha recibido
novicia alguna desde hace cuatro meses...
— Sin
embargo, doña Margarita de Torres y Solórzano permanece recluida en este
claustro desde hace dos días y según parece, contra su voluntad, que es lo
peor.
— También
está equivocado el señor Procurador respecto de esto último; doña Margarita ha
venido a verme, como su tía que soy, por su voluntad y no quiere volver al
mundo; ha pedido ser admitida como novicia para profesar a su tiempo, pero aun
no le ha sido concedida esta gracia.
— Pues,
entonces — repuso el representante del Cabildo— no puede permanecer en el
convento sin faltar a las ordenanzas...
—
Permanecerá aquí el tiempo que sea de la voluntad de las superioras de esta
santa casa, señor Procurador — contestó la monja— que sólo a nuestras
conciencias debemos esta responsabilidad.
Mordióse
el extremo del mostacho izquierdo el señor don Luis, al darse cuenta de la
plancha que estaba haciendo ante la enérgica sor Beatriz y cambiando un poco de
acento y de táctica, se dejó caer con esta insinuación:
— ¿Sería
servida, Vuestra Reverencia, de llamar a doña Margarita para cambiar con ella
algunas palabras?
Observó
atentamente la monja a don Luis, a través del velo y después de algunos
segundos de duda, respondió:
— Doña
Margarita no quiere volver al mundo, ni ver a nadie, señor Procurador, y yo no
puedo torcer su voluntad obligándola a ello.
Ante esta
resistencia formal, don Luis perdió la paciencia y sin medir sus palabras
contestó:
— Eso lo
veremos, señora, cuando el Cabildo, que es el patrono del convento, sepa que
habéis faltado a sus ordenanzas, admitiendo aquí una candidata sin que se os
diera el permiso que es de rigor. Ved lo que hacéis, negándoos a mi ruego; os
lo requiero.
Sor
Beatriz de Guzmán, orgullosa como buena criolla, irguióse de su sitial sin
responder palabra, formuló una inclinación de cabeza y salió majestuosamente
del locutorio dejando al Procurador con un palmo de narices.
Cuando se
formalizó la constitución del convento de las Agustinas, el año 1574, las
fundadoras habían elegido “como patrono e instituidor de dicho monasterio al
Cabildo de esta ciudad para agora e para siempre jamás” y en una de las
cláusulas del documento que tengo a la mano, se establecía, perentoriamente,
que “agora e para siempre jamás, cuando se hubiere de recebir alguna monja en
el dicho monasterio se contrate el caso y la dote con el Cabildo, con el obispo
u ordinario eclesiástico y con la abadesa y entre los tres resuelvan y se haga
como sea el voto de dos”.
El caso
estaba clarísimo para el Procurador don Luis de la Torre; doña Margarita estaba
recluida en “dicho” convento, con su voluntad o sin ella, pero sin permiso del
patrono; y era obligación la de que las damas atacadas de “monjío”, se
presentaran al Cabildo, por sí o por apoderado, solicitando licencia para su
ingreso en el claustro; y ante tal petición el Cabildo debía designar uno o dos
Regidores para que tasaran la dote de la novicia y dispusieran su inversión “en
lo que más conviniera al monasterio”. No podía haber cuestión.
Desde la
puerta del convento se dirigió don Luis, derechito, a casa del Alcalde don
Francisco de Zúñiga y le presentó el denuncio con la viveza de Procurador de la
ciudad, defensor de los derechos del Cabildo y el apasionamiento de semi
calabaceado pretendiente; el Alcalde miró el asunto con calma, pero con interés
y dijo al Procurador:
— Proceda
vuestra señoría y merced conforme a derecho; en el “ayuntamiento” que los
señores del Cabildo harán el viernes se verá eso.
Y
efectivamente “en la muy noble y leal ciudad de Santiago, en treinta días del
mes de abril de mili e seiscientos e cuatro años estando juntos en ayuntamiento
el Cabildo, Justicia y Regimiento, se platicó de que en el convento de monjas
se ha recibido una novicia sin dar noticia a este Cabildo, como patrón que es
del dicho monasterio y contra la loable costumbre que siempre se ha guardado
desde la fundación dél, y escrituras que están otorgadas por el dicho convento;
y como esto es contra la autoridad de la ciudad y de su preminencia como tal
patrón, se acordó que el Procurador general salga a esta causa y haga los
requerimientos necesarios al dicho convento para que echen fuera la dicha monja
y no la reciban sin preceder las diligencias en defensa del patronato”.
Armado de
esta resolución, que le había resultado como anillo al dedo, el Procurador de
la ciudad y pretendiente de doña Margarita de Torres y Solórzano, presentóse,
al día siguiente, a la portería del convento de las Agustinas, acompañado del
Alguacil Mayor don Alonso del Campo y del escribano público Gines de Toro
Mazzote y haciendo llamar a la abadesa, “le hizo leer verbo ad verbum”, por
boca del escribano, el auto del Cabildo.
Al
terminar la lectura que la abadesa oyó “al parecer con toda tranquilidad”, don
Luis de la Torre y Mimenza ordenó:
— Señora
abadesa, mandad, si sois servida, que se presente ante mí, aquí, luego, doña
Margarita de Torres y Solórzano; es servicio de Su Majestad.
La
noticia de que el Cabildo había ordenado “echar fuera del convento”, manu
rmlitari, a una monja agustina y que esta orden se estaba cumpliendo,
se derramó por la ciudad como un torrente, de modo que aún no había llegado al
locutorio doña Margarita, obedeciendo al llamado de la autoridad, cuando ya la
portería y la calle estaban ocupadas por una cincuentena de personas deseosas
de presenciar tan extraño acontecimiento:
— ¿Sabe
vuestra merced de quién se trata? — preguntó un soldado distinguido de la
Compañía de Artillería al teniente de fiel ejecutor Joan de Alzamora, que
estaba cercano a la puerta.
— Por
cierto, señor mío — contestó el interpelado-; todo el mundo sabe ya que el
Cabildo ha mandado echar fuera del convento a doña Margarita de Torres, que se
había “metido” en él, sin permiso.
— ¡Doña
Margarita! — exclamó espantado el soldado...—. ¡Pero si esta señora es la
prometida del capitán de artillería don Sebastián de Espinosa, mi señor!...
Corro a prevenírselo, como es de mi obligación.
Y así
diciendo, el militar atropelló a los que tenía al lado y partió, como un galgo
en libertad.
Un
reverendo agustino que en esos momentos llegaba hizo el silencio en la
concurrencia que se estaba amontonando, por momentos, en bullicioso comentario.
El fraile se abrió paso, o mejor dicho, todos se lo abrieron respetuosamente y
penetrando en la portería avanzó, enhiesto, hasta la puerta del locutorio que
golpeó dos veces con el nudillo de la mano derecha, diciendo pausada y
claramente:
— En
nombre del Rey, ¡abrid al Santo Oficio!...
Una
exclamación de espanto que se les ahogó en la garganta, paralizó a los
curiosos, dejándolos fríos. ¿Qué iba a pasar allí, cuando tomaba intervención
tan principal el representante del terrible y temido tribunal?
Abrióse
la puerta del locutorio, de par en par, y el agustiniano avanzó, solemnemente,
hacia el centro del aposento donde lo esperaban, con la rodilla en tierra, los
participantes en la escena.
—
¡Alabado sea el Señor! — dijo el fraile, alzando la mano derecha.
— Sea por
siempre bendito y alabado — respondieron todos en coro, al mismo tiempo que se
incorporaban.
Una
intensa palidez cubría el rostro de los agentes del Cabildo; doña Margarita de
Torres, además de pálida, manifestaba una angustiosa depresión de ánimo;
solamente la abadesa parecía tranquila.
— Ha
llegado a mi celda la noticia de que el señor Procurador de la ciudad viene a
cumplir en esta santa casa, un auto del Ilustre Cabildo — dijo, gravemente, el
agustino—, y en mi calidad de Comisario del Santo Oficio de la Inquisición,
vengo a protestar de que tal auto, si realmente existe, no haya sido antes
notificado a quienes, conforme a derecho, tienen que darle el pase.
— Líbreme
Dios y sus santos, señor Comisario — contestó el Procurador don Luis de la
Torre—, de haber querido invadir los derechos que tenga el Santo Oficio en este
o parecido caso; mi presencia en este convento y la de estos caballeros, que
son el escribano del Cabildo y el Alguacil Mayor del Reino, se debe, solamente,
al cumplimiento de una orden de autoridad competente que no puedo sino acatar,
declinando en quien sea 'la responsabilidad que de ese cumplimiento resulte.
— Y esa
orden, ¿cuál es, señor Procurador?
— Señor
escribano — ordenó dos Luis—, leed, si sois servido, el auto del Cabildo.
Toro
Mazzote, a quien le temblaban la barbilla y las piernas desde hacía rato, con
unos deseos locos de perder de vista al representante de la Inquisición,
desenvolvió unos papeles, calóse unos “antojos” de cuerno que eran su
característica — como que era el único que los usaba en ese tiempo en Santiago—
y rezongó de nuevo el texto del acuerdo que ya conoce el lector.
— ¿Y qué
piensa hacer el señor Procurador? — preguntó el agustino, un momento después de
que el escribano terminó la lectura.
— Pues,
cumplirlo — contestó don Luis.
— ¿Y si
el Comisario del Santo Oficio protestara de ello? — insistió el fraile.
— Pediría
testimonio al presente escribano de esa protesta, “que hace fuerza” — respondió
sin inmutarse el funcionario— y recurriría al Cabildo, que es mi mandante, para
que apelara ante quien corresponde. Y para que esta situación se resuelva de
una vez, vuelvo a ordenar — con el respeto que debo a la venerada persona del
señor Comisario— a la reverenda señora abadesa, aquí presente, que cumpla el
auto, eche fuera del convento a doña Margarita de Torres y la ponga en poder
del Alguacil Mayor que la llevará en seguridad y decoro hasta la posada de la
señora su madre. ¡Es servicio de Su Majestad! — terminó alzando la vara
emborlada y dejándola golpear el suelo, solemnemente.
— ¡Tía y
señora! — Gimió doña Margarita, echándose al cuello de la abadesa— ; no
permitáis que me lleven de vuestro lado; yo no quiero volver al mundo..
La
abadesa sostuvo a doña Margarita entre sus brazos sin dar muestras de alarma, e
inclinando el rostro hacia la oreja de la angustiada niña, le dijo,
disimuladamente:
— No os
desmayéis, sobrina, porque creo que es inútil...
Y
efectivamente lo era, porque el Comisario del Santo Oficio, apreciando la
situación “conforme a derecho” y viendo que cualquiera protesta o acto “de
fuerza” de su parte sería inútil y perjudicial para su prestigio, se limitó a
decir:
— Caiga
sobre vuestra merced, señor Procurador, y sobre el Cabildo, la responsabilidad
de esta orden que atropella la santa clausura de esta casa.
Y así
diciendo, encaminóse hasta la puerta del locutorio con la mano derecha alzada,
y desapareció tras ella.
Esta vez,
Margarita de Torres se desmayó efectivamente.
El
soldado, que según recordará el lector, había salido en busca del capitán don
Sebastián de Espinosa, de quien dijo que era prometido de la enclaustrada,
había recorrido “medio Santiago” sin encontrar al militar, pero al fin dio con
él, sabe Dios en qué escondite. Yo lo sé, pero no lo digo.
Al saber
lo que pasaba, el capitán Espinosa vistióse rápidamente y salió con dirección a
las Agustinas seguido de su fiel noticiante y dispuesto a ver y a hablar,
aunque fueron dos palabras, “a su prometida” doña Margarita que había estado
recluida sin él saber por qué...
Para
llegar a la portería del convento, el capitán tenía que pasar por 'la puerta de
la casa de Margarita de modo que, al embocar la calle de Ahumada por el lado de
la Plaza, pudo notar, desde lejos, al numeroso grupo de gente que se había
situado frente al portón claveteado de los Torres y Solórzano, que caía hacia
la media cuadra de la manzana comprendida entre las calles de “Pero Martín”
(Agustinas) y de “Gaspar de la Barrera” (Huérfanos) al lado oriente.
Apuró el
paso el galán y pronto estuvo en la periferia del grupo, que no bajaría de
ciento cincuenta personas, por entre las cuales se abrió paso cuando se dio
cuenta de que en el interior de la casa de su presunta suegra ocurría algo
extraordinario.
En
efecto, el grupo de gente que ocupaba la calle era el que había venido desde la
portería de las Agustinas “a la siga” del Procurador y sus ayudantes que traían
a la desenclaustrada para depositarla en el hogar que había abandonado cuatro o
cinco días antes; doña Margarita' habíase convencido, oportunamente, de la
inutilidad de un nuevo desmayo al estilo clásico y había aceptado el brazo
noble, firme y nudoso del Alguacil Mayor del Reino don Alonso del Campo y
Lantadilla, que no por haber comprado su cargo en tres mil pesos de “oro
sonante” había dejado de ser un gentilhombre digno de llevar del brazo una dama
de categoría.
Abrióse
paso, como ya he dicho, el capitán Espinosa y llegó al portón que, aunque
cerrado, mantenía la “puerta chica” entornada y al cuidado de un negro para
impedir que se entrara la turbamulta. Penetró sin inconveniente y en un momento
estuvo en “la cuadra” donde se encontraba reunido un corto concurso de personas
selectas. La protagonista, doña Margarita, ocupaba, al 'lado y regazo de su
madre, el sitio principal, sentadas ambas en un “almofré” de cubierta bordada.
Al mirar,
ansiosamente, el grupo de ambas damas, reparó el recién llegado en que al lado
de la niña se encontraba el síndico del convento de Santo Domingo don Femando
Rodríguez de Tobar y un poco más atrás el capitán don Juan de Urquijo, a
quienes había visto varias veces en sospechosos trajines tras las huellas de su
amada Margarita... El capitán Espinosa tuvo un “pálpito” y se dijo para su
almilla que aquel encuentro y reunión, en tal momento, eran un verdadero
peligro. Hombre resuelto era el capitán Espinosa y no estaba dándoles de comer
a sus hígados para no llamarlos a la acción en los momentos críticos de su
vida. Y sin pensarlo más, avanzó hasta las damas y arrojándose a los pies de
doña Margarita le espetó “a terazón”, o como quien dice “a quema ropa” el
siguiente apasionado discurso:
— Doña
Margarita, señora mía y mi dueña, por fin os vuelven a ver estos ojos cansados
de llorar vuestra extraña y para mí dolorosa y terrible ausencia. ¿Cómo habéis
podido permanecer oculta de mí, sin que vuestro corazón y vuestro “aprecio”
(por entonces no se podía usar la palabra “amor” sin incurrir en pecado) que
tantas veces me los habéis prometido ante Dios y la Santa Virgen, os obligaran
a darme aviso para que fuera a ponerme a vuestro lado y dar mi vida por vos?...
Hubiera
continuado en este tono, el “desahogado” capitán, hasta quién sabe cuándo, si
doña Margarita primero, y su madre después, no se hubieran alzado de sus
asientos con manifiesto desagrado la señora y con espanto la hija, actitud que
aprovecharon los rivales don Femando y don Juan para lanzarse sobre el
arrodillado caballero y alzarlo mal de su grado, mientras el tercer rival, el
Procurador don Luis de la Torre y Mimenza, se enfrentaba con el capitán
Espinosa, diciéndole, solemne y enfáticamente:
— Salga
vuestra merced, señor capitán, de esta casa que la deshonra... ¡Salga vuestra
merced!...
El
capitán Espinosa no pudo contestar las palabras durísimas del Procurador con la
energía que sería de su deseo porque en menos de un suspiro, varios, muchos
brazos robustos lo alzaron en volanda, fueron a depositarlo, con muy poca
delicadeza, en la cochina calle y le cerraron el portón...
Hecha un
poco la calma en la “cuadra”, el síndico de Santo Domingo creyó de su deber, en
su carácter de prometido de Margarita, dar las gracias al Procurador por la
actitud caballerosa que había adoptado en defensa de la dama; y para cumplir
este deber, acercóse al representante del Cabildo y formulando ante él una
reverencia “de corte”, díjole:
— Señor
don Luis, lo que ha hecho vuestra merced ahora, lo agradecerán eternamente “mis
mayores” y también nosotros, como un oportuno servicio prestado a la familia.
Observólo
de hito en hito don Luis, sin comprender bien el significado de la frase:
formuló a su vez una inclinación de cortesía, y por fin insinuó:
— ¿Qué es
eso de “nosotros” y “de la familia” mi señor don Fernando? Explíquemelo vuestra
merced, si es servido...
— Es
sencillo, señor Procurador: ha castigado vuestra merced, muy oportunamente, al
atrevido que ofendía a mi prometida doña Margarita...
Un grito
de angustia desesperada llenó la sala y un alboroto de carreras, lamentos y
hasta de imprecaciones le siguió; doña Margarita, que había oído atentamente el
diálogo de ambos personajes vio de nuevo caerse el mundo sobre su cabeza y usó
una vez más de su recurso supremo, el soponcio, pero esta vez con los más
alarmantes caracteres, porque junto con desmayarse las emprendió contra sus
vestidos y contra todo lo que caía al alcance de sus uñas.
Llevada,
con prontitud, a su alcoba, la madre de Margarita rogó a todos los “prometidos”
que la dejaran sola y a poco la mansión solariega de los Torres y Solórzano
quedó, solamente, con sus dueños y criados.
A las
once de la noche de ese mismo día, el superior de los jesuitas, padre Hernando
de Aguilera, era llamado con urgencia a la casa de Margarita de Torres. ¿Qué
ocurría a la elegante y hermosa muchacha que tanto había dado que hacer a las
gentes en los últimos días? ¿Estaba acaso en peligro de muerte, después del
grave ataque sufrido en la tarde, y necesitaba de los auxilios de la religión
para bien morir?
Nada,
nada, y aún, muy lejos de eso, mi querido y amable lector: era que Margarita de
Torres quería pasar la última de sus angustias y había resuelto dar su blanca y
pequeña mano al quinto de sus pretendientes, a aquel que no había dado señales
de existir durante todas las incidencias de su reclusión en las Agustinas, y
que, sin embargo, había tenido el talento de haber sabido esperar el momento
preciso. Este feliz mortal era el general don Agustín de Solórzano y Encalada,
tío de la “interfecta”, poseedor de cincuenta y seis noviembres bien llevados y
de una grande y saneada fortuna de la cual había “apartado” cincuenta mil
patacones para entregarlos “de contado” a su hermana y suegra como regalo de
boda para la bella, derrochadora y “desmayable” criolla.
A la
vista de estos cincuenta mil patacones terminaron, definitivamente, las
“angustias de sor Margarita de San José”.
§ 9. Los
amores del Gobernador don Alonso de Ribera
El
agitado y heroico siglo XVI estaba dando sus últimas boqueadas antes de
hundirse para siempre en la historia de la conquista, y la ciudad del Mapocho
comenzaba también a desperezarse para entrar de lleno a la que se ha dado en
llamar, muy propiamente por cierto, “la vida colonial”.
La guerra
de Arauco iba a terminar también su primer período, enconado y sangriento, que
había costado la vida de dos de sus más brillantes capitanes, los Gobernadores
Valdivia y Oñez de Loyola, amén de tres o cuatro mil soldados españoles que
habían venido a “entregar los huesos” en esta insaciable fosa araucana. El
Monarca en cuyos dominios no se ponía el Sol, había resuelto no confiar más en
los talentos militares de sus capitanes “indianos”, por mucha que pareciera su
experiencia en estas guerras “dilatadas”; la honra de las armas españolas,
vencedoras en toda la Europa, exigía que la guerra cincuentenaria de Arauco
tuviera fin alguna vez y para conseguirlo ahora, en definitiva, había
encomendado “la pacificación” a un capitán que había conquistado su prestigio
en Flandes, Alemania, Italia y Francia.
La
llegada a Chile de esta categoría de capitanes aureolados por los triunfos que
alcanzaran en los grandes ejércitos del Duque de Alba, de Don Juan de Austria y
de Alejandro Farnesio, inició en nuestro suelo la vida de sociedad en forma un
poco más intensa, más íntima, más cortesana de la hasta entonces conocida por
los ásperos y poco comunicativos conquistadores primeros.
Con la
renovación del personal del ejército, ya fuera con gente traída del Perú o
directamente de la Península, el elemento masculino, escasísimo y “monótono” en
los primeros años, fue cada vez más abundante y proporcionó a las damas un
campo más amplio de selección; esto equivale a decir que la galantería tuvo que
abrirse paso para conquistar las sonrisas y los favores de la mitad más bella
del criollismo chileno.
Las
criollas, por su parte, en su deseo de agradar y de ser admiradas,
desarrollaron, fácilmente, las facultades naturales de que están dotadas para
perder a los hombres; y de esa lucha por el pro y el contra — que en realidad
es una lucha sólo por el pro resultó en Chile lo que ha sido inevitable desde
que aparecieron sobre el “haz” de la tierra hombres y mujeres: que se acabó
definitivamente la poca paz de que gozaban hasta entonces los santiaguinos.
¡Qué
mujeres, Dios mío!
La
llegada de cada Gobernador “peninsular”, con su séquito de capitanes,
alféreces, sargentos y soldados distinguidos era toda una expectativa para las
familias santiaguinas; las fiestas, los saraos, los banquetes, se sucedían
desde que los “forasteros” pisaban este hospitalario suelo hasta que el
Gobernador resolvía partir a la campaña de Arauco, cosa que ocurría,
generalmente, a la entrada de la Primavera.
Al año
siguiente, al caer el invierno, cuando las lluvias paralizaban las operaciones
militares, el Gobernador y sus principales oficiales regresaban a la capital y
se renovaba la vida de “divertimiento” interrumpida al año anterior. Uno de los
historiadores de la colonia, Luis de Santa Clara, apunta la sutil observación
de que la natalidad aumentaba considerablemente en Santiago, en los primeros
meses de cada año. ¡Honra y prez al meticuloso demografista colonial!
Por
cierto que durante el tiempo que permanecían en la capital del Reino el
Gobernador y los suyos, las familias rivalizaban para hacer agradable la estada
de los guerreros en los hogares mapochinos y para hacerlos olvidar las
penalidades de tan trabajosa campaña; desde el Gobernador abajo, cada oficial,
cada soldado, especialmente si era soltero, se veía asediado por las más
delicadas atenciones y era una honra tener hospedado a uno o más caballeros del
séquito del Gobernador. Es verdad que esto se prestaba a “habladurías”, sobre
todo si en la casa había niñas, y lo probable sería que las chismosas se
quejaran por falta de alojados y no por otra cosa.
Uno de
los hogares más frecuentados por los forasteros durante su permanencia en la
capital, era el del general don Pedro de Lisperguer, caballero alemán,
descendiente, según se decía, del Duque de Sajonia; y algo de esto sería
verdad, porque cuando don Pedro llegó a Chile con don García de Mendoza, traía
“a su costa e minción, para el servicio de su persona e' criados, seis cotas de
malla, con sus mangas e caraqueses e morriones, e guantes, e seis coseletes, e
quince arcabuces, e treinta hierros de lanzas con sus astas, e diez ballestas e
doce hierros templones con sus astas templanas, e cuatro docenas de espadas, e
seis rodeles e dos largas e seis sillas jinetas e cuatro bridas”...
¡A poco
más, don Pedro nos trae una maestranza!
El
caballero alemán encontró luego en Chile su media naranja en la persona de una
criolla por cuyas venas corría, también, sangre de príncipes; ella fue doña
Águeda Flores, hija del Conquistador Bartolomé Flores y de la cacica doña
Elvira de Talagante, la cual, por resolución del Rey de España, había sido
reconocida como princesa indígena. En este hogar, tal vez el más opulento de su
tiempo, florecían tres muchachas que eran el imán de los guerreros de Arauco,
sin exceptuar a los de edad madura ni provecta, ni a los de las más altas
categorías.
Por los
años de 1595, dos de las Lisperguer, Magdalena y Catalina, estaban en el apogeo
de sus lozanos veinticinco y veinte años, respectivamente; la menor, María,
daba sus últimos pasos en la’ niñez, bordeando los doce abriles. Completaban
este opulento hogar cuatro garridos mozos que alternaban, como compañeros de
armas y de correrías galantes, con lo más escogido del ejército español; con lo
dicho basta para que el lector aprecie los atractivos insuperables que
presentaba la principesca mansión de don Pedro Lisperguer al terminar el siglo
XVI.
Sin
embargo de todos sus atractivos, los Lisperguer no habían conseguido la franca
estimación social que era lógico esperar de tales condiciones: los hombres de
la familia eran altaneros, atropelladores, pendencieros y espadachines; y las
mujeres... las mujeres, lo menos que de ellas se corría era “que tenían en su
casa un duende que alborotó toda esta tierra, con quien decían tenían pacto”.
Hombres y mujeres, pobres y ricos, no tenían por los Lisperguer el respeto a
que eran acreedores por su alta situación social; el sentimiento que invadía a
todo el mundo era de temor, muchas veces pavoroso, no tanto a las cuchilladas
de que eran asaz pródigos, sino a los “encantamientos” y maleficios del duende
alborotador.
Tal era,
a grandes rasgos, la situación social de Santiago cuando llegó al país, con el
carácter de Gobernador del reino, el señor don Alonso de Ribera y Zambrano,
comendador de Soria en la Orden y Caballería de Alcántara y Teniente General de
los Reales Ejércitos. El nuevo mandatario que enviaba el Monarca español a
terminar la guerra de Arauco era uno de los mejores capitanes de Francia y
Flandes; su edad no pasaba de los cuarenta años llevados con arrogancia; “amaba
el lujo y la ostentación, tenía pasión por el juego y por las mujeres y le
gustaba asistir a banquetes y saraos”.
Ribera
fue a desembarcar directamente a Concepción, a principios de 1601, donde
conoció y estrechó amistad, desde los primeros momentos, con el capitán don
Juan Rodulfo Lisperguer, uno de los hermanos mayores de las hermosas damas
criollas que acaba de conocer el lector; y después de hacer su primera
“entrada”, con relativo éxito, por el territorio rebelado, el Gobernador se
dirigió a la capital, a principios de Invierno, para recibirse personalmente
del mando.
El nuevo
y arrogante mandatario fue recibido con arcos de flores y “arrayanes”; a la
entrada a la ciudad, por el camino de la que hoy es calle de Santa Rosa, “se
trabajó una puerta de madera so color de que era la puerta de la ciudad y cuya
llave salió a entregarle el Corregidor don Jerónimo de Molina, llevándola en
una almohada de terciopelo carmesí”. En la Cañada, frente a la calle del Rey
(Estado), “el Gobernador bajóse del caballo para subir a un tablado donde
estaba el dosel, debajo del cual tomó asiento su señoría para recibir el
homenaje del Cabildo” y en seguida, escoltado por un lucido séquito, encaminóse
por la calle del Rey hasta el palacio de los Gobernadores que estaba en la
Plaza.
Aparte de
los arcos “de arrayanes” levantados por el Cabildo “y por los oficiales de los
varios oficios” esto es, por los artesanos y obreros, las casas “particulares”
ostentaban, igualmente, “primorosas alegorías” en sus puertas y balcones y de
muchas de ellas “se arrojaron flores y cintas al Gobernador, al miralle tan
garboso”. Al pasar frente a la casa de don Pedro de Lisperguer le fue arrojada
una corona que cayó sobre las orejas del caballo del Gobernador “y se encabritó
el animal”. Miró don Alonso hacia la ventana de donde había partido el obsequio
que casi lo malogra y vio en ella a dos damas que se disponían, nuevamente, a
dispararle flores. Sonriólas el guerrero de Flandes y quitándose su emplumado
sombrero inclinóse, cortesanamente, ante la tentadora hermosura de las
entusiastas criollas.
— ¿Me
haréis la merced de decirme, mi señor don Juan Rodulfo — dijóle el Gobernador
al capitán Lisperguer, cuando ya estaban relativamente tranquilos en Palacio—
quiénes son esas bellas damas que arrojaron la corona a mi paso, por la calle
del Rey?
Sonrió
don Juan Rodulfo ante la pregunta de don Alonso y contestóle:
— Son
doña Catalina y doña María Lisperguer y Flores, mis hermanas, señor Gobernador;
y hanme enviado recado para que pida perdón a vuestra señoría por el
desacato...
Atragantóse
un poco el Gobernador, antes de responder, pues no dejó de sorprenderle el
sutil ingenio de la contestación que acababa de darle su amigo; pero
inclinándose ante el capitán, tal vez para disimular una pequeña turbación,
díjole:
—
Perdonad, señor capitán, que os dé el encargo de rogar a vuestras bellas
hermanas que permitan al Gobernador pasar a besarles las manos y a presentarles
sus homenajes.
— A mucho
honor tendrá mi madre, doña Águeda Flores y mi cuñado Gonzalo de los Ríos, el
que vuestra señoría se digne llegar hasta su morada.
—
¿Gonzalo de los Ríos...? — repitió don Alonso.
— El
marido de una de las damas que visteis.
Quedóse
preocupado el Gobernador con la noticia, y a poco, cuando la tertulia se apagó,
don Alonso acercóse al comendador de la Merced, fray Fulgencio de Caravajal,
que se había quedado el último, y preguntóle:
— Dígame
Vuestra Reverencia, Padre Comendador, ¿quién es ese Gonzalo de los Ríos del
cual he oído hablar mucho en Concepción como uno de los más ricos
encomenderos...?
El
fraile, que tal vez quería hacer méritos ante la nueva autoridad, creyó que su
deber era informarle tan ampliamente como pudiera; no titubeó en soltar la sin
hueso y espetó a don Alonso el siguiente discurso:
— Gonzalo
es hijo de un conquistador de su mismo nombre y de María de Encío, que estuvo
procesada por el Santo Oficio de la Inquisición por “encantadora y hechicera” y
que después de estar presa varios años en Lima fue absuelta y “retractada” con
un cirio verde en las manos y con las espaldas desnudas. Dícese, de Gonzalo,
que también aprendió “maleficios” y que los hace en casa de su suegra doña
Águeda, la cual los aprendió de su madre que fue hija del cacique Talagante,
también gran hechicero y encantador, y que actualmente tienen en su casa una
culebrilla a la que mantienen con leche de liebre negra.
Iba a
decir algo el Gobernador, al oír esto último, pero fray Fulgencio, tal vez sin
darse cuenta, continuó impertérrito:
— Gonzalo
de los Ríos es poseedor de todas las encomiendas de su padre, que la tenía “por
dos vidas” y de varios lavaderos de oro; ahora es dueño, además, de otras
encomiendas en Talagante, La Ligua y Tobalaba y es uno de los más poderosos de
este Reino, por su reciente enlace con Doña Catalina Lisperguer; don Juan
Rodulfo...
— Basta,
basta, padre Fulgencio — interrumpió el Gobernador, al ver que el comendador
mercedario estaba, al parecer, dispuesto a seguir informándolo sobre cada uno
de los miembros de la familia de Gonzalo de los Ríos— ; agradezco a vuestra
reverencia las noticias qué me ha dado y le suplico que venga a Palacio mañana
a fin de que sea servido de acompañarme a casa de doña Águeda Flores para
presentarle mis respetos a ella y a sus hijas. Buenas noches.
El
mercedario abrió un jeme de boca al oír las palabras del Gobernador y se fue
pensando en que, si por hacer mérito ante Su Señoría, no habría hecho, en
cambio, una plancha soberana.
Al
retirarse a sus habitaciones, don Alonso llamó a su camarero y le dijo:
— Maese
Pedro, prepárame, para mañana, uno de mis mejores vestidos de corte.
Transcurrían
los últimos días del mes de agosto y se preparaba ya el Gobernador Ribera para
dar la vuelta a sus “malocas” de la frontera araucana; los tres meses de
Invierno — que en ese año de 1601 fue excepcionalmente crudo— los había
disfrutado, el bizarro capitán de Flandes, de punta a cabo, “en las palmas de
las manos” de los más selectos santiaguinos, entre banquetes, saraos y los más
deslumbrantes festejos, habiendo sido el más sonado uno que ofreciera en su
mansión señorial el maestre de campo Gonzalo de los Ríos para celebrar el
estreno de una “espineta” que había encargado a la Península. La “espineta” es
la antecesora del “clavicordio” y del piano.
El único
que sabía “manejar” la espineta, por aquellos años, era un mercedario llamado
Carmuncho, que debía ser lego o simple sacristán, porque a pesar de tener en su
favor la condición de haber sido el primer “concertista” nacional conocido, no
he vuelto a encontrar su nombre en ningún documento. Es lógico suponer que el
mercedario causaría sensación en la fiesta de Gonzalo de los Ríos y que al son
y al compás de su instrumento las parejas se entregarían, rítmicamente, a los
placeres de Terpsícore. Consta, eso sí, que el Gobernador era un bailarín
consumado “y que no reparaba, para ello, en la dignidad de su cargo”, según
afirma el Licenciado Talaverano, que instruyó a Ribera el juicio de residencia.
Pocos
días faltaban para que el Gobernador y su séquito emprendieran su regreso a
Concepción, a emplear sus armas en la “dilatada” guerra de Arauco, cuando una
noche, estando ya Ribera retirado en sus aposentos, entró a ellos, sin que
fuera llamado, su camarero Pedro Alcántara — un pícaro “y tercero de mayor
marca”— con la cara espantada:
— Mi amo,
he visto entrar, ahora mismo, a mi señora doña María por la puerta trasera de
Palacio.
— ¡Que no
llegue hasta aquí!...¡que no llegue!... — ordenó con energía el Gobernador,
incorporándose rápidamente del almofré en que estaba muellemente echado.
Pero ya
era tarde: doña María Lisperguer y Flores atravesaba con firme paso la sala
contigua a la alcoba de don Alonso y dando con el brazo al camarero, que aún
estaba en la puerta, penetró, echóse sobre los hombros el “rebozo” qué cubría
su cabeza y dejóse caer, tranquilamente, sobre un diván.
Acercóse,
obsequioso, don Alonso, para besar la mano a la recién llegada; diósela ésta,
pero cuando el caballero quiso llevarla galantemente a sus labios, la dama,
volviendo el rostro con indiferencia, retiró displicentemente su mano moviendo
los dedos en el vacío como para desprenderse, de ellos, hasta el más leve
contacto masculino...
-¡Doña
María!... — pronunció insinuante y extrañado el Gobernador.
Siguió un
pequeño silencio que ninguno de los dos se atrevía a interrumpir; por fin, doña
María Lisperguer, mirando fijamente en los ojos a don Alonso, dejó caer,
palabra por palabra, una acusación.
— El Deán
de la Catedral hame dicho, hace un rato, que hoy visitasteis a doña Beatriz de
Córdoba y que habéis estado con ella dos horas...
— ¿El
Deán os ha dicho eso?
— No
pretenderéis negarlo, don Alonso, porque también me lo ha dicho mi hermano don
Fadrique. Además, vuestra conducta liviana abonaría muy poco cualquier negativa
que dierais a lo que os reprocho.
— No he
pretendido negarlo, señora; estuve en casa de doña Beatriz porque es tiempo,
ya, de que haga mi despedida de las personas a quienes debo gentileza.
— Nunca
serán tantas como las que me debéis a mí — contestó violentamente la dama,
cuyos ojos violáceos resplandecieron un instante como los del gato en la
sombra—. Y habéis de saber que he venido ahora a oír, en definitiva, de
vuestros propios labios, si pensáis cumplir luego, antes de que os marchéis a
la guerra, la promesa que me hicisteis.
Dueño de
sí, don Alonso acercóse sonriente y amoroso a la agitada niña, hincó su rodilla
en la alfombra, y apoderándose de sus blancas y pequeñas manos las besó varias
veces sin que ella le rechazase ahora; alzóse en seguida y llevándola
blandamente hacia el almofré, sentóla sobre sus musculosas rodillas.
— La
promesa que os hice, doña María, la cumpliré a su tiempo y tan pronto como
obtenga, del Rey Nuestro Señor, la licencia que necesitan los Gobernadores para
contraer matrimonio en las Indias; bien sabéis, y de ello podéis estar segura,
que sólo a vos os aprecio y que a mucha honra tendré que seáis mi dueña.
Las
melosas palabras que diría don Alonso a la dama, desde esa hora “hasta que
tocaron a maitines las campanas de las Agustinas”, no han llegado a
conocimiento de este verídico “coronista”; pero me figuro que ellas serían
convincentes, pues cuando doña María Lisperguer y Flores salió de Palacio,
siempre por la puerta de atrás, dijo a uno de los hombres que la esperaban,
incrustados en un quicio de la calle de Santo Domingo, hoy calle del Puente:
— No hay
nada que hacer, sino esperar a que lleguen las licencias; don Alonso se casará
conmigo, no lo dudéis, hermano...
—
¿Lograsteis darle el bebedizo de enamorar?
— Todo
entero, de un sorbo — contestó en voz baja la dama.
Completamente
equivocada estaba doña María en su afirmación de que don Alonso de Ribera
pensaba tomarla por esposa; el tornadizo Gobernador de Chile estaba
ardientemente enamorado de una belleza tras de la cual andaban bebiendo vientos
los más apuestos galanes santiaguinos y peninsulares; ella era la hija de la
heroína de Imperial, Inés de Aguilera y de Pedro Fernández de Córdoba, muerto
en los últimos e irresistibles asaltos que el cacique Pelentaru había dado
desde dos años antes a la ciudad nombrada. Destruida la Imperial y muertos su
marido y sus dos hijos, doña Inés habíase trasladado a Santiago en compañía de
su hija Beatriz y aquí las había conocido el Gobernador, quedando subyugado
ante la hermosura de la muchacha.
No tenía
la inocente y virginal doña Beatriz las “condiciones” de doña María Lisperguer;
de modo que al enamorado Gobernador no le quedó otro recurso para apoderarse de
la niña que pedirla en matrimonio según las doctrinas de nuestra Santa Madre la
Iglesia, y como don Alonso no dejaba añejar sus resoluciones y el caso, al
parecer, le apuraba, aprovechó la salida del primer correo que después de un
año iba a Lima, para enviar al Soberano, por intermedio del Virrey Marqués de
Salinas, la correspondiente solicitud de licencia para contraer matrimonio con
la bella criolla imperialeña.
Dicen que
a los enamorados les suena una campanilla entre pecho y espalda cuando el alter
ego comete alguna infidelidad; si fuera posible creer en esto, tendríamos que
suponer que a doña María Lisperguer le repicaría todo un campanario cuando el
Gobernador don Alonso andaba en los trajines de casarse clandestinamente con
doña Beatriz de Córdoba; el hecho es que un buen día llegó a Santiago la
noticia de que Su Señoría había metido el cogote en el sagrado lazo, allá en la
ciudad de Concepción, en connivencia, nada menos, que con el Obispo de la
Diócesis don fray Reynaldo de Lizárraga que por sus propios labios le leyó la
epístola de San Juan, a pesar de que le constaba, a Su Ilustrísima, que el
contrayente no tenía licencia para casarse.
— Lo hice
para evitar males mayores — diz que dijo el Obispo cuando el juez de residencia
instruía a Ribera su proceso; ¡bien lo sabía el Obispo, cuando lo dijo!
Las
peores noticias las dan, generalmente, los mejores amigos; y la del matrimonio
clandestino del Gobernador la llevó a María Lisperguer el Provincial de San
Agustín fray Cristóbal de Vera, uno de los íntimos de los Lisperguer, como que
éstos habían sido y eran los mayores protectores del convento, recién fundado
en esos años. Doña María estaba en esos momentos acompañada de su hermana
Catalina, la mujer de Gonzalo de los Ríos; esta señora “estaba en cintas”, dice
el escrito de donde tomo estos detalles; no sé si eso sería un adorno femenino
de la época; el hecho es que Catalina recibió una impresión muy fuerte con la
noticia; en cambio, la más directamente interesada, Doña María, no dio mayores
muestras de sorpresa, y después de un momento, dirigiéndose al Provincial, le
dijo:
— Padre
Vera, puede Vuestra Reverencia decir a mi señor don Juan de Cárdenas y Añasco,
su ahijado, que estoy dispuesta a casarme con él, siempre que sea pronto.
El
agustino dio un salto de alegría al oír estas palabras; don Juan de Cárdenas
era “un fidalgo grave y reposado” — con sus cincuenta añitos a la espalda, pero
con muchos y relucientes patacones—, que le había ofrecido una “copiosa
limosna” para el convento si conseguía que doña María Lisperguer consintiera en
compartir su tálamo con él. Despidiéndose, apenas, con un “queden sus mercedes
con Dios”, el fraile se encasquetó la capucha y desapareció por el zaguán.
— Pero,
¿es verdad que te casas con don Juan de Cárdenas...? — preguntó extrañada doña
Catalina a su hermana cuando quedaron solas.
— Esta
misma tarde, sí así lo quiere don Juan — respondió alterada y febricente la
niña—. Quiero que lo sepa don Alonso y luego lo olvide, para que vuelva a
Mapocho tranquilo y confiado, y entonces... ¡entonces sabrá lo que tiene que
pagar por el engaño que me ha hecho! ¡Maldito mil veces sea!... — alcanzó a
gritar, “y lanzando una terrible voz cayó en tierra echando muchos
espumarajos”.
Dos años
pasaron, desde el matrimonio del Gobernador Ribera, sin que éste volviera a
invernar a Santiago; el hombre había encontrado en el hogar, a la vera de la
hermosa doña Beatriz el sosiego que necesitaba su turbulento espíritu de
enamorado galán y había decidido permanecer en su palacio de Concepción sin que
lo atrajeran las diversiones de la capital. De vez en cuando, el pensamiento de
sus pasadas correrías galantes lo llevaba hasta la vehemente doña María
Lisperguer y quizá si en algún mal momento no le tentó el diablo para que
volviera a merodear en sus antiguas aficiones; pero la absoluta ausencia de
noticias sobre su olvidada amante y el hecho de que ya estuviese casada con “un
fidalgo grave y reposado”, le hicieron desechar todo mal pensamiento.
Al tercer
año, sin embargo, o sea en 1604, el Gobernador no pudo dejar de mano la
atención de la administración pública y resolvió venir a Santiago trayendo a su
mujer y a su suegra, a quienes instaló rumbosamente en el Palacio de los
Gobernadores.
El
recuerdo de las simpatías que conquistara don Alonso la primera vez que llegó a
la capital del Reino, revivió entre las familias al tener conocimiento de que
el Gobernador pensaba permanecer algún tiempo entre ellas y así fue como se
renovaron muy pronto los festejos sociales en honor del recién llegado y de la
hermosa doña Beatriz a quien muchos no habían visto después de su casamiento.
Tan
pronto como el Gobernador y su familia quedaron instalados definitivamente en
Palacio, don Alonso determinó hacer una fiesta para ofrecer sus salones a sus
hospitalarios amigos; los preparativos del sarao ocuparon la atención de las
gentes durante más de tres semanas; las monjas agustinas estuvieron a cargo de
“las comidas y refrescos” y se mandó a buscar a dos monjas “isabelas” de las
que estaban aisladas en San Francisco del Monte, recién llegadas de Osorno,
“para que cosieran los manteles y los tapices de palacio”. Dos días antes de la
fiesta se abrieron los salones para que fueran vistos y elogiados por los
curiosos y se mandó, por bando, “que se juntaran todos los que supieran tañer
instrumentos”.
Por fin
llegó el día de la fiesta y demás está decir que se reunieron en los salones
del Gobernador Ribero y de su bella esposa todos los magnates que constituían
“la nobleza del reino”.
Allí
estuvieron los Bascuñán, los Cabeza de Vaca, los Méndez Contreras, los
Lisperguer y Flores, los Guerrero Villaseñor, los Guzmán Coronado, los Niño de
Cepeda, los Campo Lantadilla, los Aranda Valdivia, los Osorio de la Coba, los
Bernal Hurtado, los Márquez de Osorio, los Illanes de Quiroga, los Madariaga y
Bastidas, los Jelves, los Jirón de Montenegro, los Ordóñez Delgadillo, los
Núñez de Guzmán, los Mesa y Zúñiga, los Dávila Villavicencio, los Figueroa y
Córdoba, los Verdugo de Sarriá, los Fernández de Soto, los Soloaga, los Ubeda,
los Recio de Sotomayor, los Peñaylillo, los Plaza, los Piñar, los Puga, los
Monardes, los Montes de Oca, los Pastene, los González de Elgueta, los Navarro,
los Hermua, los Huerta, los Gago de Figueroa, los Lisera, los Caravajal y
Armenteros, los Arce, los Amaza, los Páez del Castillejo, los Gómez de Miranda,
los Ferreira, los... ¡Perdóneme el curioso lector, pero ya me cansé!... Para
otra vez, se lo prometo, le daré a conocer todos los apellidos “ilustres” de
esa época.
Por
cierto que también estaba en la fiesta el general don Juan de Cárdenas y Añasco
y el maestro de campo Gonzalo de los Ríos acompañados de sus mujeres doña María
Lisperguer y Flores y su hermana doña Catalina.
El sarao
estaba en su apogeo cuando corrió entre los invitados la tremenda noticia de
que el Gobernador Ribera había sufrido un accidente y que se encontraba en su
lecho “sin hablar” y con graves dolores en el vientre, que provenían, al
parecer, de haber bebido “cierta mistela”; agregábase que se había mandado a
buscar confesor, porque “se moría a momentos”. Se imaginará el lector la
sorpresa, el espanto y la angustia que se apoderó de los invitados al conocer
tan extraña noticia. “Muchos lloraban” y gritaban, sobre todo las mujeres,
rogando a Dios por la salud del Gobernador.
En medio
de la confusión y del alboroto que se produjo en los salones, dos mujeres
salieron a paso rápido por la puerta de Palacio, “echadas su chales sobre las
cabezas”. Eran doña María y doña Catalina Lisperguer.
Ninguna
habló una sola palabra durante el trayecto hasta su casa.
Fuera de
todo peligro estaba el Gobernador, cuatro días después de la fiesta, mediante
esfuerzos y “ciencia” del médico Juan Guerra de Salazar y del jesuita Luis de
Estela, que también ejercía “el arte de curar” y atendía la botica pública que,
a poco de su llegada, estableció en Santiago la Compañía de Jesús. Ambos
físicos habían llegado a la conclusión, “después de finos estudios”, de que la
enfermedad de don Alonso provenía de haber ingerido la noche del sarao, “alguna
leche o infusorio de raíces o plantas deste reyno que sólo conocen los
naturales”, pero nadie estaba en situación de señalar cuál era este infusorio,
pues el propio Gobernador declaró desde el primer momento, que, “había bebido y
probado de todo”.
— ¿Ha
oído decir, Su Reverencia — preguntóle una tarde el camarero del Gobernador al
jesuita Estela—, que haya enfermado de este mismo mal algún otro de los que
estuvieron en el sarao?
Quedóse
en suspenso el jesuita, miró fijamente a Pedro de Alcántara, llevó una de sus
manos, que mantenía cruzadas, a la altura de la barbilla, rascósela, carraspeó
dos veces y por fin dijo:
— Pedro
Alcántara, ten cuidado con los juicios temerarios...
— Es que
si no ha enfermado de este mal ningún otro sino el Gobernador, mi señor, claro
está que han querido envenenar sólo a Su Señoría... y si esto fuera así, yo
podría decir algo... ¡y lo voy a decir luego! — agregó, saliendo a escape de la
habitación y dejando al jesuita con la palabra en la boca, pues éste sólo
alcanzó a decirle:
— Mira lo
que haces, Pedro Alcántara...
Lo que
dijo el camarero a su amo el Gobernador — pues a su cámara fue a parar cuando
abandonó al jesuita— debió ser tremendo, porque don Alonso tuvo tal acceso de
cólera que “empezó a maldecir” a grandes voces y a llamar al Licenciado
Talaverano, que desempeñaba el cargo de Justicia Mayor del Reyno y al Alguacil
Mayor don Alonso del Campo Lantadilla, para que “hicieran justicia de las
hechiceras y envenenadoras que lo querían matar en deservicio de Su Majestad”.
El alboroto que se produjo en Palacio fue de órdago al oír voces del Gobernador
y tan fuertes fueron éstas, que las oyeron los dominicos” que tenían su
convento a más de media cuadra de distancia.
Uno de
los primeros en acudir fue el dominicano fray Acacio de Naveda, que “vino por
el solar”, lo que hace suponer que no había tapias divisorias detrás del
Palacio del Gobernador; al ver al fraile, don Alonso le gritó:
— Vea,
Vuestra Reverencia, lo que han hecho conmigo doña María y doña Catalina
Lisperguer...
-¿Y qué
es ello, señor? — preguntó a su vez, el dominicano, realmente sorprendido.
— Que me
han dado bebedizos de encantamiento para matarme — respondió frenético, Ribera—
; pero ha de saber Su Reverencia, que buenos hierros tengo yo, y buena horca Su
Majestad, para hacer justicia.
Los
Lisperguer tenían buenos amigos en todos los conventos porque derramaban su
dinero en limosnas y “mandas” para los diversos órdenes del culto; no diré nada
de lo que habían donado al convento de San Agustín que en esos años estaba
recién fundado, para la construcción del templo y de las celdas, pues ha de
saberse que casi todo él se levantó con el dinero de esta poderosa familia; los
mercedarios, a su vez, habían obtenido también grandes donaciones de los
Lisperguer y cuanto a los dominicanos, éstos acababan de recibir de doña Águeda
Flores una cuantiosa manda para misas por el alma de su marido don Pedro
Lisperguer a quien se corría muerto en Panamá.
Al oír la
última y severa amenaza del Gobernador contra sus buenas amigas doña María y
doña Catalina, el padre Naveda se escabulló lo mejor que pudo y partió, veloz,
a la casa de las Lisperguer a participarles la tremenda acusación. ¡Para esos
casos son los amigos!
— Fúyanse
vuestras mercedes, ahora, luego — suplicó jadeante el dominicano—, pues no
tardarán en llegar aquí los alguaciles que las han de prender... ¡Fúyanse, por
Nuestra Señora...!
— ¿Pero a
dónde, que no nos alcance la furia del Gobernador? — exclamó doña Catalina, que
parecía ser la más asestada...
Doña
María, en cambio, conservó en todo momento su sangre fría y después de un
momento, que al dominicano pareció un siglo, dijo, tranquilamente:
— Pues
hermana, la única parte en que podemos estar seguras es en la Iglesia y allá
nos llamaremos. Los alguaciles no se atreverán a forzar el recinto sagrado.
— Es
verdad — acentuó el dominicano— ; ¿pero en cuál?...
— Buenos
amigos tenemos, a fe, y a sus amparos nos llegaremos; mi hermana Catalina
saltará la calle y pedirá amparo a su primo que es “lector” en
San Agustín, y Vuestra Reverencia, padre Naveda, me ocultará en su convento del
señor Santo Domingo.
El fraile
cayó sentado en un sillón de vaqueta que por casualidad estaba cerca para
recibirlo; quiso protestar varias veces, pero doña María lo cogió por un brazo,
echóse el “rebozo” sobre la cabeza y lo arrastró hacia el zaguán; mas, al
llegar al portón, cambió de parecer y dando un eficaz empujón al dominicano, lo
metió en “el cuarto” del negro portero: — el cual, como era de uso y costumbre
en “las casas grandes”, estaba ubicado al lado adentro de la puerta de calle— y
ella penetró en seguida.
Momentos
más tarde se veían salir de la casa de los Lisperguer a dos frailes... Uno era
el padre Naveda que iba sin capa y con las manos metidas humildemente dentro de
las mangas del hábito; el otro que marchaba a su lado arrebujado en la capa y
con el capuchón calado, era... doña María Lisperguer. Ambos cruzaron la Plaza
de Armas — en los precisos momentos en que los alguaciles salían de Palacio a
prender a las envenenadoras— y siguieron hasta el convento en cuya portería
quedó asilada, desde ese momento, la ex amante del Gobernador Ribera.
Cuando
las justicias de Su Majestad” se presentaron en casa de Gonzalo de los Ríos
ninguna de las dos hermanas “pudieron ser habidas”, porque también doña
Catalina “había hecho fuga sin saberse della”. Según dije antes, doña Catalina
“saltó la calle y fue a pedir amparo a su primo Juan Lisperguer, lector del
convento de San Agustín”.
¡Bonito
era el Gobernador don Alonso de Ribera para dejarse burlar por dos mujeres, por
más que se llamaran Lisperguer y tuvieran de su parte a todos los conventuales
de Santiago!
Si
encolerizado estuvo Su Señoría cuando supo, por el camarero Pedro de Alcántara,
que habían sido las Lisperguer las que quisieron envenenarlo, se tomó furioso
al saber que las “pájaras” habían escapado de sus garras y que “se habían
llamado a Iglesia”. Sabe el lector que estos lugares eran entonces inaccesibles
para el poder civil y que persona en ellos guarecida no podía ser extraída sin
consentimiento y orden del prelado, el cual tenía el derecho de avocarse el
conocimiento de la causa, si el refugiado era un criminal. Muchos condenados a
muerte salvaron el pellejo huyendo hacia los templos, los cuales en cierta
época colonial, hablan adoptado la “piadosa” costumbre de mantener sus puertas
abiertas mientras se ajusticiaba a un reo. De esta circunstancia vino la
costumbre, que ha llegado hasta nosotros, de llevar a los reos con grillos al
patíbulo para que no puedan huir y “llamarse a Iglesia”.
A la
cabeza de los mismos alguaciles que habían ido a aprehender a las Lisperguer,
más ocho soldados de su escolta, salió el enfurecido Gobernador en dirección al
convento de Santo Domingo, dispuesto a echar una soga al pescuezo de doña
María, “aunque estuviera rezando en el altar” y efectivamente, como no le
quisieran abrir la puerta del convento, “so color de que los frailes estaban en
vísperas o tercias”, mandó “poner hombros” y saltaron las trancas. El padre
Naveda y la comunidad de treinta y ocho conventuales se arrodillaron delante de
la puerta de la sacristía entonando el “Miserere”, con el objeto de impedir el
avance de la tropa; pero Ribera mandó avante, con menos temor que si se tratase
de disolver un “pucará” de indios; “atropellando a los frailes” penetró hasta
el escondite de la fugitiva “y echándola una cuerda al cuello y otra
a la cintura” la fue a poner de patitas en un hediondísimo calabozo del
Cabildo.
No
tardaron las campanas de la Catedral y luego las de todos los templos de
Santiago, en dejar oír los lastimeros y tremebundos sonidos anunciantes de que
el Ilustrísimo Obispo don Fray Juan Pérez de Espinoza había puesto a 'la ciudad
en entredicho; esto significaba que no se administraría a nadie los
sacramentos, mientras el Gobernador no restituyera a la reo a su asilo del
convento de Santo Domingo; las censuras eclesiásticas caían sobre el Gobernador
y sobre todos aquellos que obedecieran sus órdenes; de modo que, antes de un
par de horas, don Alonso tenía su palacio lleno de personajes de todas las
categorías sociales que le suplicaban, con lágrimas en los ojos y
“lamentaciones que partían el alma, que no los dejara morir sin confesión, si
Dios los llamara a sí en esos momentos”.
Muchas
agallas tenía el enérgico mandatario y si sólo a él se dirigieran las censuras
del Obispo, con seguridad que se las habría echado a la espalda; pero otra cosa
era que sus súbditos “murieran sin confesión” y otra muy distinta, también, que
a sus subordinados, presionados por 'la expectativa terrible de las censuras
eclesiásticas, se les ocurriera “desconocerle su autoridad y negarle
obediencia”.
No pudo,
pues, resistir a la formidable presión y ordenó que doña María fuera vuelta a
la sacristía de Santo Domingo; pero al mismo tiempo dio las más terminantes
órdenes para que se tramitaran, a la mayor brevedad, los recursos ante el
Diocesano y que, mientras tanto, “se mantuvieran guardias dobladas” a la puerta
del convento para impedir una nueva fuga.
Y como
represalia — que el lector juzgará como sea de su agrado— el Gobernador dictó
un auto de prisión contra doña Águeda Flores, madre de las fugitivas, contra
Gonzalo de los Ríos, contra Pedro Lisperguer, hijo (ya he dicho que el padre no
estaba en Santiago), y contra Juan Rodulfo Lisperguer, su bueno e íntimo amigo
de otro tiempo. A Pedro Lisperguer y a Gonzalo de los Ríos los tuvo en el
calabozo “con una cadena y tres hombres en guardia”, pagados, éstos, a siete
pesos diarios a costa de los reos.
En un
recurso de fuerza que presentó Gonzalo de los Ríos a la Real Audiencia de Lima,
contra el Gobernador Ribera, por estas prisiones — documentos encontrados por
don Tomás Thayer Ojeda y que tengo a la vista— se hace mención de que María
Lisperguer fue amenazada por el Gobernador “con dalle tormento para averiguar
la muerte de un indio que le había proporcionado los venenos”; resulta de aquí,
según parece, que la envenenadora se había asegurado la impunidad sacrificando
a uno de sus esclavos.
El
proceso contra los Lisperguer — pues ya sabemos que estuvieron todos en la
cárcel— no tuvo mayores consecuencias, a pesar de la gravedad de los crímenes
de que se les acusaba; antes bien, mediante sus influencias en la Corte
española y en Lima, obtuvieron que el Gobernador fuera removido de su cargo,
seis meses después de estos sucesos, y enviado a Tucumán con el mismo empleo.
Vea el
lector cómo relata el mismo don Alonso de Ribera, en una carta al Rey de
España, los incidentes de que he hecho relación.
"Por
la obligación que tengo de dar cuenta a Vuestra Majestad de lo que sucediese en
su real servicio debo decir que se ha procedido contra doña María y doña
Catalina Lisperguer, hermanas, por delitos graves. Huyendo de la justicia y por
evadirse del castigo, a la dicha doña Catalina la ocultaron en el convento de
San Agustín de esta ciudad donde muchos días la sirvieron en el aposento de su
primo (el padre Lector) con dos criadas suyas y después en la sacristía donde
las visitaban públicamente hombres y mujeres. Y la dicha doña María, mujer del
general Cárdenas y Añasco, estuvo en el convento de Santo Domingo y de ahí se
fuyó al de Nuestra Señora de las Mercedes, con tres indias, en la celda del
padre fray Pedro Galaz, presidente de ese convento.
“Los
religiosos las ocultan y las defienden, agrega el Gobernador, de manera que no
se las puede haber, con gran nota de escándalo de la república y de lo que
corresponde al servicio de Su Majestad”.
Por su
parte, el Obispo de Santiago don Francisco Salcedo, en carta al Consejo de
Indias, refiriéndose a doña Catalina, dijo, más tarde: “Esta doña Catalina,
madre de doña Catalina de los Ríos (la Quintrala), quiso matar con veneno al
Gobernador Ribera. Fue mujer cruel, porque mató con azotes a una india y
también mató a un indio a quien pidió yerbas con que quiso envenenar el agua
que bebía el dicho Gobernador”.
Cuando
don Alonso de Ribera no era ya Gobernador de Chile, y estaba en su hacienda de
Colina esperando que las nieves de la cordillera le abrieran paso para
trasladarse a su nueva gobernación del Tucumán, recibió un día un billetito
lacrado que en su interior decía:
“Se hace
la caridad de aconsejar a don Alonso que se vaya luego porque los Lisperguer
van a salir de la prisión y no le combiene a doña Beatriz Córdoba quedar
biuda”.
§ 10. El
Bachiller que habló de amor
Para
saber y contar, y contar para saber...
Este era
un hombre que había pasado su vida sin saber lo que iba a hacer el día
siguiente, tal era la despreocupación con que miraba cualquier suceso, por
importante que fuera o así pareciera a los demás. Hijo y nieto de
conquistadores, sólo ocasionalmente había ceñido la espada con el ánimo de
usarla contra los enemigos de su Rey y esto fue en la insurrección del Inca
Túpac Amaró, allá por los años de 1596, y más bien obligado por las
circunstancias de tener que defender su vida ante la inminencia de un grave
peligro colectivo, que por el afán de conquistar laureles.
Con sus
ribetes de poeta y soñador, prefería la vida tranquila del corrillo ingenioso
de sus amigos a la inquieta del campamento y en persecución de sus
inclinaciones se apartaba cuanto podía del bullicio y de las agitaciones
guerreras que por entonces ocupaban la atención de todo el Virreinato de Lima,
a causa no sólo de soliviantamiento del Inca Túpac, sino también del terrible
alzamiento de los indígenas de Arauco.
Muchas
veces había recibido ventajosas proposiciones para “pasar” a Chile en los
refuerzos que periódicamente salían del Perú destinados a la pacificación de la
región austral de la América; pero otras tantas las había rechazado también
nuestro protagonista, alegando innumerables razones, que no lograban con vencer
a los buenos amigos que deseaban proporcionarle ocasión propicia y efectiva
para hacer fortuna.
Tal era,
ligera y malamente pintado por mí, el Bachiller don Felipe de Castro y la
Ribera, vecino de la ciudad de los Reyes de Lima y tal su condición, cuando
llegaron de la Península, a fines de 1608, las reales órdenes que disponían la
instalación de la Real Audiencia en la ciudad de Santiago, capital del Reino de
Chile.
Uno de
los oidores nombrados por Su Majestad para integrar ese alto Tribunal fue el
Doctor Luis Merlo de la Fuente, quien tenía por el Bachiller don Felipe de
Castro el afecto de padre; al recibir su nombramiento, el Doctor Merlo, algo
viejo y achacoso, quiso rehusarlo; pero después, pensándolo bien, cambió de
opinión y enviando a llamar al Bachiller de Castro, díjole: — Don Felipe, me
propongo pasar a Chile para cumplir la orden de Su Majestad que me manda
servirlo como oidor-decano de su Real Audiencia en aquel Reino; pero deseo que
vos me acompañéis para que estéis a mi lado como un hijo, ya que ninguno de los
que tengo puede hacerlo. ¿Queréis veniros conmigo?
— Señor —
contestó don Felipe después de algunos instantes—, había prometido no salir de
Lima, mi patria, para no exponerme a dejar en otra parte mis huesos; pero ya
que vos deseáis que os acompañe, iré a Chile, pero volveré con vos.
— Eso
será si alguna criolla de aquel reino no os hace quebrantar ese propósito de
buen limeño — respondió socarronamente el Doctor—, aunque bien sabido tengo que
en Lima habéis podido defenderos bien de los señores vicarios casamenteros...
Sonrió
don Felipe de la sutil alusión de su amigo y protector, calló un momento y
luego dijo:
— No es
de los vicarios casamenteros de los que he tenido que defenderme, mi señor don
Luis; es que no he encontrado ninguna mujer que sepa lo que es amor...
Esta vez
fue el Oidor quien calló, miró de soslayo al Bachiller, frunció el ceño, tragó
saliva, sorbió, por fin, una narigada de tabaco después de haber dado a la caja
tres golpecitos, requirió un “antojo” que colgaba de su pescuezo y examinando a
su interlocutor díjole, despacio y severamente:
— ¿Y qué
queréis vos que sepa de amor una dama honesta? ¿Cuándo habéis oído decir que
una mujer decente haya puesto sus ojos en esos libros perversos que hablan de
un “amor” que no existe sino en la imaginación de pendolistas corrompidos...?
Ante la
severa filípica del representante de la justicia regia no le era posible, al
Bachiller de Castro, sostener su teoría sobre el amor ni menos aún hacerle
sospechar que ocultaba entre su modesto menaje de bohemio colonial, una copia,
manuscrita por cierto, del Libro del Buen Amor de Juan Ruiz,
el ya famoso Archipreste de Hita. La sospecha, solamente, de tal “delito”, no
habría salvado al galán de caer al fondo de una mazmorra del Santo Oficio de la
Inquisición limeña y quizá por cuánto tiempo.
Y así fue
como don Felipe, orillando inteligentemente el abismo, se dio maña para echar a
la broma su dicho tan espontáneo como compromitente y a poco separóse de su
protector, decidido a no volver a pronunciar nunca más, en su presencia, tan
repudiada palabra.
A los dos
meses cabales después de lo contado, zarpaba del Callao el galeón Nuestra
Señora de los Dolores, trayendo a su bordo a los oidores que venían a
fundar la Real Audiencia de Santiago; estos oidores eran, el ya nombrado Doctor
Luis Merlo de la Fuente, con el carácter de Decano y los Licenciados Juan Caxal
y Gabriel de Celada; un cuarto oidor era el Licenciado Femando de Talaverano
Gallegos, residente en Santiago desde seis años atrás, donde desempeñaba el
cargo de Teniente de Capitán General y Justicia Mayor del Reino. Los tres altos
funcionarios arribaron a la capital a fines de abril, acompañados de sus
“familiares” — no de sus familias, que no las habían traído los recién
llegados— y entre éstos llegó también nuestro conocido el Bachiller don Felipe
de Castro y la Ribera.
Aunque no
hace al presente caso, voy a informar al lector sobre la ruta que siguieron los
oidores para venir de Valparaíso a Santiago y sobre cuál fue su itinerario;
estas noticias le servirán para valorar los beneficios que reporta el actual
ferrocarril eléctrico.
Como en
el puerto no había por entonces sino miserables ranchos, indignos de prestar
acobijo a tan empingorotados personajes, se comisionó a dos Regidores de
Santiago, el capitán Alonso de Córdoba y don Diego Godoy, para que fueran allá
“a hacer las ramadas y alojamientos necesarios y tengan comida conveniente”, al
desembarcar los oidores, cosa que debió ser antes del medio día.
“Hecha la
siesta”, los oidores emprendieron el viaje y pasaron a “tomar un refresco” al
llano de Peñuelas; aquí se habían levantado también las “ramadas convenientes”,
pues no parecía posible que los oidores pudieran permanecer al aire libre
mientras comían. Terminadas las “once”, los oidores siguieron la marcha hacia
el “Hornillo”, hacienda o pueblo de indios perteneciente al corregimiento de
Quillota y Casablanca, donde debía pernoctar la comitiva. Naturalmente, aquí en
el Hornillo debía tenerse preparado “el alojamiento para dormir y a cada oidor
su ramada conveniente”; a lo que se ve, esto de “la ramada” era un aditamento
inherente a cada oidor...
La
segunda jomada terminaría en el río de las Palmas, a cuyas orillas se
levantaron las ramadas”, bajo las cuales tuvieron cuidado de “aderezar una
dormida, y comida de almuerzo” el capitán don Gerónimo Zapata y don Hernando de
Vallejo, con gente de Melipilla, de Pico y de Pomaire, según indica Monseñor
Errázuriz; la tercera noche la pasaron los oidores y su comitiva en las casas”
del Regidor y encomendero don Santiago de Uriona y al día siguiente almorzaron
en el “obraje” de Melipilla, bajo las atenciones del Contador Antonio Azócar y
de su hermano el Regidor don Juan, que eran los dueños de casa.
La cuarta
noche la durmieron los magistrados en el convento franciscano de San Francisco
del Monte y al día siguiente almorzaron en Pacoa, atendidos por el doctor
Femando Molina, hermano de ocho monjas agustinas, que entraron a este convento
casi en un solo lote, y de tres clérigos. Valga la digresión por lo curioso del
dato. En la tarde de ese mismo día, 24 de abril, hicieron su entrada solemne en
la capital los tres oidores, siendo recibidos en las puertas de 'la ciudad” —
que así se había convenido en denominar el extremo del camino real “que va a
las ciudades de arriba” o sea, la actual calle de Santa Rosa— por Tos vecinos
encomendadores della y demás personas principales y honradas que viven en el
distrito della”.
Hay que
prevenir que el Cabildo, con mucha anticipación, “había apercibido al
vecindario noble de que para el mayor esplendor de este acto debían todos venir
'lo más lujosamente posible, con buenos caballos y aderezo de sus personas”
conminándolos con multas en pesos de buen oro si tal no hicieren.
Algo se
había deslucido la recepción de los Oidores “y del Real Sello” que traían
consigo, con la ausencia del Gobernador del Reino don Alonso García Ramón, a
quien la guerra de Arauco había retenido en la frontera; por esta misma causa,
también hubo de postergarse hasta septiembre la instalación del alto Tribunal,
para cuyas fiestas inaugurales habíase formado el programa de excepcional
esplendor que conocerá el lector que tenga paciencia para llegar hasta el fin
de esta crónica; pero ello no fue “obste” para que en esta fiesta “preliminar”
los santiaguinos se divirtiesen a costa de la pobreza del Cabildo, que era el
“pagano” de toda fiesta pública.
Y
cumplida la obligación de presentar el escenario en que va a actuar nuestro
Bachiller de Castro y la Ribera, protagonista de este episodio, pasaré a
ocuparme de él y de sus actividades a poco de quedar instalado a la vera del
Doctor Merlo, en la posada que le fue proporcionada generosamente al
oidor-decano, por el opulento Licenciado Francisco Pastene, y que estaba
ubicada en la calle de la Merced “junto a la plazuela de Nuestra Señora”.
Ocho o
nueve días iban transcurridos, desde que don Luis Merlo y su familiar don
Felipe de Castro se instalaran en su residencia mapochina, durante los cuales
el Oidor-decano había estado recibiendo “los parabienes” de cuanto existía de
notable en la ciudad del Mapocho; allá por el quinto día, tanto el Oidor como
su familiar estaban de saludos y bienvenidas hasta la gorguera y no “veían las
horas” de que aquella romería terminase; el Oidor porque era viejo y enfermo y
las visitas “de estiramiento” lo atormentaban y el familiar porque era joven y
sano y las visitas “de respeto” le reventaban.
Ítem más;
había observado don Felipe, a través de las cortinillas de una de las ventanas
que daban a la calle de la Merced, que por la mañana, a la hora de la misa de
las ocho, pasaban hacia el templo de los mercedarios situado al lado de su
casa, muchas damas de buen parecer que por el recato y la presteza con que
caminaban, se dirigían, indudablemente, a cumplir sus devociones religiosas.
Ítem más; algunas miraban de reojo y curiosamente hacia las ventanas de los
forasteros... Ítem más; a don Felipe se le puso entre ceja y ceja que una de
ellas insistía en esas miradas desde que lo había visto a él mover la
cortinilla detrás de la ventana cuando la dama pasó y miró por la primera vez
…¿Habrá pretensioso?
No tenía,
don Felipe, una berenjena en el sitio donde los demás hombres tienen el corazón
y Te tincó” que la curiosa deseaba echarle la vista encima con el mismo interés
con que deseaba él posar sus ojos sobre los muy brillantes que su desconocida
había puesto en juego para mirar a través de la cortinilla y adivinar al oculto
galán. Era necesario saber a qué atenerse y por esto fue que una noche, al
tiempo de despedirse de su amigo y protector, don Felipe le dijo:
— Mi
señor don Luis, paréceme que mañana, que es sábado, no vendrá nadie a visitar a
Su Señoría, a lo menos por la mañana, y en este supuesto me he arreglado para
llegarme hasta el convento de Nuestra Señora de las Mercedes que está al lado,
para ver misa y cumplir ciertas devociones a que estoy obligado. ¿Me dará
Vuestra Señoría licencia?
— Por de
contado, mi bueno y devoto don Felipe — asintió el Oidor— ; vaya, vuestra
merced, a cumplir con Nuestro Señor y ruegue también por mí, que por mis
achaques me veo privado de asistir a su santa casa.
Fuése a
acostar don Felipe y a la mañana siguiente, a la “primera seña” de la misa de
ocho, se instaló en el atrio del templo de la Merced, donde encontró ya, “de
guardia”, a varios galanes que seguramente iban, como él, a adorar el santo por
la peana. Eligió un sitio estratégico para observar a las damas que pasaban
frente a su casa y así pudo ver, a mansalva, que una de las que pasaron — en la
que reconoció inmediatamente a su curiosa desconocida— clavó los ojos en la
ventana de su morada y al no ver a nadie detrás de la cortina no tuvo reparo en
dar vuelta la cara, mirar mejor “y a sus anchas”.
Al llegar
a la esquina de la plazuela, la dama observaba aún la ventana a hurtadillas e
insistentemente, pero al atravesar la calle su mirada se encontró con la de don
Felipe, en cuya faz se dibujaba la leve sonrisa con que trataba de encubrir una
bien pagada satisfacción; al verse sorprendida por el caballero, la niña ahogó
un pequeño grito, se cubrió el rostro, apuró el paso y se hundió en la
obscuridad del templo, yéndose a echarse de rodillas ante una imagen de la
Virgen.
La
llegada de un galeón que traía “cartas mesivas” de Lima o de España, era casi
un acontecimiento a principios del siglo XVII pues los barcos que arribaban a
Valparaíso, cada seis o siete meses, no daban mucha importancia al transporte
de “papeles”; cuando más, eran portadores de alguna Real Cédula o de otra
comunicación del Virrey de Lima destinada, como es lógico, a las autoridades y
de la cual se daba participación al común de los mortales sólo cuando convenía.
Generalmente,
las “cartas mesivas” de particulares a particulares eran traídas por el
galeón San Jorge del mercader Hernando Robledo o por el
patache El Niño de Dios de Miguel Martín, los cuales “llevaban
de 3 a 10 reales por el flete de una carta sellada”; de modo que cuando se
anunciaba en Santiago que alguno de esos dos barcos había entrado al puerto,
los que esperaban correspondencia se ponían inmediatamente en movimiento para
averiguar cuándo llegaría a Santiago el “acarreto”, o sea, la tropa de muías que
tenía monopolizado el transporté de Tos bultos” que venían del puerto. En honor
de las autoridades de la época, es conveniente establecer que el transporte de
las cartas tenía preferencia sobre todo lo demás y que la valija demoraba a lo
sumo dos días en su viaje de Valparaíso a Santiago...
Tan
pronto como el mulato Mardoqueo asomaba su obscura y polvorienta silueta por el
camino de Melipilla, la grata nueva se esparcía por todo Santiago en alas de la
“chiquillería” que salía anunciando a gritos por calles y callejones la llegada
del “valijón”; no he podido averiguar si esto de “valijón” lo decían por el
saco de “vaqueta” en que venían las cartas o era el sobrenombre que le tenían
puesto al mulato valijero; todo lo que he averiguado es que el mulato era
popularísimo por su abultado abdomen y por una “jeta de a jeme” que no podía
disimular. [Dios nos libre!
A los
anuncios de los chiquillos, la gente empezaba a salir de sus casas para
dirigirse a la sala del Cabildo, que era el local donde se abría la valija, en
presencia del Alcalde, del ministro de fe, que era su secretario y de un
representante del Obispo, quienes recogían “contada y marcada” la
correspondencia que llamaríamos oficial; la correspondencia particular la
distribuía el secretario en el mismo momento a los interesados, cartas que
éstos leían allí mismo con avidez y ostentosidad, cuando sabían leer...
A pocos
días del encuentro del Bachiller de Castro con su misteriosa desconocida en el
atrio del templo de la Merced, la chiquillería santiaguina anunció que el
mulato Mardoqueo había aparecido con su valijón y media hora más tarde
comenzaron a llegar a los portales del Cabildo todos aquellos que alguna
esperanza tenían de recibir “mesivas”; nuestro Bachiller era uno de ellos y
junto con otros jóvenes se había instalado junto al “pilar” de la puerta de
entrada a la casa capitular, en cuya principal sala ya estaban instalados,
solemnemente, los “recibidores”.
Debo
decir, antes de continuar, que la aventura del Bachiller don Felipe habíase
interrumpido repentinamente el mismo día de su encuentro con la curiosa criolla
santiaguina, pues ésta había desaparecido de su vista desde que penetró al
templo; terminaron los oficios divinos, salió la última devota, el sacristán
cerró y atrancó las puertas y el galán, que había estado en la puerta del
templo a cuatro ojos, tuvo que retirarse inquieto e intrigado porque su bella
desconocida se le había esfumado bonitamente.
¿Por
dónde había salido?
¿Quién
era ella?
A la
primera pregunta voy a contestar inmediatamente para sacar de dudas al lector;
la dama, perturbada aún por su inesperado encuentro con el galán y temerosa de
encontrarse de nuevo con él a la salida del templo, donde estaba segura de que
la esperaría, se había escurrido, para quitarse de tentaciones, por la “puerta
del perdón”; así se llamaba, por entonces, “la puerta del costado” de los
templos.
A la
segunda pregunta contestará luego uno de los amigos de nuestro don Felipe con
quienes lo hemos dejado “platicando” hace un momento, arrimado a uno de los
pilares de la puerta del Cabildo en espera del mulato valijón.
— Mirad
quién viene allí -dijo al grupo, el soldado distinguido don Juan de Rosa y
Godoy— cada día está más hermosa...
Miraron
todos y uno de ellos acentuó:
— Más
hermosa y más triste... ¡quién pudiera sacarla de penas!
Fijó la
vista, a su vez, don Felipe en la dama que provocaba esas palabras de simpatía
profunda y quedó un momento indeciso, como poseído de un recuerdo; quiso
pronunciar una palabra, formular una pregunta a sus amigos, pero en ese momento
los ojos de la “desconocida” se volvieron hacia él en rápida e intensa mirada;
y la luz fugaz de esas pupilas brillantes, iluminando sus confusos recuerdos,
hizo surgir en su cerebro la imagen de aquella misteriosa mujer que había
escapado a su persecución desde la plazuela de la Merced.
Disimuló,
don Felipe, la fuerte impresión que le produjera el encuentro y mientras la
dama y su acompañante, que era un caballero “de respeto”, penetraban hacia la
sala del Cabildo, deslizó a sus amigos del grupo y con: indiferente
naturalidad, la pregunta siguiente:
—
¿Quiénes son ella y él, si sois servidos.?
— Es
verdad que sois forastero y recién llegado — contestóle el cadete de artillería
don Miguel de Zerpa—, pero es extraño que aún no sepáis lo que primero se
cuenta y más se comenta en los estrados de Santiago; él es don Femando de Román
y Jiménez, Veedor de la Real Hacienda de Concepción y ella, su hija, es doña
Carmen Isabel de Román y Fresno, casada en secreto y contra su voluntad, según
afirman.
— ¿Cómo
puede ser eso? ¿Quién es el marido? — replicó el asombrado Bachiller, al oír
tamaña novedad.
— Señor
don Felipe — contestó en tono joco-serio otro de los circunstantes—, vos
pretendéis saber de golpe lo que nosotros no hemos podido aclarar en dos meses.
Conformaos con la noticia, y si os interesa, “juntad vos a nos para
averiguallo”.
Llegaba
en esos momentos a la Plaza Mayor el mulato Mardoqueo con su valija, escoltado
por una turba bulliciosa de chiquillos que le gritaban: “Mulato jetón,
barrigón, valijón” — a prudente distancia, eso sí, porque Mardoqueo manejaba un
rebenque de largo alcance— y don Felipe aprovechó el pequeño desorden para
separarse de sus amigos y penetrar al Cabildo detrás de un alguacil que abría
paso al valijero.
En la
sala y cerca de un mesón, conversaban, en un grupo, el Secretario del Cabildo
don Juan Fernández de la Serna, el Alcalde don Alonso de Córdoba y el Veedor de
Hacienda de Concepción don Femando de Román; a su lado sentada en una banqueta,
permanecía su hija Carmen Isabel. El Bachiller acercóse al grupo en donde fue
amablemente acogido por el Alcalde y por su conjunta persona, el Secretario, a
quienes conocía ya y éstos hiciéronle una ceremoniosa presentación del alto
funcionario penquista; don Felipe, quitándose la gorra emplumada, formuló una
respetuosa inclinación cortesana que hizo especialmente extensiva a la dama.
Doña Carmen Isabel devolvió el saludo serena e impasible.
Yo no he
logrado averiguar bien, querido amigo lector, cómo pasaron las cosas; pero el
hecho es que antes de una semana el Bachiller don Felipe de Castro y la Rivera
y doña Carmen Isabel de Román y Fresno habían llegado a entenderse en tal
forma, que para ellos no hubo vallas bastante fuertes que les impidieran correr
juntos detrás de la realización de lo que llamaron “él ideal de su vida”.
Desde que
don Felipe había sabido, por su amigo el cadete don Miguel de Zerpa, qué en la
vida de Carmen Isabel había un drama oculto, se hizo la resolución de
conocerlo; y desde que lo conoció de los labios de la propia interesada, se
propuso dedicar su vida a destruir sus consecuencias.
¿Cuál era
ese drama?
Carmen
Isabel había estado recluida en el monasterio de las Agustinas desde su
infancia, esto es, desde que su padre, el Veedor Román y Jiménez, quedara
viudo; no había, entonces, otra solución más de acuerdo con la moral, las
costumbres y las conveniencias sociales, que los viudos pusieran a sus hijas
pequeñas al cuidado de las monjas, para que éstas les dieran o les completaran
la educación que su madre no les había alcanzado a dar.
Llegada
la edad en que Carmen Isabel debía elegir estado, su padre le propuso los dos
únicos caminos que en realidad podía proponerle; o profesar, o casarse; la
interesada rechazó el primero indicando claramente que prefería el segundo...;
pero no eran, entonces, los tiempos en que la mujer podía elegir marido ni
tampoco Carmen Isabel podía presentar candidato, como no fuera el sacristán de
las monjas. Miento; en una de las fiestas “de aguinaldos” de la pascua, a las
que concurría “todo Santiago” a ver danzar a las educandas a través de las
rejas del coro, Carmen Isabel había divisado la elegante silueta de un gallardo
capitancito de Cañones, quien -esto se le ocurrió a la niña— se entretenía en
hacer ejercicios de tiro por elevación, lanzándole proyectiles de fuego con los
morteros de sus ojos.
Pero el
capitancito no pasó de allí y el caso fue que cuando el Veedor Román propuso el
problema y pidió solución más o menos rápida y definida, la reclusa, en
ausencia completa de su capitán, no tuvo más remedio que aceptar para marido al
candidato que le presentó su padre, decidida, como estaba ella, a no vestir la
toca del monjío.
Por
fortuna el candidato no estaba a la mano cuando llegó para Carmen Isabel el
momento feliz de abandonar el convento; el futuro marido, que era un
honorabilísimo comerciante de Potosí, había partido hacia el Altiplano en viaje
de negocios, que por lo menos habría de durar seis meses; de modo que Carmen
Isabel, que ya se había hecho la resolución de salir de una celda conocida para
penetrar a otra desconocida, se encontró con que tenía por delante por lo menos
medio año de libertad.
Pero el
Veedor Román conocía su deber y la responsabilidad que le había caído con la
guarda de su hija en el “fárrago mundano” mientras llegaba el propietario de la
prenda y tomó sus medidas, al mismo tiempo que se constituía en el Argos de su
casa. Una de las medidas fue presentarse ante el Provisor con una carta-poder
del futuro yerno, “de la cual consta que se otorga como esposo de doña Carmen
Isabel de Román y Fresno y suplica al Provisor que reciba de la supradicha su
otorgamiento para celebrar esponsales según lo manda nuestra santa madre
Iglesia y prelados della”. Aceptó el Provisor la declaración y la diligencia
pedida, “hasta donde se puede en derecho” y de esta manera se encontró
Carmencita con sus esponsales celebrados con un señor a quien todavía no tenía
el honor de conocer. ¡Adiós capitancito de Cañones!
Pasada la
primera impresión de alegría por verse libre, al fin, de la “señor Madre
Carolina” — que era, a lo que parece, la ministra de las educandas en el
Convento— Carmen Isabel se dio una noche a reflexionar sobre su curiosa
situación y estado; sin darse cuenta ella misma, se encontraba unida a un
desconocido de su corazón, a un hombre que junto con llegar a su lado iba a ser
su señor y dueño, el árbitro de su destino durante la vida entera. Este
pensamiento, que ya no la abandonó, llegó a obsesionarla y cierto día se
atrevió a dirigir a su buen padre la siguiente pregunta que le cayó al Veedor
como un arcabuzazo:
— Padre y
señor, ¿no habría manera de lograr que los esponsales que tengo celebrados con
don Francisco de Alvarado (este era el nombre del desconocido esposo), se
deshicieran, y fueran ningunos?
Fijó el
Veedor su penetrante y severa mirada sobre las suplicantes pupilas de su hija,
y moviéronse, temblorosos, su amplio bigote cano y su puntiaguda “perilla”
catalana para formular una frase; pero, tan indignada debió ser la que iba a
decir a su hija, que la contuvo al borde de sus labios, volteó
despreciativamente el rostro y salió del “cuarto” cerrando la puerta de golpe.
Desde
entonces Carmen Isabel encerróse en el triste mutismo y en la digna altivez que
provocaba la respetuosa admiración de los galanes santiaguinos y que detenía,
hasta en los más atrevidos, las insignificantes frases de halago, con que a
veces querían brindar a la atractiva hermosura y lozana juventud de Carmen
Isabel.
Pero
ocurrió lo inevitable: el Destino trajo en la comitiva de los Oidores recién
llegados a ese Bachiller don Felipe de Castro; el Destino lo puso detrás de las
cortinillas de aquella ventana por donde Carmen Isabel tenía que pasar a la
Iglesia de la Merced, y el malhadado Destino quiso que ambos cruzaran sus
miradas frente al atrio del templo; y por más que la niña quisiera huir de un
peligro que ella vio claro, refugiándose a los pies de la imagen de la Virgen y
huyendo después por la “puerta del perdón” para no volverse a encontrar con el
galán, el Destino también los hizo juntarse el día en que el mulato valijón
llegó con el correo del Norte.
Algunos
días más tarde, el Oidor-decano don Luis Merlo de la Fuente, acompañado de su
“familiar” el Bachiller don Felipe, penetraba solemnemente por el zaguán de la
casa del Veedor de la Real Hacienda don Fernando de Román y Jiménez, para
“pagar la visita” que días antes le había hecho el alto funcionario penquista.
Mientras el Veedor Te hacía la cortesía” al Decano, don Felipe, sentado frente
a doña Carmen Isabel, deslizaba a la dama la más extraña de las preguntas:
— ¿Cómo
es posible, señora, que una dama como vuestra merced tenga miedo del amor?
El
Bachiller de Castro había empezado a hablar de amor.
La verdad
era que doña Carmen Isabel, cuando presintió que algo desconocido venía a
golpear a las cerradas puertecillas de su ingenuo corazón de cuasi novicia
libertada, había querido huir a esconderse a lo más apartado de su hogar en
embrión en donde el deber le mandaba conservarse fiel al esposo que su padre le
había impuesto; pero como Satanás — según dicen— no duerme cuando se le pone
entre cuerno y cuerno formar un lío y el pícaro tiene inventiva y medios para
todo eso, no le fue difícil, en este caso, combinar las cosas para que la
palomita sin hiel se encontrara una y varias veces frente por frente con el
gavilán, si de gavilán puede calificarse a un modestísimo Bachiller que tenía
la inofensiva chifladura de hablar de amor.
Don
Felipe, por su parte, desengañado de las mujeres como lo hemos visto — a causa
de que “no había encontrado todavía a ninguna que supiese lo que era amor,
según las lecciones que él había aprendido del Arcipreste de Hita su maestro”—
había soltado a la cándida y temerosa niña dos o tres palabritas de aquellas
que él empleaba como saludo a la bandera, sin imaginarse, por cierto, que la
semilla estaba cayendo en un terreno virgen y admirablemente dispuesto para
hacerla fructificar; no se imaginó, por cierto, el despreocupado Bachiller, el
efecto que esas palabras iban ’a causar en aquella hermosa hembra de apariencia
altiva, pero de alma ingenua que la casualidad había puesto a su paso.
La
estrecha vigilancia que el Veedor Román y Jiménez ejercía sobre su hija y la
situación misma en que ésta se encontraba por sus celebrados esponsales,
dificultaban, es cierto, las pocas ocasiones que ambos enamorados encontraban
para explayarse al sabor de sus deseos; pero lo que no ha sido jamás un
inconveniente insuperable en los enamorados, no podía ser tampoco una
dificultad para éstos, que si todavía no podían pelar la pava a su regalado
gusto, se solazaban con mantener el fuego sagrado envolviéndose, revolcándose,
en las ardientes miradas que a hurtadillas de todo el mundo hacían gala de
propinarse cada vez que se encontraban a mano.
Carmen
Isabel, con la mágica novedad de esas frases de amor, soñadas pero nunca oídas,
y con el calor de aquellas miradas tan intensas como elocuentes iba abriendo su
corazón, su mente y sus sentidos hacia una perspectiva de auroras misteriosas
no imaginadas hasta entonces en su candor de virgen desposada. El Bachiller don
Felipe había venido a ser, para Carmen Isabel, el primer punto luminoso que
alumbrara el limbo de bruma en que permaneciera envuelta su alma inocente.
Pero esa
situación no podía continuar indefinida y don Felipe se propuso estrechar el
cerco para saber si dentro de la plaza sitiada podía contar con aliados para
dar el asalto definitivo; una tarde en que vio al Veedor Román entretenido en
animada conversación con sus amigos bajo los portales del Cabildo, dio una
vuelta deshecha y se fue rápidamente a casa de su princesita tirana a quien
supuso entregada a sus labores domésticas.
Penetró
decididamente por el zaguán y luego por una puerta, bajo el “corredor”, que vio
entornada; audaz era el Bachiller, pero en esta ocasión le temblaban las
piernas, no porque tuviera miedo de encontrarse con alguien que le estorbara su
propósito de ver y hablar con la dama de sus pensamientos, sino, precisamente,
por temor de encontrarse mano a mano con ella... ¡Entienda usted a los
enamorados!
En el
“cuarto” del corredor no había nadie, pero don Felipe oyó un leve ruido en el
vecino y hacia allí se encaminó, sin hacerle caso a sus piernas que le
flaqueaban.
—
¡Vos!... vos, don Felipe... ¡Idos! ¡Alejaos, por amor de Nuestra Señora!... —
exclamó con apagada y temblorosa voz, Carmen Isabel, cuando vio aparecer en el
marco de la puerta la figura enhiesta del Bachiller.
Quiso
huir la niña cuando vio al caballero que en vez de obedecerle avanzó hacia
ella; pero los brazos del galán la detuvieron y no tuvo más que abandonarse en
ellos. ¿Qué otra cosa iba a hacer la pobre?
Mis
bellas lectoras — si alguna vez se han encontrado en esos apuros— sabrán mejor
que yo qué es lo que se debe hacer para salir del paso y para obligar a los
enamorados intrusos a que se marchen; los “documentos” que me sirven de guía en
la verídica historia que estoy haciendo, sólo me dicen que esa misma tarde
Carmen Isabel notificó nuevamente a su padre el Veedor Román, su voluntad
decidida de anular los esponsales y de recobrar su libertad.
El Veedor
Román y Jiménez era de aquellos hombres a quienes ponemos como ejemplo cuando
decimos de un señor que es “chapado a la antigua”, porque la rectitud y la
severidad de sus procedimientos no admiten razones en contrario, ni
contemplaciones. Cuando oyó, por primera vez, a su hija, la petición de que
procurara “deshacer sus esponsales y quedaran ningunos”, contestó a Carmen
Isabel con un respingo ante cuya altivez la niña se quedó fría; pero al
producirse esta segunda petición, don Fernando cambió de procedimiento. La
insistencia de su hija le reveló que no se trataba ya de escrúpulos más o menos
sentimentales, sino de algo más importante, cuyo conocimiento era necesario
ahondar.
Y como la
niña, temerosa, tal vez de las iras de su padre, se encerrara en un porfiado
mutismo, se le ocurrió que nadie mejor que su reverendo amigo el padre agustino
fray Pedro Henestroza, era el indicado para averiguar el caso, valido del
ascendiente que le daba el hecho de que fuera tío de la “susodicha”. Y sin
pensarlo más fue a golpear a la portería del convento y haciendo llamar a su
cuñado se encerró con él en el locutorio y le espetó a quema ropa lo siguiente:
—
¿Quieres saber lo que me ha dicho, ya dos veces, tu sobrina Carmen Isabel?
— ¿Qué es
ello, estimable Veedor? — preguntó a su vez el agustino.
— Pues,
nada menos, que desea anular los esponsales que tiene celebrados, por poder,
con Alvarado.
— ¡San...
bomba! — exclamó el fraile—. Pues ahí es nada, pariente mío; eso viene a ser
tan difícil como conseguir que blanquee un mulato...
— Pero a
mí ni siquiera se me ha ocurrido intentarlo — continuó don Fernando—, y he
venido a verte para que tú, como tío de Carmen Isabel, la convenzas de que se
someta a los mandatos de su padre, como Dios manda, y que cumpla el sagrado
compromiso que ha contraído.
— Cuñado
— contestó el padre Henestroza, dando un suspiro—, tengo por sabido que a una
mujer no se la convence nunca cuando toma una determinación sobre asuntos de
esta especie; pero en fin, veamos cómo se presenta este caso. ¿Quién es él?
Alzóse
violentamente de su asiento, don Femando, espantado de oír tal pregunta y por
primera vez se le vino a la mente la sospecha de que la tan extraña resolución
de su hija podía tener origen en “algunos tractos y veleidades pecaminosas con
que la asaltara el diablo”; pero recorrió rápidamente su memoria y no encontró
en ella nada que le pudiera dar indicios para contestar a la pregunta del
experimentado padre agustino.
Volvió,
pues, a ocupar el sillón, arrellanóse lo mejor que pudo y dijo, pausadamente:
— Padre
Henestroza, el único que puede llegar a saberlo es Vuestra Reverencia, si en
ello se empeña, porque yo ni siquiera lo sospecho, ni quiero; Carmen Isabel
tampoco me lo diría a mí, si se lo pregunto. Lo único que afirmo a Su
Paternidad, es que jamás consentiré en que se anule lo que está hecho y firmado
de mi mano y que requeriré los auxilios “pontificio y regio” para obligar a mi
hija a consumar el matrimonio cuyos esponsales ha celebrado ya.
— Grave
es el caso, hermano — repuso el agustino—, y creo que como ministro de la
Iglesia, y como pariente, debo intervenir en este conflicto; acepto, pues, tu
invitación y tráeme mañana a Carmen Isabel al confesionario que yo me encargaré
de que, con el cariño que me tiene, se confíe a mí y me muestre su alma y
pensamiento.
Al ver la
buena disposición de su cuñado, don Femando retiróse más tranquilo y al
siguiente día él mismo acompañó a su hija hasta la capilla del señor San
Agustín y no se retiró de allí sino cuando la penitente quedó arrodillada en la
tarima del confesionario del padre Henestroza y vio, en la penumbra, la figura
inmóvil del confesor que allí debía estar esperando, desde algún rato.
Lo que
pasó entre el confesor y la penitente, no podemos saberlo, pues es tradicional
e inconmovible la inviolabilidad del secreto sacramental; pero no debió de ser
tan definitiva la conclusión a que llegaron sobrina y tío, cuando, en la misma
tarde, el padre Henestroza se trasladaba a casa de su cuñado el Veedor y se
encerraba, mano a mano, con Carmen Isabel, dispuesto a continuar la conferencia
de la mañana,
— Tío y
señor -habló sin más preámbulo la joven—, lo que dije a Vuestra Reverencia esta
mañana es sólo una' parte de la verdad y ahora quiero que la sepa vuestra
merced entera; dije que no podía llegar a casarme con Alvarado porque ni
siquiera lo conozco y no puedo saber qué efecto le causaré, y me causará,
cuando le vea; esos esponsales que celebré ante el Provisor, son, en Dios y en
mi ánima, ningunos, porque al celebrarlos no obraba con mi propia libertad y
albedrío, sino al influjo de mi señor padre y bajo la amenaza de quedar
recluida en el convento que para mí fue un martirio a poco de entrar en él y a
través de los años que allí permanecí. No creo, pues, que me ligue a don
Francisco de Alvarado ningún lazo que no sea posible romper.
— Mal
arguyes, sobrina — contestó gravemente el fraile—, cuando dices que es posible
romper el lazo que te une al hombre a quien te has otorgado por esposa; las
leyes divinas no pueden ser violadas por los humanos sin que éstos se hagan
reos de un crimen.
— El
crimen que aquí existe es el de haber dispuesto de mi persona en un momento de
inconsciencia mía...
— ¡Niña!
— interrumpió el agustino— ; acusas a tu propio padre.
— No sé
en quién caiga la acusación, si ella es tal; yo sólo me defiendo — acentuó
enérgicamente la joven—. No sé, tampoco, si las leyes me condenarán, al fin, a
esclavitud perpetua al lado del esposo que hoy puede reclamar derechos sobre
mí; pero lo que puedo asegurar a Vuestra Paternidad, mi señor y tío, es que
todas las leyes no podrán obligarme a poner amor donde yo no pueda y quiera...
—
¡Amor!... ¡Amor!... ¿Y de dónde has aprendido esa atroz palabra que debe quemar
los labios de quien la pronuncia?
-No me
importa ya que Vuestra Reverencia lo sepa — respondió la niña— ; y si la
confesión que voy a hacer a mi buen tío me trae daño, nunca será tan grande
como el que evitará si logra impedir que se realice mi casamiento con Alvarado.
Y
arrodillada a los pies del asombrado agustino; Carmen Isabel relató a su tío
sus ocultos amores con el Bachiller don Felipe, el hombre a quien había oído
hablar de amor antes de que ella sospechara siquiera el verdadero significado
de tal palabra; explicóle, lo mejor que pudo, el inefable transporte que
experimentaba su alma cuando el pícaro de don Felipe lograba deslizar en su
oído, de pasada o a hurtadillas, alguna de esas frases que tenían el mágico
efecto de penetrar hasta lo más recóndito de su ser para quedarse allí
resonando día y noche como una melodía dulcísima en sus horas de quietud
espiritual o como un cierzo huracanado en sus momentos de desesperación.
El padre
Henestroza no creía oír lo que estaba oyendo y varias veces se mordió los
labios y se pellizcó las piernas para convencerse de que no soñaba; pero cuando
Carmen Isabel, en su propósito de ser absolutamente sincera con su tío, empezó
a contarle lo ocurrido aquella tarde en que el bachillerato se coló hasta su
alcoba, el bondadoso al par que severo religioso se puso formal y al terminar
la niña su relato le dijo, después de un momento:
— En Dios
y en mi ánima, sobrina, creo que no deberías casarte con Alvarado; pero también
te digo que en esto yo no puedo hacer otra cosa que encomendarte a mi padre San
Agustín para que aleje de tu alma la pasión que se ha apoderado de ti y que no
puede ser sino cosa del diablo... del Bachiller, que Dios confunda.
— La
mayor desgracia que ¡podría ocurrirme, tío de mi corazón, sería la de que me
faltara este amor que es el que me da fuerzas para seguir viviendo — contestó
con vehemencia inexplicable Carmen Isabel.
El
agustino vio que estaba en presencia de un caso perdido y salió del aposento
echándose aire fresco a la cara; debía necesitarlo el padre Henestroza porque
"iba rojo como tomate”, según el dicho de una “perra china”, que lo vio
salir.
Doblaba
el agustino la esquina de la calle de Lázaro Aránguiz con dirección a su
convento, cuando se encontró con su cuñado don Fernando a quien no había visto
desde la mañana; el Veedor, deseoso de saber el resultado de las
investigaciones del religioso y aprovechando la soledad del sitio, echóle las
manos a los hombros y preguntóle, ansiosamente:
— ¿Qué te
ha dicho, por fin, Carmen Isabel?
Titubeó
un momento el padre Henestroza...
.-¡Secreto
de confesión, hermano, secreto de confesión!...
Y
continuó pausadamente su camino...
Miróle de
alto a bajo don Femando...
— ¡Ni
gato ni perro de aquesta color! — dijo luego, formulando una mueca de ínfimo
desprecio; y recogiendo su capa con altivez, encaminóse a tranco largo y sonoro
hacia su casa y penetró decidido en el aposento de su hija.
Y pasaban
los días, las semanas y los meses, como pasan las cuentas del rosario hasta
llegar a las letanías; lo que vale decir que no hay plazo que no se cumpla ni
amor que no tenga fin...
El
afortunado esposo de Carmen Isabel había terminado sus negocios en Arequipa y
el Potosí realizando en magnífica forma las ganancias que de tal viaje esperaba
y se le hacían largas las horas para volver a Santiago y tomar posesión del
otro tesorillo que su suerte le tenía reservado en el hogar del Veedor don
Fernando de Román y Jiménez. Sus intenciones, empero, no eran las de quedarse
residiendo en Santiago, ni aun en el Reino de Chile, sino las de trasladarse a
la región minera del Altiplano donde había encontrado amplio campo para sus
actividades comerciales.
Cuando el
Veedor Román leyó “la carta mesiva” de su yerno en que tal resolución le
comunicaba, echó un brinco de júbilo, a pesar de sus venerables años y dio
gracias al santo de su devoción por el gran peso que le iba a quitar de encima
con el alejamiento de su hija de los peligros que, según él, la rodeaban. Pasar
la vista por el pliego que acababa de traerle el mulato valijón y llegar a su
casa y a presencia de su hija, fue cosa de momentos; alargóle el pergamino que
no había soltado de la mano y dejóse caer sobre un sillón de vaqueta mientras
Carmen Isabel, invadida por negros presentimientos y Veladas sus hermosas
pupilas por un tul de lágrimas, empezó a descifrar los garrapatos de su
prometido y esposo.
No
terminó la lectura Carmen Isabel; le bastó con llegar hasta donde se
manifestaba en claro la determinación de Alvarado que para ella tenía la
significación de una condena; el golpe era tremendo y la niña no estaba
preparada para recibirlo; cayéronsele sus brazos y su hermosa y delicada testa
fuése inclinando hasta posar fláccidamente sobre el pecho.
Incorporóse
enhiesto, don Fernando, sin que su rostro manifestara ni la más pequeña
mutación y plantándose ante el extenuado cuerpo de su hija, díjole, secamente:
—
Alvarado llegará de aquí en quince días, según calcula el armador del patache
donde viene embarcado; te casarás al día siguiente de su llegada y luego
partirás donde te lleve tu marido, como es tu deber...
Carmen
Isabel nada contestó; estaba anonadada y no habría podido, tampoco, pronunciar
una palabra.
Sonaban
los últimos toques de las “oraciones” en los distintos campanarios de la ciudad
formando un conjunto quejumbroso y soñoliento, cuando la “puerta falsa” de la
casa del Veedor Román se abría sigilosamente para dar paso a la gorda silueta
de una mulata que avanzó la cabeza hacia afuera para escrutar, en la penumbra,
la solitaria calle de Bernardino Morales; satisfactorio debió haber sido el
examen, porque un momento después salía por esa misma puerta una dama, echado
el “chalón” sobre el rostro y ambas siguieron calle abajo, a paso rápido y
menudito la una, y a zancajadas la otra.
Saltando
zanjas y volviendo esquinas, llegaron al lindero de una “casilla”, a cuyo
frente batía rítmicamente su larga cabellera un sauce llorón; alguien esperaba
tras de la puerta, porque ésta abrióse en el momento preciso en que la
encubierta dama enfrentaba a ella. El Bachiller don Felipe y Carmen Isabel se
precipitaron uno al otro con los brazos abiertos... y, naturalmente, los
cerraron en seguida. ¡Para qué andarse por las ramas!
La mulata
gorda “agachó” la cabeza y pasó derecho hacia el patio interior dejando a los
amantes en libertad para que se propinaran las sopitas en miel que diz que se
propinan los enamorados cuando quedan solos.
Parece
que la entrevista de esa tarde no fue tan dulce y apacible como debieron ser
otras en este apartado rincón arrabalero de la ciudad mapochina, pues cuando la
mulata, después de haber tosido repetidas veces al lado afuera y “rajuñado” la
puerta otras tantas, se resolvió a penetrar al “cuarto” para prevenir a SU ama
de que las ocho han dado y sereno” hacía rato, don Felipe, teniendo entre sus
manos muy morenas las muy blancas de su amada, le decía, con tono convincente:
— Cada
cual es el árbitro de su destino y de su suerte, Carmen Isabel y tú puedes ser
libre y lo serás espiritualmente si tal lo deseas, aunque las leyes humanas te
encadenen. Unamos nuestras almas en esta lucha por tu libertad y unidas como ya
lo están por el lazo muy fuerte de nuestro amor, seremos invencibles y por fin
triunfaremos, porque no habrá poder en la tierra que sea capaz de interponerse
entre ellas-..
— Bien,
bien, don Felipe — respondió la niña entre gemidos— ; yo lo comprendo todo,
todo— ; pero esta horrible separación que nos amenaza acabará con mis energías
y con mi vida; lejos de vos y en poder de mi esposo, a quien no podré amar
jamás después de haber conocido el amor que habéis hecho nacer en mí tan
fuertemente, mi existencia, si perdura, será una desesperación. ¡Salvadme, os
lo imploro, de tal martirio!...
— Bien
sabéis señora, que ello ha sido imposible — murmuró angustiado el galán,
echando su rostro entre las manos— ; pero confiad en mí — añadió con enérgico
acento.
Efectivamente.
De nada habían valido las “diligencias” del padre Henestroza y las que el
propio Bachiller había practicado por intermedio de altos personajes ante las
autoridades eclesiásticas para “dejar ningunos” los esponsales de doña Isabel,
porque el Veedor, su padre, habíase negado a ni siquiera consentir una revisión
del “auto” del Provisor en ausencia del esposo y teníase por seguro que
Alvarado no habría de soltar la sabrosísima presa que su suerte loca le había
deparado.
Como
consecuencia de las gestiones del buen agustino, “que en Dios y en su ánima”
estaba convencido de que Carmen Isabel estaba en un peligro inmenso si llegaba
a ser la mujer legítima de Alvarado — sin poder manifestar los “impedimentos”
que para ello había, por haberlos conocido bajo secreto confesional— como
consecuencia, digo, de tales gestiones, el bondadoso fraile había sido
despedido, un día, desde el portón de la casa de su cuñado el Veedor y en forma
casi ignominiosa.
El padre
Henestroza era ministro de Dios, pero al mismo tiempo era fraile agustino, lo
que vale decir que nadie le agachaba el moño; la comunidad estaba, por esos
años, recién fundada en Santiago y para poder mantenerse y defenderse, los
hijos de nuestro Padre San Agustín habían tenido que luchar como gatos de
espaldas contra las otras comunidades que se les habían declarado enemigas
enconadas; de modo, pues, que cada agustino estaba entrenado y listo para
“corresponder” cada vez que se encontraba ofendido o en apuros.
Para
intervenir en el caso de Carmen Isabel, nuestro padre Henestroza tenía doble
motivo y hasta tres, si le apuraban; el primero era el caso de conciencia,
desde que estaba obligado a impedir un grave daño; el segundo, su parentesco y
el acendrado cariño que tenía a la “interesada”; y el. tercero... el tercero
era el de corresponder al desaire que le había inferido su cuñadito, dándole
con la puerta en los morrillos.
El
agustino había oído decir que la venganza era el placer de los dioses y se
gozaba de antemano de ese placer.
Pero
desgraciadamente, las cosas en aquellos tiempos eran mucho más alambicadas que
en los actuales y los que podían mandar, mandaban efectivamente; la potestad
paterna, en cuanto a casorio, era “dura lex” y los provisores o jueces
eclesiásticos hacían cumplir sus dictados sin pararse en varas ni en varillas.
Todas las
sutilezas del padre Henestroza no habían podido enredar al Provisor Francisco
de Pastene para que consintiera en abrir el proceso de revisión del auto de
esponsales; el propio padre de la novia se oponía a ello.
Pero el
padre Henestroza maquinaba, y algo gordo tendría que salir de aquella cabeza
que años más tarde llegó a ser la directora suprema de la orden agustiniana en
Chile.
Y no hay
plazo que no se cumpla...
El
patache El Niño Dios dio fondo en la bahía de Valparaíso el
segundo día de septiembre de 1609 y en su apuro por desembarcar para
trasladarse a Santiago a tomar posesión de su esposa, don Francisco de Alvarado
estuvo expuesto a darse un remojón, pues al bajar del “batel” que debía
llevarlo a tierra afirmó un pie donde no debía y casi lo hizo naufragar. El
hombre venía de mala pata.
Tres días
después estaba en Santiago y su primera diligencia, después de adecentarse, fue
la de llegar hasta el domicilio de su “esposa” para “besarle las manos” y
ponerse a su disposición. Pero no le fue posible cumplir estos últimos
agradables propósitos a causa de que Carmen Isabel se había declarado enferma y
metídose en cama. Este viejo recurso femenino para no recibir visitas
desagradables es eficaz y perdura.
Alvarado
tuvo que contentarse, pues, con mandarle “muchos recaditos” y como tenía que
conversar bastante con el Veedor, se encerraron ambos “en la escribanía” y allí
acordaron, con gran contentamiento del novio, que el casorio se llevara a cabo
con rapidez. Don Femando propuso que la ceremonia se realizara al día
siguiente... El caballero sentía quemársele las manos y quería soltar la brasa
inmediatamente. Pero el novio deseaba a su vez, paladear su ventura a presencia
de todo el mundo y sentir alrededor de sí ese airecillo de indisimulada envidia
masculina que rodea a todo novio de mujer bonita; así, pues, propuso y fue
aceptado, que el matrimonio se realizara solemnemente tan pronto como
terminaran las fiestas que al día siguiente empezaban para celebrar la
instalación de la Real Audiencia.
Y para
que los preparativos del matrimonio no sufrieran atraso, ambos caballeros
trasladáronse inmediatamente a casa del Provisor eclesiástico, el ya nombrado
Licenciado Pastene, que en esos días se encontraba en pública expectación a
causa de haberle caído el insigne honor de que le fuera entregado en custodia,
en su domicilio, el “Real Sello”, que era el sagrado símbolo de la autoridad
suprema de la Audiencia.
El
Provisor Pastene, que ya estaba molesto con las repetidas invectivas del padre
Henestroza y que deseaba que aquel matrimonio se consumara luego para salir de
preocupaciones, allanó todos los obstáculos para que pudiera realizarse
conforme a los deseos de sus visitantes, esto es, al siguiente día de
terminadas las fiestas en que él iba a tener actuación tan distinguida; y para
más honrar a la feliz pareja, prometió convidar al acto nupcial a toda la
nobleza, desde el Gobernador García Ramón, abajo.
Restregándose
las manos de puro satisfecho, don Femando despidióse de su futuro yerno y
encaminóse a su casa para comunicar a su hija las últimas resoluciones que se
habían adoptado. Carmen Isabel oyó a su padre impasible y cuando don Femando
terminó de hablar, preguntóle:
— ¿Ha
dicho, vuestra merced, a don Francisco de Alvarado, que yo me resisto a
realizar este matrimonio...?
— Me he
guardado muy bien, mala hija, de comunicarle tal insensatez — respondió el
caballero, al mismo tiempo que volvía la espalda y salía, rugiente, del cuarto.
Al
siguiente día la ciudad de Santiago amaneció engalanada como hasta entonces
nunca lo había estado. Desde la casa del Licenciado Pastene, “que es cerca de
la dicha ciudad” como lo establecen los documentos, hasta el templo de San
Francisco y desde aquí hasta las “casas reales” situadas en la Plaza, el
Cabildo y el vecindario habían levantado primorosos arcos de flores y
“arrayanes” para que por debajo de ellos pasara la esplendorosa comitiva de
Alcaldes, Regidores y demás personas del Cabildo, vestidos con sus ropas
rozagantes y gorras de raso carmesí, con los demás caballeros y gente de la
ciudad, prelados y religiosos de las órdenes y clerecía en grande concurso de
gente”.
El
Gobernador del Reino, que al mismo tiempo era el Presidente de la Real
Audiencia, vestido con su traje de gran gala y ostentando todas sus insignias y
condecoraciones que lo acreditaban como afortunado guerrero de Flandes, de
Navarino y de Lepanto, llevó “colgado al cuello y trujo puesto al pecho el Real
Sello metido en una cajita pequeña de hierro dorado pendiente de una banda de
tafetán”, que era el sagrado objeto que el Licenciado Pastene había tenido la
custodia, en su casa, mientras la Audiencia entraba oficialmente en funciones.
La
comitiva llegó, desde la casa de Pastene — que estaba ubicada a la altura donde
hoy se encuentra la Universidad Católica, “las afueras de la ciudad la puerta
del convento de San Francisco y penetrando “reverentemente, por la portería los
que pudieron” llegaron hasta una de las dependencias del convento donde
“hallaron aderezada una gran pieza con paños de seda y un dosel y debajo dél,
hecha tarima, todo con una alfombra grande turquesa y encima de la dicha tarima
un bufete con su tapete de seda y tela y encima dos cojines de terciopelo
carmesí, uno sobre el otro”.
Al lado
del Gobernador y Presidente marchaba el Oidor-decano de la Audiencia, Doctor
Merlo de la Fuente y al llegar ambos al frente de la tarima y dosel y mientras
la comitiva doblaba la rodilla, “subieron a lo alto de la dicha tarima y
descubiertos y arrodillados, el dicho señor Presidente puso el dicho cofrecito
de hierro dorado encima de los dos dichos cojines de terciopelo y el dicho
señor Doctor Mero de la Fuente lo cubrió a el dicho cofrecito y a los cojines
con un paño de tafetán rosado cuajado de muchas flores de seda de todos
colores; y encima de la cajita así tapada, el señor Presidente puso una corona
de plata dorada con una piedras engastadas a la redonda”.
Por lo
que ve el lector y por lo que verá en seguida — porque la ceremonia no termina
aquí— habrá de justificar el calificativo de “sagrado” que más arriba di al
Real Sello. Parece que nuestros antepasados “hubieran querido comunicar a este
símbolo de la autoridad real un pronunciado sabor religioso y hasta
idolátrico”, advierte nuestro insigne Monseñor Errázuriz, a fin de despertar en
ese pueblo, profundamente creyente, una veneración exagerada a la persona del
Monarca.
Depositada
la real insignia bajo el dosel, la comitiva salió del aposento y se encaminó
hacia la Plaza Mayor para acompañar y dejar al Gobernador en su domicilio; pero
no se crea que se dejó solitario al “sagrado” Sello... ¡ca, no señor! ¡Habría
sido un desacato! “Dentro de la pieza quedaron él Oidor-decano y el escribano
mayor don Melchor Fernández de la Serna y una escolta de la compañía de
infantes del capitán Ginés de Lillo; a la puerta de la pieza los alabarderos, y
en la calle, frente al convento, los arcabuceros”. ¡Cualquiera se atrevía a
robarse el Real Sello!".
Según
aparece de la relación del escribano Fernández de la Sema, que es el fehaciente
documento que me sirve de guía, el Oidor-decano, el escribano y todas las
escoltas permanecieron de guardia ante el Sello durante toda la noche; yo creo
esto de los pobres arcabuceros y alabarderos y hasta del escribano, pero no lo
creo del Oidor Merlo, que por sus años y achaques no estaba para pasarse toda
una noche de guardia ante un objeto que nadie se atrevía a tocar.
Al
siguiente día la ceremonia iba a revestir más brillantez aún, porque se iba a
consumar el traslado del Real Sello a las dependencias del Alto Tribunal que
quedó instalado en el segundo piso de las Cajas Reales, hoy Intendencia. La
gran procesión iba a recorrer ahora la calle principal de la ciudad, la del Rey
(Estado) la cual, por vivir en ella la “mejor gente”, encontrábase engalanada
con exagerado primor; cada uno de sus vecinos había querido sobresalir, tanto
para congraciarse con la Audiencia, cuanto para que sus hijas y mujeres
lucieran belleza, garbo y lujo, asomadas a ventanas y balcones durante la
pasada de la pintoresca comitiva.
Don
Fernando de Román había conseguido, fácilmente, que su amiga doña Lorenza de
Zárate, viuda de don Francisco de Irarrázabal, que tenía su casa en la esquina
oriente de la Cañada con la calle del Rey, invitara a doña Carmen Isabel a
ocupar un sitio en sus floridos balcones para presenciar el desfile; aunque los
ánimos de la novia no estaban para fiestas, no pudo resistir a la invitación,
menos aún cuando supo que allí estaría también su tío el padre Henestroza,
grande amigo y contertulio de la viuda. Sabía, además, Carmen Isabel, que en la
comitiva tendría una participación señalada el Bachiller don Felipe, como
familiar y adjunta persona del Oidor-decano y no podía desperdiciar la ocasión
para cruzar con él las miradas apasionantes en que ambos se envolvían, con
fruición extraña, cuando sentían sobre sí el peligro de verse sorprendidos.
Vistió la
niña su traje de gala, adornó su albísimo cuello con un viejo “gargantín” de su
madre, entrelazó en sus ondeados cabellos castaños el tallo de una flor y bajo
el halago de aquella tan bella expectativa partió, risueña, a ocupar el sitio
que le tenía reservado en su balcón, su venerable amiga doña Lorenza de Zárate.
Así como
para la llegada y recepción de los Oidores el Cabildo había nombrado delegados
que se encargaran de atender a tan altos funcionarios en su viaje de Valparaíso
a Santiago, así también la ilustre corporación municipal “cometió” a distintos
de sus miembros, para que tuvieran a su cargo los diferentes festejos de la
instalación de la Real Audiencia, confiriéndoles las más amplias facultades. El
“aderezo” de las calles por donde “había de entrar el Real Sello” estuvo bajo
la dirección del depositario general o tesorero de la ciudad, Ginés de Toro
Mazzote, y del Regidor “cadañero” don Santiago de Uriona. Supongo que el lector
habrá sacado la cuenta de que “cadañero” era un Regidor cuya elección se hacía
cada año.
Tengo a
la mano la lista de todas las demás comisiones que se dieron a los distintos
miembros del Cabildo, pero mencionaré solamente la que se dio al Regidor don
Francisco de Zúñiga “para aderezar y colgar la Plaza Mayor” facultándolo para
prohibir, con un mes de anticipación, “que ninguno entre a correr a la plaza a
caballo, so pena de que le echarán de la plaza afrentosamente y se le quitará
el caballo”.
Y por si
hubiese algún lector que no quisiere darse cuenta todavía de la enorme
significación que para la ciudad de Santiago tuvieron las fiestas a que me
estoy refiriendo, voy a apuntar un dato que hará desaparecer la sonrisita de
duda o de menosprecio con que, seguramente, estará criticando lo que llamará,
tal vez, “ingenuidad de nuestros abuelos”; el dato no puede ser más concluyente
para probar el interés que tenía el Cabildo en que todos los santiaguinos
estuvieran alegres y contentos ese fausto día en que toda la realeza y majestad
del poderoso Monarca de las Españas se iba a dignar instalarse entre nosotros
bajo la modesta forma de un Sello “metido en una cajita de hierro dorado”.
Allá va
el dato: tres días antes de las ceremonias, o sea el 4 de septiembre, reunióse
el Cabildo para revisar y ultimar todos los detalles y habiéndolos encontrado
conforme a sus exigentes deseos, sólo quiso agregar el siguiente acuerdo como
magnífico broche de oro de tan hermoso programa: “que se suspende el luto en
todos los vecinos, estantes y habitantes y se prohíbe que lo lleve a toda
persona de cualquier estado o condición que sea, so pena de veinte pesos de oro
y perdido el luto”.
No dicen
las crónicas si algún mulato callejero tuvo que irse a su casa “en piernas” por
no haber conocido a tiempo el acuerdo del Cabildo.
A las
tres de la tarde del día siguiente a la ceremonia preliminar de que hice
relación, todo Santiago, desde lo más copetudo hasta lo más “rotoso” había
buscado y tomado la mejor colocación que pudo para presenciar la esplendorosa
procesión que iba a recorrer, de ida y vuelta, él nada corto trayecto señalado
entre las Cajas Reales, en la plaza, y el templo de San Francisco “que es fuera
de la dicha ciudad y junto a ella”.
A las
cuatro de la tarde apareció en el pórtico de su “palacio” el Gobernador García
Ramón, seguido del Obispo don Fray Juan Pérez de Espinosa, de los Oidores
Caxal, Talaverano y Celada, del Corregidor, Alcaldes y Regidores, del Cabildo
eclesiástico, de los factores y Veedores de la Real Hacienda, entre los cuales
formaba don Femando de Román y Jiménez, de los generales, maestros de campo,
capitanes y en fin, de todos los altos funcionarios del Reino; la comitiva se
organizó en la Plaza para seguir por la calle del Rey en dirección a la Cañada
y a San Francisco.
Las
compañías de infantería de los capitanes Ginés de Lillo y Antonio Recio abrían
calle en diagonal, por el centro de la Plaza sujetando a duras penas al
“concurso de pueblo” y sobre todo de “mochachos" que pugnaban por mirar “a
través de las piernas” de los soldados, lo que indica que esos militares no se
“cuadraban” como los de ahora; la caballería, compuesta de tres “capitanías” al
mando, cada una, del coronel don Pedro Cortés de Monroy, del Maestre de Campo
don Diego Flores de León y del Caballero Cruzado don Pedro de la Barrera y
Chacón formaron escolta al Presidente y comitiva, los que, según el ceremonial,
“debían guardar las distancias” y ocupaban por lo tanto, “un muy gran trecho”.
Esto de
guardar las distancias quería decir que el Gobernador y Presidente debía ir
solo, adelante, precedido solamente por los alabarderos; a cuatro o cinco
pasos, detrás, debía marchar el Obispo, también solo, seguido de “tres
monacillos” encargados de llevarle la “cauda” o cola de su capa magna; después
del Obispo seguían en una fila los tres Oidores de la Audiencia que estaban
haciendo el papel de novios en una ceremonia matrimonial, porque se llevaban
las miradas de toda la concurrencia, con mucha razón, en este caso, por la
novedad de sus trajes, nunca vistos hasta entonces, compuestos, principalmente,
de la “garnacha” de seda escarlata — que era una capa de cola con un
capuchoncito diminuto y puntiagudo— y el “birrete” carmesí. Seguían a prudente
y medida distancia, el Corregidor, solo, los Alcaldes en una fila, solos, y
detrás, los Regidores por riguroso orden de precedencia y ¡guay del que se
pasara más adelante del sitio que le correspondía!
Hago
gracia al amable lector de seguir anotando a la restante y esplendorosa
comitiva oficial.
La calle
del Rey, la Cañada y el pórtico de San Francisco estaban adornados con arcos de
cintas y flores, ya lo dije, y las casas y balcones del trayecto con
“guirnaldas, tapicería y telas de sedería de muchos colores y riquezas”; a lo
largo de la calle del Rey, empezando por el costado Oriente de la Plaza, se
veían los balcones de la casa del general don Alonso de Córdoba y Morales,
realzados con la presencia de su bella mujer doña Águeda de Urbina y de su hija
única Doña María, que por entonces “pololeaba” con el alférez don Gaspar de
Soto, quien después fue su marido; al lado de esta casa lucía su hermoso
mojinete la de doña Magdalena de Rueda, viuda reciente y en estado de
reincidir, y a continuación el “palacio” del capitán don Andrés de Fuenzalida y
Guzmán en cuyo balcón corrido ostentaban su bizarría su mujer doña Isabel de
Fuentes, sus hijas, pequeñas aún, Ana y Magdalena, y sus hermanas doña Isabel
Zuazo y doña Beatriz de Guzmán, recién casada esta última con el acreditado
“mercader” don Fernando Álvarez de Bahamonde.
Por el
costado Oriente de la calle del Rey veíanse los floridos balcones de doña
Leonor de Orozco, mujer del capitán don Francisco Álvarez de Toledo, donde “se
lucían” sus cuñadas doña Leonor de Bustamante, doña Isabel Bravo de Laguna,
doña María de Herrera y doña Juana de Toledo; a continuación estaba la casa y
tienda de “mercaduría” de don Martín de Briones casado con doña Mariana de
Aguirre y Salas, que ostentaba un lote de siete chiquillas en la flor de la
edad; colindante se encontraba el caserón de don Alonso del Campo Lantadilla,
el más rico de los mercaderes y cuya hija Magdalena fue el mejor partido de su
época. Una casa permanecía cerrada a continuación de la anterior; era de la
viuda del capitán don Nicolás de Quiroga, una señora catalana que no quiso ver
a “alma nacida” después que murió su marido y permaneció “en cama”, sin estar
enferma, hasta su muerte: se llamaba doña Ana Farra Berris de Gamboa.
Al lado
Poniente de la misma cuadra ostentaban primorosos adornos de tapices y
guirnaldas las casas de los Escobar Villarroel y de los Téllez Lozano y a
continuación se admiraba una “arquería” frente a la mansión de doña Mariana de
Rivas, viuda del Regidor don Luis de la Torre y Mimenza; el constructor de esos
adornos fue el capitán Cristóbal López de Agurto que en ese mismo año se casó
con la viuda. Al lado de esta casa levantaron los agustinos el “más soberbio
arco” en combinación con los Lisperguer y Gonzalo de los Ríos.
Seguían
muchas otras casas adornadas “que sería largo enumerar” y por último, en la
esquina de la Cañada, frente a la casa de la viuda de Irarrázabal, habíase
levantado “una calle de arcos que agarraba todo el frente desde los balcones de
doña Lorenza a los de Gonzalo de Toledo que están al salto de la calle”. En
esos balcones de doña Lorenza tenía su sitio una de las chicas más bonitas de
Santiago, Carmen Isabel de Román y Fresno y ya había tomado su colocación
cuando pasó hacia San Francisco la brillante comitiva que dentro de pocos
minutos iba a volver trayendo en procesión el Real Sello.
Cuatro o
cinco descargas de arcabuz anunciaron al abigarrado concurso callejero que la
procesión había salido de San Francisco de regreso a las Cajas Reales;
efectivamente, después de haber sacado el Real Sello de su cajita con las más
meticulosas reverencias, habíase llevado “debajo del palio que para ello se
hizo de raso carmesí con las cenefas de terciopelo, guarnecido por la parte de
afuera con flecadura grande de oro y por la de adentro con otra flecadura del
mismo tamaño de plata, hasta la puerta del convento donde esperaba un caballo
overo aderezado con gualdrapas y guarniciones de terciopelo, todo muy bien
guarnecido y cubierto con su telliz”; y una vez colocado el Real Sello sobre la
montura de este caballo, la procesión emprendió solemnemente la marcha, “al
sonido de muchas cajas, trompetas y pífanos” y de los repiques de las campanas
de todos los templos.
Las varas
del palio eran llevadas por los Regidores del Cabildo vestidos “con ropas
rozagantes”; debajo del palio iba el caballo overo, con el Sello, y a los lados
de la afortunada bestia, el Gobernador, a la derecha, y el Oidor-decano, a la
izquierda; los Oidores Talaverano y Caxal llevaban las riendas y delante del
palio marchaban el Obispo y el Oidor Celada. Encabezando este importante
conjunto se destacaba el Real Estandarte, insignia de la ciudad, llevado por su
alférez don Diego de Godoy, montado en un gordísimo caballo “de paso” y tras de
él, caracoleando en un vigoroso alazán, seguía el familiar del Oidor-decano,
Bachiller don Felipe de Castro y la Ribera, que llevaba un brazado de flores de
las cuales iba esparciendo las de honra” ante el palio. Esta clase de flores
eran las muy escogidas que para las fiestas y procesiones solemnes enviaban
ciertas familias “pudientes” y en especial las monjas, para que una “persona de
honra” las fuera arrojando ante el palio ante el “anda” principal. La elección
de esta persona de honra era, por lo tanto, una preocupación social, tanto como
la designación de las personas que debían llevar las varas del palio, los
“guiones” y las principales insignias.
La
procesión iba ya en todo su esplendor cuando el palio y su cortejo estuvieron
cerca de los balcones de la viuda de Irarrázabal, a la entrada de 'la calle del
Rey; la casa era de “balcón corrido” que abarcaba todo el frente y se
encontraba repleto de una concurrencia femenina que atraía las miradas golosas
no sólo del elemento “galán”, sino de todo el mundo. Carmen Isabel, por su
condición de novia en candelero, por su bizarría y por el aire de infinita
tristeza impreso en su rostro, velado en esos momentos por una esperanza,
sobresalía entre todas junto a la respetable viuda de Irarrázabal. El padre
Henestroza, a su lado, contemplaba el abigarrado espectáculo haciendo
regocijados comentarios, en los que participaban alegremente las hermosas
muchachas que lo rodeaban.
En medio
del vocerío de la multitud apiñada, del estruendo de los cohetes, de los gritos
de júbilo, de los redobles de tambores y del desconcierto de los pífanos,
desfilaron, solemnemente, detrás de las cofradías de negros y artesanos, los
caballeros, la nobleza, las corporaciones, los funcionarios, saludando a sus
amigos y amigas de los balcones con la seriedad y cortesanía que era de rigor;
apareció por fin, el alférez Godoy con el Estandarte Real, y más atrás el
Bachiller don Felipe con su brazado de flores. El galán recorrió con la mirada
el majestuoso balcón y fácilmente ubicó, entre todas las muchachas, el sitio en
que se encontraba su Carmen Isabel.
Algunos
metros faltaban para que el Bachiller enfrentara el grupo que formaba su amada
con la viuda de Irarrázabal y el padre Henestroza, cuando el brioso alazán, que
venía caracoleando, presuntuosamente, al acicate del espolín, levantó sus patas
delanteras en un brinco inesperado que puso en alarma a los espectadores y
cincunstantes. Don Felipe, firme en las estriberas, hizo ademán de requerir las
riendas que, para sostener su brazado de flores, había abandonado sobre el
cuello del animal; pero una nueva corveta, aún más violenta, obligó al
caballero a desprenderse del ramo... pero en vez de soltarlo al suelo, tomólo
en su mano derecha y lanzólo por lo alto; recobró las riendas y con airoso y
sereno ademán sofrenó la bestia en el instante mismo en que iba a echarse sobre
la compacta y despavorida multitud.
Con el
peligro que corrieron todos, “casi” nadie se preocupó del ramo “de honra” que
el caballero llevaba en sus brazos y “casi” nadie dio importancia al hecho
casual de que fuera a caer sobre el regazo de Carmen Isabel, cubriéndola de
flores; y “casi” nadie reparó, tampoco, en que al continuar su marcha, ya
dominado su caballo, el Bachiller don Felipe hiciera, con su chambergo
emplumado de verde y rojo, un cortesano, rendido e insinuante saludo a la
flamenca.
Digo
“casi nadie”, porque el padre Henestroza, cuando el Bachiller empezó a
corvetear su caballo frente al balcón, cruzóse de brazos, clavó sobre el mozo
la mirada, observólo con toda tranquilidad desde que lanzó el ramo “de honra”
sobre Carmen Isabel, hasta que saludó a la flamenca y cuando la niña,
intensamente pálida, volvía nuevamente a colorear su rostro, el agustino
díjole, entre dientes y con severidad:
—
¡Sobrina ¡Sobrina!... ¡Ese Bachiller del demonio va a ser tu perdición!
—
¡Lléveme, vuesa merced, de aquí, por Nuestra Señora, tío de mi alma! — contestó
únicamente la niña.
Tío y
sobrina retiráronse del balcón sin esperar que el cortejo terminara su
brillante desfile y cuando estuvieron solos en una de las piezas interiores, el
padre Henestroza, dijo:
— En Dios
y en mi ánima creo ahora, Carmen Isabel, que debes alejarte para siempre de don
Felipe; lo que te aconsejé ayer no lo lleves a cabo; te lo exijo por el
recuerdo de tu madre...
— Ello no
es posible ya, padre Henestroza — contestó tras un momento de silencio la
joven— ; mi resolución está tomada y la cumpliré, Dios conmigo.
Quiso
replicar el buen fraile, pero Carmen Isabel le impuso silencio con enérgica al
par que suplicante mirada.
“Y fue
cosa espantable y muy reparada que estando los esposos delante del Deán que los
iba a casar y los padrinos y parientes y concurso de invitados y gente de la
plebe que va en mucha cantidad a ver los casamientos, y presentes también los
oidores y nobleza y personas de capa, al preguntarle el ministro a la esposa
doña Carmen Isabel Román si se otorgaba por mujer de Alvarado en faz de Nuestra
Santa Madre Iglesia contestó en el instante que no se otorgaba; y como el
sacerdote oyera mal y creyera que doña Carmen había dicho que sí y fuera a
bendecir, la señora levantó la mano y dijo otra y otra vez que no se otorgaba
porque no era su voluntad; y en ese momento dióle un mal que no pudo hablar,
sin que fuera bastante el mandato de su padre, el veedor, que lo hacía a voces,
y de ahí llevóla en brazos el padre Henestroza y fuéronse todos a la sacristía
por mejor acabar este mal subceso”.
“Pero de
ahí a la tarde de ese día la señora volvió a su juicio, porque el veedor dijo
que no estaba en él por la mañana y declaró ante el provisor que se otorgaba
por mujer de don Francisco de Alvarado en haz de la Santa Iglesia, y se hizo
este casamiento, saliendo Alvarado al tercero día siguiente con doña Carmen
Isabel al puerto de esta ciudad para embarcarse en un navío de Pero Romero que
estaba de partida para Arequipa, donde hoy viven, bendito Dios”.
Y así
terminó el idilio de Carmen Isabel de Román y Fresno con el Bachiller que le
habló de amor.
§ 11. Un
muerto de mal criterio
El título
de un libro de Jenaro Prieto me ha recordado un hecho que ocurrió en Santiago a
principios del siglo XVII, a poco de haber fallecido en Concepción el
Gobernador de Chile don Alonso García Ramón; y porque el título de ese libro le
viene que ni pintado a la relación de tal hecho, no he titubeado en
apropiármelo, confiado en el “buen genio” de su autor.
Y va a
ver el lector, que no puede ser calificado sino como de muy mal criterio “el
muerto” Manuel Clavijo, a quien voy a presentarle, sujeto que desempeñaba el
cargo de “barrachel” de la ciudad de Santiago el año 1611, cuando gobernaba
interinamente el Reino de Oidor-decano de la Audiencia don Luis Merlo de la
Fuente, por el ya dicho fallecimiento de García Ramón. Antes de que nos metamos
con Manuel Clavijo, es necesario que el lector sepa que el oficio de barrachel
no era cosa tan despreciable como a primera impresión parece; llamábase con
este título al jefe de los alguaciles y serenos de la ciudad y aunque éstos
eran en total, seis, tres alguaciles y tres serenos, no por eso dejaba de ser,
él barrachel, el Jefe de la Policía de la Capital del Reino; y un jefe de la
policía siempre será persona “considerable” en cualquier parte. ¿Verdad,
Jenaro?
Según
decían las malas lenguas de aquellos tiempos, el barrachel Clavijo tenía la
mala costumbre de recorrer las pulperías de la ciudad después de la “queda”
para ver si sus dueños cumplían con la ordenanza de tenerlas cerradas y sin
gente adentro; porque también entonces se usaba que los “despacheros” se dieran
maña para burlar los bandos de buen gobierno, “y metieran por
la trastienda hombres y mujeres que sin el menor temor de Dios se entregaban a
beber vino y otros excesos”; y agregaban las susodichas malas lenguas que en
estas recorridas e inspecciones, el barrachel “echaba vista cuando lo
gratificaban”.
Tanto se
corrió lo de las “coimas” del barrachel y de las verdaderas extorsiones que
ejercitaba con los pulperos y especialmente con unas “portuguesas” que por
entonces habían invadido la capital — con gran escándalo de las autoridades—
que las hablillas llegaron a oídos del Corregidor don Gonzalo de los Ríos,
quien creyó de su deber comprobar los cargos que en forma anónima, pero
persistente, estaban socavando el prestigio de la autoridad municipal.
Y una
noche del mes de mayo, como a eso de las diez, “o más bien pasadas”, el
Corregidor, acompañado del Regidor don Diego de la Xara Quemada, se echó por
esas calles dispuesto a “poner oreja y ojo” en las catorce pulperías que con
autorización del Cabildo podían vender vitualla y vino “hasta la hora de la
queda... e no más” y ver si cumplían con la ordenanza.
A llegar
a la calle del Contador (21 de mayo), esquina con la de Santiago de Azócar
(Santo Domingo), los Regidores oyeron ciertos "ruidos” sospechosos...;
cerca de ahí estaba la pulpería de Hernán Xuárez y a su puerta fueron a “poner
oreja” los dos altos representantes de la ciudad. Efectivamente, no era actitud
de gente dormida y tranquila la que allí se podía notar. Sin más trámite, el
Corregidor alzó su vara y con ella dio en la puerta cuatro o cinco golpes, a
los cuales, el ruido interior cesó al punto.
Pasó
todavía un largo minuto durante el cual el Corregidor tuvo tiempo de repetir
varias veces su llamado y por fin oyóse una voz de hombre que preguntó, de
adentro:
— ¿Qué
queréis? Ya sabéis que por orden del señor Corregidor, no se abre a nadie a
estas horas...
— Pues
por orden del Corregidor habréis de abrir, y luego — contestó don Gonzalo—.
¡Quitad las trancas y dad paso a la autoridad!
Oyéronse,
adentro, voces ahogadas y carreras en puntillas, al mismo tiempo que sonaban
los cerrojos de la puerta; un momento después, ambos representantes del Cabildo
tenían delante de sí a un grupo de hombres y de mujeres que trataban de ocultar
sus rostros semicongestionados por la borrachera.
Don
Gonzalo paseó su mirada por el grupo de bebedores, la posó un instante sobre el
dueño de la taberna, el que temblaba como un arbusto en ventolera, y después de
consultar con la vista a su compañero, dijo:
— Mañana
arreglaremos cuentas, maese Hernán Xuárez; por ahora sólo quiero saber si ha
estado, por aquí, el barrachel Clavijo.
Titubeó
un poco, el pulpero, antes de contestar.
— No ha
venido, señor Corregidor — dijo por fin.
—
¡Mientes! — repuso Gonzalo— ; lo hemos visto salir de aquí...
—
¡Perdóneme su merced, mi amito y dueño! — gimió Hernán Xuárez, echándose a los
pies de don Gonzalo-; si lo ha visto su señoría ¡cómo se lo voy a negar!
No
necesitaban más los representantes del Cabildo para comprobar la complicidad
del barrachel, pero quisieron tener la prueba plena. El mismo Hernán Xuárez se
encargó de endilgarlos hacia la pulpería de Marcos Antonio Fáfaro ubicada en la
calle de Bernardino Morales (Bandera), casi al llegar a la de Pero Martín
(Moneda) donde, en sus cálculos, debía encontrarse, en ese momento, Manuel
Clavijo, “catando cierto vino mosto” recién traído de las vegas de Itata, para
celebrar el santo de la mujer del dueño de la taberna, que era “portuguesa”
auténtica.
La fiesta
en casa de Fáfaro, quien, para mal de sus pecados, era “judío converso”, estaba
que se ardía; al llegar a la puerta de la pulpería, el Corregidor y su
compañero pudieron oír que una “mujer tañía una vihuela mientras cantaba unas
coplas indecentes” y sin esperar que las acabara, golpearon repetidas veces,
ordenando que se abrieran las puertas a la autoridad.
Sea
porque ninguno de los de adentro, entusiasmados como estaban con el canto y la
fiesta, sospechara el peligro que tenían cercano o porque los vapores del “vino
mosto” les comunicara bríos para afrontar cualquier peligro, al oír los
repetidos golpes en la puerta no faltó uno que contestó:
— ¡Idos
al cuerno, seor majadero, que por esta noche no se abre a nadie!
Los
Regidores no podían tolerar tamaño desacato: don Gonzalo y el Regidor Xara
Quemada tomaron sendas piedras de las muchas que había en la calle, y con ellas
amagaron la puerta con recios golpes al mismo tiempo que el Corregidor decía,
con potente voz:
— ¡Abrid,
miserable, canalla! ¡Abrid al Corregidor, si no queréis amanecer mañana
colgados como racimos de horca!...
Un
silencio profundo en el interior siguió esta orden, que era, en realidad, un
preliminar de sentencia de muerte, pues los Corregidores tenían facultad para
esto... Después de algunos segundos abríase la puerta y ambas autoridades
penetraban, solemnemente, en el antro de perdición, seguidas de un sereno que
había acudido al ruido de los golpes.
— Cuidad
de que nadie salga de aquí — ordenó el Corregidor al sereno— ; ¡quien fuya,
tiene pena de la vida! A ver — continuó—, que se me presente, ante todo, el
barrachel Clavijo, a quien he visto entrar aquí.
Algunos
miraron a su alrededor esperando ver aparecer al barrachel, que efectivamente
estaba con ellos en los momentos en que llegaron los funcionarios del Cabildo;
pero pasaron algunos instantes y a pesar de que el Corregidor repitió la orden,
Clavijo no se daba por entendido.
—
¿Todavía. quiere agregar la burla, ese bellaco, al crimen que ha cometido?... —
tronó don Gonzalo—. Apartaos los hombres a un lado y las mujeres al otro —
ordenó en seguida—, y vos sereno, prepara tu ramal de roseta y el lazo
pescuecero para que mediante unos azotes “a reiz” enseñes a Clavijo cómo debe
portarse con el Corregidor.
Separados
hombres y mujeres en dos grupos, el Corregidor y el Regidor Xara fueron
examinando, a la luz de un candil, a cada uno de los anonadados infractores;
pero terminaron el examen y el barrachel no apareció.
Don
Gonzalo se iba poniendo frenético; ¿dónde se ocultaba Clavijo, o por dónde
había podido huir? Porque el hecho efectivo era que el barrachel estaba en la
alegre reunión, según confesión tácita del dueño de casa y de sus amigotes. Ya
fuera de sí, por el desairado papel que estaba haciendo, don Gonzalo, por su
propia mano, alzó el candil sobre su cabeza para dominar con su apagosa luz los
rincones del “cuarto reondo” y a poco descubrió una ruma de jabas y de costales
de sal; lanzóse rápido al rincón, con la espada desenvainada, presintiendo que
el pícaro del barrachel podía estar allí escondido.
Efectivamente,
acurrucado detrás de los costales con la cabeza entre ambos brazos cruzados
sobre las rodillas y sentado en el suelo, permanecía inmóvil, Manuel Clavijo.
Al fuerte impulso de un puntapié del enfurecido Corregidor, el cuerpo del
barrachel rodó flácidamente por el pavimento extendiendo sus brazos en cruz y
con las pupilas fuera de las órbitas. El barrachel Clavijo había muerto de
susto.
— Bien
hizo ese pícaro en morir por su cuenta — dijo el Corregidor, una vez pasada la
primera impresión—, porque “en la de no” lo mando colgar yo, por la mía. De
todas maneras habría tenido que comparecer ante el tribunal de Dios.
Y dando
las órdenes para que el muerto fuera llevado a su domicilio, ambos funcionarios
se retiraron a descansar.
Al día
siguiente, desde media tarde, la casa del barrachel fue el sitio de reunión de
buena parte de los santiaguinos “plebeyos”; era natural que el “velorio” de tan
caracterizado personaje fuera concurrido por sus numerosos amigos “máxime más”
cuando había muerto de tan extraña manera. Porque la verdad hay que decirla:
muy pocos fueron los que dieron crédito a la repentina muerte natural del
barrachel y tenían por cierto que había sucumbido a manos del Corregidor don
Gonzalo de los Ríos, cuya fama de hombre pacífico dejaba algo que desear.
Ocurría
entonces lo que ahora; los mismos que en vida del barrachel aseguraban que era
un pícaro de cuenta, juraban, ante su cadáver, que había sido un hombre
inmejorable. No hay muerto malo.
Las
hablillas llegaron a oídos del Corregidor y el mala lengua que llevó el chisme
a don Gonzalo, cuidó de agregar que los que corrían que él había dado muerte,
con su espada, al barrachel, eran, nada menos, que los Ximénez de Mendoza,
declarados enemigos del Corregidor. No se contuvo, don Gonzalo, al conocer este
detalle y desde su casa se dirigió al Cabildo para ponerse al habla con algunos
de los Regidores.
En la
esquina de la Plaza Mayor con la calle del Rey (Estado), encontróse con un
grupo de “mendocistas”, y dirigiéndose al más caracterizado de ellos, que era
don Luis de las Cuevas, díjole:
— Señor
don Luis, hanme dicho que los amigos de mi contrincante, don Andrés Ximénez de
Mendoza, aseguran que yo di muerte, anoche, al barrachel Clavijo, a quien Dios,
en su misericordia, haya perdonado de sus muchas picardías...
— Así
dicen por ahí, señor Corregidor — contestó don Luis de las Cuevas—, pero yo no
he sabido que sean los Mendozas quienes lo aseguren.
— Pues
digo a vuestra merced, señor de las Cuevas, que eso es falso; que el barrachel
murió del susto que le dio al haberlo yo sorprendido en flagrante delito; pero
también es cierto que si no se muere él, lo habría visto vuestra merced
colgado, hoy día, por pícaro, en la falda del “cerrillo”; y que si resucitara,
lo colgaría al día siguiente. ¡Quede vuestra merced con Dios!
Y así
diciendo, don Gonzalo separóse del corillo “mendocino” y salió a buscar a otros
para repetirle lo dicho.
Entre
tanto, el velorio de Manuel Clavijo continuaba en su casa con la devoción que
se acostumbraba en aquellos tiempos; el cadáver, envuelto y encapuchado en una
mortaja franciscana, de una de cuyas cofradías era miembro prominente el
extinto, yacía en el santo suelo de uno de los cuartos de su residencia que
había sido “descolgado y enlutado”; cuatro velas se consumían chorreantes a los
costados del cadáver, esparciendo sus amarillentas luces sobre los compungidos
rostros de los acompeñantes que murmuraban avemarías haciendo coro a una vieja
“rezadora”.
Un
prolongado gemido que se oía en un cuarto vecino, interrumpido, a ratos, por
gritos agudos, acusaba la presencia de las “llanteadoras” que ganaban su vida
llorando en los velorios al pie de la “cuja” de la viuda o de los “dolientes”;
era cosa convenida que la viuda, o el principal doliente, permaneciera en cama
durante el velorio y aun tres o cuatro días después de
encerrado el muerto; y sé de viudas que no abandonaron el lecho hasta su
muerte.
Sonaban
las últimas campanadas de las "oraciones” en el templo de San Francisco,
con el “doble” final que recordaba a los fieles el fallecimiento de un cofrade,
cuando uno de los acompañantes del velorio — que estaba devotamente arrodillado
a la cabecera del muerto—, lanzó un grito de espanto y quedó con ojos y boca
abiertos y los brazos alzados...
—
¡Clavijo está pestañeando”! — alcanzó a decir, pero en el mismo momento un
alarido general y un movimiento de huida povoroso reventó en el cuarto. El
amortajado se incorporaba lenta y trabajosamente hasta quedar sentado, al mismo
tiempo que echaba una mirada de indefinible sorpresa sobre el fúnebre
espectáculo que tenía delante de sí.
Lo
primero en que fijó su vista fue en un lego franciscano, su amigo, que temblaba
en un rincón y hacia él estiró una mano como para avanzar una pregunta; ver
esto el asustado “mocho” y lanzarse despavorido hacia la
puerta más cercana para ponerse en salvo, fue todo uno y tras él se lanzaron
también los demás dejando al “muerto” por su cuenta. Momentos más tarde, todo
Santiago sabía que el barrachel Manuel Clavijo había resucitado, lo cual era
tan cierto, que a los dos días el Corregidor don Gonzalo de los Ríos lo hacía
comparecer a su presencia y después de tomarle declaración, dictaba el
siguiente “auto”:
“Visto y
oído que el barrachel Manuel Clavijo ha confesado y pedido perdón de haber
estado en la borrachera que fue quebrada por mí en la posada y pulpería de
Marcos Fáfaro, judío converso y para que sea escarmiento de barracheles
desvergonzados, mando que por mano del verdugo le sean aplicados a Manuel
Clavijo cincuenta azotes, y paseado en una muía por las calles de la ciudad; y
fecho, se le manda a servir en la guerra por dos años con ración y sin
soldada”.
No
valieron ni las “suplicaciones” a la Audiencia ni los ruegos que muchas
personas y “perlados” hicieron en favor de Clavijo al Oidor-decano que
gobernaba el Reino, para que el Corregidor suavizara la sentencia; el infeliz
barrachel hubo de convencerse, al fin, de que, habiéndose hecho ya casi todos
los gastos de sus funerales, más le habría convenido no darse el lujo de
resucitar.
Dígame
ahora el lector amable si el título del libro de Jenaro Prieto no 'le viene
como anillo al dedo al “cuento” que acaba de leer y si el barrachel Manuel
Clavijo no fue “un muerto de pésimo criterio”.
§ 12. Los
brujos de Talagante
Era don
Hernando de Castroverde Valiente un bizarro capitán de Caballos Ligeros Lanzas,
que hizo honor a su apellido como jefe de la guarnición del fuerte de Tucapel,
allá por los años de 1609, cuando el toqui Huenecura había dado en la flor de
presentarse, cada luna nueva, ante las murallas de las fortificaciones
españolas a desafiar a su jefe a singular combate “mano a mano y cuerpo a
cuerpo” para dirimir, de una vez, entre ellos solos, la prolongada lucha entre
ambas razas. A pesar de que las órdenes de los Gobernadores del Reino fueron
terminantes para que se rechazaran estos desafíos que no podían conducir a
ninguna solución, el capitán don Hernando, cansado ya de oír los insultos y
bravatas del jefe araucano, resolvió, una noche, aceptar el desafío y al día
siguiente, con toda solemnidad, el. capitán y el toqui, caballeros en rápidos y
entrenados corceles, abalanzáronse el uno sobre el otro, rompieron sus lanzas
contra sus acorazados pechos y a impulsos del choque rodaron ambos por el
suelo.
Un poco
más rápido, el toqui Huenecura descargó su maza sobre el capitán
Castroverde;... pero al mismo tiempo la espada del castellano atravesaba de
parte a parte el ancho cuerpo del jefe araucano; ambos gladiadores se
desplomaron, nuevamente, y cada cual fue recogido por sus partidarios sin que
mediara entre los bandos la menor protesta. Había sido un combate leal.
El
capitán Castroverde Valiente fue sometido a juicio por el Gobernador don Alonso
García Ramón y en castigo de su falta se le quitó el mando del fuerte de
Tucapel con “relegación a Santiago”. Es necesario advertir que, por aquellos
años, la ciudad de Concepción pretendía ser la cabeza del Reino de Chile.
La hazaña
del capitán Castroverde, al dar la muerte al toqui araucano, le valió la
consideración y la simpatía de la gente más conspicua de la capital; a los
pocos días de llegar, el “relegado” era el favorito de todas las reuniones y
hasta mereció el insigne honor de ser abrazado, en público, por don Luis Merlo
de la Fuente, alto personaje que había sido designado por el Rey para el cargo
de Oidor-decano de la Real Audiencia, tribunal recién creado y cuya instalación
estaba preparándose.
Paseaban
una tarde el capitán Castroverde y algunos mozos de su edad luciendo su
personita, bajo los “portales” del Cabildo, cuando vieron venir desde la
Catedral, dos damas, una de las cuales traía de la mano a una niña de ocho a
nueve años; volviéronse los mozos para admirar, a su gusto, al atrayente grupo
que iba acercándose al paso menudito que la moda imponía entonces para que la
“saya” cimbrease sobre el bordado chapín, y se prepararon para rendirle, a la
pasada, el homenaje que merecía tanto donaire.
Aunque
una de las damas sobresalía en hermosura como una rosa en vida plena, los ojos
del capitán Castroverde quedaron fijos en la otra, que era un pimpollo de
dieciséis primaveras en flor. Al contestar el reverendo saludo de los
caballeros, ambas damas y aun la pequeñuela que las acompañaba, posaron una
rápida mirada sobre el vencedor del toqui araucano.
—
¿Queréis decirme, por Santiago Apóstol, quiénes son esas diosas del Olimpo que
han bajado a este mísero portal para perturbar la paz de sus tranquilos
transeúntes? — preguntó con acento jocodramático el capitán Castroverde a sus
amigos.
— La
mayor es doña Catalina Lisperguer, mujer de Gonzalo de los Ríos y la pequeña, a
quien lleva de la mano, es su hija, doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, mi
sobrina — contestó don Fadrique Lisperguer.
El
capitán Castroverde formuló una respetuosa inclinación ante las palabras de su
amigo e inmediatamente preguntó:
— Y la
otra dama que la acompaña ¿quién es?... Decídmelo, luego, por caridad...
— La otra
es mi señora hermana doña Beatriz de Ahumada y Hurtado de Mendoza — contestó,
un si es no es sonriente, el soldado distinguido don Valeriano de Ahumada—, y
si tanto interés manifestáis en conocerla, no tengo reparo alguno en que me
acompañéis a casa, donde os recibirá, muy complacida, la señora mi madre.
La
invitación no podía ser más halagüeña para el capitán, pues la verdad era que
la rápida mirada que le lanzara la hermosa criolla se le había metido
derechamente hasta el corazón, como puñalada de pícaro.
Todos los
circunstantes celebraron el entusiasmo fulminante que por Beatriz no disimulaba
el capitán Castroverde, menos uno de ellos, quien, al tiempo de despedirse,
después de concluido el “paseo de mediodía”, díjole, llamándolo aparte:
— ¿Cree
vuestra merced, señor capitán, en los “encantamientos”?
— A la
verdad, señor Diego Vásquez de Padilla, jamás me he preocupado de pensar en
duendes. ¿Por qué me lo pregunta vuestra merced? — preguntó a su vez, un tanto
sorprendido, el capitán Castroverde.
— Es una
pregunta sin importancia, mi querido capitán: hanme dicho que los indios tienen
yerbas que emplean' para hacer daños, o para enamorar, y como vuestra merced ha
permanecido algún tiempo cerca de ellos, en la guerra, figuróseme que vuestra
merced conocería sus manipulaciones...
Rió de
buena gana el capitán Castroverde, al oír las palabras de Padilla, y momentos
después los jóvenes se separaban alegre y bulliciosamente.
Cinco
meses habían pasado desde el encuentro del capitán Castroverde con Beatriz de
Ahumada y en este tiempo ambos jóvenes habíanse dedicado a “pelar la pava” con
el entusiasme correspondiente a los veinticinco años masculinos y a los
dieciséis femeninos. Aunque era mal visto que mozos y niñas anduviesen juntos
por las calles y aun que “alargasen” una conversación en voz baja, “en la
cuadra y delante de la gente”, don Hernando y Beatriz no se privaron de tal
satisfacción, porque tenían una protectora decidida en doña Catalina
Lisperguer, la mujer del Maestre de Campo y acaudalado encomendero Gonzalo de
los Ríos.
Por otra
parte, la madre de Beatriz, doña Jerónima Hurtado de Mendoza, viuda, achacosa y
de avanzada edad, “estaba más para la otra vida” que para preocuparse de lo que
hacía o dejaba de hacer su hija; si la señora sabía que el pretendiente de
Beatriz “asistía” a la cuadra de su casa “a las horas de recibir”, no
sospechaba siquiera que ambos tórtolos, rodeando calles, se juntaban “en las
casas de un manzanar que Gonzalo de los Ríos poseía detrás del Cerro Santa
Lucía y cuyas llaves había entregado, al galán, la complaciente doña Catalina.
Y pasó lo
que tenía que pasar y lo que ha pasado desde que hubo más de dos mujeres en el
mundo; que el galán se aburrió de las visitas continuas a la misma dama y las
fue distanciando hasta el extremo de que, un día, Beatriz se encontró con que
las puertas de las casas del manzanal, que antes la esperaban entornadas,
permanecieran “a machote”; ya cerca de las “oraciones” la desconsolada criolla
se resolvió a volverse a su casa seguida de su fiel negra Simona quien, para
consolarla, le dijo, al pasar por frente al convento de San Francisco:
— No
llore, mi amita, por ese ingrato que su negra le “trairá”, si su mercé quiere,
dos o tres caballeros mozos y galanes “pa que iscoja”.
— Es a
don Hernando al que yo quiero tener aquí... — musitó, con voz convulsionada, la
niña.
Calló un
momento la negra Simona y por fin habló:
— Si su
mercé “se anima”, se lo puedo traer a su lado como un perrito con pescuecera...
Detuvo su
marcha la atribulada muchacha, fijó una mirada interrogante sobre los ojos de
la negra y tomándola de un brazo, díjole, resueltamente:
— ¿Qué
tengo que hacer?...
Titubeó
la negra.
Hable, su
mercé, con amita Catalina... y no se lo cuente a nadie, por amor de Nuestra
Señora María Santísima...
Catalina
Lisperguer, la protectora de los amores clandestinos de Beatriz y de don
Hernando de Castroverde, a la cual iba a recurrir, ahora, la niña, para volver
al redil la oveja descarriada, era hija de la cacica de Talagante, la tierra de
los “mejores brujos” de la región del Mapocho.
Arrimadas
a una mesa redonda cubierta con un largo y negro “tapete de Castilla”, las
manos extendidas y apoyadas sobre el tablero, la mirada fija sobre un
braserillo colocado al centro, dentro del cual se quemaba un manojo de yerbas
secas que despedían humo blanco y diáfano, tres mujeres, tocadas con sendos
cucuruchos de cuyos bordes pendían velos rojos, pronunciaban, al unísono,
palabras incoherentes con la entonación de un rezo. La abstracción de las
mujeres era tan completa que parecían tres autómatas obedientes a un mecanismo.
Hermosa
de vida plena era una de ellas, Catalina Lisperguer; un pimpollo de dieciséis
años era la otra, Beatriz de Ahumada, y una negra horrible, la tercera.
Tres
velas de cera, un triángulo, alumbraban un crucifijo quiteño que, para
escarnio, presidía la sacrílega escena.
En un
momento dado, álzanse las mujeres de sus asientos, pausadamente, levantan las
manos extendidas, y en esa actitud dan una vuelta entera, con paso menudo y en
punta de pies alrededor del negro altar; llegadas, nuevamente, a su sitio,
Catalina Lisperguer extrae de su seno un pequeño envoltorio, mientras que
Beatriz se arrodilla ante ella; entre tanto, la negra Simona dibuja, a raíz del
suelo, las más extrañas piruetas. Del envoltorio surge la nerviosa y esbelta
cabeza de una culebrilla...; la joven arrodillada recibe en sus manos la
sabandija, y sin reparo ni repugnancia alguna la acerca a su pecho agitado y
turgente; se incorpora luego, y la deposita, clavados sus ojos en los del
bicho, dentro de un plato de greda, hondo, colocado junto al brasero cuya
humareda blanca y diáfana envuelve, como en un tul, a las circunstantes.
Inclínanse
las tres sobre la alimaña que lucha por ganar los altos bordes del plato y
reconcentrando energías en esfuerzo supremo, pronuncian, tres veces, ahogando
la voz:
¡Hernando...
Castroverde!... ¡aquí!... ¡aquí!... ¡aquí!...
Pasan
algunos segundos, después de pronunciadas, tercera vez, las tales palabras;...
óyese el rechinar de unos goznes y luego pasos que avanzan por el zaguán y
cruzan el patio...
Las
mujeres se incorporan y fijan la vista, ansiosas, sobre la puerta cerrada del
aposento: los pasos se oyen más cercanos y por fin, las hojas de la puerta se
abren...
La
esbelta figura del capitán don Hernando de Castroverde Valiente cruza el
umbral, avanza con paso inseguro, la faz pálida, sudorosa, las pupilas veladas,
hasta el centro de la habitación y desplómase sobre un almofrej, agotado por un
esfuerzo final.
Un grito
infantil, que se oyó de repente, mató la sonriente mueca de satisfacción que
había aparecido en los labios de Catalina Lisperguer y de la negra Simona, al
contemplar rendido al Capitán español, y ahogó también un lamento de angustia
que lanzara la enamorada Beatriz al ver desmayado a su amante; el grito que se
había oído era de la pequeña Catalina de los Ríos que, sin explicárselo nadie,
se encontraba, en ese momento, al lado de la puerta y miraba espantada, con sus
hermosísimos ojillos azules, desmesuradamente abiertos, la faz descompuesta y
exangüe del capitán Castroverde.
¿Cómo y
por qué se encontraba allí y a esa hora, la pequeña Catalina de los Ríos, a
quien su madre, Catalina Lisperguer, había dejado dormida en su inocente lecho
de niña, mucho antes de salir a “manitrar” al aposento que el lector ha
conocido?
¿Cómo y
por qué llegó a ese sitio, y en tal estado, el descarriado capitán Castroverde
Valiente?
Todo se
lo explicará al curioso lector el Oidor don Hernando Talaverano Gallegos,
magistrado a quien le tocó instruir el proceso a que dieron lugar los
“encantamientos y demás filtros que en compañía de una negra, su esclava,
componía las noches de los martes la dicha doña Catalina Lisperguer, tenida por
encantadora, como se experimentó por un duende que en su casa alborotó toda
esta tierra, con quien tenía pacto”.
A lo
menos, éstas son las palabras con que el venerable Obispo de Santiago don
Francisco de Salcedo apoyó una denuncia contra la famosa familia Lisperguer,
años más tarde, ante el Real Consejo de Indias.
Por
ahora, veamos qué consta de ese proceso.
Bordeaba
la media noche de un día martes cuando se despedían los últimos parroquianos
que, alrededor de una mesa alumbrada por un candil, habían estado “acortando la
noche” en la casa de trucos que a hurtadillas de la autoridad funcionaba,
después de la “queda”, en la trastienda de Francisco de Araya ubicada en la
calle del Contador (21 de Mayo), a unos cuantos pasos de la Plaza Mayor. Los
recalcitrantes eran cuatro, tres jóvenes y un vejete a quien sus compañeros
'llamaban familiarmente “don Perfecto” y cuyo nombre era don Juan Manuel de la
Rivera y Morales, el solterón más enamorado y más popular que tuvo Santiago en
esos veinte años y el que más calabazas y palizas cosechó “desde el palacio a
la choza”.
Algún día
tendré ocasión de contar algunas aventuras de “don Perfecto”.
Los otros
tres eran don Diego Vásquez de Padilla, don Bernardino de Avendaño Caravajal y
nuestro protagonista, el veleidoso galán de Beatriz de Ahumada, don Hernando
Castroverde. Los cuatro trasnochadores empinaron el último vaso; y acomodando
sus espadas sobre el tahalí fueron saliendo a la calle, negra como una caverna
a las doce de una noche sin luna.
— Cuidado
con extraviar la calle, “don Perfecto” — díjole Avendaño al darle las buenas
noches—, que a la edad de vuestra merced no se pueden cometer abusos como el de
dormir a la intemperie.
—
Descuide el señor capitán, que ya encontraré mi refugio — respondió el
aludido-, dando a sus palabras una entonación de picardía que causó la risa de
sus amigos.
— Y vos,
señor capitán Castroverde — agregó al despedirse don Diego Vásquez de Padilla—,
cuidad de dormiros pronto y descansar, qué ya van algunas noches que os
sorprende el alba en malas andanzas, descuidando la “afición” que habíais
demostrado por la bella doña Beatriz.
— No me
recordéis eso, señor Diego Vásquez — contestó Castroverde—, que me habéis
renovado los remordimientos que he sentido por no haberla querido ver hace ocho
días... Buenas noches — dijo envolviéndose en su capa y echando a andar con
dirección a la Plaza, pues el mozo tenía su domicilio cerca de la Iglesia de la
Compañía.
Las
palabras de Vásquez quedaron resonando en los oídos del capitán Castroverde y
su pensamiento quedó persistente, fijo en la bella joven a quien estaba echando
al olvido a causa de la disipación de su vida. Los remordimientos fueron
deprimiendo poco a poco su espíritu, a medida que consideraba la magnitud de la
falta cometida contra la inocente criatura que le había entregado su corazón y
su fe y llegó hasta el punto de figurarse condenado a las penas eternas, si una
muerte repentina lo llevase, en ese instante, a presencia del Supremo Juez.
Al pasar
frente al cementerio, situado como ya he dicho otras veces, al costado Poniente
de la Plaza donde hoy está la capilla del Sagrario, le asaltó un pavor
repentino; dominó, sin embargo, sus nervios y avanzó impertérrito hacia su
domicilio que estaba a la vuelta, por la calle de la Compañía, desechando el
impulso momentáneo que tuvo de echar a correr...
El
claveteado portón de su casa lo esperaba, como siempre, entornado y empujándolo
se abrió paso; penetró, quiso cerrarlo tras de sí... pero los goznes no
funcionaron; largó su hombro sobre el madero, con fuerza, pero tampoco cedió la
puerta. Una racha de viento heló el sudor que brotaba de su rostro; concentró,
empero, todas sus energías, salió nuevamente a la calle solitaria y negra y
echó mano a la empuñadura de su espada para castigar al burlador desconocido
que le sujetaba la puerta; más al tirar de la espada “percibió patentemente, a
pesar de la obscuridad, una mano aislada, pálida, descamada, que se posó sobre
la suya y le impidió desenvainar el arma; al mismo tiempo sintió que otra mano
le oprimía su espalda y lo empujaba hacia adelante”.
Sin
poderlo resistir, el capitán Castroverde caminó, como un autómata, calle de la
Compañía arriba, siguió por el costado Sur de la Plaza hasta la calle del Rey;
allí dobló hacia el Sur, anduvo todavía dos cuadras y se detuvo frente a otro
portón; afirmó la mano y la puerta se abrió lentamente, haciendo rechinar los
goznes con un ruido prolongado, agudo y triste. Había penetrado en la casa del
Maestre de Campo Gonzalo de los Ríos, situada “al lado, calle en medio, del
convento del señor San Agustín”.
Atravesó
el zaguán y al llegar al patio empedrado, lo cruzó rectamente y sin vacilación
hacia una puerta cerrada que dejaba ver, sin embargo, una línea de luz al
medio, por la cual alguien podía mirar, desde afuera, lo que se hacía en el
interior del aposento; al oír los pasos, una pequeñuela de nueve o diez años,
que atisbaba a través del resquicio, agazapóse para no ser vista. El capitán
Castroverde llegó ante la puerta, empujóla y penetró.
Había
entrado al aposento de las “brujas”, que ya conoció el lector.
Al caer
desplomado don Hernando de Castroverde, sobre el almofrej, su amante doña
Beatriz de Ahumada — que “manitraba con el diablo en compañía de la negra
Simona y de Catalina Lisperguer”— abalanzóse sobre el joven para prestarle
algún auxilio, dando expansión a sus sentimientos de amor hacia el ingrato que
de tan extraña manera volvía a sus brazos; la pequeña Catalina, en cambio,
clavó en los amantes una mirada indefinible y pasado un momento “arrojóse, la
pequeña, sobre un candelabro y lo disparara contra doña Beatriz si no se lo
atajara su madre”.
¿Qué pasó
por el alma precoz de la pequeña Quintrala, al ver a ese apuesto galán
desmayado en los brazos acariciantes de la joven y hermosa Beatriz de Ahumada?
¿Acaso se habría despertado ya, en su corazón de impúber, alguna de las
terribles pasiones que siete años más tarde habrían de conmover hondamente a la
sociedad de Mapocho?
Es
probable, amigo lector, que Catalina Lisperguer no se descuidara, desde
entonces y nunca más — al salir a “manitrar” los días martes— de tomar todas
las precauciones imaginables para que su pequeña hija no la sorprendiera otra
vez en sus manipulaciones talagantinas.
Pasados
algunos meses, don Hernando y Beatriz consagraron su unión al pie del altar de
Nuestra Señora de la Merced, recibiendo la bendición nupcial de manos del
Comendador fray Pedro Galaz, quien les leyó la consabida epístola de San Pablo
en presencia de lo más “copetudo” de Santiago.
Pocos
amores más vehementes y constantes que los del capitán Castroverde y Beatriz de
Ahumada; fueron los Romeo y Julieta de su tiempo y servían de ejemplo a todos
los donceles y doncellas que por esos años intentaban contraer el sagrado lazo.
Se ve claro que las brujerías y los filtros amorosos que preparaban las
herederas del cacique de Talagante eran de una eficacia positiva y definitiva.
Cuando se
realizó el matrimonio del capitán Castroverde y Beatriz, la Quintralilla no
quiso verlos, y aun se negó después a acompañar a su madre en las visitas que
constantemente hacía a doña Jerónima Hurtado de Mendoza, en cuya casa vivieron
los desposados. Más tarde, la Quintrala no pudo disimular ya su odio profundo
por los felices cónyuges y buscó la manera de que su madre y toda su familia
rompieran sus relaciones con los Mendoza. A pesar de sus cortos años, la
voluntariosa muchacha estaba empeñada en encender entre ambas familias una
guerra tenaz — cuyo término iba a ser una tragedia— y en esa tarea ponía sus
más vehementes facultades.
A medida
que pasaban los años, la pequeña Catalina de los Ríos iba desarrollando sus
condiciones físicas y naturales, en forma halagüeña para los suyos. A su
hermosa estampa de mujercita en cierne, unía una inteligencia precoz que
causaba la admiración de todos; a los trece años de edad, esto es, a los cuatro
de los sucesos que acabo de contar, la futura Quintrala “se manejaba sola en
las compras de tiendas” y aun consta que daba consejos e imponía su voluntad a
su padre, el por muchos motivos desgraciado, Gonzalo de los Ríos.
La
elección de Corregidor de la ciudad de Santiago, el año 1614, encendió las
pasiones políticas del vecindario, ni más ni menos como ocurre en los tiempos
de la República.
Un bando
enarboló el nombre de! abogado de la Real Audiencia don Andrés Ximénez de
Mendoza, y el otro bando, el de don Gonzalo de los Ríos; de parte de los
primeros estaban las familias de los Azócar, los Sánchez de la Barrera, los
Ahumada, los Xaraquemada, los Bricedo, los Arévalo, los Bravo de Saravia, los
Fuenzalida, los Guzmán; sus contrarios eran los poderosos Lisperguer, los Ríos,
los Campofrío, los Flores, 'los González Montero, los Caravajal, los Pastene,
los Ordóñez, los Solórzano, los Altamirano.
El
capitán Castroverde era de los Mendoza, a cuya familia pertenecía su mujer;
estaba, pues, frente a frente del bando a que pertenecía la Quintrala.
“Al salir
de la misa del Domingo 10 de agosto de 1614 don Andrés Ximénez de Mendoza,
desmontándose de su caballo en las gradas de la Catedral, arremetió espada en
mano contra don Pedro Lisperguer que salía del templo por la puerta del
costado, y ahí se acuchillaron un rato. .hasta que la gente de ambos bandos se
fue juntando y la batalla se hizo general en plena Plaza de Armas.
La gente
devota que salía del templo, al darse cuenta del sangriento suceso, huía
despavorida dando gritos de favor para sus deudos que estaban empeñados en el
combate. Una de estas parejas de combatientes era la de don Luis de Caravajal
con don Hernando de Castroverde; el primero, gran espadachín, logró hacer caer
a su adversario, llevándolo hasta un montón de piedras que por allí había; en
los momentos en que don Hernando se defendía malamente, apoyada una rodilla en
tierra, una voz de mujer núbil que sobresalía del bullicio, de las voces de
auxilio y de las maldiciones, gritaba a todo pulmón:
—
¡Mátalo, Caravajal! ¡Mátalo, Caravajal!
Volvió
los ojos, rápidamente, el comprometido don Hernando, para ver quién era el que
tan mal le quería, y vio a la joven Quintrala que en ese momento “se inclinaba
a coger una piedra y que al fin se la lanzó”, junto con una rabiosa mirada.
Despejado
ese campo de Agramante con la intervención de los Oidores y de 'los Alguaciles,
cada bando se preparó para seguir la lucha en los estrados de la Audiencia.
Al llegar
a su casa la terrible Quintralilla, encerróse en su aposento, y “no comió en
todo el día”; en la tarde, “tocadas las oraciones”, llamó a la negra Simona y
le dijo, clavando sus ojos en los muy espantados de la “china”:
-¿Quieres
ser libre o quieres que te mande azotar?...
La
esclava se echó a los pies de la muchacha y besó sus diminutos chapines.
—
Azótame, amita, pero no me eches...
—
Enséñame lo que hiciste para traer aquí a Castroverde aquella noche...
— ¡Amita
Catita! — exclamó espantada la negra—. ¿Pero “se animaría” su mercé?.
—
¡Enséñame!... — mandó la muchacha—. ¡Yo “me animo” a todo!...
Entre los
heridos que habían llegado de la frontera araucana, después del desastre que
sufrieron las armas españolas en los campos de Angol, a mediados del año 1616,
vino el sargento mayor don Hernando Castroverde, que había recibido una
profunda herida de lanza en la pierna derecha. A raíz del desastre, el herido
fue llevado a Concepción donde residían los mejores curanderos para esta clase
de males, pues aquella ciudad era algo así como el hospital de sangre de la
frontera; pero como el joven guerrero no experimentara mejoría, “antes bien
pareciera que la herida estuviera envenenada”, el Gobernador don Alonso de
Ribera dispuso que el enfermo fuera trasladado a Santiago al lado de su
familia, que lo reclamaba.
El estado
del herido era grave a tal punto de que el “maestro Farías”, que ejercía las
funciones de médico en el Hospital de San Juan de Dios, pronosticó a los deudos
que si el mal no decaía en tres días, no quedaba más que cortarle la pierna
“para librarle la vida, pues la gangrena subiría al cuello”.
Ante tal
diagnóstico, la hermosa Beatriz de Ahumada, su mujer, y don Valeriano, su
cuñado, “quedaron melancólicos”; Beatriz no podía conformarse con la idea de
que su marido, joven y arrogante, fuera a quedar cojo, si es que llegara a
salvar la vida.
— Habían
pasado dos días de los tres que el maestro Farías pusiera de plazo para
realizar la amputación y el herido no presentaba síntomas de mejoría, por lo
menos aparente; Beatriz estaba desesperada y no cesaba de llorar. Fuera de las
habilidades medicinales del galeno del hospital, no había en Santiago otras a
que recurrir, dicho sea sin desmedro de San Saturnino y otros santos milagrosos
a quienes ya se les había “hecho mandas” pero sin resultado.
Colgada
al cuello de su hermano gemía, “desesperada, la amante esposa, al lado del
aposento donde yacía el guerrero herido, cuando penetró en la habitación un
indio viejo, arrugado y cano y sin más preámbulo, dijo a los jóvenes:
— Me voy
“pa la Chimba” a buscar a la Jeroma...
Miráronse
un momento los hermanos, conteniendo la respiración y como en actitud de
consultarse mutuamente antes de contestar. La primera en bajar la vista fue
Beatriz; no pudo sostener la mirada severa e interrogante de su hermano.
— ¿Qué
has hecho, mujer infeliz? — dijo, por fin, don Valeriano.
—
¡Déjame, por los dolores de María Santísima! — gimió convulsionada la niña— ;
don Hernando se muere y yo tengo que salvarlo aunque pierda mi ánima; y si vos
no queréis acompañarme en este trance, idos, idos lejos, que yo quiero perderme
sola o morirme con él.
Don
Valeriano, pálido y sudoroso,, echóse sobre un sillón, apoyada su frente entre
ambas manos, mientras la joven, veladas sus pupilas por abundantes lágrimas que
no podía contener, a pesar de sus esfuerzos, ordenaba al indio que esperaba
junto a la puerta:
— Anda,
Juan Raspado, y cuida de que la Jeroma se venga contigo sin perder momento;
llévale el mejor caballo que encuentres en la pesebrera y ten cuidado a la
pasada del río, que ayer, la corriente casi se lleva al “huacho Manuel”.
Salió el
indio, con paso diligente, a cumplir el mandado y Beatriz fue a arrojarse a los
pies de su hermano, ocultando el rostro entre sus rodillas.
En un
“cuarto” estrecho, obscuro y mugriento que servía para amontonar los objetos
inservibles, ubicado en el rincón del tercero y último patio de la casa de los
Ahumada, la vieja Jeroma, sentada en el suelo delante de un brasero de piedra,
aplicaba de cuando en cuando un manojo de ramas sobre el espinazo de un lagarto
al que tenía sujeto, por las cuatro patas, con sendos cordeles estacados en
tierra. Frente a la vieja, también sentada a ras del suelo, se encontraba
Beatriz, fijas sus negrísimas pupilas sobre el animal, observando las horribles
muecas que hacía cada vez que la Jeroma acercaba las ramas a su cuerpo. De pie,
teniendo el aliento, el capitán don Valeriano contemplaba la escena con la faz
congestionada.
Cuando la
vieja tocaba el cuerpo de la sabandija con las ramas que tenía en la mano
izquierda, se persignaba rápidamente y cruzaba los brazos sobre el pecho en
forma de aspas, al mismo tiempo que decía:
San
Cipriano va p’arriba San Cipriano va p’abajo;
San
Cipriano va p’al cerro San Cipriano va p’al bajo...
Inmediatamente
contestaba Beatriz de Ahumada con lo siguiente, cruzando también los brazos:
San
Cipriano brujo, de Monte Mayor, guárdame mi casa y su alrededor: líbrame del
brujo y del malhechor.
A su vez,
terminaba la vieja Jeroma:
Dios
conmigo y yo con él Dios “ailante” y yo tras dél Salga el mal y qu’entre el
bien Como la Virgen en Belén...
Un nuevo
golpe con el manojo de ramas arrancaba un quejido al reptil, mientras su
horrible cuerpo se debatía por desprenderse de las ligaduras que hacían sangrar
sus extremidades. Con un esfuerzo final, la alimaña logró zafarse de una de las
amarras, dejando una pata sujeta al nudo...
La bruja
se abalanzó sobre el lagarto, para sujetarlo, pero éste la alcanzó un mordisco
en la mano, por la cual corrió un hilo de sangre morada, retinta. Lanzó una
brutalidad, la vieja, al verse herida y vociferó:
— ¡Hay
“contra”!... ¡hay “contra”, mi amita, pero ya sé dónde está!...
Esa misma
noche, cerca de las once, salían cuatro personas de la casa de los Ahumada
situada en el solar que hoy corresponde a la esquina de las calles Santo
Domingo y Bandera, lado Sur Oriente; eran dos hombres y dos mujeres: doña
Beatriz, Jeroma, don Valeriano y un negro. Llegado el grupo a la esquina de la
Plaza Mayor, atravesó rectamente con dirección a la calle del Rey, y siguió,
por la acera Oriente de esta calle, hasta la casa del general don Gonzalo de
los Ríos, cuya puerta empujó y abrió, sin vacilación alguna, la persona que iba
encabezando el grupo, que era Beatriz.
Por
aquellos años los portones de “las casas grandes” no se atrancaban; no había
ladrón que se atreviera a penetrar con malos designios a estas mansiones de los
magnates; no se extrañe, pues, el lector, de que el grupo que le he presentado
encontrara paso franco para penetrar a tales horas en casa de la Quintrala.
Reunidas
en el zaguán, las cuatro personas dirigiéronse directamente hacia el “pasadizo”
que comunicaba el primero y el segundo patios y se detuvieron al llegar a este
corredor, mientras Beatriz observaba, a través de la cerradura, hacia el
interior de una habitación; había luz en ella, pero nada se veía, al parecer,
pues la joven quitó luego el ojo y aplicó el oído.
— Están
ahí — dijo a sus compañeros en voz muy baja—, pero la puerta está atrancada —
agregó después de haberla tanteado discretamente.
—
Entonces entraremos por la ventana — contestó don Valeriano.
Efectivamente,
fuéronse a la ventana, por cuyos resquicios se divisaba la luz de adentro y
acomodándose los cuatro afirmaron sus hombros sobre el débil tablero, que se
tronchó al primer envión: Beatriz de Ahumada fue la primera que saltó hacia el
interior del aposento, seguida inmediatamente por sus demás compañeros,
Sólo dos
mujeres había en la habitación, sentadas a ras del suelo, una frente de la
otra; entre ambas yacía un extraño envoltorio alumbrado por dos velas de sebo
colocadas en sendos candeleras de greda. Al verse sorprendidas, una de ellas,
que era muchacha catorcena, se incorporó, rápidamente, en actitud de defensa;
pero Beatriz de Ahumada le echó las manos al cuello y la arrojó sobre un sillón
de paja, obligándola a mantenerse quieta; la Quintralilla, pues era ella, como
lo habrá adivinado el lector, echó una mirada furibunda sobre Beatriz de
Ahumada; pero no estaba en condiciones de resistir. Beatriz hizo una señal al
negro, y le dijo, indicándole a la Quintrala:
— Si se
mueve, ¡la estrangulas!
La otra
mujer era la negra Simona y como más vieja y abultada, no alcanzó a
incorporarse, quedando “junto al bulto que estaban velando”. Lo sorpresivo de
la aparición de los asaltantes y la penumbra de la habitación, perturbaron a la
negra en los primeros momentos y sólo se vino a dar cuenta de sí misma cuando
vio a su lado a don Valeriano y a la Jeroma, la cual, fijándole sus ojillos
penetrantes y pronunciando “ciertas palabras redobladas” se sentó a su frente,
instalándose en el lugar que momentos antes ocupaba la Quintrala al lado del
envoltorio.
La Simona
trataba de esquivar la mirada tenaz de la Jeroma, pero sus esfuerzos parecían
inútiles; la Jeroma teníala completamente dominada; la lucha entre las dos
brujas continuó en esta forma, todavía algunos segundos, hasta que por fin la
negra, jadeante el pecho, los ojos ensangrentados y salidos y “sudando arroyos
de agua” comenzó a echar espumarajos por la boca, Te temblaron las manos y todo
el cuerpo y cayó para atrás dándose con la cabeza en un poyo, donde quedó”.
Sin dejar
de pronunciar las palabras “redobladas”, Jeroma procedió, con sumo cuidado, a
destapar el envoltorio, cortando las amarras de hilo negro con que estaba
embarrilado; en pocos instantes quedó a la vista un muñeco de trapos,
embadurnado con indefinibles mixturas y todo envuelto en una sola hoja de
“nalca” de excepcional tamaño. La pierna derecha de este muñeco, en toda su
extensión, estaba claveteada por innumerables espinas...
La
Jeroma, lanzando de vez en cuando extraños gritos, puso el mayor empeño en
extraer, una por una, todas las espinas que el muñeco tenía incrustadas en la
pierna y al terminar lanzó una exclamación. Luego, tomando espinas, muñeco,
cordeles y trapos, lo echó todo a un brasero que ardía junto a un rincón,
repitiendo aceleradamente: “Creo en Dios, menos en vos”, “creo en Dios, menos
en vos”.
Todos los
circunstantes, incluso la Quintrala, que permanecía sin moverse en el sillón al
ojo del negro, miraban la ceremonia de la Jeroma con ansiosa expectativa,
siguiendo, meticulosamente, los menores detalles.
— Recen
“un Creo...” — mandó la Jeroma.
Todos
rezaron.
— Recen
otro...
Lo
rezaron nuevamente, con la mayor reverencia.
— Vámonos
agora — mandó por fin la vieja, encaminándose a la puerta.
-¿Y qué
hacemos con éstas...? — preguntó don Valeriano, indicando a la Quintrala y a la
negra, que continuaba “como muerta” tendida en el suelo.
— Su
mercé sabrá lo que hace con la guainita, mi amito — contestó la Jeroma; ella es
“señorita” y tiene un duende que la cuida mucho. Pero a esta otra perra, que es
“china”, la agarro yoy sacando de su corpiño una nuez, la abrió y vació su
contenido sobre el cuerpo de la Simona.
Abrió los
ojos, poco a poco, la desmayada, y retorciéndose y revolcándose por el suelo
empezó a decir, con voz ronca, gutural y entrecortada:
— “Me voy
al infierno. voy a cenar con el diablo en el infierno porque no creo en Dios
sino en el diablo; yo no ando sino con el diablo... con el diablo voy, y que me
lleve el diablo... y reniego de Dios y del obispo... — y repitió muchas otras
blasfemias, de que resultaba que la negra tenía pacto con el diablo, y así
murió esa misma noche y debió ser la hora en que se sintió en la casa un gran
estrépito que hizo levantarse a los criados y al general don Gonzalo, que
encontraron mucho olor a azufre”.
A la
mañana siguiente, a las primeras horas, llegó el “maestro Farías” a casa de los
Ahumada provisto de los utensilios necesarios para proceder a cortarle la
pierna derecha al caballero de Castroverde; habían pasado los tres días, y la
mejoría no se había presentado para impedir que la “gangrena subiera al
cuello”.
Grande
fue la sorpresa del “zurujano” cuando le dijeron que el enfermo movía sin dolor
alguno la pierna y que había manifestado el deseo de levantarse. Cuando Farías
examinó la herida y vio que, efectivamente, tenía todo el aspecto de mejoría
rápida, y por lo tanto, no cabía lo de amputarla, diz que dijo, muy
frescamente:
— Le puse
ayer, a don Hernando, una medicina que inventé, de yerbas de la Dehesa, y vean
vuestras mercedes cómo ha sanado tan luego este enfermo. Esas yerbas sanan como
con la mano... con el favor de Dios.
— En
verdad, maese Farías — contestóle socarronamente don Valeriano de Ahumada—, que
las yerbas de vuesa merced son magníficas y son ellas las que han sanado a mi
cuñado. Ya pagaremos con creces los diez reales que ha ganado vuesa merced por
las diez curaciones que le ha hecho.
Los
médicos de entonces ganaban poco.
Seis
meses después, don Hernando, completamente mejorado, partía a Lima acompañado
ele su abnegada mujer y con la intención de no volver más a Santiago; parece
que ambos deseaban perder de vista a la Quintrala, que ese año cumplía sus
catorce abriles.
§ 13. La
conquista de una palma en Domingo de Ramos
Promediaba
la Semana de Dolores del año 1618 y las niñas santiaguinas preparaban,
afanosas, las “palmas” que el Domingo de Ramos habíanse de ostentar en la misa
mayor de la Catedral para acompañar la procesión que encabezaba el Obispo con
su Cabildo y clero en recordación de la triunfal entrada de Jesús en Jerusalén.
Una de esas niñas, la más coqueta y tal vez la más bonita de la calle del Rey,
encontrábase preocupadísima en medio de sus afanes; y no era para menos, pues
habiéndose comprometido a tejer, con sus manos primorosas, una palma de lujo,
para que la luciera el Mayordomo de la Cofradía de la Vera Cruz, don Gaspar
Calderón, que andaba bebiendo los vientos por sus encantos, La picaruela no
había podido negar el mismo favor a otros dos de sus pretendientes más asiduos,
que lo eran el Licenciado don Juan de Caxal, y el Regidor don Diego de la Xara
Quemada.
Y no era
del caso tejer tres palmas, una para cada galán, a fin de dejarlos satisfechos
por parejo. Se trataba, aquí, de un caso excepcionalmente delicado y de
trascendencia, pues los tres pretendientes atribuían a esta palma de la
procesión de Ramos nada menos que el significado de la aceptación, por parte de
la dama, de un serio compromiso matrimonial. Lucir esa palma, era llevarse la
niña...
Magdalena
del Campo se llamaba la coquetuela que así traía al retortero a esos tres
sujetos prestigiosísimos y empingorotados de la capital del Reino, como que
representaban, Caxal a la Audiencia, Xara Quemada al Cabildo y Calderón a la
aristocracia criolla, pues sabido es que para ser “alumbrante”, y nada más, de
la Cofradía de la Vera Cruz, se necesitaba acreditar “hidalguía y limpieza”. La
"revoltosa” era hija del opulento Alguacil Mayor don Alonso del Campo
Lantadilla y había resumido en sí toda la vivacidad, picardía y vehemencia de
su madre, la hermosísima limeña doña Mariana de Robles, famosa en su tiempo por
sus alegres y accidentados amores que revolucionaron a los santiaguinos. Los
peruanos y las limeñas han sido siempre nuestra perdición.
La verdad
era que Magdalena no estaba decidida por ninguno de los tres galanes que la
asediaban más de cerca; sus ojazos negros se deslizaban tras de la gentil
silueta del capitán de Artillería don Francisco Ramírez de Caravajal, quien,
después de dar a la niña dos o tres pases amorosos se tornó retrechero y para
darle celos e inquietudes se dedicó a pelar la pava con otras hermosas.
No quiere
decir esto que Magdalena perdiera el sueño por esta actitud del capitán;
bastantes galanes tenía ella para regodearse y para que la impidieran recurrir
al “monjío”, fin natural y único de las solteronas de aquella época; sin
embargo, los sabios e insistentes consejos de su padre don Alonso y de su
madrastra doña Mariana Navarro, la tenían convencida de que había llegado ya la
hora de dejarse de tonterías y de elegir la peluda mano que la llevara al trono
de Himeneo.
La palma
“de ostenta” que le habían pedido sus galanes para lucirla en la procesión del
Domingo de Ramos, dióle a Magdalena la feliz idea de dejar a la suerte la
designación de su futuro marido... En vez de tejer tres palmas, una para cada
cual, resolvió tejer una sola y dejar su conquista y posesión al más decidido,
al más fuerte, al más audaz. Una vez que la tuvo terminada llamó a la negra
“recadera” y la envió a casa de sus tres galanes con el siguiente mensaje,
igual para los tres: “Manda decir mi amita y señora doña Magdelenita, que la
palma de ostenta que le mandó tejer para la procesión de los Ramos se la
entregó ya al sacristán de la Catedral para que la pusiera encima del altar,
que tiene tres cruces, para más señas, y que la puede tomar, con confianza,
cuando el señor Obispo haya bendecido las palmas”.
Los tres
galanes, cada cual a su turno, recibieron el recado con el regocijo que es de
suponer y los tres obsequiaron a la negra recadera con sendos patacones por vía
de albricias. Sólo uno de ellos tuvo una duda y éste fue el Licenciado Caxal,
que para algo era leguleyo y por ende desconfiado. Salir la criada y
ocurrírsele pasar a la sacristía de la Catedral para interrogar a Domingo
Cornejo, que era el rapavelas jefe, fue cosa de un momento.
— Oye,
Cornejito — preguntó Caxal—, ¿sabes tú si han mandado, para la procesión de
mañana, una palma de ostenta para mí, de casa del señor Alguacil Mayor?
— Han
mandado una preciosa, ilustre señor mi amo, pero no han dicho que fuera para su
señoría a quien Dios guarde, “Magdalena quiere guardar el secreto”, pensó el
Licenciado, acariciando la borla de su birrete.
— ¿Tiene
tres cruces?...
— Tres
cruces que son tres primores; la palma es casi más bonita que ‘la del señor
Obispo, enviada por las agustinas.
— Anda,
Cornejito, déjamela ver — insinuó Caxal, deslizando al monago una moneda de dos
reales, ante la cual Cornejito dio un brinco hacia el presbiterio, donde ya
estaban colocadas las treinta o cuarenta palmas destinadas al Gobernador, a la
Audiencia, al Cabildo y a los altos funcionarios militares, civiles y
eclesiásticos.
— Aquí la
tiene su señoría — moduló Cornejito, mostrándole una palma hábilmente tejida y
con las tres cruces consabidas.
Al
Licenciado se le hizo agua la boca con sólo pensar que las menos que habían
tejido tal primor iban a acariciarle el copete en tiempo no lejano.
— Has de
saber, Cornejito, que esta palma es para mí — dijo, hinchando el pecho, el
señor Licenciado—, de manera que seré servido si en el momento oportuno me la
traes a mi asiento de la Audiencia... ¿Convenido?
— Quede
tranquila su señoría — respondió el sacristán, que veía en lontananza otros dos
reales— ; yo haré llegar la palma a su poder por encima de las musetas de todos
los canónigos.
A las
once de la mañana del siguiente día, Domingo de Ramos, la Iglesia Catedral
rebosaba de fieles de todas condiciones, pero debidamente separada la plebe de
la nobleza; los primeros llevaban en sus manos los modestos ramos de arrayán,
de mirto y de canelo que les eran familiares y estaban a su alcance; la nobleza
llevaba hojas y ramas de palmas, reservadas tradicionalmente para ella y para
esta festividad religiosa, pues había orden estricta de no cortarlas durante el
año.
El
Gobernador don Alonso de Ribera en su sitial, rodeado de sus edecanes; la Real
Audiencia en el suyo, dando cabida a sus cuatro Oidores que lo eran don Pedro
Álvarez de Solórzano, don Hernando Talaverano Gallegos, don Gabriel de Celada y
nuestro conocido don Juan de Caxal, más el Fiscal don Francisco de Pastene; a
su lado, el Alguacil Mayor y Alcalde de Corte don Alonso del Campo Lantadilla.
Más atrás, las “bancas” del Cabildo con sus alcaldes el doctor Molina y don
Martín de Zamora y sus nueve Regidores, entre los cuales formaba, entre los
primeros, el pretendiente de Magdalena del Campo don Diego de la Xara Quemada.
A continuación tenían colocación los mayordomos de las cofradías de la Vera
Cruz, de los Nazarenos y de Copacabana, las únicas que por esa fecha existían
debidamente organizadas y que lo eran, el tercer pretendiente de nuestra
hermosa criolla, don Gaspar Calderón, el capitán don Lázaro de Ahumada, padre
del que dio su nombre a la calle que aún lo conserva y el capitán don Bartolomé
Jorquera, respectivamente. Seguían los caballeros “de hábito”, que en ese año
eran siete y detrás de ellos los “de la nobleza” entre los que estaban todos
aquellos que se creían tales...
Hizo su
entrada solemne y majestuosa el Obispo, el celebérrimo y cascarrabias don Fray
Pérez de Espinoza, ocupó su trono y empezó la ceremonia en medio de la devota
expectación de la abigarrada concurrencia. Llegado el momento alzóse el prelado
y dirigióse al altar donde estaban colocadas las palmas destinadas a la gente
de pro; entonó un salmo coreado por el chantre Ocheandiano, los canónigos y los
“meninos” y levantando las manos las bendijo...
Dos
caballeros de la comitiva oficial subieron rápidamente al presbiterio y
dirigiéronse al altar de las palmas: eran don Gaspar Calderón y el Regidor Xara
Quemada, pero antes de que el primero de ellos llegara a la meta, encontróse
con Cornejito, el sacristán, que llevaba triunfalmente la palma de Magdalena
del Campo para entregársela al Oidor del Caxal.
Calderón
miró el objeto, vio en él las tres cruces de “la seña” y se fue detrás del
monaguillo que ya había pasado por su lado; pero en ese instante vio que el
Regidor Xara había detenido a Cornejito, alegándole la propiedad de la famosa
palma. Apuró el paso Calderón para reclamar a su vez, lo que creía suyo; pero
en ese instante el Regidor de la Xara arrebató al sacristán, manu
militari, la discutida palma de ostenta y sin más preámbulo encaminóse
a su sitio llevándose el discutido trofeo.
Pero al
bajar las escalas del presbiterio, donde tenía su sitial la Real Audiencia, se
encontró con la primera trinchera: el Oidor Caxal, que había seguido
angustiosamente los incidentes del presbiterio. Su señoría, vivamente agitada y
echando a la espalda la reverencia que debía al templo y la compostura a que lo
obligaba su alto cargo, echó pie atrás y de un soberbio empujón hizo caer
sentado sobre las gradas a su animoso rival; y como aún con esto no soltara su
trofeo el Regidor, su Señoría se lo arrebató violentamente de las manos...
Quiso
repeler el ataque don Diego de la Xara, pero ya era tarde: “el Alguacil Mayor
Lantadilla y otros tres sujetos respetables se interpusieron entre ambos a fin
de que evitaran un tan grave escándalo en el templo y que ya había llamado la
atención de Su Ilustrísima Pérez Espinoza, prevenido como estaba contra los
Oidores de la Audiencia”.
Restablecida
la paz, el Oidor don Juan del Caxal acompañó en seguida, orgullosamente, la
procesión de los Ramos ostentando la hermosa palma de las tres cruces tejida
por la hermosa Magdalena del Campo, a quien, tres meses más tarde, llevaba al
altar.
Así fue
como eligió marido, en una procesión de Domingo de Ramos, la hija del Alguacil
Mayor y Alcalde de Corte don Alonso del Campo Lantadilla, la más coqueta y tal
vez la más bonita de las muchachas de la calle del Rey.
§ 14. El
aguinaldo de claveles rojos
En la
comitiva del muy ilustre señor don Pedro Osores de Ulloa y Lemos, Señor de la
Villa de Cardoso, Comendador de la Real y Distinguida Orden de Alcántara,
Caballero Cruzado de Santiago y de Calatrava, Gobernador y Capitán General del
Reino de Chile y Presidente de su Real Audiencia, se destacaba por su arrogante
apostura, por sus modales elegantes y por el lujo de sus trajes el capitán de
caballos don Juan Osores de Ulloa Lemos y Carvallo, hijo del Gobernador, mozo
de veinticinco años, fogueado en la última guerra de Flandes y en la
pacificación del Perú.
Cuéntase
que cuando el nuevo Gobernador hizo su entrada en Santiago a fines del año
1621, precedido por la brillante procesión con que se acostumbraba recibir a
los Gobernadores, todas las miradas, especialmente las femeninas, se fueron
tras el apuesto capitán que marchaba al frente de la escolta de su padre
haciendo caracolear un brioso caballo ricamente enjaezado que había sido puesto
a su disposición, como era la costumbre, por uno de los ricachones
santiaguinos, que en este caso fue el general don Fernando de Irarrázabal y
Andía.
No tardó,
el capitán don Juan Osores, en ser el joven mimado de los “estrados”,
especialmente de aquellos en que florecían los más hermosos capullos femeninos;
el mozo era gentil, dicharachero, galante y rico; todo esto unido a su
condición de hijo del Gobernador le daba un ascendiente incontrarrestable sobre
los pretendientes que revoloteaban alrededor de las bellas criollas.
Uno de
los hogares que brindó al capitán Osores su más obsequiosa amistad fue el muy
distinguido de don Gonzalo de los Ríos; había una razón: de ese hogar opulento
era la reina una de las muchachas más hermosas de su tiempo y el apuesto
capitán había conquistado su corazón el primer día en que ella lo vio, desde
sus balcones, desfilar en el esplendoroso cortejo del Gobernador recién
llegado. La hermosa niña era Catalina de los Ríos, la Quintrala, de futura
execrable memoria, que por entonces empezaba sus dieciocho floridos abriles.
Ambos
jóvenes iniciaron un idilio apasionado y ardiente y poco a poco los salones de
la casa de don Gonzalo fueron estrechos para las efusiones de su amor; no les
bastó la libertad en que los dejaba el anciano dueño de casa, ni las
complacencias de la criada que cuidaba de cerca a la joven, huérfana de madre.
Se les veía continuamente en largos paseos por la Cañada, por los alrededores
del Santa Lucía y por otros sitios igualmente deshabitados. La murmuración
tendió sus garras y los hirió sin piedad, cuando alguien dijo haber visto al
capitán Osores saltar, una noche, las tapias de la casa solariega del ex
Corregidor don Gonzalo de los Ríos.
La guerra
de Arauco, encendida de nuevo por el empuje de Ainavillu que había empezado por
destruir el fuerte de San Felipe de Austria, uno de los más importantes de la
frontera, reclamó de los santiaguinos todo el esfuerzo que fuera necesario para
dominar la insurrección. El Gobernador, a pesar de sus años, fue uno de los
primeros en acudir al sitio del peligro y junto con él partió su hijo don Juan,
a la cabeza de un tercio de joven y brava gente criolla y española.
Cuando el
tercio salió de Santiago, Catalina no se recató en acompañar a su amante hasta
las orillas del Maipo, cabalgando a su lado y al frente de toda la compañía.
Los guerreros pasaron el río y a la orilla opuesta esperaron a su capitán que
permanecía aún en amorosa plática con su amada. Lista ya la tropa para
continuar la marcha, Osores y la Quintrala se echaron los brazos y así
estuvieron durante un minuto mientras los soldados, desde la orilla opuesta,
aclamaban bulliciosamente a la enamorada pareja, tirando al aire sus emplumados
chambergos.
La
sociedad santiaguina no toleró el desacato a la virtud colectiva y reclamó
enérgicamente contra el ex Corregidor y su hija ante el Obispo; a consecuencia
de este formal reclamo, don Gonzalo tuvo que obligar a Catalina a que se
recluyera por tres meses en el convento de las agustinas para que practicara
varias corridas de ejercicios espirituales.
Cuando
Catalina salió del convento supo que el Gobernador había dispuesto el
matrimonio de su hijo, el capitán don Juan de Osores, que aún se encontraba en
la guerra, con la bellísima doña Juana María de la Cerda, hija del Oidor don
Cristóbal de la Cerda y Sotomayor, para lo cual ya se había solicitado, por
intermedio del Virrey Príncipe de Esquiladle, el consiguiente permiso del
Soberano.
Pero la
Quintrala no era mujer que se dejase birlar el novio, así, tan fácilmente.
Empezaba
el mes de diciembre cuando se supo en Santiago la llegada del capitán Osores,
que después de brillantes triunfos en la frontera había obtenido licencia de su
padre, el Gobernador, para venir a la capital a pasar a su lado las fiestas de
Pascua. Varios días habían transcurrido y aún la enamorada Catalina de los Ríos
no recibía la visita del hombre a quien había entregado su corazón.
Un
mensaje, repetido varias veces por medio de una esclava confidente, logró, por
fin, que el capitán Osores se resolviera a acudir, una noche, a casa del
Corregidor don Gonzalo, en cuya “puerta chica” 4o aguardaba la criada para
introducirlo en el cuarto donde Catalina lo esperaba de pie, en medio de la
sala, lujosa y provocativamente ataviada. El capitán avanzó, nerviosamente,
hacia ella, pero la niña lo contuvo con un ademán.
— ¿Vienes
a confirmarme tu promesa? — fue 'la primera palabra de la dama.
—
¡Catalina, amor mío!... — musitó el galán, extendiendo sus brazos hacia la
muchacha.
— ¡No te
acerques! — insistió la niña— ; contéstame, primero: ¿vienes a cumplir tu
palabra?
— ¡A eso
he venido! — afirmó el capitán después de un respiro de duda.
La
Quintrala encaminóse decididamente hacia una puerta lateral, abrióla y dijo:
— Pase
Vuestra Reverencia, padre Manuel.
Un fraile
agustino, encapuchado, avanzó al centro de la sala, formulando una respetuosa
inclinación.
—
Proceda, Vuestra Paternidad, a celebrar mi matrimonio con el señor capitán don
Juan Osores de Ulloa y Carvallo, por mutuo consentimiento.
El galán,
pálido hasta la transparencia, no acertaba a decir palabra: todos sus bríos de
capitán de guerra se habían esfumado ante la audacia y resolución de esa
muchacha que no tenía aún veinte años; la verdad era que él había contestado
afirmativamente la proposición de Catalina, solamente para salir del paso...
Metióse
el fraile las manos en las mangas del hábito; midió, con una mirada, la
comprometida situación del galán, pesó la responsabilidad que iba a recaer
sobre su investidura sacerdotal con la celebración de este matrimonio
clandestino y preguntó, pausadamente: '
— ¿Tiene,
la novia el consentimiento paterno?
Un rayo
de ira apareció en los ojos azules de la Quintrala; alzó los brazos con las
manos empuñadas y en esa actitud avanzó dos pasos hada el fraile, que continuó
mirándola, tranquilamente.
—
¡Fraile! — gritó la enfurecida mujer— ; ¡cumple lo que me has prometido!
Por toda
respuesta, el agustino arrojó al suelo una bolsa con monedas, formuló una
inclinación de cabeza y salió.
Doña
Juana María de la Cerda, la bella novia del capitán don Juan Osores, completaba
su educación en el monasterio de las monjas agustinas, único establecimiento de
instrucción femenina para la gente acaudalada, que por aquel entonces había en
Santiago. “Los potentados habían introducido la costumbre de que sus hijas que
entraban en los claustros con el fin de recibir educación saliesen de ellos a
sus casas para volver a entrar cuando quisiesen. Este abuso, perjudicial a la
quietud de los monasterios, subió hasta el extremo de que algunas educandas
salían y entraban diariamente y a la hora que querían”.
La novia
del capitán Osores seguía esta costumbre y el galán se aprovechaba de estas
salidas para acompañarla desde el convento a su casa y viceversa y soltarle,
con más libertad, las mieles que se dicen los enamorados. Por lo demás, era ya
público que ambos esperaban solamente que llegara el permiso del Rey para
amarrarse con el sagrado lazo.
Había
empezado la fiesta de “los nueve días de aguinaldos”, o sea, lo que ahora
llamamos “la novena del Niño”, fiesta que se celebraba casi en todas las casas
bulliciosamente, con músicas, iluminaciones y fuegos artificiales, aparte de
las solemnidades que se llevaban a cabo dentro de las iglesias. Las monjas
agustinas eran las que tenían el mejor “nacimiento” de Santiago y allí se daba
cita la aristocracia.
“En los
nueve días que se llaman de aguinaldos se reunían las
educandas en el coro de su monasterio a la hora de las vísperas y vestidas
exquisitamente cantaban y danzaban delante de la multitud que
concurría a la reja del coro para recrearse con un espectáculo que no podía ser
desagradable. Muy fácilmente — dice con severidad el historiador Presbítero
Eyzaguirre— pueden echarse de ver los abusos que acarreaban semejantes
costumbres en una concurrencia de hombres y mujeres reunidos y apretados”.
La última
noche de aguinaldos, la Noche Buena, tenía excepcional solemnidad, como que era
la despedida del Niño-Dios y nadie dejaba de asistir a la fiesta de las
agustinas. El capitán Osores no podía ser excepción — sabiendo que su novia iba
a cantar y a danzar, lujosamente ataviada, en el coro de la comunidad— y se
había instalado desde temprano en el pórtico del templo para lograr un buen
sitio, pues poco a poco la concurrencia abigarrada iba invadiendo el templo,
hasta repletarlo.
Empezaron
las músicas, los cantos, las chirimías, envueltos en la algarabía entusiasmada
de la concurrencia; a poco fueron apareciendo las elegantes siluetas de las
muchachas que se dibujaban esplendorosas en el fondo iluminado del coro. La
bella novia de Osores surgió también radiante de juventud, envuelta en diáfanos
tules que hacían resaltar su hermosura; al aparecer en el estrado, seguida de
una cohorte de amigas, tan jóvenes y tan bellas como ella, parecía una reina de
hadas; Osores, situado junto a la reja, la envolvía en una intensa mirada de
amor.
La
entrada de otro grupo de muchachas hizo dar un vuelco al corazón del enamorado
y veleidoso capitán; al frente del grupo que llegaba vio a la hermosa
Quintrala, cuya negrísima cabellera hacía contraste con la intensa palidez de
su rostro blanco mate.
La
Quintrala hizo una reverencia profunda a sus compañeras reunidas y avanzó,
erguida e impertérrita, hacia el sitio donde estaba sentada su rival; llegó
hasta ella y formulando otra elegante inclinación, le entregó un hermoso ramo
de claveles rojos que llevaba en sus manos, diciéndole:
— Mi
aguinaldo de Pascua, para la hermosa novia del capitón Osores de Ulloa.
Al
recibir el obsequio, Juana María echó sus brazos a su amiga y ambas se dieron
un beso. Retiróse la Quintrala y Juana María se llevó a los
labios el ramo de flores aspirando varias veces su perfume, intensamente...
Continuó
la fiesta, cantaban los niños, entonaban las monjas sus coros de ritual,
monótonos y largueros, reían y gritaban los grandes, con poquísimo respeto al
templo y por fin se prepararon las muchachas para la danza en honor del Niño
Jesús. Se levantaron todas de sus asientos para tomar su lugar. Una sola no
pudo hacerlo; Juana María de la Cerda, sin que nadie lo notara, había entregado
su inocente alma a Dios y permanecía sentada en su silla de reina con los ojos
fijos en el “nacimiento”, el ramo de claveles rojos en sus manos y dibujada en
sus labios y en su rostro una insistente sonrisa.
Esa misma
noche partió la Quintrala a su hacienda de La Ligua.
El
capitán don Juan Osores de Ulloa Lemos y Carvallo, después de cubrir de flores
la tumba de su novia fue a golpear la portería del convento de San Francisco,
“donde pidió y obtuvo el hábito de lego y se dedicó a los menesteres más viles
a los ojos del mundo que acababa de despreciar”.
“Cargando
un saco limosnero, recorría fray Juan de San Buenaventura las calles donde poco
antes era visto vestido de ricas galas y tratado con las distinciones a que le
hacían acreedor su nobleza y situación social”.
§ 15. La
Quintrala y el Señor de Mayo
El
reverendo padre predicador de la Orden de San Agustín, fray Pedro de Figueroa,
que vino de Lima, su patria, a la edad de veinticuatro años en 1604, llevado de
su celo por la salvación de las almas, instituyó una cofradía de piadosísimos
ejercicios en los que tenía muy arreglada y devota a la gente; para exhortarlas
a un efecto más tierno hacía Nuestro Redentor, hizo, sin saber escultura, una
muy excelente imagen de Cristo crucificado de cuerpo entero y de admirable
majestad, a la cual se llamó “el Señor de la Agonía” y se le llama ahora el
“Señor de Mayo” por el prodigio que hizo en el temblor del 13 de mayo de 1647.”
Tal es la
presentación que hace el historiador jesuita, padre Miguel de Olivares, del
artista que esculpió “sin saber escultura”, la imagen del Crucificado que
anualmente es sacada en procesión por las calles de la capital para conmemorar
la infausta fecha del 13 de mayo en que aconteció el espantoso cataclismo “que
derribó todas las casas de la ciudad de Santiago”, según afirman con
simplicidad aterradora todos los documentos de la época.
A su
llegada a la capital del Reino de Chile, el joven predicador agustino ingresó,
como es natural, al convento de su Orden, que por esos años estaba recién
fundado y construyéndose mediante la munificencia de ciertas familias
santiaguinas que se habían declarado protectoras decididas de los agustinos, al
revés de otras que los combatían con rencor, por favorecer a otros conventos.
Entre las primeras se contaba la poderosa familia de los Lisperguer, entroncada
con lo más selecto de la colonia, en Santiago y en Lima.
El padre
Figueroa, predicador de nota, joven y artista, se conquistó luego las simpatías
de la sociedad de cuyos estrados fue en poco tiempo un asiduo y destacado
visitante. El hogar del General don Gonzalo de los Ríos, recién formado por su
enlace con doña Catalina Lisperguer, fue uno de los que se le brindaron desde
los primeros días. La casa de don Gonzalo estaba ubicada “al lado del convento,
calle en medio”, o sea, en el solar que se extiende ahora en la calle del
Estado, desde la Sala Imperio hasta la esquina con la calle de Agustinas.
La
popularidad del padre Figueroa -en esos meses había concluido ya la escultura
de la imagen del Crucifijo— estaba en su apogeo cuando la mujer de don Gonzalo
dio a luz su segunda hija; el bautismo de la recién nacida tenía que ser
solemnísimo y el bautizante no podía ser otro que el religioso “que estaba de
priva’’ y que atraía sobre su persona la expectación del más selecto
vecindario. Fue, por lo tanto, el escultor del Señor de la Agonía quien puso el
óleo y agua, a fines de diciembre de 1605, a Catalina de los Ríos y Lisperguer,
llamada más tarde La Quintrala.
Diecinueve
años había cumplido doña Catalina cuando una mañana de los primeros días de
mayo — el día 10— fue encontrado muerto en la plazuela del templo de San
Agustín — sitio que hoy ocupa el Banco Español (1924)— el brillante capitán
Cañones don Enrique Enríquez de Guzmán, Caballero del Hábito de San Juan y de
la Casa de los Condes de Alba de Liste, a quien se le atribuían vehementes
amores con la joven y ya trágica criolla. El extinto estaba “charqueado a
garrotazos” y uno de los golpes le había destrozado el cráneo...
La
situación social de 'la víctima, su juventud, su riqueza, sus atrayentes
condiciones físicas y lo canallesco del crimen, produjeron un sentimiento de
estupor y de profunda indignación en la sociedad de Santiago, de la que el
extinto era uno de los mejores adornos. “Todos pedían a gritos justicia y
animaban a la Audiencia a hacerla muy severa y escarmentable”; a ello se dedicó
activamente el Licenciado don Hernando Cachado de Chávez, Oidor de Semana, y
sus primeras investigaciones señalaron como autores del asesinato a don Juan
Pacheco Lisperguer y a su sirviente el negro Ventura. Ambos reos, a su vez,
indicaron como instigadora “que lo había mandado matar”, a la Quintrala, en
connivencia con su abuela, doña Águeda Flores y con su tía, doña Magdalena Lisperguer...
Las tres
damas fueron encerradas en la cárcel pública.
La
familia de las presas, que contaba entre sus deudos inmediatos al propio
Corregidor de Santiago don Pedro Lisperguer y Flores y al Oidor de Lima don
Blas de Torres Altamirano, casado con una hermana de la Quintrala, puso en
juego sus grandes influencias para obtener la libertad de las procesadas; pero
todos esos esfuerzos se estrellaron contra el inflexible Oidor Machado que era
el sumariante; todo lo que se pudo obtener del Oidor "por habérselo ido a
pedir ciertos canónigos” y también según parece, don Fernando de Irarrázabal y
Andía, personaje de gran influencia sobre el juez, fue que se diera a las
presas su casa por cárcel, “con guardias a su costo”.
Hacía
cerca de un año que las tres mujeres permanecían en la casa de la Quintrala
“sin que se les permitiera comunicación”; tan atroces habían aparecido los
antecedentes del crimen, que los otros dos Oidores de la Audiencia don Gaspar
Núñez de Valdelomar y don Rodrigo de Caravajal y Mendoza no habían encontrado
asidero para conceder, decentemente, la excarcelación muchas veces pedida por
las procesadas, por más deseos que tenían estos Oidores de ceder a la presión
de los Lisperguer, de quienes eran decididos amigos.
Hubo un
hombre, sin embargo, que fue capaz de obtener lo que no habían podido ni la
avasalladora influencia de esa familia, ni todo el oro que se había derramado
para torcer la justicia; este hombre fue el escultor del Señor de la Agonía, el
padre Figueroa, que en esa época había alcanzado ya los más altos cargos de su
Orden. El arbitrio a que recurrió el influyente religioso fue definitivo.
Había
empezado la cuaresma y en aquellos devotos tiempos nadie podía quedar sin
cumplir con la Iglesia. La Quintrala mandó llamar al padre Figueroa y entre
lágrimas y promesas de enmienda le comunicó su deseo de cumplir con el deber
pascual en la Iglesia de San Agustín y Regar hasta los pies del Señor de la
Agonía para pedirle perdón y hacerle una “manda” en descuento de sus pecados.
Fueron tantas las demostraciones de arrepentimiento que hizo la pecadora, que,
conmovido el padre, recorrió las casa de los Oidores “se echó a sus pies”, y
poco faltó para que saliera fiador de la enmienda de las procesadas.
Reunióse
la Audiencia y después de un largo acuerdo en el que pesaron, seguramente, las
súplicas del padre Figueroa, resolvió “que ratificándose las fianzas y dándolas
de nuevo, otorgaban a las tres presas licencia para que, en este santo tiempo
de cuaresma vayan a oír misa a San Agustín y a cumplir con la Iglesia”. El
Oidor Machado, que había votado en contra de esta licencia por considerarla
“indecente”, reguló las fianzas de las presas en “cincuenta mil ducados de a
once reales de Castilla” por cada una, suma enorme, para esos tiempos y aun
para los presentes, pues esos ciento cincuenta mil ducados de a once reales
equivaldrían hoy a unos dos millones de pesos.
Salieron
libres, por fin, las victimarías de don Enrique de Guzmán y la Quintrala fue a
postrarse, según su promesa, a los pies del Señor de la Agonía, ante cuya
imagen formuló su “manda” en esta imprecación desesperada, según cuenta la
tradición:
—
¡Sácame, Señor, de estas prisiones y te prometo repugnar mis pecados,
encenderte dos cirios de a libra que no se apagarán por siempre jamás y
“casarme en haz de tu santa Iglesia” cuando termine este malhadado proceso y me
vea libre del Licenciado Chávez, que Dios confunda!
Un año
transcurrió todavía antes de que la Audiencia dictara sentencia en el proceso;
por fin llegó ese día que la Quintrala esperaba con inquietud, pero con su
confianza puesta en el Cristo de San Agustín; la justicia terrestre condenaba a
la instigadora del asesinato de su amante, don Enrique de Guzmán, en multa de
cuatro mil pesos y pagar las costas del juicio...
Es
necesario apuntar que la sentencia fue dada por los Oidores Núñez de Valdelomar
y Caravajal de Mendoza; el Oidor Machado votó por que se condenara a doña
Catalina “a la pena de muerte natural, debiendo serle degollada la cabeza en la
Plaza Mayor y a perdimiento de la mitad de sus bienes para la Cámara de Su
Majestad, e costas”.
¡Con
razón pedía la Quintrala, al Señor de la Agonía, que la librara del Licenciado
Machado de Chávez!
Quedó,
pues, libre definitivamente, doña Catalina de los Ríos y su primer impulso fue
el de matar a azotes a los criados y esclavos de su casa que habían declarado
en su contra, informando a la justicia de los pormenores de su crimen; el que
la tenía más ofendida era Juan Moya que había obligado a su mujer, la india
Isabel, también esclava, a confesar que ella había sido la que llevó el recado
a don Enrique para que acudiera a la alcoba de su ama la noche en que fue
asesinado.
La
Quintrala pidió a la Audiencia, con singular arrogancia, que le mandara
entregar esos esclavos de su propiedad, que estaban detenidos todavía; pero el
tribunal se negó a ello “porque su ama era cruel y por tal causa era verosímil
que los había de maltratar, y así, conforme a derecho, debía ser obligada a
venderlos”. Quiso insistir doña Catalina, encarándose con los Oidores y
amenazándolos con “entablar recursos contra ellos ante los Alcaldes de Justicia
de Lima”, pero intervino el padre Figueroa recordando a la Quintrala que había
hecho una manda al Señor de la Agonía para cuando “se viera libre del
Licenciado Chávez’’.
De mala
gana, tal vez, tuvo que someterse esa' fiera indómita ante los razonamientos
del agustino; según los términos de la “manda” junto con “repugnar” sus pecados
y apartarse de ellos, debía encenderle al Cristo milagroso dos libras de cera
que no se apagarían por siempre jamás y por último “casarse en haz de la santa
Iglesia”. Desistióse, pues, de sus reclamos para recuperar a los infieles
esclavos en los cuales iba a descargar su cólera; fue a encender las dos velas
de cera que iban a arder perennemente ante el Señor de la Agonía..., y ofreció
su blanca mano al “valiente” novio que le tenía preparado el canónigo don Juan
de la Fuente Loarte, uno de los más fieles amigos de las Lisperguer mientras
estuvieron en prisión. El futuro marido de la Quintrala era el capitán de los
tercios de Arauco don Alonso Campofrío de Caravajal y Riveros.
La
ceremonia, que debió ser fastuosa, celebróse en la ermita de San Saturnino en
el mes de septiembre de 1626, esto es, a los cuatro meses de
haber salido de la cárcel doña Catalina de los Ríos, y los novios fueron a
“ocultar” su luna de miel a sus haciendas de La Ligua.
Más
adelante encontrará el lector algunas noticias sobre ese verdadero
acontecimiento mapochino.
Empezó
para la Quintrala un nuevo estado, pero no una nueva vida, pues la empleó tan
cruel y disoluta como cuando fue soltera; mientras permaneció en La Ligua sus
administradores de Santiago cumplían estrictamente con la obligación de
mantener encendidas día y noche las dos velas de cera ante el Cristo del padre
Figueroa; esos dos cirios fueron clásicos en el altar del Crucifijo en el
templo de San Agustín y cuando aconteció el terremoto del 13 de mayo de 1647,
“viniéndose todo el techo abajo y también los muros del templo que eran de
piedra, todo cayó sin hacer daño a la sacratísima imagen, sin tocarla ni tampoco
a las dos antorchas, que permanecieron encendidas a sus pies”.
Las velas
de cera de doña Catalina de los Ríos fueron las únicas que alumbraron
siniestramente las espantables escenas que se desarrollaron esa horrenda noche,
alrededor de la imagen del Cristo de la Agonía, llamado desde entonces “el
Señor de Mayo”.
§ 16. La
buena mano de un canónigo casamentero
Huérfana
a la temprana edad de dieciocho años, doña Catalina de los Ríos quedó en la más
amplia libertad para dar rienda a sus instintos, que fueron, por desgracia,
execrables, según el testimonio fehaciente de documentos de la época, emanados
de autoridades tan dignas de crédito como el Obispo Salcedo y el Oidor Peña de
Salazar. “La horrible fama, la historia lúgubre, mística, sangrienta y
liviana”, había rebosado de las cuatro paredes de su casa-palacio”, y
extendídose por la ciudad “como una fea mancha de betume, pútrido y
hediondo”...
A pesar
de su aristocracia, de sus riquezas, de su hermosura y de su juventud, la
Quintrala no tenía otra amiga verdadera entre las mujeres que su abuela doña
Águeda Flores — nieta del conquistador de origen alemán Bartolomé Flores
(Blumenthal) y de doña Elvira, cacica de Talagante—, ni más amigo, entre los
hombres, que el Canónigo de la Santa Iglesia Catedral, don Juan de la Fuente y
Loarte. Las mujeres, por envidia o por miedo, la vituperaban y huían de su
contacto; los hombres, pusilánimes e hipócritas, sólo le dirigían sus miradas a
hurtadillas para solazarse en sus atrevidos "descotes” y en sus cortos
faldellines que apenas llegaban “a un jeme del tobillo”. ¡Si hubieran visto los
de ahora!
Tres o
cuatro mozos nobles y bizarros habían desaparecido del escenario de la vida
consumidos por el fuego volcánico que se desbordaba de los labios de esa
criolla voluptuosa y feroz; otros tantos esclavos africanos habían pagado,
también, con su vida y en medio de atroces suplicios, el capricho libidinoso de
su ama y señora. Cinco años de libertinaje habían costado media docena de
asesinatos, mares de lágrimas, crueles angustias y gruesa cantidad de oro para
acallar o torcer la justicia humana.
Doña
Águeda Flores y el Canónigo Loarte, los únicos seres que en Chile se
preocupaban, desinteresadamente, por la suerte de la tigresa criolla, no vieron
otra solución que buscarle un marido que intentara poner a raya a esa hembra
indómita; como pretendiente a tan peligroso cargo, fue presentado a la
irreductible Quintrala, el “valeroso” capitán de los tercios de Arauco don
Alonso Campofrío de Caravajal y Riveros, mozo de treinta años y recién viudo de
doña Inés Coronel, vecina de La Serena.
Fue el
Canónigo Loarte quien encontró al novio y por lo tanto fue él quien lo apadrinó
ante la hermosa fierecilla. ¿Cómo se las compuso don Alonso para obtener “el
sí” de tan extraña criatura? Es un misterio que no pretende explicar este
modestísimo cronista. Algunas condiciones excepcionales descubriría la novia en
el pretendiente cuando no puso resistencia alguna para prometerle Su mano,
desde luego y para entregársela definitivamente cuatro meses más tarde, o sea,
en el mes de septiembre de 1626. Pero si cabe admirarse de que la Quintrala
hubiese querido entregar su “libertad” a un hombre, no es menos admirable que
haya habido un hombre lo suficientemente valiente para afrontar el gravísimo
peligro de ser el marido de quien estuvo acusada de haber dado muerte a su
padre don Gonzalo de los Ríos, a los capitanes Enrique Enríquez de Guzmán y
Diego Fuentes, sus amantes, y a cinco o seis negros “de quienes estuvo
encaprichada”.
Sea lo
que fuese, el hecho es que don Alonso de Campofrío fue públicamente el novio
oficial de doña Catalina y que una Vez conocida la noticia, hecha circular con
insistencia por el Canónigo, la numerosa parentela de la novia y sus no menos
numerosos amigos volvieron a frecuentar los estrados de la casa solariega del
Corregidor don Gonzalo de los Ríos, sin acordarse de las desventuras del pobre
viejo ni de su repentina y sospechosa muerte.
Los
novios aparecían ante todo Santiago en el mejor acuerdo y según las
deducciones, la accidentada vida de la Quintrala no había logrado preocupar el
porvenir del futuro marido. Todo marchaba, pues, como sobre rieles, esperando
que se cumpliera el plazo fijado para la boda que prometía ser excepcionalmente
solemne.
Más feliz
aún que los novios se demostraba el Canónigo Loarte por haber logrado poner en
vereda a la oveja más cerril de su rebaño; sería superfluo decir que la
popularidad del respetable Prebendado como “casamentero” fue grande, enorme,
entre las niñas en estado de merecer que había en Santiago
Sin
embargo, doña Águeda Flores, la abuela de la novia, no las tenía todas consigo;
bien conocía ella las uvas de su majuelo y se le hacía cuesta arriba creer que
su nieta hubiera dado, de repente, una vuelta tan completa.
— Mire
vuestra merced, señor Prebendado — díjole una tarde doña Águeda al Canónigo
Loarte— que yo no veo tan clara la bendición de este casamiento; doña Catalina
está disimulando, y paréceme que su “aprecio” por don Alonso no llegará hasta
septiembre....
— Calle,
su merced, mi seá doña Águeda y no dude de la misericordia de Dios; créame su
merced a mí, que he confesado varias veces a su nieta y soy su director; doña
Catalina “aprecia” a don Alonso y ha repudiado varias veces su vida pasada en
el tribunal de la penitencia.
Yo le
respondo de que este casamiento se bendice y, Dios mediante, por mi mano.
— Dios
oiga sus palabras y Nuestra Madre le ayude, señor Prebendado. Un quintal de
cera le tengo “mandado” al señor San Agustín para el día siguiente de las
bendiciones”.
El primer
Domingo de septiembre de 1626, ante la expectación de los feligreses, el cura
de la Iglesia Mayor don Juan de Capistrano Moreno y Hormazábal había hecho
desde el púlpito la primera “amonestación”, anunciando los esponsales de doña
Catalina de los Ríos y Lisperguer con don Alonso Campofrío de Caravajal y
Riveros. Aunque el noviazgo era ya conocido, desbordaba de los labios de esa
criolla voluptuosa y feroz; otros tantos esclavos africanos habían pagado,
también, con su vida y en medio de atroces suplicios, el capricho libidinoso de
su ama y señora. Cinco años de libertinaje habían costado media docena de
asesinatos, mares de lágrimas, crueles angustias y gruesa cantidad de oro para
acallar o torcer la justicia humana.
Doña
Águeda Flores y el Canónigo Loarte, los únicos seres que en Chile se
preocupaban, desinteresadamente, por la suerte de la tigresa criolla, no vieron
otra solución que buscarle un marido que intentara poner a raya a esa hembra
indómita; como pretendiente a tan peligroso cargo, fue presentado a la
irreductible Quintrala, el “valeroso” capitán de los tercios de Arauco don
Alonso Campofrío de Caravajal y Riveros, mozo de treinta años y recién viudo de
doña Inés Coronel, vecina de La Serena.
Fue el
Canónigo Loarte quien encontró al novio y por lo tanto fue él quien lo apadrinó
ante la hermosa fierecilla. ¿Cómo se las compuso don Alonso para obtener “el
sí” de tan extraña criatura? Es un misterio que no pretende explicar este
modestísimo cronista. Algunas condiciones excepcionales descubriría la novia en
el pretendiente cuando no puso resistencia alguna para prometerle su mano,
desde luego y para entregársela definitivamente cuatro meses más tarde, o sea,
en el mes de septiembre de 1626. Pero si cabe admirarse de que la Quintrala
hubiese querido entregar su “libertad” a un hombre, no es menos admirable que
haya habido un hombre lo suficientemente valiente para afrontar el gravísimo
peligro de ser el marido de quien estuvo acusada de haber dado muerte a su
padre don Gonzalo de los Ríos, a los capitanes Enrique Enríquez de Guzmán y
Diego Fuentes, sus amantes, y a cinco o seis negros “de quienes estuvo
encaprichada”.
Sea lo
que fuese, el hecho es que don Alonso de Campofrío fue públicamente el novio
oficial de doña Catalina y que una vez conocida la noticia, hecha circular con
insistencia por el Canónigo, la numerosa parentela de la novia y sus no menos
numerosos amigos volvieron a frecuentar los estrados de la casa solariega del
Corregidor don Gonzalo de los Ríos, sin acordarse de las desventuras del pobre
viejo ni de su repentina y sospechosa muerte.
Los
novios aparecían ante todo Santiago en el mejor acuerdo y según las
deducciones, la accidentada vida de la Quintrala no había logrado preocupar el
porvenir del futuro marido. Todo marchaba, pues, como sobre rieles, esperando
que se cumpliera el plazo fijado para la boda que prometía ser excepcionalmente
solemne.
Más feliz
aún que los novios se demostraba el Canónigo Loarte por haber logrado poner en
vereda a la oveja más cerril de su rebaño; sería superfluo decir que la
popularidad del respetable Prebendado como “casamentero” fue grande, enorme,
entre las niñas en estado de merecer que había en Santiago.
Sin
embargo, doña Águeda Flores, la abuela de la novia, no las tenía todas consigo;
bien conocía ella las uvas de su majuelo y se le hacía cuesta arriba creer que
su nieta hubiera dado, de repente, una vuelta tan completa.
— Mire
vuestra merced, señor Prebendado — díjole una tarde doña Águeda al Canónigo
Loarte— que yo no veo tan clara la bendición de este casamiento; doña Catalina
está disimulando, y paréceme que su “aprecio” por don Alonso no llegará hasta
septiembre....
— Calle,
su merced, mi seá doña Águeda y no dude de la misericordia de Dios; créame su
merced a mí, que he confesado varias veces a su nieta y soy su director; doña
Catalina “aprecia” a don Alonso y ha repudiado varias veces su vida pasada en
el tribunal de la penitencia.
Yo le
respondo de que este casamiento se bendice y, Dios mediante, por mi mano.
— Dios
oiga sus palabras y Nuestra Madre le ayude, señor Prebendado. Un quintal de
cera le tengo “mandado” al señor San Agustín para el día siguiente de las
bendiciones”.
El primer
Domingo de septiembre de 1626, ante la expectación de los feligreses, el cura
de la Iglesia Mayor don Juan de Capistrano Moreno y Hormazábal había hecho
desde el púlpito la primera “amonestación”, anunciando los esponsales de doña
Catalina de los Ríos y Lisperguer con don Alonso Campofrío de Caravajal y
Riveros. Aunque el noviazgo era ya conocido, él comentario fue general a la
salida de la misa; niñas, jóvenes y viejos se “deshacían” batiendo la lengua,
como era de rigor cada vez que se "proclamaba” un matrimonio sonado,
aludiendo, de preferencia, a “los calabaceados” por ambos novios.
— Repare
su merced, mi seá doña Beatriz, la cara que tiene el Maestre de Campo don
Santiago de los Prados y Amasa, llegado ayer de la Concepción; paréceme que la
“proclama” le ha sentado mal, pues anduvo descabezado detrás de la Quintrala —
dijo entre risas mordaces la bella y picaruela sobrina del Regidor don Jerónimo
Hurtado de Mendoza, a su compañera.
— Calla,
niña, calla — contestó la oyente—. Aquello “se acabó” ya, según me lo aseguró
anoche don Santiago de los Prados.
Salía de
casa de la Quintrala el Canónigo Loarte, después de la “queda”, con rumbo a su
domicilio cuando al atravesar la calle del Rey, divisó a un caballero embozado
que atisbaba, según le pareció, hacia el portón que acababa de cerrarse.
Ocultóse el Prebendado en un quicio frontero y minutos más tarde vio,
espantado, que el dicho caballero penetraba sigilosamente en la casa de doña
Catalina. Dudó un momento de tamaño escándalo, pero no quiso permanecer en esa
duda y atravesando decididamente la calle penetró, a su vez, en la casa
solariega, cuya puerta estaba entornada.
Avanzó
por el zaguán y viendo luz en la antealcoba de la dueña de casa, empujó la
puerta: un cuadro espantoso se presentó a sus ojos: dos negros sujetaban por
los brazos al Maestre de Campo don Santiago de los Prados y Amasa, mientras que
la Quintrala blandía un puñal ante su pecho inerme.
— ¡Favor
de Dios!. ¡Favor de Dios!... — gritó el Canónigo.
Volvió el
rostro Catalina de los Ríos, y al verse sorprendida, abalanzóse sobre el
sacerdote...
“Quiso
matar, por su propia mano — dice el documento del que tomo esta relación— a don
Juan de la Fuente, Maestre-escuela de esta Santa Iglesia y Vicario General de
este Obispado, corriéndolo con un cuchillo porque procuraba impedir sus
liviandades”.
El
capitán don Santiago de los Prados, cuya suerte sólo puede compararse con la
del que se cayó de la horca, pudo desasirse entonces de los acerados brazos de
los negros y salió disparado del “cuarto” y luego de la casa y no fue a parar
hasta que se estrelló con la puerta de su propio aposento.
Igual
cosa parece que logró hacer el Canónigo casamentero, pues nada he encontrado
que nos diga si la Quintrala alcanzó a hacer uso de su puñal contra el
venerable sacerdote.
Lo que
sabemos es que el Canónigo no cumplió su deseo de casar a doña Catalina “por su
propia mano”, porque la partida de casamiento dice que “puso las bendiciones el
provisor del Obispado”, que entonces lo era el clérigo presbítero don Jerónimo
de Salvatierra.
§ 17. La
Tiranía de La Ligua
Tan luego
como doña Catalina de los Ríos se vio libre de la horca, pena a que la condenó
el Oidor Machado de Chávez por el asesinato de don Enrique Enríquez de Guzmán,
Capitán de Cañones y Caballero del Hábito de San Juan, comenzó a pensar en la
manera cómo iba a “pagar la manda” que había hecho al Señor de la Agonía por
haberle cumplido el milagro.
Porque
milagro patente era el que tan abominable y alevoso crimen quedara impune,
habiendo la justicia encontrado a los culpables y tenídolos en su mano.
La
“manda” de la Quintrala al Señor de la Agonía constaba de dos partes: la
primera, prenderle dos velas de cera que deberían arder perpetuamente ante la
imagen que se veneraba en San Agustín; y la segunda, la de casarse a la
brevedad posible.. Francamente que esta segunda parte era la más difícil de
cumplir, no por el físico y demás condiciones materiales de la presunta novia,
que era rica hasta el exceso y contaba, apenas, unas veintidós primaveras, con
el aditamento de pertenecer a la familia más poderosa y empingorotada de la
época, sino porque el novio tenía que echarse a la espalda muchos pecadillos
amorosos que se achacaban a la niña y varios de aquellos pecadazos en los que
tiene la mala costumbre de entrometerse la “justicia del crimen”.
Ya hemos
visto que doña Catalina acababa de salir de chirona y escapado de la soga del
negro Sebastián, el verdugo más competente de ese tiempo, como que en cierta
ocasión exigió del Cabildo un aumento de sueldo por su trabajo y la ilustre
Corporación tuvo que dárselo; desde entonces los verdugos ganaron veintidós
reales por colgar a un prójimo, más Ta muda” que vestía el extinto; el trato es
trato y así como el Señor de la Agonía había cumplido con salvar de la horca a
su cliente, ésta tuvo que darse maña para arrastrar hacia el altar de la ermita
de San Saturnino, en el mes de septiembre de 1626 al Capitán de Caballos
Ligeros Lanzas don Alonso Campofrío de Caravajal, y hacerlo oír la epístola de
San Pablo de boca del Provisor del Obispo, don Jerónimo de Salvatierra y de la
Vega, ante un lucido cortejo de amigos y parientes, que dieron a los novios sus
más entusiastas parabienes, como es de rigor.
No había
entonces, como ahora, 'la costumbre de que los novios salieran escapados desde
la Iglesia a Viña del Mar en viaje de luna de miel; por lo contrario, la moda
era que los recién casados, una vez terminada la fiesta y el banquete de una
docena de viandas y otra docena de postres, se retiraran, solemnemente, a las
habitaciones que se les tenía preparadas, pasando por el medio de dos filas de
invitados quienes saludaban, especialmente a la novia, con los más melifluos
votos por su felicidad y con sonrisitas mefistofélicas... ¡Habría que haberles
visto la cara, a las pobrecitas, durante ese trayecto desde el salón hasta la
alcoba nupcial!
No quiero
hacer conjeturas sobre este paseo de Tos novios Campofrío-Ríos Lisperguer”,
como diría hoy un cronista de la vida social, para no inducir en maledicencia a
mis bondadosos lectores; me limitaré a informar, para que se aprecie lo valioso
del ajuar de la novia, que solamente la “cuja” matrimonial de doña Catalina
costó la bonita suma de ciento setenta y dos patacones y tres reales, lo que
vale decir que fue una de las más lujosas que hasta entonces, había “labrado”
el maestro carpintero Lateo Salamanca que era el “cujero” oficial de las novias
aristocráticas.
¿Cómo fue
la luna de miel de estos recién casados cuyo noviazgo y matrimonio había debido
ser la comidilla de la chismografía mapochina? Yo no he logrado saberlo, aunque
es fácil imaginárselo; el hecho es que antes de los tres meses los recién casa.
dos
anunciaron, repentinamente, a su numerosa parentela y amigos, que habían
resuelto irse a vivir a sus haciendas de La Ligua, de donde no pensaban volver
tan pronto.
Y para
manifestar más firmemente su propósito, al día siguiente llamaron al escribano
Miguel Méndez Escobar y ante él los esposos se otorgaron “el uno al otro y el
otro al otro” un poder amplio para testar, por cuanto “la aceleración y
presteza de nuestro viaje no nos da lugar para hacer nuestros testamentos”. Una
de las cláusulas de este poder dispone que en caso “de que muramos ambos o
cualquiera, mandamos que nuestros huesos sean trasladados y traídos a esta
ciudad y sepultados en el convento del Señor San Agustín, en la capilla del
Santo Cristo de la Agonía’’. No olvidaba la Quintrala que el “dicho” Santo
Cristo la había protegido en vida y quería, tal vez, que la siguiera
protegiendo después de muerta.
Tres días
más tarde, una larga columna de carretas, de jinetes, de indios y negros
peatones partía desde “las casas’’ del finado General Gonzalo de los Ríos, en
dirección al “puente de palo” sobre el Mapocho, frente a la capilla “de Aguayo”
— que más tarde fue el templo de la Recoleta Franciscana— llevando los enseres
y utensilios de este matrimonio que con la admiración general iba a desterrarse
del escenario donde ambos cónyuges habían actuado tan bulliciosamente.
Si los
santiaguinos creyeron que con la partida de la Quintrala iban a dejar de oír
nuevamente sus hazañas, se equivocaron lamentablemente. Doña Catalina de los
Ríos, por causas que sólo Dios conoce, abandonaba su imperio santiaguino de
libertinaje y de crimen para instalarlo más a sus anchas en los apartados
campos de La Ligua donde iba a reinar como tirana absoluta, libre de la crítica
enconada de sus compatriotas.
La Ligua
era un pequeño feudo creado por Gonzalo de los Ríos, el Viejo, en una
“encomienda” que le concediera su amigo y protector Pedro de Valdivia. Allí
había vivido, Gonzalo, en compañía de su tremenda esposa María de Encio, “que
tenía pacto con ciertos indios encantadores y componía bebedizos” con los
cuales envenenaba a sus esclavos para deshacerse de ellos, cuando no los mataba
a azotes.
La
hacienda de La Ligua, con sus crímenes, con sus brujerías, con sus
crueldades, fue la cuna donde nació el segundo Gonzalo de los Ríos y Encio, que
contrajo matrimonio con Catalina Lisperguer, y allí nadó también la Quintrala,
hija de ambos. La influencia de la hacienda de La Ligua sobre sus propietarios
u ocupantes era funesta; todo lo que allí se procreaba, todo lo que allí
permanecía, se contagiaba con el hálito del crimen, con el pavor del hechizo y
con vaho de sangre.
El primer
Gonzalo fue un encomendero progresista, un industrial de esfuerzo y su mujer,
la Encio, su mejor colaboradora; ellos fueron los que iniciaron en Chile el
cultivo de la caña dulce y los primeros que tuvieron ingenios de azúcar que
proveían al Reino, hasta el Tucumán; ellos fueron los que dieron auge a la
industria de los tejidos y sus “bayetas” e “hilados” sirvieron muchas veces
para cubrir las desnudeces de los “rotosos’’ y bravos conquistadores de Arauco.
Pero la
fortuna por ellos amasada lo fue a costa del trabajo rudo de pobre indígena, a
costa no sólo de sus sudores sino también a costa de su sangre, derramada con
crueles azotes cuyas “rosetas’’ de hierro desgarraban las espaldas de los
infelices “yanaconas” y negros esclavos. María de Encio recibió, empero, el
castigo de sus innumerables crímenes de mano de los verdugos del Santo Oficio
de la Inquisición, quienes una noche la sacaron violentamente de su hacienda de
La Ligua, acusada de "encantadora y hechicera”, la transportaron a un
galeón que la esperaba en Valparaíso, y,1a fueron a arrojar en una de las
mazmorras de Lima. Cuatro años más tarde volvía María de Encio a La Ligua,
“abjurada” por el terrible tribunal, después de haber pagado una fuerte multa
“en pesos de oro” y de haber oído su sentencia absolutoria “con una vela verde
en las manos y con las espaldas desnudas”.
Desde
entonces, hasta su muerte, María de Encio redobló sus crímenes contra los
infelices que de ella dependían, hasta culminar con el asesinato de su marido,
el primer Gonzalo, “a quien mató — dice el documento fehaciente— echándole
azogue en los oídos, estando Gonzalo durmiente la siesta”. Después de este
uxoricidio atroz, las casas de la hacienda de La Ligua permanecieron
deshabitadas por más de quince años hasta que llegó a ocuparlas el segundo
Gonzalo, recién casado con doña Catalina Lisperguer; bajo este techo de tan
negros antecedentes dio sus primeros pasos en el mundo la Quintrala y bajo sus
mismos aleros vino a guarecerse, también, recién casada, en compañía del
despreocupado esposo que había conquistado con su dinero.
La madre
de la Quintrala, Catalina Lisperguer y Flores, era hija de “la princesa de
Talagante’’ doña Águeda Flores, “tenida por hechicera como también lo fueron, y
grandes, sus mayores’’. Según el Obispo Salcedo, doña Águeda y sus hijas
Magdalena y María “experimentaron un duende que en su casa alborotó toda esta
tierra y con quien tenían pacto”; estas mujeres, además, trataron de envenenar
al Gobernador Ribera, por lo cual estuvieron procesadas; y cuanto a doña
Catalina Lisperguer, la segunda habitante de las haciendas de La Ligua, el
mismo Prelado informa que “fue mujer cruel, porque mató con azotes a una hija
de su marido y asimismo mató a un indio a quien pidió yerbas para envenenar”.
La
herencia ancestral de María de Encio y de la Cacica de Talagante — región
conocida hasta hoy como tierra de brujos— se había reunido toda entera en un
retoño, Catalina de los Ríos y Lisperguer, la Quintrala, que hizo culminar la
época de los grandes crímenes sociales, en la sociedad santiaguina colonial,
crímenes que sobresalieron por su audacia, crueldad, alevosía e impunidad,
porque los tesoros de la criminal se derramaron copiosamente para burlar la
justicia y comprar el favoritismo de los más altos jueces, como eran los
Oidores de la Real Audiencia de Santiago y los de Lima.
Tal era
la nueva ocupante de las haciendas de La Ligua, la que iba a reemplazar a las
anteriores esposas de ambos Gonzalos de los Ríos, padre e hijo.
No
tardaron en empezar las actividades agrícolas y de todo género en los feraces
campos cordilleranos al impulso de la enérgica mano de sus dueños; no parecía
sino que don Alonso y la Quintrala hubieran querido olvidar mediante un trabajo
esforzado y fatigante, las amarguras que pudieron experimentar, a raíz de su
matrimonio, con las hablillas y chismes que los persiguieran. Abandonaban el
lecho con la aurora, y se recluían al toque de oraciones, después de la cena, y
no dejaron esta costumbre hasta que las “cosechas” de febrero y marzo del año
siguiente quedaron terminadas.
La
primera jomada había sido dura para los flamantes hacendados y tenían el
derecho de recoger el fruto de su trabajo. Mediante las buenas gestiones de
mercaderes amigos, liquidaron 'luego los productos del año y tuvieron la
satisfacción de ver que habían ganado buena cantidad de patacones que debían
incrementar su ya cuantiosa fortuna; sin embargo, la realidad era muy distinta.
La libertad y la vida de que disfrutaba al presente, doña Catalina de los Ríos
había sido comprada con mucho dinero tomado a préstamo en las apremiantes
circunstancias de su prisión; y aparte de esto, aun quedaban por pagar
importantes sumas “de buen oro” a personas que habían “hecho fianza” a la rica
heredera de Gonzalo de los Ríos.
Fue esta
la primera decepción de don Alonso Campofrío de Caravajal, y tal vez, también,
la primera nube que empañó el cielo de su dicha matrimonial...
— No
entiendo que prefiráis a ver a vuestra legítima esposa llevada a los calabozos
del Cabildo por no pagar deudas, sabiendo yo lo que la “apreciáis” — dijo una
noche doña Catalina a su esposo, después de haber discutido entre ambos, el
debe y el haber de la sociedad conyugal— ; vos, como mi representante legal y
gentil caballero, no podríais consentirlo y así estoy segura de que antes de
que yo fuera arrastrada por los corchetes de Machado de Chávez os ofreceríais a
ir vos por mí...
Campofrío,
que de todo podía tener, pero menos de torpe, comprendió la situación en toda
su amplitud y estuvo muy distante de tomarlas por él lado trágico; esto vale
decir que la tomó con filosofía y que desde ese momento se hizo el propósito de
sanear a cualquier precio su fortuna y atesorar dinero para pagar los
“piquillos” que había dejado su mujer al tiempo de ofrecerle su blanca mano.
Por
suerte, los medios estaban a su alcance y en abundancia: las haciendas de La
Ligua, Talagante y Tobalaba, contenían indios “encomendados’’ en cantidad más
que suficiente para producir oro con sólo apretar la mano; y para algo tenía
también en La Ligua un “obraje’’ de jarcia que le proporcionaría todo el
rebenque necesario para avivar la actividad de sus esclavos remolones. Desde
ese momento el capitán Campofrío y su mujer restablecieron en sus posesiones de
La Ligua el imperio del látigo que durante pocos meses, tal vez, había
declinado ante el rudo batallar del trabajo tesonero y regenerador.
Seis años
de las más inauditas extorsiones y crueldades pasaron por la hacienda de
Campofrío, durante los cuales rindieron su vida bajo el azote implacable
centenares de infelices indios y negros esclavos; pero en este tiempo se
amontonó el oro en las arcas de la Quintrala para pagar la venalidad de los
jueces y para proporcionar a-su dueña los caprichos que le exigía su liviandad
que había hecho irrupción avasalladora al acercarse los treinta años. Alonso de
Campofrío, que no resistió en el primer año de su matrimonio a la influencia
malsana de su mujer cuando ésta lo indujo al crimen de flagelar a sus esclavos,
no fue capaz tampoco de poner el freno a esa hembra bravía y libidinosa que
manchaba su tálamo con los más bajos caprichos.
Cierto
día del mes de marzo del año 1631 don Alonso fue informado por el cura de La
Ligua, Luis Venegas, de que la Quintrala había mandado mutilar al mulato Diego
Valiente por haberse casado con una “esclavilla” que servía el mate a su ama
los días festivos; pero el crimen era aún mayor; la propia Quintrala había
marcado, por su mano, a la enamorada mulata, incrustándole el hierro enrojecido
en una mejilla.
— Padre
Luis — habíale dicho doña Catalina al cura—, no se entrometa vuestra reverencia
en lo que no importa sino a mí; déjese, vuestra merced, de chismes con don
Alonso, porque no sería raro que se encontrara vuestra merced algún día con una
mala sorpresa.
— Cumplo
mi deber, señora — díjole el clérigo—, y si vuestra merced cree que procedo
mal, buen prelado tengo para que me juzgue.
— Su
deber es “doctrinar” indios, señor mío, y doctrínelos, que para eso se le paga;
pero no quiera doctrinar a señores que se confiesan con Canónigos porque tal
vez sería su merced quien tendría que arrodillarse ante ellos.
El cura y
la Quintrala no cabían juntos en La Ligua; Venegas era una sombra que se
dibujaba al lado de la mujer de Campofrío cada vez que ésta se dejaba 'llevar
por sus instintos perversos, ya fuera contra los esclavos, ya fuera contra la
honra de don Alonso el cual, por otra parte, poco se preocupaba ya de la
conducta de su mujer.
Cierto
día el capitán Campofrío avisó a doña Catalina que partiría a la capital con el
objeto de tratar con los mercaderes Pedro del Portillo y Juan Gómez la venta de
los productos de la hacienda y, efectivamente, dos días más tarde partía, bien
montado en un caballo moro que su mujer le había obsequiado como regalo de
boda, con dirección a la cuesta de Chacabuco para continuar a la mañana
siguiente por el camino del Salto de Araya en demanda de la ciudad de Santiago.
— Id con
Dios, don Alonso, y que su Divina Majestad os proteja — díjole doña Catalina al
despedirlo en las varas” de las casas— ; mientras regresáis, yo mantendré aquí
la autoridad que tenéis sobre nosotros.
— Bien
dispuesto lo he dejado todo, señora, para que durante mi ausencia no tengáis
que afligiros; Mateo Gárate sabe cuál es su obligación para con vos; y cuanto a
los indios y los negros, bien instruido dejo en ello al mulato Juan Sanduco,
que los sabrá tener a raya, y al padre Luis Venegas que es el doctrinero.
Saludó,
don Alonso, con su chambergo, picó espuelas y partió al galope seguido de tres
“inquilinos” y de un negro, que eran sus acompañantes.
Dos días
después atravesaba el puente “de palo” de la futura Recoleta y entraba a la
Plaza Mayor de Santiago, en cuya esquina nor-poniente, al lado dél portal del
Cabildo, fue saludado alegremente por un grupo de jóvenes y caballeros que allí
estaban estacionados “tomando el sol” y echándoles flores a las damas que
pasaban.
Cuando
don Alonso hubo avanzado lo bastante para no oír lo que se dijera, uno de los
jóvenes tomó dél brazo a otro de sus compañeros cercanos a él y díjole id oído:
— Don
Martín de la Ensenada, supongo que desde mañana ya no veremos a vuestra merced,
hasta quién sabe cuándo... Don Alonso Campofrío ha llegado a Santiago y la
hermosa doña Catalina se estará aburriendo sola, en La Ligua...
Sonrió
picarescamente él aludido, y a poco desapareció del grupo.
Cinco
días habían pasado desde que el capitán Campofrío de Caravajal había salido de
su hacienda cuando una tarde, casi de noche, doña Catalina, que se encontraba
en el “cuarto” que le servía de antealcoba en compañía del padre Venegas y de
la mulata Polonia, la mayordoma de las esclavas, recibió el anuncio de que un
caballero acababa de “apearse” en las trancas y después de haber preguntado por
“mi señora doña Catalina” avanzaba a través del jardín con dirección a las
casas.
— ¿Un
caballero? ¿Y quién es él? — interrogó la Quintrala incorporándose del cojinete
en que estaba “encluquillada”, para salir a recibir a la intempestiva visita.
— “Ahí
viene”, mi amita — respondió el indio, indicando al recién llegado que en ese
instante trasponía el umbral.
Quitóse
el caballero el sombrero “alón” que cubría su testa sudorosa, echó atrás la
diestra con elegante movimiento, inclinó el busto e hizo a la dama el saludo
cortesano de los mosqueteros, sin decir una sola palabra.
Doña
Catalina miró fijamente al recién llegado sin hacer más demostración que la
imperceptible de un relámpago que incendió sus pupilas, cruzó los brazos, alzó
la cabeza con orgullo olímpico y después de un momento y al ver el mutismo del
caballero, dijo:
— Pase el
señor don Martín de la Ensenada: tomará su merced un refrigerio y descanso en
mi casa y en seguida continuará su camino, puesto que no puede ser esta casa el
término de su marcha. Mateo Gárate — llamó en seguida—, conduce a este
caballero a un aposento y sírvele. Vamos, padre Venegas — dijo, por último,
doña Catalina, saliendo del cuarto.
Con
incontenibles muestras de asombro don Martín de la Ensenada, siguió a la dama
con los ojos hasta que desapareció por el quicio de la puerta; quedóse un
momento pensativo y luego dirigiéndose a Mateo Gárate que esperaba sus órdenes
le dijo, resueltamente:
—
Indícame, hermano, cuál es el camino para trasmontar la cordillera de nieve; no
puedo permanecer aquí. Tu ama me niega su hospedaje y el motivo me es extraño
porque ella sabe que soy su amigo.
— ¿Cuándo
quiere partir el señor caballero?
— Ahora
mismo luego...
— No
puede ser eso, señor, si estimáis vuestra vida; antes de haber salido de las
haciendas de La Ligua os encontraréis de seguro con la cuadrilla del desalmado
Juan Negrete que os quitará de este mundo; os aconsejo que permanezcáis aquí
esta noche y con el alba podéis emprender vuestra marcha hasta las casas de mi
señor don Pedro Cortés donde os darán alojamiento seguro y allí encontraréis
quien os guíe por los senderos de la cordillera, si queréis pasar a la otra
banda.
Después
de alguna insistencia convencióse, al parecer, don Martín y siguió a su
interlocutor hasta el extremo del corredor donde le fue señalado un lecho para
pasar la noche. Se retiró el sirviente y dos horas más tarde reinaba un
profundo silencio en las casas de la hacienda de La Ligua.
Sin
embargo, no todos dormían.
A la
imprecisa luz de un farol de sebo un grupo de tres personas salió de un rancho
situado al extremo de un corral y se encaminó hacia las casas por el lado de
los aposentos de la dueña; uno de los del grupo, que era el mulato Juan
Sanduco, acercóse a una ventana, dio en ella una señal y momentos después
abrióse la puerta, por donde apareció la Quintrala.
— ¿Habéis
traído todo lo que os encargué? — preguntó.
— Todo
está aquí, mi amita — contestó Sanduco.
— Vamos,
pues, y sin hacer ruido — ordenó doña Catalina— ; y tened cuidado, porque el
hombre se defenderá, si le dais tiempo.
Todos
avanzaron en punta de pies hacia el “cuarto” del forastero; empujaron la
puerta, que cedió sin esfuerzo, penetraron, y a la luz de la candela fueron a
situarse alrededor del lecho donde dormía, a medio vestir y en profundo sueño,
don Martín de la Ensenada. A una señal, los tres negros abalanzáronse sobre el
inerme caballero y en un instante lo amarraron de pies y manos a los pilares de
la cuja.
—
¡Favor!... ¡Favor de Dios!... — alcanzó a gritar don Martín al sentir sobre su
cuerpo las manos callosas de los negros que lo atormentaban.
— No
gritéis, que es inútil — dijo la Quintrala— ; pero si os obstináis en ello
mandaré que os apliquen cierta mordaza que os podría dejar mudo para toda la
vida.
— ¿Qué
queréis de mí, señora? — exclamó espantado el caballero, ante la fría amenaza
de la Quintrala.
Sonrió,
siniestramente, doña Catalina y dijo:
— Quiero
castigar vuestra falacia, vuestra doblez y vuestra infamia; quiero que
experimentéis en carne propia y por mi mano, lo que importa ofender a doña
Catalina de los Ríos con un público desprecio como el que hicisteis de mí hace
poco, en la sala de trucos de Bautista Monardes gozándoos con vuestros amigos
de haberos introducido ¡en mala hora! en mis aposentos en ausencia de mi
marido, y sobre todo, haberlo comentado después, a risa, con vuestra amante
doña Beatriz de Ahumada, la hermana del Corregidor.
— Todo
eso no es verdad, señora, y menos aún lo ¡último — interrumpió el preso— ;
¡miente quien os lo haya dicho!
— ¡Yo lo
oí cuando lo decíais a mi señora doña Beatriz — interpuso la mulata Polonia,
que hacía un momento se había deslizado en el aposento— ; yo lo oí — afirmó
cuando entré a dejar 'las mistelas que bebisteis y por las cuales me
gratificasteis con este real!
Y así
diciendo, la mulata mostró entre sus dedos una moneda.
Incorporóse
lo que pudo el caballero, abriendo tamaños ojos ante la acusación terminante;
doña Catalina incorporóse, también, del taburete donde estaba sentada, arrebató
de la cintura de uno de los negros un cuchillo “carnicero” y acercóse, a lento
paso, hacia el lecho; don Martín, anonadado de pavor, dejó caer la cabeza sobre
el colchón; y para no mirar a aquella fiera humana que se acercaba a él,
implacable y con el cuchillo en la mano, volteó la cara hacia un lado y cerró
los ojos.
— ¡Por
infame y por falso! — rugió la Quintrala, y de un solo tajo le rebanó la oreja
izquierda...
Poco
antes de que las primeras luces del alba rompieran las sombras de las
hondonadas cordilleranas, don Martín partía con rumbo al Tucumán resuelto a no
volver más a Chile; a la vuelta de un recodo salió al camino un negro, detuvo
al viajero alzando la mano y acercándose al caballo, sujetó al animal por ambas
orejas y se las rebanó de un solo golpe de cuchillo. Encabritóse el noble bruto
a impulsos del dolor y escapó en alborotada carrera hasta perderse de vista,
regando el camino con los delgados hilos de sangre que se escapaban de su
infamada cabeza.
Al
siguiente día el padre Luis Venegas salió a recorrer los campos cercanos, en
cumplimiento de los oficios de su ministerio y alguien le contó haber
encontrado a don Martín de la Ensenada ensangrentado y desfallecido sobre su
caballo desorejado; por más diligencias que hizo el cura, durante dos días para
dar alcance al caballero, no lo consiguió y tuvo que volverse a las casas” sin
saber lo que le podía haber ocurrido al viajero; pero lo atormentaba un
presentimiento, al recordar la extraña recepción que doña Catalina había hecho
al joven.
El cura
encontró a la Quintrala en los corredores de las casas acariciando al único ser
viviente en quien se le conoció algún cariño, su gato, al cual, sin embargo,
estrelló un día contra una piedra, en un momento de ira.
— He
sabido, señora, que el caballero don Martín salió de esta casa mal herido y
suplico a vuestra merced que me diga, si lo sabe, quién lo hirió, para cumplir
con mi deber cerca de ese pecador.
— Le he
dicho a Vuestra Reverencia, padre Venegas, que no se entrometa su merced en lo
que no le importa; el único que puede saber esto ha de ser don Martín y si a
Vuestra Reverencia le interesa la salud de ese caballero, corra tras él a
preguntárselo.
El cura
clavó sus ojos severamente sobre la Quintrala e iba a fulminar una acusación
tremenda; pero doña Catalina, que avanzaba hacia él con la faz descompuesta y
los ojos amenazadores, paralizó su lengua.
—
¡Fuera!... ¡Fuera de aquí, padre Venegas! Doña Catalina no necesita censores ni
acusadores en la casa, donde ella es dueña y señora.. ¡Fuera! ¡Fuera!
Y
llamando a los negros con destempladas voces, siguió gritando:
— ¡Echad
fuera de aquí a ese asno de cura y azuzadle la jauría! ¡Fuera, fuera!...
Una
semana más tarde llegaba a las haciendas un nuevo capellán y doctrinero para
reemplazar al cura de La Ligua, padre Venegas, que había sido relevado de ese
cargo por doña Catalina. El nuevo doctrinero de los esclavos de la Quintrala
era un padre agustino traído del convento de Santiago a elección de la misma
interesada; se llamaba Juan Lisperguer y era primo de la dueña de la hacienda.
El severo
cura Venegas continuaba, empero, desempeñando su ministerio sin preocuparse de
lo que pasaba en casa de su ex patraña, pero sin abandonar, tampoco, la
supervigilancia que, como cura de almas, tenía sobre todos los feligreses de su
vasto curato. Una tarde corrió la terrible noticia de que el padre Venegas
había sido encontrado con gravísimas heridas, botado en el camino y teniendo,
aun, colgada al cuello la caja de los santos óleos de la Extremaunción;
recogido por algunos indios que conservaban cariño y veneración por el santo y
caritativo sacerdote, fue llevado a su casa y luego se dio aviso de la
desgracia a su padre, el capitán don Juan Venegas, vecino de Santiago, quien
partió, desolado, en busca de su hijo, al que transportó rápidamente a la
capital para ponerlo en cura de sus graves y peligrosas heridas.
¿Quién
había sido él sacrílego que atacara tan a mansalva a un sacerdote que en esos
momentos llevaba al cuello los santos óleos para administrar el sacramento?
“Se
presentó a esta Real Audiencia — dice un protocolo del año 1633— el capitán don
Juan Venegas, y dijo que interponía querella contra don Alonso Campofrío de
Caravajal, como representante legal de su mujer doña Catalina de los Ríos, a
quien acusa de haber tratad® de asesinar al cura de La Ligua, don Luis Venegas,
hijo del compareciente...
Pero no
quiero seguir, curioso y benevolente lector, copiando un documento que por
emanar del padre del ofendido pudiera tacharse de parcial en sus afirmaciones.
Voy a copiar un párrafo de la carta enviada por el santo Obispo de Santiago don
Francisco de Salcedo, al Rey de España, denunciando ante Su Majestad este y
otros crímenes de la Quintrala; a sus respetables palabras me atengo y ello me
servirá para que veas que no miento ni comento, sino que me ciño “en todo lo
que puedo” a la verdad y que si alguna mentirita se me desliza, es de aquellas
que entran entre las veniales, después de un lote de pecados gordos:
“Ha
causado mucho escándalo en esta república -dice textualmente el Obispo— que
doña Catalina de los Ríos, viviendo en una estancia suya que es en la doctrina
de La Ligua, mandó a un fraile agustino primo suyo, que matara al cura y
vicario Luis Venegas. Púsolo por obra el fraile y con un negro y un mestizo que
le dieron, salieron al camino por donde el cura iba a administrar la
extremaunción a un indio y derribándole del caballo, y teniéndole los demás
asido de pies y manos, el fraile le dio muchos palos con un garrote hecho a
propósito esquinado, hasta que el negro dijo: “Dejémosle, padre, que ya queda
muerto, como al parecer quedó con seis heridas en el cuerpo y muchas en la
cabeza”.
Así pagó
el severo Luis Venegas Su cristiano celo por apartar a la “tirana de La Ligua”
del camino de sus crímenes y liviandades.
§ 18. La
conjuración femenina contra don Cristóbal de Tapia
A los
pocos días de haber llegado a Santiago y tomado posesión de su Diócesis, el
ilustre don Fray Gaspar de Villarroel, a mediados de 1638, presentóse a su
humilde celda episcopal el Reverendo y “grave” Provincial de la Orden Agustina
Fray Alonso de Aillón, para informar al Prelado de algunos pormenores de la
vida santiaguina, pues era natural que el recién llegado supiera por boca amiga
y hermana el terreno en que estaba pisando.
En buenas
cuentas, lo que el padre Aillón iba a contar al Prelado era la historia menuda
de los estrados santiaguinos de los cuales el Reverendo estaba bien informado,
pues fama tenía, Su Paternidad, de averiguador y de “metete”.
Uno de
los chismes que alarmaron más al santo Obispo fue el rumor que corría, con
caracteres de escándalo, de que doña Beatriz de Ahumada, “mujer rica y
principal, poderosa y emparentada, hermana de don Valeriano, actual Corregidor”
tenía ciertos “tractos” amorosos con don Cristóbal de Tapia y Castillo del
Clave, personaje limeño llegado a Chile el año anterior. Parece que el nombrado
caballerete, a pesar de sus cuarenta otoños, era un temible galán que traía de
cabeza, con sus galanterías, al inflamable elemento femenino de las orillas del
Mapocho.
— ¿Cómo
se apellida ese pecador?... — preguntó el Obispo después de haber oído las
acusaciones del Provincial.
— Se
llama don Cristóbal de Tapia y Castillo del Clave, Ilustrísimo señor — contestó
el agustino.
—
Castillo del Clave... Castillo del Clave... Paréceme, Reverendo padre, que no
es la primera vez que oigo ese apellido — murmuró el Obispo.
— Su
Ilustrísima recibió en Quito y luego en Lima las visitas de la parentela de ese
don Cristóbal — intervino el secretario del Prelado— ; y antes de partir de los
Reyes, la madre de don Cristóbal rogó a Su Ilustrísima que mirara por la suerte
de ese hijo suyo que había partido a residir en este Reino de Chile.
La
información del secretario era exacta.
Don Pedro
María de Tapia y Jiménez de la Entrada y doña Gertrudis Lazo de la Vega y
Castillo del Clave, padres de nuestro linajudo y enamorado don Cristóbal,
habían creído oportuno implorar de Su Ilustrísima el Obispo Villarroel, a su
partida de Lima, que fijara sus paternales ojos en ese vástago que había salido
del hogar, en busca de aventuras, y que, a juzgar por todas las noticias que
hasta ellos llegaban, no podían ser sino amorosas... y por ende,
peligrosísimas.
El Santo
Prelado recordó, entonces, la promesa que había hecho a los padres de don
Cristóbal y creyó que su deber de amigo y de pastor, lo obligaba a tender sus
paternales brazos a la que él calificó de oveja descarriada y que en realidad
no era sino un carnero de asta muy caracoleada, como va a verlo el lector.
Entre
tanto, veamos cuáles eran las actividades de nuestro don Cristóbal en el
redondel santiaguino.
A las
primeras salidas que hizo don Cristóbal, recién llegado de Lima, por los
portales del Cabildo — ya he dicho en otras ocasiones que por aquellos años
había portales en el costado norte de la Plaza, donde están hoy la Intendencia
y Municipalidad dejó flechadas y a mal traer a media docena de las mocitas que
tenían, como ahora, la costumbre de salir a exhibir su donosura y garbo ante
los galanes portaleros. A la segunda salida, el tenorio limeño había
emborrachado a tres más, con ciertas palabritas mágicas, que les había largado
de pasada; y a la tercera, tuvo la “avilintez” de pasearse con una chiquilla
desde las once hasta las once y cuarto y con otra desde las once tres cuartos
hasta las doce meridiano...
Agregar,
después de lo dicho, que se armó en los círculos galantes de Santiago una
escandalera de órdago sería inoficioso; cada una de las chiquillas “afectadas”
tenía su “peor es nada” a quien le hacía maldita la gracia que un advenedizo
viniera a quitarle Ta tiemple” así como de paso; pero a pesar de todo, la
escandalera no fue tan grande entre los jóvenes como entre el elemento
femenino.
En primer
lugar, las dos niñas que se habían paseado en el portal con el recién llegado
se consideraron, cada cual, engañada por la amiga; la tarde de ese mismo día
encontráronse ambas en el “estrado” de mi seá Merceditas Zavala a la hora de
“las once” y sin reparar en conveniencias se retaron a muerte, a media voz, de
la manera siguiente:
— Yo me
“pasié” en los portales con don Cristóbal, primero que su mercé — dijo,
despreciativamente, Margarita de Erazo y Chacón, desconcertante morena de no
más de veinte años ni menos de dieciocho.
— Pues,
yo no tengo la culpa de que su mercé no le haya gustado a don Cristóbal —
respondió, sarcásticamente, Rosita Caravajal y Gómez-Pardo, peligrosísima rubia
de veintiún años cumplidos.
Pero a
pesar de todo, el muy sinvergüenza de don Cristóbal andaba pelando la pava al
día siguiente con otras dos, ninguna de las cuales era del lote que había
flechado el primer día. Hay que darse cuenta, querido lector, de lo que
significaba un hombre “casadero ” en aquellos tiempos en que la guerra de
Arauco obligaba a las niñas a encerrarse en los claustros, no de a parejas,
sino por familias enteras. Sólo el convento de las Agustinas llegó a tener
cuatrocientas monjas...
La
disputa femenina por la conquista del capitán don Cristóbal de Tapia ocupó la
atención de “todo Santiago”. Las recatadas mamáes, los severos papáes, los
vigilantes hermanos tenían que andar “con siete ojos” siguiendo los pasos del
peligroso galán que por tener todas las buenas cualidades, poseía, en grado
eminente, la de saber manejar la espada a las mil maravillas... No había
estrado santiaguino, ni trastienda, ni sala de trucos donde no sonara el nombre
de este hijo del Rímac, que había tenido la suerte de caer de pie a las orillas
del Mapocho; porque, la verdad sea dicha: “no había a quien no le entrara en el
alma”, según rezan los documentos.
Un día
corrió la voz de que don Cristóbal había caído en las redes que le había
tendido una viuda reciente, hermana de uno de los vecinos más caracterizados de
la ciudad; llamábase doña Beatriz de Ahumada y tenía fama de “buena moza”; iba
a cumplir los treinta y siete años, y según se decía, tenía unos deseos locos
de reincidir en la santa coyunda.
Vino a
confirmar las sospechas de los amores de doña Beatriz con el afortunado limeño,
el hecho de que una mañana fuera encontrado herido, con una estocada maestra,
el más asiduo pretendiente de la viuda, don Diego Vásquez de Padilla. Por
cierto que la chismografía inventó un duelo terrible entre ambos rivales.
La fama
de tenorio que había alcanzado don Cristóbal no hacía más que aumentar el
interés de las niñas santiaguinas por conquistarse al limeño y arrastrarlo
hasta los estrados de la curia; pero el muy tuno se dejaba querer y capeaba el
temporal escabulléndose, lindamente, de los arrecifes. Hubo una, sin embargo,
que quiso jugarse el todo por el todo, valiéndose de toda la maña de que, para
el caso, están especialmente dotadas las hijas de Eva.
La
heroína fue nuestra conocida Rosita Caravajal y Gómez Pardo, aquella donosa
rubia con quien había paseado don Cristóbal por los portales al tercer día de
haber llegado a Santiago.
Seguíase
en la Catedral la solemne novena del patrono de la ciudad y don Cristóbal había
tomado la costumbre de estacionarse en el atrio, tanto a la entrada como a la
salida de la función religiosa, para disparar de mampuesto sobre la bandada de
palomitas que acudían, reverentes, a la Casa de Dios. Un día domingo, a la
salida de la novena, cuando el limeño estaba preparando sus flechas para
dispararlas sobre un grupo de cuatro hermosas que ya atravesaban el umbral del
templo, acercósele una negra y espetóle el siguiente recado en voz alta y
perfectamente inteligible:
— Mi
señor don Cristobalito, manda decir mi amita que no sea ingrato y que, por
Nuestra Señora, haga la caridad de ir a ver al niño...
Sorprendido
el galán por el despanzurro, no halló qué contestar; miró a todos lados y al
encontrarse frente a las niñas que lo miraban curiosas, indignadas y
acusadoras, púsose rojo como la capa que pendía elegantemente de sus hombros;
quiso volverse contra la negra recadera, para pulverizarla; pero la “china”
había puesto ya los pies fuera de su alcance, metiéndose entre la concurrencia.
Las cuatro “testigas” juntáronse prontamente con sus numerosas amigas y al poco
rato no se hablaba en los portales sino “del niño” que tenía abandonado el
revoltoso limeño, haciéndose toda clase de conjeturas sobre quién sería la
madre.
Pero,
¿quién puede ser ese sinvergüenza?... — era la pregunta de cajón entre jóvenes
y niñas.
-¿Y no se
les ocurre pensar en que la madre puede ser la misma negra?... — dijo una voz
fina e incisiva como un estilete.
Una
exclamación de horror, de asco, de despecho, siguió al momento de sorpresa con
que fue recibida la insidiosa calumnia que había lanzado Rosita Caravajal, cuya
era la voz que se había dejado oír en ese momento.
Desde ese
día las niñas santiaguinas esquivaron el rostro a don Cristóbal de Tapia y
Castillo del Clave en los -portales, en los estrados, en el atrio de los
templos y donde lo encontraban. Algunas llevaron su crueldad hasta taparse las
narices cuando pasaban junto al repudiado limeño. Sólo una mujer no se
esquivaba de él y por lo contrario trataba de encontrar, furtiva y
codiciosamente, sus miradas; esta mujer era la Rosita Caravajal, que, en
efecto, se estaba jugando el todo por el todo.
Y sucedió
lo que es de esperar cuando una mujer se propone perder a un hombre: esto es,
que se pierde ella...
Don
Cristóbal encontrábase una noche en el “aposento” de Rosita, cuando irrumpieron
en la habitación su padre, un hermano y dos primos, todos espada en mano, y
detrás de ellos un reverendo mercedario. Era un lazo que había tendido a su
amante la atrevida muchacha para obligar al galán a contraer un matrimonio
clandestino. Sin perder su serenidad, don Cristóbal aceptó la imposición, al
parecer de muy buen grado y se aprestó a la ceremonia, dando con esto
tranquilidad y confianza a los conjurados, los cuales envainaron sus espadas
una vez que el religioso se dispuso a comenzar al acto.
Terminada,
casi, la lectura del Evangelio de San Juan o de la epístola de San Pablo — ¡ya
no me acuerdo qué es lo que le leen a uno en esos casos!— cuando el novio dio
un salto hacia la puerta, al mismo tiempo que, desenvainando su espada, aplicó
un certero altibajo al primo más cercano. Lanzáronse sobre el limeño los otros
tres en el momento en que éste logró abrir la puerta y salir al patio corriendo
hacia el portón de la calle; pero fue alcanzado en el zaguán y allí,
acorralado, don Cristóbal hubo de batirse hasta que cayó exánime con el brazo
derecho atravesado, amén de otras heridas más.
Pero la
victoria de los parientes de Rosita Caravajal fue tan precaria, que no pudieron
impedir que don Cristóbal, al reponerse un poco de su fatiga, se retirara por
sus pies a su domicilio.
Tal era
la situación del “pecador” don Cristóbal de Tapia y Castillo del Clave cuando
el buen Obispo Villarroel recibió las informaciones que le llevara el
Provincial de San Agustín. No podía, pues, este santo Prelado, dejar abandonada
esa oveja descarriada, e inmediatamente mandó a su secretario que fuera a casa
del limeño a decirle que Su Ilustrísima deseaba darle un recado que sus padres
le enviaban de Lima.
Acudió
prontamente el asendereado galán, echóse a los pies del Mitrado protestando de
su inocencia y tan bien alegó su causa, que el ingenuo Obispo quedó convencido
de que don Cristóbal, si no era un santo, le faltaba, para serlo, menos de lo
negro de la uña.
Y para
que no se crea que invento — como algunos creen— allá va la prueba de todo lo
que he contado aquí, y también la demostración fehaciente de la inmensa bondad
del santo Obispo Villarroel, a quien Dios no había dotado de ninguna cualidad
para detective:
“Vino a
este Reino — dice el Obispo en una de sus cartas al Consejo de Indias— un
caballero del Perú discreto, galán, muy cortesano y dadivoso; aborreciéronle
las mujeres de manera que le tiraban lanzas; admiróme este aborrecimiento común
y más cuando supe que se escondían de él, y que oyendo misa se alzaban los
mantos para no miralle. Hice grandes diligencias para descubrir la raíz de esta
conjuración y las mujeres no dieron más causa sino que el galán se reía con
ellas y les quitaba la gorra para saludarlas.
“Una de
ellas dispensóle favor y entendió casarse con él; pero tuvo que entrarse de
monja, y él galán díjome, con buena gracia:
— “Señor
Obispo, ya he hecho un buen servicio a Dios porque, con esta dama, ya le he
dado tres monjas”...
“En vista
de tal feliz suceso escribí al Gobernador Marqués de Baides en favor de este
buen caballero y díjele que había de darle salario del Fisco de Su Majestad
para hacerle viajar por todo el reino, por la habilidad que tenía para darle
esposas a Dios”...
§ 19. El
secuestro de don Tomás de Quiroga, “El Galán”
No se
caracterizó la primera mitad del siglo XVII por la severidad de las costumbres
en la sociedad santiaguina; sin poder afirmar que ese período fuera el más
licencioso de la colonia, hay antecedentes bastantes para calificarlo como la
época en que se desarrolló la crónica roja, verde, amarilla y en general, la de
todos los colores.
Don
Benjamín Vicuña Mackenna le habría echado la culpa de todo esto a la familia de
los Lisperguer que, según él, fueron gentes “non sanctas” y en la época
referida estaban en todo el auge de su riqueza y poderío; yo no haré una
afirmación tan absoluta porque, en realidad, no hay razón para ello. Los
Lisperguer hicieron, en mayor escala — por razón de su posición social y de sus
influencias— lo mismo que hacían todos en una sociedad que había perdido, por
diversos motivos, el control de su moralidad pública y privada al influjo de la
corrupción y la decadencia de la corte española.
El
archivo de acuerdos secretos de la Real Audiencia de Santiago, donde quedaban
asentadas las resoluciones sobre procesos escandalosos en que aparecían
comprometidos personajes de "copete” o de “campanillas”, manifiesta que
aquellos actos delictuosos o “pecaminosos” no eran cometidos solamente por los
Lisperguer o determinadas familias; se encuentra en ese archivo la mayoría de
los apellidos que en esa época “sonaban” en todas las actividades sociales,
desde el empingorotado Oidor, hasta el humilde “mocho” de convento.
Y,
digresión aparte, voy a referir al curioso lector uno de los casos más
“resonantes” — como diría Hugo Silva— ocurrido allá por el año 1646 y que
alarmó a la sociedad mapochina, no tanto por el hecho mismo del
desaparecimiento de un “caballero galán”, cosa que ocurría o podía ocurrir
frecuentemente por causas fáciles de comprender, sino por las circunstancias
que rodearon al hecho y la “popularidad” que tenía el sujeto entre el elemento
femenino, especialmente.
El
capitán don Andrés de Gamboa y Barona (Barahona, decimos ahora) tenía el mal
gusto y grandísimo defecto de ser extremadamente celoso y para esto no quiero
suponer que tuviera otro motivo que el de estar casado con una de las mujeres
más lindas de Santiago, como lo era famosa, doña María de Ovalle, sobrina del
renombrado jesuita Alonso de Ovalle.
Con
motivo de la guerra de Arauco llegaban continuamente del Perú, a emplear sus
espadas en servicio del Rey, animosos capitanes, jóvenes y gallardos en su gran
mayoría y antes de partir a la frontera hacían una estación en Santiago, tanto
para conocer la ciudad y su vecindario, donde muchos tenían parientes o
vinculaciones, cuanto para ponerse a las órdenes de la autoridad militar bajo
la cual iban a servir. En una de las compañías que llegaron a fines de 1645
vino el Alférez de Caballería don Tomás de Quiroga y Loaiza, pariente de un
Arzobispo de Lima, cuyo Vicario lo recomendaba a la atención y “cuidados” del
capitán don Andrés de Gamboa, nuestro celoso conocido de hace un momento.
Muy
simpático era el muchacho — como lo son hasta el presente los limeños— y muy
comprometido estaba el capitán Gamboa con la recomendación del Vicario; pero
eso de “meter” en su casa a un sujeto que venía con el prestigio de aquella
orgullosa, opulenta y soñadora Lima; poner frente a frente a un “galán” y a su
linda mujer en la convivencia del hogar, en el continuo contacto que era
natural existiera entre el forastero y los dueños de casa; las palabras de fino
agradecimiento por las atenciones y de sincera admiración por la belleza de
doña María de Ovalle, que, lógicamente, habría de prodigar el recién llegado,
todo esto, en fin, había formado una montaña de recelos en la mente del capitán
Gamboa.
Nada
tenía que decir hasta entonces de su mujer, ni en qué fundar sus sospechas;
pero el Diablo le había clavado en el pensamiento aquello de que “entre santa y
santo póngase una pared de calicanto” y aquello otro de que “el hombre es
fuego, la mujer estopa”, que el capitán estaba viendo al Diablo, listo para
soplar.
Pero no
le fue posible desentenderse de la recomendación del Vicario limeño y no tuvo
más que abrir las puertas de su hogar al joven y bizarro Alférez don Tomás de
Quiroga y Loaiza.
Como era
de rigor, las damitas casaderas de Santiago se pirraron por el gallardo Alférez
Quiroga tan pronto como se dieron cuenta de su llegada y más de alguna, al
darse una vuelta en su mullida “cuja” de soltera se desvelaría buscando la
manera de arrastrarlo hacia el estrado del señor Provisor que lo era el sabio y
severo Canónigo don Francisco Machado de Chávez, el “casamentero” más
acreditado de la época; pero el Alférez limeño había resultado un revoltoso que
no hacía más que sembrar la alarma y la discordia entre donceles y doncellas.
¡Es evidente que nuestros vecinos del norte conservan la tradición!
Muy
pronto las malas lenguas empezaron a correr las más chismosas relaciones sobre
la conducta privada y pública del forastero a quien dieron el sobrenombre de
“él galán”, tal vez por haber demostrado especiales aptitudes para el oficio; y
como en el inventar todo es empezar, le achacaron, con razón o sin ella, que
una sobrina del casamentero Provisor Machado de Chávez había sufrido un ataque
“de monjío” a causa de ciertas veleidades del Alférez a quien se suponía en
amores criminales con doña María de Ovalle, la mujer de su huésped.
Todo esto
y muchas cosas más que se corrían, escandalosamente, por los estrados
santiaguinos, tuvieron que llegar a oídos de los “interesados” y cuéntase que
una tarde, las oraciones entradas”, salía el capitán Gamboa de casa del
Provisor Machado llevando en sus manos un papel que fue a entregar en su propia
casa el Oidor semanero don Bernardino de Figueroa y de la Cerda.
Tres días
más tarde, el 19 de julio de 1646, la ciudad se sintió seriamente alarmada con
el misterioso desaparecimiento del Alférez Quiroga, “el galán”, a quien la
noche anterior los asistentes al sarao que ofreciera “en sus días” el
Corregidor Don Ascencio de Zavala, habían tenido ocasión de admirar como un
consumado bailarín de minué, luciendo su garbo al lado de Mariquita Pastene y
Lantadilla, la más chiquirritita y la más picante de las muchachas de su
tiempo, como que la llamaban “la pimienta”.
Lo que
fue un misterio, en Santiago, durante mucho tiempo; lo que llenó de inquietud a
los hombres e hizo correr lágrimas sobre muchas rosadas mejillas, se lo voy a
contar al lector luego, documentalmente, a fin de que no dé crédito a los
dichos de mis enemigos, que se atreven a afirmar que yo invento más de lo
necesario.
“El Oidor
don Bernardino de Figueroa de la Cerda — dice la página correspondiente del
archivo secreto de la Real Audiencia— denunció ante el real acuerdo que un
religioso “grave” le había dicho el enorme escándalo que resultaba de que don
Tomás de Quiroga, alférez, estante en esta ciudad, se comunicara inhonestamente
con doña María de Ovalle, mujer legítima del capitán don Andrés de Gamboa y que
estaba la materia muy arriesgada a suceder un muy grave daño, por habérsele
dicho que el marido andaba sospechoso e inquieto de esta amistad y que habían
sucedido lances apretados y que podían suceder mayores si no se cortaba el
peligro”.
"Y
habiéndose platicado sobre la materia, los señores oidores fueron de parecer se
consultara el caso con don Pedro Machado y con su hermano, el provisor, que
podían saber algo más del dicho alférez Quiroga, quien pretendía desposar a la
sobrina de ambos y que, fecho, se diera cuenta en la audiencia de mañana”.
En la
página siguiente he encontrado las sabrosas declaraciones de los Machado de
Chávez en las cuales confirman que el Alférez Quiroga es un “mal entretenido
sujeto” que da palabra de casamiento y no la cumple; que se luce por las calles
con la “gorra sobre un ojo”; que usa “trajes llamativos y de mucho terciopelo”
con los cuales quiere atraer miradas y “condescendencias” y por último, que el
capitán Gamboa se encuentra inquieto con tenerlo obligadamente en su casa y
“desearía echarlo a la guerra de la frontera”; pero que el Alférez le había
dicho donosamente, “que se encuentra muy bien aquí”.
¡¡No era
corto de genio el hijo del Rímac!
Ante
declaraciones tan graves y concluyentes Tos dichos señores del Real Acuerdo
fueron de parecer que el dicho alférez Quiroga sea remitido al reino del Perú,
para que se corten los daños que su distraída vida amenaza y que la ejecución
de esta sentencia, para que no resulte rumor de escándalo en deshonor de los
dichos maridos y mujer y para que no haya dilación que resulte en mayor
perjuicio, se haga de esta manera”.
Voy a
copiar íntegramente la página, en la seguridad de que el lector me agradecerá
que yo no se la relate con palabras que le quitarían su sabor y colorido.
“Que
luego, inmediatamente, saliendo de esta audiencia el señor oidor más antiguo
llame al alguacil mayor con mucho recato y secreto y le mande que para esta
misma noche tenga prevenido lo que el señor oidor le expresará sin decirle de
quién se trata; que después de anochecido, mandará dicho señor oidor a llamar
al dicho alférez don Tomás de Quiroga para que vaya a casa del señor oidor y
allí le notificará “por sí y ante sí”, el auto de esta Audiencia para que se
vuelva al Perú, bajo pena de ser condenado a destierro a Valdivia por cuatro
años”.
“Y
mandándole que diga dónde están sus vestidos y ropa, se le entregará para que
la lleve consigo, o si no, se le mandará enviar después; y luego, esta misma
noche, se le entregará el Alférez al alguacil mayor, para que luego parta y con
mucho cuidado lo lleve al puerto de Valparaíso y en él lo entregue al capitán
Zorrilla, dueño y maestro del navío San José, para que él lo lleve a reino del
Perú, y lo tenga embarcado sin dejarlo saltar a tierra, sino en dicho reino, de
todo lo cual el dicho Zorrilla dará testimonio y fianza conforme a derecho”.
No Be
puede negar que los señores Oidores sabían hacer las cosas, y que se
preocupaban de la moral y de Tos pecadores públicos”.
Tan bien
cumplieron su cometido el señor Oidor “más antiguo” y sus corchetes, que nadie
se dio cuenta de cómo había desaparecido de Santiago de la noche a la mañana y
sin dejar el menor rastro, el bizarro y apetecido Alférez don Tomás de Quiroga
y Loaiza, nombrado popularmente "el galán’’.
§ 20. Don
Lorenzo de Moraga, “El Emplazado”
El libro
de actas del Cabildo de Santiago registra en la página 285, del legajo nº 23,
correspondiente al 1º de junio de 1647, el documento que voy a copiar en
seguida, con su ortografía original:
Subseso
raro y misericordioso.— El 13 de Mayo de 1647 años, lunes, a las diez y
media de la noche, siendo gobernador deste reyno y presidente de la Real
Audiencia el señor Don Pedro Martín de Muxica y Buiton, caballero del Hábito de
Santiago; oidores don Pedro González de Güemes, Don Bernardino de Figueroa y de
la Cerda y Don Nicolás Polanco de Santillana, caballero del Hábito de Santiago,
y dignísimo obispo desta ciudad el señor Don Gaspar de Villarroel, etc., etc.,
(sigue la lista de los demás funcionarios de la ciudad) y por mostrar Dios
Nuestro Señor sus infinitas misericordias, hizo un amago de su Divina Justicia
y tembló la tierra unos dicen que media hora y otros un cuarto (yo soy del
último parecer) más con tanto estruendo, fuerza y movimiento que al punto que
comenzó a temblar comenzaron a caer los edificios que se habían fecho en el
discurso de más de cien años. Tembló continuamente aquella noche ocho veces; y
después todos los días hasta el P de Junio (que lo escribo en el libro del
Cabildo para memoria de los benideros) dos y tres veces todos los más días y
noches; y para que siempre conste y seamos a Dios agradecidos, lo firmé.
— Manuel de Toro Mazotte, escribano público y de Cabildo”.
La
certificación del notario es por demás elocuente dentro de su concisión, para
que me ahorre la pena de contar, siquiera sea a la ligera, los horrores de esa
noche, la más tremenda que registran los anales de la ciudad de Santiago; será
suficiente con apuntar que perecieron entre los escombros más de “dos mil
personas mayores”, sin contar los niños, los cuales “no alcanzaron a moverse de
sus lechos e allí perecieron dejando esta vida’’. La población de Santiago era,
entonces, de unas veinte mil personas, “con esclavos y todo’’.
Doña
Catalina de los Ríos había llegado a Santiago desde sus haciendas de Aconcagua,
por lo menos un mes antes del terremoto, pues a fines de abril encontrárnosla
firmando una escritura por venta de “mercadurías” a don Manuel de Acuña y
Castillo; probablemente venía a “invernar’’ a la capital, después de terminadas
sus faenas agrícolas en La Ligua.
Salía la
Quintrala, cierto día, por la puerta “del costado’’ del templo de San Agustín y
saltaba la calle, para penetrar en su casa por la puerta falsa que estaba al
frente, cuando fue detenida por el rendido saludo de un caballero que,
avanzando hasta ella, cogió la mano de la dama y la llevó a sus labios. Ambos
entraron por el zaguán y pronto estuvieron en una de las “cuadras” del primer
patio, en donde continuaron la vivísima conversación que venían sosteniendo
desde su encuentro.
La
conversación giraba sobre las “mañas” de los esclavos y sus “desvergüenzas” y
doña Catalina, que entendía de esto, dijo:
—
Extráñame mucho, mi señor don Lorenzo, que su merced se deje “achicar’’ por un
mulato jetón y “malagradecido”. Hágalo amarrar sobre unas parihuelas, agarre su
merced un rebenque de roseta y déle, por su mano, una tunda "ariez” y verá
cómo se le compone.
— Es el
caso, mi señora doña Catita, que ese zambo Mateo no es mío ya, porque compró su
libertad hace un año; si lo azoto me demandará, y el Oidor Figueroa es muy
capaz de condenarme en multa, en daños y en costas.
— Pues,
apronte su merced la bolsa, por si lo condenan; pero, lo primero es lo primero;
al zambo, déle su merced “cerote” y mucho palo, si quiere su merced ser bien
servido; y mientras más duro es mejor, porque esa gente es hija del rigor.
Debió
parecerle bueno el consejo de la Quintrala al acaudalado vecino y encomendero
don Lorenzo de Moraga y Pérez de Valenzuela, tal era el nombre del personaje
con quien habíase encontrado doña Catalina, porque, en llegando a su casa llamó
al capataz de sus esclavos y le dijo:
—
Apróntame unos buenos ramales, José Francisco, y que me tengan bien amarrado a
ese mulato Mateo que se me “desvergonzó” anteayer, pues voy a enseñarle cómo
debe tratar a los caballeros, aunque no sean sus amos.
— Mi
amito — contestó el capataz—. Mateo se salió esta mañana del rancho y dijo que
no volvería a trabajar a nuestra casa si su merced no le daba tres reales de
salario, cuando menos, cada día, por su oficio de carpintero, más la bula para
él y para su mujer.
— ¿Eso
dijo el muy bellaco? — vociferó el encomendero—. ¡Pues sal, ahora mismo, a
buscármelo y me lo traes, de donde esté, brazos a la espalda y con lazo
pescuecero!
A
mediodía se juntaba en la “recova de la Plaza de Armas y bajo los portales del
Cabildo, para comentar el chisme del día, cuanto vecino desocupado había en
Santiago; a la “recova” iban los esclavos y las “chinas’’ para contar y echar a
correr las intimidades de sus amos; los pulperos y vendedores ambulantes para
pregonar por última vez en el día sus mercancías; los mulatos y negros libertos
para “buscar servicio”; los artesanos para ofrecer sus oficios y los plebeyos,
en general, para comprar sus menesteres. A los portales del Cabildo concurrían
los “caballeros”; los jóvenes a ver desfilar a las niñas y a endilgarles
palabritas almibaradas y los viejos... a lo mismo, con el pretexto de comentar
la última comunicación recibida del Virrey o de la Corte, o la noticia de la
guerra de Arauco, o el último escándalo social, que por entonces los había
gordos.
El día en
que el capataz Juan Francisco salió a buscar al insolente mulato Mateo — porque
era una insolencia imperdonable que un mulato carpintero pidiera aumento de
salario— habíase formado un gran concurso frente a los portales con motivo de
la exhibición de un oso amaestrado que al son de una pandereta “bailaba en dos
pies’’. Caballeros y plebeyos, olvidando la diferencia de clases, se
apretujaban alrededor del animal y de su dueño para admirar sus habilidades y
para celebrarlas, ruidosamente, pidiendo repetición. A lo mejor del espectáculo
formóse un incidente entre ciertos espectadores, oyéronse voces y luego gritos
y denuestos. Tres negros al mando del capataz Juan Francisco, habían echado el
lazo al cuello del mulato Mateo y en esa condición forcejeaban para sacarlo del
corrillo.
— ¡Favor
de Dios! ¡Justicia! ¡Justicia! — gritaba el infeliz— ; ¡que vengan a mí los
alguaciles! ¡Favor de Dios!...
Pero
entonces, como siempre, que se les necesitaba, los alguaciles no aparecían por
ninguna parte, si bien es cierto que en aquel tiempo sólo había tres para toda
la ciudad; de modo que el pobre mulato, una vez que fue sacado al medio de la
Plaza, tuvo que caminar, sin que nadie lo auxiliara, hacia la casa de don
Lorenzo de Moraga, al impulso de una tunda de golpes que lo dejaron “como un
San Lázaro”.
Llegado a
la casa de su ex patrón que estaba ubicada en la calle de San Antonio, a los
pies del solar de la Quintrala, fue amarrado a una parihuela con los brazos en
alto, se le despojó de sus vestiduras y los tres negros se armaron de sendos
ramales de cordeles encerados en cuyos extremos se les había anudado puntas de
clavos; éstos eran los rebenques “de roseta” con que generalmente se castigaba
a los esclavos rebeldes.
A poco
llegó don Lorenzo, avisado ya de la aprehensión del mulato, y en su presencia,
los negros y el capataz le aplicaron el tormento de los azotes durante un par
de minutos.
Los
gritos y lamentaciones del infeliz se oyeron perfectamente en casa de doña
Catalina de los Ríos, que vivía, como hemos dicho, en el solar contiguo; cuando
la Quintrala se dio cuenta del vapuleo, fuése al último patio, pidió una
escalera y por ella se encaramó a la tapia colindante desde donde presenció el
final de la tunda que, por su consejo, se le estaba aplicando al mulato
carpintero.
— Tenga
por seguro, su merced — díjole doña Catalina desde lo alto de la muralla a su
complaciente amigo—, que ese mulato no se le “desvergonzará” en lo que le queda
de vida.
Alzó la
cabeza con supremo esfuerzo el infeliz Mateo, clavó un instante una profunda y
rencorosa mirada sobre la Quintrala que en ese momento sonreía siniestramente y
con la voz ahogada por el sufrimiento, lanzóle esta sola palabra:
—
¡Asesina!
En la
misma parihuela del sacrificio fue llevado el mulato Mateo al rancho de los
esclavos en estado agónico, para curarle con vinagre y tabaco, remedio
corriente para las heridas provenientes de las azotainas; nada pudieron, sin
embargo, estos remedias ni el cuidadoso empeño que puso don Lorenzo para salvar
la vida a su víctima.
El 10 de
mayo de 1647, tres días antes del terremoto, Mateo mandó llamar a su
victimario; llegó don Lorenzo al lado del lecho del agonizante “que ya estaba
confeso’’ y al verlo, el mulato díjole, con voz apagada, estas palabras que
hicieron profunda impresión en el ya atemorizado espíritu del caballero...
— Don
Lorenzo, el confesor me ha mandado que lo perdone y lo perdono, porque voy a
morir; pero como su crimen debe tener castigo, lo emplazo para que comparezca,
de aquí a tres días, ante el tribunal de Dios.
Y
terminando de pronunciar estas palabras, Mateo “pasó de esta vida”.
El señor
don Lorenzo de Moraga y Pérez Valenzuela cayó en el más profundo desaliento;
los remordimientos por su crimen y el “emplazamiento” que le había hecho su
víctima para tan breve plazo, deprimieron su ánimo hasta el punto de que
“andaba como espantado’’ arreglando sus asuntos terrenales y pidiendo perdón a
todos los que creía haber ofendido alguna vez. Doña Catalina de los Ríos, al
ver a don Lorenzo tan preocupado, le dijo:
— Deje su
merced, mi señor don Lorenzo, que corra el agua y ríase de amenazas de mulatos
a quienes no les oye Dios; le aconsejo que vaya donde el Señor de la Agonía,
que a pesar de su gesto agrio es buen consolador y le encienda una libra de
cera.
Pásese
también por la celda del padre Henestroza que puede darle un buen consejo.
El
domingo 12, fue don Lorenzo a ver al Padre Henestroza, se confesó humildemente
con él, y al día siguiente, 13 de mayo, recibió la comunión; ese día se
cumplían los tres del emplazamiento que le había hecho el mulato Mateo. A
mediodía encontróse en los portales del Cabildo con los capitanes Luis de las
Cuevas y don Valentín de Córdoba; conversaba con ellos algunos instantes cuando
llegó también el padre fray Luis de los Lagos, agustino, quien, preguntándole
la causa de sus preocupaciones, recibió esta respuesta:
— Mateo
me ha emplazado para que comparezca hoy ante el tribunal de Dios; por lo que
puede suceder, me he confesado y comulgado en el altar del Señor de la Agonía.
Por la
noche, después de la queda, no quiso permanecer solo en su casa y fuése a la de
su amigo y pariente el capitán don Andrés de Neira; estaban jugando a los
naipes “en una torrecilla o mirador’’ con otros amigos, “para acortar la noche,
porque don Lorenzo no quería dormir durante toda ella”, cuando a las diez y
media, poco más o menos, sobrevino el espantoso cataclismo; don Lorenzo alzóse,
aterrado, exclamando: ¡Mateo me llama! ¡Mateo me llama! y trató de saltar por
una ventana; pero al hacerlo, “el umbral cayó sobre su pescuezo y le cortó la
cabeza”...
El
cadáver de don Lorenzo de Moraga, el Emplazado, permaneció insepulto varios
días sobre el pavimento, sin que nadie se atreviera a tocarlo, “por estar
maldecido de Dios’’.
Una
noche, doña Catalina y sus esclavos lo llevaron a enterrar, ocultamente.
§ 21. El
hijo del Rey de Guinea
Las
tribulaciones de los desventurados habitantes de Santiago se trocaron en pánico
cuando se difundió el rumor de que los “indios domésticos”, de acuerdo con los
negros esclavos, se aprestaban para alzarse contra sus amos aprovechando el
desconcierto producido por el terremoto del 13 de mayo que había arruinado la
ciudad. La noticia no carecía de fundamento, pues “las mujeres de la plebe”
fueron las primeras en echarla a correr “por haberlo oído decir en
conversaciones imprudentes”.
Había
motivos, dicho sea en verdad, para temer el levantamiento de los indios
domésticos y esclavos; el maltrato que recibían de sus amos, la crueldad con
que se les castigaba, la inhumanidad con que se les mantenía y el absoluto
desprecio con que se miraban sus justos reclamos, habían hecho fermentar, desde
tiempos inmemoriales, un encono profundo de razas que podía explotar en
cualquier momento.
Las
crueldades que cometía con sus esclavos la Quintrala y la impunidad en que
quedaban, son una demostración del ambiente de la época.
Entre
tanto, ¿cuál había sido el origen de los temores de “alzamiento de los indios
domésticos’’ que se habían difundido entre los atribulados vecinos de Santiago,
en los días siguientes al terremoto del 13 de mayo?
Don
Alonso González de Quiroga, limeño vecino de Santiago y encomendero del partido
de Melipilla, había traído del Perú una partida de “piezas de ébano’’ para
venderlas en Chile y formar, con el producido de este comercio, la base de sus
negocios en este país, donde se proponía radicarse.
Sin
mayores dificultades vendió nueve negros y tres negras a diversos encomenderos,
en la cantidad de siete mil y tantos pesos y reservó el resto de su
“mercadería” para su servicio en la hacienda que con el precio de aquella venta
adquirió en los alrededores de Malloco.
Entre los
esclavos que se reservó, que eran cinco, quedó uno llamado Marcos Alondo,
“muchacho de veinte años de quien su amo estaba muy satisfecho por ser buena
pieza”, esto es, trabajador, leal y que comía poco. Los otros cuatro eran dos
hombres, una negra y una “negrilla” de catorce años llamada Antonia. Ocurría
todo esto en el año 1645, dos años antes del terremoto.
Dedicado
a sus trabajos agrícolas vivía tranquilo don Alonso González en su estancia de
Malloco; su constancia en el trabajo, los métodos progresistas que empleaba en
ellos y la lealtad de sus esclavo^ y criados le habían proporcionado tan buenos
rendimientos que le permitieron adquirir un solar y casa en la ciudad de
Santiago a donde se proponía invernar ese año de 1647.
Cuando
preparaba su traslado a la ciudad, dispuso que lo acompañaran la “negrilla’’
Antonia, la otra negra y un criado para el servicio de su casa; pero dos días
antes de la partida llegóse a su presencia el esclavo Marcos Alondo y con todo
respeto le dijo:
— Amito
don Alonso, yo quisiera que su mercé hiciera una caridad a su negro Marquito.
— Siempre
que no pidas mucho, negro retinto, di lo que quieras...
—
Marquito quiere que lo lleve su mercé para Santiago...
Mirólo un
momento don Alonso, un poco extrañado de la petición y contestóle después de
algunos instantes:
— No
puede ser, negro, porque haces falta en la hacienda: te llevaré para el otro
año.
No
contestó el negro inmediatamente, pero insistió por fin:
— Es que
Marquito quiere pedirle permiso para casarse...
— Hola,
hola, ¿con que esas tenemos? — interrogó don Alonso— ¿Y con quién quieres
casarte?
— Con la
Antonia, mi amito — contestó a media voz el africano.
— Con la
Antonia... ¡Carámbanos con el negro! Por eso querías irte con ella a la ciudad
¿no? Pues, mira, lo siento mucho, pero no puede ser porque según sospecho tú y
la Antonia sois hermanos, a lo menos algo de eso entendí cuando os compré en el
Callao. Y como veo que tú y ella os entendéis y no quiero que en mi honrada
conciencia caiga esa falta, si vosotros llegáis a cometerla, tomaré mis
precauciones para que no os volváis a juntar.
— Pero mi
amito... — suplicó Marcos—, ¡si la Antonia no es hermana mía!
— ¡Arre y
largo de aquí! — mandó don Alonso—, y cuidadito con que vuelvas a hablarme de
esto—. Y como Marcos quisiera insistir de nuevo, el hacendado levantó su huasca
y la dejó caer sobre las espaldas del esclavo.
A
mediados de abril, don Alonso González de Quiroga se encontraba instalado ya en
su casa de Santiago y entre su servidumbre figuraba la “negrilla” que había
traído de su hacienda de Malloco. Antonia era la joya de la casa, por su
carácter humilde, por hacendosa y por la gran simpatía que su persona
inspiraba. Piadosa en extremo, todas las noches se instalaba en el oratorio de
la casa, después de la queda y aún después que toda la servidumbre se retiraba
a descansar, para rogar a Dios, según decía, por su amito Alonso. A las veces
se levantaba a media noche para hacer oración y para “disciplinarse’’...
Cierta
noche que don Alonso se daba vueltas y revueltas en su lecho, preso de un tenaz
insomnio, oyó que en uno de los cuartos del lado, donde estaba el oratorio,
había ruido de gente; pensó primero en la devota “negrilla’’, pero los ruidos
persistentes y extraños no eran, evidentemente, los de una persona que está en
oración. Levantóse de su lecho el dueño de casa, tomó una espada y dirigióse
sigilosamente al oratorio para pillar al ladrón. Empujó con violencia la puerta
y vio, a la luz de una candela al negro Marcos Alondo sentado sobre el quicio
de la ventana en amoroso pelambre con la piadosa “negrilla”...
Lo que
sucedió en seguida lo supondrá el lector; pero será preciso decirle que la
azotaina que se les aplicó a los atortelados amantes fue de aquellas que hacen
época en cualquier época; por cierto que le cargaron la mano al negro Marcos y
fue en tal forma que el infeliz se volvió loco y en medio de su dolor se tomó
en furioso, rompió las cuerdas con que estaba atado, acometió a sus verdugos
con arrebato irresistible, armóse de una tranca y de un solo garrotazo partió
horriblemente el cráneo... a su adorada e infeliz amante, la “negrilla”
Antonia.
En medio
de su furia frenética, gritaba con voz estentórea: — ¡Huid, antes que os mate,
viles esclavos! ¡Yo soy el hijo del Rey de Guinea! ¡Soy el hijo del Rey de
Guinea!
Yo no sé
cómo se arreglaron los alguaciles para aprehender y sujetar al negro; pero lo
cierto fue que el “hijo del Rey de Guinea’’ fue llevado a la cárcel y metido en
prisiones bastante fuertes para que no se soltase y cometiese otros
desaguisados; a los pocos días compareció ante el Oidor de semana que
sustanciaba el proceso por la muerte de la esclava Antonia y el desacato a su
amo don Alonso y en presencia del Magistrado, el negro Marcos Alondo repitió
varias veces su dicho: “Soy hijo del Rey de Guinea’’. Por lo demás, permanecía
tranquilo ya.
— No hay
duda de que este infeliz se ha vuelto loco — se dijo Su Señoría, el Oidor don
Nicolás Polanco de Santillana, y dio órdenes para que se le mantuviera en 'la
cárcel “con todo el cuidado que el negocio requiere para que el reo non se
fuya”.
Ocho días
hacía que el infeliz negro estaba en la cárcel cuando sobrevino el cataclismo
del 13 de mayo; todo cayó por tierra a impulso del fenómeno terrestre, sumiendo
a los pobladores de Santiago en las más terribles angustias durante toda una
noche. Al alumbrar la aurora del día 14 el espectáculo fue aterrador para los
que aún conservaban la vida, muchos bajo los escombros y todos ateridos de frío
y empapados por la lluvia.
Sobre los
escombros de la cárcel, encaramada en unas vigas tronchadas, se dibujaba la
silueta de un hombre, de un negro, de aspecto feroz, los ojos salientes, con
una lanza en la mano y una
argolla
de hierro alrededor de la cabeza a modo de corona real... Rasgando de cuando en
cuando el pavoroso rumor de lamentos doloridos y desesperados que surgía de
aquella ciudad sepultada y convulsa, el negro lanzaba gritos estridentes,
prolongados y frenéticos.
— ¡El Rey
de Guinea ha muerto!... ¡Soy el hijo del Rey de Guinea!-.. ¡Yo soy el rey de
los negros!... ¡Que vengan a mí los esclavos para tomar venganza de los
blancos! ¡A mí! ¡A mí!
En medio
de aquella confusión horrible en la cual todo ser viviente se creía abandonado,
la voz del negro Marcos Alondo era la única que llevaba una palabra de consuelo
a la parte más infeliz de la población, que eran los esclavos, víctimas
perennes de la crueldad y de la codicia de los amos; era una esperanza no sólo
de consuelo, sino también de libertad...
A las
pocas horas una cincuentena de negros y mulatos rodeaba al “Rey de Guinea” y se
guarecía a su vera, ayudándole a gritar, pero sin hacer, afortunadamente,
ninguna manifestación hostil; sin embargo, cerca de las doce del día, el “Rey
de Guinea’’ y sus súbditos, que ya pasaban de doscientos, juntáronse en la
esquina Norte Oriente de la Plaza, armáronse de palos, herramientas “y varios
con armas que desenterraban” y en actitud nada pacífica “echaron a recorrer por
sobre los escombros aclamando al rey de los negros y desvergonzándose muchos de
ellos con sus amos que los llamaban para que les prestaran ayuda con sus
terribles trances”.
El Oidor
Polanco de Santillana — que junto con el Obispo Villarroel fueron las únicas
autoridades que no perdieron el control de sí mismos durante la catástrofe—
apreció rápidamente el enorme peligro que se cernería sobre la ciudad con la
actitud inusitada de los negros esclavos si no se cortaba de raíz, y
rápidamente, la insurrección. Dejando de mano el salvamento de la gente que aún
permanecía enterrada bajo los escombros, se echó a organizar un cuerpo de
vecinos que se armaron como les fue posible y con ellos al frente se fue contra
los negros, rodeándolos en la plazuela de la iglesia de la Compañía, sitio
donde el “Rey” y los suyos se habían instalado “con el propósito de asaltar el
templo y colegios”.
— Arrojad
al suelo esos garrotes y volved a vuestros amos — ordenó con voz potente el
Oidor—, si no queréis morir ahorcados.
— ¡Soy el
Rey de Guinea — replicó el negro Marcos— y éstos son mis súbditos, que van a
tomar venganza de los blancos! ¡A ellos, — agregó— y que no quede uno con vida!
— Y dando el ejemplo, lanzóse, garrote en alto, contra el Oidor Santillana y
los que lo rodeaban.
Pero sólo
dos o tres siguieron al negro Marcos; los demás negros “no pudieron
comprender’’ que les fuera posible atacar a sus amos y poner sus manos sobre
aquellos hombres “superiores’’ que los habían comprado como una mercadería
cualquiera...
Marcos
Alondo fue cargado de cadenas, e inmediatamente se le instauró un proceso, que
fue rapidísimo; la sentencia no se hizo esperar y no podía ser otra que la de
muerte; no eran momentos de contemplación ni de misericordia, aun sospechando
que el “Rey” era un negro loco.
“Los
señores oidores, don Pedro de Güemes, don Nicolás Polanco de Santillana y don
Antonio Fernández de Heredia — dice la sentencia que tengo a la vista fueron de
parecer que sea condenado a muerte y que ésta se ejecute, sin embargo de
apelación y suplicación, por lo mucho que conviene la brevedad, por ser éste un
negro inquieto, altivo y ocasionado a muchos disgustos e inquietudes con motivo
del terremoto grande que ha habido en esta ciudad y por no haber cárcel en que
guardarlo, y además por estar confeso de la muerte que hizo en la negra
Antonia, haber acometido a su amo con una lanza y llamarse “hijo del Rey de
Guinea’’...
Marcos
Alondo murió inconfeso; al subir a la horca, y cuando ya el verdugo iba a
quitarle la escalera para lanzarlo al espacio, el infeliz ajusticiado exclamó
por última vez:
— ¡Soy el
hijo del Rey de Guinea!
Un año
más tarde don Alonso González de Quiroga vendió todos sus bienes y se volvió a
su patria, Lima; según se dijo después en Santiago, una vez llegado a la
capital del virreinato profesó de fraile en el convento de San Benito, el Santo
Moreno, patrono de los negros.
§ 22. Las
primeras procesiones del “Señor de Mayo”
Pasadas
las primeras y tremendas impresiones que experimentaron los habitantes de
Santiago con el enorme cataclismo del 13 de mayo de 1647, vinieron a la mente
de las autoridades y principales vecinos dos ideas fundamentales que debían
considerarse sin pérdida de tiempo; la primera fue la de hacer una
conmemoración anual “penitenciaria” en el aniversario de la infausta fecha,
idea en la que todos estaban de acuerdo, y la segunda, la de resolver si se
reedificaba la ciudad de Santiago en el mismo sitio en que la fundara Pedro de
Valdivia o en otro que “diera más seguridad y que más conviniera a la
república’’.
Para
discutir y resolver estos puntos, especialmente el último que era el de más
trascendencia, se acordó citar a los vecinos “nobles” a Cabildo Abierto,
democrático sistema a que se recurría cada vez que se presentaba un problema
que afectaba directamente a la comunidad.
“Quiso la
ciudad, en Cabildo Abierto, movida del horror de ver que sus casas eran el
sepulcro de los ciudadanos, mudarse y salir como huyendo de su propia hacienda
a buscar otro lugar donde poblarse. Concurrimos a la plaza — dice la Real
Audiencia al Rey— con el Obispo, prelados de religiones, nobleza y vecindario y
allí se discutió largamente el sí o el no, dando cada uno sus razones y se
resolvió, por último, no convenir por entonces sino repararse contra el
invierno cada uno como pudiese y buscar alivio de conservarse y no perderse y
componer la república de modo que no se acabase totalmente”.
Una de
las razones que hicieron más fuerza fue la de que la mayoría de las propiedades
de la ciudad estaban gravadas con censos a favor de los conventos y del
Hospital y que si se reconstruía la ciudad en otro sitio, esos establecimientos
no tendrían de qué vivir en el futuro.
“Así,
pues, dice Amunátegui, lo que impidió en 1647 que la ciudad de Santiago se
trasladase a otro sitio fue el propósito de salvar, en cuanto se pudiera, los
censos constituidos”.
Resuelta
esta dificultad que era la más grave, no quedaba sino establecer la forma en
que debía conmemorarse “perpetuamente los días 13 de mayo de cada año,
instituyendo dicho día por de fiesta diciendo en él misa y haciendo solemnísima
procesión”. Para determinar las capitulaciones de esta conmemoración, reunióse
el Cabildo, siempre en la Plaza de Armas “por haberse asolado las casas del
Cabildo y no tener donde hacerlo”, y allí, después de “platicar” largamente se
aceptó, en primer lugar, una proposición que había hecho el Gobernador y
Presidente del Reino don Martín de Muxica, para levantar una ermita
“conmemoratoria y propiciatoria” dedicada a nuestra Señora de los Dolores.
Y por
haber varios pareceres sobre si sería más conveniente para levantar esta
ermita, “un sitio que está en el pie del cerro Santa Lucía, al fin de la calle
que va de la Plaza más allá del convento de Nuestra Señora de las Mercedes, o
en otro sitio que está al fin de la ciudad cerca del río, en la calle que sale
de la Plaza, frente a la Catedral, por el Convento del señor Santo Domingo y
por espaldas dél, habiendo alegado los señores capitulares los proes y contras
de los dichos sitios acordaron se votase’’.
Del
escrutinio resultó que votaron por el sitio de orillas del Mapocho el Alcalde
don Jorge Zapata, el Alguacil Mayor Antonio de Marambio y los Regidores don
Francisco de Erazo, don Valeriano de Ahumada, don Antonio de Ovalle, don Martín
de Zavala y don Diego de Huerta, total siete votos, contra dos que estuvieron
por el solar del Santa Lucía; estos votos fueron los del Depositario General
del Cabildo don Pedro de Salinas y del Regidor don Diego de Rivadeneira. Para
afianzar su voto, el Regidor don Valeriano de Ahumada agregó que si se acordaba
la erección de la ermita en el local que él había votado, se 'suscribía desde
luego Con cien patacones, “Mitad en reales y mitad en madera’’.
El
acuerdo del Cabildo quedó en el papel; jamás se volvió a hablar de la ermita.
Más o menos lo mismo ocurre en los tiempos actuales cuando nuestra
Municipalidad toma algún acuerdo. Quien lo hereda no lo hurta.
Las
conmemoraciones “penitenciarias” o religiosas quedaron, como se comprenderá,
entregadas por entero a la resolución de la autoridad eclesiástica. “El Obispo
Villarroel, entre otras conmemoraciones del terremoto, instituyó una procesión
que debía salir de la Iglesia de San Agustín a la hora en que esa espantosa
conmoción de tierra había tenido lugar”, o sea a las diez y media de la noche
más o menos. En la procesión se debían sacar, adelante, la imagen de “Santo
Tornino” (así está escrito en varios documentos); en seguida la de la Virgen de
los Dolores y por último, en el sitio de honor, el “Señor de Mayo’’, esto es,
el Cristo de los Agustinos que había quedado enhiesto en medio de la catástrofe
“con sus dos candelas encendidas”.
Recuerdo
haber dicho en otra ocasión que estas candelas eran una “manda” que había hecho
la Quintrala al Santo Cristo, cuando estuvo procesada por el asesinato del
capitán Enrique de Guzmán, para que la librara “del Licenciado Machado de
Chávez”, o sea, de la horca.
La
procesión del “Señor de Mayo” fue en los primeros años una “procesión de
sangre”, en la que participaba toda la ciudad, sin otra excepción que los
enfermos imposibilitados y las monjas, que eran todas de clausura. Presidían el
acto el Obispo, que asistía descalzo, a lo menos esto consta del Obispo
Villarroel; el Presidente, la Real Audiencia, los cabildos eclesiástico y civil
y los prelados o superiores de las órdenes religiosas; estas últimas asistían
de duelo, o sea, con sus capuchones calados y con un cirio colorado en la mano,
en calidad de “alumbrantes”.
Rodeaban
cada una de las andas religiosas de todas las órdenes y miembros de las
distintas y numerosas cofradías, llevando al centro a los “penitentes y
disciplinantes” con las espaldas desnudas, en las que se azotaban con
disciplinas de roseta que les abrían las carnes y en medio de un coro
espeluznante de lamentaciones y gritos de dolor. Las cofradías hacían con
anterioridad una colecta para comprar “refrigerios y melecinas’’ para los
disciplinantes que se desmayaban durante la procesión por efecto de las heridas
y pérdidas de sangre, de la cual quedaban las huellas”, en las calles, y
“marcaban el recorrido de la procesión”, según dice gráficamente el historiador
padre Rosales.
Debía de
ser tétrico, terriblemente tétrico, el espectáculo de tal procesión de sangre a
las diez y media de las negras noches de mayo, a la penumbra de la luz
amarillenta, humeante y hedionda de los lampiones de sebo, en medio de un
desconcierto ensordecedor de lamentos, llantos, salmos penitenciales, gritos
histéricos, golpes de disciplina y vaho de sangre...
Desde
tres días antes del 13 de mayo empezaba en el templo de San Agustín un triduo
de actos penitenciales; durante estos tres días predicaban a distintas horas
del día y hasta cerca de la media noche, y por tumo, todos los sacerdotes de
Santiago y alternaban este oficio con el del confesionario; el día 13 comulgaba
todo el mundo “y daban el ejemplo en este sacratísimo acto, los señores
presidente, oidores y grandes oficiales del Reino”.
La
procesión del “Señor de Mayo” se ha celebrado desde el primer aniversario del
terremoto hasta nuestros días sin más que dos o tres interrupciones, si no
recuerdo mal, una de las cuales fue la del año 1891 a causa del estado
revolucionario de Santiago, que llegó a impedir hasta que se tocara la campana
de incendio. La solemnidad de este acto religioso ha ido decayendo, como es
natural, en el trascurso de los doscientos ochenta años que nos distan de esta
catástrofe; pero hasta el año 1850, aún asistían a la procesión el Presidente
de la República, su ministerio y los a-tos empleados y funcionarios.
Otra
innovación importante ha sido la del cambio de la hora de la procesión, hecho
que ocurrió allá por 1779, a causa de que — con motivo de “ciertas diversiones
ruidosas” que habían adoptado los santiaguinos— se publicó un bando de buen
gobierno en que se prohibía, con severas penas, la “mezcla de individuos de
ambos sexos” después de determinadas horas de la noche, aunque fuera en
procesiones, porque “tales individuos, sin ningún temor de Dios, hacen torpes
excesos”. Poco más tarde, o tal vez antes de esta fecha, se había quitado
también a la procesión de mayo el carácter de procesión de sangre.
El primer
aniversario del terremoto o sea el 13 de mayo de 1648, fue un acontecimiento
penitenciario para la aún devastada Capital del Reino. A medida que se iba
acercando la fatídica fecha, los habitantes de la ciudad iban sintiendo,
también, la necesidad de reconfortarse espiritualmente para levantar su ánimo
deprimido, tanto por el recuerdo de la espantosa catástrofe, cuanto por el
temor de que se repitiera otra vez. Fue un período de angustias
indescriptibles, que culminó en pánico el lunes 11, en que se sintió un pequeño
temblor, como a las cinco de la tarde.
Sobreexcitados
como estaban los ánimos, la gente salió a las calles dando alaridos de terror;
contribuyó a que el pánico aumentara, el hecho de haber salido a las calles
varios jesuitas y franciscanos, con crucifijos en las manos, a exhortar a los
vecinos a la penitencia y a predicar el perdón de los pecados.
“Fue tan
grande la emoción, tantas las lágrimas, tan grandes los alaridos y lamentos,
tan frecuentes las bofetadas y golpes en el pecho — dice el jesuita Olivares—
que era necesario a los predicadores hacer pausas hasta que acabasen de
llorar;-se mesaban los cabellos, se daban públicamente de bofetadas confesando
a voces ser ellos la causa por la cual Dios enviaba tan espantoso castigo”.
Y en otra
parte agrega la relación del jesuita: “De allí salían los hombres a cortarse
las compuestas melenas y a vestirse sacos; de allí iban las mujeres a dejar las
galas y afeites que son los ídolos en que idolatran; las melenas peinadas eran
afrenta; el adorno del vestido, escándalo. Desde entonces todos los hombres y
mujeres no usaban sino vestidos de penitencia; no hubo persona, por desalmada
que fuese, que no se confesase de nuevo, muchos a grandes voces y ese día
también se hicieron muchos matrimonios inesperados”.
Cinco
días antes del primer aniversario, el Cabildo de Santiago se había preocupado
ya de la procesión conmemorativa que debía hacer la ciudad según los acuerdos
que se habían tomado con anterioridad y de los que ya he dado cuenta.
El acta
del Cabildo, de fecha 8 de mayo de 1648, dice que “en este día acordaron que
para la procesión que se ha de hacer el miércoles para pedir misericordia a
Dios Nuestro Señor y nos libre de terremotos como el que subcedió el pasado
año, el señor Corregidor y los señores alcaldes y regidores, para dar el
ejemplo, se confiesen y comulguen en la misa mayor y se exhorte a todos los del
pueblo a que hagan lo mismo, y lo mismo se haga en los años venideros por
siempre jamás y que de esto se pongan cédulas en las puertas de todas las
iglesias para que nadie sea osado de no cumplir”.
No
conozco ninguna relación de los actos de penitencia que se efectuaron en este
primer aniversario; pero por lo que dejo relatado, puede el lector imaginarse
cuán aterrador sería el espectáculo que presentó el vecindario de Santiago en
sus actos de penitencia esa terrible noche, después de haber sentido el temblor
del 11 de mayo, que se tomó como aviso y prevención divina.
§ 23.
Corpus Christi
Aunque la
fiesta de Corpus Christi celébrase en la Capital del Reino desde los primeros
años de la fundación de Santiago, ella no podía revestir, entonces, la
solemnidad y pompa que correspondía a una fiesta oficial española — como en
realidad lo era en la Corte— a causa de los cortos recursos y pobreza de esta
colonia, tal vez la más miserable de todas las Indias.
Sin
embargo, tan luego como la situación de los conquistadores fue haciéndose más
desahogada, una de sus primeras preocupaciones fue la de celebrar esta
festividad religiosa “con la decencia y ornato” que requería una conmemoración
tan alta y trascendental para el fervoroso espíritu de la época, como es la del
misterio de la Eucaristía. Y así fue como, el año 1553, cuando apenas se había
levantado una parte de la iglesia Mayor, el Cura y Vicario don Rodrigo González
Marmolejo — que más tarde iba a ser el primer Obispo de Chile— requirió al
Procurador de la ciudad Juan Godínez para que solicitara del Cabildo que “por
primera vez” se hiciera alguna fiesta pública en celebración del Corpus, ese
año.
En
efecto, el Cabildo, en su “ayuntamiento” del 24 de mayo de 1553, acordó por
unanimidad, a petición del Procurador, “que para la fiesta de Corpus Christi se
ordene cómo se haga alguna fiesta para la procesión del día de Corpus que
viene”. Parece que los señores Regidores no tenían muchas ideas sobre los
detalles de esta fiesta; pero alguien propuso que la procesión se hiciera por
la Plaza de Armas en vez de hacerla, como hasta entonces, en el recinto de la
iglesia Mayor.
Para
realizar esta idea había, empero, un grave inconveniente; la pobre curia no
tenía “palio” para sacar al Santísimo afuera del templo, ni había en la ciudad
los elementos con que hacerlo, por lo menos tan rápidamente como era menester,
pues faltaba ya muy poco para el día de Corpus. No se desanimaron, sin embargo,
los concejales, “e hicieron venir al dicho Cabildo a Pedro Montes bordador, y
venido, platicaron con él sobre ello para ver lo que se podía hacer; y quedó en
que se busque si había en la ciudad recaudado para se poder hacer”.
No dice
el “Libro Becerro” cuál fue el resultado de las gestiones del “bordador”
Montes; de seguro que ese año, si la procesión salió a la plaza, la Santa
Eucaristía fue llevada sin palio; pero consta, eso sí, que tres años más tarde,
en 1556, existían en Santiago buenos elementos para bordar, pues maese Pedro
Montes “bordó el estandarte real, que era de seda morada con las armas de la
ciudad y el apóstol Santiago encima de su caballo”. Es lógico suponer que antes
de “ponerse” a bordar ese pendón, maese Montes habría puesto todo su arte en
bordar el palio que necesitaba Nuestro Amo para salir a la procesión de Corpus.
Parece,
sin embargo, que la procesión de Corpus se limitó, durante los años
posteriores, a un acto de devoción solemnizado por cantos litúrgicos de las
comunidades religiosas y al consumo de “alguna cera”; naturalmente, la modestia
de estas solemnidades estaba en razón directa con Tos posibles” del vecindario,
del Cabildo, de los cabildantes y autoridades. Alguna referencia de que la
fiesta de Corpus había adquirido mayor importancia, se encuentra durante el
gobierno del devotísimo e irascible don García Hurtado de Mendoza, 1557 a 1559,
porque se sabe que el dominicano fray Gil González de San Nicolás, fundador del
convento santiaguino, “tuvo un serio contrapunto en una procesión que la ciudad
celebraba mucho”, con el teniente de Gobernador, Comendador Pedro de Mesa, por
cuestión de ceremonial y etiqueta. Puede que esa procesión fuera la de Corpus.
Fue
solamente en 1566 cuando la ciudad de Santiago vino a dar a la procesión de
Corpus la solemnidad y el carácter popular con que siguió después y hasta
nuestros días. Gobernaba el Reino Rodrigo de Quiroga, que recién había recibido
su nombramiento de interino, y quiso, tal vez, lucir sus insignias en la
procesión de ese año ante la mayor suma de pueblo reunido.
El 2 de
mayo, el Cabildo tomó el acuerdo que voy a copiar a la letra, para que el
lector aprecie la importancia que se quiso dar, y se dio, a la procesión del
indicado año. El Cabildo acordó — dice el acta— “que para la fiesta de Corpus
Christi, que ahora viene, se manda a todos los oficiales de sastres,
calceteros, carpinteros, herreros, herradores, zapateros, plateros y jubeteros
(éstos eran los que hacían jubones) que saquen sus oficios e invenciones, como
es costumbre hacer en España y en las Indias; y que dentro de los seis días
primeros siguientes parezcan ante el Alcalde don Pedro de Miranda a declarar lo
que quieren hacer y sacar en las dichas invenciones so pena de seis pesos de
buen oro aplicados para las fiestas y regocijos de la procesión del dicho día,
y que así se apregone para que llegue a conocimiento de todos”.
Desde
entonces, hacia adelante, las actas del Cabildo correspondientes a las
cercanías de la procesión de Corpus dan abundantes datos para apreciar la
importancia que cada año se daba a esta celebración religiosa; no sólo se
promulgaron bandos de buen gobierno, relativos al orden que debían llevar las
autoridades y los gremios de artesanos “con sus invenciones y pendones” durante
el acto, sino que aún se trajeron las ordenanzas que para esta fiesta existían
en Lima y en México, y se adoptaron aquí, multando con “pesos de buen oro” las
faltas u omisiones que se cometían.
Los
“veedores” de los distintos gremios — que eran los funcionarios encargados del
control y vigilancia de los oficiales y obreros— presentaban continuas
consultas al Cabildo sobre lo que tenían que hacer durante la procesión; y el
Ilustre Cabildo, reunido solemnemente, dirimía con la mayor seriedad esas
cuestiones y pronunciaba su fallo. “En dicho día, dice el acta de 26 de mayo de
1578, se presentaron ciertas peticiones, una por parte de Lorenzo López,
herrero, y otra del veedor de los zapateros, acerca de sacar sus pendones el
día de Corpus Christi. Y proveyeron a ellas según parecerá más adelante”.
Año por
año se agregaban a la procesión de Corpus nuevos aditamentos para su brillo y
solemnidad: las “invenciones” de los gremios de artesanos pusieron una nota de
ingenuo fervor en la ceremonia, al extremo de que el pueblo llegó a veces hasta
una infantil extravagancia. Entre esas “invenciones” había una que se
denominaba "la tarasca”, que era una serpiente monstruosa que iba delante
de la “cruz alta” despejándole el paso, “a colazos”, entre los chiquillos y los
indios que se agrupaban para ver a los payasos y “catimbados” que abrían la
marcha de la procesión, vestidos en forma ridícula, diciendo chistes y dándose
“vueltas de carnero”. Seguían a estos “catimbados” los “gigantes” y los
“cabezones”; los primeros eran individuos montados en zancos con una larga
túnica que “arrastraba” para que no se vieran Tos palos”; los segundos llevaban
cubierta la cabeza con una máscara voluminosa de las más extravagantes figuras
de hombre o animales.
Las tres
comunidades religiosas que existían en esa época, construían cada una un altar
en otras tantas esquinas de la Plaza; los dominicanos en la Norte-Oriente, los
mercedarios en la Sur-Oriente y los franciscanos en la Sur-Poniente; la
procesión salía de la Catedral — cuya puerta principal daba entonces hacia el
Norte continuaba por la calle de Santo Domingo (hoy Puente), doblaba hacia el
Oriente por la calle de Santiago de Azócar (hoy Santo Domingo) y seguían hasta
la Plaza por la calle del Contador (hoy 21 de Mayo). Al llegar a la esquina se
encontraba con el altar de los “dominicos” donde se hacía la primera estación
para dar la vuelta a la Plaza, deteniéndose en cada esquina frente a los otros
altares.
Cuando
llegaron los jesuitas, en 1592, pidieron que se les permitiera, también
construir un altar en la esquina Nor-Poniente, y desde entonces datan los
cuatro altares que se alzan para la procesión de Corpus en la Plaza; cuando
esta Compañía fue expulsada de los dominios españoles, en 1767, entraron a
reemplazarlos, en esto del altar, los agustinos.
Tal vez
al establecerse en Santiago la segunda Real Audiencia, en 1607, fue cuando se
modificó el recorrido de la procesión, haciéndola solamente alrededor de la
Plaza, en cuyas avenidas se levantaban arcos de arrayán, adornados con flores y
cintas, y se sembraba el trayecto “de yerbas odoríficas”. En los arcos se
colocaban “granadas” de papel, que por medio de cintas o cordones de seda, se
abrían al pasar el Palio, y lo cubrían de flores y papeles picados de colores;
de algunas granadas salían palomas blancas o pajaritos de raros plumajes, cuyo
vuelo era observado con expectación, atribuyéndosele los más extraños augurios.
Uno de
los más grandes honores a que podían aspirar los “nobles” santiaguinos era el
de llevar las varas del palio y los demás atributos de ritual durante la
ceremonia y así vemos, a través de los acuerdos del Cabildo y de las numerosas
relaciones que existen, que las “competencias” por este capítulo entre las
autoridades y vecinos fueron muchas y ruidosas. Algunas de ellas fueron
“sonadas” en todo sentido, pues en una ocasión sonaron en plena procesión,
dentro de la Catedral o en la Plaza, tres o cuatro bofetadas por lado, entre
los que se creían con mejor derecho para “sacar” una vara del palio, o los
“guiones”. Luego contaré un de estos incidentes.
La
instalación de la Real Audiencia, en 1607, vino a extremar la solemnidad de la
fiesta de Corpus, pues los Oidores quisieron tener en ella la situación
preponderante y expectativa a que eran tan aficionados y que estimaban
imprescindible para conservar, sobre sus subordinados, el ascendiente de la
alta investidura realenga que representaban.
Nada
demuestra con mayor propiedad la importancia y solemnidad que llegó a tener la
procesión de Corpus, durante el coloniaje, que la relación que de ella hace el
historiador jesuita padre Alonso de Ovalle en su Histórica Relación del
Reino de Chile.
Vale la
pena que el lector conozca algunos párrafos de esa descripción para resarcirlo
de la muy escueta que estoy haciendo en esta mal hilvanada crónica.
“El
ilustrísimo señor Obispo, el Presidente y oidores de esta Real Audiencia y
demás ministros — dice Ovalle—, tienen repartidos entre sí los ocho días del
octavario de Corpus Christi, haciendo cada uno de ellos, el día que le toca,
todo el gasto, que es muy grande, porque la cera vale muy caro por tenerse que
traer de Europa, y “los olores” también, porque la mayor parte de ellos viene
de afuera. Hacen crecer estos gastos, y consiguientemente el lucimiento de
estas fiestas, la santa emulación y competencia con que se procuran aventajar
los unos a los otros, y así, durante los ocho días, la iglesia está hecha una
poma de olor cuya fragancia se siente a mucha distancia”.
“Las
procesiones del día de Corpus y del octavario corren por cuenta de la Iglesia;
y el colgar las calles por donde pasa la procesión y hacer en ellas los altares
lo hacen los moradores y todas las religiones y cofradías concurren como se
acostumbra en otras partes y, todos los oficios mecánicos con sus estandartes y
pendones de modo que viene a recorrer la procesión un muy gran trecho.
“Después
de las procesiones de la Catedral se siguen las de las demás religiones y
monasterios de monjas, con que vienen a durar todas más de un mes, procurando
cada cual se salga mejor la suya, con mayor ostentación de cera y adorno de
andas y altares, los cuales suelen hacerlo muy vistosos y de curiosas tramoyas
y artificios.
“A todas
estas procesiones aluden los indios de la comarca que están en las chacras (que
son como aldeas a una o dos leguas de la ciudad), y trae cada parcialidad su
bandera o pendón con el alférez que cada año eligen para esto, que es cargo muy
apetecido; y este alférez tiene la obligación de hacer fiesta el día de la
procesión a los demás de su parcialidad. Es tan grande el número de esta gente
y tal el ruido que hacen con sus flautas y con la vocería de sus cantos, que es
menester echarlos todos por delante para que se pueda oír la música y canto de
los eclesiásticos y podernos entender para el gobierno de la procesión”.
Hasta
aquí él padre Ovalle.
Ocurrió
un año — por disgustos entre los señores del Cabildo y altos funcionarios,
ocasionados por las competencias de etiquetas y de colocación de asientos en la
Catedral— que los señores Regidores se enojaron y aún no asistieron, o
amenazaron con no asistir, a solemnizar con su presencia el acto religioso.
Como entonces no era como en estos benditos tiempos de la República, en que
cada Regidor hace lo que le da la gana, la dificultad se arregló en un
estornudo, que es cuanto cabe en rapidez, mediante una simple orden del
Licenciado López de Azocar, Teniente de Gobernador, Capitán General y Justicia
Mayor del Reino, quien, al saber que los Regidores andaban cubileteando para
acordar la inasistencia, mandó escribir la siguiente orden que los mandó
notificar “verbo ad verbum”, que es como quien dice: tete a tete:
“Se
ordena al Cabildo, Justicia y Regimiento, que el Jueves que viene, que es el
día de Corpus Christi, se manden poner asientos en la Iglesia para el Cabildo y
que aquel día vayan juntos, por ayuntamiento, so pena que pague diez pesos el
que no fuere; y cométese al señor Alguacil Mayor para que haga cumplir lo
ordenado y firmólo su señoría de su nombre, de que doy fe.
— Ginés
de Toro Mazotte”.
Después
de este úkase los “municipales” acudieron todos a la fiesta y con la mayor
reverencia.
La fiesta
de Corpus Christi sólo podía compararse, en solemnidad, con la del Apóstol
Santiago, patrono de la Capital del Reino, porque en ésta se hacía el paseo del
Estandarte Real y como fiesta civil que era, el pueblo se divertía más
libremente; pero que la fiesta de Corpus era todo un acontecimiento, para cuya
celebración se preparaban con meticuloso empeño no sólo la autoridad religiosa,
sino los poderes públicos, la sociedad y el pueblo, lo manifiesta con
unanimidad incontrarrestable cuanto papel viejo llega a tratar sobre este punto
en los trescientos años de nuestra vida colonial y aún de los primeros años de
la República.
En primer
lugar — como dice el historiador jesuita— era la Real Audiencia, la Corporación
más alta del Reino, la que encabezaba las ceremonias con su Presidente, el
Gobernador de Chile. Desde la fiesta de Corpus, hasta la Octava, que se celebra
ocho días después, se llevaban a cabo en el recinto de la Catedral solemnes,
ceremonias eucarísticas a las que asistía por riguroso turno, un Oidor, que las
presidía vestido con su traje de gala, esto es, “garnacha y birrete carmesí”
rodeado, además, de todo el esplendor que correspondía a su dignidad de
representante de la autoridad real. Este honor insigne costaba al Oidor de tumo
algunos patacones, porque estaba obligado a costear el gasto de la cera que se
consumía durante la larga ceremonia, y hubo Oidor bastante roñoso, que se negó
a pagar cierta vez la cantidad de ochenta pesos, por parecerle excesiva; pero
fue obligado a ello después del correspondiente escándalo y pleito.
El orden
de la procesión, esto es, el sitio que debían ocupar en ella el Presidente, los
Oidores, el Corregidor, 'los Alcaldes, el Cabildo, los altos funcionarios, las
cofradías, los canónigos, los prelados de las órdenes religiosas, los clérigos
y frailes era tan riguroso que para eliminar en lo posible las incidencias, se
fijó más tarde en un ceremonial especial, que fue incluido en la Ley 44, Libro
III, Título 15 de las Leyes de Indias...
Por lo
tanto, no era cosa tan sencilla para una autoridad colocarse como “alumbrante”
en la procesión de Corpus, pues si por despreocupación o ignorancia se colocaba
delante o detrás de alguien que era su superior o su inferior, el “agraviado”
le metía pleito al día siguiente y le pedía “reparación del agravio’’ y aun le
pedía “daños”, como ocurrió al procurador de comercio don Felipe Godoy y
Riberos con el escribano público don Juan Zarfate de Hionojosa, quien le cobró
a Godoy quinientos patacones en concepto de daños por haberse colocado delante
de él en la procesión de Corpus del año 1654.
Según la
ley 44 ya citada, el palio debía colocarse en el presbiterio “entre los
canceles o sitio donde se hallan los tribunales de la Real Audiencia y el
Cabildo, e allí de manos de un presbítero deben recibir las varas del Palio los
regidores, el guión el Corregidor y el estandarte el regidor más antiguo; e
cuando el preste diga “procedamus in pace”, se tomarán los ciriales saliendo la
Cruz del Cabildo adelante del guión y del Estandarte”, etc., etc. Bueno, pues;
a pesar de que la Ley de Indias número 44 era tan clara y meticulosa, no
faltaban incidentes serios sobre precedencia que se desarrollaban en el recinto
mismo de la Catedral o en el curso de la procesión, con el escándalo
consiguiente.
Uno de
éstos sucedió en la fiesta de Corpus del año 1714 y voy a hacer breve
referencia a él para que mis lectores se den cuenta de la importancia que se
atribuía entonces a éstos y a todos los cargos honoríficos.
Estaba
todo listo para que partiera la procesión desde el presbiterio de la Catedral
con dirección a la Plaza; los Regidores en su sitio con las varas del palio, la
Audiencia formada en corporación, el Cabildo eclesiástico, el secular y todo el
mundo con sus respectivos cirios en la mano, cuando el presbítero Maestro de
Ceremonias tomó el Guión, y en vez de llevárselo al Corregidor — a quien le
correspondía, y el cual esperaba devotamente arrodillado— se lo fue a entregar
a don Baltasar de Morales y Torre del Álamo que estaba un poco más distante.
El
Corregidor vio pasar el Guión por su lado, y creyendo que el Maestro de
Ceremonias no lo había visto a él, le dijo, al pasar:
— Estoy
aquí, don Manuel María; déme Vuestra Merced el Guión.
— El
Guión se lo paso a quien corresponde — contestó el Presbítero—, que yo sé mi
obligación—. Y sin más lo fue a entregar al “dicho’’ Torre del Álamo, quien,
tomándolo reverentemente, se colocó delante de la Cruz del Cabildo.
Pero
inmediatamente surgió otro incidente casi tan grave como el que acababa de
producirse; el Guión no podía quedar delante de la Cruz del Cabildo y el
clérigo que la llevaba se negó a continuar la marcha. Entre tanto, el
Corregidor había redamado de su derecho ante el Oidor de semana que iba en el
grupo de la Real Audiencia y este magistrado habíale contestado que en esa
circunstancia solo tenía dos caminos: aguantar el desaire y presentarse al día
siguiente en recurso de queja y agravios ante el Tribunal, o, sencillamente,
quitar allí mismo el Guión al intruso don Baltasar de Morales...
Entre
aguantar el desaire, que ya era público, y afrontar el escándalo que tenía que
sobrevenir si procedía violentamente, el Corregidor optó por lo último; al fin
y al cabo era él la primera autoridad administrativa de Santiago y no podía
menoscabar sus prerrogativas y dignidad ante la audacia de un intruso.
Antes de
pasar adelante, tengo la obligación, como honrado cronista, de informar al
lector de que don Baltasar de Morales y Torre del Álamo había sido agraciado
por el Rey, recientemente, con el cargo de Mayordomo de la Catedral en pago de
señalados servicios en la guerra de Arauco — aunque las malas lenguas afirmaban
que lo había comprado en mil ducados de Castilla— y que este cargo le daba la
prerrogativa de cargar el Guión en las procesiones del Santísimo; de modo que
al haber tomado la discutida insignia, por primera vez ese año, no estaba tan
de a pie en su derecho.
Pero
vamos adelante con la procesión.
Dije que
el clérigo que llevaba la Cruz del Cabildo Eclesiástico, al ver que Torre del
Álamo se colocaba delante de él con el Guión, se había negado a continuar la
marcha y que con esto la procesión se había detenido. Al producirse este hecho,
el Maestro de Ceremonias se encontraba en esos momentos cerca del palio —
debajo del cual ya estaba colocado él sacerdote con la Sagrada Custodia— y
corrió hasta adelante para averiguar la causa y resolver la dificultáis ; pero
cuando llegó al sitio del suceso, encontróse con que el Corregidor venía
triunfante con su Guión — que se lo había quitado “a fuerza de brazos” al
Mayordomo— y se colocaba detrás de la Cruz del Cabildo con lo cual la procesión
continuó su marcha.
— ¿Cómo
se atreve, vuestra merced, a formar este escándalo dentro del templo? —
interrogó al Maestro de Ceremonias—, ¡Déme el Guión, me corresponde a mí, por
ser la primera autoridad de la ciudad — contestó enérgicamente el Corregidor— ;
y cállese la boca el cleriguillo de cualquier cosa, antes de que lo mande sacar
de la iglesia con los alguaciles.
En
efecto, un par de alguaciles se colocaron a cada lado del Corregidor indicando,
elocuentemente, estar dispuestos a prestar ayuda a su jefe.
Entre
tanto, el desposeído Mayordomo Torre del Álamo había llegado también junto al
Maestro de Ceremonias e intervenía en el diálogo diciendo:
— El
Guión me corresponde por ser yo el Mayordomo de la Catedral y si vuestra merced
no me lo entrega, mandaré detener la procesión y además, impediré que salgan
los danzantes y comparsas.
— Se
guardará muy bien de hacer eso — respondió el Corregidor—, porque buena vara
tengo para hacerlos danzar sobre la cabeza de vuestra merced.
Y
dirigiéndose a uno de los alguaciles le ordenó:
— Vete
adelante, Pedro Cuero, y que “por nada’’ se me vayan los bailarines; si no
quieren danzar, córreles azotes para que bailen con gusto.
Los
bailes de los zambos y mulatos eran los números más atrayentes de la procesión
de Corpus, y casi siempre se formaban dos grupos que rivalizaban en piruetas y
entusiasmo ante el palio del Santísimo.
A
mediados dél siglo XVIII los bandos se denominaban “de la Cañada’’ y “de la
Chimba”, siendo estos últimos los que se llevaban siempre la simpatía del
pueblo y el premio que daba el Cabildo. Diré, de pasada, que después de cada
procesión ambos bandos se daban cita a la orilla del Mapocho y se “agarraban a
piedra” de lo lindo para resolver, en definitiva, cuál de los bandos había
bailado mejor.
Torre del
Álamo salió, efectivamente, de la iglesia en dirección a la Plaza para impedir
las danzas, pero detrás de él salió un alguacil... Por suerte el Tesorero don
Juan de la Olivia que se había dado cuenta de la gravedad del incidente, salió
al encuentro del agraviado Mayordomo y le dijo:
— Por
amor de Dios y por respeto a Nuestro Amo, quédese tranquilo, don Baltasar, y
preséntese mañana mismo a la Real Audiencia quejándose de agravio contra el
Corregidor; aseguro a vuestra merced que ganará el pleito con costas y daños,
pues el derecho de su merced es muy claro y todos aquí estamos de su parte.
Tranquilizóse,
con esto, don Baltasar y concluyó el incidente, por el momento; pero una vez
terminada la procesión los amigos y parientes del Mayordomo, reunidos en
comentarios 'en el atrio de la Catedral y en la Plaza, “acometieron a los hijos
del Corregidor y hubiera sangre si no intervinieran las guardas de Palacio’’.
Después
de un pleito que duró siete años, el Rey resolvió la competencia entre el
Mayordomo y el Corregidor “ordenando que en lo de llevar el Guión en la
procesión de Corpus las autoridades se atengan a la costumbre”. ¡Era tomarles
el pelo a los contrincantes!
Cuando
llegó a Santiago la real sentencia, el Mayordomo don Baltasar de Morales y
Torre del Álamo había muerto hacía dos años.
§ 24.
¡Agáchate, Semana Santa!
La
procesión del Domingo de Ramos y los “maitenes’’ que se rezaban en la tarde de
ese mismo día en todas las iglesias, eran los preliminares de las solemnes
cuanto pavorosas ceremonias de Semana Santa con que se conmemoraba la Pasión
del Redentor dél Mundo en los devotos y ya lejanos tiempos de la colonia; en
estas fiestas participaban por igual y sin excepción, todos los habitantes de
cada ciudad del Reino, y cada cual en su esfera.
Los días
lunes y martes santos eran los destinados a proveerse de cuanto se necesitaría
para la alimentación y sustentamiento de la población durante 'los días
miércoles, jueves y viernes, en los cuales se paralizaban, absolutamente, todas
las actividades. En estos días no salían carretas, ni coches, ni vendedores a
pie, o a caballo, ni se abrían los “baratillos”, ni funcionaba la “recova”, ni
se hacían ruidos por las calles ni se hablaba fuerte dentro de las casas.
Por si no
se me presenta otra ocasión, aprovecho la presente para informar al curioso
lector de que 'la “recova” funcionaba en el costado Oriente de la Plaza de
Armas, en un largo galpón, “ramada” o carpa de “gangochos” — de todo esto
tenía— que se había ido formando desde los tiempos de Pedro de Valdivia, y que
no terminó sino en los de la República. En esta “recova’’ se vendía la carne,
las verduras, las frutas, las velas de sebo y demás vitualla que consumían los
santiaguinos, amén de las “chalailas”, calzones, polleras, mantas, etc., etc.,
que usaba la gente del pueblo. Las carretas penetraban hasta el medio de la
Plaza, como asimismo los argueneros y “burreros”, amarrando los animales en los
“horcones”; allí pasaban el día y pernoctaban; hay que figurarse el basural y
los olores.
Pues
bien, esta recova no funcionaba los tres últimos días de Semana Santa; y con
motivo de las procesiones y otras festividades que tenían lugar en la Plaza, se
la limpiaba y aseaba de las inmundicias de un cuatrimestre por lo menos.
El
extraordinario movimiento que ocurría los días lunes, martes y parte del
miércoles, con motivo del aprovisionamiento de la población, se interrumpía
casi violentamente al atardecer del último de los días indicados, al sonar los
repiques de las campanas de la Compañía, de la Merced y de San Agustín que
anunciaban a los fieles la salida de sendas procesiones de sus respectivas
iglesias. La primera salía de la Compañía (edificio del Congreso), llevando un
“anda” con la imagen de la Verónica. Los “alumbrantes” de esta procesión
componían una cofradía, formada exclusivamente por negros africanos, horros y
esclavos, pero “todos retintos’’; la Verónica era un muñeco dentro del cual se
acomodaban un lego jesuita o uno de los más hábiles cofrades, para mover en el
momento oportuno los brazos de la “santa’’ y enjugar el rostro del Divino
Maestro cuya imagen venía en otra “anda” de la procesión de San Agustín.
Cuenta
una crónica del año 1653, que durante la procesión de la Verónica del año
anterior ocurrió un incidente que alcanzó sus ribetes de trágico. El caso fue
que a tiempo de salir la procesión por la puerta del costado de la iglesia de
la Compañía, lista ya el anda y encendidas las velas de los “alumbrantes”,
sintióse repentinamente enfermo y con agudos dolores el hermano Baltasar,
coadjutor jesuita que salía todos los años metido dentro del muñeco que
representaba la Verónica, el cual ya se había hecho práctico en la no muy
sencilla función de mover los brazos del maniquí para enjugar el rostro de la
imagen del Redentor que venía en la otra anda.
El
mayordomo de la cofradía de negros don Pedro de Sojo y Guevara, bajo cuya
responsabilidad estaba la organización y el éxito de este “paso’’ de la
procesión, se encontró, pues, con una dificultad tremenda y al parecer
insubsanable dado lo repentino del caso; no era posible suprimir la escena
entre el Cristo y la caritativa mujer hebrea, pues esa escena era el motivo
principal y el fundamento mismo de esa festividad eminentemente popular de la
tarde del Miércoles Santo; comprendiólo también así el padre Vicente Modolell,
superior de los jesuitas, a quien se llamó rápidamente a la sacristía. Entre
tanto, él infeliz coadjutor se retorcía de dolor echado sobre la tarima de un
confesonario; pero al ver los apuros de sus hermanos, elevó sus manos al cielo
y en un supremo esfuerzo incorporóse, entre dos profundos lamentos, encaramóse,
ayudado por algunos, sobre el “anda” y se acomodó, como de costumbre, “dentro”
de la Verónica.
Cruzó la
procesión la calle de la Catedral y desembocó en la Plaza, adonde había llegado
ya el anda de los Agustinos que traía la imagen del Salvador Angustiado; todos
esperaban, impacientes, el momento en que la Verónica se acercase a Jesús,
extendiera el paño, lo aplicara al Divino Rostro y como premio a su caridad
recogiera la vera efigie del Maestro ante la cual se iba a postrar, emocionada
y clamorosa, la devota multitud.
Acercábase
en efecto, lentamente, el anda de la Verónica por entre la apretada muchedumbre
anhelante... pero esos brazos que sostenían el lienzo milagroso no se movían,
como en años anteriores, en demanda de alcanzar, aún de lejos, el rostro
sudoroso de Jesús; la Verónica, aparte de su faz compungida y lacrimosa, no
manifestaba intención alguna de cumplir su caritativa misión.... La mancha
continuó hasta que ambas imágenes quedaron juntas, pero la Verónica no movía
los brazos.
— ¡Ya,
hermano Baltasar!..., ¡ya!, ¡ya! — ordenaba en voz baja y anhelante el
mayordomo don Pedro de Sojo y Guevara.
La
multitud comenzaba a inquietarse y la emoción mística tendía a desaparecer para
dar lugar a quién sabe qué manifestación de desengaño; un extraño silencio,
precursor de tempestad, empezó a disiparse alrededor de las andas; poro en ese
momento los brazos de la Verónica se levantaron temblorosos, alcanzaron a
llegar hasta los hombros del Nazareno, pero cayeron otra vez, fláccidamente. En
ese mismo instante un cuerpo inerte rodó sobre el tablado en medio de la
estupefacción de los devotos.
A pesar
del supremo esfuerzo el hermano Baltasar no había alcanzado a dar término a su
misión...
Llevado a
su convento, el hermano Baltasar “pasó desta vida” a los tres días — el sábado
de gloria— sin haber recobrado el conocimiento.
Las
festividades de Semana Santa, solemnes e imponentes, que se celebraban en el
año, constituían un semillero de dificultades y de intriguillas por la
obtención de los honores que se distribuían entre las personalidades de nuestro
mundillo colonial. Estos honores consistían en “llevar el Guión”, en las
procesiones de las cofradías formadas por la nobleza, en tomar las varillas del
palio y hasta en “alumbrar” con ciriales de respetable volumen.
El año
1685 ocurrió un verdadero escándalo entre tres miembros del Cabildo, a causa de
que el Corregidor, Justicia Mayor y Teniente de Gobernador del Reino, don
Francisco Antonio de Avaria impidió, por decreto, que los Regidores don Rodrigo
Montero del Águila y don Alonso Velásquez de Covarrubias recibieran en
custodia, el día Jueves Santo, las llaves de alguno de los Sagrarios de los
“monumentos” que se hacen ese día en los templos.
Recibir
en custodia estas llaves era un honor reservado solamente para los “de copete”,
y además se pagaba caro, pues el interesado estaba obligado a costear la cera
de su Sagrario y Monumento durante el jueves y el viernes.
A pesar
de la expresa prohibición, que les fue leída y oportunamente notificada por el
escribano Cabezón, los Regidores Montero del Águila y Velásquez de Covarrubias
recibieron las llaves de los Sagrarios de la Compañía y de Santa Ana,
respectivamente; pero llegada la noticia al Corregidor los mandó tomar presos y
los encerró en la Sala del Cabildo el mismo Jueves Santo a las ocho de la
noche. Reclamaron los presos, por intermedio de sus parientes, ante el Oidor de
turno don Juan de la Cueva, por prisión arbitraria y este magistrado, no
obstante la hora, mandó buscar los “autos”, que estaban en poder del escribano,
para tomar conocimiento de tan serio reclamo.
Los
parientes de los presos, buscaron al escribano “por cielo y tierra”, pero no
pudieron dar con él; esperó el Oidor hasta la media noche, y ¡claro! no se
creyó obligado a esperar más y se metió entre las sábanas. Un poco después de
esa hora acertó a pasar Cabezón por frente al Cabildo donde continuaban presos
los regidores; ver al escribano el Regidor Montero del Águila, y salir tras él,
violando su prisión, fue todo uno; lo alcanzó antes de que saliera del portal y
deteniéndolo, le pidió los autos “tomándolo de la solapa de la ropilla”; y como
el escribano se negara a entregarlos y aun a contestar derechamente. Le dio tan
gran golpe en el pecho que lo derribó de espaldas y comenzó a darle de
patadas’’, y no paró en esto, sino que echó mano a la charrasca y “asestóle”
una cuchillada en la cabeza que por no tener filo la espada y haberla barajado,
la víctima, con el brazo, sólo le produjo una lastimadura en la mano derecha’’.
No es
necesario decir que a pesar de la hora y el día Santo, se formó en la Plaza un
tole-tole apreciable, que terminó con la intervención del Corregidor, el cual
mandó nuevamente a la cárcel a los belicosos Regidores, donde tuvieron que
permanecer hasta las siete de la mañana siguiente, hora en que fueron puestos
en libertad a exigencia de los jesuitas, pues, como se recordará, Montero del
Águila era depositario de las llaves del Sagrario de ese templo.
— Si el
señor Regidor Montero no asiste a la ceremonia — alegó el Superior, que lo era
el padre Antonio Alemán— no habrá oficios en nuestra iglesia y el señor
Corregidor Avaria será el responsable de tan grave desacato ante quien
corresponda.
Ante
estas concluyentes razones, el Regidor Montero de Águila hubo de quedar en
libertad y lo mismo se hizo con su compañero don Alonso Velásquez.
Y como
nunca faltaban incidentes profanos que interrumpían el devoto recogimiento que
sinceramente observaba la ciudad durante los días de la Semana Santa, el pueblo
que todo lo adorna con una frase irónica y cabal, adoptó, tal vez desde
entonces, la conocida frase: “¡Agáchate, Semana Santa!”, para hacerse perdonar
los pecadillos que también cometía él en esos mismos días.
§ 25. La
cruz florida de las doncellas de Coleara
Al amparo
del fuerte de Colcura, situado en la pequeña serranía que separaba las
belicosas reducciones araucanas de Lota y Laraquete, habíase guarecido una
pequeña población española que prosperaba, por los años de 1650, extrayendo de
grandes hoyos o quebradas de la costra terrestre, las primeras capas de carbón
mineral que fueron, después de un par de siglos, la fortuna de don Matías
Cousiño.
La guerra
araucana, mediante las negociaciones de paz que habían culminado con los
parlamentos de Quillín y de Boroa, podía, a juicio de los conquistadores, darse
por terminada o por indefinidamente suspendida entre los ríos Itata y Valdivia,
deslindes convencionales del Estado Araucano; solamente oíase decir, de vez en
cuando, que algunos indios belicosos de las regiones entre el Río Bueno y el
Pilmaiquén celebraban juntas de guerra para preparar nuevas depredaciones, que,
por lo demás, preocupaban poco a los capitanes españoles, que ya se
consideraban definitivamente triunfantes.
Las
ciudades de Chilán, Concepción, Angol, Imperial, Villarrica, Valdivia; los
numerosos fuertes diseminados a través del territorio araucano y las ricas
haciendas y encomiendas que habíanse formado en aquellos fértiles campos,
llevaban tres o cuatro años de vida próspera y pacífica dando bienestar y
opulencia a sus poseedores. Grandes partidas de “comida” en forma de “charqui”,
cecina, vinos, miel, jarcia, sebo, azogue, plata y oro salían hacia el Perú
para regresar de allí convertidas en “pañete”, cendales y bayetas para los
trajes de hombre, y terciopelos, chamelotes, anafayas, melanias, tisúes y demás
géneros de lujo para las damas, amén de “tembleques”, sortijas, zarcillos
“aujadores’’, carabanas y un “celemín” de objetos de oro, brillantes y piedras preciosas
a las cuales eran terriblemente aficionadas nuestras abuelas, y lo serán
nuestras tataranietas...
Uno de
las industriales más prósperos de los alrededores de Concepción, ciudad que iba
teniendo casi más importancia que Santiago — ya he dicho que más de un
Gobernador pensó, seriamente, en constituirla en Capital del Reino— era el
extremeño don Pablo Ramírez de Cáceres, vecino y casi dueño del pueblo minero
de Colcura; sus crianzas de ganado, sus vastos sembrados de trigo y de
“fríjoles”, y especialmente la explotación, aunque rudimentaria, de los
yacimientos de carbón que encontrara en las faldas y quebradas que circundan la
bahía de Arauco, le habían proporcionado un bienestar que era una promesa de
opulenta fortuna.
Dos
chiquillas de quince y dieciséis primaveras — dos botoncitos de rosa— alegraban
su hogar enlutado por la viudez; una “dueña” cincuentona, ex novia del convento
de las Agustinas, que había tenido que abandonar el claustro por falta de dote,
cuidaba de esas criaturas desde que les faltara su madre, una señora Rioseco
natural de Concepción; y un capellán, el Bachiller don Juan Omes de Saa,
dirigía sus pasos por el sendero de la virtud y les “mostraba leer”. Todo era
placidez y encantamiento alrededor de don Pablo Ramírez de Cáceres y de sus
bellas hijas allá por los años de 1653 y 54; y para que la dicha fuera
completa, un par de bizarros capitanes empezaron a arrastrar sus capas
coloradas y a lucir su apostura frente a la reja de las dos criollas.
Pero
cierto día, al atardecer, ambos galanes encontraron junto a la reja de sus
amadas a un indio que llevaba alrededor de su cabeza el “trarilonco’’ de los
ulmenes; era un mocetón alto y membrudo que se afanaba, en esos momentos, en
adornar los toscos hierros de la reja con un enorme ramo de copihues.
Detuviéronse,
sorprendidos, los capitanes, al ver al indio ante la ventana; pero el mocetón
ni siquiera se dignó mirarlas y una vez que terminó su tarea, recogió su
“manta”, la terció gallardamente sobre su busto desnudo y fuése con paso firme,
haciendo temblar, a cada tranco, la esbelta, larga y pintada pluma, que
adornaba su frente de indio noble.
Por
primera vez, en sus cien años de vida revolucionaria y conspiradora, los hijos
de Arauco rebelde iban a obedecer, al unísono, una voz de orden. La guerra de
los indios chilenos se caracterizaba por el desorden con que sus jefes
emprendían el ataque y por la ausencia de un plan de operaciones que aunara los
sorprendentes esfuerzos que ese admirable pueblo hacía por conservar su
libertad. Cada ulmén, cada toqui, cada cacique o jefe de familia obraba a su
propia voluntad contra el enemigo común, sin que hubiera entre ellos más
acuerdo que el momentáneo para entrar en una batalla. Terminada la acción,
vencedores o vencidos, cada jefe tomaba un camino diferente sin preocuparse de
cimentar la victoria o de reparar la derrota; éste fue el secreto y la causa de
que la guerra de Arauco durara tres siglos.
Lautaro,
Colocolo, Caupolicán, Annavillu, Pelentaru, fueron generales que lograron unir
las fuerzas de Arauco obligándolas a obedecer sus órdenes; por eso obtuvieron
grandes y trascendentes triunfos; pero al desaparecer esos caudillos, casi
siempre en el campo de batalla, se rompía inevitablemente el lazo de unión y
faltaba el jefe que tuviera las condiciones para reemplazarlos, inmediatamente,
en el mando de la horda desenfrenada o presa de pánico.
Las
“paces” de Quillín y de Boroa recién celebradas con los españoles, fueron la
resultante de la derrota de los toquis Quempuantu, Curanteo y Curumilla, muerto
el último en el campo de batalla después de haber infligido una seria derrota
al ejército español. Desorientados los araucanos con tales desgracias,
retiráronse a sus campos y aceptaron de hecho la paz que se les ofrecía; no
tenían caudillo y necesitaban ponerse a cubierto del hambre.
Las
tribus belicosas fueran arrojadas al sur del Río Bueno.
Pero en
las serranías de Colcura, a pocas leguas de Concepción, surgió un nuevo
caudillo; era un mozo de veinte años, llamado Clentaru, que servía en la mina
del rico mercader don Pablo Ramírez, como capataz de los indios carboneros.
Este era el mocetón que, junto con estar organizando, en connivencia con el
bravo, tesonero y rencoroso Butapichón, caudillo del Río Bueno, el más grande
alzamiento que iba a presenciar el Reino, recogía manojos de copihues para
adornar la reja de las dos bellezas criollas que habían conquistado su corazón.
La noche
del 14 de febrero de 1655 fue la “noche triste’’ de los conquistadores de
Chile. Al esconderse la luna por el horizonte, pasada la media noche, todas las
ciudades, todos los fuertes, todas las haciendas, todas las faenas agrícolas y
mineras de la región comprendida entre los ríos Itata y Río Bueno, fueron
asaltadas súbitamente por los indios que estaban dentro de sus recintos en
calidad de servidumbre, apresando a sus moradores, matando a los que resistían
y prendiendo fuego a las casas. Enormes masas de indios bajaron, enseguida, de
las montañas y serranías armadas en guerra, para apoyar la acción de los
rebelados y arrastrar tras de sí a centenares de prisioneros, de preferencia
mujeres, y cuanto elemento creían útil.
Clentaru
había organizado el asalto de tal manera, que las fuerzas españolas se
encontraron en la imposibilidad de prestar el menor auxilio a las poblaciones
aterradas e mermes; el ejército español, compuesto de mil quinientos soldados
perfectamente armados, se encontraba en las riberas del Río Bueno, a más de
cincuenta leguas del teatro de los sucesos; otras fuerzas diseminadas en el
territorio amagado fueron copadas por las huestes indígenas y reducidas a la
inacción.
Las
tropas de Clentaru habían triunfado en las serranías de Colcura; pero su
caudillo, además de la dirección del movimiento rebelde, tuvo otras actividades
importantísimas que desempeñar esa noche y éstas fueron poner a salvo la vida y
las personas de aquellas dos beldades que se habían adueñado de sus
pensamientos, y que tal vez fueron las que estimularon sus deseos de ser
poderoso.
Pronunciada
la revuelta dentro del fuerte de Colcura, Clentaru con los suyos rodeó la casa
de don Pablo Ramírez de Cáceres, penetró en ella, se apoderó de los habitantes
y los hizo transportar a su guarida, situada en las impenetrables serranías de
Carampangue. Una vez en su “ruca”, el afortunado vencedor, a presencia del
angustiado padre, de la amedrentada “dueña” y del infeliz clérigo Juan Omes de
Saa declaró, solemnemente, que tomaba por mujeres suyas a las dos atribuladas
doncellas.
— “¿Cómo
podrá ser eso, contra la voluntad de ellas? — se atrevió a decir don Pablo,
sobrecogido de espanto”.
“Volvió
el rostro, con majestad increíble, el indio, y díjole al consternado padre que
ello sería solamente con la voluntad de las doncellas, y tomándolas con
respeto, a cada una por la mano, las llevó a su aposento’’.
Inútiles
fueron los ruegos, las lágrimas, las imprecaciones, la desesperación de aquel
padre infeliz, ante la terrible resolución del caudillo araucano; las cautivas
fueron alejadas de toda comunicación con los suyos, y éstos llevados a un sitio
apartado, juntos con otros prisioneros, donde tuvieron que soportar una larga
vida de sufrimientos y de trabajos.
Pasaron
hasta tres meses.
Una
mañana el caudillo indígena llegó al campamento donde trabajaba el padre de las
doncellas de Colcura; su aspecto era el de un hombre anonadado por tremenda
desgracia; sus ojos enrojecidos, caídos sus membrudos hombros, inclinada sobre
el pecho su coronada testa de ulmén, fláccidos los pómulos, se desplomó de
rodillas ante don Pablo Ramírez de Cáceres.
— ¡Tus
hijas han muerto! murmuró, broncamente.
Después
de un año de cautiverio, el misionero de Colcura, don Juan Ornes de Saa,
escribía al padre Rosales una carta en la que leo el siguiente párrafo:
“Y
sucedió el caso milagroso de que habiendo dado sepultura don Pablo Ramírez de
Cáceres a dos hijas suyas doncellas, que de los trabajos y padecimientos del
cautiverio habían muerto, puso en su sepultura una cruz que hizo, con dos palos
y a los pocos tilas brotaron hermosísimos pimpollos por los tres remates de la
santa cruz, haciéndose un coposo árbol que hoy se muestra maravillosamente. Y
esta cruz la he visto yo por mis ojos”.
La Cruz
florida de las Doncellas de Colcura perduró hasta principios del siglo XVIII; a
su lado se había construido, en 1666, una capilla para doctrinar a los indios,
y poco después, el Gobernador don Ángel de Peredo, fundó, allí mismo, la Villa
y Fuerte de San Miguel Arcángel.
§ 26. El
pueblo de Concepción depone a un Gobernador de Chile
El señor
don Antonio de Acuña y Cabrera, Caballero de la Orden de Santiago y Maestre de
Campo General de los Reales Ejércitos, se hizo cargo de la Gobernación del
Reino de Chile, y de la Presidencia de su Real Audiencia, el 4 de mayo de 1650,
ante el Cabildo de Concepción, puerto adonde arribó la nave que lo trajo del
Perú.
Acompañaban
al nuevo Gobernador, su esposa doña Juana de Salazar, que por edad podía ser
hija de su marido, y que por esta misma circunstancia ejercía sobre él un
predominio ilimitado; tres cuñados, Juan y José de Salazar, con sus mujeres, y
Gregorio, clérigo, más cuatro parientes, dos de ellos solteros. Toda esta
parentela, pobre como un hambriento, venía a Chile en busca de fortuna a la
sombra del deudo, recién ascendido al rango de Gobernador.
Aun no
tomaba conocimiento cabal del estado del Reino, cuando el Gobernador nombró
jefe de la importante plaza de Boroa con el grado de sargento mayor, a su
cuñado Juan, y tres años más tarde, ’dio el cargo de maestre de campo general a
su cuñado José.
Los
Salazares no tenían, al parecer, otro propósito que el de hacer fortuna rápida,
y muy pronto lo manifestaron con desvergonzada franqueza, iniciando cuanto
negociado forjaban en su imaginación, por bajo y ruin que fuese; su inventiva
llegó hasta a organizar la venta, como esclavos, de los indios prisioneros,
cosa que estaba terminantemente prohibida por el Rey.
En los
negociados de todo género que emprendían los dos hermanos tenía parte principal
la mujer del Gobernador, quien era la encargada de obtener, de su marido, la
aquiescencia que muchas veces se necesitaba para dar apariencia de corrección a
las extorsiones; por su parte, el hermano clérigo secundaba en cuanto estaba a
su alcance los actos de sus parientes sin importarle gran cosa el qué dirán de
'las gentes, ni los reproches que muchas veces recibía de sus superiores
eclesiásticos.
A poco de
estar Acuña en el ejercicio de su cargo, ocurrió una desgracia lamentable que
consternó a la colonia. El barco que conducía el dinero y las especies para
pagar sus sueldos al ejército y a los empleados de la frontera, encalló en la
desembocadura del río Bueno, a cuyas ambas riberas habitaban los indios
denominados “cuneos”. Al ver el buque y la tripulación perdidos, los salvajes
asaltaron y saquearon la nave y pasaron a cuchillo a los marineros. Este hecho
luctuoso produjo entre los soldados la indignación que es consiguiente, de
hacer un castigo ejemplar.
Los
Salazares se aprovecharon de esa indignación contra los indios para obtener del
Gobernador que los autorizara para emprender una campaña en regla contra los
cuneos; las expectativas de los Salazares eran las de poder tomar gran número
de prisioneros y venderlos, en seguida, como esclavos.
A fines
de diciembre de 1653, salieron del fuerte de Nacimiento las fuerzas
expedicionarias, constantes de novecientos soldados españoles y mil quinientos
indios auxiliares, al mando de don Juan de Salazar, instigador principal de la
empresa. A mediados de enero de 1654, llegó el ejército a orillas del Río Bueno
y se dispuso a cruzarlo para rodear el territorio de los cuneos.
“Estos
indios, prevenidos de la expedición que se dirigía contra ellos, estaban sobre
las armas. El maestre de campo, que esperaba recoger inmediatamente algunos
centenares de cautivos, no se arredró por la dificultad y mandó hacer un puente
de balsas de madera amarradas entre sí por sogas. Aquella construcción
improvisada no tenía solidez y suscitó las observaciones de los capitanes más
experimentados del ejército. Don Juan de Salazar no hizo caso de estas
prudentes observaciones y dio orden de romper la marcha. Conociendo el peligro
a que se les arrastraba, muchos soldados se confesaron para morir como
cristianos”.
El
resultado de la impericia y testarudez del jefe fue desastroso. Los primeros
doscientos soldados que pasaron a la orilla opuesta fueron horrorosamente
sacrificados por los indios a presencia del resto del ejército que esperaba al
otro lado. Se dio orden de que atravesara el puente, con rapidez, otro cuerpo
más numeroso para proteger al primer grupo; pero el puente no resistió el peso
y se precipitó al agua con cerca de quinientos hombres, muchos de los cuales
fueron arrastrados por la corriente. La expedición no tuvo más remedio que dar
la vuelta hacia la frontera del Bío-Bío con más de trescientas bajas.
Fue tal
la indignación que se produjo en la colonia contra el Maestre de Campo Salazar,
que el Gobernador se vio obligado a levantar un sumario para esclarecer la
conducta de su cuñado “pero los empeños y diligencias de doña Juana de Salazar
obtuvieron no sólo que se anulara el sumario sino, aún, que se autorizara de
nuevo al maestre de campo para emprender, al año siguiente, otra campaña contra
los cuneos”.
La nueva
expedición llegó a contar con más de dos mil quinientos hombres, de los cuales
mil eran indios que iban de mala gana. El 6 de febrero de 1655 emprendieron la
marcha desde la plaza de Boroa, y el 14 se encontraba cerca de San José de la
Mariquina, distrito de Valdivia.
Entre los
indios que en años anteriores habían sido; vendidos como esclavos, hubo un
muchacho llamado Butapichon, que fue enviado a Lima para servir en la hacienda
de don Felipe de la Concha; era costumbre entre esos mercaderes; de carne
humana, marcar a fuego a los esclavos con la marca que la hacienda usaba para
los animales; Butapichon. no pudo escapar a esta humillación infame y recibió
la candente impresión en la espalda, a la altura del hombro izquierdo, sin
lanzar un gemido; pero acercándose al capataz, le lanzó un salivazo al rostro,
por este acto de rebeldía y de protesta, fue azotado, públicamente.!
Mientras
Butapichon permanecía en la hacienda peruana, se dedicó, ostensiblemente, al
trabajo tranquilo de las faenas que se le encomendaban y hasta obtuvo que sus
amos le manifestaran cierta deferencia; pero ocultamente, fomentaba entre sus
hermanos de cautiverio el espíritu de rebelión prometiéndoles libertarlos y
restituirlos a la patria lejana. Un día desapareció de la faena y fue
encontrado oculto en la sentina de un barco que iba a partir a Chile; pero, con
algunos azotes en las espaldas, Butapichon fue restituido nuevamente a la
hacienda de su amo don Felipe de la Concha.
Transcurrieron
todavía dos años. Un nuevo Gobernador nombrado para Chile, don Francisco Lazo
de la Vega, queriendo congraciarse con los araucanos — con quienes deseaba
hacer la paz tan pronto desembarcara en Chile— obtuvo que los indios que
estaban cautivos en el Perú fueran puestos en libertad y le fueran entregados
para transportarlos a este país, en su propio barco. Butapichon y doscientos
más fueron traídos a Concepción y después de una solemne y ostentosa ceremonia
se les dio libertad en presencia de más de tres mil araucanos que habían sido
reunidos con ese objeto.
Pero
Butapichon, tan pronto se encontró en el seno de los suyos alzó la bandera de
rebelión con una tenacidad sólo comparable a la que había desplegado cincuenta
años antes el famoso Pelentaru y que había tenido por consecuencia la
destrucción de las siete ciudades españolas del Sur.
Antes de
un año toda la Araucanía estaba convulsionada y una guerra terrible y
despiadada echaba por tierra todas las buenas intenciones del nuevo Gobernador.
Durante veinte años mantuvo el rencoroso indio el cetro de la revuelta, sin que
los reveses que experimentaban sus tropas le hicieran amainar en sus propósitos
de arrojar definitivamente a los españoles del territorio araucano.
Los
acontecimientos del río Bueno y la segunda expedición que los Salazares habían
armado para castigar a los cuneos le dieron un arma nueva para esgrimirla
contra los castellanos. Él en persona recorrió la mayor parte de la región
araucana desde Osorno hasta el Itata, convocando a los indios para hacerles
saber que la expedición de los Salazares tenía por único objeto hacer
prisioneros para enviarlos como esclavos a las haciendas del Norte, Perú y
Panamá. Les explicaba los horrores de la esclavitud, lejos de sus mujeres e
hijos, los terribles castigos que se les imponía, y por fin les mostraba su
espalda desnuda, con la marca a fuego que durante su propio cautiverio había
recibido. Les manifestaba, en seguida, cuán fácil sería arrojar del país a los
conquistadores si todos los indios de todas las poblaciones, haciendas y
fortalezas de la región araucana se levantaran en un día y hora fijadas de
antemano para que atacaran y mataran a sus odiados amos.
Arduo era
el trabajo del tenaz caudillo, pero logró verlo realizado demostrando, con
esto, sus altas dotes de inteligencia, de actividad, de astucia y de firmeza,
cualidades que le han valido una de las más brillantes páginas de la historia
patria, debida a la pluma de Amunátegui en los Precursores de la
Independencia.
La fecha
fijada por Butapichon para el levantamiento general de los araucanos fue la
noche del 14 de febrero de 1655, la misma en que el ejército del Maestre de
Campo Juan de Salazar pernoctaba en los alrededores de San José de la
Mariquina, según dije más arriba.
A la
media noche del día indicado todos los indios de servicio o auxiliares de los
fuertes y ciudades de Chillán, Rere, Nacimiento, Arauco, Marigüeñu, Tucapel,
Cruces, Mariquina, Felipe de Austria, Buena Esperanza, etc., asaltaron de
improviso a sus respectivos amos y prendieron fuego a las ciudades y fuertes.
Al mismo tiempo los ulmenes y caciques que se habían repartido por las
cercanías de esos fuertes y ciudades, entraban en acción para atacar a los
espantados españoles, desbaratarlos y destruirlos. Más de cuatrocientas
estancias fueron arrasadas esa nefasta noche y sus pobladores pasados a
cuchillo o llevados prisioneros a las montañas, sin respetar a mujeres y niños.
Las pérdidas se avaluaron en más de ocho millones de pesos, doscientos cuarenta
millones de hoy.
El
Gobernador Acuña se encontraba en el fuerte de Buena Esperanza, a pocas leguas
de Concepción; la guarnición de este fuerte resistió valiente y eficazmente el
ataque de los indios, pero el Gobernador tuvo miedo de permanecer allí y ordenó
desalojarlo y trasladarse a Concepción para defender esta ciudad, según dijo.
La
retirada fue un verdadero desastre. Al amanecer del 15 de febrero salieron de
Buena Esperanza cerca de dos mil personas que allí se habían reunido huyendo de
las haciendas vecinas; soldados, religiosos, mujeres y niños, casi todos a pie,
iban rezando en alta voz para implorar la protección del cielo, detrás de un
fraile que llevaba el Santísimo Sacramento. A los dos días de penosa marcha el
Gobernador y los fugitivos llegaban a Concepción, donde la población salió a
recibirlos, presa de la mayor angustia. Las noticias que allí se tenían del
levantamiento general de los indios, eran desastrosas. Los fuertes y las
haciendas habían sido incendiados en su casi totalidad y los muertos y
prisioneros subían a miles; a cada momento llegaban nuevas informaciones cada
cual más terrible. La situación se presentaba tan espantosa por la insolencia
de los indios, que en la propia ciudad de Concepción habían penetrado hasta dos
cuadras de la plaza, apresando a las mujeres que encontraron a su paso.
Se supo,
además, que el fuerte de Nacimiento había sido desalojado por el Sargento Mayor
José de Salazar, que su población venía fugitiva en lanchas y grandes balsas
por el río Bío-Bío y que para alivianar el peso de las embarcaciones que
amenazaban vararse, se había cometido la inhumanidad, el salvajismo, de dejar
en tierra a muchas mujeres, que fatalmente habrían de ser presa de los
indios...
“En medio
de las angustias de aquella situación se oían por todas partes las quejas mal
encubiertas contra el Gobernador y contra los Salazares, a quienes el pueblo
acusaba de ser los verdaderos autores de tantas desgracias’’.
Se les
atribuía haber propiciado, por su codicia, el levantamiento de los indígenas y
se les recriminó por no haber tomado ninguna medida para evitarlo o para
reprimirlo. El abandono del fuerte de Buena Esperanza, bien provisto de tropas
y de elementos de defensa, fue considerado un acto de culpable cobardía del
Gobernador.
Pero el
desastre del fuerte de Nacimiento y los actos inhumanos cometidos por Salazar
con las mujeres, produjeron una indignación elevada al colmo. La excitación
cada momento más enconada y violenta contra el Gobernador, su mujer y cuñados
se iba extendiendo poco a poco a los amigos y parciales de éstos.
“El
Sargento Mayor don José Cerdán, que mandaba las tropas de la ciudad, conoció el
peligro de una conmoción popular y por medio de un religioso franciscano trató
de dar aviso de todo lo que pasaba al Gobernador para que se pusiese en
guardia”.
Pero ya
era muy tarde para poner atajo a la efervescencia del pueblo.
“El
sábado 20 de febrero el Cabildo y el pueblo de Concepción acudían en tumultoso
tropel a la casa donde tenía su residencia el Gobernador, llevando casi todos
sus espadas desnudas y lanzando los gritos amenazadores de ¡Viva el Rey! ¡Muera
el mal Gobernador!
“Don
Antonio de Acuña, favorecido por uno de 'los oficiales reales, don Miguel de
Cárcamo Lastra, apenas tuvo tiempo para huir al fondo de la casa; y saliendo
por una puerta excusada, pasó a buscar asilo en el vecino convento de los
jesuitas. Uno de sus cuñados, el clérigo Salazar, llegó a reunírsele poco más
tarde, saltando las tapias y huyendo también del odio popular contra toda su
familia. El pueblo habría querido arrancarlos de esos asilos; pero los
fugitivos hallaron en ellos protectores decididos que supieron ocultarlos
hábilmente en los momentos más críticos de la excitación revolucionaria”.
El
Cabildo y los vecinos más caracterizados penetraron en la casa del Gobernador y
enarbolaron en ella el estandarte real demostrar que sus procedimientos se
encaminaban solamente al servicio del Soberano; en seguida discutieron, en
Cabildo Abierto sobre la persona a quien se debía entregar el mando.
Aquella
asamblea pudo resolver este negocio sin desorden, sin grandes dificultades. La
intervención de algunos clérigos y frailes, para evitar los excesos de la
irritación popular, había tranquilizado un poco los ánimos, y los jesuitas, por
su parte, obligaron al Gobernador Acuña a hacer por escrito, la renuncia del
mando, como único medio de salvar la vida.
Cuando el
jesuita Lope Cedeño se presentó ante la asamblea con la renuncia escrita del
Gobernador, el Corregidor de la ciudad don Francisco de Gaete, que dirigía el
movimiento, agitó sobre su cabeza el papel, gritando para hacerse oír:
—
¡Señores, ya tenemos aquí la “dejación” que el Gobernador hace de su cargo!
¡Ahora"' tenemos las manos libres!
— ¡Que
ahorquen al Gobernador! — gritaron los más exaltados.
— ¡Al
Gobernador no se lo puede ahorcar — gritó el Regidor Juan Barba—, pero sí a don
Antonio de Acuña y Cabrera!
Los
frailes intervinieron, otra vez, y apaciguaron los ánimos que se iban a
enardecer de nuevo.
Después
de dos horas de deliberación, la asamblea revolucionaria designaba como
Gobernador provisional del Reino al Veedor General del Ejército don Francisco
de la Fuente Villalobos.
La
Audiencia de Santiago no aceptó ni reconoció al nuevo Gobernador; por lo
contrario, mandó al Cabildo de Concepción que repusiera al antiguo, a pesar de
que reconocía su incapacidad y los motivos muy fundados que habían tenido los
vecinos para deponerlo.
Procesó,
en seguida, al Gobernador de la Fuente y a los promotores del movimiento
revolucionario y pidió al virrey de Lima, conde de Alba de Liste, que exonerara
al Gobernador Acuña y Cabrera y lo procesara conjuntamente con sus
"cuñados, Juan y el clérigo.
El otro,
José de Salazar, jefe del fuerte de Nacimiento, y que había cometido la
villanía de abandonar a las mujeres, para alivianar el peso de las
embarcaciones en que huía con sus tropas, fue muerto por los indios en su fuga
por el río Bío-Bío.

