Libro N° 10860. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista V. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10860.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista V. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
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Crónicas De La Conquista V. Aurelio Díaz
Meza
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De La Conquista V. Aurelio Díaz Meza
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Aurelio Diaz Meza
Crónicas
De La Conquista V
Aurelio
Diaz Meza
CONTENIDO
§ 1. La plazuela de Santa Ana
§ 2. Sir Francis Drake en la costa chilena
§ 3. Joan de Cuevas Bustillos y Terán, Alcalde
§ 4. La fundación de la Compañía de Jesús
§ 5. Los agustinos se cambian de casa
§ 6. Contra viento, marea y llamas
§ 7. La sorpresa de Curalaba
§ 8. La destrucción de Valdivia
§ 9. ¿Y quién sois vos?
§ 10. El hermano Bernardo, Gran Pecador
§ 11. La Virgen de la Loma
§ 12. Las desventuras del Oidor de la Cerda
§ 13. La Serena, víctima de pirata
§ 14. La Compañía de Jesús y su expulsión de Chile
Crónicas De La Conquista V
Aurelio Diaz Meza
§ 1. La
plazuela de Santa Ana
Cuando
vino por primera y única vez a Santiago el Gobernador don García de Mendoza,
después de haber permanecido cerca de tres años recorriendo y “pacificando” la
región austral, quiso conquistarse el afecto del vecindario de la capital,
iniciando una obra que le era profundamente grata: la construcción, en forma
definitiva, de la Iglesia Mayor, denominada ya “La Catedral”, porque se tenía
conocimiento de que su Majestad y el Pontífice habían creado el Obispado de
Chile y nombrado al Obispo.
Aunque
don García se encontraba herido en el ala — pues sabíase ya en Chile que había
sido exonerado de su alto cargólos vecinos correspondieron de buena voluntad al
llamado que les hizo para “derramar” una buena cantidad de dinero destinado a
la edificación del templo; él, por otra parte, encabezó la “derrama” con dos
mil ducados de su peculio personal y con cinco mil que extrajo del real erario;
el resto, hasta veinticinco mil pesos, lo subscribieron los vecinos “en
prorrateo”, a pagarlo a medida de que avanzase la obra. El Gobernador asistió a
la solemne ceremonia de colocar la piedra fundamental — allá por el mes de
noviembre de 1560— y durante los tres meses que aun permaneció en Santiago,
antes de regresar al Perú, se empeñó por que los trabajos avanzasen con la
rapidez posible.
Uno de
los vecinos que con mayor generosidad contribuyeron a la subscripción, fue
Rodrigo de Quiroga, a quien el Gobernador había dejado en Concepción con el
cargo de Teniente General, durante su ausencia. Inés Suárez, su mujer, impuso
en su nombre “mile ducados e un terreno donde cocer la teja, que es en las
afueras de la ciudad e cerca della”. Aunque esto de la teja para la futura
Catedral indicaría que ese terreno no iba a ser ocupado tan pronto, lo efectivo
fue que se empezó a usarlo desde luego en la corta de ladrillos para la obra;
dos o tres años más tarde aquel terreno se denominaba “el tejar de Quiroga”.
En
aquellos tiempos cualquier trabajo de construcción, por sencillo que fuese,
demoraba años; faltaban maestros, obreros y elementos; la obra de la Catedral,
con sus cincuenta varas de largo por veinticinco de ancho, alcanzaba los
caracteres de monumento, y no debían esperar los santiaguinos verla terminada,
sino en el plazo prudencial de diez años, que fue el tiempo calculado por el
“arquitecto” Juan de Lezama, que figuró como maestro mayor hasta el año 1566;
pero aun en 1575 se estaban echando “derramas” para proseguir la techumbre, y
sólo se vino a terminar la obra en 1592, a impulsos del Obispo señor Medellín
“que la fizo con sus propios dineros” La construcción había demorado treinta
años.
Pero una
vez terminada la obra gruesa, o sea los murallones de vara y media que debían
sostener el pesado maderamen, concluyó la fabricación de ladrillos en el “tejar
de Quiroga”, que estaba situado a cuatro cuadras por la calle de la Catedral
hacia el poniente. El crecimiento de la ciudad por ese lado, estaba envolviendo
paulatinamente “el tejar” y ya por el año 1575 se encontraban demarcadas en sus
contornos cuatro calles, que son las que hoy corresponden a Catedral, San
Martín, Santo Domingo y Manuel Rodríguez. Era lo que se llamaba una “manzana”.
Precisamente, ese mismo año de 1575 recibió Quiroga un aguinaldo, que fue de
Año Nuevo, pues el mismo día 19 de enero diéronle la noticia de que el Rey le
había designado para Gobernador de Chile; si el vecindario celebró este
nombramiento por haber recaído en un santiaguino neto, no fue menor su alegría
por haberse desprendido del Gobernador anterior, don Melchor Bravo de Saravia,
que había resultado un basilisco, por aquello del “mal de ojo” y del genio de todos
los diablos que tenía.
Quiroga
era generoso, bondadoso y “amigo de hacer mercedes”; no sólo sus amigos y
parientes aprovecharon de su ascenso al poder, sino también la ciudad y el
Reino, pues cabe dejar constancia de que fue uno de los gobernadores más
progresistas de aquel período. Esta última cualidad queda de manifiesto en el
acta del Cabildo de Santiago, fecha en 5 de noviembre, en la cual señaló y dio
a la ciudad cuatro plazas públicas “para agora e por siempre jamás”. La primera
de esas plazas fue “la cuadra en que se ha hecho teja para la iglesia desta
ciudad”, o sea, la manzana conocida con el nombre de “el tejar de Quiroga”.
Las otras
tres plazas quedaron al pie del cerro Santa Lucía, dos como prolongación de la
actual Plaza Vicuña Mackenna y la otra en el extremo norte, hacia el Mapocho.
Parece que el Gobernador Quiroga hubiera querido avanzarse en tres siglos a los
deseos de los urbanistas que pretenden ahora aislar el cerro.
Pero
antes de tres meses, o sea, en enero de 1576 el Gobernador dio formas más
definidas a su deseo, en cuanto al “tejar” de la calle de la Catedral. En la
sesión que el Cabildo celebró ese día, Su Señoría dijo “que por servicio de la
gloriosa Santa Ana, de los cuatros solares que tiene 'la plaza del tejar por Su
Señoría dada y señalada, en dos solares se haga una casa para la gloriosa
Señora y los otros dos solares queden para plaza”. Y con esto tenemos iniciado
el título de propiedad que puede exhibir la ciudad sobre aquella plazuela, hoy
diminuta si se la compara con el tamaño primitivo que le dio su fundador.
Sabemos
que la “manzana” de 125 varas por lado se dividía en cuatro solares; de manera
que dos solares correspondían exactamente a media manzana, y tal era la cabida
que correspondía a esa plaza pública, según los antecedentes que se han leído.
Sin embargo, no fue esta la extensión que en definitiva correspondió a la plaza
“del tejar”. Fue el propio Cabildo quien la achicó, con el propósito de honrar
mejor a la señora Santa Ana levantándole allí una ermita “por la divución
(devoción) que este Cabildo tiene a la bienaventurada Santa”, y esto diez años
después de la última disposición del Gobernador Quiroga, y cuando ya había
pasado a mejor vida. También había fallecido su mujer, Inés Suárez; es posible
que si viviera, no modificara el Cabildo las disposiciones del Gobernador.
Por otra
parte, el acuerdo del Cabildo aparece bastante justificado en el acta del 18 de
diciembre de 1587, fecha de esta última resolución. Se establece en el
documento “que la cuadra que el Gobernador Quiroga dio a esta ciudad para
plaza, en donde está un tejar y horno antiguo caído, ha muchos años que está
hecho un sitio eriazo y algunos moradores van haciendo hoyos y sacando tierra
de allí”, lo que manifiesta el estado de abandono en que se había mantenido el
sitio. Mientras no había por allí moradores, la cosa no tenía mayor
importancia; pero a la fecha del acuerdo ya habían levantado casas, en las
manzanas colindantes, vecinos tan “pudientes” como Rodrigo Jufré, Diego de
Guzmán y Diego Vásquez de Padilla, quien, a su condición de vecino “noble”,
podía agregar su título de regidor del Cabildo, que lo colocaba por encima de
los demás mortales.
También
era propietario de una manzana entera — la del sur— el Capitán Juan Vásquez de
Acuña, progenitor de la familia peruana de este apellido, que más tarde alcanzó
el condado de la Vega del Ron.
No es
posible sospechar que a la influencia de estos personajes se debió el acuerdo
del Cabildo de 1587, interesados como debían de estar en que aquel barrio “de
las afueras de la ciudad” se incorporara pronto a ella; y la mejor manera de
llegar a esto fue adorando a la Santa por la peana. “Y por la divución que este
Cabildo tiene a la bienaventurada señora Santa Ana, han acordado, para servicio
de Dios, de hacelle allí una ermita, advocación de la dicha santa”.
La
ermita, por muy modesta que fuese, costaba algún dinero, y el Cabildo de
entonces — como sus sucesores hasta la fecha- tenía su caja vacía; pero nunca
falta un arbitrio para estos casos, y en el presente fue el de quitarles a la
“bienaventurada señora Santa Ana” y a la ciudad, más de la mitad del terreno
que les había asignado el devoto y progresista Gobernador Quiroga, “que sea en
gloria”.
“Y que la
ermita se edifique en medio solar, y se deje un solar para plaza, delante de la
ermita, y los dos solares y medio sobrantes se den a personas que los quieran
edificar, concertándose con el Cabildo para hacerlo por vía de patronazgo de
legos; y que las misas que allí se dijeren sean por las ánimas de los vecinos y
moradores deste pueblo, a los cuales se les ha de pedir limosna para el
edificio de la dicha ermita”...
Y ya
tenemos a Santa Ana reducida a la cuarta parte y a la ciudad a la mitad del
haber que les fue asignado diez años antes, cuando aun no vivía por los
alrededores de su propiedad ningún regidor municipal.
Mi
distinguido amigo don Enrique Blanchard-Chessi, en el erudito informe que
presentó a la Alcaldía de Santiago para probar que 1a Plazuela de Santa Ana ha
sido siempre de propiedad municipal, tiene razón para extrañarse de que la
actual plazuela esté reducida ahora a menos de un cuarto de cuadra; si bien es
cierto que su título definitivo no fue por la cabida de dos solares, sino de
uno entero, como acabamos de ver, no hay motivo para que haya venido a parar en
el minúsculo rincón que actualmente obtiene. En todo caso, el luminoso y
nutrido informe del avezado historiador ha venido a defender, eficaz y
concluyentemente, el último jirón de la antigua plazuela que estuvo en grave
peligro, a pesar de nuestro Consejo de Defensa Fiscal.
El
acuerdo del Cabildo no produjo, sin embargo, los efectos inmediatos que
esperaban, tal vez, sus autores, y “la cuadra que se dice de Santa Ana”
continuó tan escueta como antes. Eran los tiempos en que los solares de la
ciudad se distribuían gratuitamente, y por más diligencias que hicieron los
colindantes de la plaza, no lograron que algún vecino fuera a pagar, a censo,
los sitios inmediatos a la futura ermita y plaza. Tres años más tarde — 1590—
el Cabildo tomaba un nuevo acuerdo para procurar la ocupación de aquellos
sitios y disponer de dinero para levantar la ermita. “Y mandaron que el factor
Bernardino Morales de Albornoz y el Capitán Juan Ruiz de León, regidores, pidan
licencia” al Obispo Medellín para recoger limosna destinada a edificar la ermita.
Tampoco surtió efecto el arbitrio, a pesar de que el Obispo, llevado de su celo
apostólico, concedió el permiso, con la esperanza de ver levantarse un nuevo
templo.
Sólo vino
a delinearse el plan de la ermita en 1597, cuando el Capitán Garci Gutiérrez
Flores, que había llegado a Chile dos años antes “con moneda y alguna ropa”,
quiso establecerse en Santiago después de haber servido en la guerra de Arauco.
Herido en una pierna e inutilizado para el servicio, pidió al Cabildo un solar,
y, como no se lo dieran tan a su gusto, “lo dejó” y adquirió el que estaba
situado en la esquina nororiente del antiguo “tejar de Quiroga”, o sea, en “la
cuadra que se dice de Santa Ana”. Con el dinero del Capitán Garci Gutiérrez se
empezó a levantar, seguramente, la ermita de Santa Ana, y su primitiva
ubicación fue en el medio solar sur poniente, con el frente hacia el oriente,
que fue el sitio o solar destinado a plazuela.
Según el
notable investigador don Tomás Thayer Ojeda, la ermita, convertida ya en
templo, con su plazuela al frente, existía el año 1610.
Hasta
esos años había en la ciudad de Santiago solamente un curato: el que llamamos
hoy “del sagrario”, adyacente a la Catedral; pero las necesidades de la
feligresía habían hecho necesario el nombramiento de dos sacerdotes, para los
cuales se estimó escasa la remuneración arancelaria que cobraban por sus
servicios. En esta virtud, el Cabildo había autorizado el aumento del arancel
eclesiástico, aunque veía que ello implicaba un gravamen para el vecindario.
Con la
apertura de la ermita de Santa Ana se creó la necesidad de subvenir a la
alimentación de un nuevo sacerdote, pues éste debía atender el servicio
religioso en ese radio de la población. Al principio el sacerdote lo hizo ad
majorem Dei gloriam; pero más tarde, cuando se le gastaron los zapatos y se le
aportillaron las sotanas y se le concluyeron las provisiones de cocina, reclamó
la alimentación “congrua” que el prelado estaba obligado a proporcionarle.
El Obispo
don Francisco de Salcedo le encontró toda la razón al Cura, y para remediar el
caso, creyó que lo mejor era elevar a la categoría de parroquia la hasta
entonces modesta capilla; y así lo decretó Su Ilustrísima, allá por principios
del año 1635, uno o dos meses antes de su lamentado fallecimiento. Nada replicó
el Cabildo a la medida heroica del prelado, tal vez porque viéndole enfermo y
postrado, no quiso darle una pesadumbre; pero así enterraron a Su Ilustrísima
los señores regidores, “mandaron que el procurador de la ciudad salga a causa
contra los prebendados en Sede Vacante, que quieren añadir un Cura y partir la
ciudad, sin ser necesario, pues los dos curas que hay se obligan a servir en la
parroquia de la señora Santa Ana, y no se grave más a la ciudad, en ningún
tiempo, aumentando los estipendios de velaciones y entierros”.
No sé en
lo que pararía este pleito; lo efectivo fue que luego la ciudad contó con una
nueva parroquia, y que su templo y su plazuela fueron muy pronto uno de los
sitios de reunión de la devota sociedad, pues su primer Cura, don Diego
Delgadillo, era uno de sus miembros más prestigiosos.
Años más
tarde — 1643— ocurrió en la plazuela de Santa Ana un incidente que adquirió los
caracteres de escándalo social y que dio popularidad a la plazuela.
Habíase
cometido un crimen vulgar, y el Corregidor de la ciudad, don Tomás Calderón,
con sus “guindillas”, echó el guante al autor, que era un “negro retinto”, en
los precisos momentos en que el criminal, huyendo de la justicia y de la horca,
cruzaba, como un gamo, el umbral del templo de Santa Ana, “llamándose a
iglesia”. En esos instantes terminaba la función religiosa, y la gente salía de
la casa del Señor; no hay para qué decir que el escándalo fue bullicioso;
aullaba el negro, gritaban los devotos, se desmayaban las devotas, forcejeaban
los alguaciles y vociferaba el Corregidor, en su afán de que la justicia no
quedara burlada. Pero a todo esto el sacristán había avisado al Cura, don Juan
de Cárdenas, el cual, en defensa del fuero eclesiástico, se abalanzó sobre el
núcleo de combatientes — porque ya las cosas habían llegado a ese extremo— y
encarándose con el Corregidor, le apostrofó:
— ¡Señor,
un sueño me parece que Su Señoría quebrante las leyes y pragmáticas del Rey,
echando prisiones a un hombre que se ha llamado a iglesia! ¡Suéltelo,
suéltelo!...
—
¡Cállese, el cleriguillo de cualquier cosa, que yo sé muy bien lo que hago!
¡Pero Romo — gritóle a uno de los alguaciles— , afírmale a ese negro una
pescuecera macho, y al cepo con él!
El cura
Cárdenas usaba unos calzones dobles debajo de la sotana, y recordó que había
sido “theniente” en uno de los fuertes de la frontera.
—
¡Descomulgado!... ¡descomulgado!... ¡A él!... ¡A él!... — gritó, dirigiéndose a
la multitud de feligreses que rodeaba al grupo. Y dando el ejemplo, el Cura se
lanzó sobre el Corregidor Calderón y, en dos o tres tirones, ¡le arrancó la
“vara” que don Tomás había alzado como símbolo de la justicia y de su
autoridad!
—
¡Devuélveme la vara! ¡— gritó el Corregidor, encendido de despecho!
— ¿La
vara?... ¡Ahí la tiene usted! — replicó el Cura.
Y
tomándola de sus extremos la quebró en su rodilla y la arrojó al suelo.
Es
superfluo apuntar que a todo esto la multitud había quitado a los alguaciles el
preso.
La
autoridad, ‘la Justicia”, había recibido una ofensa gravísima, y el Cabildo no
podía permanecer indiferente ante el desacato que se había producido en la
plazuela de la gloriosa Santa Ana, y en su “ayuntamiento” del 15 de abril de
1643 “don Tomás Calderón, Corregidor y Justicia Mayor desta ciudad, propuso los
desacatos que el dotor Juan de Cárdenas, presbítero y Cura de Santa Ana, tuvo
con su Merced, quebrándole la vara y queriéndole dar con un machete, él y otros
que salieron a quitarle un negro facineroso y matador que traía preso”.
El
Cabildo no se atrevió, según parece) a enfrentarse con el Cura, y se limitó a
resolver: “que se escriba carta al Señor Presidente para ello...” Es todo lo
que he encontrado en mis papelotes sobre este resonante incidente de la
plazuela de Santa Ana.
§
2. Sir Francis Drake en la costa chilena
Desbaratada
por una horrorosa tempestad que la arrojó, en una sola noche, hasta los
ventisqueros del Cabo de Hornos — después de haber acometido y realizado con
éxito la travesía del Estrecho de Magallanes— la fortachona escuadrilla inglesa
que capitaneaba el insigne marino Francisco Drake se vio reducida a un solo
barco, el “Pelican”, la nave almirante. Cinco buques habían salido de Plymouth
un año antes, el 13 de diciembre de 1577, en demanda del mar Pacífico, cerrado
para toda nave que no perteneciera al poderoso Rey de España; y de esos cinco
barcos ingleses, cuatro habían desaparecido bajo las olas tormentosas del
Atlántico y del Pacífico australes. La audaz empresa pirática organizada en
Inglaterra para apoderarse de los tesoros del Perú y hacer la guerra de corso
en los dominios españoles del Pacífico, hubiera podido darse por fracasada si
el Almirante de la escuadrilla, Francisco Drake, “no fuera muy buen marinero y
piloto que no lo hay más valiente en Inglaterra; y si este Capitán Francisco no
viniere, no hay en Inglaterra hombre que venga”.
La
reducción de su escuadrilla a la quinta parte y en las precisas circunstancias
de iniciar su campaña corsaria en el desconocido mar Pacífico, no logró
intimidar, ni por un momento, al audaz Capitán inglés. Guarecido en una caleta,
reparó las serias averías que había experimentado su barco, se proveyó de agua
y carne para largo tiempo y después de dos meses de voltejeo por las costas,
bahías y caletas cercanas al Cabo, enveló resueltamente hacia el norte,
aprovechando un viento favorable decidido “a hacerse señor destos mares, caso
jamás imaginado y de ánimo sino inglés”.
Al
momento de partir celebróse a bordo de la nave una grave y solemne ceremonia
religiosa; el Capitán había resuelto dar un nuevo nombre al barco: en vez de
“Pelican”, la nave se denominaría en lo sucesivo “Golden Hind”, “cierva de
oro”; era todo un símbolo, puesto que el barco iba a la conquista del rubio
metal... El Pastor Fletcher, Capellán de la expedición, elevó sus preces sobre
las cabezas reverentes de la tripulación arrodillada, para que el Altísimo
protegiera la empresa y a su Capitán, que “era el elegido de Dios’’ para vengar
las ofensas que la nación española había inferido a Inglaterra y a su Graciosa
Reina Isabel.
Favorecida
por un espléndido viento, la “Golden Hind” avistó, en la mañana del cuarto día
de navegación, una isla de vegetación exuberante, bajo el sol primaveral del 25
de noviembre de 1578: era la isla Mocha, frente a la costa de Arauco.
Las
primeras actividades del “pirata” Drake en su audaz y portentosa correría por
el Pacífico, iban a desarrollarse en el litoral chileno.
Apenas
fondeada la “Golden Hind” en la cómoda bahía de la isla, echó al mar un bote
con cinco hombres a fin de que fueran a ponerse en contacto con un numeroso
grupo de indios que se habían amontonado en el desembarcadero; los cinco
ingleses iban armados de pistolas y de cuchillos, pero llevaban severas órdenes
para no empeñar combate alguno si encontraban hostilidad o resistencia; por lo
contrario, deberían halagar a los naturales y obsequiarlos con las chucherías y
bagatelas que para el caso llevaban y “trocárselas” por alimentos frescos, de
os cuales la nave carecía desde mucho tiempo atrás.
El bote
atracó a tierra sin dificultad alguna, pues los indígenas se mostraron
asequibles y contentos desde las primeras insinuaciones de los
extranjeros; eran indios pacíficos, cultivaban la tierra y poseían buena
cantidad de alimentos; por un puñado de chaquiras y un cuchillo mellado, dieron
a los ingleses dos guanacos gordos y un saco de maíz “en; corontas”. El
recibimiento de los “mochinos” no había podido ser más halagüeño y el jefe de
la nave se propuso bajar a tierra, él mismo, acompañado de uno de sus oficiales
que hablaba el idioma español, a fin de obtener algunas informaciones sobre la
región. Pero como escaseara el agua dulce a bordo, no tuvo inconveniente alguno
en autorizar al cocinero para que, desde luego, mandara a tierra un bote con
dos marineros a que “hicieran agua con la mayor prudencia”.
Se
desprendió el bote y antes de media hora se vio a los marineros tomar tierra a
las orillas de un riachuelo y disponerse para llenar los odres que llevaban
consigo; tal vez el agua era salada a la desembocadura, porque los dos ingleses
siguieron el curso del arroyo, internándose hasta cien varas; los tres o cuatro
indios que había en la playa, cuando desembarcaron los marineros, les ayudaron
solícitamente a transportar los odres. Los tripulantes de la nave observaban
complacidos la actitud bondadosa de los indios y no imaginaron jamás lo que
vieron, momentos después, en medio de la indignación y consternación más
profundas.
Encontrábanse,
marineros e indios, empeñados en el trabajo de llenar los odres, cuando
irrumpió del bosque inmediato una turba de salvajes que se arrojó resueltamente
sobre los descuidados ingleses, los envolvieron en un instante y les dieron
muerte atroz, desmenuzando sus miembros en medio de un espantoso chivateo. Los
ingleses de la nave tuvieron que contemplar impotentes el horroroso asesinato
de sus compañeros.
El
Capitán Drake había presenciado, también, la sangrienta escena y, como es
natural, no titubeó en ordenar que se echara un bote con diez hombres armados
de arcabuces para que fueran a tomar venganza de tal perfidia; él mismo se
metió en el batel y partieron hacia la playa. Los indios, en gran número,
habíanse colocado sobre un cordón de rocas adyacentes al desembarcadero, y su
actitud ensoberbecida estaba demostrando encontrarse dispuestos a la defensa y
al ataque; prepararon los ingleses sus arcabuces y se dispusieron a disparar,
pero el vaivén de la lancha, agitada por una marejada que se levantó impidió a
los forasteros hacer blanco, convenciéndose luego de que estaban gastando
pólvora inútilmente. Continuaron remando, sin embargo, hacia la playa, con la
intención de desembarcar y rodear a los salvajes, pero el fuerte oleaje, que
iba en aumento, no solamente impidió el desembarco, sino que expuso a los
tripulantes a una nutrida descarga de flechas de la que resultaron heridos
todos los ingleses, algunos de gravedad, como el médico de la nave, que estuvo
imposibilitado durante más de un mes para prestar sus servicios.
El propio
Drake recibió dos flechazos: uno en la parte posterior de la cabeza y otro en
la mejilla bajo el ojo derecho.
Los
tripulantes de la chalupa no tuvieron más recurso que volverse a la nave bajo
el peso de una derrota irreparable y sin medios inmediatos de venganza. Para
castigar a esos indios habría sido menester organizar un desembarco en forma y
usar la artillería del barco. Además, los ingleses “no habían venido al
Pacífico a pelear contra indios y a pesar de que hubiéramos podido vengar
aquella ofensa — dice el Pastor Fletcher en su “Diario”— nuestro general confió
a Dios la reparación de ese agravio, deseando que el único castigo de esos
indios fuese que conocieran que no era a un enemigo al que habían ofendido,
sino a un amigo; no a un español, sino a un inglés que estaba dispuesto a
auxiliarlos contra sus opresores”.
Creían
Drake y los suyos que los isleños los habían atacado por error, confundiéndolos
con españoles; pero los documentos que nos han quedado sobre ese incidente,
demuestran que esa isla Mocha estaba sometida a “encomienda” y que los
españoles que allí vivían pusieron en armas a los indígenas y organizaron la
resistencia contra los “luteranos”, denominación genérica que se daba, por
aquel tiempo, a todos los enemigos de la Corona española.
Esa misma
tarde del 27 de noviembre, la "Golden Hind” levaba sus anclas y al impulso
de una suave brisa continuaba su rumbo al norte; su primera arribada a tierra
chilena había sido un fracaso rotundo.
Desconocedores
de la costa, pasaron, sin darse cuenta, frente a Talcahuano y a Valparaíso, y
sólo al llegar al grado 32 enderezaron proa hacia la costa; atisbaron con el
anteojo y divisaron una caleta; no tardaron en entrar en ella y fondear, pues
un indio que pescaba cerca de la playa y algunos ranchos miserables, les
indicaron que por los alrededores existiría alguna población. Con las debidas
precauciones enviaron un bote a la playa para entrar en relación con el indio
pescador, quien en correspondencia a algunas bagatelas que le fueron
obsequiadas, se prestó de muy buena gana para ponerlos en contacto con los
indígenas que habitaban en la vecindad.
Durante
el “cambalache” de un cerdo, varias gallinas, huevos y otros víveres que
entregaron los indios en retomo de algunas chaquiras y “espejuelos’’, los
ingleses supieron que por allí cerca, en el puerto de Valparaíso, se encontraba
fondeado un barco cargado de mercaderías, oro y otras cosas, listo para zarpar
rumbo al Callao. Llegó a tal extremo la “amistad” que los ingleses lograron
inspirar a estos indígenas, que uno de ellos se ofreció para servirles de
práctico e indicarles personalmente la entrada a la bahía de Valparaíso.
Aceptaron inmediatamente los ingleses, embarcaron al indígena en su nave y
guiados por sus indicaciones embocaron, con toda felicidad, la entrada al
“puerto de la ciudad de Santiago’’, el 5 de diciembre; al fondo de la bahía,
cerca de la playa, se balanceaba el barco de que había dado noticias el indio.
El puerto
de Valparaíso era, por aquellos años, un pobre caserío que contaba apenas con
unas doce o catorce casas, la mayor parte de ellas barracas de construcción muy
ligera, que servían de bodegas para las mercaderías que allí se embarcaban;
existía una población de veinte a veinticinco personas, todos empleados y
sirvientes de los mercaderes o consignatarios de la carga que se acumulaba
allí, sea de los barcos que venían del Perú o del sur, o de los agricultores
santiaguinos. Una modestísima capilla levantada treinta años antes por el
Obispo González Marmolejo, en terrenos que allí poseía, era el complemento de
aquella miserable ranchería; el “doctrinero” de Quillota, presbítero Alonso de
Madrid, iba cada mes a “hacer misa”, a esos abandonados porteños y a
predicarles la palabra divina; la capilla estaba dotada, modestamente, con sus
paramentos y vasos sagrados indispensables y algunas imágenes, entre las cuales
ocupaba el sitio de honor la de San Pedro, donada por el Capitán Pastene, en
memoria del Gobernador Pedro de Valdivia.
Los
“vecinos” de Valparaíso eran los más copetones del Reino, pero vivían en
Santiago; ellos eran los propietarios de las casas y bodegas que allí existían,
y entre sus nombres se identifica a los primeros conquistadores: Juan Bautista
Pastene, el primero y más antiguo propietario, desde 1546; el Cura González
Marmolejo, desde 1550; Antón Núñez, mercader, desde 1556; Francisco de Riberos,
desde 1559; Alonso de Escobar, Pedro de Miranda y Diego García de Cáceres,
desde 1561: Guillermo de Niza, desde 1565; Diego García de Cáceres, desde 1573;
Alonso de Córdoba, Ramiriañez de Saravia, Luis de las Cuevas y Tomás de
Pastene, desde 1575; Pedro de Lisperguer, y Pedro Gómez, desde 1576; en total,
quince vecinos que no residían allí, como ya he dicho.
La
entrada del barco inglés no llamó la atención del patache fondeado en la bahía,
ni menos infundió sospechas a los ocho españoles y dos negros que en esos
momentos se encontraban a bordo ocupados en la faena de carguío; podía ser
cualquier barco español que viniera de recalada, del norte o del sur. Por lo
contrario, uno de los negros, parado a popa, les hizo oportunas indicaciones
para su mejor fondeo. Entretanto, la nave corsaria enfiló rectamente hacia el
buque español y llegó a situarse a su costado sin que los negros pudieran
explicarse tal actitud, “habiendo tanta mar donde fondear”.
Los
ingleses echaron cadenas al patache por la borda y un grupo de más de treinta,
que hasta ese momento se mantenían ocultos, abordaron prestamente al barco
español, con sus hachas y cuchillos en alto; al negro — que quedó como
paralizado por la repentina aparición— “lo tendieron” de un garrotazo. Un
español que en esos momentos surgía de una escotilla, quedó paralizado de
espanto al oír el acento inglés de los asaltantes.
—
¡Luteranos...! ¡Luteranos...! — exclamó, alzando las manos y haciendo esfuerzos
para mantenerse derecho sobre sus piernas temblantes.
— ¡Abajo,
perro...! — le gritó un marinero inglés, abalanzándose sobre el español.
Tal vez
era ésta la única expresión que el marinero sabía en nuestro idioma.
El
amedrentado español sacó fuerzas de flaqueza ante el peligro inmenso e
inminente, “se santiguó” como un cura loco y se arrojó de cabeza al mar,
nadando un gran trecho entre aguas, para surgir cerca de la playa. Los demás
españoles y el negro fueron hechos prisioneros, amarrados y encarcelados en un
calabozo de las bodegas.
Por
cierto que el barco español fue buena presa de los luteranos, quienes lo
remolcaron inmediatamente hacia la mitad de la bahía.
La alarma
que se produjo entre los habitantes de Valparaíso, al conocer la tremenda
novedad que gritaba y lloraba el fugitivo, no es para describir; presas de un
pánico inmenso, las veinte o veinticinco personas — contando mujeres y niños—
que componían el vecindario, inerme, abandonaron sus miserables chozas y
huyeron “con lo encapillado”, por el camino, los senderos o los tajos que
conducían hacia la capital, hacia los caseríos de Malga malga o el valle de
Quillota, sin pensar, ni por un momento, en hacer frente a los “bandidos
luteranos”, lo cual, por otra parte, habría sido inútil.
Entretanto,
los piratas habían echado al mar una lancha con veinticinco hombres y se
aprestaron a saquear la población abandonada.
Bien poco
encontraron, por cierto, en las habitaciones de los porteños; pero, en cambio,
hicieron suculenta y copiosa provisión de víveres, carne salada, tocino,
harina, sebo y otros artículos de mercancía que estaban depositados en las
bodegas y galpones del puerto, para ser enviados al Perú. Los ingleses no
respetaron ni la pequeña y modesta iglesia y de ella extrajeron los vasos
sagrados, que era lo más valioso, y destruyeron las imágenes y los ornamentos.
No debemos olvidar que la guerra entre España e Inglaterra era guerra
religiosa. Un documento inglés dice que un cáliz y dos grandes cruces de plata
fueron entregados al Pastor Fletcher, como parte de lo que le correspondía por
botín.
El resto
de los víveres y mercadería que no les interesó, fue destruido o arrojado al
mar, incluso “tres mil botijas de vino”, de la partida que se estaba embarcando
en el buque español, con destino al Callao.
Terminado
el saqueo y la destrucción, volvieron a su barco y se aprestaron para largar
velas, arrastrando consigo al patache apresado: echaron en un bote a los
españoles prisioneros, conservando a un tal Juan Grego, “de nación griega, que
conocía la navegación” — tal vez, era el piloto del buque español— y partieron
rumbo al norte. Sobre andando empezaron a trasbordar a su nave, o arrojar al
mar, las mercaderías que contenía el patache, y al registrar la cabina del
Capitán, encontraron un saco “de oveja” cuyo contenido arrancó a los piratas un
grito de júbilo: contenía oro... oro en polvo y en barrita, “de Baldibia”,
según lo nota y escribe la narración del contador del buque pirata Francisco
Pretty, cuyas memorias tengo a la vista. Según Fleurieu — uno de los
historiadores de esta expedición— este señor Pretty era un noble arruinado de
la Picardía, Francia.
No consta
de los documentos el nombre del barco español apresado, pero se sabe que su
armador y propietario era el insigne piloto Hernando Lamero Gallegos de
Andrade, que diez años antes había hecho, en compañía del Adelantado Álvaro de
Mendaña, la célebre expedición naval que dio por resultado el descubrimiento de
las Islas de Salomón, en la Nueva Guinea.
El éxito
de Valparaíso fue suficiente para que los ingleses olvidaran su fracaso de la
isla Mocha.
A
requerimiento del Capitán Drake, el piloto prisionero Juan Grego indicó luego
que cerca de allí estaba la bahía de la Herradura, o de Coquimbo, en donde
fondeaban con frecuencia los buques españoles; este puerto estaba mucho más
abandonado que el de Valparaíso, pero a menos de dos leguas, se levantaba la
ciudad de La Serena. Drake no titubeó en dar el asalto a esa ciudad, en donde
habría, de seguro, mucho que pudiera convenir a los piratas.
El 18 de
diciembre fondeaba en la bahía de Coquimbo; contra su expectativa, no había
allí ningún barco; pero dando vuelo a su audacia inaudita y a pesar de las
reflexiones que le hicieron sus segundos, echó a tierra una lancha con catorce
hombres, al mando del sargento de artillería Tomás Hood, con la orden de
avanzar hasta 'la ciudad, explorar sus alrededores, asaltarla si lo estimaba
hacedero, o retirarse prudentemente si creía necesario volver con mayores
fuerzas.
Tomás
Hood y sus hombres recibieron la bendición del Pastor Fletcher y salieron a
cumplir su misión. Las playas de la bahía se veían desiertas; ni siquiera un
miserable rancho denotaba la presencia de seres humanos por los campos y
hondonadas que dominaba el anteojo escudriñador del pirata.
El bote
arribó a la playa arenosa y tranquila, desembarcaron los hombres sin
inconveniente alguno, y confiados en la soledad persistente, avanzaron algunos
cientos de toesas por la playa, con dirección al norte, hacia donde suponían la
ubicación de la ciudad; pero cuando los piratas se habían alejado unas
cuatrocientas o quinientas varas del bote, hicieron irrupción de entre las
rocas costaneras y desde los bosques cercanos varios grupos de soldados “de pie
y de caballo”, que cayeron resueltamente sobre los asaltantes.
Sobrecogidos,
los ingleses, por lo inesperado del ataque, por el número de los soldados —
cuarenta o cincuenta— por los muy eficientes elementos con que venían armados —
caballería y arcabuces— , por las condiciones en que se encontraban y por el
desconocimiento del terreno, sólo atinaron a huir, en dispersión, por entre las
rocas para lanzarse al mar y ganar a nado el bote en que habían venido.
Si bien
algunos fueron alcanzados por las balas o por algún sablazo, sus heridas no
fueron tan graves que les impidieran lanzarse al mar para guarecerse en sus
olas y llegar al barco, ya fuera a nado o ganando el bote; sólo cayó en poder
de los españoles uno de los marineros, Ricardo Minioy, el cual fue muerto sin
conmiseración y su cuerpo colgado inmediatamente de la “horquilla” de uno de
los árboles más altos de la playa, “para escarmiento de luteranos herejes”.
Lo que
había sucedido, ya se lo explicará el lector.
Uno de
los fugitivos de Valparaíso había tenido la previsión de huir hacia la Serena —
en vez de hacerlo, como todos los demás, hacia la capital o hacia los poblachos
de Malga malga y del valle de Quillota— y había dado allí la tremenda noticia
de la presencia de los piratas en la costa chilena: el Corregidor de La Serena
y el Cabildo vieron el grave peligro que amenazaba a la ciudad y se prepararon
para la defensa.
Hacía
ocho meses que había llegado allí el anciano conquistador Francisco de Aguirre,
a buscar un bien ganado reposo después de su agitada vida en la Gobernación de
Tucumán; abandonado ya todo pensamiento de mando, decepcionado por los
desengaños y los sufrimientos, el Conquistador Aguirre sólo buscaba un refugio
de paz en su vieja casa señorial de la ciudad que había fundado treinta años
antes, en el esplendoroso apogeo de su existencia.
Al saber
el peligro en que se encontraba la ciudad de sus amores, el vecindario — que él
mismo había formado— y su propio hogar, donde retozaban sus nietos, el anciano
guerrero sintió renacer sus arrestos de antaño y pidió ser él mismo el Capitán
de la tropa que debía salir a la defensa del terruño amenazado. No podía serle
negada tal petición al Patriarca serenense, al que había sido “la mejor espada
del Reino”.
Muy poca
gente de guerra contaba en esos días La Serena; hacía tres meses que el
Cabildo, a insistente petición del Gobernador Rodrigo de Quiroga, había enviado
cuarenta soldados serenenses armados y equipados, para aumentar las raleadas
tropas del ejército español que combatía en la guerra de Arauco; una nueva
recluta para reunir apresuradamente otros cuarenta o cincuenta soldados era
empresa difícil, pero no imposible para el enérgico y activo Capitán Francisco
de Aguirre, a pesar de que el apremio de las circunstancias duplicaba las
dificultades.
El aviso
del fugitivo de Valparaíso había llegado a La Serena el 7 de diciembre; al día
siguiente Francisco de Aguirre tenía apostados en la bahía de Coquimbo cinco
soldados en vigilancia; el 9 había tres más; el 12 había dieciocho soldados, el
15, treinta, y el 18, la víspera de la llegada a Coquimbo de la “Golden Hind”,
Francisco de Aguirre se encontraba al frente de más de cuarenta hombres de
infantería y de caballería, eficientemente armados. Perito en empresas de
guerra, el Capitán había preparado su plan estratégico, no sólo para rechazar
un desembarco, sino aún para abordar la nave pirata. Para esto último estaba
preparando balsas y canoas, entre las rocas y bosques, con las cuales pensaba
“atracar” durante la noche al costado del barco, y cuerdas engarfiadas para
trepar a su cubierta.
Oculta la
tropa entre las rocas y con avizora vigilancia sobre la entrada de la bahía,
Francisco de Aguirre no tuvo mucho que esperar: al despuntar el alba del día 19
de diciembre, fue despertado con la noticia de que el buque pirata, llevando a
remolque el patache apresado en Valparaíso, había fondeado en la Herradura
durante la noche. Se extremó el ocultamiento de la tropa defensora, y empezaron
los preparativos para abordar el barco esa misma noche, si los “luteranos” no
intentaban desembarcar.
Pero ya
sabemos que Francisco Drake envió a tierra, esa mañana, el bote con catorce
hombres al mando del sargento de artillería Tomás Hood, y sabemos también el
definitivo fracaso de su audaz intentona.
Hubiera
sido una imprudencia temeraria del pirata, la de desempeñarse en una batalla
con fuerzas tan numerosas y tan bien organizadas que no le habían dado tiempo,
a su tropa de desembarco, ni siquiera para oponer una débil resistencia; por
otra parte, los derrotados habían exagerado tanto el número de los defensores,
que en las narraciones inglesas se establece, sin manifestar duda alguna, que
los españoles cayeron sobre ellos “con trescientos caballos y doscientos de a
pie”. Toda la población de La Serena, en aquella época no subía de trescientos
habitantes, hombres, mujeres, niños e inválidos.
Drake
levó anclas esa misma tarde y partió rumbo al norte; iba bien aprovisionado,
había encontrado una regular cantidad de oro en el barco apresado en Valparaíso
y había aumentado su flota con un patache bastante bueno. No podía considerarse
descontento de sus primeras actividades en la costa de Chile, a pesar de que
también había experimentado dos derrotas tan lamentables como vergonzosas.
Sus dos
recaladas siguientes, que fueron en “Terrapacá” y en Arica, casi no caben en
esta relación; esos dos puertos no pertenecían entonces al Reino de Chile. Sin
embargo, no estará de más apuntar que en Tarapacá (Iquique), “encontramos a
orillas del mar un español que dormía teniendo a su lado trece barras de plata,
que valían cuatrocientos ducados de España. Cogimos la plata y dejamos al
hombre”.
“De ese
lugar llegamos a otro puerto llamado Arica, donde encontramos tres barcas
pequeñas; había en una de ellas cincuenta y siete barras de plata que pesaban
veinte libras cada una, lo que importaría unas cincuenta mil libras inglesas.
No hallamos a nadie en las referidas barcas, pues los marineros se habían ido a
la población, que apenas se componía de veinte casas. Nuestro general no quiso
saquearla y se contentó con los despojos de las dichas barcas, y pasó
adelante...”
Tales
fueron las actividades del insigne navegante inglés Francisco Drake en la costa
chilena; llegado a California, con un botín inmenso de oro, plata y piedras
preciosas, cuyo valor se hace subir a una millonada fabulosa, no quiso regresar
a su patria por el Estrecho de Magallanes, y cruzó el Pacífico hacia el
Occidente; pasó las Molucas, Java y Nueva Esperanza, dando la vuelta al mundo.
Al llegar
a Inglaterra, la Reina Isabel le armó “caballero”, honor que lleva aparejado el
título de “Sir”. El modestísimo puritano de Devonshire se llamó desde entonces
“Sir Francis Drake”.
§ 3. Joan
de Cuevas Bustillos y Terán, Alcalde
El
vecindario de Santiago no salía aún de la terrible impresión que había
experimentado con los trágicos acontecimientos del 8 y 9 de diciembre de 1547,
que tuvieron por corolario la decapitación casi fulminante del conspirador Pero
Sancho de Hoz, y la ejecución en la horca, de su cómplice Juan Romero, cuando
se presentó el caso de renovar el Cabildo de la capital, que terminaba su
mandato el 31 de diciembre. La elección del nuevo personal de la autoridad
municipal tenía en esos momentos una importancia enorme, puesto que habría de
tomar las riendas del gobierno a raíz de la profunda conmoción que había
sufrido la Colonia con la conspiración descubierta para asesinar al Teniente de
Gobernador, don Francisco de Villagra, que mandaba en ausencia de Pedro de Valdivia,
recién embarcado con rumbo al Perú.
La forma
en que se realizaba la elección de los Cabildos era una garantía de que entre
los nuevos elegidos no figurarían contrarios a la autoridad de Villagra, que
representaba genuina- mente a la del Conquistador Valdivia, jefe único y
Dictador de la Colonia. Según las “premáticas” de Carlos V, los alcaldes y
regidores eran electos anualmente por votación de los mismos alcaldes y
regidores que cesaban en sus cargos al terminar su período; en una palabra, los
Cabildos se generaban por sí mismos.
El
Cabildo en 1547, que acababa de apoyar, por mayoría, la autoridad del
Gobernador Villagra, ante el intento revolucionario de Sancho de Hoz, no podría
elegir, razonablemente, a ningún vecino que hubiera estado comprometido en la
conjuración; y ha de tener presente el lector, “que no quedan en la ciudad ocho
hombres sin estar en ello, y son tantos los culpados, que no hay sino que
disimular”... según quedó establecido en el proceso.
La
elección del nuevo Cabildo debía recaer, en consecuencia, en estos únicos
leales a Valdivia y Villagra; entre éstos figuró, por primera vez en los anales
del ayuntamiento, santiaguino, un soldado mozo que hasta entonces había pasado
inadvertido para los círculos dirigentes, a causa, tal vez, de sus pocos años
“e corta espiriencia”, sin embargo, de “ser tenido buen jinete y espada”.
Llamábase Joan de Cuevas Bustillos y Terán, sevillano, y habíase incorporado a
la expedición conquistadora de Pedro de Valdivia en Tarapacá, después de haber
hecho la desastrosa “entrada” al Altiplano con los capitanes Peranzúrez y Diego
de Rojas.
Joan de
Cuevas podía ser llamado “el primer santiaguino”, pues fue él quien vadeó el
Mapocho, en calidad de avanzada exploradora, para encontrar el paso por donde
debía cruzarlo la expedición conquistadora que había pernoctado al pie del San
Cristóbal la noche del 12 de diciembre de 1540, a la vista del peñón de Huelén,
señalado por el Conquistador como inmejorable baluarte para sus tropas, desde
luego, y como una espléndida e inexpugnable fortaleza, después, para la ciudad
en proyecto, Joan de Cuevas, soldado imberbe, había sido el primero que pisara
la ribera sur del Mapocho frente al sitio en que iba a levantarse la ciudad de
Santiago, “capital destas provincias de Chile y Quillota”; era, pues, el primer
santiaguino...
Llegó el
31 de diciembre, día en que debía hacerse la elección del nuevo Cabildo, “e
reunidos los magníficos señores alcaldes e regidores, e después de haber
platicado de las cosas convenientes e cumplideras al servicio de Dios y Su
Majestad, se apartaron secreta y apartadamente para dar sus votos a las
personas siguientes para que sean alcaldes e regidores en este año de mile e
quinientos e cuarenta e ocho años”; obligados a elegir entre los poquísimos
vecinos leales a Valdivia y Villagra, los regidores votaron los unos por los
otros..., y así resultaron reelegidos los mismos cabildantes que cesaban en sus
cargos. Sólo se cambió a uno de los alcaldes, a Rodrigo de Araya, cuya
fidelidad no había quedado muy en claro durante la conspiración.
Pero
faltaba personal y se recurrió a dos nuevos vecinos que iban a figurar por
primera vez en la Corporación Municipal; uno fue, como ya he dicho, Joan de
Cuevas, el que desde entonces y durante cuarenta años — hasta su muerte— fue
considerado como el administrador genuino de la ciudad, aún en los períodos en
que no ocupó un lugar en el Cabildo de Santiago, a causa de sus servicios en la
guerra de Arauco, de sus desavenencias políticas con las autoridades superiores
de la Gobernación, o de los achaques de su ancianidad.
Los
alcaldes y regidores acudían a su “posada” para consultarle los más “graves”
asuntos de administración urbana, y al referirse a su persona el vecindario le
nombraba, respetuosamente, “Joan de Cuevas, Alcalde”, figurara o no entre los
miembros del Cabildo.
El cargo
que el Cabildo le dio a Joan de Cuevas, cuando lo llevó por primera vez a su
seno, fue el de “Mayordomo”, que corresponde al de tesorero, administrador o
síndico; “e fue llamado a Cabildo Joan de Cuevas, vecino, e le fue encargado el
oficio de mayordomo de la ciudad, el cual aceptó el cargo e juró por una señal
de cruz que usará fielmente dél y tendrá cuenta por libro de cargo e descargo;
y en todo aquello que Dios le dé a entender mirará como buen vasallo e
republicano”.
Antes de
un mes, el nuevo mayordomo exponía ante el Cabildo la situación financiera del
Municipio — que era desastrosa— y su remedio. La ciudad no contaba con ninguna
entrada fija, y vivía al día, de fiado, y como quien dice de la caridad
pública. No se pagaban derechos, no había aranceles ni orden alguno para el
expendio de los artículos de consumo y “abasto” de la población, ni menos para
la venta de las “Mercaderías” que venían del Perú. El mayordomo quiso poner
orden en este desorden, y sin hacer caso de la oposición formidable que se
levantó en su contra, de parte de los encomenderos- y
mercaderes “poderosos”, logró que el Municipio aprobara, en pocos días, un
“arancel de espaderos y herreros”, que eran los oficios más socorridos en aquel
tiempo de guerra, y cuyos “oficiales” se habían puesto de acuerdo para cobrar
precios exorbitantes, en “deservicio de Su Majestad y del vecindario”. Junto
con esta medida, que levantó una polvareda entre los perjudicados y un aplauso
general en Id población, el Mayordomo ordenó una revisión general de pesos y
medidas para corregir y evitar los abusos de los mercaderes que tenían medidas
“mancadas para vender y abultadas para comprar”.
Los
fieles ejecutores Juan de Almonacid y Juan Godínez, recibieron “facultades de
justicia” para “quebrar y poner en la picota” las medidas falsas y aún para
“aprehender los cuerpos” de los infractores y reincidentes.
Pero no
se quedó en esto el activo Mayordomo Joan de Cuevas en su empeño de evitar los
abusos de los mercaderes que extorsionaban al vecindario. A los tres meses de
estar en funciones i— saliendo él mismo a recorrer la población, diariamente,
para imponerse de los “deservicios” en que incurrían los abusadores — obtuvo
del Cabildo que dictara una ordenanza “sobre comprar y tomar a vender cosas de
mercancías”, en la cual puso las peras a cuarto a los revendedores y
especuladores.
“Todo
vecino o mercader que compre mercancías para las tomar a vender, habrá de venir
al día siguiente a manifestarlas ante el Cabildo, con la memoria por escrito
del costo que le hubiese costado la dicha mercancía, para que dentro de los
nueve días siguientes cualquier vecino o poblador pueda tomar, por el tanto, la
parte que hubiere menester con tal que la persona que lo tome no lo tome a
revender”... Francamente, yo no veo qué negocio podía caber para el comerciante
en esto de vender al mismo precio a que había comprado; sin embargo, el hecho
es que con la medida que tomó el severo Mayordomo, no aparecen en las crónicas
de ese año nuevas reclamaciones sobre las especulaciones de los mercaderes.
Igual
severidad de medidas adoptó el Mayordomo en lo relativo a las acequias que
cruzaban las manzanas de la ciudad, y que daban riego a las “hortalizas” que
cada vecino cultivaba en su solar; sucedía entonces en la ciudad, lo mismo que
hoy en los campos; que los chacareros “se roban el agua”, los unos a los otros.
Cuevas ordenó que “nadie sea osado poner ni quitar piedra ni barro en los
tajamares, ni los deshacer, ni ahondar las acequias, ni echar el agua de una
acequia a otra, sin la intervención del alarife, que era el juez de aguas, so
“pena de ducientos azotes para el negro o esclavo que lo hiciere y de diez
pesos de oro para su amo”.
No sería
corto enumerar los trabajos que emprendió y realizó Cuevas durante el primer
año de su incorporación al Cabildo santiaguino; sin embargo, a través de las
actas del Ayuntamiento de 1548, se trasluce una acción resuelta, vigorosa,
enérgica, en beneficio de la ciudad, acción que se debe, indudablemente, a la
actividad entusiasta del joven Mayordomo y al apoyo decidido que encontró en el
Gobernador Villagra y en los alcaldes y algunos regidores de ese año.
No fue
reelegido, sin embargo, para el año 1949; había herido muchos intereses y
perjudicado a muchos mercaderes y encomenderos que eran “poderosos” por su
dinero, por su situación social y por su influencia; algunos de estos
mercaderes y encomenderos tenían asiento en el Cabildo, y ya sabemos que los
Cabildos se generaban a sí mismos; si en la elección hubiera tenido parte el
vecindario, seguramente que Joan de Cuevas hubiera sido Alcalde.
Volvió,
pues, a su situación de simple vecino el activo y celoso Mayordomo Cuevas, pero
no por eso abandonó la atención de la ciudad en la conservación de las reformas
que había emprendido, influyendo por intermedio de sus amigos en el Cabildo,
para que no fueran derogadas de raíz, como lo pretendían algunos.
Ese año
arribó a la capital el Gobernador Pedro de Valdivia, de regreso de su viaje al
Perú; volvía en el apogeo de su prestigio, pues el representante del Soberano
en Lima, habíale confirmado, solemnemente, en el cargo de Gobernador de Chile,
que hasta entonces Valdivia sólo desempeñaba de hecho... Era el premio de sus
oportunos y efectivos servicios a la Corona. Valdivia, General en jefe del
ejército real, había destruido la rebelión de Gonzalo Pizarra, y restablecido
la autoridad del Rey seriamente amenazada por este Caudillo, que pretendía
ceñir la Corona de Emperador de las Indias.
Valdivia,
escoltado por un “ejército” de doscientos hombres, venía resuelto a emprender
la conquista de Chile austral.
Joan de
Cuevas partió con el Conquistador a la fundación de Concepción, en la que se
encontró, y allí estuvo hasta fines del año 1550, en que partió a Lima para
contraer matrimonio con doña Catalina de Mendoza, hija del Conquistador Andrés
Ximénez de Mendoza, famoso por haber salvado la vida al Inca Atahualpa, de un
alevoso ataque de sus carceleros. El recién casado fijó luego su residencia en
Santiago, para no apartarse más de aquí; a fines de octubre de ^551 residía en
su casa y solar de la que es hoy calle de Huérfanos esquina de Teatinos.
El
regreso del Mayordomo de la ciudad el año 1548, no podía pasar inadvertido para
el vecindario, con mayor razón ahora que llegaba en compañía de su joven y
hermosa mujer que ostentaba un apellido ilustre; 'la “sociedad” de Santiago
estaba en su gestación y toda dama que venía a residir en la capital de la
Gobernación de Chile, se hacía acreedora a la consideración de todo el
vecindario. Doña Catalina de Mendoza, como doña Juana Copete de Sotomayor,
mujer de Vicencio de Monte, como Ginebra de Ceja, mujer del Almirante Pastene,
como Inés Suárez, mujer legítima de Rodrigo de Quiroga, y muchas más que
constituyeron sus hogares, fundaron la “nobleza” de Chile, rodeadas del respeto
general.
Las
elecciones de ese fin de año llevaron a Joan de Cuevas al seno del Cabildo de
Santiago, en calidad de regidor; la actividad progresista del funcionario
municipal de 1548, iba a desarrollarse ahora desde un banco del Cabildo; a ese
mismo Ayuntamiento ingresó Francisco Martínez, en calidad de Mayordomo de la
ciudad, y este funcionario fue el brazo derecho del Regidor Joan de Cuevas;
ambos estaban ligados por una estrecha amistad que había comenzado en sus años
juveniles, al llegar al Perú, quince años antes.
Cuevas y
Martínez no tardaron en entenderse; la ciudad de Santiago había adquirido y
estaba adquiriendo cada día mayor importancia, y era necesario colocarla en la
situación que le correspondía como cabecera de la Gobernación, y como la
segunda ciudad del Virreinato.
En los
tres años transcurridos, desde la “mayordomía” de Joan de Cuevas, habíase
relajado bastante la administración de la ciudad; los encomendados y mercaderes
dominaban de nuevo, en desmedro del vecindario “y pueblo”. El Mayordomo
Martínez, “acorde” con el Regidor Cuevas, propuso al Cabildo una serie de
“capítulos en pro de la ciudad”, cuya sola enunciación revela un vasto programa
de reformas y un conocimiento cabal de las necesidades locales.
“Que
vuestras mercedes manden que todos los oficiales tengan arancel público de los
precios que han de llevar por sus servicios, y los manden revisar y moderar;
que se mande examinar por un regidor, cada tres meses, las bocatomas de las
chácaras y acequias de la ciudad; que se mande cada dos meses un regidor, con
calidad de juez, para que haga justicia en las minas, y desagravie los agravios
que suelan cometer los alcaldes de minas; que se mande dar cumplimiento a las
órdenes de Su Majestad y del señor Gobernador Valdivia, para que no se cargue a
los naturales con trabajos excesivos, porque de esto viene que se alcen y
rebelen; que se pongan en esta ciudad tiánguez (mercados públicos) para que los
indios traten y contraten sus “miserias” libremente y sin temor, y donde
también puedan comprar lo que necesiten sin ser explotados de los mercaderes y
malos hombres; que no quede nunca la ciudad sin un Alcalde o Regidor que
administre justicia, pues varias veces se han ido todos a sus chácaras y no hay
a quien pedir justicia; que se mande cada tres o cuatro meses a los campos un
juez de comisión para que castigue las hechicerías y las borracheras; que se
mande pregonar que todas las salinas son comunes, para que todos, indios y
españoles, puedan proveerse de sal libremente; que el Cabildo no dé licencia
para cortar maderas sin conocimiento del Mayordomo de la ciudad, para quitar
los abusos que de ello viene; que se ordene a los escribanos que cada mes den
memoria al dicho Mayordomo de las penas que impongan los alcaldes, para
cobrarlas; que los encomenderos no empleen las indias para cargar; que, como
Mayordomo de la ciudad, se me entreguen las haciendas de ella y todos los
haberes y oro que pertenezcan a la ciudad, para llevar cuenta y razón acabada,
bajo las fianzas que tengo dadas; que se provea a cambiar el techo de las casas
del Cabildo, que es de paja y corre riesgo de fuego; que se provea de prisiones
a la carcelería, para que no se burle a la justicia”....
Los
capítulos eran numerosos y por demás preocupantes para muchos de los regidores
a quienes afectaban directamente en su condición de encomenderos y mercaderes;
pero el Mayordomo había cuidado de estampar, al final de su presentación “que
si en alguna cosa de las que tengo pedidas sus mercedes no proveyeran conforme
a justicia, yo me descargo, y vaya sobre las conciencias de vuestras mercedes,
y yo me quejaré ante los muy poderosos señores Presidente y Oidores de la
Audiencia que reside en los Reyes de Lima, y ante Su Majestad, si necesario
fuese”. Tal prevención tuvo que surtir su 'efecto, sobre todo, cuando el
Regidor Joan de Cuevas declaró en el seno del Cabildo, que hacía suyas las
peticiones del Mayordomo “e sus protestas”. Mal que les pesare, los “magníficos
señores justicia y regimiento” hubieron de acordar, en el Ayuntamiento del 4 de
marzo, la mayor parte de las peticiones del Mayordomo Francisco Martínez.
Por
cierto que no fueron solamente esas las medidas de reorganización
administrativa de la ciudad que se dictaron ese año; a principios de jimio,
Joan de Cuevas y Francisco Martínez propusieron al Gobernador Pedro de
Valdivia, en nombre del Cabildo, otra serie de capítulos que se referían, no ya
a la administración local — que dependía solamente del Cabildo— sino a la
condición de la ciudad de Santiago, como cabeza de la Gobernación.
Es sabido
que Valdivia tenía la intención, muchas veces manifestada después de su regreso
del Perú, de trasladar la capital de Chile a Concepción, para lo cual empezó
por fijar allí su residencia, con la construcción de “un palacio para el
Gobernador”; luego llevó a su lado a los Oficiales Reales de Hacienda, a sus
principales “thenientes” y amigos, y aun al Vicario Eclesiástico Rodrigo
González Marmolejo, para quien se había pedido la mitra. El año 1552 se daba
por cierto que la cabeza de la Gobernación se trasladaría a Concepción antes de
finalizar este año, y tan pronto como se construyera aquella ciudad, recién
fundada.
Gran
parte del vecindario santiaguino siguió al Gobernador Valdivia a las provincias
del sur, y aun hubo regidores que abandonaron sus cargos y vendieron sus
encomiendas y haberes para fijar su residencia en las ciudades de Concepción,
Imperial, Villarrica, Valdivia y las otras que se fundaban; Joan de Cuevas fue
el más tenaz enemigo délos que abandonaban la ciudad capital, a quien
calificaba de “trahidores”.
Los
capítulos que Joan de Cuevas y Francisco Martínez pusieron al Gobernador
Valdivia, constituyeron la más enérgica defensa de los intereses de la ciudad
amenazada por el desbande de sus vecinos: “que no saque vuestra señoría los
indios de los términos de esa ciudad, para llevarlos a las provincias de
arriba, porque esta ciudad, la cabeza de la Gobernación, quedará despoblada si
los vecinos no tienen quienes les sirvan; que Vuestra Señoría mande que los
vecinos primeros conquistadores de estas provincias se arraiguen en esta ciudad
y sus términos, y no puedan vender sus bienes; que se dejen en esta ciudad los
sementales e no se saquen, sino las crías necesarias para la guerra; que no se
permita salir a los escribanos de número; que los vecinos de Santiago gocen de
especiales preeminencias, por ser habitantes de la ciudad cabecera de la
Gobernación; que no se saque de esta ciudad la fundición y marca del oro y
plata ni el sello real, e que no valga ninguna moneda que no fuere pesada y
marcada por el fundidor real; que el puerto de Valparaíso, que lo es de esta
ciudad, sea el principal de estas provincias; que el tenedor de los bienes de
difuntos no salga de los términos de la ciudad de Santiago ni gaste los
dineros, sino en lo que compete a esta ciudad”...
El
Gobernador Valdivia no dio lugar a muchas de estas peticiones, empeñado, como
estaba, en su propósito de hacer de la región del sur, la parte más importante
ele las provincias de Chile; y como Cuevas protestara y apelara de esta
denegación ante la Audiencia de Lima fue eliminado del Cabildo al año
siguiente, y, en castigo, se le ordenó trasladarse a la recién fundada
Villarrica; pero “unas calenturas rebeldes” que asaltaron al irreductible
santiaguino a principios de febrero, cuando se disponía a obedecer la orden del
Gobernador, le obligaron a suspender su viaje. Meses después, Valdivia revocó
la orden, y Cuevas pudo permanecer tranquilo en su querida ciudad capital, con
la simpatía de sus conciudadanos.
En las
elecciones de Cabildo para el año siguiente, Joan de Cuevas fue designado
Alcalde, en compañía de otro santiaguino genuino, el venerable Juan Fernández
de Alderete, llamado “el viejo”, no porque existiera “el mozo” del mismo
nombre, sino porque su edad provecta y su aspecto achacoso justificaban ese
apodo. Cuevas llegaba, pues, al pináculo de la administración local por sus
propios merecimientos, y sus conciudadanos, al investirlo del poder sumo,
sabían que lo dejaban en buenas manos.
Sería
inoficioso continuar la biografía de este servidor de la ciudad de Santiago, a
quien puede calificarse como el organizador de la administración local; ya en
su puesto de Alcalde, que conservó por dos años seguidos, pudo emprender, sin
los obstáculos con que tropezara cuando fue Mayordomo o Regidor, las distintas
obras de adelanto que la ciudad necesitaba para colocarse en la condición que
le correspondía como capital de la Gobernación. Fallecido Pedro de Valdivia,
precisamente a principios del año en que Joan de Cuevas fue Alcalde,
desapareció el principal inconveniente que existía para defender a Santiago de
da amenaza “de las ciudades de arriba”; la destrucción de esas ciudades por
Lautaro, arrancó por su base la ilusión de que alguna de aquellas, recién
delineadas, pudiera substituir a la primera ciudad que se fundó en Chile.
Joan de
Cuevas perteneció al Cabildo de Santiago los años 1555, 57, 59, 60, 62, 64, 66,
67, 68, 72, 74, 75, 76, 80 y, por último, en su ancianidad en 1590. Fue además
Corregidor y Justicia Mayor de la ciudad o sea, jefe superior
del Cabildo, los años 1575, 76 y 77.
Perteneciera
o no a la Corporación Municipal, o fuera Alcalde, Regidor, Mayordomo o
Procurador, el vecindario lo llamaba “Joan de Cuevas, Alcalde”.
§ 4. La
fundación de la Compañía de Jesús
El 12 de
marzo de 1593, a las 3 de la tarde, fondeó en el puerto de Coquimbo el navío
“San José del Portezuelo”, maestre Hernando Hernández, a cuyo bordo venían los
ocho Padres de la Compañía de Jesús que, por orden de Felipe II habían sido
enviados para fundar el primer convento de su orden, en este Reino. Recibidos
por las autoridades de La Serena, con toda la deferencia que merecían tan bien
recomendados huéspedes, fueron alojados en el “palacio” del Corregidor, don
Gonzalo de Almería, mientras se preparaban las cabalgaduras y demás elementos
que se necesitaban para que los recién llegados siguieran su viaje a Santiago
por tierra. Los “padrecitos” no se atrevieron a llegar hasta Valparaíso en
buque, porque la navegación había sido muy penosa y se encontraban extenuados.
Al
saberse en Santiago la próxima llegada de los “jesuitas” — todavía no se les
daba ese nombre— el pueblo se preparó también a recibirlos y a agasajarlos;
pero ellos, modestamente, quisieron evitar esos festejos y se ingeniaron para
entrar a la ciudad al amanecer del día 12 de abril, cuando todo el mundo estaba
disfrutando todavía del sueño de la mañana; a esa hora fueron a golpear la
portería del Convento de Santo Domingo “e hincados delante de la puerta,
pidieron hospedaje por amor de Dios”.
Tal
demostración de humildad les conquistó no sólo la simpatía, sino la veneración
de la sociedad y pueblo santiaguinos; visitados en el Convento dominicano por
los más prestigiosos vecinos, se trató luego de proporcionarles una residencia,
de acuerdo- con la costumbre establecida y con la piadosa hospitalidad del
pueblo; pero el Superior de los jesuitas, que era el Padre Baltasar de Pinas,
manifestó el decidido propósito que habían hecho sus compañeros de no tener en
Chile residencia fija, sino recorrer el país de un extremo a otro,
evangelizando a los salvajes y prestando los auxilios de la religión al que los
necesitara.
Pero este
propósito se vio terminantemente quebrantado; el vecindario, a pesar de
encontrarse empobrecido por la prolongada guerra de Arauco, juntó en menos de
una semana la cantidad de tres mil y pico de pesos para adquirir la mitad de
'la manzana en que hoy están los jardines del Congreso Nacional, por la calle
de la Bandera, obligando a los jesuitas, ante el Cabildo, y por intervención
directa del Gobernador, don Martín García Oñez de Loyola (pariente de San
Ignacio), a aceptar el donativo, para que hicieran su casa, iglesia y colegio”.
Ante
tales exigencias, el Padre Pifias y sus compañeros no pudieron mantener su
primer propósito, y no sólo aceptaron el donativo, sino que, a los cuatro
meses, habían levantado su primera iglesia, de madera, y a los tres años eran
dueños también del resto de la manzana.
Los
padres que habían venido en esta primera avanzada eran ocho en total: Superior,
el mencionado Pifias, anciano de más de 70 años, que había sido compañero de
San Ignacio de Loyola y su camarada en el sitio de Pamplona, como alférez de la
compañía en que servía el futuro fundador de la Sociedad de Jesús. Pifias, en
el mundo, había sido el Barón de Villa Pifias, y fue uno de los primeros que se
unieron a San Ignacio y a sus cuatro compañeros, cuando echaron los fundamentos
de “la Compañía” en la iglesia de Montmartre, en París, el año 1534.
Los otros
eran los padres Hernando de Aguilera, chileno, hijo del célebre Capitán de
Imperial, don Pedro Olmos de Aguilera, y el Padre Juan de Olivares, también
chileno y de Imperial, hijo del Capitán Bartolomé de Olivares; ambos habían
ingresado ocho o diez años antes al colegio jesuita de Lima, y ordenándose en
el presbiterado, y fueron enviados por sus superiores como misioneros a Chile,
porque ambos poseían casi a la perfección el idioma araucano. Los padres Luis
Estela y Gabriel de Vega, españoles, los coadjutores, o “legos”, Miguel Teleña
y Fabián Martínez, y, finalmente, el célebre Padre Luis de Valdivia, que fue
más tarde el irreductible defensor de los araucanos. Por fallecimiento del
Padre Pifias, a los cinco meses de haber llegado a Chile, le reemplazó en la
Superioridad de la Orden, el Padre Valdivia.
El auge
de la Compañía en Chile fue portentoso, sólo comparable al que tuvo en el
Paraguay; no se limitaron a acumular riquezas, sino que fueron los consultores
obligados de los Gobernadores y Presidentes, de los Oidores, de los Obispos, de
todos los altos funcionarios, de las principales familias y del pueblo,
representado por las innumerables cofradías que fundaban y sostenían en sus
diferentes conventos, colegios y residencias.
Sin duda
alguna, los jesuitas fueron en Chile los hombres más ilustrados y trabajadores
de su tiempo, puede decirse — dice un escritor— que tal vez fueron los únicos
que se dedicaron con mayor ahínco al estudio y al cultivo de las ciencias, de
las artes y de las matemáticas”. Eran, en consecuencia, los maestros obligados
de la juventud, los predicadores más aceptados, los confesores más solicitados
y los consejeros, imprescindibles de toda obra que requiriera conocimientos
científicos.
Como
disponían de dinero, emprendían excursiones misioneras por los territorios
inexplorados, provistos de elementos de que carecían las otras “religiones”;
con esto contribuían a perfeccionar los conocimientos geográficos. A fin de
estar aptos para la predicación y para la evangelización, hacíanse peritos en
el idioma indígena o “chileno” y escribían gramáticas y textos que, en
realidad, eran los únicos que se usaban, “manuscritos”. Los padres Febrés,
Garrote, Gómez de Vidaurre, Navestadt, Lacunza, Molina (el Abate), Olivares y
muchos otros, hacen honor, no solamente a la Compañía de Jesús, sino a la
ciencia de Chile y del mundo.
Cada uno
de los Provinciales y Superiores de la Compañía en Chile, tiene un hermoso
período en la historia del progreso del Reino, no solamente en las ciencias, en
la mecánica, en la arquitectura, en la medicina, en la filología, sino también
en las industrias y en el comercio. En la imposibilidad de nombrar y de
referirme particularmente a la labor que desarrolló cada uno de los cincuenta y
tantos provinciales que gobernaron a la Compañía en .Chile, sólo apuntaré el
nombre de uno de ellos, que fue el Padre Carlos Haymhausen, bávaro de
nacionalidad, y emparentado, según se decía, con los Archiduques de Austria.
En su
viaje a Europa, que hizo el Padre Carlos “trajo de su país una verdadera
colonia de artífices”, según la expresión del señor don Ramón Briceño. Vinieron
con el jesuita no menos de veinte artesanos alemanes, peritos en todas las
artes manuales, desde el más fino tallado hasta el más complicado aparato de
mecánica; estos obreros venían, especialmente, para levantar y decorar el
templo de la Compañía, cuya fábrica se iba a emprender después del terremoto de
1730, que lo había perjudicado bastante.
Las leyes
españolas no permitían la entrada de extranjeros a los reinos de la Monarquía;
de modo que era bastante difícil y muy comprometido aventurar a esos obreros
alemanes por los puertos de Chile. El Padre Carlos no se acobardó por eso, y
resolvió la cuestión muy sencillamente; hizo que los mencionados obreros se
vistieran con la sotana de coadjutores de la Compañía, y de esta manera
desembarcó al frente de ellos en el puerto de Valparaíso, con todos los honores
correspondientes a jesuitas auténticos, los cuales, ya lo he dicho* tenían vara
alta y gozaban de toda clase de consideraciones.
Uno de
estos artífices, un mecánico llamado Pedro Roetz, fue el que construyó el
famoso y legendario reloj de cuatro esferas que fue colocado en la torre del
templo de la Compañía y que se derrumbó ruidosamente en el incendio del templo
ocurrido el año 1841. Esa catástrofe — precursora de la otra tremenda, de 1863—
privó a la capital del reloj que le había marcado las horas durante un siglo, e
inspiró a don Andrés Bello aquellos versos que, según la tradición, improvisó
cuando ardían las esferas:
Y a ti
también te devora
Centinela vocinglero,
Atalaya veladora
Que has contado un siglo entero
¡A la ciudad, hora a hora!
Las
enormes riquezas y el inmenso poderío e influencias que habían conquistado los
jesuitas en América, indujeron al Ministro Conde de Aranda a decretar la
expulsión de la Compañía de Jesús de todos los dominios españoles; la orden
llegó a Santiago el 6 de agosto de 1767, a las seis de la tarde, y el mismo
día, a las once de la noche, salían del Palacio del Presidente Guill y Gonzaga,
sendos mensajeros que llevaban a las provincias del Reino, desde Coquimbo a
Chiloé, las instrucciones necesarias para que, “al recibir la orden”, los
Corregidores y “Justicias” procedieran a detener a todos los jesuitas
residentes en los conventos de la ciudad, a incautarse de sus bienes y a
disponer lo necesario para enviarlos a Valparaíso o al puerto más cercano, en
donde esperarían el buque que debía transportarlos a la Península.
Los
jesuitas, oyeron la orden del Soberano arrodillados en el suelo de la sala
capitular, “la tomaron en sus manos, la pusieron sobre su cabeza, la besaron y
dijeron, uno a uno, que la obedecían como mandato de su Rey y Señor Natural”;
pero dijeron que “apelaban ante Dios y ante el Soberano Pontífice’’. Al día
siguiente o subsiguiente, empezaron a salir los diversos grupos de frailes
hacia los puertos, en donde fueron embarcados a bordo de “El Peruano”; se
juntaron veinticinco, y cinco quedaron en Chile, enfermos e imposibilitados
para viajar.
Le
correspondió cumplir la orden de arresto y traslación de los jesuitas de
Santiago “y su partido”, al célebre Corregidor don Luis Manuel de Zañartu,
quien, a pesar de su cáscara amarga, trató a los frailes con todo género de
consideraciones.
Los
bienes de los jesuitas de Chile fueron confiscados y vendidos paulatinamente
por una Junta de Hacienda, que se denominó “Junta de Temporalidades”, y
produjeron a la Corona de España más o menos la cantidad de dos millones de
ducados.
Un
escritor español, juzgando a través de los hechos la expulsión de los jesuitas
de las colonias americanas, ha dicho: “Con el decreto del Conde de Aranda, la
Corona Española precipitó, por su mano, la independencia de América, pues los
jesuitas eran el más firme sostén de la Monarquía”.
§ 5. Los
agustinos se cambian de casa
Una de
las principales recomendaciones que los monarcas españoles hacían a sus
virreyes y gobernadores de las Indias era la de que procurasen el
“doctrinamiento de los indios naturales en nuestra santa fée cathólica”; al
cumplimiento de este mandato llamaba el Rey “descargar su conciencia”, tal vez
por aquello de que la posesión que había adquirido de toda la América la
fundamentaba, más que en la conquista armada, en la cesión espiritual que a la
Corona de España había hecho el Papa Alejandro VI, de todas las almas de los
indígenas, a condición de que les impusiera el agua del bautismo.
Así se
explica que Isabel la Católica, Carlos V, Felipe II y los demás Reyes españoles
repitieran constantemente este mandato cada y cuando tenían oportunidad de
impartir ciertas órdenes generales a sus vasallos, y exigieran de ellos no
solamente su cumplimiento severo, sino también que se les diera cuenta
periódicamente de los resultados que alcanzaba la evangelización.
Una real
cédula de este tenor recibió en el Perú el Excelentísimo Virrey don Francisco
de Toledo y Leyva, allá por los años de 1569, y en ella se le renovaba allí el
mandato de exigir a las comunidades establecidas en Lima el envío de frailes de
sus respectivas “religiones” a las gobernaciones de Chile, Tucumán y Paraguay,
en donde, por su apartamiento de los centros poblados, se carecía, tanto de la
evangelización de los naturales, como del servicio religioso para los
españoles. Tales, por lo menos, eran las noticias que habían llegado a oídos de
Su Majestad.
No sé, ni
creo que interese a mis lectores conocer, lo que resolvería el Virrey Toledo,
respecto de las gobernaciones del Paraguay y del Tucumán; sobre la de Chile
supo que existían aquí, en esa fecha, tres comunidades religiosas,
franciscanos, mercedarios y dominicos, y si por cumplir con la orden real
“tracto” de enviar jesuitas y agustinos, no insistió mucho en ello, creyendo,
tal vez, que con las que había era suficiente. El hecho es que esta real cédula
de Felipe II “no fue efecto” para que por entonces vinieran a Chile otras
congregaciones.
Pero a Su
Majestad no se le olvidaban detalles, por pequeños que pareciesen, y aunque
pasara mucho tiempo. Desde 1569 hasta 1592 iban transcurridos veintitrés años,
si no me engañan mis conocimientos de matemáticas, y Su Majestad recordó un día
haber enviado al Perú cierta real cédula referente a envío de frailes a las
gobernaciones dependientes del Virreinato del Perú; pidió los papeles e
informes consiguientes y después de haberlos examinado con el “antojo” que
pendía de su real pescuezo, encontró que el Virrey de aquel tiempo no había
cumplido sus órdenes; por no perder la costumbre, lo llamó con la campanilla,
pero al ser advertido, respetuosamente, de que el Virrey Toledo estaba en el
cementerio hacía tiempo, y que no podría venir, como sería su deseo, tocó otra
campanilla y al momento apareció el secretario de Cámara, al que dictó una
nueva orden para el actual Virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza,
Marqués de Cañete, mandándole que “incontinenti hiciera llamar a los
provinciales de la Compañía de Jesús y de los Ermitaños de San Agustín y les
diese una muy buena reprehensión” por no haber cumplido la orden anterior de
enviar a. Chile sus misioneros, y “les mandase, apretadamente, que sin excusa
ni dilación despachasen” ipso facto, los tales misioneros.
El Virrey
don García era el mismo Gobernador don García que había venido a Chile en 1557,
siendo un adolescente; y aunque no tenía simpatía ni buenos recuerdos de este
país, no quiso demorar tampoco la realización de un tan grande beneficio como
era el de dotar de apóstoles a estas tierras rebeldes. Llamó, pues, a los
provinciales jesuita y agustino, les echó la gran filípica en nombre del
Soberano y en el suyo propio, como dicen en ciertos discursos, y los conminó a
que en muy breve plazo despacharan hacia Chile sus respectivos frailes.
Los
jesuitas fueron los primeros en obedecer; por algo su organización es militar;
pero los agustinos se demoraron todavía dos años “por falta de obreros”; sólo
el 16 de febrero de 1595 arribaron a Valparaíso en el “paquete” Los
Santos Apóstoles, y veinte días más tarde hacían su entrada solemne en
la capital del Reino de Chile, en donde habrían de sufrir muchas y grandes
pesadumbres, como lo veremos a su tiempo.
Cuando el
Gobernador de Chile, don Martín Oñez de Loyola supo que los agustinos habían
llegado a Valparaíso, envióles, con su “propio”, junto con la bienvenida de la
primera autoridad del Reino, “varios obsequios”, y el anuncio de que la ciudad
de Santiago se preparaba para hacerles una solemne recepción; en efecto, el
Corregidor don Jerónimo de Benavides y los frailes mercedarios encabezaron los
festejos que el orden civil y el orden eclesiástico tributaron en honor de los
nuevos obreros apostólicos, que por orden del Monarca llegaban hasta estas
apartadas regiones para evangelizar a sus naturales.
Una
comisión del Cabildo, compuesta del Regidor don Bernardino Morales de Albornoz
y de los vecinos don Cristóbal Hernández de la Sema, don Domingo de Erazo y el
Licenciado Tobar esperó a los viajeros en Melipilla, otra comisión de
regidores, vecinos y religiosos mercedarios los recibió en Malloco, y una
última, encabezada por el Alcalde don Nicolás de Quiroga les dio la bienvenida
de la ciudad en las cercanías de la “cañada” de Diego García de Cáceres, o sea,
a la entrada de la ciudad. Esa “cañada” es actualmente la Avenida Brasil.
Aquí se
organizó la “procesión” con que los recién llegados fueron trasladados a su
primer alojamiento, que fue el Convento de la Merced, y en ella formaron el
Corregidor Benavides, que llevaba a su derecha al superior agustino fray
Cristóbal de Vera, el Cabildo eclesiástico, el Cabildo ciudadano, los jefes y
oficiales de más alta graduación, los principales vecinos, y la plebe del
pueblo”.
Los
frailes agustinos que recién llegaban eran cuatro: el superior ya nombrado, que
traía el título de vicario provincial; el Padre lector fray Francisco de Hervás
“buen teólogo escolástico”; el Padre Francisco Díaz “predicador de excelente
púlpito” y" el Padre Pedro de Torres, predicador también, “cuyas amables
prendas de religión, mansedumbre y prudencia le hicieron digno de la primera
silla en el capítulo provincial”. Una circunstancia especial anotan los
documentos, y no es posible que yo la substraiga al conocimiento de aquéllos de
mis lectores que se interesen por saber algo de la historia de la música en
Chile; el superior Vera y los padres Hervás y Díaz eran “todos tres excelentes
músicos y de muy sonoras voces”.
Tan
pronto hubo pasado el ajetreo de las fiestas, se preocupó el Cabildo de ofrecer
a los agustinos un hogar para que establecieran su convento. Al proveer tal
cosa, no sólo cumplía el Municipio mapochino con los deberes de hospitalidad y
satisfacía los sentimientos religiosos de sus miembros, sino que acataba los
mandatos terminantes del Soberano, que imponían a las autoridades de Santiago
el deber de “ayudar y favorecer a los agustinos” en su nueva fundación.
Al hacer
la “traza” de la ciudad, el Cabildo había dejado para sí algunas “manzanas”,
que iba vendiendo o donando, divididas en solares, a los colonos que deseaban
avecindarse en la capital. Uno de esos solares, donde había construido una
pequeña casa un vecino que la había abandonado para radicarse en el Perú, fue
el señalado para los agustinos; el superior Vera aceptó la donación y antes del
mes de su llegada la nueva comunidad se encontraba instalada en su residencia
propia. El solar estaba ubicado en la Cañada, “frente a la ermita de San
Lázaro”, a la altura de la que es hoy calle Almirante Barroso, llamada
anteriormente del Colegio. El lector recordará haber conocido por allí un
templo abandonado que no hace mucho tiempo pertenecía todavía al Convento de
San Agustín.
Esta casa
quedaba, por aquellos tiempos, en los suburbios de la ciudad, y esa situación
puso a los agustinos en condiciones de atender preferentemente a la enseñanza y
predicación del Evangelio a los indígenas. Pronto — dice Monseñor Errázuriz en
una de sus obras— la pequeña iglesia que habilitaron los recién llegados, se
vio excepcionalmente concurrida, por el elemento nativo, el cual, dócil a las
predicaciones de los frailes comenzó a frecuentar en gran número los
sacramentos.
Para
atraer a los indígenas los agustinos organizaban sencillas, pero atrayentes
fiestas, en las cuales distribuían alimentos y chucherías que servían de “cebo”
para aumentar el número de asistentes. Fueron particularmente solemnes y
concurridas las festividades de Semana Santa de ese año, al extremo de que los
demás templos — y especialmente el de los franciscanos, que estaba al otro
extremo de la “Cañada” y competía en la atracción de los indígenas— se vieron
casi desiertos, en comparación con la asistencia que habían tenido en años
anteriores.
Los
agustinos triunfaban desde las huinchas, como dicen los hípicos, y esto no lo
podían tolerar los hijos del Seráfico de Asís, por entonces los más acreditados
misioneros del Reino, según todas las opiniones.
Sobrevino
entonces la consiguiente disputa. Para atacar a sus émulos, los franciscanos
corrieron la voz de que los agustinos estaban cometiendo un abuso de lo más
perjudicial para el prestigio de la religión, al permitir que los indígenas
frecuentasen los sacramentos, especialmente el de la Comunión, puesto que su
carencia de intelecto y de cultura les incapacitaba para comprender tan altos
misterios. Recuerde el lector que por aquel tiempo estaba vivita la discusión
teológica sobre si los indios americanos “tenían alma como los demás hombres’’,
y autoridades hubo que sostuvieron, “los libros delante", que no la
tenían... Parece que los franciscanos chilenos pertenecían a este bando, o, por
lo menos, se alistaron en él para atacar a los abnegados y fervientes
agustinos.
Los hijos
del Obispo de Hipona se defendieron con ardor y en el “careo” que sostuvieron,
ante el Vicario Capitular de la Diócesis, en Sede Vacante, el Padre Hervás,
luciendo sus dotes de “buen teólogo escolástico”, sostuvo brillantemente que
sólo al confesor toca juzgar de las disposiciones del penitente y que los demás
sacerdotes debían suponer que cuando a un indio se le permitía comulgar, era
porque se encontraba con la instrucción necesaria para recibir los
“sacramentos”. Aunque el asunto se discutió largo, apasionada y acaloradamente,
y los franciscanos demostraron que no tenían pelos en la lengua, los agustinos
ganaron y las cosas continuaron como antes.
Pero
entre ambas comunidades quedó un sedimento de amargura que en los franciscanos
se transformó luego en un profundo rencor.
Los
alegatos formidables del Padre Hervás y los sermones maravillosos del Padre
Díaz, de quien ya sabemos que “tenía un excelente púlpito”, habían atraído la
concurrencia, no ya de los naturales, sino de mucha parte de la “nobleza” de
Mapocho. Cuando los agustinos tenían novenas, “distribuciones” o fiestas en las
que predicaban esos picos de oro, las interminables filas de caballeros,
señoras y niñas se vaciaban en la pequeña iglesia de la “cañada abajo”, sin
tomar en cuenta el sacrificio personal de trasladarse a pie y por terrosos o
barrosos senderos. Agréguese a los sermones el atractivo de “tres diestros
músicos de muy sonoras voces’’, que cantaban, seguramente, música nueva, y se
comprenderá fácilmente el éxito concluyente de los agustinos en sus primeros
meses de estada en Santiago.
Tales
triunfos les hizo pensar seriamente en que debían trasladarse a la ciudad, sin
perjuicio de continuar sirviendo la capilla de los extramuros, y muy pronto
recibieron una oferta que se apresuraron a aceptar. El Coronel de los Reales
Ejércitos, don Miguel Gómez de Silva y Manrique, devotísimo admirador de la
comunidad agustiniana, ofreció al Padre Vera una casa y solar que poseía a una
cuadra de la Plaza Mayor, en el sitio que hace esquina con las actuales calles
de San Antonio y Monjitas, donde está ubicado el Teatro Alhambra; todo quedó
arreglado en pocos días y los agustinos anunciaron a la ciudad que pronto
podrían sus vecinos oír cantar y predicar a sus predilectos sin tener que andar
cañada abajo.
La
alegría de los vecinos fue sincera y hubo muy pocos que no les ofrecieran su
ayuda generosa para que pudieran realizar cuanto antes su traslado, toda vez
que las lluvias del invierno iban a impedir o a entorpecer la asistencia de la
“nobleza” a las distribuciones de la capilla de la cañada.
Pero los
franciscanos no podían conformarse con el éxito de los agustinos, y así como
anteriormente les habían armado capítulo y pleito, porque hacían comulgar a los
indígenas, encontraron ahora otro motivo para estorbarles su instalación en el
centro de la ciudad. Había cierta disposición real que determinaba la distancia
que debían guardar entre sí los diferentes conventos que se establecían en las
ciudades y de aquí partió el nuevo pleito en que se vieron envueltos los
agustinos; pero esta vez no fueron los franciscanos los que provocaron, sino
que, validos de su hermandad, instigaron a los dominicos para que reclamaran
ante la autoridad civil del “atentado” que se iba a cometer.
El
incidente preocupó de nuevo a la ciudad entera, esta vez más intensamente, por
cuanto veíanse envueltos en él no sólo dos comunidades religiosas, sino las
familias mismas; el Coronel Gómez de Silva estimaba que los dominicos, al
oponerse al establecimiento de los agustinos en la casa que él les había
cedido, hacían una ofensa directa y atroz a su linaje; naturalmente, en defensa
de los fueros ofendidos, participaron en la discusión — que se extendió a
corrillos, trastiendas y “cuadras”— todos los emparentados, allegados y amigos;
a poco no quedó títere que no se declarara dominico o agustino y nada faltó
para que más de una vez salieran a relucir las espadas en plena Plaza Mayor, en
defensa del respectivo bando.
Dominicos
y franciscanos han sido siempre unos, y en aquel tiempo ya habían desaparecido
entre ellos los resquemores que dejaran las luchas entre el franciscano
Rabanera y el dominico fray Gil González, ya sepultados; ahora, más que nunca,
encontrábanse unidos contra la comunidad “intrusa” que pretendía invadir los
dominios ajenos.
Cerca de
los seis meses duraba ya el pleito y por más que ambos contendientes habían
hecho valer influencias ante la Audiencia de Lima, no habían podido obtener una
resolución que los “cortara”; la prolongación sólo perjudicaba a los agustinos
que hasta ese momento estaban como Quevedo sin saber a dónde irían a parar, al
fin y al cabo.
— Padre
Vera — díjole una tarde al superior agustino el Corregidor Benavides— , su
paternidad, ¿quiere instalarse, precisamente, en la casa del General Gómez de
Silva, o le da lo mismo quedarse en otra parte de la ciudad? ...
— Mi
gusto sería darles en la cabeza a los franciscanos y quedarme precisamente en
la casa del Coronel... ¿Para qué se lo he de negar, señor Corregidor?
— Bien,
Padre; pero, ¿y si la Real Audiencia de Lima le da en la cabeza a su
paternidad? Mire que esa disposición real sobre la distancia que deben guardar
entre sí los conventos, dentro de las ciudades, es terminante, y no sería raro
que los oidores limeños le hicieran una desconocida.
— ¿Y qué
hacer? ... — preguntó indeciso el agustino.
—
Paréceme muy sencillo, reverendo amigo; busque su paternidad una casa que
guarde la distancia, cómprela, que para eso ha recogido buena suma de pesos de
oro en limosna, e instálese en ella sin pedirle favor a nadie.
Al Padre
Vera se le abrieron magníficos horizontes; después de un momento, dijo:
— No está
mal pensado, señor Corregidor; esta tarde comunicaré esta idea a mis frailes, y
mañana veremos. ¿Sabe, su merced, — agregó rápidamente— de alguna posada que
pudiera servimos para convento?...
— Padre,
Padre... así de repente... Tal vez la de Alonso de Riberos — dijo, poniéndose
un dedo en la punta de la nariz...
— En la
calle del Rey... cerca de la Cañada...
—
Exactamente; no tiene su paternidad ningún convento cerca...
— ¡Los
frailes franciscos!... — ¡exclamó el Padre Vera!
— ¡Qué
franciscos!... ellos están de la otra parte de la Cañada, y fuera de la traza
de la ciudad.... Allí no hay reclamo posible, Padre Vera.
Vera
abrió los ojos alegremente, se despidió contentísimo de su obsecuente amigo y
partió, rápido, hacia su convento a comunicar a los suyos tamaña solución.
Tan buena
les parecía a los agustinos la proposición del Corregidor, que abandonando el
pleito que les mantenía preocupados, entraron inmediatamente en negociaciones
con Alonso de Riberos y Figueroa, para la compra de una casa y solar que poseía
en la calle del Rey (Estado), esquina con la actual calle de Moneda y que se
extendía hasta la calle de San Antonio; el solar tenía un frente de media
cuadra por la calle del Rey.
Realizada
la compra, los agustinos salieron una tarde de su antiguo convento de la
"cañada abajo”, llevando cada cual un hato con sus pobres haberes
personales y en una carreta los utensilios más indispensables para su acomodo,
y avanzando “cañada arriba”, torcieron por la calle del Rey y endilgaron
modestamente hacia su nuevo convento; pero al penetrar en él “repicaron las
campanas y pusieron luminarias celebrando su triunfo en unión de la mayor parte
del pueblo, de lo cual los franciscanos quedaron muy sentidos y así acordaron
hacer, de hecho, lo que no habían podido obtener por justicia”.
Tales son
las palabras que estampa el Inquisidor limeño, Licenciado Pedro Ordóñez y
Flores en Carta al Consejo fechada en 6 de abril de 1559.
¿Quiere
saber el curioso lector qué fue lo que acordaron hacer “de hecho” los
despechados franciscanos, al ver que sus rivales se establecían, al fin, en el
centro de la ciudad?
No me lo
creería si se lo dijese ahora, en breves palabras.
Se lo
contaré con pelos y señales la semana próxima.
§ 6.
Contra viento, marea y llamas
El
convento de San Agustín, que actualmente conocemos con su templo en la esquina
de las calles del Estado y de Agustinas, ocupó primitivamente la mitad sur de
la misma manzana, esto es, la que corresponde ahora a la esquina de Estado con
Moneda, hasta San Antonio.
En el
trazado de la planta de la ciudad, levantada por nuestro primer' Director de
Obras Municipales, el alarife Pedro de Gamboa, la mencionada manzana quedó
dividida, como todas, en cuatro solares, para ser distribuidos entre los
primeros conquistadores. Según las investigaciones de Thayer Ojeda, el solar
correspondiente a las actuales calles del Estado y Agustinas, donde se levanta
el templo, fue concedido por el Cabildo a Pascual de Ibaceta el año 1555, en
pago de sus honorarios como» escribano municipal; Ibaceta lo vendió luego a
Diego García de Ronda, y éste a Andrés Zamudio, en 1559. Zamudio lo dividió en
dos sitios, con frente a la calle de Estado; el sitio del lado norte lo cedió
al Hospital del Socorro (San Juan de Dios), y este establecimiento lo vendió a
Juan Guerra de Salazar el año 1599, esto es, cuando los agustinos ya se habían
instalado en la calle del Estado. El sitio del lado sur fue adquirido por Pedro
Martín Parras, y su viuda, Elvira Núñez, tenía su casa allí, cuando llegaron al
lado los mencionados frailes.
El solar
correspondiente a las calles de Agustinas y San Antonio — el que queda detrás
del actual templo— fue donado por el Cabildo, en 1553, a Pedro Fernández Perin,
quien lo poseía todavía a la llegada de los padres, y lo vendió en 1596 al
Capitán Francisco Sáenz de Mena.
Los otros
dos solares de la manzana que corresponden a las calles de Estado, Moneda y San
Antonio, fueron donados por el Cabildo, en 1556, al conquistador Francisco de
Riberos, quien estableció allí su morada de patriarca, al unirse en matrimonio
con Leonor Suárez de Figueroa, sobrina política del conquistador Pedro de
Valdivia; estos dos solares fueron los que compraron los agustinos para
instalar allí su convento, cuando resolvieron abandonar su primitiva y lejana
residencia de la “cañada abajo’’ y radicarse en el corazón de la ciudad.
Ya conté
las incidencias que habían provocado los dominicos, cuando los discípulos del
Obispo de Hipona quisieron aceptar, para su residencia, el solar del Coronel
Gómez de Silva, situado a cuadra y media de aquel convento, alegando las
disposiciones reales y canónicas que establecían las distancias mínimas a que
podían quedar los monasterios dentro de las ciudades; con la instalación de los
agustinos en el sitio de la del Estado, a más de cuatro cuadras de los
reclamantes, la controversia había terminado de hecho con los dominicos, pero
iba a comenzar de nuevecito con los franciscanos, cuyo convento de la Cañada
quedaba, por la calle de San Antonio a unos cuantos pasos; note el lector que
la esquina de San Antonio y Moneda, donde tenían su huerto los agustinos dista
apenas una cuadra del templo de San Francisco, y advierta además que en
aquellos años la carencia de edificación permitía a los frailes “franciscos”
observar desde la torre de su templo recién construido todo lo que ocurría
dentro del recinto del convento agustiniano...
La gran
plancha que habían hecho los franciscanos con la actitud habilidosa de sus
émulos les había puesto “frenéticos”, más aún cuando habían presenciado que la
mayor parte del vecindario de Santiago había participado del regocijo popular
que provocaron los alegres repiques de campana con que se anunció a la ciudad
el traslado de la comunidad a un sitio tan destacado como lo era la “calle
real”. Los discípulos del Seráfico eran, por aquella época, los frailes más
conspicuos y acreditados no solamente de Chile, sino de todas las Indias, y
hacían gala de tener las más altas influencias en la Corte, puesto que el Rey
Felipe II era ‘‘hermano tercero”; los obispados de América estaban en su mayor
parte servidos por franciscanos, y no olvidemos que el de Chile lo sirvieron
cerca de un siglo.
Lo
primero que se les ocurrió a los franciscanos fue presentar por su cuenta una
querella contra los agustinos, fundándose en las consabidas disposiciones
canónicas “de las distancias”; este recurso estaba ya usado y habían visto que
no había dado los rápidos resultados que esperaron; sin embargo, lo tentaron
también y presentaron la respectiva queja ante el Corregidor don Jerónimo de
Benavides, que era al mismo tiempo Justicia Mayor del Reino.
— Padre
mío — contestóle don Jerónimo al guardián fray Juan de Tovar— , creo que su
reverencia no va bien por este lado; la disposición canónica de las distancias
entre conventos se refiere al recinto de las ciudades, y el convento de mi
Padre San Francisco no puede alegar tal infracción, porque se encuentra fuera
de la traza de la ciudad. Recuerde, Padre, que vuestras reverencias viven del
otro lado de la cañada del brazo seco...
— Eso de
la “traza” sería antes, señor Corregidor — contestó el Padre Tovar— ; hoy en
día la “cañada del brazo seco” está poblada en mucha parte, y hasta una puente
nueva hemos echado frente a la puerta del costado de nuestro templo, para
comunicarnos con la calle del Licenciado Pastene, a la cual las gentes dan ya
el nombre de calle de San Antonio, porque desde allí se alcanza a divisar el
altar que dentro del templo hemos levantado al glorioso de Padua, patrono de
Santiago en las “necesidades de aguas”.
— No lo
puedo dudar, mi reverendo amigo — contestó el Corregidor— ; pero mientras no
venga una real orden para que se modifique la “traza” que a la villa del
Mapocho dio Nuestro Señor don Carlos V, que gloria haya, tendremos que
considerar que el convento de San Francisco y todo lo que queda de la otra
parte del brazo seco está fuera de la ciudad. ¡Qué quiere, vuestra paternidad!,
quien manda tiene también que obedecer. Beso a vuestra paternidad la mano, y
ruegue a Dios por este pecador, que es su amigo bueno y no quiere que se le
moleste en vano...
Varios
motivos tenía el Corregidor para dar este consejo al Padre Tovar, y el
principal de ellos era que él mismo había insinuado al superior de los
agustinos la forma en que podría salir avante con su propósito de trasladarse
al centro sin contravenir a las ordenanzas, respecto de los dominicos, y sin
preocuparse de la vecindad de los franciscanos; y como todo se sabía, o se
sospechaba, el Padre Tovar supo o sospechó que el Corregidor se había puesto
francamente de parte de los “intrusos”.
— Ese
Corregidor de cuernos — dijo el guardián a sus frailes al darles cuenta y razón
de su entrevista con la autoridad- nos denegará el recurso si lo presentamos;
lo mejor será que hagamos uso de nuestros medios propios...
— ¿Y qué
medios son esos? preguntó el Padre Briceño, que era una de las autoridades del
convento.
— En
primer lugar — dijo Tovar— haremos uso de nuestro derecho de nombrar “juez
conservador” en reemplazo del Corregidor Benavides, a fin de que conozca de los
notorios agravios y manifiestas violencias que nos hacen los agustinos y si
esto no tiene resultado, ya veremos la manera de echar a los intrusos fuera de
la ciudad.
— Lo
primero se puede hacer; pero no creo que tenga efecto — opinó Briceño— ; mejor
me parece lo segundo, y es esto en lo que debemos pensar desde luego.
— Sin
perjuicio de lo primero — acentuó el Padre Montalvo, que era un jurisperito de
fuste y consultor obligado de cuanto pleito se ventilaba ante las justicias de
la capital— . Mientras vuestras reverencias piensan en los otros medios que se
pueden poner en práctica para echar de aquí a los ensoberbecidos agustinos, yo
me encargaré de alegar nuestra causa ante el Corregidor.
Efectivamente,
los franciscanos nombraron “juez conservador” en la persona del superior de los
dominicos, sus aliados, y ante él siguieron el nuevo pleito contra la comunidad
recién establecida; la sentencia no tardó en pronunciarse y el juez dominico mandó
que los agustinos evacuaran el sitio que acababan de ocupar en un plazo
perentorio. El escándalo que esta sentencia produjo en el vecindario llegó a
los límites de la conmoción; Gonzalo de los Ríos, vecino y amigo de los
agustinos, se constituyó ahora en su protector decidido y aun encabezó el
numeroso partido “de nobleza” que se propuso defenderlos a toda costa en la
injusta persecución que se amenazaba.
Uno de
los más fervientes amigos de la comunidad fue también el Licenciado Francisco
Pastene, y a él fue encomendada la tramitación de la defensa judicial; Pastene
impugnó, desde luego, el nombramiento del juez conservador, hecho en persona
tan parcial como era la de un dominico, y en seguida interpuso recurso ante la
Audiencia limeña — todavía no se había establecido la Audiencia en Chile—
diciendo que el juez conservador nombrado por los franciscanos “hacía fuerza”.
El Corregidor Benavides acogió el recurso y decretó su envío a Lima; con esta
providencia, la gestión quedaba paralizada, hasta la resolución de la
Audiencia.
Los
franciscanos sabían de antemano la suerte que iba a correr su reclamo por la
vía judicial santiaguina, y aun sospechaban con mucho fundamento que la
resolución final de la Audiencia les sería contraria; dejaron, sin embargo,
correr la bola y comenzaron su plan para obligar “de hecho” a sus contendores a
abandonar la ciudad; no podían olvidar que en un principio habían “sacado” de
la ermita del Socorro a dos clérigos “a fuerza de brazos” para posesionarse de
su actual convento, y no iban a desmentir aquellos antecedentes en esta ocasión
ante la porfía de cuatro frailes agustinos, recién llegados, que insistían en
resistir su voluntad, que consideraban omnipotente.
Había
llegado el momento de “hacer de hecho” lo que no podían obtener por la justicia
y para ello los franciscanos no se pararon en pelitos.
Corría el
mes de agosto, un mes apenas de la instalación de los agustinos en su nueva
casa de la calle del Rey; una noche, pasado el filo de la media, los gritos
desaforados del indio cuidador del huerto, situado, ya lo he dicho, hacia la
calle de San Antonio, interrumpieron el primer sueño largo y reposado con que
los frailes descansaban de las cotidianas y pesadas tareas que les imponía su
popularidad siempre creciente; la lluvia caía intermitente, pero torrencial, y
el viento huracanado impidió, al principio, que los gritos del hortelano fueran
advertidos por el lego Gaspar de Pernia, cuya celda era la más cercana al
huerto.
Pero de
pronto, un torrente se precipitó sobre el patio echando abajo la débil puerta
que lo comunicaba con 1a huerta y a los pocos instantes el agua de agua
precipitóse hacia la puerta y lanzóse, gritando socorro, hacia las demás celdas
en donde descansaban sus despreocupados compañeros.
Las
aguas, entretanto, invadían el patio y penetraban por los resquicios y gateras
en las habitaciones y aposentos inundándolo todo, destruyendo y malogrando
cuanto encontraban a su paso; los otros frailes alarmados con los gritos del
lego y de los demás indios de servicio que también habían abandonado sus lechos
en pleno sueño, saltaron de sus camas y se lanzaron a buscar su salvamento
instintivo, subiéndose algunos a los techos sin hacer caso de la lluvia
torrencial ni reparar en las menores vestimentas en que se encontraban; aquello
era una Babel de gritos y lamentaciones lejanas y aisladas que infundían el
terror y aumentaban el pánico, por momentos.
De pronto
oyéronse los tañidos de una campana; el padre Vera habíase encaramado sobre el
techo cerca del campanario que provisionalmente instalaran los frailes, y en
presencia del peligro en que se encontraban la comunidad y el convento mismo,
recurrió al arbitrio de tocar alarma para pedir auxilio de los vecinos. Una
campana que sonara a medianoche en Santiago o en cualquier ciudad o villa de
las Indias era el anuncio de un acontecimiento extraordinario y no había quien
se quedara en su lecho, no siendo viejo reumático o sordo como tapia; así fue
que cantidad no despreciable de vecinos se apretujó ante las puertas del
convento y penetró valientemente a prestar su ayuda a los que pedían auxilio.
Uno de
los primeros en acudir fue el Alcalde, don Nicolás de Quiroga, que vivía al
lado, por la calle del Rey; otro fue Gonzalo de los Ríos, que tenía su casa en
la calle de San Antonio, frente al huerto de los Agustinos, y en pocos
instantes, al darse cuenta de que se trataba de una inundación, procedieron,
con la ayuda decidida de los vecinos, a echar abajo una de las paredes que
daban hacia la calle que actualmente se llama de la Moneda, a fin de que las
aguas se escurriesen por allí, y vaciar de esta manera los patios y celdas que
ya estaban con el agua a una vara de alto.
Todo el
resto de la noche trabajaron los vecinos con sus indios para desaguar y limpiar
algo de cieno acumulado en los aposentos y para dejar “en seco” a los
atribulados agustinos.
Entretanto,
dirá el lector, ¿cómo se había producido esa tremenda e imprevista inundación,
y en forma tan repentina y trágica?
No quiero
que se me culpe de calumniador y como única explicación de tan lógica pregunta,
me limitaré a copiar a la letra, un párrafo de la carta que envió al Consejo
Superior de Indias el Inquisidor limeño, Licenciado Pedro Ordóñez y Flores,
para informar al Rey sobre los acontecimientos más notables ocurridos en su
jurisdicción.
“El 30 de
mayo de 1595, a medianoche — dice la carta que tengo a la vista— subieron los
padres franciscanos por las paredes de la huerta de San Agustín, y cerraron el
desaguadero de una acequia de agua, grande, que pasa por ella, y sacaron otro
desaguadero hasta la casa, y se hinchó toda el agua, lo bajo, y comenzaron a
caer algunas paredes y despertaron los frailes agustinos y salieron por lo
alto, y derribaron unas paredes para que saliese el agua, y con esto se
remedió, que parece que los frailes franciscanos tuvieron el intento de
derribarles la casa, y a no despertar los agustinos, salieran con su intento, y
aun se ahogaran todos”.
La carta
cuyo párrafo he copiado dice que este hecho ocurrió el 30 de mayo; es un error
evidente, porque la Crónica Agustiniana de la provincia del Perú,
de Herrera, deja ver claramente que esta “anegación” ocurrió mucho más avanzado
el año; en todo caso, haya sido en mayo o en agosto, el hecho debió ocurrir en
la forma tan precisa en que lo relata una autoridad calificada como la del
Inquisidor Ordóñez, ante la cual debieron recurrir los agraviados en demanda de
justicia.
Algunas
paredes quedaron por los suelos, y muchos perjuicios había ocasionado la
inundación en el convento de San Agustín, pero sus frailes habían comprobado
nuevamente el cariño que por ellos tenía la ciudad, puesto que, debido a sus
generosas limosnas bien pronto estuvieron reparados 'los desperfectos y
nuevamente las familias santiaguinas se dieron otra vez la satisfacción de
concurrir, con mayores comodidades, a oír los sermones de los maravillosos
predicadores y los “conciertos” de los tres “diestros músicos de sonora voce”
que tanto habían llamado la atención de los mapochinos.
Todas las
inventivas de los frailes franciscanos estaban fracasando redondamente y no
parecía sino que mientras más perseguían a sus enemigos, más ruidosos éxitos
obtenían éstos; los agustinos parecían de lana; mientras más apaleados, más
esponjosos.
Peroel
Padre Tovar y sus hermanos no podían conformarse; ellos Se habían propuesto
“echar” de la ciudad a los agustinos, y estaban resueltos a conseguirlo costare
lo que costare; si el agua no había dado resultado, puede que el fuego lo
diera...
“Después
de lo cual, visto que por ese camino no se les había podido derribar las casas
ni echar de ellas a los frailes agustinos, el día 11 de diciembre del dicho
año, después de medianoche, salieron del convento de San Francisco, diecisiete
o dieciocho frailes y dos o tres indios, “todos en hábito de indios”, con armas
y escalas y muchos hachones de alquitrán, y subieron, por el huerto, en lo alto
de la casa de San Agustín, y la destejaron y pusieron por muchas partes de ella
los hachones de alquitrán encendidos... Con lo que se comenzó a encender el
fuego y se abrasó en un instante la mayor parte de la casa, y sacaron, antes de
pegar el fuego, la caja del Santísimo Sacramento y algunas imágenes y las
arrojaron al patio con mucha indecencia, y luego pusieron fuego a la iglesia
aunque fue Nuestro Señor servido de que no prendiese el fuego, porque alguien
lo atajó.
“Los
frailes agustinos, que estaban reposando, y descuidados de semejante hecho,
salieron despavoridos al patio y fueron tantas las pedradas que llovieron sobre
ellos, que los compelieron a volverse a encerrar; pero viendo que les apretaba
y cercaba el fuego, volvieron a salir, tomando por menos daño el de las
piedras, y así salvaron algunos cálices y ornamentos; pero la casa y convento
se abrasó toda.
“Los
frailes franciscanos, después de haber hecho este daño se volvieron a su
convento, y habiendo ocurrido allí el Corregidor y las justicias, hallaron
muchos hachones y las escaleras y otras cosas que sirvieron para el daño con lo
cual se verificó él haberlo hecho ellos”.
Los
párrafos copiados pertenecen al informe del Inquisidor Ordóñez y espero que el
lector no me culpe de haberlos inventado yo. En mi poder está el comprobante y
mi eminente y respetado amigo, don José Toribio Medina, de quien lo hube, no me
dejará mentir.
A pesar
de que el Corregidor y el Alcalde Quiroga comprobaron la intervención directa
que habían tenido los franciscanos en este incendio, “Quiroga no pudo continuar
el sumario por encontrar comprometidas a personas a las que no alcanzaba su
jurisdicción”. Efectivamente, los frailes no podían ser juzgados, entonces, por
los jueces ordinarios; solamente los provisores eclesiásticos tenían autoridad
para someter a juicio a los tonsurados. Los agustinos, sin embargo, ocurrieron
al Comisario de la Inquisición, que lo era el Deán, don Melchor Calderón ante
el cual rindieron información sumaria de lo ocurrido, y en seguida se
presentaron ante el Inquisidor limeño en demanda de justicia, “porque él
Comisario no la quiso hacer”.
“La
Crónica Agustiniana” de Herrera, al dar cuenta de estos hechos,
afirma seriamente, que cuando el Alcalde Quiroga y el Comisario Calderón fueron
a verificar los perjuicios, al día siguiente, penetraron a la iglesia y notaron
que una imagen de San Agustín, milagrosamente salvada de las lamas, los miraba
con ojos airados: “preguntáronle por qué los mira así, cuando mejor que nadie
sabía el Santo que ellos no tenían parte alguna en el incendio de su casa...
“Pero San
Agustín no les contestó nada”.
El crimen
de los franciscanos quedó “impugne”, porque ni aun la Inquisición limeña quiso
intervenir en este pleito de frailes; pero los agustinos se quedaron donde
actualmente están, y las persecuciones de sus émulos sólo sirvieron para que la
mejor parte de la sociedad santiaguina, considerándolos como víctimas, les
concediera su más franca y cariñosa protección.
Algunos
años más tarde eran propietarios de toda la manzana, y mediante la munificencia
de Pedro Lisperguer y Flores, que les obsequió “los cimientos y los ladrillos
para la obra”, pudieron levantar de nuevo su iglesia y convento en el riñón
mismo de la ciudad.
§ 7. La
sorpresa de Curalaba
Al
terminar el año 1598 el sur de Chile encontrábase en abierta rebelión contra
las armas del Rey. Las “reguas” desde el Bío-Bío al Calle-Calle se movían de
una parte a otra por los enmarañados senderos de los espesos bosques, a la voz
de tres nuevos toquis que habían surgido casi de repente al norte, al sur y al
centro de esta vasta región casi desconocida por los conquistadores, y veloces
mensajeros “corrían la flecha” de un extremo a otro, de mar a cordillera,
soliviantando a los innumerables caciques araucanos y citándolos para reunirse
con sus mocetones en ocultos valles hábilmente escogidos por los alrededores de
las plazas y fortines ocupados por las guarniciones españolas y en las
cercanías de las siete ciudades que les servían de centro.
Al tener
conocimiento de las sigilosas actividades de los rebeldes, el Gobernador del
Reino, Don Martín García Oñez de Loyola creyó de su deber salir en persona a
reconocer los campos sublevados para imponer paz. En su desmedido orgullo de
invictos capitanes, los Gobernadores creían que el solo anuncio de su presencia
era suficiente para que los “alzados” volvieran a la paz... Por lo menos el
Gobernador Oñez de Loyola creía tener derecho a estimarlo así, porque antes de
venir a Chile habíale tocado en suerte dominar la espantosa insurrección que
encabezó en el Perú el Inca Tupac Amaru el año 1593 y que había logrado
inquietar al Virrey, don Francisco de Toledo, hasta el punto de ordenar que
fuera evacuada la ciudad del Cuzco para ponerse a salvo.
Derrotadas
por el Inca rebelde varios acreditados capitanes de Flandes, el Virrey había
entregado el mando de los ejércitos españoles al Capitán Oñez de Loyola y éste,
más afortunado o más estratega que sus predecesores, había logrado no sólo
batir a los indígenas peruanos, sino aprehender al Inca. Don Martín García de
Loyola terminó su campaña de pacificación ahorcando al Inca en presencia de
tres mil de sus súbditos prisioneros.
Conviene
decir que la ejecución del soberano peruano fue ordenada perentoriamente por el
Virrey Toledo contra el parecer de la Real Audiencia de Lima y del propio
General vencedor, quien había ofrecido al Inca salvarle la vida a trueque de
que depusiera las armas. También es necesario establecer que esta cruel y
felona conducta fue desaprobada por el Rey de España Felipe II, quien exoneró
de su cargo al Virrey en castigo de este asesinato, y cuéntase que cuando don
Francisco de Toledo se presentó al Monarca en Madrid, de vuelta ya del Perú,
díjole el Rey, sin darle a besar su augusta mano:
— Idos de
mí presencia, don Francisco; que yo no os envié a Lima a matar reyes, sino a
servir a reyes.
Dije,
pues, que el Gobernador Oñez de Loyola había salido de Concepción a recorrer
los territorios rebelados y a imponer la paz; reunió unos cincuenta soldados
caballeros y hasta trescientos indios amigos y atravesando el Bío-Bío llegó a
Imperial después de cuatro jornadas, por la costa. Los fuertes de Colcura,
Marigüeñu, Arauco, Tucapel y Purén no tenían mayores novedades, y sus
“castellanos” dieron al Gobernador las seguridades de que podrían mantenerlos
enhiestos durante toda la primavera ya avanzada y el verano. Corría el mes de
noviembre de 1598.
Si la
región o camino de la costa estaba casi tranquilo, no ocurría lo mismo en el
centro, o sea, al lado oriente de la escarpada y boscosa cordillera de
Nahuelbuta.
A la
llegada a Imperial supo el Gobernador que los rebeldes tenían sitiadas las
ciudades de Villarrica y Confines, primitivo nombre del fuerte y villa de
Angol. Iguales noticias recibió de Valdivia; pero supo también que la
guarnición de esta última dudad, compuesta de ciento treinta y cinco soldados
veteranos mantenía a raya a los indios con mucha ventaja, mediante las
excepcionales condiciones del terreno en que estaba situada y la experiencia
militar de su Gobernador, el Capitán don Alonso Pérez de Valenzuela y de su
maestre de campo Juan Gómez Romero llamado por los indios “el apo”.
Las
noticias sobre esta ciudad aseguraban cuán difícil sería para los rebeldes
llegar a causarles un “malbarato”, porque estaba rodeada por tres lados de un
“anchuroso, profundo y correntoso río imposible de atravesar en son de guerra”,
y por el otro lado, “por unas canales hondas que juntaban las aguas de uno y
otro río y forman una ísola”.
No es
difícil para 'los actuales habitantes de Valdivia comprender esta descripción
de la topografía que tenía la ciudad ahora doscientos treinta años. Básteles
mirar la ubicación de los torreones de Picarte y de Canelos y la configuración
del terreno que une en línea recta ambos castillos, para que puedan ver con
claridad que ha existido por allí un ancho canal de agua que aislaba la punta
donde se levanta la ciudad alrededor del fuerte, que se encontraba,
precisamente, donde está la Plaza de Armas.
El
Gobernador Oñez de Loyola estimó que las ciudades que se encontraban en mayor
peligro eran las del centro y resolvió dirigirse a Angol, cuyo Capitán Julián
Vallejo había pedido ya tres veces auxilio a Imperial, comunicando que se
encontraba rodeado de un ejército enemigo, cuyo número hacía subir a cinco mil
indios, encabezados por el Toqui Pelentaru.
Al frente
de sus cincuenta españoles y de sus trescientos “indios amigos” partió el
Gobernador Loyola un poco antes del meridiano del día 22 de noviembre, sin el
menor recelo. Anduvo tranquilamente durante la tarde, sin notar el más pequeño
síntoma de rebelión a través de los campos y serranías que cruzó y a las
oraciones dio orden de pernoctar en el pequeño valle de Curalaba, distante de
Angol unas siete leguas. Caminando desde las primeras horas de la mañana
siguiente, el Gobernador pensaba llegar a su destino antes del mediodía. El
campamento dormía despreocupado y tranquilo a eso de las dos o tres de la
mañana del día 23 de noviembre; era el “cuarto de la modorra’’ y desde el
Gobernador abajo todos estaban entregados a un sueño profundo. De súbito irrumpe
sobre el vivac una avalancha de rebeldes en medio de un “espantable vocerío” y
en un instante los españoles se vieron “copados” por innumerables enemigos que
los atacaron con ferocidad inaudita, sin darles tiempo a que requirieran sus
armas, “sobre las cuales dormían”.
La gran
mayoría de los españoles fueron muertos “casi desnudos” y los pocos que
pudieron recoger sus armas no pudieron resistir al número; el Gobernador Oñez
de Loyola fue uno de estos últimos y se cuenta que después de haber muerto a
varios indios a golpes de su espada fue atacado por el Toqui Pelentaru, quien
“lo quitó desta vida” de un solo golpe de maza. “Fue cosa convenida y
averiguada que los trescientos indios amigos que llevaba el Gobernador fueron
los que señalaron el camino a los rebeldes y ayudaron a matar a sus amos”.
De los
cincuenta españoles solo salvó uno: el sargento Bernardo de Pereda, que
cubierto de heridas y arrastrándose por entre los matorrales pudo huir hacia la
Imperial a donde llegó en la tarde del 23 de noviembre, “para contar la muerte
del Gobernador y todos sus compañeros.”
Los
indios “amigos’ desaparecieron como por ensalmo; no hay duda de que fueron a
engrosar las filas de los rebeldes.
La
situación del Reino con la catástrofe de Curalaba se hizo tan tremenda como
cuando ocurrió la muerte de Pedro de Valdivia en Tucapel cincuenta años antes.
En
aquella ocasión mandaba el ejército araucano el Toqui Lautaro, quien, después
de derrotar a Pedro de Valdivia en los campos de Elicura y en seguida a
Francisco de Villagra en Marigüeñu, se lanzó sobre Concepción y la saqueó, la
incendió y, por último, la destruyó hasta sus cimientos.
Ahora
mandaban el ejército rebelde tres Toquis: Pelentaru Anganamón y Guaquimilla;
sus escuadrones estaban compuestos de gente experimentada con cincuenta años de
constante batallar; y la muerte del Gobernador dejaba al ejército peninsular
sin cabeza y a merced de los rebeldes las siete ciudades del sur, aparte de los
fortines y guarniciones diseminadas en un vasto y desamparado territorio.
Castro, Osorno, Valdivia, Imperial, Angol, Villarrica y Concepción quedaban
entregadas a sus propias fuerzas.
La
catástrofe de Curalaba debía traer y trajo lamentables y trágicas
consecuencias. Los araucanos pusieron sitio a todas las ciudades aquende al
Bío-Bío, y sus capitanes se prepararon para resistir y mantener en pie sus
guarniciones hasta que Dios quisiera y la Real Audiencia de Lima que ese año
gobernaba por acefalia del Virreinato, enviara a Chile un reemplazante al
desgraciado Gobernador, don Martín García Oñez de Loyola.
Julián
Vallejo, en Angol; Rodrigo de Bastidas, en Villarrica; Andrés Valiente, en
Imperial, con sus capitanes Hernando Ortiz y Pedro Olmos de Aguilera; Francisco
de Godoy, en Osorno y Alonso Pérez de Valenzuela, en Villarrica, sostuvieron
combates homéricos, dignos de la epopeya, para sostener en alto el prestigio de
sus pendones. Los más aporreados en las primeras semanas fueron los de
Villarrica, Imperial y Angol, en donde los sitiados tuvieron que dormir durante
largos meses con las armas en las manos. “La comida que comían era grano de
mostaza y de nabos, después de no haber dejado perro ni gato, ni animal que ya
no hubieran comido antes, y habían llegado a tanto extremo que comían arañas,
sabandijas y otras comidas muy puercas”.
A la
ciudad de Concepción no la sitiaron por estar muy defendida; pero cuando ya se
“desocuparon” un poco con las del centro, Pelentaru fijó también sus ojos en
Valdivia.
§ 8. La
destrucción de Valdivia
Cuando se
supo en esta ciudad la muerte del Gobernador, el Capitán Pérez de Valenzuela,
experimentado ya en estos achaques de guerra contra los indios, se preparó para
defender la plaza y sus alrededores, donde existían ya varias “chácaras”
cultivadas y valiosos elementos agrícolas de los que vivía la población. Sabía
que los rebeldes habrían de sistematizar sus ataques contra la plaza y que el
único remedio era estar prevenido ante cualquier sorpresa.
— Señor
Maestre de Campo, Gómez Romero — díjole después de haber meditado ambos sobre
la tremenda desgracia que afligía al Reino— seréis servido de poner, desde hoy,
guardias dobles en las atalayas del río y particularmente en 'los castillos del
canal, los cuales también reforzaréis para prevenir cualquier desaguisado. Esto
aparte de lo que acordemos en el consejo de guerra al que convocaréis luego a
los capitanes, para que digan lo que se debe hacer en presencia de la muerte de
nuestro Gobernador, que buena gloria haya.
— Ya lo
he hecho, señor Capitán Pérez de Valenzuela -contestó el Maestre— y podéis
estar descuidado en que yo vigilaré por mí mismo a los centinelas durante la
noche. Lo que habéis de prevenir será que nadie sea osado salir fuera de la
plaza pasadas las oraciones, ni de los límites de la ciudad durante el día.
— Decidlo
de mi parte al señor Alcalde, don Juan de Rosa y al Alguacil Manuel Coronado.
— El
señor Alcalde ha resuelto tocar luego a Cabildo Abierto — agregó el Maestre— a
fin de que el vecindario noble se acuerde en lo que debe hacerse en esto del
fallecimiento del Gobernador
— Lo que
haya de hacerse ya lo diré yo — respondió el Capitán Pérez— que en estos casos,
faltando la cabeza del Reino, impera en las ciudades la ley militar.
Las
órdenes del Capitán Pérez de Valenzuela no pudieron ser contradichas por nadie,
pues el hombre era de malas pulgas y se impuso desde el primer momento. Los
vecinos que no eran militares fueron obligados a permanecer dentro de la plaza,
con sus familias y durante el día no era permitida la estada de gente alguna
fuera de los límites de la ciudad- Sólo tres veces al día podían cruzar el río
Calle-Calle dos embarcaciones armadas, a fin de que los vecinos que tenían sus
quehaceres en Las Animas, o “hacia el puerto”, pudieran trasladarse allí para
atender lo más preciso.
El propio
Capitán Pérez de Valenzuela que era propietario de la isla Teja dio el ejemplo
y durante dos semanas fue una sola vez a ver “ciertos cerdos y una huerta” que
allí tenía.
Los
indios, sin embargo, no se dejaban ver y si bien fue cierto que a raíz de la
catástrofe se notaron ciertos movimientos sospechosos por los alrededores, todo
se vio y permaneció tranquilo hasta mediados del mes de diciembre.
— El
Capitán Pérez Valenzuela es un tirano— decía a veces el Alcalde, don Juan de la
Rosa— y nos tiene encerrados sin fundamento dentro de las cuatro paredes del
fuerte. Lástima grande es que no podamos elevar nuestras quejas a quien
corresponde para que terminen los agravios que nos hace.
— No dice
mal vuestra señoría y merced, magnífico señor Alcalde — respondía a veces el
Regidor Pedro Almonacid— y bien merecería el Capitán Pérez que se le acusara
ante el señor Gobernador que habrá de venir pronto de Lima.
La verdad
era que la severidad del jefe de la plaza no había tenido justificación hasta
entonces, porque los indios, ya lo he dicho, no se habían hecho presentes; los
vecinos, sus mujeres, niños y sirvientes y allegados vivían dentro de la plaza
y cuarteles en una promiscuidad con los soldados de todo punto inconveniente.
Una tarde
presentáronse ante el Capitán Valenzuela el Cura de Valdivia, don Luis
Bonifacio y el Padre mercedario fray Luis de la Peña, llevando un reclamo
colectivo de los asilados.
Pedían
respetuosamente “y por amor de Dios” que se les permitiera volver a sus casas,
primero, para precaver “daños del ánima” y, segundo, para “vivir como
cristianos”. El argumento de que el peligro de un asalto de los rebeldes ya
había pasado, hizo la fuerza en esa petición: tan respetuosa y solícitamente
razonaron el Cura y el fraile, que el Capitán vencido ya, prometió dar la
respuesta al día siguiente.
Efectivamente,
dos días después, el 20 de diciembre, los vecinos se encontraban ya viviendo en
sus casas, agradecidísimos de la benevolencia y “cortesía” del jefe de la
plaza.
En
realidad, la tranquilidad “parecía que había llegado” a la zona de Valdivia. Ni
la primera, ni la segunda, ni 'la tercera noche, que los vecinos durmieron
“apaciblemente” en sus casas ocurrió nada que pudiera ser motivo de alarma.
“La noche
del 24 de diciembre corría su curso sin que nadie sospechara en la ciudad lo
que iba a ocurrir; soldados y vecinos reposaban tranquilamente en sus lechos,
después de haber rezado en común las oraciones de la noche, como tenían
costumbre y los centinelas y atalayas, revisados sus puntos echáronse a dormir
también. Pasada la medianoche, un ejército de cinco mil salvajes, al mando de
Pelentaru, Toqui, cruzó a nado el río por todo el alrededor de la ciudad en
medio del mayor silencio, a pesar de venir armado de todas sus armas; se
juntaron en las riberas y bosques que circundaban la población, tomaron sus
posiciones con el mismo silencio, ocupando las calles y las murallas de tabique
de la plaza fuerte y a una señal que se dieron despertaron a la ciudad con una
gritería infernal y con rudos golpes de maza y palos sobre las casas, que eran
todas de madera con techo de alerce.
“Saltaron
de sus lechos los vecinos sin armas casi todos, y creyendo un terremoto u otra
calamidad del cielo, y huyeron despavoridos hacia las calles, en donde
encontraban la muerte segura en mano de los salvajes; fue una matanza. Después
siguió el saqueo, luego el apresamiento de las mujeres como cautivas, todo en
al mayor confusión y obscuridad, porque era una noche de las negras. Por
último, el incendio”.
“Durante
la hora y media que duró este “juicio final” el Capitán Pérez de Valenzuela
batalló por organizar alguna resistencia, pero al fin, desesperado de su
impotencia, se dispuso a salvar a su mujer y a sus cinco hijos e hijas, y fue
llevándolos hacia un batel que tenía en un embarcadero del río y con ellos
llegó hasta un barco que estaba anclado en el puerto.
“El
Capitán salvó de esta manera a cuatro de sus hijos; pero fue imposible
encontrar a la mayor de sus hijas, Esperanza de Valenzuela, la que había caído
de las primeras en poder de los asaltantes.
“Cuando
alumbró el sol del siguiente día, 25 de diciembre, Pascua de Navidad, la ciudad
de Valdivia era un montón informe de escombros humeantes, en cuyas calles
yacían muertos más de ochenta españoles, muchos de ellos horriblemente
mutilados”. Los asaltantes levándose no menos de 25 mujeres cautivas, repasaron
el río y se situaron en la isla y en Las Animas en medio de una orgía y de
ruidoso vocerío e insultos y denuestos.
A media
tarde los pocos vecinos que lograron ocultarse en la ciudad y salvar de la
catástrofe, pudieron presenciar impotentes, una escena horrorosa y espeluznante
que se desarrollaba en la isla de Valenzuela, frente a la ciudad.
Colgado
de una fuerte rama de un roble corpulento pendía un hombre con una cuerda a la
cintura y las manos y piernas atadas; a su alrededor lloraban con gritos
lastimeros una veintena de mujeres cautivas, alzando al cielo sus manos
suplicantes; cerca de ese grupo siniestro ardía una hoguera y rodeando todo
esto los indios ebrios, saltaban en contorsiones, entregados a una furiosa
bacanal.
De pronto
oyóse un sonido de trompetas y los indígenas lanzáronse a formar un gran
círculo alrededor del hombre colgado y de las mujeres llorosas; oyóse todavía
otra clarinada rabiosa y una nube de flechas partieron del círculo y se fueron
a incrustar en el cuerpo del infeliz, en el tronco y en ramas del árbol
cadalso. Las hojas del árbol cayeron alrededor, segadas por la descarga de
flechas como un verde sudario para el agonizante.
Un
momento más y el cadáver era descuartizado y comido en medio de alaridos de
triunfo que resonaban lúgubres en las hondonadas.
El mártir
se llamaba fray Andrés de las Heras, misionero mercedario del Convento de
Valdivia, que había ido a la isla por su propia voluntad, a servir de “guarda”
a las mujeres cautivas.
§ 9. ¿Y
quién sois vos?
Cierta
mañana de mediados de Febrero de 1601, atracó al desembarcadero del puerto de
Santa María de Buenos Aires un pequeño batel que desde la madrugada había sido
visto cruzando a vela el majestuoso estuario del río de la Plata. Asegurada la
barca a los peñascos de la orilla, bajó por la borda un encapuchado, en hábito
de pardillo sujeto a la cintura por un pedazo de jarcia marinera; sus barbas
grises vaciaban su maraña sobre un crucifijo colgante del cuello, y sus
movimientos, firmes y recios, hacían raro contraste con la insignificancia de
su figura enteca y desmirriada.
Una vez
en tierra firme, el ermitaño — así lo parecía— echó al hombro un hatillo,
empuñó el bordón, y luego de inquirir del batelero la senda que conducía a la
Real Fortaleza, residencia del Gobernador, don Francisco de Beaumont y Navarra,
emprendió animoso la marcha hacia el puente levadizo que unía el recinto
militar con el extenso baldío que formaban el solar del adelantado Vera y
Aragón con la Plaza de Armas de la ciudad.
No tardó
el ermitaño en llegar a la cabecera del puente y en dejarse ver del centinela
que estaba metido, al reparo del sol, dentro de su garita.
— Tenga,
hermano — dijo éste, sin mirarle casi, alargando al ermitaño un trozo de pan
moreno— y ruegue a Dios por nuestro buen Gobernador que costea esta dádiva.
— Que
Nuestro Señor pague con creces esta limosna — contestó el peregrino besando
humildemente el pan— pero habéis de saber, señor soldado, que acabo de
desembarcar del batel que llega de Maldonado y que traigo cartas “mesivas” y
recaudos para la señoría y merced del señor Gobernador de estas provincias, a
quien Dios guarde...
Sólo al
oír las primeras palabras había reparado el indiferente guarda en que el
mendigo era un forastero; de modo que cuando oyó las últimas, que implicaban
una novedad de consideración, fijó en su interlocutor una mirada interrogante,
y dijo, sin disimular 'la curiosidad que le asaltara:
— ¿Traéis
pliegos?... ¡Dádmelos, pues!...
—
Perdonad, hermano; debo entregarlos en las propias manos del señor Gobernador,
después de habérselas besado...
— ¡Vos
mismo! ... ¿Y quién sois vos?— preguntó el soldado, después de haber
escudriñado, no sin recelo, el humilde continente del ermitaño.
— ¡Soy el
Gran Pecador!... — murmuró el forastero, inclinando la cabeza y cubriendo sus
ojos con el tupido mechón de sus cejas pobladísimas.
Media
hora larga permanecieron encerrados en su aposento de la escribanía, el
Gobernador y el ermitaño, mientras los guardias de la fortaleza se sumían en
las más disparatadas cavilaciones alrededor de ese extraño personaje que, al
parecer, había logrado interesar hondamente a su señoría; pero la admiración de
los guardias llegó al espanto cuando vieron abrirse las puertas del aposento y
aparecer al orgulloso Capitán General — ¡cosa desusada!— alzando por su mano el
cortinado para dar paso al ermitaño. Pero estaban viendo también algo más
desusado aún: don Francisco de Beaumont y Navarra, paje — que había sido— del
Monarca del universo del Felipe II de las Españas, venía descubierto del
emplumado chambergo mosquetero que no quitaba de su ensortijada cabellera, sino
para entrar al templo de Dios, o para meterse entre sábanas....
Avanzaba
el ermitaño, recatado y humildoso, y a su lado avanzaba también el Gobernador,
obsequioso y servicial. Llegaron hasta las almenas, y don Francisco insinuó
acompañar al ermitaño para cruzar el puente levadizo; pero el Gran Pecador
detúvose, y mientras besaba las manos del gobernador, que había cogido entre
las suyas, musitó:
— ¡Tened
presente, señor, la voluntad del Rey!...
Retrocedió
algunos pasos, inclinada la testa, y enderezó en seguida a través del puente;
inclinóse por última vez, cuando estuvo al otro lado, compuso el hato sobre el
hombro, empuñó el bordón y desapareció entre los arbustos ribereños.
Un
momento más tarde las trompetas y tambores del fuerte comunicaban al
sorprendido vecindario que Su Majestad don Felipe III habíase dignado impartir
a sus vasallos de la ciudad y puerto de Buenos Aires ciertas órdenes cuyo
obedecimiento habría de ser tan urgente, que el Gobernador había preferido
reunir al Cabildo, no “con la campanilla de alzar’’ de la Iglesia Mayor, como
era la costumbre, sino mediante Manuel Gómez, portero del Ayuntamiento, en cuyo
salario de dieciséis pesos al año “más la bula” entraba la obligación de servir
de mandadero.
Las
órdenes del Monarca eran, en efecto, tan perentorias como de compromiso.
La ciudad
de Buenos Aires debería preparar el recibimiento de un refuerzo de quinientos
hombres que venía de España con destino a la guerra araucana de Chile, y
cuidar, además, “so pena de considerarme deservido”, de que continuara, sin
tropiezos y bien avituallado, su largo viaje a través de las pampas y de la
“cordillera de nieve”, hasta que pisara tierra transandina. Las anunciadas
tropas habían arribado ya a la Banda Oriental, y esperaban, en Maldonado, que
enviaran de Buenos Aires las urcas y demás embarcaciones menores en que era
posible atravesar el anchuroso y embancado río.
Por de
contado que esas órdenes fueron justa y rápidamente cumplidas; antes de un mes,
una abigarrada caravana de carretas, caballos, muías, jinetes, soldados,
“piezas de indios”, esclavos, vitualla, ferramenta y bagaje, todo costeado por
el vecindario de Buenos Aires, se desparramaba sobre la pampa inmensa de los
senderos nevados de Uspallata.
A tiempo
de emprender la marcha — la madrugada del 4 de marzo— el Gobernador Beaumont
acercó su caballo al del Capitán de la expedición Luis Mosquera, listo ya para
la partida y díjole, receloso, apagando la voz:
—
¿Querríais decirme, señor Capitán, si sois servido, en dónde para vuestro
compañero el Gran Pecador?... Van corridos quince días que no lo veo, y
confieso vos, que esa ausencia me inquieta...
— Señor —
contestó Mosquera, después de un instante de mal disimulada turbación— tengo
jurado, en mi ánima, no hablar de ese Pecador con persona viviente... ¡Y a Dios
quedad, señor — interrumpióse de pronto, echando los brazos a don Francisco—
que no habré de olvidar vuestros afanes por servir a Su Majestad en esta
obra!...
Y el
Capitán Mosquera picó espuela, nerviosamente, y partió al galope para alcanzar,
según dijo, la cabeza de la columna que ya se había puesto en movimiento.
****
“A este
Reyno llegó el año de 1601 — decía el Cabildo de Santiago de Chile en carta al
Rey, fecha en noviembre de 1605— un ermitaño que intitulase Bernardo Gran
Pecador. Su vida ha parecido a todos de grande ejemplo, porque en el tiempo que
aquí estuvo se ejercitó en obras de gran virtud, yendo en persona a las
ciudades de guerra llevando limosna a hombres y mujeres que padecían muchos
trabajos, y por su mano curaba enfermos de gran humildad”.
“Este
ermitaño — agregaba el Cabildo— vuélve agora a la Corte para
dar razón del esfuerzo de hombres que de allí trajo; y porque
esta ciudad no tiene posibles para pagar persona que vaya a los pies de Vuestra
Majestad a implorar nuestro remedio, hémosle pedido que lo haga por vía de
caridad”.
En
efecto, Bernardo Pecador trasmontó la cordillera de Chile, a fines de diciembre
de 1605, y a los principios de febrero del año siguiente hallábase en Buenos
Aires en espera de un barco que lo transportara a la Península. En esos mismos
días arribó al puerto el galeón “San Antonio”, y al mes siguiente, completado
su cargamento, enderezó su proa rumbo a Cádiz. En este barco partió a la Corte
el Gran Pecador.
Pero días
antes de partir, ése que hasta entonces apareciera como un limosnero que
socorría, a su vez, a los infelices, que curaba enfermos y ejecutaba caridades
de penitente mísero, compraba, y “de contado”, una hacienda en Luján, y la
mejor posada que por entonces había en Buenos Aires, sita en el solar que
perteneciera al fundador Juan de Garay, “al lado, calle en medio del que fue
del Adelantado”, frontero a la real fortaleza...
El Gran
Pecador llevaba a España, dentro de su hato de peregrino — aparte de las cartas
de los Cabildos chilenos para Su Majestad— una muy reservada del Gobernador de
Chile, García Ramón, que contenía estas palabras: “Envío este despacho con el
Hermano Bernardo que vuelve a España por orden que Vuestra Majestad le
dio, cuando de allí vino a este Reyno con el refuerzo de hombres”...
De modo, pues, que ese penitenciario trotamundos, curandero de pobres, infeliz,
no sólo disponía de abundante oro para adquirir opulencias y pagar sus
repetidos viajes a la Corte, sino que llegaba hasta las gradas del trono y
alcanzaba mercedes tan costosas como el envío de tropas desde la Península al
apartado Chile, y aun informaba al Soberano y recibía sus órdenes por encima de
virreyes y de gobernadores.
¿De dónde
ese dinero? ¿De dónde ese extraño poderío adentro mismo de la mansión real?
¿Quién
era, entonces, ese personaje extraordinario que ocultaba hasta su nombre bajo
el impenetrable apodo de El Gran Pecador?...
Quince
meses después de esta partida regresó de la Corte el Hermano Bernardo. No venía
solo; le acompañaba un niño hasta de diez años, y un hombre, figura de criado,
alto, fuerte y entrecano, que dijo llamarse Alonso Sánchez cuando, en el
carácter de “maestro de letras”, quedó instalado, con el muchacho, en la cómoda
posada que había adquirido el Pecador en el sobredicho solar de Juan de Garay.
El niño
fue llamado Juan Barragán.
Sólo
algunos días permaneció el Hermano Bernardo en Buenos Aires; apenas los
necesarios para preparar su tercer viaje a Chile, en donde se le esperaba con
ansiedad, para saber de las mercedes que el ermitaño hubiera obtenido del
Soberano en remedio de las desgracias que arreciaban sobre ese Reino. A los
quince días salía para Mendoza y Uspallata, y en noviembre de 1607 llegaba a la
plaza de Arauco, para entregar al Gobernador García Ramón, entre otras, la Real
Cédula que le comunicaba haber sido creada la Real Audiencia de Santiago de
Chile.
El
Pecador se echó a recorrer nuevamente la zona de guerra, los fuertes
fronterizos y aun las recién destruidas ciudades de Valdivia, Villarrica y
Angol; recogió informaciones “verbo ad verbum” de los actores de la feroz
tragedia araucana y de los afligidos Cabildos de Concepción, Chillán y
Santiago; visitó hospitales, distribuyó limosnas, cubrió necesidades de alma y
cuerpo entre las bendiciones de esa población azotada por el flagelo de una
guerra bárbara y, por último, abrumado por el dolor de todo un pueblo partió a
España, tercera vez, “para informar a Su Majestad sobre el desengaño y reparo
de las dilatadas guerras de Chile”.
Trasmontó
de nuevo la cordillera nevada, y en marzo de 1608 llegó a Buenos Aires el
ermitaño andariego, a tiempo de que un barco preparaba su velamen para cruzar
el Atlántico, en zarpe hacia la Península. Durante su breve estada en la ciudad
y puerto, el Pecador compartió su tiempo entre los enfermos del Hospital de San
Martín y la casa donde vivían, casi en reclusión, el niño Juan Barragán y su
maestro Alonso Sánchez.
Partió el
barco, y a su bordo partió también el Gran Pecador.
Y no
volvió más.
Dos años
después — mayo de 1610— el maestro Alonso Sánchez, “estante y habitante deste
puerto de Santa María”, presentaba ante el Alcalde Juan Bracamonte un documento
notarial firmado “de la mano” del Hermano Bernardo Gran Pecador, en que
designaba, al compareciente, “curador del menor don Juan Barragán, mi hijo, y
ejecutor de mi última voluntad cuando Dios sea servido de sacarme desta
presente vida”.
Junto con
ese documento venía un testimonio de escribano, fecho en los Reyes de Lima,
según el cual “vide un hombre al parecer muerto, amortajado en hábito de
pardillo y su capucha, que me dijeron venía registrado Despaña, de nombre
Bernardo Gran Pecador, e se puso malo en el galeón que baja al Reyno de Chile,
su edad, 64 años, de que doy fée”.
****
Cuentan
las crónicas del reinado de Felipe II, que el infante don Carlos de Austria, su
primogénito, nacido el 5 de junio de 1545, acusado de conspirar contra su
padre, falleció, preso en su alcoba, la noche del 24 de Julio de 1568.
Pero
algunos cronistas aseguran que el príncipe no falleció, sino que desapareció
esa noche de la Corte, misteriosamente, y que “jamás se supo dél”.
§ 10. El
hermano Bernardo, Gran Pecador
Víctor
Noir tiene la obsesión de que el Príncipe Heredero de España Carlos de Austria
— aquel “jorobadillo”, a quien su padre, el adusto e incomprensible Felipe II
alejara de su Corte por temor de que pudiera llegar hasta el corazón de la
Reina, su madrastra— tiene la obsesión, repito, de que ese Príncipe haya podido
llegar desterrado hasta este .apartado rincón del Reino de Chile y permanecido
aquí durante largo tiempo ejercitando una benéfica influencia entre los
gobernantes y derramando su caridad sobre los pobres y los desvalidos.
No habré
de ser yo quien pretenda destruir la leyenda que ha forjado la fantasía de un
artista, sobre todo, cuando la suposición de Enrique Tagle Moreno tiene algo
sólido en que descansar.
Dos son
los fundamentos que sirven de base a Víctor Noir para alimentar su creencia:
primero, el desaparecimiento definitivo de Carlos de Austria de la Corte
madrileña, y segundo, la presencia en Santiago de Chile, algunos años más
tarde, de un misterioso personaje que se hacía llamar indistintamente “el
hermano “Bernardo” o “el Gran Pecador”, o “el Ermitaño” que junto con
desempeñar los más humildes oficios en el Hospital del Socorro, ejercitaba
enormes influencias ante los gobernadores, ante los virreyes de Lima y lo que
es más extraño aún, en la Corte de Madrid y ante el Monarca, en aquellos años
de Felipe III.
Ambos
hechos son efectivos, más aún, indiscutibles; reúnen, además, el antecedente de
que ocurrieron dentro de cierto período de tiempo que hace posible una
coincidencia. Por consiguiente, para una novela histórica nacional, el tema no
puede ser más provocativo y apasionante, sobre todo si el novelista se llamase
Víctor Noir; y para que el lector vea que mi opinión no está errada, voy a
contarle un episodio de la estada del Gran Pecador en Santiago, durante el
accidentado gobierno de Alonso de Ribera y Zambrano, aquel brillante Capitán de
Flandes, que vino a ilustrar uno de los períodos más heroicos de la guerra de
Arauco.
Promediaba
el año 1603, cuando el Gobernador Ribera, acompañado de su mujer, doña Inés de
Córdoba y Aguilera, llegó de la Concepción, ciudad de su residencia, para
invernar en Santiago a donde llamaban al Gobernador la resolución de varios
asuntos de administración y el deseo de descansar algunos meses de las
preocupaciones de la guerra.
El
carácter arisco y atropellador de Ribera le había enajenado la simpatía de
muchas personas, algunas tan poderosas como el Obispo don Fray Pérez de
Espinosa; sin embargo, el Gobernador no daba a estos hechos mayor importancia
ni hacía nada para desvirtuar la malísima impresión que sus tropelías causaban
en el vecindario.
Su
casamiento clandestino con la bella criolla Inés de Córdoba le había
proporcionado también serias preocupaciones, una rica y vehemente criolla,
María Lisperguer y Flores, había andado bebiendo vientos por atraparse al
gallardo Gobernador y con su llegada a Santiago se iban a remover las cenizas
de aquel volcán, pues de la malquerencia de la “calabaceada” tenía que
participar forzosamente toda la familia de los Lisperguer que eran los más
poderosos y los mejor emparentados de todo el Reino.
Las
acusaciones que se elevaban al Rey contra los gobernadores, o contra cualquiera
de los altos funcionarios de las Indias, tenían para éstos el grave
inconveniente de que, según quienes fueran los acusadores o los patrocinantes
de las acusaciones en la Corte, los efectos venía a sentirlos el interesado
cuando ya no había remedio; generalmente, al tener conocimiento de la
acusación, el acusado tenía conocimiento también del castigo que se le había
impuesto por su falta efectiva o supuesta sin que se le hubiera dado lugar para
defenderse.
De aquí,
pues, que los gobernadores que temían ser acusados, se valieran de todos los
recursos imaginables para sorprender los libelos en su origen, ya fuera por
medio de delatores, o sencillamente interceptando las cartas dirigidas al Rey.
Lo
primero era corriente; casi no hubo Gobernador que no tuviera “soplones” a su
servicio sin que ese oficio se considerase desdoroso para el que lo ejercía;
pero 'lo segundo era algo así como un sacrilegio que nadie se atrevía a
cometer. Además, la violación de las cartas dirigidas al Soberano estaba
castigada expresa y severamente por varias reales cédulas.
El
Gobernador Ribera sabía que algunos personajes se preparaban para enviar
denuncios a la Corte sobre su conducta, acumulándole, además de su matrimonio
clandestino, varios atropellos a las personas, siendo el más grave de todos el
que cometió en un clérigo, a quien hizo azotar por mano del verdugo, y pasear,
montado en una muía coja, por las calles principales de la población. Había
hecho vigilar estrechamente a los posibles denunciantes, y registrar
detenidamente los barcos que partían con rumbo al Perú o a Panamá, y sólo una
vez había encontrado una carta “sin firma” dirigida al valido de un consejero
de Indias, en la que se le ponía “de oro e azur”; pero tenía la convicción de
que al primer descuido, las cartas denunciadoras lograrían salir del Reino y
llegar hasta la Corte. El Gobernador permanecía, pues, vigilante.
Por
aquellos años era cuando vivía en Santiago el Gran Pecador y residía,
generalmente, en la primitiva ermita de San Miguel, situada donde está hoy el
llano de Súber Caseaux (así en dos palabras); esa ermita había sido fundada por
un soldado de la conquista, que vino en la expedición de Villagra, bastante
anciano ya, y que se recluyó de ermitaño en aquellas “serranías”; llamábase
este soldado Gaspar Banda de Aguilar, y a su muerte ocurrida en 1589 la ermita
quedó abandonada. El Hermano Bernardo Gran Pecador ocupó esa ermita a su
llegada a Chile.
Un siglo
más tarde, el Gobernador Martín de Poveda levantó otra ermita en honra de San
Miguel en la Cañada, en el sitio donde hoy se alza el templo de la Gratitud
Nacional.
¿Cuándo
llegó a Chile el Hermano Gran Pecador?
El
Cabildo de Santiago, en una comunicación al Rey, de fecha 20 de noviembre de
1605, dice: “A este Reino llegó hará tiempo de cuatro años, un ermitaño que
intitúlase “el Gran Pecador”. Según esta referencia, el Gran Pecador habría
llegado a Santiago en 1601.
Desde su
llegada el Gran Pecador dedicóse, con prescindencia absoluta de otra cosa, a
ejercicios de caridad, complaciéndose, especialmente en cuidar personalmente de
los enfermos en el hospital, “vestía traje de ermitaño, dice un historiador
chileno, recorría las ciudades “de arriba” (el sur) ejercitando actos de
caridad, pero manteniéndose al corriente de cuanto pasaba, y sólo era conocido
con los nombres de “el ermitaño”, de “Hermano Bernardo”, de “Bernardo Pecador”
o de “el Gran Pecador”.
Antes de
cumplir el año de haber llegado a Chile, emprendió su primer viaje a la Corte y
regresó a Santiago a fines de 1602, “habiendo obtenido de la Corte grandes
mercedes para el Reino de Chile”. Apenas pasado el primer semestre del año
1603, el Gran Pecador anunció un nuevo viaje a Madrid; seguramente llevaba el
propósito de informar a la Corte de los desastrosos resultados de la guerra de
Arauco; partió, efectivamente, a mediados de agosto de ese año, y regresó con
la expedición del Capitán Antonio de Mosquera, que llegó a Chile en el mes de
noviembre de 1605, con un refuerzo de mil hombres enviados de España, por el
Rey, “para poner término a la guerra de Arauco”. Fue un hecho tenido por cierto
el de que ese refuerzo muchas veces prometido antes, fue obtenido ahora
mediante la influencia del Gran Pecador.
Pues
bien, aun no descansaba el Hermano Bernardo Pecador de las fatigas de este
viaje, que fue largo y accidentado, cuando anunció un nuevo viaje a España...
Y, efectivamente, lo emprendió en diciembre de ese mismo año de 1605.
“Aunque
hombre entrado en años, el Hermano Bernardo hizo todavía un tercer viaje a
Chile; llegó en 1607, trayendo “algunas comunicaciones oficiales, visitó la
frontera de guerra “para recoger informes seguros de lo que allí pasaba, y
regresó de nuevo a España en marzo de 1608”. Desde entonces no se han
encontrado más indicaciones acerca de ese misterioso personaje a quien no se
conoció por otros nombres que los ya dichos.
Los
investigadores modernos, Barras Arana, Monseñor Errázuriz, Sotomayor Valdés y
otros, no han encontrado más indicaciones acerca de este personaje. Yo he sido
un poco más afortunado, y sobre sus actividades en Buenos Aires he referido
algo más, como asimismo sobre su fallecimiento, en otra crónica de este mismo
volumen. Los eminentes historiadores mencionados, se hacen, con mucha razón,
las más variadas conjeturas, ante el impenetrable secreto que alrededor de su
verdadero nombre y personalidad se obstinaba en guardar el Gran Pecador.
¿Era un
agente secreto de la Corte, encargado de darle informes seguros de lo que
pasaba en estos países?
¿Era, en
realidad, un pecador arrepentido que buscaba en una vida de mortificaciones el
perdón del cielo por antiguas faltas?
¿De dónde
sacaba ese extraño personaje, el dinero suficiente para sus largas correrías y
viajes?
¿Era un
agente privado del Rey Felipe III...?
Si no
hubiera explicación satisfactoria para aceptar las anteriores, yo aceptaría sin
vacilación la última suposición, porque aparece suficientemente justificada — a
mi juicio— en una carta que escribió el Gobernador García Ramón al Rey, con
fecha 23 de noviembre de 1605, carta de que fue portador el mismo Hermano Gran
Pecador. Dice la carta: “Envío este despacho “a V. M. con el hermano Bernardo,
que vuelve a España por “orden que V. M. Te dio cuando partió de allí
para este Reino “de Chile, en compañía de los mil soldados que a él
han ve- “nido, etc.
Habiendo
dicho cuanto sabía del Gran Pecador, continúo ahora con el episodio cuya
relación interrumpí.
Inquieto
y vigilante estaba el Gobernador Ribera en 1603, con las acusaciones que sus
enemigos podrían enviar a la Corte, cuando anunció su viaje a España el Hermano
Gran Pecador, aprovechando el galeón “Dulce Nombre de María
Misericordiosa”, que estaba en Valparaíso, de partida para el Callao,
cargando sebo, charqui cecina y vino.
Puso en
actividad a sus sabuesos y soplones y -no tardó en saber que el Gran Pecador
había recibido bastantes cartas para distribuir durante su itinerario. Entre
ellas, lógicamente deberían ir algunas destinadas a la Corte, y era preciso
saber si contenían las temidas acusaciones. Pedir al Gran Pecador que mostrara
su “valija” u obligarlo a ello, mientras preparaba su viaje, era poner a todo
el mundo en cuidado y malograr el esfuerzo, porque los acusadores tomarían otra
clase de precauciones.
Uno de
los “soplones” del Gobernador había sido el Capitán Francisco de Reynoso; ya he
dicho que este oficio no era considerado despreciable; de modo que Reynoso que
era, en efecto, un brillante Capitán de los tercios de Arauco, asistía con
frecuencia a la tertulia de Palacio y muchísimas veces se sentó a la mesa del
Gobernador. “Pues bien — refiere el cronista Rosales- sea por ruindad de
carácter, sea por algún agravio que guardaba al Gobernador, el Capitán Reynoso
escribió al Rey una carta de acusación contra Ribera y la puso en manos del
Gran Pecador”.
De todos
podía sospechar el Gobernador, menos de su amigo y protegido el Capitán
Reynoso.
Llegó,
por fin, el día en que el hermano Bernardo partió a Valparaíso para embarcarse
con rumbo al Callao y de ahí a España; el Gobernador envió a puerto ocultamente
a uno de sus capitanes, con la orden de registrar el barco y muy especialmente
las alforjas y valijas del Gran Pecador, sin detenerse en las protestas que
éste pudiera formular por tal atropello. Efectivamente, al tomar el batel que
debía conducirlo a bordo, el Gran Pecador se vio detenido por el Capitán Alonso
de Céspedes, quien mostrándole un mandamiento del Gobernador, “registró sus
alforjas y hatos y extrajo de ellos los muchos papeles y cartas misivas que
llevaba al Perú y Corte, sin “exceptuar las que iban dirigidas a Su Majestad”.
El Gran
Pecador no formuló ni la más leve protesta y tan pronto como el Capitán le dejó
en libertad — que fue inmediatamente de terminado el registro— díjole,
indicando al batelero que bogara hacia la nave:
— Señor
Capitán, diga vuestra merced al señor Gobernador que ha sido inútil ofender tan
gravemente a Su Majestad con la violación de su correspondencia, pues ello no
podrá impedir que Su Majestad sepa quién le sirve y quién le desirve en estos
reinos.
La
amenaza no podía ser más clara; pero como las órdenes del Gobernador no iban
más allá de incautarse de la correspondencia que llevara el Gran Pecador, el
Capitán Céspedes se encogió de hombros y partió a Santiago trayendo las cartas
que acababa de quitar al ermitaño viajero.
Recibió
el Gobernador las cartas secuestradas y antes de media hora sabía de quiénes
eran y a quiénes iban dirigidas. De veintitrés cartas, la única que contenía
acusaciones, y graves, estaba firmada por el Capitán Francisco de Reynoso, su
amigo, el que frecuentaba su tertulia, el que se sentaba a su mesa, el
soplón...
El
Gobernador mandó llamar al Capitán Reynoso, encerróse con él y con el verdugo
en la sala de su despacho, le mostró la carta acusadora y como Reynoso negara
haberla escrito, “el Gobernador mandó aplicarle tormento y tal vez para
librarse momentáneamente de él, Reynoso confesó más de la acusación”. La
sentencia no se hizo esperar, ni tampoco su ejecución: “de la sala del
Gobernador, donde había entrado un reo, salió un cadáver”, dice Monseñor
Errázuriz.
El Gran
Pecador se presentó ante el Monarca, que por entonces estaba en Valladolid, a
fines de diciembre de 1603; antes de dos semanas Su Majestad Felipe III firmaba
una real cédula por la cual quitaba el Gobierno del Reino de Chile al Capitán
Alonso de Ribera, y lo mandaba a Tucumán.
Cuando el
Gran Pecador atravesaba la cordillera junto con el refuerzo de mil hombres que
envió a Chile el Rey de España, tramontaba también los Andes, pero en sentido
contrario, el desposeído Gobernador de Chile, junto con su familia; se dirigía
a su Gobernación del Tucumán con una modesta escolta. Cuando supo que en el
refuerzo que pasaba a Chile iba el hermano Bernardo Gran Pecador, Ribera diz
que dijo:
— No
quiero que ese ermitaño de mis pecados me vea... ni tampoco quiero verlo yo.
§ 11. La
Virgen de la Loma
Cuando se
produjo, a fines del siglo XVI, el formidable alzamiento de los araucanos, que
tuvo por consecuencia la destrucción “de las siete ciudades” del sur, ocurrió
en la de Concepción, un hecho milagroso y del cual quedó constancia, para
perpetua memoria, en los libros de aquel Cabildo, aparte de que el hecho
también consta de muchos otros documentos igualmente fehacientes.
Recién
destruida la Imperial, a principios de febrero de 1599, y reducida su población
al estrecho recinto del fuerte, un numeroso ejército comandado por el feroz
Ainavillu atravesó el Bío-Bío, avanzó hacia los cerros que rodeaban la ciudad
de Penco por el norte y le puso sitio dejándola aislada de toda comunicación
con la capital y con los fuertes de Yumbel y de San Bartolomé de Gamboa,
Chillán.
El
peligro era grande; destruidas Imperial, Valdivia, Osorno, Cañete, Angol y
Santa Cruz, sólo quedaban en pie Villarrica, sitiada estrechamente, y
Concepción, cuyo ataque empezaba. Las fuerzas disponibles de esta última habían
salido a defender las ciudades amagadas y, poco a poco, la guarnición de Penco
había quedado reducida a menos de cincuenta hombres, de los cuales, veinte por
lo menos, eran ancianos, y treinta no tenían “caballería ni arreo”. Esperábase
que los soldados derrotados de las ciudades que ya no existían arribaran a
Concepción para que salvaran la ciudad, en caso de ser atacada también, pero
ahora esas tropas encontrábanse aisladas y continuarían vagando miserablemente
a través de la selva traidora y escapando la vida.
Temíase,
con razón, que la “Metrópolis del sur”, fuera incapaz de resistir, siquiera al
primer asalto de las hordas indígenas, ensoberbecidas por sus numerosas y
recientes victorias y, en consecuencia, que los niños, mujeres y ancianos, sus
pobladores, cayeran prisioneros o sucumbieran, juntamente con la ciudad, la que
no podría escapar del saqueo y del incendio; pero la resolución de salvar la
vida dio energías bastantes a los escasos defensores parapetados en el fuerte,
para rechazar, a cañonazos, la tarde del 14 de febrero, el primero y formidable
asalto de Ainavillu.
Pero esa
misma noche se produjo dentro del recinto del fortín la explosión de la
Santabárbara, y con esta desgracia y el incendio que le siguió, quedaron
destruidos los cuarteles e inutilizado el poco armamento que en ellos había. La
ciudad quedaba, pues, entregada inerme a la infeliz suerte que le deparaba el
feroz e inflexible enemigo.
Sin
embargo, era necesario hacer algo para no sucumbir; si los medios materiales
para la defensa habían desaparecido, quedaba en cambio la protección divina que
la profunda fe de los conquistadores engrandecía en los momentos de mayor
peligro y de más honda angustia. Una humilde y fervorosa “rogativa” para pedir
al cielo el amparo que negaban los elementos materiales, era la única salvación
de la ciudad de Penco, y a ella recurrieron los atribulados habitantes, bajo la
dirección del Cabildo eclesiástico imperialeño y de algunos frailes viejos que
habían quedado en la ciudad.
La mañana
del 23 de febrero salió en procesión desde la iglesia parroquial, situada en
“el plan”, toda la población de la ciudad, con dirección a la ermita de “la
Virgen de la Loma”, que se levantaba en la falda del cerro de Landá. Era una
procesión penitencial en que todos desde el Deán hasta el niño caminaban
descalzos, y “cargando grandes cruces de madera, algunos, y cilicios, otros, y
azotándose las espaldas los más, y todos trepaban con sus cargas y penitencias
rezando salmos y letanías y llorando”. Llegaron arriba, “con los pies sangrando
de las penas”, abrieron las puertas de la ermita “y la llenaron” los que
cupieron en ella, “con muchas demostraciones de arrepentimiento”.
Un
mercedario — tal vez el Padre Bravo, que era el único fraile de esa Orden que
había en Penco por esos años— pronunció un sermón “suplicatorio” que conmovió
más aún a la angustiada población, la cual “prorrumpió en alaridos”, impetrando
el amparo de la Virgen María, propinándose, al mismo tiempo, “muchos azotes y
bofetadas los unos a los otros”.
Todo el
concurso estaba abstraído en estos y otros actos de devoción colectiva, cuando
alguien dio la voz de que los indios sitiadores bajaban a la ciudad...
Efectivamente, el “Capitán a guerra”, Joaquín de Benavides — que en
cumplimiento de su deber salió rápidamente de la ermita— después de observar
los cerros circunvecinos con ojo de militar y de estratega, mandó a formar a
los hombres de armas y ordenó a las mujeres, niños y ancianos que se recogieran
rápidamente al fuerte, “porque los indios bajaban”.
— Yo no
veo nada, señor — observóle el canónigo, Diego López de Azoca— y paréceme que
será mejor que todos bajemos a la ciudad tan bien ordenados como subimos a la
ermita, para evitar confusión...
Pero ya
no era del caso evitar nada. Los que habían oído la primera alarma y luego las
órdenes del “Capitán a guerra” se encargaron de difundir el pánico entre la
multitud y desde ese momento nadie atendió ya a las insistentes voces
tranquilizadoras con que algunos se empeñaban a convencer a la muchedumbre
despavorida. En la carrera cerro abajo, los romeros abandonaron y dejaron
diseminadas las cruces, los cilicios, las disciplinas y hasta un “anda” de San
Bartolomé, que había sido llevada en reverente procesión desde la Iglesia
Mayor. Un cuarto de hora más tarde la ermita y sus contornos estaban solitarios
y la mayoría de la población recluida en el fuerte de Penco, en espera del
asalto indígena.
Pero el
esperado ataque no se produjo... Por lo contrario una hora después, el heroico
“Capitán a guerra”, Joaquín de Benavides penetraba al recinto del fuerte con
parte de su tropa, llevando consigo, prisioneros, a veintitrés indios “con los
ojos cegados” y sus miembros temblorosos, los cuales, ante la admiración de los
españoles sitiados, repitieron la estupenda relación que más abajo contaré al
lector.
La ermita
de la Virgen de Guadalupe de ‘la Concebición”, fue fundada junto con la ciudad
de Penco, en 1550, a raíz de concluida “la traza’ de la nueva población.
Reunidos los vecinos en Cabildo Abierto, “en presencia del señor Pero de
Valdivia, Gobernador por Su Majestad, asignaron seis cuadras para ermita,
huerta e viña de Nuestra Señora de Guadalupe y el Rosario, en la chapa y
frontera de esta ciudad, dentro de los términos de la chácara de Lope de Landa,
en la Loma”, o sea en la falda de la colina “que cae a la linde con los solares
de la Iglesia Mayor”.
Ni la
destrucción ni el “despueble” de Penco, el año 1554; ni las invectivas y
asaltos intermitentes que después de su repoblación sufrió la ciudad durante
diez años continuos, ni aun el terremoto y salida de mar que la asoló el año
1570, pudieron aminorar la devoción del pueblo hacia la ermita de Guadalupe
situada en lo alto de la colina, que dominaba a la ciudad de Penco, aunque
dentro del santuario no existía imagen alguna. Por el contrario, el cataclismo
de 1570, que acabo de recordar, vino a otorgar a la ermita una popularidad
definitiva, pues dio origen al solemne voto que hizo la ciudad de sustentar
perpetuamente el culto de Nuestra Señora, bajo la advocación de la “Natividad”
y elevarle allí un santuario nuevo.
Es
necesario decir que la solitaria ermita, situada en la altura, había servido de
refugio a la población durante la salida de mar que había arrasado con la
ciudad de Penco.
El
cumplimiento de ese solemne voto quedó formalizado mediante la donación de unos
terrenos que hizo el vecino Antonio Lozano para el sustentamiento “e rentas” de
la ermita, y la entrega de ellos al Cabildo, el cual tomó a su cargo no
solamente la fábrica del santuario, sino también su mantenimiento “por siempre
jamás”, según rezan las actas del Ayuntamiento. Junto con empezar la
construcción de la nueva ermita, “en la Loma de Landa”, el Cabildo encomendó a
uno de sus alcaldes — que estaba de viaje a Lima— “que truxiese el bulto e
figura de Nuestra Señora de Natividad” que debería ser colocado en el sitial de
honor dentro del santuario.
Dos años,
apenas, demoró la fábrica de la ermita y de la casa del “ermitaño”; constaba,
ésta, “de una casa y media agua con su homo, sacristía e cancela”.
Precisamente, por ese mismo tiempo regresó de Lima el Alcalde pencón trayendo
en una cajuela “la figura e manos” de Nuestra Señora de la Natividad, e “dos
túnicas e dos mantos” para la misa; “e cuanto a la armazón de Nuestra Señora la
hará el lego Marín, de San Francisco, que sabe en ello”.
Colocadas
fueron la cabeza y manos en el armazón que “adherezó” el lego Martín, y vestido
el “bulto” con la mejor túnica y manto, la imagen fue colocada en su sitial de
honor, tras una solemnísima ceremonia y fiesta que fue presidida por “Nos, el
Licenciado Juan de Torres de Vera y Aragón y el doctor Diego Martínez de
Peralta, oidores de Su Majestad en la Audiencia, que por su mandato reside en
esta dicha ciudad de la Concebición de Chile” y de cuanto había de copetudo en
la ciudad austral, que no abandonaba la pretensión de llegar a ser la capital
del Reino. Este acto se realizó allá por el año 1575, y desde entonces “el
bulto” de Nuestra Señora de la Loma de Landa quedó expuesto a la veneración de
las generaciones.
El pueblo
que no se anda con muchos distingos en cuanto a sus denominaciones, llamó a
aquella imagen, indistintamente, “la Virgen de la ermita”, o sencillamente, “la
Virgen de la Loma”. Veremos que con ocasión del suceso, cuya narración
anunciamos más arriba, esa denominación iba a variar una vez más.
Sería
inútil apuntar que la ermita era el sitio obligado a donde iban a desahogar sus
penas las viudas y los huérfanos de la guerra de Arauco, los pobres, los
infelices, los atribulados. Todos bajaban de la. Loma consolados después de
haber implorado la protección de la celestial patrona, “y no hay memoria de que
la Santa Virgen haya desoído nuestros clamores”.
Tal era
la ermita de la Virgen de la Loma a la fecha del formidable alzamiento indígena
de 1599, que esbocé al comienzo de esta crónica.
Lo que
relataban los indios prisioneros que acababa de traer el Capitán Benavides, era
sencillamente portentoso.
El más
viejo de esos indios, el cacique Antifilu, “lugartheniente del general” — así
lo llama el cronicón que me sirve de guía— confesó “por ante mí, el presente
escribano que lo oyó y vido”, que mientras los escuadrones indígenas peleaban
furiosamente por romper el cordón que habían formado los pocos soldados
españoles para defender un “paso”, vieron sobre las ramas de un corpulento
boldo que está junto a la ermita, a una joven hermosísima que parecía dar
órdenes a un ejército que los indios no veían; a pesar de que la niña era
bella, su rostro tenía tal expresión de cólera y enojo, que los asaltantes se
sintieron sobrecogidos de temor y volvieron las espaldas al enemigo.
Agregaba
el Cacique que él mismo había llegado hasta las inmediaciones del boldo para
detener la fuga de los suyos e incitarlos al ataque, y que vueltos en sí los
fugitivos, habían emprendido de nuevo asalto a la línea española; pero que en
esos momentos la niña del boldo les había disparado saetas encendidas y grandes
bolas de fuego, con las cuales sucumbieron, quemados, centenares de indios.
Afirmó,
por último, bajo juramento, que él, con un numeroso grupo de los suyos habíase
arrojado valientemente contra el bol- do en donde maniobraba la hermosa
guerrera, con el propósito de inutilizaría; pero que la niña había bajado del
árbol y con sus propias manos había cogido tierra y se la había arrojado a los
ojos, con lo cual habían quedado ciegos... En esta condición, e impotentes ya
para defenderse, habían sido aprisionados por el Capitán Benavides, mientras el
resto del ejército atacante había huido a ocultarse en los bosques
circunvecinos, resueltos a no volver a tentar fortuna delante de tan denodada
generala.
Los demás
prisioneros confirmaron, con absoluta uniformidad, la relación del Cacique
Antifilu, a pesar de que se tuvo la precaución de tomarles sus declaraciones
“con sigilo y apartadamente”; lo único que pidieron con insistencia, “pero con
mucha humildad” fue que se les devolviera la vista...
No estaba
en manos de los españoles conceder tamaña gracia, pero hicieron cuanto les fue
posible, “lavándoles los ojos con melecinas”; el Dean Dolmos de Aguilera
propuso, y fue aceptado por todos, que se les llevara a los pies de la Virgen
de la Loma en la solemne procesión que ya estaba acordada hacerle en acción de
gracias por haber salvado a la ciudad, y allí se le pidiera “que sanara los
ojos de los indios ciegos”.
Aunque el
ejército indio había levantado el cerco y aun sabíase que algunos escuadrones
habían repasado el Bío-Bío y regresado a sus tierras el Capitán Benavides tomó
sus precauciones’ antes de permitir que la población abandonara el fuerte y
saliera en procesión hacia la peligrosa Loma de la ermita; gato escaldado huye
del agua fría. Una vez convencido de que no había peligro — mediante repetidas
incursiones por los cerros y quebradas vecinas— la población de Penco subió,
nuevamente, la colina de Landa y fue a postrarse, entonando cánticos de
jubiloso agradecimiento, a los pies de su alta patrona.
Los
prisioneros fueron colocados frente al trono de la Virgen, y mientras todo el
concurso permanecía arrodillado y con las manos implorantes, un sacerdote
fraseaba una conmovedora súplica que todos iban repitiendo, en voz alta, para
que la Celestial Protectora manifestara una vez más su poder y devolviera la
vista a esos infelices indios arrepentidos.
De
pronto, uno de ellos, echando los brazos en dirección de la imagen que estaba
en lo-alto, gritó mientras sus ojos muertos parecían desorbitados por el
espanto:
— ¡La
niña del boldo...! ¡Allí está la niña del boldo...! ¡Esa... esa es...!
Y casi al
mismo tiempo, todos los prisioneros exclamaron, alzando sus cabezas y señalando
a la imagen con sus manos encadenadas:
-¡Allí
está...! ¡Esa es la niña del boldo...!
El
sacerdote no pudo continuar su rezo; quiso emitir la voz pero la emoción
enmudeció sus labios; agitó los brazos en el vacío y cayó de rodillas con la
faz en tierra.
Pero el
milagro que acababa de realizarse a la vista de toda la población reunida, sólo
sirvió para comprobar que había sido la Virgen de la Loma quien había salvado a
la ciudad de las hordas de Ainavillu, porque momentos después que los
prisioneros hubieron reconocido, por sí mismos, a la “niña del boldo’’ en la
imagen de la Virgen de la Loma que vieron en la ermita, sus ojos volvieron a la
obscuridad y continuaron ciegos “hasta que pasaron de esta vida”.
Desde
entonces la Virgen de la Loma fue llamada, por el pueblo, “La Virgen del Boldo”
y su imagen, venerada por las generaciones, es la misma que actualmente posa en
el altar mayor del convento de las Monjas Trinitarias, de Concepción.
Pero Jo
más curioso de todo esto fue que el ejército indígena, vencedor de las siete
ciudades del sur, no volvió nunca más a sitiar a ‘la Concebición de Penco”...
por el lado de la ermita.
§ 12. Las
desventuras del Oidor de la Cerda
Cómodamente
instalado en la cámara principal del navío “Estrella Matutina”, el piloto Maese
Gonzalo, que partió de Cádiz a mediados de octubre de 1611, con rumbo a
Cartagena de las Indias, el nuevo Oidor de la Real Audiencia de Santo Domingo,
don Cristóbal de la Cerda y Sotomayor daba el adiós a las playas españolas con
el corazón henchido de las más halagüeñas esperanzas de volver a verlas en
pocos años más, para continuar disfrutando de la buena fortuna que hasta
entonces le habían brindado.
Nacido en
México el año 1581, su padre, el Oidor de la Audiencia de Nueva España, don
Álvaro de la Cerda y Rovira, había enviado al muchacho, cuando cumplió la edad
competente, a completar y perfeccionar sus estudios en la Universidad de
Sevilla, en la cual, tras brillantes pruebas, se tituló de Licenciado en
Cánones y Doctor en ambos Derechos y poco después ganaba, por oposición, las
cátedras de Víspera, Cánones, Decreto, Código y Digesto Viejo... No sé, a punto
fijo, lo que significan estas asignaturas; pero tengo entendido que todas ellas
juntas habrán de ser algo así como el pozo de la sabiduría.
Pero no
podían parar en esto los éxitos de nuestro novel jurisperito; su talento y la
profunda versación en su oficio le abrieron luego las puertas de la Real
Audiencia sevillana para que desempeñara el cargo de Fiscal de Su Majestad, eso
sí que en el carácter de interino, y esto era ya casi demasiado, pues contaba
apenas con el mínimo de la edad -veintiséis años— que exigían las leyes para
ocupar ese empleo. Poco después el Fiscal de la Cerda recibía una nueva
demostración de lo mucho en que se avaluaba su ciencia: Su Majestad le elevaba
al cargo de Rector del Colegio Mayor de Sevilla, o sea, le entregaba la tuición
y la “crianza” de los futuros administradores de su justicia.
A los dos
años de estar desempeñando este último cargo, el joven triunfador se creyó
capacitado para cumplir una palabra que había dado a cierta pizpireta andaluza,
que varias veces le había hecho perder la seriedad doctoral de su magisterio.
Llamábase la chica doña Sebastiana de Avendaño y Villela; era huérfana de un
Caballero Veinticuatro de la ciudad de Sevilla y vivía al amparo y tutela de
una “dueña” más arrugada que una nuez y más gruñona que perro guardián.
Don
Cristóbal habría querido, tal vez, cumplir antes esta palabra, tanto para
satisfacer las insinuaciones de la muchacha que disimulaba bastante mal sus
deseos de salir de soltería, cuanto por desprenderse de las impertinentes
invectivas de la vieja; pero los de entonces no eran los tiempos de ahora en
que cualquier mocoso se casa sin llevar de apunte a sus padres. Aunque el
Doctor Cerda y Sotomayor poseía en exceso la mayor edad para hacer de su capa
un sayuelo y contaba holgadamente para alimentar, a una mujer, jamás lo habría
hecho sin el consentimiento de su padre, el Oidor mexicano.
La tal
licencia no podía, por suerte, presentar mayores obstáculos, por cuanto la niña
reunía en sí todo lo deseable en una futura esposa: hidalguía notoria,
juventud, buena dote, palmito y carencia de suegra; don Álvaro se hubiera
pasado de regodeón si no hubiera aceptado por nuera a esa verdadera joyita de
Andalucía, y así lo hizo, regocijado, tan pronto conoció y comprobó los
antecedentes de la novia. Llenados, pues, los requisitos, don Cristóbal de la
Cerda y Sotomayor condujo de la mano, ceremoniosamente, a su novia y esposa
hasta el trono del Arzobispo de Sevilla, y bajó sus escalones de bracete con su
mujer y cónyuge, camino de la felicidad, por entre las apretadas filas que
formaron dentro del templo los altos funcionarios de Su Majestad, sus compañeros
de la jurisprudencia, la nobleza sevillana y sus alumnos del Colegio Mayor.
Pero el
joven y afortunado doctor en Cánones no podía estar destinado a permanecer en
Sevilla, donde pocos escalones ^ le quedaban ya por ascender en su carrera. Por
aquellos años el desiderátum de todo español “alto o bajo”, era pasar a las
Indias, en donde se labraban rápidas fortunas que sus poseedores volvían
después a disfrutar en España, abriéndose con ellas las puertas de la nobleza y
en seguida las de las grandes granjerías. Es posible que don Cristóbal echara
sus cuentas y hubiera sacado en suma que le convenía cruzar el charco,
permanecer unos añitos en Indias aprovechando su lozana juventud para
acrecentar su haber, y regresar después al seno de la Madre Patria trayendo los
suficientes dineros para encarar con éxito el último tercio de su vida bajo el
ala de la Corte madrileña.
Valido,
pues, de su sólido prestigio, no le fue difícil que Su Majestad le hiciera
merced de una garnacha de Oidor en la Real Audiencia de la Isla de Santo
Domingo, hacia donde le hemos visto partir al comienzo de este relato. Don
Cristóbal traía la promesa de que su estada en esa isla antillana sería corta
pues su pretensión había sido la de establecerse definitivamente en Lima,
centro de la riqueza del opulento Perú. El Oidor traía consigo “su mujer e
casa” compuesta de su primer vástago, don Alonsito de la Cerda y Avendaño,
soberbio mamoncillo de ocho meses, una señora ama — que murió durante la
navegación— y tres criados; valijas, almofrejes, mobiliarios y dos talegas con
treinta mil rubicundos ducados de oro de ley, la dote de su mujer.
Pero
estaba escrito que la buena estrella de don Cristóbal estuviera destinada a
lucir solamente bajo el cielo de España pues desde que pisó tierra americana
empezaron también las desventuras del hasta entonces afortunado jurisperito
sevillano. Apenas instalado en Santo Domingo, una epidemia le arrebató a dos de
sus criados y unas fiebres malignas atacaron a su mujer poniendo en peligro su
vida y también la del vástago; y de tal manera agriaron el ánimo del Oidor
estas desgracias, que cuando recibió la Real Cédula que lo destinaba a la Real
Audiencia de Santiago de Chile, dio gracias a Dios de que “me saca de ese
infierno”... Tan desesperado se encontraba don Cristóbal en Santo Domingo, que
sin reparar ni en el avanzado embarazo de su mujer, dispuso su partida hacia
Portobello con el propósito de cruzar cuanto antes el istmo de Panamá y ganar
un barco que .le transportara lo más rápidamente posible al Callao y luego a
Valparaíso. No sospechaba el Oidor que iba en pos de la desgracia.
Era,
entonces, la época en que los corsarios ingleses recorrían el mar Caribe a caza
de los barcos españoles que transportaban a España las riquezas del Perú desde
la famosa feria de Portobello, en donde se reunían, periódicamente, casi todos
los grandes mercaderes indianos. “Nunca el inglés ganó más oro robando los
navíos de Su Majestad’’, apunta el Virrey de Nueva Granada, para señalar la
época en que la piratería, fomentada por las naciones enemigas de España,
alcanzó su mayor auge. “Los barcos deben cruzar el Mar Caribe en armadas y con
escolta de fragatas para ganar las costas de Gibraltar, y aun así, muchas veces
son batidos y trasegados”, apunta otro autor. Con este peligro por delante iba
a emprender su pacífico viaje el malaventurado Oidor de la Cerda y fatalmente
cayó en él.
Diez días
llevaba de navegación el barco, cuando se vio detenido por dos cañonazos de un
navío pirata que lo había perseguido durante la noche; antes de una hora, el
pirata se encontraba a bordo del inofensivo patache y ordenaba, juntamente con
su desvalijamiento, la prisión de todos sus tripulantes, los cuales quedaron
firmemente amarrados de pies y manos, en espera de la última resolución del
inglés, “sobre sus vidas”. En estos trances, cada cual tira para su raya, y el
piloto del barco aprehendido creyó salvar su pellejo ofreciendo en reemplazo
del muy plebeyo y vulgar que era el suyo, uno más lustroso y de mayor valor,
como era el del de Su Señoría el Oidor de la Cerda.
— Pero
¿es verdad que en este inmundo barquichuelo va un Oidor del Rey de España? —
exclamaría, digo yo, el pirata, examinando a los infelices que tenía amarrados
ante su vista. — ¡Por San Jorge, que encargo tengo de esos oidorcitos que
mandan ahorcar sin más trámites a cuanto inglés cae en sus manos!...
Y sin más
palabras que las precisas para darse a entender mandó a dos de los tripulantes
prisioneros “e un negro”, que colgaran del pescuezo y de una gavia, al ilustre
señor Oidor de Su Majestad.
No hay
para qué — ni lo podría hacer yo— describir las angustias del infeliz
caballero, cuando comprendió que su vida estaba pendiente de la cuerda con que
lo iban a izar tan miserablemente; pero es posible imaginar la desesperación de
su mujer, doña Sebastiana, que iba a quedar abandonada en tierra extraña, con
su hijo de pocos meses y otro por llegar; el Manto y los clamores de una mujer
joven, hermosa y madre conmovieron al pirata y la orden de colgar al Oidor fue
revocada; los prisioneros fueron trasladados a las cercanías de Portobello y
abandonados en una playa solitaria “hambrientos y sin camisa”.
De más está decir que todos los haberes del Oidor, y por cierto sus talegas con
los treinta mil ducados, pasaron a poder del generoso inglés que le había
perdonado la vida.
Catorce
días estuvieron los despojados en Portobello, viviendo de la limosna que les
podían dar sus míseros habitantes, pues ha de saberse que este Portobello “no
tenía una casa, sino ranchos lejanos”; la gran concurrencia que acudía a las
famosas ferias permanecía allí sólo el tiempo que duraban las transacciones,
que no pasaba de quince días. Partidos los barcos para España, toda esa “gente
mercader” regresaba a sus lejanas residencias, para volver dentro de un año,
período corriente de esas renombradas ferias.
Tras
penurias sin cuento, el Oidor y su familia lograron cruzar las escarpadas
serranías del Istmo, y llegar a Panamá. Con los sufrimientos del asalto
pirático, “las hambrunas” y los indescriptibles trabajos de la travesía del
Istmo, “de siete negros que logré escapar del inglés, murieron cinco”, parece
que Su Señoría se había provisto en Santo Domingo de buen número de “piezas de
ébano” para venderlas en el Perú o en Chile, donde esa mercadería alcanzaba un
alto valor. Como principio para la formación de su fortuna en América, no
estaba mal dirigido el tiro del Oidor.
Olvidaba
decir que doña Sebastiana había dado a luz durante su permanencia en
Portobello, mientras abría la puerta de un rancho, a donde habían ido a pedir
limosna...
Ya en
Panamá, le fue más fácil al Oidor dar a conocer su alta investidura, aunque
parezca una ironía aplicar esta palabra a un hombre cubierto de harapos. A
pesar de que el Corregidor de San Buenaventura residía muy distante de Panamá,
no faltó quien hiciera la caridad de darle aviso “de que allí estaba un hombre
sedicente Oidor”, en la mayor miseria “y que de caridad” viniese o mandase por
él. Efectivamente, a los tres meses justos fondeó en Panamá un patache, cuyo
piloto mandó preguntar al batelero, “en donde estaba el Oidor perdido”... Pero
el enviado del Corregidor había llegado tarde: hacía ocho días que don
Cristóbal de la Cerda, su mujer, sus dos hijos de pecho y un criado, habían
sido recogidos por una nave que, procedente de Acapulco, había fondeado en
Panamá, en aguada para seguir rumbo al Callao.
Don
Cristóbal habíase embarcado en Panamá gravemente enfermo; las penalidades de su
extraordinaria aventura en el Mar Caribe, su miserable vida en Portobello, la
espantosa travesía a pié desnudo por las rocosas cordilleras del Istmo, las
hambres, el hielo de las noches y los horrorosos calores del día, y por sobre
todo esto, los indecibles padecimientos morales de un hombre que veía morir a
su mujer y a sus hijos en espantosa miseria sin poder socorrerlos, habían
minado la recia contextura de ese hombre en la plenitud de sus treinta y tres
años.
Desembarcado
en el Callao por el Capitán de la nave “que fue su salvador”, el Oidor y su
familia fueron recogidos por el Arzobispo de Lima, don Bartolomé Lobos
Guerrero, quien, en unión del Virrey Príncipe de Esquilache “le socorrieron de
limosna” proporcionándoles no sólo el alimento y vestuario, sino también
“melecinas” para el enfermo, que harto lo necesitaba el pobre. Pero no paró en
esto la desventura de nuestro Oidor, a pesar de que con lo que he contado habré
convencido de que este hombre, triunfador en España, tenía sobrada razón para
llamarse el más desgraciado habitante de las Indias.
Dejo a la
propia pluma del Oidor de la Cerda participe el corolario de este desgraciado
viaje a América, que nunca debió emprender. Oíd cómo cuenta sus desventuras al
Rey, en carta del 10 de mayo de 1621, cuando ya se encontraba en Chile, en el
desempeño de su cargo de Oidor: “Si el Virrey y el Arzobispo no me socorrieran,
dice, yo pereciera, porque sabiendo que estaba muriendo y robado, no encontraba
quién me prestase ninguna plata; y así estuve un año entero curándome en Lima,
ya desahuciado de los médicos, de cuya grave enfermedad vine a perder las
narices”.
El 4 de
marzo de 1619 hizo su entrada en Santiago el nuevo Oidor de esta Real
Audiencia, don Cristóbal de la Cerda y Sotomayor, ante la expectación del
vecindario que se reunió, como era la costumbre, en el atrio de la Catedral,
para rendirle el homenaje que le era debido; el recién llegado “traía un
pequeño terciopelo colgante sobre las narices”, dice un meticuloso “coronista”,
de la época; creo yo que no había para qué dejar estampado ese detalle en un
escrito que habría de pasar a la posteridad; pero antaño, como hogaño, hay
escritores que en la imposibilidad de devolver la mano a un poderoso
atropellador que los ha ofendido, recurren a la única arma que aprietan entre
los dedos: la pluma. Y este fue el caso.
A poco de
estar instalado en su sillón de la Audiencia, como único Oidor por
circunstancias especialísimas a que habré de referirme, don Cristóbal se
encontró ante un caso por demás grave; el Gobernador del Reino, don Lope de
Ulloa, que residía en Concepción dirigiendo la guerra de Arauco, fue encontrado
muerto en su lecho, provocando la consiguiente estupefacción entre los suyos y
entre el vecindario. La forma por demás extraña y hasta misteriosa en que don
Lope “pasó desta vida” dio pábulo al rumor de que el Gobernador había muerto
envenenado y, lo que era más grave, por su propia mujer, doña Francisca de la
Coba, en' confabulación con el Maestre de Campo, don Iñigo Ayala.
Con el
fallecimiento del Presidente, el Gobierno del Reino había recaído,
provisoriamente, en el Oidor de la Cerda, de modo que cuando aquellos rumores
sobre el posible envenenamiento del Gobernador llegaron a Santiago, el nuevo
Mandatario y Oidor se vio obligado a investigar el gravísimo caso por medio de
un sumario que se avocó el mismo, para cuyo efecto se trasladó a Concepción lo
más rápidamente que le fue posible.
No se
conocen los procedimientos que empleó el Oidor en este sumario, que debió
producir un verdadero escándalo entre la sociedad pencona; pero el hecho fue
que en vista de las declaraciones de las personas que fueron interrogadas, don
Cristóbal creyó tener antecedentes bastantes para recluir en incomunicación a
la viuda, doña Francisca de la Coba y Lucero, y para enviar presos al fuerte de
Arauco a varios individuos, a quienes acusaba de complicidad en el supuesto
crimen; pero el principal “confabulador” del envenenamiento, don Iñigo de
Ayala, no pudo ser habido, porque en esas fechas ya debería estar por llegar a
España, adonde había partido cinco meses antes del fallecimiento del
Gobernador.
¿Tuvo
razón el magistrado, para proceder contra la viuda y contra el supuesto
“confabulador”? Difícil es establecerlo, pues no se conocen más antecedentes
que los dichos, y al fin y al cabo, consta que doña Francisca salió de su
prisión y volvió a su patria, Lima, en donde sus padres ocupaban
una prestigiosa situación social, unida a una sólida fortuna.
La
actuación de don Cristóbal en este proceso le acarreó una serie de nuevas
desventuras que le amargaron toda su vida. Muchas de las prisiones que decretó
durante la substanciación del sumario, recayeron en gente tan principal como
don Diego González Montero, que más tarde fue Gobernador de Chile, como el
General don Diego Flores de León, “flor y nata de fidalgos” y como el mismo don
Iñigo Ayala, que era un personaje de cierta influencia en la Corte de Madrid.
Mientras los primeros y sus numerosos amigos — toda la nobleza criolla—
hicieron víctima al Oidor de insistentes desaires y aun de insultos y
vejaciones en la calle pública o donde lo encontraran, don Iñigo, en la Corte,
minaba en cuanto podía el prestigio profesional y la honra misma del Oidor chileno,
junto con ridiculizarle en su persona llamándole “el desnarigado” de palabra y
por escrito, en sus constantes presentaciones a la Corte.
El apodo
era cruel, pues patentizaba una mutilación que la fatalidad había hecho
monstruosa y reventaba en los labios de sus enemigos a la sola vista o al solo
recuerdo del Oidor, al cual, en ausencia ya nadie llamaba, sino “el
desnarigado”.
Con este
motivo, don Cristóbal agrió Su carácter y con ello, la justicia sufrió
desmedro, pues en todos los que recurrían a los estrados veía el Oidor un
enemigo, un ofensor, o por lo menos un fulano que interiormente le estaba
llamando “el desnarigado”. .. Sus relaciones sociales eran contadísimas y
solamente recibía visitas interesadas que algo esperaban de él. Sus relaciones
con sus propios colegas de tribunal, con el Obispo, con los canónigos, con los
alcaldes, eran estiradas, recelosas y en todas ellas el infeliz magistrado se
ponía a la defensiva, porque lo dominaba la obsesión de que todos le estaban
llamando “el desnarigado”.
Los diez
o doce años que permaneció don Cristóbal bajo el dosel de la Real Audiencia de
Santiago, fueron, pues de un constante martirio, y ello me dará tema para
contar, otro día, alguna nueva serie de las desventuras del Oidor de la Cerda.
§ 13. La
Serena, víctima de pirata
Allá por
fines del siglo XVII, más propiamente dicho, por los años de 1690, el
vecindario de La Serena encontrábase bajo el peso de grandes angustias. Desde
el asalto, incendio y saqueo de la ciudad, por el pirata Bartolomé Sharp,
ocurrido diez años antes, las ochocientas y tantas personas de que constaba esa
población se debatían en una pobreza rayana en la miseria, no solamente para
subvenir a su alimentación por medio del racionamiento de los productos de la
tierra, sino también para reconstruir las casas cuidadosamente incendiadas por
el pirata, cuando hubo de retirarse de ella, convencido de que el vecindario no
podría pagarle la cantidad de cien mil pesos oro que había exigido por su
rescate.
Aparte de
esos sufrimientos permanentes, la ciudad experimentaba otros que deprimían los
ánimos con la expectativa de nuevos sufrimientos; éstos provenían de la
constante amenaza de nuevos asaltos piráticos ante los cuales el vecindario se
consideraba inerme, pues no contaba, para rechazarlos, sino con la resolución
personal de cada cual. Ni el Virrey del Perú, ni el Gobernador de Chile habían
podido enviar a La Serena, después de las depredaciones de Sharp, ni el más
mínimo refuerzo de armas ni otros elementos para aliviar la situación de los
infelices serenenses.
El
abandono en que las autoridades del Virreinato y de la Gobernación de Chile,
habían dejado aquella ciudad, hizo nacer entre sus pobladores el deseo de
trasladarse a otro sitio más distante de la costa, a fin de quedar a cubierto
de los peligros de nuevas agresiones. Algunos vecinos emprendieron, desde
luego, la despoblación y trasladaron sus viviendas a los campos de Tuquí, en
uno de cuyos valles debería fundarse, siglo y medio más tarde, la villa de
Ovalle.
El
Cabildo de La Serena, sin embargo, desplegó la más resuelta energía para evitar
la despoblación que, dado el temor que produjo cierta noticia que se esparció
por la ciudad, pareció inminente. Díjose que frente al Huasco habíanse divisado
dos barcos que no podían ser sino piratas, los cuales no tardarían en
presentarse en “la herradura” de Coquimbo. La autoridad municipal, apoyando la
del Corregidor, don Pedro Cortés y Zavala, comunicó con “perdimiento de bienes”
y aun con pena de la vida a los vecinos, estantes y habitantes que “fueran
osados” de abandonar la ciudad sin permiso escrito del Gobernador del Reino,
que por entonces lo era el muy ilustre señor don Juan Henríquez. Al mismo
tiempo, el regidor del Cabildo, don Jerónimo Pizarro ofreció fabricar a sus
expensas dos cañones pedreros para la defensa de la ciudad y colocarlos en un
fuerte que debería ser construido rápidamente por el Cabildo y por el
vecindario.
Por
suerte, el pirata anunciado no se presentó, pues parece que prefirió continuar
su correría por la costa peruana. Y fue una gran suerte, porque ni los cañones
pedreros y ni el fuerte se construyeron nunca.
Sin
embargo, de las penas impuestas por las autoridades, y severamente confirmadas
más tarde por el nuevo Gobernador de Chile, don José de Garro y Sídney de
Artola, que había reemplazado a Henríquez, el vecindario no abandonó la idea de
trasladar la ciudad a otro sitio. Aparte de que el traslado hacia el interior
significaba seguridad para 'la población, pues la pondría a cubierto de los
desembarcos piráticos, creían los vecinos que en nuevos extensos valles de los
alrededores podrían construir sus casas con mayores ventajas de las que hasta
entonces habían dispuesto “a causa del crecimiento de la población”.
Sin
contravenir las órdenes del Gobernador, podían, los vecinos, tratar de realizar
este vehemente deseo haciendo uso de sus prerrogativas “de ciudadanos”, esto
es, acordándolo en Cabildo Abierto y elevando la petición a la “piedad” del
Gobernador y aun a la Corona.
Entre
dudas y vacilaciones para determinarse a adoptar este recurso, habían
transcurrido años, hasta seis; distábamos bastante de los correos por avión y
cualquier comunicación de La Serena a Santiago, a Lima o a la Península,
demoraba con su respuesta, dos semanas, tres meses o cuatro años, si es que se
andaba ligero y con suerte. Con decir que las primeras gestiones para detener
la despoblación hacia Tuquí, habían demorado un año, entre La Serena y
Santiago, está dicho todo. Entretanto La Serena había comenzado,
necesariamente, a levantarse sobre sus ruinas, reparando sus edificios
incendiados y construyendo algunos nuevos, muy sencillos y “pajizos”, para
guarecerse de la intemperie.
Pero a
principios del año 1686 se supo en La Serena la noticia, traída por un mulato
costino, de que habían fondeado tres barcos en la bahía de Tongoy, de uno de
los cuales habíase desprendido un batel con una docena o más de marineros, que,
según todas las trazas, pretendían desembarcar en son de guerra. No sabía nada
más el mulato, porque su patrón, don Gaspar Caldera lo había despachado a
revienta cincha hacia La Serena para dar primer aviso a las autoridades.
La
impresión que causó esta noticia en la ciudad fue espantosa. El Corregidor don
Francisco de Aguirre y Cortés mandó tocar a rebato y en un momento el
vecindario masculino “y muchas mujeres” se reunieron en la plaza, el primero a
ofrecer sus servicios, y las segundas a lamentarse a gritos, por cuyo motivo el
Corregidor “encerrólas en sus casas”, según dice un cronista. Junto con esta
medida de orden, Aguirre había dispuesto, en el primer momento, que el Capitán
don Pedro Cortés saliera al frente de un destacamento de doce hombres a detener
las depredaciones de los filibusteros en Tongoy, mientras se organizaba en La
Serena un refuerzo más importante.
Por
fortuna, las cosas se detuvieron ahí; cuando el Capitán Cortés llegó a Tongoy,
los piratas, terminando el saqueo de lo poco que por allí encontraron, se
disponían a reembarcarse, llevándose, además, a un negro esclavo de don Felipe
Niño de Cepeda, con el propósito de que les sirviera de “cicerone” para sus
depredaciones en esas costas. El Capitán Cortés atacó a los piratas con
resolución y a pesar de que éstos tenían mejores armas y eran, tal vez más
numerosos, los obligó a reembarcarse apresuradamente y en tan malas condiciones
que “les hizo tres muertes de ingleses” más un francés herido que quedó en
poder de los defensores de la ciudad.
La
victoria del Capitán Cortés fue celebrada en La Serena bulliciosamente, con
grandes fiestas religiosas y civiles, entre las cuales no podía faltar la
corrida de toros; consta que uno de los “picaderos” el Alguacil Mayor don
Baltasar Díaz de Sandoval “fue cogido malamente por el pretal de cascabeles que
lucía orgulloso”, y si no hubiera andado tan listo su compañero, el Capitán
Francisco de Segarra, “lo malograra el toro de doña Lorenza Mayorga”, que tal
era el nombre de la dama que había obsequiado el animal.
Durante
las fiestas todos creyeron que los buques piratas se habían retirado derrotados
y sin pretensiones ya de volver; acentuaba esta creencia, el hecho de que, a
pesar de los severos “escrutinios” de los vigías de la costa, los barcos no se
habían dejado ver, y no faltó quien asegurara haber divisado sus velas en alta
mar rumbo al norte.
Sin
embargo, los serenenses no las tenían todas consigo. Tranquilos ya de fiestas
se dieron a pensar en que el peligro futuro de piratas no había concluido con
que el valeroso Capitán Cortés hubiera muerto a tres ingleses en Tongoy- Por
otro lado, las declaraciones del francés prisionero no eran nada
tranquilizadoras; después de haberle aplicado “el potro” cuatro veces, el
francés había declarado, junto con el nombre del jefe pirata — era el célebre
Davis— que el filibustero debía esperar en Juan Fernández, el resto de su
flota, que en total era de siete barcos con seiscientos hombres, para emprender
una batida general en las costas de Chile y Perú.
Ante
tales noticias, las inquietudes y alarmas de los serenenses aumentaron al cubo
y no disminuyeron ni con las novenas y rogativas, procesiones y penitencias
públicas que se emprendieron con inusitado fervor en los siete u ocho templos y
capillas que había en la ciudad. La alarma se convirtió a veces en pavor, ante
la más pequeña incidencia que ocurría en la ciudad; “aquello no era vida”, dice
una relación del Comendador de La Merced; “se nos alargan los ojos escrutando
el mar desde los cerros”, comunicaba el regidor Jerónimo Pásteme a uno de sus
familiares de Santiago.
Cuando se
había tratado, años antes, de trasladar la ciudad y algunos de sus vecinos lo
empezaron a hacer, fue el Cabildo el que más se opuso a esta despoblación; pues
bien, tal fue el pavor ambiente en La Serena, después del desembarco y rechazo
de los piratas en Tongoy, que ahora fue el propio Cabildo el que estimó “que la
ubicación de esta ciudad a la orilla del mar no se puede sustentar ya”.
La
antigua idea de hacer un Cabildo Abierto para solicitar del Presidente Garro el
traslado de la ciudad más al interior, se abrió paso sin dificultad alguna, y
el 23 de julio, con asistencia de los prelados de las órdenes religiosas, del
Cura, de las autoridades y de “diecisiete vecinos” — es decir, de toda la crema
de la ciudad— “más la presencia de la plebe que se juntó a la puerta del
Cabildo”, fue acordado trasladar la ciudad más al interior “por los riesgos que
trae el enemigo inglés que hay en la costa”. El mismo día partió de La Serena
un “propio” con los pliegos que se enviaban al Gobernador y a la Real Audiencia
de Santiago, comunicándoles estos acuerdos y pidiendo su sanción.
Pero
mientras se recibía la respuesta de las autoridades santiaguinas — ya sabemos
que las comunicaciones demoraban algo y esta, por su trascendencia, debía
demorar mucho más— ocurrió a los serenenses una verdadera catástrofe. El pirata
Davis de regreso de Juan Fernández había resuelto hacer con dos de sus barcos,
una rápida campaña por las costas de Chile y Perú y su primer golpe de mano lo
había señalado en La Serena, en donde esperaba proveerse de víveres y recoger,
además “un buen botín de oro en polvo, que era muy abundante en esa región, por
noticias que había dado el Capitán Sharp”, según afirma el cirujano inglés
Lionel Wafer, cronista de la expedición.
En
efecto, el 14 de septiembre en la madrugada — a los dos meses escasos del
desembarco de Tongoy— dos de los barcos del filibustero Davis se presentaban en
la amplia bahía de la Herradura y empezaban resueltamente el desembarco de
tropas en dos grandes bateles, desentendiéndose en absoluto de los preparativos
de resistencia que el Corregidor Francisco de Aguirre había empezado a
organizar, apresuradamente, en las playas y cerros de las Peñuelas.
Desembarcados
los piratas bajo el fuego de dos cañones y de dieciocho mosquetes de que
disponían los defensores, organizaron “desvergonzadamente” el avance hacia la
ciudad, sin que las tropas españolas pudieran detenerlos; por el contrario, las
dispersaron en desorden frente a una trinchera que se había construido a la
entrada a la ciudad, con lo cual los agresores pudieron llegar hasta la plaza,
y posesionarse del convento de Santo Domingo, en donde se atrincheraron.
El
vecindario, sin embargo, no se amilanó ante la derrota; por lo contrario, el
peligro inminente le infundió nuevos bríos y formó un círculo de hierro y fuego
alrededor del convento, para impedir la salida de los asaltantes. Cada
tentativa de los filibusteros para romper el cerco era rechazada heroicamente
por los defensores de la ciudad. “En cada salida les iba tan mal — dice una
relación del Corregidor Aguirre— que siempre quedaba uno o dos muertos”.
En
realidad, fue tan decidida y heroica la resistencia de los serenenses, que los
piratas, a pesar de su número y de la eficacia de sus armas, hubieron de
emprender la retirada; por suerte para ellos, los elementos defensores no
tenían disciplina militar y no pudieron responder en forma a las disposiciones
y órdenes que impartía el Corregidor Aguirre; sin embargo, aunque la retirada
de los piratas “fue de apresuramiento”, sólo dejaron en el campo diez muertos.
“Si contara con cincuenta mosquetes y alguna gente más de a caballo — decía el
Corregidor— no me queda inglés, y quizás los navíos hubieran quedado en la
demanda”.
Tampoco
esta victoria tuvo la virtud de tranquilizar las alarmas de los serenenses para
el futuro, pues estaban condenados a vivir con las armas en la mano si no se
llegaba a la solución de trasladar la ciudad lejos de la costa; de modo que,
junto con dar noticia al Gobernador Garro de los recientes acontecimientos, el
Cabildo renovó su ruego para que se concediera al vecindario “la gracia” que
había pedido, en acuerdo de Cabildo Abierto, dos meses atrás.
Pero el
Gobernador y la Real Audiencia no se creyeron con autoridad suficiente para
acceder a tal petición, aun en presencia de los graves sucesos, y determinaron
consultar al Soberano, lo cual significaba, ya lo supondrá el lector, postergar
por años la realización de esta aspiración del angustiado vecindario. Como un
consuelo por esta negativa el Gobernador envió a La Serena treinta y seis
mosquetes, un cañón y cuatro botijas de pólvora “para que se sustente la ciudad
mientras se recibe la respuesta de Su Majestad”.
Por
suerte, a principios del año siguiente, 1687, llegó a Chile la noticia de que
los reyes de Inglaterra y de España habían hecho la paz y, por lo tanto, se
dibujaba una era de tranquilidad para las posesiones españolas de América como,
en efecto, la hubo durante cuatro años. Pendiente de la resolución del Soberano
la petición de los serenenses, el vecindario se limitó a esperarla con la
sumisión y la paciencia que eran de rigor, y con los beneficios de la paz que
disfrutaba, hasta la olvidaría...
Pero a
principios de agosto de 1691 fue visto frente a las costas de Huasco un barco
desconocido, el cual, según los dichos de algunos moradores playeros, echó a
tierra alguna gente “y, sin duda, recogió provisiones”. Como se comprenderá,
esta noticia produjo un revuelo en todo el Reino, y tanto las autoridades como
el vecindario de los pueblos costeros cayeron, otra vez, en las más agitadas de
las inquietudes.
La
Serena, abandonada y temerosa como estaba por sus pasadas aventuras, fue la que
más se conmovió ante el peligro, que creyó inminente. El Corregidor, don Pedro
Cortés y Mendoza — el vencedor de Tongoy diez años antes— había sido, también,
uno de los paladines del traslado de la ciudad, y en esta ocasión, junto con
disponer la defensa para el caso de un ataque, creyó del caso renovar
resueltamente las ya antiguas gestiones para alejar de la costa a la
asendereada población serénense.
Al
Cabildo Abierto que se reunió el 22 de agosto de 1691, bajo la autoridad del
Corregidor, asistieron los nueve miembros del Cabildo, el Cura, él Comisario
del Santo Oficio de la Inquisición, los prelados de las cuatro comunidades
religiosas — la Merced, San Francisco, Santo Domingo y San Agustín— el Rector
de la Compañía de Jesús y veintitrés vecinos. “Puede afirmarse — dice don
Domingo Amunátegui— que, con raras excepciones, se habían reunido allí las
personas más distinguidas de La Serena”.
Al ser
propuesta la idea del traslado, por el Corregidor Cortés, se vio que la opinión
general “estaba en ello”, sobre todo, cuando se dio lectura a una carta que el
Cabildo había recibido de don Diego Montero del Águila, residente en Lima, en
la cual, respondiendo a una consulta que le había formulado sobre si La Serena
podría contar con algún auxilio de parte del Virrey había contestado “que los
vecinos de La Serena no podían abrigar ilusiones sobre auxilios del Perú” y que
“más fácil sería arrancar una estrella del cielo” ...
De los
treinta y tantos asistentes al Cabildo Abierto, solamente tres manifestaron su
opinión en contrario, y ellos fueron el Prior de Santo Domingo, el guardián de
San Francisco y el Prior de San Agustín. Estos tres prelados dijeron que la
pobreza de sus conventos les impedía costear los gastos del traslado y la
construcción de sus conventos en la nueva ciudad.
Mientras
se hacía valer “los proes y contras” de la traslación y se procuraban subsanar
los inconvenientes y dificultades que oponían los prelados opositores, irrumpió
a la sala, donde se realizaba el Cabildo una gran parte del pueblo que se había
estacionado frente a la puerta, en espera del resultado de la reunión; y en
términos y exclamaciones que no debieron ser tranquilizadores, pero que el acta
que tengo a la vista trata de apaciguar, “hizo manifestación, todos unánimes y
conformes, de que era conveniente se mudara la ciudad”, tanto por el peligro de
los piratas, cuanto “por el continuo trabajo de rondas y centinelas, sin
esperanzas de mejores tiempos”.
Parece
que los prelados conventuales no consideraron conveniente insistir en su
oposición, porque en ese Cabildo quedó acordado dar poder a los personajes
santiaguinos, don Alfonso Velásquez de Covarrubias y al Licenciado don Juan del
Cerda, para que, en nombre de los serenenses, “recabaran de Su Señoría y de los
poderosos señores de la Real Audiencia”, el permiso de trasladar, cuanto antes,
la ciudad.
El
historiador serenense, don Manuel Concha, cuenta en una de sus admirables
crónicas que los prelados opositores “fueron entrados en sus conventos por las
personas de distinción”... lo que tal vez podría traducirse en que sus
paternidades no se encontraban muy seguras en hacer el trayecto escoltados
solamente “por la plebe”.
Como de
costumbre, la respuesta del Gobernador y de la Audiencia se dejó esperar hasta
cinco meses. A fines de diciembre recibió el Cabildo una comunicación del
Gobernador Garro, en la que, junto con comunicar que su sucesor, don Tomás
Marín de Poveda estaba por llegar a Chile, hacía saber a los serenenses que Su
Majestad había tenido a bien nombrar Corregidor de La Serena al Capitán de los
Ejércitos de Flandes y Maestro de Campo de Infantería a don Fernando Rocafull y
Folch de Cardona, personaje que llegaría pronto a las playas de Coquimbo.
Aunque la noticia se limitaba a estos anuncios, creyeron los serenenses, que
tanto el nuevo Gobernador Marín de Poveda, como el Corregidor que venía de
España les traerían noticias favorables sobre el ansiado proyecto de traslación
de la ciudad.
En
efecto, el proyecto de traslado encontró en el nuevo Corregidor un decidido
apoyo desde el primer momento y antes de convocar un nuevo Cabildo Abierto para
dar resolución definitiva a los inconvenientes materiales que se habían
suscitado, el Caballero de Rocafull y Folch de Cardona procuró “acordar” todas
las opiniones y las conveniencias para que el vecindario se presentase unido y
compacto, en una sola idea.
En el
Cabildo Abierto que se realizó bajo su convocatoria, el 13 de marzo de 1692,
con asistencia de autoridades, prelados y vecinos — excepto “la plebe”, a la
que no se permitió reunirse, como en los anteriores, a la puerta de la Sala
Capitular se manifestaron ordenadamente los motivos que tenía la ciudad para
pedir su traslado, y “unánimes y conformes” los vecinos “se acordaron en que el
Cabildo adquiriese un terreno de dos leguas cuadradas en el que se trazaría la
planta de la nueva ciudad, en el sitio que acordare conveniente; que el Cabildo
distribuiría tres clases de solares: unos para la parroquia, órdenes religiosas
y vecinos encomenderos, los cuales se venderían de contado; otro para los
pobres, libres de todo gravamen; y los últimos a los demás habitantes, quienes
los adquirirían a censo, con prohibición de enajenarlos”.
Los
vecinos encomenderos quedaban obligados a proporcionar trabajadores para la
construcción de los edificios públicos y de las murallas defensivas que debían
rodear la ciudad; los demás habitantes deberían proporcionar, según sus
“posibles”, los materiales de construcción. Por último, todos los vecinos,
estantes y habitantes, deberían cerrar sus solares y construir sus casas en el
término de un año, so pena de perderlos.
Aparte de
los gravámenes enunciados, que fueron aceptados por todos los presentes,
algunos se comprometieron a proporcionar auxilios extraordinarios, como los que
va a conocer el lector: don Pedro Cortés, a construir a su costa el convento de
iglesia de la Merced y seis casas de pobres; don Femando de Aguirre, a ayudar a
la fábrica del Colegio de la-Compañía de Jesús y dos casas de pobres; don Diego
de Rojas, el convento de San Agustín y tres casas de pobres; don Jerónimo
Pizarro, la iglesia de San Ignacio y tres casas de pobres; don José de Vega y
Mendoza, las casas del Cabildo y tres de pobres; don Antonio de Cepeda y
Mendoza, la madera para San Agustín y dos casas para pobres y varios vecinos
más, sendas casas para pobres de solemnidad.
No consta
del acta que tengo a la vista, que ningún vecino hubiera ofrecido construir los
conventos e iglesias de Santo Domingo y San Francisco, cuyos prelados se habían
opuesto a la traslación de la ciudad en el Cabildo Abierto anterior.
Todos
estos acuerdos fueron comunicados al nuevo Gobernador, don Tomás Marín de
Poveda, recién llegado, y cualquiera diría que, después de todo esto y de lo
que se había gestionado durante diez años de angustias y de constantes alarmas
de los serenenses, la traslación de la ciudad al valle de Tuquí, era un hecho
consumado. Pues, nada de esto ocurrió, y por más rebuscas que he hecho entre
los más variados papelotes y mamotretos, no he podido encontrar, desde
entonces, ninguna noticia que indique el término de esa tesonera gestión del
vecindario.
La Serena
continuó, pues, en su sitio, pese a las agresiones de los piratas de aquellos
tiempos, y de los posteriores.
§ 14. La
Compañía de Jesús y su expulsión de Chile
I
Fundada
la Compañía de Jesús por el soldado español Ignacio de Loyola y algunos de sus
compañeros que, reunidos en el templo de Montmartre, en París, el año 1534,
juraron combatir la Reforma del fraile agustino, Martín Lutero, su organización
se extendió pronto por toda la Europa a impulso del celo religioso que
desplegaron sus miembros para detener la propagación de la nueva secta.
Era
natural, por otra parte, que este éxito se produjera. La conmoción provocada
por la Reforma en los países cristianos fue tan formidable, que en todos ellos
explotó un no menos formidable movimiento de defensa alrededor del Papado,
contra cuya autoridad arreciaba sus ataques el innovador alemán. La Compañía de
Jesús, encabezando resueltamente la defensa del Catolicismo, ofreció su
adhesión al Pontífice Romano en una fórmula incondicional que vino a constituir
la base de la existencia misma de la Compañía y la síntesis del vasto programa
que se propuso realizar y que realizó, “ad majorem Dei gloriam”, en el
transcurso de los doscientos y tantos años de su actuación en el mundo, esto
es, hasta que fue extinguida por el Papa Clemente XIV, en 1773.
Esta
fórmula de adhesión fue llamada “el cuarto voto” — que los discípulos de Loyola
agregaron a los tres de obediencia, castidad y pobreza que eran comunes a las
órdenes religiosas existentes— y era así: “Consagrar la vida al servicio de
Cristo y prestar obediencia absoluta a su Vicario en la tierra”.
La férrea
disciplina que el fundador de la Compañía impuso a sus secuaces; la renuncia de
su voluntad propia; el olvido de su interés personal para buscar,
exclusivamente, el engrandecimiento de la Compañía; el desprendimiento absoluto
de todo lazo familiar; la obstinada adhesión a la sagrada entidad que
constituía su única y suprema autoridad terrenal; el indomable valor y la
vehemencia con que defendían la autoridad de la Iglesia en esta formidable
batalla del protestantismo naciente contra el Pontificado milenario, hubieron
de conquistarle a la Compañía de Jesús, en menos de un cuarto de siglo, y
mediante la cátedra, el púlpito y el confesionario, una influencia y un
prestigio jamás alcanzado por institución alguna en el mundo.
La España
de Carlos V y Felipe II, protectora y aliada del Pontificado, estaba llamada,
en primer término, a aprovechar de esa enorme fuerza moral y material creada
por un grupo de sus compatriotas, y la aprovechó, en efecto; en aquellos años
fue cuando los Reyes de España pudieron decir que en sus reinos no se ponía el
sol.
El
Protestantismo fue detenido y acorralado en Alemania, su cuna; y mientras las
avanzadas jesuitas le hacían la guerra en sus propios cuarteles, los aguerridos
escuadrones que habían limpiado a la Europa Meridional de la contaminación
luterana, se mostraban impacientes en su relativa inactividad.
Era la
época de los descubrimientos y conquistas en el Nuevo Mundo, y la América
gentílica desangraba bajo la ruda espada del Conquistador; era necesario
restañar aquellas heridas y llevar la resignación a esos espíritus abatidos que
gemían en la esclavitud que el extranjero invasor les había impuesto. Los
frailes de las distintas religiones que habían pasado a la América eran
insuficientes en número para recorrer los extensos reinos y regiones
conquistadas y para sofrenar la codicia de los aventureros que, en nombre del
Rey de España, exprimían la sangre y la riqueza de los indígenas.
El campo
de acción de las huestes ignacianas sobrantes de las campañas de Europa estaba,
pues, perfectamente indicado y no tardaron en vaciarse sobre el continente
americano, inspirados en el mismo fervor, en la misma abnegación y en la
renunciación total de sí mismos, con que combatieron a la secta de Lutero.
Trabajadores infatigables, ajenos a toda vacilación, misioneros intrépidos, sin
temor a peligros de ningún género, se esparcieron a través de los bosques, de
las cordilleras, de las serranías, de los desiertos, sin más arma que un libro
de oraciones, afrontando las enfermedades y la muerte para llevar a los nativos
la promesa de una vida mejor.
México,
Centroamérica, Nueva Granada, el Alto y Bajo Perú, la espantable hoya
amazónica, las provincias del Plata y, por último, Chile, contaban ya, a fines
del siglo XVI, con las avanzadas de la Compañía de Jesús; en esa misma época,
las Filipinas y todas las posesiones orientales del Rey de España señalaban a
los jesuitas como “a los misioneros más abnegados de la cristiandad”, y es algo
que está perfectamente establecido en centenares de documentos, que los
misioneros de la Compañía no marchaban a la vera de los escuadrones de
conquista, “sino que caminaban muy adelante de ellos e por tierras desconocidas
y se meten y quedan mucho tiempo entre los indios de guerra”.
Los
jesuitas llegaron a Chile el año 1593, en número de seis sacerdotes y dos
hermanos coadjutores, trayendo como superior al Padre Baltasar Piñas, que había
sido compañero de San Ignacio; entre ellos vino el célebre Padre Luis de
Valdivia, llamado el Apóstol de Arauco, cuya actitud francamente adversa a la
guerra contra los naturales le atrajo la animosidad de los gobernadores del
Reino y de todo el ejército durante veinte años.
La acción
de los jesuitas en nuestro país fue tan efectiva como lo fuera en otras partes
de las Indias. Enemigos de la violencia contra los nativos, se ofrecían sin
reparo para penetrar, sin escolta alguna, en los campos de guerra a parlamentar
con los “rebelados”, pero con el principal objeto de explicarles la doctrina
cristiana. Para llevar a cabo esta empresa iban preparados con el conocimiento
del idioma indígena; no se valían para nada de intérpretes, que generalmente
desvirtuaban sus palabras, ni pretendían enseñar el idioma español,' ni menos
imponerlo.
Su éxito
era y fue definitivo, desde los primeros momentos, no sólo entre los aborígenes
— que sentíanse halagados al oír su idioma en boca de unos españoles que
hablaban de paz y se confiaban en ellos— sino también entre la gran mayoría de
los habitantes del Reino, cansada ya de la desastrosa guerra cincuentenaria. No
tuvieron el mismo éxito entre los individuos del ejército y sus gobernadores
guerreros, que sentían lastimado su orgullo de militares con los continuos y
bien poco airosos reveses que les imponían los salvajes, ni entre los
encomenderos que eran los usufructuarios del botín de prisioneros indígenas que
pasaban a ser sus esclavos.
El
martirio de muchos jesuitas en manos de los indios tuvo origen en las
represalias que tomaban éstos por la codicia desenfrenada y los crímenes que
cometían los militares en sus “entradas” a las zonas de guerra. Para no
recordar otros casos, el asesinato de los jesuitas Vecchi, Aranda y Montalbán
que se habían internado por los “lebos” de Paicabí, Tucapel y Elicura fue la
consecuencia inmediata del arrasamiento de los sembrados de aquellas tribus y
del rapto de las mujeres del Toqui Anganamón, cuya alianza con los españoles
habían conseguido el Padre Valdivia y los mencionados religiosos.
Sin
abandonar los misioneros la zona de guerra los jesuitas establecieron en
Santiago su casa principal o Colegio Máximo, e iniciaron en el Reino la época
de la organización de la educación pública; a las escuelas de primeras letras
unieron luego la instrucción secundaria y el aprendizaje de oficios, y antes de
cinco años tenían establecido un incipiente “convictorio” para los altos
estudios de derecho, filosofía, cánones y teología. Los alumnos más aventajados
de este convictorio podían pasar a la Universidad de San Marcos, en Lima, en
donde eran atendidos hasta el término de sus estudios por los jesuitas de la
ciudad de los Reyes.
El fervor
religioso de los sacerdotes de la Compañía, unido a su incansable actividad,
habían hecho de su templo el centro de la devoción santiaguina; sus
predicadores eran los más famosos y aplaudidos; sus confesores, los más
solicitados por la tolerancia y la magnanimidad con que oían a los penitentes,
y por la sabiduría de sus consejos; sus festividades religiosas, las más
solemnes y suntuosas; sus misiones a los indios y a la “plebe”, las más
eficientes para detener la relajación de sus costumbres; su caridad para con
los pobres, los enfermos y los infelices, estaba sobre toda ponderación. Fueron
los primeros en establecer una botica pública, servida por un hermano coadjutor
“que entiende en ello”, y allí se proporcionaban, gratuitamente, las “melecinas”.
En una
población esencialmente devota y que recibía efectivos beneficios de individuos
tan abnegados, que demostraban no querer nada para sí, sino para darlo a sus
semejantes, era natural que hubiera muchas personas que se desprendieran de sus
haberes para depositarlos en manos de quienes hacían tan buen uso de ellos; así
fue como la Compañía fue adquiriendo bienes que luego se multiplicaran con
rapidez, debido a una administración que se tuvo por modelo de corrección
cuando, expulsada de Chile, sus libros fueron examinados acuciosamente por los
representantes del Rey.
Sería
tarea larga la de detallar la inmensa obra de efectivo progreso que los
jesuitas realizaron en Chile y en todo orden de actividades, durante los ciento
setenta años que permanecieron en este país; desde la incorporación de los
salvajes a la vida civilizada, hasta la educación de la juventud en los más
elevados estudios de la ciencia y de las artes, a cuya cabeza se colocaron;
desde la exploración de las regiones desconocidas del territorio austral —
adelantando los descubrimientos geográficos— hasta la enseñanza del cultivo de
la tierra en los grandes fundos y haciendas que explotaban con los
procedimientos más adelantados de la época; desde la iniciación de las
industrias manuales, fabriles y mineras, hasta el alto comercio y el
intercambio de productos, de región a región, de país a país, de Reino a Reino,
de continente a continente.
Los
adversarios de la Compañía han podido acusarla de ambición desmedida, de
codicia, de acaparamiento de riquezas, de afán de dominio y hasta de
conspiración contra las autoridades real y pontificia; pero ninguno ha podido
desconocer que la Compañía, mediante su organización estupenda, la disciplina
de sus miembros, la dedicación de cada uno al oficio o función a que era
destinado, con la negación dé su personalidad propia, para obedecer, ciegos, a
una voluntad superior, nadie ha podido negar, repito, que la Compañía de Jesús
prestó en su época, a la humanidad, a la civilización, a la ciencia y a las
artes, servicios incalculables.
Por otra
parte, la organización interna de la Compañía de Jesús era sencillamente
maravillosa.
El
Superior General de la Orden, con residencia en Roma, recibía de cada uno de
los provinciales esparcidos por los ámbitos, del orbe, un informe anual sobre
la situación de su provincia, un informe mensual sobre los acontecimientos
políticos y sociales, e informes especiales sobre los incidentes
extraordinarios que ocurrían en su jurisdicción. Estos informes se unían a los
que particularmente estaban obligados a enviar los rectores de colegios y los
superiores de misiones.
Todos
estos documentos eran cuidadosamente estudiados y catalogados por un numeroso y
experimentado personal, que en cualquier momento se encontraba en condiciones
para ilustrar extensa y detalladamente al General de la Orden sobre cualquier
acontecimiento político, social o financiero que ocurriera en el mundo, y que
pudiera interesar a la Compañía. “Ningún Soberano de la tierra — dice un
comentarista alemán— estaba informado de lo que pasaba en toda la tierra mejor
que el General de la Compañía de Jesús”.
Una
organización como ésta, que contaba con 22.700 individuos hábiles y
conscientes, los cuales — por ser consultores, consejeros o directores
espirituales de soberanos, ministros, gobernantes, potentados, damas, pueblo y
plebe— estaban al cabo de lo que pasaba en las cortes reales y aun en las
alcobas de los Monarcas, en los gabinetes, en los consejos de gobierno, en los
virreinatos, gobernaciones, audiencias, obispados, concilios, y aun en las
cámaras del Pontífice, y que a mayor abundamiento disponían del
incontrarrestable ascendiente que dan las riquezas; una asociación de hombres
que tenía en su mano una fuerza moral mayor que la del más poderoso Monarca
autócrata, no podía, lógicamente, subsistir, porque producía un desequilibrio
efectivo en el concierto de los humanos intereses.
El
inmenso poderío que había alcanzado la Compañía habíale creado, desde tiempo
atrás, ardientes contradictores entre los gobernantes de los distintos países,
entre las demás órdenes religiosas y aun dentro de la misma Corte romana; en el
curso de los años, esos contradictores habíanse transformado en adversarios
declarados y aun en enconados enemigos. A éstos se habían agregado ahora los
escritores áticos y satíricos que con el nombre de “filósofos” aparecieron y
florecieron en la primera mitad del siglo XVIII, los cuales habían elegido como
blanco de sus ataques a la Compañía de Jesús. Todas esas fuerzas unidas se
propusieron dar la última batalla contra la poderosa asociación que dominaba al
mundo y para ello tuvieron que emplear toda clase de arbitrios. La Compañía fue
impotente para contrarrestar esa formidable campaña y sucumbió.
Si el
desaparecimiento de la Compañía de Jesús benefició o perjudicó a las naciones
europeas, política y materialmente, ello podrá ser apreciado, según sea el
cristal con que se mire; por lo que respecta a la América, y particularmente a
Chile, la expulsión de los jesuitas produjo aquí un trastorno, una conmoción,
un enorme perjuicio, porque detuvo el progreso material y económico del país
con la paralización repentina de las industrias de todo género y del vasto
comercio que ellos controlaban, y el progreso moral con la clausura de los
numerosos y bien atendidos establecimientos educacionales que mantenían en las
ciudades y las constantes misiones evangelizadoras que lanzaban,
incansablemente, a través de los territorios inexplorados del archipiélago y de
las cordilleras andinas australes.
Un
beneficio claro, preciso, tangible, obtuvo la América española con la expulsión
de los jesuitas, y éste fue el de su independencia política. Pero este
beneficio fue el resultado de un error del Monarca español; sin la expulsión de
la Compañía de sus dominios americanos, decretada por Carlos III en 1767, la
independencia de estos países se habría retardado por lo menos en un siglo,
porque aquella asociación era el más firme fundamento de la Monarquía.
La
campaña contra la Compañía de Jesús en Europa tuvo su primer triunfo con la
expulsión de los jesuitas en Portugal; se les imputó la tentativa de asesinato
contra el Rey, en 1758, y al poco tiempo tres mil sacerdotes, hermanos y
novicios de la Compañía tuvieron que emigrar de ese país y de sus vastas
regiones.
Un año
más tarde levantóse un gran revuelo en Francia con motivo de la ruidosa quiebra
que experimentó la Compañía con ciertos negocios que el jesuita La Velette
estaba realizando, en grande escala, en la Guayana francesa. Los enemigos de la
Compañía, alentados con el reciente triunfo que habían alcanzado en Portugal,
se valieron de la circunstancia para precipitar su desprestigio, presentándola
como un fallido fraudulento... Después de un escandaloso proceso ante los
tribunales franceses, dpi cual resultó condenada la Compañía, y de no menos
escandalosas intrigas, en las que intervino la célebre cortesana Antonieta
Poisson, el Rey Luis XV expulsó también de sus dominios a los jesuitas.
Un
historiador inglés ha dicho, sin embargo: “Atribuir este grande acontecimiento
(la expulsión) a una bancarrota comercial o a las intrigas de una querida (la
Pompadour) es confundir la causa con el pretexto. El crimen de los jesuitas era
aferrarse al pasado, el de defender los abusos de las antiguas instituciones y
el de entrabar el progreso del género humano, pretendiendo cerrar el paso al
espíritu general del siglo”.
Con la
expulsión de los jesuitas de Portugal y de Francia, la Compañía quedaba
destruida en su tercera parte. En los mencionados países y en sus colonias
existían unos siete mil individuos de esa Sociedad.
El
movimiento anti jesuita se extendió luego a España. El Rey Carlos III, católico
profundo y aliado del Pontífice, no pudo resistir, sin embargo, a la formidable
presión de sus vecinos, ni menos aun a la de su Ministro don Pedro Pablo de
Abarca y Bolea, Conde de Aranda, que le había sido impuesto al Soberano después
de un motín popular; díjose que este motín, llamado “el de las capas”, había
sido organizado por los jesuitas para derrocar al Soberano...
Pero la
destrucción de la Compañía estaba decretada y sus adversarios no se detendrían
ya, sino hasta conseguir su ruina completa.
Veremos
cuál fue una de las causas aparentes por la cual el Rey Católico de España se
resolvió a poner su augusto garabato al pie del decreto de expulsión de la
Compañía de Jesús, de todos sus reinos, dominios y señoríos, y sabremos también
algo muy poco conocido: que a un jesuita chileno, el Padre Tomás de Larraín y
de la Cerda, de paso a la razón por Madrid, le cupo, casualmente, tomar parte y
ser la víctima en una intriga cortesana que se estaba desarrollando alrededor
del Monarca para inducirlo a firmar el decreto.
El Padre
Larraín era hijo de don Santiago de Larraín y Vicuña — que había sido Alcalde
de la capital del Reino de Chile y Presidente de la Audiencia de Quito— y de la
criolla chilena, doña Mónica Teresa de la Cerda y Hermúa.
II
A fines
del año 1766, todas las naciones europeas se encontraban agitadas por la
formidable campaña que se había desarrollado contra la Compañía de Jesús con
una intensidad arrolladora; las cancillerías de las cortes de Portugal y de
Francia, cuyos soberanos habían arrojado de sus dominios a esos religiosos,
entre los aplausos y las protestas de sus respectivos pueblos, hondamente
divididos, estaban seriamente empeñadas en obtener de las demás cortes — y muy
especialmente de la española— una confirmación de aquellos actos que viniera a
justificar, ante el mundo, una medida tan grave como la adoptada por ellas.
La
Compañía, por su parte, defendíase con todas sus armas; sabemos que éstas eran
muy poderosas, pero ya no tenían la eficacia de antaño. Si bien las medidas
drásticas de los gobiernos de Portugal y Francia habían producido cierta
reacción en el pueblo y en parte de la aristocracia en favor de los expulsados,
la mayor parte de la sociedad, o sea, los gobernantes, el funcionarismo, muchos
obispos y órdenes religiosas y la intelectualidad moderna, encabezada por los
escritores de la escuela “filosófica” francesa, encargábanse de mantener el
desprestigio de la Compañía, denunciando constantemente las numerosas
actividades a que habíanse dedicado los jesuitas — según ellos— contra la
integridad y seguridad de los Estados y aun contra la vida misma de los Reyes.
Fue algo
que quedó perfectamente establecido durante esa intensa campaña, que los
jesuitas del Paraguay habían pretendido segregar de las coronas de Portugal y
de España gran parte de la América del Sur, coronando allí a un Rey
independiente; que los atentados contra las vidas de Juan I, de Portugal, y de
Luis XV, de Francia, habían sido fraguados por individuos de la Compañía, y que
estaban preparando, también, el derrocamiento o el asesinato de Carlos III, de
España, pues este último Soberano, al parecer, mostrábase inclinado ya a seguir
el camino de aquellos Reyes.
Sin
embargo la presión formidable que se ejercitaba sobre el Monarca español,
Carlos III no se resolvía a tomar la grave medida que le aconsejaban y le
sugerían, constantemente, las cortes vecinas, sus propios ministros y gran
parte de la opinión española.
Pero
ocurrió a principios del año citado de 1766, el motín de “Los Alborotados de
Madrid”, durante el cual el pueblo cometió graves excesos, incluso “la
humillación de la Majestad Real”; los enemigos de los jesuitas culparon a 'la
Compañía de ser la instigadora oculta de aquellos desmanes y los autores de los
hirientes panfletos y demás papeles sediciosos que circularon profusamente no
sólo en Madrid, sino en casi toda España. Se afirmó, por último, que jesuitas
disfrazados de paisanos dirigían los asaltos y violencias, y que la Compañía
pagaba los gastos que la organización de aquel gran motín hizo necesarios.
La verdad
fue que durante ese motín, que duró cerca de dos semanas, la dignidad real
sufrió grandes desmedros. El pueblo rebosó un día en la plaza frente al Palacio
Real y obligó al Monarca a salir a uno de los balcones para presentarse ante la
multitud alborotada y amenazante, y desde allí tuvo que conceder, con un
movimiento de real cabeza, cada una de las peticiones de un pliego que le iba
leyendo, a su lado, el popular Padre Cuenca, religioso “gilito” — de la Orden
de San Gil— a quien los “Alborotados de Madrid” habían designado su
representante.
Pero aun
sobre este acto, que fue calificado de desacato sacrílego, el pueblo madrileño
hizo algo más... Mal aconsejado por algunos favoritos, el Rey quiso poner en
salvo su persona y la de su familia, contra cualquier otro atentado; huyó del
Palacio, sigilosamente, y fue a guarecerse en la Residencia de Aranjuez.
Advertidos los amotinados de la fuga del Monarca, creyeron ver en ella una
reacción contra las concesiones que se les había hecho el día anterior, o por
lo menos un inmotivado desaire al pueblo madrileño.
La misma
tarde empezaron a salir de Madrid, por diversos caminos, compactos grupos de
ciudadanos que luego fueron a rodear el Palacio de Aranjuez, declarando que no
se retirarían de allí — y no se retiraron— sino hasta oír la solemne promesa de
que el Rey regresaría a Madrid tan pronto como el pueblo se aquietase, lo que
éste prometió después de laboriosas y agitadas gestiones.
Pues
bien, todos estos acontecimientos, verdaderamente inusitados, que tuvieron, con
razón, convulsionada a la Corte, fueron achacados a los jesuitas, quienes
habrían perseguido, con la secreta ayuda de la Reina Madre doña Isabel
Farnesio, cuya devoción por los regulares de la Compañía era notoria,
reemplazar a los ministros actuales por otros que fueran de la simpatía de los
discípulos de Loyola, a fin de que pusieran una valla efectiva a las invectivas
de franceses, portugueses y españoles contra la Compañía de Jesús.
El cambio
de ministros después de los bochornosos incidentes pasados era inevitable; pero
en vez de ser reemplazados en la forma como lo esperaba la Compañía, Carlos
III, prevenido y agriado contra ella, elevó a la Presidencia del Consejo de
Castilla al Conde de Aranda, eminente político militante en el bando contrario
y uno de los más enconados adversarios de los jesuitas.
Si era
verdad que la Reina Isabel amparaba a los regulares de San Ignacio con la gran
influencia que ejercía sobre el Rey, su hijo, ese amparo desapareció
definitivamente con el fallecimiento de esta Reina, ocurrido en el mes de junio
de ese año; y el hecho fue que apenas terminado el duelo de la Corte, el Rey
firmó un decreto por el cual creó un Consejo Extraordinario de la Corona,
presidido por el Conde de Aranda, cuya principal misión era investigar, “por
pesquisa secreta, quién había dirigido, por manos ocultas y no legas, los
motines y alborotos ocurridos en Madrid, y quiénes los que habían escrito los
pasquines y sátiras que circularon en España”.
El caso
era gravísimo, y el Rey Carlos III, por más agraviado que estuviera de los
regulares de la Compañía, debió pasar horas de angustia en presencia de aquel
dictamen que esperaba su resolución. El recuerdo de su amada madre, recién
fallecida, ante cuyo lecho funerario era posible que prometiera amparar a la
Compañía de Jesús, debió conturbar hondamente su atribulado espíritu, mientras
sus ministros y consejeros aguardaban, atentos e implacables, la real decisión.
Transcurrían
los días y la resolución del Monarca no se pronunciaba. El Conde de Aranda y
sus compañeros de Consejo se veían asediados, a su vez, por los agentes
diplomáticos de Portugal y de Francia — que desde mucho tiempo atrás venían,
como sabemos, estrechando el cerco en la Corte española, para producir este
pronunciamiento— y por la fuerza, incontrarrestable ya, de la opinión española.
Habían
pasado tres desde la entrega al Monarca del Dictamen del Consejo Extraordinario
y aun la Real Resolución no se producía; Carlos III había ordenado que no se le
moviera el asunto para nada, “pues mi real voluntad se manifestará cuando sea
del caso”. Pero una noche la del 27 de febrero de 1767, según unos, o la del 13
de marzo, según otros, se abrió paso por las habitaciones privadas del Monarca
el Fiscal del Consejo Extraordinario, don Pedro Rodríguez Campomanes, y exigió
que se le diera aviso al Rey de su presencia en Palacio, con el anuncio de que
“un negocio de tan grande importancia que transcurriendo un minuto podría poner
en peligro la Corona”, le había obligado a esta importuna e inusitada visita.
Cuando,
después de largos minutos, el Fiscal fue introducido a la real cámara,
Campomanes echóse a los pies del Soberano y apenas tuvo valor para decir, con
voz temblorosa:
—
Majestad... la soberbia de los jesuitas... no se detiene ante infamias... ni
ante sacrílegas calumnias... para atentar contra Vuestra Corona Real!...
Carlos
III se detuvo, espantado... reaccionó, alzó al Fiscal, que permanecía
arrodillado, e indicóle un banco cerca de su sitial. Luego, musitó:
— Hablad,
Campomanes...
— ¡No
puedo... señor...! Las palabras se ahogan en mi garganta... ¡Ved, señor, por
vuestros propios reales ojos...! — dijo por fin el Fiscal, extendiendo sobre la
mesa un legajo de papeles, e inclinándose, solícito, para indicar al Monarca el
primer documento.
Era una
certificación de escribano de la cual constaba que el Juez de la ciudad de
Gerona había detenido, por orden del Consejo Extraordinario de Castilla, a los
padres jesuitas Tomás de Larraín y de la Cerda, chileno, y Bernardo Recio,
español, que iban de viaje a Roma; y que habiéndoseles registrado una maleta la
única que llevaban, encontróseles allí, entre otros papeles, “un voluminoso
pliego cerrado y lacrado con las armas del señor Nuncio de Su Santidad en
Madrid, y dirigido al señor Cardenal Secretario de Estado, Monseñor
Torreggiani, cuyo pliego se envía al Consejo, por su orden”...
— ¿Y por
qué hicisteis eso...? — pregunto el Rey, sin apartar su vista de los papeles.
— Señor —
informó al punto Campomanes— , Vuestro Consejo Extraordinario sabía ciertas
concomitancias entre el Nuncio Pallavicini y el Provincial de los jesuitas, y
los tenía en estrecha vigilancia; sabía, además, que ambos buscaban la manera
de enviar comunicaciones secretas al Cardenal Secretario de Su Santidad, y
adquirió la certeza de ello, cuando salieron de esta Corte sigilosamente, el
jesuita chileno Larraín y su acompañante Bernardo Recio, recién venidos ambos
de las Américas... Siguiéronseles sus pasos por un Capitán de Dragones y gente
disfrazada que los vigilaban desde que salieron de Madrid, y cuando se
disponían a cruzar la frontera, sin licencia, por cierto, de Vuestra Majestad,
cayeron sobre ellos, les detuvieron, hicieron venir a un Juez y un escribano y
en su presencia registraron sus papeles, entre los cuales estaba,
efectivamente, una comunicación sospechosa, la cual, según consta de la
certificación que Vuestra Majestad acaba de leer, fue enviada a Vuestro Consejo
con sus sellos intactos…
El Rey
veía el pliego abierto.
— ¿Habéis
leído esos papeles...? — preguntó con mal disimulado y temeroso interés.
— Lo que
en ellos leímos, cuando en cumplimiento de nuestro deber fue abierto el pliego,
por mi mano, en junta de cuatro consejeros, ¡es la mayor de las infamias que
hayan podido inventar cerebros humanos, contra ... Vuestra Corona... y contra
el honor... de Vuestra Santa Madre!...
El Rey
lanzó un grito..., alzóse violentamente, empalideció de súbito, golpeó una mano
empuñada sobre el tapete y levantó la otra con los dedos crispados... quiso
hablar, pero no salieron de su garganta, sino gemidos guturales.
—
Señor..., calmaos, por Dios vivo, que vuestra salud y vida son, en estos
instantes, inapreciables para vuestros súbditos fieles...
El Rey
sufría un acceso que podía ser fatal. Campomanes no se apartó de su lado y
díjole, con acento de convicción, arrastrándose a sus pies y besando sus manos:
—
Señor..., esas calumnias y esas infamias tan bajas y despreciables son, que
hasta dudo de que esos papeles sean verídicos...
El Rey
reaccionó violentamente.
— ¿No
sabéis todavía si son verdaderos o falsos...? — interrogó en son de reproche
amargo.
— Aun no,
señor, contestó al punto el Fiscal. Vuestro Consejo no ha querido proceder a
esta diligencia — que es grave y comprometida, agregó el Fiscal, acentuando sus
palabras— sino cuando Vuestra Majestad lo ordenase... Pero como tampoco es
conveniente demorarla, el Consejo cree que no debe pasar esta noche sin que se
ponga mano en ello.
El Rey,
más calmado, dio algunos pasos por el regio aposento, con las manos a la
espalda, y tras algunos minutos, dijo, acercándose con mal disimulado recelo a
la mesa y cogiendo el segundo legajo:
— ¿Es
éste el pliego de los jesuitas...?
Campomanes
asintió.
— ¿Y qué
se dice aquí?
Titubeó
el Fiscal, pero al fin dijo:
— Vedlo
vos mismo señor... pero os suplico, rogó, juntando sus manos, que ofrezcáis al
Altísimo el sacrificio que vais a hacer por vuestros súbditos fieles...
El Rey
fijó la mirada en el escrito y no tardó en dar vuelta la página con
demostraciones de la más viva ansiedad.
—
¿Quién... quién escribe esto?... — gritó de pronto, revolviendo nerviosamente
los papeles y con los ojos desorbitados.
— El
Provincial de los jesuitas en Madrid... según allí parece...
El Rey
hacía esfuerzos para continuar leyendo, pero el legajo se estremecía entre sus
manos temblantes.
—
¡Criminal...! ¡villano...! ¡demonio...! — vociferó por fin.
—
¡Señor..., calmaos, por Cristo Señor Nuestro...!
— ¡Yo...,
bastardo...!
Campomanes
cayó nuevamente de rodillas, con los brazos suplicantes.
—
¡Adúltera... mi santa madre! — imprecó, echando atrás la cabeza cubierta con
sus dos manos.
Y en el
colmo del frenesí, vociferó con voz tonante:
—
¡Garrote vil...! ¡descuartizamiento...! ¡La hoguera...! ¡Malditos sean...! —
gritó, por fin, desgarrando su garganta, al mismo tiempo que caía, de costado,
sobre la mesa, víctima de un síncope nervioso.
Tres
horas más tarde los ministros de la Corona y los miembros del Consejo
Extraordinario, presididos por el Conde de Aranda, esperaban en una de las
antesalas de la cámara real, ser introducidos a presencia del Rey, para
responder a una consulta secreta que el Soberano había resuelto hacerles
aquella misma noche. Estos personajes no fueron llamados, sin embargo, y sólo
penetraron a la cámara el Conde de Aranda y los fiscales del Consejo, don
Manuel Rodríguez Campomanes y don José Moñino. Todos los demás fueron avisados
de que la consulta había sido postergada para otro día.
Lo que
ocurrió esa noche en la alcoba de Carlos III entre el Soberano y los tres
personajes nombrados permaneció en el absoluto secreto, y aun se dijo que el
Conde y los fiscales habíanse retirado de allí antes de un cuarto de hora.
Veinte
días más tarde, o la noche del 31 de marzo, fueron ocupados por la fuerza
pública, a una misma hora, todos los colegios y residencias que la Compañía de
Jesús tenía en Madrid y su provincia; los religiosos — sacerdotes, hermanos y
novicios— fueron trasladados la misma noche a Getafe y de ahí a Cartagena, en
donde los esperaba un barco que debía transportarlos a los Estados Pontificios.
Igual ocupación de colegios y residencias se hizo al día siguiente en toda
España, y el 4 de abril navegaban desde los diversos puertos de la Península,
extrañados del Reino, dos mil regulares de la Compañía que no volverían a ver
la tierra en que habían nacido.
Varios
días antes del 31 de marzo, el Conde de Aranda encargado con omnímodos poderes
del Rey para hacer cumplir el decreto de expulsión y extrañamiento de los
jesuitas en todos los dominios españoles— había hecho partir hacia las Colonias
de América tres barcos que traían a los virreyes y gobernadores las órdenes más
terminantes, detalladas y precisas, para proceder, sin dilación alguna, con la
mayor cautela y ateniéndose estrictamente a la “instrucción” que se les
acompañaba, a la ocupación de los colegios, residencias y misiones que la
Compañía mantenía en las Indias, a la incautación de sus bienes, a la detención
de sus asociados y a su extrañamiento.
El
propósito del Ministro era que, de ser posible, la ocupación de los colegios y
“temporalidades” se llevara a cabo el mismo día y hora en cada Reino o
provincia.
El barco
llamado “El Príncipe”, que traía las órdenes reales para las provincias de la
América Meridional, llegó a Montevideo el 31 de mayo; cumpliendo las
instrucciones del Conde de Aranda, el Capitán del buque se mantuvo fuera del
puerto una semana, sin dejar desembarcar a nadie, y el mismo día de la llegada
despachó una urca hacia el puerto de Buenos Aires conduciendo un cajón lacrado
y un pliego también lacrado, que debía entregar en la propia mano del
Gobernador del Plata, estando solos y previo recibo.
En la
cubierta del pliego se leía: “El Gobernador de las provincias del Plata abrirá
este pliego cuando esté solo en su cámara, después que el mensajero haya
regresado a su barco. Hecho esto, abrirá el cajón lacrado y cumplirá lo que le
concierne”.
Al día
siguiente, el 10 de junio, salía con dirección a Mendoza un oficial de los
Dragones de Buenos Aires, con la orden de “romper la cordillera de nieve, a
cualquier coste’’ para poner en manos del Gobernador de C hile, don Antonio
Guill y Gonzaga, las, terminantes órdenes que Su Majestad le impartía, por
intermedio de su Ministro el Conde de Aranda.
III
El
Capitán de Dragones enviado por el Gobernador de Buenos Aires con los pliegos
secretos destinados al Presidente de Chile, llegó a la cumbre de la cordillera
andina el 31 de julio del citado año de 1767, después de un accidentado viaje
de 48 días, de los cuales 32 los había empleado en escalar los nevados y
peligrosos senderos de Uspallata en medio de los furiosos temporales de lluvia,
viento y nieve de pleno invierno. Tres veces se había visto obligado a regresar
a Mendoza a renovar cabalgadura y víveres para vencer la inmensa y desolada
mole que le oponía dificultades insalvables, y la segunda vez, el mensajero y
su único acompañante, el “baqueano”, estuvieron aislados once días y a punto de
perecer en las profundidades de un desfiladero en que habían caído.
Por fin
lograron llegar a la cumbre, casi extenuados y después de un descanso de dos
días en una de las garitas de piedra que ya por ese tiempo se habían construido
en la cordillera para refugio, emprendieron el descenso, que era más fácil y
más corto. El día 7 de agosto, casi de madrugada, el Capitán de Dragones
entraba a la capital de Chile e inmediatamente se presentaba al cuartel de la
Compañía de Dragones de la Reina, situado a espaldas del palacio Presidencial,
o sea, en el sitio en que hoy se encuentra el Cuartel General de Bombas, por la
calle de Santo Domingo.
Ya he
dicho en otras ocasiones que la residencia de los gobernadores estaba donde
actualmente funciona el Correo Central. La mencionada Compañía de Dragones era
la guardia y la escolta presidencial.
— Vengo
de la otra banda, señor oficial — dijo al desmontarse en el patio del cuartel—
y deseo entregar al señor Gobernador del Reino los pliegos de que soy portador
y que provienen del señor Teniente General, don Francisco de Bucarelli y Urzúa,
Gobernador de Buenos Aires...
—
Bienvenido seáis, señor Capitán — contestó afectuosamente el oficial de la
guardia, don Manuel del Pozo— ; pero no creo que el señor Gobernador Guill os
pueda recibir antes de mediodía, pues su señoría yace enfermo desde hace una
semana; pero bien podéis entregar los pliegos que traéis en manos del señor
Secretario de Gobierno, don Antonio de Acosta, que vive muy cerca de aquí, y
así podréis despacharos más pronto, agregó obsequiosamente el oficial chileno,
pues bien se nota que necesitáis descanso y refrigerio.
—
Perdonad, señor — contestó el mensajero— ; pero aunque me veáis medio extenuado
y maltraído a causa de mi larga y penosa travesía de la cordillera de nieve y
con este invierno infernal, quiero, antes de tomar el descanso a que tengo
derecho, cumplir por entero la misión que me fue confiada. Así, pues, seré
servido de que me conduzcáis, cuanto antes, a presencia del señor Gobernador,
en cuyas manos, únicamente, debo poner los pliegos que traigo.
Don
Antonio Guill y Gonzaga, de la Casa de los Duques de Mantua, Brigadier General
de los Reales Ejércitos, se hizo cargo de la Gobernación de Chile el 4 de
Agosto de 1764, en medio del general beneplácito de los habitantes de Santiago,
entre los cuales habíase difundido ya la noticia de que el nuevo mandatario era
un noble caballero, de genio blando, justiciero, bondadoso, condescendiente y
sin tacha.
El
Gobernador Guill contaba a esa fecha un poco más de cincuenta años y sin
embargo, su salud era ya tan precaria, a causa de una parálisis incipiente, que
no podía montar a caballo sin el auxilio de un ayudante “y aun en un animal muy
dócil no podía mantenerse derecho”. Era costumbre inmemorial que el vecindario
obsequiara a todo nuevo mandatario un caballo ricamente enjaezado para que
hiciera su entrada en la ciudad al frente de la brillante escolta de caballeros
que le acompañaba desde las afueras. Pues bien, a la llegada de Guill y Gonzaga
esa costumbre hubo de ser interrumpida; en vez del “caballo de ostenta” en que
el Gobernador debía recorrer airosamente las calles de la engalanada ciudad, el
Cabildo tuvo que regalarle al nuevo Gobernador una carroza tirada por una
hermosa pareja de muías negras, “a fin de que su señoría entrara dignamente”.
Las
admirables cualidades de bondad, de moderación y de justicia con que se había
adornado el Gobernador desde antes de su llegada, se vieron confirmadas muy
pronto, pues su señoría hacía gala de oír a cuantos querían llegar hasta él, y
de resolver en justicia cuanta queja o reclamo se le hiciera, aun por el más
humilde habitante de la ciudad; era corriente que hiciera detener su carroza en
cualquier sitio, cuando algún pobre se acercaba a su portezuela, aunque fuera
para pedirle limosna. A los pocos días de su llegada, “edificó al pueblo
siguiendo fervorosamente una corrida de ejercicios espirituales que para el
vecindario noble dieron los jesuitas”, en el templo de la Compañía. Con esta
actitud, el Gobernador Guill se conquistó por completo la veneración de todo el
pueblo. Un cronista contemporáneo dice que el Gobernador “salió de aquel
recogimiento más ascético que antes y entregado por completo a la influencia de
los jesuitas”; y ello debió ser verdad, porque luego designó por su confesor y
consejero al Padre de esa Compañía, Francisco Javier de Ceballos, el cual iba
todos los días a Palacio, de mañana, a decirle misa en su oratorio y a tomar el
chocolate con él.
Cuenta la
tradición, y aun lo afirman algunos historiadores, que cuando el Capitán de
Dragones de Buenos Aires entregó al Presidente la valija con los pliegos
secretos que le enviaba el Gobernador Bucarelli, el mandatario chileno se
encontraba en la cama, enfermo, y el Padre Ceballos juntos con él, recién
terminada la misa que le había rezado en su aposento. Cuando el mensajero salió
de la cámara, el Gobernador dijo a su confesor:
— Padre,
hágame la caridad de abrir esa valija y ver lo que contiene.
Rompió
los ligamentos el jesuita y extrajo de ella un paquete voluminoso, que dejó
sobre un taburete cercano, y en seguida un pliego de cuyas cintas pendía el
sello real; el Gobernador se incorporó en su lecho y alargó ansiosamente las
manos.
— ¡Las
armas del Rey!
Besó
reverentemente los sellos, puso el pliego sobre su cabeza y pronunció las
sacramentales palabras: “Acato y cumplo”.
— Padre —
continuó, dejando caer sobre las almohadas su adolorido cuerpo— léame su
paternidad esa orden de nuestro Soberano. ..
El Padre
Ceballos rompió el lacre y al extender su mirada sobre el pliego, exclamó, sin
disimular su emoción:
— ¡Viene
escrito, desde la cruz hasta la fecha, de su propio real puño!...
Nuevamente
se incorporó el Gobernador, pero no pudo sostenerse.
— ¡Lea...
lea, Vuestra Reverencia!...
Intensamente
pálido, pero absolutamente tranquilo, el jesuita leyó a media voz:
“Mi
Gobernador del Reino de Chile, don Antonio Guill: por asuntos de grave
importancia y en que se interesa mi real servicio y la seguridad de mis reinos,
os mando obedecer y practicar lo que en mi nombre os comunica el Conde de
Aranda, Presidente de mi Consejo Real, y con él sólo os corresponderéis en lo
relativo a él. Vuestro celo, amor y fidelidad me aseguran el más exacto
cumplimiento y el acierto de su ejecución. En el Palacio del Pardo, a 1 de mayo
de 1767. — “Yo el Rey”.
Sin
sospechar, siquiera, de lo que se podía tratar en esos “asuntos”, para los
cuales se adoptaban precauciones y reservas tan mustiadas, el Gobernador pidió
a su confesor que abriera también el paquete adjunto, en donde habrían de venir
las órdenes del Conde de Aranda, cuyo cumplimiento le encargaba el Soberano
mismo. “El jesuita abrió el paquete, leyó la primera instrucción secreta y
viendo la estrechísima reserva que allí se le prevenía, se la advirtió al
Gobernador; pero esto no fue bastante para que éste alejara de su lado al
jesuita”, dice el historiador Carvallo y Goyeneche. Según esto, los jesuitas
chilenos tuvieron conocimiento con bastante anticipación de la gravísima medida
que se preparaba contra ellos y habrían tenido tiempo sobrado para ocultar sus
tesoros y para destruir los papeles que hubieran podido comprometerles...
Pero el
desarrollo de los acontecimientos posteriores y la abundantísima documentación
que existe sobre la expulsión de Chile de los regulares de la Compañía de Jesús
destruyen por completo tal suposición; está comprobado que los jesuitas
chilenos ignoraron hasta el último momento la cruel medida que se tramaba
contra la Compañía, pues, junto con sus personas, cayó en manos de las
autoridades reales no sólo el dinero que existía en los distintos colegios y
haciendas y los grandes tesoros de sus templos, sino aun aquellos documentos y
procesos secretos que se siguen “intra claustra” contra los religiosos que
falten a sus deberes de regulares o de sacerdotes. Los jesuitas habrían
destruido, por lo menos, esos papeles, si hubieran tenido conocimiento previo del
allanamiento total de sus conventos, pues esos documentos podían afectar a la
honra privada de sus compañeros y aun crédito y fama de la Compañía. Sin
embargo, todos esos documentos pasaron a poder de los agentes del Rey.
Y si
hubiera sido efectivo que el Padre Ceballos fuera conocedor de los pliegos e
instrucciones secretos que recibió Guill y Gonzaga para el extrañamiento de la
Compañía, ello vendría a revelamos que él mencionado jesuita fue un hombre
digno de la más alta admiración, pues tuvo la entereza heroica de guardar, ante
sus compañeros de sacrificio, la más absoluta reserva.
El
paquete que venía en la valija contenía, además de una carta del Marqués de
Grimaldi, Secretario de Estado del Rey, las instrucciones precisas y detalladas
del Conde de Aranda sobre la forma en que debía procederse a la ocupación
simultánea de todos los colegios, residencias, haciendas y misiones de la
Compañía de Jesús; a la detención de los religiosos; a la conducción de los
detenidos — “sin más excepción que los procuradores y administradores, hasta
que rindan las cuentas y entreguen sus libros”— a los puertos más cercanos y,
por último, a su extrañamiento del Reino, debiendo ser embarcados en los buques
designados al efecto, con destino a los Estados pontificios. Estas
“instrucciones” del Conde de Aranda, contenidas en 48 artículos, constituyen un
documento admirable por su precisión y claridad, en el cual su autor demuestra
altas y admirables condiciones de organizador acucioso, previsor, prudente,
ejecutivo y eficaz.
Al final
de estas “instrucciones” se leía un artículo que decía, más o menos: “Se
advierte a los ejecutores de esta orden que cada uno de los capítulos de las
instrucciones deberá ser cumplido por su orden de número, sin pasar de uno a
otro antes de estar evacuado el anterior y sin retardar su ejecución ni con
pretexto de duda o consulta, la que no deberán hacer sino después de efectuada
la instrucción y tal como está mandado; y los que osaren no ejecutarlas así,
caerán en la soberana indignación”.
El
Gobernador Guill y Gonzaga se vio envuelto en la situación más comprometida que
es posible imaginar. Enfermo, debilitado, falto de carácter, devoto hasta el
misticismo y admirador decidido de la Compañía de Jesús, se encontraba sin
embargo, obligado a dar cumplimiento a la orden tan tremenda como perentoria
que había recibido de su Soberano, el cual para estimularlo a la fidelidad
jurada a la Corona, habíale enviado una carta escrita de su propia mano, “hasta
el sobrescrito”. “¡Cuál sería el dolor de ese piadoso caballero que amaba de
corazón a la Compañía, no es posible explicárselo! Este golpe agravó sus
dolencias y le aceleró sus últimos días”, dice el historiador jesuita Gómez de
Vidaurre.
Sin
embargo, a la diez de la mañana de ese mismo día 7 de agosto, el Gobernador
había tomado ya su resolución valerosamente, cual correspondía a un caballero
español leal a su Rey. Hizo llamar a su despacho privado al Secretario de
Gobierno, don Antonio de Acosta y al asesor letrado doctor don Francisco López
y Toto Águeda, y allí, antes de proceder a darles conocimiento de los pliegos
que acababa de recibir, los llevó ante el Crucifijo que presidía el aposento e
invitándolos a arrodillarse junto con él, les dijo, ahogando, con entereza, los
gemidos de su corazón lacerado por dolor profundo:
— Jurad
señores, ante este Santo Cristo y por la salvación de vuestras almas, que
guardaréis total secreto de lo que voy a revelaros...
Ambos
funcionarios no pudieron disimular la sorpresa que les causara la actitud del
Gobernador y la solemnidad con que les era exigido ese inusitado juramento.
— ¡Lo
juro!... — dijeron ambos, a media voz-
— ¡Y que
cumpliréis, justa y precisamente, las órdenes que recibáis de mí, en nombre de
don Carlos III, nuestro Rey y Señor Natural!
— ¡Lo
juro!... — repitieron, besando la cruz que habían formado con los dedos de su
mano derecha.
Cuando el
Gobernador iba a ponerse de pie, un vahído le hizo caer en los brazos de sus
confidentes y, durante algunos segundos, quedaron los tres abrazados y de
rodillas delante del Crucifijo.
Minutos
más tarde, sentado delante de su escribanía y después de haber oído la detenida
lectura que de todos los documentos recibidos había hecho, con acento
convulsionado, el Secretario Acosta, el Gobernador Guill y Gonzaga, enjugándose
las abundantes lágrimas que derramaban sus ojos, puso el “Cúmplase” a la orden
real; y esa misma tarde, apenas levantado de su “siesta”, empezó a dictar a sus
asesores la “instrucción” que a su vez iba a impartir a los numerosos agentes
que deberían dar cumplimiento a la orden de extrañamiento de los regulares
chilenos de la Compañía de Jesús.
Cinco
días enteros demoraron los asesores en sacar la numerosas copias de la extensa
“instrucción” del Gobernador Guill, y todas ellas se hicieron sin que los
papeles salieran del aposento privado del Presidente; cuando se terminó este
trabajo, que fue el 12 de agosto, el Gobernador hizo llamar al Prior de Santo
Domingo, y le dijo:
— Padre,
he llamado a Vuestra Reverencia para rogarle un señalado favor...
— Su
Señoría no tiene más que mandarme para ser obedecido...
— Empiece
mañana mismo una solemne novena a Nuestra Señora del Rosario por el feliz éxito
de una difícil empresa que ha caído en mis manos...
IV
El
decreto del “cúmplase” puesto al pie de la Real Orden de extrañamiento de la
Compañía por el Gobernador Guill y Gonzaga y que lleva la fecha 7 de agosto -el
mismo día en que el mensajero bonaerense le entregó los pliegos— contenía la
“instrucción” que el Presidente chileno impartía a los agentes especiales que
allí mismo nombraba para que dieran cumplimiento “sin objeción alguna” a las
disposiciones del Conde de Aranda en cada una de las ciudades, pueblos,
misiones, haciendas y sitios en donde hubieran establecimientos jesuitas.
El
documento debió ser, necesariamente, extenso, pues, además de las instrucciones
particulares que deberían observarse para ocupar determinados colegios,
contenía la designación de la persona o personas que habrían de intervenir en
el acto de la ocupación, la forma en que habría de llevarse a cabo la detención
de los religiosos, el trato qué debería dárseles durante su arresto, cómo se
haría el traslado de ellos a los centros en que deberían permanecer hasta el
momento de su embarque en los puertos, las disposiciones que deberían adoptar
para la alimentación, transporte, alojamiento y atención de los expulsos, y,
por último, la forma en que se iniciarían los inventarios para la incautación
de todos sus bienes. Este importante documento está contenido en seis páginas
de caligrafía apretada y menuda, escritas por el Secretario de Gobierno, don
Antonio de Acosta.
Para que
el lector se dé cuenta de la labor que representa esta pieza trascendental, y
en cuya redacción el Gobernador, su asesor letrado, doctor don Francisco López
y el Secretario, emplearon más de diez horas — hasta las 11 de la noche—
bástele saber que la Compañía de Jesús tenía en Chile 11 colegios, 2
convictorios, 1 noviciado, 4 casas de ejercicios, 9 residencias, 2 casas
misionales, 41 haciendas o estancias, 24 chacras y viñas, 5 molinos y 77
capillas misionales. Casi la totalidad de estas capillas estaba diseminada en
el archipiélago de Chiloé.
Redactado
y firmado este decreto, el asesor, el secretario y el escribano don Juan
Bautista Borda — cuyos servicios fue imprescindible reclamar, previo solemne
juramento de reserva— se ocuparon durante cinco días en sacar las copias de las
instrucciones que debían ser enviadas a cada una de las personas designadas
para efectuar la ocupación, las que fueron treinta y siete en total, pues,
aunque las instrucciones del Conde de Aranda prevenían que la ocupación de los
establecimientos debía hacerse simultáneamente — en un mismo día y a una misma
hora en todas partes— el Gobernador Guill creyó que en ciertas regiones
apartadas o de poca importancia, la ocupación de dos o más establecimientos
podía ser encomendada a un solo funcionario.
A cada
una de las personas designadas para esa importantísima misión se le envió una
carta especial, separada, y un legajo adjunto, lacrado y sellado; este legajo
contenía las instrucciones particulares del Gobernador de Chile, una copia de
la “instrucción” general del Conde de Aranda y una copia de la Real Orden, de
27 de febrero, que disponía la expulsión de los religiosos de la Compañía. Las
copias de estos últimos documentos iban impresas; este trabajo había sido hecho
en 'la imprenta del Palacio Real de Madrid y para evitar la divulgación del
secreto, el Conde de Aranda había dispuesto que los obreros fueran mantenidos
en secuestro dentro del Palacio, mientras hacían el trabajo y hasta seis meses
después que se cumpliera en España el decreto de expulsión.
El legajo
lacrado, con los documentos e instrucciones, no debía ser abierto por las
personas designadas, sino hasta las tres de la tarde del día 26 de agosto, o
sea la víspera de la fecha fijada por el Gobernador Guill para dar cumplimiento
al decreto de extrañamiento, y con las solemnidades que la carta separada
establecía. He aquí el tenor general de esas cartas: “Es de tanta importancia
la misión que confío a vuestra merced — decía la comunicación que el Gobernador
envió al Corregidor del partido de San Femando, con fecha 19 de agosto— y tan
digna de secreto hasta el día 25 del corriente mes a las tres de la tarde, que
no puedo menos de prevenirle estrechamente mantenga, consigo el adjunto legajo
lacrado y sellado hasta entonces y que no comunique a persona alguna ni
siquiera que lo ha recibido; que a una legua de la villa de San Fernando lo
abra ese día y hora estando solo, a fin de que se imponga de su contenido
detenidamente, para su exacto cumplimiento, sin excusa ni réplica ... La misma
confianza que hago a vuestra merced le debe estimular para el más cabal
desempeño del asunto, el cual no deja arbitrio alguno de duda y así lo manda Su
Real Majestad.
Un
decreto del Gobernador Guill de fecha anterior, y que había sido comunicado sin
reservas y rápidamente a todos los corregidores del país, ordenaba que estos
funcionarios reunieran en el más leve plazo las milicias de su jurisdicción y
las tuvieran bajo las armas “a causa de haber llegado noticias de que los
portugueses habían atacado nuestros puestos avanzados en el Río Grande (Brasil)
y de que los ingleses habían ocupado las islas Malvinas y se recelaba algún
rompimiento que trajera un ataque de esos enemigos de la Corona, a los puestos
de este mar”. Al mismo tiempo, habíase ordenado “por esta misma causa”, poner
centinelas en los pasos de la cordillera para impedir todo tránsito, y que no
se permitiera el zarpe de los barcos fondeados en los puertos.
Los
preparativos militares que empezaron activamente desde el día 14 de agosto, en
Santiago y centro del país, unidos al despacho que ese mismo día se hizo de los
mensajeros que llevaban los nombramientos y pliegos para los corregidores de
los distritos más lejanos, como las provincias transandinas de Mendoza, San
Juan de la Frontera y San Luis de la Punta, que entonces pertenecían a la
Gobernación de Chile, a Copiapó, Serena, Quillota, Concepción, Valdivia y
Chiloé, pusieron en justificada alarma a la población; pero la explicación que
daba el Gobernador para justificar esos movimientos la mantenían completamente
alejada de sospechar el verdadero motivo de la inusitada actividad del
Gobierno.
Sin
embargo, a medida que se acercaba el día señalado para la ocupación de los
establecimientos de la Compañía, que era, ya lo dije, el 26 de agosto en las
primeras horas de la madrugada, no fue posible impedir que se trasluciera el
verdadero objetivo de tanto preparativo militar. Así, por lo menos, aparece en
un importante documento que, si bien está escrito tres años después de aquellos
acontecimientos, deja la impresión de absoluta veracidad.
Este
documento es una carta del jesuita alemán, Padre Pedro Weigartner, misionero en
Chile en la época de la expulsión, dirigida al provincial de los jesuitas de
Alemania, país a donde fue deportado. Esta carta — escrita en latín y que
permaneció ignorada hasta el año 1868, cerca de un siglo— es el único documento
de procedencia jesuita que cuenta con detalles las incidencias que ocurrieron
en Chile durante la expulsión de los religiosos de la Compañía de Jesús.
Cuenta el
padre Weigartner que el último día de la novena que el Gobernador Guill había
mandado rezar en el templo de Santo Domingo por el éxito de la empresa que
tenía en sus manos, o sea el 24 de agosto, “comenzó a esparcirse por la ciudad
el rumor de que todo ese aparato de guerra iba dirigido contra los padres de la
Compañía”; y más adelante agrega, categóricamente: “a las tres de la tarde de
ese mismo día 24, yo supe esa noticia por otro Padre, de manera bastante
segura”.
Estos
rumores estaban destinados a difundirse con la rapidez de una explosión y
debieron invadir todos los círculos de la capital; una hora más tarde los
diversos conventos de monjas y especialmente aquéllos que tenían como
directores espirituales a los padres jesuitas, “se pusieron en oración, y las
carmelitas — entonces sólo existía el monasterio del Carmen Alto, al pie del
Santa Lucía— descubrieron el Santísimo sin economizar los ayunos ni las
penitencias”.
Al día
siguiente, 25 de agosto, la ciudad amaneció en pie de guerra; las diversas
compañías de milicias, con su dotación completa de jefes y oficiales ocupaban
las plazas “y allí practicaban ejercicios, como para entrar en batalla”; la
ciudad entera se encontraba en ansiosa expectación. A las tres de la tarde “se
vio un soldado que andaba por las calles con las lágrimas en los ojos, diciendo
que primero se dejaría matar antes de poner las manos sobre un jesuita, pues lo
bueno que sabía se lo debía a ellos”. Muchas mujeres del pueblo que tenían sus
chiribitiles en la recova de la Plaza Mayor, se lamentaban y gemían; y como
amenazaba lluvia, la gente principal se amontonaba debajo de los portales para
comentar.
A pesar
de toda esa agitación popular, el Gobernador Guill y Gonzaga no salió ese día
de Palacio, contra su costumbre de estar siempre en contacto con el pueblo.
“Al toque
de oraciones — agrega el padre Weigartner— algunas personas vinieron a nuestro
Colegio Máximo a ofrecer a muchos padres que eran sus amigos un asilo en sus
habitaciones para el caso de que fuésemos arrojados de nuestras casas”.
La
tertulia que la noche de los martes — ese día 25 de agosto lo era— acostumbraba
tener en Palacio el Gobernador, fue inusitadamente concurrida; no menos de
sesenta personajes, aun los que antes habíanse mostrado reacios a estas
reuniones palaciegas, concurrieron a “hacer la corte al Presidente”. Todos
querían vislumbrar algo que les explicara la agitación que reinaba en la
ciudad; pero ni lo oidores Balmaceda, Traslaviña, Blanco Laisequilla y Verdugo;
ni el Fiscal de la Audiencia, ni el Corregidor Zañartu, ni los alcaldes, ni los
“títulos de Castilla”, ni los oficiales de Hacienda, ni los canónigos, ni los
funcionarios de toda categoría que llenaban el salón presidencial en numerosos
grupos se aventuraban a preguntar más allá de lo que todo el mundo sabía, ni
menos aun de los rumores siniestros y sospechosos que habían corrido esa tarde.
La alegre
y hasta bulliciosa tertulia presidencial de otros martes había desaparecido ese
día; la reunión había adoptado los caracteres de recelos, reticencias y
desconfianzas que coartaban y deprimían los espíritus.
Era
visible, por lo demás, que el Presidente trataba de disimular su preocupación y
hasta su nerviosidad.
Ya cerca
de las once de la noche, la concurrencia empezó a decaer; y media hora más
tarde sólo quedaban en Palacio los oidores, el abogado don Fernando Bravo de
Naveda, un par de canónigos, el Corregidor Zañartu, los marqueses de Casa Real,
don Francisco García Huidobro, y el de la Pica, don José Santiago de
Irarrázabal y dos o tres personas más.
En un
momento en que el Gobernador Guill quedó solo al lado del Marqués de la Pica,
éste se aventuró a decir al Presidente, a quien le unía una estrecha amistad:
— ¿Ha
sabido, su señoría, algo más de los ingleses? ...
— ¿De los
ingleses?... ¡Ah! Nada más que lo ya sabido, señor Marqués — contestó
rápidamente el Gobernador, para dar interés a su respuesta. — Está de Dios que
esa gente sea nuestra constante pesadilla.
—
Decíase, sin embargo, que ayer habían llegado a Santiago noticias nuevas...
Calló el
Presidente, un tanto desconcertado.
— Otros
decían...
— ¿Qué
decían?... — interrogó el Mandatario, por seguir la conversación de su amigo.
— Pues...
decían... que el movimiento de milicias... tenía otro objeto...
— ¿Y cuál
podría ser ese otro objeto?...
— Es una
estulticia, señor Gobernador, pero no quiero ocultarla a Su Señoría. Decíase,
por ejemplo, que ese movimiento de soldados era contra los religiosos de la
Compañía de Jesús...
El
Gobernador no pudo ahogar un gemido.
El
Marqués estaba atento a la actitud del Gobernador y no pudo disimular la
profunda impresión que le causó el estado de alma que sospechó en su amigo, e
inmediatamente le suplicó, emocionado:
—
¡Señor..., no me lo oculte, Su Señoría!... En la Compañía tengo dos hermanos
queridos y un hijo... cuya suerte no alcanzo a ver cuál será...
Tras un
momento, el Gobernador musitó:
— ¡Ya no
es tiempo de repararla en manera alguna!... — Y se cubrió el rostro con ambas
manos.
— Pues...
¿entonces es verdad?... — exclamó, alarmado, el Marqués.
— ¡Noble
amigo!... — dijo conmovido y con voz queda el Presidente— creo no faltar a mi
deber al deciros ya que dentro de una hora vuestros parientes, así como sus
hermanos en religión, serán presos y aislados, que mañana deberán salir de sus
casas y luego de este Reino...
Momentos
más tarde — un poco pasada la medianoche— el Marqués de la Pica golpeaba la
puerta principal del Colegio Máximo de la Compañía, y el hermano portero, Juan
Seyler recibía el siguiente recado:
—
Hermano, diga usarced al reverendo Rector, Padre Francisco de Madariaga, que el
Marqués de la Pica desea hablarle, luego, sin pérdida de momento...
Cuando,
entre sollozos, el Marqués comunicó al Padre Madariaga, que dentro de poco rato
las tropas del Rey invadirían ése y todos los colegios, residencias, haciendas
y casas de la Compañía de Jesús en Chile, y que los religiosos habrían de salir
extrañados del Reino, el anciano jesuita cruzó las manos sobre el pecho,
inclinó la cabeza y dijo estas solas palabras:
— ¡Hágase
la voluntad de Dios...!
El hecho
de que el Marqués de la Pica haya dado aviso al padre Madariaga de que esa
misma noche habrían de ser ocupados los establecimientos jesuitas de Chile,
está desmentido por el historiador de la Compañía, Padre Francisco Henrich.
Pero el autor del presente relato tuvo el honor de oír la confirmación de este
incidente de labios del eminente Arzobispo de Santiago, monseñor Crescente
Errázuriz, quien conocía testimonios fehacientes de la verdad del hecho.
La
ocupación de los demás colegios y establecimientos de la Compañía en todo el
país se llevó a cabo con la misma tranquilidad que en Santiago; las acuciosas
instrucciones del Conde de Aranda y las no menos precisas disposiciones del
Presidente Guill y Gonzaga, eliminaron cuantas dudas pudieron haber tenido los
ejecutores del Real Decreto en su difícil comisión.
El puerto
señalado para el embarque de los jesuitas chilenos a su destierro, fue el de
Valparaíso y hacia allá debían ser conducidos, desde el primer momento de su
detención; pero como los religiosos de la zona central formaban un gran número
— casi más de la mitad de la población jesuita chilena— el Presidente había
dispuesto que se hiciera, con éstos, un “depósito” especial en el Colegio
Máximo, mientras se tomaban las disposiciones para transportarlos al puerto.
Los
religiosos de las casas y haciendas de Quillota, Ocoa, Calera, San Isidro,
Peñuelas, Viña del Mar, Perales, etc., fueron llevados directamente a
Valparaíso durante el día 26; los días 27, 28 y 29 fueron llegando al mismo
puerto los de Copiapó, Huasco, Elqui, Coquimbo, La Serena, Quile y otras
residencias, haciendas y chacras de la zona norte; los de Chillán, Longaví,
Yumbel, Rere y la frontera en general, fueron transportados, desde las primeras
horas del día 26 y durante los días siguientes, a Concepción, desde donde
partieron, juntamente con los del Colegio y Seminario de esta ciudad, en un
patache que el Gobernador de la Frontera, Coronel don Salvador Cabrito, hizo
partir, apresuradamente, a Valparaíso la noche del 28 de agosto. Este grupo era
compuesto de 47 religiosos y entre ellos se contaba el Provincial de la
Compañía en Chile, Padre Baltasar Hueber, que se encontraba en Concepción,
según dije antes.
Los
religiosos de Valdivia y Chiloé fueron los últimos en partir, porque,
encontrándose casi la totalidad de ellos diseminados por los extensos
territorios de las misiones, en la cordillera montañosa y en las islas del
archipiélago, los mensajeros y ejecutores de la Real Orden demoraron algunas
semanas en llegar hasta los misioneros. Sólo a mediados de septiembre fue
posible embarcar en Castro y en Valdivia unos treinta y cinco jesuitas, en
total, los que fueron despachados directamente al Callao, a donde arribaron
después de accidentada y peligrosa navegación, a fines de octubre.
Los
regulares que residían en la provincia trasandina de Cuyo fueron conducidos a
Buenos Aires, a causa de que la cordillera se encontraba cerrada con los hielos
invernales. Eran 17, en total, y desde allí se les embarcó hacia su destierro
de la costa italiana.
Ya he
dicho que la ejecución de la Real Orden habíase llevado a efecto en la capital
sin dificultad alguna, y que los religiosos de la Compañía se habían sometido
resignada y humildemente a este castigo tan vejatorio como inmerecido. Pero el
Gobernador Guill y Gonzaga hacía muy bien en estar preocupado de los
acontecimientos que podrían sobrevenir, cuando el vecindario de las distintas
ciudades, y especialmente de la capital, se diera cuenta de los gravísimos
acontecimientos que habían ocurrido durante el silencio de la noche anterior.
Sabía él que el vecindario y el pueblo veneraban a los jesuitas y que sus
devotas mentalidades no serían capaces, tal vez, de discernir, en el primer
momento, sobre las razones de alta política que el Soberano había tenido en
vista — “y que reservaba en su Real Animo”'— para proceder en una forma tan
violenta y tan cruel contra unos hombres que prestaban al pueblo abnegados
servicios.
El
Gobernador mismo había tenido que ahogar en su pecho la airada protesta que
seguramente había brotado en su mente al recibir la orden y habría sostenido
una lucha tremenda entre su conciencia profundamente religiosa y su honor de
hidalgo español leal a su Rey.
Mientras
los oidores, con sus ministros de fe, terminaban su cometido levantado los
prolijos inventarios dentro de los colegios ocupados, las tropas permanecían en
piquetes, guardando las puertas de salida y patrullando las calles adyacentes;
los mensajeros se cruzaban llevando informaciones al Presidente cada cuarto de
hora — así habíase dispuesto— para darle a conocer el desarrollo de los
acontecimientos y llevar la tranquilidad a su espíritu.
Sabemos
que Guill y Gonzaga había instalado su despacho en el Cuartel de los Dragones,
situado a espaldas del Palacio Presidencial, y que allí tenía bajo su mando
inmediato un par de centenares de soldados veteranos, aparte de que en la Plaza
Mayor, en las plazuelas de los distintos templos, en las calles centrales y en
la Cañada se encontraban formados los escuadrones de las milicias, listos,
también, para cumplir sus órdenes.
Cuando
empezó a aclarar el día 26, un poco antes de las seis de la mañana, los
primeros viandantes madrugadores no dieron mayor importancia, tal vez, al
verdadero pie de guerra en que se encontraba la ciudad, pues ya habían
observado, los días anteriores, el activo movimiento de tropas que se estaba
haciendo, ostensiblemente, para rechazar a los ingleses. Pero a eso de las
seis, el devoto caballero don Pedro José Balbontín, que tenía la piadosa
costumbre de oír una de las primeras misas que se rezaban en la iglesia de la
Compañía, se encontró con que la puerta del templo estaba cerrada y al parecer
especialmente resguardada, pues cuatro soldados “con bala en boca y sus
espadas” se encontraban sentados en la gradería superior, “lejos de las demás
tropas que ocupaban la plazuela’’.
No tardó
en salir de dudas el devoto caballero, pues el alférez Juan del Retamal, a
quien preguntó “si sabía a qué hora diría la misa el Padre Carrasco”, le
contestó “que de juro no la diría allí, porque el Padre y todos los demás
religiosos estaban arrestados por orden del Rey’’.
Pasada su
primera y enorme impresión, el caballero Balbontín fuese a su casa, situada en
la que hoy es calle de 'los Huérfanos, despertó a sus cinco hijos que todavía
dormían, y reunida la familia “se echaron a llorar desconsoladamente”.
Al salir,
de nuevo, a la calle, en compañía de dos de sus hijos mayores, “vimos que las
gentes andaban como espantadas, lamentándose con lágrimas en los ojos,
desesperadas algunas, torciendo las manos en alto, clamando a voces de que les
quitaban lo que más querían, que eran los religiosos de la Compañía, y vimos
también a muchos caballeros y pueblo que se agrupaban frente al templo y a las
puertas del Colegio, pidiendo que las abrieran y que salieran los padres”.
Las
órdenes del Gobernador eran terminantes en el sentido de impedir todo
agrupamiento delante de las puertas de los establecimientos jesuitas, y aun en
las calles adyacentes; pero ya cerca de las ocho de la mañana el número de
personas que se había reunido frente al Palacio del Gobernador era tan grande
“tanto de hombres y mujeres de la nobleza, revueltos con artesanos, pueblo,
mujeres de la recova y negros”, que el Presidente Guill, sin atender a las
insinuaciones del terrible Corregidor Zañartu i— que le aconsejaba
dispersarlos— accedió a recibir a un grupo de señores, parientes de algunos
religiosos de la Compañía, que pidieron ver a Su Señoría.
Subieron
apresuradamente los escalones de Palacio unos treinta “sujetos principales”,
mientras el resto, que ya era multitud, quedó en la plaza, a la “intemperie de
una pesada llovizna’’, o debajo de los portales del Cabildo. El primero que
entró, desolado, al despacho del Gobernador, fue el Marqués de la Pica, el cual
quiso echarse a los pies del Presidente, su amigo; pero don Antonio Guill lo
retuvo en sus brazos.
— Señores
— se adelantó a decir el Gobernador, al ver que ninguno de los presentes
atinaba a decir palabra— nadie más que yo lamento 'lo que ocurre; pero las
órdenes del Rey son así y yo, el primero, debo cumplirlas... ¡Conformaos,
señores…resignaos... como yo lo he hecho... y rogad a nuestra Señora para que
también se conformen esos santos religiosos!...
Un
prolongado coro de lamentos se oyó en la sala, y luego “todos rodearon al
Gobernador, pidiéndole licencia para visitar a sus parientes y llevarles un
consuelo”. Negóse don Antonio Guill a acceder durante algunos momentos; pero
impotente ya para continuar en la negativa, delante de tantas súplicas
angustiosas, optó por decir:
—
Caballeros, permitid que me retire al aposento vecino para pedir a Dios que me
ilumine antes de contestaros en definitiva...
Y sin
esperar aquiescencia alguna, salió por la puerta lateral “seguido de todos. Al
penetrar en la cámara vecina, que era su ante alcoba, el Gobernador cerró, de
golpe, la puerta tras de sí. Cuando quedó sólo, echóse de rodillas sobre un
“reclinatorio” que estaba a los pies de un Santo Cristo y hundió el rostro
entre sus manos.
Entre
tanto, la poblada continuaba frente a Palacio, silenciosa en palabras, pero
dando desahogo a su dolor “con prolongados gemidos”. En otras ocasiones en que
el pueblo había manifestado su desagrado por actos de las autoridades, no
habían faltado — y muchas veces sobrado— quienes lanzaran expresiones y gritos
de protesta airada contra los funcionarios del Reino; pero en esas ocasiones
habían estado las opiniones divididas siempre, entre realistas; y criollos,
porque casi todas esas protestas y “tumultos” eran provocados por irritantes
impuestos y gabelas y por los abusos que funcionarios de hacienda cometían al
cobrarlos. En consecuencia, mientras los criollos, que eran los “únicos”
contribuyentes, protestaban, los realistas, que eran los “únicos” usufructuarios,
aplaudían.

