Libro N° 10859. . Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista IV. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10859.
. Leyendas Y
Episodios Chilenos Crónicas De La
Conquista IV. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
Crónicas De La Conquista IV. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista IV. Aurelio Díaz Meza
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Aurelio Díaz Meza
Crónicas
De La Conquista IV
Aurelio
Díaz Meza
CONTENIDO
§ 1. El Estrecho de Magallanes, medio siglo después de su descubrimiento
§ 2. De cómo vengó una ofensa Don Alonso de Ercilla y Zúñiga
§ 3. El balcón de Pero Menéndez
§ 4. El Cabildo de Santiago defiende una mitra
§ 5. Las “Isabelas” de Osorno
§ 6. La Real Audiencia de Penco
§ 7. ¿Quién fue la primera “Mamá” oficial que tuvieron los santiaguinos?
§ 8. Apellidos de “gente” bien que figuraron durante la Colonia
§ 9. Fundación de los conventos de monjas
§ 10. El milagro de Isabelita Villegas
§ 11. San Antonito, cara de rosa
§ 12. El tropezón de San Francisco
Crónicas de la Conquista IV
Aurelio Díaz Meza
§ 1. El
Estrecho de Magallanes, medio siglo después de su descubrimiento
Cuarenta
años después del descubrimiento del “Paso Estrecho” en la América Austral, por
Hernando de Magallanes, no se tenía todavía en España noticia cierta de las
condiciones de sus territorios adyacentes ni se sabía para qué podrían ser
aptos.
Una
invariable mala fortuna había perseguido tenazmente a todos los exploradores
que por orden o con autorización de la Corona de España se aventuraron por la
tenebrosa Mar del Sur en demanda de ambas bocas del paso marítimo: las
expediciones de Jofré de Loaysa y de Francisco de Camargo, por el Atlántico, y
las de Juan Bautista Pastene, en 1544, Francisco de Ulloa, en 1553, Cortés Ojea
y Ladrillero, en 1557, por el Pacífico, con la inutilidad o el fin desastroso
que tuvieron echaron en completo descrédito cualquiera futura empresa
colonizadora, si bien aportaron interesantes datos para la carta náutica de la
región austral.
De cuando
en cuando, sin embargo, aparecía por la Corte española algún aventurero que
ofrecía sus servicios para intentar la exploración de la desconocida zona
magallánica, pidiendo como recompensa, la gobernación perpetua o temporal del
territorio y muchas otras de las “mercedes” que los reyes acostumbraban a dar a
los descubridores.
El
Consejo de las Indias, ante el cual iban a parar en informe tales solicitudes,
se limitaba a representar a Su Majestad las ventajas y los inconvenientes de la
exploración del Estrecho, terminando casi siempre con un párrafo igual o
parecido a este:
“Y así,
como cosa que tiene muchas dificultades, este Consejo no ha tomado resolución,
porque los unos estamos en una opinión y los otros en otra distinta y como el
negocio es dudoso y del subceso ha de resultar cuál de los pareceres es más
acerrado, el Consejo está indiferente y así V. M. podrá mandar lo que más sea
servido.
¡No podía ser más cómoda la actitud del muy ilustre y muy magnífico Consejo de
Su Majestad”!
Fue así
como los Ministros del Rey de España, sin mirar más que la expectativa que
podría tener la Corona con las actividades y los trabajos de los candidatos que
se presentaban, concedía las autorizaciones sin reparar en la posibilidad poca
o mucha del éxito que podían tener.
Se debe
tomar en cuenta, para juzgar este sistema con criterio exacto, que en estas
expediciones la Corona de España no exponía un solo maravedí, pues todos los
gastos, desde la hoja de papel sellado en que se escribía el nombramiento o la
“provisión”, hasta la última prenda del último soldado expedicionario, eran de
la exclusiva cuenta del agraciado con la gobernación en ciernes,
Varios
fueron los navegantes o “capitanes de mar” que intentaron seguir la ruta de
Magallanes; aparte de los ya nombrados hubo otros, como Pero Sancho de Hoz,
como Pedro de Valdivia, como Jerónimo Alderete, como don García Hurtado de
Mendoza, como Domingo Martínez de Irala, que siendo gobernadores de regiones
cercanas al Estrecho pretendieron agrandar su jurisdicción llegando hasta allí,
o hasta el otro lado “donde ha de haber otro continente”, como expresaba alguno
de éstos.
Ninguno,
sin embargo, alcanzó éxito apreciable en sus vivos deseos, durante los cuarenta
años siguientes al descubrimiento de Hernando de Magallanes, o sea, hasta el
año 1558, fecha del interesante documento a que nos vamos a referir en el
presente artículo.
Solamente
en 1598, unos ochenta años después del descubrimiento, pudo el Gobierno español
ejercer algún dominio efectivo sobre el paso marítimo austral apremiado por la
gravísima circunstancia de que los piratas ingleses, holandeses y portugueses
habían dominado la vía del Estrecho y puesto en peligro la navegación y el
comercio españoles en el, hasta entonces muy tranquilo y seguro mar Pacífico.
Sin
embargo, cuarenta años antes, en 1558, el Consejo de Indias, asesor del rey en
todo lo que se relacionaba con América, había previsto lo que ocurriría si el
paso del Estrecho fuera explorado y entregado a la navegación del mundo en
aquella época y esa opinión, que consta del documento a que nos hemos referido
y que tenemos a la vista — perteneciente la preciosa colección de nuestro
respetado y benevolente amigo don José Toribio Medina— adquiere en estos
momentos mucha actualidad, con motivos de la fiestas centenarias del
descubrimiento del Estrecho.
* * * *
Estando
la Corte Española de Felipe II en Bruselas a fines de 1556, presentóse al
célebre secretario del Rey Francisco de Erazo, el capitán general de navíos,
Pero Menéndez, con un memorial para S. M., en el cual invocando sus servicios
que eran muy señalados, pedía al Monarca la merced “del descubrimiento del
Estrecho de Magallanes e conquista de la tierra que está de la otra parte dél”.
Erazo era
hombre muy práctico. Semblanteó al peticionario, viólo expedito y asaz
simpático — es verdad que Menéndez había tenido la buena idea de obsequiarle,
como curiosidad, un plato de oro macizo procedente de México— y le prometió que
tendría resolución “a la brevedad posible” como diríamos ahora; efectivamente
la tuvo... quince meses más tarde, a principios de mayo de 1558, fecha en que
el Consejo de Indias emitió su información acerca de la petición de Pero
Menéndez.
“Visto y
platicado muchas veces anteriormente este negocio en el Consejo... hay razones
aparentes por una parte y otra que parecieron entonces eran bastantes para que
el Estrecho no se navegase…
Y aquí
van esas “razones aparentes” y “bastantes”, cuya copia literal nos ahorra todo
comentario, pues que muestran por entero el pensamiento español de aquella
época relativamente a la navegación del Estrecho, en su faz política y
comercial.
No debe
“navegarse ni descubrirse” el Estrecho, dice el Consejo de Indias,
primeramente, porque Vuestra Majestad tiene al presente muy quieta y pacífica
toda la Mar del Sur (Océano Pacífico) la cual no se navega, sino por los
súbditos de V. M. y si el dicho Estrecho se navegase y se descubriese, podrían
entrar por él navíos de franceses y de otros enemigos e inquietarían e robarían
todas las costas de Chile y Perú y México y aun podrían ocupar tierras que al
presente no están subjetadas ni pobladas por vasallos de V. M., y se tendría el
trabajo que agora se tiene en la Mar del Norte (Océano Atlántico) en defender
de franceses las naos que vienen cargadas de oro y plata e otras mercadurías”.
“Segundamente, porque como la tierra del Perú está siempre inquieta y los que
se alteran contra el servicio de V. M. podrían meter por el dicho Estrecho
otros príncipes, lo cual al presente no pueden hacer por no saberse la
navegación”...
“Terceramente, porque la puerta para entrar agora al Perú sólo es Nombre de
Dios (Colón) y de allí se debe ir por tierra, a Panamá, que está en la Mar del
Sur (Pacífico) y, por tanto, ningún enemigo extranjero puede hacer daño ni
perjuicio en el Perú ni en Chile, sino los que están allá, súbditos y vasallos
de S. M. que se rebelen”.
Y ya que V. M. quisiese mandar descubrir tierras en la Mar del Sur, hay otras
que importaría más que se descubriesen que no dicho Estrecho... y porque V. M.
nos decía que los portugueses podrían tener intento de ocupar aquello del
Estrecho, respondimos que hasta entonces no se tenía entendido que tuviesen tal
propósito, porque se cree no haber allí expeciería ni facilidades para ir e
venir por illí a las Molucas y además es tierra muy distante”.
“Demás de lo dicho antes de agora, al presente vemos otros inconvenientes, uno
que teniendo el Estrecho ochenta leguas de largo, y siendo por allí la
navegación, podrían los enemigos aguardar allí los navíos que viniesen de Chile
y del Perú con oro y plata... y otro que navegándose el dicho Estrecho se daría
ocasión a que más fácilmente pudieran hurtar a V. M. los quintos de oro y
plata, pues los navegantes podrían ir donde quisiesen, lo cual hoy no pueden
hacer tan fácilmente, porque el oro debe entrar quintado y registrado por
Panamá. Y si aun con esto, desfondan a V. M. sus quintos y derechos, cuánto más
no lo harían si el Estrecho se navegase”...
Hasta
aquí las dificultades e inconvenientes que según el Consejo de Indias inducían
a dejar sin explorar el paso marítimo descubierto por Hernando de Magallanes.
Si se las examina, esos inconvenientes eran de carácter político, internacional
y comercial y miraban al resguardo de las costas y a la integridad territorial
de los grandes dominios españoles.
El
Consejo, sin embargo, no podía ni quería tampoco dejar de representar a la
Corona las ventajas que tendría la navegación del Estrecho;
“primeramente
— dice— porque haciéndose algunas poblaciones en las bocas podría subjetarse
toda aquella tierra, ques conjunta con la del Río de la Plata, ques una gran
provincia, y el patrimonio' de V. M. podría ser muy acrecentado e con las
dichas poblaciones se augumentaría la fée”...
“Segundamente, porque se excusarían los gastos de trasbordos de las mercaderías
en Panamá y Nombre de Dios, que son grandes, lo cual todo cesaría si se
navegase el dicho Estrecho, porque no había más de una embarción (embarque);
además, porque abriendo ese camino se podría imponer algún derecho más de
amoxarifazgo, por la merced y beneficio que recibirían de V. M. los
mercaderes”.
“Y terceramente, porque con la navegación podría subceder que la especiería
subsistiera allí, andando zabras y galeotas para defender el paso de los
enemigos y además se podría entrar por allí más fácilmente a castigar a los
rebeldes, que agora fuyen por Panamá”...
Este es,
en síntesis, el informe del muy ilustre Consejo de Indias, que termina con el
párrafo copiado al principio: que no toma resolución y que el Rey mande lo que
sea servido— y con la sacramental fórmula de la época, que dice:
“Nuestro
señor la muy alta y muy poderosa persona de V. M. guarde, con augumento de más
reinos e señoríos, como su real corazón desea. De Valladolid a cinco de mayo de
mili e quinientos cincuenta y ocho años. De V. M. humildes criados que sus
reales manos besan. — El Licenciado Birbiesca.— Licenciado don Juan Sarmiento.
— El doctor Vásquez.— EL Licenciado Villagomar”.
No
conocemos la resolución del Monarca respecto de la solicitud del Capitán Pero
Menéndez; pero no parece haber sido favorable, porque el nombre de este marino
no ha figurado entre los que intentaron más tarde la exploración y conquista de
la región magallánica.
§ 2. De
cómo vengó una ofensa Don Alonso de Ercilla y Zúñiga
Tan bueno
era el servicio de Correos entre España y sus colonias de América, in
illo tempore, que sólo a principios de abril de 1558 llegó a Santiago
la Real Cédula, que comunicaba la enorme noticia de haber abdicado al Trono de
la Monarquía y al Cetro imperial Su Sacra Real Majestad Don Carlos V, Rey de
España y Emperador de Alemania y Flandes, a favor de su Augusto Hijo el
Príncipe de las Asturias, quien iba a entrar a la celebridad con el título de
Felipe II. Este hecho trascendental había ocurrido el 16 de enero de 1556, y si
la aritmética no la inventaron para molestarnos, desde la escuela y por toda la
vida, queda en claro que el “correo” del Rey se demoró en llegar a Chile dos
años no justos, sino largos de talle.
Gobernaba
en Santiago, en calidad de Teniente y Justicia Mayor, el Licenciado Hernando de
Santillán, un Oidor limeño que había venido a Chile, con el alto cargo de
asesor y consejero del adolescente Gobernador don García Hurtado de Mendoza; en
ausencia de don García, que andaba en su campaña de exploración y de conquista
por los territorios de Valdivia y Chiloé, el Oidor dispuso que se celebrase,
sin pérdida de tiempo, la proclamación y “jura” del nuevo Soberano, en la
ciudad capital del Reino; pero, en esos días, iba a entrar la Semana Santa y no
era cosa de “meter” una fiesta, aunque fuera de estirado jolgorio, dentro de
aquellos siete días destinados a la oración y al recogimiento. El Licenciado
resolvió, entonces, que la “jura” se llevase a cabo en Domingo de Cuasimodo,
que caía el 17 de abril; así habría tiempo, también, para hacer con más cuidado
los preparativos de la fiesta, y la designación de la persona que habría de
desempeñar el honorabilísimo y muy deseado cargo de Alférez Real, que tenía una
actuación preeminente “y de ostenta”, en tan insigne ceremonia, como era la de
“pasear” el Estandarte del Rey, ante el cual se arrodillaba todo el mundo.
Algunos
detalles no han quedado de estas fiestas de la “jura” de Felipe II; pero
“consta” el de que los señores “justicia y regimiento” se aprovecharon de esta
solemnidad para mandarse “adherezar” sin gastar un centavo propio, unos trajes
de gala de color carmesí, con el objeto de presentarse en la ceremonia con el
esplendor que convenía a las altas y destacadas personas de los alcaldes y
regidores de la Capital.
“Y los
dichos señores se acordaron en que el día del dicho recibimiento y jura de Su
Majestad, salieran todos con ropas de carmesí, las cuales se paguen con los
dineros de la ciudad, como es uso y costumbre en todas las ciudades hacerse
ansí”.
El día
señalado encontráronse en la Plaza el “magnífico señor Licenciado Hernando de
Santillán, theniente, y el reverendísimo padre bachiller Rodrigo González,
Obispo electo, los alcaldes e regidores, todos muy bien vestidos, e los
concejales vestidos con ropas rozagantes de carmesí, y el Alférez Real Pedro de
Miranda, con un pendón de damasco azul con las armas reales, numerosos vecinos
principales e otra mucha gente”; conste que el Alférez Miranda pagó el insigne
honor de “portar” el Estandarte Real, con “veinte y siete pesos de oro y once
tomines, que le llevó Juan Herrera, sastre, por coser y bordar las armas del
Rey”.
Reunido,
pues, en medio de la Plaza, tan brillante y “grave concurso, el “theniente”
Santillán — que estaba “vestido de su garnacha” — entregó al escribano Tristán
Sánchez, la Carta Real, a fin de que le diera lectura, la que todos oyeron “de
pies y reverentes y las gorras quitadas”, al final de lo cual cada uno de los
personajes que constituían autoridad “besó la Carta, la puso sobre su cabeza y
reconoció al señor don Phelipe por su Rey y Señor Natural, y se otorgaron por
sus vasallos”. Hecho esto, el señor “theniente” tomó pleito homenaje al Alférez
Pedro de Miranda, “quien lo dió”, y luego el Alférez montó en un “caballo
overo, e teniendo en su mano el dicho Estandarte, manejó a espuela su caballo
por la Plaza, apellidando: “España, Santiago, por el Rey Don Felipe Nuestro
Señor”. Inmediatamente, todo el concurso, echando al aire sus gorras, “apellidó
lo mismo”, a grandes voces y durante largo rato, “y entonces tocaron músicas de
metales y atambores”.
En estos
momentos, “el señor Justicia Mayor tomó una fuente de plata, donde había
tostones (monedas) de oro y plata e la derramó para la dicha gente de la plebe;
y estando el dicho Pedro de Miranda parado con el Estandarte, el señor Justicia
Mayor e de los señores del Cabildo, e los demás de suso referidos, por su
orden, con sus gorras, quitadas, llegaron donde estaba el dicho Alférez e las
rodillas hincadas en el suelo, tomaron la punta del Estandarte Real, lo besaron
e pusieron sobre sus cabezas, como Estandarte y bandera de su Rey y Señor
Natural, y en señal de vasallaje”...
Terminado
este acto de sumisión, toda la comitiva, encabezada por el Alférez Miranda, que
debía estar finchado, con haber visto arrodillados a sus pies, y de uno en uno,
a todo lo más granado del Reino, la comitiva, digo, se dirigió a la Catedral:
el Alférez puso sobre el altar el real Pendón, y “encima de él dijo misa con
mucha solemnidad” el Obispo electo; y para que la brillante ceremonia tuviera
un dignísimo remate, “un broche de oro”, como dicen los oradores “cúrsiles”,
subió a la tribuna del Espíritu Santo, el Comisario franciscano, fray Cristóbal
de Rabanera, calificado de pico de oro — como que fue el primer “predicador de
campanilla” que hubo en Chile— y pronunció el consabido sermón de regla.
Terminada
la función religiosa, todo el concurso “noble se dirigió a casa del Licenciado
Santillán, en donde se dio por terminado el acto, con el “besamanos” de
protocolo.
Y,
precisamente, al escribir esta última línea, me doy cuenta de que me he dejado
llevar por el entusiasmo del momento, y que he estado contando al lector algo
que no estaba en mi plan de la presente “crónica”, pues en ella iba a
referirme, es verdad, a las fiestas de la proclamación y “jura” de Felipe II,
pero no a las que se realizaron en Santiago, sino a las mucho más solemnes que
tuvieron lugar en la Imperial, ciudad del sur, en donde se encontró el
Gobernador don García Hurtado de Mendoza, con la inesperada nueva de la
abdicación de Carlos V y la ascensión al trono de España del príncipe heredero,
y en cuyas fiestas imperialeñas ocurrió el gravísimo incidente que puso en
peligro la vida del autor de La Araucana, don Alonso de
Ercilla y Zúñiga, el poeta épico del Siglo de Oro.
Y, como
el preámbulo ha sido largo vamos al hecho, que ya es tiempo.
En la
comitiva que trajo del Perú el Gobernador don García de Mendoza, vino a Chile
una pléyade de “fijosdalgo” de verdad, auténticos, gente noble “por sus
costados”; por su calidad y por su número, es posible decir que en este
ejército de don García — compuesto de cerca de quinientos hombres— llegó la
primera gente “noble” que vino a Chile. Me permito recordar al lector lo que ya
le he contado en otras ocasiones: entre los mil hombres, más o menos, que
habían pasado por las provincias de Chile desde la llegada a Mapocho de Pedro
de Valdivia hasta su muerte — catorce años— sólo habían venido nueve que
tuvieron derecho a usar el “don” delante de su nombre...
Estos
“afortunados” eran: don Martín de Solier, don Francisco Ponce de León, don
Antonio Beltrán, don Cristóbal de la Cueva, don Leonardo Manrique, don
Francisco Tello y los hermanos don Martín, don Miguel y don Pedro de Avandaño y
Velasco. Todos los demás, incluso Pedro de Valdivia, eran, si se quiere,
“fidalgos notorios” y aun de “solar conocido” y tal vez “fidalguillos de
gotera” o de “bragueta”; pero, señores, de ahí al “don” había un salto... En
cambio, la comitiva de don García, sin contar con que más de la mitad era de
fidalguía notoria, traía una cincuentena de “dones” con toda la pantorrilla,
hijos de condes y marqueses, de caballeros “de Hábito”, de “claveros”, de
“veinticuatros”, etc., y con unos apellidos que daban miedo. Empezando por el
Gobernador, don García, que era hijo de marqués y de virrey, venían allí su
hermano “bastardo” don Felipe de Mendoza, don Alonso Pacheco, hijo del marqués
de Cerralvo, don Pedro de Portugal y Navarra, don Luis de Toledo, hijo del
Clavero de Calatraba, don Alonso de Arzila y Zúñiga (Ercilla y Zúñiga), don
Francisco de Irarrázabal ambos gentiles-hombres de Casa y Boca de Su Majestad,
don Simón Pereira, que podía traer consigo cuatro criados para que le sirvieran
— como que los trajo— don Antonio Bernal Benavente, don Antonio de Cabrera, don
Juan de Pineda que será uno de nuestros protagonistas— don Francisco Manríquez
de Lara, don Cristóbal Niño, don Luis de Velasco, don Luis Ponce de León y de
la Barra... y una “pila” de señores más.
Aparte de
la gente noble, “o de título” venían también otros personajes que si bien
podían ser considerados “plebeyos”, estaban constituidos en dignidad y, por lo
tanto, “merecían reverencia” y respeto: véanse algunos: el Oidor limeño
Licenciado Hernando Santillán, a quién hemos conocido más arriba como
“theniente” de Gobernador en Santiago, el Comendador de la Orden de San Juan,
Pedro de Mesa, el Factor de la Real Hada Rodrigo de Vega Sarmiento y muchos
otros cuya lista no sería dable agregar en estas columnas volanderas; pero no
es posible tampoco, dejar en el tintero los nombres del Licenciado Antonio de
Vallejo, canónigo del obispado de Charcas, del franciscano Juan de Gallegos y
del dominicano Gil González de San Nicolás, quienes, junto con el Oidor Santillán
formaban el Consejo que asesoraba al joven Gobernador, por expresa disposición
del Virrey, su padre. El franciscano Gallegos era, además, el confesor de don
García, con lo cual queda dicho que el “fraile Francisco” era la segunda, sino
la primera persona del Reyno, pese a su rival, el dominicano fray González de
San Nicolás, quien experimentó en pellejo propio la preponderancia del
franciscano, según ya conté en otra ocasión.
Por
cierto que toda esta gente de don García, la noble y la que no lo era, llegó a
Chile mirando por encima del hombro a todos los veteranos que habían venido
antes, a la conquista de este reino de Chile; aun cometían la injusticia
fanfarrona de creer que eran éstos incapaces para someter a los naturales,
haciendo alarde de que ellos, “con una sola entrada”, acabarían con los
rebeldes, ya sabemos que no pasó tiempo sin que los “forasteros” se
convencieran de lo contrario.
La
calidad de la gente, su lujo, sus costumbres aristocráticas, hicieron cambiar
muy luego el ambiente del ejército de Arauco: a las sencillas fiestas con que
se celebraban antes los acontecimientos felices de la colonia, sucedieron las
muy ostentosas que redamaban los caballeros de la nobleza para su
esparcimiento; ya no se limitaban, los castellanos, a reunirse bajo algún
bárranlo para oír los “sermones ridículos” de Francisco Camacho ni para
presenciar las carreras y “andadas” y corveteos de los mejores caballos, ni la
pericia atrevida de los jinetes, ni los ampulosos discursos del escribano Joan
de Cárdenas; las fiestas, las "alegrías” y los “regocijos” celébranse
ahora con solemnísimos Te Deum” y ostentosas procesiones en las que los
relucientes corazas aceradas, con las celadas magnificentes, con los grandes
trajes de lama y oro y las holandas y los cuellos de encajes y las almidonadas
gorgueras, rivalizaban con los “brocados” y flecaduras del Palio y con los
ornamentos de los sacerdotes; las vergonzantes candelas de antaño, del grueso
del dedo, a causa del alto valor de la cera, habían huido ante los cirios,
“largos y gordos y coloreados” que portaban los caballeros, en largas filas,
para alumbrar a Nuestro Amo, siendo el cirio del Gobernador el más robusto y
albo y, por lo tanto, el más caro. Su mayordomo, Julián de Bastidas era el que
cuidaba de que ningún cirio, ninguna palma de Domingo de Ramos, ningún
“rosario” fuese más hermoso ni más rico que el del Gobernador.
Cuanto a
las fiestas “profanas”, que seguían o complementaban las solemnidades
religiosas, aquello había cambiado por completo; las justas caballerescas, los
juegos de canas, cintas, estafermo, alcancías, sortijas habían adquirido un
aspecto de corte; nada de pobrería, nada que denotara miseria; los trajes
recamados de seda y oro estaban en consonancia con los puños cincelados de las
espadas y puñales, con los tahalíes y atalajes de cordobanes repujados, con las
relucientes corazas aceradas, Con las celadas magnificentes, con los grandes
chambergos emplumados, con las bandas de seda filada y aun con las cadenas de
oro que pendían de los erguidos cuellos.
Las
fiestas que el Gobernador debería hacer para celebrar la ascensión al Trono de
España del Príncipe don Felipe, del cual había sido “menino” en Londres, cuando
el actual monarca había ido a contraer matrimonio con la futura Reina de
Inglaterra, estarían, pues en consonancia con el ambiente que don García y su
“corte” habían creado en las nativas selvas del Arauco indómito y así fue como,
al llegar a la Imperial, de regreso de su exploración a las regiones del
Reloncaví, y al encontrarse con la Real Cédula que le comunicaba los
acontecimientos de la Península, llamó a su mayordomo y “privado” Julián de
Bastidas y le ordenó:
—
Bastidas, dirás a mi maestre de campo, Juan Remón, que el Ejército quedará en
la Imperial tres semanas completas, a lo menos, para que se prepare a celebrar
con la solemnidad y el regocijo que es de rigor, la elevación al Trono del más
grande y más amado de los Reyes del mundo, nuestro señor don Felipe; y
advertid, de paso, al Alférez General, don Pedro de Portugal y Navarra, que en
cumplimiento de su obligación, debe proveerse de un estandarte, en el que estén
bordadas en oro y pedrería, las armas de nuestro Monarca, pues el Pendón de don
Carlos V le ha cedido el paso. Idos.
Inclinó
el busto, ancho y fuerte; el favorito del Gobernador, pero antes de haber
retrocedido los tres pasos de protocolo, antes de dar la espalda y salir del
aposento, inclinóse de nuevo, e insinuó, llevando mano y gorra a la altura del
pecho:
— Señor,
¿habré de participar a don Luis de Toledo, esta nueva, para que ordene las
justas y juegos con que seguramente habremos de celebrar los caballeros tan
fausto hecho?
—
Hacedlo, si gustáis, pero decidle también que el Gobernador dispondrá los seis
días de juegos que habrá de celebrarse, y unas comedias para la gente de pro y
unas farsas para los soldados; pero antes, agregó don García, ved que vengan
aquí, luego, don Francisco Manrique de Lara y Pedro Dolmos de Aguilera... Y
también don Alonso de Ercilla, dijo, a tiempo de que Bastidas formulaba su
postrera inclinación, con la mano puesta sobre la cortina que cubría la
entrada.
Al mismo
tiempo que el mayordomo desaparecía tras la cortina, penetraba por su abertura
el Padre Gallegos, quien, en su calidad de consejero y confesor, tenía entrada
libre a los aposentos del Gobernador, en cualquier momento.
— Llega
Vuestra Reverencia en buena hora, dijo el mozo, inclinando el busto ante el
sayal franciscano, y yendo hacia el fraile para besarle el blanco y anudado
bordón.
— ¿Daba
Vuestra Señoría sus órdenes para celebrar el magno suceso de la elevación de
nuestro nuevo Monarca?..., interrogó el franciscano a modo de respuesta.
—
¿Sabíalo Vuestra Reverencia...?
— No se
habla de otra cosa en la ciudad, señor Gobernador, y mi presencia aquí no es
sino para ser el primero en dar la hora buena a Vuestra Señoría, a quien Dios
guarde.
— Pues,
recíbola muy complacido de mi reverendo consejero e inmejorable amigo, contestó
don García, y tenga por seguro que el Virrey-Marqués, mi padre, holgará mucho
en saber, como lo sabrá por mí, que ha sido Vuestra Reverencia el primero en
rendir homenaje al Rey, en la persona de su indigno representante en estas
provincias... ¡Acomódese, Padre, en ese sillón, que Vuestra Reverencia bien lo
necesita, indicó obsequiosamente el Gobernador, no tanto como nosotros, que
somos gente de guerra y estas jornadas, largas y ásperas, son de nuestro
oficio...!
No aceptó
el fraile, inclinado, empero, la mal tonsurada cabeza para agradecer, y
continuó de pie y en actitud de hablar confidencial, pero severamente.
— En
cumplimiento de mi deber, dijo mirando serenamente al joven, he venido sólo a
repetir a Vuestra Señoría mi consejo tantas veces dicho...
— Padre,
interrumpió don García, téngolo presente; se lo he prometido a Vuestra
Reverencia...
— Sin
embargo...
— No tema
Vuestra Reverencia; esa señora...
— Esa
mujer está en la Imperial; más aún, le espera a Vuestra Señoría...
Calló don
García, fijando sus ojazos azules en los del franciscano; si era temor o
rebeldía, lo que manifestaba su mirada firme, insistente, al fraile no le causó
la menor inquietud.
— ¡Ni la
calidad de Gobernador por el Rey, que Vuestra Señoría inviste, ni su juventud,
ni su conveniencia, permiten al futuro Marqués de Cañete, Grande de España,
tener tratos con mujerzuelas, acentuó el religioso, ni menos manejarse por
ellas!
Algo duro
iba a contestar el orgulloso joven, pero en ese instante apareció a través del
cortinado, la figura enhiesta de Julián de Bastidas:
— Don
Alonso de Ercilla espera que Vuestra Señoría lo mande..
— ¡En
cuanto se retire Su Reverencia, contestó al punto don García, haz que llegue
hasta aquí!
El padre
Gallegos, sin inmutarse, cubrióse lentamente la tonsura con su capucha, metió
las manos en las anchas mangas del hábito, inclinó el busto, y sin decir una
palabra, retrocedió los tres pasos; Bastidas tenía alzada la cortina y la dejó
caer tan pronto el fraile traspuso el umbral.
—
¿Sabéis, don Alonso, lo que me ha venido a decir ese franciscano que Dios
confunda?
— ¿Qué es
ello, señor Gobernador?, contestó don Alonso de Ercilla.
— Pues,
que doña Jimena me espera en la Imperial...
— ¿Doña
Jimena?... ¿A vos, señor?...
— ¡Me ha
dicho que me espera a mí!...
— ¡Miente
el fraile! ¡Miente!..., increpó Ercilla, volviendo el busto hacia la cortina,
por donde había salido el Padre Gallegos, y alzando el puño.
— Sí, que
miente, agregó don García, porque si doña Jimena estuviera en la Imperial, si
hubiera venido de la Concepción a esperarme, yo lo sabría...
— ¿Vos...
señor?... pronunció Ercilla, echando una mirada escrutadora, sobre la faz del
Gobernador. ¿Vos?... ¿Y por qué?... ¿Sois, acaso, su amante...? Preguntó el
joven avanzando el busto hacia su interlocutor.
Don
García plantóse en medio del aposento, un brazo en jarra, y el otro sobre el
mango de su puñal, colgante del repujado tahalí, miró con desdén olímpico al
paje del Príncipe Felipe de España y dejó caer, una a una, estas palabras, que
fueron a incrustarse como gotas de plomo hirviente en el corazón del poeta:
— ¿Acaso
le está vedado al Gobernador de Chile, tener por amante a la mujer que le
agrade, señor majadero...?
Al oír la
despreciativa ofensa con que le provocaba el Gobernador, el busto de don Alonso
de Ercilla irguióse instantáneo...; sus venas rellenáronse, y hubiérase dicho
que sus espaldas, su alto pecho y sus membrudos brazos iban a hacer saltar las
costuras del acuchillado jubón de seda. Alzó la puntiaguda barbilla rubia,
alargando el cuello por entre los encarrujados de su gorguera y echando a
través de sus largas y encrespadas pestañas una mirada que pretendió ser
indiferente, formuló un movimiento para salir.
¡Alto...,
mandó el Gobernador, avanzando un paso.
Ercilla
se detuvo, sin abandonar su actitud.
—
¡Reparad en que os retiráis sin mi licencia y sin guardar el acatamiento que
debéis al Gobernador...!; agregó don García, plantándose frente al joven
soldado.
Don
Alonso quitóse la emplumada gorra, llevóla a su pecho, retrocedió los tres
pasos, y antes de cruzar la cortina inclinó el busto. El Gobernador permaneció
erguido; ninguno de los dos pronunció una palabra.
Cuando
don Alonso de Ercilla desapareció tras el tapiz, don García acercóse a la mesa
y agitó la campanilla de plata que esperaba sus órdenes junto al tintero de
larga pluma de ganso; no tardó en presentarse Julián de Bastidas, siempre
atento al llamado de su señor.
— Dime,
Bastidas, ¿es cierto eso de que doña Jimena ha llegado a la Imperial?
— ¿Doña
Jimena Orozco?... Señor, no lo sé, contestó el mayordomo, dando a su voz una
sincera entonación de sorpresa; pero podremos saberlo sin mayor demora, con
sólo preguntarlo a Antonio de Montiel, Alguacil Mayor de la ciudad. ¿Os
interesáis en ello, señor? agregó Bastidas, ¡perdonad!...
— Deseo
saberlo, afirmó don García, después de un instante de indecisión; pero, sed
prudente, agregó en seguida, no sea que las averiguaciones que hagáis lleguen a
oídos del Padre Gallegos y le den nuevos motivos para importunarme con sus
consejos.
—
Descuidad, que ya me daré trazas para que el Alguacil, mi amigo, no sospeche de
dónde viene mi interés... Pero, decidme, señor, si sois servido, agregó
Bastidas, bajando el tono y avanzando el busto hacia el Gobernador. ¿Es cierto
que os interesáis por esa dama...?
— ¡Calla,
Bastidas, interrumpió el joven Mandatario, alzando una mano, y volviendo el
rostro. Creedme que me avergüenzo de pensar que esa mestiza pueda tenerme
preocupado, y más aún, que ¡yo haya podido serle indiferente!... ¡Calla!...
terminó, dando la espalda a su edecán, y yendo hacia el ventanal cercano.
Bastidas
se limitó a decir, para anunciar su salida:
— Antes
de mediodía sabrá Vuestra Señoría lo que desea; ¿manda Vuestra Señoría otra
cosa?
— ¿Don
Francisco Manrique de Lara y Pedro Dolmos, no han venido aún?...
— Vendrán
luego, contestó Bastidas, en cuanto regresen de un corto reconocimiento a que
han sido mandados por el señor Maestre Juan Remón, por las orillas del Cautín.
A fines
del mes de octubre de 1541— 17 años antes — ocurrió en pleno campamento de la
ciudad de Santiago, recién construida por los indios rebelados de Mapocho, un
suceso que adquirió los caracteres de trascendental, a pesar de lo vulgar que
en sí mismo era: una de las hijas de Vitacura el Gobernador peruano en Mapocho,
que lo había sido durante la dominación de los Incas en Chile — había dado a la
ciudad un nuevo habitante, que fue una niña, la cual fue bautizada solemnemente
por el Capellán Castrense, Padre Juan Lobo, con el españolismo nombre de
Jimena. La ceremonia del bautizo fue tan aparatosa, que a ella asistieron el
propio Gobernador Valdivia, el Cabildo “en cuerpo” con sus dos Alcaldes y
“cantidad de pueblo”, que tuvo que ser “todo Santiago”, pues el acto realizóse
en medio de la Plaza de Armas, convertida en campamento para guarecer a los
ciento veintiún soldados españoles y a los seiscientos indios de servicio que
componían la población de la arruinada ciudad.
El
“rumbo” con que se realizó este bautizo se debió, tal vez, a la alta calidad
del padrino, que lo fue el Teniente de Gobernador y Justicia Mayor, Capitán
Alonso de Monroy, cuyo prestigio estaba en esos días en su apogeo, pues había
asentimiento unánime para calificar a Monroy como el salvador de la colonia por
su denodada actuación durante el espantoso y prolongado asalto de los naturales
a la ciudad, en la madrugada del 11 de septiembre. Uníase a esto, el que la
joven madre hubiera tenido su “descuido” en la tienda o posada del Justicia
Mayor, a cuyo servicio estaba desde los primeros días de la llegada de la
columna conquistadora al pie del Huelen, y el que todo el vecindario supiera
que esa joven, por ser hija del Gobernador Vitacura, era tenida en especiales
consideraciones por su amo y señor, quien, no sólo había querido ser padrino de
la recién nacida, según ya sabemos, sino que aun había extremado su protección
hacia la mocosa, otorgándole en la pila bautismal, el apellido de uno de sus
nobles antecesores, el Clavero Mayor de la Orden de San Juan, en Andalucía,
Cristóbal Ortiz de Orozco...
No se
había limitado Alonso de Monroy a “cristianar” a la chica, sino que un mes más
tarde había llevado también a la madre a presencia del Bachiller Rodrigo
González Marmolejo, y allí, en manos del Vicario del Obispo del Cuzco en las
provincias de Chile, la joven peruana había abjurado “de muy buena gana” de sus
creencias idolátricas de hija del Sol, y había aceptado "muy contrita” el
agua del santo bautismo, “confesando a Nuestro Señor Don Jesucristo, fijo de
Dios e a su Madre la Señora María Sanctísima”.
Yo no sé
si el Cura González Marmolejo insinuaría a Monroy que tan interesado se
mostraba en “cristianar” a la joven y a su vástago— que también tratara de
casarla con el causante, a fin de que la una tuviera un marido y la otra un
padre, “en haz y en faz” de la Iglesia Católica; pero lo efectivo fue que tan
decidido protector sólo se quedó allí, sin darse por entendido nada más, sin
perjuicio, por cierto, de continuar siendo el más firme amparo de ambas, sin
preocuparse de habladurías, que ya las había, y gordas, en la incipiente
capital del Reino.
Cuando
Monroy “pasó desta vida” — mientras cumplía una importante misión que le había
encomendado Pedro de Valdivia en el Perú — la joven peruana y su hija Jimena
Orozco, que ya contaba cuatro años, fueron acogidas como hijas predilectas por
los más íntimos amigos del fallecido, y, en especial, por el Gobernador e Inés
Suárez, por Pastene y su mujer, y por un nuevo personaje que llegaba a Chile en
el mismo barco que traía la noticia de la muerte de Monroy; ese personaje era
Vicencio de Monte, del cual ya sabe algo el lector de estas “crónicas”, por
haberle contado, en otra ocasión, “que vino a Chile a fundar nobleza”. Monte
trajo a Chile a su familia, compuesta de su mujer y una cuñada, y se estableció
en Concepción, adonde acompañó a Valdivia, cuando el Conquistador salió a la
exploración de la región austral. En el hogar de Vicencio de Monte creció y se
hizo mujer Jimena Orozco, huérfana ya de madre, pues la hija de Vitacura había
fallecido al año siguiente de haberse sabido en Chile la muerte del Capitán Alonso
de Monroy, su protector y amante.
A la
llegada a Penco de las huestes del Gobernador don García Hurtado de Mendoza, en
1557, Jimena era una mujercita de dieciséis primaveras, que reunía en sí la
soñadora y tropical imaginación de las hijas del sol y el garbo inconfundible
de las descendientes de Andalucía, la patria de María Santísima; su piel
tostada, sus trenzas negras y abundantes, sus inmensas pupilas violeta
iluminadas como amatistas al fuego, estaban predestinadas a trastornar el seso
de mucha gente, y más aún los de aquella brillante e inflamable pléyade de
jóvenes soldados peninsulares, que llegaban a Chile en son de conquista.
La
situación social que ocupaban en Concepción Vicencio de Monte y su familia,
dieron ocasión, muy pronto, para que Jimena Orozco trabara conocimientos con
tan atrayentes forasteros, los cuales no tardaron en rendir a tal belleza
nativa los homenajes de la juventud a la juventud. La muchacha tenía “gancho”,
y, aparte de esto, el elemento femenino era escaso; el asedio a la plaza era
insistente y formal, y la plaza, por su parte, no estaba preparada para una
resistencia heroica; decidida a rendirse, exigió entrar en capitulaciones
previas, eligiendo por sí misma al parlamentario. Y el parlamentario fue —
según dijeron — el joven y brillante soldado, don Alonso de Ercilla y Zúñiga,
quien, al penetrar en la apetecida fortaleza, con todos los honores de ordenanza,
mandó alzar tras de sí el puente levadizo, y notificó a todo el mundo que,
desde ese momento, se “pasaba” al enemigo, y cada cual se rascare donde le
picare...
Con un
refuerzo de esa especie, el asedio a la fortaleza era ya inútil, y los
sitiadores hubieron de levantar el cerco plegando resignadamente sus banderas;
don Alonso y doña Jimena constituían una resistencia formidable, y el que
quisiera esperar un rompimiento de los aliados, tenía para rato.
Solamente,
hubo dos sitiadores que no pudieron conformarse con la traición de Ercilla y
con la picardía de Jimena: uno fue don Juan de Pineda, y el otro, nada menos
que el Gobernador, don García, a quien habíasele antojado que, por prioridad,
correspondíale de hecho ser el primer ocupante.
— Digo a
Vuestra Señoría que yo he visto anoche, cuando rondaba la ciudad en
cumplimiento de mi deber, a un soldado apegado a la reja de doña Jimena, y que,
al sentir los pasos de mi ronda, escabulló el bulto, mañosamente, afirmó don
Agustín Ahumada; me apresuré para echarle mano, pero no lo conseguí; después
supe que don Alonso de Arzila era el único soldado que se encontraba a esas
horas, fuera del fortín...
— Y yo os
afirmo que a esa hora de la ronda encontrábame en compañía de Vicencio de
Monte, en su propia casa, y que con nosotros estaban doña Juana Copete, su
mujer, y doña Jimena.
Si alguna
mujer había en la reja, esa mujer no era “la india”... Ahora, si Ercilla
persiste en su empeño de hacer creer que tiene amores con Jimena Orozco, ya
sabrá el Gobernador impedir que sus soldados den pábulo a la maledicencia,
envolviendo en ella a la gente principal y honesta.
La verdad
era que “la india” — así llamaban todos a Jimena, más por cariño que por
desprecio— se daba todas las trazas para librar a su amante de cualquiera
venganza de su poderoso rival; y entre esas trazas, la muy coqueta prefería la
de ponerse tierna y bajar los ojos, cuando don García le echaba un
“cumplimiento”, o sencillamente, cuando le dirigía la palabra... ¡Peruanita, al
fin!
Por lo
que hace al otro rival, don Juan de Pineda, la cosa no tenía mayor importancia
para los interesados en el juego, por más que el futuro fraile agustino era
“terco y empeñoso en sus empresas”, y más aún debió serlo en las de amores; sin
embargo, a fin de desembarazarse de preocupaciones, don García buscaba la
manera de tenerlo alejado de Penco, encomendándole continuos “reconocimientos”
por los alrededores, en cuyos viajes el soldado distinguido debía emplear
semanas enteras, contra todos sus deseos.
Sabedor,
sin embargo, de que el verdadero peligro para sus amores, no estaba en don
García, sino en Ercilla, el caballero Pineda se devanaba la mollera para
comprender la ceguera del Gobernador que no quería ver en el poeta a su rival
temible, sino en él, que, en realidad, era inofensivo, y que iba de muy atrás;
esta misma situación le tenía amargado contra don Alonso y no lo ocultaba.
Cierto día en que ambos se encontraron formando parte de un numeroso corro de
bañistas, a las orillas de un “arroyo azul”, cercano a la ciudad, alguien dijo;
— Habéis
de saber, señores, que mañana habremos de salir varios de los que aquí estamos,
en viaje de descubiertas hacia las riberas del río Lebo, y que bien haremos en
despedirnos hoy de nuestros amigos e amigas para este viaje, que será largo;
pues, también, he oído decir que el Gobernador ha dispuesto que una columna de
doscientos hombres le acompañen, luego, al descubrimiento del Estrecho; y puede
darse por seguro que en ella formarán los que salieren mañana.
— ¿Y
quiénes serán éstos...?, preguntó Alonso de Alvarado, en los momentos en que se
iba a echar al agua.
— No hay
para qué preguntarlo, respondió sonriente, Martín de Algaraín, el primero de
todos habrá de salir don Juan de Pineda, en castigo de haber querido ser el
rival del Gobernador, en esto de la india Jimena...
Dos
hombres se incorporaron violentamente al oír estas palabras.
— Tened
la lengua, dijo uno de ellos, que el nombre de esa señora no debe decirse aquí,
de la manera que lo habéis hecho...
—
Perdonad, don Alonso de Ercilla, repuso obsequiosamente el hablador, formulando
una “venia” que resultó ridícula en traje de baño; no sabía yo que todavía
fuerais vos el amante de mi señora doña Jimena Orozco, de recordada memoria
para muchos de nosotros.
— ¿Su
amante...?, intervino don Juan de Pineda, que era el otro de los dos caballeros
que se habían puesto de pie al oír las primeras y atrevidas palabras de
Algaraín. ¿Es que vos, don Alonso, os habéis dicho amante de doña Jimena....?
Responded, os lo ruego..., agregó, dirigiendo al poeta una mirada
escudriñadora.
Don
Alonso volvió el rostro hacia su interrogador, le miró de alto a bajo con
estudiada indiferencia y contestóle, en medio de la expectación de todos,
mientras acomodaba su capa sobre los hombros:
— Si doña
Jimena tuviera un amante, sería un mal caballero quien lo revelara sin su
consentimiento...
Y dando
la espalda a su interpelante, don Alonso alejóse del grupo, formulando una
sencilla, elegante y severa inclinación de despedida.
La
partida de la columna expedicionaria que iba a salir al descubrimiento de las
regiones allende el río Bueno, “hasta dar con el Estrecho de Magellán”, dio
motivo para que el vecindario de Concepción hiciera al Gobernador don García de
Mendoza y a sus brillantes soldados una entusiasta demostración de simpatía; la
ciudad iba a quedar solitaria durante un espacio de tiempo que no era posible
determinar, pues los proyectos del jefe de la expedición eran vastos; deseaba
no sólo descubrir nuevas regiones para incorporarlas a la Gobernación de Chile,
sino también fundar ciudades que cimentaran esas conquistas. Muchos de los que
partían ahora no volverían a Penco, pues habrían de que dar “sustentando”
aquellas lejanas poblaciones, o sencillamente caerían bajo las macanas de los
nativos, siempre rebeldes.
El 8 de
febrero de 1558, muy de madrugada, todo el vecindario pencón habíase instalado
a lo largo del camino que unía la ciudad con el vado del Bío-Bío, frente al
fortín de San Pedro, que lo defendía; y allí, en la ribera norte, al tiempo de
desprenderse las balsas repletas de soldados para cruzar la ancha vía de agua
que servía de lindero a los territorios de las dos razas enemigas, produjéronse
durante toda la mañana de ese día, las más tiernas escenas, entre los que
partían y las que quedaban esperando...
En una de
las últimas balsas embarcóse la compañía de don Luis de Toledo, en la que
formaba el soldado distinguido don Alonso de Ercilla y Zúñiga, quien, de pie
sobre los maderos de popa, no quitó su mirada de la orilla pencona hasta que la
distancia esfumó la línea del bosque riberano con la transparencia de las
tranquilas aguas del Bío-Bío. La última balsa que se desprendió de aquella
ribera fue la del Gobernador, con sus capitanes, consejeros y asesores, que no
lo abandonaban jamás; Ercilla divisó esta balsa desde el medio del río, donde
aun navegaba la suya, y en sus preocupaciones de amante, creyó ver que un
pañuelo se agitaba en la ribera, y que otro pañuelo le correspondía desde la
embarcación abanderada con el pendón de los Mendoza... ¡Jimena Orozco estaba
allá, y seguramente era su pañuelo el que se batía para despedir al ostentoso
Gobernador!
Tres
largos meses duró aquella campaña descubridora de los valles de Osorno, de las
enmarañadas selvas de Reloncaví y de las exuberantes islas de Chiloé; la hueste
de don García, dividida en “partidas”, se desparramó por aquellos bosques
impenetrables, cruzó las ciénagas milenarias, ascendió las montañas, allanó las
serranías y abordó las islas, vírgenes aún de plantas españolas. Don Alonso de
Ercilla, embarcado en una piragua, en compañía de diez tan audaces como él,
echó sus caballos a nado, y cruzó el canal que separaba al continente de la
Isla Grande de Chiloé; al pisar la playa isleña, los animales estaban ateridos
con las tres horas que estuvieron metidos en el agua, que tal fue el tiempo que
demoró la travesía del canal; “para volverlos a la vida” fue menester “hacer un
fuego” alrededor de sus cuerpos exánimes, y “golpear luego sus carnes”.
En esta
ocasión fue cuando Ercilla escribió aquel célebre canto de su Araucana que
termina con la conocida octava real:
“Aquí
llegó, donde otro no ha llegado,
don Alonso de Ercilla, que, el primero,
en un pequeño barco deslastrado,
con sólo diez, pasó el Desaguadero”...
Aun se
llama desaguadero el canal de Chacao.
Aislados
del mundo durante tres meses, era natural que don García y los suyos no
conocieran las noticias que habían llegado a Chile de los acontecimientos
trascendentales que habían ocurrido en la Península, esto es, la abdicación del
Emperador Carlos V y la ascensión de su hijo Felipe al Trono de la Monarquía
española, acontecimientos que ya habíanse celebrado en Santiago con la
solemnidad que era de rigor a mediados de abril, y a la cual me referí al
principio.
Dije
también que el Licenciado Santillán, que gobernaba en la capital como
“theniente” de don García, había despachado mensajeros al Gobernador tan pronto
llegó a sus manos la novedosa Real Cédula, comunicándole su contenido; pero en
esa fecha la columna expedicionaria encontrábase diseminada por las serranías
de Reloncaví, Melipulli, Calbuco y Maullín, y no diré que no era fácil, sino
muy difícil, y hasta imposible que el o los mensajeros que pudiera haber
enviado el Corregidor de Concepción, Jerónimo de Villegas, hacia esas regiones
que recién se exploraban, hubieran “dado” con el Gobernador en el laberinto de
la selva desconocida aún, escapando de los peligros que significaba piara los
mensajeros tan arriesgada empresa.
El hecho
es que sólo cuando la columna había cruzado el río de las Cruces, y avanzaba
por las vegas de la Mariquina, en dirección a la Imperial, vino a saber don
García que desde dos años antes había cambiado de Soberano. Aunque guardó
reserva de la noticia, esperando darla a conocer solemnemente al siguiente día,
cuando ya hubiera acampado la columna en la ciudad, no fue posible mantener el
secreto, y así fue cómo, en la primera mañana que la fatigada tropa “se
abandonó al descanso” en la ciudad ribereña del Cautín no fue otro el tema que
ocupó el comentario de capitanes y soldados.
La
llegada a la Imperial de muchas familias de Penco que habían querido
adelantarse a saludar al Gobernador y a dar la bienvenida a sus deudos, al
saber que los expedicionarios habían llegado a los términos de la Imperial,
vino a dar mayor animación al campamento, y cuando ya se supo que don García
había dispuesto excepcionales fiestas para celebrar el ascenso del nuevo
Soberano, aquellos rudos soldados olvidaron sus fatigas y se prepararon a
participar del gran jolgorio que según las cuentas, debía durar no menos de
ocho días seguidos.
Jimena
Orozco había llegado también a la Imperial, en compañía de doña Juana Copete
que venía con el muy justificado motivo de dar la bienvenida a su marido, el
Factor Vicencio de Monte. La llegada de estas damas “principales” no podía
pasar inadvertida para nadie, ni menos para el Padre Juan Gallegos, al que
hemos encontrado en la cámara del Gobernador previniéndole el peligro de caer
en tentaciones.
Cuando
Julián de Bastidas, después de comprobar que “la india Jimena” se encontraba en
la Imperial, fue a participar la noticia a su amo, éste díjole, antes de que el
mensajero soltara una palabra:
— Ya sé
que doña Jimena está en la Imperial; las fiestas de la jura del nuevo Monarca
de las Españas, serán así más regocijadas; idos, amigo mío, a disponer lo que
falte para que empiecen hoy mismo...
— Señor,
previno Bastidas, vi que el padre Gallegos gesticulaba con Vicencio de Monte,
junto al muro del fuerte...
— Dejad
que el padre Gallegos haga lo que guste; que si llega a molestarme demasiado,
sábelo él qué es lo que hago con frailes intrusos; fray Gil González,
dominicano, está hoy gozando de tranquilidad envidiable a orillas del Mapocho.
Y
acercándose confidencialmente a su mayordomo, agregó:
—
Bastidas, cuida de que el Factor y su familia, hayan la mejor colocación, esta
tarde, durante la corrida de sortijas, pues pienso dar una sorpresa a todos; y
prevenid que deseo montar mi caballo moro... con gualdrapas...
— ¿Qué
pretendéis, señor?...
— Ganar
una sortija a los mejores caballeros, sin que ellos sepan quién se la
disputa...
— ¿Y
cómo?... Os conocerán, en medio de la plaza...
—
¡Llevaré antifaz!... y una vez que haya ganado la sortija, la llevaré y
ofreceré yo mismo a doña Jimena...
—
¡Señor...!, pronunció Bastidas, sorprendido de tal audacia.
—
¡Callad!, mandó el Gobernador, y marchaos ahora.
* * * *
La plaza
frontera al fuerte de la ciudad Imperial encontrábase, a la media tarde de ese
mismo día, ocupada con todo el vecindario, con todas las tropas de la
guarnición y las recién llegadas y con todos los indios “de servicio” y de
encomiendas de la ciudad y región, que habían acudido al insistente repique de
campanas y a tambores y toques de clarín con que se anunció el comienzo de la
fiestas de la “jura” al nuevo Soberano de las Españas.
Frente a
la Iglesia Mayor y a la casa del Cura Alonso García, situadas al costado norte,
se alzaban tres tablados “de cuatro varas”, uno de los cuales estaba ocupado
por el Factor Vicencio de Monte, su mujer, su cuñada, doña Mencía de los Nidos,
otras damas, y al medio de todas, “la india Jimena”, que ese día hacía resaltar
su esbelta silueta con vistosas galas. Los demás tablados, así como sus
alrededores, que eran los sitios de honor, ostentaban una concurrencia
esplendorosa: los caballeros de gorras y chambergos emplumados, jubones de
sedas multicolores, bordadas capas y raras insignias, así como las damas que
“eran dignas” de codearse “en público” con los caballeros fijosdalgo, ocupaban
las “bancas” reservadas a la “nobleza”; abajo, la plebe revolvíase, empinábase,
para poder observar en el momento oportuno los variadísimos incidentes de los
juegos de cintas, sortijas y cañas que iban a empezar a desarrollarse tan
pronto como el trompetero diera la señal.
Sólo el
tablado reservado para el Gobernador y sus consejeros permanecía vacío; la hora
fijada para los juegos había llegado ya, y, sin embargo, don García de Mendoza
no hacía la solemne y ostentosa aparición que todos esperaban como un número
especial del programa. El Alférez Real, don Pedro de Portugal y Navarra con el
estandarte “y armas” del nuevo Soberano, permanecía enhiesto sobre su caballo
gualdrapado de verde y oro teniendo a su lado al Maestre de Campo Juan Remón,
vestido de coraza y celada, y echada la visera, reluciente al sol. El hombre
debería estar medio ahogado ya con tanto hierro y con tanto calor...
¡Y el
Gobernador sin llegar!
De pronto
sonaron los clarines, anunciando el comienzo de la justa. Todos se miraron las
caras, extrañados, pues no estando presente el Gobernador, era inusitado que la
justa empezase, Pero los clarines sonaron de nuevo, insistentemente, y esta vez
abriéronse los portalones y dos caballeros lanzáronse al centro de la plaza
espoleando sus caballos en carrera loca.
— ¡Don
Alonso de Ercilla...,! gritaron unos, al reconocer al que iba un poco más
adelante.
— ¡Pedro
Dolmos de Aguilera!..., vociferaron otros, al ver la faz pálida y la barba
incipiente y negrísima del contendor de don Alonso.
Pero casi
en el mismo momento abrióse otro portalón, y apareció por allí un nuevo
caballero, montado en un caballo moro gualdrapado de negro hasta las
herraduras... ¿Quién podía ser...? reconocerlo era imposible, porque el jinete
había cubierto su rostro con un espeso antifaz. Ercilla y Dolmos detuvieron sus
ensoberbecidos caballos un momento, como asaltados por una duda común...; pero
en esos precisos instantes, un nuevo justador hizo su aparición en la plaza,
entrándose a toda carrera por el portalón abierto.
— ¡Don
Juan de Pineda...,! gritó la multitud, entusiasmada colectivamente por lo
inusitado del lance.
Pineda,
sin detener su carrera, echó los fuertes pechos de su cabalgadura sobre las
ancas de los caballos de Ercilla y Dolmo:; y pretendió meterse entre ambos; el
choque fue recio, y los dos caballeros, cogidos sorpresivamente, bambolearon
sobre sus monturas.
Ercilla
fue el primero en requerir su posición; y al darse cuenta de que el provocador
era don Juan de Pineda, hizo girar violentamente su caballo, echó mano de su
espada, afirmó los ijares y arrojóse contra su rival.
La
multitud, que durante estas rápidas incidencias había quedado en expectativa
ansiosa, lanzó un grito... Don Juan de Pineda al ver la resuelta y amenazante
actitud de don Alonso de Ercilla, había recogido enérgicamente las riendas de
su fogoso animal, obligándole a hacer un violento giro sobre sus patas
traseras, al mismo tiempo que su mano derecha requería la tizona colgante del
tahalí; ambos caballeros, frente a frente, traspasáronse con mirada
centelleante, clavaron espuelas, y casi al mismo tiempo arrojaron sus bestias
una sobre la otra, volteando sobre sus cabezas los potentes brazos armados.
Chocaron los pechos de las bestias por lo bajo y los aceros por lo alto, y
durante algunos instantes, caballos y caballeros formaron un haz... Sendos
espolazos de ambos jinetes rompieron el mido y los caballos zafáronse de un
brinco, apartando a los combatientes que se alejaron remolineando sus espadas,
para fintearse de nuevo y embestirse otra vez.
Entre
tanto, el caballero del antifaz y gualdrapado negro que había penetrado al
recinto sorpresivamente a disputar la sortija, acicateaba a su caballo moro
alrededor de la amplia pista para ganar terreno a los justadores, a quienes
creía corriendo tras de él, empeñados en el juego; el antifaz con que se
encontraba cubierto impedíale darse cuenta de la inesperada incidencia que se
había producido un momento después de su salida a la plaza, incidencia que no
sólo había interrumpido la justa, sino que también había concentrado la
atención de todo el concurso en aquellos dos hombres que en vez de una sortija
se estaban disputando, tal vez, la vida.
El
caballero de antifaz corría y corría...; pero los gritos que lanzaba esa
concurrencia, desordenada y bulliciosa un momento antes, no eran los que se
acostumbraban para estimular a los justadores en una fiesta de sortijas y
cañas; esos gritos que oía el caballero del antifaz eran de angustia, eran de
dolor, eran de desconsuelo; por uno de los huecos del antifaz, el caballero
pudo observar a los espectadores y vio que los rostros cariacontecidos, las
ansiosas miradas y los gritos que morían en todas las gargantas y en los labios
pálidos y contraídos, se concentraban allá lejos muy distante de donde corría
él para llegar a la meta, ya cercana.
Tuvo el
impulso de arrojar el antifaz y mirar libremente, para darse cuenta de lo que
estaba ocurriendo a su alrededor; pero !o detuvo su propósito de guardar el
incógnito, que debía realzar su hazaña y duplicar su triunfo; espoleó a su buen
caballo moro con mayor brío y se lanzó de nuevo, en última jornada, hacia la
enastada lanza, de la que pendían, flotantes al viento, las cintas multicolores
del trofeo que dentro de algunos instante habría de llevar en alto, ufano y
orgulloso, para depositarlo en las manos de aquella “india Jimena” de sus
pensamientos, la cual debía estar contemplando a su caballero triunfador desde
el “tabladillo” del Veedor Vicencio de Monte... La satisfacción del caballero
por este triunfo, que consideraba ya indisputable, se acrecentaba más aún, con
el hecho de haber derrotado públicamente a su rival más temible: don Alonso de
Ercilla...; porque supongo que el lector habrá sospechado ya que este empeñoso
justador de antifaz, caballero en su ya famoso moro engualdrapado de negro, no
era otro que el mismísimo Gobernador del Reino, don García de Mendoza.
Un
alarido de la multitud, la que al mismo tiempo alzó los brazos, o se cubrió los
rostros con desesperación, determinó a don García a arrojar el antifaz; sin
detener su carrera y frente ya a los tabladillos desde donde “la nobleza”
presenciaba la fiesta, el Gobernador arrancó de su cabeza el trapo que lo
cubría hasta el pecho, y volvió hacia atrás el congestionado rostro... ¡Nadie
le seguía! ¡Nadie le había disputado el trofeo, y su carrera loca a través de
la plaza había sido inoficiosa y hasta ridícula! Los justadores, sus
adversarios, a quienes había creído corriendo tras de él y haberlos vencido en
una lucha desesperada de esfuerzo varonil, se encontraban en esos momentos al
otro extremo de la plaza, espada en mano, empeñados en combate emocionante de
fogosos y enconados paladines.
¡Mientras
toda la concurrencia tenía puestas sus ávidas miradas sobre aquellos dos
jóvenes que se jugaban la vida, el orgulloso Gobernador “encontróse desmedrado
y solo en un sitio donde no quedaba quien le sirviese”!
Don
García sintió que la sangre le golpeaba en el rostro; tal desaire, tal
desprecio, tal ofensa a “un Mendoza” Gobernador de un Reino y por aditamento,
enamorado, delante de sus súbditos y delante de “su dama” era un crimen
intolerable y merecía castigo rápido, inmediato y condigno. Un nuevo y
formidable choque entre los combatientes, arrancó un nuevo clamor de la
espantada multitud; don García miró instintivamente hacia la tribuna en donde
se encontraba la familia del Veedor Vicencio de Monte y vio destacarse allí la
inconfundible silueta de doña Jimena, de pechos a la barandilla, una mano en
alto, con los dedos crispados por desesperada angustia y la otra cubriendo sus
ojos para apartar de ellos la visión de la tragedia... ¡Ni siquiera “la india”,
a quien el Gobernador había querido honrar, se dignaba premiar su afán con una
mirada!
Don
García estalló de ira. Picó rabiosamente los ijares de su caballo y se lanzó, a
campo traviesa, hacia el otro extremo de la plaza en donde se desarrollaba el
combate entre don Alonso de Ercilla y don Juan de Pineda, a cuyo alrededor la
multitud había formado ya una amplia rueda que íbase haciendo densa por
momentos. Dos o tres “piezas de indios” que no repararon en el jinete que venía
a todo correr para romper el círculo de espectadores, “quedaron tendidos” y
antes de un minuto el Gobernador estrellaba su caballo contra las ancas de la
bestia de don Juan de Pineda, que en esos instantes “paraba” un recio mandoble
de su adversario.
El choque
separó a los combatientes, pero ambos, enfurecidos y cegados “se arremetieron
de nuevo, sin reparar en la presencia del Gobernador”.
—
¡Sosegaos, canalla!, gritó don García; ¡sosegaos, por el Emperador, que habré
de castigar vuestra insolencia con la horca!...
Y como
ninguno de los dos oyese o “fiziese obediencia” a este manato, don García
“requirió la porra que llevaba en el arzón, y arremetió con ella en alto,
contra don Alonso de Arzila, y le dio un gran golpe de maza en un hombro, y
tras de ese golpe, otro”... El inesperado ataque hizo volver en sí a los
enardecidos caballeros, y al darse cuenta de que el atacante era nada menos que
el Gobernador, “ambos huyeron a la iglesia de Nuestra Señora”, que estaba allí
mismo, al costado norte de la plaza; don García y otros caballeros “que a él se
juntaron”, persiguieron a los fugitivos gritándoles que se “pararan e se
entregaran prisioneros, pena de la vida”; pero Ercilla y Pineda, “pavoridos,
ganaron el campo y el templo, y se metieron dentro”; cerraron tras de sí las
puertas, y “se llamaron a iglesia”.
El
Gobernador, de enfurecido, se tomó frenético.
— ¡Abrid,
ruines, que de ninguna manera escaparéis al castigo que merecéis!... vociferó
varias veces, golpeando, con la porra, las puertas del templo. ¡Que venga el
Cura Alonso García y que abra las puertas!... ¡Bastidas ... gritó, por fin,
llamando a su mayordomo, el cual ya estaba a su lado, de los primeros; ¡poned
hombros y haced saltar los quicios!... ¡Luego!
La
multitud se arremolinó ahora cerca de la puerta del templo, para curiosear, con
recelo y temor, las incidencias del sacrilegio que se iba a cometer.
— Venid
aquí, gritó Bastidas a un grupo de indios que se apretujaban a unos veinte
pasos de distancia. ¡Venid, condenados!, repitió, alzando la fusta, al ver que
los infelices se resistían a hacerse cómplices del sacrílego acto, poniendo sus
hombros en la puerta, para echarla abajo.
Varios
soldados “de caballo” obligáronlos a obedecer, y a poco las hojas de las
puertas de “la iglesia de Nuestra Señora” se derrumbaron; algunos indios
cayeron de bruces al lado adentro del umbral, pero saltaron hacia afuera como
impulsados por misterioso resorte; por nada hubieran querido que sus cuerpos
tocaron un palmo del sagrado recinto que por extraña orden habían violado.
— Don
Luis de Toledo, mandó el Gobernador, entrad y aprehended los cuerpos de don
Alonso de Arzila y de don Juan de Pineda, y tenerlos habéis en prisiones hasta
mañana al alba, en que se hará justicia en ellos... ¡Es servicio del Emperador!
...
Toledo
quedó espantado; no le quedaba sino obedecer, pero ante la severidad de la
sentencia que el Gobernador insinuaba, no pudo reprimir el impulso de
preguntar, con voz temblorosa:
— ¿Qué
justicia, señor...? ¡Perdonad!...
—
¡Justicia de horca!
Un
ahogado grito de espanto envolvió al grupo. Todos eran amigos y camaradas de
los presos y a todos los unía una común simpatía; la falta que habían cometido,
por muy severamente que se la calificara, no merecía, en la conciencia de
todos, la pena que el Gobernador le había impuesto.
Toledo
quiso hablar de nuevo, pero un enérgico ademán de don García apagó la voz en su
garganta.
—
¡Servicio del Emperador!, dijo Toledo, forzando la voz: ¡avante, señores!,
ordenó en seguida a un grupo de soldados, y dando el ejemplo, penetró en la
iglesia, pasando por sobre las puertas caídas.
Momentos
más tarde, Ercilla y Pinedo marchaban, enhiesto el primero, y abatido el
segundo, en dirección a la casa fuerte que servía de cárcel en la ciudad
Imperial; atravesaron la plaza por en medio de los consternados grupos de
soldados, de mujeres y de indios que luego los seguían en silencioso y
emocionante cortejo, y una vez que hubieron quedado “con hierros en las manos y
en los pies” en un calabozo común, don Luis de Toledo se dirigió a la casa del
Gobernador.
Ya estaba
allí don García, acompañado de su “paniahuado Bastidas, el Padre Juan Gallegos
y del Alférez Real, don Pedro de Portugal y Navarra. Al aparecer por entre las
junturas del tapiz la esbelta figura del Coronel Toledo, y antes de que
terminara de formular la elegante reverencia con que era de rigor hacerse
presente al joven y orgulloso Mandatario, don García preguntóle:
— ¿Están
los reos a buen recaudo?
— Lo
están, señor, afirmó Toledo.
— Aquí
tenéis la orden, firmada de mi mano, para que los colguéis de la horca, mañana
con el alba, agregó, alargándole un pergamino.
—
¡Señor...!, intervino, serena y severamente, el franciscano Gallegos,
inclinando el busto.
— ¡Es
bastante, Padre Gallegos!
— ¡No es
bastante, señor!, insistió el fraile. Mi deber es deciros, muchas veces, los
errores que vuestra juventud puede cometer, pues para eso y no para otra cosa
me envió con vos, y a vuestro lado, el Virrey Marqués... Lo que habéis
sentenciado es injusto...
— ¡Tened
la lengua, fray Gallegos!... No olvidéis que el Gobernador soy yo, y que con
una sola palabra puedo arrojaros del Reino...
—
Hacedlo; solamente así dejaréis de oír mis consejos, mis censuras y mis
protestas...
—
¡Salid!, vociferó el adolescente mandatario, encendido de ira.
— ¿Me
echáis ...?
— ¡Os
echo!, agregó avanzando un paso y señalando, enérgicamente, la puerta.
El fraile
llegó hasta la cortina, inclinó el busto para formular la reverencia de
protocolo, y antes de alzar el tapiz, dijo, pausada y firmemente:
— Me
quedaré a la puerta de Palacio, para recordar a Vuestra Señoría, en el momento
preciso, los deberes que le atañe en servicio de Dios y de Su Majestad...
Don
García empuñó ambas manos y dio un golpe en el suelo, con la planta de su bota.
Desapareció
el fraile y ninguno de los cuatro caballeros que quedaron en la sala quiso
interrumpir el embarazoso silencio que hubo allí.
Por fin,
después de un enérgico ademán de impaciencia, el Gobernador dijo a su
mayordomo, que se mantenía inmóvil, junto a la ventana:
—
Bastidas, no quiero ver a nadie, ni hablar con nadie; tenedlo presente. Y vos,
señor de Toledo, advertid que los reos no se comuniquen si no es con los
confesores que los ayuden a bien morir... Id con Dios, señores, terminó,
inclinando ligeramente la cabeza y volviendo la espalda para dirigirse a sus
habitaciones.
—
¡Señor!... formuló Toledo.
El
Gobernador volteó la cabeza, en silenciosa interrogación.
—
Perdonad, continuó Toledo; pero creo que debo advertiros...
—
¿Qué...?
— La
sentencia dice que los reos deben ser ahorcados. . .
—
Ahorcados; sí...
— Se
oponen a ello las ordenanzas reales ...
Relampaguearon
de nuevo las pupilas de don García.
— Ambos
son nobles, continuó Toledo, y no pueden sufrir pena de horca, que es infame...
Tenéis
razón, contestó don García después de un instante; que les corten las cabezas
al pie del rollo, y que después las suban a lo alto de las horcas que
levantaréis en medio de la Plaza... Así guardaránse, a esos caballeros, sus
prerrogativas e preeminencias ...
Y
enderezando hacia el fondo de la sala, desapareció tras el cortinaje.
Al salir
de la casa del Gobernador, después de haber sido “echado” en la forma que el
lector conoce, el Padre Gallegos encontróse frente a ella con un grupo de
capitanes y soldados que esperaban saber alguna noticia de la sentencia, traída
por algunos de los que dentro del Palacio estaban. Al ver dibujarse en el
portal la figura del franciscano, varios corrieron hacia él.
— ¡Están
condenados a pena de horca!, dijo el fraile, antes de que ninguno de los
soldados alcanzara a formular la pregunta que flotaba a flor de sus labios.
— ¡No es
posible!, acentuó enérgicamente Pedro Dolmos de Aguilera, aquel caballero que
junto con Ercilla y Pineda había salido a la Plaza a disputar la sortija.
No
contestó el fraile, pero todos quedaron ciertos de que la sentencia era esa.
Conocían la violencia del carácter del Gobernador, su desmedido orgullo y la
inconsciencia con que a las veces dejábase arrastrar en sus arrebatos; no hacía
mucho tiempo, en plena calle de la ciudad de Concepción, había agredido, espada
en mano, a su Asesor Letrado, Licenciado Alonso Ortiz, “dándole con ella muchas
cuchilladas al Asesor, de cuyas manos hizo quitar, allí mismo, la vara de la
justicia, oprobiosamente”, y sólo “por vengar cierto enojo que tenía contra el
dicho Licenciado, de atrás”. En otra ocasión había hecho algo parecido con su
otro Asesor, el Licenciado Santillán, que unía a su empleo el alto cargo de
Oidor de la Audiencia de Lima; “por una nimiedad fuéronse en palabras, y díjole
que le ahorcaría, e otras palabras muy feas, e además le dijo: a estos
letradillos, en dándoles el pie se toman la mano”...
— ¿Y
habremos de quedarnos quietos, ante tamaña injusticia, y dejar que esa
sentencia se cumpla...?, formuló con sentencioso acento el sargento distinguido
Alonso de Teruel y Montemayor.
— ¡No,
no!, dijeron varios, en distintos tonos.
— ¡No
podemos!, acentuó Teruel; ¡no podemos!...
— ¿Y qué
hacer?, propuso don Diego Bernal Benavente, cruzándose de brazos y apoyando su
barbilla sobre el pecho.
—
Rogar...
—
Suplicar...
— ¡Pedir
justicia..., interrumpió Alonso Campofrío de Carabajal, el viejo.
— ¿A quién?,
preguntó con manifiesta ironía don Francisco Manrique de Lara.
— ¡Al
propio Gobernador! No se negará a oírnos, si vamos todos. ¡Avante, señores, que
es obra de cristianos!, dijo Campofrío, insinuando un paso adelante.
— ¡Ved
que viene “Bastídicas”..., avisó don Simón Pereira, adolescente soldado
gentilhombre, que no desperdiciaba ocasión para zaherir al “privado” del
Gobernador.
En
efecto, la corpulenta figura de Julián de Bastidas apareció en la puerta del
Palacio, junto al Coronel Toledo y al Alférez Real.
— Aquí
está quien puede llevamos a presencia del Gobernador, terminó Campofrío.
— Señor
de Bastidas, llamó, avanzando hacia él; sed servido de damos paso hasta el
aposento de Su Señoría, que llevamos comisión...
— Pésame,
señor Campofrío, pésame, señores, contestó el interpelado, pero no puedo, y
para lo que pretendéis, que ya lo he sospechado, la entrevista es inútil. El
Gobernador, mi amo, ordenándome ha, que no quiere ver ni hablar con nadie.
La
noticia produjo consternación.
— ¡Los
matarán!... protestó Bernal.
— Mañana,
con el alba, contestó don Luis de Toledo, con emocionado acento.
Y se
encaminó hacia la iglesia de Nuestra Señora. Momentos después, la campana del
templo tocaba agonía.
* * * *
— Señora,
en Dios y en mi ánima, os repito que ello es imposible, y además inútil; el
Gobernador, mi señor, hase encerrado en su aposento del altillo, y aparte de
haberme ordenado que no quiere comunicar con persona alguna hasta después de
que se haya hecho justicia de los presos, ha puesto cerrojo a su puerta y
cuando llama con la campanilla me habla a través...
—
¡Dejadme, señor de Bastidas, que yo pueda llegar siquiera hasta allí y hablar
al Gobernador a través de la puerta... ¡Quiero que oiga mi súplica..., que oiga
mi voz... ¡Ceded a mi ruego, por vuestra salvación! ¡Ceded a mis lágrimas...,
ved que os imploro de rodillas a vuestros pies.!.., terminó, entre sollozos,
doña Jimena Orozco, deslizando, lentamente, hasta las rodillas del robusto
mozo, los bellísimos brazos que hasta ese momento se cruzaban por sobre los
anchos hombros del soldado.
— ¡Alzad,
señora, alzad, por la Santísima Virgen! Bien sabéis que en otra ocasión haría
cuánto me mandarais; pero ahora no puedo, señora, ¡no puedo!, ¡no puedo!
¡Soltadme, soltadme por los clavos de Nuestro Señor!, agregó tratando, con
energía, de desprenderse, sin herirla, de la angustiada niña que se abrazaba a
sus piernas, como un náufrago a la única tabla de salvación.
Bastidas,
con el rostro congestionado, sus ojos humedecidos, sus labios temblorosos y
pálidos, hizo un esfuerzo final y salió del aposento; la muchacha, sollozante,
las rodillas dobladas, el busto y los brazos abatidos en tierra, se abandonó a
su dolor.
Abrióse
lentamente una puerta, y el Padre Gallegos surgió de la obscuridad; avanzó
hasta colocarse al lado de ese cuerpo convulsionado, levantó suavemente esa
cabeza de cabellera desgreñada y negrísima, y dándole apoyo en su brazo
robusto, dijo:
— Y
ahora... ¿qué liaras?...
La niña
lanzó un nuevo gemido, y volteó la cabeza hacia el regazo del fraile; guardó
silencio todavía algunos instantes, y por fin respondió con voz entera, al
mismo tiempo que se incorporaba con energía contrastante:
— ¡Habré
de ver y hablar al Gobernador!...
— Pero...
¿cuándo?... Dentro de un rato sonará la queda, y ya no podrá andar persona
alguna por la Plaza.
— No
importa eso...
— No os
abrirá Bastidas las puertas del Palacio...
— No
importa eso...
— ¿Cómo
lo haréis, entonces?...
— Me
habéis dicho que por salvar la vida a un hombre...
— ¡A dos
hombres!..., rectificó el Padre Gallegos.
— Por
salvar la vida a dos hombres, es deber cristiano hacer cualquier sacrificio...
— ¡Yo lo
haría!, afirmó el fraile.
— ¡Yo lo
hago!... ¡Lo hago!, acentuó la muchacha, cuyos ojazos relampaguearon.
— ¿Cómo y
qué sacrificio es ese...?, inquirió el franciscano fijando recelosa mirada
sobre la joven; ¡hablad, os lo ruego!.. . ¡Os lo mando!, rectificó, al ver en
las pupilas de “la india Jimena”, una resolución inquebrantable.
—
¿Queréis saberlo? No os lo diré, pero podéis verlo, ¡aguardad! ...
Y salió
del “cuarto”, volviendo en unos instantes, seguida de su “ñaña”, una bizarra
peruana que asistía de “llavera” en casa del Veedor Monte, y que había venido
de Lima con doña Juana Copete, su mujer, once años antes. La peruana llamábase
Catalina Diez— había servido de madre a Jimena Orozco, cuando ésta quedó
huérfana y a cargo de la familia de Monte, según ya dije. Catalina contaba por
aquellos tiempos unos veinte años de edad, y en los de nuestro relato se
encontraba en sus treinta años rozagantes. Ambas mujeres llevaban sobre los
hombros sendos rebozos, lo que indicaba que iban determinadas a salir.
—
Seguidnos, si queréis saber dónde vamos, pero a condición de que nada diréis ni
en nada intervendréis...
— ¿A
dónde vais?...
—
Prometed, primero, sin replicar...
— ¡Nada
prometo!, resolvió el franciscano.
—
Entonces, quedad con Dios...
— ¡Con
Dios y Santa María!, acentuó la peruana, y ambas mujeres salieron, rápidas, sin
esperar al fraile. Cuando el Padre Gallegos llegó a la puerta de calle, después
de haber cruzado el patio y el zaguán de la casa del Veedor Monte, que era
donde se habían desarrollado estas escenas, las mujeres habían desaparecido en
la obscuridad de la noche, ya entrada. Elevó sus manos, las metió en seguida
entre las anchas mangas de su hábito, inclinó la encapuchada cabeza y
pronunció, fervorosamente:
— ¡Qué
Dios las proteja, y asimismo su bendita Madre!
Junto a
la Plaza de la ciudad Imperial y al pie de una de las ventanas altas “de
Palacio”, que daban a las habitaciones y a la alcoba del Gobernador don García
de Mendoza, se desarrolló esa noche una escena extraña: dos personas — dos
fantasmas— echaron una cuerda hacia el balcón de la ventana, y por la cuerda
una escalera, por la cual treparon... A poco la ventana se abrió, dibujando, a
la imprecisa luz de una candela que alumbraba el interior del aposento, la
inconfundible silueta del joven y apuesto Gobernador de Chile. Un ahogado grito
de sorpresa de parte del joven, un gemido femenino suplicante, uno de los
fantasmas que penetra por el balcón y luego el otro... La ventana se cierra de
nuevo, y después del profundo silencio de la noche, interrumpido cada media
hora por el lastimero sonido de la campana del templo, que tocaba a agonía...
No
clareaba aún el alba, cuando don García llamaba a su mayordomo Julián Bastidas,
para ordenarle que hiciera suspender la ejecución de los condenados a muerte.
Don
Alonso de Ercilla y Zúñiga y don Juan de Pineda pidieron ese mismo día licencia
para salir de Chile, que les fue inmediatamente concedida; Ercilla partió rumbo
a España y a la Corte, llevando entre su equipaje de soldado pobre, las
primeras cuartillas de su poema La Araucana que inmortalizó su
nombre y lo grabó con rasgos indelebles en las páginas del Libro de Oro de la
literatura castellana.
Don Juan
de Pineda, desengañado del mundo, encaminóse a Lima y fuése a golpear las
puertas del Convento Agustino, en donde profesó, vivió y murió santamente.
En el
juicio de residencia a que fue sometido el Gobernador don García de Mendoza,
cuando fue relevado de su cargo, dos años más tarde de estos acontecimientos
figura un capítulo de acusación — el N° 147— que dice así:
“147. —
Ítem, se le hace cargo al dicho don García, que se gobernaba e se gobernó por
una doncella, cuyo nombre consta de la pesquisa secreta que se ha hecho; e que
permitía y permitió que entrase la dicha doncella de noche por una ventana; e
que estando encerrado en la dicha su casa e habiendo mandado hacer justicia en
don Alonso de Arzila e don Juan de Pineda, la dejó de hacer por intersección de
la dicha doncella, y de otra mujer que fue con ella; e que estuvo jugando con
ellas casi toda esa noche, estando los dichos caballeros confesándose para buen
morir; e decía don García, e lo escribió de su mano que más valía gobernarse
por una india, e no por una... española soberbia”.
(Hago
presente al lector, que al copiar estas líneas, he suprimido, allí donde puse
puntos suspensivos, una palabrita de cuatro letras).
El Juez
de residencia, Licenciado Juan de Herrera, sentenció lo siguiente:
“147.—
Item, en cuanto al cargo ciento cuarenta y siete, que es que el dicho don
García se gobernaba por una india, le pongo culpa grave”.
¿Cómo
vengó estas ofensas a su persona y a su corazón, don Alonso de Ercilla y
Zúñiga?
En las
páginas de su obra inmortal, La Araucana, apenas dedicó dos
palabras al Gobernador y Capitán General del Reino de Chile, don García de
Mendoza, el orgulloso hijo del Virrey, bajo cuyos estandartes combatieron los
tercios españoles en la pacificación, aunque momentánea, del Estado de Arauco.
¡Venganza
de poeta para un mal juez y para la traición de un rival!
§ 3. El
balcón de Pero Menéndez
Muy
pasada estaba ya la medianoche “del 24 al 25 de febrero de mile e quinientos
e sesenta e dos annos”, cuando en el balcón cabecero de la posada de Pero
Menéndez, sargento distinguido de Jinetes Corazas de Penco, se esbozó la figura
de un hombre que, a juzgar por su actitud, tomaba severas precauciones para que
su presencia no fuera advertida. Sin dar pechos al balcón, echó una mirada
acuciosa por ambos lados de la calle, pana cerciorarse de que estaba solitario,
puso oreja atenta durante algunos segundos y una vez que su inspección le dejó
satisfecho, afianzó una cuerda a los barrotes y se dispuso a bajar, por ella,
hasta la vereda; cimbró una pierna, y a horcajadas sobre la barandilla cerró el
balcón, cimbró después la otra, y se dejó deslizar hacia abajo, “pulso a
pulso”.
Encontrábase
todavía columpiándose en el espacio, cuando oyó el cercano ladrido de un perro,
y algo así como el rechinar de un gozne... Quiso detener, instintivamente, su
.descenso, pero en un impulso inevitable hizo lo contrario: de un salto se
encontró en tierra. El choque de su cuerpo, la obscuridad que lo envolvía y lo
comprometido del momento, perturbaron por unos instantes las facultades del
misterioso personaje, y sólo dióse cuenta de sí mismo cuando oyó una voz airada
que lo apostrofó de bellaco y sintió en su cuerpo los firmes golpes que le
administraba un brazo que debía ser robusto.
No era
cojo ni manco el agredido y tras de algunas expresiones alusivas a la mala
madre de su desconocido atacante, tiró de la charrasca y se aprestó a parar y
devolver golpes; y al notar el efecto de los suyos y la retirada que empezaba a
insinuar el agresor ante la firme y certera muñeca que se le había puesto al
frente, acosóle hacia la mitad de la calle, gritándole:
— Non
fuyades, seor mentecato traidor, que os habré de matar, así os ocultáredes
debajo de la tierra... ¡Júrolo por mi salvación!
Estas y
otras expresiones que el agredido lanzara en el ardor de la refriega tuvieron,
especialmente las últimas, en las que el caballero, cegado por la indignación,
había puesto su alma sin precaverse de guardar el incógnito, tuvieron, repito,
una virtud mágica:
— ¡Es el
Corregidor!..., exclamó el atacante.
— ¡El
Corregidor!..., repitió la voz de un tercer personaje que hasta ese momento no
se había insinuado, y que permanecía, seguramente a la expectativa, al salto de
la calle.
Y sin
más, ambos volvieron espaldas, como en instantáneo consenso, y huyeron, calle
abajo el uno y hacia una quebrada el otro, dejando al llamado Corregidor,
perplejo entre perseguir a éste o aquél, y, lo más lamentable de todo, sin
tener sospecha, la que menor, de quiénes pudieran ser tales sujetos.
Pasados
los primeros instantes de esta indecisión, el caballero enfundó la espada y
recogió el extremo de su capa caída del hombro derecho durante la refriega; y
mientras atendía a la corrección de su indumentaria levantó varias veces la
cabeza para mirar al balcón... Ningún movimiento se notaba allá arriba. A pesar
del alboroto que habíase producido con la reciente refriega, los postigos
permanecían cerrados, con pertinacia, y sin que el más débil rasgo de luz
interior ni el más leve ruido hirieran la silenciosa densidad de aquella noche
negra.
Arrebujóse
en su capa, afirmó, con una palmada, la emplumada gorra, y alargó el tranco en
retirada, resueltamente; tres o cuatro pasos había avanzado, cuando sus pies se
enredaron en algo que hizo tambalear su persona.
— ¡Los
demonios!..., imprecó, poniéndose, rápidamente en recelosa guardia.
Era la
cuerda por donde se había descolgado del balcón... La recogió y, acomodándola,
tranquilo ya y sonriente, bajo el brazo, continuó su interrumpida marcha. Cinco
minutos más tarde encontrábase en su alcoba y al poco rato “mató” la luz de la
candela que amarillenteaba sobre el taburete velador.
¡Quiénes
habrán sido esos tunantes!..., fue el último pensamiento que se diluyó en la
mente del preocupado caballero al pasar a la inconsciencia del profundo sueño
en que, al poco rato, se encontraba sumido.
El Factor
y Veedor de la Real Hacienda, Rodrigo de Vega Sarmiento, había venido a este
mundo para molestar al prójimo; y el Destino había determinado que esos
prójimos fueran los chilenos, como si los habitantes de este Reino en los
tiempos en que actuó entre nosotros el susodicho Factor, no hubieran tenido
suficientes dolores de cabeza.
Intruso,
vanidoso, pendenciero, intransigente, revoltoso, mala lengua, procaz (Dios me
perdone los recuerdos que estoy haciendo del Veedor), no tuvo paz con nadie, ni
aun con su propia mujer, doña María de Castro, que alcanzó fama de santa y, sin
embargo, “le disparó a su marido una candela”, cierta vez que perdió la
paciencia con las “tiranías” del ogro que le había caído en mala suerte.
Cuando
vivía en Sevilla — antes de pasar a las Indias— “estuvo condenado a muerte”,
según corrían sus enemigos, que eran innumerables; Vega Sarmiento explicaba
este mal trance de su vida en España, diciendo que su prisión había sido
motivada “por cuestiones como caballero fidalgo” y que la justicia lo había
absuelto. Aceptando la explicación del interesado, queda en claro que estuvo
preso por bochincrero, cuando menos, y de esto estamos hablando.
Provisto
del empleo de Factor Real para el Reino de Chile, embarcóse en Cádiz en “el
Armada” del Marqués de Cañete, que zarpó de ese puerto en 1553. El Marqués
venta de Virrey al Perú, acompañado de su hijo don García de Mendoza, a quien
destinaría, luego de llegar a Lima, como Gobernador de Chile. El Factor Vega,
en consecuencia, debía tener presente que venía en la compañía de personas, con
las cuales habría de convivir desde los primeros días en que llegara a su
destino y tal vez durante mucho tiempo.
Sin
embargo, su mal carácter lo precipitó a reñir con medio mundo durante la
navegación, hasta el extremo de que, aburrido el Capitán del barco, lo hizo
trasbordarse a otro de los del convoy, antes de llegar a Nombre de Dios, lo que
vale decir que el trasbordo se hizo en plena mar...
Llegado a
Callao “tomó bordo” en el navío de Francisco de Valenzuela, en viaje a Chile;
pero antes de llegar a Arica ya habíase peleado con el Capitán, porque no le
había proporcionado el camarote de su agrado, que era el que venía ocupando
otro Veedor, Vicente de Monte, con quien también riñó por lo mismo. En Arica
desafió al soldado distinguido Pedro de Ocampo y si éste no le aplicó una
paliza, “por las bravatas del Veedor”, fue debido a que “se lo rogaron muchos”.
Cuando la
expedición arribó a Talcahuano y empezó el desembarco en la isla Quinquina, el
Factor Vega consideróse ya en su casa y en plenas funciones de su importante
cargo, y su mal carácter se redobló. A pretexto de que su empleo de Veedor le
daba derecho y autoridad para inmiscuirse “en todo lo que atañe a la hacienda
de Su Majestad”, Rodrigo de Vega inspeccionaba e interrogaba a los soldados, a
los capitanes, a los maestres de campo, “a los capellanes, clérigos y frailes”
y aun a los eclesiásticas constituidos en dignidad, como lo eran los vicarios y
visitadores del Obispado de Charcas, cuya era la jurisdicción de Chile.
Antes de
un mes, el irascible Factor Vega había sostenido violentos altercados con
Francisco Gudiel, Gonzalo Martínez, Alonso de Ovando, Alonso de Quintero, con
los clérigos Juan Jaimes y Lorenzo de Valderrama y con el canónigo
“maestrescuela” Hernando de Vallejo, visitador eclesiástico y confesor del
Gobernador, don García. Tal conducta, perjudicial para la paz que debía reinar
en un campamento militar frente al enemigo, no podía ser tolerada por el
Gobernador, y un día Rodrigo de Vega recibió la orden de trasladarse a
Santiago.
— ¿Es que
el Gobernador quiere echarme de su lado para que no vea el servicio que aquí se
hace a Su Majestad?, interrogó en son de protesta el Veedor, cuando el Capitán
Alonso de Reinoso le comunicó la orden.
— A mí no
me pregunte, vuesa merced nada, contestó éste, porque yo sólo obedezco lo que
me han mandado.
— ¿Y qué
le han mandado a vuestra merced...?
— Que le
saque de aquí, y lo mande a Mapocho, con dos de mis soldados, contestó
tranquilamente el Capitán.
— ¿Y si
yo no quisiere salirme de Penco...?
— Quiera
que no, vuestra merced se saldrá, y esta misma noche, agregó el militar, que yo
no quiero ocuparme más de esto. Y dio la espalda al Ministro de Hacienda.
— ¡Vea,
todavía, una palabra...! ¿Es que estamos aquí entre tiranos... peores que
Gonzalo Pizarro...?, gritó el Veedor, exasperado ya por las expresiones
terminantes que acababa de oír.
Reinoso
volvió sobre sus pasos y endilgó hacia el Veedor en actitud que a éste no debió
parecerle tranquila, pues antes de que el Capitán llegara a cuatro pasos de
distancia, Rodrigo de Vega desenvainó su espada; y como, a pesar de la amenaza,
el Capitán no detuviese su avance, le lanzó un altibajo...
Reinoso
esquivó el cuerpo sin aspaviento alguno, echó las manos al cuello del
provocador, le aplicó dos o tres zamarreos y, por último, lo arrojó de lado,
“adonde quedó lamentándose”, iba a darle un puntapié, como de propina, pero
tuvo compasión de verlo arrollado en tierra como un estropajo.
— No le
quitéis ojo, mandóles a dos soldados de su compañía, que acudieron a su
llamado, y así como tengáis ensillado el caballo más ruin, montadle en él y
conducidle a Mapocho, al trote de la bestia...
— ¿Cómo
al trote...?, exclamó, alarmado, el lamentable Veedor.
— ¡Al
trote de la bestia, y sin estribera!...
No hay
para qué agregar que el infortunado Rodrigo de Vega llegó a Santiago a caer en
la cama.
Habían
transcurrido cinco largos años desde que había hecho tan escarmentable y rápido
viaje, desde Penco a la capital del Reino, y todavía no podía olvidar el
vengativo Rodrigo de Vega, a pesar de que durante este tiempo había padecido
castigos, prisiones, insultos, palizas sin cuento, y aun estocadas que le
habían puesto “en peligro de prisión”, pues el Factor, emperrado en
“contradecir” las órdenes de pago que impartía el Gobernador don García, había
llevado su insolencia hasta exigir, al no menos violento mandatario, “que
exhiba la cédula que de Su Majestad tiene para gastar su hacienda”.
Por
suerte, don García había sido relevado de su alto cargo, mientras el Veedor
estaba en prisiones, y el nuevo Gobernador Francisco de Villagra, en albricias
por su nombramiento, le había indultado lo que le restaba de pena.
No tardó
el Veedor en llegar a Concepción para ponerse a las órdenes del nuevo
mandatario, tal cual se manifestaba justamente -agradecido; pero su alegría por
verse nuevamente libre en aquella ciudad, al lado de su familia y al calor del
hogar “tan suspirado” durante tan largos sufrimientos, quedó tronchado, cuando
supo que Villagra había nombrado Corregidor de la ciudad al Capitán don Alonso
de Reinoso. Saber la noticia, venírsele a la mente el viaje “al trote” que el
Capitán habíale obligado a hacer desde Penco a Santiago en aquel ruin jomelgo
de sus pecados y sentir los vehementes impulsos de una
venganza, fue instantáneo.
Si
Reinoso era el Corregidor, como quien dice la primera autoridad de la ciudad,
Rodrigo de Vega era el Veedor y “habilidad nota e pluma” tenía para hacerle
sentir, en alguna ocasión, el peso de su autoridad como severo e incorruptible
vigilante de la hacienda real, o de cualquiera otra manera, pues el Veedor
estaba convencido de que su cargo de fiscalizador le daba facultad para meterse
en todo.
Y para
estar al corriente de todo cuanto hiciera el Corregidor, el incorregible
Rodrigo de Vega recurrió al arbitrio de ponerle espías que le siguieran por
donde anduviera, “en especial de noche”, y le pasaran el cuento. Otros espías
le puso también “en sus despachos”; pero eran tan simples y claros los
procedimientos que empleaba el Corregidor para gobernar la ciudad de Penco, que
bien poco de nuevo ni de raro pudieron decirle y que no lo supieran el Veedor
como el vecindario.
Desconfiaba
ya de poder coger al Corregidor en un renuncio, cuando unos de los espías,
Francisco Pezoa, trajo al Veedor una noticia gorda...
— ¿Qué es
ello...?, inquirió Rodrigo Vega, llevando a su informante hacia un rincón del
corral de su casa.
— Pues,
que el Capitán Reinoso... visita... casi todas las noches... a una señora...
—
¿Casada...?, interrogó, ansiosamente.
—
¡Casada!
— ¡Ya te
tengo en el puño, pícaro!, exclamó el Veedor. ¿Y quién... quién el marido...?,
insistió.
— ¡Pero
Menéndez!...
—
¿Menéndez...Menéndez?... ¡Ah!, ya sé quién es! Infeliz Pero Menéndez ¿Pero
cómo... cómo es eso? ¡Cuenta, amigo Pezoa, cuenta!
Nada
tardó el espía en comunicar a su mandante que la mujer de Pero Menéndez,
sargento distinguido de la Compañía del Capitán don Alonso Pacheco, recibía las
visitas clandestinas que, una noche sí y la otra también, le hacía el
Corregidor Reinoso, mientras el marido permanecía en el fuerte de A rauco, con
el ojo avizor sobre la indiada.
— ¿Pero
estás seguro de que el adúltero es el Corregidor? ¿No te habrás equivocado,
Francisco Pezoa?
— Tan
seguro estoy que podría jurarlo-, contestó el espía. Pero si vuesa merced lo
duda, puede convencerse por sí mismo, cuando sea de su agrado...
— Esta
noche, contestó Pezoa.
El Factor
Rodrigo de Vega Sarmiento quedó espantado de la audacia del Corregidor de
Penco-; por sus propios ojos había visto que “pasada la queda”, un hombre
embozado llegaba al pie del balcón de Pero Menéndez, echaba por alto una cuerda
sobre la barandilla, y se trepaba por ella “pulso a pulso” y se introducía por
la ventana “sin el menor temor de Dios”.
Al cabo
de un largo rato — ya cerca de la medianoche— el mismo sujeto aparecía en el
balcón, afianzaba la cuerda y se bajaba con la misma tranquilidad, y se
marchaba “calle abajo”. Que el tal hombre era Reinoso, no cabía duda: Rodrigo
de Vega habíalo seguido a la distancia y vístolo entrar en su propia posada.
Presentar
la primera autoridad de la ciudad en manos de un “escandaloso” que escalaba los
balcones de una mujer casada en ausencia de su marido, era una venganza
bastante satisfactoria para Rodrigo de Vega; si no llenaba por completo sus
anhelos, era un buen comienzo para prepararle al Corregidor su ruina definitiva
a corto plazo.
— Amigo
Pezoa, díjole al soplón, te estoy muy agradecido y te has ganado veinte reales,
que aquí van; pero aún quedan en mi bolsa cinco pesos de buen oro que estoy
pronto a entregároslos, uno sobre el otro, cuando completes el encargo...
— ¿Y qué
habré de hacer, para que me deis ese oro?, preguntó codiciosamente el espía.
—
¡Sorprender al Corregidor en su aventura escandalosa y darle, si ello es
posible, una estocada...!
— ¡San
Carlos!..., exclamó Pezoa. Muy hermoso es contar en mano propia cinco pesos de
oro, señor Veedor, pero el caso es comprometido...
— No lo
es tanto, maese Pezoa, explicó Rodrigo, si lo pensáis bien: el Corregidor, por
la cuenta que le tiene, se guardará mucho de alborotar si recibe un daño en
tales andanzas y menos aún si tiene en cuenta que hay un marido burlado que
buscará vengarse...
— No,
contestó Pezoa inmediatamente, pero echando sus cuentas, mentalmente, llegó a
la conclusión de que podía ganarse las monedas sin comprometer su persona, pues
entre sus amigotes tenía a varios que por cuatro reales eran capaces de
arriesgar el pellejo en cualquier aventura. Con algunas reticencias, y previa
la recepción de la mitad de la suma prometida, Pezoa se comprometió a llevar a
cabo el peligroso plan del Veedor, “cualquier noche que fuera buena”.
Sin
decirles, por cierto, que se trataba, nada menos, que del Corregidor Reinoso,
el bellaco de Pezoa se buscó dos sujetos, a quienes instruyó de lo que tenían
que hacer, frente a la posada de Pero Menéndez, cuando vieran bajar del balcón,
por una cuerda colgante, al galán que visitaba a la adúltera; ya sabe el lector
el resultado de la aventura: todo iba saliendo lo más bien, en aquella noche
negra del “24 al 25 de febrero de mile e quinientos e sesenta e dos annos”;
pero cuando el par de badulaques reconocieron la voz del Corregidor Reinoso, y
sobre todo, cuando el primer asaltante probó la firmeza de su muñeca, ambos
volvieron rápidamente las espaldas y desaparecieron como gamos.
Pero
Rodrigo de Vega no se resignó a quedar burlado “e habiéndose encontrado con el
Corregidor, ante copia de gente principal, le enrostró que vivía en tractos
inhonestos y con escándalo con mujer casada; el Corregidor no dijo, sino que el
Veedor estaba loco; pero al día siguiente, Rodrigo de Vega fue encontrado
frente a su posada con muchas cuchilladas de unos amigos del Corregidor, que le
golpearon e le dejaron por muerto”.
§ 4. El
Cabildo de Santiago defiende una mitra
Tras de
largos años de expectativas, de no pocas decepciones y de no escasos incidentes
que a las veces lindaron en tragedia y sainete, los santiaguinos iban a
presenciar una ceremonia que los llenaba de satisfacción y hasta de orgullo: la
capital de las provincias de Chile— aun no teníamos el título do Reino— iba a
salir, por fin, de la categoría de modesto curato dependiente del lejano
Charcas, para convertirse, nada menos, que en Sede Episcopal, con canónigos y
todo; pero esto era sólo una parte de tanta dicha: el nuevo mitrado no era un
señor que viniera de afuera a recoger en Chile honores y preeminencias sin más
título que el de haber obtenido del Soberano una merced o granjería en las
Indias, como premio de servicios efectivos o no, en cualquier parte de los
vastos dominios de la Corona; el nuevo obispo era un personaje “De Mapocho”,
una persona familiar a todo el vecindario, un verdadero camarada que había
convivido con los viejos conquistadores sus penas y alegrías, desde antes que
las huestes de Pedro de Valdivia acamparon al pie del “cerrillo”. El Bachiller
Rodrigo González Marmolejo, primero y reciente Obispo de Chile, había formado
parte de la expedición conquistadora, como capellán castrense, desde las
serranías de Tarapacá.
La
erección de este Obispado y la designación del Bachiller González para
diocesano, no habían sido empresas tan sencillos, a pesar de la unanimidad con
que lo solicitaran las autoridades y el vecindario, y la buena voluntad que se
manifestó en la Corte desde que se recibió allí la primera petición que en este
sentido hiciera Pedro de Valdivia en su carta al Emperador Carlos V, fechada en
15 de octubre de 1550. En ese tiempo las relaciones entre el Emperador y el
Pontífice distaban mucho de ser cordiales y las representaciones de Su Sacra
Real Majestad quedaban enredadas en las “subtilezas” y recelos del Cardenal
Secretario; mal de su grado, el ministro del poderoso Carlos V tenía que
disimular los desaires, guardar antesalas y “mirar la cara” a los purpurados
del Vaticano para muchísimas cosas un poco más importantes que la erección de
un Obispado en el rincón más apartado de las Indias.
Ajenos a
estas triquiñuelas de la alta política europea, los habitantes de las
provincias de Chile no cejaban en su empeño de tener mitra en casa y creyendo,
tal vez, que una presentación colectiva podía determinar una rápida resolución
satisfactoria del Monarca, elevaron a la Corte, en 1554, una “súplica”, firmada
por los cabildos de todas las ciudades de Chile: Santiago, Serena, Concepción,
Angol, Villarrica, Imperial, Valdivia y Osorno; en efecto, el Emperador no pudo
desentenderse por más tiempo — 4 años— de una petición tan cristiana de sus
lejanos súbditos chilenos, pero se limitó a contestarles lo único que podía:
“Lo del Obispado, que se haga; y dígase a los cabildos que aquí se hará la
presentación al Santo Padre, para ganar tiempo”...
Pero en
esto de ganar tiempo transcurrió el suficiente para que el Emperador se
aburriese de gobernar flamencos e italianos rebeldes y de estar contemporizando
con cardenales de malas pulgas, y llegó el momento en que se metió al
Monasterio de Yuste, huyendo del mundo y de sus pompas vanas, como dijo el
otro. Por cierto, que el nuevo Monarca, Felipe II, no se desvelarla pensando en
el Obispado ni en el Obispo chileno, y ahí quedó eso.
Y pasando
los años se completaron los once desde la fecha en que se hizo la primera
petición, y durante todo este tiempo, y con el cambio de soberanos, de
ministros, de cortesanos y de favoritos, el Obispado do Chile sufrió todas las
vicisitudes y alternativas imaginables, no siendo la menor cierta intriga que
tejió el franciscano Martín de Robleda para difamar ante el Rey al venerable
Bachiller González, candidato de los chilenos, hasta lograr que se eliminara su
nombre, colocando en su lugar el del astuto y ambicioso fraile; pero la
justicia divina fue manifiesta y un patatús eliminó, a su vez, oportuna y
definitivamente, la candidatura del franciscano, dejando sin competidor al
Bachiller González,
Por fin,
en el consistorio de 18 de mayo de 1561, el nuevo Pontífice Pío IV, preconizó
la erección del Obispado de Chile; para que tuviéramos diócesis en este
apartado rincón de la cristiandad, fue menester que desaparecieran Emperadores,
Pontífices, ministros y cardenales que gobernaron la Europa durante un largo y
trascendental período.
Pero
todavía tenía que transcurrir un par de años largos antes de que nuestro
Obispado fuera una realidad; los correos de aquellos tiempos eran tardíos y el
“cajón del Rey” debía tomar muchísimas precauciones para atravesar el
Atlántico, cruzar el Istmo y llegar al Pacífico austral; en este caso la demora
habría de ser mayor, pues las Letras Patentes y las Reales Cédulas referentes a
la creación del Obispado de Chile deberían hacer una excursión a los Charcos,
Alto Perú, a fin de que el Diocesano, del cual había dependido hasta entonces
la jurisdicción eclesiástica de las provincias de Chile, pusiera el cúmplase a
la desmembración.
En
efecto, las Letras se recibieron en Santiago la tarde del 15 de julio de 1563,
de manos del clérigo Francisco Jiménez, enviado por el Obispo peruano para que,
junto con entregarlas al nuevo pastor, don Rodrigo González, “le diera el
abrazo de paz en nombre de su hermano en Cristo”.
Esta
clase de comunicaciones, como asimismo todas las que provenían de la Corte,
tenían el carácter de reservadas, por más que, en realidad, no lo fueran tanto;
un mensajero a las veces podía llevar consigo un torpedo y no se daba cuenta de
ello; pero en el caso del clérigo Jiménez sabía muy bien este presbítero la
importancia de los pliegos de que era portador, pues también traía en la
faltriquera su nombramiento de canónigo de la nueva Catedral. Sin embargo, se
guardó muy bien de dejar traslucir la fausta nueva y tan a la perfección
desempeñó su reservada misión, que durante su largo viaje desde Chuquisaca a
Santiago, nadie sospechó de él, “y aun se le tuvo por mendicante”. A duras
penas consiguió en Valparaíso un jamelgo ruin para trasladarse a la capital y
si pudo llegar sin mayores tropiezos hasta el zaguán de posada del Bachiller
González, le costó algún trabajo convencer a la india Inés, la fiel ama de
llaves del Cura, de que debía dejarle franca la modestísima alcoba en que, a
causa de sus achaques, se encontraba recluido el nuevo Obispo desde un mes
atrás.
— La paz
del Señor sea en la casa del Pastor de este rebaño, exclamó Jiménez al caer de
rodillas al lado del lecho del venerable sacerdote; pongo en sus sagradas manos
las Letras Apostólicas y Reales que lo ungen príncipe de la Iglesia, y
requiero, como albricias, su primera bendición...
El grito
que allí se oyó y que luego repercutió en los silenciosos “corredores” del
amplio solar fue el de Inés, la cual, recelosa del recién llegado — como buena
india— habíase quedado detrás de la puerta a medio entornar, para ver y oír lo
que hiciera y dijera; y mientras el anciano se echaba de espaldas sobre su
lecho para disimular su profunda emoción, la india y los criados salieron a la
calle, “dando voces que al principio se creyeron de socorro, pero luego se supo
que eran porque teníamos “prelado”.
Aunque
eran las oraciones pasadas y no tardaría en sonar la queda, ello “no fué obste”
para que concurrieran a la Curia — que desde ese momento se denominó “Palacio”
buena cantidad de vecinos que deseaban comprobar la veracidad de la fausta
noticia, y ser de los primeros en postrarse a los pies del prelado y de
felicitar al amigo. No fue de los últimos e] Teniente de Gobernador y Justicia
Mayor, Licenciado Juan de Herrera, en ausencia del Gobernador Gabriel de
Villagra, que se encontraba, como era de rigor, en Concepción, al frente de la
guerra.
La visita
de la primera autoridad civil, tenía en esos momentos, señalada importancia,
pues con las Letras Pontificias el mensajero Jiménez había traído las Reales
Cédulas que ordenaban al Gobernador de Chile, a todas sus autoridades, “vecinos
e homes buenos”, reconocer al nuevo Obispo, ponerlo en posesión de su
cargo, “e amparallo en ello”.
Herrera
recibió los pliegos y como no era ese el momento de abrirlos con la solemnidad
que merecían, se limitó a decir:
—
Reconozco a Su Ilustrísima, desde luego, en el alto rango que le dan estas
Letras, y honrarle habremos cual corresponde; mas, como representante, aunque
indigno, de Su Majestad, y velando por sus fueros y patronazgo, daré a Su
Ilustrísima la posesión de la Iglesia y Obispado cuando Su Ilustrísima se
presente a recibirlo conforme a derecho...
El
Licenciado tenía razón y no era cosa de rehusar el cumplimiento de tal
elemental obligación. Postrado, como estaba, en su lecho, el nuevo Prelado hizo
esa misma noche, ante el notario Juan Hurtado, la aceptación formal del cargo y
previendo que no podría recibirse personalmente de él, a causa de sus achaques,
designó “a tres personas dignas” para que lo hicieran en su nombre: al
dominicano Fray Gil González de San Nicolás, superior y fundador de su convento
en Chile; al Licenciado Agustín de Cisneros y al Clérigo Francisco Jiménez, que
a su cargo de Canónigo de la nueva Iglesia Catedral, unía la circunstancia de
haber sido el portador de las Letras Patentes.
No había
para qué postergar tampoco, la recepción del nuevo Prelado de Chile y sólo se
dejó pasar un día para realizarlo; lo indispensable paria disponer los
sencillos preparativos de la ceremonia religiosa y civil que no sólo vendría a
satisfacer los justos anhelos de regocijo del devoto vecindario, sino que
convertiría, de golpe, en majestuosa Catedral la modestísima Iglesia Mayor aún
inconclusa.
A las
ocho de la mañana del subsiguiente día, 18 de julio de 1563, las guardias del
Cabildo situáronse delante de las puertas cerradas del templo para impedir que
la “turba y plebe” que esperaba desde temprano en la calle y en la Plaza, se
precipitara en desorden y se posesionara de la única “nave” habilitada para
recibir a los fieles, y en la cual habíanse dispuesto los sitiales, sillones y
“bancos” de las autoridades y los recintos destinados al vecindario noble.
Porque ya en esa época, apenas unos veinte años de la fundación de Santiago,
existía una delimitación precisa de las distintas clases sociales; en la
nobleza figuraban, por derecho propio, los funcionarios de la guerra oficiales,
sargentos, cabos y soldados distinguidos— los empleados de hacienda y de
administración civil, los encomenderos, comerciantes y algún “platero”
enriquecido a causa de su mismo oficio. La demás población “blanca” de
artesanos, soldados, “oficiales” de los gremios, pulperos, bodegoneros,
constituía “la turba” y, por último, los indios de servicio, yanaconas,
esclavos y mulataje, eran “la plebe”.
Los
atambores y un cuerno, a modo de clarín, anunciaron, desde la Plaza, que las
autoridades y “corporaciones” habían salido de “las Cajas” con dirección al
templo. El documento que me sirve de guía establece, formalmente, que el
Teniente de
Gobernador,
los alcaldes, regidores y demás que formaban la comitiva oficial — según dicen
los “cronistas” de ogaño— tuvieron que hacer muchos esfuerzos para abrirse paso
por entre “la multitud” que se agrupaba en el trayecto desde “Las Cajas”,
actual Telégrafo del Estado, y la puerta principal de la Iglesia Mayor, que en
aquella época “caía” hacia la calle de Bartolomé Flores, que así se denominaba
la que actualmente es “calle de la Catedral”.
Todo es
según el color del cristal con que se mira, como dijo un miope; la población de
Santiago alcanzaba aquel año a unas mil quinientas personas, españoles e
indios, según lo asegura mi respetado amigo don Thomás Thayer, que lo sabe; si
a esto se le consideraba “multitud”, suponiendo que todos los habitantes se
hubiesen reunido en la Plaza, yo no estoy dispuesto a contradecir y, por lo
contrario, holgaréme en dejar establecido que a la ceremonia de la inauguración
episcopal asistió “todo Santiago”.
Terminada
la “misa de gracias”, que fue oficiada por el Maestro Paredes, Visitador y
Vicario General, hasta ese momento, del Obispo de Charcas, se procedió a la
ceremonia de la entrega “material” del poder episcopal.
Los tres
apoderados del nuevo Obispo, llevando al medio al clérigo Jiménez,
enfrentáronse, solemnemente, al Teniente de Gobernador, que ocupaba su sitio de
honor a la bajada del presbiterio, “rodeado de sus súbditos”, y le pidieron,
por boca de Jiménez, ser recibidos en el cargo, en representación de don
Rodrigo, según el poder que para ello tenían.
—
Necesito conocer el mandato de mi Soberano, semper augusto, dijo el Licenciado
Herrera.
— A quien
Dios conserve para la monarquía del Universo, contestaron el presbítero y sus
acompañantes, con solemne reverencia. Aquí tenéis la Real Orden, terminó
Jiménez, y os exijo que no demoréis su cumplimiento.
El
Licenciado examinó los sellos, los besó, puso en seguida el pliego sobre su
cabeza, y, reteniéndolo luego sobre su pecho, pronunció la fórmula sacramental:
— Acato y
cumplo. Mostradme, ahora, las bulas de nuestro Soberano Pontífice.
“Jiménez
presentó, luego, incontinenti, nueve bulas y letras apostólicas escritas en
pergamino, con las bulas verdaderas y sellos pendientes emanados de nuestro muy
santo Padre Pío, cuarto de su nombre”. Estas bulas y letras fueron leídas, como
era lógico; pero muy pocos de los concurrentes pudieron darse cuenta exacta de
su contenido, porque venían escritas en latín. En todo caso, debemos suponer
que el maestro Paredes, que fue el lector, debió entenderlas bien, porque
consta que las leyó “con buena voz sonora”. Recuérdese que las bulas eran
nueve.
— Debéis
dar fe, ahora, de que el señor Bachiller Rodrigo González acepta “el cargo y
cargas” de esta Diócesis y Obispado. ¿Podéis hacerlo luego? ...
Sabemos
que todo estaba preparado de antemano, de modo que el presbítero Jiménez
contestó:
—
Escribano Juan Hurtado, que presente estáis, dad la fe que se pide...
El
Escribano avanzó, “en facha”, y leyó el documento que había otorgado el
Bachiller Rodrigo la noche anterior. Terminada la lectura, Jiménez mandó,
alzando el tono:
— Señor
Teniente y Justicia Mayor de estas provincias de Chile, os requiero una, dos o
tres veces a que deis cumplimiento a las Letras Apostólicas de nuestro Santo
Padre Pío IV y a las órdenes reales de nuestro Señor Natural don Felipe II, Rey
de las Españas y Emperador de las Indias...
— Estoy
presto...
“Y
tomando de la mano al clérigo, el señor Teniente y Justicia Mayor dio a
Francisco Jiménez, apoderado del Obispo, la posesión de la iglesia e lo sentó
en el sitial, debajo del trono aderezado”; y en esta posición le fueron besadas
las manos. No dice la crónica si el clérigo Jiménez hizo alguna oposición a que
le besaran las manos, ya que, en realidad, no eran las suyas las llamadas a
recibir tal homenaje, aunque fuera apoderado del Obispo.
Una vez
que recibió estos ósculos, el clérigo se alzó de su sitial, bajó la única grada
de su modestísimo e improvisado trono, “y derramó algunos granos de oro a su
alrededor; en seguida paseó por la dicha iglesia, seguido de sus acólitos,
cortó algunas flores, derramó alguna agua, echó fuera de la iglesia algunas
personas de las que adentro estaban, e cerró las puertas de la dicha iglesia, e
luego las tornó abrir, pacíficamente y sin contradicción alguna, todo lo cual
el dicho Francisco Jiménez dijo que lo hacía e hizo en señal de posesión y por
haber adquirido el derecho que al dicho Obispado tiene el dicho Obispo Rodrigo
González y Marmolejo”...
Nada han
dejado dicho las crónicas sobre las festividades privadas que siguieron para
celebrar el fausto y trascendental acontecimiento; pero no hay dudas de que
ellas debieron ser numerosas y sonadas, si he de colegirlo por ciertos rastros
que han quedado en las informaciones de servicios del Regidor Perpetuo Juan
Gómez de Almagro, que un año después partía a la Corte, llevando plenos poderes
del Cabildo de Santiago para oponerse, en nombre de la Capital del Reino —
según lo diré luego— a una grave resolución que había adoptado el reciente
Prelado, y que la ciudad entera calificaba como atentatoria para sus intereses,
presentes y futuros.
Uno de
esos festejos fue el que se realizó en la posada del opulento Regidor Alonso de
Córdoba, en honor del Cabildo Eclesiástico de la nueva Catedral, compuesto,
como el lector ha de saber, del Dean, del Arcediano, del Chantre, del
Maestrescuela, del Tesorero y de los Canónigos, que fueron dos, en sus
principios; esta corporación canónica iba a tener, desde su nacimiento, una
influencia enorme en la vida de la ciudad, y lo natural era que el Cabildo
Civil, o sea, la Municipalidad, le diera la bienvenida con los honores de su
rango, “ansí para complir como para tenellos gratos”, por lo que podía
acontecer, pues humanos somos.
Un
inconveniente habíase presentado para realizar esta fiesta, y era el de que, de
los siete canónigos nombrados por el Rey, sólo había tres en Santiago; pero
este inconveniente había durado poco; los regidores y alcaldes deseaban
establecer relaciones sociales y oficiales cuanto antes, y se pasó por sobre
esa pequeñez, sobre todo, cuando las autoridades civiles buscaban detener
cierto peligro que se cernía sobre la capital, y del cual ya corrían siniestros
rumores. Decíase que “los de las ciudades de arriba”, o sea, los vecinos de
Imperial, Angol, Valdivia, Villarrica y Osorno, habían pedido al Rey que les
creara tamnada si los “arribano”, ensosberbecidos por la
importancia que a causa de la guerra había ido adquiriendo la ciudad de
Conformara parte del nuevo Obispado, desmembrándola de la diócesis de Santiago,
recién creada.
Parece
que durante las conversaciones “de desengraso”, los canónigos de Santiago no
anduvieron muy discretos en cuanto a no revelar sus propósitos ulteriores sobre
los asuntos eclesiásticos, y que uno de ellos, el Arcediano Paredes, manifestó
que
“no
produciendo los diezmos de estas provincias de Chile con qué mantener un Obispo
y sus canónigos, mal podían mantener a dos obispos”...
Estas
palabras que causaron muy buena impresión en los alcaldes y regidores
santiaguinos, revelaron momentos más tarde un inmenso peligro, cuando el
canónigo Ruiz de Aguilar manifestó, sin embozo alguno:
— Pues,
caballeros, para quitar a lis de arriba sus deseos de mitrar, no veo otro medio
que el de trasladar este Obispado a la ciudad de Concepción...
Los
santiaguinos se miraron espantados.
— ¿Qué
dice, Su Merced...?, interrogó ahogando su indignación, el Regidor Alonso de
Córdoba. Esperado hemos once años para tener Obispo en Mapocho, y ahora que Su
Majestad lo ha hecho, ¿habríalo de sacar otra vez...? No me parece, y antes de
permitirlo, el Ayuntamiento gastará el último maravedí...
— No lo
hará, Su Ilustrísima, opinó el venerable Rodrigo de Quiroga; el señor Obispo
Rodrigo González es vecino de Mapocho, y a nos debe su mitra.
El
Arcediano Paredes, jefe del Cabildo Eclesiástico, no podía oír, sin protesta,
una afirmación que suponía al Prelado bajo una influencia material, contra lo
que podría ser una conveniencia para la Iglesia.
—
Téngase, el señor General Quiroga; Su Ilustrísima podrá ser vecino de Mapocho,
pero no podrá desoír a su Cabildo, ni desobedecer las órdenes del Rey si ellos
le mandan trasladar la Silla a Concepción...
Las
palabras del Arcediano eran un aviso; el Maestro Paredes no era santiaguino, ni
lo eran tampoco los canónigos Ruiz de Aguilar y Francisco Jiménez, y si los
tres, mirando por su interés, o por lo que creyeran la conveniencia de la
Iglesia de las provincias de Chile, se acordaban en pedir al Obispo la
traslación de la Sede a Concepción “hasta que Su Majestad provea, el Prelado
podía acceder a la petición de su Cabildo y dejar amenazado el prestigio y
progreso de la capital del futuro Reino de Chile.
La
reunión o el festejo en la posada del Regidor Córdoba terminó “en recelos”, y
desde ese día las relaciones entre los miembros “de ambos Cabildos” quedaron
mal, y tanto, que un año más tarde el vecindario de Santiago se imponía, con
estupor, de que el Obispo González había decretado la traslación de la Sede
Episcopal a la ciudad de Concepción.
El
decreto episcopal se dio a conocer a la ciudad a fines de octubre de 1564; tres
días más tarde, el 2 de noviembre, las campanas de la Catedral y luego las de
todos los templos y ermitas de Santiago, “doblaban” tristemente, por el
fallecimiento de su primer Obispo, don Rodrigo González Marmolejo, que había
permanecido apenas un año al frente de su diócesis.
La Sede
Vacante que se produjo por el Prelado extinto, impidió, por lo pronto, el
cumplimiento del decreto de traslación; y mientras el rey proveía al nuevo
Obispo, el Cabildo de Santiago, en cumplimiento de la promesa que hiciera el
Regidor Córdoba, “gastó el último maravedí” en enviar un apoderado ante la
Corte para impedir que la capital quedara reducida, nuevamente, a simple
curato.
El
apoderado fue el Regidor Perpetuo Juan Gómez de Almagro, y consiguió su objeto,
aunque no pudo impedir que se erigiera un nuevo Obispado en las envidiosas
“ciudades de arriba”: el de Imperial.
§ 5. Las
“Isabelas” de Osorno
No he
podido comprobar la afirmación que han hecho los historiadores chilenos don
José Ignacio Víctor Eyzaguirre y mi reverendo amigo el franciscano Fray Roberto
Lagos, relativa a que el primer Obispo de Imperial, don fray Antonio de
Avendaño y Paz — más conocido en la Historia con el nombre de fray Antonio de
San Miguel— haya sido el fundador de un convento de los años 1569 ó 1570, y si
esto fuera exacto, el primer convento de monjas establecido en Chile habría
tenido su sede en Imperial.
Yo no
hubiera dudado de las afirmaciones de tan autorizados investigadores, si
nuestro Monseñor Crescente Errázuriz, que sabe de estas cosas, junto con
silenciar la existencia de las monjas Claras de Imperial en sus obras “Orígenes
de la Iglesia Chilena” y “Seis años de Historia de Chile”, no dijera
terminantemente, en la primera de ellas, que “Osorno tuvo el honor de ver el
primer monasterio de religiosas en Chile”, y lo comprobara documentalmente. Por
otra parte, aquellos dos historiadores chilenos se demuestran en desacuerdo
sobre la fecha y también sobre muchos antecedentes de la fundación del
monasterio de Imperial, aunque parece indudable que existió posteriormente al
de las “Isabelas” de Osorno.
Dejando
de la mano la aclaración de este punto histórico-eclesiástico, para lo cual no
me considero apto, voy a contar al lector cómo fue y de dónde provino la
fundación del monasterio de las Isabelas, y el por qué de esta curiosa
denominación.
Ocho o
diez años después de la fundación de la ciudad de Osorno, por don García de
Mendoza, tomó vecindad en esa ciudad un alférez, cuyo nombre no se conoce; pero
se sabe que fue marido de doña Isabel de Landa; a poco de llegar, el forastero
pasó a mejor vida — que bastante aporreada la habría llevado— y su viuda quedó
al amparo de la ciudad, sosteniendo sus necesidades con el producto de “dos
indios”, que era todo lo que poseía el difunto. Doña Isabel era ya casi una
anciana, y aunque el trabajo de los dos indios le daba “de comer” y podía
esperar la muerte con tranquilidad, resolvió dedicar sus últimos días “a
enseñar a las indias la doctrina y mostrarles leer”.
En su
propia y modesta vivienda, doña Isabel reunía a media docena de muchachas “de
la tierra” y diariamente les enseñaba las oraciones y los salmos... Estos
últimos formaban parte integrante de la instrucción femenina, o mejor dicho,
monacal, pues que a la mayoría de las muchachas que asistían a esta enseñanza
les picaba irremisiblemente el monjío.
El
apostolado de doña Isabel de Landa, fue edificante, por la obra misma y por sus
resultados; antes de seis meses tenía a su lado una compañera que le prometió
compartir con ella sus trabajos, hasta la muerte. La nueva maestra de indias
llamábase doña Isabel de Plasencia, era también viuda y en el mundo sólo
contaba “con una sobrina doncella, la cual, para no quedar expuesta a las
asechanzas de los demonios, solicitó también ser admitida en la devota casa de
doña Isabel de Lancia. Esta sobrina llamábase, asimismo, Isabel; no se conoce
su apellido mundano, pero sí el de su posterior profesión religiosa: Isabel de
Jesús.
Antes de
un año, la humilde “casa de enseñanza” habíase triplicado en el número de sus
directoras, lo que se tuvo por una bendición de Dios; lo mismo ocurría con las
educandas: de cinco o seis que eran al principio, al finalizar el año el número
de “muchachas naturales” era de veintiuno.
El auge
que había tomado la casa requería, para su buen gobierno, una organización más
severa, y eso fue lo que acordaron las tres “Isabelas” ... Ya en esta época el
vecindario de Osorno distinguía a la Casa de Enseñanza con esta denominación,
que no podía calzar mejor con el nombre de sus tres operarías apostólicas.
Desempeñaba
el cargo de cura de almas de la ciudad el clérigo presbítero Juan Donoso, y a
él correspondía en el hecho — si no en derecho— la tuición y vigilancia del
pequeño colegio; por lo menos, la voluntad de las Isabelas había sido esa, en
retribución a los favores de todo orden que recibían del párroco. Corría el mes
de septiembre del año 1572 — el Colegio había empezado a funcionar, más o
menos, en la misma fecha del año anterior, según consta de una “Relación” del
franciscano fray Montalvo, que fue contemporáneo — cuando doña Isabel de Landa,
que hacía de superiora del Colegio, propuso a sus compañeros establecer
“constituciones” más concretas para su funcionamiento; por cierto que la
propuesta no tuvo oposición, y para dar forma a tal pensamiento fue llamado
inmediatamente el Cura Donoso.
Como las
tres Isabelas manifestaron su propósito de consagrarse por entero a la
enseñanza bajo una disciplina monacal, el Cura empezó por insinuar que el
Colegio se denominara “Monasterio de la Buena Enseñanza”, lo que fue aceptado
con alegría, sin que ninguno de ellos advirtiera que la denominación de
“Monasterio” implicaba una infracción a las pragmáticas reales que reservaban
al Monarca la facultad de crear esta clase de fundaciones. En la misma reunión
se eligió la advocación patronal del Monasterio y la “regla” que adoptarían las
conventuales; el nombre bautismal de las seudo monjas y su popular denominación
de “Isabelas”, indicó con lógica indiscutible, que su celestial patrona debía
ser una Isabel, y fue elegida Santa Isabel, Reina de Hungría; y por ser esta
Santa Patrona una humilde “hermana tercera” de la orden franciscana, el
“Monasterio de la Buena Enseñanza” de Osorno adoptó la “regla” del señor San
Francisco.
Las
“Isabelas” querían, a toda costa, ser monjas y de “clausura”; pero esto último
no era sencillo, careciendo, las pobres, de lo indispensable para tal
condición: una casa. Las tres habían vivido hasta entonces, en la humilde y
estrecha de doña Isabel de Landa, y para su alimentación contaban escasamente
con el trabajo de los dos indios que tenían dados en “alquiler”, por dos reales
al día, al caritativo vecino Diego Nieto de Gaete, y alguna escasa limosna.
Pero el Cura Donoso, en su celo apostólico, proveyó a esta necesidad; poseía
dos solares “junto a la Plaza, con ciertas casas”, y los cedió a las monjas,
fundando allí una capellanía.
Pero,
antes de consumarse esta donación, ocurrió un hecho que vino a confirmar las
bendiciones con que el Cielo estaba favoreciendo a la Casa. A principios de
febrero del año 1573, llegó a golpear la puerta del santo establecimiento una
nueva postulante; al arrojarse a los pies de la Superiora, llevando de la mano
a dos criaturas de corta edad — un niño y una niña — doña Isabel de Landa
reconoció en ella a su hija doña Helena Remón, que acababa de enviudar por
segunda vez...
—
¡Madre!...
— ¡Tú...
mi hija Helena!...
— ¡Yo...
y mis dos huérfanos!...
Abrazadas
y formando con los niños un solo haz, ambas mujeres hicieron comunes sus
confidencias. El Capitán Melchor Bautista Veneas, marido de doña Helena, había
perecido heroicamente durante una campeada por los alrededores de la Imperial,
de donde era vecino feudatario, sin perjuicio de su cargo de Tesorero Real de
Valdivia; su mujer y sus dos hijos quedaban en la orfandad, y si no en la
miseria, por lo menos con limitados recursos. La viuda se encontraba en
situación de reincidir por tercera vez en el matrimonio, porque sus treinta y
cinco años no le estorbaban; pero la pena reciente, y el temor a que apareciera
demasiado pronto un generoso consolador de su viudez, la determinaron a
guarecerse junto a su mache.
Lo que al
principio fue una simple visita filial, se transformó antes de un mes en un
deseo incontenible de la viuda de encerrarse para siempre; pero las “monjas”
apenas tenían para alimentarse las tres, pobremente, y no era cosa tan sencilla
aumentar la cocina para tres bocas más. Doña Helena Remón resolvió el caso sin
titubear; su arrepentimiento era sincero y no quería reincidir en la “coyunda”
por muy santa que la pinten los curas. A condición de que la admitieran con sus
dos hijos propuso a las beatas — ésta era la denominación que, en realidad les
correspondía— que le ayudaran a obtener del Gobernador Rodrigo de Quiroga, le
concediera a su hijo Diego, de cuatro años de edad, la misma encomienda de su
difunto padre. Mientras el niño llegaba a la mayoridad, administraría la
encomienda y recogería sus frutos, el “Monasterio de la Buena Enseñanza”, o
sea, las “Isabelas”.
El
predicamento en que estaban las beatas, no sólo en Osorno, sino en Valdivia,
Imperial y Villarrica, facilitó grandemente la obtención de esta gracia; el
Gobernador no se limitó a acceder a lo solicitado-, sino que concedió, ultra
petita, “treinta indios, de los referidos, al dicho monesterio”, para que los
administrase libremente. Obtenida la gracia, doña Helena Remón “luego que entró
al monasterio, al abrigo de su madre, vistió el mismo traje que las demás”...
Porque
las Isabelas — y esto estaba olvidado de decirlo— usaban ya un traje especial y
uniforme, mitad de viudas, mitad de beatas, según las referencias exactas que
de él nos dejó un testigo de indiscutible exactitud, como debe reputarse al
Capitán Diego Venegas y Remón, hijo de la postulanta Helena, y, por lo tanto,
nieto de la fundadora doña Isabel de Landa. Este fue uno de los niños que quedó
al lado de su madre en el convento o monasterio, según acabo de apuntar.
El traje
que las Isabelas “usaban como propio y común, era una forma de hábito de jerga,
como se acostumbraba traer en cuanto a la color en la religión del señor San
Francisco, en forma de beatas, y por tocado unas tocas grandes de lienzo, al
modo de viudez, que les llegaban abajo de la cintura, como una tercia, y los
mantos con que se cubrían eran de jerga de la color del hábito. Y se nombraban
y eran tenidas, habidas y reputadas en la dicha ciudad de Osorno por las monjas
de Santa Isabel”.
Dije más
arriba que el Cura Donoso, para coadyuvar a poner en práctica el pensamiento de
las Isabelas, en encerrarse en clausura monacal, había resuelto cederles “dos
solares con ciertas casas” que poseía junto a la plaza de la ciudad. Pues bien,
apenas el Gobernador Quiroga accedió a la solicitud de la viuda Remón, el Cura
Donoso subscribió la cesión de los solares, “por siempre jamás”; pero en estos
trámites ocurrió el fallecimiento de la Superiora, doña Isabel de Landa, y la
escritura de aceptación del donativo tuvo que suscribirla doña Isabel de
Plasencio, a la que se había otorgado el título de “abadesa”. La constitución
del monasterio iba rápida, como puede verse.
Poco a
poco, el Colegio fue adquiriendo importancia y basta mayor holgura, con la
admisión de nuevas beatas y aun de educandas que ya no eran solamente “indias
naturales”. Esto vale decir que las Isabelas admitían también a las bijas de
españoles, y por cierto en secciones convenientemente separadas de las indias;
como estas españolas pagaban su pensionado, el Colegio no se vería ya en las
apreturas de los comienzos.
Lo
manifiesta con claridad el hecho de que antes de cinco años, en 1578,
“compraron con limosnas” los otros dos solares de la manzana para acabar de
cuadrar el dicho monasterio; este dato lo proporciona una de las monjas, doña
María de Orosco Hidalgo en una información que rindió en Santiago, después que
el convento de las Isabelas fue destruido pollos indios, a fines de ese siglo
XVI, según contaré en otra ocasión.
Con una
“casa” de tal extensión — toda una manzana— el convento pudo ser de clausura
perfecta, “por cuanto tenía cercado suficiente, portería, torno, iglesia, coro
y campanario”. Esto debió haberse producido allá por el año 1584, pues más o
menos por esa fecha regresó a su diócesis el Obispo fray Antonio de San Miguel,
de vuelta de su viaje a Lima para asistir al Concilio convocado por el
Arzobispo Santo Toribio. El historiador franciscano, Padre Lagos, dice que el
señor San Miguel trajo del Cuzco, en ese viaje, “monjas de Santa Clara para
poblar el monasterio de Imperial, y luego el de Osorno”. Que existiera ya el
primero de estos conventos no hace al caso; lo que importa en esta gestión del
señor San Miguel es la institución o el reconocimiento canónico del “Monasterio
de la Buena Enseñanza”, el cual pasó a denominarse oficialmente Monasterio de
Santa Clara, por ser esta Santa la que fundó el instituto de monjas de la
religión franciscana. Pero el soberano pueblo, que no entiende mucho de
oficialismos, continuó llamando “las Isabelas” a las monjas de Osorno.
Una
peculiaridad merece apuntarse en los anales de este monasterio. Se refiere a
los dos pequeños hijos de la viuda Helena Remón, la primera benefactora del
beaterío de las Isabelas.
Dije que
esta viuda, para ceder al convento parte de la encomienda que le había dejado
su difunto marido, había puesto por condición que la admitieran con sus dos
hijos, un varón de cuatro años y una niña de tres. Se aceptó, en seguida, la
condición; pero una vez que el hombrecito fue creciendo, las monjas — ya no
eran simples beatas— consideraron que no era posible que entre ellas retozaran
unos pantaloncillos que a vista de ojos, se estaban transformando en
gregüesco:... llevado al grave caso al capítulo y a la consulta del franciscano
Padre Vera, que era el director espiritual do las monjas, se resolvió que,
sintiéndolo mucho — porque el chiquillo era una monada— “debían echarlo, como
lo echaron” del monasterio...
Salvados
“los principios” con tal enérgica resolución, “no por eso el muchacho dejaba de
ser admitido continuamente en el convento, entrando adentro muchas veces en el
tiempo que ocupó el puesto de abadesa la dicha su madre” doña Helena Remón. A
los diecisiete años de edad, el joven Diego Venegas y Remón sentó plaza en el
ejército, y después de recibir graves heridas en defensa del monasterio, que
fue el hogar de su infancia — durante el incendio y destrucción de Osorno, en
1600— se retiró a vivir a Concepción, en donde formó su hogar de hombre, en
compañía de doña Mariana Ramírez de Salazar.
Cuanto a
su hermana, la niña Juna Venegas y Remón, que quedó al lado de su madre en el
monasterio, cualquiera podría creer que estaba destinada a vestir el hábito y
las tocas de las Isabelas, siguiendo el ejemplo hereditario de su madre y de su
abuela; pero no, señores; Juanita Venegas no se peinaba para estas tocas
monacales, sino para las alas de la desposada, a pesar de que adentro de la
clausura, donde ella vivía muy satisfecha, no podía asomarse bigote alguno.
El dios
Cupido, sin embargo, acechaba en la cancela de la portería, listo con sus
flechas y su carcaj, y una tarde, en que la muchacha se asomó a la puerta, pasó
por frente a ella, arrastrando la charrasca, en cuyos gavilanes iba enredada la
punta de una capa rojo y gualda, un guapo alférez recién llegado de la
Península, con todos los humos de conquistador de reinos, pareciéndole, aún,
que el de Chile quedaría chico...
Miró a la
muchacha, lo miró ella, la remiró, bajó ella la vista y... ¡Aleluya, Aleluya,
sacristán de mi vida, toda soy tuya!
El
matrimonio del Capitán Tomás Núñez Ramírez, con doña Juana Venegas y Remón, se
efectuó, pomposamente, en la capilla de las Isabelas, en uno de los períodos en
que la suegra era abadesa.
§ 6. La
Real Audiencia de Penco
Fueron
los frailes “franciscos” los que más se empeñaron, poniendo en juego el gran
valimiento de que gozaban en la Corte, por que se “enderezaran los asuntos de
Chile”, con el establecimiento, en este Reino y jurisdicción, de una Audiencia
Real que dirimiera, con la altísima representación del Soberano, las graves
diferencias que se producían entre los mandatarios chilenos distanciados a mil
leguas del Virrey y de la Audiencia de Lima, a cuya autoridad estaban
subordinados.
Las
gestiones de los franciscanos empezaron, casi junto con la llegada a Chile de
esos religiosos, a fines de 1553. Recordará el lector, si es que ha pasado su
vista por “crónicas” anteriores, las ruidosas incidencias en que se vieron
envueltos los hijos de San Francisco a su arribo a Santiago, con motivo de su
instalación definitiva en su actual convento de la Alameda, de donde sacaron “a
fuerza de brazos”, a los clérigos que allí decían misa, por disposición de las
autoridades civil y eclesiástica. Recordará, también, que la grave controversia
que con este motivo se armó, fue resuelta, de golpe y en definitiva, por el
Emperador Carlos V, al ordenar, no sólo a las autoridades chilenas, sino a la
propia Real Audiencia de Lima, “que no sean osados de molestar a los reverendos
frailes franciscos en su tranquila posesión, antes bien, de la administración
civil que ellos estimaran que los amparen en ella”.
Sería
inútil decir que desde entonces los franciscanos tuvieron vara alta en Chile,
no sólo para ejercer su ministerio — que en esto no podía haber cuestión— sino
para intervenir, más o menos directamente en todos los asuntos relacionados con
el buen desempeño de sus tareas apostólicas y misioneras.
Las
graves disidencias ocurridas en el Reino con motivo de la inesperada muerte de
Pedro de Valdivia; las pretensiones de los caudillos Villagra y Quiroga, al
gobierno de estas provincias; la formidable rebelión de Lautaro; la
despoblación o destrucción de las ciudades del sur; la sangrienta
“pacificación” de don García de Mendoza; la muerte del Gobernador Francisco de
Villagra y, por último, las gravísimas ocurrencias que se desarrollaron entre
Pedro de Villagra y Rodrigo de Quiroga, por la posesión del mando, en 1565,
justificaron las gestiones que no solamente los franciscanos, sino que la
mayoría del vecindario, hicieron para que se estableciera en Chile una
autoridad superior que cortara, de raíz, la fuente de todos esos males.
Un
procurador que actuaba en la Corte con poderes de los cabildos chilenos, para
pedir el remedio de estos males, obtuvo por fin, que el Rey Felipe II se
resolviera a dar en el gusto a los insistentes clamores que llegaban de este
Reino, para que instituyera la soberanía real de la Audiencia, con cuya sola
presencia se creía que los araucanos iban a someterse inmediatamente a la
voluntad del Rey de España. Franciscano era el procurador, y sus
correligionarios de Mapocho vieron que no sólo se confirmaba la influencia de
ellos en la Corte, sino que en lo sucesivo podrían ser los árbitros en todos
los asuntos de Chile.
La forma
en que iba a establecerse el Alto Tribunal en Chile, era, por lo demás,
inusitada. El Rey de España, en su deseo de terminar de una vez con la rebelión
de los indios de Chile, y las discordias intestinas, había dispuesto que el
Tribunal asumiera el poder absoluto, esto es, que cesara el cargo de Gobernador
— que en esos días era desempeñado por Rodrigo de Quiroga— y que fuera la
Audiencia misma el Primer Mandatario.
Muy pocas
veces confirió el Rey de España tal suma de poder a sus Audiencias. Si el hecho
ocurrió en tres o cuatro ocasiones durante los tres siglos de su dominación en
las Indias, una de éstas fue la que concedió en Chile; otra particularidad tuvo
la Audiencia chilena, que no la tuvieron las de Lima o México, cuando
alcanzaron, en circunstancias extraordinarias, el título de Audiencias
Gobernadoras: éstas estaban en funciones cuando se producía la acefalía del
Gobierno, y, por lo tanto, los Oidores residían en el país y conocían el
terreno en que iban a actuar; en cambio, la Audiencia Gobernadora de Chile,
cuyos miembros venían de España, llegaban a un país desconocido para ellos,
alejado miles de leguas de la Corte, en el último rincón del mundo, desacreditado
por una rebelión perenne de los naturales y amagado por hondas luchas entre los
españoles.
Los
frailes franciscanos habían sido francos al solicitar del Monarca la
instalación de una Audiencia. “ A Vuestra Majestad toca remediar esta pobre
tierra antes de que se acabe de perder — decía la presentación del Padre Juan
de Torralba, superior de los franciscanos de Chile— y el remedio que entendemos
que conviene es el de que venga una Audiencia, y con brevedad. Si algunos de
los de por acá, por el poco deseo que tienen de ver justicia, dieren que la
tierra es pobre y que no podrán sustentar a los oidores, Vuestra Majestad no
debe creerles; y con esto que decimos, entendemos descargar nuestras
conciencias, para que Vuestra Majestad descargue la suya”.
Decidido,
pues, a regularizar la administración del Reino de Chile, el Rey dispuso, por
real cédula del 27 de agosto de 1565, la creación de una Audiencia que debía
establecerse en “la Concebición”, o Penco, que era la ciudad más importante del
Reino en aquella época: la capital, Santiago, había pasado a segundo o tercer
término, pues existía, también, la Imperial, que se disputaba la supremacía.
El
Tribunal debería ser compuesto por cuatro Oidores y un Fiscal, dotación
corriente de las Audiencias de España. Uno de los Oidores, desempeñaría el
cargo de Presidente regente u, Oidor Decano, como se les denominó más tarde.
Estimó conveniente el Monarca, designar para Presidente a un sujeto que
conociera, más o menos, los asuntos de Chile, aunque fuera de oídas, y fijó su
augusta mirada en el Oidor de la Audiencia limeña, don Melchor Bravo de
Saravia; esta designación tenía su segunda intención; según como se portara la
Audiencia Gobernadora, debía ser substituida por el Presidente, que pasaría a
ser Gobernador, quitando al Tribunal sus atribuciones en lo concerniente a la
administración política y militar del Reino.
La misma
real cédula que creó el Tribunal chileno, designó, también, a sus miembros;
sabemos que uno de ellos, el Presidente, residía en Lima; pero los otros tres
venían de España, de la propia Corte. Eran los licenciados Juan de Torres de
Vera y Aragón, natural de Estepa; Egas Venegas, “que lo era de Montilla, cerca
de Córdoba” y un señor Serra, que por haber fallecido a su llegada a Panamá, su
nombre de pial no alcanzó a llegar a nosotros, “por lo cual no hará la historia
más mención dél, acabando con un requiescat in pace”, según dice el
cronista Marino de Lobera.
Los tres
oidores se embarcaron en Cádiz en los últimos meses de 1565, y los dos
sobrevivientes — ya sabemos que Serra falleció en Panamá— arribaron en mayo del
año siguiente al Callao, dispuestos a seguir prontamente viaje a Penco, a fin
de inaugurar cuanto antes, las funciones del Alto Tribunal; pero se encontraron
detenidos en Lima por la más imprevista de las circunstancias: el Presidente de
la nueva Audiencia, doctor Bravo de Saravia, no había recibido aún su
nombramiento real; se ve que las secretarías de aquellos entonces eran más o
menos como las de ahora, dicho sea sin ánimo de criticar al regimiento de
secretarios de nuestra administración republicana.
Siete
largos meses esperaron los oidores Torres y Venegas que el Presidente Bravo de
Saravia recibiera las reales provisiones; pero como no llegaran en los dos
“cajones del Rey”, que arribaron durante ese tiempo al Callao, determinaron
venirse ellos solos; al fin y al cabo, no podían desentenderse de un hecho
cierto y jurídico: ellos eran, efectivamente, oidores en regla, y no les era
posible retardar su mandato. Además, eran los portadores del Real Sello, el
augusto símbolo de la Soberana Autoridad, y este “adminiculo” estaba haciendo
un papel bastante desairado en el fondo de uno de los baúles del Oidor Egas
Venegas, depositado, prosaicamente, en uno de los barracones que servían de
bodegas en el Callao.
Para
explicar la resolución que tomaron de venirse a Chile sin esperar a su “colega”
Saravia, los oidores hicieron un brillante argumento, alegando el “desmedro” en
que permaneció el Real Sello, en parte tan indecente.
Los
ilustres viajeros contrataron el barco del “jinovés” Lorenzo para que los
trajera a Chile, y “metieron” en él los elementos que consideraron necesarios
para instalar con “lustre y boato” las funciones del Tribunal: esos elementos
fueron un riquísimo dosel de terciopelo grana, con sus “tellices”, alfombras,
cenefas, candelabros, crucifijo, “almohadones para los pies”, amplios sillones
tapizados con felpa ,alabardas, regios uniformes para los alabarderos, cinco
“túnicas garnachas” y, por último, “las armas reales repujadas en plata por
platero”, obra de arte que fue encomendada a Maese Pedro Moreno, el veedor del
oficio en Lima.
Cuando
llegó el momento de pagar las cuentas de estos “chismes”, los oidores
recurrieron al Presidente del Perú, Licenciado García de Castro; pero este
mandatario dijo que none en primer lugar, porque los oidores “habían mandado
adherezar esas ropas motu proprio”, vale decir, sin consultar a nadie, ni aún
al que debía dar la plata, “diciendo que ellos no dependían sino de Su
Majestad, porque eran los oidores della”... No pagó, “ni avanzó”, en segundo
lugar, porque los tesoreros no tenían plata... Podía haberse ahorrado la
manifestación de la primera causa.
— Que
pidan dineros a Su Majestad, y que paguen con él, dicen que dijo el Presidente
Castro, molesto ya con la estirada fanfarronería que durante todo ese tiempo
habían gastado, con todo el mundo, los flamantes oidores chilenos.
Y como el
Presidente se mantuviera en sus trece y los mercaderes exigieran el pago, o en
su defecto, “finanzas abonados” por lo que habían entregado, los oidores se
vieron obligados a endeudarse en más de doce mil ducados, “a pagarlos cuando
lleguemos a la Concebición”.
El barco
del genovés Lorenzo, levó anclas en el Callao el mes de enero de 1567, y a
mediados de mayo fondeaba en la Herradura, o sea, en el puerto de Coquimbo. Las
autoridades de La Serena recibieron a los oidores con grande aparato,
llevándolos a la ciudad, en donde se les tenía preparado un alojamiento digno
de su alta investidura: “el Audiencia”, compuesta, como ya sabemos, de sólo la
mitad de sus miembros, “acetó el convite por hacer muy gran favor y distinción
a los ciudadanos”, pero su permanencia en la ciudad de Francisco de Aguirre no
fue tan larga como lo hubieran deseados los serenenses.
Se
encontraban allí muchos de los adversarios del Gobernador Rodrigo de Quiroga,
que habían ido a dar la bienvenida a la Audiencia Gobernadora, pero con la
segunda, intención de informar a la nueva autoridad contra el actual
gobernante, según era la costumbre de la época, costumbre que tampoco ha
variado hasta hoy, según me dice una mala lengua. Los oidores se
desentendieron, al principio, de tales habladurías; pero parece que les"
agradaron, más tarde, si hemos de colegir por los desaires que infirieron al
caballeroso Quiroga, cuando éste se les presentó en Concepción, para
entregarles el mando.
Tres días
permanecieron los oidores en La Serena, y a pesar de los ruegos “e
importunidades” de los vecinos para que se quedaran más tiempo, requirieron su
nave con rumbo a Valparaíso, en donde los esperaban nuevos y aparatosos
recibimientos. De Santiago se habían trasladado al puerto los Alcaldes Alonso
de Escobar y Juan Godinez, la mayoría de los regidores, el Deán Maestro
Paredes, el Cura Francisco González y una veintena de personajes más, con el
objeto de “besar las manos” a sus señorías y darles la bienvenida; la
despoblación de la capital, en cuanto a su funcionarismo, fue tal, que el
Cabildo tuvo que nombrar dos reemplazantes a los Alcaldes “para que hicieran
justicia”, mientras los propietarios andaban fuera.
El arribo
a Chile de una Real Audiencia no podía dejar de excitar la curiosidad de los
habitantes; iban a ver, por fin, “cómo era un Oidor”, a quien, por el inmenso
poder y autoridad de que estaba investido, como representante genuino de la
soberanía del Monarca, se le tenía algo así como por un semidiós. Un Oidor, en
aquella época, era algo tan alto, tan intangible como el Rey mismo; un Oidor
casi no era una persona de carne y hueso, sino como una entidad sublime,
espiritual, inefable. Era excusable, pues, que los santiaguinos se atropellaran
para poner sus ojos en tales reverendas y adorables personas, y también, si era
posible, “en el Real Sello”, símbolo supremo, especie de ara santa, de que eran
portadores.
Pero sea
que los señores oidores vinieran cansados o mareados con el viaje, que ya se
prolongaba por los cinco meses, sea que quisiesen rodear a sus augustas
personas de aquella reverencia semi-idolátrica con que revestían sus más
pequeños actos, el hecho fue que la mayor parte de los curiosos mapochinos
perdieron su viaje al puerto. Sus Señorías sólo permitieron, “por gracia”, que
subieran a la nave el Deán y los dos Alcaldes: dejáronse besar las manos,
sentados en sitiales, y por excepcional condescendencia permitieron que “se
asomaran, arrodillados, a la cámara en donde venía el Real Sello, sobre unas
almohadas de felpa de grana figuradas con lama de oro y de plata”. El Deán y
los Alcaldes “se hacían lenguas” contando, después, en Mapocho, la gran felicidad
que habían experimentado “viendo a sus señorías y el Real Sello”.
Si fueron
cortos en expandirse con los santiaguinos, los oidores fueron largos en pedir.
Los víveres o vituales que habían embarcado en Lima, cinco meses atrás, habían
disminuido bastante, y sus señorías no querían llegar a Concepción con las
manos vacías, sobre todo, cuando algo sabían de las necesidades y penas que
pasaba el Ejército de Arauco, cuyos soldados se habían conquistado ya el apodo
de “rotosos”... En corto plazo, los Alcaldes mapochinos fueron obligados a
proporcionar — prorrateando por cierto a los vecinos — “muchos hanegas de
comida, ropa de la tierra, atalajes, pólvora, cuerda-mecha y pesos de oro”, que
fueron embarcados en dos pataches que para su desgracia, estaban al ancla en el
puerto.
Digo para
su desgracia, porque al llegar el convoy de las tres naves a dos leguas del
puerto de Concepción, un poco más al sur de Cobquecura, fueron dispersadas por
un violento huracán; una de ellas se hundió al estrellarse contra las rocas de
la costa; la otra salvó a duras penas después de arrojar al mar gran parte de
su cargamento; y la tercera, donde iban los oidores, pudo llegar felizmente al
puerto de Talcahuano, después de correr los mayores peligros.
Estas
lamentables desgracias — en la nave perdida perecieron quince hombres— no
lograron aminorar el entusiasmo y la expectación ansiosos con que “el Audiencia
de dos oidores” fue recibida en Penco. Después de dos días de permanecer a
bordo, descansando de las fatigas y angustias de tan lamentable viaje, los
señores oidores se vistieron con sus paramentos de gran parada y bajaron a
tierra en un batel adornado como una falúa de gala, en cuya proa ondeaba el
estandarte real.
Al centro
de la falúa venía el Sello, sobre un túmulo de almohadas, cubierto, aún, con
gran tapiz rojo, festoneado de oro y plata. Todavía no era tiempo de descubrir
el sacratísimo y simbólico objeto, destinado a refrendar las órdenes,
provisiones y mandatos que firmaran los oidores en representación del Soberano,
“a quien Dios guarde para la Monarquía del Universo”, según rezaban las
petitorias de sus vasallos.
Llegado
el batel a playa con la escolta de todas las embarcaciones menores que había en
la bahía — que eran quince o veinte— los oidores pusieron sus reverendas
plantas en tierra, y al mismo tiempo todas las espinas dorsales se doblaron
“hasta formar un ángulo recto con el tronco”... que tal disponía “la ley y
premática” de Carlos V.
El
Corregidor de Concepción, Julián Gutiérrez de Altamirano, sostenía por la brida
un enorme y gordísimo caballo ovejero, prenda de lujo insuperable,
perteneciente al General Martín Ruiz de Gamboa, y que éste había prestado para
transportar, desde la playa a Palacio el tantas veces nombrado Real Sello.
El animal
estaba atalajado con bridas y cabezales de plata repujada, y sobre su gran
cabeza lucía un pompón de cinco plumas “de a vara”, de distintos colores, que
se había formado, para el acto, con las de los chambergos de los más elegantes
caballeros de Penco. Sobre los lomos del caballo, en vez de montura, habíase
colocado un gran cojín, cubierto con gualdrapas de seda y oro y borlas de hilos
de plata. Sobre cojín, amplio como una mesa, fue colocado el Real Sello, dentro
de su “cajita de hierro dorado”, pero abierta.
Uno de
los oidores arrodillado sobre un cojín, sobre la arena, recibió del otro el
Real Sello al momento de ser sacado del túmulo que se elevaba dentro del batel;
alzóse el Oidor, con el adminículo en las manos y llevándolo junto a su pecho,
y con la mirada puesta en él, como lo haría un sacerdote con la Santa Hostia,
lo fue a colocar sobre la gualdrapa del caballo overo; en este momento, todo el
mundo hincó la rodilla en tierra...
Entretanto,
un gran “palio”, cuyas varas llevaban los regidores del Cabildo pencón, cubrió
todo el caballo overo, acomodándose, los regidores, a los lados del animal; no
necesitó advertir que este supremo honor no era para el bruto, sino para el
Real Símbolo que le había caído en insigne suerte llevar sobre sus lomos. Dije
que el cabestro era llevado por el Corregidor, quien no cabía dentro de su
jubón, acuchillado de holandas, al pensar que sus hijos podrían alegar, como
uno de los altos honores recibidos por su padre, el haber servido de
palafrenero de este singular caballo.
No sin
dificultad se organizó la procesión, desde la playa a Palacio. Detrás del palio
y precedidos por el Alguacil de Corte, designado ad-hoc, y que hacía de
“macero” marchaban los dos oidores, erguidos, inhiestos, mayestáticos,
arrastrando la prolongada cauda de sus purpúreas garnachas y llevando cada cual
una vara de dos cuartas, terminada por una pequeña cruz de malta, aditamento
personal de sus elevadas vestiduras. Seguían la ruta a pasos alargados,
pausados, la mirada al frente, la faz inmutable, inescrutable, consciente y
dueños absolutos de su situación...
Al llegar
a la Plaza, completamente "colgada” por el vecindario opulento que había
prestado sus tapices más valiosos, el palio atracó a un tablado construido al
efecto; el caballo overo fue alivianado de su insignificante pero sublime
carga, y retirado sin más ceremonias; el Oidor Venegas, tomó con ambas manos el
Sello, y subió con él, para mostrarlo ahora en todo su esplendor, desde lo
alto.
Nuevamente
cayeron de rodillas todos los circunstantes, como si se tratara de rendir
adoración eucarística al pequeño objeto que alzaba en sus manos ese nuevo
oficiante.
Los
morteros y arcabuces atronaron los ámbitos, mientras los maestros de ceremonias
iniciaban clamorosas exclamaciones de veneración y sometimiento a la Soberanía
y a su par de representantes genuinos que venían a gobernar el Reino de Chile.
— ¿Y qué
os ha parecido el recibimiento de Penco y la adhesión de su vecindario a la
Corona, señor Oidor Egas Venegas...?, preguntó a su “colega” el Oidor Torres de
Vera, mientras se despojaban de su garnacha y demás paramentos en uno de los
aposentos de Palacio, terminada la ceremonia callejera. ¡No estaréis
descontentos, vive el Rey!
— Hasta
ahora no lo estoy, señor Torres de Vera, contestó Venegas; pero ya os lo diré
mañana, después que hable con los tesoreros, para que paguen las deudas que
dejamos en Lima... No olvidéis, señor, que las dejamos “abonadas” con nuestros
salarios...
§ 7.
¿Quién fue la primera “Mamá” oficial que tuvieron los santiaguinos?
Mi
respetado maestro don José Toribio Medina, a cuyos consejos, experiencia y
oportunas indicaciones debo la nota feliz que a veces doy en estas crónicas
añejas de la vida santiaguina, ha dicho en una de sus obras que la primera
“partera” que ejerció el oficio en Chile se llamó Elena Rolon, y que falleció
en Santiago el año 1635. La noticia tiene que ser exacta en cuanto a la
existencia y el fallecimiento de esta utilísima profesional, ya que el eminente
investigador, al afirmarlo, ha tenido que verlo escrito y comprobado.
Pero en
cuanto a que Elena Rolon haya sido la primera “mama” oficial de los
santiaguinos, esto es, la primera que haya “ejercido” con título profesional,
yo he encontrado un documento fehaciente para establecer que cincuenta años
antes, o sea, en 1568, vivió en Mapocho Isabel Bravo, mujer de Diego de Valdés,
limeños, la que ejerció oficialmente de “comadre” en consonancia con todos los
adelantos que el “arte de la melecina” había alcanzado en aquella época.
No se
sabe la fecha precisa en que la nueva profesional llegó a Mapocho; pero se
puede deducir que se incorporó a nuestro vecindario entre los años 1559 y 1568,
pues en septiembre del primero se presentaba, en Lima, ante el “muy magnífico
señor doctor Francisco Gutiérrez, protomédico, visitador general de estos
reinos con especial comisión y licencia del señor visorrey para esaminar
boticarios, zurujanos, barberos, arzibistraes y otras personas tocantes a los
otros oficios de la melecina”, con el objeto de rendir prueba de competencia en
el “oficio y arte de partera, y de obtener, en consecuencia, el permiso para
ejercer libremente la profesión.
Según el
acta de examen, que tengo a la vista, el “doctor” Gutiérrez interrogó a la
dicha Isabel, y le “fizo muchas preguntas tocante al dicho arte, así como en el
conocimiento que se ha de tener del parto natural, como en el modo de ayudar a
que la criatura venga entera y viva”, y sobre muchos otros detalles, cada cual
más comprometido, y a todas esas preguntas “la dicha Isabel Bravo contestó
bien, clara y abiertamente, de tal manera que el “doctor” declaró que la
candidata era “hábil y suficiente” en el oficio, y le dio licencia y facultad
para que “libremente pueda usar y ejercer el arte de partera, ansí en esta
dicha ciudad de los Reyes de Lima, como en estos reinos del Pirú e provincias
de Tierra Firme”.
Desde la
fecha de la recepción de su título, 1559, Isabel Bravo ejerció su arte en Lima,
seguramente con éxito, a pesar de la competencia que debían hacerle sus colegas
“de título” y las otras que no lo tenían, que eran las más; pero a pesar de que
las señoras limeñas se portaban bien y la natalidad no disminuía, llegó una
época en que hubo en Lima una “comadre” de más y ésta fue Isabel Bravo, la que
echó, entonces, sus visuales hacia el sur, donde existía la ciudad de Santiago
del Nuevo Extremo, que ya adoptaba los caracteres de metrópoli, y cuyo
magnífico clima había conquistado fama de ser el mejor cooperante del
crecimiento de la población.
Acompañada
de su marido Diego de Valdés, “e casa”, arribó, pues, a Valparaíso la “partera
recebida” — a bordo de alguno de os pocos barcos que en esa época recorrían
la costa chileno-peruana— y luego a Santiago, su tierra de promisión; dije
antes que no se conocía la fecha precisa de este suceso trascendental para la
natalidad mapochina, pero ella debió ser aproximada a la mitad del año 1568,
pues con fecha de 22 de octubre se daba cuenta en la sesión que celebró ese día
el Cabildo de la capital, de una petición “que metió Isabel Bravo para que no
usase nadie del oficio de partera, sino ella, atento a que es esaminada, como
pareció por el título que exhibió”.
Parece
ser que cuando Isabel Bravo llegó a Santiago y puso en práctica métodos y
procedimientos nuevos, desconocidos, para aliviar los apuros-de su interesante
clientela, sus colegas y competidoras se sintieron sumamente molestas, y
todavía más molesto debió sentirse el “comadrón” del Hospital de Nuestra Señora
del Socorro — actual de San Juan de Dios— que se consideraba un potentado en el
oficio; la presentación que hizo Isabel ante el Cabildo deja entrever con
bastante claridad que se le ponían obstáculos e inconvenientes, y se la
“desmedraba” ante las señoras “para que no le avisasen” en tiempo oportuno.
Pero con
su título en la mano, o sea, con el acta de “essamin” que acompañó a su
presentación, Isabel no encontró dificultad alguna por que se le reconociera
preeminencia en su arte, “y por los señores del Cabildo”, visto el dicho
título, dijeron que use su oficio de partera, como en su carta de essamin es
contiene, y si alguna otra usa el oficio, que Isabel Bravo pida justicia ante
el señor Justicia Mayor”.
La verdad
era que Isabel Bravo, el revés de sus colegas de Santiago, estaba
adelantadísima en los menesteres y procedimientos inherentes a su oficio,
puesto que venía desde el centro, donde entonces florecía el progreso en todos
los órdenes y allí había recibido y perfeccionado sus conocimientos: si en Lima
no existía aún la Universidad de San Marcos, de donde irradiaron, más tarde,
las luces de las ciencias y de las artes sobre todas las Indias, por lo menos
funcionaba allí un protomedicato que “essaminaba” a los que dedicaban sus
afanes a aliviar a los enfermos con este “arte menor” de la medicina, y daba
patente de impunidad a los “maeses” zurujanos para administrar pócimas, cortar
por lo sano y despachar a los pacientes sin mayores escrúpulos.
Tengo en
mis mamotretos un manuscrito que lleva por título “Libro de Medicina”, llamado
el “Tesoro de los Pobres, en que se hallarán remedios muy probados para
“sanidad de toda clase de males”, el que pongo a disposición de nuestra
Facultad de Medicina, en general, y de cada uno de los médicos en particular,
por si quieren utilizar el nutrido recetario que contiene. Estoy seguro de que
muchas de esas recetas eran de las que Isabel Bravo ponía en práctica con su
clientela mapochina, y con las cuales conquistó crédito y fama.
Cuando
una dienta se resistía a “mejorarse”, por ejemplo, Isabel Bravo sabía
administrar el correspondiente remedio, para sacar de penas a la enfermita en
menos de un “rosario”, habiendo casos en que la mejoría se producía en “un
Creo”, en un “Padre Nuestro” y hasta en “un Jesús”.
Para
estos casos se usaban distintas recetas, y el éxito debía estar, digo yo, en
“acertarle” con la que convenía a la enferma.
No se
imagine el lector que el recetario de que estoy hablando es un escrito anónimo,
o de “pipiripayo”, ¡Ca! no, señor muy lejos de eso. Muy claro está escrito en
la primera página, y a modo; de ejecutoria, que el libro ha sido “compuesto por
el Maestro Julián, quien lo recopiló de diversos auctores y ahora nuevamente
corregido y enmendado por el Maestro Arnaldo de Villanueva” de quien, dicho sea
en honor de la verdad, no he oído hablar nunca, pero que debió ser un monumento
de medicina en su tiempo.
Además de
todo ese certificado, agrégase en la citada primera página una lista de
“cincuenta auctores alegados en esta obra”, de cuyos son la mayoría de las
recetas que se copian; en la lista figuran “hipócrates” tan acreditado, como
los “maestros” Macedo, Diático, Avicena, el Comentador Avenroiz, Teodoriqui,
Dioscórides, Platerio, Lucano y muchísimos más, cuyos nombres yo he visto
escritos y citados en otras partes como grandes cultivadores de la medicina de
aquellos tiempos y de los anteriores.
Figuran,
también, en la lista: Platón, Julio, Justiniano, Catón, Octaviano, Esculapio,
Galeno, etc., y un tal “Lapidario”, cuyo nombre, en poder de un médico, es como
para dar confianza.
Pero noto
que del “arte y oficio” de Isabel Bravo me he pasado a la medicina general, tal
vez por asociación de ideas, lo que no está del todo bien, aunque nuestra
primera “mama” tenía secretos medicinales y “de naturaleza”, que había
aprendido en esta clase de libros, desconocidos hasta entonces en Santiago.
Para apurar la mejoría, por ejemplo, y abreviar sufrimientos, nuestra
“mama" echaba mano del Maestro Julián, quien recomendaba “echar en un vaso
de vino un puño de dátiles molidos y darlo de beber”, o de la receta de
Avicena, que consistía en “hacer polvo de uñas de asnos, echar un emplasto y
aplicarlo en la espalda”, o dar a beber a la paciente agua destemplada con
hierba buena y miel.
Pero lo
más rápido y eficaz para este caso, era la receta del Experimentador, que
aconsejaba “majar una poca de pulpodio, echar una cataplasma y amarrarla con
una camisa al pie derecho”, o si no hubiera pulpodio a la mano, “pon debajo de
la almorada piedra de jaspe, o dála a la enferma que la tenga
consigo”, y de ahí a salir de paseo había solamente diferencia de minutos.
Sin
embargo, cuando el capricho de la enfermedad no cedía a ninguno de estos
medicamentos, Isabel Bravo tenía que resolverse a emplear la receta del Maestro
Dioscórides, después de la cual no había ni podía haber nada mejor debajo de la
esfera celeste: era un “secreto de naturaleza”, simple como todos estos
secretos, pero que si no se ejecutaba bien, podía ocasionar trastornos
inverosímiles. Aunque me asaltan dudas sobre si debo o no darlo a conocer — no
sea que mi indiscreción vaya a causar algunos males voy a copiarlo a la letra,
en la confianza de que no se haga de él un uso inconsciente. “En casos muy
apretados — dice el Maestro Dioscórides— tomarás el corazón de la gaviota,
entrarás con él en el aposento, cuidando de poner primero el pie izquierdo; pero
salta luego afuera con el derecho, porque el caso es de mucho cuidado”.
Isabel
Bravo no daba tanta importancia a las enfermedades que podía traer el recién
nacido o las que podía adquirir al venir a este pícaro mundo, como a las que
provenían del mal de ojo. Sábese, y este es un hecho muy explicable, que toda
una casa se trastorna con el acontecimiento de la llegada al hogar de un nuevo
habitante, y que la expectativa de los padres, de los tíos, de los abuelos y de
los amigos adquiere los caracteres de curiosidad frenética por echar la vista
encima, cuanto antes, al suspirado desconocido. Pues bien, en estas primeras
“presentaciones” era cuando Isabel Bravo ponía en juego todos sus cuidados y
precauciones: ella podía permitir que la “guagua” estuviera en los brazos de un
individuo con el sarampión a la vista, con su lagrimeo y catarro, pero no que
acariciara al niño una persona de “mal ojo”, o “pesado de sangre”.
Cuando
llegaba una tía, sobre todo cuando era de “mala cara” y se acercaba a la cuna o
a la “chigua” del rorro, para curiosearlo y llamarlo “angelito”, achacándole
parecido a su madre, a su padre, o a cualquiera de la familia, aunque hubiese
dado “un salto atrás”, Isabel Bravo se instalaba al lado o al frente de la
curiosa y a cada una de sus “añuñuyes” iba repitiendo por lo bajo: “Dios te
aguarde, Dios te guarde de todo mal, como al Niño Jesús en un fanal, Dios te
guarde de todo mal”.
Por
cierto, que si la guagua enfermaba de cualquiera de los males que son
inherentes a los recién nacidos, Isabel Bravo le echaba la culpa, sin titubear
un segundo, al “ojeo” de la fulana o del zutano, a quienes, por ninguno
capítulo ya, se les permitía ni siquiera pasar por la calle donde vivía la
reciente madre.
Cuando se
producía este accidente, la primera medida que tomaba la familia era llamar a
un fraile amigo de la casa para que viniera a “rezarle el Evangelio” al chico,
o llevarlo rápidamente al convento más cercano para que algunos de los
religiosos “le echara” la bendición y el Evangelio de San Juan, inmediatamente,
y allí mismo en la portería.
Ocurría
generalmente que la “guagua” no sanaba con el Evangelio: en este caso Isabel
recurría a sus “secretos de naturaleza”, de los que estaba muy bien instruida,
según lo comprobó en su “essamin”, como ya sabemos. El remedio más “probado”
para el mal de ojo, era el que recomendaba el Maestro llamado El
Experimentador. “Tomarás tres hebras de cabello del que hubiere hecho el mal de
ojo, echarlos haz en una taza de plata, con una pizca de polvos de piedra viva,
y los polvos de la sangre del dragón, y los polvos de los altramuces, mezclados
con vinagre muy fuerte, y con este ungüentos harás tres cruces en la coronilla
del pequeño, y las harás tres veces, y cada vez rezarás toes credos y uno en
cruz, y que la creatura esté bien cubierta y traspire mucho y le darás poco de
mamar”.
Muchos
chiquillos debían sanar del mal de ojo con esta medicina, pues su uso era
corrientísimo, hasta siglos más tarde, fecha en que el historiador Gómez de
Vidaurre publicó su “Historia Geográfica y Natural de Chile”, en la cual
aparece, entre otras curiosidades de la vida colonial la relación casi idéntica
de este remedio contra el “ojeo”.
Nuestra
primera “mama” Isabel Bravo murió de vieja, allá por los años 1609, después de
haber “recibido” a una generación entera de la población aristocrática de
Santiago. Su marido Diego Valdés, falleció ocho años antes que ella, y por ser
el cónyuge de la comadre oficial, las otras parteras le decían “el comadrón”.
§ 8.
Apellidos de “gente” bien que figuraron durante la Colonia
A
propósito de cierta lista de “personas de la nobleza” que publiqué en el
episodio de nuestra vida colonial, titulado “Los Amores del Gobernador don
Francisco de Ribera”, he recibido numerosas cartas en las cuales algunos de mis
lectores me preguntan, con cierto interés muchos de ellos, si he encontrado
referencias de sus apellidos en mis rebuscas por los mamotretos antiguos, de
los cuales entresaco, atando cabos, los episodios, leyendas y tradiciones que
publico.
Muy
explicable es la curiosidad de mis lectores y estoy dispuesto a satisfacerla en
todo lo que esté a mi alcance; solamente que ha de comprender sin esfuerzo que
me será imposible dar respuesta especial a cada uno de ellos — aunque este
afuera, como es mi mayor deseo— en primer lugar, porque es bastante extenso el
número de consultas que he recibido y en seguida, porque para contestar a cada
una necesitaría echarme a nado en un mar de manuscritos, pergaminos y libros de
la época, para cuyo trabajo no me encuentro preparado... ni lo terminaría en un
par de años.
Sin
embargo, haré todo lo que pueda, ayudado de mis papeles, recuerdos y
antecedentes que no poseo, y en especial, aprovechando de los admirables
trabajos que sobre la materia han hecho los eruditos e incansables
investigadores de nuestro pasado colonial, señores don José Toribio Medina y
don Tomás Thayer Ojeda.
En la
lista que va más abajo aparecen los apellidos de las personas que mayor
significación tuvieron en su época, ya fuera en la administración pública, en
las armas, en el foro, en el comercio, o en la clerecía. Las épocas se
dividirán por cincuentena de años y abarcarán desde la fundación de Santiago
hasta el término del período colonial.
Cumpliré
este programa lo mejor que pueda; sólo ruego a mis lectores que si me paro...
no me empujen, pues se me ocurre que soy algo pariente de doña Pancha Alfaro.
Y vamos
allá y “en el nombre sea de Dios”, como decían nuestros abuelos, cuando iban a
emprender un trabajo difícil y “de consecuencias” como es este en que “me han
metido”.
Desde
1541, fundación de Santiago, hasta 1600, figuraron los siguientes apellidos,
que corresponden a conquistadores que vinieron con Pedro de Valdivia.
Aguirre,
fundador de La Serena, en la segunda fundación, 1549; Alderete, Araya, Avalos,
Jofré, Azoca, Cabrera, Bohon (alemán), primer fundador de La Serena;
Cisternas
de la Serna, Córdoba, de la Cruz, Cuevas Bustillos y Terán, Díaz de la Ribera,
Díaz de Castro, Fernández de Alderete, Fernández de Córdoba, Flores
(Blumenthal, alemán), el primer industrial y molinero; García de Cáceres, Gómez
de Almagro, jefe de “los catorce de la Fama”; Godinez, Gómez de Don Benito,
Gómez de las Montañas, González Marmolejo, (clérigo y luego Obispo); Hernández
Gallegos, Jufré, Jiménez de la Vertendona, Jufré de Loiza, Landa, León, Martín
Parras, Miranda, Monroy, Oro, Ortiz Pacheco, Solier, Ponce de León, Quiroga,
Riberos, de los Ríos, Sánchez de Morales, Toledo, Valdivia, Veas, Villagra,
Villarroel, Zapata. Aunque la mayoría de esos apellidos correspondían a
“hijosdalgo notorios”, solamente tenían derecho a usar el “DON” los conquistadores
Solier y Ponce de León.
Después
de la destrucción de Santiago, ocurrida en el mes de septiembre de 1541,
llegaron a Chile, desde 1543, hasta la muerte de Pedro de Valdivia y figuraron
como prohombres de la conquista, los siguientes:
Artaño,
Escobar, el primero que tuvo escudo nobiliario en Chile; Figueroa y Villalobos,
Hernández de la Paterna, Mella, Montiel, Omepezoa, Orense, Pérez de Santiago,
Rodríguez de Ontiveros, Rodríguez de Monroy, Rubio de Alfaro, Serna, Viera,
Villarreoal, Calderón de la Barca, Patente, el almirante; González Gómez de la
Corte, Hernández Buenos Años, Monte, sobrino
del Papa
julio III; Rodríguez de Zamora, Sosa, Alvarez de Tobar, Cortés, Días de
Salazar, Garibaldo, Morán de la Cerda, Naveda y Alvarado, Pascual, Silva,
Villanueva, Benítez, de la Cueva, individuo de la Casa de Albuquerque; Martínez
de Vergara, Mascareñas, Mier y Cosío de Guevara, Puerto de Rentería, Cortés,
Bazán, Beitrán de Magaña, pariente de don Juan de Magaña, el Juan Tenorio de
Zorrilla; Bernal de Mercado, llamado el Cid Ruy Díaz de Chile; Fernández de
Almendras, Fuenzalida, Góngora Marmolejo, el historiador, Gutiérrez de
Altamirano, Ortiz de Cambantes, de las Peñas, el primer abogado que vino a
Chile; Diego Vásques, hidalgo portugués; Zavala, fundador de La Serena en su
segunda fundación de 1549, que contrajo matrimonio con la cacica de Copiapó, doña
Catalina; Pérez de Valenzuela, casado con doña Beatriz Buisa Cabeza de Vaca y
Villaroel, una de las señoras más linajudas que llegaron al Perú; Barba Cabeza
de Vaca, Mariño de Lobera, el historiador; Matienzo, uno de los fundadores de
Imperial; Nieto Ortiz de Cáete, Olmos de Aguilera, Avendaño y Velasco, hijo de
doña Isabel de Velasco y Manrique de Lara, hija del duque de Frías, Condestable
de (astilla; Ortiz de Gatica, Caballero Veinticuatro de la ciudad de jerez y
“fidalgo de mucha calidad”; Pérez de Quesada héroe de Millarapue, en Arauco, y
casado con doña Juana de los Ríos y Encio; Reinoso, hijo del mayordomo de la
Reina Juana la Loca; Varela, Velez de Lara, Casteñeda, que trajo a Chile las
primeras vacas; Pérez de Altamirano, Ruiz de Olivier, Ruiz de Gamboa y
Avendaño, primos de los Avendaños y Velasco; Justiniano, mercader genovés,
casado con doña Juana Gutiérrez de Torquemada, de los que provienen varias
familias numerosas y ricas; Cortés de Ojea o Ujeda; González Montero,
progenitor es de don Diego González Montero, el primer chileno que alcanzó el
honor de ser Gobernador del Reino; Oña, padre del poeta chileno Pedro de Oña,
autor del Arauco Domado; Vega Sarmiento, Alvares de Luna, Aranda Valdivia,
parientes del Conquistador; Bravo de Villalba, Fernández de Córdoba (Pedro), de
la familia del Gran Capitán, según el historiador peruano Mendiburo, y casado
con la heroína doña Inés de Aguilera, hija de Olmos de Aguilera; Suárez de
Figueroa, Ortiz de Gaete, sobrino de la mujer de Pedro de Valdivia; Zerraga
Ponce de León, López de la Arraigada y Díaz de Alamar de Saint Tomé, señores de
la villa de Nuestra Señora de Villaselán de Galicia; Ruiz de León, Ramírez de
Arellano, hijo natural del conde de Aguilar, Tello.
Tales
fueron, y algunos más que habré omitido, los apellidos más caracterizados que
figuraron durante los primeros quince años de la conquista, esto es, basta que
llegó a Chile don García Hurtado de Mendoza para reemplazar al Gobernador
Valdivia, muerto en la batalla de Tucapel. Repito que la mayoría de los aquí
anotados correspondían a “hidalgos notorios”, ya fueran “de gotera” o “de
bragueta”. Se designaban de “gotera” los que provenían por línea directa de
“solares conocidos”, para distinguirles de los “de bragueta”, que sólo debían
su Hidalguía” al hecho de haberse casado con señoras “fijasdalgo”. Hay que
distinguir.
Habrá
notado el lector que son contados los apellidos cuyo poseedor tenía el derecho
de poner DON delante de su nombre de pila; es que entonces se
hilaba muy delgado en esta materia; la partícula ‘don’ era distintivo de
nobleza real y los reyes la reconocían a muy pocos; por lo tanto, era escaso el
número de los que podían usar el distintivo, y así vemos que entre todos los
apellidos apuntados solamente cinco o seis hubo, entre los mil y tantos
peninsulares que llegaron a Chile, durante este período que lo ostentaban con
el orgullo que era natural.
Pedro de
Valdivia, aunque hidalgo de gotera, no podía usar el “don”; sin embargo, tan
pronto como fue Gobernador de Chile “por el Rey”, es decir, con nombramiento
real — y esto ocurrió sólo en 1548— antepuso a su nombre el apetecido
distintivo, con el cual firmó hasta su muerte.
La
llegada a Chile de don García Hurtado de Mendoza con su brillante y numeroso
ejército en su gran mayoría venido directamente de la Península, arrojó a las
playas chilenas la primera partida considerable de nobles auténticos. Aunque no
está todavía bien determinado el número exacto de estos expedicionarios, creen
nuestros investigadores más distinguidos y competentes que ese número es un
poco mayor de cuatrocientos. De este número, más de la tercera parte eran
hidalgos notorios y entre éstos, más de una veintena, según Thayer Ojeda,
usaban el DON como lo vamos a ver.
Don
García Hurtado de Mendoza, don Felipe de Mendoza, su hermano natural, con
descendencia en Chile; don Alonso Pacheco, sobrino del Marqués de Cerralvo; don
Pedro de Portugal
y
Navarra, don Luis de Toledo Aguamansa y Alluslo, hijo del Clavero de la Orden y
Caballería de Calatrava; don Alonso de Ercilla y Zúñiga y don Francisco de
Irarrázabal, ambos gentiles-hombres de boca de Su Majestad, y el último,
fundador de esta familia en Chile, en donde quedaron ubicados los marquesados
de la Pica y de Valparaíso; don Simón Pereira, don Antonio Bernal Benavente,
don Antonio de Cabrera, don Pedro de Godoy, don Hernando y don Martín de Guzmán
Pérez de Esquivel y Pontocarrero, don Francisco Manrique de Lara, don Juan de
Pineda y Mendoza, don Luis Ponce, don Luis de Velasco y don Cristóbal Niño.
Sabido es
que muchos de los que vinieron con don García volvieron al Perú o a la
Península; pero ese número no alcanza al veinte por ciento, según los cálculos
más elevados; en general todos dejaron descendencia y en un setenta por ciento
formaron su hogar en Chile, como se verá en la lista de apellidos
correspondiente a la segunda generación, o sea, en el último cuarto del siglo
XVI.
Y dicho
esto, continuó la lista de los apellidos que sobresalieron en la sociedad
chilena en formación, hasta veinte o treinta años después de la llegada a Chile
de don García Hurtado de Mendoza.
Ahumada,
el fundador de la familia, don Agustín, era hermano de Santa Teresa de Jesús;
volvió al Perú pero su primo Juan quedó en Chile con larga descendencia; Teruel
de Montemayor, Alvarez de Berrio, Alvarez Laso de Valcázar, Arévalo de
Espinosa, Arias de Sayavedra, Barona, hoy Barahona, Barrera y Chacón, Barros,
casado con una hija del conquistador Juan Fernández de Alderete y fundador del
apellido en Chile; Bastidas, encomenderos de Osorno; Alarcón de Cabrera,
pariente de don García Hurtado de Mendoza; Campofrío de Carvajal, Carrillo,
Castro, Coria Bohorquez, Cortés de Monroy, a cuyos descendientes se concedió el
marquesado chileno de Piedra Blanca de Huana; Chacón, Chirinos de Loaiza,
Escobar, Fernández de los Ríos, Godoy, casado con una hija del conquistador
Francisco de Aguirre, esparció su descendencia desde La Serena al Tucumán;
Guillamas de Mendoza, encomendero de Osorno; Hernández Pacheco, vecino de
Concepción, médico de profesión, de quien sus adversarios, en un documento que
enviaron al Consejo de Indias, decían “que era alcahuete del Gobernador
Villagra,’’ y “ el hombre de más revueltas, trampas, marañas y de menos
“cristiandad
que ha habido en las Indias, juglar y jugador de “mil géneros de invenciones y
malas costumbres”... ¡Tente, lengua!
Herrera
de Albornoz, vino con don García “a su costa”; Lisperguer, de larga y célebre
descendencia; Mendoza, la rama de Alvaro, encomendero de Osorno; Mesa, su
fundador; Pedro tuvo el título de Comendador de la Orden y Caballería de San
Juan y fue Corregidor y Justicia Mayor de Santiago, de Cuyo y de La Serena;
Molina, esforzado industrial que tuvo una fábrica de tejidos en El Salto, otra
de tinajas y alfarería en Vitacura y una tienda en Santiago; de sus catorce
hijos, diez fueron clérigos o monjas; Muñoz de Ávila, vecino de Cañete; Niebla,
rico encomendero de Valdivia y dio su apellido a los terrenos donde está hoy el
fuerte de Niebla; Núñez de Vargas, Ordoñes Delgadillo, padre del marido de doña
Catalina Lisperguer, tía de la Quintada; Ortigosa de Monjaraz, vecino de
Concepción; Osorio, héroe de la guerra de Arauco; Pardo Maldonado, Pérez del
Castillo, médico de la ciudad de Valdivia; Pérez de Zurita, Ruiz Mejía, vecinos
de Concepción; Toledo, Francisco, fundador de esta familia, de larguísima
descendencia en Chile, los Alvarez de Toledo; fue regidor en Santiago y
administrador del Hospital de San Juan de Dios; Vásquez de Ballesteros,
Verdugo, encomendero de Osorno.
En la
lista antecedente figuran sólo aquéllos que habiendo venido con don García
Hurtado de Mendoza, quedaron en Chile y fijaron aquí su residencia.
Cuando
don García fue exonerado de esta Gobernación por el Rey, preparó su regreso a
Lima casi ocultamente, a fin de no encontrarse en el Reino junto con su
sucesor, que era Francisco de Villagra, a quien había hecho conducir preso a
Lima, junto con Francisco de Aguirre; en este viaje de casi fuga, sólo pudieron
acompañar al ex Gobernador algunos de sus íntimos, pero después lo hicieron
varios, cansados ya de la guerra de Arauco que no les daba ni honra ni
provecho.
Durante
los Gobiernos de Francisco de Villagra y de sus sucesores interinos Pedro de
Villagra y Rodrigo de Quiroga, no llegaron de España ni del Perú refuerzos de
hombres, de modo que los apellidos no tuvieron sino muy poca variación; sin
embargo-, se encuentran algunos nuevos, que han de corresponder a mercaderes,
navegantes, o a individuos que “pasaban” a Chile en busca de aventuras. El
señor Thayer Ojeda no ha encontrado en ese período más de unos doscientos
nombres nuevos y en nuestra búsqueda apenas hemos podido señalar una veintena
que haya tenido alguna figuración.
Helos
aquí:
Carvajal
(Rodrigo) obtuvo permiso del Monarca para pasar a Chile desde Valladolid, con
su mujer y tres hijas doncellas, en 1556 y debió llegar a Chile en el 58 ó 59;
Guiral “perulero rico”; López de Basurto, López de Gamboa, héroe de Ercilla;
Sánchez de la Llave, Villegas, Zárate, tronco de la familia Ortiz <de
Zárate; Amienta, su hijo Pedro fue el primero que construyó portales en una
propiedad que tenía en la Plaza de Armas; Briceño, alférez real, Alcalde y
Regidor de Santiago y uno de los principales benefactores de la Compañía de
Jesús; Cifontes de Medina, mayordomo, médico y boticario del Hospital de San
Juan de Dios; Heruanclares, Henestrosa, encomendero de Osorno; Lira, héroe de
Ercilla, sin sucesión; Moyano Cornejo, factor real en La Serena; de los Ríos,
(Rodrigo) conquistador de Chiloé, y probablemente tronco de los actuales Ríos;
Díaz de Castro, casado con doña Barbóla, “sobrina del rey inga del Pirú”, prima
de doña Beatriz, princesa peruana, mujer legítima del Gobernador de Chile, don
Martín García Oñez de Loyola, sobrino éste de San Ignacio; doña Beatriz, Hija
del Inca Diego Sairi Tupac, había contraído matrimonio a los ocho años de edad,
con el Capitán Cristóbal de Maldonado; pero el Virrey don Francisco de Toledo
hizo anular ese matrimonio y la casó con Oñez de Loyola.
La
próxima remesa de gente peninsular o “mestiza” del Perú, llegó a Chile por los
años de 1570, cuatro años después de establecerse en la ciudad de Concepción la
Real Audiencia, con el carácter de “Gobernadora del Reino” y bajo la
presidencia del doctor Melchor Bravo de Saravia, caballero soriano y señor de
la Pica, de todo lo cual hablaré otro día.
No creo
que sean muchas las omisiones en que he incurrido al apuntar los apellidos de
mayor significación que actuaron en este primer período de sesenta años de
nuestra vida colonial, sobre todo, de las personas que vivían en Santiago; en
todo caso esas omisiones, causadas por las dificultades que el lector habrá de
suponer, no habrán de disminuir la Hidalguía” de aquéllos que realmente la
tuvieran, si fidalguía es aquello de haber formado en las huestes
conquistadoras y pacificadoras del Reino.
Réstame,
para dar por terminada la nomenclatura de los prohombres de tal período,
apuntar los apellidos de las personas que sobresalieron en la heroica defensa
de las “ciudades de arriba”, es decir, de las siete ciudades del sur,
destruidas precisamente a fines del siglo por las huestes de Pelentaru,
Anganamon y Nabalburí, en el formidable alzamiento con que, en mi opinión,
termina el período de la conquista de Chile, para dar entrada al período de la
colonia.
Es
necesario tener presente que muchos de los conquistadores ya nombrados
anteriormente como vecinos de Santiago, lo eran también de las ciudades del
sur, ya en calidad de vecinos, o de encomenderos y que por este motivo sus
descendientes se extendieron tanto en la capital como en aquella región
austral.
La
tercera ciudad fundada por Pedro de Valdivia fue Concepción — la segunda fue
Serena— y al referirme a ella, conviene prevenir al lector que el Conquistador
cifró en esa ciudad sus más halagüeñas expectativas, pues la destinada nada
menos que a ser la capital del Reino; para explicar este dato, que puede ser
novedad para algunas personas voy a dar, en pocas palabras, los antecedentes
que lo abonan.
Guando el
Licenciado Gasea, Gobernador del Perú, falló el proceso que siguió a Pedro de
Valdivia por las acusaciones que sus enemigos le hicieron, mandó al
Conquistador
“que no
converse inhonestamente con Inés Suárez ni entre con ella en lugar sospechoso e
para que cese toda siniestra sospecha, dentro de los seis meses de su llegada a
Santiago le case o la envíe a España o al Perú”.
Inés
Suárez optó por quedarse en Chile, formando un respetable y prestigioso hogar
con uno de los hombres más considerados de la conquista, Rodrigo de Quiroga,
que llegó a ser Gobernador del Reino cuatro veces; Valdivia no quiso dar pábulo
a la maledicencia ni perturbar la paz de dos personas, a quienes realmente
apreciaba, y determinó alejarse también de la capital.
La
conquista de Arauco y la pacificación de la región ultra Maulé le
proporcionaron un justo motivo y después de una campaña prolongada y
sangrienta, llegó a las orillas del Andalién y pudo darse la satisfacción de
fundar, en las playas de Penco, la ciudad de “la Concebición”, allá por el 23
de febrero de 1551, diez años después de la fundación de Santiago.
Resuelto
a no volver más a la capital, Valdivia hizo construir su residencia en
Concepción y se llevó con él a muchos de sus mejores amigos, especialmente a
aquéllos que aun no tenían arraigo de la familia en Santiago; envió a España a
Jerónimo de Alderete con peticiones para el Emperador a favor de la nueva
ciudad; el mismo mensajero debía traer consigo a la mujer del Conquistador,
doña Marina Ortiz de Gaete y a muchas personas de la familia de ambos, hombres
y mujeres, solteras especialmente, a fin de formar en la nueva ciudad una
especie de aristocracia alrededor del Conquistador y de su parentela, y no
cuidó de ocultar su deseo de que la sede de la gobernación de Chile fuera la
ciudad de Concepción.
Pensó aún
en que toda aquella región austral era la más apropiada para ser la parte
principal del Reino, tal vez por la facilidad de sus comunicaciones por mar.
Los
primeros vecinos fundadores de Concepción, y encomenderos, fueron sólo
cuarenta, según el señor Thayer, y en la lista encontramos los nombres de don
Antonio Beltrán, hijo del doctor Beltrán, consejero del emperador; don
Cristóbal de la Cueva, casado con doña Isabel de Acurcio, fundadora en viudez,
de un convento de monjas de agustinas en Concepción, convento que no prosperó;
Pedro Esteban del Manzano, que fue el primer Alcalde que tuvo la ciudad; Juan
Fernández Garcés, casado con Luisa de Vergara; Juan Galiano, casado con Leonor
de Vega, hija del Veedor Vega Sarmiento “su enemigo capital”; dícese que
Galiano raptó a esta señora para hacer rabiar al suegro; Gómez Caldera, casado
con doña Inés Navelande, araucana, muerta por su padre a causa de haberse unido
a un español; Gómez de las Montañas, muerto hecho pedazos por los indios cerca
de Andalién, fue casado con doña Lucía de Ubeda; su descendencia emparentó con
la casa solariega española de Lemos; Jiménez de la Vertendona; Lope de Landa,
casado con Leonor Pardo Parraguez, con lucida descendencia, de donde proviene
el Capitán Juan de Mendoza Buitrón de Moxica, que entroncó en La Serena con
doña Ana de Aguirre v Matienzo, formando una de las familias más poderosas de
su tiempo.
Una hija
de este matrimonio, doña Isabel de Mendoza, casó con el Capitán don Gregorio
Cortés de Monroy, vínculo del marquesado de Piedra Blanca de Iluana; Vicencio
del Monte, aquel sobrino del Papa, de quien hablé anteriormente, dejó también
descendencia en Concepción; Pedro de León, casado en España, obtuvo licencia
real para traer a Chile a dos hijas casadas residentes en la Península, con sus
familias y “cuatro criadas para su servicio”; Antonio Lozano, que
posteriormente fue secretario de la Real Audiencia, casado con Lucía de
Vergara, viuda de Pedro Fernández Garcés; Bernardino de Mella, casado con una
mulata de Inés Suárez, de trece años de edad; Ortiz de Carabantes, pariente del
Gobernador Valdivia, muerto en un duelo que tuvo, según asegura un cronista,
con el clérigo Ñuño de Abrego, “hombre principal y de valor”, lance en que
sucumbieron ambos adversarios. La viuda de Carabantes, doña Francisca Ortiz de
Cárdenas, casó luego con el General Juan de Losada y Quiroga, con numerosa
descendencia; Hernán Páez, el primer molinero de Concepción; el Licenciado
Antonio de las Peñas, el primer abogado que hubo en Chile, a quien por sus
patrañas y malas artes, Francisco de Aguirre, “mandó le cortaran las narices y
le dieran muchos palos y cuchilladas”; Ruiz del Pliego, padre del héroe
defensor de la ciudad de Castro, fue casado con la mulata Ana Mejía; Juan
Valiente, negro horro, o liberto, compañero de Valdivia, considerado siempre
como conquistador, a pesar de su condición, y a quien Valdivia concedió una encomienda
“por ser casado y haber mantenido su casa, mujer y persona con toda honra’, fue
casado con Juana Valdivia, que no es, por cierto, pariente del Conquistador;
Hernando Vallejo, hidalgo madrileño, que pereció en la batalla de Tucapel,
junto con Valdivia, fue casado con Bernardina Vásquez de Tobar, “fijadalga” y
dejó un hijo que entroncó con doña Luisa Osorio Barba Cabeza de Vaca, de donde
viene una larga sucesión entrelazada con Díaz de Cabrera, Cuevas y Mendoza,
Agüero y Mendoza, Alvarez Berrío, Mendoza y Figueroa; Gaspar de Vergara,
compañero de Valdivia, con numerosa sucesión femenina.
Con la
llegada del gobernador don García de Mendoza, se aumentaron los vecinos de la
ciudad de Concepción y también hubo algunas innovaciones que lastimaron los
derechos de algunos de los anteriores propietarios de encomiendas. Figuran
entre los nuevos: Pedro de Aguayo, que según parece tuvo varios hijos y que
terminó sus días de fraile en el convento dominico de Santiago; don Miguel de
Avendaño y Velasco Manrique de Lara, sin sucesión en Chile; Alonso de Escudero,
avecindado más tarde en Angol; Juan Gómez de Almagro, de quien ya he hablado,
tronco de la familia de Rivadeneira; Gonzalo Hernández Buenos Años, uno de los
Catorce de la Fama, casado con doña Catalina de Cervantes; doña Marina Ortiz de
Gaete, la viuda del Conquistador Valdivia; Hernández Pacheco, aquel “alcahuete
del Gobernador Villagra” de que hice referencia en otra crónica; Julián de
Bastidas, “privado de don García, y su manderecha”, su caballerizo y “hombre de
muchas prendas”, enemigo personal del Gobernador Villagra; Ortigosa de Monjaras,
secretario de don García; don Alonso Pacheco; don Francisco Manrique de Lara;
Gabriel de Cifontes, casado con Juana Ximenes, protegida, según se decía, de
Pedro de Valdivia; Pedro Lisperguer, tronco de esta poderosa familia.
En los
años posteriores se avecindaron en Concepción Martín de Algaraín, casado con
doña Mayor Ortiz, de dónde provino el capitán Hernando Ortiz de Algaraín, que
casó en Santiago con doña María de Miranda y Rueda, hija del Conquistador Pedro
de Miranda; Pero Gómez, de Don Benito, que posteriormente se radicó en
Santiago, donde tuvo alta figuración social; Alonso de Reinoso, el que mandó
ejecutar a Caupolicán, sus descendientes formaron una larga familia en
Concepción; Juan Pérez de Zurita, valiente Capitán que llegó al grado de
maestre de campo general, elogiado por Ercilla, estuvo casado con doña Jerónima
de Mena y Saldaña.
La guerra
de Arauco estableció en Concepción el centro de las operaciones y de todas las
actividades militares, cumpliéndose así, por la fuerza de los hechos, el
proyecto del Conquistador Valdivia, de hacer allí la capital del Reino. Los
buques del Perú no tocaban casi en Valparaíso; iban derechos a Concepción o a
Penco, como se la llamaba comúnmente, ya que la ciudad estaba donde hoy está
ese pequeño pueblo; los gobernadores que enviaba el Rey pasaban a desembarcar
en Concepción sin dar mayor importancia a su detención en Valparaíso o
Santiago.
Un
detalle curioso vendrá a confirmar lo dicho: los viajeros que de Santiago o
Valparaíso querían trasladarse al Callao u otros puertos del norte, preferían
hacer viaje a Concepción para tomar los barcos que debían conducirlos a su
destino, porque no tenían ninguna seguridad de que tocaran en Valparaíso.
Otra
prueba de la mayor importancia que en concepto de todos tenía la ciudad de
Concepción en aquellos años, fue el hecho de que el Rey y su Consejo de Indias
designaran a esa ciudad para asiento de la Real Audiencia, resolución que
“lastimó melancólicamente” a los vecinos de la capital, según se desprende de
varios documentos de la época.
Un hecho
fundamental vino a salvar a Santiago de haber quedado definitivamente en
calidad de segundona entre las ciudades de Chile y ese hecho fue el formidable
alzamiento de los araucanos en la última década del siglo XVI. Los ejércitos
indígenas destruyeron hasta sus cimientos todas las ciudades del sur, y a
Concepción varias veces; ante la situación creada no hubo más que volver los
ojos a Santiago, que era la única que quedaba en pie, y que, por lo tanto,
reunía en su seno a todas las familias huérfanas y menesterosas salvadas de la
catástrofe.
También
quedaba en pie La Serena, pero estaba muy lejos.
En
próximas crónicas seguiré apuntando los nombres de los vecinos, fundadores y
encomenderos de las otras “ciudades de arriba”, esto es, de Valdivia, Imperial,
Osorno, Cañete, Angol y Villarrica, en las cuales establecieron sus hogares los
más heroicos capitanes de la conquista; encontrará el lector muchos apellidos
nuevos, entremezclados con los ya apuntados de Santiago y Concepción, pues en
aquella época aciaga toda la población del Reino de Chile se unía en un solo
haz para defender el hogar y la vida.
A las
ciudades nombradas habrá que agregar también la de Castro, en Chiloé, que por
su alejamiento de la zona poblada se constituyó en algo así como recinto
erizado para defenderse, solo, no tanto de los indígenas como de los piratas,
que encontraban en los apacibles canales del archipiélago sus mejores guaridas.
Ese
aislamiento de Castro es la explicación de la homogeneidad déla demografía
“chiloense”, como dice mi respetado amigo el virtuoso Obispo salesiano de
Ancud, Monseñor Aguilera.
Persiguiendo
su propósito de hacer del sur de Chile la región principal del Reino, Pedro de
Valdivia trazó un plan de fundación de ciudades que le dieran movimiento y
atrajeran selecta población española; había, además, la conveniencia de
pacificar el territorio cuajado de minas de oro, según todas las
probabilidades, y de magníficas condiciones para “cosechar comidas”, aludiendo
a la feracidad del suelo; por último, ese territorio estaba poblado por una
numerosísima población indígena que una vez sometida y “encomendada” sería un
emporio de incalculables riquezas.
Fundada
la ciudad de Concepción, el Conquistador pasó el Bío-Bío a la cabeza de ciento
cincuenta soldados, la mayoría recientemente venidos del Perú, y avanzó por la
costa buscando un sitio donde ubicar una nueva ciudad; estudiando detenidamente
las condiciones y topografía del terreno, se decidió “por un sitio en la
confluencia del caudaloso río Cautín con otro más pequeño que recibió el nombre
de Las Damas, al pie de una loma y rodeada de una vegetación exuberante que le
daba un aspecto delicioso”.
El
Conquistador dio a esta nueva ciudad el nombre de Imperial, “porque en aquella
provincia, en la mayor parte de las casas de los naturales, se hallaron, hechas
de madera, águilas de dos cabezas” y esta figura era la insignia que ostentaba
en su escudo de armas el Emperador Carlos V.
Según don
Diego Barros Arana, esa “águila de dos cabezas” encontrada por los españoles en
el mojinete de las rucas araucanas, fue una ilusión; en primer lugar, que, en
los techos de sus rucas, los indios dejaban salientes las puntas de la varas
sobre la cual amarraban la paja que las cubría y esas puntas se juntaban sobre
los techos en forma de cruz y en ellas los indios, inducidos por una de sus
numerosas supersticiones ensartaban las cabezas de ciertas aves para alejar
males y hechizos al hogar”.
Sin
embargo esta explicación, muy respetable, los cronistas de la época, como
Mariño de Lobera, y Góngora Marmolejo, que naturalmente eran personas de una
ilustración superior a la corriente entre sus compañeros, y “que vieron” las
tales figuras, afirman categóricamente “que estas águilas eran hechas tan
exactamente que parecían obra de escultores”. Además de estos testimonios
explícitos, existen otros que son fehacientes, como los del Licenciado Julián
Gutiérrez de Altamirano, el segundo abogado que vino a Chile y persona de gran
preparación como que fue juez en el juicio de residencia del Gobernador Ruiz de
Gamboa; el de Francisco de Godoy, Alcalde ordinario de la ciudad de Valdivia;
el de Alonso Benítez, que llegó a ser Corregidor de la misma ciudad; el de
Pedro de Pantoja, escribano público y de Cabildo, de la Imperial; el de Juan
Fernández de Almendras, escribano real, y los de muchos individuos más de
reconocido prestigio y figuración.
Pero, sea
lo que fuere, no es la ocasión para dilucidar asunto tan intrincado y baste lo
dicho para que el lector adopte la explicación que sea de su gusto; como dato
final a este respecto, creo del caso decir que el escudo de armas que el
Emperador concedió a la Imperial en Cédula de 18 de marzo de 1554, es el
siguiente: “un escudo que haya en él un águila negra con dos cabezas, en campo
de oro y por orla de dicho escudo cuatro cruces de Jerusalén colorados en campo
de plata y sobre el escudo un yelmo cerrado con follajes”.
De donde
se deduce que el Emperador Carlos V dio crédito al águila de dos cabezas que
encontraron los conquistadores en las de la Imperial, “las más insignes tierras
araucanas”.
Construido
en el sitio conveniente “un fuerte muy superior al de Penco”, el Conquistador
hizo la ceremonial de la fundación de la ciudad, nombró el Cabildo y repartió
tierras y solares entre sus principales compañeros. He aquí la nómina de los
vecinos fundadores: Pedro de Villagra, “hombre bien dispuesto, de buen rostro,
curiaguileño, alegre de corazón, amigo de hablar, aficionado a las mujeres, por
cuya causa fue malquisto”; Diego de Maldonado, muerto heroicamente en la
batalla de Mariagüeñu, sin sucesión en Chile; Julián de Sámano, muerto en esta
misma acción de guerra; Juan de Vera, compañero de Valdivia, regidor del primer
Cabildo de Imperial; Leonardo Cortés, hidalgo, hijo del Licenciado Cortés,
miembro del Consejo Superior de Indias y del Supremo de la Inquisición, casado
con doña María de León y Rueda, entroncados con Escobar Ibacache, Ponce de
León, Alvarez de Luna, Gregorio de Castañeda, uno de los Catorce de la Fama,
casado con doña Bernardina Vásquez de Tobar, cuyos hijos emparentaron con Careaga,
Gómez de Loayza y con Gonzalo Montero, el primer Gobernador de Chile de origen
chileno; Sebastián del Hoyo y Villota, tronco de una familia que se extinguió
por los años de 1700; Pedro de Burgos, casado con doña Beatriz de Loarte,
padres del canónigo Juan de la Fuente Loarte, enemigo acérrimo de la Quintrala;
Víctor de Mena; Tomás Núñez de Salazar, casado con María Rodríguez de la Caba;
Juan Morán de la Cerda, uno de los Catorce de la Fama; se cuenta de él que en
esta acción recibió un
I lechazo
en un ojo, que se lo vació en la mejilla y que como le estorbara para seguir
peleando se lo arrancó de un solo tirón...
Fue
casado con Inés de Leiva; Andrés de Matienzo, casado con Juana de Rojas,
natural de Valladolid; tuvieron descendencia femenina; Lorenzo Bernal del
Mercado, llamado el Cid Ruiz Días de Chile; casado con María de Monte, hija del
sobrino del Papa; sus hijos entroncaron con Mendoza Monteagudo, Romero de
Lugones; Juan de Montenegro; no se conoce el nombre de su mujer, dos de sus
hijos clérigos, uno de ellos canónigo de la Catedral de Santiago; los demás
emparentaron con Bravo de Villalba, Ramírez Puerto Carrero, Pérez del Puerto,
con nutrida sucesión.
Juan de
Alos, escribano, el más porfiado de todos los pendolistas de su tiempo; se negó
en cierta ocasión “a dar fe, porque no la tenía” en un testigo; Pedro de
Salcedo, cuyo verdadero nombre era Cristóbal de Valderrábano y que ocultó al
venirse a las Indias; era casado en España y aquí se casó todavía dos veces;
¡qué aguante!; Juan de Villanueva, casado con Mari Núnez de Osorio, cuyos hijos
emparentaron con Olmedo, Burgos Cascajo, Villoldo de Osorio; Pedro de Omepezoa,
fidalgo portugués, casado con doña Marina de Toro-, emparentado, por sucesión,
con Guitérrez de Altamirano, Salas, Pereda y Ribera, Toro y Pezoa; Pedro Niño,
Catorce de la Fama, muerto en esa heroica acción; Francisco de Ulloa, muerto en
un duelo con el Capitán Juan Bernal del Mercado; don Pedro de Avendaño y
Velasco, casado con doña Isabel de Quiroga, hija natural del Gobernador
Quiroga; Juan de Fuenmayor, hijodalgo notorio, casado con doña Juana de
Aristegui, vizcaína, con sucesión numerosa que emparentó en La Serena y en el
Tucumán; Pedro de Leyva, casado con Inés Díaz, padre del canónigo Pedro Ladrón
de Leyva, familiar del Santo Oficio; Gonzalo de Morales; enloqueció por haberle
quitado don García Hurtado de Mendoza su encomienda; dejó hijos menores.
Don Pedro
Olmos de Aguilera, el famoso defensor de Imperial," casado con doña María
de Zurita y Villavicencio, padres de numerosa familia, que entroncó con Niño de
Estrada; Fernández de Córdoba; Villagra. Fue padre de la heroína doña Inés de
Aguilera, cantada por Ercilla, y suegro del Gobernador de Chile don Alonso de
Rivera, Alonso de Aguilera, hidalgo, deudo del conquistador Valdivia. Obtenida
su encomienda fue a España como apoderado del Gobernador y para traer consigo a
su esposa doña Lucía de Villavicencio se vino a Chile a consigo a su esposa
doña Lucía de Villavicencio, pero no regresó; fue testigo del matrimonio de don
Alonso de Ercilla. Su hijo don Alonso de Aguilera y Villavicencio se vino a
Chile a disfrutar de las encomiendas de su padre; aunque residió en Chile hasta
fines del siglo XVI, no se le conoció sucesión; Antón de Nápoles, italiano,
militó bravamente bajo las banderas de Valdivia, Villagra y Bravo de Saravia.
Francisco
de Loarte, casado con doña Elvira, princesa incásica del Cuzco; su hija fue
casada con otro encomendero de Imperial, Pedro de Burgos, a quien ya he
nombrado; Diego Martínez Ballesteros, casado también, con una india noble del
Perú, doña Violante; su hija única casó con el Licenciado Diego Hernández
Corral, tronco de la familia Corral; Martín de Peñalosa, que encabezó una
conspiración contra el Gobernador Villagra, por cuyo crimen calificado de “lesae
majestatis” fue ahorcado solemnemente; Cristóbal de Alegría, casado con
María de Ayala; su hijo del mismo nombre casó en Santiago con doña Isabel de
Balmaceda, hija de Juan de Balmaceda, soldado de Flandes, procesado por el
Santo Oficio como hereje, fue absuelto; Antonio de Maldonado, llamado “el paje”;
Julián Gutiérrez de Altamirano, el segundo abogado que vino a Chile, casado con
doña Marina de Toro; Lope de la Cámara, casado con Francisca de Vargas y de la
Coca; don Francisco Ponce de León, casado con doña Isabel de Ribera; formó una
larga familia, que emparentó con Tarabajano, Costés y Rueda, Mendoza y Cuevas
Varas Pacheco, Vásquez de la Calzada, Balboa — este último apellido es limeño.
A los
anteriores se deben agregar los que van a continuación, a los cuales agració
Valdivia especialmente, por ser sus amigos más allegados y antiguos compañeros;
Gaspar de Villarroel, señor de la villa de Arganzo, en León, casado con doña
Luisa de Sierra y Ronquillo, hija del fiscal de la Audiencia de Concepción. Su
hijo mayor, don Sancho de las Cuevas y Villarroel, casado con doña Isabel de
Salinas y Narváez, fue el tronco de una larga y aristocrática familia chilena;
Gaspar de Orense, Alcalde de primer voto del Cabildo de Imperial, casado con
Jusepa Rodríguez, sus hijos emparentaron con Silva, Pérez de Santiago, García
Castillo; Andrés Hernández de Córdoba, Catorce de la Fama, muerto a
consecuencia de las heridas que recibió en esta acción; Alonso de Miranda,
casado con la “fijadalgo” doña Menucia de Marañón. Tuvo dos hijas, que casaron
con el Capitán don Hernando de Aranda Valdivia, sobrino del Conquistador, y con
el sargento Mayor don Francisco de Herrera y Sotomayor; don Luis Barba Cabeza
de Vaca, casado con doña Menucia de Torres, con sucesión femenina “de dos
hermosas hembras” casadas una con el Capitán don Luis de Cuevas, y otras con
Juan de Rubias, hijo del conquistador Juan Gallegos de Rubias; Francisco
Rodríguez de Ontiveros, casado con María de la Cava.
Al asumir
el mando del Reino don García Hurtado de Mendoza hizo, como era lógico, algunas
reformas en las encomiendas, ya sea quitándoselas a algunos capitanes o
constituyendo otras; entre los nuevos vecinos de la Imperial se pueden citar a
Gabriel de Villagra, casado con doña Isabel de Villarroel, con larga sucesión;
Hernando Ortiz de Carabantes, muerto, como ya dije, en un duelo con el clérigo
Ñuño de Abrego; Juan de Cárdenas, escribano y secretario del Conquistador
Valdivia, uno de los hombres de más historias durante ese período. Una vez se
subió a un altar de la iglesia mayor de Santiago, después de la misa dominical
“y pronunció un sermón contra Juan Calderón de la Barca, que fue abominable
deshonra de Dios y del Rey”.
La ciudad
de Imperial fue, después de Concepción, la más concurrida de las ciudades del
sur durante los primeros años de la conquista; sus fiestas populares y
militares tuvieron fama, especialmente durante el Gobierno de don García
Hurtado de Mendoza que, por ser tan joven, era muy aficionado a ellas; consta
que don García compró en el Perú, de una sola vez, tres mil pelotas para
fomentar ese juego entre sus soldados y en el pueblo mismo.
Por ese
motivo le formó un capítulo de acusación su juez de residencia. También es
sabido que fue en esa ciudad de la Imperial donde ocurrió aquel serio incidente
entre don Alonso de Ercilla y don Juan de Pineda, y por el cual el Gobernador
don García los condenó a muerte, salvándose esos caballeros del patíbulo
gracias a la intervención de una doncella araucana “por la cual se gobernaba
don García”.
Aunque el
caso es conocido, por haberlo tratado nuestros poetas, vale la pena recordarlo,
bebiéndolo en sus fuentes originales, sin hacer intervenir en ello la fantasía
literaria; además, en estas fuentes hay ciertos detalles curiosos que estoy
seguro agradarán al lector, y como la referencia es muy corta, si no le
agradan, por lo menos le evitaré el sufrimiento de una lectura extensa.
El cargo
147 del juicio de residencia seguido a don García de Mendoza, al terminar su
gobierno en Chile, dice a la letra:
“Ítem.—
Se hace cargo a don García que se gobernaba e se gobernó por una doncella, cuyo
nombre consta en la pesquisa secreta y se daban papirotes en las narices el uno
al otro, jugando, frente a una ventana que los que pasaban los veían; y que
permitía e permitió que entrase dicha doncella de noche por una ventana; y
habiendo mandado hacer justicia en don Alonso de Ercilla e don Juan de Pineda,
por intercesión de la dicha doncella y otra mujer que fue con ella lo dejó de
hacer, y estuvo jugando con ellas casi toda la noche estando los dichos
caballeros confesándose... para bien morir”.
Volviendo
a la ciudad de Imperial, es necesario decir que durante sus cuarenta años de
existencia mereció con justicia ser llamada “la más insigne de las ciudades de
Chile”, por su riqueza, por su población, por la distinción de las familias
originarias y por el entronque de ellas con lo más selecto de los capitanes,
soldados, funcionarios y mercaderes que se avecindaron allí.
La
creación del Obispo de la Imperial le dio tono insuperable y la fundación del
primer convento de monjas que hubo en Chile, dedicadas a la enseñanza de las
niñas de la “nobleza”, agregó a la ciudad la nota delicada que aun no podía
ostentar la capital del Reino.
No cabe
duda de que al Conquistador Valdivia le había atacado una fiebre por fundar
ciudades en el sur de Chile; tal era su deseo de hacer de aquella región el
centro de su gobernación, que a pesar de “reparalle” sus capitanes la
inconveniencia de dividir sus no muy numerosas fuerzas en un territorio casi
inexplorado, y por ende, restar eficiencia al ejército ante los persistentes
ataques de los naturales, el valeroso Capitán desoyó todo consejo y continuó
impertérrito y confiado en su buena estrella el desarrollo del programa que se
había trazado.
Fundada
la Imperial en febrero del año 1551, el Conquistador volvió a Concepción para
preparar una segunda expedición, con la cual se proponía avanzar más hacia el
sur, por la costa, hasta encontrar el “hermosísimo río Ainilebo y su puerto”
que había descubierto el Almirante Pastene el año 1544 en su exploración
marítima por la costa austral, y a los cuales el Almirante había bautizado
con el nombre de “Valdivia”.
A pesar
de su vehemente deseo no pudo el Conquistador realizar su propósito ese año,
mejor dicho ese verano; las lluvias empezaron temprano, más que de costumbre, y
a fines de marzo rio era posible ya pensar en expediciones. Pero salido el
invierno, esto es, en el mes de octubre, inició y dio impulso a la organización
de la empresa de sus pensamientos hasta llevarla a cabo. En los primeros días
de diciembre salía con dirección al sur, visitó la Imperial, que le quedaba en
el camino, y después de un corto descanso continuó su ruta hasta las márgenes
del rio Maimilli, al cual denominó “de las Cruces’’, donde acampó.
Los
naturales no recibieron pacíficamente a la expedición fundadora; antes de
resolverse a cruzar el río Cruces “en unas balzas de carrizo y
con los caballos de la brida”, los españoles tuvieron que dispersar a “una gran
junta” de indios que apostados a la margen sur del río disparaban a los
castellanos “nubes de flechas y piedras”; al atravesar el río, se ahogó un
soldado y estuvo en inminente peligro el capellán de la expedición don Rodrigo
González Marmolejo, el futuro Obispo de Santiago.
Recorrido
el campo elegido para la fundación de la ciudad — elección que había sido hecha
con anterioridad por Jerónimo de Alderete— el Conquistador “alzó el árbol de
justicia”, o sea la horca, signo de autoridad, y el mismo día, 5 ó 6 de febrero
de 1552, nombró al Cabildo; fueron sus primeros alcaldes Francisco de Godoy y
Diego Nieto Ortiz de Gaete, cuñado del Conquistador; éste hermano de doña
Marina Ortiz de Cáete, acababa de llegar a Chile, y contrajo matrimonio con
doña Leonor de Estrada y Cervantes. Los regidores de este primer Cabildo
valdiviano fueron Cristóbal Ramírez y Pedro de Pantoja, casado con doña Beatriz
de Cervantes, cuyos hijos fueron don Carlos de la Cerda, vecino más tarde de
Concepción, donde se avecindó, formando su hogar con doña Juana Arias, de la
Fuente, don Gonzalo de Pantoja y doña Leonor, casada con el ariqueño Juan de
Contreras.
Los otros
regidores fueron Pedro Guajardo, casado con una luja del conquistador Pedro
Gómez de Don Benito; tuvo varios hijos; el Capitán Pedro Guajardo casó con
Campofrío de Carvajal y Riveros, cuñada de la Quintrala; y su hija Isa-
bel
Guajardo Gómez-Pardo, con el contador santiaguino Antonio de Azúcar, que dio su
nombre a la calle que hoy se llama de “21 de Mayo”; Lope de Encinas, que más
tarde se avecindó en Osorno; Hernando de Alarcón, que murió soltero.
Como
Pedro de Valdivia tenía el propósito de partir pronto de la ciudad de su
nombre, nombró un Justicia Mayor, como su representante para la administración
de justicia; el nombramiento recayó en el Licenciado Julián Gutiérrez de
Altamirano, de quien ya he dicho que fue el segundo buscapleitos que vino a
Chile; también he hecho referencia a su familia.
Los
primeros vecinos de Valdivia fueron Pedro de Buitrago, casado con Isabel
Araneda; Pedro Albín, muerto en Marigüeñu; Diego Báez de Mérida; Juan de
Alvarado, meritorio Capitán, cuyos hijos entroncaron con Moraga, con Nieto
Ortiz de Gaete y con Monte de Sotomayor; Jerónimo Díaz, casado con Isabel de
Cabrera y troncos de una extensa familia que emparentó con Orosco; Chirinos de
Loayza, Frías, Carrillo, del Hoyo, y Sierra; Jerónimo Núñez; su único hijo
Jerónimo Ordóñez y Núñez murió heroicamente en Catiray, en 1569; Gonzalo de
Bazán, el primer “zurujano” que vino a Chile; atendía a los enfermos del
Hospital de San Juan de Dios de Santiago en 1549, y luego se avecindó
sucesivamente en Concepción y Valdivia, donde murió, al parecer sin sucesión.
Generalmente se le llamaba “el bachiller Bazán”.
Juan
Beltrán de Magaña, “un pícaro de cuenta” que había venido en el séquito de
Valdivia, en 1548; tenía la mala costumbre de “descomponer matrimonios” y así
se cuenta que Valdivia lo mandó azotar por haber escrito un libelo difamatorio
contra Juana Jiménez, mujer de Gabriel de Cifontes, a la sazón, y anteriormente
amiga del Gobernador; algo parecido hizo con “un fulano Vásquez”, de Imperial,
a quien escribió un pliego anónimo denunciándole ciertas inconveniencias que
habría habido entre la esposa de aquél con don Alonso Ortiz de Zúñiga; por este
motivo, Ortiz de Zúñiga lo persiguió “para cortalle la lengua y las narices”,
pero Magaña logró esquivar el bulto; por suerte, este pícaro no tuvo sucesión.
Alonso
Corral, Alcalde ordinario de Valdivia en 1564, el primero que ordenó que los
vecinos pusieran una luz, por la noche, al frente de sus casas; es probable que
de su apellido venga el nombre de Corral, al puerto de Valdivia, según Thayer;
Antonio de Ojeda, casado con Inés Romero y Junco; Ruiz
de la
Rivera, Cristóbal, casado con doña Menucia de los Nidos, la heroína de Ercilla;
Lope de Montoya de Varo, hombre de confianza de don García de Mendoza;
Bartolomé de Quiñones, escribano público, casado con Melchora de Améstica; don
Pedro Mariño de Lobera, ilustre historiador de su época, casado con doña
Francisca de Miranda; sus dos hijos casaron: el Capitán Alonso, con Inés
Cabrera y Loayza, y Ana con Diego de Villarroel Escobar y Balcázar; un
descendiente de don Pedro, llamado don Antonio Mariño de Lobera Andrade y
Sotomayor, fue creado Marqués de la Sierra, en Guatemala.
Hernán
Pérez del Castillo-, “cirujano y boticario” del hospital de Valdivia en 1562;
tuvo un pleito por cobro de servicios profesionales, que duró cerca de cuarenta
años; él cobraba ocho mil pesos y la Audiencia mandó pagarle ochocientos; Pedro
Ordóñez Delgadillo, casado en Santiago con María Gómez Pardo, con lucida
sucesión, que entroncó con Chirinos Loayza, vecinos de Osorno, Lisperguer,
Zárate, familia peruana; Hernando Aranda Valdivia, sobrino del Gobernador
Valdivia; vino a Chile después de haber prestado lucidos servicios en la Corte
de Felipe II, en compañía de su hermano Pedro, casado éste con doña Catalina de
Escavias y Avalos. De este matrimonio viene una larga sucesión por una de sus
hijas, doña Beatriz Dávalos Aranda Valdivia, casada con el Capitán Rodrigo
Ortiz de Gatica, Corregidor de Maulé, por el Presidente Fernández de Córdoba,
en 1625, y el Capitán don Pedro de Aranda Catica, Corregidor de Copequén, por
el Presidente Osores de Ulloa, quien lo nombró para tal cargo “por ser uno de
los más beneméritos del Reino, por sus padres y abuelos”. Don Pedro fue casado
con doña Luisa Pacheco.
Cristóbal
de Arévalo “condenado a diez años de Chile”, por el Presidente del Perú,
Licenciado Casca, por haber participado en la rebelión de Pizarro, se
estableció en el sur de Chile y dejó larga sucesión; Toribio de Cuevas, casado
con Catalina Redondo, dejó una hija, que casó con el Capitán don Alonso Bravo
de Villalba, troncos de una familia que perduró hasta 1700,* más o menos;
Martín de Herrera de Albornoz, heroico guerrero que se distinguió en todos los
combates en que se encontró; Francisco de Niebla, casado con doña Jerónima de
Aguilar y con doña Juana Guerrero, sucesivamente; de ésta tuvo una hija,
Mariana de Niebla, que cayó prisionera de los indios de Valdivia y permaneció
en esa condición casi toda su vida. Este encomendero dio su nombre a los terrenos
valdivianos que aun lo conservaban; Martín de Irizar, casado con una sobrina
del Conquistador Valdivia; su hijo, Martín de Irizar Valdivia, tuvo una lucida
actuación durante la guerra de fines de ese siglo, y casó con Teresa Campofrío
de Carvajal; su viuda casó, antes del año, con el Capitán Pedro Guajardo, ya
nombrado.
Gaspar de
Villarroel, distinto del conquistador del mismo nombre que fue regidor del
primer Cabildo Santiaguino; no se conoce el nombre de la mujer de aquel
conquistador, pero dos de sus hijas se llamaron Luisa Osorio, casada con
Gabriel de Villagra, y Beatriz Buiza Cabeza de Vaca, esposa del Capitán
Francisco Pérez de Valenzuela; nótese la diversidad de apellidos entre padres,
hijos y hermanos, costumbre que era general en la época. El Gaspar de
Villarroel, fundador de Valdivia, de que tratamos, fue casado con Luisa de
Sierra, con varios hijos. Se trasladó a Osorno, como vecino y figuró con su
hijo don Sancho de las Cuevas y Villarroel, como uno de los más caracterizados
de la región; nótese, nuevamente, lo irregular de los apellidos de su hijo, el
Capitán Sancho.
Francisco
Pérez de Valenzuela, casado con Beatriz Buiza, según queda dicho, fue el primer
propietario de la isla Teja, llamada entonces la “isla de Valenzuela”; un siglo
más tarde se la denominó “la Teja”, porque en sus terrenos se instaló un obraje
de ese artículo, para techar las casas de la ciudad. En otra parte he dicho ya
que esta familia fue numerosa y lucida. Juan de Matienzo, no se conoce el
nombre de su mujer, pero se sabe que su familia emparentó con la del
Conquistador Francisco de Aguirre; Hernando de Alvarado, casado sucesivamente
con Francisca de Peñalosa, con Isabel Suárez y con doña Isabel de Rosa, hermana
ésta de la mujer del famoso pacificador de Osorno y Chiloé, Coronel don
Francisco del Campo.
Juan de
Montenegro, de quien ya he hablado; Iñigo Balsa, casado con Juana de Lezcano;
Baltasar de León, casado con María de Vega Sarmiento; su hijo Juan Ponce de
León y Sarmiento, casó con doña Isabel de Placencia y Cortés, y ambos, juntos
con una hija, cayeron cautivos de los indios en la destrucción de Villarrica;
fallecida su mujer en el cautiverio, padre e hija fueron libertados y se
establecieron en La Serena, donde aún queda descendencia, según dice el señor
Thayer Ojeda; Gaspar Viera, regidor del Cabildo y heroico defensor de la ciudad
en uno de los asaltos de los indios; Diego García de Altamirano, valiente
guerrero elogiado por Ercilla.
Gómez
Romero, jefe de la guarnición de Valdivia, a fines del siglo, a cuyo descuido
se debió la ruina completa de la ciudad; Andrés Pérez y Rodríguez, casado con
Mariana de Montenegro, que salvó a su familia del desastre de Valdivia,
embarcándola ocultamente, protegida por una india, en uno de los barcos que
allí estaban anclados; después se avecindó en Santiago. En esta destrucción de
Valdivia, según informaciones del canónigo Calderón, los indios “mataron al pie
de cien hombres, vecinas e capitanes e soldados veteranos, e se llevaron
cautivas más de cuatrocientas ánimas, así viejas, casadas e doncellas”.
Salvador
de Careaga, casado con Melchora de Elosu, progenitores del santo clérigo y
canónigo, Pedro de Careaga, que se distinguió por su apostolado en aquellas
regiones y después fue propuesto para Obispo de la Imperial; Gonzalo Becerra,
casado con Isabel de Valles, valiente Capitán, defensor de Valdivia y Osorno;
Juan de Armenteros y Diego Henríquez, este último sobrino del conde de Fuentes,
capitanes que trajeron del Perú el refuerzo de tropas en 1598: Henríquez se
estableció en Valdivia y formo su hogar, llegando a ser uno de sus vecinos más
prestigiosos; es probable que de este Capitán provenga la familia de nuestro
fray Camilo; Gaspar Doncel, heroico y leal Capitán que sofocó una insurrección
en Valdivia y que, por último, terminó sus días de sacristán en una parroquia
de Cuyo.
En este
primer período de los primeros sesenta años de la conquista, es bien difícil
fijar los nombres de las familias que figuraron en las distintas ciudades del
Reino, por razones que ya dije en otra ocasión, esto es, porque los vecinos, en
la necesidad de defender sus vidas e intereses trasladaban con mucha facilidad
su residencia y sus nombres figuran repetidos o variados, según la costumbre de
la época, y porque los documentos y antecedentes de que se dispone no son, ni
pueden ser, completos o exactos.
Fundada
la ciudad de Valdivia, el Gobernador, siguiendo su plan de poblar el territorio
austral, envió a su teniente y amigo Jerónimo de Alderete a echar las bases de
una nueva ciudad a las orillas del lago Mallohuequén, situado casi al pie de la
cordillera andina, donde, según los indios, existían ricas minas y lavaderos de
oro. El Capitán Alderete partió a cumplir su comisión, acompañado de una
pequeña fuerza de cuarenta hombres y declaró fundada la “Ciudad Rica”, o Villa
Rica, a mediados de mayo de 1552.
Fue
Alcalde del primer Cabildo de la ciudad Francisco de Ávila, o Dávila, que había
llegado a Chile con Valdivia, y tenido sobresaliente actuación en la defensa de
Santiago durante el asalto y su destrucción en 1541; debe haber muerto en
alguno de los combates que siguieron al desastre de Tucapel, porque a pesar de
su figuración no reaparece en los documentos. Su encomienda de Villarrica fue
repartida entre varios conquistadores, por orden del Gobernador Villagra.
Posteriormente
aparecen un don Quirós de Ávila, venido con don García Hurtado de Mendoza “como
hombre de juicio” y consultor de guerra, y un don Vasco Juárez Dávila, venido
también en la misma expedición, que regresó al Perú, donde fue procesado por la
Inquisición, por haber dicho que “al casarse Felipe II con una inglesa de
sangre luterana, para lo de Dios habrá hecho bien, pero para lo del mundo mal”.
Los inquisisores dominicos de Lima, a los cuales el procesado tachaba de
enemigos, dijeron que Juárez de Ávila “era jugador, tahúr y tirano; peleó
contra el Virrey, aunque era su pariente; convirtióse; dejáronle sus indios; se
juega los tributos que le dan los indios, y además es soltero con hijos”.
Esta
ciudad de Villarrica fue despoblada dos años más tarde a causa del
levantamiento general de los araucanos que siguió al desastre de Tucapel y
Marigüeñu; por este motivo se tienen pocas noticias de su vecindario primitivo;
sin embargo, podemos citar a los vecinos encomenderos que van en seguida;
Francisco
Cornejo, Hipólito de Camargo y Juan de Haro, regidores, de los que no se tienen
noticias sobre su progenie; Juan de Vega, que permaneció en su encomienda, a
pesar del despueble y fue Alcalde en muchos períodos posteriores; un hijo
natural suyo llegó a ser escribano en la misma ciudad y perpetuó el apellido;
Juan Morán de la Cerda, uno de los Catorce de la Fama, y a quien se le atribuye
haber dicho en esa ocasión “que lamentaba que no hubieran sido dos menos de los
catorce, para que los hubieran llamado “los doce de la Fama”; Alonso Pacheco;
Pedro de Camacho, Alcalde en 1562, murió en un duelo con el otro Alcalde del
mismo Cabildo, Antonio Hernández. Entre sastres no se pagan hechuras.
Alonso
Ruiz de Alarcón; Rodrigo de Salas, escribano; Leonardo Cortés, “fidalgo”, hijo
del Oidor Cortés, del supremo consejo de Indias; fue casado con doña María León
y Rueda y sus numerosos hijos emparentaron con las principales familias de la
región austral y de Santiago; Juan de Lasarte, que sucumbió en Cañete al día
siguiente de haber sido nombrado Corregidor de esa ciudad; Francisco Vásquez de
Eslava, casado con Belarmina Toro, con sucesión femenina; Julio de Silva
Guzmán, vecino de La Serena, de donde huyó por no servir a las órdenes de
Francisco de Aguirre, que lo tenía “entre los ojos”; Francisco de Loarte
(Duarte por corrupción), casado con doña Elvira, princesa incaica; su hija
única, casó con el Capitán Pedro de Burgos; Diego Pérez Payan, conspirador
consuetudinario y audaz; murió heroica' mente en un combate con los indios.
Juan
López de Ollauri, casado con Inés Gómez; su hija Francisca de Ollauri casó con
Hernando Ortiz de Algaraín, con numerosa sucesión; Juan de Naveda, casado con
doña María Vásquez, oriunda de Talavera de la Reina; su hijo mayor, el Capitán
don Mauricio de Naveda casó con doña Teresa Bravo de Villalba, troncos de la
familia Bravo de Naveda, con sucesión hasta el presente; Juan Alvarez de Luna,
casado con doña María Cortés y Zapata, con sucesión masculina, pero que
sucumbió toda en la guerra; doña María y su hija doña Isabel de Luna,
estuvieron cautivas de los indios en Villarrica varios años.
Martín de
Peñalosa, Alcalde ordinario en 1560, y jefe de una conspiración que le costó la
vida, habiéndole dado de plazo para su defensa “la medida de una ampolleta”, o
sea, un tiempo medido por un reloj de arena; Pedro de Aranda Valdivia, casado
con doña Catalina de Escavias y Avalos; de sus hijos, que figuraron muy
honrosamente en la colonia, ya he dado referencias anteriormente; Blas de
Garazate, regidor perpetuo de la -ciudad; Juan Fernández Puertocarrero, casado
con una hija del conquistador Bernardino Vásquez; su hijo Martín casó con
Cristobalina Verdujo, hija del conquistador, y formó una larga y prestigiosa
familia; Juan de Cereceda, casado con Mayor Carrasco, feudatarios de
Villarrica; Diego Alfonso, portugués, desterrado del Perú por pizarrista, fue
regidor de la ciudad; Alvaro de Vivero, casado con Beatriz de Paz, tuvo dos
hijos; el mayor García de Torres Vivero, heredó la encomienda de su padre y
militó en la guerra doce años; enviudó y luego se ordenó de presbítero llegando
a canónigo de la catedral de Concepción; el segundo,
Andrés de
Vivero, fue también clérigo; prisionero de los indios de Villarrica durante el
largo y espantoso sitio de esta ciudad, el infeliz clérigo fue “asado vivo,
espetado en un palo agudo”, y se lo comieron.
Bajo los
gobiernos de Hurtado de Mendoza, de Villagra, de Quiroga y aun de Alonso de
Sotomayor, la ciudad de Villarrica adquirió un auge que la colocado entre las
ciudades de mayor porvenir del reino; las minas de oro y plata que los indios
habían ocultado mañosamente al principio, fueron, por fin, encontradas, y los
encomenderos que habían tenido que soportar miserias y desastres en los
primeros años, pudieron ver recompensados sus padecimientos.
Este
progreso y riqueza, atrajo, naturalmente, mucha población nueva, pero casi toda
ella se componía de mercaderes ambulantes que iban a comprar el oro a cambio de
“vitualla y ferramenta”; contaba, además, Villarrica, con la facilidad del paso
andino hacia “la otra banda”, cosa muy importante en esa época, por lo
peligroso del paso del Estrecho magallánico.
La
formidable revolución encabezada por Pelentaru a fines de 1594, y que culminó
con el desastre de Curalaba, donde sucumbió el Gobernador Oñez de Loyola y
noventa soldados en 1598, puso en peligro; desde los primeros momentos a todas
las ciudades ubicada al pie de la cordillera, es decir, sin contacto marítimo
con ninguna de las otras ciudades españolas. “Alzada toda la tierna”, esta fue
la única ciudad que tuvo que quedar aislada y entrega a sus propias
fuerza, hasta que sucumbió el último de sus habitantes, después
de un horroroso sitio de tres años y dos meses.
No entra
en las presente crónica la relación de tal hecho estupendamente heroico, pero
cabe apuntar los nombres de los últimos defensores del a ciudad, que fueron
también sus últimos pobladores, pues Villarrica no se volvió a reedificar, sino
muy lentamente, medio siglo después del desastre.
Los
cientos y tantos soldados, los noventa y cinco ancianos y niños y las ciento
treinta mujeres que formaban en vecindario y población española de la
Villarrica, a la muerte del Gobernador del Reino, don Martín García Oñez de
Loyola, estaban reducidos a fines de enero de 1602, después de los dichos tres
años de sitio, a “once hombres y diez mujeres”. Todos los demás o habían muerto
en los frecuentes combates con los indios sitiadores, o habían sido hechos
prisioneros, o habían muerto de hambre...
Ellos
eran; el Gobernador de la plaza, Capitán don Rodrigo de Bastidas, su mujer doña
Ana de Chavarri y Almonacid y su cuñada doña Juana; dos hijos del Gobernador
habían sido hechos prisioneros y sólo pudieron ser libertados años más tarde;
Alonso Becerra; Juan Sarmiento de León, su mujer doña Aldonza Lozano y su
cuñada doña Beatriz; don Gabriel de Villagra y su mujer doña María del
Castillo; don Alonso de Córdoba y su padre don Rabio Fernández de Córdoba;
Domingo de Usarandi, y su mujer doña Lorenza de la Calzada; doña María Cortés y
Zapata, y su hija doña Isabel de Luna; Pedro Alonso y su hermana doña María de
Placencia; don Alvaro de Viveros y sus hijas doña Ana y doña Inés de la Paz; el
niño de trece años Juan de Maluenda, que ya a esa edad empuñaba una lanza para
defender su vida, y el Cura de Villarrica apellidado Sedeño.
De esos
once soldados “Murió Bastidas e los demás, menos dos que cogieron a manos, uno
llamado don Juan de Maluenda, que vive hoy en Santiago”, dice una relación de
la época; no dicen los documentos el nombre del otro sobreviviente de la
floreciente Villarrica, que sucumbió para no volver jamás a lo 'que fue.
Prometo
al lector amigo que alguna vez habré de contarle los dramáticos detalles de la
prolongada agonía de esta antigua ciudad y del heroísmo inaudito y supremo de
sus defensores.
El fuerte
y villa de Los Confines, (Engol), fue la última de las ciudades que mandó
fundar Pedro de Valdivia y ello ocurrió en el mes de octubre de 1553, o sea,
tres meses antes de la muerte del ilustre conquistador de Chile. El sitio
elegido fue en “la confluencia de los ríos Malleco y Huequén y en los confines
de las jurisdiciones de las ciudades de Concepción e Imperial”.
El
desastre de Tucalpel obligó a sus vecinos a despoblarla y solamente seis años
después, en 1559, el Gobernador Hurtado de Mendoza se decidió a repoblarla
cambiándole su primitiva ubicación “a la comarca de Malvón, a cuatro leguas de
la confluencia de los ríos de Renaico y Vergara, dándole el nombre de “Infantes
de Angol”, o de “San Andrés de Angol”, según el señor Tomás Guevara,
En este
sitio se mantuvo trabajosamente la nueva ciudad durante cuatro años; pero al
fin hubo de ser trasladada, para su seguridad, “al valle de Concoyán, a dos y
media leguas de su última planta”. Entre los primeros encomenderos y vecinos,
cuyos nombres han podido llegar hasta nosotros, figuran los que van a
continuación;
Francisco
de Ulloa, uno de los primeros exploradores del Estrecho de Magallanes salidos
del Pacífico, por orden de Valdivia; después de prestar importantes servicios
en la guerra de Arauco, fue muerto en un duelo que tuvo con Juan Bernal del
Mercado, cerca de Concepción; don Miguel de Avendaño y Velasco, aquel noble
español, de quien di referencias en crónicas anteriores, y que dejó una bija
que casó con don Juan Calderón de Vargas; don Juan Bernal Benavente, que llegó
a ser fiscal de la Audiencia de Concepción; Martín de Algaraín, cuyo único hijo
casó con doña María de Miranda y Rueda, tronco de una familia que se extinguió
en el siglo XVIII; Pedro de Leiva, casado con doña Inés Díaz, originario de los
Ladrón de Leiva; por sus merecimientos fue recomendado por el Monarca para “que
se le hicieran mercedes”; fue Corregidor de Angol; Francisco de Peñalosa, fue
Alcalde en 1563, “y recibió muchas heridas por salvar a su mujer de un cacique
soberbio”; Gregorio de Oña, casado sucesivamente con doña Juana de Loyola y con
doña Isabel de Acurcio, prima hermana ésta de doña Teresa de Castro, esposa del
Gobernador de Chile y luego Virrey del Perú, don García Hurtado de Mendoza. De
su segunda esposa don Gregorio tuvo al Licenciado y poeta Pedro de Oña, autor
del Arauco Domado.
Despoblada
nuevamente Angol a causa del levantamiento de Pelentaru, su vecindario se
distribuyó en las ciudades de Concepción, Imperial y Valdivia, pero sus
propietarios conservaron las encomiendas que tenían; de modo que unos cincuenta
años más tarde, muchas de ellas estaban todavía en poder de los herederos.
La ciudad
de Cañete debió su origen a la construcción de un “fuerte y presidio” que el
Conquistador quiso establecer entre las recién fundadas, Imperial y Valdivia,
con el objeto de proteger las comunicaciones de ambas ciudades a través del
todavía inexplorado territorio araucano. La primera denominación de este fuerte
fue Tucapel, y su construcción, que duró un poco más de mes y medio, quedó
terminada, según opina el señor Thayer, en septiembre de 1553. Fue su primer
jefe el Capitán Martín de
Irizar,
casado con una pariente del Conquistador, de dónde provino Martín de Irizar
Valdivia, valeroso Capitán que sobresalió en la campaña del tercer cuarto de
ese siglo, y casó en 1602, con doña Teresa de Carvajal y Riveros, cuñada de la
Quintada.
El fuerte
de Tucapel duró en pie apenas unos cuatro meses, pues fue arrasado por las
huestes de Lautaro en diciembre; de sus ruinas, y de las del fuerte de Purén,
surgieron aquellos “Catorce de la Fama” que tantas veces hemos nombrado; Martín
de Irizar fue uno de ellos.
El
Gobernador don García Hurtado de Mendoza restableció el fuerte de Tucapel en
1558 y fundó a su alrededor una ciudad con el nombre de Cañete, título del
marquesado del Virrey del Perú, su padre; su primer Gobernador o Corregidor fue
don Felipe de Mendoza, hermano natural de don García; casó, como dije en otra
ocasión, con una cuñada de Francisco de Villagra. Entre los encomenderos y
vecinos de Cañete figuran Martín Ruiz de Gamboa, casado con doña Isabel de
Quiroga, luja de don Rodrigo; Gómez de Lagos, padre de Esteban de Lagos,
vecino, encomendero y fundador de Chillán y Alcalde de su primer Cabildo;
Francisco Osorio, cantado por Ercilla, pereció heroicamente en la batalla de
Mareguano; Lope Ruiz de Gamboa, casado con doña Isabel Suárez de Figueroa, troncos
de una numerosa familia; “de ilustre sangre, dice el Padre Alonso Ovalle, tan
conocido en Vizcaya, donde se ve hoy su palacio y casa solariega, que es de las
más esclarecidas, a tres leguas de Durango”.
Gonzalo
Hernández de la Torre, que tuvo una hija mestiza, Inés de la Torre, casada con
Francisco de Hoyos, el calcetero con tienda” más acreditado de Santiago a fines
del siglo; Juan de Rieros; Alonso de Góngora Marmolejo, el historiador, de
quien he dado noticias anteriormente; Rodrigo de Palos, regidor de Cañeta
Francisco Vaca Rengifo; Gonzalo Hernández Buenos Años, “Catorce de la Fama”,
casado con Catalina de Cervantes; Juan de Lasarte; Juan de Riva-Martín, Alcalde
del primer Cabildo; fue casado en Lima con doña Juana de Riba Moron y falleció
allí; Fabián de Contreras, escribano público, casado con Mayor de la
Fuentecilla; Agustín de Ahumada, hermano de Santa Teresa; regidor, Alcalde y
Corregidor de Cañete; residió allí hasta la despoblación de la ciudad, en 1563,
y regresó a Lima; dejó en Chile una hija, probablemente mestiza, Jerónima de
Ahumada, que casó con el Capitán Juan de Córdoba, con crecida descendencia,
según Thayer. La familia Ahumada, que figuró posteriormente, proviene de Juan
de Ahumada; Gabriel Gutiérrez de Aguilera, fallecido sin sucesión; Alonso de
Miranda “fidalgo” casado con doña Menucia de Marañón; sus dos hijas casaron con
Aranda Valdivia y con Herrera Sotomayor.
A pesar
de haber sido repoblada en 1569, Cañete no pasó de ser un fortín rudamente
atacado por los indios durante siglos, por lo cual no pudo progresar, sino en
los últimos decenios de la colonia.
Semanas
después de haber fundado la ciudad de Valdivia, el Conquistador de Chile partió
en rápida excursión hacia el sur, llegando hasta el lago Raneo; pero las
persistentes lluvias lo obligaron a regresar al punto de partida. Tan pronto
como terminó el invierno, en octubre, envió una segunda expedición al mando de
Francisco de Villagra, para que fundara en aquellas regiones una nueva ciudad
“que debía llevar el nombre de Santa Marina de Gaete” en honor de la esposa del
Conquistador Valdivia, y cuyas fiestas de fundación debían realizarse a la
llegada de esta señora, a quien había mandado buscar a España, con el
Adelantado Jerónimo de Alderete.
Sabemos
que cuando llegó doña Marina a Chile ya había sucumbido el Conquistador, en la
batalla de Tucapel, a manos de Lautaro. El Capitán Villagra no alcanzó a
cumplir su cometido, a causa también de ese desastre, que lo obligó a volver
hacia el norte, para proteger las ciudades de Concepción, Imperial, Valdivia y
las otras, amagadas todas por el levantamiento del joven y afortunado caudillo
araucano.
Cinco
años más tarde, cuando don García de Mendoza, volvía de su expedición a
Carelmapu y Chiloé, creyó conveniente fundar una ciudad en la conjunción de los
ríos de Rahue y de las Damas, que era el mismo sitio elegido por Valdivia en su
anterior viaje, a la que le dio el nombre de Osorno, uno de los títulos de su
padre el Virrey.
El primer
Corregidor que tuvo la nueva ciudad fue el Licenciado Alonso Ortiz, venido en
la expedición de don García, como uno de sus consejeros, y su Alcalde lo fue
Diego Nieto Ortiz de Gaeta, hermano de doña Marina; fue casado en primeras
nupcias con doña Luisa de Collados y en segundas con doña Leonor Estrada y
Cervantes; su hijo mayor, Francisco de Gaete perpetuó el apellido en su
matrimonio con doña Jeracina Jofré y Meneses, hija y nieta, respectivamente de
los conquistadores
Juan
Jufré y Francisco de Aguirre; Francisco de Tapia, escribano público, casado con
María González de la Gonzalera; sus hijos emparentaron con Castañeda, Avalos
Jufré y de los Ríos.
Gaspar de
Robles, casado con Leonor de Marambio; troncos de vasta familia; Hernando de
Alarcón, que murió repentinamente; su encomienda fue concedida al alemán Pedro
de Lisperguer, pero habiéndose radicado éste en Santiago, se hizo cargo de ella
Martín Alonso de Montemayor; Juan de Alvarado, padre del Capitán Diego de
Alvarado, que casó, perpetuando el apellido, con doña Menucia de Moraga;
Francisco Sánchez de Sancti Esteban, o Santesteban, hidalgo, mayorazgo de Zufra
de Ubedo, casado con doña Ana de Narváez, natural de Antequera; sus hijos
emparentaron con Cepeda y Padillo, Fernández de Lorca y con Salinas. Fue
Alcalde, regidor y encomendero opulento.
Pedro
Olmos de Ayala, uno de los encargados por don García de la distribución de los
solares y las encomiendas de Osorno, fue casado con doña Ana Jofré; Diego de
Rojas, hidalgo vallisoletano, casado con Catalina Ruiz del Pliego, oficial de
la real hacienda y Corregidor de Osorno en 1567; su hijo Rodrigo de Rojas fue
casado con doña Juana Cortés de Monroy; Juan Martínez de Alba; don Pedro de
Godoy, caballero sevillano, muerto heroicamente en la batalla de Lebocatal;
Juan de Figueroa y Villalobos, casado con María Martín de Estévez; Cristóbal
Ortiz, pariente de Pedro de Valdivia, casado con Catalina de Cervantes o
Caravantes, tronco de una familia prestigiosa y opulenta.
Diego
Ortiz de Gatica, de quien he hecho referencias anteriormente, cuya familia
emparentó con Aranda Valdivia, de donde vinieron los Aranda Gatica, que
tuvieron figuración señalado. Un lector me ha preguntado si estos Aranda que
figuraron en Chile, tienen algún parentesco con don Pedro Pablo de Aranda,
conde Aranda, célebre ministro de Carlos III, que' tuvo la idea, en 1783, de
establecer en América tres reinos independientes; aunque no tengo datos
precisos para responder categóricamente, me permito opinar negativamente por
razones que sería largo explicar.
Don Luis
García Menacho, hidalgo madrileño; Gaspar Verdugo, tronco de esta familia en el
sur; Pedro Mazo Muñoz de Alderete, cuyo primogénito casó con Sebastiana Verdugo
de la Vega, hija del anterior; Lope de Henostroza, casado con Marcela de
Castañeda, cuyos hijos se avecindaron en Santiago y emparentaron con familias
principales de la capital, de Lima y Cuyo; Alonso Ortiz de Zúñiga, hermano del
visitador del Obispado de Santiago; Juan de Godoy, casado con doña Isabel de
Rosa, hijadalgo; su hija Isabel de Rosa Godoy, casó con el valiente pacificador
de Valdivia, Osorno y Chiloé, don Francisco del Campo; Francisco Cortés de
Ojeda, explorador del Estrecho de Magallanes, de quien ya he dado información;
Rodrigo de los Ríos, casado con Inés Dávalo, de quienes he dicho antes, que
pueden ser origen de la familia Ríos que perduró durante la colonia.
Juan
Salvador, casado con María de Salaya; su hija Catalina González de Salaya
estuvo cautiva del cacique Tempuante; obtenida su libertad, casó con Alonso
Márquez del Olmo, con vasta sucesión; Juan de Espinosa y Rueda, casado con
María Caracol; su descendencia se dedicó al estado eclesiástico; Miguel Martín;
“soy casado, decía en una presentación al Rey, con doña Francisca Terrín de
Gusmán y Silva, toledana, y fui muchos años antes de casar, capellán (?) de Su
Majestad, el Emperador...” Avecindado primero en Osorno, fue nombrado contador
real en Santiago, donde falleció. Su viuda fue una de las fundadoras del
monasterio de las Agustinas.
Francisco
de la Peña, casado con doña María de Córdoba, natural de Valdepeñas; sus hijos
emparentaron con Briceño y con Zapata de Mayorga.
Fue
también encomendero y vecino de Osorno don Martín Ruiz de Gamboa y Avendaño, de
quien he dado referencias; Luis Guillamas de Mendoza; Luis Chirinos de Loaysa,
casado con doña Ana de Cabrera, con lucida sucesión; sus hijos emparentaron con
Montoya, Ordóñez de Delgadillo, Serrano y Aguirre, Mariño de Lobera y Figueroa;
fueron padrinos de la boda doña Inés de Cabrera y Loayza con don Alonso Mariño
de Lobera, el Virrey del Perú; Juan Velásquez, pariente del Presidente del
Perú, Licenciado Pedro de la Gasea; Gaspar de la Barrera y Chacón, Corregidor
de Osorno y familiar del Santo Oficio, casado con doña Luciana de Vergara y
Silva; su descendencia emparentó con Arana, Escobar Ibacache, Jinés de Lillo,
Gonzalo de Salas y Morales, de Córdoba, Andrés de Fuenzalida y Ramírez de
Cordeina, casado con doña Ana de Guzmán y Suazo; la descendencia de este
matrimonio enlazó con Mendoza, Alvarez de Bahamonde, Escobar, Villarroel,
Fuentes, Meza y Zúñiga y Figueroa.
Hernando
de Moraga, casado con Elvira de Ribera, de quien di noticias; Arnao Zegarra
Ponce de León, contador de la real hacienda en tiempos de Valdivia; casado con
Francisca Bermúdez de Castro, se radicó en Osorno, donde “alzó casa y mantiene
solariega con honra”; todos sus hijos formaron hogar en Osorno y solamente
algunos nietos salieron de su tierra; Juan de Vozmediano, casado con doña Inés
Sancho de Hoz, hija del célebre conspirador enemigo de Valdivia, Pedro Sancho
de Hoz, y que fue ejecutado en la plaza de Santiago por Villagra.
Joaquín
de Rueda, escribano y veedor de la real hacienda, casado con Inés de Mendoza y
Caravajal; fue Corregidor de de Villegas, fue tronco de este último apellido;
sus hijas casaron con Torres Triviños, Francisco de Godoy, y González de
Elgueta; Hernando de Castro, Alonso Rodríguez Picado, limeño-, casado con doña
Mayor Bravo de Saravia; Pedro Rodríguez Villagutiérrez, dejó muchos hijos
naturales; Juan de Figueroa y Villalobos, casado con Inés de Mendoza y
Caravajal; fue Corregidor de Osorno. Su hijo Francisco de Figueroa y Mendoza,
casado con Juana Garcés, fue asimismo Corregidor de su ciudad natal y le tocó
en suerte derrotar al cacique Libcol que se había proclamado rey de Arauco
apoyado por un grande ejército.
Pedro
Jiménez de Navarrete, valiente mozo de diecinueve años que alcanzó el grado de
Capitán, siendo soldado, por su heroico comportamiento en un combate con los
indios a las orillas del río Bueno; llegó a ser Corregidor y casóse con Juana
de Arquijo, que cayó prisionera de un cacique. El Capitán Jiménez dio con la
ruca del captor y libertó a su mujer trias de reñido combate, en el cual perdió
un brazo y un ojo; Alonso Hernández Carrasco, “médico de yerbas y curandero”,
acusado a la Inquisición por ejercer este oficio; pero fue absuelto por haber
sanado de un “daño” al familiar del Santo Oficio; Alvaro de Mendoza, Alcalde
ordinario; su hija, habida en doña Constanza de Caravajal, casó con Juan de
Figueroa y Villalobos, ya nombrado.
Jerónimo
Bello, vecino y encomendero de Osorno que desertó de las filas castellanas
pasándose al enemigo junto con el clérigo Juan Barba; el Corregidor Figueroa,
quemó en esfinge a ambos desertores y poco después tuvo oportunidad de
quemarlos de veras, cuando cayeron prisioneros; Blas Pérez de Esquesias casado
con María de Cárdenas; era limeño y volvió a .su país.
En esta
relación de apellidos del vecindario de Osorno cabe apuntar los nombre de las
“Isabelas”, tres damas que fundaron allí el primer convento de mujeres que
existió en Chile, 1568, o sea unos cinco o seis años antes de que se fundara el
de las Agustinas de Santiago. Las fundadoras fueron doña Isabel de Landa, doña
Isabel de Placencia, viudas ambas, y doña Isabel de Jesús, soltera. A estas
tres señoras, que se encerraron en una modesta casa “en hábito de beatas”, se
les agregó luego doña Elena de Remón, viuda de un Capitán Venegas, fallecido en
la Imperial; doña Elena era hija de una de las beatas fundadoras, doña Isabel
de Landa, que hacía de superiora o abadesa, y al ingresar al beaterío su madre
la admitió con sus dos pequeños hijos, hombre y mujer. El varón se llamó Diego
Venegas; no se conoce el nombre de la niña.
Este
beaterío regularizó su existencia mediante las gestiones del Obispo de
Imperial, don fray Antonio de San Miguel y quedó constituido monasterio de la
regla de San Francisco; a los pocos años tenía más de treinta monjas; pero al
terminar el siglo XVI el convento fue arrasado por los indígenas y las monjas
hechas prisioneras; algunas fueron rescatadas debido a los esfuerzos del
Capitán Peraza; el resto sucumbió a manos de los indios y algunas quedaron
cautivas.
Merece
también mencionarse el nombre de un lego franciscano llamado fray Lucas Blas,
genovés de nacimiento, que habiendo quedado solo en su convento lo defendió
denodadamente contra los repetidos asaltos de los bárbaros y, por último, se
puso a la cabeza de unos cuantos soldados heridos y dispersos y salió al campo
raso a presentarles batalla “haciendo mucho estrago en ellos, como si en vez de
lego mínimo fuese caballero de guerra”.
En un
próximo artículo pondré fin a la nomenclatura de la “gente bien” que figuró en
la colonia durante los primeros cincuenta años de su existencia, o mejor dicho,
hasta el fin del siglo XVI; en esa crónica citaré algunos apellidos de gente
santiaguina que se me escaparon de la primera rebusca.
Si Dios
me da salud... y paciencia, iniciaré dentro de poco la nomenclatura de las
personas “bien” que llegaron a Chile en los primeros cincuenta años del siglo
XVII, entre las cuales se encuentran los orígenes de muchas de las familias que
actualmente figuran en Chile.
La
instalación de la Real Audiencia en Concepción, 1567, marcó una época, y yo
estimo que ella señala el comienzo de la vida colonial, propiamente dicha, por
cuanto empieza en Chile la influencia de la toga, y supremacía sobre la espada
del conquistador, única ley que hasta entonces había dominado sin contrapeso.
Con la toga o la “garnacha” — así se llamaba el traje distintivo de los
oidores— apareció un poder civil con facultades omnímodas para interpretar y
aplicar las leyes o “reales cédulas”, y alrededor de este poder se agruparon
todos aquéllos que deseaban vivir fuera de las inquietudes de la guerra y lo
más alejados posible de sus desastrosas consecuencias.
Esto dio
por resuelto que desde entonces comenzaron a llegar a las ciudades, para
permanecer en ellas, no sólo las familias de los guerreros que se habían
ausentado o todavía no se atrevían a venir a este Reino revolucionado por la
guerra, sino también otras que tenían vinculaciones o procuraban tenerlas con
la incipiente sociedad chilena, “para fundar nobleza”, o para afianzarla.
El Rey
Felipe II formó la primera Audiencia de Chile con tres oidores, que fueron: el
Licenciado Sena, el Licenciado ligas Venegas y el Licenciado Juan de Torres de
Vega y Aragón; dio a esta Audiencia el carácter de
“gobernadora del Reino”; pero dos años más tarde le quitó esta facultad y
nombró Gobernador al Oidor limeño Bravo de Saravia, con el carácter de
Presidente del alto tribunal. Sea que este togado no sirviera para el cargo,
como parece que así fue, sea porque el elemento militar que todavía era muy
poderoso, “pusiera la proa” para dificultar el gobierno de los oidores, el
hecho es que el Rey determinó suprimir la Audiencia de Chile a los seis años de
haberla creado. Con esto, y con la designación de un aguerrido militar, como lo
era Rodrigo de Quiroga, para la Gobernación de Chile, se restableció
nuevamente, y por más de veinticinco años el imperio de la espada en el país.
A tiempo
de hacerse cargo de la gobernación Rodrigo de Quiroga, predominaban en la
sociedad chilena los hijos de los primeros conquistadores, cuyos apellidos los
encontramos unidos entre sí, o con otros de la expedición de don García de
Mendoza, o sencillamente con otros nuevos y hasta esos primeros años
desconocidos.
Voy a
citar los principales que encuentro en los libros del Cabildo de Santiago desde
1570 adelante:
Alvarez
Berrío, (1) Alvarez de Luna, Córdoba de la Barrera, Juan de Barros Jufré y
Meneses, Durán y de la Vega, Barros y Araya, Toledo y Mejía, Morales de León,
Riberos y Figueroa, Azocar y Ortiz de Carabantes, Córdoba y Ahumada, sobrinos
carnales de Santa Teresa, Cuevas y Mendoza, Escobar Villarroel y Sáenz de Mena,
troncos de la familia Mena; Jiménez de Mendoza y de la Mota, Díaz de la Ribera,
casado con la mestiza María Sánchez, heroína de Cañete; Ramiriañez (Ramiro
Yáñez) de Saravia, hijo del Oidor, que casó con Isabel Osorio de Cáceres, una
de las más ricas herederas criollas, hija del conquistador Diego García de
Cáceres.; Godinez de Benavides y Guzmán Portocarrero; Gómez de Rivideneira y
Osorio de Cáceres, Gómez Pardo y Azoca, Pérez de Cáceres y Hurtado; Jufré de
Loaíza y Nieto de Gaete, Mendoza Buitón y Moxica Fernández de León, Miranda
Rueda y Jofré Meneses; Ponce de León y Cortés de Rueda, Ruiz de Gamboa y
Quiroga; Ribera y Osorio de Cáceres, Cuevas y Mendoza, los cuales, según don
Toribio Medina, son los únicos que han dejado descendencia directa de varón
durante doce generaciones; Tarbajando y Briceño; Tarbajano tuvo fama de ser el
hombre más testarudo de su tiempo, como que habiendo sido elegido regidor del
Cabildo de Santiago en 1567, prefirió ir a la cárcel antes de aceptar el cargo.
¡Ahora no se ven esas cosas!
Los hijos
del Almirante Pastene enlazaron con Astudillo Lantadilla, Aguirre y Matienzo,
Justiniano, Sánchez de Morales y de estos matrimonios hubo personajes que
figuraron en primera línea en los años posteriores; Gómez de la Corte y
Fernández Salguero; este matrimonio vecino de Concepción, tuvo solamente tres
hijas, muy hermosas y que se casaron honradamente y a quienes, según el
cronista Tribaldos de Toledo, sus contemporáneos y admiradores las llamaban
“las damas de la Corte...”
Moraga de
la Ribera y Pérez de Valenzuela, vecinos encomenderos de Osorno; el tronco de
esta familia, Hernando de Moraga y Galindo, venido a Chile en la expedición de
Villagra, en 1550, fue vecino fundador y Alcalde de Osorno; el apellido Moraga
se ha perpetuado por la rama femenina, según Thayer; Monte de Sotomayor y
Bernal del Mercado; ya he dicho que Monte era sobrino del Papa Julio III y
ahora agrego que al venirse a Chile como veedor de la real hacienda, acompañado
de su mujer doña Juana Copete de Sotomayor y de su cuñada, que fue la heroína
doña Menucia de los Nidos, declaró que venía “a fundar nobleza”. Doña Menucia
de los Nidos “dama noble, discreta, valerosa, osada”, según Ercilla, casó con
el Capitán Cristóbal Ruiz de la Ribera.
Aprovecho
la digresión para salvar un error — que seguramente no será el único— en que
incurrí en el artículo anterior, diciendo que Escobar fue el primero de los
conquistadores que obtuvo del Rey la gracia de un escudo nobiliario; el
agraciado no fue el conquistador Alonso de Escobar y Villarroel, “gallardo
hombre a caballo, de muchos bríos”, sino el conquistador Alonso de Córdoba,
compañero de Valdivia, casado con Olaya de Merlo y con numerosa y distinguida
sucesión. En el escudo de los Córdobas figuraba “una fortaleza de plata en
campo verde y “encima della un brazo armado con una bandera de oro puesta “en
ella una águila negra y una orla de oro con ocho cruces de “Jerusalén,
coloradas, y por divisa un yelmo cerrado y encima “dél un brazo armado con una
espada desnuda en la mano con “su trascoles y dependencias a follaje azul y
oro”.
Para que
los Escobar no queden defraudados por esta carencia de escudo nobiliario, es mi
obligación informarles que el citado conquistador fue uno de los prohombres de
la conquista; regidor del Cabildo en seis períodos y Alcalde en dos, muy rico y
prestigioso; fue embajador del Cabildo para recibir y dar la bienvenida a la
Real Audiencia, cuando los oidores arribaron a La Serena en 1567. Es justo que
diga también que fue procesado por la Inquisición por hereje... ¡Yo no me caso
con nadie!
Los
Escobar entroncaron con las principales familias de su tiempo y de de allí
salieron los Escobar y Alcázar o Balcázar, Escobar y Mendoza, Escobar y Amaya,
Escobar Ibacache, Escobar y Carrillo, Escobar y Osorio y muchos más.
En los
tiempos de la primera Real Audiencia y en los años siguientes a su supresión,
figuraron en primera línea los Lisperguer, tanto el alemán como sus hijos
Lisperguer y Flores y sus parientes Ríos y Encio; Hinestrosa y Castañeda,
Marquina, encomendero de Chiloé y (pie posteriormente se avecindó en Santiago;
Góngora Marmolejo, el historiador, que murió en la más absoluta pobreza,
habiéndose rematado su espada, muy gloriosa por cierto “en trece pesos y medio”
para pagar deudas; Ruiz de León, llamado “el caballero español, esclavo del
Rey”;
Carreño,
uno de los tesoreros reales más tacaños; un año que fue alférez real, se negó a
hacer fiesta alguna, como era de costumbre y obligación; Ordoñez Delgadillo,
casado con una Lisperguer; Hernández (Juan), carpintero, y hombre de pro en su
tiempo, porque fabricaba los mejores catres o “cujas” para las novias ricas;
Castillo, célebre “como persona que lo entiende y hábil de la melecina e
botica”; Garnica, notario primero y contador de la real hacienda después; en
1575 fue familiar del Santo Oficio; Rivas “letrado del espital”... llamado
comúnmente “el Licenciado Rivas”; Irarrázabal, padre e hijos; don Carlos murió
en Arauco, heroicamente; don Francisco, pasó de Chile a España, fue a servir a
la guerra de Flandes y ganó allí los títulos de Comendador de Aguilarejo en la
Orden de Santiago, de primer marqués de Valparaíso y Consejero de Estado; fue
Virrey de Navarra. Su apellido completo era González de Andia e Irarrázabal;
estando en España fue propuesto para Gobernador de Chile y Presidente de la
Real Audiencia, cargo que no quiso aceptar. ¿Alguno de mis lectores tiene algún
Irarrázabal?
Los tres
varones de esta poderosa familia entroncaron: Francisco, en primera y segundas
nupcias, con Vivero Miranda, y con Henríquez de Toledo y Guzmán, señoras de las
villas españolas de Busianos y de Higares, respectivamente; Fernando, con la
chilena Olmos de Aguilera Niño de Navia y Estrada; y Diego, con la peruana
Maldonado; existe, por lo tanto, en el Perú una rama Irarrázabal.
De las
tres mujeres, casaron: Doña Isabel, con el Gobernador de Chile don Alonso de
Sotomayor, caballero de Santiago, etc.; doña Leonor, en primeras nupcias con
don Pedro Martínez de Olaeta, señor de Olaeta en Guipúzcoa, y en segundas con
don Melchor Centellas de Borja y Aragón, hijo segundo del Duque de Gandía y
general de galeras de Nápoles; doña Ángela fue monja del convento de la
Encarnación, de Lima y llegó a abadesa.
Alvarado
y Villagra; Álvarez de Berrío y Mendoza; Lazo de Valcázar y Espíndola de la
Cueva; Barona o Barahona, alguacil de corte en la Audiencia de Concepción; de
la Barrera, familiar del Santo Oficio, y Escobar Ibacache; Barros Alderete y
Araya; Bastidas y Vergara; Irizar Valdivia, héroe de Imperial, casado con
Campofrío de Caravajal; Roco Campofrío y Osorio de Cáceres Bravo de Saravia,
Amaro de Ocampo y Carrillo de Bohorquez, Cortés de Monroy y Riberos Aguirre,
con sucesión hasta el presente; Quiroga, Losada y Correa; Mendoza y Villagra;
éste Mendoza es don Felipe, hermano natural de don García, y casó en Chile con
“una cuñada del Gobernador Villagra”, según Thayer Ojeda. Villagra era casado
con doña Cándida de Montesa y Cisneros, Núñez de Pineda, padre del célebre
autor del “Cautiverio feliz”; Alvarez de Toledo, de vasta sucesión, que alcanza
hasta nuestros días. El tronco de esta familia fue Francisco de Toledo,
sevillano, que vino a Chile con su hijo Gonzalo, en la expedición de don
García. De sus ocho hijos hombres, dos fueron clérigos y seis casaron en Chile
con Herrera y Jijón, Lemos y Gil, Zamudio, (esta es la línea que subsiste),
Cabrera, Quintanilla y Sotomayor, Pozo y Silva. Una de las mujeres casó con
Zamudio y la otra fue beata.
Ortiz de
Urbina y Quiroga Miranda; Román de Vega Sarmiento y Ortiz de Salazar, sucesores
del famoso tesorero Rodrigo de Vega Sarmiento, de quien dice un autor que “fue
vanidoso, pendenciero e intransigente, aunque de sano criterio, de honradez
intachable y siempre listo para obedecer las órdenes reales”; Verdugo, tesorero
real y encomendero de Osorno, de gran prestigio, casado con una hija del
conquistador de Chiloé, Ruiz del Pliego y con larga sucesión, que emparentó en
el sur y en Santiago con las familias Bilbao, del Castillo, Mazo Muñoz de
Alderete, Puertocarrero, Gómez de Silva, Pérez de Valenzuela; Toro Mazzote,
familia de escribanos; se trasmitieron el oficio de padres a hijos durante tres
generaciones y entroncaron con las principales familias chilenas; de los Ríos
(Todrigo), vecino, encomendero y fundador de Osorno, y conquistador de Chile,
familia distinta de la de Gonzalo de los Ríos; casó con Inés Dávalos, hija del
conquistador Juan Dávalos Jufré y sus descendientes entroncaron con Azoca, Tapia
Henríquez de Acosta, Herrera Sotomayor, Padilla, Miranda y Marañón; Rueda y
Lara, vecinos de Osorno; Sánchez de Santisteban encomenderos de Osorno
emparentados con Fernández de Lorca, Cepeda y Padilla, Salinas; Cid Maldonado,
casado con una de las “damas de la Corte.. ”, con larga sucesión; Benavides,
“hidalgo de mucha distinción”, emparentado con Urbina y Calderón, tuvieron
lucida descendencia; desempeñó importantes cargos en el Reino y en una
presentación que hizo al Monarca, para que premiara sus servicios, decía: “en
el servicio de Vuestra “Majestad he perdido un ojo y me han dado cien millones
de “gracias verbalmente; no tengo ni un real y si el haber fecho “todo lo que
debo no basta, básteme la misericordia de Dios, “si Vuestra Majestad no me da
de comer”.
A la
muerte del Gobernador Quiroga, le sucedió en el mando su yerno el General
Martínez Ruiz de Gamboa, que gobernó dos años, para entregar el cargo en 1583,
al ilustre Capitán de Flandes don Alonso de Sotomayor, quien mantuvo su puesto
hasta 1592 y lo traspasó a don Martín García Oñez de Loyola, sobrino de San
Ignacio. Ya he dicho que don Martín estuvo casado con doña Beatriz Clara Coya,
princesa incásica.
Este
Gobernador sucumbió a manos de Pelentaru, en 1598, en la desastrosa sorpresa de
Curalaba.
Durante
estos años finales del siglo XVI que fueron desgraciadísimos para los
conquistadores de Arauco, apenas llegaron a Chile algunos personajes pues eran
muy pocos los que aceptaban “venir a dejar sus huesos” a este apartado rincón.
A los apellidos que ya van apuntados, sólo se podrían agregar algunos que
presentaran importancia, como ser Paes del Castillejo, Capitán del refuerzo de
doscientos ochenta hombres que vinieron del Perú en 1587, casado con una hija
del Licenciado Gutiérrez de Altamirano; Vizcarra, Licenciado, teniente de
capitán general y Gobernador interino a la muerte de Oñez de Loyola, casado con
una nicaragüense; Sotomayor, don Alonso, Gobernador del Reino, casado con doña
Isabel de Zárate, hija de don Francisco de Irarrázabal, y su hermano don Luis,
que parece haber librado soltero; Serrano Magaña, vecinos encomenderos de
Chillán, Cárdenas y Añasco, Capitán limeño que trajo refuerzos para la guerra
de Arauco y que casó en Santiago con Magdalena Lisperguer; Lope de Valenzuela,
limeño también, casado en Concepción con Malo de Molina; Morales y Rivadeneira,
Hernández Lancha; Recalde Arrandolaza y Fonseca y Silva...
Me falta
algo que agregar para cerrar el primer período de la genealogía de la sociedad
chilena, que abarca, como lo dije al principio, desde la fundación de Santiago,
1541, hasta ter-i minar el siglo XVI, 1600; en que llegó a Chile “el más
ilustre de todos los capitanes que España mandó a las Indias”, según han
convenido todos los historiadores, que fue don Alonso de Ribera y Zambrano
Gómez de Monteemos; pero quedará para mejor ocasión.
§ 9.
Fundación de los conventos de monjas
El
espíritu profundamente religioso de los conquistadores — aunque sus costumbres,
en realidad, no correspondieran del todo a la práctica de las virtudes
cristianas— se manifestó elocuentemente en la sociedad chilena con la decidida
protección que brindó a la fundación y sostenimiento de las instituciones
monásticas, tanto de hombres como de mujeres. Los conventos de frailes se
fundaron en los primeros años de la Colonia, en el orden siguiente;
franciscanos, dominicos, mercedarios, jesuitas y agustinos, en el siglo XVI;
los hospitalarios de San Juan de Dios para el servicio del hospital que lleva
este nombre y los recoletos franciscanos, en el siglo XVII, y los recoletos
dominicos en el siglo XVIIII.
Los
conventos de monjas, de cuya fundación vamos a tratar, fueron establecidos en
este orden: el de las monjas de Santa Clara, o clarisas, en 1569, en la ciudad
de la Imperial; otro convento de la misma orden, denominado Monasterio de la
Buena Enseñanza, en Osorno, en 1570; el de las Agustinas, en Santiago, en 1573;
el de las Claras, en Santiago, en 1603; el de la Victoria, también clarisas, en
1678; el de las Carmelitas, Carmen Alto, en 1689; el de las Capuchinas, en
1729; el de las Rosas, en 1755, y el del Carmen de San Rafael, o Carmen Bajo,
en 1770.
Las
Clarisas de Imperial y las “Isabelas” de Osorno
Cuando
llegó de Lima en 1568, el primer Obispo de Imperial, don fray Antonio de San
Miguel y Solier, franciscano — después
de haber
asistido al Concilio Provincial convocado por el Arzobispo Loaiza— trajo
consigo tres monjas de la orden de Santa Clara y con ellas fundó el primer
convento de mujeres que existió en el Reino de Chile, ubicándolo en un solar
donado por Francisco Rodríguez de Ontiveros en la ciudad asiento del nuevo
Obispado. Muy pocas noticias se tienen de este monasterio; sólo se sabe que
durante los primeros años de su existencia sus monjas se dedicaron a adoctrinar
a las indias; la ausencia de noticias sobre este convento, hace presumir que
después de algún tiempo fue arrasado por los araucanos junto con toda la
población, en el terrible alzamiento de Pelantaru de fines del siglo XVI, que
destruyó las siete ciudades del sur.
Cuando
fue creada la provincia franciscana de Chile, vino a establecerla y fue su
primer Ministro Provincial el Padre Juan de Vega, quien, al llegar a Osorno, en
la primera visita a su jurisdicción a fines de 1571, encontró que había allí un
colegio de indígenas dirigido por tres señoras de familias distinguidas que se
llamaban doña Isabel de Landa, doña Isabel de Placencia, viudas, y doña Isabel
de Jesús, soltera, sobrina de la segunda. El colegio era denominado “de las
Isabelas” por el nombre de las tres beatas.
No
tardaron en presentarse al Padre Vega implorando de su paternidad que las
admitiera oficialmente como humildes hijas de San Francisco, cuyas reglas
habían adoptado ya; el provincial acogió la petición y el 4 de octubre, día del
Patriarca de Asís, quedó erigido el convento, con el nombre de Monasterio
de la Buena Enseñanza, adoptando la advocación de Santa Isabel de
Hungría.
Este
convento se mantuvo floreciente durante treinta años y mediante la munificencia
del vecindario y la protección de los obispos de la Imperial fue dotado de los
recursos necesarios para sostener dos escuelas para naturales. El alzamiento de
Pelantaru, junto con muchas otras fundaciones, concluyó también con el convento
de “las Isabelas”. Incendiada la ciudad de Osorno, en 1601, parte de la
población se vio obligada a refugiarse en un fuerte vecino a la población; las
monjas, que eran veintinueve, salieron fugitivas también, pero sólo trece
lograron llegar al recinto fortificado; de las restantes escapó de la muerte
sólo una, sor Francisca Gregoria Ramírez, que cayó prisionera del cacique
Huentemaru que la agregó a su serrallo.
“Pero la
compostura decorosa y la angelical majestad de la pudorosa virgen — dice el
historiador Padre Rosales — triunfaron del rústico salvaje, privilegio que
jamás alcanzaron las otras españolas que tenían la desventura de caer en tan
oprobiosa esclavitud. Más aún — agrega— Huentemaru no sólo desistió de sus
malvada pretensiones, sino que, reducido por modo maravilloso al respecto de la
pudorosa virgen, le dio vivienda aparte de las indias, sus mujeres, y les
ordenó que la sirvieran y la respetasen”.
Este
novelesco episodio aparece confirmado, según refiere el Padre Roberto Lagos en
su Historia de las Misiones del Colegio de Chillón, en todos
los documentos de la época que refieren esta catástrofe, y, por fin, está
confirmado también en una relación inédita que este competente investigador
encontró en 1905, en los archivos de esta provincia franciscana.
Sor
Francisca Gregoria fue libertada a los pocos meses por el Capitán Peraza — en
un afortunado ataque que llevó a cabo contra la nica de Huentemaru— y
restituida al fuerte y a los brazos de sus hermanas en religión. De allí fueron
transportadas las “isabelas” a la ciudad de Castro y en seguida a Santiago,
donde fundaron el convento de las Claras en la forma que a su tiempo
relataremos.
Los
conventos de Imperial y Osorno no se restablecieron. Las autoridades creyeron
prudente no fundar conventos do monjas en la zona de guerra.
Las
Agustinas de la Limpia Concepción
Durante
la Sede Vacante habida por fallecimiento del segundo Obispo de Santiago don
fray Fernando de Barrionueve, en 1571, se reunieron espontáneamente en casa de
la señora Francisca Ferrín de Guzmán las señoras viudas doña Isabel de Zúñiga y
doña Beatriz de Mendoza con el propósito de encerrarse las tres en condición de
beatas y pedir a las autoridades eclesiástica y civil que las reconocieran como
enclaustradas.
No había
entonces en Santiago ningún convento de monjas, de modo que la resolución de
aquellas distinguidas señoras de la sociedad fue muy celebrada y todos a porfía
quisieron ayudarlas para que consiguieran su objeto. El Cabildo, dice el señor
Amunátegui,
dio el terreno para la iglesia y el claustro; pero aunque tenemos antecedentes
para aceptar la afirmación, no la hemos podido confirmar con la correspondiente
acta del Cabildo. Hay un hecho inconcuso: el convento de la calle Moneda, de
todos conocido actualmente, no fue el primitivo de las monjas Agustinas.
En todo
caso, el Monasterio de las beatas de la Limpia Concepción tuvo una protección
decidida de la sociedad y muy especial del Cabildo, corporación que se
constituyó oficialmente, y por escritura pública, “Patrono e Instituidor del
Monasterio para agora e para siempre jamás”, dice el documento respectivo que
tiene fecha de 1572 y que está firmado por el Arcediano Paredes, por el Padre
Juan de Vega, capellán de las monjas, y por el Alcalde Juan de Cuevas.
En virtud
del patronazgo, el Cabildo tenía que presentar su asentimiento
para que fuera admitida al claustro cada nueva monja novicia. "Se presentó
el reverendo Arcediano Paredes, dice el acta del Cabildo, del 8 de octubre de
1574, se platicó con los dichos alcaldes y regidores sobre que Diego Hernández
de Lozano quiere meter dos hijas suyas en el monasterio, para que sean tales y
se les dé el hábito. E los dichos señores, atentos a la buena fama que tienen
las hijas del dicho Hernández de Lozano, dijeron que les parece bien a sus mercedes
que sean recibidas e se les dé el hábito”.
El
Cabildo debía también nombrar un mayordomo y un administrador de los bienes del
monasterio, y para estos careros designó con fecha 15 de abril de 1574, a Juan
Jerónimo de Molina, y a Juan Lorenzo de León, les, además, “poder conforme a
derecho para que demandasen y percibiesen todos o cualquier maravedís e pesos
de oro e plata, joyas, tierras e pertrechos de casa o otras cosas e limosnas
mandadas e que se mandasen a las dichas monjas o monasterios”.
A la
llegada del nuevo Obispo, en 1576, que lo fue don fray Diego de Medellín,
franciscano, que promovió la cuestión de si las monjas de la Limpia Concepción
estaban constituidas o no conforme a derecho, resultando que en realidad no lo
estaban, porque la fundación carecía de la autorización pontificia y de la del
Rey. Llenados estos trámites, que duraron diez años, se pudo, por fin, dar por
definitivamente constituido el monasterio cuyas monjas adoptaron la regla de
San Agustín, denominándoselas, desde entonces, las Agustinas.
Aparte de
la ceremonia religiosa de la toma del hábito agustino y de la confirmación de
sus votos ante el Obispo, celebróse también la ceremonia civil del
reconocimiento del patronazgo del Cabildo, ad perpetuara, por
las monjas. Presentóse “a la red y locutorio” el escribano don Ginés de Toro
Mazote y en seguida se juntaron en capítulo “a campa tañida las señoras abadesa
e monjas de ese monasterio como han uso e costumbre, a saber: la señora
Hierónima de Acurcio, abadesa de dicho monasterio e las señoras doña Beatriz de
Mendoza, priora de la dicha casa y Isabel de los Ángeles, e Ana de Concepción,
e doña Ana de Cáceres, doña Mariana de Mendoza, doña Benita Gómez, doña Luisa
de Córdoba e doña Francisca de Guzmán; una de las fundadoras no pareció por
estar mala, e dijeron. . que confirmaban el patronazgo desde
dicho monasterio al dicho Cabildo Justicia e Regimiento desta dicha
ciudad señores que son e fueron de aquí en adelante para siempre
jamás..., lo fumaron de sus nombres las que supieron” que eran cuatro. Por
las otras cuatro firmó a ruego el testigo Diego de Silva.
De donde
resulta que el Cabildo, y su sucesor el actual Municipio de Santiago, es el
Patrono de las monjas agustinas, “para siempre jamás”.
El
Cabildo fue severamente celoso de sus derechos de patrono; así, en 1604, la
corporación, en sesión de 30 de abril, tomó el siguiente acuerdo: “En este
Cabildo se ha tenido noticia de que en el convento de las monjas so ha recibido
una novicia hija de Francisco de Salamanca, sin dar noticia, a este Cabildo
como patrón que es de dicho convento y como esto es contra la autoridad e
preeminencia que como tal patrón le corresponden, se acordó que el procurador
haga los requerimientos necesarios para que se eche fuera a la dicha novicia y
no la reciban”, etc.
Las
agustinas ocuparon posteriormente las actuales manzanas comprendidas entre las
calles de Agustinas, Bandera, Delicias y Ahumada, hasta el año de 1914, en que
vendieron la última parte, donde se ha construido la Bolsa de Comercio y los
rascacielos. Hoy tienen un monasterio en la Avenida Vicuña Mackenna.
Las
monjas de Santa Clara, o Clarisas
Destruido
el convento de Osorno, según dijimos antes, y llevadas para su seguridad a la
ciudad de Castro, las catorce “isabelas” sobrevivientes fueron embarcadas con
rumbo a Valparaíso y de allí trasladadas a Santiago. Su primer hospedaje fue
una casa de campo de la hacienda de El Monte, perteneciente a la comunidad
franciscana. El provincial de este convento, fray Domingo de Villegas, se
presentó el 20 de noviembre de 1603 ante el Cabildo para tratar
“acerca
de las monjas que vienen de Osorno y pidió que fuesen favorecidas para su
venida a esta capital, llegadas sean al puerto (Valparaíso), con algunas
carretas y bastimentos y con algún ganado para proveer una estancia para el
sustento de las dichas monjas”.
Por la
unanimidad de la corporación,
“sus
señorías dijeron que es muy justo que se haga como siempre se ha acudido con
todos los demás monasterios”
y, en
consecuencia, se proporcionaron los subsidios pedidos y también se solicitaron
del vecindario. Igual protección se concedió con fecha 14 de abril del año
siguiente, comisionando al Capitán Lope Vásquez Pestaña para que pidiera
limosna para esas monjas en diversas ciudades del Reino.
A
solicitud del Provincial fray Villegas, el Cabildo concedió autorización,
además, con fecha 6 de mayo de 1604 para que se hiciera una colecta pública en
Santiago para socorrer a las refugiadas
“e así
acordaron que el Capitán don Francisco de Zúñiga, Alcalde de Su Majestad, y don
Pedro Ordóñez Delgadillo, regidor, pidan por el pueblo la limosna de comida y
ganado que pudieran recoger”.
Con el
producto de estas limosnas, las isabelas pudieron arrendar una casa en la
capital, donde se establecieron conventualmente; dos años después, el
propietario, don Gaspar Hernández, de La Serena, cedió la casa a las isabelas
como dote de dos de sus bijas que profesaron allí a principios de 1607. La casa
y solar estaba situada al pie de Santa Lucía, donde hoy está la Plaza Vicuña
Mackenna. En esta época era superiora del convento doña María de Orozco.
Poseedoras
ya de una casa, las isabelas solicitaron ser incorporadas a la orden de Santa
Clara y les fue concedido; desde entonces adoptaron totalmente las reglas de
San Francisco, abandonando la antigua devoción de Santa Isabel de Hungría.
En la
época de que tratamos, sólo se conocen los nombres de las siguientes monjas
clarisas: doña María de Orozco, priora; doña Francisca Gregoria Ramírez, la
heroína de Huentemaru; doña Juana y doña Magdalena de la Serna, sor Beatriz del
Espíritu Santo, y sor Ana de Jesús.
El Rey
hizo posteriormente algunas mercedes al monasterio y encargó al Gobernador de
Chile, que lo era en 1625 don Luis Fernández de Córdoba y Arce, “que mirase
mucho por estas religiosas”, lo que seguramente influyó para que el Cabildo, en
sesión de 28 de noviembre de 1626, concediera al dicho monasterio un retazo de
tierra, que partiendo de sus muros, toca al cerro Santa Lucía deslindante con
la Cañada.
En ese
solar se construyó posteriormente el convento que hemos conocido hasta 1913,
fecha en que estas monjas se trasladaron a la calle de Lillo.
Las
Clarisas de la Victoria
En 1632
falleció en Santiago el Alguacil Mayor de la gobernación, Capitán don Alonso
del Campo Lantadilla, establecido en Chile desde sus mocedades, allá por el año
1585. Dotado de un esforzado espíritu comercial, fue uno de los más acreditados
y prestigiosos mercaderes de su época y logró reunir una fortuna considerable,
que según algunos cronistas, alcanzó a la suma de seiscientos mil pesos oro.
De su
matrimonio con doña Mariana Navarro tuvo una sola hija, doña Magdalena del
Campo Lantadilla, que casó con el Capitán don Juan Cajal, a quien entregó
inmediatamente la dote de su mujer, en forma de quedar desligado, a lo que
parece, de futura participación de herencia.
Abierto
el testamento de Alonso del Campo, que se encontraba depositado en la notaría
de Bocanegra, se encontró con que dejaba la cantidad de doscientos mil
patacones para la fundación de un segundo convento de “clarisas” en Santiago, a
condición de que se obtuviera para ese monasterio la protección Real. Pero el
Obispo que entonces gobernaba la diócesis, que lo era el doctor don Francisco
Salcedo, encontró que la disposición testamentaria contenía defectos que
dificultaban su cumplimiento.
Falleció
el señor Salcedo en 1635, ocupó la vacante el venerable Obispo, don fray Gaspar
de Villarroel; también este prelado creyó que no era posible la realización de
la cláusula testamentaria sin previas consultas a Roma y a la Corte, por
aquello de “protección real”, que el testador exigía como condición. Sólo en
1643 se vino a obtener de Felipe V la licencia requerida; pero aun no se pudo
llevar a cabo la fundación por las curiosas incidencias que vamos a referir
brevemente.
Las
“clarisas” habían estado desde su fundación en Santiago bajo la jurisdicción
del ordinario eclesiástico, cuyo Obispo era el célebre fray Juan Pérez de
Espinoza, franciscano, orden a la que también pertenecían las monjas. Cuando
este prelado renunció al Obispado, yéndose a España sin licencia de nadie, dejó
al monasterio de las clarisas, sin tener facultad para ello, bajo la
jurisdicción del provincial de San Francisco; este procedimiento no fue de la
aceptación de las “clarisas” y por ello reclamaron y entablaron un juicio ante
el tribunal eclesiástico, pleito que como es natural, trascendió rápidamente al
público, el cual se dividió en dos bandos. Ocurría esto por los años 1625 a 30,
en vida del opulento comerciante don Alonso del Campo Lantadilla.
Partidario
como era de la causa de las “clarisas” y creyendo tal vez, que éstas iban a
perder el pleito, resolvió dejar en su testamento la bonita suma de doscientos
mil pesos “de buen oro” para la fundación de un nuevo convento de esa orden,
dependiente del Obispo de Santiago y no del Provincial Franciscano. En efecto,
en 1651, fallecido ya el rumboso donante, el Obispo de Lima falló en contra de
las “clarisas”, declarándolas bajo la dependencia del provincial de su orden, y
dio orden a la Audiencia de Santiago para que diera cumplimiento a la
sentencia.
Veamos
cómo refiere los incidentes que con ese motivo se produjeron en Santiago, el
prestigioso historiador chileno, presbítero don José Ignacio Víctor Eyzaguirre
en su Historia Eclesiástica Política y Literaria de Chile.
“La
Audiencia luego que recibió la sentencia, comisionó al Oidor don Pedro de
Azaña, quien se dirigió al monasterio acompañado de tres compañías de cívicos
mandados por un jefe militar. Estas, obedeciendo al Oidor, rodearon el
monasterio, mientras Azaña entraba en la clausura con el Provincial fray
Antonio Cordero y toda la comunidad de San Francisco. Las monjas, que vieron
invadido su claustro por el Oidor y un ejército de frailes franciscanos; que
los vieron acercarse al capítulo, donde ellas se habían reunido al toque de la
campana, y que oyeron, en fin, leer la formidable sentencia del Arzobispo de
Lima, salieron precipitadamente; y como las tórtolas que sienten el trueno de
la escopeta del cazador, se derramaron por los claustros, corriendo hacia las puertas
para escaparse.
Las más animosas protestan en alta voz contra la violencia que se les
hace, invocan a su favor, unas al Consejo de Indias, otras al Rey, al Papa y,
en fin, hasta al concilio ;pero el Oidor nada de esto estima en algo y con
imponente voz manda a la abadesa que obedezca; se niega ésta, en circunstancia
que su comunidad ya ha tomado la puerta y se encuentra en la calle, detenida
por la tropa.
Los parientes de las monjas, el pueblo todo, escandalizados, corre a la
Audiencia; el Cabildo se reúne también, y marchan ambas corporaciones al
Convento de Santa Clara; pero el doctor Azaña, y por su orden, la tropa, les
impide la entrada. El Cabildo irritado por esta violencia con que obraba
el togado, protestó allí contra él y contra la Audiencia; el pueblo pasó
más adelante: quiso forzar la línea de los cívicos para abrir paso a las
monjas; pero estos hicieron una descarga al pueblo.
La confusión entonces aumentó horriblemente y a merced do ella las monjas
escaparon al convento de las Agustinas, donde fueron recibidas”.
El mismo
día 19 de diciembre de 1656, fecha de estos sucesos, se reunió el Cabildo para
protestar de
que entre
las diez y once del día, había sucedido en esta ciudad uno de los mayores
escándalos y alborotos, que han sucedido en la cristiandad ni se hayan oído
jamás, por haberlo cometido el Oidor don Pedro de Azaña Solís y Palacios,
contra el monasterio de la Virgen Santa Clara.
La
protesta firmada por alcaldes y regidores y el escribano Toro Mazote, relata
circunstanciadamente los hechos sin diferir en el fondo de la narración de
Eyzaguirre, pero da detalles que demuestran hasta qué punto llevaron su torpeza
e insolencia el Oidor y los frailes franciscanos.
Dice el
documento que las religiosas, al huir del convento,
“fueron
acometidas por soldados y frailes, ofendiéndolas con armas y empellones,
arrastrándolas por el suelo y algunos de los religiosos de dicho convento del
señor de San Francisco, con los palos que llevaban prevenidos y poniéndoles las
manos en los rostros, las arrastraban por los cabellos, siguiéndolas por las
calles públicas... obligándolas a correr haldas por los golpes y malos
tratamientos que les iban haciendo los dichos religiosos de San Francisco...”
De todo
esto se siguieron varios procesos; las monjas continuaron refugiadas en las
Agustinas hasta que por sentencia del Papa, se les restituyó el convento, bajo
la jurisdicción del Obispo, censurando severamente a los franciscanos; con
esto, las “clarisas” quedaron triunfantes, pero la irritación por los hechos
acaecidos subsistía a pesar de los años que habían transcurrido hasta la
pronunciación de la sentencia pontificia.
En todo
este tiempo se había pensado hacer uso del legado de Campos Lantadilla y fundar
el nuevo convento de las clarisas, pero la ausencia del fallo definitivo sobre
aquellos sucesos lo impedía. Una vez conocida la resolución de Roma, en 1663,
se renovaron las actividades para establecer el nuevo monasterio, a
insinuación, especialmente, de algunas de las “clarisas” que se negaban a
volver a “pisar las puertas” de aquella casa, donde fueron vejadas. Los
parientes de estas monjas “rebeladas”, hicieron la consiguiente presentación al
Obispo.
Gobernaba
la diócesis el Obispo Humanzoro, franciscano, que se manifestó bastante
afectado por el fallo del Papa, tan desfavorable para sus correligionarios, y
dejándose llevar de su apasionamiento denegó la petición, concediendo, según
derecho, el recurso de la apelación a Roma. La tramitación de este recurso, que
tendría que durar algunos años, podría traer, según su opinión, la tranquilidad
a estas monjas y a la gran parte de la ciudad de Santiago que las apoyaba.
Nada
menos que trece años demoraron los trámites en Roma y en la Corte española para
obtener las autorizaciones necesarias para llevar a cabo la nueva fundación.
Por fin, en junio de 1677, se recibió en Santiago la real orden de 26 de agosto
de 1676, por la cual Carlos I ordenó perentoriamente que se
“cumpliera
sin más tardanza la disposición testamentaria del Capitán Alonso del Campo
Lantadilla. En virtud de ella — dice Eyzaguirre— el vicario capitular del
Obispado trasladó, el 7 de febrero de 1678, siete religiosas del antiguo
convento de Santa Clara a la casa construida para el nuevo monasterio en la
esquina de la plaza principal. A la cabeza de esta fundación colocó el prelado
a sor Úrsula de Araos, nombrándola abadesa.
El Rey tomó a este monasterio bajo su protección, mandó su retrato para
que se colocase en el coro de las religiosas y le condecoró con el título de
Real Monasterio de Nuestra Señora de la Victoria.”
El nuevo
convento quedó ubicado en la esquina de las actuales calles de 21 de Mayo con
Monjitas, hermoso edificio donde hay ahora una pastelería, tienda de turcos y
cuyos altos están ocupados por el club del Partido Nacional. El nombre de la
calle “de las Monjitas”, proviene de ese monasterio.
Durante
el Gobierno de O’Higgins, en 1821, el gobierno decretó la clausura del convento
por “razones de pública conveniencia” y a pesar de las influencias que se
agitaron cerca del Director Supremo éste se mantuvo inflexible.
“Las
monjitas salieron de su convento rodeadas de sus deudos y gran número de
pueblo, que todos lloraban su desgracia”,
con
dirección al nuevo asilo que se les había preparado en la Recoleta Franciscana.
Allí estuvieron hasta que se acabó la construcción de su nuevo convento, 1837,
en la calle Agustinas entre Manuel Rodríguez y Riquelme.
Desde
1911, fecha en que vendieron esta propiedad, residen en la calle Bellavista N°
665.
Las
Carmelitas del Carmen Alto
“Para
satisfacer a la justicia divina por los agravios que le han hecho los piratas
herejes de Sharp”, en La Serena, donde saquearon la iglesia matriz, profanaron
y se llevaron los vasos sagrados, etc., se promovió en Santiago un movimiento
de desagravio que, mantenido durante algún tiempo con actos y disciplinas
públicas, culminó con el proyecto de establecer un convento de religiosas
carmelitas descalzas de la orden de Santa Teresa.
El
Capitán Francisco de Bardesi, hijo de un abogado Vallisoletano y hermano de
fray Pedro de Bardesi — fraile franciscano que murió en concepto de santidad y
cuyo juicio de canonización se ventiló durante mucho tiempo en Roma— cedió su
casa y chacra donde vivía para que se fundara en ella el monasterio en
proyecto. La casa con todos sus accesorios que fue avaluada en veinticuatro mil
pesos, estaba situada en el mismo sitio donde hoy se levanta el templo y el
convento, esto es, a la entrada de la calle de Carmen.
Elevadas
al Rey y al Obispo las preces de estilo, el Soberano concedió la autorización
pedida, en cédula de 17 de junio de 1684, a condición de que se aumentara la
cantidad que se destinaba al sustento de las religiosas. Llenados todos los
trámites y reunida la cantidad conveniente por el vecindario de Santiago y aun
por los vecinos de las ciudades del sur y de La Serena, se pidió al Obispo de
Chuquisaca (Alto Perú) que enviara tres religiosas del convento carmelitano que
allí existía para que vinieran a fundar el monasterio de Santiago.
A
mediados de mayo de 1689, salieron de aquel convento, en penoso viaje por
tierra, tres monjas acompañadas del padre carmelita fray Juan de la Concepción,
del clérigo don José González Poveda nombrado confesor de las religiosas, del
Capitán don Gaspar de Ahumada al mando de una compañía, y varias personas más
que venían a Chile. Las carmelitas llegaron a Santiago, y fueron recibidas “con
grandeza, lucimiento y devoción” el 8 de diciembre, después de siete meses de
viaje.
El Obispo
de Santiago don fray Bernardo Carrasco, les dio la posesión solemne de su
monasterio, el 6 de enero de 1690.
Las tres
fundadoras fueron: sor Francisca del Niño Jesús, priora; sor Catalina de San
Miguel, subpriora y sor Violante Antonia de la Madre de Dios, maestra de
novicias. Trece años más tarde, en 1703, quedaron legalmente constituidas.
Una de
las grandes benefactoras del monasterio fue doña Ana de Flores, que había
venido de España, en 1657, recién casada, a la edad de dieciocho años, con el
fiscal de la Audiencia, don Manuel Muñoz de Cuellar. Esta señora enviudó a los
ocho años de su residencia en Santiago y contrajo segundas nupcias, en 1667,
con el maestre de campo don Antonio Calero y Carranza, el que también murió dos
años después de su matrimonio, dejando a su mujer cuantiosos bienes de fortuna
y ningún hijo.
La
interesante viuda dos veces, no pudo resistir, a pesar de su experiencia a los
asaltos de Cupido y contrajo matrimonio, tercera vez, en 1673, con el tesorero
de la real audiencia, don José de la Gándara y Zorrilla, con quien duró casada
veinte años.
A los
cincuenta y tres de edad, doña Ana creyó prudente no reincidir y se dedicó a
las prácticas piadosas enclaustrándose en el monasterio del Carmen “y
llevándole, con su persona, una gruesa suma de dinero; allí profesó la vida
monástica y concluyó sus días”.
Las
Capuchinas
A los
pocos años de estar instaladas las monjas carmelitas una señora llamada doña
Margarita Briones, tenida en concepto de beata, quiso dedicar sus bienes a la
fundación de un beaterío o las de reclusión para mujeres. Era una de las que
más constantemente concurrían al templo y convento que se estaba construyendo
para las carmelitas y sus limosnas no escaseaban para ayudar a la fábrica de
este establecimiento.
Persistiendo
en su idea primitiva, presentóse al Obispo don Francisco de la Puebla, en 1697,
y solicitó su autorización y apoyo para fundar un segundo convento de
carmelitas; pero el prelado y aun el Presidente, don Tomás Marín de Poveda la
convencieron de que era difícil obtener la aprobación real, estando recién
fundado el primero y la aconsejaron que tratara de fundar otro de diferente
orden.
Doña
Margarita se decidió entonces por la orden de las capuchinas, y con fecha de
mayo de 1700 elevó al Monarca la correspondiente solicitud para que se le
concedieran algunas religiosas de esta regla de las que, según se decía, iban a
llegar este año a Lima. En la misma solicitud, como era de costumbre, ofreció
contribuir con la suma de veinticinco mil pesos para iniciar la obra.
Los
trámites de la presentación de doña Margarita duraron nada menos que 27 años...
Todas las diligencias que se practicaron para hacerla desistir, y para que
dedicara ese dinero a otro objeto, fueron inútiles. Por fin, cuando la donante
contaba ya más de sesenta años, llegó la noticia de que Su Majestad, don Luis I
había concedido la añeja petición, en 17 de abril de 1723.
Todavía
pasaron tres años antes de que las capuchinas llegaran a Santiago.
A
principios del 26 partió a Lima el franciscano fray Domingo Galarza con el
objeto de acompañar a las cinco religiosas que el Arzobispo don fray Diego
Morcillo Rubio de Auñón enviaba a fundar la orden en Chile. En agosto del mismo
año se embarcaban en el Callao, en el navío “Santa Rosa”, y el 18 de octubre
arribaban a Valparaíso. A los diez días estaban alojadas en el convento de la
Victoria, en Santiago, esperando que se terminasen los últimos detalles de la
construcción de su residencia definitiva.
“El 27 de
enero de 1727 fueron recibidas en la catedral por el Obispo don Alonso del Pozo
y Silva, en presencia del Presidente Cano de Aponte, de la Real Audiencia, de
“ambos Cabildos”, o comunidades y cofradías, y conducidas en procesión a su
monasterio, llevando el señor Obispo el Santísimo Sacramento en sus manos”.
Allí quedó reconocida como abadesa la religiosa sor Bernarda Callejo, que traía
su nombramiento desde Lima.
El
monasterio quedó instalado en la calle de las Rosas esquina con Bandera y allí
permaneció hasta 1915, en que, vendida la propiedad, se trasladaron las monjas
a la calle del Carmen.
Sor
Bernarda Callejo, de una noble familia madrileña, era una de las más
distinguidas personalidades de la orden capuchina. Debido a sus altos méritos y
virtudes le había sido encomendada la fundación del convento de su orden en
Lima, el año 1712, y había cumplido su cometido en forma destacada. Cuando se
trató de la nueva fundación en Chile, sus superiores la enviaron a Santiago
como la persona indicada para tal comisión, dándole por compañeras a cuatro
religiosas, llamadas sor Gregoria de la Santísima Trinidad, subpriora, sor
Francisca Rojas, sor Jacinta de Toro Zambrano y sor Rosalía Bustamante.
Fue
tradicional la campana de extraño sonido que las monjas tocaban cuando no
tenían alimentos. Cuando se oía esta campana, se producía un revuelo en la
sociedad de Santiago y todo el mundo se preocupaba de llevarles alguna limosna.
Las
monjas Rosas, o “Pastorizas”
Desde los
tiempos del Obispo Carrasco, 1679-95, existía en la calle donde actualmente
está ubicado el convento de las Rosas un beaterío que reconocía como superiora
a doña María de Ahumada, estimable dama santiaguina, y que obedecía a la
dirección de los dominicos. Mientras estas señoras se limitaron a vivir en
comunidad, los obispos en nada intervenían respecto a los reglamentos que
deseaban darse las recluidas; pero a principios del siglo XVIII, el Obispo
Romero quiso que se regularizara esa situación, y les ordenó que escogieran una
regla reconocida en derecho canónico.
Opusiéronse
las beatas, aconsejadas, según parece, por el Provincial de los dominicos, fray
Vivente Prado, y siguieron un juicio contra el ordinario eclesiástico, quien al
fin, lo ganó y mandó que se disolviese el beaterío y se demoliese el edificio.
En su
sentencia, el Obispo declaró
“que los
votos profesados por las beatas eran puramente simples y que, por lo tanto,
podían contraer matrimonio. Muchas se aprovecharon de esa declaración, pero las
otras se alarmaron con esta sentencia y saliendo precipitadamente del beaterío
se asilaron en la iglesia de los dominicos; como si realmente estuvieran
perseguidas, los padres las acogieron; mas, allí las persiguió la excomunión
del Obispo, fulminada contra ellas si no abandonaban el refugio, y contra el
provincial si continuaba protegiéndolas. Salieron, pero ya no encontraron sus
celdas, porque el Obispo mandó cerrarlas”.
La
sentencia fue apelada, pero la confirmó el Rey Felipe V, por cédula del 15 de
mayo de 1715.
La
católica ciudad de Santiago se dividió, como en otras ocasiones, en dos bandos
que ejercitaron ardientemente sus influencias. Algunas de las recluidas
abandonaron la casa, obedientes al mandato del prelado y del Soberano; pero las
otras se resistieron porfiadamente a salir de su casa. Quedaron allí, entre
otras, doña Mercedes Andia, doña María Josefa Montaner, doña Bartolina Ponce de
León y doña Carmen Ureta y Valdés, reconociendo como superiora a la señora
Montaner, que tomó el nombre de sor Josefa de San Miguel.
En 1718
el Obispo Romero fue promovido al Obispado de Quito; con este motivo las
“pastorizas” se vieron libres de su perseguidor. Apenas se ausentó el Obispo,
sor Josefa elevó al Rey una solicitud para que se le permitiera construir un
monasterio bajo la regla de Santo Domingo; esta solicitud fue apoyada
calurosamente por el Deán de la Catedral, don Estanislao de Andia e Irarrázaval
y por don Antonio de Andia e Irarrázaval, hermanos de las recluidas.
Entretanto, las monjas, dirigidas sin entorpecimiento alguno por el Provincial
Prado, continuaron en posesión de su convento.
Pasó el
tiempo sin que esta situación se variara y, por fin, en 1755, ¡a los
veinticinco años! llegaron las autorizaciones para erigir el monasterio, junto
con tres religiosas de Lima, una de las cuales venía con el cargo de priora: se
llamaba sor Laura de San Joaquín, en el mundo Laura Rosa Flores de la Oliva y
según se decía era pariente cercana de Santa Rosa de Lima, bajo cuya invocación
fue instituido el convento. Las otras dos religiosas fueron María Antonia
Vaudín y Rosa de Escobar.
Las
trinitarias de Concepción
A raíz
del violento terremoto que asoló por segunda o tercera vez la ciudad de
Concepción, en 1709, se produjo, como siempre en estos casos, un señalado
movimiento de fervorosa piedad y devoción. Una relación de la época nos cuenta
que durante un novenario de rogativas que siguió al fenómeno sísmico
“se vio
reformada la profanidad e indecencia de los trajes de las mujeres, cortándose
los vestidos a la medida de la moderación y de la honestidad; se han
reconciliado muchos enemigos, se han unido los matrimonios separados, se han
casado muchos que vivían mal amigados, se han hecho muchas restituciones... y
tengo por cierto que no ha quedado persona que no haya hecho verdadera
confesión”.
Entre
esas demostraciones de penitencia hubo una que se hizo con caracteres de
perdurable, y como un voto expiatorio. Fue la fundación de una ermita “dedicada
a Nuestra Señora en el misterio de su natividad”, hecha por una señora
principal de Concepción, llamada doña María de los Dolores de Rioseco, que
había salvado la vida de entre los escombros de su casa destruida. Esta señora
y dos más, armaron una “mediagua” para guarecerse en la falda de uno de los
cerros que rodeaban la ciudad, escapando de las salidas del mar y allí se
quedaron sin oposición de nadie; levantaron un pequeño altar a la Virgen,
siguieron novenarios y rogativas, a las que asistían los amedrentados devotos,
y, poco a poco, con la ayuda de todos, fue formándose una capilla que la llamaron
“de la Ermita”.
Tres años
más tarde, cuando el ilustre ingeniero francés Frezier, cuya Relation tanto
ha servido a nuestra historia, llegó a Concepción y levantó el plano do la
ciudad, la Ermita de la Natividad contaba con un pequeño templo y un convento
que están marcados en el plano, donde la Rioseco habíase recluido en compañía
de sus beatas que reconocieron como superiora.
La
llegada del nuevo Obispo don Diego González Montero del Águila vino a
interrumpir un poco la tranquilidad do las reclusas, porque el prelado no
consintió que existiera una casa de beatas que no era convento regular, esto
es, que no obedecía a las reglas de ninguna congregación determinada y
reconocida en cánones. Pero al ver la devoción y humildad de las reclusas, y su
buena disposición para someterse a la obediencia del Obispo, su señoría
ilustrísima autorizó el beaterío y le dio el nombre de la Santísima Trinidad,
prometiendo pedir, además, las autorizaciones necesarias para constituirlo
cuanto untes en monasterio.
El
traslado del Obispo Montero a la diócesis de Trujillo, le impidió dar
cumplimiento a su promesa; aunque, si tomamos en cuenta la demora que hubo en
que llegaran las autorizaciones, el venerable prelado, que ya era viejo, no
habría alcanzado a ver cumplido su deseo. La cédula real, la bula pontificia y
los demás trámites se prolongaron dieciocho años; sólo en 1729 se recibieron en
Concepción esos papeles y se pudo dar término a la constitución definitiva del
Monasterio de las Trinitarias.
Un año
más tarde, llegaban a esa ciudad tres monjas del monasterio de las Trinitarias
Descalzas de Lima, que venían a tomar a su cargo la formación correcta de la
comunidad penquista. Las religiosas se llamaban sor Margarita de San Joaquín,
superiora; sor Francisca de San Gabriel, vicesuperiora, y sor Mariana de la
Santísima Trinidad, maestra de novicias, las que fueron recibidas con
extraordinaria pompa, pues era el primer convento de monjas que se fundaba en
Concepción, la segunda ciudad de Chile.
El Obispo
don Francisco Antonio de Escandón, el Cabildo eclesiástico y el civil, las
autoridades, encabezadas por el Gobernador de las armas de la frontera, don
Manuel de Salamanca, todo el pueblo, en fin, concurrió al desembarco de las
monjas y las acompañó a su convento, situado, como ya dijimos, en la falda de
uno de los cerros que rodeaban la antigua Penco.
La
fundadora del primitivo beaterío, señora Rioseco, rodeada de sus compañeras,
recibió a las religiosas descalzas en la puerta del templo, o de la antigua
ermita; era ya una anciana que tenía que ser transportada en silla de manos. Al
abrazar a la nueva superiora sufrió una fuerte impresión de alegría que la
privó del conocimiento.
Las
religiosas llegaron a Concepción en enero de 1730; a los seis meses, en julio,
ocurrió el más grande terremoto que hubiera sufrido Penco y la región austral
de Chile. Casi toda la ciudad quedó destruida: sus templos, sus palacios y sus
mejores edificios; por último, salió tres veces el mar, arrasando lo poco que
quedaba en pie. La Ermita de las Trinitarias y su convento se salvaron ya
dijimos que estaban en una colina— y fueron el refugio de los desgraciados
habitantes de la capital del sur.
Las
Carmelitas del Carmen Bajo
El
histórico personaje don Manuel Luis de Zañartu, aquel severo e implacable
“Corregidor Zañartu” que dejó estampado su nombre en tantas obras definitivas
de Santiago, entre las muchas e imponderables rarezas, que llevaba a cabo con
un tesón de buen aragonés, adquirió un terreno al lado norte de su famoso
puente de cal y canto y previo permiso del Rey fundó un
monasterio de carmelitas, de la misma orden que existía ya desde cerca de un
siglo en la Cañada.
Sin que
nadie pudiera explicárselo, tan pronto como el edificio estuvo terminado, llevó
allí a sus dos únicas hijas, Teresa Rafaela y María Dolores Zañartu Errázuriz,
de nueve y siete años de edad, respectivamente, y las encerró para siempre,
dedicándolas a la vida religiosa. Junto con las dos niñas pasaron al nuevo
Carmen, las siguientes monjas del otro Carmen: sor Teresa de
San Joaquín, en el mundo doña Josefa Larraín Aldunate, en calidad de priora y
tutora de las hijas del Corregidor; sor María de la Concepción, (María del
Rosario Elzo) como subpriora; sor Mercedes de San Antonio (Mercedes Cañas),
como maestra de novicias, y sor Josefina de los Dolores, (Josefa Jiménez). A
los diez días de instalado el Carmen Bajo, profesaba en él doña Taldea García
de la Huerta, poetisa, que escribió muchos versos y una relación romance en
octosílabos sobre una avenida del Mapocho.
El
Corregidor Zañartu fue acremente criticado por su inexplicable resolución de
“enterrar en vida”, como decían entonces, a sus dos pequeñas hijas; pero el
Corregidor no era hombre de volver atrás en sus resoluciones y aguantó el
chaparrón del Presidente Ortiz de Rosas, de sus amigos los oidores de la
Audiencia, del Obispo Alday, del Cabildo de los canónigos y de sus innumerables
parientes y relaciones.
Tal vez
tuvo parte en esta extraña determinación del Corregidor, la temprana viudez en
que lo dejó su hermosa mujer doña María del Carmen Errázuriz y Madariaga,
fallecida cuando sus hijas apenas salían de la infancia. Este acontecimiento
conmovió y dio que hablar a la sociedad de ese tiempo y el pueblo, por su
parte, conocedor del modo de ser de Zañartu, de sus férreas resoluciones y,
sobre todo, de su adusto carácter, inventó las más extrañas leyendas para
explicar el suceso.
“Las
hijas del Corregidor, dice Vicuña Mackenna, fueron para muchos de sus
contemporáneos víctimas de un drama secreto, de una expiación tenebrosa, no
descifrada todavía; para otros, el anhelo del mundo rompió el frágil velo de
los votos que prestaron y se anidó en sus corazones como una serpiente
devoradora, y alguien quiso verlas poseídas del tormento de su injusto
cautiverio, vagando por los claustros como espíritus errantes, pidiendo a los
muros silenciosos la libertad que les robara su padre”.
Las hijas
de don Manuel Luis de Zañartu profesaron cuando tuvieron la edad competente,
con los nombres de Teresa de San Rafael y Dolores de San Rafael, y fallecieron,
la primera en 1848 y la otra en 1843, habiendo sido ambas prioras de su
monasterio.
§ 10. El
milagro de Isabelita Villegas
Aburrido
de pelear duramente veinte años, sin honra ni provecho, contra la indiada
tucapelina, el “Capitán a guerra” Juan Bautista Villegas resolvió abandonar los
pocos bienes que poseía en los términos y jurisdicción de la ciudad Imperial y
trasladar su residencia a la capital del Reino, en donde, por lo menos, podría
dormir sin el temor de que lo despertara el característico chivateo de los
porfiados y feroces ribereños del Cautín, en sus intermitentes asaltos a la
mencionada ciudad austral.
No era
solamente el interés material el que había aconsejado al Capitán Villegas
alejarse de la peligrosa zona de guerra; desde dos o tres años atrás, los
indios habían adoptado un sistema de hostilidades que producía honda
preocupación en los padres y maridos: ya no les interesaba tanto el saqueo de
las poblaciones españolas ni arrastrar con el ganado y “las comidas”; lo
primero que atendían ahora, iniciado un asalto, era a incautarse de las mujeres
y huir con ellas a sus impenetrables bosques. El incendio y el robo, que eran
anteriormente el único objetivo del asalto a una población o a un fortín,
estaban replegados a segundo término.
Era, al
parecer, una voz de orden, pues las hordas llevaban brigadas especiales que se
encargaban de apoderarse del elemento femenino español.
El
Capitán Villegas tenía una hija que mariposeaba en los risueños, primaverales y
cantores diecisiete años, y una mujercita mayor de treinta y dos y menor de
treinta y seis... El peligro en que se encontraba el Capitán justificaba sus
insomnios; un asalto afortunado de los bellacos boroanos podía dar con sus dos
intensos amores en el harem de un cacique.
No le fue
fácil obtener permiso para separarse de la guerra activa en aquellos tiempos en
que el elemento hombre era tan escaso como necesario para el sustentamiento de
las conquistas alcanzadas con tantos sacrificios; pero el Capitán tenía sus
empeños, y después de alegar buenas o malas razones, obtuvo que el Gobernador
Bravo de Saravia lo licenciara temporalmente, y “le diera carta” para que el
Cabildo de cualquiera ciudad “le recibiese por vecino y le diese solar, según
su calidad de Capitán a guerra”.
Y con el
papelito en la faltriquera y tres tejuelos de oro que alcanzó a reunir con la
venta de sus bienes en la Imperial, el Capitán Juan Bautista Villegas, “señora
e hija” — como hubiera dicho un redactor de Vida Social de ogaño— trasladó su
residencia a la capital e ingresó como “estante”, mientras lograba el título y
las preeminencias de “vecino”.
En
aquellos meses — mediados de 1571— andaba en sus más activos trajines para
formar un beaterío, doña Francisca Terrin de Guzmán, viuda del Contador de la
Real Hacienda, Miguel Martín, fallecido un par de años atrás. Este Contador y
su mujer habían vivido muchos años en Concepción, Imperial y Osorno, y por esos
lados habíanse conocido y tratado con Villegas y familia; era natural, pues,
que la viuda y los Villegas se alegraran de volverse a encontrar y que
reanudaran la interrumpida amistad.
Antes de
“meter” al lector con los personajes que acabo de presentarle, voy a devolverle
su honra al difunto Miguel Martín, el llorado cónyuge de la beata doña
Francisca Terrin de Guzmán. Puede que este acto de reparación que voy a hacer,
tan desinteresadamente, me vaya en descuento de los pecados que haya podido
cometer escribiendo “Crónicas”... Pero dejo en claro, y conste, que esos
pecados míos no han tenido, ni con mucho, la gravedad que les achaca cierto
buen amigo mío que ha llegado a decirme que todo lo que escribo es pura
invención, y que maldito lo que cree en las comillas que pongo para señalar
algunas frases de los documentos que cito.
Bueno,
pues; a este Contador Miguel Martín, los historiadores le han achacado,
señores, un sacrilegio muy grande; y no se crea que esos historiadores son de
la categoría de los que han aparecido recientemente con motivo del entierro del
prestidigitador Gambertty; no; los que han dicho tal cosa del Contador Martín,
son, nada menos, que mi venerado maestro don José Toribio Medina, y siguiendo
sus investigaciones, mi distinguido y competente amigo don Tomás Thayer Ojeda.
Véase lo que dice Medina, en el Tomo XXIX de sus “Documentos Inéditos”, al
copiar una presentación que el mencionado Contador elevó al Rey Felipe II, para
pedir mercedes: “... soy casado con doña Francisca Terrin de Guzmán y Silva, y
antes de casar fui muchos años capellán de S. M. el Emperador Carlos V”...
Según
esta declaración del propio interesado, en vez de merecer el premio de un
empleo en la Hacienda Real, con que fue agraciado, debió ser castigado por
apóstata y sacrílego, pues habiendo recibido las órdenes sagradas y desempeñado
el cargo de “capellán”, habría colgado la sotana y contraído matrimonio. Es
evidente que el copista del documento traicionó al sabio Medina, y al escribir
“capellán”, donde indudablemente decía “capitán”, vistió al benemérito Miguel
Martín con el sambenito de los renegados, dignos de la Inquisición; y para
colmo, el anónimo detractor llevó su impunidad hasta esconderse al amparo del
prestigioso sabio chileno.
Ciertamente
que mi descubrimiento no conmoverá a nadie; pero a los menos servirá de prueba
para que se vea que también soy investigador, a ratos.
Decía que
la viuda Terrin de Guzmán y los recién llegados Villegas, al encontrarse en la
capital, habían reanudado su amistad iniciada en el sur. Por cierto que las
“arribanos”, y en muchas ocasiones para llevar a cabo su proyectada fundación
del beaterio fueron un socorrido tema de conversación entre los “arribanos”, y
doña Francisca, en su empeño por conquistarse no sólo adeptos para su obra,
sino también compañeras de monjío, echó en las confidencias de la intimidad, el
anzuelo de que “las viudas y las doncellas sirven más a Dios en el claustro que
en el siglo”.
El tiro
no iba, como ha de suponerse, para la mujer de Villegas, cuyo marido no daba
indicios de querer morirse, sino para la muchacha, para la Isabelita Villegas,
cuya devoción, humildad y sometimiento estaban indicando con claridad, según la
viuda, que estaba destinada al claustro.
El
Capitán Villegas, en cambio, había concebido otros proyectos respecto del
pimpollo que tenía por hija. Ambulaba por ahí, recorriendo de arriba abajo la
calle de Pero Gómez (actual Monjitas) — que era la principal en aquellos años—
cierto capitancito de Cañones recién llegado del Cuzco con destino a la
Frontera, que traía preocupada y al retortero a la mocería masculina con su
charla vivaz, sus elegantes maneras y aun con la generosidad de que hacía gala
en medio de su evidente pobreza; el hombre no tenía otro defecto — si lo es,
que en esto hay opiniones— que el de ser más feo que pegarle a la madre. Picado
de viruelas, tostado al castaño obscuro, chato y peludo como un orangután, sólo
tenía en su favor un par de ojazos verde mar, iluminados como una misa de
gloria, tramposos como un tahúr y más pícaros que puñaladas de pícaro.
El
cuzqueño hacíase llamar don Pedro Moreno de Zabala, pero sus amigos le decían
“don Perfecto”; a esta joya había destinado el Capitán Villegas, su otra joya,
la Isabelita Villegas. Y para que el proyecto iniciara su realización, el
Capitán llegó una tarde a su casa llevando de compañero al candidato, el cual
antes de un cuarto de hora, se había conquistado con sus chirigotas la simpatía
de la suegra. Según Villegas, su proyecto iba a deslizarse como por sobre
rieles.
Pero
cuando Isabelita se dio cuenta del abocastro que su padre
pretendía darle por marido, declaró a la primera insinuación formal que le hizo
su madre, que antes de poner su blanca y sonrosada mano sobre la peluda e
inhumana de don Perfecto, prefería que la enterraran con una vara de azucenas y
coronada de rosas; a la segunda insinuación, para la cual se pusieron de
acuerdo el padre y la madre, Isabelita contestó con un soponcio que le duró una
hora; y a la tercera, la chica atisbó un momento oportuno, y emprendió
ocultamente el vuelo para ir a refugiarse en casa de la viuda Terrin de Guzmán
convertida ya en beaterío, pues la fundadora había conseguido que otras dos
viudas, doña Isabel de Zúñiga y Leyva y doña Beatriz de Mendoza, se encerraran
con ella para hacer vida monacal.
La
prófuga fue recibida por las viudas con los brazos abiertos; era una cuarta
compañera la que les mandaba la Limpia Concepción — bajo cuya advocación se
había reunido el beaterío— y así como Isabelita manifestó su propósito de
“acabar sus días en esa santa casa”, las beatas la llevaron al aposento que les
servía de oratorio para postrarse a los pies de la Virgen y darle las gracias
por el ingresó de la nueva compañera.
Pero una
vez que las beatas rezaron a su gusto y salieron del oratorio para dedicarse a
sus labores, la viuda Terrin quiso saber cómo se había producido la inesperada
vocación de la nueva beata, y llevándose a Isabelita a su celda, la sentó sobre
sus rodillas y la interrogó. Las primeras palabras de la fugitiva revelaron a
la viuda la gravedad del caso y el serio compromiso que constituía para el
beaterío la permanencia en él de Isabelita Villegas, contra la voluntad de sus
padres.
— Hija
mía, díjole doña Francisca Terrin de Guzmán, yo me regocijo íntimamente de tu
determinación, que no puede ser sino inspiración de Nuestra Señora; pero tú no
puedes continuar en esta casa sin el consentimiento de tus padres, a los que
voy a ver ahora mismo...
— Madre y
señora, exclamó sollozante la muchacha, yo no quiero volver al mundo... ¡yo
quiero vivir y morir en esta casa!... no permitáis, señora, que mi padre me
vuelva a su lado... ¡por la Virgen Santa!...
No
dejaron de llamar la atención a doña Francisca los convulsivos sollozos que
ahogaban a la muchacha y las abundantes lágrimas que cubrían su rostro cada vez
que ella insistía en que volviera al hogar; todo se lo explicaba la beata con
la vocación incontenible que le había brotado a Isabelita; pero con esto no se
arreglaba nada si el Capitán Villegas no daba su asentimiento, y sobre todo, si
no se comprometía a “alimentar” a su hija. Porque ha de saber el lector que las
tres viudas que formaban el beaterío habían aportado todos sus haberes — que no
eran muchos— para el sostenimiento de la fundación, y que cada boca nueva iba a
disminuir el puchero de las demás.
Determinada,
pues, a afrontarse con el Capitán Villegas, doña Francisca se echó el velo y se
dispuso a salir a la calle, dejando consolada, lo mejor que pudo, a su nueva
pupila, y bajo la esperanza de un éxito completo en su gestión, basado en la
amistad cordial y estrecha que la unía con el matrimonio imperialeño. No
contaba, sin embargo, con que el Capitán Villegas se había vuelto un energúmeno
al saber la fuga de su hija, a quien había salido a buscar por todas las casas
amigas, infructuosamente.
Doña
Francisca taloneaba lo más menudo y ligero que le permitían sus cincuenta y
cinco años y la dignidad de su investidura de futura abadesa, en dirección a la
casa del Capitán, que vivía en la calle de Gaspar de la Barrera (Huérfanos),
esquina con la actual de Ahumada — la que por aquellos años no tenía aún
denominación— cuando al doblar la esquina casi tropezó con Villegas, que iba
cegato de ira, camino de la plaza.
—
Perdone, vuestra merced, señora, masculló el Capitán, y apuró el tranco para
dejar el paso libre a la beata.
— ¡Mire,
vuestra merced, una palabra!..., contestó doña Francisca, en actitud de detener
a su amigo.
Volvió el
rostro el Capitán, y casi sin detenerse, dijo:
— Señora,
un menester muy grave me lleva a presencia del Corregidor señor Juan de Barona,
pues ha de saber, vuestra merced, que mi hija es fugada y no puedo
encontrarla...
— Si es
eso, señor Capitán, no se afane, vuestra merced, que su hija está en mi casa...
— ¿En
casa de vuestra merced?... ¿Y qué hace allí?... ¿Por qué se ha huido?
— Se lo
diré a vuestra merced, en su posada o en la mía, que el caso no es para tratado
en este sitio...
— Pues
vamos a la posada de vuestra merced, si allí está esa mala hija. ande, vuestra
merced, señora, que me come la lengua para reprocharla y me hormiguea esta vara
en las manos para castigarla!
— Vuestra
merced tenga sosiego, señor Capitán, y no se altere, que habrá de ser cumplida
la voluntad de Dios.
— ¡La
voluntad de Dios!..., repitió, por lo bajo, el Capitán, echando una
interrogante mirada sobre la beata. ¿Y cuál es la voluntad de Dios?...
No
contestó doña Francisca, ni tampoco el Capitán dijo una sola palabra durante
las dos o tres cuadras que anduvieron juntos hasta el beaterío, que funcionaba
en la propia casa y solar de la viuda, ubicados en la que es actualmente calle
de la Compañía, esquina sur poniente con Morandé, como quien dice, en la casa
que hoy ocupa el decano de la prensa nacional.
— Llame
vuestra merced a mi hija, mandó el Capitán Villegas, cuando él y su acompañante
se encontraron dentro del aposento que servía de locutorio.
— Antes,
habré de decirle a vuestra merced lo que pretende la muchacha, dijo la beata.
— ¿Y qué
es ello?..., preguntó el Capitán, cuyas facciones denotaban los encontrados y
preocupantes pensamientos que se atropellaban en su cerebro.
— Quiere
meterse beata, en esta santa fundación...
—
¡Beata!... ¿Mi hija beata...?
El
Capitán crispó involuntariamente los dedos, y en su rostro se agolpó la sangre;
pero se calmó.
— ¡Eso es
una locura!, contestó. No sabe lo que dice, y además, yo no puedo faltar a la
palabra que di. Sepa, vuestra merced, que Isabel será, en poco más, la mujer
del Capitán de Cañones don Pedro Moreno de Zabala, quien ha pedido ya sus
papeles al Obispado del Cuzco, y deberán llegar en el próximo galeón... Con
que, señora, llame vuestra merced a mi hija, porque habré de llevármela ahora
mismo.
Doña
Francisca había quedado abismada con la noticia y ahora se quebraba la mollera
pensando cómo una muchacha que tenía pretendiente en puerta, podía pensar en
meterse a monja... Porque la verdad era que había en Santiago y en todo el
Reino una escasez tan grande de elemento masculino casadero, que las niñas se
marchitaban como rosales, sin riego, en espera de un ‘buen alma” que las sacara
de soltería.
Ante lo
que acababa de oír y el mandato del Capitán, padre y dueño de la postulante,
doña Francisca no tuvo más que ir por la muchacha que se encontraba “en
oración” delante de una imagen de la Virgen.
—
Acompáñame, hija, que tu padre espera en la portería...
— ¡Mi
padre...! ¡Dios mío! ¿Y qué dice?.. . ¿Quiere, acaso, llevarme con él?
— Isabel,
dijo con severidad doña Francisca, me engañaste inútilmente cuando me ocultaste
que ibas a tomar esposo y marido...
— ¿Yo?...
¿Y con quién habría de casarme...?, exclamó, ansiosamente la muchacha, como en
espera de una sentencia.
— Pues
con el Capitán, que te ha hecho el honor de pedirte a tu padre, por mujer...
— Pero
¿quién... quién es él?...
— El
señor Capitán don Pedro Moreno de Zabala...
Isabelita
Villegas se derrumbó en el santo suelo, y rodó sin que los esfuerzos de doña
Francisca fueran capaces de sujetar las extremidades de la muchacha,
convertidas en aspas a impulsos de un violento ataque de nervios.
— No,
no... ¡jamás! ¡muy feo... muy feo... feo... feo...! fueron las últimas palabras
de Isabelita Villegas, antes de quedar agotada, inmóvil y echando espuma por
entre sus labios fláccidos.
Doña
Francisca no conocía ni por referencias a don Perfecto; de manera que al oír lo
de “muy feo, feo, feo”, se imaginó cualquiera cosa, menos lo que esas palabras
significaban en realidad; por lo contrario, imaginó que lo feo era la actitud
de su padre, que la obligaba a contrariar su santa vocación religiosa. Y
arrodillándose al lado de la desmayada, pronunció esta ferviente petición:
— Señora
Madre, Virgen María... ¡Un milagro... un milagro tuyo, para que esta doncella
entre a ser tu sierva en ésta tu santa casa!...
— Pues
bien, señora beata, exclamó la voz bronca e indignada del Capitán Villegas —
que al notar la demora de doña Francisca había penetrado al interior del
beaterío— sólo un milagro puede torcer mi voluntad de que esta hija mía sea la
mujer del Capitán Moreno de Zabala. ¡Alza, mala hija!, mandó en seguida,
tomando a Isabel por un brazo. ¡Ve conmigo, que ajustar cuentas habernos!
A la voz
airada de su padre, Isabelita volvió fácilmente de su desmayo; pero antes de
alzarse y obedecer, echóse a los pies del Capitán Villegas:
— ¡Padre
y señor!, suplicó, llorosa y humillada; no me obligue, vuestra merced, a ser
mujer del señor Capitán Moreno...
—
¡Déjeme, vuestra merced vivir y morir al amparo de esta casa!...
— Sería
menester un milagro, ya lo dije. ¡Alza y vente!
Después
de incontables trajines detrás del Arcediano y Provisor del Obispado en Sede
Vacante, Licenciado Francisco de Paredes, doña Francisca Terrin de Guzmán había
conseguido que la autoridad eclesiástica no tomara en broma la existencia del
‘beaterío” que ella y sus amigas habían fundado de hecho, recluyéndose en casa
de la promotora de la fundación para hacer vida monacal. El Arcediano, más
conocido en la historia con el nombre de “el Maestro Paredes”, había rechazado,
al principio, realizar acto alguno que pudiera interpretarse en el sentido de
que, en su carácter de autoridad eclesiástica, “consintiera en ello”, pues no
era broma arrogarse la representación del Soberano, que era el único que podía
crear monjas y conventos; pero tanto majadereó la beata, que un día, tal vez
para quitársela de encima, contestó a la provecta al par que testaruda
fundadora:
— Vuestra
merced haga lo que, en su conciencia, crea de mayor gloria de Nuestra Señora,
que yo no me opondré...
Con esta
respuesta, ninguna persona de juicio hubiera emprendido un viaje de esfuerzo a
buscar el agua de la vida; pero doña Francisca la interpretó como una
aquiescencia concluyente, y desde ese día el nombre del Maestro Paredes, como
patrocinante y protector del futuro monasterio, se extendió hasta por lo más
recóndito de la ciudad.
Contribuyó
a convencer a los santiaguinos en la creencia de que la autoridad eclesiástica
había dado su consentimiento para llevar a cabo el proyecto de la vida, el
hecho de que el Maestro, llevado de su celo por la mayor gloria de Dios,
hubiera cedido a doña Francisca un solar de que era dueño, en la calle de
Gaspar de la Barrera (actual Agustinas), a fin de que esa señora y sus
compañeras “lo usufructuasen de por vida”...
Con esta
nueva prueba de la buena voluntad del Jefe de la Iglesia hacia el beaterío,
doña Francisca ya no dejó en paz a nadie. Desde el Gobernador abajo,
Corregidor, alcaldes, regidores, ministros de hacienda y cuanto ministril tenía
algún mando, se encontraron asediados por la candidata a abadesa, que había
resultado más porfiada que una mosca de pantano en esto de pedir “limosnas para
el monasterio de la Limpia Concepción”, que tal era el nombre y la advocación
que doña Francisca había elegido para su beaterío.
Y a la
verdad, nadie podría haber dicho que la fundadora no hubiera tenido un éxito
concluyente en sus gestiones, como un lógico premio a su actividad; en poco más
de un año, contado desde que las tres beatas se reunieran a vivir en común, el
beaterío había recibido, en son de limosna, un solar, quinientas vacas tres
esclavos, una capellanía, dos fardos de “ropa”, un “tejuelo de oro de ley”
tasado en ochenta pesos y “mucha comida”. El Cabildo, por su parte, había
entregado a doña Francisca, en diversas, partidas, “ciento treinta y nueve
pesos de oro y cinco reales de los propios de la ciudad”, para contribuir a tan
piadosa obra, pues consta que la fundación del proyectado monasterio tenía por
objeto “recibir a las nidoncellas huérfanas de la guerra de
Arauco, cuya honestidad no les permitía vivir solas”. Aparte de estas limosnas,
el Cabildo había dado permiso a doña Francisca “para cortar cuatrocientos
palos” para construcción de los bosques de “la dehesa de la ciudad”; dicen: la
autoridad local había concedido al beaterío la licencia del caso para pedir
limosnas por las calles “y en las puertas de las casas”, de lo cual se habían
encargado, “muy de su gusto”, varios capitanes, amigos y “paniahuados” de las
beatas.
Hasta
entonces, todas estas concesiones y limosnas se habían hecho sin control alguno
y sin que a nadie se le ocurriera pedir cuentas a doña Francisca de la
inversión de esos haberes, producto de la generosidad y devoción del Cabildo y
vecindario; pero cierto día, el regidor Joan de Cuevas Bustillos y Terán llevó
al seno del Cabildo un chisme bastante molesto para las beatas: aseguraba
Cuevas “que se murmuraba de las limosnas de cuantía que se daban y entregaban a
doña Francisca de Guzmán, so color de ser el Cabildo el patrono de las monjas”;
terminaba el regidor su malévola información, diciendo “que si esto había de
ser, que lo sea, para que la ciudad se percate dello”.
Así, a
primera impresión, parece que el regidor Cuevas hubiera querido formular sus
observaciones en son de censura; pero no sé por qué se me ocurre que todo eso
fue en combinación con la habilísima doña Francisca. La fundación iba viento en
popa con el aplauso y la decidida protección de la ciudad; pero le faltaba la
base legal, que era lo único que podía hacer duradero el instituto. Pedir al
Monarca su aprobación a lo hecho hasta ese momento habría sido inútil, porque,
antes de autorizar la fundación el Rey debería saber que el proyectado
monasterio contaba con los medios suficientes para mantenerse, y esos medios no
existían aún, pues las beatas vivían de la limosna.
La
fundación, en cambio, podía darse por cimentada si una institución de derecho
público, como era el Cabildo de la ciudad de Santiago, tomaba bajo su
protección el beaterío y se declaraba patrono de él. La proposición del regidor
Cuevas iba hacia allá: “si esto había de ser, que lo sea” de una vez.
Por
cierto que el Cabildo, entre cuyos miembros la beata doña Francisca contaba con
inmejorables amigos, se encontraba dispuesto a admitir el patronazgo; era un
honor insigne para la ciudad contar con un monasterio de monjas, pues no tenía
todavía ninguno; y siendo el principal propósito cíe la fundación dar asilo a
las doncellas huérfanas de la guerra, nadie podía cuidarlas mejor y
proporcionarles calor de hogar que las tres señoras viudas que lo habían
iniciado. Y, pues, había necesidad de que las limosnas del Cabildo y vecindario
estuvieran administradas por personas de responsabilidad — que tal era el cariz
de la murmuración— el momento era único para que la autoridad local tomara una
resolución concreta y decisiva.
No dice
el acta de esa sesión que ninguno de los regidores contradijera el dicho de
Joan de Cuevas; también es verdad que en muy pocas ocasiones expresan las actas
las opiniones encontradas de los cabildantes; pero es el caso de que
“en ese
día, los señores justicia y regimiento dixeron que por cuanto esta ciudad ha
hecho limosna para el monasterio de las monjas que se va haciendo e por tanto
es preciso que el Cabildo sea patrón de las dichas monjas e monasterio, para
siempre jamás; por tanto mandaron al presente escribano que vaya donde dichas
monjas e que si requieren pasar por que el Cabildo sea patrono de ellas del
monasterio que lo otorguen en escriptura”.
No
deseaban otra cosa doña Francisca y sus compañeras, e inmediatamente “se
allanaron a ello”, de lo cual el escribano dejó constancia escrita en los
libros de! Cabildo. La escritura no se hizo ese día, ni en esos días, tal vez
por algún distingo legal; pero además de la constancia expresada por el
escribano Nicolás de Garnica, consta de la misma acta que ese día el Cabildo
nombró a los capitanes Juan Jerónimo de Molina y Juan Lorenzo de León, para
que, en calidad de “mayordomos de monasterio”, administrasen todos los bienes,
y, particularmente, “para que labrasen e fiziesen labrar la dicha casa e
iglesia” de las beatas, lo que manifiesta que doña Francisca había tomado en
serio el usufructo del solar que les cediera el Maestro Paredes; ese solar es
el que actualmente está edificado en la calle de Agustinas, esquina con
Ahumada.
Complemento
de ese acuerdo fue el poder que otorgó el Cabildo a los administradores
nombrados, “para que judicial y extrajudicialmente demandasen y percibiesen
todos e cualquier maravedís e pesos de oro e plata, joyas, tierras e pertrechos
de casa e otras cosas e limosmans que se diesen a las dichas monjas e
monasterio”.
Constituido
ya el Cabildo en patrono del monasterio — nótese ya que no se le denominaba
“beaterío”— las beatas quisieron remachar el clavo con una manifestación
definitiva de su sometimiento a la autoridad del patrono.
—
Pertenecemos, en lo terrenal, a nuestro patrono y bajo su obediencia viviremos,
ya que es esta la voluntad de Nuestra Señora, dijo doña Francisca de Guzmán, al
Arcediano Paredes, en una visita de las constantes que la viuda propinaba a la
autoridad eclesiástica; pero en lo espiritual no reconocemos otra autoridad que
la del Ordinario. Así, pues, mande lo que deberemos hacer para que nuestro
instituto haya vida legal en lo pontificio y en lo regio.
El
Arcediano se veía en amarillos aprietos para contestar, sin comprometerse más,
las proposiciones verdaderamente casuísticas de la fundadora y no podía olvidar
que, sin saber cómo, él mismo había ido “metiéndose” en esto del monasterio,
hasta el punto de que era bien difícil volver atrás, considerando el innegable
prestigio que la fundación había sabido conquistar en el vecindario de
Santiago. El Maestro Paredes hacía cuanto era posible por desentenderse de todo
esto, pero con el acuerdo del Cabildo las cosas habían tomado un cariz asaz
temerario.
— Señora
mía, contestó cierta vez el Arcediano, duéleme decir a vuestra merced que en mi
condición de autoridad eclesiástica no me es posible considerar a vuestras
mercedes como tales monjas, ni menos aun, a la casa en que viven como un
monasterio, pues no cuentan con el consentimiento real para ello...
— El
Cabildo, que representa al Soberano, lo ha reconocido ya, declarándose nuestro
patrono, respondió en el acto doña Francisca, y paréceme que esto es suficiente
para que Vuestra Señoría y Merced no dude ya en darnos el hábito, que es lo
único que nos falta para que Vuestra Señoría nos reciba la obediencia...
El
Arcediano tuvo una inspiración, con la cual creyó salir del paso:
— Si el
Cabildo, vuestro patrono, me autoriza para dar a vuestras mercedes el hábito,
lo haré; pero no creo que se atreva a echar sobre sus hombros responsabilidad
tan grande...
Bien
segura estaría doña Francisca de lo que iba a decir, cuando lo dijo, ante el
asombro del Maestro Paredes:
— Pues,
pídaselo, Vuestra Merced, y desde luego nos conformaremos con lo que resuelva
nuestro patrono y dueño, y lo que resulte que sea la voluntad de Nuestra
Señora.
Caído en
sus propias redes, el Arcediano resolvió presentarse ese mismo día en la sesión
que el Cabildo celebraba a las cuatro de la tarde
“y
estando juntos los dichos señores, pareció el ilustre y reverendo señor
Licenciado Francisco Paredes, Arcediano y provisor deste Obispado en Sede
Vacante y dijo que por cuanto este Cabildo hase declarado patrón del monasterio
de monjas llamado de Nuestra Señora de la Limpia Concepción, e quieren entrar
en el dicho monasterio, por monjas, doña Francisca de Guzmán, doña Isabel de
Zúñiga y doña Beatriz de Mendoza, por tanto, vean sus mercedes lo que les
parece, e si deben recebir el hábito e si les parece a sus mercedes que hay
algún inconveniente en ello”.
No lo
discutieron mucho los regidores, “en incontinente contestaron que visto lo
propuesto por el Maestro Paredes, dijeron que su parecer es que las dichas
señoras reciban el hábito por ser personas de calidad e viudas”...
Me figuro
la cara que pondría el Maestro Paredes cuando vio que el Cabildo, con el
corazón ligero, había resuelto sin más alifafes, lo que a Su Señoría y Merced
le producía una dificultad enorme.
Ocho días
más tarde, el vecindario y sus autoridades asistían a las solemnes festividades
religiosas que se organizaron en la capital, del Reino para dar todo el brillo
y la pompa que merecía el acto de la imposición de los hábitos a las tres
beatas que desde ese momento y por voluntad del Cabildo, se constituían en
monjas del Monasterio de la Limpia Concepción, adoptando las reglas de San
Agustín, y pronunciando sus votos perpetuos junto con la obediencia al
Ordinario de Santiago.
Y en esta
forma, tan poco de acuerdo con las leyes españolas y con la ortodoxia romana,
quedó fundado en Mapocho el Monasterio de la Limpia Concepción, el cual, por
haber adoptado las reglas de los ermitaños del célebre Obispo de Hipona, fue
llamado, por los santiaguinos, “el convento de las Agustinas”. Por sus
claustros y por sus aulas pasó casi toda la juventud aristocrática femenina de
dos siglos en busca de un retiro contemplativo, o en demanda de un hogar, o en
solicitud de la corta instrucción que podía recibir por aquellos años la mujer.
Sólo
aquellas que demostraban una conducta ejemplar alcanzaban el premio de recibir
clases de escritura, “de figurar las letras”, como se decía; lo que no pudieron
aprender jamás, fue la ortografía, (y hasta hoy, dicho sea con el debido
respeto al sexo y con las debidas excepciones).
La mayor
parte destas gestiones finales transcurrieron en el intervalo de seis o siete
meses después que Isabelita Villegas, obligada por su padre, había tenido que
volver al hogar que abandonara, según sabemos, para refugiarse en el beaterío
de doña Francisca de Guzmán. Nada habían valido los dos o tres ataques de
nervios que había sufrido la muchacha al ver la actitud resuelta e irreducible
de su padre; el Capitán Villegas no se apeaba de su macho, y a cada lamento de
Isabelita y a cada ruego de las beatas — pues las tres habíanse reunido a
implorar por la niña— repetía su sentencia, a modo de estribillo:
— ¡Sería
menester un milagro!
— Pues,
¡ese milagro ocurrirá!, exclamó doña Francisca, con entonada y convencida voz.
¡Niña, obedece a tu padre, y ve con él, que no tardarás en volver!
— ¡Quiero
ver ese milagro...! refunfuñó el Capitán, tomando a su hija por un brazo, y
arrastrando con ella.
Desde ese
momento, doña Francisca se propuso facilitar a la Virgen María la tarea de
realizar el milagro, y lo que encontró más eficaz fue dirigir sus fuegos contra
el que estimaba principal causante de la actitud del inhumano padre; ya habrá
sospechado el lector que ese culpable era, según la beata, el Capitán Pedro
Moreno de Zabala, presunto novio de la muchacha, o candidato a tal. Sin conocer
al quidam, ni siquiera en sueños, lo dejó como un estropajo ante
las diez o quince personas con quienes habló ese día; pero cuando conoció
personalmente a don Perfecto y lo vio tan feo, se quedó “suspensa” en que
pudiera haber un padre que quisiese exponerse a tener adefesios en calidad de
nietos...
— ¡Se
realizará el milagro, dijo para su tocado, pues Nuestra Señora no podrá
permitir que su Divino Hijo quede postergado por ese orangután!
Pero las
gestiones y trajines para arreglar la fundación de su monasterio restaban
bastante tiempo a la fundadora para proseguir su campaña en forma contra el
pretendiente, lo que no quiere decir que de cuando en cuando, y así como se le
presentaba la oportunidad, no dirigiera sus mandobles a fondo contra don
Perfecto. Sin embargo, el tiempo pasaba, y sus andanzas desde la casa del
Arcediano a las de los alcaldes, regidores y vecinos la hicieron olvidar, casi
por completo, el milagro pendiente, y aun hasta a los personajes que en él
tenían que intervenir.
Una
tarde, cuando después de la jornada, se dirigía la beata a su beaterío,
preocupada e inquieta con las dudas del Arcediano, se encontró, manos a boca,
con el Capitán Villegas, a media cuadra de su casa.
— Vaya
con Dios, vuestra reverenda persona, señora mía, oyó que le dijo una voz
conocida.
— ¡Ave
María Purísima!..., contestó doña Francisca; pero al reconocer al Capitán, que
se había detenido a su vera, lanzó una pequeña exclamación que pudo ser de
júbilo o de desagradable sorpresa.
— ¡Señor
Capitán Villegas...! ¡Con Dios...! ¿Qué ocurre a vuestra merced, que lo noto
pálido y convulso?.. . Diga!... diga!...
— ¡Qué
habrá de ser, señora, sino que el Capitán Pedro Moreno de Zabala se parte a
Cuzco...!
— ¡Se va
don Perfecto!... ¡Señora mía, Virgen Santa! ¿Y no vuelve?...
— ¡Sépalo
Dios!...
Doña
Francisca reventaba por preguntar por Isabelita, la novia, pero no se atrevía
por aquello de que no se debe nombrar la cuerda en casa del ahorcado; pero no
se aguantó más era mujer— y dijo:
— ¿Y...
Isa... Isabelilla...?
— ¡No la
nombre sus labios, señora!...
— ¡Virgen
Santa! ¿Y por qué?...
— ¡No
quiero verla, ni oír su nombre!
Y ante la
actitud de espanto que se dibujó en el rostro de la beata, el Capitán agregó:
— Mañana
se parte a la encomienda de Pelequén, del Capitán Juan de Barros, mi amigo y
señor, y no volverá nunca...
— ¡Si que
volverá!, afirmó doña Francisca. Ella no va por su gusto, según colijo, y
siendo así, la Virgen Nuestra Señora la espera en su casa del Monasterio, pues
debe realizarse por entero el milagro que ya empezó... Fue vuestra merced quien
pidió ese milagro...
— ¡Vaya
un milagro!... En fin, murmuró Villegas, allá ella, allá vuestra merced y allá
la Virgen Nuestra Señora. Si es milagro lo que ha pasado, que lo aprovechen,
que yo nada quiero saber de ello. ¡Vaya vuestra merced con Dios!
— ¡Con él
vayáis, señor Capitán!, dijo la beata, viendo alejarse a Villegas; pero
preocupada por lo que había oído, le dijo, de atrás:
— Diga,
vuestra merced, señor Capitán, ¿qué ha pasado, pues, en esto de Isabelita... y
del novio que se va?... ¡Cuente, diga, por favor de Dios!...
— ¿Que no
lo sabe ya, vuestra merced... siendo que sabe cuanto ocurre en Mapocho?
— ¡No,
señor!
— ¡Es
extraño!... Pues, que el Capitán Moreno de Zabala se vio obligado a dar de
estocadas a un desconocido que se encontraba colgado, a medianoche, del balcón
de mi mala hija! ¡He aquí el milagro!...
* * * *
Algunos
meses más tarde, el Cabildo daba su licencia para que Isabel de Villegas,
doncella, “pueda tomar el hábito de las monjas desta ciudad”.
§ 11. San
Antonito, cara de rosa
Nadie
podrá poner en duda que San Antonio es uno de los santos más populares del
calendario y que “sus días” son celebrados con excepcional entusiasmo allí
donde hay algún prójimo o prójima que lleve el nombre del milagroso paduano.
Algún meticuloso irreverente podría replicarme que lo mismo podría celebrarse
un Pedro o una Rosa en teniendo ganas y cumquibus; pero yo mantengo mi opinión,
sin que esto vaya en desprestigio de ningún miembro de la corte celestial, de
que San Antonio, si no es el más popular do los santos “domésticos”, es el que
sigue en popularidad, y pido que me digan quien es el primero.
Por otra
parte, esta opinión no es solamente mía y de ahora; es la opinión del
vecindario de Santiago solemnemente manifestada en muchas ocasiones durante la
época de la Colonia, que era cuando se sabía y se entendía de santos, muy
distinta de la actual en que los herejes se han metido en todo, incluso en lo
que no deben.
Conté —
no sé cuando— que en una de las grandes avenidas del Mapocho, río ridículo en
verano, de ciertas pretensiones, en invierno, y de imponencias avasalladoras y
terribles ciertos años, el amedrentado vecindario de la capital del Reino
atribuyó los desastres que produjo la avenida a la falta de un protector que
estuviera especialmente encargado en la corte celestial de procurar la divina
misericordia para los pecadores de este rincón del mundo.
Quien
alegó tal cosa fue el alférez real Ramiro Yáñez de Saravia, llamado comúnmente
Ramiriañez, y aunque el Alcalde de la ciudad, Capitán Juan de Cuevas, repuso
que el patrono de la ciudad era, en primer lugar, “Sant-Iago Apóstol y
segundamente San Saturnino” que tenía su ermita “e casa” cerca del ejido de la
ciudad (Palacio de Bellas Artes y alrededores), Ramiriañez, con la testarudez
que lo caracterizaba, exigió que “la ciudad dijese luego quién debía ser el
patrono para los males de agua”.
No sé en
qué forma fue el pronunciamiento del vecindario; solamente conozco el documento
en el cual consta que “habiéndose arruinado el tajamar y metídose las aguas del
río en lo interior de la ciudad, con total estrago, sacaron en procesión a la
plaza pública al señor San Antonio encomendándose a él con todos los afectos
que dictaría tan urgente necesidad y luego incontinente, se retiró el río a su
cauce con demostración celebrada hasta el presente como “miraculosa”, lo que
está especial y solemnemente certificado “ad perpetuam rei memoriam” por el
escribano de Gobierno y de Cabildo, Nicolás de Garnica.
Ante tal
demostración, el Cabildo, ambos cabildos, en representación del vecindario y de
la Iglesia proclamaron como patrono de la ciudad al glorioso San Antonio “sin
que obste Sant-Iago Apóstol que lo es en lo militar y San Saturnino que lo es
en los temblores”.
La
popularidad de San Antonio en Santiago data, pues, desde esa fecha, es decir,
desde 1574, muy cerca de cuatrocientos años; deberíamos decir que data no desde
la infancia de nuestra ciudad, sino desde su nacimiento. Por cierto no fue
solamente el elemento oficial quien se encargó de proclamarla, sino el
vecindario mismo; entonces no había divorcio alguno entre las autoridades y el
pueblo, como dicen que lo suele haber ahora; entonces la autoridad mandaba y
los estantes y habitantes obedecían sin chistar. Cuéntase, sin embargo, que se
produjo en cierto elemento femenino un conato de resistencia contra San Antonio
a raíz de su proclamación, a causa de no conocerse aún las admirables dotes de
que estaba adornado; pero el guardián del convento grande de San Francisco que
era el dueño del Santo, pues tenía allí su imagen “de bulto”, encontró una
manera facilísima e ingeniosa para vencer esa y todas las resistencias futuras.
Voy a
contar a mis lectores cuál fue la “martingala” del guardián franciscano, que
por entonces lo era el Padre Miguel de Vera, y fácilmente comprenderán ellas y
los lectores que no podía fracasar.
Comía
pan, por aquel entonces, y alborotaba al vecindario masculino una buena moza
que volvía la cara, sonreía, y mostraba unos dientes de perlas cuando le decían
Chayito... Se llamaba Rosarito Marín de Espinosa y era hija soltera y única del
Capitán de arcabuceros Juan de los Monteros de Espinosa, muerto en un combate
homérico ante el fuerte de Angol. La chica vivía con su madre que también
respondía cuando la llamaban Chayito, porque su nombre era Rosarito Marín de
Encalada; la una no cumplía todavía las diecisiete primaveras y la otra diz que
estaba por cumplir los treinta y tres... ¡Era para volverse loco!
Esto era
lo que decía a quien quería oírselo, el Capitán del tercio de San Felipe de
Austria, don Lorenzo de Reinoso, que estaba enamorado de la viuda hasta más
arriba del chambergo y hasta una cuarta alrededor de los bordes de su capa
colorada. Y efectivamente era para que se volviera loco el pobrecillo Capitán,
pues la interfecta le había declarado formalmente “que lo apreciaba y que lo
quería bien”, pero que no volvería a reincidir en el sagrado lazo, sino cuando
su hija Rosarito hubiera tomado estado, según el orden de nuestra Madre la
Iglesia.
Al
principio el Capitán Reinoso no le dio mucha importancia a la exigencia de la
viuda, máxime cuando la chiquilla era atrayente, bonita y viva de ojos.
— Esto no
pasa de un semestre, se dijo el interesado, porque antes de esa fecha le
encuentro marido a la muchacha, pues a la vista está que esa chocolatera esá
pidiendo molinillo.
Pero
pasaban los meses, y ya se acercaba el sexto sin que la Chayito menor quisiera
poner el cuello a la coyunda que le brindaba con las frases más melosas una
colección de pretendientes de las más variadas categorías: desde el Corregidor
de Concepción, don Juan de la Coba y Rioseco, cuarentón ajamonado y de pesos,
hasta el alférez de cañones, don Manuel Pacheco y Céspedes, que a los 23 años
tenía muertos, al decir de su información de servicios, 18 mocetones, 5
caciques y un toqui, en los campos de batalla, amén de tres capitanes en el
campo de honor, pues el alférez era, a más de enamorado de profesión, un
espadachín de goguerilla que salía a cancha por quítame, niño, esas pajuelas.
Por una
casualidad el Padre Vera vino a ser algo así como el confidente del enamorado
Capitán Reinoso; ambos habían sido compañeros en las guerras de Arauco, pues el
fraile, antes de serlo, había vestido la trusa y ceñido la espada, tanto en el
Perú como en Chile; en uno de esos momentos en que el hombre enfermo del mal de
amor no sabe lo que hacer ni a quién recurrir, y después de haber oído por la
vigésima vez de los labios de la viuda su inquebrantable resolución de no
abandonar las tocas sin que su hija vistiera las galas de desposada, el Capitán
dirigíase a su casa, cuando al dar la vuelta a la esquina de la casa de don
Francisco de Irarrázaval, se “encontró” con su antiguo camarada el Padre Vera.
—
Perdone, su reverencia, por amor de Dios, dijo el Capitán para disculparse del
feroz encontrón que dio al fraile, que también doblaba la esquina.
El
guardián no era de aquellos de mejor genio, e iba a contestar probablemente una
barbaridad; pero a tiempo de alzar la vista reconoció a su amigo y camarada de
los tercios de Arauco. Dulcificó un poco la voz y un si es no es molesto,
díjole:
—
Carámbanos, Reinosito, con los bríos que te gastas;... echa acá esos brazos por
el gusto que he tenido de verte, aunque para ello haya tenido que aguantar tu
atropellada.
Abrazáronse
los amigos, y cuéntame que te contaré, fueron a parar a la celda del guardián,
en el convento que estaba al frente y allí, entre un sorbito de soconusco y una
“chata” de vainillado, vino a saber el Padre Vera el apuro en que se encontraba
su amigo.
— Pues,
Reinosito, date por casado dentro de un mes, o de dos a lo sumo, dijo, por fin,
el guardián; tengo un santo que-para estos casos es de no te muevas; con una
buena manda que se le haga, y el propósito de la enmienda que demuestre el
solicitante, la cosa es hecha.
— ¿Qué
Santo es ese, que se mete en casamientos?... preguntó Reinoso.
— San
Antonio de Padua, el que tenemos aquí en el convento y en su altar de la nueva
iglesia, dijo el Padre.
— No
sabía que mi padre San Antonio estuviera de casamentero en estos reinos.
— ¿Y qué
hay que hacer?, interrogó ansiosamente el Capitán.
— Muy
sencillo; que tu novia le haga una manda, y que le ponga al mismo tiempo un
papel en la “canasta” que está al pie de la imagen, en el que se escriba lo que
se pide.
— Pues,
hombres, todo va al pelo, dijo Reinoso, pues toca la casualidad que mi
prometida, la Rosarito Marín de Encalada, sabe escribir con una letra redonda
mucho mejor que la del escribano Toro Mazote. ¿No hay otra cosa que hacer?,
preguntó Reinoso.
— ¡Ah!,
sí; dime cuántos pretendientes tiene la hija de tu futura mujer...
Reinoso
le nombró a tres o cuatro que residían en Santiago.
— ¿Cuál
es el que más te gusta a ti para yerno?, preguntó el fraile.
— Hombre,
por mí, cualquiera; pero si he de escoger el más apuesto, el que mejor
cuadraría a la Chayito Espinosa, me parece el mejor el alférez Pacheco...
— Ni una
sola palabra más, terminó el fraile; San Antonio hará el milagro, y le dará
esposo, rápidamente, a la hija del Capitán Monteros de Espinosa, y por cierto
también a la viuda. Son dos pájaros de un tiro.
La
primera visita que hizo el Padre Vera al día siguiente, fue a la viuda, y tan
completamente convencida la dejó de que la especialidad de San Antonio era la
de casamentero, que la Chayito Marín entró por hacerle una manda gorda y por
escribirle un papel, que depositado en la “canasta” de nuestro santo, fue
conocido por “todo Santiago” en menos de dos días; y como era un papel sin
firma entró al comentario general por averiguar quién era la peticionaria. El
papelito “era un verso” y decía:
San
Antoñito
cara de rosa...
dale un esposo a mi hija,
que es tan donosa.
Al
segundo día apareció en la “canasta” un segundo papel, y luego un tercero, un
cuarto y un quinto; ya no eran las mamás quienes pedían yerno, sino también
papás, y muy luego se
atrevieron
las niñas a hacerlo por su cuenta; niño que no llora no mama, dijeron tal vez
las interesadas, y vamos pidiendo, que en pedir no hay engaño.
El Padre
Vera no necesitó ya forzar las petitorias, porque venían solas y lo mejor de
todo fue que también empezaron a menudear los casorios; no hay nada como
proponerse algo; las niñas, convencidas de que San Antonio las favorecía,
tomaban por asalto a los solteros recalcitrantes y en un dos por tres
arrastraban con ellos hacia la curia.
San
Antonio quedó consagrado como el casamentero más formal de su tiempo.
Por
cierto que también hicieron ese camino, y antes de un mes la Chayito Espinosa
con el alférez Pacheco y dos semanas más tarde, el Capitán Reinoso con la
viuda; las crónicas no dicen cómo terminaron sus días nuestros protagonistas.
Sólo se sabe que el Padre Vera encontró cierto día, entre las consabidas
peticiones de marido, el versito siguiente:
San
Antañazo
cara de cuerno
así como tu cara
me salió mi yerno.. .
El Padre
Vera leyó el panfleto y contestó por su cogulla:
—
Niñitas, San Antonio no responde por las consecuencias; sólo responde del
resultado.
Pero a
pesar de que las consecuencias pudieron se muy diferentes a los deseos de las
interesadas, las mandas no disminuyeron nunca; parece que las peticionarias
preferían afrontar las consecuencias antes de fracasar en el resultado...
Desde
aquellos lejanos años hasta el presente, que es un siglo descreído, San
Antonio, gracias al Padre Vera, es el santo milagrero de las solteronas, las
cuales, cuando el santo no se afana en cumplir, ya sea porque está escaso de
maridos o porque se trata de un caso difícil, le ponen cabeza abajo y vuelto
hacia la pared en castigo de su poca diligencia y formalidad.
Como
resultado de esa fama, la fiesta de San Antonio se celebró en Santiago en los
siglos coloniales, y hasta “entrada” la República, con misa de tres, procesión,
sermón de campanillas, Te-Deum, fuegos de artificio, luminarias en el
“cerrillo”, saraos y, sobre todo, casorios, pues muchas parejas, agradecidas a
la
benevolencia
del Santo por haberlas sacado de penas, esperaban el día 13 de junio para
embarcarse en la aventura.
¡Ah!, se
me olvidaba: al año siguiente de que el Padre Vera puso de moda a San Antonio
para esto de los casamientos, todos los chiquillos que se bautizaron en
Santiago y que fueron bastantes, recibieron como primero o segundo nombre el
del Glorioso Taumaturgo de Padua.
Desde
entonces abundaron los Antonios, las Antucas, y como “se celebraban” el día del
Santo, resultaba que el 13 de junio era día de jolgorio general en Santiago.
§ 12. El
tropezón de San Francisco
En otra
ocasión he referido la forma cómo establecieron los franciscanos su convento de
la Alameda y los incidentes que precedieron a tal acontecimiento, ocurrido en
los primeros años de la fundación de Santiago; sin embargo, no está fuera de
lugar rememorarlos brevemente, ahora que me propongo contar al lector cómo y
por qué se produjo el hecho de haber quedado el templo de San Francisco frente
a la carretera sur do la Alameda, dejando allí el “tropezón” que ha sido
preocupación do los municipios santiaguinos de todos los tiempos.
Sabe el
lector que en el sitio donde hoy se levanta el templo de que vamos a tratar se
construyó a los tres años más o menos de la fundación de la ciudad, la ermita
votiva de Nuestra Señora del Socorro, en agradecimiento del "socorro' que
trajo del Perú Alonso Monroy a sus desamparados compañeros que estaban muriendo
de hambre, o poco menos, después de la destrucción de la ciudad por las hordas
de Michimalonco. Para el sostenimiento de esta ermita el Conquistador Valdivia
"señaló” un área de tierra, cuyo deslinde norte era el brazo “seco"
del Mapocho — la actual Alameda— y se extendía hacia el sur, entre dos líneas
que son hoy en día las calles de San Diego y de San Francisco.
En esta
ermita fue colocada la pequeña imagen de la Virgen María que acompañaba a Pedro
de Valdivia en el arzón de su montura desde sus campañas de Italia y Flandes, y
su veneración, servicio y cuidado fue encomendado al Gura de Santiago, don
Rodrigo González, quien rezaba misa una vez al mes en la ermita, en
cumplimiento de las estipulaciones acordadas de antemano con el Conquistador.
Cuando
llegaron a Santiago los franciscanos, en 1553, diez años después de la
fundación de esta ermita, el Cabildo les señaló para su convento y para el
hospital que se proponían fundar, el solar perteneciente a Juan Fernández de
Alderete, ubicado en la falda norte del “cerrillo”, en donde existía también
una ermita de devoción a “la señora Santa Lucía”; los frailes, aceptaron la
donación, pero habiéndola encontrado deficiente para sus necesidades, pidieron
al Cabildo que se les diera, en cambio, la ermita de la Alameda con sus tierras
adyacentes, más otro pedazo de terreno que se dedicaría a la construcción y
“sustentamiento” del Hospital. El Cabildo accedió a esta petición sin tomar en
cuenta, o sin recordar que la ermita del Socorro estaba bajo el dominio de la
autoridad eclesiástica, la cual había entregado el pequeño templo “e casas”
adyacentes, al cuidado de los clérigos presbíteros Martín de Caz y Francisco
González.
La
dificultad tenía que producirse; los clérigos protestaron de la donación y los
franciscanos se desentendieron de la protesta; y como los primeros se
resistieran a entregar la ermita, los frailes, que eran cinco, penetraron en
ella violentamente, sacaron a los dos clérigos “a fuerza de brazos” y los
“depositaron” en plena Cañada... Siguióse el correspondiente pleito ante la
Real Audiencia de Lima, y tan bien alegaron los frailes, o tan buenos empeños
se gastaron, que una Real Cédula de Felipe II les vino a confirmar
definitivamente en su posesión, agregándole todavía un buen lote de tierras
para la construcción y mantenimiento del Hospital; de esta manera, los
franciscanos vinieron a quedar en tranquilo goce de un retazo de tierras que se
extendía desde la calle de San Diego hasta la del Carmen, y desde la Cañada
hacia el sur; la Real Cédula establecía que estas tierras “quedaban fuera de la
traza de la ciudad”.
Pasaron
los años, hasta más de veinte y los franciscanos, que hasta entonces habían
vivido reducidos a la ermita, pensaron en edificar un templo que les hiciera
honor, toda vez que los demás templos de la capital — la Matriz, Santo Domingo,
y aun la Merced— habían sido construidos o se estaban construyendo, mediante la
munificencia real o particular, con la “decencia” que correspondía a una ciudad
cabecera de Reino y Gobernación.
Muy poco
costó al Reverendo Guardián de San Francisco, fray Cristóbal de Rabanera,
obtener del vecindario de Santiago los recursos de que había menester para
comenzar los trabajos y así fue como, a principios de 1575, aprovechando los
conocimientos arquitectónicos del lego Francisco de Frejenal, se dio principio
a la obra. Rabanera deseaba poner el pie encima a todos sus congéneres e ideó
una construcción magnificente, aunque fuera costosa, puesta la confianza en su
seráfico patrono y en la generosidad de las generaciones venideras, puesto que
la fábrica del templo no era cosa de diez ni de veinte años.
Ya he
dicho que el deslinde norte de las tierras del convento de San Francisco era la
“Cañada” que, poco a poco, íbase formando en el cauce del brazo seco del
Mapocho, con el relleno de basuras y escombros que los vecinos, por orden del
municipio, arrojaban allí. Para dejar salida a las aguas que se escurrían aún
por ese cauca, habíase “labrado” una acequia al lado sur, o sea, hacia el lado
de la ermita del Socorro, dejando entre la acequia y la muralla, un espacio de
cinco o seis metros, “poco más o menos”.
Siguiendo
la costumbre establecida en las Indias de sepultar a los naturales “moros”, o
sea, a los no bautizados, “al pie de la iglesia”, a fin de no confundir sus
cadáveres con los de la gente “acristianada”, los franciscanos de Mapocho
habían destinado ese espacio a cementerio de naturales, el que, a pesar de
servir a moros, fue considerado sagrado por los conventuales, cuando llegó el
momento de echar los cimientos de la nueva iglesia. No es posible, debió pensar
el Guardián Rabanera, que los huesos de esos pobrecitos indígenas queden
expuestos a la profanación de los transeúntes, cuando, andando el tiempo, se
haga continuo el tránsito por el lado norte del convento.
Y sin
pensarlo más dio orden al lego arquitecto de que trazara la planta del nuevo
templo sobre el antiguo cementerio.
Pero los
planos del lego no podían “caber” dentro del cementerio sin que una de las
esquinas del templo viniese a quedar a cuatro o cinco pies de la acequia, y el
caso era comprometido, pues con ello se estrechaba en tal forma el camino sur
de la “Cañada”, que impedía el tránsito de cualquier carreta, permitiendo
apenas el paso a la gente de a caballo, la que en todo caso debía hacerlo “uno
adelante y el otro en pos”, y con cuidado, para no despernancarse en el cantil.
Pero el
Padre Rabanera no cejó en su propósito, por más que su vecino del frente, don
Francisco de Irarrázabal, le previniera que algunos regidores miraban aquel
avance con malos ojos.
— Hace ya
muchos años que nuestro convento es poseedor “sin contradicción” de este
terreno, contestaba el Guardián, y no creo que el Cabildo trate de disputarnos
ahora nuestro derecho que proviene, ya lo saben ellos, de una Real Cédula.
Además, nuestro convento se encuentra “fuera de la traza de la ciudad” y en
nada perjudica el tránsito della, el que nuestro templo se avance hasta la
acequia.
Esa era
la verdad, al fin y al cabo; la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo estaba
trazada “dentro de los dos brazos del Mapocho”, siendo sus límites oriente y
poniente, el cerro Santa Lucía y la Cañada de Diego García de Cáceres — actual
Avenida Brasil— respectivamente; la edificación, por esos años, sólo alcanzaba
hasta la actual calle de San Martín. Los terrenos del lado sur de la Alameda se
encontraban, pues, “fuera de la ciudad” y tan cierta era esta consideración,
que los gobernadores y aun el Cabildo, habíanlos distribuido entre varios
conquistadores en forma de “chácaras”. Desde lo que es hoy Plaza Italia, hasta
frente a la Avenida Brasil existían, según las investigaciones del señor Thayer
Ojeda, las chácaras de los siguientes propietarios, en el orden que van a
continuación, empezando por el oriente: Mateo Pizarro, Agustín Briceño,
Francisco Gómez Calderón, Hospital San Francisco, María de Niza, Pablo Corral,
Bartolomé de Medina, Gaspar de la Barrera, Francisco Rubio, Cristóbal Lebrija,
María de Mendoza y Ramiriañez de Saravia.
Firme,
pues, en los estribos de su derecho, el Guardián Rabanera echó los cimientos
del nuevo templo franciscano en el sitio que creía de su dominio, sin
contradicción alguna del Cabildo, corporación que asistió de gala a la
solemnísima ceremonia de la colocación de la primera piedra, realizada a fines
del año 1575. Los trabajos marchaban con la lentitud que el lector se puede
imaginar, y en el primer año de faena apenas si se alcanzó a abrir los heridos
de la muralla sur y parte de la “cabecera” destinada al presbiterio; pero al
año siguiente, 1577, junto con echar los cimientos en los heridos abiertos, se
empezaron a cavar los de la muralla norte y los del frontispicio, con lo cual
se vino a ver claro que el ángulo norponiente del templo venía , a caer, precisamente,
al lado de la acequia, tapando la todavía incipiente carretera sur de la
Cañada.
\
El
primero que llevó la noticia al Alcalde, don Agustín de Arébalo y Briceño, fue
don Francisco Gómez Calderón, propietario de la chácara del lado, a quien, más
que a otro, perjudicaba el avance de los frailes, por cuanto tenía que dar un
gran rodeo para sacar los productos de su huerta; pero el Alcalde era “tercero”
franciscano y grande amigo del convento, y se limitó a prometer al reclamante
que hablaría con el Padre Guardián, a fin de llegar a un acuerdo para detener
el perjuicio.
El Padre
Rabanera oyó el reclamo sin alarmarse y contestó al Alcalde lo que ya tenía
pensado, esto es, que al construir su templo en ese sitio estaba haciendo uso
de un derecho que defendería con toda energía; pero como no era su ánimo de
perjudicar a nadie, estaba dispuesto a tratar con el reclamante para ver la
manera de complacerlo. Las conferencias entre ambos contendores no llegaron a
resultado alguno, pues Rabanera, por toda solución, propuso a Gómez que
“desviara la acequia” para que pudieran pasar cómodamente sus carretas “e
indios”, con lo cual, además de darse una comodida personal, “haría un
competente servicio a la ciudad”... Era tomarle el pelo, si al reclamante le
quedaba alguno, porque consta que Gómez en ese tiempo, era viejo y pelón.
Entretanto,
los trabajos de los cimientos continuaban y si se dejaba transcurrir el tiempo
se haría cada día más difícil la solución del problema. Don Francisco Gómez
Calderón lo comprendió así; valiéndose de sus relaciones e influencias de
caracterizado vecino, apersonóse a los regidores del Cabildo y les exigió que
“vieran” el perjuicio y “lo trataran en Cabildo”, en defensa de los derechos de
la ciudad. Aunque algunos se resistieron a hacerlo “por tratarse de una
religión, a quien tanto debe el Reino”, triunfó, sin embargo, el tesonero don
Francisco Gómez Calderón, y obtuvo que en “ayuntamiento” de 2 de agosto se
tomara la resolución, algunos de cuyos párrafos voy a copiar a la letra:
“En este
Cabildo, los señores Justicia y Regimiento acordaron e mandaron que estando
informados que los “fraires” de San Francisco, en el edificio que están
labrando, se van entrando y toman más tierras de las que les están dadas, según
la “traza” de la ciudad, que el presente escribano le hable al Guardián, de
parte de sus mercedes, rogándole por vía de paz, que lo remedie,
apercibiéndose, al mismo tiempo que se derribará todo lo que labrare o
levantare fuera de lo que les está dado, saliendo de la “derecera” de la dicha
traza”, etc.
Cuando el
escribano Alonso Zapata se presentó al Padre Rabanera para notificarle el
“auto”, el fraile díjole “que lo oía” y se negó a firmar; echóse el capuchón y
salió del convento para ponerse al habla con el Obispo, que lo era don Fray
Diego de Medellín, franciscano también, y al cual tenía ya de su parte para el
caso de que se presentara algún tropiezo serio en el incidente que había
provocado don Francisco Gómez.
El Obispo
estaba ya informado de todo, de manera que cuando Rabanera llegó a su
presencia, no le dejó hablar, y díjole:
—
Hermano, algo hay que contestar al Cabildo por el respeto que debemos todos a
la autoridad; váyase, su reverencia, de paz, porque de paz le buscan, y deje
correr las aguas, que de alguna manera las detendremos a su tiempo. Sabe su
paternidad que el Corregidor don Juan de Cuevas es “tercero” de nuestra orden,
como lo es el magnífico señor Alcalde Briceño, y ellos algo habrán de hacer
para que no se estorbe la obra que nuestro convento realiza en honra de Nuestra
Señora del Socorro. Déjeme, su paternidad, este negocio por lo alto, y
preocúpese de llevarlo en paz.
El Padre
Rabanera dominó sus nervios, confiado en el prelado, su hermano en religión, y
para cumplir con todos, “por vía de paz”, contestó al Cabildo en esta forma:
“Ilustres señores, el actual Gobernador y Justicia Mayor del Reino, General
Rodrigo de Quiroga, cuando era Teniente del Gobernador Valdivia, que esté en
gloria, mandó dar a este convento la posesión de la ermita del Socorro con todo
lo edificado, huertas y terrenos, que son fuera de la traza de la ciudad, y en
el espacio que hay entre la dicha iglesia hasta la acequia, hemos enterrado
todo este tiempo, sin contradicción alguna, grande multitud de naturales,
pareciéndonos por dichos respectos, que no teníamos necesidad de pedir a
vuestras mercedes licencia alguna para salir un poco más de lo que sale de la
parte de la dicha acequia, en donde estamos cavando los cimientos para la
iglesia que está principiada. Agora hemos sabido que vuestras mercedes resciben
de ello pesadumbre, y suplicamos a vuestras mercedes, que, por estar dicho
sitio fuera de la traza de la ciudad, en la cañada o égido y por ser una
iglesia para la Madre de Dios, a quien tanto debe este Reino, y por estar
levantada ya una parte de la dicha iglesia, nos deje en tranquila posesión”,
etc.
No hay
constancia de la resolución del Cabildo; pero el hecho de haberse construido
totalmente el templo sin objeción posterior, está indicando que el Obispo
Medellín no estaba equivocado al confiar en lo que harían en beneficio de su
orden, los “terceros” de San Francisco, que tenían en sus manos la autoridad.
Han
transcurrido de esto tres siglos y medio; el templo del Padre Rabanera,
cortando violentamente la carretera sur de la Alameda, ha presenciado los
acontecimientos de casi toda nuestra vida ciudadana y sus murallas de piedra y
argamasa, de dos varas de espesor, han resistido, no solamente los más
violentos terremotos, sino que las invectivas de muchísimos alcaldes que han
pretendido derribarlas con propósitos comprensibles, si se quiere; pero con un
criterio histórico muy discutible.

