Libro N° 10858. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista III. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10858.
Leyendas Y
Episodios Chilenos Crónicas De La
Conquista III. Díaz Meza, Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
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Crónicas De La Conquista III. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista III. Aurelio Díaz Meza
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Aurelio Díaz Meza
Crónicas
De La Conquista III
Aurelio
Díaz Meza
CONTENIDO
§ 1. La ciudad de Concepción del Nuevo Extremo
§ 2. Juan Andrea, el valiente
§ 3. La ciudad y puerto de Valdivia
§ 4. La Imperial, cabeza del reino de Chile
§ 5. Ciudad Rica
§ 6. Los “Catorce de la Fama”
§ 7. La Cuesta de Villagra
§ 8. Despoblación de Penco
§ 9. La Princesa del Huasco
§ 10. La Puente del Maipo
§ 11. Los dos Franciscos
§ 12. Fray Gil González de San Nicolás
§ 13. A suerte loca, lealtad poca
§ 14. Un Franciscano y un Dominico
Crónicas
De La Conquista III
Aurelio
Díaz Meza
§ 1. La
ciudad de Concepción del Nuevo Extremo
Resuelto
a alejarse para siempre de Santiago, para substraerse de la presencia de su
inolvidable Inés Suárez, la abnegada compañera de los diez años más agitados de
su vida aventurera en las Indias —y que ahora era la honrada cónyuge de su
mejor amigo, el capitán Rodrigo de Quiroga—, el conquistador Pedro de Valdivia
precipitó sus órdenes para partir hacia las regiones del sur, a la cabeza de la
numerosa y bien “adherezada” expedición que desde su regreso del Perú, seis
meses antes, había estado preparando para salir a la conquista y pacificación
de aquellas tierras, inexploradas aún, en su mayor parte.
Dos
tentativas había hecho ya para establecer en estos campos la dominación de sus
armas; pero ambas habían sido infructuosas debido a que los naturales habían
opuesto una enérgica resistencia al avance de las tropas castellanas; con la
experiencia adquirida en las dos anteriores campañas, el Conquistador había
triplicado ahora sus elementos y precauciones y abrigaba la confianza de que
esta vez lograría echar allí los cimientos de una ciudad que fuera el centro de
la resistencia a las invectivas de los nativos, como lo eran ya las ciudades de
Santiago y La Serena.
La
desembocadura del Bío-Bío en el mar era el sitio que el Conquistador tenía
elegido para la fundación de la nueva ciudad. Descubierta, desde el mar, por el
Almirante Juan Bautista Pastene, en el viaje de exploración de la costa austral
que efectuara en el mes de septiembre de 1544 —seis años antes— y reconocida
por tierra en las "entradas” que habían hecho las tropas, los años
1545-1546, hasta las márgenes del Bío-Bío, la vasta, fértil y bien poblada
región, con su magnífico puerto, cerrado por la Isla Quinquina, presentaba
todas las ventajas que pudieran exigirse para hacer de ella un núcleo de
resistencia eficaz y un emporio de riqueza.
Lista,
pues, la expedición, y a pesar de que Valdivia no podía aún montar a caballo, a
causa de la “dislocación de un pie y de unas calenturas rebeldes que le habían
seguido”, el Conquistador dio la orden de marcha y en los primeros días de
enero de 1550 salía de Mapocho la columna expedicionaria rumbo al sur, llevando
a su jefe dolorido de alma y cuerpo, “en silla de manos”...
Veinte
días empleó la columna en llegar a la ribera del Bío- Bío, casi al punto de su
conjunción con el Laja; desde aquí siguió hacia la costa, con infinitas
precauciones, porque los naturales ribereños “de éste y del otro lado” iban
siguiendo a los castellanos para impedirles el paso del río, y, por fin, el 23
de febrero llegó Valdivia al valle del Andalién, costero al mar, “al lado de
una laguna de agua dulce” (las Tres Pascualas), en donde tenía pensado levantar
la ciudad del sur. Se dio la orden de acampar allí y de fortificarse para que
la tropa pudiera descansar algunos días, después de las fatigas del largo viaje
de ciento cincuenta leguas, y los jefes comenzaron a buscar el sitio preciso en
donde habría de alzarse la “metrópoli”.
En su
anterior viaje, el Conquistador “había echado vista” ya sobre ese sitio, que
era la playa de Penco, “con puerto e bahía los mejores que hay en las Indias, e
un río grande por un cabo que entra en la mar, de la mejor pesquería del mundo,
de mucha sardina, céfalos, toninas, merluzas, lampreas, lenguados y otros mil
géneros de pescados y por la otra un riachuelo pequeño que corre todo el año,
de muy delgada y clara agua”. En este sitio, pues, reconocido nuevamente,
“ordenó echar la ciudad e hacer una fortificación’’ para que la columna pudiera
parapetarse por si los indígenas, como era probable, quisieran atacarla.
Desde el
siguiente día se puso mano a la obra, vigorosa y resueltamente, y para dar el
ejemplo, el Gobernador “trabajaba por sus propias manos”; ocho días demoró la
construcción del fuerte, que fue “hecho de piedra y adobes y de muy gruesos
árboles hincados e tejidos como setos, y una cava bien ancha y fonda a la
redonda”. Muy a tiempo se terminó la construcción de este fuerte, porque apenas
“se habían metido en él los castellanos y levantaban sus ramadas dentro de él”,
cuando aparecieron por las cumbres de los cerros, por las faldas y aun por el
“plano”, numerosos escuadrones de salvajes, en cantidad que algunos
historiadores y cronistas contemporáneos hacen subir a cincuenta mil.
En una de
sus admirables cartas al Emperador, el Conquistador Valdivia describe de esta
manera aquellos escuadrones enemigos: “Venían bien armados de pescuezos de
carneros e ovejas, y cueros de lobos marinos crudos de infinitos colores, que
era en extremo cosa muy vistosa, y grandes penachos, todos con celadas de
aquellos cueros, a manera de bonetes grandes de clérigos, que no hay hacha ni
arma, por acerada que sea, que haga daño al que le trajese, y con mucha
flechería y lanzas de veinte a veinticinco palmos de largas, y mazas y
garrotes”.
No era
cosa de esperar dentro del fuerte, que aquella masa humana, soberbia y salvaje,
ahogara por su número a los doscientos soldados que estaban encerrados dentro
de los muros, y pronto salió una partida de cincuenta jinetes, al mando de
Pedro de Villagra, “a desbaratarlos a campo raso”; tras de este primer
escuadrón y de sus formidables cargas, salió un segundo, bajo las órdenes de
Jerónimo de Alderete, y, por último, un tercer escuadrón “debajo de la mano”
del propio Pedro de Valdivia, todos los cuales, en irresistible empuje, no
tardaron una hora en arrollar a los asaltantes, los cuales se “desparramaron”,
dejando en el campo más de dos mil muertos y unos cuatrocientos prisioneros.
La
victoria de los castellanos fue definitiva y escarmentadora: los Indígenas
repasaron el Bío-Bío, perseguidos de cerca por los vencedores —quienes
“recogieron muchas cosechas y más de mil ovejas de la tierra (guanacos) para
abastecer el fuerte— y desde entonces ya no volvieron los indios sobre el
fuerte”. Los cuatrocientos prisioneros fueron puestos en libertad; pero antes
“les fueron cortadas las manos derechas e las narices” en castigo y
“escarmiento” de haberse rebelado contra Su Majestad el Emperador, de quien
eran súbditos, según se les había hecho saber “por traslado de escribano” dos
años antes...
Tranquilos
y con esta victoria, los españoles dedicáronse a trazar la planta de la nueva
ciudad, y a demarcar los solares para distribuirlos en seguida; la tarea no
debió ser fácil, pues no anduvo tan rápida como en la ciudad de Santiago. Las
expediciones que Valdivia envió hacia el otro lado del Bío-Bío por tierra y
mar, ausentaron a muchos de los soldados que, probablemente, estaban designados
para formar el vecindario penquista, y se debió esperar su regreso. Sin
embargo, aunque oficialmente” no existía aún la ciudad, todos decían ya “la
Concebición de Chile” o “la Concebición del Nuevo Extremo”, al referirse al
campamento militar de Penco. El propio Pedro de Valdivia, según asegura el
señor Thayer Ojeda, firmaba sus cartas y órdenes al Cabildo de Santiago, y
algunas de sus provisiones, anteponiendo la frase, “fecha en la Concebición del
Nuevo Extremo”, aun desde algunos meses o semanas antes del 5 de octubre de
1550, que fue cuando se realizó la ceremonia de 'la fundación, según veremos
luego.
Entretanto,
si el Conquistador no repartía los solares, o dicho con más propiedad, si aún
no los entregaba materialmente, no por eso dejaba de señalar y distribuir
chácaras y encomiendas que ubicaba, algo arbitrariamente por cierto, en toda la
gran extensión de territorio que había asignado como “término” y jurisdicción
de la nueva ciudad; esta extensión abarcaba desde el río Maule hasta la Punta
de Lavapié, que se avanza sobre el mar al extremo sur de la bahía de Arauco, en
línea recta hacia el oriente. Los primitivos encomenderos de Concepción fueron
sólo cuarenta; el resto de los soldados de la expedición iba a ser ubicado
alrededor de las otras ciudades que el Conquistador tenía proyectado fundar
pronto en la región austral, y que fueron, sucesivamente, Imperial, en 1551;
Valdivia y Ciudad Rica, en 1552; y Los Confines, o Angol, en 1553.
Sería
largo y no tendría mayor objeto dar los nombres de estos 40 primeros
encomenderos de Concepción, que fueron también sus primeros vecinos; basta
saber que en esa lista, pacientemente formada por nuestro inexorable
investigador don Tomás Thayer Ojeda, se encuentran, con los mejores
repartimientos, varios de los más “allegados” de Pedro de Valdivia, quien, en
consonancia con el refrán, se repartió la mejor parte. La encomienda del
Gobernador comprendía los “lebos” de Andalién, Arauco, Talcahuano, Alquepangue,
Millarapue, Tralcamávida, Lavapié, Quedico “y otros”.
En la
lista vense los nombres de Alonso de Aguilera, su emisario ante el Rey; don
Cristóbal de la Cueva; Esteban de Sosa, Pedro Gómez de las Montañas, Vicencio
de Monte, el Licenciado de las Peñas, Diego Díaz, Juan Ruiz de Pliego, Pero
Esteban, Ortun Jiménez de la Vertendona, Gaspar de Vergara, Diego de Oro; y en
el medio de toda esta gente “fijadalgo”, al negro liberto Juan Valiente, quien,
a pesar de su “bajo origen” —era africano y había sido esclavo— parece haber
tenido excepcionales consideraciones de todos: Valiente fue agraciado con la
rica encomienda de Purapel, entre los ríos Ñuble y Maule.
Poco o
nada se sabe de la repartición de solares en la ciudad misma, a causa de que
los libros de actas de los primeros Cabildos fueron destruidos o quedaron
perdidos con la “despoblación” de la ciudad y luego por su ruina total ante las
hordas de Lautaro, ensoberbecidas por sus triunfos de Tucapel y de Marigüeñu, a
principios del año 1554; pero es natural suponer que el vecindario primitivo
fue compuesto por los mismos cuarenta encomenderos de la lista a que he hecho
mención. Se saben, eso sí, los nombres de los vecinos que compusieron los
primeros Cabildos, y el de otras autoridades.
Bastante
avanzado estaba ya el año 1550, cuando el Conquistador Valdivia, en su deseo de
continuar sus conquistas hacia el sur, quiso dejar “terminada” la fundación de
la ciudad, esto es, hecha la ceremonia que era de rigor y nombradas las
autoridades locales. El 5 de octubre, “día de guarda”, señalado para tal
solemnidad, “viendo yo como los caciques desta comarca han ya venido de paz
—dice el acta— e viven con sus indios, poblé en este asiento y fuerte una
ciudad, y nombréla de la Concebición del Nuevo Extremo. Formé Cabildo, justicia
y regimiento e puse árbol de justicia a los cinco días del mes de octubre de
quinientos e cincuenta años, e señalé vecinos e repartí caciques entre ellos; e
ansí viven contentos, bendito Dios”.
El primer
Cabildo de la ciudad de Concepción estuvo compuesto por los vecinos que voy a
nombrar, designando su empleo y categoría. Alcaldes ordinarios: el Licenciado
Antonio de las Peñas y Pero Esteban; regidores “cadañeros”, esto es, por un
año: don Cristóbal de la Cueva, Gaspar de las Casas y Francisco Rodríguez
Fernández de Ontiveros; Alguacil Mayor, Antonio Lozano. Según las ordenanzas
reales, los Cabildos debían renovarse —por elección o reelección— “el último”
de cada año; pero como ese Cabildo estaba, como quien dice, recién nombrado al
terminar el año 1550, el Gobernador Valdivia no varió gran cosa su composición,
limitándose a reemplazar al Alcalde de las Peñas —que iba a formar parte de la
expedición que se alistaba para partir hacia el sur— por el vecino Diego Díaz,
y a nombrar un regidor más, con el carácter de “perpetuo” en la persona de su
amigo y “paniguado” don Antonio Beltrán. Repare el lector que este señor
Beltrán usaba “don”; por entonces, era uno de los pocos que tenían ese
privilegio.
El alto
cargo de Corregidor y Justicia Mayor fue confiado al capitán Diego de Oro, uno
de los más leales amigos de Pedro de Valdivia. Dos meses más tarde salía el
Conquistador hacia el sur, por la costa, a la cabeza de ciento setenta
soldados, con el propósito de avanzar en la conquista y de echar, cuanto antes,
los cimientos de una nueva ciudad —que fue la de Imperial, en las márgenes del
Cautín—, dejando en la “Concebición” a los cuarenta ya indicados vecinos, “bien
apercibidos y fortificados” para defenderla de cualquiera invectiva de los
naturales.
El
progreso de la ciudad fue rápido desde el primer año de su existencia, tanto
porque era la base de las operaciones militares, y por su condición de puerto
marítimo, adonde llegaban, directamente del Perú, los barcos que traían
refuerzos y mercadería, cuanto por la feracidad de sus tierras y los ricos y
numerosos yacimientos de oro que fueron descubiertos en Chiguayante, Quilacoya
y en los ríos y arroyos del valle del Andalién, de los cuales se extrajeron —en
los tres años— más de cuatrocientos mil pesos de oro “de ley perfecta”.
A la
fecha de su destrucción, 1554, la ciudad contaba con más de sesenta casas,
“varias de ellas fuertes”, o sea, de ladrillo, piedra y cal, una iglesia mayor
y dos conventos: franciscanos y mercedarios. El “palacio” donde vivió Pedro de
Valdivia era una construcción de importancia y todo él había sido amueblado y
“tapizado” con elementos traídos de Lima, pues el Gobernador había enviado a
España por su esposa, doña Marina Ortiz de Gaete, y se preparaba para recibirla
dignamente.
En
realidad la ciudad de Concepción, si no era ya, en 1554, más importante que la
de Santiago, iba en rápido camino de serlo.
Alegando
esta importancia adquirida y las expectativas que se tenían para un futuro
cercano, el Rey de España agració a la nueva ciudad con un escudo de armas, por
Real Cédula de 5 de abril de 1552, y lo señaló en esta forma: “Un águila negra
en campo de oro y por orla un sol de oro encima de la dicha águila y a los pies
una luna de plata y a los lados cuatro estrellas de oro y dos ramos de azucenas
de su color en campo azur”.
§ 2. Juan
Andrea, el valiente
Por el
mes de septiembre de 1551, estando el Gobernador Valdivia en la región de
Concepción y recién fundada esta ciudad, arribó a la bahía y puerto de Penco un
navío de propiedad de Hernando de Ibarra, procedente del Perú trayendo
mercaderías y hasta ochenta hombres destinados a incrementar los “ejércitos” de
la conquista de Arauco. Uno de esos soldados era Juan Andrea, denominado de
Nápoles, en distintos documentos, lo que ha dado lugar para que se confunda con
un marinero del mismo nombre, nativo de Nápoles, que llegó a Chile con Alonso
de Monroy, en 1543.
El
soldado Juan Andrea llegado en 1551, era genovés, de treinta años de edad a su
llegada a Concepción; hizo la campaña de la conquista de Arauco a las órdenes
de Valdivia, de Villagra y de don García Hurtado de Mendoza; murió heroicamente
en la derrota de Mareguano; por su extraordinaria fuerza y valor fue apellidado
“el valiente”, y fue inmortalizado por Ercilla, en el Canto XV de “La
Araucana”, por haber vencido en singular combate a Rengo, héroe y general
araucano.
Incorporado
a las huestes de Pedro de Valdivia, Andrea fue destinado a la guarnición de
distintos fuertes de la región rebelada; primeramente estuvo en Quilacoya,
importante asiento de minas, de las cuales sacó Valdivia, en 1552, “bateas
llenas de oro”, según informa el cronista Góngora Marmolejo; a fines de ese año
estuvo en el fuerte de Arauco, a las órdenes del capitán Martín Hernández, en
seguida en Tucapel, con Francisco Briceño “que era caudillo”. La derrota de
Tucapel, o sea, la muerte del Conquistador Valdivia, lo encontró en Concepción,
adonde había sido enviado semanas antes de aquel tremendo desastre, en el que
murieron todos los compañeros del Gobernador.
Evacuada
la ciudad de Concepción a causa del tenaz sitio que le puso Lautaro, todos los
habitantes emigraron a Santiago, donde Francisco de Villagra, sucesor de
Valdivia, organizó junto con el Cabildo la defensa de la capital, amenazada por
el audaz caudillo araucano. Andrea, incorporado en una de las compañías de los
defensores de la ciudad, tomó parte en la batalla de Peteroa contra el ejército
de Lautaro. A pesar de los esfuerzos de las aguerridas tropas castellanas, el
jefe araucano escapó fácilmente mediante una hábil retirada que causó
admiración a los capitanes españoles. En este combate se distinguió el italiano
Andrea en forma tan expectante, que el historiador Alonso Góngora Marmolejo,
contemporáneo de aquellos sucesos, y testigo de muchos de ellos, dejó
estampadas en una de las páginas de sus Historias de Chile, obra
de mérito, tanto por su fidelidad, cuanto porque escribió sobre hechos que
ocurrieron cuando él era soldado de la conquista, las siguientes palabras:
"Allí
fue cosa de ver a un soldado, esclavón de nación, pelear tan bravamente, que al
indio que con su espada alcanzaba lo cortaba de tal manera, que si le daba por
la mitad del cuerpo lo cortaba todo, así al respecto por cualquiera parte; se
llamaba Andrea, valientísimo hombre; de tal manera peleaba, que aunque quebró
su espada, no osaban los indios acercarse a él. Tanto temor le tenían”.
Por su
parte, el cronista don Pedro Mariño de Lobera, también contemporáneo de Andrea,
cita las “hazañas” de este soldado italiano en la batalla de Quiapo, en la cual
dio oportunísimo socorro al Gobernador Hurtado de Mendoza, quien, en uno de
esos arrebatos juveniles que tan continuamente lo dominaban, había entrado al
fuerte indígena “encontrándose gran rato solo en medio de los contrarios
peleando con sólo su espada sin haber hombre a su lado que le ayudase”.
Al verlo
en este aprieto, un grupo de soldados se introdujo como pudo por una abertura
del fuerte, que era de troncos, y con sobrehumanos esfuerzos pudieron penetrar
algunos; “pero un soldado genovés, llamado Andrea, arrojándose a entrar por una
palizada, se quedó encajado entre los palos sin poder ir atrás ni adelante y,
con la rabia de verse en tal agonía, meneaba la espada con tal furia, que
peleaba tal vez mejor que los que andaban muy sueltos, hasta que por fin
llegaron algunos soldados a sacarle de aquel estrecho. Y como estaba tan metido
en coraje de haberse visto en tal aprieto, entró como león desatado a la
fortaleza hasta llegar a ponerse al lado de don García”.
El
prestigio del italiano Andrea entre esos hombres, cada uno de los cuales era un
héroe, debió ser enorme; no se comprende de otra manera que los historiadores,
sus contemporáneos, le dieran lugar tan destacado en las páginas que
escribieron para dejar perpetua recordación de las hazañas con que sembraron
los campos del Arauco indomable. Si a las palabras de los historiadores
citados, agregamos las páginas que dedicó don Alonso de Ercilla al genovés Juan
Andrea, inmortalizándolo en el sin igual combate que el bravo hijo de Italia
sostuvo contra el temerario Rengo, en la batalla de Mataquito, donde sucumbió
Lautaro, llegaremos a la conclusión de que el guerrero genovés, por sus
condiciones físicas, su valentía y su coraje, fue algo así como un personaje de
leyenda.
Relata
Ercilla en el Canto XIV la batalla de Mataquito y el profundo desconcierto que
se produjo en el campo indígena con motivo de la muerte, a traición, del
caudillo Lautaro; pero, pasada la primera y tremenda impresión, los jefes
araucanos consiguen que sus huestes reaccionen y den cara al enemigo. De pronto
oyóse un gran rumor, que iba creciendo, “de espadas, lanzas, grita y vocerío” y
hacia el cual acudía la gente, para saber de qué provenía.
Era un
gallardo mozo que, esgrimiendo
Un fornido cuchillo, discurría
Por medio de las bárbaras espadas
Haciendo en armas cosas extremadas.
Llamábase éste, Andrea, que en grandeza
Y proporción de cuerpo era gigante;
De estirpe humilde; su naturaleza
Era de arriba de Génova, al Levante;
El gran cuchillo esgrime de tal suerte
Que a todos los que alcanza, da la muerte.
Ercilla
deja establecido que Andrea poseía tales fuerzas físicas, que sujetando una
cuerda con los dientes, arrastraba a cuatro personas que tiraban en sentido
contrario; que alzaba una pipa de veinte arrobas de agua, y bebía
tranquilamente de ella y que en una ocasión remontó un río contra la corriente
llevando a remolque una barca. No es raro entonces que en este combate, donde
el fiero Andrea “cercado de los bárbaros venía”.
De un
tiro, a Guaticol, por la cintura
Le divide en dos trozos en la arena;
Y de otro, al desdichado Quilacura,
Limpio el derecho muslo le cercena;
...
A Coica de los hombros arrebata
La cabeza de un tajo; y luego tiende
La espada hacia Maulén, señor de Itata
Y de alto a bajo, de un revés, le hiende.
De
pronto, en medio de esta tremenda batahola, prodúcese una profunda expectación:
He aquí a
Rengo:
Que llega a la sazón por aquel lado.
El
combate entre esos dos gigantes habrá de ser homérico; mídense los dos
campeones, con la mirada, de alto a bajo, fieramente.
Y como
dos mastines, rodeados
De gozques importunos, que en llegando
A verse, con los pelos erizados,
Se van el uno a otro, regañando,
Así los dos guerreros señalados,
Las inhumanas armas levantando,
Se vienen a herir...
Mas el
poeta Ercilla quiere dejar a la posteridad un testimonio amplio e inconcuso de
tan emocionante lucha; quiere inmortalizar este choque homérico de dos razas
que combaten por distintos ideales, singularizándolo dos de sus héroes: Rengo y
el genovés Juan Andrea, y termina la anterior octava, en esta forma:
... Pero
el combate
Quiero que al otro canto se dilate.
En
efecto, el Canto XV está dedicado en toda su primera parte a la descripción de
la heroica y sin igual pelea, a la cual asisten, espantados, españoles y
araucanos. La ficción poética de Ercilla, su imaginación inagotable, se exaltan
hasta el lirismo describiendo este combate que, de haber existido entre Rengo y
Andrea, ha tenido que ser prosaico y horroroso, en medio de la espantosa
carnicería que siguió a la muerte de Lautaro en la batalla de Mataquito. Pero
es indudable el hecho principal que nos ocupa: la fama de que gozaba el
italiano Andrea entre los conquistadores durante la guerra de Arauco, adquirida
por sus hechos, muy señalados han debido de ser, para que en aquellos tiempos
en que el heroísmo y la valentía personal eran cosa vulgar, hubiera podido
llamar la atención hasta el punto de que los historiadores de la época se
vieran obligados a darle un sitio en sus páginas.
El caso
de Juan Andrea está confirmado con mayores pruebas que otros que han logrado
atraer la atención de los historiadores; aparte del testimonio de los cronistas
Mariño de Lobera y Góngora Marmolejo, cuyas palabras he transcrito, existe el
testimonio de Ercilla, si bien no puede satisfacer en cuanto a la exactitud de
los detalles de los hechos, tratándose de un poeta épico, que debía dar vuelo a
su imaginación.
“Por dar
a sus ficciones ornamento”, es la prueba más concluyente que se puede traer de
la existencia y fama del valiente soldado italiano.
Y por si
los testimonios anotados no fueran suficientes, hay otro y lo voy a citar; es
el más breve de todos, pero el más concluyente; es un epitafio y una apoteosis.
Juan
Andrea murió en la batalla de Lincoya, en 1563, en la que perecieron a manos
del general araucano Colocolo, el capitán Pedro de Villagra, hijo del
gobernador y más de cuarenta soldados que habían sido escogidos para dar este
asalto al fuerte indígena de Catirai. En la relación de los muertos en esa
acción de guerra, hecha por Julián de Bastidas para informar al gobernador,
figura el nombre de Andrea en esta forma: “Juan Andrea, el valiente”.
§ 3. la
ciudad y puerto de Valdivia
Resuelto
a continuar fundando nuevas ciudades en la “deleitosa” región austral de Chile,
el Conquistador Pedro de Valdivia dedicó -durante el invierno de 1551— todas
sus actividades a organizar una fuerte expedición, con la que debía salir, de
la recién fundada “Concebición del Nuevo Extremo”, a la exploración y conquista
de las tierras situadas al sur del río Cautén, en cuyas márgenes había
levantado, meses atrás, un fuerte “bastante más fortificado que el de Penco”, y
al cual habíale dado el nombre de Imperial.
Sabía el
Conquistador que poco más al sur del citado río Cautén (Cautín), se encontraba
el “anchuroso río y buen puerto”, descubiertos ocho años antes por su teniente
de capitán en la mar, Juan Bautista Pastene, quien, para honrar al
Conquistador, les había dado el nombre de Valdivia. La desembocadura de ese río
y puerto estaba situada “a los 39 grados y dos tercios, en donde a la boca del
está un gran pueblo que se llama Ainil y el río se llama Ainilebo, y hay una
isla que vimos a la boca del río de nombre Collicu, donde tiene su casa y
guaca, que es su adoratorio, el cacique y gran señor llamado Leochengo”.
El
descubrimiento de este río y puerto y su toma de posesión por Pastene, se
realizó el lunes 22 de septiembre de 1544. Data, pues, de ese año, la
designación con el nombre de “Valdivia”, del puerto, río y región que
actualmente lo tiene.
A
principios del mes de octubre de 1551 y aprovechando la cesación de las lluvias
con la entrada de la primavera, salió de Concepción el Conquistador, a la
cabeza de ciento cincuenta soldados, por la costa. A su paso hacia el fuerte de
Imperial, fundó a poca distancia de la bahía de Arauco un fuerte con este
nombre, y en seguida continuó su viaje; se detuvo en Imperial ocho o diez días
para dar solución a diversos asuntos administrativos, y luego partió en demanda
de la provincia de Guadalafquén, denominación indígena de la provincia o región
de Valdivia.
Antes de
partir hacia los territorios desconocidos, la tropa y su jefe recibieron la
bendición de manos del vicario Rodrigo González Marmolejo, cura de Santiago y
futuro primer obispo de Chile, que acompañaba a la expedición.
En los
primeros días de noviembre se encontraba a la ribera norte del río Toltén, en
cuya orilla opuesta divisaron un ejército de indios que se proponían impedirles
el paso; Valdivia no dio importancia a la amenaza y mandó construir varias
balsas “de carrizo” en las cuales cruzaron el río, llevando sus caballos a nado
y de tiro. En efecto, a los primeros disparos de los arcabuces, los indios
abandonaron la ribera y se internaron, huyendo despavoridos.
La
expedición siguió por la ribera sur del Toltén, aguas arriba y en dos o tres
días de marcha, sin mayores tropiezos, llegó a las orillas del Lago
Mallohuefquén (Villarrica), y sin detenerse continuó hasta Pucón, orillando sus
riberas.
Los
indígenas de esta región se manifestaron pacíficos, y no tardaron en entrar en
relaciones con el Conquistador; le informaron de que, no lejos de allí, en
plena cordillera nevada, existían ciertas minas de metal blanco de las cuales
le trajeron muchas muestras, comprobando el Conquistador que las minas eran “de
plata de muy grande ley”; pero no quedó conforme el Jefe de la expedición con
los informes de los indios y mandó a su teniente y viejo amigo Jerónimo de
Alderete, a visitar las minas en compañía de tres mineros y de cuarenta
soldados. Las noticias de Alderete fueron concluyentes: las minas existían, y
“eran ricas”. Valdivia no titubeó en resolverse a fundar allí una nueva ciudad,
a la que dio, desde luego, el nombre de Rica; pero antes debía terminar el
cometido que lo había llevado a esa expedición, que era el de encontrar el
puerto y “anchuroso río” denominado ya “Valdivia”, ocho años antes, y fundar
allí la ciudad que, según él, habría de ser la metrópoli austral.
Se
retiró, pues, de las orillas del lago Mallohuefquén, y emprendió la marcha
hacia el suroeste; a fines de noviembre, o principios de diciembre, acampaba en
el valle de Mariquina. A medida que recorrían la región, los españoles sentían
aumentar su contento y satisfacción, no hallando palabras precisas para
ponderar la belleza de sus campos y la fertilidad de la tierra; estas opiniones
están claramente manifestadas en las cartas que Valdivia y el Cabildo de la
ciudad escribieron al Rey, a raíz de la fundación de esa nueva población.
Pero la
alegría del Conquistador no tuvo límites, cuando recibió, estando acampado en
la Mariquina, la noticia de que su teniente Francisco de Villagra había llegado
a Santiago con un nuevo refuerzo de tropas —doscientos hombres— procedentes del
Perú y del Tucumán, con las cuales podía dar por asegurado el “sustentamiento”
de las nuevas ciudades que se proponía fundar. Dio orden, en consecuencia, de
que las nuevas tropas se le reunieran en las riberas del Calle-Calle, y él se
puso en marcha, sin perder más tiempo, en demanda del citado río; para esto
siguió el curso del río Maimilli —el Cruces— sin sospechar que este río era
afluente del primero.
Una o dos
leguas antes de la unión de los dos ríos, el Conquistador se vio obligado a
detener su marcha y a' guarecerse de las lluvias torrenciales que cayeron, a
pesar de encontrarse en pleno verano, fines de diciembre. Allí construyó
“algunos aposentos de paja y ramadas”, y esperó, pacientemente, a que el tiempo
lo dejara continuar su ruta. Hacía tres días que se encontraban allí, cuando
una noche, inesperadamente, cayeron sobre la expedición varios escuadrones de
indígenas “armados de cachiporras y de largos colihues”, y con tal ferocidad y
resolución atacaron, que hubo momentos —los primeros— en que los españoles “nos
consideramos perdidos irremisos”; pero antes de un cuarto de hora Ja faz de la
batalla fue bien diferente: los indios fueron arrojados hacia los ríos
Calle-Calle y Cruces, “y se despeñaron con muerte de muchos de ellos”.
El ataque
tan sorpresivo puso en cuidado al Conquistador, y creyó prudente, antes de
seguir adelante, enviar exploraciones en avanzada, siquiera para conocer el
terreno. El designado para esta importantísima empresa fue Alderete, quien
salió dos días después hacia el Calle-Calle, con orden de seguir sus aguas
hasta el mar, para encontrar el puerto de Pastene; pero al llegar esta avanzada
a la confluencia de los ríos, se vio detenida por una junta numerosísima de
indios que se extendía por las riberas opuestas y en actitud francamente
belicosa. Desde la ribera norte, de donde presenciaba las amenazas de los
naturales, Alderete divisó “un hermosísimo valle, no lejos del puerto”; era un
sitio inmejorable para fundar una ciudad, y volvió inmediatamente a dar cuenta
a su jefe del resultado de la exploración.
Valdivia
dio la orden de marcha y en la tarde de ese mismo día —4 de enero de 1552— toda
la columna se encontraba al lado norte del río Calle-Calle, en su confluencia
con el Cruces. Se pernoctó allí para emprender, al día siguiente, de madrugada,
la travesía del río, y ganar el hermosísimo valle donde iba a quedar fundada la
ciudad.
El
Conquistador hizo construir nuevas balsas de carrizo y levando de la brida sus
caballos a nado, desembarcó en la orilla opuesta el 5 de enero. La tranquilidad
de las aguas favoreció su empresa, pero tuvo un serio contratiempo: se ahogó un
soldado, y el vicario González Marmolejo estuvo a punto de correr igual suerte:
“sacaron al obispo, que ahora es, medio ahogado”, dice el soldado Diego Jiménez
de Carmona, en una declaración que prestó catorce años más tarde.
Elegido
el sitio preciso en que debía levantarse la nueva ciudad, el Conquistador
empezó los preparativos para la construcción del fuerte, a cuyo amparo iba a
quedar; pero antes mandó una partida de siete soldados exploradores, al mando
de Pedro Olmos de Aguilera, en dos canoas, para que llegasen hasta el mar; los
soldados estuvieron de vuelta en tres días, trayendo dos indios de guerra que
tomaron en el puerto, llamado Cuyamo por los naturales, y la noticia de haber
encontrado un puerto tan bueno, “que no había mejor en el mundo”. Era el mismo
“puerto y río anchuroso” descubierto por Pastene en 1544.
Los
trabajos del fuerte continuaban sin descanso, para dejarlo, si no terminado,
siquiera muy avanzado, cuando el Conquistador se retirase de allí. Aún faltaba
techar los cuarteles, cuando a principios de febrero quiso Pedro de Valdivia
proceder a la ceremonia de la fundación de la ciudad de su nombre, confirmando
así el que le había dado Pastene.
No se
tiene la fecha precisa; pero es incuestionable que en los primeros cinco días
de febrero de 1552 fue levantado el árbol de la justicia, en medio de la “plaza
de armas” del fortín cuya ubicación primitiva fue en el sitio que queda al
poniente de la actual plaza principal de Valdivia.
El mismo
día en que fue alzada la horca y plantado el “rollo”, que era un tronco donde
se amarraba a los delincuentes para aplicarles la pena de azotes, creó el
Conquistador el poder municipal, con la designación de la “justicia y
regimiento”, en las personas de los alcaldes y regidores.
Los
primeros que desempeñaron las funciones de Alcaldes en Valdivia, fueron
Francisco de Godoy y Diego Nieto de Gaete, hermano de la mujer de Pedro de
Valdivia, doña Marina Ortiz de Gaete. Este soldado había llegado a Chile el año
anterior, precediendo a su hermana, que habría de llegar, también, dos años más
tarde, a desempeñar su papel de Gobernadora. Ya sabemos que doña Marina llegó a
Concepción cuando ya Pedro de Valdivia había muerto en el desastre de Tucapel.
Los
regidores designados en la misma fecha fueron Cristóbal Ramírez, Pedro de
Pantoja, Pedro Guajardo, Lope de Encinas y Hernando de Alarcón; el primer
escribano del Cabildo y de la nueva ciudad fue Juan Fernández de Almendras. El
clérigo presbítero Luis Bonifacio recibió el nombramiento de primer cura de
almas. Este clérigo tenía la dignidad de canónigo-chantre de la Catedral de
Méjico; pero no había podido desempeñar su oficio en aquella ciudad por
desavenencias con el obispo. Obligado a emigrar, lo había hecho al virreinato
del Perú; pero como tampoco hubiera encontrado “acomodo” allí, se vino a Chile
en la expedición de Villagra; al tiempo de su nombramiento de cura de la ciudad
de Valdivia, el clérigo Bonifacio venía llegando a incorporarse a la columna
del Conquistador, adelantándose un poco al refuerzo de Villagra, que llegó a
las orillas del Calle-Calle dos o tres días después de realizada la fundación
de la ciudad.
Con este
refuerzo, llegado tan oportunamente, la ciudad de Valdivia fue dotada, sin
tardanza, con setenta vecinos; habría sido imprudente que el Conquistador
desmembrara su primitiva columna con esta cantidad de gente que representaba la
mitad de sus fuerzas; pero ya con el refuerzo de Villagra —ciento veinte
hombres— la cosa era distinta, y la nueva ciudad podía quedar tranquila con esa
guarnición y vecindario.
Los
primeros encomenderos de la ciudad, designados dos días antes de que el
Conquistador emprendiera su marcha de regreso, fueron Pedro de Buitrago, cuya
descendencia figuraba en Valdivia hasta el año 1600, fecha de su destrucción;
Pero Albín, Juan de Lastres, Diego Báez de Mérida, piloto que había perdido su
nave en la barra del río Maule Juan de Alvarado, cuya agitada y heroica vida
posterior le conquistó merecida fama en la guerra de Arauco; Jerónimo Díaz del
Campo y Carrasco, que llegó a ser Procurador y Alcalde de la ciudad y vecino
conspicuo, de larga descendencia en Valdivia, Osorno y Concepción, donde al fin
se radicó la familia después de la destrucción de las ciudades del sur;
Jerónimo Núñez, que llegó a Valdivia en la expedición de Villagra, trayendo
consigo a su mujer y a su hijo de pecho. Este niño, Jerónimo Ordóñez y Núñez,
pereció veinte años más tarde, defendiendo el fortín de Purén; el Bachiller
Gonzalo de Bazán, soldado, cirujano y boticario, desempeñó este oficio en el
hospital de aquella ciudad hasta el año 1580, en que “falleció desta vida”; y
Pedro de Soto o Sotomayor, que fue un aventurero que no tuvo paradero fijo
durante toda su vida. Fue vecino encomendero y se encontró en la fundación de
Concepción, Imperial, Valdivia, Villarrica, Osorno y Castro y aun en la
repoblación o segunda fundación de La Serena, en 1549. No he podido saber en
dónde murió, por fin, este judío errante; sólo sé que dio poder en Santiago,
para testar a su mujer, doña Bernardina de Torres y a su sobrino Juan Ramírez
Portocarrero, en 1591.
Por
cierto también figuran como encomenderos, y en primer lugar, los alcaldes y
regidores del Cabildo; pero, en honor de la verdad, no he encontrado en la
mayoría de ellos, mayores arraigos en la ciudad.
Antes de
regresar a Concepción para pasar el invierno, el Conquistador quiso explorar un
poco más al sur, y dispuso la marcha; pero antes debía disponer una empresa que
le había preocupado bastante un mes atrás, y que ahora estaba en condiciones de
realizarla, puesto que había recibido buen refuerzo de tropas; ella era la
fundación de la ciudad Rica, a la orilla del Lago
Mallohuefquén, en donde, recordará el lector, había encontrado las riquísimas
minas de plata, denunciadas por los indios. Pero esto lo contaré otro día.
Por ahora
sólo avanzaré que encomendó esta empresa a su leal amigo Jerónimo de Alderete,
quien partió hacia el Lago con cuarenta soldados, diez de ellos mineros.
Antes de
separarse Valdivia de esa tropa y de la ciudad que acababa de fundar y de
“poblar”, firmó el nombramiento del funcionario que debía ser su representante
en Valdivia, y al cual entregó el sumo de la autoridad, para que “mantuviera en
paz al vecindario”. Este funcionario fue el licenciado Julián Gutiérrez de
Altamirano, a quien invistió solemnemente con el cargo de Teniente de
Gobernador y Justicia Mayor.
Valdivia
partió al día siguiente, al sur, con ciento ochenta soldados, y llegó hasta el
río Huenu, por cuya ribera norte siguió hasta su nacimiento, el lago Ranco, en
donde encontró ricas arenas auríferas que le hicieron pensar en la fundación de
una nueva ciudad: Santa Marina de Gaete, el nombre de su mujer.
A
mediados de marzo, el Conquistador estaba de vuelta en Concepción.
§ 4. La
Imperial, cabeza del reino de Chile
He dicho
en otras ocasiones que Pedro de Valdivia, después del matrimonio de su abnegada
compañera Inés Suárez con Rodrigo de Quiroga, tenía resuelto alejarse
definitivamente de Santiago en donde vivía esa mujer, que le recordaba los diez
años más intensos de su vida; su partida a 'la región del sur, al frente de una
expedición numerosa y equipada con generosidad, llevando consigo a sus amigos
más apreciados; las medidas del gobierno que tomó antes de partir, para dejar
entregado el súmmum de la autoridad en manos del Cabildo de Santiago, y por
último, el testamento que escribió de su puño y letra, disponiendo lo que debía
hacerse en el caso de “pasar desta vida”, confirman de una manera fehaciente
que el propósito del Conquistador era no volver a Mapocho.
La
creencia general de sus soldados debía ser la misma, pues los documentos de la
época manifiestan, aunque no lo expresan determinadamente, que todos ellos iban
también resueltos a avecindarse en las ciudades que se fundarían en aquella
inexplorada región, a la que se sabía intensamente poblada de naturales, y se
suponía cuajada de oro fundada ya la ciudad de “la Concebición”, o Penco, y
repartidas las tierras de los alrededores y los solares de la ciudad, entre
sólo cuarenta expedicionarios, que fueron los primeros vecinos, el resto de la
expedición atravesó el Bío-Bío y siguió hacia el sur, por la costa, en demanda
del sitio en donde habría de fundarse la cuarta ciudad del Reino, el cual ya
había sido escogido por el capitán Jerónimo Alderete en el primer viaje de
reconocimiento que por orden del Conquistador había practicado, casi a raíz de
haber llegado la columna expedicionaria a las playas de Penco, a principios del
año 1550.
Con 120
jinetes y 50 infantes, salió, pues, el Conquistador Valdivia hacia el río
Cautín, atravesando confiadamente las cordilleras y serranías de Marigüeñu,
Laraquete, Curanilahue, Tucapel y, por fin, llegó al río Cuyinhue —al cual
denominó Río de las Damas, por haber sorprendido bañándose en sus tranquilas
aguas a un numeroso grupo de mujeres araucanas, cuando el Conquistador, desde
lo alto de una colina ribereña, contemplaba, alborozado, el bellísimo
panorama—, siguió su curso “por la deleitosa orilla”, y antes de cuatro horas
de camino, encontróse en la confluencia de este río con el caudaloso Cautín.
Había llegado a ese sitio, a mediados de febrero de 1551.
Después
de un muy corto descanso, pues las jornadas desde Concepción al sur habían sido
tranquilas, el Conquistador emprendió el reconocimiento más detenido de la
región; indudablemente, el sitio señalado por Alderete en su anterior viaje,
para echar los cimientos a la ciudad, era espléndido y el Conquistador no
encontró reparo que hacerle; inmediatamente dispuso que se construyera el
consabido fuerte que debía servir de guarnición a la tropa que habría de quedar
allí para sustentar la conquista; trabajando toda la tropa, los ciento setenta
hombres, el nuevo fuerte, “harto mejor que el de Penco”, quedó listo, si no
terminado, antes de quince días. Sea porque aun no era posible echar los
cimientos mismos de la ciudad, esto es, la delineación de sus calles y la
repartición de solares y “encomiendas’’, sea porque la estación invernal
avanzaba, o, sencillamente sea porque Pedro de Valdivia quería estar cuanto
antes en Concepción para recibir dos barcos que debían llegar esos días del
Perú, trayendo “soldados, ferramenta e vitualla”, el hecho es que el
Conquistador volvió a regresar prontamente a Penco, dejando en el nuevo fuerte
ciento cincuenta soldados, al mando del capitán Pedro de Villagra, a quien
designó jefe de la guarnición.
Antes de
partir, sin embargo, declaró que “el nuevo fuerte y ciudad se llama La
Imperial”...
¿Por qué
denominó Valdivia, con este pomposo nombre, a la nueva fundación?
El
cronista Mariño de Lobera, que se encontró en esa expedición afirma en su
“Crónica del Reyno de Chile”, que el Conquistador “acordó edificar allí una
ciudad que fuera la cabeza del Reino, con el cual intento le dio por nombre la
ciudad Imperial, desde que puso en ella la primera piedra del fuerte”. Esta
concluyente afirmación del cronista no está, sin embargo, en contradicción con
esta otra explicación de ese nombre, que dan los historiadores coloniales
Góngora Marmolejo y Miguel de Olivares y otros, explicación que ha sido más
afortunada que la de Mariño, aunque, según me parece a mí, es menos razonable.
Dice
Góngora Marmolejo que “se le puso nombre Imperial, porque en las casas que los
indios tenían, había en unos palos grandes que subían desde el
suelo encima a lo alto de las casas, una braza y más, en el remate
mismo de cada uno de estos maderos, una águila con dos cabezas” ...
Por su
parte, el Cabildo de la ciudad de Valdivia, afirmaba en una de sus cartas al
Rey, lo siguiente, un año más tarde de la fundación de la Imperial:
“Púsosele
este nombre —dice el citado Cabildo— porque en aquella provincia, en la mayor
parte de las casas de los naturales, se hallaron, de madera, hechas águilas
con dos cabezas”. Esta información “oficial”, adquiere mayor
importancia, en cuanto a verosimilitud del aserto, conociendo los personajes
que lo componían aquel año; ellos son: el licenciado Julián Gutiérrez de
Altamirano, el segundo “letrado” o abogado que vino a Chile. Este personaje
había ocupado en el Perú el alto cargo de maestre de campo del Virrey Núñez
Vela; no era, pues, una persona de poco más o menos. El capitán Francisco de
Godoy, alcalde ordinario de Valdivia, que más tarde lo fue de Santiago; Alonso
Benítez, “fidalgo notorio”, que después fue corregidor de Valdivia. Creo inútil
seguir nombrando y calificando a los demás y con la muestra basta para que el
lector aprecie si estas personas pueden confundir la figura de un águila con
dos cabezas, con cualquiera otra cosa.
El propio
Mariño de Lobera, cuya opinión sobre el origen del nombre de Imperial cité más
arriba, confirma lo de las águilas, con estas palabras, que no pueden ser más
concluyentes:
“Tienen
las casas destos indios —dice Mariño— ciertos remates sobre lo más alto, a la
manera que están las chimeneas galanas en España. Estos remates son unas
águilas de madera, de un cuerpo cada una, con dos cabezas, como las que traía
el Emperador Carlos V en sus escudos. Son estas águilas hechas tan exactamente,
que no parece habrá pintor que las dibuje con más perfección ni escultor que
acierte a entallarlas al más vivo; y preguntados los indios si habían visto en
su tierra algunas aves de aquella figura para sacarles tales retratos,
respondieron que no, ni sabían el origen dellas, por ser cosa antiquísima, de
que no tenían tradición, mas de que así las hallaron sus padres y sus abuelos”
Disimulada
la exageración del cronista, sobre las aptitudes artísticas de los araucanos
—que fue un pueblo que no tuvo ninguna— el lector podrá apreciar la unanimidad
en la afirmación de un hecho que tuvo que ser conocido y comprobado por todos
los contemporáneos, el cual hecho sirvió, además, de base, a la corte de
Madrid, años más tarde, para acordar la forma del escudo de armas que le
concedió a la citada ciudad Imperial, lo cual viene a ser la confirmación o
consagración de todos estos asertos, que debieron ser, también, de conocimiento
general.
La
descripción de ese escudo, otorgado a la ciudad por Real Cédula de 18 de marzo
de 1554, esto es, tres años después de su fundación, es la siguiente, y ella
consta en la citada Real Cédula, que se encuentra íntegra en el “Nobiliario de
Conquistadores de Indias”, junto con el dibujo del escudo.
“La
ciudad Imperial —dice la Real Cédula citada— habrá un escudo que haya en él un
águila negra con dos cabezas, en campo de oro, y por orla del dicho escudo
cuatro castillos de oro en campo rojo, y cuatro cruces de Jerusalén coloradas
en campo de plata, y sobre el escudo un yelmo cerrado con follajes y
dependencias de oro y colorado, y sobre el dicho yelmo, por divisa, un águila
negra de medio cuerpo arriba”.
Sin
embargo, de todas estas descripciones y asertos, yo creo que debemos deducir
las proporciones del hecho, a la siguiente explicación que da Barros Arana,
sobre el origen “de las águilas de dos cabezas” encontradas por los
conquistadores en la región de Cautín: “Parece que lo que dio lugar a esta
ilusión de ¡los expedicionarios —dice— fue el hecho siguiente: en los techos de
las chozas de los indios dejaban salientes las puntas de las varas sobre las
cuales se amarraba la paja que las cubría. Esas puntas se juntaban sobre los
techos en forma de cruz y en ellas los indios, inducidos por una de sus
numerosas supersticiones, ensartaban las cabezas de ciertas aves para alejar
males y hechizos al hogar. Los españoles creyeron ver en esta costumbre las
águilas de dos cabezas de las armas imperiales de Carlos V”.
Pasados
los meses del invierno del año 1551, el Conquistador Valdivia preparó, en
Concepción, una nueva columna de tropas, con la que se proponía avanzar más al
sur del Cautín, o más exactamente, hasta el hermoso río que había descubierto
siete años antes el capitán Bautista Pastene en su viaje de exploración
marítima de las costas australes. A ese río, que los naturales llamaban Ainil,
el marino genovés habíale puesto el nombre de Valdivia, y el Conquistador
quería fundar allí una nueva ciudad de su nombre.
A
mediados de octubre salió, pues, hacia el sur, por el mismo camino de
principios de ese año, llegó a la Imperial, descansó allí ocho días, resolvió
algunos asuntos administrativos y continuó su marcha, prometiendo a los
imperialeños que regresaría luego para echar las bases de la ciudad, constituir
el Cabildo y repartir los solares y “encomiendas”. Efectivamente, después de
recorrer detenidamente la región del valle de la Marquina (Mariquina), atravesó
el río Ainil, eligió el sitio para la ciudad de Valdivia, la fundó el 5 de
enero de 1552 —según lo contaré a su tiempo—, continuó viaje más al sur, hasta
las márgenes del río Bueno, siguió el curso de este río hacia su nacimiento, y
recorrió una gran extensión de las orillas del lago Raneo, regresando luego
hacia el norte, para llegar a la Imperial el 13 ó 14 de abril.
Sin
pérdida de tiempo, el Conquistador procedió a efectuar la ceremonia de la
fundación de la ciudad, para lo cual todo se encontraba dispuesto ya; la
delineación de las calles estaba hecha y ese trabajo se debería, tal vez, a
Rodrigo de Hoces, soldado que había efectuado en el Perú la “medición” de
algunas poblaciones y que había llegado a Chile recientemente, en la expedición
de Villagra. Conoce el lector las ceremonias que se efectuaban en tales actos y
aunque de la que se realizó en la Imperial no han quedado detalles, puede
suponerse que no difería de las que se hicieron en otras fundaciones.
Los
vecinos de la Imperial fueron más de ochenta y en la lista formada con la
paciencia y prolijidad que acostumbra el severo investigador chileno, don Tomás
Thayer Ojeda, podemos leer los nombres de Valdivia, Villagra, Pedro y Francisco
Alderete, Avendaño y Velasco, Olmos de Aguilera, Morán de la Cerda, Maldonado,
Castañeda, Orense, Pedro Esteban de Manzano, Fernández de Córdoba, Alonso de
Aguilera y muchos más, que fueron conceptuados como los principales personajes
de la conquista y que tuvieron destacada figuración.
El primer
corregidor, Justicia Mayor y Teniente de Gobernador de Imperial fue el capitán
Pedro de Villagra, que había sustentado esa conquista desde que se construyó el
fuerte; el primer Cabildo, nombrado el mismo día de la ceremonia de la
fundación, quedó compuesto de esta manera: alcaldes ordinarios, Francisco de
Villagra y Gaspar Orense; regidores, Leonardo Cortés, Julián de Sámano,
Gregorio de Castañeda y Juan de Vera; alguacil mayor, don Miguel Avendaño y
Velasco; escribano, Juan de Alor. El primer cura de Imperial fue el clérigo
Diego Jaimes.
En el
trazado primitivo de la ciudad, se consultó además de los solares “de derecho”
para la Gobernación, Cabildo e Iglesia Mayor, un solar para hospital y otro
para el convento de los mercedarios; consta que se encontró en esa fundación el
padre de esa orden, fray Antonio Rendón.
Una
semana más tarde, el Conquistador Valdivia anunciaba su regreso a Concepción,
donde se proponía invernar y efectivamente salía hacia el Bío-Bío el día 8 de
mayo y entraba allí el día 15, para preparar nuevas expediciones que deberían
salir la primavera siguiente, a fundar nuevas ciudades.
§ 5.
Ciudad rica
Cuando
Pedro de Valdivia se dirigía desde Imperial hacia el río Calle-Calle, para
explorar sus riberas, sus valles y el hermoso puerto descubierto por Pastene
ocho años antes, con el propósito de fundar por allí una nueva ciudad que fuera
la metrópoli austral de su Gobernación, llegó al río Toltén, y lo cruzó en
“balsas de carrizo”, con sus caballos a nado, sin dar mayor importancia a las
bravatas de los indios que se habían juntado a la orilla opuesta en son de
resistencia. Una vez al otro lado, continuó hacia el oriente siguiendo el curso
del río aguas arriba, y llegó, después de cinco días de marcha, hasta un
hermosísimo lago que los indígenas llamaban Mallohuefquén. Esta laguna era el
nacimiento del río Toltén.
Corría el
mes de diciembre de 1551.
Encantado
el Conquistador con la hermosura de la región, dispuso, después de haber dejado
en descanso su tropa durante dos días, que se continuara la marcha siempre
hacia el oriente, bordeando el lago, y así llegó, sin dificultades, hasta
Pocón, (Pucón) pueblo de indios situado al pie de la cordillera Andina. Tanto
los indígenas que había encontrado en su trayecto pollas riberas, como los del
poblado de Pocón, se mostraron no sólo pacíficos, sino amistosos y accesibles;
no le costó nada, en consecuencia, entrar en relaciones cordiales con ellos,
mediante algunas dádivas insignificantes, y ser informado de algo que llenó de
contento al Conquistador y a su gente: por las cercanías y principalmente en
ciertas faldas de la cordillera, existían minas de oro y plata en cantidad o
proporción fabulosa, al creerles a los indios.
Mentirosos
eran estos diablos, pero en este caso no sería tan total la mentira; no costaba
nada cerciorarse, por lo demás, y la ocasión era propicia, pues los mismos
indios se ofrecieron para traer muestras del metal blanco que, según ellos,
estaba a flor de tierra. Cuanto al oro, un superficial examen de las arenas
orilleras del lago, de los arroyos que se vaciaban en él, y aun de las arenas
del río Toltén, demostró que efectivamente abundaba en ellas el metal rubio.
Las
exploraciones o incipientes cateos que hicieron, en compañía de los
indios-guías, los soldados mineros Almonacid, Coronas y Rodrigo Alonso,
resguardados por una veintena de jinetes y arcabuceros, confirmaron plenamente
la existencia de esas minas de plata en la cordillera, “y ellas
se mostraron tan ricas, que truxeron (trajeron) buena muestra de la plata que
en ellas había”, según afirma Pedro Olmos de Aguilera, que fue uno de los
exploradores.
Pedro de
Valdivia hubiera ordenado que inmediatamente se fundara por allí una ciudad —el
Conquistador estaba atacado de la fiebre de fundar ciudades— si el objeto de la
actual expedición no fuera el de alcanzar hasta el río Calle-Calle, para fundar
otra ciudad y puerto; pero refrenó sus impulsos del momento, y dio orden de
marchar hacia el sur. Por cierto que dejó cerca de Pocón las convenientes
señalizaciones para que los expedicionarios que vinieran después no se
desorientaran en cuanto a sus deseos.
Orillando
la base del volcán Mallohuefquén, vecino a Pocón y la hermosa y extensa laguna
de Panguipulli, cayó al valle llamado de la Mariquina, en donde asentó su campo
para emprender, descansadamente, la última etapa hacia el Calle-Calle. Los
hechos que acontecieron durante los meses de enero y febrero de 1552,
pertenecen a la fundación de la ciudad de Valdivia que tratamos en otra parte.
Concluidos los actos administrativos inherentes a la fundación de esta ciudad,
el Conquistador envió a su teniente y amigo Jerónimo de Alderete a echar la
planta del fuerte que había ideado levantar a las orillas del lago
Mallohuefquén para que sirviera de defensa al “asiento” de sus ricas minas de
plata y de sus no menos ricos lavaderos de oro.
Con
setenta soldados, salió de Valdivia el capitán Jerónimo de Alderete en la
segunda quincena de marzo, para dar cima al proyecto, mientras el Conquistador
continuaba su exploración hacia el sur, hasta ser detenido por el caudaloso río
Huenu, (ahora llamado río Bueno); que no pudo o no quiso cruzar, contentándose
con seguir aguas arriba hasta el lago Raneo, que es su origen. También las
arenas auríferas de este lago despertaron la codicia del Conquistador y de su
gente y de ella nació la idea de fundar por allí otra ciudad, a la cual dio,
desde luego, el nombre de su mujer, doña Marina Gaete, que pronto habría de
llegar a Chile. Esta ciudad no alcanzó a ser fundada por Valdivia; fue su
sucesor, don García de Mendoza, el que la fundó años más tarde, con el nombre
de Osorno, en honor del condado de su abuelo materno, el gentilhombre Manríquez
de Lara.
Alderete
atravesó sin mayores inconvenientes el valle de la Mariquina, y enderezó hacia
la región de los lagos, rumbo al oriente; pero este viaje no fue tan tranquilo
como el anterior; los indios “andaban alborotados”, y al orillar el lago
Panguipulli “se desvergonzaron” tanto, que el capitán se vio obligado a
presentarse “en línea” para desbaratarlos y destruir un “pucará” que habían
hecho de gruesos troncos en un paso del río Iñaque.
Mientras
más avanzaba hacia el lago Mallohuefquén, más resistencia encontraba la
expedición; era indudable que los naturales de toda esa región habían sido
soliviantados durante el tiempo que el Conquistador estuvo ocupado en la
fundación de Ja ciudad de Valdivia. Cuando Alderete llegó a Pocón, fue detenido
por varios escuadrones de indios, los cuales lo obligaron a presentar una gran
batalla, felizmente sin mayores consecuencias para los españoles.
El estado
de la región —tan distinto de como la habían encontrado la primera vez—
aconsejó a Alderete no fundar la proyectada ciudad de Pocón, según lo había
ideado Valdivia; encontrábase ese sitio muy internado en la “cordillera de
nieve”, y bastante lejos de las ciudades de Valdivia e Imperial, que estaban
llamadas a socorrerla en un caso de apuro.
Aunque
las minas de plata iban a quedar más lejos del nuevo fortín y ciudad, el
capitán Alderete resolvió abandonar el primitivo proyecto y regresar al extremo
occidental del lago Mallohuefquén; habría por allí algún sitio aparente para
levantar el fuerte, el cual, en este caso, quedaría mucho más cerca de las
ciudades recién fundadas, con las cuales debería estar en contacto.
Llegó la
expedición cerca del “desaguadero” de donde procede el río Toltén, y en una
planicie alta, al amparo de todos los vientos, con buena aguada y bastante
madera, resolvió el jefe levantar el fuerte de la nueva ciudad. Empezó los
preparativos de la construcción acumulando maderas “de los árboles más gordos”,
y cavando los fosos que debían circundar la fortaleza, como era de rigor, y al
mismo tiempo tiró los planes para la delineación de la ciudad, a la cual le
asignó unas catorce “manzanas” alrededor de una Plaza de Armas. El fuerte y la
población iban a quedar encajados en una saliente de tierra que se internaba en
el lago, formándoles una defensa natural por el norte, por el este y aun por el
oeste.
Pero
estaban aún en los principios de los trabajos, cuando los conquistadores
tuvieron que cambiar las azadas, las hachas y los martillos por las espadas y
arcabuces; una turba de indios, en número incontable, encabezada por Mapulef,
“señor desas tierras” cayó la noche del 2 ó del 4 de abril sobre el campamento
español, y obligó a sus tropas a defenderse en no muy buenas condiciones, por
lo menos al principio. La batalla duró una media hora, “antes de amanecer y
amaneciendo”, es decir, el tiempo que demoraron los españoles en “atalajarse” y
tomar las armas. “Se hizo muchas muertes y recogidas destos indios”.
La forma
desusada en que los indígenas habían emprendido este asalto —los indios no
acostumbraban a combatir de noche denotaba una audacia y un desvergonzamiento
elevados al cubo; jamás, hasta entonces, los indios chilenos habían presentado
batalla, sino de día; era, pues, una circunstancia digna de ser considerada
para el futuro, y en adelante los conquistadores se vieron obligados a trabajar
con sus armas al cinto y con vigilancia de centinelas alertas, durante “las
modorras” de la noche.
Por
cierto que apresuraron en todo lo posible los trabajos del fuerte, y éste
estuvo en situación de prestar servicios antes de tres o cuatro días, al
término de los cuales, allá por mediados de abril, el capitán Jerónimo de
Alderete procedió, con las solemnidades de regla, a la ceremonia de fundar la
ciudad, cuyo nombre fue, simplemente, el de "Rica”.
“Armado
de todas armas”, y teniendo a su frente a toda su expedición, formada en
batalla, Alderete hizo plantar en la Plaza la horca y el rollo y alzando en su
mano izquierda el pendón del Conquistador Pedro de Valdivia, “su señor”,
declaró que fundaba el fuerte y “Ciudad Rica”, para 'la propagación de la “fée
cathóüca entre los infieles y sustentamiento destos reinos del Emperador”.
A
continuación firmó el acta y creó el poder municipal, nombrando alcaldes
ordinarios a Francisco Dávila e Hipólito de Camargo, y regidores a Francisco
Cornejo, a Juan de Haro, a Juan de Vega y a Juan Morán de la Cerda. El primer
escribano de Ciudad Rica, fue el “cabo”, Rodrigo Salas.
Según las
órdenes que había recibido del Conquistador, el capitán Alderete debía juntarse
con él, a fines de abril, en Concepción; de manera que apresuró su diligencia,
para dejar a la nueva ciudad Rica con sus variados problemas resueltos antes de
partir. Distribuyó los solares en la ciudad, repartió encomiendas y “chácaras”,
dispuso lo relativo al único objeto, que, en realidad, había inducido al
Conquistador a fundar esta ciudad, que era el trabajo de explotación de las
minas de plata de la cordillera y los lavaderos de oro, en las riberas del lago
y del río Toltén y, por último, nombró la autoridad que iba a tener la
representación directa del Gobernador, o sea, el Corregidor y Justicia Mayor;
este cargo recayó en el capitán cordobés, Pedro de Aguayo, recién llegado a
Chile con Francisco de Villagra.
Ultimadas
estas disposiciones el fundador Alderete partió hacia Imperial para seguir de
ahí a Concepción, con treinta soldados de los setenta que le había entregado el
Conquistador en Valdivia. Había dejado cuarenta en la recién fundada ‘‘Ciudad
Rica”
Los
primeros encomenderos y vecinos de Ciudad Rica fueron, además de los miembros
del Cabildo: Juan López del Trábago, Antonio de Torres, Pedro de Aranda
Valdivia, Pedro de Salcedo, Juan Fernández de Puertocarrero, Juan Bautista de
Chiavarri, Francisco Vásquez de Eslava, Pedro de Castillo, Alonso Corona, Diego
Pérez Payan, Rodrigo Alonso y Pedro Hernández de Córdoba. Entre los cuarenta
vecinos-encomenderos, había más de veinticinco que eran mineros.
Durante
los dos años que duró en pie esta ciudad, en ésta su primera fundación, no
dieron gran producto sus minas; tal vez influiría en ello la intranquilidad y
el desconcierto que se iba produciendo en las ciudades y región austral con
motivo del formidable alzamiento de Lautaro, lo que ocasionaba una escasez de
indios de servicio que tenían paralizados los trabajos mineros. Sin embargo,
los vecinos de Ciudad Rica no ocultaban las grandes expectativas que tenían en
sus minas de plata y oro; ante tal optimismo, el Conquistador pidió al Monarca
“que fiziera mercedes” a la nueva ciudad minera que tanto rendimiento en
“quintos reales” habría de dar a la Corona, y estas mercedes no tardaron en
venir en forma de una Real Cédula, fechada en 18 de marzo de 1554, por la cual
el Emperador Carlos V otorgó, a la Ciudad Rica, el título de “Villa’’ y un
escudo de armas “que haya en él una laguna, en campo de oro, y en medio de ella
una isla y en la isla un pino verde y un león de un color, puesto en dos pies,
la una mano puesta en lo alto del pino y la otra más baja, y por orla del dicho
escudo seis flores de lis, de oro en campo de azur, y encima del escudo un
yelmo cerrado con dependencias e follajes de oro y azur e por divisa, sobre el
yelmo, un león de oro de medio cuerpo arriba”.
Por una
de esas ironías del destino, la Real Cédula llegó a Chile cuando la Ciudad
Rica, o “Villarrica”, había sido destruida por las hordas de Lautaro, en 1556.
§ 6. Los
“Catorce de la Fama”
Juan
Gómez de Almagro recibió la comunicación del Conquistador el día 23 de
diciembre, y para darle cumplimiento en todas sus partes, dividió su tropa por
mitad: la una quedaría guarneciendo el fuerte de Purén, y la otra debería
acompañarlo a reunirse en Tucapel con Pedro de Valdivia; entregó la primera al
mando del capitán don Pedro de Avendaño y Velasco y ordenó a la segunda que
alistara sus armas para partir al día siguiente, en la tarde, a fin de cruzar
la cordillera de Nahuelbuta durante la noche y amanecer el día de Pascua en el
valle de Elicura, en donde estuvo el fuerte de Tucapel, lugar de la cita.
En los
combates que los soldados de Purén habían librado en esos días, quedaron
algunos heridos o a mal traer; no era posible llevarlos a Tucapel, y Gómez de
Almagro escogió, para que lo acompañaran, a los más eficientes; ellos fueron
Sancho de Escalona, Juan Morán de la Cerda, Martín de Peñalosa, Sebastián
Martínez de Vergara, don Leonardo Manrique, Pedro Fernández Niño, Gonzalo
Hernández Buenos Años, Andrés Hernández de Córdoba, Gabriel Maldonado, Diego
García, Gregorio de Castañeda, Alonso Cortés y Andrés de Neira; trece en total,
y catorce con el jefe, Juan Gómez de Almagro.
Estos
fueron los “Catorce de la Fama”, cuya admirable pujanza y estupendas hazañas,
durante el combate a que fueron arrastrados horas más tarde, alcanzaron el
renombre de heroicas, no solamente entre aquellos soldados de su tiempo que
miraban estas grandes valentías como hechos vulgares, sino aun entre poetas
como Ercilla, que cantó aquellas hazañas, larga y detalladamente en su poema
inmortal.
A las
horas “de la víspera”, más o menos las cuatro de la tarde del día 24, los
Catorce encontrábanse listos para partir a la cita, con sus caballos recién
comidos y “adherezados”; los indígenas de los alrededores del fuerte habían
desaparecido, “signo ordinario de un próximo ataque”, y persistía el rumor,
traído por los auxiliares que salían fuera de las murallas por menesteres del
servicio, de que se preparaba un nuevo y más formidable asalto para la noche.
La quietud del campo aumentaba los temores y a tales extremos llegaron éstos,
que todos los soldados, los jefes de la fortaleza, “y un fraile que allí
había”, rogaron a Juan Gómez que no se fuera, “porque perecería”;
manifestábanle que la guarnición iba a quedar reducida a la mitad y
recordábanle que en los días anteriores apenas habían podido librarse de un
desastre, habiendo tenido “el doble de gente adentro”.
La orden
que Gómez había recibido del Conquistador decía que, al salir, debía dejar en
seguridad el fuerte de Purén; ante el requerimiento de los que allí habían de
quedar, y ante los temores, no ajenos a fundamento, que todos manifestaban, el
capitán titubeó.
—No nos
deje, vuestra merced, abandonados, que pereceremos en manos de estos salvajes
—imploró, en nombre de todos, el mercedario Antonio Rendón, que tal era el
nombre del fraile que allí habíase guarecido al pronunciarse la rebelión en los
campos de Elicura, donde “doctrinaba”.
Juan
Gómez suspendió, por lo pronto, la orden de marcha, pero mandó varias partidas
a que exploraran los alrededores; sonaban “oraciones” en el fuerte cuando la
última tropa regresaba trayendo consigo un indio, a quien había sorprendido,
armado, en los momentos en que los soldados entraban al puente levadizo. En
vista de que las patrullas anteriores volvían sin encontrar novedad, Juan Gómez
había dado ya la orden definitiva de marcha, y todos sus compañeros aguardaban
al pie de sus caballos; pero cuando le presentaron el indio que acababan de
sorprender observando los muros del fuerte, y oyó las respuestas evasivas y
contradictorias que daba a su interrogatorio, cambió de actitud; se encontraba
en un grave dilema: según el indio, en los bosques vecinos estaban ocultos no
menos de “diecisiete levos indígenas” —unos treinta mil hombres— que se
preparaban a atacar el fuerte de Purén antes del amanecer.
“En vista
de peligro tan inminente, Gómez de Almagro no se atrevió a dejar desamparado el
fuerte” y toda su guarnición pasó en vela; sin embargo, la noche transcurrió
sin novedad.
Gómez de
Almagro salió a recorrer los contornos, apenas alumbraron las primeras luces
del alba del día de Pascua "y no habiendo encontrado enemigo, se sintió
pesaroso de no haber partido la noche anterior para cumplir con Pedro de
Valdivia”; resolvió, pues, irse esa misma noche a Tucapel. Partió, en efecto,
con sus trece compañeros; pero sabemos que ya era tarde: el Conquistador Pedro
de Valdivia y sus cuarenta soldados habían perecido a manos de las huestes de
Lautaro, en los campos de Tucapel, y los “Catorce” caminaban también al
sacrificio.
La
travesía de la empinada cordillera de Nahuelbuta, que separaba los fuertes de
Purén y de Tucapel, el primero situado al lado oriental y el segundo al
occidental, demoraba, ordinariamente, ocho o diez horas, no tanto por la
distancia —diez leguas más o menos— sino por las impedimentas del camino
montuoso y áspero, cuyo recorrido hacíase más dificultoso con la obscuridad.
Aunque
los indígenas acostumbraban no presentar batallas durante la noche, los Catorce
expedicionarios marcharon a través de la selva con todas las precauciones que
les aconsejó la prudencia, inspeccionando acuciosamente todos los pasos y
cuidando de no cortar la fila ni perder en ningún momento el contacto con su
vecino de adelante. De cuando en cuando, para mantenerse atentos, iniciaban el
rezo de alguna oración, que repetían por frases.
—Creo en
Dios Padre Todopoderoso —empezaba uno.
—Creador
del Cielo y de la Tierra... —contestaba el de atrás.
—Y en el
Señor Jesucristo su único Hijo... —continuaba el siguiente.
Y así
terminaban la oración, para empezarla de nuevo, o iniciar otra, hasta que el
cansancio les hacía callarse.
En el
largo y accidentado trayecto no encontraron indio alguno; parecía que aquéllas
inmensas selvas hubieran consumido en un momento a todo ser humano y
sepultádolo en sus entrañas tenebrosas. De vez en cuando penetraba por entre
las ramas movidas por la brisa, algún rayo de luna que iba a clavarse, como una
lanza luminosa, en el tronco de algún robusto alerce milenario; los pájaros
nocturnos lanzaban, a lo lejos, sus graznidos agoreros, sus lamentos lánguidos
o sus chirridos estridentes, quebrando la inmensa paz de esa noche preñada de
malos auspicios.
— ¡Al
diablo!... —rugió el “puntero” Gabriel Maldonado, al notar que su caballo
tropezaba violentamente con un grueso roble que había caído sobre e} sendero—;
¡no parece sino que hubieran botado este árbol de propósito! ¡Alto, señores!
—gritó luego, al verse enredado él mismo en las enmarañadas ramas que se le
metían por los agujeros de la celada y le arañaban el rostro—. ¡Alto, y tened
cuidado al saltar el tronco, que podéis ser tomados por una rama y caer por
tierra!
Y
extrayendo el pesado machete que portaba en el arzón, se dio a la tarea de
despejar el paso, echando abajo los retorcidos ganchos que como las garras de
un monstruo amenazaban incrustarse en quien se atreviera a desafiarlas.
A poco
andar, otro árbol les impidió nuevamente el paso, y otro grito del “puntero”
detuvo a la columna en marcha; tercera y cuarta vez ocurrió lo mismo, y el
capitán de la partida no pudo desentenderse más de tan extraños obstáculos.
Reuniéronse
todos, mientras los primeros derribaban los ganchos a machetazos, y Juan Gómez,
después de examinar el sitio, dijo;
—Señores,
estos árboles no han caído con el viento, pues no lo ha habido tan fuerte en
estos días, y además, no recuerdo haberlos encontrado en el viaje que hice a
Tucapel hace una semana. Líbreme Dios, si estos salvajes no los han puesto para
dificultar nuestra marcha mientras ellos, escondidos, nos preparan una celada.
Llevad, señores, la mano sobre el puño de la espada y marchad firmes en los
estribos, que nada bueno puede esperarse de estos indios traidores.
Dos
horas, por lo menos, habían pasado de la medianoche, cuando los expedicionarios
bajaban los postreros contrafuertes de Nahuelbuta, para entrar en el valle
Elicura —a cuyo extremo había existido el fuerte de Tucapel— y con las primeras
luces del alba los catorce caballeros fuéronse reuniendo en una pequeña pampa,
que coronaba uno de los últimos montículos cordilleranos; detuviéronse allí,
para dar descanso a sus cabalgaduras y esperaron que la luz del día viniera en
su ayuda para examinar el valle, que luego habrían de cruzar, en demanda del
sitio en donde esperaban encontrar a Pedro de Valdivia y a sus compañeros de
Concepción.
La
penumbra iba diluyéndose, y paulatinamente surgían de la sombra los
accidentados contornos del campo; el valle continuaba sumido en una niebla,
movida apenas por la brisa matinal, e interrumpida a largos trechos por la copa
de algunos árboles gigantes; si algo había entre los matorrales del valle, la
niebla densa, perezosa se empeñaba en ocultarlo a los ojos inquisitoriales de
los expedicionarios.
—Veo el
destruido fuerte —dijo don Leonardo Manrique—, pero no distingo ningún
movimiento a su alrededor.
—Sí que
le hay, señor caballero —afirmó Juan Gómez—; fijaos bien: aquello que parece
niebla, es humareda; allí debe estar el vivac del señor Pedro de Valdivia.
— ¿Oís,
señor Juan Gómez? —dijo Gonzalo Hernández Buenos Años, desde un repecho adonde
había subido buscando una perspectiva que le sirviera de atalaya, y señalando
con su brazo extendido hacia el valle.
— ¿Qué he
de oír, señor...? —contestó el capitán, poniendo atención a su vez.
—Pues yo
advierto, perfectamente, un rumor de gritos y alaridos lejanos —afirmó el
soldado—; escuchad con atención si sois servidos.
Todos
callaron, aguzando el tímpano, para penetrar con todos sus sentidos en la
enmarañada selva y sorprender su secreto. El bufido de un caballo, que al mismo
tiempo enderezó nerviosamente las orejas hacia la hondonada, interrumpió la
silenciosa observación e hizo que Juan Morán de la Cerda soltara un temo,
precisamente andaluz.
Y el caso
era que Buenos Años había advertido bien; a medida de que el calor de los rayos
solares iba esfumando la niebla, y hacía surgir el bosque como un lago nevado,
los ruidos ocultos de la selva percibíanse cada momento más claros. Un sordo y
extenso rumor brotaba de las profundidades, y a poco, los caballeros no
tuvieron dudas de que todo el emboscado valle de Elicura encubría una inmensa y
bullente “regua” indígena, cuya intención les era desconocida.
—Y el
caso es que el Gobernador Valdivia debió llegar a Tucapel ayer, día de Pascua
de Navidad... —expuso Buenos Años.
—Ayer o
antenoche... —insinuó con cierto reparo Pedro Fernández Niño-
Nadie se
atrevió a decir que si Pedro de Valdivia estuviera, con su columna, en los
alrededores del fuerte, el valle de Elicura no estaría lleno de enemigos: los
habría dispersado.
El
capitán Juan Gómez de Almagro recordó en esos angustiados instantes de no menos
angustiosas conjeturas, que él había faltado a la cita que el Gobernador le
diera, perentoriamente, para el día anterior. Sus vacilaciones para salir de
Purén en tiempo oportuno le habían hecho perder veinticuatro horas, durante las
cuales, ¡sabe Dios lo que había pasado en Tucapel!
— ¡A
caballo, señores —mandó, saltando, sobre el suyo— y salgamos de dudas! Formad
el cuadro, y ¡galope adelante!
Los
Catorce bajaron gallardamente por un atajo, llevando al centro a su capitán, y
a los pocos minutos se metían temerariamente por entre los coliguales del
“huapi”, abriéndose camino a machete, cuando el tupido ramaje les estorbaba el
paso. Un poco antes de llegar al descampado que rodeaba una laguna, Gregorio de
Castañeda y Sancho de Escalona, que iban “punteros”, recibieron una
“flechadura” por ambos costados.
— ¡Al
arma! —gritaron, al sentir sobre sus cotas el rebote de las inofensivas
flechas.
Inmediatamente
desprendiéronse de la columna Gabriel Maldonado y Diego García, y lanzáronse,
empuñando la pica, contra los ocultos flecheros; ambos caballeros volvieron
momentos después a sus puestos sin haber podido descubrir a los atacantes, y no
era prudente insistir en una persecución que los podía aislar de la columna,
exponiéndose a un cuadrillazo. Más adelante repitióse el ataque de otros indios
encaramados en los árboles, y a medida de que avanzaban, nuevos y más numerosos
grupos fueron rodeando a los Catorce, hasta llegar a formarse una “pella” que
trató de impedirles el paso, francamente, en medio de gritos amenazantes.
Esta vez
el capitán Gómez mandó empuñar las espadas, y aprovechando un breve descampado,
dio una carga eficaz. Los caballeros desprendidos momentáneamente de sus
perseguidores, pudieron avanzar con más rapidez, pero sintiendo siempre a su
alrededor los gritos y alaridos de las reguas que los seguían a la distancia.
Una legua
faltaría para que llegaran, por fin, al destruido fortín, y, sin embargo de
haber tocado muchas veces los “cuernos” que los jinetes siempre llevaban al
cinto para darse avisos en estos casos, no habían encontrado aún a ningún
soldado español, ni señal alguna de que la columna del Conquistador Valdivia
hubiese llegado o pasado por allí.
Antes de
salir del bosque, para entrar a lo que había sido dominio del fortín destruido,
Gómez de Almagro reunió a sus caballeros.
—Asombrado
estoy, señores, de no haber encontrado señales ni avisos del Gobernador, el
cual debería ya estar en comunicación con nosotros —dijo el capitán— y desearía
saber qué pensáis de lo que debemos hacer en esto: ¿nos volvemos a Purén, cuya
guarnición es muy corta, como sabéis, y puede ser atacada, o nos quedamos en
“la casa” Tucapel, para levantarla de nuevo y para esperar allí al Gobernador o
sus noticias?
Callaron
todos, sin atreverse ninguno a ser el primero en opinar.
—Os
requiero, señores, a que me contestéis —insistió dos veces el capitán Gómez—
pues en esto no quiero equivocarme, que mucho importa.
—Hemos
venido a juntamos con el Gobernador, y por su orden —dijo Sebastián Martínez de
Vergara—; y obedecelle habernos...
—Lo mismo
digo —acentuó Martín de Peñalosa— y si de mí partiera, me quedaría yo solo en
el fortín, y ahí moriría.
—Decidme,
señores —intervino Andrés de Neira—: ¿podríamos mantener, con los soldados que
nos quedan, ambos fuertes, el de Purén y el de Tucapel?...
Ninguno
contestó, y cada cual observó la faz de su vecino.
—Sucumbirían
los dos —terminó Neira— y quedaría desguarnecido todo el camino de la costa,
entre la Imperial y Concepción. Después de esto, mandad lo que os dicte vuestra
conciencia, señor capitán Almagro, que vos solamente deberéis responder al
Gobernador de lo que pase-
— ¡A
Tucapel, señores —ordenó el capitán— y Dios sea con nosotros, que a cumplir
vamos las órdenes del Gobernador!
No habían
caminado mucho, cuando aparecieron otra vez nuevos grupos de indios a
estorbarles la marcha, y ahora se mostraban más insolentes; a los continuos
disparos de flechas, palos y pedruscos, unían los insultos y las amenazas
“dándose aires de vencedores”; a medida que los Catorce avanzaban, iban también
en aumento las reguas, las bravatas y los alaridos, y no faltó una voz enemiga
que gritara en bastante claro idioma español:
—“¡Volveos,
entregaos, que hemos muerto al Gobernador!”…
Aunque la
multitud de indios se mantenía a prudente distancia del grupo expedicionario, y
se limitaba a “chivatear” alzando sus armas amenazantes, no faltaban grupos
insolentes que se acercaban hasta pocos pasos de los caballos para acicatearlos
con sus largas lanzas de coligües y hacerlos corvetear, poniendo en cuidado a
su jinete; varias cargas tuvo que dar la columna para libertarse de estos
“desvergonzados”.
Dos o
trescientas varas castellanas separarían apenas a los Catorce de la Fama del
destruido fuerte de Tucapel, y, a pesar de los repetidos y prolongados toques
de cuerno, no aparecía señal alguna que acusara la presencia de tropas
españolas. La multitud de indios de guerra, la fanfarronería, y la desvergüenza
que habían demostrado durante la insistente persecución de la columna española
a través de todo el vahe de Elicura, el aire de vencedores que adoptaban todos,
las amenazas, los ataques, cada vez más continuos al acercarse al fuerte y
aquellas voces que afirmaban haber muerto el Gobernador, habían puesto en el
cerebro de los expedicionarios una preocupación obsesionante.
—Apurad,
señores, para salir de una vez de este infierno —grito el capitán Gómez,
clavando el espolín en los ijares de su cabalgadura—; ganemos pronto la
explanada del fortín para que podamos batir a estos ensoberbecidos salvajes y
ver si él Gobernador se mantiene allí con su tropa.
Partieron
todos detrás de su capitán y con un corto galope se alejaron, por fin, de la
tenebrosa selva y aparecieron en campo raso, escoltados por sus perseguidores
que no los abandonaron jamás.
El amplio
descampado que se extendía delante del que había sido fuerte de Tucapel,
contenía una turba inmensa de indios de guerra, amontonados en numerosos grupos
formados alrededor de humeantes fogatas, a cuyas orillas algunos saltaban,
coreados por gritos y alaridos estridentes; la mayor parte de los “bailarines”,
llevaban largos palos o varillas que ostentaban, como gallardetes, los más
extraños adminículos.
La turba
se renovaba constantemente con individuos que emergían de los bosques cercanos,
para reemplazar a los que, en movimiento mareante recorrían los diversos grupos
o se internaban en la selva para aparecer nuevamente, como si aquello fuera una
ebullición humana.
Los
Catorce caballeros formaron fila de ataque, y espada en mano emprendieron una
valerosa atropellada, ciñéndose a la táctica que, para estos casos tenían
prevista, y que consistía en figurar elipses, círculos y espirales a todo
galope, con el objeto de dominar la mayor extensión posible; no podían los
indígenas contrarrestar ese movimiento que para ellos era funesto, a causa de
su ignorancia militar, y muy pronto se vieron obligados a despejar el campo,
retirándose hacia el bosque o poniéndose fuera del alcance de las terribles
patas de los caballos, y de las no menos terribles espadas toledanas.
Ya cerca
del fortín, las dudas que los expedicionarios abrigaban sobre la llegada del
Gobernador a Tucapel, desaparecieron completamente; una multitud incontable de
salvajes rodeaba las ruinas, y sobre los troncos a medio quemar, de sus
baluartes, se alzaban las picas indígenas exhibiendo en alto los más extraños y
variados despojos de los españoles muertos en el tremendo combate que se había
librado la mañana del día anterior, Pascua de Navidad, entre los cuarenta
soldados del Gobernador y los diez mil indios de las reguas de Lautaro.
Los
indios, borrachos en su mayoría, siguiendo la costumbre que les imponía una
contienda ganada, paseaban por el campo llevando en sus manos las espadas, las
picas, los machetes y los arcabuces de los vencidos, como trofeo de su triunfo,
aumentado considerablemente, ahora, con la muerte del Gobernador del Reino.
Algunos, los principales, vestían orgullosamente las ropas de sus víctimas, sus
amplias capas de color, sus cascos y celadas y aun sus armaduras; no podía
quedar duda de la gran catástrofe que había caído sobre la colonia.
Gómez de
Almagro sentía bullir su cerebro como un volcán: él había faltado a la cita que
le diera el Gobernador y le había restado un contingente de tropas que debió
participar en esa batalla funesta. Sin embargo, ¿cuál habría sido el resultado
de la batalla, si Gómez de Almagro llega a tiempo? Vistas las enormes
proporciones de la derrota, ¿habrían influido en torcer ese destino los catorce
hombres que ahora llegaban?
Pero los
momentos no eran para dilucidar estos problemas; los Catorce caballeros
encontrábanse rodeados por una turba de más de quince mil indios, victoriosos,
que podrían despedazarlos en ese mismo instante si no se encontraran
perturbados por la borrachera; encontrábanse aislados de todo recurso a más de
diez leguas de Purén, a más de veinte de Angol, a más de veinticinco de
Imperial y a más de treinta y cinco de Concepción; no hay para qué citar a las
ciudades de Valdivia y a Villarrica, distantes cuarenta o cincuenta leguas.
Pensar en vencer a aquellos salvajes ensoberbecidos sin contar siquiera con un
baluarte para resguardar las espaldas, era una utopía: no cabía más que buscar
la salvación en la retirada, o mejor dicho, en la fuga hacia Purén, para guarecerse
detrás de sus murallas en compañía de los otros quince que habían quedado allí
la noche anterior, rogando a Dios no ser atacados por los salvajes.
“Hubieron
de ser terribles esos instantes para hombres que de improviso se encontraban
aturdidos por una tremenda desgracia, y ante la expectativa de una muerte
inevitable”.
—A Purén
nos partimos, caballeros y señores míos —exclamó con voz emocionada Gómez de
Almagro— y quiera Dios concedernos la gracia de llegar a morir donde nos
entierren en sagrado. Apretad cinchas y alistad las armas, que si Nuestra
Señora no nos ampara, veo difícil que alcancemos a ganar, antes de las
vísperas, los primeros contrafuertes de la cordillera de Nahuelbuta, en donde
podríamos encontrar salvación si logramos cruzarla de noche.
“No les
dejaron los indios mucho tiempo para entregarse a reflexiones”, y apenas habían
vuelto grupas y empezado a galopar por la explanada, para ganar nuevamente el
bosque de Elicura, cayeron sobre ellos los primeros escuadrones que habíanse
adelantado a ocupar los diferentes pasos del trayecto, donde esperaban,
pacientemente, el regreso de sus odiados enemigos. Se iba a reproducir en esta
batalla la táctica de Lautaro contra los tropas del Gobernador Valdivia, pero
con la diferencia que en la batalla anterior, Lautaro contó con sus tropas
preparadas, listas y en inmejorable estado de eficiencia, mientras que ahora
las reguas indígenas iban a pelear sin jefe —Lautaro había desaparecido— y los
indios se encontraban perturbados, en su gran mayoría, por el alcohol.
Antes de
haber avanzado una legua a través del valle de Elicura, los Catorce estaban
rodeados, o mejor dicho, cercados por los escuadrones de indígenas, cuyo mando,
al parecer, había tomado Lincoyán, en ausencia de Lautaro; el avance de los
españoles era una constante pelea contra los pequeños, pero numerosos grupos de
salvajes que se aventuraban, arrojados y temerarios, a atacarlos con sus
flechas, con sus largas lanzas de coligüe, o sencillamente con sus mazas,
llegando hasta las mismas patas de los caballos, mientras los demás,
con
flautas, cuernos, roncos instrumentos,
alto estruendo, y alaridos desdeñosos
los desafiaban e insultaban desde lejos.
Faltaba
que recorrer aún mucho trecho para que la pequeña columna pudiera llegar al
sitio donde Gómez de Almagro esperaba tener la ventaja de que las sombras le
ayudasen a huir; para esto quedaban por lo menos dos o tres horas largas, y era
bien problemático que los Catorce hubieran podido resistir y mantenerse durante
todo ese tiempo.
El
capitán Gómez de Almagro, consciente del peligro y de su responsabilidad, trató
de avanzar todo lo rápidamente que le fuera posible y ordenó clavar aguijones,
enderezar las picas para romper la "pella” que tenía adelante, y abrirse
paso a galope atropellados Los caballeros, “firmes y recogidos en sus sillas”,
sueltan las riendas a sus cabalgaduras, las cuales “parten contra las bárbaras
cuadrillas”, mientras sus jinetes
las
poderosas lanzas requeriendo
afiladas en sangre las cuchillas,
llamando en alta voz a Dios del Cielo
hacen gemir y retemblar el suelo.
La
violenta atropellada de la columna logra su objeto durante algunos minutos,
avanza unas cuatrocientas varas, y consigue distanciar a sus enemigos, “dejando
aportillados” los escuadrones que la cercaban en aquel punto; pero se vio
detenida nuevamente por otros escuadrones que la aguardaban, de refresco, cerca
de un paso estrecho hábilmente elegido por el jefe araucano —en donde habíanse
volteado previamente algunos árboles para dificultar la carrera de los
caballos—; y allí los arremeten, “no bastando la infinidad de puntas enastadas”
para rechazar aquella “airada gente”.
Organizase
aquí una lucha tremenda y feroz, “entre los unos que no saben ser vencidos, y
los otros a vencer acostumbrados”, formándose un estruendo que parecía que “el
alto cielo, del todo parecía venir al suelo”. Gonzalo Fernández, “presumiendo
imitar al de Córdoba famoso”, iba rompiendo las filas enemigas a golpes de
mandoble, bajo los cuales se derrumbaban los indios “partidos en dos”; Sancho
de Escalona, llamado el Hércules, y don Leonardo Manrique, revuelven sus
caballos encabritados por los innumerables pinchazos enemigos, en medio de una
turba de salvajes enfurecidos, que sin orden ninguno, y prodigando sus pechos,
se arrojan unos encima de los otros para poner más difícil valla al avance de
los caballeros.
Alonso
Cortés y Pedro Fernández Niño, por otro lado, “hacen fiero estrago y cruda
guerra” al borde de una barranca de piedras afiladas y escuetas, por donde se
despeñan o se deslizan mañosamente los bárbaros para arrastrar en pos de sí a
esos dos centauros.
que tanta
sangre araucana allí derraman
que hacen más de cien viudas aquel día;
Por su
parte, Morán, Gómez de Almagro y Maldonado, “siembran de cuerpos bárbaros la
tierra” y Andrés de Neira, de oficio herrero, “diestro en golpear, mata y
atierra”, al lado de Sebastián Martínez de Vergara, que también “hiere, derriba
a diestro y siniestro”.
El
combate de Alonso Cortés y Fernández Niño, al borde del precipicio, había de
llamar la atención de los demás combatientes, a pesar de que cada bando y cada
hombre tenía que preocuparse de su propia defensa. El jefe araucano Lincoyán,
fue uno de los primeros en reparar en los estragos que ambos caballeros estaban
haciendo entre los guerreros indígenas, y llamando en auxilio de los suyos a
los que tenía a su lado, repecha en poquísimos instantes por un costado del
desfiladero; llegado allí, “anima con hervor los escuadrones” y abriéndose paso
a través de aquella amalgama de “cuerpos y miembros fallecidos”, logra situarse
al lado de Alonso Cortés, y blandiendo el “nudoso roble” que llevaba en sus
manos, lánzale un tremendo golpe, “que si bien le diera, casco y cabeza, todo
le quitara”.
El golpe
hizo, sin embargo, que Cortés inclinara, entontecido, la cabeza entre los
arzones, y soltara las riendas; libre el noble bruto, giró sobre sus cuartos
traseros en los mismos instantes que sus manos estaban alzadas sobre el
abismo... y saltando por encima de los obstáculos que lo aprisionaban, echó a
correr a campo abierto. El jinete, con el cuello inclinado, adormecido, “acá y
allá el caballo le traía”; pero tomando a sus sentidos, recogió las riendas,
“avergonzado”, y volvió a buscar al que le hiriera; echó la mirada por el campo
enemigo, y al punto reconoció a .su rival, porque Lincoyán “era el mayor
araucano que allí andaba, pues de los hombros arriba le llevaba”.
Como
suelto lebrel, por la maleza,
se arroja al jabalí, fiero y valiente,
así asalta Cortés al araucano,
la adarga al pecho, el duro hierro en mano.
El
encuentro del caballero con el jefe indio es rapidísimo y no logra resolver el
combate; ambos se golpean al juntarse, pero el caballo del castellano
enloquecido por el dolor de las muchas heridas que ha recibido, se desboca y va
a estrellarse contra un grupo de enemigos que se había juntado para presenciar
la pelea singular del caballero con el Toqui. Nuevamente encuéntrase rodeado
Cortés y obligado a defender su vida momento por momento.
Entretanto,
el capitán Gómez de Almagro, Gregorio de Castañeda y Martín de Peñalosa,
sostenían un combate trágico y homérico a la orilla de un estero, con un
centenar de indios que, para rodearlos mejor, habíanse metido al agua,
atacándolos denodadamente desde el medio de la corriente; a las veces, los
caballeros fueron arrastrados también hasta allí, logrando que los caballos
resbalaran peligrosamente sobre las piedras del fondo; la corriente del estero
“crece, revuelta con la sangre española y bárbara” y la furia de los
combatientes era tanta, que, a falta de manos, las “lenguas se ofendían,
diciéndose palabras afrentosas”.
El
capitán Gómez, ignorante de lo que ocurría a sus compañeros, trató de salir de
aquel atolladero, y juntarse con ellos; empuñó el cuerno, y aplicándolo a sus
labios, le arrancó un largo son, estridente y desesperado.
El toque
de reunión fue contestado varias veces de distintas partes del bosque y poco a
poco fuéronse reuniendo, en una pequeña explanada, los grupos de jinetes que
hasta ese momento, y debido a las incidencias del combate, habían luchado
aisladamente; los primeros en llegar fueron Gonzalo Hernández, Buenos Años y
Diego García; el primero mostraba su coraza ensangrentada y la celada rota,
pero el vigor con que mandoblaba su espada, desmentía el miserable aspecto de
su persona. García iba detrás espoleando su caballo jadeante, que a pesar de
una ancha herida en el cuello sosteníase enhiesto y soberbio, dejando caer de
alto a bajo, sus ferradas manos, como golpes de martillo, sobre los bronceados
lomos de los bárbaros que le cruzaban el paso.
La
“pella” que formaban los indígenas entre ambos grupos era tan compacta, que
tres veces atacaron los caballeros por ambos lados aquella muralla de pechos, y
las tres veces tuvieron que retroceder para volver con mayor impulso, hasta
que, por fin, después de haber dado a los caballos un descanso que debió ser
fugaz, el capitán lanzó una voz de “¡Santiago y a ellos!”, y los cinco jinetes
en un esfuerzo loco se arrojaron sobre aquel baluarte humano que ya los contaba
como seguras víctimas.
Habían
destruido el obstáculo y salido del aquel círculo “donde el grueso aliento al
aire obscurecía; pero aun estaba muy distante el momento de encontrarse a salvo
de los peligros de aquella espantosa travesía por el boscoso valle de Elicura.
Apenas habían avanzado en él una legua, y les quedaba por recorrer todavía
cuatro, repletas de enemigos que aún no habían entrado al combate, esperando su
turno.
Era
preciso acortar la distancia, como una de las pocas probabilidades de salvar la
vida.
Libres
por el momento de sus tenaces enemigos, los cinco caballeros se reunieron en
una pequeña descampada, y echando mano a los cuernos continuaron tocando a
reunión, a fin de determinar la táctica que debían seguir para su avance o
fuga; Gómez de Almagro no podía resolver el caso sin conocer el estado en que
se encontraban sus compañeros. La tremenda algazara de gritos, alaridos y
clamores que a sus alrededores se oía, infundía pavor aun a aquellos hombres
que recién habían salido de un peligro enorme; “parecía que una furia infernal
andaba suelta” por esos malditos bosques.
De pronto
oyéronse más cercanos los toques de cuernos y los gritos destemplados
adquirieron la vibración de la cercanía; era indudable que algún grupo de
caballeros se batía no muy lejos de ese sitio, y era natural que sus vidas
corrieran riesgo, conocidas las circunstancias del combate. Gómez de Almagro
hincó los aguijones a su caballo y arrancó adelante seguido de sus compañeros,
echándose la visera que durante ese breve intervalo había mantenido levantada.
Muy a
tiempo llegaron los cinco españoles al sitio donde se desarrollaba un feroz
encuentro entre Juan Morán de la Cerda y Gabriel Maldonado, y una turba de
“bárbaros innúmeros” que los mantenían en estrecho círculo y en la más
peligrosa situación, porque el último había quebrado su espada a la altura del
puño, y habiéndola arrojado por inútil, sólo se defendía haciendo corvetear
violentamente su caballo. El ataque de los recién llegados fue decisivo y en
cortos instantes, atacados de sorpresa y por la espalda, los salvajes tuvieron
que desparramarse ocultándose en los bosques inmediatos.
Juan
Morán de la Cerda, sin embargo, había quedado en sostenida lucha con un grupo
que lo acosaba sin piedad ni temor; alzada la visera, cubierto el rostro de
sangre, con las riendas mordidas y la tizona empuñada con ambas manos, repartía
mandobles mortales a diestro y siniestro con una seguridad aterradora; pero sin
lograr que sus tenaces enemigos le dejaran libre el paso; su caballo,
enfurecido y frenético, hacía esfuerzos magnos por desasirse de los caídos que
se colgaban de sus patas para impedirle sus terribles y desastrosos corveteos y
muchas veces, caballo y caballero, perdido el equilibrio, estuvieron en un tris
de derrumbarse encima de aquel hacinamiento de cuerpos mutilados, pero no
rendidos.
Empeñados
en la persecución de los fugitivos, los demás españoles no habían reparado en
el inminente peligro en que se debatía el soldado Morán; pero al revolver su
caballo, el capitán divisó al extremo de la descampada el pelotón de hombres
que brincaba y forcejeaba alrededor del caballero, y los esfuerzos inmensos que
éste hacía por salir del estrecho círculo.
— ¡Favor
a Morán! — gritó el capitán, volviendo el busto hacia sus compañeros—;
¡seguidme, señores, seguidme! —volvió a gritar hundiendo las espuelas en los
ijares, y recogiendo, a la carrera, una pica que vio en el suelo.
Partieron
todos, como una flecha, abandonando la persecución de los fugitivos, y en pocos
momentos atropellaban a los primeros grupos que estrechaban al soldado en
peligro; vueltos los indios de su sorpresa enfrentaron decididamente a los
atacantes y el combate se renovó con la misma furia, sin que los indios
hicieran demostración alguna de flojedad o de temor, al ver la superioridad de
sus enemigos.
Encaramado
sobre las tupidas ramas de un roble, un flechero había disparado ya tres veces
sobre Morán, sin lograr herirlo, porque los proyectiles rebotaban sobre la
acerada coraza; su objetivo era el rostro, que el "soldado llevaba
descubierto; un cuarto disparo dio en el blanco, y la punta del dardo fue a
clavarse medio a medio del ojo derecho del infeliz Morán.
El dolor
agudo obligó al soldado a soltar la espada y a llevarse ambas manos a la cara.
Sus dedos tropezaron allí con el asta de la flecha que había quedado incrustada
en el ojo. Tiró de la flecha, “con mano dura y fuerte”, la arrojó lejos y buscó
a tientas la espada que aun pendía de su muñeca; al blandiría de nuevo “con
rabioso rencor”, sintió que el ojo herido le caía, sangrante, sobre la mejilla;
soltó nuevamente la espada; con sus dos manos empuñó el ojo, se lo arrancó de
raíz... y se desplomó desfallecido; por suerte sus compañeros habían dominado
el tumulto, y Gonzalo Hernández Buenos Años alcanzó a retenerle sobre la silla,
al mismo tiempo que Gómez de Almagro, Diego García y otros lo rodeaban para
auxiliarle.
Al poco
rato Morán volvió en sí, pero su cerebro estaba trastornado, todavía, por el
dolor.
— ¡A
ellos...! ¡A ellos, ira del Cielo, dejadme, por el Emperador! —gritaba
procurando desasirse de sus amigos—. ¡Dejadme que acabe con esa canalla del
infierno!...
¡.. .no
estoy herido
que me sienta de esfuerzo enflaquecido
que no pueda yo solo, ser bastante
a vencer cuantos veis aquí adelante!
Y picando
a su caballo, “que galopar no puede, de cansado”, lánzase de nuevo contra los
últimos grupos de salvajes que aun no se perdían en el bosque; pero sus
compañeros, cruzándosele por delante, le impidieron ese arrojo inconsciente y
temerario, y le retienen en medio del consternado grupo.
Un lienzo
atado compasiva y cariñosamente sobre la frente del soldado, cubrió aquella
horrorosa cuenca vacía...
Los
insistentes toques de cuerno habían reunido, poco a poco, la diseminada columna
alrededor de su capitán, y tras unos minutos que fueron de reparador y
absolutamente necesario descanso, los Catorce Caballeros de la Fama,
deliberaron, con la mano puesta sobre el puño de la espada, sobre lo que debían
hacer para llegar más o menos en salvo a su destino, que era el fuerte de
Purén, distante todavía ocho leguas, cuando menos.
Hasta ese
momento no había caído ninguno, pero todos estaban heridos, algunos de
gravedad; los caballos apenas podían avanzar; algunos habíanse echado, otros
doblaban las patas temblorosas, y todos jadeaban cubiertos de sudor y de sangre
propia y ajena.
— ¡A
Purén hemos de llegar, vive Dios! —afirmó don Leonardo Manrique— y no se habrá
de decir que Catorce Caballeros españoles han temido a estos salvajes, por más
que vengan cientos de escuadrones.
—Callaos,
señor —contestó Gregorio Castañeda—; si con nuestra muerte pudiéramos reparar
la desgracia que oprime a la colonia, gustoso diera mi vida ahora; pero avanzar
a través de esta selva maldecida y caer en manos de los ensoberbecidos
indígenas, sin esperanzas de poder ayudar a los que tendrán que caer mañana,
paréceme temerario y sin acierto. Deberíamos esperar aquí la noche, caminar con
ella y a su sombra ocultarnos por sendas extraviadas para llegar a Purén, donde
gimen nuestros compañeros.
— ¡Oh, si
nuestro escuadrón de ciento fuera!... —exclamó en un suspiro anhelante
Sebastián Martínez de Vergara.
Empinóse
sobre los estribos Gonzalo Hernández Buenos Años, y alzando al cielo ambas
manos con la espada y la pica, empuñadas, imprecó a gran voz, como airada
protesta de lo que acababa de oír:
"a
Dios pluguiera
fuéramos sólo doce, y dos faltaran,
y que “Doce de la Fama” nos llamaran"
Y
encarándose con el capitán Gómez, continuó:
— ¡Señor,
ya que muerto es el Gobernador y sus hombres, y mayor desventura no cabe, justo
es que la aminoremos corriendo al punto en auxilio de Purén, aunque en ello nos
juguemos la vida: no vaciléis, ¡y adelante!
—Entre
morir acorralados aquí, y morir luchando por llegar a Purén, yo elijo lo último
—opinó Sancho Escalona.
—
¡Adelante! —gritaron todos, incluso Castañeda y Neira, que habían manifestado
el parecer de atrincherarse, de alguna manera, en el bosque para esperar la
noche.
—
¡Adelante!... —gritó, por último, Juan Morán de la Cerda, afirmándose el lienzo
que le cubría la concavidad vacía, donde una hora antes tenía el ojo derecho.
No
quisieron seguir el sendero conocido, y echaron riendas hacia la izquierda, con
el propósito de acortar, en lo posible, la distancia a que se encontraban de
los primeros contrafuertes de Nahuelbuta, y así anduvieron, a trote acelerado,
durante media hora, llamando su atención el hecho de no sentir la cercanía de
enemigos, ni menos de encontrarlos a su paso; en realidad, el giro a la
izquierda que la columna había hecho para salir de la ruta conocida, habíalos
salvado de una nueva emboscada que Lincoyán teníales preparada a las orillas de
una ciénaga, tal vez la misma en donde había sido hecho prisionero el
Gobernador Valdivia, el día anterior.
—Parece
cosa de milagro —dijo Fernández Niño— que los bárbaros no nos ataquen ni nos
hayan seguido.
—Si ello
ha sido por haber cambiado nuestra ruta, ¡ya nos encontrarán! —afirmó
convencido Gabriel Maldonado.
Gómez de
Almagro caminaba adelante, y examinaba, junto con los “punteros” Peñalosa y
Cortés, las sinuosidades y recodos de la selva, a fin de observar y de
precaverse de los vigías que pudieran haber establecido los enemigos para
denunciar la ruta de la expedición; a nadie habían encontrado en la media hora
larga que llevaban recorrida, y esto, antes de buen augurio, podía ser muy
malo, conocida la doblez de los salvajes.
— ¿Y qué
pensáis de esto, señor Capitán...? —avanzóse a preguntar Peñalosa.
— ¡No me
preguntéis nada, por Nuestra Señora! —contestó Gómez de Almagro— que mi cabeza
se hace trizas al solo pensar en que estos infieles nos han de tener preparada,
antes de la noche, una nueva traición-
No habían
andado diez minutos, cuando el capitán Gómez lanzó una imprecación.
—
¡Malditos! ¡Vedlos, vedlos! —gritó a los suyos—; allá en la falda del
montecillo... ¡ved cómo se mueven sus escuadrones erizados de lanzas...
¡Maldición!
Efectivamente,
la voz de que habían llegado a Tucapel nuevas tropas españolas llegó hasta el
victorioso caudillo Lautaro, que después de su triunfo sobre Pedro de Valdivia
habíase retirado hacia Angol para organizar allí otro ataque contra los fuertes
orientales. No tardó el activo caudillo en trasponer nuevamente la cordillera
de Nahuelbuta, con un ejército de cuatro mil hombres, y presentarse en la tarde
de ese mismo día bajando las últimas colinas que morían en el valle de Elicura,
con
grande alarde, estruendo y movimiento
tendidas las banderas por el viento...
Lautaro así, veloz, por un repecho bajaba
enderezando a los de España
pensando, él solo, dar fin a esta campaña.
Los
Catorce Caballeros de la Fama se aprestaron para el combate final.
Gómez de
Almagro se detuvo a esperar a sus compañeros y una vez que estuvieron reunidos
los Catorce, todos los cuales se habían dado cuenta ya del peligro que
nuevamente se les venía encima, les dijo:
—Señores,
parece que nuestro fin ha llegado y que debemos aprestamos a perecer en manos
de estos salvajes; difícil veo que podamos ganar la cordillera antes de que
obscurezca, puesto que los escuadrones enemigos ocupan, como veis, las primeras
colinas de ella; no os apartéis, os lo ruego, para el objeto de socorrernos
mejor y de que no nos acaben de uno en uno...
E
inclinando luego la encasquetada cabeza quedóse un momento en orante silencio,
y agregó, después, con temblorosa voz:
—Perdonadme...
si algún mal os hice, aparte de este en que os va la vida, por mi culpa tal
vez...
—
¡Callad, señor! —contestó por todos don Leonardo Manrique—; bien conocemos que
habéis cumplido como soldado y caballero, y que si nos encontramos ahora en un
mal paso, ha de ser en castigo de nuestras culpas!
—
¡Adelante, y a ellos! —rugió el rencoroso Morán de la Cerda, sujetándose la
venda de su cuenca vacía—; no deprimáis el ánimo en estos momentos en que lo
necesitamos entero para castigar al bárbaro rebelde y felón. ¡Adelante, y
corramos a abrirnos paso por en medio de sus cuerpos maldecidos ..!
A una voz
del capitán, los caballeros echaron pie a tierra para revisar por última vez
sus armas, dar el último descanso a sus caballos y restañar sus heridas; era
preciso aprovechar el poco tiempo que les quedaba para entrar de nuevo al
combate que debía ser el final.
Entretanto,
las huestes de Lautaro, dominando las alturas más cercanas, tomaban sus
posiciones para el ataque, en medio de gritos y “alharacas” que llegaban hasta
el bosque como los rumores de una tempestad lejana; largas filas de salvajes se
descolgaban por lomas y desfiladeros para juntarse en los “pucaraes” señalados
por el jefe y aguardar allí su turno para atacar, a la orden y punto
convenidos; otros grupos se ocupaban en desgajar árboles, colgándose de sus
ramas gruesas, a fin de echarlas sobre los pasos y senderos que pudieran servir
a los españoles para huir en retirada: otros, en fin, preparaban las armas
contundentes o arrojadizas que debían emplear en el combate, y todos, por
último, manifestaban gala de poder encontrarse de nuevo con un grupo de
soldados españoles sentenciados a sucumbir en sus manos como los del día
anterior.
Entretanto,
Lautaro,
como el
hambriento león que ve su presa
mira acá y allá feroz rugiendo
el bendijoso cuello sacudiendo,
acude de
un lado a otro, montado en su caballo rabicano, haciéndose obedecer de los
indios a golpe de látigo.
No
esperaron los caballeros que los indios tomaran la iniciativa, y una vez que
terminaron la revisión de sus armas y atalajes, hincaron la rodilla en tierra,
se mantuvieron allí medio minuto, y antes de saltar sobre sus cabalgaduras
echáronse los brazos, silenciosamente. Formados en columna de ataque y defensa
emprendieron la marcha, siempre cortando camino hacia el paso más cercano de la
cordillera que se proponían ganar.
Antes de
alcanzar la primera colina, tenían que atravesar un paso estrechado entre la
quebrada de un río y un bosque cenagoso en donde los caballos no podían
penetrar sin hundirse; era necesario llegar allí antes que los indios ocuparan
sus contornos e impidieran el avance. Gómez de Almagro mandó picar espuelas y
acelerar, aunque los caballos perdieran con ello buena parte de la eficiencia
que debían conservar para los momentos del combate próximo e inevitable; las
zarzas y el enramaje nativo de la montaña dificultaban la marcha, pero los
machetes hábilmente manejados encargábanse de despejar el paso.
La
columna enderezaba en línea oblicua hacia el mal paso, que no de otra manera
podía denominarse el desfiladero de la ciénaga; había abandonado los senderos
conocidos para despistar a los indios y efectivamente, no encontraba
demostraciones ni rastros de que por allí hubiesen pasado las hordas de
Lincoyán que la atacaran a la entrada del bosque; pero sabían que a su flanco
estaban los guerreros de Lautaro y que probablemente las primeras habríanse
concentrado más adelante, mejor organizadas para combinar el asalto, que no
podía tardar.
Sancho
Escalona y Martínez de Vergara caminaban de “punteros”, ojo avizor seguidos del
capitán; al centro del grupo y atrás Fernández Niño y Gregorio de Castañeda,
todos con sus picas atadas a la muñeca por sendas dragonas, caladas las
viseras, aquéllos que las habían conservado, y las adargas embrazadas al lado
de la rienda.
— ¡Al
arma! —gritó Sancho Escalona—, ¡Allá van!
Todos
clavaron la mirada hacia donde señalaba el brazo armado del “puntero”, al mismo
tiempo que apretaron instintivamente las rodillas contra sus monturas.
— ¡Allá
van! —repitió Gómez de Almagro al comprobar que un grupo de indios, vigías tal
vez, huían hacia adelante, en distintas direcciones, por entre el ramaje; pero
ya no era tiempo de perseguirlos.
—Deben
estar cerca de aquí —opinó Andrés de Neira— y no tardará mucho el ataque.
— ¡A
ellos, por Santiago! —gritó el mutilado Morán, requiriendo sus armas—; ¡no sé a
qué esperamos, señor capitán Almagro, cuando los tenemos encima!
—No os
impacientéis, señor Morán, que el momento está próximo— contestó Gómez de
Almagro, por decir algo al infeliz perturbado.
Una
“flechada” copiosa cayó al centro del grupo seguida de una lluvia de piedras;
todas rebotaron, menos una que llevó la cimera al soldado Gabriel Maldonado.
— ¡Legión
de diablos! —rugió el jinete, mientras su caballo atontado por otra pedrada,
sacudía violentamente la cabeza.
Maldonado
se tiró al suelo y recogió la cimera; se la encasquetó con todo cuidado y montó
nuevamente, sin hacer caso de una nueva andanada que cayó a su alrededor.
Los
caballeros tuvieron que soportar el ataque, sin poder castigar a los indios,
porque éstos se encontraban impunes en las altas enramadas de los árboles; los
dejaron allí y optaron por alejarse para quedar fuera del alcance de sus
flechas; pero el aviso de la cercanía de los primeros escuadrones indígenas
estaba dado. Clavaron espuelas y trataron de ganar una descampada que tenían
cerca; pronto la abocaron y un espectáculo aterrador se presentó ante su vista.
Una
inmensa muchedumbre de salvajes ocupaba, en ancha media luna, los contornos del
bosque fronterizo; y al centro de este círculo ardía en hoguera un alto y
coposo roble, en cuyas ramas se encontraban suspendidas, como en infamantes
castigos, multitud de armas, cascos, trozos de armaduras, calaveras, osamentas
e impresionante variedad de restos humanos recogidos indudablemente como
trofeos de la aplastante victoria que los indígenas habían obtenido el día
anterior-
En lo más
alto del roble y envuelta en la densa humareda, dibujábase la espantable
silueta de un hombre colgado del cuello. Ese cuerpo estaba vestido con harapos
de vestimenta española, y si era efectivamente el de un soldado, o si era un
muñeco, sólo aquellos salvajes podían saberlo.
Los
Catorce quedaron horrorizados en presencia del macabro espectáculo.
Tenían
por delante una explanada, y 'la situación era aparente para dar una carga; no
titubearon, pues, y afirmándose en los estribos, enristradas las picas y
encomendándose a Dios, avanzaron al trote de sus caballos bufantes y
encabritados por el espolín. Al notar el avance decidido, los indios se
aprestaron también para el ataque, y dando saltos de incitación, empuñaron sus
largos coligües y partieron en loca algarabía contra sus enemigos.
A menos
de cincuenta varas de distancia, los españoles lanzaron sus caballos a galope
tendido, abriéndose, los Catorce, en ancha fila; los primeros indígenas que
recibieron el tremendo choque cayeron arrollados bajo las patas de las bestias
y los golpes de los jinetes, y más de uno “revolvió” su caballo sobre algún
grupo de obstinados, que se rehízo para detener el avance. Destruida la primera
resistencia, los caballeros encontráronse envueltos por una masa más compacta
que estrechaba sus movimientos a medida que avanzaban a través de las
enmarañadas “tupiciones” de cuerpos derrumbados y fallecientes, pero
desesperados y rabiosos.
Las picas
españolas fueron cayendo destrozadas una después de la otra, con los repetidos
golpes que sus dueños menudeaban contra aquellos fuertes pechos desnudos, y
poco a poco, empezaron a salir al aire las espadas, blandeadas de alto a bajo
en mortíferos mandobles; caen los salvajes a los pies de sus enemigos, y como
por ensalmo levántase al frente de los españoles otra turba de refresco que
ocupa el sitio vacío, sin que nadie se ocupara de socorrer al derrotado, si no
es para echarlo a un lado y despejar el campo de pelea.
El avance
de los Catorce a través de los sucesivos escuadrones bárbaros, más que una
expectativa de salvación constituía el mayor peligro; era el avance sobre un
lago cenagoso y acantilado, cuyo fango habría de cubrir, por fin, a quienes
intentaran atravesarlo; las masas bárbaras se habían derramado por el campo
frontero en extensión interminable, y por más que los valerosos castellanos
hubiéranse abierto paso en las primeras avanzadas, momento habría de llegar en
que fueran impotentes para ganar el otro lado. Sin embargo, las energías de
aquella gente incomparable no amainaban y cada nuevo ataque de sus porfiados
enemigos se estrellaba contra la resolución inquebrantable e instintiva de
salvar la vida.
Fatigados,
heridos, desangrados, su empuje, sin embargo, tenía que ir disminuyendo por el
orden natural de los hechos; era sobrehumano pretender que tan desigual combate
pudiera mantenerse indefinidamente y que las fuerzas de cada cual no decayeran
ante los descansados escuadrones que a cada momento substituían a los que iban
quedando fuera de combate.
Un grupo
de refuerzo al mando de Angol —el bravo toqui de allende Nahuelbuta, que
desafiara a singular combate al capitán Avendaño, cuando éste echaba los
cimientos del fuerte de los Confines— envolvió en un movimiento rápido y
afortunado al soldado Pedro Fernández Niño en los momentos en que éste se
defendía de un violento ataque de otro grupo que combatía al mando de Leucotón,
“varón membrudo que a ninguno daba plaza en el manejo de la lanza’’.
Si la
situación del soldado español era peligrosa ante el ataque, de Leucotón, llegó
a ser extremadamente comprometida cuando Angol vino a reforzarlo con sus
guerreros de refresco; Fernández Niño midió el peligro y trató de salvarlo
echando su caballo, tres veces herido ya, sobre una “pelcha’’ de enemigos que
se empeñaba en tomar a la bestia por las riendas. Pero la violenta sacudida que
dio el animal para desprenderse de sus atacantes, “descompuso” al jinete, lo
echó sobre las ancas, con los estribos y las riendas perdidos, y aun le obligó
a soltar la espada, que vino a quedar colgante de la dragona.
Cuando
Pedro Fernández hacía esfuerzos por volver sobre su montura y presentaba
descubierto el abdomen por la parte baja de la armadura, recibió una tremenda
lanzada que “le atravesó”...
Unos
dicen que Angol fue el homicida
otros que Leucotón, y esto es más cierto;
cualquiera de ellos que fue, de gran caída
¡Pedro Niño quedó en el campo, muerto!
Desplomóse
el herido llevando aún atravesado el trozo de pica y no alcanzó a llegar al
suelo, porque fue despedazado en el aire por los indios enfurecidos. El
caballo, libre de riendas y de espuelas y sin carga de jinete, saltó por sobre
los combatientes y por encima de los montones que formaban los caídos,
derribando e hiriendo a los que alcanzaba con sus ferradas patas, y, por
último, cayó también en los precisos instantes en que Leucotón saltaba sobre
sus lomos con la pretensión de dirigir, desde allí, a los suyos.
Ninguno
de los españoles se dio cuenta, al parecer, del desaparecimiento del soldado
Fernández Niño, porque en esos instantes la batalla arreciaba por todas partes
y encontrábase cada cual más comprometido; era que Lautaro había llegado con
sus tropas y acababa de entrar en combate ordenando sistemáticamente los
sucesivos ataques que habrían de producirse, respondiendo a su plan de batalla
recientemente ideado y puesto en práctica.
Don
Leonardo Manrique reparó en el refuerzo de Lautaro y vióle destacarse montado
en su caballo, detrás de un escuadrón de infantes, incitando a los suyos; él
caballero español midió el peligro y en un rápido impulso resolvió conjurarlo
lanzándose contra el caudillo araucano, con la esperanza de vencerlo por
sorpresa. En un esfuerzo supremo picó a su bestia, desentendiéndose de los
adversarios que lo atacaban por delante y logró desasirse de ellos; atravesó,
como pudo, por entre los grupos de indios que se apartaban espantados ante la
carrera loca de su caballo, y logró avanzar hasta unas cuantas varas del
general indígena; una valla formidable detuvo a su caballo encabritado, y el
jinete se encontró solo, en medio de una turba ansiosa de sangre española; a
los pocos instantes un recio golpe en el casco lo volteó del caballo.
Los
restos del caballero Manrique quedaron desparramados sobre la ensangrentada
yerba, y sus armas sirvieron para que, al poco rato, fueran paseadas como
trofeos entre los victoriosos, y sirvieran de aliciente para obtener el triunfo
definitivo.
El
refuerzo traído por Lautaro había venido a resolver el combate, hasta entonces
interminable; Sancho de Escalona sucumbió en seguida por haber venido a tierra
su caballo por un golpe en la nuca,
y tras él
al suelo fue Diego García,
de una llaga mortal abierto el pecho.
Gabriel
Maldonado, atacado por Tucapel, no resistió más, y dobló sobre el tórax su
cabeza herida por cinco pinchazos; fue arrancado inerme de encima de la montura
y destrozado sin piedad. Sobre el caballo, sin dueño, montó Ongolmo, y “para
mayor ofender al caballero” arrancó de la cabeza de Maldonado, que “andaba
suelta”, el casco y la celada y se los “calzó” con soberbio desprecio.
Los nueve
restantes, envueltos por las hordas en tropel, se debatían desesperados para
romper la compacta y enfurecida muchedumbre y conseguir un avance precario
hacia el “paso estrecho” que constituía la única esperanza de salvación, y del
cual los separaba todavía el espacio de unas doscientas varas largas, cubiertas
casi materialmente de enemigos. Gómez de Almagro quiso intentar el último
esfuerzo y empuñó el cuerno para tocar a reunión.
El sol se
escondía ya por detrás de las montañas, y empezaba a invadir el campo la
primera pestañada del crepúsculo; la hora era oportuna para dar la atropellada
final que debería decidir la suerte de ese puñado de héroes inauditos que
peleaban desde el alba, que se habían mantenido compactos durante diez horas y
que ya estaban reducidos en su tercera parte.
Lograron
juntarse en grupo después de varias fracasadas tentativas y a una voz del
capitán lanzáronse directos hacia el ansiado desfiladero a todo lo que podían
dar de sí los nobles y leales brutos que “habían peleado casi más que la
gente”. Al centro de la escuadra corría furibundo el mutilado Juan Morán de la
Cerda ostentando al aire su “ojo seco”, pues durante la pelea se había
arrancado la venda...; el aspecto de aquella cabeza con sus pelos y barbas
desgreñados y sangrantes, con sus carnes congestionadas y con su único ojo
hiriente, como el de una lechuza, debía ser feroz.
La
atropellada fue avasalladora y las masas indígenas no la pudieron detener; pero
en ella pereció otro compañero, Andrés de Neira. Los ocho restantes fueron
llegando sucesivamente a la colina, habiendo sido los primeros Juan Gómez de
Almagro, Gregorio de Castañeda y Alonso Cortés, los cuales, para no detenerse y
perder el impulso afortunado de su avance, se metieron impertérritos por el
desfiladero, en la confianza de que los demás habrían de seguirles.
Pero los
indígenas, pasados los momentos de estupor que les produjera la audaz
atropellada de los castellanos, estrecharon sus grupos y formaron a la entrada
del “paso estrecho” una valla formidable que los otros cinco caballeros no
pudieron romper; estaban perdidos irremisiblemente si no salían de ese círculo
en donde ya se había iniciado un combate recio que amenazaba con hacerse a cada
momento más peligroso por la llegada de nuevos grupos de guerreros.
Juan
Morán colocóse a la cabeza de sus compañeros y alzando su voz ronca y rencorosa
gritóles:
—Avanzad
por la derecha, detrás de mí... —y encabritando su caballo para deshacerse de
un grupo que se colgaba de la brida, lo obligó a repechar por una ladera
empinada y pedregosa que los indígenas tenían abandonada por no figurarse jamás
que podía ser utilizada por caballería.
Los
cuatro jinetes lanzáronse valientemente detrás del temerario caballero y a los
pocos minutos encontrábanse en la cúspide, mientras los enemigos escarbaban
inútilmente los pedruscos para seguirlos. Los cinco jinetes habían logrado
deshacerse de sus atacantes, los cuales bajaron nuevamente al plan con el
objeto de rodear a los fugitivos; pero para lograrlo tenían que hacer una gran
vuelta y esto era problemático, porque las sombras de la tarde caían de lleno
sobre el funesto valle de Elicura y los indios empezaban a guarecerse en el
interior de la montaña.
Al llegar
arriba, Morán y sus cuatro compañeros se echaron a buscar a los tres primeros
que se habían lanzado a través del paso estrecho; algunos grupos de indios,
alzados todavía los seguían, pero sin atreverse a atacarlos; así pudieron
recorrer los alrededores de la planicie sin mayores peligros, llamándolos a
ratos en alta voz, o haciendo sonar el único cuerno que había restado de la
lucha, en poder de Sebastián Martínez de Vergara; era ya de noche cuando oyeron
una voz clamorosa hacia la derecha.
— ¡Ellos
son...! —exclamó Martín de Peñalosa—; ¡abrios por aquí...!
Vergara
sopló vigorosamente su cuerno y los demás gritaron:
— ¡Ah...,
señor capitán Gómez!... ¡Ah!... ¡Estamos aquí... Estamos aquí!... ¡Ah! ¡Ah!
— ¡Ah...!
¡Ah...! —oyóse de nuevo en la lejanía...
—Parece
que es uno solo —dijo Gonzalo Buenos Años—; ¿qué habrá sido de los demás...?
Siguieron
caminando y gritando a través del bosque obscuro con la más confiada
expectativa, pues a cada momento oían más cercana la voz del compañero
extraviado; por fin encontráronse con él; no estaba solo: el capitán Gómez de
Almagro, tendido en tierra, trataba de vendarse trabajosamente las numerosas
heridas que había recibido en la espantosa travesía del desfiladero.
—Falta
Cortés... —insinuó con voz queda Martín de Peñalosa.
— ¡Dios
lo tenga consigo! —respondió el capitán, dolorosamente-; resbaló su caballo y
se despeñó desde lo alto de una roca—. ¿Y vosotros...? —interrogó en seguida.
—Gracias
a Dios, todos en salvo; aquí estamos los cinco.
— ¡Os
salvasteis!...
— ¡Por
favor del cielo!
—No nos
detengamos —insinuó Morán—, que no estamos seguros aquí, y aun tenemos mucho
que andar para llegar a Purén; además el cielo se ha encapotado de nubarrones y
me parece que va a descargarse una tempestad.
—El
capitán Gómez ha perdido su caballo —dijo Castañeda— y debemos llevarlo a la
grupa.
Cada cual
se aprestó a recibir al capitán herido; pero ninguno de los caballos estaba en
condiciones de soportar doble carga...
Gómez de
Almagro echóse nuevamente en tierra y dijo, con voz entera:
—
¡Señores, no penséis en mí; si aguardáis a favorecerme, todos seréis muertos!
Idos, estoy mal herido y más vale que yo solo muera que no todos vosotros.
—
¡Señor...! —exclamaron todos a una voz.
—
¡Marchad, os lo mando, como vuestro capitán que soy!...
Tuvieron
que obedecer al generoso mandato y continuaron su huida, dejando allí, cubierto
con una capa, al heroico capitán.
Cuando
Gómez los sintió alejarse y se perdieron en la selva los últimos rumores de sus
pasos, se incorporó de nuevo, y afirmándose en los troncos de los árboles dio
con una cueva honda y se metió en ella; requirió su espada que en ningún
momento abandonaba, y se echó a descansar... mientras una furiosa tempestad se
descargaba sobre la selva y los rayos se cruzaban por el espacio alumbrando,
fugaces, aquellos campos que habían presenciado las estupendas hazañas de los
“Catorce Caballeros de la Fama”.
§ 7. La
Cuesta de Villagra
La muerte
de Pedro de Valdivia y de sus cuarenta compañeros en la batalla de Tucapel, y
luego el episodio heroico de los Catorce de la Fama, con su cortejo de
encuentros y combates que constituían siempre una derrota o un desastre para
las armas castellanas, habían producido en las filas españolas un “desconsuelo”
rayano en pánico; los más valerosos capitanes sentíanse deprimidos y aun
temerosos de presentar combate con los limitadísimos y mal acondicionados
elementos que habían logrado ponerse en salvo de las terribles embestidas del
ejército indígena, ensoberbecido con sus triunfos.
Y lo peor
de todo era que el ejército, la colonia misma, carecían de jefe, y en tal
emergencia no había quien quisiera afrontar una situación y una responsabilidad
inmensa, como era la de que “se perdiera el reino en sus manos”, porque no
había duda de que el Reino se perdería si se continuaba ocupando el territorio
rebelado, a menos de que apareciera un capitán lo suficientemente prestigioso y
capaz para organizar una defensa, bien difícil en tales circunstancias.
Habían
pasado diez días de la muerte del Gobernador Valdivia, cuando llegó la noticia
de esta gran desgracia a conocimiento de Francisco de Villagra, que se
encontraba recorriendo los alrededores del lago de Raneo, cerca de Osorno, en
obedecimiento de órdenes de su jefe y amigo, para elegir un sitio en donde
fundar una nueva ciudad que debería llamarse Marina de Gaete, en honor de la
esposa del Gobernador; al saber el trágico fin del ilustre capitán, su amigo
del corazón, “Villagra rompió en llanto, y echándose en un lecho no quiso ver a
nadie” durante algunas horas. En la tarde, después de la comida y siesta,
comunicó a los soldados su resolución de “partir con todo el campo que conmigo
estaba” en auxilio de las comarcas en peligro.
En esas
fechas, que eran las de 9 ó 10 de enero de 1554, ya los Cabildos de Valdivia e
Imperial habían elegido a Villagra “por Gobernador interino y Capitán General
hasta que Su Majestad otra cosa proveyere”, tomando en consideración, decía el
Cabildo de Valdivia, “los peligros en que está la colonia, y las aptitudes del
electo y el respeto que todos le profesamos”; cuando Villagra llegó a esta
última ciudad fue recibido por el vecindario con los honores de Gobernador, y
muchos querían besarle las manos “e le llamaban señoría”; el austero capitán
rechazó tales manifestaciones y aun las censuró, primero, porque no podía
reconocer a un Cabildo el derecho de elegir Gobernador, y segundo, porque “aun
no se tenía la certenidad de la muerte de Pedro de Valdivia”.
Sin
embargo, el capitán no podía desentenderse de la gravedad de la situación; los
cabildos, aunque estuvieran investidos de ciertas facultades administrativas no
podían tomar en sí el gobierno civil y militar, que, en todo caso, sólo tendría
efecto en los límites de su jurisdicción; necesitábase, absolutamente, que
alguien asumiera el mando en jefe y diera en esa angustiada situación un rumbo
enérgico y eficaz al gobierno, para salvar a la colonia que estaba a los bordes
de sucumbir con los últimos desastres. No pudo seguir rehusando Villagra el
cargo que se le confería por los Cabildos de Imperial y Valdivia, a los cuales
se había unido el de Villarrica, ciudad que había sido “despoblada” al
conocerse el desastre de Tucapel y el levantamiento general de los indios.
Aceptó, pues, Francisco de Villagra el nombramiento de Capitán General y
Justicia Mayor “deste reino de la Nueva Extremadura”, y en esa condición
levantó las tropas que pudo, que no eran muchas, y al frente (le unos cincuenta
soldados partió apresuradamente a Concepción, pues llegaron noticias de que
aquella ciudad encontrábase en inminente peligro de caer en poder de los
indios.
No quiso
Villagra tomar el camino de la costa para ir a Concepción; tal vez consideró
peligroso cruzar con tan poca tropa los campos de Tucapel y Arauco, en donde
había sido derrotado el Gobernador Valdivia, regiones que deberían encontrarse
repletas de enemigos ensoberbecidos; tomó el camino oriental de la cordillera
de Nahuelbuta y endilgó hacia la Ciudad de los Confines o Angol, donde esperaba
encontrar también algún refuerzo; pero al llegar a sus contornos vio que
también había sido “despoblada”. La dispersión y la fuga eran generales.
Continuó
su viaje con todas las precauciones imaginables, y al llegar al paso de
Bío-Bío, frente a Quilacoya, vio que había reunido alrededor de ochenta
soldados.
De aquí
destacó una avanzada de ocho hombres para que se llegaran a la Concepción y
anunciaran la proximidad del “ejército”, si la ciudad continuaba en pie o, en
su defecto, para que, explorando la región circunvecina, informaran a Villagra
del estado en que se encontraba. En ésta avanzada iba el Visitador
Eclesiástico, Hernando Ortiz de Zúñiga, que con su prestigio sacerdotal hizo un
oportuno papel al llegar a la ciudad y encontrar a todos sus habitantes
“espantados y afligidos con las tremendas noticias de la “destrucción” de Pedro
de Valdivia y de sus cuarenta compañeros.
Cuando
los penquistas divisaron la pequeña columna que avanzaba por los senderos
ribereños del Bío-Bío, “hombres, mujeres e frailes” salieron a encontrarlos
“dando grandes gritos y llorando de alegría”, con otras demostraciones no menos
concluyentes del gran temor que abrigaban por su suerte, ante el “abandono” en
que habían quedado. El visitador Ortiz de Zúñiga “les platicó para consolallos”
y les infundió ánimo y confianza, anunciándoles que detrás de ellos venía
Villagra con ochenta soldados, haciéndoles saber que los Cabildos de Valdivia,
Imperial y Villarrica habían nombrado a este prestigioso militar como Capitán
General y Justicia Mayor del Reino, y la necesidad que había de que el mando
del ejército y de la colonia estuviera en una sola mano y se pudiera organizar
la defensa en forma eficiente.
Por
cierto que nadie se opuso a esta insinuación del Visitador, y todos se
aprestaron a reconocerlo con las formalidades del caso, sobre todo, cuando días
antes el Cabildo había abierto un pliego lacrado y sellado que el Gobernador
Valdivia había depositado en poder de la corporación municipal, en el cual
había “un tanto de su testamento”, fechado en Santiago tres años antes. En este
documento, el Gobernador, haciendo uso de la facultad que le diera el
Presidente La Gasea, en el Perú, al nombrarlo Gobernador de Chile por el Rey,
designaba como sucesor en el mando, para el caso de su muerte, a Jerónimo de
Alderete y, en su defecto, a Francisco de Aguirre; ninguno de estos dos
capitanes estaban en Chile: el primero se encontraba en España, a donde había
ido por encargo de Valdivia y el segundo en el Tucumán; el gobierno del reino
estaba, en realidad, acéfalo, y no pudiendo permanecer sin cabeza, en tales
circunstancias, era indiscutible que los Cabildos, como única autoridad
constituida, tenían perfecto derecho para elegir al Capitán General “mientras
Su Majestad otra cosa proveyese en su real servicio”.
A mayor
abundamiento, Villagra desempeñaba el cargo de Teniente de Capitán General, por
nombramiento de Valdivia y si bien esta tenencia cesaba con la sola muerte del
mandante, nadie podría alegar que designando a Villagra para jefe del ejército,
no se interpretaba la última voluntad del Gobernador fallecido.
No hubo,
pues, discrepancia alguna y todo el mundo se preparó para recibir a Villagra
como Capitán General y Justicia Mayor; más aún, el vecindario todo salió a
recibirle a una jornada de camino, llevándole alimentos para la tropa, en medio
de las mayores demostraciones de contentamiento y de alegría; consta de
muchísimas declaraciones que la gente exclamaba, alzando las manos, arrebatada
de gozo:
—
¡Bendito sea Nuestro Señor, que si perdimos un padre en nuestro Gobernador
Pedro de Valdivia, agora hemos cobrado otro padre en Francisco de Villagra!
Hecha la
jornada, la tropa, su capitán y el vecindario entraron a Concepción y el nuevo
jefe fue llevado al “palacio” de Pedro de Valdivia que se le había destinado
para alojamiento; inmediatamente se reunió el Cabildo presidido por el
corregidor Gaspar de Vergara, recién nombrado en reemplazo de Diego de Oro —que
falleció heroicamente en Tucapel— y por sus alcaldes Gaspar de las Casas y Juan
de Cabrera; en pocos minutos quedaron redactados los requerimientos que se
presentaron a Villagra, de parte del Cabildo de Concepción para que aceptase el
cargo; a esos requerimientos se unieron los del Cabildo de Angol, cuyos
regidores, ya lo sabemos, habían despoblado la ciudad y guarecídose en Penco,
junto con sus cuarenta vecinos.
“Repetidos,
como de costumbre, los requerimientos, Villagra aceptó el cargo”, y de esta
manera quedó designado Capitán General y Justicia Mayor del Reino, por todos
los cabildos de las ciudades australes, “hasta que la voluntad de Su Majestad
se manifestase”.
Una de
las primeras disposiciones del nuevo jefe de la colonia fue enviar mensajeros a
Santiago para pedir, junto con refuerzos para emprender una campaña decisiva
contra Lautaro, el reconocimiento, o la aceptación del nombramiento que los
cabildos sureños acababan de hacer en su persona para Capitán General; era
necesario, en esos momentos, dar unidad al Gobierno, darle cohesión y
fortaleza, a fin de salvar a la colonia; para desempeñar tan importantísima
misión, Villagra eligió a dos sujetos que tenían en la capital buenos y
decididos amigos y sólido prestigio, ellos fueron: el capitán del fuerte de
Arauco, Diego de Maldonado y el heroico jefe de los Catorce de la Fama, Juan
Gómez de Almagro, que había sido, desde la fundación de Santiago, Alguacil
Mayor de la Gobernación.
En otra
oportunidad habremos de conocer las incidencias a que dio lugar esta misión en
Santiago, los resultados que tuvo y sus consecuencias posteriores; por ahora
retendré al lector en la ciudad de Penco para que aprecie los esfuerzos que
hizo Villagra para detener la avalancha de salvajes ensoberbecidos y salvar las
ciudades que aún quedaban “pobladas” en el sur.
Lautaro
había aumentado su prestigio entre sus compatriotas hasta lo sobrenatural;
mandaba sin contradicción, imponía su voluntad sin contrapeso y se hacía
obedecer de los indios, de las tribus y aun de los toquis o por el
convencimiento, o por el terror, persiguiendo y matando sin piedad a todos los
que se negaban a incorporarse a sus escuadrones.
Sabemos
que era costumbre tradicional e inveterada de los araucanos que una vez
concluida la batalla se dispersaran hacia sus “reguas”, cualquiera que hubiera
sido el resultado, sea llevándose los prisioneros que hicieron a los enemigos,
o sencillamente las consecuencias de su derrota; Lautaro cambió de raíz este
sistema y tuvo poder bastante para retener bajo su mando la mayor parte del
ejército, con que dio la batalla de Tucapel, después de haber destruido 'los
fuertes de Arauco y de Purén en continuos y persistentes asaltos que fueron
otras tantas batallas. Aun después de Tucapel, que fue la más importante y la
que mayor botín ofreció a los vencedores, el nuevo Jefe dispuso de casi todo su
ejército para acuadrillar a los Catorce de la Fama, en el valle de Elicura.
A pesar
de todo su prestigio, Lautaro no logró retener a sus huestes después de estas
cuatro grandes victorias y le fue preciso contra todos sus deseos postergar por
algunas semanas la realización de la aspiración principal de su formidable
campaña; la destrucción de la ciudad de Concepción. Para esto necesitaba un
ejército más potente aún, y las borracheras y fiestas con que los indios habían
celebrado las recientes victorias habían producido un desbande casi general.
Sin
embargo, el general araucano supo aprovechar aún está circunstancia.
Diligentes
mensajeros se desparramaron por toda la región, incitando a los salvajes a
perseguir tenazmente a los españoles y a destruir los campos sembrados, las
chacras, las estancias y establecimientos mineros y a apoderarse de los
ganados, para mantener el terror y producir el pánico en las poblaciones
cristianas. “Andaban muy desvergonzados y muy sobre sí y orgullosos haciendo y
diciendo cosas que lo daban a entender”.
Inmediatamente
de tomar el mando del Reino, o mejor dicho de la región austral, Francisco de
Villagra empezó a preparar la defensa de la ciudad de Penco, y la represión y
castigo de los rebeldes. Siguiendo la costumbre, envió mensajeros a las
diferentes tribus, ofreciéndoles el perdón por la muerte del Gobernador
Rodríguez y “por las quemas de iglesias, santos e cruces que habían hecho
hartas”; pero a todas esas promesas, los indígenas contestaban con mayores
depredaciones aún “e facían muchos fieros y decían que no habían de dejar
cristiano vivo”.
Bien
poco, o mejor dicho, nada ganó Villagra con este sistema, y hubo de convencerse
de que la única forma de restituir al dominio de las armas españolas la región
del sur, era recurrir a las armas en forma de una guerra punitiva concluyente;
y como, a pesar de haber pasado tres semanas de haber enviado a pedir socorro a
Santiago para emprender la campaña, sólo se sabían de la capital noticias
ambiguas y “desconsoladoras”, el Capitán General reunió en Cabildo abierto a
las personas más notables de Concepción, y habiéndoles consultado el caso,
“todos opinaron la necesidad de salir contra los rebeldes, escarmentarlos y
someterlos de nuevo”.
Los
preparativos para la campaña empezaron con actividad febril; había pasado un
mes de inacción esperando unos refuerzos de la capital que no llegaban, y los
indios cada vez más “desvergonzados” atribuían esta inacción a miedo. Según se
corrió en aquellos días, “el cacique Peleteguén había pasado el río con miles
de indios”, y juntándose con las tribus de Itata y del Andalién para asaltar la
ciudad. No era posible, pues, perder más tiempo.
Hecho el
“recuento escrutinio” de las tropas “e vecinos” encontróse que había
“doscientos dieciséis o diecisiete” hombres; Villagra escogió los más aptos
para la guerra, que eran ciento cincuenta y cuatro; el resto, unos sesenta,
fueron dejados para la defensa de la ciudad. Cabe advertir que de éstos eran
treinta y tres de infantería, “casi todos viejos e inútiles”, y los otros de
caballería, cuyos animales eran tan desmedrados, “que el mejor dellos había más
de veinte años”.
Después
de cerca de un mes de preparativos meticulosos, la columna salió de Concepción
en demanda del enemigo que, según las noticias recibidas, habíase juntado por
los alrededores del fuerte de Arauco. No podía desconocerse que este “ejército”
iba bien “adherezado” y apertrechado; aparte de que todos los soldados llevaban
sus armas y equipos completos, y sus caballos bien cuidados y atalajados,
Villagra iba a “estrenar” en Chile un arma desconocida hasta entonces por los
araucanos: la artillería; era una batería de seis pequeños cañones que había
enviado, recientemente, “como obsequio” a Pedro de Valdivia, la Real Audiencia
del Perú que gobernaba allí en acefalia del Virrey.
Como
complemento a estos cañones, Villagra había hecho construir “ciertas mantas de
madera para baluarte e muchos otros adherezos y pertrechos para ello”.
Bien
podía calificarse de poderoso el ejército con que Francisco de Villagra salía a
destruir definitivamente las huestes de Lautaro, y nadie, por cierto, dudó ni
siquiera por un instante de que con esta campaña “toda la tierra habría de
venir de paz, y para siempre”.
La
primera jornada de la columna fue corta —apenas de cuatro leguas— y se levantó
el vivac al extremo sur del valle de Andalicán. Villagra destacó varios
exploradores que llevaban, además, la misión de proponer la paz a los indios,
asegurándoles el perdón de “todos sus crímenes y delitos”, siempre que se
sometieran; algunos de los mensajeros o exploradores regresaron con malas
noticias; los indios que habían podido aprehender, aseguraban sin reticencia
alguna “que toda la tierra quería pelear”; otros exploradores no regresaron, y
después se supo que habían sido muertos y sus cabezas ensartadas en picas,
llevadas como trofeo.
Se
perdieron, pues, todas las esperanzas de “traer la paz” a los indios, y
Villagra siguió su marcha con suma precaución. La segunda jomada no fue más
larga que la primera; después de cruzar el valle de Andalicán, siempre por el
camino de la costa y casi a la vista de la playa, la columna atravesó el
pequeño río Colcura, y empezó la ascensión de la serranía de Marigüeñu, para
caer al valle del Chivilingo que separa a este cerro de otro un poco más
empinado y abrupto que se llama Laraquete.
A pesar
de haber llegado a este valle un poco después de mediodía y de ser posible
repechar el cerro Laraquete esa misma tarde, Villagra ordenó acampar en el
valle y pernoctar allí, para no exponerse a ninguna contingencia ni aun a las
más remotas; ya he dicho que el capitán marchaba con precauciones extremas,
convencido como estaba de haber entrado a la zona peligrosa: la soledad de los
campos, la tranquilidad absoluta que hasta ese momento había encontrado a su
paso, le manifestaba claramente que el ejército enemigo, si no estaba oculto ya
en los tupidos bosques que habían cruzado, se encontraría muy cerca de ahí.
Ambas
suposiciones eran exactas: el ejército español encontrábase rodeado y copado
por los escuadrones indígenas desde su primer vivaqueo en el valle de
Andalicán; en esa condición había cruzado el río Colcura y la serranía de
Marigüeñu; en esa misma situación iba a pernoctar en el valle de Chivilingo, y
en idéntica forma habría de repechar la cuesta de Laraquete, hasta la explanada
de la cumbre, que era el sitio elegido por Lautaro para presentar al ejército
español la gran batalla en que esperaba destruirlo.
El plan
del general araucano era el mismo que ideó y puso en práctica en la batalla de
Tucapel, pero evidentemente, sus detalles estuvieron ahora mejor estudiados con
las experiencias que recogió en la pasada acción. Conocedor del terreno, palmo
a palmo, ocultó a sus tropas en los tupidos bosques ribereños y en los
numerosos accidentes naturales del terreno, sin que el ejército español, a
pesar de sus meticulosas precauciones, se diera la menor cuenta del enorme
peligro en que había caído.
A medida
que avanzaba la columna española, las tropas araucanas iban cerrando la
retaguardia y cegando los senderos con grandes árboles, a fin de impedir la
retirada y de hacer imposible la fuga de las tropas en derrota, sobre todo, la
caballería.
Lautaro
había ideado también nuevas armas para su gente, y nuevos métodos para la
defensa personal; antes, los indios peleaban desnudos y era fácil para los
españoles hacer muchas bajas con sus picas y con sus afiladas y potentes
tizonas; por otra parte, las armas de los araucanos no variaban de la maza, la
lanza y la flecha.
El
general araucano, junto con mejorar la calidad de estas armas, haciéndolas más
manejables y adaptando en las flechas y lanzas “ciertas puntas fuertes” y en
las mazas “agudas púas”, inventó una nueva arma que dio resultados terribles en
la batalla que se preparaba: esta arma era “un lazo que echaban al cuerpo del
jinete, hecho con una pica o vara y tiraban de él muchos indios y traían al
suelo al jinete y lo mataban sin remedio”.
En esa
misma batalla se vio que muchos indios llevaban el cuerpo y pecho cubiertos con
cueros de animales, “muy fuertes, que las espadas chocaban y no hacían efecto”.
Lautaro
se demostraba como un genio militar de excepcionales dotes; y estas cualidades
nativas, sin cultivo alguno, iban a doblegar en campo abierto, la pericia
estratégica de capitanes de guerra que habían sido vencedores en las más
grandes campañas de Italia, Flandes y Alemania.
Levantando
el campamento de Chivilingo con el alba del día 26 de febrero de 1554,
Francisco de Villagra dio la orden de repechar la cuesta del cerro Laraquete,
que desde ese día se llamó y se llama hasta el presente, “la cuesta de
Villagra”, en memoria de la más grande y trascendental derrota que jamás hayan
tenido los españoles frente a las tropas araucanas...
¿Qué
cantidad de indios contaba el ejército de Lautaro en la batalla de Marigüeñu?
Es bien
difícil, si no imposible, hacer un cálculo más o menos exacto. Los
historiadores de la época o más propiamente, los que, como Mariño de Lobera y
Góngora Marmolejo se encontraron en esa acción de guerra, afirman que los
indios enemigos llegaban a cien mil; don Alonso de Ercilla, que recogió sus
informaciones en los mismos campos y regiones, cuatro o cinco años después de
los sucesos y de boca de los actores mismos, acepta esta cantidad, o por lo
menos no se advierte en su relación de “La Araucana” duda alguna de que los
enemigos fueron “innúmeros”. Igual cosa se deduce de las declaraciones de
testigos presenciales y actores de la batalla, como Cristóbal López, Diego
Cano, Cristóbal Varela y el maestre de campo del ejército español de Marigüeñu,
el célebre Alonso de Reinoso, vencedor, pocos años más tarde, de Caupolicán y
su sacrificador, en la plaza de Cañete.
“Los
campos estaban llenos”, advierte Reinoso en su declaración, como para
justificar la enorme cifra de enemigos que él señala, con su autoridad de
segundo jefe del ejército en esa acción de guerra.
Apenas
despuntó la aurora del día 26 de febrero, las trompetas españolas atronaron los
aires para que el vivac se levantase y se preparase la marcha en la repechada
final del cerro de Laraquete, con lo cual quedaba el camino de la costa
expedito hacia los fuertes de Arauco, de Tucapel, de Purén y de . la Imperial,
en cuyos campos, según la creencia de Villagra, debía encontrar a las huestes
enemigas.
Un poco
antes de dar la voz de marcha, Villagra llamó a su maestre de campo, Alonso de
Reinoso y díjole:
—Señor
maestre, sea vuestra merced servido de tomar treinta soldados de los que
vuestra merced elija y salir con ellos de avanzada, señalándonos el camino
hacia la cumbre del cerro, porque abrupto es y debemos evitar el despeñadero.
Reinoso
dio una voz y luego estuvo a su lado Diego Cano, su amigo y compatriota, pues
ambos habían venido a las Indias, juntos, en una de las armadas de Fuenmayor, y
posteriormente, también juntos, en la expedición de Francisco de Villagra desde
el Perú a Chile. Cano era soldado distinguido, y en esa campaña tenía bajo su
mando la sargentía provisional de un “cuadro” de caballeros lanzas.
—Venga
usarced conmigo, señor Diego Cano, y con sus caballeros, que a nosotros toca,
por disposición del señor general, marchar de avanzada.
Y
colocándose al frente de la columna, que ya estaba formada, alzó el brazo y
“echó la voz” apretando los ijares del potro.
Media
hora más tarde la fila trepaba el farallón rocoso abriendo senderos a través de
la montaña, por los cuales siguió serpenteando la columna en demanda de la
cumbre.
Reinoso y
Diego Cano tomaron colocación adelante, y de vez en cuando abarcaban con su
mirada el extenso panorama que dominaban desde la altura, iluminado por los
primeros rayos del sol. Un perro que había seguido a la columna desde
Concepción, repechaba al costado de las cabalgaduras, trotando insistentemente
con las fauces abiertas y la lengua colgante sin abandonar un momento el sitio
que tomara al lado de su amo Diego Cano.
—¿Ese can
es vuestro, señor Cano? —preguntó Reinoso, al reparar en el animal que, sentado
sobre sus cuartos traseros, esperaba, en cada paradilla, que los caballeros
continuaran la marcha.
—Creo que
me reconoce por su amo, señor maestre —contestó Cano—, porque desde que se
juntó a nuestra expedición en el Tucumán, lo he visto siempre a mi vera; por lo
demás, si alguna vez le di que comer, las otras se ha buscado él mismo su
comida, y en cuanto a protección, he visto que se defiende bien con sus
dientes, que los tiene buenos, según veis. No hay indio que se le resista
—agregó Cano— y como vigilante, es de la mejor marca.
Evidentemente
que el perro se dio cuenta del elogio, porque miró a su amo y azotó varias
veces la cola en el pasto.
Dos horas
de ascensión llevaba la columna sin que la avanzada hubiese notado movimiento
alguno que denotase la presencia de enemigos; la tranquilidad y soledad de la
montaña había relajado un tanto la vigilancia en que marchaba la tropa; desde
la altura que habían alcanzado, los “corredores” podían ver que toda la
expedición había faldeado ya casi toda la repechada y se encontraba próxima a
salvar la cumbre; media hora más tarde, Reinoso y su avanzada llegaban a la
cima en donde “había una planicie larga de algunas cuadras y ancha cuanto
alcanza un tiro de fusil”, pero entrecortada de bosque y espesura.
El
historiador jesuita, padre Miguel de Olivares, describiendo esta planicie,
agrega que “por la parte oriental está cerrada por una selva densa que no da
paso y por el occidente la ciñe un gran precipicio que cae al mar”. Esta
plazuela situada en una cumbre de escarpado y agrio ascenso, aislada por
precipicios y montañas impenetrables, era el sitio elegido por Lautaro para
presentar a los castellanos la batalla decisiva que venía preparando desde dos
meses atrás.
Ya he
dicho que la columna española se encontraba rodeada de enemigos desde la
“dormida” que había hecho en el valle de Andalicán, en su primera jornada, y
que las huestes indígenas iban cerrando el camino a la retaguardia a medida que
la columna avanzaba en su repechada del cerro de Marigüeñu y en su vivac de
Chivilingo; por cierto que en esta última ascensión del cerro Laraquete en cuya
cima se iba a dar la batalla, los escuadrones araucanos debían ser más densos
y, por lo tanto, ser más difícil para ellos mantener el sigilo de su presencia.
El
maestre Reinoso había llegado ya a la cima y esperaba allí, a la sombra de un
roble enano y corpulento, que fueran ganándola uno a uno, los soldados de su
avanzada, para disponer, una vez todos reunidos, el cruce de la plazoleta y
reconocer el sitio por donde se debía realizar el descenso del cerro Laraquete,
con lo cual la expedición entraría a campo abierto para avanzar hacia el
“estado” de Arauco; a poco se le reunió Diego Cano y algunos más, hasta veinte,
todos los cuales,, para esperar a sus demás compañeros y dar algún descanso a
sus caballos, echaban pie a tierra y antes de tenderse bajo la “deleitosa” y
fresca sombra de los árboles “algunossoltaron los atalajes de su cabalgadura”
para que los animales pacieran, “sin largarles las riendas”.
Reinoso
reparó en esto y consciente de su responsabilidad de jefe, díjoles con
severidad:
—Ved que
hacéis malamente, señores, al descuidaros así; requerid, os lo mando, vuestros
caballos y armas, que no estamos en cuarteles, sino en campo enemigo, ni
siquiera en vivaqueo, sino en marcha de guerra.
“Alzáronse
los que habíanse echado” y todos se dieron cuenta de la razón que asistía al
maestre Diego Cano, al pie de su caballo, se solazaba extendiendo su mirada por
la llanura brumosa del mar que tenía a su frente y por la playa azuleja de la
ancha ensenada de Laraquete y de vez en cuando aspiraba a pulmón pleno el
cierzo salino y reparador que en periódicos enviones azotaba la altura; su fiel
compañero, el perro del Tucumán, brincaba a su lado, contagiado también por
aquella ráfaga de bienestar que había llegado hasta la columna de avanzada,
después de la fatigosa repechada por la roca agria e inclemente. En un momento
la mirada del soldado se fijó en ciertas rocas de la playa y a través de la
bruma matinal creyó distinguir la presencia de algunos indios que caminaban en
dirección a la desembocadura del río Laraquete que desagua en el mar al pie del
cerro de su mismo nombre, sobre cuya cima se encontraban.
—Señor
Reinoso —gritó Cano—, oiga usarced una palabra y mire.
— ¿Qué es
ello? —dijo el maestre, echando la vista hacia el punto que señalaba con su
brazo Diego Cano.
—Vea,
usarced, que allá van indios y en buen número, y según parece se juntan para
esperamos detrás de aquellos farallones.
—Sí que
los veo —contestó Reinoso— y a fe que me extrañaba de no haberlos visto ya.
Todos los
soldados de la avanzada imitaron a sus jefes y cada cual hizo su comentario al
comprobar la presencia de los enemigos que habían salido a buscar.
— ¡Por
fin nos será dado castigarlos según merecen tales bandidos! —exclamó Martín
Hernández.
— ¡Mande
usarced adelante, de una vez! —imprecó Juan Garcés, saltando animosamente sobre
su caballo y “revolviendo” sobre él.
Y
mientras los demás demostraban su decidido entusiasmo por entrar cuanto antes
en combate, el maestre, que hablaba en ese momento con Antonio Romero, exclamó,
señalando al perro, que había emprendido una veloz carrera hacia el centro de
la planicie, lanzando ladridos rabiosos:
—
¡Atención... señores...¡ Mirad ese can...
Todas las
miradas persiguieron al ensoberbecido animal sin que nadie pudiera explicarse
el por qué de tal furia repentina; Diego Cano corrió instintivamente tras su
perro y alcanzó a avanzar algunas varas en su seguimiento, pero el maestre le
detuvo:
— ¿Qué
hacéis, y adónde vais, señor Cano...? Dejad al perro, que ya volverá...
Pero en
ese mismo momento un alarido formidable atronó los ámbitos de la planicie y una
avalancha de salvajes irrumpió de los contornos, como si surgieran de un
abismo, en medio de un chivateo estridente y ensordecedor que paralizó por unos
instantes la acción de los sorprendidos guerreros españoles.
— ¡A
caballo¡ —gritó Reinoso—, ¡Cerrad las filas y a ellos, por Santiago! —Y dando
el ejemplo se arrojó sobre el primer escuadrón cerrado de enemigos que tenía
adelante.
En pocos
minutos la planicie se cubrió de indígenas y los treinta españoles se vieron
completamente rodeados sin que fuera en su ventaja el gran número de bajas que
hicieron desde los primeros momentos del combate; los enemigos surgían en
número incalculable para llenar los huecos que dejaban los caídos y aun sobraba
gente para retirar del campo a los heridos y aun a los muertos. La organización
de los indios era inusitada. Reinoso midió el peligro y después de media hora
de combate, en el cual mucha de su gente quedó herida, resolvió emprender la
retirada para juntarse con el grueso de la expedición que debería estar cerca.
Formó,
pues, una fila de retaguardia y ordenó que el resto de la tropa “hiciera el
cuadro” al borde de un barranco inaccesible, mientras aquella fila podía
desprenderse de los porfiados ataques de las hordas ensoberbecidas; y una vez
que los diez soldados de retaguardia se juntaron a sus compañeros, emprendió la
retirada por el mismo sendero que acababa de ascender, enviando delante a tres
soldados para comunicar a Villagra la grave incidencia que había detenido la
marcha de la tropa de avanzada.
Los
mensajeros encontraron a los primeros soldados del grueso a media legua de
distancia; aún no se tenía allí conocimiento de lo que pasaba más adelante,
pero tan pronto se supo el ataque de los indios en la planicie de la cumbre, la
noticia se comunicó
como por
un reguero de pólvora a lo largo de la columna, produciendo la alarma
consiguiente y un movimiento general de inquietud.
Villagra
ordenó acelerar la marcha y en primer término la artillería, cuyos cañones eran
transportados a lomo de caballo; una compañía de arcabuceros a pie, al mando
del capitán Diego de Arana, servía esta nueva arma, cuyos efectos
iban a experimentar en pocos momentos más, y por primera vez, los indios de
Arauco.
Un poco
antes que la columna llegara a la cumbre, varios escuadrones indígenas,
mandados por Leucotón y por Llongo- nabal, toquis de Purén y Elicura, cayeron
de improviso sobre la primera división que ascendía por uno de los desfiladeros
más empinados y sólo salvó de un desastre por la oportuna intervención de la
compañía del capitán Sancino, heroico guerrero que debía caer horas más tarde
bajo la maza del toqui Tucapel.
Sin dejar
de ser molestado por los indios y dispersando siempre las diversas partidas que
salían a atacarlo, Villagra llegó por fin a la cumbre después de haberse
juntado con la tropa de Reinoso, la cual, ya lo sabemos, venía en retirada. Su
primera medida después de haber ordenado a la compañía de Sancino que saliera a
campo abierto para dispersar la “pella” de asaltantes que los desafiaba con
grandes vociferaciones e insultos, fue la de disponer la artillería sobre los
“muñones” que llevaban listos.
Entretanto,
numerosos escuadrones surgían constantemente de los bosques vecinos, hasta el
punto de que los caballos “no tenían por donde romper”; las atropelladas
formidables que daba la caballería apenas si lograban hendir algunas varas en
aquel muro de pechos acerados y erizados de lanzas, y por momentos se notaba
que las energías de los castellanos no habrían de sostenerse por mucho tiempo
ante aquella avalancha indomable y continuamente reforzada.
Villagra
apuró el montaje de la artillería y antes de media hora, haciendo retirarse del
campo, previamente, a los combatientes españoles que sostenían la línea, largó
la descarga inicial con “el Tronador”, el primer cañón de pólvora que retumbó
en
las
selvas araucanas. Las hordas, que habían emprendido un ataque de persecución
ante la retirada de la caballería española, quedaron espantadas con el
estruendo de las desconocidas máquinas de guerra y más aún con sus desastrosos
efectos; la “barrida” de la metralla había dejado un horroroso impacto en aquel
muro humano.
Muchos de
los indios se echaron a tierra y la mayoría emprendió la fuga hacia los
desfiladeros; una segunda descarga de otro cañón, y una tercera, arrasaron el
frente enemigo en el sector que daba al barranco frente al mar.
Despejado
de enemigos ese frente, Villagra arrastró la artillería hacia “lo alto de una
loma, la plantó en ella estando en guarda suya veinte soldados de a pie con
espadas y rodelas y algunos montantes para que estuviese más segura” y de allí
enfiló sus cañones, nuevamente, hacia el sur, “desde donde estaban surgiendo
agora los salvajes”, que en formidable atropellada mantenían en jaque a casi
todo el ejército español.
Mientras
se emplazaba esta artillería, cosa que no era tan fácil ni tan sencilla, el
combate en toda la plazoleta adquiría los caracteres más terribles; en cada
embestida de la caballería caían centenares de indios que eran substituidos
inmediatamente por nuevos escuadrones de refresco que tomaban estoicamente el
puesto de los vencidos sin que se notara el menor decaimiento, y por lo
contrario, un empuje cada momento mayor. El emplazamiento de la artillería en
su nuevo sitio demoraba lamentablemente no tanto por las dificultades del
terreno, cuanto porque los salvajes habían atacado también a los defensores de
los cañones y éstos tenían que defenderse cuerpo a cuerpo; Villagra hacía
prodigios de valor y daba pruebas de extraordinaria resistencia física; “se
encontraba en todas partes, combatiendo, animando a los soldados, dando
órdenes, dirigiéndolo todo”. Tal actitud debía llamar la atención del general
indio, que seguramente estaría observando la refriega confundido con los
combatientes.
De pronto
óyense en el campo araucano gritos uniformes y persistentes; Martín Hernández,
que entendía el idioma aborigen, declara que esos gritos decían “que
arremetiesen al apo”, o sea, al jefe español... Efectivamente: un escuadrón
“mandado por un indio membrudo” arremetió contra el grupo donde se encontraba
Villagra, con tal denuedo y valentía, que rompiendo por entre los soldados de
caballería que lo rodeaban, llegaron hasta él, “le echaron un lazo al pescuezo,
hecho con una pica, y cargaron muchos indios, a tirar la pica en que estaba
dicho lazo y dieron con el general en el suelo”,
Como se
comprenderá, los españoles acudieron con gran rapidez a defender a su capitán,
y después de muchos esfuerzos felizmente acertados, lograron desprenderlo del
lazo, “no sin haber sido arrastrado antes por tierra con el rostro cubierto de
sangre”. Salvaron al capitán de una muerte segura, pero tuvieron que dejar que
los indios se llevaran el caballo que Villagra montaba; el “indio membrudo” que
dirigía el asalto trepó sobre el animal y se lo llevó “de presa”. Uno de los
soldados defensores de Villagra se desmontó y “entregó al general su caballo
castaño”. El caballo perdido era de color “rosillo overo”, según afirma Juan
Garcés, testigo presencial de este hecho.
Durante
este combate, un soldado llamado Juan Cardeñoso, “queriendo demostrar en
público su determinación e ánimo, se arrojó solo en un escuadrón de muchos
indios y peleando lo derribaron del caballo con el lazo y en presencia de todos
lo hicieron pedazos sin poderlo socorrer. ¡Cosa de gran ánimo es, cómo quiso
este hombre desesperado acometer una cosa tan grande!”
El
cronista Góngora Marmolejo, que participó en esta batalla, acentúa la
importancia que en esta acción tuvo “la invención de guerra diabólica que
hicieron los indios, que tal fue una vara larga como una lanza en que ataban
desde poco más de la mitad della un bejuco torcido que sobraba de la vara una
braza y más, y esta cuerda que sobraba era un lazo que estaba abierto y por
allí colaban la cabeza de los cristianos e los sacaban de las monturas e los
traían a tierra e los mataban a lanzadas e golpes de porras que traían”
Al montar
otra vez a caballo Villagra “recibió otra celada, porque la suya que traía al
tiempo que lo derribaron los indios, se la quitaron de la cabeza”.
Entretanto,
la artillería había podido emplazarse y se aprestaba para continuar “echando
pelotas e metralla” contra la otra banda de los indios. Habían transcurrido ya
unas cuatro horas de combate y no podía decirse que el campo español estuviera,
no digo triunfante, pero ni siquiera con probabilidades de obtener una victoria
definitiva; los efectos de la artillería habían sido tremendos, pero la falta
de continuidad en esta acción había envalentonado a los indios, hasta el
extremo de que asaltaron los cañones, según acabamos de ver.
Si los
indígenas contaban sus bajas por centenares, o por miles, los españoles no
podían halagarse de no haber tenido pérdidas, y por lo contrario, eran
dolorosas; a las dos de la tarde “había algunos muertos y muchos feridos”,
dicen las declaraciones de buen número de testigos presenciales, y aparte de
esto, las fuerzas extenuadas con cinco o seis horas de combate, la falta de
alimentos, la sed, el calor sofocante, los caballos “sin ánimo” que ya no
podían con sus jinetes, y, en fin, la poca esperanza de salir bien en ese
lance, había deprimido bastante la moral de los guerreros peninsulares.
No era lo
de menos, para deprimir los ánimos, el espectáculo que presenciaron muchos,
todos los que quisieron presenciarlo; “mientras los cristianos clamaban por
agua y por el hambre, los indios se sentaban a descansar mientras otros
peleaban, y comían lo que les traían sus mujeres… ”
Villagra,
sin embargo, andaba de un lado a otro animando a sus hombres, con buenas
palabras a unos, ensalzando sus hazañas, y prometiéndoles grandes recompensas
en nombre del Rey; a otros, decía “que mirasen que eran españoles y que no
fueran tan pusilánimes, pues las habían con indios y no con tudescos”; a otros,
simplemente, los amenazaba e injuriaba, llamándoles “gallinas y bellacos”;
quitaba a otros sus caballos para darlos a I05 más animosos; iba', en fin,
contra otros con la espada desnuda “y a espaldarazos los obligaba a tornar a la
pelea de que intentaban retirarse”.
Tal es el
cuadro que pinta de Villagra, en la batalla de Marigüeñu, nuestro eminente
Monseñor Errázuriz.
Eran más
o menos las dos de la tarde, cuando resonaron de nuevo los cañones recién
emplazados hacia el oriente, desde una meseta rocosa que orillaba un
despeñadero del cerro Laraquete sobre el mar; los estragos de esta metralla
amagaron luego las filas indígenas y durante media hora el combate quedó
suspendido para la caballería española, pues los atemorizados escuadrones
enemigos buscaron salvación en las laderas de la planicie. Villagra aprovechó
este descanso de la tropa y juntó a sus capitanes en consejo de guerra,
mientras los cañones, enfilados hacia los distintos extremos seguían impidiendo
el avance o la organización de los salvajes.
Nadie
podía sospechar que los indios se hubiesen retirado en derrota; su fuga de
aquella parte de la planicie dominada polla artillería debía tomarse sólo como
un movimiento de precaución para evitar las tremendas bajas que les causaba
aquella arma para ellos desconocida hasta entonces; sin embargo, el capitán
Diego Maldonado propuso y aun exigió a Villagra que ordenara la persecución de
los escuadrones enemigos.
—Señor
Maldonado, parece que el arrebato del combate os ha trastornado el juicio
—contesté Villagra—, porque no puedo comprender que un capitán experimentado en
estas guerras, como sois vos, piense en que podemos ir tras de esos salvajes a
través de sus propios bosques y por desfiladeros que nos son desconocidos;
dejad de la mano ese propósito, y aparejaos con los de vuestra compañía, a
formar la retaguardia para que podamos bajar el cerro de Laraquete y arrastrar
al enemigo al valle, que es donde debemos dar la batalla final.
—Señor de
Villagra —intervino el capitán Luis de Toledo—, me parece bien el consejo del
señor Maldonado y a fe que en mi opinión, deberíamos acabar de una vez con
estos bárbaros, aprovechando su desconcierto ante nuestros cañones; pero, en
fin —agregó— vos sois el general y responderéis de todo ante Su Majestad.
—Bien
podéis estar seguro de ello —contestó Villagra—, que jamás he quitado la cara a
lo de mi incumbencia; y como veo que estáis en error los que proponéis que nos
echemos sobre estos indios cuesta abajo, mando que desde este momento impidáis
que vuestra gente se desparrame y por lo contrario, deberéis ordenarle que se
junte para bajar reunidos y en el mayor orden y disposición, llevando en
cuidado a los mal feridos.
La orden
del general era terminante y nadie se atrevió a replicar; sonaron las trompetas
y cada uno de los capitanes partió a reunirse con su gente, que durante ese
tiempo había permanecido arma al brazo, o “deshaciendo” los porfiados pucaraes
que aparecían momento a momento por aquella parte de la planicie que no
alcanzaba a ser dominada enteramente por la artillería.
Las
relaciones de todos los cronistas de esta batalla están de acuerdo en que hubo
un largo momento de suspensión del combate; uno de ellos, Góngora Marmolejo,
afirma que “estando en esta plática los capitanes, los indios se sentaron y
descansaron, comiendo de lo que allí les traían sus mujeres”. Indudablemente,
mientras los capitanes españoles discutían lo que deberían hacer para salir del
mal paso en que se encontraban, el general araucano estudiaba por su parte la
forma de anular de una vez 'la tremenda acción de la artillería, que había
desorganizado sus huestes.
Los
momentos eran de expectativa por ambas partes, pero no podían durar mucho; la
situación de las fuerzas españolas era por cierto mucho más delicada, puesto
que la iniciativa no estaba de su parte; aunque sus cañones habían dominado
momentáneamente el campo, sabían que estaban rodeados de numerosos escuadrones
enemigos y que para salir de ese círculo de hierro tenían que cruzar un
desfiladero desconocido y erizado de peligros; en realidad, habían caído en una
verdadera trampa.
Si era
verdad que la artillería les había dado una positiva ventaja que les
proporcionó un descanso, después de cinco horas de combate, no era menos cierto
que sus enemigos también lo habían tenido, y en condiciones mucho más
halagüeñas, puesto que durante ese tiempo “recibieron refrigerios” que los
castellanos no tenían de donde les vinieran.
Se
preparaba Villagra a dar la orden de marcha para bajar el cerro de Laraquete
hacia el valle del sur y ya había dispuesto la forma en que debían incorporarse
a la columna los artilleros, arrastrando sus cañones; fuera de los veinte
arcabuceros a pie que lo custodiaban, deberían escoltarlos diez hombres a
caballo, al mando del capitán Hernando de Alvarado, llamado “el Hércules”, a
cuyo servicio iban también doscientos indios amigos; esta fuerza formaba un
núcleo de resistencia que el general consideró eficaz para defender las piezas
de artillería, durante el descenso de la peligrosa cuesta del cerro Laraquete,
si por acaso los indios concentraban sobre ella un ataque.
A la
vanguardia fue puesto nuevamente el maestre Alonso de Reinoso, con la gente de
Diego Cano, y a la retaguardia quiso colocarse el mismo Villagra; y una vez que
todos estuvieron listos para emprender la marcha ordenó el general que se
desmontaran los cañones emplazados en aquella meseta rocosa que estaba al borde
del despeñadero del cerro Laraquete sobre el mar, desde donde había barrido a
los escuadrones indígenas.
Apenas
los artilleros hubieron “bajado” los cañones de las cureñas de rudos troncos
que los sostenían, irrumpió de las boscosas laderas más cercanas el primer
escuadrón de indios, que en estridente chivateo cayó irresistible sobre el
grupo de artilleros, “sin que fuera parte para retenellos la arcabucería”,
primero, y la furiosa atropellada de la caballería de Alvarado, después; siguió
a este primer escuadrón un segundo, un tercero, “e muchos más”, y antes de
media hora “se llenó otra vez de combatientes la planicie de la cumbre de
Laraquete, como en las primeras horas de aquel interminable combate que duraba
ya más de siete horas”.
La
avalancha de salvajes fue tan grande, que “valió a Villagra el haber tenido al
ejército enfilado, para no ser destruido in continenti, en cortos instantes”.
Sin
embargo, Lautaro había dispuesto este último ataque en forma que no puede dejar
de sorprender aún a los que nada entienden en estrategia; cuando la batalla se
hizo campal y general, apareció él mismo al frente de un numeroso escuadrón de
gente escogida, armada de largas lanzas, de poderosas macanas, y de aquellos
lazos que ya el lector conoce, se arrojó al centro del ejército español con una
violencia tal y “en tal formidable disposición, que lo partió en dos”,
aislando, desde luego, a la artillería hacia el despeñadero.
Nuevos
escuadrones de refresco atacaron ahora separadamente a cada una de las mitades
del ejército castellano, y en breves momentos las dominaron por el número y por
el empuje irresistible con que entraron en batalla; la “mitad” en que se
encontraba la artillería no tardó en ser completamente desbaratada, pues ahí
fue donde los salvajes concentraron su furor rabioso; cayeron en primer lugar
los veinte arcabuceros, hicieron una tremenda matanza de indios amigos,
atacaron con ferocidad a la caballería y se apoderaron de los cañones.
Villagra
quedó en la otra “mitad”, y aunque hizo esfuerzos enormes por romper la “pella”
que rodeaba a los cañones y a su vista estaba “desbaratando” a sus defensores,
no pudo impedirlo y tuvo que “verlos morir”, concretándose a organizar la
resistencia con la otra parte de su gente, que por fortuna era la más numerosa.
Empero,
“llegó a ser cosa sobrehumana resistir aquella multitud siempre creciente de
enemigos”. Extenuadas las fuerzas de los soldados por el cansancio de ocho
horas de combate, la falta de alimentos, ¡la sed, el calor sofocante y las
abundantes heridas y contusiones que toda la tropa había recibido; y, sobre
todo, por el convencimiento “de la inutilidad de la resistencia” que estaba
invadiendo a los castellanos ante el porfiado empuje de sus inagotables
enemigos, el general empezó a pensar en que lo único que podía hacer para
salvar ¡los restos de su ejército era ordenar la retirada hacia Concepción, ya
que era imposible, por los sucesivos fracasos que había experimentado, seguir
adelante en demanda de los valles del sur.
Vino a
determinar su resolución definitiva de retirar a su ejército el pensamiento de
que mientras más tiempo permaneciera en esas alturas y en esa peligrosa
situación, el enemigo podía concentrar mayor número de escuadrones que le
hicieran imposible el paso hacia el valle de Andalicán y hacia el río Bío-Bío
para ganar la orilla opuesta y defender la ciudad de Concepción.
“Habiendo
los indios ganado la artillería y toda la ropa y armas de sus servidores”, el
general se concretó a disponer la retirada hacia el norte; se trataba de bajar
la cuesta hasta el valle de Chivilingo, en donde había pernoctado la columna la
noche anterior, y continuar sin pérdida de tiempo la repechada del cerro de
Marigüeñu, para alcanzar esa misma tarde el valle de Andalicán y, si era
posible, andar con noche el trayecto de tres leguas que separaba este valle de
la ribera sur del Bío-Bío.
El
combate se hacía cada momento más rudo y peligroso para los españoles, pero
éstos no perdían los ánimos, puesto que se trataba nada menos que de salvar la
vida; sin embargo, hubo un momento en que se produjo el principio del pánico,
que, desgraciadamente, no pudo ser detenido ni aun por las voces enérgicas y
animosas de los capitanes.
—Mirad,
señor Alonso Pérez, hacia aquel cerro vecino —exclamó el sargento José de
Cuérnago, extendiendo el brazo hacia uno de los contrafuertes del oriente—
¡¡decidme, por Nuestra Señora, si no es un nuevo ejército de indios el que da
la vuelta a la montaña para cercarnos por la espalda!...
Efectivamente
los ojos espantados de Alonso Pérez pudieron ver que un inmenso “bosque de
lanzas” avanzaba aceleradamente por desfiladeros casi inaccesibles, en demanda,
al parecer, del valle de Chivilingo. La voz corrió rápidamente entre los
combatientes, y a los pocos minutos el ánimo de los soldados
había venido a menos y cada cual pensó únicamente en buscar su salvación.
Aquel
“bosque de lanzas”, dice un cronista de la época, “era una hábil estratagema de
los indios; el pretendido ejército que iba a atacar a los españoles por la
espalda, era solamente una gran columna de mujeres y niños armados de largas
lanzas o coligües, que a lo lejos presentaba un aspecto imponente”; el jefe de
ese “batallón de mujeres e muchachos era Llongonobal, que comenzó a caminar
haciendo muestras que iba a tomarles por la espalda”, informa el historiador
Alonso Góngora y Marmolejo.
Pero la
estratagema tuvo éxito completo, y el mismo Villagra cayó en el engaño;
alarmado con la expectativa de ver cortada su retirada, dio orden rápidamente
de bajar la cuesta hacia Chivilingo, su vivac de la noche anterior.
Esta
orden produjo inmediatamente una alarmante confusión, que fue la precursora del
desastre; los soldados a medida que iban conociendo la orden abandonaban la
pelea y volvían espaldas, atropellándose los unos a los otros; los indios, en
cambio, envalentonados al ver que sus enemigos comenzaban a retroceder,
emprendieron resueltamente la más tenaz persecución.
Villagra
vio claramente el peligro en que estaba su tropa al emprender la retirada presa
del pánico, y con inauditos esfuerzos logró reunir unos treinta hombres para
colocarse él mismo a la retaguardia y detener los “desvergonzados” grupos de
indios que, sin temor alguno, se lanzaban tras de los fugitivos “para
lancearlos”; con esta previsora medida consiguió que los soldados pudieran
descender, más o menos en orden la cuesta de Laraquete, por el mismo camino que
habían recorrido en la mañana; el general había ordenado que la tropa se
reuniera en el valle de Chivilingo para disponer allí la forma cómo se debía
transponer el cerro de Marigüeñu, que era la última y peligrosa valla que debía
salvar para encontrarse en campo abierto, camino del Bío-Bío.
Sin
embargo, al llegar a Chivilingo los soldados se declararon en completa
dispersión, y aquella retirada se convirtió, a consecuencia del pánico, en una
desordenada fuga; numerosos grupos de indios instalados desde media tarde en
los vericuetos de la cuesta habían hostilizado insistentemente a los fugitivos,
causándoles algunas bajas, pero sin que ellas tuvieran las proporciones de la
derrota que cada soldado llevaba ya en su ánimo deprimido; a medida que los
españoles iban llegando al valle, donde debían “atrincherarse” por orden de
Villagra, para determinar el ascenso del cerro Marigüeñu, continuaban camino
adelante para trepar por los estrechos y ásperos senderos que conducían a las
alturas de la serranía del norte, sin hacer caso de las órdenes de los
capitanes y sargentos, que pretendían obligarlos a permanecer allí, hasta la
llegada de Villagra.
Pero, en
aquella serranía, los esperaba una segunda batalla más terrible aún, y más
desastrosa que la del cerro Laraquete; extenuados como iban, y dispersos, y
desalentados por la derrota, encontraron en las alturas de Marigüeñu
innumerables enemigos de refresco que los aguardaban atrincherados en sitios
admirablemente escogidos, para impedirles la retirada.
En
distintos sitios de la cumbre y en los pasos de mejor disposición los naturales
habían construido fuertes palizadas con grandes troncos de árboles, que era
difícil, si no imposible, destruir por grupos de soldados en desbande, heridos
o contusos y cuyo caballos “no obedecían a la espuela”. Algunos de estos grupos
lograban, después de combates sostenidos y sangrientos, abrirse paso a través
de esas dificultades; pero cuando ya se creían a salvo, siquiera
momentáneamente, aparecían nuevos escuadrones de indios feroces e implacables
que perseguían sin cuartel a los infelices guerreros españoles-
Cuando
los últimos soldados de la columna lograron llegar al valle de Chivilingo, la
dispersión era general en toda la cuesta de Marigüeñu: “nadie oía ni atendía
las voces de mando, ni nadie pensaba en toda cosa que en su propia salvación”.
Villagra, sin perder sus bríos, a pesar de las numerosas heridas “de que
chorreaba sangre por su cuerpo”, quiso organizar una nueva “compañía” para
dispersar a “ciertos indios que habían fecho una albarrada” fuerte y
resistente, desde la cual lanzaban flechas y dardos sobre los que iban
atravesando penosamente tan agrio despeñadero; pero “muchos” de los soldados, a
quienes “gritó” no lo atendieron, “e pasaron’’...
En
aquellos pasos mataron muchos cristianos, y otros más, que por cansárseles los
caballos, murieron a manos de los enemigos que iban siguiéndolos.
En la
cima del cerro de Marigüeñu, los españoles encontraron dos senderos para bajar
al valle de Andalién; uno conducía directamente al valle —éste era el que
habían seguido el día anterior para subir la cuesta— y el otro llevaba a un
promontorio que se avanza hacia el océano. Villagra trató de que sus soldados
tomaran el camino ya conocido, aunque suponía que estaría obstaculizado por los
enemigos, como lo habían estado los anteriores; en su opinión, este camino
presentaba mayores seguridades que cualquier otro. Pero la mayor parte de los
soldados fugitivos, tal vez porque el camino del promontorio se presentaba a la
vista, más corto para llegar al plan, prefirió este desfiladero y emprendió
resueltamente la marcha a través de la escarpadísima cuesta, por la única y
estrecha vereda transitable que servía a los indios para bajar por allí a la
playa.
A los
primeros pasos por aquel desfiladero rocoso, se dieron cuenta los fugitivos de
que estaban irremisiblemente perdidos; los caballos no podían sostenerse en el
corto empinado de la roca y era imposible volver atrás, porque no había espacio
para que un animal pudiera darse vuelta. Además, numerosos grupos de indios
habían ocupado todo 'lo largo de la empinada cuesta y esperaban tranquilamente
la pasada de los castellanos para “aguijonearlos” con sus largas picas y para
arrojarles grandes peñascos que tenían preparados, y con los cuales
“despeñaban” caballo y jinete hacia el abismo.
El
desastre era, pues, definitivo.
Villagra
contempló desde lo alto de la cima de Marigüeñu el sacrificio de sus tropas y
echándose en brazos de Diego Cano, que estaba a su lado, “lanzó una gran voz
con un grito desesperado”. La cuesta de Marigüeñu, que desde entonces se
llamaría “la cuesta de Villagra”, era un altar, donde rendían la vida
miserablemente “la flor” de las milicias españolas de Chile.
Quiso
Villagra, en su desesperación, evitar que el resto de la tropa entrara en ese
desfiladero funesto, y se lanzó hacia una “albarrada” que habían levantado los
indios en el mismo sitio en donde se bifurcaban ambos senderos; los soldados
españoles que llegaban a la cima de Marigüeñu se encontraban de improviso con
estos dos caminos, y naturalmente, tomaban el que encontraban expedito, que era
el del desfiladero; el otro camino 'era el que habían hecho los españoles el
día anterior, y los indios 'lo habían “tapado” con la “albarrada”, a fin de
obligar a los castellanos a que continuaran por la encrucijada.
El
general comprendió perfectamente que esa “albarrada” debía ser destruida, “y
tachando de cobardes a los soldados que allí se habían agrupado sin atreverse a
romper el estorbo, por temor a los indios que defendían el paso, puso los
pechos del caballo a los maderos de aquella trinchera, la rompió del lado
derecho, e hizo un portillo por donde pasaron todos los que allí había”.
Y viendo
luego que “andaba un indio sobresaliente” que con su valor y determinación
causaba en los suyos un “gran acrecentamiento de ánimo”, llamó a Diego Cano y
le dijo:
—“Señor
Diego Cano, lancéeme usarced a aquel indio...”
La orden
era una temeridad; pero Diego Cano no pudo negarse a cumplirla, a pesar del
gran peligro a que exponía a su persona, y contestó:
—“Señor
general, vuestra merced me manda que pierda mi vida entre estos indios; mas,
por la profesión y hábito que he hecho de buen soldado, la aventuraré a perder,
aunque tan en público vuestra merced me ha mandado”.
“Y
puestos los ojos en el indio que andaba en un caballo muy bien arrendado, cerró
con él”, con tan buena fortuna que de una lanzada lo echó a tierra atravesado
el cuerpo de parte a parte, y aunque los demás indios arremetieron a Diego
Cano, “salvó éste”, aunque con muchas heridas.
En
cambio, un poco más adelante, vio Villagra que una veintena de indios perseguía
a otros tantos castellanos, “atizándolos” con sus lanzas, sin que ninguno de
los soldados quisiera darse la molestia de defenderse siquiera...
—“¡Caballeros
-gritóles Villagra—, vuelvan a alancear esos indios!”.
“Y
ninguno se atrevió a volver rostro hacia ellos, porque llevaban los caballos
tan cansados y encalmados, que no podían aprovechar dellos, sino para andar, y
poco a poco, su camino”.
En
aquella malhadada cuesta perdieron miserablemente la vida más de cuarenta
soldados y mil indios amigos, bajas que unidas a las de la batalla de todo el
día en la planicie del cerro Laraquete, hicieron subir las pérdidas del
ejército español a noventa y dos hombres, más de la mitad de 'la columna que
tres días antes había salido poderosamente armada desde Concepción con el ánimo
de destruir a los rebeldes que habían dado muerte al Gobernador Pedro de
Valdivia en Tucapel dos meses atrás.
Entrada
ya la noche pudieron reunirse en el valle de Andalicán, cerca del río Colcura,
los desbaratados restos del ejército castellano; los sobrevivientes, libres ya
de los indios que se habían retirado a sus campos siguiendo su costumbre de no
pelear a las sombras de la noche, siguieron aceleradamente hacia las márgenes
del Bío-Bío para ponerse en salvo.
“Iban
mohínos, é hambrientos, é corridos, é avergonzados”.
§ 8.
Despoblación de Penco
Con la
partida hacia el corazón de Arauco, de la fortachona expedición que tras de
grandes esfuerzos y de no menos grandes sacrificios había podido formar en
Concepción Francisco Villagra para “salir al castigo” de los indios rebeldes de
Tucapel, el vecindario había logrado una bienhechora tranquilidad, como reflejo
de la confianza que le inspiraba el poder de ese “ejército” de ciento cincuenta
y cuatro hombres “de pie y de caballo”, reforzado con seis cañones de
artillería, la primera que iba a funcionar en Chile.
Para
reunir ese ejército, Villagra había tenido que “requerir” los servicios de
todos los que “podían” cargar armas en la ciudad, dejando en ella, para su
defensa, cincuenta y ocho, de los cuales: “treinta y tres eran viejos
inútiles”, y de los veinticinco restantes, que eran de caballería, “el de mayor
presunción estaba tal, que no valía por ninguno”. Este soldado de mayor
presunción, era el escribano Joan de Cárdenas, y estaba tan enfermo, que “bajo
pena de la vida, había de guardar cama ocho días”.
‘Respectivamente,
a los caballos de esta tropa, sólo había “tres o cuatro que valían para la
guerra” y de éstos, el mejor “había más de veinte años de viejo”.
Sin
embargo —ya lo dije— el vecindario de Concepción había logrado una tranquilidad
que ya se le hacía necesaria, ante la expectativa de que el “ejército” recién
salido “sujetaría” a los salvajes ensoberbecidos y pondría a cubierto a la
ciudad del gran peligro en que se había encontrado.
Había
quedado a cargo del mando militar en Penco el capitán Gabriel de Villagra, tío
del general Francisco, que había salido al frente de la expedición libertadora
y punitiva; y en lo civil, el Alcalde Joan Cabrera. Por cierto que la
tranquilidad y la confianza que había adquirido el vecindario, no era “obste”
para que el jefe militar descuidara las más elementales * medidas de prudencia,
cuáles eran, en primer término, “las velas” de los caminos de acceso a la
ciudad, por centinelas que se renovaban “a la una hora pasada de la
medianoche”; más claro: a la una de la mañana.
En esta
“vela” estaban los soldados Antonio de Bobadilla y Francisco de León, como a
eso de las tres de la madrugada del día 27 de febrero, esto es, cuatro días
después de la partida de la expedición de Villagra cuando uno de ellos,
Bobadilla, destacado sobre uno de los montículos ribereños del Bío-Bío, creyó
oír a lo lejos, en el silencio de la noche, algo así “como unos largos
lamentos...” Puso oreja el centinela, y, efectivamente, no tardó en comprobar
que las voces —porque eran distintas— “venían” gritando, a invitarlos:
— ¡Ah...
de Penco!... ¡Ah... de Pencooooo!.. ¡Aaaaah!...
Las
mismas voces habíalas oído Francisco de León, cuya centinela correspondíale más
arriba, y luego ambos atalayas “se llamaron” y en poco rato estuvieron
reunidos.
—Paréceme
que esas voces vienen del vado —opinó León—; propongo a vuestra merced que
lleguemos hasta la ribera del río para ver quiénes las dan...
—Vayamos
—dijo Bobadilla— que nuestra obligación es...
—
¡Aaaaah!-… de Pencooo… . ¡Aaaaah!
— ¡Ya
están cerca!... —exclamó León, espoleando su caballo cerro abajo, en dirección
al clamor que surgía del bosque.
— ¡Qué
pasa...! ¡Quién clama! —gritó, prolongando la voz, Bobadilla, siguiendo a su
compañero, que ya se había distanciado cincuenta toesas.
—
¡Favor... favor de Dios!... —lamentaron a lo lejos—; [favor de Dios!...
Los
centinelas apretaron nerviosamente los ijares de sus cabalgaduras, cubriéndose
los rostros con el brazo libre de riendas para defenderlos del agrio enramado,
y tras de repetidas voces de unos y otros para ubicarse en la obscuridad,
Francisco de León distinguió, por fin, un hombre que se aferraba a un tronco
para no caer, mientras se esforzaba por arrancar de su garganta y de su
extenuado pecho los últimos clamores...
—
¿Quién?... ¿quién sois?... ¿qué os pasa?... —dijo por fin León, incitando a su
caballo para llegar a la vera del infeliz.
—Soy
Sancho de Figueroa —contestó, con enronquecido acento—; ¡favor!
Y se
abandonó, doblando rodillas, tronco y cabeza, al pie del árbol que lo sostenía.
Ambos
centinelas no tardaron en reunirse al lado del desvanecido Sancho— que no
respondía pregunta alguna— para prestarle algún auxilio; pero nuevos clamores
que se oían a lo lejos, hicieron que Bobadilla, consultando a su compañero,
montara nuevamente a caballo y partiera en dirección al río, al encuentro de
los que, como Sancho, habrían de venir tan “lamentables” como él.
Efectivamente; antes de dos cuadras recibía en sus brazos a Diego Cano, y poco
después a Diego Romero, los que “venían a pie, desarmados y heridos”, y con la
terrible nueva de que fa brillante y “fuerte” columna de Francisco de Villagra,
salida, ya lo sabemos, cuatro días antes a castigar a los indios rebeldes,
había sido “desbaratada” tras de una sangrienta batalla, en la cuesta de Marigüeñu,
y que los pocos soldados que habían escapado con vida “fluyían locos hacia la
Concebición”. El general Villagra los había mandado a ellos adelante, para dar
a las autoridades de la ciudad la espantosa noticia, pedirles que prepararan
auxilios para los heridos, y para que el teniente Gabriel de Villagra saliera
inmediatamente a proteger “con armas” el paso del Bío-Bío, “pues la tropa venía
tal, que no se podría defender si diez salvajes la atacaran”.
Los
centinelas echaron a grupas a dos de los más extenuados fugitivos y partieron
hacia la ciudad, todo lo veloces que pudieron; “aun era noche”, cuando
golpearon ruidosamente las puertas del “palacio” donde alojaba el teniente —era
la “casa fuerte” que había sido de Pedro de Valdivia— y penetraban hasta su
alcoba para comunicarle la tremenda novedad. Por cierto que, a pesar de la
hora, la noticia se difundió como el rayo, sembrando la desolación y el espanto
en el vecindario.
Con las
primeras luces del alba, partió el teniente con ocho hombres armados hacia el
“vado” del río para proteger su cruce por las tropas en derrota; pero, apenas
había salido de la ciudad, “lo alcanzó un soldado del Alcalde Juan de Cabrera,
para pedirle que tornase a ella si no quería encontrarla desierta”, al volver;
el pánico empezaba a dominar a todo el mundo y nadie pensaba, sino en huir de
allí, precipitadamente. No hizo caso Villagra del aviso del asustado Alcalde y
se limitó a ordenarle que “colgara” al que quisiera huir...
A medida
que avanzaba la mañana fueron llegando a la ciudad los mutilados restos de la
columna derrotada; el estado en que venían los soldados, a pie, casi todos sin
armas, pues si no las habían perdido en el combate las habían arrojado en la
fuga, muchos semidesnudos y todos heridos u horriblemente desfigurados,
aumentaba en el vecindario la desolación y el pánico. Bajo la influencia de
este macabro espectáculo y de las relaciones que hacían de la batalla los
fugitivos, nadie hablaba de permanecer en la ciudad, pues era necesario ponerse
en salvo del ataque de las tropas vencedoras, cuyo jefe, Lautaro, era
considerado ya como un Atila... El visitador eclesiástico, Hernando Ortiz de
Zúñiga, y el propio Alcalde Cabrera “decían que habrían de irse a un llano que
hay de allí a diez leguas al norte”, en donde se encontrarían en mayor
seguridad que en Penco.
A eso de
las ocho de la mañana toda la población de mujeres, niños, ancianos y heridos
encontrábase guarecida en “palacio”, que era, a lo que parece, la única “casa
fuerte” de la ciudad, en donde era posible defenderse con mayores
probabilidades de éxito, de un asalto indígena; “aquello era un espanto”; las
lamentaciones de las mujeres que habían perdido o suponían muertos a sus
maridos, los llantos de los niños, las imprecaciones de los soldados,
impotentes ante la situación, los clamores, los gritos de desesperación y de
angustia, la quejumbre de los heridos, en fin, formaban un desconcierto atroz
que debía irritar los nervios y elevar por momentos el grado de espanto de ese
infeliz conglomerado humano.
Todos,
hombres y mujeres, “exclamaban, lamentándose doloridos: ¿qué hacemos en esta
ciudad, que nos han de comer vivos los indios?”
Los ocho
hombres que habían partido de la ciudad, al mando del teniente, para socorrer a
los derrotados en el paso del Bío- Bío, llegaron allá en los precisos momentos
en que una balsa atracaba a unas peñas para vaciar su carga de “despojos”
humanos sobre la playa; venía allí el general Francisco de Villagra, pero tan
desfigurado, y “con la cara tan llena de cardenales, hinchada y negra”, que no
habiéndolo conocido ninguno de los de Concepción, preguntó Joan de Cárdenas:
—Y el
señor general Francisco, ¿dónde está, que no viene con vosotros?
—“Veislo
ahí, cabe vos”... —contestó uno de los interrogados.
“Y en su
acostumbrado ampuloso lenguaje —dice nuestro Monseñor Crescente Errázuriz—,
Joan de Cárdenas, notario, espetó al general estas palabras: En verdad, vuestra
merced, señor general, viene tal, que yo no le conozco; pero por haber recibido
esas heridas e cardenales de la Fée Cathólica, e por servicio del Emperador, e
por favorecer su tierra e vasallos, e procurar castigar la soberbia destos
naturales, me parecen perlas esas hinchazones e cardenales”.
El
general y su maestre de campo, Alonso de Reinoso, fueron los últimos en entrar
a la ciudad, más o menos a las doce del día, y tan pronto llegaron a “palacio”,
fueron llevados a sus lechos, “sangrados y curados de sus heridas”.
Mucha
necesidad de descanso tenía el general Villagra, pues hacía más de cuarenta y
ocho horas que no “se echaba”, es decir, desde la madrugada del día 25, que
empezó la batalla de Marigüeñu, hasta el mediodía, o más, del 27; pero no había
pasado media hora de estar “sangrado, curado”, y tendido en su lecho, cuando
entró en su alcoba el visitador eclesiástico, “clérigo presbítero” Ortiz de
Zúñiga, quien, presionado por los insistentes ruegos de las mujeres y niños
“echóse a sus pies a suplicar y llorar” para que el general despoblara la
ciudad; tras del clérigo penetró también “multitud de gente que con gran temor
y alboroto pedían lo mismo”. El general, debilitado por sus sufrimientos
físicos y morales, y consciente, al mismo tiempo, del peligro en que se
encontraba esa población, inerme en su enorme mayoría, sólo titubeaba ante la
expectativa de la responsabilidad que se echaba encima, ante el Rey y sus
consejeros, de haber abandonado una ciudad que ya se había demostrado
floreciente. Sin embargo, consultó a su maestre de campo, Reinoso.
—Antes de
cuatro o cinco días —contestó el militar— no veo peligro de asalto de los
indios; y para tomar una resolución tan extrema como es el despueble de la
ciudad, aconsejo a vuestra señoría conocer primero las fuerzas con que
contamos, para lo cual pasaré revista mañana temprano, para dar tiempo a que
lleguen los que aún vienen rezagados.
A las dos
de la tarde se publicaba un bando, por el escribano Baltasar de Godoy, en el
cual el general Villagra prohibía salir de la ciudad, “con cualquiera
intención”, bajo pena de muerte.
La severa
amenaza no “fue parte”, sin embargo, para aminorar los impulsos de fuga, ni
para que el general fuera dejado tranquilo; sabemos que todo el vecindario
habíase refugiado en el “palacio”, donde Villagra y los heridos yacían y si se
les había impedido a todos intentar la fuga o el “despueble”, no era posible
evitar los lamentos de las mujeres, el llanto de los niños, los comentarios
enconados de los muchos y las protestas de todos, pues nadie estaba ignorante
de la verdadera, precaria e inmutable situación de la ciudad. De los ciento
cincuenta y cuatro hombres que habían salido a la campaña, sólo habían vuelto
sesenta y seis, de los cuales cinco habían fallecido en Concepción, a
consecuencias de sus heridas, de estos sesenta y un hombres; sólo unos diez o
quince podían “mantenerse sobre sus huesos”, porque el resto yacía con “sus
heridas abiertas”; en el caso de un combate, sólo podían hacer frente esos
quince hombres, más los veinte o treinta que habían quedado en Concepción “por
inútiles”.
La
conciencia pública se había formado ya, uniformándose en que “si el pueblo de
la Concepción es durísima cosa, es también necesario si no se quería sacrificar
a cien hombres” que dentro de una semana más podían constituir una fuerza
respetable, “y a muchísimas mujeres e niños”; por otra parte, dándoles a los
indios ocasión para un nuevo y fácil triunfo —el tercero de esa lamentable
campaña— “se aumentaría la soberbia de los salvajes y el abatimiento de los
christianos”.
Villagra
no pudo permanecer en su lecho de herido, durante la tarde, y “se vistió de
armas”; como a las cinco lo encontramos en la Plaza “consolando” a las
afligidas gentes, y dando órdenes para proveer al auxilio y alivio de las
mujeres, niños y heridos.
Hasta dos
días antes había estado fondeado en la bahía de Penco o Talcahuano, un barco
grande, el cual había sido ocupado por el Comisario franciscano fray Martín de
Robleda para un rápido viaje que debía hacer a Valdivia; el visitador Ortiz de
Zúñiga, que era el que imploraba por las mujeres y niños, creyó que el citado
barco podía haberse detenido en la isla de Santa María y permanecer aún allí,
y, en esta suposición consoladora, propuso al general Villagra “enviar a
buscallo”, con uno de los dos lanchones que había en la bahía, y cuyo patrón
era el marinero Per Yáñez.
—“E
traído el navío —concluyó el visitador—, meteremos en él todas las mujeres y
gente menuda y enferma y enviarlos hemos a la\ ciudad de Santiago o tendremos
en la mar; e si los indios vinieran, podrémoslos resistir, haciendo lo que
pudiésemos”.
El
arbitrio no podía ser de mejor agrado para el general, el cual contestó
“incontenenti”:
—“Vaya,
vuestra merced, señor visitador, e haga eso e prométale a ese Periáñez que yo
le daré mile pesos e cincuenta casas porque me traiga el dicho navío... —Y
agregó, inmediatamente, como para justificar la permuta de este ofrecimiento,
revelador, tal vez de su íntimo ser: —Porque yo no pienso irme de aquí, aunque
no me quede sino con veinte hombres”.
Llegó la
noche, y con ella se duplicó el pavor de la multitud; suponíase que,
aprovechando las sombras, los indios pasarían el Bío-Bío y que caerían sobre la
ciudad; por cierto que nadie durmió, dentro de la “casa fuerte”, donde estaban
guarecidos, ni en ninguna otra parte. El teniente Villagra recibió orden de
establecer un cordón de centinelas, tanto para que dieran aviso por si los
indios atravesaban el río, como para impedir la salida de los que proyectaban
infringir la orden de no salir de la ciudad, que eran casi todos.
—Vea
vuestra merced, señor visitador —dijo el soldado Francisco Gudiel, entrando
precipitadamente al cuarto en donde estaba “echado” el eclesiástico—; vea,
vuestra merced, y que he oído por ahí que la ciudad se despoblará esta noche, y
que muchos hay concertados para ello...
—No lo
crea —contestó el clérigo—; aquí al lado está el señor general, y ya lo sabría
estorbar, si ello fuese así.
El
soldado tenía razón; la noticia era cierta. Ocho hombres, burlando la
vigilancia del teniente, habían tomado un momento antes el camino hacia el
norte, con dirección a la capital.
Gudiel
penetró luego hacia las habitaciones interiores y llegó a la alcoba de Juana
Jiménez, la última amiga del Gobernador Valdivia. Juana estaba llorando
desesperadamente.
— ¿Por
qué llora así vuestra merced?... —preguntó el soldado—. ¡Repórtese, y cese de
llorar...!
— ¡Acaban
de venir a decirme que ponga mi hato en cobro, porque habremos de salir de la
ciudad a medianoche —contestó la mujer— y ya no veré más esta casa!..
— ¿Y
quién se lo dijo a vuestra merced?...
— ¡Uno
que venía del cuarto del señor general, que está al lado!...
Con la
noticia que acababa de recibir de Gudiel, Ortiz de Zúñiga envió a decir al
teniente Villagra que doblara la vigilancia, pues hablábase de que ya estaba
saliendo gente de la ciudad. El teniente ya sabía la noticia de la fuga de los
ocho hombres, y él mismo salió tras de ellos, con una partida de vigilantes,
“para colgallos; corrió en pos de los fugitivos dos leguas, pero no dio con
ellos, y regresó a la ciudad. Cuando salía de' un bosquecillo, cercano al cerro
que después se llamó y hasta ahora se llama “de la ermita”, divisó, a la
imprecisa luz del crepúsculo auroral, “que toda la gente” de la ciudad venía
huyendo despavorida, sin orden ni concierto, cerro arriba.
—
¡Deteneos... deteneos...! ¡Pena de vida a quien se fuya...!
La
multitud no “fizo atención” de las órdenes del teniente, y escabullándose de
los soldados, que trataban de interponerse, pasaron.
-¿Por qué
vos fuyedes ansí, no obedeciéndome? —interpeló el teniente a uno que logró
atrapar.
—Cien mil
indios han pasado agora el río y comernos han a todos... Señor, ¿hémosnos de
quedar aquí? ,. . ¡Todos vienen en pos! —“Y zafándose”, continuó su carrera,
cerro arriba.
El
teniente vio que era imposible detener a esa gente que corría desatinada, “y
picó” hacia la ciudad para saber allí, de boca de alguien que aun conservara el
control de sus facultades, la explicación de tal desbande.
Al doblar
un recodo de la colina, a cuyo pie se alzaba la ciudad, el teniente divisó a
varios grupos de fugitivos, con sus hatos al hombro, que se detenían por unos
instantes alrededor de alguien que, espada a mano, les peroraba ardorosamente,
y que luego continuaba su interrumpida marcha por lo más derecho arañando las
agrias peñas de la cuesta, sin cuidarse de tomar el camino “trillado”. El
caballero descolgóse, a su vez, por la loma, a fin de llegar más pronto al
sitio donde ocurrían estas escenas y no tardó en advertir que la persona que
peroraba y trataba de detener la fuga de la población espantada, era una
mujer...
A medida
de que se acercaba a ese sitio iba oyendo con mayor claridad la voz de la dama
y aun las palabras fogosas, altivas, con que “afrentaba a los hombres que
corrían ciegos adelante de las mujeres”; pronto reconoció a esa valerosa mujer;
era doña Mencía de los Nidos, la heroína inmortalizada por Ercilla, en el Canto
VII de “La Araucana”.
—¿A dónde
vais —gritaba— si no viene nadie tras vosotros? ¡Deteneos, volved, no huyáis
así de esa manera, ni os deis al espanto, que si los indios vinieran, yo me
ofrezco aquí a ser la primera en arrojarme a ellos, y vosotros seréis testigos!
¡Volved, volved! —gritaba, blandiendo la espada.
... la
braveza
de la dama de los Nidos, de la gente
apenas entró por un oído
cuando ya por el otro había salido.
La
ardorosa “plática” de doña Mencía lograba, apenas, que los fugitivos,
impresionados un momento con sus vibrantes expresiones, “volvieran atrás sus
ojos afligidos, a las casas y tierras que dejaban”, oyendo tras de sí el
asustado graznido de las aves, el “hórrido maullido de los gatos alzados”, el
aullido de los perros abandonados de sus amos, a quienes husmeaban afanosamente
por los cerros, “el mugir y balar del ganado loco”, los llantos y lamentaciones
de niños y “mujeres sin chapines, que arrastraban las faldas por el lodo, los
gritos, las imprecaciones, las blasfemias...”
No quiso
el teniente Villagra perder tiempo en ayudar a doña Mencía en una tarea inútil,
y partió a la carrera hacia la ciudad; en “palacio” no estaba el general
Villagra; pero un soldado “cojo de un pie”, que estaba por ahí, informóle que
el general se encontraba en la playa, “para embarcar a las mujeres y heridos”.
El teniente no tuvo dudas, entonces, de que la “despoblación”, si no era por
orden del general, por lo menos, éste ya no se había considerado capaz de
detenerla.
En
efecto, poco después que Francisco Gudiel había estado en “palacio”, como lo
conté más arriba, para comunicar al visitador Ortiz “que la ciudad se
despoblará esta noche”, llegó también Martín Hernández, “entre dos hombres”,
pues se hallaba postrado en cama en casa de doña Juana Copete, a pedirle al
general “que proveyera por amor de Dios al salvamiento de los enfermos y
mujeres, pues quedarían abandonados con el despueble que iban a hacer luego”.
Villagra y los amigos que con él estaban —el Alcalde Cabrera y otros— se
empeñaban en tranquilizar al enfermo, diciéndole que no había ningún peligro
cercano, cuando irrumpió en la habitación el soldado Pedro Pérez Merino,
gritando:
—“¡Señor
general, por su vida, huyámonos que he visto a treinta mil indios pasando el
río, y luego estaremos comidos de ellos!”
Por
cierto que esta no era la primera alarma que había dado el espantado Pérez
Merino; antes de llegar a la habitación del general habíala esparcido a través
de la población y del conglomerado que se apretujaba dentro de “palacio”, en el
cual, como sabemos, hallábase guarecida la mayor parte de los habitantes de la
ciudad. Se comprenderá el espanto que se apoderó de todos al saber la noticia
que traía Pedro Pérez, y su inmediata consecuencia, que fue la de que se
abalanzaran, unos hacia el aposento del general para “llorarle a gritos” que
los dejara huir y ponerse en salvo, y otros, sencillamente a la calle, en
demanda de los caminos hacia el norte.
Desde ese
momento Villagra no se encontró capaz de resistir, moral ni materialmente al
“despueble”, y tras de algunas rápidas consultas con sus amigos y autoridades,
encargó a Reinoso y al Alcalde Cabrera que trataran de poner algún orden en el
ya inevitable desbande, y él mismo fuese a la playa, “todavía de noche”, a
disponer que las dos barcas que allí había, se alistaran para recibir a los
heridos, mujeres, niños y ancianos, algunos “utensilios”, y sobre todo, los
objetos del culto. “Todos mencionan —dice Monseñor Errázuriz— un crucifijo
grande que debía ser muy apreciado; algunos hablan de ornamentos, de retablos y
de una milagrosa imagen de María Santísima”.
En las
primeras horas de la mañana del 28 de febrero, las barcas estaban listas para
largarse al mar; pero Villagra no quería todavía dar la orden de zarpe, hasta
no “enderezar”, siquiera, la columna que debía marchar por tierra cien leguas
hacia la capital, el único centro poblado y con recursos para “remediar” a
doscientas personas que iban desnudas y hambrientas. Al fin y al cabo, la gente
que estaba embarcada podía considerarse a salvo de los indios, si vinieran, con
sólo alejarse de la orilla.
Cuando el
teniente llegó a la playa, el general daba sus instrucciones últimas a los
pilotos de los barcos: recibida la orden de zarpe debían salir de la bahía y
tomar rumbo a Valparaíso sin perder de vista la costa; y una vez allí,
dirigirse a Santiago y antes de entrar a la ciudad, pedir permiso y ponerse a
las órdenes de las autoridades.
—“Vais e
iremos todos a la ciudad de Santiago, en la cual yo no estoy recibido por el
Capitán General —díjoles Villagra—, y tengo de estar allí como una persona
particular; todos sean y estén quietos, pacíficos y sin escándalo, e obedezcan
e acaten a los alcaldes e justicias de Su Majestad, porque el que no lo fiziere
ansí, yo mesmo seré alguacil de los alcaldes y ejecutor de ellos para castigar
a quien no fuere obediente”.
—Señor
—díjole el teniente, llegando hasta su vera—, la gente se ha salido por los
cerros, e yo non he habido quien me ayude a detenerla; no hay nadie en Penco...
Quedóse
“traspuesto” un momento el general, inclinó la cabeza en honda emoción sobre su
pecho acorazado, pensando, tal vez, en la responsabilidad que como jefe podía
caberle en el “despoblamiento y abandono de la Concebición”, y por fin,
incorporándose sobre sus estriberas, clamó, a grande y enronquecida voz:
— ¡Zarpen
los barcos! ¡Avante, y con Dios!
Y
haciendo girar violentamente a su caballo sobre los cuartos traseros, encabezó
el pequeño grupo de soldados que le rodeaba, gritando a su teniente:
—Señor
tío, avance vuestra merced a endilgar la cabeza de la columna, y a que marche
en orden; yo con estos señores cerraré de vanguardia, para impedir un
descalabro, ¡y Nuestra Señora nos proteja!
Al
siguiente día l9 de marzo de 1554, media tarde, cuando ya la
columna fugitiva se encontraba a diez leguas de distancia —en los llanos de
Tuquila, al norte de Itata—, el ejército araucano, al mando de Lautaro, caía
sobre la abandonada Concepción; la saqueó primero, destruyó en seguida sus
casas, rabiosamente, puso fuego a lo que quedaba en pie, y por último, removió
hasta los cimientos.
Sobre
unos altos escombros humeantes, surgió una figura dantesca; alargó hacia lo
alto su nervudo brazo armado de una pica española conquistada, y plantando un
pie sobre el abatido mojinete, lanzó una gran voz, que fue coreada por un
desconcierto de gritos estridentes:
— ¡Inche,
Leutaru! ¡Yo soy Lautaro!
§ 9. La
princesa del Huasco
El
fallecimiento de Pedro de Valdivia produjo en la colonia no sólo la
consternación que era inherente a tamaño desastre, sino que encendió al mismo
tiempo una contienda partidista, agriamente sostenida entre Francisco de
Aguirre —a quien Valdivia dejaba como sucesor en el Gobierno, en un testamento
que había hecho cuatro años antes— y Francisco de Villagra que era su teniente
de Gobernador a la fecha de su muerte, y a quien había designado, verbalmente,
como sucesor, delante de más de doscientos soldados, uno o dos meses antes del
desastre de Tucapel.
Aguirre
se había hecho reconocer, como Gobernador, por los cabildos de Santiago del
Estero (República Argentina) que pertenecía entonces a la gobernación de Chile,
y por el Cabildo de La Serena, es decir, toda la región norte del Reino.
Villagra, a su vez, estaba reconocido como Capitán General y Justicia Mayor por
los cabildos de Valdivia, Imperial, Angol, Villarrica y Concepción, esto es,
por todas las ciudades del sur. Solamente el Cabildo de Santiago se resistía a
pronunciarse por ninguno de los pretendientes. Con esto, dicho queda que la
lucha de ambos pretendientes se había ubicado en nuestra capital, cuyo Cabildo
era la cabeza de turco que recibía los golpes de montescos y capuletos.
Por
cierto que los partidarios de Aguirre y Villagra tenían que hilar muy delgado
cuando, por alguna circunstancia, se encontraban en el campo enemigo; no eran,
aquellos, tiempos de contemplaciones y de sonrisas diplomáticas; el que no está
conmigo es mi adversario, y al enemigo palo y tente tieso.
Con
motivo del “alzamiento” de Lautaro y claras victorias de Tucapel y Marigüeñu,
Villagra tuvo que “despoblar” a Concepción y emigrar a Santiago con sus muy
descalabradas huestes y con las mujeres, niños e inválidos de aquella ciudad.
Su llegada a la capital con tanta gente, a la cual los vecinos tenían que
hospedar y mantener, y la calidad de “pretendientes” que traía el jefe no podía
ser grata al Cabildo que deseaba conservar su neutralidad en el entrevero de
los dos aspirantes a la Gobernación.
Menos
agradable tenía que ser esta llegada de Villagra a Santiago, para el otro
pretendiente, Francisco de Aguirre, que estaba en La Serena, pues debía
suponer, y con razón, que Villagra y sus emigrados iban a ejercer efectiva
impresión sobre el Cabildo santiaguino para lograr un pronunciamiento favorable
a las pretensiones del capitán general del sur.
No era
hombre Francisco de Aguirre para quedarse sobre mano ante un hecho de esta
importancia, que venía a restarle probabilidades de éxito en sus aspiraciones a
la Gobernación de Chile.
—Pues que
Villagra se ha ido a Santiago, a Santiago nos vamos también nosotros —díjole a
su Alguacil Mayor, Luis Gómez, que hacía las veces de maestre de campo—. Mande
vuesa merced que repiquen los tambores y que se alisten quince hombres con
todas sus armas para que acompañen a Hernando de Aguirre, mi hijo, que hoy
mismo saldrá para Santiago con cartas perentorias para ese Cabildo, exigiéndole
que cumplan el testamento de Valdivia y me reciban por Gobernador de Chile.
Decíase
que todos los habitantes de La Serena eran partidarios de Aguirre; pero en todo
hay excepciones; por lo menos había dos serenenses que, o no lo eran, o que se
desentendieron de los repiques de su tambor, y no pasaron la lista. Uno de
ellos era un italiano, genovés, Juan Bautista Garibaldo, que al ser interrogado
“probó” que estaba con fiebres malignas; pero el otro, Julio de Silva Guzmán,
“no fue habido”, porque, según lo comprobó el alguacil, “se fugó en una yegua
que le dio Garibaldo para el efecto”.
Aguirre
no toleraba esas burlas y mandó que metieran a Garibaldo en el cepo, de cabeza,
donde estuvo cuatro días, tal vez hasta que se le pasaron las fiebres malignas.
El
mensajero de Aguirre entró a Santiago escoltado por sus quince soldados, los
cuales llevaban encendidas las mechas de sus arcabuces, es decir, iban en son
de provocación a la autoridad del Cabildo. Esta fanfarronada cayó en ridículo,
porque las tropas que había en Santiago desarmaron sin dificultad alguna a los
que iban poco menos que a tomarse por asalto el gobierno de la metrópoli... “E
por estas cosas, y otras que se vieron, se les quitaron las armas e los
caballos e se les dejó a recaudo repartidos entre los vecinos de esta ciudad
para que no estén todos juntos para excusar ocasiones de alboroto”, dice el
acta de la sesión del Cabildo, donde se dio cuenta de estos hechos.
Cuando
Francisco de Aguirre conoció el fin desastroso y más que todo, ridículo, de su
embajada, montó en cólera e hizo tocar llamada de tropas para partir
inmediatamente a libertar a los prisioneros de Santiago, ente los cuales se
encontraba, como sabemos, su hijo Hernando; pero los soldados de que podía
disponer en esos días no eran bastantes para una empresa como la que se
trataba, y resolvió llamar a las armas a todo el que fuera hábil.
Quiso
escapar Garibaldo a este acuartelamiento, como en la otra ocasión, pero el
maestre de campo no dio oídos a ninguna de sus disculpas; y para esto tenía
ahora un motivo más grave: había llegado a su conocimiento que Garibaldo era
ferviente “villagrista”, como que figuraba entre los íntimos amigos de aquel
capitán.
Insistió
Garibaldo en sus excusas para presentarse al cuartel, y por último, pidió ser
oído por el Gobernador Aguirre, ante el cual quería hacer valer muchos de los
otros motivos que decía tener para no presentarse al servicio.
Encontrábase
Aguirre en su casa, situada en la Plaza de Armas, en una de las salas de los
altos, conversando con el Alcalde Juan Gutiérrez y otros amigos, cuando llegó
ante él Bautista Garibaldo.
—Hola,
señor Garibaldo, qué lo trae a vuesa merced ante su servidor Francisco de
Aguirre —díjole el Gobernador, que en esos momentos parecía tratable.
Halagado
por las palabras y el tono campechano con que era recibido, Garibaldo expuso
los motivos porque no le era posible acudir al llamado militar. Oyóle
tranquilamente el Gobernador, y una vez que el genovés hubo terminado, díjole:
—Pues, a
pesar de todo eso tendrá vuesa merced que acompañarme a donde yo lo lleve,
porque cumple al servicio de Su Majestad.
—Si
cumple al servicio del Rey, vuestra señoría me dará aparejo, pues yo no lo
tengo —contestó Garibaldo.
—Si no lo
tiene vuesa merced, lo busca; y si no lo encuentra, coja el arcabuz y sígame de
a pie...
— ¿A
pie...?, no, en mis días —replicó Garibaldo, alzando el tono—; antes que eso
doy al diablo el arcabuz.
Oír las
últimas palabras, levantarse Aguirre, amenazante, y ganar la puerta Garibaldo,
fue todo uno.
—Señor
Alcalde, ahórqueme a ese bellaco —ordenó el airado Gobernador, a Juan
Gutiérrez.
Garibaldo
había oído perfectamente la terrible orden que había dado Aguirre y se
consideró perdido; sólo una esperanza de salvación tenía: la de alcanzar a
refugiarse en la iglesia. Así lo hizo, en efecto, apretando la carrera desde la
puerta de la casa de Aguirre, a la puerta de la casa del cura Rodrigo García,
situada en la misma plaza y al lado de la iglesia. No estaba el cura en su
casa, pero Garibaldo no estaba tampoco para etiquetas, y se coló de rondón a
guarecerse detrás del altar mayor.
El
Alcalde Gutiérrez y los soldados que perseguían al genovés se detuvieron en la
puerta del templo dispuestos a esperar la llegada del cura para que les
permitiera entrar a echar mano al prófugo- No tardó mucho el cura García, pues
no faltó quien le fuera a contar las novedades que ocurrían en su casa e
iglesia; resuelto como venía a hacer respetar el derecho de asilo sagrado, se
negó perentoriamente a entregar al asilado, sin tratar primero el caso con el
Gobernador, hacia cuya casa se dirigieron todos.
Aguirre
no tenía fama de piadoso; por lo contrario, se le tachaba de algo “hereje”; de
modo que el Alcalde no creía que el cura tuviera éxito en su gestión para
librar de la horca a Garibaldo, por el hecho de que se hubiese asilado en la
iglesia. Sin embargo, oyó con sorpresa que después de discurrir un rato con el
clérigo y hacerle ver el desacato cometido por el italiano en su presencia, le
dijo el Gobernador:
—Vaya,
pues, señor vicario; me ha convencido vuesa merced. Diga a ese bellaco de
Garibaldo que lo perdono, a condición de que se aliste para la marcha; y
aconséjelo vuesa merced para que otra vez no se ponga en estos aprietos, porque
entonces no le valdrá ni esconderse debajo de la sotana del señor obispo.
Contentísimo
salió el cura a llevarle la noticia al infeliz genovés, que de seguro le
parecerían años los minutos que pasaban. Momentos más tarde, Garibaldo estaba
de nuevo en su casa, sano y salvo. Después del toque de “queda” se acostó y se
durmió tranquilamente... Su despertar iba a ser terrible.
Serían
más o menos las diez de la noche, cuando se presentaban a casa del infeliz
genovés el Alcalde Juan Gutiérrez acompañado del alguacil mayor Luis Gómez, del
escribano Juan de Céspedes, del verdugo, “el negro Francisco”, tres arcabuceros
y cinco negros con hachones encendidos; llevaban, además, los elementos
acostumbrados para el suplicio de la horca.
Garibaldo
abrió tamaños ojos y no salió de su inconsciencia hasta que el Alcalde le dijo:
—Alza,
traidor, que te vamos a dar garrote por orden de su señoría el Gobernador. A la
plaza con él —dijo, dirigiéndose a los negros—, que hay que despacharle cuanto
antes.
Y sin más
preámbulo, el infeliz fue sacado de la cama tal como estaba, cubierto apenas
con una camisa, y arrastrado hacia el lugar del suplicio, sin hacer caso de sus
protestas y lamentos.
Garibaldo
tenía en su casa una india para su servicio, llamada Juana Coya, a la cual
todos le decían “la princesa”, porque era hija del cacique del Huasco, la cual
al ver a su patrón en tal aprieto salió a la calle gritando desaforadamente,
yéndose a golpear a todas las puertas que encontraba a su paso para que sus
moradores salieran a socorrer a su amo. Antes de que la lúgubre comitiva
llegara a la plaza, ya se había juntado medio centenar de vecinos, hombres y
mujeres, que rodeaban a los ejecutores de la justicia interrogándolos violenta
y acremente por tan extraño y atentatorio procedimiento.
Entretanto,
el cortejo ya había llegado al pie de la horca y el verdugo se preparaba para
cumplir sus funciones, el pueblo, por su parte, increpaba al Alcalde y algunos
intentaron interrumpir la tarea del verdugo, para ganar tiempo; pero el Alcalde
Gutiérrez, requiriendo su autoridad, ordenó enérgicamente:
—“Ahórquenle,
ahórquenle, que bien lo merece ese traidor, enemigo de Francisco de Aguirre”.
Continuó
el verdugo sus preparativos, en medio de la protesta, enconada y rebelde del
vecindario ante tamaña injusticia; pero algunos no se conformaron con esto y se
dirigieron a casa del Gobernador Aguirre, a pedirle el perdón del condenado.
Encabezaban este grupo el Alcalde Luis Tornero y su mujer, Juana Mallorquín y
otros, que eran amigos del Gobernador. Encontraron a Aguirre jugando a los
naipes, con tres amigos-
—“Señor
—díjole Mallorquín-; a Garibaldo lo ahorcan”.
—“¿Está
ahorcado?” —preguntó Aguirre sin levantar la vista de las cartas, preocupado
como estaba en una jugada importante.
—“Aún no,
señor’’ —respondió ansiosamente la mujer del Alcalde.
—“Pues
que ahorquen luego a ese bellaco” —fue la contestación de Aguirre, al mismo
tiempo que lanzaba su carta.
Redoblaron
sus ruegos los peticionarios “con lágrimas y sollozos”, hasta que por fin el
Gobernador dijo:
—“Pues
tomen esta daga, y si no está ahorcado todavía que no le ahorquen”.
El
caballerizo del Gobernador, Diego de Saldaña, cogió la daga y se lanzó a la
plaza, seguido por los demás, gritando:
—“No le
ahorquen, no le ahorquen, que le ha perdonado el Gobernador”.
Alrededor
de la horca se desarrollaban, entretanto, escenas inesperadas que habían
retardado el cumplimiento de la terrible sentencia.
Ante la
orden terminante del Alcalde Gutiérrez, el verdugo había continuado sus
preparativos para colgar al infortunado genovés, el cual gemía casi en estado
inconsciente, esperando su último momento. El negro Francisco echóle al cuello
el lazo, y tirando de la otra punta, hizo balancearse en el espacio el cuerpo
del ajusticiado; brotó un rugido de indignación; los espectadores,
arremolinándose, se lanzaron en apretado grupo contra el verdugo. Dos de los
más exaltados, Bartolomé Jaimes y Antonio Berru, dándole un fuerte empellón al
negro lo arrojaron de bruces, y sobre su cuerpo abalanzóse una mujer, la
princesa Juana Coya. Suelta la cuerda, cae de lo alto el condenado, en brazos
de sus salvadores, uno de los cuales, Alonso de Villadiego, se apresura a aflojar
la soga de la garganta. “Una mujer, Ana López, se quitó la “pollera” y cubrió
la desnudez de la pobre víctima, mientras los demás se agrupaban en torno suyo
dispuestos a defenderla a todo trance”.
El
Alcalde Gutiérrez, el Alguacil Gómez y los demás ministriles, perplejos ante la
efervescencia popular, no se atrevían a recomenzar la tarea interrumpida tan
inusitadamente; pero en esos instantes oyeron los gritos de los que traían el
perdón y luego los vieron aparecer en tropel por un extremo de la plaza. Un
momento más, y Diego de Saldaña mostraba al Alcalde la daga de Francisco de
Aguirre como comprobante del perdón.
“Garibaldo
fue llevado en triunfo a casa del Alcalde, Luis Tornero, donde se hospedó esa
noche; los vecinos volvieron a sus hogares y en breves instantes reinó de nuevo
la calma en la ciudad de La Serena”.
Al día
siguiente, fueron encontrados dos cadáveres cerca de la horca: el verdugo
Francisco, atravesado el pecho de una puñalada, apretaba todavía, con sus dedos
de hierro, la esbelta garganta de la india Juana Coya, princesa del Huasco.
§ 10. La
puente del Maipo
Si hasta
cinco años después de la fundación de la ciudad de Santiago nadie había pensado
todavía en "echar una puente” sobre el río Mapocho, que estaba al lado,
para que los vecinos se comunicaran fácilmente con sus “chácaras” de la Chimba,
en donde tenían sembrados y animales, menos se podía esperar que se pensara en
hacer cosa parecida en el río Maipo, situado a tres leguas de la ciudad, y en
cuyas riberas merodeaban, casi en libertad, los indios promaucaes que tan malos
ratos habían hecho pasar a }os conquistadores desde que asentaron
definitivamente su campo al pie del Huelén.
Más de un
capitán, sin embargo, había hablado alguna vez de “echar” un puente sobre aquel
correntoso río.
—Si yo
hubiera tenido una puente, señor Pedro de Valdivia, no habría tolerado las
muchas burlas que me hacían los salvajes desde la otra parte, cuando estaba
guardando él vado para que no nos invadieran —había dicho muchas veces el
capitán Francisco de Aguirre, recordando los angustiosos momentos en que la
hueste expedicionaria estuvo en peligro de ser destruida por das hordas
enfurecidas del valle del Mapocho.
—Nuestra
Señora y el Apóstol Santiago no quisieron que vuestra merced tuviera esa
puente, señor Francisco de Aguirre, porque por ella y por sobre los huesos de
vuestra merced, los salvajes habrían cruzado el río y vaciado sus turbas sobre
Mapocho, aplastándonos —contestó cierta vez el provecto, devoto y apacible
Alcalde Joan Fernández de Alderete, a quien molestaban ya las bravatas de su
amigo Aguirre.
Y había
en las palabras del Alcalde mucha verdad; de haber quince o veinte soldados
destacados en la ribera norte de ese río impidieran que los promaucaes se
unieran a los diez mil combatientes de Mapocho que tenían cercada a la ciudad
de Santiago, y que, a pesar del heroísmo de sus defensores, lograron
incendiarla; si ambos ejércitos indígenas hubieran podido reunirse “usando de
la puente”, la destrucción de la expedición española habría sido inevitable.
Así lo comprendió también el conquistador Valdivia y no pensó siquiera en
construir puente sobre el Maipo; la corriente caudalosa del río era la mejor
defensa que tenía contra “aquellos indios feroces del otro lado”.
Pero una
vez pasados los primeros años de penurias y de peligros, y cuando el
Conquistador había recibido de Lima varios “socorros”, entre ellos el de los
veintisiete arcabuceros que le trajo Alonso de Monroy, la actitud de Pedro de
Valdivia fue otra. La primera recorrida que el Conquistador hizo “por los
llanos” hasta la ribera del Maipo, dio a conocer a los indios rebeldes las
ventajas de la pólvora, y al estruendo de las descargas de los arcabuceros
huyeron despavoridos, perdiendo la esperanza de vencer a esos hombres que
manejaban el rayo y el trueno. “Nunca más vimos indios en este valle —escribió
Valdivia al Emperador—, pues todos se acogieron a la provincia de los
promaucaes, que comienza en el otro lado de un caudalosísimo río que se llama
Maipo”.
Pacificado
el valle de Mapocho y en posesión de elementos tan eficaces como los arcabuces
y buena artillería, el Conquistador se resolvió a cruzar el Maipo en son de
guerra; el éxito no podía ser dudoso, y su primera incursión hasta el Bío-Bío,
en 1545, le dio la seguridad de que la región entre el Maipo y el Maulé se
encontraba ya libre de enemigos. Era tiempo, entonces, de unir el valle de
Mapocho con la provincia de los promaucaes para facilitar la comunicación con
los fortines de avanzada, que se establecieron prudencialmente en la ribera
norte del Maulé, que fue la línea fronteriza con los indios de guerra.
Junto con
regresar a Santiago de esa afortunada incursión, el Conquistador ordenó al
Cabildo que se preocupara de construir, cuanto antes, un puente sobre el Maipo,
“por cuanto es de necesidad para estas provincias de Chile, ciudad y
República”; por de contado que el Ayuntamiento cumplió la orden en su primera
reunión, que si no fue el mismo día debió ser al siguiente; por entonces estas
cosas marchaban al trote, y Pedro de Valdivia tenía medios expeditos para
mantener al Cabildo en un puño.
El 28 de
agosto de 1545 “los señores justicia y regimiento acordaron que, por cuanto es
bien y provechoso de esta tierra, de los vecinos y moradores de ella y de los
naturales, que se haga una puente en el río Maipo y que todos los vecinos y
comarcanos que por dicha puente se han de aprovechar, ayuden con madera y todo
lo demás necesario para que se haga y se acabe dicha puente y para ello sean
compelidos y apremiados a que den indios y lo demás necesario para la dicha
puente”.
El
Alcalde Francisco de Aguirre, encargado de realizar el proyecto, no demoró
“gran cosa” en darlo por terminado; con el albañil Gálvez, con el carpintero
Avilez y con sesenta indios que trabajaron con la mayor rapidez, la obra fue
entregada al tránsito en mayo de 1546, o sea, en nueve meses. Era casi un
record; pero es necesario advertir que el puente fue “de palos” —madera sin
labrar— y que los cuatro tramos que lo sostenían por el centro y los dos
pilares de ambos extremos eran de “pies de cabra”, rellenos con “piedra gorda”.
La expedición que salió ese año hasta el Itata, al mando de Francisco de
Aguirre, para castigar a los indios de Perquilauquén por algunas fechorías que
cometieron, no tuvo necesidad de vadear el correntoso Maipo, exponiéndose a los
peligros de esa travesía, que tantas víctimas había hecho, “especialmente en
piezas de indios”.
Pero este
puente no estaba construidopara mucha duración; los “pies de cabra” y “los
palos”, unidos casi en toda su extensión por amarras de “tiras de cuero”, no
podían resistir la acción del tiempo, de la “correntada” y del uso, por muy
poco que éste fuera; así, pues, antes de un año fue preciso repararlo en
distintas partes, afianzar las amarras y substituirlas por pernos, renovar
“alguna tablazón’’ y, por último, fijar allí un cuidador para que estuviera
revisando constantemente el puente. Por este trabajo se le asignó al cuidador,
Pedro Mazuela, el salario de veinticuatro pesos al año.
Transcurría
el tiempo y el puente iba “aflojando”’ rápidamente; a los cuatro o cinco años
de uso no era posible cruzarlo “sin santiguarse”, y especialmente, sin tomar
serias precauciones; en una ocasión los tablones se hundieron a tiempo que
pasaba el soldado Agamenón de Neli, y si bien el jinete alcanzó a abrazarse de
alguna viga, el caballo cayó al agua y fue arrastrado por la corriente; apenas
si estaban más seguros los peatones.
La gran
expedición que organizó Valdivia para salir a la conquista definitiva de Arauco
en 1550, obligó al Cabildo a disponer una revisión formal y completa del puente
del Maipo y del otro sobre el Cachapoal, que se había construido dos años
antes; no era cosa de exponer a ese “ejército” de doscientos soldados y dos mil
indios, a cualquier “malbarato” a causa del mal estado de los puentes y como,
en realidad, el de Maipo se encontraba malo, el Cabildo gastó en su compostura
“ducientos pesos de oro, tres reales y cinco tomines”. Era mucha plata; lo peor
de todo fue que después del paso de la numerosa y pesada expedición, el puente
quedó en peor estado aún, y durante el año 1551 ocurrieron allí numerosas
desgracias.
“Consta a
vuesas mercedes, decía a los cabildos el procurador de la ciudad, Francisco
Martínez, los caballos e las piezas de indios que han ahogado allí, y es
preciso que vuesas mercedes hagan las puentes en el río de Maipo y en el de
Cachipual, (Cachapoal) pues a vuesas mercedes consta lo provechosos que son,
tanto para los soldados que van a servir a Su Majestad como a los españoles y
para los naturales”; y el Cabildo, respondiendo a este “capítulo” contestaba
que sus mercedes (los regidores) han hecho muchas veces esas puentes; y si al
presente están desbaratadas por la mucha gente que va y viene por ellas, sus
mercedes proveerán lo que más conviene”.
Se
arreglaron, efectivamente, los puentes sobre el Maipo y sobre el Cachapoal,
manteniéndose en ellos sendas cuadrillas, numerosas ahora, para que los
tuvieran expeditos, pero los armazones eran ya viejos y no era posible exigir a
los “encatrados de pies de cabra’’ una duración eterna. El costo del
mantenimiento de ambos puentes “que era sobre trescientos pesos cada año”, y
los continuos accidentes que, a pesar de todo, ocurrían, obligaron al Cabildo a
pensar seriamente en reemplazar definitivamente aquellos armatostes por algo
más sólido.
Había
para ello una razón más poderosa, si cabe, que las que se podían alegar para
mantener expedita esa vía de comunicación: transcurría el año 1556 y el rebelde
Lautaro, después de haber destruido la ciudad de Concepción por segunda vez,
había pasado el Maule a la cabeza de sus hordas feroces y amenazaba la capital
misma de la Gobernación. Era preciso dar fácil y seguro tránsito a las tropas
que debían salir a detener al invasor.
Francisco
de Villagra, Corregidor y Justicia Mayor y, por lo tanto, jefe del ejército,
propuso en el Cabildo “que se echara una puente fuerte, aunque para ello fuere
menester gastar los quintos de Su Majestad”; a la voz de poder gastar dinero
ajeno, los cabildantes se entusiasmaron, y sin perder minutos, los alcaldes
Francisco de Rivero y Pedro de Miranda se pusieron en “tractos” con Francisco
Gálvez, albañil, con Juan González, cantero, para que hicieran un puente sobre
el río Maipo, “que es a dos leguas y media de esta ciudad”, del material y de
las condiciones que va a ver el lector.
“La
puente será bien hecha, según el uso de albañilería y cantería, de tres arcos,
de la forma y manera como las tenemos trazadas en papel, haciendo primeramente
un pilar en cada orilla del río, de ladrillo y piedra de mampostería labrada y
metida en la tosca que está al pie”.
Los
pilares debían estar fundados sobre “el argamasa y cimiento que se hará en
ambas orillas”, y cada pilar debería tener “de gordo”, diecisiete pies en los
estribos o tajamares. El lado “de arriba” o sea la cara que enfrentaría a la
corriente debería ser “para cortar el agua, para que no haga fuerza en los
dichos pilares”, los cuales debían alcanzar a doce palmos de vara medidos desde
el lecho del río “hasta que empiece la rosca del arco”, esta rosca debería
tener el ancho de tres ladrillos y medio.
De los
tres arcos, el del medio “deberá llevar, de hueco, cuarenta y tres pies, cuando
menos”; a cada lado de este arco grande, “se ha de hacer un arco más pequeño de
quince pies de claro y han de subir, según la razón de la geometría, a la
altura del arco grande principal”.
Según
esto, el largo del puente proyectado sería de unos 60 metros. Yo no sé si el
Maipo, en alguno de sus "cajones”, alcanzará esa pequeña anchura; en todo
caso, las “especificaciones” de los constructores, que constan del contrato que
tengo a la vista, establecen estas medidas.
El ancho
del puente debería ser de “cuatro varas y una tercia”, con un pretil de
ladrillo de cinco palmos de alto; más o menos un metro. El “palmo” es la
distancia que hay entre la punta del dedo pulgar a la punta del dedo meñique de
una mano extendida; es lo que en folklore chileno llamamos “cuarta”. El puente
no era carretero; “hanse de poner a los dos cabos de la puente dos pilares para
que no pasen carretas por ella”; era, pues, un puente para peatones y para
jinetes.
El costo
alzado de la obra era de seis mil pesos de “oro de Chile”, fundido y marcado y
se pagaría en esta forma: “la tercia parte en queriendo empezar la dicha obra;
la otra tercia parte en queriendo cerrar el arco grande, o antes de que se
acabe de cerrar; y la tercia última parte, estando acabado el pretil de la
dicha puente, sin otro plazo ni alongamiento alguno”
Firmóse
el contrato solemnemente, en sesión plena del Cabildo y en presencia de la
primera autoridad de la Gobernación, Francisco de Villagra, quien también
estampó su firma al pie del documento, y es seguro, que el acto trascendental
fue celebrado por el vecindario, con emoción...
Los
contratistas empezaron a alistar la faena desde el siguiente día —pues el deseo
de la autoridad era que la obra se terminara en plazo breve— y también desde el
siguiente día empezaron a insinuar su deseo de que el contrato se empezara a
cumplir por parte del Cabildo; hemos visto que la forma de pago era: “la tercia
parte en queriendo empezar la obra”. Pero para ello se presentó una dificultad
“imprevista”: las “cajas reales”, de donde iba a sacarse la plata, según la
promesa del Corregidor
Villagra,
no tenían un peso; todos los “quintos” y haberes de Su Majestad, incluso los
diezmos de la Iglesia, habían sido gastados en la guerra y en socorrer al
vecindario de las ciudades del sur, destruidas por el rebelde Lautaro.
Y sin
dinero no había caso, pues los constructores declararon “que por mucho que
desearan servir a Su Majestad en esto de la puente, ellos no tenían oro ni
fianzas” para empezar la obra. Se gestionó durante un mes para ver modo de
juntar los dos mil pesos entre el vecindario de Santiago; pero fue inútil; los
santiaguinos, con las pérdidas que habían experimentado con la destrucción de
las ciudades “de arriba”, y con los gastos que debían hacer para “sustentar” a
las quinientas personas, “mujeres y niños”, que se habían huido de allá y
refugiado en Santiago, declaráronse “falentes de oro”, y ante tal declaración
colectiva y unánime, hubo de abandonarse la idea de construir el puente de
ladrillos y piedra “según el uso de la albañilería y la cantería”.
Un mes
más tarde, el 2 de octubre, se dio por “ninguno” el contrato celebrado entre el
Cabildo y los albañiles; pero quince días después el ayuntamiento firmaba un
nuevo compromiso con el carpintero García de Avilez, quien se ofreció para
construir un puente de madera, “muy trabado y fuerte”, por la cantidad de dos
mil quinientos pesos, y sin pedir nada anticipado, que era la mayor dificultad
en que tropezaba el Municipio. “Se pagará la mitad dos meses después de la
demora” del próximo año de 57, y la otra mitad una vez acabada dicha puente.
Llamábase “demora’’, el período que se dedicaba a la explotación de las minas y
lavaderos de oro durante el invierno de cada año; las demoras empezaban
generalmente en el mes de mayo y terminaban en septiembre. En buenas cuentas,
la primera cuota del puente debía ser pagada a un año de plazo.
Las
condiciones del puente de García de Avilez, que fue el primer “puente fuerte”
que se construyó sobre el caudaloso y correntoso Maipo, constan de las
especificaciones del contrato. “Me obligo de hacer una puente en el río Maipo,
en el lugar y parte que está señalado para ella, que es donde más conviene o se
puede hacer, en esta manera: que le tengo de hacer dos cajas de doce pies de
ancho e doce de largo, de madera do algarrobo, con sus cadenas de la misma
madera gorda muy trabada y fuerte una caja a cada banda del río; e sobre dichas
cajas me obligo a hacer una armadura a manera de tijera, muy fortalecida, con
dieciséis estantes y dieciséis barrotes clavados y muy fortalecidos; y sobre
estos estantes y barrotes echaré una planchada de madera blanca que hay en los
valles, la fijaré sobre unos corbatones, de manera que quede fija y fuerte e
bien acabada y le daré siete pies de hueco, sin la baranda, para todo lo cual
pondré yo, el dicho García de Avilez, todo lo necesario de madera e clavazón e
servicio”.
Resulta
de estas especificaciones, que el puente primitivo sobre el Maipo tuvo un poco
más de dos metros de ancho, de baranda a baranda. Este contrato quedó
finiquitado a fines de diciembre del mismo año y fue insertado en el libro de
actas del Cabildo; allí aparece una pequeña modificación en cuanto al pago de
la primera cuota; según esta modificación, la primera cuota debía ser pagada al
contratista a fines de abril del siguiente año, en vez de octubre, como se
había estipulado antes.
Pero los
trabajos en el puente no pudieron empezarse todavía, a pesar del empeño del
contratista y del Cabildo. El rebelde Lautaro había aparecido nuevamente por
los campos al norte del Maule y renovado sus fechorías en forma alarmante; era
la tercera vez que amenazaba esa región y no era un misterio que su propósito
era el de destruir la ciudad de Santiago. No era posible poner trabajos en el
nuevo puente del Maipo con el enemigo al frente.
A
principios de enero los anuncios de la invasión obligaron al Cabildo a armar
rápidamente a los pocos hombres útiles que quedaban en Santiago, pues el
Corregidor Villagra había levantado todas las fuerzas para ir contra el
caudillo araucano, a quien se le suponía en pie. La alarma en Santiago se
convirtió en pánico; la ciudad estaba llena de niños, mujeres e inválidos,
fugitivos del sur, y era preciso prepararla a la defensa contra los ataques del
“indio feroz”. La obra del puente quedó, pues, postergada; no se disponía de
personal; los indios que debían trabajar en ella, habrían de salir a la campaña
contra el invasor como “piezas de servicios” de los diecisiete soldados
españoles que pudo armar la ciudad.
Solamente
cuando esa campaña terminó a fines de marzo, con la muerte de Lautaro en
Mataquito, víctima de la traición de uno de los suyos, la ciudad “volvió a su
ser”; restablecida la tranquilidad y terminadas las fiestas con que se celebró
la destrucción del caudillo y de su horda, el Cabildo se consideró en situación
de exigir al contratista García de Avilez la iniciación de los trabajos del
puente. No demoró mucho la terminación de la obra: a fines de ese año de 1557
pasaron por encima de su “planchado” las tropas que el nuevo Gobernador don
García de Mendoza mandó por tierra a Concepción, para recomenzar la conquista
de Arauco.
El primer
puente “fuerte” sobre el histórico Maipo, se construyó, en consecuencia, a los
dieciséis años de la fundación de Santiago, cincuenta antes de la construcción
del primer puente sobre el río Mapocho.
§ 11. Los
dos Franciscos
Las
luchas intestinas que habían apasionado los ánimos de los conquistadores, a
raíz de la muerte de Pedro de Valdivia, se habían apaciguado y terminado
definitivamente con el acatamiento que todos habían rendido a las órdenes de la
Real Audiencia de Lima. Los caudillos de ambos bandos —Francisco de Villagra y
Francisco de Aguirre- se habían conformado, mal de su agrado, con la condición
en que habían quedado, dejando de mano toda pretensión.
A la
verdad, el más mal parado era Francisco de Aguirre, pues la Audiencia le había
quitado todo mando en Chile, dejándolo solamente como Gobernador de Tucumán o
de las provincias transandinas, y todavía con restricciones que equivalían a la
nulidad del empleo; en cambio a Villagra, la Audiencia le había nombrado, tres
meses después, en el cargo de Corregidor y Justicia Mayor de Chile, con lo cual
le investía de casi todas las facultades de Gobernador, especialmente en el
mando de tropas.
Pero la
controversia entre los dos Franciscos había entrado ya en su tercer año; los
ánimos de los partidarios habían decaído en esta lucha que se había tomado
estéril, pues con un “golpe” de Audiencia las fases cambiaban total e
inesperadamente, cuando menos se pensaba. Villagra había conseguido, al fin,
algo de lo que pretendía, y Aguirre no había obtenido nada; volver a empezar de
nuevo, para después de dos años más, quedar en lo mismo, no
era una expectativa para ninguno de los contrincantes; ambos, por lo demás,
habían sido amigos y buenos camaradas, desde que vinieron a la Conquista de
Chile, y la única vez que habían interrumpido esa amistad era ahora, por la
pretensión del malhadado gobierno de Chile, acéfalo a la muerte de Pedro de
Valdivia, quien, en su testamento, había dejado dispuesto que sus sucesores
debían ser —hasta que Su Majestad proveyese— o Aguirre, o Alderete, sin aclarar
lo suficiente el mandato.
Cada cual
tenía “su puntillo” en ser el vencedor; pero resuelto ya el caso por la
Audiencia, aunque transitoria y malamente, ¿valía la pena que continuaran
peleándose dos viejos camaradas de los buenos y sufridos tiempos del
descubrimiento y conquista?
Por
acuerdo tácito, según parece, ambos caudillos colgaron las espadas y con mayor
razón todavía se felicitaron de ello cuando llegó a Santiago la noticia de que
el Rey había nombrado Gobernador de Chile a Jerónimo de Alderete, que por
entonces estaba en la Corte de Inglaterra, formando parte de la comitiva del
Rey Felipe II, recién casado con la Reina María de la Gran Bretaña.
Acalladas,
pues, las controversias de los rivales, que en momentos críticos pudieron
convertirse en una sangrienta guerra civil, Aguirre se retiró a su mansión
señorial de La Serena, para preparar sus expediciones transandinas, y Villagra
pudo dedicarse a reparar las grandes y cruentas derrotas que el formidable
Lautaro había infligido al ejército español en Concepción, Tucapel y Marigüeñu,
y especialmente, a perseguir al audaz y feroz caudillo araucano, que con sus
continuas incursiones sobre los campos al norte del Maule y del Mataquito,
amenazaba la existencia de la capital misma del reino.
Ante este
peligro inmenso, toda la colonia se unió alrededor del jefe de las armas, que
era Villagra, y aun los propios serenenses, que tan alejados estaban del
peligro y que tenían sus miras e intereses hacia el otro lado de la cordillera
andina, creyeron prudente y justo socorrer a Villagra —el émulo de Aguirre,
“señor” de Serena— para que destruyera a Lautaro.
La
primavera del año 1566 —septiembre y octubre— encontró a la colonia de Chile
perfectamente unida en su campaña contra el precoz caudillo araucano, y a su
cabeza a Francisco de Villagra, quien no se dio descanso hasta sorprenderlo en
los cerrillos de Caune, a las orillas del Mataquito, y acabar con él. El día 1°
de abril de 1557, las huestes de Lautaro —después de una campaña de tres años y
medio, durante la cual mataron al conquistador Valdivia, derrotaron varias
veces a Villagra y a cuatro o cinco de sus mejores capitanes; destruyeron dos
veces a Concepción y los fuertes de Tucapel, Purén y Arauco; incendiaron todas
las haciendas españolas desde el Bío-Bío al Mataquito y redujeron al ejército
español en cerca de doscientos soldados— fueron destrozadas, a su vez, en una
sorpresa, y muerto su caudillo por una traición. La capital del reino, y el
reino mismo, podían ya dormir tranquilos.
No
terminaban todavía las “alegrías” y bulliciosas fiestas con que la capital
había celebrado la derrota del enemigo indígena, y aun se mantenía en la picota
de la Plaza Mayor la cabeza del caudillo Lautaro, cuando se supo en Santiago la
noticia de que una gran escuadrilla había sido avistada por las costas del
Huasco; se tenía entendido que el nuevo Gobernador traía consigo un grande
ejército para pacificar a Arauco, y no se dudó de que una parte, por lo menos,
vendría en esas naves- Pero la novedad era todavía mayor, según los mensajes
que llegaron al día siguiente; el nuevo Gobernador no era ya Jerónimo de
Alderete —que había recién fallecido en Panamá— sino el propio hijo del Virrey,
un mozo de veintidós años, llamado don García de Mendoza.
La
noticia no podía ser más grande y trascendental; el nuevo Gobernador era un
“advenedizo”; un capitán, todo lo noble y reputado que se quisiera, pero que
desconocía, en absoluto, la guerra araucana y a los hombres que hasta entonces
habían servido en ella. Traía en su comitiva y ejército más de cuatrocientos
soldados, todos los cuales venían a Chile en busca de fortuna; habría que
premiarlos y para premiarlos, el Gobernador no podría hacer otra cosa que
quitar a los viejos primeros conquistadores las encomiendas que habían ganado y
poseían con mucha anterioridad, en pago de sus servicios.
Si para
todos los conquistadores la noticia era “melancólica”, para Villagra era un
desastre, pues ella le significaba la pérdida del mando. Sin embargo, desde
Villagra abajo, todos se aprestaron a “recibir” al nuevo Gobernador don García,
con el acatamiento que correspondía a un representante del Soberano.
Cuando
ocurrió en Panamá el fallecimiento del Gobernador Jerónimo de Alderete, el
Virrey del Perú estaba recién llegado a Lima, y apenas tenía conocimiento de
los hombres que le rodeaban; obligado a resolver el problema que se le
presentaba con el fallecimiento de Alderete, sus ojos se fijaron en su propio
hijo para que viniera a este Reino de Chile, al que se había presentado como
envuelto en la anarquía, con motivo de las pretensiones de dos caudillos que
alegaban para sí la Gobernación de Chile. Ninguno mejor que el joven don García
podía, a juicio del Virrey, poner orden en ese caos civil, y pacificar a los
indios de Arauco; a sus condiciones de hábil guerrero de Flandes y de Italia,
en donde había tenido señaladísima actuación desde los diecisiete años de edad,
unía don García su alta alcurnia y su condición de hijo del Virrey, jefe
supremo de esta parte de las Indias. Nadie podría atravesársele en su
administración pues llevaba poderes plenos, y un ejército de cuatrocientos
cincuenta soldados para hacer cumplir sus órdenes, amén de mucho dinero, armas,
caballos y “ferramenta”.
En
efecto, la sola presentación de las fuerzas de don García sobrecogió de
pavoroso respeto a los conquistadores chilenos. El Gobernador se presentó a la
rada de Coquimbo el 23 de abril, con ocho naves, cuatro de ellas artilladas, en
las cuales venían trescientos hombres, arcabuceros y artilleros; la escuadrilla
de don García era la más fuerte y numerosa que hasta entonces surcara estos
mares. La caballería, compuesta de ciento cincuenta jinetes y quinientos
caballos de remonta, habíala mandado por tierra y a la fecha en que la
escuadrilla fondeaba, ya estaba por llegar a La Serena.
Apenas
Francisco de Aguirre supo que en la escuadrilla recién fondeada en Coquimbo
venía el nuevo Gobernador, se trasladó al puerto para rendirle acatamiento; era
el patriarca fundador de la ciudad, uno de los primeros personajes del Reino, y
por último, uno de los pretendientes a la Gobernación de Chile; estaba obligado
a manifestar su sumisión a las órdenes del Soberano.
En la
bahía no había bote ni lancha para trasladarse a bordo de la nave almirante,
que era la “San Juan de los Reyes”, de ciento diez toneladas; Aguirre no podía
detenerse en eso, y se embarcó en una balsa “de las que usan los indios
pescadores, que son de cueros de lobos hinchados y atados unos con otros”. La
recepción que se hizo a Francisco de Aguirre, al subir por la escalera “de
gato” hasta la cubierta de la nave, fue solemne y muy a propósito para halagar
su vanidad, que era mucha; disparó la artillería de todas las naves, luego
resonó “mucha música de trompetas, tambores y chirimías”, mientras los
capitanes le saludaban con demostraciones de especialísima deferencia.
Estuvo
allí esperando algunos minutos, “pues don García quería hacerle sentir su
superioridad”, y luego se presentó el Gobernador, rodeado de su personal de
ayudantes y asesores, y escoltado por su guardia especial. Francisco de Aguirre
se adelantó a besarle las manos, doblando la rodilla e inclinando el busto.
-Alzad,
señor Francisco de Aguirre, que es mucho el placer que me dais de veros, pues
que mi padre el Virrey os tenía en grande estima...
—
¡Señor!... —exclamó conmovido el orgulloso conquistador, al oír tan halagüeñas
palabras.
—Y sabed,
señor de Aguirre —continuó don García, con afabilidad extrema— que una de las
cosas que ha mitigado la pena de tal padre el marqués, al apartarse de mí,
enviándome a tierras tan remotas, ha sido el saber que estaba aquí una persona
como la de vuestra merced, de canas, autoridad y experiencia, de cuyo consejo y
dirección pienso yo valerme mucho en todos las cosas concernientes al servicio
de Su Majestad.
La
recepción de don García y sus palabras no podían ser más de la satisfacción de
Francisco de Aguirre; pero la verdad era que todo no pasaba de un fingimiento y
de una hipocresía del mozo. Las órdenes que había recibido del Marqués, y que
pronto iba a poner en ejecución, eran bien distintas, como verá el lector.
Aguirre
invitó al Gobernador a bajar a tierra y a pasar a La Serena, en donde el
vecindario estaba preparado ya para recibir con bulliciosa alegría al joven
magistrado; hicieron juntos las dos leguas que separan el puerto de la ciudad,
escoltados de escuadrones de los que habían llegado del Perú, y al llegar a la
plaza, en donde se habían reunido las autoridades y el vecindario, el viejo
capitán Aguirre se desmontó, cogió las riendas del caballo del Gobernador y
llevándolas en alto, condujo a don García hasta las puertas de la Iglesia
Mayor, a donde fueron todos a dar gracias por el feliz arribo.
Al bajar
del caballo, don García dijo a Aguirre, en tono que todos los que a su
alrededor estaban le oyeron:
—He
sufrido, señor Francisco de Aguirre, que haya, vuestra merced, traído de la
brida mi caballo, por la autoridad real que represento, que de otra suerte no
le permitiera, estimando, como es justo, su persona de vuestra merced.
Explicando
más tarde estos hechos, don García diz que dijo:
—Está
bien que ese viejo vano haya hecho aquel género de pública sumisión, para
comenzar a derribar las columnas de su mucho envanecimiento.
Terminada
la función religiosa, Francisco de Aguirre invitó al Gobernador a su casa, “lo
festejó con banquetes” y lo alojó allí, con todo el regalo que era posible.
Esa misma
noche el Gobernador empezó a cumplir el programa que traía formado desde el
Perú, con su padre el Marqués- Virrey. Llamó al capitán de su guardia Juan de
Biedma, y le dijo:
—Mañana,
después de comer (almorzar), saldré de paseo por los alrededores de la ciudad,
y cuando yo esté ausente, aprehender habéis a Francisco de Aguirre y llevarlo,
bien seguro, a una de las naves, en donde quedará con guardias completas y a la
vista.
Pocos
momentos después hacía llegar a su presencia al capitán Juan Remón, de su
comitiva, y al comendador Pedro de Mesa y les entregaba sendos pliegos; el de
Remón era un poder de don García para que éste se recibiera, en su nombre, del
cargo de Gobernador de Chile, ante el Cabildo de Santiago y prestase el
juramento de regla, y el de Mesa era su nombramiento de Teniente de Gobernador
corregidor y justicia mayor del Reino de la capital. El poder de Remón y sus
instrucciones, decían: “ha de quitar las varas de autoridad a quienes las
tengan; dará a Pedro de Mesa, la de mi teniente en aquella ciudad, y las demás
las dará a quien quisiese. E después de fecho esto, aprehenda el cuerpo del
corregidor Francisco de Villagra e llévelo preso a la parte que le pareciere y
esté más seguro; si Villagra se quisiese defender, o algunos defenderle,
ejecute el mandamiento en las vidas e haciendas de los que lo hicieren”.
Más
claro, imposible; si Villagra se resistía a entregarse preso, se le quitaría la
vida. Ya estaba apareciendo un don García muy distinto del que recibió a
Francisco de Aguirre con salvas de artillería y tambores, músicas de pífanos y
chirimías, en la cubierta de la nave almirante, en la rada de Coquimbo.
De más
está decir que ambas órdenes de prisión se cumplieron a la letra; Francisco de
Aguirre fue preso en la Plaza de Armas de La Serena, frente a la casa en que se
alojaba el Gobernador, que era la suya propia. La indignación que produjo tal
felonía en el vecindario no es para descrita; pero nadie “fue osado” de
manifestarla.
Aguirre
quedó preso en el navío “Todos los Santos”: piloto: Gonzalo Hernández.
Entretanto,
Juan Remón y Pedro de Mesa, escoltados por treinta arcabuceros de caballería,
habían partido hacia la capital a cumplir las órdenes recibidas; llegaron a
Santiago el día domingo 6 de mayo, a las diez de la mañana; se fueron
directamente a la casa de Juan Jufré, donde vivía el corregidor Francisco de
Villagra, y mandaron ocupar la casa, con sus soldados, “que llevaban arcabuces,
las mechas encendidas y otros alabardas y partesanas en las manos”.
—Busco al
corregidor Francisco de Villagra —dijo Remón a doña Constanza de Meneses, mujer
del dueño de casa.
—Su
señoría está ahora viendo misa, en la ermita de Nuestra Señora del Socorro (San
Francisco) —contestó la dama, asustada de tal lujo de fuerza encabezada por un
desconocido-
—
¡Envíele vuesa merced recaudo, que es servicio del Rey!
Un negro
partió a la carrera con el mensaje, mientras algunos soldados registraron la
casa, subiendo “al altillo”, y otros quedaron en la calle “manteniendo
encendidas las cuerdas mechas” de los arcabuces. Los pocos transeúntes que a
esa hora circulaban por la Plaza -Jufré vivía donde está hoy la Municipalidad—
se agruparon, sorprendidos y curiosos, alrededor de los soldados.
No tardó
en venir Villagra; al entrar a la Plaza, por la calle que hoy es la del Estado,
lo escoltaban unas cincuenta personas; marchaba adelante llevando en su mano
derecha la vara alta y emborlada del Corregidor, símbolo de su autoridad. Sin
inmutarse en absoluto por el inusitado despliegue de fuerza que estaba viendo,
avanzó, impertérrito, hasta la puerta de su casa; allí estaba esperándolo Juan
Remón; detrás de él permanecía, severo, el Comendador de la Orden de San Juan,
Pedro de Mesa.
Remón
avanzó y abrazó a Villagra, a quien conocía; el Corregidor hizo lo mismo, e
invitó al forastero a entrar; lo hicieron, “y detuvieron la puerta para que
nadie entrase allí dentro”. Momentos más tarde, sonaba la campana que llamaba a
Cabildo; había corrido la voz de estos extraños acontecimientos, y los alcaldes
y regidores estaban por ahí cerca. Antes de un cuarto de hora estaba reunida,
en pleno, la corporación municipal, con la presencia de Juan Remón y Pedro de
Mesa; los soldados de Remón llenaban la sala, y durante la sesión “las mechas
de veinte arcabuceros, encendidas dentro del aposento del Cabildo, de tal
manera que caían las pavesas de las mechas sobre el libro y mesa del Cabildo”.
— ¡Léase
esta Real Cédula! —mandó Remón al escribano Pascual de Ibaceta.
El
plumario leyó a tropezones: era el nombramiento de don García para Gobernador
de Chile, firmado por el Virrey-Marqués, en nombre del Soberano. Los regidores
tomaron cada uno el pliego, lo besaron, lo pusieron sobre sus cabezas e iban
diciendo: “Acato y cumplo”.
— ¡Léase,
luego, esta provisión!
Era el
nombramiento del Comendador Mesa para teniente de Gobernador y Justicia Mayor.
Villagra
depositó, en el acto, su vara sobre la mesa del Cabildo.
— ¡Echad
también vosotros las varas que tenéis en las manos! —mandó, de nuevo, el
capitán, a los alcaldes Juan Jufré y Juan Fernández.
— ¿Quién
manda eso...? —se atrevió a preguntar el Alcalde Jufré.
—
¡Obedezca, vuestra merced! —ordenó Remón, sin hacer caso de la pregunta.
El tono
en que había mandado Remón, y la actitud expectante de los soldados con las
mechas de los arcabuces encendidas, decidieron a los alcaldes a dejar sus
varas.
Pedro de
Mesa recogió la vara de Justicia Mayor y ocupó su sitio.
—Y ahora,
señor Francisco de Villagra, ¡daos preso en nombre de Su Majestad!
El
momento era trascendental; se esperaba una protesta de Villagra, aunque fuera
tan débil como la de Jufré- Intensamente pálido, pero inmutable, Villagra
contestó, con voz entera, al par que sumisa:
—No era
menester que el señor Gobernador usara de estos términos para mí; bastábale
enviar una letra para que yo obedeciese puntualmente, sin dar trabajo a vuestra
merced, señor capitán Juan Remón.
“Y muy
tranquilo siguió a su aprehensor, que le tuvo sin dejarle hablar con nadie e
sin tomar cosa alguna de su hacienda ni darle espacio para le buscar, todo ese
día con su noche”.
Al día
siguiente, Villagra era transportado a Valparaíso; allí estaba ya un barco que
había mandado don García, con el objeto de embarcar y tener en seguridad al ex
Corregidor del Reino.
Al subir
a la cubierta divisó, en una cabina de proa, a Francisco de Aguirre, su émulo
de ayer y su compañero de destierro de hoy; al verlo, se fue hacia su viejo
amigo, y mientras estaban abrazados estrechamente, Aguirre le dijo:
— ¡Mire,
vuestra merced, señor general, lo que son las cosas del mundo: ayer no cabíamos
en un reino tan grande, y hoy nos hace caber, don García, en una tabla!
Los dos
Franciscos se abrazaron de nuevo, y diz que lloraron.
§ 12.
Fray Gil González de San Nicolás
Fundador de la orden dominica en Chile
Cuando el
virrey del Perú, don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete y Guarda
Mayor de la ciudad de Cuenca, recién llegado a los Reyes de Lima, en 1556,
resolvió enviar a su hijo don García, joven de veintiún años no cumplidos, por
Gobernador de Chile, lo hizo después de haber consultado el caso con su
confesor, el franciscano fray Cristóbal de Mora, quien, atendiendo a los pocos
años y experiencia del futuro mandatario, le aconsejó al virrey que pusiera al
lado de don García una junta de letrados civiles y canónicos, para que lo
asesoraran en los asuntos de gobierno que habría de resolver en su
jurisdicción.
La
rebeldía de los indios chilenos, manifestada con caracteres de belicosidad
inaudita en los últimos diez años, hasta el extremo de que el Gobernador
Valdivia —cuya pericia militar y valentía eran famosas- había sido muerto en
una batalla, la de Tucapel, junto con todos sus cincuenta y tantos compañeros,
amén de las grandes derrotas que infligiera a los Villagra y a otros
renombrados capitanes el caudillo Lautaro, había repercutido con asombro en la
corte española, pues en ningún punto de la América resistían los aborígenes más
de los primeros encuentros con sus bien armados conquistadores.
La
noticia de esta guerra que habría de ser gloriosa, puesto que los enemigos eran
valientes, y las expectativas que ofrecían las fabulosas riquezas del Perú,
determinaron a muchos gentiles hombres de la Corte a venir a las Indias, en
busca de honra y provecho. Así vino al Perú, con Alderete primero y con el
virrey marqués en seguida, una lucida corte de hidalgos, en florida juventud
los más.
“Fallescido
desta vida” a su paso por Panamá, el adelantado Alderete, nombrado Gobernador
de Chile por Felipe II, en reemplazo del malogrado don Pedro de Valdivia,
correspondía al virrey del Perú la designación de un reemplazante, mientras Su
Majestad proveía en definitiva.
El
marqués, considerando atentamente, primero, la situación por que atravesaba el
reino de Chile con la espantosa rebelión de los araucanos —que habiendo
destruido ya a Concepción, amenazaban a la ciudad de Santiago— y en segundo
lugar, la enconada lucha intestina en que se encontraban estos españoles, con
las pretensiones de los caudillos Francisco de Villagra y Francisco de Aguirre
al gobierno de la colonia chilena, pensó en que lo más acertado era nombrar por
Gobernador del reino a su propio hijo, pues que si bien podría tachársele su
juventud, llevaba la ventaja de que, como recién llegado de la corte, era
imparcial en cualquier cuestión lugareña de Chile, y además iba prestigiado de
sobra con ser hijo del virrey.
Acordado,
pues, el nombramiento de don García, su padre empezó activamente los
preparativos de la lucida y numerosa expedición militar que le habría de
acompañar a Chile.
Más de
seis meses demoraron estos preparativos, sin omitir ni reparar en los gastos;
se invirtió en ella “más de doscientos mil pesos de oro, de 450 maravedís”, o
sea, casi más de la mitad de la suma que gastara Pedro de Valdivia en sustentar
la conquista durante sus catorce años de gobierno.
Primero
salieron por tierra unos 300 jinetes con más o menos 500 caballos, al mando del
coronel don Luis de Toledo y del capitán Pedro del Castillo y quince días
después, el 22 de febrero de 1557, se hizo a la vela en el Callao, una escuadra
compuesta de ocho naves, cuatro de ellas artilladas, y cuyos nombres eran: “San
Juan de los Reyes”, “San Sebastián”, “Todos los Santos” y “La Brava”.
En la
primera de estas naves venía el Gobernador don García Hurtado de Mendoza; su
teniente general el licenciado Hernando de Santillán, oidor de la Real
Audiencia de Lima; la Junta de Asesores, formada por el clérigo presbítero
licenciado Antonio de Vallejo, dignidad maestre escuela de La Plata, visitador
eclesiástico de Chile, y confesor del Gobernador; el franciscano fray Juan de
Gallegos, doctor en Teología de la Universidad de París, maestro de la de
Bolonia y comisario de su Orden en Chile, y el dominico fray Gil González
Dávila de San Nicolás, nuestro protagonista, joven de treinta años, que habría
de hacer un gran papel en este reino con sus avanzadas ideas y su carácter
violento. Este fray Gil es el fundador de los dominicos en Chile.
El resto
de la comitiva y tripulación, repartido en los navíos, estaba compuesto de
jefes, oficiales y de unos cien hombres de tropa y escolta del Gobernador,
letrados, dieciséis frailes y clérigos, servidumbre alta y baja a cargo de los
bagajes, etc.
La
despedida que el virrey tributó a su hijo, en el puerto del Callao, fue
soberbia, como que el marqués tenía siempre en mira prestigiar a don García,
para asegurarle éxito en su empresa. El virrey, la Audiencia, el Cabildo
eclesiástico y el civil —“ambos cabildos”, como se decía en las relaciones—,
amén de capitanes, coroneles, generales, nobleza, hidalguía y todo cuanto había
de notable y de adulón en Lima concurrió no sólo a la playas de la bahía, sino
también a bordo de la capitana, a besar la mano y “dejar los augurios” al joven
Gobernador.
Cuando, a
media tarde, las trompetas y tambores anunciaron que las velas iban a desatarse
y empezó la última corrida de abrazos, el vicario general de los franciscanos,
don fray Antonio Lozano, despedido ya de don García, buscó por toda la cubierta
al dominico Gil González de San Nicolás para “darle la paz” como hermano en
Jesucristo y recomendarle que marchara siempre unido con el franciscano fray
Juan de Gallegos —así como lo estuvieron siempre Santo Domingo y San Francisco—
en el difícil cargo de asesores que Dios y el virrey marqués, le habían
encomendado cerca del gobernador imberbe.
Pero fray
Gil no aparecía por ninguna parte; nadie daba cuenta de él, y el vicario llegó
a pensar que se hubiese marchado a otra de las naves. Por fin, después de
muchos trajines, alguien le dio la noticia de que fray Gil estaba rezando el
breviario, detrás de un montón de jarcias.
—Fray Gil
—díjole el vicario—, perdone su paternidad que le presente humildemente que no
son momentos éstos para rezar. Ya podrá hacerlo vuestra reverencia durante la
navegación, que es larga; pero ahora, vaya a cumplir con la buena crianza de
despedirse de los buenos amigos que deja en Lima.
—Ya lo
había pensado, reverendo padre vicario —contestó fray Gil- y me aprestaba a ir
hacia el puente.
—Ya
tarda, vuestra paternidad.
—Es
verdad... pero dígame, padre vicario, ¿ha visto por dónde anda el licenciado
Santillán?
—Su
señoría el oidor y teniente está por aquel lado...
—Pues
vámonos por este otro lado —dijo resueltamente fray Gil—; no quiero encontrarme
con él.
El padre
Gil y el licenciado Santillán tenían cuentas por arreglar desde algún tiempo
atrás; y esas cuentas peruanas y profundamente limeñas, iban a originar serios
disturbios en nuestro reino de Chile, que tan inocente estaba de rencillas
cortesanas.
Cegado
por su acendrada devoción religiosa, el marqués virrey no había dado
importancia a los chismes que circulaban en Lima, alrededor de los
caracterizados personajes, a quienes había elegido para consejeros de su hijo
el Gobernador. Decíase, por ejemplo, del oidor Santillán, que, atenido a su
alta investidura, era absorbente y no admitía que otra opinión predominara
sobre la suya; este funcionario venía de Teniente de Gobernador y Justicia
Mayor, es decir, tenía en su mano todo el poder civil; del licenciado Vallejo
afirmábase otro tanto y como venía proveído con el cargo de visitador
eclesiástico, o sea como vicario del obispo, de cuya jurisdicción dependía el
reino de Chile, no toleraría contradicciones y consejos en lo referente a la
administración eclesiástica; además, como confesor que era de don García,
contaría en cualquier momento con el apoyo del “brazo civil’’ para imponer sus
decisiones; de fray Juan de Gallegos murmurábase que era un adulón de la
autoridad y que debido a esta cualidad había conseguido su designación de
asesor de don García, junto con el cargo de comisario de la Orden Franciscana
en Chile, donde ya había dos conventos, uno en Concepción y otro en Santiago
—que es el mismo que hoy existe en la Alameda—. Este cargo de comisario le daba
a fray Gallegos el carácter de prelado, con absoluta independencia del
ordinario eclesiástico. Y por último, del dominico fray Gil González de San
Nicolás se hablaba que no obstante su acendrada virtud, no embargante su
abnegación evangélica ampliamente reconocida, así como su desinterés por todo
lo terrenal —cosa no tan corriente en aquellos tiempos, aun entre los
eclesiásticos— era de carácter intransigente, violento, atropellador y
vengativo.
Era
sabido en todo Lima un incidente ocurrido entre el oidor Santillán y fray Gil
durante las fiestas de Santo Domingo; el incidente era de puro formulismo,
insignificante, exiguo, pero la intransigencia de uno y el orgullo del otro
dieron al hecho tales proporciones que la noticia trascendió y hubo necesidad
de gestiones y conferencias para que pudiera ser arreglado, y todavía a medias,
porque ambos personajes cuando se encontraban se saludaban entre dientes.
El día en
que el marqués de Cañete propuso a fray Gil que viniera a Chile como consejero
de su hijo, el fraile se echó a los pies del virrey para darle las gracias por
la merced que le concedía y la ocasión que le daba para servir a Dios y a Su
Majestad en la evangelización y civilización de los indios; pero cuando supo,
al día siguiente, que también vendría a Chile el oidor Santillán, y con el
elevado carácter de Teniente y Justicia Mayor, el dominico se apresuró a
manifestar al marqués su decisión de no pasar a Chile con tal compañero.
El
interesantísimo documento que nos sirve de guía en esta “crónica”, y que es una
“carta de fray Gil al Presidente y oidores del Consejo de Indias de Sevilla”
—documento que habremos de citar muchas veces— afirma perentoriamente la
circunstancia que dejamos apuntada.
“Iba por
teniente del Gobernador —dice la carta— el licenciado Santillán, Oidor de
Vuestra Real Audiencia que reside en esta ciudad de los Reyes de Lima, el cual
estaba mal conmigo, porque quise no ir con don García, porque iba él”.
El virrey
logró conseguir, empero, que el fraile cambiara de opinión y se resolviese a
acompañar a don García; pero su actuación y sus consejos estaban destinados a
fracasar, teniendo a su lado a tan poderoso y autoritario personaje como el
oidor, a quien todos, desde don García hasta el último paje, reverenciaban y
obedecían como el más alto y genuino representante de la autoridad real y de su
justicia.
Desde que
la escuadra salió del Callao, rumbo a Coquimbo, empezó fray Gil a desempeñar
los deberes de su cargo en la forma como él los entendía.
Primeramente
se apersonó a don García para manifestarle su opinión respecto de la manera
como debía procederse a la pacificación de los indios araucanos rebelados;
estas predicaciones las hacía extensivas a la tropa y todos, “el Gobernador y
los soldados —dice fray Gil— recebían con mucha voluntad mi dotrina y acetaban
que todo lo que les predicaba era menester”.
Pero una
vez en el puerto de Coquimbo y en cierta ocasión “en que estábamos juntos los
tres que íbamos por letrados (asesores) comencé a entender que don García se
desabría del modo como yo lo aconsejaba en su empresa, pues yo le dije que no
podía entrar inmediatamente en la tierra de los indios rebelados, sino que
primero fuese a la ciudad de Santiago y desde allí pusiese en justicia a los
indios de paz, y los relevase de la servidumbre en que estaban y enviase a
persona capaz a tratar con los rebelados prometiéndoles un tratamiento tal que
se aficionaran a recibirnos, para lo cual me ofrecía —agrega fray Gil— siempre
que se me prometiera cumplir lo que yo asentase con los indios”.
El motivo
del “desabrimiento”’ de don García no era otro que la opinión adversa a la
propuesta del dominico que le manifestaran el oidor Santillán, y por encargo e
influencia de éste, el licenciado Vallejo, su confesor, y fray Juan Gallegos,
el otro asesor. Pero como Fray Gil insistiera con aquella firmeza que le
conoceremos, y como, además, la propaganda de este fraile estuviera haciendo
mella en la tropa, hubo necesidad de encomendarle a fray Gallegos que
contrarrestara esa propaganda, en la única forma como era posible en esos
tiempos: desde el púlpito.
Y el
condescendiente franciscano, en el “primer día de Pentecostés, predicando, dijo
que ha tiempos se había de predicar el Evangelio con bocas de fuego, conviene a
saber, con tiros y arcabuces, donde dio a entender la guerra contra los indios
ser lícita”.
Nada de
lo que proponía fray Gil era aceptado por el Gobernador ni por los otros
asesores; tal vez el carácter violento del dominico, sus maneras poco atinadas
y el escaso tacto con que procedía en sus insinuaciones y consejos, le rodearon
de una perfecta antipatía a tal extremo que “hasta los soldados se me
desvergonzaban”, apunta con amargura el asesor.
Por
cierto que el Gobernador, contra el parecer de fray Gil, no pasó a Santiago, y
enveló sus naves directamente a Concepción, desembarcando su gente en la isla
de la Quinquina. Sabido es que esa ciudad había sido ubicada en las playas de
la bahía de Talcahuano, y no donde está hoy.
A pesar
de todos los desaires que recibía no renunció fray Gil al cumplimiento de lo
que creía su deber y estando el Gobernador una tarde en su cámara, a bordo de
la “San Juan de los Reyes”, la capitana, presentósele el dominico y díjole:
—Señor
Gobernador, vengo a repetir a vuestra señoría que ha hecho mal en venirse
derecho a tierra de los indios rebelados, pues sábelo bien, vuestra señoría, Su
Majestad y el excelentísimo señor marqués de Cañete han hecho instrucciones
para semejantes entradas, por las cuales se ve que los gobernadores están
obligados a hacer muchas cosas antes de dar guerra a los naturales...
—Su
paternidad me perdone, pero, con el respeto que le debo, séame permitido
decirle que el reverendo fray Gallegos opina lo contrario y que a este parecer
se allegan el licenciado Vallejo y mi teniente de gobernador e ilustre oidor
Santillán.
—Quisiera
escucharlo de sus bocas, señor don García —replicó fray Gil—, no por dudar de
la palabra de vuestra señoría, sino porque, los libros y pragmáticas delante,
me será muy fácil convencerlos del error en que están.
—Pues
nada más fácil, reverendo señor —contestó don García, — pues que el padre Juan
Gallegos está en la nave.
Y ambos
frailes, en presencia del Gobernador, se enredaron en la más famosa discusión
teológica que alguien pueda imaginarse, barajando las pragmáticas, las cédulas
reales, las pandectas y la teología moralis universu para llegar a la única
conclusión de que Gallegos, apoyado en lo que decía Santo Tomás en el capítulo
“de correctione fraterna”, sostuvo que “era más provechoso para los indios
sujetallos presto e darles guerra, antes de que pudiesen ellos juntarse y
hacerse fuertes, porque así morirían menos...”
Por
cierto que fray Gil “los libros delante” le contradijo con furor: “Si pude
convencerle —dice el dominico en el documento citado— vuestra alteza lo juzgue:
acabóse la junta en voces y no se sacó della otro fruto”.
La
tenacidad de fray Gil se ponía a prueba con estas contradicciones y no cejaba
un punto en su empeño de impedir que el Gobernador desembarcase en el
continente en son de guerra. Cuarenta días duró esta lucha entre el dominico
por una parte y el Gobernador con su consejo por la otra.
La tropa,
que ya se había dado cuenta de esa situación anormal, estaba dándose a partidos
y si bien era verdad que casi la totalidad de ella, deseosa como venía de
guerrear, seguía la opinión del Gobernador y sus letrados, había unos cuantos
que estaban en la duda de si fray Gil tenía la razón.
Don
García quiso poner término a las cosas y ordenó el desembarco. Sabedor el
fraile de la determinación del Gobernador, esperó a que estuviera sobre la
cubierta de la nave, rodeado de soldados, y encaramándose sobre un rollo de
cuerdas le hizo una prédica y “aviséle que ofendía gravemente a Dios, porque
daba ocasión a que los indios viniesen sobre él y muriesen... y esto mesmo dije
públicamente a todo el ejército, y pedí licencia para volverme a Santiago y no
se me quiso dar”.
Nuevamente
surgió sobre otro rollo de cuerdas la figura del franciscano Gallegos para
contradecir las palabras del dominico y contrarrestar los efectos que pudieran
haber hecho sobre la tropa, diciendo en síntesis: “Si el Gobernador peca en
pasar a tierra, Jesucristo pecó en hacerse hombre..."
Imagine
el lector la situación que había llegado a producirse en ese grupo de
conquistadores que pretendían pacificar la tierra.
Según
parece por la carta que nos guía y por los documentos de la época que tenemos a
la vista, las actitudes de fray Gil produjeron en ciertos momentos efectos
contrarios a los que él perseguía; parece, por las palabras del franciscano
Gallegos que hemos transcrito, que la predicación y propaganda del testarudo
dominico fueron tomadas por el lado cómico y dieron origen a burlas, pues no se
explicarían de otra manera aquellas expresiones y otras como éstas, puestas en
boca del mismo franciscano: dijo “que la guerra contra los indios era lícita y
que si él mentía, Santo Tomás mentía y que no solamente arcabuces, sino tiros
que alcanzasen dieciocho leguas se habían de disparar contra los indios”. Y
alguien habría agregado que “era la más linda caza del mundo, tirarle a los
indios con arcabuces”.
Ante tal
cúmulo de contrariedades fray Gil tuvo que declararse en retirada, y
pareciéndole que no se podía esperar nada más de gente que “se cebaba en el mal
hacer”, cierto día de fiesta en que hizo misa a la tropa predicó por última
vez, “y traté de la ofensa que a Dios se había hecho y cómo llevaban mal camino
y previne que los que siguieran en aquella jornada irían en pecado mortal y que
sería, in solidum, cada uno obligado a pagar el daño que hiciese”.
Esto ya
era el colmo; era predicar la subversión abiertamente, y en las barbas de la
autoridad constituida. Eso tenía que terminar “y viendo don García que no podía
prevalescer contra mí me dio licencia para que me viniese, lo cual yo aceté con
toda voluntad”.
Pero
faltaba todavía la última escena de este drama, cuyo protagonista era
evidentemente un apóstol, un imitador de Las Casas y un precursor del jesuita
Luis de Valdivia, un incomprendido, en fin, que por sus novísimas teorías era
víctima de persecuciones, de burlas y vejámenes. Sus defectos, notables aún a
la distancia de quinientos años, su ninguna ductilidad, su carácter empecinado
en vez de enérgico, no disminuyen la actitud de sus sentimientos humanitarios,
ni la grandeza de su apostolado.
A tiempo
de partir de la Concepción a Santiago, a mediados de octubre de 1557, fray Gil
de San Nicolás tuvo que sufrir una última contrariedad, la más grave tal vez
entre las que recibiera, o por lo menos la que más honda herida hizo en su alma
de defensor de los indios.
Al
despedirse del Gobernador y de sus consejeros, el padre Gallegos tuvo la
avilantez y el mal gusto de decir, ante la concurrencia de letrados, frailes y
tropa reunidos, con el propósito sin duda de hacer un chiste, que tan lícita
consideraba la guerra contra los araucanos, “que si no hubiese soldados él
haría la guerra con frailes franciscanos...”
Fray Gil
rechazó la burla, que era cruel, en esos momentos, y emplazó a su contradictor
a que firmara su parecer, así como él firmaría el suyo. Por cierto que no hubo
caso y que la cuestión “concluyó en voces” con el aditamento de que “el
Licenciado Santillán —teniente de don García— me afrentó con palabras bien
descomedidas ante el Gobernador y ante los soldados, y con favor suyo se me
desvergonzaron algunos”.
Partió
fray Gil a Santiago en compañía de sus hermanos en religión, los dominicos fray
Luis y fray Diego de Chávez y fray Gabriel de la Cerda, abandonando por el
momento a los orgullosos conquistadores que salieron por fin de Concepción, en
son de guerra ya completamente libres de censuras, al “allanamiento” de la
heroica y nunca domada tierra de Arauco.
El
propósito de fray Gil era volverse al Perú con sus frailes; pero don García y
sus consejeros abrigaban fundados temores de que el dominico, tesonero y
vengativo como era, no se quedara tranquilo en Lima e iniciara acusaciones
contra todos ellos y en especial contra Santillán, que era el letrado más
directamente responsable de las ocurrencias de Concepción.
Se debe
tener presente para comprender los temores de don García y de Santillán, que
sus nombramientos de Gobernador y de teniente habían dado lugar a generales
censuras en Lima, porque fueron hechos autoritariamente por el marqués virrey,
sin consulta de la Real Audiencia y aun contra su parecer, según decían
algunos. Precisamente uno de los cargos graves que se le hicieron al marqués y
a don García, en el juicio de residencia a que fueron sometidos al ser
relevados de sus cargos por el Rey, fue el de “que vino a este Reino de Chile
con título de Gobernador, sin provisión de Su Majestad ni de sus oidores, e que
solamente vino proveído por el marqués de Cañete, su padre, contra lo que Su
Majestad tiene mandado...”
Y
respecto de Santillán, “se le hace cargo a don García que con el mucho poderío
que trujo, mediante ser hijo del dicho marqués, su padre, visorrey del Perú,
hizo que viniese con él, sin acuerdo de los señores Presidente e Oidores de la
Real Audiencia de Lima, el licenciado Santillán, oidor de la dicha audiencia.
Según se
ve, la situación de estos mandatarios no era tan firme como para despreciar los
ataques furibundos que habría de emprender el ofendido fraile ante la
Audiencia, ante el propio virrey, ante las autoridades eclesiásticas y aun ante
la corona, según se comprueba con el documento que estamos comentando.
— ¿Habéis
pensado, Santillán —díjole cierto día el Gobernador— en lo que puede hacer
contra vos ese fray Gil en Lima?
—Sí que
lo he pensado —respondió Santillán— y a fe que me preocupa tanto por lo que
puede decir y hacer en mi perjuicio como en el de vuestra señoría, señor
Gobernador.
-¿Creéis
que se atreverá contra mí, es decir, contra el mismo virrey, mi padre?
— ¡Ese
fraile se atreve a todo, y ya lo hemos visto de sobral —contestó el licenciado.
— ¿Y qué
remedio, señor teniente? —insinuó, a .pesar de su orgullo, don García, después
de unos momentos de duda—. Aquí de vuestro consejo...
—Pues,
que lo sujetemos en Santiago...
—
¿Sujetarle?, mal me parece poner mano sobre su sagrada persona, siendo, como
es, prelado.
—No os
digo tal, señor Gobernador; le podemos sujetar sin recurrir al brazo civil...
¿No os parece que haríamos bien en fundarle un convento?
—Santillán,
¡sois un gran consejero! Escribid a mi lugarteniente en Santiago y ordenadle
que proceda a ello inmediatamente, a medida del deseo de fray Gil y que libre
sobre los tesoros reales lo que sea menester.
Y así se
hizo.
Un mes
más tarde, diciembre de 1557, el lugarteniente del Gobernador don García
Hurtado de Mendoza, en la ciudad de Santiago y sus términos, comendador Pedro
de Mesa del Hábito de San Juan, adquirió, por compra al conquistador Santiago
de Azoca, un solar de un cuarto de cuadra ubicado en la manzana en que hoy está
el convento de Santo Domingo.
El solar
adquirido fue el que corresponde a la calle del Puente, esquina con Las Rosas y
dos días después era cedido “por escritura” y entregado al muy reverendo fray
Gil González Dávila de San Nicolás, para que fundara, como lo hizo, el convento
del Señor Santo Domingo de Guzmán.
Más le
valiera al licenciado Santillán y a don García, que el inflexible dominico se
hubiera ido al Perú, o a cualquiera otra parte; porque su permanencia en
Santiago fue causa de muchas y mayores perturbaciones para el gobierno, como lo
verán nuestros amables lectores.
§ 13. A
suerte loca, lealtad poca
Los años
que siguieron a la muerte del Gobernador don Pedro de Valdivia, fueron para el
reino de Chile de continuos incidentes que en varias ocasiones rayaron en
revuelta, debido a que los generales Francisco de Villagra y Francisco de
Aguirre, pretendían el mando alegando cada cual derechos y preeminencias muy
dignas de consideración.
Las
consultas y los arbitrajes que se hicieron y se propusieron a los letrados
residentes en Santiago y las apelaciones a la Audiencia de Lima dieron siempre
muy poco resultado; puede decirse que sólo sirvieron para encrespar más aún la
situación y para que la incipiente sociedad chilena se dividiera entre
“aguirristas” y “villagristas”, o entre “arribanos” y “abajanos’’, como se
denominaban entonces las regiones del sur y del norte del país.
Cada
resolución de la Audiencia de Lima era recibida en Santiago con gran
expectación y todos los “estantes' y habitantes” encabezados por el Cabildo
prometían obediencia y rendían pleito homenaje al pliego con el sello real que
contenía las órdenes de ese Alto Tribunal; pero, una vez abierto el pliego cada
bando lo interpretaba según su conveniencia y la cuestión sobro quién mandaba
el reino continuaba en pie discutiéndose cada voz con más ardor y con más
encono.
El
anuncio de que el Rey de España había nombrado Jerónimo de Alderete para
Gobernador de Chile, vino a calmar los ánimos de los chilenos y las ambiciones
de los caudillos pretendientes; pero el fallecimiento del Adelantado, en
Panamá, cuando se aprestaba a salir para Chile con su expedición, compuesto de
dos o tres centenares de soldados venidos de la Península en su compañía,
produjo no solamente la consternación de la gente de paz, sino que hizo revivir
las ambiciones de los ya nombrados caudillos.
Por otra
parte, los araucanos, al mando de Lautaro, amenazaban ya la propia capital del
reino, después de haber destruido la ciudad de Concepción y numerosos asientos
mineros y haciendas que tenían los conquistadores entre el Bío-Bío y el Maule.
El general araucano estaba ensoberbecido con sus victorias y amenazaba, sin
embozos, con destruir el último baluarte de los cristianos, la ciudad de
Santiago, y arrojarlos definitivamente del territorio chileno.
El nuevo
Virrey del Perú, don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, había salido
de España en la misma armada en que venía el Gobernador Alderete y como es
natural, supo oportunamente el fallecimiento del nuevo Gobernador de Chile.
Tan
pronto hubo llegado a Lima y recibídose de su alto cargo, el marqués creyó de
su deber preocuparse de la situación de Chile, reino que estaba sometido a su
jurisdicción.
Sabía el
marqués la lucha intestina que existía en Chile por el gobierno del país y la
profunda división que se había producido en los dos bandos en que se
encontraban divididos sus habitantes. Más aún: pudo cerciorarse de que esta
división había repercutido en Lima y que también allí la opinión estaba
contrapesada por dos porciones que apoyaban una a Villagra y otra a Aguirre,
obedeciendo a las poderosas influencias que durante tres años habían ejercitado
los enconados caudillos chilenos.
—No tengo
una persona de criterio imparcial a quien enviar por Gobernador de Chile, señor
licenciado —dijo una tarde el marqués al oidor Hernando de Santillán, durante
la tertulia nocturna que los cortesanos hacían diariamente al virrey, en la
“Casa de Pizarro”—. Todos aquí me hablan por Villagra o por Aguirre, pero
ninguno me habla por el rey.
—Yo no os
he hablado por ninguno de los pretendientes, señor marqués, y si no os he
hablado por el rey ha sido porque no lo consideré necesario, sabiendo vos que
soy un leal servidor de Su Majestad.
—Lo sé,
señor licenciado, y es por eso que os consulto, y espero que mañana me habréis
de indicar la persona que deberé mandar por Gobernador de Chile.
Debió
cumplir la orden el licenciado Santillán, y muy a satisfacción del marqués,
porque en la tertulia del día siguiente se hizo saber a los cortesanos que el
virrey, para dar una prueba más de amor al Soberano, había determinado enviar a
su propio hijo, don García Hurtado de Mendoza, como gobernador de Chile, “reino
que estaba infestado de españoles ambiciosos y de judíos rebeldes, y próximo a
perderse para Su Majestad”.
En
consecuencia, el reino de Chile tenía ya su gobernador que pronto saldría del
Callao con la poderosa escuadra que hasta entonces navegara por la costa del
Pacífico americano. Don García era un mozo de veintiún años, con muchas
condiciones de militar, pero sin ninguna de administrador; ensimismado con su
repentino ascenso, y sumamente orgulloso de sus títulos nobiliarios, miraba en
menos a los esforzados conquistadores primitivos que eran en su mayoría
aventureros o modestos hidalgos de gotera.
Si a la
llegada de una simple cédula de la Audiencia de Lima se producía entre los
conquistadores de Chile un movimiento de respetuosa expectación y se juntaban
todos los que cabían en la sala del Cabildo para oír la orden, de pie y con los
chambergos en la mano, figúrese el lector amable cómo sería recibida en
Santiago la fausta nueva de que venía por gobernador nada menos que el propio
hijo del virrey marqués de Cañete.
Ya he
dicho que en los diecisiete años que llevaba la conquista, y entre unos cien
mil españoles que habían pasado a Chile, según el señor Thayer Ojeda, apenas
hubo media docena que tenían derecho a usar el “don” delante de su nombre. ¡Y
ahora se nos dejaba caer ni más ni menos que un hijo de marqués auténtico y
según las noticias traía entre el “ejército” que lo acompañaba una cincuentena
de “dones” y un centenar de “hidalgos notorios”, “hábitos”, “comendadores” y
toda una corte aparatosa de lujo, corazas plateadas y sombreros emplumados!
Si el
primer gesto fue de admiración, el segundo fue de amargura. Esos viejos
soldados que veinte años antes habíanse lanzado al azar, tras espantosas
aventuras e indecibles sufrimientos a la conquista de tierras desconocidas,
habían estado en la certeza, o por lo menos en la esperanza de que sus
conquistas serían sólo para ellos y que las disfrutarían hasta su muerte y
después de sus hijos.
Un
gobernador que hubiera sido compañero de ellos, como Valdivia, como Alderete,
como Villagra o Aguirre, era para todos una garantía, fuera cual fuera su
gobierno político; pero un gobernador venido de España y más todavía, un mozo
imberbe como don García, orgulloso, autoritario; que traía un “ejército” nuevo,
compuesto de nobles en gran proporción; que venían a América, a que les “dieran
de comer”, ¿no significaba un peligro y grande para aquéllos que ya tenían algo
ganado con inmenso sacrificio? ¿No les quitaría a ellos sus haciendas el
gobernador Hurtado de Mendoza, para “dar de comer” a los que venían con él?
Sin
embargo, tal era el respeto por la autoridad que reinaba entre los españoles,
que los habitantes de Santiago y el sur, donde mandaba Villagra y los de La
Serena, sobre los cuales influía sin contrapeso Francisco de Aguirre, se
prepararon con entusiasmo y lealtad para recibir al nuevo gobernador y a su
gente.
A
mediados de 1557, un poco antes que llegara a La Serena el gobernador don
García de Mendoza, se había presentado al Cabildo de Santiago una “provisión”
real para que fuera “recibido” en el carácter de “tesorero de Su Majestad” un
tal Juan Núñez de Vargas. El Cabildo cumplió la orden real y con las
solemnidades de estilo puso en funciones al favorecido personaje.
Este Juan
Núñez demostró desde el primer momento cierta independencia de carácter, cierta
rectitud y seriedad en el manejo de la tesorería real, que inspiró confianza al
Cabildo y al vecindario. Sea por estas condiciones o porque su nombramiento de
tesorero provenía directamente del rey; sea porque el hombre tenía facilidad de
palabra y sabía hacerse simpático, el hecho es que pronto se rodeó de prestigio
entre' la sociedad santiaguina, cuyos miembros más caracterizados se reunían o
en la casa de Juan Jufré, situada en el costado norte oriente de la Plaza de
Armas, o en la de Alonso de Córdoba, ubicada en el solar que corresponde hoy a
la esquina de Monjitas con San Antonio, lado sur. Podría decirse que estas
casas fueron las antecesoras del Club de la Unión, y para que la coincidencia
sea más curiosa, ha de saberse que Córdoba fue el primero que trajo de Lima
unos muebles de salón con tapiz colorado.
Como se
comprenderá, al saberse la noticia del próximo arribo del nuevo gobernador,
todas las conversaciones del “salón colorado” y de las trastiendas y corrillos
giraban alrededor de la persona de don García y de la gente que venía con él.
Una noche
se comentaba en casa de Alonso de Córdoba la noticia traída por Diego García de
Cáceres de que mientras se preparaba en el Callao la expedición que debía traer
a Chile el nuevo gobernador, un alguacil llamado Alonso Núñez había querido
aprehender a un soldado de don García, en cumplimiento de una orden judicial y
que el joven gobernador se lo había impedido a mano armada, diciéndole al
alguacil que le importaban un maravedí las órdenes de la justicia.
— ¡San
Pedro! —exclamó Juan Jufré—; si don García no respeta la justicia, no sé qué
voy a hacer con mi vara de Alcalde.
—Yo sí
que lo sé —respondió Juan Fernández de Alderete, que desempeñaba ese año el
otro puesto de Alcalde, en compañía de Jufré.
-¿Y qué
harías si os encontrarais en un caso igual? —interrumpió Alonso de Córdoba.
—Apelaría
al rey —contestó elevando la voz el anciano Alcalde-; y si no encontrara
auxilio en el brazo militar, rompería mi vara y rota la entregaría al Cabildo
que me la dio-
—Poco
remediaría con eso vuestra merced, señor Alcalde —interpuso el tesorero Núñez
de Vargas— porque el gobernador agregaría el escarnio al atropello.
— ¿Y qué
otra cosa querríais que hiciera? —insistió Alderete—. ¿Qué haríais vos,
tesorero, si os quitaran por la fuerza las llaves de la caja o la
descerrajaran, como lo hizo el año pasado mi noble amigo aquí presente, el
general Francisco de Villagra?
—Perdone,
su merced el señor Alcalde —interrumpió el aludido— pero bien saben todos que
en ese caso se trataba de salvar el reino.
—Y
nuestro pellejo —agregó Jufré.
—... Eso
es... y nuestro pellejo —continuó Villagra—, pues ese Lautaro que Dios
confunda, nos tenía cercados-
—Pues, lo
que yo haría —contestó Núñez de Vargas— sería irme derecho ante Su Majestad y
estoy seguro de que el rey se holgará conmigo y me agradecerá mi comisión.
—Es que
podría ocurrir que en lugar de iros ante Su Majestad, os llevaran antes a la
cárcel... -opinó en tono zumbón el corregidor Villagra, que había quedado un
tantito molesto con el recuerdo que había traído el Alcalde Alderete.
—Siempre
que sufra prisiones o humillaciones por servir a Su Majestad, las doy por
bienvenidas —afirmó el tesorero— y estad seguro de ello, señor corregidor.
Apagóse
la reunión, poco a poco, y sólo quedaban ya en la tertulia el tesorero Núñez,
el corregidor Villagra, el regidor Gonzalo de los Ríos y el dueño de casa.
Requirió
su chambergo el tesorero, embozóse y alargando la mano del corregidor, dióle
las buenas noches.
—Muy
buenas las tenga vuestra merced, señor tesorero —contestó Villagra— y ojalá no
se me presente la ocasión de lamentar el mal pago que se habrá de dar alguna
vez a vuestra lealtad con el Soberano, que Dios guarde. Yo conozco a los
hombres más que vos; más sabe el diablo por viejo que por diablo —agregó el
corregidor— y yo voy siendo viejo. No olvidéis este refrán: “A suerte loca,
lealtad poca”.
Junto con
llegar a La Serena el nuevo gobernador don García y de haberse “hecho recibir”
por el Cabildo de Santiago en la persona de su general Juan Remón, nombró por
su teniente en la capital del reino, a Pedro de Mesa, comendador de la Orden de
San Juan.
El
teniente Mesa traía órdenes terminantes y empezó por aprehender al corregidor
Villagra para enviarlo a Lima junto con el prestigioso Francisco de Aguirre,
pretendientes ambos a la gobernación de Chile.
Es
conocida la frase de Aguirre, cuando ambos generales se encontraron a bordo de
la nao que debía conducirlos, presos, a presencia del virrey marqués.
— ¡Vea
usted, señor general Villagra, lo que es la vida! Ayer no cabíamos los dos en
este reino de Chile, ¡y hoy nos hace caber don García en dos tablas de este
galeón!
El
comendador Mesa quitó sus empleos al Alcalde Juan Jufré y a los tesoreros
reales que no tenían nombramientos directos del rey y los substituyó con
personas que venían en la corte del nuevo gobernador. Así fueron reemplazados
el factor, por el célebre Rodrigo de Vega Sarmiento y el veedor, por Jerónimo
de Villegas, ambos “criados” de don García. Sólo quedó en su puesto el tesorero
Juan Núñez de Vargas, quien como el lector sabe, había venido de España con
nombramiento real.
Los
viejos conquistadores estaban consternados con la actitud despreciativa que
para ellos tenía el nuevo gobernador, sus tenientes y criados; el orgullo de
don García era sencillamente olímpico y hacía ostentación de humillarlos y
someterlos a servidumbre.
No era
esto todo.
Cumpliendo
órdenes del gobernador —que había fijado su residencia en Concepción (Penco) —
el comendador Mesa había sacado de la caja real todos los “pesos de oro” que se
habían acumulado allí en concepto de diezmos eclesiásticos y quintos reales con
el objeto de invertirlos en los gastos de guerra y en “salarios” para sus
criados. Ningún caso se hacía de las protestas del tesorero Juan Núñez de
Vargas, el único que defendía la hacienda real, pues el factor Vega Sarmiento y
el veedor Villegas aprobaban todas las órdenes del comendador-
Pero
llegó un momento en que Núñez de Vargas se afirmó en sus greguescos, según lo
había anunciado en aquella tertulia del “salón colorado” que apunté más arriba,
y ello ocurrió en esta forma:
No
habiendo ya dinero en la caja real, el comendador Mesa ordenó a Núñez que
aceptara unas libranzas que él había firmado a favor de ciertos comerciantes de
Santiago por “mercadurías” tomadas para el ejército a pagarlas “cuando hubiera
fondos”. El tesorero rechazó las libranzas y dijo que no las aceptaría
“mientras no se le presentara la cédula real que el gobernador tuviera para
obligarlo a ello”.
— ¿Para
qué quiere ponerse vuestra merced en contra del señor gobernador? —dijo
melosamente al tesorero, el factor Vega Sarmiento, que por encargo de Mesa
había ido a sondearle.
—Estas
son verdaderas tiranías, peores que las de Gonzalo Pizarro —contestó Núñez-;
aquí marchan de acuerdo el padre con el hijo para explotar la tierra y alzarse
con ella; el marqués en Lima y el hijo en Chile.
Vega
Sarmiento se manifestó escandalizado.
— ¡Pero
cómo os atrevéis a decir eso, señor Juan Núñez! Por esas palabras y otras que
habréis dicho por ahí, no tendremos nunca más salario los oficiales reales...
—Digo
esto a vos y a quien me lo pregunte —diz que contestó Núñez de Vargas— y
dispuesto estoy a decírselo a Su Majestad porque habéis de saber que tengo de
ir a España, ganando mi salario, a dar cuenta al rey de lo que se hace en estas
tierras...
— ¡Juan
Núñez! ¡Que estas palabras os pueden costar la vida! —dijo por último Vega
Sarmiento.
— ¿Es que
estoy hablando con un andaluz?
—No sé
por qué lo decís —tartamudeó el factor, poniéndose pálido de ira—. Yo soy
toledano de Ocaña. Y cuidad de vuestra lengua, ¡por vida del Emperador!
Y Vega
Sarmiento se apartó de su interlocutor, dejándolo en el atrio de la Iglesia
Mayor.
En la
noche de ese mismo día Vega Sarmiento comunicó este diálogo al comendador Pedro
de Mesa, quien mandó levantar una información contra el tesorero, ante el
escribano Juan Hurtado, en la cual el factor Vega declaró bajo su firma todo lo
que le había oído a Núñez de Vargas, agregándole, por cierto, todo lo que
quiso.
Ocho días
más tarde llegaba a Santiago una orden de don García —ya he dicho que el
gobernador estaba en Concepción- para que el tesorero Núñez de Vargas se
trasladara a la Frontera, a servir en la guerra. Núñez “se adherezó de armas y
caballo” y partió al real del gobernador Hurtado de Mendoza.
Llegado a
Penco, “dende una hora que llegó fue mandado “llevar preso a una nao a donde le
fueron echadas muchas “ prisiones y mandado que no hablase con nadie; y estando
en “ la prisión le vino a ver el licenciado Vallejos, clérigo, e le " dijo
que se condolía de él, porque el gobernador habíale encargado que le dijera que
ordenase su ánima..
“E luego
después le vino a ver fray Gil González de San Nicolás, fraile dominico e le
dijo que ordenase su conciencia, porque de lo que él le podía servir era de
confesalle...” Pero todo esto no era otra cosa que deseo de martirizar al
infeliz tesorero, pues bien sabía don García y sus consejeros que no podían
condenar a muerte a un oficial del rey, por el delito de cuidar de la hacienda
real.
Como se
quería, además, alejarlo por completo de la Tesorería, para que no continuara
“estorbando”, lo tuvieron diez días en el puerto, en las condiciones
antedichas; luego la nave levó anclas y partió hacia el Callao llevando al
preso bajo partida de registro a disposición del Virrey Marqués de Cañete. En
el Callao no lo dejaron desembarcar, le pusieron guardias para que no hablase
con nadie y “le quitaron papel y escribanía” para impedirle que escribiera
cartas; después de trece días lo trasbordaron a un navío que salía para Panamá.
Aquí lo metieron a la cárcel, nuevamente, siempre con grillos hasta que se
presentó la ocasión de transportarlo a Nombre de Dios (Colón) donde lo
embarcaron con destino a España, a disposición de la justicia peninsular, a cuyo
poder llegó en los primeros días de enero de 1559, o sea, después de diecisiete
meses de viaje.
En julio
de ese mismo año el Consejo de Indias emitía su parecer en este incidente y
proveía que Juan Núñez volviera a Santiago a desempeñar su cargo de tesorero
declarándolo, por lo tanto, libre de toda culpabilidad.
Cuando
Núñez de Vargas, regresó a Santiago, ya don García había sido relevado de su
cargo de gobernador de Chile, y reemplazado por Francisco de Villagra.
Al
presentarse el asendereado tesorero ante su antiguo amigo, el gobernador,
díjole:
— ¡Hola,
señor Juan Núñez!, ¿de dónde viene, usarced?
— ¡Ah,
señor gobernador, vengo de cumplir una condena por mi lealtad al rey!
—Recuerda,
vuestra merced, aquella conversación...
—En casa
de don Alonso de Córdoba...
—Días
antes de la llegada de don García…
—La
recuerdo, señor gobernador, y créame, vuestra señoría, que muchas, muchísimas
veces en la sentina del barco que me servía de prisión, se me venía a la
memoria aquel refrán: “A suerte loca, lealtad poca”, que vuestra señoría me
enseñó.
§ 14. Un
franciscano y un dominico
Desempeñaba
el elevado cargo de Teniente de Gobernador de Chile, en la ciudad de Santiago,
el Comendador de la Real y Distinguida Orden de San Juan, Pedro de Mesa, por
comisión del propietario don García Hurtado de Mendoza, cuando llegó a la
capital, procedente de Concepción, el padre dominico fray Gil González de San
Nicolás, en viaje de regreso a Lima. Su paternidad venía acompañado de tres
frailes de su Orden, los cuales deberían esperar en Mapocho, o el regreso de su
superior, o las órdenes que éste les impartiera desde la capital del
Virreinato, referente a su permanencia en Santiago o a su regreso definitivo al
Convento Máximo de Lima, de donde habían salido un año antes formando parte de
la ostentosa comitiva con que había llegado a hacerse cargo de la gobernación
de Chile el joven y orgulloso heredero del Marqués de Cañete, don Andrés
Hurtado de Mendoza, cuarto virrey del Perú.
Fray Gil
González no había venido a Chile como un fraile cualquiera; aparte de su
investidura como superior de su orden, con atribuciones especiales, traía la
misión de servir como asesor del nuevo mandatario, en compañía del franciscano
fray Juan Gallegos, comisario de su Orden en Chile, del clérigo presbítero don
Antonio de Vallejos, nombrado visitador eclesiástico de estas provincias, por
el arzobispo de Lima, y del oidor de la Real Audiencia, don Hernando de
Santillán, que tenía el carácter de justicia mayor.
Pero fray
Gil, joven de treinta años, de ideas avanzadísimas para su tiempo e inflexible
para sostenerlas, había encontrado en sus compañeros de asesoría una oposición
formidable a sus opiniones; especialmente en lo que se refería a los
procedimientos que don García habría de poner en práctica para pacificar el
territorio araucano rebelado, fueron combatidas desde un principio, no sólo en
el seno del Consejo, sino públicamente “en presencia del ejército” por uno de
sus colegas, el franciscano Gallegos, que se había colocado como cabecilla de
la oposición.
La lucha
por conquistarse la voluntad del joven mandatario se empeñó, entonces, entre el
franciscano y el dominico y llegó a extremos que nos parecerían inconcebibles
hoy en día, tanto por el fondo y origen de la divergencia, cuanto por la forma
violenta en que se desarrolló. El dominico afirmaba “que no se podía entrar
inmediatamente, a sangre y fuego, en las tierras de los indios rebelados, sino
que primeramente de paz, y relevándolos de la servidumbre en que se
encontraban”; y por su parte, el franciscano, “con la autoridad de los libros,
aconsejaba que era más provechoso para los indios, sujetarlos presto e darles
guerra antes de que se juntasen y se hicieran fuertes, porque así morirían
menos...”
La
opinión de don García y de los demás miembros del Consejo era contraria a las
teorías de fray Gil; según ellos, los soldados habían venido a pelear y de esta
aventura guerrera dependía, no solamente la conquista de este reino para el rey
de España, sino también la fortuna y “medro” de los soldados, pues cada cual
esperaba recibir aquí el justo premio de sus esfuerzos. Pero fray Gil no era de
los que abandonan la partida con los primeros obstáculos que se le presentaban
y al ver que el gobernador y los demás asesores rechazaban perentoriamente su
opinión —basada, por lo demás, en las instrucciones impartidas por el Soberano
y aun por el mismo virrey, las cuales mandaban “diversas diligencias para traer
a los indios a la paz antes de atacarlos”— recurrió a un arbitrio inusitado y
aun desconocido hasta entonces en esta parte de las Indias.
Cuando el
ejército de don García, reunido en la Quiriquina, se preparaba para desembarcar
en el continente, fray Gil encaramóse sobre un rollo de cordeles y pronunció a
los soldados un largo y sonoro discurso para explicarles "que la guerra
era injusta, que ofendía gravemente a Dios y que los soldados que siguieran en
aquella jomada irían en pecado mortal y que cada uno sería obligado in
solidum a pagar el daño que hiciese”. Esto era ya intolerable y el
gobernador pidió consejo sobre lo que debería hacer para desvirtuar el grave
daño que tal prédica debería hacer y ya estaba haciendo entre los soldados, los
cuales “ya se estaban dando a partido”.
—Póngale
vuestra señoría en prisiones —aconsejó Santillán, que como oidor era el más
orgulloso y ejecutivo.
—Eso no
podrá hacerse —intervino el visitador eclesiástico Vallejos— porque fray Gil
tiene fuero prelaticio, y caerá en excomunión quien tal ordene y quien cumpla
la orden.
Si estas
ocurrencias hubieran acontecido en los tiempos actuales, no habría faltado
quien dijera que “las ideas se combaten con ideas”; pero a pesar de todo, no
faltó entonces la persona que, sin expresar esa teoría, la pusiera en práctica,
y esa persona fue el franciscano Gallegos.
Y sin
esperar sino que el dominico bajara del púlpito improvisado, subióse sobre el
rollo de jarcia y con acento lo más convincente que pudo combatió una a una las
proposiciones de fray Gil; afirmó, con la autoridad de Santo Tomás de Aquino
“quo la guerra contra los indios era lícita, y que si él mentía, Santo Tomás
mentía; y que no solamente arcabuces, sino que tiros que alcanzasen dieciocho
leguas se habían de disparar contra los indios” con lo cual el franciscano
profetizó un progreso ni la artillería que todavía no se ha cumplido, pero que
probablemente se cumplirá, los alemanes mediante.
Pero no
paró en esto el entusiasmo del contradictor de fray Gil; siguiendo el curso de
su peroración, agregó esto, que cualquier teólogo calificará de blasfemia: “si
el gobernador don García peca en pasar a tierra, para combatir a los indios,
Jesucristo pecó al hacerse hombre...”
Al oír
tal inepcia, fray Gil se mesó la cabeza con ambas manos y le interrumpió a
voces; pero el oidor Santillán le hizo callar, "me afrentó con palabras
descomedidas ante el gobernador y ante los soldados”, y con el favor suyo “se
me desvergonzaron algunos’’, dice el dominico, en una presentación que luego
elevó al virrey y a la Audiencia de Lima. El franciscano Gallegos no quiso
concluir su peroración sin lanzar a su humillado adversario un chiste de mal
gusto que a la vez era una burla cruel: “tan lícita es esta guerra contra los
indios araucanos, dijo, que si no hubiese soldados, yo la haría con frailes
franciscanos...”
No puede
darse una demostración más característica de la situación insostenible en que
se encontraba, ante el ejército de don García, el abnegado defensor de los
indios chilenos, fray Gil González de San Nicolás.
Una
semana más tarde, fray Gil y sus tres hermanos de la Orden Dominica partían de
Concepción hacia la capital del Reino, resuelto el primero a embarcarse con
rumbo al Perú, para dar cuenta allí del fracaso de su misión como asesor y
consejero de don García Hurtado de Mendoza.
Pero ni
al gobernador ni a sus a láteres les convenía que fray Gil, cuyo empecinamiento
conocían, llegara a presencia del virrey y de la Audiencia limeña; el dominico
tenía allí un gran prestigio; su voz era oída con respeto, y por mucho que se
descargaran de los cargos que hiciera contra las autoridades de Chile, siempre
quedaría bastante fundamento para que el marqués de Cañete, aun tratándose de
su hijo, adoptara alguna medida de precaución para prevenirse, él mismo, de
futuras contingencias.
No era
posible detener por la fuerza al dominico en Chile, pero sí que lo era,
avivando en él su espíritu apostólico; así fue como tan pronto los dominicos
partieron de Concepción, el gobernador envió con un mensajero especial, una
orden a su lugarteniente en Santiago, el comendador Mesa, encargándole que se
entrevistara con fray Gil, le halagara y sirviera, y por último le ofreciera
los medios para que pudiera fundar en Santiago el primer convento de la Orden
Dominica de Chile.
El
gobernador dio amplia facultad a su teniente para que procediera sin reparo
alguno y, Si lo consideraba necesario, hasta para que echara mano de las cajas
reales...
Mesa se
dio cuenta de la importancia del encargo y tan bien lo cumplió, que antes de
una quincena compraba, en nombre del rey, unas casas que pertenecían a Santiago
de Azoca, situadas en el mismo terreno que actualmente ocupa el convento de
Santo Domingo, y luego las cedía por escritura pública a fray Gil, para que
fundara en ellas el convento de su Orden; ocho días más tarde, uno de los
conquistadores más acaudalados, Bartolomé Flores, cedía también al mismo
convento una chacra de su propiedad que antes había pertenecido al conquistador
Pedro Gómez de las Montañas, ubicada en la Chimba, detrás de la chacra que fue
de Pedro de Valdivia y que éste había donado a la ermita de Monserrate, fundada
en el cerro Blanco por Inés Suárez. La fundación, mediante la protección de la
autoridad, había empezado con visible éxito, y fray Gil alejado de sus
adversarios, habíase dedicado con fervor apostólico a sus tareas sacerdotales.
La
virtud, la abnegación, el espíritu de sacrificio que tanto fray Gil como sus
compañeros de religión demostraron en el cumplimiento de sus deberes
apostólicos, con el vecindario santiaguino, ya numeroso y extendido hacia el
otro lado del río —en donde había una copiosa población de indios, a la que
doctrinaban con cariño— les conquistó luego la simpatía general, y muy pronto
las limosnas fueron cayendo constantes en la hucha que los frailes predicadores
pusieron a los pies de la imagen de nuestra Señora del Rosario, frente a la
portería del convento, cuya entrada se abrió hacia la actual calle del Puente..
Pero esta
tranquilidad de que gozaba fray Gil no iba a durar mucho tiempo; apenas iban
corridos cuatro meses desde la fundación del convento, cuando se anunció la
llegada a Santiago de dos de los más enconados enemigos del dominico; el oidor
Santillán, que venía a tomar el mando de la ciudad, en reemplazo del comendador
Mesa, relevado de su cargo por don García, y el comisario franciscano, fray
Gallegos, el contradictor más tenaz de las teorías pacifistas de fray Gil, en
Concepción.
Apenas
supo el dominico la noticia, se preparó para el combate, y no esperó siquiera
que sus adversarios iniciaran el ataque, si es que tales proyectos traían, lo
que no es de suponer. Era tiempo de cuaresma y el mismo día de la llegada de
ambos personajes, que traían consigo una buena escolta, subió al púlpito “y
viendo a la gente tan bien aparejada y recogida, comencé a predicarles —dice él
mismo en su comunicación a la Audiencia de Lima— que todos eran obligados a
restituir y a satisfacer a los indios de los agravios pasados y a instruirlos
de cómo se habían de haber con ellos en lo futuro”.
El tiro
para los recién llegados era al ala; los vecinos de Santiago ya no estaban en
guerra y los excesos que podían cometer con los indios de sus encomiendas no
daban margen, seguramente, para una reprimenda desde el púlpito.
Pero por
si el sermón no hubiera sido bastante comprensivo, para aquellos, a quienes
quería aludir, a la tarde siguiente fray Gil se fue derecho al asunto y habló
de "la ilicitud de la guerra en la forma en que se estaba haciendo y de la
responsabilidad que sobre todos y cada uno de los guerreros pesaba”, es decir,
volvió a repetir una vez más todo cuanto había dicho en el sur ante el
gobernador, capitanes y soldados.
El sermón
de la primera tarde corrió de boca en boca entre el devoto vecindario, y por
cierto que también llegó a oídos del franciscano Gallegos, el cual, si se
colocó el sayo, disimuló cuanto pudo la desagradable impresión que le produjo;
pero al saber que al día siguiente había continuado el dominico desarrollando
el mismo tema y aun ampliándolo, no aguantó más, e hizo anunciar “públicamente”
que contestaría desde la tribuna sagrada las “herejías” de su indomable
contradictor.
El
anuncio llevó al templo de San Francisco una concurrencia desbordante: el
“sermón de cuaresma” iba a ser honrado con Ja presencia del nuevo Teniente
Gobernador, recién recibido por el Cabildo, y al vecindario se le presentaba la
oportunidad de ver de cerca a un oidor, personaje misterioso y reverencial, que
era depositario de una parte de la omnímoda e intangible autoridad real.
Para dar
mayor realce a la asistencia de persona tan altamente investida, el oidor había
echado a correr la voz de que iría al templo “de garnacha”, o sea, con la
indumentaria característica de su cargo, que consistía en una amplia capa
negra, ribeteada de morado con un capuchoncito diminuto, su birrete y su vara
alta y emborlada. Por entonces ni siquiera había obispo en Mapocho, de modo que
un personaje en tal vestimenta tenía que despertar la curiosidad general.
El oidor
asistió, pues, a la “distribución” cuaresmera e hizo el trayecto desde su
posada al templo de San Francisco escoltado por los miembros del Cabildo, por
los militares y por los altos funcionarios; al llegar al templo fue recibido en
la puerta por la comunidad, encabezada por el padre guardián, quien le ofreció
el agua bendita en una rama de arrayán. Todo Santiago se apretujaba para
contemplar, con la boca abierta, a su señoría el oidor Santillán, la más alta
personalidad, que hasta entonces había "pisado” la capital de Chile,
enviada por el rey.
Toda la
comitiva se encontraba ya instalada en sus respectivos sitiales y el “mocho”
estaba rezando las últimas letanías del rosario, cuando apareció en el
presbiterio un fraile dominico, cuya presencia intempestiva produjo en la
concurrencia el efecto de la visión de un fantasma. El fraile avanzó hasta el
púlpito y subió la escalera con paso seguro y enhiesto continente; una vez que
estuvo arriba se dio el lujo de pasear una mirada firme y sostenida por sobre
la concurrencia y todavía tuvo la “avilantez” de fijarla un instante en los
mismos ojos del oidor, que no podía explicarse cómo había podido llegar fray
Gil González de San Nicolás hasta la tribuna sagrada de un templo que le era
francamente adverso.
Se
santiguó el dominico, bendijo a la concurrencia y con voz entera pronunció el
exordio latino de su sermón; lo tradujo lentamente, como saboreando el efecto
estupefactante que había causado su presencia y empezó la más famosa filípica
de cuerpo presente que jamás se hubiera pronunciado en tribuna sagrada contra
un oidor y contra un franciscano.
Todo lo
que fray Gil había dicho en Concepción y lo que había repetido días antes en su
capilla de Santo Domingo sobre la "ilicitud” de la guerra de conquista que
el gobernador había emprendido en forma sangrienta contra los indios araucanos
y sobre la responsabilidad que tenían los soldados y sus jefes de
"restituir” a los conquistados por los daños que tal campaña les
ocasionara, fue dicho nuevamente ahora por el dominico en forma más violenta
aún, y después de media hora de peroración, terminó emplazando a los guerreros
ante el tribunal supremo si no ponían término a tal guerra y recurrían a la
penitencia para hacerse perdonar los pecados cometidos.
El oidor
estaba en ascuas, porque lo peor de todo era que “el fraile no le quitaba la
vista” en lo más áspero de los períodos, en forma de que “ninguno de los que
allí estaban creyó que el sermón no iba dirigido al oidor”.
Cuando
fray Gil dio término a su “plática” todo el mundo dejó escapar un suspiro de
descanso que vino a dar soltura a sus nervios largamente mantenidos en tensión;
el oidor Santillán había querido, varias veces, abandonar el templo durante la
prédica del dominico; pero se había sujetado por el temor al escándalo y
también por el temor de que fray Gil, cuyo geniecillo conocía, “le detuviera
desde el púlpito con alguna amenaza de censura” que hubiera complicado la ya
grave incidencia. Además, el oidor Santillán sabía que su amigo el padre Juan
Gallegos estaba preparado para la réplica y, a no mediar alguna circunstancia
inexplicable, habría de subir inmediatamente a la tribuna sagrada para destruir
el terrible efecto del sermón que se acababa de oír.
En
efecto, cuando el dominico bajó el primer peldaño alto de la escalera, el
franciscano Gallegos se abalanzó hacia el púlpito; ambos contradictores se
encontraron al pie..., la concurrencia los contempló ávida y más de alguno
pensó en que cualquier pequeño desvío podía producir un encontrón de las más
graves y aun desastrosas consecuencias. Pero los dos frailes se limitaron a
propinarse dos tremendas miradas, que si fueran flechas, se traspasaran la
cabeza de parte a parte.
Fray Gil
atravesó impertérrito por entre la apretada concurrencia, que le abrió paso
medrosamente y se dirigió al presbiterio, mientras fray Gallegos trepó la
escalera del púlpito, y persignándose apenas, comenzó a contradecir punto por
punto el sermón del dominico, negando, con la autoridad de los Santos Padres,
que los soldados de don García tuviesen la obligación de resarcir daño alguno a
los indígenas, sino que “en el sangriento litigio del sur, el indio estaba
obligado a pagarle al conquistador las costas de armas y caballos que éste
hiciera para entrar en la tierra rebelada...” Se ve que el franciscano iba un
poco más allá, por lo que encogiera.
Por
último, fray Gallegos declaró, enfáticamente, que las Indias, sus habitantes y
todo lo que en ellas hubiera, pertenecían de facto y jure al rey de España por
cesión que de ellas le había hecho el Pontífice Romano, sin otra obligación que
doctrinar a los indios en la fe.
El
dominico oía la refutación desde el presbiterio y al oír tal afirmación
intentó, al parecer, interrumpir al orador con una protesta; pero, según parece
también, las cosas no pasaron de un sermón por lado, aunque, según escribió más
tarde fray Gil, “el oidor Santillán, que era la autoridad, llegó a perseguirme
de obras, pues hizo pregonar en la Plaza Mayor que yo no sabía lo que me
decía”.
La
controversia del franciscano con el dominico no terminó sino con el viaje que
éste hizo al Perú, para denunciar personalmente ante la Audiencia y ante el
virrey los “desacatos” que el oidor Santillán y fray Gallegos y otros frailes
franciscanos cometieron contra el testarudo defensor de los indígenas chilenos;
pero antes de ese viaje ocurrieron incidencias no menos curiosas y violentas
que contaré en otra oportunidad.

