Libro N° 10857. Leyendas Y Episodios Chilenos rónicas De La Conquista II. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10857.
Leyendas Y Episodios Chilenos rónicas De La Conquista II. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
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Crónicas De La Conquista II. Aurelio
Díaz Meza
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De La Conquista II. Aurelio Díaz Meza
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Aurelio Díaz Meza
Crónicas
De La Conquista II
Aurelio
Díaz Meza
CONTENIDO
§ 1. Las primeras industrias en el coloniaje
§ 2. Luis Hernández, el portugués
§ 3. ¡Desventurado negro!
§ 4. El Almirante Pastene
§ 5. El Almirante Pastene, fundador de Valparaíso .
§ 6. Italianos ep» la Conquista de Chile
§ 7. El sermón de Joan de Cárdenas
§ 8. La primera derrota de un gran Capitán
§ 9. El hombre del halcón
§ 10. Los “ochenta mil dorados” de Pedro de Valdivia
§ 11. La tragedia de Pero Sancho de Hoz
§ 12. Vino a Chile a fundar nobleza
§ 13. ¡Desgraciado Juan Pinel!
§ 14. La primera huelga que hubo en Chile
§ 15. La línea del mal
§ 16. Las dos fundaciones de La Serena
§ 17. Debió jurar sobre una señal de cruz
§ 18. La Ermita Expiatoria de un pecado de amor
§ 19. Los franciscanos en la pacificación de Chile ..
§ 20. El “San Pedro” de los Conquistadores
§ 21. ¡Desde agora comienzo a ser Señor!
§ 22. La muerte del Conquistador
Crónicas
De La Conquista II
Aurelio
Díaz Meza
§ 1. Las
primeras industrias en el coloniaje
Por
deducción lógica se puede afirmar que la primera industria que se implantó y
que prosperó en Chile en el mismo año de la fundación de Santiago, fue la de
carpintería... Es indudable que los recién llegados colonos necesitaron, antes
que nada, levantar un techado bajo el cual guarecerse y es indudable también
que cada uno buscase, particularmente, los medios para proporcionarse los
“horcones” que debían servirle para el caso; pero consta de los documentos, que
entre los conquistadores venidos con Pedro de Valdivia, había un carpintero y
éste era el alemán Bartolomé Blumen, llamado Flores, por traducción de su
apellido.
Blumen no
era, en realidad, un carpintero de oficio; era un carpintero de circunstancias,
que así manejaba el serrucho y la garlopa, como podía manejar, y manejaba, la
lezna, la aguja o el azadón; el alemán venía a las Indias a acumular dinero de
cualquier manera; de modo que tan pronto como 'la expedición quedó instalada, y
la ciudad trazada y fundada, pidió y obtuvo su solar y empezó a tirar líneas
para levantar su casa, “la que fizo muy buena”. Conocidas sus aptitudes, por el
jefe de la expedición, le fue encomendada inmediatamente la construcción de
“las casas” del Gobernador Pedro de Valdivia, que, indudablemente, fueron las
primeras o las segundas que se levantaron en Santiago en el sitio donde hoy
está el Correo.
Ayudado
por todos, Bartolomé Flores no debió demorar más de tres días en entregar
techada la “mansión” del Gobernador, para continuar en seguida con la de
Francisco de Aguirre ubicada al lado Oriente de la Plaza (Portal Mac-Clure).
Esta casa era “de altos” y tan bien construida estaba, que su dueño no se
recataba para decir que su residencia era “casa fuerte”; también es cierto que
Aguirre era harto fanfarrón y con unos humos de hidalguía y de nobleza que ya
se los hubieran querido algunos de los gobernadores que después vinieron de
España.
Con estas
y otras casas que construyó, el renombre de Bartolomé Flores, como carpintero,
fue indiscutible; ya no se le encargó solamente la construcción de tijerales —
trabajo basto que luego enseñó a otros “oficiales”— , sino que empezó a
fabricar muebles. Mesas, bancas, y sobre todo, “cujas” eran los principales
utensilios que salían del taller del industrioso alemán; supongo que la primera
“cuja” sería para Inés Suárez, la persona más respetada por los expedicionarios
y a la cual se le brindaba toda consideración.
En sus
primeras andanzas por los alrededores, tal vez en busca de buenas maderas,
Bartolomé Flores llegó hasta las tierras del Cacique Talagande con quien entró
luego en relaciones y “tractos” a causa de haber sabido que en esa región se
tejían los géneros que se enviaban al Perú, por intermedio del Gobernador
peruano Vitacura, y como parte del tributo que le correspondía al Inca.
Talagande
acogió a Flores con benevolencia, y tan bien supo manejarse el alemán, que el
Cacique no tuvo inconveniente alguno en mostrarle todo el “obraje” que mantenía
en su reducción, descubrirle los sistemas de teñidos que usaba para las telas,
el origen de los diferentes colores y el procedimiento que usaban los indígenas
para aplicarlos.
El alemán
se encontró allí la virgen amarrada en un trapito; desde entonces, casi no se
le vio por la “carpintería” de Santiago; la entregó casi por completo a sus
oficiales, encabezados por Juan Galaz, que era el más competente. Fuese — con
licencia del Gobernador Valdivia— al obraje de Talagande y allí, junto con
urdir telas, se dio maña para enamorar a una de las nietas del Cacique, en la
cual tuvo una hija, doña Agueda Flores, que más tarde fue tronco de una de las
familias más prestigiosas y opulentas de su época: los Lisperguer-Flores.
Fueron
famosos las bayetas y los pardillos de Talagande; con los últimos no solamente
se vestían los esclavos y los indios de servicio, sino aun los soldados
conquistadores; las bayetas servían para “mantas” de las mujeres y jubones y
“petos” para los militares; consta que el clérigo Juan Lobo llevaba una sotana
de bayeta negra de los “obrajes” de Bartolomé Flores.
Cuando
ocurrió la destrucción de la ciudad de Santiago, en septiembre de 1541, o sea a
los siete meses de fundada, Bartolomé Flores tuvo que refugiarse en ella junto
con sus demás compañeros, a pesar de que él estaba muy bien, muy seguro, y muy
a su gusto en las posesiones de su suegro; eso sí que él trajo consigo, en
calidad “de criada para su servicio”, a la “cacica” de Talagande, a la cual
había bautizado e] capellán Rodrigo González Marmolejo con el nombre de doña
Elvira. En los dos años largos que los españoles permanecieron sitiados en la
Plaza de Armas, hasta que llegaron los refuerzos enviados del Perú por Monroy,
las “fábricas” de Talagande continuaron bajo la dirección de sus primitivos
obreros, los indígenas; pero una vez que Bartolomé Flores y los demás españoles
pudieron salir otra vez a los campos, el alemán trasladóse nuevamente a las
posesiones melipillanas para ponerse al frente de los “obrajes” que tantas
buenas expectativas le ofrecían.
También
debe contarse como primera industria de aquel tiempo la “ferrería” que puso
Pedro de Herrera “al pie” de su casa y solar, en la calle que más tarde iba a
ser la de Huérfanos; este oficio era indispensable en un campamento militar
para la ropa, ración y “adherezo” de los cascos, espadas y lanzas, para el
“ferramento” de las cabalgaduras y para la fabricación de artefactos de
explotación agrícola y minera.
En
general, cada oficio — zapatero, sastre, jubetero etc. — fue la base de una
industria en aquel tiempo en que cada cual tenía que proveerse personal e
individualmente de los artículos que necesitaba; por cierto que estos
“industriales” no se quedaban cortos en el pedir y a tal punto llegó el abuso,
que el Cabildo de Santiago se vio en la necesidad de intervenir y poner
“arancel" para todo trabajo u obra de estos fabricantes. El Cabildo tasó
la hechura del manto, de la saya, del sayuelo, de la gorra; puso precio a las
“composturas” de las espadas y armas, de la topa y de los zapatos “de una o de
dos suelas”, de las chinelas y d< los borceguíes. Pero como los industriales
continuaran' pidiendo “desaforados precios”, mandó entonces el Cabildo que en
la tienda “se pusiese, en visible lugar, el arancel firmado por el artesano y
por el escribano de la corporación municipal”. Se me ocurre que el alcalde de
entonces, Francisco Martínez, presentía a nuestro Alcalde Phillips (1925).
Otra
industria que se implantó desde los primeros años de la fundación de la ciudad,
fue la ganadería caballar, antes, por cierto, que la bovina, puesto que el
caballo era el complemento principal de un conquistador.
El primer
industrial de esté ramo fue el “clérigo presbítero” Rodrigo González Marmolejo,
que “trujo de Tarapacá muchas piezas de yeguas” que fueron la base de la
población equina de Chile. Don Rodrigo reunió un buen caudal vendiendo caballos
a los soldados, y especialmente a los capitanes que venían en la expedición “a
su costa e minción”. El Gobernador Valdivia fue uno de sus grandes deudores,
pues, aparte de ligarlos a ambos una antigua y cordial amistad — que obligaba
al Clérigo a entregar al Gobernador todo cuanto le pidiese—, éste había hecho
saber a sus subordinados que estaba dispuesto a “quitarle el oro y el pellejo”
al que le negara un préstamo...
Hay que
dejar constancia, sin embargo, que Pedro de Valdivia, a pesar de hacer uso de
la amenaza y de la fuerza para procurarse préstamos de dinero, no le quedó
debiendo a nadie ni un solo maravedí.
Hubo
también una industria modesta que alcanzó mucho auge entre los “estantes y
habitantes” de la futura capital: fue la del “pan subcinericio” o sea la
conocida tortilla de rescoldo que todavía subsiste. Esta industria, por su
mismo carácter, quedó en manos de las indias, las cuales llevaban diariamente
al “tiánguez” de la Plaza de Armas las tortillas calientitas que comían todos
los habitantes que no las hacían en casa. El lector querrá saber qué significa
la palabra “tiánguez” que acabo de usar y es natural que se lo diga.
“Tiánguez”
o “tranguez” fue la denominación que se dio, desde la fundación de la ciudad,
al mercado público que se mandó establecer en la Plaza de Armas, a fin de que
solamente allí pudieran los indios acudir a comprar los menesteres que
necesitaban, “cambiándolos por oro en polvo”.
El
“tiánguez” de los primeros años de la conquista es la “recova” de nuestros
abuelos de la colonia.
“Esta voz
fue tomada y modificada por los españoles, en México, de la “palabra Tianguistle, con
que los antiguos mexicanos designaban sus mercados”, explica nuestro eminente
Monseñor Errázuriz.
Hasta
entonces, hablo del año 1548, a los siete años de fundada la ciudad, cada cual
se molía su trigo en casa, o se compraba el pan o la tortilla de rescoldo para
su consumo; pero la población había aumentado y para muchas familias era un
engorro lo de la molienda, llegando muchas veces el caso de que el pan había
escaseado en la población “siendo los que más sufrieron los indios”, quienes,
según se ve, habían refinado sus paladares.
Uno de
los vecinos más opulentos e industriosos, Rodrigo de Araya, propietario que
fue, dicho sea entre comas, de los terrenos de El Salto como
que antes se llamaba El Salto de Araya, ideó establecer un
molino, aprovechando el canal que se había construido hacia el extremo Sur del
Cerro Santa Lucía para “encajonar las aguas del brazo” del Mapocho. Pidió
permiso al Cabildo para realizar su proyecto, y la corporación municipal, “por
cuanto es en mucho beneficio para la ciudad” le concedió la autorización con fecha
22 de agosto de 1548.
Pero
había en Santiago una persona que había ideado establecer, también, la misma
industria y que, al revés de Araya, contaba no sólo con los elementos y con el
dinero listo para empezar los trabajos, sino que tenía a su favor el empuje de
la raza sajona, sin que estas palabras signifiquen un demérito para lo español.
Esa persona era nuestro conocido, el alemán Bartolomé Flores, el carpintero de
Santiago y el tejedor de los obrajes de Talagande. Supongo que el lector se
habrá convencido ya de que este “Talagande” con “d”, es nuestro actual
Talagante, con “t”...
A la
sesión siguiente, el teutón presentóse, a su vez, ante el Cabido, y solicitó
permiso para establecer también, un molino de trigo en el extremo Norte del
“cerrillo”, cerca de la ermita de Nuestra Señora Santa Lucía, o sea, donde
ahora está la subida por la Calle de la Merced. El Cabildo no tuvo
inconveniente para acordar el-permiso, “por cuanto es en mucho beneficio para
la ciudad”, y además, porque si lo negaba, podría haberse creído que la
Corporación municipal quería favorecer a uno de sus miembros, Rodrigo de Araya,
“que era regidor”, en perjuicio de otro ciudadano que no lo era.
Antes de
dos meses estaba funcionando el molino del alemán Bartolomé Flores; en cambio,
el molino de Araya quedó en proyecto, hasta cuatro años más tarde. Tenemos,
pues, implantada en Chile la industria molinera, en 1548.
No
resisto al deseo de copiar una referencia que he encontrado al hojear papeles
que me han servido para componer esta breve reseña de nuestras primeras
industrias; trátase de los méritos y servicios que por medio de una información
tuvo necesidad de comprobar el Conquistador Francisco de Villagra, para hacerla
llegar a la Corona, en justificación de su conducta. Villagra pidió a sus
testigos que dijeran si él, durante el tiempo que le conocieron en Chile, se
había preocupado del adelantamiento de la república y de traer de los reinos
del Perú todo aquello que podía servir a esta ciudad y reino.
Todos los
testigos, que fueron más de treinta, contestaron afirmativa y honrosamente para
el interesado; pero uno de ellos, Martín Hernández, fue más explícito y dijo:
“asimismo
vido este testigo que Francisco de Villagra metió muchas cabras e yeguas e
muchos oficiales de herreros e carpinteros e un médico, e zurujano e muchas
otras piezas e cosas.”
Se ve que
el testigo no manifestaba mucho respeto por la ciencia, ni hacía diferencia
entre médicos y “zurujanos” y las demás cosas, enseres, animales “e piezas”.
En
realidad, la única industria que no llevaba una vida precaria era la minería,
esto es, los lavaderos, cuyo oro en polvo tal como salía de las bateas, fue el
circulante monetario hasta que se estableció la fundición y la “marca con el
Sello Real; Después de la minería, era la agricultura la industria jefe, la
industria madre, como que proporcionaba la manutención de todo el Reino, y la
procuraba en exceso, hasta el punto de que en cierta época del año “la comida”
no tenía valor. “En toda la tierra de paz se come debalde y por ninguna parte
poblada es necesario llevar dinero para el ganado de mantenimiento de personas
y caballos, por lo que, aunque hay gente pobre, no hay ningún mendigante”.
Tal
afirma el historiador González de Nájera.
La
industria agrícola no tenía, pues, mercado para el exceso de su producción; el
comercio de exportación era tan pequeño, que estaba reducido a unos cuantos
centenares de quintales de sebo — “en panzas o en velas”— y de charqui, y a
unas tres mil botijas de vino que se enviaban anualmente al Perú. Sin embargo,
aun esta diminuta exportación era detenida por las autoridades de Chile cuando
se temía que esos artículos podrían escasear en Chile.
"Como
derivaciones de los trabajos agrícolas, habíanse establecido en Chile algunas
industrias que si bien no alcanzaron gran prosperidad, tuvieron una existencia
más o menos estable”; el escritor, a quien cito, se refiere a la industria de
la azúcar de caña que fue implantada en los campos de la Ligua por Gonzalo de
los Ríos y por su, mujer María de Encio, a la fabricación de vinos ordinarios
para la exportación, a los obrajes de lana o telares, como los de Bartolomé
Flores, que fabricaban, ya lo he dicho, paños y jergas para los esclavos y los
soldados, a las “tenerías” o curtiembres que proporcionaban el cuero y las
suelas para los zapatos, correaje y atalaje, y a la fabricación de jarcia y
cordelería que había tomado cierto incremento con el cultivo del cáñamo.
Fuera de
estas industrias "caseras”, no prosperó ninguna otra en los primeros años
de nuestra vida colonial. Todo se traía de Lima o más propiamente de España, no
siendo permitido, bajo penas severísimas, que se pudiera comprar a otro país,
por medio de los piratas y contrabandistas que pronto empezaron a merodear por
!a costa del Pacífico.
§ 2. Luis
Hernández, el portugués
A punto
de perderse estaba ya la colonia de Pedro de Valdivia en el invierno de 1543, a
causa de los porfiados ataques de los indios, de la absoluta falta de recursos
y elementos militares, y, sobre todo, del aislamiento en que se encontraba el
miserable campamento del Mapocho, cuando uno de los pocos indios fieles que les
quedaban a los conquistadores apareció una tarde en el recinto fortificado de
la Plaza de Armas con la estupenda noticia de haber llegado al puerto de
Valparaíso un barco procedente del Perú.
A esa
hora preparábanse los devotos y afligidos colonos para rezar la rogativa diaria
al pie del humilde altar que habían levantado a la imagen de la Virgen, frente
a la casa “de barro o pajiza”, que servía de habitación al Gobernador, e
implorar la clemencia divina en tan crítico y prolongado trance; pero la magna
noticia del indio hizo olvidar la rogativa y en pocos minutos el devoto
campamento se transformó en una alegre “juerga” española.
La misma
noche partió a Valparaíso el Capitán Francisco de Villagra, acompañado de
treinta hombres; era peligroso salir del fortín en menor número y más aún
alejarse y atravesar las serranías de Huechuraba y Lampa, y llegar a las de
Quillota y Malga Malga, adonde dominaba el atrevido y cruel caudillo
Tanjalongo. Al día siguiente, 8 de septiembre, el Teniente de Pedro de Valdivia
se echaba en los brazos del piloto de la nave recién llegada que era la primera
que arribaba al “puerto de esta ciudad” después de fundada la villa del
Mapocho. Así se denominaba, todavía, el puerto de Valparaíso.
La “nave”
era un pequeño barco llamado SANTIAGO — y por ser tan viejo e
insignificante lo apodaban el SANTIAGUILLO— y su piloto, un
marino portugués: Luis Hernández.
“Después
de Nuestra Señora, el salvador de la ciudad fue el maestre y piloto Luis
Hernández, sujeto hábil en achaques de mares y timón— afirma un documento que
tengo a la vista— , y cuando entró en esta ciudad, las gentes agradecidas le
besaban sus manos y el Gobernador lo abrazó y lo alojó en su casa”.
“Y este SANTIAGUILLO fue el primer navío que vino a este reino, con Luis
Hernández, portugués, con la cual venida se hizo muy grande servicio a Dios y a
su Majestad, porque fue gran socorro con la venida y gente del, por la gran
necesidad que había en este reino e ansí, el Gobernador Pedro de Valdivia dio
indios de repartimiento al dicho Luis Hernández, maestre e piloto del dicho
navío y a los marineros que con él venían, por haber hecho el dicho socorro, y
estar el Gobernador e su gente en tanta necesidad y desnudos y desproveídos de
armas, herraje y mercadurías; e con la venida del navío se reformaron e
pudieron salir a descubrir e conquistar la tierra, como salieron, que antes no
podían; y este fue el primer navío que se aventuró a venir sin saber la
navegación deste reino e costas...”
Las
palabras que he copiado son parte de una declaración que prestó años más tarde,
ante el notario Juan de la Peña, el General Francisco de Riberos, uno de los
personajes más respetables y caracterizados de la Conquista.
Agradecido
de las atenciones del Gobernador Valdivia, el portugués Luis Hernández
determinó avecindarse en Chile. Parece que fue uno de los primeros encomenderos
de la región del Maule, cuyo río y puerto (Constitución), exploró algunos meses
más tarde con su pequeño SANTIAGUILLO. Consta que cuando
Pastene salió, al año siguiente, 1544, con rumbo al sur, para descubrir y
explorar las costas de Llanquihue, Valdivia y Concepción en su barco SAN
PEDRO, el buquecillo de Hernández fue en conserva hasta la desembocadura
del citado río “donde descubrió el puerto de Maule por la mar, del cual
descubrimiento E DE OTROS QUE AYUDO A DESCUBRIR, por la costa
desta tierra e deste puerto de Valparaíso, se redundó gran provecho para S. M”.
Hernández
se encontró también en la fundación de la ciudad de Concepción y, por lo tanto,
debió tener allí un solar y tal vez una encomienda; pero no hemos encontrado su
nombre entre los guerreros que participaron en la conquista de Arauco. En
cambio le encontramos, diez o doce años más tarde, 1565, como vecino de la
ciudad de Santiago; por la forma en que se dan las referencias de su persona,
parece que en este tiempo estaba inválido. No sería nada extraño que su
invalidez la debiera a la cruda campaña araucana.
Aun en
ese tiempo, más de veinte años después de su llegada a Chile, los importantes
servicios que prestara el piloto portugués a los míseros colonos de Pedro de
Valdivia con la oportuna arribada a Valparaíso de su SANTIAGUILLO, eran
recordados con palabras de agradecimiento por viejos conquistadores como el
citado Riberos, Juan Bautista Pastene, Pedro de León, Alonso de Escobar y
otros. Su condición de súbdito portugués, cuyo Soberano estuvo en dificultades
con España, no le restó las simpatías de los habitantes de esta colonia.
* * * *
Cuando
el SANTIAGUILLO, arribó al puerto de Valparaíso, después de
una navegación de cuatro meses por la costa chileno-peruana, desconocida hasta
entonces por los navegantes, se consideró que el Piloto Luis Hernández había
realizado una hazaña de consideración, pues había abierto y señalado una ruta
marítima para la comunicación de los reinos del Perú con la Gobernación de
Chile. Con este motivo, “el capitán de mar de S. M., Juan Bautista Pastene
almirante desde mar océano”, dio cuenta al Virrey del Perú de este acontecimiento
en términos encomiásticos, pidiendo “mercedes” para el piloto portugués.
La
tripulación que vino en él SANTIAGUILLO se componía de las
siguientes personas:
·
Maestre y piloto, Luis Hernández.
·
·
Contramaestre, Luis de Santa Clara.
·
·
Marineros: Cristóbal de Peña, Juan Bautista
Chiavarri y Alonso Galiano.
·
·
Armador, Diego García de Villalón.
·
·
Pasajeros: Francisco Martínez y Francisco Martínez
Vegaso, tío y sobrino.
Debemos,
pues, a un hijo del Portugal, no sólo el descubrimiento de la ruta marítima
entre el Perú y Chile, sino tal vez, la existencia misma de la naciente colonia
de Santiago.
§ 3.
¡Desventurado negro!
Con la
llegada de los recursos que trajo el SANTIAGUILLO para los
angustiados habitantes del Mapocho, la ciudad había recobrado poco a poco la
actividad de los primeros seis meses de su fundación; la tropa — vestida ahora
con ropas de “pardillo”, en vez de las de “pellejo” con que había cubierto sus
desnudeces desde poco después de la destrucción e incendio del humildísimo
caserío que constituía la “capital del reyno”— había levantado su moral y los
más modestos soldados considerábanse poco menos que capitanes de tercio al
contemplarse relucientes bajo las armaduras y atalajes de procedencia netamente
peruana enviados “a buen precio” por el “salvador de Chile”, Lucas Martínez
Vegaso, desde Arequipa.
La
construcción de “casas” iba en aumento cada día, mediante la “ferramenta”
recién llegada, que permitía la corta de maderas y el “adherezo” de clavos para
unir el maderamen; los carpinteros, bajo las órdenes del alemán Bartolomé
Flores, trabajaban de sol a sol en la confección de cujas, mesas, bancas,
puertas, etc., mientras los herreros Pascual de Cepeda y Francisco Herrera, a
la cabeza de un grupo de oficiales e indios, cuidaban de que las herramientas
estuviesen aptas para el trabajo, manteniendo sus fraguas encendidas desde el
alba.
Zapateros
y juboneros “descansaban poco” para proporcionar vestidos a toda esa gente que
los necesitaba “para la decencia de sus personas”, tanto tiempo en obligado
descuido, empezando por el Gobernador, cuyo traje, compuesto de un jubón de
pellejos de chilihueque y unos calzones de vaqueta habíase hecho clásico.
Francisco de Aguirre era el único que había podido conservar, durante todo
aquel tiempo de miseria, una camisa con cuello de encajes de Holanda, de la que
sólo le quedaba el cuello, según el dicho de su rival en elegancia, Juan Bohon.
Toda esta
actividad se duplicaba con la expectativa de que los recursos traídos por
el SANTIAGUILLO eran sólo una parte de los que debían llegar,
pues Alonso de Monroy había quedado en el Perú y no tardaría en presentarse en
el campamento mapochino con el refuerzo de hombres y demás bagaje que el
Gobernador del Perú, Vaca de Castro, le había autorizado para traer a Chile.
Tal era, por lo menos, la noticia y la promesa consoladora que hacía el
Gobernador a los soldados que no habían alcanzado a recibir gran cosa de las
especies llegadas en el barco.
Efectivamente;
a principios de diciembre de 1543, hizo su entrada al valle de “Canconcagua” la
columna de setenta guerreros a caballo que había podido reunir Monroy en las
diferentes poblaciones peruanas después de insistentes alzamientos de bandera
de enganche; la triste fama de que gozaba Chile no solamente se mantenía entre
los soldados peruanos, sino que había aumentado con las recientes noticias
llevadas por Monroy, por más que el discreto y hábil mensajero las hubiera
acomodado, al sabor, para entusiasmar a la gente.
Con el
arribo de estos setenta soldados, que habían hecho el largo viaje con toda
felicidad, cambió nuevamente de aspecto la ciudad de Santiago; para los ciento
dieciocho hombres que acababan de resistir desnudos y casi sin armas las
invectivas de los rebelados indígenas durante más de dos años, ese refuerzo
constituía una nueva era, o casi el efectivo comienzo de la colonia chilena.
“Así lo
comprendieron también los indígenas, pues, si íes había sido imposible concluir
con la naciente ciudad en esos años, ahora, reforzados los españoles y
establecida la comunicación marítima con el Perú, no les quedaba esperanza de
vencerlos en campo abierto: las “reguas” se retiraron, desanimadas, al lado sur
del Maipo y desde esa fecha no lo traspasaron más”.
La ciudad
de Santiago podía ya desarrollarse y progresar, tranquilamente.
* * * *
Valdivia
dejó pasar algunos días, casi un mes, de la llegada de Monroy, antes de dar las
órdenes para la persecución que se proponía hacer de los indígenas; entre
tanto, había formado su plan de campaña y exploración del territorio de su
gobierno, desconocido aún para él. Valdivia había entrado al valle del Mapocho
por Aconcagua, siguiendo una ruta directa, casi, desde Copayapu (Copiapó), y
durante ese trayecto, que de ninguna manera pudo ser de exploración, era
imposible que se diera cuenta, ni aún somera, de la importancia y valor de los
terrenos que debía “encomendar” a su gente, para “darles de comer”; y si no
conocía el territorio del norte, por donde había venido, menos conocía el del
sur, pues los indígenas de Mapocho no le dieron tiempo para explorarlo con
algún detenimiento, siquiera hasta el río Maipo.
Una
triste experiencia le había indicado que no podía confiar en las promesas de
paz que le hacían los naturales, por más humildes que fueran; estaba convencido
de que la única forma de vivir en paz con ellos era la de dominarlos por las
armas. Su plan debía consistir, entonces, en alejar las “reguas” todo lo más
distante posible de la ciudad donde tenía establecido su cuartel general.
Habiéndose
retirado los indios hacia el sur del Maipo, el Conquistador resolvió pasar este
río y avanzar la exploración del territorio por ese lado; alistó un cuerpo de
cuarenta soldados, la mitad arcabuceros de infantería, y a fines de enero de
1544 emprendió, resueltamente, la marcha hacia lo desconocido.
Sin
embargo, al retirarse hacia el otro lado del río, los indígenas de Mapocho no
habían efectuado sino un movimiento estratégico; su jefe, el Cacique Tipanande,
desarrollaba, con esto, un plan hábilmente concebido para sorprender a los
castellanos, seguro de que las huestes mapochinas habrían de salir en
persecución. En efecto, los indígenas fugitivos se hallaban fortificados cerca
del pueblo de Palta en la angostura del valle, en un sitio escogido
diestramente, resguardado por agua, montes, y pantanales, y al acercarse los
conquistadores “les atacaron fuertemente y de sorpresa”.
Después
de muchos días de combatir y de deshacer “fuertes y albarradas e fosos que los
indios tenían” y de perseguirlos a través de las montañas con el mayor empeño
posible, Valdivia dio orden de “hacer grujas” a fin de volver con mejores
elementos para “escarmentadlos”. La retirada del Conquistador era bien poco
airosa, y así debió comprenderlo él mismo, porque pasados ocho días salió de
nuevo hacia el sur, a la cabeza de cincuenta jinetes escogidos; esta vez fue
más afortunado, porque, conocedor del terreno y de las tretas de los indios,
pudo derrotarlos en tres combates sucesivos; les destruyó tres fortines, los
dispersó, dejándoles muchos muertos y los obligó, por fin, a retirarse más al
sur del Maule.
* * * *
Terminada
la campaña del Sur, Valdivia creyó necesario, para el complemento de su
tranquilidad, dejar despejado el territorio del norte por donde debía mantener
las comunicaciones terrestres con la gobernación del Perú, que constituía, para
la colonia, él almacén de su aprovisionamiento. Hasta el valle de Quillota y
minas de Malga-Malga, la paz era casi completa; un fortín levantado en donde
iba a fundarse más tarde aquella ciudad, guarnecido por quince hombres al mando
del Capitán Pedro Gómez de Don Benito, había logrado infundir respeto a las
huestes del porfiado Michimalonco “señor del valle de Mapocho y Aconcagua” y
mantenía expedito el camino al puerto de Valparaíso; pero no ocurría lo mismo
más al norte, o sea hasta Coquimbo y el Huasco, en donde se encontraban las
tribus del feroz Andequín, en contacto ya con las del Cacique mapochino.
Era
indispensable salvar este obstáculo que impedía o ponía en peligro cualquiera
expedición terrestre que pretendiera cruzar ese territorio, y el único remedio
definitivo era fundar una ciudad en aquella región; para ello, lo primero era
pacificar la tierra, y decidido a eso partió Valdivia hacia el valle de
Aconcagua a la cabeza de sesenta caballeros. El jefe de la resistencia y el
“general” del ejército indígena era Michimalonco.
Hacia los
primeros días de febrero se encontraba el Conquistador en los asientos de la
Ligua y no podía aún enfrentarse con los naturales. El Jefe indio había
comenzado una mañosa retirada hacia el norte, con el propósito evidente de
escoger un campo apropiado para presentar una batalla con ventajas para él.
“Por fin llegó al valle del Limarí, en donde, en una angostura escogida por
Michimalonco se dio una reñida batalla, en que muchos españoles quedaron
heridos”.
Por
cierto que los castellanos ganaron la acción, pero no pudieron cumplir su deseo
de apoderarse del Jefe indio, sin cuya captura, según Valdivia, “no podría
haber paz en Mapocho”.
Después
de esta campeada, que se extendió hasta el Huasco, el Conquistador dio la
vuelta a Santiago, para preparar una nueva entrada con mayores elementos para
llevar a término, en seguida, la fundación de la ciudad nortina que debía
servir de atalaya o de centinela avanzada a la colonia “del valle de Chile”.
* * * *
Pero
antes de llegar a Quillota, recibió el Conquistador ciertas noticias que lo
obligaron a tomar resoluciones rápidas. Mientras él perseguía a los indios por
los valles del norte, se había desarrollado, en uno de los puertos de Copiapó,
una tragedia que afectaba profundamente la situación de la colonia.
Prosiguiendo
en el envío de recursos a Chile, el Gobernador Vaca de Castro había autorizado
a ciertos mercaderes del Perú para traer a Valparaíso un buque cargado de
ropas, fierro, pólvora, armas y “además vitualla”, por valor de unos treinta
mil castellanos, cantidad que Valdivia, como era la costumbre, debía reconocer
en deuda si no contaba con el oro necesario para pagarla “de contado”. Los
mercaderes habían fletado en el Callao un pequeño navío, de propiedad de un
genovés llamado Juan Alberto, y embarcados en él emprendieron resueltamente la
navegación hacia el sur, sin conocer, sino por referencias, la costa chilena.
Tal vez
para reparar alguna avería, el barco recaló en la desembocadura del río
Copiapó, y algunos tripulantes resolvieron bajar a tierra en un bote, atraídos
por ciertas señales que les hicieron algunos indígenas desde la costa;
acostumbrados a la pasividad de los indios del Perú, no pensaron jamás, los
infelices tripulantes, en que los esperaba en tierra una muerte miserable.
Se
embarcaron, pues, en el bote, el Capitán y cinco marineros, y después de remar
trabajosamente para cruzar la barra del río, atracaron el batel a unas peñas,
en donde lo amarraron. Acercáronse los indios en número de ocho a diez y pronto
entraron en amigable cambalache con los navegantes, los cuales iban premunidos
de chaquiras, vidrios y demás relucientes chucherías con las cuales
acostumbraban quitar a los naturales aquellos objetos que podían representar
algún valor.
De pronto
surgió de entre los bosques cercanos una cincuentena de indios, en actitud nada
pacífica y abalanzáronse sobre los marineros; algunos de éstos pretendieron
ganar el bote, pero otros indios aparecieron también, por entre las peñas,
armados de flechas, de mazas y de hondas, con las cuales atacaron
decididamente, en medio de un vocerío espantable y trágico. Los marineros
viéronse obligados, entonces a defenderse con sus cuchillos en desesperada
lucha por la existencia; pero el número de los atacantes era enormemente
superior, y antes de media hora, el piloto y los marineros quedaron tendidos en
la playa “dejando allí sus imprudentes vidas”.
Los
indios se apoderaron del bote y trepados en él pretendieron llegar hasta el
barco, creyéndolo solo y abordable: por fortuna habían quedado allí tres
españoles y un negro, quienes, habiendo presenciado la trágica escena de la
playa, tomaron sus precauciones para evitar que los asaltantes llegaran hasta
la borda, lo que probablemente habrían alcanzado si el furioso oleaje de la
barra del Río Copiapó no hubiera volcado el bote y arrojado al mar a los indios
“donde muchos perecieron”.
La
situación de los sobrevivientes del barco era terrible, “porque ninguno de
ellos era capaz de manejar el timón ni conocía de altura” para navegar; sin
embargo, el peligro en que se encontraban les dio resolución para echarse a la
mar, “a merced de los vientos y de su ventura”; alejándose de la playa estaban
seguros de no caer en manos de los indios copiapinos; pero, ¿salvarían de las
olas?
Los
cuatro infelices siguieron maniobrando como Dios les dio a entender, sin perder
de vista la costa y arriando las velas durante la noche para no correr los
albures de alta mar; pero a las alturas de Coquimbo perdieron el control y una
“ventolera” los arrastró de un solo envión hasta la desembocadura del Maule; la
bahía de Valparaíso en donde pensaban recalar, la pasaron durante la noche, sin
darse cuenta.
Los del
barco vieron otra vez que unos indios, encaramados en unas peñas "altas y
huecas”, les hacían señas desde la playa; por cierto que los tripulantes no
pensaron en aceptar la invitación. Por angustiados que estuvieran, tenían muy
fresco el recuerdo de la traición de los copiapinos y determinaron permanecer
lo más alejados que pudieran de las tales peñas, para no exponerse a un
abordaje.
Pero la
desventura de los tripulantes del JUAN ALBERTO estaba escrita
y debía cumplirse. Durante la noche se desencadenó una furiosa tormenta
huracanada que arrojó al barco sobre la playa y lo estrelló contra las rocas;
con las primeras luces del alba los indios cayeron sobre la nave, amarraron a
sus tripulantes, — que estaban heridos y extenuados— , la saquearon, se
distribuyeron las ropas, enseres y vitualla, y por último la quemaron...
Antes de
que el Sol marcara el mediodía, el Cacique del Maule ordenó la ejecución de los
prisioneros: los tres españoles fueron muertos a macanazos y sus miembros
sirvieron de viandas para el festín...
Cuanto al
negro esclavo, véase lo que cuenta de su triste fin, el cronista Mariño de
Lobera; voy a copiar a la letra este párrafo del más verídico de los cronistas
españoles, por si, lector, “dijeres que miento y que comento”:
“Estaba
entre aquellos españoles un negro, esclavo de uno de ellos, con cuyo aspecto se
espantaron mucho los bárbaros por no haber visto jamás gesto de hombre de
aquella color; y para probar si la color era postiza, lo lavaron muchas veces
con agua caliente, refregándole con corazones de mazorcas de maíz (corontas) y
haciendo otras diligencias y pruebas para tornarlo blanco; pero como sobre el
negro de la piel no hay tintura, él se quedó tan negro como su ventura que lo
trajo a gente tan inhumana, que, después, de todos esos trabajos, le dieron una
muerte muy cruel”
Cuando
Pedro de Valdivia supo la pérdida del barco, resolvió proceder inmediatamente a
la fundación de la segunda ciudad de Chile, y ubicarla en la costa de Coquimbo.
Esa ciudad iba a llamarse La Serena.
Sobre la
fundación de esta ciudad, 1544, sobre su destrucción y su segunda fundación,
cuatro años más tarde, en 1548, contaré algo, más adelante.
§ 4. El
Almirante Pastene
Proveído
por el Gobernador del Perú, Cristóbal Vaca de Castro, en cédula fecha en Lima,
el 10 de abril de 1543, el marino genovés Juan Bautista Pastene arribó al
puerto de Valparaíso más o menos en la segunda quincena de julio de 1544, al
mando de un pequeño navío llamado SAN PEDRO en el cual venía
un socorro de “ropa, vitualla y ferramenta” que el citado Gobernador enviaba a
Pedro de Valdivia, para que remediara el desastre que había experimentado la
expedición conquistadora de Chile con el incendio y destrucción total de la
ciudad de Santiago, en septiembre de 1541.
“E porque
conviene que una persona que sea servidor de su Majestad hábil y desperiencia
vaya por capitán del dicho navío e que ande la costa de Arequipa e Chile e sea
así mismo capitán de los navíos que hay o hubiere en la dicha costa, e para que
dé aviso a Pedro de Valdivia si por el Estrecho vinieren algunos navíos de
franceses o contrarios, con dañada intención a dañificar estas provincias y
reinos, e confiando en que vos, Joan Baptista Pastene, sois tal persona, por la
presente Vos elijo y nombro capitán del dicho navío, etc. etc.”
Así
termina la cédula del Gobernador Vaca de Castro por la cual asigna al Capitán
Pastene uno de los cargos más delicados que se podían encomendar a un marino en
tiempo de guerra; la vigilancia del litoral, amenazado por los piratas ingleses
y holandeses, y por las escuadras regulares del Reino de Francia, en guerra
declarada con Carlos V.
La
llegada del marino genovés a la costa chilena venía a resolver un grave
problema ante cuya solución Pedro de Valdivia había fracasado varias veces: la
comunicación rápida y sin mayores peligros “destas provincias de Chile” con el
asiento de la gobernación que estaba en Lima. A causa de esta falta de
comunicaciones, a mil leguas de distancia, por desiertos y serranías erizadas
de peligros, la columna expedicionaria de Chile estuvo a punto de ser
aniquilada varias veces, sin que le valieran para su salvación, ni el heroísmo
estoico de los soldados españoles para resistir las embestidas de los
naturales, ni los sacrificios sobrehumanos que significaba la falta de
alimentos y la crudeza de los inviernos.
Diez o
quince días estuvo fondeado el SAN PEDRO en la bahía de
Valparaíso, sin que se tuviera en Santiago la noticia de tan fausto
acontecimiento. En la rada había sin embargo, un pequeño esquife llamado el SANTIAGUILLO, al
que ya conoce el lector; pero a su bordo sólo había un hombre: toda la demás
tripulación se había trasladado a Santiago, a raíz de la llegada de ese barco
en abril del año anterior; Alonso Galiano — así se llamaba el marinero— se negó
a dejar su barco para ir a la ciudad a dar aviso de la llegada del SAN
PEDRO. Ninguno de los de Pastene conocía tampoco el camino a la
Capital; los fuertes temporales que azotaron ese invierno a la región Central
de Chile, y el desconocimiento del país rebelado eran un impedimento grave para
que alguno de ellos se aventurara desde Valparaíso, para traer a Valdivia la
noticia, por muy grata que fuese.
Por fin,
a últimos de agosto, un indio de los lavaderos de oro de Malga Malga que por
algún mandato de sus amos, se acercó a las colinas del Puerto, esparció la
noticia y ésta llegó dos o tres días después a Santiago.
Pedro de
Valdivia se trasladó inmediatamente a Valparaíso y allí tuvo ocasión de conocer
y de tratar al navegante genovés Juan Bautista Pastene que iba a prestarle
servicios eminentes en la empresa descubridora en que estaba empeñado y al cual
iba a ligarlo, desde ese momento, una estrecha y leal amistad durante toda su
vida.
El
navío SAN PEDRO, según las referencias, un tanto vagas, que se
pueden encontrar en los documentos que me sirven de consulta, era un barco de
unas ochentas a cien toneladas, “muy velero”;, pero esto no impidió que en ese
viaje, desde el Callao a Valparaíso, demorara casi cuatro meses.
Traía el
barco, además de herraje y ferramenta, un conjunto de “mercadurías” que se
avaluaron en ochenta mil castellanos de oro. Como propietario de esta
mercadería figuraba uno de los tripulantes, llamado Juan Calderón de la Barca,
que se decía amigo muy estimado del Gobernador del Perú, Vaca de Castro; pero
según se supo después, Calderón era solamente un mero encargado del verdadero
propietario, “que era el propio Gobernador”, quien deseaba venderla a buen
precio entre los desventurados conquistadores de Chile. Por lo visto, esto de
los “negociados” no es nuevo entre nosotros, y puede decirse que “quien lo
hereda no lo hurta”.
La
tripulación del SAN PEDRO, según las investigaciones del señor
Thayer Ojeda, fue de ocho hombres, a saber:
·
Capitán Pastene.
·
Juan de Elias, piloto.
·
Hernando de San Martín, contra-maestre.
·
Enrique de Flandes.
·
Antón Sánchez.
·
Juanes de Mortedo.
·
Francisco Moreno, negro liberto.
·
Juan de Rieros, y
·
Juan Calderón de la Barca, ya citado.
Desde los
primeros momentos se dio cuenta cabal, el Gobernador Valdivia, de que Pastene
era un marino hábil y “desperiencia”, capaz de llevar a cabo el proyecto que
había concebido desde su llegada a Chile; la exploración y la toma de posesión
de las tierras hasta el Estrecho, a fin de prevenir cualquiera intentona de
algún valido de la Corte española que obtuviera licencias para pasar a las
Indias, en calidad de descubridor, por el paso de Magallanes.
Un
testigo, Francisco Moreno, en declaración que prestó años más tarde para la
información de servicios de Pastene, dice que “viendo, Valdivia, tan buena
traza en el dicho Pastene, y que “se le podía encomendar cualquier negocio o
caso, por “arduo que fuera, lo eligió por su capitán de mar, y éste fue “motivo
para encomendarle el dicho descubrimiento”. Por otra parte, los antecedentes de
Pastene como marino, como navegante, como descubridor, y como capitán de guerra
eran tan notorios, y su nombre tan bien conceptuado entre los primeros
conquistadores del Perú, que el Gobernador de Chile lo estimó como el único
hombre de mar a quien podía confiar una comisión tan importante y tan de
confianza como era la de tomar posesión, en su nombre y en el de Su Majestad,
del territorio y costa de su gobernación hasta el Estrecho inexplorado.
Pero el
Gobernador Valdivia quiso hacer constar estos antecedentes en el nombramiento o
“provisión” — como entonces se decía — que dio a Pastene, como su teniente en
la mar, y los estampó allí en esta forma:
“y por
cuanto es necesario que nombre como mi lugar-teniente de gobernador y capitán
general “en la mar a una persona de prudencia, experiencia y autoridad, “e que
tenga práctica en ella, e porque vos, Joan Baptista Pastene, jinovés, ha muchos
años que servís a Su Majestad en las ‘.indias de la Mar del Norte (Pastene
había descubierto las islas de Barlovento en las Antillas) y en esta de la Mar
del Sur, durante el gobierno del Marqués Pizarro, que gloria haya, y del
gobernador Licenciado Vaca de Castro con oficio y cargo de su capitán de Mar, y
además por los señores de la Real Audiencia de Panamá como su piloto de la Mar
del Sur lo que me consta, etc.”
Seguro,
pues, Valdivia, de que ya podía emprender la exploración y el descubrimiento de
la costa Sur de su Gobernación, y otorgado a Pastene el nombramiento de
Teniente de Gobernador y Capitán General de la Mar, se dedicó a preparar la
expedición marítima que iba a confiar a la competencia náutica del navegante
genovés y pocos días después, “en el puerto “de Valparaíso que es en este valle
de Quintil, término y jurisdicción de la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo,
a 3 días
“del mes
de septiembre de 1544 años, el muy magnífico señor Pedro de Valdivia, electo
gobernador y capitán general en nombre de Su Majestad, dio poder ante mí,
Antonio de Valderrama, escribano de S. M. a Juan Bautista Pastene su teniente
de capitán general en el mar, y a vos, Joan de Cárdenas mi “secretario y
escribano, mayor del Juzgado de esta provincia, y a vos Gerónimo del Alderete
tesorero de Su Majestad y a vos, Rodrigo de Quiroga, que estáis presentes, para
que podáis tomar y toméis, aprehender y aprehendáis en nombre de S. M. y mío la
posesión de las tierras donde vos el dicho capitán "Pastene saltáredes.
* * * *
El
Gobernador Valdivia quiso dar a la partida de la expedición la mayor solemnidad
posible, y para el efecto se trasladó a Valparaíso acompañado de un gran
séquito de funcionarios y personajes de la incipiente ciudad de Santiago. El
día de la partida del SAN PEDRO vemos figurar en la ceremonia
de la entrega que se hizo a Pastene, del Estandarte Real, al Alguacil Mayor de
la Gobernación Juan Gómez de Almagro y al Alférez Real, Gabriel de Salazar, a
Bernardino de Cuellar, a Diego García de Villalón, al clérigo presbítero Diego
Pérez que tal vez fue a dar su bendición a los expedicionarios, y a otros más.
Ese mismo
día, 3 de septiembre, el Gobernador Valdivia declaró fundado el puerto de
Valparaíso, sin ceremonia alguna, por cuanto “el valle de Quintil, donde es el
Puerto de Valparaíso” pertenecía a la jurisdicción de la ciudad do Santiago. En
el documento que me guía se encuentran algunas palabras, que pueden
interpretarse — y han sido interpretadas por los investigadores chilenos— como
declaración de la fundación de Valparaíso. Van a leerse.
Dice el
documento, que habiendo poblado recientemente la ciudad de La Serena, que es en
el valle de Coquimbo “ahora nombro y señalo este puerto de Valparaíso para el
trato de esta tierra y ciudad de Santiago,” etc. La omisión de una ceremonia
especial y solemne para la fundación del puerto de Valparaíso, análoga a la que
se realizaba en la fundación de cualquier otra ciudad, — el trazado de calles,
la instalación de la horca en el sitio señalado para plaza de armas y otras— no
debe llamar la atención por cuanto los términos y jurisdicción de la ciudad de
Santiago, fundada ya solemnemente con estas ceremonias, abarcaban desde el río
Aconcagua hasta e] río Maule. Valparaíso, que estaba dentro de la jurisdicción
de la ciudad de Santiago, no era, sino, “el puerto de esta ciudad”.
Conviene
dejar establecido que Valparaíso sólo recibió el título de ciudad por Real
Cédula de 1802, lo cual indica que desde su fundación, 1544, no fue considerada
políticamente como ciudad, sino hasta los últimos años de la colonia.
* * * *
Listo ya
el batel que debía conducir a bordo del SAN PEDRO al Capitán
Pastene y co-apoderados, el Gobernador Valdivia entregó al Jefe el estandarte
de la expedición, con la ceremonia que era de rigor en tales ocasiones. Era un
estandarte “en él pintado un escudo de armas imperiales y bajo de él, otro con
las armas de dicho señor gobernador”. Al entregárselo, díjole estas palabras —
constan del documento, teniendo en su mano derecha la espada desnuda y en la
otra la insignia:
“Capitán,
yo vos entrego este estandarte para que bajo la sombra y amparo del sirváis a
Dios y a Su Majestad y defendáis y sustentéis su honra y la mía en su nombre, y
me deis cuenta cada y cuando os la pidiere, y haced juramento y pleito homenaje
de lo cumplir.
Y el
dicho capitán Pastene recibió el dicho estandarte e hizo el juramento y pleito
homenaje en manos del dicho gobernador”.
Y así
salió Pastene del puerto de Valparaíso, “que está a la altura de 32 grados y
tres cuartos, a cuatro días del mes de septiembre y año susodicho (al día
siguiente de la ceremonia apuntada), con treinta hombres de guerra y con otro
navío nombrado SANTIAGUILLO ambos bien proveídos de
mantenimientos, a descubrir en nombre de S. M. y el dicho Gobernador la costa
austral de Chile, hasta el Estrecho de Magallanes.
En
realidad, el pequeño SANTIAGUILLO no iba al descubierto, sino
en conserva del SAN PEDRO hasta la desembocadura del río
Maule, llevando gente y “mantenimientos” al Capitán Francisco de Villagra que
había salido un mes antes a explorar, por tierra, la provincia de los
promaucaes, que así se llamaba la extensión comprendida entre los ríos
Cachapoal e Itata.
* * * *
Navegó
el SAN PEDRO trece días, con tiempo variable, sin perder de
vista la costa; por la noche ponía proa a la mar y navegaba con sólo la vela
del palo trinquete por temor a los vientos del Nor-Oeste “que le seguían mucho”
y que lo podían arrojar sobre los arrecifes. Mientras más avanzaba hacia el Sur
más encapotado se le presentaba el cielo, sin permitirle tomar altura para
saber cuánto había navegado. Por fin, el 17 de septiembre hizo un día claro y
de buen Sol; el Capitán requirió el sextante, y comprobó haber navegado hasta
el grado 41 y un cuarto; consultó con sus compañeros si sería conveniente tomar
puerto y con el parecer de todos se convino en ello y se puso proa a tierra; “y
la hallaron, una hora antes que se pusiese el sol”, entrando a una bahía
extensa, pero bien protegida de Norte, de Sur y de Travesía.
“Aquí
mandó el dicho capitán Pastene a sus marineros que echasen ancla en nombre de
Dios y de S. M. y del gobernador Pedro de Valdivia, y puso a este puerto el
nombre de San Pedro, por llamarse Pedro el Gobernador y SAN PEDRO el
navío que lo descubrió”.
No creyó
prudente el Capitán Pastene bajar a tierra ese día, por ser ya muy tarde; pero
desde el barco pudieron ver una población de indios, sus sementeras, una tierra
apacible y de buen temple.
Al otro
día, jueves 18 de septiembre de 1544, salido el Sol, el Capitán Pastene hizo
descolgar la barca y en compañía de Jerónimo Alderete, Rodrigo de Quiroga, el
escribano Cárdenas y ocho soldados se dirigió a tierra donde ya había una buena
cantidad de indios atraídos por la novedad de un barco tan grande. Aunque el
talante de los aborígenes era pacífico, Pastene tomó sus precauciones: y al
desembarcar, dejó a tres individuos en el bote para que lo tuvieran listo en
caso de una retirada forzosa.
En la
playa había doce o catorce indios e indias, “algunos de ellos con unas
tiraderas en las manos, hablando soberbiosamente”, pero los españoles les
mostraron “alguna chaquira” y de esta manera pudieron acercarse a ellos. Una
vez a su vera, Pastene ordenó a cuatro soldados que tomaran de la mano a dos
indios y dos indias, y teniéndolos sujetos, ordenó al Tesorero Jerónimo
Alderete que tomara posesión de esos indios, y en las personas de ellos, de
todos los indios de la comarca, y de la comarca misma, en nombre del Gobernador
Valdivia, para S. M. el Emperador Carlos V.
“E luego
incontinente, por ante mí Joan de Cárdenas escribano, el dicho Jerónimo
Alderete, armado de todas sus armas con una daga en su brazo izquierdo,
teniendo su espada desnuda en su mano derecha, dijo que tomaba posesión de
aquellos indios e indias y en el cacique dellos que se llamaba Melillan de toda
aquella tierra e provincia e las comarcanas y en señal de la dicha posesión
dijo las palabras ya dichas por tres veces en alta voz e inteligible, que todos
las oímos, e cortó con su espada muchos ramos de unos árboles y arrancó por sus
manos muchas yerbas y cavó en la tierra y bebió del agua del rio Lepileubo; e
cortados dos palos grandes hicimos una cruz y pusímosla encima de un gran
árbol, y en el pie del mismo árbol hizo con la daga muchas otras cruces y todos
juntamente nos hincamos de rodillas y dimos mucha gracias a Dios.”
La bahía
y puerto de San Pedro conserva hasta hoy el nombre que le dio su descubridor;
está situada en la provincia de Valdivia (1929) al Sur de la desembocadura del
Río Bueno, y figura en los mapas. El nombre indígena de la región descubierta,
era Lepilmapu.
Volviéronse
al navío los descubridores, llevándose a los indios e indias recién tomados, y
el mismo día jueves, después de medio día, levantaron anclas y pusieron proa al
Norte, en viaje de regreso y exploración de la costa. Navegaron el resto del
jueves, el viernes, el sábado y el domingo, hasta media tarde, lentamente, con
sólo el papahígo del trinquete, a fin de reconocer la tierra hasta donde les
permitía la vista, y por fin, al encontrar un “poblezuelo” indígena, situado
“en una punta muy señalada que sale mucho a la mar”, pusieron proa a la costa y
se dispusieron a desembarcar.
Doce
soldados bajaron a tierra, más con el propósito de reconocer la región “y de
ver la manera de los indios y las armas que traían”, que con el de tomar la
posesión oficial, pues ya era tarde; los soldados “no hicieron más de dar
alguna chaquira y tomar una oveja que los indios les dieron” y se volvieron al
navío.
Al día
siguiente, lunes 22 de septiembre, bajaron a tierra Pastene con veintidós
soldados “y salieron tantos porque había más de trescientos indios e indias a
la punta del agua”; tomaron dos caciques, cuatro mancebos y dos mozas, en vista
de lo cual los demás indios huyeron a esconderse en las malezas de los
alrededores, y repitieron la ceremonia de la toma de posesión verificada en San
Pedro, poniendo por nombre a esta región, Punta de San Mateo, que “está a los
cuarenta grados largos por el altura”. Esta Punta es la que hoy figura en los
mapas con el nombre de Punta Galera.
El mismo
día, llevándose a los caciques e indios que habían capturado, más veinte ovejas
“que tomaron en dos poblezuelos que estaban a dos tiros de arcabuz” de la
playa, los expedicionarios continuaron orillando la costa, hasta encontrar a
los 39 grados dos tercios, la desembocadura “de un río grande llamado Ainilebo
y a la boca
“dél está
un gran pueblo que se llama Ainil, y una isla que allí vimos a la boca de un
río grande llamado Coicu, donde tiene su casa y guaca, que es su adoratorio el
cacique y gran señor llamado Leochengo. Aquí pusimos nombre a este río, el río
y puerto de Valdivia; no saltamos a tierra porque era tarde. Desde el mar el
dicho Jerónimo Alderete dijo que tomaba posesión de aquella tierra por S. M. y
por el dicho Gobernador Valdivia”.
Este
hecho se verificó, según queda dicho, el lunes 22 de septiembre de 1544, que
viene a ser la fecha del descubrimiento del río, puerto y región de Valdivia.
Siguiendo
la navegación por la costa hacia el Norte, descubrieron, sucesivamente, “una
isla que está cabe un río llamado Toltén y la isla se llama Gueulli (¿Queule?)
que está a los 38 grados largos”, y una isla y río que pusieron por nombre
Tormes, de las cuales también tomaron posesión desde la nave.
El día 26
o 27 arribaron a la desembocadura del Bío-Bío “que es en la provincia de Rauco,
que confirma con las provincias de Itata y de los promaucáes de las cuales
tiene tomada posesión tres años ha el dicho gobernador Valdivia”.
Pastene
repitió aquí la ceremonia de la toma de posesión desde la nave, por estar la
mar tormentosa y ser muy peligroso el desembarque.
En rigor,
el descubridor de la región del Bío-Bío “donde señorea el cacique Nahuelanca”,
en la que se fundó más tarde la ciudad de Concepción fue el Capitán Pastene. El
Gobernador Valdivia no había realizado todavía, hasta 1544 ningún viaje al Sur
del Itata; y sus capitanes Francisco de Aguirre y Francisco de Villagra sólo
habían alcanzado en agosto de ese mismo año, es decir un mes antes del viaje de
Pásteme, el uno hasta el Maule y el otro hasta las márgenes del Itata.
No se
conoce, por lo menos, ningún documento que dé cuenta de alguna expedición del
Conquistador Valdivia hasta las márgenes del Bío-Bío, antes de 1544.
El 30 de
septiembre después de veintisiete días de navegación arribó el SAN
PEDRO al puerto de Valparaíso habiendo descubierto y explorado nueve
grados — más o menos ciento ochenta leguas— en nuestra costa austral y sus
principales ríos y puertos. Con este importante descubrimiento, el Capitán
Pastene señaló al Conquistador de Chile, Pedro de Valdivia, el camino que debía
seguir para cimentar sus conquistas ya realizadas, para emprender las nuevas, y
para fijar, aunque imprecisamente, los límites de su Gobernación.
§ 5. El
Almirante Pastene, fundador de Valparaíso
Se ha
dicho y se ha insistido, en que Juan Bautista Pastene fue el fundador de
Valparaíso: Vicuña Mackenna primero y algunas personas de buena voluntad,
después, se han empeñado en que ese insigne marino “jinovés” sea fundador, a la
fuerza, de la Perla del Pacífico.
Un
estimable escritor porteño, don Roberto Hernández, ha publicado un trabajo
interesantísimo a este respecto, en el cual, resumiendo y confirmando cuanto se
ha escrito a este respecto por nuestros más competentes investigadores, más
aún, citando los documentos, manifiesta “con claridad meridiana”, la ninguna
razón que asiste a los que se han empeñado en glorificar a Pastene, ultra
petita, como si este esforzado navegante necesitara de gloria barata.
Pero en
esto de buscar fundadores para Valparaíso la inventiva ha ido un poco más
lejos; así como hay personas que se empeñan en achacar a Pastene la paternidad
del puerto, hay otras que, junto con negárselo a éste la atribuyen a Juan de
Saavedra, uno de los capitanes de tierra de la columna de Almagro que fue
enviado adelante a juntarse por esos lados con un barco auxiliar de su
expedición: hay, pues, un partido “pastenista” y otro “saavedrista”.
Evidentemente se nota interés por que Valparaíso tenga un fundador oficial.
Acabo de
relatar las exploraciones marítimas de Pastene hasta el grado 41 y un cuarto de
latitud meridional y de ahí resulta que la fundación de Valparaíso, si es que
alguna vez se verificó, tuvo lugar el 3 de setiembre de 1544; ello consta del
acta de la ceremonia que se realizó ese día para investir a Pasten? del rango
de “capitán general en la mar”, con el encargo de explorar la costa austral de
la Gobernación que pretendía para sí Pedro de Valdivia, “y para que podáis
tomar y toméis, aprehender y aprehendáis, en nombre de S. M. y en el mío, la
posesión de la tierra y tierras que descubriéredes”.
En esa
fecha Pastene estaba recién llegado a Valparaíso y hacía ya por lo menos siete
años que Juan de Saavedra había “pasado” por Chile; por su parte, Pedro de
Valdivia llevaba tres años de gobierno y de trajines entre Santiago, Concón,
Quintero y Malga Malga, sitios, todos, ubicados, como Valparaíso, “en el valle
de Quintil”.
Tampoco
fue Pastene el primer navegante que surgió en la rada de Valparaíso; antes de
que el “patache” en que venía embarcado hendiera las aguas de la bahía
del VALLE DEL PARAÍSO, ya habían hecho lo mismo por lo menos
cuatro buques, uno de los cuales era el mismo SAN PEDRO, en
que ahora llegaba el genovés, barco que fue el primero que navegó las costas
del “valle de Chile y Quillota”, piloteado por Alonso Quintero, de quien tomó
su nombre la bahía y puerto que actualmente lo lleva, allá por el año 1536. Este
era u o de los tres barcos de la expedición auxiliar de Almagro a que me referí
y fue el único que llegó a su destino, Chile; de los otros, el SANTIAGO naufragó,
y el SAN CRISTÓBAL regresó al Perú.
De la
reunión del Piloto Quintero y del Capitán Saavedra resultó el nombre Valparaíso
que se dio A LA BAHÍA O A LA REGIÓN y no a población alguna,
ni siquiera al puerto, pues ya dije que el surgidero de Alonso Quintero fue la
actual caleta de este nombre; lo probable es que “Saavedra, en su viaje de
exploración de la costa hacia el Sur, al encuentro del barco expedicionario,
pasara por las alturas de Quintil, que rodean la bahía, y su configuración le
recordara al puerto de Valparaíso de Abajo, en Cuenca, que se levanta en lo
hondo de un valle, cercado de cerros, con abundante vegetación y expuesto a los
vientos constantes”; se detuviera a contemplar la rada DESDE LA
ALTURA y comunicara, luego, sus impresiones a QUINTERO y ambos
al Jefe de la expedición, Almagro.
De esto a
fundar una ciudad o un puerto hay, como se ve, muchísima distancia, sobre todo
si se toma en cuenta que Saavedra, Quintero, Almagro y toda la expedición
volvió grupas y fue a deshacerse trágicamente en el Perú.
Cuatro
años después del SAN PEDRO, arribó a Valparaíso, “o a
Quintero”, una de las naves de la fracasada expedición marítima del Obispo de
Placencia, enviada para explorar el Estrecho; la nave traía como capitán y
piloto a Alonso de Camargo y se detuvo allí unos ocho o quince días para
reparar sus averías; ocurría esto a fines del año 1540, o sea, cuando Pedro de
Valdivia iba abriéndose paso a través del valle de Chile, y combatía
denodadamente contra el levantamiento general encabezado por Michimalonco y Tanjalonco,
señores del valle de Canconcagua”. Al saber, por unos indios prisioneros, que
en una caleta de la cercana costa había un barco, Valdivia envió rápidamente a
Francisco de Aguirre con treinta hombres a entrevistarse con su capitán; pero
cuando llegaron los enviados a la costa del valle de Quintil”, ya el barco se
había hecho a la vela con rumbo al Perú.
En
septiembre de 1543, siempre antes que Pastene, tomó fondo en Valparaíso el SANTIAGUILLO, barquichuelo
viejo y desmedrado, de unas cuarenta toneladas, que traía “socorro” para la
ciudad de Santiago, destruida por los indios; venía a cargo del piloto
portugués Luis Hernández.
En marzo
o abril del año siguiente, anduvo buscando puerto por esas alturas, “el navío
de Juan Alberto”, piloteado por un italiano de este nombre, que traía un buen
cargamento de “mercaduría y ferramenta”; pero los navegantes anduvieron con tan
mala suerte, que fueron sorprendidos por los indios, cerca de Los Vilos, donde
les mataron casi toda la tripulación; cuatro marineros lograron escapar con el
barco, pero por no conocer la costa, fueron a fondear en un surgidero cercano a
la desembocadura del Maule, donde naufragaron y cayeron en poder de los indios.
Acabo de contar que entre los tripulantes iba un negro a quien los indios
echaron en agua caliente para desteñirlo.
Y, por
último, después de todos estos barcos, llevó a Valparaíso el SAN PEDRO, en
su segundo viaje, agosto de 1544, trayendo a su bordo “al jinovés Joan
Baptista” enviado por el Gobernador del Perú, Vaca de Castro “para que ande la
costa desde Arequipa a Chile y dé aviso a Pedro de Valdivia si vinieren por el
Estrecho navíos de franceses o contrarios a dañificar estos reinos”. No se ve,
pues, por dónde puede ser Pastene fundador de Valparaíso, como tampoco se ve
que lo haya podido ser Saavedra, por el hecho de “haber pasado” por las alturas
de Quintil.
Repito
que el único que puede llamarse fundador de nuestra Perla es Pedro de Valdivia,
y este acto, que no fue el acostumbrado de plantar el rollo de justicia, trazar
calles, señalar solares para el vecindario, etc., se realizó el 3 de
septiembre, según consta del acta que he dado a conocer “en antes’”.
Investido
el Capitán Pastene del alto cargo de Teniente de Gobernador y Capitán General
de Chile en la Mar, correspondió ampliamente a las expectativas del
Conquistador y en premio de sus servicios, Pedro de Valdivia dio a Pastene
valiosas encomiendas en el valle central del Reino, le mantuvo hasta su
fallecimiento en ese título, le concedió solares en la ciudad de Santiago, de
donde fue regidor y alcalde, lo hizo el primer propietario en el puerto de
Valparaíso, le dio preferencias para extraer oro en Malga-Malga y en general,
lo colocó en situación de ser uno de los personajes de más prestigio y
significación en la sociedad chilena incipiente.
Halagado
Pastene con la confianza que le prodigó el Conquistador desde los primeros
años, y convencido de que había encontrado en el Gobernador de Chile un amigo
leal, no titubeó en arraigarse en este país.
Juan
Bautista de Pastene había nacido en Génova en 1507, hijo de Tomás de Pastene,
navegante italiano, y de Esmeralda Solimana, al parecer, de origen árabe;
fueron sus hermanos Pedro, Miguel y Bartolomea, todos avecindados en Génova. En
1546, de paso en Lima, Juan Bautista hizo un testamento en favor solamente de
sus hermanos, lo que indica que era soltero y que sus padres habían fallecido;
pero al regresar a Chile, el año siguiente, 1547, contrajo matrimonio en Panamá
o en Quito, con Ginebra de Ceja, probablemente hija de un conquistador del
Perú, pero, en todo caso, emparentada con el Conquistador Alonso de Escobar.
Regresó a Chile con su mujer y se estableció en Santiago, formando uno de los
primeros hogares legítimos y de los más respetables y prestigiosos de la
Conquista.
De su
matrimonio tuvo los siguientes hijos: el Capitán Tomás de Pastene, nacido en
1550; el Capitán Pedro de Pastene, nacido en 1552; Fray Juan de Pastene, fraile
franciscano, que llegó a ser guardián del convento de Valdivia; el Licenciado
Francisco de Pastene, que hizo sus estudios en la Universidad de Lima; fue
abogado de la Real Audiencia, provisor y Vicario General del Obispado de
Santiago; “ejerció durante algunos años como clérigo de corona con mucha
aprobación, vida y ejemplo y después que dejó el hábito, se casó”. En uno de
los ataques piráticos con que periódicamente se veía amenazada la colonia, el
Vicario Pastene ofreció al Cabildo armar a treinta clérigos y ponerse al frente
de ellos para ayudar a la defensa de Valparaíso. Y, por último, doña María de
Pastene, mujer del Capitán Diego de Morales, hijo del Conquistador Diego
Sánchez de Morales.
Los hijos
de Juan Bautista Pastene emparentaron con las principales familias de los
conquistadores; Tomás, casó con doña Agustina Lantadilla y Astudillo, Pedro,
con doña María de Aguirre y Matienzo, nieta del Conquistador Francisco de
Aguirre; y el Licenciado Francisco, con doña Catalina Justiniano, hija de
Vicencio Pascual y de doña Jerónima Justiniano, hija de un armador italiano que
se avecindó en Chile el año 1551.
Los
nietos de Pastene entroncaron con las familias Avendaño y Velasco, Amasa, Gil
Negrete, Ureta Ordóñez, Vega Sarmiento, Rodríguez de Ovalle, Araya Berrío,
Bravo de Villalba, Riberos y Aguirre, y Cortés de Monroy, primeros marqueses de
Piedra Blanca de Huana, formando una extensa familia que a fines del siglo XVI
y durante el siglo XVII contó en su seno generales, magistrados, canónigos,
prelados, corregidores, alcaldes, regidores, gobernadores de partido, etc.,
amén de una gran fortuna y de efectiva influencia en la sociedad chilena
genuina, y ya vigorosa.
§ 6.
Italianos en la Conquista de Chile
En uno de
los galeones que zarparon de San Lúcar a fines de 1539, se embarcó, a buscar
fortuna en las Indias, un joven de no más de 14 años, oriundo de Génova; venía
recomendado y a cargo del piloto de la nave, quien debía entregarlo, al llegar
al puerto de Nombre de Dios, a uno de los pilotos que hacían el comercio entre
Panamá y las costas del Perú. Este joven que a esa edad se aventuraba a través
de la desconocida América en busca de fortuna, era Ambrosio Justiniano, que al
correr de los años había de avecindarse en Santiago y ser uno de los
comerciantes más acaudalados y prestigiosos de su tiempo.
Su primer
viaje a Chile lo hizo, según el señor Thayer Ojeda, en 1552, a bordo de un
navío del cual era maestre, trayendo buena cantidad de mercaderías que
desembarcó en Concepción, la mayor parte. Vuelto ese mismo año al Perú, se le
confió la correspondencia oficial y particular de este Reino, y ella no debía
ser poca, porque en ese año de 1552 el único barco que llegó a Chile fue el de
Justiniano.
Mientras
que el joven y emprendedor comerciante viajó por la costa del Pacífico, sus
huellas se pierden; sólo se sabe que en 1554 se encontraba en el puerto de
Arequipa y que mediante una hábil maniobra “evitó, con maña que su nave fuera
apresada por el rebelde Hernández Girón” y en cambio, dio lugar para que el
revolucionario fuera aprehendido por las tropas leales. Al año siguiente formó
sociedad con Francisco Pérez de Valenzuela, dueño del navío SAN
JERÓNIMO y ambos se dedicaron al comercio entre el Perú y Chile. Se
encontraban al ancla en el puerto de Concepción cuando Lautaro destruyó por
segunda vez esta ciudad, y a bordo de su buque buscaron refugio los
desgraciados vecinos, hombres, mujeres y niños, para salvar la vida.
Desde
esta fecha y durante siete años, nada se sabe de Justiniano, hasta 1562, año en
que gobernaba un navío de su propiedad, el SANTA ANA, y se
dedicaba a llevar socorros a las ciudades de Concepción, Imperial y Valdivia,
ruda y tenazmente atacadas por los araucanos. Al día siguiente del desastre de
Lincoya o Mareguano, 17 de enero de 1563, el SANTA ANA estaba
anclado en la bahía y puerto de Arauco.
En 1565
lo encontramos establecido en Santiago, con su cédula de vecindad. Había
contraído matrimonio, en el Perú, con doña Juana Gutiérrez de Torquemada,
española, oriunda de Córdoba, y probablemente trajo a su familia en un viaje
que hizo a Lima en su navío SANTA ANA, el año 1564. Resuelto,
tal vez, a radicarse en Santiago, obtuvo de la Audiencia de Lima una Real
Cédula de reconocimiento de servicios y de recomendación de su persona para los
gobernadores de Chile, en la cual se leen las siguientes frases:
“e…Yo, el
Rey, acatando lo susodicho (es decir, los servicios “prestados a la Corona por
Justiniano) tengo voluntad de lo “mandar favorecer y hacer merced en lo que
hubiere lugar y por “ende yo vos encargo e mando que tengáis por muy
encomendado “al dicho Ambrosio Justiniano; y en los aprovechamientos de esa
“tierra, contéis con él para proveerle de los oficios que sean conformes con la
calidad de su persona”, etc.
De su
matrimonio tuvo seis hijos, que fueron el Capitán Juan Ambrosio Justiniano,
muerto en el asalto de Chillán por los araucanos, en 1596; doña Mariana de
Torquemada, casada con el acaudalado comerciante Lorenzo López; doña Jerónima
Justiniano, esposa de otro prestigioso comerciante llamado Vicencio Pascual, a
quien suponemos de origen italiano; doña Ginebra Justiniano, mujer del Capitán
Antonio González Montero, sobrino del Obispo González Marmolejo, y Francisca
Justiniano, esposa del Capitán Pedro Martínez de Zavala.
Diego
González Montero y Justiniano, hijo de Antonio González Montero y de Ginebra
Justiniano, fue el primero y el único chileno que alcanzó el cargo de
Gobernador del Reino de Chile, en dos interinatos: en 1662 y en 1670.
Los hijos
y nietos de Ambrosio Justiniano emparentaron, entre otras, con las siguientes
familias: Álvarez de Tobar, Gómez de Loayza, Jufré del Águila, Vega Sarmiento,
Velásquez de Covarrubias, Pastene Ruisenada, etc.
Ambrosio
Justiniano tuvo un solar, de “cuarto de cuadra”, como lo eran todos, en la
calle que hoy se llama San Antonio, esquina sureste con Merced.
Juan
Bautista Chiavarri
El primer
socorro que Alonso de Monroy envió del Perú para la destruida ciudad de
Santiago, llegó a Valparaíso en un barquichuelo llamado SANTIAGO, pero
que por lo “insignificante” le decían SANTIAGUILLO. Este barco
“fue el primero que vino a estos reinos y se aventuró a venir sin saber la
navegación e hizo un gran servicio a Su Majestad, porque fue gran socorro, por
estar el Gobernador Valdivia e su gente desnudos e desprovistos de armas y
herrajes y en gran necesidad”. El maestre y piloto del SANTIAGUILLO era
el portugués Luis Hernández, según ya sabemos, y uno de los tripulantes fue
Juan Bautista Chiavarri, de Génova, que se avecindó en Chile y prestó
importantes servicios a la conquista. Este barco fondeó en Valparaíso en
Setiembre de 1543, es decir, dos años y medio después de la fundación de la
ciudad de Santiago.
Parece
que Chiavarri fue el primer italiano que llegó a Chile; no afirmo el hecho,
porque entre los conquistadores que llegaron con Valdivia en 1540, hay uno que
se firma: “Pascual Genovés”; pero este personaje no reaparece en ninguno de los
documentos relativos a la Conquista. Suponiendo que este “Genovés” haya sido
italiano, Juan Bautista Chiavarri sería el segundo hijo de Italia que vino a
nuestro país. Ya hablaré, más adelante, de los “genoveses".
Chiavarri
era hombre de mar, y por lo tanto sus servicios fueron aprovechados eficazmente
por Pastene, al año siguiente, cuando este navegante salió a descubrir y a
explotar nuestras costas australes; ayudó a descubrir el puerto de Maule por la
mar y otros “de la costa desta tierra” dice una declaración muy autorizada,
veinte años después de estos hechos. Importantes debieron ser sus servicios en
el descubrimiento del puerto del Maule para que el Gobernador Valdivia premiara
a un marinero como Chiavarri, con una valiosa encomienda al norte de dicho río,
encomienda que disfrutó hasta que, con esperanza de una mejor situación,
partiera con Pedro de Valdivia a la fundación de las ciudades “de arriba”, o
sea a las de Concepción, Imperial, Valdivia y Villarrica, en todas las cuales
se encontró y figuró como fundador, radicándose, por fin, en Villarrica, de
donde fue vecino y encomendero hasta su fallecimiento.
Contrajo
matrimonio con una hija del Alguacil Menor de Santiago, Juan de Almonacid y
tuvo muchos hijos, uno de los cuales, Marcos Chiavarri de Almonacid, cayó
prisionero de los indios cerca de Tucapel, en 1596, y estuvo cautivo entre
ellos cerca de veintiséis años.
Agamenón
de Neli
Cuenta
Mariño de Lobera que Alonso de Monroy, en el Cuzco, para inducir a los soldados
a venir a Chile, hacía ostentación de las estriberas y de las empuñaduras de espadas
que había hecho fundir en oro cuando salió de Santiago a buscar refuerzos y
socorros para la destruida ciudad, a fin de probar la riqueza de esta tierra;
es verdad que Mariño de Lobera es un tanto exagerado en detalles de esta
especie, pero lo cierto es que Monroy, a pesar de lo “infamada” que estaba esta
tierra de Chile, obtuvo con relativa facilidad bastante “vitualla y
ferramenta”, a crédito, y lo que es más raro, consiguió juntar hasta setenta
soldados, algunos “con sus armas y caballos” dispuestos a venir a enriquecerse
en Chile.
Entre
éstos figura el italiano Agamenón de Neli, natural de Sena, que había venido al
Cuzco en una de las expediciones de Almagro y que después de la derrota de su
jefe ansiaba emigrar del Perú. Agamenón era “valeroso hombre”, según Lobera, y,
con toda seguridad, hizo brillante papel al lado del Gobernador, en la
pacificación de los indígenas de Cachapoal, durante los primeros años de su
llegada al Valle del Mapocho.
Muy pocas
noticias se encuentran en los documentos sobre la actuación de este soldado de
la conquista; pero la que vamos a citar demuestra que no fue un soldado oscuro;
por lo contrario, desempeñó el cargo expectable y codiciado de Alférez General
del Ejército, el año 1547, y le tocó actuar un importante papel en la
conjuración del cabecilla Sancho de Hoz, el día 8 de diciembre de ese año.
Descubierto
el complot media hora antes de que empezara a ejecutarse, el Gobernador
Villagra ordenó al Alguacil Mayor Juan Gómez de Almagro que tomara preso al
cabecilla Sancho de Hoz, que estaba esperando en su casa el aviso de los
conjurados, los que se reunían ya en la Plaza de Armas para asaltar y dar
muerte al Gobernador. La misión encomendada al Alguacil Mayor no podía ser más
delicada y peligrosa y, para cumplirla, necesitaba rodearse de gente segura y
leal, cosa bastante difícil en esos momentos, si se toma en cuenta que, según
el sumario que se levantó ese mismo día, “no quedaban en la ciudad ocho hombres
sin ser en el motín”.
Cuatro
soldados acompañaron al Alguacil Mayor en la aprehensión de Sancho de Hoz y uno
de éstos fue el Alférez General Agamenón de Neli y de tal manera cumplieron su
delicada misión, tan discretamente la llevaron a cabo, que sacaron al
conspirador de su casa, atravesaron con él la Plaza de Armas por “entre medio”
de los conjurados, sin protesta alguna, y lo entregaron a la justicia del
Gobernador, quien lo mandó decapitar antes de un cuarto de hora.
Sofocado
el motín con la ejecución del cabecilla, Villagra confió a Agamenón de Neli la
no menos importante comisión de trasladarse el mismo día a Valparaíso para
comunicar estos sangrientos sucesos a Pedro de Valdivia, que debía encontrarse
aún en aquel puerto, a bordo del SANTIAGO, listo para zarpar
hacia Callao.
Aparte de
estos hechos, nada más se sabe de la actuación del italiano Agamenón de Neli en
la conquista de Chile. Es posible que el Alférez General de 1547, falleciera
poco después de esa fecha.
Los
genoveses
En el
registro de documentos que continuamente hago para componer estas crónicas me
he encontrado varias veces con el apellido Genovés, correspondiente
a individuos que han figurado en Chile en épocas, circunstancias y sitios muy
diversos, detalles éstos que, repetidos con insistencia, alejan la posibilidad
de un parentesco entre ellos.
No menos
de seis “Genoveses” figuran en el índice de Thayer Ojeda y posiblemente habrá,
a través de las páginas de los cronistas conquistadores, de los procesos y
documentos de los primeros años, más de un par de “Genoveses” que han escapado
del estrecho escrutinio que nuestro severo e incansable investigador ha hecho,
y continúa haciendo de la gente que vino a la conquista de Chile.
Estos
“Genoveses” no han dejado en Chile arraigos de familia que puedan dar un hilo
de investigación para conocer su ascendencia o descendencia, ni han actuado en
forma descollante u opaca en los hechos que la historia y la tradición nos ha
dejado en los documentos llegados hasta nosotros. Ese apellido aparece de vez
en cuando, con distintos nombres, generalmente en nóminas de tripulantes de
naves que tocan en los puertos de Chile, a veces también en Santiago o en
alguna ciudad del Sur. Pero ese nombre no se repite, desaparece, para dar lugar
en otra circunstancia diversa, en otro sitio contrapuesto, a un nombre distinto
con el apellido “Genovés”.
Siendo
inaceptable la suposición de que pudiera tratarse de individuos de la misma
familia — porque sus condiciones y sus características no tienen base— o la
coincidencia histórica que sería imprescindible para suponerlo, debemos
acogernos a la deducción más lógica que se desprende del hecho: debe tratarse,
indudablemente, de un “sobrenombre genérico” que se daba a los italianos que
venían a las Indias.
Al
Capitán Pastene, por ejemplo, se le nombra en una declaración prestada en Lima
— antes de su venida a Chile, — “el capitán Bautista Ginovés”; lo mismo ocurre
con Bautista Garibaldo, avecindado en La Serena en 1554, a quien varias veces
se le llama “Juan Bautista Ginovés”.
Debe
haber otros casos iguales, que no conozco; pero los que acabo de citar
autorizan para deducir lo que dejo expuesto arriba.
¿Cuál era
el motivo para que se les apellidara “Genovés” a estos soldados?
Debió
ser, en primer lugar, la dificultad que se presentaba para adaptar a la
conversación corriente la pronunciación de sus apellidos extranjeros, muchos
casos de esta especie se encuentran comprobados: el alemán Bartolomé
Blumenthal, para no citar otros, tradujo su apellido al castellano, y con el
nombre de Bartolomé “Flores” figuró toda su vida a través de la Conquista.
Pudo ser,
también, que esos italianos fueran, en realidad, oriundos de Génova y,
considerando el motivo expuesto más arriba, se creyera natural apellidarlos
“genovés” en vez de traducir su apellido verdadero, traducción que,
seguramente, no conocían.
* * * *
El primer
Genovés que aparece en Chile se llamó Pascual y vino al valle del Mapocho en
1541 con Pedro de Valdivia; fue, por lo tanto, fundador de la ciudad de
Santiago. Su firma, “Pascual Ginovés” aparece con el número 28 en el acta que
los vecinos levantaron en el Cabildo Abierto de 10 de junio de 1541, para
nombrar Gobernador de Chile, por el Rey, a Pedro de Valdivia. Aceptando la
suposición de que el apellido “genovés” era genérico en América, para los
italianos de esa época, deberíamos establecer que Pascual Genovés fue el primer
italiano que vino a Chile, y que fue, además, soldado de la conquista.
El nombre
de este soldado no reaparece en los documentos; no tuvo solar ni repartimiento
alguno en las distribución que se hizo a raíz de la fundación; tampoco figura
su nombre entre los encomenderos de 1544 y 1546, ni como testigo en las muchas
y variadas actuaciones procesales que se conocen, siendo, como parece por los
rasgos caligráficos de su firma, una persona de cierta ilustración; es
probable, por lo tanto, que haya muerto en la catástrofe de Concón que costó la
vida a trece soldados, algunos de los cuales no ha sido posible identificar
hasta ahora. Este hecho ocurrió tres meses después que Pascual Genovés puso su
firma en el acta que he citado y, por lo tanto, la deducción hecha no es
desacertada.
* * * *
Gregorio
Genovés es el segundo de este apellido, siguiendo el orden cronológico, y,
aparece como maestre del navío SANTIAGO al ancla en Valparaíso
a fines del año 1554, esperando órdenes del Cabildo para llevar socorros a
Valdivia e Imperial que estaban en peligro de ser destruidas por las huestes de
Lautaro, ensoberbecidas por sus victorias sobre el Gobernador Valdivia, en
Tucapel, y sobre Villagra en Marigüeñu.
Tampoco
reaparece su nombre en los años siguientes.
Una
referencia sobre Esteban Genovés — tercer individuo de este apellido—,
“estante” en la ciudad de Concepción antes de 1554, parece indicar que este
Genovés salió del Perú en la expedición de Juan Núñez de Prado al
descubrimiento y conquista de "la región del Tucumán”. Según esto, debió
encontrarse en la fundación de la ciudad del Barco, ubicada donde está hoy
Santiago del Estero en la República Argentina.
Sometida
aquella región a la jurisdicción del Gobernador Valdivia, existía entre las
ciudades transandinas y las de Chile comunicación continua y se debe suponer
que los soldados pudieran pasar fácilmente “la cordillera de nieve”. Es posible
que Esteban Genovés viniera a Chile con las tropas de Francisco de Villagra en
1551 y se estableciera en Concepción, donde lo encuentra la referencia a que
aludimos y que dice: “Esteban Genovés, de los del Barco”, con otra noticia no
muy fehaciente, que puede referirse a su matrimonio con una criada de don Pedro
de Artaño.
Nada más
se sabe de este soldado.
* * * *
En el
navío de Pedro de Malta, mercader que hacía la carrera por la costa sur del
Pacífico, llegó a Valparaíso Mateo Genovés, en calidad de tripulante de dicho
barco, en los últimos días de diciembre de 1555.
Su
presencia en el navío consta de las cuentas de gastos presentadas por su
maestre y piloto, Antón de Niza, que se encuentran originales en la Biblioteca
Nacional, y que fueron descifradas y publicadas por el señor Thayer Ojeda en
los Anales de la Universidad.
En esas
cuentas figuran estas partidas:
“A Mateo
Genovés, 1.208 pesos”.
“Al
mismo, por una soldada de marinero y una cámara, 320 pesos”.
Por esta
última partida parece que Mateo era marinero del barco, por cuyos servicios
ganó el precio corriente, que era de 200 pesos por viaje; los 120 pesos
restantes corresponderían, tal vez, al arriendo que hizo de su propio camarote
a alguno de los muchos pasajeros que trajo el barco en ese viaje. Pero la
primera partida de 1,208 pesos, indica, a mi juicio, que Mateo Genovés era un
mercader de los muchos que viajaban por la costa, pagando su pasaje y camarote;
que la soldada de 200 pesos la ganó por haber prestado, tal vez, servicios
extraordinarios a bordo, durante el viaje y que cedió a algún pasajero, por su
valor corriente de 120 pesos, la cámara que había tomado, para su uso, en el
buque.
No se
tienen más noticias de Mateo Genovés.
* * * *
En las
declaraciones de un pleito entre dos vecinos de Santiago, seguido en el año
1558, aparece que un Benito Genovés era molinero y tenía a su cargo los molinos
de Bartolomé Flores y de Rodrigo de Araya, que estaban situados, el de Flores
en el extremo norte del Cerro Santa Lucía (subida de la Calle de la Merced) y
el de Araya, en el extremo sur del mismo Cerro (subida de la Alameda).
A este
molinero lo llamaban “el maese Benito” y debía ser muy competente en su oficio,
cuando los propietarios de los dos únicos molinos — que siempre habían sido
rivales, comercialmente— le entregaron su administración. Benito Genovés fue, a
lo que parece, el que formó el primer “trust” en nuestro país.
Sin
embargo de haber sido un personaje de tal significación, y de tener su
residencia y tal vez su vecindad en la ciudad de Santiago, no figura su nombre
en los años posteriores.
* * * *
El último
de los “Genoveses” de esta relación es Antón Genovés y por la ausencia absoluta
de datos que rodean su nombre, podría ser llamado “el conquistador italiano
desconocido”.
Vino a
Chile, según la nomenclatura del señor Thayer Ojeda, en el ejército de don
García Hurtado de Mendoza, en 1557.
§ 7. El
sermón de Joan de Cárdenas
Arrastrado
por los temporales que arreciaron sobre la costa del Pacífico austral y los
valles chilenos durante el invierno de 1544, arribó a Valparaíso el
bergantín SAN PEDRO, trayendo a su bordo al Almirante de la Mar del
Sur, Juan Bautista Pastene, designado para este cargo por el Virrey del Perú,
Cristóbal Vaca de Castro; venía también en la nave un personaje que, si no tuvo
una actuación señalada en la colonia naciente, preocupó la atención de los
conquistadores hasta el punto de ser objeto y causa de muchos incidentes que
pudieron tener consecuencias desagradables y molestas, tanto para el Gobernador
Valdivia como para sus compañeros.
Nuestro
protagonista llamábase Joan Calderón de la Barca y por todas las
probabilidades, era un ascendiente del célebre poeta dramático que un siglo más
tarde floreciera en la corte española con sus admirables comedias que,
triunfantes de los siglos, son aplaudidas todavía en el escenario español.
Calderón venía a Chile como armador de la nave y traía en ella un cargamento de
mercaderías avaluado en unos quince mil castellanos, para negociarlo entre los
necesitados colonos de Mapocho; y tan acertadamente lo hizo y con tanta rapidez
y beneficio, que a Pedro de Valdivia, solamente, le vendió armas, ropas, fierro
y otros menesteres por valor de ochenta mil ducados.
Un
mercader que se aventuraba en aquella época por estos desconocidos mares del
Pacífico austral, arriesgando su dinero y su vida, se convertía en un héroe, o
por lo menos en un personaje digno de las mayores deferencias; esto fue,
precisamente, lo que ocurrió a Calderón de la Barca entre los conquistadores de
Chile que en los tres años que llevaban en estas desoladas tierras habían
experimentado los más grandes padecimientos y peligros. El mercader limeño
llegaba a Chile en circunstancias angustiosas, trayendo efectos indispensables
para la vida y seguridad de ciento cincuenta personas y aunque se hacía pagar
carísimos tales efectos, se le quedaba debiendo todavía el favor.
Pero no
era ésta la sola circunstancia que justificaba las consideraciones que, desde
el Gobernador abajo, se guardaban a este mercader usurero. Se sabía, por
haberlo dicho él muchísimas veces, que traía en su faltriquera algunas
“provisiones” del Gobernador del Perú para “salir al descubrimiento de ciertas
islas, de las cuales estaba provisto de Gobernador e Capitán General”; era
pues, un Gobernador en ciernes, un gobernador en tránsito por estas provincias,
y se justificaba mucho el que su “colega” Valdivia y los subordinados de éste
le hicieran objeto de respetuosas atenciones y aunque el mismo Calderón las
exigiera.
Vino a
agregarse a todo esto, una especial circunstancia; se supo en Santiago que la
mercadería traída por Calderón, pertenecía, nada menos, que al Gobernador del
Perú, Cristóbal Vaca de Castro, quien, rebajando la dignidad de su alta
investidura a la de un simple negociante clandestino, había aprovechado de las
ventajas que le daba su cargo para enviar esas mercaderías a los desesperados
chilenos, en la seguridad de que habrían de pagar por ellas, sin regatear los
precios usurarios que les había fijado. Había llegado aún más allá la impudicia
de sórdido mandatario peruano; a fin de disminuir los riesgos del negocio, no
había titubeado en confiar el mando de la nave a uno de los más expertos
marinos que por entonces había en la Mar del Sur, Juan Bautista Pastene. Con
tal piloto, su mercadería contaba con la mejor póliza, gratuita, sobre riesgos
del mar...
Pero el
servicio que Vaca de Castro había prestado a la colonia santiaguina con el
envío de tales “socorros” era demasiado grande para reparar en estos pelillos,
y desde el Gobernador Valdivia hasta el último soldado, sólo vieron en Calderón
de la Barca al salvador de la colonia, se “atropellaron en servirlo” y lo
convirtieron, desde el primer momento en un personaje.
Calderón,
“hombre vano” e inclinado a darse aires de gran persona, se embriagó con estos
inciensos; no tardó en creerse digno de ellos y aun en pretender, cada día,
mayores y aún extraordinarios honores. “Comenzó a llamarse Almirante y Capitán
General” de las islas que iba a descubrir; “andaba con escudero”; quería que el
Gobernador Valdivia le recibiera en la puerta de su aposento y los vecinos en
la puerta de la calle, y aún pretendió que los transeúntes se detuvieran para
saludarlo en la vía pública y que “hicieran ademán” de acompañarlo a su casa.
Todas estas pretensiones, que seguramente obtuvo en un principio, pero que no
se mantuvieron más tarde, las manifestaba Calderón de la Barca “con palabras
que en el vulgo causaban alboroto”
Era
imposible que tal situación pudiera continuar y poco a poco el mercader limeño,
Almirante o no, fue cayendo en un aislamiento y mala voluntad generales de
parte del vecindario, incluso Pedro de Valdivia, a pesar de que todos, también,
se recataban de ponerse francamente en su contra por aquello de que Calderón,
en todo caso, aparecía como socio, compinche y amigo íntimo del Gobernador del
Perú.
— Ese
Calderón, o lo que sea, dijo una vez Francisco de Aguirre en el corrillo que
obligadamente se formaba en la Plaza después de haber celebrado un Cabildo, me
va resultando más pesado que un pedrero con sus pretensiones de gran señor;
ayer tarde le invité a mi posada para que me firmase escriptura de chancelación
de la deuda que contraje con él, por la ferramenta que le compré, de la que
trajo en el SAN PEDRO, y no quiso entrar hasta que saliera a
recebille con mis criados; y digo a vuestras señorías y mercedes que estuve en
un tris de echarlo a un cuerno con ferramenta y todo; y si no lo hice fue
porque maese Zamora, el herrero, ya traía clavos cortados en ella. ¿Hase visto
melindroso?
— Allí es
nada, replicó el Aguacil Mayor, Gómez de Almagro, ¿pues no quería su alteza, el
señor Calderón del Barquichuelo, que le acompañara una tarde que andaba de
visitas, sirviéndole de escolta?
¿No ha
contado el Clérigo Gonzalo Yáñez a vuestras mercedes, que el señor de la Barca
le mandó, el domingo pasado, que le hiciera misa a él sólo, antes de la salida
del Sol, a pretexto de que había de salir temprano de caza, con halcón? ¿Pues
no?...
Hay que
oír al Clérigo, terminó, lanzando una carcajada, Rodrigo de Araya.
— Yo
desearía saber cuándo se va al descubrimiento de sus islas, dijo con voz queda,
pero insinuante, el Alcalde Juan Fernández de Alderete, al alemán Bartolomé
Flores, que estaba a su lado.
— ¿Pero
es que Vuestra Señoría y Merced cree en eso?... rugió Francisco de Aguirre,
avanzando un tranco hacia su amigo el Alcalde, quien, cada vez que se
encontraba en corrillo con Aguirre procuraba no ser oído por su sempiterno
contradictor. ¡No sea boba Su Merced!, concluyó el intransigente Conquistador,
poniendo un brazo en jarra, mientras con la otra mano se atusaba el rubio
bigote.
— Me he
limitado a preguntar, señor Francisco de Aguirre, musitó el Alcalde, empezando
ya a demostrar su característica nerviosidad.
— Venga
Su Merced acá, agregó Aguirre, tomando por un brazo al Alcalde, y acompáñeme a
mi posada, que yo le explicaré a Su Señoría que ese Calderón de nuestros
pecados no es más que un infundioso ridículo, a quien deberíamos, todos
nosotros, embarcar para el Perú con cajas destempladas, porque de juro, que nos
está preparando más de una jugada; y a Su Merced, más que ningún otro, porque
es autoridad, conviene estar al tanto de lo que hace o pretende hacer ese
sujeto, para que pueda prevenirnos a todos.
El
corrillo se deslizaba lentamente hacia “las casas” de Francisco de Aguirre,
ubicadas, ya lo sabemos, en el costado Oriente de la Plaza, cuando se oyeron
las voces del secretario del Gobernador, el Escribano Joan de Cárdenas, que en
ese momento salía de la posada de Pedro de Valdivia.
— ¡Ah!...
señores... ¡Ah!... gritaba Cárdenas, apurando el paso y levantando en alto unos
papeles, para llamar la atención. ¡Señores!... ¡Ah!...
— ¿Qué le
ocurre a ese loco?, dijo Rodrigo de Araya.
Ahí
tienen vuestras señorías y mercedes, a un digno compañero de Calderón de la
Barca, afirmó Aguirre; es una yunta que se merece. Veamos qué nuevas nos
trae...
El
Escribano Cárdenas había llegado ya al grupo que se había detenido frente a la
puerta de entrada.
—
Señores... dijo, jadeante con el trote, ocurre la mayor novedad del mundo...
Todos se
miraron, sonrientes algunos, porque el Escribano era uno de los más estimables
charlatanes de la colonia.
— ¿Y qué
es ello?, inquirió Pedro Gómez de Don Benito, uno de los graves regidores del
Cabildo. Hable Usarced pronto...
— Supongo
que Calderón de la Barca no se habrá muerto de repente, opinó el implacable
Aguirre.
— ¡Jesús,
José y María!..., exclamó el Alcalde Juan Fernández al oír tan desaguisado.
Ocurre,
señores, que Juan Calderón ha tenido una entrevista...
— ¿Con
quién...? exclamaron varios.
— ¿Con
Pedro de Valdivia...?, propuso Juan Dávalos Jufré. ¿Y con qué motivo?
— No ha
sido con el Gobernador, contestó Cárdenas; lo fue con el Vicario Rodrigo
González.
— Ha ido
a confesar sus pecados, y el cura le ha mandado restituir... ¿Es eso?,
intervino Aguirre.
— Nada de
eso, señor, contestó Cárdenas; el asunto es más grave aún; Calderón quiere que
el señor Cura le ponga estrado en la iglesia, cuando él asista a misa... dijo
Cárdenas, bajando la voz.
— ¡Aaah!
— ¡Quiere
estrado!...
— ¿Y por
qué quiere estrado ese mercachifle...?, preguntó Aguirre.
— Dice
que es tan Gobernador como Pedro de Valdivia, mi señor, y que el Rey manda que
todos los gobernadores, aunque no estén en sus tierras, lo tengan; y que a más
de Gobernador es Almirante, y esta es una razón más.
—
¡Quisiera estar en el pellejo de Pedro de Valdivia por un rato, dijo Aguirre, y
vería aquel gobernadorcillo de pega a dónde iba a parar!
— El Cura
González ha consultado el caso con el Gobernador Valdivia, y éste me manda
ahora a buscar a Calderón para tratar de eso.
Vaya
Usarced, díjole Juan Dávalos, y ojalá prevenga al Gobernador Valdivia que se
guarde de falsarios.
— No
tenga Vuestra Merced inquietud, mi señor Juan Dávalos, contestó sonriente
Cárdenas, porque el señor Gobernador no está dispuesto, a lo que parece, a dar
oídos a tales pretensiones. Además de vuestras señorías y mercedes, el señor
Gobernador, mi señor, tiene a su lado a un criado fiel que resistirá cumplir lo
que no sea de ley, y esto del estrado no lo es. Todo cuanto ocurra lo sabréis
vosotros, señores, que tan fieles amigos sois de Pedro de Valdivia, mi señor, a
quien Dios conserve en salud y guarde para nuestro beneficio. Quedad con Dios,
terminó, haciendo muchas “venias” y genuflexiones, y atravesó la Plaza en
dirección a la Calle Real, en donde tenía su alojamiento el Almirante Calderón
de la Barca.
Poco
después el mercader y el Escribano penetraron en las casas de Pedro de
Valdivia; los contertulios de Francisco de Aguirre, que habían continuado sus
comentarios a la puerta de su posada, cuando vieron que el seudo Almirante
desembocaba en la Plaza, se metieron en el zaguán para no “dalle” la cara ni
“saludalle” cuando pasase frente a ellos.
Al
domingo siguiente, Calderón de la Barca no asistió a la misa mayor, por haber
“visto” ya la que el Clérigo Lobo “hiciera” muy temprano en la ermita del
Socorro; el comentario del atrio de la Iglesia y de la Plaza fue excepcional y
no se habló de otra cosa en los corrillos, que del estrado de Calderón y de su
inasistencia a la misa “de tabla”.
—
¿Tendremos otro estrado en la Iglesia, mi señora doña Inés?, preguntó Francisco
de Aguirre a la “gobernadora”, cuando se acercó a saludarla, a la salida de la
misa.
Inés
Suárez alargó la mano a su interlocutor para que la besase cortesanamente, y
formulando una genuflexión ante la galantería del caballero, contestóle
sonriente.
— Señor
Francisco de Aguirre, en las provincias de Chile hay un solo Gobernador, que es
Pedro de Valdivia, mi señor, y un solo estrado en la Iglesia para el
representante del Emperador, a quien Dios conserve para la monarquía del
universo.
— Según
eso, ¿ha desistido de su pretensión Juan Calderón de la Barca...?
— Habrá
de desistir, si no lo quiere pasar mal en Mapocho, contestó Inés, separándose
de Aguirre para unirse al grupo de sus criadas acompañantes.
Y
efectivamente, ya no se oyó hablar más de tal asunto; y por más que se le
tiraba la lengua al Secretario Juan de Cárdenas, éste se demostraba hermético.
* * * *
En
aquellos años, el punto de reunión de los conquistadores era la Plaza algunos
días de la semana, y la iglesia los días domingo; pero la Plaza era grande, y
en ella se formaban muchos grupos o corrillos y no era aparente para dirigir la
palabra “al pueblo”, cosa que acostumbraba hacer, con cierta frecuencia, Pedro
de Valdivia, cuando tenía que comunicar a sus soldados alguna noticia novedosa
que tal mereciera. El Conquistador escogía, para esto, la sencilla barraca que
servía de templo u oratorio a la incipiente colonia. Copiosas son las
referencias que se encuentran en los documentos de la época, de las cuales
consta que Valdivia, una vez terminados los oficios divinos del día domingo,
subía el presbiterio, y algunas veces a las gradas del altar, y desde allí
dirigía la palabra a sus compañeros “para consolallos de sus trabajos y dalles
esperanzas de remuneración”, según dice él mismo, o para pedirles dinero en
préstamo, “previniendo que aquellos que no se lo diesen le habrían de dar el
oro y el pellejo”, si nos atuviésemos a la acusaciones de sus enemigos.
Los
“sermones” de Pedro de Valdivia fueron célebres y leyendo sus referencias, a
distancia de cuatro siglos, se viene a la imaginación la vida áspera, con
ribetes de patriarcal de aquellos primeros años de la ciudad de Santiago, llena
de inquietudes, de desilusiones y de quebrantos, en la que había necesidad de
aceptar la imposición brutal del Jefe como la única forma de conservar la vida.
Los sermones no tenían, generalmente, otro objeto que el de pedir dinero en
préstamo, para emplearlo en adquirir recursos para el sustentamiento de la
ciudad; “muchos me lo daban de buena gana”, afirma Valdivia en una de sus
cartas a Carlos V; pero hubo caso en que, vista la negativa general para
entregárselo, “escogió a tres vecinos, Francisco Vadillo, Juan de Figueras y
Bartolomé Sánchez, y sin más auto los puso preso y dio orden al Alguacil Mayor
para que los pusiera de cabeza en el cepo y los dejase ahí sin comer ni beber
hasta que entregasen cuanto tenían”.
Y todo
esto se anunciaba en pleno templo y cuando aún no se desvanecía el perfume del
místico incienso con que se había rendido culto a la divinidad. Pero las
costumbres eran esas y la causa primera de tales desacatos era la necesidad y
el instintivo deseo de conservar la existencia de la colonia, que tantos
sacrificios costaba ya. Uno de los testigos que depusieron en contra del
Gobernador Valdivia, en el proceso que se le instauró en Lima, dice que “ha
oído decir a personas que están en Chile, que es cosa del diablo que en esa
tierra no ha de haber hombre que tenga cosa propia”; pero se ha de decir
también, que Pedro de Valdivia “jamás guardó nada para sí y siempre empleó
aquellos dineros en mandar al Perú por refuerzos para la colonia, y todo le
parecía poco para ello”.
Estaban
acostumbrados, pues, los conquistadores, a oír en la iglesia mayor sermones que
no eran los de cura.
No habían
pasado muchos días después que se conocieron las últimas pretensiones de
Calderón de la Barca — de tener estrado en la iglesia, y la evidente negativa
del Gobernador Valdivia para conceder tal cosa— cuando se difundió la noticia
de que uno de los dos barcos que estaban fondeados en Valparaíso había zarpado
una noche, con rumbo desconocido. ¿A dónde había podido salir ese barco, sin
orden ni permiso de la autoridad?
El
Secretario del Gobernador, Juan de Cárdenas fue el primero en lanzar la especie
sospechosa; el SANTIAGUILLO habría partido al Callao, por
disposición de Calderón de la Barca, llevando comunicaciones al Gobernador del
Perú Vaca de Castro, con acusaciones contra Pedro de Valdivia; si el caso no
era evidente, Cárdenas tenía bastante labia para hacerlo creer a todos, ya que
el terreno estaba bien preparado para echar la culpa al pretensioso mercader de
todo lo malo que ocurriera.
La
sensación entre los vecinos de Santiago iba en creciente, a medida que se
difundía la sospecha; cual más, cual menos, todos tenían con Calderón una deuda
pendiente por compra de alguna mercadería y era perfectamente lógico que todos
quisieran cancelar esta deuda echando fuera de la ciudad al acreedor...
— Y lo
peor de todo es que no será posible echar de aquí a ese traidor, decía Miguel
Zamora a un grupo de sus amigos, porque como el pícaro es “valido” de Vaca de
Castro, podrá vengarse del Gobernador y de nosotros cómo y cuándo le venga en
deseo.
—
Señores, intervino Cárdenas, nada es imposible en este mundo, y lo que no se
puede por fuerza se ha de poder por maña; si el Gobernador Valdivia, mi señor,
no quiere tomar el toro por las astas, hay aquí un secretario, que está
dispuesto a todo, por servir a su amo y a sus amigos, aunque hay algunos que no
lo merecen, dijo, echando una mirada a cierto Hernán Rodríguez de Monroy con
quien tenía añejos rencores.
— Pero
¿qué pretendéis hacer vos, señor Cárdenas, preguntóle su colega en escribanía,
Antonio de Valderrama, cuando ni el propio señor Gobernador, ni los capitanes,
se atreven con ese señor Calderón, que Dios confunda...?
— Ya lo
veréis y los experimentaréis, señor de Valderrama; ya lo veréis, y luego, que
no me gusta atestiguar para el año que viene...
Era día
jueves y los dos días, hasta el domingo, pasaron como dos avemarías en el
rosario de un cura loco.
Cerca ya
de las once de la mañana del día domingo, el Cura Rodrigo González echaba sobre
la devota concurrencia que había acudido a la misa dominical el Ite
misa est, y la bendición, y un momento después abandonaba el altar. Este
era el momento, según la costumbre de la época, en que el sacristán se
encaramaba sobre una tarima y rezaba, vuelto hacia el pueblo, el Credo, llamado
el Símbolo de los Apóstoles, oración que todos rezaban con los brazos, no “en
cruz” como se decía, sino abiertos hacia los lados. Sólo una vez terminada esta
oración comenzaba a salir la concurrencia del templo.
Bajóse de
la tarima el sacristán y campanero. Hernando de la Torre — cuyo apellido no
podía ser más aparente para su alto oficio— y antes de que los menos devotos
empezaran a salir del templo, vióse que el Escribano Joan de Cárdenas se
trepaba descaradamente sobre la tarima del sacristán, y alzando el diapasón,
decía:
— ¡Oíd,
señores, escuchad!...
Todos los
ojos se fijaron en el extraño predicador y muchos creyeron que el secretario
iba a anunciar un nuevo sermón de Pedro de Valdivia... Pero no era así.
— Oíd
señores, continuó Cárdenas, una vez que se hizo el silencio. Quiero deciros que
tenemos entre nosotros a un traidor, que ha mandado noticias mentirosas contra
nuestro Gobernador Valdivia, a quien Dios guarde, al señor Vaca de Castro,
Gobernador de Lima...
Al oír
tal “desvaneo” la concurrencia abrió tamaña boca y todas las miradas se posaron
en Calderón de la Barca, que con un grupo de amigos, estaba colocado cerca del
presbiterio. El seudo Almirante se “puso como la grana” al oír estas palabras,
y no menos inquieto se quedó Pedro de Valdivia que tenía su estrado al lado del
evangelio; hubo un movimiento general que era imposible interpretar.
Pero el
Secretario había echado pecho al agua y nada ni nadie podría detenerlo ya, a no
ser que alguien lo sacara de allí a empellones.
—
Señores, continuó, ese hombre es el señor Calderón de la Barca, que se dice
Gobernador y Almirante de islas que todavía no están descubiertas, ni creo se
descubrirán, porque se me ocurre que Su Majestad no podrá hacer cosa de tan
poco mérito, encomendando una empresa a tal hombre...
“E así,
continuó Joan de Cárdenas, durante un rato largo, echando, desde el altar, el
sermón más abominable contra Calderón de la Barca, diciendo devaneos y
desvergüenzas en deshonra de Dios, del Rey y de sus vasallos”, aseguran algunos
testigos de vista, aunque otros, también de vista, dicen que echó esas
desvergüenzas, “no en deservicio de Su Majestad, sino en injuria de Calderón de
la Barca”. Otros añaden que el escribano “hizo de juglar y predicó muchas
chocarrerías y aún malicias”, pero todos están de acuerdo también en calificar
al orador “de charlatán desternillado y loco.”
La
indignación fue general contra el Escribano Cárdenas, a pesar de la antipatía
que todos tenían y no ocultaban por Calderón de la Barca; “e algunos hubo que
se enojaron de manera que quisieran poner de buenas ganas las manos sobre él,
por las palabras que había dicho” y si no lo hicieron fue, seguramente, por
respeto al lugar sagrado.
Cárdenas
conoció el pésimo efecto que su locura había causado en el vecindario, efecto
perfectamente contraproducente, pues todos, o la gran mayoría, Pedro de
Valdivia inclusive, rodearon a Calderón de la Barca, a la salida del templo y
lo llevaron hasta su casa, dándole toda clase de excusas por el atrevimiento
del Secretario.
Cierto o
no, Pedro de Valdivia declaró después en su proceso, que “a Joan de Cárdenas le
reprehendí tan gravemente, e le traté tan mal, que se quejó a muchas personas y
del enojo que del tuve, estuve muchos días que no quise hablar ni tractar con
él, y aún estuve por dejalle de secretario”. Pero también existe otra
declaración que asegura que “el sermón lo dijo estando a oírlo el Gobernador
Valdivia, e todos los clérigos e todos los que se hallaron en el pueblo, porque
«así fue mandado que fuesen a oillo, con un alguacil”...
¡Vaya
usted a saber si Pedro de Valdivia estaba o no en el ajo, en esto del sermón de
su Secretario Joan de Cárdenas!
§ 8. La
primera derrota de un gran Capitán
Los
últimos refuerzos llegados del Perú para la afligida colonia de Santiago
vinieron a entonar los ánimos decaídos de los conquistadores, y muy
especialmente los de Pedro de Valdivia cuyas ambiciones habíanse encontrado
detenidas con las desgracias ocurridas en los años anteriores. Sabemos que
después de la destrucción de Santiago, en septiembre de 1541, pasaron dos años
largos sin que se tuviera noticia del Capitán Alonso de Monroy, que con seis
compañeros se había partido al Perú en busca de recursos para librar de la
muerte a los ciento y tantos individuos que quedaban a las márgenes del
Mapocho, desnudos, hambrientos y a merced de los nativos sublevados y
triunfantes; sabemos también, que estos valerosos aventureros pudieron
sostenerse durante ese tiempo con sacrificios inauditos, entre los cuales no
era el menor el de comer sabandijas
“e otras
porquerías para matar el hambre, y el de andar vestidos con pellejos en la más
desmedrada y triste facha, por lo cual los indios les llamaban “copáis”, que
son algo así como diablos”.
La
llegada a Valparaíso del primer socorro, que consistía en “ropas, fierro e
vitualla”, embarcados en el pequeño SANTIAGUILLO, fue la
primera e inmensa alegría que experimentaron los infelices colonos; y al
recibir, cada uno, las provisiones que se les repartieron, consideráronse
dichosos y brincaron de gusto, como niños: pero el auxilio recién llegado no
era sino un refrigerio después de tanta necesidad, y bien pronto comprobó el
Conquistador Valdivia que no sólo de pan vive el hombre, esto es, que no sólo
necesitaba ropas y fierros, sino muy especialmente brazos para continuar la
conquista y sustentar lo conquistado.
Pero no
tardó en recibir también refuerzos de hombres y a mediados del año 1544 podía
darse la satisfacción de revistar sus tropas armadas y equipadas y contar
soldados hasta el número de doscientos, lo cual, en los términos y
circunstancias de aquella época, constituía “un ejército”.
Un nuevo
socorro traído por el “capitán de la Mar del Sur”, Juan Bautista Pastene, en su
barco SAN PEDRO, puso a Pedro de Valdivia en situación de
respirar y aun en la de aspirar,.. La nave y su “almirante” eran un refuerzo
formidable, pues, con aquélla y con el hábil marino que la manejaba, podía
descubrir y explorar la costa sur de Chile, primer paso para realizar sus
ambiciones de conquista y de poderío. Nuevos refuerzos de hombres venidos del
Perú por la ruta del desierto y de las cordilleras y el descubrimiento de otras
minas de oro, o explotación de las antiguas de Malga-Malga, permitieron al
Conquistador fundar una nueva ciudad, La Serena, por el norte, y de emprender
la conquista de la región al sur del Maule, que hasta entonces había sido el
límite de sus dominios.
Era
necesario, por otra parte, establecer comunicaciones constantes con la
Gobernación de Lima para salir del aislamiento en que se encontraba la colonia
mapochina, a causa de la enorme distancia y de las grandes dificultades del
trayecto, y hacer saber al Monarca don Carlos V que podía contar con un reino
más en las Indias lejanas, debido a los esfuerzos de un grupo de sus súbditos
mandados por uno de los buenos capitanes, que le habían servido en Italia y
Flandes...
A todas
estas empresas quiso proveer, al mismo tiempo y sin demora, el tenaz y valeroso
Conquistador de Chile, puesto que se consideraba en condiciones para ello.
En primer
lugar, despachó hacia el Callao al Almirante Pastene y a su Teniente Monroy,
con amplios poderes para adquirir elementos de colonización y de guerra, ya
fuere pagándolos con el oro sacado de las minas en las últimas “demoras” ya
fuere “al fiado”, firmando créditos en nombre del Gobernador. En el mismo barco
despachó a “su amigo” Antonio de Ulloa, con destino a España y a la Corte, a
fin de que llegara hasta la presencia de Su Sacra Real Majestad, “le diera
cuenta cabal de las cosas de Chile” y le pidiera mercedes, para el Conquistador
y para el mensajero. Según Valdivia, Ulloa “es tenido por mí y estimado por
todos los que le conocen por sus obras y buenas maneras, como caballero
hijodalgo y como tal se ha mostrado para servir a Vuestra Majestad en la guerra
y ha servido como gentil soldado que es, práctico y experimentado en las cosas
della”.
Alguna
vez habremos de ver que Ulloa no era sino un badulaque, cuyo mayor talento fue
para engañar a su Jefe y amigo, y traicionarlo canallescamente.
Y
despachados estos mensajeros, que debían prepararle sus éxitos para el futuro,
o sea, el premio de sus afanes, el Conquistador se dedicó a “adherezar” la
expedición con que habría de salir a la conquista de los extensos y ricos
territorios ultra-Maule, explorados a la ligera por sus capitanes Villagra y
Aguirre por la ruta de tierra, y por el Almirante Pastene por la costa. Los
primeros habían llegado hasta el Itata y el último hasta la bahía de San Pedro,
al sur de la desembocadura del Río Bueno, habiendo tomado posesión, “desde la
nave” de los puertos que hoy se nombran Valdivia y Talcahuano.
Los
preparativos de esta expedición le tomaron el mes de diciembre de 1545 y enero
de 1546; llevaba el propósito de fundar en el sur una ciudad que fuera el
centro o el cuartel general de la Conquista en aquella región, así como lo era
La Serena en el norte, y para realizarlo en buena forma, era preciso que sus
pobladores y “vecinos” contaran con todos los elementos para sustentarla.
No
escatimó Valdivia esos elementos aunque ello significara disminuir los que
debía dejar en Santiago; los herreros y espaderos “sacaban” el día “fraguando”
las armas de los expedicionarios, los frenos, las espuelas y los cien
adminículos de la ferramenta militar de que cada soldado debía estar provisto,
así como los repuestos que componían el bagaje.
Inés
Suárez con las cuatro o cinco mujeres españolas que acababan de llegar a
Santiago en las últimas expediciones venidas del Perú, dirigían empeñosamente
la disposición de los hatos, zarandas y parihuelas para el mejor transporte de
los elementos domésticos y de las “gallinas e puercos e cabras” que habrían de
proveer de su alimentación futura a la ciudad en proyecto y no descuidaron, por
cierto, a provisión de “melecinas” a cargo del negro Juan Valiente, considerado
como uno de los mejores discípulos de la primera curandera que tuvo la ciudad
de Santiago, en la persona de la abnegada compañera del Conquistador.
Por fin,
el 10 de febrero de 1546, por la tarde, Pedro de Valdivia, tuvo la satisfacción
de dar por terminados los preparativos de marcha con la última “revisión” de
sus tropas expedicionarias, compuestas de setenta soldados, de los cuales
treinta y dos eran de infantería, más un grupo de ciento cincuenta indios de
servicio. Reuniólos en la Plaza de Armas, y allí, siguiendo su costumbre de
“consolallos” con su palabra, les habló de sus proyectos y del éxito que
esperaba en servicio de Dios y de Su Majestad, y en beneficio de ellos mismos y
“por dalles bien de comer”.
— Hijos
míos, les dijo, a la madrugada de mañana saldremos, Dios mediante, camino de
las provincias del otro lado de las tierras de los promaucaes, en donde mis
capitanes han encontrado muchos indios a quienes someteremos al servicio de Su
Majestad; la tierra está cuajada de oro que será nuestro, para volver poderosos
a nuestras tierras de España. Encomendaos a Nuestra Señora esta noche, que
mañana antes de emprender la marcha, nos hará misa nuestro capellán Rodrigo,
para pedir al cielo el triunfo de nuestras armas.
Al
aclarar del nuevo día, la trompeta del soldado Alonso de Torres despertó a los
pocos que aun dormían en el campamento de Mapocho, y al poco rato el vecindario
todo encontrábase reunido en la Plaza para despedir a los expedicionarios. Los
Alcaldes Juan Fernández Alderete y Rodrigo de Araya con sus varas emborladas y
rodeados de los demás miembros del Cabildo, acercándose al “palacio” del
Gobernador para “sacarlo” solemnemente y escoltarlo hasta su caballo de guerra,
que esperaba, sujeto de la brida por Diego Díaz, en el centro de la Plaza.
Abrióse el rústico portón y apareció el Gobernador, “vestido de todas armas”,
llevando en su mano la vara de dos palmos con una cruz al extremo, símbolo de
su autoridad.
Avanzó,
tras una profunda reverencia del Cabildo y de todos los circunstantes, y
colocándose entre ambos Alcaldes, llegó al frente de las tropas formadas, las
que levantaron en alto sus picas para saludar al Jefe, mientras el trompeta
arrancaba a su instrumento los sonidos más sonoros; dentro de su sencillez, y
hasta de su ingenuidad, aquel acto fue solemne, debió tornarse patético, cuando
los expedicionarios recibieron de manos del capellán Rodrigo González
Marmolejo, la Hostia Santa de la comunión eucarística.
Los
primeros rayos del Sol resplandecían sobre la “cordillera de nieve , cuando la
columna empezó a moverse lenta y dificultosamente hacia el paso de Maipo,
encabezada por una “compañía” de caballeros que abría la marcha, a cargo de
Diego García de Cáceres; a continuación, caminaban los indios de servicio,
llevando sobre sus lomos los hatos de la “impedimenta” las zarandas, las
parihuelas y las jaulas con los animales domésticos y, en seguida, cerrando la
columna, el resto de la tropa. Detrás de todos y a la distancia de una
“cuadra”, caminaba el Conquistador, acompañado de Rodrigo de Quiroga y de sus
ayudantes Diego Díaz y el italiano Juan Andrea de Nápoles, llamado por Ercilla,
“el valiente”.
Valdivia
se manifestaba pletórico de optimismo; la conquista de las tierras australes le
significaba la confirmación de sus expectativas de gloria y poderío tras las
cuales había venido a las Indias; la Gobernación que él mismo había creado para
sí en estas apartadas provincias, desprendiéndola, con habilidad y audacia, de
la tutela de Pizarro y de sus sucesores en el Gobierno de Lima, tomaría forma
tangible ante la corte española, y el Soberano encontraría justificable y aun
plausible aquel gesto de independencia, con ribetes de rebeldía, ante cuya
posible censura el Conquistador tembló muchas veces.
La
conquista y población del sur de Chile hasta el Estrecho de Magallanes — que
tales eran las pretensiones del gran capitán— lo justificarían ante el Monarca,
quien no podría negarse al fin a confirmar en Pedro de Valdivia, la elección de
Gobernador de las provincias de Chile efectuada por “el pueblo e vecinos” de
Santiago. Todo su empeño estaba puesto, en consecuencia, en el éxito de la
expedición formal que ahora emprendía por la primera vez, y su espada, nunca
vencida, así se lo auguraba.
Al caer
la tarde de ese mismo día 11 de febrero, Valdivia y su hueste acampaba al lado
sur del Cachapoal; dispuso allí continuar su viaje hasta el Maule en dos o tres
jornadas, lo que efectuó con toda felicidad.
El paso
de este río no le ofreció mayores dificultades, a pesar de la fuerte corriente
que allí encontró, debida a los deshielos producidos por la canícula veraniega;
pero desde la primera jornada de la marcha hacia el sur, inconvenientes y
dificultades de orden más serio empezaron a preocupar la atención del optimista
Caudillo. A ocho o diez leguas de la ribera sur empezó a notar que la población
indígena iba en aumento y que algunas tribus, asaz numerosas, salían al paso de
la columna con cariz de recelo, negándose, la mayoría, a acercarse a los
expedicionarios, por más empeño que éstos ponían para entrar en comunicación
con ellos. Algunas leguas más adelante, los indígenas no se limitaban a
contemplar la marcha, desde lejos, sino que algunos, “bastante desvergonzados,
salieron a defender los caminos y a pelear”; por cierto que estas pequeñas
inventivas fueron deshechas y que la columna no se vio detenida ni un momento.
A las alturas del río Ñuble, un grupo de cincuenta o más indígenas ocultos en
los matorrales ribereños, asaltó de improvisto la fila de los indios de
servicio, “la rompió y mató a tres”; pero el oportuno auxilio de los soldados
españoles que la guardaban de trecho en trecho, impidió que el desaguisado
fuera mayor, y los atacantes se vieron obligados a huir dejando prisioneros a
cinco de sus compañeros.
No los
castigó Valdivia, sino, por lo contrario, les hizo regalos y con ellos mismos
envió “presente” al Cacique Lepulengo, “señor del valle”, ofreciéndole la paz y
las seguridades de que en los españoles no tendría sino amigos. Los prisioneros
libertados quedaron encargados de traer, ellos mismos, la respuesta del
Cacique.
Efectivamente,
dos jornadas más adelante, un poco antes de que la expedición llegara a las
márgenes del Itata, un mensajero del Cacique llegó hasta la presencia del
Conquistador para decirle, de parte de su amo, que Lepulengo en persona le
traería la respuesta a su mensaje anterior y que, probablemente, a la mañana
siguiente, sabría la noticia. Ninguna sospecha pasó por la mente de Valdivia al
oír las palabras del mensajero, y, por lo contrario, dijo a su amigo Quiroga:
— ¿Veis,
señor, cómo la mejor manera de dominar a estos naturales soberbios, es la de
halagarlos?
A la
mañana siguiente, cuando la columna se disponía a continuar la marcha, después
de haber pernoctado a las orillas de un pequeño estero “de aguas azulejas”,
sintióse resonar, en la hondonada, el estridente alarido de las trompetas
guerreras de los indígenas, y poco a poco fuese oyendo el chivateo de una turba
que cruzaba el bosque; Valdivia esperaba la presencia del Cacique Lepulengo, y
suspendió la orden de marcha que había dado ya, para recibir al caudillo'
indígena con los honores de su rango, pues seguía creyendo que llegaría en son
de paz. Juntáronse los capitanes alrededor del Conquistador, y dejaron a la
tropa en sus puestos, a lo largo de la columna.
El ruido
de los trompetas y del chivateo oíase cada momento más cercano y más
desconcertante; hubo un instante en que Diego García de Cáceres, impresionado
con el estruendo, sordo e inquietante, dijo a Pedio de Valdivia:
— Señor,
paréceme que esto es cosa de guerra antes que de paz; mirad por vos y por
nosotros.
—
Sosegaos, señor García — contestó Valdivia— que en estas cosas de indios
entiendo algo; veréislos llegar a nosotros humildes y con las armas rendidas,
codiciosos, solamente, de nuevas y buenas preseas que les daré muy a gusto.
Por fin
empezaron a dibujarse en los contornos del bosque riberano, las siluetas de los
indígenas, que luego formaron un grupo compacto, para emprender, a una voz, un
trote sostenido hacia el punto en donde esperaba la columna. Los indios
llevaban en alto sus lanzas, sus mazas y unas largas hondas que volteaban sobre
sus cabezas, mientras sus gargantas lanzaban aullidos indefinibles. No menos de
dos millas habían avanzado los indios en esta actitud y sólo faltaría una para
que aquella horda cayera sobre las confiadas tropas castellanas.
— Señor
Capitán — gritó Quiroga, dirigiéndose a Pedro de Valdivia— esos indios no
vienen de paz, y conjuro a Vuestra Señoría y Merced, para que mande cargar a la
tropa, o por lo menos prevenirla, para que resista si los salvajes nos
traicionan.
Al oír
este grito de alarma y el sincero acento con que fue lanzado, Valdivia despertó
también de su confianza y mandó reunirse a las tropas, las cuales corrieron a
la vera de sus capitanes, con las picas enristradas. Era tiempo. Los salvajes,
al notar el movimiento defensivo de los soldados, detuvieron un momento su
carrera como en un instante de indecisión, pero inmediatamente lanzáronse
frenéticos sobre sus enemigos. El choque fue fatal para ellos, y después de una
hora de refriega, la desbaratada columna de Lepulengo volvía espaldas y se
internaba de nuevo en sus bosques impenetrables, dejando en el campo un
centenar entre muertos y heridos.
— ¿Veis,
señor, cómo estos indios son traidores?...observó sentenciosamente Rodrigo de
Quiroga a su amigo el Gobernador, después que se hubo hecho la calma en el
campamento español. Si no mandáis juntar la tropa, sorprenderíamos
desprevenidos, y ¡quizá si ahora no tuviéramos que lamentar muchas desgracias!
—
¿Sabéis, señor Rodrigo de Quiroga, lo que estoy pensando agora?, dijo, a modo
de contestación, el Gobernador.
— ¿Qué es
ello...?
— ¡Que
los indios nos han atacado porque han visto a nuestra tropa en son de ofensiva
con sus armas enristradas!...
Y a un
gesto de instintiva sorpresa que formuló Quiroga, al oír tales palabras de boca
de su bondadoso y confiado amigo, Pedro de Valdivia continuó:
—
Continuemos la marcha sin cuidado, señores, que estos indios no se atreverán ya
a volverse contra nosotros.
Esta
tarde llegó la columna, sin otras novedades, al paraje denominado Quilacura, y
allí acampó para pernoctar; la confianza demostrada por Valdivia de que los
indígenas no volverían contra ellos, había contagiado a la mayoría, sea por el
respeto que tenían a su Jefe, sea por la relativa facilidad con que habían
triunfado en el encuentro de la mañana. El hecho fue que esa noche, todos se
echaron a dormir, despreocupadamente, rendidos con la jornada que había sido
larga y fatigante.
Por
suerte, le cupo la jefatura de la centinela a Rodrigo de Quiroga — que “veló” a
caballo para recorrer el campamento— y a Diego Díaz, Diego García de Cáceres,
Santiago de Azocar y Juan Gómez, que lo hacía a pie, con arcabuz y lanza.
Pasada ya
la media noche, a la hora de la “modorra”, los centinelas hicieron su última
recorrida por el campamento y sus contornos y cada cual se fue a situar en el
punto que le había sido designado para vigilar hasta la madrugada; no pasó,
mucho tiempo sin que la fatiga rindiera también a los centinelas, los cuales se
echaron sobre la yerba para dar descanso a sus cuerpos, aunque sin dormirse.
Nada hacía presumir que esa noche hubiera novedades o peligro; sin embargo,
Rodrigo de Quiroga no se bajó del caballo y recorrió, al paso, varias veces,
los contornos del vivac; algunas encontró a los centinelas echados en el suelo
y aun dormitando; pero limitóse a despertarlos y a encargarles que “no dejasen
pegar los ojos”. La disciplina militar en aquellos tiempos no era, a lo que
parece, muy estricta.
La
vigilancia de Quiroga salvó esa noche al ejército real.
Al
retirarse en derrota, el Cacique Lepulengo no había abandonado su propósito de
atacar a la columnas expedicionaria, y por lo contrario, aquel combate inicial
no tenía otro objeto que medir las fuerzas de sus enemigos. Cuando abandonó las
márgenes del Itata reunió sus tropas, y con ellas partió velozmente hacia los
campos de Quilacura, en donde lo esperaba el grueso de su ejército, fuerte de
más de siete mil indígenas que aguardaban, impacientes, la llegada de la
expedición cuyo objeto ya conocían.
Ocultos
en los bosques cercanos, los indios esperaron que los conquistadores, confiados
en su triunfo de la mañana, se echaran a descansar, y una vez que los creyeron
dormidos en el profundó sueño de la “modorra”, avanzaron cautelosos por los
desfiladeros y barracas con el objeto de caer denodadamente sobre uno de los
flancos de la columna en vivac. Por fortuna, en este flanco estaba Rodrigo de
Quiroga, quien, tan pronto como oyó, en el silencio de la noche, los extraños
ruidos que se acercaban, reunió a los vigilantes y salió con ellos a recorrer
esos contornos.
No tardó
el Capitán en darse cuenta del inmenso peligro en que se encontraban sus
compañeros, pero ya era tarde para abandonar el puesto: despachó a Diego Díaz a
dar aviso al Jefe de la expedición, y él, con los otros tres, ocupó uno de los
desfiladeros por donde pretendía pasar el grueso del ejército indígena, y,
“cual si fueran capaces, los cuatro, de repeler a todo ese ejército,
principiaron a defenderse y a oponer una admirable resistencia, consiguiendo
detenerlos, mientras se armaban todos los españoles”. Esta resistencia dio
tiempo a Pedro de Valdivia para organizar un tanto sus huestes, y después de un
combate de dos horas dominar a los asaltantes.
En la
refriega cayó Lepulengo, atravesado por la pica de García de Cáceres; a la
vista del cadáver de su Caudillo, las hordas indígenas se retiraron
desmoralizadas, dejando en el campo más de trescientos muertos, después de
haber peleado “como tudescos”, al decir de Pedro de Valdivia en una de sus
cartas al Emperador.
Las
tropas españolas, aunque vencedoras, quedaron tan a mal traer, que renunciaron
a perseguir al enemigo, y durante todo aquel día los soldados dedicáronse a
curarse las heridas que habían recibido. En tal situación los capitanes
hicieron notar al Gobernador Valdivia el peligro que envolvía el proyecto de
continuar adelante pues encontrábanse rodeados de innumerables enemigos
ensoberbecidos y cada vez más audaces; el número de los expedicionarios era
corto, y en el último combate, que en buenas cuentas podía considerarse como el
primero de la campaña, los elementos de guerra y aun los de colonización habían
sufrido serios desmedros. Estaban, además, a larga distancia de la Capital y no
era fácil recibir de allí refuerzos inmediatos en caso de un descalabro mayor.
Resistióse
Pedro de Valdivia a aceptar este consejo, en los primeros momentos; pero las
razones que se le dieron fueron tantas y tan bien puestas, que no pudo
persistir, a pesar de sus ardientes deseos de tomar posesión de las tierras en
Arauco y de establecer allí un fuerte que sirviera de baluarte a la ciudad que
proyectaba fundar. Vino a decidirlo definitivamente, el haber sabido, por
algunos de sus indios espías, que numerosos grupos de guerreros araucanos
cruzaban en esos momentos el Bío-Bío para juntarse con los nativos del Ñuble y
del Itata. No quiso cargar con la responsabilidad de una derrota, en la que
exponía las vidas de setenta de sus compañeros y aun la existencia misma de la
colonia, y dio la orden de regresar al norte esa misma noche.
Para
librarse de ser perseguido, si los indios se daban cuenta de su retirada,
recurrió a un subterfugio bien poco airoso para un capitán, de guerra que había
sido vencedor en las más grandes batallas de Europa; antes de partir, hizo
encender hogueras alrededor de su campamento, y dejándolas ardiendo, para hacer
creer a los indios que el ejército real permanecía allí, dio la orden de
marcha, desviándose a toda prisa del camino real para tomar los escondidos
senderos de la costa; y en esta condición, andando toda la noche, consiguió
llegar a la confluencia de los ríos Itata y Ñuble ya entrada la mañana
siguiente, y esa misma tarde ordenó emprender la retirada hacia Mapocho.
Esta fue
la primera de sus derrotas en los campos de Arauco.
§ 9. El
hombre del halcón
Los dos
años que la colonia del Mapocho había estado sin noticia alguna de las dos
embajadas que mandara Pedro de Valdivia al Perú en busca de recursos, habían
sido demasiado duros para los infelices desterrados en estas provincias. “Quien
espera, desespera”, dice el refrán, y en verdad que desesperados estaban los
santiaguinos al ver que sus padecimientos no llevaban visos de terminar.
Pero esto
habría sido llevadero, si a los conquistadores los hubiera unido la común
desgracia en el propósito de darse mutuamente la esperanza de días mejores y la
conformidad con las amarguras presentes; pero entre ellos habían hecho mella la
desconfianza y los recelos, hábilmente atizados por aquel personaje de quien en
otras ocasiones he hablado ya, presentándolo como el centro de una insistente
conspiración contra el poder constituido. Me refiero a Pedro Sancho de Hoz, el
tenaz pretendiente a la Gobernación de Chile.
Recordará
el lector que por insinuación de Francisco Pizarro habían hecho un “concierto y
compañía” para venir a la conquista de Chile el Capitán Pedro de Valdivia y
Sancho de Hoz, obligándose cada uno a contribuir a los gastos con determinados
elementos; que Pedro de Valdivia cumplió sus compromisos y Sancho no pudo
hacerlo; que Valdivia partió solo, desde el Cuzco, y que Sancho le alcanzó, con
cuatro hombres pobremente equipados, al entrar la expedición al Desierto de
Atacama; que el Pretendiente penetró una noche a la tienda de Pedro de
Valdivia, con sus cómplices, para asesinar al Conquistador y hacerse reconocer
después como Jefe de la expedición, aprovechándose del desconcierto que
produciría en la tropa la falta del Jefe asesinado; que Valdivia salvó
milagrosamente de tal asechanza; que perdonó bondadosamente a su rival, que aun
le dio cabida en su expedición como simple soldado; que lo trajo consigo a
Santiago y que, por fin, “le dio una buena encomienda”.
Pues
bien: a los cuatro meses de estar instalada la colonia a las orillas del
Mapocho, Sancho de Hoz encabezó una segunda conspiración para asesinar a
Valdivia, y habiendo sido descubierta a tiempo, fueron condenados a la horca
cinco de los cómplices. A pesar de haber sido “convicto” de conspiración,
Sancho fue nuevamente perdonado por Pedro de Valdivia, quien se limitó a
tenerlo en prisiones hasta el día en que los indios de Michimalonco incendiaron
la ciudad “y destruyeron los cimientos della”. Después de ese hecho infausto,
Sancho quedó en libertad. Creyó Valdivia que la común desgracia habría
apaciguado los arrestos revolucionarios del Pretendiente, y además, “un hombre
preso era un brazo menos para defender la existencia que fue lo único que nos
quedó”, después del incendio.
Los años
sucesivos, hasta el 1547, año de este relato, habían sido de sufrimientos y de
expectativas angustiosas para los conquistadores; durante ese tiempo tuvieron
que defender sus vidas día a día y dormir con las armas en las manos noche a
noche para librarse de las continuas y traidoras invectivas de los indígenas.
Los recursos que habían llegado del Perú en 1543, si bien constituyeron un
alivio grande, apenas si lograron renovar las esperanzas de días mejores, por
haber llegado a Valparaíso una embarcación que podía partir nuevamente al Perú
para traer algo más de lo mucho que necesitaban todavía los colonos de Chile.
Esa
embarcación había partido ya, rumbo al Callao, e iba transcurrido un año largo
sin que nada se supiera de ella ni de sus tripulantes; poco después salió de
Coquimbo hacia Moliendo una segunda embajada, embarcada en una lancha
pescadora, con idéntica misión, y también iba transcurrido otro año sin
noticias de la una ni de la otra; la situación de los colonos era angustiada,
era tremenda, y el descontento se apoderó de la gran mayoría; en alguna persona
tenía que ubicarse ese descontento y esa persona no podía ser otra que la del
Jefe de la Colonia, Pedro de Valdivia.
Agréguese
a esto el hecho de que el Gobernador hubiera levantado empréstitos forzosos
entre los vecinos para enviar ambas embajadas, amenazando con castigos, con
represalias y aún con la horca a los que se negaran a entregarle el oro que con
increíbles sacrificios sacaban de las minas de Malga Malga; agréguese, todavía,
la reducción que el Gobernador había hecho de las encomiendas que
primitivamente diera a ciertos conquistadores, en los campos de los alrededores
de Santiago, dejando a más de veinte de ellos “sin tener qué comer” y con la
sola esperanza de darles encomiendas en los territorios que se conquistaran más
tarde en el Sur o en el Norte; agréguese, por último, que estas expediciones
conquistadoras habían fracasado lamentablemente por falta de elementos de
guerra y que la esperanza de encomiendas para los desposeídos y para los otros
que no las habían tenido nunca, se alejaba cada día más, si no llegaban del
Perú los recursos que se habían mandado traer de allí.
Para un
conspirador como Sancho de Hoz, la situación no podía ser más oportuna; si
lograba rodearse de los descontentos, que, ya lo he dicho, eran la gran
mayoría, y conseguía convencerlos de que solamente Pedro de Valdivia era
culpable de las penurias que estaba pasando la Colonia, no era empresa difícil
derrocarlo y hacerse proclamar Gobernador de Chile bajo la promesa de remediar,
rápidamente, los males y demás “entuertos” que experimentaba el amargo
vecindario.
Así
argumentaba una tarde Pedro Sancho ante su fiel compañero y sirviente Juan
Romero, la única persona que vivía con él en su posada, sita en la actual calle
de los Huérfanos, en el solar que hace esquina con la de Bandera, lado norte.
Romero le escuchaba con la cabeza gacha, la mirada baja, indecisa y de soslayo,
los labios enarcados y salivosos, las rodillas flácidas...y un halcón en la
mano.
De
pronto, dijo:
— ¿Os
parece fácil, señor Sancho, derrocar al Gobernador Valdivia, soliviantando a
los descontentos? ...
— Y
tanto, Juan Romero, que tengo pensado reunirlos, en breve, en la Plaza, delante
de “las casas” del Gobernador, para pedirle, en nombre del pueblo, que entregue
el mando a quien tiene tanto derecho o más que él para manejarlo. Y no creo que
Valdivia quiera resistir la imposición de los descontentos y agraviados, que
son muchos...
No movió
un solo músculo Juan Romero; dejó transcurrir medio minuto antes de hablar.
— ¿No
pensáis en los amigos del Gobernador, señor Sancho? Son muchos aún y son
decididos, y si el señor Valdivia alza la voz estarán a su lado, espada en
mano; no lo dudéis.
Y
poniendo su mano izquierda sobre el plumaje del halcón, avanzó un paso hacia la
puerta; pero se detuvo a la voz de Sancho, quien dijo:
— ¿Y
creéis que los amigos de Valdivia desconocerán las provisiones reales que yo
haré leer por boca de un escribano...? Antes que amigos del Gobernador, ellos
son vasallos del Rey.
— Ellos
no querrán oírlas y aún las desconocerán si Valdivia se los manda...
—
¿También Pedro de Villagra...?
Romero
volvió rápidamente el busto sin cuidarse del tumbo que dio el halcón, el cual
tuvo que aletear para conservar el equilibrio en la mano de su amo.
—
¿Contáis con Pedro de Villagra?, — preguntó, ansiosamente, abriendo la boca
desdentada y echando adelante la enmarañada cabeza.
— Tal
vez, contestó Sancho, bajando la voz; puedo saberlo tan pronto me sea posible
hablarle en secreto.
— Con
Pedro de Villagra tenéis, además, otros buenos amigos, señor mi amo, y si
lográis atraerlo a vuestro bando, entonces sí que sería posible derrocar al
Gobernador.
—
Villagra está resentido de Valdivia por aquello de la encomienda y por haberle
quitado el oro que sacó de Malga-Malga en esta “demora”, y hanme dicho que en
casa de Hernán Rodríguez de Monroy juró a Dios y al Emperador, que Valdivia se
las habría de pagar punto por punto.
Romero
había adoptado su actitud primitiva, “de infeliz o de pícaro”; maquinaba sin
embargo, y dijo lentamente:
— ¿Vos
queréis hablar con Villagra...?
— Pero...
¿cómo?
— Echaos
a la cama; yo iré a decirle que estáis muy malo y que os venga a ver, pues
queréis darle ciertos encargos.
Sancho
dio un salto de alegría, abrió los brazos, y estrechó en ellos a su sirviente;
Juan Romero, defendiendo con la otra mano a su halcón, que había vuelto a sus
equilibrios con el impulso afectuoso del Conspirador, correspondió a su amo
mostrando un par de diente largos y carcomidos; más que una sonrisa, fue una
mueca la de Juan Romero.
Esa tarde
corrió la noticia de que Sancho habíase metido a la cama con unas calenturas
malignas que lo habían postrado, y el hecho fue constatado a la mañana
siguiente por el Clérigo Juan Lobo, que acudió a verlo, a pesar del compromiso
que aquella visita a un reconocido conspirador significaba.
Al decir
de las gentes, Sancho de Hoz estaba grave “y se moría sin remedio”.
La tarde
del siguiente día, Juan Romero, con su halcón en la mano, atravesó a paso
ligero la Plaza de Armas, siempre con la cabeza caída al hombro y la mirada
humildosa de un sacristán de monjas. Algunos soldados charlaban frente al
cementerio, actual Sagrario; viéronle pasar, y uno de ellos, el Escribano Juan
Pinel, preguntóle:
— ¿A
dónde vas, Juan Romero...? ¿Cómo está tu amo, de las calenturas? Pareces
melancólico...
Sin
detener sus pasitos cortos y disparejos, el mozo abrió, a medias, los brazos
levantando los hombros.
— ¿Es que
está muy malo...? insistió otro soldado.
— Voy a
donde mi señora doña Inés, por la caridad de una medicina para mi amo; no me
detengáis, por la Virgen, que puedo llegar tarde para cerrarle los ojos...
Y al
decir esto, apuró el paso estrechando contra su pecho el halcón, y cubriéndolo
con la otra mano. Los soldados le vieron entrar a la casa del Gobernador y
salir a los pocos instantes con un bote de greda colgante; atravesó de nuevo la
Plaza y se perdió por la calle que es hoy la de Ahumada.
* Era
indudable que Sancho “se moría”; tal fue el piadoso comentario que preocupó
toda esa tarde y la noche, al vecindario de Santiago.
— Para la
falta que hace, mejor es que se muera, había dicho Francisco de Aguirre, cuando
alguien le dio la noticia en la tertulia que diariamente se reunía en los
“portales de su casa de altos”, antes de las oraciones.
Aunque
los oyentes eran todos amigos íntimos de Valdivia y contrarios, por lo tanto, a
las pretensiones de Sancho, no pudieron aceptar de buen agrado las crueles
palabras del despreocupado y francote dueño de casa quien, por lo demás, tenía
fama de “hereje” y de mal hablado. La “grave” enfermedad de Pedro Sancho de Hoz
había logrado inspirar una general conmiseración en el vecindario.
Al
siguiente día, cuando Pedro de Villagra iba a empezar a comer, el “indezuelo”
que le servía, le avisó que “allí afuera lo esperaba el cazador Romero con un
mensaje”; no dejó de extrañarle a Villagra tal noticia, y dejando de mano la
escudilla que se preparaba a llevar a la boca salió a la puerta “desarmado”.
— Mi
pobre amo se muere, dijo Juan Romero, y quiere le hagáis el bien de oírle para
encargaros su voluntad; a pediros eso me manda, señor Pedro de Villagra, y a
rogaros, por el Redentor, que no rehuséis.
Acceder
al llamado de un conspirador como Pedro Sancho y acudir a su casa habría sido
un paso muy comprometido en otras circunstancias, pues ello habría significado
ir contra el Gobernador Valdivia, de quien, Villagra, era amigo leal; “pero
como Sancho estaba enfermo de muerte, nada tenía de particular prestarle un
selvicio a un moribundo”.
Comió
rápidamente, “armóse, y fuese a lo de Sancho”.
Juan
Romero le esperaba en la puerta “con el halcón en la mano” y lo introdujo en
seguida a la alcoba del enfermo; Sancho encontrábase “echado boca arriba” sobre
la cama y a la escasa luz que penetraba por un ventanillo entreabierto,
aparecía débil y postrado.
Una vez
que Villagra húbose acomodado sobre un taburete, al lado de la cama, Pedro
Sancho díjole, con voz apagada:
— Señor,
siempre os he tenido por amigo y lo habéis sido desde que el Gobernador me
mandó prender en Atacama, porque sé que fuisteis parte para rogarle que me
perdonase...
— Olvidad
eso, señor, contestó Villagra, — impresionado, tal vez, con la solemnidad del
momento, — y estad cierto de que Vuestra Merced me hallará cada vez que me
hubiese menester en su servicio, y en servicio de Dios y del Rey.
Sancho
tomaba el peso y el valor a cada palabra de su interlocutor y creyó ver en las
de Villagra una grata insinuación... Enderezóse “trabajosamente” y después de
algunas palabras “dichas con cierta maña”, referentes a su prisión y a los
motivos que tuvo el Gobernador para imponérsela, dijo:
— Pues,
ya sabe Vuestra Merced, señor Villagra, que los servicios que a mí me haga,
servicios son del Rey, y más si provienen de vuestras mercedes que siendo
quienes son, yo les hiciera todas las que merecen...
Sancho
calló un momento para avaluar el efecto que tales palabras hubieran hecho en
Pedro de Villagra, “pero al ver que éste no decía nada, continuó haciéndole a
él y a los amigos de él muchas insinuaciones halagüeñas”, siempre en el tono y
acento de un moribundo. Villagra contestaba de cuando en cuando con
monosílabos, “porque quería saber hasta donde llegaba Sancho”; pero la
conversación tuvo que interrumpirse por la llegada de un visitante; Villagra se
retiró, no sin prometer antes, al enfermo, volver al día siguiente para
continuar la entrevista.
En
realidad, Villagra no sabía a qué carta quedarse; Sancho se había limitado a
hablar de sus derechos y a los reclamos que pensaba hacer de ellos ante el Rey;
esto no tenía nada de particular, al fin y al cabo; pero también había
formulado ciertas promesas “a los que le sirvieran”.
¿Qué
clase de servicios pedía Sancho de Hoz?
El
Gobernador Valdivia no se encontraba en Santiago, pero estaba Inés Suárez, que
era su segunda persona y a la cual se consultaban todos los asuntos de
importancia, en ausencia del Gobernador; al cruzar la Plaza, en vez de meterse
en su casa, Villagra se fue a la de Pedro de Valdivia, que estaba al lado. El
frente norte de la Plaza donde hoy funciona el Correo, la Intendencia y la
Municipalidad, estaba dividido entonces por mitad; al poniente se levantaban
“las casas” del Gobernador, y al oriente la de Francisco y Pedro de Villagra.
La casa de los Villagras “no tenía puertas” todavía...
— Señora,
vengo espantado de lo que acabo de oír a Pedro Sancho, dijo, al enfrentarse con
la Conquistadora...
Y luego
refirió a Inés Suárez, punto por punto, toda la entrevista que acababa de tener
con el Conspirador.
— ¿Decís
que está moribundo en el lecho?, interrogó acuciosamente la vehemente mujer.
— Así le
vi, señora, contestó el soldado, y muy débil de voz; sólo por eso no le di de
puñaladas. ¿Os parece que hice mal?
— No
habéis hecho sino muy bien en no dárselas, replicó Inés; si se las dierais,
¿con quién habríais de probar lo que Pedro Sancho os ha dicho, y propuesto?
Volved allá mañana como os lo ha pedido, y procurad saber de él, muy
particularmente, lo que quiere hacer.
Fuese a
su casa Pedro de Villagra, y al salir a la Plaza divisó la inconfundible
silueta de Juan Romero, que estaba bajo un árbol esperando a su halcón que lo
había soltado tras una bandada de palomas torcaces; los momentos no eran, por
cierto, para que el criado de un moribundo se dedicase a los placeres de la
caza, y esto llamó la atención de Villagra; pero “a lo mejor no tiene algo
delicado qué comer”, pensó y se dirigió a su posada, en donde lo esperaban
varios amigos para saber noticias, pues ya se había corrido la voz de que había
estado a ver a Pedro Sancho.
— Malo
está el hombre, les dijo, pero, a lo que me parece, no se arrepiente ni se
enmienda todavía.
Al ver
entrar a Villagra en su casa, Juan Romero, se encaminó a la de Sancho, y
llegando hasta su lecho, en donde el enfermo estaba muellemente sentado
comiendo en una escudilla, le dijo, sin aspaviento alguno:
—
Desconfíe Vuestra Merced, señor mi amo, de Pedro de Villagra; saliendo de aquí
fuese a ver a Inés Suárez y después de un rato entró en su casa, donde le
esperaban los Alderete, Aguirre, Juan Gómez y Alonso de Córdoba, todos amigos
del Gobernador. ¡Desconfíe Vuestra Merced!
Sancho
quedóse un momento pensativo.
— No será
posible derrocar al Gobernador, si quiere resistir, continuó inmutable Juan
Romero; lo que se debe hacer ya lo he dicho a Vuestra Merced...
—
¡Matarle...!
— A
puñaladas, agregó Romero, sin levantar la vista del suelo, y sin que sus
músculos hicieran la menor contracción.
Sancho
era cobarde y ante la expectativa de ponerse frente a Pedro de Valdivia, cuya
hombría y valor había conocido, sintió que la lengua se le secaba. Tragó la
saliva que pudo y dijo, de dos o tres enviones:
— ¿Y
cómo... puede hacerse eso...? ¿Quién se atreverá...?
— Si
viene a esta casa el Gobernador, yo me atrevo, respondió con cínica
inconciencia el Cazador Juan Romero.
— ¡Vos
mismo…!
— Deseo
probar que os quiero bien, señor mi amo y vengar los agravios que os ha hecho y
me ha hecho el Gobernador.
Sancho
quedó frío.
Ambos
conspiradores entraron en seguida a combinar el plan que debían poner en
práctica para atraer a casa del “moribundo” a Pedro de Valdivia, tan pronto
como regresase a Santiago, y para asesinarlo durante la entrevista; pero como
recelaran — ya lo hemos visto— de Pedro de Villagra, convinieron en que al día
siguiente, cuando este soldado volviera a casa de Sancho para continuar la
interrumpida conferencia, el Conspirador se manifestara mucho más enfermo,
mucho más agotado y muchísimo más prudente que el día anterior. La cosa era que
Villagra quedara convencido de que Sancho estaba, no solamente moribundo, sino
arrepentido de sus culpas anteriores y que sólo deseaba prepararse a morir,
como cristiano.
Efectivamente,
en la segunda visita que Villagra hizo al Conspirador lo vio tan abatido, tan
doliente, tan pacífico, y tan prescindente de los negocios terrenales, que
cuando fue a referir su entrevista a Inés Suárez le dio todas las seguridades
de que el tenaz conspirador había desaparecido, y sólo quedaba de él un pobre
hombre que se preparaba para comparecer ante el tribunal de Dios.
Inés,
empero, no participó de la opinión de su ingenuo amigo y, por lo contrario,
sospechó una nueva celada. Cuando dos días después llegó a Santiago Pedro de
Valdivia — andaba en Quillota con Francisco de Villagra— recibió el Gobernador
un humilde recado de Sancho, siempre por boca de Juan Romero, para que “le
hiciera la caridad de acompañarlo a bien morir, porque deseaba pedirle perdón”;
Inés se opuso terminantemente a que Valdivia acudiera al llamado, refiriéndole
las entrevistas que había tenido el Conspirador con Pedro de Villagra.
Valdivia
despreció la prevención de Inés Suárez, y le contestó:
— ¡Anda!,
que Pedro Sancho es al cabo un buen hombre, y está para morir. Ya me ha hecho
dos, ¿me habría de hacer otra? Si tal hiciera, ya no le perdonaría.
“Contra
la opinión de casi todos sus amigos, Pedro de Valdivia resolvió acceder al
pedido del supuesto enfermo”; pero no pudo impedir que cuatro de ellos: los dos
Villagra, Francisco de Aguirre y Juan Gómez de Almagro, se concertaran para
acompañarle a la distancia, decididos a no dejarlo solo en ningún momento.
El plan
de Sancho y Romero era sencillo, contando con que el Gobernador acudiera solo,
o acompañado únicamente de un soldado. Mientras Valdivia conversara con el
enfermo, sentado al lado de la “cuja”, saldría Juan Romero del aposento lateral
y daría de puñaladas al Gobernador, por la espalda...
Pedro de
Valdivia, salió, de su casa después de la siesta y se encaminó hacia el
domicilio de su rival enfermo; semioculto en una esquina de las actuales calles
de Huérfanos con Ahumada, Juan Romero, con su halcón en la mano vio al
Gobernador atravesar la Plaza y una siniestra alegría se dibujó en su semblante
al ver que la víctima venía sola. Corrió, casi, para llegar más ligero al
domicilio de Sancho, y entrando a la alcoba, díjole:
— ¡Viene
solo el señor Pedro de Valdivia!... ¡Échese Vuestra Merced!
Y
encaminándose hacia la puerta de calle, esperó que el confiado Conquistador
Pegara hasta allí. Al presentarse el Gobernador, Juan Romero echóse a sus pies,
cogió el extremo de su capa, la besó con unción, y marchó adelante para
señalarle el camino hasta la alcoba; dejóle aquí con Sancho, y se retiró,
inclinado el busto y retrocediendo, hasta el aposento vecino que iba a servirle
de escondite. En las manos del asesino no se veía arma alguna; Romero sólo
llevaba su halcón.
Los
acompañantes oficiosos del Gobernador, estaban, empero, vigilantes, y se habían
escondido bajo unas ramadas que caían a la calle que hoy corresponde a la de
Bandera; cuando vieron entrar al Gobernador en casa de Sancho, corrieron hacia
la puerta y penetraron silenciosos, precisamente cuando Romero tomaba su sitio
en el escondite. Habíanse quedado en el zaguán, frente a la alcoba de Pedro
Sancho, cuya puerta estaba cerrada; pero Francisco de Aguirre, avanzando dos
pasos, dijo: — Señores, desde afuera no podemos saber lo que ocurrirá allá
adentro. ¡Síganme vuestras mercedes!
Y dando
un empujón a la puerta, penetraron todos.
En ese
mismo momento salía Juan Romero de su escondite, sigilosamente, con el halcón
en la mano izquierda y con un puñal en la otra...
El
asesinato del Gobernador se había frustrado nuevamente. Tres días después,
Pedro Sancho de Hoz salía relegado hacia la “Madera de Flores”, cerca de
Talagante.
§ 10. Los
“ochenta mil dorados” de Pedro de Valdivia
Enormes
apretones estaba pasando la colonia mapochina seis años después de la fundación
de la ciudad de Santiago, pues los mensajeros que Pedro de Valdivia había
enviado al Perú en busca de recursos no regresaban, ni se tenía noticia alguna
de sus gestiones; el caso era raro e inquietante, porque en esa ocasión los
enviados habían hecho el viaje por mar, la vía más corta y segura para ir y
volver del Callao.
Agravaba
la situación el hecho de que los emisarios que el Conquistador enviara al Perú,
en 1545 — que eran Antonio de Ulloa, Alonso de Monroy y el “Almirante” Pastene
“señor de la nao”, todos amigos íntimos de Valdivia— hubieran permanecido en el
más absoluto silencio cerca de dos años, siendo que uno de los primeros
encargos que le hiciera fue el de que, llegando al Callao, ‘.comunicaran con él
en cualquier forma humana”; más aún, les había insinuado que embarcaran en
Valparaíso unos cuantos indígenas conocedores de los caminos del norte para
que, desde cada puerto que tocaran, despacharan a uno, en calidad de correo
hasta Santiago, a fin de conocer las incidencias del viaje, si las tenían.
La última
noticia de la expedición la tuvo Valdivia desde Arica, a los quince días de
haber salido de Valparaíso, siendo éste el viaje más rápido que se hubiere
hecho hacia el norte, hasta entonces; desde ese aviso se produjo el silencio
absoluto que inquietó al valeroso capitán extremeño, hasta el punto de que tuvo
por cierto que el barco, a cuyo cargo iba el experimentado marino genovés se
habría ido a pique.
Había
transcurrido un año de esta situación y Valdivia no la soportó más; en agosto
de 1546 despachó hacia el Perú una lancha grande que había mandado construir en
las playas de Concón, a cargo del Regidor Joan Dávalos Jufré, valiente soldado
y amigo leal, al que entregó un duplicado de las cartas y demás documentos que
un año antes había enviado al Virrey del Perú y al Rey de España con los
anteriores mensajeros y todo el oro que había logrado reunir de una nueva
“derrama” que impuso al vecindario de Santiago; Dávalos Jufré llevaba el
encargo de buscar a Monroy, Ulloa y Pastene e incorporarse a ellos; si no los
encontraba, debía presentarse él solo ante las autoridades del Virreinato para
gestionar los recursos.
Es
necesario advertir que para despachar la primera expedición, Pedro de Valdivia
había levantado un empréstito forzoso entre los vecinos de Santiago,
rogándoles, primero, que lo auxiliaran voluntariamente para traer los recursos
que necesitaba con tanta urgencia la colonia, y conminando después, “con
quitarles el oro y el pellejo” a los que se negaran a entregarle buenamente el
primero... Para despachar la segunda expedición procedió. de la misma manera;
de modo que el vecindario pudiente estaba temiendo que todos sus ahorros, con
tanto sacrificio reunidos, se perdieran definitivamente con el fracaso de las
expediciones. Estos empréstitos forzosos se llamaban “derramas”.
Pasaron
aún los meses; tampoco se sabía nada y la inquietud de los vecinos de Santiago
se convertía rápidamente en angustia; pero una mañana se esparció, veloz, la
noticia de que el capitán Pastene había llegado a la Capital a la media noche
anterior y que traía novedades de la mayor importancia, y lo peor de todo, bien
desagradables.
El
Virreinato del Perú estaba envuelto, desde tres años atrás en una espantosa
guerra civil; los Pizarro habían alzado bandera contra el Rey y derrotado a las
tropas leales en varias batallas; en el último encuentro de Añaquito habían
aprisionado y muerto al Virrey Vasco Núñez Vela y actualmente dominaban
victoriosos casi todo el Perú. Sabíase, sin embargo, que había llegado a Panamá
un enviado del Emperador Carlos V, con amplios poderes para pacificar el
Virreinato, pero que los Pizarro se preparaban a resistirle con las armas en la
mano; por fin, era voz general que Gonzalo Pizarro pretendía coronarse Rey de
las Indias de la Mar del Sur.
Al llegar
al Callao, la primera expedición chilena fue copada por los pizarristas,
quienes obligaron a “los de Chile” a presentarse ante Gonzalo que a la sazón
estaba en Quito. Antonio de Ulloa y Alonso de Monroy, se dispusieron a partir a
aquella ciudad, y Pastene quedó al cuidado de su barco en el Callao; pero dos
días ante unas fiebres malignas atacaron a Monroy y “al tercero falleció desta
vida”. Al encontrarse, Antonio de Ulloa, como árbitro de los destinos de la
Gobernación de Chile, se abanderizó con los Pizarro en la esperanza de
conquistarse una posición o una fortuna, se incorporó a sus huestes con el
grado de capitán y se olvidó por completo de Valdivia y de sus compañeros que
haciendo fe en su caballerosidad le habían entregado su dinero y con él sus
esperanzas. Pero no habíase parado en esto el traidor Ulloa: una vez que hubo
participado con éxito en algunas acciones guerreras y conquistádose la voluntad
del Jefe revolucionario, se volvió resueltamente contra su mandatante Pedro de
Valdivia y se ingenió para obtener de Pizarro que lo autorizara para levantar
bandera de enganche y para partir hacia Chile a la cabeza de un cuerpo
expedicionario. Ulloa venía decidido a derrocar al Gobernador de Chile.
Llegado a
Lima, y aprovechándose de que Pastene no estaba en el Callao, se apoderó del
buque chileno, compró a crédito otro más pequeño, embarcó en ambos los
pertrechos, el bagaje y la gente que le cupo, y los despachó hacia el puerto de
Tarapacá, en donde debían esperarlo, porque él haría el viaje por tierra a la
cabeza de la caballería. Desde ese punto combinaría su entrada a las provincias
de Chile.
Pastene
llegó al Callao cuando ya los barcos de Ulloa habían salido para el sur, pero
muchas personas lo pusieron en antecedentes de los planes del traidor;
inmediatamente .gestionó el genovés la compra de un barquichuelo llamado SANTIAGO, y
a los pocos días enveló hacia el sur; a su pasada por Tarapacá divisó en el
puerto los buques de Ulloa, y para prevenir cualquier sorpresa evitó
acercárseles; después de una penosa navegación en la que debido a su pericia
náutica pudo salvar varias veces a su barco de naufragio, Pastene arribó al
puerto de Coquimbo, dejó allí su buque reparando sus averías y él continuó su
viaje por tierra a Santiago, a donde llegó a los dos años cabales de viaje, o
sea, en septiembre de 1547.
Si mala
era la situación de la Colonia, ella tenía que agravarse con las
desconsoladoras noticias que trajo Pastene. ‘Todos andaban mohínos’' y los
comentarios a que se entregaban no podían ser más desalentadores; Pedro de
Valdivia se mostraba impenetrable “y de mal humor”, y en este estado, eran muy
contados los que se atreverían a interrogarle; por lo demás, apenas salía de su
posada, en donde sólo recibía la visita de sus íntimos, Pastene, Villagra,
Jerónimo de Alderete, dos o tres más, y su secretario “escribano” Joan de
Cárdenas, que le era imprescindible e inseparable. Por de contado que Inés
Suárez formaba parte de este corrillo, como dueña de casa y la mejor
consejera-confidente del Conquistador.
Un día la
tertulia se prolongó más que de ordinario y los visitantes se retiraron muy
cerca de la “queda”. En los días sucesivos Pedro de Valdivia empezó a mostrarse
de nuevo ante sus compañeros “aconsejándoles, como un padre”, lo que deberían
hacer para “sostenerse”, mientras la situación se “aclaraba”; su Carácter se
dulcificó evidentemente y hasta una sonrisa, aunque triste y melancólica, vino
a rictuarse en sus labios resecos por el insomnio y por el sufrimiento.
— He sido
egoísta y duro — dijo una tarde, en el corrillo que se reunía cotidianamente
bajo el alero de la casa de Francisco de Aguirre— y no quisiera que vosotros,
mis compañeros, me miraseis mal. Yo estoy resuelto a dejar mis huesos en esta
tierra, pero no quiero obligados a lo mismo; ¡júrolo por mi salvación!
Los
circunstantes no entendieron bien estas palabras, y uno de ellos, Joan de
Cuevas Bustillos y Terán dijo:
— Bien
sabéis, señor Pedro de Valdivia, que todos nosotros estamos llanos y gustosos a
acompañaros hasta el fin; no comprendo, señor, por qué dijiste aquello.
— Está
bien lo que dije, señor de Cuevas, porque sé de muchos que quisieran salir de
este Reyno para volverse a España, y si les he negado la licencia para
partirse, creyendo hacer yo una buena obra, he pensado ahora, consultándolo con
mi conciencia, en que no debo oponerme a tan justo deseo, sobre todo después
del fracaso de los emisarios que mandé al Perú en busca de recursos. Dentro de
poco, tal vez mañana, daré a conocer públicamente mi resolución postrera.
Al
deshacerse el corrillo, los circunstantes se retiraron vivamente preocupados
con las palabras que acababan de oír, y a pesar de la hora, la noticia de que
el Gobernador estaba a punto de ceder en algo que siempre había negado
perentoriamente, circuló con rapidez entre los vecinos. En efecto, a los tres
días, el Secretario Cárdenas leía en el atrio de la iglesia Mayor, después de
la misa dominical, una provisión del Gobernador, que produjo un revuelo: “Los
vecinos que deseen salir del Reyno, pueden hacerlo en el primer buque que parta
del puerto de la ciudad de Santiago, y quienes quieran acogerse a esta
licencia, pueden empezar desde luego a liquidar sus haberes”, era la síntesis
de la provisión, asaz extraña, y hasta incomprensible.
A los
pocos días un mensajero de La Serena traía la noticia de que el SANTIAGO, dejado
allí por Pastene para que reparara sus averías, zarparía en breve con rumbo a
Valparaíso, listo ya para navegar en buenas condiciones.
Los que
sospechaban todavía de que la licencia para salir del Reino pudiera quedar en
nada por falta de barco para hacer el viaje, quedaron convencidos de la buena
fe del Gobernador, y desde ese momento formalizaron sus gestiones para
emprender, algunos, su viaje de regreso definitivo a España, y otros hacia el
Perú o Panamá, en donde se proponían radicarse para emplear sus caudales,
reunidos durante seis años de sufrimientos y privaciones, en negocios más
fáciles y reproductivos.
Los que
aceptaron la licencia para salir de Chile eran cerca de veinte, y,
naturalmente, ninguno era pobre de solemnidad; cual más cual menos tenía
reunida en su cofre una cantidad de oro suficiente para el viaje, que no era
barato, y para no llegar a su destino con las manos vacías. Los que tenían
encomiendas, siembras, animales y otros haberes, los vendieron a los que se
quedaban o los “malbarataron” para reducirlos a oro; el mismo Pedro de Valdivia
compró “por poca monta” sus enseres a algunos de los viajeros.
Calculando
la llegada del SANTIAGO al puerto, el Gobernador ordenó que
todos los viajeros se trasladaran a Valparaíso y él mismo partió también con
ellos, pues deseaba escribir allí, — según dijo— algunas cartas al Rey y a las
¡autoridades de Lima; sabía, por noticias recién recibidas, que el enviado del
Emperador, Licenciado Pedro de Gasea, había salido de Panamá hacia el sur,
conquistándose la adhesión de las poblaciones descontentas de la tiranía de
Pizarro y de muchas tropas leales que vagaban desconcertadas a causa de las
derrotas sufridas por el Virrey; era probable que el Licenciado hubiera formado
un ejército para restaurar el dominio del Monarca, y lo natural era que
necesitara el apoyo de todos sus vasallos; Valdivia deseaba ardientemente
ponerse en contacto con Gasea, el único que podía, en definitiva afianzarlo en
su Gobernación de Chile y socorrerlo con tropas y recursos.
La noche
anterior a la partida de los viajeros, la tertulia en casa de Pedro de Valdivia
se prolongó hasta mucho después de la “queda”; los contertulios eran siempre
los mismos, más el Veedor y Contador Vicencio de Monte, que también había
querido aprovechar el viaje SANTIAGO para consultar algunos
casos de Hacienda con los Ministros de Lima. Estas reuniones no llamaban la
atención de nadie, pues todos los vecinos estaban acostumbrados a ver siempre
juntos y en íntimo consorcio al Gobernador y a esos, sus más cercanos amigos.
Esa
noche, al despedirse, Valdivia y Villagra lo hicieron con un abrazo que fue
estrecho y largo, mientras todos los demás los contemplaban emocionados; un
extraño a la reunión no habría podido entender por qué ambos amigos se
despedían en una forma tan excepcional. Todos los demás se despidieron también
de Villagra con manifestaciones que daban a entender un solemne momento. Uno de
ellos, Jerónimo de Alderete, al estrechar contra su pecho a Villagra, díjole:
— Quedad
con Dios, amigo, y que él os dé su protección...
— ¡Que
Dios nos proteja a todos...! — contestó Villagra— que mucho lo necesitaremos.
Cuando
salieron, Inés de Suárez echó los brazos a Valdivia.
— Señor,
le dijo, el servicio del Rey, vuestra fortuna y nuestra conservación, os
obligan a proceder sin reparo y con firmeza de corazón; no deis suelta a
vuestros generosos sentimientos y mirad solamente «nuestro bien.... ¡El bien de
todos!
— Estad
segura de mí, señora, contestó el Conquistador. Y visiblemente preocupado, se
retiró a su alcoba.
Al día
siguiente, con el alba, una larga fila de jinetes endilgaba por la senda de la
tierras de -Talagante, camino obligado hacia el puerto de Valparaíso; algunos
llevaban de tiro el caballo en que transportaban sus cofres o talegas con el
oro y sus especies personales necesarias para tan largo viaje; otros, más
pobres tal vez, o muy desconfiados, preferían no separarse de sus talegas y
llevarlas atadas al anca del caballo o delante de las monturas, para no
quitarles ojo; todos, por último, reflejaban en sus semblantes la satisfacción,
la felicidad que experimentaban al realizar su ansiado sueño de salir de estas
miserables y peligrosas provincias y regresar al seno de los suyos, después de
tan prolongada ausencia.
Pedro de
Valdivia, su secretario Cárdenas, su mayordomo Juan de Cepeda y los soldados
Diego de Oro y Álvaro Núñez caminaban a la retaguardia, y cerrando la pequeña
columna marchaban el Veedor Vicencio de Monte, ya nombrado, Gaspar de
Villarroel que iba a España solamente a traer a su familia, y Diego García de
Cáceres, que había querido ir a Valparaíso, en donde tenía “ciertas ramadas”.
El viaje
se hizo en tres jornadas. Al emprender la segunda Pedro de Valdivia dijo, en
presencia de los viajeros, a la hora de la comida, como quien recuerda de
pronto algo olvidado:
— ¡Por
vida del Emperador, y qué cabeza tengo!
— ¿Qué es
ello, señor? — preguntó García de Cáceres. Reportaos, os lo ruego, que si en
algo queréis ser servido, aquí estoy yo, para ello.
— Decís
bien, señor de Cáceres; podéis servirme dándome un criado de los vuestros para
que vuelva a Santiago, por la posta, con un mensaje para Villagra; he dejado en
su poder un pliego de los que debo enviar a la Corte en el SANTIAGO y
no sea que Alderete lo olvide al venir mañana al puerto.
García de
Cáceres llamó a su criado Juan Carretero, y momentos después el mensajero
galopaba hacia la Capital, llevando una “mesiva” para Francisco de Villagra.
Llegados
a Valparaíso, los viajeros entraron en .el batel que los aguardaba en la playa;
al poco rato subían a la borda del barco y depositaban en poder de su piloto,
con las formalidades de estilo, las talegas y cofres llenos de oro que cada
cual llevaba. Valdivia, su secretario Cárdenas y demás acompañantes se quedaron
en tierra, en donde el Gobernador iba a escribir las últimas cartas que debían
llevar a la Corte y a Lima Alderete y Vicencio de Monte; entre la escritura de
estos pliegos y los últimos preparativos para que el barco levara anclas,
podían transcurrir dos o tres días, según los cálculos más cortos, así es que
los viajeros tenían tiempo sobrado para aburrirse, unos a bordo y otros en
tierra.
A media
tarde del día siguiente se vio descender de los cerros, por el camino de
Santiago, una pequeña cabalgata y pronto fueron reconocidos Francisco de
Villagra, Gerónimo Alderete, Juan Jufré y don Antonio Beltrán, vecinos, los
últimos, de la Capital; con ellos venía también el criado Juan Carretero, que
había llevado el recado para Villagra el día anterior. Al poco rato Villagra y
los demás estaban reunidos con el Gobernador bajo las ramadas playeras.
Cualquiera hubiera dicho que se habían reunido en conciliábulo, y, sin embargo,
ninguno de los del barco dio importancia al hecho.
Al otro
día circuló una novedad que causó cierta expectación entre los tripulantes y
pasajeros del SANTIAGO: Villagra había traído a Valdivia
ciertas noticias llegadas del Perú y al tomar conocimiento de ellas el
Gobernador había resuelto enviar a Lima a Villagra para entenderse con el
Presidente Gasea — que llegaba al Virreinato premunido de amplios y excepcionales
poderes del Emperador— y ofrecerle la adhesión del Gobernador de Chile en orden
a la pacificación de la rebelión pizarrista.
Efectivamente,
a eso de las ocho de la mañana Villagra se embarcaba en el batel y en pocos
minutos estaba a bordo; tan pronto llegó allí, reunió a los viajeros y les dijo
que el Gobernador deseaba que todos bajaran a tierra “porque quería despedirse
de ellos convidándoles una comida que había hecho adherezar especialmente, pues
ello era un deseo de su corazón”. Lo viajeros sintiéronse profundamente
halagados con tan delicada invitación, y en el mismo batel se trasladaron todos
a la playa en donde fueron recibidos por Valdivia con muestras de la mayor
emoción y regocijo.
Los llevó
en seguida bajo las ramadas y allí les habló al alma:
— No he
venido a Valparaíso a otra cosa que a despedirme de vuestras mercedes, a
quienes tanto estimo, les dijo, por haber pasado juntos años de luchas y
peligros que hemos soportado y vencido en estrecha unión. Os vais a nuestra
querida tierra a reuniros con los vuestros y posiblemente más de alguno
alcanzará la honra de ver y hablar con Su Majestad el Emperador que Dios
conserve; a esos les pido que no olviden de manifestar a Su Majestad los
servicios que le he hecho en estas provincias.
Con tal
unción habló el Gobernador que casi todos lloraron.
En
seguida les dijo cuán conveniente era hacer certificar por un escribano la
cantidad de dinero que cada uno llevaba consigo, expresando si todo pertenecía
al que lo llevaba o si alguna parte era de encargo; de este modo sería fácil
mostrar en España o en el Perú cuanto oro salía de Chile y esto serviría para
que otros se animaran a venir.
Los
viajeros encontraron la insinuación muy razonable e inmediatamente procedieron
a efectuar “el manifiesto” debajo de la ramada del “banquete”; entre tanto
Alderete y el secretario Cárdenas habíanse quedado en la playa cerca del batel
que estaba listo con sus remeros. En un momento en que los viajeros estaban
embebidos en sus cuentas Pedro de Valdivia salió de la ramada, disimuladamente,
y se acercó al batel... Alderete y Cárdenas saltaron adentro y lo mismo hizo
Valdivia, dando una pequeña carrera y ordenaron a los marineros clavar remos
apresuradamente para desprender de la playa el batel...
Era casi
imposible que tal audacia pasara inadvertida por los viajeros, por más
confiados y distraídos que estuvieran; uno de ellos alcanzó a ver la sospechosa
maniobra y dio la voz “¡el Gobernador se fuye!” con la cual todos corrieron
hacia el sitio en que aún permanecía el batel luchando por desprender su quilla
de la arena. Un coro de imprecaciones, de gritos y de insultos desesperados
contra su persona tuvo que oír el Gobernador antes de que el batel se alejara
de la orilla y pudiera obedecer al remo; “todos le llamaban con las palabras
más ofensivas” gritándole que les llevaba su dinero y los dejaba abandonados en
una playa desierta; “otros lloraban y maldecían sus vidas”, otros se metían al
agua y procuraban detener el bote y por último uno de los más desesperados se
echó al mar, nadó vigorosamente y se aferró al bote para abordarlo a viva
fuerza.
— ¡Échalo
al mar!, gritó Valdivia a uno de los marineros.
El
marinero le dio un golpe con el remo y el infeliz cayó al agua, los brazos en
alto.
Era
evidente que el Gobernador “se fuyía”.
Perdida
ya toda esperanza de alcanzar el bote y con ella la última ilusión de recuperar
aquellas economías laboriosamente hechas durante largos años de penurias sin
cuento, los infelices despojados se entregaron a las más extrañas
manifestaciones de desesperación; unos revolcaban sus cuerpos en la arena
mesándose los cabellos; “otros aullaban”, otros elevaban sus puños cerrados
hacia di cielo en demanda de un castigo violento para el mandatario inhumano
que había recurrido a la más negra felonía para robarles sus haberes.
Dos
historiadores de la conquista, Mariño de Lobera y Góngora Marmolejo, refieren
un episodio qué es la nota cómica en medio de ese dolor: “un trompeta, Alonso
de Torres, que tenía en la nave dos mil pesos, sin hallar qué hacer en su
dolor, comenzó a tocar en su instrumento que probablemente llevaba colgado al
cuello, una canción popular de todos conocida y cuya letra era así: “Cata el
lobo do va, Juanica, cata el lobo do vá”; y después de tocarla dos veces rompió
su trompeta en las peñas…
Pedro de
Valdivia, sin embargo, no había querido robar a sus soldados, y de eso dejó
constancia expresa; llegado al barco hizo tomar cuenta estricta ante escribano
de los dineros allí reunidos y declaró que los tomaba en préstamo personal para
servir a Su Majestad, e incontinenti “dio libranza” para que fueran
reembolsados esos dineros a cada uno de los perjudicados con el primer oro que
se sacara de sus minas. En un documento especial dio a conocer en seguida a sus
gobernados que su intención era partir él mismo hacia el Perú a poner su espada
a disposición del representante del Monarca a fin de “desbaratar” la rebelión
de los Pizarros para lo cual le eran indispensables los dineros que allí había
juntos; y después de nombrar como Teniente de Gobernador a su fiel Villagra lo
despachó a tierra; mandó elevar anclas, se retiró de la playa lo más que pudo y
a los dos días ordenó rumbo al Callao.
Había
cerrado su corazón a todo sentimiento — según se lo había pedido Inés Suárez—
por servir al Rey y salvar la colonia.
* * * *
¿Cuánto
fue el dinero que recogió Pedro de Valdivia en este “manotón”, cuyo recuerdo
perduró por muchos años en la memoria de los conquistadores?
Cuenta
Mariño de Lobera que en una fiesta que se hizo en Concepción, para celebrar el
día de San Pedro, seis años después del suceso que acabo de contar y a la cual
asistió el Gobernador Valdivia, le fue encargado a un tal Francisco Camacho que
tenía fama de gracioso que “hiciera un sermón ridículo” que debería pronunciar
en lo mejor de la fiesta. Este soldado “que era gran decidor y tenía especial
gracia y donaire en todo cuanto hablaba, dijo entre otros chistes el siguiente:
“Al señor
Pedro de Valdivia le compete por dos razones y títulos este nombre de Pedro; lo
primero por habérselo impuesto en el bautismo, lo segundo, porque ha hecho el
oficio de San Pedro. ¿Quiérenlo ver claramente? Pues acuérdense que San Pedro
tendió la red en el mar y de un lance la sacó tan llena de peces que se rompía;
pues esto mismo le aconteció al señor Gobernador: echó una vez un lance en el
puerto de Valparaíso y cogió más peces que San Pedro y no de diferentes
especies sino todos de una, porque los que pescó fueron ochenta mil “dorados”
sin ningún trabajo suyo...”
De aquí
salió, como un proverbio, dice Mariño, aquello de los “ochenta mil dorados de
Pedro de Valdivia”.
Pero ya
contaré este suceso con más detenimiento en otra ocasión; el cuento es más
largo y más gracioso y da para capítulo aparte.
§ 11. La
tragedia de Pero Sancho de Hoz
La plaza
de Armas de Santiago era un hervidero a eso de las seis de la tarde del día 7
de diciembre de 1547. El Cabildo estaba en “ayuntamiento” desde dos horas antes
a puertas cerradas y el vecindario se engolfaba en las más extrañas conjeturas
para adivinar lo que allí se acordara en el gravísimo asunto que había reunido
“a los señores Justicia y Regimiento”, a citación del Justicia Mayor Francisco
de Villagra recién investido con el alto cargo de Teniente de Gobernador, por
provisión de Pedro de Valdivia.
No era el
acto del “recebimiento” de Villagra el que preocupaba la atención del
vecindario; los que traían en efervescencia a la masa popular eran los
acontecimientos que podrían derivarse del camino de autoridad y esta inquietud
iba en aumento por instantes con la llegada a la Capital de los despojados en
Valparaíso por el Gobernador Valdivia según he contado en la “crónica”
anterior.
Esos
infelices abandonados en las solitarias playas de Valparaíso habíase visto
obligados a volverse a la Capital “de uno en uno y de dos en dos, a pie, sin
capas, e como robados de franceses”.
Al
marcharse al Perú llevándose el dinero ajeno, Valdivia, dejaba robada la
tierra” y nadie sabía a ciencia cierta a donde iba, “si a España o a Italia” o
si regresaría o no; mucha importancia tenía, pues, el cambio de autoridad que
en esos momentos se realizaba en el Cabildo reunido a puertas cerradas “y con
un vigilante al lado afuera con espada en mano”.
A medida
de que llegaban los “robados” iban a situarse en la Plaza “echando maldiciones,
alaridos y lamentaciones y pidiendo justicia de Dios”; con esto los ánimos se
exacerbaban más y más y no tardó en oírse alguna voz que propusiera enviar
mensajeros al Perú para que llevara la noticia de estos acontecimientos, lo
cual significaría una tremenda acusación a Pedro de Valdivia. Pero para
realizar tal proyecto era indispensable un jefe, alguien que tomara la
representación de todo el vecindario o por lo menos la de la mayoría; más aún,
este jefe habría de tener algún título con que pudiera justificar su actitud
ante el representante del Monarca.
Había un
nombre que bullía en el pensamiento de todos y que seguramente estaba a flor de
labio de gran parte de los descontentos: era el de Pedro Sancho de Hoz, el
eterno émulo de Valdivia, el tenaz pretendiente que desde siete años atrás
conspiraba para quitar el mando al Gobernador de Chile; ninguno mejor que él
podría hacer cabeza en esos momentos para dirigir el movimiento de subversión
que flotaba en el ambiente; pero Sancho no estaba en Santiago. Relegado a la
“Madera de Flores” después de la última tentativa de asesinato a Pedro de
Valdivia — algunos meses atrás— el Pretendiente encontrábase ayuno de los
acontecimientos que se habían desarrollado en esos días, y no era posible que
se presentara en la Plaza de Santiago en esos precisos instantes...
Pero, a
falta de Sancho, alguien recordó a un personaje que “era amigo y criado” del
Conspirador, su alter ego en todos esos trotes, su más fiel camarada y tal vez
su cómplice en la diversas empresas non sanctas del desterrado. Era Juan
Romero, el hombre “del halcón en la mano”, a quien he presentado ya varias
veces a mis lectores.
— ¡Vive
el Emperador, que yo acabo de ver a Romero circulando en corrillos, aquí en la
Plaza, hace irnos momentos! gritó Antonio de Tarabajano echando la vista por
sobre los diversos grupos que invadían el cuadrado. ¡Helo ahí! agregó,
señalando a un grupo que discutía y manoteaba cerca de la puerta del
cementerio.
Y sin más
partió en dirección de Juan Romero, que con su halcón en la mano, su sombrero
gacho, sus cabellos desgreñados y su eterna y deslavada sonrisa, oía sin
chistar los violentos comentarios de sus interlocutores.
Recordará
el lector que el primer “campo santo” de Santiago estuvo ubicado en el sitio en
donde hoy se levanta la capilla del Sagrario.
Tarabajano
era uno de los más enconados enemigos de Valdivia a causa de haberse visto
“quitado” de su encomiendo de indios en el nuevo repartimiento que el
Gobernador había hecho hacía poco tiempo, a pretexto de dar a los despojados,
que fueron muchos, más extensas propiedades en los territorios del sur que se
proponía descubrir y poblar. Tarabajano era hombre de hondas pasiones y no
había perdonado jamás al Gobernador “el vejamen” que le hiciera, quitándole
violentamente sus bienes; en la misma situación encontrábanse los demás
despojados, y todos ellos ansiaban encontrar la ocasión para tomar venganza; el
momento no podía ser, pues, más oportuno, ya que a estos descontentos uníanse
ahora los recientemente robados en las playas de Valparaíso.
Detrás de
Tarabajano, que habíase dirigido en busca de Juan Romero, siguieron también los
que estaban con él, y desde mitad de la Plaza, el primero alzó la voz:
— ¡Ah!...
señor Juan Romero.... ¡Ah!...
Al oír su
nombre, el hombre del halcón volvió solamente la cabeza para mirar por debajo
del ala de su sombrero con sus ojillos recelosos, chiquitillos y
escudriñadores.
— Señor
Romero... diga Vuestra Merced una palabra, agregó Tarabajano, sin detener el
paso.
¿Es a
mí...? ¿que me queréis señor...?
Tarabajano,
sin reticencia alguna, continuó, impertérrito, con esta pregunta asaz
comprometedora en esos momentos:
— ¿Dónde
está Pero Sancho de Hoz, que nunca ha tenido mejor tiempo que agora?...
Sin
titubear, tampoco, Romero contestó:
— En la
Madera de Flores está...
— Pues,
decidle que se imponga de todo lo que pasa, y que nunca hará mejor cosa que le
aproveche...
— Pues,
¿qué hay? ..., insinuó Romero, dándose por desentendido de todo.
— Habéis
de saber que están en Cabildo y que el Gobernador Valdivia es fugado y que deja
robada la tierra; y que si estuviera aquí, en este momento Pero Sancho, y se
prestara en el cabildo con sus papeles, le recibieran por Capitán y por
Gobernador.
Al notar
la resolución de Tarabajano y de sus amigos, que asentían a sus palabras, el
pícaro de Juan Romero quiso comprometerlos más aun, y dijo, en tono de
quejumbre:
— ¿Y qué
queréis que Sancho haga en esta tierra, en donde ha estado siete años,
esperando a que el Rey provea en ella lo que fuere de su servicio, sin
conseguirlo? Valdivia volverá dentro de tres meses, y por gobernar este tiempo
Sancho no querrá perderse... Yo le tengo por sabio y no lo hará...
Tarabajano
creyó que había ido demasiado lejos, y no insistió; pero Juan Romero había
logrado el objeto que en esos momentos perseguía, que era “tantear” la opinión;
ya tenía un partidario más su amigo Pero Sancho, y al lado de ese, los que le
acompañaban en esos instantes.
— Quedad
con Dios, señores, concluyó Romero, formulando una reverencia; y echando a
andar con sus pasitos inquietos, atravesó la Plaza en dirección a otro grupo en
donde había divisado a otro de sus amigos íntimos, el soldado Francisco Gudiel,
“amigo y criado” del Alcalde de segundo voto Rodrigo de Araya, que en esos
momentos encontrábase en Cabildo.
Lo que
Romero oyó del “amigo y criado” del Alcalde, le dejó estupefacto...
— El
Alcalde Rodrigo de Araya, díjole Gudiel, — así, de sopetón, — me ha preguntado
que dónde está Pero Sancho de Hoz, que pese a tal, y que dónde anda...
Ya no se
trataba, en este caso, de uno de los ciento cincuenta soldados o vecinos de la
ciudad, sino de una de sus autoridades, el Magnífico señor Alcalde Rodrigo de
Araya; el interés que tal personaje manifestaba por la presencia, en la Capital
y en esos momentos, del Pretendiente a la gobernación, indicaba a Romero que la
causa de su amigo Sancho no estaba en malas manos ahora, y que valía la pena de
tentar fortuna de nuevo; pero, siguiendo su sistema de observar y disimular,
contestó, ingenuamente, a su interlocutor:
— Pero
Sancho está a cinco leguas de aquí, en el molino que construye en la Madera de
Flores...
¿Acaso es
molinero...?, interpuso irónicamente Gudiel. ¡No os chanceéis!
— ¿Y qué
queréis que haga un hombre que está solo y muere de hambre y no tiene quién le
favorezca?
Gudiel
acercó sus labios a la oreja de su amigo y compinche y díjole, con acento
convencido, al par que misterioso:
— Toda la
tierra está por él, y todos esperan que tome la voz del Rey para avisar al Perú
cómo se ha fugado el Gobernador Pedro de Valdivia y deja robada la tierra y se
lleva los “quintos” reales.
Romero no
pudo disimular más, y en el mismo tono contestó:
—
¿Queréis que le envíe a llamar...?
— ¡Que
venga y salga a la Plaza con un bastón en la mano y con las “provisiones” que
tiene del Rey en la otra, y luego se presente al Cabildo y le requiera, como
Capitán y Gobernador del Rey!
— ¿Y con
quiénes contará?, se aventuró a preguntar Romero, ya en la pendiente de las
confidencias conspiradoras.
— Pues,
tiene a Diego de Céspedes, a Antonio Zapata, a Francisco de Raudona y al
Alcalde Araya, ¡y a todo el pueblo! aseguró Gudiel.
Unas
cuantas palabras más y Romero despidióse de su amigo, con el cual quedó de
juntarse más tarde para seguir cambiando impresiones.
Con su
pasito menudo y desparejo dirigióse Romero, siempre con su halcón en la mano,
hacia la esquina surponiente de la Plaza para tomar la calle que actualmente
llamamos de Ahumada, y dirigirse al solar de Pero Sancho, que era también donde
él vivía; aunque en sus conversaciones de los corrillos nada había dicho, ni
aun a Gudiel, Romero iba a realizar una importantísima entrevista: Sancho de
Hoz, a quien todos creían ausente, acababa de llegar de la Madera de Flores,
respondiendo al llamado que Romero le había hecho después del mediodía, tan
pronto como se dio cuenta del ambiente contrario a Valdivia que había empezado
a desarrollar entre el vecindario. Dentro de su figura ordinaria y desmedrada,
Romero manifestaba excepcionales dotes de habilidoso conspirador.
Efectivamente,
Sancho había llegado ya y esperaba impaciente a su amigo para saber a qué
importantísimos acontecimientos nuevos respondía el urgente llamado que se le
hiciera. La Madera de Flores estaba en la reducción del Cacique de Talagante,
cuya nieta, doña Elvira, era la mujer del alemán Bartolomé Flores; de ahí que
esas tierras se denominaran “de Flores”; la corta de maderas que se hacía en
aquellos bosques había dado el nombre de “la madera de Flores” al sitio en
donde había sido relegado Sancho de Hoz en castigo de su última tentativa de
conspiración contra el Gobernador Valdivia.
— ¿Qué
pasa en la tierra...?, fue la primera y ansiosa pregunta que Sancho de Hoz hizo
a Juan Romero tan luego como le vio entrar al aposento en donde el Pretendiente
habíase recluido para no ser visto de nadie. ¡Habla pronto, por vida del
Emperador, que al llegar aquí he notado que los vecinos andan alborotados!...
— Que es
ido el Gobernador Pedro de Valdivia, y llevádose toda la moneda de la tierra,
contestó al punto Romero.
— ¿Y qué
se ha hecho, sobre esto, en Mapocho?... insistió Sancho.
— El
Cabildo está en ayuntamiento y han recibido por Teniente y Justicia Mayor a
Francisco de Villagra, en nombre de Su Majestad y del dicho Valdivia.
— ¿Y qué
se dice en él pueblo?...
— Todos
están hechos unas ascuas y dicen que si viniese aquí “una voz del Rey”, todos
salieran a favor de ella.
Y sin
perder instante refirió, Romero, la efervescencia en que se encontraba el
vecindario con motivo del despojo inicuo que había hecho el Gobernador Valdivia
a los vecinos que se iban a embarcar en el SANTIAGO, apoderándose
del oro que llevaban al Perú o a España; agregó que a estos infelices,
exacerbados por tal ruin engaño, se unían ahora los demás despojados de sus
encomiendas, medio año atrás, y que todos “bramaban” por tomar venganza.
La
noticia más importante la dejó para el último: aquella de que el Alcalde
Rodrigo de Araya había manifestado el deseo de que Sancho se presentara ante el
Cabildo, con sus provisiones en la mano y que él, Alcalde, estaría dispuesto a
dar favor al Rey...
Sancho
vio el cielo de sus aspiraciones abierto de par en par; mientras encontraba
partidarios en vecinos aislados y sin mayor conexión, su causa era infeliz;
pero todo cambiaba de cuajo si tenía de su parte, además de tales amigos y
muchos otros que debido a los acontecimientos se le acercaban, a una de las
autoridades de la ciudad, y nada menos que a uno de los dos alcaldes.
Ambicioso
y atolondrado como era, no lo pensó más, y decidió dar el golpe, rápidamente,
antes de que se pudiera consolidar la autoridad del nuevo Teniente de
Gobernador; esto, además, era absolutamente necesario; no fuera a ocurrir que
la noticia de la conspiración y de la venida de Sancho llegara a conocimiento
de Francisco de Villagra y se frustrara todo.
Era
tarde, cerca de las ocho de la noche, y ya no se podía hacer nada ese día;
ambos acordaron dejarlo para el siguiente, 8 de diciembre y día de guarda,
después de la ‘‘comida”, esto es, cuando el vecindario sé encontrara “echando
la siesta”.
Entre
tanto Sancho permanecería oculto y no aparecería sino en el momento en que los
conjurados hubiesen hecho el pronunciamiento, “con la aprehensión de Villagra y
de sus amigos”. El lector verá que Sancho era muy prudente y que exponía su
persona lo menos posible.
Pero
faltaba combinar todavía los detalles de la acción, y, sobre todo, encontrar el
jefe que debería dirigirla personalmente. Para arreglar estos detalles, el
hombre era Romero, el activo Romero que hasta este momento había sido el único
en preocuparse seriamente del cambio de gobierno que la gran mayoría de los
habitantes de Santiago no se atrevía a imponer con franqueza, a pesar de que
todos lo acariciaban en lo más hondo de sus pensamientos.
La noche
debía ser la mejor colaboradora de las actividades del Cazador, y a fe que supo
aprovecharla.
La
primera diligencia de Romero fue ponerse al habla con la persona que, en su
opinión, podía ser el jefe del movimiento; Sancho había pensado en Andrés de
Escobar, cuyos resentimientos con Valdivia asumieron a veces caracteres
violentos; fuese, pues, a casa de este soldado, y tal sería la confianza que
tenía Romero en la adhesión de Escobar, que al entrar en su aposento
preguntóle, sencillamente:
— ¿Ya hay
algo...?
— No sé
nada, contestó Escobar; ¡juro a Dios! ¿Adonde está Pero Sancho?
Disimuló,
Juan Romero, y no quiso hacerle saber, desde luego, que Sancho había llegado
hacía poco a Mapocho:
— En la
Madera está, díjole, a cinco leguas de esta ciudad.
Exasperóse
Escobar al oír tal cosa, “y dando una patada” en el suelo,
exclamó:
— Yo os
diré que han estado treinta hombres de a caballo listos para partir hacia
Valparaíso y dar barreno al navío en donde está embarcado el Gobernador, a fin
de obligarlo a quedarse en tierra...
Romero
abrió desmesuradamente la boca; la importante noticia le tomaba de sorpresa y
tal vez él mismo no se figuraba que el encono contra Valdivia habría podido
llegar hasta ese punto; quiso saber más detalles, y preguntó:
—
¿Quiénes habrían de ir y con qué capitán...?
— Muchos,
respondió Escobar, bajo el mando de Hernán Rodríguez de Monroy.
Romero
pensó, complacido en que tenía otro candidato para jefe de la revolución, por
si fallaba Escobar; lo disimuló por el momento e insistió en pedir más datos:
— ¿Con
quiénes había de ir?
— Con
Juan Benítez Monje y Martín de Valencia...
—
¿Piensan llevar la empresa, adelante...?
— No sé;
creo que la empresa se ha caído...
— ¿Y por
qué no van?, insistió Romero.
— Por que
les falta el “calor del Rey”; esto es, — advierte nuestro Monseñor Errázuriz—
“porque nadie se considera autorizado para tomar el poder y el mando”.
Romero
vio fracasada la tentativa, por cuanto Sancho de Hoz, ya lo sabemos, había
determinado ocultar su persona hasta el momento mismo de la revuelta, y él era
el único que podía comunicar ese “calor del Rey” que para esa acción preliminar
hacía falta.
— ¿Qué
remedio puede tener esto?, dijo, sin embargo; porque la voluntad de Sancho es
que se haga esto sin muerte de ningún hombre, ni chico ni grande, sino que él
entre en Cabildo, porque Araya ha dicho que le recibirán por Gobernador así se
presente en él.
Seguramente
Andrés de Escobar esperaba otra respuesta y, decepcionado, se limitó a decir,
entrándose a su alcoba:
— Señor
Romero, ¡me voy a dormir...!
— Oiga,
Su Merced, una palabra, insistió Romero; si Vuestra Merced quiere, le hablaré
de ello a Hernán Rodríguez de Monroy, ¿os parece?
— Haced
como gustéis, respondió Escobar, desde adentro. Y ya no quiso continuar la
conversación con gente que quitaba el cuerpo a los acontecimientos.
— Ved que
os va en ello ser la segunda persona de esta Gobernación... agregó Romero.
Pero en
vista de la porfiada negativa de Escobar, Romero salió en busca de Hernán
Rodríguez, quien adoptó la actitud que luego verá el lector.
* * * *
Al salir
de casa de Andrés de Escobar, encaminóse Juan Romero hacia la posada de Hernán
Rodríguez de Monroy, ubicada en la calle que hoy llamamos de la Merced, y al
doblar la esquina de la Plaza encontróse con Martín de Candía, quien, al ver al
hombre del halcón, no resistió el deseo de apersonársele para saber noticias.
— ¿Qué
pasa, señor Romero? ¿Aún no llega, vive Dios, Pero Sancho? ¿Y qué hacer? ...
— Sancho
no puede venir porque está desterrado en la Madera de Flores, repitió por
centésima vez el conspirador; he de pedirle al señor Alcalde Araya que hable al
señor Teniente Villagra para que lo permita venir a su casa.
— Y
agora, ¿a dónde va Vuestra Merced a estas horas?
Titubeó
un poco, Romero, antes de contestar a pregunta tan compromitente, pero a su vez
quiso sondear a su interlocutor.
— A casa
del señor hidalgo Hernán Rodríguez, voy, para ver si Quiere hablar al señor
Alcalde en favor de Pero Sancho; mas, creo que es tarde ya, y me recojo a mi
posada, terminó .Romero.
— No
hagáis esto, señor, repuso Candía; id donde Hernán Rodríguez que os acogerá,
aunque esté echado, porque es amigo vuestro.
A pesar
de la noticia, Romero insistió en retirarse; tal vez le pareció sospechosa la
porfía de Candía y no quiso hacerle sabedor de sus proyectos. Despidióse
cortésmente del “soldado” y de otros amigos que se le habían juntado” y tomó la
vereda sur de la Plaza en dirección a la que es hoy calle de Ahumada.
Candía y
los suyos lo vieron alejarse, y, cuando se perdió en las sombras, el grupo, que
era de cuatro, se encaminó por la calle de la Merced arriba; a los pocos
minutos entraban todos a-la posada de Hernán Rodríguez de Monroy. Allí
encontraron, también, a Andrés de Escobar; todos eran conspiradores, como lo
habrá notado el lector, pero cada cual temía soltar prenda, a fin de no
exponerse a una traición.
— Juan
Romero venía hacia aquí, dijo Candía al enfrentarse al dueño de casa, pero
regresó a su posada, por ser ya muy tarde.
Escobar y
Rodríguez se echaron una mirada de inteligencia.
Sin la
presencia de Romero, el único “representante” del pretendiente a la
gobernación, todo lo que se hablare allí era inútil; pero si se deseaba
aprovechar lo que quedaba de noche para acordar lo que habría de hacerse al
otro día, era absolutamente necesario que Romero estuviera allí.
— ¡Yo iré
por él!, dijo Antonio Zapata y embozándose en su capa salió en busca del hombre
del halcón.
Poco
tardó el enviado en estar de vuelta, pero con malas noticias; Romero no estaba
en casa, y el “mochacho” sirviente había contestado que Romero había salido
hacía rato: la noticia descorazonó a los conspiradores, quienes, pasados
algunos instantes, abandonaron la casa de Rodríguez y se fueron cada cual a su
olivo, ‘lamentándose de que Sancho no estuviera en Mapocho”.
Andrés de
Escobar, como los otros, fuese también a su casa, pero al doblar la esquina de
la Plaza con la calle del Rey, (Estado), encontróse con Diego de Céspedes,
quien le contó la novedad de que Francisco de Villagra acababa de ser recibido
por el Cabildo con el carácter de Teniente de Gobernador. La noticia era
esperada, pero no dejó de causar impresión en Escobar y así lo manifestó a su
informante que también era de los más enconados enemigos de Pedro de Valdivia,
y por lo tanto, de los que fraguaban su caída; ambos continuaron juntos por la
calle del Rey comentando el suceso, y en esto llegaron hasta la casa de Andrés.
— Entre
Vuestra Merced un instante, dijo Escobar, y descansará que bastante habrá
trajinado para acomodar a los infelices que han llegado cansados y hambrientos
del puerto.
— ¿Sabe
Vuestra Merced que Pedro de Valdivia permanece todavía en Valparaíso, embarcado
en el navío que lo habrá de llevar al Perú?, preguntó Céspedes.
— Lo sé,
dijo Escobar, y si Sancho fuera otra persona, habría ido al puerto a la cabeza
de los que quisieron dar barreno al barco; pero este hombre está lejos y no hay
quien haga cabeza, ni pueda ir en su nombre, ¡por nuestra Señora, que jamás
tendrá oportunidad como ésta para apoderarse del mando y vengarnos a todos!
— Piense
Vuestra Merced en Francisco de Villagra, reparó Céspedes; no olvide que el
Teniente es hombre bravo y que podría ponerse al frente de sus amigos e impedir
cualquier intento.
— Señor
Céspedes, el Teniente Villagra no tendrá gente que oponer a la mucha que se
rebelaría, afirmó Escobar; pero reconozco que habría que empezar por aprehender
a Villagra, a Francisco de Aguirre, a Juan Gómez de Almagro y demás amigos que
le defenderían.
— Con
aprehenderlos poco se gana, observó Céspedes.
— ¿Qué
queréis decir...?, inquirió Escobar bajando la voz.
Calló un
momento Céspedes, temeroso de haber ido demasiado lejos, pero al recordar que
su interlocutor era de los más apasionados enemigos del Gobierno y recordando,
además, que jamás se había recatado para manifestar sus propósitos de venganza,
contestó con acento convencido.
— Señor
Escobar, poco ganaríamos, a mi parecer, si Villagra estuviera solamente
prisionero de Sancho, porque para sus amigos y para todos nosotros, continuaría
siendo el representante del Rey, puesto que poder de Valdivia tiene para serlo.
Si Pero Sancho quiere el mando, continuó a media voz, debe tomarlo cuando no
exista Villagra....
Escobar
echó una rápida mirada hacia la puerta, llevóse un dedo sobre los labios y
avanzó en puntillas; tiró con violencia de la “manija” y abrió; al lado de
afuera se dibujó la ridícula silueta de Juan Romero, con su halcón en la
mano...
— ¡Vive
el Emperador, y qué manera tenéis de haceros presente!, exclamó, con aspereza,
Andrés de Escobar.
Pero ante
la humildosa “reverencia” que formuló Romero, el dueño de casa no tuvo más que
agregar:
— Entrad,
por San Carlos, que precisamente hablábamos de Pero Sancho y de vos, que sois
su amigo y criado. ¿Ha llegado ya a Mapocho...?, continuó, por decir algo.
— Ha
llegado hace unos instantes, respondió Juan Romero
— ¡Ha
llegado...! exclamaron a dúo Escobar y Céspedes.
— Ha
llegado y envíame a buscaros, pues necesita saber de vuestra boca lo que
pensáis de esto que está pasando en la ciudad.
— ¿Y en
dónde está? inquirió Céspedes.
— En su
casa está, y no quiere salir para que no lo vean, afirmó el muchacho.
Ambos
soldados guardaron silencio, consultándose con la mirada; ir a casa de Sancho
de Hoz, a tales horas, sabiéndose en Santiago que el Conspirador no estaba en
la ciudad, era por demás compromitente; pero no dejaba de reconocer que mucho
más peligroso era que Sancho saliera de su casa, exponiéndose a ser visto por
alguien que pudiera llevar el cuento al Teniente Villagra.
Sin
embargo, era absolutamente necesario ponerse al habla con él, a fin de acordar
lo que fuese preciso.
— Idos,
señor Romero, dijo Escobar después de hacerle algunas preguntas sobre la
inesperada llegada de Sancho a Mapocho; idos adelante y cuidad de que no os
vean salir de aquí; pronto llegaremos a la posada del señor Sancho de Hoz y
dejad la puerta entornada para que podíamos entrar allí sin llamar.
Antes de
un cuarto de hora, ambos conspiradores encontrábanse delante del Pretendiente
y, atrancadas las puertas, sumiéronse los tres en los más meticulosos detalles,
proyectos, cálculos y probabilidades sobre el golpe que se había acordado dar
el día siguiente.
— ¿Y qué
se hará con Francisco de Villagra...?, propuso Céspedes, continuando en su
obsesión.
Los
conjurados no contestaron de pronto, pero Sancho de Hoz, cuya era la opinión
que se esperaba oír, dijo, no sin titubear:
— Tenerlo
en prisiones... o mandarlo a la tierra de los promaucaes...
— Eso
querrá decir que la lucha se prolongará quizá por cuánto tiempo, afirmó
Céspedes, y lo que a vos os conviene, y a todos en Mapocho, es que haya
tranquilidad. No soy de vuestro parecer.
Callaron
todos de nuevo, en un silencio embarazoso.
— ¿Y qué
se habrá de hacer...?, preguntó a su vez, Sancho, con voz temblorosa.
— ¿Me
dais permiso para decir lo que pienso de esto...?, intervino, tímidamente, Juan
Romero, acariciando el plumaje de su halcón.
Los tres
volvieron el rostro hacia el sitio cercano a la puerta en donde el Cazador
había permanecido de pie, respetuosamente alejado del grupo.
— Hablad,
pues, amigo Romero, dijo Sancho, echando una mirada de aliento al desmirriado
mozo. Decidnos, si sois servido, qué pensáis de lo que habremos de hacer con el
Teniente Villagra...,
— Matarle
esta misma noche..., contestó Romero, sin que su rostro se inmutase en lo más
mínimo.
Los
conjurados se incorporaron, espantados; la faz de Sancho emblanqueció como la
de un cadáver.
— Es la
única manera de quitarle el gobierno, sin que tengamos que combatir por las
calles, agregó Romero, bajando la vista y sin aspaviento alguno; ausente y
fugado el Gobernador Valdivia, muerto su Teniente Villagra y presente el señor
Sancho, con sus provisiones de Gobernador por el Rey en las manos, el Magnífico
señor Alcalde Rodrigo de Araya le dará favor, y el Cabildo lo habrá de recibir
sin inconveniente alguno...
El
cinismo con que Juan Romero expresó su pensamiento, dejó abismados a los
conspiradores, incluso a Diego de Céspedes, el cual, ya lo sabe el lector,
había sido el primero que propusiera la eliminación de Villagra; sin embargo,
la forma en que Romero expuso su opinión y su plan fue tan concluyente, que
ninguno tuvo una palabra que proponer en contrario. Pasados unos instantes,
Céspedes dijo:
— Acabáis
de decir que Villagra debería ser muerto esta misma noche... ¿y cómo puede
hacerse eso?...
— El
señor Teniente vive en una casa inconclusa y sin puertas, contestó, impasible,
Romero, y, con alguna maña, es posible entrar allí a cualquiera hora del día o
de la noche.
Los
conspiradores iban de sorpresa en sorpresa; para Juan Romero no había objeción
ni dificultad posibles porque las destruía con una sola palabra. Tenía su plan
perfectamente concebido y estudiado, y, al parecer, no necesitaba, para
realizarlo, sino el asentimiento de aquellas personas a quienes él reconocía
por jefes. Sancho de Hoz permanecía pálido, nervioso, y no acertaba a
pronunciar una palabra; sólo estaba pendiente de las que podían pronunciar sus
amigos y cómplices, a quienes procuraba complacer en todo a fin de retener su
adhesión; era un curioso ejemplar de conspirador y de pretendiente; ambicioso,
vano y sin idea propia, confiaba solamente en lo que pudieran hacer los demás
para elevarlo a él con la expectativa de medrar a su sombra.
Era
indudable que Juan Romero había impuesto su pensamiento y su plan, porque
ninguno de los tres le hizo reparo alguno; por lo contrario, quedaron
esperando, al parecer, que “el autor” lo desarrollara más ampliamente. Romero,
sin embargo, callaba con obstinación, como si con ello quisiera tirar la lengua
a sus cómplices.
Andrés de
Escobar echó a un lado el taburete en que había estado sentado y dio unos
cuantos pasos por el aposento para calmar un poco sus nervios en tensión;
Sancho, apoyado de codos a una mesa y con la barba entre sus manos, trataba de
coordinar las infinitas ideas encontradas e indecisas que bullían en su
cerebro; Céspedes, sentado al borde de la cama y con la mirada en el vacío, se
esforzaba por encontrar las palabras menos compromitentes para interrogar a
Romero y conocer el fondo de su pensamiento, y, por último, el hombre del
halcón, de pie junto a la puerta, con su actitud de pasividad inconsciente,
permanecía impenetrable.
La
apagosa luz de la vela de sebo que alumbraba el aposento, daba a ese cuadro
tintes sombríos y trágicos.
Andrés de
Escobar fue el que interrumpió aquel silencio, dando una patada al taburete; el
ruido del golpe hizo volver a los conjurados de su ensimismamiento, y Sancho
llevó su nerviosidad hasta incorporarse y echar mano al puñal que portaba a la
cintura.
— ¿Y qué
habrá de hacerse...?, interrogó, poniendo ambas manos sobre las caderas.
— Que nos
lo diga el señor Romero, contestó al punto Diego de Céspedes.
— ¡Hablad
de una vez!, ordenó con enérgico acento Escobar. ¿Cómo y en quién habéis
pensado para llevar a cabo vuestro proyecto de matar a Villagra? ¡Decidlo
luego...!
— Ya dije
cómo, contestó con voz humilde Juan Romero; entrando hasta la alcoba del señor
Teniente, que duerme sin guardias en su casa sin puertas; sobre quién habrá de
ir, el señor Sancho y vosotros lo habréis de disponer.
— ¡Vos,
por ejemplo!...dijo Escobar, acercándose a Romero.
— Si lo
mandáis, iré yo, contestó sin vacilar el hombre del halcón.
Sancho de
Hoz se desplomó sobre su silla; conocía a Juan Romero desde mucho tiempo y
varias veces le había tenido por cómplice en sus diversos atentados contra
Pedro de Valdivia; pero, a pesar de todo, no lo habría creído capaz de ejecutar
un crimen tan alevoso y tan audaz como el que en esos momentos se premeditaba.
— ¡Id,
pues! ordenó Escobar, que adoptaba, el parecer, los arrestos de cabecilla.
— ¡No,
por Nuestra Señora!, exclamó Sancho, alzando las manos suplicantes; ¡nada de
sangre! ¡Nada de sangre!
— ¡Cómo
es eso!, intervino Céspedes. ¿Creéis, acaso, que los que vamos a exponer
nuestras vidas por elevaros a Gobernador, no tenemos derecho a tomar todas las
precauciones para prevenimos del mayor peligro, que es la presencia en Mapocho
del Teniente Villagra? ¡Vamos! ¡Dejáos de melindres y si queréis renunciar al
mando, no faltará quien lo recoja...!
— Aparte
de que no faltaría quién denunciara vuestra presencia, en Mapocho, sin licencia
del Gobernador, agregó Escobar, y con ello, tal vez lo perderíais todo: el
mando que pretendéis y la vida que aun os queda. ¡Romero, continuó,
dirigiéndose al Cazador; como Teniente, que soy, del señor Pero Sancho de Hoz,
aquí presente, Gobernador de estas provincias de Chile, por el Rey, y en su
Real nombre, os mando que vayáis a cumplir el cometido que tenéis, de librar a
este Reino de los tiranos que lo gobiernan!
Embargado
por emoción profunda, Sancho de Hoz oyó la orden que “su teniente” estaba dando
en su nombre a Juan Romero, y no acertó a decir una sola palabra; el hombre del
halcón formuló una reverencia profunda, al mismo tiempo que sus labios gruesos
y salivosos se enarcaron grotescamente, insinuando algo así como una sonrisa de
interpretación indefinible: repitió varias veces la inclinación, sujetando
entre sus manos el ave de rapiña que hacía esfuerzos por conservar el
equilibrio y desapareció, retrocediendo, detrás de la puerta.
Sancho de
Hoz apoyóse a la muralla del “cuarto” para no caer; iba a empezar la tragedia
que provocara su pertinaz ambición y su espíritu cobarde comenzaba también a
deprimirse ante la efectividad de los hechos y de sus consecuencias.
Andrés de
Escobar y Diego de Céspedes contemplaron despectivamente al “pretendiente”; si
a ellos no les moviera el implacable deseo de venganza contra Pedro de Valdivia
y sus amigos, junto con la expectativa de recuperar los bienes de que habían
sido despojados y la ambición de medrar a la vera del poder que iba a residir
ahora en manos tan deleznables, hubieran abandonado a su propia suerte “a ese
infeliz de Pero Sancho”.
A una
insinuación tácita, requirieron ambos sus chambergos, echáronse sus capas y se
dispusieron a salir.
— ¿Os
vais...?, dijo asombrado Pero Sancho; ¡quedáos, por favor...!
— Nada
más tenemos que hacer aquí, dijo Céspedes, y por lo contrario, es conveniente
que veamos ahora mismo a los amigos que nos habrán de acompañar mañana en los
momentos de vuestra presentación en la Plaza. Echaos a la cama, continuó el
soldado, con manifiesta ironía, que bien lo necesitáis para reparar vuestras
energías.
Sancho
guardó silencio de nuevo, visiblemente afectado.
Céspedes
y Escobar embozáronse, hundiéronse los sombreros de un golpe y salieron,
dejando entornada la puerta.
— Atracad
por dentro, señor Gobernador, dijo Escobar, y no abráis sin que sepáis antes
quién es... ¡Ya sabéis que vuestra preciosa vida corre peligro!
Los
conspiradores siguieron por la calle de los Huérfanos, que entonces era casi el
límite sur de la ciudad, y haciendo un rodeo para no pasar por la Plaza, se
encaminaron, por la que es actualmente calle de San Antonio, a la casa de
Hernán Rodríguez de Monroy, situada, ya lo sabemos, en la calle del “Cerrillo”,
que así se denominaba entonces la de la Merced.
Seis
hombres había en el aposento cuando Céspedes y Escobar penetraron allí; al
verlos, todos se fueron a interrogarles ansiosamente para conocer las últimas
novedades.
— ¡Sancho
de Hoz está en Mapocho!, fue lo primero que dijo Céspedes al entrar.
Una
exclamación unánime, de sorpresa y de satisfacción se extendió por el concurso;
pero a una enérgica indicación de Hernán Rodríguez de Monroy, todos reprimieron
sus ímpetus y rodearon a los recién llegados para oír de boca a oreja los
detalles de tamaña noticia; Escobar estimó necesario comunicar a sus amigos
todo cuanto se había hablado en casa de Sancho, pero al llegar al plan de Juan
Romero y a la comisión que en esos instantes andaba desempeñando “en la casa
sin puertas” del Teniente Villagra, titubeó un instante, miró instintivamente a
su alrededor y, adoptando una actitud solemne, dijo, con acento que impresionó
a sus oyentes:
—
Señores, veo que todos somos amigos, pero antes de continuar en esta empresa en
que nos va la vida, es preciso que reflexionemos...
Prodújose
un silencio imponente.
— ¿Sobre
qué habremos de reflexionar todavía? ..., observó con voz, cortante, seca y
rencorosa, Hernán Rodríguez; ¿acaso no estamos de acuerdo en quitar el poder a
los tiranos, cueste lo que cueste, y restaurar en estas provincias la autoridad
legítima del Rey nuestro Señor?
Todos
asintieron en distintas formas a las palabras del dueño de casa, pero Escobar
titubeó todavía, y agregó:
—
¡Juradlo!...
Los
conjurados pusiéronse de pie al instante.
— Jurad,
ante todo, que no revelaréis a nadie lo que os voy a decir luego...
Cada cual
puso la mano sobre la empuñadura de su espada.
— ¡No!,
¡aquí, sobre la cruza de la mía!, ordenó Escobar, avanzando la tizona hacia el
centro del círculo.
Todas las
manos derechas fuéronse colocando, una encima de la otra, sobre la empuñadura.
— ¡Por
Dios y Santa María, y en servicio del Emperador!
— ¡Está
jurado! rezaron todos, con voz entera.
— ¡Y que
en la demanda pondremos nuestras vidas!, continuó Escobar.
— ¡Está
jurado!, repitieron en el mismo tono.
Tras un
momento de silencio que nadie osó interrumpir, Escobar continuó la relación de
lo que habíase convenido en casa de Sancho.
— En
estos instantes, terminó Escobar, bajando la voz hasta el sigilo, puede que el
Teniente Villagra esté dando cuenta de sus pecados ante el Tribunal Supremo...
¡Roguemos por él!
-¡¡Ah!!...
Y a pesar
del rencor que invadía a aquellas almas, enconadas contra el representante del
Gobernador Valdivia, ninguno de aquellos rudos aventureros pudo sustraerse a la
emoción profunda que le causara la espantosa noticia que acababan de oír, y
cada cual elevó desde lo íntimo, una fervorosa plegaria por el Teniente
Villagra, a quien suponían caído ya bajo el certero puñal de Juan Romero, el
hombre del halcón.
* * * *
Al salir
del aposento en donde Escobar y Céspedes resolvieron, con la pasividad de
Sancho, la muerte del Teniente Villagra, el hombre del halcón atravesó el
“pasadizo” y encaminóse hacia el fondo de la casa, en cuyo extremo del
“corredor”, tenía su habitación. Empujó la puerta, penetró, y con paso
decidido, dirigióse a un rincón en donde, con la seguridad del que ve a la luz
del mediodía, hizo trepar el ave de rapiña sobre el palo esquinero que le
servía de dormitorio.
Con la
misma seguridad cruzó el aposento y encaminóse al otro extremo; llegó al borde
de la cama, estiró el brazo hacia la pared, y su mano cayó sobre una cruz que
colgaba de la cabecera; cogió el Divino Símbolo y apretándolo contra su pecho,
cayó de rodillas, y a poco apoyó su frente sobre el lecho, en humilde e intensa
oración...
La
infeliz mentalidad de Juan Romero aconsejábale pedir la protección del Cielo
para llevar a cabo, con felicidad, el asesinato que se proponía cometer.
Después
de un momento incorporóse, dejó en su sitio la cruz y metiendo la mano entre
los pellejos que le servían de cama, extrajo un arma que colocó en su tahalí;
embozóse, cogió un bastón, salió del aposento y luego a la calle sin hacer el
menor ruido.
La
oscuridad más completa envolvía a la ciudad, o mejor dicho, al campamento
militar, que constituía, por entonces la Capital de las provincias de Chile; en
otra ocasión, o mejor dicho en cualesquiera otras circunstancias, Juan Romero
habría tenido la seguridad de no encontrar “a un alma” a tales horas por las
terrosas o barrosas calles de Santiago; ordinariamente, el lastimero son que la
pequeña campana de la Matriz esparcía sobre la población, a eso de las nueve de
la noche, encontraba a todos los habitantes “metidos” en sus camas o bajo sus
rústicos y pajizos techos; pero en esa noche del 7 de diciembre de 1547,
después de los agitados acontecimientos que se habían desarrollado durante esa
tarde, no podía ser extraño que algunos o muchos vecinos estuvieran todavía “en
pie” y transitaran por las calles.
Para Juan
Romero tenía muchos peligros encontrarse con alguien a esas horas, y adoptó
cuantas precauciones creyó necesarias para esquivar el bulto y librarse de
interrogatorios compromitentes. La casa del Teniente Francisco de Villagra, a
donde él se dirigía, estaba situada en la esquina nor-oriente de la Plaza
(Municipalidad), al lado del “palacio” del Gobernador Valdivia, que ocupaba el
solar nor-poniente (Correo). En este “palacio” había estado reunido el Cabildo,
durante toda la tarde — ya lo sabemos— para acordar el “recibimiento” del
Teniente Villagra y las resoluciones importantísimas que el viaje “o fuga” de
Pedro de Valdivia había puesto en el tapete de la discusión ante la única
autoridad de representación “legal” que existía en la ciudad y el Reyno.
La
“diligencia” que iba a desempeñar Juan Romero le obligaba a ser sumamente
precavido, y habría sido torpe imprudencia atravesar la Plaza, en donde hubo
gran concurso de gente toda la tarde y posiblemente quedarían todavía algunos
curiosos. Salió, pues, a la calle de los Huérfanos, y en vez de seguir por*
allí hacia la de Ahumada para encaminarse a la Plaza, prefirió tomar la de
Bandera, por cuyo “callejón” de solares eriazos continuó, hasta la calle de
Santo domingo; torció hacia el Oriente y anduvo hasta enfrentar la de 21 de
Mayo. Allí se detuvo unos instantes y endilgó hacia el Sur, extremando sus
precauciones, puesto que iba a desembocar a la esquina de la Plaza, en donde se
levantaba la casa “sin puertas”, de la que iba a ser su víctima.
En la
descripción de este trayecto, de los demás que he hecho y en los que habré de
hacer en la presente narración, he adoptado los actuales nombres de las calles,
a fin de no perturbar la imaginación del lector con nombres antiguos que nada
le dirían, y para que dé cuenta, rápidamente, del sitio en que se desarrollaron
los sucesos.
Arrimándose
a la muralla de la casa de Villagra, el cazador Juan Romero llegó, por 21 de
Mayo, hasta la Plaza, y antes de decidirse a doblar la esquina, avanzó la
cabeza y un ojo para escudriñar en la oscuridad; quedóse quieto y aguzó el
tímpano... Nada vio ni oyó, a pesar de la concentración de sus sentidos; el
gran cuadrilátero parecía solitario y sólo creyó distinguir, al centro,-la alta
silueta de la horca que alargaba su negro brazo dibujando una línea sobre la
profundidad del cielo estrellado.
Seguro de
la soledad, dio unos pasos, en puntillas, por la vereda norte, frente ya a la
casa de Villagra, y a poco, arrastrándose casi, encontróse a dos o tres varas
del boquerón que servía de entrada a la posada del Teniente; detúvose de nuevo
para percatarse del menor ruido y permaneció inmóvil durante varios minutos, Su
mano derecha, que hasta ese momento había sujetado el embozo, bajó hasta el
cinturero y sus dedos arañaron las ropas que envolvían una empuñadura.
Avanzó
con la espalda apegada al muro, y su brazo, en el vacío, le indicó haber
llegado al portalón de entrada; volteó la cabeza y sus pupilas, agrandadas por
la oscuridad, lanzaron sus visuales hacia el interior negro y caótico;
seguramente que esas pupilas echaban lumbre, como las del gato. Detuvo la
respiración, y, antes de dar el primer paso hacia adentro, echó una nueva y
profunda mirada a su alrededor y a la distancia. Unos goznes que rechinaron y
unas voces que se insinuaron lejanas en el silencio de la noche, paralizaron su
actitud decidida; orejeó como un perro y al confirmar la persistencia de
aquellos ruidos retrocedió, siempre apegado a la muralla, y ganó rápidamente la
esquina, a cuya vuelta se agazapó.
Efectivamente;
del “palacio” de Pedro de Valdivia, situado, ya lo dije, a la altura del actual
edificio del Correo, salieron varios hombres, quienes, después de despedirse en
la puerta, se esparcieron en distintas direcciones; eran algunos regidores del Cabildo
que se habían quedado en la Sala, una vez que hubo terminado la sesión,
“platicando” sobre los graves acontecimientos del día y sobre sus posibles
consecuencias.
Uno de
los grupos — el que formaban Francisco de Aguirre, Alonso de Córdoba y
Francisco de Villagra— siguió por la vereda norte de la Plaza; los dos primeros
quisieron, tal vez, dejar al Teniente en su casa, que estaba a la pasada, pero
éste se empeñó en acompañar a sus amigos a las suyas, de modo que el grupo
cruzó la bocacalle y siguió por la de Monjitas hasta la esquina de San Antonio,
en donde tenía su posada el Regidor Córdoba. Le dejaron allí, y Villagra y
Aguirre volvieron a la Plaza en cuyo costado oriente tenía su “casa de altos”
el siempre ostentoso Francisco de Aguirre.
Cuando
Juan Romero se dio cuenta de que por la vereda norte venía un grupo hacia la
esquina, detrás de la cual encontrábase escondido, no titubeó en ponerse en
salvo, e incorporándose rápidamente echó a correr en puntillas y derrengueando
por la calle de 21 de Mayo; al llegar a la medianía, se metió, cuan largo era,
en un herido que sé estaba construyendo para acequia “del agua de beber”;
cuando el grupo atravesó la calle, con dirección a la casa de Alonso de
Córdoba, según ya dije, Juan Romero percibió las voces, pero por más que aguzó
el oído no pudo reconocer sino la de Francisco de Aguirre que era la más
golpeada; tampoco le fue posible entender de lo que hablaban ni saber quiénes
eran sus acompañantes.
Cuando el
rumor de voces y de pasos se perdió, Romero levantó la cabeza, pero se guardó
bien de salir de su escondite; acomodóse lo mejor que pudo dentro del foso,
cuidando, eso sí, -de atisbar en la oscuridad y de percibir cualquier ruido que
pudiera orientarlo en su inesperada y difícil situación. Mientras Romero
permanecía en esta actitud, Villagra y Aguirre volvieron de la casa de Córdoba
y continuaron, ya lo sabemos, hasta la del último. El Cazador, no vio, ni
siquiera se dio cuenta de la vuelta de ambos caballeros.
— Entre
Vuestra Señoría y Merced un momento— dijo Aguirre a su amigo— que, aunque es
tarde, no faltará a la mano un vaso de soconusco con que humedecer la lengua
después de tanto hablar. ¡Entre Vuestra Señoría, señor Teniente, que quiero ser
el primero en festejarle por su enaltecimiento a Gobernador de estas
provincias!
Empujó
cariñosamente a Villagra, que se resistía débilmente a entrar, y lo introdujo a
su habitación, ordenando, de paso, a su “mochacho” — que se desperezaba
soñoliento— que trajera una “limeta” y dos vasos de plata.
— Vea
Vuestra Merced que es tarde, señor Capitán — díjole Villagra— y será bueno que
mañana nos encontremos todos en la Plaza a la hora de misa para ver qué se dice
en el pueblo, ya que todos concurrirán allí.
— Ya lo
sabremos mañana, señor Teniente; por ahora bebamos a la salud y pronto regreso
de nuestro Gobernador Pedro de Valdivia y a su fortuna, que es la nuestra.
Alzaron
los vasos, ceremoniosamente, por sobre la cabeza y los vaciaron de un trago,
besándolos, luego, en el borde, como saludo final.
Por
cierto que no fue ese el único brindis, ni podían tampoco permanecer en
silencio; pronto se engolfaron en sostenida conversación, sobre los sucesos de
esos días y sobre las consecuencias que de ellos se temían para la tranquilidad
de la Colonia.
Romero
permanecía, entre tanto, dentro de la acequia y cuando dejó de oír ruidos
sospechosos, se dispuso a salir para continuar en su interrumpida empresa. La
ciudad aparecía sumida en profunda quietud, y el silencio apenas si era
interrumpido por los graznidos de algunas aves nocturnas o los ladridos de
algún perro; la oscuridad habíase hecho más completa, si cabe, y solamente la
luz refleja de las estrellas difundía en la atmósfera cierta claridad que no
alcanzaba a llegar a la tierra.
El
Cazador ganó la vereda y avanzó hacia la Plaza, apegado al muro; llegó a la
esquina, y después de un momento la torció, como había hecho antes, no tardando
más de unos minutos en encontrarse otra vez al costado de la portada de la casa
del Teniente Villagra. Esta vez penetró decididamente y se ocultó en un hueco;
sabía que Villagra tenía su alcoba al extremo del “pasadizo” y que sólo una
cortina la dividía de las demás habitaciones; con atravesar el zaguán
encontraríase inmediatamente en el cuarto del dormido Teniente y una vez al
borde del lecho, cuya ubicación también conocía, no iba a serle difícil dar
término a su cometido.
Aguzó
nuevamente el oído y seguro de que no había peligro salió de su escondite y fue
deslizándose hacia el interior, adosada la espalda a la muralla; el pasadizo
era largo, y en esa función demoró algunos minutos; a medida de que avanzaba
iba notando, a cada momento, la acompasada respiración de una persona que
dormía tranquila y reposadamente. Sus dedos, alargados hacia la oscuridad, como
tentáculos, rozaron el cortinaje de la alcoba... al sentir este leve contacto
Juan Romero retiró instintivamente la mano: quedó estático, apoyada la nuca
contra la pared.
La
respiración del hombre que dormía, continuaba sin la menor inquietud y las
prolongadas aspiraciones de sus pulmones, fuertes y sanos, denotaban un sueño
profundo; el asesino estimó que tales momentos debían aprovecharse; requirió el
arma, la empuñó a satisfacción, su izquierda buscó la abertura del pesado
cortinaje, abrió paso, y penetró. Detúvose, empero, detrás de la cortina y
antes de avanzar husmeó, desorientado.
Sabía que
el lecho del Teniente Villagra quedaba a la derecha, y, sin embargo, estaba
oyendo la respiración del durmiente hacia la izquierda... Reflexionó un
instante y se le vino a la mente el pensamiento de que Villagra podría haber
dejado dentro de su alcoba algún “mochacho” para su servicio o vigilancia;
quiso salir de alcoba y ponerse a salvo del peligro que tal caso significaba;
pero un nuevo impulso le determinó a jugar su suerte.
Dio un
paso hacia la derecha, en dirección a la cama del Teniente, y luego otro, y
otro, sin quitar oído al rítmico respirar del que dormía; sus pies deslizábanse
sobre el suelo con el tacto de un felino, mientras sus músculos, en tensión,
retenían el aliento; el Cazador presintió que se encontraba ya cerca de su
víctima y extremó sus precauciones para no chocar sus piernas con el borde de
la cama; efectivamente, un paso más, y una de sus canillas chuecas advirtió el
contacto de ropas extrañas.
Romero
afirmó sus caderas y alargó el brazo izquierdo en dirección al cuerpo yacente
que buscaba; levantó el brazo armado y apretó el puño para enfilarlo de golpe
cuando la otra mano encontrase el sitio donde herir; pero aquellos dedos
arañaron varios instantes en el vacío y en su febril rebusca, cayeron, por fin,
sobre el lecho mismo sin que tropezaran con cuerpo alguno...
Ya sabe
el lector que Francisco de Villagra estaba en esos momentos en casa de
Francisco de Aguirre, con quien brindaba sendos vasos de soconusco.
Juan
Romero quedóse inmóvil a la orilla del lecho y en su decepción, casi soltó el
puñal que mantenía en alto; recogió el brazo armado, colocó el cuchillo en el
cinturero, y al sentir otra vez la respiración tranquila del “vigilante” volvió
sobre sus pasos, esta vez con menores precauciones que antes. Había fracasado
en su empresa y consideró imposible ya, llevarla a cabo esa noche, puesto que
la única manera de asegurar el éxito era sorprender al “bravo” Villagra dormido
en su cama y desarmado.
Alzó la
cortina, salió al pasadizo y sin cuidarse del ruido que podía hacer, encaminóse
a paso largo hacia la puerta; pero no había andado un par de varas cuando
tropezó con un tiesto cualquiera, ante cuyo estrépito se detuvo por temeroso
instinto, notando, al mismo tiempo que el hombre dormido había interrumpido su
sueño. Arrimóse a la pared, como al entrar, y empezó a deslizarse hacia el
portalón para ganar la calle; un hombre surgió en la sombra, desde el interior,
y Juan Romero oyó una voz que preguntó, con acento de alarma:
— ¿Quién
va, por ahí?...
Romero
optó por no contestar y continuó avanzando hacia la puerta.
— ¿Quién
va? — repitió, la voz, ahora más enérgica: ¡Señor Gaspar de Viera!, gritó al
punto; ¡despertáos, que hay gente extraña en casa! ¡Favor! exclamó, por fin,
echando a andar por el pasadizo hacia afuera.
Romero
vio que estaba perdido si no se hacía presente antes de que se le sorprendiera,
y se resolvió a contestar; encontrábase ya cerca de la salida y podía
justificar su presencia allí con mucho menos compromiso que antes.
— Soy yo,
Alberico, respondió con voz queda e insinuante.
— ¿Quién
sois y por qué os encontráis aquí a estas horas?
— Soy
criado y servidor del señor Teniente Villagra, y he venido a pedirle una
gracia... dijo Romero sin dar su nombre.
Entre
tanto el "mochacho” llamado Alberico había llegado hasta Romero y trataba
de reconocerle, examinándolo de alto abajo, a pesar de la oscuridad, no sin
manifestar extrañeza, al notar que el hombre ocultaba la cara tías el embozo.
— El
señor Teniente, mi señor, dijo Alberico, no está en casa, y no sé donde anda;
pero cata, señor, que no son éstas las horas para venir a verlo, y deben ser
muy graves los motivos que tenéis para querer hablarle a este destiempo.
— Graves
son, Alberico — contestó humildemente el Cazador— que si tales no fueran, bien
seguro podías estar que no viniera. Pero ya le veré mañana temprano, agregó,
disponiéndose a salir a la calle, si antes no ha hablado con él el magnífico
señor Alcalde Rodrigo de Araya, que también se interesa por lo que me ha traído
aquí. Quedad con Dios, y buenas noches os las dé.
Nada
contestó Alberico, y después de haber visto desaparecer en las sombras de la
Plaza al desconocido, volvióse hacia adentro, lento y pensativo.
El
“mochacho” era un indio que Villagra había tomado a su llegada a Mapocho y le
había criado desde los siete años, para su servicio, “con la bondad de un
padre”; le cuidaba sus arreos y sus caballos, le servía “de comer” y dormía al
lado de su alcoba, “o a la puerta della”. Esa noche, Alberico habíase metido en
la alcoba misma, mientras llegaba su amo.
Al día
siguiente, cuando se produjeron los graves sucesos que irá conociendo el
lector, el Teniente Villagra, recordando la estada del “desconocido” en su
casa, pasada la medianoche, no titubeó en decir que “estaba cierto de que su
sirviente Alberico le había dado la vida”.
Libre ya,
Juan Romero, de caer en manos de los soldados que, seguramente, pernoctaban en
casa del Teniente Villagra, apuró el paso para llegar a su posada y esconder
definitivamente el bulto; por fortuna el atolondrado Alberico no tuvo el
acierto de afanarse por reconocer al hombre que se había entrado furtivamente a
la casa de su amo, y por este lado podía considerarse en salvo.
Cuando
Romero entró a la casa de Sancho de Hoz, el Pretendiente estaba todavía
despierto, aunque echado en su cama; al oír el ruido de, una persona que
entraba, se incorporó con rapidez — recordaría, tal vez, las palabras de
Céspedes, sobre la necesidad de conservar “su preciosa vida”— y esperó a que el
recién llagado hiciera cualquiera manifestación de presencia.
Pronto
oyó cuatro discretos golpecitos a su puerta, y por ellos reconoció a su
compinche Juan Romero.
— ¿Quién
va...? — preguntó, sin embargo.
— Soy yo,
Juan Romero — contestó éste, con voz sigilosa—; abrid, si sois servido.
Giró el
cerrojo y la hoja abrió paso al hombre de halcón. La luz del candil dio a
Romero en pleno rostro, y a su vista, Sancho comprendió, al punto, que la
empresa había fracasado.
— Mañana
será mejor día — murmuró Romero.
Y ambos
canallas se echaron, cariacontecidos, sobre sendas butacas.
* * * *
Apenas el
alba echó sus luces y ellas penetraron por las rendijas de su miserable
dormidero, Juan Romero saltó de la cama, persignóse reverentemente, formuló una
rápida oración matinal y abrió la ventanilla que daba al patio; vistió sus
ropas y empuñando su bastón salió al corredor, sin olvidar, por cierto, el
aditamento inseparable de su persona: el “peuco”, al que los conquistadores
llamaban “halcón”.
En sus
últimas conversaciones con Sancho de Hoz la noche anterior, había convenido en
que Romero fuera a ponerse al habla con el Alcalde Rodrigo de Araya, la
“autoridad” que había manifestado tan buenas disposiciones para secundar las
aspiraciones del Pretendiente, según el dicho de Francisco Gudiel, “criado y
amigo” del Alcalde, con el cual vivía en su misma casa. Era necesario conocer
de fijo la opinión de Araya sobre el movimiento revolucionario o subversivo que
habría de reventar según lo convenido con Escobar y Céspedes, ese mismo día 8
de diciembre, “después de la comida”, o sea, a la hora de la siesta, a fin de
que los principales actores del drama o de la tragedia estuvieran de acuerdo en
los papeles que habrían de representar.
Antes de
salir. Romero entró en el aposento de Sancho de Hoz; aún estaba “echado” al
Pretendiente, pero despierto; al oír los pasos quedos del Cazador, se adelantó
a destrancar la puerta.
— ¿Os
vais ya, Juan Romero? — fue la salutación del conspirador.
— Me voy
a casa del Alcalde Araya, contestó el mozo, antes que salga de ella, porque no
es conveniente hablarle en la calle. Volveré luego que tenga algo que comunicar
a Vuestra Merced. También habré de ver a Francisco de Raudona y a Tarabajano,
que son amigos, y están decididos a ayudarnos.
— ¿Veréis
también a Escobar y a mi señor Hernán Rodríguez?
— Los
veré más tarde, respondió Romero, cuando sepa lo que piensa el Alcalde; ellos
saben ya lo que deberán hacer.
Las
respuestas de Romero eran cortantes aún en el tono humildoso en que las decía.
Sancho vio salir a Su criado y lo oyó abrir y cerrar la puerta de la calle sin
atreverse a preguntarle nada más.
Araya
tenía su “posada” en la actual calle de las Agustinas, casi esquina con la del
Estado, y cuando llegó a ella Juan Romero, la puerta estaba entornada; cruzó el
dintel y penetró en el primer aposento, donde el Alcalde tenía su, alcoba. La
“autoridad” estaba ya en pie, aunque en paños menores, pero esto no fue
inconveniente para que el hombre del halcón abordara inmediatamente la cuestión
que allí lo llevaba.
— Es
llegado a la tierra Sancho de Hoz, dijo Romero, y aquí me envía para preguntar
a Vuestra Señoría y Merced qué le parece de las cosas que pasan en Mapocho…
— ¡Es
llegado Pedro Sancho...!, exclamó Araya ¿Y dónde está?
— En su
casa está, señor, y quiere el favor de la justicia que Vuestra Señoría y Merced
representa en nombre de Su Majestad.
Turbóse
un poco el Alcalde al oír tan de sopetón estas palabras, pero como si su
conciencia le exigiera un descargo, dijo:
— ¡Pedro
de Valdivia se ha fugado y deja perdida y robada la tierra...!
— ¿Y qué
se hará, pues, señor? ¿Y qué medios tendrá Pero Sancho para que sea recebido
por Gobernador y pueda avisar al Rey que ese hombre se ha llevado la moneda y
el oro de los quintos reales... ?
“Y sobre
otras razones”, el Alcalde contestó, decidido, por fin:
— Como yo
sea llamado, estoy pronto, y acudiré a recebidle.[1]
Las
palabras del Alcalde no podían ser más concluyentes y Juan Romero vio que la
causa de su amo llevaba camino de un franco éxito, como que contaba con el
apoyo decidido “de la justicia”; debemos tener presente que los alcaldes eran
jueces.
Iba a
contestar Juan Romero, o a dar al Alcalde las noticias importantísimas de que
era poseedor; pero en ese momento “entró al aposento el soldado Juan Gallego, y
cesó la plática”; receloso, como era el hombre del halcón, y peligrosa la
empresa en que estaba, no quiso hablar delante de un hombre cuyas opiniones no
conocía de cierto, aunque el solo hecho de haber entrado, Gallego, con tanta
confianza en casa del Alcalde, podía infundirle alguna garantía.
Salió
Romero del aposento de Araya y en vez de dirigirse a la calle, entró hacia el
fondo de la casa, en donde también tenía su dormitorio Francisco Gudiel, uno de
los descontentos, que como recordará el lector, había sido de los primeros en
informar a Romero, la tarde anterior, de las buenas disposiciones del Alcalde.
Gudiel permanecía aún en el lecho; al ver entrar a Romero, sorprendióse, y
díjole:
— ¡Por
Dios, que estaba pensando ahora en Pero Sancho! ¿Habéisle mandado llamar?
Muy amigo
era Juan Romero de Francisco Gudiel, pero no se atrevió a contarle la verdad.
— Le he
escrito diciéndole lo que pasa en Mapocho, contestóle; no sé si vendrá.
¡Toda la
tierra está por él y aparejada para recebidle! afirmó Gudiel, incorporándose en
la cama; ¡que salga a la Plaza a la hora de la misa y le recebirán!
Hablaron
todavía algunas “razones”, mientras el Alcalde “despachaba” a Juan Gallego, y
cuando éste salió, Romero se reunió de nuevo con Rodrigo de Araya con el cual
convinieron, tal vez, sobre algunos detalles; al poco rato el activo
conspirador salía con dirección a la Plaza a donde se dirigían ya algunos
soldados para asistir a la primera de las dos misas que se “rezaban” los días
festivos en la Iglesia Mayor.
La
tercera “seña” tocaba la campaña del templo cuando Romero atravesaba la Plaza;
divisó al medio de ella a Diego de Céspedes, tranqueando” hacia la iglesia, y
creyó necesario ponerse al habla con él; apuró el paso todo lo que pudo, y,
llamándolo por su nombre, lo alcanzó. Gran sorpresa tuvo Céspedes al ver a
Romero, pues estaba inquieto por saber qué había ocurrido la noche anterior,
después que el Cazador saliera a matar a Villagra.
— ¿Y
eso?... articuló sigilosamente Diego de Céspedes, interrogando con la mirada,
más que con la voz.
— ¡No
hubo nada...! dijo solamente Romero. Y cambiando de conversación, preguntó a su
vez:
— ¿Ha
visto Vuestra Merced al señor Andrés Escobar?
— No,
señor.
— ¿Y al
señor Hernán Rodríguez de Monroy...?
— Hoy no,
señor; pero anoche lo vi en su posada.
— Yo he
hablado con el Magnífico señor Alcalde Araya y llame dicho que está presto a
salir a la voz del Rey...
— Pues,
corred a decírselo a Hernán Rodríguez, dijo Céspedes, y dejadme, que a ver misa
voy.
Separóse
de Romero y entró en la iglesia; pero el mozo si-r guió tras él y entró también
“con el halcón en la mano”; observó a los fieles, desde la puerta, y después de
mirar un momento para identificar a los que le daban la espalda, acercóse a uno
que oraba devotamente con los brazos en cruz.
— Señor
Raudona, vea Vuestra Merced una palabra...
Miró el
interpelado con cierta extrañeza, pero al reconocer a Romero inclinó el busto
hacia él, poniendo oreja.
— Es
llegado Pero Sancho, y presentarse ha en la Plaza, a palmos en las manos, para
pedir favor del Rey al Magnífico señor Alcalde Araya...
— ¡Era
tiempo!, refunfuñó Raudona, dando por terminado el “Credo” que rezaba con los
brazos extendidos.
Es ese
momento “alzaban” la Hostia Divina, y ambos sujetos posaron sus frentes sobre
el suelo.
Romero
acercóse luego al Soldado Antonio de Veneró, que oraba también, pero “a lo que
este testigo entendió, Romero no se atrevió a decirle nada”; igual cosa ocurrió
con el Soldado don Francisco Ponce de León, quien, al hablarle el Cazador,
"con el halcón en la mano”, rechazóle, diciéndole:
— Vea,
señor Romero, que están “consumiendo” la Hostia de Nuestro Señor, y tenga
respeto.
Retiróse
Romero del lado de Ponce, “pero todavía habló a otros antes de salir del
templo”, un momento antes de que terminara el Santo Sacrificio.
Cerca del
atrio encontróse con el personaje que buscaba desde la mañana.
— Oiga,
Vuestra Merced, señor Hernán Rodríguez...
Y
mientras continuaban hacia el centro de la Plaza que estaba solitario, fuele
diciendo:
— Señor,
es venido Pero Sancho, y háme dicho que venga a hablar a Vuestra Merced y le
diga que él quiere salir con unas provisiones que tiene del Rey para mostrarlas
al Cabildo de esta ciudad y pedir favor y ayuda, porque él quiere ir o enviar
tropas tras del Gobernador Pedro de Valdivia y disponer como haya de irse.
A Hernán
Rodríguez no le sorprendió la noticia, porque ya sabía que Pedro Sancho había
llegado a Santiago la noche anterior, de manera que se limitó a preguntar lo
positivo:
— ¿Y qué
aparejo hay para eso?
— Señor,
no hay otro aparejo ni disposición que el Alcalde Rodrigo de Araya, que está
presto para recibidle en cuanto salga y llame al Rey.
Poco
“aparejo” le pareció esto a Hernán Rodríguez, que era hombre de espada, y
contestó:
— Así no
puede efectuarse eso, porque no se sabe con cuánta gente se cuenta...
No se
acobardó Romero con la objeción, e insistió:
— Sancho
no desea que muera hombre ninguno, ni haya alteración alguna, más que la de
requerir al Cabildo que sea reconocido por Gobernador, y envíe gente tras de
Pedro de Valdivia.
Rodríguez
no era un iluso y respondió lo único que le dictaba su experiencia en achaques
de revolución, pues en algunas habíase encontrado ya en el Perú y en Venezuela.
— No se
puede hacer eso que decís, sino matando primero al Teniente Villagra, a su
primo Pedro de Villagra y a Francisco de Aguirre.
Quiso
insistir Romero, pero ante la decisión concluyente de Hernán Rodríguez, se vio
obligado a decirle, con su acostumbrado tono de resignación y obediencia:
— ¿Y qué
se habrá de hacer en esto, señor?...
— Ved al
Alcalde Araya, y él lo dispondrá.
“Y
habiendo oído esto, éste que declara se apartó de Hernán Rodríguez” sin decirle
nada más, aunque no es creíble que ambos conspiradores no hubiesen cambiado
otras razones para ponerse de acuerdo en la forma como habrían de proceder “a
la hora de la siesta”.
Romero
cruzó la Plaza en dirección a la calle del Estado y apenas había andado por
ésta un cuarto de cuadra, divisó al Alcalde Araya que salía de casa de Martín
Domínguez; el momento no podía ser más oportuno, y fuese derecho a él.
— Señor,
¿qué es lo que se ha de hacer en este caso de Pedro Sancho?, preguntóle a quema
ropa. Hame dicho Hernán Rodríguez que le hable a Vuestra Merced.
— Son
menester hombres que favorezcan y hablen, contestó, al punto, Araya; yo estoy
presto a salir a la voz del Rey.
No
parecía, sino, que el Alcalde y Hernán Rodríguez habían conversado ya.
— No hay
hombre que pueda hablar en ello, si no es el mismo Alcalde, opinó Romero,
lanzándose a fondo, ya que consideró inútil, a esas alturas, andarse por las
ramas.
La
audacia del desmirriado mozalbete desconcertó al Alcalde y tal vez pensó
decirle algo fuerte junto con la severa mirada que le echó a toda su desmedrada
persona; pero Juan Romero, en medio de su insignificancia, sostuvo la mirada
del Alcalde y con sus ojillos puntiagudos y brillantes le trajo a la realidad.
— No me
parece bien hablar yo en ello, contestó Araya, adoptante un tono de
circunstancias, porque soy “criado” del Gobernador Pedro de Valdivia.
La
curiosísima salida del Alcalde, no hizo efecto en Juan Romero, y replicó con
firmeza:
— ¡Sois
Alcalde del Rey!
Ante ese
puente de plata, el Alcalde reaccionó y dijo:
— Por eso
os he dicho que así como sea requerido, yo saldré con mi vara; y me parece que
no es menester sino que salga Sancho a la Plaza y que haga pregonar, con un
pregonero, las provisiones que tiene del Rey, y todos saldrán y obedecerán lo
que es de razón y obligación.
Caminaban
ambos por la calle del Estado, en dirección a la Plaza, cuando vieron que por
la misma vereda venía Hernán Rodríguez de Monroy; el encuentro venía al pelo
para que la “autoridad” y uno de los jefes del movimiento cambiaran ideas;
Romero lo comprendió así, y si algo había que hacer para juntarlos, debió
hacerlo sin reparo alguno. Empero, no era fácil, en esos momentos de
nerviosidad, enhebrar la conversación para llevarla al terreno que todos
deseaban. Rodríguez habló primero:
— ¿Va
Vuestra Merced a la Plaza, señor Alcalde…? balbuceó el Soldado, no
ocurnéndosele otra cosa que decir.
— ¿Manda
Vuestra Merced alguna cosa...?, contestó, con los labios secos, el Alcalde.
Titubeó
todavía Monroy, pero consideró tal vez que eso no era digno de conspiradores
que horas más tarde se iban a jugar el pellejo, y sin más preámbulos preguntó:
— Señor,
¿ha hablado a Vuestra Merced, Juan Romero?
El
Alcalde se mostró pacato, si no hipócrita, y quiso todavía sostener un disimulo
tan inútil como ridículo.
— ¿Sobre
qué, señor?, dijo entre dientes, aparentando ignorarlo todo.
Juan
Romero no toleró tal farsa, y tampoco quiso perder tiempo, que valía mucho a
tales alturas. Encaróse al Alcalde, y le dijo, sin tapujos:
— Señor
Alcalde, ¿con quién podría Vuestra Señoría y Merced hablar con más franqueza
que con el señor Hernán Rodríguez de Monroy, que lo sabe todo, y está listo
para dar favor al Rey, como lo está Vuestra Merced?
No
protestó el Alcalde Araya de tan compromitente afirmación, y Hernán Rodríguez
pudo ya entrar en materia.
— Señor,
dijo, aquí hay estas cosas de Pero Sancho que tiene provisiones del Rey, según
ha dicho, las cuales podremos ver; y si Vuestra Merced mete la mano en ello,
todo está hecho, porque, ¿quién mejor que Vuestra Merced que es Alcalde, puede
hacer tan señalado servicio al Emperador?
Las cosas
se planteaban ya francamente y no quedaba más que herrar o quitar el banco.
Comprendiólo así el Alcalde, pero aún quiso oponer alguna objeción, en
resguardo de su conciencia...
— Señor
Rodríguez, a mí me parece bien lo que se haga en servicio del Rey, pero yo soy
“criado” del Gobernador Pedro de Valdivia...
Muy
pequeña era la objeción y muy manoseada ya.
— Señor,
replicó Rodríguez, no sois sino Alcalde del Rey y a vos os conviene y compete
hacer esto.
La
“autoridad” estaba convencida de la importancia de su papel en aquellos
acontecimientos, y muchos resentimientos tenía contra Pedro de Valdivia ese
Alcalde que se empeñaba por decirse “criado” del Gobernador. Araya encontrábase
entre dos sujetos que le conocían y ante los cuales era imposible disimular y
dijo, por fin.
— Pronto
y aparejado estoy para salir a la voz del Rey.
Esto ya
era hablar claro, y Rodríguez, poniendo la mano sobre el hombro de su amigo el
Alcalde, agregó, con acento de resolución, al mismo tiempo que de confianza:
— Esto lo
han de hacer quince o veinte hombres hijosdalgo y cuando ellos requieran al
Rey, vos saldréis a la Plaza; con vuestra vara de justicia y autoridad,
mandaréis en nombre del Emperador y seréis obedecido por todos nosotros.
— ¡Así lo
haré!, prometió el Alcalde.
La
conspiración quedaba, pues, resuelta; Hernán Rodríguez la encabezaría con sus
“quince o veinte hijosdalgo” que llevarían consigo al Pretendiente Sancho de
Hoz; a la “voz del Rey”, — que se encargarían de gritar los sublevados—
aparecería el Alcalde de la ciudad, para darle “favor y ayuda” como era de su
competencia.
“Y cada
uno de ellos se fue a su casa, a comer” dice una declaración del proceso.
Pero era
todavía temprano, las diez o diez y media, y si alguno de los tres se separó
del grupo, ese pudo ser el Alcalde. Lo que es Hernán Rodríguez y Romero
continuaron todavía juntos por lo menos algunos instantes, para decirse este
diálogo, importantísimo:
— Señor
Romero, decid a Pero Sancho que, antes de ir más adelante, sea servido de
mandarme las provisiones que tiene del Rey para poner vista en ellas y las vea
también el señor Alcalde, que es la autoridad; necesitamos “sabellas” para
tranquilidad de nuestras conciencias. Entre tanto, iré a prevenir a los
caballeros, para que estén prestos a acudir a la Plaza.
Inclinóse
Romero ante la orden, y dijo:
— A
vuestra posada llevaré las provisiones señor Hernán Rodríguez, dentro de un
rato, que razón y derecho tenéis para pedirlas. Quedad con Dios.
Y partió
a buen paso, calle de la Merced arriba, mientras Hernán Rodríguez, atravesando
la calle, se entró por la de los Huérfanos hacia el Poniente, en donde tenía,
su morada su íntimo amigo el clérigo presbítero Juan Lobo, a quien momentos
antes había divisado en la boca-calle de la Plaza, de vuelta ya de haber “hecho
misa”. El Padre Lobo tenía fama de valiente, era tan buen hombre de espada como
de iglesia y distaba mucho de ser un vulgar misacantano. Tanto en los
encuentros que la expedición conquistadora había tenido en su viaje desde el
Cuzco a Mapocho, como en los diversos asaltos que los indios habían emprendido
contra la ciudad de Santiago, el Clérigo Lobo había formado entre los más
enérgicos defensores y muchas veces encabezó, espada en mano, las cargas de
caballería, “haciendo estragos como Lobo entre ovejas”, al decir de un chiste
malo del cronista Mariño de Lobera. A pesar de esto, advierte nuestro eminente
Monseñor Errázuriz, “Lobo no se olvidaba por completo de las prescripciones
canónicas, aunque parecía entenderlas a su manera”.
Juan Lobo
debió, en alguna ocasión, mostrarse quejoso del Gobernador Valdivia por ciertos
préstamos forzosos de dinero que le había impuesto, y Hernán Rodríguez creyó
que el valeroso Clérigo podía ser uno de los mejores y más prestigiosos
colaboradores de la revolución.
Antes de
llegar a la casa del Clérigo, encontróse con Martín de Valencia y con Juan
Benítez Monje, conjurados también; los invitó consigo y todos tres entraron sin
ceremonia, al “cuarto” del Presbítero. Debía hablarse con franqueza desde el
primer momento, pues no había tiempo que perder, y Hernán Rodríguez llevó la
voz con la sinceridad de viejo camarada.
— Mis
amigos y yo, le dijo, tenemos necesidad de vos, Padre Lobo, porque para estas
circunstancias son los hombres como Vuestra Merced; Pedro de Valdivia es fugado
de Mapocho llevándose los dineros de todos; Sancho de Hoz tiene provisiones de
Gobernador por el Rey y toda la tierra está por él; para darle ayuda es
menester vuestro favor y espada, porque menester hemos de prender a Francisco
de Villagra...
El
Clérigo dio un brinco; muy resentido podía estar él contra Pedro de Valdivia y
tal vez no habría echado atrás para jugarle una mala pasada; pero nada tenía
contra Villagra, y, por lo contrario, era su amigo viejo, bueno y fiel.
Lo era
también de Hernán Rodríguez, y quiso guardarle consideraciones en esos momentos
graves.
— Mirad,
señor Hernán Rodríguez, que vais por mal camino y que Sancho es un pícaro...
¡Volved en vos, que esto no es servicio del Rey!...
—
¡Valdivia es un ladrón, y Villagra su alcahuete! La única manera de castigar al
Gobernador es prendiendo a Villagra; eso es lo que tenemos dispuesto y así se
habrá de hacer, replicó Rodríguez, sin pensar ya en retroceder, puesto que su
intentona llevaba cariz de fracaso y era preciso afrontar la situación que se
había producido.
Juan Lobo
sospechó un peligro para él; desde ese momento era poseedor de un secreto
gravísimo y se encontraba solo, frente a tres hombres resueltos; si daba
muestras de debilidad, estaba perdido. Puso los brazos en jarra, echó un pie
atrás, y paseando una mirada lenta y desafiante sobre los tres conspiradores,
les dijo firme y tranquilamente:
— Señor
Rodríguez, quien quisiese abajar a Francisco de Villagra de donde está, me verá
muerto en la delantera... ¡Vean vuestras mercedes cómo lo hacen, que yo no
estoy en ello!
Y con
resuelto ademán, estiró un brazo hacia la puerta.
La
actitud de Juan Lobo fue tan definitiva que ninguno de los tres conjurados se
atrevió a decir palabra; el silencio hacíase embarazoso y Hernán Rodríguez lo
interrumpió, cuanto antes.
— No se
habla de hacer daño a Francisco de Villagra, dijo, sino de apartarlo a él y a
sus amigos para que no estorben a la justicia.
— Sólo de
eso tratamos, reforzó Martín de Valencia.
— No
porfiéis, acentuó el Clérigo; ni Villagra, ni Pedro de Villagra, ni Aguirre, ni
Juan Gómez habrán de permitir que el Teniente sea quitado del mando sin haber
resistido hasta el fin. Sabedlo, pues, terminó Juan Lobo, y haced vuestro plan,
en consecuencia.
No
convenía a Hernán Rodríguez terminar su entrevista con el Clérigo en forma
recelosa ni menos violenta; él y sus amigos deberían salir de esa casa “por
pies” como se dice, y de ninguna manera distanciados; para ello ocurriósele una
idea que rápidamente puso en práctica.
Mandad
llamar a Alonso de Córdoba, dijo Hernán Rodríguez, y veamos qué piensa de esto.
Era una
magnífica solución para el Clérigo, que se encontraba sólo contra tres
conjurados; aceptó inmediatamente la pro posición, y llamando al ‘‘mochacho”,
su sirviente, le envió a buscar a Córdoba, a su casa, ubicada en la esquina de
las calles de las Monjitas con San Antonio.
Alonso de
Córdoba era pariente del Alcalde Araya y Hernán Rodríguez suponía que ambos
habrían de estar de acuerdo en tales circunstancias; el llamado tenía, pues,
mucha importancia para él, al revés de lo que había pensado el Clérigo. El
“mochacho” partió a la carrera y antes de diez minutos aparecía en el marco de
la puerta la corpulenta figura del Regidor Córdoba. Sin darle tiempo para
saludar, Hernán Rodríguez le espetó su dicho:
— Señor
Alonso de Córdoba, enviamos a llamar a Vuestra Merced, como vecino, como
Regidor del Cabildo, y como hombre de pro, para darle parte de lo que tenemos
acordado, que es prender a Francisco de Villagra, e ir luego al puerto a matar
a aquel ladrón de Pedro de Valdivia, y quitarle hemos cuanto ha robado ...
— ¡Es
servicio del Emperador, acentuó Martín de Valencia, porque el Gobernador se ha
llevado los quintos reales, y es justicia, porque nos ha quitado nuestro oro!
— ¡Eso no
es servicio de Su Majestad, interrumpió el Clérigo, y yo no estoy en ello!
Alonso de
Córdoba encontróse entre dos fuegos completamente inesperados y la sorpresa le
impidió contestar al punto sobre tan grave controversia. Llevóse la mano a la
perilla, tratando de aguzársela, al mismo tiempo que procuraba darse cuenta del
terreno a que lo llevaban; la expectativa de los circunstantes era ansiosa, y
tenaces los pensamientos de cada uno.
— ¿Y cómo
puede hacerse eso, pronunció Córdoba lentamente, si ayer no más recibimos en
Cabildo a Francisco de Villagra, por Capitán General...? ¡Prenderle hoy, no
sería justicia, ni bien hecho...!
Hernán
Rodríguez notó que Alonso de Córdoba, en su respuesta, sólo habíase limitado a
defender la situación de Villagra, pero que nada había dicho en favor de
Valdivia a pesar de que acababa de tratarle de ladrón...Adoptó un acento de
convicción y agregó, para dar confianza:
—
Queremos prender a Villagra para entregar la tierra a Sancho de Hoz que es
amigo vuestro y os dará buenos indios y bien de comer... Además, Pero Sancho
tiene hecho ya muy buen aparejo y aún está en ello la justicia...
— ¿Qué
justicia...? preguntó con interés, el Regidor.
¡Rodrigo
de Araya...!
—
¡Rodrigo de Araya, Alcalde!
Córdoba
quedóse pensativo, e inquieto; el intento no era tan descabellado y tan simple,
cuando los revolucionarios contaban con la “autoridad”; sin embargo, su
voluntad se manifestó de nuevo, en forma concluyente, al par que tranquila.
— Eso no
se puede hacer sino matando a Francisco de Villagra, y eso no lo tengo de
consentir, que antes moriré con él, favoreciendo a la justicia.
— Y yo
con ellos, reforzó el Clérigo Juan Lobo, reconfortado ya con la actitud del
Regidor.
— A
Francisco de Villagra no le hemos de hacer mal alguno, afirmó de nuevo Hernán
Rodríguez, y no es el caso hablar de tal cosa.
Quiso el
Regidor conocer más a fondo el plan de los conjurados y avanzó esta pregunta,
moderando sus ímpetus:
— Y
después que hayáis prendido a Villagra, ¿qué pensáis hacer? ¿Quién será el
llamado a gobernarnos en paz?
— Ahí
está Pero Sancho de Hoz, contestó al punto Hernán Rodríguez, que tiene
provisiones de Gobernador de Chile, por el Rey, y lo hará mejor que ese ladrón
de Pedro de Valdivia que nunca os ha dado nada a vos, señor Alonso de Córdoba,
ni os ha tratado como merecéis; y si venís en ello, Sancho os hará el prencipal
y mandaréis vos la tierra y daréis indios a quien vos quisiéredes.
A pesar
de las promesas por demás halagüeñas, Córdoba se mantuvo en sus dichos, y no
cejó. La tentativa de soborno había fracasado y la reunión se disolvió,
habiendo sido el primero en retirarse el leal Regidor del Cabildo, “que lo hizo
con disimulo”, agrega un detalle del proceso.
Inmediatamente
retiráronse también Hernán Rodríguez y sus dos amigos Martín de Valencia y Juan
Benítez Monje, pues la hora avanzaba y todavía tenían mucho que trajinar para
poner de acuerdo a los demás conjurados sobre la hora de la cita en la Plaza
Mayor.
Eran las
once de la mañana, pasadas, cuando quedó solo en su casa el Clérigo Juan Lobo y
tan luego como salieron los tres revolucionarios, su pensamiento contrájose en
las agitadas escenas que acababa de presenciar. Muy “sentido” podía estar el
Clérigo contra el Gobernador Valdivia, que le había hecho víctima muchas veces
de su autoridad sin apelación, quitándole por fuerza su dinero, en préstamo
forzoso y sin mayor garantía; pero, a pesar de que una revuelta como la de
Sancho podía serle favorable, vio el Presbítero que una revolución armada en
tales circunstancias iba a poner a la incipiente colonia en el más grave
peligro, que era el de su destrucción completa por manos de los indios, siempre
alertas para caer sobre sus dominadores en los momentos de mayores angustias.
Echóse a
andar a medidos trancos por el aposento, en cuyos ámbitos creía oír todavía el
eco de los insultos enconados de Hernán Rodríguez, y dando vueltas y más
vueltas a las mil consecuencias funestas que podía traer consigo el motín en
proyecto, echóse, por fin, sobre su preferido sillón frailero, y allí se quedó,
pensativo y hondamente preocupado.
* * * *
Hernán
Rodríguez y sus dos amigos repartiéronse, al salir de la casa del Clérigo, en
distintas direcciones; cada uno llevaba su encargo y Rodríguez habíase
reservado el de ir a casa de Andrés de Escobar, otro de los jefes del
movimiento, a quien ya conoce el lector. Escobar y Diego de Céspedes esperaban
impacientes a Hernán Rodríguez desde hacía media hora, y el último había salido
vainas veces a la calle y a la Plaza para “divisarle”, siempre inútilmente,
pues ya sabemos en lo que “había estado” el tenaz revolucionario. A pesar de
todo, Céspedes no había perdido el tiempo, porque en cada una de sus salidas
acercábase a los diversos grupos que encontraba a su paso, y como siempre iba
en ellos algún “amigo” aprovechaba la coyuntura para recordarle que “hoy
echaremos una buena siesta”... palabras cabalísticas que entendían
perfectamente los que no eran profanos.
Diego de
Céspedes estaba en la puerta de la posada de Escobar cuando Hernán Rodríguez
torció la esquina de la calle de la Merced, en dirección al “cerrillo”; al
divisarle, Céspedes entró rápidamente al aposento del dueño de casa, y le dijo:
— Señor
Escobar, allí viene Hernán Rodríguez, a paso ligero y largo...
— ¡Era
tiempo...! — respondió Escobar, alzándose del “taburete” que ocupaba al lado de
la ventana, y disponiéndose para recibir al amigo y compañero.
— ¿Qué va
por aquí...? — interrogó Hernán Rodríguez al entrar; ¿no es venido Juan Romero?
— No es
venido, contestó Escobar. ¿A qué habría de venir?
— Debe
entregarme las provisiones de Sancho de Hoz, para que las conozca Rodrigo de
Araya, Alcalde, y las veamos todos...
— Aquí no
hay otra cosa que hablarle a las personas que han de favorecer al Alcalde,
afirmó Escobar, con un ademán de impaciencia, y no es menester más que ponello
en efecto; porque, prendido Francisco de Villagra, no puede haber más
escándalo.
— Así es,
afirmó Céspedes, y dejarnos hemos de “provisiones” que Sancho no tiene para
este caso. Muerto Villagra y alzada la tierra, Sancho gobernará, porque así
conviene a todos.
— Habéis
de saber que el Clérigo Juan Lobo no está en ello, y por lo contrario, me ha
dicho que favorecerá a la justicia del Teniente...
— ¿Ha
dicho eso...? ¿Y no le disteis de puñaladas...? — increpó Escobar.
— Es
persona sagrada, contestó Rodríguez; es amigo mío, y estaba yo en su casa con
dos hombres.
—
Hicisteis mal y os pesará ¡nos pesará a todos!, afirmó Céspedes.
— También
estaba Alonso de Córdoba, Regidor, y dijo lo mismo que Lobo, agregó Hernán
Rodríguez, bajando el tono con cierto descorazonamiento.
Notólo,
Andrés de Escobar, e incorporándose Con energía, le advirtió:
— Señor
Rodríguez, alzad el ánimo, que los momentos no son ya para titubear, en hombres
como vos. ¿Sabe el Clérigo cuándo y a qué horas tenemos acordado que Sancho
salga a la Plaza…?
— No lo
sabe, afirmó Hernán Rodríguez.
—
Entonces, apurad el tiempo, y que sea antes de media hora; en la Plaza están no
menos de cuarenta hombres, todos prevenidos y armados bajo sus capas.
Yo lie
visto a Antonio de Tarabajano, y a Raudona y a Muldonado y a muchos más, que
visten cotas de malla debajo del jubón, afirmó Diego de Céspedes; y si no se
hace esto luego y pasa la siesta, todos ellos se irán a sus casas “relajados” y
no volverán, si son llamados de nuevo.
Hernán
Rodríguez abandonó su actitud indecisa, y contestó:
— Pues,
vamos allá y que Nuestra Señora nos acompañe. A mi posada voy, que Juan Romero
debe estar allí con las provisiones de Sancho y algún “recado”. En media hora
iremos a la Plaza y, apellidando al Rey, entraremos a la casa de Villagra y le
aprisionaremos...
— ¡O le
mataremos!... agregó ente dientes, Diego de Céspedes.
— Lo que
hagamos después, ya nos lo dirán los hechos que se sucedan.
Y
afirmándose la gorra con una palmada en la nuca, salió a la calle en dirección
a su casa, en donde ya lo esperaba Juan Romero “con el halcón en la mano” y con
un rollo de papeles en la otra.
Desató el
cintillo, extendió los papeles con sus dos manos y pasó la vista sobre el
pergamino señalando las armas reales; las besó, las puso sobre su cabeza, y
formuló reverentemente, la frase sacramental:
— ¡Acato
y cumplo!
Iba a
empezar la lectura de la “provisión”, cuando cayó al suelo un pliego doblado;
lo recogió con viveza, “quebró” la oblea con que venía pegado, y leyó:
“Magnífico Señor Hernán Rodríguez de Monroy”. Era una carta de Pero Sancho de
Hoz, y venía firmada “de su mano”, con letra “redonda”, clara y firme.
Rodríguez
dejó a un lado la Cédula Real y leyó la carta, atentamente. Decía el pliego:
“Porque
semejantes negocios se han de confiar y encomendar a personas servidoras de Su
Majestad, caballeros como Vuestra Merced e hijosdalgos que procuren el servicio
de su Rey, me he atrevido a poner en manos de Vuestra Merced este negocio que
es de tal calidad, que no conviene que otra persona lo tome en sus manos sino
Vuestra Merced, que ya lo sabe por Juan Romero, y me ha mandado decir que
quiere ver esas provisiones junto con Rodrigo de Araya, Alcalde”.
El
comienzo de la carta no podía ser más halagüeño para el destinatario, y Hernán
Rodríguez se consideró satisfecho; se olvidó de Juan Lobo y de Alonso de
Córdoba y sus dudas desaparecieron completamente.
“Las
provisiones que al presente tengo, y he podido escapar, son las que lleva ahí
Juan Romero, las cuales me dejaron como cosa que no me podían aprovechar; todas
las demás me fueron tomadas en mi primera prisión y de ellas fui desposeído y
aunque las quemaron, ellas están en su fuerza, porque emanan del Rey. Los que
ahora mandan en Chile no tienen facultades, y el poder que me dio el Marqués
Pizarro para gobernar, es válido hasta que su Majestad provea. Y siendo huido
Pedro de Valdivia... lo principal es que haya justicia en esta tierra y se
sirva al Rey, por el cual y por su hacienda somos todos obligados a morir; y yo
me ofrezco a ello por su real servicio, como su criado y vasallo, y en el
momento en que Vuestra Merced diga: “agora es tiempo”. Y diga Vuestra Merced a
todos esos caballeros sus amigos que el tiempo es éste y que no dejen
pasar" noche en medio”, porque entonces no puede haber efeto... Besa las
manos de Vuestra Merced. — “Pero Sancho de Hoz”.
Terminó
de leer la carta Hernán Rodríguez y se quedó algunos momentos reflexionante y
con los papeles en la mano. Juan Romero, que le atisbaba atentamente, le sacó
de su actitud con esta pregunta:
— ¿Qué
contesta Vuestra Merced, señor caballero...? ¿No lee Vuestra Merced las
provisiones de Su Majestad?
Echó,
Hernán Rodríguez, una rápida ojeada a los pergaminos y dijo:
— Esas
provisiones no son del caso... Y luego, resuelto ya a terminar la entrevista,
agregó: aquí no hay más que hacer lo pensado, que es meter en prisiones a
Francisco de Villagra, y eso se hará de aquí en media hora; id a Pero Sancho y
decídselo, que esté pronto a salir a la Plaza y a entrar en Cabildo con sus
provisiones y con una vara de dos palmos en las manos.
—
Devolvedme la carta de Sancho, — pidió Romero, formulando 'una “venia”.
— Yo la
guardé — contestó Rodríguez, tras un momento de indecisión.
—
Entonces, quemadla... — insistió Romero.
— La
quemaré luego — repuso Rodríguez, poniendo el pliego entre los botones de su
jubón.
El hombre
del halcón salió a la calle, pero aun a través de su indiferencia enigmática no
hubiera sido difícil adivinar que no salía completamente satisfecho de su
entrevista con Hernán Rodríguez de Monroy; ya que no podía hacer nada para
remediarlo, endilgó sus pasos hacia la posada de su amo para darle cuenta de su
gestión y del recado que con él le mandaba el jefe del movimiento. De pasada
por el solar vacío donde hoy se levantan los “portales” de Fernández Concha,
encontróse con Martín de Valencia y otros “amigos”. Llamó a un lado a Valencia
y ambos cambiaron algunas palabras, apartándose en seguida.
— ¿Qué
quiere Romero? — preguntó Antonio Zapata, ¿Quiere algún pájaro...?
— Quiere
que le preste mi “mochacho” para ir con él a cazar palomas torcaces a mi
chácara, contestó Valencia; pero le he dicho que no, porque preciso a mi
sirviente a la hora de la siesta.
Todos los
circunstantes callaron, “porque estaban en ello’, advierte una declaración del
proceso.
* * * *
El
Teniente Francisco de Villagra había permanecido en su casa toda la mañana sin
que por su mente pasase la más pequeña sospecha de cuanto estaba ocurriendo en
Mapocho; ni aun la inusitada “junta” de gente que habíase reunido en la Plaza,
frente a su misma casa — y que allí permanecía hasta cerca de las doce,
formando corrillos en el amplio cuadrado— había llamado la atención de sus
amigos y de él mismo, pues lo atribuían, probablemente, al comentario vivo de
los acontecimientos de los días anteriores. Ni aun su sirviente, Alberico,
había tenido la oportunidad ni la ocurrencia de contarle el sospechoso suceso
de haber sorprendido, en el “pasadizo” de su casa, esa misma noche pasada, a un
sujeto que había venido a buscarlo tan a deshoras.
Solamente
a eso de las diez y media de la mañana, tuvo Villagra la primera noticia que
pudiera infundirle alguna sospecha; a esa hora llegó allí el Alcalde de primer
voto Juan Fernández de Alderete, entró derecho a la alcoba donde el Teniente
estaba ya vistiéndose, y un tanto alarmado díjole:
— ¿Cómo
duerme Vuestra Señoría y Merced así, señor General, tan descuidado, en una casa
sin puertas? ¡Váyase a dormir a “palacio”, a casa del señor Gobernador, que
allí hay puertas y cerraduras!
Villagra
conocía el carácter medroso y pusilánime del “achacoso” Alcalde, y se limitó a
sonreír; pero a las insistencias de su amigo, acabado ya de vestirse, se asomó,
por una ventana, a la Plaza; vio, efectivamente, la concurrencia en diversos
corrillos, algunos de los cuales discutían con viveza, pero la confianza en sí
mismo le quitó todas las dudas que hubieran podido echarle los aspavientos de
Fernández Alderete.
— Váyase
Vuestra Merced mucho con Dios, — díjole Villagra al despedirlo en la puerta—
que hacen falta muchos hígados para llegar hasta este Teniente. Y sin darle
mayor importancia al asunto “sentóse a almorzar”, breve comida equivalente a
nuestro actual desayuno”.
No se
levantaba aún de la mesa, cuando entró hasta su “sala de comer” Gonzalo de los
Ríos.
— ¿Sabe
Vuestra Señoría y Merced si Pero Sancho de Hoz es venido a Mapocho? — preguntó
desde la puerta.
— Sancho
está en la Madera de Flores, contestó Villagra, y, por la cuenta que le tiene,
no podrá venir a la ciudad sin licencia. ¿Por qué me lo pregunta Vuestra
Merced?
— Al
pasar por la Plaza he oído muchas veces pronunciar el nombre de Sancho, y los
grupos, al pasar yo, han callado mañosamente. Tened cuidado en esto, señor
Teniente.
Villagra
echóse hacia atrás para soltar una carcajada a su gusto y, alzándose luego,
dijo, poniendo su mano sobre el hombro de su amigo:
— Mal me
parece que veáis fantasmas, señor caballero, y peor si son ruines como el de
ese malaventurado Pero Sancho, a quien Dios tenga de su mano. Acomodaos en esa
silla, y si queréis almorzar, decidlo, que aún queda algo en mi alacena que
pueda sor de vuestro agrado.
Gonzalo
no movió más la conversación, al ver que el Teniente se mostraba perfectamente
confiado, .y a poco se metieron en charla bastante ajena a los acontecimientos
que en esos mismos momentos se preparaban en diversos conciliábulos del
vecindario. No pasó mucho tiempo sin que también llegaran a la sala del
Teniente los soldados Juan Ortiz Pacheco, Juan de Viera, Francisco Martínez y
otros amigos, todos los cuales, al ver la tranquilidad del Teniente, optaron
por callar las noticias inquietantes que cada cual traía.
Era
general la conversación a eso de las once y media de la mañana, o cerca ya de
las doce, cuando Juan Ortiz, asomado a la ventana que daba a la Plaza, vio
venir por el medio al Clérigo Juan Lobo; le acompañaba el Regidor Alonso de
Córdoba, y ambos hablaban con viveza y gesticulando.
— Ved al
Clérigo Lobo, dijo Ortiz; parece que Su Paternidad viene agitada.
— Y se
dirige hacia acá, agregó Gonzalo de los Ríos.
Efectivamente,
Juan Lobo y Alonso de Córdoba endilgaron rectamente hacia la casa del Teniente
y penetraron resueltos hasta la sala de la reunión. Al ver tanto concurso, Juan
Lobo quedó indeciso y después de saludar y de esperar que la conversación se
hiciese nuevamente general, formuló una pequeña indicación al Teniente para que
se apartase del grupo y viniera hacia él; ya en un rincón de la sala, Juan Lobo
dijo, bajando la voz, y acercando sus labios a la oreja del Teniente, que lo
escuchaba con los brazos en jarra:
— Señor,
muy grande tumulto hay en el pueblo, y la tierra se pierde; ¡mirad por vos!
El
Clérigo Juan Lobo no era el pusilánime del Alcalde Fernández Alderete, ni el
“alocado” de Gonzalo de los Ríos; por lo contrario, era un hombre valiente que
no podía asustarse de fantasmas. El Teniente Villagra pesó, incontinenti, las
graves palabras de su amigo y le pidió que las explicara.
— Un
hombre acaba de estar en mi casa, continuó en el mismo tono el Clérigo, a
pedirme que le ayudase a prenderos, y a quitaros el mando...
Villagra
frunció el ceño, empuñó las manos, enarcó sus anchas espaldas y preguntó,
airado y amenazante:
— ¿Es
verdad eso...?
— ¡Es
verdad!, acentuó el Clérigo.
¡Decidme
quién es ese hombre!, mandó Villagra con voz ronca y cortante.
Detúvose
un momento el Clérigo, antes de contestar. Echóse al hombro el extremo de su
manteo, cruzó los brazos, y alzando el cuello hacia atrás, dijo en un gesto
olímpico:
— Señor,
he venido a denunciaros el hecho no al culpable. ¡No soy delator!
E hizo un
movimiento de retirada hacia la puerta.
Villagra,
fuera de tino, cogió, fuertemente, una de las muñecas del Clérigo y echando la
mano al puñal que portaba al cinto, vociferó, rabioso:
—
¡Decidme, por Cristo, quién es ese hombre, si no, daros he de puñaladas!...
Juan Lobo
giró la muñeca en imprevisto movimiento, y la desprendió de la garra del
Teniente. Cruzó de nuevo, los brazos, plantándose al frente, y pronunció, digno
y sereno:
— Bien
podéis, señor, hacer de facto, lo que no podéis de justicia; por mi oficio de
clérigo, no soy obligado sino a avisaros el peligro; ¡allá vos veréis, poco más
o menos, de dónde viene esto! ¡Quedad con Dios!
Y avanzó
impertérrito hacia la puerta.
Villagra
no se atrevió a detenerle.
—
¡Escuchar, señor Juan Lobo!... díjole, con voz insinuante, cuando ya el Clérigo
se disponía a trasponer el dintel.
— ¿Qué
mandáis, señor?... dijo el Clérigo, deteniéndose en el umbral.
— Id a
vuestra casa, si sois servido, y preparaos, vos y vuestros amigos, para acudir
en mi auxilio como leales vasallos del Rey...
Esta vez,
Juan Lobo contestó, sin vacilar:
—
¡Prometo morir delante del servicio de Dios y de su .Majestad!
Y salió.
El
Clérigo y su amigo Alonso de Córdoba salieron juntos de 'la casa de Villagra, y
antes de separarse, e ir cada uno a la suya para “armarse”, Juan Lobo díjole al
Regidor:
— Señor
Córdoba, mientras Vuestra Merced llega a su posada, yo saltaré
la Plaza para ir en busca de mi Prelado el señor Rodrigo González, Cura , a
comunicarle estás novedades y a pedirle licencia para ponerme al servicio del
señor Teniente; en un rato nos reuniremos en “palacio”...
El
Regidor no quiso, al parecer, andar solo en tales circunstancias, y contestó
inmediatamente:
— Señor
Lobo, acompañaré a Vuestra Paternidad y luego nos iremos juntos a donde Vuestra
Merced quiera.
Efectivamente,
ambos cortaron en diagonal la esquina nor-poniente de la Plaza y entraron a la
Iglesia Mayor, en cuya sacristía encontraron al Bachiller Rodrigo sentado en un
sillón y masticando aún sus últimas oraciones después de la misa. El Clérigo
Lobo refirióle brevemente la entrevista que acababa de tener con el Teniente y
participóle que éste habíale exigido su adhesión a la causa del orden.
— Bien lo
podéis hacer, dentro de vuestro fuero sacerdotal, contestóle el Prelado, que
todos estamos obligados en el servicio del Rey Nuestro Señor.
“Y oyendo
esto, fuese el clérigo”, seguido de su inseparable amigo el Regidor Córdoba.
Al
desembocar nuevamente en la Plaza vieron varios grupos que se movían en agitada
discusión; en uno de ellos divisaron a Hernán Rodríguez de Monroy y ambos
instintivamente torcieron su rumbo para no encontrarse con el jefe de la
conspiración; pero no habían avanzado veinte pasos hacia el centro de la Plaza,
cuando vieron que Hernán Rodríguez se dirigía hacia ellos, a paso decidido.
— Señor
Lobo, interpeló Rodríguez, sed servido de decirme qué pasa y qué habéis hecho.
Y ante la
mirada altiva y sostenida del Clérigo, agregó, un tanto desconcertado:
— Martín
de Valencia háme dicho que habéis estado, vos y el señor Córdoba, en casa del
Teniente...
— Señor,
contestó con firmeza el Clérigo, el señor Teniente sabe ya todo lo que pasa; yo
se lo he dicho, como era mi deber.
Lo mismo
afirmó el Regidor, acentuando el dicho de Juan Lobo. Hernán Rodríguez
empalideció y abrió desmesuradamente los ojos.
— ¿Sábelo
todo... ? repitió el conspirador, sintiéndose desfallecer.
— ¡Todo!
Hernán
Rodríguez enjugóse la transpiración con la vuelta de la manga; sus labios
resecos apenas pudieron pronunciar con voz débil y entrecortada:
— ¡Oh...
pecador de mí! ¿Y qué haré ahora?...
Juan Lobo
tuvo compasión de su amigo y le dijo insinuante:
— Id, vos
también, a decir la verdad al señor Teniente y contadle todo lo que pasa.
Hernán
Rodríguez vio despejarse un negro horizonte y tomó inmediatamente su
resolución; era indudable el fracaso del movimiento revolucionario, y él mismo,
como Jefe, se sintió balancear, de la horca; su única salvación estaba en
traicionar a Sancho de Hoz, y no titubeó un instante.
—
Señores, dijo a sus “compadres”, ved que tengo aquí una carta firmada de la
mano de Pero Sancho y que acaba de traerme Juan Romero; y sacándola de entre
los botones de su jubón, en donde la había puesto cuando el hombre del halcón
le pidió que la quemara, la entregó a Juan Lobo. Cuando el Clérigo llegó a la
firma, la plegó tranquilamente y se limitó a decir:
— Haced,
señor, lo que gustéis.
Alonso de
Córdoba, que también había leído la carta por sobre el hombro del Clérigo, fue
más contundente, y agregó:
— Pues,
señor, id sin tardanza a la casa del señor Teniente, mostradle la carta, y
decidle la verdad de todo; y yo le diré que vos sois su amigo y servidor, y
habrá de perdonaros.
Los tres
se dirigieron inmediatamente a Palacio.
Había
allí inusitado movimiento.
Desde que
Villagra supo, por el Clérigo Juan Lobo, la verdad de la conspiración y sus
probables proporciones, empezó a ordenar medidas para destruirla rápidamente.
Sabía que el descontento por los actos de Valdivia en Valparaíso habíase
extendido a la mayoría del vecindario, y era probable que, pronunciada la
revuelta, ella arrastrara a la casi totalidad; sin' embargo, como no era hombre
para dejarse dominar sino con la muerte, se preparó para defenderse con el
reducido número de amigos fieles que podían quedarle en aquel desbande.
Al salir
de “palacio” Juan Lobo y Alonso de Córdoba, después de la entrevista que ya
conoce el lector, el Teniente ordenó a los amigos que con él estaban, que cada
cual fuera a recoger sus armas y en el camino arrastraran con todos aquellos
que también pudieran y quisieran, buenamente, prestarle auxilio contra la
conspiración.
— ¡No
obliguéis a nadie por la fuerza o rigor, habíales recomendado, pues sólo
debemos contar con amigos fieles, aunque sean pocos!
Entró
luego a su alcoba, vistió una cota de mallas, echóse sobre los hombros su capa
de grana, afirmó la tizona y dos puñales sobre su tahalí, requirió la vara de
justicia y salió con dirección a la casa de Pedro de Valdivia, que estaba al
lado (edificio del Correo). Entró, y en el aposento de la calle, al lado
derecho, encontró a Inés Suárez.
— Señora,
díjole, formulando una reverencia de corte, Pero Sancho quiere alzarse con la
tierra y está llamando gente para aprisionarme y matarme; he venido a deciros
que miréis por vos, mientras defiendo la autoridad.
—
Prevenida vivo en todo momento, señor, y la noticia no me sorprende, contestó
la valerosa mujer; sólo necesito conmigo tres criados y sus armas, para
defender la casa del Gobernador; podéis disponer de todo lo demás, que son
otros tres criados fieles y las armas que están en el “arsenal”; todo os lo
enviaré, luego, por la puerta del huerto. ¡Confío en vos, tanto como confía el
Gobernador, mi señor, y salid luego, que el tiempo será escaso!
Volvióse
Villagra a su casa y allí encontró ya a su primo Pedro de Villagra y a dos de
sus amigos, todos armados estaba también el cura Rodrigo González, quien,
inmediatamente de haber conversado con el Clérigo Lobo en la sacristía, según
sabemos, habíase trasladado a Palacio para estar al lado de su amigo, el
Teniente; a poco se reunieron, también, Gonzalo de los Ríos y Juan Ortiz
Pacheco. Todos éstos se encontraban en el aposento del Teniente Villagra cuando
llegaron hasta allí Hernán Rodríguez de Monroy, el Clérigo Juan Lobo y el
Regidor Alonso de Córdoba, cuya conversación acabamos de sorprender en el
centro de la Plaza.
Alonso de
Córdoba llevó la palabra y empezó por recomendar efusivamente a su amigo Hernán
Rodríguez ante la benevolencia del Teniente. Rodríguez, decidió a salvar el
pellejo, entregó sin reparo la compromitente epístola de Sancho de Hoz y dio a
Villagra todos los datos de la conspiración, agregando que debía pronunciarse
antes de una hora... El Teniente se dio por satisfecho, “y lo perdonó”; a la
verdad, tenía gran necesidad de perdón el Jefe del movimiento revolucionario
que tan comprometido resultaba en el documento mismo que servía para delatar el
hecho. Sin embargo, el servicio que, con su traición, había prestado Hernán
Rodríguez a la Colonia, al orden y a la autoridad, merecía también un premio,
pues ponía en manos de Villagra la prueba plena del crimen que proyectaba por
cuarta o quinta vez el recalcitrante conspirador y pretendiente Pero Sancho de
Hoz.
El
Teniente Villagra no podía tener dudas ya, sobre lo que le correspondía hacer
desde ese momento. Ordenó a su primo que saliera a la Plaza y tratara de reunir
a los soldados de quienes no tuviera sospechas, y que con ellos se situara
frente a las casas para recibir órdenes; Juan Ortiz recibió el encargo de ir en
busca del Alguacil Mayor Juan Gómez de Almagro y rogó a los demás que le
sirvieran de escolta, pues determinó salir él mismo en busca de Francisco de
Aguirre que-vivía “al frente”, o mejor dicho al costado, esto es, donde hoy se
levanta el por tal Mac-Clure. Llegó ante la puerta y desde allí, sin entrar,
llamó a su amigo.
— Ah!...
señor Capitán Francisco de Aguirre... Ah!...
El dueño
de casa estaba en pieza de “los altos” en donde acostumbrada dormir la siesta,
y al oír la voz de Villagra echóse de la cama y asomóse al balcón.
¿Qué
queréis y adonde vais con esta siesta y calor, señor Teniente?, dijo desde
arriba.
— ¡Baje
Vuestra Merced, y mire una palabra!... ordenó Villagra con tono cortante.
Sorprendióse
Aguirre de tal tono y de la circunstancia, y algo debió sospechar de anormal en
su amigo, cuando no dijo nada e inmediatamente bajo la escalera.
Entre
tanto, los diversos grupos que ambulaban por la Plaza habíanse dado perfecta
cuenta de la agitación producida “en palacio” y de los trajines de la gente
adicta al Teniente; estrecharon también sus filas y se prepararon para afrontar
los acontecimientos.
— Pero ¿a
dónde se ha metido Pero Sancho que no aparece todavía? inquirió ansiosamente
Martín de Valencia.
— Habrá
de venir luego, opinó Francisco de Raudona, que ya se acerca la hora en que
debe presentarse en la plaza, con sus provisiones.
— Tampoco
veo a Juan Romero, agregó Diego de Céspedes.
— Ni a
Hernán Rodríguez, dijo Antonio de Tarabajano.
— Allí
está Andrés de Escobar, anunció Antonio Zapata.
— ¿Y qué
hace?... preguntó Juan Benítez Monje. ¡Llamadle!
— Está
con Francisco Gudiel, dijo Zapata; por ahí debe andar también el Alcalde
Rodrigo de Araya.
— ¡Ved
que sale de su casa Francisco de Aguirre! exclamó Juan Gallego. Algo importante
le comunica ahora el Teniente Villagra porque el Capitán Francisco muerde la
punta de su barbilla.
Todos
pusieron la mirada en aquel grupo de “magnates” de la colonia.
En
efecto, la conversación de Villagra y de Aguirre a la puerta de la casa de este
último, no podía ser más trascendental. Después de oír atentamente al Teniente,
Aguirre díjole:
—
Reportaos y sosegaos, señor Teniente, y si no sabéis de cierto que Sancho de
Hoz, quiere alzarse con la tierra, no hagáis alboroto, que ya bastante lo hay
en Mapocho desde ayer y antier...
— ¡Lo
tengo escripto y firmado de su mano!... aseguró Villagra, alargándole el pliego
que había recibido de Hernán Rodríguez.
Aguirre
arrebató el papel y pasó la vista sobre el escrito, en especial sobre la firma
del Conspirador, puesta al pie. Lo dobló cuidadosamente mientras pensaba la
respuesta que debía dar a su amigo, y poniendo en seguida la mano izquierda
sobre la cadera, levantó la derecha con el índice en alto, y dijo:
— Siendo
justicia del Rey, enviad por Pero Sancho, y habida información, faced justicia,
brevemente, conforme a derecho... A armarme voy, agregó, para ponerme al lado
de la justicia.
Y
llamando desde la puerta a sus “criados”, ordenóles:
—
Señores, váyanse a armar, que cumple al servicio de Su Majestad.
Volvía
Francisco de Villagra a su casa cuando encontró en la esquina de la Plaza al
Alguacil Mayor Gómez que venía a su llamado.
— Señor
Alguacil, en servicio de Su Majestad, vaya Vuestra Merced a aprehender los
cuerpos de Pero Sancho y de su criado Juan Romero, e tráigalos a mi presencia,
incontinente.
Algo
debía saber ya Juan Gómez de lo que estaba pasando, pues, sin hacer la menor
observación, llamó en su auxilio al Alférez General Agamenón de Neli a Gaspar
Orense, a Alonso de Córdoba y a Diego de Maldonado, todos los cuales estaban a
su vera, y les dijo:
— Avante,
señores, que ya habéis oído las órdenes del señor Teniente.
Y
cruzando la Plaza por la diagonal, encamináronse los cinco hacia la actual
calle de Ahumada que era la ruta que conducía a la casa del Conspirador.
Las
escenas que se desarrollaban en plena Plaza no podían pasar inadvertidas para
los revoltosos que se encontraban estacionados y ojo avizor, esperando los
acontecimientos; pero, sin una “cabeza” a quien obedecer en aquellos momentos,
ninguno de ellos se atrevía a insinuar acto ni movimiento que pudiera
contrarrestar las medidas, indudablemente enérgicas y severas, que estaba
impartiendo la autoridad. Adelantarse a cualquier señal habría sido, tal vez —
así lo pensaban ellos— malograr el éxito del plan convenido por los jefes.
— Pienso
en que deberíamos atacar al Alguacil y a sus hombres, dijo Raudona, cuando vio
al grupo avanzar por el centro de la Plaza.
—
Sosegaos, señor, contestó Martín de Candia, que ya nos lo dirán los que mandan
por Pedro Sancho; ved, además, que el Teniente y los suyos están a la vista y
que correrían en su auxilio.
El
Alguacil y los suyos atravesaron decididos por entre los diversos grupos de
revoltosos y nadie “fue osado” de dirigirles la palabra; por lo contrario,
todos callaban o bajaban la voz cuando los comisionados pasaban a su lado.
Antes de cinco minutos, el grupo de aprehensores se perdía por la calle dé
Ahumada y torcía por la de Huérfanos hacia el Poniente en donde se levantaba la
casa “de barro e pajiza” de Pero Sancho de Hoz.
De pronto
en la Plaza prodúcese un general y agitado movimiento, y todos corren hacia la
esquina de la Iglesia Mayor; acababa de ocurrir un hecho gravísimo y por demás
alarmante para los conspiradores sin que a nadie se le ocurriese estorbarlo.
Juan
Romero, “con un halcón en la mano”, y con un puñal en la cinta, había sido
preso por el Capitán Pedro de Villagra en los momentos en que el Cazador llega
a la Plaza por la citada esquina, tal vez para incorporarse a los conjurados.
El Maestre de Campo, sin querer perder el tiempo en dar razones, había echado
el guante al infeliz patitiestevado y dispuesto que fuera llevado a la cárcel y
metido en el cepo, “de cabeza”. Los que estaban cercanos al sitio de la
aprehensión no se atrevieron a impedirla; era muy poca cosa Juan Romero para
comprometer la acción, y así fue cómo el pobre tuvo que torcer el rumbo,
resignadamente, y entrar a la casa del Alguacil Menor Juan de Almonacid, que
servía de cárcel pública; consta que al entrar al calabozo, “Romero llevaba un
halcón en la mano”.
La
prisión de Romero, sin embargo, produjo desaliento entre los conspiradores y
fue indudablemente el comienzo de su desorganización, si alguna tenían después
de la defección de Hernán Rodríguez de Monroy, a quien no se le había podido
ver hasta ese momento; aumentó el desaliento el haberse sabido, en la Plaza,
que Hernán Rodríguez había estado en casa del Teniente Villagra a mediodía,
acompañado del Clérigo Lobo y del Regidor Córdoba.
Los
acontecimientos se precipitaban; otro y más grande movimiento y agitación se
produjo cuando apareció en la esquina opuesta, el grupo del Alguacil Mayor, que
ya traía preso a Pero Sancho de Hoz; muchos corrieron hacia allá en el primer
impulso, pero se detuvieron al ver que el Teniente Villagra y los suyos, que
eran unos veinte caballeros, avanzaban hacia el centro de la Plaza para
encontrarse con el preso; todos quedaron, pues, a la expectativa, sin saber lo
que deberían hacer; la mayor parte, tal vez, consideró perdida la partida y
trató de comprometerse lo menos posible.
Informaré,
de paso, que la prisión de Sancho no encontró dificultad alguna; el
Pretendiente estaba solo en su casa, recién vestido con su mejor traje, y
preparando ‘una vara de dos palmos con una cruz en un extremo”, simbólico
utensilio que ocultó en el marco de una ventana cuando oyó los pasos de la
gente que invadía su posada... Allí estaba Sancho, esperando pacientemente el
aviso que se le debía dar para salir a la Plaza con sus provisiones, cuando ya
no hubiera peligro para su persona...
Llegado
el grupo casi al centro de la Plaza acercóse a él Villagra con los suyos, y al
verlo Pero Sancho le dijo, alzando la voz:
— Óigame,
Vuestra Merced y Señoría, dos palabras...
“Villagra
habría cometido incalificable imprudencia dejando hablar a Pedro Sancho — opina
Monseñor Crescente Errázuriz—. Tenía, es cierto, algunos hombres de armas a su
dado, pero en cambio, divisaba a otros muchas que se acercaban de diversos
puntos, armados también, y se ignora en qué favor venían; podían ser enemigos,
y lo eran, como se supo después”.
Cualquier
palabra de Sancho podía ser la voz o señal de llamamiento a sus cómplices y el
principio del alzamiento y de la refriega.
Villagra,
dirigiendo una fiera mirada al pretendiente, le impuso silencio con estas
palabras:
— Calle,
y no alborote la gente, porque si habla una palabra más, le daré de puñaladas.
La
oportunidad era de Pero Sancho; si en esos momentos alza la voz y llama
“apellidando al Rey”, la revuelta habríase pronunciado y en condiciones
deplorables para Francisco de Villagra; en plena Plaza y rodeados, el Teniente
y los suyos, por "sesenta, setenta hombres o más”, seguramente que la
lucha habría sido fatal para los defensores de la autoridad; cierto es que con
su grito de alarma, Sancho de Hoz habría expuesto su vida;... pero no se
consigue el éxito en empresas de esta laya sin que la audacia juegue su mejor
carta; Sancho era pusilánime, y jamás en su larga vida de conspirador, demostró
poseer otra cualidad que la de una desmedida ambición. Quería mandar, pero sin
que ello le impusiera mayor esfuerzo ni el menor peligro para su persona.
Al oír la
contestación del Teniente, “se quedó como muerto, y calló el dicho Pedro
Sancho”; con su actitud enérgica, Villagra había dominado al Conspirador y éste
se dejó dominar; desde ese mismo momento la revuelta podía considerarse
fracasada, por cuanto allí mismo, en presencia de todos los conjurados, el Jefe
y cabeza mayor del movimiento habíase sometido a la autoridad que pretendía
derribar.
Villagra
quiso aprovechar este momento, antes de que algún cabecilla promoviera una
reacción peligrosa, y ordenó al Alguacil Mayor, Juan Gómez:
— Señor,
lleve Vuestra Merced al preso a “las casas” del Capitán Francisco de Aguirre;
¡y sin chistar! agregó, echando otra mirada relampagueante al ya abatido
Sancho. Maestre de Campo, dijo en seguida a su primo Pedro de Villagra, ponga
Vuestra Merced escolta y que guarde la entrada.
Y él
mismo, encabezando a sus amigos, marchó tras el grupo hasta que enfrentó la
“posada” en que iba a desarrollarse el desenlace trágico de la última
conspiración de Pero Sancho de Hoz. Al llegar el grupo ante la puerta, que
estaba entornada, Villagra ordenó al Maestre de Campo poner allí guardias con
arcabuz, y haciendo entrar a Sancho, seguido del Alguacil Mayor, del dueño de
casa Francisco de Aguirre y del Escribano Luis de Cartagena penetró él también
y, “por sí mismo”, cerró y atrancó la puerta, reiterando a su Maestre de Campo
la orden de guardarla, resuelta y enérgicamente.
Entró a
tranco largo hacia el interior, y acercándose al prisionero, que era mantenido
en el patio, mandó a un negro que le atara las manos, “e le fueron atadas con
una soga”.
— Señor
Pero Sancho, díjole, reteniendo la voz indignada, y dándose una palmada en la
muñeca de la mano derecha, donde tenía la carta firmada por el Conspirador;
¡señor Pero Sancho, aquí tengo la carta que hoy escribisteis a Hernán Rodríguez
de Monroy, firmada de vuestro nombre y letra; decidme, por el Diablo, quiénes
son las personas que os habían de acudir: |por vida del Emperador, exclamó,
exaltándose, que el mayor pedazo sea una oreja!...
Sancho
bajó la cabeza; sus labios temblorosos, exangües y demudados como su rostro
entero, no acertaban a modular palabra alguna.
— Esta
carta, e letra e firma, ¿para qué efecto las escribisteis? ¿Era para servir al
Rey? ¿E para qué convocábades gentes...?, insistió Villagra, golpeando el
pliego acusador.
“Y el
dicho Pero Sancho estaba mortal, e no respondía de turbado”….
—
¿Quiénes son los de vuestro bando? Contestad, por Cristo, rugió el Teniente, en
el paroxismo ya, y fuera de sí.
Pero
Sancho pensó, tal vez, en que delatando a sus amigos podía obtener, como otras
veces, el perdón; “pero para honra suya, y para terminar con nobleza una
carrera de acciones vituperables, resistió a la tentación, y se limitó a
contestar”, a media voz.
— Señor
Teniente, Vuestra Merced es caballero, y proceda conmigo como tal. No curo de
vidas ajenas y en lo que he andado es santo y bueno, porque quería reducir a
esta Gobernación al servicio de Su Majestad, ya que Pedro de Valdivia dejó
robada la tierra, y a los hombres perdidos y desamparados. Yo era compañero del
dicho Valdivia y si he convocado gentes ha sido para lo susodicho. Señor
Francisco de Villagra, terminó con voz entrecortada y suplicante, Vuestra
Señoría y Merced es bueno y caballero, por amor de Dios, que no me mate; écheme
en una isla despoblada donde haga penitencia de mis pecados, que es tanta
muerte como matarme!...
Y cayó de
rodillas.
Cuando
Sancho terminó de hablar, Villagra recogió su mano, plegó la carta que en ella
mostraba como pieza de convicción, la entregó al Escribano, y dirigiéndose al
Alguacil Mayor, le ordenó, seca y tranquilamente:
—
¡Cortadle la cabeza!
Los tres
o cuatro testigos de aquel drama estaban ciertos de que terminaría en tragedia;
nadie esperaba que Villagra, una vez que hubiera obtenido, o no, la confesión
de Pedro Sancho, habría de proceder con las contemplaciones que hasta entonces
había tenido Pedro de Valdivia con el recalcitrante conspirador a quien había
perdonado tantas veces la vida; sin embargo, cuando el Teniente pronunció su
brevísima sentencia los tostados rostros de aquellos aventureros, acostumbrados
a ver de cerca sangre, muerte y agonía, se demudaron, y aún Francisco de
Aguirre, el alma de hierro, que estaba contemplando, con desprecio, las
angustias que atormentaban al infeliz Pretendiente, volteó el rostro sin poder
disimular su profunda emoción.
El
Alguacil Mayor Gómez de Almagro, a quien iba dirigida la orden para ejecutar a
Sancho, no supo qué hacer en el primer momento, y manifestó su indecisión
inquiriendo con la mirada hacia uno y otro de los personajes que formaban el
trágico tribunal; el Teniente no permitió que esta situación se prolongara y
volviendo la cara, por encima del hombro, hacia el ejecutor de su justicia, se
limitó a decirle, con acento irreplicable:
— ¡Señor
Alguacil, haced lo que os digo!
Gómez de
Almagro era no solamente un soldado y una autoridad; era amigo fiel de Pedro de
Valdivia y de Villagra, y además, estaba convencido de que la sentencia era
justa y que debía ser cumplida, brevemente; pero el hecho era asaz grave, y
antes de proceder a su cumplimiento quiso tener en su mano una orden escrita y
firmada. Hasta ese momento el juicio a que se había sometido al Conspirador
había sido verbal y sumarísimo y no había quedado constancia de nada, a pesar
de que el Escribano Cartagena se encontraba presente; dar muerte a un hombre en
estas circunstancias, “sin que nada constara”, era compromitente, pues no se
podía olvidar que Sancho de Hoz alegaba, con o sin razón, que tenía provisiones
reales; recordaba, también, Gómez de Almagro, que Pedro de Valdivia había
respetado siempre la vida de Pero Sancho de Hoz...
— Señor
Teniente, dispuesto estoy a cumplir esta sentencia, contestó Gómez, pero
necesito para ello una orden firmada de la mano de Vuestra Señoría.
Villagra
no titubeó en satisfacer a su amigo e incontinente ordenó al Escribano
Cartagena — que presenciaba las escenas con los ojos salidos, las rodillas
temblantes, un rollo de papeles apretados contra el pecho y la pluma de ganso
en la oreja:
— Señor
Cartagena, escribia Vuestra Merced un mandamiento conforme a derecho, para que
el Alguacil Mayor señor Gómez de Almagro, que es aquí presente, corte, luego,
la cabeza de Pero Sancho de Hoz, por cuanto así conviene al servicio de Su
Majestad, y por evitar escándalos y muertes de hombres.
Cartagena
garrapateó lo más ligero que pudo unos cuantos renglones, y luego que el
Teniente húbolos firmado, estiró el pliego al Alguacil Mayor.
Juan
Gómez no tenía por qué titubear ya; guardó el pliego entre las aberturas de su
jubón, y llamando al negro “que por allí estaba”, le ordenó que llevara al
preso a uno de los aposentos de la casa. Sancho “iba muerto”; sus piernas
apenas obedecían a los débiles impulsos de su decaído espíritu y marchó a su
cadalso de Pretendiente a la Gobernación de Chile, como un vulgar zopenco a
quien se sorprende en un delito de ratería. Al penetrar al “cuarto” del cual ya
no saldría por sus pies, echó una última mirada de súplica a Villagra, y éste
la recibió impasible y estoico.
El
verdugo empujó por la nuca al condenado y éste cayó de rodillas.
— ¡Quiero
un clérigo! — pidió Sancho, sollozante.
—
¡Arrepentíos de corazón y contrición! — contestó Villagra—, que os valerá lo
mismo. Y acabad luego, ordenó al Alguacil, que aún falta mucho para terminar la
justicia de Su Majestad.
El negro
dio un nuevo empujón en la cabeza a Pero Sancho, y le obligó a inclinar el
busto, hasta el suelo; en seguida echó una mirada a su alrededor y no vio cerca
de sí la cuchilla; la había dejado en el patio, e hizo ademán de ir en su
busca. Villagra le impidió el paso, y desenvainando su espada de ancha hoja
toledana, la entregó al verdugo. Empuñóla el negro, con ambas manos, colocó el
pie sobre la espalda inclinada del infeliz caballero y con un solo volteo la
descargó sobre el cuello descubierto...
La
azarosa vida del recalcitrante Conspirador habíase tronchado, por fin.
* * * *
Mientras
se producían en el interior de “las casas” de Aguirre los acontecimientos que
acaba de conocer el lector, en la Plaza se desarrollaban también las más
extrañas escenas; no solamente se encontraban allí los conjurados que desde la
mañana habíanse situado formando corrillos en el amplio cuadrado, sino que
también se había congregado todo el vecindario, atraído por los sucesos
alarmantes que ya eran del dominio general. Todos se deshacían en los más
variados comentarios, no sólo por la prisión de Juan Romero, sino por la de
Pero Sancho y su prolongado y amenazante encierro en “las casas” de Aguirre.
Para la
generalidad, no había duda de que la vida de Pero Sancho corría peligro
inmenso; pero para algunos, un poco más interiorizados del carácter y de la
energía del Teniente Villagra, la existencia de Sancho no pasaría de esa tarde,
quizá de una hora, o menos. Uno de éstos era el Alcalde de primer voto Juan
Fernández de Alderete.
.Formando
un grupo con sus más allegados amigos, Alderete no se cansaba de lamentar los
sucesos que así perturbaban la existencia tranquila de la Colonia; sus años y
sus achaques, debidos estos últimos, a los sufrimientos que experimentara en su
azarosa y prolongada vida aventurera por las serranías de la América Central,
habíanle quitado ya los arrestos ardorosos de que otrora hiciera gala cuando
llegó a las Indias en las primeras expediciones de Pedrarias Dávila hacia el
Istmo de Panamá, y en las de su émulo Vasco Núñez de Balboa, que murió a manos
de aquél. Devoto por naturaleza, y por su edad proyecta, sólo pensaba ya en
hacer, pacíficamente, todo el bien que en su mano estuviera para aliviar las
amarguras de sus semejantes.
En el
grupo de Alderete se encontraban los mejores y más fieles amigos de Pedro de
Valdivia y de Francisco de Villagra; todos ellos, conocedores de las villanías
de Sancho de Hoz, no tenían duda de que el Teniente habría de “hacer justicia”
del hombre que tuviera el pésimo acuerdo de soliviantar a la Colonia en esos
momentos tan delicados, exacerbando las pasiones de los descontentos.
— ¡Le
cortará la cabeza! — afirmó Juan Ortiz Pacheco, — ¡y a fe que hará bien!
— Pues
que ha querido alzarse contra el Rey, que lo pague, acentuó Gonzalo de los
Ríos; y si hace justicia inmediata y breve será mejor, pues así cesará el
escándalo, in continente.
— Pero,
señores, intervino Alderete, ¿pensáis vosotros en que el señor Teniente mandará
hacer justicia de Pero Sancho sin darle siquiera confesor...?
— Si
Sancho logra tal cosa, opinó Gaspar de Viera, no lo matarán ni hoy ni mañana,
pues habrá de ingeniarse para no terminar su confesión hasta aburrir al
presbítero.
Alderete
fue poseído de una honda preocupación; ese hombre iba a morir sin los auxilios
de la Religión y su alma se perdería condenada, así como había sido condenado
su cuerpo; una profunda pena envolvió su espíritu pletórico de caridad, y desde
ese momento su pensamiento sólo giró alrededor de obtener que Sancho se
reconciliase con Dios, antes de morir. Pero ¿cómo hacerlo, cuando el Maestre de
Campo Pedro de Villagra, guardaba las puertas de las casas de Aguirre y no
permitiría la entrada de persona alguna?
Transcurrían
los minutos con lentitud de eternidad y cada instante acrecentaba la ansiosa
expectativa de todos los que esperaban en la Plaza el término de aquel drama
que se desarrollaba a puertas cerradas en un silencio preñado de amenazas.
Alderete no pudo resistir más el impulso de su corazón, y desprendióse del
grupo que formaban los defensores de la autoridad.
— ¿A
dónde va Vuestra Señoría y Merced, señor Alcalde... interrogó Gaspar de Orense,
avanzando un paso en seguimiento del angustiado caballero; vea que una espada
hace mucha falta en estos instantes, y que, por su propia seguridad, es locura
que Vuestra Merced se aparte de nosotros.
—
Dejadme, señor Orense, contestó el Alcalde, volviendo a medias la cabeza para
contestar; voy a cumplir una obra de misericordia a la que todos estamos
obligados; el Vicario Rodrigo González ha de estar ahora en la Iglesia Mayor y
voy a requerirle para que, en cumplimiento de su deber, vaya a recoger la
última confesión y el último aliento del infeliz Sancho, antes de que
comparezca al Tribunal Supremo. . .¡Dejadme, señores, dejadme!, insistió,
alzando las manos sobre su cabeza en movimiento negativo e irreplicable; y sin
querer oír otras razones, continuó su ruta con el paso más rápido y más
resuelto que le permitían sus achaques.
— Sí
señores, dejémonos, opinó Gonzalo de los Ríos sería inútil insistir y además su
pobre espada quizá si será estorbo en un caso de refriega.
Todos
asintieron a esta opinión y se limitaron a seguir con la mirada la venerable
silueta de Juan Fernández, hasta que la vieron cruzar el umbral del templo. No
habían transcurrido tres minutos cuando prodújose cerca de la casa de Aguirre
un movimiento de expectativa que se extendió rápidamente por toda la Plaza; la
puerta se abrió, y por ella salió un soldado, Juan Cordero, “criado” de
Francisco de Aguirre. Su rostro pálido y desmudado, revelaba honda emoción.
Muchos de
los circunstantes más cercanos corrieron hacia él para interrogarle, ansiosos;
Cordero sólo murmuraba:
— ¡Dios
le perdone!... ¡Dios le perdone!...
Instantes
después apareció en el marco de la puerta la negra y corpulenta figura del
verdugo, llevando en su mano derecha una pica y clavada en ella la cabeza de
Pero Sánchez de Hoz; detrás marchaban cuatro arcabuceros y seis hombres, espada
en mano, precedidos por el Alguacil Mayor. La espeluznante procesión continuó
hasta el centro de la Plaza, en donde estaba el “rollo” de justicia, y al
plantar allí la pica con su trofeo sangrante, el pregonero, que era otro negro,
gritó:
— Esta es
la justicia que manda hacer Su Majestad, y en su real nombre, el Magnífico
señor Francisco de Villagra, Teniente de Capitán General, en nombre de Su
Majestad y del muy Magnífico señor Pedro de Valdivia, electo Gobernador y
Capitán General en estos reinos de la Nueva Extremadura, en este hombre, por
traidor y amotinador contra el real servicio de Su Majestad, mandándole cortar
la cabeza por ello, para que a él sea castigo y a otros escarmiento. Quien tal
hace, tal pague.
Ninguna
voz se oyó en el ámbito de la Plaza desde que vióse aparecer el verdugo en la
puerta de Francisco de Aguirre y hasta muchos instantes después que el negro
hubo acabado su fatídico pregón; amigos y adversarios sintiéronse deprimidos
ante ese espectáculo macabro que venía a cortar de raíz las ambiciones de los
unos y los temores de los otros; muerto Sancho de Hoz, y con él sus
inextinguibles pretensiones de mando, sus sempiternas intrigas, sus
vituperables villanías, presentábase al fin, después de siete años de zozobras
y de recelos entre los habitantes de Santiago, la ocasión de que ambos bandos
pudieran reconciliarse bajo una bandera de confianza mutua y hasta de
concordia.
Así lo
comprendieron muchos, y sobre todo aquellos que siempre están al lado del
éxito... Así lo comprendió también Villagra, quien aprovechándose del estupor
que había producido el sangriento espectáculo, quiso llevar al alarmado
espíritu de los partidarios de Sancho, la confianza de que el Teniente de
Gobernador estaba dispuesto a perdonar, con magnanimidad, a todos los que en un
momento de rencor habían seguido sus pasos.
Salió a
la puerta de Aguirre y con acento entero, tranquilo y hasta bondadoso, alzó la
voz y dijo, llamando a su alrededor a todos los que en la Plaza estaban, y que
constituían seguramente el “todo Santiago” de 1547:
—
Señores, no se alborote nadie, que estas cosas acaecen cada día en el mundo: yo
sé que hay muchos en este asunto de Sancho de Hoz, comprometidos a matarme y
alzarse con este Reino, pero yo les perdono, para aquí, y para delante de Dios,
y les digo que ni agora ni en ningún tiempo haré caso de ello; y sosiéguense y
no se alborote nadie, ni se ausente; váyanse a sus casas, que no quiero saber
nada más de lo sabido, pues el que lo hizo y ha sido causa de este alboroto, ya
lo ha pagado.
Nadie
contestó, tampoco, y cada cual empezó a buscar su ruta para irse a su posada.
vio el Teniente que sus palabras habían hecho el efecto que buscaba, y a poco
de conversar con Aguirre, Alonso de Córdoba, Juan Lobo y demás amigos que le
habían rodeado, llamó al Escribano Cartagena, que hasta ese momento no había
escrito sino la orden que exigiera el Alguacil Mayor para ejecutar al
Conspirador, y con el Ministro de Fe y sus circunstantes, emprendió la travesía
de la Plaza, diciendo:
—
Señores, es necesario hacer constar lo ocurrido para dar cuenta a Su Majestad
de la justicia que en su nombre se ha hecho; y para eso es necesario interrogar
a Juan Romero... Acompañadme, os lo ruego, que deseo me sirváis de testimonio.
Emprendió
la marcha el grupo, Villagra y Aguirre adelante; cerca del rollo en donde se
alzaba la picota con la cabeza del ajusticiado, permanecía un grupo de los de
su bando, en el cual hacía cabeza uno de los hombres más enconados contra Pedro
de Valdivia: Francisco de Raudona. Al divisar a Villagra, el Soldado Raudona
tuvo un impulso y se volvió de frente...
—
¡Ciudad, señor, de Raudona! — murmuró Gonzalo de los Ríos al oído del Teniente,
al notar la actitud casi provocativa del Soldado — ¡que ese hombre es atrevido!
No se
alarmó Villagra con el aviso, y por lo contrario, adoptó un continente
tranquilo y hasta dulcificó su rostro con una cuasi sonrisa.
Avanzó
Raudona hacia el grupo del Teniente, y casi todos sus amigos le siguieron; por
su parte, los de Villagra apuraron el paso para rodearle.
Llegaban
a la acequia que corría por el centro de la Plaza, cuando Raudona, avanzando un
poco, dijo al Teniente estas palabras, con voz no ajena a cierta altanería:
— Señor
General, basta lo que se ha hecho...
Era una
provocación evidente: un altercado podía ser un principio de motín.
Villagra
demostró en estos instantes una de sus más altas dotes de gobernante: la
prudencia.
— Señor
Raudona, contestóle con insinuante ademán, hacerse ha lo que a Vuestra Merced
parece.
Y
continuó tranquilamente su marcha.
La tarde
de ese día, la Plaza Mayor de Santiago estuvo tranquila, tan tranquila, que al
caer el Sol encontrábase solitaria; solamente divisábanse alrededor de la
picota infamante, unas cuantas indias que mascullaban preces por el alma del
ajusticiado.
* * * *
Juan
Romero había permanecido toda la tarde con sus extremidades en el cepo
pescuecero, y tuvo bastante tiempo para elucubrar sobre su suerte...
Cuando
Francisco de Villagra, el Escribano y los testigos, llegaron a la casa de Juan
Almonacid, que servía de cárcel pública, ya Romero tenía resuelta la actividad
que debía asumir ante el interrogatorio que le esperaba; era bastante práctico
el muchacho, dentro de sus condiciones de ayudante de conspirador, para no
comprender que su conveniencia estaba en ser absolutamente sincero en sus
declaraciones y facilitar el completo descubrimiento de la trama sorprendida y
fracasada de una manera tan lamentable. Además, la muerte de Sancho que ya
conocía por su carcelero, hacía inútil toda reserva y su mutismo no le
conduciría sino a agravar su situación ya demasiado compromentida.
No
necesito, pues, el Teniente, hacer ningún esfuerzo para obligar al hombre del
halcón a que confesara de plano todo lo que sabía y a revelar los nombres de
cada uno los conjurados, cosa que Sancho de Hoz negóse a hacer, “para honra
suya y para terminar con nobleza una vida llena de acciones vituperables” “El
interrogatorio no fue tal, sino la relación sencilla y detallada de todas las
actividades que se desarrollaron para llevar a cabo el motín, y a medida que
avanzaba, iba haciéndose más compromitente para una cantidad de personas de
muchas de la cuales, por sus vinculaciones con Villagra y con Pedro de Valdivia
jamás se habría podido sospechar. A tal extremo llegaron estas revelaciones,
que el Teniente no quiso que ni los testigos conocieran tanta bajeza... Mandó
que salieran todos y continuó oyendo la declaración de Romero sólo con la
presencia del Escribano. Pero llegó un instante en que, “aturdido él mismo por
el número y la calidad de los conspiradores, rehusó seguir escuchando al
declarante”, y exclamó, angustiado, desesperado y asqueado:
— ¡No
más…No más! ¡Basta por Dios! ¡Basta!
— Y salió
de la cárcel, para irse a descansar, por fin, de las agitaciones de ese día
tremendo.
Al pasar
frente a la Plaza, cerca ya de la media noche, los acompañantes del Teniente de
Gobernador divisaron, en el fondo oscuro de la noche, el débil resplandor de
dos humildes velas de cera que alumbraban siniestramente la picota clavada en
el rollo de la justicia del Rey.
* * * *
Al día
siguiente, en las primeras horas, los destemplados tambores de guerra
anunciaban a la ciudad que iba a hacerse justicia en un hombre, y al poco rato
el condenado salía de la cárcel, desnudo de espaldas, atadas las manos y con
una soga al pescuezo, de la que tiraba el verdugo, mientras el pregonero
“manifestaba su delito”. Al lado de Juan Romero, que marchaba con paso tardo y
disparejo, iba el Vicario Rodrigo González, rezando las oraciones de los
difuntos, que el preso repetía humildemente, inconscientemente. Buena cantidad
de pueblo “e vecinos” seguía aquel cortejo funerario de un hombre que iba a
morir, y en su mayor parte repetían las oraciones del Clérigo con mayor fervor,
tal vez que el mismo condenado.
Llegó el
cortejo al pie de la horca, en la Plaza, y el verdugo empezó su triste oficio
con aquella indiferencia del que ya está familiarizado con esas funciones; ató
a la garganta del condenado el nudo corredizo y le empujó hacia la escalera;
Romero subió tres escalones y se detuvo para oír una pregunta del Escribano
Cartagena.
— Señor
Romero, mirad en el paso en que estáis, y cata, por amor de Dios, que dejáis a
muchos culpados con vuestra confesión; arrepentíos, si no es ansí...
— En el
paso en que estoy, contestó inmediatamente Juan Romero, digo que lo que he
dicho es toda verdad, y ansí la gloriosa Virgen María Madre de Dios vaya en mi
compañía, en este camino donde voy, que a nadie he culpado inocente...
“Le
quitaron la escalera y quedó ahorcado”.
§ 12.
Vino a Chile a fundar nobleza
De los
italianos que pasaron a Chile durante el primer período de la Conquistas, fue,
sin duda, Vicencio de Monte el personaje de mayor significación por sus
antecedentes de familia y por la situación personal que tuvo en la Corte
española, antes de venir a las Indias.
Nacido en
Milán por los años de 1495 a 98, fue compañero y amigo de Hernando Colón, vivió
con él en su morada varios años, y con él se trasladó a Sevilla, después de la
muerte del Descubridor de América, para reclamar los derechos que le
correspondían como heredero del Almirante del Mar Océano. Juntos hicieron las
gestiones, bastante afanosas por cierto, para establecer la cuantía de los
dineros que debía recibir la testamentaría del Almirante, y juntos
experimentaron los desengaños y miserias que los envidiosos de la gloria de
Cristóbal Colón les provocaron para aminorar o suprimir los beneficios a que
tenían derecho sus herederos, según las capitulaciones que el Descubridor
firmara con Isabel la Católica, antes de salir a la empresa de cruzar la mar
desconocida y tenebrosa.
Tan leal
amigo se mostró Vicencio de Monte de Hernando Colón durante esta larga y penosa
odisea, que en su lecho de muerte no encontró el heredero de Cristóbal otra
persona que Vicencio, para encargarle el cuidado de su familia, designándolo su
albacea. Monte, desempeñó abnegadamente ese cargo desde 1536 hasta 1544, y de
tal manera supo conciliar los intereses de la familia de su mandante con los de
la Corona española, que el Emperador Carlos V, una vez liquidada la
testamentaría, le nombró Factor Real de Venezuela llamada entonces NUEVA
ANDALUCÍA, en la expedición que para continuar ese descubrimiento
salió de España a las órdenes del Adelantado Francisco de Orellana, en cuyo
cargo se desempeñó a entera satisfacción del Soberano, según lo veremos en
seguida.
Vicencio
de Monte provenía de una antigua familia italiana. Su padre fue el Mayorazgo
Balduino de Monte, hermano de Juan María de Monte, que llegó al Trono
Pontificio en 1550 bajo el nombre de julio III, habiendo sido antes Arzobispo
de Siponte y luego Cardenal de San Vital. Investido de la púrpura cardenalicia,
fue nombrado Nuncio de Su Santidad en Boloña y más tarde en Lombardía, en cuyas
cortes le tocó actuar contra la política del Emperador Carlos V.
Una vez
exaltado al trono de los papas, el Cardenal gestionó para su hermano Balduino,
padre de Vicencio de Monte, el marquesado de Monte de San Severino; pero no
logró sus deseos a causa del repentino fallecimiento del Pontífice, ocurrido en
1555, a los cinco años de su remado.
Su
sobrino Vicencio había acompañado al cardenal diplomático durante su actuación
en Lombardía; pero como la situación del Cardenal respecto de Carlos V era
delicada, según ya lo dije, Vicencio no creyó conveniente seguir acompañando a
su tío, puesto que, siendo albacea de Hernando Colón, tenía muchos intereses
que cuidar en España y en la corte del Emperador, intereses que podían sufrir
muchos perjuicios a causa del entrevero en que se encontraba el diplomático
romano. Vicencio se trasladó, pues, a Sevilla, y no quiso continuar bajo la
protección de su tío.
En esta
ocasión fue cuando el Emperador le nombró Factor Real de la Nueva Andalucía.
Vicencio
de Monte no desempeñó este cargo mucho tiempo; antes de dos años, fue destinado
al Perú, a las órdenes de la Real Audiencia que gobernaba por muerte del Virrey
Blasco Núñez Vela y combatía la rebelión encabezada por Gonzalo Pizarro.
Terminada la primera faz de esta revuelta, Monte obtuvo licencia para pasar a
Chile, en compañía de su antiguo amigo y compatriota Juan Bautista Pastene, en
1547, en el bergantín SANTIAGO. Este barco arribó a Coquimbo a
mediados de ese año con serías averías, y a fin de no perder tiempo, Pastene,
Monte y otros pasajeros que allí venían, emprendieron viaje a Santiago, por
tierra.
Pedro de
Valdivia recibió a Monte con demostraciones de especial deferencia, haciendo
honor a sus antecedentes y a las recomendaciones de su leal amigo el Capitán
Pastene. “El tiempo que estuve en dicha ciudad de Santiago, estuve en su posada
del Gobernador”, dice Vicencio de Monte en una declaración judicial que prestó
en Lima un año más tarde.
Los
graves acontecimientos que ocurrieron en Santiago a los pocos días de la
llegada de Pastene dieron ocasión a Vicencio de Monte para demostrarse un leal
amigo del Gobernador. Por circunstancias que ya he contado, el Gobernador
Valdivia determinó partir sorpresivamente al Perú, incautándose de la cantidad
de ochenta mil castellanos de oro que encontró embarcados en el recién
llegada SANTIAGO, y perteneciente a varios vecinos, pobres y
ricos, de la Colonia, que habían obtenido permiso para regresar a España. Para
ejecutar este acto que iba a conmover a la Capital y que efectivamente, la puso
al borde de la ruina, el Gobernador necesitó de sus más fieles compañeros.
Francisco
de Villagra y Juan Bautista Pastene, quedaron en Chile, como tenientes de
Valdivia, uno en tierra y otro en la mar, y un grupo selecto de diez hidalgos
se embarcó con él en el Santiago, fondeado en Quintero, mar afuera, para
impedir que fuera barrenado por los partidarios del Conspirador Sancho de Hoz.
Entre esos hidalgos, al lado de Alderete, García de Cáceres, Juan Jufré, Don
Antonio Beltrán, Diego de Oro, etc., figuró el recién llegado Vicencio de
Monte.
Llegados
al Perú, encontraron aquel Reino envuelto en una espantosa guerra civil;
Gonzalo Pizarra continuaba rebelado contra la autoridad representada por el
Presidente de la Audiencia, Licenciado Pedro de la Gasea, y pretendía nada
menos, que coronarse Rey del Perú... Valdivia y sus compañeros se pusieron
decididamente a las órdenes del representante del Rey, y de ahí a poco la
batalla de Jaquijaguana, ganada por Pedro de Valdivia como General en Jefe del
Ejército Real, vino a colocar a los de Chile en situación privilegiada.
Vicencio
de Monte se había desempeñado lucidamente como ayudante de campo de Pedro de
Valdivia, y fue uno de los favorecidos por aquella situación.
Resuelto
a radicarse en Chile, “la mejor tierra del mundo”, según declaró después,
contrajo matrimonio en Lima con la hija de uno de los conquistadores más
prestigiosos del Perú, el rico encomendero del Cuzco, Gonzalo de los Nidos; la
niña se llamaba doña Juana Copete de Sotomayor y a la fecha de su matrimonio,
que fue solemnizado, — como que asistieron a él los más altos personajes de
Lima “y un oidor”, — contaba apenas unos veinte años, “y era hermosa”, al decir
de Mariño de Lobera que la conoció.
Para más
honrar a la pareja feliz, Pedro de Valdivia “le dejó en el Callao una galera
para trasladara a estas tierras, con mujer e casa”. La galera, a los dos meses
de navegación, dio fondo en Coquimbo a mediados de abril de 1.549.
El
Presidente Gasea, por su parte, quiso premiar al sobrino del papa julio III con
especiales distinciones y mercedes, ya que Vicencio de Monte había declarado
que venía a Chile “a fundar nobleza” y el personaje lo merecía. En primer
lugar, le nombró Veedor de la Real Hacienda del Reino de Chile y además le dio
una provisión que constituía un verdadero privilegio. Consistía esta
“declaración e mandamiento” en autorizarlo — a pesar de las expresas
prohibiciones reales vigentes— para conservar encomiendas de indios, sin
perjuicio de su cargo de Ministro de la Real Hacienda. Como encargados de
cobrar los quintos reales y las contribuciones en general, los contadores, los
veedores y los tesoreros de Indias tenían prohibición absoluta para recibir
encomiendas, para explotar minas o para emprender cualquier negocio en América.
Para que
el lector se dé cuenta del exacto significado de esta “declaración e
mandamiento” que obtuvo Vicencio de Monte, es conveniente que conozca el tenor
de ese documento, que en su parte principal dice así:
“Yo, el
licenciado Pedro de la Gasea, del Consejo de “Su Majestad y de la Santa y
General Inquisición, Presidente de estos reinos y provincias del Perú, en
nombre del “Rey. Viendo ser conveniente al servicio de S. M: y beneficio, “y buen
cobro de su real hacienda, proveí los oficios de tesorero, “veedor y contador
de la Gobernación de Chile en personas de “calidad y habilidad; el oficio de
veedor en la persona de “Vicencio del Monte, atento a lo que dicho es, y a los
servicios “que ha hecho a S. M. con su persona y hacienda en la armada
“que el
Adelantado Orellana sacó de los reinos de España y en “la jornada que hizo a
las provincias de Chile, como la que después “hizo para acudir a estos reinos
del Perú para hallarse en el “castigo y allanamiento de Gonzalo Pizarro y los
de la rebelión, “sirviendo a S. M. en cosas de importancia; e que después de
“esto se dispuso a volver a las provincias de Chile e llevar a su “mujer e casa
para perpetuarse en aquellas tierras, con los gastos “que para ello hizo; e
porque podría ser que el dicho Monte, “por las ordenanzas reales que le
prohíben tener repartimiento “de indios, no quisiese usar el dicho oficio de
veedor, con lo “cual vendría daño, perjuicio e mal cobro de la real hacienda;
“e por evitar ésto, e porque es forzoso encomendar estos oficios “a personas de
confianza e calidad, declaro que el dicho Vicencio del Monte puede usar del
dicho oficio de veedor y, sin “embargo de las ordenanzas reales, goce de los
repartimientos “de indios que tuviere o que se le acrecentaren si le diesen
“otros y que además goce del salario que da S. M. por el dicho “oficio de
veedor, etc., etc.”
Igual
privilegio concedió el Presidente Gasea al Tesorero Jerónimo Alderete y al
Contador Esteban de Sosa, nombrados en la misma fecha.
Contrariamente
a lo que era común entre los europeos que venían a las Indias, parece que el
Veedor de Monte no se dedicó a hacer fortuna en Chile. Recién casado en Lima,
con doña Juana Copete quiso avecindarse en este Reino “a fundadar nobleza”,
según dice un documento, y trajo en su compañía a su cuñada, la posteriormente
célebre heroína doña Mencia de los Nidos, la cual contrajo matrimonio, al año
siguiente de su llegada, con el Conquistador del Perú y de Chile don Cristóbal
Ruiz de la Ribera. Monte fundó, en consecuencia, uno de los primeros hogares
respetables y prestigiosos de la Colonia, sin que se distinguiese por su
fortuna.
En el
desempeño de sus funciones de Veedor y Factor de la Real Hacienda, siguió un
ruidoso proceso a fin de reivindicar, para la Corona, la valiosa encomienda de
Quillota que estaba en poder del Vicario González Marmolejo, la cual, por orden
expresa de la Audiencia de Lima, debía ser administrada por Monte “hasta que Su
Majestad otra cosa ordenase”; mediante su enérgica actuación, logró que esa
encomienda volviera al patrimonio real a pesar de que los jueces y un grupo
numeroso de vecinos influyentes de Santiago, hicieron causa común con el Cura
de Santiago.
Cuando el
Gobernador Valdivia partió al sur a la conquista de Arauco, Vicencio de Monte
se enroló en sus huestes y fue uno de los fundadores de la ciudad de
Concepción, donde se radicó, llegando a ser Regidor y Alcalde de su Cabildo.
Amigo íntimo de Pedro de Valdivia, le prestó su concurso incondicional en toda
circunstancia, y especialmente cuando necesitaba un individuo de prestigio para
una misión de confianza. A desempeñar una misión de ese carácter, partió a Lima
en el navío de Campo Rey, en diciembre del año 1553, un mes antes del desastre
de Tucapel, donde pereció Valdivia; pero la noticia de este desastre, que llegó
a Lima a fines de marzo del 54, puso término a esa misión y decidió a de Monte
a ofrecer sus servicios, como en ocasión anterior, a la causa del Rey contra la
rebelión de Hernández Girón, que había alzado bandera, nuevamente, por los
Pizarras.
Dominada
esta rebelión, Monte se embarcó otra vez para Chile en el galeón de Pedro de
Malta y llegó a Santiago el 20 de diciembre de 1555, trayendo la Real Cédula
sobre la encomienda de Quillota a que me he referido; la oposición que hicieron
los jueces a la entrega de esta encomienda, obligó al Veedor a partir
nuevamente a Lima para poner en conocimiento de la Audiencia la conducta
parcial de la Justicia de Santiago. Allí supo que pronto arribaría a Lima en
nuevo Virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, Marqués de Cañete, con el cual
había mantenido estrecha amistad en la Corte de Carlos V. El Marqués recibió
cariñosamente a su antiguo amigo y le mantuvo a su lado, poniéndole en contacto
con su hijo don García Hurtado de Mendoza a quien había designado como Gobernador
de Chile en reemplazo de Pedro de Valdivia.
Volvió,
pues, a Chile, Vicencio de Monte, formando parte, como Veedor y Factor, de la
expedición de Don García, en la más poderosa flota que hasta entonces surcara
las aguas chilenas; esta escuadra estaba compuesta de cuatro navíos, una
fragata, dos galeones y dos barcos pequeños. Sin pasar a Santiago, siguió viaje
a la Quinquina y a Penco, e hizo toda la campaña de Arauco al lado del joven
Gobernador, llegando a ser uno de los caballeros más influyentes en la pequeña
corte de que Don García se rodeó en Chile, a imitación de los Virreyes y altos
mandatarios españoles.
Para
premiar sus importantes servicios dióle Don García una encomienda en los
términos de la ciudad de Concepción; pero no alcanzó a gozar de ella mucho
tiempo. En un asalto que los indios sublevados de esa región hicieron una noche
de febrero o marzo de 1562, a la casa de su hacienda “Los Llanos”, dieron
muerte al Veedor y Factor Vicencio de Monte, a su amigo el Capitán Bartolomé
Fernández de Heredia que era su huésped aquella noche, a un sirviente mestizo
que había traído del Perú y a dos españoles más.
La muerte
del Veedor fue profundamente lamentada por todos los conquistadores, pues la
severidad de sus procedimientos habíale granjeado prestigio general. El
Gobernador Villagra, tan pronto como tuvo conocimiento del asalto a “Los
Llanos”, despachó en persecución de los indios una compañía a cargo de Bernal
de Mercado, pero sin resultado alguno, si no fue el de dar honrosa y cristiana
sepultura al Conquistador italiano y a sus compañeros de sacrificio.
Del
matrimonio de Vicencio de Monte, quedaron cuatro hijos, el mayor de diez años:
Luis Monte de Sotomayor, María, Juana de la Concepción y Luisa, los cuales
emparentaron con la familia Bernal de Mercado cuyo fundador, Lorenzo, fue
apellidado “el Cid Campeador Rui Díaz de Arauco”, en reconocimiento de su valor
temerario; con la familia de Don Pedro de Artaño, de tan sólido prestigio como
la anterior, y con otras no menos acreditadas.
Vicencio
cumplió su propósito de venir a Chile “a fundar nobleza”; cincuenta años más
tarde sus hijos y sus nietos habían entroncado con toda la aristocracia
chilena.
§ 13.
¡Desgraciado Juan Pinel!
Cuando el
Escribano Juan Pinel vio que el Santiago llevaba sus anclas y
echaba al viento sus velas para salir del puerto de Valparaíso, llevando a su
bordo el pequeño cofre en donde había guardado los tres mil pesos de oro que
constituían toda su fortuna acumulada afanosamente en seis años de privaciones
y de sacrificios indescriptibles, alzó las manos, estiró sus dedos sarmentosos,
lanzó una imprecación y cayó de rodillas sobre las arenas de la playa.
— ¡Mal
hayas en tu vida, Pedro de Valdivia, robador de mi hacienda! ¡Mal hayas!
Metió la
cabeza entre sus manos y entre sus rodillas, y allí quedó, hasta que Alonso de
Torres, otro de los “robados”, lo tomó por debajo de los brazos y lo arrastró
hasta unas peñas para quitarlo de la marea que ya había lamido su cuerpo va
rías veces.
Cuando
Pinel volvió en sí echó su mirada vaga y lánguida sobre el horizonte; al ver
que el barco ladrón se perdía tras la punta de Quintero, lanzó una última y
gran voz para maldecir al inhumano Gobernador; sus ojillos grises
resplandecieron y si sus pupilas fueran un rayo, habrían incendiado a la
distancia aquella nave maldita que le arrancaba de raíz y despiadadamente su
postrera esperanza de volver a España, en los últimos años de su vida, para
juntarse con su mujer, después de quince años de separación, “e remediar” a sus
hijas.
Alonso de
Torres, atrajo, por un brazo, al exasperado Escribano y lo condujo hacia las
ramadas que horas antes habían servido de cómplices para el robo que con
audacia y premeditación inauditas había cometido Pedro de Valdivia; lo dejó
acurrucado en un rincón, aterido de frío, y salió luego a la playa para ponerse
al habla con los catorce y quince infelices robados como él, que en esos
momentos deliberaban para encontrar la manera menos penosa de rehacer las
quince leguas que los separaba de la Capital.
Disponían
de cinco caballos que les había dejado Francisco de Villagra a tiempo de partir
aceleradamente a Santiago tan pronto como desembarcara del barco trayendo en
-la faltriquera su nombramiento de Teniente de Gobernador; Villagra no podía
detenerse ni hacer su viaje de regreso al paso triste y lánguido que habrían de
llevar los despojados; no podía demorar en tomar el mando del Reino para estar
en situación de prevenir, acuciosamente, cualquier intento de rebelión o de
resistencia que pudieran provocar los censurables actos que acababa de cometer
el Gobernador.
— No
perdamos tiempo, señores, dijo Hernando Vallejo y partamos ahora mismo, luego,
que nada avanzaremos con pasar la noche en esta playa solitaria y maldecida;
veamos la manera de llegar pronto a Santiago, que allí, en unión de los amigos
que nos den acobijo, podremos pensar más tranquilamente en lo que deberemos
hacer para castigar la felonía de Pedro de Valdivia, que Dios confunda.
Y así
diciendo fuese al grupo de cabalgaduras, adherezó montura y frenos de la más
cercana y trepó de un salto. Una vez afirmado en los estribos llamó a voces a
Alonso de Torres y díjole:
— Señor
Torres, bien podéis montar al infeliz Pinel en ese mancarrón y sentaros vos al
anca para sostenello, que si lo dejáis solo no será capaz de sujetar la rienda;
nosotros nos aviaremos y nos turnaremos en los demás caballos y así podremos
llegar, Dios con todos, a mendigar nuestro sustento en Mapocho.
Alonso de
Torres encaminóse hacia el rincón en donde había dejado a Juan Pinel; pero el
hombre ya no estaba allí, ni respondía a los llamados que su amigo le hiciera
mientras escudriñaba en la obscuridad que el crepúsculo iba proyectando en el
interior de la ramada.
— ¡Señor
Juan Pinel!... ¡Señor Juan Pinel!...gritó por fin, saliendo a la playa.
— ¿Qué os
pasa, señor Torres?... gritó Vallejo, desde su cabalgadura.
— ¡Juan
Pinel se ha marchado; no está aquí!...
Todos se
alarmaron y en pocos instantes estuvieron cerca de Alonso de Torres.
— No debe
estar lejos, propuso Mateo Diez...
—
¡Vedlo!... gritó Pedro de Gamboa; ¡allí, sobre aquellas peñas!...
Efectivamente;
encaramado, de codos sobre unos peñascos, Juan Pinel contemplaba el horizonte
con mirada indefinida y apoyada la cabeza sobre las palmas de las manos.
A las
exigencia de sus compañeros, el Escribano bajó de su atalaya sin oponer mayor
resistencia y media hora más tarde caminaba taciturno y flácido, a horcajadas
sobre un macarrón, llevando al anca a su fiel amigo y, alrededor, a sus
compañeros de infortunio, enancados o a pie, con paso lento, resignado, “de uno
en uno y de dos en dos, muertos de hambre, sin capas, e como robados de
franceses”.
Al llegar
a Santiago fueron a pedir alojamiento y comida “por amor de Dios”, de casa en
casa, y todos aquellos que los veían en tal condición, después de haberlos
despedido tres días antes, pletóricos de contento y de ilusiones, con abrazos
de buen viaje y de cordiales enhorabuenas, “no podían menos que maldecir de sus
vidas y de la de Pedro de Valdivia”.
* * * *
El
Escribano Juan Pinel era uno de los conquistadores que viniera con Pedro de
Valdivia en su primera expedición a Mapocho; se le había juntado en Tarapacá en
unión de los compañeros de Francisco de Villagra que venían derrotados de la
fracasada expedición del Alto Perú, pues de la amistad de siete años que lo
unía con todos o la mayoría de los habitantes de Santiago, Pinel contaba por la
suavidad y bonhomía de su carácter, con el sincero aprecio de la gente
principal de la ciudad.
No hubo,
por lo tanto, quien no se condoliera de su situación al verle regresar a
Santiago entre los despojados por el Gobernador Valdivia y en la extremada
pobreza en que quedó, a causa de haber realizado todos sus haberes para reunir
la mayor cantidad de oro y llegar a España con el pequeño capital de tres mil
pesos, “menos setenta”, con el cual pensaba “remediar a sus hijos y dar estado
a sus hijas, que edad tienen para tenello”.
Su colega
el Escribano Luis de Cartagena, fue el primero en ofrecerle su posada y su
comida y esa misma noche le instaló en una cama que le enderezó con sus propias
ropas de la suya; pronto comenzó a recibir las visitas de sus amigos más
allegados y todos se daban la satisfacción de consolarle en su desgracia,
augurándole que el Teniente Francisco de Villagra en cumplimiento de las
órdenes de Pedro de Valdivia, habría de pagarle su deuda de tres mil pesos a
él, primero que a muchos.
—
Villagra es hombre muy de bien e de mucha confianza, decía a veces el pobre
hombre, pero queda tan adeudado por Pedro de Valdivia, que dudo podrá
cumplirme, según lo mucho que ha de pagar.
La
obsesión de Juan Pinel era la de volverse a España para reunirse con su mujer y
familia. “Señora — escribía a su mujer poco después del desgraciado suceso de
su despojo— mi estada acá, siendo Dios servido, no me detendrá más tiempo de
cuando acabe de cobrar los tres mil pesos que me tomó e llevó el gobernador
Pedro de Valdivia y el enojo y el deseo me consumen mis días por la absencia de
verme apartado de vuestra merced e de mis hijos y hijas”.
“Bien
podéis considerar, señora — decía en otra parte de la misma carta — cómo quedé,
siendo la playa quince leguas de poblado, sin ninguna cosa que comer, ni en que
me retornar a Santiago, habiéndome quitado el Gobernador tres mil pesos de buen
oro que me habían costado muchas más gotas de sangre, habiéndolos habido con
grandes trabajos e hambres para nuestro remedio, e de nuestros hijos. Y al
final de esa “mesiva”, ponía las siguientes palabras que son el mejor retrato
del alma tierna y afectiva del desgraciado Juan Pinel:
“A
nuestros amados hijos y hijas, vuestra merced abrace por mí y los críe con
aquella doctrina que yo de vuestra merced espero, teniendo respeto a que son
nuestros hijos y que no haya descuido en su doctrina y aprendan las cosas que a
hijos de buenos cristianos convengan. El que como a sí la ama a vuestra merced
y vive con su deseo — Joan Pinel.
* * * *
Pasaban,
sin embargo, los meses, y el melancólico Escribano no lograba que se le
reembolsara su dinero; de tiempo en tiempo acercábase, solitario y humilde, a
las puertas de la casa del Teniente Villagra para suplicarle con “tristes
miradas’ el pago de su crédito; y como a veces el Teniente esquivara su
presencia para no repetir una negativa inútil y siempre desagradable, el
doliente Pinel le seguía durante largos trechos hasta que Villagra, condolido
algunas veces, se escabullía de su presencia o, exasperado, lanzábale un par de
interjecciones que el Escribano recibía siempre con resignado continente.
Llegó, a
todo esto, la época de la “demora”, o sea, del trabajo de las minas, en el que
se ocupaban afanosamente la mayoría de los conquistadores con los indios de sus
encomiendas, sin los cuales no era posible la extradicción del oro de los
lavaderos. Todos empezaron a preparar sus cuadrillas, sus bateas y sus
trapiches y poco a poco fueron saliendo de Santiago las expediciones mineras
hacia Malga Malga, con sus hatos de víveres y utensilios para la temporada, que
duraba todo el invierno.
Juan
Pinel quiso salir también, como en años anteriores, pero se encontró con que
ahora no tenía indios con quienes trabajar, porque los que antes tenía habíalos
vendido cuando determinó regresar a España... El despojo que había sufrido era
total.
— Señor
Francisco de Villagra, dijo un día al Teniente, arrodillándose a su paso, por
servicio de Dios, téngame Su Señoría lástima, y deme algunos indios que yo
quiero ir a las minas para tener de que comer y para mi avío, y para poder
enviar algún oro a mi señora mujer e hijos... ¡Nuestra Señora recompensará a
Vuestra Señoría y Merced esta caridad!
No pudo
resistir Villagra a esta humilde súplica, y aunque en realidad no había indios
“vacos” arregló — con otros encomendaderos que se mostraban asequibles por
tratarse de Juan Pinel— la manera de darle una cuadrilla con la que partió a
los lavaderos. “Y me fui a las minas y andando a pie de quebrada en quebrada e
de cerro en cerro, Dios fue servido de que sacara de esta demora un mil e
ochocientos pesos; e pagados los quintos de Su Majestad e apertrechado yo de
cosas necesarias de que me deshice antes, hanme quedado ochocientos pesos, de
los cuales envió a vuestra merced, en un tejuelo, doscientos e doce pesos”,
dice Pinel a su mujer, en carta de 25 de Setiembre de 1548.
El
resultado que tuvo el lamentable Escribano Pinel en esta “demora” no pudo ser
halagüeño para su obsesionante expectativa de regresar al seno de los suyos y
por lo tanto volvió a su melancolía; recuperar sus tres mil peos de la deuda
era lo único que podía devolver a su espíritu la perdida tranquilidad. De nuevo
recurrió al procedimiento de rondar la casa del Teniente Villagra y de
presentársele a lo lejos, en aquella actitud humildosa y pasiva que tenía que
exasperar al Gobernador.
A
principios de 1549, súpose en Santiago que Pedro de Valdivia venía en viaje de
regreso a Chile, y que el Presidente Gasea habíalo nombrado Gobernador de estas
provincias, por el Rey; el Conquistador regresaba, pues, poderoso y en
situación de cumplir sus compromisos con todos. Juan Pinel sintió que su
espíritu se levantaba, y una grande alegría invadió su alma; a fin de asegurar
en todo lo posible el reembolso de su crédito partió a Valparaíso para ser de
los primeros en presentarse ante el Gobernador.
Y
efectivamente, apenas desembarcado Valdivia, Juan Pinel se echó a sus pies
sobre la arena de la playa, besó una y muchas veces sus manos, y entre sollozos
le pidió “le pagase por el amor a Dios”; Pedro de Valdivia no sabía a qué
atribuir, en el primer momento, tales manifestaciones; pero una vez informado
del estado “melancólico” en que Pinel se encontraba desde la partida del Santiago, levantólo
del suelo y le prometió pagarle cuanto antes. Pinel se retiró regocijado y
pletórico de esperanzas.
Valdivia
permaneció en Valparaíso un par de meses, y Juan Pinel, que habíase forjado la
ilusión de ser pagado en pocas semanas, veía prolongarse indefinidamente su
ardorosa expectativa; un día no pudo resistir su afán y acercóse de nuevo al
Gobernador, quien, al verle, consolóle otra vez, con persuasivas palabras; pero
las insistencias de Pinel se repitieron dos, tres, cuatro y más veces; por
último, cierta vez que el Gobernador iba a embarcarse para ir a bordo del
barco, Pinel se echó a sus plantas “y le suplicó por reverencia de Dios, que le
pagase para poder volverse a España y remediar sus hijos”, y para mejor moverle
el corazón, le presentó unas cartas de su mujer y le pidió, entre sollozos, que
las leyera; y como Valdivia se negase a ello, “se lo pidió con importunidad”.
Exasperado
el Gobernador con esta inútil insistencia, le dijo, ásperamente:
—
¡Quitaos de aquí, seor majadero; sabed que no os quiero pagar; yo os mostraré
cómo se debe servir a Su Majestad!
“Y Juan
Pinel se fue llorando”. Desde ese momento, el desgraciado “comenzó a volverse
loco”.
Llegado
Valdivia a Santiago, el Escribano dio en el mismo arbitrio que había puesto en
práctica con el Teniente Villagra; ensimismado y taciturno rondaba la casa del
Gobernador, seguía sus pasos desde lejos y a las veces pasaba frente a Pedro de
Valdivia echándole una mirada suplicante. Cuando se empezó a temer que el
Escribano perdiera el control de sus facultades, Valdivia principió también a
soportar las importunidades del infeliz y varias veces “le consoló con la
promesa de pagalle”; todos, a su vez, hacían cuanto era posible para
tranquilizarlo, y cierta vez el Cura Rodrigo González, compadeciendo de los
sufrimientos del desgraciado demente, díjole:
— “No os
fatiguéis, ni andéis pensativo, que yo os daré el dinero luego, si luego lo
queréis”.
“E
incontinenti llamó a un servidor y le pidió un cofre para pagalle”. Pero Juan
Pinel rehusó; dijo que quedaba completamente tranquilo, y que la fianza del
cura González, “era buena”.
Sin
embargo, Pinel no dejaba de vagar por las calles de la ciudad, por las rocas
del “cerrillo”, por la Cañada de San Francisco, por las riberas del Mapocho,
andando, andando, como “hombre asombrado”, sin rumbo fijo; alguna vez no fue a
comer a la posada de su colega el Escribano Cartagena, donde sabemos que vivía,
y otra noche no llegó hasta “tocada la queda”, con la consiguiente alarma de su
huésped.
Una tarde
apersonóse a Cartagena y entrególe un pliego:
— Todos
hemos de morir, díjole, y aquí entrego mi testamento; habed la caridad,
hermano, de guardarlo como amigo que sois mío, y como escribano.
Tal fue
la tranquilidad con que Pinel habló, que su colega no dio al hecho mayor
importancia.
Paseábase
una mañana Pedro de Valdivia frente a la Iglesia Mayor, después de la misa
dominical, y sus acompañantes divisaron a Juan Pinel que atravesaba la Plaza,
en dirección al templo; era, probablemente, una de las continuas
“presentaciones” de su persona que deseaba hacer al Gobernador, y Juan Bautista
Pastene, que iba a la derecha de Pedro de Valdivia, quiso evitarla.
— Allí
viene Pinel, dijo, y bueno sería que Su Señoría no se dejase ver de ese
infeliz.
— Está
bien pensado, agregó Hernando de Alarcón; entremos a la Iglesia y así
evitaremos el encuentro.
Accedió
buenamente Valdivia y encaminóse al templo, diciendo:
— Sábelo
Dios, señores, que deseo contentar a Juan Pinel y devolverle su dinero,
siquiera porque se fuese a España junto a su mujer e hijos; y así habré de
hacerlo apenas tenga dineros.
Juan
Pinel vio que el grupo había entrado al templo y entró detrás; pero al no
encontrarlo, — porque Valdivia y sus compañeros se metieron en la sacristía, —
salió nuevamente a la Plaza y siguió hacia la actual calle de Ahumada, en donde
estaba el domicilio de Cartagena. Encerróse allí toda la tarde, encaramóse
después al “sobrado” donde tenía su alcoba y pasó la noche sin haber hablado
una palabra con nadie.
Al día
siguiente, muy de mañana fuese al templo, “vio misa”, confesó y comulgó; a la
salida encontróse con Lorenzo Núñez, a quien abrazó tiernamente, y en seguida
tomó por la actual calle de la Merced con dirección a la ermita de “la Señora
Santa Lucía”, que se levantaba a la subida del Cerro, en su extremo norte;
encontróla cerrada y subió a las peñas más cercanas; por donde vagó durante
todo el día. Regresó a su posada ya entrada la noche.
A la
mañana siguiente, el dueño de casa, Luis de Cartagena, oyó desaforados gritos y
lamentos en el “sobrado” donde dormía Pinel; eran de una india, sirviente del
pobre loco, que llamaba a todos los habitantes de la posada para que subieran a
socorrer a su amo.
Cartagena
subió antes que todos y encontró a su huésped pendiente de una viga y ahorcado
con una sábana...
Así
terminó su amarga vida el desgraciado Juan Pinel.
§ 14. La
primera huelga que hubo en Chile
La
riqueza de los lavaderos de oro de Malga Malga, de los cuales se extrajeron en
menos de cinco años más de cuatrocientos mil castellanos del apetecido metal,
agrupó en la ribera Norte del río Aconcagua, llamado “el río de Chile y
Quillota” a una numerosa población de mineros que llegó a constituir un pueblo
de no escasa importancia, pues consta que había “dos calles principales”, allá
por el año 1549, cuando Valparaíso tenía apenas una sola casa de propiedad de
Juan Bautista Pastene y no vivía allí ningún español. Puede afirmarse que
Malga-Malga era la segunda ciudad de Chile, pues La Serena acababa de ser
destruida.
La
población de Malga-Malga estaba compuesta, en su casi totalidad, de indios o
“piezas de servicios” que laboraban las minas a las órdenes de soldados
españoles, peritos en el oficio; se llevaba allí una vida más o menos tranquila
porque los indios que eran destinados a los trabajos de “fuerza y fatiga”
estaban ya completamente entregados a sus dominadores. En Malga-Malga había
alcalde, alguacil, escribano, pesador o “fiel”, pregonero y hasta párroco, pues
el Presbítero Diego de Medina ejercía allí su ministerio una vez al mes.
No
faltaba, sin embargo, un “agitador” que predicara cada y cuando amanecía con
ganas, que los mineros eran “explotados” por los dueños de las pertenencias
auríferas y que era insensato de parte de los trabajadores no poner remedio a
esos abusos; el revolucionario llamábase Sebastián Vásquez y entre sus
antecedentes podía citarse el que hubiera tenido la suerte inmensa de salvar su
vida por haberse cortado la cuerda de la horca en que iba a ser ejecutado, por
conspirador, ocho años antes, en la Plaza de Santiago.
La verdad
era que a Sebastián Vásquez no le faltaba razón; los emolumentos que ganaban
los maestros mineros, si no eran cortos, por lo menos no correspondían a los
trabajos y a los peligros que arrostraban a diario entre los indios siempre
dispuestos a rebelarse; de modo, pues, que llegó un momento en que los maestros
o capataces que allí había, convencidos, por fin, de sus derechos o cansados ya
con la prédica constante del “compañero Vásquez”, celebraron un “mitin”, y
determinaron elevar un “pliego de peticiones” al Cabildo de Santiago, pidiendo
poca cosa, en verdad, pero en un tono que alarmó profundamente al vecindario.
El
“pliego” fue dirigido al Regidor don Gaspar de Vergara, uno de los dueños de
pertenencias en Malga-Malga, para que lo leyera en el Cabildo donde había
también otros “capitalistas”.
“Muy
magníficos señores — empezaba el pliego:— Pedro Gómez de las Montañas, en
nombre de todos los mineros, digo que por cuanto la tierra está rebelada,
suplico a vuestras mercedes en nombre de todos los mineros que
pidan y requieran a los oficiales de Su Majestad manden aquí seis hombres de a
caballo para que nos guarden de los indios y no nos ataquen; porque si no se
envía gente que guarde las minas, yo y todos los dichos mineros estamos
determinados a desamparar las minas, para que venga cada dueño a hacerse cargo
de ellas dentro de ocho días si no proveyeren como pedimos. Y porque nos
parece a mí y a todos los mineros, que así conviene al
servicio de Dios y de su Majestad, lo pido y suplico a vuestras mercedes en
nombre de todos los dichos mineros para que lo hagan como lo
suplico.
“Besa las
magníficas manos de vuestras mercedes: Pedro Gómez de las Montañas. Y
siguen las firmas de todos los susodichos mineros, que eran
trece, en total. La firma del cabecilla Sebastián Vásquez es una de las
últimas; parece que el hombre no quiso figurar al frente para no infundir
sospechas sobre su asendereada persona.
Los
“magníficos” señores cabildantes quedaron espantados al oír 'la lectura del
pliego, no tanto por lo desusado del tono altanero e irrespetuoso con que esos
plebeyos se dirigían a la autoridad, sino por lo que significaba, para sus
intereses, el cumplimiento de la amenaza de dejar abandonado el trabajo de las
minas; ¡entre los regidores estaban los principales propietarios! Algunos
cabildantes pusiéronse firmes en que se debía devolver el oficio “por venir en
mala forma” pero 'los más rechazaron ese arbitrio alegando que no convenía
hacer esas pruebas que podían resultar muy peligrosas “para la hacienda de su
Majestad, que se podía ver privada de los quintos que le correspondían en el
beneficio de las minas...”
¡Bien
sabían los “magníficos” regidores velar por sus particulares intereses
parapetándose detrás de la Real Persona!
Larga fue
la discusión de los cabildantes, pues duró hasta después de la “queda”, según
consta del acta, pero al fin llegóse a la transacción de enviar a Malga-Malga
sólo cuatro de los seis soldados que los mineros pedían. Partieron, en efecto,
los guardianes del orden, pero al llegar a las minas fueron recibidos
“agriamente” por los mineros y obligados a decidirse si se plegaban a los
huelguistas o se volvían a Santiago. Los enviados optaron por quedarse en
Malga-Malga, no sabemos si haciendo causa común con sus compañeros o a la
simple imparcial expectativa pues no podían hacer otra cosa cuatro hombres
contra trece subversivos.
Entre
tanto un nuevo enviado de los mineros llegó a Santiago para exigir los otros
dos soldados que habían pedido; la insistencia tenía los caracteres de una
imposición, pues no había razón para creer que la falta de dos soldados entre
17 hombres aptos para defenderse de la supuesta rebelión de los indios, fuese
cuestión tan trascendental.
Pusiéronse
firmes esta vez los regidores y amenazaron con la horca a los revoltosos; pero
éstos, instigados por el “agitador” Vásquez resolvieron cumplir la amenaza que
habían formulado en el primer pliego y declararon la huelga, abandonando los
trabajos y dando libertad a los indios que tenían a sus órdenes.
El caso
era grave y desconocido en América; los intereses de los propietarios de los
lavaderos y 'los de “Su Majestad” estaban expuestos a la ruina, pues no se
sabía cuál era la actitud de los indios; los lavaderos, los crisoles, los
hornos las bateas y todas las rudimentarias pero indispensables instalaciones
de que estaban provistas las minas de Malga-Malga podían ser destruidas en un
momento por los indios que “estaban sueltos”. Era necesario obrar rápida y
enérgicamente.
El hombre
indicado para esta comisión no podía ser otro que Francisco de Aguirre, el
“terror de los naturales” que desempeñaba el cargo de Alcalde de Santiago y
Justicia Mayor del Reino. Cuando este Capitán llegó a Malga-Malga, el 18 de
marzo — el “movimiento” había empezado el 10 de febrero— “halló a Pedro Gómez
de las Montañas con todos los mineros de Malga-Malga alzados y las dichas minas
abandonadas”.
¿Cómo
terminó esta huelga, la primera que hubo en nuestra tierra ahora 380 años?
No lo sé
de cierto, porque los documentos no lo dicen; pero parece que no llegó la
sangre al río, porque las minas continuaron dando mucho oro a sus dueños y los
correspondientes quintos a Su Majestad.
§ 15. La
línea del mal
Cuando
Pedro de Valdivia oyó las últimas frases de la sentencia que había dado en Lima
el Licenciado Pedro de la Gasea en el proceso secreto que se le había levantado
sobre su actuación en Chile, no pudo menos que dar un abrazo al escribano: era
la absolución completa de su conducta tan vilipendiada por enemigos
irreconciliables y falaces.
La
sentencia no sólo significaba la justificación absoluta del Conquistador, sino
su confirmación en el cargo de Gobernador de Chile por el Rey, título a que
Valdivia aspiraba con anhelos grandes y como un justo premio a sus ingentes
sacrificios. Nadie podría ya poner en duda sus derechos sobre el Reino que él
había creado con su solo esfuerzo; ya no podrían, los envidiosos, criticar sus
órdenes o discutirlas aunque fuera en la sombra; su título de Gobernador por el
Rey, a gran distancia de España y aun del Perú, lo colocaba como un pequeño
soberano con autoridad sobre vidas y haciendas.
Se
figuraba haber llegado al apogeo de su gloria.
Sin
embargo, pasada la primera impresión de su inmenso júbilo, Pedro de Valdivia no
pudo menos que recapacitar sobre una de las cláusulas de la sentencia que el
Notario Simón de Alzate le acababa de leer.
— Señor
Escribano, merced me haréis si quisiéredes volver a leer esa cláusula
primera...
— Con mi
obligación cumplo, señor Pedro de Valdivia, repitiéndola cuantas veces vos
queráis, contestó el Escribano. Solo os recomendaría, por el amor que os
profeso, que no le deis a ella mayor importancia. Limpio y glorioso habéis
salido deste proceso y no es cristiano que apaguéis vuestra justa alegría con
otros pensares.
— Señor,
repuso Valdivia, vos no podéis apreciar bien lo que importa de mi vida esa
parte de la sentencia; leedla otra vez, os lo ruego.
— Pues
allá voy.
“Su
Señoría el señor Licenciado Pedro de la Gasea, Presidente destos reinos por su
Sacra Real Majestad, dijo que mandaba e mandó a Pedro de Valdivia, gobernador y
capitán general de las provincias de Chile, que no converse inhonestamente con
Inés Suárez, ni viva con ella en una casa ni entre con ella en lugar
sospechoso, sino que se conduzca de tal manera, de aquí en adelante, que cese
toda siniestra sospecha de que haya entre ellos criminal comunicación; a que
dentro de los seis meses primeros siguientes después que llegare a Santiago, la
case, o la envíe a estas provincias del Perú para que en ellas viva o se vaya a
España o a donde ella quisiere”.
— Hasta
aquí es la cláusula, terminó el Notario.
Valdivia
quedó un momento de codos sobre el respaldo de su sillón, apoyada la cabeza
entre las manos, mientras sus amigos Vicencio de Monte y Diego García de
Cáceres, que estuvieron presentes a la lectura, intentaban en vano decir alguna
palabra de consuelo para el preocupado Capitán.
Alzó,
Valdivia, su cabeza afiebrada, y alargando la mano al Notario, díjole:
— Dad fe,
señor Escribano, de que estoy pronto a cumplir cuanto me ha mandado Su Señoría
el señor Presidente, a quien Dios guarde, y afirmad que ya estaba resuelto a
ello, aun antes de saber lo que me mandaría...
Salió el
Notario de la habitación y Pedro de Valdivia estrechó fuertemente entre sus
brazos a sus dos amigos.
* * * *
Inútiles
habían sido las manifestaciones de regocijo bullicioso que los adoradores del
Sol que se levanta habían hecho al afortunado Conquistador, una vez que se
conoció en Lima el triunfo de su causa. Las fiestas que en su honor celebraron
algunos empingorotados limeños que buscaban la amistad del Gobernador Valdivia
para negociar en Chile y las más sinceras de sus amigos Vicencio, Diego de Oro
y García Villalón, no lograron apartar de su mente la preocupación de que ya no
podía volver al lado de la admirable mujer que había sido su inspiradora en la
Conquista de Chile, la que había ofrecido sus alhajas para los primeros gastos
de la empresa, la que había cuidado con ternura maternal de cada uno de los
conquistadores durante el largo y accidentado viaje a través de los desiertos y
serranías, la que había encabezado con heroísmo la defensa de la ciudad de
Santiago a raíz de su fundación, la que por último, le había salvado la vida
muchas veces de las asechanzas de Sancho de Hoz.
A esa
mujer extraordinaria, llena de méritos, digna de la veneración que le
guardaban, a pesar de su pecado de amor, todos los conquistadores de Chile,
desde el Cura Gonzáles Marmolejo, — que le enseñó a leer— hasta el más infeliz
a quien ella daba “medecinas”; a esa mujer de “mucha cristiandad” que fundaba
hospitales y “aderezaba altares en las hermitas”; a esa su amante, era a la que
debía echar de su lado Pedro de Valdivia, desterrarla del Reino que ella había
contribuido a crear... o casarla con otro, dentro del plazo de seis meses!
* * * *
Cayó
enfermo el Conquistador.
Unas
fiebres malignas lo tuvieron entre la vida y la muerte durante diez o quince
días y en los fugaces momentos en que la lucidez depejaba, su cerebro
delirante, el pensamiento de Pedro de Valdivia insistía con pertinacia en
aquella malhadada sentencia.
Alarmáronse
los amigos que asistían al enfermo en la fonda donde vivía y creyeron del caso
trasladarlo a donde hubiera más calor de hogar.
Diego de
Cáceres tenía en Lima muchos amigos y a uno de ellos fue en solicitud de
hospedaje para el enfermo. Lo obtuvo sin dificultad en la posada de Matías
Pérez Sarmiento, rico encomendero del Callao, a cuya casa habían llegado,
semanas antes, seis o siete de sus parientes venidos de España en busca de
fortuna.
—
Compadre Diego, no habríais podido pedirme cosa más de mi gusto y que en más
honra tenga, cual es ofrecer mi casa al señor Gobernador de Chile, había
contestado Pérez Sarmiento. Disponed de ella y del dueño a vuestro antojo, pues
estoy cierto de que toda mi parentela holgará mucho de servir al señor Capitán
Pedro de Valdivia.
El mismo
día quedó instalado el enfermo en la mejor habitación de la posada de Matías
Pérez, situada al costado, “calle en medio”, del Convento del señor San
Francisco de Lima.
Ente los
parientes del huésped, venidos de España, había dos mujeres jóvenes, una de las
cuales, María de Encio Sarmiento, era sobrina de Matías Pérez y contaba por esa
fecha unos veinte años. La otra, más o menos de la misma edad, llamábase Juana
Jiménez y si algún parentesco tenía con el dueño de casa, debía ser bastante
débil y lejano, porque a esta muchacha se le encomendaban los más menguados
menesteres domésticos.
Es
conveniente recordar que las mujeres solteras, o viudas jóvenes que se
aventuraban en largos y penosos viajes a las Indias a través de mares y
serranías, eran enviadas por sus parientes, para “las casar”, porque bien se
sabía en España la falta de “mujeres cónyuges” que esos tiempos había en
América y especialmente en el Perú y sus contornos.
Matías
Pérez puso al servicio del Gobernador enfermo a estas dos mujeres. María se
instaló en el aposento contiguo al de Pedro de Valdivia y Juana Jiménez ayudaba
a su pariente en los trabajos más rudos; ambas se dedicaron con interés al
cuidado del infortunado Capitán y fueron, en verdad las salvadoras de su vida.
—
¿Quieres saber, Juana Jiménez, lo que habló anoche el enfermo en su desvarío?—
dijo con voz queda y misteriosa María de Encio a su compañera, cuando esta
entró a la habitación llevando una jícara con la medicina matinal.
— ¿Qué es
ello? contestó la interpelada. ¿Ha estado, acaso, muy malo?
—
¡Hablaba de cierta Inés Suárez!... y a lo que entendí, desde ha tiempo tienen
amores.
— Pues
¿no es casado el Capitán?
— Lo es,
según dijo mi señor tío, y su mujer vive en España.
— ¿Y qué
decía el señor Capitán?
— ¿Me
prometes tenerlo en secreto?
— ¡Te
prometo!
"Tengo
que apartarte de mi vera, Inés, por orden del Rey, pero nunca dejaré de
quererte bien”, decía el Capitán después de inquieto desvarío. Entonces yo me
acerqué a su lecho, pósele la mano en la frente, como mi madre lo hacía con mi
padre cuando este dormía, y preguntóle, al secreto:
— ¿Y por
qué no la dejáis señor, si no es vuestra mujer?
—
¿Hiciste eso, María? preguntó espantada Juana Jiménez.
— ¡Lo
hice!...
— ¡Tengo
para mí, que eso es cosa del Diablo!
— ¡Calla!
No sé si lo será, dijo María, llevándose un dedo a los labios; pero los que
duermen oyen y contestan, y según mi madre, obedecen a lo que se les manda.
— ¡Señora
de las Angustias!...
— Juana
Jiménez: acuérdate de que me prometiste secreto...
—
¡Secreto de confesión! ¿Y qué te contestó el Capitán?
— Nada...
Volvíle a preguntar, segunda vez, y como aún no hablara, le mandé:
¡Contestadme, Capitán Pedro de Valdivia! ¡Os lo conjuro a ello!
— ¡Santo
Cielo!...
— Mi
madre hacía esto mismo cuando tardaba en responder mi señor padre, dormido; yo
la vi, muchas veces, desde mi cama, siendo niña.
— Di,
María, balbuceó Juana Jiménez echando una mirada recelosa a su alrededor;
¿contestó por fin, el Capitán?
—
Retorcióse en su lecho, como si luchara con desesperación; incorporóse, luego,
con los ojos espantados, y cayendo hacia atrás en la almohada, dijo, con rabia:
“¡No puedo!” ¡No tengo perdón!
— ¡Ah, de
mi enfermera! oyeron ambas mujeres que» había exclamado el Capitán, desde la
habitación vecina.
María y
Juana se miraron con terror, y en el primer momento ninguna tuvo valor para
contestar; pero María, más animosa, dominóse de súbito y penetró resueltamente
en el aposento del enfermo.
—
¡Malhadada cabeza mía, que tanto me atormenta, señora!, dijo el Capitán, apenas
vio que María traspuso el umbral.
— ¿Cómo
os sentís, señor? preguntó la doncella con acento insinuante. ¡Habéis dormido
bien, yo os lo aseguro! ¿Queréis vuestra medicina? Ahí está Juana Jiménez que
os la trae según lo tiene dispuesto el Licenciado Pacheco.
— ¡La
medicina! Entrad, Juana Jiménez, entrad; daca esa pócima y que Dios y Santa
María carguen a la conciencia del Licenciado Pacheco los resultados de ella,
terminó el enfermo recibiendo la jícara y apurándola de un sorbo.
—
¿Sentisteis alivio, señor Capitán? habló a su vez Juana Jiménez No desconfíes,
señor, de que habréis de mejorar pronto vuestra salud.
— Buen
corazón tenéis a fe; pero os aseguro que si bien durante el día siento alivio
de mis males, no puedo negaros tampoco que las noches me son amargas. Anoche
volví a tener mal sueño..., parecióme que una mano de hierro ceñía mi frente y
aunque luchaba por desasirme de ella, ¡no la vencía! Incorporóme, al fin, y vi
al lado de mi lecho...
— ¡Santa
María! gritó Juana Jiménez cubriéndose el rostro con las manos.
— ¿Qué
viste, señor? preguntó, intensamente pálida, pero imperturbable, María de
Encio.
— Vi una
mujer, una figura horrible de mujer, que me miraba a los ojos, con los suyos
coloreados de sangre...
Ambas
mujeres hicieron un silencio de remordimiento.
—
Dejadme, señoras, terminó el enfermo, y perdonad una vez más; el solo recuerdo
de mi desvarío trastorna mi cabeza. Nunca tendré como pagaros vuestros
cuidados, pero haré por vosotras cuando pueda... ¡podéis creerlo!
Tendióse
en el lecho el Capitán Valdivia y ambas mujeres salieron del aposento.
— Una vez
más os advierto, María de Encio, que no permitiré que os acerquéis al Capitán
Valdivia, ni menos que pretendáis permanecer junto a él, acentuó con energía
Juana Jiménez, cuando las dos quedaron solas en la cámara del galeón que
momentos más tarde iba a levar anclas en Arica con rumbo a Chile.
— ¿Parece
que lo mandáis? replicó la interpelada, con una sonrisa despreciativa que sacó
de tino a su pariente.
— ¡Pues,
os lo mando! recalcó Juana Jiménez, y |guay! de vos si no obedecéis. En el
barco va el Licenciado Ortiz de Zúñiga que es Comisario del Santo Oficio y a su
amparo recurriré, si persistís en continuar en vuestras malas artes.
— Juana
Jiménez, ¡vos no haréis eso! exclamó María de Encio.
— Lo
haré, ¡por mi fe! Ya no temo las amenazas que poníais en práctica cuando
estábamos en Lima, a la vera de mi buen tío; libre estoy ahora de vos, y bajo
el amparo de un Capitán de Guerra, de quien soy criada. Con que, María de
Encio, renunciad a vuestros propósitos que, aunque no los conozco bien,
sospecho que malos son.
Sonrió de
nuevo María de Encio y dijo:
—
¡Advierto sobrado interés en vos, Juana Jiménez, por la persona del Gobernador!
— ¡Veis
que lo tengo!...
— ¿Os
requirió de amores?... sonrió con ironía punzante.
—
¡Perversa eres, prima! Bien sabes que el interés que me lleva, es impedir que
ahondes la desgracia en el alma del Capitán, privándole de la compañía de su
mujer legítima.
—
¡Mientes!
— Perversa
eres, porque tratas de poner recelos y odio entre el Gobernador y la que ha
sido hasta ahora su fiel compañera, la Inés Suárez! Qué persigues, no lo sé;
pero vuelvo a repetir que determinada estoy a confesarme al Comisario Ortiz y
habré de contarle todo lo que has hecho... ¡y que Dios me perdone los pecados
que también cometí, ayudándote! concluyó sollozante la mujer,.
— Has
perdido el juicio, Juana Jiménez, y por eso piensas en que es arte diabólica la
que hicimos con el Gobernador. Errada estás, nunca lo hubiera hecho yo, si tal
creyera.
— Tú
sabías que era cosa mala...
¿Para qué
recordar eso, Juana, prima mía? insistió el Encio, dulcificando la voz y
acercándose a su pariente; no pienses mal de mí; piensa, en cambio, en que
hemos salido juntas de nuestro terruño; en que juntas vamos en derrota hacia
tierras desconocidas y que nuestra suerte habrá de correr a parejas por
aquellos mundos llenos de peligros.
— Si
hablaras siempre así; si otras veces me hubieras hablado así, María, yo fuera
tuya, ahora; pero veo que has cambiado súbitamente y ya no creo en tí...
— Juana
Jiménez, rugió la muchacha, ve lo que haces y no me pongas en el caso de tener
que defenderme.
— ¡No os
temo! afirmó Juana, y si no me prometes dejar en paz al Gobernador, entregaré
tu suerte y la mía en manos del Comisario del Santo Oficio...
— ¡Ave
María! dijo una voz a la puerta de la cámara; Su Señoría el señor Gobernador
espera a vuestras mercedes para empezar a comer. ¡Ave María!
— ¡Ave
María! repitieron las mujeres.
* * * *
El
Gobernador Valdivia tenía establecido, tres años más tarde, su cuartel general
en la recién fundada ciudad de Concepción y preparaba una “entrada” a los
campos del indómito Arauco para lo cual había reunido en su real a los mejores
soldados.
Reposaban
la cena una noche, en la sala “de su comer”, varios de sus íntimos amigos
venidos poco ha de la ciudad de Santiago y a tiempo e despedirse, el Gobernador
se dirigió a uno de ellos, Gonzalo de los Ríos, y poniéndole familiarmente una
mano sobre el hombro, preguntóle:
—
Decidme, Gonzalo, ¿es verdad que deseáis hacer dejación de la encomienda que os
di en Santiago con el objeto de veniros conmigo a la Concepción? Huélgome, vive
el Emperador, si ello es verdad.
— No lo
sé todavía, señor Gobernador, contestó Gonzalo de los Ríos; ese es un
pensamiento de la señora mi mujer y paréceme que no debo aceptarlo.
— María
de Encio es mujer juiciosa, intervino Diego de Oro, y cuando os lo ha propuesto
alguna ventaja ha visto para vos.
— Es
verdad que mi señora mujer María de Encio tiene juicio, replicó Gonzalo, pero
no siempre hace buen uso del. En fin, allá veremos, señor Pedro de Valdivia.
—
Pensadlo y resolved, terminó Valdivia; bien sabéis que acostumbro hacer
mercedes a mis buenos capitanes. Buenas noches, señores, dijo en seguida, y
poco después penetraba en su aposento y se disponía a descansar en su lecho.
En los
momentos en que Valdivia se despojaba de sus arreos, una mujer entró en la
habitación y se arrojó en sus brazos, sollozando.
— ¿Qué
tenéis, Juana Jiménez? ¿Por qué lloráis, señora, con tal desconsuelo?
Reportaos, por Dios, prosiguió Valdivia, al notar que la dama no cesaba de
gemir.
— He oído
lo que decíais a Gonzalo de los Ríos, señor, contestó por fin Juana Jiménez, y
de ahí viene mi pena.
— ¡Vaya!
dijo Valdivia, no empecéis de nuevo con vuestros celos, que ningún motivo
tienen; sabéis de sobra que os quiero bien y que María, de Encio no vale para
mí.
— Ella os
pretende, señor, y con mayor impunidad ahora que está casada; no me lo podéis
negar, porque lo he visto; yo quiero vuestra tranquilidad y en cambio esa mujer
sólo persigue su satisfacción, que es vuestra desgracia...
— ¡Juana,
contestó afablemente Valdivia, no desvaríes!...
—
Creedlo, señor, mi dueño; yo la he visto hacer cosas de hechicería para
atraeros; la he visto, en su aposento, quemar yerbas que le trajeron ciertas
indias cuando Rodrigo de Quiroga tomó por mujer a Inés Suárez; la vi una noche
hacer un baile diabólico diciendo tu nombre y el de doña Marina; la sorprendí
después en otras malas artes para que no llegarais a juntaros con vuestra
honrada mujer, llamando, a gritos, a la muerte y al Diablo;... temo por vos,
señor, temo por vuestra vida. Esa mujer perversa es, y acabará mal; si a
vuestro lado estuviera, os arrastraría en su infamia...
— ¡Calla,
calla, Juana Jiménez, calla por la Santa Virgen, que al oíros vuelven esos
horribles pensamientos que a las veces me atormentan!
— ¡Lo
veis, señor! ¿Veis como esa mujer conturba vuestro espíritu y sufrís? ¡Quiera
Dios que venga pronto de la Corte Jerónimo Alderete y os traiga a doña Marina,
para que cesen, por fin, esas asechanzas! Y cuando vuestra mujer legítima ocupe
su puesto a vuestro lado, balbuceó Juana, ya me consideraré dichosa...
— ¡No te
separarás de mi, Juana, interrumpió con acento emocionado el Gobernador,
acercando el rostro al de su compañera; no te irás, te lo prometo por mi fe!
— No
juréis, señor; cuando llegue a vos vuestra mujer, echaréme a los pies de un
confesor para ser perdonada y luego haré penitencia de mi culpa hasta que Dios
sea servido disponer de mi ánima... Mas, ahora, os lo ruego, no permitáis que
esa mala mujer se acerque a vos... porque será vuestra perdición.
Pedro de
Valdivia arrojóse sobre su lecho, hondamente preocupado con las palabras de su
amiga; esa noche, velado su intranquilo sueño por Juana Jiménez, fue víctima de
pesadillas horribles...
Al poco
tiempo, allá por el mes de septiembre de 1553, llegó a Penco la noticia de que
el Soberano había concedido licencia a doña Marina de Gaete para que “pasara” a
Chile a juntarse con su marido, el Gobernador Valdivia, de quien estaba
separada desde que el Capitán extremeño había salido de España a buscar fortuna
y fama en las Indias, unos quince años atrás. Súpose, también, que el barco en
que venía surcaría ya el Mar Caribe y por lo tanto, era posible que la viajera
llegara a Penco antes de seis meses, tiempo que demoraban los buques en el
viaje desde Panamá al Callao, a Valparaíso y a Concepción, si no tenían mayores
tropiezos.
Pedro de
Valdivia encontrábase, en esa época, el apogeo de su poderío y de su riqueza;
las minas de Chiguayante y de Quilacoya le ofrecían el oro a montones y podía
darse cuantas comodidades quisiera; el próximo arribo de doña Marina expandió
los nobles sentimientos de su espíritu y se preparó para recibirla con el
esplendor a que era acreedora la “honrada mujer” que había dejado transcurrir
los más floridos años de su vida esperando, en su retiro de Castueras, el día
feliz en que volvería a juntarse con el hombre que Dios le había deparado para
su compañero en este mundo.
El
“palacio” de Penco fue transformado por completo; grandes y costosos
cortinajes, tapices, cornucopias, mueblaje, platería, traídos de Lima en un
patache enviado expresamente, por el Gobernador de Chile, echaron fuera los
modestos “utensilios” que hasta entonces lo habían ocupado. Juana Jiménez
también salió de ese “palacio”; por consejos de Gabriel de Cifontes, “un amigo
que la quería bien”, fue a pedir hospedaje en el hogar de Benito Sánchez y allí
esperó la oportunidad o de embarcarse rumbo al Perú, o de trasladarse a fijar
su residencia en alguna de las ciudades recién fundadas en el Sur.
A fines
de diciembre de 1553 se preparaba Juana Jiménez para partir hacia la Imperial,
en cuyos términos había recibido una buena encomienda, cuando supo que María de
Encio había llegado a Concepción... ¿A qué venía esa mujer?
Juana
renunció a su viaje y se quedó en Penco.
Cuando
doña Marina de Gaete llegó a Chile, allá por el año 1555 — pues su viaje fue
por demás accidentado y peligroso— su marido, el Gobernador Valdivia “había
pasado desta vida”, a manos de Lautaro. La viuda fuese a Concepción, recién
repoblada, para hacerse cargo de las encomiendas y haberes del difunto. En esos
trajines, desagradables y dolorosos, la mejor y más desinteresada informante
que tuvo doña Marina fue Juana Jiménez, ya casada con Gabriel de Cifontes.
Hablando ambas, cierta vez, de la trágica muerte del Conquistador en Tucapel, y
de los detalles que precedieron a este acontecimiento luctuoso — cuyo recuerdo
llenaba aún de espanto de los habitantes del Sur- Juana Jiménez reveló a doña
Marina haber sorprendido a María de Encio “que manitraba con el Diablo” la
noche antes de que fuera descuartizado el Gobernador.
* * * *
Pasaron
los años.
María de
-Encio y su marido Gonzalo de los Ríos fueron a establecerse en los campos de
la Ligua en donde echaron las bases de las industrias del azúcar de caña y de
la jarcia, que llegaron a se “poderosas”, mediante el trabajo esforzado e
inteligente de María y las crueldades a que sometía a los indios para
obligarlos a desempeñar sus penosas faenas. Acusada ante el tribunal de la
Inquisición de obligar a sus Indios a trabajar los días “de guarda”, se le
acumularon, luego, otros delitos mucho más graves que la arrastraron a la
cárcel, acusada de “hacer brujería”, de impedir los matrimonios de los indios y
esclavos, de mirar las rayas de las manos, de consultar a las indias tenidas
por hechiceras, de “hacer bailes de encantamiento” y por último, de “haber criado,
a su pecho, una culebra desde chiquitita”.
El
tribunal la condenó a ser abjurada “de levi” con las espaldas desnudas y una
vela verde en las manos, y a pagar mil pesos de multa, aparte de las otras
penitencias espirituales. María de Encio salió de la cárcel limeña después de
haber estado encerrada allí dos años cabales, y llegó a Santiago en 1585. Años
más tarde contrajo matrimonio su hijo Gonzalo de los Ríos y Encio con doña
Catalina Lisperguer y Flores, hija de Pedro Lisperguer y de la Cacica de
Talagante doña Agueda Flores, “tenida por encantadora, que aquella es tierra de
brujos”. Gonzalo y Catalina eran pues, descendientes, cada uno por su lado, de
hechiceros...
A los dos
años más o menos, el joven matrimonio puso en los brazos de la abuela su primer
vástago: era una niña.
María de
Encio fijó sus ojos en los muy verdes de su nietecilla, cubrióla en seguida con
una mano sobre la frente, pronunció ciertas palabras, “y luego sopló sobre
ella”...
Esa nieta
fue Catalina de los Ríos y Lisperguer, denominada más tarde “La Quintrala”, y
en ella, según parece, terminó “la línea del mal”, que empezaba en la madre de
su abuela, María de Encio, la cual, ya lo sabemos, interrogaba a su marido,
mientras dormía, poniéndole una mano sobre la frente...
§ 16. Las
dos fundaciones de La Serena
Tres años
iban corridos ya desde la fundación de la ciudad de Santiago y podía decirse
que el Conquistador Valdivia y sus compañeros apenas habían conseguido vivir en
paz en la región de Mapocho y Aconcagua; digo apenas, porque las huestes del
porfiado Michimalonco, aunque retiradas y “vagamundas” por las serranías y
bosques de Huechuraba, de Lampa, de Quillota y de La Ligua, encontrábanse
listas para caer sobre los conquistadores al menor de sus descuidos. Los
refuerzos de tropa e vitualla que la Coloma había recibido por mar y por tierra
a fines de 1543 no eran, por su cuantía, de gran importancia; pero en la
situación de miseria en que se encontraban los colonos desde que los indios
destruyeron la ciudad de Santiago, los setenta hombres traídos por Monroy “y la
poca ropa y ferramenta” venidas en el SANTIAGUILLO constituyeron
un refuerzo enorme, como que con ello el ejército aumentó su efectivo en un
sesenta por ciento y su eficiencia en un doscientos...
Ya en su
poder este importante socorro, Pedro de Valdivia sólo pensó en tratar de
cimentar la pacificación, y a ello dirigió, con energía, todos los esfuerzos.
Las comunicaciones con el Perú, la única parte de donde podían venir auxilios
para los colonos de* Chile, estaban virtualmente interrumpidas por tierra, pues
los indios de Copiapó, Huasco, Limarí, Coquimbo y parte de los de “Canconcagua”
se mantenían alzados y los destacamentos españoles que pasaban por esas tierras
debían hacerlo con infinitas precauciones, y aún con las armas en las manos.
Era necesario, pues, organizar “entradas” hacia esos campos y muy especialmente
los de La Ligua, por donde sabíase que “señoreaba” Michimalonco; Valdivia en
persona encabezó esa entrada y batió varias veces a los indígenas; pero el
astuto jefe mapochino inició una retirada de sus huestes hacia el norte con el
evidente propósito de arrastrar tras de sí a las fuerzas españolas hasta los
valles de Limarí o del Huasco en donde se había concentrado el grueso del numeroso
ejército indígena.
El
Conquistador comprendió perfectamente la intención de Michimanlonco y aunque
siguió tras de él y derrotó a varias de sus partidas en aquellos campos del
norte, quedó convencido de que la única forma de “traer de paz” a esa gente
nortina y de ‘"que viviera apaciguada”, era la de fundar allí una
fortaleza desde donde pudieran salir continuamente los “pacificadores” para
mantener despejado el camino hacia el Perú.
Regresaba
ya el Conquistador de esta “entrada” a los campos del Norte, cuando supo, al
llegar a la Ligua que los indios de Copiapó habían asaltado a la tripulación de
un patache que imprudentemente había desembarcado en dicho puerto. Este
buquecillo venía del Perú trayendo “socorros” para la colonia de Chile.
Agregaban las noticias que el patache, gobernado ahora por las tres únicas
personas que habían salvado del asalto, había hecho rumbo al Sur, en demanda de
Valparaíso. Este barco era el de JUAN ALBERTO, del cual ya he
dado noticias al lector y lo recordará mejor si traigo a su memoria que allí
venía ese desventurado negro a quien los indios de Maule quisieron “desteñir”
echándolo en agua caliente y refregándolo con “corontas”...
Junto con
las órdenes para que se buscara el barco — que navegaba perdido— y se le
socorriera, el Gobernador, considerando impostergable ya la fundación de un
fuerte y ciudad en la región nortina, dispuso lo necesario para llevarlo a
efecto. Eligió para ello a uno de sus mejores capitanes, el alemán Juan Bohon,
a quien dióle veinte soldados y lo despachó a pacificar aquella región del
norte y en especial la de Limarí y Coquimbo, “en donde hay buen puerto”. Bohon
debía elegir un sitio aparente y “socorrido” para fundar la ciudad o fuerte en
proyecto.
El
Capitán teutón y los suyos salieron de Santiago allá por el mes de enero o
febrero de 1544 y avanzaron paulatina y concienzudamente por los valles de
Quillota, Aconcagua y la Ligua, a través de cuyas serranías persiguieron con
tenacidad a los naturales, “haciendo en ellos escarmiento”; y tan bien lo hizo,
que a los dos o tres meses de correrías “se vieron de paz esos territorios y
los indios nos sirvieron”... No ha sido posible establecer la fecha en que fue
fundada la primitiva ciudad de la Serena, pero, según los cálculos, ello debió
ocurrir entre los meses de mayo y junio del citado año de 1544. Tampoco se
conocen detalles sobre esta primera fundación pues los libros y toda
documentación que de ellos debió existir en el Cabildo de la Serena, se perdieron
con el incendio y destrucción completa de esa ciudad, ocurrido la noche del 11
al 12 de enero de 1549, según veremos luego.
La región
en que Bohon fundó la nueva ciudad no daba expectativas de riquezas o siquiera
de bienestar a los fundadores; en la elección del sitio primó, ante todo, la
conveniencia militar y estratégica y a fin de que los vecinos de la nueva
ciudad “se quedasen de buena gana — dice Valdivia al Emperador— les di
encomiendas de indios que nunca nacieron, por no decirles que allí no los
había”. Y más adelante, agrega: “la despoblaré cuando el camino se trille, por
no haber en ella con que dar de comer a los vecinos”.
Sin
embargo, mientras subsistiese la ciudad y fuerte, era menester alimentar a la
gente que mantenía despejados los caminos hacia el Perú. Para el efecto, el
Gobernador mandó construir en Valparaíso una barca en la que remitía cada dos
meses, a los pobladores de la Serena, “trigo, gallinas e puercos para que
criasen y sembrasen y se pudiesen sustentar”. Valdivia, además, les hacía
visitas por tierra, continuamente.
En uno de
estos viajes nombró Cabildo y repartió “indios y tierras” entre diez de los
vecinos que manifestaron intención de quedarse allí, para sustentar la ciudad.
No se conocen los nombres de los cabildantes de esos primeros años pero sí, se
saben los de los diez encomenderos de la Serena “y sus términos que son desde
el despoblado de Atacama hasta el río de la Ligua”.
, Ellos
eran: el Gobernador Pedro de Valdivia, que se reservó para sí el valle de
Coquimbo; Juan Bohón, con los indios de Copiapó; Diego Sánchez de Morales, con
los del Huasco; Pedro de Cisternas, con los del Choapa; Juan González, Lázaro
Pérez de Santiago, Juan de Oliva, Garci Díaz de Castro, Per Esteban, Pedro de
León y Agustín de la Sema, que fueron ubicados en los más importantes valles en
donde se creía que habitaban esos "indios que nunca nacieron” al decir de
Pedro de Valdivia. De los demás soldados que guarnecían el fuerte de La Serena,
sólo se conocen los nombres de tres: Francisco de Riberos, Juan Ruiz y
Francisco Hernández Gallego.
Conocidos
los antecedentes de la primera fundación de La Serena, es fácil suponer que la
vida que llevaron sus fundadores no fue agradable y apenas llevadera, pues no
tenían indios de servicio para los trabajadores agrícolas y todo su tiempo
habían de emplearlo en ejercer la policía de la región; se comprende también,
que fuera necesario enviarles, cada dos meses, os víveres para su alimentación.
Aunque los libros del primer Cabildo establecido allí por Pedro de Valdivia “se
perdieron” en la destrucción de la ciudad, es posible suponer que la
corporación municipal no haya tenido en esos cuatro años mayor actividad; sin
embargo sabemos los nombres de los miembros del Cabildo que actuaron el año
1547, el penúltimo de la existencia de la ciudad primitiva, y ellos fueron:
Alcaldes, Juan de Oliva y Pedro de Cisternas; regidores, Per Esteban, Lázaro
Pérez de Santiago, y Agustín de la Serna; escribano, Juan Ruiz.
El
Corregidor o sea, el jefe superior de la ciudad y del distrito, era, como es de
suponerse, Juan Bohon.
* * * *
Desde
mediados del año 1548, cuando en el Perú ardía la guerra civil y Pedro de
Valdivia no se encontraba en Chile, se notó en los indios del norte una
inquietud que poco a poco fue haciéndose alarmante; Francisco de Villagra, que
gobernaba interinamente a Chile ordenó a Juan Bohon que partiera a Copiapó con
unos treinta soldados que se habían reunido allí para poner paz en los
naturales. Salió Bohon de La Serena y mientras recorría los campos y “reguas”
de Copiapó, fue asaltado su campamento una noche de fines de noviembre por un
numeroso ejercito de indios "y allí murió Juan Bohon con veintisiete
hombres de a pie y de a caballo”.
Después
de esta catástrofe, la rebelión de los indios del norte fue general y tremenda;
la gran distancia a que se encontraba la
Capital y
el control severo que los naturales ejercían sobre los caminos, impidió que la
noticia de ese desastre llegara a Santiago sino cuando un mes y medio más tarde
llegara a Santiago sino cuando un mes y medio más tarde, el 11 o el 12 de enero
de 1549, a media noche, los rebelados invadieron la ciudad de La Serena, “se
esparcieron en silencio por las calles, se apostaron, luego, a las puertas de
la casa y dando la alarma con su pavoroso chivateo, recibieron a cada español
con la muerte, a la salida de su vivienda”... Escaparon a esta matanza sólo dos
de los soldados, porque no estaban en la ciudad; todos los demás habitantes, en
número de “cuarenta y cuatro cristianos”, hombres, mujeres y niños, perecieron
miserablemente; en seguida la ciudad fue incendiada y destruida hasta sus
cimientos.
Dos meses
más tarde pasaba el Gobernador Valdivia por Coquimbo, de vuelta de su viaje al
Perú, y podía apreciar por sí mismo la magnitud del desastre. Como no
encontrara allí “alma viviente” se limitó a dejar escritas algunas órdenes en
un papel que fue colocado en medio de la plaza de la destruida ciudad, a fin de
que fuera visto por si alguien llegara hasta allí, y continuó su viaje a la
Capital.
Era
necesario, ahora más que nunca, que existiera en el norte una ciudad bien
fortificada; el Gobernador dio órdenes precisas para reconstruir la ciudad de
La Serena, costare lo que costare la pacificación de ese territorio, pues por
allí debían venir a Santiago los abundantes refuerzos de tropas que Valdivia
había dejado alistándose en el Perú.
Mientras
el Conquistador “proveía” a la persona que habría de hacerse cargo de la nueva
fundación, envió a aquella región rebelada varias partidas que debían iniciar
el castigo de los rebeldes, dos de las cuales tenían por jefes a Garci Díaz de
Castro y a Diego Sánchez de Morales, los dos únicos vecinos que habían escapado
del desastre, según ya dije. A principios de agosto de ese mismo año, 1549,
Valdivia “proveyó” al Capitán Francisco de Aguirre con el cargo de Teniente de
Gobernador Se la nueva ciudad y le ordenó que “a su llegada, sin dejarlo de la
mano, fundara la ciudad y fuerte y sujetara a los indios”. Aguirre partió a su
destino con cinco soldados y al llegar a Coquimbo se puso a la cabeza de todas
las fuerzas que por allí había más o menos, treinta y dos soldados.
El día 26
de agosto tuvo lugar la ceremonia de la nueva fundación. Aguirre rodeado de sus
tropas, “tomó en sus manos el palo de la picota y lo puso en medio de la plaza
y puso la mano sobre la cruz de su espada e hizo juramento solemne, como
caballero hijodalgo, de sustentarla en nombre de Su Majestad y del muy ilustre
señor don Pedro de Valdivia, capitán general de estos reinos”.
En
seguida procedió a nombrar un Cabildo, “designando alcalde del a Garci Díaz y
regidores a Diego Sánchez de Morales, a Baltasar de Barrionuevo y a Bartolomé
de Ortega. A éstos se unieron Luis Ternero y Pedro de Cisternas, que habían
sido agraciados con el cargo de regidores perpetuos por Gobernador Valdivia. El
escribano del Cabildo “y de gobierno” fue Juan González.
Desde
esta fecha data la existencia de la actual ciudad de La Serena.
Según lo
que arrojan los documentos de la época, Francisco de Aguirre logró pacificar
completamente y en muy poco tiempo, toda la región del norte de Chile, mediante
campañas punitivas ante cuya crueldad “los naturales fuyeron espantados a
esconderse en las serranías e nunca más salieron”. Todo indio que era
aprehendido, fuera de paz o de guerra, “era quemado y ansi el castigo que se
fizo fue siempre en tiempo de paz, que no de guerra; e fizo traer a Guacato, e
a Camimba e a Pimul e a otros principales caciques e fizo justicia de todos
ellos, e ansi quedó la provincia de paz”...
Tres años
más tarde, en 1552, el vecindario y los encomenderos de la Serena vivían
completamente tranquilos, y por los muchos merecimientos de la ciudad “e
vecinos”. Su Majestad el Emperador Carlos V, la honraba “haciéndole merced de
un escudo de armas, que haya en él una fortaleza de plata con los fuegos de su
color en campo verde y unas manchas de sangre en el dicho campo, y por orla,
cuatro efes coloradas y cuatro manojos de saetas, de su color, todo en campo de
oro”...
§ 17.
Debió jurar sobre una señal de cruz
Cuando el
vecindario de Santiago supo que Pedro de Valdivia se encontraba en Valparaíso
de regreso ya de los reinos del Perú — a donde había ido a defender la causa
real, amagada seriamente por la terrible y prolongada rebelión de Gonzalo
Pizarro—, se aprestó a recibirlo con los honores que correspondían a un
Gobernador “por el Rey”, pues tal era la alta “investiura” que había obtenido
el Conquistador de Chile, en premio de los grandes servicios que acababa de
prestar al Soberano.
Antes de
este nombramiento, Valdivia era un mero Gobernador “de facto...Sabemos que
había venido a la conquista de Chile como simple “theniente” del Marqués
Francisco Pizarro, y en nombre de aquel Gobernador del Perú “tomó posesión de
estas provincias”.
Con la
muerte del Marquéz — ocurrida a los tres meses de haber llegado a Chile la
expedición conquistadora— el poder “para conquistar e gobernar”, que Valdivia
tenía, estaba, en derecho, “acabado e ninguno”; cualquiera de los soldados
habría podido desconocer la autoridad de Pedro de Valdivia o por lo menos
ponerla en duda; y aunque el Conquistador había declarado, perentoriamente “que
no dejaría el mando si no es muerto”, había creído prudente aceptar la
“espontánea” elección que de su persona hiciera el pueblo de Santiago, para
Gobernador de Chile en nombre de Su Majestad, el día 20 de julio de 1541.
Desde
entonces y durante ocho años Valdivia había sido un Gobernador “electo”, y con
este título encabezaba sus provisiones” y decretos; pero, en buen castellano,
Valdivia era sólo un Gobernador “de facto”, pues la única persona que podía
nombrar a un funcionario de esta categoría era el Rey. Su representante en el
Perú, Gobernador o Virrey, sólo podía designar un “theniente”, como lo había
hecho antes el fallecido Marqués Francisco Pizarro.
Y tan lo
había entendido así Pedro de Valdivia, y tan decidido estaba a no volver a ser
“theniente” de nadie, sino Gobernador efectivo e independiente de cualquiera
otra autoridad que no fuera la del Emperador, que habiéndole enviado el
Gobernador del Perú, Vaca de Castro, en 1544, una provisión de “theniente”,
para que a su nombre gobernara las provincias de Chile, Valdivia rompió las
tales provisiones, se sentó en sus pedazos y pronunció aquellas palabras que
dos años más tarde recordó en una de sus célebres cartas: “Noli me tangere quia
Caesaris sum” (Nadie me mande, porque solo pertenezco al Emperador).
Con su
reciente nombramiento, Pedro de Valdivia había visto, pues, cumplido su deseo
de ser Gobernador por el Rey, y lo había logrado por su lealtad, por su talento
político, por sus méritos como soldado y por sus altas dotes de estratega. La
batalla de Jaquijaguana, que determinó la derrota definitiva del rebelde
Pizarro, fue ganada por Pedro de Valdivia, habiendo tenido por adversario en
esa batalla a Francisco de Carvajal competente general español de las Indias.
Digresiones
aparte, sigamos con los preparativos del Cabildo santiaguino para el
recibimiento del Gobernador.
Por
Cierto que ninguno de los Regidores, ni aun los más despreocupados vecinos,
discordaron en la excepcional solemnidad que debían tener la ceremonia y las
fiestas “populares” que se hicieran para demostrar al recién llegado la
adhesión de quienes esperaban tantas “mercedes” del mandatario y amigo
investido ahora de autoridad incontrovertible. Todo cuanto permitieran los
posibles” se haría, sin reticencia alguna, para dar brillo y esplendor la
recepción del más alto personaje que hasta entonces había llegado a la Colonia.
Porque
ésta era la verdad: Valdivia, jefe de una hueste conquistadora, como otros
muchos que habían hecho “entrada” hacia el Alto Perú, hacia Jauja, hacia el
Amazonas, volvía como Gobernador efectivo, con nombramiento auténtico del
Emperador. Su situación, entre sus antiguos compañeros de aventuras y de
sufrimientos, había cambiado por completo: Valdivia era ahora el representante
genuino de la Sacra Real Persona y Majestad; el antiguo “theniente” de Pizarro,
el antiguo ‘‘Gobernador electo” por el vecindario de la “ciudad” de Santiago
del Nuevo Extremo; el antiguo capitán de la hueste exploradora y conquistadora
que “mandaba”, por la fuerza de la situación a los soldados de un campamento
militar, como era el de las orillas del Mapocho, había terminado: el que ahora
llegaba era “Don Pedro de Valdivia, por Su Majestad, Gobernador, Capitán
General y Justicia Mayor de las Provincias de Chile”...
Pero si
el Cabildo no tenía el menor inconveniente para concurrir a la solemnidad del
recibimiento, no ocurría lo mismo respecto de los detalles que se debían
cumplir para la corrección y “legalidad” de la ceremonia.
Alguien
había dicho en Santiago, que Valdivia no se creía obligado a prestar el
juramento de guardar las leyes, mantener las franquicias y privilegios de los
conquistadores y los derechos adquiridos por los vecinos y moradores, juramento
que era de obligación para todos los Gobernadores al recibirse del mando. El
chismoso que tal especie corriera, agregaba que el nuevo Gobernador de Chile
estaba aconsejado por un Licenciado que venía de Lima con él y que respondía al
nombre de Antonio de las Peñas, cuyas eran esas novísimas teorías llamadas a
producir recelos, aún entre los más leales amigos de Pedro de Valdivia.
— El
Gobernador habrá de jurar conforme a derecho — declaró en pleno Cabildo el
Alcalde Francisco de Aguirre— y, no podrá negarse a ello sin faltar a los
mandatos y “premáticas” de Su Majestad.
— ¿Y si
se niega—?, insinuó el Regidor Pedro Gómez, que era de los pocos que estaban
dispuestos a no insistir demasiado en exigir el juramento.
— Digo
que no podrá negarse, afirmó nuevamente Aguirre, en el tono seco y terminante
con que acostumbraba a sostener sus ideas; y si es verdad que ese Licenciado de
las Peñas es quien le aconseja, ya veremos la manera de convencer a ese
leguleyo de que el Gobernador pertenece a sus amigos y no a los advenedizos.
La
reunión de ese día terminó con una presentación que formuló “formalmente” el
Procurador de la ciudad, Pedro de Miranda, para que el Cabildo manifestara al
Gobernador la necesidad y “decencia” de que prestara juramento en forma, antes
de recibirse de su alto cargo. Francisco de Aguirre y Esteban de Sosa quedaron
comisionados para apersonarse al Gobernador, “que se encontraba todavía fuera
de la ciudad”, a fin de que pusieran en su conocimiento los deseos de la
Corporación municipal.
Es
posible que Pedro de Valdivia no hubiera tenido jamás el propósito de
sustraerse a una obligación que era costumbre corriente en las Indias; pero en
este caso había dado oídos a la opinión de un letrado, y ésta ha sido siempre
la perdición del mundo.
— ¿Y qué
os parece, señor de las Peñas, de la petición del Cabildo...? Con perdón
vuestro, paréceme que no hay en ella nada que vaya en desmedro de mi persona ni
de las preeminencias que a mi empleo corresponden.
— Os he
dicho, señor, que las “premáticas” vigentes no os obligan a jurar de nuevo el
cargo que habéis tenido siempre, pues sólo se trata de vuestra confirmación en
él. Además, el Cabildo de Santiago es creatura vuestra, y la sana razón nos
indica que hay desmedro en que una creatura exija un juramento a su creador...
El
jurista argumentaba bien, pero Valdivia no quería contrariar a sus buenos
amigos del Cabildo.
— El
Ayuntamiento no me exige nada, replicó Valdivia; su Alcalde Aguirre sólo me
manifiesta la opinión y el deseo de la Corporación municipal. Señor Licenciado,
continuó el Gobernador, ved que es mi voluntad acceder a la petición del
Cabildo de Mapocho y buscad en las “premáticas” la manera de satisfacerlo,
conciliándolo todo...
El de las
Peñas creyó conveniente no continuar oponiéndose a este deseo, y como hábil
letrado que era, no tardó en proponer al Gobernador una solución que éste
consideró, no solamente satisfactoria, sino hábil en extremo, pues conciliaba
todas las exigencias.
El mismo
día llamó a su escribano Joan de Cárdenas, y le hizo extender un poder a favor
de Jerónimo de Alderete, “para que se presentara en Cabildo y prestara, en
nombre del Gobernador Valdivia, el juramento que manda Su Majestad, en la forma
que suelen prestarlo sus Gobernadores”. Después de esto nadie quedaría
insatisfecho: el Cabildo habría recibido el juramento que deseaba recibir, y el
Gobernador no habría prestado el juramento que resistía el Licenciado de las
Peñas... El que dijo que “con la ley se había inventado la trampa” supo lo que
dijo.
Al otro
día, antes de comer, el representante del Gobernador hizo citar a Cabildo,
exhibió allí el nombramiento de Valdivia y el Poder que éste le había dado para
prestar el juramento, y momentos más tarde se llevaba a cabo la ceremonia ante
el Escribano del Cabildo Luis de Cartagena. “E habiendo prestado juramento
Jerónimo de Alderete, en nombre y por poder del muy magnífico señor don Pedro
de Valdivia, de guardar las franquicias y preeminencias de la ciudad e vecinos,
los señores Alcaldes e regidores declararon que han e tienen por tal Gobernador
al muy magnífico señor don Pedro”, y mandaron que públicamente se pregonara tal
suceso en la Plaza Mayor, “por boca de domingo, de color moreno”.
Cuando
Pedro de Valdivia supo que Alderete había cumplido sin inconveniente alguno la
misión que le había encomendado y que el Cabildo no había hecho la menor
objeción y, por lo contrario, había mandado pregonar su reconocimiento, se
frotó las manos de gusto, mientras mandaba llamar al Licenciado de las Peñas
para felicitarlo, pues, en realidad, el verdadero y único triunfador de la
jornada había sido el Letrado.
— No
olvidaré el servicio que me habéis fecho, señor Licenciado, dijóle el
Conquistador, pues que vuestra habilidad me ha quitado un gran peso de encima
de los hombros. Sabed que las mercedes que os tengo ofrecidas habrán de
cumplirse pronto y que no pasarán muchos días sin que veáis honrada vuestra
persona con el cargo de Justicia Mayor de estas-provincias, en correspondencia
a la ciencia que habéis recibido de lo Alto...
— Señor
Gobernador, respondió el Licenciado con orgulloso continente, al honrarme a mí,
honráis a las letras que han sido, son y serán las dominadoras del mundo.
Valdivia
no entendió bien eso de “honrar a las letras dominadoras del mundo”; pero si no
pidió una explicación más a su alcance, fue por no quedar de ignorante; se ve
que la humanidad era, es y será siempre la misma: nadie quiere dar su brazo a
torcer.
Durante
la tramitación de estas negociaciones Pedro de Valdivia venía en camino a la
Capital, desde Valparaíso, y se había detenido en las tierras de Malloco, uno
de los caciques que habían emigrado ya, más al sur del Cachapoal. El día 20 de
junio de 1549, por la mañana emprendió la última jornada hacia la ciudad
cabecera de sus provincias y antes de medio día las avanzadas de su tropa
entraron por el cajón del “brazo seco” del río Mapocho. La población entera
había salido a recibirlo “a las afueras” de la ciudad, que tal se consideraba
una chácara que “le habían medido” a Diego García de Cáceres a la altura de la
que hoy es Avenida Brasil.
En unas
ramadas que allí levantó el Cabildo, para este efecto, esperaban al Gobernador
los alcaldes Francisco de Aguirre y Juan Fernández de Alderete, los regidores
Salvador de Montoya, Rodrigo de Quiroga, Pedro Gómez de Don Benito, Gaspar de
Vergara, Alonso de Escobar, Francisco de Riveros, el Alguacil Mayor Juan Gómez
de Almagro, el Procurador Pedro de Miranda, y el Mayordomo de la ciudad,
Bartolomé Flores.
Detrás de
la Corporación Municipal, que era la más alta autoridad existente en la Capital
— el Teniente Francisco de Villagra había ido a “encontrar” al Gobernador, y
venía con él— , formaban los oficiales reales Jerónimo Alderete, Esteban de
Sosa y Vicencio de Monte, Tesorero, Contador y Veedor de la Real Hacienda,
respectivamente; a continuación habían tomado colocación la autoridad
eclesiástica, representada por el Cura y Vicario Foráneo Bachiller Rodrigo
González Marmolejo, y los clérigos presbíteros Juan Lobo, Diego Pérez y Diego
de Medina, que esperaban al primer mandatario para ofrecerle el agua bendita y
presentarle el Crucifijo para que Su Señoría “diera gracias”.
Las
tropas, enfiladas abriendo paso hacia la “calle real” (Estado), ostentaban sus
mejores arreos, como que la gran mayoría, casi todas, vestían los trajes
nuevecitos recién llegados en las últimas remesas del Perú; por fin, “la chusma
del pueblo” — compuesta dé los indios chilenos de servicio y de los yanaconas
peruanos— rellenaba la masa y le daba el abigarrado aspecto de un entusiasmo
colectivo', moviéndose de un lado a otro entre las ramas de arrayanes y de
canelos que cada cual llevaba en las manos para “batirlas” al paso del
Gobernador, cuando el cortejo emprendiera la marcha hacia la Plaza.
Las
trompetas anunciaron el advenimiento de la comitiva y todos volviéronse a
escudriñar, anhelantes, el camino del puerto; a poco la comitiva fue haciéndose
visible y por fin llegó a las ramadas; al descender Valdivia de su caballo, el
pendón de sus armas, que había permanecido arriado, se alzó frente al pendón de
Carlos V, que flameaba al viento desde la mañana y una algazara de aclamaciones
y vítores llenó el espacio.
Terminadas
las manifestaciones de bienvenida de las autoridades y principales amigos
reunidos bajo la ramada, el cortejo endilgó solemnemente hacia las casas del
Gobernador, situadas, ya lo he dicho varias veces, en la Plaza, repitiéndose
durante el largo trayecto las manifestaciones del pueblo; por fin llegaron, y
Pedro de Valdivia penetró en su posada...
Allí no
estaba ya Inés Suárez, la abnegada compañera de sus últimos años, la que
compartiera con él sus amarguras, sus triunfos y sus alegrías.
¿Por qué
no lo esperaba allí la apasionada mujer?
Lo habrá
sospechado ya el lector; entre tanto, veamos lo que va a ocurrir luego entre el
Ayuntamiento y el recién llegado Mandatario.
Apenas
entrados al principal aposento de la casa en donde se reunieron los miembros
del Cabildo y los principales amigos de Pedro de Valdivia, “el magnífico señor
Alcalde Francisco de Aguirre pidió a Su Señoría el Gobernador que tuviera a
bien renovar personalmente el juramento que en su nombre había prestado
Jerónimo de Alderete el día anterior, pues así convenía para el respeto de las
costumbres y para el esplendor de la muy alta autoridad que le ha dado Su
Majestad.”
Al oír
estas palabras de su amigo más querido y más probado, Pedro de Valdivia quedó,
como quien dice, de una pieza, e instintivamente miró a su alrededor para ver
la cara que había puesto el Licenciado de las Peñas... Alrededor del Alcalde
Aguirre veía a todos sus amigos más decididos y leales, y aquello no podía ser
una celada. Allí estaban Villagra, Pastene, sus dos tenientes; Alderete, Juan
Fernández, Quiroga, Sosa, Monte, Escobar, Gómez de Almagro y tantos más a
quienes jamás habría podido formular un cargo de deslealtad. Ninguno de ellos
levantaba la voz para contradecir al Alcalde, y por lo contrario, parecían
conformes con su parecer.
Valdivia
no titubeó ante sus amigos; y “después de invocar el nombre de Dios y de Su
Majestad y previniendo que creía suficiente el juramento prestado el día
anterior por su apoderado Alderete, declaró que accedía a lo pedido por el
Cabildo y ahora de nuevo promete e prometió, e juró como caballero hijodalgo e
Gobernador de Su Majestad, e plegó las manos una contra la otra, e juró en
forma debida de derecho guardar todo cuanto había prometido guardar Jerónimo
Alderete. Fecho lo cual, lo firmó de su nombre”.
Los
asistentes a esta escena — dice nuestro Monseñor Errázuriz— aguardaron
tranquilamente que el Gobernador hiciera su juramento y pusiera su firma;...
pero no se dieron por satisfechos. Pedro de Valdivia había jurado con las manos
plegadas una contra la otra y este acto no constituía juramento de Gobernador
en la forma como lo acostumbraban prestar, sino un mero pleito homenaje de
caballero hijodalgo.
El
Alcalde Francisco de Aguirre así lo hizo notar inmediatamente y alzando
nuevamente la voz, insistió, siempre en términos respetuosos, en que Su Señoría
debía prestar el juramento en forma. ¡Parece que habían aprendido mucho de los
regidores santiaguinos durante los dos años que Valdivia había estado ausentes!
Quiso
molestarse, ahora, Pedro de Valdivia, pero la situación no era para hacerlo
ostensiblemente: además, no tenía para qué ponerse abiertamente en contra de
sus amigos. Echó una mirada de soslayo al Licenciado de las Peñas que se había
alejado un poco de su persona al ver que toda su habilidad había fracasado ante
un puñado de hombres de guerra, “ayunos”, según él, en jurisprudencia, y
tragando un poco de saliva declaró, sonriente, para disimular, que no tenía
inconveniente alguno en prestar el juramento en la forma que se lo pedía el
Ilustre Cabildo mapochino.
“E juró
otra vez por Dios e por Santa María, e por una señal de cruz sobre la
cual puso su mano derecha, de lo assi facer Majestad, e como su
Gobernador y Capitán General, e de otra manera, que Dios y el Rey se lo
demanden: e a la confirmación de dicho juramento dijo: sí juro, e amén”.
Fue
sencillamente una derrota la que tuvo Pedro de Valdivia, Gobernador “por el
Rey” en su primer encuentro con el Cabildo de Santiago.
§ 18. La
Ermita Expiatoria de un pecado de amor
Según los
términos de la sentencia que el Presidente del Perú, Licenciado Pedro de la
Gasea, dicto en el proceso que le siguiera a Pedro de Valdivia, el Conquistador
debía poner término inmediatamente a sus “conversaciones” con Inés Suárez, y,
en el plazo de seis meses, “echarla” del Reino con destino al Perú o a España,
o casarla con algún vecino de Santiago si ella (pieria permanecer en Chile.
Las malas
noticias llegan a oídos de los interesados con mayor rapidez que las buenas;
así, pues, la nueva de la tremenda sentencia fue recibida en Santiago por la
“gobernadora” a los tres meses de haberse dictado, o sea en el mes de enero de
1549, cuando el Gobernador Valdivia se encontraba aún en Arica, a mitad de su
camino de regreso a la Capital de Chile.
Junto con
la noticia, Inés supo que el Gobernador había prometido al Presidente Gasea
cumplir lealmente la sentencia, y ella no quiso ser estorbo para el
cumplimiento de tal promesa; amaba demasiado a su “cómplice” para ponerlo en el
peligro de caer en la desgracia del Emperador.
Con su
nueva situación, Inés Suárez tenía ante sí dos caminos: o marcharse de Chile, o
casarse aquí, todo esto en el plazo de seis meses. Volverse al Perú o a España
era arrojar nuevamente su vida en el caos; en aquellos países no tenía ya
vinculaciones de ningún género y por mucho que se empeñara, allí no sería sino
una manceba repudiada...
En Chile,
por lo contrario, Inés Suárez era algo más que una simple habitante.
En la
plena madurez de sus cuarenta años, rica, considerada y “respectada por todos
los hombres buenos que hay en este reyno”; amada por los pobres y los
desgraciados; a quien “sacaba a pasear, llevada de la mano, por las calles, el
general Jerónimo de Alderete” rindiéndole, de esta manera, los homenajes de una
dama de corte; la “admirable mujer de mucha cristianidad” a quien había
“mostrado leer” el Bachiller Rodrigo González Marmolejo, futuro Obispo de
Santiago; la que mantuvo a su arbitrio el gobierno y la suerte misma de la
incipiente Colonia, a la cual había salvado de sucumbir, muchas veces, en los
ocho primeros años de su existencia; Inés Suárez, repito, era algo más que un
vulgar vecino de la Capital y se encontraba en la situación de elegir el mejor
“partido” que hubiera entre los conquistadores y de formar con él uno de los
hogares más prestigiosos y respetables. Y así lo hizo, prometiendo su mano al
más distinguido de los fijodalgos” de la colonia, Rodrigo de Quiroga, tenido,
como lo es, por el solar conocido y notorio de la muy noble y esclarecida casa
de su nombre, tan antigua en Galicia, su patria, como conocida en toda España”.
Al
conocer la sentencia que la obligaba a apartarse de su fiel compañero “y
señor”, Inés empezó sus preparativos para abandonar la casa del Gobernador,
donde vivía; un mes después salía de ella para no trasponer jamás sus umbrales,
y se refugiaba en el hogar respetabilísimo del Capitán General de la Mar, Juan
Bautista Pastene y al amparo de su mujer doña Ginebra de Ceja. De allí salió, a
la mañana siguiente, para arrojarse a los pies de su amigo y maestro el
Bachiller Rodrigo González y pedirle que en nombre de la Divina Misericordia le
perdonara su pecado de amor.
— En
satisfacción de sus culpas, habíale dicho el confesor, mande Vuestra Merced
levantar una ermita en donde se ruegue a Dios, perpetuamente, por las ánimas de
Vuestra Merced y la de su cómplice el Gobernador Valdivia cuando pasen de esta
vida, y para que su Divina Gracia les conceda el firme propósito de la enmienda
mientras permanezcan en este valle de lágrimas.
Cuando el
Gobernador Pedro de Valdivia llegó a Santiago, a fines de junio de 1549,
encontró su palacio vacío;... hacía ya cerca de un mes que Inés Suárez era la
legítima esposa del Capitán Rodrigo de Quiroga y vivía en la “chácara” que éste
cultivaba en las tierras “que fueron” del Cacique Tobalaba.
Pedro de
Valdivia cayó en una profunda “songonana, que es tristeza de corazón",
según advierte un meticuloso plumario de la época y su carácter se agrió al
verse alejado de la fiel y abnegada compañera de sus inauditos esfuerzos para
“crear este Reyno”. Cualquier reclamo de sus soldados, cualquiera dificultad,
por pequeña que fuese, lo sacaba de tino, trataba con dureza a todo el mundo y
“por cualquier nada” imponía castigos y penas con rigor inusitado en tan
bondadoso gobernante.
Inés
Suárez, recluida, entre tanto, “en las cuatro paredes de su casa”, resistía
enérgicamente a las entrevistas que por intermedio de distintas personas “y
comadres” le pedía .con insistencia el Gobernador; esta resistencia irritaba
cada vez más el carácter de Pedro de Valdivia, quien, exasperado un día,
dispuso la partida de la expedición — que desde su llegada estaba preparando
para salir a la conquista de Arauco— para una fecha tan precipitada, “que
espantó” a sus capitanes. Quería alejarse rápidamente y a cualquier costa de la
Capital. Había llegado aquí a fines de junio y ocurrían estas incidencias a
mediados de agosto; todavía los preparativos estaban en su primera etapa, y,
sin embargo, dispuso la partida para el 8 de septiembre, cuando apenas se había
empezado la acumulación de los variadísimos elementos que para tal importante
empresa se necesitaban.
“El
Gobernador mostraba aturdimiento”, dice un testigo y tal sería su situación de
ánimo, que el día anterior a la partida, al montar a caballo para revisar sus
tropas, “dióle aguijón de tal mala suerte, que el animal se enfureció y arrojó
al jinete” fracturándole horriblemente un pie.
La
expedición no pudo salir, porque Pedro de Valdivia pasó tres meses tendido en
el lecho de resultas de la herida; “le sobrevinieron calenturas y estuvo a las
puertas de la muerte”. Tanto como el enfermo, sufrió, seguramente, Inés Suárez,
por no poder atender en su lecho de dolor al hombre que había llenado los diez
mejores años de su vida; pero fiel a su promesa y a su legítimo esposo, esta
enérgica y gran mujer resistió heroicamente los impulsos de su alma y se limitó
a indicar, desde su hogar, las “medecinas” que debían administrase al enfermo.
Junto al
lecho de Pedro de Valdivia “veló” continuamente el Cura Rodrigo González y sus
constantes palabras de resignación y de paz fueron el bálsamo lenitivo de aquel
corazón herido. Cuando el enfermo abandonó el lecho, “apoyado en un báculo”,
había sobrevenido también, algo de paz a su alma; agotadas sus energías
morales, vencido por la incontrastable entereza de aquella mujer admirable,
llamó a sus tenientes y les dijo:
—
Señores, alistaos para que salgamos, dentro de ocho días, a la conquista de
Arauco...
— Pero
vos no podréis montar a caballo todavía, señor Pedro de Valdivia... observó el
Capitán Jerónimo de Alderete.
— Eso no
es obste, señor Capitán, contestó el Gobernador, con firmeza; iré en silla de
manos... ¡No puedo quedarme en la ciudad, ya lo sabéis!
En
efecto, en los primeros días de enero de 1550, la expedición conquistadora de
Arauco partía al Sur y su jefe era transportado al frente de ella en silla de
manos, por los indios auxiliares.
Pedro de
Valdivia se estableció desde entonces en Concepción y prometió no volver nunca
más a Santiago.
* * * *
Mientras
el Gobernador se debatía en su lecho de enfermo “atacado de calenturas”, Inés
Suárez cumplía la “penitencia” que le había impuesto el Cura Rodrigo González
cuando la culpable se había echado a sus pies en demanda del perdón de su
pecado.
Antes de
que Pedro de Valdivia llegara a Santiago había empezado ya la construcción de
la ermita expiatoria “en la cumbre de un cerrillo que está al lueste del camino
de Chile (la Cañadilla) bajo la advocación de Nuestra Señora de Monserrate en
recuerdo de su monasterio de Catalunya” y en esos trabajos Inés invirtió, de
sus haberes, lo que fue necesario. La construcción avanzaba rápidamente y
estuvo a cargo del carpintero de la ciudad, el alemán Bartolomé Flores, el
mismo que en ese tiempo construía la Iglesia Mayor de la Plaza de Armas.
Terminada
la ermita y la casa del “ermitaño”, Inés hizo solemne donación y entrega de
ella al Cura González, llamando a su casa al notario Cartagena, en presencia de
su marido Rodrigo de Quiroga. Era el último y definitivo acto que iba a cortar,
a destruir para siempre, toda esperanza de un posible y lejano contacto entre
esa hembra honrada y su antiguo amante.
La
elección de marido que había hecho Inés Suárez no podía haber sido más
acertada; Pedro de Valdivia no podía atentar contra la honra de uno de sus
mejores y más leales amigos, como lo era Rodrigo de Quiroga. Así lo comprendió
también el Gobernador, en medio de sus dolores de alma y cuerpo y dos días
antes de partir para siempre de la ciudad que había fundado en compañía de la
gran mujer que fue su inspiradora, llamó a su escribano y le dictó la siguiente
“escritura” que se encuentra archivada en el legajo Nº 321 de la Real
Audiencia, existente en el Archivo Histórico, fecha en 2 de enero de 1550:
“Pedro de
Valdivia, Gobernador del Reyno de Chile por “Su Majestad, etc.
“Por
cuanto vos, Inés Suárez, sois la primera fundadora de ‘la ermita
de la advocación de Nuestra Señora de Monserrate “que es cerca de esta ciudad
de Santiago en el pequeño cerro “que está a la orilla del camino de Chile y la
habéis levantado “y ayudado con vuestra hacienda para su sustentación,
mantenimiento y reparo; y porque es justo que los buenos cristianos “la
favorezcan como fuere de su voluntad, yo, movido por el “servicio de la
gloriosa virgen Santa María, Madre de Dios, “y de los pecadores, es mi voluntad
dar a dicha ermita y casa “las tierras para sementeras que tengo en esta
ciudad, absoluta “y perpetuamente, a condición de que se ruegue perpetuamente
“una vez cada mes por mi alma... etc.”.
* * * *
La ermita
de Monserrate, situada en la cumbre del Cerro Blanco, en un sitio que era aún
visible veinte años atrás, según Thayer Ojeda, era visitada por todos los que
llegaban o salían de Santiago, por el camino de Chile, o sea por la Cañadilla.
Cuando tres años más tarde ocurrió el fallecimiento de Pedro de Valdivia en la
trágica batalla de Tucapel, la ermita fue objeto de sentidas romerías en
recuerdo del Gobernador, cuya memoria conservaban con cariño los vecinos de
Santiago.
Rodrigo
de Quiroga e Inés Suárez conservaban también profundos recuerdos del amigo y
compañero de sacrificios y vicisitudes; en sus corazones, serenos ya de
pasiones mundanales, sólo cabía un sentimiento de leal cariño para la memoria
del muerto que compartiera con ellos los días amargos del infortunio. Así fue
cómo en 1558 Quiroga y su mujer quisieron cimentar perpetuamente la fundación
de la ermita de Monserrate, e instituyeron una capellanía a favor de los
frailes dominicos que recién se instalaban en Chile.
Los
donantes cedían a dicho convento, además de la ermita y casa del Cerro Blanco,
la chacra que había donado, para su mantenimiento, el Gobernador Valdivia, con
la obligación de que los padres dijeran una misa “un viernes sí y dos viernes
no, ‘y así ha de continuar perpetuamente; y además, el día de la “Purificación
haya en la ermita vísperas y procesión y al día “siguiente misa y sermón y en
el octavario del día de Todos “Santos, cada año perpetuamente, se haga misa por
las ánimas de “los susodichos Pedro de Valdivia y de Rodrigo de Quiroga “e Inés
Suárez, su mujer, cuando éstos pasen esta vida”.
Tres años
más tarde, en 1561, los dominicanos obtuvieron de Quiroga e Inés Suárez una
modificación de estas condiciones, haciendo valer “que las misas y procesiones
y demás fiestas no “tenían el debido concurso de fieles por el trabajo que
cuesta subir “al dicho cerro”. Los donantes no pusieron dificultad a la
petición y concedieron que las “susodichas” fiestas religiosas se celebraran en
la iglesia del convento, que estaba donde actualmente se encuentra.
En el
transcurso de los años fue destruyéndose la ermita de Inés Suárez y por último
desapareció; los dominicanos la reconstruyeron, para no perder sus derechos,
donde hoy está la iglesia de la Viñita, en la Recoleta, al pie del mismo Cerro
Blanco.
Sería
justo, que la autoridad santiaguina diera el nombre de “Inés Suárez” al cerro
donde esa gran mujer levantó la ermita expiatoria de su pecado de amor.
§ 19. Los
franciscanos en la pacificación de Chile
En
cumplimiento de una orden expedida por Felipe II, en 1551, cuando aún era
Príncipe Heredero, el Provincial de la Orden Franciscana en el Perú Fray Joan
de Armentieros, envió a Chile para que “entendieran en la defensión y
protección de los indios de esta tierra y en su instrucción y conversión a
“Nuestra Santa Fée Cathólica”, a cinco religiosos, encabezados por Fray Martín
de Robleda, que traía el carácter de Comisario de la Orden. Sus compañeros eran
los padres Juan de Torralba, Cristóbal de la Rabanera, Juan de la Torre y el
hermano Francisco de Frenegal.
La Real
Cédula establecía en su texto que en Chile no había entonces “ningunos
religiosos” que se preocuparan de doctrinar a los indios; las informaciones que
habían llegado al Monarca no eran del todo exactas, pues en los años 1548-1549
vivían en este Reino no menos de diez clérigos y un religioso mercedario, de
los catorce o dieciséis eclesiásticos que hasta entonces habían venido. Tal vez
se le quiso decir al Monarca que no había en Chile “conventos o comunidades” de
religiosos, y esta podría ser la verdad cuando se enviaron esas noticias, que
debió ser a principios del año 1550.
Y al
decir esto tengo que andarme con muchísimo cuidado, pues tanto los franciscanos
como los mercedarios pretenden haber sido los primeros en establecer sus
conventos en Chile, y no me conviene quedar mal o en recelo con ninguna de esas
respetables comunidades, entre las cuales cuento con sinceros, distinguidos y
amables amigos.
Dejando,
pues, que los reverendos padres Gazulla, mercedario, y Lagos, franciscano,
diluciden el punto que debaten con tan poderosos argumentos, me concretaré a
recordar la fundación de la orden franciscana en nuestro país, los incidentes a
que dio lugar y la indiscutible influencia de esa benemérita Orden en la
organización de la iglesia chilena.
Los cinco
religiosos franciscanos que envió del Perú el Provincial Armentieros llegaron a
Coquimbo a bordo del navío de Hernando de Ibarra, a mediados de agosto de 1553,
de donde continuaron el viaje por tierra hasta Santiago, entrando a la Capital
del reino el 1º de octubre, según lo asevera el Padre Montalvo en su Relación
muchas veces citada por mi ilustrado amigo el Padre Roberto Lagos, el
historiador de la Orden en nuestros días.
A la
llegada de los franciscanos, no estaba en Santiago el Gobernador Valdivia ni su
Teniente Francisco de Villagra; ambos se empleaban en el Sur, preparando la
campaña en la cual iba a sucumbir el Gobernador, cuatro meses más tarde. Pero
ello no fue “obste” para que el vecindario, encabezado por sus alcaldes Pero
Gómez de Don Benito y Juan Jufré, hicieran una lucida y respetuosa recepción a
tan deseadas personas que en realidad venían a llenar un vacío en la
preocupación religiosa de los devotos españoles.
Como
dignos hijos “del mínimo y dulce” Francisco de Asís, el Padre Robleda y sus
compañeros “no tenían una piedra donde reposar su cabeza” y todo su equipaje
consistía en un hato donde traían sus cortos paramentos de culto: pero vivía en
Santiago un hombre, a quien llamaban “anciano”, sin serlo en realidad, sino por
su achacoso aspecto, que era un ferviente devoto dispuesto en todo momento a
secundar con decisión toda obra piadosa: era el respetable Juan Fernández de
Alderete, el mismo que, apenas llegaba al pie del Cerro Huelén la expedición
conquistadora de Pedro de Valdivia, había querido dar gracias a Dios
levantando, en la pedregosa falda, la primera ermita en tierra chilena.
Apenas
pasó un día del arribo de los franciscanos cuando Fernández de Alderete había
tomado ya la resolución de ceder su casa y la ermita que poseía en el extremo
Norte del mencionado “cerrillo”, a los hijos de San Francisco, y efectivamente,
“pareció “ante el Cabildo, el dicho Juan Fernández de Alderete y dijo “que por
servicio de Nuestro Señor y para que se funde en esta “ciudad la Casa del Señor
San Francisco y que haya en ella “religiosos que enseñen y doctrinen y
prediquen las cosas de “Nuestra Santa Fée Cathólica, hacía donación pura,
acabada “e irrevocable de un solar y casas que tiene al lado de la “ermita de
la Señora Santa Lucía en el dicho Cerro y que sea “para la casa del Señor San
Francisco e para el hospital que el “dicho monasterio hubiere
de haber y hubiere..
Parece,
sin embargo, que el Comisario de la Orden, Padre Robleda, no se encontró
satisfecho con la propiedad que le donara el piadoso y generoso Juan Fernández,
porque, a sus instancias, el Cabildo de Santiago le hizo cesión de otra ermita
que por entonces existía al lado Sur del brazo del río Mapocho, la Cañada, y
que estaba dedicada a Nuestra Señora del Socorro. Se veneraba en esta ermita la
pequeña imagen de la Virgen que Pedro de Valdivia había traído en el arzón de
su montura cuando salió del Cuzco a la conquista de Chile, imagen que lo había
acompañado, en la misma forma, desde su juventud, cuando empleaba sus armas en
las guerras de Flandes e Italia.
Habíase
levantado esta Ermita unos diez años antes, a fines de 1543, en cumplimiento de
un voto que hicieran los conquistadores mientras esperaban angustiosamente la
llegada del “socorro” que había ido a buscar al Perú el Capitán Alonso de
Monroy, después del incendio y destrucción de Santiago por los indígenas de
Michimalonco. Para mayor solemnizar la llegada de ese “socorro” todo el
vecindario había llevado en procesión esa diminuta imagen de la Virgen hasta la
ermita y dejádola depositada allí, “para siempre jamás”. Con este motivo
denominóse a la imagen “Nuestra Señora del Socorro”, y la misma' denominación
tomó la ermita.
No hará
mucho esfuerzo el lector para darse cuenta de que la Ermita del Socorro estaba
“en las afueras de la ciudad”;... y este era el motivo por qué no se
practicaban allí los oficios divinos sino una vez a la semana, y en algunas
ocasiones cada mes; preferían los conquistadores “ver misa”, en la portada de
las casas del Gobernador, o bajo los enmaderados de la inconclusa Iglesia
Mayor. Servían la ermita, por turno, los tres o cuatro clérigos que había
entonces, los cuales iban “entrada por salida” a cumplir su ministerio. En la
época en que los franciscanos obtuvieron del Cabildo la cesión de la mencionada
Ermita, ella estaba a cargo de Martín del Caz y Francisco González, dos
“clérigos presbíteros” de armas tomar y manejar.
La cesión
que había hecho el Cabildo a los franciscanos produjo alboroto en el
vecindario, el cual se dividió por gala en dos: una parte al lado de los
franciscanos, que era la mayor, y la otra a favor de los clérigos. Los frailes,
apoyados en la “provisión” del Cabildo, se aprestaron a tomar posesión de su
nueva residencia, y a su vez los clérigos, que no eran cortos de genio, a
hacerse respetar en lo que consideraban suyo. Y para mejor proceder, Martín del
Caz, que era hombre de acción, propuso a su compañero Francisco González irse a
vivir en las casas de la Ermita, por lo que potest contingere...
El Padre
Robleda tampoco era manco y tenía su plan, que consistía, sencillamente, en
“aguaitarles el ojo” a los clérigos cuando estuvieren ausentes, penetrar “en la
ermita e casas” y atrincherarse allí; pero con la determinación de ambos
clérigos de irse a vivir en la Ermita y sus dependencias, el plan del Padre
Robleda, se complicaba enormemente. No se me ocurre a quién echarle la culpa de
haber aconsejado al Padre Robleda la resolución que tomó, en vista del fracaso
del primitivo plan; si hubiere estado en Santiago, por entonces, Francisco de
Aguirre, el “hereje”, no había dudado de que hubiera sido él quien aconsejara
al Comisario franciscano que se fuera en son de batalla, encabezando a sus
frailes, a tomarse la fortaleza de los clérigos de la Ermita del Socorro. Pero
Aguirre estaba en esa fecha muy ocupado en la conquista del Tucumán y ni
siquiera conocía las ocurrencias que se desarrollaban en la Capital del Reino.
El hecho
es que una tarde de principios de marzo de 1554, cuando todavía los clérigos
estaban descuidados — pues parece que las precauciones mayores las tomaban “a
las oraciones”— presentáronse los cinco frailes franciscos frente a la única
puerta de la Ermita y como la encontraran cerrada, tres de ellos se
introdujeron por un cerco de la parte que caía hacia el río (la actual Alameda)
y llegando hasta el aposento en que se encontraba Martín del Caz, lo cogieron y
maniataron, transportándolo con muy poca consideración hacia afuera; al mismo
tiempo los otros dos frailes forzaron la puerta que llamaríamos principal, se
incautaron del segundo clérigo Francisco González y lo depositaron también, de
mala manera, al lado de su compañero.
Mariño de
Lobera, que es historiador contemporáneo de esos acontecimientos, se limita a
decir qué los frailes sacaron a los clérigos “a fuerza de brazos”; pero esta
frase es todo un poema épico conociendo a las víctimas. Martín de Caz era “de
carácter alborotador”, dicen los documentos, y en esa fecha “era entusiasta
partidario de Villagra, que pretendía el gobierno del reino por la reciente
muerte de Pedro de Valdivia”. Cuanto al clérigo González, baste decir que
pretendió ser Alcalde del Cabildo de Santiago, para lo cual tuvo nombramiento
de Pedro de Valdivia; y que sólo por la energía del Vicario eclesiástico, que
se lo prohibió con censuras, abandonó a medias su pretensión, pues había
declarado “estar dispuesto a realizarla por encima del Obispo."
A tales
adversarios fueron los que arrojaron a fuerza de brazos de la Ermita de Nuestra
Señora del Socorro, los valerosos y resueltos frailes “franciscos” para
instalarse ellos allí, para siempre.
Ya lo
insinué más arriba: no me es posible meterme en los intrincados vericuetos que
rodean el hecho que acabo de referir. Los historiadores franciscanos y
mercedarios han tratado de comprobar su mejor derecho a la Ermita del Socorro,
desentrañando documentos, descifrándolos con lupa y analizándolos
meticulosamente.
El
mercedario Padre Gazulla prueba documentalmente, que la Orden de Nuestra Señora
de las Mercedes fue fundada en Chile en 1549, con los padres Fray Antonio
Correa — que habla llegado un año antes de esa fecha, en la expedición de
Esteban de Sosa— , y con los padres Fray Antonio de Olmedo y Miguel de
Benavente, que lo hicieron en el año 1549 con el refuerzo que trajo Pedro de
Valdivia; prueba, además, que los merceda ríos “obtuvieron del Gobernador
Valdivia, sitios y solares para fundar casas e conventos”, lo que vale decir
que esto debió ocurrir antes de que Valdivia partiera definitivamente al Sur,
enero de 1550, para no volver a Santiago sino incidentalmente.
El
mercedario comprueba, por último, que el primer Comen dador, o Superior de su
Orden en Chile, Padre Correa, se instaló, a su llegada en 1548, primero en la
Ermita del Santa Lucía, “donde tenía doctrina”, y en seguida “edificó una casa
suntuosa cerca de la Ermita del Socorro” (actual Hospital de San Juan de Dios)
que fue el sitio donde se instalaron los mercedarios que llegaron al año
siguiente, 1549, dedicando esa casa a hospicio de pobres.
Explicando
el por qué, la Ermita del Socorro y el Hospicio, estaban a cargo de clérigos y
no de sus propietarios, los mercedarios, en 1553 — cuando llegaron los
franciscanos—, el Padre Gazulla dice que los mercedarios fueron solicitados por
el Gobernador Valdivia para que acompañaran su expedición conquistadora de la
región austral, en donde tenía el propósito de poblar, como lo hizo, varias
ciudades en cada una de 'las cuales fundó conventos mercedarios. Efectivamente,
en la fundación de Concepción, Imperial y Valdivia se encuentran los nombres de
los mercedarios que ya conocemos y aún el de otro, el Padre Antonio Rendón, que
había llegado a Chile en 1551, con la expedición de Villagra.
La
ausencia de los mercedarios de la Capital del reino y de la “casa suntuosa” que
tenían cerca de la Ermita del Socorro, habría dado ocasión, según el Padre
Gazulla, para que los franciscanos, llegados a Chile sólo en 1553 y apenas
cuatro meses antes de la muerte de Pedro de Valdivia — a quien ya acompañaban
desde cuatro años antes los mercedarios— , se posesionaran primero de la Ermita
de Santa Lucía, por donación de Alderete y en seguida, “a fuerza de brazos” de
la Ermita del Socorro y del Hospicio de pobres.
Sean como
hayan sido los acontecimientos, el hecho es que los franciscanos se quedaron
para siempre en el sitio que “ganaron”, que es, — ya lo habrá visto el lector—,
el mismo que hoy ocupan. El Padre Robleda, por otra parte, no se durmió sobre
los laureles de su primera y rotunda victoria y acudió, — dice el historiador
franciscano Padre Lagos— , simultáneamente a la Real Audiencia de Lima y al
Rey, con expresión de antecedentes, para que se le confirmara en la posesión de
su derecho, lo que obtuvo en forma amplia y satisfactoria, pues el Emperador
Carlos V ordenó al Gobernador de Chile, por real Orden de 1556 que confirmase a
los franciscanos en su posesión sin que por persona alguna fueren inquietados
ni molestados, ni que se les pusiera impedimento alguno en adelante.
Después
de haber citado imparcialmente a los historiadores de uno y otro convento, creo
del caso, — antes de avanzar en el somero estudio que me propongo hacer de la
influencia de los franciscanos en la civilización de Chile y en la organización
de la Iglesia nacional— , anotar, por mi cuenta, algunos hechos que se
produjeron posteriormente a las incidencias ya contadas sobre la instalación de
los franciscanos en Santiago, a las que puso término definitivo, según hemos
visto, la Real Orden de Carlos V.
Cuando
los mercedarios Padres Correa y Benavente llegaron del Sur, destruida
Concepción por Lautaro, a fines de marzo de 1554, “fueron a apearse a la ermita
del Socorro”, pero la encontraron ocupada por los franciscanos, según ya
sabemos, “y en la casa del hospicio vivían los franciscos”; los frailes recién
llegados tuvieron que recurrir, en consecuencia, a la caridad pública, y otra
vez ella se cristalizó en la generosa piedad de Juan Fernández de Alderete,
quien, habiendo recuperado la posesión de la Ermita y casas de Santa Lucía,
abandonada por los franciscanos, las donó ahora a los mercedarios agregando al
obsequio, en compensación y desagravio, siete solares más, contiguos a la
Ermita, para que edificaran el convento, y su chacra de Apoquindo para su mantención,
propiedades que conservan hasta hoy.
No
terminaron con esto las incidencias. La curia eclesiástica había promovido
pleito para recuperar la Ermita del Socorro, y éste se tramitaba por la vía
eclesiástica contra los cabildantes que habían acordado la cesión de esa
propiedad que, según la curia, no pertenecía al Cabildo; como una de las
medidas de apremio a que había recurrido la Curia en defensa de sus derechos,
se contaba la excomunión que lanzó contra los alcaldes y regidores que habían
tomado el acuerdo. Sabe el lector lo que significaba entonces una excomunión, y
sospechará la preocupación' que invadía a los censurados y al vecindario mismo
con tal situación social.
Con la
recepción de la Real Cédula de Carlos V, que dejó a los franciscanos en
tranquila posesión de la Ermita del Socorro, se terminó la cuestión legal; pero
no la cuestión moral y espiritual nacida de las excomuniones que se habían
lanzado. Como era absolutamente necesario que esto se arreglara en definitiva,
pues ya no había para qué seguir en entredicho, reunióse el Cabildo un mes
después de la recepción de la Real Cédula, y con la presencia de los
jurisconsultos civil y eclesiástico, se trató “si estarán descomulgados los
Alcaldes y Regidores que dieron la casa y ermita de Nuestra Señora del Socorro
para monasterio del Señor San Francisco y si los clérigos Francisco González y
Martín del Caz estarán descomulgados e irregulares, por lo que pasaron con los
frailes”.
Como lo
que se buscaba era terminar las incidencias, no hubo dificultades para
encontrar un acuerdo y todos convinieron en entonar un “mea culpa” general como
va a verse. “Y los señores Justicia y Regimiento concluyeron en que perjuraron
en haber dado la dicha casa y en que se absuelvan del perjurio ante el
visitador eclesiástico, y si no tuviera poder, que los frailes les absuelvan
por el poder que para ello tienen de Su Santidad. Y también se acordó que los
curas Francisco González y Martín del Caz se absuelvan de la irregularidad en
que están por lo que pasaron con los frailes cuando se les dio el monasterio”.
Esta es
la relación escueta de los acontecimientos que se produjeron en Santiago
alrededor de la fundación de la benemérita orden Franciscana en Chile. Su labor
posterior, en la civilización y “doctrina” de los indios y en la organización
de la iglesia chilena podrá conocerla el lector curioso que tenga paciencia
para seguir esta crónica hasta el final.
* * * *
Las
incidencias producidas alrededor de la ocupación violenta de la Ermita del
Socorro por los franciscanos provocaron una tirantez de relaciones, bastante
grave entre el Padre Comisario fray Martín de Robleda y el Vicario General de
la diócesis Presbítero Rodrigo González Marmolejo, que gobernaba el curato de
Santiago en nombre del Obispo del Cuzco, de quien dependía. Esta tirantez iba a
reflejarse en los preliminares de la creación del Obispado de Santiago, para
cuyo cargo había sido propuesto Don Rodrigo, con el mérito de su venerable
ancianidad y de sus reconocidas virtudes.
Hemos
visto que el Padre Comisario Robleda estaba en magnífico predicamento en las
alturas de la Corte; basta recordar que con solo su petición, y sin oír más
antecedentes, la Audiencia de Lima había fallado a favor de la orden
franciscana en su pleito con los clérigos González y del Caz. No debe extrañar,
entonces, que, estando en Lima el Padre Robleda mientras se tramitaba la
resolución de la Audiencia, hiciera fijar en su persona la atención del Virrey
Marqués de Cañete para sustituir al Presbítero González en la “presentación”
que se había hecho ya de su persona para el Obispado de Santiago, y contra el
cual se había levantado en Lima cierta malévola acusación “de vita et moribus”.
Tal debió
ser el cúmulo de estas acusaciones y la parcialidad con que procedió el Virrey
al elevarlas a conocimiento del Monarca, que éste se vio forzado a cometer la
irritante injusticia de retirar del Vaticano la presentación que había hecho
del Presbítero González, y de sustituirla por la persona del Padre Franciscano
Robleda por el cargo de Obispo de Santiago. Coincidió todo esto con la estada
en España y en la Corte, del mencionado religioso, allá por los años 1557 a
1560.
Era,
pues, un hecho, que el primer Obispo de Santiago iba a ser un franciscano, y
tanto no cabía en ello duda, que así en España como en Chile se le llamaba “el
Obispo electo”. Por cierto que los franciscanos no cabían en sí de
satisfacción, tanto como de vergüenza y amargura el desposeído don Rodrigo
González y sus numerosos amigos. Pero la justicia “casi” siempre se abre paso,
y en esta ocasión fue amplia para el venerable Clérigo. El Padre Robleda
falleció en Trujillo, España, a fines del año 1560, y tres meses más tarde — 10
de marzo de 1561— Felipe II, reconociendo el error que se había cometido con el
Clérigo González Marmolejo, lo presentaba de nuevo al Papa para Obispo de
Santiago, “atento — dice el Monarca— a que, aunque presentamos para dicho Obispado
a fray Martín de Robleda, de la Orden de San Francisco, éste falleció antes de
que se despachasen las bulas”.
Está en
un error, entonces, mi erudito amigo el Padre Lagos, al sostener en una de sus
obras que me sirve de consulta, que el primer Obispo de Chile fue el
franciscano Padre Robleda.
Pero esto
no resta mérito alguno a la Orden franciscana en cuanto a su influencia en la
organización de la Iglesia nacional, por cuanto el Obispo González recibió su
nombramiento y el gobierno de la Diócesis en julio de 1563, y falleció, sin
consagrarse en Setiembre del año siguiente. Era ya muy anciano y bien poco
alcanzó a trabajar en la organización de su Obispado.
El
segundo Obispo de Santiago fue el franciscano Don Fray Fernando de Barrionuevo,
que gobernó la Diócesis poco tiempo también, pues murió en 1571. Le cupo
afrontar la difícil cuestión de establecer la línea divisoria de su Diócesis
con la recién creada de la Imperial, y defender con entereza los derechos de la
de Santiago contra el nuevo Obispo del Sur don Fray Antonio de San Miguel,
franciscano como Barrionuevo.
Tenemos,
en consecuencia, que la organización de toda la Iglesia de Chile, con sus
Obispados, estuvo en manos de la Orden Franciscana desde sus comienzos.
Fallecido
el señor Barrionuevo, en 1571, fue reemplazado por otro franciscano, el Padre
Diego de Medellín, a quien correspondió continuar la obra de su antecesor en la
organización de la Diócesis, que hasta entonces no había tenido Obispo sino por
cortos períodos. El señor Medellín vivió largos años y gobernó su rebaño cerca
de veinte; terminados satisfactoriamente los incidentes promovidos sobre la
delimitación de las diócesis de Santiago e Imperial, ambos prelados marcharon
en perfecto acuerdo en la organización definitiva de la Iglesia chilena.
Estos dos
grandes prelados — dice un historiador contemporáneo— parece que, hubieran
jurado solemne pacto, profundamente apostólicos, de consagrar toda su
inteligencia y actividad asombrosas a la más cabal organización de sus
diócesis, a fundar instituciones benéficas, a reprimir los abusos, y de un modo
especial, a proteger y defender los derechos de los indios”.
Monseñor
Errázuriz apunta que el Padre Medellín, como buen franciscano, no tuvo con qué
costear su viaje de Lima a Santiago y desde aquí a la Imperial para
consagrarse; halló en tal mal estado su iglesia catedral de Santiago, que tuvo
que hacerlo todo, de manera que “debe considerársele casi como el fundador y
sin disputa el primer organizador de su diócesis”, pues ni siquiera contaba con
un templo donde celebrar los divinos oficios.
En medio
de tal pobreza, el señor Medellín no desmayó, y desde su llegada concretó sus
esfuerzos a la construcción de la Catedral. En 1590, tres años antes de su
fallecimiento, escribía al Rey lo siguiente: Esta Iglesia Cathedral de
Santiago, ya, gloria de Dios, está cubierta, que harto trabajo me ha costado, y
está muy buena; el coro, placiendo a Dios, se acabará muy presto y será muy
bueno y hermoso; yo le tomé a mi costa, porque, aunque la renta es muy poca, en
adornar la iglesia la gasto”.
El señor
Medallín fue el fundador del Seminario de Santiago, cuyo primer rector fue el
presbítero Francisco de la Hoz; dio constitución canónica al monasterio de la
Limpia Concepción, o de las Agustinas, fundó “doctrinas” o parroquias y sobre
todo, se propuso encarrilar las costumbres del Clero.
“Los
prevehendados” — escribía al Rey el año 1577—, son muy mal avenidos y nunca han
tenido paz; placiendo a Dios, yo se las haré tener, y el que no quisiere, yo
creo que se holgará Vuestra Majestad en que se le embarque y se le destierre,
pues no conviene que los que deben ser dechados, escandalicen con mal ejemplo”.
En su
apostólico interés por defender a los pobres indios de las expoliaciones de los
encomenderos, el Iltmo. Fray Medellín encontró un arbitrio que dio los mejores
resultados, y ese “fue prohibir a los confesores absolver a los encomenderos en
el tribunal de la penitencia si antes no presentaban un atestado suscrito por
el Obispo, el cual atestado no podía significar otra cosa sino que el
encomendero había restituido los bienes injustamente adquiridos, puesto orden
en los tributos y pagado el conveniente salario al indígena”, Tales son las
citas que encuentro en el libro del Padre Roberto Lagos.
Por su
parte, Monseñor Errázuriz, en “Los Orígenes de la Iglesia Chilena”,
refiriéndose a la obra de los obispos franciscanos de Santiago y de La
Imperial, Ilustrísimos Medellín y San Miguel, estampa estas palabras cuya
autoridad es indiscutible:
“El señor
San Miguel en La Imperial y el señor Medallín en Santiago, fueron los
iniciadores de la noble lucha en favor de los indígenas sostenida tan
ardorosamente por nuestro episcopado. Si ellos no tuvieran otro título a
nuestra gratitud, todavía después de tres siglos nos sentiríamos orgullosos
ante esas dos bellas figuras de los primeros tiempos de nuestra historia que
tan alto supieron colocar el honor de la Iglesia Chilena”.
Por el
fallecimiento del señor Medellín, ocurrido en 1593, fue elevado al episcopado
de Santiago otro franciscano, el Padre Pedro de Azuaga, quien sólo desempeñó su
cargo hasta 1597, año en que falleció.
Al
recibir del Rey las bulas que lo preconizaban, contestó al Monarca: “Soy tan
pobre cuanto en rigor me obliga el instituto de mi Orden, que si V. M. no se
sirve, con su limosna, socorrer el despacho de las bulas, Dios sabe que estoy
imposibilitado a poderlo hacer.
Este
Prelado fue el último que rigió los destinos de la Iglesia de Chile en el siglo
XVI; su sucesor, que entró en funciones en 1601, fue el célebre Padre Fray Juan
Pérez de Espinosa, franciscano como sus antecesores, cuyo gobierno se
caracterizó por las ruidosas competencias que se suscitaron entre los poderes
eclesiástico y civil. Los historiadores están disconformes en apreciar esos
acontecimientos y atribuyen a los representantes de uno y otro poder el origen
de las dificultades, según sean las tendencias del que escribe. No entraré yo
en esta contienda, a pesar de haber leído algo sobre este período de la
historia patria, y estimar, modestamente, que podría allegar algún concurso al
debate; pero ni es ésta la oportunidad, ni creo que el público se interesaría
por algo que dista de nosotros más de tres siglos.
Para dar
una impresión de la persona del Obispo Pérez de Espinosa, bastará dar a conocer
algunos párrafos del texto de la renuncia que presentó al Rey, de su cargo de
Diocesano de Santiago. Dicen así:
“Por
otras muchas cartas tengo suplicado a V.M. me haga merced de jubilarme
aceptándome la renunciación que hago deste obispado, atento a que he servido a
V.M. 38 años en las Indias, y ahora en Chile 13 años; estoy viejo y enfermo y
padezco de sordez, y deseo mucho acabar mi vida en quietud, sin cargo de
sordez, y deseo mucho acabar mi vida en quietud, sin cargo de almas y sin
estas competencias de jurisdicción donde tanto se ofende a Nuestro Señor, y
Vuestra Magestad no es servida„ pretendiendo sus ministros colocar sus
pasiones con título de patronazgo y jurisdicción real, como si no fuera yo tan
leal vasallo y tan celoso del servicio de V.M. como el que más”.
Como no
recibiera respuesta de la Corte a las insistencias “renunciaciones” que había
formulado, el Obispo Pérez de Espinosa se embarcó un buen día rumbo a España
dejando al Obispado a cargo de un “gobernador”. Ocurrió esto el año 1618; el
Obispo falleció en Sevilla, en 1622.
Tenemos,
en consecuencia, que la orden franciscana — haya sido o no la primera comunidad
religiosa que se estableció en los primeros años de nuestra vida nacional— tuvo
eficaz y decisiva influencia en la civilización de los naturales, a los cuales
dedicó sus más delicados afectos, defendiéndolos, frente a frente, 'de los
crueles encomenderos y de sus poderosos amigos, que eran, en general, las más
altas autoridades civiles. Tuvo, además, la difícil misión de organizar la
iglesia nacional desde que se erigió este Reino en diócesis independiente,
aportando a ello los cinco primeros prelados que la gobernaron, tanto en
Santiago como en La Imperial, en los últimos cincuenta años del siglo XVI.
Puede decirse, entonces, que las virtudes que adornan al clero chileno tienen
su fundamento y tradición en el espíritu franciscano que las moldeó en sus
orígenes, y que no las ha abandonado ni podrá abandonarlas, a pesar de las
pasiones humanas que las acechan para combatirlas.
Para
apreciar la obra civilizadora de los franciscanos en Chile bastará enumerar las
misiones, “doctrinas” y “conversiones” que fundaron desde que llegaron a Chile,
en 1553, hasta fines del siglo XVI. La primera, ya lo hemos visto, se
estableció en Santiago en la Ermita del Santa Lucía, y luego en la del Socorro,
donde actualmente permanece el Convento Máximo; siguieron Penco, Valdivia,
Mancera — la isla frontera al puerto de Corral—, Serena, Osorno, Angol. La
Imperial y Castro; luego Villarrica y varias en las costas e islas de Chile.
En 1565,
la Orden Franciscana de Chile — que dependía de la provincia del Perú— erigióse
en provincia independiente, con el nombre de Provincia Franciscana de la
Santísima Trinidad, siendo su primer Provincial el Padre fray Juan de Vela de
recordada memoria, por su abnegación apostólica. La primera obra de este
benemérito fraile fue la creación del primer monasterio de mujeres en Chile, en
Osorno, bajo la denominación de “Monasterio de la Buena Enseñanza”, por estar
dedicado a enseñar a leer y dar instrucción a las niñas, españolas e indígenas;
puede decirse, con propiedad, que los franciscanos han sido los iniciadores de
la instrucción femenina en Chile.
Fundaron,
en seguida, la, “doctrina” de San Francisco del Monte, en la reducción del
célebre cacicazgo de Talagante, cuna de las “princesas” Flores-Lisperguer y de
los no menos célebres “brujos”.
No
resisto al deseo de relatar una tradición que sobre este simpático pueblo ha
tenido la gentileza de comunicarme uno de “mis” lectores. Cuéntame haber oído
desde tiempos lejanos, que los indios que vivían en los campos de Lo Aguirre,
veían, antes de pasar el río, pasearse a San Francisco entre los espinos que
formaban “el monte”, y que de aquello resultó que el Cacique de Talagante
cediera una extensión de terreno, en el citado “monte”, para que se formara el
pueblo que ahora tiene ese nombre. Agrega que, una vez delineado el pueblo, el
Cacique Sarabia enviaba a su hija a tocar el guitarrón en una fiesta muy
solemne que se hacía al Niño Jesús, y especialmente en la de San Francisco, el
4 de octubre.
Por fin,
en los últimos años de ese siglo, los franciscanos fundaron el famoso convento
doctrinal de Chillán, un verdadero Seminario, que produjo numeroso y bien
disciplinado personal de misioneros que se esparcieron por todo el territorio
nacional, especialmente por aquellas regiones donde aún no habían llegado las
primeras luces de la civilización.
En el
orden civil, mediante las gestiones y esfuerzos de los franciscanos, se
estableció la primera Real Audiencia en Concepción, el año 1567, tribunal de
justicia que se hacía ya imprescindible para detener los avances y abusos del
poder militar, que era omnipotente; en el siguiente siglo fundaron el Colegio
de San Diego (sitio de la Universidad de Chile), que tuvo los caracteres de una
pequeña universidad, y cuyo primer rector fue el Padre fray Diego Corvalán. Fue
éste el primer instituto de estudios superiores que hubo en Chile.
Podría
citar muchas, innumerables obras más, con que los franciscanos han contribuido
a la civilización y progreso de la patria; pero lo impide la índole de estas
crónicas. Sin embargo, con lo dicho basta para que los chilenos apreciemos y
reconozcamos cuánto debe nuestra patria a los humildes hijos del mínimo y dulce
Francisco de Asís.
§ 20. El
“San Pedro” de los Conquistadores
Muy
aporreados podían estar nuestros tatarabuelos, y hasta faltarles la camisa;
pero dejar de celebrar “sus días” era punto menos que imposible, sobre todo
cuando esos días eran de santos que tenían fiesta de guarda. En este caso se
encontraba el “santo” del Gobernador Valdivia, que se celebró por primera vez
en Chile el año 1541, a los cinco meses de fundada la ciudad de Santiago, y se
siguió celebrando después con solemnidad popular, tanto en honor del ilustre
Portero celestial, cuanto en honor del amado y temido Conquistador, y hasta su
muerte.
La fiesta
con que sus compañeros celebraron el “San Pedro” el año 41 tuvo que ser grande
y bulliciosa, porque para ello había una circunstancia especialísima: veinte
días antes, o sea el 11 de junio, los alcaldes, regidores y el pueblo todo
“arremetiendo al dicho señor Theniente Pedro de Valdivia, lo tomaron y lo
levantaron en los brazos, contra su voluntad y le llamaban e le llamaron electo
Gobernador en nombre de su Majestad”.
Ya lo
saben mis lectores, — porque lo he contado en el Primer Tomo de las Crónicas
de la Conquista— , a qué se debió esta “arremetida” del pueblo de
Santiago contra su jefe; Pedro de «Valdivia, era hasta entonces sólo un
“Theniente de Gobernador”, es decir, dependía en todo del Gobernador del Perú,
Francisco Pizarro y en nombre de éste había venido a la conquista de Chile;
pero una vez que nuestro Conquistador dio cima a su empresa y hubo fundado la
ciudad de Santiago, creyó conveniente y justo zafarse de la dependencia de
Pizarro y gobernar por su sola cuenta el Reino o “las provincias de Chile” que
había conquistado con su esfuerzo. Y así lo hizo.
Inés
Suárez, su leal compañera, la esforzada mujer que compartió de sus angustias,
de sus días amargos y de sus miserias — y que no llegó a compartir de sus
triunfos— fue la que “armó la máquina” en compañía del Clérigo Juan Lobo para
que el pueblo de Santiago “arremetiera” al Conquistador y lo obligara a aceptar
“contra su voluntad” la designación y el título de Gobernador de Chile por el
Rey tal hecho, o acontecimiento, debía de ser justamente celebrado, y la
ocasión para ello fue el día de San Pedro, que “cayó” dieciocho días después de
la proclamación “popular” del Gobernador.
Crónica o
relación de esta primera celebración de San Pedro en la colonia recién fundada
no existe, pero no es difícil imaginársela; lo primero debió ser “ver misa” con
su correspondiente sermón lo más solemnemente que lo permitiera la extrema
pobreza del culto, bajo la “ramada” o sombrajo que se había levantado frente a
la casa del Gobernador, y que era el sitio donde se celebraba el santo
sacrificio. Los clérigos Juan Lobo y Diego Pérez debieron entonar cantos
litúrgicos durante la misa, que seguramente fue oficiada por el primer capellán
castrense don Rodrigo González Marmolejo, ayudado por el sacristán Hernando de
la Torre, “el hombre de la campanilla”, llamado así, porque recorría el
campamento tocando un sonajero, que era lo único que existía en ese tiempo para
reunir al pueblo.
Después
de la ceremonia religiosa y quitados los elementos del culto del frente de la
casa del Gobernador, debió ser invitada la concurrencia a penetrar al solar de
Pedro de Valdivia, en donde haría los honores su compañera Inés Suárez “que era
una madre para todos” al decir de abundantes declaraciones de la época;
seguiría la comida, sirviéndose cada cual con sus propios elementos y “a dedo”,
como era la costumbre.
Será
interesante saber, como dato ilustrativo, que cincuenta años más tarde existían
en Santiago, para una población de mil quinientos vecinos, más o menos, unas
seiscientas o setecientas cucharas de plata o fierro y unos tres a
cuatrocientos “punzones” o sea tenedores; habría seguramente, mayor número de
cucharas “de palo” para el resto de los vecinos; pero es casi cierto que no
habría punzones en la misma proporción, porque éstos eran un artículo de lujo.
La costumbre era beber el líquido caldeado, cálido o “caldo” con la fuente o
platillo, y tomar lo “sólido” con los dedos, pulcramente... El uso del “punzón”
lo introdujo en Chile Francisco de Villagra, o tal vez Valdivia, después del
viaje que hicieron a Lima, pues ambos tenían arrestos de aristócratas...
Y
volviendo a la celebración del “San Pedro” de ese primer año de la Colonia,
creo que no sería descaminado creer que en ese fausto día fue la primera vez
que Valdivia e Inés Suárez bebieron “a la flamenca” en público, diciendo cada
uno “Yo bebo a vos”... Este hecho constituyó uno de los capítulos de la
acusación que sus enemigos hicieron al Gobernador Valdivia ante el Licenciado
Gasea, Gobernador y Presidente del Perú. Por cierto que la acusación no paraba
en esto, sino que agregaba otros “pormenores” más compromitentes.
Contestando
a esta acusación, Valdivia respondió que “en cuanto al comer juntos en un
plato, Inés Suárez e yo, es contrario a la verdad si no fuere en algún día de
regocijo que el pueblo hiciese, como de santos de guarda; e de los
demás, ella tiene en mi casa aposento aparte”. Ya sabemos que Gasea no
se conformó con este descargo y sentenció que se separaran para que no
volvieran a “convidarse públicamente a beber a la flamenca”, nunca más. Por si
el lector no sabe como es esta manera de beber, se lo diré: los “libantes”, con
la copa en la diestra, enlazan sus brazos al llevar la copa a los labios.
Después
de la comida debió jugarse anillos y cañas en la Plaza de Armas, pues
encontramos continuamente referencia a estos juegos desde los primeros años de
la vida colonial.
Hay un
detalle que permite apreciar la solemnidad que debe haber tenido el día de San
Pedro en ese tiempo y es el de que los “Pedros” abundaban entre los
conquistadores; es natural, entonces, que todos ellos aportasen su cuota de
entusiasmo para celebrar el onomástico que les era común con su jefe. A la
ligera, cuento más de diez Pedros entre los primeros compañeros de Valdivia.
Que el
Conquistador era realmente querido entre sus subordinados, a pesar de los
pelambres que son inherentes al ejercicio de la autoridad, lo demuestra un
detalle por demás curioso que no puedo dejar de citar. Cuenta Fray Francisco
Javier Ramírez, en su Cronicón Sacro Imperial, que un
misionero franciscano de Purén o Tucapel, al pasar por el sitio donde, según la
tradición fue muerto el Conquistador Valdivia, “le sorprendía tal golpe de
respeto y veneración”, que no podía dejar de decir, como letanía: Beate Patre
Valdiviae, ora pro nobis...
Pero si
de las primeras celebraciones de San Pedro no tengo noticias precisas, en
cambio las he encontrado concretas y buenas de otras que se realizaban en
Concepción en honor del Gobernador y su onomástico, allá por los años de 1552,
cuando Inés Suárez era ya la legítima esposa del prestigioso Rodrigo de Quiroga
y no había caso de que volvieran a beber a la flamenca. Pero para referir este
episodio, que voy a tomar del historiador don Pedro Mariño de Lobera, es
necesario que el lector recuerde algo que he relatado más atrás, en el capítulo
de los “ochenta mil dorados de Pedro de Valdivia”.
Cuando el
Conquistador emprendió su sorpresivo viaje a Lima en 1547, hizo publicar un
permiso para que todo el que quisiera, pudiera salir del Reino llevándose sus
haberes. Esta licencia fue inmediatamente aprovechada por varios conquistadores
que deseaban volver a España al lado de sus familias o cambiar de residencia,
estableciéndose en otras partes de la América; para el efecto liquidaron sus
bienes, muchos a precio vil, y transportaron a Valparaíso sus petacas llenas
“con buen oro”, para embarcarlas en el galeón SANTIAGO que
estaba listo para zarpar rumbo al Callao.
Cuando
las petacas estuvieron embarcadas y los viajeros esperaban ser conducidos al
barco, el Gobernador Valdivia apoderóse del batel o pequeño bote, que servía
para transportar a los pasajeros desde la playa y seguido de dos o tres amigos
íntimos que estaban en la picardía, se embarcó en el buque y mandó levar
anclas, llevándose todo el dinero de esos infelices que vieron destruidas, en
un instante, todas sus ilusiones.
Este
dramático episodio de la vida de Valdivia — que ya he contado con detalles que
linda en tragedia—, le acarreó al Conquistador la antipatía y animadversión que
es de suponer, y aunque en honor de la verdad se debe dejar establecido que el
Gobernador pagó a los despojados hasta el último maravedí, el hecho fue
inolvidable aún hasta después de muerto el Gobernador
Y
recordado este antecedente, voy al cuento a que he aludido más arriba y del
cual ha dejado constancia el historiador Mariño de Lobera en su Crónica
del Reino de Chile.
“No es
razón para pasar en silencio — dice este historiador—, un cuento gracioso que
sucedió después sobre estos ochenta mil pesos que se llevó de los vecinos de
Santiago el Gobernador, que se llamaron “los ochenta mil dorados de Valdivia”,
el cual nombre dura hasta hoy. (Lobera escribió su CRÓNICA por
los años 1568, esto es, unos catorce o quince años después de la muerte de
Valdivia).
“Y fue
así que al cabo de algunos años se hizo una solemne fiesta en la ciudad de
Concepción, recién fundada, en la cual se halló presente el mesmo gobernador,
por ser común de la ciudad; y para que mejor se festejase, encargaron, un
sermón ridículo”, como suele hacerse en fiestas semejantes, a un hombre llamado
Francisco Camacho, que era gran decidor y tenía especial gracia y donaire en
todo cuanto hablaba.
“Comenzó
este buen hombre su sermón y dijo tantas agudezas que provocaba a todos la
risa, y entre otros chistes que dijo, no fue el menos celebrado éste: Al señor
general don Pedro de Valdivia, aquí presente, le compete por dos razones y
títulos este nombre de Pedro: lo primero por habérselo impuesto en el bautismo;
lo segundo, porque ha hecho el oficio de San Pedro. ¿Quiéranlo ver claramente?
“Pues,
acuérdense que San Pedro tendió la red en el mar y de un lance la sacó tan
llena de peces que se le rompía, con haber estado toda una noche sin haber
tomado uno solo; pues esto mismo le aconteció al señor gobernador, que, por no
haber podido Su Señoría acaudalar lo que deseaba, en muchos años, echó una vez
la red en el puerto de Valparaíso y cogió más peces que San Pedro y no de
diferentes especies, sino todos de una, porque los que pescó fueron
ochenta mil dorados, sin ningún trabajo suyo, aunque con el de los
desventurados que habían andado toda su vida metidos en el agua para
cogerlos...
“Y así
fue especificando Camacho más en particular, con tanto donaire y sal, que no
había hombre que no diese carcajada de risa, excepto el gobernador Valdivia, a
quien no le supieron bien los peces con tanta sal, pues ya no estaban frescos,
ni siquiera que le acordaran cosa de agua, porque esto era aguarle la fiesta...
Pero, a más no poder, el Gobernador hubo también de echarlo a la risa.
“Y de ahí
salió, como proverbio, aquello de los ochenta mil dorados de Valdivia”.
Aunque,
al Gobernador Valdivia, maldita la gracia que le hizo el chiste del gracioso,
parece que optó por tenerlo grato en vez de enemigo y lo nombró Alcalde de
Villarrica, recién fundada a la sazón, y al año siguiente le salvó de la horca,
pena a que lo había condenado el Licenciado de las Peñas, como Fiscal de Su
Majestad, por ciertos delitos graves que se le achacaban.
No dicen
nuestros papeles si el jocundo Camacho correspondió a la bondad del
Conquistador pronunciándole algún “sermón ridículo”, para otro día de su santo,
en que lo elogiara, como era su obligación para con quien le había salvado el
pellejo.
§ 21.
¡Desde agora comienzo a ser Señor!
Una
actividad febriscente habíase apoderado de Pedro de Valdivia desde el primer
año que llegó a las regiones del Bío-Bío, cuyo paso habíale costado tantos
esfuerzos, tantos peligros y aún dolorosas pérdidas de vidas; no parecía sino
que deseara alejar de su pensamiento recuerdos ingratos que perturbaban la paz
de su corazón apasionado y vehemente; y ésta era la verdad. El Gobernador
quería olvidar, ahogar el recuerdo de aquella mujer que le había acompañado con
abnegación y energías incomparables en las horas más amargas y difíciles de su
empresa conquistadora desde que salió del Cuzco hasta que dejó firmemente
asentada la existencia de la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, Capital de
la Gobernación de Chile.
Su
triunfo definitivo, después de die? años de lucha continua, brava y
desesperada, le había costado el mayor fracaso de su vida íntima; al recibir su
nombramiento de Gobernador de Chile, por el Rey — reconocimiento supremo de sus
grandes servicios a Corona y la ambición de su vida aventurera en las Indias—
habíasele impuesto el más doloroso de los sacrificios: “que no converse con
Inés Suárez, ni viva con ella en una casa, ni entre, m esté con ella en lugar
sospechoso, sino que de aquí en adelante de tal manera se maneje, que cese toda
siniestra sospecha, y que dentro de los seis meses primeros siguientes después
que llegase a Santiago, la case, o la envíe a estas provincias del Perú para
que en ellas viva, o se vaya a España o a otras partes donde ella quisiere”.
Aunque
Pedro de Valdivia, al ser notificado de esta sentencia, declaró terminante y
humildemente “que está presto de la cumplir, e así lo cumplirá e tal tenía
pensado, aunque no se le mandara”, para nadie fue dudoso que al llegar a
Santiago trataría de burlar de alguna manera el mandato del severo magistrado
toda vez que en su condición de Gobernador y de Justicia Mayor de las
provincias de Chile, sólo a él correspondía controlar su propia conducta... Por
otra parte, “quien tiene el poder tiene los medios para abusar del” y ya
sabemos que Pedro de Valdivia no se paraba en varas ni en varillas cuando
quería hacer su voluntad.
Sea esto
como haya sido — “que nadie puede suponer intenciones ocultas sin hacerse
culpable de juicio temerario”, como dijo el otro— el hecho inconmovible fue que
Pedro de Valdivia no contó con que Inés Suárez también opinaba y también
mantenía sus opiniones. La sentencia del Presidente Gasea había sido muy sonada
y no tardó en ser conocida en Santiago, mucho antes, por cierto, de que llegara
el Gobernador; los primeros en conocerla fueron, naturalmente, los amigos
íntimos de Valdivia, quienes “quedaron espantados” al imponerse del
trascendental mandato que tan hondamente afectaba a “la gobernadora” a la que
todos guardaban respeto “por su mucha christiandad”.
—
Paréceme que debemos ocultar a Inés Suárez este documento hasta que el
Gobernador vuelva a Santiago, para que sea él, como Justicia Mayor, quien lo
haga conocer y le dé cumplimiento opinó Joan Fernández de Alderete, echando una
mirada de soslayo a Francisco de Aguirre, su eterno contradictor, de quien
esperaba, como siempre, una opinión adversa.
— Con
perdón del Magnífico señor Alcalde, dijo el cura Rodrigo González, mi parecer
es otro; aunque la sentencia que conocemos no es un “traslado”, sino una mera
copia, debemos suponer que en parte tan importante ella se ajusta al original y
no pueda ser falsa; y si el mandato del Licenciado es un hecho cierto, — todo
nos hace suponer que lo es, puesto que esta dentro de las doctrinas de la Santa
Iglesia— , nuestro deber de amigos de Inés Suárez nos obliga a prevenírselo con
anticipación a fin de que ella resuelva su mejor conveniencia.
— ¿Y si
el mandato no fuera tal como dice el escrito...?, interpuso Francisco de
Villagra. Y si aún siéndolo, el Gobernador Valdivia hubiera obtenido más tarde,
o ahora mismo, su anulación o por lo menos su reforma, ¿qué ganaríamos con dar
una pesadumbre a Inés, de la que nosotros, sus amigos, debemos alejar todo
sufrimiento?
—
Precisamente, porque Inés es de todos nosotros considerada, debemos prevenirla
de cualquier desgracia, insistió el Presbítero; gran corazón tiene ella para
afrontar amarguras y dolores y para ponerles remedio; pienso, señor, que no
debemos ocultarle lo que sabemos.
—
Señores, intervino por fin Francisco de Aguirre, yo estoy de acuerdo, tal vez
por primera vez, con el señor Alcalde Joan Fernández; paréceme que no debemos
metemos en anticipar noticias, y dejar que el señor Gobernador Pedro de
Valdivia e Inés Suárez se arreglen como quieran y puedan, que en esto de poder
arreglarse creo que los dos son competentes... Además, quien tiene la sartén
por el asa, fríe a su gusto, y el señor Pedro de Valdivia sabrá manejarse bien
con la sentencia de ese señor Licenciado Gasea que por ser clérigo de Corte no
conoce cómo se estilan las cosas de las Indias.
— ¡Señor
Francisco!... interrumpió Joan Fernández, asustado ya por el giro que tomaba la
discusión; yo no voy tan lejos como Usarced, y no averiguo ni califico
intenciones...
— Señor
Joan Fernández, contestó Aguirre, yo sólo digo que cada cual se rasca con las
uñas que tiene y quien va donde no lo llaman es un intruso, con perdón sea
dicho; y queden sus señorías y mercedes con Dios, que me reclaman otros
menesteres.
Que la
noticia no podía quedar ignorada de Inés Suarez es evidente, pues sabido es que
la fiel compañera del Conquistador, no esperó que éste llegara a Santiago para
abandonar definitivamente la casa de la Plaza Mayor que ella misma había
levantado para el Gobernador y que le había servido de hogar hasta entonces.
Echóse a los pies de un sacerdote y fue a guarecerse en el respetable hogar que
Juan Bautista Pastene y Ginebra de Ceja tenían cristianamente formado y quiso,
de esta manera, ponerse a cubierto de toda sospecha y de toda tentación.
Sabemos,
también que cuando Pedro de Valdivia llegó a Santiago rodeado de la aureola
prestigiosa que le daba su título de Gobernador por el Rey, encontró su palacio
vacío...
Valdivia
comprendió que Inés Suárez había muerto para él, y ya no pensó sino en alejarse
para siempre de Santiago. Partió, pues, a la región del Bío-Bío, donde
proyectaba fundar una ciudad “para sí” y para el esplendor de su persona “e
casa”.
A la
primavera del año siguiente, 1550, quedaba fundada la ciudad de “La Concepción
del Nuevo Extremo” y el Gobernador “quiso hacer de ella la capital de estos
reinos”; envió a España a su íntimo amigo, Jerónimo de Alderete para que le
trajera a doña Marina Ortíz de Gaete, la honestísima dama salmantina que
esperaba, sumisa, la vuelta de su marido, en un modesto hogar de Castueras, y
él se dedicó, febrilmente, a la pacificación de esas tierras y a la explotación
de los lavaderos de oro que habíanse encontrado en los ríos y riachuelos que se
vaciaban en el caudaloso Bío-Bío.
Nada,
nada, quería saber Pedro de Valdivia, ni de sus encomiendas, ni de sus
chácaras, ni de sus minas y lavaderos de Malga-Malga; Santiago del Nuevo
Extremo, donde pasara sus más grandes trabajos y sus más grandes alegrías,
había muerto para el Conquistador junto con el amor de Inés Suárez, que era ya
la “legítima e honrada mujer del general Rodrigo de Quiroga”.
En menos
de dos años la región ultra Bío-Bío había sido explorada y recorrida en el
sentido de los cuatro puntos cardinales, y aún en el de la rosa de los vientos,
por las diversas expediciones que el Conquistador confiara a la pericia de sus
más expertos capitanes, después que todo el ejército había acampado al amparo
del fuerte de Penco que fue el fundamento de la ciudad de Concepción; de allí
habían salido Pedro de Valdivia, Jerónimo de Alderete y el Almirante Pastene,
el primero hacia el sur, el segundo hacia el oriente, y el tercero por el mar,
con el objeto de fundar ciudades que dieran base para “dar de comer” a aquellos
aventureros, muchos de los cuales, en los diez años de residencia en Chile, no
habían podido recibir aún la recompensa de sus esfuerzos.
Francisco
de Villagra, por el otro lado de la cordillera andina, “trabajaba” la conquista
del Tucumán y recorría los primeros farellones de los Andes orientales en busca
de los auríferos valles que habían sido la codicia de Juan Núñez de Prado; por
el norte de Chile, Francisco de Aguirre “pacificaba” los valles de Copiapó y el
Huasco cortando cabezas de indios “y indias”, a fin de disminuir su número,
forma única que podía tranquilizar a esa tierra.
La fiebre
de grandeza se había apoderado de Pedro de Valdivia y repercutido en sus
capitanes; era necesario crear este reino y engrandecerlo rápidamente para que
el Conquistador y sus allegados fueran poderosos;... pero esta fiebre,
aumentada por los éxitos militares obtenidos por un ejército que pagaba muy
caro sus triunfos, iba minando su eficiencia, poco a poco, a causa de la
imprudencia con que procedían los conquistadores al dividir sus fuerzas en
tantas y tan distantes empresas.
Al poco
tiempo de fundada la ciudad de Concepción, se levantó Imperial y meses después
Valdivia; luego Ciudad Rica, y luego los Confines; en menos de dos años, había
en el sur cinco nuevas ciudades, otros tantos fuertes y otros tantos
“asientos”; en el norte existían Santiago y La Serena, y al otro lado de la
cordillera andina se debatían Tucumán y el Barco. Los mil y tantos soldados con
que contaba el ejército estaban diseminados en un radio de mil leguas y
difícilmente podrían auxiliarse mutuamente en el caso de una rebelión general.
Pedro de
Valdivia no veía nada de esto; el hábil estratega que había derrotado
fácilmente al “demonio de los Andes” en Jaquijaguana con un ejército muy
inferior, pero con habilidad y previsión sumas, estaba ciego y perturbado ahora
por el dolor de su contrariada pasión, y sólo pensaba en engrandecer sus
dominios y en explotar el oro de los nuevos y ricos lavaderos que había
encontrado en las márgenes del Bío-Bío. Quería, en una palabra, ahogar con la
ambición de un inmenso poderío los amargos pensamientos que le torturaban desde
que se convenció de que Inés Suárez no volvería jamás a su lado, ni le oiría
una palabra, ni aún cruzaría con él la mirada.
Todo se
juntaba para deslumbrar al Conquistador e impedir que se percatase del peligro;
los éxitos de su capitanes en la fundación de ciudades, los triunfos parciales
de sus avanzadas en territorio desconocido, la sumisión de los indios
comarcanos de Penco, que en número no inferior a cincuenta mil habíanse puesto
bajo su autoridad “para servir” humildosamente en los lavaderos de Quilacoya y
de Chiguayante y en los demás yacimientos descubiertos en los ríos, arroyos y
aguadas que se extendían hacia la Imperial, la tranquilidad completa de esa
región tenida como la más brava de Chile, por ser el núcleo de los terribles
araucanos; todo, en fin, se había concertado para ocultarle el formidable
movimiento de rebelión que en esos mismos instantes estaba organizando aquel
“indezuelo” que recogiera vagabundo por los bosques del Andalién, ocho años
antes y que el Conquistador llevara a la Capital para que sirviera de mozo de
sus caballerizas.
Lautaro
habíase escapado de la ciudad pocos días antes de la salida de la expedición al
Sur, en compañía de otros indios de servicio; pero su desaparición no pudo
causar sospecha ni inquietud; nadie podía figurarse que ese obscuro caballerizo
fugitivo pudiera ser el organizador del terrible levantamiento que no solamente
costaría la vida del Conquistador, sino que iba a poner en jaque la existencia
misma de la colonia.
Cuando
Lautaro, después de recorrer por sendas desconocidas la distancia que separa la
Capital del Reino con el centro del territorio araucano, se presentó ante los
ulmenes que se encontraban desconcertados por la invasión española y les habló
del plan que tenía pensado para arrojar a los “cristianos” de toda la tierra,
no fue creído y aún fue rechazado por los “ancianos” a quienes correspondía el
derecho dirigir la guerra; pero era tal 'la fuerza de convicción que poseía la
palabra del joven caudillo, que a pesar del respeto que infundía en la masa los
mandatos de la ancianidad, no faltaron “caciquillos” que le ofrecieron
seguirlo, atraídos por la expectativa de amplio vandalaje que Lautaro,
conocedor de su gente, no escatimaba en ofrecer.
En el
Plan del nuevo caudillo entraba dar confianza a los invasores para que se
abandonasen en ella y no reforzasen las guarniciones de las ciudades recién
fundadas, ni los fuertes y “puestos” de avanzada: debíase fomentar la
dispersión de las fuerzas españolas, a fin de combatirlas en detalle y no dejar
que se juntasen por ningún motivo; cuando esto ocurría, los asaltos de los
indios menudeaban en los fuertes más distantes y ante el peligro de ver
destruidos sus progresos, la poca tropa reunida se diseminaba rápidamente en
una persecución penosa e inútil a través de la traidora selva.
Miles de
indígenas se presentaban sometidos y humildes ante los capitanes españoles
protestando obediencia y ofreciéndose para desempeñar los trabajos agrícolas y
los más penosos aún de los lavaderos y minas, que ellos mismos se empeñaban en
buscar y ofrecer a los codiciosos invasores. Pero entre tanto, Lautaro
maniobraba ocultamente, recorriendo las rucas de las montañas e incitando las
pasiones de los guerreros salvajes para que en un momento dado siguieran tras
de su flecha vengadora.
A fines
del año 1553, la ciudad de Concepción, futura capital del Reino, era en verdad,
“una Babilonia”; en los alrededores del fuerte de Penco habíanse levantado las
casas de los vecinos más pudientes, las del Cabildo, y el “palacio” del
Gobernador; no menos de dieciséis eran las “posadas” de adobe y teja que
ostentaban en su mojinete el asta donde flameaba el pendón de Carlos V en los
días de jolgorio solemne, y llegaban a veinticinco las “pajizas” que se
levantaban modestamente en los alrededores. Los barcos que fondeaban de cuando
en cuando en la bahía y los numerosos “bateles” que surcaban las aguas playeras
o cruzaban hacia la Quinquina, daban al caserío el aspecto de una ciudad
marítima y comercial.
Por el
mes de Setiembre habíanse descubierto nuevos lavaderos de oro a lo largo de un
estero que desembocaba en la laguna de Penco, llamada hoy de las Tres
Pascualas; la riqueza de estos lavaderos se manifestó portentosa desde que
Francisco de Ontiveros llevó la noticia del hallazgo junto con “el “pedimento”
para explotar una “estaca” de cien toesas a ambas orillas del estero, y sacó
las primeras siete bateas con media libra de oro cada una... Todos se “echaron”
a hacer pedimentos y en poquísimos días las dos riberas del estero estaban
tomadas desde su nacimiento — una quebrada de los cerros de la costa— hasta la
desembocadura. El Gobernador no podía ser de los últimos y usando de sus
privilegios se reservó una buena parte de lo que creyó mejor, según el parecer
de los mineros que había traído del Perú.
Al decir
de los cronistas contemporáneos de la conquista aquellas minas ofrecieron a los
españoles la expectativa de riquezas fabulosas jamás vistas ni soñadas; el
menor rendimiento de una batea de arena, que se trabajaba en dos días con
veinte indios, fue de cincuenta tomines, unos ocho o diez pesos castellanos; si
se sabe que hubo allí no menos de veinte mil indios en trabajo, en los últimos
meses de ese año, puede calcularse que se sacaban diariamente unos seis u ocho
mil pesos de oro “de ley perfecta.”
El
cronista Mariño de Lobera, siempre un poco exagerado en lo que dice, asegura
que cierto día se sacaron de dicho estero “doscientas libras de oro”; esto,
naturalmente, no es creíble a dos ni a tres tirones; pero rebajando los
cálculos a lo que puede ser aceptable, tomando en cuenta el dicho de Góngora
Marmolejo que es parco en sus dichos y las declaraciones que existen en varias
“informaciones”, esos lavaderos dejaron muy atrás, en riqueza, a las minas de
Malga-Malga.
Por
cierto que las minas pertenecientes a Pedro de Valdivia fueron las que mejor se
explotaron, porque contaban, aparte de todo el contingente de indios que era
menester, con mineros competentes en tales faenas, traídos del Perú por el
Conquistador, en su último viaje. A la vista del resultado de las primeras
semanas de trabajo, el Conquistador vio abrirse ante sus ojos el panorama de
grandeza y poderío que para sí había soñado; las faenas sucesivas fueron la
confirmación de sus esperanzas y día a día fue considerándose tan poderoso como
un Rey...
Todos sus
sueños se realizaban por fin: sus capitanes, triunfantes, recorrían el reino en
toda su extensión; las ciudades se multiplicaban; sus órdenes eran transmitidas
respetuosamente por veloces mensajeros que atravesaban desiertos, montañas y
cordilleras y en todos los confines eran obedecidas con reverencia; su voluntad
primaba sin contrapeso y lo único que le faltaba para considerarse satisfecho,
en pleno, era gente pobladora, soldados valientes y aguerridos que quisieran
venir a Chile en todo el número que fuera posible para compartir con él esa
riqueza enorme que por fin había llegado a sus manos.
Y esos
soldados vendrían ahora, en tropel, al saber que por las riberas de los ríos
del sur de Chile, y en los arrabales mismos de la ciudad de Concepción se
empozaba el oro puro y al alcance de la mano.
Un día
los indios de sus lavaderos le llevaron una fuente llena de oro en polvo, fruto
de unos pocos días de trabajo.
El
Conquistador metió varias veces sus manos en el codiciado polvo dorado, las
alzó para ver brillar la cascada aurífera que se deslizaba entre sus dedos
abiertos y elevando la voz, exclamó, a todo pulmón:
— ¡Desde
agora comienzo a ser señor...!
§ 22. La
muerte del Conquistador
La
primavera de 1553, al mismo tiempo que ofrecía a los conquistadores de Arauco
el abundante y codiciado metal de sus lavaderos vírgenes, les presentaba un
terrible problema cuyo solo anuncio hubiera debido atraer la atención de todos;
sin embargo, cegados como estaban por el brillo del oro que a manos llena
recogían en las minas de Chiguayante y Quilacoya, ese terrible problema pasó
casi completamente inadvertido.
Pedro de
Valdivia disponía de un ejército de más de mil hombres, y encerrado en el
confortable palacio que había hecho construir, para sí, en Concepción, rodeado
de las comodidades y del regalo que podía dar a su persona con las riquezas que
la suerte hacía llegar a sus manos, casi sorpresivamente, se consideraba ya un
potentado que hubiera clavado la rueda de la fortuna; su fiebre de nuevas
conquistas y de poderío iba cada día en aumento y no pensaba ya en que su
estrella pudiera tener un eclipse.
Sus
capitanes referidos recorrían el territorio de su dilatada gobernación
extendiendo sus dominios, fundando ciudades, explotando minas y repartiendo
tierras e indios entre sus soldados, para formar uno de los reinos más ricos y
florecientes de las Indias, y justificar así, ante el Emperador, la pretensión
del valeroso y afortunado Capitán extremeño, al título de Conde o Marqués o a
un Hábito de Cruzado, cuando menos, en premio de los servicios que había
prestado a la Corona. Pedro de Valdivia considerábase, aquel año, en el apogeo
de su gloria.
Sin
embargo, en esos mismos momentos le preparaba el Destino, su definitivo
derrumbamiento; los dioses ponen ciegos a quienes desean destruir.
A
mediados del mes de noviembre, en plena actividad de los minerales de oro, y
cuando los indios de los lavaderos se mostraban más sumisos en sus pesadas
faenas, recibióse en Concepción la noticia de que las “reguas” cercanas a la
Imperial recién fundada, habían irrumpido sobre los campos españoles, destruido
los sembrados, muerto a un centinela, y asaltado el fuerte; dos días después
llegaba el aviso de haber ocurrido hechos parecidos, en la Ciudad Rica, en
donde el “cabo y capitán” de la villa se había visto obligado a salir, a media
noche, a dispersar a los indios puelches que con audacia inconcebible
pretendieron incendiar las casas de los españoles, valiéndose de “bolas de
yerbas, encendidas”, que arrojaban desde lejos; y al poco tiempo, un barco desarbolado
venido de Valdivia, hacía saber que los naturales se habían “desvergonzado”
dentro del recinto del fortín, habían quemado “ciertas” casas, y encotrábanse
instalados “en una isla que es al frente de la ciudad”, con canoas y “bateles”
a su disposición, para cruzar el río en el momento que creyeran oportuno.
Por muy
confiado que estuviera el Conquistador, no podía desentenderse de tales
acontecimientos que eran síntomas preñados de sospechas. Era necesario enviar
refuerzos a las distintas guarniciones, y al segundo y tercer aviso despachó
diligentes mensajeros a la Capital, a fin de que el Cabildo, a quien había
revestido de la suma del poder, le enviara, rápidamente, todos los recursos de
gente que pudiera tener a mano. Así lo hizo el Alcalde Juan Jufré, y antes de
ocho días salía hacia 'los campos del Sur la primera partida de quince hombres,
al mando del Regidor Perpetuo Juan Gómez de Almagro, uno de los amigos más
leales del Conquistador Valdivia, que hasta ese año había desempeñado el alto
cargo de Alguacil Mayor del Reino.
No
sospechaba, por cierto, el Regidor Gómez de Almagro, que al partir hacia
Concepción iba en camino de la Fama.
Entre
tanto, Pedro de Valdivia había continuado recibiendo las más alarmantes
noticias de las cuales quedaba casi de manifiesto que todo el territorio
austral estaba rebelado; los insistentes pedidos de refuerzo de sus capitanes
le habían obligado a disminuir la guarnición de Concepción y a enviar
mensajeros hacia el otro lado de la Cordillera para que regresara una
expedición que sólo hacía un mes había enviado allí al mando de su teniente
general, Francisco de Villagra; y tan pronto como llegó a la ciudad el refuerzo
de Gómez de Almagro, envió a este capitán a la Imperial, región que los
indígenas “no dejaban en paz”.
No habían
pasado ocho días desde que Gómez de Almagro había salido de Concepción, cuando
llegaron noticias de que había sido asaltado el fuerte de Tucapel, situado en
la falda occidental de la cordillera de Nahuelbuta y a corta distancia del
fuerte de Arauco; ambos fuertes habían sido construidos allí para mantener
despejado el camino de Concepción hasta la Imperial, por la costa. La caída, en
poder de los indígenas, de cualquiera de estos dos fuertes, significaba el
aislamiento y tal vez la pérdida definitiva de la última ciudad.
Pedro de
Valdivia determinó, entonces, salir personalmente a la campaña, y para ello
empezó a reunir el mayor número de soldados que le fuere posible; pero la
guarnición de Concepción estaba ya tan disminuida, que poniendo en armas a todo
el que podía cargarlas eficientemente, sólo pudo juntar cuarenta hombres,
incluso el Corregidor de la ciudad, Diego de Oro, que tuvo que formar como
simple soldado.
Para
reforzar con algo el asediado fuerte de Tucapel, Pedro de Valdivia había
despachado en su auxilio cuatro soldados y cincuenta indios auxiliares, al
mando del sargento Diego de Maldonado; llegaron éstos, sin inconveniente, al
fuerte de Arauco; pero, cuando caminaban hacia Tucapel fueron sorprendidos una
noche por los indios, y antes de poder ponerse en pie de defensa, fueron
muertos tres españoles; el sargento Maldonado y el otro soldado lograron saltar
sobre sus caballos y ponerse en salvo a duras penas. Los cincuenta indios
amigos se dispersaron o fueron a incorporarse a las filas rebeladas, que
“porque entre ellos habían muchas espías”.
A la
mañana siguiente caía en poder de los rebeldes el fuerte de Tucapel, y al poco
rato era presa de las llamas; su capitán Martín de Ariza, o Irizar, con unos
cuantos soldados que sobrevivieron a la catástrofe, huyeron a asilarse en el
fortín de Purén, situado al lado oriental de la Cordillera de Nahuelbuta; como
era natural, la noticia de este nuevo desastre fue comunicada rápidamente al
Gobernador Valdivia y al Cabildo de la Imperial.
Destruido
el fuerte de Tucapel, ya lo dije, quedaban aisladas las ciudades de Concepción
e Imperial; tal situación no podía mantenerse, y tanto el Gobernador como el
Cabildo de la última ciudad adoptaron las medidas más rápidas para restablecer
la comunicación, antes de que los indios triunfantes pudieran afianzar sus
conquistas con la destrucción del fortín de Arauco, que era el otro baluarte
defensor del camino costero.
Reunido
el Cabildo imperialeño, confió el mando de quince hombres bien armados al más
acreditado capitán que residía en la ciudad, y éste era el Regidor santiaguino,
Juan Gómez de Almagro, recién llegado, según sabemos, a esas regiones; el nuevo
Jefe partió inmediatamente al fuerte de Purén donde se encontraban asilados los
infortunados defensores de Tucapel, y por acuerdo de todos los allí
guarnecidos, que reconocieron en Gómez de Almagro su acreditada valentía y
pericia militar, le fue confiado el mando en jefe de toda la tropa. Los
capitanes de Tucapel y de Purén, Martín de Irizar y Alonso Coronas, quedaron
como segundos de Gómez de Almagro.
Al otro
día de haber tomado el mando de la pequeña guarnición — más o menos treinta y
cinco soldados— los rebeldes asaltaron a Purén, pero fueron rechazados, aunque
después de un largo combate; en el curso de la tenaz reyerta, el caballo que
montaba Juan Gómez cayó dentro de uno de los muchos hoyos que los indígenas
labraban en el campo que ellos elegían para librar sus combates, y habiéndose
quebrado una pata el animal, su jinete se vio en inminente peligro de ser
ultimado por los salvajes; socorrido a tiempo por sus compañeros, fue salvado
providencialmente. Juan Gómez montó a las ancas de otro jinete, y espada en
mano inició, en esa condición, la persecución de los indígenas derrotados,
hasta que, viendo “que en lugar de ayudar a ella, estorbara”, se dejó caer a
tierra “y volvió a pié” al fuerte.
No
escarmentaron los indios con este castigo y pasadas algunas horas volvieron a
poner estrecho sitio a Purén. La situación se tornaba sumamente grave y Juan
Gómez volvió a pedir refuerzos a la Imperial y al Gobernador, quien ya había
salido de Concepción, a la cabeza de los cuarenta hombres, para tomar el mando
en jefe de la campaña contra la rebelión que momento a momento asumía los
caracteres de formidable. Encontrábase en el asiento minero de Quilacoya,
preparándose para cruzar el Bío-Bío, cuando recibió las alarmantes noticias de
Juan Gómez; inmediatamente le escribió una orden para “que se viniese a ver con
él a la casa de Tucapel, el día de Pascua de Navidad”, con el mayor número de
soldados que fuere posible reunir, pero cuidando de no dejar desguarnecida “la
casa” de Purén donde Gómez se encontraba fortificado. El Conquistador Valdivia
no podía conformarse con la destrucción de Tucapel y tenía resuelto
restablecerlo, para no dejar sin comunicación las dos ciudades principales de
la costa.
Ocurría
esto el 18 o 19 de diciembre de 1553; por esos mismos días, el Conquistador
emprendió la travesía del Bío-Bío y caminó en derechura hacia el fuerte de
Arauco, adonde llegó en dos días; allí dio descanso a sus caballos y a los
indios de servicio, — que eran los más necesitados, puesto que transportaban
los bagajes a hombro— , y el 23 de diciembre continuó su marcha hacia Tucapel;
hasta el término de la primera jomada, la columna del Conquistador no había
encontrado ni las más leves señales de rebelión; los campos se mostraban
desiertos y uno que otro indio que aparecía por entre los lejanos matorrales no
dejaba sospechar la inmensa efervescencia que bullía en el interior de esas
montañas, obediente a la voz de un guerrero de inteligencia prodigiosa que con
su palabra ardiente y su acción infatigable había infundido en las “reguas” de
Arauco, Tucapel y Purén, un incontenible espíritu de rebelión.
Ese
guerrero era Lautaro, el antiguo caballerizo de Pedro de Valdivia; él fue quien
concibió ese vasto plan de conflagración general que había de llevar a la
colonia al borde mismo de su ruina completa, aprovechándose, con habilidad
suma, de la imprudente división de las fuerzas españolas; las sobresalientes
dotes “de este indio belicosísimo, diestro capitán y de muy grandes fuerzas y
ardides”, fueron tan destacadas y tanto logró dominar con ellas a sus
compatriotas, que a pesar de su juventud — dieciocho años a lo más— , fue
reconocido como jefe supremo del ejército araucano con poder omnímodo,
respetado de todos, temido, y ciegamente obedecido.
El plan
de Lautaro empezó a cumplirse al empezar la primavera con los primeros asaltos
a Imperial, Villarrica y Valdivia, a fin de acentuar la división del ejército
español — las nombradas ciudades estaban separadas por largas distancias— y
continuó con los ataques a los fuertes de Tucapel y de Purén, el primero de los
cuales fue destruido, según ya sabemos. La resolución de Pedro de Valdivia, de
salir al amparo del incendiado fuerte, determinó, también, la decisión de
Lautaro de dar la batalla final alrededor de esas ruinas. Los numerosos espías
que el Jefe tenía entre los indios “de servicio” fueron sus más eficaces
auxiliares para conocer el plan y los movimientos del ejército español; Lautaro
sabía que las fuerzas del Conquistador debían reunirse con las de Gómez de
Almagro y la primera parte de su plan consistió, entonces, en impedir que ambas
fuerzas se juntaran en Tucapel el día de Pascua de Navidad, 25 de diciembre.
Ya
sabemos que el Conquistador Valdivia salió del fuerte de Arauco el 23 de
diciembre, con dirección a Tucapel; la jornada terminó a mitad de camino y la
hueste pernoctó a orillas del río Lavolebu, sin haber tenido novedad; al día
siguiente, 24, se dio la orden de marcha, y a media tarde la columna divisaba
las ruinas del fuerte en cuya demanda había salido cinco días antes. El campo
continuaba solitario, ningún indio se veía por los alrededores, ni tampoco se
encontraba allí, en el lugar de la cita, el Capitán Gómez de Almagro; pero como
la reunión habíase fijado para el día de Pascua, que era el siguiente, el
Conquistador supuso que la columna del Regidor santiaguino vendría en marcha, y
que tal vez encontraríase cercana.
¿Le
alarmó esta soledad...?
Venía
resuelto a restaurar el fuerte de Tucapel, y dio la orden de desmontar.
* * * *
La marcha
de su columna había sido larga y sostenida y a pesar de que había hecho el
trayecto desde Concepción en jornadas sistemáticas, para no cansar a los indios
de servicio que iban a pie y cargados, bien merecía la tropa ese descanso, si
como se esperaba, no habría de tardar un encuentro con los naturales rebelados.
Pedro de
Valdivia no quiso apurar, por lo tanto, la marcha y determinó pernoctar a la
vista del destruido fuerte, a cuyos alrededores debería llegar esa misma tarde,
esa noche, o en las primeras horas de la mañana siguiente, el Capitán Juan
Gómez de Almagro, con sus quince o veinte soldados para reforzar la columna de
cuarenta que él traía de Concepción.
Pero
junto con ordenar el vivac, dispuso que el Sargento Antonio de Bobadilla,
acompañado de los soldados Vallejos, Porras y dos más, avanzara a la
descubierta para reconocer el camino y los movimientos del enemigo, si era
verdad que existía, porque hasta ese momento no se había notado su presencia en
ninguna parte. Valdivia encargó al Sargento explorador que regresara al caer el
Sol; era media tarde, y la avanzada podía disponer de cuatro horas, a lo menos,
para reconocer a la luz del día los campos de Poangue y de Tucapel.
— Señor
Diego de Oro — dijo el Conquistador a su Maestre de Campo—, disponga Vuestra
Merced el vivac en forma de que mañana, con las primeras luces, podamos salir
hacia el fuerte incendiado, adonde es seguro que ya habrá llegado Gómez de
Almagro; y si Bobadilla, a quien acabamos de enviar a la descubierta, nos
trajese noticias de que Almagro se encuentra allí, ahora, creo, salvo un mejor
parecer de Vuestra Merced, que deberíamos continuar nuestro viaje esta misma
noche.
— Se hará
como lo dispongáis, señor Capitán — contestó Oro— , que tanto da descansar hoy
o mañana; entre tanto la tropa e indios aprovecharán estas horas de la tarde
para reparar sus vigilias y aderezar sus armas, como es de rigor, y por si han
de ellas menester.
Mientras
la tropa e indios se acomodaban a las orillas del arroyo que servía de
abrevadero a sus animales, el Conquistador se apartó a su tienda en compañía
del capellán de la expedición, Presbítero Bartolomé del Pozo, del Capitán don
Miguel Pérez de Altamirano y del soldado distinguido Luis de Salcedo, estos
últimos recién llegados del Perú, en la compañía de don Martín de Avendaño y
Velasco. El Conquistador habíalos invitado a participar de las modestas viandas
que le preparaba su fiel Agustinillo, el “yanacona” que le servía como
asistente desde su primera campaña al sur, siete años atrás.
— Bendiga
Vuestra Paternidad esta modestísima comida, señor Capellán — dijo Valdivia al
Clérigo Pozo—, que en campaña no nos es dado ofrecer a nuestros huéspedes todo
lo que deseamos; pero ya regresaremos a Concepción y prometo a Vuestra Merced
que nos habremos de resarcir de esta frugalidad delante de irnos vasos de
cierto vinillo mejicano que me ha enviado un buen amigo que tengo en Lima.
Y
rezongada la oración por el Clérigo, los tres sentáronse sobre unos troncos y
devoraron, en poco rato, un trozo de cabrito que Agustinillo había condimentado
según las enseñanzas de su antigua patrona Inés Suárez, a quien había tenido
que abandonar “cuando la gobernadora apartó casa” para casarse con el Capitán
Rodrigo de Quiroga.
— No te
vengas conmigo, Agustinillo — habíale ordenado Inés, cuando el indio lloraba a
sus plantas para que su ama lo llevara a su lado—; quédate a la vera de tu amo
y señor Pedro de Valdivia, anda con él en todas partes, y cuídale así como te
lo enseñé desde el principio, y como me has visto hacerlo a mí misma. Sírvele,
Agustinillo, como si a mí fuera...
Y
Agustinillo había seguido al pie de la letra la indicación de doña Inés y no se
había apartado desde entonces del servicio personal del Conquistador, a pesar
de que muchas veces, en Concepción, encontróse a las órdenes y caprichos de
Juana Jiménez, la nueva ama que “asistía en palacio” con atribuciones
omnipotentes... Agustinillo servía a Pedro de Valdivia en todos sus más
variados menesteres, sin más ayuda que la de otro yanacona llamado Juan, que
había venido a desempeñar las funciones de caballerizo cuando Lautaro — a quien
los españoles llamaban Alonso—, se huyó del campamento real para incorporarse a
los de su nativa tierra araucana.
Agustinillo
amaba con entrañable adhesión a su amo, y Valdivia le tenía, a su vez, el
cariño de un padre; el indio Je evocaba recuerdos de una vida de intensos
afectos que él jamás podría olvidar aunque tratara de ahogar esos recuerdos en
los más profundos abismos de su corazón.
A poco
acercóse a los comensales el Maestre Diego de Oro y luego otros capitanes y la
conversación hízose general alrededor de la tienda del Gobernador.
—
Habíanme dicho que estos indios de Arauco eran valientes y arrojados — dijo el
Capitán Pérez de Altamirano— y agora veo que hay engaño, porque no los he
visto, de frente, en los ocho días que corremos tras ellos en sus propias
tierras... ¡Hay embusteros en el Perú!
— No lo
digáis todavía, señor contestó sentenciosamente el Capitán Antonio Díaz, que
estáis recién llegado y no conocéis de esta guerra sino la noticia. Dios no lo
quiera, pero es posible que pronto lo experimentéis, y en esa emergencia,
acordaos de que la señora del Socorro es nuestra patrona...
— Lo
tendré presente, señor mío, respondió con acento fanfarrón el limeño, pero
junto con encomendarme a Nuestra Señora, apretaré la mano por aquello de que a
Dios rogando y con el mazo dando. Alguna experiencia tengo en indios rebeldes y
en el Cuzco hay recuerdos de mi...
— Pues,
señor, andad con cuidado aquí—, replicó Antonio Díaz, que yo puedo deciros que
estos de Arauco no son los indios del Perú, a los cuales yo también conozco,
por haber servido allí bajo las banderas de Finojosa y de Candía; y perdonad,
agregó, formulando una obsequiosa inclinación del busto, que debo vigilar el
vivac por la parte del arroyo que es la más peligrosa; ¡quedad con Dios!
Altamirano
correspondió al saludo de Antonio Díaz, pero hizo una mueca de compasión cuando
este Capitán volvió la espalda.
— ¡No me
parece estar viendo a gente española!... Oíd, señor Clérigo, — dijo,
dirigiéndose al Presbítero Pozo que estaba apoyado en un tronco; muchas veces
os he oído hablar de los indios de La Serena, en donde servísteis de cura hasta
que el señor Alcalde García Díaz os echó de allí, injustamente, según habéis
dejado comprobado...
— Esa es
la verdad, señor Capitán, interrumpió el Clérigo, y no lo pongáis en duda, que,
según me parece, sois de la opinión del Gobernador Francisco de Aguirre, quien,
entre un herrero y un clérigo, prefiere el herrero por ser más necesario a la
República...
— No lo
he puesto en duda, señor Presbítero, respondió Altamirano; pero decidme, si os
place: esos indígenas de La Serena, ¿son, por acaso, menos bravos que estos de
Arauco?... Si no lo son y Francisco de Aguirre ha dado cuenta de ellos con
poquísimos soldados, ¿cómo es posible que todos los capitanes estén aquí
temblando por nuestra suerte en vísperas de un encuentro?...
— Señor
Capitán, cada cual sabe dónde le duele, y aunque mi oficio de clérigo me
sustrae de asuntos de guerra, soy de opinión de que más sabe el loco en su casa
que el cuerdo en la ajena. Por otra parte, el señor Capitán don Pedro de
Valdivia, Gobernador de estas provincias de Chile, es persona que entiende de
estos indios como que los conoce desde que llegó a Mapocho; y si él manda es
porque ansí lo cree y no será bien visto criticalle a tan experimentado señor
general. ¡Quede, Vuestra Merced, mucho con Dios!
Y con una
genuflexión de lo más desconcertante para el Capitán, alejóse el Clérigo para
dirigirse al campamento a rezar el rosario en coro, con indios y soldados.
Cayó la
tarde y llegó la noche, sin que el Sargento Bobadilla y sus cuatro compañeros
aparecieran por el campamento para dar cuenta de su exploración. Pedro de
Valdivia, su Maestre de Campo y algunos capitanes esperaron con visible
inquietud el regreso de los “corredores”, hasta después del toque de silencio y
por fin, fuéronse todos a reposar con la lejana esperanza de que los de
avanzada pudieran llegar durante la noche, sobre lo cual se previno a las
guardias y centinelas del campamento.
El
Conquistador echóse sobre su lecho de campaña, a medio vestir y dio orden a su
fiel Agustinillo, que dormía de través a la entrada de la tienda, que le
despertara cualquiera que fuere la hora en que llegaran al campamento el
Sargento Bobadilla y sus acompañantes.
Transcurrió
la noche y se insinuaron las primeras luces de la alborada del día 25 de
diciembre, Pascua de Navidad, y los “corredores” no regresaron al campamento;
las trompetas y atambores anunciaron la diana y el vivac se desperezó, casi en
un salto; y antes de que la aurora se pronunciara sobre el valle, la columna
recibía la orden de marcha y la emprendía resueltamente hacia el fuerte de
Tucapel, punto de reunión de esa tropa con el refuerzo que Gómez de Almagro,
cumpliendo las órdenes de Pedro de Valdivia, debía traer desde el fuerte de
Purén.
— Decid,
señor Diego de Oro si sois servido, ¿qué os parece y que pensáis en esto de
Bodabilla? dijo el Conquistador a su Maestre de Campo; ¿no encontráis extraño
que no haya regresado anoche al campamento para darnos noticia de su
exploración?.
Calló
varios instantes Diego de Oro y por fin contestó, con manifiesta y mal
encubierta turbación.
— Extraño
es, por cierto, tratándose de un tan buen sargento como Bobadilla y a fe,
señor, que no me explico la causa de no mandar siquiera a uno de sus soldados
para sacarnos de dudas y de penas; pero, en fin, ya vamos nosotros en avance y
a lo mejor los encontraremos en el camino.
Calló
Pedro de Valdivia, pero no pudo disimular la preocupación que invadía su
espíritu; la soledad que encontraba a su paso, la ausencia casi completa de
indios enemigos, se tomaba inquietante como una amenaza que le asediara,
indefinible y traidora. Los primeros rayos de un ardiente sol de verano doraban
las copas de los árboles montañosos, cuando la columna atravesó el valle de
Poangue y se preparó a ascender el montículo cordillerano que daba acceso a la
meseta en donde estaba situado el fuerte de Tucapel. Era temprano todavía y el
Capitán, antes de emprender la ascensión, dispuso que el Capellán Bartolomé del
Pozo “hiciera misa” para que fuera “vista” y rezada por la columna
expedicionaria; era un día de fiesta de guarda y no había por qué omitir tan santa
y laudable práctica.
Al pie de
esa montaña, que en pocas horas más iba a ser testigo inmutable de una
espantosa tragedia, arrodilláronse devotamente aquellos guerreros, no tanto
para rogar por el triunfo de sus armas, que en su soberbia castellana
consideraban descontado, sino para cumplir con el deber cristiano, y casi
mecánico, de no dejar nunca de “ver” misa “los días de guardar”.
El Sol
habíase levantado triunfante sobre las cordilleras orientales de Nahuelbuta,
cuando la columna empezó a repechar hacia la cima de Tucapel; a mitad de la
cuesta, sobre unos horcones orilleros, uno de los indios de servicio divisó un
objeto que arrancó, de pronto, un grito de horror de su garganta, al mismo
tiempo que sus ojos se clavaron allí con la fijeza de un hipnotizado. Todos los
indios que a su alrededor caminaban, y aun los sargentos y soldados, se
detuvieron también y luego fue general la expectación.
— ¡Por
qué os detenéis, vive Cristo! increpó 'desde abajo, el Capitán Antonio Díaz a
los delanteros de su grupo. ¡Avanzad, que nos habéis dejado en un desfiladero
peñascoso! ¡Avanzad!...
Y como
nadie pudiera darle la explicación de tan extraña detención de la columna, el
Capitán clavó espuelas y echando su caballo por un desvío, llegó, por la posta,
hasta el sitio en que los indios y algunos soldados españoles contemplaban
asustados el extraño espectáculo.
Un
sargento, ayudado por indios y soldados, había descolgado de las ramas altas de
un roble, un brazo humano recientemente cortado en el hombro, y vestido con la
manga de una camisa y de un jubón del uniforme español;... era indudable que
ese trofeo macabro que los indios habían colgado, como de una horca, en la
parte más alta y visible de un roble, era un despojo arrancado al cadáver de
uno de los soldados que habían salido de avanzadas, con Bobadilla, el día
anterior.
Pronto se
esparció la noticia, a lo largo de la columna, y como era natural, no tardó en
llegar a oídos del Maestro de Campo Diego de Oro y del Jefe de Expedición, los
cuales, seguidos de los capitanes, encontráronse luego frente al horroroso,
hallazgo; aquel horrible espectáculo, lejos de infundir pavor a los
expedicionarios, exacerbó su coraje y una incontenible sed de venganza se
apoderó de todos. Era indudable ya, que Bobadilla y sus cuatro compañeros
habían caído en poder de los indios rebelados, habían recibido muerte espantosa
y por último habían sido descuartizados, y sus miembros colgados o diseminados
en el campo para desafío y vilipendio a los enemigos.
Los
soldados españoles y los capitanes, la mayoría de ellos recién llegados del
Perú, como Pérez de Altamirano, lanzaron las más tremendas imprecaciones y
amenazas y más de uno se apersonó a Pedro de Valdivia para exigirle una acción
decisiva contra los salvajes; pero Valdivia empezaba a ver las cosas con más
claridad que sus impetuosos compañeros y, siguiendo su costumbre, se guardó
mucho de dejarse arrastrar por los impulsos de la gente. Su primer intento fue
detener la marcha, y para ello consideró importantísimas circunstancias que
rodeaban su situación, en esos momentos: la principal de todas era que no había
tenido noticia alguna del refuerzo de tropas que había pedido a Purén y que
debía juntarse con las suyas en Tucapel; por lo tanto, era aventurado
internarse en la cordillera con un escuadrón tan reducido que podría
encontrarse rodeado por un ejército enemigo.
A fin de
proceder de acuerdo con sus capitanes los reunió en consulta de guerra y les
propuso la retirada para volver con mayor número de tropas y con mejores
elementos; pero todos ellos, y especialmente los “limeños”, contestaron que no
era digno de españoles y de valientes retroceder ante aquellos bárbaros
desnudos y mal armados y que era preciso salir, sin más demora, a castigarlos
por el crimen que acababan de cometer en las personas del Sargento Bobadilla y
sus cuatro compañeros.
Vacilante
estaba Pedro de Valdivia entre su íntima opinión y el ardoroso entusiasmo de
sus capitanes, cuando oyó a su vera una voz humilde que le habló muy cerca de
su persona; era la voz de Agustinillo, el leal yanacona que en todo momento
estaba a su lado:
—
¡Señor... volveos...! vuestros soldados son muy pocos, y los enemigos son
numerosos y valientes. ¡Acordaos de la noche del Andalién!...
La
súplica de Agustinillo hizo honda impresión en el Conquistador; nada podía ser
más razonable y más leal en esos momentos que el recuerdo de aquella noche
desgraciada, siete años antes, en que Pedro de Valdivia, a las orillas del
Andalién, cerca del sitio en que iba a fundar más tarde la ciudad de
Concepción, se encontró en peligro de perecer con todo su ejército, en manos de
sus feroces enemigos que le tenían rodeado y que sólo pudo salvarse mediante la
estratagema de huir durante la noche, dejando encendidas las hogueras de su
campamento. Estuvo a punto de ordenar la retirada, pero el entusiasmo de sus
compañeros le hizo vacilar de nuevo.
— No
olvidéis, señor Pedro de Valdivia, dijo a su vez el Maestro de Campo Diego de
Oro, que si nos retiramos de Tucapel dejaremos entregados a una triste suerte
al Capitán Gómez de Almagro y a sus valientes que habrán de llegar hoy a estos
campos en cumplimiento de las órdenes que vos mismo les impartisteis...
El
Conquistador no vaciló ya, y dio la orden de continuar adelante; no podía dejar
abandonados a los que él mismo había hecho venir en su auxilio, y en todo caso,
antes de retirarse habría de estar cierto de que esa tropa se encontraría en
salvo.
En medio
del mayor entusiasmo bélico, la tropa y los indios de servicio continuaron la
ascensión de la loma hasta llegar a la meseta tucapelina, en una de cuyas
laderas accidentadas habíase levantado el recién destruido fuerte, que aún
humeaba; esa meseta era el sitio que había elegido Lautaro como teatro de la
grande y decisiva batalla que venía preparando con meticuloso cuidado para
aniquilar el poder del ejército conquistador, en las personas de su Jefe
supremo y de sus mejores capitanes.
Detrás de
los pajonales que rodeaban la meseta y en los bosques vecinos, había colocado
Lautaro las distintas divisiones de su ejército, a fin de ocultarlas a la vista
de los españoles hasta el momento en que, siguiendo el plan del General
araucano, deberían atacar al enemigo de a una por una y sucesivamente a fin de
cansar y de agotar la resistencia del ejército invasor. Los restos de las
divisiones araucanas que fueran siendo derrotadas, deberían arrojarse por las
laderas más escarpadas de la meseta, a fin de impedir la persecución, y
juntarse de nuevo en un punto dado para organizar nuevas divisiones que
entrarían en combate a su turno, según las órdenes que impartiera el general
indígena en el campo mismo.
El
Caudillo araucano no olvidó ninguna de las precauciones para asegurar su
triunfo, hasta el extremo de que en el camino que debían recorrer los españoles
para llegar a la meseta, colocó gruesas partidas de indios ocultos en el bosque
vecino, que tenían la misión de cortar la retirada a los españoles que pudieran
salvar de la refriega.
“Cuando
se estudian en las antiguas crónicas estas disposiciones estratégicas del
Caudillo araucano — dice Barros Arana, — el historiador está tentado a creer
que la imaginación de los escritores de la época las ha engalanado, porque se
hace difícil creer que aquellos salvajes hubiesen ideado un plan de batalla tan
razonable y discreto; sin embargo, la lectura y el examen de la documentación,
y el análisis de los hechos ocurridos, nos hacen ver que Lautaro no sólo tenía
dotes de un gran soldado, sino que poseía cualidades de un estratega, junto con
una extraordinaria audacia y una rara habilidad para engañar y sorprender al
enemigo”.
Antes de
media hora la expedición encontrábase caminando en plena meseta, en dirección a
los escombros humeantes del que había sido el famoso fuerte de Tucapel; a pesar
de los muy fundados temores de que los nativos encontráranse en abierta
rebelión, la columna no había tenido otro aviso de tal sospecha que el hallazgo
macabro de aquel brazo humano colgado de la horca de un roble; el aviso, sin
embargo, era positivo y nadie podía dudar de su importancia en aquellos
momentos, aunque los enemigos se ocultaran mañosamente.
Sin
embargo, los capitanes y soldados de la expedición, en su mayoría, iban en faz
de convencerse de que los rebeldes habían determinando huir en presencia de las
fuerzas españolas que tan animosas se mostraban para atravesar, en son de
combate, esos campos recién batidos por los bárbaros; tal era la ausencia de
enemigo y tal el silencio de esa selva, que la tropa se despreocupó, casi, del
estado “de guerra” en que caminaba. Con las debidas precauciones, la columna
atravesó un pequeño bosque y salió a plena pampa, desde donde se dominaba un
grande y magnífico espectáculo cordillerano; los altos montes lejanos, ornados
de una vegetación lujuriosa, separados por valles y hondonadas profundas hacían
destacarse la meseta de Tucapel como un escenario, o más propiamente, como un
amplio altar destinado a ofrecer al cielo un sacrificio propiciatorio, sublime
y heroico.
Ante la
grandiosidad de la naturaleza, aquellos hombres rudos, cuyas pupilas estaban
saturadas ya con las bellezas exuberantes de todos los campos y de todas las
regiones de estas Indias vírgenes, no pudieron sustraerse, sin embargo, a una
sencilla y sincera emoción; y el más rudo de todos, por no poder demostrarla en
otra forma, abrió, tal vez, desmesuradamente sus mandíbulas para aspirar, a
pleno pulmón, el aire puro, sutil y reparador de la selva olorosa de canelos,
de arrayanes y de robles centenarios en flor.
No habían
caminado media legua en dirección al fuerte destruido que era el punto de cita
de las tropas del Capitán Gómez de Almagro con las del Gobernador, cuando las
avanzadas de la columna divisaron por entre el ramaje del bosque frontero las
inconfundibles siluetas de los indios de guerra que poco a poco fuéronse
destacando hasta hacerse perfectamente perceptibles.
Un largo
y alarmante sonido de trompetas hizo vibrar los nervios de los expedicionarios,
y el Conquistador reunió rápidamente a los capitanes para apreciar con ellos la
situación y tratar la forma en que debían afrontarla. No hubo divergencia
alguna y la división española se organizó en ataque, dejando, previamente, los
bagajes, como era la costumbre, a cargo de indios amigos a las órdenes de
algunos soldados. Valdivia dividió su tropa en tres cuadrillas y esperó a que
el enemigo saliese a campo abierto, que era la mejor forma de batirlo con la
caballería.
Efectivamente,
un gran cuerpo de indios, unos dos mil, al decir de alguna referencia vaga que
por allí existe, se destacó en, son de ataque, atronando los espacios con
terribles y desacompasados gritos de provocación, y se lanzó a través del campo
en demanda de los invasores. Valdivia, por su parte, ordenó al primer cuerpo de
sus tropas que atacara con una carga de lanza, y al poco rato ambos bandos se
encontraban empeñados en una refriega denodada y sangrienta.
Esta
primera carga fue tremenda: “los jinetes embistieron en orden, y los pechos de
los caballos arrollaban a los pelotones de indios, dejándolos tendidos,
pisoteados, magullados y heridos”. Los indios, por su parte, resistían y morían
como bravos, sin reparar en el sacrificio de sus vidas; bien pronto la
cuadrilla española quedó vencedora y empezó a pronunciarse el desbande de los
indios hacia las laderas escarpadas de la meseta, por donde no podían ser
perseguidos por la caballería española. Junto con ir desapareciendo esta
primera división derrotada, y cuando los españoles empezaban a halagarse de su
victoria, asomó por el bosque frontero otra división indígena que anunció su
presencia con el mismo formidable chivateo de la anterior y con idénticos bríos;
la división era aun más numerosa y tardó mucho menos en llegar a contacto con
sus enemigos.
Pedro de
Valdivia miró con cierto reparo la aparición de esta nueva división, y aunque
no pasó por su mente en ese instante, el que esto obedeciera a un plan
estratégico, quiso terminar rápidamente un combate que para su tropa tenía el
peligro de poder alargarse.
— Señor
Capitán Altamirano — gritó— salga Vuesa Merced con todos los suyos a desbaratar
ese “pucará” y no pare hasta que lo arroje por los barrancos.
—
¡Santiago, y a ellos! — gritó Altamirano, y blandiendo la espada partió frente
a sus soldados, enardecidos ya por el fragor de la refriega.
Pero sus
caballos fueron a estrellarse contra un muro de pechos erizados de lanzas.
Altamirano, experimentado en guerras, vio en un momento que su situación era
por demás peligrosa, pues no había reparado en que al iniciar el ataque había
sido arrastrado casi al borde de un barranco disimulado por la floresta; sin
embargo, era necesario retroceder para alejar el peligro, y hacerlo en forma de
que el enemigo no se diera cuenta de ello, a fin de que no forzara el ataque.
Llevó a sus labios el cuerno que colgaba de su cuello y tocó retirada para
salir de.la zona peligrosa.
El
Conquistador había seguido atentamente el ataque de Altamirano hacia el flanco
indígena, y notó, a su vez, el peligro en que esa división se encontraba; pero
cuando oyó el sonido de alarma que lanzara el Capitán, se puso a la cabeza del
tercer grupo de soldados que había dejado a la reserva y embistió furiosamente
contra el enemigo, con el ánimo de salvar a su compañero y de poner pronto
término al combate. La unión de las tres cuadrillas españolas determinó, como
era natural, la destrucción de la segunda división araucana, y pronto empezaron
a descolgarse por las barrancas y despeñaderos los restos derrotados del
escuadrón indígena; los soldados de la caballería española quisieron insinuar
una persecución, pero los caballos estaban ya cansados y más cansada aún estaba
la tropa de infantería. La persecución era inútil; no hubiera sido, desde
luego, eficaz y en seguida podía ser peligrosa. Altamirano, de acuerdo con
Valdivia, resolvió dejar que los fugitivos huyeran sin ser estorbados.
Pero
estaban en estos tratos y estudiando la manera de organizar una resistencia
eficaz para emprender una retirada que los pusiera a cubierto de cualquiera
sorpresa, cuando vieron aparecer en los contornos del bosque un nuevo y más
numeroso escuadrón indígena, y luego otro y otro, encabezados por caudillos que
montaban caballos españoles a los cuales acicateaban con picas y látigos. Los
guerreros araucanos iban armados con largas lanzas y enormes mazas que blandían
sobre sus cabezas, mientras, en carrera loca, emprendían el salto a las fuerzas
españolas con una audacia hasta entonces insospechada.
Los
castellanos midieron el inmenso peligro que tenían delante de sí, y se
aprestaron a la defensa, enristrando sus picas y afirmándose sobre los estribos
para lanzarse, con todo el empuje de la desesperación, contra esa mole humana
que se precipitaba sobre la columna española; el choque fue tremendo y durante
un cuarto de hora se produjo un hacinamiento indescriptible y un desconcierto
de alaridos, maldiciones, insultos e improperios, todo envuelto en un chiveto
infernal, encendidos los ojos, sudorosos y sangrantes los cuerpos, resecas las
fauces y relajados los miembros.
Los
esfuerzos de las tropas castellanas para dispersar las enfurecidas hordas eran
impotentes y aquella lucha tenaz y encarnizada los iba extenuando paulatina
pero fatalmente: y aunque peleaban con un denuedo inconcebible después de tres
horas de lucha, y sembraban el suelo de cadáveres enemigos, estaban viendo que
también en sus filas se iban experimentando pérdidas dolorosas que aminoraban
las probabilidades de triunfar sobre las divisiones indígenas constantemente
renovadas.
Pedro de
Valdivia estaba convencido de que, por el momento, no podría romper las filas
enemigas; quiso dar un pequeño descanso a sus tropas, y al mismo tiempo
reorganizarlas para dar un asalto decisivo; quiso también tomar consejo de sus
capitanes, en esos instantes de tanta responsabilidad, e hizo tocar las
trompetas para llamarlos a repliegue.
Las
tropas españolas iniciaron el movimiento poniendo en juego su pericia militar y
poco a poco fueronse agrupando alrededor de su Capitán hasta formar un amplio
círculo, que los indios, a pesar de su loco empuje y de su inmenso número,
fueron impotentes para romper.
—
Señores, dijo Valdivia a sus capitanes, una vez que los tuvo frente a sí, ¿qué
haremos? Paréceme lo más conveniente que nos retiremos con nuestros bagajes
para volver con mayores fuerzas y elementos...
— Estamos
rodeados, contestó Antonio Díaz, y no nos queda más que combatir de frente.
— Y
habremos de pensar en que tal vez nos esperan en el fuerte de Tucapel los
soldados que habéis pedido a Purén, advirtió el Maestre de Campo, Diego de Oro.
— Ved,
señores, replicó Valdivia, que tenemos delante un ejército innumerable y
ensoberbecido; ved que estamos lejos de todo poblado, de donde recibir
refuerzos... Pensadlo, caballeros, y decidid sobre lo que haremos.
— ¿Y qué
quiere Vuestra Señoría que hagamos, sino que peleemos y muramos?, replicó el
Capitán Pérez de Altamirano, exasperado ya por la demora en resolver la
situación; si estamos rodeados, como dice Antonio Díaz, lo que debe hacerse es
romper por donde se pueda, que en mayores aprietos se han encontrado siempre
las gentes españolas, y jamás han discutido tanto...
Pedro de
Valdivia sabía, tal vez, que una nueva carga no iba a mejorar la situación de
sus tropas; pero al ver a sus soldados tan animosos y resueltos dispuso que se
hiciera una nueva embestida, reuniendo para ello todas las fuerzas disponibles,
incluso los indios de servicio que lo acompañaban. Hizo formar las tropas en
filas de escuadrón y poniendo adelante la caballería, dio la voz de ataque,
lanzando los caballos a toda carrera contra la “pella” de indios que esperaba,
indecisa, a la distancia de cincuenta varas, y en una extensión de más de
doscientas.
Era un
acto de desesperación, que necesariamente debía precipitar el descalabro de la
columna española; los escuadrones castellanos fueron impotentes, otra vez, para
romper los apretados grupos de enemigos y después de combatir, con resolución
loca, durante media hora, sin esperanzas de ganar terreno, el Conquistador hizo
tocar de nuevo las trompetas para ordenar un nuevo repliegue, que se efectuó
con alguna dificultad, porque la mayoría de las tropas españolas se encontraba
herida o contusa y toda completamente fatigada por el prolongado combate que
duraba ya, varias horas.
Con este
nuevo repliegue, Pedro de Valdivia había querido preparar a su tropa para una
retirada decisiva.
Conociendo
la rapacidad de los indios, el Conquistador había ideado entregarles el bagaje
que hasta ese momento había defendido cuidadosamente para que no cayera en
poder de los enemigos; y mientras éstos se entretendrían en la repartición de
ese botín, y tal vez disputarían entre ellos mismos por la posesión de ciertos
objetos hacia los cuales tenían preferencia, los tropas españolas se abrirían
paso a través de los senderos del bosque y ganarían el valle de Poangue para
volverse al fuerte de Arauco, de donde habían salido tres días antes.
Por donde
se mirase, la retirada de las tropas peninsulares era sencillamente una fuga.
Pedro de
Valdivia lo había resuelto así, porque lo estimaba necesario para la salvación
de su tropa y se lamentaba ya, interiormente, de no haberlo llevado a efecto
horas antes, cuando, por deferencias a sus capitanes, los había consultado en
consejo sobre lo que debían hacer.
El
Conquistador estaba impartiendo ya sus últimas órdenes para que empezara el
movimiento de retirada y fuga, cuando sus quebrantadas tropas se vieron
asaltadas, de nuevo, y de flanco, por un cuerpo de indios que, por el vigor y
la resolución con que vociferaba y corría al combate, estaba demostrando ser
tropa do refresco...
Detrás de
esa tropa, montado en un soberbio caballo mulato y empuñando una pica española,
como si fuera un trofeo, corría un mocetón membrudo, de pecho alto y de rostro
congestionado por la agitación, increpando a grandes voces a las tropas nativas
que le rodeaban.
Era
Lautaro, que acudía con su reserva a consumar la victoria de su ejército,
después de haber desarrollado en todas sus partes el plan estratégico que había
ideado desde un año antes para destruir al ejército invasor y apresar al
Conquistador Valdivia; casi todo el programa lo llevaba ejecutado ya y ahora
venía a darle término, personalmente, para recoger el fruto y el premio de sus
incesantes y rudos trabajos.
Valdivia
y los suyos estaban obligados a hacer frente al ataque formidable y se siguió
allí una refriega tenaz y desesperada, sin rumbo alguno: los castellanos,
rendidos y jadeantes, apenas podían sostenerse sobre sus monturas y muchos de
ellos se desplomaban, sin arrestos ya, bajo un golpe certero; el Conquistador
vio que la resistencia era inútil y que los sobrevivientes irían cayendo, hasta
el último, sin que ello fuera de provecho alguno. Era necesario y humano,
salvar a los que se pudiera y así gritó, empinándose sobre los estribos:
—
Caballeros... ¡Sálvese quien pueda!...
La orden,
en realidad, era inútil, porque ya cada cual bregaba por su sola cuenta
buscando instintivamente la salvación en la huida, a pesar de que los caballos,
todos heridos y aniquilados por la fatiga, apenas podían andar; la fuga era
imposible ya; todos los caminos estaban tomados por Lautaro para cortar la
retirada, mientras ágiles partidas de indígenas atisbaban los senderos por
donde fuera posible a los vencidos salir del círculo de hierro que formaban las
hordas vencedoras. Si algunos soldados lograban romper este círculo-bloque, no
tardaban en caer, inevitablemente, en poder de las otras partidas que recorrían
los campos vecinos, y sus aprehensores los ultimaban allí mismo,
despiadadamente o los arrastraban hasta las fogatas que tenían preparadas para
celebrar el triunfo. “Ni un sólo español logró escapar de aquella obstinada e
implacable persecución”, sólo unos cuantos de los indios auxiliares,
mezclándose mañosamente con los vencedores, pudieron huir por los ocultos
senderos de las montañas para llevar la noticia del espantoso desastre a las
ciudades de la Imperial y de Concepción.
Uno de
los primeros en caer, acribillados por las picas indígenas, fue el Capitán
Pérez Altamirano; su caballo maniatado por un grupo de indios que se lanzó
temerariamente sobre las patas del animal para impedirle sus movimientos, cayó
al suelo arrastrando al jinete, el que, a pesar de haber caído mal, tuvo
destreza para requerir sus armas y permanecer en pie durante varios minutos y
tener a raya a sus innumerables atacantes; pero la situación del Capitán Pérez
de Altamirano era insostenible y, aplastado por el número rindió la vida,
heroicamente.
Juan de
Mesa y Hernán Pérez de Trujillo cayeron asimismo extenuados por los repetidos
golpes que recibieron al caer del caballos; sus cuerpos no alcanzaron a llegar
a tierra; fueron destrozados en el aire, repartiéndose los indios sus miembros
para alzarlos como trofeos clavados en sus picas. El Maestre de Campo, Diego de
Oro, y el Sargento Juan de la Peña, fueron descuartizados, tirando grupos de
indios de cada uno de sus brazos y piernas. Poco se sabe de la suerte que,
particularmente, corrió cada uno de los cuarenta soldados españoles que
perecieron en esa memorable batalla de Tucapel; el hecho fue que la noticia del
espantoso desastre no pudo ser testimoniada por ningún español y que la noticia
de esa lamentable acción do guerra, fue sabida por los poquísimos indios amigos
que pudieron escapar al desastre, en la forma que ya dije.
Pedro de
Valdivia montaba un buen caballo y en su calidad de Jefe, sólo había combatido
en los últimos encuentros; su cabalgadura pues, no estaba tan rendida como las
do sus compañeros; en esta misma situación se encontraba la del Clérigo
Bartolomé del Pozo, que por su oficio habíase mantenido alejado del combate
mismo para dedicarse a la atención de los heridos. Cuando vio el caso perdido y
dio la voz del “sálvese quien pueda", el Conquistador echóse por un atajo
del barranco más cercano y confió su vida a la pericia de su caballo para
deslizarse peñas abajo; el Clérigo siguió la ruta del Conquistador y tras ellos
siguió también el fiel Agustinillo, que no abandonó a su amo en ningún
instante.
— Estamos
en salvo, señor, dijo el Clérigo, cuando vio que, a media falda del barranco
todavía no se divisaba ningún indio en persecución de los fugitivos.
—
Caminad, caminad, señor, y no os detengáis, aconsejó Agustinillo, descolgándose
por las ramas de los árboles que le servían de apoyo para el peligroso
descenso; no os detengáis en mirar hacia atrás y tratad de llegar sano y salvo
al plan, que es muy fácil desbarrancarse. Caminad, caminad, que si los enemigos
nos alcanzaran en estos desfiladeros, estaríamos perdidos sin remedio.
El
Conquistador participaba de la misma opinión de Agustinillo y se limitaba a
sostener a su caballo de las riendas para ayudarle en ese deslizamiento que
podía ser trágico de un momento a otro. Dominado por el terror, el Clérigo
empezó la oración de los difuntos.
—
¡Callad... por el cielo!, imprecó Valdivia, que todavía no estamos difuntos, o
rezad, en silencio, para vos solo...
Faltaba
ya poco para llegar al plan, pero quedaba por salvar una de las partes más
peligrosas del descenso; el Conquistador dio un momento de descanso a su
caballo y el noble bruto respiró a pulmón pleno, antes de lanzarse a la etapa
final; el Clérigo se situó detrás de su amigo y jefe y en pocos momentos más,
ambos jinetes se encontraban “colgados” a mitad de una piedra musgosa que, al
mal contacto de las herraduras, podía "vaciar” a los animales y a los
jinetes sobre los peñascos puntiagudos que la rodeaban. El Clérigo Pozo soltó
la rienda, aferró sus dedos en el “avío” de 'la montura, cerró los ojos y dejó
que el caballo saliera de allí como le manda el instinto; pero no pudo rezar
ninguna oración, porque todas se le agolparon al mismo tiempo a flor de pensamiento
y de labio.
Momentos
más tarde, ambos jinetes y Agustinillo encontrábanse en el plan y continuaban
camino sin conocer, por cierto, la ruta que llevaban. Pronto se dieron cuenta
que iban equivocados y de que estaban en el inmenso peligro de caer en las
ciénagas de Poangue; volvieron riendas, pero ya era tarde: una turba de
salvajes les impedía el avance por el frente y por un costado; el barranco que
acababan de descender con enorme peligro, quedaba atrás, y sólo les quedaba
libre el lado del sur; y allí estaba la ciénaga, fatídica y mortal.
Pretender
abrirse paso a través de las hordas triunfantes, era locura; ¿volver a repechar
el barranco?... ¡Imposible! ¡No quedaba sino abordar la ciénaga y prepararse a
morir como conejos en una trampa!
—
¡Tentaré a la suerte!, resolvió Valdivia; la Señora del Socoro, que me ha
librado de tantos peligros desde que empecé a emplear mi espada por el
Emperador, me salvará ahora, que no me asusta la muerte para mí, sino lo que
viene tras de ella para estos reinos de Su Majestad. Adelante, mandó al
Clérigo, y vos, Agustinillo, subid a las ancas de mi rabicano morcillo, que
seguro estoy de que no me abandonará.
— Un
momento, señor, dijo solamente el Clérigo; vamos a jugarnos la última partida y
no cumpliría con mi deber de clérigo presbítero si no requiriera a Vuestra
Señoría y Merced para que ajuste su conciencia como si hubiera de comparecer
luego ante el tribunal de Aquel cuyo indigno ministro en la tierra soy.
El
Gobernador oyó atentamente estas palabras solemnes e inclinó la cabeza
concentrando por irnos instantes su pensamiento y su espíritu; echó, luego, pie
a tierra, hincó la rodilla y apoyó su ferrada cabeza sobre las palmas de las
manos, el Clérigo tronchó dos varillas, formó con ellas una cruz, la dio a
bezar al caballero, quien lo hizo con humildad, al mismo tiempo que alzando la
mano, figuraba en el vacío y sobre la celada, el Signo de Redención.
Reconfortado
el ánimo con la oración, Pedro de Valdivia montó nuevamente sobre su rabicano,
y una vez que se hubo acomodado a conciencia sobre la montura para emprender la
travesía del terreno pantanoso que podía ser su salvación -así como podía ser
su perdición, — clavó espuelas y endilgó, decididamente, seguido del clérigo;
Agustinillo había resuelto rodear a pie la ciénaga y esperar a su amo al otro
lado; ya sabría manejarse él para burlar a los indios enemigos.
— No os
ocupéis de mí, señor mi amo, había dicho al Conquistador, y tratad solamente de
llegar pronto a la otra orilla, que yo os buscaré, para continuar a vuestro
lado.
No dejó
de emocionar a Pedro de Valdivia esta lealtad de su “mochacho” y aunque
insistió en que Agustinillo subiera a las ancas de su caballo para cruzar el
pantano, hubo de abandonar su propósito, porque el “indezuelo” se perdió entre
el ramaje de la montaña.
— ¡Sea en
el nombre de Nuestra Señora! — exclamó el Clérigo cuando las manos de su
cabalgadura se metieron en el tenebroso sendero que Agustinillo había indicado
como el' mejor camino para salvar el peligro.
Pedro de
Valdivia no contestó nada, pero seguramente que su pensamiento iría puesto en
aquella constante Protectora de sus empresas y de los momentos más angustiosos
de su vida.
Metido ya
en el terreno pantanoso, encontrábase entregado a la suerte; de nada le
valdrían su valentía, su arrojo y su invencible espada; cualquier asalto de
cualquier número de indios, por pequeño que fuese, le sería fatal, porque
estaría impedido para defenderse con probabilidades de éxito; el cieno
enlazaría las patas de su caballo y lo sujetaría, con tentáculos de pulpo,
entregándolo inerme a la ferocidad de sus enemigos.
Valdivia
y el Clérigo avanzaron, paulatinamente, cerca de cincuenta varas, entregados a
las instintivas precauciones de las bestias; hasta ese momento no habían oído
ruidos que denotaran la presencia de enemigos; los troncos de los árboles
tumbados por los huracanes de la selva, y el ramaje que sobre ellos se iba
pudriendo, sirvieron muchas veces para que los caballos se salvaran de hundirse
en el fango hediondo acumulado allí durante siglos.
Las
bestias luchaban denodadamente por desasirse de la ciénaga y por cruzarla en el
más breve tiempo; los caballeros, aferrados en los cabezales de sus monturas
para no tumbarse con los movimientos violentos de los animales, trataban,
empero, de hacerse livianos a fin de salir luego de aquella peligrosa trampa.
La
ciénaga de Poangue, en su parte más angosta, tenía por lo menos doscientas
varas y los fugitivos llevaban recorrida más de la mitad sin que ningún ruido
de enemigos viniera a aumentar la angustia de tales momentos; no divisaban
todavía la orilla opuesta, porque el ramaje enmarañado de los arbustos lo
impedía, pero según los cálculos que en su imaginación llevaban, debía faltar
poco para poner pie en terreno firme y continuar la fuga en condiciones mucho
más ventajosas; en una palabra, salidos de la ciénaga, Valdivia y sus
acompañantes podían considerarse en salvo, si algún accidente no venía a
presentar impedimento para ganar algún camino hacia la fortaleza de Arauco.
Quisieron
dar un poco de descanso a los caballos a fin de redoblar sus esfuerzos finales,
y se detuvieron en medio del pantano; Valdivia se desmontó, poniendo los pies
sobre un tronco, aflojó las cinchas, acomodó el “avío” y preparóse para la
travesía última, acariciando las ancas de su fiel y abnegado rabicano.
Los
caballeros disponíanse a montar de nuevo, cuando ambos levantaron la cabeza en
un rápido movimiento de angustiosa atención; a través de la selva habían oído,
indistintamente, una de las características señales de los guerreros salvajes,
y luego comprobaron, con terror, que los rumores acusadores de su presencia
persistían y por momentos se hacían más cercanos.
El
peligro que temían se presentaba ya, y no había más que afrontarlo, buscando la
salvación en la fuga rápida. Valdivia montó a caballo y animando a su
acompañante, que había quedado mortal, se lanzó hacia adelante picando espuelas
con el ánimo de ganar la orilla en el menor tiempo que fuera posible. El caso,
sin embargo, era perdido; los indígenas se habían dado cuenta exacta de la
situación de los fugitivos y habían tomado todas las precauciones para caer
sobre ellos antes de que pudieran alcanzar cualquier camino de tierra.
Los
caballos, acicateados por sus jinetes, trataban de avanzar hacia la orilla,
pero sus esfuerzos quedaban inutilizados ante la enorme resistencia de ese
pantano traidor que arrastraba hacia el fondo insondable todo cuanto caía en su
superficie; mientras tanto, los indios habíanse echado también a la ciénaga, y
por sobre los troncos y las ramas que ellos mismos iban arrojando, no les fue
difícil avanzar para dar alcance a los fugitivos; los gritos, los aullidos de
satisfacción por el triunfo que ya contaban en su poder, trituraban los nervios
del Conquistador y los de su acompañante, I lobo un momento, sin embargo, en
que, Valdivia se creyó salvado, y fue cuando divisó la orilla opuesta, a unas
treinta varas de distancia; pero esta esperanza se esfumó también cuando vio
aparecer en esa misma orilla a una turba que se instalaba allí pura recibirlo
en las puntas de sus lanzas.
No había
esperanza alguna de salvación; antes de un cuarto de hora, los que venían tras
los fugitivos a través del pantano, les dieran alcance y fueron inútiles los
esfuerzos que hicieron Valdivia y el Clérigo para defenderse con sus espadas, y
cuando éstas ya no tuvieron efecto, con las voces que dieron pura logra un
“entendimiento” con los indígenas.
Un grupo
que marchaba a la cabeza, arrojó sus lanzas, macanas y demás armas sobre los
jinetes y en pocos momentos ambos habían sido derribados y hechos prisioneros,
en medio de la ciénaga. La furia de los indios habíase concentrado en el
Conquistador; entre todos le despojaron de sus armaduras, de sus vestimentas y
le golpearon con saña. La celada atada bajo la barbilla, fue lo único que no
pudieron quitarle.
Desnudo,
con las manos atadas con “bejucos”, colmado de insultos e improperios que
seguramente el conquistador no i ominen día, el desventurado prisionero fue
sacado de la ciénaga y obligado a andar más de media legua para llegar al
campamento de los vencedores, situado en la meseta de Tucapel, cerca de donde
habíase alzado el fuerte español. “Como Valdivia no pudiera seguir en su
carrera a sus aprehensores era arrastrado, a trechos, por el suelo áspero,
enramado y espinoso”, en esta lamentable condición fue llevado y presentado a
los caciques enemigos y triunfantes.
A su lado
llegó, poco después, el Clérigo Pozo, aunque no tan lacerado como el
Conquistador; los indígenas, a pesar de que su odio era general a todo lo
español, hicieron, en este caso, una acentuada distinción entre ambos
prisioneros; y era natural; tenían en su poder al Jefe superior de los
invasores, y sobre él concentraban su venganza.
Los
llamado a juzgar y a sentenciar a los prisioneros, eran los principales ulmenes
de la región, que encontrábanse reunidos; al centro se alzaba, de pie, el Toqui
de las fuerzas vencedoras, Lautaro, quien, con el prestigio de su gran victoria
alcanzada, imponía su opinión sobre cualquiera resolución de los más ancianos
de los ulmenes. El éxito de Lautaro había sido tan grande, y su influencia
sobre las masas de su pueblo era ya tan poderosa, que las leyes de la
ancianidad, siempre respetadas y obedecidas en Arauco, habían sido suplantadas
ahora por la voluntad de un muchacho recién salido de la pubertad y casi
desconocido.
Con las
manos atadas, despojado de sus ropas y sólo con la celada en la cabeza fue
arrojado el Conquistador al centro del círculo. La celada borgoñona,
desprovista de visera y que dejaba el rostro casi descubierto — si bien tenía
una parte saliente para proteger los ojos—, daba a Pedro de Valdivia un aspecto
que en otro sitio podía ser risible, pero que en tales circunstancias debía
inspirar compasión profunda. Algún indio trató, otra vez, de quitarle la
celada; adelantóse Agustinillo y ofrecióse humildemente a desatarla; el
“anaconcilla” no estaba prisionero, como su amo, pero quería correr su misma
suerte sirviéndole hasta el fin.
Valdivia
no había reparado en que Agustinillo estaba a su lado y en que se preparaba a
desatarle la borgoñona.
— ¡Baje,
Su Señoría, la cabeza, mi amo, díjole Agustinillo, que voy a desatarle la
celada! ¡Pero disimulad, señor, que no sorprendan que hablamos!
— ¿Sois
vos, Agustinillo?, exclamó el Gobernador, con acento anhelante, al oír una voz
amiga.
— Yo soy,
señor mi amo, contestó el yanacona; decidme en qué os sirva, mientras pueda
estar junto a vos.
— ¡Estáis
preso!
— No,
señor mi amo, pero no quiero separarme de vos, y aquí me quedaré mientras
pueda. Hablad luego, que yo demoraré en desanudar la celada hasta que me hayáis
dicho lo que debo hacer.
— Quiero
mi libertad, dijo el Conquistador, y estoy dispuesto a pagar por ella lo que me
pidan. Decídselo al que mande entre estos salvajes.
Agustinillo
se separó del Conquistador y de un salto se colocó al medio del círculo.
¡El
Capitán me ha dicho algo para el Ulmén!, gritó, dando muestras de azarosa
sorpresa.
Varios
guerreros se acercaron al indio en son de interrogación y curiosidad.
Lautaro,
que hasta ese momento no se había apartado de los caciques, reparó en el grupo
y fijando sus ojos penetrantes sobre Agustinillo, reconoció, en seguida, a su
antiguo compañero de servicio en casa del Conquistador.
Avanzó
con rapidez hacia el yanacona, y colocándose a su lado, preguntóle, cogiéndole
del pescuezo:
— ¿Y qué
te ha dicho el Capitán?...
Agustinillo
hizo un movimiento para desasirse y al mirar al que le había puesto una garra,
reconoció, a su vez, a su compañero Alonso, el antiguo caballerizo de Pedro de
Valdivia.
—
¡Alonso...!, exclamó Agustinillo; ¿estáis prisionero tú también...?
— ¿Qué ha
dicho el Capitán...?, repitió Lautaro, sin contestar a la interrogación del
asustado yanacona.
— Es un
recado para el Ulmén, contestó el indio.
—
¡Dímelo...!, insistió Lautaro, con un tono de autoridad que puso más miedo aún,
en el infeliz.
Y como
Agustinillo no contestara con la rapidez que le exigía, Lautaro lo arrastró
hacia el sitio donde estaba en cuclillas el Ulmén principal y lo colocó al
frente, diciéndole:
— Dícelo
ahora al Ulmén; ¿qué te dicho el Gobernador?
Agustinillo
temblaba como un arbusto, sin poder comprender quién era su compañero Alonso
entre vencedores, y por que le trataba con tal dureza y autoridad. Obligado por
la presencia de un grupo de indios que secundaba a Lautaro, y por el mandato
del Ulmén, Agustinillo dijo:
— El
Gobernador quiere que le deje libre y pagará por ello lo que le pidan...
Un
alarido de protesta resonó en el campo al oir las palabras del yanacoma; sin
embargo, a un ademán del Ulmén, que se puso de pie, hízose nuevamente el
silencio; el Ulmén quiso saber que ofrecía Pedro de Valdivia por su libertad, y
en vista de que Agustinillo no podía contestar a la pregunta, ordenó que fuera
traído a su presencia el Conquistador prisionero.
A
empujones, a veces arrastrándolo y siempre en medio de los mayores improperios
y amenazas, el Conquistador Valdivia llegó frente a los ulmenes que se habían
agrupado bajo un roble.
Lautaro
atisbaba los menores movimientos del Conquistador y los de su fiel sirviente
Agustinillo que permanecía a su vera, junto con el Clérigo Pozo, a quien los
indios habían arrancado un brazo, y parte de las mejillas...
Hecho
trabajosamente el silencio, el Ulmén mandó a Agustinillo que preguntase al
Conquistador que estaba dispuesto a ofrecer por su libertad. Valdivia habló
corto, pero lo que dijo al intérprete fue concreto.
Agustinillo,
arrodillándose ante el Ulmén, tradujo:
— El
señor Gobernador, dice: devolvedme la libertad y sacaré a los españoles de
vuestras tierras, despoblaré las ciudades que he fundado, y daré, además, dos
mil ovejas.
Por toda
respuesta, la turba que se había reunido alrededor de los prisioneros lanzó
feroces alaridos; antes de que el Ulmén manifestara su parecer, Lautaro alzó su
pica, como orden; un grupo se lanzó feroz sobre el infeliz Agustinillo y lo
descuartizó horriblemente... No quería Lautaro que continuara adelante la
conferencia ni las negociaciones de paz y eliminó al único interprete que podía
prestarse a ello en esos momentos; los miembros del desgraciado Agustinillo
quedaron repartidos en pequeños pedazos entre los bárbaros.
La voz de
uno de los ulmenes más respetados dejóse oír, en son de reproche y de censura
para los que habían atropellado la autoridad de los ancianos dando muerte al
indio mientras estaba al servicio del Jefe y un momento hubo en que los
bárbaros empezaron a retirarse de la rueda; pero una nueva orden de Lautaro,
que levantó otra vez su pica, al mismo tiempo que lanzaba un grito de mando,
produjo en la masa una reacción electrizante, y en un momento vióse cómo
aquellos salvajes volvían a su actitud de amenaza y se recogían, como pumas
antes de caer sobre su presa...
Otra vez
alzó la voz el Ulmén para volver a la obediencia a los enfurecidos bárbaros,
pero a pesar de que empuñó la maza, símbolo de su autoridad, no pudo impedir
que un grupo se lanzase sobre el Clérigo Pozo — que intensamente pálido,
murmuraba inconscientemente una oración—, y lo descuartizara también como a
Agustinillo, desmenuzando sus miembros. Pedro de Valdivia se convenció de que
su salvación era imposible; sin embargo, hizo ademán de hablar.
Calmóse
un tanto la gritería y el Conquistador alzó la voz... Nadie le oyó; luchó, se
esforzó durante largos momentos para hacerse oír, pero al fin, desesperado,
bajó la cabeza en un gesto de resignación, de abandono ante el Destino, quizás
en ese momento elevaba una oración, su oración postrera, para que Dios lo
recogiera en su seno.
Quiso,
tercera vez, levantar la voz, y su gesto, dolorido ante la impotencia, puso a
sus abatidos miembros una fuerza extraordinaria… hinchó los músculos en un
supremo esfuerzo, y los bejucos con que le habían atado las manos a la espalda
saltaron de su sitio hechos pedazos.
La turba
creyó que el preso se escapaba y que iba a perder la oportunidad de hacer la
celebración de su victoria con oí sacrificio del Caudillo enemigo mismo,
circunstancia que muy pocas ve es se presentaba; Valdivia estaba desnudo; si
tenia las manos libres, no había a su alcance arma alguna con que pudiera
abrirse paso con alguna probabilidad de salvación; alzó las manos sin embargo,
como en una imprecación suprema. En este mismo instante, la maza de Lautaro que
acechaba para impedir cualquier conato de fuga, se alzó... y cayó sobre la
cabeza del Conquistador de Chile.
La turba
se arrojó sobre el cuerpo inerme y en pocos instantes se repartió sus despojos,
devorándolos, rabiosamente.
* * * *
El
historiador Góngora Marmolejo, contemporáneo de estos sucesos, describe así la
persona del Conquistador:
“Era
Valdivia cuando murió, de edad de cincuenta y seis años, natural de un lugar
pequeño de Extremadura llamado Castuera, hombre de buena estatura, de rostro
alegre, la cabeza grande conforme al cuerpo que se había hecho gordo,
espaldudo, ancho de pecho, hombre de buen entendimiento, aunque de palabras no
bien limadas, liberal y que hacía mercedes graciosamente.
“Después
que fue señor, recibía gran contento en dar lo que tenía; era generoso en todas
sus cosas, amigo de andar bien vestido y lustroso, y de los hombres que lo
andaban, y de comer y de beber bien; afable y humano con todos; mas, tenía dos
cosas con que oscurecía todas estas virtudes: que aborrecía a los hombres
nobles, y de ordinario andaba amancebado con una mujer española a lo cual fue
dado”.
“Este fue
el fin que tuvo Pedro de Valdivia, hombre valeroso y afortunado”.
Ercilla —
Canto I estrofa 78 de su Araucana—, después de narrar con
lenguaje épico la batalla de Tucapel y la muerte del Conquistador, le consagra,
a modo de epitafio, los siguientes cuatro versos:
La ley,
derecho, el fuero y la justicia
Era lo que Valdivia había por bueno,
Remiso en graves culpas, y piadoso,
Y en los casos livianos, riguroso.
Notas:
[1]Advierto
al lector que los diálogos que voy estampando están tomados casi textualmente,
en su mayor parte, de los procesos instaurados a Sancho de Hoz y a Francisco de
Villagra por los acontecimientos del 8 de diciembre de 1547; se podría decir,
en consecuencia, que son auténticos. Ambos procesos han sido publicados por mi
respetado amigo don José Toribio Medina en sus “Documentos Inéditos”. Tomos 8,
21, 22 y 23.

