Libro N° 10856. Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista I. Díaz Meza, Aurelio.Crónicas De La Conquista I. Díaz Meza, Aurelio.
© Libro N° 10856.
Leyendas Y Episodios Chilenos Crónicas De La Conquista I. Díaz Meza,
Aurelio.Crónicas De La Conquista I. Díaz Meza,
Aurelio. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
Crónicas
De La Conquista I. Aurelio Díaz Meza
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De La Conquista I. Aurelio Díaz Meza
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Aurelio Díaz Meza
Crónicas
De La Conquista I
Aurelio
Díaz Meza
CONTENIDO
Prólogo
El plan de esta obra
Primera Parte: Del Cuzco al Mapocho
§ 1. De cómo y por qué vino a Chile la primera mujer española
§ 2. Los “tejos” de Lucas Martínez Vegaso
§ 3. El idilio de una Princesa incásica
§ 4. Pero Sancho de Hoz, el Pretendiente
§ 5. Con menos aparato del que había menester
§ 6. Al módico interés de un real por cada un peso
§ 7. — ¡Es mía! yo la espanté... — ¡Es mía! yo la cogí
§ 8. ¡Salvadle, por Dios, señora, que aún alienta!
§ 9. Gavilla de pícaros
§ 10. “Quien no anda ni mira derecho
§ 11. Semana de Pasión y Misa de Gloria
§ 12. El corazón de la paloma torcaz
§ 13. En acecho de la víctima
§ 14. El primer hilo de la red
§ 15. La víspera del golpe
§ 16. Cuando vuestras mercedes le echen los brazos
§ 17. ¡No me lo digáis otra vez...!
§ 18. ¡Os acordaréis de mí, señor Capitán!
§ 19. La primera horca
§ 20. Es un Aguirre... ¡ca...nastos!
§ 21. Las brujerías de Juan Romero
Segunda Parte: La Ciudad de Santiago del Nuevo Extremo
§ 22. El primer milagro en tierra chilena
§ 23. La fecha en que fue fundada la ciudad de Santiago
§ 24. Las princesas de Talagante
§ 25. La planta primitiva de la ciudad de Santiago
§ 26. ¡Todo un señor Alcalde!
§ 27. Una elección “popular” en 1541
§ 28. El oro de Malga-Malga
§ 29. “Pan subcinericio” o “tortilla de rescoldo”
§ 30. La destrucción de Santiago
§ 31. Santiago y sus murallas
§ 32. Francisco Gaseo, El Renegado
§ 33. El pago de Chile
§ 34. La Ermita de Nuestra Señora del Socorro
§ 35. Santiago comienza una nueva vida
Prólogo
“Algo, y
aún algos, de mentira, y tal cual dosis de verdad, por infinitesimal u
homeopática que ella sea, muchísimo de esmero y cumplimiento en el lenguaje, y
cata la receta para escribir Tradiciones".
Ricardo Palma.
Práctica
invariable ha sido que cuántos libros de tradiciones y leyendas se han dado a
las prensas, al menos fuera de Chile, salgan precedidos de prólogo en que se
presente al autor al público y se recomiende su obra, y éste, para no ser
menos, cumplirá con ese requisito para que corra por el mundo su carrera,
oleado y sacramentado, como suele decirse. Y si para su éxito algo pudieran las
palabras de quien lo apadrina, sírvase el lector benévolo pasar por ellas sus
ojos, que van dichas sin halago ni reticencias.
Si en la
historia de la literatura hispanoamericana hay alguna nota, si no propiamente
original, por lo menos que la revista de carácter especial, creo que ella debe
buscarse en la que se ha dado en llamar tradicionalista. A este número
pertenece el libro que el lector tiene ahora en sus manos, y, acaso, será
oportuno que le señalemos el lugar que ocupa entre sus congéneres de América
para apreciarlo en todo el alcance que reviste.
Generalmente
se tiene y con razón, como fundador de este género literario a Ricardo Palma,
que allá por los años de 1873 publicó en Lima sus primeras Tradiciones; y
si el hecho, como vamos a verlo, no es del todo exacto, ha quedado como el
maestro que todos sus sucesores se han empeñado en seguir, aunque, justo será
reconocer, sin superarlo en cualquier momento, pues ninguno hay que con tal
brillo de dicción, tal donaire en el cuento y tal variedad en los cuadros que
supo pintar, diera las normas para el género literario que cultivara él
primero. A su cabal conocimiento del idioma, a su natural gracejo, unía, es
cierto, sus dotes de poeta, digamos, una facilidad de inventiva discreta, esa
gracia especial que el Cielo suele ser tan parco en otorgar, de que ya hacía
recuerdo Cervantes al confesar que no le había tocado en suerte obtener.
Dejando,
pues, en esta parte, las cosas en su punto, diré que mucho antes que él — cosa
que sin duda ignoraba— , un teniente del cuerpo denominado Regimiento 1º de
Lanceros Venezolanos, de nacionalidad inglesa, cuyo nombre ha podido
descubrirse sólo en estos días, Richard Longeville Vowell, después de militar
en Venezuela y posteriormente en la Armada Chilena desde 1817 a 1830, publicó
al año siguiente de regresar a su patria una obra en tres tomos, destinado el
primero a relatar los sucesos en que le había tocado figurar en América, y en
los dos restantes, que llamó Narraciones de Venezuela, tomando
pie de sucesos verdaderos, hiló verdaderas tradiciones con los títulos
generales de “El Terremoto de Caracas”, y “Las Sabanas de Barinas”, que
resultan admirablemente contados y de un interés que no decae ni un momento.
Eso sí, que las tradiciones de nuestro autor sólo habían circulado en inglés,
y, como es de figurarse, resultaron casi del todo desconocidas para el público
hispanoamericano hasta que en los primeros meses del año que corre, el segundo
de esos volúmenes ha sido vertido al castellano por don Leopoldo Landaeta.
Tal
habría sido, pues, el primer ensayo de literatura tradicionalista
hispanoamericana, que en nada amengua el honor debido a Ricardo Palma.
El
“demonio tradicionalista”, como éste tan gráficamente lo llamó, estaba, según
era de esperarlo, destinado a encontrar secuaces en todas las naciones
americanas del habla castellana. Yo quisiera dar en este punto una nómina, más
o menos comísela, de esos imitadores del escritor peruano, y he de intentarlo
no sin tener que advertir que el aislamiento literario en que estos países
viven hasta ahora, sin que nada se intente aún para remediarlo, con un
desconocimiento recíproco de la producción intelectual, que resulta en extremo
dañoso para todos, no me permita realizarla tan cabal como lo deseara.
Comenzando por el Norte, tenemos en México algunos ensayos tradicionalistas del
General Riva Palacio, y como el más acabado de todos ellos, el México
Viejo, de don Luis González Obregón, que en lujosa e ilustrada edición
vio la luz pública en París, en 1900, y los versos del renombrado poeta D. Juan
de Dios Peza, en que celebró las calles de la capital de su patria.
En 1899,
don Heriberto Frías ha publicado allí sus Leyendas Históricas
Mexicanas, todas referentes a la época de la dominación indígena,
siguiendo en esto la doctrina corriente allí de dar completa preferencia al
elemento nativo sobre el castellano, porque, en aquella nación, no hay que
olvidarlo, se recuerda a Quauhtemoc y para nada a Hernán Cortés.
Ni podían
faltar ensayos de esta naturaleza en Guatemala, país de añeja cultura, merced a
los beneficios de la Imprenta con que contó desde mediados del siglo XVII, ni a
su vecindad a aquel gran, centro literario de la colonia que irradiaba hasta él
desde la capital de Nueva España. Y así vemos que el licenciado don Manuel
Diéguez los inicia con cuatro o cinco tradiciones, con tal favor recibidas en
su patria, que en su autor se creyó ver un digno émulo de Palma, seguido luego
por el poeta don Juan Fermín Aycinena, aunque no con el mismo brillo, y por
algún otro literato, hasta que, en 1894, don Agustín Mencós reunió en un
volumen sus Crónicas de. la Antigua Guatemala, tomando por
base, para ellas, los sucesos más o menos curiosos que encontró dispersos en
los antiguos cronistas de su tierra y que sacó a nueva vida en estilo sencillo
y correcto, aunque mezclados con alusiones a la política de su tiempo, que hoy
resultan un tanto disonantes.
Muy poco
después, en 1896, un distinguido hombre de letras, a la vez que diplomático de
fuste, don Antonio Batrés Jáuregui publicaba en Nueva York, en hermosa edición
ilustrada, sus Memorias de Antaño, que merecieron que se las
colocara entre los libros que pudieran otorgarse como premios en las escuelas,
muy bien hiladas, pero sin ese aire ligero vinculado a la leyenda
tradicionalista.
En Cuba
no abunda, ni con mucho, la afición tradicionalista, pues apenas si se ha
publicado, en cuanto se me alcanza, las Tradiciones cubanas, relatos y
retratos históricos, por don Álvaro de la Iglesia, Habana 1911, en un
pequeño volumen en 80 precedidas de unas palabras ''Palabras
proemiales”, que valen casi lo que la obra misma, de don Jesús Castellanos,
como que, por mucha que fuera la preparación de que estaba adornado el
historiador, fállales a sus relatos la verdadera miga y en ocasiones no pasan
de ser diálogos imaginarios entre el autor y algún viejo monumento, un castillo
abandonado, un cañón que nunca fue disparado...
Otra cosa
es si abrimos las páginas de las Leyendas Puertorriqueñas, impresas
en Puerto Rico en el año próximo pasado, del doctor D. Cayetano Coll y Tosté,
en las que campea la leyenda interesante, hecha en estilo castizo y con los
adornos con que la fantasía poética de su autor ha sabido realzarlas.
Ignoro lo
que sobre la materia se haya escrito en Colombia; que por lo tocante a
Venezuela, ya puede ufanarse con los dos tomos de Vowell. Tampoco sé si existe
algo en el Ecuador; y del Perú, no hay que decir otra cosa que con sus Tradiciones, de
Palma, va a la cabeza de los países latinoamericanos.
El
imitador más ferviente que el gran maestro ha tenido en la Argentina, fue don
Pastor Obligado, que ya en 1898 tenía dados al público tres tomos de Tradiciones, y
que en ese último año entregaba un cuarto a las prensas, precedido de un
sabroso prólogo del mismo Palma. Ese material argentino es abundante, bien se
ve, y domina en él la nota patriótica, que lo hace no poco simpático, por más
que, por lo general, el relato resulte difuso y el donaire del narrador sólo
aparezca muy a lo lejos.
Allí
también, y sólo hace de esto dos años, el doctor don Bernardo Frías ha
consignado en dos volúmenes las Tradiciones históricas de
Salta, vinculadas por entero al elemento religioso.
Y éstos,
sin contar a muchos otros cultivadores de tal clase de literatura, como fueron
Valdés, Lassaga, Gez, Escardó, etc. el análisis de cuyas obras no cabe dentro
del somero bosquejo que voy hilando.
En el
Uruguay, don Isidoro De María entregaba a la circulación sus Tradiciones
y recuerdos, con el subtítulo de Montevideo antiguo, antes
de 1888, y en los siguientes, hasta el de 1890, enteraba cuatro volúmenes, que
no entran, propiamente, en la serie de los tradicionalistas, siendo meros
relatos o apuntaciones, más o menos breves, de sucesos ligados a la historia de
la ciudad, a sus instituciones, monumentos, costumbres de la época etc., donde
no tienen cabida la fantasía ni el arte literario, que no se ven en parte
alguna.
Desconozco
la producción que puede existir en el Paraguay, en el orden de que se trata.
Y con
esto llegamos a la que tenemos de Chile.
Corresponde
en ella la prioridad a don Miguel Luis Amunátegui, que muy poco después que
Palma iniciara en Lima la serie de sus Tradiciones, empezaba,
a fines de 1874, a publicar en “El Ferrocarril’’, los que dos años más tarde se
reunieron en un volumen con el título de Narraciones históricas, y
posteriormente todas o casi todas, en más extensa recopilación. El narrador
hubo de buscar, en parte, sus temas en hechos acaecidos en el Perú y aún en la
distante México, ventilando con buena crítica y castigado lenguaje algunos
incidentes históricos no puestos bien en claro. Pero más cercanos al género
tradicionalista son los que consagra a sucesos ocurridos en Chile, que resultan
para nosotros de mayor interés, y en cuyo relato ni falta la nota dramática, ni
en ocasiones la erótica...
Siguió
muy de cerca sus huellas don Enrique del Solar, con sus Leyendas y
Tradiciones, con una “Primera Parte” impresa en 1875, y posteriormente
en 1891 con una “Segunda”, basadas todas, según expresa declaración de su
autor, en argumentos tomados de la Historia o de tradiciones más o menos
conocidas en Chile. Al par de su antecesor este tradicionalista fue también a
inspirarse aún más lejos que aquel, llevándonos hasta Antequera, en España,
para referir el romántico episodio de La Peña de los Enamorados, cantado más de
una vez en la epopeya, o para consagrar algún recuerdo a Lope de Vega. Pero
netamente chilenos son La visión de Petorca y Una
aventura de Ercilla, que estriba en la pendencia que tuvieron el poeta
y don Juan de Pineda y en que la fantasía del narrador empieza desde el punto
en que a aquel se le supone enamorado de la hija de su rival, que ha logrado
cautivar, también, al Gobernador don García Hurtado de Mendoza, para quien los
celos no habrían sido extraños, en el dictar de su sentencia de muerte.
De
carácter lugareño y con marcado sabor al terruño son, como bien lo indica ya su
título, las Tradiciones Serenenses, de don Manuel Concha,
editadas por don Rafael Jover, en 1883, en un grueso volumen que comprende
cerca de un medio centenar, todas bien dialogadas y no faltas de interés.
Y
descontadas algunas otras producciones de la índole de las que traíamos, que
suelen aparecer en los diarios, llegamos ya a saludar la aparición del libro
que el lector tiene en sus manos y que su autor, don Aurelio Díaz Meza, ha
intitulado, con razón, Crónicas de la Conquista, que importa
una verdadera historia anecdótica en que, a la vez que se destacan las grandes
figuras de la Conquista en detalles que nos permiten apreciar sus caracteres,
las pasiones y propósitos que las animan, campean la relación bien ordenada y
el diálogo chispeante, vigoroso, y todo bien fundado, no en la mera fantasía
sino en dictados historiales que el autor ha sabido beber en fuentes
documentales, para darles animación y vida propias. He sido de los primeros en
estimular a su autor a que reuniera en ese volumen sus relatos, en la seguridad
de que prestaría con ello un verdadero servicio a la historia nacional,
familiarizándonos con los primeros pobladores españoles de esta tierra y
contribuyendo a que se despierte con ello el amor al estudio de nuestra
historia patria de la Conquista, tan rica en denuedos, sacrificios y hombres de
tan excepcional talla como Pedro de Valdivia, que a ningún otro de la pléyade
de héroes españoles de esa época cede, ni en altura de miras, ni en constancia
insuperable para la realización de sus ideales de fundador de un pueblo y de
hombre de Estado.
Reciba
por ello mis felicitaciones quien de tan artística manera ha sabido sacarlos a
escena y hago votos porque los próximos volúmenes de las Leyendas y
episodios chilenos se mantengan a la altura de este primer tomo de
las Crónicas de la Conquista.
Y para
concluir. Hecho así el balance, diré de la producción tradicionalista en
América, es de preguntarse cómo es que, con lodos los atractivos que ofrece,
aparezca tan reducida, que no ya la novela, el drama mismo y hasta la historia
en su aspecto más general, le superan en mucho. ¿Cómo es que, si según la
receta de Palma con que se encabezan estas líneas, tan fácil es hilvanar
tradiciones, estén tan lejos de abundar? Por de contado que, a estamos a ella,
no faltarán quienes cuiden del estilo con que han de redactarse para que
resulten viables, ni mucho menos una y mil mentirillas con que adornarlas.
Pues, a mi juicio, porque basta ahora ha venido faltando la primera materia,
quiero decir, la base documental de donde han de sacarse; que aquello de irlas i
buscar en lo que se llama tradición no pasa de ser una figura de retórica en
pueblos como los de América, que apenas si las tienen y que, de más está
decirlo, bien pronto se agotan.
La
exhibición de los añejos papeles de la historia americana ha sido en todas
partes la que ha proporcionado y seguirá suministrando a montones, una vez que
se vayan conociendo, los puntos de partida para que la literatura
tradicionalista se acreciente y prospere; y tanto es así, que ya hasta en
España, con los que se han ido descubriendo, autor hay que comience a publicar
lo que con verdad evidente llama Rinconcillos de la Historia Americana, aludiendo,
lo diré, a don Ramón de Manjarrés.
Y
ciertamente que no es desestimar un género que, con razón, se ha llamado “la
espuma de la historia”, de importancia baladí, al parecer, pero que, al recoger
los pequeños incidentes, ya de la intimidad de los hombres que antes que
nosotros poblaron el suelo de América, ya de las costumbres de antaño, ya de
los pequeños detalles de la vida casera, sirven para completar el cuadro
general de la Historia, que ésta no puede acoger y que viene a ser como el
último colorido de un cuadro en que se destaquen con nitidez las figuras de
conjunto que actúan en primer término.
Que se
publiquen, pues, documentos y más documentos, y veremos surgir, rica y lujosa,
la literatura tradicionalista, instructiva a veces y siempre amena.
José Toribio Medina.
Santiago de Chile, 23 de Julio de 1925.
El plan
de esta obra
El
presente volumen es el primero de la obra que me propongo publicar con el
título genérico de Leyendas y episodios chilenos, la cual
estará dividida en tres partes o series.
La
primera parte lleva por título Crónicas de la Conquista, a la
cual pertenece este volumen, y en ella encontrará el lector aquellos episodios
y leyendas que corresponden a la época primera de nuestra vida nacional, en que
todas las actividades de los conquistadores se dedicaron, exclusivamente, a
doblegar la altivez de los aborígenes de Chile, para someterlos al servicio del
Monarca español.
Comprenderá
esta parte, o serie, la descripción de los hechos más importantes de la
expedición conquistadora desde que salió del Cuzco hasta su llegada al valle
del Mapocho, para fundar la ciudad de Santiago, Capital del Reino; continuará,
siempre en el terreno de la conquista, con la fundación de La Serena,
Concepción, Valdivia, Villarrica, Angol, Imperial, Cañete y Osorno, y terminará
con la destrucción de las siete ciudades del Sur, realizada a fines del siglo
XVI, por los caudillos araucanos Cadeguala, Pelentaru y Paillamacu. Con los
episodios heroicos de este período de sesenta años de lucha homérica, daré por
terminada la serie de Crónicas de la Conquista.
La
segunda parte, o serie, de las Leyendas y episodios chilenos se
titulará En plena colonia, en la cual se referirán los hechos
sociales más curiosos o más interesantes de nuestra vida colonial, las
costumbres y modalidades de nuestros abuelos, sus pasiones, sus raros
caprichos, de los cuales tantos han llegado hasta nosotros, que el curioso
lector encontrará muy bien aplicado el conocido refrán: “quien lo hereda no lo
hurta”.
Esta
parte, o serie, abarcará el largo período de nuestra vida nacional, comprendido
entre los años 1600 a 1800.
Y, por
último, la tercera parte, o serie, de la Obra, se llamará Patria Vieja
y Patria Nueva, y en ella resumiré los incidentes más notables que
ocurrieron durante la trabajosa gestación de nuestra actual nacionalidad
independiente, desde los preliminares del 18 de Septiembre de 1810, hasta la
organización definitiva de la República, bajo la Constitución del 33. En este
período verá actuar el lector, en el terreno anecdótico, figuras que le son
familiares y cuyos perfiles característicos conoce a través de las enseñanzas
de los historiadores didácticos.
Cada una
de las tres partes, o series, en que he dividido las Leyendas y
episodios chilenos constará de dos o tres volúmenes, y tal vez de
cuatro[1] según
sea la aceptación que el público preste a esta Obra, que persigue el sano
propósito de vulgarizar la historia patria por medio de la lectura amena, que
es el procedimiento más eficaz. En consecuencia, el libro que el lector tiene
en sus manos, es el Tomo I de la Primera Serie de las “Leyendas”; en poco
tiempo más aparecerá el Tomo I de la Segunda Serie, cuyo título es, ya lo he
dicho, En plena colonia.
Publicado
este volumen, saldrá a luz el Tomo I de Patria Vieja y Patria Nueva, para
continuar, en seguida, con la publicación de los segundos, terceros o cuartos
tomos de cada serie, hasta la terminación completa de la Obra, que constará,
según mis cálculos, de unos diez o doce volúmenes[2] en
total, lista Obra pretende ser, por lo tanto, una Historia General de Chile,
escrita en anécdotas, leyendas y episodios.
Explicado
el Plan de la Obra, quiero cumplir con el deber de señalar las fuentes de donde
he recogido y continuaré recogiendo los datos que me servirán para escribir
las Leyendas y episodios chilenos.
En primer
lugar, apuntaré las obras de nuestro eminente investigador don José Toribio
Medina, cuya inmensa labor apenas ahora está siendo conocida y apreciada en
Chile, tal vez porque el prestigio del señor Medina rebosó en el extranjero
antes de que sus compatriotas supieran que tenían un sabio en su propia casa.
Aprovecho la ocasión para manifestar que debo al señor Medina el mejor estímulo
que he recibido para continuar en esta tarea que a veces se torna ingrata. A
sus libros, a sus sabias y oportunas indicaciones verbales, deben muchas de mis
“Leyendas” el dato preciso que les faltaba para que tuvieran el verdadero
interés histórico.
La
obra Pedro de Valdivia, del modelo de historiadores Monseñor
Crescente Errázuriz, ha sido mi guía para referir los episodios del viaje del
Conquistador de Chile desde el Cuzco a Mapocho; me habría sido muy difícil
llevar una cronología de estos hechos sin tener a mi lado la obra citada, donde
aparecen comprobados, meticulosamente, todos los hechos que allí se refieren.
Las demás obras de mi venerable amigo y maestro me serán, también,
imprescindibles para componer los otros volúmenes de Crónicas de la Conquista, que
habrá de completar esta serie. Mucho me ha servido igualmente, para escribir
los episodios de este período, la obra Francisco de Aguirre, por
Monseñor Luis Silva Lezaeta.
Los
Conquistadores de Chile por el paciente y severo investigador don
Tomás Thayer Ojeda; Santiago en el siglo XVI y Antiguas ciudades de
Chile, del mismo autor, han sido magníficos consultores para estos
mismos trabajos y estoy cierto de que sin su ayuda no habría podido, ni podré
en lo sucesivo, completar fácilmente los vacíos que dejan la lectura de la
mayor parte de los documentos originales.
A parte
de las obras citadas, he debido consultar, tanto para componer este primer
tomo, como para los trabajos que aparecerán en los volúmenes siguientes,
La Historia general de Barros Arana; la Historia
eclesiástica, de Eyzaguirre; las obras de Mariño de Lobera, Carballo y
Goyeneche, Pineda y Bascuñán, Jufré del Águila, Olivares Alonso Ovalle,
Bastidas y, en general la de todos Los historiadores de Chile, empresa
magna de don José Toribio Medina, cuya publicación se encuentra paralizada ¡por
falta de fondos!, con enorme perjuicio para la Historia Patria.
A las
obras de los señores Amunátegui, don Miguel Luis y don Gregorio Víctor;
Amunátegui, don Domingo; Vicuña Mackenna, Rosales, Zapiola, Sotomayor Valdés y
otros, debo también mi notable contingente para mis trabajos.
Los
archivos de la Real Audiencia, de la Capitanía General del Consulado, de los
Jesuitas y muchos otros que se conservan en la Biblioteca Nacional me han
proporcionado y me seguirán proporcionando abundante material, interesantísimo
y original, a medida de que vaya descifrando los innumerables manuscritos de
procesos civiles y criminales, que se ventilaron ante la Audiencia durante dos
siglos de la vida colonial, y los incontables documentos que pasaron por la
Capitanía, por el Consulado y por los archivos conventuales.
Todas
estas piezas constituyen un tesoro inagotable para los escritores enamorados
del pasado misterioso y atrayente y que deseen servir a su patria, vulgarizando
su historia social, cuyos detalles, insignificantes al parecer, dan,
generalmente, la explicación de los más grandes acontecimientos.
Aurelio
Díaz Meza.
Primera
Parte
Del Cuzco al Mapocho
§ 1. De
cómo y por qué vino a Chile la primera mujer española
Al señor
don José Toribio Medina
El
vencedor de la batalla de las Salinas, Pedro de Valdivia, estaba en el apogeo
de su gloria militar a fines de abril del año 1538, o sea, dos o tres semanas
después de aquel sangriento suceso que dio la preponderancia definitiva a los
Pizarro sobre los Almagro; las calles del Cuzco ostentaban todavía los
gallardetes, las banderolas y los arcos de ramas verdes con que el vecindario
había adornado sus casas para recibir a las huestes victoriosas de Gonzalo
Pizarro y de su Maestre de Campo, el futuro Conquistador de Chile, a quien
todos reconocían, sin discrepancia, como el salvador de la causa Real, contra
la traición y desobediencia del viejo, testarudo y ambicioso Diego de Almagro.
Las
fiestas públicas, en las que aparecían siempre juntos Pizarro y Valdivia; las
alabanzas ampulosas que tributaban a esos dos capitanes los poetas y plumarios
— que con el prosaico empleo de “escribanos” actuaban “dando fée” en los
“mandamientos”, ‘'informaciones” y “traslados” que abundaban a raíz de un
acontecimiento tan ruidoso como el de que hago referencia; la rédame — como
diríamos ahora— , que hacían a entrambos guerreros los soldados que pelearon a
sus órdenes, con narraciones, más fantásticas que verídicas, de las incidencias
de la batalla, y, sobre todo esto el carácter alegre, desprendido, “apasionado
del juego y de mujeres”, violento y arrebatado, que había demostrado Valdivia
durante su corta estada en el Perú, habíanlo rodeado de gran prestigio entre
aquella abigarrada multitud de aventureros. Su palabra era oída con acatamiento
en el corrillo, así como su opinión era aceptada, casi sin discusión, en el
reducido Consejo que asesoraba a los Pizarro.
Valdivia
tenía a la sazón unos 37 años; había venido a las Indias en busca de fortuna,
dejando en la humilde villa de Castuera de la Serena, provincia de Extremadura,
España, a su joven mujer doña Marina Ortiz de Gaete, en espera de su regreso
triunfal “pleno de gloria y de dineros’’, al igual de muchos extremeños que
gozaban ya, en la Corte de Madrid, de los frutos recogidos en unos cuantos años
de sacrificios y aventuras por el Mundo Nuevo.
El
bodegón del mulato Pinillos era el más acreditado de los dos que proveía, en el
Cuzco, el activo mercader Francisco Martínez de Peñalosa, recién llegado de
Panamá con una barca atestada de elementos de vestuario y consumos, de armas,
pertrechos y caballos que tanta falta hacían a los conquistadores.
Los
Pizarro compraron a Martínez los artículos de guerra y buena parte del
vestuario y consumos, para la dotación de sus ejércitos; pero quedó una partida
de botijas de “buen vino para misas” el cual, a pesar de la bondad que le
achacaba el mercader, no le fue aceptado por el Obispo Valverde para ser
empleado en el Santo Sacrificio, pues el vino “parece peleón”, según d dicho de
un fraile mercenario, que debía ser técnico; pero como Francisco Martínez no
era hombre que se ahogara en un poco de vino, resolvió su negocio con mayor
provecho, habilitando al mulato Pinillos y a otro sujeto, para que
establecieran sendos bodegones en el Cuzco, donde el “peleón” tuvo, como se
supondrá, facilísima salida en aquellos días de jolgorio general.
El
bodegón de Pinillos tuvo fama en el Cuzco, no tanto por la bondad del vino y
demás vitualla de que lo proveía Martínez, sino porque a él concurría lo más
granado de los conquistadores.
Alrededor
de sus taburetes se jugaban los tejos más valiosos, los esclavos más robustos y
aún las ostentosas empuñaduras de oro que se fundían para las espadas. Es fama
que más de un capitán salió de allí, a las altas horas de la noche, sin capa “e
a pie” es decir, después de haber jugado y perdido su caballo.
Uno de
los mejores clientes del bodegón de Pinillos era Pedro de Valdivia. La victoria
de los Pizarro, junto con el prestigio militar, le había dado abundante dinero
al futuro sucesor de Diego de Almagro en la Gobernación de Chile. Nunca echaba
de menos, en su faltriquera, una bolsa con monedas de “oro pesado y marcado”
para satisfacer el consumo del bullicioso corrillo de “admiradores’’ que lo
rodeaba como a un Sol que nacía, o para jugarse, rumbosamente, una partida de
dados a horcajadas sobre una ventana del bodegón, ante la chusma estupefacta.
No se
sabe si Valdivia, en esta época de su gloria — la única positiva, tal vez— ,
enviaría a su mujer algunos “socorros” de dinero; pero es de suponerlo así.
Consta que en más estrechas circunstancias, cuando la miseria lo acechaba en su
desmantelado campamento de la ciudad de Santiago, envió a doña Marina, en
cierta ocasión, 1.500 castellanos de oro, suma que fue robada traidoramente por
el mensajero portador, Antonio de Ulloa.
— Señor
Fernán Núñez, está Vuestra Merced con mala suerte — dijo Valdivia a su
contendor cuando el dado, después de dar volteretas sobre el mesón perseguido
por las ávidas miradas del corrillo, se quedó quieto mostrando una cara a la
humeante luz de una candela apagosa.
— Buen
agüero es para una empresa de amores, señor Pedro de Valdivia — respondió
amoscado, el perdidoso; y poniéndose de pie recogió su capa, embozóse y
rezongando un “buenas noches” salió hacia la calle a tranco largo, taconeando,
fuertemente, sobre la piedra escueta del piso.
Una
carcajada burlona apagó el golpe rudo con que Fernán Núñez cerró la puerta tras
de sí.
Pedro de
Valdivia, sonriente y despreocupado, recogió uno de los tejos de oro que sobre
la mesa estaban, lo embolsicó, tranquilamente, y dirigiendo la voz a Pinillos,
que examinaba la puerta por si, con el golpe, había quedado con algún
deterioro, le mandó:
— Mulato,
da de beber a estos señores y a mí, por valor de ese otro tejo...
— Y cuida
de no mancar la medida, Mulato, que un buen día te vas encontrar de cara con el
alguacil y te vas a poner colorado de vergüenza — agregó, entre las risas de
los demás, el capitán Diego de Rojas.
Sendos
vasos llevaban empinados los contertulios, todos a cuenta, por cierto, del tejo
de Fernán Núñez, cuando uno de ellos, aplicando la oreja, se incorporó de
súbito, y uniendo la acción a su palabra exclamó:
— ¡Piden
favor al Rey!...
Todos
abalanzáronse hacia la puerta y a poco desaparecieron por la calle obscura en
las distintas direcciones de donde creyeron oír voces de auxilio.
Pedro de
Valdivia y su criado Luis de Cartagena atravesaron la calle y un solar, se
orientaron, por fin, y corrieron, saltando acequias y cercos, hacia el punto de
donde venían gritos de favor a la justicia, entremezclados con voces de mujer y
ruido de gente perseguidora o fugitiva.
— ¡Favor
a la justicia del Rey! — gritó alguien más cerca— ; ¡prended a ese que huye!
Cartagena
se precipitó sobre un hombre que, al verse sorprendido por el frente, giró con
rapidez hacia el barranco de una bocamina abandonada, que servía, al decir de
la gente, de guarida de ladrones. Valdivia, a su vez, corrió a campo traviesa
para cruzar el paso al fugitivo y en un instante encontráronse, en triángulo,
los tres hombres, a diez pasos de distancia.
— ¡Daos
preso al señor Capitán Pedro de Valdivia!— gritó Luis de Cartagena, avanzando
hacia el fugitivo.
—
¡Perdón! — murmuró el preso, al momento en que Valdivia y su criado lo
sujetaban por los brazos.
— ¿Quién
sois y por qué fuyedes?— interrogó el Capitán.
— Es
Pedro Almonacid, soldado de Almagro — intervino el Alguacil Juan Gil, que en
esos momentos se incorporaba al grupo— ; huye de la justicia que habrá de hacer
en él el muy magnífico señor Alcalde Pedro Mascareñas, por robador,
alborotador, “e tercero”.
— Pues
¿qué ha hecho? — preguntó, a su vez, Luis de Cartagena.
— Lo
sabrá mejor Vuestra Merced, si escucha a la ofendida que espera mi vuelta —
repuso el Alguacil.
Reo y
aprehensores regresaron a la ciudad y a poco entraron a la fonda de “Juan el
mocho”, que servía de posada de forasteros en el Cuzco.
En una
“cámara” del sobrado, un mechero de aceite alumbraba el cuadro que presentaba
una mujer sollozante, echada sobre un colchón.
— ¿Por
qué lloráis, señora? — preguntó con voz insinuante el Capitán Valdivia,
avanzando hacia la dama que, recatadamente, cubría su rostro con un velo— .
Decidlo sin cuidado que vuestro ofensor preso es, al amparo estaréis de la
justicia, luego, y por de pronto, al del Capitán Pedro de Valdivia.
Al oír
este nombre, la mujer levantó su cabeza que yacía entre las manos, incorporóse,
dudó un momento y alzándose con resolución echóse a los pies del Maestre de
Campo de Gonzalo Pizarro sollozando, angustiada y suplicante.
—
¡Protegedme, salvadme, señor Capitán! Hacedlo por el amor que tenéis a vuestra
mujer y a vuestra santa madre...
— Desde
luego, señora — contestó sorprendido Pedro de Valdivia— pero... ¿quién sois?
¿me conocéis? Reportaos, os lo ruego...
Y,
levantando y obligando a la dama a abandonar su humilde postura, llevóla hasta
un sillón que Luis de Cartagena había acomodado cerca de la mesa, donde
pestañaba el candil.
—
Quitaos, si queréis, el velo — insinuó en seguida el Capitán.
Con
ademán digno, la afligida mujer se alzó el velo y dejó ver un rostro de
veintisiete años pleno de salud, agraciado, si bien de líneas enérgicas, azules
ojos y piel morena. El aspecto general de su persona era atrayente, y aunque
las joyas eran, entonces, de uso fácil, por la abundancia del oro, las dos o
tres que adornaban el pecho y el tocado de la dama hacían resaltar su bizarría.
— Señor
Alguacil, haceos cargo del preso y metedlo en el cepo el resto de noche, hasta
que mañana disponga el señor Alcalde— ordenó Valdivia— ; y vos, Cartagena, sed
servido de esperarme en la cuadra.
Valdivia
quedó solo con su desconocida.
— Señora
— empezó el Capitán tímidamente, después de algunos momentos de silencio— , me
habéis hablado de mi mujer y de la señora mi madre, y háme parecido que lo
hacíais conociéndolas... ¿quién sois? ¿Cuál es vuestro nombre?
—
Extremeña soy, como vos, y mi nombre es Inés Suárez. Conocí a vuestros padres y
os vide casar a vuestra mujer.
— ¿Y cómo
os encontráis aquí y en tal condición?
En busca
de mi marido vine, en la nave de Martín, que zarpó de Cádiz a primeros del año
pasado. Pero cuando llegué a Venezuela, a donde era venido con el Capitán
Jerónimo de OrtaI, supe (lúe, aburrido de aventuras sin gloria ni provecho
habíase enrolado con Alderete, su amigo, en la armada que vino a estos reinos
del Perú; seguí la ruta de esa gente a través de mares y de montañas sin que
fueran impedimento para mi voluntad ni las durezas, ni las fatigas, y ni aun
las asechanzas que se ponían a mi mocedad y honra; y cuando, al llegar a estos
reinos, creía encontrar a mi compañero, halléme con que había muerto en la mar.
Y aquí estoy — terminó Inés, acongojada por abundantes lágrimas— , sola,
desamparada, esperando que la paz de este reino venga en mi auxilio para que me
sea dado volver a España... ¡En donde tampoco me esperan ya mis padres!
¿Qué
pensamientos cruzaron por la mente del Capitán Valdivia, guerrero afortunado,
en pleno apogeo de gloria militar, de riqueza momentánea y de juventud
ardorosa, ante las confidencias de una mujer, interesante por muchos motivos y
que le pedía amparo en su triste condición de viuda, de conocida y de
comprovinciana?
Pedro de
Valdivia no podía negarse a conceder esa protección, pero necesitaba saber
dónde la merecía Inés Suárez.
— Podéis
estar segura, señora, de que, mientras quede Vuestra Merced en estos reinos y
yo aliente, vuestra causa será la mía, — dijo Pedro de Valdivia— . Y para
empezar a cumplir mi promesa, ruego a Vuestra Merced me diga qué ofensa le hizo
ese soldado que fue preso...
Bajó la
vista Inés, y tras un momento de indecisión, dijo, echando el rostro sobre las
manos.
— Ese
hombre no es sino un criado de Fernán Núñez...
— ¿Fernán
Núñez?... — repitió maquinalmente el Capitán.
— ... mi
perseguidor desde que pisé esta tierra. Hoy noche, ese criado y otro más me
atrajeron por engaño hasta el patio de esta posada, y una vez allí pretendieron
llevarme, amordazada, a poder de su amo...
Púsose de
pie Valdivia violentamente y dijo, con gesto y voz que hicieron profunda huella
en el alma de Inés:
i—
¡Castigar he a Fernán Núñez, señora, por su traición y felonía! Quedad en paz,
que Pedro de Valdivia vela para dárosla.
Fernán
Núñez desapareció del Cuzco al día siguiente de las ocurrencias que he narrado
y, especialmente, cuando supo el muy caracterizado protector que había logrado
la dama de su persecución. Valdivia, enamorado de Inés Suárez y adoptando el
papel de amante ofendido, buscaba con insistencia a su rival para “cortalle”
una oreja; pero el interesado se dio maña para escabullir ese indispensable
adorno facial.
Fuése
Valdivia, en compañía de Inés, a su rica mina de Porco, en el Alto Perú, a
disfrutar del pago de sus importantes servicios a la causa de Pizarro y pasados
unos cuantos meses de sedentaria quietud — incompatible con su carácter—
recordó que había venido a las Indias, no tanto para acumular riquezas sino “a
dejar memoria y fama de sí”. Tampoco estaba en el carácter de Inés Suárez — si
la hemos de juzgar por su resolución para venir al Perú, en aquellos tiempos,
sola desde España, atravesando mares y cordilleras en busca de su marido— el de
enterrar su juventud florida y lozana entre los indios aimaráes, teniendo a su
lado un compañero valeroso y emprendedor como el que le había deparado la
suerte. De modo que, a resolución de ambos, determinó Valdivia dejar el
apacible y monótono rincón minero de Porco y solicitar para sí, del Marqués
Pizarro, la Gobernación de Chile vacante por la reciente ejecución de Almagro.
Después
de muy activos y persistentes empeños — de los cuales tomará conocimiento el
lector, en venideros capítulos— logró Valdivia la deseada provisión de Teniente
de Gobernador de Chile y empezó sus andanzas para juntar los recursos que le
eran indispensables para su empresa.
La
aventura amorosa del Capitán había corrido, como es de suponerse, de boca en
boca entre los conquistadores y un buen día el Marqués dirigió de sopetón a su
Teniente, la siguiente pregunta:
— Y no me
dirá, mi señor Teniente, ¿qué es de aquella buena moza que birló, Vuestra
Merced, a ese Fernán Núñez?...
— En mi
casa vive, señor Marqués — contestó Valdivia.
—
¿Dejarála, Vuestra Merced, en estos reinos o embarcarála para España?...
— La
llevaré a Chile, porque ella lo quiere, y si Vuestra Señoría, señor Marqués, le
da licencia.
— ¿Y cómo
puede ser, si vuestra mujer vive?...
— Inés
Suárez es mi criada, señor Marqués, y como tal figura en la relación que ha
tomado mi Maestre Alvar Gómez.
Y en la
condición de criada de Pedro de Valdivia, el Marqués don Francisco Pizarro
proveyó de licencia especial para pasar a Chile a la valerosa Inés Suárez,
“mujer caritativa, abnegada, y de mucha cristiandad”, a cuyo nombre y acción
está estrechamente ligada la conquista de Chile y los fundamentos de la
historia de la ciudad de Santiago.
En uno de
sus continuos viajes al Cuzco, durante los preparativos de su expedición
conquistadora, Valdivia dio, un día, manos a boca, con Fernán Núñez; al verlo,
echó mano a la charrasca y previos unos cuantos epítetos bastante crudos lo
provocó a darse un par de mandobles en leal combate.
Parece
que Fernán Núñez no era hombre de muchos hígados, o, por lo menos, no poseía
los necesarios para hacer frente al futuro Conquistador de Chile; el hecho fue,
que hubo de aguantar los insultos y unos cuantos golpes de plano que le aplicó
Valdivia en salva sea la parte, con promesa de repetirlos cada vez que lo
encontrara a su alcance.
Fernán
Núñez, empero, no consideró prudente exponer su persona a nuevas invectivas y
dijo para su jubón, que lo que no puede uno, lo pueden tres; y valiéndose de
algunos amigos que tenía en la Corte obtuvo por Cédula Real, un “permiso para
cargar armas” como diríamos en estos tiempos, y para hacerse acompañar de dos
criados, también armados, en defensa de su persona.
“… dando
vos, Fernán Núñez, fianza bastante — dice la Real “Cédula— ante nuestro
Gobernador del Perú, en que os oblicuéis que con las dichas armas vos ni los
dichos hombres no “ofenderéis a persona alguna e que solamente la traeréis para
“guarda e defensa de vuestra persona, por la presente vos doy “licencia y
facultad para que vos e los dichos dos hombres, andando con vos, podáis traer
las dichas armas ofensivas e defensivas contra el dicho Pero de. Valdivia”...
Más que
esta Cédula, lo que sirvió a Fernán Núñez fue esconderse durante algún tiempo;
porque cuando el documento llegó a su poder, a fines de diciembre de 1541, ya
Pedro de Valdivia residía, casi un año, en nuestra recién fundada Santiago, en
la grata y abnegada compañía de Inés Suárez, la causante de la paliza.
§ 2. Los
“tejos” de Lucas Martínez Vegaso
Al Señor
Don Tomas Thayer Ojeda
Cuando
Pedro de Valdivia llegó al Perú, a principios de 1537, y fue a ofrecer sus
servicios al Marqués Pizarro que se encontraba en Lima preparando, a duras
penas, el ejército con que se proponía libertar a sus hermanos Gonzalo y
Hernando, sitiados en el Cuzco, recibió del Gobernador las más significativas
demostraciones de su confianza, hasta el punto de nombrar
lo su
Maestre de Carneo, cargo que representaba la más alta autoridad militar después
del Gobernador.
Los
grandes éxitos de Valdivia en los campos de batalla, confirmaron su reputación
en forma indiscutible. Si no mediara la circunstancia de sus vehementes amores
con Inés Suárez, que lo arrastraron hacia las solitarias, al par que riquísimas
minas de Porco, a las pocas semanas de la victoria de las Salinas, el
afortunado Capitán habría podido partir a la conquista de Chunchos, Jauja o
Chachapoyas, a la cabeza de las brillantes y bien equipadas expediciones que
Pizarro encomendó a Mercadillo, a Alvarado y a Peranzúrez, algunas de las
cuales tan lamentablemente fracasaron, dicho sea de paso.
En esos
días, Pedro de Valdivia recibía a diario las más tentadoras ofertas de
capitalistas y mercaderes que ponían a su disposición todo el oro y los
elementos de guerra que necesarios fuesen para cualquiera de esas expediciones,
seguros, como estaban, del éxito, considerada la capacidad y la experiencia de
tan brillante Capitán,
Cierto es
que esos mercaderes y prestamistas no ofrecían su dinero por generoso instinto.
Bien calculaban ellos la ganancia que le significaría la conquista de un nuevo
país que pudiera ofrecer siquiera la mitad del oro que acababan de encontrar
acumulado en Cajamarca y en el Cuzco.
Entre los
mercaderes que más importunaron a Valdivia para que diera tregua a sus amores y
se lanzara en persecución de la fortuna y de la gloria a través de la
inexplorada altiplanicie boliviana, se caracterizó, por su insistencia, un
ricachón llamado Lucas Martínez Vegaso, “vecino poblador e sostenedor” del
Cuzco, según consta de una de las actas de toma de posesión de aquella ciudad
incásica.
Este
Lucas Martínez había venido al Perú en la expedición de Pizarro y encontrádose
como soldado de la caballería de Candía en la captura de Atahualpa, de cuyo
rescate le correspondieron 204 marcos de plata y 6,325 pesos de oro.
Después
de la toma del Cuzco y en la repartición de los tesoros del Templo del Sol,
correspondió a nuestro hombre una cantidad que debió ser respetable, porque con
todos estos ahorros convertidos en “tejos de a libra” envió a la Península a su
hermano Francisco, para que los “trocara” por caballos, fierro, paños,
herramientas y demás vitualla de que carecía en absoluto la población española
del Perú.
Un año
más tarde, a fines de 1535, regresaba el mensajero a bordo de un galeón
llamado San Cristóbal, fletado desde Panamá, con un cargamento
de mercancías que fue avaluado, o que produjo, “más arriba de cient mili
castellanos de oro de ley perfecta”.
Los
“tejos de a libra” de Lucas Martínez, se multiplicaron, pues, prodigiosamente,
en poco menos de dos años, y se hicieron famosos por la determinación que tomó
el mercader, de fundir todo el oro y la plata en polvo o chafalonía que pasaba
por sus arcas, y convertirlos en tejos marcados con una “cruz de Saint-Yago”,
cuya forma o figura no conozco.
Este
hábil comerciante era el más insistente en ofrecer a Pedro de Valdivia todo el
dinero que necesitara para una expedición a los Chunchos, a cambio de formar,
con él, una compañía a mitad de ganancias.
-Vea
Vuestra Merced, señor Capitán, que la mina de Porco y la encomienda de la
Canela con que le ha “dado de comer”
Su
Señoría, el Marqués, le costarán muchos trabajos que no son de espada — decía
Lucas Martínez al flamante encomendero— . Devuelva el señor Capitán esa mina, a
cambio de una “provisión” para la conquista de los Chunchos o las Charcas, y
con los talentos que Dios le ha dado será, de aquí a poco, un gobernador rico y
poderoso. Aquí están mis “tejos”, y lo que yo valgo, para asegurarlo. Después
será tarde.
Por muy
tentadora que fuese la proposición, Pedro de Valdivia prefirió, en esos días,
las tranquilas expectativas de sus minas, bajo el arrullo del culpable amor que
habría de llenar los mejores años de su vida.
Como lo
había previsto Lucas Martínez, el minero de Porco y encomendero de la Canela
empezó a sentir, a los pocos meses de sus tareas agrícolas y mineras, la
nostalgia de la vida de las armas que habían abandonado bajo una influencia
pasional.
Inés
Suárez, mujer sagaz e inteligente, comprendió, a su vez, que su amor peligraba
si su generoso compañero permanecía en aquel retiro sometido a vulgares
trabajos, mientras que otros capitanes, con menos merecimientos, corrían tras
de gloriosas aventuras. Ella, en cambio, podría amoldar su vida a lo que
Valdivia quisiera, porque estaba resuelta a aceptar los mayores sacrificios
antes de exponerse a ser abandonada por aquel hombre que la había salvado en el
Cuzco de toda clase de asechanzas, tendiéndole mano amiga.
No
quería, tampoco, dejar al solo arbitrio de Pedro de Valdivia la iniciativa de
aquel cambio radical que lo preocupaba visiblemente; sabía que el caballeroso
Capitán no tomaría, por sí mismo, una resolución que significara arrojar de
nuevo a una mujer, sola e indefensa, en el turbulento mar de groseras pasiones
que fermentaban alrededor de esos obscuros aventureros. Sabía que las
expectativas de la mina no satisfacían las justas ambiciones de un conquistador
que había venido “a dejar memoria y fama de sí”; estaba cierta, por fin, de que
era solo ella el obstáculo que impedía a Pedro de Valdivia “hacer dejación” de
la mina y encomienda y partir a incorporarse en cualquier expedición.
No vaciló
Inés Suárez, en la resolución que tomara, y un mal día en que Valdivia estaba
con “songonana”, que quiere decir “tristeza del corazón” — así lo explica la
propia Inés— se encaró con él, resueltamente, y díjole:
— Señor,
esta vida acábanos y paréceme que vos y yo vamos a consumirnos entre estas
estrechas montañas.
— ¿Qué
hacer y a dónde iremos? ... — dijo Valdivia, después de un momento.
— Un
Capitán, como Vuestra Merced, encuentra siempre donde emplear su espada...
— El
Reino está en paz, señora.
— Mucho
queda aún por conquistar...
—
Peranzúrez, Alvarado, Vergara y muchos otros han partido ya, con provisiones de
tenientes.
— Aún
queda una conquista...
—
¡Chile!...
—
Pensasteis como yo, señor — concluyó Inés— . Lejana y trabajosa es, reservada
está para un brazo fuerte y un espíritu ardoroso como el vuestro.
Los ojos
del Capitán se fijaron en los de su compañera, velados por lágrimas de
admiración y de reconocimiento.
A los
pocos días se presentaba el Capitán Valdivia ante su poderoso amigo don
Francisco Pizarro, en su palacio del Cuzco, y pasadas las primeras expansiones
de la buena y sincera amistad que los unía, le espetó la petición que traía
resuelta: la conquista de Chile.
El
Marqués abrió la boca, pasóse la mano a lo largo de su barba gris y mirándolo
despacio, díjole, con tranquilidad recelosa:
— ¿Ha
dejado de estar cuerdo el señor Capitán Pedro de Valdivia?
— Nunca
lo estuve más que ahora, señor Marqués.
Momentos
más tarde no se hablaba de otra cosa en la tertulia de Pizarro. El Alcalde
Pedro de Candía, los vecinos Francisco Almendras, Diego de Pedrosa y otros que
formaban la camarilla del Marqués, llevaron sus comentarios hasta la burla.
Tanto fue, que Pedro de Valdivia tuvo que llamarlos a la realidad, diciéndoles:
—
Vuestras Mercedes olvidan lo que dijo el Piloto Diego Fuenmayor.
— ¿Y qué
dijo ese pirata? — preguntó Almendras, que se las echaba de gracioso.
— Que los
hombres de Indias se apartan en conquistadores y encomenderos, lo mesmo que las
abejas, en trabajadoras e zánganos...
Apagóse
la tertulia, poco a poco, y todos fuéronse retirando. El último fue un joven
mercader, Juan de Baeza, que al despedirse de Valdivia, le insinuó:
—
Acuérdese Vuestra Merced, de Juan de Baeza, si persiste en pasar a Chile.
Conozco a muchos de los que fueron a Chile con Almagro; están pobres y servirán
a Vuestra Merced de buena gana. ¡Buenas noches!
Pizarro y
Valdivia, que era su huésped, quedaron solos.
Aprovechó
el Capitán esos momentos de intimidad para renovar su petición con vehemencia,
seguro del éxito de su empresa, sin que hicieran fuerza en su voluntad las
insistentes y formidables razones con que Pizarro hacía ver el seguro fracaso
de una expedición que no contaba ni con la centésima parte de los recursos de
que había dispuesto Almagro cuatro años antes.
— Déme,
Vuestra Señoría, la provisión — afirmaba el Capitán— , y yo encontraré dineros.
No han de faltarme amigos que me los presten: Lucas Martínez, el de los
“tejos”, me ofreció todo lo que yo quisiera para la conquista de los Charcas o
para cualquiera otra» hará seis meses.
— Para
cualquiera otra, puede ser -respondió el Marqués— , menos para la de “Chile,
que tan infamada está con la retirada e desamparo que Diego de Almagro hizo
della”. Lucas Martínez es mercader, y sus “tejos” no se emplean sin mira de
muchas ganancias.
— Si no
es él, será otro, señor Marqués — repuso Valdivia— , y aseguro a Vuestra
Señoría que, dándome Dios la vida “habré de conquistar, e poblar, e sustentar
aquella tierra, por el deseo que tengo de servir a su Cesárea Persona, e a
vuestra señoría, e emprender cosas arduas que a otros caballeros, aunque fueran
de muy crecidos quilates, parecerían imposibles’’.
A nada se
arribó esa noche, entre Pizarro y Valdivia; pero el futuro Conquistador de
Chile no había tomado su resolución para abandonarla ante el primer obstáculo,
que él consideraba el menor de todos. Sabía que la resistencia del Marqués
obedecía, solamente, al interés que tenía por la suerte y por el bienestar ‘de
su antiguo Maestre de Campo, a quien había “dado de comer tan bien como a él
mismo” con las minas de Porco y la encomienda de la Canela, las cuales fueron
suficientes, más tarde, para recompensar los servicios de tres o cuatro
conquistadores. Pedro de Valdivia, desde el día siguiente y durante dos meses,
“importunó con tanto empeño” al Marqués, y tan decidida manifestó su voluntad,
que Pizarro se vio obligado a ceder.
— “Vaya
con Dios, Vuestra Merced, a esa malhadada conquista de Chile, y que El lo
ampare; ante Dios e Santa María, e por esta señal de la cruz, digo que doy esta
provisión de mala gana, porque espantado estoy de cómo vuestra merced va a
dejar lo que tiene por emprender cosa de tanto trabajo”.
En abril
de 1539, el Marqués Pizarro firmó, ante su notario, el célebre Antonio Picado,
la provisión que nombraba a Pedro de Valdivia su Teniente de Gobernador para
salir a la conquista de las Provincias de Chile.
La
primera y la menor de las dificultades le habían costado dos meses de trabajo.
Veamos
ahora sus trajines para conquistar los “tejos de a libra” que le eran
indispensables.
Por Juan
de Baeza, principalmente, y por voz que era pública en el Cuzco, estaba al
corriente Lucas Martínez de las gestiones que hacía Pedro de Valdivia para
obtener provisiones de Conquistador de Chile y las esperanzas que tenía de
interesarlo en ella a cambio del dinero para armar y equipar la expedición. De
manera que, cuando a los pocos días después, el Conquistador se presentó a casa
del mercader, situada “en la calle del Sol abajo”, al lado del solar de
Francisco Almendras — aquel contertulio de Pizarro que conocemos— salió a la
puerta y entre dos abrazos preparó su juego con estas o parecidas palabras:
— ¡Dios
guarde a Su Merced el señor Conquistador Pedro de Valdivia!; tenga este abrazo
de este encomendero que es zángano, según el dicho del pirata Fuenmayor...
Pedro de
Valdivia se mordió el bigote, recordando la escena de la tertulia de Pizarro,
que ya había corrido en alas del chisme; pero su situación era para disimular.
Después de las frases de rúbrica y de haberse aplicado un par de vasos de
“soconusco” el Capitán fue derecho al grano, e hizo la proposición, apoyándola
con cálidas palabras y presentando aquella conquista como una grandiosa
expectativa de riqueza.
Lucas
Martínez, buen comerciante, tenía ya estudiado el negocio y resuelta la actitud
que debía adoptar.
— Señor
Pedro de Valdivia, lo que dije a Vuestra Merced antes de que pasara a Porco, se
ha cumplido. Mis “tejos” estuvieron en su mano para cualquier conquista, pero
no para la de Chile
que es
una perdición. Y, además — terminó Martínez— , mis “tejos” han salido ya con
Peranzúrez, que partió, como Vuestra Merced sabe, a la conquista de los
Chiriguanos, y mientras no se vea el resultado y llegue oro, no se podrán
fundir de nuevo “los de a libra”.
Verdad
era que Lucas Martínez había invertido grandes sumas en esa expedición de
Peranzúrez; pero el crédito de que gozaba era suficiente para surtir y
prestigiar cualquiera nueva empresa, máxime cuando no podía ser tan exigente
como la de Pedro de Valdivia, cuya experiencia militar y voluntad férrea,
suplirían muchas deficiencias y gastos. Sin embargo, quiso cortar al
Conquistador toda esperanza de que pudiera contar con su dinero.
No era
ésta, a pesar de todo, la intención que tenía in petto Lucas
Martínez; conocía de sobra a Pedro de Valdivia y estaba seguro de que
triunfaría en cualquier empresa, por difícil que fuese; sólo quería guardar las
apariencias de su desinterés.
Uno de
sus agentes de negocios era Juan de Baeza, como lo eran, también, sus hermanos
Francisco Martínez y Bautista Ventura. A estos tres jóvenes instruyó Lucas
Martínez para que, acercándose a Valdivia trataran de estar al corriente de los
trajines a que dedicara su tiempo para obtener los recursos para armar la
expedición.
Pasaré
por alto, esta vez, el relato de la hermosa actitud de la abnegada Inés Suárez,
que se desprendió de todos sus haberes, incluso de sus alhajas — como lo afirma
el señor Joaquín Santa Cruz en sus Problemas históricos— para
ayudar a los gastos de la empresa, y sólo me referiré al juego iniciado por
Lucas Martínez.
Habían
pasado más de dos meses desde que Valdivia levantara bandera de enganche, y
apenas unos cuantos soldados habían respondido a ella, siendo la razón de esta
apatía la falta de dinero que se manifestaba a la menor observación. Entre los
haberes de Valdivia e Inés Suárez y unos cuantos amigos, sólo se habían reunido
unos quince mil pesos, la mayor parte en caballos y armas para socorrer a los
más necesitados; se debe tener presente que un caballo “valía dos mili e un
mili e quinientos pesos de oro”, o sea unos quince o veinte mil pesos chilenos
de 1920.
Entre los
que habían prestado dinero a Pedro de Valdivia figuraban Juan de Baeza y
Bautista Ventura; de los tres agentes del “hombre de los tejos” sólo faltaba
uno, Francisco Martínez, que no era acreedor, todavía del conquistador en
ciernes; pero también iba a entrar y de una manera más clara: proponiéndole a
Valdivia una compañía, a partir de ganancias, bajo el aporte de cinco mil
pesos.
La suma
era insignificante; pero Valdivia, que vio o sospechó el juego del “hombre de
los tejos”, se dio trazas y contestó a Martínez, cuando éste le hizo la
proposición:
— Poco
dinero es, señor Francisco Martínez, para empresa tan grande, y mucha la
pretensión de Vuestra Merced de tomar la mitad de las ganancias que, Dios
mediante han de ser sabrosas— dijo el Teniente de gobernador.
— Ahí lo
verá Su Señoría. Yo no tengo más que dar.
— Sí que
tiene Vuestra Merced. Si no tiene dinero, écheme, Usarced, unas fianzas por la
mitad de lo que se haya de gastar, y yo busco el dinero o las especies; así, la
expedición saldrá bien aviada.
Debió
parecerle bien la proposición a Lucas Martínez, porque, después de discutirlo
dos días, su agente y hermano firmó: “en diez días del mes de Octubre del año
mili e quinientos e treinta e nueve años, por ante ciertos testigos, una
escritura de hermanable compañía que dice quel dicho Francisco Martínez ha de
meter en ella cinco mili pesos de oro, mili pesos más o menos, e que todo
daño y riesgo que en ella hubiere de aquí en adelante que sea a
riesgo de ambos, e de la dicha compañía que tenemos fecha”.
Había
triunfado, pues, Pedro de Valdivia, de la tacañería del “hombre de los tejos”,
y pudo entregarse, por fin, a la tarea de terminar los preparativos de su
expedición, adeudándose, a fianza de su socio en “más de setenta mil
castellanos”.
Lucas
Martínez no creyó necesario, desde ese momento, ocultar su participación en la
empresa, y envió con Valdivia a sus hermanos Francisco y Bautista, para que
cautelaran sus intereses, según lo contaré en otra oportunidad.
§ 3. El
idilio de una Princesa Incásica
A
Monseñor Crescente Errázuriz
Acometida,
con voluntad férrea, por Pedro de Valdivia, la empresa de la conquista de
Chile, y vencidos, uno a uno, los obstáculos de todo género que se le iban
presentando, no quedó duda al Marqués Pizarro de que su antiguo Maestre de
Campo lograría dar feliz remate a la dificultosa y, según él, malhadada
expedición.
Cuando
corrió la voz de que Francisco Martínez había entrado en “hermanable” compañía
con el Teniente de Gobernador, se le facilitaron a Valdivia muchas gestiones, y
especialmente las de crédito. Todos sabían, en el Cuzco y en Lima, que
Francisco estaba espaldeado económica y comercialmente por su hermano Lucas, el
de los “tejos de a libra’’, y era natural que desde ese momento se tomara en
serio y hasta se creyera posible que Pedro de Valdivia lograra, con su talento,
lo que no había podido alcanzar Almagro, favorecido con enormes recursos de
dinero y un ejército de quinientos hombres servido por diez mil indios.
Sin
embargo, el enganche de gente no correspondía, y eran los propios almagristas —
es decir, los que habían venido en la primera expedición al descubrimiento de
Chile— los que se retraían o se negaban, en absoluto, a volver con Pedro de
Valdivia, sabedores de que en esta tierra no había ni asomos de riquezas que
compensara los indecibles padecimientos de tan largo y tremendo viaje.
Pero si
Valdivia no había retrocedido ante los primeros obstáculos y los había vencido,
no iba a detenerse ante la “pequeñez” de no tener soldados para su expedición.
En esos
días llegaron noticias del desastroso resultado que habían tenido los
ejercicios de Candía y Peranzúrez en la conquista de Chunchos, en la
Altiplanicie, y que sus soldados regresaban en espantosa derrota hacia el punto
de partida, diseminados en grupos aislados, perdido todo control y disciplina.
En esa gente amargada, hambrienta y desesperada, dispuesta a las mayores
locuras, puso sus esperanzas el Conquistador Valdivia, sin desconocer, por
supuesto, el peligro a que se exponía entregando su suerte en manos de
aquéllos, en su mayoría, desalmados.
Envióles
mensajeros invitándolos a la conquista de Chile, donde prometía “darles de
comer” señalándoles la ruta que seguiría su expedición, a fin de que se
incorporaran a ella en el camino, o sea, en Quiniestaca, Arequipa, Tarapacá,
Atacama la Chica (Chiu-Chiu), Atacama la Grande (San Pedro de Atacama) y otros
puntos conocidos del trayecto.
Entre
tanto, el Capitán no descansaba en la tarea de acumular los elementos de armas,
caballos, equipo, comida, granos, animales domésticos, etc. etc., que debían
servir para fundar y sustentar la colonia en proyecto.
Entre los
almagristas más caracterizados que vivían en el Perú, y cuya vigilancia
preocupaba grandemente al Marqués Pizarro, contábase un hermano natural de don
Diego de Almagro, llamado Alvar Gómez Lunel de Sandoval. Este personaje, debido
a su situación de parentesco con el antiguo compañero, rival y víctima del
Marqués, y a su calidad de Capitán de una compañía almagrista en la batalla de
las Salinas, había perdido una valiosa encomienda con que fue agraciado en
Huamanga y que disfrutaba en compañía de su hijo Juan Gómez de Almagro, joven,
a la sazón, de veinte años.
Cuando
Pedro de Valdivia tenía bastante avanzados ya sus preparativos, el Marqués
Pizarro le interrogó un día:
— Veo, mi
señor Teniente, que Vuestra Merced ha descuidado proveer el principal empleo de
su expedición.
— No lo
he descuidado como parece a Vuestra Señoría, señor Marqués — contestóle
Valdivia— ; es que para el trabajo que ahora hago, sólo necesito de mi criado
Luis de Cartagena y de Luis de Toledo. A Cartagena lo proveeré por escribano,
si Vuestra Señoría lo tiene a bien; pero no me decido a proveer por Maestre de
Campo a Toledo, aunque es hábil, porque es mozo.
—
Yo os tengo al Maestre de Campo...
—
Provéalo, Vuestra Señoría, sin decirme su nombre que aceptado está por mí.
— Es
Alvar Gómez, el almagrista, e interésame que salga de este reino, por cimentar
el sosiego dél.
Días
después, Alvar Gómez y su hijo se enrolaban en la expedición con provisiones
del Marqués, el primero en calidad de Maestre de Campo y el joven como Alguacil
Mayor.
El
Maestre falleció a las primeras jornadas del Cuzco, siendo su muerte
grandemente lamentada por Valdivia y sus compañeros, pues se había demostrado
como un soldado de prudencia, autoridad y respeto.
Su hijo,
Juan Gómez de Almagro, continuó al amparo de Valdivia e hizo en Chile el
brillante papel que a través de estas páginas apreciará el lector, más
adelante.
Por lo
pronto, presentaré a Juan Gómez, el protagonista de esta historia de amor de
una princesa incásica.
Siguiendo
la tradición de la dinastía, y con el objeto de acrecentar la familia de sangre
real, para esplendor del Imperio, los soberanos del Perú reunían en su harén
gran número de doncellas hijas de sus hermanos, primos y sobrinos. Una parte de
esta descendencia femenina estaba destinada al servicio del Templo del Sol, en
calidad de vestales, y la otra parte se reservaba para proveer los harenes del
Inca reinante y del heredero.
En el
último año de su reinado, el sanguinario Atahualpa tenía en su palacio del
Cuzco trescientas doncellas, entre las cuales había una niña de siete años
llamada Cólica, hija de Timcu, General de los ejércitos del Inca.
La
ejecución del Soberano produjo en todo el Imperio la más tremenda consternación
y todas sus instituciones, destruido el vínculo que las unía, cayeron en el
caos. Las jóvenes del harén, así como las vestales del Templo del Sol y los
tesoros de los palacios, huacas y fortalezas desaparecieron— todos fueron
ocultados— para sustraerlos a la sacrílega codicia de los conquistadores,
diseminándolos por los inaccesibles vericuetos montañosos del vasto Imperio.
La
princesa Cólica, al igual de muchas de sus compañeras, huyó hacia los pueblos
de la Altiplanicie, como si buscara en las alturas un refugio para su.
inocencia. Al amparo del anciano
Huanacauri,
sirviente del Templo del Sol, hicieron ambos su vivienda en la cavidad de una
huaca, en los ventisqueros de Huamanga, y allí creció la doncella, y se hizo
mujer, informando su espíritu en el ambiente solitario, triste y mísero que el
anciano acentuaba con su continuo lloro por la ruina de su patria.
Las
huestes de Almagro y de Pizarro avanzaron un día su conquista hasta los valles
y cordilleras de Huamanga, y remarcaron su dominio levantando una picota en la
orilla más hermosa del río Angayaco. El anciano sabía lo que aquel madero
significaba; el español fundaría allí un pueblo y todos sus alrededores caerían
bajo su servicio, con bienes y personas.
El Jefe
de la expedición, Alvar Gómez, instaló su tienda en la parte más sobresaliente
del terreno y a su lado, como soldado distinguido y paje del Capitán, levantó
la suya Juan Gómez, mozo de diecisiete años, hijo del Conquistador, traído a
las Indias a los quince de edad para que se hiciera hombre en el servicio de su
rey.
El
anciano Huanacauri fue fácilmente encontrado en el escondite donde vivía con la
princesita Cólica y ambos fueron destinados, con muchos indios más, al servicio
del Capitán Alvar Gómez.
Tenía
doce años la princesita incásica.
El
anciano, que la veneraba y la servía como a un ser superior, participó luego, a
los demás indios esclavos que entre ellos había una “palla coya”, a quien
debían la adoración que correspondía a una Hija del Sol. La noticia fue
sensación para los infelices indios; ellos, que según sus leyes, estaban
obligados a dar su propia vida por el Soberano y por cualquier príncipe, y lo
hacían sin vacilar ¿a qué no estarían dispuestos, ahora, para servir y dar
amparo a una “palla coya” de tierna edad, sometida a servidumbre?
Desde ese
momento la Princesa Cólica encontró hechas todas las obligaciones y trabajos
que sus amos le tenían impuesto; si a buscar leña iba, el hato estaba al
alcance de su mano; si tomaba la azada para cavar en el huerto, su parcela ya
estaba trabajada; si era el agua de beber, siempre el cántaro rebosaba en el
sitio donde era menester.
Una
tarde, fuerte de sol, el joven Juan Gómez sé había abandonado a dormir la
española siesta a la sombra de un árbol ribereño, poniendo de cabecera su capa
carmesí. ¿Soñaría, tal vez, en el lejano regazo materno que en tiempo prematuro
dejara en Almagro, España, para seguir las huellas de su padre aventurero en
las Indias?
Abrió los
ojos, somnoliento, y durante la breve inconsciencia del despertar, sus pupilas
se fijaron en una india moza, que, sentada a su vera, lo contemplaba con mirada
inocente y plácida.
— ¿Qué
hacéis? ¿Qué queréis? — inquirió el joven el volver a su lucidez.
La india
dibujó una sonrisa;... bajó los ojos, incorporóse y con paso breve y rápido
alejóse, perdiéndose entre el ramaje del arbolado.
Juan
Gómez había reconocido en aquella india a una de las que estaban al servicio en
casa de su padre, que era también la suya.
Era la
Princesa Cólica, que, desde entonces, y siguiendo un impulso espontáneo de su
virgen corazón, iba a consagrarse voluntaria esclava de aquel guerrero
adolescente que había despertado en ella un sentimiento de amor, desconocido
todavía para su alma limpia de pasiones.
Los
anaconas no necesitaron, ya, reemplazar a su Princesa en el servicio del
Capitán Alvar Gómez y de su hijo. La “palla coya” Cólica, la descendiente del
Sol, la que en las noches de luna, llevada en furtivo cortejo hasta escondidos
recintos de las montañas boscosas, recibía allí el tributo de adoración de sus
compañeros de esclavitud, había querido, por su propia voluntad, servir en los
más humildes oficios al Capitán Conquistador y a su hijo, el dueño de su
albedrío y de sus castos amores.
Las
disensiones entre Pizarro y Almagro cambiaron por completo la situación de los
partidarios del Descubridor de Chile.
Alvar
Gómez, desposeído de su encomienda de Huamanga después de la batalla de las
Salinas, quedó privado, junto con su hijo, de los medios de vida que había
podido adquirir a costa de muchos sacrificios durante cuatro años.
Hombre de
carácter y orgulloso, no quiso aceptar, jamás, un puesto de soldado en las
expediciones con que Pizarro quería “descargar la tierra” enviando almagristas
a los Guinchos, Jauja o Chachapoyas; tenía conciencia de su valer y contaba con
sus condiciones lo habrían de habilitar, algún día, para empresas en que su
pericia militar fuera estimada en justicia.
Soldado
leal y de recto espíritu, era enemigo de revoluciones y motines y nunca había
querido oír las proposiciones que los derrotados partidarios de su hermano don
Diego le hicieron, muchas veces, para derrocar a Pizarro.
Durante
el tiempo de su miseria, él y su hijo Juan Gómez, mozo ya de veinte años,
trabajaron bravamente, para subvenir a sus necesidades de apremio, en la
encomienda de su íntimo amigo Francisco Peces, camarero de Pizarro; y en toda
esta (poca de estrecheces, la Princesa Cólica y el fiel anciano Huanacauri
fueron sus inseparables y abnegados compañeros.
Cuando
Pizarro propuso a Valdivia, y con su asentimiento proveyó al Capitán Alvar
Gómez por Maestre de Campo de la expedición conquistadora de Chile, la Princesa
Cólica esperaba su primer hijo. Al sorprender el suceso, el Maestre de Campo se
puso serio, llamó a los “culpables” y los conminó con una separación inmediata.
— ¿Y por
qué, señor, mi amo? — preguntó candorosamente la “palla coya”— . ¿Crees que no
podré servirte más? ¡Mándame y verás correr a tu esclava!
Alvar
Gómez tosió con carraspera varias veces seguidas, mientras su hijo enrojecía,
confundido, sin saber qué hacer ni qué decir.
— ¿Y vos
qué decís, señor, mi hijo? ¡No os crié yo para marido de una esclava!”
—
¡Princesa es, señor, y de sangre real! — contestó Juan Gómez, altivo y
respetuoso.
Días
antes de que los expedicionarios salieran a la conquista de Chile celebróse en
la Iglesia Mayor de Nuestra Señora de la Concepción, en el Cuzco, una
importante y lucida ceremonia: el bautizo de la Princesa Cólica, que fue sacada
de pila por Alvar Gómez y doña Guiomar de Luque, con asistencia de Pedro de
Valdivia, Luis de Toledo, Gonzalo de Nidos, Diego de Bazán, Francisco Peces y
otros personajes de figuración. El bautizante fue el clérigo presbítero Gonzalo
Fernández, cura de almas.
Juan
Gómez el “causante”, no fue admitido a la ceremonia. La Princesa recibió el
nombre de Cecilia. Cuando la neófita entró al cuarto donde había quedado
esperándola su fiel Huanacauri — el anciano sirviente del Templo del Sol que la
había recogido, protegido y guardado desde la muerte de Atahualpa y la ruina
del Imperio— vio la niña que el viejo yacía inmóvil sobre su lecho de ramas
secas. Acercóse a él, radiante de felicidad, — puesto que, según ella, el
bautismo que había recibido la acercaba más aún a su amante— y pudo oír, de los
plácidos labios del viejo, estas palabras, que fueron las postreras:
— ¡Murió
la Hija del Sol!... ¡y yo también muero!...
Cuando se
produjo el fallecimiento del Maestre Alvar Gómez, a poco de salir la expedición
del Cuzco, Valdivia tributó a su compañero un sentido homenaje y ordenó
sepultarlo con los honores que, como a segundo jefe de la expedición y
brillante guerrero, le correspondían.
Esa noche
el vivac se recogió temprano y ningún ruido se dejaba oír en aquellas
espantosas soledades.
A eso de
la media noche, comenzaron a dibujarse, en las sombras, vagarosas siluetas que
surgían de todas direcciones, caminando silenciosas, sigilosamente, a reunirse
en la falda de un cerro, donde se había abierto la sepultura del Capitán Alvar.
Eran los
indios de “servicio” de la expedición; iban tres de su "palla coya”,
Cólica, a cumplir las ceremonias del rito incásico, que estaban obligados a
tributar al suegro de la Princesa. Llegados alrededor de la sepultura, echaron
el rostro al suelo y un murmullo lúgubre y prolongado interrumpió el profundo
silencio de la hondonada.
En el
vivac de Tarapacá vino al mundo el hijo de Juan Gómez de Almagro y de la “palla
coya” Cecilia; fue un día de regocijo para el campamento y muy especialmente
para los indios de servicio, quienes durante todo el largo y penoso trayecto
hasta el Mapocho, cuidaron de la madre y del vástago Hijo del Sol, con
solicitud de humildes vasallos.
El recién
nacido fue bautizado por el Capellán Castrense de la Expedición, Rodrigo
González Marmolejo, y recibió el nombre de su bondadoso abuelo, Alvar.
Años más
tarde, el mismo don Rodrigo González, siendo ya primer Obispo de Santiago,
imponía las órdenes menores al clérigo mestizo Alvar Gómez, hijo del alcalde de
Primer Voto del Cabildo de Santiago Juan Gómez de Almagro — el Caudillo de
los Catorce de la Fama, cantados por Ercilla en la memorable
batalla de Tucapel— y de la Princesa incásica “palla” Cólica, muerta el año
anterior, de pena, por haberse casado su amante con doña Francisca de Escobedo,
en 1561.
Así
terminó el idilio de una princesa incásica.
§ 4. Pero
Sancho de Hoz, el Pretendiente
Al Señor
Don Carlos Silva Cruz
Muy
adelantados tenía sus preparativos de marcha el Teniente de Gobernador Pedro de
Valdivia a principios de diciembre de 1539. No sólo había cuidado del
aprovisionamiento de la expedición para la marcha penosísima que iba a
emprender a través de montañas, serranías y desiertos, sino que había puesto
especial atención en el acopio de elementos para fundar un pueblo en el lugar
que más apropiado encontrara para el objeto. Bien claro manifestaba así su
pensamiento de sustentar la conquista de Chile, a costa de cualquier
sacrificio, para convencer a los desconfiados de que, una vez allí, no
imitaría, por ningún capítulo, el tan censurado proceder de don Diego de
Almagro, de abandonar la empresa después de haberla acometido.
De más
está decir que en los trajines del aprovisionamiento de la futura colonia, tuvo
parte activa y principal Inés Suárez. Si la parte militar fue gobernada por
Valdivia, puede afirmarse que la parte doméstica estuvo al exclusivo encargo de
ésa admirable mujer, cuya energía y abnegación no han sido, aún,
suficientemente encomiadas por la. Historia; pero habrán de serlo, porque su
acción se irá destacando a medida de que los documentos de aquella época vayan
siendo desenterrados y descifrados por los investigadores presentes y los
futuros.
Ella era
la única mujer española que habría de venir en la penosa expedición y para ello
tenía Inés Suárez sólo un motivo: los lazos que la ataban al Jefe. Si estos
lazos de culpable unión no hubieran sido los de un amor sincero, Inés Suárez
habría podido quedarse en el Perú, a la vera de un buen marido; era viuda,
joven e “hijadalgo”; era inteligente, era sagaz; con estas cualidades, sin
añadirle otras respecto a su físico — que debió tenerlas para enamorar a un
hombre joven, culto y poderoso, como Pedro de Valdivia— bien pudo Inés Suárez
encontrar fortuna y tranquilidad al amor de un cuzqueño enriquecido, pues
sabido es que, en aquellos tiempos, era preciso ir o enviar a España por
mujeres casaderas.
Las otras
mujeres que vinieron con los conquistadores eran indias, y formaban parte de
las “piezas de servicio”. Esas mujeres no podían tener, en su incultura, las
condiciones para ser fundadoras de la colonia en proyecto; Inés Suárez, por lo
tanto, hubo de tomar sobre sí la tarea abrumadora de ser la “dueña de casa” de
una familia de ciento cincuenta guerreros; ella debía atenderlos en sus
enfermedades, en sus accidentes, restañar y curar sus heridas, darles ánimo en
sus vicisitudes, hacer el papel de madre con los soldados adolescentes que en
la expedición vinieron, enseñar a las indias sus obligaciones y, por fin,
“doctrinarlas”, función tan indispensable como fatigante.
Y todo
esto lo hizo Inés Suárez con un admirable espíritu de sacrificio, sin
manifestar jamás un desagrado y, lo (pie es más noble, sin descuidar en ningún
momento una estricta vigilancia alrededor de la persona del Capitán Pedro de
Valdivia, para prevenirlo de las asechanzas y traiciones con que la maldad
humana habría de acometerlo en su azarosa cuanto difícil empresa.
Inés
Suárez, en este punto, fue la inteligente consejera de Valdivia y su acción,
muchas veces decisiva, le salvó de grandes peligros y aún de perder la vida,
como habrá de verlo, en el curso de estas Crónicas el amigo
lector.
Gran
contentamiento experimentó el Marqués Pizarro cuando le fue comunicada la
noticia de que, a bordo del San Cristóbal, había llegado al
Callao, y emprendido viaje al Cuzco, su antiguo secretario Pero Sancho de Hoz,
uno de sus mejores adeptos.
Era, Pero
Sancho, uno de los aventureros que se encontraron en la captura de Atahualpa y
en la ocupación del Cuzco, acciones de guerra que le produjeron, en el reparto
general de los tesoros, la suma de cincuenta mil ducados con los cuales se
marchó a España para llevar allí una vida ostentosa de gran señor. El hombre
tenía ambiciones y le gustaba gozar de la vida.
Dos años
antes de partir a la Península, el Marqués Pizarro lo había nombrado escribano
general y en el concepto de tal le correspondió “dar fée” en el reparto de los
tesoros del Inca. Poco después, el Marqués lo hizo su secretario — harto
necesitaba, el Gobernador, de alguien que le escribiera las cartas— y le
encomendó, en seguida, que “fiziera una coránica de los fechos” de su Gobierno.
Sancho era “periodista”, y aun literato; de modo que no demoró gran cosa en dar
remate a la Historia verdadera de la Expedición al Perú, que contiene
los fechos del muy ilustre señor Francisco Pizarro, obra de mérito,
que comprueba la mucha cultura y talentos que poseía el Escribano General. Esta
pieza fue incorporada, por orden del Emperador Carlos V, a la “Colección de
Ramuzzio” e impresa en Venecia el año 1555.
Terminada
su relación y arreglada ella al sabor del Marqués, el propio Pero Sancho fue
comisionado para llevarla a España y ponerla en manos del Emperador, o por lo
menos, de hacerla llegar hasta sus sacratísimos pies.
No hay
duda de que Sancho supo aprovecharse, en la Corte, de su situación de especial
mensajero, hombre de la confianza y “colonista” del afortunado Conquistador del
Perú y de sus fabulosas riquezas, condiciones que lo presentaban, a la
distancia, rodeado de una aureola de prestigio enorme. Muy hábil era Pero
Sancho para todo esto, y además, llevaba en su faltriquera un montón de oro
dispuesto a derrocharlo en compañía de los cortesanos.
El hecho
es que nuestro cronista hizo un lucido papel en la Corte madrileña; agregó a su
firma, hasta entonces pelada, las palabras “de Hoz”, contrajo matrimonio con
una segundona pobre llamada “doña’’ Guiomar de Aragón y, con toda seguridad,
este enlace le facilitó grandemente la consecución de muchas “mercedes” que
constan de cinco o seis cédulas publicadas por el señor don José Toribio Medina
en sus Documentos inéditos.
Una de
estas reales cédulas era la que iba a producir un verdadero trastorno en la
expedición de Pedro de Valdivia, y la que habría de poner, muchas veces, en
peligro su vida; la que fomentaría traiciones, deslealtades y conspiraciones
entre los expedicionarios contra la autoridad del Jefe; la que levantaría los
primeros patíbulos en tierra chilena y, por último, la que costaría la vida a
Pero Sancho de Hoz.
Esta
cédula concedía a Pero Sancho el título de Gobernador y Capitán General “en las
partes de la costa del Mar del Sur (el Pacífico) donde tienen sus gobernaciones
el Marqués don Francisco Pizarro y don Diego de Almagro... hasta el Estrecho de
Magallanes y tierra que está de la otra parte dél y en las islas que
descubriéredes de ida o de vuelta y por doquiera que fue redes a hacer el dicho
descubrimiento, así por la mar como por la tierra
Cuando el
Marqués Pizarro leyó esta Cédula Real, vino, seguramente, a su recuerdo, el
trágico epílogo de sus desavenencias con su compañero de conquistas don Diego
de Almagro, ejecutado después de sangrienta derrota, en la Plaza del Cuzco.
¿Pensaría, al mismo tiempo, que una tragedia igual podía repetirse en Chile, si
no lograba poner de acuerdo a sus dos íntimos, queridos y fieles amigos Pedro
de Valdivia y Sancho de Hoz?
El día en
que Pero Sancho llegó al Cuzco y se entrevistó con el Marqués Pizarro, el
Capitán Valdivia se encontraba ausente de la ciudad, ocupado en sus activos
quehaceres expedicionarios. Lo acompañaba, como de costumbre, su criado Luis de
Cartagena, “provisto” ya por escribano de la expedición; ítem, como secretario
del Teniente de Gobernador.
En
ausencia de Valdivia hacía sus veces el Maestre de Campo Alvar Gómez, en lo
militar; y en lo doméstico, por derecho propio, Inés Suárez, cuya opinión era
invariablemente consultada y obedecida en lo que se relacionaba con el
aprovisionamiento. En una palabra, viejos y jóvenes aceptaban el consejo de esa
inteligente mujer nacida para grandes empresas.
La
llegada al Cuzco de Sancho de Hoz fue un acontecimiento novedoso y casi social.
Las noticias que habían llegado durante su ausencia de cuatro años en España,
su brillante enlace y las excepcionales mercedes que alcanzara del Emperador,
le presentaban como un pequeño valido cuya amistad no era desdeñable.
Cuando
después de su entrevista con Pizarro, se corrió la voz de que había traído y
presentado provisiones reales de Gobernador y Capitán General, con autoridad
autónoma, es decir, sin sujeción a Pizarro, y dependiente exclusivamente de la
Corona, con la cual había firmado “capitulaciones de descubridor e
conquistador’ — tal como Pizarro, Hernán Cortés y Cristóbal Colón— , el
prestigio de Sancho fue enorme. Y, por último, cuando se supo que esas
provisiones le daban autoridad para descubrir en la Mar del Sur hasta el
Estrecho de Magallanes, y “tierra que está de la otra parte dél”, la noticia
llegó en alas del viento a casa de Pedro de Valdivia, que era el cuartel de
enganche de la expedición a Chile.
Alvar
Gómez, hermano del infeliz ajusticiado don Diego de Almagro, recibió la nueva
con sorpresa dolorosa; y yendo hacia Inés Suárez, que en esos momentos
trabajaba al par de un grupo de indios, a sus órdenes, la dijo:
— No es
para albricias la nueva que os traigo, señora. Llegado es Pero Sancho y dicen
que viene proveído para la conquista de Chile.
— Tarde
ha llegado Pero Sancho, señor Alvar Gómez — respondió Inés— , puesto que
proveído está Valdivia, por el Marqués, en nombre de Su Majestad, cuyo poder
tiene.
— Es que
los poderes de Pero Sancho emanan directamente del César, mientras que los del
Capitán, mi señor, sólo vienen del Marqués.
— ¿Habéis
visto las provisiones de Pero Sancho? — preguntó Inés, después de un momento de
indecisión amarga.
— No,
señora; pero así como os lo digo lo afirman. No os quiero decir quién es Pero
Sancho, porque supongo que le conoceréis. Es hombre malo.
— No lo
conozco — replicó Inés Suárez— ; pero si persiste en su empeño, después de
saber que esta conquista de Chile ya está dada, y que su Capitán, Pedro de
Valdivia, está por salir a ella con armas y bagaje, habré de figurarme que ese
hombre viene con dañada intención.
— Que
Dios proteja al Capitán, señora — terminó Alvar Gómez— , que harto lo
necesitará si se cruza en su camino un ambicioso alborotado y traicionero como
Pero Sancho. Porque habéis de saber que fue él uno de los que más echó fuego en
las cuestiones del Marqués Pizarro con mi hermano Diego, que paz haya. ¡Es
hombre traidor el Pero Sancho, señora!
Inés
Suárez estaba en vela cuando Pedro de Valdivia volvió a su casa después de
haber concurrido a una cita que le diera en su palacio el Marqués don Francisco
Pizarro, a los tres días de haber llegado al Cuzco Pero Sancho de Hoz.
— Me
esperabais, señora — murmuró el Capitán al arrojar sobre un diván el chambergo
emplumado que traía puesto.
— Os
esperaba, señor — contestó Inés— , porque supuese que traeríais nuevas...
— Y
tantas — agregó Valdivia, despojándose de su capa roja, y acercando un sillón.
— ¿Es
verdad lo de las provisiones? ¿Las habéis visto?
— Las he
visto; nada dicen de Chile; pero el Marqués temeroso está y no quiere que haya
asomos de contrariar órdenes del rey.
— Pero...
¿vuestra “provisión”...?
— Me la
quita, señora, si no acepto la compañía de Pero Sancho.
— Os lo
ha dicho...
— No se
atreve aún, pero lo hará.
— A vos
os debe el Marqués, sin embargo, la Gobernación de que disfruta en paz...
— Verdad
es, señora; pero aspira al “calor del rey”, que cree haber perdido.
Valdivia
no durmió, casi, esa noche. Veía tronchadas sus esperanzas de gloria y fama por
un accidente tan grave como imprevisto; veía inutilizados sus enormes
sacrificios por un hombre sin otro mérito ni antecedentes que una audaz
ambición de mando y ostentación. Sabía, además, que Pero Sancho era un
intrigante vulgar, un cortesano adocenado, incapaz de ganarse la fama en lucha
abierta contra los hombres y que toda su ambición cifraba en el sacrificio
ajeno. No cabía concierto, compañía, ni alianza, entre su alma generosa y
abierta y la arrugada conciencia del imprevisto pretendiente.
— ¿Y qué
compañía os propone el Marqués, si Vuestra Merced me perdona la pregunta? —
dijo Inés Suárez, en un momento de reacción vivaz.
— No he
querido conocerla — dijo Pedro de Valdivia, saliendo hacia afuera de la
habitación en busca de aire fresco y de soledad.
Inés
Suárez había tomado una resolución y la iba a poner en práctica.
— Juro a
Dios, señor Pero Sancho, que el Capitán Valdivia, mi señor, nada sabe, ni
sospecha, de mi venida a vuestra casa, ni de lo que hago— dijo con firmeza Inés
Suárez, al ver que su interlocutor manifestaba inexplicable sorpresa ante la
visitante— . Lo que os he preguntado, que no es por curiosidad de mujer, puede
allanar algún concierto entre vuestras pretensiones y los muy claros derechos
de Pedro de Valdivia, de quien soy criada y servidora, al par que también me
interesa esta expedición, porque en ella he invertido mis dineros. Así, pues,
seré servida de que Vuestra Merced me conteste cuál es su pretensión y cuáles
los recursos de que dispone para ir a la conquista de Chile.
— Señora,
Vuestra Merced habrá de ser sabidora de que soy Gobernador y Capitán General
por el rey...
— ¡A
quien Dios guarde, por largo tiempo, con la superioridad de la Monarquía del
Universo! — interrumpió Inés Suárez.
— Por
tanto, el mando de la expedición me corresponde a mí, y en esto yo no cejo un
punto. Hidalgo soy, tengo una mujer a quien debo mantener con el brillo que
corresponde a su noble estirpe, y quiero que sea gobernadora y esté servida
como tal.
— Bello
pensamiento es, señor Pero Sancho; más, para eso, no sólo el deseo es menester.
Habréis de invertir muchos dineros, ¿los poseéis? Habréis de saber mandar, ¿lo
sabéis? Habréis de tener grandes energías para sacrificar vuestra persona,
¿estáis dispuesto a ello?
— ¿Dudáis
de mis energías?
— ¿Qué os
podría responder esta pobre mujer?
— Los
dineros vendrán; si no los tengo ya, conmigo, es porque mis criados no han
recibido aún mis órdenes; pero habrá bastante para armar y aprovisionar la
expedición, tan bien como la de don Diego de Almagro, que Dios tenga consigo.
— Si
tenéis dineros — dijo Inés después de unos instantes— , no sería difícil, tal
vez, que arreglarais algún concierto con el Capitán, mi señor. Deberíais, eso
sí, pagar lo ya _ gastado.
— No lo
dudéis, señora; ítem, podéis estar segura de que si Pedro de Valdivia quiere
venir conmigo, él será mi Teniente y el dueño absoluto para dar de comer a
todos. El mandará, porque sabe hacerlo, y todos obedeceremos de buena gana.
Para mí, sólo quiero el título, señora, y ese no lo suelto.
— El
Capitán Pedro de Valdivia tiene también título de Gobernador...
— De
Teniente de Gobernador, si lo permitís...
— Es un
título por el Marqués...
— ¿Y qué
más le da a Pedro de Valdivia, que su título de Teniente provenga del
Gobernador Pizarro o del Gobernador Pero Sancho de Hoz?
El 28 de
diciembre de 1539, el Marqués don Francisco Pizarro convidaba a comer, a
mediodía, a Pero Sancho de Hoz y a Pedro de Valdivia, sus amigos, íntimo y
considerado el segundo, y antes protegido y ahora temido el primero, por su
situación de valido en la Corte. Para impedir la lucha que, ciertamente, habría
de producirse entre esos conquistadores, el Marqués había trabajado con tesón
para hacerlos llegar a un acuerdo. Inés Suárez fue su más ardiente
colaboradora, convencida, como estaba, de que en esa lucha, si bien Valdivia
podría triunfar lealmente, por su talento y pericia militar, podía también
ocurrir que cayera víctima de la intriga y de la traición.
El
concierto entre Sancho y Valdivia estaba producido: Sancho vendría como General
de la expedición y Valdivia como su Teniente, a cambio de ciertas obligaciones
que el primero debería cumplir en el tiempo de cuatro meses.
Con este
concierto y compañía había triunfado, de nuevo, Pedro de Valdivia, no ya sobre
los obstáculos naturales de una empresa sin dinero, sino sobre sí mismo, puesto
que, en obsequio del éxito de su ideal, había sacrificado el mando en jefe de
la expedición, a trueque de mayores elementos con qué emprenderla.
Al fin de
la comida, el Marqués hizo traer recado de escribir, y sobre la misma mesa, su
antiguo secretario escribió, de su puño, el instrumento que, contrariamente a
lo que esperaba el Marqués, había de ser el germen de profundas discordias,
traiciones y patíbulos.
“En la
ciudad del Cuzco, a 28 días de diciembre de 1539 años, estando en las casas del
Marqués don Francisco Pizarro, en la sala de su comer, se concertaron Pero
Sancho de Hoz y Pedro de Valdivia... e yo, Pero Sancho de Hoz, digo: iré a la
ciudad de los Reyes e de ella os traeré 50 caballos e yeguas; y más digo: que
traeré dos navíos cargados de las cosas necesarias que se requieren para la
dicha armada; e más digo: que traeré doscientos pares de coracinas para que se
den a la gente que vos, el dicho Capitán Pedro de Valdivia, tuviéredes, todo lo
cual, como dicho es, digo que lo cumpliré dentro de los cuatro meses primeros
siguientes; e yo el dicho Capitán Pedro de Valdivia digo: que por mejor
servir a Su Majestad en la dicha jornada que tengo comenzada, que
aceto la dicha compañía... siempre que voz el dicho Pero Sancho de Hoz cumpláis
lo por vos dicho e aquí contenido, e firmárnoslo de nuestros nombres”.
Ocho días
después, los socios se separaban: Pero Sancho para ir a Lima a reunir los
elementos que ofreciera, y Pedro de Valdivia para emprender su largo y
accidentado viaje a Chile, que debía durar un año entero.
Sancho de
Hoz, como lo veremos, no cumplió sus promesas y, por lo contrario, su ambición
lo llevó a hacer una vida de conspirador recalcitrante hasta acabar sus días en
un patíbulo.
§ 5. Con
menos aparato del que había menester
Al Señor
Don Adolfo Labatut
Antes de
ser conocidos los preciosos documentos que descubrió, descifró y publicó el
señor don José Toribio Medina, los historiadores chilenos afirmaron que Pedro
de Valdivia había salido del Cuzco a la conquista de Chile, con ciento
cincuenta soldados, hombre más, hombre menos. Esta cifra se hizo tradicional,
pues desde Mariño de Lobera, Góngora Marmolejo, Ercilla y todos los cronistas
de la colonia hasta Gay, Amunátegui, Barros Arana y demás historiadores y
comentadores de nuestro tiempo, todos acogieron aquel número y nadie hizo ni
pudo hacer observación a ese guarismo aceptado como verdad histórica.
Don
Benjamín Vicuña Mackenna, incansable comentador de los hechos nacionales, con
aquella brillante fantasía que era su característica, escribió lo siguiente al
comienzo de su Historia de Santiago:
“Al
declinar la tarde del día 19 de enero de 1540, una columna de ciento cincuenta
lucidos caballeros penetraba en la Catedral de Cuzco en actitud reverente y a
la vez altiva. Iban desnudos de cascos y celadas; pero alzaban en alto las
espadas y seguían con la vista el pendón de Castilla que, por delante de la
columna, desplegado al viento, llevaba un capitán de guerra...”
“Al día
siguiente, 20 de enero, los ciento cincuenta caballeros emprendían la marcha
con rumbo al sud...”
No fue
verdad tanta belleza. Si Pedro de Valdivia fue a poner su empresa, y a formular
un piadoso voto al Templo del Señor, cosa absolutamente verosímil, el brillante
cortejo que describe el ilustre escritor contemporáneo, fue reducidísimo; no
pudo pasar de trece conquistadores, en el mejor de los casos, aceptando la
opinión del Reverendísimo señor don Crescente Errázuriz; de once, si nos
acogemos al cálculo del señor Thayer Ojeda, o de nueve, si hemos de asentir a
lo propuesto por los señores don Joaquín Santa Cruz, e Ilustrísimo Obispo don
Luis Silva Lezaeta.
Estos, y
no otros, han podido ser los guarismos a que se reduce el número de los únicos
individuos que aceptaron venir con el Conquistador de Chile, durante los cuatro
meses que flameó, sobre su residencia del Cuzco, y en Lima, la bandera de
enganche.
Nada
puede hablar con mayor elocuencia que estos números, de las enormes
dificultades que tuvo que vencer Pedro de Valdivia para dar cima a su magna
empresa; y después de esta comprobación histórica, hecha por nuestros más
prestigiosos investigadores modernos, no cabe otra cosa que rendir, a aquel
Gran Capitán, el tributo de admiración en la forma amplia y justiciera que aún
le debe nuestra patria.
En una de
sus cartas al Emperador, dícele Pedro de Valdivia, que en el mes de enero de
1540 salió del Cuzco “no con tanto aparato como el que había menester”... Estas
palabras, conocida hoy la verdad, mueven primero a sonrisa, y en seguida
producen estupor. El descubridor de Chile don Diego de Almagro había fracasado
en su empresa con quinientos caballeros y ocho o diez mil indios de servicio,
aprovisionados con largueza rayana en el derroche. Pedro de Valdivia salía del
Cuzco, “a poblar, conquistar e allanar” las provincias de Chile, a la cabeza de
una docena de audaces, equipados a préstamo y con una deuda inicial de sesenta
mil castellanos.
Con razón
apunta, con mucha ironía, el Reverendísimo señor Errázuriz, que Valdivia habría
sido más exacto si hubiera dicho a Carlos V, que había salido del Cuzco “con
harto menos aparato del que había menester”.
Quienes
hayan leído las Crónicas anteriores, han conocido los nombres de algunos de los
once o trece expedicionarios que salieron del Cuzco a la conquista de Chile, el
día 20 de enero de 1540, fecha que sólo ha fijado el historiador colonial Pérez
García y adoptado el señor don Claudio Gay. Aparte del Capitán y de Inés Suárez
— que figuraba como conquistadora en la “relación”
del
Maestre de Campo— hemos conocido a los siguientes: Alvar Gómez de Almagro,
Maestre de Campo, fallecido a la segunda o tercera jornada del Cuzco; Juan
Gómez de Almagro, Alguacil Mayor, su hijo, de veinte años de edad, el
protagonista de la novela de amor de la Princesa incásica, Cólica, bautizada
con el nombre de Cecilia; Luis de Cartagena, criado de Pedro de Valdivia, su
Secretario particular y Escribano de la expedición, de veintiocho años, más o
menos; Luis de Toledo, de veintitrés años, hidalgo sevillano, emparentado con
la familia del cuarto señor del Castillo de Higares, don Fernando Álvarez de
Toledo, de numerosa progenie en la sociedad chilena; Francisco Martínez de
Peñalosa y su hermano Bautista Ventura, venidos en la expedición para cautelar
sus intereses y los del hombre de los “tejos de libra”, Lucas Martínez. Total
seis.
Los
otros, según los investigadores nombrados, serían Lope de Ayala, mozo de veinte
años; Hernando Vallejo, de poco más o menos la misma edad, muerto,
gloriosamente, catorce años más tarde, en la batalla de Tucapel; Bernal
Martínez, de veintitrés años y Pedro de Miranda, de veintidós; este soldado
tuvo una importante figuración en el Cabildo y vecindario de Santiago, y habré
de ocuparme de él varias veces.
Los
señores Silva Lezaeta y Santa Cruz nombran también a Antonio Zapata, de
veintiséis años más o menos; pero en este soldado no están conformes con lo que
ha dicho don José Toribio Medina en su Diccionario Biográfico Colonial, según
el cual, Antonio Zapata se incorporó a la hueste de Valdivia en el poblado de
Tarapacá.
No son,
estas modestísimas “crónicas”, para dilucidar puntos obscuros de nuestra
historia; de modo que no fatigaré al ya muy benevolente lector amigo,
arrastrándole por entre los enmarañados vericuetos de la documentación
colonial. Sean quiénes y cuántos fuesen los valientes aventureros que
respondieron al prolongado llamado de enganche, sabemos positivamente que su
número no alcanzó a la décima parte de los ciento cincuenta que la Historia y
la Tradición nos habían señalado.
Una
circunstancia se nota a primera vista porque aparece con caracteres relevantes:
es la edad de los soldados de la expedición; excepto Alvar Gómez, el Maestre de
Campo, que era un hombre cincuentón, casi todos eran muchachos de veinte a
veintitrés años; sólo Cartagena alcanzaba a los veintiocho; pero, en cambio,
Bautista Ventura no cumplía los dieciséis.
Y si a
esto unimos el hecho de que entre estos soldados, de enganche voluntario, no
figuraba ninguno de los que habían hecho la expedición del descubrimiento de
Chile con don Diego de Almagro, podríamos llegar a la conclusión de que para
aventurarse bajo las banderas de Valdivia, se requería no sólo espíritu
aventurero, sino también absoluta inexperiencia... Porque los soldados de la
primera expedición de Almagro que vinieron con Pedro de Valdivia, se unieron a
este Capitán en el camino, obligados por la necesidad, desesperados,
destrozados y hambrientos después de los indecibles padecimientos que hubieron
de soportar en la Altiplanicie boliviana.
— De modo
que mañana saldréis para Chile, señor Teniente, dijo a Pedro de Valdivia el
Marqués Pizarro, que en compañía de su Secretario Antonio Picado y de Lucas
Martínez habían ido al real del Conquistador, situado, desde dos días antes, en
unos solares vacos del Cuzco, pertenecientes a Pedro Sancho de Hoz y a Joan
Quinicoces desde la fundación y repartición de la ciudad.
— Mañana
con el alba, señor Marqués, y que Dios y Santa María nos protejan.
— Muy
pocos sois, a la verdad.
— Dígoos,
señor don Francisco Pizarro, que la gente vendrá al camino; y será tal su
número, que los doscientos pares de coracinas que debe traerme Sancho de Hoz no
alcanzarán para proveer a toda la tropa... Luis de Toledo háme traído cartas
mesivas de Francisco de Villagra, de Francisco de Aguirre, de Rodrigo de
Quiroga, de los tudescos Juan Bohon y Bartolomé Flores (Blumenthal), quienes,
dícenme, están llanos a acompañarme con los suyos, que derrotados vienen de los
Chunchos, como Vuestra Señoría es sabidora.
— Y si
esa gente no os viene, ¿qué haréis, señor Capitán?
— Algo
habré de hacer, señor Marqués; no emprendo yo esta conquista sino para
terminarla. En estas primeras jornadas hasta Arequipa y Tarapacá, donde
esperaré a Villagra y a los tudescos — y que habrán de llegar, por lo que
Vuestra Señoría y yo conocemos de la hombría de la palabra de tales sujetos— se
juntarán a mí algunos almagristas de los que fueron con don Diego a la primera
expedición de descubrimiento. Armas y equipaje llevo para ellos, de pobreza no
se me han de quejar sino de falta de hígados, si no quieren acompañarme a unas
provincias que ya conocen. Y como Pero Sancho cumpla lo que prometió y firmó de
su nombre, dentro de poco tendréis, señor Marqués, un reino más que ofrecer a
su Majestad, cuya preciosa vida Dios conserve.
— Por
largos años — contestaron a trío el Marqués y sus acompañantes, echando atrás
la pierna izquierda e inclinando el busto.
— ¿Habéis
visto a su Ilustrísima don Fray Vicente Valverde, nuestro prelado?
— Hoy
estuve, con Alvar Gómez, a recoger su bendición e hízome merced de una
provisión de capellán castrense, para llenarla con el nombre de algún clérigo
presbítero de buena vida y costumbres que yo logre llevar en mi expedición,
para que nos administre los santos sacramentos.
— El
Padre Juan Lobo, que ha de estar en la encomienda de Arequipa, me ha pedido
mercedes y yo, no pudiendo hacérselas en estos reinos, le hice escribir por
Picado que os la pidiera a vos, en mi nombre, señor Capitán. Si al pasar por
ahí, os sigue, cuidad de “darle de comer”, conforme a la calidad de su persona.
— Lo haré
en vuestro servicio, y principalmente en el de Nuestro Señor, pues que ese
padre Juan Lobo habrá de ser nuestro guía espiritual.
— Se me
ocurre que más que de un presbítero necesitáis, por ahora, de un guía para el
camino a Chile — agregó el Marqués dando suelta a su imaginación un tantico
volteriana, como diríamos hoy— y de la que hicieron bastante caudal algunos
cronistas de aquellos tiempos.
Declinaba
la tarde, y mientras caminaban hacia el centro de la ciudad comentando el
próximo largo viaje a través de tenebrosas serranías y desiertos, oyéronse en
la lejanía los toques sonoros de las cometas y los traqueteantes golpes de
tambor con que, a falta de campanas, se anunciaba la hora del Ángelus en las
recientes ciudades españolas.
Los
cuatro caballeros detuvieron su marcha y con la cabeza inclinada, los
chambergos colgantes de la mano derecha y la izquierda sobre la cruz de la
espada, rezaron el Ave María.
El camino
real de Atuncancha, prolongación de la calle del mismo nombre que existía en la
ciudad del Cuzco, era el que conducía hacia los valles y florestas de Arequipa,
distantes unas cien leguas de la Capital del Imperio de los Incas.
Todo
estaba prevenido en el campamento expedicionario para emprender la marcha con
las primeras luces del alba. Pedro de Valdivia durmió esa noche bajo su tienda
de campaña, regalo obsequioso del Marqués Pizarro, y que fue lo único de que se
desprendió el Gobernador en ayuda de la expedición conquistadora. Bien advierte
Valdivia, en una de sus admirables cartas al Emperador, que Pizarro “no me
favoreció ni con un tan solo peso de la caja de Su Majestad, ni suyo”.
Por
cierto que antes de las primeras luces aurorales ya estaba el vivac en
movimiento.
Valdivia,
Alvar Gómez, Cartagena, Toledo y el Alférez de “el armada” Pedro de Miranda,
ocupábanse en ultimar los preparativos militares, al par que Inés Suárez, con
los otros soldados, repartían las cargas y bagajes sobre los treinta y tantos
caballos de arreo y los seis o setecientos indios “de servicio’’, que habrían
de hacer el trayecto a pie.
Venían
muchas indias y algunos niños, sus hijos. Estas indias eran, en su mayoría, las
mujeres de los expedicionarios, indios y españoles, que durante el trayecto
hasta el valle del Mapocho dieron a luz al medio centenar de los “mochadlos”
que cuatro o cinco años más tarde provocaban severos acuerdos del Cabildo de
Santiago, para impedir que “ensuciaran” las calles de la “ciudad” ...
El hecho
de que estos niños llegaran vivos a través de un año de duros accidentes y
privaciones durante la travesía de los desiertos y cordilleras, indica que las
madres, primero, y sus hijos, después, no fueron desatendidos, a pesar de las
penurias del largo viaje.
Una
multitud de curiosos habíase situado a lo largo de la calle y camino de
Atuncancha para presenciar la partida de aquellos aventureros locos. Los
indios, dentro de la fatalista sumisión que nunca rechazaron, esperaban,
indiferentes, la orden de partida al lado de las zarandas de donde colgaban los
hatos del bagaje; otros, sentados en el suelo, tenían entre sus manos el
cabestro de los caballos de arreo en cuyas árguenas habíanse acomodado los
elementos de hierro, repuestos, puntas de lanza, espadas, herraje, clavos y
herramientas de mayor peso; otros grupos mantenían colgadas al cuello las
correas con que debían afianzar los mangos de las angarillas donde vendrían las
jabas de gallinas, puercos y palomas cuya propagación habría de sustentar
la
colonia en proyecto; y todos, por fin, llevaban terciado un morrión con la
comida para dos o tres jornadas.
El
Marqués Pizarro, su Teniente, su Secretario, Picado, los alcaldes y regidores
del Cabildo cuzqueño, el Padre Gonzalo Fernández, dos o tres frailes dominicos,
entre los cuales estaba fray Antonio Rendón, que había venido al descubrimiento
de Chile con Almagro, y que no quiso volver por nada, en esa ocasión, a pesar
de los ruegos del Capitán Valdivia; Lucas Martínez Vegaso, Francisco Almendras,
Juan Ruiz Tobillo — que también vino con Almagro y no queriendo volver con
Valdivia, lo hizo cuatro meses más tarde con Sancho de Hoz, para su desgracia,
pues Valdivia lo hizo colgar de un árbol, por sedicioso, en el campamento
Copiapó— ; Juan García de Santolalla. Francisco Peces, el rico vecino Diego
Resavio, que fue uno de los primeros que levantó en el Cuzco una “casa fuerte”
de piedra, que “había alto mirador”, y una cincuentena de personajes, amigos de
Valdivia y de los expedicionarios, se congregaron, esa madrugada, para despedir
a los viajeros.
— Que
Dios os tengo en su guarda, mi señor Teniente — dijo emocionado el Marqués,
cuando Valdivia indicó a su Maestre de Campo, Alvar Gómez, que ordenara
emprender la marcha.
— Dios y
su Santa Madre, cuya imagen, “de bulto”, llevo en el arzón, serán mi guía —
respondió el Conquistador— . Ella me ha guardado desde que monté a caballo, por
primera vez, para ganar batallas a flamencos y franceses, y también ella me
dejará vencer en las provincias de Chile para gloria vuestra, señor Marqués, y
mía.
Abren la
marcha Alvar Gómez con su hijo Juan y Luis de Toledo; siguen los angarilleros,
zaranderos y cargadores, en grupos ordenados a fuerza de gritos, denuestos y
uno que otro azotazo de los soldados Bernal Martín, Vallejo y Lope de Ayala,
que con mucho trabajo vigilan el centro de la columna de cargadores en teda su
larga extensión. Inés Suárez, montada a horcajadas, cierra esta columna
llevando, de tiro, a la cincha, un caballo cargado con los objetos y menesteres
más indispensables en la mancha.
Sigue la
recua caballar, servida por indios que los llevan del cabestro, vigilada por
Francisco Martínez de Peñalosa y Bautista Ventura, el adolescente, y por fin
cierra la columna el Capitán Pedro de Valdivia con su Alférez Miranda y Luis de
Cartagena, que va al cuidado de las últimas “piezas” de servicio.
La marcha
lenta, casi inanimada de los infelices yanaconas de Perú; la ausencia de
brillantes armaduras, orgullosos penachos, pintados estandartes y estridentes
clarines; ese conjunto de gente servil, jadeante, polvorienta y sudorosa,
dejaba la impresión de una recua de esclavos, vigilados por unos cuantos
jinetes de vulgar encomienda, en vez de una expedición que marchaba a
conquistar un reino más para el Emperador de medio mundo, Carlos Quinto.
§ 6. Al
módico interés de un real por cada un peso
Al Señor
Don Joaquín Walker Martínez
Aunque
Pero Sancho de Hoz — según lo que se colige de todos los actos que se conocen
de su vida pública— era un iluso perfecto, y además, un intrigante, no hay
motivos para dudar de que al firmar su concierto con Pedro de Valdivia para
venir a la conquista de Chile, como socio capitalista, obligándose a
contribuir, entre otras menudencias, “con dos navíos cargados de las cosas
necesarias que se requieren para la dicha armada”, lo hizo en la esperanza de
poder cumplir lo prometido mediante algunos golpes de ingenio o de audacia, si
no podía hacerlo por sus cabales.
Las
repetidas reales cédulas que le concedían mercedes, muy difíciles de obtener
por otros individuos de mayores merecimientos, le daban un prestigio apreciable
entre aquellos aventureros obscuros que en medio de sus riquezas, o de sus
miserias, miraban tan de lejos los esplendores de la Corte Imperial de Carlos
V.
Por otra
parte, Pero Sancho era tenido por hombre rico, casado como estaba con una dama
“de mucha suerte”, según califica el historiador don Pedro Mariño de Lovera a
doña Guiomar de Aragón. Con sólo este nombre y apellido tenía bastante, la
Señora ésta, para deslumbrar a don Francisco Pizarro — que usaba el “Don” por
gracia, desde unos cuantos años atrás— a toda su camarilla y a cuantos
encomenderos y mercaderes enriquecidos pululaban por las Indias peruanas.
Por las
citadas reales cédulas Pero Sancho había obtenido que mientras él permaneciera
en España, haciendo gran vida y gastándose en compañía de doña Guiomar los
cincuenta mil ducados del Templo del Sol, no se le pudieran quitar, ni declarar
vacantes, “las granjerías de los indios que allí (en el Perú) os tuviesen
encomendados y si os lo hubieren quitado, os lo vuelvan y restituyan con
frutos”.
Y por si
esta orden del rey no hubiera sido bastante comprensiva, Sancho de Hoz obtuvo
otra, que no dejaba lugar a dudas sobre cuál era el pensamiento del Monarca y
la situación de aquel valido en su Corte.
Antes de
partir a la Península en 1535, Pero Sancho había arrendado los diezmos del
curato de Lima en la cantidad de dos mil pesos, y para responder a este
arrendamiento, hubo de dejar en poder de los tesoreros reales dos cántaros de
plata como garantía. Mientras Sancho de Hoz estaba en la Corte, hubo en Lima un
alzamiento de indios quienes destruyeron “muchas crías de puercos e otras cosas
que se habían de diezmar”, con lo cual el arrendatario perdió dinero o dejó de
ganar lo que esperaba; como los representantes de Sancho no pudieran pagar el
canon del arrendamiento, los oficiales reales se echaron sobre la garantía y
vendieron, sin contemplación, los cántaros de plata.
Pues
bien: “Don Carlos, por la Divina Clemencia, Emperador semper augusto, rey de
Alemania e doña Juana, su madre”, (así era el encabezamiento de las reales
cédulas) mandaron al Gobernador Pizarro que se le devolvieran a Pero Sancho los
susodichos cántaros, con la prevención de que “hagáis sobre ello entero y breve
cumplimiento e no fagades ende ál (otra cosa) por manera alguna”.
Creo
haber puesto en evidencia cuál era la situación de prestigio en que se
encontraba Pero Sancho, uno o dos meses después de su regreso al Perú en 1939 y
en la época en que firmó con Pedro de Valdivia el contrato que hemos conocido.
Todo ese
prestigio, sin embargo, se vino por tierra a los primeros remezones; la riqueza
de Sancho era un mito y en vez del dinero que esperaba hallar en Lima para
equipar los navíos, se encontró con inexorables acreedores que lo llevaron a la
cárcel como a un tramposo vulgar.
A buscar
fortuna en el opulento Perú habían venido, con Pero Sancho, dos primos de su
mujer: Juan y Diego de Guzmán, mozos vividores y de costumbres relajadas, que
en Burgos, su ciudad natal, eran tenidos por vulgares espadachines y
buscapleitos.
Al saber
que Sancho traía provisiones de Gobernador, Capitán General y Descubridor de
tierras en las Indias no titubearon en acompañarlo, puesto que tenían con su
pariente una brillante expectativa para medrar y adquirir riquezas rápidamente,
sin reparar en los medios, y sólo con poner en juego la audacia y el desparpajo
que en alto grado poseían.
Sancho,
por su parte, no era hombre que se fijara en estas “pequeñeces” y, por lo
contrario, se sintió muy halagado con que dos parientes tan cercanos de su
mujer — con cuya nobleza él especulaba— lo acompañaran como hombres de
confianza y fueran testigos de la alta posición que iba a tener en las Indias.
Cuando
firmó su contrato con Pedro de Valdivia, dejó a uno de ellos, a Diego de
Guzmán, en el Cuzco, para que en su nombre reuniera algunos de los elementos
que debía proporcionar a su socio, como ser caballos, fierro, las “coracinas” y
algunos soldados, y con todos ellos se incorporara a la expedición en el camino
a Chile, durante los cuatro meses que tenía de plazo para cumplir su contrato.
Diré, de
paso, que este Diego reunió apenas una media docena de caballos y se juntó con
Valdivia, probablemente en Tarapacá, dos o tres meses después de la partida de
la expedición.
El otro,
Juan de Guzmán, se fue con Pero Sancho a lima, a gestionar el equipo de los dos
navíos que habrían de partir al Sur, por la costa, cargados con las cosas
necesarias para “el armada” y la colonia en proyecto.
Llegados
a Lima, Pero Sancho reunió a sus administradores para tomarles cuentas del
estado de los bienes, encomiendas “e granjerías” que les tuvo entregados
durante cuatro años, y con sorpresa dolorosa hubo de convencerse de que no
tenía nada ... ¡miento! algo tenía: muchos piquillos que pagar.
— ¡Por
vida del Emperador! ¿Qué cuentas me estáis dando? — rugió Pero Sancho, cuando
maese Ortum Malaber, uno de los rábulas más peritos en números que garabateaban
en Lima, le iba leyendo partidas de gastos de este tenor: “Valor de tres negros
fallecidos en el alzamiento del Callao, 800 pesos, 7 tomines; gastos de
letrado, procurador y costas judiciales en el pleito con los diezmadores, 453
pesos” y otras por el estilo.
— Repare,
Vuestra Merced, en que durante estos cinco años no ha habido sino desgracias
que lamentar en todo el reino — previno humildemente Juan Nizardo, que era uno
de los administradores.
— Para
desgracia la mía, de haber encargado a vos mi encomienda de Chancay — replicó
Sancho, dando un puñetazo sobre la escribanía, que puso en alboroto los
utensilios de Ortun Malaver— . Pero prevéngoos, seor Juan Nizardo de mis
pecados, que habréis de hacerme bueno hasta el último maravedí, o dejo de ser
quien soy.
— Y aquí
está Juan de Guzmán para confirmarlo — agregó éste— , y dígoos que ya podéis ir
buscando el dinero porque habremos de comprar navíos para salir a la conquista
de Chile de donde mi cuñado, Pero Sancho, es Capitán General y Gobernador.
— Había
oído decir que lo era de Chile el señor Marqués don Francisco Pizarro, y en su
nombre el Capitán Valdivia... — dijo, taimadamente, Ortun Malaver.
— Pues,
os han dicho mal, señor rábula — interrumpió Sancho— , y no os muestro
escrituras y sellos reales porque sois muy poca cosa para daros más noticias. Y
vos, maese Nizardo, mirad lo que os conviene, porque si no ajustáis las
cuentas, buena vara tiene el Alcalde don Juan Tello, y mejor Alguacil, para
meteros en la cárcel.
Guardó
silencio medio minuto, maese Nizardo, y al fin soltó, poco a poco, a su
orgulloso y atrevido mandante las siguientes palabras:
— Señor
Pero Sancho, mis cuentas no pueden tener reparo porque bien comprobadas están y
no temo la severidad del muy ilustre señor Alcalde don Juan Tello; os ruego,
pues, que tengáis calma, que creo la necesitaréis, cuando os llamen a reconocer
y pagar las libranzas que mandasteis contra mí el año pasado desde Valladolid
por aquellos tinco mil ducados, y que yo no teniéndolos, hube de pedirlos
prestados, en vuestro nombre, a Domingo de la Presa, escribano, quien me los
prestó de muy buena gana, y al módico interés de un real al año por cada un
peso, por tratarse de vos, a quien estima, según me dijo, y consta de la
escritura; pero como no pudiera yo pagárselos al año justo, con sus réditos, el
hombre está enojado y llevó la deuda al señor Alcalde con la pretensión de que
mande hacer ejecución en los carneros e indios de vuestra encomienda y que si
ellos no alcanzan a cubrir la deuda, os mete en prisiones hasta que paguéis...
— ¡Voto a
Santiago!— gritó rojo de ira Pero Sancho- , De modo que a más de las cuentas
que me habéis presentado ¿todavía os tengo que pagar, encima?
—
Sosegaos y no alborotéis todavía, Pero Sancho — díjole Juan de Guzmán— . Creo
que lo mejor será que os lleguéis al señor Alcalde y veáis lo que tiene contra
vos, que tiempo habrá para conversar más despacio con maese Nizardo.
Y ambos
parientes salieron a buscar al severo don Juan Tello, el Alcalde de peores
pulgas que haya gobernado a Lima, según la opinión del ilustre don Ricardo
Palma.
El
Escribano y Notario Público y de Cabildo, Domingo de la Presa, entre las muchas
habilidades de que era poseedor, tenía la de saber prestar dinero al módico
interés de un real por cada año y por cada peso y bajo cláusulas como ésta:
“El
debdor compromete sus bienes habidos y por haber para responde al pago e
chancelación desta debda, e renunciar, e quita e aparta de sí todos los bienes
que haya en su poder e los pone en cabeza del prestador hasta quél quede
contento, por manera que cualquiera venta o donación que fuere de los dichos
sus bienes, mientras no se pague la debda e costa de pleitos, sea ninguna”.
¡Ríase,
el lector, de los actuales bancos hipotecarios! El Escribano de la Presa hacía
honor a su apellido.
Una
cláusula de este tenor finalizaba el documento que en representación y con
poder de Sancho de Hoz, había firmado su administrador maese Nizardo, por
aquellos cinco mil ducados de la libranza, los cuales, con sus réditos “e
costas de pleitos”, subían a la fecha del cobro a una cantidad imposible de
obtener por el deudor, máxime cuando venía a juntar dinero para la empresa
descubridora y conquistadora que conocemos.
Fama
tenía, el notario de la Presa, de haber sabido ganarse la voluntad de los
alcaldes de justicia, dicho sea sin ningún propósito maledicente; sabíase, en
Lima, que no había pleito que defendiera ese Escribano que no resultara ganado,
salvo que fuera contra todo viento y marea y absolutamente contra el pelo, en
cuyo caso había transacción, siempre favorable para su cliente. Tratándose,
ahora, de un pleito personal y fundamentado en cláusulas como la copiada, se
dará cuenta el lector de las expectativas que podría tener Sancho de Hoz.
— ¡Salud
al Gobernador, por Su Majestad, el señor Capitán Pero Sancho de Hoz! — exclamó,
haciendo aspavientos, el señor Alcalde don Juan Tello, cuando vio entrar en su
casa, situada en las vecindades del convento de la Merced al socio de Pedro de
Valdivia— . Sabe, Vuestra Señoría y Merced, que en esta casa y en su dueño
puede mandar lo que sea de su servicio.
— Señor
Alcalde don Juan Tello — respondió Sancho, perdone Vuestra Señoría que me
aparezca así tan sofocado; acabo de decir algunas palabras fuertes a ese Juan
Nizardo, mi administrador, que Dios confunda, a causa de las malas cuentas que
me ha dado en compañía de Ortun; Malaver...
-¿Malas
cuentas? Pues tráigamelas Vuestra Merced a mi presencia y yo le respondo que
los haré soltar todo lo que tengan mediante mi Alguacil, el mulato Jerónimo,
que es especialista en malos administradores. Tengo un cepo pescuecero que
habla solo cuando no lo quieren hacer sus visitantes...
— Pues,
se lo agradezco, señor Alcalde, y le cobraré la palabra a su tiempo; pero
también me ha dicho Nizardo que Vuestra Señoría me iba a meter preso...
— ¡Cómo!
¿Eso ha dicho ese deslenguado? ¿Y por qué?
— Eso ha
dicho, y por un cobro de cierta libranza de Domingo de la Presa...
—
¡Acabáramos! Lo del cobro es verdad, pero la cárcel se ha hecho solamente para
los tramposos, y Vuestra Merced no es tal, ni puede serlo, boyante como está en
dineros y con expectativas de tenerlo en mayor cantidad que los Incas. Presa me
ha pedido justicia y muchas cosas más que van en desmedro de Vuestra Merced;
pero yo le he tirado sus escritos por las narices y le he dicho que se guarde
de faltar al respeto que todos le debemos a un Gobernador de su Majestad, que
buen dinero ha de tener para pagar pequeñas deudas, quien va a armar y equipar
una expedición a su costa.
A Pero
Sancho le caían estas palabras como gotas de acíbar en el paladar. Era verdad
lo del cobro, lo del pleito y lo de la prisión y todo lo que estaba sacando en
claro era que el Alcalde no había dado lugar a lo pedido, en espera, solamente
de que el deudor pagara, “boyante como está en dineros”.
— De modo
que Domingo de la Presa me cobra...
— Una
bagatela, señor Pero Sancho; siete u ocho mil ducados. ..
— ¿Ocho
mil?...
— Y, a
propósito — dijo el Alcalde dirigiéndose hacia el aposento de su secretario— .
Traed, maese plumario, ese auto para notificarlo al señor Pero Sancho, ya que
se encuentra presente. Así no subirán las costas — agregó don Juan Tello,
sonriendo amigablemente ¡al afligido marido de doña Guiomar de Aragón.
— El caso
es que tendréis que acompañarme, señor Pero Sancho — replicó el mulato
Jerónimo, que desempeñaba en Lima una de las tres plazas de alguacil menor— .
El muy ilustre señor Alcalde está molesto con que vos no hayáis concurrido a
las citaciones que os ha hecho y me ha mandado que os lleve...
— ¿Que me
llevéis? ¿Es decir que me aprisiona?
— Eso lo
verá Vuestra Merced; quien manda no ruega.
— Pero
reparad en que el señor Sancho de Hoz es Gobernador por el rey — dijo Juan de
Guzmán— , y no puede ser preso.
— Como
poder ser preso, sí que se podrá, porque yo vengo a eso — contestó el corchete—
y lo haré por la cuenta que me tiene conservar mi empleo y no disgustar al
señor Alcalde, que es muy capaz de meterme a mí, en el cepo, y de cabeza.
— ¿Y si
nos resistimos a que le apreséis? — dijo amenazante Antonio de Ulloa, otro de
los que acompañaban en ese momento a Pero Sancho junto con un soldado llamado
Juan Ortiz' Pacheco, a quien el flamante “Gobernador por el rey” había invitado
también a la conquista de Chile.
— Creo
que sería peor — respondió el mulato— , porque “apellidaríamos a justicia” y
vendrían en nuestra ayuda todos los soldados que fueran menester para apresar a
todas vuestra señorías y mercedes. Y como yo no tengo ningún deseo de andar a
cintazos, suplico a vuestras mercedes que no estorben a la justicia de Su
Majestad, antes bien, que la favorezcan. ¡Señor Pero Sancho, acompáñeme Vuestra
Merced!
Y el
mulato Jerónimo dejó caer, con suma irreverencia, su cuarteada y plebeya mano
sobre el hombro derecho del hidalgo madrileño.
Pero
Sancho tuvo un último arresto de inútil orgullo y dijo a su aprehensor,
quitando el hombro y componiendo los pliegues de su jubón de holanda y de seda:
— Tenga
la mano, el mulato, y sígame, que yo mismo iré a presentarme ante el señor
Alcalde.
Y esa
noche durmió en la cárcel como un simple tramposo, todo un “Gobernador por Su
Majestad”.
§ 7. ¡Es
mía! yo la espanté... -¡Es mía! yo la cogí
A
Gabriela Mistral
Cuando
Pedro de Valdivia y su expedición emprendieron la primera jornada de cuatro
leguas, desde el Cuzco a Oropeza, el día 20 de enero de 1540 — aceptando la
fecha indicada por Pérez García, y no comprobada todavía por ningún
investigador moderno,— los soldados de Diego de Rojas regresaban ya de su
desastrosa exploración por la Altiplanicie boliviana, al Oriente del Titicaca,
completamente desbaratados, hambrientos y sin control alguno, en dirección al
valle de Tarija, para seguir al Cuzco, o a las poblaciones del Bajo Peni,
dispuestos a correr la suerte que quisiera depararles el Gobernador Pizarro,
quien se había manifestado siempre bien poco magnánimo con los partidarios de
su desgraciado rival y víctima, don Diego de Almagro.
Estas
tropas, compuestas en su gran mayoría por los almagristas que escaparon de la
degollina con que terminó la batalla de las Salinas, habían salido de Cuzco
para “descargar a tierra” hacía poco menos de dos años en busca de las
ponderadas y fáciles riquezaj, que al decir de los indios, existían en la gran
meseta de Sur América Central, en las regiones limítrofes de las actuales
repúblicas del Perú, Bolivia, Argentina, Brasil y Paraguay.
Solamente
los jefes, los oficiales, los funcionarios y unos cuantos soldados distinguidos
de la expedición eran pizarristas; el resto, los soldados de tropa,
arcabuceros, artilleros, ballesteros, los infantes en general, eran
almagristas; iban a pie, en castigo de haber sido leales a su jefe y protector.
¡Parece que el Mundo no ha cambiado mucho desde entonces a estas fechas!
Si la
idea del Marqués Pizarro y da de sus hermanos Gonzalo y Hernando era la de
ahorrarle trabajo al verdugo del Cuzco — “funcionario” que tuvo necesidad de
tomar siete ayudantes, a raíz de la victoria de las Salinas, para dar abasto a
las tareas de su cargo, en esos días— los vencedores lo consiguieron sin
mayores responsabilidades con la organización de las citadas expediciones.
En las
dilatadas llanuras que se extienden entre bosques impenetrables — dice un
investigador— a las márgenes de los ríos Tuichi, Mapire, Beni y Madera, tenían
los expedicionarios que abrirse paso cortando árboles gigantescos y amontonando
piedras y trozos de madera para cubrir pantanos y dar paso a la expedición. Los
anchos y torrentosos ríos eran cruzados en balsas y por toda esa tierra, pobre
y cenagosa, no encontraban otros alimentos que cocos de palma y yerbas, bajo un
Sol abrasador, y constantemente molestados por los naturales que les cortaban
los pasos y les arrojaban flechas y piedras.
A poco,
los víveres se agotaron y las enfermedades de la altura, la tupición de
insectos venenosos, los trabajos y el hambre empezaron a diezmar la tropa e
indios de servicio.
Uno de
los expedicionarios, que después llegó a ocupar el cargo de Gobernador de
Chile, Rodrigo de Quiroga, decía, varios años más tarde, en un documento
público, que en aquella malhadada expedición “se iban quedando los cristianos
de tres en tres y de cuatro en cuatro, fatigados e desfallecidos e enfermos de
hambre y cansancio, e abrazados unos con otros, morían e pasaban desta vida”.
Otro, el
Capellán Castrense, Rodrigo Gonzalo Marmolejo, más tarde primer Obispo de
Santiago, asegura que los soldados no atinaban a llevar ni sus equipos más
indispensables, y que él se vio obligado, “con gran pesadumbre, a enterrar,
junto a un cementerio de indios, líos ornamentos y vasos sagrados” para aliviar
la carga.
Ante
desgracias tan grandes, los jefes de la expedición tuvieron que ordenar la
vuelta. Al regresar al valle de Larecaja, situado en la parte Oriental del lago
Titicaca, después de haber recorrido hacia el Oriente setecientas leguas en las
condiciones que tan brevemente he apuntado, se pudo conocer la magnitud de la
catástrofe; habían perecido “todos los indios e negros de servicio”, que eran
cerca de diez mil, y “de los trescientos españoles sólo llegaron ochenta”...
“Se
agotaron todos los recursos, pues se comieron casi todos los caballos y los
perros, y viéndose ya en salvo, los hombres besaban la tierra. Venían desnudos,
llagados los pies y espaldas, tan flacos y desfigurados que no se conocían y
tan estragados sus estómagos, que les hacía mal cualquier comida”.
En esta
espantosa empresa y en otra del mismo estilo y consecuencias — a que me
referiré en seguida— figuraron los hombres más notables de la conquista de
Chile-
Antes de
arribar a Larecaja esta desbaratada expedición — que iba al mando del Capitán
Pedro Anzúrez— encontróse en el camino con las avanzadas de un refuerzo de
tropas, víveres y abundantes recursos que le enviaba el Gobernador del Perú,
sabedor de los trabajos “ni pensados ni creídos” que aquellos desgraciados
almagristas habían tenido que soportar.
Dispuesto
un largo descanso para que los sobrevivientes pudieran reparar su agotamiento,
esos indomables aventureros continuaron su viaje hasta Tarija, donde estaba el
grueso del refuerzo de soldados enviados por Pizarro. El proyecto del Capitán
Pedro Anzúrez era el de volver sobre la fracasada conquista buscando otro
camino y llevando acopio de recursos y elementos de zapa con el propósito de
abrirse camino por entre los exuberantes bosques.
La nueva
empresa partió, pues, a la conquista de los Chiriguanos, pero no ya a cargo de
Anzúrez, que fue relevado del mando, sino al de otro Capitán pizarrista llamado
Diego de Rojas.
Muchos de
los sobrevivientes se incorporaron otra vez a la nueva expedición; pero hubo
algunos — los menos— que prefirieron volverse al Perú, dispuestos a afrontar
las persecuciones de Pizarro, antes de exponerse, de nuevo, a morir en medio de
atroces sufrimientos.
Estaban
aún a pocas leguas de Tarija, en camino a Potosí y Huanchaca, cuando llegó al
campamento de Rojas el soldado Luis de Toledo, que ya formaba parte de la
expedición que organizaba en el Cuzco el Capitán Pedro de Valdivia para la
conquista de Chile. Ido a presencia de Rojas, díjole éste:
— Señor
soldado, paréceme haber visto a Vuestra Merced en el Cuzco en la compañía del
Capitán Mercadillo...
— Allí
estuve y bajo su bandera me encontré en las Salinas — contestó el interpelado—
; pero ahora soy criado del señor Capitán Pedro de Valdivia, me llamo Luis de
Toledo y he venido trayendo cartas para Francisco de Villagra, vuestro Maestre
de Campo, para Francisco de Aguirre y para vos, ésta — terminó abriendo la
pechera de su jubón y extrayendo de entre algunos papeles un pliego que entregó
al Capitán.
— Venga
el pliego, señor de Toledo, y pasad, si queréis, al toldo del Maestre Villagra,
que es aquel de penachos granadinos que veréis a la derecha, saliendo¿Cuándo
habréis de regresar al Cuzco?
— Al día
siguiente que me despachéis con la respuesta, señor Capitán.
— Os
anticipo que, por mí, no os retardaréis.
Cuando
Rojas leyó la carta del Capitán Valdivia, su boca formuló una mueca de marcado
desprecio y llamando a su secretario, Martín Jerez, le ordenó:
—
Escribiréis una carta mesiva al Capitán Pedro de Valdivia diciéndole que es mi
señor y dueño, pero que no cuente con mi gente para su conquista de Chile: que
la expedición a los Chunchos y a los Chiriguanos podrá estar muy desacreditada
con el malbarato de Per Anzúrez;, pero que aun ésta será gloria comparado con
lo que ya se conoce y lo que se espera conocer de la que va a Chile. Item que
impediré cualquier deserción de mis soldados y que le agradeceré no mande
mensajeros para llevármelos; y le repetiréis que es mi señor y mi dueño.
— ¡San
Carlos! — dijo en seguida el Capitán Rojas, saliendo de su tienda— . ¡Este Pero
de Valdivia se figura que en el Mundo no hay más tierra que la suya!
Tres días
más tarde, Luis de Toledo partía de regreso al Cuzco llevando las respuestas de
Rojas, Villagra y Aguirre. Ya conocemos la de Rojas. Los otros, experimentos
como estaban del fracaso de la expedición a los Chunehos, decían al
Conquistador de . Chile que para el caso de vislumbrarse un nuevo descalabro en
los Chiriguanos, contara con ellos; pues lo mismo era “servir a Su Majestad
aquí o allá” y que “mejor era servirle comiendo que no quedarse muerto de
hambre en tierra sin consagrar”.
“E
conmigo irán otros capitanes con sus criados”, decía, particularmente, el
prestigioso Capitán Francisco de Aguirre.
Relatar
los padecimientos que sufrieron las expediciones de Rojas en esta “entrada” a
los Chiriguanos, sería repetir lo que ya dije en el párrafo anterior, de Per
Anzúrez en su exploración de los Chunchos. Toda la experiencia recogida en esta
expedición desgraciada y todos los elementos que se acumularon para vencer a la
naturaleza; todo el empecinamiento y la enorme fuerza de voluntad de aquellos
hombres de hierro, se estrellaron, de nuevo, contra los obstáculos de la selva
inexorable .
En cuatro
o cinco meses, estos hombres, acostumbrados a no retroceder ante ninguna
dificultad, recorrieron la apartada región que se extiende hacia el Brasil y
parte del Paraguay, siguiendo el curso de los ríos y esperando encontrar alguna
vez los valles que fueran aptos para una colonia; pero por todas partes no
hallaron sino bosques cerrados, a través de los cuales debían abrirse paso a
fuerza de hacha, o corrientes turbulentas que no se dejaban cruzar sin grave
peligro.
Los
víveres, a su vez, iban disminuyendo; fue necesario racionar estrechamente a
los soldados y aún más a los indios de servicio. Pronto se experimentaron las
consecuencias: los indios “morían de hambre y se comían unos a otros, cosa de
grandísima admiración entre los españoles”.
Estos, a
su vez, comenzaron a manifestar un profundo descontento sin reparar en la
subordinación militar. Algunos “se desvergonzaban” y sencillamente no
obedecían, a pesar del prestigio en que tenían a sus jefes, Diego de Rojas y
Francisco de Villagra.
De esta
expedición formaban parte, como dije antes, casi todos los conquistadores que
vinieron a Chile, excepto los once o trece que salieron con Valdivia del Cuzco
y algunos de los quince o veinte que se le fueron juntando en el camino, antes
de que la columna llegara a Tarapacá.
Estaban
allí los soldados que más se habrían de distinguir en la colonia chilena, y que
iban a ser los fundamentos de su sociedad primitiva; Francisco y Pedro de
Villagra, Francisco de Aguirre, Diego García de Cáceres, Rodrigo de Araya,
“Don” Francisco Ponce de León; Juan Bohon y Bartolomé Flores, ambos de origen
alemán; Juan Jufré, Juan Dávalos Jufré, Diego de Vdlasco, Rodrigo de Quiroga;
los presbíteros Bachiller Rodrigo González Marmolejo y Diego Pérez; Santiago de
Azocar, Jerónimo de Alderete, Juan Fernández de Alderete, Juan de Cuevas
Bustillos y Terán, Francisco de León, Marcos Beas, Francisco de Riberos, Pedro
de León, Juan de Cabrera, y muchos más, cuyos nombres sería inútil apuntar por
ahora.
De esa
gente, quince habían venido ya al descubrimiento de Chile con don Diego de
Almagro. Estos eran Pero Gómez de Don Benito, Antón Díaz, García Díaz de
Castro, Francisco de Galdámez, Juan Godínez, don Francisco Ponce de León,
Francisco de Raudona, Juan Ruiz, Luis Ternero, el negro Juan Valiente, Marcos
Beas, Juan de Funes, Juan de la Higuera, Alonso Sánchez y Gaspar de Vergara.
Los
sufrimiéntos de esos soldados fueron sencillamente inenarrables y toda su
esperanza era regresar al punto de partida, para de allí correr cualquier
albur, que nunca sería tan terrible como los martirios que estaban
experimentando.
— Ha dos
días comí las últimas raíces que pude coger en el pantano que atravesamos por
favor de Dios — dijo Francisco de León a su vecino Lope de Quiñones, que,
desfallecido, había abandonado la rienda del caballejo que lo conducía— . ¡No
tengo nada que daros y vive Dios que lo querría para mil.
— Ya no
me sostengo sobre el caballo, señor Francisco de León y de buena gana me
abandonaría a mi suerte sobre esta tierra maldita — replicó Quiñones— ; y si no
lo hago es porque, como cristiano, no me es dado disponer de mi vida y de este
trance quiero salvar siquiera el ánima.
— Pues,
¡qué queréis! yo no aguanto más y me abandono a mi suerte — dijo León,
dejándose resbalar de su cabalgadura, la cual, a su tumo, dobló los cuartos
delanteros, hundió el hocico, y tumbó su cuerpo en tierra— . ¡Que Dios te
ampare, hermano — dijole a su bestia al vería desfalleciente— , que de tu amo
no podrás tener ayuda!
Y sentado
en el suelo, metió su rostro, desfigurado por el hambre, entre los brazos
cruzados sobre las rodillas en ángulo.
El
agotado Quiñones echó pie a tierra, y se arrastró hacia su compañero, echando
instintivamente una mirada angustiosa a su alrededor, en busca de algún
socorro, que no había. Cuarenta o cincuenta pasos más atrás venían Marcos Beas,
Lucas de Cifontes y Rui Jiménez, quienes apresuraron su andar para prestar
alguna ayuda a los desfallecidos caballeros.
— ¿He de
morir de hambre, santo cielo?... — imprecó, en un desesperado arresto, Lope de
Quiñones, dando al mismo tiempo un fuerte golpe con una vara que en la mano
traía, sobre un tronco de arbusto.
Francisco
de León levantó su cabeza en el mismo instante en que una culebra, espantada
con el golpe de Quiñones, huía por entre la yerba...
— ¡Allá
va! — exclamó León, apelando a los últimos restos de su energía, y corriendo
tras la sabandija para darle alcance.
Quiñones,
a su vez, partió tras de su compañero y llegó a él en el preciso momento en que
Francisco de León cogía el reptil, ya muerto.
— ¡Es
mía! — gritó Quiñones, dando un manotón a la culebra— . ¡Yo la espanté!
— ¡Es
mía! — vociferó León, echando pie atrás— , ¡Yo la cogí!
Y esos
dos hombres, que un momento antes desfallecían de hambre, echaron mano a las
espadas, “y se mataran” si no se hubiesen interpuesto, con energía, Marcos Beas
y los otros que más atrás venían.
“Apaciguados
los combatientes, convinieron en partir la prenda, para saborear cada uno la
mitad”, concluye diciendo el señor Thayer Ojeda, descubridor de este extraño
episodio de aquella malaventurada expedición.
—
Paréceme, señor Maestre, que no debo cargar sobre mi conciencia la completa
desventura o la muerte de los caballeros que me han acompañado en esta
"entrada” — dijo a Francisco Villagra el Capitán Diego de Rojas, al final
de una larga conversación que ambos tuvieron con los capitanes, all vivaquear,
después de un día de repechada por un espantoso desfiladero.
—
Disponed, señor, como os lo mande vuestro corazón, que estoy para obedeceros
con la conformidad que me conocéis — respondió el leal Villagra.
— Llano
estoy a licenciar la tropa, una vez que lleguemos a tierra cristiana; solo
pienso en la suerte que correrán los almagristas que a mi amparo vienen,” ya
que nada podré hacer por ellos, pues con esta empresa, desacreditado quedaré
ante el Marqués, sin hacienda y endeudado.
— He oído
que algunos desean pasar a Chile con Pedro de Valdivia...
— Y vos,
¿qué haréis, señor Villagra?
— Si
vuestro propósito es licenciar y no me queréis por vuestro criado, iré también
a Chile. Hanme llegado nuevas cartas de Valdivia. Salió de Arequipa hace dos
meses y debe estar acampado en Tarapacá.
— Si mi
tropa quiere pasar a Chile, que lo haga, señor Maestre; desde ahora le doy
licencia; cuanto a vos, mi viejo amigo y camarada, Dios me es testigo de que os
deseo, de corazón, toda la buena ventura de que vuestra lealtad es meritoria.
Y Diego
de Rojas mantuvo entre sus brazos, largamente, a uno de los más grandes
políticos que iba a tener la conquista de Chile en sus primeros veinte años.
En los
siguientes días, los desbaratados restos de la expedición fueron partiendo de
“veinte en veinte” y por diversos caminos, a juntarse con la columna de Pedro
de Valdivia, algunos, o con dirección al Perú, los otros.
Rodrigo
de Araya salió el primero, con “obra de veinte soldados”, por el camino de
Potosí; fue también el primero que se juntó al Conquistador de Chile
aumentándole su reducido numero de soldados a un total de treinta .y seis
hombres, más o menos.
Desprendióse,
después, Francisco de Aguirre, desde Tupiza, “con veinticinco soldados”,
tomando un camino más largo, por Suipacha, Quinca, Sapoleri, Aguas Calientes,
hasta Atacama la Grande (San Pedro de Atacama) con un recorrido de doscientas
leguas, en donde esperó a Valdivia.
Y por
último partieron Francisco de Villagra y Juan Bohon, por Tarija, con “más de
ochenta caballeros e infantes” con dirección a Tarapacá.
La
llegada de este refuerzo, que fue el segundo que recibiera la expedición, salvó
del fracaso definitivo a la estupenda empresa de la conquista de Chile que
había emprendido Pedro de Valdivia con ocho soldados...
§ 8.
¡Salvadle, por Dios, señora, que aún alienta!
A
Monseñor Luis Silva Lazaeta
Y se fue
el hombre, dijo Lucas Martínez al Marqués Pizarro, cuando los últimos
cargadores de la columna expedicionaria desaparecieron tras el montecillo de
Achullapa por cuya falda hacía un recodo el camino que Pedro de Valdivia había
preferido para venir a la conquista de Chile.
— ¡Se fue
el hombre! — repitió, maquinalmente, el Marqués— ; y habréis de creerme si os
digo, señor Lucas Martínez, que tengo el corazón en un puño, porque sintiendo a
Valdivia cerca de mí, hallábame tranquilo. Quiera Dios y su Santa Madre, mi
Señora, que nunca haya de echar de menos su leal consejo y su valiente espada.
Y
volviendo riendas a su caballo moro, partió al galope en dirección a la ciudad,
seguido por sus caballeros.
Lucas
Martínez había ido a pie, como otros niuchos, a despedir al Conquistador y a
sus soldados; cuando emprendía el regreso a la ciudad se juntó a él un grupo en
el que iban fray Antonio Rendón, Francisco Peces y Sancho Ruiz, personas
importantes del Cuzco y cortesanos decididos del Marqués.
— ¿Y qué
os parece, compadres — dijo Peces— , de la aventura ésta que ha emprendido Pero
de Valdivia? ¿No creéis que este hombre está muy poco cuerdo y que lleva camino
de volver desbaratado o de perder la vida junto con esos infelices que lo han
seguido?
— A la
verdad — contestó Sancho Ruiz— , que no parece cosa de este mundo el salir así,
con siete soldados y un Maestre de Campo, a la conquista de unas provincias
como las de Chile de donde volvió desesperado don Diego de Almagro con
quinientos caballeros; pero no sé por qué se me figura que ese Pedro de
Valdivia va a damos qué hablar y qué pensar más tarde.
— De mi
parte sí que hablaré, y mal pensaré — replicó Francisco Peces— . No creo en
imposibles, y se me figura que los santos de Dios no hacen milagros a pecadores
como el Teniente Valdivia, que ofenden al Señor con escándalo, como él lo hace
con esa Inés Suárez. ¿Qué dice a esto Su Paternidad, el reverendo fray Antonio
Rendón?
— Digo
que nadie podría lanzar la primera piedra, señor Francisco Peces — contestó el
fraile— , ni menos aún los habitantes de esos reinos, en donde el pecado que
achacáis a Pedro de Valdivia, con ser grave, no lo es tanto como el que cometen
los más por duplicado, triplicado y cuadruplicado... Ahora que yo, como
conocedor que soy de aquellas tierras de Chile por haberlas recorrido con don
Diego, creo que el Teniente va derecho a un malbarato, esa es otra cosa cosa;
pero no puede quitar mi confianza en Dios y Santa María, quienes, así como nos
salvaron la vida a nosotros, pecadores, también la salvarán a Pedro de
Valdivia.
Calló
Peces ante esa filípica, que era de órdago, porque Su Merced el Veedor Real
Francisco Peces había adquirido cierta famita con motivo del reparto, de los
tesoros femeninos del Templo del Sol- . • En ese reparto, cada conquistador
reclamó una vestal, o una de las mujeres del harem del Inca, como criada “para
los menesteres de ropa de vestir, e comida e casa”; pero el Veedor de Su
Majestad exigió “diez vestales a lo menos”, alegando que, “pues las vestales e
doncellas eran bienes de reparto, correspondía, también al Rey, el quinto
dellas”. El primer impulso de Pizarro había sido el de echar a un cuerno al
Veedor pero parece que este alegó tan bien por él derecho real, que obtuvo por
fin que le entregaran tres vestales para “la comida e casa” de Su Majestad...
Tal me lo
contaron te lo cuento.
La
primera jornada de la expedición se hizo sin otra novedad que el ingreso a la
columna del soldado Juan de Almonacid que llegó al campamento de Oropeza, en
los momentos en que la gente se preparaba para pernoctar. Almonacid, era un
mozo de veinte años, natural de Madrid y había llegado al Perú
un poco antes de la batalla de las Salinas, en la que tomó parte bajo las
banderas de Pizarro.
Era un
individuo de cierto ingenio, pero de cortos alcances y tuvo figuración, aunque
modesta, en la vida colonial.
El
Capitán recibió con un abrazo al joven soldado y le prometió “tenerlo como
hijo”, atendida su mocedad y lo espontáneo del ofrecimiento de sus servicios.
— Mirad,
Almonacid, que habréis de correr mi propia suerte, — díjole por fin, Valdivia—
, y que yo voy resuelto a conquistar a Chile y a sustentarlo al precio de mi
vida.
— Contad
también con la mía, señor Capitán — respondió el soldado— , y con que mi espada
estará por vos en todo momento.
El
Maestre Alvar Gómez tomó relación del nuevo expedicionario y le indicó su
puesto.
— ¿Y qué
tenéis vos, señor Maestre? — díjole Valdivia, escudriñando la faz de Alvar
Gómez al terminar la inspección que ambos habían hecho de la tropa, después do
la jornada— ; os noto cambiada la color y menos firme la mirada. ¿Os ha probado
mal la jornada de hoy?
— No ha
de ser cosa que valga, señor Pedro de Valdivia, porque me siento fuerte como
ayer y antes — respondió Gómez— . Descuidad de mí, que si algo tengo, pasará
con la noche.
— Sin
embargo, bueno será que lo digáis a Inés Suárez. Provista va de medicinas y
sabe administrarlas, agregó el Capitán, montando en su caballo para recorrer el
campamento una vez más, antes de retirarse a su toldo.
Siguiólo
Alvar Gómez y una vez que hubieron dispuesto los detalles de la jornada para el
día siguiente, desde Oropeza a Urcos, ambos Capitanes se dieron las buenas
noches y cada cual se fue a tomar descanso.
Inés
Suárez esperaba a Pedro de Valdivia con la cena preparada y ambos acomodáronse
uno al frente del otro para saborearla en amigable camaradería.
¿Estáis
satisfecho, señor, con la primera jornada de esta conquista a la cual, por fin,
habéis logrado salir? — interrogó Inés acercando solícitamente al Capitán los
recados de comer.
— Bien lo
sabéis, señora - dijo éste— , que no viví sino esperando que llegara este día.
Y como Sancho de Hoz cumpla conmigo y como se me junten Villagra, los tudescos,
y Jerónimo de Aldeete, mi viejo camarada, a quienes he citado en el valle de
Tarapacá, espero que los deseos de Diego de Rojas no se cumplan y me sea dado
poner feliz remate a esta mi empresa.
— Poco
espero de Sancho — replicó Inés— ; no lo vi sincero: aquellos dineros que
ofrecía no aparecieron cuando se los exigisteis.
— Lo
recuerdo; pero su firma abonada está ante el Marqués y no permitiré ser
burlado. ¡Bien me lo podéis creer!
Terminada
la cena, Pedro de Valdivia se metió en el toldo y mientras se echaba sobre su
cama de campaña, dijo a la esforzada mujer:
— He
visto al Maestre Alvar Gómez un tanto desmejorado, señora; cuidad de darle
medicina; fuerte es, pero le necesitamos vigoroso para esta larga jornada. No
lo olvidéis, señora; ¡no lo olvidéis, por Dios! — repitió al fin, sin darse
cuenta el mismo de que esa insignificancia llenaba su pensamiento por entero.
El
trayecto que escogió Pedro de Valdivia para su viaje al Sur fue el de la
altiplanicie boliviana en dirección el punto llamado Chucuito, situado a las
orillas occidentales del lago Titicaca.
En los
meses de diciembre y enero se producen en esa altura furiosas tempestades de
agua y viento que rarifican la temperatura y atacan las naturalezas mejor
constituidas si no están habituadas a esos violentos cambios atmosféricos.
La
primera etapa de la expedición iba a ser de ochenta leguas, desde el Cuzco a
Chucuito; la segunda, desde este lugar, hasta Arequipa, sólo de cincuenta y
nueve leguas, pero mucho más dificultosa, por cuanto deberían repechar enormes
y ásperos desfiladeros.
No podía,
la columna de infélices indios, cargadores a pie, avanzar más de tres o cuatro
leguas al día a través de los endemoniados senderos, ni tampoco era prudente
forzar los caballos. Además, no había objeto en apurar la marcha; el Capitán
había dispuesto, en consecuencia, que la expedición avanzara con lentitud y
buscando los pasos más cómodos; aún estaban en parajes poblados y podrían
encontrar comida para el día, reservando los víveres que llevaban para más
apremiantes circunstancias.
Y por
otra parte, yendo a esa marcha, les sería más fácil a los que desearan
incorporarse en el camino, dar alcance a la expedición.
Era
pesado el mediodía entre la jornada de Quijicaña a Checaupe, y llevaban
recorridas ya cuatro de las seis leguas que tenían el propósito de hacer ese
día, cuando Bernal Martínez, que iba al centro, vio que la cabeza de la columna
se detenía y que algunos hombres corrían, amontonándose alrededor del grupo
donde caminaba el Maestre Alvar Gómez. Al mismo tiempo percibió señales,
inexplicables a la distancia, y voces ininteligibles.
—
¿Entendéis algo, Luis de Toledo? — gritó, a su vez, Bernal Martínez, al joven
sevillano que marchaba cincuenta pasos adelante.
— Nada
entiendo, hermano Bernal — contestó el interrogado— , pero paréceme que ha
ocurrido un accidente. Ved — agregó, señalando hacia atrás— , allá viene,
apresuradamente, el Capitán.
En
efecto, al notar, Pedro de Valdivia, el extraño suceso, dio rienda y espuela a
su caballo y por entre riscos y malezas avanzaba por la posta, todo lo
rápidamente que podía, para llegar pronto hasta la cabeza de la columna a tomar
conocimiento del motivo que había detenido la marcha.
— No os
mováis y esperad mis órdenes — iba diciendo a los soldados, al pasar frente a
ellos.
La
expectación se hizo general; hasta los indios cargadores, parados cuales era
indiferente cualquier suceso que no estuviera relacionado con la comida o con
el descanso, hubieron de reparar en que se ordenaba una paradilla a las horas
más propicias para caminar.
Lo
ocurrido era gravísimo. El Maestre Alvar Gómez había sufrido un desvanecimiento
sobre su caballo en marcha y caído rotundamente al suelo, sin que fiadio
hubiera podido impedirlo a tiempo. Cuando Valdivia llegó al grupo, el Maestre,
apoyada la cabeza sobre la rodilla de su hijo Juan Gómez, yacía en tierra,
pálido y febricitante.
— ¿Ha
muerto?... — gritó con angustia Pedro de.Valdiva, tirándose del caballo que aun
no detenía su trabajosa carrera.
Nadie
atinó a contestar.
El
Capitán corrió a la vera del enfermo y repitió, anhelante, su pregunta.
— Aún
vive, señor— , contestó, lloroso, Juan Gómez.
— ¡Vive!
— exclamó Valdivia, acercando maquinalmente su rostro al corazón del enfermo. Y
casi al mismo tiempo gritó a los soldados que lo rodeaban:
— ¿Y que
hacéis, bellacos, que no procuráis medicina? ¡Id por Inés Suárez, vive el
Emperador!
Los
soldados se atropellaron para cumplir la orden, pero no era ya necesario. Inés
Suárez apeaba de su caballo jadeante, al que había obligado a correr en
seguimiento del Capitán, tan pronto como lo vio partir por la posta y en forma
tan inusitada, hacia la cabeza de la columna.
— ¡Ved,
señora, nuestra desgracia! — dijo Valdivia— . Es Alvar Gómez... ¡salvadle,
señora que aun alienta! ¡Salvadle, por Dios!
Todo el
campamento quedó consternado cuando corrió la noticia de que el Maestre de
Campo Alvar Gómez de Almagro, Veedor y Factor Real de la nueva colonia, había
entregado su alma tres horas después dél accidente.
El
extinto era un personaje “de mucho respeto e señorío” y su condición, la de un
“hombre principal”. Su muerte significaba una enorme desgracia para la
expedición, porque, aparte de las grandes cualidades de Alvar Gómez, de su
prudencia, tino, y del prestigio que le daba su parentesco tan cercano con don
Diego de Almagro, su desaparecimiento venía a disminuir el muy escaso número de
españoles que habían salido con Valdivia desde el Cuzco. Un hombre menos, de
Jos nueve o diez que venían, era muy gran pérdida.
Al
siguiente día, un grupo de indios vigilados por Lope de Ayala, cavó la
sepultura del Maestre en la failda de un cerro, y en la tarde, un cortejo
funerario desfilaba, triste y pausado, a entregar a la madre tierra los
despojos de Alvar Gómez, envueltos en un hábito de San Francisco, hecho, para
el caso, por la caritativa mujer española que acompañaba a los expedicionarios.
Juan
Gómez de Almagro, el huérfano, iba tras del féretro que los indios cargaban,
precedido por el Alférez Pedro de Miranda, que llevaba el pendón del Maestre;
el hijo, sumido el rostro en el embozo de su capa, portaba la espada y él
cabestro del caballo de su padre; Pedro de Valdivia, a su lado, mantenía al
mozo junto a sí, apoyando la mano sobre él hombro del muchacho; los demás
soldados y muchos indios, seguían el cortejo, silenciosamente.
Era el
primer dolor colectivo y sincero de esos aventureros, que salieron a buscar
fortuna o muerte.
§ 9.
Gavilla de pícaros
A la
Señora Errázuriz de Subercaseaux
El
notario Domingo de la Presa, no era hombre que abriera la garra una vez que
lograba echaría sobre su víctima. ¡Hay apellidos irremplazables! Habían pasado
quince días desde aquél en que el mulato Jerónimo había cumplido la orden de
prisión que el muy ilustre Alcalde don Juan Tollo diera contra Pero Sancho de
Hoz, a pedido de su acreedor, por no haber obedecido a las requisitorias que se
le habían hecho para que compareciera ante los estrados de la justicia a
reconocer “e ehancelar” la libranza de los cinco mil ducados con sus intereses
y costas. El infeliz Sancho, cuyos apuros monetarios liemos conocido, se
encontraba, no propiamente entre cuatro paredes, sino entre la espada y una
pared, por cuanto no tenía esperanzas de juntar los ocho mil “dorados” de 'la
deuda para salir de prisiones; y estando preso por deudas, era un sueño pensar
en el cumplimiento de sus compromisos con Pedro de Valdivia.
Sancho
había querido, desde un principio, alejar de las gentes principales de Lima
toda idea de que su prisión tuviera por motivo la insolvencia de su persona. Lo
primero que recomendó a sus amigos fue decir a quien preguntara, y aun a los
que no preguntaran, que su prisión era una vulgar venganza del Alcalde Tello,
tenido, con razón o sin ella, por almagrista y a causa de que Sancho era uno de
los firmes partidarios y sostenedores del Marqués Pizarro.
Juan de
Guzmán, el soldado Ortiz Pacheco y aun Gonzalo de los Ríos — que recién había
entrado en tratos con Sancho para venir a Chile y que aun no conocía los
antecedentes de su jefe— se fueron por corrillos y fondas alardeando de que el
preso no soltaría un solo maravedí mientras lo mantuvieran en prisión, y que
pronto llegarían órdenes del Marqués para que se le diera libertad, item más,
acompañadas de la correspondiente filípica para el Alcalde atrabiliario y
almagrista.
¡Faltaba
más que un alcaldillo se atreviera a poner mano sobre un fidalgo de las
campanillas de Pero Sancho y que enarbolaba títulos reales de gobernador!
— Que use
la vara para medir telas, ese alcalde ordinario, terminó diciendo cierta vez el
“dicho” Juan de Guzmán en un corro que se había formado en el pórtico de la
Iglesia del señor San Francisco, a la salida de misa.
Alguien
llevó el chisme al señor Alcalde, adornándolo, como es de rigor en estos casos,
con agunas baladronadas más, a fin de que hicieran más rápido efecto.
— ¿Con
que esas tenemos, seor hidalguillo de pega? — diz que dijo el Alcalde, al saber
el chisme— . Ahora veredes lo que llamáis alcalde ordinario, y para lo que me
sirve esta vara — agregó, requiriendo el símbolo de su autoridad— . ¡Alza,
Jerónimo — dijo al mulato alguacil— , y que te siga un par de tus guindillas!
Y en
solemne cortejo, atravesando las calles más concurridas de Lima, llegó a
golpear la puerta de la “posada” de Antonio de Ulloa, donde vivía Juan de
Guzmán, el hablador.
— ¡Plaza
a la Justicia! - pronunció el Alcalde, junto con penetrar al zaguán— .
Conducidme a donde se halla Juan de Guzmán, estante de esta ciudad.
El
yanacona que recibió la orden dio media vuelta, tiritando de miedo a la vista
de los mal agestados corchetes que seguían al señor Alcalde, e indicó la puerta
de otro patio. Guzmán, sentado en un taburete a la sombra de un alero, en
camisa, con la cara enjabonada y una bacía en el pescuezo, estaba entregado a
la pericia barberil de su compañero Juan Ortiz Pacheco.
Al ver a
don Juan Tello abrió desmesuradamente los ojos — la boca ya la tenía abierta— y
sin alcanzar a ponerse de pie, oyó del representante de la justicia estas
palabras:
— Téngase
en calma, el hidalgo de Guzmán y dése preso a la Justicia del Emperador.
— Señor
don Juan Tello... — alcanzó a decir Guzmán.
— Y sin
chistar una palabra... — interrumpió Su Señoría, alzando la vara a la altura de
su cabeza.
— Venga
mi jubón y capa... — habló tímidamente el preso.
— El
hábito no hace al monje — interrumpió de nuevo el Alcalde— ; véngase, Vuestra
Merced, como está, que no por andar sin jubón el corto trecho que nos separa de
la cárcel, va a sufrir menoscabo en su hidalguía.
Y los dos
corchetes lo sujetaron por ambos brazos, empujándolo hacia adelante.
— Si le
limpiáis el jabón, os llevo también a vos, seor barbero — dijo severamente el
vengativo Alcalde al soldado Juan Ortiz, que hizo amago de acercar una toalla a
la cara del preso.
. Y en
esa ridicula facha y con tal escolta, fue paseado hasta la cárcel, por las
principales calles de la ciudad, el fanfarrón de Juan Guzmán.
¡Con
razón ha dicho don Ricardo Palma, que el Alcalde don Juan Tello ha sido el de
peores pulgas que haya gobernado a Lima!
A poco
fue convenciéndose el acreedor Domingo de la Presa de que su deudor, Pero
Sancho de Hoz, no loria donde se le parara una mosca, pues, sea, por una u otra
causa, o por arte de birlibirloque, los “bienes e granjerías” del orgulloso
Gobernador y Conquistador en ciernes, no aparecían por ninguna parte.
Los
administradores de las encomiendas y de los arrendamientos del diezmo, apoyados
en Has cuentas del rabulilla Orcun Malaver, juraron y perjuraron ante la
justicia que las partidas asentadas en los libros eran perfectamente auténticas
y por ende, que entre- el activo y el pasivo, si deferencias habla, lo eran a
favor del pasivo.
De la
Presa, con aquel olfato que la Providencia otorga a los prestamistas, olió que
su dinero iba a correr borrasca si no descendía, en sus pretensiones, ai
terreno de la realidad, ¿Qué conseguía él, con que Pero Sancho se pudriera en
la cárcel? ¿Echarse por enemigos irreconciliables al preso y a sus ami'gos,
quienes no eran tan poca cosa cuando tenían en su poder cédulas reales muy
dignas de consideración?
— Mejor
será cambiar de sistema — díjole a su chambergo el Notario, y
encasquetándoselo, endilgó hacia la posada del Alcalde a quien le expuso su
modo de apreciar la cuestión.
— Haga,
Vuestra Merced, lo que le dé la gana — contestó el Alcalde— ; de mí sé decir
que no saldrán de la cárcel ni Sancho, ni Guzmán, antes de que me pidan perdón
por el desacato cometi
do en mi
persona, representante como soy de la Justicia del Rey. Ya lo sabe el
ocurrente, y despache.
Premunido
de todas estas armas presentóse Domingo de la Presa ante él desesperado huésped
del mulato Jerónimo, cuya posada servía de cárcel pública.
— Es
inútil que pretendáis, nuevamente, quitarme mi dinero — dijo el preso, echando
despreciativa mirada sobre el prestamista— ; ya os he dicho que no largaré un
tomín forzado por justicia y que aguardaré, con toda mi paciencia, a que
vuelvan los mensajeros que mandé a'l Cuzco, ante el Marqués Pizarro.
— Señor
Pero Sancho — respondió, tranquilamente, Domingo de la Presa— ; vengo a
libertaos a poca costa. Sé que vuestro orgullo os impide confesar que no tenéis
ni para pagar el responso de un párvulo, que es el más barato según el arancel
del Cabildo; de modo que he pensado pedir al señor Alcalde vuestra libertad
porque, no teniendo vos cómo pagarme, no quiero que cargue sobre mi cristiana
persona y conciencia el que envejezcáis o paséis de esta vida en la cárcél...
Quiso
protestar, Sancho de Hoz, de tan generosa resolución, pero, pensándolo bien,
optó por aceptarla con sana filosofía y desde luego, no fuera que el de la
Presa se arrepintiera de habría soltado.
— Con
que, ya sabéis mi resolución, señor Gobernador — terminó el Notario— . Por mí,
desde mañana estáis libre para salir a vuestros menesteres; ya me pagaréis
cuando regreséis, poderoso, a estos reinos, después de haber conquistado a
Chile; eso sí que entonces os cobraré la deuda con lo rentado y lo que rentará,
peso sobre peso, y ¡vive Dios que me la pagaréis! Dios guarde a Vuestra Señoría
y Merced, agregó el usurero, formulando una grotesca genuflexión de cortesía y
dando vuelta la espalda al estupefacto Pero Sancho.
Al día
siguiente comparecían ambos presos ante el Alcalde don Juan Tello, el cual,
después de echarles una peladilla de cuerpo presente, de esas con mostaza,
pimienta y ajos, les hizo leer un auto que decía, más o menos:
“Fallo
que debo mandar e mando: visto, que me habéis pedido perdón por vuestros
desacatos y malas palabras y oídas las promesas de enmienda, que me habéis
fecho, os dejo libertad y plazo de quince días para que salgáis de esta ciudad
y sus términos; otrosí, mando a vos, él dicho Pero Sancho de Hoz, que no
volváis a esta dicha ciudad de los Reyes sin traer los dineros a que
sois
obligado e debéis al dicho Domingo de la Presa, vuestro acreedor; otrosí, mando
a vos, el dicho Juan de Guzmán, que paguéis, in continente, antes de salir de
prisiones, cuatro pesos de oro de ley perfecta a cada uno de Jos alguaciles que
os aprehendieron y más seis pesos cada un día a Jerónimo, carcelero. E mando
que se haga e cumpla lo aquí mandado e lo firmo”.
—
Vuestras Señorías y Mercedes cslán servidas y me perdonen — terminó don Juan
Tello, mostrando la puerta franca a los reos.
A todo
esto, habían transcurrido más de dos meses entre el 28 de diciembre de 1539 —
fecha del contrato firmado por Valdivia y Sancho en presencia del Marqués
Pizarro, “en la sala de su comer”— y los días de estos acontecimientos que
acabo de relatar. En otras palabras, iba perdida más de la mitad de los cuatro
meses del plazo que se había fijado el socio Sancho de Hoz para aportar a la
expedición de Pero de Valdivia los “caballos, coracinas y dos navíos cargados
con las cosas necesarias para la dicha armada”, y todavía no había empezado a
rcunirlos, ni esperanza tenía.
De su
cuñado Diego de Guzmán — al que dejara en el Cuzco para buscar soldados y
caballos con los cuales juntarse a Valdivia en el camino— había tenido noticias
muy desconsoladoras: Diego se incorporó a la columna en los términos de
Arequipa con dos o tres hombres casi desnudos, a quienes Valdivia tuvo que
proveer del equipo y armamento más indispensable: éstos fueron Francisco de
Galdámez, Francisco de Escobar y un muchacho de catorce o quince años llamado
Juan Romero, a quien habremos de conocer, muy de cerca, en las espantosas
tragedias que se desarrollaron en los primeros años cíe la ciudad de Santiago.
Por muy
ilusionado que estuviera Sancho de Hoz con sus expectativas de socio en la
conquista de Chile, y por grandes que fueran su ambición y audacia, no podía
dejar de convencerse de que su compañía o sociedad con Pedro de Valdivia era ya
un fracaso.
Dos
nuevos amigos se le habían agregado a los que lo rodeaban en Lima desde sus
primeras gestiones; éstos eran dos petarditas que con sus hazañas traían al
retortero a los alguaciles de la ciudad, de cuyas garras escapaban, casi
siempre con ingenio. Llamábase uno Antonio de Pastrana, cincuentón, natural de
Medina de Rioseco, y el otro, su yerno, mozo de veinticinco años, originario de
Castilla la Vieja, nombrado Alonso de Chinchilla. Habían venido juntos a las
Indias y en sus correrías por México, Guatemala, Venezuela y Quito, dejaron
siempre “memoria amarga de sí”, ante el vecindario y la gente de Justicia.
Según testigos que lo conocían, Chinchilla era “un hombre vicioso, liviano e
jugador”.
Habían
pasado diez días desde que Sancho y su cuñado salieran de la cárcel; por cierto
que nada había conseguido el primero en favor de su empresa, pues ya se sabía
en Lima que no tenía ni para darle de comer a un pollo; a un hombre sin dinero,
le huye él dinero.
El plazo
alcaldil para salir de Lima íbase acercando, la situación podía llegar a ser
desesperante y Sancho reunió a sus amigos, para deliberar.
Juntos en
la posada que les servía de alojamiento, cada uno fue diciendo su opinión y
proponiendo arbitrios a cuál más disparatado, hasta que, por fin, Pero Sancho,
dirigiéndose a Chinchilla y a Pasirana que no habían soltado palabra, les dijo:
— Y
vosotros ¿qué pensáis, señores? Paréceme que queréis abandonarme a mi suerte...
¡Hablad, señor Alonso de Chinchilla!. ..
—
Olvidáis, señor Pero Sancho, que os di mi parecer hace dos días...
— Eso lo
tomé a chanza señor mío, y el caso no es para chanza.
— ¿Y qué
es ello? — preguntó Juan de Guzmán.
—
Decidlo, si queréis, señor Chinchilla — agregó Sancho— , y así veréis si estos
caballeros piensan como yo.
— ¿Somos
todos amigos? - insinuó Chinchilla.
— ¿Lo
podéis dudar? Aquí tenéis a vuestro suegro Pastrana; a mi cuñado Juan de
Guzmán; a Gonzalo de los Ríos y Antonio de Ulloa que me acompañan sin ambages y
me lo han demostrado. Juan Ortiz Pacheco, mi criado, no está presente, lo que
es mayor garantía para el secreto de lo que digáis, aunque yo cuento con su
lealtad — concluyó Pero Sancho.
— Pues,
señores — dijo Chinchilla- , lo que ha de hacerse es quitar el mando a Pedro de
Valdivia y ponerlo en cabeza de Sancho de Hoz, que tiene títulos por el rey.
Callaron
todos; la proposición era atrevida y de consecuencias muy graves.
Al cabo
de algunos segundos de forzado silencio, Pero Sancho, dijo:
— ¿No
veis, señor Chinchilla, que nadie os contesta siquiera?
— Es que
lo piensan — agregó intencionadamente el audaz proponente— ; ya veréis que nos
llegaremos al acuerdo-
— ¿Y de
qué modo puede hacerse eso? — dijo Guzmán.
— Pues..
con resolución y energía.. .
— Y mucha
prudencia — agregó Pastrana,..
— ¿Con
quiénes contáis? — preguntó, luego, Antonio de Ulloa.
— Vedlo —
respondió Sancho— . Aquí somos siete, más Diego López de Avalos, pariente mío
según se empeña, a quien encontré antier en el Callao y que está llano a
seguirme. Diego de Guzmán díceme que tiene tres o cuatro más que ya están
incorporados a la expedición, con Pedro de Valdivia; a éstos debéis agregar a
Juan Ruiz Tobillo, que salió del Cuzco, por la posta, con dos caballos, para
juntarse, en la columna, con Diego. Somos doce hombres ...
— Y
Valdivia se ha partido apenas con siete muchachos — dijo pausadamente Pastrana—
, y a esos se les podrá trabajar, para que, una vez quitado el mando a
Valdivia, reconozcan, sin pena, al nuevo Gobernador ...
Los
conjurados salieron de la ciudad de los Reyes dos o tres días más tarde, cada
cual con una comisión que cumplir dentro del plan que habían adoptado en las
reuniones que siguieron a la relatada; se debía “eliminar” a Pedro de Vnhlivh,
antes de que llegara la expedición al campamento de Tarapacá en donde, según
noticias, habría de reunirse parte de la tropa que venia derrotada de los
Chiriguanos. Mientras menos soldados tuviera Valdivia, mayores probabilidades
habría para dcrrotarlo.
Sancho,
Ulloa, López de Avalos, Juan de Guzmán y Ortiz Pacheco, irían, derecho, al
lugarejo de Acari situado en los términos de la ciudad de Arequipa para
determinar allí el procedimiento definitivo; Pastrana, Gonzalo de los Ríos y
Alonso de Chinchilla, rodeando caminos en busca de soldados, se juntarían a Jos
anteriores en el mismo punto y allí, todos de consuno, deliberarían y
acordarían. Todo iba a depender del número de soldados que se lograra reunir, a
fin de que el golpe fuera rápido y aplastante.
Sancho de
Hoz había empezado su vida de impenitente conspirador.
§ 10.
“Quien no anda ni mira derecho”
Al Señor
Don Carlos Silva Vildósola
La
llegada al campamento expedicionario de aquel Diego de Guzmán, cuñado de Pero
Sancho, que a raíz de haber quedado firmado él contrato de compañía entre ambos
socios, en el Cuzco, se adelantó hacia Arequipa con el objeto de enganchar
soldados, adquirir caballos y otros elementos para proveer a la expedición,
produjo en el valeroso Conquistador de Chile muy explicable alegría.
No venía,
Guzmán, acompañado, como era de esperarlo, de una partida de caballeros
equipados, ni traía recua de bagaje; pero la sola presencia de un representante
de su socio, del cual no había tenido noticias en tres meses, era indicio
cierto de que la compañía que tenía hecha continuaba en vigor y Sancho
dispuesto a cumplir con sus estipulaciones.
— ¿Veis,
señora — dijo Valdivia a Inés Suárez, cuando fue anunciada la presencia, en el
vivac, del recién llegado— que el Pero Sancho no se ha perdido, como suponíais,
y manda mensajero para comunicarme sus 'noticias?
— Lo
primero será saber qué os viene a decir - respondióle Inés— ; por lo que se
deja ver, no trae consigo nada de lo mucho que ha prometido.
— Eso lo
sabremos luego; veo que Diego y su acompañante vienen hacia aquí con él Maestre
Pero Gómez de Don Benito.
Efectivamente,
Guzmán, al divisar al Capitán Valdivia que apareció frente a su toldo,
emprendió al galope los ochenta o cien pasos que le faltaban para recorrer.
— ¡Dios
guarde al señor Capitán Pedro de Valdivia, para beneficio y triunfo de esta
cristiana empresa! — dijo Guzmán, desmontándose rápidamente y corriendo a
estrechar entre sus brazos al Conquistador.
- El os
traiga en salud y paz, señor Diego de Guzmán — contestó Valdivia,
correspondiendo con efusión el saludo del recién llegado— . Pasad, si queréis,
a mi toldo, o sentaos aquí fuera en el hato de mi equipaje, y cenaréis en mi
compañía.
— Muy
honrado estaré, señor Capitán.
— Y vos —
dijo Valdivia al criado que seguía a Guzmán— , pedid a mi señor Maestre que os
dé cena y acobijo para que descanséis.
El criado
que era un muchacho de unos quince años, quitóse el sombrero hasta la altura de
una oreja, formuló algo así como una sonrisa de agradecimiento — lo que en
realidad resultó una mueca, porque a despegar los labios salivosos mostró unos
dientes largos y deformes— inclinó ridiculamente el busto y endilgó unos
pasitos desparejos y breves hacia el grupo donde había quedado el Maestre de
Campo.
Pedro de
Valdivia no pudo menos que observar los movimientos de este raro ejemplar de
conquistador.
— ¡Qué
mozo más particular el que os sirve, señor de Guzman! — dijo el Capitán,
volviendo a mirar, segunda vez, al criado que iba alejándose— ; más parece un
lego despensero que un mancebo en servicio de guerra.
— Pues,
ahí donde le veis, es un muchacho útil, servicial y de mucha lealtad -
respondió Guzmán— , Encontrólo en Panamá, abandonado, y siguióme, por la
comida, pues no reconoce familia en las IndiasLo veréis siempre retraído,
humilde, empeñoso en los menesteres que le mandéis y observando a cada momento
la ocasión de agradaros...
—
¡Pardiez! el mozo es, entonces, una joya. ¿Y cómo se llama? ...
— Juan
Romero.. .
— Pues
vayan mis parabienes por Juan Romero, que si no nos servirá, según parece, para
empuñar espada, nos ayudará a guisar comida, concluyó el Capitán soltando una
carcajada, mientras golpeaba cariñosamente la espalda al pariente de su socio.
La
primera impresión de alegría se desvaneció en Pedro de Valdivia al oír de Diego
Guzmán el relato de sus infructuosas gestiones para juntar soldados, caballos,
coracinas y los otros elementos de guerra que le habían sido encargados; y
aunque el mensajero decía estar cierto de que su hermano Juan y Sancho de Hoz
traerían de Lima todo aquello a que el socio se comprometiera sobre su firma,
el Conquistador no se hizo ninguna ilusión y se determinó, íntimamente, a
proceder como si la tal compañía o sociedad no existiera ya.
La
situación del Jefe expedicionario era, como es fácil comprender, mucho más
comprometida, en esos momentos, que lo que fuera antes de salir del Cuzco. Si
en aquel entonces no se presentara Sancho de Hoz con sus pretensiones
ambiciosas y con sus ofrecimientos aspaventosos, tal vez el Capitán no habría
determinado la marcha, sin estar premunido de mayores elementos de guerra y de
más firmes seguridades de contar con el refuerzo de los soldados que vendrían
de la Altiplanicie.
Pero ya
la expedición estaba en marcha, y en ella había avanzado más de- doscientas
leguas castellanas de cinco kilómetros y medio cada una; se encontraban cerca
del río Sama e iban a entrar en los términos de Tacna. Regresar al Cuzco,
abandonar la partida después de todos los sacrificios hechos, era imposible .
para un Capitán como Pedro de Valdivia, cuyo esforzado espíritu y voluntad de
hierro habían vencido, hasta esc momento, dificultades que parecían
insuperables.
Para
agravar más la situación, los indígenas peruanos se habían presentado un tanto
belicosos en el trayecto de Soguanay, Moquegua y Locumba, y en uno de los
encuentros fue mal herido Francisco Martínez, aquel representante que mandara
en la expedición, para vigilar sus intereses, el hombre de los “tejos de a
libra”, Lucas Martínez Vegaso.
El herido
no podía continuar la marcha y era preciso dejarlo en poblado para que se
curase y repusiese; tampoco era posible enviarlo solo a Arequipa, el caserío
más cercano; había necesidad absoluta de desprenderse de dos hombres por este
capítulo; era imprescindible, además, procurarse refuerzos, tanto de caballos,
equipo y alimentos, cuanto de hombres de guerra; Valdivia no titubeó y resolvió
el problema con criterio de gobernante hábil y previsor. Acompañarían al herido
hasta Arequipa, su hermano Bautista Ventura y el soldado Juan de Almonacid. En
este caserío quedarían los hermanos hasta que sanase el enfermó y mientras
tanto, Almonacid, con poderes bastantes para contratar soldados y adquirir
caballos por cuenta y crédito de Valdivia, reco-
rrería la
región del contorno, y siguiendo por las faldas de la Cordillera, hacia el Sur,
se juntaría con la expedición en Tarapacá, Calama, Pica, Atacama o Copiapó.
Entre
tanto, los hermanos Francisco Martínez y Bautista Ventura habrían de regresar
al Cuzco a pedir al “hombre de los tejos”, el fletamiento rápido de un navío
cargado con elementos, que zarpara del Callao con rumbo a Arica u otra caleta
de más al Sur.
Y así
hizo, disminuyendo en tres hombres el escaso número de los soldados de guerra,
en las peligrosas circunstancias de que los indios comarcanos empezaban a
hostilizar a la columna, según ya sabemos.
— ¿Y no
me diréis qué maña empleáis para dar caza a estos animalejos, señor Romero? —
preguntó Valdivia al criado de Diego Guzmán, que había llegado hasta el Capitán
trayéndole, de regalo, dos puliques, especie de comadrejas que se criaban en
los matorrales cenagosos de la altura.
— Todo se
consigue con paciencia, señor Gobernador — contestó Juan Romero, humildemente—
; mi maña es esa; armo una trampa, me escondo cercano a ella, y espero,
inmóvil, a que la presa me acuda al cebo que le he puesto...
— ¿Y si
la presa no viene, señor cazador?
— Si no
ha venido... es señal de que vendrá al poco rato, y si aún no viniese es que el
cebo que le he puesto no la atrae; en ese caso, cambio el cebo y espero sin
aburrirme. Tengo paciencia para esperar, señor Gobernador.
— ¿Y una
vez que viene?...
— ¡Oh,
señor Gobernador! Una vez que la presa ha venido ya no se me escapa. Para mí,
la dificultad está en que la presa acuda, en que haya de acudir por sí misma...
¿Pensáis en lo que ocurriría si yo mismo pudiera ir al alcance de las
comadrejas, en vez de esperarlas a que vengan a caer en mi trampa?
— Ya lo
veo; cenaríais comadreja, a diario...
—
Perdonad, señor Capitán, no las gustaría mi paladar, teniendo, como tengo,
obligación con mis amos. Para vuestra mesa las cazaría, señor Gobernador, y
para solaz de mi señora Inés Suárez, a quien reverencio como su más humilde
criado... Y con el permiso vuestro, señor Gobernador, voy a entregar estos
animaluchos a la mulatilla Catalina, para que os los tenga aderezados en la
cena de esta noche, concluyó Romero, inclinando
la cerviz
y echando a andar con sus tranquitos disparejos y sin levantar del suelo los
ojillos de mirada indecisa y cejijunta.
Valdivia
siguió con la vista al muchacho durante unos instantes y luego, volviéndose a
Pedro de Miranda que en ese momento llegaba a su lado, díjole, mostrándole a
Juan Romero que ya estaba lejos:
— ¡Parece
un infeliz!... ¿Verdad Miranda?
— Un
infeliz o un pícaro, señor Capitán — contestó el Alférez.
— Por qué
lo decís?
— No lo
sé; pero mi tío, canónigo de la santa Catedral de Navarra, enseñóme una conseja
que me dijo tenía bien experimentada y que empieza así:
“Quien no
anda ni mira derecho, piensa lo torcido y hace contrahecho”.
Y mi
señor tío, a quien Dios guarde, es un hombre tenido por discreto.
— No
juzguéis para que no seáis juzgado — expresó, sentenciosamente, el Capitán.
— Quien
mucho observa y al hacerlo disimula, mal me parece y se me ocurre, señor
Capitán, que haréis bien en retraeros un poco cada y cuando pueda oíros ese
Juan Romero — terminó diciendo Pedro de Miranda.
El toldo
de Luis de Toledo era el preferido de los soldados para reunirse a cenar
después de cada jornada. En su derredor, o debajo del pintado alero, los
aventureros se comunicaban los incidentes del día, o se entregaban a recordar
la patria lejana dedicándoles amorosas añoranzas, entremezclándolas con las
risueñas expectativas de retomar a sus lares algún día, triunfantes en gloria y
en dineros.
Casi
todos acudían allí a formar el coro en estrecha camaradería, pues entre el
corto número de aventureros que salieron del Cuzco, mozos casi todos, existía
un compañerismo cercano a la hermandad. A las veces, el propio Pedro de
Valdivia participaba de esa charla de vivac y no pocas acudía a la tertulia de
los muchachos Inés Suárez, en quien veían todos una madre y la respetaban como
a tal.
Los
soldados que iban incorporándose a la expedición se allegaban también al
corrillo de Toledo; pero, ya fuera porque el número de los soldados iba siendo
más numeroso, ya fuera porque los nuevos compañeros eran de más edad y sus
caracteres variados y poco dúctiles, el hecho fue que una tarde, Francisco de
Escobar, después de cambiar algunas palabras de alto a bajo con Lope de Ayala,
por la insignificancia de que éste no le había cedido el hato en que estaba
sentado, díjole:
—
Paréceme, señor Lope de Ayala, que vuestros mayores no se tomaron la pena de
daros buena crianza.
— Estáis
equivocado, señor de Escobar; me la dieron de buena calidad, la recuerdo y la
practico — replicóle el mozo.
— Pues,
estáis demostrando lo contrario con no haberme cedido el hato que ocupáis,
siendo yo un soldado de más edad y condiciones que las vuestras.
— Si me
lo hubieráis pedido como cumple a camaradas, podíais estar cierto de que ya lo
estaríais ocupando; pero no os reconozco, y perdonad, ninguna autoridad para
que me lo exijáis en la forma como lo habéis hecho.
Y dicho
esto, Ayala púsose de pie, dio las buenas tardes y se alejó del grupo, seguido
de Miranda y de Hernando Vallejo.
A poco la
tertulia dispersóse y al día siguiente no concurrió a ella Escobar, ni
Galdámez, ni Antón Hidalgo, ni Gabriel de la Cruz, que desde su llegada habían
sido también de los más asiduos. En cambio, éstos, y en general, todos los que
no habían salido desde el Cuzco, organizaron su corrillo en el toldo de Diego
de Guzmán, el cuñado de Sancho de Hoz. La división estaba producida ya, en el
insignificante grupo de conquistadores.
Sin
embargo, hubo un soldado que dedicó todos sus esfuerzos a que desapareciera
esta división: era el más humilde de iodos, el más servicial, el más callado,
el más indiferente a todo lo que no fuera cumplir con meticulosa exactitud las
variadísimas obligaciones que aceptaba, sin chistar, de jefes y compañeros, y
las que él mismo se imponía con abnegada buena voluntad...
Este
soldado era Juan Romero, el cazador de comadrejas.
— Os
repito, Miranda, que ha sido el propio Romero quien me lo ha asegurado,
insistió Luis de Toledo, y ese muchacho tiene cara de ser veraz. Dice que él
conoce a Pero Sancho, como conoce a sus cuñados Diego y Juan de Guzmán y que
pronto ha de venir Sancho, desde los Reyes de Lima, trayendo gente y recursos
para la expedición; y agrega que junto con llegar el Capitán Valdivia le hará
reconocer como Gobernador y Capitán General de la expedición, por el rey.
— ¿Pues,
qué queréis? Yo no lo creo así. Bien claro fue y público y notorio en el Cuzco,
que el Marqués Pizarro dio poderes a Valdivia para venir a esta conquista y
esos poderes pregonados; yo los vi pregonar de boca de Pedro Mejía.
— También
yodos oí leer y pregonar no sólo en el Cuzco, sino en Lima — respondió Toledo-
; pero bien podría ser que cuando llegó Pero Sancho al Cuzco, a fines del
pasado año, el Marqués hubiera dado nuevas provisiones... En fin, terminó Luis
de Toledo, ahora sólo se trata de que Lope de Ayala y Escobar se den las paces,
para lo cual éste se encuentra dispuesto. ¿Qué decís a esto?
— Ya os
he dicho que al Juan Romero no lo trago, por más que lo masco — agregó Miranda—
. Todo cuanto dice y hace, yendo de un toldo a otro en faz de componedor,
huéleme a picardía y lo que más me disgusta es que el Capitán Valdivia, con el
cuento de las comadrejas que el Romero le trae a diario, no permite que yo le
diga, para su beneficio, lo que pienso. Y por fin, Toledo, a mí me importa poco
que mande uno u otro; criado soy del Capitán' Valdivia y debajo de su bandera
he de continuar mientras él lo quiera.
— Lo
mismo digo, y bien me lo podéis creer — agregó Toledo:
— Y
cuanto a que los Guzmanes y sus amigos habrán de ser, después favoritos de su
pariente Pero Sancho, y que por ello los habríamos de servir y adular desde
ahora, yo pienso como Lope de Ayala: que no tenemos por qué, y si el mando
cambia de dueño, y esto se descompone, con torcer riendas y regresar al Cuzco,
hemos hecho la obra.
— Y yo
estaré por vosotros, Miranda — concluyó Toledo— , que junto salimos y junto
hemos de volver... ¡Pero, ved quién está allí, sin que lo hayamos notado!...
— ¡Dios
guarde a sus mercedes los valerosos hidalgos Luis de Toledo y Pedro de
Miranda!... — pronunció el cazador Juan Romero a distancia de unos pasos,
formulando una grave inclinación del busto; pídeles perdón por interrumpirles
en su importante plática y permiso para darles un recado que traigo...
—
¡Avanzad... ¡pardiobre! — dijo violentamente Pedro de Miranda— . ¡No parece,
sino que os burláis de nosotros con tanto melindre!.. y para otra vez, avisad
vuestra presencia... ¡señor Romero de los demonios! y no os quedéis escuchando
lo que se habla… ¡pardiobre!
§ 11.
Semana de Pasión y Misa de Gloria
Al Señor
Don Domingo Amunátegui Solar
Cuando,
al partirse Valdivia del Cuzco, fue a pedir su bendición al Obispo don Fray
Vicente Valverde y este prelado le dio, además, provisión en blanco para que la
llenara con el nombre del presbítero que considerara digno del cargo de
“capellán de campo y ejército” de la expedición, el Capitán pensó luego en el
clérigo Juan Lobo, de quien le hablara el Marqués Pizarro. Pero habían pasado
ya, y con mucho, los contornos poblados de Arequipa, donde, según Pizarro, se
incorporaría este clérigo y el Tonsurado no aparecía aún.
Sentía,
Pedro de Valdivia, la falta de este Capellán, por cuanto la columna iba a
entrar ya en el tenebroso Despoblado de Chile y no llevaba un elemento tan
importante como lo era un sacerdote que administrara los sacramentos a los
sanos y a los moribundos, en aquellos tiempos en que todos los hombres cumplían
estrictamente con los mandamientos de la Iglesia, en confesión de su fe, y para
no caer en sospecha de herejía o de judaismo.
Durante
el camino recorrido, la columna había aprovechado su paso por Sicuani, Puno,
Arequipa y otros caseríos, que eran centros de “encomiendas” — y en los cuales,
naturalmente, existían misiones— para cumplir sus deberes religiosos y
principalmente para “ver misa”.
Pero,
estando por salir de los términos de Arequipa que era la ubicación más
distante, para el Sur, de las encomiendas peruanas, y en donde empezaban ya los
“despoblados”, la situación religiosa de los expedicionarios iba a entrar en un
caos por ausencia de los sacramentos. Esto significaba una verdadera
preocupación para los conquistadores y muy especialmente para la cristiana
conciencia del Capitán, responsable de la vida material y espiritual de la
gente que llevaba' consigo.
La última
misa la había “visto” en Moquegua con un reverendo mercedario llamado el Padre
Carmona, notable pico de oro, que estaba desterrado, voluntariamente, en
aquellas serranías, para combatir “ciertas vanidades” provenientes de sus
grandes éxitos oratorios en el Cuzco y en los Reyes, los cuales habían causado
algunas envidias en el Prior de la Orden de Predicadores.
El Padre
Carmona era sabedor de las hazañas y fama de Pedro de Valdivia, y su
estupefactante empresa de conquistador de Chile; de modo que estimó de su deber
aplicarle un sermón, después del Santo Sacrificio, en el cual discurso le llamó
“potente Marte”, “espada flamíjea de la fe”, amén de otros epítetos, más o
menos gongorianos, escuela que estaba de priva en aquel siglo.
Inútiles
fueron las gestiones que practicó el Capitán para encontrar en aquéllas
regiones algún clérigo- presbítero que quisiese acompañarlo a Chile; todo lo
que encontró, relacionado con el culto divino, fue un soldado de unos sesenta y
cinco años de edad, llamado Gaspar Banda de Aguilar — que ya había estado en
Chile con Almagro— quien se le ofreció, humildemente, para venir en la
expedición con el empleo de sacristán, obligándose a rezar "el rosario
todas las tardes en el vivac, llevando el coro.
Si el
candidato hubiera sido joven, o por lo menos de edad no tan provecta, es seguro
que Valdivia lo hubiera traído a Chile, pues podida haber ocupado al rezador
crepuscular en menesteres de índole guerrera durante el día; pero esto no era
posible y a pesar de la escasez de hombres, el Capitán hubo de limitarse a
agradecer, a Banda de Aguilar, su buena intención.
Por si no
tengo otra oportunidad para nombrar a este viejo soldado diré, ahora, que murió
de ciento diez años y guerreó por toda la América durante sesenta y tantos; en
los últimos de su vida, vino otra vez a Chile, y vistió el hábito de ermitaño
en una ermita que fundó a su costa, bajo la advocación de San Miguel Arcángel,
al sur de la ciudad de Santiago, allá por los años de 1595 en los terrenos que
hoy se denominan “Llano de Subercaseaux”.
Eran los
primeros días de marzo de 1540 cuando la columna, después de una travesía
penosísima por el paso de Sama, desfiló a través de los empinados morros hacia
los últimos contrafuertes que van a morir en el valle de Tacna, donde,
cumpliendo la orden del Capitán, debía descansar la expedición una semana por
lo menos.
Dos
motivos había tenido Valdivia para ordenar esta detención: uno era el muy
justificado de que la tropa, las “piezas” de servicio y los animales, se
repusiesen de la fatiga de tan dura jornada, y el otro — el principal— guardar
los días de Semana Santa que se acercaban.
El
viernes de Dolores, dos días antes del Domingo de Ramos— quedó instalado el
campamento, en el lugarejo de Pachía, a las orillas del río Caplina, que riega
pobremente las esponjosas tierras del valle de Tácana o Tacna.
— Mañana
es Domingo de Ramos, señor Capitán — dijo el Maestre Pero Gómez de Don Benito—
, y con él empiezan los días de la Pasión de Nuestro Señor. Por nuestros
pecados, nos encontramos privados, ahora, de los consuelos que daría a nuestras
almas un capellán, haciéndonos misa y guiándonos en el rezo de vísperas y
maitines, para cumplir lo que manda, en estos días, nuestra Santa Madre la
Iglesia; pero es opinión de todos, aue debemos dedicarnos a la oración durante
esta semana y a llevar, según Dios nos lo dé a entender, el orden de los
divinos oficios. Como procurador de la tropa os pido, pues, vuestra venia para
proceder así.
— Señor
Maestre de Campo — contestó el Capitán— , me dais un gran consuelo. Sábelo
Dios, yo no he dejado de la mano el empeño de encontrar un clérigo que sirva de
director de nuestras almas, y bien decís que por nuestros pecados estamos
sufriendo el martirio de vernos privados de sus servicios. Bien me parece,
pues, lo que me proponéis; disponed lo conveniente y que Dios y Santa María nos
lo lleven en cuenta.
Al
siguiente día se alzaba en la “plaza de armas” del campamento el abigarrado
altar que la fe de aquellos aventureros había levantado, el primero, tal vez,
en aquellas soledades, para adorar a la Divinidad.
Un árbol
despojado de sus ramas había sido transformado en cruz, y delante del Símbolo
de Redención se levantó con jabas, cajones y maderos el “monumento” sobre el
cual se iba a alzar la imagen “de bulto” de la Virgen María que Pedro de
Valdivia portaba en el arzón y que había entregado, muy de su agrado, para que
presidiera los oficios en esos días.
Emplumados
chambergos, relucientes celadas y coloreadas capas servían de ostentosos
adornos al improvisado Monumento; porque más de uno de los expedicionarios
abrió su hato y extrajo de él la prenda de gala más estimada para ofrecerla
como adorno al “anda” de la Madre de Dios.
Todo era
movimiento en las primeras horas de la mañana de ese día Domingo de Ramos, en
el campamento de Pachía. Los indios peruanos y los negros africanos (esclavos)
iban y venían por los bosquecillos cercanos trayendo ramaje, palmeras y flores
para adornar, no sólo el altar de la Virgen, sino también los toldos y
especialmente el recorrido que iba a hacer la procesión alrededor del
campamento, pues éste era el número principal de la fiesta religiosa.
Luis de
Cartagena, el Alférez Pedro de Miranda, el alguacil Mayor Juan Gómez de
Almagro, un criado de éste, llamado Francisco Carretero, Gabriel de la Cruz y
el propio Diego de Guzmán, todos bajo las órdenes de Inés Suárez — “mujer de
mucha cristiandad”, según Mariño de Lovera,— dirigían los trabajos de ornato,
con ahinco y devoción.
Un
redoble de tambor, seguido de un toque de clarín, anunció que la ceremonia iba
a empezar. Pronto acudieron a la “plaza” y se situaron frente al altar, todos
los expedicionarios.
A la
derecha del Monumento, como quien dice al lado del Evangelio, ocupó el sitio
principal el Capitán, entre el Maestre Gómez de Don Benito y el Alguacil Mayor
Gómez de Almagro; a la izquierda, enfrentando con el Capitán, el Alférez de la
expedición Pedro de Miranda, con el pendón de Pizarro, y el Escribano Luis de
Cartagena; al frente los soldados de la expedición que habían aumentado a unos
veinte.
Detrás de
los soldados arrodillóse Inés Suárez, cubierta la cabeza, rodeada por las cien
o doscientas indias que vendrían con los expedicionarios y a espaldas del
Capitán y del Alférez Miranda, las ochocientas “piezas” de indios peruanos y
los esclavos negros, que no llegaban a quince.
El rezo
del rosario, propagado por los dominicanos que gozaban del gran prestigio de
ser los agentes de la Inquisición, era la devoción más en boga; a ella debieron
recurrir los fervorosos expedicionarios y a fe de que el Capitán debió echar de
menos, en esa ocasión, los servicios que otrora le ofreciera en Moquegua, el
futuro ermitaño Banda de Aguilar, para llevar el coro en los vivaques.
Organizada
la procesión, yendo adelante una Cruz alta de ramas floridas, seguida de las
mujeres, los negros, los indios y los españoles, iba detrás el anda de la
Virgen María llevada en hombros por Diego de Guzmán, Hernando Vallejo, Lope de
Ayala y Gaspar de Vergara; inmediatamente después del anda, presidiendo la
ceremonia, caminaba Pedro de Valdivia llevando un pequeño crucifijo en la mano,
descubierta la cabeza, sin espada y sin capa. El Conquistador quería imitar,
con esto, la actitud del Gobernador Pizarro en las procesiones de la Vera
Cruz en los Reyes de Lima y en el Cuzco, de cuya Archicofradía se
preciaba el Marqués, de ser “el primer hermano”.
Recorrió
la procesión el trayecto señalado alrededor del campamento, entonando la
“Salve”; las voces rudas, desentonadas, militares, debían hacer contraste con
la única voz de mujer que podía elevarse, comprensivamente, en medio de aquel
emocionante coro.
Era él
día Viernes Santo por la tarde — y ya los devotos aventureros habían rezado las
“estaciones” de la “vía sacra”, figurándoselas con catorce cruces de toscos
árboles — cuando se divisó en la cumbre del Uchusuma, que es uno de los cerros
más próximos al valle, una caravana que desfilaba, “uno adelante y otros en
pos”, en demanda de la tierra baja. Pronto se distinguieron cinco jinetes, dos
caballos de carga y hasta diez indios peatones.
La
noticia era importante y llegó muy pronto a oídos del Capitán el cual ordenó
que, sin perder instante, salieran dos soldados a caballo y algunos indios a
señalar el camino y a aliviar a los recién llegados.
Al
divisar la caravana, que no era tan desmedrada por cuanto traía bagaje, creyó
el Capitán que podía ser la avanzada de los refuerzos que esperaba de la
altiplanicie, o sea, de la desbaratada expedición de los Chiriguanos. Su
expectación fue grande y alegre y a pesar de que se encontraban en Viernes
Santo y no era permitido reír, ni menos hacer ruidos, no pudieron disimular el
Capitán, el Maestre de Campo e Inés Suárez el gran contentamiento que les
invadió.
Obscurecía
cuando los viajeros entraban al campamento y llegaban ante Pedro de Valdivia,
que los esperaba frente a su toldo. Los españoles que venían eran cuatro, y
todos ellos “hidalgos notorios”: Diego García de Cáceres, Alonso de Monroy,
Juan de Cabrera y el clérigo Juan Lobo. El quinto jinete que se había divisado
a la distancia, era una india que traía en los brazos a su hijo de pocos meses.
El padre de esta criatura era uno de los viajeros, Diego García de Cáceres, y
el niño llevaba el mismo nombre: ambos habrían de figurar en la sociedad
distinguida de la futura ciudad de Santiago.
— Dios ha
oído nuestros ruegos, señor Licenciado...
— No soy
Licenciado, señor Capitán — interrumpió el Clérigo.
— ¿No...
? perdonad, entonces. Dios ha oído nuestros ruegos y encaminado vuestros pasos
hacia nosotros para que llegarais antes de que termine la Semana Santa — dijo
Valdivia al Padre Juan Lobo, que se tiró del caballo, gallardamente, y corrió a
saludar al Capitán.
— Ha sido
efectivamente inspiración del Cielo que haya salido yo el lunes al camino de
Tarija — respondió Lobo— , y me haya encontrado con Diego de Cáceres que venía
también hacia vos, con sus criados; porque, creedme, señor Capitán, por muchos
deseos que yo tuviera de hacerlo, no habría podido dar con vos, viniendo solo.
Y de ello habré de dar muchas gracias a Dios.
— Pues,
ya podréis hacerlo mañana, y nosotros con vos, durante la Misa de Gloria que,
supongo haréis, pues tan oportunamente llegasteis.
— La haré
en cumplimiento de mi obligación — respondió Lobo— , y porque vuestra
cristiandad sea satisfecha; y por esto mismo, permitid que me retire a
descansar. Buenas noches, señor Diego de Cáceres, y compañeros; ya tendré
oportunidad de corresponder a vuestras mercedes — terminó diciendo el
Presbítero, entregándose a la compañía del Maestre, quien lo condujo hasta el
toldo que se le destinó.
— ¿Y qué
me decís vosotros, señores Alonso de Monroy, Juan de Cabrera y Diego de
Cáceres, de la adquisición que hemos hecho en este presbítero, que tanta falta
nos hacía para descargo y guía de nuestras conciencias?
— Si me
permitís, señor Capitán — dijo Alonso de Monroy- , yo creo que ésta es una
adquisición de doble valor. El Licenciado Lobo...
— Díjome
no ser Licenciado — interrumpió Valdivia.
—
Entonces, el Bachiller Lobo...
— Tampoco
es Bachiller — intervino Cáceres.
— Señor
Capitán, el Padre Juan Lobo no será ni Licenciado ni Bachiller, pero a fe que
no es tampoco un clérigo de misa y olla — dijo Monroy, convencido— , ¿Que decís
a esto, señor Diego García?
— Que
tenéis razón. El Padre Lobo es persona muy ingeniosa y de grandes alcances; y
si como presbítero se maneja con la misma expedición con que le he visto
blandir la espada, os felicito, Señor Capitán Valdivia, porque además de un
capellán, tendréis un soldado valiente...
— ¡Esos
son los que me hacen falta! — exclamó Pedro de Valdivia, poniendo las manos
sobre las espaldas de Cáceres y de Monroy y llevándolos, así, hasta su toldo,
donde Inés Suárez les tenía preparada la cena.
Al día
siguiente, toda la expedición “vio misa de gloria”, y también “la oyó’’, porque
el Padre Lobo “la hizo cantada”.
§ 12. El
corazón de la paloma torcaz
Al señor
don Carlos G. Dávila
— Lo
dicho, señor Maestre Pero Gómez y no se hable más de ello; mañana, de
madrugada, saldréis vos también hacia el Callao en busca de gente y comida, y a
fe que tengo confianza en que las habréis de encontrar. Aquí os esperaré dos
meses y si tuviera que mover el campamento, os dejaré, entre las rocas que
conocéis, un papel con la noticia de mi estancia, y lo que debéis hacer,
escrito de mi puño.
Todas las
gestiones que hiciera Pedro de Valdivia para aumentar sus elementos de guerra,
desde que supo el fracaso de Sancho de Hoz, habían sido inútiles. De Almonacid,
de Francisco Martínez y de Gaspar de Vergara no se tenían noticias, y alguna
que llegó al campamento era más mala que buena.
La
columna se encontraba acampada hacía diez días en Tara- pacá y el mes de abril
transcurría en su segunda quincena. El plazo de cuatro meses que tenía el socio
Pero Sancho para aportar los elementos prometidos iba a cumplirse sin qiie se
supiese otra noticia de sus trajines, que la muy vaga que comunicara Diego de
Guzmán cuando se incorporó a la columna, acompañado de Juan Romero; y esta
misma información ni siquiera tenía el cariz de ser verídica.
Tampoco
había recibido noticia, el Capitán, de la gente que esperaba de la altiplanicie
boliviana. Juan Bohon y Bartolomé Flores — “los tudescos”— Francisco de Aguirre
y Francisco de Villagra habían mandado decir a Pedro de Valdivia, con Diego
García de Cáceres, qu© venía en camino a juntarse con él en Tacna, en Calama,
en Tarapacá o en Atacama, divididos en grupos y por distintos senderos. Iba
transcurrido un mes, la columna había pasado ya los tres primeros puntos de
reunión y no se tenían noticias de los tales refuerzos. Sólo faltaba llegar a
Atacama; para emprender las ciento cincuenta leguas que hay entre Tarapacá y
Atacama la Grande (San Pedro de Atacama) con veinte hombres, en el corazón de
los “despoblados”, sin alimentos suficientes, sin saber si encontrarían
abrevaderos y con la seguridad de ser atacados por los aborígenes, era una
imprudencia y una gran responsabilidad que el talento militar de Pedro de
Valdivia rechazó, por muy grandes que fueran sus anhelos de avanzar.
Muy
amargas eran las horas que estaba experimentando el audaz Conquistador de
Chile, al ver que todos sus esfuerzos, sus inauditos trabajos y las energías
que desplegara para vencer las dificultades, iban a estrellarse con el fracaso
que veían acercarse a vista de ojo. Porque era inútil pensar en continuar la
marcha hacia el Sur con veinte hombres o con cincuenta- Si la situación no
variaba completamente mientras duraran los ya escasos víveres, era preciso
resignarse a abandonar la empresa después, de llevar recorridas más de la mitad
de la distancia entre El Cuzco y Copiapó.
— No
desesperéis, señor Gobernador — oyó Pedro de Valdivia que le decía una voz que
ya se le había hecho familiar— . No pasarán muchos días sin que recibáis buenas
noticias.
— ¡Sois
vos, Romero! Mas, perdonad; estoy cansado ya de oír buenos deseos.
— Yo
todavía no os había dicho nada, señor Capitán
— No
había reparado en ello. Son tantos los que me consuelan…
— Cumplen
con su deber, señor Capitán, así como yo también me esfuerzo por cumplir el mío
cerca de vos...
Pedro de
Valdivia, así, sentado como estaba, sobre una peña, con la barba sobre la palma
de la mano, volvió el rostro hada Juan Romero que permanecía de pie y con la
vista baja, a cuatro pasos de distancia. Lo oontempló un momento, y al verlo
tan humildoso se le vino a la mente que en cierta ocasión Pedro de Miranda, su
Alférez, había dudado si Romero era un infeliz o un pícaro.
El
cazador de comadrejas no cambió de actitud y esperó a que #1 Capitán hablara.
— ¿Sabes,
muchacho, que ciertas palabras tuyas no responden a tu mocedad?
Romero
continuó sin hablar.
—
¿Cumples algún deber cerca de mí, según dijiste? — interrogó Valdivia.
— El de
serviros, señor Capitán.
— Ya lo
sé; pero me ha parecido que querías significar algo más.
Calló
Romero; mas, tras unos segundos, formuló esta extraña pregunta:
— ¿Vos
creéis en los agüeros, señor Capitán?
Valdivia
se incorporó. Avanzó hacia el muchacho mirándolo atentamente y al llegar a él
díjole, bajando la voz:
— ¿Tú
entiendes de eso?
No
contestó Romero, ni cambió de actitud su persona.
—
¡Contéstame!
— Una
bandada de palomas torcaces que volaba a flor de río, de cuatro en cuatro, y
una de las cuales fue alcanzada por mi honda, revelóme lo que ocurrirá en
breve...
— ¿Y qué
es ello?... — interrogó, con la garganta seca, el Capitán, mirando
recelosamente a su alrededor.
— El
corazón de la paloma palpitó tres veces... tres veces... y tres veces más.
— ¡La
desgarraste!...
— Y
conservo el corazón, señor Capitán.
Valdivia
miró con horror a la pequeña fiera.
— Dentro
de poco os partiréis hacia el Sur y llevaréis soldados bastantes para vuestra
conquista; alcanzaréis el triunfo, pero habréis de vencer muchos obstáculos;
también os acecharán traiciones. ¡Yo sé que no os olvidaréis de mis palabras,
señor Capitán!
El
Conquistador, supersticioso como los hombres de su época, sentía una invencible
atracción hacia ese sujeto, desmedrado y contrahecho, que en ese momento se le
mostraba por una faz repugnante. Luchaban en su alma los sentimientos más
encontrados; ese muchacho sanguinario, que arrancaba a los pájaros las visceras
palpitantes, merecía un castigo más severo, y no imponérselo era un cargo grave
para la cristiana conciencia del Jefe; mas, por otra parte, ese adolescente,
que parecía un infeliz, despreciado por todos, llegaba a su lado, solícita y
humildemente, para comunicarle avisos sobrenaturales de artes tenebrosas que j
envolvían consuelos y amenazas. |
— Decís
que alcanzaré triunfos.
— Sí,
señor Capitán.
— Y que
me acechan traiciones...
— ¡Pero
las venceréis! No dejéis de la mano a Juan Romero — musitó, por último el
Cazador, cuando Pedro de Valdivia, embozado en su capa, y sumido en
preocupantes reflexiones, endilgó sus pasos hacia el campamento, sombrío ya,
por el atardecer.
En los
primeros días de mayo — al mes, más o menos, de vivaqueo en Tarapacá— cuando
las amarguras le torturaban el alma con más fuerza, recibió el Conquistador una
noticia que fue un bálsamo para sus sufrimientos; una partida de caballeros
había sido vista, abriéndose paso a través de la rocosa serranía que forma el
descenso del Altiplano al valle, u oasis, de Tarapacá.
Inmediatamente
llamó con la bocina a sus soldados y prometiendo albricias al primero que le
trajera la comprobación de la noticia y los datos exactos de los que venían,
los despachó hacia los distintos pasos cordilleranos.
A media
tarde el Capitán tenía la confirmación pero no por medio de los soldados que
despachara, sino por boca de Juan Romero; en sus andanzas de cazador, había
visto a la caravana cuando esta desfilaba doblando la punta de un empinado
recodo. Eran dieciséis jinetes y muchos indios cargadores.
— Tuyas
son las albricias y te las pagaré, Juan Romero — díjole Pedro de Valdivia,
palmoteando la espalda al muchacho— . ¿Qué quieres?
— Nada
para mí, señor Capitán -respondió el criado con su acostumbrada humildad— .
Sólo os pido que las paguéis al señor soldado que primero vuelva con la
noticia, como si en verdad os hubiera traído la primera nueva.
Y agregó,
bajando el tono y levantando un dedo, ridicula y sentenciosamente:
— ¿Veis,
señor, cómo él corazón de la paloma torcaz decía verdad?
— ¡Calla,
Romero! — concluyó, molesto, el Conquistador.
Al
principio creyó Pedro de Valdivia que los de la partida eran gente que venía
con alguno de los mensajeros que él enviara; pero luego salió de su error, eso
sí que con viva satisfacción.
Los
recién venidos eran de los expedicionarios desbaratados en la fracasada
conquista de los Chiriguanos y que habían tomado, desde Tarija, un camino más
corto que los otros — que ya venían también— pero más penoso, para juntarse con
Valdivia en Calama; mas, habiendo tenido noticias de que la columna había
seguido viaje a Tarapacá, torcieron hacia el Sur por encima de las cordilleras,
para darle alcance.
Aunque no
reconocían propiamente un jefe, esos soldados seguían a Rodrigo de Araya, tal
vez porque este soldado era uno de los más caracterizados de la partida.
Así que
el Capitán Valdivia vio descender la caravana por el sendero que conducía
rectamente al campamento, montó en su caballo y partió, seguido del Alguacil
Juan Gómez y otros soldados, a encontrar a los viajeros y a darles la
bienvenida.
— ¡Con
Dios llegad, señores! — gritóles, batiendo alegre y emocionado su emplumado
chambergo, cuando estuvo cercano a ellos— ; ¡venid todos a mí — agregó, casi
con lágrimas en los ojos y echando pie a tierra— , que hijos míos seréis,
hermanos y amigos, pues que todos juntos habremos de formar un solo haz!
Y
aquellos hombres, batidos por la desgracia y por adversidades de todo género,
se abrazaron, y retuvieron unidos, por largos momentos, sus fuertes pechos.
Luego, en
locuaz camaradería, emprendieron el corto trecho que los separaba del
campamento tarapaqueño, donde los desgraciados expedicionarios del Alto Perú
habrían de descansar, tranquilamente, por fin, de sus prolongadas amarguras.
. Con los
viajeros venía un hidalgo sevillano de solar conocido llamado “Don” Francisco
Ponce de León, que ya había hecho el viaje al descubrimiento de Chile con don
Diego de Almagro; era un mozo de veinticinco años, con merecida fama de
valiente, hasta la temeridad.
Ponce de
León era el único, entre todos los soldados, reunidos hasta ese momento bajo
las banderas de Valdivia, qud tenía el privilegio de usar el “Don” delante de
su nombre; y agregaremos, como complemento de esta noticia, que entre los
ciento cincuenta conquistadores que llegaron al valle del Mapocho y fundaron la
ciudad de Santiago, solamente hubo dos con tal privilegio de “hidalguía
notoria”: el nombrado Ponce de León y don Martín de Solier, venido con el grupo
de Villagra.
Veremos
que este don Martín fue un conspirador peligrosísimo; afiliado en el bando de
Sancho de Hoz y sorprendido en una conspiración, a los pocos meses de estar en
Santiago, fue condenado a muerte y su privilegio del “Don” le sirvió para
obtener que en vez de ser colgado de la horca, le cortaran la cabeza.
A su
tiempo conocerá el lector el trágico fin de Don Martín de Solier, Regidor del
primer Cabildo santiaguino.
Empezaba
el mes de junio, cuando Pedro de Valdivia dispuso que la columna expedicionaria
continuara su marcha al Sur, en demanda del ansiado territorio chileno.
No era ya
la diminuta fuerza de nueve hombres, con que salió del Cuzco, ni los quince que
tenía en Arequipa, ni los veinte con que llegó a Tarapacá, ni aún los treinta y
seis que reunió aquí con el refuerzo de Rodrigo de Araya; la columna contaba
más de cien hombres... Valdivia se creía poderoso.
Trece
días después que llegaron al campamento los soldados de Araya, aparecieron en
la cumbre de los contrafuertes del Altiplano las avanzadas del cuerpo de tropas
que venía de los Chiriguanos al mando del Maestre de Campo de aquella fracasada
expedición, el animoso y leal Francisco de Villagra y del “tudesco” Juan Bohon.
Eran cerca de ochenta hombres, casi todos montados y bien armados, con algún
bagaje y alimentos. ¡La empresa de la conquista de Chile se había salvado del
fracaso definitivo!
Una
preocupación tenía el Capitán Valdivia, en medio de su contentamiento: ésta era
la de Sancho de Hoz, el socio embustero, fanfarrón y ambicioso, por cuyos
mentirosos ofrecimientos había comprometido su crédito militar saliendo
desprevenido a esta expedición. Mientras permaneció sin alimentos y con
esperanzas que fallaban una tras otra, no tenía más remedio que aferrarse a la
expectativa de que Sancho pudiera cumplir su compromiso; pero una vez que se
vio rodeado de un “ejercito” de más de cien hombres, con más de mil indios
sirvientes, juzgó necesario poner término o aclarar perfectamente su situación
con el flamante socio.
— Luis de
Toledo, escribiréis una carta mesiva al señor Marqués Pizarro, mi señor, y le
diréis que como el Pero Sancho no ha cumplido conmigo en el plazo de cutro
meses, firmado de su nombre, con traerme los caballos y las corazas y las armas
{>ara
la gente, y según tengo entendido, tampoco podrá cumplir o mayor, que son los
dos navíos, me hará muy gran merced si no le permite pasar a Chile, pues yo
encuentro que esa compañía que hicimos “es ninguna”. Y le diréis también que
puede venir Sancho, si lo quiere, trayendo todo lo estipulado; pero que
yo se lo pagaré con dineros, porque la compañía es ninguna; es
ninguna. Y escribid esto último dos veces...
— ¿Quién
anda allí? — preguntó, violento, el Capitán, al sentir ruido detrás de su
toldo.
Juan
Romero apareció frente a la entrada.
— ¡Sois
vos — dijo Valdivia con desagrado— . ¿Qué me queréis?. .. Volved más tarde...
que no puedo oiros ahora, Romero — agregó dulcificando el tono, al recordar,
tal vez, el corazón de la paloma torcaz…
§ 13. En
acecho de la víctima
Al señor
Don José Ureta Echazorreta
Los
conjurados debían juntarse en un lugarejo denominado Acari, cerca de Arequipa,
a fin de acordar allí los últimos detalles del plan que habría de dar por
resultado la “eliminación” de Pedro de Valdivia y la jefatura de Sancho de Hoz
en la expedición conquistadora de Chile.
La
mentalidad de esos conspiradores, cegados por ambiciones de mando y de
riquezas, debía conducirlos a procedimientos necesariamente violentos y
sanguinarios; aventureros sin Dios ni ley, que habían vivido en continuas
revueltas de caudillaje, no tenían reparo en alzarse, de la noche a la mañana,
los unos sobre los otros, a filo de espada o punta de puñal.
Pastrana
y su yerno Chinchilla eran dos badulaques en todo el valor del concepto y sus
condiciones se complementaban admirablemente- El suegro era el cerebro; el
yerno el brazo ejecutor. El viejo pensaba, organizaba y dirigía; el joven ponía
en práctica las órdenes sin discutir, pero también sin discernimiento; Pastrana
era un intrigante de talento; Chinchilla un fanfarrón adocenado y tonto; el uno
era fríamente valeroso; el otro un cobarde ridículo.
Los demás
conspiradores aportaban a la empresa nada más que sus personas y sus
particulares expectativas. Sancho de Hoz era el pendón, el estandarte; estaba
llano a todo, con tal de llegar a Gobernador y verse rodeado de honores;
Antonio de Ulloa iba tras una buena encomienda que le permitiera atesorar
rápidamente para volverse a España, donde tenía solar de hidalguía notoria,
pues era segundón en un mayorazgo; traicionó a Sancho cuando lo vio vencido;
adhirió a Valdivia para traicionarlo, cuando creyó sacar más partido de Gonzalo
Pizarro, a quien abandonó también, pasándose oportunamente al ejército de La
Gasca.
Juan y
Diego de Guzmán, los primos de doña Guiomar de Aragón — mujer de Sancho— eran
dos atolondrados sin otra mira que el medro, a la sombra del pariente; y por
último, Diego López de Avalos, un mercenario vulgar cuyo puñal o espada servían
a quien los pagaba.
A Gonzalo
de los Ríos y a Juan Ortiz Pacheco no les venía, tal vez, el calificativo de
conspiradores. Ambos eran soldados de profesión y sólo deseaban servir bajo
cualquier bandera que les diera de comer con las mejores garantías posibles. Si
es verdad que vinieron con Sancho — y algunos de sus actos infunden sospechas—
su actuación posterior da margen para creer que lo mismo pudieron venir con
Pedro de Valdivia sin que su conducta mereciera reproches.
El jefe
de la conspiración, el alma de ella, el hombre realmente temible por su fecundo
espíritu e intriga era Pastrana; los demás no pasaban de ser sus muñecos, y el
primero de ellos, Pero Sancho de Hoz.
Desde que
salió de Lima, forzado por la sentencia del Alcalde don Juan Tello, no le paró
la lengua a Pero Sancho para echar periquitos contra la Justicia y todos sus
representantes, en primer lugar, contra los prestamistas en seguida, y por
último, contra Pedro de Valdivia a quien culpaba de su desgracia.
Y como
todo fanfarrón se convence, con la facilidad suma, de que tiene al mundo en el
puño, el marido de doña Guiomar daba por hecho el que su sola presencia entre
los soldados de Pedro de Valdivia, iba a arrastrarlos, inmediatamente, hacia su
bando.
— ¿Y si
no os siguieran? — le dijo en cierta ocasión el viejo ladino, Antonio de
Pastrana.
— ¿Y
creéis que alguno podrá desconocer mis títulos de Gobernador y las
“provisiones” reales que traigo?...
—
Mientras esté vivo Pedro de Valdivia, que no es manco, me parece a mí que no
podrías contar nada seguro — replicó tranquilamente Pastrana.
Por
primera vez reparó, Sancho de Hoz, en que la empresa de quitar el mando a
Valdivia era un poco más difícil de lo que se la había figurado; él había
creído que lo de “eliminar” a ese Capitán y sustituirlo en el mando, ea cosa
que se podía hacer con sólo un poco de audacia; pero meditando un poco las
palabras que acababa de oír a Pastrana, vio claro que era absolutamente
necesario dar muerte a Pedro de Valdivia, para que él, Pero Sancho, pudiera
llegar a ser Jefe de esa columna conquistadora.
¿Y quién
era el hombre capaz de ponerle los cascabeles al gato?
Pastrana,
que se había limitado a sembrar, en el cerebro de Pero Sancho, la idea del
asesinato, tuvo buen cuidado de no moverle conversación, nuevamente, sobre
esto; esperaba con paciencia — y con mucho conocimiento del corazón humano— que
la idea germinara y que diera los frutos que habría de dar, cualesquiera que
fuesen. Producidos los frutos, ya podría el gran Pastrana proceder como fuera
necesario.
— ¿No me
contestas, Juan Guzmán?...
— Ya te
he contestado, Pero Sancho; tú debes dar la cara, pues que vas a ser el sucesor
en el mando.
— ¿Es que
no ves que en una lucha a cuerpo, entre Valdivia y yo, es imposible la victoria
para mí?
— Si vas
a reñir en desafío no hay duda...
— Te he
dicho ya que para un combate cuerpo a cuerpo no me atrevo, Juan Guzmán; y a fe
que en el último caso me quedo en el Cuzco y renuncio a Chile. Amigo y criado
soy del Marqués Pizarro y él me dará de comer.
— Y a mí,
¿quién me dará de comer, seor Sancho de mis pecados?— dijo con insolencia, el
mozo— . ¿Me ha traído usarced de las Españas por vía de paseo? ¡Faltaba másl
Deberéis arreglaros, como creáis que os conviene, para deshaceros del tal Pedro
de Valdivia, que Dios confunda.
Cuando la
partida llegó al Cuzco, dé paso al Sur, Pero Sancho fue a visitar al Marqués
Pizarro, quien se alegró mucho de verlo, pero nada más, a pesar de que el socio
de Valdivia le hizo presente su precaria situación y la falla en que se
encontraba con el Cdnquistador de Chile.
A oídos
de Pizarro había llegado, que las intenciones de Pero Sancho no eran rectas, y
eso estaba a la vista, pues pretendía que Valdivia lo considerara como socio
sin haber cumplido en nada con el compromiso que contrajera en presencia del
Gobernador del Perú; y diz que estando ya para partir Sancho y los suyos hacia
el camino de Chile, díjole el Marqués:
— Y bien,
Pero Sancho, daréisme noticias de lo que arregléis con vuestro socio; y mirad
lo que hacéis, porque el Pero de Valdivia las gasta muy agrias y lleva los
gregüescos muy bien sujetos a la cintura; no andéis veleidoso con él, Pero
Sancho, que puede ocurriros algo malo, que es mucho hombre mi antiguo Maestre
de Campo.
Y una vez
que Sancho y los suyos hubieron partido, según dijo después un tal Juan de
Cárdenas — a quien conoceremos más tarde como secretario de Pedro de Valdivia
en Santiago— comentando el Marqués las miras del ambicioso pretendiente,
agregó:
— “Tan
necio está ahora Pero Sancho como antes de irse a España, y más aún; no tengo
yo a Pedro de Valdivia como hombre de tan poco sostén, que no sepa lo que le
conviene hacer con Sancho de Hoz, que es un asno; y como conozco el valor de
ambos, digo que este asunto no me quita el sueño”.
Todos los
conjurados habían llegado ya al punto de reunión, que era, como sabemos, el
lugareño de Acari, en la encomienda donde tenía una posada “un fulano Mendoza”,
marido de María de Escobar, hermana de un Francisco de Escobar que se había
incorporado a la expedición de Valdivia, en los términos de Arequipa.
Durante
el camino, Pastrana había combinado las cosas en forma tal, que ya Sancho de
Hoz, no hacía misterio de su propósito de matar a Pedro de Valdivia, único
medio de lograr la jefatura de la expedición. Pero el viejo ladino había tenido
el buen cuidado de alejarse él y alejar también a su yerno de toda intervención
directa en el acto sanguinario que iba preparando la mente afiebrada y
atolondrada de Pero Sancho.
Pero
quien se había encargado, por propia cuenta, de organizar el plan de asesinar a
traición al Capitán Valdivia, era Juan Guzmán, y para esto contaba con el puñal
mercenario de Diego López de Avalos, que venía con ellos desde Lima.
Antonio
Ulloa, no tomaba, al parecer, parte activa y directa en la realización del
asesinato, pero secundaba todo lo que se hiciera para derrocar a Pedro de
Valdivia y colocar en su lugar a Sancho de cuya complicidad esperaba grandes
recompensas.
Gonzalo
de los Ríos y Ortiz Pacheco, adoptaron la situación de menos especiantes, sea
porque los demás no tuvieran confianza en ellos, sea porque se alejaran del
complot cuando vieron el cariz que adoptaba.
Antes de
llegar a Acari, Ortiz Pacheco buscó un pretexto para quedarse en Quilla,
encomienda cercana, perteneciente a Rui Pérez de Soria, diciendo que se
juntaría a la expedición en Copiapó. Gonzalo de los Ríos declaró, asimismo su
propósito de encaminarse hacia aquel mismo punto con unos cuantos soldados que,
según dijo, esperaba reunir en los alrededores, “a su costa e minción”.
Al pasar
por Arequipa, Sancho de Hoz y Guzmán fueron al bodegón de Martín Roa y
compraron tres puñales; una de esas armas fue entregada a Diego López de
Avalos, cuyo brazo se había “tratado” para matar al Conquistador.
El
fanfarrón de Chinchilla fue el único que no guardó secreto sobre el plan
fraguado para asesinar a Valdivia.
Una tarde
en que había bebido más de lo común, encontróse en el bodegón de Acari, con un
mercader a quien había conocido en los Reyes de Lima, llamado Diego García de
Villalón y que estaba allí de paso hacia el Potosí; al verlo, Chinchilla echóle
los brazos al cuello con grandes aspavientos, y el otro tuvo que
corresponderle, aunque de mala gana.
— ¿Qué
hacéis por estos contornos, señor Chinchilla de mis pecados? — preguntóle
García— . ¿Os habéis cazado alguna mina?
— No es
tan mala mina, señor Diego de Villalón — respondió Chinchilla— ; y si vos
costeáis un jarro de vino que el bodegonero de esta mala fonda no quiere
llenarme, si antes no le pago seis que le debo, yo os participaré de mis
futuras ganancias; porque habéis de saber que soy Maestre de Campo del
Gobernador de Chile, Pero Sancho de Hoz...
— ¡Cómo!
¿No es Pedro de Valdivia el Gobernador de Chile?...
— ¡Quiá!
Es Pero Sancho, y eso es lo que vamos a arreglar ahora, pues si Valdivia no
entrega el mando a las buenas, llevará su castigo condino.
Y el
flamante “maestre de campo” Alonso de Chinchilla, fue contando, poco a poco,
bajo el influjo del jarro de vino, todo el plan de los conspiradores.
Conociendo los antecedentes de su informante, que procuraba darse la mayor suma
de importancia en la empresa de Chile y en el nuevo gobierno, García de
Villalón no dio crédito, en esos momentos, a la conspiración, “e lo dejó”.
Supo
Antonio de Pastrana las indiscreciones de su yerno y creyó prudente ponerse a
cubierto de contingencias futuras; esa misma noche anunció a sus compañeros de
complot que partiría al día siguiente, en compañía de Juan Ruiz Tobillo a
incorporarse a la columna en marcha — que debía estar ya en Tarapacá— dejando
dispuesto que Chinchilla y Gonzalo de los Ríos, marcharan, también,
directamente a Copiapó, donde se juntarían a la expedición con la gente que
lograsen reunir. Pastrana hizo creer a Sancho que él iba a prepararle el
terreno entre los soldados del Capitán Valdivia para que, una vez asesinado el
Jefe, reconocieran “sin pena” a Sancho de Hoz.
Claro se
ve que Pastrana quería dejar toda la responsabilidad del asesinato a Sancho de
Hoz, Ulloa, Guzmán y López de Avalos que iban a partir y llegar juntos al
campamento del Conquistador de Chile.
Cuál era
el plan y cómo se salvó de él Pedro de Valdivia, lo sabrá el benévolo lector en
otro capítulo. Adelantaré, eso sí, que con haber escapado del puñal asesino,
aquel “corazón de paloma torcaz”, cazada por Juan Romero, adquirió un prestigio
enorme ante el supersticioso cuanto esforzado y magnánimo Capitán Valdivia.
§ 14. El
primer hilo de la red
Al Excmo.
Señor D. Angel Altolaguirre Duoale, en Madrid
Con el
alba de un claro día de mediados de junio de 1540, la bien forjada y brillante
columna expedicionaria emprendió la marcha ,al Sur dejando su campamento de
Tarapacá, donde, vivaqueara más de dos meses. El Capitán Valdivia, cuyas
energías estuvieron a prueba durante todo ese tiempo, torturado por las más
variadas y amargas decepciones, había cambiado completamente de ánimo y aún de
aspecto; hasta entonces no había querido usar casco, ni celada, ni cota, ni
peto, ni pernera, si no fue en algún encuentro con los indios peruanos de
Moquegua. Ahora, antes de partir hacia el Sur, en demanda de la frontera de su
ansiada Gobernación de Chile, quiso el Capitán revistar su “ejército” vestido
de todas armas, y desplegando la mayor magnificencia que le fuera permitida.
— Señor
Maestre Pero Gómez, dijo al leal soldado, que había regresado dos días antes
del Callao — a donde fuera, como recordará el lector, a buscar gente y comida—
, señor Maestre Pero Gómez, habréis de disponer que al partir la columna de
este campamento los señores capitanes presenten su tropa vestida de todas las
armas a fin de que yo haga revisión de ellas, como es uso y costumbre que lo
hagan los gobernadores y capitanes generales y sus tenientes, como yo lo soy
del Marqués Pizarro, mi señor. Pediréis también al señor Bachiller Rodrigo
González, como el de más edad entre los otros dos clérigos Juan Lobo y Diego
Pérez, que nos dé su bendición antes de emprender la marcha, a fin de que Dios
y Santa María nos guíen para dar cima a esta empresa.
Y de
acuerdo con estas órdenes, el día de la partida, apenas las luces del alba
destiñeron las sombras que envolvían el campamento, el Maestre Pero Gómez de
Don Benito hizo tañer a tambores y sonar trompetas a cuya señal levantóse el
vivac y se echaron por tierra los toldos y ramadas que hasta esa noche habían
servido de abrigo contra el cierzo y la insalubre “camanchaca” de aquellas
serranías.
Antes de
una hora la columna estaba lista para emprender la marcha.
Más de
mil indios cargadores habíanse distribuido los bagajes en angarillas, hatos y
otros utensilios de transporte, y todos esperaban, prevenidos, la presencia del
Capitán Valdivia que iba a revisar la columna expedicionaria.
Pedro de
Valdivia, vestido de todas armas, contemplaba ese espectáculo, grandioso para
él, por cuanto le demostraba el triunfo de sus esfuerzos y de la fe
inquebrantable que pusiera en su empresa.
El
soldado distinguido de las guerras de Flandes, de Lombar- día, de la Provenza y
de Pavía; el que aprendió el arte de la guerra con el Príncipe Próspero
Colonna, y con el Marqués de Pescara; el descendiente del valeroso hidalgo
portugués Pedro Arias de Meló y de Isabel Gutiérrez de Valdivia, sus padres; el
pacificador del Perú, el que había venido a las Indias “para dejar memoria y
fama de sí”, iba en camino de conseguir, por fin, la realización de sus sueños
de gloria.
A su
alrededor veía un núcleo de hombres valerosos, decididos; y juntos a sí
compartiendo las responsabilidades, a esforzados capitanes como Francisco de
Villagra, Juan Bohon, Pero Gómez, Alonso de Monroy, Juan Gómez Almagro,
Jerónimo de Alderete; y sabía que pronto habrían de juntársele en Atacama dos
más que iban a ser, como éstos, sus más fíeles amigos: Francisco de Aguirre y
Rodrigo de Quiroga.
En su
“ejército” venían también los gérmenes de las rebeliones y de las luchas
intestinas. Las pretensiones de Sancho de Hoz habían creado conspiradores y el
principal de ellos, Antonio de Pastrana, estaba incorporado ya en la expedición
sembrando la desconfianza y socavando el prestigio del Jefe, ayudado por un
grupo de pequeños ambiciosos, de esos pobres de espíritu que merodean siempre
alrededor de las personas de valía.
Pero la
grandeza de alma del Conquistador no había reparado en esa pequeñez y si alguna
vez pensó en que su ex socio podía tener con él malas intenciones, no lo creyó
capaz de perversidad; en todo caso, no pensó en que pudiera llegar hasta el
asesinato ni menos que entre sus soldados hubiera quien secundara tal traición.
Para el
corazón abierto de Pedro de Valdivia no podría haber ninguno de s.us compañeros
que no lo mirara como a un padre, pues como tal se comportaba él con los
soldados que militaban debajo de sus banderas.
El primer
Capitán que avanzó, seguido de su tropa en revista, al encuentro del teniente
de Gobernador, fue Francisco de Villagra, hidalgo venido a las Indias en
“hábito de caballero’’ con armas y criados a su propia costa en la armada de
Per Anzúrez, salida de San Lucas de Barrameda en 1537.
Hijo del
Comendador de Villela en la Orden de San Juan, don Alvaro de Sarriá, y de Ana
Velásquez de Villagra, nació en Astorga, provincia de Léón, por los años de
1507 y por lo tanto, a la fecha de la conquista de Chile contaba treinta y tres
años. Su abuelo paterno, Antonio de Sarriá, fue Alcalde y Gobernador de la
villa de Villalpando, y el materno había sido Capitán del rey don Femando el
Católico y Comendador de la Orden de Santiago; su abuela materna, Isabel
Mudarra, provenía de antiquísima nobleza castellana, que algunos hacen proceder
de Ma- darra González, hijo bastardo de don Fernán González, uno de los
primeros condes de Castilla.
Al
llegar, con su tropa, frente al Capitán General, Villagra saludó abatiendo el
pendón de sus armas, que eran las de la casa de su madre, cuyo apellido
llevaba: escudo de plata con águila negra rodeado de un borde jaquelado con
plata y azur.
Siguió
Juan Bohon, unido con Bartolomé Blumenthal, llamado Flores por traducción de su
apellido alemán, ambos tudescos, por,lo menos el segundo, que nació en
Nuremberg y allí se incorporó a los ejércitos de Carlos V, con los cualos pasó
a Irancia, a Italia y por último a España.
Ambos
alemanes hicieron las rudas campañas del Perú y las expediciones del Altiplano,
en las cuales conquistaron fama de valientes, que nunca fue desmentida.
Pasó la
vista Pedro de Valdivia por los veinte y tantos hombres que formaban la
fortachona caballería tudesca, armada de lanza corta y rodela, y expresó en
alta voz su satisfacción.
— ¡Cien
de éstos quisiera, y sustentaría, contra todo, la conquista de Chile!
Jerónimo
de Alderete, el viejo, llamado así por las canas prematuras que adornaban su
cabeza, presentó en seguida al grupo de los arcabuceros, ballesteros y peones.
Alderete
era hijo de Francisco de Mercado y de Isabel de Alderete, vecinos de Olmedo, de
donde el padre era regidor. De la información de sus servicios a la Corona
consta que “era hombre noble, hijodalgo de todos cuatro costados, e por tal
comunmente reputado en la dicha villa de Olmedo”. Encontróse en las guerras del
Milanesado en Italia, en compañía de Pedro de Valdivia y juntos vinieron a las
Indias con la armada de Jerónimo de Ortal, a Venezuela, en donde la suerte los
separó, para juntarlos, de nuevo, en la conquista de Chile,
Revistadas
las tropas y la caravana de cargadores, el Conquistador dio la orden de marcha
y la extensa columna expedicionaria partió serpenteando por las faldas áridas
de los cerros pedregosos y salinos, hasta perderse en la intrincada cadena
montañosa que después de ciento cuarenta leguas abría un paréntesis en el oasis
de Atacama, en donde estaban esperando al Conquistador, otros dos capitanes de
tan ilustre prosapia como los anteriores.
Estos
hombres eran los ya dichos Francisco de Aguirre y Rodrigo de Quiroga, de los
cuales daré noticias una vez que imponga al lector de una pequeña incidencia
que influyó notablemente en la actitud de un personaje que ha tomado en
nuestras “crónicas” un sitio singular: Juan Romero.
Inés
Suárez habíase constituido en el Argos de la persona del Capitán Valdivia
cuando supo, por Pedro de Miranda, que Romero insistía en una extraña actitud,
solícita y servil, alrededor del Jefe, y éste no procuraba alejarlo de su lado
a pesar de las muy visibles y recelosas demostraciones del cazador de
comadrejas.
En verdad
la conducta de Romero no merecía reproche; se limitaba, nuestro cazador, a
servir, a complacer, a obsequiar humildemente al Capitán cuidando con
meticulosa atención hasta de sus más bajos menesteres. Pero precisamente por
esa abnegación insólita e incomprensible en un individuo que había llegado al
campamento como criado de un pariente inmediato de Sancho de Hoz, era que
Miranda e Inés Suárez sospechaban de la buena fe del desmedrado muchacho.
—
Creedme, señora; es un infeliz o un pícaro, y me quedo en lo último — afirmó
Miranda cuando vio que Romero tomaba colocación a la cola de los soldados que
servían de escolta al grupo que formaban el Conquistador Villagra y Jerónimo de
Alderete.
— ¿Y qué
habremos de hacer, Miranda? — preguntó preocupada, Inés Suárez.
— Vedlo
vos, señora — contestó el Alférez. — Bastante autoridad tenéis sobre la
servidumbre, y en esta condición me parece que debéis contar a Romero. Llevadlo
a vuestro lado para que lo tengáis bajo la mirada, no sea que el Guzmán y el
Escobar y otros se traigan armado algún plan en contra del Capitán, y este
Romero sea de ellos.
No
contestó Inés, pero momento más tarde llamó al Alguacil Mayor, Juan Gómez de
Almagro, y le dijo:
— Mandad,
si sois servido, que Juan Romero, que va en la escolta del Gobernador, venga a
mí, pues voy a encargarle un menester. Y os pido, Juan Gómez, como vuestra
madre que soy, por voluntad y comisión que me dio vuestro padre al morir, que
pongáis vigilancia sobre ese Juan Romero, con disimulo y sin que él lo
advierta. Paréceme que es mal sujeto y que trama contra nosotros.
— Algo me
parecía raro en ese muchacho, señora — dijo el Alguacil— ; pero descuidad, que
no le quitaré ojo.
Pronto
llegó Romero al lado de Inés Suárez; en su interés estaba ser obsequioso y
solícito con la compañera de Pedro de Valdivia.
— ¿Qué me
queréis, señora? Mandad a vuestro más humilde criado.
— Te
quiero tener conmigo, Juan Romero — díjole Inés— porque me puedes ser muy útil
durante esta marcha. Poco echará de menos tu presencia el Gobernador ahora que
lleva numerosa escolta y la compañía de los Capitanes recién venidos. Además,
yo le hablaré de ti esta tarde, por si ha reparado en tu ausencia. ¿No
respondes?
— No
quisiera yo — dijo Romero tras un minuto de amurrado silencio— que mi señor el
Capitán Pedro de Valdivia se encontrara sin mí a su llamado; mas, porque lo
queréis, señora, con vos me quedaré. Pero — añadió sin cambiar de tono— , haced
vigilar, os lo ruego, a la gente que está cerca del Capitán y a la que se
llegare hasta él...
— ¿Qué
decís?... — inquirió alarmada, la apasionada mujer.
— Han
venido enemigos, señora, que acechan a mi señor con muchas traiciones y
llegarán más;... pero lo salvaremos. ¡No receléis de un pobre muchacho como yo;
antes bien, confiad en él...
-¿Y
quiénes son esos traidores? — pronunció violentamente Inés Suárez— sus nombres,
al punto, o a fe que te entregaré en manos de los alguaciles.
— No los
conozco, señora, — respondió con pavor, Juan Romero, al oír la amenaza— ; pero
os suplico que no me pongáis en prisiones.
— Os haré
colgar si no me lo decís...
— Sería
inútil castigo, señora — insistió suplicante el muchacho— ; básteos saber que
hay traidores y que la única manera de sorprenderlos y de salvar al Capitán, es
que me dejéis vigilar cerca de su persona.
Calló
Inés Suárez y fijó una insistente mirada sobre el muchacho mientras fraguaba
una resolución en su mente. Después de unos instantes, ordenó:
—
Alguacil Juan Gómez, dejad, si sois servido, a este mozo que vuelva al sitio
donde venía...¡pero al primer acto sospechoso, colgadle de un árbol!
Volvióse
Juan Romero a su sitio, sin chistar palabra; Inés Suárez quedó, ahora más que
nunca, en la duda de si el Cazador era un infeliz o un pícaro; pero ya tenía en
su poder un hilo de la red que se estaba tejiendo alrededor de su Capitán.
§ 15. La
víspera del golpe
Al señor
don Samuel Lillo
Desde que
se incorporó a la columna expedicionaria en Tarapacá, el admirable Antonio de
Pastrana, comenzó a sondear la opinión de los soldados para conocer el grado de
adhesión que los unía al Capitán Valdivia; y no necesitó de mucho esfuerzo para
ver que entre los treinta y tantos españoles allí reunidos, sólo había poco más
de una docena que eran absolutamente fieles al Jefe; del resto, seis o siete le
eran adversos y los demás seguirían al que mandara.
La
situación era evidentemente propicia para un golpe de mano, si Pero Sancho y
los suyos llegaran en esos días; pero el caso era difícil, porque, según sus
cálculos, el Pretendiente no podría hacerlo antes de quince o veinte, y en este
tiempo, sabía Pastrana que la situación iba a cambiar, completamente, con el
arribo de las importantes fuerzas que se anunciaban ya, del Altiplano.
No era un
iluso ni un atolondrado el caballero Pastrana y fácilmente vio que esa
oportunidad se había perdido.
Los
adversarios del Capitán Valdivia se le manifestaron sin que él pusiera mayor
empeño en descubrirlos; por Diego de Guzmán primero, y por Francisco de
Escobar, después, supo todo lo que necesitaba saber, aunque éstos ni siquiera
sospechaban las grandes vinculaciones que el astuto viejo tenía con Sancho de
Hoz, y la importantísima comisión que traía. Por cierto que Pastrana cuidó
mucho de ocultarles su verdadera personalidad, a fin de que, si algo se
descubría, no pudieran éstos arrastrarlo a él.
Al propio
Juan Ruiz Tobillo, con quien había llegado al campamento, negóse Pastrana a
tratarlo con intimidad, a causa de que este soldado, en un corro donde
conversaban Pedro de Miranda, Luis de Toledo, Francisco Carretero y otros
soldados fieles a Valdivia, formuló torpes bravatas contra el Maestre Pero
Gómez.
— Tened
la lengua, señor mío — habíale interrumpido el viejo Pastrana, con el tono
reposado que le era característico, y que ciertamente infundía autoridad— ; ni
delante de mí, ni delante de estos señores que son más mozos que vos, os
permitiré que digáis palabras que vayan en desmedro de quien manda por
autoridad del Teniente Gobernador, como es el señor Maestre. Vos, yo y todos,
no haremos otra que obedecerle.
Juan Ruiz
oyó estupefacto la reprimenda de Pastrana; no supo qué contestar y aun creyó
que el viejo era traidor a la causa de Sancho; sólo comprendió, a medias, la
situación, al día siguiente, cuando aprovechando un momento en que se
encontraron solos, díjole Pastrana al pasar:
— Mira lo
que haces y lo que dice tu lengua, Juan Ruiz, y no seas zopenco.
La
llegada del numeroso grupo de Villagra y Bohon, hizo que la figura del viejo
Pastrana pasara a segundo o tercer término, ya que toda la atención de Valdivia
y de los suyos había de emplearse en los recién venidos. No era otra cosa lo
que deseaba el cauteloso intrigante, a fin de maniobrar a sus anchas.
Su
continente mesurado y asaz respetable, su conversación atrayente y sus maneras
cultas, lo ponían en situación de elegir a sus amigos entre los individuos más
caracterizados de la expedición, y especialmente entre los de edad madura.
No
pasaron muchos días y ya el gran Pastrana tenía un círculo de amigos selectos,
entre los cuales esperaba encontrar a los colaboradores de su plan,
colaboradores a quienes pensaba utilizar en forma automática sin comunicarles,
por cierto, el objetivo final que perseguía.
Uno de
los primeros que se acercaron a Pastrana, fue un hialgo llamado don Martín del
Solier, de quien hemos dicho en otra “crónica” que era uno de los dos únicos
soldados de toda la expedición que tenía derecho para usar el “Don”.
Este don
Martín era fogueado, ya, en conspiraciones, pues había salvado la cabeza hacía
poco más de un año y medio en una que se organizó en Potosí contra el Marqués
Pizarro y que costó la vida al Capitán Alonso de Mesa. Pronto comprendió Solier
las intenciones de Pastrana y ambos se empeñaron entonces en un torneo de
ingenio a fin de ocultar, el uno sus verdaderas intenciones, y para
descubrirlas y poner precio a su adhesión, él otro.
A
Francisco de Villagra, Juan Bohon, Rodrigo de Araya, Bartolomé Márquez, al
clérigo Juan Lobo, “buena mano para la espada”, a Francisco de Raudona, a Ruy
García y a muchos otros sujetos de significación logró atraer a su tertulia, el
insigne conspirador; pero solamente a uno que otro, al que manifestaba
“vocación’’, para la inobediencia, al que descubría espíritu de inquietud o de
crítica y disposición para la rebeldía o la murmuración le concedía el honor de
iniciarlo vagamente en sus proyectos, sin avanzar más allá de lo estrictamente
indispensable para mantenerlo en tensión.
Diego de
Guzmán, Francisco de Escobar y Juan Ruiz, entretanto, hacían su trabajo entre
la tropa, naturalmente de una manera más burda, no recatándose para decir que
Pedro de Valdivia no tenía más autoridad de la que quisiera reconocerle el
verdadero y único Jefe de la expedición, Pero Sancho de Hoz, cuya llegada se
esperaba de un momento a otro, y con la cual las cosas habían de cambiar
radicalmente. Los cargos de Maestre de Campo, Alguaciles, Alféreces, Tenientes,
Escribanos y hasta de Capitanes se distribuirían sólo entre los amigos del
nuevo Jefe, como asimismo las encomiendas y granjerías de la colonia en
proyecto.
Había,
pues, dos círculos concéntricos, que giraban separados, pero en un solo eje:
Antonio de Pastrana.
— ¿Y
decís que Pero Sancho tiene provisiones reales, señor Pastrana? ¿Las habéis
visto vos?
— Las he
visto y leído, señor Martín de Solier, y paréceme que ellas son tan claras como
un día de Sol. Sancho es Gobernador y Capitán General de lo que descubriere, ya
sea por la tierra como por la mar.
— Grave
cosa es, entonces, el que Pizarro haya provisto a Valdivia como su Teniente
para este descubrimiento.
— Y más
grave es aún, el haberle permitido que venga con Inés Suárez, a quien confiere
una autoridad que a todo hijodalgo humilla; ¿no lo creéis así, don Martín?
Solier
advirtió la adulona alusión a su “hidalguía notoria” y disimuló una sonrisa.
— Os
diré, señor Antonio de Pastrana, que tan acostumbrado estoy a ver que en las
Indias manden los aventureros y los hidalguillos de bragueta, que no me haría
efecto el que la Inesa me mandara... porque seguramente no la obedecería.
Hidalgo honrado, antes roto que remendado.
—
Perdonad que no lo crea por entero, don Martín, pues por muy desengañado que
estéis, no dejarías de sentir el resquemor de un mandato proveniente de
barragana... y precisamente cuando vos podríais ser valedero y valedor...
— ¿Yo,
valedor? ¿Y cómo?
— Si Pero
Sancho mandase...
— ¿Si
mandase?... ¿No es seguro, entonces, que viene a mandar el señor Sancho de
Hoz... — preguntó, socarronamente, don Martín de Solier.
-Me
habéis interrumpido, señor hidalgo — reparó, tranquilamente, Pastrana— . Digo
que si Pero Sancho mandase... que vos fuerais el Factor de este real, bien
podríais enderezar las cosas como cumple el servicio de Dios y del rey.
— Tenedlo
por cierto, señor de Pastrana — contestó con admirable indiferencia, don
Martín— ; pero no llegará ese caso, porque yo conozco al Pedro de Valdivia y
creedme, es un hombre acostumbrado a imponer su voluntad y no creo que ni
Sancho, ni vos, podréis torcerla; y cuanto a la Inesa, mejor será que os
resignéis a obedecerla y le rindáis homenaje, que bien os conviene tenerla de
vuestro lado, ya que ella es la dueña repartidora de la comida. Tomad la vida
como es y no como la imaginéis, señor de Pastrana, que no os lo dice un
caballero loco, sino un sujeto que salvó la cabeza por una casualidad, mientras
que a su lado rodaba la de su camarada y amigo Alonso de Mesa.
Y don
Martín formuló una reverencia de corte, dejando a Pastrana sumido en las más
encontradas reflexiones.
Pedro de
Valdivia había dispuesto que el árido trayecto de Tarapacá hasta Atacama la
Grande, de ciento cuarenta leguas, más o menos, se hiciera con la mayor
rapidez, a fin de que la tropa estuviera expuesta, el menor tiempo, a los
sufrimientos del Desierto acre e inhospitalario.
La
columna hacía diariamente una jornada de ocho a diez leguas bajo un Sol
abrasador, pero con la ventaja de que el terreno no presentaba los obstáculos
de las fatigantes y ásperas repechadas que detenían la marcha hasta por días
enteros, como sucedía en los senderos de las cordilleras del Altiplano. De esta
manera al empezar la segunda quincena de junio la expedición había recorrido
más de cien leguas y estaba por llegar a Chiu- Chiu lugarejo situado a las
orillas del Río Loa cuyas aguas no infectadas todavía por las de su afluente el
salitroso Salado, fecundan un pequeño oasis que los españoles denominaron
Atacama la Chica.
Encontrábase
la columna en vivac en el lugarejo de Calama una jomada antes de Chiu-Chiu y en
pleno descanso al caer el sol, cuando Pedro de Valdivia, divisó no lejos de sí
al cazador, Juan Romero, afanado en menesteres de comida que eran su ocupación
habitual.
Varios
días habían pasado sin que el Gobernador encontrara cerca de sí al muchacho y
dirigídole la palabra. La intensa preocupación del comando y supervigilancia de
la expedición ya numerosa; la inmediata compañía de los Capitanes recién
venidos; la “plática” con ellos de futuros planes y especialmente la acción
decidida de Inés Suárez para vigilar los pasos que daba Juan Romero habían
alejado las oportunidades de que Valdivia y el cazador se encontraran algunas
veces solos como antes.
— ¡Ah!...
¡Juan Romero! — gritóle el Conquistador así que le vio a la distancia— ; ven y
desnuda a mi buen Castaño y abrévalo que te lo agradecerán él y su dueño — dijo
al mismo tiempo que se desmontaba.
Al oír la
voz, Juan Romero soltó lo que tenía entre manos y corrió al lado del Capitán
sin preocuparse de que tras él también avanzaba a distancia y muy
disimuladamente el soldado Francisco Carretero criado del Alguacil Mayor.
— Os
habéis olvidado de mí señor Capitán — formuló el muchacho con acento asaz
quejoso que llamó la atención de Pedro de Valdivia.
— ¿Qué
queréis decir, Romero? — preguntó el Conquistador, dando a su voz un tono de
reproche amable y protector.
— Que os
habéis olvidado de mí; que os habéis olvidado de mí, sí señor Capitán, y del
corazón de la paloma...
— Tate
tate, Romero, y no me recuerdes eso; llévate el Castaño y cuida de que descanse
pues aún le falta mucho que andar para dar término a esta larga jomada. Anda,
Romero, y deja en paz a las palomas.
— ¿Sabéis
de Francisco de Aguirre?
— Sé que
debe estar en Atacama la Grande.
— Hace ya
mucho tiempo y desesperado está porque no sabe de vos- Volveráse a las Chacras
si no vais inmediatamente a él. Id pronto, señor, delante de todos; que os
alcance después la tropa. Corréis peligro...
— Corréis
peligro de perderlo a él y a los soldados que tiene ...
Valdivia
calló.
— Ya os
lo dije, señor Capitán — terminó Romero, alejándose— ; podéis y conjuraréis ese
peligro y muchos otros tal vez. Bien sabéis que el corazón de la paloma
torcaz...
— ¡Calla,
calla! — mandó el Capitán.
— ¡No os
olvidaréis de mí, señor Gobernador!...
Al día
siguiente la expedición vivaqueaba en el valle de Chiu- Chiu a una jornada
larga de Atacama la Grande donde estaban hacía dos meses los Capitanes
Francisco de Aguirre y Rodrigo de Quiroga esperando noticias — que nunca
llegaban— del Conquistador Valdivia.
A las
nueve de la noche, cuando toda la columna dormía, una partida de diez soldados,
encabezada por Pedro de Valdivia abandonaba el campamento en dirección a
Atacama con el objeto de juntarse a los nombrados Capitanes a imponerlos de la
proximidad de la columna expedicionaria. Valdivia había resuelto ese viaje de
un momento a otro y casi sin consultarlo con ninguno de sus habituales
consejeros.
Las
fuerzas quedaban al mando del Maestre de Campo Pero Gómez quien debía levantar
el real a la mañana siguiente como de costumbre y continuar la marcha hacia
Atacama donde los esperaría el Teniente de Gobernador.
Cuando
los viajeros se perdieron entre las sombras, Inés Suárez, que con el Maestre y
algunos soldados habían ido a despedir a su Capitán volvióse al toldo del
Gobernador y se echó a descansar.
Al darles
las buenas noches el Maestre Pero Gómez llamó a Luis de Toledo, a Pedro de
Miranda, a Bernal Martínez y a Martín de Candía y les dijo:
—
Señores, quedaos a descansar aquí, si sois servidos, junto al toldo del señor
Teniente; nunca es sobrada la precaución cuando el Jefe está ausente.
— Id con
Dios, señor Maestre, que bien vigilado estará esto — respondió por todos Luis
de Toledo— . Buenas noches.
Llegaba a
su toldo el Maestre Gómez cuando le salió al paso Juan Romero y humildemente le
preguntó:
—
Perdonad, señor Maestre, ¿es salido del campamento el Capitán Valdivia mi
señor?
— Sí,
señor preguntón; y ahora contéstame tú: ¿qué haces a estas
horas fuera de tu alojamiento? ¿No sabes que hay prohibición de salir dél?
— Señor
Maestre...
— Idos a
dormir con mil diablos y si otra vez te sorprendo ¡por Pateta! ¡que tu mayor
pedazo será una oreja! ¡Largo!
Huyó
veloz Juan Romero, pero si el severo Maestre de Campo le hubiera visto el
rostro, quedara sorprendido de que el muchacho no fuera amedrentado por la
reprimenda, por lo contrario muy alegre, muy alegre, repitiendo sin cesar:
— ¡Se ha
salvado! ¡se ha salvado el señor Capitán!
§ 16.
Cuando vuestras mercedes le echen los brazos
Al señor
Presbítero don Emilio Váisse (Omer Emeth)
Sancho de
Hoz, Antonio de Ulloa, Juan de Guzmán y Diego López de Avalos, salieron de
Acari en persecución de la columna expedicionaria tres o cuatro días después
que se partieron de allí Pastrana y Juan Ruiz a Tarapacá, y Chinchilla, Gonzalo
de los Ríos y Ortiz Pachecho a Copiapó, con el propósito de incorporarse a la
expedición en aquellos puntos y secundar la conspiración.
Los
cuatro primeros iban armados de espada y cota de mallas y “llevaban puñales en
las calzas”; uno de ellos, Ulloa, “había dos puñales, uno en cada lado”. Estas
armas las había comprado Sancho al pasar por Arequipa como ya lo sabemos.
No
llevaban criados ni soldados para su servicio; epa peligroso, tal vez, que
terceros sospecharan las intenciones de los viajeros.
Al llegar
a Pachica, pocas leguas antes de Tarapacá, supieron que la expedición había
partido hacia el Sur unos ocho días antes, para juntarse con Francisco de
Aguirre en Atacama. Supieron, además, quei Villagra y Bohon habían llegado
deljUtiplano con numerosa tropa y que la columna conquistadora contaba con más
de cien soldados españoles.
Todo esto
era una contrariedad para Sancho de Hoz, pues hacía más dificultosa la
realización del plan.
— Esto se
desarregla, Ulloa — díjole Sancho una noche que todos cuatro comentaban el
caso-; mientras Valdivia tenía sólo veinte o treinta hombres, podíamos tentar
suerte; pero ahora-..
— Ahora
es como antes, Pero Sancho — intervino Juan Guzmán— las mismas
precauciones habrá que tomar si queremos quitar “de en medio’’ a Pedro de
Valdivia; después de muerto la gente no podrá hacer otra cosa que reconoceros
como Jefe, cuando apellidéis al rey y mostréis vuestras provisiones. Conque,
dejaos de melindres y al avío, que no tenemos tiempo que perder.
— Pero
mirad, Juan Guzmán, que van con Valdivia Francisco de Villagra, Alderete,
Monroy y muchos de los Capitanes que mandaron tropas de los Chunchos.
— Pero si
demoramos en revolver el hato — dijo Ulloa— , daremos tiempo para que, además
de esos Capitanes y gente, se junten también, a Valdivia, Francisco de Aguirre
y Rodrigo de Quiroga que lo esperan en Atacama con muchos soldados, y así
haremos más difícil el proyecto.
—
Resolved de una vez ¡vive el Emperador!, lo que habéis de hacer, y sujetad la
barba que os tiembla — vociferó Juan Guzmán.
— Guzmán,
no me grites — contestóle Sancho-, que no es cosa de no pensarlo bien cuando va
en ello la cabeza.
—
Confesad que de poco os sirve si no tenéis mando — replicó, con tono
despreciativo el mozo— ; porque con los talentos que demostráis ¡no vais a
llegar, por cierto, muy arriba!
—
¡Guzmán!...
— ¡Haya
paz, señores! — dijeron Ulloa y López de Avalos.
— Los
momentos no son para reñir — agregó Ulloa— . Yo pienso, como Guzmán, que
debemos alcanzar a Valdivia y tentar suerte; ya veremos lo que ocurra y
saldremos del paso como mejor sea.
— Y a
cumplir cada cual con lo suyo — dijo fríamente López de Avalos— . Cuando
usarcedes le echen los brazos a ese Pedro de Valdivia, para cumplimentarle, yo
le daré la puntilla por donde él no lo vea ¡Y a rey muerto, rey puesto!
Y a pesar
del ambiente ruin que envolvía a esos sujetos, las cínicas palabras del asesino
venal produjeron un silencio repugnante.
Los
conjurados dieron alcance a la expedición cuando ésta llegó a Huascate. La
divisaron, desde lo alto de unos contrafuertes, al caer de la tarde; pero no se
decidieron a llegarse a ella, a causa, siempre, de las indecisiones de Sancho,
que no tenía, como ya lo habrá notado el lector, ninguna de las condiciones que
necesita un caudillo para triunfar.
Faldeando
cerros la siguieron hasta Calama tomando precauciones para no ser vistos, y al
convencerse de que iba a pernoctar en Chiu-Chiu, resolvieron caer sobre ella a
media noche y llevar a cabo el tenebroso proyecto, no ya apersonándose a
Valdivia cuando estuviera en pie y probablemente armado, sino cuando el
valiente Conquistador reposara descuidado en su lecho. Así no habría peligro de
que el león, acosado a traición, pudiera defenderse aún herido mortalmente por
la espalda.
La noche
era de luna, pero el cielo no estaba despejado; a ratos cubrían el disco
luminoso densos mantos de nubes que velaban el campo y el valle, sombreándolo
con extensas manchas, de contornos caprichosos, que pasaban, lentas, por sobre
el campamento dormido.
Atisbando
y aprovechando de esas sombras, acercáronse los conjurados al vivac; amarraron
sus cabalgaduras a una prudente distancia y continuaron a pie, cuidando de que
el ruido de sus armas no llegara hasta los vigilantes de los retenes de
avanzada, los cuales, por lo demás, no hacían guardia de centinela porque el
campo habíase manifestado, hasta entonces, tranquilo en acontecimientos de
guerra.
La
preocupación de los asesinos era conocer el toldo del Capitán, a fin de no
errar el golpe; les había sido imposible comunicarse con sus paniaguados que
iban en la expedición, de modo que ninguno de éstos sabía que Sancho estaba tan
cerca, ni menos que llegaría esa noche.
— ¡Temo
por esta inadvertencia en que están nuestros amigos! ¡Temo, temo! — repetía
Sancho de cuando en cuando.
— ¡Idos
al diablo, gobernadorcillo! — díjole al fin, Juan Guzmán— ; más parecéis ave de
mal agüero que caudillo de conquista. Seguid adelante, ¡por Lutero! y dejaos
llevar, que bien poco os está encomendado en este mal paso.
Llegaron,
por fin, y se detuvieron sobre un montículo para examinar el campo. Pronto se
posesionaron de la colocación del viva^ y se dirigieron con pasos cautelosos
hacia un toldo que supusieron fuera el del Capitán, aunque no tenía señal
alguna, ni asta de pendón.
Extrañóles
un poco no encontrar frente a ningún toldo la divisa del Jefe, como era
costumbre; sólo les pareció ver, en el lado opuesto, la banderola del Maestre;
pero, conociendo la disposición militar de los campamentos en marcha, fuéronse
directos al toldo que creyeron ser, y lo era efectivamente, el de Pedro de
Valdivia.
Al llegar
a la plazoleta, Pero Sancho tuvo un nuevo instante de duda, y se detuvo.
— Oíd,
señores — dijo a media voz—; ¿y si no es aquél el toldo de
Valdivia?
Se
detuvieron también los otros, pero en distintas actitudes.
López de
Avalos sonrió, desdeñoso.
— Lo
averiguaremos de algún modo — propuso Ulloa, siguiendo la marcha.
— Si os
volvéis atrás, os daré de puñaladas — acentuó con la faz descompuesta Juan
Guzmán—; ¡pasad adelante! — mandó.
Estaban a
diez pasos del toldo del Capitán, pero frente a otro que Ulloa creyó que
también podría ser el del Jefe; decididamente se dirigió a este último, seguido
de los otros tres, y, sin penetrar, dijo, serenando la voz, que le temblaba:
— ¡Ah...
señor Capitán Pedro de Valdivia!, ¿da, Vuestra Señoría, licencia?
Todos
aplicaron el oído, ansiosamente. Nadie contestó; sólo sintióse el ruido de un
cuerpo que se movió en el lecho, al impulso inconsciente de un sueño
interrumpido.
— ¡Ah...
señor Pedro de Valdivia!... — repitió Ulloa.
— ¡Es al
frente, seor importuno! — dijo una voz somnolienta.
—
¡Importuno y majadero!... agregó otra voz.
— ¡Es al
frente! — repitió Guzmán, ahogando la voz, y encamináronse, todos, hacia el
toldo del Gobernador.
En la
entrada detuviéronse los cuatro. Pero Sancho, vivamente emocionado, temblaba.
— ¡Entra,
Sancho — ordenó Guzmán— y busca el lecho, que ya no es tiempo de volver atrás!
El
infeliz hizo un arresto y penetró. Extendió los brazos, avanzó a tientas, y los
otros detrás. Sus rodillas tropezaron con un madero; Sancho bajó las manos
hasta tocar un cuerpo dormido; instintivamente retiró las manos y murmuró
angustiosamente:
— ¡Aquí!
López de
Avalos avanzó, levantó el brazo armado y con la izquierda buscó la víctima;
pero en ese instante, una voz, que no era de hombre, dijo, con entonación de
alarma:
—
¿Quién?... ¿Qué buscáis? ¿Quién sois?...
La voz
desconcertó a los asesinos y nadie contestó al punto.
— ¿Dónde
está el Capitán?... — dijo a su vez Sancho, con voz titubeante.
Inés
Suárez se incorporó en el lecho, sobresaltada ya, y replicó, firme la voz:
— No está
aquí. ¿Qué le queréis? ¿Quién sois? ¡Decidme quién sois! — terminó echando los
pies fuera del lecho—. ¡Toledo! ¡Miranda! — gritó por fin.
— ¡Quién
va! — dijo el primero, y luego el otro, requiriendo sus armas.
— Señora,
dijo Sancho, con voz insinuante y entrecortada por el miedo, soy... Pero Sancho
de Hoz...
Ulloa,
Guzmán y López de Avalos demandaron la puerta; pero al lado afuera estaban ya
los cuatro soldados que el Maestre Pero Gómez dejara en guardia, los cuales, a
medio vestir, pero espada en mano, impedían la salida dando voces.
No era
del caso presentarles riña porque habría sido inútil.
Entre
tanto, Inés Suárez, increpaba al balbuciente Sancho:
— ¡Cómo,
señor! un hombre como Vuestra Merced ¿entra así, en casa ajena? ¡Mal me parece!
— Como yo
soy servidor del Capitán, no se maraville Vuestra Merced — contestó con acento
tembloroso Sancho de Hoz.
Dos luces
alumbraron el toldo; era que Luis de Cartagena y Bartolomé Díaz habían entrado
con sendas candelas e inspeccionaban el interior.
Entre
tanto, la alarma había cundido en el campamento y pocos fueron los soldados que
no corrieron a imponerse de tan extraños sucesos; de los primeros en acudir
fueron Diego de Guzmán, que se puso inmediatamente al lado de su hermano Juan,
y Antonio de Pastrana, que observaba los acontecimientos, prudentemente alejado
de los protagonistas.
El
maestre Pero Gómez, jefe accidental del campamento, llegó al toldo de Valdivia
cuando todavía estaban dentro de él, en la situación más compromitente y
acusadora, Pero Sancho de Hoz, los dos Guzmanes y López de Avalos, vigilados
atentamente por los leales Miranda, Toledo, Bernal, Martínez, Candía, Cartagena
y varios más.
El golpe
había fracasado.
Nadie
volvió a su lecho aquel resto de la noche.
Los
corrillos comentaban los sucesos en distintos sentidos, pero en todos había la
convicción de que los recién llegados traían el propósito de asesinar al
Capitán Valdivia. ¿Por qué? ¿Para qué?
La
indignación de la mayoría de los soldados subió de punto y unos cuantos, más
impulsivos, pensaron en matar a los forasteros.
Juan
Godínez, Martín de Candía, Juan Giménez, Francisco Carretero y otros se
acercaron al Maestre Pero Gómez a exigirle “que hiciera justicia rápida de
Sancho de Hoz, por traidor y alborotador”. El Maestre participaba de esta
opinión; pero, consciente de su responsabilidad en ausencia del Jefe, quiso
consultar el caso con algunos Capitanes y soldados respetables.
Fuése a
Francisco de Villagra, a Juan Fernández de Alderete, a Bohon, a Pastrana, a
Monroy y todos ellos le aconsejaron que dejara la justicia de estos hombres a
Pedro de Valdivia, enviándole a llamar. Así lo hizo, despachando inmediatamente
dos soldados hacia Atacama, para que le dieran conocimiento de las graves
ocurrencias de esa noche, y de la escapada que había hecho con haber salido del
campamento la noche anterior.
Con razón
decía Romero, horas antes:
— ¡Se ha
salvado!-. ¡Se ha salvado el señor Capitán!
— ¿Sabéis
lo que hame dicho Ulloa hace un momento? — decía Pastrana ante un numeroso
corrillo comentador de los sucesos—; pues, que el Pero Sancho es el encargado
por Su Sacra Cesárea Majestad para “dar de comer” a los soldados que él quiera,
porque él es el Gobernador; Valdivia es apenas un Teniente... ¿No os parece,
señores, que ya sabemos a quién deberemos dar gusto, si quisiéramos “tener de
comer”?...
§ 17. ¡No
me lo digáis otra vez...!
Al doctor
Rodolfo Lenz
No se
figuraron los conspiradores que irían a quedar en libre plática después que el
Maestre Pero Gómez se posesionara de la gravedad de las ocurrencias que se
desarrollaron bajo el toldo del Capitán.
La
actitud en que fueron sorprendidos era lo suficiente comprometida y acusadora
para justificar cualquiera medida severa que contra ellos se tomara en castigo
de su traición.
En los
primeros momentos, creyó Sancho que Pedro de Valdivia no tardaría en llegar al
campamento y que su ausencia era momentánea; temía, pues, comprometerse más
aún, con cualquier acto de fuerza que intentara, el cual, además, sería
completamente inútil. Ulloa, por su parte, fracasado el intento, echaba sus
visuales a una reconciliación con Valdivia, único medio de obtener el logro de
su ambición de dinero, que era lo que perseguía.
El ruin
de López de Avalos no pensaba sino en escapar, puesto que su crimen lo ponía en
el caso muy probable de subir a la horca, como un asesino Venal a quien nadie
tenía interés en defender.
Cuanto a
Juan Guzmán, consideraba que su suerte dependía de lo que pudiera decir el
pusilánime de su cuñado, a quien Pedro de Valdivia no le sería difícil arrancar
una confesión.
En esos
primeros momentos los cuatro comprometidos estaban esperando, puede decirse
así, la sentencia, y casi no se atrevían a decir palabra alguna en contestación
a las muchas y atropelladas preguntas con que todos los acosaban. Pero poco a
poco se percataron de que el Maestre Gómez no daba órdenes sobre ellos, que no
estaban detenidos, como lo creían, y que podían moverse y andar sin que nadie
se los estorbara.
Ni aún
Inés Suárez que, ya vestida con sus arreos de marcha, andaba por ahí dando
órdenes a la servidumbre, les manifestaba mal cariz y recelo, y por el
contrario, tuvo con ellos la gentileza de ordenar que se les ofreciera de comer
en vista de que habían llegado al campamento tan a deshoras...
Con las
primeras luces del alba el Maestre ordenó levantar el campo y seguir la marcha.
Sancho y sus compañeros se metieron entre soldados y continuaron también al
Sur, tranquilamente, sin obstáculo alguno.
— ¿Y qué
decís a esto, señor Pastrana? — preguntóle Sancho al ladino conspirador que se
le había colocado al lado—. ¿No os parece bien extraño el que Pero Gómez nos
deje en libertad y que lo toleren la Inesa y los demás Capitanes?
— En
verdad que es extraño — contestó Pastrana—, y ello puede indicar que os
temen...
— ¿Lo
creéis así?...
— Y
tanto, que os aconsejaría dar un golpe que puede ser concluyente.
-¡Pastrana!
— No
digáis ni hagáis nada, que yo os apuntaré lo conveniente; pero os prevengo que
habréis de proceder con entereza y decisión. ¡Silencio!... — terminó Pastrana,
y disimulad, que pueden oíros.
Alonso de
Monroy, Francisco de Villagra y Jerónimo Alderete habíanse juntado al grupo
donde iban Inés Suárez y Pero Gómez y los cinco trataban con viveza de los
extraños acontecimientos de la noche anterior, no encontrando asidero a la idea
de que esos cuatro individuos pudieran haber concebido el plan de asesinar a
Pedro de Valdivia sin contar con que en la columna hubiera gente dispuesta a
secundarlos.
— De mi
gente respondo -dijo, en cierto momento, Francisco de Villagra—; no he venido
yo a Pedro de Valdivia para quitarle el mando ni para servir a traidores. Y si
alguno de los míos me desobedece, tened por cierto que con mi propia mano le
cortaré la cabeza, si antes no lo ha mandado colgar el Capitán o sus Tenientes.
Ya lo sabéis, señor Maestre Pero Gómez.
— Os lo
agradezco, señor Francisco de Villagra en nombre mío y del Capitán Valdivia mi
señor y dueño — respondió Gómez— y ¡por San Carlos! que a estas horas ya
tendrían, el Sancho de Hoz y los otros, su merecido, si no fuera porque
vosotros disteis un parecer contrario; viejo soldado soy y no tolero
traiciones; así como obedezco, me gusta ser obedecido y en mis manos no se
pierde una partida, si bien podéis creerlo.
— Yo os
aconsejé prudencia, señor Maestre — dijo Inés Suárez— , porque ya sabéis que
Pero Sancho tiene ciertas provisiones para descubrir y unos conciertos con el
Capitán que conviene sean liquidados ahora que ha caído en nuestro poder; tan
sólo por eso os rogué que detuvierais vuestra justicia; mas, si lo creéis
necesario ...
— Ya no,
señora — contestó el Maestre— , pues que no pasará de esta noche o mañana sin
que esté entre nosotros, de vuelta, el señor Capitán, con la tropa que llevó y
con los mensajeros que le mandé por la posta para noticiarle los sucesos. Pero
bien vigilados tengo al Pero Sancho y a los otros y con bastante disimulo, para
prevenir cualquier intentona: y ¡no permita la mala estrella de Sancho que la
emprenda antes de que regrese el Capitán!
— ¿Habéis
visto a Juan Romero? — preguntó Inés.
— Esta
mañana lo vi junto a vuestra mulatilla Catalina -contestó Monroy—. Parece que
hacen buenas migas, pues los he notado siempre muy allegados.
— No lo
creáis, señor de Monroy — contestó Inés— ; si yo no tengo a Romero por simple,
antes bien, por pícaro, en cambio sé que la mulatilla es mía, y bien
aleccionada está, pues que mi conciencia no admite la ajena desventura,
pronunció con acento indefinible la abnegada mujer. Os preguntaba por Romero
porque ese mozo me preocupa — terminó Inés Suárez.
— Pues,
señora — dijo Pero Gómez—, me habéis hecho recordar algo que no habría
advertido. Anoche, cuando me recogía a mi toldo, después de dejaros en el
vuestro, salióme al paso Juan Romero y preguntóme si el Capitán había salido
del campamento ...
— ¿Qué
decís?... — inquirió Inés.
— Lo que
estáis oyendo. Contestéle que sí, y al mismo tiempo le reprendí severamente por
andar fuera de su alojamiento a esa hora...
— ¿Y qué
dijo Romero?
— ¿Qué
iba a decirme? A mi reprimenda fuese ligero a su toldo.
— ¡Ese
muchacho sabía que llegaría anoche Sancho de Hoz — dijo Inés Suárez con un tono
convencido que llamó la atención de los oyentes— . ¡No lo dudéis, ese muchacho
es sabidor! Debéis vigilarlo tanto o más que a Pedro Sancho; debéis vigilarlo
estrechamente, señor Maestre Pero Gómez, terminó Inés.
Antonio
de Pastrana había concebido un proyecto audaz para apoderarse del mando de la
expedición aprovechando la ausencia de Pedro de Valdivia, importantísimo
accidente que muy pocos soldados conocían la noche recién pasada, cuando Sancho
y los suyos llegaron al campamento.
Aun hasta
las primeras horas de la mañana, puesto en marcha el real, se creía que el
Capitán llegaría de un momento a otro; pero cercano ya el mediodía sin que se
viera la presencia del Jefe, la tropa empezó a inquietarse y a hacer
comentarios, produciéndose una situación que debía ser atractiva para la viva
imaginación de Pastrana.
Según las
noticias que había recogido, Valdivia se encontraba a treinta o más leguas de
distancia, en Atacama la Grande; por muy rápidos que anduvieran los mensajeros
e hicieran el trayecto de regreso, el Capitán era casi seguro que no podría
estar de vuelta hasta el siguiente día; había, pues, unas veinticuatro horas de
acefalía, en las cuales, bien aprovechadas, podrían desarrollarse
trascendentales acontecimientos.
Con
audacia y sobre todo, con energía, no era imposible obtener el logro de las
pretensiones de Sancho y de sus secuaces, aun después de fracasado el primer
intento. Pastrana echó sobre sí la dirección del golpe revolucionario, poniendo
en juego toda su habilidad, todo su ingenio, pero, eso sí, guardándose las
espaldas como era su programa invariable.
Lo
primero era minar a los soldados y socavar el prestigio de Valdivia,
insinuándoles que la condición de éste era la de un mero “teniente”, es decir,
un subordinado de Pizarro, mientras que Sancho era Gobernador por el rey y
estaba encargado de repartir las encomiendas; y lo segundo, hacer que el jefe
accidental de la expedición, Pero Gómez, reconociera en cualquier forma, por
débil y momentánea que fuese, estos “títulos” de Sancho de Hoz.
La
propaganda entre los soldados ya estaba iniciada por las insinuaciones francas
de los Guzmanes, de Juan Ruiz, de Francisco de Escobar, de Ulloa y algunos
otros que iban de un lado a otro sembrando dudas y fomentando ambiciones,
fácilmente acogidas por la mayoría de esos aventureros, que no tenían empacho
en aceptar cualquier comando con tal de asegurarse el mayor lote de granjerías.
Los
Guzmanes eran los cabecillas de esta propaganda, y su audacia llegó a tal
punto, que uno de ellos, Juan de Guzmán, no tuvo reparo en acercarse a Juan
Godínez, uno de los que la noche anterior se había manifestado más leales a
Valdivia — como que fue él quien lanzó la idea de apuñalar a Sancho y sus
cómplices — para proponerle que apoyara al Pretendiente a cambio del cargo de
Alguacil Mayor.
— Señor
Juan Guzmán — contestóle Godínez— , “esas son palabras de motín e yo no soy
traidor a mi rey y señor natural a quien representa aquí el Capitán Pedro de
Valdivia; e cuidaos de decirme otra vez esas palabras; si las habéis dicho a
otros, idos, al punto, a declararlo al Maestre de Campo, y que yo lo sepa,
porque, por vida del Emperador, que iré a decírselas yo, e luego ayudaré a
tirar de la cuerda de que os ahorcarán”.
Sin
embargo, los revoltosos creyeron contar con fuerzas suficientes para provocar
la crisis y a media tarde, cuando ya faltaba poco para suspender la jornada y
asentar el real, el gran Pastrana acercóse a Sancho, y le dijo:
— Todo
está preparado, Sancho, y sólo se espera que cumpláis con la misión que tenéis.
Hablad al Maestre con voz firme, con tono de mando y de superior; sobre todo,
replicad en alta voz y gritad por fin las palabras consabidas: ¡Aquí del rey! Y
todos acudiremos a esta voz. Lo demás dejádmelo a mí.
Sancho
asintió, firmemente.
— Mucha
entereza, mucha energía, y gritad fuerte — repitió Pastrana, separándose con
disimulo...— ¡que os va la cabeza en ello! — agregó a media voz.
El
maestre de campo, Inés Suárez y sus amigos habían reparado perfectamente, en
los trajines de los Guzmanes y demás bellacos y aun en las disimuladas andanzas
de Pastrana de quien nadie tenía motivos de sospechas hasta entonces, pues se
había manifestado siempre como un sujeto tranquilo y hasta retraído.
No
sabían, positivamente, de qué se trataba en esos trajines, conversaciones y
consultas, y no querían averiguarlo tampoco, para no despertar inquietudes,
limitándose, Pero Gómez, a organizar una estrecha vigilancia tanto alrededor de
ellos como en el campamento mismo cuando llegara la hora del vivac.
Villagra,
Bohon, Flores, los Alderetes, Monroy, García de Cáceres, el clérigo Juan Lobo,
Pedro de Villagra, Godínez y muchos otros, tomaron a su cargo el control de la
tropa, decididos a mantener el orden y a sofocar cualquier intentona, que por
lo demás, no creían posible.
Dióse la
orden de alto, y la columna se detuvo echando, a tierra, los fieles indios
cargadores, las parihuelas, los hatos, cajones, jaulas y utensilios.
El
Maestre y sus oficiales dieron las indicaciones para disponer el vivac y los
yanaconas empezaron a levantar los toldos de pernoctar. Los soldados circulaban
entremezclándose por los distintos grupos sin que se notara mayor o menor
movimiento que otras veces; pero Inés Suárez, que no perdía de vista a Sancho
de Hoz, observó que el hombre gesticulaba con viveza en el centro de un pequeño
grupo donde estaban los Guzmanes y otros, y que luego se encaminaron todos,
decididamente, hacia el Maestre Pero Gómez, que también se encontraba rodeado
de gente impartiendo órdenes en alta voz.
Inés
incitó a su caballo y acercóse.
El
pequeño grupo de los Guzmanes llegó al del Maestre, abrióse paso, adelantóse
Pero Sancho, erguida la testa, saliente el pecho, la izquierda sobre la
empuñadura, y plantándose delante de Pero Gómez, díjole, con una voz postiza
que no correspondía, por cierto, a su arresto majestuoso:
— ¡Señor
Maestre!...
— ¡Señor
cuerno! ¿Qué me queréis? — gritóle, al punto, gesto agrio y voz cortante, Pero
Gómez, que con una sola mirada había dominado rápida e instintivamente la
escena.
Titubeó,
visiblemente, Sancho de Hoz, al ver la actitud de Pero Gómez, pero continuó:
— Señor
Maestre, mal asentado está este campo...
— ¡Mil
cuernos!... — rugió el Maestre, clavando la vista sobre el flamante conspirador
y poniendo brazos en jarra.
— ... ¡Y
no se haga otra vez de esta manera!... — terminó, casi convulsionado, el
infeliz Sancho.
— Y
¿quién... ¡puñales! sois vos para decírmelo...? — interrogó amenazante el
Maestre, escudriñando la faz exangüe del menguado caudillo.
— Yo
soy...
— …¡un
deslenguado — interrumpió Gómez.
Y como
Sancho abriera la boca para hablar otra vez, el Maestre avanzó dos pasos hacia
él y con gesto furibundo, le mandó:
— ¡A
callar, seor bellaco…, que yo no os conozco a vos para obedeceros! ¡Aquí mando
yo, por el señor Capitán Pedro de Valdivia — gritó, dándose una fuerte palmada
en el pecho— , y si otra vez me repetís esto, os colgaré del primer árbol!
Un
murmullo se insinuó entre el expectante concurso.
¡Largo de
aquí la gente! — ordenó por último, el enfurecido Maestre— , y que ninguno me
salga del toldo, hasta la diana, si quiere conservar la cabeza. ¡Largo todo
Cristo! — gritó otra vez, cimbrando de un lado a otro su robusto brazo.
— A
obedecer, señores, a obedecer — dijo Francisco de Villagra, introduciendo su
caballo por entre la gente— , que el señor Maestre me ha hecho la honra de
nombrarme su Alguacil, por esta noche...
Una hora
más tarde no se oía un ruido en el campamento.
§ 18. ¡Os
acordaréis de mí, señor Capitán!
Al señor
don Federico Puga Borne
Oyó el
relato de Juan Jiménez, vivamente emocionado el Capitán Pedro de Valdivia, con
todos los detalles de la infame traición de Pero Sancho, y echando su rostro
sobre las manos, permaneció inmóvil unos instantes. Al cabo de un minuto alzóse
del asiento y encaminóse hacia Francisco de Aguirre, quien, prudentemente,
habíase retirado del corrillo que formaban los mensajeros y algún soldado
cuando los enviados del Maestre Gómez manifestaron sus impacientes deseos de
quedar solos con el Conquistador.
— ¿Sabéis
lo que pasa, señor Capitán Aguirre? — díjole Valdivia- pues, que Pero Sancho ha
venido a matarme. Hase introducido a mi toldo, a media noche, con tres asesinos
y he salvado la vida por haberme adelantado a buscaros ...
Quedóse
suspenso, Pedro de Valdivia, dióse una palmada en la frente, abrió ojos y boca,
espantado, demudada la color, y exclamó:
— ¡Juan
Romero... Juan Romero!.
— ¿Qué
decís? ¿Quién es ese Romero? ¿Qué tenéis, señor Pedro de Valdiva?... — dijo por
fin Aguirre, notando que el Conquistador se abandonaba a una laxitud
desconcertante.
— No es
nada, señor Capitán — contestó Valdivia— , que un momento de... Romero es un...
cazador de palomas ... ¡un criado mío!... Ya no tengo nada... ¿Veis?, continuó
sonriente; ya estoy bien; ya no tengo nada.
— ¿Y qué
es eso de Sancho? — insistió Aguirre.
— Una
simpleza de ese bellaco — respondió el Conquistador— ; pero no os inquietéis y
disponeos a acompañarme, si sois servido, que he determinado volver atrás.
—
¿Queréis también a la tropa?...
— No —
respondió Valdivia— ;dejad la tropa a Rodrigo de Quiroga y que espere aquí
nuestro regreso. Nos iremos solamente con los soldados que traje.
Y
llamando a su sargento, ordenóle:
— Señor
Francisco de Galdames, mandad, si sois servido, que los vuestros monten a
caballo para partir en continente.
Una hora
más tarde, Pedro de Valdivia, Francisco de Aguirre y los doce hombres,
desandaban el camino que habían hecho la noche anterior y corrían al encuentro
de la columna expedicionaria después de haber andado toda la noche y un par de
horas con el sol del nuevo día, divisaron muy lejos, allá en el horizonte
arenoso del desierto, una leve, brumosa y diluida señal que supusieron ser, y
lo era, la columna conquistadora.
Mandó,
Valdivia, descansar a la gente, abrevar y dar comida al ganado y esperó allí a
que la expedición avanzara.
-Mal le
han salido sus empresas a vuestro Gobernador Sancho, señor Pastrana — oyó que
decíale una voz conocida, en tono asaz disimulado, al par que socarrón.
Volteó la
cabeza el viejo, sonrió despectivamente y contestó, en el mismo tono, mirando
antes si podía ser oído.
— Bien
claro os lo dije, señor don Martín de Solier, que el Pero Sancho necesitaba de
los buenos consejos de personas reposadas como vos, pongo el ejemplo.
— Si no
ha tenido los míos, ha tenido los vuestros...
— No tal,
señor mío — replicó, tranquilamente Pastrana— , y si algo pude aconsejar a
Sancho, en su beneficio, debéis de saber que él no lo hizo.
—
Confesad de una vez, amigo Pastrana, que estáis disgustado de Pero Sancho y que
bien comprobado tenéis que ese sujeto no sirve para lo que ambiciona.
Calló
Pastrana, y don Martín insistió:
— ¿Qué
pensáis hacer ahora?
— ¿Y qué
queréis que piense — contestó, violento ya, el viejo— , si en pocas horas más
tendremos entre nosotros a Pedro de Valdivia? ¿Creéis acaso que el Capitán
dejará con vida al imbécil de Sancho? y muriendo él ¿no quedamos entregados en
manos de la Inesa? ¡Las centellas!...
—
Reportaos, reportaos, señor Pastrana; a fe que nunca os vi tan furioso y dígome
para mi jubón que muy grande debe ser vuestro odio a nuestra capitana, o mucho
lo que perdéis con que Pero Sancho muera.
— Lo uno
y lo otro, señor don Martín — respondió con franqueza inusitada el viejo— . No
me conformo yo con que Inés Suárez tenga su corte de adulones, ni con que las
provisiones de Sancho hayan de perderse, porque sólo a su vera podríamos medrar
según la condición de cada uno.
—
Confesad además — agregó Solier— , que con el último fracaso ya habéis perdido
a Sancho y a sus provisiones y no podéis pensar más en ello. Habréis de buscar
otros medios si persistís en vuestro propósito de derrocar a Valdivia...
— ¿Lo
habéis encontrado vos?
— ¿Yo? No
estáis cuerdo, señor mío. Ya escapé de una y no quiero tentar fortuna en otra.
Ved más; el Maestre de Campo se ha metido en sus gregüescos y está muy bien
espaldeado por Villagra y yo no quiero nada con ninguno de éstos. Ved más aún:
le han echado el ojo a Francisco de Escobar, que ha cometido la tontería de
encalabrinarse y veo las cosas malas ¡rara ese mozo loco y deschavetado.
— Lo he
visto, y pienso como vos, que por ahora no hay nada más que esperar lo que
resulte ...
— Una
cosa es incomprensible para mí, señor de Pastrana, y sería vuestro agradecido
si me la explicarais.
-¿Qué es
ello?
— ¿Por
qué han puesto en prisiones a ese Juan Romero? ¿Es de vuestra parte? ¿Y qué ha
podido hacer un muchacho tan mozo, para que la Inés lo mande a prisiones?
— ¡Ya lo
veis! — contestó Pastrana— . Ese infeliz es un sirviente, más que un soldado;
dedicado está a los menesteres de Valdivia y de su manceba y a ellos obedece y
regala; sin embargo lo estáis viendo en prisiones, probablemente por una
bagatela.
— Veo que
no queréis contestarme, señor de Pastrana, y no insisto...
— ¿Por
qué me lo decís?...
— No
queráis convencerme de que han puesto preso a Juan Romero por una bagatela; no
queráis convencerme de que después de un cuasi motín vayan a poner en prisiones
a un muchacho por fruslerías, mientras dejen libre al cabecilla. A otro perro
con ese hueso, mi reverendo amigo, y hasta otro rato, que debo juntarme con
Rodrigo de Araya para saber algo más de ese deschavetado de Francisco de
Escobar, por quien me intereso.
Y don
Martín acicateó a su caballo y partió al trote en alcance de uno de los grupos
que iban adelante.
Cuando
los expedicionarios divisaron a la tropa o escolta de Pedro de Valdivia,
prodújose un movimiento de expectación muy comprensible, habida consideración
de las ocurrencias producidas durante su ausencia.
El
Maestre de Campo creyó indispensable enviar al encuentro del Capitán a algunas
personas de respeto que le noticiaron de la actitud que había asumido Sancho de
Hoz la tarde anterior y en general, de la situación de la tropa desde que
partieron de Chiu-Chiu los primeros mensajeros. Para esto comisionó a Jerónimo
de Alderete y al Alguacil Mayor Juan Gómez de Almagro, los cuales se
adelantaron a galope tendido y pronto estuvieron al lado de Pedro de Valdivia,
quien los recibió con visibles demostraciones de ansiedad.
Relató
Alderete con minuciosidad, la sorpresa que dio Sancho la noche de su llegada a
Inés Suárez y a los guardas del toldo; la actitud de la tropa; los trajines de
los cómplices para soliviantar a los soldados; la insolencia de Sancho con el
Maestre, la resuelta actitud de éste y por último la cuasi insubordinación de
un soldado, Francisco de Escobar, que, despechado, tal vez, por el fracaso,
había dicho palabras y pronunciado amenazas que lo comprometían seriamente.
— ¿Se ha
castigado alguno? — preguntó Valdivia.
— El
Maestre Pero Gómez, aconsejado de muchos de nosotros, no ha querido anticiparse
a vuestra justicia — pronunció Alderete.
Calló un
instante Pedro de Valdivia, hondamente preocupado, y dirigiéndose a Francisco
de Aguirre que estuvo presente durante todo el relato, preguntóle:
— ¿Y qué
pensáis de esto, señor Capitán?
— Pienso,
señor Teniente, que ha llegado el momento de apretar el puño y que preferible
sería regresar al Cuzco antes de llevar con nosotros tamaña pudrición. Este es
mi pensar; mas vos sabéis mejor lo que conviene hacer.
— A
caballo, señores — ordenó Valdivia— y que Dios me ilumine en este trance,
agregó, largando la rienda a su Castaño en dirección a la columna, cuyos
primeros sirvientes estaban ya a un tiro de arcabuz.
Sancho de
Hoz caminaba al lado de su cuñado Juan de Guzmán y detrás de ellos venía un
numeroso grupo de soldados donde iba el Maestre Pero Gómez, quien no había
querido perder de vista al Pretendiente desde que provocó la escena de la tarde
anterior.
Al ver a
Valdivia, Pero Sancho se adelantó hacia él; Valdivia hizo lo mismo; ambos
estaban pálidos, pero el Pretendiente parecía convulso. ¿Qué iba a pasar entre
esos dos hombres? ¿Quién diría la primera palabra y cuál sería ella?
La gente
habíase detenido un instante y más de algún leal acarició el puñal.
Las
distancias se estrechaban y la expectación cundía. El Maestre de Campo se
adelantó a su vez, tiró de la espada, trotó el cuartago y lo detuvo a cinco
pasos del Capitán, volteando la toledana a la altura de la cabeza, como era
entonces el saludo militar.
Valdivia,
enhiesto, enigmático, tiró a su vez de la espada para corresponder el saludo
del Maestre, mientras Sancho, que avanzaba solo, en un redondel, antes dos
hombres, a quienes había ofendido y que estaban espada en mano, sentía crecer
dentro de sí una laxitud que enervaba sus miembros hasta el extremo de que su
cuerpo bamboleaba sobre el caballo.
— ¡Señor
Pedro de Valdivia!... — fue lo único que pudo decir el infeliz, al llegar
frente al Capitán.
El
Conquistador lo miró un instante, insinuó una sonrisa desdeñosa que debió
herir, a fondo, la inconmensurable fanfarronería del Pretendiente, echó a un
lado la espada y le dijo:
— Mal
correspondéis, amigo Sancho, al afecto del Marqués Pizarro y al que yo puse en
Vuesa Merced.
Y se
retiró de su lado, dejándolo solo, a la expectación de esa gente aventurera que
todo podía perdonar, menos la cobardía.
— ¡Inés!
-¡Capitán!
¡Mi señor! — exclamó la enamorada mujer, echando los brazos al Conquistador, y
dando curso a las fuentes de sus ojos— . ¡Os habéis salvado de milagro!
¡Bendito sea el Señor!
—
¡Bendito sea! — repitió Valdivia— y haced que venga aquí, luego, ese muchacho
Juan Romero...
—
¿Romero? ¿Sabéis algo? ¡Bien lo presentía yo! En prisiones lo tengo desde esta
mañana...
— ¿En
prisiones? ¿Y por qué?
— El era
sabidor de que llegaría Sancho de Hoz a mataros a traición...
— ¡Era
sabidor! — repitió, alborozado, el Conquistador.
— Sí,
señor Capitán, no lo dudéis ...
— Pues,
¡por eso mismo! hacedle venir ¡que le quiten las prisiones! ¡Pronto, que yo le
vea para agradecerle la vida que me ha salvado ¡
— ¿Os ha
salvado la vida?... — interrogó, espantada, Inés Suárez.
— Sí,
señora, él fue quien... ¡me obligó a salir del campamento esa noche de la
traición!
— ¡Ya
sabía yo que os acordáriais de mí, señor Gobernador! — murmuró el cazador de
palomas Juan Romero, echándose a los pies del Capitán Valdivia, libre ya de las
prisiones en que había permanecido casi todo ese día.
§ 19. La
primera horca
Al señor
don Clemente Díaz León
— Dicho
está lo dicho, señores, terminó Pedro de Valdivia, y agradezcan vuestras
mercedes lo benigno de esta resolución, a las insistentes súplicas de los
clérigos Rodrigo González, Diego Pérez y Juan Lobo y muy especialmente al
pedido de Francisco de Villagra, Monroy y Juan Bohon; que si me dejara llevar
por mi obligación de hacer justicia, en vez de desterraros, os colgaría, como
lo merece vuestra traición. Escribano, dad a cada uno un traslado de esta
sentencia.
Y esto
diciendo, el Conquistador alejóse del grupo, seguido del Escribano Luis de
Cartagena y de Jerónimo Alderete, y fuese en busca de Francisco de Aguirre, a
quien había designado por su Teniente.
Los
condenados a destierro, que eran cinco, oyeron la sentencia con la alegría que
es de suponer, pues desde el momento en que Valdivia los mandó poner en
prisiones creyéronse perdidos.
Sancho de
Hoz había caído en el más absoluto abatimiento; Ulloa confiaba siempre en poder
vencer la severidad de Valdivia, humillándose a él, si era preciso, o
traicionando a sus amigos; Juan y Diego de Guzmán lo esperaban todo de una
ocasión para escapar y el ruin de López Avalos estaba resignado a lo que
viniera. »De modo que al oír la sentencia, que solamente los condenaba a
destierro, o sea a volverse al Perú, todos sintieron que el corazón les daba un
"brinco de alegría”.
— Conque,
alistarse, caballeros — dijo por último el Alguacil Mayor Juan Gómez de
Almagro— , que mañana antes del alba habréis de estar en marcha para el Cuzco y
yo tengo el encargo de encaminaros; a dormir, que libres os dejo, pero me
habréis de prometer, como cristianos y caballeros hijosdalgo, que no trataréis
de escapar.
— Estad
tranquilo, señor Alguacil — respondió al punto Sancho de Hoz.
— Y si a
cualquiera de vosotros le picara la comején por faltar a esta promesa y abusara
de mi generosa concesión, tenga por cierto que lo descubriré debajo de la
tierra y lo ahorcaré, con toda solemnidad. Hasta mañana.
Y el
joven cuanto enérgico Alguacil Mayor volvió la espalda a los sentenciados, sin
que éstos se atrevieran a replicar palabra.
López de
Avalos fue el primero que interrumpió el silencio diciendo a Juan Guzmán, con
todo cinismo:
—
Supongo, señor caballero, que llegado al Cuzco me pagaréis los doscientos
castellanos que me ofrecisteis por este viaje.
Mirólo el
interpelado, de alto abajo, abrió la boca para contestarle con una herejía,
pero se limitó a decirle:
— Bien se
ve, maestre López, que más valen, para vos, los doscientos castellanos que la
pelleja que habéis salvado.
Entre
tanto, Sancho de Hoz, pasada ya la primera impresión de alegría, había caído en
una intensa preocupación. El destierro le significaba, es cierto, haber salvado
la vida; pero tan pronto como se supiera su llegada al Perú, sus acreedores,
encabezados por el Escribano De la Presa y secundados por el terrible Alcalde
don Juan Tello, lo hundirían en un calabozo hasta que pagara sus deudas, esto
es, hasta que “fallesciera desta vida” ...
— ¿Y qué
disponéis en lo de Francisco de Escobar, señor Capitán? — preguntó el Maestre
Pero Gómez, una vez que Valdivia se hubo tranquilizado ya de las preocupaciones
que le impusieron, el rápido proceso y sentencia contra Sancho y sus cómplices—
. Preso lo tengo, aún, por el desacato que cometió contra el Capitán Villagra a
raíz del conato de insubordinación del Pretendiente...
—
¿Francisco de Escobar?..-. ¡Ahí soltad a ese tuno, señor Maestre — contestóle
Pedro de Valdivia— . Lo conozco desde hace algún tiempo y no creo que pase de
ser un simple y un bocón. Pero prevenidle, por cuenta vuestra, que para otra
vez le cortaréis la lengua sin que le valga, por cierto, mi favor.
— Creo,
sin embargo, que este Escobar no es tan inofensivo como decís, señor Capitán —
insistió el Maestre— , porque con sus bravatas mantiene en hervor a no pocos
soldados que están prontos, según me figuro, a desvergonzarse.
— A todos
esos soldados los enviaréis en el grupo que saldrá mañana, escoltando a los
desterrados; ya he dicho al Alguacil Juan Gómez lo que debe hacer con
cualquiera que desconozca la autoridad que le he dado a él. Cuanto a Escobar,
quitadle las prisiones mañana, cuando hayan partido al norte los desterrados.
— ¡Señor
Gobernador...! — dijo una vocecilla humilde y desmedrada que se oyó a la
entrada del toldo.
— ¿Qué me
queréis, Romero? — dijo, al punto, Valdivia.
—
Perdonad, señor — dijo el cazador de palomas, avanzando el busto y mostrando,
con una inclinación reverente, la coronilla de su cabeza hirsuta y pelirroja— ,
el señor Pero Sancho de Hoz quiere hablaros...
— ¿A
mí?... — preguntó extrañado el Conquistador, mirando la faz, sorprendida
también, de los que con él estaban.
— A vos,
señor Capitán — contestó Romero, alzando los ojos hasta la altura de la
interrogante mirada del Conquistador— ; os lo suplica humildemente.
— No lo
recibáis, señor... — interpuso en voz baja, al par que enérgica y conmovida,
Inés Suárez, acercándose al Capitán.
Vaciló
Valdivia, pero resolvió, alzándose del asiento.
—
¡Hacedle entrar!
Fue un
momento de expectación.
Sancho de
Hoz traspuso el umbral del toldo, baja la cerviz, vaciló un instante,
dobláronsele las rodillas y cayó a los pies del Capitán:
—
¡Perdón, señor Valdivia! — murmuró apenas.
— Alzad,
señor Sancho, que ya os he perdonado — contestó el Capitán.
Y como
Sancho continuara ¡a sus pies, agregó, enérgico:
— Alzad
¡por San Carlos! que vuestra condición no es para
humillaros
así, ¡alzad...! y decid lo que queréis de mí — mandó, por último, al ver que el
flamante conspirador se obstinaba en permanecer en esa oprobiosa posición.
— ¡No me
desterréis al Perú, señor Pedro de Valdivia! para esto, más valiera que me
hubierais quitado la vida, pues sabed que allí me espera la cárcel hasta que
pague a mis acreedores ...
Y como
Valdivia no contestara, Sancho agregó, echándose de nuevo a los pies del
Conquistador:
—
Llevadme con vos, que os prometo ser el último de vuestros servidores ¡no me
entreguéis, señor, en manos de mis verdugos!
Y en esta
actitud continuó, el gemebundo Sancho, hasta que el Conquistador, presionado y
molesto ya, le dijo:
— ¡Alzad,
señor, e idos, que ya sabréis por boca del señor Maestre, lo que yo provea!
Con la
primera luz del alba emprendieron la marcha al Perú los condenados a destierro
por el conato de homicidio en la persona de Pedro de Valdivia; pero de los
cinco, solamente tres iban a cumplir esa condena: Juan y Diego de Guzmán,
cuñados de Sancho de Hoz y López de Avalos.
Antonio
de Ulloa había obtenido, como Pero Sancho, que el Conquistador lo llevara
consigo en calidad de simple soldado; había obtenido aún más; este Ulloa — que
el lector conocerá en el decurso de esta crónicas como un repugnante ejemplo de
traidor— mediante la revelación que hizo al Capitán de todo el plan que se
había fraguado en Acari para asesinarlo a traición, había obtenido su libertad
incondicional, mientras que Sancho debería continuar la marcha en prisiones y
estrechamente vigilado.
Escoltaban
a los desterrados, con encargo -de encaminarlos hasta el desierto, treinta
hombres, al mando del Alguacil Juan Gómez, quien iba premunido de severas
órdenes para impedir cualquier intento de insubordinación.
Una vez
que los desterrados y su escolta hubieron partido y cuando ya el campamento
quedó tranquilo, el Maestre Pero Gómez fue en persona a poner en libertad a
Francisco Escobar, preso por desacato a la autoridad del Capitán Villagra, y al
cual, como hemos dicho, el magnánimo Valdivia había perdonado también.
Al
saberse la noticia, muchos soldados siguieron al Maestre hacia la ramada que
servía de cárcel, a cuya sombra dormitaba Escobar con grillos y prisiones en
las manos.
— Soltad
a ese soldado, si sois servido, señor Alguacil Menor Francisco Carretero, y
dejadle libre — dijo el Maestre Gómez— , que el magnífico señor Pedro de
Valdivia le ha perdonado.
Carretero
cumplió la orden, sin que el preso pronunciara una palabra; al cabo de unos
momentos se incorporó Escobar, libre ya de prisiones, estiró brazos y piernas
sin hacer caso de los parabienes o burlas de los concurrentes y lanzándose como
un rayo sobre el Maestre Gómez que en ese instante daba vuelta la espalda, lo
hirió con el puño tras de la oreja, arrojándolo sobre un grupo de soldados.
Medio
aturdido echó mano a la espada el ofendido Maestre y abalanzóse para castigar
al mentecato, que ya estaba sujeto por cinco o seis hombres; pero a tiempo de
descargar el golpe se contuvo, envainó tranquilamente el arma, y dijo, echando
a andar:
— Señor
Alguacil, volvedle ¡a sus prisiones!
Al otro
día un ambiente de tristeza envolvió al campamento a la vista de una horca que
se había levantado en la “Plaza de Armas”.
A las
siete de la mañana los traqueteos de los atamhores y los sonidos lastimeros de
los clarines anunciaban la vía crucis que iba a iniciar el condenado a muerte,
desde el toldo carcelero, hasta el patíbulo.
Ni los
ruegos de los clérigos, ni los de Villagra, ni aún los de Inés Suárez ni
siquiera el perdón que el ofendido Maestre Gómez otorgó al infeliz, pudieron
torcer la sentencia del Conquistador, que había condenado a muerto al
‘‘deschavetado” Francisco Escobar.
— Puedo
perdonar los crímenes y traiciones contra mi persona — había dicho por fin
Valdivia a Jerónimo Alderete— , pero no los delitos contra la autoridad de mis
capitanes.
Con las
manos atadas a la espalda y el dogal al cuello en medio de un silencio
terrorífico del cual surgían las oraciones en murmullo, el cortejo fúnebre
atravesó lentamente el corto espacio por recorrer.
Llegado
al pie del patíbulo, y mientras el "negro Domingo’’ enlazaba la cuerda en
el árbol de justicia, el pregonero, que era otro llamado Juan Valiente, decía
con voz gangosa y experimentada:
— “Esta
es la justicia que manda hacer Su Majestad y en su real nombre el magnífico
señor Pedro de Valdivia, Teniente y Capitán General del muy magnífico señor
Marqués don Francisco Pizarro, Gobernador de estos reinos a esto hombre
Francisco Descobar, por traidor y alborotador contra el real servicio, mandando
que sea ahorcado hasta que rinda el ánima y muera naturalmente, para que a él
sea castigo y a otros ejemplo. Quien tal hace que tal pague”.
Subió
Escobar la escalera, afianzó la soga el verdugo y en un segundo, el cuerpo del
infeliz fue lanzado al espacio...
Un
crujido siniestro, un grito ahogado... y un clamor de espanto — o de alegría—
resonó en toda la plaza: la cuerda se había “quebrado” y el cuerpo de Escobar
yacía en tierra estremecido por las más encontradas emociones.
—
¡Perdón! ¡Perdón, señor Pedro de Valdivia!...¡Perdón!,— gritaban todos,
mientras algunos aflojaban el dogal de la garganta y auxiliaban al condenado.
Y el
Capitán Valdivia lo perdonó.
Al pie de
la horca, Escobar anunció su firme propósito de regresar a España para
encerrarse, por toda la vida, en un convento franciscano.
Y así lo
hizo.
§ 20. Es
un Aguirre... ¡ca...nastos!
Al señor
don Enrique Zañartu Eguiguren
Era,
Francisco de Aguirre, el personaje de más significación entre todos los que
acompañaban al Conquistador Valdivia en su expedición al valle de Chile y su
prestigio era de fundamentos tan firmes que nadie se permitió jamás
desconocerlo.
La
actuación de Aguirre en el Perú databa del año 1534; era, por lo tanto, más
antigua que la de Valdivia, quien solo había llegado al Cuzco en 1537; pero,
aunque este detalle poco significaría para el caso, debe tenerse presente que
Aguirre desempeñó, mucho antes que Valdivia, cargos de alta responsabilidad en
el gobierno de Pizarro.
En la
desastrosa expedición a las Charcas, en Bolivia, Francisco de Aguirre fue uno
de los Capitanes mejor conceptuados por sus excepcionales energías; sus
resoluciones rápidas e inquebrantables lo rodearon de fama que muchas veces fue
calificada con los más variados epítetos. Se le llamó tirano, sanguinario,
“hereje” y muchas cosas más; pero su carácter indomable, su brazo invencible,
su lealtad a toda prueba, su generosidad sin límites y su bondad
característica, desmintieron siempre aquellos calificativos y los redujeron a
sus justas proporciones. La personalidad del Conquistador Francisco de Aguirre,
por lo vigorosa, por lo definida, tuvo que luchar con las asechanzas de los
mediocres, según es natural que suceda en el mundo de los hombres; se vio envuelto
en dos grandes e injustos procesos de inquisición y como en Aguirre .no
encontraron jamás asidero la falsía ni la doblez, cayó por fin, después de una
lucha ardorosa de más de cincuenta años; pero cayó dignamente, conservando su
enorme prestigio y dejando ligado su nombre a los más grandes hechos en la
conquista de las provincias de Chile y del Tucumán, hoy República Argentina, y
entremezclada su sangre con todas las fidalguías que tuvo la sociedad chilena
en el medio siglo primero de su existencia.
Francisco
de Aguirre no vino a las Indias “desnudo como otros suelen venir”, sino “con
razonable casa de escuderos y muchos arreos de armas y criados y a su costa e
minción”.
Nacido en
Talavera de la Reina, en 1500, hijo de Hernando de la Rúa y de doña Constanza
de Meneses, ricos y linajudos hijosdalgo, dedicóse a la carrera de las armas a
los 17 años de edad, bajo las banderas del celebérrimo Bayardo primero, y del
Condestable de Borbón, después. Con el grado de Alférez encontróse en el Saco
de Roma y por muerte del capitán de su tercio asumió el mando en pleno campo de
batalla entrando victorioso a la capital del cristianismo.
Al frente
de sus tropas le tocó defender, con heroísmo, un convento de monjas que la
soldadesca pretendía invadir, sedienta de pillaje y de lascivia; esta noble
acción le valió que el general, Príncipe de Orange, lo confirmara en su empleo
de Capitán del tercio y que el Papa Clemente VII le dispensase del impedimento
canónico que el joven Capitán Aguirre tenía, para casarse con su prima doña
María de Torres y Meneses, dispensa difícil de obtener entonces y que el
Pontífice concedía únicamente a la nobleza, en casos muy calificados.
Y por su
parte, el Emperador Carlos V, para más honrar y premiar a tan valiente y noble
militar, lo nombró Corregidor y Justicia Mayor de Talavera de la Reina, su
ciudad natal.
Francisco
de Aguirre tenía, a la sazón, veintisiete años de edad.
A fines
del 1533, Francisco de Aguirre dejó su tranquilo corregimiento de Talavera de
la Reina para salir en busca de aventuras y de más amplios horizontes en los
nuevos reinos de las Indias, especie de tierra de promisión para toda la gente
de armas de la Península. Su joven mujer, con tres pequeñas hijas y un varón
recién nacido, quedaron en Talavera al amparo de sus padres, y el animoso
Capitán se embarcó en Sanlúcar con su hijo mayor Hernando de Aguirre, que en
esos días cumplía apenas los seis años.
Viajó en
calidad de hidalgo, “con bagaje rumboso, como correspondía a la distinción de
su persona”, dice un competente investigador chileno, y llegó a Panamá en abril
de 1534 embarcándose luego con rumbo al Perú, “con caballos y sus armas e un
negro e criados españoles, que le servían”, según declara un testigo “que lo
vido”, Juan Ortiz Pacheco.
Bajo las
banderas de Pizarro encontróse en las batallas que siguieron a la ocupación del
Cuzco, pues no alcanzó a participar en esta conquista y por lo tanto, no entró
tampoco en el reparto del inmenso botín que enriqueció, de repente,
a esos afortunados aventureros.
Derrotado
Diego de Almagro en las Salinas, ingresó a la expedición conquistadora de las
Charcas, Bolivia, con Diego de Rojas y éste lo nombró su Teniente de Gobernador
y de Capitán General, mientras él emprendía su desastrosa entrada a los
Chiriguanos, de la cual ya he dado noticias; una vez declarado el horroroso
fracaso, Aguirre se encaminó hacia Atacama, con veinticinco hombres de a pie y
a caballo a juntarse con Pedro de Valdivia, a quien conocía de las campañas del
Milanesado y el Saco de Roma.
El joven
Hernando de Aguirre que alcanzaba apenas los trece años de edad había soportado
con admirable fortaleza los innumerables sufrimientos de aquellas accidentadas
expediciones al Alto Perú, y su padre, al verlo montado sobre su caballo,
espada al cinto y lanza en ristre se enorgullecía...
— ¡Buen
soldado habréis en este mozo, señor Capitán! — díjole una vez Francisco de
Villagra.
— Es un
Aguirre... ¡ca...nastos! limitóse a contestar el antiguo Corregidor de
Talavera, que tuvo fama de muy mal hablado.
Acompañado
por dos soldados, despojado de armas y montado en un caballejo ominoso partió,
Francisco de Escobar, camino del destierro, después de haber pedido perdón, de
rodillas, al Maestre Gómez y a Francisco de Villagra, a quienes había ofendida
tan cruelmente.
Determinado
iba a “meterse fraile” para dar “sempiternas” gracias al Cielo por haber
salvado la vida en el preciso momento fatal, cuando ya estaba colgado de la
horca, y especialmente, para dedicar el resto de su existencia “a facer
penitencia de sus pecados e crímenes”.
Su
contrición era tal que cuando pidió, por gracia, antes de partir, que se le
permitiera “besar las manos al señor Capitán Pero de Valdivia cuya preciosa
existencia Dios conserve muchos años”, el reo liberto hincó las rodillas una
cuadra antes de llegar al sitio donde se encontraba el Conquistador, con
Francisco de Aguirre e Inés Suárez y con el rostro al suelo avanzó,
arrastrándose, hasta que el capitán, conmovido, salió a su encuentro y lo
obligó a ponerse de pie.
— Id con
Dios, Escobar — díjole Valdivia— , y si, como decís, tenéis determinado vestir
el sayo franciscano, rogad por todos nosotros que harto lo habremos menester.
Todos
mostraban en el rostro demudado la profunda emoción que los dominaba. El Padre
Juan Lobo, “clérigo presbítero” del cual hemos dicho en otra ocasión que era
“buena mano para la espada” — según declaró un contemporáneo suyo que lo sabía—
manifestaba visiblemente la impresión que le produjera la actitud arrepentida
del indultado y futuro fraile y a pesar de que el Padre Lobo no era de aquellos
que se amilanaban ante un quejido, ni ante varios, acercóse al Conquistador y
díjole, echando hacia adelante sus manos juntas.
— Señor
Pero de Valdivia, por los siete dolores de la Virgen María, no destierre
Vuestra Señoría a este pobre hombre, que puede malograr su arrepentimiento;
déjelo aquí, en calidad de lego sacristán y si es preciso, me ofrezco yo para
salir desterrado en lugar suyo.
Francisco
de Aguirre dio un brinco al oír las últimas palabras.
Miraron
todos a Pedro Valdivia y este sintió que veinte o treinta pensamientos ajenos
se clavaban en su mente para torcer su voluntad pero resistió, y dijo:
-Padre
Lobo, demasiado hice con perdonar la vida a este hombre, que bien merecía la
muerte, como castigo de su crimen y escarmiento para todos. ¡Deje Vuestra
Paternidad y Merced que cumpla siquiera el destierro!
— ¿Y no
me dirá, Vuestra Señoría, quién es ese clérigo Juan Lobo que se entromete un
poco más de lo conveniente en estos asuntos de gobierno? — preguntó con gesto
inquisidor, Francisco de Aguirre, al Capitán Valdivia, una vez que se
encontraron solos.
— Diré a
Vuestra Merced, señor Francisco de Aguirre, que el Padre Lobo es un buen
clérigo y el primero que nos hizo misa en Tarapacá en Sábado de Gloria.
—
Dispensad, señor Pedro de Valdivia-.. y además de clérigo ¿para qué otra cosa
creéis que os sirve ese misacantano? ...
— Dícenme
que también maneja la espada, y que no lo hace mal — respondió en tono de
confidencia el Conquistador.
— ¡Hola,
hola! Me reconcilio con él, señor Capitán, porque os diré que cuando ese Padre
Lobo os propuso salirse él por desterrado en lugar de ese pícaro de Escobar,
que es herrero, estuve a punto de deciros que aceptarais...
—
¡Aguirre!... — interrumpió extrañado Valdivia.
— Sí,
señor Capitán, no lo dudéis — afirmó Aguirre, con aquel tono jocoserio,
socarrón e irrespetuoso que le fue tan perjudicial en el medio ambiente en que
vivió— ; porque “habiéndose de desterrar destas Indias a un herrero o a un
clérigo, yo destierro al clérigo por ser el herrero más necesario a la
República’’...
§ 21. Las
brujerías de Juan Romero
A Fray
Pedro Subercaseaux
Ni el
destierro de los Guzmanes y de López de Avalos ni la prisión de Sancho de Hoz,
ni aún la pena capital que se impuso a Escobar, consiguieron restablecer por
completo el sosiego entre los soldados expedicionarios; tal había sido la
desconfianza y el poder de la intriga que esos malos elementos introdujeron
entre la tropa.
Pastrana
en primer lugar, con la insidia que era su fuerte, aprovechaba todas las
ocasiones para lamentar la “dureza” de los castigos impuestos por el
conquistador.
— Más
valiera que les quitara la vida de una vez — dijo, en un comentario, a su amigo
y confidente don Martín de Solier — que no echar a esos infelices a que
perezcan de hambre en el despoblado.
— ¿De
modo que vos hubierais preferido que se alzaran cinco horcas?... — había
preguntado, con admirable ingenuidad, el enigmático don Martín.
— Me lo
preguntáis de una manera tal, que no hallo como responderos — replicó,
intrigado, el viejo.
— Os digo
que, a mi parecer, el capitán ha hecho bien en perdonar la vida a los que
intentaron matarle, porque si se pone en hacer justicia, no sólo necesitará
cinco horcas sino una docena, para colgar a todos los que estaban en la
conspiración.
— ¡Don
Martín!
— Pero no
os alarméis con mis palabras, señor de Pastrana, porque, según colijo, el
Capitán Valdivia no ve más allá de sus narices y es tan cegato como un tío mío,
el Deán de la Santa Catedral de Sevilla, que saludaba a su manteo cuando lo
encontraba colgado en la percha. El capitán y sus tenientes tendrán sus ojos
rijos en Sancho, en Juan Ruiz, en Raudona, en Ortuño y en otros mentecatos que
hablan más de lo conveniente y no habrán de reparar en otros más peligrosos
como Ulloa.
— ¿Habéis
visto — interrumpió indignado Pastrana— , habéis visto bajeza igual a la de ese
hombre, que vende a sus amigos por una sonrisa del Gobernador?
— ¿Por
una sonrisa?..,. Diréis mejor, por salvar el pellejo...
— Lo que
queráis; pero, convenid conmigo, en que ese Ulloa es un sujeto despreciable —
terminó Pastrana.
—
Despreciable y todo, me parece que Ulloa escogió la única tabla de salvación
que había a flote en este naufragio; y si persistís en vuestras pretensiones,
señor Antonio de Pastrana, no le hagáis ascos a Ulloa, pues, para mí, sabe
mucho vivir.
Aunque
Pedro de Valdivia había querido dejar en libertad a Sancho de Hoz, poniéndole,
eso sí, un guarda permanente que vigilara sus menores actos y estuviera al
corriente de lo que trataba con sus paniaguados, se vio precisado a proceder en
forma mucho más estricta presionado por los consejos y las buenas razones que
le dieron y le daban Pero Gómez, Monroy, Aguirre y especialmente Inés Suárez,
cuyo tino, sagacidad y energía no podía desconocer el Conquistador, ni menos
aún poner en duda su lealtad.
— Ese
Pero Sancho es un follón y que no se os olvide, Capitán mío, díjole una noche
Inés a Valdivia, cuando, recogidos ya bajo su toldo se aprestaban a descansar.
Es mal hombre, es traidor, y tened por seguro que, pudiendo, os hará una nueva
trastada. Ya que cedisteis a no desterrarlo, llevadlo, al menos, en prisiones e
impedir que platique a cualquiera hora, como lo hace, con los que le siguen.
— Me
figuro, señora, que miráis y veis las cosas más grandes de lo que son. Un
mandria es Sancho de Hoz, más que un bellaco, y sólo, como ahora está, sin la
compañía de esos Guzmanes que eran su perdición, no se atreverá a
desvergonzarse otra vez. Y además, Sancho padece del mal del milano: “Las alas
quebradas y el pico sano” y con solo boca y lengua no me va a hacer guerra
apreciable, creédmelo.
— Pues,
señor — insistió Inés— , yo no pienso como vos y ya que no queréis convenceros,
no obligaréis a vuestros leales amigos, al trabajo ingrato de vigilar a ese
hombre por nuestra cuenta y así, al par que miramos por vos, que sois el Jefe,
nos resguardaremos nosotros, pues que, evidentemente, somos amenazados también.
Guardó
silencio el Conquistador con manifiesta contrariedad y aun significó,
ostensiblemente, a Inés, su desagrado por esa insistencia; pero al siguiente
día al encontrarse con el Maestre Gómez díjole:
— Señor
Pero Gómez, paréceme que Sancho está tranquilo ya...
— No
tanto, señor Capitán; el soldado Juan Salguero, que es su vigilante, hame
informado que ayer en la tarde tuvo un concurso de seis o siete soldados con
quienes conversó largo tiempo y aún querían continuar después de la queda.
— ¿Y qué
os parece de esto, señor Maestre?
— Lo que
a Francisco de Aguirre, señor Teniente...
-¿Y qué
es ello?
— Es un
refrán. ¿Me permitís decíroslo?
— Venga..
.
— Quien a
tiempo no atiende, tiempo viene en que se arrepiente.
— De modo
que Aguirre, y vos, creéis que yo me habré de arrepentir.
—
Perdonad, señor Capitán, pero así lo creemos. Pero Sancho es un malandrín no lo
dudéis; los soldados que lo frecuentan son los más revoltosos y los que más que
hacer me dan con sus continuas quejas y con las burlas y descomedimientos que
cometen contra los otros; y si aún no traspasan el respeto que les impongo, es
porque saben, ciertamente, que cumpliré la promesa que les tengo hecha de dar
garrote al primero que le eche mano.
— Pues, a
poner orden, señor Maestre — dijo Valdivia— ; no tengáis reparo...
— ¿Me
autorizáis a ello?...
-Condenados
están por mí, los que vos condenéis.
— Habré
de ser duro, señor Capitán...
— ¿Dudáis
de mi promesa, señor Pero Gómez?
— No,
pardiez, y a ello voy. ¡Alguacil — gritó— , venid, si sois servido!
Corrió
Carretero a la vera del Maestre.
— Poned
prisiones en las manos y grillos en los pies a Sancho de Hoz, dejadle guardas
continuas y decid al negro Juan Valiente que pregone la orden del señor Capitán
Valdivia, para que nadie se acerque a hablar al preso sin pedírmelo en persona.
— Y
decid, también, a Juan Romero que lo necesito — agregó Pedro de Valdivia.
Fuése
Carretero a cumplir las órdenes recibidas y ya terminaba el pregón, cuando
Romero llegaba al sombrajo que el Capitán tenía frente a su toldo.
— Romero
— díjole Valdivia, llevándole a un lado— , dícenme que Sancho continúa
conspirando contra mí; no lo creo por entero, pues sabe él que me debe la vida
y el no ir a podrirse en las cárceles de Lima; pero mis amigos, los más leales,
me lo aseguran...
Abrió la
boca el muchacho, como para hablar y Valdivia interrumpió su discurso.
—
¿Decíais algo? — preguntó el Capitán.
— Iba a
deciros que el señor Sancho de Hoz no conspira, señor Gobernador...
— ¿Cómo
lo sabéis?
— No
conspira él... pero conspiran otros.
-¡Hola!
¿Y quiénes son ellos?
— No lo
sé; pero una vizcacha que guié esta mañana tiritó tres veces antes de morir...
— ¿Otra
vez, Romero? — interrumpió el capitán— . Cuidaos, hijo, pues a pesar de lo que
os debo, os habré de castigar si persistís en los agüeros. Sabed que el Padre
Rodrigo González sospechoso está de los que hacéis y si llegara a sorprenderos
os condenaría a excomunión.
Romero
tembló y elevó sus ojos suplicantes, primero, y lacrimosos, después, hacíanla
severa mirada del Conquistador; quiso hablar, no pudo, y bajó la cabeza
formulando su cara un gesto de amargura.
El
desmedrado muchacho ejercía en el Capitán positiva influencia, no embargante la
distancia total que entre ellos había. Era aquel un siglo en que las
maquinaciones “tenebrosas” de las brujerías, prestigiadas por la terrible
persecución que les hacía el Santo Oficio, presionaban aun a los espíritus más
fuertes y a los caracteres más enteros. Francisco de Aguirre, la personalidad
más despreocupada de todo lo que no fuera lo material, lo positivo, se
inquietaba cuando oía el graznido de una lechuza y cuando en su presencia una
vela “se iba”... ¡Y este hombre era el que
declaraba
que las excomuniones eran temibles sólo “para los homecillos”, y no para él!
¿Qué
significaba el que la vizcacha hubiera tiritado tres veces antes de morir?
Pedro de
Valdivia había amenazado a Romero con su castigo y con la posible excomunión
que podía lanzarle el Capellán de Campo, si persistía, el “brujo”, en sus
manipulaciones agoreras; pero no podía poner valla a su vehemente deseo de
conocer la interpretación que tenía el presagio; resistió lo que pudo, en
prestigio de su palabra, pero en vista de que Romero guardaba porfiado
silencio, díjole, en tono que pretendía aparecer despreocupado y zumbón:
— ¡Vaya
con la vizcacha del agorero!...
El
cazador no dijo nada; antes bien inició un movimiento como de huida.
—
¡Atiende! — insinuó Valdivia— ¿y qué ves en esos animaluchos?... Dímelo — dijo,
por fin, tomándolo por un brazo, sin poder disimular su ansioso interés.
— ¿No me
acusaréis al Vicario? ... — musitó, en temeroso reproche, Juan Romero.
— ¡Calla!
— protestó Valdivia. Y escudriñando rápidamente a su alrededor, agregó:
-¡Te
defendería!...
—
¿Verdad? — dijo alegremente el muchacho, y al punto agregó— : pues, eso quiere
decir que no estáis aún a cubierto de traiciones ...
—
Luego... ¿Pero Sancho?...
— En los
ojos de la vizcacha moribunda no vi a Sancho, señor Gobernador. Eran otros...
—
¿Quiénes eran?...
— El
animal cerró los ojos cuando yo le acerqué los míos...
Pedro de
Valdivia clavó su mirada en los ojos de Romero y se le antojaron falsos,
fosforescentes y esquivos como los de un gato. Sintió que su cuerpo se
estremecía y recogiendo su capa, dijo, echando a andar:
—
¡Averíguamelo, Romero!
"Detúvose
un instante y terminó:
— ... y
¡guay de ti, si me traicionas!
E
interiormente hizo el propósito de no cruzar una palabra más con el cazador de
palomas.
Segunda
Parte
La ciudad de Santiago del Nuevo Extremo
§ 22. El
primer milagro en tierra chilena
Al señor
don Hugo Silva
¿Por qué
se llamó “Santiago” a la Capital de Chile? Desde que los españoles tomaron
posesión del nuevo Reino de Chile, al entrar en el valle de Copayapu (Copiapó)
al cual llamaron, por este hecho, “Valle de la Posesión”, habían tenido que
sostener los más recios combates con sus habitantes, quienes, decididos a
defender su suelo, no hacían caso alguno de las dádivas con que trataba de
atraerlos el Conquistador ni menos de los “requerimientos” que les hacía por
boca del escribano Luis de Cartagena y de los cuales requerimientos les daba
copia en papel sellado.
El viaje
desde Copiapó hasta el valle del Mapocho fue una serie de encuentros y los
combates entre los naturales y las avanzadas exploradoras a cargo de Capitanes
como Francisco de Aguirre, Pero Gómez de Don Benito, Rodrigo de Quiroga,
Francisco de Villagra y otros; en estos encuentros los naturales murieron en
gran número, pero también causaron muerte de españoles, de muchas “piezas” de
indios y caballos, amén de numerosos heridos. No había sido, pues, un viaje
triunfal el de las tropas castellanas; por el contrario, se manifestaban
cansadas, y sólo se consolaban con la expectativa de encontrar pronto un sitio
seguro donde sentar definitivamente sus reales.
El
extenso valle del Mapocho ofreció a los expedicionarios la satisfacción de sus
esperanzas. En las riberas del río, claro y manso, con tupidos bosques
cercanos, extensas y floridas praderas, abundantes pastos y mieses naturales,
“fertilidad y sanos aires deste valle que es de los mejores de las Indias y aún
de toda la christiandad”, determinó el General dar traza “e fundar una ciudad
lo más breve que pudiese” y para llevar a cabo su proyecto, “tomó consejo del
gobernador peruano Vitacura’’, que era el representante en Chile de la
denominación de los Incas.
Conocida
por los indios chilenos la resolución de Pedro de Valdivia, resolvieron alzarse
en armas y habiendo elegido por jefe a Michimalonco, se fueron, en primer lugar
contra Vitacura, el consejero de Pedro de Valdivia, “e lo mataron como traidor
e facineroso”.
No le
valieron, al Conquistador, tampoco en esta ocasión, ni las dádivas ni los
requerimientos en papel sellado...
Cuenta el
cronista Carvallo y Goyeneche, que Valdivia reunió a todos los caciques del
valle “acomodándolos en sillas y procuró darles a entender el provecho que les
venía a hacer y la obligación que los dichos indios tenían de admitirlo en su
tierra... e les hizo requerimientos... e les dio dádivas e presentes”.
Michimalonco se guardó las dádivas, pero rechazó los requerimientos; ítem,
pocos días después “presentóse antes los christianos con un ejército grande y
muy ordenado marchando a toda prisa hacia el valle de Mapuche con grande
orgullo y lozanía, cantando victoria, como si ya la hubieran conseguido”.
La gran
batalla no tardó en pronunciarse.
Como de
costumbre, los españoles se apercibieron al combate pertrechándose “ante todas
cosas con la oración, la cual tiene siempre el primer lugar entre todas las
municiones y estratagemas militares”.
Sabido es
que el Apóstol Santiago es el protector de las armas españolas, como lo es San
Jorge de las inglesas, Santa Rosa de las peruanas y la Virgen del Carmen de las
de Chile; pues bien, los castellanos invocaron el auxilio de Santiago apóstol,
como protector que es de las Españas y de los españoles “en cualquier lugar
donde se ofrece pelea”.
Echáronse
a campo raso los castellanos, después de la oración colectiva y guerrera, “se
carearon los dos ejércitos y vinieron a las manos”, lanzando los indios una
lluvia de flechas, tan espesa “como el granizo que cae del cielo en día de
temporal” y con tan formidable chivateo, que “parecía se iban a comer a los
christianos”.
Con un
¡Santiago, y a ellos! cargaron los españoles atropellando furiosamente a sus
enemigos y desbaratándolos a filo de espada y punta de lanza; pero “como los
indios eran en tan grueso número, nunca dejaba de estar el campo cuajado de
ellos”, entrando a cada momento escuadrones de refrescos “lucidos a maravilla
por la mucha plumería de diversos colores que traían en sus cabezas y por la
diversidad de armas ofensivas que traían en las manos como dardos arrojadizos,
con tiraderas, porras con púas de extraño artificio, lanzas cortas, picas, y
macanas fuertes”.
Tal era
la impetuosidad de los indios, que el campo español empezó a ceder; de nada
valían los actos heroicos de cada soldado; el brazo se cansaba de matar, sin
resultado, pues al indio caído lo reemplazaban tres; el cansancio invadía a la
hueste española, y los capitanes discutían ya la manera de formar una trinchera
para guarecer ¡al ejército hasta la mañana siguiente, pues la tarde era
avanzada y no había esperanza de obtener ese día la victoria. El caso era
peligrosísimo y había necesidad de conjurarlo con rapidez.
—
¡Santiago Apóstol, protégenos en este trance! ¿Qué te has hecho? — suplicó en
un rapto de piadoso reproche Inés Suárez— , ¡Ven a nos, Santiago Apóstol!
— Déjelo
Vuestra Merced, que estará ocupado con Pizarro en el Perú — contestóle con tono
zumbón Francisco de Aguirre...
Y
dirigiéndose a los demás capitanes y a Valdivia que encabezaba el grupo,
díjoles:
—
¡Caballeros, afírmense en... los estribos y vámonos contra estos bellacos antes
que estén más ensorbecidos!
Todos
partieron a la carrera, sable en mano, a tiempo que una avalancha de salvajes
iba a romper el centro de la caballería y esta fallaba visiblemente.
Y aquí
viene lo grande.
“Estando
la pelea en su mayor furia al tiempo que los indios iban acometiendo con
mayores bríos para beber la sangre de los cristianos; cuando se iban
abalanzando a ellos para ejecutar su coraje con denuedo; cuando tenían la
victoria sobre el hito y a toda priesa iban blandiendo las lanzas y levantando
los brazos para descargarlos con ímpetu sobre los cristianos y cuando con el
aspirar la victoria iban triunfando con estrépito y alaridos, veis aquí que de
repente (¡caso memorable!) todos los bárbaros, a una, vuelven las espaldas y
dan a correr como gamos por el campo raso, a ruin el postrero, desapareciendo
para huir del que súbitamente se les había aparecido”.
Los
cristianos quedaron suspensos de tan raro caso que les daba tan fácil victoria.
Cuenta
Mariño de Lovera que el General “una vez que los españoles hubieron respirado
un rato del cansancio de la refriega” mandó traer a su presencia a algunos de
los indios principales que habían sido hechos prisioneros y “los examinó
haciendo escrutinio” de las causas por que habían huido tan repentinamente, y
para mejor proceder, les interrogó a cada uno separadamente y “con gran recato
y diligencia”.
Todos los
prisioneros “estuvieron contestes y no hubo indio que discrepase” en afirmar
que estando los naturales “en su mayor coraje y certidumbre de su victoria
vieron venir por el aire un cristiano en un caballo blanco con la espada en la
mano, amenazando al bando indio y haciendo tal estrago en él, tanto que se
quedaron todos pasmados y despavoridos, y dejando caer las armas de sus manos,
no fueron señores de sí ni tuvieron sentido para otra cosa que para huir
desatinados, sin ver por donde haber visto cosa nunca vista”.
Con esto
se tuvo por cierto que el Apóstol Santiago había bajado del cielo a socorrer a
los afligidos españoles en tan urgente necesidad y dando gracias a Dios,
declararon “abogado y patrón del pueblo cuya fundación se intentaba, al
glorioso apóstol Santiago, con cuya resolución pusieron luego mano a la obra a
los doce días del mes de febrero de mille e quinientos cuarenta e un años”.
Contra la
opinión de Francisco de Aguirre, que creía al santo apóstol ocupado en el Perú,
ayudando al Marqués Pizarro — que harto lo necesitaba en esos días— Santiago
vino en esa ocasión al valle del Mapocho e hizo el primer milagro que registra
nuestra historia.
Y por eso
nuestra capital lleva su nombre, según lo dejo comprobado.
§ 23. La
fecha en que fue fundada la ciudad de Santiago
Al señor
don Fernando Thauby
La
opinión de los cronistas coloniales no está conforme en la fecha en que fue
fundada la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, por el Conquistador Pedro de
Valdivia; pero, por acuerdo tácito se ha convenido en aceptar, como fecha de
esta fundación, la de 12 de febrero de 1541.
Y no es
la falta de documentos la causa de esta divergencia, ni porque los existentes
sean imprecisos o de poca monta; es al revés; existen documentos fehacientes y
ellos son tan importantes como la certificación de un escribano público y la
aseveración, repetida, y firmada, del Jefe de la Expedición Conquistadora y
Fundador de la ciudad, en cartas al Emperador Carlos V, a Gonzalo Pizarro y a
la Corte española.
Sin
embargo, un ilustre investigador, nuestro estimable amigo don Tomás Thayer
Ojeda — cuya labor paciente y abnegada en beneficio de la historia patria
todavía no se reconoce ni se aplaude como lo merece— ha podido ofrecer una
explicación muy aceptable sobre esa divergencia de fechas; a esa expedición me
referiré a su tiempo.
El
Conquistador Valdivia llegó al valle del Mapocho a mediados de diciembre de
1540, después de un tremendo viaje de once meses; había salido del Cuzco a
mediados de enero, “con sólo nueve hombres” y unos setecientos indios, según lo
he dicho anteriormente. La leyenda de que Valdivia saliera de la Capital del
Imperio incásico a la cabeza de “ciento cincuenta conquistadores bien armados”,
ha sido destruida ya por los documentos encontrados por don José Toribio
Medina, documentos que en su gran mayoría no conocieron ni Barros Arana, ni los
Amunátegui, ni Vicuña Mackenna ni muchos escritores de la historia chilena.
La
expedición entró al valle de Copiapó, límite sur de la Gobernación del Perú,
más o menos por el mes de septiembre y su viaje hasta el Mapocho fue la parte
más accidentada a causa de la agresividad de los indios que encontraba a su
paso, azuzados, seguramente, por los funcionarios o representantes del Inca
Manco, rebelado ya contra la dominación española, y del cual los naturales
chilenos eran súbditos.
Aunque
fue relativamente fácil, para los castellanos, derrotar a los indios, no por
esto dejaban de experimentar el natural cansancio de tantos días de
preocupación, de vigilancia y de pelea de modo que el vehemente deseo de todos
era el de llegar a un sitio aparente para descansar de sus fatigas, al amparo
de algún fuerte, natural o no, que los protegiera contra la invectiva del
enemigo.
A las
riberas del río Mapocho hallaron lo que buscaban; un árido peñón dividía el río
en dos brazos, los cuales formaban una isla risueña y pintoresca, cubierta de
arbolado secular y de mieses naturales. Varios cerros cercanos podían servir de
atalayas, aparte del peñón árido que serviría de fortín inabordable, mediante
muy fáciles preparativos. Los indios llamaban Huelén a dicho peñón; pero el
Conquistador, siguiendo la costumbre de la época, le dio por nombre el de Santa
Lucía, acaso porque fue el 13 de diciembre; fiesta de la Santa, el día en que
la columna llegó a las orillas del Mapocho.
En los
dos primeros meses después de su llegada a Mapocho, el Conquistador se concretó
a explorar los alrededores para conocer la condición del vecindario que habría
de tener la ciudad en proyecto.
Establecido,
a firme, el campamento, al pie del Santa Lucía y de una ermita que levantó el
Conquistador Juan Fernández de Alderete en el extremo norte del cerro — allí se
veneró la imagen “de bulto” de la Virgen María que Valdivia portaba en el arzón
de su montura— , organizóse un servicio regular de patrullas, a cargo de los
mejores Capitanes de la expedición, que recorrían todo el extenso valle
convocando a los indios para que vinieran, de grado o por fuerza, a oír los
“requerimientos” que Valdivia les hacía para que reconocieran por soberano al
Rey de España y se sometieran a su autoridad.
Uno de
los mejores argumentos del Conquistador consistía, según afirman los cronistas
de la época, en decir a los indios que el Inca peruano de quien los mapochinos
eran súbditos y tributarios, se había sometido ya a la autoridad del Rey
español y, en consecuencia, no había motivo ni impedimento alguno para que
ellos se sometieran también. Según afirma el historiador Góngora Marmolejo,
representaba, en Chile, a la dominación incásica, el cacique peruano Vitacura,
que habría aconsejado a los chilenos, con insistencia, que aceptaran la
autoridad de los españoles.
Los
indígenas chilenos simularon admitir a los invasores y aún les prometieron
servirles y ayudarles en la construcción de las casas de la proyectada ciudad;
pero está probado por los sucesos posteriores que sólo aceptaron
momentáneamente, a fin de darse tiempo para recoger sus cosechas que en esos
meses- de enero, febrero y marzo estaban aún en pie.
Con la
aquiescencia de los naturales y vista su buena disposición, el Conquistador
Pedro de Valdivia procedió a realizar su proyecto de fundar la ciudad que
habría de ser la Capital del Reino de Chile.
¿Cuándo
se verificó este hecho trascendental?
El acta
original no existe, como no existe tampoco ninguno de los muchos, muchísimos
documentos que han debido producirse durante el largo viaje de la expedición,
que, como he dicho, duró once meses, desde el Cuzco al Mapocho. Lo probable es
que estos documentos se hayan quemado, juntos con el acta primitiva de la
fundación de Santiago y las primeras del Cabildo, en el asalto y destrucción de
la ciudad que hizo el Cacique Michimalonco, a la cabeza de diez mil indios, el
11 de septiembre de 1541.
Lo que
existe en el “Libro Becerro”, depositado en la bóveda de la Municipalidad de
Santiago, es una reconstrucción o certificación hecha tres años más tarde,
enero 1544, por el Escribano Luis de Cartagena, y con autorización expresa del
Cabildo, de los principales actos realizados en Santiago hasta la indicada
fecha, el primero de los cuales es el siguiente:
“A doce
días del mes de febrero, año de mil e quinientos e quarenta e un años, fundó
esta ciudad en nombre de Dios y de su bendita madre y del Apóstol Santiago, el
muy magnífico señor Pedro de Valdivia, teniente de gobernador y capitán general
por el muy ilustre señor don Francisco Pizarro, gobernador y capitán general de
las provincias del Perú por Su Majestad. Y púsole nombre la ciudad de Santiago
del Nuevo Extremo y a esta provincia y sus comarcanas y aquella tierra de que
Su Majestad fuera servido que sea una Gobernación, la provincia de la Nueva
Extremadura”.
Y después
de este documento, viene el nombramiento del Cabildo y el acta de trece
sesiones verificadas desde el 11 de marzo hasta el 11 de agosto de 1541 (la
destrucción de la ciudad fue el 11 de septiembre) un acta de 9 de mayo de 1542
y otra de 29 de diciembre de 1543, con lo cual aparece muy claro que después
del desastre de septiembre, el ilustre Cabildo apenas sesionó una vez al año
hasta la llegada de Monroy, el 20 de diciembre de 1543; no había objeto, por
otra parte, pues la miseria en que quedaron los conquistadores, sus
preocupaciones por el alimento diario y la defensa de la vida paralizaron toda
actividad; no había ni papel para escribir actas, ni vino con qué decir misa...
Parecería,
pues, concluyente el dato notarial del Escribano Luis de Cartagena, que fija el
12 de febrero como fecha de la fundación de la ciudad, si no existieran
“varios” documentos emanados y fundados por el propio Conquistador de Chile y
fundador de la ciudad, que señalan otra fecha como la de su fundación: el 24 de
febrero.
En su
carta al Emperador Carlos V fecha en 4 de septiembre de 1545, dícele Pedro de
Valdivia: “Fundé esta ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, a los 24 de Febrero
de 1541”.
En otra
carta al Emperador de 15 de octubre de 1550, dícele: “poblé en un valle que se
dice Mapocho doce leguas de la mar, la ciudad de Santiago, a los 24 de Febrero
de 1541, formando Cabildo y poniendo justicia”.
En una
información de servicios a la Corona, destinada a la Corte, el Conquistador
fija la misma fecha del 24 de febrero y por último en una carta a Gonzalo
Pizarro, de 4 de septiembre de 1545, insiste en que la fundación de Santiago
fue en 24 de febrero.
Por su
parte, los cronistas e investigadores coloniales han seguido ambas fechas: unos
el 12 y otros el 24; estas opiniones, indudablemente, valen menos que las muy
autorizadas de Pedro de Valdivia y del Escribano Público y de Cabildo Luis de
Cartagena.
¿Cuál es
la explicación que da, en esta divergencia, el paciente investigador y erudito
señor Thayer Ojeda?
Es bien
sencilla y se amolda muy bien a la costumbre de la época:
“El 12 de
febrero se decretaría la fundación y se haría la ceremonia de la designación
del sitio donde se levantaría la ciudad y acto seguido se procedería al trazado
y delineamiento de los solares y de las acequias.
“Terminado
el trazado, doce días más tarde — el 24 de febrero— se verificaría la ceremonia
de la fundación misma, o sea la de alzar en la Plaza el árbol de justicia, o
picota, y la distribución de solares para sus habitantes”.
§ 24. Las
princesas de Talagante
ASara
Hübner
Una vez
asentados sus reales al pie del Santa Lucía — elegido como baluarte contra las
porfiadas invectivas de los naturales— el Capitán Valdivia organizó patrullas
de exploradores que confió a la pericia de sus más valientes compañeros, los
cuales partieron en distintas direcciones, al mando de pequeños grupos de
soldados, con el objeto de reconocer la región elegida como centro de la nueva
colonia y al mismo tiempo para ver modo de entrar en relaciones amistosas con
los indios que habían de ser sus vecinos.
Aguirre
partió hacia la ribera del Maipo; Villagra hacia la "cordillera de nieve”,
por las alturas en donde tenía sus dominios el caciquillo Macul; Alderete se
extendió por las tierras del gobernador peruano Vitacura, representante en
Chile de la dominación del Inca; Gómez de Almagro y Juan Bohon internáronse por
Huechuraba “a la chimba del Mapocho”, es decir, “al otro lado” del río; y
Bartolomé Flores el teutón — que para comodidad de sus compañeros, había
traducido al castellano su apellido alemán, Blumenthal — siguió el curso del
río hacia las tierras del Cacique Talagande, (sic) uno de los más poderosos que
dominaban el extenso y fértil valle del Poniente.
La
consigna de los exploradores era la de regresar al campamento del Santa Lucía
todos los días, al toque “de oración” que sonaba inevitablemente media hora
después que el soldado Alonso de Torres, encaramado sobre una de las rocas del
Huelén, lucía sus habilidades de “trompetero”, anunciando con su clarín a la
tropa “e piezas de servicio” el término de la faena cuotidiana.
En las
primeras semanas, los exploradores cumplieron esta consigna; pero a medida que
avanzaban en el reconocimiento de tierras, el regreso fuese distanciando hasta
el punto de que a muy pocos llamó, mayormente, la atención, el hecho de que
Bartolomé Flores y sus soldados no se encontraran presentes en la solemne
ceremonia de la fundación de Santiago, el día sábado 12 de febrero de 1541.
Motivos
muy excusables debería tener un Capitán español para faltar a una ceremonia tan
importante como la fundación de la ciudad de cuyo vecindario iba a formar
parte; pero todos esos motivos tenían que desaparecer ante la obligación de
“ver misa” el día Domingo. Solamente la imposibilidad material de trasladarse
al campamento para cumplir tan señalado deber, podía excusar a Bartolomé Flores
y a uno de sus compañeros, Juan Gálvez, de no asistir al Santo Sacrificio un
día de fiesta de guardar, como lo era el Domingo, día siguiente al de la
fundación de ciudad.
Ocho de
los compañeros del Capitán teutón habían regresado de la tierra de Talagande —
o Talagante, para decirlo de una vez — en la tarde del sábado, sin traer de
allá mayores novedades. El Cacique, señor de esa región, continuaba en la misma
buena armonía que antes con el Capitán Flores y sus soldados; no se negaba — ni
parecía tener interés en ello— a facilitar a los españoles la gente
“alimentada” que éstos habían pedido para que ayudase a la construcción de las
casas de la ciudad en proyecto, ni los víveres — maíz y legumbres silvestres—
que Flores pedía, de vez en cuando, para el consumo del ejército español.
Según los
soldados recién llegados, Flores había quedado con Gálvez en las “posesiones de
Talagante el día sábado, encargando a sus compañeros que regresaron esa tarde
al Huelén, decir al Conquistador Valdivia que estaría “a su vera” al día
siguiente, domingo, antes que el mulato Seriche, que desempeñaba el cargo de
“teniente de sacristán” terminara de recorrer el campamento llamando a misa con
“la campanilla de alzar”, que era el único sonajero existente en la expedición.
Bohon, de
origen alemán como él, para saber si había regresado el ausente. Iba a empezar
ya la ceremonia religiosa y los grupos de españoles y de indios se acercaban al
sombrajo de "fagina” que la devoción de los expedicionarios había alzado
junto a la tienda del Capitán Valdivia para que el sacerdote celebrara el santo
sacrificio; eran pasadas las diez de la mañana; empezó y terminó la misa y no
aparecieron el Capitán Bartolomé Flores ni su compañero Gálvez.
— ¿Y qué
os parece, mi señor don Francisco Ponce de León, esta ausencia tan extraña de
Bartolomé Flores y del soldado Gálvez? — preguntó, en voz baja, Antonio de
Pastrana a su vecino, así como el sacerdote hubo terminado de rezar las
postreras palabras del Evangelio de San Juan— . Ocúrreseme que el Capitán
Valdivia muy preocupado está con la demora de ambos sujetos, porque oí decir,
hace un rato, que iba a despachar a las tierras del indio Talagante, a ciertos
soldados con el encargo de encontrar a los perdidos. ..
Pastrana,
ya lo he dicho, era uno de los individuos más peligrosos de la expedición.
Su
carácter socarrón e intrigante, y su lengua venenosa habíanle señalado como
hombre cuya compañía o trato no tenía jamás buen resultado para nadie. Amigo
íntimo del “pretendiente” Pero Sancho de Hoz, aparecía Pastrana, a los ojos de
todo el mundo, como el eje de la constante conspiración de Sancho contra el
Gobernador Valdivia.
Cuando
Pastrana formuló su pregunta a don Francisco, éste, para no verse obligado a
contestar, simuló que terminaba de rezar un Credo, con tal devoción, que apenas
entreabrió los ojos para indicar a su interrogante vecino la inoportunidad de
la pregunta y del sitio en que la hacía.
Disimuló
Pastrana la poca urbanidad de don Francisco y en el deseo, tal vez, de tirarle
la lengua, provocando su curiosidad, agregó:
— Dicen
por ahí que el teutón anda enredado con las mujeres del Cacique Talagante y que
por eso se ha quedado ayer fuera del campamento: y como ese alemán ha de tener
sus ribetes de luterano, poco le importa “ver misa” o no...
— Creo en
Dios Padre Todopoderoso... — exclamó don Francisco Ponce, empezando otro Credo,
al mismo tiempo que se apartaba dos pasos del viejo enredador.
Acostumbrado
como estaba, Pastrana, a recibir estas demostraciones, no dio mayor importancia
al desaire; se santiguó rápidamente e incorporóse a los grupos que se
esparcían, terminada la misa, en dirección a sus tiendas.
En los
primeros reconocimientos de las tierras que pertenecían a los Caciques Malloco
y Talagante, el Capitán Flores había encontrado formales resistencias de parte
de los indígenas; pero Bartolomé Flores y sus soldados no eran hombres que
abandonaran una partida ante dificultades de esta índole, ni delante de otras
mucho mayores y, como es natural, todos los peligros e inconvenientes que se
les presentaban no hacían sino estimularlos para dar feliz término a la
comisión que les encomendara el Capitán Valdivia.
En una de
las escaramuzas que diariamente sostenían con los naturales, cayó prisionero,
en manos de Bartolomé Flores, un indiecillo que resultó ser uno de los hijos de
Talagante, el menor de ellos, el Benjamín como quien dice. Este fue el medio
como pudo llegar a ponerse en contacto el Capitán Flores con el Cacique
Talagante y vencer su resistencia.
Con
halagos y promesas de amistad, con dulzura y pequeños obsequios, el jefe
español obtuvo, por fin, que Talagante se declarara amigo de los españoles y
que su gente “sirviera” en los trabajos de la incipiente colonia: tan sincera
llegó a ser la acogida que el Cacique brindó al Capitán, y tan grande su
agradecimiento por haberle devuelto a su hijo menor, que reuniendo cierto día a
cuatro de sus nietas, se las ofreció en matrimonio, las cuatro de una vez.
La mayor
de las muchachas tenía unos veinte años. ¡Calcule el lector, las floridas
primaveras de las otras tres!
Aunque
Flores rechazó el ofrecimiento y lo ocultó cuidadosamente de sus compañeros,
parece que algo se traslució por el comentario ,de algún soldado y fue así cómo
llegó la noticia a oídos de Pastrana, el chismoso.
— Póngome
a disposición de Vueseñoría, señor Gobernador — dijo Bartolomé Flores— , y pido
licencia para besar las manos a Su Merced mi señora Inés Suárez a quien Dios
guarde...
Y
avanzando el recién llegado desde la entrada de la tienda en donde habíase
detenido para decir la ampulosa salutación, puso en práctica su rendido
acatamiento a la dama, inclinándose ante ambas manos que le ofrecía, sin reparo
y sin altanería, Inés Suárez.
Valdivia
levantóse del banco donde estaba sentado y echando los brazos al recién venido,
díjole, alegremente:
— Llegáis
oportunamente, señor Bartolomé Flores, porque, a poco más, habría mandado a
buscar noticias de vuestra tardanza que ya nos tenía en cuidado.
— Os
agradezco, señor, el interés que manifestáis por este vuestro servidor, y a fe
que sois correspondido. Y cuanto a mi tardanza, ella ha tenido por causa el
mejor servicio de su Majestad y el vuestro, para el sustentamiento de la ciudad
que acabáis de fundar.
—
Explicáos, señor Capitán pero sentaos primero, para que comáis en mi compañía,
que ya es hora — repuso Valdivia— , mostrando una banqueta.
— Habéis
de saber, señor Pedro de Valdivia, que nuestro buen amigo Talagante agradecido
de las mercedes que le habéis hecho, os ha enviado cincuenta de sus indios para
el servicio de la nueva ciudad y además, por hacerme particular merced — agregó
Flores un tanto turbado— , me ha obligado a traer cuatro de sus nietas para que
las tome en matrimonio...
— ¿A las
cuatro, señor Capitán?... — interrumpió Inés Suárez, cómicamente alarmada.
Valdivia
dio un golpe en la mesa y echó a reír.
—
Descuidad, señora — contestó en tono poco serio Bartolomé Flores— ; aunque las
cuatro son jóvenes y bien parecidas, y una de ellas es heredera del cacicazgo,
no tomaré a ninguna por mujer. Las pongo desde luego a disposición de Vuestra
Merced, para su servicio y para que las doctrinéis en los misterios de nuestra
santa fe católica... Y con esto tenéis explicada mi tardanza, señor Capitán, —
terminó Flores, dirigiéndose a Pedro de Valdivia.
— Aunque
os doy mis parabienes por el obsequio que nos traéis — contestó el
Conquistador— , perdonad que no encuentre muy justificado el que no hayáis
visto misa hoy; os aconsejo que consultéis el caso con algún clérigo, porque el
mal ejemplo cunde y las malas lenguas podrían decir, más tarde, que yo tolero
esta clase de faltas.
Terminada
la comida, el Capitán Flores hizo entrega a Inés Suárez de las cuatro princesas
talagantinas, las que entraron, desde ese momento, en la servidumbre y
“doctrina de la compañera del Gobernador, “mujer de mucha cristiandad y
ciencia”, según rezan los documentos.
Dos meses
después fueron bautizadas, y la mayor de ellas recibió el nombre de “doña
Elvira” de Talagante.
Un día de
los muy tristes que siguieron a la total destrucción de la naciente ciudad de
Santiago por los indios “rebeldes”, ocurrida a mediados de septiembre de 1541,
Inés Suárez fue informada de que doña Elvira, la mayor de las nietas del
cacique iba a proporcionar a la colonia un nuevo habitante... No diré que la
gobernadora se alarmara con la noticia, pero lo cierto es que no dejó de
extrañarle que fuera una de esas muchachas a quienes distinguía con sus
atenciones y cuidados, por la alta alcurnia indiana que representaban, la que
se encontraba en ese trance.
El
vástago fue una niña.
Cuando se
trató de “cristianarla”, se presentó espontáneamente un padrino que fue nada
menos que el Procurador de la ciudad, Bartolomé Flores.
El
padrino fue rumboso a pesar de la miseria reinante y como no hubiera una
mantilla decente, prestó su capa para que Inés Suárez presentara la chica ante
el sacerdote. No se detuvo en eso Bartolomé Flores, sino que dio, a la recién
nacida, el nombre de su propia madre, Agueda, y su propio apellido, Flores.
Agueda
Flores, hija de la Cacica de Talagante, contrajo matrimonio veintitrés años más
tarde, con el capitán alemán Pedro Lisperguer, de la casa de Worms, y paje de
Carlos V; una hija de este matrimonio, que fue fecundo, llamada Catalina
Lisperguer y Flores, casó con el general Gonzalo de los Ríos y Encío, quienes
fueron los padres de doña Catalina de los Ríos y Lisperguer, la Quintrala.
De donde
resulta que la terrible Lucrecia Borgia, mapochina, desciende directamente de
los caciques de Talagante y de un noble alemán.
Y esto no
es cuento.
§ 25. La
planta primitiva de la ciudad de Santiago
Al señor
don Rogelio Ugarte
El
pensamiento de Pedro de Valdivia era el de fundar un asiento, definitivo que
sirviera de centro a la colonia — por lo menos en los primeros años, mientras
se exploraba el resto del territorio de su gobernación,— y el de dar descanso a
su fatigada tropa después de un año de mortificado y peligroso viaje.
Necesitaba, también, premiar a sus soldados, asignándoles los repartimientos o
las “encomiendas” que constituían la principal expectativa de aquellos
aventureros y manifestarles, claramente, que podía “hacer mercedes”, y por
último, “dar de comer conforme a la calidad de sus personas” a ¡aquellos que se
habían cobijado bajo sus banderas.
Desde
Copiapó hasta Mapocho la marcha había sido dura por la belicosidad de los
naturales; en los numerosos. encuentros de las patrullas y avanzadas por los
valles de Huasco, de Coquimbo, de Aconcagua, habíase destacado la pericia
militar de buenos capitanes como Francisco de Aguirre, Francisco y Pedro de
Villagra, Alonso Monroy, Rodrigo de Quiroga, Pero Gómez, Juan Gómez de Almagro,
Alderete y muchos soldados más, a todos los cuales Pedro de Valdivia había de
premiar, y “señalar” especialmente como sus mejores colaboradores y predilectos
amigos.
Recorrido,
pues, casi todo el valle hasta Melipilla, por el Poniente, hasta el Maipo por
el Sur y hasta los primeros faldeos
de la
cordillera “de nieve”, por el Oriente, y “venidos de paz” los naturales, el
Conquistador y sus consejeros determinaron proceder a la fundación de la
ciudad.
“A doce
días del mes de febrero de mil e quinientos e cuarenta e un años — según reza
el acta primera del Cabildo— fundó esta ciudad en nombre de Dios y de su
bendita madre y del apóstol Santiago, el muy magnífico señor Pedro de
Valdivia”...
Esta
ceremonia de gran solemnidad — como que era el primer acto de posesión
definitiva, después del que Valdivia efectuara al entrar al territorio chileno,
en Copiapó— no podía ser, como se comprenderá sin esfuerzo, el acto material de
repartir solares y “chácaras”, para lo cual se necesitaba previamente una
planta o un plano que un no podía estar trazado por falta de conocimiento del
territorio.
La
ceremonia del 12 de febrero se limitó, según lo he dicho más atrás, a la
declaración solemne de que en ese asiento se fundaría la ciudad de Santiago del
Nuevo Extremo, bajo la advocación del Apóstol patrono de las Españas.
Reunida
toda la expedición el día indicado, que era sábado, Pedro de Valdivia vestido
de todas sus armas, llevando en su izquierda el pendón de Castilla, recorrió al
galope un gran circuito, y “apellidó al Rey” seguido de sus capitanes, “en los
cuatro puntos cardinales”.
Luego,
situándose al centro del círculo imaginario declaró en alta voz que
“aprehendía” posesión de ese sitio para fundar la ciudad y “provocó fuertemente
a cualquiera persona o personas a que contradigan o se opongan a la dicha
fundación, y a que parezcan delante”, pues el Conquistador estaba dispuesto “a
la defender con sus armas y sobre ello perderá la vida”.
Y como
nadie se opusiera a esta primera declaración y desafío, los repitió dos veces
más “en voz alta e inteligible que todos la oyeron” y en vista de que no
aparecía, tampoco, un contradictor, el Capitán echó pie a tierra, cortó ramas
de árboles, arrancó yerbas, cavó el suelo, bebió agua que le trajeron de
Mapocho, ofreció el líquido a algunos de sus Capitanes y tiró el resto al aire.
Luego
mandó cortar dos palos y hacer con ellos una cruz la cual fue plantada ahí
mismo y requiriendo el puñal que llevaba al cinto, hizo con él muchas cruces en
el tronco, en acción de gracias, acto que fue imitado por todos los soldados.
Aunque no
existe documento que dé noticia detallada del acto de la fundación de Santiago,
se puede reconstituir en esta forma, por cuanto este era el uso y costumbre de
la época y encuéntrase descrito muchísimas veces en la fundación de otras
ciudades de Chile y de todas las Indias eran ceremonias consagradas que no
tenían mayores variantes.
El
repartimiento de los solares de la ciudad se verificó el 24 de febrero, es
decir, doce días después de la fundación y ésta no fue precisamente una
ceremonia sino un mero acto administrativo.
Venía en
la expedición un soldado llamado Pedro de Gamboa, que sabía el oficio de
alarife, albañil, o “maestro de obras”. Este hombre había desempeñado el oficio
en ciudades del Perú y Venezuela y naturalmente estaba indicado para tomar a su
cargo el delineamiento de las calles y acequias de la nueva ciudad.
Pedro de
Valdivia encomendó, pues, a Gamboa, el prestigioso cometido de trazar el plano
de Santiago, dándole ocasión de consecuencia, para que echara los fundamentos
de su propia y perpetua gloria.. .
Se supone
que Gamboa demoró doce días en construir el delineamiento de las diez o quince
“manzanas” que se habilitaron alrededor del cuadrado señalado para “Plaza de
Armas” o Plaza Mayor, como se la llamó más tarde, ya que la primera
denominación corresponde con más exactitud a la plazoleta de un campamento
militar.
Las
“manzanas” o cuadras, tuvieron ciento treinta y ocho varas por lado, separadas
por calles, tiradas a cordel, de doce varas de ancho. Cada manzana fue dividida
en cuatro “solares” iguales.
Es
indudable que Pedro de Valdivia conservó la fecha de la repartición de los
solares, de la' designación de los sitios para la Iglesia y Casa de Gobierno y
de la elevación de la picota u horca en la Plaza Mayor, como la de fundación
efectiva de la ciudad, dejando la fecha del 12 de febrero, como la de una
simple ceremonia, “destinada a poner orden en la gente” según expresa en una de
sus admirables cartas.
En el
dibujo que acompaña este capítulo — dibujo que ha sido hecho según las
autorizadas indicaciones que se encuentran en las obras del competente
investigador don Tomás Thayer Ojeda— se han marcado las manzanas diseñadas por
Gamboa alrededor de la Plaza y los solares distribuidos por el Conquistador
entre sus Capitanes y amigos más estimados.
Que el
alarife Pedro de Gamboa no alcanzó a hacer sino el trazo de esas diez o quince
manzanas en los doce días comprendidos entre el 12 y el 21 de febrero, lo
manifiesta muy claramente el acuerdo que tomó el Cabildo con fecha 18 de marzo,
que a la letra dice: “Ítem, acordaron e mandaron, que por cuanto los pobladores
desta ciudad tienen necesidad de tener solares y chácaras, señaladas a
la medida que han de tener y para mandar hacer acequias y repartir por
orden las aguas... mandaron parecer ante sí a Pedro de Gamboa que es oficial de
dicho oficio de alarife y tiene plática en ello... e le fue dado y encargado el
dicho oficio”.
Y
solamente a medida de que Gamboa iba demarcando solares y acequias conseguían
los demás soldados que el Gobernador les señalara sitio para levantar sus casas
“de barro e pajizas”, que aquí fueron todas, hasta que los indios, encabezados
por Michimalonco, destruyeron e incendiaron la ciudad naciente, el 11 de
septiembre, es decir, a los seis meses de fundada.
Trazado
hecho por el alarife Pedro de Gamboa, para la ciudad de Santiago, y
distribución de los primeros solares, según investigaciones practicadas hasta
el año 1929 por el señor Don Tomás Thayer Ojeda.
1. Pedro de Valdivia. 2. Fco. de Villagra. 3. Diego G. de Cáceres. 4. Pero
Gómez. 5. Rodrigo de Quiroga. 6. Juan de Oliva. 7. Juan de Riveros. 8. Iglesia
Mayor. 9. Antonio de Pastrana. 10. Alfonso de Escobar. 11. Pedro de Miranda.
12. Francisco de Aguirre. 13. Antón Hidalgo. 14. García Hernández. 15. Rodrigo
de Araya. 16. Molino de Flores. 17. Juan Fernández de Alderete. 18. Molino de
Araya. 19. Ermita de Santa Lucía.
§ 26.
¡Todo un Señor Alcalde!
A Yolanda
Ugarte Labbé
Tres
semanas después de la fundación de Santiago y cuando ya se había delineado casi
toda la planta de la ciudad, el Teniente de Gobernador Pedro de Valdivia creyó
necesario constituir la autoridad municipal, a fin de que tomara a su cargo el
gobierno local.
El “poder
municipal”, según las leyes que fueron dadas por los monarcas españoles, se
componía de dos Alcaldes, uno de “primer voto” y el otro de “segundo voto”,
encargados de la administración de la justicia; de un número variable de
regidores que, reunidos en “ayuntamiento” con los Alcaldes, “proveían en lo
tocante al regimiento e gobierno de la ciudad”, y de un mayordomo y de un
procurador, que “procuraban en pró y utilidad della”.
Este
gobierno de la naciente ciudad, en el cual iba a delegar, Pedro de Valdivia,
buena parte de su autoridad absoluta, debía, necesariamente, estar compuesto de
personas adeptas, en todo momento, a la persona del Gobernador.
En
efecto, se ve entre sus componentes a sus más íntimos amigos; pero es necesario
anotar, al mismo tiempo, que én ese primer municipio figuraron dos personas
cuyos antecedentes no podían inspirar confianza a Pedro de Valdivia; prueba de
esto es el hecho de que cinco meses más tarde, esos dos sujetos, que son
Antonio de Pastrana y don Martín de Solier, fueron condenados a muerte por
conspirar contra el Gobernador, como lo ve- cl encargado de “dar fe” de las
actuaciones del proceso y, al salir
El primer
municipio santiaguino lo compusieron Francisco de Aguirre, Alcalde de primer
voto; Juan Dávalos Jufré, Alcalde de segundo voto; regidores, Juan Fernández de
Alderete, Juan Bohon, Francisco de Villagra, don Martín de Solier, Gaspar de
Villarroel y Jerónimo de Alderete; Mayordomo, Antonio Zapata, y Procurador,
Antonio de Pastrana. ¿Por qué incluyó, Valdivia, en el selecto grupo de sus más
decididos amigos, a dos de sus más formidables enemigos, como lo eran don
Martín de Solier y Antonio de Pastrana?
No es el
propósito ni el tema de la presente crónica dilucidar este punto; alguna vez
habré de contar a mis bondadosos lectores algún episodio que les pueda explicar
esta “política” del Gobernador. .. aunque será conveniente establecer, desde
luego, que no fue del Gobernador esa “política” sino de su inteligente y sagaz
compañera Inés Suárez.
“El
Viernes, once días del mes de Marzo del dicho año 1541, el señor teniente de
gobernador mandó llamar a los señores alcaldes y regidores y estando todos
juntos en una casa que señaló por del Cabildo, el dicho señor teniente Pedro de
Valdivia tomó y recibió juramento a los sobredichos señores alcaldes y
regidores y todos juntos juraron a Dios e a Santa María y a las palabras de los
santos cuatro Evangelios, que mirarán por el buen gobierno de la cibdad y pro
de su República, como buenos republicanos, súbditos e vasallos de su
Majestad”...
Y ya
tenemos instalado y en funciones al ilustre Cabildo santiaguino, cuya historia
desde el 11 de marzo de 1541, hasta la fecha, encierra los más grandes
acontecimientos de nuestra vida de nación, desde el primer conflicto edilicio,
que relataremos en este capítulo, hasta... el actual conflicto del alza de las
tarifas de los tranvías (1924), cuyo comentario quedará reservado al
“coronista” que quiera hacerlo cien años después de mi muerte...
Que el
propósito de Pedro de Valdivia fue nombrar Alcalde de primer voto, o “primer
Alcalde”, a Francisco de Aguirre, no deja duda después de leer los documentos
de la época; tanto en la “provisión”, o sea, en el nombramiento mismo, firmado
por el Gobernador, como en el ¡acta del juramento, el nombre y la firma de
Aguirre figuraban, siempre, antes que los de todos los colegas.
Por otra
parte, el prestigio social de Aguirre no fue discutible entonces ni durante
toda su larga vida; la espada de Francisco de Aguirre fue considerada y
nombrada siempre, “como de primera mano” y su “fidalguía notoria” — como
descendiente que era de Don García de la Rúa, segundón de la Casa Torres y
Meneses en Talavera de la Reina— no admitía parangón con la de hidalguillos “de
gotera” o a lo sumo “de bragueta” que podrían ostentar sus compañeros.
Además,
Valdivia y Aguirre habían peleado juntos en las guerras de Italia; juntos
estuvieron en el célebre “Saco de Roma” y el haberse encontrado, por fin, en
las Indias, y en una expedición tan peligrosa como la de Chile, había renovado
en ellos a íntima amistad de sus años juveniles.
No podía
dudarse, pues, de que la intención del Gobernador había sido dejar a Aguirre
como Alcalde Primero, y Jefe del Cabildo recién creado.
Pero “la
ley inventa la trampa”, como dijo el otro, y con el primer municipio nació el
primer cambullón para “echar abajo al Alcalde”…
¡Parece
que la costumbre no ha desaparecido en los cuatrocientos años que lleva de vida
el Ilustre Cabildo santiaguino!
—
Paréceme, señor Alcalde Juan Dávalos, que Vuestra Merced está haciendo un
menguado papel en el Cabildo, con permitir que Francisco de Aguirre se tome los
fueros que corresponden a vos, como hombre más experimentado y de mayor
ancianidad — dijo el Procurador Antonio de Pastrana, al Alcalde de segundo
voto, a la salida del ayuntamiento que acababan de celebrar los cabildantes el
lunes 14 de marzo, el primero que hacían después de prestar juramento.
— No os
entiendo bien, señor Procurador — contestó Dávalos, después de haber mirado con
cierta sorpresa a su interlocutor— . Francisco de Aguirre ha sido provisto en
primer lugar como Alcalde, y yo en segundo, y es natural que a él le
corresponda el primer asiento.
— A lo
que se ve, muy poco entiende de pragmáticas, Vuestra Merced. Habéis de saber,
señor Alcalde, que según las leyes del Emperador, que Dios guarde, los asientos
en Cabildo se ocupan por edad y presiden y votan primero los más ancianos, o
los de más experiencia, que tanto monta; siendo vos de más años que Aguirre, os
corresponde, de derecho, el primer asiento y si lo dudáis, preguntádselo a Luis
de Cartagena, escribano, que tiene obligación de sabello...
— Señor
de Cartagena — continuó, dirigiendo la palabra al escribano que salía de la
“casa” de Pedro de Valdivia y se disponía a cruzar el potrerillo que había de
ser nuestra actual “plaza de Armas”—, decidnos, por merced, si no es verdad que
en los Cabildos tienen preeminencia los Alcaldes de mayor edad...
—
Efectivamente, señor Pastrana — contestó el interpelado— esa es la ley que ha
dado su Sacra Real y Cesárea Majestad, a quien Dios guarde...
— ¿Oís,
señor Juan Dávalos? — interrogó Pastrana.
— ¿Y cómo
es que Aguirre ha hecho cabeza en el Cabildo de hoy, siendo que es más mozo que
yo? — preguntó, a su vez, el Alcalde, sintiéndose ya la primera persona del
Municipio.
¡Ah! en
eso no me meto, ilustre y muy magnífico señor Alcalde — respondió Cartagena,
encogiendo los hombros y levantando una mano hasta la altura de la oreja— . Mi
deber es, solamente, “dar fée” de lo que pase “por ante mí”, y no otra cosa...
Y, con el permiso de vuestras mercedes, voyme a ver si maese Pedro de Gamboa,
el alarife, ha dado fin al amojonamiento del solar que pienso pedir a los
señores “Cabildo y regimiento’’, como parte de mi salario de escribano...
— Id con
Dios — respondió el Alcalde-; pero no olvidéis, señor escribano, que antes de
vos estamos los cabildantes en eso del solar y que habernos Alcaldes y
Regidores que no lo tenemos todavía.
— Ni
tampoco lo tiene el Procurador — agregó Pastrana— , y la caridad empieza por
casa.
— No lo
he olvidado, señor Pastrana, y a fe que no he pretendido, tampoco, tener mi
solar antes que vos y mis señores del Cabildo — terminó Cartagena, visiblemente
azorado con la reprimenda.
Formuló
una reverencia, volvió la espalda y se alejó.
— ¿Habéis
oído, señor Alcalde, la pretensión de este plumario? — repuso Pastrana— . No
parece si no que por ser uno de los privados de Valdivia, debe tener primacía
sobre todos los conquistadores.
Pronto
supo el Alcalde Francisco de Aguirre que su colega Juan Dávalos Jufré había
manifestado a los Regidores Juan Bohon y Jerónimo de Alderete los derechos que
creía tener para ser reconocido como Alcalde de primer voto, basado en las
pragmáticas que le había citado Pastrana.
Aunque
ninguno de ellos conocía esas pragmáticas, el sólo hecho de que alguien alegara
una orden del Emperador, era bastante para que nadie intentara contrariarla; de
modo, pues, que al saber, Aguirre, el movimiento que se había iniciado entre
los cabildantes para aplicar la orden real de la precedencia por mayor edad, se
adelantó a manifestar su acatamiento a ella.
Por otra
parte, el único que podía decidir la cuestión era Pedro de Valdivia, el cual
había salido ese mismo día con un grupo de soldados a un reconocimiento por los
alrededores del puerto de Valparaíso y no era probable que regresara antes de
la próxima reunión del Cabildo que debía realizarse el día viernes 18 de marzo
y en la cual iba a ser planteada la cuestión.
Sin
embargo, Aguirre no quiso proceder sin el acuerdo de sus amigos, que eran
también los amigos del Gobernador. El primero a quien encontró fue a Francisco
de Villagra.
— No soy
de vuestro parecer, señor Francisco de Aguirre — opinó Villagra— , ni creo que
debéis hacer dejación del cargo en ausencia del Gobernador que os lo dio. Yo lo
conservaría hasta entregarlo en manos de Pedio de Valdivia.
— Supongo
que Vuestra Merced no desconfiará de que yo sea capaz de mantener mi
autoridad..., — insinuó Aguirre, con aquella suficiencia que no lo abandonó ni
cuando estaba encerrado en las cárceles de la Inquisición. Corregidor he sido
en España por el Emperador Carlos V, y menguado sería si no supiera valerme
ante un Cabildo de las Indias...
— Bien
sabe, Vuestra Merced, que no lo dudo — repuso Villagra— , y por eso sostengo
que Vuestra Merced haría mejor en esperar la vuelta del Gobernador, antes que
aceptar lo que va a proponerse en el Cabildo de mañana.
— Y qué
os parece, señor Villagra, que consultásemos el caso con Juan Fernández de
Alderete, que es persona de experiencia y seso...
— Tan
bueno me parece que lo creo indispensable e iba a proponérselo, en este
instante.
Y ambos
conquistadores dirigieron sus pasos hacia el cerrillo Huelén, en cuyo extremo
norte el piadoso Juan Fernández estaba construyendo su casa y la “ermita de la
señor Santa Lucía” (sic), ermita y casa que ¡años más tarde había de donar a
los frailes franciscanos para la fundación de su primer convento en Chile.
— El caso
no me parece tan sencillo — opinó Juan Fernández— ; no hace mucho han venido
aquí Pastrana y Don Martín de Solier a decirme que existen órdenes reales para
dar preeminencia en los asientos a los de mayor edad, y que estas órdenes son
sabidas por el Escribano Cartagena, por Bohon y por Jerónimo de Alderete.
Aunque desconfío, señores, de Pastrana, porque es un intrigante y un
descomponedor, no quisiera ponerme fuera del cumplimiento de una orden de Su
Majestad...
— ¿Y qué
debemos hacer?... — preguntó, preocupado, Aguirre.
—
¿Quieren, vuestras mercedes, mi consejo?
— A eso
hemos venido — contestó Villagra.
— Pues,
allá va: no estando entre nosotros el Gobernador, que es el único que puede
resolver, debemos acogernos a lo que diga Inés Suárez...
El toque
de oración sorprendió a los tres conquistadores cuando salían de la morada de
Pedro de Valdivia, después de una larga conversación con la inteligente
“Inesa”, alrededor de cuya persona giró, indiscutiblemente, todo el movimiento
“social” y político de los quince primeros años de la sociedad chilena.
Inés
Suárez apreció rápida y totalmente la situación; vio en Dávalos Jufré una
víctima, un instrumento inocente de un intrigante como Pastrana. En ausencia de
Pedro de Valdivia, cuya autoridad suprema resolvería en definitiva la cuestión,
creyó Inés Suárez que lo mejor era, para matar todo comentario, aceptar desde
luego y sin resistencia alguna, la pretensión que Pastrana había imbuido en el
Alcalde.
Al día
siguiente, viernes 8 de marzo, “se juntaron a Cabildo e Ayuntamiento los
magníficos e muy nobles señores” que componían el Municipio y planteada por el
Alcalde Juan Dávalos la cuestión de la preeminencia, el Alcalde Aguirre,
levantándose de su asiento desde donde presidía el Ayuntamiento, dijo:
—
Magníficos y muy nobles señores: se ha dicho que existen pragmáticas que mandan
reconocer preeminencias en los asientos y votos de los Cabildos a los más
ancianos. Yo no conozco esas pragmáticas, ni está presente el señor Teniente
Gobernador Pedro de Valdivia, mi señor, para que falle en el caso; pero bástame
que alguna de vuestras mercedes alegue la preeminencia sobre mí, para que deje
plaza y rinda mi cargo ante una persona más anciana y por ende, de mayor
experiencia, como lo es el muy magnífico señor Juan Dávalos Jufré, Alcalde.
Pastrana,
que estaba presente, quedó con un palmo de narices; él creía que Aguirre iba a
resistirse y en esta resistencia esperaba encontrar tema para formar un nuevo
enredo alrededor de la persona del Primer Alcalde.
Y, en
consecuencia, los señores Alcaldes y Regidores “acordaron y mandaron que de hoy
en adelante en los ayuntamientos, para que haya orden en los asientos y quién
ha de hablar y votar primero, que tengan la preeminencia los alcaldes y
regidores que fueren de más crecida edad, de suerte que el que tuviera primer
voto por su ancianidad, tenga el primer asiento”.
Y así
terminó tranquilamente, mediante la sagaz intervención de Inés Suárez, el
primer conflicto edilicio que, se produjo hace cuatrocientos años en el seno
del Municipio santiaguino.
¡De
cuántos, mayores aún, nos habríamos librado, si Inés Suárez viviera todavía¡...
Poco le
duró el gusto de ser “Primer Alcalde” al bueno de Juan Dávalos, porque al
regresar el Conquistador Valdivia, repuso, sin más preámbulos, a Francisco de
Aguirre en su primitivo cargo.
§ 27. Una
elección “popular” en 1541
Al señor
Presbítero don Alejandro Vicuña
Corrían
las más extrañas noticias a fines de mayo de 1541, o sea, a los tres meses de
fundada la ciudad de Santiago.
Unos
decían que Francisco Pizarro habría sido asesinado en el Perú por los secuaces
de su rival, don Diego de Almagro, el Mozo, y que aquel país se encontraba en
plena revuelta.
Otros
acentuando esta grave afirmación decían haber sabido por boca de algunos indios
chilenos, que una partida de españoles venidos de la altiplanicie boliviana
para juntarse a Pedro de Valdivia, había caído en manos de los indios de
Copiapó, quienes los habían muerto a todos.
Afirmaban
estos mismos que los indios del Norte estaban alzados y que se aprestaban a
invadir las regiones de Aconcagua, corriendo la flecha, para caer sobre la
ciudad de Santiago en inmenso número y concluir de una vez con los
conquistadores.
Los que
acentuaban la muerte del Gobernador Pizarro, entre los cuales se encontraban
Antonio de Pastrana, Alonso de Chinchilla, don Martín de Solier, Sebastián
Vásquez y otros partidarios del “pretendiente” Pero Sancho de Hoz, daban a esta
noticia una trascendencia especial; la muerte de Pizarro anulaba el
nombramiento de Teniente de Gobernador de que gozaba Pedro de Valdivia, dejando
a los conquistadores sin jefe y en esta emergencia, los conquistadores estaban
en su derecho y en el deber de nombrar un Capitán que “los gobernara y los
tuviera en justicia, mientras Su Majestad proveyera”...
Se ve,
pues, adonde querían ir los que se empeñaban en dar por muerto al Gobernador
don Francisco Pizarro.
Inés
Suárez, a cuya posada acudían diariamente después del toque de oración los
amigos de Pedro de Valdivia, aprovechó cierta noche la reunión de los más
íntimos, entre los cuales se contaban, en primer término, el Alcalde Francisco
de Aguirre, los Regidores Jerónimo de Alderete, Francisco de Villagra y Juan
Fernández de Alderete, el Alguacil Mayor Juan Gómez de Almagro y los “clérigos
presbíteros” González de Marmolejo y Juan Lobo, para conversar con ellos sobre
los rumores que habían echado a correr los partidarios de Pero Sancho-.
— Si es
efectivo que don Francisco Pizarro ha pasado desta vida — dijo Juan Fernández—
, nuestra suerte corre peligro y no poco, si viene a Chile, de Gobernador, un
capitán de los muchos que hay en el Perú a la espera de una Gobernación. Yo soy
de opinión de que enviemos al Perú un procurador con poderes de esta provincia
para pedir al que esté gobernando allí en nombre de Su Majestad, que provea
como Gobernador de Chile a Pedro de Valdivia o a uno de los capitanes que aquí
tenemos, que conocen los servicios que hemos prestado, y los premie según sean
ellos.
— Enviar
un procurador al Cuzco o a Lima, es un proyecto que está bueno para dicho —
observó Francisco de Aguirre— . ¿Cómo cree Vuestra Merced que sea posible echar
a un hombre, o a veinte hombres a través de mil leguas, con la esperanza de que
lleguen al Perú en tiempo oportuno?
—
Agregue, Vuestra Merced — dijo en seguida Villagra— que los indios de Mapocho
están rebelados y que no sería prudente que tuviéramos dividida la tropa en
caso de un ataque. ..
— Y vos
¿qué opináis en esto, señor Jerónimo Alderete? — preguntó Inés Suárez al
antiguo compañero de Valdivia.
-Opino,
señora — contestó Alderete— , que estamos muy bien gobernados por Pedro de
Valdivia y que no tenemos para qué colgar soga antes que se anuncie parto. Si
don Francisco Pizarro ha fallecido de esta vida, ya nos lo dirán los que vengan
del Perú con una provisión en la mano y mientras eso llega, nuestro jefe debe
ser Pedro de Valdivia.
— En la
duda abstente — dijo sentenciosamente Juan Fernández— y lo que yo quiero es que
nuestro Gobernador actual no tenga por qué abstenerse de “dar de comer” a los
que han servido a Su Majestad.
— Pues,
entonces, elijámoslo por Gobernador y acábase la cuestión, — opinó el tudesco
Juan Bohon.
— ¿Quién
lo elige? — interrogó Aguirre.
— El
Cabildo, que representa al Soberano, — dijo el clérigo Lobo.
— El
Cabildo debe su nombramiento a Pedro de Valdivia..., — objetó Fernández.
— Pues,
en ese caso, que lo elija el Pueblo, que también es Soberano, — replicó el
clérigo.
Las
palabras del tonsurado sonaron a raras y atrevidas en esa reunión de gente
acostumbrada a ser mandada. ¡El pueblo! Los soldados rasos, la turba multa, los
anónimos, los que sólo estaban para obedecer ¿iban a tener autoridad para
elegir un Gobernador?
Sin
embargo las palabras del clérigo no eran para ser despreciadas. No era Juan
Lobo un cleriguillo de misa y olla; Juan Lobo, entre los conquistadores de
Chile, entre esa gente de armas, acostumbrada a la guerra, a la vida ruda,
azarosa y aventurera, había adquirido fama de “buena mano para la espada” en
los muchos encuentros que había tenido, la expedición durante el largo y
accidentado viaje desde Tarapacá hasta el Mapocho y varias veces, a las órdenes
de Francisco de Aguirre, había hecho guardias y centinelas con la espada al
cinto y con el breviario en la miaño.
Miráronse
un momento los contertulios, remiraron al clérigo, el cual no dio muestras de
arrepentimiento, y por fin, Inés Suárez rompió el silencio.
— Y,
dígame, Vuestra Paternidad, señor Juan Lobo ¿cómo podría hacerse eso?...
— Pues,
señora, muy sencillamente y perdónenme los señores Capitanes que me escuchan.
Reúnase el Cabildo; llámese al Procurador, y requiérase, por su intermedio, al
señor Capitán Pedro de Valdivia para que acepte el cargo de “gobernador por el
Rey” en vista de haberse sabido la muerte de don Francisco Pizarra, por quien
Valdivia es Teniente. Si el señor Pedro de Valdivia no acepta, hágasele ver la
responsabilidad que se echa encima al provocar descontento e inquietud entre
los conquistadores que estamos bajo sus órdenes; y si aún no aceptare, llámese
a Cabildo Abierto a todo el pueblo, a la salida de misa y que allí se le
nombre, se le reconozca y se le llame a voces “Gobernador por el Rey”...
— ¿Y si
aún no aceptare?... — propuso un poco tímidamente Juan Fernández.
— No lo
creo — respondió el clérigo; pero si aún no aceptare...
—
¿Qué...? — inquirieron varios a la vez.
— ¡Qué
canastos! — contestó el clérigo, encasquetándose el sombrero— . Si no acepta
Pedro de Valdivia, después de todo esto que le ofrecemos sus verdaderos amigos,
no faltará quien quiera ser Gobernador...
Y Juan
Lobo dio las buenas noches y fuése a su toldo, dejando pasmados a los
contertulios.
Ya he
contado en crónicas anteriores, cómo, mediante la intervención de Inés Suárez
fracasó la primera intriga ideada por Antonio de Pastrana para “echar abajo” al
primer Alcalde Francisco de Aguirre, sustituyéndolo por el candoroso Juan
Dávalos Jufré, segundo Alcalde del Municipio santiaguino.
Cuando
Pastrana supo que en el seno del Cabildo se había tratado de nombrar a Pedro de
Valdivia Gobernador por el Rey, creyó que la ocasión era única para
desconceptuar al Capitán, no sólo ante Pizarro, sino aún ante la Corte
española. Ante Pizarro, porque éste habría de ver con malos ojos que su
Teniente es decir, su subordinado, rechazara el título que él le había dado
para emprender la conquista en su nombre; y ante la Corte porque, aceptando el
título. Valdivia reconocía que un poder como el Cabildo podía otorgar
nombramientos reservados exclusivamente a la Corona.
Pastrana
vio, pues, una magnífica ocasión para ejercitar sus intrigas contra el
Gobernador y sus amigos de modo que cuando fue llamado a entrar en Cabildo, y,
como Procurador de la ciudad que era, le fue mandado se presentara ante
Valdivia para pedirle que aceptara el nombramiento de “Gobernador del; Rey’’,
que el Cabildo había acordado otorgarle, el Procurador! no disimuló la alegría
y con las solemnidades del caso se presentó ante Pedro de Valdivia acompañado
del escribano Cartagena.: Como lo había previsto el clérigo Juan Lobo, el
Gobernador se negó a aceptar el cargo protestando su adhesión al Marqués
Pizarro “mi señor” y la inutilidad del nuevo nombramiento, pues él “había de
servir a Su Majestad” en el cargo que tenía “con o sin nombramiento del Cabildo”...
Insistió
Pastrana en que Valdivia había de aceptar, e insistió Valdivia en su negativa,
y por fin, “para quitarse dello”, el Teniente de don Francisco Pizarro pidió
plazo hasta el día siguiente para contestar.
Por la
tarde reuniéronse como de costumbre, en la tertulia de la casa de Pedro de
Valdivia sus amigos más allegados; entre ellos estaba, por cierto, el clérigo
Lobo, quien, al acercarse a saludar a Inés Suárez, díjole:
— He
sabido, señora, que el Gobernador ha rehusado el cargo que le ha ofrecido el
Cabildo. Antonio de Pastrana, con quien conversé hace un rato, manifiéstase
inquieto por la negativa y aún duda de que el Gobernador acepte al fin.
Supongo, señora -agregó el clérigo, bajando la voz— que el señor Valdivia no
aceptará el título al segundo requerimiento...
— Señor
Juan Lobo, merced me haréis si me explicáis vuestras palabras...
— Aunque
no necesitan explicación, os diré, señora, que espero de vuestra discreción que
el señor Pedro de Valdivia no acepte el cargo al segundo requerimiento...
— ¿Pues
no habéis aconsejado vos mismo que debe aceptarlo?. .. — replicó extrañada Inés
Suárez.
— Sí,
señora, y lo sostengo; pero no debe aceptarlo a la segunda vez, sino a la
tercera...
Iba a
contestar Inés Suárez a la imperceptible sonrisa con que el clérigo había
ilustrado su respuesta; pero en ese momento se acercó a Juan Lobo el Regidor
Fernández de Alderete y díjole, en tono inquieto y aspaventoso:
— ¿Qué os
parece, señor Licenciado?...
— No me
llaméis licenciado, señor Capitán — interrumpió el clérigo— ni aún soy
bachiller; apenas si por misericordia de Dios y bondad del santo obispo de
Santa María la Mayor, mi tío, ordenóme de presbítero sin merecerlo...
—
¡Vaya... vaya — interrumpió a su vez el Regidor— , dejaos de humildades, señor
Juan Lobo! Os quería preguntar qué os parece la negativa del señor Pedro de
Valdivia... ¿No veis que vamos a encontramos, al fin, en el atolladero de que
el Cabildo va a tener que “desacordar” lo que por vuestra insistencia tiene
acordado?
— No veo
por qué tenga que “desacordar” lo acordado — contestó- tranquilamente el
clérigo.
— ¿Cómo
que no? ¿Y si Pedro de Valdivia no acepta?
— No
tengáis cuidado ¡magnífico señor Regidor! ¡No faltará quien sea Gobernador! Y
perdonadme que me retire — agregó— , pues tengo que entregar a ese tudesco de
Juan Bohon las partidas de dos mellizos de su criada a quienes bauticé hoy a
mediodía, y de los cuales ha querido ser padrino...
Y con una
reverencia, asaz ceremoniosa, alejóse el clérigo.
Los
contertulios se retiraron de la posada del Gobernador al toque de la “queda” y
una vez que Valdivia e Inés Suárez quedaron solos; díjole ésta, bajando la voz:
— Háme
dicho Juan Lobo, señor Gobernador, que no debéis aceptar el título al segundo
requerimiento...
— Pues
¿cuándo, entonces, señora?
— Al
tercero...
— Pues al
tercero será — asintió sonriendo Pedro de Valdivia.
— No
debéis de cejar un punto, señor de Pastrana, — terminó diciendo el clérigo Lobo
al Procurador de la ciudad, con quien se había encontrado “casualmente”, al
siguiente día, en el solar donde se construía la casa de Francisco de Aguirre,
frente a la “plaza de Armas’’—. Como Pedro de Valdivia se niegue a aceptar el
título al segundo requerimiento que le hagáis el sábado, en nombre del Cabildo,
convocáis al pueblo a Cabildo Abierto para el Domingo, a la salida de misa y de
allí nos vamos por última vez al Gobernador para exigirle su aceptación. Y si,
como porfiado que es, no aceptara tampoco, os dirigiréis al pueblo para que
nombre un gobernador que nos tenga en paz y en justicia mientras Su Majestad
provea.
— ¿Y
creéis, señor presbítero, que el pueblo nombrará a Sancho de Hoz?... — insinuó
con cierta inquietud el Procurador.
— Eso,
dejádmelo a mí, señor de Pastrana; decid a todos vuestros partidarios que hagan
lo que me vean hacer, que griten lo que yo gritare y que apoyen lo que yo
propusiere. No os metáis vos en nada, porque sois autoridad; seguidme a mí, y
como Pedro de Valdivia no acepte de lleno lo que pide el pueblo, tened por
seguro que no nos quedaremos sin Gobernador. Juntad, eso sí, a toda la gente
que esté cercana a la ciudad, para que haya copia de pueblo.
— Haré
cuanto me indicáis, señor Juan Lobo, y tened por cierto que si Sancho de Hoz
llega a Gobernador, no olvidará lo que por él hiciéredes...
—
Dispensadme una palabra, señor de Pastrana, que yo no quiero comprometerme ni
que vos entendáis de mí otra cosa que lo dicho. Yo no os prometo nada para
Sancho de Hoz, ni en desmedro de Pedro de Valdivia, mi señor; todo lo que yo
hiciere será en servicio de su Majestad y en sustentamiento de esta conquista,
que harto nos cuesta. Haced vos vuestro deber, como Procurador, que yo haré el
mío como parte del estado llano y como clérigo. Si en esto nos ayudamos,
ayúdenos Dios.
Formuló
una profunda reverencia y se alejó.
Pastrana
quedó pensando en que el clérigo le había arrancado declaraciones perentorias
sobre sus verdaderas intenciones y en cambio él no se había comprometido a
nada.
“Y
después de lo susodicho, a diez días del mes de Junio de 1541, el dicho Antonio
de Pastrana procurador de la ciudad, mandó al pregonero público llamado
Domingo, de color moreno, que llamase a consejo y Cabildo abierto a todo el
pueblo tañendo la campanilla con que se tañe la misa, por no haber otra mayor
en la ciudad, a fin de que se juntase el común del pueblo en un tambo grande
que hay junto a la plaza”.
Y una vez
reunido todo el pueblo, Pastrana le dio cuenta de que Pedro de Valdivia había
rehusado por dos veces aceptar el cargo de Gobernador, por el Rey, y proponía
que se le requiriese tercera vez “y todos los presentes
dijeron a una voz y cada uno in sólidum, que daban poder al
procurador Antonio Pastrana para que requiriera nuevamente a Pedro de Valdivia,
en nombre del pueblo, para que aceptase el título”.
Acto
continuo firmaron el poder todos los presentes, encabezados por el Cabildo, “y
los que no sabían escribir rogaron a los que sabían que firmasen por ellos”.
El acta,
que tengo a la vista, contiene noventa firmas, incluso las de los más enconados
enemigos de Valdivia.
Con este
poder en la mano, Pastrana, dirigióse a la casa de Pedro de Valdivia, seguido
de todo el pueblo, y, encarándose con él, leyóle “verbo ad verbum” el nuevo
requerimiento; el Gobernador no alcanzó a responder, porque los Alcaldes y
Regidores y “todos los que estaban cerca dél, arremetieron al señor Pedro de
Valdivia, le tomaron y le levantaron en brazos contra su voluntad y le llamaron
a voces gobernador electo en nombre de Su Majestad; pero el señor Teniente se
escabulló de ellos con enojo y les pidió por merced que no le importunasen más,
diciendo que una cosa piensa el caballo y otra el que lo ensilla” y por último
se entró a su cámara dejando al pueblo sorprendido y desairado.
Pastrana
creyó que este era el momento en que el clérigo Juan Lobo iba a decidir la
suerte de Pero Sancho de Hoz y lo buscó ávidamente a su alrededor.
Efectivamente el clérigo se abría paso hasta la puerta de la casa del
Gobernador y luego penetró en ella. Llegó hasta Valdivia que estaba con
Aguirre, Villagra e Inés Suárez, y le dijo:
— Ya,
señor Pedro de Valdivia. ¡Agora es tiempo!
Incorporóse
con viveza, Valdivia, y avanzó hasta la puerta, seguido de sus amigos. Al
mostrarse al pueblo fue nuevamente gritado “Gobernador por el Rey”, y después
de un largo rato de alboroto para que el pueblo manifestase su sentir, Pedro de
Valdivia alzó las manos y hecho el silencio, dijo:
—
Señores, para quitaros de penas, y porque no me importunéis más, acepto ser
Gobernador electo, hasta que su Majestad provea lo que fuere de su voluntad y
servicio...
Pastrana
se quedó de una pieza.
Así fue
la primera “elección popular” que hubo en Chile.
§ 28. El
oro de Malga-Malga
Al doctor
don Carlos Mandiola Gana
La
elección de Pedro de Valdivia para Gobernador, hecha por el Cabildo y pueblo de
Santiago, había trastornado por entero los planes del porfiado conspirador
Antonio de Pastrana y de su muñeco Pero Sancho. Han visto ya, los abnegados
lectores de estas crónicas, cómo fue desbaratada la última “combinación”, que
esos conspiradores tenían fraguada, mediante la “máquina” que hizo funcionar el
ingenioso clérigo Juan Lobo en la elección “eminentemente popular” que se
realizó el Domingo 11 de junio de 1541, y de la cual resultó electo y aclamado
como Gobernador de Chile don Pedro de Valdivia, ante las propias narices de sus
tenaces enemigos.
No se
crea, sin embargo, que estos fracasos de los adversarios del Gobernador
modificaban sus invectivas. Por lo contrario enardecían sus ánimos y se
lanzaban, ciegos, en otra intriga, sin reparar en las consecuencias. ¡Eran
muchos gregüescos los de aquella gente!
A los
pocos días de la famosa elección súpose en el campamento, o ciudad de Santiago”
— como rumbosamente se llamaba— que los indios de Aconcagua, encabezados por
Michimalonco, se preparaban para realizar un asalto en regla. La noticia debió
tener muchos caracteres de verdad, porque Pedro de Valdivia que era un hombre
muy tranquilo para tomar sus decisiones, salió él mismo con ochenta hombres en
busca del enemigo, después de haber nombrado su Teniente al Capitán Alonso de
Monroy, recomendándole, con especial encarecimiento, la defensa de la ciudad.
Era
efectiva la noticia de alzamiento de los naturales. El general indígena había
reunido más de cinco mil combatientes en el valle de Aconcagua y elegido sus
posiciones, diestramente, en un punto “fuerte, montuoso e áspero” de las
márgenes “del río de Chile y Quillota”, según reza la declaración de un testigo
de vista, el Conquistador Santiago de Azocar.
El
encuentro de ambos ejércitos fue tremendo; murieron más de dos mil naturales,
amén de los heridos, y por su parte, los españoles tuvieron un muerto, más de
cincuenta heridos graves y todo el resto de la tropa contuso, incluido Pedro de
Valdivia.
Para
ganar la batalla hubo necesidad de “resolver sobre los indios” con la
caballería, y sólo terminó la acción, favorable, por cierto, para los
castellanos, cuando Francisco de Aguirre, “tuvo la honra” de apresar
personalmente al jefe indígena, Michimalonco.
Enorme
importancia tenía para los cristianos la victoria de Aconcagua; pero habría
pasado como cualquiera otra si Michimalonco, prisionero, no hubiera ofrecido
por su rescate algo parecido a lo que ofreció por el suyo el Inca Atahualpa a
sus vencedores Pizarro y Almagro.
Después
de conferenciar con los demás caciques prisioneros — dice el cronista de la
época, Mariño de Lovera— y seguro de sacar grandes ventajas e ideando, tal vez,
alguna celada contra los españoles, Michimalonco prometió a Valdivia mostrarle
las minas de Malga-Malga, de donde se sacaba el oro para pagar los tributos al
inca del Perú”.
La
alegría de los españoles, al oír la proposición de Michimalonco fue, como
comprenderá el lector, estupenda. Hasta ese momento los conquistadores no
habían podido encontrar ni rastros del codiciado metal, y seguramente, se
habrían formado ya la convicción de que no existía oro en Chile; de modo que
cuando supieron la noticia, y más aún, cuando Michimalonco, en cumplimiento de
su promesa, condujo a los capitanes ante las citadas minas y les mostró “los
muchos crisoles y fundiciones de barro” que comprobaban la veracidad de los
indios, el júbilo de los españoles y su regocijo “no se pueden expresar”, según
afirma el cronista.
Nuestro
insigne historiador, Monseñor Crescente Errázuriz, acoge en una de sus obras
magistrales, las palabras de ese cronista. El autor de estas modestísimas
crónicas quiere divulgar esas palabras, porque mejor que cualesquiera otras
pintan con el color y la sabrosa fraseología de la época, las fantásticas
proyecciones que los conquistadores dieron al descubrimiento de Malga-Malga.
“No se
puede expresar — dice Mariño de Lovera— el regocijo y júbilo de los españoles
cuando vieron tales insignias (los crisoles) y como si ya tuvieran el oro en
las bolsas, ninguna cosa les daba cuidado si no era pensar si habrían de haber
tantos costales y alforjas en el reino para echar en ellos tanto oro; y así
empezaron a engreír, como gente rica, entendiendo que en breve tiempo irían a
España a hacer mayorazgos y aún condados y torres de oro, comenzando desde
luego a hacerlas de viento’’.
Desde el
siguiente día empezaron los trabajos para extraer oro de las minas y para lavar
las arenas auríferas del río Aconcagua.
Los
caciques prisioneros ofrecieron al Gobernador mil doscientos hombres y
quinientas mujeres para el laboreo de las minas. Valdivia aceptó los servicios
de los hombres y rehusó los de las mujeres; se mostró, en esta ocasión, tan
humanitario, como siempre lo fue, a pesar de lo mucho que se ha dicho en
contrario.
Quince
días más tarde la actividad era febril y los resultados .— aunque no llenaban
los deseos e ilusiones que al principio se habían forjado los conquistadores—
eran apreciables.
La paz
había vuelto entre los indios y los cristianos; Michimalonco y los principales
caciques fueron puestos en libertad, y el grueso de las tropas regresó a
Santiago; sólo quedaron en Malga-Malga unos quince soldados y un ciento de
indios amigos, como guarnición que vigilara el laboreo de las minas. El mando
de estas tropas fue confiado al Capitán Gonzalo de los Ríos que desempeñaba las
funciones de mayordomo de Pedro de Valdivia. Como jefes de los laboreos, el
Gobernador dejó a dos de sus soldados que habían sido mineros en el Perú: y en
España Pedro de Herrera y Diego Delgado, los cuales enseñaron a los indios
procedimientos nuevos que facilitaban el penoso trabajo y producían, a la vez,
mayor rendimiento.
Aprovechando
del entusiasmo que provocó entre los españoles el descubrimiento de las minas
de oro, pidió el concurso de sus compañeros para construir un patache en las
playas de Quinteros, en el punto llamado Concón, donde existía gran cantidad de
ricas maderas. Al poco tiempo “se encontró con un buen bergantín que lo había
hecho hacer con harto trabajo”.
Todo
marchaba admirablemente; “parece que la fortuna se volvía a nosotros después de
mostrarse tanto tiempo esquiva”, escribía años más tarde uno de los
conquistadores a sus deudos en España. Sin embargo, no había llegado aún para
Pedro de Valdivia el término de sus vicisitudes: muy lejos de eso; iban a
empezar las mayores de todas, las más tremendas que él pudo imaginar en su
azarosa vida de Conquistador.
— Ya es
tiempo, Pero Sancho; supe hoy que Gonzalo de los Ríos ha recibido y tiene
guardados en Malga-Malga, más de doce mil castellanos de oro fundidos en
tejuelos y que el bergantín quedará listo para soltarlo al agua en dos días
más. Pedro de Valdivia no está en el campamento, ni tampoco Aguirre, ni
Villagra, ni el tudesco. Si matamos al teniente Alonso de Monroy y a Juan Lobo,
que Dios confunda, y alzamos bandera por el Rey, la tropa nos seguirá y
podríamos caer sobre Malga-Malga, apoderarnos del oro y del bergantín y
embarcarnos para el Perú. ¿Qué os parece?
— Mire
Vuestra Merced, señor Antonio de Pastrana, que la empresa no es fácil —
contestó Sancho de Hoz— . El Teniente Monroy, la Inesa. y ese clérigo Lobo no
son fáciles de pelar, y ocúrreseme que a pesar de todas nuestras precauciones,
nos tienen vigilados a vos, a Chinchilla y a mí.
— ¿En qué
quedamos, señor pretendiente? — interpeló Pastrana con altanería despreciativa—
. ¿Sabéis que estoy pensando en que no servís, tampoco, para este caso? Habéis
de saber, empero, que si no cumplís con la misión que os di, seré yo quien la
cumpla, pero en vuestra persona...
— Señor
Pastrana -contestó Sancho— , la misión que me disteis la cumpliré, no lo
dudéis. Caerá Monroy, el primero de todos bajo mi daga, por la cuenta que me
tiene en este negocio, y porque bastante humillado estoy por él, bajo sus
órdenes. Y cuanto a la Inesa, yo sabré cómo defenderme de
ella. ¡Ved que allá viene Juan Gómez! paréceme que es uno de nuestros
vigilantes ¿no lo creéis así?
Pastrana,
sin responder, separóse de Sancho y fuése al encuentro del joven Alguacil Mayor
que en esos momentos atravesaba la Plaza de Armas en dirección al solar de
Francisco de Aguirre, situado donde hoy está el Portal Mac-Clure (1927).
— ¿Sabéis
de nuestro Gobernador, señor Juan Gómez? — preguntó sonriente, Pastrana, al
Alguacil— ; me han dicho que las minas han tenido un gran rendimiento y que el
bergantín está ya por terminarse...
— Esas
noticias han llegado, señor mío — contestó Gómez— , y ojalá que sean ciertas
para que podamos respirar tranquilos algún día. Os pido perdón porque me voy
derecho al solar de Alderete a darle un mensaje de Monroy. Quedad con Dios.
— El os
guíe — contestó Pastrana dibujando una sonrisa que por cierto, no era sincera.
En la
noche de ese mismo día, durante la tertulia que se congregaba en la posada de
Monroy, Prodújose un altercado violento entre Don Martín de Solier y Alonso de
Chinchilla, sobre si un caballo era overo o era castaño...
Palabras
fueron y vinieron, siguieron procacidades e insultos, intervinieron varios
contertulios para apaciguar a los contrincantes y por último, la vela de sebo
que alumbraba el cuarto rodó por los suelos. Chocaron las espadas durante
algunos momentos hasta que la mulatilla Catalina, criada de Inés Suárez,
penetró al cuarto con la candela que había ido a buscar a la habitación de la
servidumbre...
El cuadro
era curiosísimo: Sancho de Hoz, puñal en mano, forcejeaba con Alonso de Monroy,
quien lo sujetaba fuertemente por la muñeca de la mano armada; Chinchilla
cruzaba su espada con la de Juan Gómez y el clérigo Juan Lobo, guarecido en un
rincón y cubierto con una banqueta, paraba los golpes de Antonio de Pastrana.
..
Hecha la
luz, miráronse los combatientes, soltaron el trapo a reír de buenas o malas
ganas, cambiáronse explicaciones y poco a poco todo volvió a la normalidad,
hasta que el toque de la queda desparramó a su olivo a todos los mochuelos.
Media
hora más tarde, un mensajero salía a la carrera, y por la posta, con dirección
a Malga-Malga, para comunicar a Pedro de Valdivia algunas noticias que le
enviaba su Teniente Alonso de Monroy.
El
mensajero llegó a Malga-Malga en la madrugada, y tales serían las noticias que
llevó, que Pedro de Valdivia ensilló inmediatamente su caballo y salió
reventando cinchas hacia Santiago, a donde llegó a media tarde. El Gobernador,
Alonso de Monroy, Juan Gómez y cinco o seis de sus más íntimos amigos
estuvieron reunidos hasta las oraciones en grave y sostenida discusión.
Monroy
afirmaba que el incidente de la noche anterior había sido provocado por los
partidarios de Sancho para asesinar a los jefes de la colonia; todas las
circunstancias los acusaban. Valdivia sin desconocer la importancia de esos
detalles, trataba de justificar a sus enemigos; su alma bondadosa no podía
comprender tamaña maldad, especialmente en los momentos en que la fortuna
parecía sonreír a los conquistadores de Chile.
Se había
puesto el Sol cuando los reunidos abandonaban la habitación en que habían
permanecido, durante largas horas y salían a la Plaza para irse cada cual a su
posada. Se despedían ya, cuando vieron a dos jinetes que venían por el camino
del puerto, a todo el correr que les permitían sus cansadas cabalgaduras.
Alguien
reconoció, a la distancia, el caballo de Gonzalo de los Ríos. Valdivia retuvo
el aliento.
Monroy,
Gómez y otros más, corrieron a encontrar a los dos hombres, uno de los cuales
había caído con su caballo. El inesperado suceso había producido gran revuelo
entre los habitantes de Santiago, y la mayoría, todo el que pudo hacerlo,
corrió, camino arriba, hacia donde venía, extenuado ya, el otro hombre, que era
efectivamente Gonzalo de los Ríos, el jefe de la guarnición de Malga-Malga.
Poco
después se supo la terrible noticia que produjo consternación inmensa en la
ciudad: los mil y tantos indios que trabajaban en las minas se habían alzado
súbitamente y muerto a todos los españoles; sólo habían logrado escapar, a uña
de caballo, el jefe de la guarnición Gonzalo de los Ríos y un negro llamado
Juan Valiente. El oro acumulado había sido arrojado al mar y el bergantín que
ya estaba listo, destruido por el fuego.
En medio
de esta consternación y duelo general apareció un hombre que, “montado a
caballo, corría por la Plaza de Armas con gran regocijo, sonando un pretal de
cascabeles”.
Era
Alonso de Chinchilla, el yerno de Antonio de Pastrana.
Ante este
insulto al dolor común, Pedro de Valdivia lo hizo aprehender inmediatamente y
lo mandó encerrar, incomunicado, en casa del Alguacil Mayor Juan Gómez de
Almagro.
Pronto
iba a presenciar la ciudad de Santiago un espectáculo terrible.
§ 29.
“Pan subcinericio” o “tortilla de rescoldo”
A la
señora Inés Echeverría de Larraín
La necia
manifestación de alegría que hiciera Alonso de Chinchilla echando a correr por
la Plaza de Armas con un pretal de cascabeles en los momentos en que la colonia
entera se mostraba consternada por la tragedia de Malga-Malga y Concón, en la
cual, además de la pérdida del oro y el incendio del bergantín, habían muerto
quince conquistadores, hizo que Pedro de Valdivia alejara todas sus dudas
respecto de la efectividad de la conspiración que, según Alonso de Monroy,
tenían fraguada, nuevamente, Sancho de Hoz y sus partidarios.
De modo,
pues, que tan pronto pasaron los primeros momentos de estupor y mientras Inés
Suárez prestaba a los extenuados fugitivos los auxilios que el caso requería,
el Gobernador, sobreponiéndose, como siempre, a la desgracia, con aquella
entereza de alma genuinamente española que le fue característica en su vida de
recalcitrante aventurero, mandó montar a cuarenta de sus más distinguidos
soldados para trasladarse, al frente de ellos, rápidamente, a Concón, reparar
en ¡algo la catástrofe, si ello era posible, y castigar a los indios
sublevados.
Una hora
más tarde, a tiempo de emprender la marcha, antes de la queda, Pedro de
Valdivia, montado ya sobre su fiel Castaño, se despidió de su Teniente Monroy
dándole las siguientes órdenes.
— Os
entrego, Monroy, la defensa de la ciudad; velad por ella contra los naturales
alzados y castigad con rigor cualquier desmán; pero no olvidéis, tampoco, a los
que conspiran contra vos y contra mí. Preso tenéis a Chinchilla por su necia
conducta; no lo dejéis comunicar con nadie y formadle proceso para averiguar
quiénes son sus cómplices. Pronto tendréis noticias mías y quedad con Dios.
—
¡Avante, caballeros! — gritó, en seguida, a la tropa que lo esperaba y partió a
galope largo, perdiéndose, a los pocos instantes, en las sombras del boscoso
camino que conducía al puerto de Valparaíso.
— Os
conjuro, Alonso de Chinchilla, a que me digáis, ante el presente escribano en
forma que dé fe bastante, el nombre de las personas que vos ayudaban en esta
despreciable empresa de matarme a traición, primero a mí y luego al Gobernador
y a sus leales amigos., ¡Os conjuro!
— Nada
sé, señor Teniente.
— ¡Sea en
cargo vuestro y no en el de mi conciencia! — dijo Monroy— , Señor Alguacil,
mandad que se cumpla la sentencia de tormento pronunciada por mí.
“E luego,
incontinenti, Domingo, de color moreno, le dio una estropeada, manos atrás,
cayendo dende una garrucha alta, e teniendo unas hormas en los pies”.
“E luego
el señor Teniente le requirió a que diga la verdad, e donde no, que sea de su
culpa e cargo cualquiera lisión que recibiere: e contestó el preso que no sabe
más de lo que tiene dicho e confesado. E luego se le dio otra estropeada de la
manera que las otras, como dicho es”.
Siguieron
las “estropeadas” hasta seis o siete, pero Chinchilla no confesó lo que Monroy
deseaba saber, esto es, las proporciones del motín que se tenía preparado y los
nombres de los conjurados.
Como
persona experimentada en estos achaques, el Teniente Monroy quiso dejar pasar
la noche antes de continuar sus “investigaciones” con el preso; sabía el
Teniente que después de las “estropeadas” y con el anuncio de continuarlas,
Chinchilla no resistiría mucho cuando, al día siguiente, viera aparecer otra
vez a su juez en la prisión.
Retiróse
el Teniente, seguido del escribano Cartagena que era el encargado de “dar fe”
de las actuaciones del proceso y, al salir de la casa del Alguacil, donde, a
falta de cárcel pública, estaba depositado el reo, díjole al carcelero:
— Guardad
reserva de lo obrado, como dicho está; doblad vuestra vigilancia y no lo dejéis
comunicar con nadie; sobre todo, tened cuidado con la comida que mande al preso
su suegro Pastrana. Quedad con Dios.
Juan
Gómez se instaló en la habitación contigua a la del preso, revisó las “hormas
de los pies”, o sea los grillos que se le habían remachado y las esposas que le
aprisionaban “mano atrás’’ y se echó a dormir para velar por turno con su
ayudante, el negro Domingo. |No era cosa de quedarse tan tranquilos delante de
semejante pícaro!
En las
primeras horas de la mañana del siguiente día presentóse a la casa de Juan
Gómez un “indiecillo” de Pastrana llevando un aparejo con la comida para el
preso. El negro Domingo tomó el canasto y como quien lleva un explosivo, con
exquisitas precauciones, lo fue a depositar frente al Alguacil Mayor.
Gómez de
Almagro cogió una banqueta, sentóse en medio del zaguán y se dispuso a examinar
el envío.
En una
pequeña cazuela de greda venía un pedazo de cabrito condimentado con harina de
trigo, maíz y patatas, el noble tubérculo que ya se había generalizado en las
Indias. Un trozo de queso, un pequeño bote con vino y tres “panes
subcinericios” completaban el almuerzo. Revolvió la olla el Alguacil, examinó
el trozo de carne y no encontró nada de particular; el bote con vino fue
vaciado — con mucha pena de Chinchilla, si llegó a saberlo, porque tenía fama
de “vicioso, jugador e borracho”; — el queso no presentaba ninguna incisión
sospechosa. Sólo quedaban los “panes subcinericios” o sea las “tortillas de
rescoldo” — para decirlo de una vez, y dejar constancia de la venerable
prosapia de nuestro pan popular— pero el aspecto “sano” de las tortillas,
indujo al Alguacil a dejarlas pasar sin mayor examen. Arregló, en seguida, los
objetos en el canasto y con él en la mano se dirigió a la habitación del preso.
— Aquí
tenéis, señor Chinchilla, el almuerzo que os manda vuestro suegro. Comedlo
pronto, que no puedo, a mi pesar, dejaros solo y tengo algo que atender.
Chinchilla,
sin embargo de sus dolores, se abalanzó hacia la comida y empezó a devorarla.
Hacía más de veinticuatro horas que no probaba bocado y las “estropeadas” le
tenían agotadas sus energías.
Habíase
comido ya uno de los panes y fuese sobre el otro, partiéndolo ávidamente con
ambas manos. Un papelito doblado en cuatro saltó al suelo junto con algunas
migas. El alguacil abalanzóse sobre el papel y lo mismo hizo Chinchilla tan
pronto como se dio cuenta de lo que significaba; pero Gómez anduvo más listo,
lo ganó y leyólo rápidamente: eran unas cuantas palabras las escritas, pero
constituían una sentencia de muerte. El papel decía: “No confeséis, que no se
sabe nada”.
Chinchilla,
empero, queriendo destruir la prueba concluyente, arrojóse sobre el Alguacil,
arrebató el papel de las manos, echó- selo a la boca y se lo tragó.
Pero ya
era inútil.
Antes de
mediodía estaban presos en distintos sitios, Pero Sancho de Hoz, don Martín de
Solier, Sebastián Vásquez, Martín Ortuño, Bartolomé Márquez y Antonio Pastrana,
todos los cuales habían sido hallados en conciliábulo, en casa del último.
La
conspiración había abortado francamente.
Monroy
quiso empezar su interrogatorio por los presos de menor representación y eligió
a Márquez.
“E luego
incontinenti dijo que mandaba e mandó al dicho reo, con apercibimiento de que
si no dice verdad se efectuará, en él, pena de tormento y que si en dicho
tormento hubiese lisión o mutilación de miembros o cualquiera otro mal, sea de
su cargo e culpa”.
“El reo
dijo que no sabía nada”.
El señor
Teniente le mandó desnudar e lo tornó a requerir diga la verdad, con
apercibimiento, e fue puesto encima de una escalera que estaba puesta encima de
dos bancos; y por pregonero Domingo le fueron amarrados los brazos con una soga
atrás y le fueron dadas cuatro vueltas”.
“El reo
dijo no sabía nada”.
“E se le
dieron tres vueltas más; entonces el reo dijo que iba a decir verdad e fue
desatado e se desmayó, e fue llevado a una cama e tapado con una frazada y el
señor Teniente mandó parar el tormento con apercibimiento de proseguirlo, todo
lo cual pasó ante Cartagena, escribano, de que doy fée”.
La
declaración del desdichado Márquez debió ser concluyente y muy eficaces los
procedimientos que se adoptaron con los demás reos, porque el proceso quedó
terminado al día siguiente y listo para sentencia, con la confesión franca, de
todos los sindicados, de haber fraguado la conspiración descubierta por el
Teniente Alonso de Monroy.
Pedro de
Valdivia regresó esa misma tarde a Santiago con su tropa, después de haber
comprobado en todos sus terribles detalles la catástrofe de Malga-Malga y
Concón, con la cual se habían derrumbado, estrepitosamente, sus más bellas
ilusiones.
— Aquí
tiene Vuestra Señoría, señor Gobernador, el proceso de los reos, en el cual
consta que todos ellos están comprometidos en el motín que se fraguaba contra
vos y contra mí, para perder esta tierra y abandonar su conquista en deservicio
de Su Majestad.
Así dijo
Monroy a Pedro de Valdivia, tan pronto como el Gobernador, agobiado por los
sufrimientos, penetró en su casa, dispuesto a reposar un poco de sus tres días
de constantes vigilias y preocupaciones.
Al oír a
Monroy, el Gobernador se incorporó del asiento que acababa de ocupar, abrió
ojos y boca vivamente sorprendido, y preguntó:
— ¿Han
confesado los presos? ¿Pero es verdad eso?
— Vos
mismo podéis leer sus declaraciones y ver su firma, señor Pedro de Valdivia,
testificada en forma de derecho ante Cartagena, aquí presente.
El
escribano se indinó, silencioso y solemne, para corroborar las palabras del
Teniente.
El legajo
sobre la mesa, frente al Gobernador, sin que éste se atreviera a hojearlo; aun
parecía que deseaba apartar su vista de él.
Guardó
silencio un momento, y luego formuló, con decisión, una pregunta que pugnaba
por salir de sus labios desde los primeros instantes de la entrevista.
— ¿Y
quiénes son los culpables?
Monroy,
con ánimo entero, dijo sus nombres: Sancho de Hoz, Pastrana, Chinchilla, Don
Martín de Solier, Vásquez, Ortuño y' Márquez.
— ¿Y qué
justicia pedís para ellos, señor Teniente? — balbuceó Valdivia.
— La
única que merecen los traidores: la pena de muerte.
Calló un
momento el Gobernador, baja la cabeza, en tensión los músculos, velados los
ojos. Al fin, dijo:
— ¡Son
siete, Monroy! ¡Y en Malga-Malga acaban de perecer catorce cristianos!...
— Deben
morir éstos, porque culpables fueron de esa sangre derramada, y para
escarmiento de los muchos que comprometidos están.
— Si les
perdonáramos la vida, Monroy, tal vez se arrepentirían de su pecado, y
volverían a ser fieles...
— Ya los
perdonasteis una vez, en Atacama, cuando Sancho entró a mataros en nuestro
toldo; si volvéis a perdonarlos, creerán que les teméis y nos expondremos todos
a traiciones, tal vez mayores.
—
¡Monroy!... ¡Tened piedad de ellos!...
— Yo no
puedo tenerla, señor Gobernador, tenedla vos, si queréis, pero que sea en cargo
de vuestra conciencia de gobernante. Además, vos no conocéis aún las
declaraciones de los presos, no podéis daros cuenta de lo que significaba este
motín. Leedlas; ved sus firmas, pesad sus dichos y una vez que los hayáis visto
y meditado, resolved, y que Dios os ilumine. ¡Buenas noches!
Salió
Monroy, y Pedro de Valdivia echóse sobre una silla frente al cuaderno que el
escribano había dejado sobre la mesa.
Después
de un rato acercó la candela y empezó la lectura, deteniéndose a ratos y
enjugándose su frente del copioso sudor que le brotaba. Un momento hubo en que
lanzó una voz y echóse hacia atrás en el respaldo de la silla, lanzando un
bronco gemido; tal fue la impresión que le causara saber que había tal número
de comprometidos en el motín.
Inés
Suárez que velaba en la habitación contigua, acudió en el acto a socorrer a su
amo, y apoyólo en su brazo.
—
Reportaos, señor — pronunció la abnegada mujer— , reportaos, por Nuestra
Señora, que cualquier desgracia que nos ocurriera no sería tan grande como la
pérdida de vuestra vida.
Incorporóse
el Gobernador, dio algunos pasos por la habitación y luego fuése,
resueltamente, a la escribanía; tomó el proceso y en la última hoja escribió,
de su puño, la sentencia que condenaba a muerte a todos los reos ... menos a
Pero Sancho de Hoz.
Iba a
firmarla ya, pero se detuvo.
— La
firmaré mañana — se dijo; fuése a su aposento y arrojóse vestido sobre el
lecho.
— Aquí
tenéis la sentencia, señor Teniente, dijo el Gobernador, cuando, al siguiente
día, de mañana, presentóse ante él Alonso de Monroy. No me la observéis, os lo
ruego y cumplidla, rápidamente. Ahora, dejadme solo, amigo fiel, os lo suplico;
mi
frente
arde y la songonana invade todo mi ser. ¡Que Dios os guíe!
Y después
de echar los brazos a su amigo, encerróse en su habitación.
Tomó, el
Teniente, el proceso, y sin mirar lo escrito, fuese en casa del escribano para
que refrendase la firma del Gobernador.
— Leedme
esa sentencia, señor Cartagena; yo no la conozco aún y me temo que Su Señoría
no haya hecho aquí la justicia que se necesita.
Cuando el
escribano terminó la lectura, Monroy dijo:
— ¡Sancho
de Hoz! ¡Le ha perdonado la vida otra vez! ¡Quién sabe si no es, éste, el mayor
castigo para este infeliz!
Antes de
mediodía, un espeluznante cortejo se encaminaba hacia el Cerro Santa Lucía,
sobre uno de cuyos montículos se alzaba una horca.
Caminaba
adelante el negro Domingo llevando una cuerda a la que iba atado, por el
cuello, Alonso de Chinchilla. Al lado del reo oraba con voz solemne el clérigo
Rodrigo González Marmolejo. Detrás del reo, el Alguacil Mayor y el escribano y
luego el Teniente Monroy, seguido de caballería.
Momentos
más tarde, el cuerpo del infeliz Chinchilla colgaba, en horrible mueca, del
árbol de justicia. Tal vez por haber ofendido más profundamente a la ciudad,
haciendo alarde de contento cuando ésta se encontraba sumida en profundo dolor,
había querido el Teniente dar un escarmiento solemne, ejecutándolo, a él solo,
en la parte más alta del campamento.
Cuatro
horcas más que se alzaban en el centro de la Plaza de Armas, estaban destinadas
a otros cuatro condenados: Pastrana, Ortuño, Vásquez y Márquez.
Los
infelices, atados a las cuerdas que sujetaban cuatro negros, esperaban, al pie
de cada horca, amarrados 'manos atrás, la voz de “cúmplase” que debía lanzar el
Teniente. Oyóse la orden y cada negro, afianzado a la cintura el extremo de su
respectiva cuerda, partió a correr hacia adelante deteniéndose hasta que la
cabeza del ajusticiado chocara contra el madero horizontal de la horca...
Un grito
de ansiedad jubilosa lanzado por los espectadores, apagó el último lamento de
tres de los ajusticiados; el cuarto, Bartolomé Márquez, se había caído del
árbol infamante, por haberse roto la cuerda con el peso de la carga humana.
Esto le
salvó la vida.
Don
Martín de Solier, condenado también a la pena de muerte, era
“caballero-fidalgo” y como tenía el derecho de usar “don” delante de su nombre,
tenía derecho, también, a mayores consideraciones que los demás reos, que
apenas eran “fidalguillos de gotera”.
La pena
de horca era infamante, y no podía ser impuesta a los “fidalgos de honra”, como
lo era Solier; reclamó éste su prerrogativa y el Teniente Monroy se vio
obligado a cambiarle la pena de horca, por la de simple decapitación... A todo
señor, todo honor.
Y esa
misma tarde, el verdugo cortó, de un solo tajo, la fidalga cabeza de Don Martín
de Solier.
§ 30. La
destrucción de Santiago
Al señor
don Julio Vicuña Cifuentes
El
alzamiento de los indios de Malga-Malga, los grandes perjuicios materiales que
produjo en las minas y el incendio del casi ya terminado bergantín, listo para
ser lanzado a la mar desde la playa de Concón, eran solamente los preliminares
de un plan audazmente concebido por los naturales para exterminar a los
conquistadores o para obligarlos a abandonar el país.
A los
pocos días de los trágicos acontecimientos ocurridos en la capital el 7 y 8 de
agosto de 1541, o sea, de la ejecución de los principales cabecillas del motín
y cuando aun estaban latentes, entre los vecinos, las emociones del terrible
escarmiento, se recibieron noticias de que en la región del río Cachapoal se
reunían, entre los tupidos bosques, grandes partidas de indios cuyas siniestras
intenciones eran fáciles de sospechan
El
Gobernador había establecido en la ribera Norte de dicho río una pequeña
guarnición de diez soldados al mando del Catán Pedro Gómez de Don Benito con el
objeto de que tuviera a raya a los indios, dispersara las “reguas” y destruyera
los “pucaraes” que construyesen. Se denominaba “reguas” a las reuniones o
juntas de indios combatientes, y “pucaráes” a los fortines o palizadas que
construían en sitios adecuados para defenderse de la caballería española.
Cierto
día un mensajero de Pedro Gómez trajo al Gobernador la grave noticia de que los
naturales se presentaban amenazantes, y en crecido número, por los alrededores
y manifestaban sus temores do que un asalto en regla pudiera ser fatal para la
pequeña guarnición del río Cachapoal.
¿Creyó
Valdivia que los combatientes que habían asaltado las minas de Malga-Malga se
habían trasladado al Cachapoal para realizar, por fin, el asalto a la ciudad de
Santiago? Parece que sí, porque tomando unos setenta hombres, la mitad de
caballería, se encaminó, la misma noche — 9 de septiembre— hacia la región
amagada, con el ánimo de desbaratar, una vez por todas, tan peligrosa vecindad.
Quedaron
en Santiago alrededor de cincuenta hombres para la defensa de la ciudad al
mando del Teniente Monroy, cuya autoridad y prestigio habían crecido después de
los severos acontecimientos que el lector conoce.
— ¡Guay
de ti, Felipillo, si no es verdad lo que dices! — amonestó, por última vez,
Francisco de Aguirre al indiecillo que le servía de caballerizo— . De aquí
vamos luego a casa del señor Teniente Monroy para que repitas en su presencia
cuanto me has venido a referir y cuida de no olvidar lo que dijiste, porque ya
sabes que el Teniente es maestro en refrescar la memoria de los indios
olvidadizos...
— No me
lleve, mi amito, a la vera del señor Teniente -suplicó el pequeño yanacona— ;
sabe, su mercé, que yo no digo mentira y si señor Teniente quiere que diga más
de lo que he visto, tendré que mentir para que no me azote...
Sonrió
Francisco de Aguirre, y encasquetándose el chapeo emplumado — que no dejó de
usar ni aún en épocas de extrema pobreza— , salió de su casa y atravesó la
“Plaza de Armas”, seguido del medroso muchacho, en dirección a la posada del
Gobernador, donde asistía Monroy.
Con el
Teniente estaban, en esos momentos, el Maestre de Campo Francisco de Villagra e
Inés Suárez y en presencia de ellos repitió Felipillo cuanto había referido a
su amo Francisco de Aguirre, produciendo, su relato, una profunda inquietud en
el auditorio.
Felipillo,
de vuelta de un “mandado” que había hecho por las cercanías de Huechuraba,
habíase encontrado con una “regua’ numerosa de naturales que se aprestaban,
según su parecer, para emprender un combate, tal era la belicosa actitud en que
se hallaban. El yanacona pudo huir, ocultándose entre los matorrales, pero no
sin ser perseguido tenazmente hasta las cercanías del Mapocho.
— ¿Y eran
muchos? — interrogó ansiosamente Inés Suárez.
— Muchos
eran, mi amita — contestó balbuciente el indio.
— ¿No
puedes decir cuántos serían?... — preguntó a su vez Villagra.
— Yo vi
muchos, muchos, mi amo — afirmó nuevamente el yanacona.
Después
de un momento, el Teniente Monroy preguntó a Francisco de Aguirre, llamándole
aparte:
— ¿Tenéis
confianza en vuestro indio, señor Francisco de Aguirre? Pensadlo, antes de
responder, si sois servido.
Detúvose
un momento el interpelado y dijo:
— Creo
que dice la verdad, señor Teniente. Además, no es ésta la primera noticia que
tenemos sobre el soliviantamiento de estos naturales, aparte de las que ha
mandado el Capitán Gómez desde el Cachapoal; sabréis que esta mañana fueron
encontrados muertos, cerca de Malloco, dos indios de Bartolomé Flores...
— Lo
sabía, señor de Aguirre -contestó Monroy— ; y a más de eso, Rodrigo de Araya me
ha dicho esta mañana que seis de sus indios están perdidos desde ayer y no se
han podido encontrar.
— Se me
ocurre, señora — dijo Villagra a Inés Suárez— , que los naturales inquietos
están por la prisión de sus caciques y no sería mal pensado el que se los
entregásemos como señalada demostración de paz...
— Creo
que pensáis, mal, señor Villagra — respondió Inés— . Esos caciques, en nuestro
poder, será lo único que nos podría salvar en un caso de apremio. En mi casa
los tengo por encargo del Gobernador y no los soltaré sin su orden, o a menos
que vea un papel de su mano.
Aguirre y
Monroy, que oyeron también las palabras de Inés, comprendieron, por el acento
cortante y seco con que las había pronunciado, que la resolución de esa mujer
era inquebrantable.
Al ser
efectivas las noticias que circulaban y las sospechas que se tenían sobre la
acometividad de los naturales ensoberbecidos por sus triunfos de Malga-Malga,
el peligro que se cernía sobre la ciudad era tremendo; tan grande como la
responsabilidad del Teniente Monroy, que sólo contaba para la defensa con unos
cuarenta o cincuenta españoles.
El
Teniente no perdió tiempo en conjeturas y desde ese mismo momento dio sus
órdenes precisas. Paralizó todas las faenas de siembra, de construcción, de
laboreo, de corta de árboles, y otras, y puso sobre las armas a todo el mundo
asignándole a cada uno su sitio y su deber. El toque de oración y el de queda
de ese día 10 de septiembre encontró al vecindario todo, de la ciudad de
Santiago, en pie de guerra.
Antes de
que la aurora del nuevo día empezara a clarear sobre los campos y cuando aun
los castellanos se encontraban envueltos en profundo sueño, un nervioso toque
de trompetas y tambores, entremezclados con gritos, voces de mando y carreras
de caballos, puso en armas, nerviosamente, a todo el campamento.
El
centinela Santiago de Azocar, a quien le tocaba la “modorra y vela” en esos
momentos por los alrededores del Mapocho, en compañía de Juan Negrete, había
sorprendido a una enorme “regua” de indios que avanzaban cautelosamente hacia
la ciudad por entre los tupidos matorrales. Ambos soldados se replegaron a la
carrera hacia el campamento y con gritos e imprecaciones levantaron en un
instante, en armas, a sus compañeros, los cuales, según sabemos, habíanse
quedado listos para el combate la noche anterior.
El aviso
no había podido ser más oportuno.
Los jefes
indios, que hasta el día anterior habíanse mantenido alejados de la ciudad, a
unas cinco o seis leguas, resolvieron realizar el avance de sus tropas esa
misma noche, al saber, por sus espías, que el Gobernador Valdivia y gran número
de españoles habían salido de Santiago en dirección al Cachapoal. Las “reguas”
de Melipilla, Malloco, Tabón, Chacabuco y otras, caminando toda la noche
diseminadas por los senderos ocultos de la selva, debían encontrarse al
amanecer, formando un formidable cerco a la ciudad y dispuestas a realizar su
destrucción completa. Todo el plan habíase desarrollado admirablemente y puede
decirse que sin tropiezo alguno, porque el anuncio de Santiago de Azocar y de
Juan de Negrete ocurrió cuando el avance de los indios estaba ya terminado.
Con las
primeras luces del crepúsculo matinal del día domingo 11 de septiembre, empezó
la más grande de las batallas que sostuvieron los españoles en el primer lustro
de la conquista. Ese “fue día de juicio para los españoles que en ella se
hallaron,” dice un testigo de vista, el clérigo González Marmolejo, y “si se
hubiese de contar lo que pasaron ese día, no acabaría de hacello en gran
tiempo”.
Los
cristianos eran apenas cincuenta y sus enemigos llegaban a ocho mil, según los
cálculos más bajos, y hay testigos que hacen subir ese número a veinte mil.
— “La
victoria estuvo por los bárbaros muchas veces conocida, afirma Francisco de
Aguirre y su fiereza, orden y disposición, sus alaridos que infundían pavor
eran todos motivos para atemorizar a los ciudadanos”.
A las
doce del día la batalla estaba en su mayor apogeo y a pesar del gran número de
muertos que tenían los indios, los españoles, presionados por el número, habían
sido obligados a replegarse, o mejor dicho a guarecerse en el recinto de la
ciudad, limitado, según ya se ha dicho muchas veces, por los dos brazos del
Mapocho que se bifurcaba en el extremo Oriente del Cerro Santa Lucía. Los
defensores, que al principio de la batalla habían salido a combatir al otro
lado de esos límites, repasaron el río y establecieron una línea fuerte a la
altura donde hoy está la avenida de Brasil, formando con los brazos del Mapocho
un triángulo que creyeron de suficiente eficacia para la defensa.
Pronto se
convenció el Teniente Monroy de que la línea formada para cerrar el triángulo
tenía que ceder al fiero e incontenible impulso de los sitiadores; a media
tarde la línea de defensa tuvo que ser retirada más al Oriente y a poco más,
quedó reducida a la línea occidental de la “Plaza de Armas’’.
Al llegar
a las primeras casas “de barro e pajizas” que caían hacia esa línea, los indios
les prendieron fuego. La situación era desesperada y tremenda.
Cuando
los siete caciques que estaban prisioneros en casa de Inés Suárez, se dieron
cuenta de que sus hermanos de raza habían llegado en son de guerra al centro
mismo de la ciudad, lanzaron alaridos de júbilo y voces arrogantes para
incitarlos a dar el empuje final.
Oyó estas
voces Inés Suárez, que durante toda la batalla habíase dedicado a curar
heridos, a llevar alimentos a los combatientes, a reconfortar a los que caían
extenuados y aún a ayudarlos a montar de nuevo sobre sus cabalgaduras para
continuar la pelea. La infatigable mujer comprendió en el acto el peligro que
envolvía para la disciplina de las tropas españolas, el que los caciques
prisioneros se hicieran oír de los enfurecidos indios, combatientes y la
inmensa influencia que sobre éstos ejercerían las incitaciones de sus jefes a
que les dieran libertad.
Fue una
resolución violenta, definitiva e inapelable, digna de las circunstancias y
cuyo éxito justificó lo cruel y sanguinaria que indudablemente fue.
“Oyó
estas voces doña Inés Suárez, que estaba curando heridos,; en la misma casa
donde estaban presos los caciques, dice un cronista, y tomando una espada en
las manos se fue determinadamente para ellos y dijo a los dos hombres que los
guardaban matase luego a los caciques antes de que fuesen socorridos de los
suyos”.
—
“Señora, ¿de qué manera los tengo de matar? — díjole el soldado Hernando de la
Torre, que era sacristán, más cortado de terror que con bríos para cortar
cabezas”.
— “Desta
manera — respondió doña Inés, y desenvainando la| espada los mató a todos con
tan varonil ánimo como si fuera un Roldán.
Ordenó,
en seguida, a los estupefactos guardadores, que sacaran las cabezas de los
caciques a la Plaza para que fueran vistas por los asaltantes, “y como la
victoria fuera declarándose de nuevo por los naturales” Inés Suárez dejó por su
cuenta a los, heridos que curaba y “echando sobre sus hombros una cota de malla
y ajustándose una cuera de anta, salió a la Plaza y se puso delante de todos
los soldados, animándolos con palabras de tanta ponderación, que eran más bien
de un valeroso capitán acostumbrado a las armas, que de una mujer ejercitada en
la almohadilla”. La actitud de esta heroica mujer vino a determinar el éxito de
la batalla a favor de los españoles. La vista de las cabezas cortadas de los
jefes indios a quienes pretendían salvar; la prolongada duración del combate
cuerpo a cuerpo; el número incalculable: de los muertos, hasta el punto, dice
un testigo, de que “no se sabe, si son más los naturales muertos que los que
quedaron vivos”; el término del día, sin que aun se notara en los españoles el
decaimiento de la derrota y por lo contrario, el desesperado empuje final de
los castellanos encabezados por Inés Suárez y los principales Capitanes,
introdujeron la desmoralización en el ejército indígena y de un momento a otro
volvieron la espalda y huyeron, atravesando los brazos de río por distintas
partes.
Bien
pobre había sido para los conquistadores el resultado de la victoria, si así
podía llamarse el haber salvado estrechamente la vida. La ciudad había sido
destruida por el fuego y sólo dos o tres casas quedaban en pie; junto con las
habitaciones, el incendio había consumido los pobres enseres y menajes, las
provisiones y lodos los elementos que habían traído del Perú para fundar la
colonia.
“No
quedamos sino con los andrajos y con las armas que a cuesta teníamos y con dos
porquezuelas y un cochinillo, una polla y un pollo y hasta dos almuerzas de
trigo”.
Almuerza,
es la porción de cualquier cereal que cabe en el hueco de las dos manos juntas.
“Entre
las demás cosas memorables que sucedieron ese día no fue la de menos admiración
la que aconteció a Francisco de Aguirre, el cual, como fue tan prolongado el
tiempo de la batalla y en todo ese tiempo no dejó la lanza en la mano,
trayéndola siempre apretada para dar golpes con más fuerza, vino a quedar la
mano tan cerrada que cuando quiso abrirla y dejar la lanza que tenía tanta
sangre como madera, no pudo abrir la mano ni despegar la lanza, aún cuando
varios soldados le ayudaban”.
“Y así
fue el último remedio aserrar el asta por ambas partes quedando metida la mano
en la empuñadura sin poder despegarse hasta que con unciones se fue modificando
y se abrió la mano al cabo de veinticuatro horas”.
Como me
lo contaron te lo cuento.
§ 31.
Santiago y sus murallas
Al señor
don Joaquín Edwards Bello
Las
comunes desgracias habían unido en lazo fuerte y estrecho a todos los
habitantes de Santiago. Las divergencias políticas, nacidas de las pretensiones
de Sancho de Hoz y que tan terribles consecuencias habían traído, estaban
apagadas por la constante preocupación de la defensa mutua contra 'las
invectivas continuamente renovadas de los naturales, los cuales, a pesar de sus
derrotas sangrientas, no desperdiciaban la menor ocasión para atacar a los
invasores.
El día de
la gran batalla durante la cual fue destruida la ciudad, Sancho de Hoz estaba
encerrado y con grillos en casa del Alguacil Mayor Gómez de Almagro, en espera
de la sentencia definitiva que habría de pronunciar el Gobernador Valdivia en
el proceso sobre la conspiración que había costado la vida, un mes antes, a
Chinchilla, Pastrana, Solier, Ortuño y Vásquez.
De los
reos procesados, sólo faltaba la sentencia de Sancho de Hoz y, a la verdad, el
Gobernador, resuelto como estaba a respeto la vida de su enemigo, no tenía
ningún interés en precipitar el pronunciamiento de la sentencia, la cual no
podía ser otra que una prisión lo más estrecha y prolongada posible.
Cuando, a
mediodía, los indios rompieron el cerco llegando victoriosos a la línea de la
Plaza de Armas y Sancho de Hoz oyó los alaridos de triunfo, las amenazas y los
alarmantes gritos de incendio que se extendían a medida de que los indios
lograban llegar con sus teas resinosas hasta los techos pajizos de las
habitaciones, no pudo resistir al pánico que le atacó, ante la expectativa de
morir quemado e indefenso dentro de su prisión.
— ¡Favor!
¡favor al preso, por amor de Dios! — gritó varias veces a toda fuerza de
pulmones— . ¡Sacadme de aquí, señor Alguacil, que os prometo pelear y morir a
vuestro lado!
Por
cierto que el Alguacil no estaba cerca: formalizada la batalla, había acudido a
cumplir con su deber tomando la precaución de echar el cerrojo al calabozo del
reo. En el solar de Juan Gómez, situado en la que hoy es calle de Monjitas
esquina Nororiente con San Antonio, había quedado solamente su mujer ilegítima,
aquella joven princesa peruana “hija del Sol”, llamada Cecilia, a quien el
lector conoce, y el vástago de ambos, nacido en Tarapacá durante el viaje de la
expedición.
En un
capítulo anterior he referido !la historia de amor de esta
princesa incásica.
Los
gritos y voces de auxilio de Pedro Sancho y los furiosos golpes que daba en la
puerta del calabozo, fueron oídos por Cecilia; la que, invadida también por un
miedo cerval, acercóse a la puerta del calabozo y díjole al preso:
— Señor,
es inútil que pidáis un auxilio que yo no os puedo dar...
— Abrid
la puerta, por amor de Dios — imprecó Sancho— , que yo no quiero morir
enjaulado como una fiera.
— Yo no
puedo hacerlo, señor — contestó Cecilia—; mi amo, el señor Alguacil, salió esta
mañana y no ha vuelto.
— ¡Corre,
entonces, a Monroy y dícelo de mi parte! ¡favoréceme, buena mujer, que Dios te
lo pagará: eres cristiana como yo, y tienes obligación en ello!...
— El
señor Teniente está en medio de la pelea — replicó la mujer— ; sólo he visto a
mi ama Inés, que está curando a los heridos.
— Pues ve
a decírselo a ella: dile que es mi señora, y que su criado Pero Sancho le
implora que no lo deje morir quemado y sin defensa. ¡Ve, buena mujer, corre, y
échate a sus plantas! ¡Piensa en que mi muerte será infame en esta prisión y
que prefiero sucumbir peleando por los míos!
La
“princesa”, así la llamaban todos, movida de compasión corrió a casa de Inés
Suárez y de rodillas le dio el recado de Sancho. Inés Suárez, que en ese
momento terminaba de vendar el brazo derecho de Rodrigo de Araya, oyó a la
india, consultó con la mirada a Rodrigo, y sin esperar opinión, le dijo:
— Abridle
la puerta y entregadle esta lanza. Que pelee y se defienda como hombre. Pero
|guay de él si quiere traicionarnos, porque me daré el placer de darle yo misma
de puñaladas.
Momentos
más tarde Sancho llegó a la plaza “con una lanza en las manos y sus grillos” y
en esta condición quiso entrar resueltamente en combate; pero Monroy, al verlo,
ordenó quitarle las prisiones “y se portó tan valiente que por haberlo hecho
tan bien aquel día, le perdonó el gobernador, ítem más, le dio un repartimiento
de los buenos y tierras y solares”.
Pasada la
batalla y en presencia de la desgracia colectiva, con el fantasma del hambre y
de las necesidades más perentorias, haciendo guardias severas alrededor de los
dos puñados de trigo sembrados dentro del solar del Gobernador, arando y
preparando la tierra con la espada al cinto, durmiendo a la intemperie, no era
posible preocuparse en fraguar nuevas conspiraciones; así lo comprendió Sancho
y los poquísimos soldados que, seguramente, continuaban siendo partidarios
suyos.
Los seis
meses que siguieron a la destrucción de la ciudad fueron de terribles
angustias: la insolencia de los indios era tal, que se llegaban hasta los
alrededores de las habitaciones, atacaban a los yanaconas, o sea, a los indios
peruanos que eran los de servicio, y a los niños — “los hijos de los
cristianos^— y les daban muerte, si podían. La vida, en aquel período, alcanzó
la más extrema miseria. “Y vino la calamidad a tal estrecho caso, dice Mariño
de Lovera, que el que hallaba legumbres silvestres, langostas, ratón o
semejante sabandija le parecía que tenía banquete”. Rodrigo de Quiroga, uno de
los conquistadores más respetables, dice que “vido que Diego de Velasco se
alimentaba con cigarras y otras comidas muy ruines” y varios otros testigos,
también de vista, demuestran en sus declaraciones que Velasco, según ellos,
“había hecho un gran descubrimiento”... Sin embargo, uno de esos testigos, el
Conquistador Santiago de Azocar, previene que él “se espantó de vérselas comer
y aconsejó no las comiesen”.
En lo
tocante a indumentaria, Pedro de Valdivia, en una carta al Emperador Carlos V y
el Conquistador Luis de Toledo, afirman que en aquellos días de miseria
tuvieron que andar vestidos de pellejos, sin camisas ni otros vestidos y con
tanto trabajo que no se puede relatar ni creer”.
Este mero
bosquejo de la situación espantosa en que se encontraron de haber acampado al
pie del Huelén, dará idea de la ansiosa preocupación que a todos invadía por la
suerte que podrían haber corrido seis valientes encabezados por Monroy, que
había partido por tierra al Perú en busca de socorro. En los capítulos
siguientes conocerá el lector las principales peripecias de esa expedición,
atrevida hasta la locura, de cuyo éxito dependía, no ya el mantenimiento y
“sustentación” de la conquista, sino la vida misma de ciento dieciocho
españoles y tres o cuatrocientos indios peruanos, los únicos fieles. .
Pero por
muy fácil que se presentara, para Monroy, la empresa de reunir los recursos que
iba a buscar, sabían bien, Valdivia y sus compañeros, que esos refuerzos no
podrían estar en Chile antes de diez o doce meses y si por desgracia, como era
lo más probable, se encontraba Monroy con dificultades insubsanables, “los de
Chile” deberían formarse la resolución de morir en esta tierra inhospitalaria y
para ellos maldita de Dios, porque la determinación de Pedro de Valdivia de no
regresar en derrota al Perú fue tan inquebrantable como la de Hernán Cortés al
quemar sus naves en México.
Acosada
la población de Santiago, momento a momento, en el recinto mismo de la ciudad;
en peligro constante la vida de las mujeres y la de “los hijos de los
cristianos” y amenazada la destrucción de los sembrados y de los pocos
alimentos de que se disponía — tan escasos que varias veces tocaron “de cien
granos de maíz al día a cada conquistador”— el Gobernador concibió una idea tan
atrevida como genial: construir una muralla alrededor de la ciudad, o mejor
dicho, del recinto en que estaban acampados los conquistadores.
— Señor
Pedro de Gamboa, desde mañana empezaréis a tirar líneas para que, poniendo
todos nosotros manos, en ello, levantemos en pocas semanas una muralla de
adobes que circunde la ciudad y nos sirva de refugio contra estos malditos que
no nos dejan en paz.
Gamboa,
el alarife, abrió tamaña boca al oír la orden del Gobernador en forma tan
perentoria; iba a replicar, pero Valdivia agregó, incontinente, alzando la mano
en actitud de impedir la replica:
— No me
encuentro en ánimos de discutir, señor alarife, y os ruego que no penséis en
otra cosa que en poneros en obra... Si necesitáis recaudo de escribir o de
hacer rayas y números, pedídselo al escribano Cartagena, que debe estar aviado
de todo eso...
— Es que
Su Señoría.. ignora... — balbuceó, tímidamente,
— Yo no
ignoro ni lo que voy a hacer con vos, señor alarife, si no me mostráis mañana
las líneas y trazos que os he pedido — interrumpió violentamente el Gobernador—
¡Y sed servido de largaros de aquí, por vida del Emperador, y no perdáis el
tiempo! Yo necesito la muralla y la tendré por encima de los bonetes del todo
el consejo de alarifes de Su Majestad.
De los
seis o siete oyentes que tuvo esta orden, sólo uno se había manifestado
partidario decidido de la obra, cuando Valdivia propuso su construcción; sin
embargo, en ese momento nadie chistó, sabedores de la energía con que Valdivia
sostenía sus resoluciones.
Dos días
después se daba comienzo a la construcción de la muralla. Dividióse la gente en
grupos que se turnaban para cavar el ancho y profundo foso cuya tierra debería
servir para la fabricación de los adobes que se iban a emplear para levantar
una muralla de “un estado y medio de alto”.
“Determiné,
dice Valdivia al Emperador, hacer un cercado de estado y medio de alto, de mil
y seiscientos pies en cuadro, que llevó más de doscientos mil adobes de a vara
de largo, y de un palmo de ancho, que fueron hechos a fuerza de brazos por los
vasallos de su Majestad, y yo con ellos y con las armas a cuesta”.
Con el
plano de la primitiva Santiago a la vista, se puede deducir, de acuerdo con el
severo investigador señor Thayer Ojeda, que la muralla “de un mil y seiscientos
pies en cuadro”, encerró las nueve manzanas del centro de la ciudad, tomando
por punto de partida la manzana de la Plaza de Armas.
En
consecuencia, la muralla debió de ser construida por las actuales calles de
Bandera, Huérfanos, San Antonio y Santo Domingo.
Según los
cálculos del señor Thayer, la muralla debió de tener tres metros de alto y dos
varas de ancho, tomando como base, para el cálculo, la cantidad de doscientos
mil adobes de las dimensiones que apunta Pedro de Valdivia. La tenacidad con
que fue emprendida esta obra queda de manifiesto en la siguiente frase de la ya
citada carta de Valdivia al Emperador:
“.. .con
las armas a cuesta trabajamos desde que la comenzamos hasta que se acabó, sin
descansar una hora”.
Construida
la muralla, Santiago se transformó en una ciudadela y sólo entonces “los hijos
e los cristianos” y los humildes indios peruanos, estuvieron a salvo de la
muerte alevosa con que estaban
amenazados, momento a momento, por la insolencia de los naturales
ensoberbecidos.
Pedro de Valdivia había demostrado, una vez más, sus altas dotes de
conquistador, colonizador y gobernante, y elevado el prestigio de su autoridad
hasta una altura imposible de ser alcanzada por las pretensiones de Sancho de
Hoz.
Encerrados dentro del recinto amurallado, los infelices conquistadores
de Chile podían ya defender su vida de los continuos asaltos de Michimalonco y
de sus principales capitanes que lo eran los caciques Apoquindo, Vitacura,
Lampa, Maiponolipillán, Puanqui, Peumo, Gualemu y muchos otros que se
destacaban por su tenacidad y valentía.
Después de cada asalto que marcaba, indudablemente, una victoria más
para los castellanos, salían los españoles de la ciu- dadela a perseguir a los
derrotados, a dispersarlos, a destruir sus “pucaráes” y a recoger las comidas
que en ellos acumulaban los indios para sostener el sitio. Estas comidas, que
consistían, generalmente, en unos cuantos costales de maíz o en productos
espontáneos de los bosques, eran llevadas cuidadosamente a la ciudad y
repartidas con meticulosa justicia entre los habitantes, por el descreído y
regañón Alcalde Francisco de Aguirre, constituido en jefe supremo de
aprovisionamiento.
Los sembrados habíanse reducido al recinto de la ciudadela, o sea, a las
ocho manzanas que estaban alrededor de la Plaza de Armas; al principio se creyó
posible sembrar algunos trechos, en campo abierto, al lado afuera de la
muralla; pero vióse luego que no se podían defender esos sembrados de las
asechanzas nocturnas de los indígenas, ni menos aún cuando las hordas
estrechaban el cerco.
En esas ocho o nueve cuadras acampaban, además, cerca de quinientos
individuos, entre españoles y servidumbre, amén de los caballos y animales que
tenían que pernoctar adentro, aunque durante el día pastasen, con la debida
vigilancia, por los alrededores del fortín.
Tocaba a su fin el mes de diciembre de 1542, es decir, iba a cumplirse
un año desde que Monroy y sus cinco compañeros habían partido al Perú en busca
de socorro y aun no se tenía en Santiago noticia alguna de los expedicionarios.
El Gobernador y sus íntimos, en sus obligadas reuniones cotidianas, formulaban
las más extrañas y contradictorias conjeturas sobre la suerte que habrían
podido correr los seis valientes: pero todo esto terminaba casi siempre con
lamentar esa desgracia, consolarse mutuamente y en oír, como corolario, alguna
de las terribles maldiciones de los no menos terribles labios del Alcalde
Aguirre.
Una tarde el clérigo Rodrigo González anunció a Valdivia que dentro de
poco no podría rezar la misa dominical porque sólo quedaba un pequeño resto de
vino... La noticia dejó espantados a los oyentes y fue considerada el colmo de
las desgracias que podrían sobrevenir.
— Decididamente, señor Bachiller —dijo el meticuloso Juan Fernández de
Alderete— Dios nos abandona a causa de nuestros pecados, y nos condenaba morir
sin los consuelos de su misericordia.
— Lamentable es el caso —contestó de mal humor, el Alcalde Aguirre—;
pero a mi entender es más llevadero que no haya vino para la misa que si los
bárbaros nos cortaran el agua.
— No digáis herejías, señor Alcalde —interrumpió Alderete, que tenía
fama de piadoso (además de su ánimo decaído con los achaques y dolencias que lo
pusieron pronto en la condición de valetudinario)—; no digáis eso, porque sólo
el pronunciar esas palabras en broma puede traemos mayores desventuras aún.
— No quiero incomodaros, señor Alderete —contestó Aguirre— pero me
parece que nuestros padecimientos de ahora son bastantes para expiar el doble
de los pecados que hayamos podido cometer en esa vida.
— No se hable más de ello —intervino oportunamente el Gobernador—.
Resignémonos, como buenos cristianos, con la voluntad de Dios y que El y su
Santa Madre nos amparen en nuestra tremenda desgracia.
— Sí, señor Gobernador —agregó con vehemencia Alderete—; y Santa María
nos habrán de mandar los socorros que tanto necesitamos.
— Ellos “nos los mandarán’’ del Perú —refunfuñó Aguirre—; pe ro el único
que “nos los puede traer” a Chile es Monroy. ¡Créalo, Vuestra Merced!
¡Con razón Francisco de Aguirre fue procesado dos veces por “hereje”!
§ 32.
Francisco Gasco, El Renegado
Al señor
don Pedro E. Gil
La
primera división del Ejército expedicionario de don Diego de Almagro,
descubridor de Chile, llegó al valle de Copiapó al mando del esforzado Capitán
Rodrigo Orgóñez, más o menos por el mes de agosto de 1536, después de haber
hecho la horrorosa travesía desde el Cuzco por los horribles desfiladeros de la
meseta boliviana y de la cordillera de los Andes.
Cuando
Orgóñez, acampado ya en el paraje chileno que vio más a propósito para que su
tropa cansada, agotada por los sufrimientos, pudiera reponerse de tan espantoso
viaje, procedió, por medio de su maestre de Campo Diego Pérez, a hacer el
recuento de sus soldados “y piezas de servicio”, pudo imponerse de que los
huracanes de nieve y los barrancos de las cordilleras andinas, el hambre, el
frío y las enfermedades le habían consumido más de cincuenta soldados y cerca
de seis mil indios.
— Rezad
un novenario por las almas de esos muertos, vos y vuestros compañeros, dijo el
Capitán Orgóñez al mercedario Antonio Almanza, y encomendadlos a Nuestra
Señora, que seguro estoy, de que los acogerá en su gloria, puesto que han
sucumbido por extender la fe cristiana hasta los confines de esta tierra
maldita de Dios.
No estará
de más apuntar que los mercedarios que acompañaron a la expedición de Almagro
en calidad de capellanes fueron cuatro.
Los
novenarios de misa aprovecharon, seguramente, a todos los desaparecidos, menos
a uno que, habiéndose separado de la columna en persecución de una comadreja —
a las que posteriormente se les dio el nombre de “chinchilla” y que abundaban,
por entonces, en esa región— había caído en manos de los indios comarcanos, los
cuales, antes de matarlo, quisieron llevarlo a presencia del cacique, señor del
valle de Copiapó.
Sea por
lo que fuere, el hecho es que el prisionero fue internado en los dominios de
Andequín — así se llamaba el jefe indio— y sometido a interrogatorio por
intermedio de un yanacona que “era ladino” en el idioma.
Tal vez
con el propósito de que el español estuviera en condiciones de proporcionar
todos los detalles que se le pidieran sobre tan extraordinaria invasión, el
cacique ordenó que se le tratara con toda clase de consideraciones empezando
por darle de comer en abundancia. Gasco se dejó querer y aceptó su suerte con
resignación musulmana. Quizá era efectivo que por sus venas corría un poco de
sangre mora, como se dijo años después, cuando lo calificaron de “renegado”.
Su
conformidad con la esclavitud a que estaba sometido; su buena voluntad para
contestar a las interrogaciones del cacique; las preciosas informaciones que
seguramente dio a los naturales sobre la expedición descubridora de Almagro, le
captaron las simpatías de sus amos, los cuales, a pesar de los ritos crueles
con que acostumbraban sacrificar a sus prisioneros enemigos, no dieron muestras
de querer ponerlos en práctica con el soldado español.
Sin
embargo, después de algunos días de cautiverio, el yanacona que servía de
intérprete al preso ante el cacique, acercóse a Gasco, algo misteriosamente, y
díjole:
—
Español, mala nueva; Cacique Andequín mandó matar cinco mujeres que no pudieron
encontrar remedio para sanar una hija que se le muere. Español, muy enojado
está cacique.
Preocupado
quedó Gasco por la noticia y no era para menos.
A lo
mejor — pensaba, tal vez Gasco— al cacique Andequín se le ocurre que el motivo
de la enfermedad de su hija es la presencia de hombres blancos en su tierra, y
para sanar a la niña me manda matar a mí.
Y lo peor
era que el hombre se estaba acostumbrando a la vida descansada y regalona, —
sobre todo después de las penurias de la larga travesía por las cordilleras— y
maldita la gracia que le hacía el pensar que ese descanso y regalo podían ser
interrumpidos, trágicamente, por las desgracias de familia de su amo Andequín.
Con esta
espina en el pecho, Francisco Gasco no comió ese día ni durmió esa noche;
cualquier ruido extraordinario que oía alrededor de la choza que él mismo se
había construido con ramas y varillas debajo de unos árboles frondosos, le
parecía el nuncio de su desgracia y los preliminares de su sacrificio. La
llegada del nuevo día vino a disipar un poco, de su alma atormentada, los
siniestros augurios que la habían dominado durante toda esa larga noche y unas
horas más tarde, la presencia regocijada del yanacona vino a despejar, más aún,
su mente llena de preocupaciones negras. La hija de Andequín había
experimentado una gran mejoría y se la creía fuera de peligro.
Solamente
que el bárbaro cacique estaba convencido de que la mejoría de su hija se debía
a la muerte de las cinco “médicas” que había hecho ejecutar el día anterior y
para que la princesa sanara completamente, había creído necesario mandar matar
inmediatamente otras cinco, lo cual se acababa de realizar.
Al
principio no había quedado muy tranquilo el español, pero luego, pensándolo
bien y para fomentar su tranquilidad interior, se dijo para su jubón, que como
el remedio eficaz que había encontrado el cacique para mejorar a su hija estaba
enderezado a matar “de a cinco médicas”, era lógico suponer que no se habría de
apartar de él hasta que no hubiere terminado con todo el gremio, con lo cual,
además de la salvación de su querida hija, conseguiría también la salud
perpetua de todos sus súbditos.
Con este
razonamiento, y creyendo haber salvado ya su pellejo, Francisco Gaseó quebró
una caña, fabricó una flauta y soplando fervorosa y pacientemente arrancó al
rústico instrumento las mejores notas que pudo sobre el tema de una canción
popular de su tierra.
Oír el
yanacona las “melodías” de la flauta y echar a correr por el campo, dando
alaridos, fue todo uno. Pronto se le juntaron indios e indias y fuéronse, en
tropel, hacia el español, quien, estupefacto, no sentía que le llegaba la
camisa al cuerpo. El yanacona, coreado por gritos ensordecedores que Gasco no
entendía si eran de alegría o de rabia, pedía y exigía al flautista que tocara
nuevamente el instrumento que aún conservaba en sus manos.
No tuvo
más remedio que acceder a tan insinuante pedido, y el soldado, sin saber las
consecuencias que le traerían sus dotes musicales, se metió por los vericuetos
melódicos de una canción gaditana que fue oída en contrastante silencio por la
indígena concurrencia.
El
alboroto que se produjo una vez terminada la canción fue tan grande, que uno de
los capitanes del ejército indio, un tal Cateo, llegó al grupo un si es no es
alarmado; pero al imponerse del motivo del desorden, si de tal podía
calificarse, entre esa gente, la manifestación calurosa que se le tributaba al
artista, resolvió llevar a Gasco a presencia del cacique Andequín con el objeto
de que el jefe determinara qué debería hacerse en el extraño caso que había
provocado tal revolución entre los naturales.
Gasco se
convenció de que su arte había tenido la virtud de dividir los sentimientos de
sus oyentes, porque mientras algunos pretendían echarse sobre él para
castigarlo, la gran mayoría le defendía con resolución y con este motivo se
formaron dos bandos que se hubieran ido a las manos sin la intervención del
CapitánCateo. Gasco, a pesar de todo, no las tenía todas consigo porque no
sabía si Andequín era, o no, partidario de la música.
Los meses
que siguieron al desastre de la ciudad de Santiago en 1541, o sea, siete años
después de lo que acabo de contar, fueron de terribles angustias para los
conquistadores. Sabemos que el incendio había destruido la mayoría de las casas
y junto con ellas todo el pobre menaje y los alimentos que se habían acumulado
para proveer a las quinientas personas, entre españoles e indios de servicio,
de que constaba la colonia. De todo lo que existía en los graneros sólo habían
salvado dos puñados de trigo, tres aves domésticas y una pareja de cochinillos.
Pedro de
Valdivia no quiso, empero, proceder con violencia y en son de guerra; creyó más
eficaz enviarles mensajeros en son de paz prometiéndoles el olvido y el perdón
y representándoles la ventaja que para los indios había en mantener relaciones
amistosas con los españoles. No rechazaron, los naturales, estos mensajes de
paz; sabían perfectamente, que habría sido inútil oponer resistencia a estas
solicitaciones y requerimientos cuando habían sido derrotados y no contaban aún
con los medios para volver al ataque en mejores condiciones. Dieron, pues, lo
que tenían, queno era mucho, porque siguiendo los indios los consejos del Inca
se habían abstenido de sembrar ese año “manteniéndose de unas cebollas y una
simiente menuda como avena que da una yerba y de otras legumbres que produce,
de suyo, esta tierra y de algún maicejo que sembraban entre las serranías para
que no lo alcanzáramos sin gran peligro”.
Era la
guerra de recursos que siempre había preconizado el Inca contra los invasores,
tanto en el Perú como en Chile y en todos sus vastos dominios.
No podía,
el Gobernador de Chile, cruzarse de brazos y esperar acontecimientos en tan
comprometida situación y con tan obscuras expectativas. Lo primero era
asegurarse la comida.
En el
propio solar donde tenía sus casas, esto es, en la manzana donde están hoy el
Correo, la Intendencia y la Municipalidad, hizo preparar cuidadosamente la
tierra con arado y azada, y una vez abiertos los surcos, un día domingo, el
primero del mes de octubre, después de la misa que oyeron fervorosamente todos
los españoles, dirigióse en romería, con cruz alta, al interior del solar y
previa la bendición del campo arado, procedió a sembrar en él, por su mano, los
dos puñados de trigo que se habían salvado de la catástrofe.
Ya saben,
pues, mis compatriotas, dónde nació el primer grano de trigo español, que
fructificó en tierra chilena y que ha dado y dará de comer a todas sus
generaciones.
El
connubio del noble grano peninsular con la vigorosa tierra virgen del valle del
Mapocho dio frutos exuberantes: “Las dos almuerzas de trigo produjeron (a los
tres meses) doce fanegas”.
La
alimentación podía darse por asegurada con la repetición que se hizo de una
siembra mayor tan pronto como fue posible; pero no sólo de pan iba a vivir la
colonia. Era absolutamente necesario que vinieran del Perú los recursos que no
existían en Chile, como ser hierro, ropas, armas y herramientas y estos
recursos no podían llegar a Santiago sin que alguien fuera a buscarlos y con
dinero a la vista.
El hombre
indicado para llevar a cabo esta empresa audaz, de atravesar a caballo mil
leguas por un campo alzado en guerra, era el defensor de la ciudad de Santiago
y de su gobierno legítimo, el Capitán Alonso de Monroy quien escogió por
compañeros a cinco soldados de su confianza, cuyos nombres, según el señor-
Thayer Ojeda, son los siguientes: Pedro de Miranda, Juan Pacheco, Juan
Ronquillo, Martín de Castro y Alonso Salguero.
Salieron
de Santiago estos hombres, estos héroes, a mediados de enero de 1542 y fueron
acompañados hasta el río Choapa por treinta soldados. Pasaron el río y se
internaron en el tenebroso camino hacia el Perú, en todo el cual no tenían
esperanzas del encontrar ni un solo amigo.
Al entrar
al valle de Copiapó, una numerosa “regua” del cacique Andequín, señor del
valle, atacó sorpresiva y fieramente a los seis expedicionarios y a pesar de
los enormes esfuerzos que! desplegaron los castellanos para salvarse y huir,
sólo pudieron hacerlo dos de ellos: Monroy y Pedro de Miranda. Los otros cuatro
perecieron y sus cabezas, ensartadas en. picas, fueron llevadas en triunfo ante
el jefe de la tribu.
Francisco
Gasco, el prisionero español que conocimos al empezar esta crónica, vivía
tranquila y apaciblemente desde siete añosa atrás, en el poblado de indios
copiapinos que reconocían por jefe a Andequín. La sumisión que demostró en sus
primeros días del cautiverio, su obsequiosidad para con sus nuevos amos, su
poquedad de espíritu, tal vez, y por fin, sus condiciones de flautista, le
habían granjeado la benevolencia y la protección del señor del valle, hasta el
extremo de que fue su consejero, su favorito y por fin su pariente, porque
aceptó por esposas a tres tías: del cacique, “en las cuales tenía ya varios
hijos”.
Gasco
había implantado entre los indios ciertas costumbres civilizadas- El cacique
Andequín, el jefe del ejército indio, Cateo y otros personajes principales y
por cierto, el propio Gasco, vivían en chozas regularmente construidas y con
apariencias de casas españolas. Habíales enseñado a cultivar la tierra y a
aprovechar mejor sus productos; a seleccionar las semillas y a conservar los
graneros; por fin, y entre muchas otras cosas, les había enseñado la manera de
fabricar un buen aguardiente “con cierta legumbre que da en abundancia la
tierra orillana del río de Copayapu”.
Se ve que
Gasco era un hombre que las sabía toditas.
Cuando el
clamoroso desfile de los indios triunfantes llegó al pueblo para entregar al
cacique las cabezas de sus enemigos que traían enarboladas en las picas,
Francisco Casco Salió a la puerta de su casa y muy pronto se dio cuenta de que
esos sangrientos trofeos eran cabezas de españoles, de compatriotas suyos.
¿Qué pasó
por su mente en esos instantes? ¿Se fue, su pensamiento, hacia sus valientes
camaradas con los cuales abandonó el terruño patrio para venir a las Indias con
el íntimo y tácito juramento de correr idéntica suerte y de protegerse en todos
los peligros? ¿Le reprochó, su conciencia, el haber desertado -así puede
decirse— de las filas castellanas y haberse entregado, por cálculo, a una vida
de molicie entre salvajes?
Salió
corriendo el infeliz Renegado, en dirección al “palacio” del cacique Andequín,
donde había llegado la horda vencedora, abrióse paso y llegó hasta el jefe de
la tribu, el cual, sin esperar pregunta alguna, díjole:
-Gasco,
aquí traen cuatro cabezas de españoles que han sido muertos por mi gente; eran
seis, dos han podido huir por el camino del Inca.
— ¡Mandad
que vayan tras de ellos, señor! — exclamó Gasco, con mentida energía.
— No
podrán, mis indios, alcanzar sus veloces caballos.
— ¡No
importa!; seguid el rastro — agregó dirigiéndose a Cateo, jefe de los guerreros
indígenas— . Seguid el rastro, y pronto daréis con ellos porque sus caballos
cansados estarán y no podrán tener fuerzas para avanzar. ¡Traedlos vivos, Cateo
— díjole, por último y casi al oído al capitán indígena— , que no te
arrepentirás de ello, amigo mío!
Partieron
los indios tras los fugitivos y los alcanzaron a pocas leguas de distancia;
Miranda y Monroy yacían en tierra desfallecidos por el hambre, por el cansancio
y por la pérdida de sangre, pues estaban gravemente heridos.
En tan
lastimoso estado fueron transportados al poblado indígena y llevados a
presencia del cacique.
Francisco
Gasco, “el renegado”, había salvado a Monroy y a Miranda de una muerte cierta,
abandonados como habían quedado a la entrada del desierto de Atacama.
§ 33. El
pago de Chile
Al señor
don Ramón Laval
Tumbados
sobre la candente arena del desierto, al lado de sus cabalgaduras jadeantes,
desfallecidos, hambrientos y sangrando por las heridas que habían recibido en
el reciente combate, Pedro de Miranda y Alfonso de Monroy no pudieron oponer
resistencia alguna a sus perseguidores. Comprendieron, además, que toda
resistencia sería inútil.
Ufano
estaba, el jefe indio, de haber podido aprehender, con tan poco peligro, a dos
soldados españoles armados; esta hazaña en su vida militar le valía muchísimo
más que una batalla ganada a un cacique vecino...
Creyó,
sin embargo, con mucho acierto, que no podía confiarse demasiado en el
“desfallecimiento” de los dos soldados, y dio órdenes para que fueran
maniatados y despojados de las espadas y puñales que llevaban colgados al
cinto.
— Bien
haremos en no resistir — díjole, a media voz, Monroy a su compañero— ; os
recomiendo hacer lo mismo que yo; veremos después, cómo salimos de este paso.
Y alzando
las manos en dirección del jefe indio, agregó:
—
¡Esforzado y valiente Capitán! Voluntariamente os entregamos nuestras armas,
con la esperanza de que habréis de ser generoso con estos dos soldados
castellanos que se rinden a vos, antes por considerar quien sois, que por
encontrarse desfallecidos. Aquí tenéis nuestras armas — prosiguió Monroy— ,
como prueba de nuestra sumisión; os las obsequiamos a vos como un recuerdo de
este acto sin precedente en nuestra vida de guerreros.
Y sin
vacilar un momento, ambos soldados despojáronse de sus espadas y puñales y los
arrojaron lejos de sí.
Orondo y
complacido oyó Cateo las palabras de Monroy, que el indio “ladino en lengua” le
había transmitido, y su alegría llegó al colmo cuando vio que ambos prisioneros
quedaron desarmados. Algunos indios, que aun temían ser acatados por los
españoles, quisieron aprovecharse de la situación para castigarlos o, por lo
menos, tratarlos con violencia; pero el jefe hizo valer su autoridad y los
protegió, enérgicamente, de todo atentado contra sus personas.
Sin
perder más tiempo que el indispensable para que los prisioneros recuperaran
algo de sus perdidas fuerzas, dándoles de comer y curándoles sus heridas, el
Capitán Cateo y los suyos volvieron al poblado de Copiapó para entregar a la
justicia del cacique Andequín la suerte de los infelices mensajeros del
Conquistador de Chile.
Sabían,
sin embargo, los prisioneros — por habérselo oído al intérprete— que en los
dominios de Andequín vivía desde muchos años atrás un español que ejercía sobre
el cacique una influencia decisiva. Caminaba, pues, a su cautiverio, con una
esperanza consoladora.
Ordenó,
Cateo, que los prisioneros fueran llevados en zarandas a causa de que les fue
imposible marchar a pie ni sostenerse sobre sus caballos y en esta condición
atravesaron el largo trecho que los separaba del valle de Copiapó donde los
esperaban la población, francamente predispuesta contra ellos.
Nunca,
todavía, los indios copiapinos habían podido disfrutar del placer de sacrificar
vivos a dos enemigos blancos.
Para esos
salvajes constituía, pues, todo un acontecimiento la presencia de un
espectáculo semejante.
Inmenso
dolor experimentó Francisco Gasco cuando vio a sus compatriotas prisioneros en
medio de los indígenas.
Nadie
podía apreciar, mejor que él mismo, las angustias que invadían el corazón de
esos dos españoles al verse en manos de enemigos sanguinarios y feroces,
pletóricos de odios y de venganza contra los invasores, que tan terribles
recuerdos habían dejado a su vez, entre los naturales, a su paso obligado por
aquel valle.
Investido
por la autoridad moral que le daba su parentesco con el cacique Andequín, el
“renegado” Gasco se creyó obligado a poner en juego su sagacidad y a interponer
todo su valimiento a fin de salvar la vida de dos de sus hermanos de raza que
se encontraban en horrible desgracia. Dispuesto a salvarlos de cualquiera
manera, no titubeó un punto. Lo primero de todo era impedir que la multitud,
que se enfurecía por momentos, atacase inconscientemente a los prisioneros,
quitándoles a sus guardadores.
Y
convencido de que su persona no tendría poder suficiente en la poblada misma,
fuese directamente donde Cateo y le dijo: — Os doy, Cateo, la orden de mi
cuñado el cacique Andequín, nuestro amo, para que llevéis vivos a su presencia
a estos prisioneros, a quienes desea interrogar. Impedid, con vuestras armas,
que la poblada les haga daño o atente contra sus vidas.
Sin
esperar respuesta corrió en seguida hacia donde venían los cautivos, y con
frases enérgicas conminó a los indios con terribles castigos, de parte de
Andequín, si no entregaban vivos a los “perros cristianos” para que pudiera
hacerse en ellos un castigo ejemplar y hasta-entonces desconocido, en venganza
de los crímenes cometidos por los de su raza.
Mandó, de
nuevo, el Capitán Cateo, reforzar las guardias y dispersar a “la canalla del
pueblo” que se atropellaba por abalanzarse contra los prisioneros en medio de
clamorosos gritos de venganza, y sólo después de grandes esfuerzos pudo llegar
con sus cautivos hasta la presencia del cacique que los esperaba rodeado “de
todo el esplendor de su corte,. Entre tanto, Gasco urdía en su cerebro la
manera cómo darse a conocer de los prisioneros a fin de que amoldaran su
conducta a lo que les era necesario para salvar la vida.
Junto al
tronco del árbol que servía de trono al cacique y subiendo sobre una piedra, el
"renegado’’ atisbaba el momento de intervenir en la escena que iba a ser
decisiva para alejar el fantasma del suplicio que se cernía sobre los infelices
Miranda y Monroy. Era ya la tarde avanzada y no convenía que se precipitara el
juicio, que podía ser adverso si un golpe de audacia no hacía cambiar ese
ambiente envenenado por el deseo de venganza. Francisco Gasco tomó rápidamente
su resolución; aprovechando un momento de relativo silencio entre la clamorosa
gritería, dirigióse a los prisioneros en el lenguaje patrio y díjole mirándolos
firme e intencionadamente:
— “Doblad
vuestras rodillas, valientes castellanos, postraos en tierra, y besad los pies
a vuestro señor, el cacique Andequín pidiéndole misericordia: el es bueno, y os
la otorgará”.
Indefinible
sorpresa causó en los prisioneros el oír estas palabras, en su propio idioma y
por boca de uno de los personajes que aparecían más allegados al jefe; no
tuvieron duda de que ese hombre era el salvador esperado y Miranda quiso
abalanzarse hacia él para estrecharlo entre sus brazos, pero Monroy, más
discreto, lo detuvo con la mirada, y díjole:
— Amigo
Miranda, cumplamos primero la voluntad de Dios.
Y ambos
soldados acercáronse humildemente al cacique, doblaron la rodilla y besáronle
los pies.
Nunca
habían presenciado los indios una escena igual, ni podían imaginarse que dos
hombres blancos, dos soldados conquistadores, gente orgullosa y dominante,
pudieran rendir, a un hombre de la tierra conquistada, tan grande acatamiento.
A los
pocos momentos, el ambiente vengativo y sanguinario de “la canalla del pueblo”
era distinto; el renegado Francisco Gasco había salvado la vida a sus
compatriotas, por segunda vez.
Instintivamente,
los prisioneros abrigaban la esperanza de que su salvador habría de procurar
acercarse a ellos para instruirlos en lo que tendrían que hacer para lograr su
libertad.
Pasados
los primeros momentos de indecisión ante la actitud inesperada de los cautivos,
el cacique, aconsejado por Gasco, ordenó que Monroy y Miranda fueran entregados
en custodia a un indio que tenía entre ellos, el oficio de carcelero y verdugo;
ordenó, además, que se les diera de comer y que les curaran sus heridas
mientras se preparaba el interrogatorio a que iban a ser sometidos, antes de
pronunciar la sentencia. Era lo que Gasco deseaba.
Pronto
partieron los prisioneros hacia el sitio que se les había señalado como cárcel,
acompañados por su tétrico vigilante y rodeados por la chusma que a veces
pedía, a gritos, el sacrificio inmediato de los blancos.
Alentándolos
con rápidas y furtivas miradas, pero evitando decir la menor palabra que
pudiera provocar sospecha, marchaba Francisco Gasco a pocos pasos de sus
compatriotas dispuesto, eso sí, a defenderlos de cualquier intento contra sus
vidas. Dentro de sí, “el renegado” no dudaba ya de que sus compatriotas estaban
en salvo, o que, por lo menos, habían pasado el mayor peligro.
Obscurecía
cuando llegaron a la ramada que se les había destinado para prisión y una vez
que los reos estuvieron adentro, el carcelero, ayudado por algunos vigilantes,
hizo que la chusma se dispersara y dejara en paz a los infelices cautivos que
durante todo ese largo día habían experimentado las más encontradas
sensaciones.
Realmente,
si el renegado Gasco no hubiese procedido con la sagacidad y el tino con que lo
hizo, Miranda y Monroy habrían acabado sus días en aquel trance y la colonia de
Chile, desprovista indefinidamente de socorros, hubiera sucumbido encastillada
entre las murallas de Santiago al igual que aquellos infelices que dejaron sus
huesos en las playas del Estrecho de Magallanes en espera de rostros amigos que
nunca llegaron a ver.
Al quedar
solos, Monroy y Miranda estrecháronse en un fuerte y prolongado abrazo.
Sabe, el
abnegado lector, que Francisco Gasco habíase emparentado con el cacique
Andequín, casándose con tres mujeres de la familia de este indio. No dicen las
crónicas los nombres de las esposas; pero Mariño de Lovera cita el de la
princesa Lainacocha, a la cual, por haberse hecho cristiana, se le llamaba
“doña María”.
Pues
bien: de esa princesa; fuera o no su mujer, se valió el renegado para salvar a
sus compatriotas.
Tan
pronto como los prisioneros quedaron seguros en poder del carcelero, Gasco fue,
rápidamente, a casa de “doña María”, que era una india muy rica y principal, e
intercedió fervorosamente porque los tomara bajo su protección; tan bien lo
haría Gasco, que la princesa “les envió inmediatamente un recado prometiéndoles
su favor y amparo junto con un brebaje sustancial y regalado con el que tomaron
refacción y se consolaron”.
No se
detuvo en esto el admirable ex soldado de Almagro, en su afán de amortiguar los
remordimientos de su conciencia; presentóse ante su amigo el Capitán Cateo y
exigióle que hiciera valer ante Andequín la palabra de honor que el aprehensor
había dado a los soldados españoles, cuando éstos se le rindieron entregándole
sus armas, de respetar sus vidas en toda circunstancia.
El
Capitán indígena “aseguró a Gasco que cumpliría fielmente la palabra que les
había dado y tornó a prometerles de nuevo su auxilio en todo”.
Con estos
intercesores “los españoles estuvieron presos muy poco tiempo, durante el cual
el Renegado se dio maña para hacer desaparecer la cólera que contra ellos tenía
la multitud, hasta que llegó el día en que los prisioneros comenzaron a salir
de su arresto y pudieron hablar libremente con Francisco Gasco”.
Resultó,
además, según la crónica de Marino de Lovera que me sirve de guía en estos
sucesos, que “Andequín se aficionó a andar a caballo y como Alonso de Monroy
era un diestro jinete ofrecióse a ello y así lo hizo, valiéndose de los
caballos que habían salvado”. Agrega la crónica que el otro prisionero, Pedro
de Miranda, encontró la flauta con que Gasco había embobado a los indios siete
años atrás y que el Renegado conservaba en recuerdo de cómo había salvado su
vida; Miranda “que era diestro en ello” se dio a soplar el instrumento y le
arrancó los más alegres sonidos con lo cual se conquistó un grupo numeroso de
oyentes que lo seguían entusiasmados a donde él fuera.
“Estas
habilidades de los dos españoles, fueron principio para que se les aficionaran
los indios principales y sobre todo el cacique, tanto que los traían en palmas
festejándoles con muchos banquetes y regalos”.
Tres
meses habían pasado ya los prisioneros en las tierras de Andequín; sus heridas
estaban sanas; su libertad, si bien era relativa, era suficiente para no desear
otra si hubieran querido permanecer, como Gasco, indefinidamente en aquella
vida semisalvaje.
La
nostalgia, sin embargo, de la vida civilizada y, sobre todo, el pensamiento de
que sus compañeros del valle del Mapocho estaban esperando los recursos que
ellos habían ido a buscar al Perú para remediar las angustias de la espantosa
situación en que habían quedado, indujeron a Monroy a buscar los medios para
poner término a ese cautiverio que podía calificarse de feliz, pero que
repugnaba a su conciencia de soldado español y jefe responsable de una comisión
destinada a salvar la vida de un centenar de sus camaradas.
La
ocasión se presentó cierto día en que preparaba una gran fiesta para celebrar
la visita de un cacique vecino.
— No hay
otro medio, amigo Miranda — dijo Monroy a su compañero— ; al final de este
banquete y cuando el cacique y sus principales estén borrachos, os separaréis
del grupo y me esperaréis listos para la fuga. Cuando yo os vea salir, me
prepararé para reunirme con vos y que Dios nos proteja después.
— Señor
Alonso de Monroy — dijo Miranda, pensadlo bien; paréceme que no será obra fácil
engañar a tantos ojos como los que podrán mirarnos esta noche.
— De eso
se trata, señor mío — repuso Monroy— : de engañarlos. Ya veis que la fuga de
otra manera es imposible. Nuestros caballos han pasado a poder del cacique y no
podemos disponer de ellos en ningún momento. Si no aprovechamos esta noche en
que durante la comida quedarán los caballos ensillados esperando a Andequín y a
su hijo para que regresen a su casa, no vamos a tener otra oportunidad mejor.
Acordaos, Miranda, de que nuestros camaradas de Mapocho mueren de hambre ...
— ¿Y si
hay resistencia? — insinuó Miranda.
— ¡Habrá
que vencerla! — contestó Monroy.
Ambos
amigos se separaron.
“De esta
manera concertados, fueron los dos españoles al banquete y estando ya por
terminarse, vieron que no había indio que no estuviese embriagado. Entonces
Pedro de Miranda fingió un dolor agudo, quejándose mucho del mal. El cacique
túvole compasión y con otros cuatro acudió a socorrerlo, pero una vez que
estuvieron junto a los caballos, Miranda sacó una daga que siempre había tenido
escondida en lo más secreto de su cuerpo y dio de puñaladas al cacique,
dejándolo tendido.
“Acudió,
de presto, Alonso de Monroy y embistió contra los otros indios y como estaban
embriagados fue menester poco para matarlos”.
“A este
tiempo vino a ellos el otro español Francisco Gasco, el cual se escandalizó de
la matanza y comenzó a temblar y echar en cara la temeridad de los matadores,
los cuales le dijeron que callase y fuese sin dilación a un caballo y lo
compelieron a ello diciéndole que lo matarían, también, si rehusase, porque
ellos no conocían el camino del Perú, a lo cual hubo de condescender mal de su
grado”.
“Como
Gasco iba forzado en la huida, Monroy lo quiso varias veces matar por verle con
tal ánimo y era la verdad que el desventurado sentía mucho dejar tres indias
que tenía de las cuales le habían nacido varios hijos”.
De esta
manera salieron, Miranda y Monroy, de su cautiverio de Copiapó, y pudieron
llegar, después de atravesar el desierto de Atacama, a los términos del Perú,
para cumplir la misión que les había encomendado Pedro de Valdivia.
¿Qué fue
de Francisco Gasco, el salvador de sus dos compatriotas y de la colonia de
Chile?
“Apenas
habían puesto los pies en el Perú, en tierra poblada, Francisco Gasco se huyó
de sus dos compañeros, desapareciendo de tal manera que hasta hoy no ha habido
rastro dél”...
§ 34. La
Ermita de Nuestra Señora del Socorro
Al señor
don Jenaro Prieto
Iban
corridos más de dieciocho meses desde la partida de Alonso de Monroy y sus
compañeros, y todavía no se tenía en Santiago noticia alguna de los socorros
que se esperaban del Perú.
Ruda,
terrible era la prueba a que el Destino había sometido a los conquistadores de
Chile; sin alimentos, sin vestidos, sin armas y sin “ferramenta” alguna para
reparar los destrozos que el asalto y el incendio de septiembre de 1541
causaron en la ciudad recién fundada, ni menos para reconstruir las casas,
cortar maderas, ni para emprender obra alguna que necesitara punta de fierro,
los infelices “chilenos” tenían que resignarse a esperar la ayuda de Dios,
encerrados dentro de las “cuatro paredes” que habían levantado para defenderse
de las continuas invectivas de los naturales.
Era, en
verdad, una situación espantosa, que se precipitaba fatalmente hacia un
desastre, el más horroroso que es posible imaginar para una población de
quinientas personas entre hombres, mujeres y niños, condenados a perecer sin
remedio, agobiados por el hambre, por el frío y aún por las epidemias.
“Parecíamos trasgos, y los indios nos llamaban “cupais” que así nombraban a sus
diablos”, decía Pedro de Valdivia en una de sus cartas al Rey. ¡Tal aspecto
presentaban los desgraciados conquistadores!
Año seis
meses habían pasado, pues, desde la partida de Monroy al Perú y cerca de dos
años desde la destrucción de la ciudad.
Promediaba
el año 1543, pleno invierno en la región del Mapocho.
Obscurecía
una tarde del mes de Julio; un fuerte chubasco invernal agregaba un velo de
tristeza al miserable espectáculo que ofrecía el campamento amurallado de la
ciudad de Santiago. El humo que se escapaba por las cortas chimeneas o por
entre el ramaje embarrado de los ranchos que servían de acobijo a la población;
la ausencia de gente por los senderos o veredas que se habían dejado para el
tránsito, a modo de callejuelas, entre los toldos y habitaciones, y el
persistente silencio que invadía ese numeroso y aglomerado campamento,
indicaban que toda aquella gente se había acurrucado dentro de sus míseras
viviendas, buscando el amoroso fuego del hogar, único amigo fiel en ese
doloroso y desesperado trance.
Retumbaban
los truenos en la atmósfera encapotada y sus broncos estruendos repercutían
indefinidamente en las hondonadas y contrafuertes cordilleranos- El caudal del
Mapocho se precipitaba en torrente por ambos brazos, arrastrando piedras,
viejos troncos y árboles cuyo ruido siniestro venía a agregar una nota de
tristeza más, al campamento desolado.
— Mañana
es el día del Santo Apóstol — dijo Valdivia a los cinco o seis amigos que lo
acompañaban esa tarde en su casa, al amor de la lumbre— , y si el tiempo
tormentoso continúa como hoy, no será posible que hagamos la procesión solemne
con que el Bachiller González ha propuesto que demos fin a la novena en honor
de nuestro Santo Patrono; pero me parece que no debemos dejar de hacer esa
fiesta y la haremos el primer día en que la lluvia cese, después de los quince
que nos azota. ¡Necesitamos mucho de la protección de nuestro Santo Patrono! —
terminó el Gobernador.
— Iba a
deciros que yo tengo hecha una promesa a Nuestra Señora — agregó Juan Fernández
Alderete— , para que sea servida de protegernos en la desgracia en que nos
encontramos...
— Oigamos
en qué consiste esa “manda” — intervino Francisco de Aguirre, con un acento
socarrón que puso en cuidado al devoto conquistador.
— Pido a
Vuestra Merced, señor Alcalde, que no haga chanza de mis palabras — repuso el
amostazado Alderete, que conocía la poca religiosidad de Francisco de Aguirre—
; quizás, si las penas que estamos padeciendo no se prolonguen, por voluntad de
Dios, a causa de que no todos pedimos, con fe, que ellas tengan término.
Retiróse
a un lado el herético Alcalde, a una mirada insinuante del Gobernador y
Alderete pudo, entonces, expresar con más tranquilidad, cuál era su “manda”.
— Esta
“manda” — continuó Alderete-, para que sea más meritoria debe contar, no sólo
con la aceptación de todos los vecinos, que sino también con la aprobación del
Cabildo y de Su Señoría, el Gobernador.
— Pues,
contad, desde luego, con mi aprobación, señor Juan Fernández — dijo Valdivia— ,
que siendo idea vuestra, buena debe ser para obtener del Cielo la ayuda que
necesitamos; y en cuanto a la aprobación por el Cabildo, presentes están
algunos señores regidores, que no os la negarán si todos se lo pedimos.
— Al voto
de ellos agregad el mío, señor Juan Fernández — intervino el Alcalde Aguirre— ,
y con esto os pruebo que no tenéis razón cuando decís que no creo en vuestras
mandas...
Revolvióse
Alderete en el banco donde estaba sentado, y haciendo prescindencias del impío,
dispúsose a dar a conocer la promesa que había ideado en sus piadosas
elucubraciones'
— Sabéis
vosotros que al llegar a este valle — dijo— , levanté una ermita al pie del
cerrito Huelén, en acción de gracias por haber encontrado, al fin, un paraje
acomodado a nuestras necesidades para fundar la ciudad que proyectaba nuestro
Capitán; sabéis, también, que esa ermita abandonada está ahora porque no puedo
prestarle la asistencia que le prometí...
— No es
por vuestra culpa -aseguró Rodrigo de Quiroga.
— Vuestra
Merced está en lo cierto — agregó Aguirre— , porque los malditos indios se han
acomodado sobre el cerrillo y no muestran deseos de abandonarlo…
— Esa
ermita — continuó Fernández— está dedicada a mi Señora Santa Lucía por haber
sido en su día, el 13 de diciembre, cuando acampamos en este valle del Mapocho
y sea cual fuere la suerte que nos venga, no podremos quitarle ya su advocación
y título. Yo, señor Gobernador, tengo una gran devoción por la imagen “de
bulto” de Nuestra Señora que posee Vuestra Señoría y que ahora la tiene
prestada para el altar en que nos hace misa — cuando puede— el señor Bachiller.
Esa imagen ha acompañado a Vuestra Señoría desde que salió del Cuzco; ella nos
ha protegido a nosotros durante el largo viaje; ella nos ha salvado la vida
muchas veces; ella está, ahora mismo, en medio de nosotros, reconfortándonos en
nuestras penas y como una esperanza de no lejana felicidad. Levantémosle,
señores, una ermita, cuando sea servida de sacarnos de este purgatorio y
llevémosla, ese día, en procesión bulliciosa para colocarla en un altar del
cual no baje por los siglos, amén.
Sintiéronse
conmovidos los oyentes ante la sólida fe del achacoso conquistador y guardaron
silencio.
Turbóse,
a pesar de su despreocupación religiosa, el Alcalde Aguirre, y ahogó entre sus
labios la frase irónica con que iba a comentar la proposición de su viejo
amigo.
Rompió el
silencio, por fin, el Gobernador, y dijo, con solemne entonación:
—
¡Prometo, señor Juan Fernández, que así como nos sea permitido salir de este
encierro a tambor batiente, altas mis banderas y regocijada mi tropa, llevaré
en andas floridas esta imagen de Nuestra Señora hasta un sitio lejano y
peligroso y la pondré, por mis manos, en un trono de donde no será bajada
mientras yo aliente; y haré jurar a mis Capitanes que en sustentar esta promesa
rindan la vida!
De tal
escena y de tal circunstancia nació la “manda” de alzar la primera ermita, en
Santiago, a la Virgen María. Llegado el caso de cumplirla, que fue cuando se
recibieron los “socorros” del Perú, el vecindario entero dio a esa imagen la
advocación de “Nuestra Señora del Socorro”.
Como
sitio “lejano y peligroso” pareció a todos que lo era bastante, para cumplir
lealmente “la manda”, uno que está “a otro lado del río, así como se atraviesa
el estero del sur”, o sea, donde está hoy el templo de San Francisco.
Dos meses
después de hecha y solemnemente ratificada la “manda” ante
todo el pueblo reunido, esto es, en el mes de septiembre, al alba de una
radiante mañana de Primavera, circuló en la ciudad una noticia enorme; decíase
que un yanacona venido de Valparaíso, durante la noche, a todo el correr de sus
piernas, había traído la nueva de haber visto un navío cerca de la costa.
Alborotóse
el campamento que aun estaba semi dormido y el tumulto llegó a ser una locura
cuando la noticia fue confirmada por las órdenes que rápidamente impartió el
Gobernador, de que Francisco de Villagra con treinta soldados salieran hacia la
costa con el objeto de comprobar el anuncio y de hacer señales al buque para
que reconociera el puerto y entrara a la bahía.
— ¡Madre
nuestra, misericordiosa! ¡A ti te lo debemos! — exclamaba Juan Fernández con
lágrimas en los ojos y abrazándose de cuantos encontraba a su paso mientras
corría, trabajosamente, hacia “las casas” del Gobernador— : ¡La manda! ¡La
manda que hemos hecho y que Nuestra Señora nos la ha ganado bien!
Entre
tanto, la población entera, presa de júbilo inmenso y justificado por demás, se
entregaba a las más extrañas demostraciones de alegría, contagiosa aún para los
que, como Aguirre e Inés Suárez, hacían todos 'los esfuerzos imaginables por
conservar su sano juicio ante la posibilidad de que la noticia del yanacona
fuese equivocada o incierta.
-No
alborotéis, por Dios — dijo Inés a un grupo de indios y soldados que brincaban,
jadeantes, alrededor de su árbol, mientras otros se daban volteretas por el
suelo— ; esperad a que vuelvan los soldados que fueron al puerto para saber si
es verdad que el yanacona ha visto el navío.
— Os
queréis engañar vos sola, señora — contestóle un soldado— : Yo hablé con el
yanacona y me dijo haberlo visto!.. ¡haberlo visto ... ¡haberlo visto!... Y al
repetir el estribillo, el español y sus oyentes brincaban cada vez más alto.
Igual
contento y ansiedad experimentaban Villagra y sus hombres mientras corrían a
galope largo por los senderos que conducían al puerto. El yanacona iba al anca
del Capitán y cuando los caballos interrumpían su galope para subir los cerros
empinados o para tomar descanso, Villagra se volvía para interrogar
acuciosamente al indio, a fin de oír, una vez más, la afirmación de que había
visto un navío...
— Cuando
lo vi, prendí un fuego grande, mucho humo, mucho humo — afirmaba el indio.
— ¿Y qué
más? ¿Y qué más? — insistían los soldados.,
— A mí me
pareció que habían visto el fuego y que el buque entraba al puerto; entonces
salí a toda carrera a darte la noticia...
Serpenteaba
la columna de jinetes repechando la cuesta del último cerro que los separaba
del mar, cuando el Sol enfilaba el meridiano del 20 de septiembre de 1543. El
primero en llegar a la cumbre fue Villagra; sus ojos hurgaron, ávidos, la
extensa bahía de Valparaíso y allá lejos, casi en plena mar, divisó ¡por fin!
el diminuto barco que significaba, sin embargo, el término de los espantosos
sufrimientos que los conquistadores estaban padeciendo durante dos años
cabales.
Arrojóse,
Villagra, de su caballo, dobló las rodillas, alzó los brazos y dio gracias a
Dios, en muda oración.
La
“virgen de bulto” fue transportada en solemne procesión el 8 de diciembre de
ese mismo año, desde las casas del Gobernador, donde tenía su altar, hasta el
lugar señalado para la ermita.
La
procesión salió de la ciudadela por el portón que daba frente a la calle que
hoy se llama del Estado y continuó en esta misma dirección hasta el brazo del
río Mapocho (Alameda), sobre el cual “echaron una puente” construida para este
acto religioso por Bartolomé Flores, cuyas dotes de carpintero eran ya muy
apreciadas. No crea, sin embargo, el lector, que el puente era de mucha obra.
Toda la
población civil, es decir, los indios de servicio, hombres, mujeres y muchachos
formaban en la romería; los conquistadores, a pie, con sus armas relucientes,
bien trajeados y limpios, — mediante la ropa y el jabón que había del Perú—
hacían guardia de honor y escolta a la pequeña imagen que iba colocada sobre
una anda florida.
El
espectáculo en medio de su sencillez era imponente.
Llegado
el cortejo al sitio señalado, el Gobernador montó sobre su Castaño y escoltado
por sus principales Capitanes, también a caballo, marcó al galope y espada en
mano, los linderos del terreno que la ciudad destinaba a la ermita y a su
sustentación. Estos terrenos abarcaron poco más o menos la extensión
comprendida entre las actuales calles de Arturo Prat y del Carmen, hasta más al
Sur de la Avenida Matta.
La imagen
fue paseada, en seguida, en distintas direcciones a través del campo — en señal
de que la Virgen tomaba posesión de él— en medio de aclamaciones y vivas
alternados con cánticos sagrados; al término de esta ceremonia la procesión
volvió a las casas de! Gobernador para dejar allí la milagrosa imagen, como en
un provisorio altar.
Dos o
tres años más tarde, construida que fue la modesta ermita, la “Virgen de
bulto”, de Pedro de Valdivia, fue colocada allí solemnemente, en su altar
definitivo.
Dos
clérigos de Santiago tuvieron a su cargo el servicio de la ermita durante
varios años, turnándose para decir misa en ella los días de guarda. Algunos
años después llegaron a Santiago cinco frailes franciscanos y gestionaron, ante
la autoridad, que se les cediera la ermita del Socorro para fundar allí su
convento.
Opusiéronse,
enérgicamente, los clérigos y con este motivo dividióse en dos bandos el devoto
vecindario santiaguino. Como la lucha continuara en pulpitos, corrillos y
trastiendas, con caracteres de una mera discusión académica, sin mayores
resultados y con visos de no concluir tan pronto, los frailes penetraron un día
sorpresivamente a la ermita “para tomar posesión de aqueste templo, y aun que
los clérigos los defendieron, pudieron más los frailes por ser mayor número,
echándolos a fuerza de brazos y fundando allí su monasterio que fue el primero
deste reino”.
Ya
contaré en otra ocasión y con sabrosos detalles, este ruidoso incidente que fue
la “comidilla” de nuestro “todo Santiago” del año 1553.
Los
padres franciscanos, que antaño echaron de allí a los clérigos a “fuerza de
brazos”, para fundar en esa ermita su convento, han conservado con veneración a
través de cuatrocientos años esa histórica imagen que acompañó a los
conquistadores desde su salida del Cuzco, en todas las vicisitudes de su largo
viaje, hasta dejar cimentada, firmemente, la ciudad de Santiago.
Mis
lectores pueden ver, actualmente, esa pequeña imagen “de bulto”, en el altar
mayor del templo franciscano de la Alameda.
§ 35.
Santiago comienza una nueva vida
Al señor
don Guillermo Pérez de Arce
El
“Santiaguillo” se llamaba el pequeño navío que después de voltejear por la
costa chilena, hasta más allá de la desembocadura del Río Maule — pues su
piloto “no sabía de navegación” de estos mares— había entrado a la rada de
Valparaíso atraído por la señales de humo que le había hecho el indio que llevó
la noticia a Santiago. El barco traía los primeros socorros que enviaba, desde
el Perú, el animoso Alonso de Monroy.
El navío
se llamaba, en realidad, “Santiago”; pero tan pequeño y tan desmedrado eran, él
y su estampa, que todos habían convenido en decirle Santiaguillo, porque,
francamente, no merecía otro nombre; sin embargo, no hay para qué insistir en
que el barquichuelo, de no más de sesenta toneladas, fue para los angustiados
españoles de Chile un navío de enormes proporciones, y su cargamento, avaluado
apenas en unos veinte mil pesos con barco y todo, un tesoro inapreciable, dadas
las circunstancias.
Para
enviar este barco desde el Perú, Alonso de Monroy tuvo que hacer, antes de
todo, esfuerzos de oratoria que hoy día serían suficientes a mi juicio, para
poner de acuerdo a los españoles en la cuestión de Marruecos... (1927). Esto
puede parecer una exageración, pero si el benévolo lector considera, un poco,
los tiempos aquellos; si toma en cuenta que el Perú se encontraba entonces
envuelto en una espantosa guerra civil; si tiene presente que decir “Chile” era
igual que decir destierro, hambre, miseria, y muerte; si recuerda que Monroy,
al llegar al Perú, no llevaba ni un peso — pues los estribos, los platos y las
empuñaduras de espadas fundidas en oro, los había tenido que abandonar en manos
de los indios copiapinos; y si echa cuentas, por último, que un caballo valía
entonces “un mili e un mili e quinientos pesos de oro de ley perfecta”, o sea
unos treinta mil pesos de nuestra moneda actual, convendrá conmigo, el lector
incrédulo, en que para armar y despachar un barco con socorros para Chile, por
muy “Santiaguillo” que fuese, necesitaba Monroy ser un orador de fuste...
Vale la
pena dar a conocer quiénes fueron los valientes que entregaron su dinero a
Monroy — y también su vida— para emprender la aventura “de traer a Chile
el Santiaguillo sin saber la navegación”. Al fin y al cabo se
trata, nada menos, que de los salvadores de la colonia de Santiago, pues sin su
ayuda quién sabe, qué suerte habrían, corrido Pedro de Valdivia y sus
compañeros.
En los
capítulos primeros de estas “crónicas” tuve oportunidad de dar a conocer al
rico mercader Lucas Martínez Vegaso, el hombre de “los tejos de a libra”
llamado así porque fue el primero que en el Perú fundió su oro en tejuelos,
marcándolos con un sello de su propiedad. Dije, también, que a raíz de la
batalla de Las Salinas, en 1538, cuando Pedro de Valdivia estuvo en el apogeo
de su gloria, lleno de honores y de prestigio militar, Lucas Martínez le
ofreció todo el dinero que necesitase para acometer cualquiera de las empresas
conquistadoras que se preparaban en el Cuzco, para explorar el Alto Perú o sea
Jauja, Cochabamba y otras. Pero Pedro de Valdivia, enamorado de Inés Suárez y
con una rica mina en Porco, no quiso aceptar, entonces, el ofrecimiento de
Lucas Martínez y prefirió colgar la tizona y dedicarse a tranquilo encomendero.
Sabemos,
también, que el entusiasmo por esta vida “burguesa”, como diríamos ahora, le
duró muy poco al inquieto aventurero que había venido a las Indias “a dejar
memoria y fama de sí” antes que a acumular riquezas; pero cuando quiso cobrar
la palabra al rico mercader para que le diera recursos con el objeto de
emprender la conquista de Chile, Lucas Martínez le contestó:
— ¿Para
Chile, señor Pedro de Valdivia? ¡Vuestra Merced no está cuerdo! Esa tierra
infamada está y es tan miserable, que según mis noticias, en toda ella no hay
para dar de comer a treinta españoles.
Dije, por
último, que Valdivia no se había dado por vencido con esta negativa y que a
pesar de no haber contado con los dineros de Lucas Martínez emprendió su
expedición a Chile empeñando no sólo su palabra, sino también su camisa y dióse
maña, además, para sacar algún dinero a los hermanos de Lucas, llamados
Francisco Martínez y Bautista Ventura, con el primero de los cuales llegó a
firmar “un concierto e compañía a mitad de riesgos y de ganancias”.
Pues
bien, Lucas Martínez tenía, indudablemente, un alto concepto de Pedro de
Valdivia; pero con haberlo visto organizar y llevar a cabo la expedición a
Chile a pesar de las enormes dificultades que sé le presentaron, ese concepto
se agigantó y bien podría afirmarse que llegó a lamentar, íntimamente, haber
negado su dinero a tan esforzado y valiente Capitán.
Cuando
Alonso de Monroy llegó a Arequipa huyendo de los indios de Copiapó — después de
la escapada trágica que he narrado anteriormente— encontróse allí con Lucas
Martínez que estaba organizando los trabajos de una gran empresa minera. Pronto
lo informó Monroy de los tristes acontecimientos de Chile y le propuso que
entrara en compañía con Pedro de Valdivia para dar cima a la conquista de ese
país, que era, según Monroy, un emporio de riquezas, sin otro inconveniente que
la ferocidad de los naturales ...
Contóle
que había traído mucho oro en los estribos, en las empuñaduras de las espadas y
en el atalaje de las cabalgaduras de los seis compañeros que con él venían;
pero que en el asalto y prisión que habían sufrido en Copiapó lo habían perdido
todo; pintóle con viveza la riqueza de las minas de Malga-Malga y las enormes
expectativas que ofrecía todo Chile una vez que los indios fueran dominados.
Tanto y tan bien le hablaría, que Lucas Martínez le dijo:
— Señor
Alonso de Monroy, Vuestra Merced me tiene perplejo en si me decido o no me
decido a meter dinero en esta compañía con Pedro de Valdivia, y esto es ya
mucho conseguir, créame, Vuestra Merced, pues la ferocidad de aquellos salvajes
y la condición lamentable en que han dejado a un Capitán como Valdivia es para
hacer retroceder a cualquiera.
— Es que
si el Gobernador Valdivia tuviera recursos para hacer la guerra, los naturales
serían sometidos a poco costo...
— No
insistáis, señor Monroy, que yo me hago cargo de todo lo que queréis decirme;
dejadme que lo piense pausadamente, hoy y mañana, y creedme que es mi deseo
ayudar a Pedro de Valdivia.
Monroy y
Pedro de Miranda, poseídos de angustiosa expectativa ante la respuesta que
dentro de algunas horas iban a recibir, “fuéronse al convento del señor San
Francisco e comulgaron e ayunaron los dos días”. Cumplido el plazo,
presentáronse ambos ante Lucas Martínez “como reos a su sentencia” y oyeron
“sin aliento”, estas palabras:
— Buscad
un navío, señor Monroy, para meter en él lo que más falta haga a vuestro
Gobernador; yo sólo tengo uno, que es el Santiaguillo y no os
lo puedo dar porque lo tengo en el trato de mis minas; pero si no encontráis
barco en esta costa cercana, dispuesto me hallo a daros aún el “Santiaguillo”,
aunque pierda mucho en ello. Preparaos, pues, a partir.
“El
Teniente Monroy e Pedro de Miranda besaron las manos de Lucas, echados a sus
pies, e luego partieron en busca del navío”; pero como no lo pudieran encontrar
en esa costa, Martínez cumplió su promesa y les entregó el barquichuelo, en el
cual, desde los siguientes días, empezóse a depositar la “ferramenta”, ropa y
demás vitualla de primera y más perentoria necesidad para la arruinada colonia
de Chile.
Faltaba
un hombre a quien encomendar el mando del barco para que lo trajera a las
costas de Chile y al puerto de Valparaíso; entre los pilotos y marineros
residentes en los puertos peruanos no había nadie que supiera la navegación
hacia el Sur, pues hasta esa fecha, 1543, aun no había venido barco alguno
desde el Perú a Chile. Monroy, que no habría titubeado en hacerse cargo del
barco, tenía aún que cumplir en el Perú una misión importantísima, cual era
obtener del Gobernador Vaca de Castro la autorización necesaria para “levantar
gente” y traerla a Chile para reforzar su disminuida guarnición.
Ese
hombre que faltaba se presentó, providencialmente, en la persona de un joven
soldado sevillano venido al Perú tres años antes, a la expectativa, como todos,
del tesoro de los Incas. Se llamaba Diego García de Villalón, contaba unos
veintiséis años de edad y algunos pesos, y estaba dispuesto a correr todas las
aventuras que se le presentaran.
Cuando
Monroy le propuso pasar a Chile a cargo del Santiaguillo, no
se cuidó de preguntar detalles, sino que contestó resueltamente:
— Me han
dicho que eso de Chile es una maldición de Dios, señor Monroy; pero cuando
Vuestra Merced, que viene de allá, me invita, yo no puedo rechazar el honor que
me hace un valiente como Vuestra Merced.
Y una vez
arregladas las condiciones del viaje, Villalón, “contrató al maestro piloto y
marineros” y se dio a la mar a fines de mayo de 1543.
Es justo
consignar los nombres de los que vinieron con García de Villalón, puesto que
todos ellos se lanzaron, valientemente, al Océano, “sin saber la navegación”
para venir a salvar la colonia de Chile. Sus nombres, según las investigaciones
del señor Thayer Ojeda, son los siguientes: Diego García de Villalón, jefe de
la expedición; Francisco Martínez, hermano de Lucas Martínez Vegaso; Luis
Hernández, piloto, de nacionalidad portuguesa; Juan Bautista Chiavarri,
genovés; Alonso Galiano, Cristóbal de la Peña y Luis de Santa Clara. Total ocho
hombres; no había sitio para más gente en el pequeño Santiaguillo.
A los
tres meses de costear el litoral chileno hasta el Bío-Bío, sin poder encontrar
el puerto de Valparaíso, fue visto el barco, según ya lo dije, por un indígena
que llevó la noticia a Santiago.
Las
señales que Villagra puso en las partes más destacadas de los cerros, indicaron
a los marineros la presencia de españoles en el puerto; acercáronse todo lo
posible a la playa y luego estuvieron en comunicación; el mismo día empezó la
descarga de los efectos que traía el barco y con la ayuda de los indios y a
lomo de caballo fueron transportados, a la mayor brevedad, a Santiago.
Una nueva
vida empezó esos días para los infelices que habían permanecido por espacio de
dos años en la más terrible miseria. La distribución de la ropa estuvo a cargo,
exclusivamente, de Inés Suárez, la que procedió con una equidad tal, que nadie,
ni en esos tiempos ni en los futuros, le pudo hacer por ello cargo alguno.
García de
Villalón, en varios documentos notariales que se conservan, declaró que a su
llegada a Santiago “había encontrado ciento dieciocho españoles”; de los ciento
cincuenta con que Valdivia había llegado al valle del Mapocho en 1541 habían
rendido la vida, en consecuencia, treinta y dos, y los sobrevivientes
“agonizaban en la miseria”.
Describir
la alegría de esos “agonizantes” al encontrarse, de nuevo, con los medios para
reparar sus desgracias y continuar su paralizada empresa conquistadora, sería
tarea difícil y superflua; hacía ya cuatro meses que “no se decía misa por
falta de vino”; los hombres andaban “vestidos con pellejos” desde mucho tiempo
antes, y no había un “resto de papel para escribir los acuerdos de las cuatro o
cinco sesiones que había celebrado el Cabildo en aquellos dos años; estos tres
detalles, de distinto orden, darán al lector una idea de la situación
angustiosa y desesperada en que se encontraba la ciudad a la llegada de sus
salvadores.
Vestidos
de pies a cabeza con trajes nuevos, relucientes las armas, renovados los
atalajes, reconfortados con buenos vasos de generoso vino español y de
“golpeador soconusco” — nombre que se le daba a un aguardiente mexicano muy
apetitoso— no faltó quien le soplara a Francisco de Aguirre que todos los
regocijos no debían concretarse a las prácticas religiosas que había estado
recomendando, en acción de gracias por el beneficio recibido, el devotísimo
Juan Fernández de Alderete que ese año de 1543 desempeñaba el cargo de Alcalde
de primer voto.
Aguirre
era rumboso, era derrochador y le placía sobresalir en toda circunstancia; por
lo tanto, no miró con desagrado la insinuación que se le hiciera en tan
oportuna y justificada ocasión, para encabezar “algunos regocijos honestos” que
significaran al señor Pedro de Valdivia, Gobernador electo y al señor Diego
García Villalón”, los agradecimientos de la ciudad y del vecindario por
haberles salvado de la muerte.
— Señor
Alcalde Juan Fernández — díjole Aguirre a la salida de misa de un Domingo del
mes de octubre—, ruego a Vuestra Merced que sea servida de honrar mi casa esta
tarde, después que haga su siesta, pues quiero que el señor Pedro de Valdivia y
Vuestra Merced se encuentren presentes al destapar una de las tinajas del vino
de “Madera” que ha traído García de Villalón. Se me ocurre que este sevillano,
como buen andaluz, es embustero y que ese “madera” no pasa de ser un “peleón”
indigno de pasar por nuestros gaznates, acostumbrados durante dos años a beber
agua pura del cielo...
— Señor
Francisco de Aguirre — contestó el Alcalde— puede Vuestra Merced destapar esa
tinaja sin mi presencia, porque después de la siesta acostumbro yo rezar
vísperas y además, el devocionario del santo del día en el “Año Cristiano”.
— ¿Y
cuándo hace Vuestra Merced “las onces”...?
— Después
de mis devociones, señor Capitán...
— Pues
hoy día rezará Vuestra Merced un poco menos aunque se fastidie el santo del
día, a quien tengo la honra de conocer — replicó Francisco de Aguirre— . Las
“once” las hará Vuestra Merced con el buen aguardiente que tengo en mi casa y
en la compañía del señor Gobernador y de los demás caballeros que la ornarán
para festejarle a él y para dejar en vergüenza a ese Villalón si el “madera”
que nos ha traído es un engaño.
— El
devocionario no dejo de rezarlo jamás, así llueva o truene…
— Pues
ahora va a ser la primera, porque a más de truenos va a haber relámpagos, mi
señor don Juan Fernández; y para tranquilidad de su conciencia le prevengo que
los tres clérigos están ya convenidos en perdonarle a Vuestra Merced el pecado,
de muy buena gana, pues dicen que cuando Vuestra Merced confiesa no tienen de
qué absolverlo.
— Señor
Aguirre, suplico a Vuestra Merced que no ofenda a Nuestro Señor después de
tantos beneficios que nos ha hecho.
— Prometo
a Vuestra Merced no ofenderlo sino por ignorancia, señor Alcalde; y hecha esta
solemne promesa, me retiro para asistir luego, antes de mediodía, al bautismo
de dos mellizos de mi criada de los cuales voy a ser padrino.
La tarde
de ese Domingo fue de jolgorio bullicioso entre los vecinos de Santiago; la
gente principal ocupó “los aposentos” de la casa de Francisco de Aguirre,
situada, según ya he dicho, en el costado Oriente de la Plaza y “el demás
vecindario”, el resto del espacioso solar. Entre las curiosidades que había
traído el Santiaguillo vinieron dos trompetas, varios tambores
y una gaita, en la que era diestro el soldado Hernando de la Torre; la tinaja y
el “soconusco” que provocaron luego y en seguida sostuvieron la alegría de los
invitados, exigieron, también, que el gaitero se dedicara a su oficio con el
fervor que las circunstancias requerían.
Ese día,
Pedro de Valdivia e Inés Suárez comieron en un plato y bebieron a la flamenca,
diciendo: “yo bebo a vos”, según los términos de la acusación que poco tiempo
después hicieron al Gobernador sus enemigos, ante el Licenciado Gasea, en el
Perú. Los soldados “bailaron al son de la gaita las danzas de sus regiones” y
hasta el estirado Francisco de Aguirre, que se tenía por el “mayor fidalgo” de
la expedición, entonó, “unas canciones que pusieron lágrimas en los ojos” de
muchos de aquellos endurecidos aventureros.
— Vuelva
a cantar, Vuestra Merced, esas coplas, que sus palabras llegan al alma, — diz
que díjole a Francisco de Aguirre, el Alcalde Juan Fernández.
— Vayan
por Vuestra Merced, mi buen camarada, — respondióle Aguirre— , y por que vea,
Vuestra Merced, que Francisco de Aguirre se divierte sin ofender a Dios.
Una
febril actividad reemplazó la obligada monotonía que hasta entonces habían
sobrellevado los habitantes de Santiago; los herreros Pedro de Herrera y
Antonio Galiano, ayudados por “oficiales de su oficio” mantuvieron encendidas
sus fraguas durante muchas semanas, de la mañana a la noche, para “adherezar”
las espadas, lanzas, arados, cuchillos y ferramenta que los vecinos necesitaban
para sus menesteres; los sastres, que eran tres no daban abasto para coser las
almillas, jubones y chamarras que todos les reclamaban, “para la decencia de
sus personas”, y hasta los curas se vieron en apuros para cumplir con las misas
que se les “habían mandado hacer”, en satisfacción de las “mandas” de sus
feligreses.
Este
último punto debió asumir ciertos caracteres de importancia entre los vecinos,
porque el Cabildo se preocupó de ello según consta de sus actas. “E por cuanto
esta ciudad es nuevamente poblada y es menester que se sepa cuánto es lo que
han de llevar los sacerdotes en limosnas por los oficios, misas, sufragios,
exequias, mandamos lo siguiente”.. y viene en seguida un “arancel” en que se
detalla, meticulosamente, cuánto, se debe pagar por una misa cantada o rezada,
por una “de réquiem”, por el bautismo de un indio, etc. En el arancel no se
fija el estipendio de los matrimonios lo cual no necesita explicación.
La ciudad
de Santiago entró, pues, a una vida nueva y ya casi tranquila, porque los
indios, sabedores de que habían llegado recursos para los sitiados, a quienes
esperaban reducir por hambre, cesaron en sus ataques, hasta entonces
persistentes.
En el mes
de diciembre de ese mismo año, hacía su entrada en el valle de Mapocho el
Capitán Alonso de Monroy, quien, como sabemos, habíase quedado en el Perú para
reclutar gente de refuerzo para traer a Chile. Venía a la cabeza de setenta
soldados, bien armados y apertrechados, veinte de los cuales eran arcabuceros.
En presencia de este refuerzo, Pedro de Valdivia se creyó invencible y en su
primera salida hasta el Maipo dio a conocer a los indios las propiedades de la
pólvora...
Al oír,
los naturales del Mapocho, la primera descarga de los arcabuceros, huyeron
despavoridos y perdieron la esperanza de vencer a los españoles en campo
abierto: “nunca más vimos indios en este valle, dijo Valdivia en una carta al
Emperador, pues todos ellos se acogieron a la provincia de los promaucaes, que
comienza de la otra parte de un caudalosísimo río que se llama Maipo”.
En esas
correrías y en otras en que avanzó algunas leguas más al sur hasta el Itata el
Gobernador Valdivia hizo muchos prisioneros; entre ellos vino un niño de ocho
años a quien por su viveza y notoria inteligencia, el Conquistador dejó a su
servicio, para el cuidado de sus caballos.
Este
indiecillo era Lautaro; el que años más tarde habría de ser el audaz general de
las huestes araucanas y ante cuyo talento estratégico, nativo, iba a rendir la
vida en plena gloria, el vencedor de Flandes, Nápoles y Roma; el vencedor de
Almagro y de Gonzalo Pizarro; el Conquistador de Chile, Pedro de Valdivia.
Notas:
[1] Cada
una de las tres series consta de 5 volúmenes
[2] La
obra completa consta de 15 volúmenes.

