Libro N° 10853. La Lucha Obrera Más Allá Del Sindicalismo. Bravo, Betzy.
© Libro N° 10853.
La Lucha Obrera Más Allá Del Sindicalismo. Bravo,
Betzy. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
La Lucha Obrera Más Allá Del
Sindicalismo. Betzy Bravo
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Lucha Obrera Más Allá Del Sindicalismo. Betzy Bravo
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA LUCHA OBRERA MÁS ALLÁ DEL SINDICALISMO
Betzy Bravo
La Lucha
Obrera Más Allá Del Sindicalismo
Betzy
Bravo
LA LUCHA
OBRERA MÁS ALLÁ DEL SINDICALISMO
BETZY
BRAVO
Tiene que
comer, beber y dormir a la voz de mando…
La
campana despótica lo arranca de la cama
y lo
arranca de la mesa en el desayuno y en el almuerzo.
¿Y cómo
son las cosas ya en la fábrica?
En ella
el fabricante es legislador absoluto…
Estos
trabajadores están condenados
a vivir
bajo la férula espiritual y corporal
desde el
noveno año de vida hasta la muerte.
Friedrich
Engels
Esta
lucha de la clase obrera contra la clase capitalista es una lucha contra
todas las
clases que viven a costa del trabajo ajeno y contra toda explotación.
Vladimir
Lenin
I.-
Acerca de los sindicatos
La
reivindicación de los sindicatos en México aún está pendiente desde la primera
mitad del siglo XX. Desde 1948[1], las
luchas sindicales han permanecido opacadas, muchas veces ajustadas al sistema
económico que dicen combatir. El conocido sindicalismo charro se ha apropiado
de las demandas obreras para obtener beneficios propios y en favor del
gobierno, sin realmente garantizar ayudas significativas a las y los obreros.
El hecho
de pertenecer a la clase obrera ya no resuena simbólicamente como en 1872 a
través del Círculo de Obreros de México, o como en los tiempos en que Engels
analizaba la situación de la clase obrera en Inglaterra (1845). El movimiento
obrero perdió la resonancia poderosa de una clase social que ha de enfrentar al
sistema económico que la mantiene sumida en la explotación, que de hecho la
enfrentó con rebeldía en las asociaciones obreras socialistas mundialmente. En
estos días, por el contrario, el significado temerario de la clase obrera se
desvanece, ahora es sobre todo una etiqueta más de los oficios del mundo, un
accidente o una contingencia de la vida.
Las
trabajadoras y trabajadores de la fábrica no se conciben como una potencial
fuerza colectiva, en buena medida rechazan a las organizaciones sindicalistas
por la corrupción que ha emergido en ellas; por otro lado, las luchas obreras
son percibidas por la opinión pública con desconfianza. Según Pablo González
Casanova, “no es por ello extraño que cuando manifiestan inconformidad ésta se
vea como expresión de sus dirigentes o patrocinadores y no de las ‛masas’ que
dicen representar.” (González, 1945, p. 147). Los sindicatos generan poca
confianza debido a que generalmente se rigen con liderazgos caciquiles: las
renovaciones de la dirigencia se hacen hasta que el secretario general fallece,
las autoridades se alinean con el gobierno y desvían los recursos económicos
para beneficiarse a sí mismos. En una escala de 0 a 10, la confianza en los
sindicatos mexicanos es de 4.5, y casi el 50% de gente sindicalizada opina que
su afiliación le perjudica en lugar de beneficiarle (Zapata, 2021).
Las
luchas sindicales se han apagado, pese a que en sus orígenes tuvieron grandes
logros en beneficio de los obreros. Y cuando llegan a resonar en los medios de
comunicación no tienen el respaldo del resto de la ciudadanía. Esto responde al
olvido de las luchas sociales en general, lo cual significa, en el fondo, un
olvido o una ignorancia de la clase social a la que se pertenece.
II.-
Politización: la lucha obrera más allá del sindicalismo
Olvidar
la clase social a la que se pertenece implica olvidar la lucha de clases. El
reconocimiento de pertenencia a una clase está relacionado con la lucha de
clases, que a su vez, está ligado estrechamente al movimiento obrero o a
determinado movimiento social. La acción obrera se forja, pues, en el seno de
la lucha de clases. La clase explotada no puede definirse cabalmente si no se
considera a su opuesto, la clase explotadora; ambas clases antagónicas se
complementan históricamente.
El
desenvolvimiento histórico de dichas clases se da en torno al capital. El
beneficio de la clase obrera depende del beneficio que tenga la empresa. No
obstante, la clase obrera no solamente está sujeta al capital, o en otras
palabras, está sujeta hasta determinado punto: hasta el punto en que es clase
obrera. Pero los obreros no solo son obreros, son, ante todo, de acuerdo con
Sartre, personas. El concepto ‘obrero’ o ‘trabajador’ tiene implícito el ser
persona. El ser una persona da determinada libertad; por ejemplo, la libertad
de ser obrera explotada o decidir protestar en contra de dicha condición. Así,
además de que determinada persona sea obrera dentro del sistema económico, es
un sujeto de la razón. El capital no es la forma absoluta de ser del mundo;
pese a que imponga sus leyes, hay otras normas que gobiernan el mundo (leyes
biológicas, por considerar un caso extremo; antiguas normas morales, por
considerar un caso ordinario). Esto es, que hay fuerzas ajenas al momento
presente, a lo que se es actualmente (Sartre, 1945, p. 63).
La clase
obrera puede situarse desde otra perspectiva. Y, si su objetivo es eliminar de
raíz la explotación que sufre, necesariamente tendrá que luchar no solo a
través de la protesta espontánea. No basta protestar por algunas demandas
inmediatas, sino que es preciso comprender que la esclavitud moderna dejará de
existir únicamente cuando la clase social a la que se pertenece deje de
existir. La única forma de acabar con la condición de clase explotada es
terminar con dicho sistema constituido por ambas clases.
De
acuerdo con Marx, la pura lucha sindical para dignificar las condiciones de la
clase proletaria no ataca de raíz la condena a la que está sometida, puesto que
estas luchas inmediatas forman parte de la misma lógica del capitalismo, pueden
ser mitigadas por momentos pero la liberación real no se da a través de ellas.
El filósofo explica esto de manera anecdótica:
Marche,
un obrero, dictó el decreto por e1 que el Gobierno Provisional que acababa de
formarse se obligaba a asegurar la existencia de los obreros por el
trabajo, a procurar trabajo a todos los ciudadanos, etc. Y cuando,
pocos días después, el Gobierno Provisional olvidó sus promesas y parecía
haber perdido de vista al proletariado, una masa de 20.000 obreros marchó hacia
el Hotel de la Ville a los gritos de ¡Organización del trabajo! ¡Queremos
un ministerio propio del trabajo! A regañadientes, y tras largos
debates, el Gobierno Provisional nombró una Comisión especial encargada de
encontrar (!) los medios para mejorar la situación de las clases
trabajadoras. […]
¡Organización
del trabajo! Pero el trabajo asalariado es ya la organización del trabajo
existente, la organización burguesa del trabajo. Sin él no hay capital, ni hay
burguesía, ni hay sociedad burguesa. ¡Un ministerio propio del trabajo! ¿Es que
los ministerios de Hacienda, de Comercio, de Obras Públicas, no son ya los
ministerios burgueses del trabajo? Junto a ellos, un ministerio proletario
(!) del trabajo tenía que ser necesariamente el ministerio de la
impotencia, el ministerio de los piadosos deseos. (Marx, 1979, p. 37).
La mera
lucha sindical cae finalmente en la misma lógica del capital, exige lo que
naturalmente requieren las empresas para continuar con su producción, lo cual,
por lo demás, es deplorable: las condiciones de trabajo de las y los obreros
son tan inhumanas, que se tienen que formar sindicatos para exigir condiciones
mínimamente humanas para continuar las jornadas de reproducción
capitalistas.
Para
desterrar de una vez y para siempre las condiciones lamentables de la clase
trabajadora se requiere terminar con la existencia de dicha clase, de lo
contrario, el sistema de explotación se perpetúa. Lo que se necesita, pues, es
superar la lucha de clases hacia otro modelo de jornada laboral, en donde ésta
no sea enajenante ni explotadora. Este objetivo no significa que, para
alcanzarlo, las luchas espontáneas o con demandas inmediatistas no remedien en
alguna medida los problemas, simplemente no son una salida permanente del ciclo
de injusticia que enriquece a pocos y mantiene en la miseria a la mayoría.
Las
luchas obreras en sí mismas no son revolucionarias, lo que aplica en realidad
para cualquier movimiento social en general; Marx y Engels lo plantean
claramente en La ideología alemana: si una lucha política quiere
ser efectiva, ha de presentar sus intereses individuales como intereses en
general, es decir, que debe aspirar a cambiar a la sociedad en su conjunto.
Cada
nueva clase que pasa a ocupar el puesto de la que dominó antes de ella se ve
obligada, para poder sacar adelante los fines que persigue, a presentar su
propio interés como el interés común de todos los miembros de la sociedad, es
decir, expresando esto mismo en términos ideales, a imprimir a sus ideas la
forma de lo general, a presentar estas ideas como las únicas racionales y
dotadas de vigencia absoluta. La clase revolucionaria aparece de antemano, ya
por el solo hecho de contraponerse a una clase no como clase, sino como
representante de toda la sociedad, como toda la masa de la sociedad frente a la
clase única, la clase dominante. (Marx y Engels, 2014, p. 40).
Las
luchas políticas serán efectivas en la medida en que erradiquen el modo
económico, causa de sus inconformidades, y eliminen así la lucha de clases, no
sin antes posicionarse en el poder económico y político. Según Marx, el triunfo
de la lucha obrera estará asegurado una vez que la clase trabajadora se erija
como la nueva clase dominante, una vez que deje de ser la clase dominada y se
constituya como aquel sector que represente a sus propios intereses, es decir,
a los intereses de la mayoría. De tal suerte que las reglas sobre las cuales se
regiría el nuevo modelo de gobierno serían aceptadas como voluntad general.
La
auténtica lucha revolucionaria es, de acuerdo con Marx, aquella que se plantea
terminar consigo misma en un futuro. Pero este planteamiento que podría
escandalizar, no es más que la reivindicación de una propuesta justa a la cual
ya había aludido Platón, aunque en otras circunstancias y en otros términos.
Estar dispuesto a aniquilarse a sí mismo en el futuro significa aprender a
morir, lo que implica también aprender a nacer de otra manera, en una palabra:
crear nuevas formas de ser. Es decir, crear nuevos mundos, nuevas formas de
vida muy distintas de lo que antes hubo.
Para
Platón, la mejor forma de vivir es aquella que permite una ejercitación para la
muerte, es decir, aquella en la que se aprende a desprenderse de la vida y de
los bienes materiales que ésta incluye, para luego permitir una elevación
espiritual. Esta perspectiva también significa superar el interés individual,
las pasiones personales, para redirigirse hacia un momento de mayor objetividad
y universalidad. Quienes llegan al lugar superior se liberan del cuerpo, y así
viven, en pura alma, para toda la eternidad, siempre y cuando participen de la
virtud y la prudencia en su vida humana, es decir, en la forma de vida que les
antecedió.[2]
Platón
propuso construir una vida mejor más allá de la terrenalidad, fundar las bases
en la vida de hoy para alcanzar una correcta espiritualidad después de la
muerte; Marx, por su parte, planteó la construcción de mejores modos de vida en
la historia actual, en la concreción del hoy, y para eso es preciso asumir que
la eliminación de la propia clase es un imperativo.
La lucha
política de los obreros requiere instalarse como una lucha que abarca a la
sociedad entera, que pugna por los intereses no solo de la clase obrera sino de
las clases bajas en general para dar nacimiento a un nuevo modelo económico, y
el primer paso inevitable para esto es eliminar la gran influencia ideológica
de la clase dominante.
El
neoliberalismo está combatiendo decididamente todas las conquistas que se
lograron con la lucha organizada de los sindicatos obreros y también inició un
proceso de aniquilamiento de la organizaciones populares, lo que ha logrado
cada vez con mayor efectividad. De modo que sin un apoyo global, la lucha
obrera se mantiene aislada y con pocas probabilidades de un respaldo social
poderoso que pueda hacerle frente a las vejaciones, las cuales jamás serán
sometidas voluntariamente a las razones de la mayoría. Lenin advirtió al
respecto que “nunca […] se someten los explotadores a la voluntad de la mayoría
de los explotados antes de haber puesto a prueba su superioridad en una batalla
final, en una serie de batallas.” (Lenin, 2007, p. 36). Lenin prevé así el nivel
de persistencia que deben alcanzar los sindicatos y la organización popular en
general para ganar la serie de batallas que la clase dominante emprenderá con
tal de no perder su poderío.
La
estrategia de Lenin, planteada en su ¿Qué hacer? es lograr la
unión de la gente en un partido, con una profunda politización que logre
sostener un movimiento de largo alcance, que vaya más allá de lo espontáneo y
lo disperso: una lucha fundamentada en la unidad ideológica, la unidad de
acción y la unidad de organización. Esta línea general de praxis conduce a lo
planteado por Marx, a la superación de las luchas locales e individuales; así
es como se efectuaría una agitación partidaria general en favor de la gente
explotada.
Un
elevado grado de conciencia política en las masas es fundamental para que la
propuesta leninista se realice exitosamente. Permear en la ideología de la
gente es un paso principal para construir una organización colectiva sólida que
logre erradicar el sistema actual. El campo de batalla necesario es la
concientización, como lo dijo Lenin. Se requiere una conciencia histórica en
las masas trabajadoras, algo que hasta ahora se ha visto muy poco en los
movimientos sociales de izquierda, cuya lucha se ha restringido a resolver
demandas inmediatas pero no a crear un plan de lucha permanente que implique la
concientización de la clase obrera en general. La conciencia social es el
principal objetivo político para una transformación radical de la sociedad.
Betzy
Bravo es licenciada en filosofía por la UNAM e investigadora del Centro
Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] En
1947, la lucha sindicalista mexicana auténticamente popular fue derrotada con
la expulsión de Lombardo Toledano de la Confederación de Trabajadores de
México, en donde fue primer secretario general; su representación sindical era
poderosa en tanto que velaba por los intereses legítimos de la clase obrera. En
1948, el gobierno encarcela a Luis Gómez Zepeda y a Valentín Campa y reconoce a
Jesús Díaz (“el charro”) como nuevo dirigente del Sindicato de Trabajadores
Ferrocarrileros de la República Mexicana (STFRM). Desde entonces la lucha
sindicalista quedó fragmentada y las dirigencias se han afiliado a los
intereses gubernamentales antes que a las necesidades populares. (Camacho,
1981, pp. 50-51).
[2] “Los
que se estima que se distinguieron por su santo vivir, éstos son los que,
liberándose de esas regiones del interior de la tierra y apartándose de ellas
como de cárceles, ascienden a la superficie para llegar a la morada pura y
establecerse sobre la tierra” (Platón, Fedón, 114c).
Referencias
Camacho,
Manuel (1981), La clase obrera en la historia de México [núm.
15], Editorial Siglo XXI, México.
González,
Pablo (1975), La democracia en México, Editorial Era, México.
Lenin,
Vladimir (2007), La revolución proletaria y el renegado Kautsky,
Fundación Federico Engels, España.
Marx y
Engels (2014), La ideología alemana, Editorial Akal, España.
Platón
(1988), Diálogos III, Editorial Gredos, España.
Zapata,
Kevin (2021), “México y el sueño nórdico, ¿un imposible?”, Revista Mexicana de
Sociología 82, núm. 3, UNAM, México.

