Libro N° 10852. El Tratado De Nerchinsk Y Las Disputas Territoriales Rusia – China. Lázaro, Ehécatl.
© Libro N° 10852.
El Tratado De Nerchinsk Y Las Disputas
Territoriales Rusia – China. Lázaro,
Ehécatl. Emancipación. Febrero 4 de 2023
Título original: ©
El Tratado De Nerchinsk Y Las Disputas
Territoriales Rusia – China. Ehécatl Lázaro
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Tratado De Nerchinsk Y Las Disputas Territoriales Rusia – China. Ehécatl Lázaro
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EL TRATADO DE NERCHINSK Y LAS DISPUTAS
TERRITORIALES RUSIA – CHINA
Ehécatl Lázaro
El
Tratado De Nerchinsk Y Las Disputas Territoriales Rusia – China
Ehécatl
Lázaro
El
Tratado De Nerchinsk Y Las Disputas Territoriales Rusia – China
Ehécatl
Lázaro
El nombre
de China lleva implícito el lugar que el pueblo chino se dio a sí mismo en su
cosmovisión: Zhongguo (中国) era el reino del centro, y el emperador recibía
un mandato del cielo para gobernar no solo a China sino a todo el mundo. Esta
concepción marcó la forma en la que China se relacionó con otros pueblos. El
mundo no chino se dividía en tres zonas. La primera incluía a los pueblos
geográficamente cercanos a China y que recibían del reino del centro una
importante influencia cultural, como Corea, Vietnam, las islas Ryukyu y a veces
Japón; la segunda eran los pueblos de Asia central, con características
culturales y étnicas no chinas, como Manchuria, Mongolia, Tíbet y el actual
Xinjiang; la tercera zona se encontraban geográficamente más alejada y también
se caracterizaba por ser étnica y culturalmente no china, como el sureste de
Asia, el sur de Asia y Europa. América y África prácticamente comenzaron a
existir en la cosmovisión china a partir de la dinastía Ming, que va del siglo
XIV al XVII (Mungello, 2009).
Las
relaciones que se establecieron entre China y las tres zonas mencionadas se han
conceptualizado como un sistema tributario. Este sistema tributario se basaba
en las cinco relaciones básicas de la estructura social confuciana
(soberano-súbdito, padre-hijo, marido-mujer, hermano mayor-hermano menor,
amigo-amigo), de las cuales se desprendía la superioridad de China frente a los
demás países y el correspondiente establecimiento de relaciones jerárquicas
entre ellos. Los países vasallos de China no podían tener emperadores sino solo
reyes, debían enviar delegaciones con tributos a la capital china y los
emisarios debían realizar la ceremonia del koutou (arrodillarse y tocar el
suelo con la frente tres veces) frente al emperador. Por su parte, el emperador
chino sufragaba los gastos de las delegaciones y permitía a esos países
comerciar con China, además de revisar posibilidades de cooperación en temas
políticos y militares (Botton, 2000). Este es el esquema teórico del sistema
tributario.
Sin
embargo, la realidad no siempre se correspondía con el sistema tributario. Si
bien la China imperial siempre se consideró el centro político, cultural y
económico del mundo, lo cierto es que en varios momentos careció de las
capacidades suficientes para implementar las relaciones jerárquicas
correspondientes a esa cosmovisión. Esto se debió, en primer lugar, a los
periodos de desunión que se registran en la historia china entre la dinastía
Han (III a.n.e – III) y Sui (VI-VII), primero, y entre la dinastía Tang (VII-X)
y Song (X-XIII), después. En segundo lugar, se debió a que en todas las
dinastías hubo periodos de debilidad militar frente a los pueblos vecinos, tal
como ocurrió en Han oriental, en la segunda parte de Tang y durante todo Song,
dinastía que invirtió totalmente los roles y convirtió a China en un país
tributario de Liao y Xia occidental.
Los
pueblos nómadas del norte constituyeron siempre una amenaza para la seguridad
de la China imperial. La constante construcción, abandono, reconstrucción y
alargamiento de la Gran Muralla dan fe de que la confrontación entre el pueblo
chino y los pueblos del norte no ocurrió solo en un momento puntual, sino que
marcó toda la historia imperial china, desde el inicio hasta el final. De
hecho, dos pueblos del norte lograron conquistar China e instalaron sus propias
casas gobernantes: la dinastía Yuan de los mongoles (XIII-XIV) y la dinastía
Qing de los manchúes (XVII-XX). Fue bajo esta última dinastía cuando el reino
del centro entró en relación con otro pueblo del norte con el que mantendría
una estrecha relación a partir de ese momento: los rusos.
El
tratado de Nerchinsk
Rusia
comenzó a expandirse territorialmente hacia el oriente del principado de Moscú
a partir del siglo XVI, bajo el reinado de Iván IV (el Terrible), primer zar de
Rusia. Iván el Terrible estableció una alianza con los cosacos, un pueblo
guerrero del Don, para que estos pudieran conquistar las tierras orientales y
someterlas al zarismo ruso al mismo tiempo que se beneficiaban de la
explotación de las comunidades sojuzgadas. En 1582 el kanato de Siberia (con
capital en la actual Tiumen) fue derrotado por los cosacos de Yermak, lo que
abrió la puerta para continuar el avance ruso hacia regiones más orientales.
Los cosacos arrasaron los pueblos que encontraron a su paso; para 1632 ya se
encontraban en la actual Yakutsk (en el río Lena) y en 1639 alcanzaron las
costas del Pacífico. Las motivaciones económicas que impulsaron la expansión
cosaca (extracción y comercio de pieles, marfil, etc.) fueron las mismas que
llevaron a los cosacos a hacer exploraciones hacia el sur, llegando a las
regiones dominadas por China (Ivanov, 2009).
Si bien
los cosacos tenían cierta independencia real, políticamente estaban
subordinados al zarismo ruso. De esta manera, las relaciones directas entre
Rusia y China comenzaron desde el principio de la dinastía Qing, que dio inicio
en 1644, con la toma de Beijing por las tropas manchúes. Al principio se trató
exclusivamente de relaciones comerciales, pues los rusos trataban de vender en
China los productos que conseguían en Siberia y que ya no podían vender en
Europa por la competencia que les hacían las pieles llegadas de Canadá y
Estados Unidos. Sin embargo, la relación se tornó conflictiva cuando empezó a
haber disputas sobre a quién le debían rendir tributo las comunidades de la
región de Amur (Stolberg, 2000).
Antes de
la llegada de los cosacos, los pueblos de la región de Amur le rendían tributo
a los manchúes, quienes mantuvieron su dominio sobre la zona después de que
tomaron Beijing y fundaron la dinastía Qing. Al llegar los cosacos, algunos
pueblos cambiaron su “lealtad” y prefirieron quedar bajo la dominación rusa en
lugar de la china por considerar que las cargas tributarias del imperio Qing
eran excesivas comparadas con lo que les exigía el zarismo ruso. Miembros
destacados del ejército chino, como Gantimur, también cambiaron su lealtad y se
pasaron con armas y tropas al bando ruso. Esto generó inconformidad en el
emperador Kangxi, quien en 1675 envió una carta a Moscú advirtiendo que Rusia
debía devolverle a China los pueblos tributarios y los militares desertores si
quería vivir en paz. Por parte de Moscú también comenzó a haber
inconformidades, pues algunos cosacos abandonaron el bando ruso y pasaron a
formar parte de las fuerzas chinas, además de que algunos pueblos se sublevaron
contra el dominio ruso y pasaron a rendirle tributo al imperio Qing (Ivanov,
2009).
Las
disputas referidas nunca dieron lugar a una guerra propiamente dicha entre el
ejército Qing y el ejército ruso, pero sí hubo importantes enfrentamientos
armados. En 1654 tropas manchúes y coreanas expulsaron con las armas a los
cosacos que se habían establecido en el actual territorio de Jilin, con lo que
obligaron a las tropas rusas a moverse hacia el norte. El enfrentamiento de
Albazin fue mucho más relevante. En ese lugar, ubicado en la actual frontera de
Rusia con Mongolia, los rusos construyeron un fuerte para asegurar su presencia
en la región. Las tropas de Qing atacaron en 1685 y derrotaron a los rusos,
quienes reconstruyeron y mejoraron el fuerte; nuevamente acudieron las tropas
chinas, pero al no poder tomar el lugar le pusieron sitio para rendir por
hambre y enfermedad a las tropas rusas. Este conflicto se alargó hasta 1689,
año en el que se firmó el tratado de Nerchinsk.
El 21 de
agosto de 1689 llegaron a la comunidad de Nerchinsk delegaciones provenientes
de Beijing y Moscú. Después de discutir las demandas territoriales de cada
bando durante una semana, el 27 de septiembre se redactó el acuerdo final,
escrito en latín, mongol, manchú, chino y ruso. Cabe resaltar el rol que
desempeñaron en las negociaciones los misioneros jesuitas, pues fueron jesuitas
radicados en China y jesuitas radicados en Rusia los que llevaron a cabo las
conversaciones entre chinos y rusos. No fue el manchú, el chino o el ruso el
idioma con el que se condujeron las pláticas, sino el latín (Perdue, 2010).
El
tratado de Nerchinsk consistió en seis artículos. El primero establece que el
límite territorial más occidental entre Rusia y China está marcado por el río
Shilka; el segundo estipula que el río Argún y el río Amur continúan la
frontera entre los dos Estados, y que todos los territorios que se encuentren
al sur de esos ríos deberán ser controlados por el emperador de China, mientras
los que estén al norte deberán ser controlados por el zar ruso; el artículo
tercero dice que el fuerte de Albazin será completamente demolido y que los
rusos que todavía se encuentren ahí deberán trasladarse a territorio ruso; el
artículo cuarto marca que todos los fugitivos que se hayan establecido en el
territorio del otro (chino o ruso) antes del tratado, pueden permanecer ahí y
ya no serán reclamados, mientras los nuevos fugitivos que se instalen después
deben ser automáticamente regresados; el artículo quinto indica que a partir de
ese tratado tanto rusos como chinos podrán comerciar en el territorio de la
contraparte; y por último, el artículo sexto señala que si privados cometen
crímenes en el territorio de la otra parte, esos privados deben ser regresados
a su gobierno y ahí deben ser juzgados.
El
tratado de Nerchinsk fijó las fronteras territoriales de los dos imperios hasta
el siglo XIX, cuando la dinastía Qing entró en declive y China se convirtió en
un botín para las potencias imperialistas. En contraste con el sistema
tributario que se describió antes, el tratado de Nerchinsk no se firmó a partir
del establecimiento de relaciones jerárquicas, donde China se asumiera como
superior y Rusia como inferior. Si bien fue un acuerdo forzado por los hechos
de armas que ya habían empezado a acontecer en sus fronteras, fundamentalmente
fue un acuerdo entre iguales, donde ambos imperios se reconocían mutuamente y
aceptaban el derecho que tenían a gobernar su propio territorio.
La firma
del tratado, y el respeto que rusos y chinos le profesaron, se presenta como un
hecho insólito si se considera que tanto los rusos como los chinos eran pueblos
que concebían sus relaciones con otros de forma jerárquica. Los rusos se
encontraban en pleno proceso de expansión territorial y las poblaciones que los
cosacos hallaron a su paso por Siberia fueron sometidas por la vía de la fuerza
para integrarlas al zarismo. Los chinos, por su parte, estaban también en un
proceso de expansión: fue con la dinastía Qing cuando el territorio de China
alcanzó el tamaño más grande de su historia. Y, sin embargo, ambos imperios
llegaron a un acuerdo sin necesidad de que uno se sometiera al otro.
Según
Perdue (Perdue, 2010), son varios los factores que llevaron tanto a los chinos
como a los rusos a desear un acuerdo fronterizo que garantizara la paz. Por el
lado de Rusia, su trato con los pueblos orientales no comenzó con el contacto
de China, ni siquiera con su enfrentamiento al kanato de Siberia, al que
derrotó en 1582, sino que ya desde la época del imperio mongol, en el siglo
XIII, la élite rusa había aprendido a mantener relaciones políticas con los
pueblos de las grandes estepas de Asia central. Los rusos ya tenían, pues, un
conocimiento previo respecto a la manera de hacer diplomacia con los pueblos
del oriente asiático. Esto les permitió entablar con éxito las negociaciones de
Nerchinsk. Por otro lado, a Rusia le interesaba expandirse territorialmente,
pero también le interesaba controlar efectivamente el espacio que iba
conquistando. Un acuerdo como el que logró con China le permitía administrar
mejor las poblaciones fronterizas al mismo tiempo que evitaba nuevos
conflictos. Otra razón de peso fue el comercio. Para los rusos, el mercado
chino constituía una rica fuente de diversos productos altamente valorados en
Europa, además de que era una salida para los productos que se extraían de las
poblaciones siberianas.
Del lado
de China, al emperador Kangxi le interesaba sobre todo mantener la seguridad
territorial de su imperio. Mientras los roces entre rusos y chinos se
intensificaban en el norte, en el sur se llevó a cabo la rebelión de los tres
feudatarios. Entre 1673 y 1681 los señores de Yunnan, Guangdong y Fujian se
rebelaron contra el poder manchú de Beijing, lo que obligó a Kangxi a emprender
una dura campaña militar que no solo implicó la derrota de esos tres líderes
rebeldes, sino también la conquista de Taiwán, que cayó ante la dinastía Qing
en 1683. Tras derrotar la rebelión, el poder central chino estaba más
interesado en la estabilidad política y en su seguridad territorial que en
iniciar un conflicto con Rusia por los pequeños roces fronterizos.
Quizá el
crecimiento del poder del kanato de Zungaria tuvo mayor peso en las
negociaciones que la rebelión de los tres feudatarios. A partir de que Galdan
tomó el poder en el kanato de Zugaria, el líder guerrero comenzó una expansión
territorial que le permitió tomar parte del actual Kazajistán y lo llevó a
aliarse con los rusos para enfrentarse al kanato de Kahlkha, ubicado en la
actual Mongolia. Ante el inminente ataque de las fuerzas de Galdan, los
mongoles de Kahlkha acudieron al emperador Kangxi para formar una alianza con
él y pasar a formar parte de su imperio. De esta manera, cuando Galdan atacó al
kanato de Kahlkha los mongoles de dicho kanato se refugiaron en el territorio
de la actual Mongolia interior y solicitaron ayuda de Kangxi. Cuando los mongoles
de Kahlkha llegaron a China era el año 1688. Dos años después el kanato de
Zugaria atacó al imperio chino y se libró una batalla en Ulan Butung, al norte
de Beijing, misma que se saldó con la victoria de Kangxi y la huida de Galdan.
De esta manera, Kangxi veía en los mongoles comandados por Galdan una amenaza
más temible e inmediata que los cosacos rusos que habitaban la región de Amur.
Los
mongoles de los diferentes kanatos no solo constituían una amenaza para el
imperio chino, sino que también el zarismo ruso veía en ellos una fuente
inagotable de conflictos armados. A chinos y rusos por igual les convenía un
acuerdo fronterizo pacífico que les permitiera concentrarse en otras cuestiones
que consideraban de mayor urgencia.
La firma
del tratado de Nerchinsk pavimentó el camino para que, ahora con el emperador
Pedro I en Rusia y el emperador Yongzheng en China, se firmara un nuevo acuerdo
que continuara delimitando las fronteras entre ambos países: el tratado de
Kiajta, de 1727 (Stolberg, 2000). Dicho tratado se dio en otras condiciones,
cuando el imperio Qing ya había derrotado a los kanatos de Mongolia y había
integrado ese territorio a sus dominios. Por lo tanto, se estableció que la
frontera entre Rusia y China sería lo que actualmente es la frontera entre
Mongolia y Rusia, se reconoció a Xinjiang como parte del territorio chino y se
ampliaron las relaciones comerciales entre el imperio ruso y el chino. Tal como
ocurrió con el tratado de Nerchinsk, las fronteras fijadas por el tratado de
Kiajta llegaron así hasta mediados del siglo XIX.
La
relación que establecieron el imperio ruso y el imperio chino a finales del
siglo XVII y principios del XVIII escapa a la lógica del sistema tributario que
caracterizó a las relaciones de China con los pueblos vecinos. Se trató de una
relación entre iguales donde el hijo del cielo estaba al mismo nivel jerárquico
que el zar de Rusia.
Conclusión
A partir
del tratado de Nerchinsk puede complejizarse la idea del sistema tributario
chino como característica fundamental de relación entre China y los demás
pueblos del mundo. La dinastía Han se expandió territorialmente hasta donde sus
capacidades se lo permitieron; en su lucha contra los xiongnu, el emperador
Wudi conquistó cuanto pudo hacia el noroeste, logrando controlar una importante
zona de Asia central. La dinastía Sui lanzó campañas militares que le
permitieron integrar Vietnam a sus dominios, además de otros pueblos túrquicos
del noroeste. La dinastía Tang buscó expandirse en Asia central y logró llegar
hasta la actual frontera entre Kirguistán y Kazajistán, donde las tropas árabes
detuvieron al ejército chino en la batalla del río Talas. La debilidad militar
de la dinastía Song la llevó a perder el dominio de Vietnam y de toda la región
de Asia central que habían conquistado Tang y anteriormente Han. Con Yuan el
territorio del imperio tuvo su máxima expansión, aunque no era propiamente un
territorio dominado por los chinos. La dinastía Ming, al contrario de la Yuan,
no tuvo fortaleza militar, sino que se vio amenazada todo el tiempo por los
pueblos nómadas del norte y llegó al extremo de que el emperador Zhengtong fue
secuestrado por los mongoles de Esen Taidji. Por último, la dinastía Qing se
destacó por su organización militar y su gobernanza, cualidades que le
permitieron conquistar el mayor territorio de la historia imperial china.
A partir
de una revisión somera de la historia territorial de China puede verse que el
imperio chino se amplió cuando tuvo los medios para hacerlo y los pueblos
vecinos se lo permitieron. Cuando los pueblos vecinos reconocían la
superioridad de China y no representaban una amenaza, no había de parte de los
emperadores chinos esfuerzos por conquistar militarmente esos territorios. Tal
es el caso de Corea, por ejemplo. Sin embargo, cuando los pueblos vecinos no
reconocían la superioridad de China, y el imperio tenía las capacidades
militares suficientes, sí había esfuerzos de conquista por parte del emperador
chino. Quizá la única excepción destacable en este punto son los viajes
marítimos de Zheng He durante la dinastía Ming, que no tuvieron una vocación de
conquista sino de exploración.
Desde
este punto de vista, la principal característica de las relaciones que
estableció China con los otros pueblos del mundo podría entenderse más de
acuerdo con la perspectiva realista de las Relaciones Internacionales. Según el
realismo, los Estados buscan ante todo su propia supervivencia en un contexto
internacional anárquico, competitivo y egoísta. Para poder sobrevivir se
necesita garantizar la seguridad, y para ello es necesario incrementar las
capacidades económicas y militares del Estado a costa de los otros Estados.
Siguiendo
esta línea de análisis, puede decirse que China no se enfrentó a Rusia por no
poseer las capacidades económicas y militares para tener dos frentes abiertos
al mismo tiempo: el ruso y el mongol. De haber tenido las capacidades,
probablemente el tratado de Nerchinsk no se habría firmado en una semana y
quizá los enfrentamientos militares habrían sido de una escala mayor. Lo mismo
se aplica para el posterior tratado de Kiajta. Sin embargo, cuando la dinastía
Qing entró en declive y las potencias imperialistas comenzaron a imponer los
tratados desiguales, China se vio inerme frente al zarismo ruso, que violó el
tratado de Nerchinsk y le arrebató al imperio chino el territorio de la región
de Amur.
Para
finalizar, puede establecerse cierto paralelismo entre las relaciones
exteriores de China y la forma en la que se gobernaba al interior del imperio.
En lo que se refiere a la gobernanza, desde la época de Han se adoptó el
confucianismo como doctrina oficial; en algunos periodos el confucianismo gozó
de menos aceptación oficial que el budismo, pero en la larga duración el
confucianismo quedó asociado a la estructura general de gobierno y a la
legitimidad de los gobernantes. Aunque teóricamente el hijo del cielo gobernaba
siguiendo los lineamientos confucianos, en los hechos el confucianismo era
adosado con prácticas legalistas que permitieran aplicar mano dura cuando la
situación lo ameritara; donde el confucianismo recomendaba convencimiento, el
legalismo exigía castigo, lo que permitía una complementariedad de ambas
doctrinas en la forma de gobernar.
De igual
manera, en las relaciones con otros pueblos, el sistema tributario basado en el
confucianismo podía aplicarse bajo ciertas condiciones, pero ante la presencia
de amenazas a la seguridad imperial o de pueblos que no reconocían la
superioridad china, el reino del centro podía aplicar medidas coercitivas
destinadas a garantizar la supervivencia del imperio. Si tenía las capacidades
suficientes para emprender una campaña así, el gobierno chino impulsaba la vía
militar; si carecía de ellas, simplemente procuraba adaptarse a las condiciones
para sobrevivir, aún si para ello tenía que asumir el rol de vasallo de los
“bárbaros” del norte.
Al
analizar el tratado de Nerchinsk y contraponerlo al sistema tributario
imperial, se identifica cierto patrón de las relaciones de China con los otros
pueblos. El sistema tributario funcionaba como una estructura teórica que
dotaba de legitimidad a la dominación china frente a sus Estados vasallos. En
cambio, ente los pueblos que veía como amenazas, no era el confucianismo del
sistema tributario lo que pautaba su relación, sino más bien la mano dura del
legalismo, mucho más cercana a la perspectiva realista de las Relaciones
Internacionales. Quizá esto sea un legado que la dinastía Qin le heredó a las
dinastías posteriores, pues fue Qin la primera dinastía que se apoyó en el
legalismo para pautar su relación con otros pueblos, lo que le permitió someter
a los demás reinos de Zhou y fundar el imperio chino. Finalmente, aunque
algunos aspectos se hayan modificado en los casi dos mil años que separan a Qin
Shihuang de Kangxi, en más de un sentido el imperio que firmó el tratado de
Nerchinsk en 1689 es el mismo que se fundó en el siglo III a.n.e.
Ehécatl
Lázaro es licenciado en Estudios Latinoamericanos por la UNAM y cursa una
maestría en Estudios de China en El Colegio de México.
Referencias
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