Libro N° 10850. El Trapial. Cés, Damián Alejandro.
© Libro N° 10850.
El Trapial. Cés,
Damián Alejandro. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
El Trapial. Damián Alejandro Cés
Versión Original: © El
Trapial. Damián Alejandro Cés
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "El Trapial", de Damián Alejandro Cés
©
2010, SBA: https://axxon.com.ar/rev/206/cuento4ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Damián Alejandro Cés
El
Trapial
Damián
Alejandro Cés
El
Trapial
Damián
Alejandro Cés
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Hoy es el
día esperado, con ansias, con temor, con esperanzas. Es la noche de la luna
azul, la del rito final.
Me he
preparado para ese momento durante los últimos dos años, con cada luna llena.
Coloco las vituallas necesarias en la descolorida mochila: una botella con agua
recogida de la aguada de Doña Julia, algo para comer, unas ramas de canelo y
los desgarrados trozos de tela azul y tela blanca. Beso a la bella Yumbrel
antes de partir, y abrazo al anciano. La esencia de mi vida cambió desde que
los conocí.
Empuño la
vara metálica que he convertido en bastón, una rémora de los tiempos de la
petrolera. Ajusto la mochila a mi espalda y comienzo a recorrer el árido
sendero, pero luego de andar unos pocos pasos, giro la cabeza y echo una mirada
al viejo campamento que, al final de cuentas, resultó más duradero de lo
esperado. Lleva años sin mantenimiento y, salvo el deterioro de la pintura,
aguanta estoico las inclemencias del tiempo, en especial el fuerte viento
patagónico.
Quién iba
a decir que mi lugar en el mundo fuese éste. Era muy joven cuando llegué para
trabajar en el Servicio de Emergencias Médicas de El Trapial,el nombre
en mapudungunde este lugar, que significa el puma o el león.
El mapudungun, el idioma de los mapuches, el «habla de la tierra»,
es ágrafo, por lo que cada lingüista interpreta los vocablos según su
conveniencia o su humor.
Mis
compañeros petroleros imaginaron que yo, un médico porteño, no duraría
demasiado en un lugar así; por qué habría de ser de otro modo si ellos mismos,
hombres más acostumbrados a lugares como éste, renegaban de la lejanía y
privaciones que obsequiaba. De hecho, había tomado el trabajo sólo por unos
meses con la intención de juntar algo de dinero, y sin embargo la gente fue
pasando y desvaneciéndose con el tiempo, y sólo quedé yo. Cuando la corporación
decidió abandonar la explotación del yacimiento, me había convertido en el
empleado más viejo; para muchos yo era una reliquia, lo que no impidió el
estupor de mis compañeros y la gerencia cuando solicité quedarme; creyeron que
el lugar me había trastornado. Y cuando les expliqué que era feliz permaneciendo
allí, en soledad, pensaron que se trataba de una impostura. Por cierto, cabe
aclarar, yo no tenía adónde ir ni quién me añorase, y me fascinaba la idea de
ser el único lobo del lugar, cómodo en la soledad, amigo de los pequeños
zorros, los ñandúes, los guanacos, las maras y las escasas aves de la zona, si
exceptuamos a las ruidosas bandadas de loros que aparecen a finales de la
primavera, arrasando los escasos brotes verdes de la estepa.
Cada
tanto, mientras asciendo la montaña, giro la cabeza para contemplar una vez más
mi casita, el pequeño chalet prefabricado traído de Canadá, donde funcionaba el
servicio médico. A su alrededor, aún se mantienen en pie los pabellones del
personal y las casas de los jefes; al fondo, la cantina, el único edificio que
sufrió la caída del techo, y a un costado, la cancha de fútbol, con su césped
sintético cubierto de arena y los laterales flanqueados por lomas rocosas, tan
pegadas al campo de juego que parecen extrañas tribunas paleolíticas. Más allá,
abarcando el paisaje de un modo que pone de relieve mi pequeñez, se yergue el
cerro Bayo, que contiene una rara formación rocosa que asemeja a una Virgen y
su procesión.
Está
amaneciendo, y los amaneceres aquí son hermosos. El sol aparece en el horizonte
tras la planicie esteparia que se extiende hacia el este y sureste del
campamento; poco a poco todo se tiñe de ocres y amarillos y, mientras avanzo,
diviso la silueta del volcán Auca Mahuida, la montaña rebelde, según los
mapuches, antigua cuna de dinosaurios. Hacia allí me dirijo, allí será el
combate final.
¡Quién
hubiese dicho que iba a andar por aquí después de tanto tiempo! Vi el volcán
por primera vez asomado a la ventanilla de un viejo Twin Otter, en otro
milenio…
Las horas
han ido pasando y al fin llegué a los pies del Auca. Espero a que la noche se
imponga y aprovecho para recuperar el aliento. La luna azul ya está aquí.
Retiro algunas rocas y ramas que el viento patagónico arrimó al sector donde
habitualmente realizo el ritual. Levanto y clavo las antorchas en el piso; aún
sirven para una vez más. Las enciendo. Marco un círculo con la vara de acero y,
dentro de él, dibujo un kultrum, la cruz sagrada que encierra los
secretos de la cosmogonía de los mapuches.
Luego
clavo las ramas de canelo y marco los cuatro puntos cardinales; las banderas
armadas con trozos de género blanco y azul ondean al viento. Me siento en el
centro; justo en la intersección entre la línea vertical, que representa al
cosmos, y la horizontal, que simboliza la tierra. Inspiro profundo y comienzo a
recitar el conjuro:
—Traeltu
vucha-futa. Nguenchen vucha-futa. NgenWinkul incheneu. Ñuque Cuyen. Chem
Wekufe-austral cheichuquin tain carelhue tainmapu tainco…
No, no
soy mapuche ni aborigen patagónico, al menos no nací como tal. Mi renacer
comenzó una noche estival, durante el quinto verano que pasé como único
habitante de El Trapial. Recorría sin fin alguno el gran médano del cerro Bayo,
bajo el ojo vigilante de la Virgen de piedra, mientras la Luna iluminaba mis
pasos como un gran reflector. Al llegar a la cima del empinado médano, me
senté, jadeante, y apoyé la espalda contra la roca colosal. De pronto, un ardor
subió por mi mano derecha. Alcancé a ver la sombra de una artera viuda negra
alejándose de mis dedos. Me levanté de un salto, aterrado, sabiendo que Rincón
de los Sauces, la población más cercana donde podría conseguir el antídoto,
distaba unos cincuenta kilómetros que debían recorrerse a través de cortadas y
caminos sinuosos. Jamás llegaría, no a pie. Comencé a descender el médano,
desesperanzado, con el corazón golpeando en mi pecho, aturdido, quizás por el
veneno, quizás por el miedo; tropecé y rodé. Mi cabeza, tras chocar contra una
roca, detuvo la caída.
Recuerdo
el sopor del despertar y las mullidas pieles sobre las que estaba recostado,
dentro de lo que parecía una caverna iluminada por un fogón. Las irregulares
paredes estaban pintadas de un azul claro con manchones blancos como nubes que,
no sé si a causa de mi mente turbada o por efecto de la luz mortecina y
titilante, parecían desplazarse. Una serie de dibujos multicolores que
recordaban a la simbología andina, completaban el decorado. Mi torso estaba
desnudo. Sobre mi pecho yacía delineada una figura antropomorfa con los brazos
extendidos, de color verde; en el centro de lo que sería una enorme cabeza,
lucía una cruz roja, aún sangrante. A mi lado, un anciano de rostro oscuro y
acanalado por las arrugas recitaba un dulce cántico. Su cuerpo parecía despedir
efluvios luminosos que fluctuaban al compás de una brisa. Al rato, habló:
—Viejo
espíritu de estas tierras que regresas a nosotros transformado en machi
huinca,el chamán blanco. Soy el renüQuimpeny seré el encargado
de mostrarte el camino para que liberes la energía de tu espíritu benigno, el
gran pillanque te habita.
El viejo
hablaba en forma pausada y calma, intercalando palabras en mapudungunsin
significado alguno para mí, mientras yo trataba de definir si estaba despierto
o no. ¿Acaso aquello no era más que un delirio, producto de la ponzoña? Quimpen
era un renü mapuche, o gran sacerdote, y afirmó conocer mi
origen. Según sus palabras, yo era descendiente de una poderosa wangulen, un
espíritu benigno. Dijo que la mujer, transformada ahora en pillan, había
encarnado en mí.La anciana, que se llamaba Cullen Mailen,dejó a los
suyos enamorada de un huincavenido del sur de Francia, un vasco
francés. Aparentemente, Cullen Mailenintentó explicarle a los suyos, con poco
éxito, que este hombre poseía un viejo espíritu benigno aún más antiguo que el
suyo, proveniente de tierras hoy sumergidas bajo el gran mar. Aunque
incomprendida, prometió volver fortalecida a través de sus frutos a
rescatarlos.
Cullen
Mailenprovenía de los litucheo pueblo primordial; se había ganado
el respeto de su gente cuando logró encerrar a uno de los espíritus malignos,
enviados por Wekufe Curi,el Gran Mal, a asolar esta región de la Tierra.
Pero yo
continuaba mareado y no me sentía mejor, a lo que contribuía, por cierto, el
extraño relato y la profusión de palabras pronunciadas en un idioma
desconocido; a pesar de todo, logré preguntar por el último personaje nombrado.
—¿Quién
es Wekufe… Curi?
—Wekufe
Curi—dijo Quimpen—, tiene un propósito y no va a ceder hasta corromper a mapu,la
tierra,como le decimos los mapuches, y hacerla habitable para sus
huestes. Para ello envió a distintas regiones del planeta a diversos wekufesmenores.
A la Patagonia le tocó sufrir al Wekufe–Austral. Hubo entonces una lucha
prehistórica, una lucha colosal recordada por los pueblos guardianes. Una lucha
que deberá ser librada nuevamente porque los tiempos corrieron y el mismo
hombre, en su inconsciencia, se encargó de fortalecer a quienes no debía. Sí,
hermano, estos demonios vencidos y contenidos en la tierra por tantos siglos,
se están liberando de sus ataduras.
—Eso me
recuerda los vaticinios desoladores de los ecologistas —dije, sin poder evitar
el tono sarcástico.
—El
planeta está sufriendo —replicó el anciano—; ya lo sabes. Los hombres modernos
viven día a día la proximidad de la muerte; bocanadas de fuego consumen sus
vidas y generan pestes, vientos devastadores crean desesperanza, aguas
envenenadas ponen en peligro a plantas y animales y los llevan a la extinción;
su martirio es un vano intento por mostrar el camino erróneo que ha tomado la
civilización humana.
La
ambigüedad emocional que provenía de la voz melodiosa del renü, en
contraste con sus funestas palabras, me embargaba. Sin embargo, hasta allí no
parecía más que el recitado de viejas leyendas aborígenes.
—¿Por qué
me estás contando esto?
—Hace
años que percibo la presencia en estas tierras del viejo espíritu de Cullen
Mailen—contestó Quimpen,y agregó— Un espíritu aún no maduro, pero con
renovada un potencia.
—¿Y yo
soy ese espíritu?
—Ya lo he
dicho.
Resultaba
halagador que el anciano renüme considerase el salvador de su
pueblo, aunque la inmensidad de la tarea me aturdía y desconcertaba. ¿Eso
estaba ocurriendo realmente? No tenía idea de cómo había operado Quimpenpara
neutralizar el efecto de la ponzoña; era demasiado para mí. El viejo pareció
advertir mi malestar porque acercó un cuenco de cerámica a mi boca y dijo:
—Bebe
esto y descansa, pronto nos reuniremos con el consejo.
Ignoro
cuánto tiempo pasó, supongo que horas, o tal vez muchos días, pero finalmente
salí de aquel recinto caminado detrás del renü. Sólo vestía mi
pantalón, tenía el torso desnudo y los pies descalzos. Luego de atravesar unos
largos y angostos pasadizos, desembocamos en otra caverna, mucho más grande que
la anterior. Un grupo de hombres y mujeres indígenas se hallaban sentados en media
luna. Fumaban en una especie de pipa ceremonial, pasándola de uno a otro. Por
indicación del renü, me mantuve de pie en el medio del recinto. Las
teas estaban ubicadas en la pared, por lo que sus luces oscilantes llegaban
hasta mí con menor intensidad, haciendo el lugar donde me encontraba un poco
más oscuro que el resto de la estancia.
Me
observaron sin emitir sonido alguno; el ruido más notorio era el que hacían al
aspirar la pipa y los aislados chisporroteos de las antorchas. Me sentí
incómodo y estuve a punto de protestar, pero Quimpenhabló antes.
—Hermanos,
tenemos ante nosotros al espíritu de nuestra amada Cullen Mailen, presente
en el cuerpo del machi huinca. Aportemos nuestra buena energía para
que la fuerza del Pu-Am,el ánima universal, lo ayude.
Hubo un
largo silencio tras estas palabras de presentación, hasta que habló un anciano
muy ornamentado, que parecía ostentar la más alta jerarquía del grupo.
—Respetado renü Quimpen,
sagrada y vital es esta elección. Un error sería fatal, no sólo para nosotros
sino para esta región de nuestra amada Mapu. Confiamos en tu
sabiduría, renü Quimpen, pero sabes que durante generaciones
renegamos de la unión de Cullen Mailencon el huincay la dimos por
perdida. Ahora su espíritu regresa en forma huinca. Podemos ver que
está acompañado de una buena aura, pero de todas formas, deberá pasar la prueba
para ser aceptado.
—Lo sé, y
así se hará, lonko Concón—respondió Quimpen—, porque la prueba
no sólo validará a este espíritu, sino que será su sustento.
Al
escuchar este diálogo estuve a punto de protestar una vez más, pero a pesar de
percibir una tensión en el ambiente, la cercanía del renüme
proporcionaba calma y paciencia. Decidí esperar un poco, pero de ninguna manera
me sometería a una extraña prueba aborigen, el rito demente de esos salvajes…
aunque pensándolo bien, nada era más loco que la vida que había elegido vivir
al permanecer en El Trapial.
Una india
anciana se levantó y tomó una de las antorchas. Se acercó a mí y tomándome del
brazo suavemente, me hizo girar un poco, dejándome frente a una abertura que
daba a un oscuro pasillo y que hasta entonces no había visto. La mujer dio dos
pasos, acercó la tea al suelo y encendió un sendero de brasas que se internó
por el pasillo. Si los indios pensaban que iba a caminar sobre las ascuas, los
decepcionaría, pero entonces el renüme habló.
—Antiguo
espíritu hermano: tu alma complementaria vendrá por el camino de fuego; ella
despertará tus poderes chamánicos, tu fuerza interior. Ella sabrá si eres o no
el portador del espíritu, capaz de contener al Wekufe–Austral. Si no lo
eres, simplemente serás rechazado —Hizo una pausa, miró fijo a mis ojos y
agregó llenándome de confianza—: No temas, sé que eres tú.
Primero
fue una sombra que se acercaba desde el otro extremo del ardiente pasadizo.
Luego los reflejos anaranjados de las brasas comenzaron a delinear una
inconfundible silueta femenina, transitando por el incandescente sendero con
notable parsimonia. A medida que se acercaba, pude ver a una bella y joven
mujer desnuda, con los pechos cubiertos por una cabellera larga, lacia y oscura
como noche de luna nueva. Sus rasgos trasmitían serenidad; sus ojos, dos
poderosos ópalos, veían sin mirar. La esperé paralizado mientras ella se
acercaba a mí; se detuvo a centímetros y me sorprendió al abrazarme, apretando
su cuerpo contra el mío sin ningún pudor. Sentí su afiebrada piel y nos
fundimos en uno; por unos minutos perdí toda noción de tiempo y lugar. Luego,
cuando me soltó, mis piernas flaquearon. Me tomó de la mano y me condujo por el
pasillo que antes había transitado con el renü. A medida que nos
íbamos alejando oí un cántico que inundó el gran recinto y la galería.
Al llegar
a la pequeña caverna donde había despertado, la mujer me recostó sobre las
pieles; nos amamos como si nos conociésemos desde siempre, un conocimiento que
trascendía los tiempos. Quedé impregnado de su dulzura, de su olor a leño y
tierra húmeda. No sé por cuánto tiempo hicimos el amor, días, supongo, aunque
mi noción del tiempo estaba distorsionada por todos aquellos sucesos, que
permanecían más allá de mi entendimiento. Tampoco sé en qué momento me quedé
dormido, pero al despertar, ella estaba sentada a mi lado. Vestía una túnica
verde oscura y un gran collar argento adornaba su cuello. Tenía el pelo sujeto
por una especie de cofia de distintos azules que, como supe más tarde, se
llamabatapahue, sujeta conenormes prendedores del mismo metal que
el collar.
Así,
conocí a Yumbrel, el arco iris en todo su esplendor, tal es el
significado de su nombre, y recuerdo con exactitud las primeras palabras que me
dirigió.
—Ven,
espíritu amado, Mapunos espera y confía en nosotros.
Salimos
de la montaña. En ese momento no podía explicar por qué, pero me sentía muy
diferente. Por unos instantes el sol nos deslumbró y un fuerte viento castigó
nuestros rostros. Nos esperaba el consejo de ancianos reunidos en una especie
anfiteatro de piedra limitado por una docena de araucarias. Se sucedieron
cánticos y danzas hasta que el sol descendió tras las montañas y los ancianos
se retiraron a las grutas. Sólo quedamos el renü, Yumbrel y
yo. En silencio y a paso lento emprendimos camino hacia el Auca Mahuida. En
algún momento, Quimpendijo:
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—Hoy,
hermano, habrá luna llena, momento en que podrás invocar por primera vez el
poder de tu alma.
Continuó
adoctrinándome durante el resto del trayecto. Se iniciaba un período de
preparación que debería cumplir cada vez que hubiera Luna llena, hasta la
llegada de la Luna azul. Wakufe–Austral saldría de su encierro en esa
ocasión y si no era detenido, según las palabras delrenü, las sombras
caerían sobre las tierras de los mapuches, los volcanes vomitarían su ira, las
aguas quedarían contaminadas, los glaciares se derretirían y la desolación se
apoderaría de la región.
Cuando
llegamos a la montaña sagrada me ayudaron a realizar el rito que hoy, con esta
bella Luna azul en lo alto, estoy repitiendo. En las primeras ocasiones,
Yumbrel tomaba mis manos y me transmitía la energía necesaria para conectarme
con mi Am,mi alma; luegopude hacerlo solo. El renüme
enseñó muchos secretos, pero sobre todo, aprendí a conocer, y hacer surgir de
mí, la fuerza ancestral que me acompañaba. Cuando Quimpenhablaba del poder de
mi alma, pensé que lo hacía en sentido figurado, pero no, era algo literal.
Desde el primer rito, al comenzar el cántico mi cuerpo quedaba nimbado por una
pálida aura verde. En aquella primera sesión oímos un retumbar de rocas que
caían desde lo alto de la montaña y pasaron cerca de donde nos encontrábamos.
El renü dijo queWakufe-Austral había percibido nuestra
presencia, en especial la mía.
A partir
del quinto ritual, tanto Yumbrelcomo Quimpenme dejaron solo y regresaron a la
madrugada. En contacto con los elementos primordiales, sin el apoyo de otros
seres humanos, sentí que mis fuerzas se recargaban y percibí las primeras
manifestaciones de fenómenos ajenos a mi experiencia previa, nada que hubiera
visto o sentido mientras era huinca. Una humareda naranja se elevó
desde el cráter del volcán y precedió a otras pruebas de poder que se
manifestaron en las siguientes ocasiones. Durante el noveno ritual, en medio de
las volutas apareció un titánico saurópodo del cretácico que comenzó a avanzar
hacia mí. Estuve a punto de huir, pero la incongruencia entre las descomunales
dimensiones del saurio y el silencio que acompañaba sus pasos me permitió comprender
que la imagen era ilusoria. El dinosaurio se detuvo a pocos metros de donde yo
estaba, y aunque parecía que estaba aplastándome, se veía con claridad su
inconsistencia; sus carnes eran transparentes y un vapor, como si fuese hielo
seco, brillaba a su alrededor. El gigante arrimó la cabeza, pequeña para su
cuerpo, pero enorme para mis dimensiones humanas y sus narinas expelieron un
humo blanquecino. Me habló, sin hablar.
«SoyNgen-winkul,
dueño de este volcán. ¿Qué pretendes, antiguo espíritu de la tierra?»
—Respetado
Ngen-Winkul—dije en voz alta—, tienes en tu interior a un peligroso wekufey
estoy aquí para evitar su salida, te pido me ayudes en esta tarea.
«Tarde se
acuerdan de mí, tarde se acuerdan los hombres de lo que le deben a la
tierra.¿Por qué te preocupas, espíritu, de los cuerpos de estos hombres
desagradecidos?»
—Porque
somos uno, y el triunfo de los wekufenos extinguiría a ambos,
incluso tú correrías peligro, sabio Ngen. Que el despecho no llene tu energía
de odio. —Quizá me excedí al pronunciar esas palabras, y por eso Ngen- Winkul
lanzó un latigazo con su formidable cola. En ese instante no pensé en la carne
fantasmal del dinosaurio y me arrojé al piso. Al ver mi reacción, el monstruo
enseño sus cuadrados dientes en lo que parecía una sarcástica sonrisa.
«Aún
debes madurar mucho para enfrentar a este wekufe, no son golpes al cuerpo lo
que debes evitar sino los golpes del alma».
Fue, sin
duda, un encuentro aleccionador. Los ritos se fueron sucediendo mes a mes,
peroNgen-Winkulno volvió a aparecer. Fui visitado por diversos seres, algunos
muy pintorescos, como un viejo cacique mapuche que recitaba las penas que
el huincahabía causado a su pueblo. Pero ninguno repercutió tanto
en mí como la imagen menos espectacular de todas.
Como
siempre, una humareda naranja precedió al visitante. Un hombre cercano a los
cuarenta y cinco años, moreno y de baja estatura, descendió la ladera del Auca
permaneciendo largo tiempo callado delante de mí, mirando fijo sin pestañear.
—¿Te
conozco? —pregunté, cediendo al silencio.
—Soy
Gregorio Gómez. ¿No se acuerda de mí? —dijo, por fin.
—No.
—Es
lógico, me trató poco tiempo y yo nunca le hablé.
—¿Cuándo?
—pregunté asombrado.
—Marzo de
1994. Su primera emergencia grave en El Trapial—dijo con una sonrisa.
Un
escalofrío recorrió mi espalda. Ahora sabía quién era; no sólo mi primera gran
emergencia, sino mi primer muerto. El pobre hombre había caído desde más de
diez metros de altura durante la construcción de un gran tanque para el
petróleo. Según los compañeros, se había mareado y cayó a plomo golpeando con
las cervicales y el cráneo el duro piso metálico. Lo trajeron agonizante y
expiró al minuto. No pude hacer nada. Pero una sensación de culpa, basada en mi
inexperiencia, invadió mi ser en aquel momento.
—No se
preocupe. Ya estaba muerto —dijo leyendo mis pensamientos, y sentí que mi alma
se aliviaba—. Pero ahora sí que puede hacer una diferencia, todos esperamos que
pueda liberarnos. No nos abandone.
—Jamás lo
haría, Gregorio, prometo hacer mi mejor esfuerzo.
Sin
responder, el hombre trepó la ladera y volvió a perderse en los confines del
Auca, en espera de su liberación.
Sabía,
por las enseñanzas del renü, que si bien la justa final sería por
los hombres presentes y futuros, tendría oportunidad de ayudar a algunas almas
de los hombres del pasado.
—Cuando
los hombres mueren —contaba Quimpen—, sus almas son pillús, ydeben
realizar su viaje a la isla de Ngill-Chenmaiwe, para transformarse en alwe, un
estado de alma superior que puede defenderse de los wekufe. Pero
los pillússuelen añorar su entorno terrenal y se resisten a hacer
el viaje; es aquí donde corren peligro de ser atrapados por algún wekufe.
Sí, todos
mis visitantes, salvo Ngen-Winkul,eran pillús.
No sé por
cuánto tiempo repito el conjuro en esta noche azul. Lo hago hasta que, de
pronto, unas volutas violáceas y nacaradas, surgen del cráter, y al oscilar
dibujan una cara que interpreto como demoníaca. El renüno me
advirtió a qué atenerme en un caso como éste, pero intuyo que se trata de algo
diferente. Las espiras desaparecen arrastradas por la brisa y con ellas la
fiera figura. No llego a relajarme porque un estruendo precede a una nueva y
más densa bocanada de humo violáceo, que casi oculta a la Luna. Entonces diviso
unas garras que se aferran al contorno del cráter y luego asoma un bovino y
descarnado rostro con las cuencas oculares vacías. Poco a poco emerge un cuerpo
contrahecho y oscuro, bañado en lava y enmarcado por un fulgor rojizo que parece
nacer de su propia negrura. Desciende con lentitud hasta la mitad del volcán, y
desde allí grita a mi mente palabras desconocidas pero cargadas de un odio que
no es necesario traducir. Mientras trato de asimilar el torrente de insultos,
me sorprende con un sanguíneo haz de luz que brota de sus cuencas vacías. El
maléfico destello lame mi cuerpo y el aura que me escuda y se ha ido
fortaleciendo a través del tiempo, titila. Siento menguar mis energías; un
fuerte mareo y terribles náuseas me invaden. Pero pienso en Yumbrel y el halo
protector se fortalece. Wekufe–Austral parece advertir lo que sucede
porque comienza a descender la cuesta a la carrera. Nuevas ondas, rojas de
odio, salen de su rostro y sus brazos se estiran para alcanzarme. Junto
instintivamente las manos y apoyo el dorso de las mismas sobre mi pecho; las
palmas apuntan a la bestia. Siento que el poder del alma me recorre y se
concentra en mis manos. Un flujo verde sale de ellas mientras el wekufesigue
acercándose, envuelto en mi luz. Una lucha de verdes y rojos estalla entre
ambos cuerpos y cuando el monstruo parece próximo a arrollarme y el impacto es
inminente, titubeo, el campo verde pierde fuerzas, se desmorona… Sin embargo,
el wekufese paraliza ante la energía emitida por la cruz kultrum;
el espíritu maligno no puede transponer los límites del círculo, aunque no cesa
su rencor, su animosidad hacia los seres del mapua quienes
considera invasores.
Veo caer
las banderas junto a los mástiles de canelo y durante muchas horas continúa la
lucha entre fuerzas energéticas antagónicas hasta que de pronto, cuando asoman
los primeros rayos del sol, Wekufe–Austral comienza a lanzar terribles
alaridos, fluctúa, vacila y se volatiliza. Y mientras el sol completa su
despertar, los pillunes, atrapados para siempre entre la vida y la
no-vida sin poder alcanzar la muerte, surgen del volcán y se acercan a mí.
También reaparece el inmenso Ngen-Winkuly nos observa desde la cima.
—Gracias,
espíritu de la tierra —salmodian a coro, una y otra vez las almas liberadas.
—¿Viene
con nosotros? —preguntó Gregorio.
—No
puedo, debo regresar… —Giré sobre mí mismo para señalar mi regreso y quedé
petrificado: mi cuerpo caído era abrazado por Yumbrel, y a su lado, el renü Quimpenme
miraba y asentía con la cabeza.
Sí, en
efecto, morí. O mejor dicho, mi cuerpo murió en el combate con Wekufe-Austral.
Sé bien que se trata de una lucha no finalizada, porque Wekufe Curi,el Gran
Mal, no cejará en su antojo, cebado por el propio hombre. Por eso me quedaré
aquí, con mi amada, junto a mi gente, firme guardián de mapu, mi
tierra.
Damián A.
Cés es argentino, especialista en Medicina Familiar y Preventiva, y en Medicina
del Deporte. Hemos publicado en Axxón: VRIKHING (168), LA BOMBA (174), LAS RUINAS DE DARTRUM (175), UNIVERSOS
PARALELOS (180), MALA
SUERTE (180), TRIPANOSOMA
MORTAL (182), EN BUSCA DE LA X PERDIDA (186), ESPERANZA DE RESURRECCIÓN (193). LA RE-EVOLUCIÓN DE LOS CHAMALEO
D´OR (193).
Este
cuento se vincula temáticamente con LA
CONQUISTA MAGICA DE AMERICA, de Jorge Baradit, LA LLANURA DE LAS FICCIONES,
LIBRO PRIMERO «EL SUEÑO DE LOS CÉSARES»,
Norberto Rubén Dias de Sá
____________________________
Axxón 206
– marzo de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Leyendas :
Aborígenes : Patagonia : Argentina : Argentino).

