Libro N° 10848. Necronautas. Bisson, Terry.
© Libro N° 10848.
Necronautas. Bisson,
Terry. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
Necronautas. Terry Bisson
Versión Original: © Necronautas.
Terry Bisson
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Terry Bisson
Necronautas
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Bisson
Necronautas
Terry
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La
primera vez que morí se me abrieron los ojos. Literalmente.
Recibí
una llamada de un investigador de la Duke. Me dijo que había visto mis cuadros
en las revistas de la National Geographic y del Smithsonian y
quería contratarme como ilustrador para una expedición que estaba planeando.
Le
expliqué que era ciego y que estaba así desde hacía dieciocho meses.
Dijo que
lo sabía; y que me querían por eso.
* * * * *
* * * *
A la
mañana siguiente, mi ex me dejó frente al Instituto de Estudios Psicológicos de
la Universidad. Se puede decir mucho sobre un espacio por sus ecos, y aquel en
el que entré era monótono como la sala de espera de un hospital.
La mano
del doctor Philip DeCandyle era húmeda y fría, dos cualidades que no siempre
van juntas. Me formo una imagen mental de los que estoy tratando, y vi a un
hombre blando, excedido de peso, de casi un metro ochenta de estatura. Más
tarde me dijeron que no andaba muy desencaminado.
Después
de presentarse, DeCandyle me presentó a la mujer que estaba de pie junto a él
como la doctora Emma Sorel. Ella era apenas un poco más baja, con una voz
aguda, y un tacto frío y vacilante que me dijo que era más hábil para retirarse
del mundo que para participar en él; una cualidad común en un científico pero
curiosa en una exploradora. Me pregunté qué tipo de expedición podrían estar
planeando estos dos.
—Estamos
muy contentos de que haya podido venir —dijo el doctor DeCandyle—. Vimos el
trabajo que hizo para la expedición submarina a la Fosa de las Marianas y sus
pinturas demuestran que hay algunas cosas que la cámara, simplemente, no puede
captar. No es sólo por un problema técnico de falta de luz. Usted pudo hacernos
conocer la grandeza de las profundidades del océano, y su terror frío e
impresionante.
Era él
quien hablaba. Me introdujo a una forma de discurso que me pareció exagerada,
casi cómica… antes de que conociera los horrores que me abriría con su llave.
—Gracias
—dije, haciendo un gesto con la cabeza primero a su posición y, a continuación,
a la de ella, aunque todavía no había dicho nada—. Entonces, sin duda, ustedes
también saben que perdí la vista en la expedición, como consecuencia de un
accidente de descompresión.
—Lo
sabemos —dijo el doctor DeCandyle—. Pero también leímos la historia en el Sun y
sabemos que usted siguió pintando, aun ciego. Y con gran éxito.
Era
cierto. Después del accidente, me di cuenta de que mi mano no había perdido la
confianza que me habían aportado casi cuarenta años de formación y trabajo. No
necesitaba ver para pintar. En los artículos lo llamaron capacidad psíquica,
pero para mí no era más notable que el dibujante que mira a su modelo y no a su
libreta. Yo siempre había sido muy preciso en la forma de dibujar y poner los
colores; el hecho de que todavía fuera capaz de sentir su forma e intensidad en
mi lienzo tenía más que ver con la humedad y el olor, sospechaba yo, que con
una habilidad extrasensorial.
Fuera lo
que fuera, a los periódicos les encantó. Lo había discutido en varias
entrevistas el año anterior, pero no le había dicho a nadie lo mal que iba mi
trabajo últimamente. Un artista no es sólo un creador de belleza, sino también
su principal consumidor, y yo había perdido el interés. Después de casi dos
años de ceguera, había perdido todo interés en pintar escenas de mi pasado, sin
importar lo notables que les pudieran parecer a los demás. Mi arte se había
convertido en un truco. La oscuridad que había caído sobre mi mundo se estaba
haciendo total.
—Todavía
pinto, es cierto —fue todo lo que dije.
—Estamos
comprometidos en un experimento único —dijo el doctor DeCandyle—. Una
expedición a un ámbito aún más exótico, bello y peligroso que las profundidades
del océano. Como la Fosa de las Marianas, es imposible de fotografiar, y por lo
tanto nunca ha sido ilustrado. Por eso queremos que usted sea parte de nuestro
equipo.
—Pero,
¿por qué yo? —le dije—. ¿Por qué un artista ciego?
DeCandyle
no respondió. Su voz adquirió un nuevo tono de autoridad.
—Sígame y
se lo mostraré.
Haciendo
caso omiso de la horrible ironía de sus palabras, y un poco en contra de mis
convicciones, lo seguí.
Con la
doctora Sorel detrás de mí atravesamos una puerta y entramos en un largo
corredor. Por otra puerta pasamos a una habitación más grande y más fría que la
primera. Parecía vacía, pero no lo estaba. Caminamos hasta el centro y nos
detuvimos.
—Hace
veinte años, antes de comenzar mi tesis doctoral —dijo DeCandyle—, fui parte de
una serie única de experimentos que se realizaron en Berkeley. Supongo que no
está familiarizado con el nombre del doctor Edwin Noroguchi.
Sacudí la
cabeza.
—El
doctor Noroguchi estaba experimentando con técnicas para revivir a los muertos.
Oh, nada tan dramático y siniestro como Frankenstein. Noroguchi estudió y
adaptó los últimos logros en la reanimación de personas que se habían ahogado o
habían sufrido ataques al corazón. Aprendiendo a inducir la muerte durante
el lapso de una hora, nosotros (digo «nosotros» porque me uní a él y desde
entonces he dedicado mi vida a este trabajo) comenzamos a explorar y a hacer,
podríamos decir, un mapa de las áreas de existencia que se suceden
inmediatamente después de la muerte. EDM, o sea, la Existencia Después de la
Muerte.
Mi tía
Kate, que me crió después de que murieron mis padres, me decía siempre que yo
era un poco lento. Recién en este punto empecé a entender a dónde quería llegar
DeCandyle. Si hubiese estado más cerca de la puerta, hubiese salido. Como
estaba en medio de una habitación y no tenía una guía, comencé a retroceder.
—Utilizando
técnicas químicas y eléctricas en voluntarios, pudimos confirmar las historias
de quienes han sido revividos, ésas sobre sus espíritus dejando abajo sus
cuerpos; sobre flotar hacia una luz; sobre un sentimiento intenso de paz y
bienestar… todo científicamente investigado y confirmado. Aunque, por supuesto,
no lo hemos fotografiado o documentado. No hubo manera de compartir lo que
hemos descubierto con el mundo científico.
Había
llegado hasta la pared, empecé deslizarme a lo largo de ella para alcanzar la
puerta.
—Entonces
se presentaron problemas jurídicos y de financiación, y nuestro trabajo fue
interrumpido. Hasta hace poco. Con la ayuda de la Universidad y una generosa
subvención de la National Geographic, la doctora Sorel y yo hemos
podido continuar las exploraciones que comenzamos con el doctor Noroguchi. Y su
capacidad de pintar nos permitirá compartir con el mundo lo que hemos
descubierto. La última frontera inexplorada, el «País no Descubierto» sobre el
que escribió Shakespeare, está ahora al alcance de…
—Estamos
hablando de que ustedes se maten —le interrumpí—. Estamos hablando de matarme a
mí.
—Sólo
temporalmente —dijo la doctora Sorel. Fue la primera cosa que dijo; sentí su
mano en mi brazo y me estremecí.
—La
doctora ha estado en el espacio EDM muchas veces —dijo DeCandyle—, Y como usted
puede ver… perdóneme, no quise decir eso… ha retornado. ¿Se le puede llamar
verdadera muerte, si no es definitiva? Y las compensaciones son…
—Lo
siento —volví a interrumpir. Mientras palpaba detrás de mí para encontrar la
puerta, trataba de ganar tiempo—. ¿Qué pasa con los seguros y los derechos de
autor?, mi situación económica es bastante buena.
—No estoy
hablando de dinero —dijo el doctor DeCandyle. Aunque le pagaremos, por
supuesto. Hay otra compensación, tal vez más importante que el dinero para
usted,
La
encontré. La puerta. Estaba a punto de deslizarme por ella cuando dijo las
únicas palabras que podían hacerme regresar:
—En el
espacio EDM usted volverá a ver.
* * * * *
* * * *
A las dos
de la tarde había completado mi examen físico y estaba amarrado a lo que
DeCandyle y Sorel llamaban «el coche», listo para mi primera misión en el
espacio EDM.
De todas
las escenas del cielo y el infierno y de las regiones intermedias de las que
iba a ser testigo, la que más deseaba pintar era esa habitación sin resonancias
y el coche que iba a llevarme más allá de esta vida. Todo lo que tenía era la
descripción del coche que me había hecho DeCandyle. Era una cabina
(apropiadamente) negra, abierta y con dos asientos. La visualicé como un
Corvette sin ruedas.
La
doctora Sorel me amarró, mientras DeCandyle me explicaba que el panel contenía
el mecanismo de choque eléctrico para la reanimación y los sistemas de
monitoreo. Ella me colocó en la muñeca izquierda un guantelete con cierre de
velcro, que contenía la inyección intradérmica con la mezcla química de
atropina que apagaría mi sistema nervioso simpático.
Más tarde
me di cuenta de que, en una astuta movida psicológica, me habían sentado a la
izquierda: la primera vez que estaba en el asiento del conductor desde que
había perdido la vista.
—¿Los
alcanzo al cementerio? —bromeé.
—Debe
hacer este primer viaje solo —dijo Sorel. Ya aprendería que ella no tenía
ningún sentido del humor. Se suponía que este breve viaje de orientación (o
«inserción EDM», en la jerga estilo NASA que le gustaba a DeCandyle) era
perfectamente seguro; me proporcionaría la oportunidad de experimentar el
espacio EDM y serviría para observar mi reacción, tanto física como
psicológica, a la muerte inducida.
Sorel
ajustó el cinturón por encima de mi hombro con sus manos grandes y frías, y
luego oí sus pasos alejándose. Me vino la imagen de ella y DeCandyle escondidos
detrás de una cortina de plomo como los técnicos de rayos X. Los sistemas de
control del coche se pusieron en marcha con un leve zumbido.
—¿Listo?
—preguntó DeCandyle.
—Listo.
—Pero tuve que decirlo dos veces para que la palabra saliera de mi boca.
* * * * *
* * * *
Sentí un
ligero pinchazo en la muñeca. —Señor Ray. ¿Puede oírme ahora? —preguntó
DeCandyle, que de alguna manera había adquirido un tono alto y cascado en la
voz, similar al de Sorel. Traté de responder, pero no podía, me pregunté por
qué hasta que me di cuenta de que la inyección estaba funcionando y el viaje
comenzaba.
De que me
estaba muriendo.
Sentí
pánico por un instante y traté de quitarme aquello de la muñeca, pero mis
reflejos fueron disminuyendo y para el momento en que el impulso alcanzó mi
brazo izquierdo, ya estaba demasiado débil para retirarlo. La doctora Sorel (¿o
era DeCandyle?) estaba diciendo algo ahora, pero la voz se alejaba de mí. Traté
de levantar la mano de nuevo; no recuerdo si lo logré. Experimenté un súbito
sentimiento de vergüenza, como si hubiera sido atrapado haciendo algo terrible,
irrevocablemente equivocado, después la vergüenza desapareció. Se había
esfumado. Parecía como si soplara un viento a través de la habitación, como si
se hubiese abierto una nueva puerta. Mi piel se enfrió y parecía estar
expandiéndose, me sentí como un globo que se infla.
En
aquellos primeros momentos no tuve la experiencia de la que muchos han hablado,
de flotar y mirar hacia abajo y ver sus propios cuerpos. Tal vez, a causa de mi
ceguera, había perdido el impulso de «mirar» hacia atrás. Sólo era consciente
de flotar hacia arriba, más y más rápido, sin deseos y sin nada que me atara a
lo de allá abajo. Me sentía como disminuyendo, y eso me producía alegría, como
si fuera a reducirme hasta ser el pequeño punto brillante que siempre había
deseado.
Mi
instinto natural, que he cultivado cuidadosamente a lo largo de los años para
equilibrar mi visión artística, de alguna manera se mantenía ajeno a todo esto.
No tenía objetividad. Era lo que estaba experimentando, que es
sólo otra manera de decir que no había un «yo» que experimentara mi
experiencia.
De alguna
manera, esto me complació, como un logro.
Cuando me
estaba haciendo consciente de este placer, vi la luz, un enrejado de luz, hacia
el cual flotaba, como si se tratara de la superficie de un estanque en el que
había estado sumergido tanto tiempo y tan profundamente como para olvidar que
tenía una superficie.
¡Veía!
¡Estaba viendo! Parecía perfectamente natural, como si nunca hubiese dejado de
hacerlo y, sin embargo, me llenó de alegría.
Me
acerqué a la luz y me pareció que me movía más lentamente, sentí que giraba y
que «miraba» hacia atrás, o «hacia abajo». Por primera vez, en un flash,
recordé el coche, mi ceguera, mi vida, el mundo. Vi motas de polvo flotando en
los rayos de luz y me pregunté si era eso todo lo que alcanzaría. A pesar de
que estaba perplejo, iba girando hacia el enrejado de luz, que me atraía casi
como una amante.
En su
exposición preliminar, Sorel y DeCandyle me habían advertido de lo «frío» que
era el espacio EDM, pero yo no lo sentía así. Sólo sentía asombro y
tranquilidad, como la que se siente mirando un mar de nubes desde la cima de
una montaña. Tal vez mi experiencia fue suavizada por el don maravilloso de la
vista, o tal vez en algún lugar de mis huesos yo sabía que esta muerte no era
definitiva y que pronto volvería a la Tierra.
Me volví
hacia la reja de luz (¿o fue ella la que giró hacia mí?) y vi que era un
despliegue de luz y más luz, sin sombras. Me bañé en ella, flotando debajo con
una clase de felicidad que sólo se puede comparar con la de un orgasmo, aunque
duró mucho tiempo, sin aumentar, sin disminuir, en un interminable clímax de
serena alegría.
¿Era
ésto, entonces, el Cielo? Ya sea que me lo preguntara en ese momento o más
tarde, al reflexionar sobre ello, no tenía forma de saberlo, pues entonces la
memoria y la experiencia y la anticipación eran una misma cosa para mí.
«Después»
(no hay sentido del tiempo en el espacio EDM) de haberme bañado en la gloria
durante lo que pareció una eternidad, me sentí empujado hacia atrás, hacia
abajo, lejos de la luz. La luz retrocedía y la oscuridad de abajo estaba cada
vez más cerca. Podía ver tanto hacia el frente como hacia atrás mientras caía y
estaba vagamente consciente (¿o lo añadió más tarde mi memoria?) de la
oscuridad que me alcanzaba, como brazos amorosos.
Y estaba
ciego de nuevo. ¡Ciego! Corrí de regreso hacia la muerte —y la luz— y de
repente sentí una fuerte sacudida, y la indignación que el dolor trae consigo.
Aturdido aún, sentí otra sacudida. Supe después que era el sistema de
electrochoque integrado al coche, trayéndome a la vida.
Fui
vagamente consciente de unas manos en mi cara. Traté de levantar las mías, pero
estaban atadas. Luego me di cuenta de que no estaban sujetas sino muertas.
Muertas.
Describir
como «miedo» lo que sentí es subestimar la ola de terror que me invadió. Aunque
algo —¿mi conciencia?, ¿mi alma?— había revivido, mi cuerpo estaba muerto. No
sentía nada y no podía moverme. Mi boca estaba abierta, pero no por mi propia
voluntad. No podía cerrarla.
Recién
cuando traté de gritar me di cuenta de que no estaba respirando.
El tercer
electrochoque llegó como un amigo: recibí con agrado la desgarradora violencia
que corrió a través de mí. Sentí, por primera vez en mi vida (¿era
mi vida?), que mi corazón se agitaba en mi pecho, como aferrándose, y chupaba
la sangre con la avidez de un niño sollozante. Lo oí burbujear mientras se
llenaba. Luego la sangre inundó mi cerebro, frío como el hielo, y oí gritar a
mi alrededor.
Eran los
ecos de mi propio grito.
* * * * *
* * * *
Debo
haber perdido la conciencia otra vez, o tal vez fue una inyección para suavizar
el proceso de reingreso. Cuando desperté, estaba respirando con suavidad,
relajado, acostado en una camilla de ruedas. Según mi reloj braille eran las
4:03 de la tarde, sólo dos horas después del comienzo de mi viaje.
Oí voces
y me senté; alguien puso en mi mano un vaso de papel con té caliente con
bourbón. Mis labios estaban entumecidos.
—La
primera retrocución puede ser dura —dijo DeCandyle.
—¿Cómo se
siente? —preguntó Sorel—: ¿Está con nosotros?
Me dolía
todo pero asentí con la cabeza.
Así
comenzaron mis viajes al Otro Lado.
* * * * *
* * * *
—Esos dos
tienen algo escalofriante —dijo mi ex cuando me pasó a buscar a las 5:00 de la
tarde, según lo previsto.
—A mí me
parecen bien —le dije.
—Ella no
tiene barbilla, pero su nariz lo compensa.
—Son
investigadores, no modelos —le dije—. Es un experimento en el que pinto
imágenes inducidas por el sueño. El trabajo perfecto para un ciego.
Era una
mentira simplificadora. No había manera de que pudiera decirle la verdad.
—¿Pero
por qué un hombre ciego? —preguntó.
Mi ex es
policía. A ella le debo la independencia que he disfrutado desde que quedé
ciego en el accidente. Fue ella quien me trajo a casa del hospital y se quedó
conmigo, viniendo a diario desde Durham, donde trabaja. Fue ella la que lidió
con los contratistas y usó los recursos financieros de la liquidación del
Instituto Mariana para adaptar mi estudio de la ladera de la montaña para que
yo pudiera moverme en él (primero con sogas, como una marioneta, y luego en
forma independiente) de la cama al baño, de la cocina al estudio, con la menor
dificultad posible.
Y después
fue ella la que siguió adelante con el divorcio que había estado planeando aún
antes del accidente.
—Tal vez
quieren a alguien que sea capaz de pintar con los ojos cerrados —dije—. Tal vez
yo sea el único tonto que haría eso. Quizás les gusta mi trabajo, aunque me doy
cuenta de que lo encontrarás un poco forzado…
—Deberías
ver su cabello —dijo—. Está blanco en las raíces.
Salió de
la carretera hasta el corto y empinado camino de acceso a mi estudio. La parte
baja del patrullero raspó en los puntos altos del suelo.
—Este
camino necesita arreglos.
—Será lo
primero que haga en la primavera —le dije.
No podía
esperar para ponerme a trabajar. Esa noche empecé mi primera pintura en casi
cuatro meses, la que apareció en la portada del ejemplar «País no Descubierto»
de la revista National Geographic, y que ahora se exhibe en
el Smithsonian como «El Enrejado de Luz».
* * * * *
* * * *
Una
semana más tarde, a las 10 de la mañana, tal como estaba previsto, la doctora
Sorel me recogió en mi estudio. Me di cuenta por la manija de la portezuela que
conducía un Honda Accord. Es curioso cómo los ciegos vemos los coches.
—Probablemente
se esté preguntando que está haciendo un ciego con una escopeta —dije. Yo
estaba limpiando la mía cuando ella llegó—. Me gusta tocarla a pesar de que no
la pueda disparar. Fue un regalo de la Asociación de Vida Silvestre de Outer
Banks. Hice una serie de pinturas para ellos.
Ella no
dijo nada. Lo cual es diferente a no hablar.
—Patos y
arena —dije—. De todos modos, es plata verdadera. Es inglesa, una Cleveland. De
1871.
Encendió
la radio para hacerme saber que no quería hablar. La emisora FM de la
Universidad estaba tocando Funeral for Spring, de Roenchler.
Conducía como alma que lleva el diablo. La carretera desde mi estudio a Durham
es estrecha y sinuosa. Por primera vez desde el accidente, me alegré de no
poder ver.
Decidí
que estaba de acuerdo con mi ex, Sorel era espeluznante.
El doctor
DeCandyle nos estaba esperando en el vestíbulo, ansioso por comenzar, pero
primero tuve que pasar por su despacho para «firmar» el contrato con mi huella
de voz, es decir, confirmamos nuestro acuerdo en una cinta.
Yo iba a
compartir con ellos cinco «inserciones en el espacio EDM», una por
semana. National Geographic (que ya conocía mi trabajo)
tendría los derechos por la primera reproducción de mis pinturas. Yo iba a
quedarme con las impresiones y con los originales y a recibir un pago por esa
primera edición, además de un adelanto bastante considerable.
Firmé, y
luego dije: —Nunca respondió a mi pregunta. ¿Por qué un artista ciego?
—Llámelo
intuición —dijo DeCandyle—.Vi el artículo en el Sun y le dije
a Emma (es decir, a la doctora Sorel) «Aquí está nuestro hombre». Necesitamos
un artista que, digamos, no se distraiga por la vista. Que pueda captar la
intensidad de la experiencia EDM sin perderse en un montón de referencias
visuales. Además, francamente, entienda que necesitábamos a alguien con una
reputación, por la Geographic.
—También
necesitaban a alguien lo suficientemente desesperado como para hacerlo.
Su risa
era tan seca como húmedas las palmas de sus manos. —Digamos «aventurero».
Sorel se
unió a nosotros en la sala de camino a lo que DeCandyle llamó el «laboratorio
de lanzamiento.» Por el susurro al caminar me di cuenta de que ella se había
cambiado de ropa. Más tarde supe que, en nuestras «inserciones EDM», llevaba un
traje de nailon como los de la NASA.
Tuve el
placer de ocupar nuevamente el asiento del conductor. Esta vez, Sorel se amarró
a sí misma a mi lado.
Mi mano
izquierda quedó libre, pero mi mano derecha fue guiada dentro de un guante de
goma dura de gran tamaño.
—El
propósito de este guante, al que llamamos la «Canasta» —dijo DeCandyle—, es
unir a nuestros dos viajeros EDM de manera más cercana. Hemos aprendido que a
través de un contacto físico constante se mantiene una unión perceptiva en el
espacio EDM. El nombre es una pequeña broma privada. Ya sabe, «Al infierno en
una canasta».
—Entiendo
—dije. Entonces oí un clic y me di cuenta de que no me había
hablado a mí, sino a una grabadora—. ¿Cuánto tiempo durará este viaje? —le
pregunté.
—Inserción
—me corrigió DeCandyle—. Descubrimos que es mejor no hablar de la duración, de
esa manera podemos evitar un enfrentamiento entre el tiempo objetivo y el
subjetivo. De hecho, preferimos que usted no verbalice en absoluto sus
experiencias, sino que las confíe estrictamente al lienzo. Lo llevaremos a su
casa inmediatamente después de la retrocución, o reingreso, y no espere
participar en reuniones informativas con la doctora Sorel o conmigo.
Clic.
No se me
ocurrió ninguna otra cosa para preguntar. ¿Cuánto puedes desear saber acerca de
cómo van a matarte?
—Bien
—dijo DeCandyle. Oí sus pasos alejándose y luego escuché la cortina que se
deslizaba; eso significaba que el viaje (la inserción) estaba a punto de
comenzar.
—¿Lista,
doctora Sorel? —El sistema de monitoreo del coche comenzó a funcionar con un
leve zumbido, como un motor en punto muerto.
Sorel
dijo:
—Lista.
—Su mano se unió a la mía dentro del guante. Me resultó incómodo. En lugar de
tomarnos de las manos, las giramos de modo que sólo se tocaban por el dorso.
—Serie
cuarenta y uno, inserción uno.
Clic.
De nuevo
sentí el pequeño aguijón y la repentina sensación de vergüenza, y luego llegó
el viento de algún otro lugar, y yo estaba flotando una vez más hacia arriba,
hacia el enrejado de luz. Esta vez, con aprensión, yo podía «ver» una forma
oscura debajo que sólo podía ser el coche, con dos cuerpos horriblemente
flojos, uno de ellos el mío… Pero ya me había ido. Luego, a lo lejos, vi las
montañas de Blue Ridge, y más allá el Monte Mitchell, que había pintado desde
todos los ángulos en todas las estaciones, aunque sabía que no era visible
desde Durham. Los ciegos pierden las montañas para siempre y yo sentí un dolor
agudo, y luego mi dolor, junto con mi montaña, se perdió en la luz. ¡La luz!
Una
sombra se aproximó, alcanzándome desde abajo, fluyó dentro de mí y luego surgió
como luz. La sentí como un otro: una presencia no muy diferente,
sin embargo, una parte femenina de mí, ligada a mí como dos dedos de una mano,
mientras girábamos bajo el enrejado de luz.
De nuevo
sentí un dulce calor, como un orgasmo interminable, sólo que no había ese «de
nuevo»: cada momento era el primero. El enrejado de luz se quedó siempre a la
misma distancia, lo bastante cerca como para tocarlo, y sin embargo, tan
distante como una galaxia. El Espacio era tan indistinto e indiferenciado como
el Tiempo. La presencia que estaba relacionada conmigo de alguna manera duplicó
mi éxtasis, me sentía —era— dos veces todo.
Entonces
algo me empujó hacia abajo y estaba solo, de nuevo desconectado (¿incompleto?),
girando lejos de la luz, sintiendo que el calor se desvanecía detrás. La vida
desde aquí parecía tan oscura y solitaria como una tumba. Igual que antes, hubo
un choque, el insulto del dolor, la agonía cuando la sangre, con su fría
comprensión, corrió a… traer otra oscuridad.
—Retrocución
a las cinco treinta y tres de la tarde —Clic.
Estaba en
la camilla de nuevo. Sorel debía haber sido revivida (o «retrocutada») primero,
porque estaba ayudando a DeCandyle. Me senté aturdido, silencioso, insensible,
mientras ellos grababan mis signos vitales. Sentía familiares sus dedos y me
preguntaba si nos habríamos tomado de las manos mientras estábamos muertos.
—¿Cuánto
tiempo? —pregunté, finalmente.
—Pensé
que no íbamos a hacer esa pregunta —dijo DeCandyle.
—Lo
llevaré a casa —dijo Sorel.
Condujo
aún más rápido que antes. Durante los veinte minutos de viaje escuchamos la
radio —Mahler— y no hablamos. No la invité a entrar, no necesitaba hacerlo. Los
dos sabíamos exactamente lo que iba a suceder.
Escuché
sus pasos detrás de mí en la gravilla, en el umbral, en el suelo. Mientras me
arrodillaba para encender el calefactor —el estudio estaba frío— oí la larga
carrera de la cremallera de su mono. Para cuando me había dado vuelta, ella ya
me ayudaba con mi ropa, silenciosa, eficiente y rápida, y su boca estaba fría;
su lengua y sus pezones estaban fríos; estaba desnudo como ella y cayendo con
ella en mi propia cama, desordenada y fría, del estudio, explorando ese cuerpo
que era tan extraño y tan completamente familiar. Cuando entré en ella fue ella
la que entró en mí: nos unimos en una forma que se me había olvidado que era
posible.
¿Olvidado?
Yo nunca había conocido, nunca había soñado con una pasión como esta.
Veinte
minutos después ella se vistió y se marchó sin decir una palabra.
* * * * *
* * * *
Mi ex
vino el jueves con su novio —perdón, pareja— a dejarme algunas comidas para
microondas. Él se quedó en el auto, con el motor regulando.
—¿Estás
pintando de nuevo? —dijo. La oía revolviendo mis telas, aun cuando sabe que eso
me molesta—. Eso es bueno. Dicen que el arte abstracto es una buena terapia.
Estaba
mirando «El Enrejado de Luz», o tal vez «Rotantes». Mi ex cree que todo arte es
una terapia.
—No es
terapia —dije—. ¿Recuerdas el experimento? ¿Los sueños? ¿Los profesores de
Duke? —Sentí un tonto y súbito impulso de explicarme con ella—.Y no es
abstracto, ninguno de ellos. En los sueños puedo ver.
—Eso está
bien —dijo—. Sólo que estuve chequeando a esos dos. Tengo un amigo en la
oficina del decano. Ellos no son profesores. Al menos, no en Duke.
—Son de
Berkeley —dije.
—¿Berkeley?
Eso lo explica todo.
* * * * *
* * * *
El lunes
a las diez Sorel me recogió con el Honda. Le ofrecí mi mano y por el modo
tentativo, casi renuente, en que la estrechó, me di cuenta de que nuestro
encuentro sexual había tenido lugar en un universo diferente. Para mí estaba
bien. Encontré la FM de la Universidad en la radio de la furgoneta y escuchamos
a Shulgin todo el camino a Durham. «The Dance of the Dead«. Estaba
empezando a gustarme la forma en que conducía.
DeCandyle
esperaba con impaciencia en el laboratorio de lanzamiento.
—En esta
segunda inserción vamos a tratar de penetrar un poco más profundo —dijo. Clic.
—¿Más
profundo? —le pregunté. ¿Cómo se puede lograr algo más profundo que la muerte?
Él me
habló a mí y a la cinta al mismo tiempo.
—Hasta el
momento, en esta serie sólo hemos visto las regiones exteriores del espacio
EDM. Más allá del umbral de la luz se encuentra otro reino EDM. Parece haber,
también, una realidad objetiva. En esta inserción observaremos ese reino sin
penetrar en él.
Clic.
Sorel
entró en la habitación, reconocí el roce de su traje de nailon. Yo estaba
amarrado en el coche y mi mano era guiada dentro el guante, cuando la aparté
con repugnancia. Había algo allí. Fue como poner mi mano en un cubo de entrañas
frías.
—La
canasta contiene ahora una solución de plasma en circulación —dijo DeCandyle—.
Creemos que mantendrá un contacto más positivo entre nuestros dos viajeros.
Clic.
—¿Quiere
decir necronautas? —dije.
No se
rió, yo no esperaba que lo hiciera. Deslicé la mano en la canasta. El material
era viscoso y pegajoso al mismo tiempo. La mano de Sorel se unió a la mía.
Nuestros dedos se reunieron sin torpeza, incluso con una especie de
confortable, lascivo deseo.
DeCandyle
preguntó:
—¿Listo?
¿Listo?
Durante una semana no había pensado en otra cosa que en la intensidad, la
emoción… la luz del espacio EDM. Las máquinas del laboratorio comenzaron con su
suave armonía de sonidos. Parecía que eso duraría para siempre. La solución del
guante comenzó a circular mientras esperaba que la inyección me librara de la
prisión de mi ceguera.
—Serie
cuarenta y uno, inserción dos —dijo DeCandyle.
Clic.
¡Oh
muerte!, ¿dónde está tu aguijón? Mi corazón latía.
Luego se
detuvo.
Pude
sentir que mi sangre se aquietaba, se ponía espesa, se enfriaba. Mi cuerpo
parecía alargarse; entonces, de repente, me había ido; despegándome, arriba del
coche, lejos de mi cuerpo, hacia la luz.
Subía
como si algo tirase de mí. No había tiempo para mirar hacia atrás, a mi cuerpo,
o a las montañas. Cada vez más rápido, subíamos hacia el reino de los muertos:
el espacio EDM. Subíamos, porque yo era una sombra persiguiendo otra sombra;
sin embargo, juntos éramos un círculo de luz, girando en un baile armonioso. Yo
deseaba a Sorel como un planeta ansía a su sol. La luz nos amaba… y nosotros
girábamos, disfrutando de su dulce resplandor de clímax sin fin, llenándonos de
lujuria en una desnudez tan absoluta que hasta el cuerpo habíamos dejado de
lado. Me sentí como deben sentirse los dioses, sabiendo que el mundo por el que
andamos a los tumbos en vida es sólo un disfraz que se quita. Nos elevamos
hacia el enrejado de luz y éste se abrió ante nosotros…
Y sentí
un miedo repentino. Era suave, como el frío en la parte posterior de tu cuello
cuando se abre una puerta que no debe ser abierta. La luz se oscurecía a mi
alrededor y la presencia al final de la punta de mis dedos se había ido
repentinamente. Estaba solo. Pensé (¡sí, estaba muerto, pero «pensaba»!) que
algo había ido mal en el laboratorio.
Todo
estaba quieto. Estaba en una oscuridad nueva. Sólo que se trataba de una
oscuridad diferente a la oscuridad de la ceguera: Aquí, de alguna manera, podía
ver. Estaba solo en una llanura gris que se extendía sin fin en todas
direcciones, pero en lugar de una sensación de espacio sentí claustrofobia,
porque cada horizonte estaba lo suficientemente cerca como para tocarlo. El
frío se había convertido en una profunda, cruel, viciosa gelidez en los huesos.
Traté de moverme y la misma oscuridad se movió conmigo…
—Retrocución
a las tres cero siete —decía DeCandyle; Sorel estaba golpeando mis mejillas—.
Perdimos contacto —le oí decir.
Yo no
estaba en el coche, estaba acostado en la camilla con ruedas. Me estaba
congelando.
—Duración:
ciento treinta y siete minutos —dijo DeCandyle. Clic.
Me senté
y me tomé la cara entre las manos. Mis mejillas estaban frías. Las manos me
temblaban.
—Lo
llevaré a casa —dijo Sorel.
—¿Dónde
estábamos? —le pregunté, pero ella no me contestó.
En
cambio, manejó más y más rápido.
Mi
estudio estaba frío y me arrodillé para encender el calefactor. Manipulé
torpemente los fósforos húmedos, temiendo que ella se fuera, hasta que sentí su
mano en la parte de atrás de mi cuello. Ya estaba desnuda, tirando de mí hacia
la cama, hacia sus rotundos, tersos, fríos pechos; hacia los muslos abiertos.
En su vientre, tan gélido y dulce como su boca, olvidé el frío que había
sentido.
¡Qué
retrógradas son nuestras metáforas sobre el romance! Porque es la carne,
despreciada en la canciones durante tantos siglos, la que lleva al espíritu
hacia la luz.
Debajo de
nuestra desnudez descubrimos todavía más desnudez, entrando y abriéndonos uno
al otro, hasta que juntos nos elevamos como las criaturas que no pueden volar
solas, sólo unidas; la carne desnuda yendo a donde nuestros espíritus desnudos
habían estado apenas unas horas antes. Lo que hicimos fue más que el amor.
—¿Lo
sabe? —le pregunté después, cuando estábamos descansando en la oscuridad.
Me gusta
la oscuridad, iguala las cosas.
—¿Saberlo?
¿Quién?
—DeCandyle.
¿Quién si no?
—Lo que
hago no es asunto suyo —dijo—.Y lo que él sabe, no es de tu incumbencia.
Fue el
final de nuestra primera y más extensa conversación. Dormí durante seis horas y
cuando me desperté, ella se había ido.
* * * * *
* * * *
—Resulta
que tengo un amigo en Berkeley también —dijo mi ex cuando llegó el jueves a
dejarme algunos alimentos para microondas. Los policías tienen amigos en todas
partes, por lo menos piensan en ellos como amigos—. DeCandyle estaba en la
escuela de Medicina hasta que lo expulsaron por vender drogas. La otra estaba
en Literatura Comparada pero la expulsaron durante el tercer año. Todo muy en
silencio, pero parece que ella estaba usando drogas para reclutar estudiantes
para hacer experimentos. Incluso creo que hubo una muerte de por medio. Tengo
otro amigo que está comprobando los archivos policiales.
—Bla,
bla, bla y bla —le dije.
—Sólo te
estoy dando los hechos, Ray. Lo que hagas con ellos, en todo caso, es cosa
tuya.
De nuevo
estaba revisando mi pila de lienzos.
—Me
alegra ver que de nuevo estás haciendo montañas. Era lo que vendías mejor. ¿Y
qué tenemos aquí? ¿Pornografía?
—Según
los ojos de quien lo mire —dije.
—Tonterías.
¿No crees que esto es un poco… ginecológico para Natural Geographic?
Sé que ellos muestran tetas y todo eso, pero…
—Es National —dije—.Y
hazme un favor… —Moví la cabeza hacia su compañero, que estaba de pie junto a
la puerta, pensando estúpidamente que si permanecía inmóvil no me daría cuenta
de que estaba allí—. Ya que tú y tu novio están jugando al sargento Friday, te
pido que me investigues otro nombre.
* * * * *
* * * *
El lunes
iba a entregar el primer lote de pinturas de la serie. DeCandyle envió una
camioneta contratada a buscarme. Yo sabía que el conductor era un predicador
local de los que ponen bombas en las clínicas de abortos. Tuve cuidado de
mantener las pinturas cubiertas mientras las cargaba.
—He oído
que está trabajando con los Doctores del Infierno —dijo.
—No sé de
qué está hablando. Estoy haciendo un tratamiento —mentí—. Soy ciego, ¿sabe?
—Como
quiera —dijo—. Oí que están enviando al Infierno a un hombre y a una mujer.
Algo así como los nuevos Adán y Eva.
Él se
echó a reír. Yo no.
* * * * *
* * * *
—Magnífico
—dijo DeCandyle cuando desembaló las pinturas en su despacho—. ¿Cómo puede
hacerlo? Podría entender la escultura al tacto, pero ¿pintar?, ¿colores?
—Sé cómo
se ve mientras estoy trabajando —dije—. Después, cuando se seca, ya no. Si
quiere una teoría, la mía es que los colores tienen olor; olores con un tono
muy alto para la mayoría de las personas. Así que yo sería como el perro que
oye un silbato ultrasónico. Por eso mis cuadros son al óleo; jamás uso pintura
acrílica.
—Así que
usted no está de acuerdo con el artículo del Sun, de que es
una habilidad psíquica.
—Como
científico, usted no creerá esa basura.
—Como
científico —dijo DeCandyle—, ya no sé qué creer. Pero vayamos a trabajar.
Había
algo diferente en los ecos del laboratorio de lanzamiento. Me condujo
directamente a la camilla y me ayudó a subir.
—¿Dónde
está el auto? —protesté.
—Prescindiremos
de él durante el resto de esta serie —dijo DeCandyle. Supe por el clic que
hablaba para su grabadora además de para mí—. En esta inserción
comenzaremos a emplear la cámara T-F, o Tejido Frío, desarrollada cuando estuve
en Europa. Nos permitirá penetrar aún más profundamente en el espacio de la
EDM.
Clic.
—¿Más
profundamente? —Me asusté; no me gustaba estar acostado—. ¿Voy a estar muerto
más tiempo?
—No
necesariamente —dijo DeCandyle—. La cámara enfriará mucho antes el tejido
madre, permitiendo una penetración más veloz en la EDM. Esperamos que en esta
inserción se pueda cruzar la barrera del umbral.
Clic.
Con
«tejido madre» se refería al cadáver.
—No me
gusta esto —dije, incorporándome en la camilla—. No está en el contrato.
—Su
contrato estipula cinco inserciones en la EDM —dijo DeCandyle—. Sin embargo, si
usted no desea ir…
En aquel
preciso instante, Sorel entraba en la habitación con su mono. Percibí el roce
del nailon entre sus piernas.
—No dije
que no quiero ir —dije—. Sólo quiero…
Pero ya
no sabía lo que quería. Volví a tumbarme y ella se acostó a mi lado. Oí el
ruido de la conexión de los tubos. Guiada por la de ella, mi mano se deslizó
dentro de la pasta fría y olorosa de la manopla. Nuestros dedos se encontraron
y se entrelazaron. Eran como adolescentes encontrándose en secreto, cada uno
con su pequeña libido.
—Serie
cuarenta y uno, tercera inserción —dijo DeCandyle.
Clic.
La
camilla rodó hasta que entramos en una pequeña cámara. Más que oírla, sentí que
se cerraba una puerta justo atrás de mi cabeza con un suave clic.
Entré en pánico, pero Sorel apretó mi mano y el aire se llenó de olor a
formaldehído y atropina. Me sentí caer… no, ascender, con Sorel, enlazados, con
las manos unidas, hacia la luz. Esta vez íbamos más lento, y vi nuestros
cuerpos girando, tan desnudos como el día en que nacimos. Alcanzamos el
enrejado de luz, que se abrió, rodeándonos como una canción.
Y ya no
estaba.
Todo
alrededor era oscuridad gris.
Estábamos
en el Otro Lado.
No sentía
nada. Pero la nada me llenaba. Estaba congelado.
La
presencia de Sorel tenía ahora una forma. Ella, que había sido toda luz, era
toda carne. Me resulta imposible describirla aunque la pinté varias veces.
Tenía piernas, pero estaban curiosamente segmentadas; tenía pechos, pero no los
pechos que conocían mis labios y mis dedos. Las manos eran romas; el rostro
estaba en blanco; sus caderas y lo que sólo puedo llamar su mente tenían la
blancura del hueso. Se movía alejándose en la distancia gris y yo me moví con
ella, aún enlazados «mano» en «mano».
Sentí —supe— que
hasta entonces había estado en un sueño y que sólo eso era real. El
espacio que me rodeaba era un gris vacío e infinito. La «Vida» había sido un
sueño. Eso era lo único que existía.
Flotaba a
la deriva. Parecía tener de nuevo un cuerpo, pero no estaba bajo mi control.
Durante horas, centurias, eternidades, flotamos por un mundo tan pequeño como
un ataúd, que sin embargo no acababa nunca. Su centro absoluto era un círculo
de piedras. Seguí a Sorel hacia abajo, en dirección a aquel lugar. Había algo
—o alguien— en su interior.
Esperando.
Ella
cruzó las piedras en dirección al Otro, arrastrándome consigo. Yo retrocedí,
luego me alejé, lleno de terror. Porque había tocado la piedra. No había nada
real allí, pero yo había tocado la piedra. De pronto comprendí que
estaba despierto porque todo estaba a oscuras, y yo ya no veía.
A mi lado
estaba el cuerpo de ella; su mano muerta enlazada con la mía. Nunca me había
despertado —retrocutado— antes que Sorel. Levanté la mano izquierda con miedo,
tanteando hasta tocar la tapa de mi ataúd ahí donde sabía que estaba. Era de
porcelana o de acero, no de piedra. Pero fría como una piedra.
Quise
gritar pero no había aire. Antes de que pudiera gritar, sentí la sacudida y me
hundí en otra oscuridad más oscura.
* * * * *
* * * *
—Lo que
usted palpó fue el techo de la cámara T-F —estaba diciendo DeCandyle—. Le
permite permanecer en el espacio de la EDM sin daños al tejido madre. Y con el
enfriamiento ultrasónico de la sangre, cruzar directamente al Otro Lado.
Era la
primera vez que oía la expresión, aunque sabía exactamente qué significaba.
Alguien
me estaba apretando la mano; era Sorel. Seguía muerta. Yo estaba tumbado en la
camilla, que se movió sobre sus ruedas cuando quise sentarme.
Me
estremecí al recordarlo.
—Antes de
tocar la tapa, cuando aún estaba muerto, toqué una piedra.
DeCandyle
continuó diciendo:
—Al
parecer, existen zonas dentro del espacio de la EDM cuya accesibilidad depende
de los campos eléctricos residuales del tejido madre. —Esperé el clic,
pero no llegó y comprendí que estaba hablando sólo conmigo—. Existe una
polaridad magnética en el cuerpo que se mantiene varios días después de la
muerte. Queremos saber qué ocurre cuando decae el campo eléctrico. La cámara
T-F nos permite explorarlo sin esperar una mortificación real de la carne.
Mortificación.
—Así que
hay muertos, y hay más que muertos.
—Algo
parecido. Permítame llevarlo a casa.
Yo seguía
sosteniendo la mano de Sorel. Me costó liberar los dedos.
* * * * *
* * * *
No pude
dormir. El horror del «Reino Gris» (como lo llamé en uno de mis cuadros) volvía
una y otra vez. Me sentía como un hombre en medio del Amazonas, temeroso de
continuar pero con miedo de retroceder, pues no importa qué horrores lo
aguardaban adelante, conocía bien el horror que dejaba atrás. La Isla del
Diablo de la ceguera.
Deseaba a
Sorel. Se dice que los ciegos somos virtuosos de la masturbación, quizá porque
nuestra imaginación tiene práctica en evocar imágenes. Más tarde, encendí las
luces y me puse a pintar. Siempre trabajo con luz. La pintura es una
colaboración entre el artista y sus materiales. Sé que la pintura adora la luz,
y me imagino que al lienzo al menos le gusta.
Pero no
sirvió. No podía pintar. Hasta después del amanecer, en medio del estridente
ruido de los pájaros que despertaban, no comprendí qué era lo que me
perturbaba.
Estaba
celoso.
* * * * *
* * * *
Mi ex
vino un día antes (me pareció) a traerme la comida para microondas.
—¿Dónde
has estado? —preguntó—. Te estuve llamando todo el día.
—El lunes
en la Universidad, como siempre—respondí.
—Hablo
del martes.
—¿Ayer?
—Hoy es
jueves, perdiste un día. De todos modos, nos impactó un hallazgo interesante
sobre tu otro nombre. Noroguchi existió, era profesor en la Facultad de
Medicina de Berkeley, nada menos. Es decir, hasta que lo mataron.
Pude oír
que se movía entre mis cuadros mientras esperaba mi respuesta. Me imaginaba su media
sonrisa.
—¿No
quieres saber quién lo mató?
—Déjame
adivinar —dije—. Philip DeCandyle.
—Ray,
siempre he dicho que deberías haber sido policía —dijo—. Te tomas todo en
broma. Homicidio. Negoció homicidio en segundo grado. Pasó seis años en San
Rafael. La horripilante fue su cómplice, pero ella no fue a la cárcel.
—Creí que
habías dicho que los dos eran horripilantes.
—Ella lo
es más. ¿Sabes que sus tetas son de diferente tamaño? No me contestes. ¿Sabes
que hay una tela vacía en la pila de los cuadros terminados?
—Está
bien allí —dije—. Se llama El Otro Lado.
* * * * *
* * * *
El lunes,
fue DeCandyle quien me recogió con el Honda.
—¿Dónde
está Sorel? —pregunté. Tenía que saber. Aunque estuviera muerta quería estar
con ella.
—Está
bien. Nos aguarda en el laboratorio.
—Me muero
por verla —dije. No esperaba que se riera y no se rió.
Conducía
con una lentitud exasperante. Yo echaba de menos la velocidad de Sorel, que me
dejaba sin aliento. Le pedí que me dijera algo de Noroguchi.
—El
doctor Noroguchi murió durante una inserción; es decir, falló la retrocución.
Me acusaron a mí. Pero tengo la impresión de que ya ha oído la historia.
—Y aún
está allí.
—¿Dónde
si no?
—¿Por qué
él? Millones de personas han muerto y no las vemos.
—¿Han
visto a Edwin? —DeCandyle detuvo el coche y se sintió un chirrido de
frenos cuando alguien estuvo a punto de chocarnos por detrás. Luego apretó el
acelerador—. No sabemos por qué —dijo—. Parece que la conexión persiste cuando
ha sido muy fuerte. Emma y él fueron compañeros en muchas
inserciones. Demasiadas. Emma está convencida de que es posible llegar a mayor
profundidad para encontrarlo.
—¿Y
traerlo?
—Desde
luego que no. Está muerto. Edwin insistía continuamente en alcanzar mayor
profundidad, aunque entonces no disponíamos de la cámara T-F. Ahora
es Emma la que está obsesionada. Es peor que él.
—¿Ellos
fueron…?
—¿Fueron
amantes? —No era lo que iba a preguntar, pero sí lo que quería saber.
—Cerca
del fin, lo fueron —dijo. Rió, una pequeña risa amarga—. No creo que supieran
que yo lo sabía.
* * * * *
* * * *
Al llegar
al Instituto percibí unos ruidos rítmicos y un crujido de grava que
no me resultó familiar.
—Entramos
por atrás —dijo DeCandyle—. Tenemos manifestantes en el frente, porque un
predicador local les ha dicho a los nativos que estamos tratando de duplicar la
Resurrección en el laboratorio.
—Siempre
tan retrógrados —dije.
Cruzamos
una puerta lateral que conducía directo al laboratorio. Me senté en la camilla
esperando el roce del mono de nailon entre las piernas de Sorel. Sin embargo,
lo que oí fue el rodar de unas cubiertas de goma y el leve ruido de unos rayos.
—¿Estás
en una silla de ruedas?
—Temporalmente
—respondió.
—Tromboflebitis
—dijo DeCandyle—. La sangre se coagula cuando se queda quieta en las venas
demasiado tiempo. Pero no se preocupe; ahora el fluido de la cámara T-F contiene
un anticoagulante.
Nos
acostamos juntos, uno al lado del otro. Mi mano encontró el guante, que estaba
entre nosotros. ¿Se estaría poniendo en mal estado la solución? Percibí un
curioso olor. La mano de Sorel encontró la mía y nuestros dedos se unieron con
la misma lascivia tierna de siempre, excepto que…
|
Ella
había perdido un dedo. No, dos.
Muñones.
La mano
me tembló; sentí el impulso de retirarla, pero dentro de la manopla ya había
comenzado a gorgotear el fluido y rodamos hacia delante. Luego nos detuvimos.
—¿Listos?
—Listos.
Una parte
de mí estaba atemorizada; otra parte, impactada por la impaciencia con la que
una tercera parte deseaba la muerte. Rodamos de nuevo y entramos con los pies
por delante al aire frío y ligeramente acre de la cámara. Una puerta se cerró
detrás de mi cabeza. Antes de que entrara en pánico, los dedos de Sorel
encontraron los míos y los confortaron, abriéndolos como pétalos. Sentí el
pinchazo. Mi corazón se detuvo como cuando se apaga un televisor.
O se
enciende. Comencé a ascender cada vez más rápido a través de un calidoscopio de
colores. No tuve la sensación de flotar, no miré atrás, no gocé del enrejado de
luz; los familiares esplendores del espacio de la EDM desaparecían casi sin
darme tiempo a vislumbrarlos. Penetramos en la otra oscuridad.
El Otro
Lado.
Se
extendía a nuestro alrededor interminablemente, y sin embargo nos encerraba. El
«cielo» estaba a la altura de la tapa de un ataúd. Sorel y yo nos movíamos
rígidos, dejándonos arrastrar; ya no espíritu, sino únicamente carne. Era un
muerto consciente. Noté sus nalgas, la carne de sus brazos, que estaba estriada
como la piel de un hongo, y el olor frío a insecto cuando empezamos a rodear
los pilares de piedra que sostenían el bajísimo techo. No pareció que nos
aproximáramos cuando rodeamos Los círculos (el nombre que les
daría en un cuadro). Giraban lentamente en el centro de nuestra inmovilidad,
como un sistema de estrellas de piedra. De nuevo alguien, Otro, aguardaba en su
interior. Debajo del enrejado de luz no se percibía el transcurso del tiempo,
quizá porque el espíritu (a diferencia del cuerpo) se movía a la velocidad
exacta del tiempo; pero aquí, en el Otro Lado, el tiempo no nos arrastraba en
su corriente. No existía movimiento. Cada eternidad estaba contenida en otra, y
los momentos ya no eran una corriente, sino un estanque: círculos concéntricos
que no iban a ninguna parte.
Había
otras diferencias. En el espacio de la EDM, aun estando muerto, yo sabía que
estaba vivo. Aquí sabía que estaba muerto. Que aun estando vivo estaba muerto,
y que siempre había estado muerto. Que aquella era la realidad hacia la que
todo lo demás fluye pero de la que nada sale. Que era el fin de todas las
cosas.
Mi terror
no disminuía, aunque tampoco aumentaba: un tranquilo pánico llenaba todas las
células de mi cuerpo como sangre que no circula. Sin embargo, no estaba
conmovido; veía mi propio sufrimiento tan desapasionadamente como un niño que
observa un bicho que se quema.
Sorel
estaba pálida como la muerte. Estaba algo más cerca de los círculos y cuando
quiso alcanzarlos, se encontró con la piedra. Se volvió hacia mí y su rostro
estaba inexpresivo, con una mirada de calavera. Mi mirada no fue distinta,
nuestra nada era absoluta. Estábamos cerca de las piedras verticales y a través
de ellas pude percibir una figura. Él (porque era un él) le hizo señas, y Sorel
cruzó entre las piedras. Yo retrocedí y entonces toqué la piedra (más fría que
el frío) y estaba con ella de nuevo. Estábamos dentro de los círculos los tres,
y era como si hubiéramos estado allí siempre. Seguíamos a Noroguchi (era él,
seguramente) hacia una especie de laguna negra que crecía. Tuve que hacer
acopio de todas mis fuerzas para detenerme. Me di vuelta, y esta vez Sorel, con
su rostro blanco como el hueso, se volvió conmigo.
Me
desperté en la oscuridad, la ciega oscuridad del mundo.
Toqué la
tapa de nuestro ataúd. Era de porcelana suave y fría. Percibía en mi mano la
mano de Sorel, con el férreo apretón de los muertos. No sentí pánico, sino paz.
Hubo una
sacudida, luego otra, y la oscuridad cayó sobre la oscuridad, y todo quedó en
calma.
* * * * *
* * * *
—Hicimos
contacto —oí que decía Sorel. Yo estaba contento. ¿O no?
Estaba en
la camilla. Me senté. Mis manos estaban en llamas, en especial las yemas de los
dedos.
—El dolor
es a causa del retorno de la sangre —dijo DeCandyle—. Han estado en el espacio
de la EDM durante más de cuatro horas.
Era raro
que me dijera espontáneamente la duración. Además, no hubo un clic.
Me di cuenta de que me estaba mintiendo.
—Lo
llevaré a casa —dijo Sorel. Su voz sonaba débil y lejana como cuando estamos
muriendo—. Aún puedo conducir.
Era por
la mañana. Puede que el amanecer no «surja como un trueno», como decía Kipling,
pero tiene un sonido. Bajé la ventanilla del Honda y me sumergí en el aire
frío, dejando que el nuevo día cubriera los horrores nocturnos como una capa de
pintura fresca.
Pero el
horror se empeñaba en volver.
—Estuvimos
toda la noche.
Sorel
rió.
—Más bien
dos —dijo. Era la primera vez que oía su risa. Parecía feliz.
Se detuvo
en la entrada de mi estudio pero dejó el motor encendido. Alcancé la puerta y
giré la llave.
—Entraré
si quieres —dijo—, pero tendrás que ayudarme en la puerta.
La ayudé.
Podía saltar bien en una sola pierna. Bajo su mono de nailon de la NASA me
sorprendió descubrir una delicada lencería de seda con encaje en la
entrepierna. Por el tacto deduje que era blanca. Una de sus piernas estaba
hinchada como una morcilla. La piel estaba rígida y fría.
—Sorel
—dije. No podía llamarla Emma—. ¿Quieres traerlo de regreso o quieres ir con
él?
—No hay
regreso —dijo—. Nadie vuelve.
Colocó mi
mano en los muñones de sus dedos, luego en sus labios fríos, luego entre sus
muslos helados.
—Entonces
quédate aquí conmigo —dije.
Nos
tocamos con torpeza, con los labios y dedos entumecidos.
—No me
quites el sostén del todo. —Se bajó una de las copas. El pezón estaba frío,
pegajoso, dulce. Demasiado dulce—. Es demasiado tarde —dijo.
—Entonces
llévame contigo —pedí.
Ese fue
el fin de nuestra última conversación.
* * * * *
* * * *
—Una
especie de Stonehenge —dijo mi ex el jueves, cuando vino a traerme la comida
para microondas. Estaba hurgando entre mis cuadros una vez más—. ¿Y esto qué
es? Dios mío, Ray, una cosa es la pornografía, pero esto, esto es…
—Ya te lo
he dicho, son imágenes tomadas de los sueños.
—Peor
todavía. Espero que no se lo muestres a nadie. Va contra la Ley. ¿Y qué es ese
olor?
—¿Olor?
—Como a
algo muerto. Tal vez un mapache, o algo así. Tengo que decirle a William que
revise debajo del estudio.
—¿Quién
es William?
—Sabes
perfectamente bien quién es William —respondió.
* * * * *
* * * *
El sábado
por la noche me despertaron unos golpes en la puerta del estudio.
—DeCandyle,
son las dos de la madrugada —dije—. Se supone que no teníamos que vernos hasta
el lunes.
—Lo
necesito ahora mismo —dijo— o no habrá un lunes. —Me metí en el Honda con él.
Aún en una emergencia manejaba con mucha lentitud—. No puedo retrocutar a Emma,
ya lleva más de cuatro días en el espacio de la EDM. Nunca ha estado tanto
tiempo. El tejido madre comienza a deteriorarse. Hay excesivos signos de
morbidez.
«Está
muerta», pensé, «pero este tipo no se atreve a decirlo».
—La he
dejado ir demasiado a menudo —dijo—. La dejé ingresar demasiado tiempo. A
demasiada profundidad. Pero ella insistía; se ha convertido en una mujer
obsesionada.
—Pise el
acelerador o nos golpearán de atrás. —No quería oír nada más. Puse la radio y
escuchamos Carmina Burana, una ópera sobre un atajo de monjes
cantando camino al Infierno.
Parecía
apropiado.
* * * * *
* * * *
DeCandyle
me ayudó a subir a la camilla y sentí el cuerpo a mi lado, hinchado y rígido.
Enseguida me acostumbré al olor. A tientas, con un sentimiento de temor,
deslicé la mano dentro de la manopla.
Su mano
dentro del guante se sentía blanda como un queso viejo. Por primera vez sus
dedos yacían pasivos y no buscaron los míos. Desde luego… estaba muerta.
Yo no
quería ir. De pronto, desesperadamente, no quería ir.
—Espere
—dije, aunque mientras lo decía sabía que no me serviría de nada. Me estaba
enviando tras ella. La camilla ya estaba rodando y la pequeña puerta cuadrada
se cerró con un suave clic.
Entré en
pánico. Mis pulmones se llenaron con el olor ácido de la atropina y el
formaldehído. Sentí que mi mente se encogía y se volvía dócil. Dentro de la
manopla, sentía mis dedos diminutos, miserables, solitarios, hasta que encontré
los de ella. Esperé palpar más muñones, pero sólo había dos. Me mantuve
inmóvil, esperando como un amante el pinchazo que me… ¡Oh! Por fin floté libre
hacia la luz y vi el sombrío laboratorio y los coches como luciérnagas en la
carretera y las montañas a la distancia, y comprendí, impactado, que estaba
absolutamente consciente. ¿Por qué no había muerto? El enrejado de luz se
apartó a mi paso como una nube y de pronto estaba de pie en el Otro Lado, solo.
No, ella estaba a mi lado. Con el Otro. Los tres derivamos en la corriente y el
tiempo trazó un bucle sobre sí mismo. Siempre habíamos estado allí.
¿Por qué
había tenido miedo? Era tan fácil. Estábamos dentro de los círculos de piedra,
que formaban un anillo en el horizonte en todas las direcciones, muchas, muchas
piedras. Tan cerca que podían tocarse y al mismo tiempo tan lejanas como las
estrellas que yo apenas recordaba… y a mis pies, el agua negra y quieta.
Plena
oscuridad, pero sin estrellas, en el Otro Lado.
Me movía.
El agua estaba quieta. Entendí entonces (y lo entiendo ahora) lo que quieren
decir los físicos cuando afirman que todas las cosas del universo están en
movimiento, girando alrededor de todo lo demás, porque yo estaba en el agua
negra y tranquila, en el centro de todo: la única cosa que no se movía. ¿Era
una realidad subjetiva u objetiva? No tenía importancia. Era lo más real que me
había ocurrido en la vida y no me ocurriría nunca más.
Por
cierto, no había dicha. Ni tampoco temor. Nos llenaba una nada fría, absoluta.
Yo había estado allí siempre y estaría allí para siempre.
Sorel
está frente a mí, y frente a ella está el Otro, y volvemos a movernos. A través
del agua negra. Cada vez más hondo. Es como si me viera a mí mismo alejarme y
hacerme pequeño.
No es un
sueño. Noroguchi se hunde. Sorel se achica siguiéndolo adentro del agua negra,
y entonces comprendo que abajo hay otro mundo, y otros mundos debajo de ése, y
este conocimiento me llena de una desesperación tan profunda como mi miedo.
Y estoy
retrocediendo, lleno de terror, arrancando mi mano de la de Sorel, aunque ella
me atrae hacia sí. Luego ella se sumerge también.
Se ha
ido.
Levanto
las dos manos y toco la tapa del ataúd. Mi mano fuera de la manopla gotea
plasma frío sobre mi rostro. Estoy gritando sin sonido y sin aire.
Luego la
sacudida, y la cálida oscuridad. Retrocución. Al despertar, me sentí tan frío
como nunca.
DeCandyle
me ayudó a sentarme.
—¿No
salió bien?
Lloraba,
porque lo sabía.
—No
—dije. Mi lengua estaba hinchada y con el mal sabor del plasma. La mano de
Sorel aún se hallaba en la manopla, la saqué y me llevé entre los dedos su
piel, que se desprendió como la de una fruta podrida. Afuera se oían los
cánticos de los manifestantes. Era la mañana del domingo.
* * * * *
* * * *
Aquello
fue hace dos meses y medio.
DeCandyle
y yo esperamos a que los manifestantes se fueran a la iglesia, y entonces me
llevó a casa.
—Los he
matado a ambos —dijo, lamentándose—. Primero a él y ahora a ella, luego de
veinte años. Ya no queda nadie que pueda perdonarme.
—Ellos lo
querían, y lo utilizaron a usted. —dije. También me habían utilizado a mí.
Le pedí
que me dejara en la entrada. Estaba harto de él, de su autocompasión, y quería
caminar solo hasta el estudio. No pude pintar. No pude dormir. Aguardé todo el
día y toda la noche, con la irracional esperanza de sentir la frialdad de su
tacto en la nuca. ¿Quién dijo que los muertos no pueden andar? Pasé la noche
entera recorriendo el estudio. Tuve un sueño en el que ella volvía a mí,
desnuda y resplandeciente, inmensa y absolutamente mía. Desperté y permanecí
tumbado escuchando los sonidos que entraban por la ventana semiabierta sobre mi
cama. Es asombroso cuánta vida hay en los bosques, incluso durante el invierno.
Los detesté.
* * * * *
* * * *
El
miércoles siguiente recibí una llamada de mi ex. Habían encontrado el cuerpo de
una mujer en el Instituto de Estudios Psicológicos y cabía la posibilidad de
que me llamaran para identificarlo. Habían detenido al doctor DeCandyle.
Además, podían convocarme para atestiguar contra él.
Pero no
me llamaron nunca. La policía no tiene mucho interés en la identificación que
pueda hacer un ciego.
—En
especial cuando lo que busca la Universidad es echar tierra sobre todo el
asunto —dijo mi ex mujer.
—Y sobre
todo con un cuerpo como éste, erráticamente descompuesto —añadió el novio.
—¿Qué
quieres decir?
—Tengo un
amigo en la oficina del forense, y él empleó la palabra «errático». Dice que
nunca ha visto un cadáver tan extraño; algunos órganos estaban completamente
descompuestos y otros casi frescos; como si la occisa hubiera muerto por
etapas, a lo largo de varios años.
A los
policías les encantan las palabras como «occisa» y «cadáver». Ellos, los
médicos y los abogados son los únicos que todavía hablan en latín.
Sorel
recibió sepultura el viernes. No hubo funeral, sólo un breve trámite al pie de
la tumba para firmar los documentos apropiados. La enterraron en la parte del
cementerio que se reserva a los miembros amputados y los cadáveres utilizados
en la Facultad de Medicina. Resultaba extraño llorar a una persona a la que
había conocido mucho mejor de muerta que de viva. Me pareció más bien una boda.
Cuando olí la tierra y la oí caer sobre la tapa del ataúd, tuve la impresión de
estar entregando a la novia.
DeCandyle
se hallaba presente, esposado al novio de mi ex. Se lo habían permitido por ser
el pariente más cercano.
—¿Cómo es
eso? —pregunté.
—Era su
esposa —dijo mi ex mientras me conducía a su coche para llevarme a casa—. Se
casaron cuando eran estudiantes. Estaban separados, pero nunca se divorciaron.
Yo creo que ella se largó con el japonés. El que mató primero. ¿Ves cómo encaja
todo? Es lo lindo que tiene el trabajo de policía, Ray.
* * * * *
* * * *
Ustedes
ya conocen el resto de la historia, sobre todo si están suscritos a la National
Geographic. El artículo fue candidato al premio Ballantine. Las
primeras imágenes del otro lado, el lejano reino, el País no Descubierto, como
dijo Shakespeare. DeCandyle hizo lo suyo en la revista People:
El
Magallanes de la Estigia habla desde su celda
y mi
muestra en una galería neoyorquina fue un éxito enorme. Pude vender, a un
precio astronómico, una edición limitada de reproducciones impresas, y doné las
pinturas al Smithsonian (a cambio de una generosa reducción de
impuestos).
Mi ex y
su novio me recogieron en el aeropuerto de Raleigh-Durham a mi regreso de Nueva
York. Se iban a casar. El novio había buscado debajo de mi estudio, pero no
había encontrado nada. Ella estaba embarazada.
* * * * *
* * * *
—¿Qué es
eso que he oído sobre tus dedos? —me preguntó mi ex cuando me llamó el jueves
pasado. Ya no tenía tiempo para venir a mi casa, y me cocinaba una señora de la
zona. Le conté que había perdido las yemas de dos dedos a causa de lo que,
según mi médico, era el único caso de congelación ocurrido en Carolina del
Norte durante el invierno excepcionalmente templado de 199… De algún modo mi
habilidad para pintar se fue con ellas, pero de momento no tiene por qué
saberlo nadie.
|
Por fin
ha llegado la primavera. El olor a tierra húmeda me recuerda la tumba y
despierta en mí deseos que la pintura ya no puede satisfacer, aún si hubiese
conservado los dedos. He pintado mi último cuadro. Mi ex —perdón, la futura
señora de William Robertson Cherry— y su novio —perdón, su prometido— me han
asegurado que enviarán un chofer para que me lleve a la boda el domingo que
viene.
Pero no
iré. Tengo una escopeta de plata detrás de la puerta en la que puedo volar como
si fuera un cohete cuando me dé la gana.
Y odio
las bodas. Y la primavera.
Y envidio
a los vivos.
Y amo a
los muertos.
Título
original: Necronauts. Traducido por Eduardo J. Carletti y Silvia
Angiola
Terry
Bisson nació el 12 de febrero de 1942 en Owensboro, Kentucky. Se graduó en la
Universidad de Louisville en 1964 y es miembro de la asociación Science Fiction
and Fantasy Writers of America (SFWA). Es autor de siete novelas y sus cuentos
han aparecido en Playboy, Asimov’s, Omni, Fantasy & Science Fiction,
Socialism & Democracy, Southern Exposure y Harper’s. Su relato «Cuando los
Osos Descubrieron el Fuego» arrasó con todos los premios del campo de la
ciencia-ficción en 1990-1991, incluyendo los premios de lectores de las
revistas Asimov’s y Locus, y los premios Nebula, Hugo y Theodore Sturgeon. A su
vez, «macs» ganó el premio Locus (2000), el Nebula (2001) y el Grand Prix de
l’Imaginaire de Francia (2001). Terry Bisson ha novelizado numerosas películas
incluidas Johnny Mnemonic (R. Longo, 1995), Asesino Virtual (B. Leonard, 1995),
El Quinto Elemento (L. Besson, 1997), Alien Resurrección (J.P. Jeunet, 1997),
Héroes fuera de Órbita (D. Parisot, 1999) y El Sexto Día (R. Spottiswoode,
2000). También ha adaptado las obras de William Gibson, Greg Bear, Jane Austen,
Joel Rosenberg, William Shakespeare, Roger Zelazny y Anne McCaffrey al cómic.
Este trabajo incluye la adaptación gráfica en seis partes de las dos primeras
novelas de Ámbar, de Roger Zelazny, para DC, así como «Orgullo y Prejuicio»,
«Emma» y «Enrique V» para Classics Illustrated. Bisson completó la secuela
póstuma de la obra cumbre de Walter M. Miller Jr., «Cántico por Leibowitz», que
se publicó en 1997 con el título «San Leibowitz y la Mujer Caballo Salvaje».
Sitio oficial: http://www.terrybisson.com/.
Este
cuento se vincula temáticamente con QUIERO
VIVIR, de Susana Sussmann, CICLOS, de
Eduardo J. Carletti, FIGURAS DE CERA, de
Sergio Gaut vel Hartman
, UN POCO DE PAZ, de
Jorge Jiménez Ríos
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Axxón 206
– marzo de 2010
Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción :
Experimentos : Muerte : Arte : Estados Unidos : Estadounidense).

