Libro N° 10847. Ficción Breve (Cincuenta Y Seis). Varios Autores.
© Libro N° 10847.
Ficción Breve (Cincuenta Y Seis). Varios
Autores. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
Ficción Breve (Cincuenta Y Seis). Varios
Autores
Versión Original: © Ficción
Breve (Cincuenta Y Seis). Varios Autores
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://axxon.com.ar/rev/2010/03/ficcion-breve-cincuenta-y-seis-varios-autores/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/lineas-zoom-comic-amarillas-fondo-detallado-semitono_1409-1603.jpg?w=900&t=st=1673218825~exp=1673219425~hmac=6c2c2db8358b88385ec78d2e3a63308cfbb73b056db47ca2e330dcd50a4fad5c
Portada
E.O. de Imagen original:
https://axxon.com.ar/rev/205/c-205cuento5ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
(Cincuenta Y Seis)
Varios Autores
Ficción
Breve
(Cincuenta
Y Seis)
Varios
Autores
CONTENIDO
RITUALES DE LA MODA – Carlos Daniel Joaquín Vázquez
ARGENTINA
MUJER NO RESIGNADA – Daniel Avechuco Cabrera
MÉXICO
RELOJ – Norma Yamille Cuéllar
MÉXICO
LA CAJA DE MÚSICA – Carmen Rosa Signes Urrea
ESPAÑA
EL ACOMPAÑANTE – Martín Gardella
ARGENTINA
AQUELLO – Carlos Almira Picazo
ESPAÑA
EL PORTAL DE LAS MANTÍCORAS – Ricardo Gabriel Zanelli
ARGENTINA
NEVERMORE – Iván Humanes Bespín
ESPAÑA
DOMINGO LABERÍNTICO – Damián Arturo Madrigal Aguilar
MÉXICO
PREMIO – Fernando Jorge Figueras
ARGENTINA
FAST FOOD – Javier Fernández Bilbao
ESPAÑA
PERFECTA CERVEZA – Juan Manuel Sánchez
URUGUAY
REBAÑO APESTOSO – Francisco Enríquez Muñoz
MÉXICO
ALGO NUESTRO – Juan Ignacio Maisonnave
ARGENTINA
EL ASTRONAUTA – Juliano Ortiz
ARGENTINA
EL DEMONIO DE LA FATALIDAD – Julián Lisandro Moreno
ARGENTINA
Ficción
Breve (Cincuenta Y Seis)
Varios
Autores
«Si
aceptáis otorgarme lo que os suplico, nunca, ni vos ni cualquier otro ser
humano, volveréis a verme. Me estableceré en las enormes tierras deshabitadas
de América del Sur».
Mary Shelley, «Frankenstein», capítulo XVII.
Se podría
decir que el verdadero tópico del género de terror es la lucha por emerger de
aquello que el entorno sociocultural ha reprimido o se niega a percibir,
encarnado en la figura del Monstruo. En una sociedad de códigos rígidos la
aparición de un ser que no respeta el orden ni las convenciones morales cuando
se oponen a sus necesidades, se convierte en una provocación. El final feliz
generalmente significa la restauración de la normalidad (o sea, de la norma),
amenazada por el Monstruo.
Es
posible reproducir al Monstruo en casi cualquier objeto o sujeto: un animal, un
extraterrestre, un asesino psicópata, una máquina fuera de control. Lo que hace
falta es que lo reprimido sea, a los ojos de la sociedad, tan terrible o tan
obsceno que deba ser rechazado, pero al mismo tiempo tan fuerte como para
regresar una y otra vez bajo distintas apariencias.
Silvia
Angiola
RITUALES
DE LA MODA – Carlos Daniel Joaquín Vázquez
Acomodado
en el sillón de transformaciones, miró a su alrededor: escalpelos y bisturís de
toda forma y tamaño compartían espacio con pinzas, tijeras y otros aparatos
cuya función ni se atrevía a imaginar.
Aunque
acostumbrado a someterse a cirugías, tembló. Quizá fuese porque esta vez la
moda era aberrante.
El
cirujano le palmeó el brazo, tranquilizándolo. Después le tomó la muñeca y la
aseguró al sillón. Hizo lo mismo con el otro brazo y ambas piernas. Finalmente
le ajustó una cinta fina pero resistente sobre la frente, inmovilizándola.
—¿Anestesia?
—preguntó cuando el cirujano se acercó con algo parecido a un trépano.
—No,
señor —contestó el cirujano, sonriendo—. Transformarse en monstruo requiere
algo más que cortes y suturas.
Hemos
publicado en Axxón sus ficciones: SU AMOR DEL TREN (25),
CRUZADO (57), FÁBULA
(CON AMOR) (148), HISTORIAS
ANTES DEL FIN (149), LA PICAZÓN (153), ALIENÍGENZOOS (154), CLAVIUS,
UCLO Y EL FACTOR INDESEADO (159), SENTIDOS (160), LA
PEQUEÑA DEL BOSQUE (161), RECETA (163), PUROS DE CORAZÓN (163), DESEOS (163), PRECISIÓN (167), LA
METAMORFOSIS (168), LA CENA (170), TIC-TAC (174), VÉRTIGO (180), PRUEBA DE CONCEPTO (180), BORGEANO, en
co-autoría con Alejandro Javier Alonso (180).
Hemos
publicado en Axxón sus artículos: CIENCIA FICCIÓN Y REALIDAD, en
co-autoría con Jorge Korzan (183).
Ha
colaborado en equipo en: ENTREVISTA
CON ALEJANDRO ALONSO, con Eduardo J. Carletti y Laura Siri (120)
MUJER NO
RESIGNADA – Daniel Avechuco Cabrera
David
escuchó el timbre y abrió los ojos con la certeza de siempre. Miró el reloj que
colgaba de la pared: las tres y veinte de la mañana. Metió los pies en las
pantuflas y salió de la habitación. No se sorprendió con lo que encontró detrás
de la puerta.
—Sabía
que eras tú —musitó David.
La mujer
agachó la cabeza y soltó el llanto. Los hombros se le sacudían como si no
tuviera huesos. A pesar de los gimoteos, no derramó ni una sola lágrima.
—Sofía
—dijo David—, no podemos seguir así.
—Por
favor —repuso la mujer—, déjame dormir una noche más a tu lado, sólo una noche
más.
—Eso me
pediste hace dos días. Lo mismo la semana pasada. Tenemos que superar esto.
—Por
favor —insistió la mujer.
David
cerró los ojos y exhaló profundamente. Luego dijo:
—Pero
sólo una noche más.
Dibujando
una sonrisa, la mujer traspasó el arco de la puerta y se encaminó a su antigua
recámara, dejando caer a cada paso montoncitos de tierra y algunos gusanos
retorciéndose.
Daniel
Avechuco Cabrera tiene 23 años. Es Licenciado en Letras Hispánicas y
actualmente estudia un postgrado en Literatura Hispanoamericana. Hemos
publicado en Axxón: LOS LOCOS, SUEÑOS Y
SONRISAS
Alberto
despertó muy temprano. No había dormido bien. Ya tenía dos semanas buscando un
regalo para su décimo aniversario de bodas, al día siguiente. Salió de casa
luego de besar a su esposa. Recorrió centros comerciales sin encontrar ningún
obsequio del gusto de Laura. Se dirigió al Barrio Antiguo, en la zona céntrica
de Monterrey. Hastío, aletargamiento de mediodía. El calor taladraba la piel y
la mente a cada paso. Alberto escuchaba sus propios latidos. La boca seca.
Casitas con ventanas enrejadas, calles de piedra. Cerca del cruce entre las
calles Morelos y Mina, Alberto sentía la pesadez de sus cuarenta y cuatro años.
Continuó
por Diego de Montemayor hacia el Museo de Historia Mexicana. Una certeza: cada
vez que caminaba por el Barrio Antiguo descubría algo que en la ocasión
anterior no había visto. Recorrió la zona de nuevo, y al pasear por Mina,
encontró un pequeño local que le había pasado inadvertido. Tenía un letrero
colgante de madera, con la palabra Antigüedades en itálicas. Había un balcón en
el segundo piso, con macetas pendiendo del barandal metálico.
Se agachó
para atravesar la puertita principal. La superficie del suelo era puro cemento.
En el cuartito había tres ancianas: una bordaba en una mecedora, otra picaba
nueces en una mesa y la última desempolvaba las reliquias en venta. No pudieron
contener su alegría cuando vieron al cliente.
—Buenas
tardes señor, pásele, pásele… —saludó la viejecita bordadora.
—Gracias…
eh… ando viendo… ando buscando un regalo para mi esposa —dijo él.
Él
admiraba los cuadros, los prendedores con piedras semipreciosas, las lámparas
estilo art decó, los ceniceros de cristal cortado. De repente algo asaltó su
vista: un reloj dorado, con incrustaciones de concha nácar y lapislázuli. La
luz solar proveniente de una de las ventanas se reflejaba en cada parte del
objeto barroco. Alberto quedó hechizado.
—Lo que
más le guste señor, menos eso —la anciana que picaba nuez por fin habló.
—Menos el
reloj —agregó la que desempolvaba.
—El reloj
es lo único que no… no se lo puede llevar —recalcó la otra.
—¿Por
qué? —preguntó él.
—Porque
la vez pas… —la frase de la viejita del bordado quedó interrumpida por el
timbre de un teléfono del cuarto contiguo. Las mujeres se apuraron hacia el
aparato como en acto pavloviano. Él se percató del vestuario idéntico de las
tres. Ya no escuchaba las voces femeninas. Estaba a solas con el reloj. La
oportunidad de obsequiarle algo tan lindo y valioso a su mujer tal vez no se
repetiría. Tomó el objeto, corrió varias calles hacia su auto. Ya en casa, cenó
y vio la televisión con su esposa. Cuando Laura al fin se durmió, él colocó el
regalo en su buró, para que lo descubriera al despertar. A las ocho horas del
lunes vio que Laura estaba acostada dándole la espalda, por lo que se estiró un
poco, buscando los labios femeninos… el rostro de su esposa estaba lleno de
arrugas, sus manos, el cuello… las manecillas del reloj giraban enloquecidas.
Alberto
agarró el objeto, y en su coche regresó a la tienda de antigüedades, con los
ojos entrecerrados por las lágrimas. Cada minuto veía cómo su propia piel
empezaba a mostrar surcos. Bajó de su vehículo y, al levantar la vista hacia el
balcón, alcanzó a ver a tres niñas idénticamente vestidas, sonrientes.
Norma
Yamille Cuéllar vive en Colonia Contry Tesoro, Monterrey, México. En 2001
presentó el plaquette de narrativa «Fuegos Internos», con apoyo de Causa Joven
Nuevo León. Fue seleccionada para la antología «México Joven», presentada en
Internet y CD, a cargo de la doctora Maja Zawierzeniec, en el año 2009. Fue
incluida en una antología sobre jóvenes narradores de Nuevo León, realizada por
José de la Paz para el Conarte, en 2009. Desde el presente año forma parte del
grupo Escritores Seriales de Kala Editorial, publicando cuentos en su página web. Tercer
lugar en el Concurso El Rock es Puro Cuento, convocado por la revista regia La
Rocka; apareció en la antología de La Rocka y la Universidad Autónoma de Nuevo
León llamada «El Rock es Puro Cuento» (2005). Mención honorífica en el V
Concurso Nacional de Cuento «¿El Crimen como una de las Bellas Artes?» del
Instituto Coahuilense de Cultura (2005). Segundo lugar en el Primer Certamen de
LiteraDURA Hijos de Satanás, del ciberfanzine de literatura subterránea Borraska,
en España (2006). Primer lugar en el Primer Concurso de Cuento del Comité
Melendre, en la categoría La mentira, y el segundo en la categoría La muerte,
en Oaxaca; sus textos aparecieron en el libro Los Humanos Mueren
Sonriendo (2007). Mención honorífica en el Primer Concurso
Internacional de Cuentos Breves de Atina Chile, en Santiago (2007). Hemos
publicado en Axxón: ÉSTA NO
ES OTRA CANCIÓN DE ARJONA
LA CAJA
DE MÚSICA – Carmen Rosa Signes Urrea
María y
yo habíamos llegado a un acuerdo. Aficionados a las antigüedades, nos faltaban
tanto los medios como los recursos para adquirir cuanto nos apetecía, así que
el trato consistía en comprar objetos que no sobrepasaran nuestro ajustado
presupuesto.
—¿Dónde
está el truco? —preguntó María—. Seguro que te ha costado más.
Su forma
ovalada escondía una mariposa metálica que parecía real; bajo ella, una
llavecilla; y tras el llavín, la cerradura que ocultaba el resorte, que
precedido por un silbido, avivaba al insecto y disparaba la música persistente
que acompañaba sus movimientos.
Conseguí
la caja de música en un rastrillo. Aquella delicada pieza encerraba un secreto
que posiblemente había pasado inadvertido. Temí que fueran a pedirme una
fortuna por tan extraordinario artilugio, pero no fue así. Era tal su encanto
que dejabas cualquier cosa que tuvieras en mente para entrar en un estado de
relajación perfecto. Por tal cualidad decidimos acomodarla en la habitación de
nuestra bebé.
Despertamos
con el llanto de la pequeña y el sonido ralentizado de la caja de música que
había caído a tierra. Sabedores de su cualidad pacificadora, le dimos cuerda y
regresamos a la cama. Un segundo después, el llanto desconsolado volvía a
acompañar al sonido desacorde del ingenio. En esta ocasión, María decidió
quedarse con la niña.
Pasado un
rato, resolví intercambiarme con ella. Caminé despacio para no hacer ruido;
aquella musiquilla sonaba dulce. A pocos pasos de la habitación, los sones se
tornaron tétricos. Entré. María, con la tez blanca, estaba paralizada viendo
cómo la niña, suspendida en el aire, era zarandeada por un engendro mecánico
surgido de las entrañas de una caja irreconocible, que había mutado tanto de
tamaño como de forma. La mariposa se había metamorfoseado en gusano. El cuerpo
de la pequeña, que se agitaba nerviosa mientras lloraba, volvió a caer sobre la
cuna. Como pude, la tomé en brazos y junto a María huí de la casa espantado.
Regresé
con el día esperando que al terminar la cuerda la caja hubiese vuelto a su
estado primigenio, pero había desaparecido.
Durante
más tiempo del esperado, no nos sentimos con ánimo de dejar sola a la pequeña.
Hacíamos incluso guardias nocturnas hasta que comprendimos que había
desaparecido el peligro. Ese mismo día, la prensa destacó en titulares la
misteriosa desaparición de un bebé. La foto que encabezaba el artículo
mostraba, sobre la cómoda situada al lado de su cuna, una caja ovalada.
Carmen
Rosa Signes U. (Castellón-España, 1963), ceramista y fotógrafa. Lleva
escribiendo desde niña, tiene publicadas obras en diferentes páginas web y
blogs (Predicado.com, La Gran Calabaza, Breves no tan Breves, Químicamente
Impuro, Ráfagas, parpadeos, Letras para Soñar, Blog Contemos Cuentos,
Cuentanet, etc.), obras de su autoría han sido publicadas bajo el seudónimo de
Monelle. Actualmente gestiona varios blogs, dos de ellos relacionados con
la Revista
Digital miNatura, que co-dirige con su esposo Ricardo Acevedo,
publicación especializada en microcuento y cuento breve del género fantástico.
Ha sido finalista de algunos certámenes de relato breve, por lo que tres de sus
obras están publicadas en los dos primeros libros que la web Grupo Búho editó
con los seleccionados de su concurso anual. Finalista en las dos ediciones del
certamen de cuento fantástico Letras para soñar, y finalista
del I Certamen de relato corto de terror El niño cuadrado. Ha
ejercido de jurado en concursos tanto literarios como de cerámica, impartiendo
talleres de fotografía, cerámica y literarios. Web relacionada: El libro
de Monelle.
EL
ACOMPAÑANTE – Martín Gardella
Mi
compañero de cuarto tiene hábitos extraños. Con las primeras luces de la
mañana, se levanta gruñendo a cerrar las persianas. Adora la oscuridad y el
silencio de las noches, para sentarse a observar, emocionado, las estrellas
fugaces. Prefiere esconderse en el armario cuando recibo visitas (no sé si lo
hace por cortesía, por retraimiento, o porque teme que el invitado sea alguno
de esos sujetos que, según me cuenta, lo buscan para atraparlo). Conozco el
riesgo, pero protejo su secreto de manera cómplice. Desde aquella noche
tormentosa en que se instaló en mi casa, se convirtió en mi mejor compañía, en
un compinche fuera de serie. Lo atiendo y lo alimento como a un bebé indefenso,
y por las tardes le preparo un baño de inmersión, para que juegue, por un largo
rato, con la esponja jabonosa entre sus tentáculos.
Martín
Gardella nació en 1973 en la ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires,
pero vive en la Capital Federal desde 1984. Es abogado y profesor
universitario. Fue editor y fundador de la revista «Pensamiento Jurídico».
Escribe cuentos desde el año 2000 y ha recibido menciones en varios concursos
nacionales e internacionales. En los últimos años, ha incursionado
especialmente en el género de minificción. Es el creador del blog «El Living
sin Tiempo», donde publica sus relatos. Varios de sus microcuentos han sido
incluidos en antologías del género publicadas en Internet.
AQUELLO –
Carlos Almira Picazo
Aquello
venía del fondo de la casa, de los reinos del silencio. Se deslizaba con paso
de lana por el corredor y se plantaba tras de mí. Podía sentir su aliento, su
risita, su peso de plomo en la nuca. A veces me acompañaba durante todo el día.
Sólo cuando lograba ponerme a escribir, ante el atisbo de mis mundos, aquello
retrocedía sin necesidad de ajos ni crucifijos y, como cualquiera con quien uno
se ha cruzado en una calle, se disipaba al punto.
Carlos
Almira Picazo nació el 31 de mayo de 1965 en Castellón de la Plana, España.
Doctor en Historia por la Universidad de Granada. Autor de una novela en papel:
Jesuá, ed. Entrelíneas, Madrid, 2005; de un ensayo en papel: ¡Viva España! El
nacionalismo fundacional del régimen de Franco (1939-43), Editorial Comares,
Granada, 1997; de una novela en formato digital: Todo es Noche, Prometeus mdq,
abril 2007; y de un centenar de cuentos y ensayos, publicados en revistas como
Adamar, Axxón, Ed. Badosa, Destiempos, El Coloquio de los Perros, Cañasanta,
Diezdedos, Remolinos, Magazine Siglo XXI, El Fantasma de la Glorieta,
Revestidos, Tiempos Futuros, Quaderns Digitals, Literae Internacional, Ariadna,
Fábula, Cuadernos del Minotauro, etcétera. Hemos publicado en Axxón: LOBO, EL ÁRBOL
MALDITO, LA
HIPOCONDRIACA, EL ORIGEN
DEL UNIVERSO, EL
AUTÓMATA, HISTORIA
DE AMOR, LOS
MUERTOS, MARIO Y
EL GATO.
EL PORTAL
DE LAS MANTÍCORAS – Ricardo Gabriel Zanelli
Las
primeras impresiones fueron una lluvia copiosa aunque tenue y un olor a humedad
que se diría omnipresente. Vi entonces un portal de hierro: dos formidables
mantícoras en actitud rampante sostenían, con sus garras delanteras, un escudo
de armas indescriptible. Todo el conjunto formaba un arco imponente. Había en
el escudo una inscripción cuyo significado me era ajeno. Atravesé el portal.
Delante de mí yacía, unos cien pasos más allá, una alameda espigada y borrosa a
la vista a causa de la lluvia. El viento doblaba los álamos hacia mi derecha.
Atrás no quise mirar. El sonido de hierba mojada y aplastada me dio la idea de
que había comenzado a caminar. Di tantos pasos que perdí la cuenta, pero los
álamos seguían a la misma distancia. Dos pasos después, los tenía encima.
Ingresé en lo que parecía ser un bosque. Atrás no quise mirar. La alameda
parecía eterna o infinita, lo cual viene a ser lo mismo. Sin darme cuenta
siquiera, arribé a un claro. En el cielo aparente volaban unas criaturas que
describían círculos perfectos. A lo lejos se adivinaba, aunque más borrosa,
otra arboleda. Me pregunté si habría un ciclo. Un ciclo de claros y alamedas.
Más tarde, un sendero ondulante comenzó a desplazarse suavemente debajo de mis
pies. No puedo mentir: no caminaba. Crucé el bosque nuevo, más abigarrado que
el anterior. Emergí de él. Atrás no quise mirar. Vi entonces el dorso de un
sillón hamaca o bien un monstruo con cuerpo de sillón hamaca y una cabeza
humana. El sillón se balanceaba como si lo observara a través de una cámara
lenta. La nuca de la cabeza me era familiar. Al fin mi cuerpo ocupó el cuerpo
que estaba sentado, es decir, mi cuerpo. Miraba ahora con atención un pozo en
la maleza húmeda del suelo, un pozo de unos dos metros de diámetro. Estaba
repleto de agua. Un agua negra. No quería atisbar en su interior pero supe de
algún modo que tenía una profundidad de cien metros. O tal vez más. Sabía
también que yo esperaba algo. Algo que no conocía. De pronto, un rumor
acuático. Un cuerpo enorme y atemorizante emergió de las aguas negras. Era un
pez, también negro. De un color negro brillante. Se alzó dos metros en el aire,
luego giró sobre sí mismo y se zambulló limpiamente. Más tarde emergió otra vez
—supuse que llegaba hasta el fondo de la fosa— y volvió a sumergirse. Descubrí
entonces un ritmo: dos lentísimos vaivenes de la hamaca por cada salto del pez
negro. No podía mi voluntad alterar ese metro. Oí ahora una voz grave, seca.
«Es la cadencia de tu eternidad», dijo. Justo en ese instante emergió el pez
negro una vez más. La voz repitió la frase. Y ya no pude mirar atrás.
Ricardo
Gabriel Zanelli nació en la Argentina en 1962. Ha publicado varios cuentos y
ensayos breves en diarios (La Voz del Interior) y revistas (Revista Cuásar) de
Argentina. Es autor de LA RULETA RUSA DEL TIEMPO (Cuentos), 2004, Editorial
Argenta. Hemos publicado en Axxón: VEINTE
AÑOS.
NEVERMORE –
Iván Humanes Bespín
Para dar
un ejemplo, Eduardo combinaba el corte francés con la lectura de Poe. Se dice
que sus manos de carnicero habían llegado a actuar con tanta minuciosidad que
no sólo atendía los encargos del barrio, sino que incluso el crucero Océano
Expreso había llegado a contar con sus cortes. Sus clientas acudían puntuales y
escuchaban citas de Poe entre el machaque de los huesos. Y el tiempo se
consumía así: historias y el filetear matemático, infinitas bandejas de comida.
Ya nadie
llevaba la cuenta de los movimientos incisivos de su cuchillo. Nosotras, que
nunca hemos quitado ojo desde la distancia, anotábamos la tarea. Cómo después
de la jornada lavaba sus manos en agua hirviendo, cómo esperaba que dieran las
nueve para bajar la persiana y quedarse leyendo. Y si nunca dijimos nada, si
nunca le dimos una palmadita en la espalda y le animamos a seguir y a que
continuase con su arte, no fue por mudez, ni siquiera por cobardía; sino que
para nosotras no había llegado el momento.
Hacia el
amanecer, en esa noche interminable, nos alcanzó el sueño. Habíamos hablado
durante horas. Algunas discutieron de una forma tan desaforada que atropellaban
las palabras. Pero definitivamente convenimos qué hacer. No fue sencillo, pero
democráticamente ganamos la decisión. A media tarde, en el momento en que
despertamos y él estaba de nuevo repasando sus libros, lo hicimos.
Hay que
aclarar que no fue una decisión precipitada, sino que los acontecimientos
(digámoslo ya: el ser las siguientes), nos empujaron:
—Nevermore —dijo
de repente una de nosotras.
—Nunca
más —repetimos todas.
Los
ganchos que nos sujetaban se movieron y adornaron las frases con un quejido
metálico y agudo. Varias saltamos al mostrador y bramamos como nunca. En ese
momento preciso el carnicero se desplomó. Y en la imaginación aún conservamos
su destreza contra nuestras semejantes. Parece natural no haber permitido el
destino. Más aún si somos prácticas y concluimos que el fin no era su brillante
forma de hacer y cortar nuestra carne, sino un hipotético plato de cocina que
desconocíamos.
Iván
Humanes Bespín nació en Barcelona (España) en 1976. Licenciado en Derecho por
la Universidad de Barcelona. Codirector de la revista literaria DADO
ROTO (www.dadoroto.com). Es colaborador de la revista Escribir
y Publicar y del sitio electrónico Literaturas.com, para
los que ha realizado entrevistas a Martin Amis, Andreu Martin, Fernando
Arrabal, Guillermo Martínez, Lázsló Krazsnahorkai, Peter Stamm, Agustín
Fernández Mallo, o Eloy Fernández Porta, entre otros. En el 2005 publicó el
libro La memoria del laberinto (Biblioteca CyH), que consta de
diecinueve relatos cortos. En 2006 el ensayo Malditos. La biblioteca
olvidada (Grafein Ed.), del que es coautor. Y en 2007 la obra 101
coños, que aúna hiperbreves e ilustraciones (Grafein Ed.). Colaboraciones
en diversas revistas (Paralelo Sur, Sibila, Crítica, etc.) Su sitio en la red
es www.ivanhumanes.com. Prepara
la publicación de su novela Emboscadas.
DOMINGO
LABERÍNTICO – Damián Arturo Madrigal Aguilar
El viejo
Samuel tenía como pasatiempo favorito el fumar hachís todos los domingos en la
tarde, a la hora del crepúsculo, y abstraerse por completo en la lectura de
algún libro fantástico. El hachís según sus propias palabras: «Hace que
mi espíritu abandone este lugar y vague libremente por los mundos literarios,
como un observador omnipresente».
Uno de
tantos domingos, estaba Samuel amodorrado sobre su acolchonado sofá, rodeado de
una espesa y tóxica nube de hachís, sosteniendo entre sus manos un libro sobre
leyendas de la Europa Medieval, mientras su espíritu vagaba en un punto de la
lectura que decía: «…entonces el rey proclamó que el caballero que
quisiera esposarse con su hija tendría que atravesar el laberinto del que nadie
hasta el momento ha logrado salir».
Súbitamente
Samuel fue interrumpido en su lectura: alguien llamó a la puerta. Enfadado, se
levantó pesadamente de su sofá, y dando pasos torpes y perezosos llegó hasta la
puerta. No había nadie, el largo pasillo estaba desierto y silencioso.
De
regreso en su sofá, continuó la lectura: «Obedeciendo los designios del
rey, diez caballeros fueron llevados ante el umbral del enigmático laberinto».
Nuevamente
llamaron a la puerta, pero esta vez se escuchó una risita infantil, aguda e
infernal, y los ecos de unos pasos presurosos que se extinguieron en las
escaleras a la mitad del pasillo.
Supo que
se trataba de ese niño raro que vivía en el número trece. A su mente llegó la
imagen de sus pequeños ojos maliciosos, la expresión sádica de su boca y la
apariencia deforme de su cuerpo. Había algo en él que le resultaba inefable y
extraño.
Esperando
no ser interrumpido, retomó la lectura: «Llegaron los caballeros ante
el umbral del laberinto mientras recibían indicaciones por parte del bufón de
la corte, un hombre de baja estatura, escuálido, algo deforme y de apariencia
infantil, sus ojos eran pequeños y maliciosos y la expresión de su boca,
sádica».
Cuando el
espíritu de Samuel miró al bufón reconoció en él algo extrañamente familiar,
pero en ese momento no pudo precisar nada.
Por
tercera vez alguien llamó a la puerta. Samuel maldijo con toda su alma,
recorrió el pasillo, llegó hasta las escaleras, no había nadie, sólo escuchaba
los ecos de unas carcajadas infantiles. Regresó a su departamento pero, al
abrir la puerta, se encontró nuevamente en el pasillo, y sucesivamente, esta
operación se repitió un número infinito de veces, todo porque su espíritu fue
interrumpido antes de escuchar una de las principales advertencias del
bufón: «Ante todo no maldigan antes de entrar, de lo contrario la mala
fortuna los perderá para siempre».
Damián
Arturo Madrigal Aguilar tiene veintiocho años, hace cuatro años se tituló de la
carrera de Químico Farmacéutico Industrial en el Instituto Politécnico
Nacional. Tiene intereses musicales y literarios; es lector de todos los
géneros literarios, sin embargo en este momento sólo le gusta escribir relatos
fantásticos. Hemos publicado en Axxón: EL
PRESAGIO DEL RÍO UPRA-YAN, EL LIBRO
DE LA ETERNIDAD.
PREMIO –
Fernando Jorge Figueras
Murciélagos
sobrevolando el recinto. Inquietos, atravesando incluso las mesas y las sillas
del proscenio, los fantasmas. Todo era tan real que resultaba difícil imaginar
qué esmerado artificio movía a unos y otros. Un mayordomo de rostro sombrío y
arrugas profundas cruzó el escenario. Dejó un vaso con agua sobre la mesa
frente a la primera silla y otro frente a la tercera. Luego salió, ajeno a
todo. Al fondo, un hacha goteaba en rojo.
Se
apagaron las luces. Primero apareció un hombre de unos cincuenta años que
parecía caminar llevado por sus gafas. Un spot lo siguió hasta su silla. Lo
mismo ocurrió con el segundo. Sus pasos lentos permitieron apreciar la palidez
excesiva de su cara y la espesura del cabello negro peinado hacia atrás. Sus
manos huesudas quedaron expuestas sobre la mesa al no haber un vaso frente a
él. Una mujer fue la tercera. Llevaba un turbante con una joya central, y un
vestido que caía como un telón, ocultando el espectáculo indeseable de sus
piernas.
El spot
se desvió hacia la derecha. Un soporte con ruedas se vislumbraba cargando algo
en la oscuridad. Entró de a poco en el círculo de luz. Un féretro. Hubo un
rumor entre los asistentes, y alguna risa. El spot se apagó. Entonces, una
luminosidad azul nubló el escenario.
El primer
hombre tomó el micrófono y se presentó. Con voz temblorosa introdujo a quienes
lo acompañaban. Algunos incrédulos volvieron a reír. Luego pronunció efusivas
loas acerca del concurso y sus participantes. Sin más, dio a conocer el nombre
del único ganador.
Marcos se
estremeció. Había ido solo, con su cámara fotográfica. Jamás creyó que ganaría.
Subió al
escenario entre aplausos. Estrechó la mano transpirada del primero y la
heladísima del segundo. Besó una mejilla de la mujer, e hizo un gesto ambiguo
frente al ataúd. Le acercaron una silla para que oyera los comentarios del
jurado. Uno y dos, hablaron en primera persona. La mujer lo hizo en tercera.
Con sus elogios pusieron a «Hust» en la cima de la narrativa de Terror.
Terminó
el acto. El primero lo felicitó y se fue enseguida, alegando agotamiento.
«Nunca integré un jurado tan difícil», le confesó. Marcos quiso agradecer al
segundo, pero ya no estaba. Había desaparecido, como los murciélagos del
recinto. La mujer sí se le acercó. Mirando al féretro, le aseguró: «Sonaba
sincero cuando elogió su obra».
Fernando
Jorge Figueras nació el 26 de abril de 1970 en la ciudad de Buenos Aires. Es
profesor de música y escribe desde hace cinco años. Es hincha de Ferro.
FAST FOOD –
Javier Fernández Bilbao
El niño
tan sólo tenía a sus abuelos. A pesar del lamentable estado que presentaban, no
deseaba que muriesen y le dejaran solo en este mundo.
Él
consiguió salvarse gracias a que pudo refugiarse a tiempo en su escondite del
sótano.
Pero sus
abuelos estaban prácticamente desdentados. Entre los dos, sumaban cuatro
dientes. Así que debió ingeniárselas para poder darles de comer…
***
Bombas de
racimo del tipo experimental SHRIKE FLOCK con cargas Type AT3 HELLWISP:
Cada
módulo AT3 consta de tres vainas. Entre cada una se intercala un gas diferente
que es expulsado al aire en tres tiempos comandados por una espoleta de acción
retardada. Los tres tipos se designan como compuestos A, N, y K1
respectivamente.
La
expulsión del compuesto hipergólico A (dimetilhidracina asimétrica (UDMH) +
tetróxido de dinitrógeno), genera una combustión instantánea de un volumen
importante de aire, creando tras de sí un vacío que en centésimas de segundo
equivale a una semi-esfera de unos diez metros de radio. La tercera vaina
contiene una esponja de hidrógeno y lantano, que incluye perlas de litio y
sodio, y se expande rápidamente en el vacío dejado por la explosión. El sodio
cristalizará cuando contacte con el aire a gran velocidad, actuando de metralla
química.
Efectos:
La fugaz
llama de la combustión y su alta temperatura provocan con asombrosa rapidez la
incineración de las telas y la epidermis. Las quemaduras resultan muy
graves, pero no mortales por necesidad. Los cristales de sodio a alta velocidad
provocan micro-fisuras del orden de hasta un centenar por cm2 en la dermis si
el sujeto se encuentra dentro del radio de acción directa del artefacto explosivo.
La
absorción de la sobredosis de litio por el organismo se produce a través de las
micro-fisuras en la piel. La combinación con el sodio provoca el exceso de
serotonina, induciendo un síndrome serotoninérgico de primer grado que se
traduce en: alteraciones mentales, hiperactividad autonómica y trastornos
neuromusculares en grado sumo.
Se estima
que alrededor de un diez por ciento no sobrevivirá a las quemaduras directas
y frontales y hasta un quince por ciento perecerá por la combinación de este
factor y las heridas superficiales.
Otro
veinticinco por ciento puede morir debido a uno o a la combinación de varios
síntomas, entre los que se encuentran principalmente: fiebre, taquicardia,
ataxia, diaforesis, diarrea, vómitos, dilatación pupilar y temblores.
El resto
de las bajas civiles en la franja se prevé que sean auto-infligidas por los
afectados debido a los efectos secundarios de la serotoninergia de primer
grado.
Hasta
pasados trece días no se espera la orden gubernamental de intervención del
ejército para la «limpieza» del área fronteriza.
***
—¿Qué
son, zombis?
—Nooo,
qué va, nada de eso. Estos hijos de puta aún están muy vivos.
—Son
repugnantes.
—Ya lo
creo.
—¿Por qué
ese ansia constante por devorar?
—Es por
el gas. Los vuelve locos. Son como los animales. Pueden estar comiendo todo el
día y no se sacian, los cabrones. Ahí viene otro. Más cerca… más cerca…
¡Blam!
—Jo-der…
¡Qué sangría!
—Supieron
durante años que aquí se cocía algo gordo, pero no hicieron absolutamente nada.
Cuando reventaron el mercado central causando la mayor masacre de la historia
del país, les jodió tanto que no dudaron en dar la orden de contraataque para
lanzar las bombas con el gas experimental de los cojones. Ya tenían ganas de
probarlas y ésa fue la ocasión perfecta. Se ve que llevaban tiempo esperando
algo así.
»Y esa
fue toda la historia. El resto ya lo sabes. Ahí se acerca otro más. Ése te lo
dejo para ti.
¡Blam,
Blam!
—Los
periodistas de medio mundo están al acecho en la frontera, saben que aquí ha
ocurrido algo gordo, como represalia del ataque terrorista. Están como perros
hambrientos a la caza de cualquier rastro informativo, se lo huelen, pero nadie
ha logrado traspasar el cordón sanitario.
»Así que
lo mejor es no pensar más en ello. Cumplamos nuestra tarea y antes nos iremos
de este puto sitio.
—Joder,
la verdad es que acojonan un huevo. Todos despellejados, sangrando y con esos
ojos que parecen querer salírseles de las cuencas… sin siquiera pestañear… Me
recuerdan un poco al cuadro ése de Saturno devorando a sus hijos.
—¿Qué
dices de quién?
—Nada.
Olvídalo.
—Pues
espera a que venga la noche, chaval. De momento te aconsejo que lleves siempre
munición a tope y el arma a punto, por si las moscas…
»¿Ves
aquella casa de dos plantas?
—La veo.
—Pues ése
es nuestro objetivo ahora. Debemos limpiar esta zona, asegurarla y marcarla. De
ahí para adelante, seguirá la siguiente patrulla.
***
—Despejado.
—Entremos.
—Parece
limpio. Subiré al piso de arriba.
—¿Algo?
—Despejado.
—Llama a
la unidad. Que amplíen el perímetro de seguridad hasta este punto. Yo subiré a
la azotea y colocaré la baliza marcadora.
—Espera.
En este rincón hay una puerta pequeña que no hemos visto.
—Ponte
detrás.
¡Blam!
—¡Mecagüen
la puta, qué hedor, joder!
—¿Qué
hacemos, bajamos?
—Hay que
bajar. Tenemos que registrar todo bien. Mantente alerta.
—Esto me
toca las pelotas… no me gusta nada, joder.
—Tranqui.
Ten cuidado y no te tropieces en los escalones, a ver si vamos a bajar rodando.
—Esto es
un puto sótano, ¿ves algo?
—No veo
nada. Quitaré la tela que cubre aquella ventana. El suelo está pegajoso, se
adhieren las suelas de las botas… Así está mejor… ¡hágase la luz! Está todo
sucio de restos… hay pedacitos por todas partes…
—¡Puajjjjjjssss!
—No te
avergüences de haber vomitado. Esto es asqueroso.
—¡Mierda,
qué coñ…!
—¡Espera!
¡No dispares! ¡Es un chico, y no está afectado por el gas! Chico, ¿estás bien?
—Está
muerto de miedo, como yo…
—Anda,
sal de ahí. Somos tus amigos. Venimos a sacarte de aquí.
—¡Aselejalam!
¡Aselejalam!
—¿Por qué
grita el cabrón…? ¡Cállate!
—¡Aselejalam!
—¿A dónde
se va el muy…? ¡Se ha colado por ese agujero!
—¡Será
hijoputa!
—¡Arriba!
¡La puerta!
—¡Qué es
eso, jodeeer…!
¡Blam!
¡Blam!
—¡Cabroneees,
sois unos jodidos monstruos de mierdaaa…!
—¡El
chico…!
Plinc…
plinc… plinc… plinc…
—¡Su puta
madre!¡Es una granad…
Dice
Javier Fernández Bilbao al preguntarle quién es: Escritorcillo aficionado que
toma de aquí y allá para dar forma a cuentos y relatos relacionados con lo
fantástico y lo terrorífico, y por culpa de un «hambre» nunca saciada de nuevos
estímulos externos para mi imaginación. A pesar de que sólo hace dos años tomé
esta iniciativa como afición, me siento orgulloso de haber completado un puñado
de relatos y cuentos, de los cuales ya he puesto varios en circulación por la
red. Primero, exponiéndolos en sitios de libre publicación, con resultados de
crítica bastante alentadores. Eso me animó a intentarlo en medios
especializados con relatos más elaborados (NGC 3660 y AXXÓN, porque las
considero las mejores*) y que exigen un nivel mínimo para su publicación; y no
me puedo quejar en absoluto de la experiencia. De hecho, su aceptación y la
vista publicada es para mí un grandísimo resultado y un enorme aliciente para
continuar insistiendo con regularidad —sin parecer pesado. Bien sabe Dios que
me cuesta ídem y ayuda «moldear» cada palabra, cada historia, para hacerla
digerible a mí mismo y al (posible) lector, debido a la escasa preparación
académica con la que cuento (días de vino y rosas…). Pero es una experiencia
altamente gratificante sumar renglones coherentes, poder explayarse hasta
parecer loco, y llegar a un fin; amén de aprender, al mismo tiempo, del consejo
o de la redacción de otros hasta convencerte de que lo sabes aplicar y vas
ganando en experiencia y mejorando los resultados hasta que parecen de igual calidad
que los que presentan otros aficionados más curtidos. Ése es mi anhelo al
menos… (* Nótese el guiño) En fin, gracias a todo ello, a veces también me
animo a presentarme en algún concurso, habiendo quedado (¡!) alguna vez cerca
de los mejores. De ahí que lo siga intentando con alguna frecuencia. Y este es
mi particular barómetro escritoril: Finalista III Premio Liter (2008)
de literatura de terror con «Derivados de la Carne». Finalista I
concurso de relatos de terror (2009) El espejo Maldito con «Ciego».
Finalista II premio Cryptshow 2009 de relatos de terror con
«Vivir en plenitud de la muerte». Hemos publicado en Axxón: LA
PORTADORA DE ALMAS, SINGULARES
PAUTAS DE COMPORTAMIENTO A 55 A.L DE LA TIERRA.
PERFECTA
CERVEZA – Juan Manuel Sánchez
Me
resulta imposible relatarlo todo de una forma comprensible. Mis recuerdos no
parecen tener orden. Las dudas son demasiadas, las certezas pocas y para colmo
se contradicen o son inexplicables.
De esa
época
prefiero
no hablar
tampoco
recordar.
Sin
embargo
debo
hacerlo
debo
escribirlo
sino
nunca
recuperaré
esa
parte
de mí.
Nunca
supe cómo llegamos allí, ni dónde quedaba ese lugar. Tampoco cuántos éramos los
que fuimos. Recuerdo, por ejemplo, a Martín. Las conversaciones que mantenía
con él, delirantes pero deliciosas y creativas como corresponde a dos
aspirantes de escritores. Él aportaba su paranoia, yo mi sentido del absurdo.
No,
no es
posible
No
conocía
a Martín por aquel entonces.
Pero
estaba Karen y sobre todo esa paz que trasmite. Su sonrisa me decía que todo
iba a salir bien. No sé como se las arreglaba para ser ella misma en un lugar
así. En cambio, yo estaba alienado, cualquier cosa superaba mi capacidad de
comprenderlo mínimamente. Ustedes no entienden, ustedes no estuvieron allí.
Cerveza
Una jarra
de
Cer
ve
z
a
A.
Era
químicamente perfecta. La exacta dosis de todos sus componentes. Por eso mismo
sabía horrible. Porque la cerveza es más que la fermentación de la cebada
mezclada con flores de lúpulo. Una cerveza tiene una marca, vienen en una
botella marrón o verde, amarilla a lo sumo. Una cerveza es sobre todo un evento
social, se toma con amigos en momentos felices. A nadie se le ocurre tomar
cerveza en un velorio. Quizás ése era el problema. Sí. Velorio. No era un
velorio, al menos no vi ningún muerto pero era un lugar al que llegabas y olía
a velorio.
Ellos
ellos
parecían
muertos
ellos
sentía
asco de
ellos
llos
os.
Minimizaban
todo al objeto, lo mutilaban de su carga simbólica. Iban de un lado a otro,
midiendo, calculando, hipotetizando, corroborando. Ellos, con sus pulcrísimas
vestimentas y su perfume sin olor. Daban pasos cortitos y rápidos, siempre de
la misma extensión. Jamás variaban el tono cuando hablaban y se cuidaban de
usar el término más preciso posible. Ellos eran muchos, vivían allí y se
parecían demasiado como para contarlos. Tampoco sabía cuántos éramos nosotros.
Los distintos. No recuerdo siquiera una vez en la que estuviéramos todos
juntos. Nosotros. Ellos. Ellos sí debían saberlo. Saber es lo que hacían ellos.
llos
os
sé
no
si
eran
humanos
no
sé
no
parecían
tener
sentimientos.
Karen
siempre había estado ahí. Sentada en la escalera que daba a la casa rara. Pero
todas las casas eran raras en aquel lugar. Como plásticas. Sus ojos eran
tristes, aunque todavía brillaban. Tomó mis manos entre las suyas. Eso me
tranquilizó. Fue la primera vez que no sentí frío. Me puse a llorar. A ella no
debió molestarle que le mojara el hombro porque me envolvió con un abrazo. Una
caricia. Un beso. Otro beso en la boca. Me gustaba porque tenía aliento a
cerveza. Porque sus poros eran grandes y tenía granitos en la frente cuando su
cabeza se inclinaba hacia atrás y se dejaba llevar por el vacío de mi lengua.
Era tan
peculiar
LA FORMA
con la
que
entrecerraba
los
ojos.
Llenó
todas mis sensaciones. La vista, los lunares de su cuello y escote. Oído, la
respiración agitada, evanesciéndose en suspiros. Tacto: una piel joven pero un
poco cuarteada por el sol y la playa. Su gusto era un tanto amargo, como toda
saliva ajena. Y su olor, olía a tabaco, a tristeza sudada, pero sobre todo, a
cerveza.
Una
sensación
llamada
Karen
existe
debería
poder
describirla
pero
todo estalla
talla
en
pedazos
se
defragmenta.
Y así
como a veces me confundía con Karen y también me fundía y ya no sabía dónde
terminaba yo y empezaba ella. Otras estaba tieso, tal vez por el frío o porque
tenía miedo de moverme. Las horas eran mucho más largas y ni siquiera había
relojes para martirizarme. Llegaba un momento en el que adquiría la mónotona
cadencia de las paredes y me volvía blanco como el piip el tuut. Entonces me
olvidaba de que existían cosas como las raíces que levantan las baldosas de las
paredes y la cerveza.
Electrodos
e m c b z
n i a e a
muchos
Electrodos
Por todos
lados
Electrodos.
Fría
Camilla.
También
había una ventanilla con un micrófono para que uno de ellos me dijera que no
había problema alguno, que sólo querían conocer algo de mi cerebro que no
alcanzaban a entender. Su voz era indiferente como la de todos ellos. Unos
pasos atrás estaba Karen. Desplegó su mano sobre el vidrio a manera de saludo.
La voz me dijo que me relajara, pero yo me sentía triste, quería alcanzar la
mano y besar su nariz que ahora era fea porque la tenía aplastada contra la
ventanilla. Y la tristeza, te ahoga desde adentro si no sabés qué hacer con
ella. Tengo mis maneras de manejar esas cosas. Suelo acostarme en mi cama a
escuchar el Adagio del Concierto de Aranjuez, pero esta vez tuve que
conformarme con la camilla y mi mala memoria musical. Primero viene la introducción
de la orquesta, suave. Luego comienza la guitarra, tomo más confianza, sé tocar
esa parte. La orquesta responde, el sentimiento se hace más potente. Un violín
me saca del letargo, me doy cuenta de que la música brilla por todas partes y
sale por los amplificadores. Los dedos del guitarrista llueven por las seis
cuerdas. Estoy suspendido en el aire, como a treinta centímetros de la camilla.
Mientras, guitarra y orquesta se envuelven mutuamente. Ellos permanecen con sus
mejores caras de nada, supongo que no tienen procedimiento para algo así.
Entonces Karen abre la puerta, entra a regalarme su mejor sonrisa y se siente
radiante de empaparse con la música y vestirse con los agujeros de la guitarra.
Y Martín sale de ninguna parte, lleva puestos sus ojos más grandes, incapaces
de creer lo que está pasando, pero lo desborda la euforia y destapa una botella
de cerveza.
Juan
Manuel Sánchez Puntigliano nació en Montevideo, Uruguay, a finales de 1983.
Cursó primaria y secundaria en un colegio católico liberal. Es un lector voraz
desde los siete años y comenzó en el secundario a escribir poemas y relatos
cuando la clase se le hacía muy aburrida. Al egresar se inscribió en la
Licenciatura de Letras, de la Universidad de la República, que está cursando
actualmente. Con un grupo de colegas literatos, fundó la revista cultural y
electrónica «GUITA» donde hace las veces de editor. Los narradores que más
disfruta leer son Borges, Cortázar e Ítalo Calvino.
REBAÑO
APESTOSO – Francisco Enríquez Muñoz
Alfombra
rosa. Grandes espejos ahumados colgando de las paredes. Pista en forma de
corazón con su manoseado tubo de metal al centro. Televisores donde por el
momento no hay más imagen que un azul profundo. Olor a desinfectante de pino
mezclado con el perfume barato de las teiboleras, o, por mejor decir,
bailarinas eróticas, acodadas en la barra. Las mesas aún están desnudas de
clientela. Quizá por eso Aleida se sienta junto a ti; quizá por eso apoya la
mano derecha en tu pierna izquierda para no dejarte ir. En ningún otro putibar,
o, por mejor decir, men’s club, podría hallarse mujer alguna que ostentara las
perfecciones de ese cuerpo que se adivina bajo un vestido de licra blanca que
la iluminación cambiante vuelve amarillo y luego verde y más tarde rosa. Sin
embargo, tú rehúsas la oferta de un show particular y te limitas a observar
cómo su lisa cabellera negra, espesa e increíblemente sedosa, le cubre las
orejas hasta llegar a los hombros por ambos costados. ¿Tienes algo que
contarme?, pregunta ella con voz dulce, tierna, como una madre que ve a su hijo
llorar. Le da un gran trago a tu cerveza helada para luego esbozar una sonrisa
carente de maldad en sus gordos labios escarlatas, dejando al descubierto una
fina hilera de dientes blancos que contrastan con su piel morena, y posa su
brillante mirada azul en la tristeza que llevas en los ojos, como si quisiera
conocer tus problemas y hacerlos suyos. A ti te gustaría contarle los capítulos
más bonitos de tu biografía. Contarle con cuánta alegría redactabas los deseos
que siempre te concedían los Reyes Magos. Contarle ese gol increíble, con el
empeine, que metiste bajo un rojizo cielo aborregado. Mucho antes. Contarle las
únicas cosas que cuentan de veras. No puedo hablar de un futuro a tres años, a
cinco (dices con la amargura que te caracteriza). Siempre ocurre algo con los
créditos, los intereses y la realidad. Tengo que compaginar dos chambas para
pagar la renta de un departamento; tengo que pelear a gritos para que los
prestadores de servicios no abusen de mí; tengo que aguantar. Tengo que poner
mi mejor cara para que la gente inepta me hable con un poco de respeto; tengo
que cargar el billete para las mordidas; tengo que cuidarme de todos. Tengo que
acostumbrarme a que aumenten los precios, a escuchar justificaciones idiotas, a
mendigar. No puedo crecer, no puedo soñar, no puedo sentirme bien. Aleida te
pasa la mano derecha por encima de los pantalones, en las inmediaciones de la
ingle. Oye (te dice), ¿me invitas una copa? ¡Chingada madre!, exclamas, sacando
un revólver del bolsillo interno de tu chamarra. Hay un largo silencio en el
que no tintinea un solo vidrio ni se oye respirar a nadie. Pocos tienen la
experiencia de que les apunten con un arma. No es una situación social
frecuente. Pruebe usted, oh, lector mío, quienquiera que sea, en su próxima
fiesta, a ver cómo reaccionan los invitados. Suena un disparo y brota sangre de
la frente de Aleida. Aleida se queda petrificada. No quiero decir quieta, sino
petrificada en el instante del desastre interno, como una Pompeya humana. Un
disparo más, y ella cae de bruces sobre la mesa. Tú le gritas si es eso lo que
quería, si quería morir. Tienes la cara y la ropa moteada de rojo, como en una
rara enfermedad de la piel. Clavas un ojo en las teiboleras que emiten alaridos
y se arrojan al suelo, un ojo en el cantinero que levanta las manos detrás de
la barra y un ojo en los meseros que se arrastran bajo las mesas. Como esto
suma tres ojos, es obvio que estás muy ocupado. Eres el hombre más ocupado de
este valle de lágrimas. Como si no bastara, mueves el cañón del revólver hacia
acá, hacía allá y hacia acullá, muy enojado con el mundo, vociferando que todos
son reses, agachados, rebaño apestoso, que odias que no te pongan atención
cuando hablas.
Nació en
la caótica y sobrepoblada Ciudad de México la tarde del 19 de junio de 1975. Su
vida fue trivialmente feliz durante su niñez, hasta que llegó a la adolescencia
y terminó la preparatoria. Después de ser rechazado sin explicación alguna de
la UNAM, de la carrera de Diseño Gráfico, con el fin de hacer algo más o menos
interesante y no estar de ocioso dentro de su hogar, en 1994 decidió estudiar
fotografía profesional en la escuela Hansel Adams. Desde 1995 hasta 1997 logró
publicar alrededor de quince cuentos en la revista «Crónicas y Leyendas de la
Ciudad de México». En 1998 cursó varios talleres de creación literaria en el
Museo del Chopo y de culturas prehispánicas en el Museo Nacional de
Antropología. A finales del mismo año, junto con varios amigos, hizo el fanzine
«Monstruos, Duendes y Hechiceros». De 1999 a 2000, colaboró con textos y
fotografías en la revista «Nostromo» y trabajó en el equipo de diseño de tal
publicación. Luego de haber sido rebotada de varias editoriales, Arcángel lanza
su primera novela, Los héroes ya no tienen lugar. En octubre de 2001, editorial
Ananké publica su segunda novela, ¡Clang! A mediados del mismo mes, obtuvo una
mención honorífica en el concurso de cuento «Póngale su gorro al chiquito», y
en mayo de 2002 ganó el primer lugar del concurso «Ilustra el morbo» de la
revista «Desnudarse». En mayo y agosto de 2004 publica dos cuentos en el
suplemento cultural «Una Theta» del periódico «La Opinión Universitaria» de
Puebla. En 2007, gana el primer lugar del «Primer Concurso Nacional de Cuento
de Fantasía Oscura», convocado por el Departamento de Cultura de Puebla. De
2004 hasta la fecha ha colaborado con minificciones en la revista chilanga
«Lenguaraz». Esta revista, gracias al trabajo «Del cine porno al cine snuff: la
fusión de la sangre y el semen», le otorgó el segundo lugar del «Primer
Concurso de Ensayo Lenguaraz». A finales de 2008 ganó el primer lugar de un
concurso de minicuento erótico, convocado por los creadores de la película
española «Diario de una ninfómana». Ah, y también ha publicado uno que otro
cuento y uno que otro ensayo en el blog «Literatura Libre» (donde la literatura
no es tan libre como parece, ya que ahí le censuraron un extraño texto, que
curiosamente no se puede catalogar ni como cuento ni como ensayo, titulado
Instrucciones para violar a una mujer) y en el blog «escritor.es» le publicaron
Mamacita, un pornocuento. En «Fotocomunity», una página de Internet dedicada a
la fotografía artística, hay varias imágenes suyas, creadas por él, donde
muestra a algunas lindas mujeres (ex novias, primas y amigas suyas) como Dios
las trajo al mundo, o sea, en pelotas. Hemos publicado en Axxón: EL CUENTO
DEL HOMBRE TRISTE. Su relato MONSTRUOS fue
finalista del concurso Ficciones Breves 2009 de Axxón.
ALGO
NUESTRO – Juan Ignacio Maisonnave
A la
distancia puede verse el mosaico de colores sobre la arena. Son carpas. Cada
uno traía la suya y a la tarde ya estaba ayudando con el fuego, como si
estuviese desde hace mucho tiempo. De noche, y sobre todo cuando no había luna,
el mar era un inmenso ojo negro. En sus parpadeos traía espuma, algas, basura y
toda clase de cosas que recién veíamos de día. Claro, nosotros esperábamos los
huevos. Ahí nomás, en la resaca, bien dispuestos en sus huequitos, traslúcidos.
En general, tenían el tamaño de pelotitas de golf, pero variaban. La gente ni
los toca y se mete en el mar. Antes, porque ahora que nosotros nos instalamos
en la playa no se ve ninguno.
Rita
probó el primero. Los recubre una película tensa y transparente. Es como morder
una pupila bastante blanda. El agua, ese jugo turbio que contienen, llena la
boca de gusto a pescado crudo; la piel se disuelve. Ni ostras ni caviar tienen
esa concentración. «Parece que estamos en el estómago de una ballena», dijo
Rita por el olor que se mantuvo en nuestras fosas nasales el resto del día. El
olor que nosotros mismos empezamos a despedir.
En el
pueblo nos tenían por parias. A dos los habían golpeado y a otro lo echaron del
almacén; no soportaban ni que pasáramos junto a ellos. Como cuando hay exceso
de alcohol: la pestilencia se lleva en los poros. Reconozco que los huevos eran
potentísimos. Así también las ganas de comerlos, de romperlos con los dientes y
que esa explosión, suave pero espesamente, vaya cargando la lengua, la
garganta, contamine la nariz y se diluya en la sangre.
Algunos
pensaron que Rita se había intoxicado. Yo sabía la verdad. La veíamos
encorvada, vomitando. Recuerdo el arco de vértebras marcándose en la piel y un
líquido bilioso. A los pocos meses todos se enteraron. Y la preocupación creció
como la panza de Rita: había que ir al pueblo.
En el
hospital nos miraban como a una clase de refugiados que se estaba pudriendo por
dentro. Pero sabían bien que de refugiados no teníamos nada; nadie nos había
obligado a establecer las carpas y vivir junto al mar. Las personas de la sala
de espera se levantaron de los asientos. Con sus manos se tapaban narices y
bocas. Bastó un rato para que el lugar hediera a pescado y sal. Había arena por
todas partes. No nos importaba o no nos dábamos cuenta. Rita paró a un doctor
en los pasillos. Tuve que intervenir cuando el tono fue subiendo y Rita cerró
un puño. Para ese entonces la gente se había ido entre murmullos e insultos.
El parto
fue rápido y silencioso. Rita parecía feliz. Los médicos perturbados. Sólo uno
se acercó a ella, pero fue para pedirle que colaborara con ciertos estudios
científicos. Rita saltó de la cama, empujó al médico y, con mi ayuda y unas
mantas, nos fuimos antes de que se lo sacaran.
Esa
noche, en el centro de un círculo de antorchas, contemplábamos por primera vez
algo nuestro; porque si nos apuraban, no sabíamos decir a qué clase de pez
correspondía aquel desove. A qué especie le comíamos la cría. Ahora no. Era
nuestro. Rita dio dos pasos y se arrodilló en la arena. Lloraba. Se secó las
lágrimas. En el temblor difuso de las llamas, noté que acariciaba despacio el
cuerpito cilíndrico, la lisura cristalina y pegajosa. Tras el primero bocado,
nos unimos a ella. A nuestras espaldas escuchábamos el mar, que a cada parpadeo
espumeaba sobre la resaca de la playa, insistente y calmo a la vez.
Juan
Ignacio Maisonnave nació el 4 de octubre de 1979. Asiste al taller literario de
Diego Grillo Trubba desde hace dos años y publicó un microrrelato en el
suplemento cultural del diario «Perfil» y en la revista «El Reflector».
Actualmente trabaja en un libro de cuentos y relatos.
La abuela
mira al gato comer el hígado mientras él, con su traje plateado, camina. El
ladrón entra sin el menor ruido. El yerno observa el televisor mientras llora
desconsoladamente. La hija cocina pollo a la mostaza. La chimenea continúa
encendida a pesar de la humedad.
El ladrón
mata al yerno y se lleva el televisor. La mujer adereza el pollo silbando una
vieja canción de mar.
Afuera el
día es triste.
Los niños
se asustan al ver a su padre y corren al exterior de la casa. La abuela
acaricia al gato. La madre llama a los niños para que se laven las manos.
Se apaga
la chimenea.
La madre
camina al comedor y prepara la mesa. Un desconocido entra por la ventana y se
dirige a la cocina. El gato se lame a los pies de la mesa. La abuela se duerme
en su sillón sin importarle el gran paso para la humanidad desde el televisor.
El
desconocido acuchilla a la mujer. Los niños vuelven y sienten el aroma de la
comida. El desconocido envuelve el pollo y se lo lleva. El gato maúlla y lo
sigue. Los niños, furiosos, van a sus dormitorios y apagan la luz.
Sorpresivamente
en la oscuridad de su habitación, el gigante se despierta después de su
borrachera, enciende la lámpara y mira a la abuela en su sillón sintiendo el
viento entrar por el hueco imperfecto de la ventana, en el televisor las
imágenes muestran a un astronauta caminando en la Luna.
Afuera un
gato ronronea en su soledad.
Juliano
Ortiz obtuvo, entre otros, el 1er premio de Cuento y el 2do premio de Prosa
Poética en la Universidad de Morón, año 2003. Es columnista literario en
diversos diarios de la Provincia de Buenos Aires.
EL
DEMONIO DE LA FATALIDAD – Julián Lisandro Moreno
A H. P.
Lovecraft
Eran aún,
en mi tiempo, el Roba el-Khaliyeh, o «Espacio vital» de los antiguos, y el
Dahna, o «Desierto Escarlata». Todos aquellos que aseguraban haber penetrado en
sus regiones mentían. Todos aquellos que aseguraban haber regresado de
sus regiones mentían. Así es como las costumbres de mi pueblo (el cual
no es reconocido por lo acertado de sus creencias, sino por sus conocimientos
en geomorfología) me enseñaron a desconfiar de viejos rumores sobre el antiguo
desierto. Eran aún sendas regiones cuando conocí a aquel que se decía vagabundo
y que erraba por el mundo en busca de misterios impensados (bastardo hijo de
las tinieblas, le llamaría yo más tarde). Era poseedor de un habla carismática,
además de raídos ropajes que dejaban entrever poco más que sus ojos. Pero era
su habla (¡oh, cincel con el que no sólo los cielos han sido creados!) lo que
espantaba al tiempo que seducía. Y sobre todo esto último, por ser su palabra,
por suya, verdad. Bastaba que dijera él «locura», bastaba que dijera él
«profundidad», para que mi conciencia se sumiera en el insondable océano de las
ignominias jamás pensadas del alma humana. Pero ésto fue una vez y no más. A
pesar de ésto, hablaba poco y sus respuestas eran breves. Llevábamos poco de
hablar, cuando dijo que regresaba del desierto: el Roba el-Khaliyeh, y sólo pude
no creerle. Me burlé de él, me reí frente a su cara. Lo que dijo entonces, aún
no lo puedo reproducir. Y tal lo dijo, que las palabras se dibujaron en el
aire, de oro, ya alcanzando aquella fluorescente sombra mis ojos, ya bañando
las arenas del desierto, ya elevando las aguas que, como un pilar gigantesco,
ahora se erguían alrededor del continente, rozando la bóveda carmesí. Fue
entonces que volvió a hablar aquél, que se decía ahora un demonio y que en su
mirada aún guardaba la sangre de las entrañas de la misma tierra (abismo
inexplorado), y que con su voz, como si fuera la de Dios mismo, nos elevó por
los aires (o éso es lo que mi aturdida alma recuerda). A lo que mis ojos veían,
supe, nadie daría crédito: de punta a punta, el Roba el-Khaliyeh se extendía
bajo mis pies, y pocos horrores vi que así pudieran llamarse, ante la
inconmensurable atrocidad que el demonio me hizo presenciar allí. Lo que luego
ocurrió, el poder de las más antiguas divinidades no lo hubiera podido
concebir. Un estruendo y, partiendo de las remotas ruinas de una ciudad que
nunca nadie pudo conocer, el desierto comenzó a tragarse a sí mismo, con sus
arenas abriéndose paso en el abismo como en un reloj de tiempo que lo consume
todo. Rápidamente, el abismo se hacía más y más grande y pronto, consigo, se
llevó su recuerdo, y yo era el único que parecía haberlo visto cuando todo
terminó. Ahora que nadie cree en aquel desierto con el que dicen que me he
obsesionado, no me queda más que vagar por el mundo en su búsqueda, sin que
alguien pueda creer lo que atestiguo, buscando todo aquello de lo que el
Demonio de la Fatalidad me ha desposeído. Pero fue aún más allá la audacia del
demonio, y sólo me dejó mi alma, para que lamentara sus carencias.
Julián
Lisandro Moreno nació en Rosario (Argentina) el 29 de abril de 1992. A los ocho
años se mudó a Capital, donde vive y está terminando la escuela secundaria en
el Colegio de la Ciudad. Sus principales intereses son música, literatura y
filosofía (carrera que tiene pensado seguir). Sus principales influencias
literarias, Poe, Lovecraft, Baudelaire y la Beat Generation, entre varias
otras. Podría decirse que todavía no ha publicado nada, exceptuando su
blog: http://julianmoreno03.blogspot.com/
____________________
Axxón 205
– febrero de 2010
Cuentos de autores varios (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción : Fantasía :
Temas diversos : Internacional).

