Libro N° 10844. El Hoyo. Bribián, Óscar.
© Libro N° 10844.
El Hoyo. Bribián,
Óscar. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
El Hoyo. Óscar Bribián
Versión Original: © El
Hoyo. Óscar Bribián
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "El hoyo", de Óscar Bribián
©
2010, Pedro Belushi: https://axxon.com.ar/rev/205/c-205cuento4ilus1.jpg
Óscar Bribián
El Hoyo
Óscar
Bribián
El Hoyo
Óscar Bribián
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Cuando el
vehículo policial se detuvo, la medianoche imperaba como un dios antiguo.
En el
sereno cielo de diciembre podían verse las estrellas, destacando como purpurina
esparcida en un vasto mantel negro.
Habían
parado en un descampado, en medio de la nada, junto a un camino agrícola que
distaba un kilómetro de un polígono industrial alejado de la capital. Los faros
del coche eran la única luz artificial en aquel terreno, y su haz blanquecino
bañaba varias decenas de metros de terreno árido. Muy lejos, podían
distinguirse en el horizonte los edificios arracimados en la ciudad, como una
orgía de luciérnagas copulando.
Tomás, el
policía que estaba en el asiento del copiloto, gruñó antes de abrir la puerta.
Era un hombre corpulento. Su rostro feo e hinchado por la comida rápida
mostraba un profundo desagrado por quien transportaban en el asiento trasero,
detrás de la mampara. Bajó primero el pie derecho a tierra. La suela de la bota
Swat crujió al aplastar las piedrecillas. Después se ayudó a salir aferrándose
con ambas manos al chasis del vehículo. Parecía un enorme gorila de pecho
plateado saliendo del interior de una cueva.
Hacía
frío. Mucho frío. El ordenador del coche marcaba dos grados bajo cero y un
viento lacerante estremecía la noche. El conductor, David Arosta, un policía de
la última promoción, dejó el motor encendido y salió con el rostro serio,
situándose detrás del veterano.
Tomás se
colocó junto a la puerta trasera derecha del vehículo y, tras un bufido, abrió
la puerta.
En el
interior había un niño. Tenía poco más de once años, aunque en su mirada
despierta se adivinaba la agudeza propia de los chavales que viven en la calle.
—Baja,
hijo de puta —conminó el agente.
El niño
salió del vehículo con bastante agilidad, mucho más rápido de lo que lo había
hecho Tomás e incluso su compañero. Ambos sabían que si el chiquillo echaba a
correr, no lograrían alcanzarlo. Claro que esta vez miraban con tanta seriedad
al pequeño delincuente, que parecía que pudieran llegar hasta el final. Por
eso, Ismael, hijo de los Putrescu Garmendia, residentes en una parcela de la
calle Salillas, tenía miedo por primera vez a la policía.
Ismael
pertenecía a una larga estirpe de traficantes y chorizos procedentes de los
montes transilvanos, aunque asentados hacía varias generaciones en la
península. A los seis años, el chiquillo robó su primer ciclomotor. A los nueve
ya había prendido fuego a cuatro coches y hurtado en medio centenar de
comercios, siempre en horas nocturnas. A los diez comenzó a ayudar a sus primos
a transportar las papelinas envueltas en papel de plata, sirviendo de enlace
entre dromedarios y almas venidas a menos. Pero la policía vestida de paisano,
que acechaba todas las noches en vehículos sin distintivos, acabó por hartarse
de su impunidad. El mismo Tomás había cogido al menor con las manos en la masa
en dos ocasiones, con sendas bolsitas de las que el niño había jurado que eran
harina para su tía, la panadera. Desde luego, el crío era una de las jóvenes
promesas del barrio. Al paso que iba, pisaría el talego al día siguiente de
cumplir la mayoría de edad, por más que el Código Penal perdonase sus pecados
anteriores. Pero Tomás no estaba dispuesto a esperar tanto tiempo.
—Ahora
vas a cavar —dijo el corpulento policía, sacando una pala del maletero del
coche y tendiéndosela al niño.
—¿Qué?
—inquirió el chaval, mirándolo con los ojos desorbitados.
—¡Que
caves, coño! —ordenó Tomás, ofreciendo esta vez la pala con los brazos en
tensión.
Ismael la
asió. Le resultó muy pesada al principio y dejó caer la cabeza de hierro en el
suelo. Después, haciendo un esfuerzo, la levantó unos centímetros del suelo y
trató de incrustarla en la tierra con un golpe seco. Con ayuda de un pie, pudo
hundir más la pala. Así comenzó a cavar.
—Apaga el
motor, compañero —pidió Tomás al joven Arosta, sacando de su funda la linterna
con la que comenzó a alumbrar al pequeño.
Arosta,
algo aturdido por el comportamiento del veterano, apagó el motor. Las luces y
el ronroneo del vehículo se extinguieron. En la oscuridad podían distinguirse
las tres sombras en torno a la linterna. Una de ellas cavando penosamente en el
suelo árido. Las otras dos expectantes.
—¿Por qué
estoy cavando? —inquirió Ismael, resoplando por el esfuerzo que le arrancaba
cada palada.
—Porque
me sale de los huevos —respondió Tomás—. ¿Recuerdas la vez que me hiciste
correr detrás de ti por toda la calle Villalpando? ¿Recuerdas, mocoso de
mierda?
El
policía se acercó con una horrible mueca de furia en los labios. Ismael comenzó
a temblar. Arosta nunca había visto así al muchacho, pese a que ya se había
topado con él en una docena de ocasiones en solo un mes. Con el pelo
alborotado, extremidades delgadas y la tez pálida característica de los
Putrescu, ese chico resultaba ser todo un demonio. Esa maldad contenida podía
intuirse normalmente si se le miraba a los ojos. Aunque ahora era diferente.
Por primera vez, Ismael parecía temer lo que le iba a suceder, y eso había
permitido evolucionar la expresión de su mirada hasta aparentar una imagen más
cándida.
Arosta
habría terminado con aquello. Ya era más que suficiente. El chico había
recibido su pequeño susto, su merecido. Quizás ahora aprendería a respetar a
los demás. No era necesario ir más allá, pero sabía que Tomás deseaba hacerlo.
Y Arosta no se atrevía a contradecirle. Conocía el mal genio de su compañero.
—¿Quién
te ha dicho que pares de cavar? —gruñó Tomás propinándole un puntapié al
muchacho en la espalda. El niño cayó al suelo. Una lágrima furtiva parecía
asomar en su mirada.
Ismael
volvió a coger la pala e insistió en su labor. Apenas había cavado un hoyo de
tres palmos de profundidad.
—¿No
crees que te estás pasando? —le susurró Arosta a su compañero.
Pero
Tomás no le escuchó y siguió insultando al pequeño, regalándole un bofetón cada
vez que abandonaba el mango de la pala.
Transcurridas
tres largas horas, Tomás ordenó a Ismael que se detuviera. El hoyo estaba
terminado. Metro y medio de profundidad. El pequeño resollaba con la pala en la
mano. Sus rodillas apenas podían tenerlo en pie.
Entonces
Tomás se acercó al agujero, de forma de sus botas quedaron a la misma altura
que la cabeza del muchacho.
—Descálzate
y dame tus zapatillas —dijo desde arriba.
—¿Qué
pretendes? —preguntó Arosta.
El joven
obedeció sin rechistar. Sabía que una nueva queja conllevaría otra bofetada o
muchas más paladas en la tierra, de manera que se limitó a desatar los cordones
para darle a Tomás lo que reclamaba.
—Ahora
ponte estas bridas en las muñecas —instó el veterano policía lanzándole unos
cordones tan efectivos como el mejor de los grilletes.
—No
—respondió el joven.
—¿Cómo
dices?
—No me
las pondré —dijo Ismael—. Quieres matarme, ¿verdad?
—Nadie va
a matarte si te portas bien, estúpido —rezongó Tomás, aunque desenfundó su arma
con la mano libre. Montó la pistola con un rápido movimiento y apuntó al chico
a la cabeza.
—¿Qué
coño haces? —exclamó Arosta, mirando a su compañero con una mezcla de miedo e
incredulidad. ¿Verdaderamente pensaba acabar con la vida del chiquillo? Si era
así, no estaba dispuesto a permitirlo. Como policía no podía permitir ese
crimen. Como persona, tampoco. Estaban yendo demasiado lejos.
—Ponte
las bridas y cíñetelas fuerte—ordenó Tomás.
Ismael
miró a ambos policías con perplejidad. Intentó buscar la respuesta en Arosta,
pero éste desconocía igual que el niño la dirección que iba a tomar el asunto.
El chico tuvo que obedecer y tensó al máximo las bridas. Una vez le demostró al
policía que le resultaba imposible liberar sus manos, empezó a lloriquear desde
el fondo del hoyo.
—¿Qué me
vas a hacer, cabrón?
Tomás
esbozó una sonrisa siniestra.
—Veremos
si descalzo, cansado y maniatado eres tan ágil —explicó.
El
veterano se giró hacia su compañero.
—Ya
podemos irnos.
—¿Y qué
hacemos con él? —preguntó Arosta señalando al chiquillo.
—Lo
dejamos aquí —dijo Tomás—. Mañana por la noche volveremos a por él. Ahora
regresamos a la comisaría.
—No
podéis dejarme aquí, tengo mucho frío, por favor —suplicó el chico.
Tomás
lanzó una carcajada tan fuerte que parecía que el manto de estrellas devolviera
el eco.
—Seguro
que es la primera vez que pides algo por favor, ¿eh, chaval? —dijo—. Mañana por
la noche vendremos a buscarte y te dejaremos libre.
Después
le dijo a Arosta que se marchasen. El policía recién licenciado, aunque
receloso, optó por seguirle la corriente a su compañero.
Segundos
más tarde, el vehículo policial encendía las luces y se alejaba por donde había
venido. El pequeño Ismael se quedó allí, en el hoyo excavado por él mismo,
pidiendo ayuda a gritos. Al principio intentó zafarse de las bridas
mordisqueándolas. Necesitaba deshacerse de ellas antes de que llegara el alba y
el sol lamiera su piel macilenta. Pero sus dientes no eran suficientemente
afilados. Todavía no. Intentó trepar por la pared de tierra con las manos
maniatadas, algo que le resultó imposible y terminó con las escasas fuerzas que
le quedaban. Sólo le restaba esperar, aguardar lo irremediable. En unas pocas
horas el sol brillaría y su miserable existencia sería la más breve de todo su
linaje.
—¿Y si
alguien lo encuentra? —inquirió Arosta, mientras conducía con la vista fija en
la calzada.
—¿Quién
va a pasar por ahí? —preguntó Tomás—. Casi nadie circula por esos caminos
agrícolas. Y aunque lo hagan, no se van a asomar a cualquier hoyo que vean a lo
lejos.
—Pero el
chico podría gritar y llamar la atención…
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—Escucha
—lo interrumpió el veterano con un movimiento tajante de la mano izquierda—, sé
que no estás nada de acuerdo con lo que he hecho. Pero ese puto crío necesitaba
un buen escarmiento. Si lo encuentra alguien antes de que nosotros regresemos
mañana, mejor para él. No hay pruebas de lo que hemos hecho. Sería su palabra
contra la nuestra. Nadie podría acusarnos. Después de todo, el chico estará
bien. Y si mañana nos lo encontramos jodido con una pulmonía, mejor. Mejor para
nosotros y para todos aquellos vecinos que han sufrido sus gamberradas. Así
aprenderá.
—Sigue
sin gustarme —rumió Arosta. Desde luego, esas prácticas no tenían nada que ver
con los protocolos aprendidos en la academia policial.
—En
cualquier caso, recuerda que lo hemos hecho los dos —añadió Tomás.
Esta
última frase hizo perder la concentración al conductor, que desvió la mirada de
la carretera.
—¿Qué
coño estás diciendo?
—Tú
pudiste impedírmelo —explicó Tomás, mostrando un rostro triunfal—. Es así de
fácil. Como se te ocurra decirle algo a nuestros superiores, o a algún otro, te
meto un tiro por el culo. Recuerda que vamos los dos en el mismo coche. Somos
un equipo, joder.
La
conversación se eclipsó con el último comentario, y el resto del camino de
regreso lo pasaron en completo silencio. Solo la emisora policial chasqueaba de
vez en cuando para solicitar la presencia en algún lugar de la capital.
Aquella
mañana, tras terminar con su jornada laboral nocturna y regresar a su piso de
alquiler, Arosta no durmió bien, pese a bajar completamente las persianas y
ponerse tapones en los oídos. Pensó en todo momento en lo que podría haberle
ocurrido al chiquillo, arrepintiéndose por no haber impedido el abuso. No podía
fiarse de la palabra de su compañero. Recordó el cañón de la pistola apuntando
el cráneo del pequeño ladronzuelo, y le dolió la cabeza de tanto darle vueltas.
¿Seguro que Tomás pensaba liberar al chiquillo? ¿O tenía pensado liquidarlo?
Decidió regresar antes de que alcanzara la noche y a Tomás se le ocurriera
continuar con la tortura.
Llegó en
su vehículo particular. Eran las cinco de la tarde cuando alcanzó el descampado
donde habían obligado al niño a cavar el foso. Estacionó al margen del camino
agrícola. Prefirió no adentrarse en el campo con su coche. Las piedras y baches
podían arruinar los amortiguadores que tan poco le importaban cuando conducía
en un vehículo policial.
Se acercó
andando al hoyo. Recordaba exactamente su situación. Cuando lo tuvo al alcance
de la vista, se acercó con cierto sigilo. Quizás el chico estuviera durmiendo
en su interior. Tal vez hubiera tenido mejor suerte y un agricultor lo hubiera
liberado a primera hora de la mañana. Nadie gritaba pidiendo ayuda. No se
escuchaban sonidos en su interior.
Cuando lo
encontró, no pudo detener el vómito de la comida del mediodía. En el fondo del
hoyo yacía una figura extraña. Una especie de animal calcinado por el impacto
de un rayo o algo semejante. Parecía un murciélago de proporciones grotescas,
algo mayor que un perro de presa. Tenía unas alas membranosas quebradas y
retorcidas, como si hubiera fallecido después de soportar un gran dolor. Junto
al cadáver, Arosta descubrió los restos indemnes de las bridas que Tomás le
había obligado a ponerse al hijo menor de los Putrescu. Eso le provocó un
escalofrío tan hondo que sus rodillas flaquearon, y a punto estuvo de caer al
agujero junto al despojo carbonizado.
Decidió
coger la pala apoyada en la pared del foso. Con ella tardó casi una hora en
devolver la tierra al hoyo, enterrando el cadáver. Nadie debía descubrir lo que
sus ojos habían visto. Después metió la pala en el maletero de su coche y se
alejó de aquel maldito lugar, persignándose por primera vez en muchos años. No
volvería a patrullar durante las noches.
Óscar
Bribián Luna nació en Huesca (España) en 1979. Actualmente reside en Zaragoza.
Diplomado en Administración de Empresas por la ESAE (Escuela Superior de
Administración de Empresas) y Diplomado en Relaciones Laborales por la
Universidad de Zaragoza. Fue director de la revista literaria Oxigen desde
enero de 2002 hasta agosto de 2006. Es miembro de la Asociación Española de
Escritores NOCTE y de la Asociación Aragonesa de Escritores (AAE). Este relato
forma parte de su antología Mentes Perversas publicada por
Mira Editores en 2009. Su página web está aquí
Este
cuento se vincula temáticamente con EN DEUDA
CON EL BARROCO, de Ricardo Acevedo E., ESCENA DE
VAMPIRISMO, de Diego E. Gualda, CRIATURAS
DE LA NOCHE, de Diego E. Gualda, EL BAILE
DE LAS VÍCTIMAS, de Carlos Gardini
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Axxón 205
– febrero de 2010
Cuento de autor europeo (Cuento : Fantástico : Fantasía : Vampiro :
Autoritarismo : Maltrato infantil : España : Español).

