Libro N° 10843. El Holocausto Del Bárbaro. Valitutti, Juan Manuel.
© Libro N° 10843.
El Holocausto Del Bárbaro. Valitutti,
Juan Manuel. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
El
Holocausto Del Bárbaro. Juan Manuel Valitutti
Versión Original: © El
Holocausto Del Bárbaro. Juan Manuel Valitutti
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "El holocausto del bárbaro", de Juan Manuel Valitutti
©
2010, Valeria Uccelli: https://axxon.com.ar/rev/205/c-205cuento3ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Juan Manuel Valitutti
El
Holocausto Del Bárbaro
Juan
Manuel Valitutti
El Holocausto Del Bárbaro
Juan Manuel Valitutti
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Todo
voló, todo acabó
Por tanto
levantadme sobre la pira
El festín
ha terminado
Y la
lámpara ha expirado
¿Pensar?
¡Oh,
vamos, muchachos!
Cerró la
puerta del auto, apoyó una mano en el volante y con la otra hurgó en la
guantera. Extrajo su revólver Colt y lo aplicó a su sien.
¿Pensar?
¿Pensar en qué? ¿En que su madre se estaba muriendo en la sala de un hospital y
él no podía hacer nada al respecto? ¿Eh? ¿No? ¡Pues no otra cosa le había dicho
la enfermera cuando la había consultado por la mañana, muchachos!
¿Pensar?
¡Bah! «Los asientos de mi Chevy se empaparán de sangre, tan pronto oprima el
gatillo», había concluido, mientras armaba el Colt. Es estúpido lo que uno
piensa cuando va a matarse, ¿saben? ¡Uno no debería pensar cuando va a matarse!
¿Testamento?
¿Y qué podía dejarle a su padre, salvo los cheques que le fraccionaban los
contadores de las revistas, y que no habían sido suficientes para financiar el
tratamiento de su madre? No, no había testamento; sólo las líneas que había
escrito en las paredes de su cuarto: All fled, all done / So lift me on
the pyre / The feast is over / And the lamps expire.
¿Y bien,
muchachos? ¿Algo más en qué pensar? De más está decir que esta muerte no tiene
nada de heroico, ¿no es cierto? ¡Un burdo baño de sangre, ni más ni menos!
Pero
Robert Ervin Howard pensó…
¿Saben,
muchachos? Sí hay alguien… Alguien sobre quien he pensado mucho todos estos
años, y al que aprendí a querer como a un hijo…
Su nombre
es…
Una gota
de sudor resbaló por el caño del Colt.
«¡Qué
calor hace en Texas!», se dijo. «¡Qué estúpido, qué estúpido lo que uno piensa
cuando va a matarse!»
Y soltó
una salvaje carcajada.
Y
gatilló…
***
Un trueno
estalló en el cielo de Aquilonia.
El
gigante cayó de su montura.
—¡Capitán!
—Dos kushitas se acercaron presurosos a auxiliar a su señor.
—¡Apártense,
perros! —El cimmerio se incorporó, inmenso y broncíneo como la columna
milenaria de un palacio de Set—. ¿Creen que soy una anciana que necesita
transporte, como si mi cuerpo no me perteneciera? ¡A sus puestos! —Los ojos
azules del bárbaro buscaron los de su lugarteniente—. Y tú, Enarus, ¿no sabes
mantener a raya a tus hombres? ¡Parecen mujerzuelas desesperadas por ganarse la
clientela!
Enarus
estudió el semblante del capitán desde lo alto de su montura. El rostro surcado
por infinitas cicatrices presentaba una expresión abismada.
—¿Ocurrió
otra vez, mi señor? ¿Nuevamente la imagen del hombre oscuro que asalta tu
espíritu? —Enarus advirtió el temor supersticioso que atenazaba los miembros
del gigante—. ¡Por Mitra! Luces tan pálido como los muertos que remontan el
Styx rumbo a su morada final…
—¿Sabes,
Enarus? —dijo el cimmerio, ignorando el comentario de su lugarteniente—. Son
muchos los que piensan que la muerte es mi compañera habitual. Osan decir que
cabalga a mi lado por los valles sinuosos o que está presente en cada jarra de
vino que me llevo a la boca o que se cierne sobre mí, cual mortaja, mientras
duermo… ¡Bah! ¡A la muerte le otorgo la atención que un rey le destinaría a su
copero! No, Enarus; no es la muerte la que me ha secundado en este valle de
desolación, sino alguien de carne y hueso, como tú o yo…
Enarus
observaba absorto a su capitán. Sabía de sobra que la dura vida del mercenario
había trabajado los nervios de su naturaleza indómita hasta el punto de
tornarlo invulnerable ante cualquier peligro; sin embargo, había algo más: el
cimmerio hablaba con un tono inusualmente confidencial cuando, en otras
ocasiones, su rugido casi bestial hubiera deshecho la faz mesurada de los más
aguerridos generales hiborios. ¡Y sus ojos! ¿Dónde estaba la expresión del
tigre al acecho, dispuesto a atacar a la menor provocación, o a precaverse
estratégicamente, entre las hordas enemigas, con sus garras preparadas?
Pero
Enarus desvió la vista de su capitán y de sus propias cavilaciones, atento a
los acontecimientos que se libraban en la lejanía.
—¡Capitán,
observe! —advirtió—. ¡Adelantados de Nemedia!
El
cimmerio emergió lentamente de su letargo y estudió el horizonte. Dos puntos se
acercaban a través del paisaje tembloroso del desierto.
—¡Así es!
—rugió, más repuesto ya de su extraño ensimismamiento—. ¡Mercenarios aesires,
de seguro!
—¡Vienen
a parlamentar! —dictaminó Enarus, pero se silenció, sorprendido por el proceder
de su señor—. ¡Capitán! ¿Qué es lo que haces? La primera falange enemiga no
tardará en alistarse.
—¡Cierra
la boca! —El gigante se desarmaba, esparciendo aquí y allá las placas y
espolones de su armadura—. Aplastaré a esos miserables esbirros a su debido
tiempo, pero antes hay algo que debo hacer… —El cimmerio se retiró el casco y
deslizó por último la fina cota de malla que cubría su cabeza. Entonces se
arrodilló y clavó los ojos en lo alto de un pico montañoso—. ¡Oh, Crom,
escúchame! No te he pedido nada, ni en tiempos de guerra ni en los de bonanza.
¡Sin embargo hay algo ahora que te suplico me concedas!
La voz de
Enarus le llegó opacada como el susurro de un demonio moribundo.
—¡Señor,
los adelantados están prestos y esperan una señal!
El
capitán miró por sobre su hombro.
Dos
jinetes se acercaban al galope, con blasones de parlamento.
—¡Dales a
conocer mi posición al respecto, Enarus! —dijo, y volvió a concentrar su
atención en la cima de la montaña.
—¡Bien,
mi señor! —Enarus extrajo un par de saetas de su aljaba de piel y alistó su
arco. Disparó con la precisión de un shemita, y los dos jinetes cayeron
pesadamente al suelo—. ¡Está hecho!
El
postrado, absorto en sus pensamientos, mantenía la vista clavada en las
alturas.
—¡Muéstrate,
Crom, por todos los diablos! —escupió—. ¿Acaso crees que dos veces me verás de
hinojos con el ramo de los suplicantes? Sé que te importan un bledo las faenas
y sufrimientos de los mortales bajo el sol, pero hay un hombre por el cual
quiero que veles. Se llamaba… —La mente sencilla del cimmerio repasó
infructuosamente el nombre del desconocido para sus adentros—. ¡Es probable que
su nombre no haya sido pronunciado por boca de este mundo! —concluyó—. Pero sé
que me conocía, porque antes de partir, fulminado en el interior del más
extraño sarcófago que los sacerdotes de Ishtar jamás soñaran, pronunció mi
nombre. No sé más, salvo que cuando él reía yo lo hacía también, y cuando
soñaba yo recorría los infatigables pasillos de la muerte, y él era mi escolta.
¡Juntos nos reíamos buenamente sobre una montaña de cadáveres! Es posible que
fuera un esclavo o un ladrón, como yo mismo lo fui alguna vez…
—¡Capitán!
—La voz imperiosa de Enarus. La primera avanzada nemedia trazaba una línea
pujante en el horizonte trémulo de la frontera—. ¡Los arqueros nemedios se
preparan!
—¡Crom,
escúchame! Si ignoras mi súplica y descuidas a este hombre, te aseguro que
cuando me llegue la hora me levantaré de los infiernos, entre vahos de azufre y
rechinar de dientes, y te aplastaré la cabeza con tu propia maza. ¡Y ten por
seguro que ni todas las sombras de Estigia podrán salvarte entonces de la furia
de mi brazo! ¿Me has oído, Crom, maldito montañés?
—¡Capitán!
—Enarus esperaba la orden de ataque al borde de su montura—. ¡Conan, por todos
los demonios de los abismos primordiales!
—¡Crom!
—bramaba el bárbaro de Cimmeria—. ¡Crom!
En ese
momento, las saetas nemedias cruzaban el cielo con horrísono zumbido, devorando
como una peste negra el círculo del sol.
Enarus
lanzó una imprecación e instó a sus hombres a levantar los escudos.
Rápidamente,
en respuesta a su orden, una muralla de bronce cerró filas ocultando los
cuerpos armados.
Las
flechas, como íncubos hambrientos, cayeron sobre los soldados atravesando
escudos y cotas de malla, y desgarrando la piel y sembrando el informe grito en
las bocas desmesuradamente abiertas.
Los
estertores de la primera embestida pasaban, y las bajas se contaban por
decenas, cuando Enarus, que se abocaba a redistribuir fuerzas a diestra y
siniestra, reparó en el cuerpo de Conan, yaciente sobre tierra.
—¡Capitán!
—Se arrojó sobre el caído, al tiempo que pedía apoyo a los gritos.
Tres
escuderos de cofias empenachadas acudieron con sus adargas prestas.
—¡Conan!
—Enarus ayudó a incorporare al coloso, al tiempo que estudiaba la herida de su
costado: una flecha había atravesado ferozmente su fina cota de malla y la
sangre manaba a raudales. Enarus, perdida ya las esperanzas, entrevió el triste
final que se avecinaba—. ¡Capitán!
El
gigante, de rodillas, alzó nuevamente los ojos al cielo.
—¡Ya lo
ves, Montañés! —escupió, apretando los dientes ensangrentados—: ¡Dos veces de
hinojos! —Conan arrancó con brutalidad la punta de flecha de su costado y la
presentó—. ¡Y mi sangre como holocausto! —Se deshizo de la flecha con una
maldición, sin desviar los ojos de fuego de las alturas—. ¡Pero no te atrevas a
pedirme más!
Los
pregones atravesaron la hondonada como la letanía mortuoria de un nigromante.
—¡Segunda
arremetida de arqueros nemedios!
—¡Señor!
—Enarus estudiaba la situación con ojos desesperados.
—¿Qué
harás, dime, Montañés? —Conan trató de ponerse en pie, afirmándose en el hombro
de su lugarteniente, pero trastabilló y se desplomó con la fuerza de un alud—.
¿Te atreverás a volverme el rostro? —La furia volcánica que emergió entonces de
su garganta recorrió la totalidad del negro valle—. ¡Mírame, Montañés! ¿O sólo
tendré la sombra de tu ingrata espalda?
Detrás de
las altas cadenas montañosas, sobre el tapiz del pálido cielo, un relámpago
trazó el dibujo de un fénix que se abismó sobre el fragor de la batalla en
ciernes.
¡La
oración del bárbaro recibía una respuesta!
|
|
¡Al mismo
tiempo un resplandor enceguecedor cerraba la herida del costado del cimmerio!
Conan se
incorporó, los brazos en cruz.
—¿Qué
esperan, hombres? —tronó—. ¡Armadme!
Los
soldados se abalanzaron sobre su líder. Muy pronto la gorguera, el escarpe, la
coraza, el espaldar, la rodillera, la celada, y demás implementos que componían
la armadura de un caballero, cubrían la poderosa musculatura del guerrero.
—¡Enarus!
—El cimmerio sopesó sus aparejos—. ¿Dónde estás, bravo arquero?
—¡A tu
diestra, Conan! ¿Dónde más?
—Dime, mi
buen Enarus, ¿estás dispuesto a oscurecer los cielos con tus saetas?
Los ojos
del lugarteniente destellaron con ferocidad.
—¡Por
supuesto, mi señor!
Conan
demandó su caballo, y montó.
—¡Así
sea, Enarus! —El cimmerio enristró el escudo y desenvainó la espada, al tiempo
que los estandartes con el símbolo del Fénix se desplegaban en torno a sus
huestes, con alegre altivez—. ¡Tendremos un magnífico baño de sangre, después
de todo!
La enorme
masa de su cuerpo armado se irguió sobre la montura de su palafrén.
—¡Eh, mis
valientes! —llamó—. ¡Alzad las picas y alabardas!
—¡Ya
oyeron al capitán! —lo secundó Enarus—. ¡Formen filas!
Entonces
Conan alzó la vista a lo alto del cielo.
—¿Y tú,
anónimo y magnífico desconocido? —dijo—. ¿Me acompañarás una vez más, o te
quedarás holgazaneando con el Montañés? ¡El pobre de Enarus está viejo y no
podrá con todo! —El cimmerio soltó una salvaje carcajada y apuntaló su espada—.
¡Botín o infierno, hombres! —bramó—. ¡Adelante!
Las
columnas militares marcharon a paso redoblado.
In
Memoriam: Robert Ervin Howard
1906-1936
¡Salve,
Rey Pulp!
Juan
Manuel Valitutti nació el 16 de junio de 1971. Es egresado de la carrera de
Letras por la Universidad de Buenos Aires. Se desempeña como profesor de Lengua
en colegios secundarios. Colabora como evaluador en la revista AXXÓN. Hemos
publicado en Axxón: LA SOMBRA (184), EL SALUDO (192)
Este
cuento se vincula temáticamente con MÁS ALLÁ
DEL RÍO NEGRO, de Robert E. Howard, EN EL
UMBRAL ENTRE LUGARES Y TIEMPOS, de María Eugenia Pereyra, EL PRECIO DE LA VENGANZA, de
Nazarethe Fonseca, PRINCIPE DE LOS ESPIRITUS, de Juan
Pablo Noroña
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Axxón 205
– febrero de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Escritores :
Universo de autor clásico : Argentina : Argentino).

