Libro N° 10842. Onironauta. Ortiz Manzo, Julio.
© Libro N° 10842.
Onironauta. Ortiz
Manzo, Julio. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
Onironauta. Julio Ortiz Manzo
Versión Original: © Onironauta.
Julio Ortiz Manzo
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "Onironauta", de Julio Ortiz Manzo
©
2010, Ferrán Clavero: https://axxon.com.ar/rev/205/c-205cuento2ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Julio Ortiz Manzo
Onironauta
Julio
Ortiz Manzo
Onironauta
Julio Ortiz Manzo
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Si nos
quedábamos juntos ninguno podría escapar. Éramos seis: el corpulento policía,
un niño pelirrojo, la chica de pelo negro, un extraño tipo sin manos y una
señora regordeta. Yo empuñaba un pesado pico y de todos modos parecía sólo
cuestión de tiempo que ese maldito nos destripara como a los demás; le decían
el asesino azul porque siempre escribía esa palabra en la pared, sin usar un
solo clavo: esperaba a que la sangre coagulara y le sirviera de pegamento para
hacer su tétrico graffiti con los intestinos de sus víctimas. Yo más bien lo
habría llamado el asesino paciente o algo así, porque era obvio que lo que más
disfrutaba era vernos defecar de terror mientras nos acechaba por días con un
rifle de dardos somníferos.
Decidimos
tratar de huir en parejas; si tomábamos distintas direcciones al menos algunos
de nosotros sobreviviríamos. Habría preferido al niño, pero tuve mala suerte en
el sorteo. El manco se quedó con la chica, el policía con el niño y yo tuve que
resignarme con la gordita que se tapaba la cara y chillaba. Cada pareja salió
por una puerta; correr y abandonar a la gorda fue lo primero que cruzó por mi
cabeza, pero algo me obligó a tratar de protegerla unos minutos más, y luego
otros más, hasta que no la dejé. Ahí íbamos, yo empuñando el pico y ella detrás
de mí, con una roca en la mano.
Los
patios del rastro estaban desiertos, con hierros oxidados y moscas; más allá de
la barda que se suponía debíamos saltar, estaban el viento y el polvo. Me
preguntaba cómo les estaría yendo a los demás. Si no había escuchado ningún
grito aquel maldito no había atacado todavía, seguro pensaba bien su elección,
probablemente seríamos nosotros dos. En cada esquina, en cada puerta que
pasábamos, me parecía escuchar el zumbido de un dardo: me daría primero a mí y
con calma cargaría otro mientras la señora se deshacía en gritos. Sí, seguro
sucedería.
De
pronto, en un rincón vi mi balón, ¡el mismo con el que jugaba en la primaria!
Era absurdo que estuviera ahí. Fue entonces cuando me di cuenta: algo raro en
el ambiente, pocos colores, ningún olor. Miré mi reloj y las manecillas giraban
sin control, busqué un letrero y cuando lo encontré no podía leerlo, las letras
cambiaban cada vez que trataba de terminar una palabra. ¡Claro! Exhalé aliviado
mientras la realidad a mi alrededor perdía solidez. Un sueño; hacía mucho que
no tenía una pesadilla, años quizá. Le sonreí a la señora a mi lado y dije
adiós mientras todo se volvía borroso; su cara de desesperación fue lo último
que vi mientras me despertaba.
Las tres
de la mañana. Fui por un vaso de agua y al regresar a la cama pensé un poco en
la pesadilla; una visita al psicólogo no me caería mal. Luego recordé lo mucho
que me divertía con los sueños lúcidos desde que comencé a tenerlos, más o
menos a los nueve años. Primero, sólo servían para despertarme y escapar de
algún monstruo, pero cuando descubrí lo que se podía hacer, el parque de
diversiones onírico se inauguró. Según crecía, pasé de tener los juguetes más
lindos hasta conducir un Lamborghinni acompañado de Jennifer Connely. Recuerdo
que algunas veces me comportaba bastante fantoche, les pedía a las personas de
mi sueño que me rodearan; algunas hacían caso, luego les decía que no
parpadearan porque iba a desaparecer; es decir, despertarme y dejarlos ahí,
abría los ojos y miraba mi cuarto satisfecho; era mi broma favorita. Una vez me
soñé bebiendo en un bar con dos maleantes, puse el vaso en la mesa y les dije
que no existían, que yo los soñaba, que podía matarlos o simplemente
desaparecerlos como burbujas. No se sorprendieron, bajaron la mirada como
queriendo entender lo que pasaba y callaron. Supongo que debería reprocharme a
mí mismo por no tener imaginación para mis personajes soñados. Años duró la
diversión, después no sé qué pasó, quizá me aburrí del sexo con las playmates o
se me olvidó cómo dominar el vuelo onírico; quizá mi subconsciente decidió
reestablecer las fronteras y dejar al consciente en su lugar. Como fuera, así
estaba bien.
Me acosté
a dormir otro rato. El lunes estaba a unas cuantas horas y necesitaba todo el
descanso posible. Acomodé la almohada, me giré a la derecha buscando esa
posición que sólo se logra de vez en cuando si tu cuerpo no estorba mucho, y
cuando la logré, la cara de la señora del sueño se dibujó en mi mente; estaba
muy desesperada. Me volví a poner boca arriba.
Aunque
fuera todo imaginario, me sentía un maldito cobarde dejándola ahí, a merced de
un asesino que yo mismo inventé. Entonces recordé que algunas veces podía
regresar a un sueño interrumpido, arreglar las cosas sólo para no sentirme tan
mal. Era como contarle la historia de un fracaso a tus amigos, cambiándola aquí
y allá para hacerla un poco más épica, menos humillante. Así lo hice, me
concentré en recuperar el sueño y lo logré. Es como andar en bicicleta, se
tiembla un poco, pero nunca se olvida.
—No se
preocupe, señora —dije, empuñando el pico mientras la tomaba de la mano; podía
jalarla y pasar volando la barda, pero ese maldito asesino azul merecía un
escarmiento. Salí a un claro y comencé a gritarle. Pude sentir su mirada
acechándome. Un dardo siseó en el aire y se me encajó justo debajo de la
barbilla, me lo arranqué y busqué por la dirección donde había venido: ahí
estaba, a unos diez metros, enfundado en un traje militar con todo y
pasamontañas. De un brinco fui a dar frente a él, soltó el rifle y se quedó
impávido, alcé el pico y se lo estrellé en la cabeza, le despedacé la cara.
Pero se deshizo como si fuera de papel maché; usé las manos para terminar de
desmembrarlo.
Me quedé
un rato mirando los papelitos en el suelo y preguntándome por qué lo había
soñado así, sin sesos volando por todos lados. Quizá no sé cómo se ve una
cabeza deshecha por un pico, o quizá mi subconsciente estaba harto de las
escenas gore. La señora y los otros se acercaron, sonreí con las manos en la
cintura esperando esa admiración y agradecimiento que mis personajes soñados
siempre me brindan cuando me porto heroico. ¿Qué onironauta no aprovecha la
oportunidad de darle una pulidita a su ego?
Pero no
me felicitaron, miraron los pedacitos del asesino unos segundos y luego
voltearon hacia todos lados.
—¿A dónde
se fue? —dijo el que no tenía manos.
—A ningún
lado, lo maté. ¿Qué, no viste? Ésos son sus pedazos —respondí.
Él me
hizo una mueca y negó con la cabeza.
—Echaste
todo a perder, idiota —contestó empujándome a un lado con uno de sus muñones—.
Mejor lárgate de aquí y déjanos hacer nuestro trabajo.
—¿Qué?
—Que te
despiertes, no te necesitamos.
Comenzaron
a hablar entre ellos, la señora gordita me observaba como decepcionada, de
repente no parecía tan indefensa, una expresión juvenil y fuerte le había
cambiado la cara; sentí entonces que había estado fingiendo ser una chillona.
Me quedé confundido un rato, frustrado porque el sueño no le hacía comparsa a
mis deseos, ninguno de mis personajes me había tratado así: me habían
insultado, escupido, golpeado, pero nunca me habían hecho a un lado. Sin
embargo, seguía a cargo, podría haber torcido el sueño hasta que ese manco
petulante y los demás me idolatraran, hasta un romance con la chica pude haber
tenido; en vez de eso, me acerqué a escuchar lo que decían.
—…
esperemos un rato a ver si regresa —dijo el niño.
—No, este
imbécil lo asustó bastante, seguro se despertó —contestó el manco que de pronto
parecía ser el líder—. Va a tener que ser otra noche.
—¿Y si no
sueña?
—Lo hará,
en menos de una semana lo tendremos de regreso, el maldito fantasea mucho con
sus crímenes después de cometerlos.
—Eso
probablemente signifique un par de muertos más —terció la gordita un poco
enojada.
—No
podemos hacer nada al respecto.
—Yo voto
igual que el petiso —habló el policía mientras su cara se transformaba en la de
Robocop—. Hay que esperarlo.
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—¿Y tú?
—le preguntaron a la chica de cabello negro.
—Qué
lindo sería que viniera, le haríamos un pastel. Quizá al soplar las velitas se
le vea bien la cara. Hermoso, muy hermoso.
Todos
pusieron cara de admirados y asintieron, como si en vez de incoherencias, ella
hubiese enunciado una verdad fuera de toda duda. Solté una risita disimulada.
—Está
bien, lo esperaremos dos minutos y si no regresa, despertamos —dijo el manco.
—¿Nos
regresamos a donde estábamos?
—Sí.
—Está
bien, ya oyeron a Maclovio —mandó el niño.
Cuando oí
el nombrecito me costó trabajo mantenerme serio, en mi cabeza sonaba la
cancioncita de aquel western: «el tunco… Maclovio… el tunco… Maclovio…», y
aunque no me imaginaba cómo este manco podría desenfundar un revólver, hice
cara de alivio porque semejante pistolero estuviera de nuestro lado.
En la
mañana, en cambio, me reí bastante cantando «el tunco… Maclovio…» mientras me
rasuraba, ya ni me acordaba de esa película. Felicité a mi subconsciente por
inventar nuevas maneras de entretenerme y ponérmela más difícil. Ahora
resultaba que aquellos cinco andaban tras la pista de un asesino, que de alguna
manera se metían en su sueño para atraparlo o algo así. Traté de hacerme un
auto-psicoanálisis, pero terminé preguntándome cómo podía ser el héroe en una
situación tan complicada.
El lunes
en la oficina ni me acordé del asesino azul, manejé por la ciudad bañada de sol
y cláxones de la realidad; ni el martes ni el miércoles tuve sueños
interesantes; creo que fue el jueves cuando me encontré de nuevo en el mismo
rastro con aquellos cinco personajes. Estaban un poco desesperados, como
actores antes de la tercera llamada, mirando por las ventanas mientras el tal
Maclovio, sentado en el centro de la habitación, restregaba los muñones en una
sucia mesa. Esta vez quise ser amable.
—¿Lo
están esperando, verdad? —dije con tono de preocupación. No me contestó, decidí
tratarlo como si de verdad fuera un onironauta. Sería un buen reto para mi
subconsciente—. ¿Por qué te sueñas sin manos? —pregunté y no sonó ofensivo. Me
miró a la cabeza antes de contestar:
—¿Tú por
qué te sueñas sin pelo?
Me pasé
la mano por el cuero cabelludo y efectivamente, estaba completamente calvo. Me
costó trabajo recordar mi pelo. ¿Tenía o no tenía?
—¡Touché!
—contesté con una sonrisa y me senté por ahí.
De nuevo
se hizo el sorteo, de nuevo salimos la gordita y yo por un lado. Esta vez no
hubo nada de fantochadas, me caí cuando me dio con el dardo y no hice nada
mientras el asesino nos arrastraba y encadenaba a todos a la pared. Preparó sus
herramientas y de vez en cuando se detenía para tocar obscenamente a la chica
de pelo negro. Estábamos ahí colgados con los ojos cerrados, pero claro, en
sueños uno ve todo de cualquier forma. Zanjó con cuidado al policía y le metió
la mano buscando el intestino delgado, cuando lo encontró lo jaló despacio; él
comenzó a gritar del supuesto dolor pero era mal actor, echaba unos berriditos
y se estremecía como si lo estuvieran bañando con agua fría. No sé cómo el
asesino no se daba cuenta del teatro. ¿O de verdad así gritan los destripados?
Esperó,
cortó y pegó en la pared las letras A, luego la Z, la U y la L. Se tardó mucho.
Entonces nos despertó para que viéramos su obra. Gritamos como en las películas
y yo hice que me desmayaba para que no me ganara la risa. Entonces giró hacia
mí, seguro notó que estaba actuando; me estremecí rogando para que se creyera
mi desmayo. A veces puedes hacer que los otros te sigan la corriente sin
importar lo absurdo de tu actuación. Tomó un cuchillo y se me acercó. Maldito
sueño cruel, no iba a dejar que me destripara; al diablo con esta ridícula
trama de héroes oníricos, si me ponía una mano encima iba a saber con quién se
metía. Aún así aguanté la primera incisión, por curiosidad más que nada, se
sintió frío pero sin dolor, como cuando te cortas con una navaja de afeitar:
agradecí que eso fuera lo más cercano a una puñalada que mi subconsciente me
hiciera sentir.
Siguió
cortando y aguanté, era casi cómodo tener el estómago tan relajado, como cuando
te desabrochas el pantalón después de una buena comida. Sin embargo, llegó un
momento en que todo eso era insoportablemente humillante. ¿Qué, no era yo el
dios de mis propios sueños? ¿Qué hacía ahí aguantando los caprichos de este
enfermo? Zafé una mano y traté de tomarlo del cuello. El asesino retrocedió y
corrió por su rifle. Cuando me dio la espalda, aspiré llenando mis pulmones de
fuego que le escupiría en cuanto girara; volteé a ver a mis camaradas para
anunciarles mi acto pero todos lo desaprobaban. El manco metió su voz en mi
cabeza:
—No seas
estúpido. Tu pesadilla es su sueño. Déjalo así o escapará de nuevo —me dijo.
Sin
embargo, ya tenía zafada una mano y el pecho lleno de fuego, algo tenía que
hacer con eso. El asesino ya estaba de frente apuntándome con el rifle.
¿Tostarlo o hacerles caso a ellos?
Entonces
imaginé una mesita con una taza de chocolate caliente, el mismo que me hacía mi
abuelita. Aunque sabía dónde estaba, pretendí buscar un arma de defensa. Él
pareció burlarse de mis posibilidades, incluso bajó el rifle para comenzar a
reírse. Al encontrar la taza, en vez de lanzársela, di un sorbo, eso le hizo
soltar una carcajada. El líquido apagó el fuego que ya estaba quemando la
garganta. Solucionado eso, mientras él continuaba riéndose, empiné el resto de
la taza. Pero esta vez, no lo tragué, le escupí todo el chocolate a la cara.
Entonces dejó de reír, enojado, alzó el rifle y me disparó varias veces para
descargar su coraje; me hice el muerto.
Trató de
limpiarse con una toalla y en la desesperación tuvo que quitarse el
pasamontañas. Entonces lo vimos: era un tipo cualquiera, nariz chueca y ojos
saltones, como de unos treinta y cinco; aunque, cuando estuvo más o menos
limpio, se veía tan ansioso por vengarse que comenzó a rejuvenecer; parecía un
niño frente a un regalo de Navidad.
Había
perdido la meticulosidad, me cortó con saña. La cara quedó bañada de rojo y me
pareció curioso que mi saliva y el chocolate le dieran más asco que toda esa
sangre. Aguanté, pintó otras cuatro letras con mis entrañas; esta vez la
paciencia no estaba de su lado. La «u» no parecía quedarle bien, se despegaba y
parecía una L. Comenzó a desesperarse y creo que ya no le gustó su sueño porque
despertó, simplemente desapareció tronando como una burbuja.
—Ya
despertó —escuché a mi lado.
Me
desamarré y los otros ya se habían soltado, menos la gordita que parecía estar
muy cómoda ahí en su playita, ordenando una piña colada. Sonreían como equipo
que acaba de anotar.
—¿Le
vieron bien la cara? —dijo el manco.
—Sí.
—Rejuveneció
un poco, pero de seguro es él —agregó el niño pelirrojo.
—¿Cómo
estás, Murphy? —preguntó al policía. Éste levantó el pulgar, se cerró el
estómago como si nada.
—¿Y tú,
pelón? —me preguntaron. Levanté dos pulgares y cerré mi estómago también.
—¡Qué
bien! Chocolatito para la acidez estomacal —dijo la de pelo negro, sonaba muy
elocuente y ahora parecía felicitarme—. Yo le puedo cocinar unos hot cakes si
se porta bien. Hermoso, miren qué hermoso.
—Bien,
pues a despertarse y dibújenlo en cuanto se acuerden —cerró el manco.
Uno a uno
todos fueron desapareciendo, fruncían el seño como si se esforzaran en recordar
quiénes eran o dónde dormían. Al final quedamos Maclovio y yo.
—Entonces…
¿ya lo tenemos? —le pregunté con muchas ganas de unas palmadas en la espalda y
que me diera la bienvenida a los detectives oníricos.
—Sí, buen
trabajo, pelón. ¿Me permites? Tengo que llamarme… ya sabes.
En los
sueños, se dicen las cosas a medias porque la otra mitad es generalmente obvia.
El tal Maclovio tenía que soñar que hacía una llamada a su propio buzón de voz
para, una vez despierto, acordarse de lo que había pasado en el sueño. Le di la
espalda para que la hiciera, cuando lo escuché tecleando el teléfono, la
curiosidad pudo más que mi cortesía. Lo vi sosteniendo su Nokia con un par de
manos nuevas, tenía las uñas largas y pintadas. Me crucé de brazos ansioso por
que terminara de grabar su mensaje, cuando lo hizo, giró hacia mí con buen
talante, como dispuesto a soportar la burla de un nuevo camarada.
—¿Y bien?
—dije, señalándole su manicure —, eso sí merece una buena explicación, Vaquero.
—Algún
día —me contestó sonriendo.
—Eso del
teléfono parece buena idea. —En realidad me sonaba ridículo; pero yo y el
soñado ése ya éramos colegas.
—Pues
inténtalo —me invitó con un dejo de reto.
Busqué mi
teléfono en los bolsillos; no encontré nada.
—Eh… creo
que lo olvidé en el buró —dije sintiéndome tonto.
—Usa el
mío —me lo extendió e intenté marcar; los números cambiaban de forma y la
pantalla mostraba no sé qué dibujos raros, además, ni siquiera me acordaba del
número—. A ver, yo lo marco —me dijo cuando vio que no podía.
Le dicté
un número al azar, uno largo e importante para impresionarlo y lo tecleó sin
problemas. Por alguna razón se hizo el simpático grabando un mensaje él mismo.
Se lo secreteó al teléfono tapándolo con la mano. No me molesté, después de
todo lo merecía por haberle inventado el número. Luego hizo seña de que nos
fuéramos y así lo hicimos, cada quien fue a soñar con otras cosas o a despertar
para tomar un vaso de agua donde quiera que estuviera nuestro refrigerador.
El
viernes venía manejando, feliz de ver que se acercaba el fin de semana e
inconsciente de mi sueño. En una frenada derramé un poco de coca-cola y las
gotas pardas como sangre vieja me hicieron recordar. ¡Je! Lo del vaquero
homosexual no me daba buena espina, pero más que mi hombría, me preocupó mi
salud mental cuando me pregunté seriamente si todo aquello había sido real.
—¡Qué
estupidez! —dije en voz alta y seguí manejando. Ya en la oficina, varios
compañeros parecían estar muy entretenidos frente a la PC de Rodríguez, tomé mi
café y fui a enterarme del chisme, leían los titulares policíacos.
—… sí, es
ése que te digo. ¡Lo agarraron! —decía, golpeando la pantalla con el índice y
al momento que les leía—: Esteban Alpuche, alias el Príncipe Azul, el asesino
serial finalmente ha sido capturado esta madrugada gracias a los retratos
hablados de cinco informantes anónimos.
Me retiré
despacio de ahí, tomé mi celular e hice una cita con el psicólogo para el
martes. Al colgar noté que el buzón de voz tenía un mensaje. No conocía el
teléfono; de todos modos lo escuché. Primero pensé que era un número
equivocado; alguien susurraba como dormido no sé qué. Luego reconocí la voz,
era la del tal Maclovio, que en ese tonito bajo concluía:
—… y
felicidades, pelón, ya eres parte del equipo.
Julio
Ortiz Manzo es un escritor mexicano, nacido en Guadalajara, Jalisco, en 1971.
Actualmente radica en La Paz, Baja California Sur. Ha publicado: Eritroficción (cuentos,
Instituto Sudcaliforniano de Cultura 2009).
Este
cuento se vincula temáticamente con SUEÑO
INDUCIDO, de Guillermo Lavín, EL SECRETO DE MORFEO, de
Víctor A. Coviello, SUEÑOS Y
SONRISAS, de Daniel Avechuco Cabrera, GUARDIANES
DE UN DIOS IGNOTO, de Raúl Alejandro López Nevado
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Axxón 205
– febrero de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía : Sueños :
Crimen : México : Mexicano).

