Libro N° 10841. Pájaro En La Nariz De Buda. Kessel, John.
© Libro N° 10841.
Pájaro En La Nariz De Buda. Kessel,
John. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
Pájaro En La Nariz De Buda. John Kessel
Versión Original: © Pájaro
En La Nariz De Buda. John Kessel
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento PÁJARO DE LA NARIZ DE BUDA, de John Kessel
©
2010, Guillermo Vidal: https://axxon.com.ar/rev/205/c-205cuento1ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
John Kessel
Pájaro En
La Nariz De Buda
John
Kessel
Pájaro En
La Nariz De Buda
John
Kessel
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Después
de matar al guardia, Glaucón y yo corrimos por el pasillo, alejándonos del
Pozo. Glaucón había envejecido seriamente en la pelea. Cojeaba y maldecía; era
un pedazo de carne moribunda y lo sabía. Yo arrastraba la mano por la pared,
buscando una puerta.
—Lo
lograremos —dije.
—Claro
—dijo él. Apretaba el brazo contra su costado.
Pasamos
corriendo frente a una serie de ventanas ontológicas: un incendio forestal, un
sol en el espacio, una fábrica que transmutaba niños en flores. Me preocupaba
que el pasillo fuese un lazo cerrado. Por lo que sabía, el único propósito de
esos pasillos era confundir y recapturar a los fugitivos. O quizás eran sólo
una diversión. Los Relativistas se deleitan con esos absurdos.
Más
ventanas: una tormenta de nieve, un paisaje marino nublado, un pasillo
exactamente igual a donde estábamos, en el que dos hombres vestidos con túnicas
amarillas —kosodes1 de
prisionero, exactamente como los nuestros— buscaban una salida. Glaucón se
detuvo. La mano de su doble se extendió para tocar la suya. El rostro del mío
me miraba enojado; un rostro fuerte, inteligente.
—No es
más que un espejo —dije.
—¿Espejo?
—Un
espejo —dijo una voz. En el pasillo, delante de nosotros, apareció Protágoras—.
Como el sexo, reproduce a los seres humanos.
Un viejo
chiste, y era típico de Protágoras citarlo sin mencionar la fuente.
Glaucón
levantó su reloj. En vista de la infinita mutabilidad de Protágoras, era menos
que inútil: no había forma de que Glaucón tuviera la mínima oportunidad. Mi
espíritu se hundió cuando observé el cambio que le sobrevino. Protágoras
destilaba compañerismo. A Glaucón le gustaba. A nadie podía dejar de gustarle
Protágoras, salvo a un maníaco.
Necesité
de toda mi fuerza de voluntad para bloquear la invasión de endorfina, pero
Glaucón nunca fue tan fuerte como yo. Había hablado mucho con él sobre la
hermandad pero, si hubiese tenido libertad de acción, lo habría dejado seco en
el acto. En cambio, me escondí de los ojos azules de Protágoras, fríos como
fragmentos de aguamarina en un mosaico.
—¿Adónde
van? —dijo Protágoras.
—Íbamos
a… —comenzó Glaucón.
—… ningún
lado —dije.
—Un lugar
difícil de alcanzar —dijo Protágoras.
Glaucón
inclinó la cabeza como un perro.
—Conozco
un camino corto —dijo Protágoras—. Vengan conmigo.
—Claro
—dijo Glaucón.
Luché por
mantener el control. Si le hubieran preguntado, Protágoras habría negado estar
controlando a alguien: «El Hombre Superior gobierna con humildad». Otro
sofisma.
Volvimos
sobre nuestros pasos por el corredor. Si me quedaba con ellos hasta que
llegáramos al centro, no podría escapar de ningún modo. La desesperación me
obligó a verificar el realismo de una de las ventanas. Cuando pasamos por la
escena del océano, empujé a Glaucón contra Protágoras y lancé un hombro contra
el cristal.
La
ventana se hizo añicos; caí. Mi kosode flameó como las alas de Ícaro al
derretirse, mientras el cielo y el mar remolineaban a mi alrededor, hasta que
me hundí en el agua. Mi aliento salió como una explosión. Agité los brazos y di
vueltas. Finalmente, encontré la superficie. Escupí y resoplé; mi brazo derecho
era una agonía y me dolían las costillas. Me quité las zapatillas con dos
puntapiés y me extendí de espaldas. El oleaje me hacía subir y bajar. El cielo
era bajo y oscuro. En la cima de cada ola, veía el horizonte de nubes de
tormenta, plano como las emociones de un psicótico… pero en la otra dirección
había una playa.
Nadé. El
hombro herido y el kosode me lo hacían difícil, pero en ese momento no habría
cambiado de sitio con Glaucón ni por toda la iluminación de los ancianos.
* * *
Cuando me
enviaron a la colonia penal, me dijeron: «Las prisiones deben ser lugares donde
la gente se aloje transitoriamente, como los huéspedes. No deben convertirse en
viviendas».
Su idea
de lo transitorio no es la mía. Transitorio no significa lo bastante extenso
como para que tu piel se agriete como el lecho seco del lago que ves por la
ventana, como para que el recuerdo del contacto con tu amada retroceda hasta no
ser más que un tormento en tus sueños, tan distante como las montañas que
rodean la colonia penal. Esas distinciones no existen para los Relativistas,
como todas las distinciones. Supongo que por esa razón me enviaron aquí.
Generalmente,
te dejan solo. No me importaba el aislamiento; me daba tiempo para comprender
con exactitud de cuántas maneras me habían traicionado. Pasé horas pensando en
Areté, bosquejando sus rasgos ideales en mi mente. Recordaba cómo me habían
arrancado de su lado. Me preguntaba si aún estaría viva y si alguna vez
volvería a verla. Finalmente, cuando el recuerdo se diluyó, conquisté el paso
del tiempo: reconstruí su imagen a partir de ideas incorruptibles y planifiqué
la venganza que llevaría a cabo cuando fuese libre de nuevo, de modo que el
pasado y el futuro se volvieron más reales para mí que el presente infinito,
monótono. Así es el poder de las ideas sobre la realidad. Para los guardias,
debo haber tenido un aspecto adecuadamente meditativo. Por dentro, me quemaba.
Todos los
días, al amanecer, nos despertaba el golpe de los palos contra la cabecera de
hierro de las camas. Durante la primera hora, traíamos agua del Pozo de los
Cambios. Durante la segunda, nos estimulaban a beber (yo me negaba). Durante la
tercera, lavábamos los pisos con el agua. De la cuarta a la séptima, cumplíamos
con las funciones que fuesen necesarias para el mantenimiento de la prisión.
Durante la octava, nos torturaban. Durante la novena, nos alimentaban. Por la
noche, exhaustos, dormíamos.
La cámara
de tortura está hecha de hormigón acanalado. Es una habitación fría, sin
ventanas. En el centro hay una silla y, junto a la silla, una mesa pequeña;
sobre la mesa, la capucha. La capucha es negra y parece hecha de tela
ordinaria, pero no es así. La primera vez que la tuve en mis manos, a pesar de
la evidencia que me proporcionaban mis ojos, pensé que se me había resbalado de
entre los dedos. La capucha no es un objeto material: no se siente al tacto, no
tiene textura y, aunque absorbe toda la luz, no es ni caliente ni fría.
|
|
Tu
inquisidor te invita a sentarte en la silla y a colocarte la capucha en la
cabeza. Lo haces. Él te habla. La habitación desaparece. Tu cuerpo se disuelve
y te conviertes en otra cosa. Eres un animal. Eres uno de los ancianos. Eres
una piedra, una gota de lluvia en la tormenta, un planeta. Estás en otro tiempo
y lugar. Puede que suene intrigante, y las primeras veinte veces lo es. Pero
nunca termina. Las sesiones son indiscriminadas. Deliberadamente sin sentido.
Se prolongan hasta el borde de la demencia.
Recuerdo
una de esas sesiones, en la que viví en una ciudad antigua y trabajé, siguiendo
una rutina irremediable, en una tienda llamada «Mundo de Valores». Los valores
que vendíamos eran artículos de promoción. Me casé, tuve hijos, envejecí, perdí
la salud y el espíritu. Trabajé cuarenta años. Algunos días fueron felices,
otros tristes; la mayoría, ninguna de las dos cosas. Lo último que recuerdo es
que estaba echado en una cama de hospital, incapaz de ver, muriendo y
escuchando a mi esposa hablando con mi hijo sobre lo que iban a cenar. Cuando
salí de debajo de la capucha, Protágoras me levantó de la silla de un tirón y
me recitó este poema:
De los
orificios de la nariz del Gran Buda
voló una
pareja de golondrinas
que allí
anidaba.
Todavía
escuchaba la voz restallante de mi esposa fantasma. No estaba de humor para
acertijos.
—Dime lo
que significa o cállate.
—Bebe del
Pozo y te lo diré.
Le di la
espalda.
Siempre
era así. Para Protágoras, atormentarme era una profesión. Lo conocía desde
hacía demasiados años. No depositaba su fe en nada, carecía totalmente de
honor, pero tenía poder. Su intelecto estaba disponible para el uso que fuera.
Malgastaba años en banalidades. Podía argumentar a favor de ambos lados de una
discusión, no porque buscara sacar ventaja, sino porque no le importaba lo que
estaba bien o mal. Era intolerablemente afortunado. Irresponsable como un niño.
Inconstante como el viento. Su mirada azul, opaca, podía ser tan insensata como
la de un científico.
Y había
sido mi primer maestro. Me había presentado a Areté, ofreciéndome consejos
inservibles durante nuestra tormentosa relación; había dado un testimonio
ambiguo en mi juicio y, cuando dictaron sentencia, había abandonado la
universidad para venir a la prisión y convertirse en mi inquisidor. La idea de
que yo alguna vez lo había idolatrado me atormentaba más que cualquier sesión
debajo de la capucha.
Después
de zambullirme en el mar atravesando de la ventana, luché con el oleaje para
llegar a la playa. Durante un lapso desconocido, me quedé tirado en la arena
húmeda, jadeando. Cuando abrí los ojos, vi que se me había acercado una bandada
de gaviotas. A un brazo de distancia, la gaviota líder, un rufián de gran porte
cuyas plumas deshilachadas sobresalían de su cuello formando una gorguera, me
observaba con sus ojos negros como cuentas de collar. Otras, de diversos
tamaños y marcas distintivas, se ubicaban detrás formando una cuña. Levanté la
cabeza; las gaviotas recularon unos pasos sin desarmar la formación. Comprendí
de inmediato que estaban formadas según su rango en la bandada. La naturaleza
refleja así la verdad fundamental: los fuertes gobiernan a los débiles; la
relación de uno con los demás sigue un orden jerárquico.
En un
costado había una gaviota solitaria y flaca, más rápida que el resto, pero
distante. Supuse que era la gaviota filósofa. La saludé; era mi hermana.
Un
andarríos correteaba por la orilla del mar. Metí las manos en el agua del mar y
me lavé la arena y los trozos de caracolas de las mejillas. Pendiente arriba,
los altos pastizales y las espiguillas sujetaban las dunas contra las mareas.
La escena era familiar. Maravillado y un poco intranquilo, comprendí que la
ventana me había arrojado en las Grandes Aguas, bastante cerca de la Ciudad
Imperial.
Subí
hasta la cresta de las dunas dando tumbos por la arena. Al este, debajo de la
pila de nubes de tormenta, los relámpagos destellaban sobre el agua oscura. Al
oeste, contra el fulgor del ocaso, la arena y los matorrales se convertían en
campos. Comencé a caminar tierra adentro. La noche cayó rápidamente. Desde
atrás, se acercaron las nubes, los vientos fuertes y, más tarde, la lluvia.
Seguí andando con dificultad, cantando bajo el diluvio. Los truenos también
cantaban. El agua me corría por las grietas de la cara, el kosode mojado me
pesaba contra el pecho y los hombros, el césped áspero me cortaba los pies. En
la oscuridad profunda, lograba continuar únicamente porque memorizaba el
paisaje que me revelaba cada relámpago. Lleno de júbilo, me apresuré para
llegar a mi amada. Les grité a las gotas de lluvia; cualquiera de ellas podía
ser uno de mis compañeros presos debajo de la capucha. «¡Soy libre!», les dije.
Vadeé el crecido Río de la Indiferencia. Crucé el Bosque de los Árboles de
Hierro a los trompicones. Durante toda la noche, puse un pie delante del otro
y, unas horas antes del amanecer, bajo una llovizna melancólica, atravesé la
Puerta de Herón y entré en la ciudad.
En el
Barrio del Procesador, encontré un umbral con un techo que protegía de la peor
parte de la lluvia. Por encima colgaba el letrero iluminado de la Rata. En un
rincón de ese umbral, bajo ese letrero, dormí.
* * *
Me
despertó la llegada del dueño de la tienda de comunicaciones, en cuyo umbral
había dormido.
—Busco al
zorro viejo —dije—. ¿Sabe dónde puedo encontrarlo?
—¿Quién
es usted?
—Puede
llamarme zorrito.
Abrió la
puerta de un empujón.
—Bueno,
Sr. Zorro. Puedo ponerlo en contacto con él de inmediato. Pase a una de
nuestras cabinas.
Debió
darse cuenta de que yo no tenía dinero.
—No
quiero comunicarme. Quiero verlo.
—La
comunicación es mucho mejor —dijo el dueño de la tienda. Tomó una toalla, una
palangana de cobre y una navaja ornamental del armario que estaba detrás de su
terminal—. No hay riesgo de violencia física. No hay sufrimiento, salvo el
psicológico. Reproducción completamente precisa. Realces sensoriales:
olfativos, visuales, auditivos. —Abrió una jaula empotrada en una pared y sacó
una rata negra y dócil, agarrándola del cuello—. Posibilidad de grabar. Acceso
a una red de servicios de información de soporte. Por un ligero cargo
adicional, ofrecemos ampliación de la inteligencia y análisis semiótico
instantáneo. Hacemos que los bajos parezcan altos. La presencia física no tiene
comparación.
—Quiero
hablar con él en privado.
Sin
mirarme, llevó la rata hasta el bloque de piedra.
—Tenemos
un contrato.
—No
cuestiono su integridad.
—¿Tiene
prejuicios religiosos contra la comunicación? ¿Es usted un Viajero?
El sujeto
no iba a descansar hasta obligarme a admitir que no tenía un centavo. Yo me
rehusaba a hacerlo; si él era un comunicador tan devoto, bien podía quedarse en
su casa. Pero había caminado hasta esta tienda, en persona. Tragándome la
furia, dije:
—No tengo
dinero.
Le abrió
el cuello a la rata. El animal no emitió sonido.
Después
de drenar la sangre y de poner el cuerpo en el recipiente de exhibición, se
lavó las manos y me miró. Parecía bastante satisfecho consigo mismo. Sacó un
objeto pequeño de un cajón.
—Lo
encontrará en la Universidad. Aquí tiene un mapa del laberinto. —Me lo puso en
la mano.
Juré que
un día me vengaría de este acto de caridad gratuita. Me fui.
Las
calles estaban atestadas. Una luz dorada y polvorienta se filtraba entre las
hileras de edificios antiguos. Demasiado bajo para usar los Caminos móviles, me
eché a andar. Los mensajeros de túnicas anaranjadas avanzaban laboriosamente
entre la multitud. Los conductores sudorosos, vestidos de taparrabos, tiraban
de los carros taxi; imaginé a los perfumados ganadores de lotería que se
reclinaban detrás del cristal opaco de sus cabinas para pasajeros. En el Barrio
Médico, los cirujanos callejeros ofrecían sus servicios frente a estanterías de
senos y penes de tamaño prodigioso. Como antes, los nombres de las calles
cambiaban una vez por hora para marcar el avance del sol por el cielo. De todas
las calles menos una, y contuve el aliento cuando llegué a ella: el Camino de
la Iluminación, que unía el Templo de la Reforma con el Palacio Imperial. Como
antes, los metamorfos entretenían a los fieles en el escenario montado fuera
del Templo. Uno de ellos cambió de forma ante mis ojos: de hombre con cara de
perro, vestido con la falda de cuero de los atletas, a CEO tatuado con traje
motorizado.
—¡Ven a
beber del Pozo de los Cambios! —le gritó, en éxtasis, a un transeúnte—.
¡Refórmate!
El Pozo
del que hablaba era tanto literal como simbólico. El Pozo de la prisión era su
hermano; los predicadores del Templo afirman que todos los Pozos son un solo
Pozo. Sus aguas tienen el poder de transformar el cuerpo y la mente. Un
científico podría explicar cómo se hace: virus, química cerebral, hipnosis,
alguna desquiciada combinación de las tres cosas. Pero eso es todo lo que
podría explicar un científico. A diferencia de un científico, yo podría
explicar por qué su utilización es moralmente incorrecta. Podría explicar que
algunas verdades son eternas y que deberían permanecer inviolables, y por qué
una cultura que acepta el cambio indiscriminadamente tiene el corazón podrido.
Podría demostrar, con una lógica irrefutable, que la razón es mejor que la
emoción. Que el espíritu es más grande que la carne. Que el Relativismo es la
ruta al infierno.
En vez de
alivio por estar en casa, sentía angustia. El caos de la calle me ponía de mal
humor, pero no era sólo eso: la ciudad estaba exactamente como yo la había
dejado. La mañana húmeda, bajo la que había amanecido en el umbral, podría
haber sido la mañana siguiente del día en que me enviaron a prisión. Mi
ausencia no había marcado ninguna diferencia discernible. La tiranía de los
Relativistas, contra la que habíamos luchado mis amigos y yo, no había
culminado con la desgracia universal que habíamos predicho. Aunque todo
cambiaba minuto a minuto, todo seguía igual. Lo único que debía permanecer
constante, la Verdad, para ellos era tan quimérica como los modificadores de
genes del Templo.
Podrían
haber hecho las cosas mejor si hubiesen tenido maestros para enseñarles a
diferenciar el bien del mal.
Mirando
el boulevard, a la distancia, en el núcleo de la ciudad, vi los muros del
palacio. Al mediodía ya había llegado allí. Los vendedores de pasteles
especiados empujaban sus carros entre los peticionantes reunidos junto a las
grandes puertas laqueadas de rojo. Uno, cuyos pasteles contenían una contraseña
gratuita cada uno, estaba haciendo un negocio excelente. Por el hecho de que el
portero ignoraba a los peticionantes que intentaban usarlas, quedaba en
evidencia que todas las contraseñas eran falsas. Pero eso no disminuía las
ventas. La mayoría de los peticionantes eran medioseres y hasta un conejo
idiota podía ganarles en una negociación.
Lloré por
mi pueblo, su ignorancia y falta de lógica. Descubrí que estaba apretando el
mapa en el puño con tanta fuerza que una de sus puntas me había perforado la
piel. Le di la espalda al palacio y me alejé, y no sentí ningún alivio hasta
ver las torres de la universidad elevándose por encima del Parque de los
Eruditos. Recordé la primera vez que las había visto; era un jovenzuelo que
bajaba de las colinas, todavía con el olor del ganado encima, que venía a
estudiar con el gran Protágoras. El parque meticulosamente cuidado, las serenas
proporciones de los edificios, le hablaban al alma de aquel chico inocente:
aquí estarás a salvo de la sangre y la pasión. Aquí puedes perderte en el mundo
de la mente.
Los años
habían desgastado el lustre de ese sueño, pero no puedo negar que, viéndolo
ahora, otra vez como fugitivo de un mundo peligroso, sentí un poco del mismo
gozo. Pensé en mi padre, un tosco agricultor que me daba latigazos por leer; en
mi dulce madre, que él trataba brutalmente, intentando mantener viva en su hijo
la llama de la verdad.
En el
patio interior, me acerqué a una joven que llevaba el rodete y la túnica
escarlata de los humanistas. Su cabeza se balanceaba siguiendo algún ritmo
interior; como imaginé que estaba pensando en alguna noción referida al Ideal,
mi corazón se rindió ante ella. Estaba a punto de preguntarle qué estudiaba
cuando vi el prendedor en su sien. Escuchaba música transtemporal: su mente
devorada por improvisaciones pueriles, ejecutadas con señales recogidas de los
dolores mortales del cosmos. Generaciones de investigadores habían dedicado sus
vidas a descubrir esos secretos, y todo para que los «artistas» usaran sus
esfuerzos para erosionar la conexión de la gente con la realidad. Escupí el
sendero a sus pies; ella pasó de largo, ajena a todo.
En la
entrada del laberinto de Humanidades, recurrí al mapa y lo seguí en la
penumbra. Quince minutos después, me guió hasta la entrada del Departamento de
Filosofía. Era el último sitio donde esperaba encontrar al zorro… el nido de
nuestros enemigos, el lugar contra el que nos habíamos confabulado
incansablemente. La secretaria me saludó con simpatía.
—Busco a
un hombre llamado Sócrates —dije—. Algunos le dicen «el zorro viejo».
—Universo
del Discurso 3 —dijo ella.
Avancé
por el pasillo, deseando tener el reloj de Glaucón. La puerta del salón estaba
abierta. En el centro de la habitación cavernosa, sentado en una gigantesca
silla de soporte, estaba Sócrates. Por fin había encontrado un cambio
significativo: estaba asquerosamente obeso. Los rasgos de hurón que yo
recordaba se hundían en pliegues de grasa. Sólo la mirada aguda permanecía
igual. Me causó una profunda conmoción. Mientras me acercaba, sus ojos me
siguieron.
—Sócrates.
—Blume.
—¿Qué te
sucedió?
Sócrates
levantó una mano llena de hoyuelos, como para alejar la trivialidad con el
gesto.
—Gané.
—Antes
difamabas a este lugar.
—Difamaba
a sus usurpadores. Ahora lo manejo yo.
—¿Lo
manejas tú?
—Soy el
decano.
Debí
saber que Sócrates se había puesto en contra de nuestra causa, y quizás en
algún nivel lo sabía. Si se hubiese mantenido fiel, habría terminado en una
celda junto a la mía.
—Eras un
gran maestro —dije.
—Exacto.
Déjame decirte lo que ocurre cuando un hombre comienza a afirmar que es un gran
maestro. Primero, empieza a usar túnica de brocado. Después, se pone
plataformas en las sandalias. En un santiamén, el departamento tiene en sus
manos una desagradable demanda por paternidad.
Su risa
senil era como el burbujeo del agua en una pipa de opio.
—¿Cómo
llegaste a decano?
—Le hice
un servicio al Emperador.
—¡Te
vendiste!
—Blume,
la daga —dijo. Un poco de la vieja furia empañó su voz—. Tan afilado. Tan
rígido. Siempre fuiste un pedante.
—Y tú
tenías principios.
—Ah,
principios —dijo—. Te diré lo que pasó con mis principios. ¿Supiste de Filomena
la Bandida?
—No.
Estuve un poco desconectado.
Sócrates
ignoró la chanza.
—Fue
después de que te marchaste. Filomena invadió el sistema, estableció su
campamento en la luna y se ganó la vida saqueando al imperio. La ciudad estaba
a su merced. Vi mi oportunidad. Anuncié que la reformaría. Mis estudiantes
montaron una nave pequeña y Areté y yo nos lanzamos a la luna.
—¡Areté!
—Descendimos
en un valle exuberante, cerca del campamento. Areté negoció una audiencia en mi
nombre. Fui solo. Le describí a Filomena las ventajas de la conducta política.
La naturaleza de la verdad. Los costos de vivir en el mundo de las sombras y la
gloria de mudarse al mundo de la luz. Le hablé de cómo, si se volcaba a Dios,
contarían su historia durante generaciones. Su fama se esparciría por todo el
mundo y su honor viviría mil años más que ella.
»Filomena
me escuchó. Cuando terminé, sacó un cuchillo y me preguntó: ‘¿Cuánto tiempo es
mil años?’.
»Sus
hombres estaban de pie a nuestro alrededor, esperando que yo diera un paso en
falso. Comencé a hablar pero, antes de que lo hiciera, ella me atrajo cerca de
sí y presionó el cuchillo contra mi garganta. ‘Mil años’, dijo Filomena, ‘es
menos que la exposición de un neutrino que atraviesa un mundo. ¿Cuánto dura la
vida?’
»Me quedé
petrificado. Ella sonrió. ‘La vida’, dijo, ‘es más corta que este cuchillo’.
»Le rogué
clemencia. Ella me echó. Corrí a la nave, temiendo por mi vida. Areté me
preguntó qué había ocurrido. No dije nada. Partimos de regreso a casa.
»Aterrizamos
en medio de un gran tumulto. Primero pensé que había disturbios, pero pronto
descubrí que era una celebración. Durante nuestro viaje de vuelta, Filomena se
había ido de la luna. La gente supuso que yo la había convencido. El Emperador
habló. Rebajaron a nuestros enemigos de Filosofía y los regentes me nombraron
Decano.
»Desde
entonces —dijo Sócrates— tengo problemas con los principios.
—Eres un
cobarde —dije.
A pesar
de la máscara de sebo, vi arrepentimiento en los ojos de Sócrates.
—No me
conoces —dijo.
—¿Qué
pasó con Areté?
—No la he
visto desde entonces.
—¿Dónde
está?
—No está
aquí. —Desplazó su peso, mirando la pantalla que rodeaba la habitación—.
Entrégate, Blume. Si te atrapan, todo se pondrá peor.
—¿Dónde
está?
—Aunque
pudieras llegar a ella, no querrá verte.
Lo agarré
del brazo; se lo retorcí.
—¡Dónde
está Areté!
Sócrates
inhaló con fuerza. —En el palacio —dijo.
—¿Está
presa?
—Es la
Emperatriz.
* * *
Esa noche
me ubiqué entre los medioseres, frente a las puertas del palacio. Los hombres y
mujeres cultivados a partir de semillas después de sus muertes, copiados con
archivos almacenados de sus personalidades originales, todos ellos, habían
perdido resolución, porque ningún archivo de identidad podía encapsular la
complejidad humana. Algunos no podían hablar, otros exhibían rasgos demasiado
rígidos para pasar por humanos, y otros ni siquiera tenían personalidad. Su
única oportunidad de volverse completos era peticionar a la Emperatriz para se
hiciera una extrapolación transfinita de su núcleo de datos. Para que los
transformaran milagrosamente.
Junto a
mí, un Atleta me mostró sus firmas auspiciantes. Una Actriz me mostró sus
letreros. Un Banquero me mostró sus solapas. Me preguntaron cuál era mi
profesión.
—Soy
filósofo —les dije.
Se
rieron. —Demuéstralo —dijo la Actriz.
—En un
estado bien ordenado —le dije— no habría lugar para ti. —Al Atleta, le dije—:
La tuya es una profesión buena y noble. —Miré al Banquero—. Tu trabajo es más
problemático —le dije—. A diferencia de la Actriz, tú cumples una función
necesaria pero, a diferencia del Atleta, como acumulas riqueza, es posible que
adquieras más poder del que se justifica por tu escasa sabiduría.
El
discurso fue mucho para ellos: la Actriz gruñó y se fue. Dejé a los dos hombres
y me puse a caminar bajo las almenas. Dos garitas enmarcaban las grandes
puertas, y los arqueros se paseaban por las murallas o se inclinaban desde los
alféizares para escupir a los peticionantes. Por esta razón, los medioseres
acampaban lo más lejos de los muros que podían sin bloquear la calle. Los
arqueros, como sabían todos los hombres educados, estaban de adorno: las
puertas eran resguardadas por un solo portero, un monje que podía abrirlas si
lo superaban en una batalla de ingenio, pero sin cuyo consentimiento no se
podían ni mover.
Estaba
sentado en un banco, junto a las puertas, mirando hacia delante en silencio.
Los que trataban de hablarle no podían adivinar si, como respuesta, recibirían
una bofetada en la oreja o una agradable conversación. Su rostro llano, de
campesino, estaba tan vacío de intelecto que tardé un rato en reconocerlo como
Protágoras.
Su
presencia disfrazada podía ser un capricho suyo. Tal vez lo estaban castigando
por dejarme escapar; tal vez me estaba esperando. Sentí la urgencia de correr.
Pero no iba a reproducir la cobardía de Sócrates. Si Protágoras me reconocía,
no lo demostraba; resolví entrar o dejarme atrapar. Yo no era un imbécil
cualquiera, y lo conocía. Me acerqué.
—Desearía
ver a la Emperatriz —dije.
—Debes
esperar.
—Espero
desde hace años.
—No
importa.
—No tengo
más tiempo.
Me
estudió. Sus modales cambiaron. —¿Cuánto vas a pagar?
—Te
pagaré con una historia que te hará doler la cabeza de tanto reír.
Sonrió.
Vi que me reconocía; mi estómago pegó un salto.
—Conozco
muchas historias de esas —dijo.
—Como la
mía, no.
—Sí. Me
doy cuenta de que eres un gran creador de dolores de cabeza.
La
desesperación me impulsó hacia delante.
—Entonces
escucha: había una vez un caudillo militar que descubrió que le habían robado
su pertenencia más preciosa, una joya de poder. Ordenó a sus sirvientes que
revisaran la fortaleza en busca de extraños. En la muralla exterior,
encontraron un mendigo que se encaminaba al portón. Los hombres del caudillo lo
atraparon y lo llevaron al pozo. ‘La gran joya del comandante se ha perdido’,
le dijeron. Sumergieron la cabeza del mendigo en el agua. Él se resistió. Lo
sacaron de un tirón y le preguntaron: ‘¿Dónde está la joya?’. ‘No lo sé’, dijo
él.
»Volvieron
meterle la cabeza en el agua, esta vez durante más tiempo. Cuando lo sacaron,
el mendigo jadeó como un motor viejo. ‘¿Dónde está la joya?’, exigieron. ‘¡No
lo sé!’, respondió él.
»Furiosos
por su insolencia, temerosos de perder la vida si provocaban el disgusto de su
amo, los hombres empujaron al mendigo tan adentro del pozo que uno que estaba
parado cerca pensó: ‘Seguro se ahogará’. El mendigo pateaba con tanta fuerza
que hacían falta tres hombres robustos para sujetarlo. Cuando por fin lo
levantaron, tosió y resopló, con el rostro violeta, luchando para poder hablar.
Le dieron unos golpes en la espalda. Finalmente, reunió el aire suficiente para
decir unas palabras: ‘Creo que tendrán que conseguirse otro buceador’, dijo el
mendigo. ‘Yo no la veo por ningún lado’.
Protágoras
sonrió.
—No es
cómico.
—¿Qué?
—Tal vez
para nosotros sí, pero para el mendigo no. Ni para el hombre que estaba cerca.
Ni para los sirvientes. El comandante probablemente los hizo rebajar.
—No
juegues. ¿Qué piensas en realidad?
—Pienso
en el pobre Glaucón. Te echa de menos.
Entonces
advertí que Protágoras sólo tenía la intención de atormentarme, como lo había
hecho tantas veces antes, respondiendo a mis necesidades desesperadas con
chistes malos hasta hacerme llorar o enfurecer. Me invadió una ira más poderosa
que el sol mismo y perdí el control. Me abalancé sobre él, pateando, mordiendo.
Los peticionantes miraban azorados. De las murallas brotaba el eco de los
gritos. No me importaba. Me había olvidado de todo salvo de mi furia; lo único
que sabía era que, por fin, lo tenía en mis manos. Le rasguñé los ojos; le
golpeé la cabeza contra la acera. Protágoras se esforzaba por hablar. Lo
levanté y azoté su cabeza contra las puertas. Sus músculos se distendieron. Con
las piernas cruzadas, como preparado para meditar, resbaló hasta el suelo. La
sangre brillaba bajo la antorcha de las puertas laqueadas.
—Eso sí
fue cómico —susurró, y murió.
Las
puertas se entreabrieron con el peso de su cuerpo. Siempre habían estado
abiertas.
* * *
Nadie
vino a arrestarme. Cruzando la sala interior, en el linde de un jardín
ornamental, debajo de un plátano, había una persona de pie en la oscuridad. La
mayoría de las luces del palacio estaban apagadas, pero el resplandor de una
galería alta elevaba las sombras. Dubitativo, me acerqué, demasiado inestable
para esconderme después de mi repentino ataque de violencia. En mi confusión,
no se me ocurrió otra cosa que acercarme a la figura del jardín, que aguardaba
pacientemente, como si me hubiese estado esperando mucho tiempo. A diez pasos
de distancia, vi que era una mujer vestida de payaso. A cinco, vi que era
Areté.
Su risa,
como cristal haciéndose añicos, me sobresaltó.
—¡Allan!
Qué cara tan seria.
Mi cabeza
estaba llena de preguntas. Apretó los dedos contra mis labios, silenciándolos.
La abracé. Tenía unos círculos rojos pintados en las mejillas y una barba de
crepé, pero su piel seguía siendo suave; sus ojos, brillantes; su perfume, el
mismo. No había envejecido ni un día.
El
recuerdo de la boca floja de Protágoras muerto empañaba mi triunfo. Ella se
escurrió de entre mis brazos, riendo otra vez.
—¡No me
tendrás a menos que me atrapes!
—¡Areté!
Se lanzó
a correr entre los árboles. Corrí tras ella. No estaba concentrado en eso y la
perdí de vista, hasta que se detuvo debajo de un árbol, con las manos sobre las
rodillas, jadeando.
—¡Vamos!
No soy tan difícil de atrapar.
Mi
corazón se liberó del peso que lo oprimía. Me agaché y fui tras ella. Por
debajo de los árboles, a través del laberinto de setos, entre los jazmines y
las buganvillas que florecían de noche, con la luna plateada posada en los
bordes de las hojas, la perseguí. Por fin se dejó agarrar; caímos juntos sobre
el húmedo lecho de hiedra. Apoyé la cabeza contra su pecho. El bordado de su
disfraz se sentía áspero contra mi mejilla.
Tomó mi
cabeza entre sus manos y me hizo mirarla a la cara. Sus dientes eran perlas
blancas; su aliento, dulce como los perfumados capullos que nos rodeaban.
Nos
besamos a través de la ridícula barba (sentía el olor del pegamento para
maquillaje que había usado para fijarla) y se logró el objetivo que habían
buscado instilarme en la colonia penal: mis años de prisión se diluyeron en el
presente inmediato, como si nunca hubieran existido.
* * *
Ese beso
marcó el límite de nuestro contacto. Esperaba pasar la noche con ella; en
cambio, ella ordenó a un esclavo que me llevara a una casa de huéspedes para
dignatarios que venían de visita, donde me alojaron con tres terratenientes de
menor importancia, venidos de las montañas. Ya estaban dormidos. Después de mi
día de confusión, furia, deseo y miedo, me acosté, agotado pero totalmente
despierto, perturbado hasta por el sonido de mi propia respiración. Mis
pensamientos eran un revoltijo de ruido blanco. Lo había matado. La había
encontrado. Dos de las fantasías de mi reclusión, cumplidas en una hora. Pero
no tenía paz. El asesinato de Protágoras no pasaría desapercibido por mucho
tiempo. Supuse que Areté ya lo sabía, pero que no le importaba. Pero si de
verdad era la Emperatriz, ¿por qué no lo habían matado años atrás? ¿Por qué yo
había estado pudriéndome en la prisión, sometido a él?
No tenía
mapa para ese laberinto, y finalmente me quedé dormido.
Por la
mañana, el esclavo, Pismire, me trajo una peluca de cabello humano, un kimono
verde, una faja de seda amarilla y sandalias de cuero liso: la ropa de un
próspero Don Nadie. Mis compañeros de cuarto parecían campesinos provincianos
apenas letrados, poco mejores que mi padre, que venían a la corte en busca de
un juicio contra un vecino, o de un lugar para su hijo menor, o de protección
contra un bandido. Uno de ellos usaba los colores de una facultad de poca monta
de las tierras altas; los otros, ningún color.
Sospeché
que al menos uno de ellos era espía de Areté; lo mismo pueden haber pensado
ellos de mí. Nos parecíamos tanto como para que nos tomaran por hermanos.
Comimos
en un comedor atendido por máquinas. Pasé el día estudiando los salones
públicos del palacio, esperando conseguir alguna información. Cuando dio la
sexta hora, Pismire me encontró en el vivario. Me entregó un mensaje con el
sello Imperial y se fue. Lo encendí.
—Está
usted invitado a una importante reunión —dijo el mensaje.
—¿Con
quién? —pregunté— ¿Con qué propósito?
El
mensaje no me hizo caso.
—La
reunión comienza puntualmente a la novena hora. Prepárese. —Después seguían las
indicaciones para encontrar el lugar.
Cuando
llegué, la habitación designada estaba vacía. Una larga mesa de roble, muros
cubiertos de estantes con rollos de documentos. En el extremo opuesto, unos
ventanales daban a un balcón desde el que se veía una antigua ciudad con
edificios de vidrio y metal. Se oían los lejanos sonidos del tránsito de abajo.
Se abrió
una puerta lateral y entró una mujer que llevaba el traje azul de los Abogados,
seguida por un administrativo. El brillante pelo negro de la mujer estaba
surcado de gris, pero su rostro era lozano. No usaba maquillaje. Se detuvo en
una cabecera de la mesa, de espaldas a los ventanales, y apoyó en ella una caja
de cuero. El administrativo se sentó a su derecha. Advertí que esa figura
prohibitiva era Areté. Se había vuelto tan mutable como Protágoras.
—Siéntate
—me dijo—. Estamos aquí para tomarte declaración.
—¿Declaración?
—Tu
testimonio sobre el tema que nos ocupa.
—¿Qué
tema?
—Tu fuga
de la colonia penal. Tu asesinato del portero, el honorable filósofo
Protágoras.
La
injusticia de todo esto superó mi consternación.
—Asesinato
no. Defensa propia. O mejor aún, eutanasia.
—No nos
vengas con objeciones irrelevantes. Nos has privado de su presencia.
—Cultiven
un duplicado. Tráiganlo de vuelta a la vida.
Como
respuesta, sólo me clavó la mirada por encima de la mesa. El aire tenía un
sabor rancio y sentí que una gota de sudor me corría por el pecho, debajo de la
túnica.
—¿Se
trata de un juego?
—Bien
querrías que fuese un juego.
—¡Areté!
—No soy
Areté. Soy una Abogada. —Se inclinó hacia mí—. ¿Por qué te enviaron a prisión?
—¡Estabas
conmigo! Lo sabes.
—Pedimos
tu versión de los hechos para dejarla asentada.
—Sabes
tan bien como yo que me encarcelaron por buscar la verdad.
—¿Cuál
verdad?
Sólo
había una. —La que la gente no quiere escuchar —dije.
—¿Tuviste
acceso a una verdad que la gente no reconocía?
—Están
cegados por la costumbre y el interés en sí mismos.
—¿Tú no
lo estabas?
—Después
de años de abnegación y estudio, lo había superado. Había roto las cadenas del
prejuicio, había salido de la caverna sombría donde vive la sociedad para mirar
al sol de frente.
El
administrativo sonrió con suficiencia mientras yo lanzaba mi discurso. Era la
primera expresión que dejaba traslucir.
—Y te
cegaste con él —dijo Areté.
—Vi la
verdad. Pero, cuando regresé, me dijeron que estaba ciego. No querían
escucharme, entonces me encerraron.
—El
expediente del juicio dice que colaboraste con la corrupción de la juventud.
—Era
maestro.
—El
expediente dice que te negaste a escuchar a tus oponentes.
—Me niego
a escuchar a los ignorantes e ilógicos. Me niego a someterme a los tontos, a
los mentirosos y a los que permiten que la pasión supere a la razón.
—¿Nunca
te han engañado?
—Sí, pero
ahora no.
—¿Nunca
mientes?
—Si lo
hago, no dejo de reconocer la diferencia entre la mentira y la verdad.
—¿Nunca
actúas por pasión?
—Sólo
cuando la razón lo fundamenta.
—¿Nunca
sospechas de tus propios motivos?
—Conozco
mis motivos.
—¿Cómo?
—Me
examino. Honesta y críticamente. Aplico la razón.
—Ahórrame
tu colosal arrogancia, tu repulsiva autocompasión. Los testigos oculares dicen
que mataste al portero en un ataque de ira.
—Tenía
una razón. ¿Pretendes entender mis motivos mejor que yo? ¿Acaso entiendes los
tuyos?
—No. Pero
porque soy deshonesta. Y totalmente arbitraria. —Abrió la caja y sacó un reloj.
Sin dudarlo, lo apuntó al administrativo. Con su jactancia ya desinflada, él se
sacudió hacia atrás, haciendo caer la silla. Ella oprimió el gatillo. El arma
debe haber estado calibrada para máxima entropía: ante mis ojos, el
administrativo envejeció diez, veinte, cincuenta años. Murió y se pudrió. En
menos de un minuto, era un montón de huesos y materia semilíquida en el suelo—.
Estuviste en prisión tanto tiempo que inventaste una versión inofensiva de mí
—dijo Areté—. Soy capaz de cualquier cosa. —Puso el reloj sobre la mesa, se
volvió y abrió los ventanales para dejar entrar la fresca brisa nocturna. Luego
se trepó a la mesa y comenzó a gatear hacia mí. Yo estaba paralizado—. Soy la
Destructora —dijo, aflojándose la corbata mientras se acercaba. Sus ojos
estaban fijos en los míos. Cuando me alcanzó, me empujó hacia atrás y cayó
sobre mí—. Soy la fuerza que hace correr la sangre por tu cuerpo agonizante, la
pesadilla que te despierta bañado en sudor en plena noche. Soy el caldero
ardiente cuyo calor te reduce a vapor, te arrastra de lo visible a lo
invisible, te disipa con los vientos del tiempo, de la memoria que se
desvanece, de la inevitable pérdida humana. Ante mí, eres incapaz de articular
palabra. De mí, no entiendes nada.
Me
envolvió el cuello con la corbata; apretó.
—Recuérdalo
—dijo, estrangulándome.
* * *
Me
desmayé en el suelo del salón de reuniones y me desperté a la mañana siguiente
en la cama de una habitación privada. Pismire estaba abriendo las cortinas,
revelando un paisaje de playa sobre el océano: medio dormido, observé la figura
diminuta de un hombre que se materializó en el aire, en medio de un rocío de
cristales, y cayó precipitadamente al mar.
Pismire
me trajo un desayuno de frutas y café especiado. Tocándome las magulladuras del
cuello, contemplé al hombre mientras volvía a aparecer en la superficie del mar
y nadaba hacia la costa. Se desplomó en la arena. Una bandada de gaviotas se
posó junto a su cabeza. Si yo rompía esta ventana, podría advertirle. Podría
decirle: Sócrates está gordo. Cuidado con el portero. Areté está viva, pero
cambiada.
¿Pero qué
podría decirle con seguridad? ¿Areté se había vuelto Relativista, como
Sócrates? ¿Era libre o la obligaban a representar un papel? ¿Tenía la intención
de procesarme por el asesinato de Protágoras? Pero en tal caso ¿por qué,
simplemente, no me enviaba de vuelta a la colonia penal?
No rompí
la ventana y el hombre finalmente subió por la playa, rumbo a la ciudad.
Ese día,
los sirvientes me siguieron a todas partes. Los nobles de menor rango me pedían
opiniones. Evidentemente, yo era un hombre con más altura que la que había
tenido el día anterior. Llevé a Pismire a un aparte y le pregunté sobre los
rumores que corrían. Era un sujeto bajo y fornido, con un rodete de áspero
cabello negro y las sienes afeitadas, silencioso, pero cuando lo presioné soltó
la lengua muy pronto. Me dijo que sabía con seguridad que Protágoras había
planeado su propio asesinato. Que el Emperador estaba muerto y que la
Emperatriz era el foco de luchas perpetuas. Que muchos hombres habían buscado
hacer suya a Areté, pero que ninguno había tenido éxito hasta el momento. Que
si cualquier hombre tenía éxito, seguramente sobrevendría el desastre.
—¿Ella
siempre cambia de apariencia de un día para el otro?
Dijo que
él nunca había notado ningún cambio.
A media
tarde, precisamente a la misma hora en que el día anterior había recibido la
convocatoria para la declaración, un lacayo con cara de rana me entregó una
invitación para cenar con la Emperatriz esa misma noche.
Tres
auxiliares femeninas me prepararon un baño perfumado; una cuarta me entregó un
kimono de crepé azul con redes de pesca bordadas en oro. El espejo que
sostuvieron frente a mí me mostró a un hombre de mirada desconfiada. Al dar la
novena hora, me escoltaron hasta el salón de banquetes. La habitación estaba
llena de notables, vestidos con todas sus galas. Una mesa grande y baja,
rodeada de almohadones, se extendía sobre el piso teselado. Delante de cada
sitio había un cuenco esmaltado y, en el centro de la mesa, un gran caldero de
bronce con tres patas. Areté, que no parecía tener más de veinte años, estaba
de pie, cerca de la cabecera de la mesa, hablando con un hombre extremadamente
apuesto.
—Gracias
por tu cortesía —le dije.
El hombre
me miró, impasible.
—No más
que la que te mereces —respondió Areté. Llevaba un atuendo brillante de tela
sintética, con hombros y codos plisados. Parecía un juguete. En el rostro tenía
pintada una máscara dura.
Me
presentó al hombre, que se llamaba Meno. La alejé de él.
—Anoche
me asustaste —dije—. Pensé que me habías olvidado.
Sólo sus
suaves ojos negros me demostraron que no era una sustituta de placer.
—¿Qué te
hace pensar que te recuerdo?
—No
puedes olvidarme y seguir siendo la que amo.
—Probablemente
es cierto. No estoy segura de ser digna de tanta devoción.
Meno nos
observaba a pocos pasos de distancia. Le di la espalda y me incliné para
acercarme a ella.
—No puedo
creer que lo digas en serio —dije rápidamente—. Pienso que hablas así porque
has estado prisionera de los mentirosos y los engreídos. Pero ahora estoy aquí
para ayudarte. Soy una voz objetiva. Sólo dame una señal y te liberaré.
Antes de
que pudiera responderme, sonó una campanada y la gente se ubicó en sus lugares.
Areté me guió hasta el mío, junto a ella. Se sentó y todos la imitamos.
Los
esclavos estaban listos para servir, esperando la orden de Areté. Ella recorrió
la mesa con la mirada.
—Estamos
aquí reunidos para comer juntos —dijo—. Para comer ambrosía, porque ha habido
disputas en la ciudad, y ambición, y traición. Pero ahora eso va a terminar.
Meno se
veía abiertamente enojado. Los demás, preocupados.
—Ustedes
son los favorecidos —dijo Areté. Se volvió hacia mí—. Y nuestro amigo, aquí, el
zorrito, el más favorecido de todos. El autor del destino… nuestro nuevo y más
leal consejero.
Varias
personas comenzaron a protestar. Aproveché la oportunidad que me dio su
conmoción.
—¿De
verdad soy tu consejero?
—Puedes
comprobarlo con hechos.
—Tú y tú.
—Le hice un gesto a los guardias—. Saquen a esta gente del salón.
Los
invitados estaban sumidos en la confusión. Meno trató de hablar con Areté, pero
yo me interpuse. Los guardias avanzaron y obligaron a hombres y mujeres a
marcharse. Después de que se fueron, hice salir también a los guardias y los
esclavos. Las puertas se cerraron y el salón quedó en silencio. Me di vuelta.
Areté había observado todo con calma, sentada con las piernas cruzadas en la
cabecera de la mesa.
—Ahora,
Areté, debes escucharme. A lo ancho y a lo largo de esta ciudad, han
distorsionado tus órdenes. Entre tú y yo hay una empatía instintiva. Debes
permitirme decidir quién puede verte. Yo interpretaré tus palabras. El mundo no
está preparado para comprender sin intérpretes; es preciso educarlo.
—Y tú
eres el maestro.
—Soy
idóneo, por temperamento y entrenamiento.
Ella
sonrió mansamente.
Le dije a
Areté que tenía hambre. Se levantó y sirvió un cuenco de sopa del caldero. Me
senté en la cabecera de la mesa. Ella vino y colocó el cuenco delante de mí;
después se arrodilló y tocó el suelo con la frente.
—Dame de
comer —le dije.
Tomó el
cuenco y una servilleta. Sopló la ambrosía para enfriarla, con los labios
fruncidos. Como una muchacha del servicio, llevó el cuenco hasta mis labios.
Areté me la hizo beber toda, como una madre a su hijo, como una amante a su
amante. Tenía mejor sabor que cualquier cosa que hubiera comido. Entibió mi
vientre e inflamó mi deseo. Cuando el cuenco se vació, lo aparté, haciéndolo
caer de entre sus manos. Repiqueteó sobre el piso de mármol. No iba a demorarme
más. La hice mía allí mismo, entre los almohadones.
Ella era,
por cierto, el más duro de los juguetes.
* * *
Habían
transcurrido tres días desde mi entrada al palacio hasta convertirme en el
amante y la voz de Areté. El Emperador que controlaba a la Emperatriz. El
primer día de mi reinado, mandé azotar con un látigo al tendero que me había
insultado, de un extremo del Camino de la Iluminación hasta el otro. El
segundo, ordené que sólo los que tenían títulos en filosofía estaban
calificados para votar. El tercero, prohibí a los poetas.
Cada
noche, Areté me daba de comer ambrosía en un cuenco. Cada noche, compartíamos
el lecho imperial. Cada mañana, me despertaba más tranquilo, más en posesión de
mí mismo. Me movía con más lentitud. Las horas del día iban perdiendo su
urgencia. Areté dejó de cambiar. Su rostro se instaló en mi mente con una
claridad serena, una claridad distinta de la imagen ardiente que yo había
atesorado durante mis años de prisión.
La mañana
del tercer día, me desperté fresco y feliz. Areté no estaba. Pismire entró en
la habitación trayendo una palangana, una toalla, una navaja y un espejo. Me
lavó y me afeitó; después, sostuvo el espejo frente a mí. Por primera vez, noté
que las líneas alrededor de mis ojos y boca se estaban desvaneciendo, y me di
cuenta de que me estaban Reformando.
Miré a
Pismire. Lo vi claramente: los ojos fríos como aguamarinas.
—Es hora
de que vengas a casa, Blume —dijo.
No me
surgió ningún enojo, ninguna protesta. Ningún remordimiento. Ninguna
frustración.
—Me han
traicionado —dije—. Algún virus, una droga, una noción que han puesto en mi
cabeza.
Protágoras
sonrió.
—La
ambrosía. Preparada con agua del Pozo.
* * *
Ahora
estoy de vuelta en prisión. Fugarme está fuera de toda discusión. Cada paso
hacia el exterior sería un paso atrás. Todo es relativo.
En lugar
de eso, saco agua del Pozo de los Cambios. Bebo. Protágoras dice que, sin
importar qué cambios me sobrevengan, serán un reflejo de mi propia psiquis. Que
mi nueva forma no está determinada por el agua, sino por mí. ¿Cómo lo
controlo?, pregunto. No puedes, responde.
Glaucón
se ha transformado en un perro salvaje.
Protágoras
y yo hacemos largas caminatas por el lago seco. Casi nunca habla. No estoy
enojado. Sin embargo, temo una recaída. Falta poco para terminar de nutrirme,
pero aún no me siento seguro de estar capacitado para eso. No entiendo, como
nunca lo entendí, dónde está la colonia penal. No entiendo, como nunca lo
entendí, cómo puedo vivir sin Areté.
Protágoras
se compadece.
—No
puedes vivir con ella, no puedes vivir sin ella —dice—. Es más que una mujer,
Blume. Puedes experimentarla, pero no puedes ser su dueño.
Exacto.
Cuando me quejo de esas respuestas axiomáticas, Protágoras se limita a ponerme
otra vez bajo la capucha. Pienso que conoce algún secreto que quiere que yo
adivine, pero no me da ninguna pista. Creo que no es justo.
Después
de nuestra última sesión, le conté a Protágoras mi más reciente teoría sobre el
significado del poema de las golondrinas. El poema, le dije, era un emblema de
la verdad final y absoluta del universo. Todas las cosas están determinadas por
las ideas que las respaldan, le dije. Hay tres órdenes de existencia, el
Material (representado por la estatua física del Buda), el Espiritual
(representado por su forma) y el más elevado, que trasciende tanto lo Físico
como lo Espiritual: el Ideal (representado por el vuelo de los pájaros). Le
rogué humildemente a Protágoras que me dijera si mi análisis era certero.
Protágoras
dijo: —En verdad eres un intelectual. Pero para que yo te revele la respuesta a
una pregunta de significación espiritual tan profunda, primero debes inclinarte
ante el Pozo sagrado.
Por fin
iba a recibir la iluminación. Con los ojos anegados de lágrimas de esperanza,
me volví hacia el Pozo y, con la más absoluta sinceridad, hice una reverencia.
Entonces
Protágoras me dio una patada en el culo.
NOTA 1:
Túnica japonesa con forma de T (N. de la t.)
Título
original: Buddha nostril bird, © John Kessel
Traducción:
Claudia De Bella, © 2010
El cuento
que ofrecemos aquí fue publicado por primera vez en Asimov’s Science Fiction
Magazine, Volumen 14, Número 3, Marzo 1990
John
Kessel nació el 24 de septiembre de 1950 en Buffalo, Nueva York. Es un
prolífico autor de cuentos con varios trabajos más largos en su haber. Ganó su
primer premio Nebula en 1982 con la novela corta «Another Orphan», en la que el
protagonista se encuentra viviendo dentro de Moby Dick, y el segundo en 2009
por su novela «Pride and Prometheus», una historia que fusiona Orgullo y
Prejuicio de Jane Austen con el Frankenstein de Mary Shelley. Su cuento
«Buffalo» ganó el Premio Teodoro Sturgeon Memorial y la encuesta de Locus en
1992. Su novela «Stories for Men» compartió con «Light» de M. John Harrison el
premio James Tiptree 2002 a la ciencia ficción que se ocupa de cuestiones de
género. John Kessel también es un crítico ampliamente publicado de ciencia ficción
y fantasía, y organiza el Taller de Escritores Sycamore Hill’s.
Después
de obtener un doctorado en Inglés en la Universidad de Kansas en 1981, Kessel
impartió clases de literatura norteamericana, ciencia ficción, fantasía y
escritura de ficción en la Universidad del Estado de Carolina del Norte (NCSU).
Fue el primer director del Programa Master of Fine Arts in Creative Writing de
la NCSU, y actualmente comparte la dirección de escritura creativa con Wilton
Barnhardt.
En 2007,
su obra «Escape Perfecto» fue adaptada para la serie de la ABC Maestros de la
Ciencia Ficción.
Este
cuento se vincula temáticamente con MICROMEGAS, de
Voltaire, EL PODER SALVADOR, de Luke
Jackson, CUENTA
REGRESIVA (I): ANALECTAS, de Pablo Finnigan, GUARDIANES
DE UN DIOS IGNOTO, de Raúl Alejandro López Nevado
______________________________
Axxón 205
– febrero de 2010
Cuento de autor norteamericano (Cuento : Fantástico : Fantasía: Filosofía :
Metafísica : Sátira : Estados Unidos : Estadounidense).

