Libro N° 10845. El Largo Camino Humano. García Alzola, Sergio.
© Libro N° 10845.
El Largo Camino Humano. García
Alzola, Sergio. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
El Largo Camino Humano. Sergio García
Alzola
Versión Original: © El
Largo Camino Humano. Sergio García Alzola
Circulación
conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:
https://axxon.com.ar/rev/2010/03/el-largo-camino-humano-sergio-garcia-alzola/
Licencia Creative Commons:
Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar,
difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la
fuente.
La Biblioteca
Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante
los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos
autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y
edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El
uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su
comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No
comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No
derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Fondo:
https://img.freepik.com/vector-gratis/lineas-zoom-comic-amarillas-fondo-detallado-semitono_1409-1603.jpg?w=900&t=st=1673218825~exp=1673219425~hmac=6c2c2db8358b88385ec78d2e3a63308cfbb73b056db47ca2e330dcd50a4fad5c
Portada
E.O. de Imagen original:
https://axxon.com.ar/rev/205/c-205ensayo1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Sergio García Alzola
El Largo
Camino Humano
Sergio
García Alzola
El Largo Camino Humano
Sergio García Alzola
Todo
comenzó sobre nuestros dos pies
Déjenme
contarles una historia. Hace mucho tiempo existió un lugar hoy desértico y
empobrecido, pero en aquel entonces lleno de riqueza natural, con abundante
vegetación y árboles que llenaban toda esa zona de vida. Los animales se
escondían en los altos pastizales, ya sea por miedo al ataque de otros animales
más grandes y depredadores o, caso contrario, porque eran depredadores en busca
de su futuro almuerzo. De cualquier manera podemos suponer que cada uno conocía
su rol, lo cumplía y no lo sufría o disfrutaba. Eran las reglas del juego y
todos las aceptaban.
Bueno, no
todos. Existía un animal entre los que habitaban la sabana que estaba menos
dotado que otros para la lucha por la vida. No contaba con patas delanteras
fuertes que terminaran en garras que despedazaran pieles y carnes, no tenía
tampoco colmillos para trozar a sus víctimas ni mandíbulas que le permitieran
masticar las duras bayas que tanto abundaban; sus extremidades traseras, si
bien ágiles, no podían competir con las de otros a la hora de huir o de
acorralar a una presa. Él no lo sabía pero si no encontraba algo que lo
diferenciara iba camino a la extinción como sus primos más cercanos —el Ardipithecus o
el Australopithecus (unos 4,5 a 4,1 millones de años a.C.)—
que ya habían perdido la lucha y no caminaban más sobre el planeta.
El
peligro era constante y la única forma de evitarlo era permanecer siempre
alerta. ¿Pero cómo estar alerta si el oído no alcanzaba y la vista se
encontraba entorpecida por la misma vegetación que le servía de refugio? El
enemigo siempre se las arreglaba para sorprenderlos. No podían pelear —eran más
débiles—, no podían escapar —eran más lentos— pero quizás, con un pequeño
esfuerzo, si empujara su cuerpo hacia atrás y mantuviese un poco el equilibrio…
el primate se irguió sobre lo que comenzaron a ser sus piernas y un nuevo mundo
se le reveló.
Ya no
hacía falta escapar con desesperación de los depredadores. Con elevarse sobre
sus dos pies los vería desde una gran distancia. Ya no podrían sorprenderlo y
la vida empezó a ser algo menos precaria.
¿Cómo fue
el camino que comenzó con un pequeño primate parándose sobre sus dos pies y
llega hasta los asombros del hombre moderno? Es lo que trataremos a
continuación.
En un
principio fue la vida
Cuando
pensamos en los grandes temas universales —el origen del universo, si estamos
solos en él, de dónde venimos y cuál es nuestro destino, si hay un Dios, etc.;
que cada uno agregue la cuestión que más lo intrigue— siempre lo hacemos
poniéndonos de frente a una pregunta. Para nosotros hoy la pregunta primera es
¿qué es la vida? Dentro del campo científico podemos utilizar dos diferentes
ópticas para abordar la cuestión.
Desde la
mirada de la química nos respondemos que la vida es la resultante de la
combinación de elementos orgánicos fundamentales (hidrógeno, carbono,
nitrógeno, fósforo y oxígeno) con condiciones ambientales específicas. Así se
formarán cadenas de aminoácidos que permitirán la interacción entre proteínas y
ácidos nucleicos. Este guiso original dará lugar a un sistema molecular capaz
de auto-reproducirse.
Si, en
cambio, usamos la mirada de la biología, la vida se define por su capacidad de
cumplir un ciclo de transformación o ciclo vital, esto es un ser que nace,
crece, se reproduce y muere. La fuerza que mantiene a este ciclo en movimiento
es la capacidad de «replicamiento» que se asegura de, por lo menos, la
existencia de un representante en la siguiente generación. Para cumplir con
este designio los seres vivos intercambian materia y energía en su medio,
siguiendo su propio código transmisible que puede modificarse por una mutación
o algún otro proceso evolutivo.
Tratando
de congeniar estas dos visiones, la biología molecular presenta una nueva
perspectiva. Basándonos en el hecho de que la información hereditaria está
codificada en el ADN, podemos decir que existe una uniformidad de componentes
moleculares en todos los organismos, ya sean bacterias, plantas, animales o
seres humanos. Esta unidad demuestra la continuidad genética de los organismos
vivos. Todos estamos emparentados y —lo que es más importante— descendemos de
un antepasado común.
Es más,
la semejanza se puede cuantificar: el hombre y el chimpancé cuentan con el
«citocromo c» en el mismo orden y con los mismos 104 aminoácidos. En cambio, en
el macaco Rhesus los aminoácidos se diferencian por uno, en el caballo por 11 y
en el atún por 21.
Volviendo
a nuestra pregunta primera, ya estamos en condiciones de decir que el origen de
la vida se encuentra en el límite que separa la evolución química de la
biológica. Debemos mirar muy hacia atrás para encontrar esa frontera, tanto
como para remontarnos al momento mismo de formación del planeta. Si bien en
aquel entonces no existían seres vivos, sí había profusión de sustancias
orgánicas esenciales.
Gracias a
los análisis radiactivos de rocas muy antiguas y a los cálculos de su
desintegración, podemos ubicar ese momento en unos 4500 millones de años antes
de hoy, cifra similar a la que los cosmólogos usan para datar el nacimiento de
nuestro planeta.
Pero aún
habría que esperar más de 1000 millones de años para que la vida comience a
conformarse. En los registros fósiles de 3500 millones de años aparecen
vestigios de organismos muy simples, semejantes a bacterias. A partir de ese
preciso momento se pone en marcha un mecanismo que, a pesar de su antigüedad,
aún funciona perfectamente: la evolución biológica.
En otras
palabras, la vida sigue creándose y el proceso de cambio en ella es permanente.
Y como estarán imaginando, esto también se aplica al hombre.
De pie
frente al futuro
Antes
mencionamos que el futuro ser humano debía encontrar imperiosamente un rasgo
que lo definiera y lo distinga de las otras especies. Ya no existían los
grandes saurios que fueron durante millones de años los dueños absolutos del
planeta. Sin estos competidores, las condiciones estaban dadas y era el momento
ideal para que los mamíferos mostraran sus cartas ganadoras: la reproducción
sexuada y la gestación intrauterina.
La
primera de ellas es un rasgo de gran significación evolutiva, ya que al
permitir generar individuos portadores de una combinación genética particular,
50% y 50% de cada uno de ellos, introdujo la variabilidad genética y la
diversidad en las formas de vida, permitiendo que actúe la selección natural.
«La
reproducción sexual no da ventajas en un medio que no cambia con rapidez, pero
sí en uno que lo hace a gran velocidad porque otorga variabilidad potencial a
través de la recombinación genética» (J. F. Crow, 1992).
En cuanto
a la gestación dentro del cuerpo materno, tiene una gran ventaja con respecto a
la ovípara. Permite restringir el gasto energético al cubrir los riesgos de
pérdida del embrión. Al gestarse dentro del útero de la madre el representante
de la futura generación no corre tanto riesgo como un huevo semienterrado en
las arenas de una playa, a merced de muchos depredadores. Para solucionar esto,
las especies ovíparas generan cientos y a veces miles de huevos, con los cuales
se aseguran de que unos cuantos sobrevivirán. Todos hemos visto algún
documental que muestra la odisea de las tortugas marinas saliendo del cascarón
de a miles, teniendo que recorren unas decenas de metros de playa hasta llegar
a la seguridad del mar. A pesar de que todos los depredadores se hacen un
festín con las pequeñas, la abrumadora cantidad de huevos que eclosionan a la
vez logra que la especie sobreviva. Se paga un costo muy alto y, como decíamos,
el gasto energético es enorme, pero aún así las tortugas sobreviven desde hace
millones de años.
La
calidad de primate mamífero nos brinda otra característica única: nuestro
período de gestación es más prolongado y el número de crías por camada es
escaso. Esto supone un alto grado de inmadurez al nacer y en consecuencia, una
dependencia absoluta de los adultos. Esto, que en principio parece una
desventaja notable, se volvió un elemento esencial en nuestro camino hacia el
hombre. Lo llamamos infancia.
Una larga
infancia permite mejorar la recepción y el aprendizaje de la información básica
para la subsistencia. Pero además conlleva un fortalecimiento de los lazos de
cohesión social imprescindibles para mantener unido al grupo mientras las crías
se desarrollan. El grupo cuida de su futura generación y para hacerlo de la
mejor manera posible, tuvo que desarrollar un sistema de comunicación complejo
que podemos suponer comenzó con gestos faciales y corporales, chillidos,
aullidos, hasta culminar en un verdadero lenguaje.
A estas
ventajas evolutivas de los mamíferos, en especial de los homínidos, hay que
sumarle el rasgo que ahora sí nos comenzó a diferenciar del resto. Es una
particular característica de nuestra evolución que los antropólogos han dado en
llamar la «especialización-generalización». Suena paradójico y contradictorio,
pero no lo es tanto.
Se dice
que una especie está «generalizada» cuando tiene la capacidad y la ductilidad
de sobrevivir en diferentes ambientes, muchas veces ubicados en los extremos
geográficos o climáticos. Los ejemplos típicos son el de la cucaracha y la
rata.
Por el
contrario, una forma de vida se encuentra especializada cuando logra una
eficiencia máxima en la explotación de un ambiente a través de órganos
preparados para tal función. El problema es que estos mismos órganos le restan
ductilidad para actuar en otros ambientes. De la «especialización» el ejemplo
típico es el caballo. Se encuentra adaptado para vivir en espacios abiertos y
por ello cuenta con poderosas patas y una gran resistencia y velocidad, pero no
le es posible adaptarse a otras geografías como la montañosa o el ambiente
acuático.
La
especialización permite aprovechar con grandes ventajas un ambiente específico,
pero a su vez, si las condiciones de dicho ambiente cambian, entorpece la
adaptación hasta el punto extremo de llevar a la especie a la extinción.
El caso
atípico de la «generalización-especialización» corresponde a los seres humanos.
Nosotros contamos con una sola, única y gran especialización: la complejidad
encefálica. Pero al contrario de las especies que fracasaron por su desmedida
especialización, la nuestra es la que nos ha permitido continuar siendo
«generalizados». Es así entonces que tenemos la capacidad de vivir en diversos
ambientes, diversos climas y procurarnos diversas alimentaciones. Hemos
realizado una especialización fuera de nuestros cuerpos. Nuestra
especialización nos ha permitido crear una cultura, que a su vez nos ha
facultado para continuar siendo generalizados.
Esta
habilidad es el gran secreto que ha hecho que aún siendo menos fuertes que
otras especies, más lentos, con una piel débil y sin pelaje que nos abrigue,
pudiéramos conquistar todo el planeta y algo más también.
Cuando
por primera vez nos paramos sobre nuestros dos pies dimos inicio a una serie de
transformaciones que terminaron siendo rasgos de la especie Homo Sapiens. No
podemos suponer que fue un hecho volitivo, sino más bien una respuesta al
ambiente. Creemos que el factor climático nos obligó a erguirnos. Hace unos
seis millones de años, África entró en un período de desertificación que redujo
de manera considerable los bosques y las selvas, como así también la vegetación
de la sabana, el ambiente principal de los homínidos. Como adaptación a estas
nuevas circunstancias, algunos primates optaron por la marcha bípeda y se
mantuvieron erguidos.
Esta
postura produjo modificaciones adaptativas que conducirían al Homo Sapiens. Por
ejemplo, para mejorar el equilibrio hubo que desplazar el orificio que conecta
nuestro cráneo con la columna vertebral y por el cual pasa nuestra médula
espinal; la columna en sí se modificó al curvarse más para permitir soportar
mejor el peso de la parte superior del cuerpo. Las piernas se robustecieron, el
fémur se inclinó hacia adentro para permitir marchar sin tener que girar el
cuerpo y la rodilla cambió hasta que pudo moverse en diversas direcciones. En
cuanto a los pies, se alargaron, reduciéndose los dedos y abandonando el pulgar
oponible. El pie humano ya no está capacitado para «aferrarse» pero sí para
soportar todo el peso necesario y favorecer el impulso de correr hacia
adelante.
Quizás el
efecto más interesante de la marcha bípeda sea el haber liberado las
extremidades superiores, dejando que las manos se ocuparan de recoger con mayor
facilidad la comida: insectos, frutos, hojas, huevos, pequeños animales, pero
especialmente, la carroña. Luego de golpear una y otra vez los huesos
abandonados del festín de animales más grandes, aquel viejo homínido descubrió
que dentro ellos se guardaba un manjar que técnicamente definiríamos como
médula pero culinariamente es el «caracú», la mayor fuente de proteínas que el
pequeño homínido podía conseguir sin arriesgar su vida. Su incalculable valor
alimenticio fue a parar directamente a su cerebro que pasó de los 643 cm3 de
aquel pequeño Homo Habilis encontrado en la garganta del río Olduvai en
Tanzania y que vivió hace 1.760.000 años, hasta los 1.500 cm3 del
Homo Sapiens Sapiens —es decir, usted lector o yo mismo—.
Así pues
en un rápido repaso de los últimos cinco millones de años de nuestra vida en el
planeta, vemos que una serie de eventos azarosos que ocurrieron más allá de
nuestra capacidad de intervención, nos fue moldeando en lo físico, en lo social
y en nuestra propia mente. La naturaleza nos dio las herramientas necesarias
para subsistir, pero lo que nos convirtió de verdad en hombres fue una extraña
mezcla de curiosidad, audacia y un irrefrenable deseo de vivir.
Bibliografía:
Ayala, J.
F. «Origen y evolución del hombre», Alianza – 1985
Luschetti,
Mirta «Manual de antropología» Eudeba – 2001
______________________________
Datos del
autor:
Es
argentino, casado, dos hijos, licenciado en Comunicación Social y trabaja en el
ámbito académico y periodístico. Se dedica con especial atención a los temas
históricos y de divulgación científica. Vive en la ciudad de Buenos Aires.

