Libro N° 10836. El Drama Moderno En Lukács Y El Artista Comprometido: La No Muerte Del Arte. Aquiáhuatl, Marco Antonio.
© Libro N° 10836.
El Drama Moderno En Lukács Y El Artista
Comprometido: La No Muerte Del Arte.
Aquiáhuatl, Marco Antonio. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
El Drama Moderno En Lukács Y El Artista
Comprometido: La No Muerte Del Arte. Marco Antonio Aquiáhuatl
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Drama Moderno En Lukács Y El Artista Comprometido: La No Muerte Del Arte. Marco
Antonio Aquiáhuatl
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
EL DRAMA MODERNO EN LUKÁCS Y EL ARTISTA
COMPROMETIDO:
La No Muerte Del Arte
Marco Antonio Aquiáhuatl
EL DRAMA
MODERNO EN LUKÁCS Y EL ARTISTA COMPROMETIDO:
La No
Muerte Del Arte
Marco
Antonio Aquiáhuatl
EL DRAMA MODERNO EN LUKÁCS Y EL ARTISTA
COMPROMETIDO: LA NO MUERTE DEL ARTE
MARCO ANTONIO AQUIÁHUATL
I
El arte
se encuentra en un callejón sin salida. El triunfo de la cultura de masas, en
su presentación capitalista, se autoaniquila, de pasar de una creación de la
inteligencia a ser una celebración de lo superfluo; al mero y llano
entretenimiento, donde la reflexión pocas veces aparece y, por el contrario,
festeja su ausencia. No estamos ante un drama de lo absurdo, donde éste era una
ironía, una crítica a la superficialidad burguesa, no. Nos hallamos ante un
absurdo que apunta al desinterés de los problemas reales del mundo.
La
ausencia de comunidad en el arte, en palabras del joven
Lukács, es una manera de alienación; dicho en palabras simples: la falta de
espíritu crítico se debe -aunque no solamente- a su ausencia permanente en las
verdaderas expresiones artísticas. La elitización de los intelectuales y su
hermetismo son el complemento. Aquél hermetismo que ha fomentado el propio
sistema económico capitalista a través de sus instituciones estatales (efectos
secundarios de un estado “social”, en la concepción burguesa), como un campo de
cultivo, un ambiente donde se permita la libre reproducción de las
expresiones artísticas, de las vanguardias, donde existan condiciones
favorables para la reproducción de su labor tiene una condición escalofriante:
el esoterismo y su aislamiento indispensable; esa libertad irreductible del
artista, el ensanchamiento del concepto arte, más allá de los cánones clásicos,
su renuncia, trae consigo, también la falta de compromiso social. El arte puede
ser crítico, hasta subversivo, pero tolerado, porque el paso siguiente es el
compromiso político y éste es el límite infranqueable.
En este
contexto, es interesante revisar las posiciones del joven Lukács; su
trayectoria intelectual hacia sus posiciones radicales, que son incomprensibles
sin la atención a este derrotero idealista de su juventud. Dentro de sus
primeros planteamientos veremos planteamientos de los cuales partirá para poder
sostener conceptos que defendería en su etapa definitivamente marxista; uno de
ellos, el papel de los héroes, y de allí, se hará la apología
de la vanguardia política. Por su parte, Lenin argumentará su teoría del
Partido como el responsable directo en la creación de las condiciones
subjetivas, dentro del proletariado, para la edificación de la revolución
socialista. La vanguardia política son los hombres más comprometidos con la
revolución, los comprometidos de orientar la espontaneidad de las masas, los
agitadores que canalizan el encono de clase y dirigen y elevan la lucha
económica a una lucha política: tribunos populares. Revolucionarios de tiempo
completo, que acarrean la conciencia política “desde fuera” hacia el seno de
las mayorías oprimidas. Pues bien, en este orden de ideas, esta postura
política es, desde mi punto de vista, una posición que arrancará del letargo el
arte en crisis: la creación de tribunos populares pero en el terreno de las artes.
No basta con señalar las razones que han llevado al arte a este estado, es
necesario pensar en la acometividad práctica. ¿Es anacrónico pensar que la
vanguardia artística tenga un nexo estrecho con la vanguardia política?
Veremos
que este primer crítico literario que es Lukács desentraña la evolución del
drama hasta su decadencia en el drama burgués; cuando señala los límites del
drama, sus carencias configura lo que, creo, es la tarea que deben tener los
hombres de arte; por ejemplo, este autor explica las deficiencias de los héroes
en el drama burgués, pues bien, aunque son héroes, perfectamente se puede
señalar una similitud con los rasgos del artista. Hablar de la novela es hablar
de la cultura burguesa, hablar de sus personajes, es hablar de los hombres que
pueden sacar del letargo al Arte, pero con características opuestas.
II
Nuestro
autor definió -mucho antes de su conversión al marxismo- a la cultura burguesa
como la cultura de la hipocresía, pues aquella clase social carece de modelos
éticos para existir. Desde sus primeros años, su relación con ella fue
problemática; su actitud ante la cultura burguesa es de no conciliación,
que no revolucionaria: odia al mundo al que pertenece pero no halla modo de
remediarlo. No sabe si condenar el mundo burgués desde la Metafísica o desde la
Historia, es decir, esta crisis cultural ¿debe entenderse como un problema
histórico o de la condición humana? ¿El problema de la cultura es una crisis
generada por el capitalismo o es independiente de
éste?
En el
prólogo de Teoría de la novela se reconoce ese ambiente que
pone en crisis el espíritu de Europa. Y es en la subjetividad donde pone el
énfasis, la lucha de la subjetividad y la opresión que hacen las instituciones
sobre los individuos, es decir, su inevitable cosificación. Las instituciones
son una carcasa (iron cage) que inmoviliza, el arte debe romper
esa cosificación; romper con las estructuras y romper con la subjetividad
de hoy; sobre esto volveremos más adelante[1]. La
forma de la novela es expresión del desamparo trascendental de la humanidad.
Entonces,
para evidenciar esta inconformidad ante el mundo burgués, Lukács antepone dos
géneros: la epopeya y la novela. Estas manifestaciones artísticas son
típicas de la época, aunque por supuesto no son un mero reflejo[2]; y no lo
son, por principio, porque el mundo de donde surgió la epopeya no existió
en sentido estricto e histórico. Como ha señalado Miguel Vedda, partir de un
“mal entendido histórico” no es propio de este autor húngaro; lejos de ello, es
muy recurrente en la cultura occidental. Lo importante es encontrar
-ideado casi siempre sobre imprecisos esbozos históricos- algo contrapuesto al
presente. Eso es lo que hace Lukács en Teoría de la novela. Su
visión de la Ilíada es imposible, pero, como Rousseau, lo hace para contrastar
los rasgos típicos del drama burgués.
La
primera gran pregunta ¿qué tiene la epopeya que no tiene la novela? La
comunidad. En el drama moderno (novela) la comunidad está disuelta. El
drama clásico: es la forma positiva del drama; la estructura es compleja y la
forma El drama clásico es tragedia ¿Qué tiene de propio la tragedia antigua que
carece la novela? El efecto sobre la masa. En efecto, nuestro
amor por la literatura es la etapa final del derrotero del arte conducido por
la burguesía, como muchas otras artes, el hombre se relaciona con la
literatura en soledad; en la tragedia existe su contrario: el gran público; su
efecto está pensado sobre todo para la multitudes. Aquí yace la importancia del
carácter sensorial no trata de convencerlo con argumentos
teóricos, trata de provocar una catarsis en el espectador.
El drama
moderno, en términos generales, tiene la fisonomía de su sociedad; primero por
su carácter elitista. Un arte de una elite para otra elite. En segundo lugar,
El drama burgués ha perdido sus bases mítico-religiosas. La ciencia y la
técnica moderna las hicieron retroceder. Pero no entendamos esto en la
superficie, atendamos que para la polis griega la religión y el mito eran
manifestaciones del ethos.
El ethos entendido
como el sistema de creencias de un hombre, ideas éticas de una comunidad, una
sola Ética, la misma para toda la comunidad. Toda la comunidad compartía
valores que la cohesionaban. Es claro que una vez que creció la comunidad, ya
no era posible esa unidad Ética.
Para
Lukács el hombre moderno perdió ethos. Y hoy, luego de varias
décadas, podemos afirmar que seguimos careciendo de esa visión global. Somos
una gran aldea global pero somos incapaces de ver la globalidad. Miramos
fragmentos y formamos una paradoja: la sociedad mejor comunicada de la historia
de la humanidad es un cúmulo de átomos aislados, soledades reunidas y
apelmazadas, sin un nexo armónico. Este hombre carece de un ethos unitario
y por eso tiene una multiplicidad de interpretaciones de la realidad; en
palabras de Vedda: sin ethos estamos ante “el desamparo trascendental”. Y este
desamparo es el tema del drama moderno.
Retomando,
si ya no es un drama para la comunidad entonces, se troca en uno intelectual.
Ya los románticos alemanes: el drama moderno y la literatura moderna es un
drama de los intelectuales.
El mundo
del drama antiguo habla de la primera naturaleza, en ella hay una fusión, no
existe separación, mucho menos oposición. El desarrollo de las fuerzas
productivas, bajo el capitalismo, aprisiona a la naturaleza; parafraseando a
Marx: ya no tenemos dios del rayo porque Benjamin Franklin inventó el
pararrayos. No existe Hermes, porque tenemos al dios del comercio, porque fue
exiliado por la bolsa de valores. Ergo, ya no podemos tener epopeya. En el
mundo clásico el hombre se sentía dominado por la naturaleza y le llamaba
destino. Aquí el hombre moderno desarrolló una segunda naturaleza: las
instituciones sociales y se produjo un ámbito propio, una naturaleza dentro de
otra, el problema es que ese mundo propio se separó del hombre. Su creación
ahora lo devoraba: el espanto del hombre frente a una fábrica, frente a una
guerra, frente a la maquinaria de la burocracia, o el espanto que sentimos ante
el urbanismo… son expresiones constantes de aquello que creó el hombre y que ya
no puede dominar. Pero quizás la expresión más palmaria de esta sensación de
desamparo que sacudió la existencia de los hombres de cultura fue la Primera
Guerra Mundial (IGM). Es más, cuando miraba la pérdida de sus amigos por la
guerra, concluyó que existía una continuidad entre el idealismo alemán y el
imperialismo alemán del s. XX. Por eso es que en la Teoría de la
novela leemos críticas expresas a Kant.
III
Paradójicamente
Lukács escribe Teoría de la novela para atacarla, para él es
una forma burguesa, una forma decadente. Es importante resaltar que ese ataque
a la novela no es más que un refugio de un inconforme de toda su sociedad.
Hallamos un duro enjuiciamiento sobre la novela, sin rigor a veces literario,
como dicen algunos de sus críticos, pero con un propósito de manifestar su
disgusto por su época, por su cultura, por la decadencia, en general.
Teoría de
la novela, como hemos dicho, comienza con una dulzona
insinuación al Salmo de la Montaña: “bienaventurados…”. Nos recuerda que en
tiempos lejanos existía una correspondencia entre el cielo estrellado y las
almas. Una reminiscencia de Kant: “un cielo estrellado hay sobre mí”. Y hemos
apuntado que Kant es objeto de las críticas más certeras de Lukács. En primer
lugar, porque para el idealista alemán la primera naturaleza es inferior al ser
humano. Por maravillosa que sea la naturaleza, yo soy superior a ella, ¿por
qué? Porque tengo moral. Ante esto, Walter Benjamin, inspirado por Lukács,
arguye que el desarrollo del imperialismo alemán es un camino a la catástrofe,
dice que la IGM es una muestra ostensible de la sobrevaloración de la técnica y
el desprecio por la naturaleza, es decir, una crítica a la idea kantiana de
que la idea es superior a la naturaleza y que el camino
de los intelectuales es el dominio de la naturaleza, en un sentido de dominio
brutal.
El estado
de ánimo cuando escribió este libro, dice Lukács, era un estado de
desesperación absoluta. Hablaban del heroísmo de las soledades alemanes, morir
en la trinchera, una acción de heroísmo por las instituciones, un sacrificarse
por el Estado. Y para el nacido en Budapest se preguntaba, ¿qué cosa puede
ocurrir? ¿Caer, de nuevo, en el prusianismo? Pero entonces, ¿quién nos salva de
las democracias burguesas occidentales que nos han conducido a este desfiladero
existencial?
La
novela, en este ámbito, se desarrolla como la epopeya de la burguesía. De
carácter individualista, solitaria, vinculada al caos. Recordemos que Lukács
oponía el drama clásico al drama moderno, eran dos manifestaciones de la misma
forma, la primera es perfecta y la otra, malograda. La epopeya y la novela son
dos formas de épocas similares, pero que pertenecen a dos mundos
diferentes; Por principio, la epopeya se diferencia de la novela, por su
forma: los versos. El mundo de la epopeya es un mundo de lo poético y en la
novela, lo prosaico: pues es la secularización, el mundo abandonado por los
dioses.
Cervantes
introduce la novela. El Quijote enloquece por las novelas del “mundo del
antes”. Antes había novela cierto, pero Cervantes le da un giro a ella porque
coloca el acento en un hombre que está fuera de lugar. La epopeya tiene un
héroe positivo, que es un representante de su comunidad y Dios está en la
comunidad; para nuestro esteta húngaro hay una armonía, una reconciliación,
entre el ser y el sentido, y el sentido es inmanente a la vida cotidiana.
El paso
siguiente es la tragedia; el sentido se aparta, pero aún existe. La ruptura se
produce con Platón, el mundo real es mentira, el de las ideas es el verdadero.
Platón es la crisis; empero, existe un lenguaje común, los hombres dialogan y
se comprenden. Homero es el padre de los oradores, porque en la Ilíada siempre
hay debate, el uso de la retórica para convencer, el razonamiento para
persuadir. Odiseo es el convencedor, Néstor es el elocuente orador de Pilos,
etc.
En la
novela, en cambio, la realidad de la modernidad está degradada, no puede haber
un héroe positivo, es uno problemático, que se halla fuera de lugar y que por
tanto vive en la incomunicación. En El Quijote, los diálogos son frecuentes,
pero son entre sordos; no existe comunicación; aparecen los molinos de viento,
el héroe vive en otro mundo. Ítem, no comparten el mismo Ethos de la comunidad.
El individuo está mortalmente aislado, solo y tiene que buscar solo un sentido.
Luego,
entonces, si no que une a los individuos no es una ética, entonces ¿qué es? las
instituciones del Estado; y esto es una coerción que genera repulsión; además
de ser una noción de normas escritas, abstractas, codificadas, que no están en
el alma, sino en un código, es una visión acorde al kantismo, en tanto como
oposición a la naturaleza. Es un estado que devora humanos (la IGM).
El
artista actual siente una nostalgia por naturaleza porque la sociedad ya no es
un afable hogar. Por eso, los héroes en Teoría de la novela son
personas que están en constante búsqueda como el camino de un desterrado como
un peregrino. En La educación sentimental el personaje de
Flaubert sale a recorrer el mundo y se encuentra al final del recorrido en el
mismo punto de partida, sin haber aprendido nada. Sin una nueva visión del
mundo, sin un cambio; ¿qué pasó entre tanto? Sólo el tiempo, pues siguen siendo
los mismos. El tiempo transcurre y éste es el único protagonista. La novela
pone en primera plana al tiempo.
Ahora
bien, el problema es que el género de la novela quiere ser encerrado por Lukács
en esquemas de la Filosofía de la Historia, acaso una reminiscencia de la
herencia hegeliana. Un lecho de Procusto: su esquema es injusto con Balzac, lo
declara como el creador de la novela de desilusión. Su Teoría de la
novela no sirve para explicar a los novelistas franceses e ingleses,
por ejemplo, pensemos en Dickens que tiene una tradición popular
importante y que para Lukács no tiene relevancia, lo sucede con la insuficiente
valoración de la obra de Tolstoi
En
cambio, Dostoievski es su ideal a seguir. Partamos que los autores de Alemania
son un grupo de cultura en crisis (Alemania es el responsable de la IGM)
y por el otro lado la Rusia de los movimientos revolucionarios. Lo que
habría demostrado que Dostoievski es autor que escribe desde el renacimiento de
la comunidad rusa. El hombre de Europa Occidental vive una cultura del
individualismo; en cambio, los habitantes de las comunidades no piensan en
términos del yo, sino en términos del alma comunitaria, el problema central de
la comunidad rusa es encontrar un camino de comunicación entre un alma y el
otro.
Una
elemento más: la naturaleza. El mundo occidental, sea dicho, es en el que los
hombres producen cosas y se independizan (fetiche). Las cosas actúan y los
hombres se cosifican. Hay nostalgia por la vida natural; eso hallamos en
Tolstoi: una utopía de la vida campesina. En Dostoievski no hay nostalgia por
la naturaleza..
Los
héroes del autor de Crimen y castigo no están desarraigados,
por el contrario, están dominados por la bondad, pero esta bondad no existe
porque la moral lo dicen, son espontáneamente buenos, pensemos en Aliosha o en
El príncipe idiota; este último mira a los demás y los entiende; Aliosha no es
inteligente pero es noble, y entiende al otro, sin que medie el
lenguaje, su identidad entre ambos es natural. Dicen que esta fascinación de
nuestro autor por estos personajes se explica por su relación de admiración
(¿amor?) por la terrorista Jelena Grabenko, con quien se casó para darle la
nacionalidad. El terrorista no tiene moral (en su sentido kantiano).
Raskolnikov está enamorado de una prostituta y quiere asesinar a un
prestamista, desde el punto de vista Occidental es un asesino (de hecho, como
hoy, todo enemigo de la democracia burguesa lo es); pero su asesinato es a
nombre de todo y la culpa no es de uno, es de todos. La culpa rusa: todos somos
culpables, por todos y para todo. La religiosidad de Dostoievski es ateísmo,
porque un creyente que toma en serio el cristianismo, rompe con todo.
Hemos
dicho que tiene un énfasis brutal sobre la subjetividad. Ya hemos dicho que
para él su mundo es el mal, el bien, está en la consciencia de los líderes
revolucionarios. La verdad está en la cabeza de las personas y cuando ensalza a
los personajes del universo de Dostoievski está pensando en los terroristas
rusos. Los terroristas son una élite de la sociedad; se ensucian moralmente
para salvar al resto. En una carta lo explica a partir de una obra de
Hebbel, Judith; el pueblo hebreo es prisionero de Holofernes; la
heroína comete el adulterio, peca para salvar a su pueblo y se defiende
diciendo, si Dios colocó ante mí el pecado y la acción ¿quién soy para
oponerme?
¿Dónde
está el problema? En su no conexión con el resto, hay una salvación de pueblo
por unos, pero los salvados no hay concordancia aún. Estamos ante un paso del
marxismo de Lukács, su peregrinaje filosófico llegaría a buen puerto, aunque no
exento de contradicciones.
IV
Nos hemos
propuesto revisar las obras de este primer Lukács, sobre todo en Teoría
de la novela, a la luz de la búsqueda de respuestas ante “la muerte
del arte”. ¿Aceptaremos este suceso como algo consumado? Como nuestro autor,
debemos comenzar por aceptar que la crisis cultural, existe y que su existencia
no es un fenómeno aparte. El espíritu del artista, como en los tiempos del
esteta húngaro, se aísla en el castillo del individualismo porque la enfermedad
de la soledad es un hecho que aparece todos los días[3]. En el
film “Autocrítica del perrito burgués[4]” este
aislamiento del artista lo hace entrar en contradicción con sus convicciones
políticas; el artista occidental se contagia de optimismo y rechaza el mundo
burgués -como le pasó al joven Lukács- pero es inconsecuente en su actuar
cotidiano; es una ironía: el sector más sensible a los males del mundo es el
más contaminado de egoísmo y es un partidario, sin saberlo, de la reacción. En
este film de nos invita ver al arte con aspiraciones sociales pero también nos
muestra su imposibilidad. Lukács nos lo había hecho saber antes, en sus
primeros años. Por eso vimos esa crítica al mundo burgués desde sus
manifestaciones superestructurales, desde la novela. Es imprecisa, acaso, como
hemos dicho, en varios aspectos; bajo el ropaje de la crítica cultural nuestro
autor afronta a la burguesía de las guerras mundiales y por eso ensalza a los
héroes conectados a la comunidad y a los que se inmolan por ella. Pienso que no
es el primer pensador que se formula el papel del revolucionario como conductor
de los cambios trascendentes en la sociedad. Pero sus conclusiones, desde mi
punto de vista, dan luz sobre lo que puede salvar al hombre. Si Lukács habla
del terrorista en términos benévolos, nosotros podemos pensar en algo más hecho
para nuestra época y para el arte: artistas militantes, artistas con posiciones
políticas progresistas. Esta postura que asusta los sentimentalismos
pequeño-burgueses y los prejuicios de Guerra Fría no debe ser rechazada, debe
ser adecuada. El arte debe renacer si regresa a lo primigenio: la comunidad.
El
problema es que ésta se halla inmersa en una cosificación insultante, no es el
remanso donde Lukács encontraba la redención del artista. No, el arte popular
es un arte de entretenimiento, en un sentido exacto, no como antes. Hoy el arte
que se masifica se rebaja. Primero se deben crear condiciones sociales
distintas para poder establecer un florecimiento del arte con la educación
masiva. Elevar el gusto de los todos exigirá al artista compromiso; si éste lo
rechaza, del interior de las multitudes, educadas ya, surgirá una expresión
artística colectiva. De este modo, romperemos el círculo vicioso: hay malos
espectáculos porque hay mal público y viceversa. Umberto Eco cree que la
intervención de estos últimos en la investigación de la cultura de masas puede
elevar el nivel de los consumidores y, por ende, la del espectáculo. La
creación de artistas desde el pueblo constituye un pilar para la construcción
de este refinamiento, aristas al margen de la ley económica de la oferta y la
demanda, sin el menoscabo de su calidad. Esto suena a utopía, sí, solamente si
lo razonamos en los términos de una economía de mercado asfixiante que todo
mercantiliza. El contrapeso de un estado verdaderamente social es la respuesta.
Paradójicamente, la construcción de este ente social no puede partir de un solo
individuo, sino de la participación constante y sobre todo consciente de las
mayorías, y este nivel de concienciación es impensable sin la influencia
siempre benéfica del ejercicio artístico. De este modo, salvamos al arte para
salvar al mundo.
Marco
Antonio Aquiáhuatl es historiador por la Universidad Autónoma de Tlaxcala.
[1] Sobre
la crisis espiritual de nuestros días la situación poco ha cambiado;
aunque Tönnies (autor citado por Lukács) había hablado sobre el tema, al
concluir que cuando la división del trabajo es más compleja, más competitivas e
individualistas se vuelven las relaciones entre las personas, Marx en el Tomo I
de El capital advirtió severamente estas consecuencias, porque la crítica al
escaso desarrollo consciente de la clase trabajadora no puede prescindir
[2] De
paso diremos que éste ha sido uno de los mayores prejuicios que ha tenido la
obra de Lukács. El afirmó que la literatura no se parece a la realidad,
es más, no piensa que la realidad debe reflejarse en el arte como sí lo hace la
ciencia. En otros términos: la literatura no es un reflejo pasivo, es un
reflejo crítico
[3] No
se ha estudiado con detenimiento los atentados y masacres contra la sociedad
civil estadounidense desde la óptica de esta crisis espiritual. Ni las armas,
ni las enfermedades mentales son espontáneas. El hombre no se siente parte de
la sociedad, la culpa de sus males, de su fracaso y por eso la agrede; antes el
ostracismo griego era la muerta material, pero sobre todo espiritual de los
hombres. Hoy anhelan un ostracismo hedonista, que raya en la hilaridad.
[4]Se trata
del filme de Selbstkritik eines buergerlichen Hundes, Alemania,
2017, 99 mins. Director: Julian Radlmaier. Guión: Julian Radlmaier. F en C.:
Markus Koob. Edición: Julian Radlmaier.
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