Libro N° 10835. En El Crepusculo. Dunsany, Lord.
© Libro N° 10835.
En El Crepusculo. Dunsany,
Lord. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
In The Twilight, Lord Dunsany
(1878-1957)
Versión Original: © En
El Crepusculo. Lord Dunsany
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Lord Dunsany
En El
Crepusculo
Lord
Dunsany
La esclusa estaba atestada de botes cuando zozobramos. Me hundí unos
pocos pies antes de nadar y luego ascendí confundido hacia la luz. Pero en vez
de alcanzar la superficie, dí con la cabeza contra la quilla de un bote y volví
a hundirme, Tomé otro impulso y subí, pero antes de alcanzar la superficie, mi
cabeza golpeó contra un bote por segunda vez y me hundí hasta el fondo. Estaba
aturdido, atemorizado. Tenía una angustiosa necesidad de aire y sabía que si
chocaba por tercera vez, nunca volvería a ver la superficie. Morir ahogado es
horrible por más que se haya dicho lo contrario.
No contemplé mi vida pasada, solo pensé en muchas cosas estúpidas que
nunca volvería a hacer. Nadé hacia lo alto en diagonal, con la esperanza de
evitar el bote con el que me había golpeado. De pronto vi con toda claridad
todos los botes en la esclusa por encima y cada una de sus tablas curvadas y
barnizadas y los rasguños de sus quillas. Vi varios espacios abiertos entre los
botes por los que podría haber alcanzado la superficie, pero no parecía valer
la pena intentarlo y llegar allí; me había olvidado del motivo por el que había
querido hacerlo. Entonces toda la gente se inclinó por sobre sus botes: vi los
trajes de franela clara de los hombres y las coloridas flores de los sombreros
de las mujeres; pude observar con toda distinción los detalles de sus vestidos.
Todo el mundo en los botes me miraba; entonces todos se dijeron los unos a los
otros:
—Ahora debemos dejarlo.
Y partieron en sus botes y nada más había sobre mí salvo el río y el
cielo; a cada uno de mis lados había algas que crecían en el limo, porque, de
algún modo, había vuelto a hundirme hasta el fondo. El río, al fluir junto a
mí, murmuraba en mis oídos de un modo que no me desagradaba y los juncos
parecían musitar muy quedo entre sí. De pronto el murmullo del río adquirió la
forma de palabras y lo oí decir:
—Debemos ir al mar; ahora tenemos que dejarlo.
Entonces el río partió y ambas sus orillas; y los juncos musitaron:
—Sí, ahora tenemos que dejarlo.
Y también ellos partieron y quedé en un gran vacío mirando fijamente al
cielo. Entonces el cielo inmenso se inclinó hacia mí y habló muy dulcemente,
como una bondadosa nodriza que consuela a un pequeño tontuelo diciendo:
—Adiós. Todo estará bien. Adiós.
Y sentí pena de perder al cielo azul, pero el cielo se fue. Entonces me
encontré solo, con nada alrededor. No veía luz, pero no estaba oscuro: no había
absolutamente nada, ni sobre mí ni por debajo ni a los lados. Pensé que quizá
habría muerto y esto fuera la eternidad; cuando de pronto, algunos altas
colinas australes surgieron alrededor de mí y estaba tendido sobre la cálida
ladera de una colina cubierta de hierba en Inglaterra. Era el valle que había
conocido en la niñez, pero no lo había vuelto a ver en años. Junto a mí crecía
la flor de la hierbabuena; vi el brote de tomillo de dulce aroma y una o dos
fresas silvestres. Desde los campos a mis pies me llegaba el hermoso olor del
heno y había paz en la voz del cuclillo. Se tenía sensación de verano, de crepúsculo
en el aire; el cielo estaba sereno y un extraño color lo iluminaba; el sol
estaba bajo; las campanas de la iglesia de la aldea tocaban todas a duelo y el
eco de los tañidos iba subiendo por el valle hacia el sol, y dondequiera un eco
moría, un nuevo tañido nacía. Y toda la gente de la aldea caminaba por un
sendero pavimentado de piedras bajo una galería de encina negra y entraba en la
iglesia; y los tañidos cesaron y la gente de la aldea empezó a cantar; la
serena luz del sol brilló sobre las lápidas blancas que rodeaban a la iglesia.
Entonces la aldea se sumió en el silencio y ya no llegaban gritos ni risas del
valle, sólo el ocasional sonido del órgano o del canto. Y las mariposas azules,
esas que aman la greda, vinieron y se posaron en las altas hojas de hierba, de
a cinco o de a seis, a veces, en una sola de ellas, y cerraban sus alas y se
dormían, y la hierba se inclinaba un tanto bajo su peso. Y desde los bosques
que crecían en lo alto de las colinas, venían conejos saltando y mordisqueando
la hierba; y se alejaban saltando un poco más y volvían a mordisquear la
hierba; las grandes margaritas cerraban sus pétalos y los pájaros empezaron a
cantar.
Entonces las colinas hablaron, todas las altas colinas que yo amaba, y
con profunda voz solemne dijeron:
—Nos llegamos a ti para decirte Adiós.
Luego partieron y otra vez no hubo nada alrededor. Miré en todas
direcciones en busca de algo. Nada. De pronto un cielo gris me cubrió y un aire
húmedo me bañó el rostro; desde el borde de las nubes una enorme llanura se
precipitó hacia mí; sobre dos lados tocaba el cielo y sobre dos lados, entre él
y las nubes, se tendía una línea de colinas bajas. Una línea de colinas
reflexionaba gris a la distancia; la otra se cubría de retazos formados de
pequeños campos verdes y cuadrados con unas pocas cabañas alrededor de sí. La
llanura era un archipiélago de un millón de islas, cada una de las cuales de
una yarda aproximadamente o menos aún, y todas estaban enrojecidas de brazos.
Volvía a estar en el Pantano de Allen al cabo de muchos años y nada
había cambiado en él, aunque había oído decir que lo estaban drenando. Estaba
con un viejo amigo al que me alegraba ver, porque, según me habían dicho, había
muerto ya desde hacía años. Su aspecto era extrañamente juvenil, pero lo que
más me sorprendió es que estaba de pie sobre un brillante musgo verde que, de
acuerdo con lo que se me había enseñado, jamás podría haber soportado su peso.
También me alegraba volver a ver el viejo pantano y todas las hermosas
criaturas que crecían en él: los musgos escarlatas, los musgos verdes, los
brazos firmes y amistosos y el agua profunda y silenciosa. Vi una pequeña
corriente errante en medio del pantano y pequeñas conchillas blancas en sus
claras profundidades; algo más lejos vi uno de los grandes estanques en los que
no hay islas, con juncos alrededor, donde los patos gustan reposarse. Contemplé
ese imperturbable mundo de brazos y luego miré las blancas cabañas de la colina
y vi que el humo subía rizado desde sus chimeneas; sabía que allí quemaban
turba y sentí deseos de volver a olerla. Y a lo lejos se oyó el extraño grito
de voces salvajes y felices de una bandada de gansos que venía acercándose
hasta que los vi aparecer del Norte. Entonces sus gritos se unieron en una gran
voz de exultación, la voz de la libertad, la voz de Irlanda, la voz del
Descampado; y esa voz decía:
—¡Adiós! ¡Adiós!
Y se perdió en la distancia; y cuando desaparecieron, los gansos
domesticados de las granjas llamaron a sus hermanos libres en lo alto. Entonces
las colinas partieron, y el pantano y el cielo se fueron con ellas y me quedé
solo otra vez como se quedan solas las almas perdidas.
Entonces junto a mí se elevaron los edificios de ladrillo rojo de mi
primera escuela y la capilla vecina. Los campos del derredor estaban llenos de
niños vestidos de franela blanca que jugaban al cricket. En el terreno de juego
de cemento, junto a las ventanas de las aulas, estaban Agamenón, Aquiles y
Odiseo con los argivos armados detrás; pero Héctor bajó de la ventana de la
planta baja, y en el aula se encontraban los hijos de Príamo, los aqueos y la
rubia Helena; y algo más lejos los Diez Mil se trasladaban por el campo de
juego desde el corazón de Persia para poner a Ciro en el trono de su hermano. Y
los niños que yo conocía me llamaban desde el campo y me decían:
—¡Adiós!
Y ellos y el campo partían; y los Diez Mil iban diciéndome fila por fila
a medida que pasaban a mi lado marchando de prisa y desaparecían:
—¡Adiós!
Y Héctor y Agamenón decían:
—¡Adiós!
Y también el ejército de los argivos y de los aqueos; y todos ellos
partieron al igual que la vieja escuela; y de nuevo me encontré solo.
La escena siguiente que llenó el vacío resultó más bien confusa: mi
nodriza me conducía por un senderito de un terreno comunal en Surrey. Era muy
joven. Muy cerca una tribu de gitanos había encendido una fogata; junto a ellos
estaba su romántica caravana y el caballo desuncido pastaba en las cercanías.
Era la hora del crepúsculo y los gitanos hablaban en voz baja en torno al fuego
en una lengua desconocida y extraña. Luego todos dijeron en inglés:
—¡Adiós!
Y la tarde, el terreno comunal y el campamento partieron. Y en su
reemplazo apareció un camino real blanco con oscuridad y estrellas por debajo,
que conducía a la oscuridad y a las estrellas, pero en el extremo cercano del
camino había campos comunales y jardines, y allí estaba yo, junto a mucha
gente, hombres y mujeres. Y vi a un hombre que se alejaba solo de mí por el
camino, al encuentro de la oscuridad y las estrellas, y toda la gente lo
llamaba por su nombre, pero el hombre no la escuchaba, sino que seguía
avanzando por el camino y la gente seguía llamándolo por su nombre.
Pero yo me enfadé con el hombre pues no se detenía ni se volvía cuando
tanta gente lo llamaba por su nombre; y era el suyo un nombre muy extraño. Y yo
me cansé de oír ese nombre extraño tan frecuentemente repetido, de modo que
hice un gran esfuerzo por llamarlo, para que él escuchara y la gente dejara de
repetir ese nombre tan extraño. Y con el esfuerzo abrí grandes los ojos, y el
nombre que la gente gritaba era mi propio nombre, y yo yacía a orillas del río
rodeado por hombres y mujeres que se inclinaban sobre mí. Tenia los cabellos
mojados.
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Lord Dunsany (1878-1957)

