Libro N° 10834. En El Camino De Brighton. Middleton, Richard.
© Libro N° 10834.
En El Camino De Brighton. Middleton,
Richard. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
On The Brighton Road, Richard Middleton
(1882-1911)
Versión Original: © En
El Camino De Brighton. Richard Middleton
Circulación
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Richard Middleton
En El
Camino De Brighton
Richard
Middleton
Lentamente había trepado el sol por las colinas blancas y duras hasta
alumbrar, sin el misterioso ritual del amanecer, un centelleante mundo de
nieve. Una fuerte helada había caído por la noche, y los pájaros que saltaban
ateridos de un lado a otro no dejaban huellas de su paso en los plateados
caminos. En algunos lugares, las abrigadas cavernas de los setos mitigaban la
monotonía de blancura que había descendido sobre la coloreada tierra, y allá
arriba se fundían los torsos del cielo, del anaranjado al azul profundo, y del
azul profundo a un celeste tan pálido que más que espacio ilimitado sugería una
tenue pantalla de papel. Un viento frío y silencioso soplaba de los campos,
arrancando a los árboles un fino polvillo de nieve, pero sin alcanzar a mover
los pesados setos. Una vez superado el horizonte, el sol pareció ascender con
mas rapidez, y a medida que se elevaba, su calor luchaba con la gelidez del
viento.
Quizá haya sido esta extraña alternativa de calor y frío lo que arrancó
al vagabundo de su sumo; lo cierto es que forcejeó un instante con la nieve que
lo cubría, como un hombre que se revuelve incómodo entre las sábanas, y después
se sentó con ojos abiertos e interrogantes.
-¡Cielos! Pensé que estaba en cama -dijo para sus adentros, observando
el desnudo paisaje-, y en realidad no me he movido de aquí.
Se desperezó, y levantándose cuidadosamente se sacudió la nieve que le
cubría el cuerpo. El viento lo hizo tiritar, y comprendió entonces que su lecho
había
sido tibio.
"Vamos, me siento bastante bien -pensó-. Supongo que es una suerte
haber despertado. O una desgracia… no es demasiado agradable volver al
mundo." Alzó la vista y vio las colinas que resplandecían contra lo azul
como los Alpes de una tarjeta postal. "Esto significa, si no me equivoco –
prosiguió lúgubremente- que aún debo marchar unas cuarenta millas. Sabe Dios lo
que anduve a ver. Caminé hasta sentirme exhausto, y ahora no me habré alejado
más de doce millas de Brighton. ¡Maldita sea la nieve, maldito Brighton,
maldito todo el mundo!"
El sol subía cada vez más, y él echo a andar pacientemente a lo largo
del camino, dando la espalda a las colinas.
"¿Me causa pena o alegría saber que fue sólo el sumo quien se
apoderó de mí, pena o alegría, pena o alegría" Sus pensamientos parecían
ordenarse en un acompañamiento métrico al ritmo constante de sus pasos, y no se
esforzó por hallar una respuesta a su pregunta. Le bastaba con marchar a compás
de ella.
Había dejado atrás tres piedras miliares cuando alcanzó a un muchacho
que se agachaba para encender un cigarrillo. Iba sin sobretodo y en aquel
contorno de nieve parecía indeciblemente frágil.
-¿Va por este camino, señor? –preguntó hoscamente el muchacho.
-Sí -respondió el vagabundo.
-Ah, entonces lo acompañaré un trecho, si no va usted demasiado rápido.
Uno se siente solo a esta hora del día.
El caminante asintió y el muchacho comenzó a andar, cojeando, a su lado.
-Tengo dieciocho años -dijo, como al azar-. Seguramente usted me habrá
creído más joven.
-Pensé que no tendrías más de quince.
-Se equivocaba. Cumplí los dieciocho años en agosto, hace seis que
camino. Cinco veces huí de casa cuando era pequeño, y otras tantas me prendió
la policía y me llevó de vuelta. La policía ha sido muy buena conmigo. Ahora no
tengo casa de donde huir.
-Yo tampoco -dijo tranquilamente el vagabundo.
-Oh, va sé lo que es usted -exclamó el muchacho, jadeante-. Un caballero
venido a menos. Para usted es más difícil que para mí.
El vagabundo miró de soslayo la magra figura del joven que renqueaba a
su lado, y aminoró el paso.
-No he caminado tanto como tú -admitió.
-No, se le adivina en el paso. Aún no se ha fatigado. ¿Quizá espera
llegar a alguna parte?
El caminante reflexionó. -No sé -dijo amargamente-. Uno siempre espera
algo.
-Ya perderá la costumbre -comentó el muchacho-. En Londres hace más
calor, pero es más difícil hallar de comer. En realidad, rara vez se encuentra
algo.
-Pero siempre existe la posibilidad de encontrar a alguien que
comprenda…
-La gente del campo es mejor -comentó el muchacho-. Anoche arrendé por
nada un granero y dormí con las vacas, y esta mañana el granjero me sacó de
allí, pero me dio té y tocino porque me vio pequeño. Por supuesto, ésa es una
ventaja; pero en Londres, sopa de noche en el Embankment, y después policías
que lo echan a uno de todas partes.
-Yo me caí anoche a la vera del camino y me quedé dormido. Es un milagro
que no me haya muerto.
El muchacho le lanzó una mirada perspicaz.
-¿Cómo sabe que no se ha muerto? -dijo.
-No me parece- respondió el caminante después de una pausa.
-Pues yo le digo -exclamó el muchacho- que gente como nosotros no
podemos escapar de esto aunque queramos. Siempre hambrientos, sedientos,
cansados como perros, caminando. Y sin embargo, si alguien me ofrece trabajo y
un hogar tranquilo, mi estómago se enferma. ¿Acaso parezco fuerte? Se que soy
pequeño para mí edad, pero he ambulado seis años, ¿y cree usted que no estoy
muerto? Me ahogué mientras me bañaba en Margate, y un gitano me mató con una
lanza; me atravesó la cabeza, y dos veces me helé como usted anoche, y en este
mismo camino me destrozó un automóvil; y sin embargo, aquí me ve, caminando,
caminando en dirección a Londres, para irme de Londres caminando, porque no
puedo evitarlo. ¡Muerto! Le digo que no podemos escapar aunque queramos.
El niño se interrumpió en un acceso de tos, y el caminante se detuvo a
esperar que se recobrara.
– Sera mejor que te preste mi abrigo, Tommy -dijo-: Tienes una tos muy
fea.
-¡Váyase al diablo! -le gritó fieramente, chupando su cigarrillo-. Estoy
perfectamente. Le estaba hablando del camino. Usted aún no lo sabe, pero lo
descubrirá. Estamos todos muertos, todos los que vamos por el camino, y estamos
todos cansados, pero no podemos dejarlo. En verano está el aire perfumado, el
polvo y el heno y el viento le golpean a uno en la cara en los días calientes;
y es hermoso despertarse en la hierba húmeda en una límpida mañana. No sé, no
sé…
Súbitamente cayó hacia adelante, y el vagabundo lo tomó entre sus
brazos.
-Estoy enfermo -susurró el muchacho-, estoy enfermo. . .
El vagabundo miró a un lado y a otro, pero no vio casas ni señales de
vida. Sin embargo, cuando aún sostenía vacilante al muchacho en mitad del
camino, un automóvil apareció de pronto a la distancia y se acercó suavemente
sobre la nieve.
-¿Qué ocurre? -dijo quedadamente el conductor, deteniendo el automóvil-.
Yo soy medico. Miró atentamente al muchacho y oyó su pesada respiración.
-Pulmonía -comentó-. Lo llevaré al hospital, y a usted también, si
quiere.
El vagabundo pensó en la casa de corrección y meneó la cabeza.
-Prefiero ir a pie -dijo.
El muchacho le hizo un guiño apenas perceptible mientras lo subían al
automóvil.
-Nos encontraremos más allá de Reigate – murmuró-. Ya verá.
Y el automóvil se desvaneció por la blanca carretera. Toda la mañana
anduvo el peregrino chapoteando sobre la nieve fundida, pero al mediodía pidió
un mendrugo en una choza y entró en un solitario granero para comerlo. Allí
hacía calor, y después de comer se quedó dormido entre el heno. Estaba todo
oscuro cuando despertó y echo a andar una vez más por los anegados caminos.
Dos millas más allá de Reigate, una figura, una frágil figura, salió de
la oscuridad a su encuentro.
-¿Va por este camino, señor? -dijo una voz ronca-. Entonces lo
acompanaré un trecho, si no anda usted demasiado rápido. Uno se siente solo
caminando a esta hora.
-¡Pero, la pulmonía…! -exclamó el vagabundo, aterrado.
-Morí en Crawley esta mañana -dijo el muchacho.
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Richard Middleton (1882-1911)

