Libro N° 10833. En El Bosque De Villefère. Howard, Robert E.
© Libro N° 10833.
En El Bosque De Villefère. Howard,
Robert E. Emancipación. Enero 28 de 2023
Título original: ©
In The Forest Of Villefère, Robert E.
Howard (1906-1936)
Versión Original: © En
El Bosque De Villefère. Robert E. Howard
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© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Robert E. Howard
En El
Bosque De Villefère
Robert E.
Howard
El sol se ocultaba.
Las inmensas sombras se extendían rápidamente por el bosque. En aquel
extraño crepúsculo de un día de fines de verano veía ante mí el sinuoso sendero
que desaparecía entre los ingentes árboles. Temblaba y miraba ocasionalmente
por encima del hombro con cierto temor. Millas a mis espaldas se hallaba el
pueblo más próximo; millas al frente se hallaba el siguiente.
Miraba a derecha e izquierda mientras continuaba la marcha y, de vez en
cuando,lanzaba un vistazo hacia atrás. También de vez en cuando me detenía
bruscamente,empuñando el estoque, al oír la rotura de los ramajes que desvelaba
la presencia de algún animal.
¿Un animal?
Sin embargo, el sendero continuaba, y yo lo seguía, pues, de todos
modos, no podía hacer nada mejor. Mientras avanzaba, pensaba: “Mi propia
imaginación va a jugarme una mala pasada sino estoy atento. ¿Quién va a acechar
en este bosque excepto las criaturas que lo pueblan habitualmente, ciervos y
otros animales parecidos? ¡Fuera todas esas estúpidas leyendas pueblerinas!”.
Y así continué caminando mientras el crepúsculo desaparecía e iba siendo
sustituido por las tinieblas. Las estrellas empezaron a titilar y las hojas de
los árboles murmuraron a impulso de la ligera brisa. Me detuve, al poco, en
seco; me saltó la espada a la mano, pues, justo ante mí, tras un recodo del
sendero, alguien cantaba.
No podía distinguir las palabras, pero el acento era extraño, casi
bárbaro.
Me abrigué rápidamente tras un gran árbol, con un sudor frío perlándome
la frente. No tardó el cantor en aparecer. Era un hombre alto y delgado,
indistinto en el crepúsculo.
Me encogí de hombros. No tenía que temer de un hombre. Salté de detrás
del árbol que me ocultaba, levantando la punta de la espada.
—¡Alto!
No manifestó sorpresa alguna.
—Por favor, amigo mío, manejad vuestra espada con cuidado —dijo.
Un poco avergonzado, abatí el arma.
—Acabo de llegar a este bosque —dije para disculparme—. Había oído
hablar de los salteadores. Os pido perdón. ¿Dónde se encuentra la ruta que
conduce a Villefére?
—Corbieu, os habéis equivocado —me respondió—. Debisteis tomar la
desviación dela derecha. La dejasteis atrás hace unos instantes. Yo mismo me
dirijo a Villefére. Si aceptáis mi compañía, os guiaré.
Dudé. Pero, ¿por qué razón había de hacerlo?
—Naturalmente. Me llamo Montour, de Normandía.
—Yo soy Carolus, el Lobo.
—¡No! —exclamé, dando un paso hacia atrás.
Me miró, sorprendido.
—Perdonadme —dije—. ¡El nombre es muy extraño!
—Mis ancestros fueron grandes cazadores —me respondió.
No me ofreció la mano.
—Excusad mi sorpresa —dije mientras bajábamos por el sendero—, pero
apenas puedo distinguir vuestro rostro en la oscuridad.
Sentí cómo reía, aunque no emitió sonido alguno.
—Mirar cuesta poco —contestó.
Me acerqué a él y salté hacia atrás al tiempo que se me erizaba el
cabello.
—¡Una máscara! —exclamé—. ¿Por qué portáis máscara, messire?
—Como consecuencia de un voto —me explicó—. Siendo perseguido por una
manada de perros, hice el juramento de llevar máscara durante un tiempo si
escapaba de ellos.
—¿Perros, messire?
—Lobos —replicó vivamente—. He dicho lobos.
Caminamos en silencio durante un trecho. Más tarde, mi compañero añadió:
—Me sorprende que atraveséis de noche este bosque. Muy poca gente se
aventura por estos caminos, ni siquiera de día.
—Estoy obligado a alcanzar la frontera —contesté—. Acaba de firmarse un
tratado con los ingleses y el Duque de Borgoña debe ser informado. Los aldeanos
intentaron disuadirme de que hiciera el camino de noche. Me hablaron de un...
lobo que, según ellos, acecha en este bosque.
—Aquí es donde se bifurca el sendero hacia Villefére —dijo, y pude ver
un estrecho sendero sinuoso que no había visto al pasar ante él, instantes
antes.
Se sumía en la oscuridad de los árboles. Temblé.
—¿Deseáis volver al pueblo?
—¡No! —exclamé—. ¡No, no! Guiadme.
El sendero era tan estrecho que tuvimos que caminar uno tras otro, él
precediéndome. Lo examiné con cuidado. Era alto, mucho más alto que yo, delgado
y filiforme. Vestía ropas que procedían, evidentemente, de España. Una larga
espada colgaba a su cintura. Caminaba con largas y ágiles zancadas, sin hacer
ruido.
No tardó en ponerse a hablar de viajes y aventuras. Habló de numerosos
países y mares que había visto, y discutió de muchos temas extraños. Y así,
mientras conversábamos, nos fuimos hundiendo cada vez más en el bosque.
Imaginé que sería francés. Sin embargo, tenía un acento muy raro que no
era ni francés, ni español, ni inglés, y que ni siquiera evocaba ninguna lengua
que yo hubiera oído antes. Extrañamente se equivocaba en algunas palabras y, en
otras, era incapaz de pronunciarlas.
—Este camino no es muy frecuentado, ¿no es así? —pregunté.
—No mucho, efectivamente —respondió, riendo silenciosamente.
Temblé.
Todo estaba muy oscuro y las hojas susurraban entre las ramas.
—Un demonio acecha en este bosque —dije.
—Eso dicen los aldeanos —contestó—, pero yo, que he atravesado este
bosque muy a menudo, nunca le he visto la cara.
Empezó a hablar entonces de raras criaturas de las tinieblas y la luna
se fue levantando y las sombras se deslizaron entre los árboles. Levantó el
rostro hacia la luna.
—Apresuraos —dijo—. Debemos llegar a nuestro destino antes de que la
luna alcance el cenit.
Apretamos el paso.
—Dicen —proseguí—, que hay un hombre-lobo acechando en estas regiones
boscosas.
—Podría ser —contestó, y argumentamos ampliamente sobre aquel tema.—Las
viejas pretenden —me reveló— que, si se mata a un hombre-lobo bajo su forma
lobuna, sólo entonces, está verdaderamente muerto. Pero si es muerto bajo su
forma humana, la mitad de su alma vivirá siempre en aquel que lo haya matado.
Pero, apresurémonos, la luna casi ha llegado al apogeo.
Desembocamos en un pequeño claro iluminado por la luna. El desconocido
dejó de andar.
—Descansemos un instante —pidió.
—No, sigamos —le apremié—. No me gusta este lugar.
Rió silenciosamente.
—Vamos —dijo—. Es un precioso calvero. Es tan agradable como la sala de
un banquete y yo mismo he celebrado fiestas aquí frecuentemente. ¡Ja, ja, ja!
Mirad, voy a enseñaros un paso de baile.
Empezó a saltar de un lado para otro, echando la cabeza hacia atrás y
riendo silenciosamente.
Pensé que aquel hombre estaba loco.
Mientras continuaba con su demencial danza, miré a mi alrededor. El
sendero no continuaba más allá... se cerraba en el claro.
—Adelante —dije—. Debemos continuar. ¿Acaso no oléis el rancio aroma de
fiera que impregna el calvero? Por aquí hay una madriguera de lobos. Puede que
estén cerca de nosotros, deslizándose para rodearnos en este preciso momento.
Se dejó caer a cuatro patas, saltando más alto que mi cabeza, y vino
hacia mí con un raro movimiento serpenteante.
—Este baile se llama la Danza del Lobo —dijo.
Y mis cabellos se erizaron.
—¡No os acerquéis!
Di un paso hacia atrás y, con un grito penetrante que levantó vibrantes
ecos en el bosque, saltó hacia mí. Aunque la espada le colgaba del cinturón, no
la desenvainó. Mi estoque estaba casi fuera cuando se agarró a mi brazo y me
arrojó a tierra violentamente.
Le arrastré en mi caída y ambos golpeamos contra el suelo. Liberando una
de mis manos con un movimiento ágil, le arranqué la máscara. Un grito de horror
escapó de mis labios. Ojos de bestia brillaban bajo la máscara, blancos
colmillos reflejaban la luz de la luna.
Aquella era la cara de un lobo.
En un instante, los colmillos me amenazaron la garganta. Manos ganchudas
me arrancaron la espada. Golpeé con los puños aquella horrible faz, pero las
mandíbulas se cerraron sobre mi hombro, asiéndolo firmemente, mientras las
garras intentaban abrirme la garganta. Me encontré de espaldas. El mundo se
diluía. Golpeé ciegamente. Mi mano cayó, cerrándose automáticamente en la
empuñadura de mi daga. La desenvainé y asesté una cuchillada.
Retumbó un terrible grito semibestial... un aullido.
Titubeante, me incorporé. A mis pies se hallaba un hombre lobo.
Me incliné, blandiendo la daga, pero me detuve levantando la vista. La
luna flotaba en el cielo, casi en el cenit. Si mataba a la criatura bajo su
forma humana, su terrible espíritu se albergaría en mí para siempre. Me senté a
esperar. La criatura me miraba con sus ardientes ojos de lobo. Los largos
miembros filiformes parecieron encogerse, curvarse. Los pelos parecieron crecer
hasta cubrirle el cuerpo.
Temiendo enloquecer, me apoderé de la espada del hombre lobo y le hice
pedazos. Luego, tirando la espada a lo lejos, eché a correr y huí por los
bosques.
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Robert E. Howard (1906-1936)

