Libro N° 10812. H.G. Wells Y Las Semillas De La Imaginación. Mejia Rivera, Orlando.
© Libro N° 10812.
H.G. Wells Y Las Semillas De La Imaginación. Mejia
Rivera, Orlando. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
H.G. Wells Y Las Semillas De La
Imaginación. Orlando Mejia Rivera
Versión Original: © H.G.
Wells Y Las Semillas De La Imaginación. Orlando Mejia Rivera
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H.G. WELLS Y LAS SEMILLAS DE LA IMAGINACIÓN
Orlando Mejia Rivera
H.G.
Wells Y Las Semillas De La Imaginación
Orlando
Mejia Rivera
H.G. WELLS Y LAS SEMILLAS DE LA IMAGINACIÓN
ORLANDO MEJIA RIVERA
«Jamás hacemos la labor que imaginamos que tenemos
que
hacer, nunca nos damos cuenta del secreto esplendor
de
nuestras intenciones»
H.G. Wells. Experimento de autobiografía (1934)
1
Un autor
clásico es como un espejo: todos los lectores miramos nuestro propio rostro
entre sus letras. De allí la diversidad de lecturas interpretativas y de las
valoraciones que tuvo y tiene H.G. Wells, ese londinense que nació en el año de
1866, en un hogar de clase media baja, fue aprendiz de sastre y gracias a su
precocidad intelectual ganó una beca y pudo ser alumno de T.H. Huxley quien le
enseñó las bases científicas de la biología, las implicaciones filosóficas de
la teoría de la evolución de Darwin y le inoculó, para siempre, la virosis del
agnosticismo.
Tuvo
admiradores y detractores, amigos y enemigos, como cualquier hombre que pasa
por la vida ejerciendo su libre albedrío. Su obra es descomunal y desigual. Hoy
pocos leen al Wells de la edad adulta y de la vejez, con sus novelas realistas
decimonónicas, sus tramas psicológicas y policíacas, sus libros de historia,
sus ensayos políticos y de futurología, sus artículos periodísticos. Atrás
quedan, también, sus famosas polémicas con Julio Verne y con Henry James. Un
Verne millonario, famoso y viejo, que irritado por la lectura de su
novela Los primeros hombres en la luna (1901), donde Wells
inventó la cavorita para llegar al satélite, se refirió a él con desdén: «Yo
utilizo la física. Él inventa… él construye un metal para eliminar la ley de la
gravedad. A ver, enséñenme ese metal». La respuesta de Wells no se hizo
esperar: «Verne es un popularizador de la técnica a corto plazo». En realidad
lo que pasó es que ellos vivían en mundos físicos distintos: Verne realizó una
obra dentro de las coordenadas de la física newtoniana y Wells fue uno de los
primeros en atisbar, de manera intuitiva, el futuro universo físico de
Einstein.
Con Henry
James la confrontación fue más agria y personal. James entendía la literatura
como un arte puro superior a la vida, donde la sutileza y la elaboración
milimétrica de los personajes requería de un autor con sensibilidad
aristocrática, de alto vuelo intelectual y de estilo brillante. Acusó a Wells
de escribir de manera chapucera, con vulgaridades gratas al mal gusto popular y
con personajes ligeros y contradictorios. Wells le replicó que para él la vida
estaba primero que el arte de la literatura y que, precisamente, cuando la vida
lograba ser atrapada y cristalizada, dentro de una obra de ficción, era cuando
dicho texto se hacía un libro indispensable para la humanidad.
Detrás de
la discusión de James se encontraba su repudio al hombre que fue Wells: sus
escándalos sexuales, su vitalidad física, sus orígenes humildes, sus creencias
socialistas, su crítica a la hipócrita atmósfera de la sociedad victoriana de
la época. Es decir, lo contrario que fue Henry James: solterón, solitario,
casto, conservador, monárquico, de clase social alta. Gracias a sus poderosas
influencias James intentó ridiculizar y amilanar al joven Wells y se atrevió a
escribirle lo siguiente: «Me siento incapaz de aproximarme a su obra, y ni
siquiera notó que lo desee o que pueda llegar a desearlo… bajo la luz de
ninguna óptica de la crítica literaria, para estatuir ninguna clase de juicios,
comparaciones o conclusiones; de hecho, no comparto ni puedo compartir con
usted ninguna relación estética o literaria». La contestación de Wells fue
inesperada y rotunda. Escribió una novela, llamada Boom, donde
satirizaba a James mediante un personaje escritor: fatuo, obeso y pequeño que
se vuelve un preciosista del estilo porque en el fondo sabe que ha perdido la
fe en la verdadera literatura. De hecho, Wells hizo deslizar, agazapado, el
venenoso comentario que hizo Thomas Hardy de la obra de James: «Ha desarrollado
un estilo asombrosamente cálido para no decir nada, eso sí, mediante frases
interminables». La ferocidad intelectual de Wells cuando tuvo disputas fue,
también, el reconocimiento a sus dos mayores influencias literarias: Jonathan
Swift y Voltaire.
En una
brumosa tarde londinense, de agosto de 1946, J.B. Priestley expresó en el
funeral de H.G. Wells, muerto a los setenta y nueve años de cáncer, que: «él
fue el gran profeta de nuestro tiempo». Pero las contradicciones
interpretativas al valor de su obra y de su prosa abundan. El gran poeta T.S.
Eliot reconoció que algunos fragmentos de sus primeras novelas le merecían un
puesto de honor en la historia de la poesía inglesa. Sin embargo, el gran
crítico norteamericano Harold Bloom en su controvertido libro El Canon
occidental, la escuela y los libros de todas las épocas (1994) ni
siquiera lo menciona. En español, por el contrario, Borges lo ha canonizado al
afirmar en un ensayo titulado El primer Wells que: «De la
vasta y diversa biblioteca que nos dejó, nada me gusta más que su narración de
algunos milagros atroces: The Time Machine, the Island of
Dr Moreau, The Plattner Story, The First Men in the
Moon. Son los primeros libros que yo leí; tal vez serán los últimos… Pienso
que habrán de incorporarse, como la fórmula de Teseo o la de Ahasverus, a la
memoria general de la especie y que se multiplicarán en su ámbito, más allá de
los términos de la gloria de quien los escribió, más allá de la muerte del
idioma en que fueron escritos».
En este
ensayo mi relectura de Wells pretende enfatizar en los denominados, por él
mismo, como sus «romances científicos» y los cuales pertenecen al Wells joven
que ayudó a fundar, sin consciencia de ello, la moderna literatura de Ciencia
Ficción. Sobresalen las que he querido llamar sus más valiosas semillas de la
imaginación: La máquina del tiempo (1895), La isla del
doctor Moreau (1896), El hombre invisible (1897), La
guerra de los mundos (1898), Cuando el dormido despierte (1899), Los
primeros hombres en la luna (1901), El alimento de los dioses (1904), Una
utopía moderna (1905), En los días del cometa (1906)
y La guerra en el aire (1908). Después, con excepción de su
maravillosa novela corta El país de los ciegos (1911) a la
cual le debe tanto El ensayo sobre la ceguera (1995) de
Saramago, su obra tomó los otros rumbos que ya mencioné al principio.
2
¿Cuál es
la fascinación de La máquina del tiempo? De hecho, Wells no fue el
primero en imaginar viajeros en el tiempo. Samuel Madden publicó Memorias
del siglo XX (1728), en donde un ángel de la guarda viaja al año de
1998 y roba valiosos documentos. Edward Everett Hale escribió su sátira
social Manos abajo (1881) en la que un viajero del tiempo va
al pasado y genera alteraciones en distintos episodios bíblicos. Pero la novela
más conocida es la divertida sátira político-social Un Yanki en la
corte del rey Arturo (1889) de Mark Twain, en la que su protagonista,
luego de un fuerte golpe en la cabeza, despierta en la Inglaterra del siglo VI,
en tiempos del mago Merlín. Se ha pensado que la diferencia radica en que Wells
fue el primero en utilizar una máquina para el viaje temporal y no métodos
mágicos o de pura fantasía. Sin embargo, eso no es tan cierto, pues el español
Enrique Gaspar y rimbau publicó, en París, su novela El Anacronópeto (1887)
en la cuál su personaje, de nombre Sindulfo García, doctor en ciencias exactas,
construye una máquina que viaja al pasado y le permite conocer a Cervantes,
desembarcar con Colón en América e ir al reinado de Pedro el grande. Además, se
explica que la máquina funciona con electricidad y que se viaja al pasado
porque «el tiempo es la atmósfera». Este argumento lo tomó Enrique Gaspar de
sus lecturas de Camilo Flammarion, quien había escrito de viajes a las
estrellas, a la Luna y a Marte.
Claro
está que Wells no debió conocer la narración de Gaspar y la propia máquina que
él describe en su novela no tiene una explicación técnica de su funcionamiento.
Pero lo que hace que la obra de Wells inaugure la literatura moderna de ciencia
ficción es la nueva comprensión que tiene el viajero de lo que es el tiempo. El
personaje reune a sus invitados y les dice que la realidad posee cuatro
dimensiones, tres planos espaciales y el plano temporal, y que: «no hay
diferencia entre el tiempo y cualesquiera de las tres dimensiones del espacio,
salvo que nuestra conciencia se mueve a lo largo de ellas (.) los hombres de
ciencia saben que el tiempo es únicamente una especie de espacio». En 1895
ningún hombre de ciencia sabía, ni había soñado siquiera, que el tiempo
absoluto de Newton se podía convertir en una dimensión temporo-espacial
relativa. Esta intuición sólo fue utilizada en la ciencia cuando Einstein
publicó su Teoría especial de la relatividad en 1905. Entonces, ¿tuvo Wells una
intuición de poeta al plantear su personaje que el tiempo era la cuarta
dimensión y que se podía viajar a través de ella? Se puede demostrar que esta
idea había sido pensada y desarrollada antes en dos artículos que escribió, en
1891, para una revista inglesa de nombre Fortnightly review. El
primero se tituló The rediscovery of the unique y el
segundo The Universe rigid. En estos textos plantea Wells, de
manera detallada, la existencia de una dimensión espacio-temporal en el
universo. En su autobiografía acepta que a él se le ocurrió esa concepción del
tiempo, pero que, quizá era una idea «que estaba en el aire».
Más allá
de su modestia, le hubiera bastado a Wells esta única hipótesis desarrollada en
su novela para figurar como el padre supremo de la literatura contemporánea de
Ciencia Ficción. Sin embargo, La máquina del tiempo tiene otro
elemento fundamental: la asimilación de los alcances biológicos y
antropológicos de la teoría de la evolución de Darwin. El protagonista viaja al
lejanísimo año 802.701 porque Wells sabía que una especiación del ser humano no
podía darse, en teoría, antes. La existencia de los Morlocks (cuyos antepasados
fueron obreros condenados a vivir en los sótanos de las ciudades) y los Eloi
(cuyos antepasados fueron la clase alta capitalista y ociosa) sólo se podía dar
luego de un lento proceso de selección natural.
Pero
también está implícita en la novela la herencia lamarckiana de los caracteres
adquiridos, para explicar algunas de las transformaciones físicas de ambas
subespecies. Por ejemplo, El viajero se da cuenta que los Morlocks han perdido
la capacidad de contraer el iris al exponerse a la luz, porque se han adaptado
a la permanente oscuridad del fondo de la tierra. Es decir, una situación
ambiental ha producido un cambio genético en la estructura del ojo. Los
primeros darvinianos aceptaron la teoría de Lamarck, pero luego con el
redescubrimiento, a principios del siglo XX, de las leyes de la herencia
genética de Mendel la teoría de Lamarck fue proscrita de la teoría de la
evolución. Se aceptó, entonces, que las especies evolucionaban sólo por
selección natural y por mutaciones genéticas favorables a la adaptación pero
producidas por el azar. Un lector de la novela de Wells, que fuese un conocedor
de la actual teoría de la evolución, podría decir que desde el punto de vista
científico-biológico La máquina del tiempo ha envejecido y ha
sido superada.
No
obstante, las investigaciones de Eva Jablonka y Marion J Lamb en su libro Epigenetic
inheritance and evolution. The Lamarckian Dimension. (1995) han
revolucionado de nuevo la teoría evolutiva. Los experimentos más recientes, con
las células troncales, permiten afirmar que la explicación más novedosa de la
evolución de las especies incorpora al darvinismo un complemento neolamarckista.
Es decir, de manera sorprendente, la base biológica expuesta por Wells en La
máquina del tiempo vuelve a ser vigente a comienzos del siglo XXI.
Otra cosa
son las implicaciones sociológicas de la teoría de Darwin en la novela. Como lo
ha señalado Darko Suvin, en su libro Metamorfosis de la Ciencia
Ficción (1984), Wells plantea un resultado contradictorio a lo
esperado por los primeros darvinistas sociales victorianos. El filósofo Spencer
acuñó la expresión «la supervivencia de los más fuertes» para justificar que
los aristócratas y los capitalistas sometieran a condiciones infrahumanas a los
trabajadores y los pobres de Inglaterra. Pero Wells imagina que la evolución
conduce a los resultados opuestos: los pobres, los débiles del capitalismo, se
convierten en los Morlocks; que son los victimarios de los antiguos ricos, los
Eloi, que se han vuelto el alimento, «el ganado» de los Morlocks. El viajero lo
explica, pienso que con ironía, en términos espencerianos: los ricos lo tenían
todo y su inteligencia e iniciativa se fue atrofiando hasta llegar a estos
Eloi, bellos y estúpidos, que están a merced de los astutos y monstruosos
Morlocks. A pesar del socialismo de Wells la novela no es un panfleto porque
estas dos subespecies humanas son decadentes y la humanidad del futuro ha
logrado «suicidar la inteligencia».
El
patético futuro de La máquina del tiempo es una bofetada a los
ideales del progreso científico y social que se respiraba en Occidente a
finales del siglo XIX y que Verne encarnó tan bien en su saga de «Los viajes
extraordinarios». Además, el pesimismo se hace apocalíptico cuando el viajero
se adelanta treinta millones de años y llega a una «playa terminal» donde el
sol está muriendo y sólo existe una especie de animal con forma de balón y
tentáculos que se arrastra por una arena desierta. Esta imagen recuerda la
hipótesis del Big Bang y la muerte entrópica del universo. Pero también lleva a
los lectores a visualizar una de las consecuencias potenciales de la teoría
evolutiva de Darwin: la especie humana es contingente y nada garantiza que
sigamos existiendo en el universo del futuro. Si Dios ya no está para
garantizar el milagro de la perpetuidad de los seres humanos, la ciencia
tampoco ofrece seguros de inmortalidad o de progreso infinito a la especie.
El final
abierto de la novela, cuando el viajero del tiempo no regresa nunca de su nueva
aventura temporal, estimuló a cientos de escritores a adueñarse de la temática
y la han continuado o recreado con diversa fortuna. Los viajes en el tiempo se
han convertido en un filón para la ciencia ficción y en un reto para los
físicos y los astrofísicos. Existen, fuera del futuro, viajes al pasado, a
universos paralelos y a universos alternos (las denominadas ucronías). Los
mejores ficciones de viajes al futuro son, de acuerdo con mi parecer, Crepúsculo (1948)
de J.W. Campbell, donde el viajero se desplaza siete millones de años al futuro
y encuentra un mundo gobernado por las máquinas; El planeta de los
simios (1963) de Pierre Boulle, donde el viajero encuentra una Tierra
dominada por los simios y en la que los seres humanos son sus esclavos; y la
continuación directa de la novela de Wells: Las Naves del tiempo (1995)
de Sthepan Baxter, que utiliza en su trama al mismo viajero de la novela de
Wells, en lo que se conoce como: «Ciencia Ficción recursiva» (utilizar
personajes o situaciones de novelas precedentes e incorporarlos a la nueva
trama).
Los más
convincentes viajes al pasado son, entre otros, Los cazadores de
Lincoln (1958) de Wilson Tucker, donde existe una corporación
denominada «Los investigadores del tiempo» que viajan a la época del presidente
Abraham Lincoln a conseguir documentos del pasado; Pobre pequeño
guerrero (1958) de Brian Aldiss, donde existe una empresa de turismo
de viajes en el tiempo que vende paquetes que incluye la caza de
dinosaurios; Proyecto Mastodonte (1962) de Clifford D. Simak,
donde mandan una expedición para ir a las minas de uranio de la prehistoria
antes de su desintegración nuclear; o Los hijos de nuestros hijos (1974)
del mismo Simak, que imagina un éxodo a nuestros tiempos de la humanidad
futura, por un peligro invisible e inexplicado, como un refugio de
supervivencia de la especie; El último día de la creación (1981)
de Wolfang Jeschke, donde viajeros provenientes del futuro, en crisis
energética, hacen incursiones al medio oriente para extraer las reservas
petroleras; y la excelente y voluminosa novela El Libro del día del
juicio final (1992) de Connie Willis, que imagina a cronohistoriadores
que van a la Europa del siglo XIV, durante las epidemias de Peste Negra. Pero,
para ello, previamente se cauterizan la nariz y son operados de la apéndice.
De los
viajes a mundos paralelos existen obras de gran calidad, o interés, como Lo
que el tiempo se llevó (1953) de Ward Moore, en la que la guerra civil
norteamericana fue ganada por el sur, pero un cronohistoriador viaja, cambia el
curso de la batalla de Gettysburg y el norte gana en otro nuevo mundo; El
fin de la eternidad (1955) de Isaac Asimov, donde se realizan
modificaciones permanentes del pasado que generan diversos futuros en universos
paralelos. Uno de los señores del tiempo dice: «La historia que enseñan a los
temporales se modifica con cada cambio de la realidad. Desde luego ellos no se
dan cuenta. Dentro de cada realidad, su historia es la única verdadera». Sin
embargo, como le pasó a los Eloi, la modificación de los pasados para evitar
errores o catástrofes hace que esas humanidades pierdan su impulso
evolutivo; Mundos del imperio (1962) de Keith Laumer, que son
una serie infinita de Tierras paralelas con modificaciones históricas
mínimas; Aristóteles y el arma de fuego (1972) de L. Sprague
de Camp, donde una expedición temporal va a la Grecia clásica para enseñarle el
método científico al filósofo Aristóteles.
Las
Ucronías son universos alternos que no tienen relación con otros mundos
paralelos, pero donde se desarrolla una línea histórica diferente a la del
autor. En la construcción de la estructura narrativa de una ucronía se parte
del siguiente interrogante: «¿Qué habría ocurrido, si lo que ha sucedido
realmente hubiera sucedido de otra forma?» Ucronías clásicas son El
hombre en el castillo (1962) de Philip K Dick, en la cual la Segunda
Guerra mundial fue ganada por Alemania y los países del eje, y la ciudad de San
francisco está dominada por los japoneses. El protagonista es un escritor de
Ciencia Ficción que escribe una novela donde ganaron los aliados porque el I
Ching se lo revela; También está Pavana (1968) de Keith
Roberts, que me parece superior a la novela de Dick, donde se nos muestra una
Europa dominada por la inquisición, la contrarreforma y la prohibición de las
prácticas científicas en pleno siglo XX, debido a que ante el asesinato de Isabel
I la armada invencible española venció a Inglaterra en el siglo XVI.
Pero
existe un legado todavía más interesante de La máquina del tiempo de
Wells y consiste en la estrecha relación entre la imaginación literaria y la
experimentación científica. Por un lado, los viajes al futuro ya no sólo son
posibles en el universo de Einstein, sino que ha sido demostrado su experimento
imaginario, mediante relojes atómicos y aviones supersónicos, que cuando la
velocidad de un objeto se acerca a la velocidad de la luz, la masa crece hacia
el infinito y el tiempo se dilata. Esta velocidad permite avanzar en el tiempo
y la gravedad retarda el tiempo. Por tanto, los relojes avanzan más rápido en
el espacio que en la tierra. Con viajes más largos a velocidades cercanas a la
velocidad de la luz podrían pasar en la tierra décadas, o siglos, pero para los
viajeros sería sólo un puñado de años. El físico J. Richard Gott, en su
libro Los viajes en el tiempo y el universo de Einstein (2003),
ha hecho el siguiente cálculo: si quisiéramos visitar la Tierra en mil años
«sólo tenemos que subir a una nave espacial, viajar hasta una estrella que se
halle a una distancia algo inferior a quinientos años luz y regresar a nuestro
planeta, moviéndonos en ambos trayectos a una velocidad igual al 99,995 % de la
de la luz. Cuando estemos de vuelta, la Tierra será mil años más vieja, pero
nosotros sólo habremos envejecido diez años. Tal velocidad es posible; en
nuestro acelerador de partículas más potente conseguimos que los protones
viajen aún más deprisa».
De otro
lado, algunas ideas de escritores de ciencia ficción han estimulado a los
científicos contemporáneos a realizar investigaciones teóricas, y también
hipótesis científicas han sido utilizadas para construir novelas de viajes en
el tiempo. Es decir, el estrecho nexo entre el Wells de la cuarta dimensión
de La máquina del tiempo y el Albert Einstein de las teorías
de la relatividad sigue persistiendo en el desarrollo actual de la temática.
Por ejemplo, Campbell inventó el término de «hiperespacio», en un cuento de
1934, para referirse a un espacio de más dimensiones en el cual nuestro espacio
tridimensional se halla de alguna manera doblado y arrugado, como un «universo
de la puerta de al lado». El científico Michio Kaku ha desarrollado el concepto
de Hiperespacio, en el campo de la astrofísica, y está convencido que nos
permitirá los viajes en el tiempo al pasado y además ayudará a establecer una
teoría de la unificación de todas las fuerzas universales.
El
científico Wheeler aportó una variable a este hiperespacio al hablar de los
«Agujeros de gusano», que serían conductos de «superespacio» con pequeños
agujeros negros cuánticos que conectan cada parte del espacio con todas las
demás partes. Es decir, de esta hipótesis nace el concepto de «deslizamiento
temporal» que fue aprovechado por Carl Sagan para escribir su novela Contacto (1985).
La protagonista, la astrónoma Arroway, viaja a la estrella Vega, de la
constelación de Lira, gracias a un plano de una nave que le mandan los
extraterrestres para ir a través de un Agujero de gusano. Lo interesante es que
Sagan le pidió al físico Kip Thorne que intentara hacer plausible este viaje de
su personaje que se introduciría por un agujero negro en la Tierra y que
saldría por otro agujero negro ubicado en el planeta Vega. Thorne ideó la
teoría física de ese túnel temporo-espacial y mostró que no sólo servía para
viajar en el espacio, sino también para hacer viajes al pasado. Para mantener
los agujeros abiertos y que el viajero no sea aplastado, Thorne utilizó el
concepto de «materia exótica» que pesa menos que la nada y mantiene abierto el
túnel. Él está convencido que en pocas décadas, con el desarrollo tecnológico,
estará en capacidad de diseñar un agujero de gusano que viaje al pasado. Pero
la gran novela Pórtico (1976) de Frederich Pohl ya se había
adelantado a Sagan y Thorne y allí está descrito un agujero de gusano para
viajar en el tiempo, muy similar al modelo teórico de Thorne.
Por
último, la hipótesis de los taquiones, que son partículas que se mueven a una
velocidad superior a la de la luz, propuesta en 1973 por los físicos Roger Clay
y Philip Crouch, le sirvieron al escritor y también físico Gregory Bendford
para escribir la que considero como mejor novela contemporánea de viajes y
comunicaciones en el tiempo: Cronopaisaje (1980); en la cual
científicos, ubicados en el año 1988, mandan mensajes taquiónicos al año 1962
para advertir del colapso ecológico a que llegará el planeta, si no se
reorienta el desarrollo tecnológico. Con esta novela se llega a un punto muy
alto en el tema que fundó Wells, pues es el equilibrio entre una literatura de
gran calidad narrativa y una estructura argumental de impecable solidez
científica.
La
semilla imaginativa de La maquina del tiempo ha dado origen a
extensos y fuertes bosques literarios y científicos de la temática y aunque el
propio Wells fue escéptico, y en la actualidad físicos como Hawking no creen en
la posibilidad real de viajar en el tiempo, otros como Paul Davies, Richard Gott,
Kip Thorne y Ronald Mallet están convencidos de que se logrará viajar al futuro
y al pasado. De hecho, Mallet a propuesto un nuevo tipo de máquina del tiempo,
que utiliza energía luminosa en forma de rayos láser para doblar el tiempo, y
ha postulado que en menos de una década existirán viajeros temporales.
En el
mundo físico de Newton el viaje al futuro era imposible, pero en el mundo
físico de Einstein y de Wells el viaje futurista ya es una realidad. El viaje
al pasado parece ser plausible desde el punto de vista de la física
einsteniana, pero es ilógico y paradójico para el pensamiento filosófico
occidental. Por ello, el viaje en el tiempo, en todas las direcciones, será
consistente y posible cuando comprendamos la física de la gravedad cuántica y
desarrollemos una nueva filosofía para la reversibilidad. Es decir, para
asimilar la frase que Einstein le escribió en una carta de condolencia, un mes
antes de su propia muerte, a la familia de su amigo Michele Besso y que hoy la
sentimos como un auténtico Koan de filosofía Zen a punto de ser revelado: «Se
me ha adelantado un poco en dejar este mundo. No significa nada. Para nosotros,
los físicos que creemos en nuestra ciencia, la distinción que se establece
entre pasado, presente y futuro no es más que una terca y pertinaz ilusión».
3
La Isla
del doctor Moreau es la novela fáustica de Wells y un homenaje
hipertextual al Frankenstein de Mary Shelly. El doctor Moreau
y sus experimentos quirúrgicos para crear animales humanizados, por medio del
dolor, representa el científico poseído de la soberbia del superhombre creador
que desea igualar a los dioses de la naturaleza. Los objetivos de sus
experimentos no tienen que ver con el progreso de la humanidad, sino con la
autosatisfacción de su intelecto superior y con el deseo de transgredir todos
los límites éticos y técnicos, impuestos a los individuos por las reglas de la
civilización. De allí que se haya refugiado en una isla solitaria y cuando el
visitante Edward Prendick le reclama, que sus «monstruos manufacturados» son
investigaciones inmorales, él le contesta con altanería: «Hasta hoy nunca me
han preocupado los aspectos éticos del asunto. El estudio de la naturaleza hace
que un hombre se vuelva, al menos, tan desprovisto de conciencia y de
remordimientos como la naturaleza misma». La respuesta de Moreau, que no conoce
los sentimientos de la compasión y de la solidaridad, anticipa al doctor
Mengele y sus discípulos experimentando, en el campo de concentración de
Auschwitz, con sus conejillos de indias humanos en nombre del conocimiento puro.
La
obsesión de Moreau es el estudio de «la plasticidad de las formas vivientes» y
esta temática tiene en la actualidad una importancia biológica y ética crucial.
Wells fue inexacto en el instrumento que eligió: la vivisección; pero no en la
perspectiva inminente de la creación de quimeras humanas-animales por medio de
la manipulación genética de las células troncales embrionarias. Algunos
investigadores han comenzado a implantar células troncales neuronales humanas
en embriones de ratón, pollo, conejo y vaca. Los resultados han mostrado que el
tejido neural se ha fusionado con el cerebro de los animales, pero en todos los
casos han destruido estas quimeras en fase temprana. La razón aducida para
hacer este tipo de experimentos ha sido el de conocer mejor la estructura y el
comportamiento de las neuronas humanas, utilizando modelos animales por la
limitación ética de usar humanos para este tipo de protocolos.
La
posibilidad, así sea remota, de que esta clase de experimentación termine
generando criaturas quiméricas nos debería estimular a la prudencia. Además,
creo que una pregunta es necesaria: ¿Está justificada, en este momento, la
investigación del tejido neurológico mediante la creación de quimeras ante el
riesgo potencial, así sea mínimo aunque con certeza nadie lo sabe, de producir
criaturas que incorporen las cualidades del pensamiento humano? Las
implicaciones de esta situación son tan peligrosas que podrían abrir la puerta
a un futuro posthumano, donde las nuevas especies creadas en el laboratorio
terminarían, incluso, imponiéndose.
¿No será
qué, además del interés económico por patentar estos linajes celulares
quiméricos, se encuentra subyacente a las indicaciones científicas ese lado
inconsciente, oscuro y titánico de la hybris que también
poseyó Moreau? Pienso que el fantasma de Moreau ronda de nuevo con estas
investigaciones de células troncales y la creación de quimeras humanas-no
humanas. Lo incierto de los resultados científicos esperados, unido al
potencial peligro de crear quimeras con capacidad cerebral humana, ameritan una
moratoria que nazca de la propia comunidad científica y esta seria una decisión
razonada que nada tiene que ver con ideologías anticientíficas o con creencias
religiosas. De nuevo, otra semilla imaginativa creada por Wells en 1896 tiene,
ciento once años más tarde, una vigencia científica extraordinaria.
Griffin,
el personaje albino del Hombre Invisible, es el prototipo del
«científico loco» que desea conquistar al mundo y convertirse en el dueño del
universo. En cierta forma Griffin es una versión caricaturesca del
trascendental doctor Moreau y al ser publicada la novela en la famosa
revista Amazing Stories de Hugo Gernsback, quien en 1926 acuñó
el término de Science fiction, dio origen a la imagen del
«investigador chiflado» que pobló la literatura popular de Ciencia Ficción y
que luego pasó al cómic y al cine. Sin embargo, Griffin también ha sido
interpretado de diversas maneras. Borges en el prólogo a la novela dijo que:
«su hombre invisible es un símbolo, que perdurará mucho tiempo, de la soledad».
Paul A Cantor, en su luminoso ensayo The invisible man and the
invisible hand, refiere que la invisibilidad del personaje es una feroz
crítica política de Wells a la metáfora económica de «la mano invisible», que
regularía las injusticias del libre mercado del capitalismo, propuesta por Adam
Smith en su famoso libro La riqueza de las naciones (1776).
Mientras la «mano invisible» de Smith es sinónimo de orden y progreso social,
el hombre invisible de Wells es un monstruo de egoísmo y caos.
Esta era
la novela, de sus «romances científicos», más fabulosa de Wells y a pesar de
que Griffin le explica a su colega, el doctor Kemp, que su descubrimiento
científico se basa «en rebasar el índice de refracción de una sustancia sólida,
o líquida, hasta lograr alcanzar el del aire en lo que a fines prácticos se
refiere»; nadie se tomó en serio la posibilidad tecnológica de la novela y de
allí las lecturas simbólicas, metafóricas y analógicas de su invisibilidad. Sin
embargo, para asombro de todos, en el año 2006 el físico inglés John Pendry,
investigador del Imperial College de Londres, utilizó la
nanotecnología para crear «metamateriales»; los cuales se caracterizan por
poseer un índice de refracción negativo y cuando los rayos de luz inciden sobre
ellos, se difractan en dirección opuesta al del rayo incidente. Lo anterior
permite que un objeto sea invisible a los ojos humanos, como un efecto óptico.
Pendry ha expresado que esto tendrá aplicación militar y que los primeros
objetos para ser camuflados serán los aviones de combate. Wells nos tenía
reservada otra gran sorpresa para sus lectores del siglo XXI y las palabras que
Griffin susurra con amargura a Kemp, cuando se siente desesperado y a punto de
ser linchado por los ciudadanos del pueblo de Iping, resuenan distinto y con
tono profético esta noche, de junio de 2007, en la que estoy escribiendo. «La
invisibilidad, en resumen, sólo sirve para dos casos. Es útil para escapar, es
útil para matar».
La guerra
de los mundos es la novela más famosa de H.G. Wells y todas
las versiones cinematográficas son de ínfima calidad. Quizá porque la invasión
de los marcianos, con esas descripciones de pulpos marinos que luego dieron
origen a los típicos extraterrestres monstruosos de ojos brotados, predominó y
mimetizó a la estructura científica sobre la cual se afirma la trama narrativa.
Señalo dos aspectos: la idea darviniana de la competencia entre dos especies
por un nicho ecológico y la noción de memoria inmunogenética de la especie, que
le da plausibilidad médica a la muerte de los marcianos invasores a manos de
las bacterias terrestres.
De otro
lado, la crítica al imperialismo británico y europeo que hizo Wells es
explícita en ese fragmento de la novela que sigue teniendo un valor actual:
«Antes de juzgarles con excesiva severidad debemos recordar que nuestra propia
especie ha destruido completa y bárbaramente, no tan sólo especies animales,
como las del bisonte y el dido, sino razas humanas inferiores (.) ¿Somos tan
grandes apóstoles de la misericordia que tengamos derecho a quejarnos porque
los marcianos combatieron con ese mismo espíritu?» Lo de «inferiores» es un
signo de la influencia de Galton, el padre de la eugenesia, en el pensamiento
de Wells, a pesar de su conciencia social y política. De hecho, uno de los
puntos antipáticos de sus obras es la descalificación evidente que hace de los
negros, los japoneses y de los chinos. Incluso, la mayoría de los personajes
sirvientes (por ejemplo, Asano de Cuando el durmiente despierte)
son japoneses.
La guerra
de los mundos fue otra semilla imaginativa que ha generado
el subgénero literario del contacto con civilizaciones extraterrestres, que no
debe ser confundido con las seudociencias de la ufología o la cientología, el
cual puede ser clasificado en cuatro grandes grupos y donde destaco sus más
notables ejemplos narrativos:
1- El
extraterrestre como enemigo o seres dañinos (Tropas del espacio (1959)
de Robert Heinlein y Los Genocidas (1965) de Thomas Disch).
2- El
extraterrestre como inteligencia superior y protectora (El fin de la
infancia (1953) de Arthur C. Clarke, Descenso a la tierra (1970)
de R. Silverberg, Una canción para Lya (1974) de George R.R.
Martin, Contacto (1985) de Carl Sagan).
3- El
extraterrestre como ser simbiótico con lo humano o como igual diferente (Crónicas
marcianas (1950) de Ray Bradbury, El corazón de la serpiente (1962)
de Yefremov, El palacio de la eternidad (1969) de Bob
Shaw, La guerra interminable (1976) de Joe Haldeman). Y
4-
Extrañas Inteligencias alienígenas no antropomórficas (La nube negra (1957)
de Fred Hoyle, Solaris (1961) de Stanislaw Lem, Los
propios dioses (1973) de Isaac Asimov, Cita con Rama (1973)
de Arthur C. Clarke).
4
Existe un
tercer prototipo de científico en la obra de Wells. Cavor, el inventor del
metal antigravitatorio cavorita, de Los primeros hombres en la luna.
El profesor Redwood y el señor Bensington, los creadores de la sustancia
heracleoforbia que produce un crecimiento gigantesco, de El alimento de
los Dioses. Los tres están obsesionados con la gloria personal y con la
fama. Esos motivos psicológicos los lleva a querer realizar sus experimentos
sin tener en cuenta los riesgos sociales de sus descubrimientos. En especial
Redwood y Bensington, por encima de los conflictos éticos o de los beneficios
reales para la humanidad, producen y experimentan con «el alimento de los
dioses» para lograr figurar en la revista Nature y ser
reconocidos por sus colegas y por la ciudadanía.
Estos
personajes de Wells son tan frecuentes en el ámbito de la ciencia real
contemporánea, que han dejado de ser picarescos y, más bien, son un retrato de
cómo la inteligencia profunda puede convivir con la banalidad emocional.
De otro
lado, pienso que la novela sobre la luna de Wells irritó a Verne no por el
invento de la cavorita, si no porque su obra es una parodia de los «viajes
extraordinarios» del escritor francés. De hecho, cuando Bedford, el dramaturgo
fracasado que acompaña a Cavor, le pregunta al científico que si irán a la luna
como lo hicieron los personajes de Julio Verne, una voz narrativa en tercera
persona contesta: «Pero Cavor no leía novelas». Además, recordemos que Verne no
se atreve, en nombre de la coherencia técnica, a dejar que sus personajes se
posen en la superficie del planeta en su Viaje alrededor de la luna (1865).
Sin
embargo, en medio del juego paródico de Wells en esta obra, termina mostrando a
la comunidad de los selenitas como un sistema, en apariencia, socialista. En el
cual «el gran lunar», que posee un cerebro gigantesco, manda de manera absoluta
sobre cada habitante, y como en un hormiguero la sociedad está dividido en
castas y cada individuo hace una única labor especializada, porque ha sido
condicionado en su mente y mediante cirugía corporal. Se ha visto en esta
descripción de la sociedad lunar al Wells socialista, miembro de los fabianos
ingleses, que en su crítica al capitalismo consumista de su época reivindica, a
través de Cavor, la superioridad intelectual, social y moral de los selenitas
sobre los humanos. Pero creo que no es así.
En
realidad la sociedad selenita pintada por Wells es una versión comunista, en la
que un gran dictador decide por los demás. El libre albedrío no existe y la
aparente satisfacción de los ciudadanos es un mero reflejo de su docilidad
programada. De hecho, de aquí tomó Aldous Huxley su idea de las clases sociales
genéticas, manipuladas desde su etapa embrionaria para ser felices, de su
antiutopía Brave New world (1932). De igual manera, los
selenitas escogidos para guardar el conocimiento de todos en sus cerebros,
porque no existían bibliotecas, es el origen de los «hombres-libro» de otra
conocida distopía, Fahrenheit 451 (1953) de Ray Bradbury.
Cuando,
varios años después, Wells entrevistó a Lenin y a Stalin quedó en evidencia que
para él, socialista moderado que defendía por encima de las ideologías a los
individuos, el comunismo era tan nefasto como el capitalismo. De hecho, Wells
fue un furibundo anticomunista, antifascista y anticapitalista. Incluso, su
socialismo es contradictorio y conformado por distintas ideas, en apariencia
incompatibles, pero eso lo hace muy interesante como escritor de otra de sus
temáticas en las cuales también sembró poderosas semillas imaginativas: me
refiero a la construcción de distopías y utopías. La sociedad distópica la
abordó en su novela Cuando el durmiente despierta y la
sociedad utópica en un extraño texto, donde imita el modelo narrativo de la Utopía de
Tomás Moro y Los diálogos de Platón, titulado Una
utopía moderna.
Cuando el
durmiente despierta cuenta la historia de Graham, un ciudadano de
mitad del siglo XIX, que entra en un estado comatoso, de manera espontánea, y
despierta doscientos dos años después en la megalópolis en que se ha convertido
Londres. Los adelantos tecnológicos son asombrosos: trenes bala, aviones
gigantescos, aeroplanos, medicinas revitalizadoras, cirugía de trasplantes,
etcétera. Pero él se da cuenta que estos beneficios de la ciencia son para unos
pocos privilegiados, que la mayoría de los ciudadanos son muy pobres, y habitan
los inmensos y sucios sótanos de la gran ciudad.
Descubre
que él es dueño de las riquezas de la mayor parte del mundo y que un grupo de
políticos, administradores de las industrias, han gobernado al planeta en su
nombre. Un mundo banal donde el dinero y la acumulación de objetos son el único
aliciente para vivir. Una sociedad donde «la ciudad se tragó a la humanidad» y
las personas que pueden pagarlo solicitan los servicios de la eutanasia cuando
llega la vejez. Existe la Compañía Laboral que ha instaurado una nueva forma de
neoesclavitud: paga a los pobres su trabajo con bonos de comida y dormida
transitorias. La Tierra se ha convertido en un gigantesco hotel, con millones
de habitaciones, que le pertenece a la Compañía. La cual abolió las fundaciones
sociales sin ánimo de lucro, para que los pobres no se acostumbren a la
vagancia.
En esta
sociedad no hay escritores, si no artistas del corte de pelo; las ciudades del
placer y la libertad sexual se combinan con la cirugía psíquica para lograr la
estabilidad del sistema. Existe un ministerio que elabora la publicidad y la
información de los periódicos, y en las calles hay altavoces que suenan a todas
horas, susurrando consignas a favor del grupo que maneja al mundo. Graham
expresa, con ironía, que: «el mundo ha cambiado. Como si la gangrena hubiese
tomado posesión de él y hubiera robado a la vida todo lo que vale la pena de
poseerse». La distopía que nos presenta Wells es la de un sociedad capitalista
banalizada, donde la tecnología y la publicidad están diseñadas para estimular
el consumismo de sus ciudadanos. Pero, de otro lado, las diferencias
socioeconómicas de la población han creado esos millones de neoesclavos
trabajadores, que están al servicio de las máquinas en fábricas subterráneas
donde no entra nunca el sol. De hecho, estos obreros del Londres del siglo XXI
serán los ancestros de los futuros Morlocks.
Sin
embargo, la crítica de Wells no es sólo al capitalismo salvaje, pues el
personaje Ostrog, que recuerda a una mezcla de dirigente bolchevique y de nazi,
levanta al pueblo en armas contra el grupo de los industriales, aprovechando la
presencia de Graham, en nombre de la justicia social. Cuando llega al poder no
cumple ninguna de sus promesas de reivindicación social y ante el reclamo del
antiguo durmiente se revela su verdadero proyecto: el pueblo es y será siempre
la materia prima para ser engañado, moldeado y «después de todo, como todos los
reinados, mi reinado no es sino fe. Es una ilusión creada por la imaginación de
los hombres».
Esta
novela de Wells es, para mi gusto, una de sus mejores obras y de aquí surgieron
y se alimentaron la mayoría de las grandes novelas distópicas
contemporáneas: Nosotros (1922) de Yevgeni Zamyatin, Un
Mundo Feliz (1932) de Aldous Huxley, Kallocain (1940)
de Karen Boye, 1984 (1949) de George Orwell, El
maullido del gato (1952) de Kurt Vonnegut, Limbo (1952)
de Bernard Wolfe, Mercaderes del espacio (1953) de Pohl y
Kornbluth, Retorno de las estrellas (1961) de Stanislaw Lem,
la trilogía: Mundo sumergido (1962), La sequía (1963), Mundo
de Cristal (1966) de J. Ballard, Todos sobre Zanzíbar (1968)
de John Brunner, la extraordinaria 334 (1972) de Thomas Disch,
y Los Desposeídos (1974) de Ursula K. Le Guin, entre otras.
Una
Utopía Moderna es la más filosófica de las obras de ciencia
ficción de Wells. Dos personaje llegan, por medio de la imaginación, a un
planeta que es idéntico a la Tierra pero donde se ha construido una auténtica
utopía moderna. La estructura utópica de Wells es tomada de La
República de Platón, pero con las siguientes variantes: la sociedad no
es cerrada, sino abierta, gracias a la aplicación de las ideas de Darwin que le
permiten al protagonista plantear la existencia de una «utopía cinética», no
como los antiguos modelos utópicos que eran estáticos, pues si la sociedad está
en movimiento y en transformación constante entonces: «no construimos
fortalezas, pero si buques que continuamente evolucionan».
De otro
lado, Wells muestra una especie de socialismo democrático de base, pero
dirigido por una élite que denomina «samuráis», que es una «nobleza voluntaria»
conformada por adultos responsables que poseen distintas profesiones. Ellos
juran actuar de acuerdo con el bienestar común y nunca favorecen sus intereses
personales. Estos «samuráis» son equiparados a los «guardianes» de La República
de Platón y a los antiguos miembros de la sociedad secreta de Los Templarios.
Pero, por otro parte, la tecnología y los científicos, de una nueva Casa
de Salomón como en La Nueva Atlántida de Bacon, son
la garantía para el bienestar económico y corporal de los ciudadanos pues la
máquina se ha usado «para liberar a los hombres de los trabajos enojosos».
La nueva
Utopía es un Estado mundial único, que ha superado las barreras artificiales de
los países, y permite que los ciudadanos viajen por cualquier sitio que les
apetezca. Se respeta la diversidad de opiniones en todos los campos y la
libertad del individuo es el núcleo conceptual de la Utopía. Hay libertad
religiosa y política. Existen cuatro clases de personas: los poliéticos, los
cinéticos, los obtusos y los villanos. Los poliéticos son creadores mentales,
los cinéticos eficientes trabajadores cuya imaginación no excede lo conocido,
los obtusos son aquellos que imitan y son incompetentes, y los villanos son los
que actúan pensando siempre en sí mismos y carecen de sentimiento moral.
Sin
embargo, todos tienen derecho a existir y la utopía moderna se justifica desde
la diferencia y no desde la uniformidad de pareceres. Pero los poliéticos son
valorados como una especie de héroes que recuerda a la teoría del superhombre
Nietzscheano. Además, en esta sociedad se defiende la eugenesia como forma de
regular los nacimientos y no se acepta la esclavitud «porque hace injustos a
los superiores. Con una raza realmente inferior sólo cabe hacer una cosa:
exterminarla». Es decir, en la utopía de Wells, a pesar de sus ideas
socialistas, de su orden platónico, de su individualismo nietzscheano, de su
perspectiva evolutiva darviniana, cabe también este pensamiento escandaloso que
recuerda al Himler de la SS Nazi. Lo cual reafirma que el hombre Wells fue
contradictorio y esa mezcla de sentimientos y de ideales, de prejuicios de
caballero inglés victoriano y de liberalidad de bohemio de los bajos fondos de
Londres, lo hacen desde el punto de vista de su narrativa un autor fascinante e
inagotable, porque nunca escribió con la seguridad monolítica que sólo le es
dada a los fanáticos, a los ignorantes y a los estúpidos.
Wells
está más vivo, en este siglo XXI, que varios de nuestros escritores
contemporáneos que todavía escriben, como decía Stendhal, «para nuestras
abuelitas». Además, la sorprendente vigencia de sus «romances científicos» me
permiten proponer otra definición de «clásico»: es aquel texto que sirve para
interpretar el futuro. Nuestro propio futuro visto con los ojos del viajero del
tiempo, que ahora sabemos cuál es su nombre: H.G. Wells. Si la filosofía
occidental, como se ha dicho, es un pie de página de la obra de Platón; también
es válido decir que la literatura de Ciencia Ficción moderna es un pie de
página de los «romances científicos» de Wells. Pero sus semillas de la
imaginación también han crecido en los campos de la ciencia y parece que
algunos investigadores quieren transformar sus novelas en realidades
tecnológicas.
Imagino,
en este momento, al joven Wells, proveniente del siglo XXIII, descendiendo de
su máquina del tiempo en la biblioteca Nacional de Buenos Aires, en una tarde
plomiza del 14 de marzo de 1956. Luego entra a la oficina del director y le
ofrece un nuevo par de ojos, para que también aprenda a leer los ideogramas de
la lengua china, y pueda ver El ciudadano Kane cuantas veces
quiera.

