Libro N° 10811. Radio Maldita. Cots, Fernando José.
© Libro N° 10811.
Radio Maldita. Cots,
Fernando José. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
Radio Maldita. Fernando José Cots
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Maldita. Fernando José Cots
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Portada
E.O. de Imagen original:
Ilustración
para el cuento "Radio maldita", de Fernando José Cots
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2010, SBA: https://axxon.com.ar/rev/204/c-204cuento7ilus1.jpg
© Edición, reedición
y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
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Fernando José Cots
Radio
Maldita
Fernando
José Cots
Radio Maldita
Fernando José Cots
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Baltasar
observó la excavación, donde un grupo de albañiles del pueblo preparaba el piso
para colocarle cemento.
—Grande
el sótano…
—Es para
el transmisor. Mis socios dicen que es un equipo muy delicado, tiene que estar
frío siempre…
—Debe ser
un equipo muy caro.
—¡Espero
que no pierdan plata!
—No se la
van a reclamar a usted, don Pedro. Parece gente que sabe lo que hace.
—Sí, por
lo menos de radio saben mucho.
—Imagínese.
Una radio potente, en esta zona rica, puede llegar a dar mucho más de lo que
usted piensa.
—Sí, lo
sé, Baltasar; pero están trabajando como si fuera una radio de Buenos Aires y
no una radio de pueblo.
—¡Bueno!
¿Qué más queremos? Acuérdese que su radio no se escuchaba más allá de los
Peralta… ¡Ahora hasta los Rossi la van a poder oír!
—Los
Rossi, esos son casi del otro pueblo…
—¿No cree
que ahora pueden llegar a ser más de este pueblo si pueden oír nuestra radio?
—Sí,
tenés razón.
Cuando
Baltasar Fussari llegó a su casa, encontró a Liliana, su mujer, con mal gesto.
—¿Pasó
algo?
—No sé…
decímelo vos.
Baltasar
vio que el clima era de tormenta. Revisó primero sus actos de los últimos días,
sus tres años de matrimonio después… y no encontró motivos para un inmediato
disgusto.
—No sé de
qué estás hablando —ensayó como única respuesta posible.
—Me
refiero a «Chichita». ¿O me vas a decir que no la conocés?
Baltasar
acusó el impacto, pero no por los motivos que Liliana esperaba.
—¿Chichita?
¿Qué sabés vos de ella?
—Te
escribió una carta.
La cara
de sorpresa de Baltasar fue única.
—¿Chichita…
me escribió… una carta…?
Lo dijo
como quien se encuentra ante lo imposible.
—¡No me
hagás teatro! ¡Quiero saber quién es esa mujer!
Baltasar
era un hombre pacífico, pero decidido. Cambió de actitud y enfrentó a su mujer.
—Dame esa
carta —dijo con firmeza que Liliana pareció no captar. Ésta sacó de su bolsillo
carta y sobre, abiertos y arrugados.
—Estuve a
punto de tirarla al inodoro, pero quise que dieras la cara.
Baltasar
comprobó que no había remitente. Carta y sobre estaban escritos a mano, con
excelente letra y prolija diagramación.
—Quisiera
saber si te falté en algo… —continuó Liliana, ya con un amague de llanto.
—¡Callate
un poco, querés!
Lo dijo
con firmeza, pero sin violencia. Liliana quedó perpleja y con los ojos
brillantes de lágrimas, pero muda. Baltasar leía con seriedad, casi con furia
contenida. El texto decía lo siguiente:
«Querido
Baltasar:
Espero
que me recuerdes, soy Chichita. Sabías visitarnos con tus amigos hace tiempo.
¡Cómo nos hemos divertido juntos!
Sólo
lamento de nuestra relación que me hayas presentado a Ávila. ¡Pobrecito chico!
Por él, como sabrás, debí mudarme. Y te agradezco tu ayuda en mi mudanza.
Supe de
vos por circunstancias largas de explicar, y me dieron enormes ganas de verte.
Tengo algo importante para darte y sé que lo vas a apreciar.
Sigo en
el mismo lugar de siempre, donde me mudé hace tantos años. Vos sabés dónde es.
Te espero el día veinte de este mes, a las diez de la mañana. Te pido que no
faltes, sé puntual. Es muy importante y después me lo vas a agradecer.
Un beso
grande de quien te quiere, pese a todo.
Chichita.
Cuando
Baltasar terminó de leer estaba pálido, tenso. Sus manos estaban agarrotadas
sobre el papel. Liliana seguía mirándolo con reproche.
Miró a
Liliana con ojos duros, tanto que ella casi sintió miedo.
—¿Vos
querés saber quién fue Chichita? Bien, te lo cuento. Chichita era una
prostituta. Una chica de Entre Ríos, creo.
Liliana,
aún dentro de su tristeza, se asombró por la crudeza de la respuesta. Baltasar
continuó.
—Ella
estaba en un prostíbulo, cerca del cuartel cuando yo hice la colimba. Íbamos
todos los francos.
—Esto fue
hace…
—Hace
bastante. Lo de Carrasco fue dos años después, así que no me salvé. No fue un
paraíso, pero sé de tipos que la pasaron peor. Volviendo a Chichita… era una
pobre chica del campo, me consta que no sabía leer ni escribir. Para ser una
analfabeta, tiene una letra muy linda y un lenguaje muy cuidado. ¿No te parece?
—Puede
haber aprendido….
—No
después de Ávila, el de la carta. Por él tuvo que «mudarse»…
—¿Quién
es ese Ávila?
—Un
enfermito… un hijo de puta… o una víctima de otros hijos de puta, si te parece.
No me lo voy a perdonar en mi vida.
Baltasar
tomó asiento. Liliana observó que tenía los ojos brillantes, mordía las
palabras, todo en Baltasar era furia e impotencia.
—Este
Ávila se había pasado la vida en un colegio de curas. Le hicieron la cabecita,
pero los viejos no eran tan chupacirios como para dejar que se metiera a cura.
Pero ya estaba mal. A uno de nosotros se le ocurrió que era demasiado pelotudo,
que tenía que «verle la cara a Dios». Lo llevamos a la rastra al prostíbulo y
lo encerramos con Chichita…
A
Baltasar se le ahogó la voz.
—Claro…
los pelotudos éramos nosotros… con dieciocho años… ¿qué podíamos saber? No
sabíamos lo que pueden hacer los curas con un pobre chico… el asunto es que
Ávila se volvió loco y la mató.
Esta vez
fue Liliana la que se sentó. Miraba a su esposo casi con pena y algo de culpa.
Baltasar seguía en sus evocaciones.
—Le
partió la cabeza contra el marco de la puerta, gritaba como loco cosas de la
Biblia… ¡Qué sé yo! Lo pudimos sujetar, pero ya el mal estaba hecho, el
despelote estaba armado.
Baltasar
volvió a mirar a Liliana.
—No sé
quién, pero alguien tapó todo. Nadie se enteró, salvo unos pocos. A nosotros
nos dejaron ir al entierro, pero después nos levantaron en peso y nos quitaron
varios francos. Cuando volvimos, ninguna de las chicas de antes estaba. Había
otras y no querían decir nada.
Baltasar
volvió a mirar la carta.
—Esta
carta la escribió alguien que sabe la historia… y quiere verme.
—¿Es
peligroso?
—No lo
creo. El veinte es… pasado mañana. Me daría tiempo de hacer algo… aunque no sé
qué.
—¡No
vayas!
—Se tomó
mucho trabajo para pasarme un mensaje que sólo yo podía entender. Si no voy, se
va a venir para acá… y no sé con qué intenciones. Voy a ir, pero, por las
dudas, prestá atención.
Baltasar
y Liliana se acomodaron en sus respectivos asientos.
—Después
de la reunión, si todo está bien, te hablo por teléfono a las doce o la una. Te
voy a decir que agregués al pedido fierros del doce.
—Fierros
del doce, sí.
—Si te
digo cualquier otra cosa, que estoy bien o algo así, o directamente no te
hablo, hacete la tonta y después vas y hablás con el comisario. Le mostrás la
carta y le contás todo.
Esta vez
la palidez de miedo correspondió a Liliana.
Con un
ramo de flores en la mano, Baltasar cruzó la entrada del cementerio por primera
vez en muchos años. El cementerio había cambiado mucho, pero el viejo paisaje
de su memoria se superponía con el nuevo y fue buscando el camino. Habían
construido otros nichos en lugares antes libres.
Cuando
llegó al lugar buscó, pero sólo había nichos abiertos, algunos ocupados por
ataúdes relativamente nuevos. Ninguna señal del «cajón de pobre» en el que
habían colocado a la pobre Chichita. Baltasar había llegado al límite de sus
intuiciones.
—¿Dónde
está Chichita?
—Depósito
por un año —dijo una voz desde atrás. Se sobresaltó y giró sobre sí.
A sus
espaldas había un hombre vestido de cuidador. Tenía gorra bien calzada y lentes
de marco grueso, un modelo algo viejo. Sólo el bigote recortado evidenciaba su
naturaleza militar. Toda su actitud era la de ocultar su rostro.
—Hacete
el boludo, Fussari —continuó diciendo—. Sentate en el banquito dándome la
espalda y escuchame tranquilo.
Baltasar
obedeció automáticamente. Por ser día hábil y por la hora, el cementerio estaba
casi desierto.
—Depósito
por un año. Cuando se muere un pobre no ocupan un nicho, lo dejan para el que
puede pagar. Lo ponen acá y al año lo reducen. De la pobre Chichita no quedan
ni las cenizas a esta altura.
—Ni
justicia para ella.
El
cuidador sonrió con ironía.
—No te
creas, Fussari. Algo de justicia hubo.
Baltasar
giró levemente.
—No te
des vuelta. Te cuento: Ávila, finalmente, se metió a cura. Hace como un año y
medio que murió. Está en el panteón de la Orden.
—¡Vaya
con el castigo! ¿Vos crees en el infierno?
—Creo en
la pateadura que le dieron.
—¿Le
dieron? ¿Quiénes?
—Los
padres de los chicos que manoseó. Se juntaron entre todos y le dieron como en
bolsa… estuvo como dos semanas en terapia intensiva hasta que crepó. Por
supuesto, se tapó todo; pero algo de justicia hubo.
—Me das
una buena noticia… pero no me llamaste para eso. ¿Quién sos?
—Vos me
conociste como Cervera, era compañero tuyo en el cuartel.
—¿Cervera?
Me acuerdo poco de vos… pero sí.
—Gracias,
por eso no quiero que me mirés mucho. Cervera no es mi verdadero nombre, ni era
un chico cualquiera haciendo la colimba. Era subteniente y empezaba a trabajar
en la S.I.D.E.
Baltasar
sintió un frío corriéndole por la espalda.
—Pero… ya
estábamos en democracia…
—Si la
querés llamar así… todavía había algunos que creían en volver, hacer un golpe
de estado. No estaban tan viejos… por eso nos ponían en esos lugares. Había que
marcar a los subversivos para cuando fuera el momento.
—¿Y yo…
estoy marcado?
—Fussari,
yo marqué sólo a dos o tres. Pero porque estaban marcados de otros lados. Si
les hubiese hecho caso, todos estarían marcados, hasta vos. Y en cuanto a esos
que marqué, si te sirve, están vivos, sanos, libres… y bastante olvidados de lo
que jetonearon en su momento.
«Cervera»
hizo una pausa que a Baltasar se le antojó interminable.
—Digamos
que seguimos levantando información… pero las acciones pasan por otro lado. A
veces tenés que tomar decisiones sobre qué informás y qué no, qué te callás y
qué no, a quién se lo decís y a quién no… Es jodido esto de ser de
Inteligencia, por eso te cité acá.
—¿Qué
está pasando?
—Hay un
operativo en tu pueblo. Una cosa muy sucia, te lo aseguro. Cuando me enteré, no
me gustó para nada.
—¿De qué
se trata?
—Están
haciendo una radio nueva. ¿No es así?
—Es la
misma radio de siempre. Lo que pasa que a don Pedro…
—Pedro
Recabarren… electricista, estudió algo de radio y se olvidó el cincuenta por
ciento. El otro cincuenta por ciento es obsoleto.
—Bueno,
don Pedro sabe algo… él tenía esa FM. Aparecieron unos porteños y le ofrecieron
asociarse. Están poniendo equipos nuevos, van a ampliar la cobertura, traen
material nuevo.
—Eso es
lo que dijeron. ¿Nunca te preguntaste si tu zona da para una radio con tantos
chiches?
—No lo
sé… yo tengo mi ferretería…
—Y vos
anunciás con canje. Ponés elementos para la radio y te pagan con los avisos.
—Bueno…
—Te la
hago corta, eso es todo un verso.
Baltasar
intentó girar su cabeza nuevamente, pero se contuvo a tiempo.
—¿Qué me
querés decir? ¡Ahí están poniendo mucha plata!
—Plata
que no van a recuperar, pero no les importa. Están haciendo un experimento hijo
de puta y es gente de muy arriba la que está bancando eso. Levantá tu mano.
Baltasar
obedeció y desde su espalda llegó una carpeta gruesa y opaca, de cartulina
barata, que asió casi por instinto. Estaba muy ajada, manchada y tenía su
nombre escrito con marcador en la tapa. La letra era muy parecida a la propia,
a tal punto que habría podido jurar que él lo había escrito.
—Leelo
con tranquilidad cuando estés solo, pero no donde te puedan ver. Son
fotocopias; pero si alguien llega a reconocer los sellitos, vamos a tener
quilombo.
Baltasar,
que había comenzado a abrir la carpeta, la cerró de inmediato.
—Pero te
anticipo de qué se trata. Con la antena van a instalar un emisor de bajas
frecuencias. Esas bajas frecuencias alteran la mente de las personas. Están
experimentando para ver cómo pueden controlar mentalmente a la población.
—Pero…
¿por qué en mi pueblo?
—Porque
tiene pocos habitantes… y la mitad está repartido en los campos. Si lo llegasen
a hacer en una ciudad, sin saber realmente qué pueden conseguir con eso… bueno,
el despelote sería tan grande que todo se podría salir de madre.
—Y se
pondrían en evidencia…
—Claro,
en una ciudad grande hay gente preparada; gente que al ver el quilombo
empezaría a sacar conclusiones. Si alguien encontrase una forma de detectar las
ondas de baja frecuencia… estarían descubiertos antes de empezar. Quieren tener
bien probado todo antes de usarlo en una ciudad.
—¿Por qué
me buscaste, qué puedo hacer yo?
—Vos sos
de ese pueblo, conocés a todos. Sos un tipo inteligente y, por lo que me
acuerdo de vos, buen tipo. Tengo un operativo para cagarles el experimento a
estos hijos de puta, pero no me puedo aparecer por allá. Necesito que juntés
gente para organizar un comando de acción.
—Escuchame
«Cervera»… o como te llamés. Yo no soy Indiana Jones… ¿Qué puedo hacer? ¿Juntar
unos cuantos vecinos, caer sobre las obras y romper todo? ¡Termino en cana por
loco!
—No te
voy a pedir nada de eso. En la carpeta tenés una segunda parte. Ahí hay un plan
y los nombres de unos cuantos vecinos tuyos que te pueden ayudar. Juntalos en
secreto y mostrales eso. También hay un sobre con plata… no demasiada, pero no
pude más. Te puede ser útil. Y otra cosa… hay que dejar que las obras terminen
y el experimento se inicie.
—¡¿Qué?!
—Calmate.
Por lo que sé del experimento, es jodido pero no es dañino en forma permanente.
La idea no es abortarlo, sino arruinarlo.
—No te
entiendo…
—Si estos
hijos de puta saben que hubo un sabotaje, van a rodar varias cabezas, entre
ellas la mía, la tuya, la de todos los que estén metidos. Y se van a ir a otro
pueblo para repetirlo, con condiciones de seguridad mayores. Ahí, si aparece
otro como yo, no va a poder hacer nada. Deben hacerles creer que el experimento
es inútil, que no sirve para nada. Así no sólo van a abandonarlo sino que, si
aparece en el futuro otro científico con la misma idea, lo van a mandar a la
mierda.
—¿Por qué
estás haciendo esto?
Hubo una
pausa.
—Mirá,
Fussari… te podría decir que es un secreto; pero lo que te estoy pidiendo es
jodido y creo que tenés que conocerlo todo. Los que hacen esto son los mismos
de siempre.
—¿Quiénes
son «los mismos de siempre»?
—Los que
le llenaron la cabeza a mis jefes con el plan internacional de la subversión y
todos esos versos. Los que buscaron que el terror acabase con las iniciativas
en el país. Quieren tener el control de todo. Lo tuvieron con el terror, ahora
lo tienen con la corrupción y el circo de la boludez. Pero va a llegar un
momento en que la gente se ponga las pilas, no coma más vidrio… y se les haga
difícil seguir manteniendo el negocio. Para entonces… bueno. Les ha aparecido
esto… van a probar. Van a probar cualquier cosa que les permita tener la manija
para siempre.
—Está
bien… lo leo en el hotel. Vuelvo hoy a casa y veo cómo junto a esa gente. ¿Cómo
te hablo?
—Hay un
apéndice en la carpeta. Un correo electrónico y una serie de claves. Me vas a
escribir a nombre de Lombardi y yo te voy a responder. Lo veo todos los días.
Otra cosa…
—Decila.
—Olvidate
de Cervera. Si se te llega a patinar, me vas a vender. En algún archivo debe
estar mi nombre de pantalla de entonces y alguien puede juntar dos más dos.
Desde ahora soy Lombardi.
—Comprendo.
¿Algo más?
—Nada
más, cualquier cosa te hablo por teléfono.
—Está
bien… Lombardi. Voy a hacer como digas.
—Ahora
esperate un rato que me vaya. Cinco minutos, no más.
—Mi amor…
salgo en el ómnibus de esta tarde. ¿Podrías agregar al pedido unos fierros del
doce?
—Sí, mi
amor. Lo hago —contestó la voz de Liliana del otro lado.
Y no pudo
disimular su alivio.
Baltasar
revisó la carpeta en su habitación del hotel. Lo primero fue ver el sobre con
dinero… y casi se cae de espaldas. Era cantidad suficiente para comprar una
casa nada modesta, aún en la ciudad. Con eso, en su pueblo, podía hacer mucho
si lo administraba bien.
El
proyecto del emisor de ondas era monstruoso, aún con detalles técnicos que
escapaban a su entendimiento. El amplio sótano que estaban construyendo al lado
del edificio de don Pedro era algo más que protección para equipos delicados;
era un centro de operaciones donde los autores del experimento estarían a salvo
de sus propias ondas y podrían ver, por medio de cámaras, las consecuencias de
sus pruebas.
Aún con
nombres en clave, los títulos indicaban que había médicos e ingenieros metidos
en el proyecto. Médicos neurólogos, evidentemente, e ingenieros especialistas
en ese tipo de ondas. Y el Alma Máter del proyecto, alguien que tenía el nombre
clave de «Tarragona». En el apéndice de claves de Lombardi, «Tarragona»
figuraba como «El Gaita».
Los
socios de don Pedro eran, en total, cinco personas; dos matrimonios y una mujer
mayor, ciega. Habían comprado la vieja casa de los Lipari y allí se habían
instalado. Habían dicho que la vieja ciega era la madre de las dos mujeres,
quienes compartían la casa con ella. Uno de los hombres era ingeniero y era
quien se había asociado con don Pedro. ¿Sería él «Tarragona»?
Lo que
más asombró a Baltasar fue la lista de posibles colaboradores que «Lombardi»,
ex «Cervera», le proponía.
Estaba
Alejo, su amigo de la infancia y dueño de un campo. Alejo era un tipo muy
ingenioso para la mecánica y la electricidad. Tenía manos de oro y muchos
decían que, si no se hubiese quedado en su campo, habría sido un ingeniero de
primera.
Seguía el
doctor Cardales, médico jubilado que había vivido y ejercido en su pueblo. Un
patriarca muy respetado que había llegado a ser intendente. Cada tanto
despuntaba el vicio de la Medicina en emergencias, cuando el médico de la
localidad no estaba disponible de inmediato.
También
estaba Luchito. Era un muchacho discreto que trabajaba haciendo de todo un
poco, había llegado casi un año atrás al pueblo y ya se lo consideraba uno más.
Era, precisamente, uno de los albañiles en la obra de la nueva radio.
Pero lo
más sorprendente era la inclusión de Teresita, una de las prostitutas del
pueblo. Por su matrimonio con Liliana —en un pueblo chico se sabe todo— no
había podido conocer en persona a Teresita. Sabía que no era muy bonita, pero
bastante entusiasta, aparte de no saber hacer otra cosa. Teresita había llegado
haría menos de un año y se había integrado al paisaje. Era habitual verla por
la parada de camiones.
En el
«Plan de acción» estaba detallado lo que debería hacer cada uno. Nada
imposible, pero se preguntó si estarían a la altura de las circunstancias.
Comenzó a
armar su equipaje. Guardó en su bolso la carpeta, pero el dinero lo guardó en
un pantalón especial que, por costumbre, se había traído. Lo usaba cuando debía
trasladar dinero fuera de su pueblo.
Apenas
llegó, casi a la madrugada, Liliana lo recibió con un abrazo y llorando. Él la
consoló como pudo.
—Escuchame,
cielo… esto es algo difícil. Sé que estás muerta de curiosidad por saber lo que
ha pasado… pero debés escucharme con mucha atención y, sobre todo, hay que
guardar absoluto silencio.
—¡Dale,
contame!
—Primero,
mirá esto.
De una
mirada, se aseguró que ninguna ventana estuviese abierta, que ninguna cortina
estuviese corrida. Entonces se quitó el pantalón y vació su contenido sobre la
mesa.
Liliana
quedó muda de asombro.
—Esto lo
vamos a poner bajo la baldosa del dormitorio…
—¿Con los
ahorros?
—En una
bolsa aparte. Es para hacer un trabajo difícil… y tengo que usarlo en forma
discreta. Nadie se debe enterar de esto. ¿Está claro?
—Sí…
claro… pero… ¿qué tenés que hacer?
—Bueno,
me tengo que reunir con Luchito en su casa. Ahí también tienen que estar Alejo,
el doctor Cardales y… bueno… Teresita.
La mirada
de Liliana se endureció de repente.
—¿Qué?
¿La loca esa?
—Mi amor,
no es lo que pensás. Y posiblemente te digan que me han visto con ella. Cervera
no me dijo de mezclarte a vos…
—¿Quién?
—Cervera.
El tipo que me escribió haciéndose pasar por «Chichita». Aunque no lo tengo que
llamar «Cervera» sino «Lombardi». Mirá, mi amor… más vale que te sentés porque
es largo y complicado. Sos mi mujer y no te puedo dejar afuera.
Cuando
Baltasar llegó a la casa de Luchito, una construcción humilde pero sólida en
las afueras del pueblo, ya Teresita estaba ahí. Y por lo que apreció, Luchito
se había tomado atribuciones extras con el dinero que él le había dado.
—¿Vos
también, Baltasar? ¡Y tan muerto que parecías con Liliana!
—Sigo
enamorado, Teresita. Lo que vamos a hacer esta noche es hablar. Pero falta que
vengan los otros.
—¿Qué
vamos a hablar?
—No me
preguntés —contestó Luchito—. A mí me dijo que te diera esa plata, para una
noche completa a partir de hoy. Y que íbamos a ser varios.
—Claro,
vos sos soltero. ¿Los otros son casados?
—Alejo es
casado. El doctor Cardales es viudo.
—¿Pero
qué voy a poder hacer con el viejo?
—Hablar,
Teresita. Con nosotros sólo eso. Lo que hagas después con Luchito… es cosa
tuya.
—Bueno…
por lo que pagan, si quieren me pongo en bolas y les bailo.
—No va a
ser necesario.
Momentos
después cayeron juntos los únicos que faltaban. Habían llegado con el mayor de
los disimulos posibles, pero sabía que las eternas comadres los habrían visto.
¿Qué podían hacer? Cuando se encontraron con Teresita, se pusieron más que
incómodos; Alejo, sobre todo.
—Macho…
¿Qué le digo a mi mujer?
—Que
viniste a jugar al truco conmigo, Luchito y el doctor. Teresita se va a ir de
madrugada, cuando nosotros ya estemos en nuestras casas.
—Pero la
vieron entrar…
—Hace
bastante que está, no vas a tener problemas. Ahora, por favor, juntémonos
todos.
Cuando
Baltasar terminó de contar la historia, todos estaban desconcertados, casi
temerosos. Alejo, sobre todo.
—Baltasar…
sí, yo sé de electricidad y mecánica. Puedo hacer lo que pide el plan de
«Lombardi» o como se llame. Pero todo el mundo sabe que yo no estoy trabajando
en la obra.
—Yo sí
—intervino Luchito—. Y te puedo hacer pasar.
—Luchito,
no lo tomés a mal. Pero vos sos albañil, vivís de esto. Nadie se va a extrañar
que vos trabajés ahí. Pero ¿por qué yo? Tengo un campo, todo el mundo sabe que
me va bien… bueno, lo que me puede ir. Y si tuviese algún problema no lo iba a
arreglar trabajando de albañil… ¡antes vendo unas reses!
—Debés
entrar como de visita, de curioso.
—Y el
capataz me va a estar vigilando todo el tiempo.
—Es ahí
donde interviene el doctor. Usted va a conseguir un laxante fuerte, así el
capataz va a estar confinado en la letrina. Entonces entrás vos, Luchito te
saluda, los demás van a pensar que estás con permiso del capataz…
—¿Y si
después lo comentan?
—Van a
tener otras cosas para comentar. Ahí es donde entrás vos, Teresita. Cuando todo
haya terminado y Alejo se haya ido, vas a la obra y te ponés a discutir con
Luchito. Arman un escándalo bien fuerte. Toda la gente se va a fijar en eso y
se van a olvidar que Alejo estuvo de curioso.
—Lo que
no me queda claro… —dijo el viejo médico— es cómo vamos a hacer que el capataz
tome el laxante.
—De eso
me encargo yo —intervino Teresita—. La noche antes me encuentro con él y se lo
mezclo con la ginebra.
Una
semana después, las cosas estaban sucediendo por los carriles planeados. El
capataz no había podido venir a trabajar, índice claro del esmero que el doctor
había puesto en su parte de la misión.
En la
obra estaban armando el encofrado. Alejo se había acercado de curioso, Luchito
lo había invitado a entrar y él se había dispuesto a proceder apenas tuviese la
oportunidad. En una bolsa llevaba el aparato listo para instalar.
Baltasar,
desde una prudente distancia, observaba todo. Él debía estar en su ferretería,
pero se pasaba la mayor parte del tiempo en la puerta, confiando la atención de
los pocos clientes a Liliana.
Por
momentos pensó que tanta presencia en el frente podía llamar la atención, pero
confiaba en los sucesos posteriores, capaces de inhibir todo comentario
adicional.
En un
momento el ingeniero, el principal socio de don Pedro, se asomó por la obra
estando Alejo todavía dentro; pero como él no conocía a la gente del pueblo, no
se extrañó de ver una cara nueva, aunque tampoco se fijaba en las caras viejas.
Don
Pedro, el único que podría haber notado la irregularidad, hacía su programa
desde la vieja instalación.
Un tiempo
después Alejo salió de la obra y, disimuladamente, se fue retirando hasta salir
del área de visión del ingeniero. La bolsa iba vacía.
Ahora
correspondía que entrase en escena Teresita. Fue al mediodía cuando los
albañiles salían de la obra y se disponían a almorzar. Baltasar había cerrado
ya su negocio pero ambos, él y Liliana, espiaban por unas rendijas lo que
pasaba. Habían preparado una comida de emergencia para poder permanecer allí.
Apareció
Teresita con un vestido muy ligero. Estaba iniciando la primavera y no extrañó
a nadie. Algunas de las eternas comadres la miraron con desprecio.
Desde el
frente de la obra, sin entrar, Teresita comenzó a hablar en voz alta, casi
gritando. Baltasar y Liliana no podían oírla con claridad, salvo algunas
palabras sueltas; pero la reacción de Luchito fue bastante clara. Éste se
levantó de la rueda del asado ante la mirada burlona de los demás albañiles. De
inmediato ganó la vereda y se quedaron discutiendo frente a frente, con tonos y
ademanes cada vez más violentos.
Ninguno
de los presentes se perdía la escena. Ni siquiera el ingeniero, que los miraba
con un gesto de desprecio. Las comadres, instintivamente, se habían agrupado
para comentar mejor lo que estaban observando.
Hasta que
Luchito, en un supuesto ataque de ira, tomó a Teresita por su vestido y la
empujó sin soltarlo. El vestido se desgarró en la espalda y Teresita hizo dos o
tres pasos hacia atrás para no caer, mientras su ropa quedaba en manos de
Luchito.
Teresita
no llevaba otra ropa que ese vestido. Ahí estaba, a la vista de todo el mundo,
completamente desnuda. Luchito había quedado perplejo, paralizado, mudo, con
los restos del vestido en la mano. Teresita no parecía darse cuenta y seguía
increpándolo a los gritos.
Y ella
era la única que producía sonidos. Los comentarios por lo bajo, tanto de las
comadres como los albañiles, habían enmudecido. La cara del ingeniero, por su
parte, era la encarnación de la sorpresa. Todo duró algunos segundos hasta que
Teresita pareció reparar en lo que tenía Luchito en su mano, se miró a sí misma
y calló apenas dos segundos, los suficientes para taparse como pudo con sus
brazos y dar un grito de espanto.
Pero no
duró mucho la posición, de un manotazo le quitó el vestido al paralizado
Luchito y tapándose con él corrió desnuda por la calle sin que nadie dejase de
mirarla.
Cuando
Teresita se hubo perdido de vista, Baltasar vio a Alejo y al doctor, divertidos
ambos, entre los testigos de la escena. Alejo no tardó en retirarse en tanto el
doctor se acercó a las comadres y, con actitud indignada, se sumó al comentario
reprobatorio.
Baltasar
y Liliana dejaron de espiar y concluyeron su comida. Podían decir que habían
tenido éxito. Nadie se acordaría de Alejo y su presencia, momentos antes, en el
interior de la obra. Todo el episodio sería comentado por el resto del año… o
al menos hasta el día de la inauguración de la radio.
Día en el
cual, según le había informado Lombardi, se haría la primera prueba. Y allí
sucederían cosas todavía imposibles de prever.
Más
tarde, cerca del anochecer, Baltasar visitó al doctor Cardales.
—¿Qué le
comentó Alejo, doctor?
—Pudo
colocar el aparato, como lo habían planeado.
—¿Tuvo
problemas?
—Sólo
cuando apareció el ingeniero, pero Luchito lo distrajo y Alejo pudo hacer lo
suyo.
—¿Qué hay
de Luchito y Teresita? Se pasaron un poco, me parece…
—Lo
habían planeado la noche anterior, pero no nos dijeron nada. Ahora están
seguros de que es comentario público. Para más, han decidido irse a vivir
juntos. Teresita va a dejar los camioneros y se va a convertir en ama de casa…
—¿Qué?
—Lo que
oíste. No es la primera vez que una chica de vida alegre deja lo que hace y se
va a vivir con un hombre… aunque sea un hombre pobre como Luchito.
—Sí,
pero… Luchito trabaja en la obra. De los albañiles, creo que todos han pasado
su rato con Teresita. ¿Cómo va a encararlos?
—Y… él
dice que es teatro, que va a hacer como que no le importa. Que con la plata que
le has dado, alcanza para seguir el teatro largo rato. Luego, cuando todo se
acabe, hacen que se pelean y chau. Teresita vuelve a los camioneros y Luchito
vuelve a vivir solo.
Baltasar
quedó pensativo un momento, luego volvió a encarar al médico.
—Ahora
viene la peor parte. Deben probar ese aparato nefasto… ¿qué cree que puede
pasar?
—Mirá,
Baltasar. Esto es nuevo… lo sería hasta para un médico actualizado. Yo me
jubilé y… bueno… si tengo que hacerle caso a los papeles de Lombardi, en esta
primera prueba la gente va a perder el control… o al menos eso se espera.
—O sea
que no sabe nada.
—Mi temor
es que perdamos el control nosotros y hagamos una macana, o sea confesar en voz
alta lo que sabemos.
Baltasar
tragó saliva con miedo.
—¿Qué
podemos hacer?
—Yo le
recomendé a Alejo que no venga a la inauguración, que se haga el enfermo, pero
no tan grave como para que la mujer no venga. Si las ondas estas alcanzan al
medio del campo, lo que él haga no lo verá nadie. Lo mismo le dije a Luchito y
Teresita, pero a ellos nadie los va a extrañar. Somos nosotros dos los que no
podemos faltar.
El doctor
Cardales hizo una pausa, su rostro evidenciaba preocupación.
—Vos
tenés la ferretería justo al frente de la radio, yo soy amigo de años de Pedro,
no le puedo fallar. Lo único que se me ocurre como solución…
—Diga,
doctor.
—De todos
los presentes, nosotros somos los únicos que sabemos lo que va a pasar. Podemos
hacer un esfuerzo de voluntad para contenernos.
—O por lo
menos, intentarlo. ¿No es así?
—No queda
otra.
Apenas
salió de la casa del doctor, Baltasar fue al cyber y escribió a Lombardi:
«Lombardi.
Calentador incubadora listo. Espero. F.»
Deseó que
Lombardi entendiese su texto telegráfico y volvió a su casa.
Y llegó
el gran día. La primavera estaba dejando lugar al verano. Baltasar y Liliana,
con sus mejores galas, se presentaron frente a la nueva planta transmisora.
Habían improvisado un estudio sobre una tarima, donde don Pedro transmitiría el
acto de inauguración.
Por
supuesto, muy pocos lo escucharían en sus casas. Todo el pueblo estaba allí
para la fiesta.
Sobre la
tarima, ya sentado, estaba el doctor Cardales al lado del comisario, el
intendente, el jefe de correos y el cura, además de otros notables.
Por
supuesto, faltaba el ingeniero, el socio de don Pedro; pero no tardaría en
venir. Baltasar buscó con la mirada y encontró a la esposa de Alejo con sus
hijos.
—¿Y
Alejo?
—Está en
casa, no se siente bien; pero me pidió que viniera con los chicos… no quería
que me perdiera esto. Él se quedó escuchando la radio.
—Bueno,
que se mejore.
Ahora
sólo quedaba que él y Liliana se contuvieran mutuamente. Miró al doctor en la
tarima y ambos se cruzaron una mirada severa de común entendimiento.
Y
entonces aparecieron el ingeniero, su mujer y la parentela de ésta. Entre las
dos mujeres conducían a la anciana ciega hacia la tarima. El esposo de la otra
mujer se mantenía a cierta distancia. La ciega caminaba con dificultad, como si
el calor, bastante fuerte para la fecha, la estuviese agobiando.
En un
momento la anciana pareció desmayarse.
—¡Mamá!
—gritó una de las mujeres. Entre ambas la sujetaron.
—¡Llévenla
al sótano, con el transmisor! ¡Hay refrigeración ahí! —gritó el ingeniero.
El doctor
Cardales se levantó por instinto, pero el ingeniero lo detuvo con un ademán.
—Está
bien, doctor. Es el calor, no es la primera vez.
El
pequeño grupo llevó a la ciega hasta la puerta de acceso. El ingeniero subió a
la tarima y se acercó al micrófono.
—Les pido
disculpas, a mi suegra le afectó el calor. Por favor, sigamos con la ceremonia.
Don Pedro, por favor…
Don Pedro
avanzó orgulloso y sonriente hacia el micrófono, mientras el ingeniero volvía a
su asiento. Baltasar, Liliana y el doctor Cardales no perdieron de vista su
palidez y su leve gesto de angustia. Los del sótano pondrían en marcha el
experimento y él, inevitablemente, quedaría expuesto como todos los del pueblo.
Baltasar
volvió a mirar hacia el edificio de la radio, hacia la antena y, bajo ella, la
segunda antena disimulada que emitiría las terribles ondas. En algunos rincones
del edificio había cámaras de vídeo que sólo él, conocedor de su existencia,
podía identificar. Esas cámaras estaban enviando sus imágenes al sótano donde
el grupo las estaría viendo y grabando para analizarlas después.
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Baltasar
y Liliana se aferraron entre sí. Don Pedro comenzó su discurso.
—Autoridades,
queridos amigos… hoy comienza una nueva era en esta radio de todos. Una era de
más potencia, mejor alcance, mayor fidelidad en el sonido…
Baltasar
comenzó a sentir una opresión en el estómago. Se aferró más a Liliana y notó
que ella también lo buscaba. El tono de don Pedro se hizo seco, casi agresivo.
—Recuerdo
mis inicios… cuando nadie daba dos pesos por mí ni por mi radio. Con todo el
esfuerzo la instalé, yo tuve que poner todo el dinero, el trabajo… porque
ustedes se me cagaban de risa…
Había
empezado. Vio cómo Mercedes, una de las mujeres más amargas del pueblo,
comenzaba a reírse con risa contenida. Más allá Gloria, una solterona,
comenzaba a suspirar y a tocarse su cuerpo con cada vez menos disimulo.
—¡Hijos
de puta! ¡Tenía que venir alguien de afuera que creyese en mí, para que pudiese
crecer! ¡Estaba en la lona, manga de pijoteros! —aullaba Pedro.
Pero
nadie le hacía caso. Baltasar se sorprendió cuando la mano de Liliana se posó
en su entrepierna, donde ya había una erección apenas disimulada por su traje.
Se dio cuenta que sus manos se deslizaban por el interior del vestido de ésta
buscando sus senos, mientras que ambas bocas se buscaban febriles.
—Mi amor…
—dijo en medio del jadeo— las ondas…
Se
contuvieron lo que pudieron. Miraron en derredor y comprobaron el caos que se
había desatado. En la tarima, Pedro parecía la reencarnación de Hitler en un
discurso furioso que ya nadie entendía ni atendía. El comisario lloraba como un
chico, el cura y el jefe de correos estaban prendidos en un beso apasionado. El
ingeniero estaba en posición fetal, con expresión de máximo terror.
En la
explanada de la plaza era peor. En algunas partes se estaban desarrollando
batallas campales, muchos niños lloraban, otros se reían, otros estaban
furiosos. Mercedes se reía a carcajadas en tanto que Gloria había comenzado a
sacarse la ropa. Comenzaron a sonar disparos.
Sólo el
doctor Cardales, sin moverse, observaba hacia un punto fijo.
Baltasar
y Liliana ya no pudieron contenerse. No se desvistieron, pero en un abrazo
intenso llegaron al orgasmo. Allí recuperaron algo de su control, pero era
evidente que el aparato seguía funcionando.
Gloria
estaba tirada en la calle, completamente desnuda y con la ropa en derredor
desparramada, masturbándose con entusiasmo digno de mejor causa. Mercedes reía
a los alaridos. Un tropel de vecinos pasó corriendo en una pelea de todos
contra todos. Sonaban disparos de distintos calibres en medio de la gritería,
incrementando el miedo o la furia que todos parecían sentir.
Dentro de
la lucidez que pudieron conservar, Baltasar y Liliana se retiraron unos pasos,
afirmándose contra una pared.
Y de
pronto, la sensación terminó.
Baltasar
pudo comprobar no solamente que había eyaculado, sino que tanto Liliana como él
se habían orinado encima. La gente parecía volver en sí de un sueño, miraba a
sí misma y en derredor con espanto y vergüenza. Algunos cuerpos yacían muertos
por distintas causas, entre ellos el más pequeño de los hijos de Alejo. La
mujer de éste, al lado del cadáver del pequeño, lloraba a los gritos. Los
gritos se multiplicaban por todos lados, ya no a causa de las ondas de baja
frecuencia, sino a la conciencia súbita del caos que rodeaba el lugar.
Baltasar,
ya dueño de sí, concentró su atención en la tarima.
El
ingeniero tenía la cabeza partida por el pie del micrófono, que permanecía en
manos de Pedro. Él también estaba muerto, de un balazo que el comisario le
había dado sin dejar de llorar. El cura y el jefe de correos, desnudos y en
pleno acto homosexual sobre el escenario, miraban en derredor espantados sin
atreverse a hacer movimiento alguno.
Y el
doctor Cardales permanecía sentado, sus manos apoyadas en un bastón, su mirada
perdida a lo lejos con una expresión de total sorpresa.
Baltasar
se olvidó de todo. Dejando a Liliana atrás cruzó por encima de muertos y
semimuertos hasta llegar al lado de su amigo. Bastó tocarlo para que su cuerpo
cayese inerte sobre el asiento vecino.
Pocos
estaban en el velorio del hijo de Alejo. Quienes no tenían sus propios muertos
para enterrar, tenían demasiadas vergüenzas para esconder. Esos pocos minutos
de la inauguración se habían transformado en un carnaval trágico inolvidable en
el peor de los sentidos.
A la
mujer de Alejo ya se le habían secado las lágrimas, pero permanecía abrazada a
su amiga Liliana. Al otro lado, el hijo más grande se aferraba a su madre con
expresión de pena y miedo. Alejo era contenido por Baltasar.
Éste, por
la ventana, vio aproximarse a Luchito.
—Vení,
hermano —dijo Baltasar a Alejo—. Vamos afuera un rato.
Cuando
salieron, ambos se acercaron a Luchito. Tenía la cara cruzada de arañazos y una
costra de sangre en el labio.
—¿Dónde
estabas? Desde ayer que no te vemos.
—Estaba…
cavando.
No
necesitó decir más. Once fosas nuevas necesitaba el cementerio, las que serían
ocupadas a la mañana siguiente, en ceremonias privadas, donde cada cortejo
procuraría no mirar al otro.
—La
Gendarmería se ha hecho cargo de todo, yo tuve que trabajar porque estaba sano.
—Y otros
están presos.
—Están
tratando de averiguar qué pasó. Se habla de droga, de locura colectiva… La
Gendarmería y la prensa están por todos lados. El cura y el jefe de correos no
quieren ni asomar a la puerta.
—Y
nosotros perdimos al doctor —dijo Baltasar—. Necesitamos reunirnos.
—De noche
imposible, hay toque de queda. Pero podemos reunirnos en mi casa… ya no le va a
importar a nadie si está Teresita o no.
—Pero
ahora…
—Háganlo
mañana, después de… bueno, después.
Al día
siguiente, Liliana quedó acompañando a la esposa de Alejo. Éste y Baltasar
fueron a la luz del día a la casa de Luchito, donde la misma Teresita les abrió
la puerta. Ella tenía un ojo morado.
—Pasen…
—Tendría
que haber reventado yo ese aparato antes…
—No,
Alejo. Se habrían dado cuenta…
—¡Y mi
hijo estaría vivo!
—Tal vez…
pero el muerto entonces serías vos.
Aún
dentro de su furia, Alejo miró a Baltasar con desconcierto.
—Ya lo
dijo Lombardi. Si ellos averiguan que hay sabotaje, no sólo repetirán el
experimento en otro pueblo, sino que van a tirar del hilo hasta nosotros.
Baltasar
apoyó sus manos sobre los hombros de su amigo.
—¿Te
crees que a mí no me duele tu hijo? ¡Nadie sabía que una cosa así iba a pasar!
Pero si no seguimos con ésta… ni tu otro hijo se va a salvar. Lo pueden matar a
él también, por las dudas, como nos van a matar a nosotros si se enteran.
Baltasar
hizo una pausa y luego continuó, más sereno.
—No,
Alejo. Nadie quería bailar este baile, pero tenemos que seguir bailando. Ponen
a funcionar un monstruo de éstos en una ciudad… y van a ser muchos los nenes
que van a morir.
En eso
intervino Luchito.
—Perdoná,
Alejo… sé que no es momento pero ¿qué te pasó a vos cuando la transmisión?
Alejo
miró casi con odio a Luchito, mientras Teresita se acercó por detrás de éste
como conteniéndolo.
—Nada… no
me pasó nada.
—No estás
diciendo la verdad, Alejo —dijo Teresita—. Es muy serio esto que está pasando.
Si algo te pasó, decilo. Necesitamos saberlo.
Alejo,
con la cabeza gacha, dio la espalda al grupo y fue hacia un rincón. Los demás
estaban expectantes.
—Me cogí
a la chancha —respondió con un hilo de voz.
—¿Qué?
—fue el tono general de sorpresa. Alejo se crispó furioso.
—¡Que me
cogí a la chancha! ¡Me agarré una calentura padre, mi mujer no estaba! ¡Me puse
en bolas y me zampé al chiquero! ¿Conformes?
En otras
circunstancias, y como parte de un cuento de asado, Baltasar se habría reído a
carcajadas. Pero ahora no tenía ganas de reírse. Prefirió desviar la mirada.
—Si vos
que estabas lejos te viste afectado, quiere decir que el aparato tiene un
alcance tremendo. Habría que ver si alguien de más lejos…
Baltasar
detuvo su monólogo y miró a Luchito y Teresita.
—¿Y
ustedes?
Teresita
se fue a un rincón en tanto que Luchito se recomponía.
—Y… ya lo
ves. Nosotros también le dimos a la matraca, pero a lo bestia. Cerramos todo
con llave, para que nos tomara tiempo salir a la calle. Aún así… mirá lo que
nos hicimos.
—Comprendo.
Bien… ahora que Gendarmería está controlando el pueblo, no sé si voy a poder
comunicarme con Lombardi. El cyber está cerrado.
—Mañana
abre, creo…
—Eso
espero. Mientras tanto, cada uno a su casa y esperemos instrucciones.
—¿Y de mi
pobre hijo qué?
—Mirá,
Alejo… nos vamos a salir un poco del plan de Lombardi, pero te juro que esos
tipos la van a pagar.
El
respingo de Teresita fue demasiado evidente, pero Baltasar no le prestó
atención y continuó hablando.
—No sé si
«Tarragona» era el ingeniero o es cualquiera de los otros. No van a salir vivos
de acá.
—No,
Baltasar… —dijo Teresita con voz de miedo—. Ahí sí se van a dar cuenta… digo…
podemos caer nosotros.
—No te
preocupés, Teresita. No vamos a hacer una estupidez. Pensar que esto se pueda
repetir en otros pueblos y ciudades me da miedo. No dije que vamos a dejar el
plan de Lombardi, sino que nos vamos a salir un poco. Creo que él me va a
entender. Y si no me entiende, lo siento. Mañana veremos.
Esa
noche, la radio volvió a funcionar. Ya no podía oírse la voz de don Pedro,
salvo en algunas promociones grabadas. Era la voz de la viuda del ingeniero.
Baltasar y Liliana prestaron atención.
—No sé
quiénes de este pueblo me escuchan ahora. Sé que todos tienen motivos de dolor.
Lo que debió ser una jornada de fiesta, un canto al progreso, se convirtió en
un día de espanto, de horror. Yo misma perdí a mi marido… once personas ya no
verán la luz del sol. Una oración para ellos.
Hizo una
pausa. Había puesto de fondo música sacra.
—Hubo
momentos difíciles que nadie olvidará. No les pido que olviden, porque yo misma
no olvidaré jamás el horror que vi cuando salí del sótano. Pero no podemos
dejar que nuestros sueños mueran, no podemos dejar que dolores y vergüenzas nos
quiten las ganas de seguir viviendo.
Otra
pausa. Baltasar y Liliana escuchaban con atención y una luz terrible en la
mirada.
—Esta
radio seguirá funcionando. Seguirá uniendo a la gente de este pueblo. Hará todo
lo que pueda para que este trago amargo pueda dolernos menos algún día. Por
favor, no dejen de escucharnos. No dejen de enviarnos mensajes. Que esta radio
sea el origen del perdón que todos nos merecemos.
Ambas
manos fueron hacia el switch de la radio, pero fue Liliana la que cortó el
funcionamiento.
—Bien…
ahora se viene la segunda parte.
—¿Ahora?
—No… por
lo que dice la carpeta, tienen que probar distintas frecuencias para ver los
resultados. Y están todavía los de Gendarmería… ¿Te imaginás si llegan a
disparar como locos?
—Sí… se
les acabaría el secreto.
—Van a
esperar. Hasta que los gendarmes se vayan, van a esperar.
Al día
siguiente Baltasar fue el único en un cyber vacío. Todavía muchos no se
atrevían a salir de sus casas. Se sentó y abrió su casilla. Apareció una señal
diciendo que Lombardi estaba en línea. Cambió inmediatamente a «chat».
—Lombardi,
no pude antes.
—Leo las
noticias. Se están diciendo muchas cosas raras de tu pueblo, hasta dicen que la
D.E.A. está metida en el asunto.
—Todo
feo. Hablar negocios.
—Sí,
Fussari. Dejemos las noticias para la prensa y vamos a lo nuestro. ¿Tenés algo
para comunicarme?
—Perdimos
1 pata incubadora. Otra floja. Si paramos perdemos todo. Seguir difícil.
—Hay que
seguir, Fussari. Es mucho lo invertido y el resultado es el mejor que podemos
obtener. Hagan un esfuerzo, vean qué puedo hacer desde acá. Si les hace falta
más dinero…
—No +
$$$. Gaita debe pagar.
Hubo una
pausa, una leve demora, y apareció el texto de Lombardi.
—Por
supuesto que va a pagar. Se ha portado mal con nosotros y perderá su empresa…
—Gaita
paga acá y ahora.
La
pantalla hizo otra pausa, esta vez mayor.
—De
acuerdo, Fussari. No hagan macanas que arruinen el negocio. Yo me encargo del
Gaita. Ustedes sigan probando el calentador, pónganlo en el primer punto. Chau.
—Chau. F.
—¿Ponerlo
en el primer punto? —preguntó Teresita.
—Sí…
cuando enciendan nuevamente el emisor de baja frecuencia, éste no va a
funcionar.
—¿Pero y
si lo revisan?
—Les
funcionó hace poco, nadie más lo tocó. Lo primero que van a pensar es que la
nueva onda no tiene efectos. Luego van a probar otra, y otra… y ninguna les va
a servir.
—Claro,
van a creer que están emitiendo ondas, pero en realidad no van a estar
emitiendo nada.
—Así es.
Y por lo que dice Lombardi, de algún lado les van a tirar de las bolas.
—Pero ahí
se pueden desesperar y comenzar a revisar todo… ¿no te parece?
—Para eso
está el segundo punto.
—¿Cuándo
harán la segunda prueba?
—Cuando
se vaya Gendarmería, eso será el viernes, pero hay una forma de saberlo con
precisión.
—¿Cuál
es?
—Cuando
entren todos en el sótano. Será cuando la vieja López haga su programa de
poesía. Ahí sólo estarán ella y el operador
—¡Eso es
el sábado a la tarde! ¿No se arriesgan demasiado?
—Lo más
que puede pasar es que tenga que volver Gendarmería… pero acordate que van a
probar con una frecuencia diferente. Esperarán que los resultados sean
diferentes, no tan… espectaculares.
—Y cuando
vean que no hay resultados, se van a desesperar.
—Así es,
van a estar gatillando en el vacío.
—Y no lo
sabrán.
—No lo
sabrán.
Mientras
el intendente, milagroso sobreviviente, despedía a Gendarmería, Alejo se acercó
a la entrada de la radio. Allí fingió sacar algo de su bolsillo y que se le
caía. Comenzó a «buscarlo» con cierta actitud febril, en cuatro patas, por si
alguien lo estaba observando.
Y así
encontró el tubito metálico que asomaba por el exterior del sótano. Por él
asomaban dos arandelas, cada una sujeta a un alambre que desaparecía en el
interior. Era un alambre galvanizado, resistente al óxido. Tiró de la arandela
más grande y un sonido le confirmó que el trabajo había funcionado bien.
A todos
los comían los nervios esa tarde de sábado. Desde su negocio cerrado, Baltasar
y Liliana vieron cruzar a la vieja López con sus libros de poesía hacia la
radio.
Pocos
instantes después, por el medio de la calle, venían caminando Luchito y
Teresita, tomados de la mano como cándidos novios, pero mirando como al
descuido hacia el edificio de la radio. Desde donde estaban, Baltasar y Liliana
no podían ver la entrada al sótano; pero Luchito y Teresita sí.
En cuanto
estos últimos vieron que al sótano entraban la viuda, su hermana y su cuñado,
hicieron a sus amigos la señal convenida. Se besaron furiosamente y luego
Teresita salió corriendo dejando a Luchito solo.
Baltasar
y Liliana se prepararon. Habían recomendado a Alejo que estuviese a esa hora
lejos, incluso de su familia, por precaución. También Luchito y Teresita,
previniendo un estallido de mutua violencia, pusieron distancia entre sí.
Pero
ellos estaban juntos. No obstante, considerando lo que había ocurrido la última
vez, no eran demasiados sus temores. En la radio, la vieja López remembraba las
clases de declamación de su infancia.
Y
esperaron.
Y
esperaron.
Y nada.
Volvieron
a mirar a Luchito, de pie en medio de la calle, tratando de disimular la
tensión, pero sonriente.
Unos
chicos pasaron jugando, sin tener entre ellos ninguna actitud fuera de lo
habitual. Otros pocos transeúntes caminaban, con la vergüenza por lo pasado
como única señal de ausencia de rutina.
Habían
triunfado.
Esa misma
tarde, Baltasar escribió en el cyber.
Lombardi.
Punto 1 bien. 2? Gaita? F.
No
escribió más, no consideró necesario extenderse. Al día siguiente le llegaría
la respuesta. Ahora debía reunirse con Alejo en la casa de Luchito y Teresita.
—Pregunté
a mis vecinos si habían escuchado a la vieja López…
—¿Qué te
dijeron?
—Que si
estaba loco… la verdad, desde… bueno, no tienen ganas de escuchar nada. No
encendieron la radio.
—Pero
estuvieron bien…
—¡Sí,
claro! Por lo que sé…
—Ustedes,
Luchito y Teresita, ¿escucharon algún comentario?
—Nada,
pero me enteré de una cosa.
—Decí,
Luchito.
—Yo me
quedé un rato. Los tres salieron y fueron a ver la antena. La revisaron y se
fueron. Una hora después vinieron con la vieja, la llevaban entre las dos
mujeres, pero se me hace que la vieja es tan ciega como yo.
—Sospecho
lo mismo, Luchito. Seguí.
—Se
metieron los cuatro en el sótano. Estuvieron un rato, pero al momentito nomás
salió la viuda y se metió en el edificio.
—Eso
quiere decir que no volvieron a encender el emisor de bajas frecuencias. La
viuda se tenía que hacer cargo de la programación.
—La
«ciega» debe ser «Tarragona». Ella debió estar revisando todo.
—A ver,
Alejo, Luchito… piensen bien y contesten con la verdad. ¿Pueden descubrir el
problema?
—No, en
absoluto. Lo metí en el encofrado antes de que colaran el hormigón. Y sale
justo a la salida del cable a antena. Van a tardar en descubrir el puente. Como
dijo Lombardi, si la radio normal funciona bien, lo que menos van a pensar es
que el cable de la otra antena está mal.
—Claro…
antes van a revisar bien los aparatos, pero no los van a encender hasta que no
estén todos en el sótano…
Luchito
se sobresaltó.
—Baltasar…
¡la ciega no estaba cuando hicieron la prueba esta tarde!
—No podía
estar, Luchito. En realidad, se jugaron mucho al traerla después de la prueba.
¿Qué haría una vieja ciega en un sótano todo el tiempo? Está lo menos posible y
del trabajo se encargan los otros tres.
—¿Qué te
dijo Lombardi de reventarlos a éstos?
—Eso va a
ser con el punto dos. Cuando hagan la tercera prueba. Acordate que tienen que
combinar con la central de ellos… la idea es que el proyecto fracase y no
quieran verlos ni en fotos. Después… no podemos tocar al que sobreviva…
—Eso lo
veremos.
—Alejo…
no te mandés ninguna macana… acordate que si sospechan algo raro, van a repetir
la prueba y nos van a cazar como a ratas.
—Tranquilo,
Luchito… no me pienso volver loco.
Al día
siguiente, aunque el cyber estaba cerrado, Baltasar convenció al dueño que lo
dejase entrar un momento. Dijo que esperaba una noticia importante de su
hermano. El dueño, tal vez inspirado por el billete que le ofreció, no tuvo
problemas.
Pero en
su casilla sólo había un mensaje de Lombardi.
«Fussari.
Acá las cosas marchan bien, como nosotros queremos. Prueben el calentador en el
punto dos el martes a la mañana, cuando estén todos los huevos acomodados.
Lombardi.»
No pudo
esperar a que entrara en «chat». Volvió a su casa.
En la
tarde del lunes, Alejo visitó a Baltasar.
—¿Querías
hablarme?
—Sí.
¿Saben Luchito y Teresita que vos estás acá?
—No, vos
me dijiste que no les dijera nada… pero no entiendo por qué los dejás afuera.
—Porque
quiero programar algo extra para mañana, algo exclusivamente nuestro. Ellos se
van a enterar después.
A la
mañana del martes, Alejo y Luchito rondaban por la radio, cada uno por su lado.
Vieron entrar al edificio al chico que hacía el programa agropecuario, luego
vieron salir a la viuda que se dirigió al sótano. Momentos después el otro
matrimonio también entraba.
No
pensaron más. Alejo y Luchito encararon hacia la puerta del sótano. Luchito iba
a tomar un fierro corto que traía bajo la campera, cuando Alejo lo detuvo.
—Esto es
mío.
Luchito
lo miró y pareció comprender, le entregó el fierro. Alejo sólo bajó la
escalerita y lo colocó trabando la puerta, de modo tal que de adentro fuese
imposible abrirla.
Luchito
iba a dirigirse al lugar de las arandelas, cuando Alejo lo detuvo nuevamente.
—Eso
también es mío.
Luchito
se encogió de hombros, le cedió el paso. Alejo llegó a la arandela más chica y
la tomó entre sus dedos.
—Por mi
hijo… y por mi dignidad.
Dio el
tirón y de inmediato corrió nuevamente hacia la escalerita. Desde ese lugar,
ambos podían ver la puerta.
No demoró
la puerta en sacudirse. Golpes de desesperación, apagados, sacudían el fierro.
Un humo pesado asomó por los bordes. Luego vino la quietud.
Alejo se
volvió hacia Luchito. Tenía la mirada apagada de amargura.
—Esperá
un ratito, sacá el fierro y andate. Guarda con el humo. Nos vemos más tarde.
Luchito
se limitó a asentir. Alejo se retiró a paso normal, pero firme. Todavía
necesitaba llegar a su camioneta. Baltasar lo esperaba en el camino.
—¿No te
siguieron?
—No, es
fácil saberlo. Saben que nos reunimos más tarde en la casa de ellos. Prendé la
radio.
En la
radio local seguía el noticiero agropecuario, pero cuando llegaron a la casa
Lipari, tras un tema musical, un improvisado locutor pedía ayuda. Avisaba a
todos de la tragedia que había ocurrido, había reventado uno de los tanques
refrigerantes del transmisor y la viuda del ingeniero, su hermana y su cuñado
habían muerto asfixiados en el sótano donde estaba el equipo. Habían intentado
huir pero habían muerto antes de lograr abrir la puerta.
—No hay
tiempo que perder.
La puerta
de la casa estaba abierta. Entraron y comenzaron a recorrer las estancias
vacías.
—¿Señora?
—¡Aquí,
socorro! —gritó una voz en falsete que pretendía ser femenina. Siguieron la voz
y salieron a una galería que daba a un jardín inmenso.
Allí
estaba la «vieja ciega», sentada en un sillón. Cerca de ella, la radio seguía
transmitiendo la desesperación del locutor. Baltasar y Alejo enfrentaron a la
«mujer» y comprobaron que estaba atada con cadenas a un sillón pesado.
—¿Qué
pasó, señora? ¿Por qué la ataron?
—Ehh…
¡Mis hijas, señor! ¡Me atan para que no haga nada! ¡Dicen que estoy vieja, me
tratan mal!
—Claro,
¿dónde está la llave?
—¡Ahí!
—dijo señalando una repisa demasiado alta y lejana para que pudiera alcanzarla.
Ambos hombres sólo debieron elevarse un poco para ver la llave unida a un
llavero barato.
—Bien,
señora —dijo Baltasar —. Para ser ciega, señala bastante bien.
Y le
quitó los anteojos. Se encontró con unos ojos furiosos, sorprendidos, pero bien
vivos.
—Puedo
explicarlo…
—Ya lo
creo… como va a explicar por qué, pese a no ser tan vieja, necesita afeitarse.
Y le
arrancó la peluca. Era un hombre que abandonó toda la impostura.
—Escuchen…
ustedes son vecinos del pueblo. No saben lo que está pasando, es secreto de
estado. Suéltenme, les aseguro que no se van a arrepentir. Hay… hay dinero en
cantidad. ¡Hay mucho efectivo en la casa! Si me permiten hablar por teléfono,
se va a aclarar todo. No se van a arrepentir.
—Yo…
—dijo Alejo con voz ahogada— Yo me arrepiento de haber esperado tanto, señor
«Tarragona».
Y clavó
un cuchillo en el corazón del hombre atado. Éste abrió los ojos con sorpresa y
angustia. Tuvo conciencia, en un instante, de los últimos momentos de su vida.
—Por mi
chiquito, que tuvo la misma oportunidad que yo te doy a vos, hijo de puta.
Baltasar,
si bien esperaba una reacción así de Alejo, no la creyó tan inmediata.
—Alguien
deberá avisarle a esta señora de la desgracia… espero que no se esté enterando
ahora —dijo la radio, lo que quitó a Baltasar de su perplejidad.
—No hay
tiempo, alguien va a venir. Hacé lo tuyo, Alejo, que yo hago lo mío.
Baltasar
se metió en la casa, mientras Alejo tomaba la llave de la repisa.
La
camioneta de Alejo estacionó frente a la casa de Luchito. Baltasar bajó con un
maletín fino, aunque no pudo evitar mirar con aprensión hacia la caja, donde
había una carga tapada por la lona.
En la
puerta apareció Luchito, miraba a ambos con seriedad. Baltasar se acercó a
Alejo y le habló por lo bajo.
—¿Vas a
estar bien?
Alejo
tuvo una terrible mirada de reojo hacia la carga.
—Sí, hago
eso y luego voy por tu casa, a buscar a mi señora y los… mi chiquito.
La
camioneta arrancó dejando a Baltasar en medio de la calle. Todo estaba
desierto. La gente debería estar toda en frente a la radio, no tardaría en
aparecer otra vez Gendarmería. Algunos, seguramente, habrían ido a la casa
Lipari para encontrarse con un panorama insólito, pero nada trágico.
—Ahí voy,
Luchito.
Cuando
estuvieron dentro de la casa, Baltasar abrió el maletín ante los ojos de
Luchito y Teresita. Había algunos papeles, pero mayormente había mucho dinero
en billetes grandes.
—¿Esto es
lo que te dio Lombardi?
—No, esto
es lo que estaba en la casa de Lipari, era del hombre que se hacía pasar por la
vieja ciega. «Tarragona», supongo.
No se le
escapó la cara de espanto de ambos.
—¿Qué
hiciste?
—Tranquilícense
ambos, no hay tiempo que perder. ¿Conocés el galpón de Flores?
—Sí, está
abandonado.
—Bueno,
ahí dejamos uno de los autos de estos tipos. Adentro hay valijas con ropa y
otros papeles. Se cambian, toman el auto y se aseguran que los tomen con este
documento en algún control policial. Va a quedar como que el tipo se escapó
cuando vio que se le venía la noche, así que nadie va a saber que está muerto.
Al cadáver se lo están comiendo ahora los chanchos de Alejo. Teresita, o como
te llamés. Si te considerás inteligente, bajá esa arma.
Baltasar
no podía ver a Teresita, pero la había visto retirarse momentos antes. Ella,
sorprendida, la guardó pero no se desprendió de la misma.
—Así está
mejor. Como decía, si le cambiás la foto al documento por una tuya, Luchito o
como te llamés, podrás rajar de la provincia como si te fueras a la frontera.
Una vez fuera de la provincia, se borran.
Baltasar
hizo una pausa, pero la perplejidad de Luchito y Teresita no desaparecía.
—Ya no
tienen tiempo de matarme, ni a los demás, y que parezca un accidente. Sería muy
sospechoso que yo aparezca muerto acá. Y si pierden el tiempo, te pueden
interceptar. Se van a dar cuenta que el tipo está desaparecido y la misión de
Lombardi fracasó.
—¿Cómo lo
supiste?
—Decile a
Lombardi que me hable mañana a la noche… voy a estar en el teléfono de mi casa.
Ahí le voy a contar todo. Se tienen que ir los dos antes que Gendarmería
controle los caminos… ah, de la plata de Lombardi, lo que queda, Alejo y yo la
consideramos una compensación por las molestias. Ustedes aprovechen esto.
—¿Y yo
qué?
—No te
entiendo, Teresita.
—¿Sabés
los tipos que me cogieron todo este año? ¡Tipos que no se habían bañado en
semanas! ¡Y no te digo de las pijas que tuve que chupar! ¡Cada vez que me
acuerdo se me revuelve el estómago!
—Forma
parte del oficio… de agente secreto —comentó Baltasar con ironía amarga.
Teresita no pudo menos que mirarlo con odio.
—No me
metí en la SIDE para esto…
—Posiblemente
no… pero mirá a Alejo. Nunca quiso meterse… y le mataron al hijo más chico.
—¡Yo le
decía a Lombardi! ¡Con dos meses que esté, va bien! Pero él me decía que
necesitaba un año para que la gente se acostumbrase a mí… sobre todo vos y
Alejo. ¡Mirá lo que pasó!
Hubo una
pausa molesta.
—Consolate
con que ya se acabó. Les salió bien en parte… del resto le van a echar el fardo
a Lombardi. No pierdan tiempo, váyanse antes de que no puedan cruzar el límite
provincial.
A la
noche del día siguiente, tanto Baltasar como Liliana hacían una nerviosa
guardia ante el teléfono. Ambos tenían un revólver cada uno y lo acariciaban
periódicamente con nerviosismo.
Hasta que
llamó. Baltasar lo dejó sonar dos veces antes de atender.
—Hola…
—Resultaste
menos pavo de lo que esperaba, Fussari.
—Gracias,
viniendo de quien viene.
—¿Cómo te
diste cuenta?
—No fue
fácil. Cuando Teresita se puso en bolas delante de toda la gente, te digo que
me pareció exagerado; pero nada más. Fue después, cuando el doctor Cardales me
dijo que se habían ido a vivir juntos y que Teresita dejaba la prostitución.
—¿Qué te
pareció raro? Hay gente que lo hace.
—No en un
pueblo chico, donde se conocen todos. Se van a donde no los conozcan. No
estamos hablando de gente de ciudad, Lombardi. Estamos hablando de un presunto
chico de pueblo, que tiene que vivir y trabajar con tipos que le han cogido a
la mujer… ¿vas entendiendo?
—Sí, ahí
sospechaste.
—No lo
tenía claro, pero le pedí a Liliana que prestara atención al chusmerío, que
hiciera algunas preguntas inocentes… y me fui enterando. Tanto Luchito como
Teresita habían llegado al pueblo casi al mismo tiempo, bastante antes de que
llegaran los porteños de la radio. Luchito era un tipo discreto, como lo eras
vos en la colimba; ni siquiera se ponía en pedo los sábados, no se aparecía por
los evangelistas para justificar esa vida tan sana.
—Sí…
Luchito se pasaba de discreto. Fue un error.
—No fue
el único, Lombardi. Luchito parecía vivir para el trabajo… y para coger con
Teresita, que la buscaba todas las semanas. Incluso cuando estaba ocupada, iba
con otra para no despertar sospecha; pero después la buscaba de nuevo a ella.
¡Qué energía!
—¿Qué
suponés vos que pasaba?
—En
realidad, uno de los camioneros era su contacto, les traía mensajes y plata.
Ella lo recibía y después repartían, pero tenían su pantalla. Luego, cuando la
plata vino de mí, ya Teresita no necesitaba la pantalla de la prostitución.
Técnicamente yo mantenía a Luchito y él la mantenía a ella.
—¿Y cómo
me vinculaste a mí?
—Empecé a
pensar en vos. Me habías dado mucha plata, Lombardi. Tenías mucha información,
demasiada para estar solo en todo esto. Alguien de acá te debía estar contando
cosas. Después, estabas demasiado disponible a cualquier hora, como si
estuvieras a cargo de la operación. Sólo que estuvieras al frente de un equipo
podías proceder así. ¡Y cómo escribías en el «chat»! ¡Como un dactilógrafo
profesional! ¿Dictabas?
—Seguí,
por favor.
Me acordé
que tenías cara más de viejo cuando estábamos en la colimba. En ese momento,
pensé que serías así. Hoy me di cuenta que no tenías dieciocho como nosotros,
sino más. Así se me fue formando la idea de un milico del alto rango, alguien
al frente de un operativo grande, del cual nosotros, Alejo, el doctor y yo,
éramos los peones. Luchito y Teresita eran piezas más importantes, pero también
descartables si se daba el caso. Ellos necesitaban saber cómo había afectado la
onda a Alejo, para decírtelo después.
—¿Qué
conclusión sacás?
—Después
del desastre revisé tu plan, Lombardi. Si la idea era hacer fracasar el
experimento, con colocar un interruptor habría sido suficiente. No habría
funcionado nunca. Cada vez que los porteños quisieran probar el aparato, se
cortaría. Si querían examinar con un tester, se volvía a conectar y ellos se
habrían roto la cabeza sin entender por qué fallaba. Ahí nomás les habrían dado
una patada en el culo por chantas, no sé si… declararlos descartables.
—O sea
que tenés en claro nuestro propósito…
—Sí,
Lombardi. La idea era saber si funcionaba, pero después quitárselo a los
creadores. Si al tipo no lo… bueno, si Alejo no se encarga de él, ustedes le
habrían pasado la factura.
—Bueno,
tenías razón en algo. Queríamos ese aparato y sabemos que funciona. Tenemos los
planos. Ya aparecerá por allá un «heredero» del grupo, que se llevará los
equipos. Ahora bien… arreglaste las cosas para que no te pudiéramos… declarar
prescindible en ese momento. ¿Qué nos impediría hacerlo ahora… es decir, dentro
de un tiempito prudencial?
—No tenés
idea de cómo hemos distribuido esta historia, Lombardi. Yo me comunico por
Internet con mucha gente. Ellos, a su vez, se la han pasado a otros que yo no
conozco. En este momento la están pasando… no sería extraño que te llegue a
vos. Está con todos los nombres, los documentos escaneados, nada falta.
—Pero es
demasiado fantástica la historia, salvo para nosotros que sabemos que es
verdad. Pasó una sola vez… ¿qué te hace pensar que la gente va a creerlo?
Pueden creer que es sólo una leyenda, como las que publican esas revistas de
cuarta.
—Si pasa
una segunda vez, muchos van a empezar a creerlo. Hasta puede que alguien
importante lo esté tomando en serio ya… ¿no creés?
—Todavía
podemos experimentar en otro lugar, con otras ondas. El resultado puede ser
diferente.
—Ese es
otro error. El doctor analizó tus papeles antes del experimento… y tenía razón.
Lo que hizo esta onda fue despertar el inconsciente de las personas. Cada
quien, ese día de la inauguración, hizo lo que no se atrevía a hacer en
público. Todos estuvimos como borrachos. Se ve que tanto Luchito como Teresita
se inflaron a golpes y podrían haberse matado. Lo único que van a conseguir
ustedes es caos, pero no un control completo de la gente.
—Podemos
conseguir ese control.
—Con los
creadores, tal vez, Lombardi. Con ellos, que ya habrían hecho pruebas antes de
hablar con ustedes, que tenían muchas cosas fuera de los papeles. ¿Creen que
tienen todo? El que agarre esto ahora tiene que empezar de cero y sin saber qué
va a encontrar. Y tiene que saber lo que ellos sabían. Si ellos perdieron al
ingeniero… ¿qué puede llegar a pasar cuando prueben los que no saben?
—Podemos
todavía crear un caos localizado, algo que justifique una intervención por la
fuerza.
—Y va a
ser noticia, como fue noticia lo de este pueblo. Ahí todos los que tienen la
historia van a saltar. No va a faltar gente que les crea y que se ponga a
trabajar en contra de ustedes, con toda la ciencia que tenga a mano.
—¿Tendrán
bolas? No tenés ni idea de quién está detrás de mí…
—No sé
quién está detrás de vos, pero todos lo suponemos. Tenemos miedo, mucho miedo…
demasiado miedo a un futuro desesperante, como para que nos importe morir hoy.
Vos deberías saberlo mejor que nadie, Lombardi. Al miedo lo mata la
desesperación. Y a un desesperado no lo manejás ni con diez aparatos de esos.
—¿Sabés
que me estás metiendo miedo, Fussari?
—Sería
justicia, vaya un pollo por tantas gallinas. A propósito… ¿también me mentiste
con lo de Ávila?
—No, en
eso no te mentí. Yo fui uno de esos padres… y fue algo más que una pateadura.
—¿De
veras? Claro… necesitabas estar cerca de Ávila por si hacía falta apretarlo con
lo de Chichita. Pero te pusiste demasiado cerca. ¿Me equivoco?
Hubo un
silencio del otro lado de la línea.
—Está
bien, Fussari. Ganaste, nadie te va a joder de ahora en más. Ni a vos, ni a tu
mujer ni a nadie de los que estaban en esto. No vale la pena a esta altura.
—Disculpame
si no te creo.
—Hacé lo
que quieras. Chau, que te garúe finito.
El ruido
del otro lado de la línea se hizo ominoso. Baltasar también cortó y quedó un
instante tomando aliento. Sólo cuando levantó la mirada descubrió los ojos
temerosos y ansiosos de Liliana.
—¿Y…?
—fue la pregunta que todo lo sintetizaba.
—Dijo…
que no nos van a joder más.
—¿Le
creés?
Baltasar
miró el revólver en su mano. Miró a su vez, el otro revólver en la mano de
Liliana. Se limitó a alzar el suyo, exhibiéndolo con determinación.
—Tal vez…
pero por las dudas, tengamos esto siempre a mano.
Fernando
José Cots Liébanes nació en Córdoba, Argentina, a mediados de 1950 y viene
publicando desde hace ya tres décadas. Quienes leen ciencia ficción argentina
desde hace tiempo seguramente recordarán su Los invasores del sábado (1987),
cuento que de haber existido Axxón en aquel momento nos hubiese gustado
publicar, pero claro, pasa el tiempo y ya tenemos esa historia en el número
179.
Hemos
publicado en Axxón sus ficciones: QUILINO (119), CARACOLES (123), LA NOCHE DE LA RATA (137), RECHAZO (146), OBERTURA PARA DIOSES LOCOS (147), PROCÓNSUL (160), LA TRAMPA (166), SI MARTE FALLA (177), LOS INVASORES DEL SÁBADO (179), MADUREZ (186)
Hemos
publicado en Axxón sus artículos: LAS MALAS COPIAS (192), ECOS Y SILENCIOS (195)
Este
cuento se vincula temáticamente con LA PRISIÓN, de
Vladimir Hernández y Yoss, JUGAR CON FUEGO, de
Marcelo di Marco, EL MATE TE HACE PENSAR CUANDO
ESTÁS SOLO, de Rodolfo García Quiroga
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Axxón 204
– enero de 2010
Cuento de autor latinoamericano (Cuento : Fantástico : Ciencia Ficción :
Conspiración : Experimentos : Control de la mente : Argentina : Argentino).

