Libro N° 10809. La Filosofía Como Arma De Liberación. Hernández Jaime, Pablo.
© Libro N° 10809.
La Filosofía Como Arma De Liberación. Hernández
Jaime, Pablo. Emancipación. Enero 21 de
2023
Título original: ©
La Filosofía Como Arma De Liberación. Pablo
Hernández Jaime
Versión Original: © La
Filosofía Como Arma De Liberación. Pablo Hernández Jaime
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y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LA FILOSOFÍA COMO ARMA DE LIBERACIÓN
Pablo Hernández Jaime
La
Filosofía Como Arma De Liberación
Pablo
Hernández Jaime
LA
FILOSOFÍA COMO ARMA DE LIBERACIÓN
PABLO
HERNÁNDEZ JAIME
Siempre y
para mal, me sorprende escuchar a quienes proclaman la inutilidad de la
filosofía. Se dice que no sirve para nada, que no es necesaria, que son puras
especulaciones sin sentido o que ya fue superada por “la ciencia” y “la
tecnología.” Cuando escucho tales sentencias, temo que quienes así se
pronuncian en realidad no saben de lo que hablan. Pero temo aún más que esta
idea llegue a generalizarse y que sea, precisamente, el pueblo quien llegue a
opinar así.
Para mí,
la filosofía es de un valor e importancia incalculables. Sin embargo, para
justificar mi punto de vista, trataré de desarrollar algunas ideas al respecto.
La
primera pregunta, y quizá la más difícil, es ¿qué entender por filosofía? Por
supuesto, no hay una sola respuesta. Cuando pensamos en la filosofía quizá
pensemos en grandes libros o grandes personajes. Vienen a nuestra mente nombres
como Confucio, Heráclito, Hipatia, Aristóteles, Spinoza, Wollstonecraft, Kant,
Simone De Beauvoir, Hegel, etcétera. O quizá pensemos en términos como
metafísica, ética, teología, estética, lógica, entre otros. O tal vez pensemos
sencillamente que la filosofía es aquello que hacen los filósofos y las
filósofas, que estudian en una universidad, rodeados de grandes libros, y que
se dedican a leer y a pensar todo el tiempo sobre problemas que tal vez no nos
queden muy claros.
Acaso
parezca una perogrullada decir que la filosofía es lo que hacen los filósofos.
Pero me parece que es una buena forma de comenzar porque, ¿qué hacen los
filósofos, a final de cuentas? Y la mejor manera que encuentro para responder
esta pregunta es afirmando que el filósofo reflexiona sistemáticamente.
Pero ¿qué es una reflexión sistemática? Para responder esta
pregunta es necesario decir que la reflexión es una cualidad
del pensamiento humano. Pero vamos por partes. Todos pensamos. Todos
recuperamos información de la realidad a partir de nuestra experiencia y la
analizamos. Pensamos lo que nos pasó hoy en el trabajo o en la escuela.
Pensamos en las cosas que nos gustan o en las que nos gustaría hacer. Pensamos
en las cosas que nos hacen enojar, que nos ponen felices o nos hacen sentir
tristes. Y buscamos explicaciones para las cosas que vemos, para las cosas que
les pasan a otros o las que nos pasan a nosotros. Todo esto es pensar.
Sin
embargo, nuestros pensamientos descansan, de una u otra manera, en nuestras
creencias. Y no me refiero a creencias religiosas, necesariamente. Una creencia
es algo que yo pienso y afirmo como verdadero. Puedo creer, por ejemplo, que el
fuego quema, que la tierra gira alrededor del sol, que existe la fuerza de
gravedad, que la “naturaleza humana” es ser egoísta o que las sociedades
siempre han sido y siempre serán injustas. O puedo creer, quizá, que hay
personas que nacen siendo malas y otras buenas, o que hay quienes nacen con un
talento especial para las artes y otras que no. Quizá crea en el destino, en la
magia, en el “más allá” o en alguna religión. O quizá no crea en la religión,
pero sí en la ciencia.
Todo lo
que yo pienso y afirmo como verdadero es una creencia. Y hay creencias que
resultan una obviedad para todos, como que el fuego quema. Pero ¿qué pasa con
otro tipo de creencias más difíciles de comprobar? Por ejemplo ¿cómo sabemos
que es la tierra la que gira alrededor del sol y no al revés, como parecieran
decirnos nuestros ojos cuando vemos que “el sol sale” por el este y “se oculta”
por el oeste? ¿Cómo sabemos si hay, o no, gente que nace buena o mala? ¿Qué es
eso que llamamos “naturaleza humana” y cómo sabemos si es egoísta o no? ¿existe
el destino o la magia? Todas estas preguntas son más difíciles de responder.
Tal vez para algunos resulten “obvias” y eso será, a final de cuentas, porque
ellos ya tienen una creencia arraigada en su pensamiento. Sin embargo, frente a
estas preguntas, será fácil encontrar que diferentes personas tienen distintas
respuestas o quizá descubramos que hay quienes ni siquiera se han hecho estas
preguntas.
Todos
pensamos y nuestros pensamientos están llenos de creencias sobre el mundo,
sobre nosotros mismos y sobre los demás. Sin embargo, hay creencias que muchas
veces no cuestionamos ni analizamos. A veces no sabemos bien por qué creemos lo
que creemos, incluso si creemos cosas contradictorias. Es ilustrativo, por
ejemplo, cómo muchos dichos populares tienen otro dicho que dice lo contrario:
piensa mal y acertarás vs cree el ladrón que todos son de su
condición; a quien madruga Dios lo ayuda vs no por mucho madrugar
amanece más temprano; mala hierba nunca muere vs no hay mal
que dure 100 años.
Pero ¿qué
es pensar reflexivamente? Una manera sencilla de decirlo es con una metáfora:
la reflexión es como el espejo de nuestro pensamiento, donde éste se voltea a
ver a sí mismo. Así, y dicho en términos muy generales, la diferencia entre
pensar reflexivamente y pensar irreflexivamente es que en el primer caso el
pensamiento no solo presta atención a la situación o problema que analiza, sino
que también presta atención a las creencias que pone en juego y a la manera en
que razona. La reflexividad es el punto de partida para corregir y mejorar
nuestra forma de pensar. Y todos pensamos reflexivamente de vez en cuando. Sin
embargo, el pensamiento filosófico es un pensamiento sistemáticamente
reflexivo. En otras palabras, el pensamiento filosófico es un pensamiento
que se plantea a sí mismo el propósito explícito de analizar algún fenómeno o
problema vigilando constantemente las creencias que pone en juego y los
razonamientos que utiliza para analizarlo.
No es
gratuito, entonces, que la filosofía sea la madre de todas las ciencias. Todas
las ciencias que conocemos hoy, en su momento fueron desprendiéndose poco a
poco de la filosofía. La psicología era una rama de la filosofía. La
sociología, antes de ser una ciencia aparte, era filosofía social. Y lo mismo
pasó con la economía, la biología, la química, la física, la medicina y las
matemáticas. Muchos de los primeros filósofos se dedicaban a abordar una gran
cantidad de estos problemas. Sin embargo, con el desarrollo del pensamiento y
el avance del conocimiento se fue haciendo necesaria la especialización, sobre
todo en aquellas áreas dedicadas a los fenómenos más evidentemente materiales.
Así, las áreas de conocimiento orientadas a describir, comprender y explicar
los distintos aspectos de la realidad fueron ganando autonomía e independencia.
Como
resultado de este proceso, lo que suele entenderse como filosofía se ha visto
reducido a ciertas áreas que, en lo general, parecieran no
orientarse directamente a fenómenos de la realidad. Históricamente, comenzamos
a ver a la filosofía como abocada a problemas muy abstractos: ¿cuál es la
naturaleza del ser?, ¿qué es la belleza?, ¿es posible el conocimiento?, ¿cómo
entender el bien y el mal?, ¿existe Dios?, ¿qué es la justicia?, ¿qué es la
libertad?
Sin
embargo, esta apreciación de la filosofía es imprecisa. Es cierto que las
distintas ciencias están dedicadas a estudiar, de manera sistemática, los
diferentes aspectos de la realidad. En cierto modo, las ciencias naturales,
sociales y cognitivas se han repartido el mundo cognoscible. Sin embargo, de
aquí no se sigue que estas ciencias caigan fuera del dominio de la filosofía.
¿Por qué? Porque el quehacer científico, al ganar independencia y
especialización, muchas veces pierde de vista otro tipo de problemáticas
propias de su quehacer. Y entonces pasa una cosa muy interesante. La ciencia
misma se vuelve objeto de reflexión filosófica. Así es como nacen la filosofía
de la física, de las matemáticas, de las ciencias cognitivas, de la biología,
etcétera. Y así es como, a pesar del nacimiento de las ciencias sociales, la
filosofía política nunca fue sustituida. Las ciencias no suprimen a la
filosofía, sino que la llevan a un nuevo nivel[1].
Lo que
tienen en común el desarrollo de la filosofía, la ciencia y las nuevas
filosofías es que, en todos los casos, hay un ejercicio de reflexión
sistemática. Este ejercicio es lo que constituye el corazón de la
filosofía.
Pero
quizás sea pertinente hacer una aclaración adicional. Sí, la reflexión
sistemática es la actividad central de la filosofía. Pero la filosofía, en su
historia, ha tenido muchos avances. Muchos filósofos y filósofas han dedicado
grandes esfuerzos a analizar una gran cantidad de fenómenos y problemas. Y como
resultado de esta actividad, han surgido escuelas y corrientes de pensamiento,
se han erigido teorías y se han identificado nuevas problemáticas. Todo esto
también es filosofía. Pero aquí la filosofía no se nos presenta como actividad,
como práctica, sino como un producto o resultado de esa actividad. Aquí la
filosofía se nos presenta como la obra de los filósofos. Y esta obra es muy
importante, porque –parafraseando a Engels (1974)– nada nos ayuda más a
desarrollar nuestro propio pensamiento reflexivo que atendiendo a las
reflexiones sistemáticas de otros; y nada nos ayuda más a avanzar en el
horizonte del pensamiento filosófico que conociendo los avances de otros
pensadores.
Por lo
general, la formación profesional de los filósofos sigue esta línea: los
estudiantes abordan la historia y el pensamiento de otros filósofos, conocen
las diferentes tradiciones y escuelas de pensamiento, y tratan de participar
con sus propias reflexiones en el análisis de algún problema que les haya
resultado interesante. Por eso, a veces, pudiera parecer que los
filósofos solo se dedican a leer a grandes pensadores, a
analizar problemas y conceptos de esos pensadores, y a escribir sus propias
ideas al respecto. Y probablemente la filosofía académica suela comportarse de
esta manera. Sin embargo, de aquí no se sigue que tales reflexiones estén
desconectadas de la realidad; además, la filosofía no se circunscribe
necesariamente a la academia. Y este es el punto al que quiero llegar.
En su
desarrollo histórico, la filosofía también se ha ido especializando. Por eso, a
veces pareciera que es algo muy abstracto y alejado de nosotros. Sin embargo,
no hay que perder de vista que la filosofía no se reduce a las tradiciones o
teorías. El corazón de la filosofía, lo que mantiene viva a la filosofía es la
reflexión sistemática. Por supuesto, esto no es un llamado a hacer a un lado
las distintas tradiciones filosóficas. Estas tradiciones son necesarias y muy
útiles, como ya mencioné. Sin embargo y a mi modo de ver, es preciso enfatizar
el carácter de la filosofía como práctica, como actividad. ¿Por qué? Porque la
filosofía es un arma de liberación.
Cuando
una persona desarrolla su capacidad de reflexión sistemática, muchas cosas
empiezan a pasar. En principio, la persona se vuelve más capaz de dudar. Pero
no me refiero a una duda torpe, que solo desconfía por desconfiar,
probablemente por aferrarse irreflexivamente a sus propias creencias, sino a
una duda inteligente, que cuestiona las razones de su propio pensamiento y, en
esa medida, es más consciente de lo que cree y por qué lo cree. Ejercitar el
pensamiento filosófico hace, también, que las personas afilen su capacidad de
análisis. Su pensamiento, entonces, se vuelve más riguroso y ordenado. Y con
esto, las personas van adquiriendo la capacidad de ser críticas. Y por crítica
no me refiero a la sola capacidad de juzgar y valorar las cosas como buenas o
malas o como correctas o equivocadas. La crítica, filosóficamente hablando, no
consiste solo en emitir un juicio. Cualquiera puede juzgar, a veces
equivocadamente. Pero la crítica es otra cosa. La crítica es la superación de
nuestras concepciones previas; es la sustitución de dichas concepciones por
otras nuevas y más precisas, más cercanas a la verdad. Cuando una persona
desarrolla su capacidad de reflexión sistemática, entonces, es más cautelosa
con sus creencias, más ordenada y rigurosa para analizar problemas y
situaciones, y se va volviendo crítica.
Y es
precisamente esta cualidad, la de ser críticos, la que nos permite, poco a
poco, desarrollar una consciencia más verdadera de nuestra realidad, tanto de
la realidad que vivimos como de la realidad que somos. En otras palabras, la
conciencia crítica es la base para conocernos a nosotros mismos y para conocer
nuestra posición en el mundo. Y en esa medida, la conciencia crítica, no solo
es la base de una nueva y más precisa comprensión de la realidad, sino que
también es la base para su transformación.
Precisamente
a esto se refería Gramsci, en sus Apuntes para una introducción y una
iniciación en el estudio de la filosofía y de la historia de la cultura (1975),
cuando formulaba la siguiente pregunta:
¿Es
preferible “pensar” sin tener conciencia crítica, en forma disgregada y
ocasional, o sea “participar” en una concepción del mundo “impuesta”
mecánicamente por el ambiente externo, y por lo tanto por uno de tantos grupos
sociales en los cuales cada cual se encuentra automáticamente incluido desde su
entrada en el mundo consciente (…) o es preferible elaborar la propia
concepción del mundo consciente y críticamente y por lo tanto, en conexión con
tal esfuerzo del propio cerebro, elegir la propia esfera de actividad,
participar activamente en la producción de la historia del mundo, ser guía de
sí mismos y no ya aceptar pasivamente y supinamente desde el exterior el sello
de la propia personalidad? (Gramsci, 1975, p. 246).
La
consciencia crítica, entonces, nos permite “participar activamente en la
producción de la historia del mundo.” Y esa historia no es otra que nuestra
propia historia. La filosofía, en la medida que desarrolla nuestra capacidad de
reflexión sistemática y nos permite pensar críticamente, nos ayuda a alumbrar
nuestro camino. Y yo creo que esto es de una importancia y valor incalculables.
Por eso temo cuando se menosprecia la importancia de la filosofía. Y por eso
temo aún más que esta opinión llegue a generalizarse y que llegue a ser el
pueblo mismo quien opine así. Porque nuestra realidad social dista enormemente
de ser el mejor de los mundos posibles. Vivimos constantemente bajo el yugo
lacerante de muchas formas de desigualdad, pobreza, violencia y represión.
Millones de personas sufrimos las consecuencias de estos problemas, y sin
embargo hay quienes las sufren en grado mayor. Y nadie vendrá a rescatarnos. No
existen los salvadores. Es el pueblo mismo, los trabajadores, las personas en
situación de pobreza, las mujeres y todos los grupos subalternos que, de una u
otra forma, experimentan en carne propia los malestares más acuciantes de esta
sociedad, los que tienen que levantarse y hacerse oír, hacerse ver, hacerse
sentir: existimos, aquí estamos, y merecemos algo mejor.
La
filosofía no es útil para los tiranos, pero es urgente para
quienes deben soportarlos.
Pablo
Hernández Jaime es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México e
investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] Hay
otra razón por la que ninguna ciencia cae fuera del dominio de la filosofía y
es que el ejercicio de cualquier ciencia supone dos cosas: por un lado, una
postura epistemológica y, por otro lado, un ejercicio metodológico. Ambas
cosas, la epistemología y la metodología, están en el corazón de la ciencia y
ambas están fuertemente ancladas en la filosofía. Sin embargo, este problema
escapa a los límites del presente ensayo.
Referencias
Dolléans,
É. (1962). Historia del Movimiento Obrero. Tomo 1. 1830-1871.
Editorial Universitaria de Buenos Aires.
Engels,
F. (1974). Viejo Prólogo para el “Anti-Dühring.” In C. Marx y F.
Engels: Obras Escogidas en Tres Tomos. Tomo III. Progreso.
Gramsci,
A. (1975). Apuntes para una introducción y un inicio en el estudio de la
filosofía y la historia de la cultura. In V. Garratana (Ed.), Cuadernos
de la cárcel. Tomo 4. Ediciones Era.

