Libro N° 10807. Estructura Social, Conocimiento Y Poder Popular. Hernández Jaime, Pablo.
© Libro N° 10807.
Estructura Social, Conocimiento Y Poder Popular. Hernández
Jaime, Pablo. Emancipación. Enero 21 de 2023
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Estructura Social, Conocimiento Y Poder
Popular. Pablo Hernández Jaime
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Social, Conocimiento Y Poder Popular. Pablo Hernández Jaime
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ESTRUCTURA SOCIAL, CONOCIMIENTO Y PODER POPULAR
Pablo Hernández Jaime
Estructura
Social, Conocimiento Y Poder Popular
Pablo
Hernández Jaime
ESTRUCTURA
SOCIAL, CONOCIMIENTO Y PODER POPULAR
PABLO
HERNÁNDEZ JAIME
En La
causa marxista por la liberación humana: verdad, ética y política[1] afirmé
que el marxismo, en tanto causa por la liberación humana, busca erradicar toda
forma de opresión, ya sea bajo la forma de explotación, exclusión o dominación.
Y dije también que las distintas formas de opresión, en su devenir histórico,
suelen tener su origen en el proceso social de enajenación. Pero ¿qué quiere
decir esto? Comencemos por aquí.
i.
estructura social y desarrollo histórico
La
enajenación[2]no se
reduce a la percepción subjetiva de malestar, sino que constituye un concepto
mucho más amplio que engloba distintos fenómenos particulares, desde la
explotación, el despojo y la subsunción del proceso de trabajo,
hasta la propiedad privada, las religiones, la formación de Estados y la
edificación de fetiches.
La
enajenación es, en su definición más general, la pérdida de un proceso o
producto de la actividad humana. Decimos que algo se enajena cuando ese algo
deja de estar bajo el control de su creador, llegando incluso a someterlo; por
ejemplo, cuando un concepto se vuelve dogma, cuando la riqueza es extraída a
los trabajadores mediante la explotación o cuando un aparato de administración
y gobierno (como es el Estado) se escinde de sus gobernados, concentrando el
poder y negando o pichicateando el derecho de participación política.
La
enajenación social ocurre allí donde los fenómenos sociales adquieren una
lógica propia que escapa a la voluntad y control de las personas que producen y
reproducen dichos fenómenos.
Sin
embargo, las distintas formas de enajenación no son un mero problema de falsa
consciencia, sino fenómenos históricos que aparecen ahí donde las
condiciones del desarrollo social lo permiten. De manera que a la enajenación
no se la supera solo con explicaciones, sino transformando y superando las
condiciones materiales a las que debe su existencia. No basta decir, por
ejemplo, que el mercado es una forma enajenada de las relaciones sociales de
asignación de recursos, donde la asignación deja de estar sujeta a la voluntad
de las personas y empieza a regirse por “sus propias leyes”, haciendo que las
personas queden sujetas a la dinámica inmanente de los mercados y no los
mercados sujetos a la dinámica de las personas. No. No basta saber eso para
superar las relaciones mercantiles. Los mercados surgen ante la necesidad
histórica del intercambio de recursos entre productores privados, condición que
no podrá ser superada mientras siga habiendo propiedad privada o mientras no se
desarrolle algún medio de asignación distinto al mercado, más eficiente que
éste y al menos igual de intuitivo.
De manera
que las distintas formas de enajenación, en tanto fenómenos históricos, abren
paso a determinadas estructuras sociales con lógica propia tales como el
mercado, la propiedad privada, el capital, el Estado, los sistemas culturales y
de creencias, incluyendo la religión, etcétera. Cabe aclarar que, aquí, el
concepto de estructura no se refiere solo a aspectos
económicos, sino a todo fenómeno que, al enajenarse, genera una lógica propia
que es relativamente independiente de la voluntad de los individuos que
participan en ella. Sin embargo, Marx claramente da prioridad a la estructura
económica; y esto es así, precisamente, porque las prácticas y relaciones
económicas, en tanto base de la subsistencia social, representan la condición
de posibilidad para el desarrollo de cualquier otra estructura. De aquí que
Marx considerara en su Prólogo a la Contribución a la
crítica de la economía política que la estructura económica es la base
de la sociedad, mientras el resto de las estructuras emergen sobre ella, aunque
no de manera unilateral ni mecánica.
Ahora
bien, al ser un producto histórico, las estructuras sociales no son voluntarias
y no pueden transformarse a capricho. Aunque por la misma razón, al ser estas
un producto de la actividad humana, tampoco son inmutables. De hecho, las
estructuras sociales se encuentran en constante cambio, aunque guiadas por una
tendencia que les es propia y que solo puede quedar sujeta al control
consciente de las personas en la medida en que éstas logran conocer el fenómeno
e implementar las medidas pertinentes para tal fin.
“Pero”
–alguien podría objetar– “las estructuras sociales se pueden suprimir, por
ejemplo, interviniendo políticamente para impedir la acumulación de capitales y
redistribuir los medios de producción, favoreciendo la pequeña propiedad y la
libre competencia; o podría prohibirse la economía de mercado; o, incluso,
podrían suprimirse los Estados, eliminando las funciones de representatividad
política, la burocracia, la administración central de los bienes públicos y los
cuerpos de seguridad.” Sin embargo, allí donde se quiera prohibir por decreto
la acumulación, pero existan las dinámicas de producción que llevan a la
acumulación, será prácticamente imposible impedir el surgimiento del capital;
allí donde se quieran prohibir los mercados, pero los mecanismos de asignación
de recursos sean subóptimos, surgirán mercados negros; y allí donde se crea que
las funciones del Estado son voluntariamente prescindibles, estas volverán a
surgir.
De aquí
la tesis marxista que, refiriéndose a la estructura económica, sostiene que
“ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las
fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más
elevadas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para
su existencia hayan madurado dentro de la propia sociedad antigua.”[3] Y
esto es así, precisamente, porque, para Marx, la estructura económica de una
sociedad depende de ciertas condiciones sociales (a las que llama relaciones de
producción) y que solo se transforman paulatinamente, conforme la propia lógica
del modo de producción se desarrolla. Así, por ejemplo, la propiedad privada de
los medios de producción y el intercambio mercantil son dos de los pilares del
capitalismo. Sin embargo, el desarrollo mismo del capitalismo lo que hace es
concentrar la propiedad, anulando progresiva y relativamente la competencia, al
mismo tiempo que tecnifica y automatiza los medios de producción y de
circulación de bienes mercancías, con lo que, paulatinamente, crea las
condiciones objetivas para la superación del intercambio mercantil (creando
condiciones para la planificación, producción y asignación en tiempo real) y
para la abolición de la propiedad privada de los medios de producción
(socializando la producción a escala global mediante cadenas internacionales de
valor). Es decir, la lógica del desarrollo capitalista crea las condiciones
para una nueva organización económica, al destruir las relaciones sociales que
permiten su propia existencia.
En
síntesis: las estructuras sociales en general y la estructura económica en
particular, al ser productos históricos, no se pueden suprimir a voluntad, si
no es mediante la superación de las condiciones materiales que las hacen
necesarias.
ii.
Reforma o revolución
Si las
estructuras de una sociedad se desarrollan “por sí mismas” y no podemos
cambiarlas a voluntad, entonces ¿para qué pensar en una revolución? ¿No sería
mejor solo esperar el inminente y fatal desarrollo de la historia? ¿No sería
mejor, incluso, solo limitarnos a buscar algunas cuantas reivindicaciones para
atenuar los males, indeseables, pero necesarios de esta sociedad? Veamos.
En La
causa marxista… afirmé que “el marxismo es, ante todo, una causa ética
y política por la liberación humana.” Pero ¿no es esto un contrasentido con los
propios planteamientos económicos e históricos del marxismo? ¿Cómo puede el
marxismo suscribir una concepción de la historia donde las estructuras sociales
no pueden estar sujetas al capricho humano y, al mismo tiempo, erigirse como
una causa política? La respuesta breve es no: no es un contrasentido. Y no lo
es porque hace falta considerar al menos dos elementos más en el análisis; el
primero tiene que ver con la concepción marxista de la ciencia y su potencial
emancipatorio; el segundo tiene que ver con la dimensión política de la lucha
de clases, es decir, la lucha de clases en tanto búsqueda por la liberación
política de las clases oprimidas[4].
Conocimiento
científico y revolución
Para el
marxismo, la ciencia, en tanto actividad que busca desentrañar el conocimiento
relativo a algún fenómeno, guarda un enorme potencial revolucionario. Y esto es
así porque con el conocimiento de la realidad y, en este caso, con el
conocimiento de las estructuras sociales se vuelve posible comprender sus
principales tendencias y lógicas de funcionamiento. Y este conocimiento,
traducido en acciones, es poder, porque al comprender las tendencias y lógica
de una estructura, entonces, podemos crear mejores estrategias para intervenir
en ella.
Así, por
ejemplo, si sabemos que el desarrollo de las fuerzas productivas, en tanto
medios de producción y circulación, es crucial para superar el capitalismo,
entonces quedará claro que un proyecto socialista que tenga como objetivo
abolir las relaciones capitalistas de producción, no puede dejar de cumplir con
esta tarea, ya sea bajo una economía mixta (con empresas estatales y capital
privado) o de algún otro tipo. No será suficiente trabajar con formas
alternativas de producción local o regular a las empresas privadas, y no será
suficiente estatizar la economía. Todo esto se puede hacer, pero no será
suficiente para superar al capitalismo. Las alternativas de economía local no
podrán superar la capacidad técnica de la gran producción y, sujetas a la lógica
del mercado, desaparecerán o se erigirán en capitales. Las regulaciones a la
empresa privada no cambiarán en nada la lógica del sistema. Y la sola
estatización de la economía, sin una transformación estructural orientada al
desarrollo de las fuerzas productivas, solo generará nuevas formas de opresión
económica, esta vez al amparo del Estado mismo, pues la propiedad estatal sigue
siendo propiedad privada y al ser el Estado dueño de la economía, en relación
con el mercado mundial, se habrá erigido en un capitalista más, aunque de
distinto tipo.
Pero algo
que resulta más importante con respecto a este ejemplo es que, al conocer las
pautas del desarrollo capitalista, se descubre, además, que su desarrollo no es
homogéneo, sino desigual; es decir, que el desarrollo capitalista varía de país
a país y de región a región, y además algunas regiones y países solo se
integran al capitalismo bajo relaciones de dependencia que minan su propio
potencial de desarrollo[5]. De
manera que, por sí mismo y sujeto a su propia lógica, el capitalismo –muy
probablemente– nunca termine de desarrollar las fuerzas productivas en los
países del llamado Sur Global.
Con este
breve ejemplo queda claro como el conocimiento científico sobre las estructuras
sociales en general y sobre la estructura económica en particular no solo puede
servir como guía para la intervención, diciéndonos, por ejemplo, la centralidad
que tiene el desarrollo técnico en la posible superación del capitalismo, sino
que incluso nos dice que, dada nuestra posición en la economía mundial como
países dependientes, entonces, el tan esperado desarrollo económico quizá nunca
llegue si lo dejamos a la propia lógica del capitalismo. En otras palabras, el
conocimiento científico de la estructura económica no solo nos dice que es
posible intervenir políticamente para revolucionar la economía, sino que nos
dice que, en casos como el nuestro es, además, una necesidad.
En
síntesis: que un fenómeno social tenga lógica propia no hace imposible que
podamos intervenir en él, pero sí demanda de nosotros, para poder intervenir
adecuadamente, que lo conozcamos científicamente. La revolución no puede
guiarse por caprichos, pero sí puede y debe hacerlo desde el conocimiento
científico.
Poder
popular y revolución
La causa
marxista por la liberación no solo busca la revolución económica, aunque
considere que ésta es indispensable para cualquier otro cambio social profundo.
El marxismo persigue, además, la formación de un poder popular organizado,
consciente e independiente que sea artífice de su propia liberación. En este
sentido, Marx se distancia de socialistas como Blanqui, quien buscaba directa y
expresamente la dictadura política de una élite. La distinción no es menor, pues,
aunque Marx sabe que la construcción de un Estado popular (volkstaat)
puede ser no solo útil sino crucial para el ejercicio político de las clases
populares, sabe que el objetivo de una revolución no consiste en un recambio de
amo; es decir, el objetivo perseguido por Marx no es la creación de una dictadura
de Estado que concentre todo el poder. Y no debemos confundirnos.
Cuando Marx dice que el socialismo solo puede ser la dictadura del
proletariado se refiere a que el socialismo, en tanto forma de
organización social y económica efectivamente orientada a defender los
intereses de las clases oprimidas, solo podrá ser considerado tal socialismo en
la medida en que sistemática y tendencialmente trabaje por superar las
relaciones de producción capitalistas, suprimiendo progresivamente la explotación,
al tiempo que procura el bienestar social y combate otras formas de opresión,
por ejemplo, la política.
La dictadura
del proletariado solo podrá ser considerada tal en la medida en que el
proyecto socialista en cuestión trabaje, al menos y progresivamente, en torno a
cuatro grandes ejes: 1) el desarrollo de las fuerzas productivas para la
superación de las relaciones capitalistas de producción; 2) la formación de un
equilibrio geopolítico para aligerar las ataduras que mantienen las relaciones
de dependencia económica; 3) el mejoramiento de las condiciones de vida de los
trabajadores mediante el crecimiento del empleo, el establecimiento de
políticas laborales y la formación de lo que hoy denominaríamos un estado de
bienestar; y 4) el fomento y cuidado de un poder popular consciente
y autónomo con amplia participación política. Y este cuarto punto es el que
busco enfatizar aquí.
La
emancipación política del pueblo es la superación de su enajenación política.
Esta enajenación consiste, fundamentalmente, en la separación tajante y
excluyente del pueblo con respecto al Estado, comandado éste último por una
élite política típicamente relacionada con las élites económicas, si no es que
integrada directamente por ellas. Y esta enajenación cobra una forma aún más
hostil cuando el aparato estatal, además de estar escindido del pueblo, coopta
y controla a los trabajadores y sectores populares, por ejemplo, con la
creación de sindicatos serviles y vendidos (que en México llamamos charros)
o con la usurpación de la dirección en las organizaciones sociales[6]. La
supresión de esta enajenación política consiste, entonces, en el aumento
progresivo, consciente, organizado y autónomo de la participación popular en
los asuntos públicos.
Como
intenté sintetizar en Soberanía popular y cambio de clase política[7], el
poder, que comúnmente identificamos como depositado en la estructura del
Estado, no es, en lo fundamental, otra cosa que un potencial de acción
colectiva; en otras palabras, el poder no es más que el poder-hacer del actuar
en colectivo. De aquí la soberanía inalienable del pueblo. Sin embargo, el
Estado, en tanto estructura de gobierno, suele contar con al menos tres fuentes
de control que lo llevan a detentar este poder mediante la obediencia y la
administración central: 1) el monopolio de la violencia mediante los cuerpos de
seguridad, como el ejército y las policías; 2) el control directo o indirecto
de la economía y la administración de los bienes públicos; y 3) la constante
búsqueda de legitimidad, es decir, el reconocimiento social de que los poderes
depositados en él son debidamente detentados. Y como resultado
de estas tres asimetrías: las armas, los recursos y el reconocimiento, el
Estado adquiere no solo los medios materiales, sino también los medios
jurídicos y simbólicos para lograr su dominación. Estos son, en lo fundamental,
los mecanismos con que el Estado reproduce la enajenación política que lo
constituye.
Sin
embargo, los Estados son también el resultado de condiciones históricas
objetivas y, por tanto, no pueden ser suprimidos a capricho, si no es superando
las condiciones que los vuelven necesarios. En este sentido, resulta difícil
plantear la superación espontanea y directa del poder estatal, cuya formula
básica y más radical sería poner la propiedad de los medios de
producción directamente en las manos del pueblo armado y organizado,
logrando con ello la reapropiación de las tres fuentes de
poder antes mencionadas. Puesto en estos términos, la superación del Estado
supone, al mismo tiempo, la superación de la propiedad privada y la división de
la sociedad en clases, la superación de los antagonismos geopolíticos (que
demandan la formación de ejércitos regulares) y la creación de una organización
popular consciente y autónoma. En otras palabras, la superación del Estado
implica la superación del modo de producción capitalista y la integración
global de la sociedad. Si lo anterior es verdad, se sigue, casi por necesidad,
que todo proyecto socialista de transición deberá tomar, de uno u otro modo,
cierta forma estatal, aunque no necesariamente a la manera de una dictadura
de Estado, con un gobierno despótico e hipercentralizado.
El Estado
popular debe distinguirse radicalmente de los Estados
burgueses, no solo por sus intenciones de desarrollar las fuerzas
productivas, por sus políticas sociales o por su papel en la geopolítica.
El Estado popular debe distinguirse de los Estados
burgueses por su relación con el pueblo, promoviendo la creación de
un poder popular consciente y autónomo bajo la forma de una
gran organización social.
La
creación y consolidación de esta organización del pueblo es la sustancia de una
revolución política de corte socialista; ella representa la posibilidad de un
involucramiento que supere los límites de la democracia representativa y
participativa de corte liberal; aunque, claramente, la existencia de tal
organización no excluye necesariamente la presencia de parlamentos, elecciones,
referendos, consultas, etcétera; por el contrario, todos estos aspectos son un
complemento necesario. Pero la formación de un poder popular no
es solo una forma de hacer democracia; es también un medio de defensa del
propio proyecto socialista. Por su propia naturaleza, un proyecto así buscará
ganar control directo sobre la economía y, al mismo tiempo, buscará moverse en
la correlación de fuerzas geopolítica; de manera que dicho proyecto terminará
por generar, casi necesariamente, relaciones de conflicto con las élites
nacionales e internacionales, por lo que necesitará algo más que legitimidad
para sostenerse. Y es aquí donde el poder popular juega su
papel, pues cuando un proyecto así está respaldado por la participación del
pueblo organizado, consciente e independiente, el Estado popular obtiene
no solo legitimidad, en tanto reconocimiento, sino un apoyo más directo y
decidido.
En
síntesis: el poder popular no solo representa uno de los
objetivos de todo proyecto socialista, en tanto búsqueda por la emancipación
política de los trabajadores y clases populares, sino que constituye además una
medida de defensa necesaria del mismo proyecto.
*
* *
En
conclusión, la causa marxista por la liberación busca erradicar, en última
instancia, todas las formas de opresión social. Sin embargo, no se plantea esta
tarea en abstracto. El marxismo comprende que las distintas formas de opresión,
ya sea bajo la forma de explotación, exclusión o dominación, son resultado de
un proceso histórico mediado por el surgimiento de estructuras con lógica
propia (enajenadas), mismas que no pueden ser suprimidas por capricho. Dentro
de estas estructuras, Marx considera la económica como la más relevante, pues
es ésta la que permite la subsistencia y, por tanto, es la condición de
posibilidad del resto de estructuras. Sin embargo, de este carácter autónomo de
las estructuras sociales no se sigue que las clases populares no puedan hacer
nada para cambiar su situación y deban esperar sentados el fatal desarrollo de
la historia. Pueden cambiar su situación; mas para eso es necesario el uso
revolucionario de la ciencia y la formación de un poder popular bajo
la forma de una gran organización social. El conocimiento científico servirá
para comprender la lógica y tendencias propias de las estructuras de opresión
social en general y de opresión económica en particular, de manera que sea
posible plantear estrategias eficaces para atenuar sus consecuencias negativas
y superar sus condiciones sociales de existencia. Por otro lado, la creación de
un poder popular organizado, autónomo y consciente, servirá
directamente para avanzar en la superación paulatina de la opresión política,
fortaleciendo una verdadera democracia social, al tiempo que este poder sirve
también como principal soporte para la formación de un proyecto de gobierno
socialista y la conformación de un Estado popular.
Frente al
reformismo que, en el mejor de los casos, se limita a conformar un estado de
bienestar con desarrollo económico, pero sin la intención de superar las
actuales relaciones de producción ni la enajenación política de las clases
populares, la revolución socialista constituye un intento deliberado para
la toma del poder en favor de la construcción de un poder
popular y una democracia social que, en su funcionamiento integral,
avancen sistemáticamente hacia la superación del modo de producción capitalista,
no por decreto o capricho, sino científicamente.
Pablo
Hernández Jaime es Maestro en Ciencias Sociales por El Colegio de México e
investigador del Centro Mexicano de Estudios Económicos y Sociales.
[1] HTTPS://CEMEES.ORG/2021/03/14/LA-CAUSA-MARXISTA-POR-LA-LIBERACION-HUMANA-VERDAD-ETICA-Y-POLITICA/
[2] Para
más detalles, revisar la nota Marx: su concepto de enajenación (HTTPS://CEMEES.ORG/2019/05/05/MARX-SU-CONCEPTO-DE-ENAJENACION/) o
el podcast
Sobre el
concepto de enajenación (HTTPS://CEMEESORG.FILES.WORDPRESS.COM/2020/06/EC-02-PABLO.MP3)
[3] Marx, Prólogo de
la Contribución a la crítica de la economía política.
[4] Y
digo clases oprimidas considerando no solo a las clases explotadas
económicamente, sino también a aquellas que están sujetas a formas de exclusión
y dominación.
[5] Ver
por ejemplo a Ruy Mauro Marini, Dialéctica de la dependencia.
[6] A
este tipo de enajenación política se refiere Revueltas cuando analiza el caso
mexicano en su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza
[7] HTTPS://CEMEES.ORG/2021/03/29/SOBERANIA-POPULAR-Y-CAMBIO-DE-CLASE-POLITICA/

