Libro N° 10806. Ensayo Sobre La Guerra De Independencia, Causas Y Contradicciones De Una Revolución. Pérez, Abentofail.
© Libro N° 10806.
Ensayo Sobre La Guerra De Independencia, Causas Y
Contradicciones De Una Revolución. Pérez,
Abentofail. Emancipación. Enero 21 de 2023
Título original: ©
Ensayo Sobre La Guerra De Independencia,
Causas Y Contradicciones De Una Revolución. Abentofail Pérez
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Sobre La Guerra De Independencia, Causas Y Contradicciones De Una Revolución.
Abentofail Pérez
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ENSAYO SOBRE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA, CAUSAS Y
CONTRADICCIONES DE UNA REVOLUCIÓN
Abentofail Pérez
Ensayo
Sobre La Guerra De Independencia, Causas Y Contradicciones De Una Revolución
Abentofail
Pérez
ENSAYO
SOBRE LA GUERRA DE INDEPENDENCIA, CAUSAS Y CONTRADICCIONES DE
UNA REVOLUCIÓN
ABENTOFAIL
PÉREZ
El
estudio teórico de los problemas sociales es una condición necesaria para la
transformación de la realidad. El arma de la crítica se revela indispensable si
se pretende echar luz sobre fenómenos que, de no ser por ella, permanecerían
fuera de nuestra comprensión. El divorcio artificial que se pretende hacer
entre la teoría y la práctica vuelve obsoletos a quienes se coloquen en
cualquiera de estos dos extremos. Esta relación dialéctica exige que la teoría
se vuelva radical si se reconoce como arma de transformación; y sólo puede
volverse radical en cuanto ataca la raíz de las cosas, es decir, sólo en la
medida en que es “la realización de las necesidades” de un pueblo. Una
interpretación, estudio o crítica que se aleje de estas “necesidades” podrá
servir para regodeo de los intelectuales, para afectar superioridad sobre las
masas o para regocijo personal; sin embargo, y, a pesar de la fatuidad que
reporte a sus autores, tendrá la misma utilidad que un fósforo para un topo. La
teoría como arma tendrá su realización en cuanto reconozca la realidad tal y
como es, y para ello tendrá que ir al núcleo generador de ésta, es decir, a su
fundamento económico.
De esta
manera nos adentramos en el estudio de uno de los procesos más significativos
para la consolidación de la nación mexicana: la Guerra de Independencia. Las
interpretaciones al respecto podrían llenar bodegas, pero son pocas las que se
centran en lo fundamental; es decir, son escasos los estudios que resultan
útiles en aras de una transformación, que no son análisis puramente
recreativos, sino que sirven como arma para la revolución. Ir a lo fundamental,
en historia, es ir a las raíces económicas, aquellas que crean las condiciones
materiales de existencia a las que después se enfrenta el hombre y con las que
tendrá que lidiar. No significa esto que la potencia humana, la voluntad y la
consciencia del hombre sean irrelevantes en un proceso histórico, únicamente
partimos de que son determinadas por las condiciones materiales o, en otras
palabras, es la historia la que crea a sus hacedores. Dejaremos fuera para este
análisis las interpretaciones puramente subjetivas y maniqueas de la historia y
nos centraremos en el estudio de la Independencia de México a partir del único
método verdaderamente científico de los procesos económico-sociales: el
materialismo histórico.
Las
raíces de la independencia se encuentran en el período colonial de más de
trescientos años que le precedió. Durante estos tres siglos se fueron forjando
los elementos que harían necesaria una guerra como la que en 1810 estalló en el
seno de la Nueva España. Una vez consolidado el poder español después de la
caída de Tenochtitlán, la situación de los indígenas se volvió catastrófica.
Durante los siglos XVI y XVII desapareció casi el 60% de la población indígena,
siendo la razón principal la explotación despiadada que los peninsulares
hicieron de la mano de obra nativa. Según el último cálculo de Cook y Borah,
cálculo que el historiador Friedrich Katz considera el más justo, “el número de
habitantes antes de la conquista era de 25 millones de personas; en 1532 había
cerca de 16 millones 800 mil; en 1568, 2 millones 600 mil; en 1580, 1 millón
900 mil; en 1595, un millón 375 mil.” Debido al exterminio indígena producto de
las epidemias, pero principalmente debido a los métodos de explotación
inhumanos y sanguinarios, la mano de obra comenzó a escasear y se hizo
necesaria la importación de esclavos, que alcanzó los 35 mil a mediados del
siglo XVIII. Según datos del Barón de Humboldt y Lucas Alamán, los peninsulares
a principios del siglo XIX llegaban a los 15 mil; los criollos (españoles
nacidos en México) a un millón cien mil, y los mestizos, el grueso de la
población, a los dos millones 400 mil habitantes.
A esta
limitada y poco preparada fuerza de trabajo habría que agregar, como elemento
crucial de la realidad colonial, el escaso desarrollo de las fuerzas
productivas, consecuencia precisamente del estatus de colonia en el que se
encontraba la Nueva España y a la puesta en práctica del mercantilismo, como
forma económica, implementado por la península. Estaba prohibido el comercio
con el exterior y entre colonias, así como el cultivo de productos que se daban
en España, tales como la uva y el olivo. El objetivo de la metrópoli era
mantener el monopolio de todos los productos y obligar a las colonias a ser sus
compradores cautivos, compradores de mercancías por lo demás extremadamente
caras y de muy mala calidad, considerando el desarrollo de la industria española
que por entonces iba ya muy a la zaga de la inglesa. “Los monopolios estatales
sobre la venta de la sal, sobre las bebidas alcohólicas, sobre las cartas de
juego, sobre el papel sellado, el tabaco y otros productos, impedían el
desarrollo del comercio interno” (Alperovich). A este debilitamiento
premeditado de las colonias españolas, hay que agregar las innumerables cargas
impositivas existentes. El pago del diezmo, del quinto real y de la alcabala
dejaban a la población novohispana con un nulo poder adquisitivo. La pobreza,
el hambre y la enfermedad, los tres monstruos de la miseria gobernaban la vida
de millones de seres.
El
resultado necesario de esta situación fue la aparición en casi todo el país de
rebeliones y revueltas a lo largo de tres centurias, siendo los siglos XVII y
XVIII principalmente fecundos en levantamientos populares. Destacan por su
importancia y por su carácter masivo, “la rebelión de los tepehuanos de Durango
en 1616; la de los tarahumaras en Chihuahua (1648,1650,1652); los indígenas de
Oaxaca (1660); Nuevo México (1680-1696); los indígenas de Chiapas (1695,1712);
las tribus yaquis de Sonora (1740); los indígenas de California (1743), de
Yucatán (1761), de Michoacán (1767).” (Ibíd.) y las rebeliones de esclavos
negros, entre las que destaca la del negro Yanga en Veracruz. El descontento y
la inconformidad con el orden social existente eran la raíz de todas estas
rebeliones.
La
realidad económico-social novohispana imposibilitaba el desarrollo del
capitalismo en todas las colonias, y la naciente burguesía se veía
imposibilitada a representar el papel revolucionario que le correspondía debido
al control absoluto de la metrópoli. Las relaciones feudales impedían cualquier
forma de progreso, y los impuestos y las alcabalas hacían imposible el comercio
interno y el fortalecimiento de un mercado nacional. No fue sino hasta 1774 que
se permitió a las colonias comerciar entre sí, y ya en los últimos años del
siglo XVIII se observó un crecimiento considerable de la industria y la
manufactura. Como suele suceder en todas las grandes transformaciones, las
ideas llegan siempre antes de lo que la realidad permite reconocer, de tal
manera que en la Nueva España comenzaron a permear las ideas que la
Ilustración, la independencia de las 13 colonias y la Revolución Francesa
traían consigo. La burguesía novohispana, una clase en gestación, se apropió de
estas ideas que no tardaron en manifestarse prácticamente en rebeliones y
protestas en el ocaso del siglo XVIII y en los albores del XIX. Antes del
estallido revolucionario de 1810, diversos levantamientos hicieron manifiesta
la necesidad de una revolución económica que había tardado siglos en llegar y
que la realidad reclamaba a gritos: la conspiración de Juan Guerrero en 1794;
el levantamiento encabezado por Pedro de la Portilla en 1799 mejor conocido
como “la conspiración de los sables”; el levantamiento de indígenas en Tepic y,
finalmente, los dos grandes preludios de la revolución: el desconocimiento de
Fernando VII por parte del virrey Iturrigaray, auspiciado por el ayuntamiento
de la Ciudad de México a cuya cabeza se encontraban Primo de Verdad y Juan
Francisco Azcárate, y la conspiración de Valladolid de 1809 encabezada por José
María Obeso. El primer intento de autonomía terminó con un golpe de Estado
orquestado por los peninsulares, que dejó en el poder a Francisco Venegas, y la
conspiración fue descubierta a mediados de diciembre, una semana antes del
plazo señalado para el levantamiento.
Todos
estos movimientos políticos, muchas veces olvidados por la historia, revelaban
el sentir de la sociedad novohispana. Las circunstancias reclamaban un cambio
de régimen; el sistema feudal impuesto por España no podía continuar cuando el
capitalismo reclamaba a gritos su aparición y la historia no podía obviar estos
gritos de protesta, de tal manera que la guerra civil era inevitable. La
invasión napoleónica a España fue el último golpe dado al viejo régimen, aunque
de ninguna manera puede considerarse como la causa de la Independencia; fue a
lo sumo el detonante que permitió el estallido. Es en este contexto que hacen
su aparición Miguel Hidalgo y los insurgentes, respondiendo a la exigencia de
las circunstancias. Más allá de interpretaciones románticas y subjetivas, debe
entenderse el levantamiento insurgente como una necesidad, un momento
inevitable cuyas raíces estaban mucho más allá de las motivaciones personales
de los iniciadores; ellos eran la encarnación de la idea que la realidad
reclamaba.
A finales
de febrero de 1810, Miguel Hidalgo e Ignacio Allende comenzaron a elaborar el
plan independentista que, en colaboración con Manuel Iturraga, participante de
la conspiración de Valladolid, pretendían ejecutar en diciembre del mismo año.
No fue casual que fuera el cura de Dolores quien encabezara la rebelión contra
la corona. Durante sus años en el Colegio de San Nicolás pretendió reorientar
el estudio de la teología clásica, lo que le costó su expulsión y extradición
al pueblo de Dolores. Era un ávido lector de literatura francesa: en su
biblioteca se encontraron obras de Cicerón, Demóstenes, Descartes, Moliére y
Lafontaine. Fue además un notable actor cuyas representaciones, sobre todo de
Moliére, le costaron persecuciones y censuras dentro de la Iglesia. Era
políglota, siendo el náhuatl y el francés dos de las lenguas que mejor
dominaba; fue el portador más ilustre del espíritu de la época y llevó al
pueblo de Dolores innovaciones tecnológicas tanto en agricultura como en
apicultura que lograron un desarrollo económico inusitado en la región. Hidalgo
era uno de los más preclaros hijos de su tiempo y encarnaba en su persona las
exigencias del nuevo sistema económico que él ayudaría a nacer.
Al ser
descubierta la conspiración, en septiembre de 1810, Hidalgo decidió adelantar
la ejecución de su plan programada para diciembre del mismo año. La madrugada
del 16 de septiembre dirigía estas palabras a sus feligreses: “Amigos míos y
compatriotas, para nosotros ya no existen más ni el rey ni este vergonzoso
impuesto que solo genera esclavos, ha pesado sobre nosotros durante tres
siglos, como símbolo de la tiranía y de la sumisión […] Ha llegado la hora de
la liberación, la hora de nuestra libertad.” (Hidalgo, antorcha de
eternidad). El 20 de septiembre es nombrado “Capitán general de
América” y, tras la toma de Celaya, llega a Guanajuato con más de 15 mil
hombres. El ejército estaba compuesto en su mayoría por indígenas y mestizos:
mineros, esclavos y campesinos. El 30 de octubre, con un ejército de 80 mil
hombres, Hidalgo se enfrenta al ejército realista y lo derrota en el Monte de
las Cruces, prácticamente a las puertas de la ciudad de México. La revolución
de independencia parecía llegar a su fin; aparentemente era una batalla la que
separaba a los insurgentes del triunfo definitivo.
Mucho se
ha debatido sobre la negativa de Hidalgo a entrar a la ciudad de México. La
razón más socorrida alude al carácter psicológico del cura de Dolores que,
invadido por el miedo y el remordimiento, después de la sanguinaria toma de la
Alhóndiga de Granaditas, decidió retroceder y optó por la retirada. La causa
verdadera poco tiene que ver con estas inquietudes espirituales y se halla en
el carácter de clase del ejército insurgente. El principal objetivo de la
revolución estaba encaminado a lograr las reivindicaciones sociales de las que
por siglos habían carecido los partidarios de Hidalgo, sobre todo indios y
mestizos. Sus objetivos estaban puestos en la abolición del yugo feudal y la
servidumbre; querían recuperar sus tierras y el poder económico que los
conquistadores les habían arrebatado; la única explicación posible a la
sangrienta toma de la alhóndiga radicaba en que eran precisamente los verdugos
del pueblo, los artífices del saqueo y la desgracia quienes intentaron
proteger, a costa de sus vidas, la riqueza arrebatada a las masas empobrecidas
que entonces la reclamaban. Su lucha era una lucha contra el hambre y la
miseria; sólo de manera indirecta veían como un objetivo la independencia de
España. Por su parte los criollos, en su mayoría terratenientes, comerciantes y
oficiales del ejército, veían en la revolución sólo una forma de liquidar al
viejo régimen y recuperar la posición social que sentían les era negada por las
élites peninsulares. Las diferencias, tanto en la cabeza como en el cuerpo de
la revolución, revelaban la razón del rompimiento interno, que hasta hoy la
historiografía nacional sigue atribuyendo a diferencias personales entre los
insurgentes. “Con el desarrollo de la rebelión adoptó formas agudas la lucha de
clases, y Allende y sus compañeros de campo comenzaron a intranquilizarse
viendo que Hidalgo buscaba apoyarse más en las masas populares. Intranquilos,
por el carácter demasiado radical, a su entender, del movimiento
revolucionario, consideraron que la toma de México permitiría terminar
rápidamente con las acciones militares, alcanzar la independencia y subordinar
las masas populares al control de las clases poseedoras” (Alperovich).
Los
objetivos de Hidalgo, más radicales que los de Allende, propiciaron el
rompimiento interno, ahora inevitable, una vez que los intereses de clase
habían salido a relucir. De ahí en adelante, y una vez que los dos principales
caudillos tomaran rumbos distintos, el primero hacia Guadalajara y el segundo
hacia Valladolid, la revolución perdería fuerza y la derrota sería cuestión de
tiempo. Todavía en Guadalajara Hidalgo logró reunir en su ejército a más de 80
mil hombres y fue ahí donde reivindicó el carácter social y popular del
movimiento, decretando la abolición de la esclavitud, de la división social de
castas y de los monopolios comerciales, estableciendo a su vez la igualdad como
principio y enarbolando una de las causas más sentidas entre las clases
desposeídas: la restitución de las tierras a campesinos e indígenas. “Hidalgo
fue uno de los pocos que planteó el problema de la tierra con audacia” (W. Z.
Foster).
El 16 de
enero, las fuerzas insurgentes se enfrentan a un reorganizado y nutrido
ejército realista, compuesto en su mayoría por indígenas y campesinos, muestra
clara de la todavía fragmentaria consciencia de clase, cayendo derrotados en la
batalla de Puente de Calderón. Entre mayo y julio de 1811, los insurgentes son
fusilados y sus cabezas colgadas en jaulas en cada una de las esquinas de la
Alhóndiga de Granaditas.
Tras la
muerte de Hidalgo, Morelos tomaría el mando de la insurgencia y buscaría llevar
a cabo las reivindicaciones sociales propuestas por el cura de Dolores. Los
Sentimientos de la Nación sintetizan las demandas más sentidas de las clases
populares, pero nuevamente son rechazadas por la burguesía naciente, que
advertía peligrosas las reivindicaciones demasiado radicales del siervo de la
nación. López Rayón representaría en esta segunda etapa el mismo papel que
jugaran Allende y Aldama en un principio, como representantes de los
terratenientes y comerciantes criollos, cuyo único objetivo consistía en
separarse de España, dejando intactas las diferencias sociales que tenían al
pueblo sumido en la miseria. Así pues, la Constitución de Apatzingán despoja al
documento original de Morelos de su esencia, y deja en pie únicamente las
exigencias de una clase en formación que exigía, antes que la desaparición de
las causas que originaban la desigualdad en la Nueva España, la consolidación
de la nación, premisa necesaria para la aparición del capitalismo.
Tras la
muerte de Morelos, la revolución perdió su sentido de clase y quedó en manos de
sus enemigos originarios, que, al ver triunfar la revolución liberal en España,
decidieron apropiarse de la causa independentista sintetizando sus demandas en
el Plan de Iguala, mediante el cual pretendían asegurar sus dominios y
privilegios, resguardándose de las exigencias que la Constitución de Cádiz
exigía a las élites coloniales.
En 1824,
tras la corta vida del imperio iturbidista, fue promulgada la primera
constitución de México. Las reivindicaciones sociales eran casi inexistentes,
los trabajadores siguieron siendo explotados igual de cruelmente que como lo
habían sido en tiempos de la colonia, y los indígenas, como parte de esta misma
clase, vieron truncadas sus esperanzas de recuperar la tierra que alguna vez
les perteneciera. El resultado concreto de la Independencia radicó en la
consolidación de la nación mexicana, la independencia de México respecto a
España abriría las puertas al capitalismo y la lucha de clases tomaría ahora un
nuevo cariz. No podemos hablar de una revolución fallida; fue una revolución
cuyos intereses no radicaron en la desaparición de la explotación y la
desigualdad; las clases sociales apenas estaban tomando forma y la conciencia
de estas era todavía incipiente. Fue un paso político necesario; la nueva
nación tenía, antes que buscar la desaparición de las clases, que atravesar un
proceso de desarrollo industrial y económico, una consolidación del mercado
interno y una cohesión económica que le permitiera incorporarse al nuevo
sistema económico. Esta consolidación no llegaría hasta un siglo después. La
Independencia de México fue el primer paso para la construcción del
Estado-nación, pero estaba muy lejos todavía de responder a las necesidades de
las clases explotadas. Esta tarea sigue sin realizarse y, si recordamos ahora
este momento crucial en la historia nacional, es precisamente para poner de
relieve las tareas actuales de la revolución, a saber: la lucha de clases y el
triunfo necesario e impostergable de los intereses de los trabajadores. Esos
intereses que la Revolución de Independencia, como las que le sucedieron, han
ocultado y que corresponde a los mexicanos de nuestro tiempo hacer triunfar.
Abentofail
Pérez es Maestro en Filosofía por la UNAM e investigador del Centro Mexicano de
Estudios Económicos.
Referencias
W.
Z Foster: Historia Política de las Américas, La Habana, Cuba.
Alperovich,
M. S. (1967). Historia de la independencia de México 1810-1824.

