Libro N° 10803. El Artista Y La Época. Mariátegui, José Carlos.
© Libro N° 10803.
El Artista
Y La Época. Mariátegui, José Carlos. Emancipación. Enero 21 de 2023
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El
Artista Y La Época. José Carlos Mariátegui
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Artista Y La Época. José Carlos Mariátegui
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LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS
SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
José Carlos Mariátegui
El
Artista Y La Época
José
Carlos Mariátegui
JOSÉ
CARLOS MARIÁTEGUI
El
Artista
y la
Época
“BIBLIOTECA
AMAUTA”
LIMA-PERÚ
13
EL ARTISTA Y LA EPOCA*
I
EL artista contemporáneo se queja, frecuentemente, de que esta sociedad
o esta civilización, no le hace justicia. Su queja no es arbitraria. La
conquista del bienestar y de la fama resulta en verdad muy dura en estos
tiempos. La burguesía quiere del artista un arte que corteje y adule su gusto
mediocre. Quiere, en todo caso, un arte consagrado por sus peritos y tasadores.
La obra de arte no tiene, en el mercado burgués, un valor intrínseco sino un
valor fiduciario. Los artistas más puros no son casi nunca los mejor cotizados.
El éxito de un pintor depende, más o menos, de las mismas condiciones que el
éxito de un negocio. Su pintura necesita uno o varios empresarios que la
administren diestra y sagazmente. El renombre se fabrica a base de publi-cidad.
Tiene un precio inasequible para el peculio del artista pobre. A veces el
artista no demanda siquiera que se le permita hacer fortuna. Modestamente se
contenta de que se le permita hacer su obra. No ambiciona sino realizar su
personalidad. Pero también esta lícita ambición se siente contrariada. El
artista debe sacrificar su personalidad, su temperamento, su estilo, si no
quiere, heroicamente, morirse de hambre.
--------------
* Publicado en Mundial: Lima, 14 de Octubre de 1925.
14
De este trato injusto se venga el artista detractando genéricamente a la
burguesía. En oposición a su escualidez, o por una limitación de su fantasía,
el artista se representa al burgués invariablemente gordo, sensual, porcino. En
la grasa real o imaginaria de este ser, el artista busca los rabiosos aguijones
de sus sátiras y sus ironías.
Entre los descontentos del orden capitalista, el pintor, el escultor, el
literato, no son los más activos y ostensibles: pero sí, íntimamente, los más
acérrimos y enconados. El obrero siente explotado su trabajo. El artista siente
oprimido su genio, coactada su creación, sofocado su derecho a la gloria y a la
feli-cidad. La injusticia que sufre le parece triple, cuádruple, múltiple. Su
protesta es proporcionada a su vanidad generalmente desmesurada, a su orgullo
casi siempre exorbitante.
II
Pero, en muchos casos, esta protesta es, en sus conclusiones, o en sus
consecuencias, una protesta reaccionaria. Disgustado del orden burgués, el
artista se declara, en tales casos, escéptico o desconfiado respecto al
esfuerzo proletario por crear un orden nuevo. Prefiere adoptar la opinión
romántica de los que repudian el presente en el nombre de su nostalgia del
pasado. Des-califica a la burguesía para reivindicar a la aristocracia. Reniega
de los mitos de la democracia para aceptar los mitos de la feudalidad. Piensa
que el artista de la Edad Media, del Renacimiento, etc., encontraba en la clase
dominante de entonces una clase más inteligente, más comprensiva, más generosa.
Confronta el tipo del Papa, del cardenal o del príncipe con el tipo del nuevo
rico. De esta comparación, el nuevo rico sale, naturalmente, muy mal parado. El
artista arriba, así, a la conclusión de que los tiempos de la aristocracia y de
la Iglesia eran mejores que estos tiempos de la Democracia y la Burguesía.
15
III
¿Los artistas de la sociedad feudal eran, realmente, más libres y más
felices que los artistas de la sociedad capitalista? Revisemos las razones de
los fautores de esta tesis.
Primera. La elite* de la sociedad aristocrática tenía más educación
artística y más aptitud estética que la elite de la sociedad burguesa. Su
función, sus hábitos, sus gustos, la acercaban mucho más al arte. Los Papas y
los príncipes se complacían en rodearse de pintores, escultores y literatos. En
su tertulia se escuchaban elegantes discursos sobre el arte y las letras. La
creación artística constituía uno de los fundamentales fines humanos, en la
teoría y en la práctica de la época. Ante un cuadro de Rafael, un señor del
Renacimiento no se comportaba como un burgués de nuestros días, ante una
estatua de Archi-penko o un cuadro de Franz Marc. La elite aristocrática se
componía de finos gustadores y amadores del arte y las letras. La elite
burguesa se compone de banqueros, de industriares, de técnicos. La actividad
práctica excluye de la vida de esta gente toda actividad estética.
Segunda. La crítica no era, en ese tiempo, como en el nuestro, una
profesión o un oficio. La ejercía digna y eruditamente la propia clase
dominante. El señor feudal que contrataba al Tiziano sabía muy bien, por sí
mismo, lo que valía el Tiziano. Entre el arte y sus compradores o mecenas no
había intermediarios, no había corredores.
Tercera. No existía, sobre todo, la prensa. El plinto de la fama de un
artista era, exclusiva-
--------------
* Elite es para unos
escritores "aristocracia"; para otros, «clase dirigente». Sobre su
significación social y espiritual, véase el penetrante ensayo de José Carlos
Mariátegui titulado El problema de las elites: en El Alma Matinal y Otras
Estaciones del Hombre de Hoy.
16
mente, grande o modesto, su propia obra. No se asentaba, como ahora,
sobre un bloque de papel impreso. Las rotativas no fallaban sobre el mérito de
un cuadro, de una estatua o de un poema.
IV
La prensa es particularmente acusada. La mayoría de los artistas se
siente contrastada y oprimida por su poder. Un romántico, Teófilo Gauthier,
escribía hace muchos años: «Los periódicos son especies de corredores que se
interponen entre los artistas y el público. La lectura de los periódicos impide
que haya verdaderos sabios y verdaderos artistas». Todos los románticos de
nuestros días suscriben, sin reservas y sin atenuaciones, este juicio.
Sobre la suerte de los artistas contemporáneos pesa, excesivamente, la
dictadura de la prensa. Los periódicos pueden exaltar al primer puesto a un
artista mediocre y pueden relegar al último a un artista altísimo. La crítica
periodística sabe su influencia. Y la usa arbitrariamente. Consagra todos los
éxitos mundanos. Inciensa todas las reputaciones oficiales. Tiene siempre muy
en cuenta el gusto de su alta clientela.
Pero la prensa no es sino uno de los instrumentos de la industria de la
celebridad. La prensa no es responsable sino de ejecutar lo que los grandes
intereses de esta industria decretan. Los managers* del arte y de la literatura
tienen en sus manos todos los resortes de la fama. En una época en que la
celebridad es una cuestión de réclame, una cuestión de propaganda, no se puede
pretender, además, que sea equitativa e imparcialmente concedida.
La publicidad, el réclame, en general, son en nuestro tiempo
omnipotentes. La fortuna de un artista depende, por consiguiente, muchas veces,
sólo de un buen empresario. Los comerciantes en libros y los comerciantes en
cuadros y esta-
--------------
* Empresarios.
17
tuas deciden el destino de la mayoría de los artistas. Se lanza a un
artista más o menos por los mismos medios que un producto o un negocio
cualquiera. Y este sistema que, de un lado, otorga renombre y bienestar a un
Beltrán Masses, de otro lado condena a la miseria y al suicidio a un
Modigliani. El barrio de Montmartre y el barrio de Montparnasse conocen en
París muchas de estas historias.
V
La civilización capitalista ha sido definida como la civilización de la
Potencia. Es natural por tanto que no esté organizada, espiritual y
materialmente, para la actividad estética sino para la actividad práctica. Los
hombres representativos de esta civilización son sus Hugo Stinnes y sus
Pierpont Morgan.
Mas estas cosas de la realidad presente no deben ser constatadas por el
artista moderno con romántica nostalgia de la realidad pretérita. La posición
justa, en este tema, es la de Oscar Wilde quien, en su ensayo sobre El alma
humana bajo el socialismo, en la liberación del trabajo veía la liberación del
arte. La imagen de una aristocracia próvida y magnífica con los artistas
constituye un miraje, una ilusión. No es cierto absolutamente que la sociedad
aristocrática fuese una sociedad de dulces mecenas. Basta recordar la vida
atormentada de tantas nobles figuras del arte de ese tiempo. Tampoco es verdad
que el mérito de los grandes artistas fuese entonces reconocido y recompensado
mucho mejor que ahora. También entonces prosperaron exorbitantemente artistas
ramplones. (Ejemplo: el mediocrísimo Cavalier d'Arpino gozó de honores y
favores que su tiempo rehusó o escatimó a Caravaggio). El arte depende hoy del
dinero; pero ayer dependió de una casta. El artista de hoy es un cortesano de
la burguesía; pero el de ayer fue un cortesano de la aristocracia. Y, en todo
caso, una servidumbre vale lo que la otra.
18
ARTE, REVOLUCION Y DECADENCIA*
Conviene apresurar la liquidación de un equívoco que desorienta a
algunos artistas jóvenes. Hace falta establecer, rectificando ciertas
definiciones presurosas, que no todo el arte nuevo es revolucionario, ni es
tampoco verdaderamente nuevo. En el mundo contemporáneo coexisten dos almas,
las de la revolución y la decadencia. Sólo la presencia de la primera confiere
a un poema o un cuadro valor de arte nuevo.
No podemos aceptar como nuevo un arte que no nos trae sino una nueva
técnica. Eso sería recrearse en el más falaz de los espejismos actuales.
Ninguna estética puede rebajar el trabajo artístico a una cuestión de técnica.
La técnica nueva debe corresponder a un espíritu nuevo también. Si no, lo único
que cambia es el paramento, el decorado. Y una revolución artística no se
contenta de conquistas formales.
La distinción entre las dos categorías coetáneas de artistas no es
fácil. La decadencia y la revolución, así como coexisten en el mismo mundo,
coexisten también en los mismos individuos. La conciencia del artista es el
circo agonal de una lucha entre los dos espíritus. La comprensión de esta
lucha, a veces, casi siempre, escapa al propio artista. Pero finalmente uno de
los, dos es-
--------------
* Inicialmente publicado en
Amauta: Nº 3, pp. 3-4; Lima, noviembre de 1926. Reproducido en Bolívar: N9 7,
p. 12; Madrid, 19 de mayo de 1930. Y en La Nueva Era: Nº 2, pp. 23-24;
Barcelona, noviembre de 1930.
También fue publicado en Variedades: Lima, 19 de marzo de 1927. Pero con
un título diverso (Tópicos de arte moderno) y sustituyendo la categórica
declaración que lo inicia, con unas frases en las cuales se menciona episodios
circunstanciales del debate en torno al arte. Se lee: «El debate sobre lo
formal y lo esencial en el arte moderno gana, día a día, en profundidad y en
extensión. La deshumanización del arte ha encendido, por ejemplo, en el sector
hispánico, animada polémica. Enrique Molina acaba de dedicarle en la revista
Atenea un sustancioso estudio crítico. Leopoldo Lugones sostiene con la
vanguardia argentina un diálogo intermitente. Pero no se aborda siempre el tema
central de la cuestión. Este es mi juicio —y conmigo están de acuerdo a este
respecto muchos artistas de vanguardia de Hispano-América».
19
píritus prevalece. El otro queda estrangulado en la arena.
La decadencia de la civilización capitalista se refleja en la
atomización, en la disolución de su arte. El arte, en esta crisis, ha perdido
ante todo su unidad esencial. Cada uno de sus principios, cada uno de sus
elementos ha reivin-dicado su autonomía. Secesión es su término más
característico. Las escuelas se multiplican hasta lo infinito porque no operan
sino fuerzas centrífugas.
Pero esta anarquía, en la cual muere, irreparablemente escindido y
disgregado el espíritu del arte burgués, preludia y prepara un orden nuevo. Es
la transición del tramonto al alba. En esta crisis se elaboran dispersamente
los elementos del arte del porvenir. El cubismo, el dadaísmo, el
expresionismo,* etc., al mismo tiempo que acusan una crisis, anuncian una
reconstrucción. Aisladamente cada movimiento no trae una fórmula; pero todos
concurren - aportando un elemento, un valor, un principio-, a su elaboración.
El sentido revolucionario de las escuelas o tendencias contemporáneas no
está en la creación de una técnica nueva. No está tampoco en la destrucción de
la técnica vieja. Está en el repudio, en el desahucio, en la befa del absoluto
burgués. El arte se nutre siempre, conscientemente o no, -esto es lo de
menos-del absoluto de su época. El artista contemporáneo, en la mayoría de los
casos, lleva vacía el alma. La literatura de la decadencia es una literatura
sin absoluto. Pero así, sólo se puede hacer unos cuantos pasos. El hombre no
puede marchar sin una fe, porque no tener una fe es no tener una meta. Marchar
sin una fe es patiner sur place.** El artista que más exasperada-mente
escéptico y nihilista se confiesa es, generalmente, el que tiene más
desesperada necesidad de un mito.
Los futuristas rusos se han adherido al comunismo: los futuristas
italianos se han adherido al fascismo. ¿Se quiere mejor demostración histórica
de que los artistas no pueden sustraerse a la
--------------
* Ver, en este volumen,
"El expresionismo y el dadaísmo" (pág. 64).
** Patinar sobre el mismo sitio.
(Trad. lit.).
20
gravitación política? Massimo Bontempelli dice que en 1920 se sintió
casi comunista y en 1923, el año de la marcha a Roma, se sintió casi fascista.
Ahora parece fascista del todo. Muchos se han burlado de Bontempelli por esta
confesión. Yo lo defiendo: lo encuentro sincero. El alma vacía del pobre
Bontempelli tenía que adoptar y aceptar el Mito que colocó en su ara Mussolini.
(Los vanguardistas italianos están convencidos de que el fascismo es la
Revolución).
Vicente Huidobro pretende que el arte es independiente de la política.
Esta aserción es tan antigua y caduca en sus razones y motivos que yo no la
concebiría en un poeta ultraísta, si creyese a los poetas ultraístas en grado
de discurrir sobre política, economía y religión. Si política es para Huidobro,
exclusivamente, la del Palais Bourbon,* claro está que podemos reconocerle a su
arte toda la autonomía que quiera. Pero el caso es que la política, para los
que la sentimos elevada a la categoría de una religión, como dice Unamuno, es
la trama misma de la Historia. En las épocas clásicas, o de plenitud de un
orden, la política puede ser sólo administración y parlamento; en las épocas
románticas o de crisis de un orden, la política ocupa el primer plano de la
vida.
Así lo proclaman, con su conducta, Louis Aragón, André Bretón y sus
compañeros de la Revolución suprarrealista -los mejores espíritus de la
vanguardia francesa- marchando hacia el comunismo. Drieu La Rochelle** que
cuando escribió Mesure de la France*** y Plainte contre inconnu,**** estaba tan
cerca de ese estado de ánimo, no ha podido seguirlos; pero, como tampoco ha
podido escapar a la política, se ha declarado vagamente fascista y claramente
reaccionario.
Ortega y Gasset es responsable, en el mundo hispano, de una parte de
este equívoco sobre el
--------------
* Nombre del palacio donde se
reúne, actualmente, la Cámara de Diputados de Francia.
** Sobre la actitud social y la
significación literaria de este escritor, consúltese el ensayo titulado
Confesiones de Drieu La Rochelle, en El Alma Matinal y Otras Estaciones del
Hombre de Hoy.
*** Medida de Francia. (Trad.
lit.).
**** Queja contra lo desconocido.
(Trad. lit.).
21
arte nuevo. Su mirada así como no distinguió escuelas ni tendencias, no
distinguió, al menos en el arte moderno, los elementos de revolución de los
elementos de decadencia. El autor de la Deshumanización del Arte no nos dio una
definición del arte nuevo. Pero tomó como rasgos de una revolución los que
corresponden típicamente a una decadencia. Esto lo condujo a pretender, entre
otras cosas, que «la nueva inspiración es siempre, indefecti-blemente,
cósmica». Su cuadro sintomatológico, en general, es justo; pero su diagnóstico
es incompleto y equivocado.
No basta el procedimiento. No basta la técnica. Paul Morand, a pesar de
sus imágenes y de su modernidad, es un producto de decadencia. Se respira en su
literatura una atmósfera de disolución. Jean Cocteau, después de haber
coqueteado un tiempo con el dadaísmo, nos sale ahora con su Rappel a l'ordre.*
Conviene esclarecer la cuestión, hasta desvanecer el último equívoco. La
empresa es difícil. Cuesta trabajo entenderse sobre muchos puntos. Es frecuente
la presencia de reflejos de la decadencia en el arte de vanguardia, hasta
cuando, superando el subjetivismo, que a veces lo enferma, se propone metas
realmente revolucionarias. Hidalgo, ubicando a Lenin, en un poema de varias
dimensiones, dice que los "senos salomé" y la "peluca a la
gargo-nne"** son los primeros pasos hacia la socialización de la mujer. Y de
esto no hay que sorprenderse. Existen poetas que creen que el jazz-band es un
heraldo de la revolución.
Por fortuna quedan en el mundo artistas como Bernard Shaw, capaces de
comprender que el «arte no ha sido nunca grande, cuando no ha facilitado una
iconografía para una religión viva; y nunca ha sido completamente
despre-ciable, sino cuando ha imitado la iconografía, después de que la
religión se había vuelto una superstición». Este último camino parece ser el
que varios artistas nuevos han tomado en la literatura francesa y en
--------------
* Llamado al orden. (Trad.
lit.).
** Muchacho, en francés. También
estilo femenino de corte de pelo muy de moda en los años 20.
22
otras. El porvenir se reirá de la bienaventurada estupidez con que
algunos críticos de su tiempo los llamaron "nuevos" y hasta
"revolucionarios".
LA REALIDAD Y LA FICCION*
La fantasía recupera sus fueros y sus posiciones en la literatura
occidental. Oscar Wilde resulta un maestro de la estética contemporánea. Su
actual magisterio no depende de su obra ni de su vida sino de su concepción de
las cosas y del arte. Vivimos en una época propicia a sus paradojas. Wilde
afirmaba que la bruma de Londres había sido inventada por la pintura. No es
cierto, decía, que el arte copia a la Naturaleza. Es la Naturaleza la que copia
al arte. Massimo Bontempelli, en nuestros días, extrema esta tesis. Según una
bizarra teoría bontempelliana, sacada de una meditación de verano en una aldea
de montaña, la tierra en su primera edad era casi exclusivamente mineral. No
existían sino el hombre y la piedra. El hombre se alimentaba de sustancias
minerales. Pero su imaginación descubrió los otros dos reinos de la naturaleza.
Los árboles, los animales fueron imaginados por los artistas. Seres y plantas,
después de haber existido idealmente en el arte, empezaron a existir realmente
en la naturaleza. Amueblado así el planeta, la imaginación del hombre creó
nuevas cosas. Aparecieron las máquinas. Nació la civilización mecánica. La
tierra fue electrificada y mecanizada. Mas, después de que el maquinismo hubo
alcanzado su plenitud, el proceso se repitió a la inversa. Minerales,
vegetales, máquinas, etc., fueron reabsorbidos por la naturaleza. La tierra se
petrificó, se mineralizó gradualmente hasta volver a su primitivo estado. Esta
evolución se ha cumplido muchas veces. Hoy el mundo está una vez más en su período
de mecánica y de maquinismo.
Bontempelli es uno de los literatos más en boga de la Italia
contemporánea. Hace algunos años, cuando en la literatura italiana dominaba el
ve-
--------------
* Publicado en Perricholi: Lima, 25 de Marzo de 1926.
23
rismo, su libro habría tenido una suerte distinta. Bontempelli, que en
sus comienzos fue más o menos clasicista, no los habría escrito. Hoy es un
pirandelliano; ayer habría sido un d'annunziano.
¿Un d'annunziano? ¿Pero en D'Annunzio no encontramos también más ficción
que realismo? La fantasia de D'Annunzio está más en lo externo que en lo
interno de sus obras. D'Annunzio vestía fantástica, bizantinamente sus novelas;
pero el esqueleto de éstas no se diferenciaba mucho de las novelas
naturalistas. D'Annunzio trataba de ser aristocrático; pero no se atrevía a ser
inverosímil. Pirandello, en cambio, en una novela desnuda de decorado, sencilla
de forma, como El Difunto Matías Pascal, presentó un caso que la crítica tachó
en seguida de extraordinario e inverosímil, pero que, años después, la vida
reprodujo fielmente.
El realismo nos alejaba en la literatura de la realidad. La experiencia
realista no nos ha servido sino para demostrarnos que sólo podemos encontrar la
realidad por los caminos de la fantasía. Y esto ha producido el suprarrealismo
que no es sólo una escuela o un movimiento de la literatura francesa sino una
tendencia, una vía de la literatura mundial. Suprarrealista es el italiano
Pirandello. Suprarrealista es el norteamericano Waldo Frank, suprarrealista es
el rumano Panait Istrati. Suprarrealista es el ruso Boris Pilniak. Nada importa
que trabajen fuera y lejos del manípulo suprarrealista que acaudillan, en
París, Aragón, Bretón, Eluard y Soupault.
Pero la ficción no es libre. Más que descubrirnos lo maravilloso, parece
destinada a revelarnos lo real. La fantasía, cuando no nos acerca a la
realidad, nos sirve bien poco. Los filósofos se valen de conceptos falsos para
arribar a la verdad. Los literatos usan la ficción con el mismo objeto. La
fantasía no tiene valor sino cuando crea algo real. Esta es su limitación. Este
es su drama.
La muerte del viejo realismo no ha perjudicado absolutamente el
conoci-miento de la realidad. Por el contrario, lo ha facilitado. Nos ha
liberado de
24
dogmas y de prejuicios que lo estrechaban. En lo inverosímil hay a veces
más verdad, más humanidad que en lo verosímil. En el abismo del alma humana
cala más hondo una farsa inverosímil de Pirandello que una comedia verosímil
del señor Capus. Y El Estupendo Cornudo del genial Fernando Crommelynk vale,
ciertamente, más que todo el mediocre teatro francés de adulterios y divorcios
a que pertenecen El Adversario y Ña Falena.
El prejuicio de lo verosímil aparece hoy como uno de los que más han
estorbado al arte. Los artistas de espíritu más moderado se revelan
violen-tamente contra él. «La vida -escribe Pirandello- para todas las
descaradas absurdidades, pequeñas y grandes, de que está bellamente llena,
tiene el inestimable privilegio de poder prescindir de aquella verosimilitud a
la cual el arte se ve obligado a obedecer. Las absurdidades de la vida tienen
necesidad de parecer verosímiles porque son verdaderas. Al contrario de las del
arte que para parecer verdaderas tienen necesidad de ser verosímiles».
Liberados de esta traba, los artistas pueden lanzarse a la conquista de
nuevos horizontes. Se escribe, en nuestros días, obras que, sin esta libertad,
no serían posibles. La Jeanne d'Arc* de Joseph Delteil, por ejemplo. En esta
novela, Delteil nos presenta a la doncella de Domremy dialogando, ingenua y
naturalmente, como con dos muchachas de la campiña, con Santa Catalina y Santa
Margarita. El milagro es narrado con la misma sencillez, con el mismo candor
que en la fábula de los niños. Lo inverosímil de esta novela no pre-tende ser
verosímil. Y es, así, admitiendo el milagro -esto es lo maravilloso-cómo nos
aproximamos más a la verdad sobre la Doncella. El libro de Joseph Delteil nos
ofrece una imagen más verídica y viviente de Juana de Arco que el libro de
Anatole France.
De este nuevo concepto de lo real extrae la literatura moderna una de
sus mejores energías. Lo que la anarquiza no es la fantasía en sí misma.
--------------
* Juana de Arco. Léase el
ensayo que José Carlos Mariátegui dedicó al libro de Joseph Delteil, en Signos
y Obras.
25
Es esa exasperación del individuo y del subjetivismo que constituye uno
de los síntomas de la crisis de la civilización occidental. La raíz de su mal
no hay que buscarla en su exceso de ficciones, sino en la falta de una gran
ficción que pueda ser su mito y su estrella.
LA TORRE DE MARFIL*
En una tierra de gente melancólica, negativa y pasadista, es posible que
la Torre de Marfil tenga todavía algunos amadores. Es posible que a algunos
artistas e intelectuales les parezca aún un retiro elegante. El virreinato nos
ha dejado varios gustos solariegos. Las actitudes distinguidas, aristocráticas,
individualistas, siempre han encontrado aquí una imitación entusiasta. No es
ocioso, por ende, constatar que de la pobre Torre de Marfil no queda ya, en el
mundo moderno, sino una ruina exigua y pálida. Estaba hecha de un material
demasiado frágil, precioso y quebradizo. Vetusta, deshabitada, pasada de moda,
albergó hasta la guerra a algunos linfáticos artistas. Pero la marejada bélica
la trajo a tierra. La Torre de Marfil cayó sin estruendo y sin drama. Y hoy,
malgrado la crisis de alojamiento, nadie se propone reconstruirla.
La Torre de Marfil fue uno de los productos de la literatura decadente.
Perteneció a una época en que se propagó entre los artistas un humor
mi-sántropo. Endeble y amanerado edificio del decadentismo, la Torre de Marfil
languideció con la literatura alojada dentro de sus muros anémicos. Tiempos
quietos, normales, burocráticos, pudieron tolerarla. Pero no estos tiempos
tempestuosos, iconoclastas, heréticos, tumultuosos. Estos tiempos apenas si
respetan la torre inclinada de Pisa, que sirvió para que Galileo, a causa tal
vez del mareo y el vértigo, sintiese que la tierra daba vueltas.
El orden espiritual, el motivo histórico de la Torre de Marfil aparecen
muy lejanos de nosotros
--------------
* Publicado en Mundial: Lima, 7 de Noviembre de 1924.
26
y resultan muy extraños a nuestro tiempo. El "torremarfilismo"
formó parte de esa reacción romántica de muchos artistas del siglo pasado
contra la demo-cracia capitalista y burguesa. Los artistas se veían tratados
desdeñosamente por el Capital y la Burguesía. Se apoderaba, por ende, de sus
espíritus una imprecisa nostalgia de los tiempos pretéritos. Recordaban que
bajo la aris-tocracia y la Iglesia, su suerte había sido mejor. El materialismo
de una civilzación que cotizaba una obra de arte como una mercadería los
irritaba. Les parecía horrible que la obra de arte necesitase réclame,
empresarios, etc., ni más ni menos que una manufactura, para conseguir precio,
comprador y mercado. A este estado de ánimo corresponde una literatura saturada
de ren-cor y de desprecio contra la burguesía. Los burgueses eran atacados no
como ahora, desde puntos de vista revolucionarios, sino desde puntos de vista
reaccionarios.
El símbolo natural de esta literatura, con náusea del vulgo y nostalgia
de la feudalidad, tenía que ser una torre. La torre es genuinamente medioeval,
gótica, aristocrática. Los griegos no necesitaron torres en su arquitectura ni
en sus ciudades. El pueblo griego fue el pueblo del demos,* del ágora, del
foro. En los romanos hubo la afición a lo colosal, a lo grandioso, a lo
gigantesco. Pero los romanos concibieron la mole, no la torre. Y la mole se
diferencia sustancialmente de la torre. La torre es una cosa solitaria y
aristocrática; la mole es una cosa multitudinaria. El espíritu y la vida de la
Edad Media, en cambio, no podían prescindir de la torre y, por esto, bajo el
dominio de la iglesia y de la aristocracia, Europa se pobló de torres. El
hombre medioeval vivía acorazado. Las ciudades vivían amuralladas y almenadas.
En la Edad Media todos sentían una aguda sed de clausura, de aislamiento y de
incomu-nicación. Sobre una muchedumbre férrea y pétrea de murallas y corazas no
cabía sino la autoridad de la torre. Sólo Florencia poseía
--------------
* En griego significa pueblo y se le emplea para referirse a la
ciudadanía.
27
más de cien torres. Torres de la feudalidad y torres de la Iglesia.
La decadencia de la torre empezó con el Renacimiento. Europa volvió
entonces a la arquitectura y al gusto clásicos. Pero la torre defendió
obstina-damente su señorío. Los estilos arquitectónicos posteriores al
Renacimiento readmitieron la torre. Sus torres eran enanas, truncas, como
muñones; pero eran siempre torres. Además, mientras la arquitectura católica se
engalanó de motivos y decoraciones paganas, la arquitectura de la Reforma
conservó el gusto nórdico y austero de lo gótico. Las torres emigraron al norte,
donde mal se aclimataba aún el estilo renacentista. La crisis definitiva de la
torre llegó con el liberalismo, el capitalismo y el maquinismo. En una palabra,
con la civilización capitalista.
Las torres de esta civilización son utilitarias e industriales. Los
rascacielos de Nueva York no son torres sino moles. No albergan solitaria y
solariegamente a un campanero o a un hidalgo. Son la colmena de una muchedumbre
traba-jadora. El rascacielos, sobre todo, es democrático en tanto que la torre
es aristocrática.
La torre de cristal fue una protesta al mismo tiempo romántica y
reaccionaria. A la plaza, a la usina, a la Bolsa de la democracia, los artistas
de tempera-mento reaccionario decidieron oponer sus torres misantrópicas y
exquisitas. Pero la clausura produjo un arte muy pobre. El arte, como el hombre
y la planta, necesita de aire libre. "La vida viene de la tierra",
como decía Wilson. La vida es circulación, es movimiento, es marea. Lo que dice
Mussolini de la política se puede decir de la vida. (Mussolini es detestable
como condottiere* de la reacción, pero estimable como hombre de ingenio). La
vida "no es mo-nólogo". Es un diálogo, es un coloquio.
La torre de marfil no puede ser confundida, no puede ser identificada
con la soledad. La soledad es grande, ascética, religiosa; la torre de marfil
es peque-ña, femenina, enfermiza. Y la soledad misma puede ser un episodio, una
esta-
--------------
* Caudillo de soldados mercenarios.
28
ción de la vida; pero no la vida toda. Los actos solitarios son
fatalmente estériles. Artistas tan aristocráticos e individualistas como Oscar
Wilde han condenado la soledad. «El hombre -ha escrito Oscar Wilde- es sociable
por naturaleza. La Tebaida misma termina por poblarse y aunque el cenobita
realice su personalidad, la que realiza es frecuentemente una personalidad
empobrecida». Baudelaire quería, para componer castamente sus églogas, coucher
aupres du ciel comete les astrologues.* Mas toda la obra de Baudelaire está
llena del dolor de los pobres y de los miserables. Late en sus versos una gran
emoción humana. Y a estos resultados no puede arribar ningún artista clausurado
y benedictino. El "torremarfilismo" no ha sido, por consiguiente,
sino un episodio precario, decadente y morboso de la literatura y del arte. La
protesta contra la civilización capitalista es en nuestro tiempo revolucionaria
y no reaccionaria. Los artistas y los intelectuales descienden de la torre
orgullosa e impotente a la llanura innumerable y fecunda. Compren-den que la
torre de marfil era una laguna tediosa, monótona, enferma, orlada de una flora
palúdica o malsana.
Ningún gran artista ha sido extraño a las emociones de su época. Dante,
Shakespeare, Goethe, Dostoievsky, Tolstoy y todos los artistas de análoga
jerarquía ignoraron la torre de marfil. No se conformaron jamás con recitar un
lánguido soliloquio. Quisieron y supieron ser grandes protagonistas de la
historia. Algunos intelectuales y artistas carecen de aptitud para marchar con
la muchedumbre. Pugnan por conservar una actitud distinguida y personal ante la
vida. Romain Rolland, por ejemplo, gusta de sentirse un poco au dessus de la
melée.** Mas Romain Rolland no es un agnóstico ni un solitario. Comparte y
comprende las utopías y los sueños sociales, aunque repudie, contagiado del
misticismo de la no-violencia, los únicos medios prácticos de realizarlos. Vive
en medio del fragor de la crisis contemporá-
--------------
* Acostarse cerca del cielo
como los astrólogos.
** Por encima de la contienda,
al margen del conflicto.
29
nea. Es uno de los creadores del teatro del pueblo, uno de los estetas
del teatro de la revolución. Y si algo falta a su personalidad y a su obra es,
precisamen-te, el impulso necesario para arrojarse plenamente en el combate.
La literatura de moda en Europa -literatura cosmopolita, urbana,
escéptica, humorista-, carece absolutamente de solidaridad con la pobre y
difunta torre de marfil, y de afición a la clausura. Es, como ya he dicho, la
espuma de una civilización ultrasensible y quintaesenciada. Es un producto
genuino de la gran urbe.
El drama humano tiene hoy, como en las tragedias griegas, un coro
multi-tudinario. En una obra de Pirandello, uno de los personajes es la calle.
La calle con sus rumores y con sus gritos está presente en los tres actos del
drama pirandelliano. La calle, ese personaje anónimo y tentacular que la torre
de marfil y sus macilentos hierofantes ignoran y desdeñan. La calle, o sea, el
vulgo; o sea, la muchedumbre. La calle, cauce proceloso de la vida, del dolor,
del placer, del bien y del mal.
¿EXISTE UNA INQUIETUD PROPIA DE NUESTRA EPOCA*
La inquietud contemporánea es un fenómeno del que forman parte las más
opuestas actitudes. El término se presta necesariamente, por tanto, a la
especulación y al equívoco. Se agitan dentro de la "inquietud
contemporánea" los que profesan una fe como los que andan en su búsqueda.
El catolicismo de Max Jacob figura entre los signos de esta inquietud, al mismo
título
--------------
* Publicado en Mundial: Lima,
29 de Marzo de 1930. Uno de los últimos artículos de José Carlos Mariátegui,
publicado 18 días antes de su muerte, respondiendo a un cuestionario de la
revista francesa Cahiers de l'Etoile. Se han suprimido los primeros párrafos,
por su carácter circunstancial, que decían así: «La redacción de Cahiers de
1'Etoile de Paris me ha incluido entre los escritores consultados en su gran
encuesta internacional sobre la "Inquietud contemporánea". Estoy en
deuda con esta revista desde hace algunos meses: y creería llegar con excesivo
retardo a su cita, si no encontrase en los últimos números de algunas revistas
de América las primeras respuestas del mundo hispánico,
30
que el marxismo, de André Bretón y sus compañeros de La Revolution
Surréaliste.* El fascismo pretende representar un "espíritu nuevo",
exac-tamente como el bolchevismo.
Existe una inquietud propia de nuestra época, en el sentido de que esta
época tiene, como todas las épocas de transición y de crisis, problemas que la
individualizan. Pero esta inquietud en unos es desesperación, en los demás
vacío.
No se puede hablar de una "inquietud contemporánea" como de la
uniforme y misteriosa preparación espiritual de un mundo nuevo.
Del mismo modo que en el arte de vanguardia, se confunde los elementos
de revolución con los elementos de decadencia, en la "inquietud
contemporánea" se confunde la fe ficticia, intelectual, pragmática de los
que encuentran su equilibrio en los dogmas y el orden antiguo, con la fe
apasionada, riesgosa, heroica de los que combaten peligrosamente por la
victoria de un orden nuevo.
La historia clínica de la "inquietud contemporánea" anotará,
con meticulosa objetividad, todos los síntomas de la crisis del mundo moderno;
pero nos servirá muy poco como medio de resol-
--------------
entre ellas, la de Juan Marinello que tan deferente y elogiosamente me
menciona. La demora de otros justifica o atenúa la mía.
Estimo útil la transcripción del cuestionario sometido al análisis y a
la crítica de los escritores consultados:
A) ¿Existe una inquietud propia
de nuestra época?
B) ¿La constata usted en su
mundo?
1.- ¿Qué formas toma?
2.- ¿Cómo se expresa esta inquietud dentro y frente a la vida social?
(¿La interdependencia de los países, la condensación de la población en
los grandes centros, el maquinismo colectivo, el automatismo individual,
tienden a aniquilar la personalidad humana?)
3.- ¿Y dentro de la vida sexual?
4.- ¿Y dentro de la fe?
5.- ¿Cuál es su efecto sobre la actividad creadora?
C) ¿La inquietud, no es el
sufrimiento de una humanidad que espera encontrar su unidad libertándose de sus
prisiones (tiempo, espacio y soledad individual)?
En este caso, ¿una época de gran inquietud no señala el despertar de una
nueva conciencia? ¿Y si estamos en tal época, podemos ya despejar esta nueva
conciencia y sus características?
* La Revolución Suprarrealista, revista que desde 1924, dirigía en Paris
André Breton. Ver los ensayos que sobre este tópico escribió José Carlos
Mariátegui, en este volumen.
31
verla. La encuesta de los Cahiers de 1'Etoile* no invita a otra cosa que
a un examen de conciencia, del que no puede salir, como resultado o indicación
de conjunto, sino una pluralidad desorientadora de proposiciones.
Lo que se designa con el nombre de "inquietud" no es, en
último análisis, sino la expresión intelectual y sentimental. Los artistas y
los pensadores de esta época rehusan, por orgullo o por temor, ver en su
desequilibrio y en su angustia el reflejo de la crisis del capitalismo.
Quieren sentirse ajenos o superiores a esta crisis. No se dan cuenta de
que la muerte de los principios y dogmas que constituían el Absoluto burgués ha
sido decretado en un plano distinto del de su especulación personal.
La burguesía ha perdido el poder moral que antes le consentía retener en
sus rangos, sin conflicto interno, a la mayoría de los intelectuales. Las
fuerzas centrífugas, secionistas, actúan sobre éstos con una intensidad y
multiplicidad antes desconocidas. De aquí, las defecciones como las
conversiones. La inquietud aparece como una gran crisis de conciencia.
La inquietud contemporánea, por consiguiente, está hecha de factores
negativos y positivos. La inquietud de los espíritus que no tienden sino a la
seguridad y al reposo carece de todo valor creativo. Por este sendero no se
descubrirá sino los refugios, las ciudadelas del pasado. En el hombre moderno,
la abdicación más cobarde es del que busca asilo en ellos.
Nuestra primera declaratoria de guerra debe ser a la que mi compatriota
Iberico llama "filosofías de retorno". ¿El florecimiento de estas
filosofías, en un clima mórbido de decadencia, entra en gran escala en
Occidente en la
"inquietud contemporánea"? Esta es la cuestión principal que
hay que esclarecer para no tomar sutiles álibis de la Inteligencia y teorías
derrotistas sobre la modernidad como elaboraciones de un espíritu nuevo.
--------------
* "Cuadernos de la Estrella". (Trad. Lit).
32
POPULISMO LITERARIO Y ESTABILIZACION CAPITALISTA*
No es raro que en un período de estabilización y de poincarismo -el
ministerio de Tardieu, como lo remarcan sus más exactos críticos, no reniega
absolu-tamente del espíritu poincarista sino lo continúa, insertando en él su
técnica policial- aparezca en la literatura francesa una corriente o una moda
como el populismo,** igualmente distante del esteticismo ultradecadente y de la
de-sesperanza nihilista y anárquica. El populismo cuenta, para asegurar una
buena cotización en la bolsa literaria, con la cooperación de ostensibles
factores psicológicos y políticos. La descripción naturalista del tendero, del
conserje, del pequeño empleado, del artesano, del obrero mismo, observado en
apresuradas visitas a los suburbios o en las horas más torrentosas del metro,***
recobra su rol en la literatura de la Tercera República.
Un movimiento que reconoce su mentor en Mr. André Thérive, sucesor de M.
Paul Souday en la crítica literaria de Le Temps, no podría ciertamente
asignarse ninguna función renovadora, social ni políticamente. El populismo
proclama su agnosticismo, su neutralidad política. Pretende coincidir con la
literatura revolucionaria de Rusia y Alemania en el realismo y la objetividad.
Juega al alza de estos valores, en un instante en que se presiente la baja de
los que deciden la moda de las novelas de Giraudoux o Morand.
¿Por qué, entonces, Agustín Hamaru en Monde**** declara más importante
el acta bautismal
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* Publicado en Amauta: Nº 28,
pp. 6-9; Lima, Enero de 1930. En Variedades: Lima, 12 de febrero de 1930. Y
reproducido en Hora del Hombre: Nº 9, pp. 20-22, Lima, Abril de 1944.
** Del italiano popolo, pueblo,
es una tendencia política e ideológica que toma las aspiraciones del pueblo
como elemento básico de su acción.
*** Ferrocarril subterráneo que
atraviesa Paris.
**** Nombre de la revista que
dirigía en Paris Henri Barbusse. Ver el ensayo que, sobre la significación de
este hebdomadario escribe José Carlos Mariátegui en Signos y Obras.
33
del populismo que el manifiesto en que André Breton hace, en el último
número de La Révolution Surréaliste, el balance de la experiencia
supra-rrealista? Habaru admite que «el populismo es un pobre feto cuyo frasco
ocupará en los anaqueles de la historia literaria menos sitio que la bola de
vidrio suprarrealista». Dadá y el Suprarrealismo, prolongando en un período de
derrumbamiento y de caos la literatura de análisis psicológico, han sido
manifestaciones fuertemente representativas de una época. La perezosa fórmula:
pintar el pueblo no ofrece hoy día nada de parecido. Definiendo el espíritu del
populismo, Habaru agrega: «André Thérive que ha hecho un loable esfuerzo por
aproximarse al alma de los pequeños empleados, busca la vida del pueblo en la
plataforma de los autobuses. Hace el efecto de un turista de la Agencia Cook*
en busca de las curiosidades de Belleville. Las altas esferas y los bajos
fondos de la sociedad son asuntos devastados por el tráfico de veinte años de
literatura. Se busca otra cosa en las regiones pobladas de pequeñas gentes.
Otra cosa, es decir, otros temas de literatura».
Frente a una tentativa, o mejor frente a una especulación, de este
género, la crítica revolucionaria no puede asumir sino una actitud de
inexorable repudio. Excesivo y ultraísta, el suprarrealismo es una fuerza
revolucionaria que exige y merece una evaluación bien distinta. Aceptando la
validez del marxismo en el plano social y político, ha hecho el más honrado
esfuerzo por imponerse, contra su impulso centrifugo y anárquico, una
disciplina en la lucha contra el orden capitalista. El populismo, en tanto, no
es sino la más especiosa maniobra por reconciliar las letras burguesas con una
cuantiosa clientela de pequeñas gentes, con un ingente público que les habría
enajenado el empleo exclusivo de los poncifs** de trasguerra, el apogeo
indefinido de las modas post-proustianas y post-gidianas.
La demagogia es el peor enemigo de la revolución, lo mismo en la
política
que en la litera-
--------------
* Agencia mundial que organiza
viajes turísticos.
** Suspensos.
34
tura. El populismo es esencialmente demagógico. La novela y la crítica
burguesas sienten en Francia que a las grandes masas de lectores del demos
indiferenciado, mitad conservador, mitad frondeur,* no les quedarían en breve
plazo más obras prestigiosas que las de Zola, si la literatura se obstinara en
seguir las huellas de los maestros del psicoanálisis moroso y de la prosa
preciosista. De aquí nace la decisión de fomentar la producción en gran escala
de novelas que, reclamándose precisamente de Zola, abastezcan al pueblo de una
literatura que se adapte a sus gustos e indague con simpatía sus senti-mientos.
Sería sumamente peligroso para los intereses electorales y literarios de la
burguesía francesa, que concluyesen por acaparar a este público, desalo-jando
al mismo Zola, las novelas de la revolución rusa. Se traza el plan de una
literatura populista exactamente como se trazaría un plan manufacturero, al
abrigo de tarifas proteccionistas y atendiendo a la demanda y a las
necesida-des del mercado interno. El populismo se presenta, de este lado, en
estricta correspondencia con la política de estabilización del franco. No es
sino un aspecto de la reorganización de la economía francesa, dentro de los
prudentes principios poincaristas. Para la burguesía, subconscientemente o
conscien-temente, la novela no es sino una rama de la industria, un sector de
la pro-ducción. Por cierto relajamiento de la organización industrial, se
estaba produciendo casi únicamente una novela de lujo. La novela popular era
abandonada a los autores revolucionarios o fabricada con viejos moldes, con
gastadas matrices. Hay que prevenir la pérdida de una parte del mercado
lanzando una nueva manufactura, que tenga en cuenta la evolución del gusto y
las necesidades de los consumidores.
No es a causa de un honesto retorno a la objetividad y al realismo que
surge el populismo. Entenderlo así, sería caer voluntaria o distraídamente en
un enga-ño. El populismo se caracteri-
--------------
* De la fronda.
35
za íntegramente como un retorno a uno de los más viejos procedimientos
de la literatura burguesa. Un crítico de Le Temps no podría amparar otra cosa.
Ninguna tolerancia, ninguna esperanza son, por ende, concebibles respecto a
este movimiento.
Nos interesa la sinceridad, la desnudez de la literatura burguesa. Más
aún, nos interesa su cinismo. Que nos haga conocer toda la perplejidad, todos
los desfallecimientos, todos los deliquios del espíritu burgués. Social o
históri-camente, nos importará siempre más una página de Proust y de Gide, que
todos.los volúmenes de los varios Thérive del populismo y del Temps. Artística,
estéticamente, la única posibilidad de perduración de esta literatura está en
la más rigurosa -y escandalosa- sinceridad. Sobre la mesa de trabajo del
crítico revolucionario, independientemente de toda consideración jerárquica, un
libro de Joyce* será en todo instante un documento más valioso que el de
cualquier neo-Zola.
Zola, el viejo, el grande, fue como ya he escrito, la sublimación de la
pequeña burguesía. Pequeño-burguesa, pero con los más despreciables estigmas de
degeneración y utilitarismo, es toda especulación populista en la literatura y
en la política contemporáneas.
Ernest Glaesser -el autor de Los que teníamos doce años, que a todos los
que consideramos y entendemos la época desde el mismo ángulo social, nos merece
sin duda más atención que M. André Thérive-, nos habla del hombre sin clase y
lo define así: «El hombre que, a causa de la guerra, ha perdido su fe en las
ideas de su educación, el hombre que no cree ya en ninguna fórmula; el hombre
que en vano ha combatido un día por ideales; el hombre que, por esto, no se
entrega más a un programa, a una teoría del universo; que se mantiene
conscientemente alejado de toda interpretación de la vida. Los partidos llaman
a estos hombres la gran masa de los abstencionistas; nosotros los llamamos la
gran masa de los
--------------
* José Carlos Mariátegui
expuso su estimación de James Joyce en un ensayo, que puede leerse en El Alma
Matinal y Otras Estaciones del Hombre de Hoy.
36
desesperados. Es este el tipo de hombre que importa hoy, pues se cuenta
por millones. Es el gran enigma en el pueblo; constituye una gran capa
anárquica a la que nada protege, ni doctrina universal ni programa; es
inestable, es la materia prima de nuestro tiempo». Cuando intenta precisar la
clasificación social de esta capa, Glaesser no sabe decirnos sino que se
encuentra entre el proletariado y la pequeña burguesía. Aun aceptando la
existencia de una cantidad innumerable de declassés,* el estrato en que piensa
Glaesser no es otro que la pequeña burguesía misma. Glaesser quiere que el arte
traduzca al hombre sin clase, pero no según el método naturalista de
descripción de una variedad de un género social, sino como introspección en lo
más patético e individual de su drama de hombre sin esperanza, de alma
centrífuga y sin meta. Y los libros en que piensa Glaesser, a propósito de esta
tarea actual del arte, no son, por cierto, las mediocres especulaciones
neo-naturalistas, sino el Ulysses de Joyce y el Berlín Alexanderplatz** de
Doeblin. Aquí, la intención es otra. Glaesser exagera el valor cualitativo y
cuantitativo del hombre sin clase. Su esperanza -mesiánica, utopista- se
alimenta de desesperanzas. Pero Glaesser, en esta empresa, toma posición neta y
cate-górica contra el orden social reinante. Y asigna al arte la función, no de
mantener en la pequeña burguesía la afición a la pintura naturalista de sus
costumbres, sino de excitarla desesperada al combate, con el espectáculo
tremendo de su soledad y de su vacío.
EL "FREUDISMO" EN LA LITERATURA CONTEMPORANEA***
El freudismo en la literatura no es anterior ni posterior a Freud: le es
simplemente coetáneo.
--------------
* Situado fuera de toda clase
social, desclasado.
** Plaza Alejandro en Berlín.
*** Publicado en Variedades: Lima,
14 de Agosto de 1926.
37
Ortega y Gasset considera seguramente el freudismo como una de las ideas
peculiares del siglo XX. (Más preciso sería tal vez decir intuiciones en vez de
ideas). Y, en efecto, el freudismo resulta incontestablemente una idea
novecentista. El germen de la teoría de Freud estaba en la conciencia del
mundo, desde antes del advenimiento oficial del Psicoanálisis. El freudismo
teórico, conceptual, activo, se ha propagado rápidamente por haber coincidido
con un freudismo potencial, latente, pasivo. Freud no ha sido sino el agente,
el instrumento de una revelación que tenía que encontrar quien la expresara
racional y científicamente, pero de la que en nuestra civilización existía ya
el presentimiento. Esto no disminuye naturalmente el mérito del descubrimiento
de Freud. Por el contrario lo engrandece. La función del genio parece ser,
precisamente, la de formular el pensamiento, la de traducir la intuición de una
época.
La actitud freudista de la literatura contemporánea aparece evidente,
mucho antes de que los estudios de Freud se vulgarizaran entre los hombres de
letras. En un tiempo en que la tesis de Freud era apenas notoria a un público
de psi-quiatras, Pirandello y Proust -por no citar sino dos nombres sumos-
presentan en su obra, rasgos bien netos de freudismo.
La presencia de Freud en la obra de Pirandello no aparece como resultado
del conocimiento de la teoría del genial sabio vienés, sino en lo que
Pirandello ha escrito en su estación de dramaturgo. Pero Pirandello antes que
dramaturgo es novelista y, más específicamente, cuentista. Y en muchos de sus
viejos cuentos, que ahora reúne en una colección de veinticuatro volúmenes, se
encuentran procesos psicológicos del más riguroso freudismo. Pirandello ha
hecho siempre psicología freudista en su literatura. No es por un mero deporte
anti-racionalista que su obra constituye una sátira acérrima, un ataque sañudo
a la antigua concepción de la personalidad o psiquis humana. En el propio
Matías Pascal, publicado hace veinticinco años, se percibe una larvada tenden-
38
cia freudista. El protagonista pirandelliano, que ha muerto, como Matías
Pascal, para todos, por la equivocada identificación de un cadáver que tenía
toda su filiación, y que quiere aprovechar de este engaño para evadirse
realmente del mundo que lo sofocaba y acaparaba, no consigue morir como tal
para sí mismo. Adriano Meis, el nuevo hombre que quiere ser, no tiene ninguna
realidad. No consigue librarse de Matías Pascal, obstinado en continuar
viviendo. La infancia y la juventud del evadido gravitan en su conciencia más
fuertemente que la voluntad. Y Matías Pascal regresa, resucita. Para volver a
sentirse alguien real, el desventurado personaje pirandelliano, necesita dejar
de ser la ficticia criatura surgida por artificio de un accidente.
En las últimas obras de Pirandello, este freudismo se torna consciente,
deliberado. Ciascuno al suo modo,* por ejemplo, acusa la lectura y la adopción
de Freud. Uno de los personajes, Doro Pallegari, ha hecho en una tertulia
distinguida la defensa de una mujer, cuyo nombre no puede ser pronunciado en la
buena sociedad sino para repudiarlo. Esta conducta es comentada con escándalo,
al día siguiente, en la casa de Doro Pallegari, en momentos en que éste llega.
Interpelado, Doro responde que ha procedido por reacción contra las
exageraciones de su amigo Francisco Savio. No está convencido de lo que ha
dicho defendiendo a Delia Morello. Todo lo contrario. Uno de los presentes,
Diego Cinci, le sostiene entonces la tesis de que su verdadero sentimiento es
el que ha hecho explosión la víspera. Quiero reproducir textualmente este
pasaje:
"Diego.- Tú le das la razón ahora Francisco Savio. ¿Sabes por qué?
Por reaccionar contra un sentimiento que alimentabas dentro sin saberlo. Doro.-
¡Pero no, absolutamente! Tú me haces reír.
Diego.- ¡Sí, sí!
Doro.- Me haces reír te digo.
Diego.- En el hervor de la discusión de anoche te ha salido a flote y te
ha
aturdido y te ha
--------------
* Cada uno a su manera.
39
hecho decir "cosas que no sabes". Claro. Crees no haberlas
pensado jamás, y en tanto, las has pensado, las has pensado!
Doro.- ¿Cómo? ¿Cuándo?
Diego.- A escondidas de ti mismo. ¡Querido mío! Como existen los hijos
ilegítimos existen también los pensamientos bastardos!
Doro.- ¡Los tuyos si!
Diego.- ¡También los míos! Tiende cada uno a desposar para toda la vida
una sola alma, la más cómoda, aquélla que nos aporta en dote la facultad más
apropiada para conseguir el estado al cual aspiramos; pero después, fuera del
honesto techo conyugal de nuestra conciencia, tenemos relaciones y comercio sin
fin con todas nuestras otras almas repudiadas que están abajo, en los
subterráneos de nuestro ser, y de donde nacen actos, pensamientos que no
queremos reconocer, o que, forzados, adoptamos o legitimamos con
acomodamientos, reservas y cautelas. Ahora, rechazas tú este pobre pensamiento
tuyo que has encontrado. ¡Pero míralo bien en los ojos: es tuyo! Tú estás
enamorado de veras de Delia Morello. ¡Como un imbécil!"
En el resto de la comedia no se razona ni se teoriza más. Pero, en
cambio, la acción misma y el desarrollo mismo son patéticamente freudianos.
Pirandello ha adoptado a Freud con un entusiasmo que no se constata en los
psicólogos y psiquiatras italianos, entre los cuales prevalece todavía una
mentalidad positivista, que por lo demás se acuerda bastante con el
temperamento italiano y latino. (Me referiré, a propósito, entre mis recientes
lecturas, a una obra en dos gruesos volúmenes del profesor Enrico Morselli -La
Psicanalisi,* 1926, Fratelli Bocca, Turín- para apuntar, marginalmente, que el
eminente psi-quiatra italiano, cita con distinción los trabajos del profesor
peruano Dr. Honorio Delgado, a quien señala como uno de los mejores expositores
de la doctrina de Freud).
El caso de Proust es más curioso aún. El parentesco de la obra de
Proust, con la teoría de
--------------
* El Psicoanálisis.
40
Freud, ha sido detenidamente estudiado en Francia -otro país donde el
freudismo ha encontrado más favor en la literatura que en la ciencia- por el
malogrado director de la N.R.F.* Jacques Riviére, quien, con irrecusable
autoridad, afirma que Proust conocía a Freud de nombre solamente y que no había
leído jamás una línea de sus libros. Proust y Freud coinciden en su
desconfianza del yo, en lo cual Riviére los encuentra en oposición a Bergson,
cuya psicología se funda a su juicio en la confianza en el yo. Según Riviére,
Proust «ha aplicado instintivamente el método definido por Freud». De otro
lado, «Proust es el primer novelista que ha osado tener en cuenta, en la
explicación de los caracteres, el factor sexual». El testimonio de Riviére,
establece, en suma, que Freud y Proust, simultáneamente, sincrónicamente, el
uno como artista, el otro como psiquiatra, han empleado un mismo método
psicológico, sin conocerse, sin comunicarse.
En la actualidad, el freudismo aparece difundido a tal punto entre los
literatos que Jean Cocteau, que no se escapa tampoco a la influencia
psicoanalista, propone a los jóvenes escritores la siguiente plegaria: «¡Dios
mío, guárdame de creer en el mal del siglo, protégeme de Freud, impídeme
escribir el libro esperado!». Francois Mauriac, a quien la Academia Francesa,
acaba de premiar por su novela Le Desert de L'Arnour,** constata con un cierto
orgullo que la generación de novelistas a la que él pertenece escribe bajo el
signo de Proust y de Freud, agregando en cuanto le respecta: «Cuando yo escribí
Le Baiser au Lepreux y Le fleuve de Feu,*** no había leído una línea de Freud y
a Proust casi no lo conocía. Además, yo no he querido deliberadamente que mis
héroes fuesen tales como son».
Esta corriente freudista, se extiende cada día más en todas las
literaturas. El espíritu latino parece el menos apto para entender y aceptar
las teorías psicoanalistas, a las cuales sus impugna-
--------------
* Nouvelle Revue Francaise.
(Nueva Revista Francesa).
** El desierto del Amor.
*** El beso al leproso y El río de
fuego. (Traducciones literales)
41
dores italianos y franceses reprochan su fondo nórdico y teutón, cuando
no su raíz judía. Ya hemos visto, sin embargo, cómo los dos literatos más
represen-tativos de Francia y de Italia se caracterizan por su método freudiano
y cómo la nueva generación de novelistas franceses se muestra sensiblemente
influida por el Psicoanálisis. La propagación -y en algunos casos la
exageración- del freudismo en las otras literaturas, no puede, por
consiguiente, sorprendernos. Juzgándola por lo que conozco -mis otros estudios
y lecturas no me consienten demasiada pesquisa literaria- séñalaré a Waldo
Frank, autor de la novela Rahab sobre la cual publiqué una rápida impresión,
como el escritor que en la literatura norteamericana cala más hondamente en la
sub-conciencia de sus personajes. Judío, Waldo Frank, pone en el mecanismo
espiritual de éstos, al lado de un misticismo mesianista, un sexualismo que se
podría llamar religioso. Y para no detenerme siempre en casos demasiado
ilustres y notorios, escogeré, como última estación de mi itinerario, en la
lejana ribera de la nueva literatura rusa, casi desconocida hasta ahora en
español, el caso de Boris Pilniak.* El factor sexual tiene un rol primario en
los personajes de este escritor. Y pertenece a uno de ellos -la camarada Xenia
Ordynina- la siguiente tesis pansexualista: «Karl Marx ha debido cometer un
error. No ha tenido en cuenta sino el hambre físico. No ha tenido en cuenta el
otro factor: el amor, el amor rojo y fuerte como la sangre. El sexo, la
familia, la raza: la humanidad no se ha equivocado adorando al sexo. Si, hay un
hambre física y un hambre sexual. Pero esto no es exacto: se debe decir, más
bien, hambre físico y religión del sexo, religión de la sangre. Yo siento a
veces, hasta el sufrimiento físico, real, que el mundo entero, la civilización,
la humanidad, todas las cosas, las sillas, las butacas, los vestidos, las
cómodas, están penetrados de sexualidad -no, penetrados no es exacto...- y
también el pueblo, la na-
--------------
* Ver el ensayo de Mariátegui sobre Pilniak en La Escena Contemporánea.
42
ción, el Estado, ese pañuelo, el pan, el cinturón. Yo no soy la única
que pienso así. La cabeza me da vueltas a veces y yo siento que la Revolución
está impregnada de sexualidad».
Freud, en un agudo estudio sobre Las Resistencias al Psicoanálisis,
examina el origen y el carácter de éstas en los medios científico y filosófico.
Entre los adversarios del Psicoanálisis señala al filósofo y al médico.
Monopolizado por la polémica, Freud se olvida en este ensayo de dedicar algunas
palabras de reconocimiento a los poetas y a los literatos. Aunque las
resistencias al Psicoanálisis no son, según Freud, de naturaleza intelectual,
sino de origen afectivo, cabe la hipótesis de que, por su inspiración
subconsciente, por su proceso irracional, el arte y la poesía tenían que
comprender, mejor que la ciencia, su doctrina.
EL GRUPO SUPRARREALISTA Y «CLARTE»*
La insurrección suprarrealista entra en una fase que prueba que este
mo-vimiento no es un simple fenómeno literario, sino un complejo fenómeno
espiritual. No una moda artística sino una protesta del espíritu. Los
suprarrealistas pasan del campo artístico al campo político. Denuncian y
condenan no sólo las transacciones del arte con el decadente pensamiento
burgués. Denuncian y condenan, en bloque, la civilización capitalista.
El suprarrealismo, como bien se sabe, tiene su origen en el dadaísmo.
Este origen puede hacer sonreír, burguesamente, a cuantos pretendan juzgar el
dadaísmo por su mercadería o sus productos literarios, y no por su contenido
espiritual ni por su sentido histórico. Pero el hecho de que del movimiento
dadaísta procedan -unos por haber participado en él, otros por haberle acordado
su simpatía y su adhesión- los más interesantes escritores y poetas jóvenes de
Francia, basta sin duda para exigir aun de esta gente una
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* Publicado en Variedades:
Lima, 24 de Julio de 1926 Véase el ensayo sobre El Grupo Clarté en La Escena
Contemporánea. Clarté significa Claridad.
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actitud más respetuosa o, mejor dicho, más prudente respecto a Dadá.
¿Hará falta recordar los nombres de Aragón, Bretón, Eluard, Soupault, Cendrars,
Drieu La Rochelle, Delteil y Morand? Por lo menos a los tres últimos,
perfectamente adquiridos ya por la burguesía, la crítica no les regatea un
puesto de primer rango en su generación. Y desde que Jacques Riviére escribió
en La Nouvelle Revue Frangaise su Reconocimiento a Dadá, la misma gente de
letras, atacada y contrastada por el dadaísmo, ha modificado mucho su concepto
sobre este episodio.
Dadá no fue una escuela ni una doctrina. Fue únicamente una protesta, un
gesto, un arranque. Su reacción contra el intelectualismo del arte
contem-poráneo, contenía los gérmenes de una nueva teoría estética. Pero Dadá
no quería ni debía ser una tesis, un credo. Su clownismo,* su humorismo
fundamentales se lo impedían. Y por esto los mejores milites de Dadá fueron los
que primero sintieron la necesidad de desertar de sus cuadros para intentar un
experimento mayor. El dadaísmo subsistió como un club de snobismo y
extravagancia literarias, acaudillado por Tzara y Picabia; pero murió como
movimiento. Su fuerza y su impulso vitales se desplazaron con Bretón, Aragón,
Eluard y Soupault, quienes no renegaron del dadaísmo, sino lo superaron cuando
concibieron el programa de la "revolución suprarrealista".
Y el suprarrealismo es lo que no puede ser el dadaísmo: un movimiento y
una doctrina. Por su antirracionalismo se emparenta con la filosofía y
psicología contemporáneas. Por su espíritu y por su acción, se presenta como un
nuevo romanticismo. Por su repudio revolucionario del pensamiento y la sociedad
capitalistas, coincide históricamente con el comunismo, en el plano político.
André Breton, uno de sus líderes, define así al suprarrealismo: «Automatismo
--------------
* De clown. Ver la explicación
que sobre el significado de este término hace José Carlos Mariátegui en su
"Esquema de una explicación de Chaplin", incluido en El Alma Matinal
y Otras Estaciones del Hombre de Hoy.
44
psíquico puro, por el cual nos proponemos expresar sea verbalmente, sea
por escrito, sea de cualquier otro modo, el funcionamiento real del
pensamiento. Dictado del pensamiento, en ausencia de todo control ejercitado
por la razón, fuera de toda preocupación estética o moral».
Lógicamente, el grupo suprarrealista francés -el suprarrealismo, como
tendencia artística, es un fenómeno mundial, que se manifiesta en muchos
escritores y poetas no calificados como suprarrealistas- no podía eludir la
política. Formuladas sus declaraciones estéticas y filosóficas, le tocaba
también formular una declaración política. Estaban forzados a responder a la
pregunta que cada vez más angustiadamente se hace la Francia: ¿Reacción,
Democracia o Revolución?
La "revolución suprarrealista" se ha pronunciado franca y
categóricamente por la revolución social. Antes de llegar a esta actitud ha
sufrido la defección de algunos de sus antiguos adherentes. Delteil, desde la
publicación resonante de su Jeanne d'Arc, está en flirt* con la fauna
conservadora y tradicionalista. Drieu La Rochelle, abandonando el rumbo que
voluntariamente tomó en sus libros Plainte contre inconnu y Mesure de la
France, se enrola también en las filas de la reacción. En una interview** de
Frederic Lefébre, Drieu La Rochelle llama a Bretón, Aragón, Eluard y sus
amigos, "prodigiosa troupe de jóvenes y de poetas" y "el grupo
más viviente del mundo actual". De Aragón y Bretón, dice, particularmente,
que «son los hombres que escriben mejor en francés desde que Barrés ha muerto,
también como Claudel y Valery, mejor que Gide». Pero los declara "fuera
del siglo".
El grupo suprarrealista no ha hecho, sin embargo, otra cosa que aceptar
las últimas consecuencias, las máximas responsabilidades de su actitud y de su
pensamiento, al fusionarse con el grupo Clarté. El acercamiento de Clarté y el
suprarrealismo empezó cuando simultáneamente denunciaron y repudiaron la obra
de Anatole
--------------
* Amor superficial, coqueteo.
** Entrevista.
45
France, en dos documentos espiritualmente afines. Más tarde, la protesta
contra la guerra de Marruecos, fue un nuevo motivo de aproximación. Cuatro
grupos, -cuatro revistas: Clarté, Correspondance, Philosophies y La Revolution
Surréaliste-, suscribieron entonces un manifiesto propugnando la revolución.
«Somos -decía este manifiesto- la revuelta del espíritu: conside-ramos la
revolución sangrienta como la venganza ineluctable del espíritu humillado por
vuestras obras. No somos utopistas: esta revolución no la concebimos sino bajo
su forma social». Los redactores de Clarté -Marcel Fourrier, Jean Bernier,
Victor Crastre, etc.- discutieron y acordaron entonces con los redactores de La
Révolution Surréaliste una fórmula de acción mancomunada.
De esta deliberación debía haber nacido ya una revista nueva: La Guerre
Civile. Pero la fusión no ha sido aún posible. Clarté representa una posición a
la cual sus redactores y sus partidarios no pueden todavía renunciar. Ambos
grupos mantienen, pues, por el momento, sus respectivas revistas. Pero en
Clarté -sin Barbusse- colaboran desde hace varios números todos los líderes
suprarrealistas. Y así André Bretón, el autor de las admirables páginas de Le
pas perdus,* como Louis Aragón, el poeta que André Gide admira tanto, suscriben
la concepción marxista de la revolución. ¿Acaso no se han dicho muchas veces
herederos de Rimbaud, el gran poeta, que después de haberse batido por la
Comuna, dejó para siempre la literatura?
EL BALANCE DEL SUPRARREALISMO**
Ninguno de los movimientos literarios y artísticos de vanguardia de
Europa occidental ha tenido, contra lo que baratas apariencias pueden
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* El paso perdido. (Trad.
lit.).
** Publicado en Variedades:
Lima, 19 de Febrero y 5 de Marzo de 1930. Después del título, la primera parte
ostentaba la siguiente apostilla: «A propósito del último manifiesto de André
Bretón». Y, denotando su clara secuencia, la segunda parte apareció bajo un
epígrafe que recuerda esa apostilla: El segundo manifiesto del suprarrealismo.
46
sugerir, la significación ni el contenido histórico del suprarrealismo.
Los otros movimientos se han limitado a la afirmación de algunos postulados
estéticos, a la experimentación de algunos principios artísticos.
El "futurismo" italiano ha sido, sin duda, una excepción de la
regla. Mari-netti* y sus secuaces pretendían representar, no sólo artística
sino también política, sentimentalmente, una nueva Italia. Pero el
"futurismo" que, considerado a distancia, nos hace sonreír, por este
lado de su megalomanía histrionesca, quizás más que por ningún otro, ha entrado
hace ya algún tiempo en el "orden" y la academia; el fascismo lo ha
digerido sin esfuerzo, lo que no acredita el poder digestivo del régimen de las
camisas negras, sino la ino-cuidad fundamental de los futuristas. El futurismo
ha tenido también, en cierta medida, la virtud de la persistencia. Pero, bajo
este aspecto, el suyo ha sido un caso de longevidad, no de continuación ni
desarrollo. En cada reaparición, se reconocía al viejo futurismo de anteguerra.
La peluca, el maquillaje, los trucos, no impedían notar la voz cascada, los
gestos mecanizados. Marinetti, en la imposibilidad de obtener una presencia
continua, dialéctica, del futu-rismo, en la literatura y la historia italianas,
lo salvaba del olvido, mediante ruidosas rentrées.** El futurismo, en fin,
estaba viciado originalmente por ese gusto de lo espectacular, ese abuso de lo
histriónico -tan italianos, ciertamente, y ésta sería tal vez la excusa que una
crítica honesta le podría conceder- que lo condenaban a una vida de proscenio,
a un rol hechizo y ficticio de declamación. El hecho de que no se pueda hablar
del futurismo sin emplear una terminología teatral, confirma este rasgo
dominante de su carácter.
El "suprarrealismo" tiene otro género de du-
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* Fundador del
"futurismo" literario. Véase los ensayos de Mariátegui sobre
Marinetti y el Futurismo en La Escena Contemporánea; y, en el presente volumen,
el que dedica a los Aspectos viejos y nuevos del futurismo.
** Nuevas presentaciones.
47
ración. Es verdaderamente, un movimiento, una experiencia. No está hoy
ya en el punto en que lo dejaron, hace dos años, por ejemplo, los que lo
obser-varon hasta entonces con la esperanza de que se desvaneciera o se
pacificara. Ignora totalmente al suprarrealismo quien se imagina conocerlo y
entenderlo por una fórmula, o una definición de una de sus etapas. Hasta en su
surgi-miento, el suprarrealismo se distingue de las otras tendencias o
programas artísticos y literarios. No ha nacido armado y perfecto de la cabeza
de sus inventores. Ha tenido un proceso. Dadá es nombre de su infancia. Si se
sigue atentamente su desarrollo, se le puede descubrir una crisis de pubertad.
Al llegar a su edad adulta, ha sentido su responsabilidad política, sus deberes
civiles, y se ha inscrito en un partido, se ha afiliado a una doctrina.
Y, en este plano, se ha comportado de modo muy distinto que el
futurismo. En vez de lanzar un programa de política suprarrealista, acepta y
suscribe el programa de la revolución concreta, presente: el programa marxista
de la revolución proletaria. Reconoce validez en el terreno social, político,
econó-mico, únicamente, al movimiento marxista. No se le ocurre someter la
política a las reglas y gustos del arte. Del mismo modo que en los dominios de
la física, no tiene nada que oponer a los datos de la ciencia; en los dominios
de la política y la economía juzga pueril y absurdo intentar una especulación
original, basada en los datos del arte. Los suprarrealistas no ejercen su
derecho al disparate, al subjetivismo absoluto, sino en el arte; en todo lo
demás, se comportan cuerdamente y esta es otra de las cosas que los diferencian
de las precedentes, escandalosas variedades, revolucionarias o románticas, de
la historia de la literatura.
Pero nada rehusan tanto los suprarrealistas como confinarse
voluntariamente en la pura especulación artística. Autonomía del arte, sí;
pero,
48
no clausura del arte. Nada les es más extraño que la fórmula del arte
por el arte. El artista que, en un momento dado, no cumple con el deber de
arrojar al Sena a un Flic* de M. Tardieu, o de interrumpir con una interjección
un discurso de Briand, es un pobre diablo. El suprarrealismo le niega el
derecho de ampararse en la estética para no sentir lo repugnante, lo odioso del
oficio de Mr. Chiappe, o de los anestesiantes orales del pacifismo de los
Estados Unidos de Europa. Algunas disidencias, algunas defecciones han tenido,
precisamente, su origen en esta concepción de la unidad del hombre y el
artista. Constatando el alejamiento de Robert Desnos, que diera en un tiempo
contribución cuantiosa a los cuadernos de La Revolution Surréaliste, André
Breton dice que «él creyó poder entregarse impunemente a una de las
acti-vidades más peligrosas que existen, la actividad periodística, y
descuidar, en función de ella, de responder a un pequeño número de intimaciones
brutales, frente a las cuales se ha hallado el suprarrealismo avanzando en su
camino: marxismo o antimarxismo, por ejemplo».
A los que en esta América tropical se imaginan el suprarrealismo como un
libertinaje, les costará mucho trabajo, les será quizás imposible admitir esta
afirmación: que es una difícil, penosa disciplina. Puedo atemperarla,
moderarla, sustituyéndola por una definición escrupulosa: que es la difícil,
penosa búsqueda de una disciplina. Pero insisto, absolutamente, en la calidad
rara -inasequible y vedada al snobismo, a la simulación- de la experiencia y
del trabajo de los suprarrealistas.
La Revolution Surréaliste ha llegado a su número XII y a su año quinto.
Abre el número XII un balance de una parte de sus operaciones, que André Bretón
titula: Segundo Manifiesto del Suprarrealismo.
--------------
* Apodo que los parisinos aplican a los policías.
49
Antes de comentar este manifiesto* he querido fijar, en algunos
acápites, el alcance y el valor del suprarrealismo, movimiento que he seguido
con una atención que se ha reflejado más de una vez, y no sólo episódicamente,
en mis artículos. Esta atención, nutrida de simpatía y esperanza, garantiza la
lealtad de lo que escribiré, polemizando con los textos e intenciones
suprarrealistas. A propósito del número XII agregaré que su texto y su tono
confirman el carácter de la experiencia suprarrealista y de la revista que la
exhibe y traduce. Un número de La Revolution Surréaliste representa casi
siempre un examen de conciencia, una interrogación nueva, una tentativa
arriesgada. Cada número acusa un nuevo reagrupamiento de fuerzas. La misma
dirección de la revista, en su sentido funcional o personal, ha variado algunas
veces, hasta que la ha asumido, imprimiéndole continuidad, André Breton. Una
revista de esta índole no podía tener una regularidad periódica, exacta, en su
publicación. Todas sus expresiones deben ser fieles a la línea atormentada,
peligrosa, desafiante de sus investigaciones y sus experimentos.
* * *
André Breton hace, en el segundo manifiesto del suprarrealismo, el
proceso de los escritores y artistas que habiendo participado en este
movimiento, lo han renegado más o menos abiertamente. Bajo este aspecto, el
manifiesto tiene algo de requisitoria y no ha tardado en provocar contra el
autor y sus compañeros de equipo violentas reacciones. Pero en esta
requisitoria hay lo
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* Hemos suprimido del texto
una frase circunstancial, en armonía con una práctica seguida por el propio
José Carlos Mariátegui, cuando pudo revisar los artículos que escribía para
revistas de actualidad: «Prometo a los lectores de Variedades un comentario de
este manifiesto y de una Introducción a 1930, publicada en el mismo número por
Louis Aragón». El comentario del mani-fiesto forma la segunda parte del
presente ensayo; pero la muerte frustró el que debió ser consagrado al artículo
de Louis Aragón.
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menos posible de cuestión personal. El proceso a las apostasías y a las
deserciones tiende, sobre todo, en esta pieza polémica, a insistir en la
difícil y valerosa disciplina espiritual y artística a que conduce la
experiencia suprarrealista. «Es remarcable -escribe Breton- que abandonados a
ellos mismos, y a ellos solos, los hombres que nos han puesto un día en la
necesidad de prescindir de su compañía, han perdido pie en seguida y han
debido, luego, recurrir a los expedientes más miserables para retornar en
gracia cerca de los defensores del orden, grandes partidarios todos del
nivelamiento por la cabeza. Es que la fidelidad sin desfallecimiento a los
empeños del suprarrealismo supone un desinterés, un desprecio del riesgo, un
rehusamiento a la conciliación, de los que, a la larga, pocos hombres se
revelan capaces. Aunque no quedara ninguno de todos aquellos que primero han
medido en él su chance* de significación y su deseo de verdad, el
suprarrealismo viviría».
Los disidentes notorios y antiguos del movimiento apenas si son
mencionados por Breton en este manifiesto que, en cambio, examina con rigor la
conducta de los que se han apartado del suprarrealismo en los últimos tiempos.
Breton extrema la agresión personal contra Pierre Maville, que tan marcadamente
se señaló, al lado de Marcel Fourrier, en la liquidación de Clarté y en su
sustitución por La Lutte des Classes.** Maville es presentado como el hijo
arribista de un banquero millonario, en desesperada búsqueda de notoriedad, a
quien el demonio de la ambición ha guiado en su viaje, desde la dirección de la
revista del suprarrealismo hasta La Lutte des Classes, La Verité***y la
oposición trotskysta.
Me parece que en Maville hay algo mucho más serio. Y no excluyo la
posibilidad de que Breton se rectifique más tarde acerca de él -si Maville
corresponde a mi propia esperanza- con la misma, nobleza con que, después de
una larga que-
--------------
* Oportunidad.
** La lucha de clases.
*** La Verdad.
51
rella, ha reconocido a Tristán Tzara la persistencia en el empeño
atrevido y en el trabajo severo.
La misma honradez, el mismo escrúpulo se constataba en apreciaciones
como las que nos introducen en este balance del suprarrealismo, precisando que
«no ha tendido a nada tanto como a provocar, desde el punto de vista
intelectual o moral, una crisis de conciencia de la especie más general y más
grave y que sólo la obtención o la no-obtención de este resultado puede decidir
de su logro o de su fracaso histórico». «Desde el punto de vista intelectual
-dice Breton-se trataba, se trata todavía de probar por todos los medios, y de
hacer reco-nocer a todo precio, el carácter ficticio de las viejas antinomias
destinadas hipócritamente, a prevenir toda agitación insólita de parte del
hombre; aunque sea dándole una idea indigente de sus medios, desafiándolo a
escapar en una medida válida a la coacción universal». No se puede aprobar
-justamente por las razones por las que se adhiere a esta definición, a este
precisamiento del suprarrealismo como una experiencia- las frases que siguen:
«Todo mueve a creer que existe un punto del espíritu, desde el cual la vida y
la muerte, lo real y lo bajo, cesan de ser percibidos contradictoriamente. Y
bien, en vano se buscaría a la actividad suprarrealista otro móvil que la
esperanza de deter-minación de este punto».
El espíritu y el programa del suprarrealismo no se expresan en estas ni
en otras frases ambiciosas, de intención epatante* y ultraísta.** El mejor
pasaje tal vez del manifiesto es aquel otro en que, con un sentido histórico
del romanticismo, mil veces más claro del que alcanzan en sus indagaciones a
veces tan banales los eruditos de la cuestión romanticismo-clasicismo, André
Breton afirma la filiación romántica de la revolución suprarrealista. «En la
hora en que los poderes públicos, en Francia, se aprestan a celebrar
grotes-camente con fiestas el centenario del romanticis-
--------------
* De épater: asombrar. Algunos
escritores querían épater le bourgeods, o sea, asombrar a la burguesía.
** Corriente literaria
decadente, catalogada entre las de "vanguardia".
52
mo, nosotros decimos que ese romanticismo del cual queremos
históricamente pasar hoy por la cola -pero la cola a tal punto prensil- por su
esencia misma reside en 1930 en la negación de esos poderes y de esas fiestas.
Que tener cien años de existencia es, para él, estar en la juventud y que lo
que se ha llamado, equivocadamente, su época heroica, no puede ser considerada
sino como el vagido de un ser que, comienza solamente a hacer conocer su deseo,
a través de nosotros y que, si se admite que lo que ha sido pensado antes de él
- clásicamente- era el bien, quiere incontestablemente todo el mal.
Pero las frases de gusto dadaísta no faltan en el manifiesto que tiene
en esos pasajes -«yo demando la ocultación profunda, verdadera del
suprarrealismo», «ninguna concesión al mundo», etc.- una entonación infantil
que, en el punto a que ha llegado históricamente este movimiento, como
experiencia e indagación, no es ya posible excusarle.
EL SUPERREALISMO Y EL AMOR *
Signo inequívoco de la filiación romántica o neo-romántica, como se
prefiera, del superrealismo es la encuesta sobre el amor de La Révolution
Surréaliste, ¿Se concibe en la Europa occidental, burguesa, decadente, una
encuesta sobre el amor? El pensamiento más escéptico y nihilista sobre el amor,
¿no ha sido expresado acaso por una mujer y escritora de Francia («¿El amor?
Dos seres que traicionan a otro»). Es menester el coraje de una falange
vanguardista, su reto sistemático a las ideas corrientes, su desprecio por los
tabús** burgueses, para someter a la literatura francesa contemporánea a la
prueba de una en-cuesta sobre el amor. Encuesta convocada sin neutralidad, sin
agnosticismo, con un sentido lírico del amor, patente en los términos mismos
del interro-gatorio, que es interesante, por esto, transcribir:
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* Publicado en Mundial: Lima,
22 de Marzo de 1930.
** Prohibiciones de origen
mágico que persisten en la sociedad contemporánea.
53
«1.- ¿Qué clase de esperanza pone Ud. en el amor?»
«2.- ¿Cómo contempla Ud. el pase de la idea del amor al hecho de amar?
¿Haría Ud. al amor, de buen grado o no, el sacrificio de su libertad? ¿Lo ha
hecho Ud.? ¿Consentiría Ud. en el sacrificio de una causa que hasta entonces
Ud. se había creído obligado a defender, si fuera necesario a sus ojos, para no
desmerecer del amor? ¿Aceptaría Ud. no llegar a ser aquel que habría podido
ser, si a este precio debiese lograr plenamente la certidumbre de amar? ¿Cómo
juzgaría Ud. a un hombre que fuera hasta traicionar a sus convicciones por
agradar a la mujer que ama? ¿Semejante prenda, puede ser demandada, ser
obtenida?»
«3. - ¿Se reconoce Ud. el derecho de privarse por algún tiempo de la
pre-sencia del ser que ama, sabiendo a qué punto la ausencia es exaltante para
el amor, mas percibiendo la mediocridad de tal cálculo?»
«4.- ¿Cree Ud. en la victoria del amor admirable sobre la vida sórdida o
de la vida sórdida sobre el amor admirable?»
No pocas respuestas son, en parte, una rectificación o una crítica de
estas preguntas, de perfecta entonación romántica, y algunas de las cuales no
serían concebibles ni excusables en gente que careciera de la juventud, de la
sol-vencia poética y de la calidad artística de los superrealistas. Hace falta
un gusto absoluto por el desafío y la provocación para reivindicar de un modo
tan apasionado los fueros del amor, en un pueblo que, como alguien ha dicho, ha
reducido el amor a la rigolada.* La Francia poincarista, de la estabilización
del franco, es el pueblo menos romántico del mundo contemporáneo. Todo el
teatro francés y burgués que ha explotado, metódicamente, en la alta comedia y
en el bajo vaudeville,** el tema del adulterio, en crisis desde la genial
sátira de Crommelynk, no tiende a otra cosa que a la depreciación sentimental e
intelectual
--------------
* Broma.
** Una manera de zarzuela.
54
del amor. Expresador genuino de la burguesía, a cuyo divertimiento se
destinaba este arte de bulevar o de salón, es Clement Vautel, que responde con
estas palabras a la encuesta de los suprarrealistas: «El amor no es, en
realidad, sino una deformación del instinto de la reproducción. La naturaleza
nos tiende el lazo del placer y el deseo es, en el fondo, puramente
fisiológico. Digo puramente, porque no es puro sino lo que es natural». Pasado
el romanticismo, la literatura burguesa adoptó, en general, una concepción
positivista del amor, que revela, en el orden sentimental, lo que vale el
idealismo burgués, tan dispuesto siempre a escandalizarse, en el orden
intelectual, del materialismo neto de las proposiciones marxistas.
Se sabe la adhesión que al freudismo, en psicología, y al marxismo, en
política, manifiestan los superrealistas. No es contradictorio ni anómalo
profesar los principios de Freud sobre la libido y confesar el más poético y
romántico sentimiento del amor. Freud que tan visiblemente ha ofendido el
idealismo formal de las ideas burguesas de la sociedad occidental, por este
solo hecho está mucho más cerca de los superrealistas que de Clement Vautel, y
su positivismo de cronista de un gran rotativo y de autor de vaudeville.
Francis de Miomandre observa, en su respuesta, que en su insólita y
exaltada apologética del amor, los superrealistas van insistiendo justamente en
su lado amenazante, peligroso, y son fieles a su sentido de la vida y del arte.
«Pues para ellos -escribe Miomandre- el amor es como su hermana la poesía, una
tentativa desesperada de asir la verdad. Y es lo patético de esta situación, a
la que se proponen permanecer fieles, lo que los hace a tal punto desemejantes
de los otros escritores, a tal punto más interesantes».
La respuesta más malévola y refractaria es la de un ex-superrealista,
acre-mente calificado por André Bretón en su último manifiesto: Roger Vitrac.
«Creo en la victoria de la vida admirable sobre el amor sórdido» —ha escrito
Vitrac en L'Intransigeant,* en una nota que Marcel Fou-
--------------
* El Intransigente.
55
rrier considera «un magnífico espécimen de esa literatura policial» que
él denuncia precisamente en un artículo de La Révolution Surréaliste.
¿Cómo responden a su propio cuestionario los adalides y animadores del
superrealismo? Louis Aragón declara: «Me sé capaz de amar, no me creo capaz de
esperar. Sin embargo, para evitar un equívoco que regocijaría a los puercos,
diré que, en la medida en queda esperanza es una idea-límite y en la medida en
que, en el límite, la idea del amor se confunde con la del bien filosófico,
coloco toda mi esperanza en el amor como en la revolución, de la cual en este
mundo-límite donde todo se confunde no es de ningún modo diferenciable». A la
segunda parte del cuestionario, Aragón contesta así: «El amor es la sola
pérdida de libertad que nos da fuerzas", esta frase que yo tengo de quien
me es más caro en el mundo, resume todo lo que yo sé del amor. Si el amor exige
el sacrificio de todo lo que hace la dignidad de la vida, niego que esto sea el
amor». André Bretón suscribe como suya la respuesta de una mujer, Suzzanne
Muzard, que entre otras cosas dice: «No deseo ser libre, lo que no comporta
ningún sacrificio de mi parte. El amor tal como yo lo concibo no tiene ni
barrera que franquear ni causa que traicionar». Paul Eluard escribe: «He creído
largo tiempo hacer al amor el doloroso sacrificio de mi libertad, pero todo ha
cambiado; la mujer que yo amo no se muestra más ni inquieta ni celosa, me deja
libre y yo tengo el valor de serlo. Deman-dada a un hombre honrado semejante
prenda no puede sino destruir su amor o conducirlo a la muerte».
No escasean las observaciones finas y sagaces en las respuestas de
escritores de otros campos. Luc Durtain reconoce en la tercera una
"pregunta de amante" y envidia a quien la formula. No se podría
ciertamente, pensar en la función exaltante de la ausencia a la edad de J. H.
Rosny cuya respuesta comienza diciendo: "Ninguna esperanza, estoy en el
ocaso de mi vida". Maurice Heine remarca: «La vida no es exclusivamente
sórdida, ni el amor necesariamente admirable.
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¿No se puede concebir una vida admirable por haber triunfado de un amor
sórdido?». Y la respuesta que en otro tiempo habría pasado por ser la más
superrealista, al menos como lenguaje, es la de Blaise Cendrars: «Yo pongo en
el amor una sola esperanza: la esperanza de la desesperación. Todo el resto es
literatura». ¿No pretende Emmanuel Berl que el superrealismo ha fundado un club
de la desesperanza, una literatura de la desesperanza, una poesía de la
desesperanza? Berl enjuicia todo un fenómeno, todo un proceso, por tan gesto y
un síntoma. Es un mal clínico, a quien escapa, seguramente, la sutil y
entrañable razón por la que Eluard es más lírico que Cendrars.
ASPECTOS VIEJOS Y NUEVOS DEL FUTURISMO*
El futurismo ha vuelto a entrar en ebullición. Marinetti, su sumo
sacerdote, ha reanudado su pintoresca y trashumante vida de conferencias,
andanzas, proclamas, exposiciones y escándalos. Algunos de sus discípulos y
secuaces de las históricas campañas se han agrupado de nuevo en torno suyo.
El período de la guerra produjo un período de tregua del futurismo.
Primero, porque sus corifeos se trasladaron unánimemente a las trincheras.
Segundo, porque la guerra coincidió con una crisis en la facción futurista. Sus
más ilustres figuras -Govoni, Papini, Palazzeschi- se habían apartado de ella,
menesterosos de libertad para afirmar su personalidad y su originalidad
individual. Y estas y otras disidencias habían debilitado el futurismo y habían
comprometido su salud. Mas, pasada la guerra, Marinetti ha podido reclutar
nuevos adeptos en la muchedumbre de artistas jóvenes, ávidos de innovación y
--------------
* Publicado en El Tiempo:
Lima, 3 de Agosto de 1921. Véase también el ensayo sobre Marinetti y el
futurismo, que José Carlos Mariátegui publicó inicialmente en Variedades (Lima,
19 de Enero de 1924) y que luego incluyó en La Escena Contemporánea.
57
ebrios de modernismo. Y ha encontrado, naturalmente, un ambiente más
propicio a su propaganda. El instante histórico es revolucionario en todo
sentido.
Esta vez el futurismo se presenta más o menos amalgamado y confundido
con otras escuelas artísticas afines: el expresionismo, el dadaísmo, etc. De
ellas lo separan discrepancias de programa, de táctica, de retórica, de origen
o, simplemente, de nombre. Pero a ellas lo une la finalidad renovadora, la
bandera revolucionaria, todas estas facciones artísticas se fusionan bajo el
común denominador de arte de vanguardia.
Hoy, el arte de vanguardia medra en todas las latitudes y en todos los
climas. Invade las exposiciones. Absorbe las páginas artísticas de las
revistas. Y hasta empieza a entrar de puntillas en los museos de arte moderno.
La gente sigue obstinada en reírse de él. Pero los artistas de vanguardia no se
desalientan ni se soliviantan. No les importa ni siquiera que la gente se ría
de sus obras. Les basta que se las compren. Y esto ocurre ya. Los cuadros
futuristas, por ejemplo, han dejado de ser un artículo sin cotización y sin
demanda. El público los compra. Unas veces porque quiere salir de lo común.
Otras veces porque gusta de su cualidad más comprensible y externa: su novedad
decorativa. No lo mueve la comprensión sino el snobismo. Pero en el fondo este
snobismo tiene el mismo proceso del arte de vanguardia. El hastío de lo
académico, de lo viejo, de lo conocido. El deseo de cosas nuevas.
El futurismo es la manifestación italiana de la revolución artística que
en otros países se ha manifestado bajo el título de cubismo, expresionismo,
dadaísmo. La escuela futurista, al igual que esas escuelas, trata de
universalizarse. Porque las escuelas artísticas son imperialistas,
conquistadoras y expansivas. El futurismo italiano lucha por la conquista del
arte europeo, en concurrencia con el cubismo hilarante, el expresionismo
germano y el dadaísmo novísimo. Que a su vez viene a Italia a disputar al futurismo
la hegemonía en su propio suelo.
La historia del futurismo es más o menos cono-
58
cida. Vale la pena, sin embargo, resumirla brevemente.
Datan de 1906 los síntomas iniciales. El primer manifiesto fue lanzado
desde París tres años más tarde. El segundo fue el famoso manifiesto contra el
conocido "claro de luna". El tercero fue el manifiesto técnico de la
pintura futurista. Vinieron en seguida el manifiesto de la mujer futurista, el
de la escultura, el de la literatura, el de la música, el de la arquitectura,
el del teatro. Y el programa político del futurismo.
El programa político constituyó una de las desviaciones del movimiento,
uno de los errores mortales de Marinetti. El futurismo debió mantenerse dentro
del ámbito artístico. No porque el arte y la política sean cosas incompatibles.
No. El grande artista no fue nunca apolítico. No fue apolítico el Dante. No lo
fue Byron. No lo fue Víctor Hugo. No lo es Bernard Shaw. No lo es Anatole
France. No lo es Romain Rolland. No lo es Gabriel D'Annunzio. No lo es Máximo
Gorki. El artista que no siente las agitaciones, las inquietudes, las ansias de
su pueblo y de su época, es un artista de sensibilidad mediocre, de comprensión
anémica. ¡Que el diablo confunda a los artistas benedictinos, enfermos de
megalomanía aristocrática que se clausuran en una decadente torre de marfil!
No hay, pues, nada que reprochar a Marinetti por haber pensado que el
artista debía tener un ideal político. Pero sí hay que reírse de él por haber
supuesto que un comité de artistas podía improvisar de sobremesa una doctrina
política. La ideología política de un artista no puede salir de las asambleas
de estetas. Tiene que ser una ideología plena de vida, de emoción, de humanidad
y de verdad. No una concepción artificial, literaria y falsa.
Y falso, literario y artificial era el programa político del futurismo.
Y ni siquiera podía llamarse legítimamente futurista, porque estaba saturado de
sentimiento conservador, malgrado su retórica revolucionaria. Además, era un
programa local. Un programa esencialmente italiano. Lo que no se compaginaba
con algo esencial en
59
el movimiento: su carácter universal. No era congruente juntar a una
doctrina artística de horizonte internacional con una doctrina política de
horizonte doméstico.
Errores de dirección como éste sembraron el cisma en el futurismo. El
público creyó, por ello, en su fracaso. Y cree en él hasta ahora. Pero tendrá
que rectificar su juicio.
Algunos iniciadores del futurismo -Papini, Govoni, Palazzeschi- no son
ya futuristas oficiales. Pero continuarán siéndolo a su modo. No han renegado
del futurismo; han roto con la escuela, Han disentido de la ortodoxia
futurista.
El fracaso es, pues, de la ortodoxia, del dogmatismo; no del movimiento.
Ha fracasado la desviada tendencia a reemplazar el academicismo clásico con un
academicismo nuevo. No ha fracasado el fruto de una revolución artística. La
revolución artística está en marcha. Son muchas sus exageraciones, sus
destemplanzas, sus desmanes. Pero es que no hay revolución mesurada,
equilibrada, blanda, serena, plácida. Toda revolución tiene sus horrores. Es
natural que las revoluciones artísticas tengan también los suyos. La actual
está, por ejemplo, en el período de sus horrores máximos.
60
TOPICOS DE ARTE MODERNO
POST-IMPRESIONISMO Y CUBISMO*
ESTA época de compleja crisis política es también una época de compleja
crisis artística. Aparecen en el arte conceptos y formas totalmente adversos a
los conceptos y formas clásicos. El gusto del vulgo los rechaza irritados. Los
recibe como una majadería o una extravagancia. Pero la aparición de esas
escuelas es un fenómeno natural de nuestra época. No envejecen únicamente las
formas políticas de una sociedad y una cultura; envejecen también sus formas
artísticas. La decadencia y el desgaste de una época son integrales, unánimes.
Veamos la interpretación spengleriana del arte moderno. Oswald Spengler
dice que en la etapa final de una cultura «la existencia no tiene forma
interior; el arte de la gran urbe es una costumbre, un lujo, un deporte, un
excitante; los estilos se ponen de moda y varían rápidamente (rehabilitaciones,
inventos caprichosos, imitaciones); no tienen ya contenido simbólico». Esta
tesis de Spengler define muy bien las características del arte actual. Es casi
un cuadro sintomatológico. En realidad, el arte se encuentra en un período de
modas. En un período de imitaciones de motivos arcaicos y exóticos. El gusto de
los artistas europeos es más versátil y tor-
--------------
* Publicado en Variedades: Lima, 26 de enero de 1924.
61
nadizo que nunca. Y se complace en la imitación de modelos remotos o de
modelos extranjeros. La pintura y la música, por ejemplo, están impregnadas de
orientalismo. Los colores y los ritmos rusos invaden París y Berlín, Londres y
Roma. La pintura japonesa ejerce una extensa influencia sobre varios sectores
del arte contemporáneo. Simultáneamente, otros sectores se tiñen densamente de
primitivismo. Muchos artistas buscan a sus maestros y sus dechados entre los
últimos pre-renacentistas. Otros se remontan a Cima-bue y a Ghiotto. Sandro
Botticelli, Fra Filippo Lippi, Pier della Francesca resultan extrañamente
actuales. Asistimos a una valorización de su arte y sus obras. Y esta
valorización no es artificial ni arbitraria. A mí, verbigracia, un cuadro de
Botticelli me impresiona y place mucho más que un cuadro de Rafael. Si hubiese
nacido hace cien años me habría acontecido lo contrario. En la escultura se
nota una acentuada corriente de arcaísmo. Las estatuas modernas son,
generalmente, hieráticas, rígidas, sintéticas. Acusan una marcada influencia de
la escultura egipcia. En suma, las escuelas son múl-tiples; la inquietud de los
artistas es infinita; la moda es fugaz; la búsqueda es insaciable. ¿Hay que ver
en todo esto, como Spengler, más que ninguna otra cosa, un síntoma del tramonto
de la civilización occidental?
Uno de los leaders* del arte de vanguardia, Francis Picabia, dice que la
historia del arte se condensa en períodos de revolución y de conservación. A un
período romántico sigue un período clásico. Un período romántico es
tempestuoso, desordenado, caótico. Es, sincrónica y revueltamente, de
destrucción y de construcción. Un periodo clásico, en cambio, es sereno,
regular, apacible. Encierra un trabajo de pacífica elaboración y desarrollo de
un estilo. Actualmente atravesamos un período romántico y revolucionario. Los
artistas buscan una meta nueva. Las escuelas modernas son vías, rumbos,
exploraciones.
--------------
* Dirigente
62
En un artículo de La Revista de Occidente, Eugenio D'Ors conduce a sus
lectores a otro punto de vista. Remarca la similitud y el parentesco que existe
entre unas marqueterías de Fra Giovanni de Verona y muchos cuadros de ahora.
Fra Giovanni de Verona, cuya lejana inspiración tenía raíces góticas, copiaba
grupos de objetos del mundo inorgánico: un compás, un frasco, unos libros; una
vihuela, un cono, unas gafas; una copa, una arena, un cráneo. Ahora se cultiva
también, apasionadamente, la "naturaleza muerta". La "naturaleza
muerta" de estos tiempos es menos austera, menos ascética que la de los
tiempos de Fra Giovanni de Verona. Alguna vez el grupo se compone de una pieza
de caza, un haz de espárragos, una botella. Pero, generalmente, el grupo es más
simple: una botella, una manzana, un vaso. Picasso ha pintado varias veces una
vihuela sobre una silla o sobre una mesa. ¿Qué buscan los artistas actuales en
esta persistente producción de "naturalezas muertas"? Sería estólido
atribuirles limitadamente una frívola adhesión a una moda. Esos artistas
aprenden a ver y copiar la naturaleza de una manera nueva.
Las botellas, los vasos y las manzanas no han variado en cinco siglos;
pero la sensibilidad de los hombres sí. Y el mundo exterior de un artista de
hoy no se parece casi al mundo exterior de un artista del Renacimiento. La vida
actual tiene elementos físicos absolutamente nuevos. Uno de ellos es la
velocidad. El hombre antiguo marchaba lentamente, que es, según Ruskin, como
Dios quiere que el hombre marche. El hombre contemporáneo viaja en automóvil y
en aeroplano. Una época está separada pues de otra por hondas diferencias
mentales, espirituales y físicas. Las escuelas artísticas actuales son un
producto genuino de esta época y de su ambiente. Algunos críticos asignan un
rol a la velocidad en la generación del impresionismo. Es absurdo, es cretino
pretender que se pinte hoy como en los días del Tintoretto. Los artistas
sienten y ven las cosas de otra manera. Las pintan, por, eso, diversamente. Una
necesidad superior, un mandato
63
íntimo mueve a los artistas a la búsqueda de una forma y una técnica
nuevas. Los leaders, los creadores de las escuelas extremistas dominan la
técnica y los recursos académicos. Picasso tiene dibujos más puros y clásicos
que los de Ingres y los de Rafael. Los más grandes artistas contemporáneos son,
sin duda, los artistas de vanguardia. Archipenko, cuyas obras desconciertan y
contrarían al vulgo, representa en la historia del arte mucho más que cualquier
Benlliure, cuyas obras emocionan y satisfacen a ese mismo vulgo. Ningún artista
ortodoxo de los últimos tiempos es comparable a Van Gogh, a Franz Marck, a
Matisse, a Picasso y a otros artistas arbitrarios.
El proceso del arte moderno es, de otro lado, un proceso coherente,
lógico, orgánico, bajo su apariencia desordenada y anárquica. El impresionismo,
que dio al arte una orientación realista, exaltó el valor del color y de la luz
y desconoció el valor de la línea. Las figuras y las cosas perdieron su
contorno. El cubismo, desde este punto de vista, representó una reacción contra
la vaguedad y la incorporeidad de las formas impresionistas. Se preocupó
exclusivamente de, los planos y de la línea. El post-impresionismo rectifica el
error del impresionismo. Su esencia es la misma del impresionismo; pero su
técnica no. Es una técnica corregida, revisada, que concede a la línea la misma
categoría plástica que al color. El post-impresionismo, además, es sintetista.
Es una de las manifestaciones de esa tendencia a la estilización y a la
síntesis que domina el arte de hoy y que resucita algunas formas arcaicas.
Los artistas de las academias, los artistas oficialmente gloriosos,
miran con un aire un poco desdeñoso el extremismo de estas escuelas y de estas
sectas. Muchos de ellos, sin embargo, emplean en su arte elementos creados por
esas sectas y esas escuelas. Sus obras contienen, más o menos diluido, algún
ingrediente impresionista, cubista o sintetista. El gusto común rechaza hoy la
Venus de Archipenko, como rechazó en otro tiempo la Olimpia de Manet y el
Balzac de Ro-
64
din. El arte es sustancial y eternamente heterodoxo. Y, en su historia,
la herejía de hoy es casi seguramente el dogma de mañana.
Spengler sostiene que para que una verdad sea comprendida es
indispensable una generación que nazca dotada de las disposiciones necesarias.
Ortega y Gasset, en un remarcable artículo sobre la actitud de la generación
actual ante el arte de vanguardia, llega, por otro camino, a la misma tesis.
Dice que es natural que el público no comprenda absolutamente este arte. Se
trata de un arte nuevo e insólito en su espíritu y en su materia, en su
contenido y en su forma. El público, por eso, no lo discute: lo repudia
integralmente.
EL EXPRESIONISMO Y EL DADAISMO*
El vulgo no cree que el arte dadaísta sea un arte defectuoso o un arte
equivocado. Cree, radicalmente, que no es arte. Le niega todo derecho de ser
calificado y clasificado como arte. El gusto del público está adaptado a una
concepción más o menos clásica del arte; y el arte ultramoderno brota de una
concepción absolutamente diversa. He citado, anteriormente, en mis notas
relativas al post-impresionismo y cubismo,
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* Publicado en Variedades:
Lima, 2 de febrero de 1924, con el título de "La extrema izquierda del
arte actual: El expresionismo y el dadaísmo". Suprimida por el propio
autor, el artículo empezaba con las siguientes frases: «Partamos lector, para una
rápida excursión por la zona más esotérica y laberíntica del arte de nuestro
tiempo: el expresionismo y el dadaísmo. Es probable que para emprender este
viaje tengas el mismo temor que para emprender un vuelo. Pero debes
tranquilizarte. Te puedo garantizar que, después de una travesía más o menos
cómoda, volveremos a tierra. No nos marearemos, ni, mucho menos nos
extraviaremos».
«Sólo tienes que prepararte para una sorpresa. Probablemente, las obras
del expresionismo y del dadaísmo, que conocerás durante esta excursión, no te
parecerán obras de arte. Tal es la actitud natural de la mayoría de la
genera-ción contemporánea, ante las escuelas ultramodernas y sus creaciones».
65
un certero juicio de Ortega y Gasset sobre este tema. Ortega y Gasset
observa que, mientras el artista antiguo, ejercía el arte, hierática, religiosa
y solem-nemente, el artista nuevo lo ejerce alegre y gayamente. El artista
antiguo se sentía un hierofante, un sacerdote. El artista nuevo se siente, más
bien, un jugador, un juglar. El arte de nuestro tiempo tiende a asimilarse al
espíritu del deporte. Los dadaístas piensan que la obra de una civilización,
«el arte de la gran urbe es una costumbre, un lujo, un deporte, un excitante».
El arte ultramoderno quiere ser un arte sustancial y absolutamente
nuevo. Un teórico del dadaísmo asegura que "el arte, tal vez, comienza
hoy". Sostiene que el arte ha tenido hasta ahora una base práctica,
consonantemente con la cultura y la educación utilitarias que lo han
engendrado. Reclama para el arte una base puramente espiritual. Propugna un
método abstracto, un método no práctico. Siente el arte «como una elaboración
desinteresada, emanada de una conciencia superior del individuo, extraña a las
cristalizaciones pasionales y a la experiencia vulgar».
Esto aparecerá muy grave, muy serio y muy filosófico. Pero es que esto
pertenece a la teorización del dadaísmo; no a su ejercicio. El arte dadaísta es
fundamentalmente humorista. Y es, al mismo tiempo, agudamente escéptico. Su
escepticismo y su humorismo son dos de sus componentes sustantivos. Bajo este
aspecto, el arte ultra-moderno no es sino una fase del fenómeno relativista. El
dadaísmo es festiva e integralmente nihilista: no cree en nada; no tiene
ninguna fe ni siente su falta. Ribemont Dessaignes dice: "Dada duda de
todo". Uno de los manifiestos de Francis Picabia contiene estas frases:
«Dada no es nada, nada, nada. Dada es como vuestras esperanzas: nada. Como
vuestro paraíso: nada. Como vuestros ídolos: nada. Como vuestros hombres
políticos: nada. Como vuestros héroes: nada. Como vuestros artistas: nada. Co-
66
mo vuestras religiones: nada». Y el poeta Tristán Tzara, leader y
fundador del
dadaísmo, agrega: «Dadá se transforma, afirma, dice al mismo tiempo lo
contrario, grita, pesca con caña. Dadá es el camaleón del cambio rápido e
interesado. Dadá está contra lo futuro. Dadá ha muerto. Dadá es idiota. ¡Viva
Dadá! Dadá no es una escuela literaria».
Este lenguaje, lector, en primer lugar, te parecerá incoherente y, en
segundo lugar, no te parecerá circunspecto. Y bien, el dadaísmo es incoherente
y no es circunspecto. Tú añadirás que el dadaísmo es, además, infantil,
insensato y estúpido. Y los dadaístas no tendrán el menor inconveniente en
suscribir tu opinión. La oposición al dadaísmo tiene esta ventaja. En la época
de advenimiento del romanticismo, del realismo, etc., los fautores de estas
revoluciones polemizaban ardorosamente con sus adversarios. Los corifeos del
dadaísmo, en cambio, se complacen en dar la razón a los suyos. «¿No
comprendéis, verdad, lo que nosotros hacemos? Y bien, nosotros lo com-prendemos
menos todavía». La incoherencia, verbigracia, no es en el dadaís-mo un defecto
ni un exceso, sino un ingrediente, un elemento, un factor casi básico y
esencial. No se puede ser dadaísta sin ser incoherente. La coherencia es propia
de un método práctico. La coherencia se inspira en razones de comodidad y de
utilidad. Y los dadaístas se proponen no subordinar a la comodidad ni a la
utilidad su actividad estética.
El dadaísmo se complace, pues, en la incoherencia y en el desorden. Una
greguería* -llamémosla así- de Picabia dice: «Los sentidos huelen a cebolla en
las tardes». Y otra dice: «El más bello descubrimiento del hombre es el
bicarbonato de soda».
Y veamos un ejemplo de poesía dadaísta:
--------------
* Pensamiento breve de sentido
humorístico. La paternidad de las greguerías se atribuye a Ramón Gómez de la
Serna.
67
«Je suis dada, a-dada-anada, anana.
Amanda n'avait q'un defaut...»*
Todo esto es demasiado insólito, demasiado nuevo, demasiado disparatado.
Pero todo esto es, asimismo, muy propio de nuestro tiempo. Este género de arte
es como la música negra, como el box y como otras cosas actuales, un síntoma y
un producto legítimos, peculiares y espontáneos de una civilización que se
disuelve y que decae. El arte se vuelve deporte, se torna juego. Una poesía no
tiene hoy más importancia que un tango. La poesía y el jazz band suelen
acompañarse muy bien en este tiempo. Yo he oído en Roma a un poeta recitar sus
versos acompañado al piano con música de fox-trot. Y el efecto de esta melopea
snobista era bastante agradable.
No es sensato, por estos varios motivos, enfadarse dramáticamente contra
dos dadaístas. El hecho de no comprenderlos no autoriza a declararlos locos. El
dadaísmo es un fruto de la época. No es una invención de Tristán Tzara y
Francis Picabia. Muchas cosas, muchos elementos del dadaísmo son ante-riores a
la aparición oficial del dadaísmo, que no data sino de 1918. Muchas greguerías
de Gómez de la Serna, por ejemplo, tienen un marcado sabor dadaísta. El
dadaísmo no es una consecuencia de los dadaístas. Los leaders del dadaísmo,
además, son gentes de talento, cuyo arte, en sus dosis mínimas, ha empezado ya
a ser administrado al público por librerías y revistas. (La Revista de
Occidente aloja, frecuentemente, la firma de Jean Cocteau).
Internémonos más profundamente en el sentido del arte de hoy. Veamos,
ante todo, qué es lo que separa el arte del siglo XIX y el arte del siglo XX.
La característica del arte del siglo XIX es su orientación naturalista. El
artista de esa orientación se sentía destinado a copiar la naturaleza, tal como
la veía, sin dramatizarla y sin idealizarla. El arte se purgó, en esa época, de
la retórica y la teatralidad antiguas. La escuela
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* Traducción literal: Yo soy
dada, a-dada-anada, anana. Amanda no tenía más que un defecto.
68
central del siglo XIX es la escuela impresionista, y el impresionismo es
esencialmente naturalista y objetivista. Para el impresionismo, la obra de arte
es una impresión de la naturaleza. El expresionismo tiene un punto de vista
radicalmente antagónico y antitético. No es objetivista, sino subjetivista. El
mundo de un artista expresionista es un mundo abstracto. Jorge Simmel, en su
interesante ensayo sobre El Conflicto de la Cultura Moderna, define hondamente
la antítesis entre el impresionismo y el expresionismo. El tema de la obra de
arte impresionista es el modelo. El tema de la obra de arte expre-sionista es
lo que el modelo sugiere, lo que el modelo suscita en el espíritu del artista.
El modelo, en el arte expresionista, deja de ser específicamente un modelo.
Pasa de su categoría primaria y única a una categoría secundaria. En el
expresionismo el eje del arte se desplaza del objeto al sujeto. El
impresio-nismo es sólo impresión. El expresionismo es sólo expresión. Aquí
reside toda la diferencia, toda la oposición entre uno y otro arte. Dentro del
concepto vigente del arte, la forma es la expresión del contenido. Dentro del
concepto novísimo, la forma es todo: es forma y es contenido al mismo tiempo.
La forma resulta el único fin del arte.
Muchos cuadros de estas escuelas no intentan ser sino una armonía de
colores y de líneas. No representan absolutamente nada. No reproducen ninguna
figura, ningún objeto. Son tan sólo, repito, una composición caprichosa de
líneas y de colores. ¿Anuncian e inician la tendencia a crear una pintura
exclusivamente pictórica? A la pintura han estado, más o menos, mezcladas
siempre la arquitectura, la poesía, la literatura. Es probable que ahora la
pintura trate de ser únicamente pintura, ¿No se advierte, acaso, el mismo rumbo
en la ciencia: en la historia, la biología, la física? Las nuevas corrientes
artísticas son, como la teoría de la relatividad, un fruto de esta estación
histórica.
Varias fases del arte ultra-moderno concuerdan con otras fases del
espíritu y la mentalidad contemporáneas. El dadaísmo, por ejemplo, pro-
69
pugna la siguiente tesis artística: «Asesinemos la inteligencia si
queremos comprender la belleza». Desde este punto de vista, el dadaísmo resulta
un fenómeno congruente con otros fenómenos actuales. Constituye una reacción
contra el intelectualismo del arte de los últimos tiempos. El arte, a causa de
la influencia del período racionalista, llegó a este siglo demasiado
intelectua-lizado. Y el arte no debe ser pensamiento, sino sentimiento; no debe
ser creación consciente, sino creación subconsciente. El dadaísmo, en el
lenguaje ultraísta y extremista que le es propio, arremete contra toda
servidumbre del arte a la inteligencia. Y este movimiento coincide con el
tramonto del pensamiento racionalista.
La raíz de esta extraña flora artística es, evidentemente, la misma de
la nueva flora científica y metafísica. Un hombre de pensamiento no puede,
pues, recibir únicamente con una risa idiota las extravagancias y los
disparates del arte de vanguardia. Aunque tengan todo el aire de cosas
grotescas, se trata, en realidad, de cosas serias.
LA PINTURA ITALIANA EN LA ÚLTIMA EXPOSICION*
Con la primera exposición bienal, Roma ha celebrado el cincuentenario
como capital del Reino de Italia.
Y, sobre todo, se ha lanzado a la conquista de su antigua hegemonía en
el arte italiano.
Esta primera bienal no ha podido ser internacional como las grandes e
ilustres bienales de Venecia. Pero lo será la segunda. Roma quiere volver a ser
el centro de la actividad artística de Italia. De hoy en adelante tendrá, como
Venecia, su exposición bienal. Un año se congregarán los artistas en Venecia y
otro año se congregarán en Roma. La bienal de Roma competirá con la bienal de
Venecia: Tratará de quitarle la supremacía.
--------------
* Publicado en El Tiempo:
Lima, 7 de noviembre de 1921, en la sección "Cartas de Italia",
escrito en Roma, en Setiembre de 1921.
70
Roma mira con descontento desde hace algún tiempo el crecimiento
artístico de Milán. Que Milán sea un gran foco comercial e industrial no le
importa ni le preocupa absolutamente. Roma no envidia a Milán sus fábricas ni
sus usinas. Es demasiado aristocrática para no desdeñar a una ciudad
prosaica-mente manufacturera. Pero, en cambio, Roma tiene celos del
engrandeci-miento de Milán como foco artístico. Milán debería ser a juicio de
Roma sólo una metrópoli de trabajadores y negociantes: no una metrópoli de artistas.
El arte no debería vivir en una ciudad de chimeneas.
Y es que Roma, evidentemente, no se da cuenta de que Milán es un gran
centro artístico e intelectual precisamente porque es un gran centro industrial
y capitalista. Roma fue la sede máxima del arte italiano cuando fue la ciudad
de los Papas o de los emperadores.
Ahora que no es la ciudad de los Papas ni de los emperadores, ni es
tampoco una metrópoli comercial, le falta poder de atracción y su historia no
es título bastante. Actualmente la clientela de los artistas es la burguesía
industrial. Los artistas tienen, pues, que vivir y trabajar donde vive y
trabaja esa burguesía. Las metrópolis modernas son, ante todo, metrópolis
industriales y trabajadoras.
Pero dejemos a Roma, a la cara, buena y grande Roma, con sus celos y con
su ilusiones: Y ocupémonos un poco de su primera exposición bienal.
Está primera bienal romana no ha sido tan sólo un mitin de los artistas
ita-lianos contemporáneos. Para su mayor solemnidad y fausto, ha sido, al mismo
tiempo, una exposición de la producción pletórica de los últimos cincuenta años
de la vida italiana. Ha sido, en suma, la síntesis artística del primer
cincuentenario del Reino Unido de Italia, capital, Roma.
Fattori, Segantini, Previati, Morelli, Costa, los más altísimos pintores
de los cincuenta años de unidad italiana han llenado con sus cuadros, su nombre
y su gloria las salas de la exposición. Y han desalojado un poco de ella, por
ende de la
71
atención pública, a los artistas contemporáneos.
La exposición ha resultado más retrospectiva que actual. De manera que
no ha servido mucho para la clarificación de los valores artísticos del día.
Ha servido, más bien, para una minuciosa crítica de los valores
artísticos del cincuentenario. Los críticos se han ocupado preferentemente de
las salas retrospectivas.
De esta revisión crítica Segantini, Previati y Fattori salen consagrados
como los sumos artistas de estos cincuenta años. Se ha estudiado, comentado y
analizado, especialmente, a Segantini y a Previati, que en su tiempo fueron los
menos comprendidos, naturalmente por ser los más audaces y los más nuevos.
Segantini y Previati fueron divisionistas. Ambos poseyeron, particularmente, un
gran gusto decorativo; pero Segantini poseyó, también, mucho y muy fino
sentimiento de la naturaleza. Varios de sus cuadros son únicamente simbolis-tas
y decorativos; pero otros son intensa y palpitantemente realistas. Previati,
mientras tanto, fue siempre un pintor de pintura abstracta y literaria. Un
inteligente artista me decía con mucha exactitud, visitando conmigo la exposición,
que Previati fue, más que un pintor, un ilustrador.
Sus cuadros, en efecto, son grandes ilustraciones. Las figuras, los
colores, las líneas, son arbitrarias e imaginativas. La característica del
conjunto es esencialmente decorativa.
Fattori, en cambio, fue un pintor de extraordinario realismo. Y en sus
retratos y paisajes se aduna a una interpretación verista un admirable sentido
de la belleza y la armonía.
Esta doble aptitud pictórica hace de él el pintor más completo y más
sugestivo del lapso abarcado por la bienal romana.
Entre los pintores de la generación nueva, representados en la
exposición, falta un tipo igualmente vigoroso y representativo. Los pintores
premiados - Constantini, Casciaro y Carena- son los que más abundante obra han
exhibido. .Y bien. El primero, Constantini, es en la obra exhibida, un
ilustrador de la guerra. Pero un ilus-
72
trador sin hondura, sin emoción y sin sinceridad. Sus impresiones de la
guerra constituyen una literatura folletinesca de las trincheras. No se siente
en ellas la gran tragedia. Son una colección de cartelones artificiosos,
melodramáticos y grandilocuentes.
Casciaro, el segundo de los premiados, es un eficaz copiador de los
paisajes meridionales de la Ischia. Nada más. Su obra es de una abrumadora
mono-tonía. Y Carena, aunque está dotado de un sentimiento mucho más profundo y
variado del campo y del campesino, tampoco revela excepcionales dotes de
orignalidad y robustez.
Las figuras del retablo contemporáneo siguen siendo, pues, las figuras
ya ungidas. Las figuras hors concours.* Las figuras consagradas. Entre las
cuales la de Mancini conserva hasta ahora el primer puesto.
BOURDELLE**
La apología de Emile Antoine Bourdelle tiende a ser, en cierto grado, el
proceso de Rodin. Esta entonación caracteriza los elogios de Waldemar George y
Francois Fosca. El arte de Bourdelle es entendido y estimado por su más
entusiasta crítica como una reacción contra el arte de Rodin, aunque la
impronta del gran maestro de Los burgueses de Calais sea demasiado visible en
algunas esculturas del celebrado autor del monumento al General Alvear. Esta
actitud corresponde, en todas sus partes, a una época de neo-clasicismo, de
neo-tomismo y de rappel a l'ordre*** en el arte, la filosofía y la literatura
de Francia. Y, por esto mismo, debe encontrar vigilante el sentido crítico de
los artistas fieles a la modernidad, fautores de la Revolución.
La revisión de Rodin, iniciada por críticos de espíritu exquisitamente
reaccionario, no se dis-
--------------
* Fuera de concurso.
** Publicado en Variedades:
Lima, 16 de Octubre de 1929. Y bajo el epígrafe de Bourdelle y el anti-Rodin,
en Amauta: Nº 26, pp. 51-52; Lima, Setiembre-Octubre de 1929.
*** Llamado al orden.
73
tingue, en sus móviles recónditos, del proceso al romanticismo por
Charles Maurras, ni de la requisitoria contra el "estúpido siglo XIX"
de León Daudet. Una burguesía decadentista y agotada, que se avergüenza en su
ancianidad de las aventuras y bizarrías de su juventud, no perdona a Rodin su
genio osado, su ruptura con la tradición, su desesperada búsqueda de una vía
propia. Rodin traduce el movimiento, la fluencia, la intuición. Su obra toca a
ratos los límites de la escultura; a ratos los rebasa. Es el escultor
dionisíaco de una época dinámica. Sus figuras surgen de la materia, emergen del
bloque con impulso autónomo, personal. Una burguesía fatigada y blasée,* que
retorna a Santo Tomás y hace actos de contrición, rechaza íntimamente ese
inmanen-tismo de la materia, ese romanticismo de la forma que anima con
vitalidad exaltada, patética, la creación de Rodin. «Rodin no tiene que ver con
los clásicos -escribe Waldemar George-. La naturaleza le ha provisto los
elemen-tos de su trabajo. Esa naturaleza es sumisa a la acción vivificante de
su fuerza creatriz. Es asombroso que, para llegar al efecto dramático de un
Balzac, un artista haya podido olvidar la historia y sacar de sí mismo,
únicamente de sí mismo, la materia de su obra». Podemos hoy apreciar los trabajos
de Rodin bajo un ángulo nuevo. Damos de barato su filosofía primaria y el
carácter literario de su inspiración. Olvidamos esa estética fin de siglo de
que la mayoría de sus obras llevan la marca. Todo esto está dicho, con respecto
al genio y a la grandeza de Rodin, pero no se propone sino invitarnos al
acatamiento absoluto de Bourdelle, del artista que recondujo a la escultura a
sus principios, a la historia, a la regla trascendente. Para sus elegantes
apologistas, Bourdelle es, ante todo, el artista que «ha sabido restituir a la
escultura moderna ese sentimiento del estilo, ese sentido de la arquitectura y
la decoración, ese gusto por la nobleza, de que la habían despojado Rodin,
Meunier y la escuela realista».
--------------
* Estragada.
74
Pero si Rodin al concebir su Puerta del Infierno, como la obra digna del
genio creador de su siglo, como la única equiparable y equivalente a la Puerta
del Cielo de Ghiberti, paga un largo tributo a un satanismo de fondo romántico
y de gusto decadente, incurriendo en patente pecado de inspiración literaria;
no es del caso hablar de estética fin de siglo, cuando se le opone, con aire
victorioso, a Emile Antoine Bourdelle. Los trabajos de La Puerta del Infierno
quedan, a pesar de todo, como la tentativa de un coloso. Rodin fracasó en su
empresa: pero cada uno de los fragmentos de su derrota, cada uno de los pedazos
de La Puerta del Infierno sobrevive a la tentativa, con individualidad y elan*
autónomos; se emancipa de ella, la olvida y la abandona, para encontrar su
justificación en su propia realidad plástica. Bourdelle, cronológica y
espiritualmente, es más finisecular que Rodin. La Francia, la Europa de su
tiempo no es ya la que, algo rimbaudiana** y suprarrealista, reivindica su
derecho al Infierno, sino la que, con Jean Cocteau, regresa contrita al orden
medioeval, al redil escolástico, para sentirse de nuevo latina, tomista y
clásica. El arte de Rodin está, quizás, transido de desesperanza; pero, como.
dice J. R. Bloch, la desesperanza es acaso el estado más próximo a la creación
y al renacimiento.
En la obra de Bourdelle se entrecruzan y se yuxtaponen las influencias.
Bourdelle las asimila todas; pero a este trabajo sacrifica una parte de su
personalidad. Su obra es un conjunto de formas greco-romanas, góticas,
barrocas, caldeas, rodinianas, etc. Es casi, perennemente, un tributario de la
arqueología y la mitología. Crea con elementos de museo. Todo esto trasunta el
gusto de una época decadente y erudita, enamorada sucesivamente de todos los
estilos. La responsabilidad del artista resulta atenuada por la versatilidad de
las modas de su tiempo. Criatura de una sociedad refinada, proclive al exo-
--------------
* Principio o fuerza superior.
** Referencia al poeta Rimbaud.
(Ver I. O.).
75
tismo y arcaísmo, Bourdelle no podría resistir a corrientes en las que
nada es más difícil que el salvataje de la individualidad.
No le habría sido posible sentirse íntegramente gótico como a su
compatriota el músico Vincent D'Indy. Era un pagano austero, ascético, sin
voluptuosidad; un cristiano helenizante y humanista, modelador, maestro de
Hércules, Palas, Penélopes, Centauros, etc.; tal vez un ateo católico como
Maurras. Era un antiguo de complicada e impotente modernidad; un moderno
permeado de arcaísmos, transido de nostalgias.
Hijo de un maestro ebanista, su más pura y acendrada cualidad era su
severa consagración de artesano medioeval. A su disciplina de trabajador
paciente, debía esa admirable maestría de ejecución, ese sentido exigente de
construc-tor, ese gusto de la dificultad, ese acierto en dominarla que
distinguen su obra. De su estirpe de artesanos escrupulosos, de entrañable
vocación, había heredado la adhesión profunda a su arte, el gozo de la
creación, la dignidad profesional. Sus mayores aciertos son siempre resultado
de estas dotes. Más que de estilización, sus logros son a veces de realismo.
Ejemplo: la cabeza de su Victoria trabajada, según anota Frangois Fosca,
inspirándose en el busto de una rústica montalbanesa, versión directa de una
campesina que «después de tres ensayos sucesivos devino una diosa». Pero en lo
espiritual, Bourdelle era de los que -como dice Renán- viven de las creencias
de sus padres. Maurice Denis pretende que su Virgen de Alsacia es una obra
maestra del arte religioso de todos los tiempos. Al apuntar este juicio, Denis
pensaba quizá en su propio arte religioso, en sus Madonnas* de primitivo
moderno. Iconos en los que el artista observa todas las reglas del arte
religioso; pero se le escapa irremediablemente lo único que no se puede recrear
ficticiamente: el espíritu.
--------------
* Por generalización se llaman
así los cuadros que representan a la madre de Jesús. En italiano significa
señora.
76
HEINRICH ZILLE*
El clima histórico y el genio nacional alemanes son propicios al arte
social. Un pueblo, una época han menester siempre de una mitología. Ningún arte
era menos apto para administrárselos que el arte verista o impresionista -no
diré realista- esencialmente sensual e imitativo. Los artistas alemanes no han
brillado mucho en el siglo en que el paisaje, el retrato y el desnudo,
inter-pretados con el más puro naturalismo, imperaban por sí solos como asuntos
de pintura y escultura. En esto sobresalían los latinos: franceses, españoles,
italianos. El empirismo inglés podía producir un prolijo Turner y aún la
exquisita obra prerrafaelista.** El genio nacional alemán es siempre
metafísico, mitológico, abstractista. Ningún impresionista alemán puede ser
colocado al lado de Renoir, de Manet, de Cezanne. Cuando la pintura latina
extraía sus temas de la Naturaleza y se esmeraba en su reproducción, hasta caer
en el ascetismo de la botella y la manzana novecentistas, la más genuina
pintura germana estaba representada por Boekling y por sus grandes ficciones
anacrónicas.
Pero, desde que en el arte se trata de crear la mitología de la época,
el genio alemán reclama de nuevo su parte en este trabajo. Y es así como la
estirpe de Honorato Daumier, en ningún país está quizá tan egregiamente
representada como en Alemania, donde dibujantes cual George Grosz*** y Kaethe
Kolwitz comunican tan vivamente a su obra un sentimiento político-social.
--------------
* Publicado en Variedades:
Lima, 30 de Octubre de 1929. Y, bajo el epígrafe de Ubicación de Heinrich
Zille, en Amauta: Nº 26, pp. 97-98; Lima, Setiembre-Octubre de 1929.
** Estilo pictórico que imita la
época anterior a Rafael Sancío, pintor del Renacimiento italiano. Introducido
en Inglaterra a mediados del siglo XIX como movimiento literario plástico por
el pintor y poeta Dante Gabriel Rosetti.
*** Sobre el estilo artístico y la
trascendencia social de los dibujos de George Grosz, véase el ensayo que José
Carlos Mariátegui incluyó en La Escena Contemporánea.
77
Heinrich Zille, el gran artista que Alemania ha perdido recientemente,
era de esta estirpe. No era exclusivamente un satírico terrible, a lo George
Grosz. Podía emplear su talento artístico en la interpretación del drama
proletario con fuerza patética, no exenta de lirismo. Pero podía también
emplearlo, con el mismo acierto, en la representación implacable de los pingües
y salaces especimenes de una burguesía ahíta y glotona. Las caderas, los
vientres y los muslos de las burguesas alemanas no han tenido una más
exasperada y obsesionante descripción. En Grosz, la burguesa, situada en un
ambiente de lujo metropolitano, tiene cierta estilización de cocotte* -vicio y
perversidad-; en Zille es aún primitiva, animal, rudimentaria. Pero es bajo
este aspecto que la obra de Heinrieü Zille se emparenta, en el espíritu y en el
tiempo, con la de George Grosz.
Ilya Ehrenburg ha encontrado en Berlín, en el Café Schotendalm, el mundo
pintado por George Grosz, este "mundo cruel y orgánico" del cual hizo
el genial artista alemán "una demonología grandiosa". Mirándolas
comer, danzar, desearse, Ilya Ehrenburg difícilmente puede concebir que
"estas gentes sean capaces de inventar, ejercer un oficio, crear". En
esto coincide con la observación de Italo Tavolato, sobre el sentimiento
místico de condenación del burgués, como un ser frustrado, incapaz de la
perfección, que tiene el arte de Grosz. Pero Ehrenburg quiere que esta
demonología sea de estricta filiación germana. «El mundo de Grosz -escribe- es
fantástico y a decir verdad lleno de romanticismo. Inopinadamente, desvestidas
en las calles o en las oficinas, estas gentes están por su casta insensata
emparentadas a las Venus de Cranach, a los Adonis y Ledas de Hildesheim, a los
vitrales abigarrados, a los gnomos tipográficos del alfabeto gótico, a las
callejas estrechas, a las cantinas bajas, al olor del sufrimiento y del mal.
Todo es ciertamente feo, pero de una fealdad
--------------
* Mujer de vida liviana.
78
perfecta, una fealdad que ha alcanzado ese clima determinado en que
nuestras medidas vulgares son ineficaces. Que los clientes del Café Schotendalm
se regocijen. Pues si son censurados desde el punto de vista ético, ¿no son,
acaso, glorificados bajo el punto de vista estético? Les están reservados, en
el pasado, retratos de antecesores y, en el porvenir, el horror de los
descen-dientes».
El mundo de Heinrich Zille es más modesto. Profundamente realista, Zille
no se proponía sino reproducir tipos y gestos de su tiempo. De familia obrera,
su arte guarda la impronta de una clase. Grosz, de origen burgués, puede sentir
satánicamente, con refinada ironía, lo grotesco y lo mórbido de sus
perso-najes, los clientes del café Schotendalm. Zille, hijo de un cerrajero y
de la hija de un minero, es en su traducción de estos tipos algo rudo y basto.
Se le siente primitivo, como esos artistas anónimos del medioevo que tallaban
réprobos, demonios y poseídas en la piedra de las catedrales. Y es tan fuerte
su talento artístico que se impuso al mismo gusto mundano. Las páginas
quintaesen-ciadas de Der Querschnitt* no lucían con menos orgullo su firma que
las páginas beligerantes de Eulenspiegel.**
La sátira es arte social. No hay, pues, que sorprenderse de que los
artistas que más religiosamente la ejercen, sean confesores y militantes
activos de su fe revolucionaria. A una encuesta sobre el socialismo y los
artistas, Heinrich Zille, en 1924, contestó con estas netas palabras: «A
vuestras preguntas, responderé lo siguiente: Desde la edad de catorce años
(1872) soy socialista. Pero desde 1914 no lo soy más. Desde que los comunistas
dicen y aplican lo que antes los socialistas han querido hacer sin aplicarlo,
soy comunista». Zille estaba siempre íntegro en su expresión literaria o
plástica. El proletariado berlinés, que en los solemnes funerales organizados
por la Municipalidad de Berlín lo ha des-
--------------
* El eje de la sección. (Trad.
lit.).
** Mono travieso. (Trad. lit.).
79
pedido con emocionado reconocimiento, sabía bien que Zille trabajaba con
su arte por la revolución, por el socialismo.
«DER STURM» y HERWARTH WALDEN*
No es posible explorar los caminos del arte moderno en Alemania sin
detenerse largamente en Der Sturm.** Der Sturm no es solamente una revista. Es
una casa de ediciones artísticas, una sala de exposiciones y conferencias, una
galería de arte de vanguardia. Representa un hogar de las nuevas tendencias
artísticas alemanas e internacionales.
Quien conozca la historia del expresionismo alemán sabe el lugar que
ocupa en ella la revista Der Sturm, que ha cumplido ya su décimo séptimo año de
existencia. El expresionismo no ha acaparado a Der Sturm. Cubistas y dadaístas,
futuristas y constructivistas, sin excepción, han tenido en Der Sturm albergue
fraterno. Herwarth Walden, director de Der Sturm, no se ha dejado nunca
monopolizar por una escuela. Vanguardista auténtico, de rica cultura, de aguda
visión y de penetrante inteligencia, su emperio consiste en cooperar, sin
limitaciones, a la creación de un nuevo sentido artístico. Pero el hecho de que
el expresionismo haya nacido en Alemania, lo ha vinculado particularmente a los
hombres y a las obras de esta tendencia artística y literaria.
El movimiento expresionista exhibe, entre otros, el mérito de haber
colocado a Alemania en rango principal en la pintura, después de un largo
período en que permaneció, a este respecto, relegada a segundo orden. La época
del impresionismo se caracteriza como la de la hegemonía de la pintura
francesa. Monet, Renoir, Cezanne, Degas, etc., llenan con su trabajo y con su
influencia un entero capítulo de la pintura moderna. En ese capítulo, Alemania
tiene muy exigua figuración. En general, todo el ciclo rea-
--------------
* Publicado en Variedades:
Lima, 29 de Enero de 1927.
** La Tormenta.
80
lista, impresionista, naturalista, recibió un aporte escaso y opaco de
los artistas alemanes. Ha sido con la victoria de la fantasía sobre la
realidad, de la imagen y la figura sobre la cosa, marcada por las nuevas
corrientes, que la pintura y la escultura alemanas han entrado en un período de
resurgimiento. El abstractismo de estas nuevas tendencias parece más próximo o
más asequible al espíritu alemán que el naturalismo o el objetivismo de las
escuelas que se proponían la representación de la naturaleza, en las cuales han
sobresalido, más bien, los latinos.
Dos hogares ha tenido en Berlín el arte moderno: la casa de Der Sturm y
la Casa de Paul Cassirer. Estas dos casas no han sido amigas, aunque en cierta
forma hayan trabajado en una misma empresa. Y lo que las ha separado no ha sido
razones de bottega* o de concurrencia ante el público. Mientras Paul Cassirer,
cualquiera que haya sido la generosidad de la inteligencia de su mecenismo, se
clasifica siempre como un corredor o un comerciante de obras de arte, Herwarth
Walden** se libra de este título por la intransigencia o el extremismo que ha
dado a su misión. La posición de Walden es hasta hoy una posición de extrema
izquierda, no por una fácil adhesión a ultraísmos forma-les, sino por una
reiterada afirmación de un espíritu realmente revolucionario. En tanto que,
como ya he tenido oportunidad de apuntarlo, una gran parte de los presuntos
vanguardistas revela, en su dualismo y su objetivismo exasperados, su espíritu
burgués decadente, Walden reclama en la obra de arte una disciplina alimentada
en móviles sociales. «Los conceptos de libertad y personalidad (en el arte)
-escribe Walden- han cumplido su hora». Y, luego, agrega: «De igual manera que
parece muy difícil a la humanidad actual, sumergida dentro de una concepción
bur-
--------------
* Equivalente a competencia.
** En Amauta (Nº 11, pp. 17-18;
Lima, Enero de 1928) insertó José Carlos Mariátegui la versión española de una
breve pieza teatral de Herwarth Walden, titulada El último amor.
81
guesa, dejar de ver la libertad del hombre en la ilimitada posesión de
capitales, y la libertad de la mujer en la ilimitada posesión de hombres
subyugados, así también parece muy difícil, en la casa de los artistas,
sumergida dentro de una concepción burguesa, abandonar su fe en la libertad del
arte y en su victoria sobre las leyes éticas. Tan sólo eso que se llama la
masa, guiada por un seguro instinto, ha reconocido que no hay privilegio para
los trabajadores intelectuales, que es como los artistas gustan de llamarse en
nuestros días».
La actividad de Walden, en su revista y en sus exposiciones, es
ampliamente internacionalista y cosmopolita. El valor de la nueva pintura
francesa ha sido reconocido y proclamarlo por Der Sturm. La misma acogida ha
dispensado Walden a los artistas nuevos de Italia, Rusia, etc. Durante mucho
tiempo la escena de Der Sturm ha estado principalmente ocupada por los artistas
rusos Archipenko, Chagall, Kandinsky y Kokoschka.
La galería privada de Herwarth Walden constituye uno de los más
completos museos de cultura moderna del mundo. Están allí representados
insupera-blemente Archipenko, Humberto Boccioni, Carlo Carrá, Marc Chagall, Max
Ernst, Albert Gleizes, Kandinsky, Paul Klee, Kokoschka, Fernand Leger, Gino
Severini y el gran expresionista alemán, prematuramente muerto hace algunos
años, Franz Marc. Estos son los nombres anotados por mí cuando visité la
galería de Walden a principios de 1923. De entonces a hoy, Walden debe haber
enriquecido notablemente su colección.
Los últimos números de Der Sturm lo presentan, como siempre, combativo y
vigilante. La experiencia expresionista, que para otros ha sido estéril en este
sentido, a Herwarth Walden le ha abierto y aclarado amplias perspectivas
históricas y sociales. Der Sturm es para él, al mismo tiempo, un puesto de
observación práctica y un instrumento de elaboración teórica.
82
EL EXITO MUNDANO DE BELTRAN MASSES*
I
Llegan hasta esta ciudad sudamericana eventuales ecos del éxito mundado
del pintor catalán Federico Beltrán Massés. El público de las revistas limeñas
sabe, por esos ecos fragmentarios, que Beltrán Massés ha triunfado en París y
en Nueva York. Que nuestro ilustre compatriota Ventura García Calderón es uno
de los heraldos de su gloria. Y que Camille Mauclair ha saludado con una
enfática aclamación el advenimiento del nuevo genio. Poco le falta, por
consiguiente, al público de las revistas limeñas para clasificar mentalmente a
Beltrán Massés entre los primeros pintores de España y del mundo y para
atribuirle un puesto en la jerarquía de Velásquez y de Goya o, al menos, de
Zuloaga.
Beltrán Massés resulta en todo caso -aunque no sea sino a través de
algunos artículos y de algunos fotograbados- un pintor conocido de nuestro
público. Y, además, un pintor de cuya calidad se ha hecho fiador Ventura García
Calderón. No es inoportuno ni es inútil, por ende, enfocar la personalidad de
Beltrán Massés. Puesto que hasta Lima arriba su fama, los que aquí cono-cemos
la obra de Beltrán Massés podemos decir nuestra opinión sobre su mérito,
II
¿Dónde y cuándo he conocido la pintura de Beltrán Massés? En la
Exposición Internacional de Venecia de 1920. Beltrán Massés estuvo
exuberantemente representado en esa Exposición. La mostra individuale** de
Beltrán Massés, en Venecia, fue, precisamente, el punto de partida de su éxito
internacional. Presentó a un mundo cosmopolita veintidós cuadros del pintor
mediterrá-
--------------
* Publicado en Mundial: Lima,
6 de Marzo de 1925.
** La exposición individual.
83
neo, que ocupaban enteramente la V Sala de la Exposición. Entre estos
cua-dros se contaban la Maja* maldita y otras majas de decisiva influencia en
la reputación de Beltrán Massés.
Visité varias veces la Exposición. Me detuve siempre algunos minutos en
la sala de Beltrán Massés. No conseguí nunca que su arte me emocionara o me
atrajera. Y cuando un crítico escribió que Beltrán Massés era un Guido da
Verona de la pintura, di toda mi adhesión espiritual a este juicio. Sentí
concisa y nítidamente formulada mi propia impresión sobre el arte del pintor de
estas majas invertebradas y literarias.
La Exposición reunía en Venecia a un egregio conjunto de obras de arte
moderno. Cuadros de Paul Cezanne, Ferdinand Hodler, Vicent Van Gogh., Paul
Signac, Henri Matisse, Albert Marquet, Antonio Mancini, etc.; esculturas de
Alexandre Archipenko. En esta compañía un Beltrán Massés no podía destacarse.
III
En verdad el caso Beltrán Massés y el caso Guido da Verona se parecen
extraordinariamente. Son dos casos parejos, dos casos paralelos. Guido da
Verona es el Beltrán Massés de la literatura. Como a Beltrán Massés, a Guido da
Verona no es posible negarle algunas facultades de artista. (Giovanni Papini y
Ferdinando Paolieri, literatos de severo gusto y de honrado dictamen, en su
Antología de modernos poetas Italianos, han acordado un pequeño puesto a Guido
da Verona). Pero el arte de Guido da Verona es de una calidad equívoca, de un
valor feble y de un rango menos que terciario. Lo mismo que el arte de Beltrán
Massés. Ambos, el literato italiano y el pintor español, representan la
libídine perversa de la post-guerra. El deliquio sensual de una burguesía de
nuevos ricos. La lujuria lánguida y morbosa de una época de decadencia.
Todo el éxito de Beltrán Massés proviene de
--------------
* Se dice, en España, majo o
maja a la persona vulgar que expresa desenfado y libertad. El genial pintor
español Francisco Goya, hizo célebre el nombre por sus dos cuadros La maja
vestida y La maja desnuda.
84
que Beltrán Massés ha hecho en la pintura las mismas cosas que Guido da
Verona en la literatura.
IV
No se piense siquiera que en Beltrán Massés se condensa o se expresa
toda una época de decadencia. No, El arte de Beltrán Massés es sólo un episodio
de la decadencia. Es una anécdota trivial de la decadencia de la decadencia. La
pintura contemporánea se anarquiza en una serie de estilos bizarros y de
escuelas precarias. Mas, cada uno de estos estilos, cada una de estas escuelas
constituye una búsqueda noble, una recherche* inteligente. Los pintores de
vanguardia, extrañamente poseídos por el afán de descubrir una verdad nueva,
recorren austeramente penosos y miserables caminos. Eliminan de su arte todos
los elementos sospechosos de afinidad con el gusto banal de una burguesía
pingüe y rastacuera. En cambio, Beltrán Massés conforma sus cuadros y su
estética a este gusto mediocre. Esta es la razón de su éxito. Éxito que ya he
llamado éxito mundano. Y que no es nada más que eso. Éxito de salón. Éxito de
boulevard.**
Las majas de Beltrán Massés son unas lánguidas y delicuescentes flores
del mal. No se descubre nada hondo, nada trágico, nada humano en estas majas
con carne y ánima de cocottes. Nada hay de común entre las majas de Beltrán y
las de Goya. Estas blandas "horizontales" no son ni pueden ser las
prota-gonistas de ningún drama español. Heroínas de music-hall, aguardan
pasi-vamente la posesión de un "nuevo rico".
La España de Beltrán Massés es una España enervada, emasculada,
somno-lienta, en perenne deliquio.
VI
Los personajes de Beltrán Massés viven en la sombra. Tienen
probablemente la sensibilidad re-
--------------
* Búsqueda, indagación.
** Nombre que se da a las
avenidas anchas, en francés, y que se aplica a la significación de populachero.
85
finada y enfermiza de las pequeñas almas de Paul Geraldy. Parece que, a
media voz, musitan, displicentemente, las mismas cosas:
«Blaisse un peu l'abat jour, veux-tu? Nos
tserons mieux.
C'est dans l'ombre que les coeurs causeni,
et l'on voit beaucoup mieux les yeux
quand on voit un peu moins les choses».*
Laxitud mórbida de nervios que no se sienten bien sino en la sombra. La
sombra es el contorno natural de las mujeres de Beltrán Massés. En la sombra
brillan mejor los ojos, las gemas y los colores excitantes. En la sombra se
delinean, con más contagiosa lujuria, los pechos, los vientres, los pubis, las
ancas, los muslos. Beltrán Massés administra y dosifica diestramente sus
sombras y sus colores. Y, así como no ama la plena luz, tampoco ama el desnudo
pleno. El desnudo es púdicamente casto o salvajemente voluptuoso. La pintura de
Beltrán Massés, por consiguiente, no puede crearlo. El semi-desnudo, en tanto,
encuentra en esta pintura un clima propicio, un ambiente adecuado. Clima de
tibia voluptuosidad. Ambiente de lujuria fatigada, cerebral, estéril.
Ventura García Calderón recuerda, a propósito del arte de Beltrán
Massés, una frase de Fromentin sobre el arte de Rembrandt: «Con la noche hizo
el día». Beltrán Massés adquiere, en la prosa de Ventura García Calderón, el
prestigio un poco esotérico de un pintor de la noche. Pero la tentativa de
evocar a Rembrandt, ante los cuadros de Beltrán Massés, me parece total-mente
vana. La noche de los personajes de Beltrán Massés es una noche lánguida,
mediocre, neurasténica. El arte de Beltrán Massés se refugia en la noche porque
es demasiado débil y anémico para resistir la luz fecunda y fuerte del día.
Sólo en la sombra pueden brillar las luces extrañas de su pirotecnia. El
claroscuro ambiguo de la Maja maldita, de Beltrán Massés, no es ja-
--------------
* Hiere un poco el gastado
día, ¿quieres? Estaremos mejor. Es en la sombra donde hablan los corazones y se
ven mucho mejor los ojos, cuando se ve un poco menos a las cosas. (Traducción
literal).
86
más el claroscuro enérgico de La Ronda de Noche, de Lección de Anatomía,
de los retratos de Saskia y de los otros potentes cuadros de Rem-brandt.
La pintura venérea, la pintura pornográfica de Beltrán Massés, exhala el
efluvio mórbido de una época de decadencia.
EL PINTOR PETTO RUTI*
El nombre del pintor argentino Emilio Petto Ruti no es un nombre
desconocido para nuestro público. Yo lo conocí en Milán. En un cuarto de hora
éramos ya antiguos amigos. La vida quiso esta vez ser lógica. Hubo
instantaneísmo y futurismo cabales y perfectos en este encuentro milanés. Tres
días después yo partía para la Venecia pasadista. Pero nuestra amistad era
demasiado sólida para que la Comprometiera mi evasión de Milán y de su galería.
Pocos meses más tarde, Petto Ruti y yo nos reencontramos en Roma. Petto Ruti
exhibía en la primera Exposición Bienal de Roma un retrato del pintor Marussig.
Venía de efectuar una exposición en Milán en la Familia Artística. (Petto Ruti
vive, siempre entre dos exposiciones). Yo estaba, entonces, un poco ebrio de
luna de miel y de vino Frascati. Tenía un nido en una villa** de Frascati, a
una hora de Roma, en una colina virgiliana. No sentía ninguna gana de pasar el
tiempo entre las siete colinas de la Ciudad Eterna. Resolví secuestrar a Petto
Ruti por un mes en la villa. Mi invitación estuvo amparada por un argumento
decisivo: (En Roma no hay sino la exposición; en Frascati hay ya cerezas». Las
cerezas son en Italia la prima-vera. Petto Ruti se dejó secuestrar encantado:
«Escapemos de estos horribles cuadros. Vamos hacia las cerezas». En la villa de
Frascati empezó a hacerme un retrato. Me anunció su propósito de llevarse en
algunas manchas todo el paisaje. Pero la primavera y la villa convidaban
irresistiblemente al ocio.
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* Publicado en Variedades:
Lima 12 de Diciembre de 1925.
** Residencia campestre.
87
Los itinerarios de nuestras vidas coincidieron varias veces. Yo viajaba
por Alemania mientras Petto Ruti pintaba a orillas del Tegernsee. Estaba en su
período de pintor lacustre. Del lago de Garda había pasado al Tegernsee.
(Tremosine y Tegernsee son dos estaciones sustantivas de su vida artística).
Pero Berlín lo llamaba ya con todas sus voces. Y Petto Ruti, ahíto de lago y de
montaña, ávido de urbe, descendió un día de sus montañas bávaras a Berlín. En
Berlín lo aguardaba un beso platónico de la gloria. Petto Ruti expuso sus
cuadros, con gran éxito artístico, en las salas de Der Sturm. En las salas
consagradas por las exposiciones de Archipenko, Kandinsky, Franz Marc y otros
célebres artistas de vanguardia, Berlín le ofreció por sus cuadros muchos
millones de marcos. Pero los marcos de Berlín no valían nada en ese tiempo. Y
Petto Ruti, razonablemente, prefirió quedarse con sus cuadros.
* * *
Hablemos del artista. El artista no es menos grande que el amigo. Petto
Ruti está hecho del paño de los verdaderos artistas. No se deja encasillar en
ninguna escuela. Se ha aventurado por muchos caminos; pero ha salvado siempre
su personalidad. Le ha tocado vivir en una época de inestabilidad y de
anarquía. Por consiguiente, su obra no ha podido conservar un estilo único.
Toda la vida de Petto Ruti ha sido, por fuerza, una serie de búsquedas. Pero de
cada búsqueda, de cada viaje, Petto Ruti, ha vuelto siempre con alguna nueva
afirmación de su yo. Y ha tenido la obstinada virtud de desdeñar el éxito
fácil.
Petto Ruti es un trabajador. Con su caso se puede confundir a quienes
supo-nen, arbitrariamente, que el arte de vanguardia no es casi sino
improvisación y arbitrariedad. Este artista, tan moderno en su espíritu y en su
estilo, se ha formado en Italia, dentro de un ambiente de clasicismo, en un
trabajo paciente y severo. Cezan-
88
ne, Picasso, Van Gogh, Matisse, no han acaparado su admiración. Ha
sabido estudiar y comprender, ante todo, a los clásicos. Me consta su
inteligente amor por Pier della Francesca, Antonello da Messina, Mantegna,
Massaccio, etc. Petto Ruti ha aprendido en los maestros de los maestros. Como
los artistas del Renacimiento, siente que no es posible ninguna creación
superior sin una austera y profunda disciplina. Es un artista que no ignora
absolutamente nada de la técnica de su arte. Prepara él mismo sus colores y sus
telas. Sus mosaicos, de gran originalidad, no sólo en el estilo sino también en
el procedimiento, constituyen el resultado de un minucioso estudio de los
viejos mosaicos italianos. Petto Ruti los ha trabajado en Florencia después de
un largo aprendizaje.
¿Es posible que este futurista, este cubista, este iconoclasta -me
preguntarán asombrados algunos- entienda y conozca a los clásicos?
Respondámosles, para aumentar su asombro, que los conoce y entiende y que,
además, los sigue. Los sigue en todo lo que un artista de esta época puede
seguirlos: en el espíritu, en la sinceridad, en la devoción.
* * *
Revisando la obra de Petto Ruti, los tántalos* de la crítica se quejarán
de la imposibilidad de clasificarla con una sola etiqueta. Petto Ruti ha hecho
un poco de cubismo, un poco de expresionismo, un poco de cada uno de todos los
ismos. Pero esto no prueba ni veleidad ni incoherencia. Los mayores artistas
contemporáneos han seguido análogo camino. Y no por eso se les puede acusar de
contradicción. Todas las escuelas, todos los movimientos de arte moderno se
completan. Una tendencia genera a la otra. Sólo los que no ven sino las
oposiciones externas, las di-
--------------
* Por referencia a Tántalo, un
personaje de la mitología griega comentado en el teatro, incapacitado por
castigo de los dioses, para satisfacerse, a pesar de la cercanía de los bienes
que necesita.
89
ferencias formales, pueden imaginarse que tienen un origen diverso y una
historia independiente. La verdad es otra. Repito aquí lo que escribí hace
algunos años. Que el proceso del arte moderno es un proceso coherente, lógico,
bajo su apariencia desordenada y anárquica. Que el cubismo ha sido engendrado
por el impresionismo, aunque en sus propósitos y en sus resultados parezca
contradecirlo. Severini, en su estudio Del Cubismo al Clasicismo, sostiene con
razón que «el cubismo, que constituye la sola tendencia interesante desde el
punto de vista de la disciplina y del método y que, por este hecho, forma parte
de la base del nuevo clasicismo que se prepara, se encuentra sin embargo hasta
hoy en la última etapa del impresionismo».
Se explica muy bien, por ende, el que en la obra de un artista como
Petto Ruti se combinen o sucedan varios métodos. Para llegar a una construcción
fundamentalmente nueva de las cosas, Petto Ruti, como otros artistas de la
época, ha tenido que aprender primero a disolverla: descomponerlas. Las últimas
obras de Petto Ruti no niegan sus obras anteriores. Por el contrario, las
continúan,
* * *
Sanin Cano escribe en un estudio sobre Petto Ruti: «En la frase de un
artista vienés que hizo de la mera palabra el instrumento para comunicar sus
emociones de poeta en prosa, está la teoría nueva del arte pictórico y la
diferencia entre los académicos y los expresionistas. Peter Alemberg dijo: El
pintor occidental quiere pintar la primavera y le sale un árbol; el japonés
quiere pintar una rama y le sale la primavera. Esta impresión de vida completa
y renovada dan las telas de Emilio Petto Ruti».
Los cuadros que ha presentado Petto Ruti a Buenos Aires en su última
exposición de la Asociación Amigos del Arte justifican plenamente este certero
juicio.
90
* * *
En estos cuadros, que aparecen -al menos según el orden de sus
exposiciones-como sus últimos trabajos, y que no conozco sino por fotografías,
he reconocido, en seguida, algunos elementos y modalidades que tengo, desde
hace tiempo, como peculiares del arte y del temperamento de Petto Ruti.
Verbigracia: el admirable sentido del valor plástico del árbol. Petto Ruti es
un gran amador de árboles. Sus ojos saben descubrir en las encinas, en los
olivos, en los cipreses, los gestos más inéditos y más maravillosos. El árbol
es, tal vez, su motivo predilecto. Su fuerte panteísmo se resume en esta bella
predilección.
LA OBRA DE JOSE SABOGAL*
La obra de José Sabogal, quien parte esta semana para Buenos Aires,
ganará en divulgación y nombradía continentales todo lo que, guardada dentro de
los conventuales muros de la Escuela de Bellas Artes, no le estaba consentido
alcanzar ni pretender, no obstante su sólido mérito. Buenos Aires es el primer
mercado artístico y literario de la América Latina. Puede juzgarse prematura su
ambición al título de meridiano -voz de guerra de sus equipos de vanguardia, en
oposición y respuesta a una nostálgica y extemporánea reivindicación de Madrid-
pero objetivamente todos tienen que convenir en que, por el volumen de su
población, su salud de urbe grande y próspera, su comunicación creciente con la
mayor parte de los países de Sudamérica y el número y calidad de sus elementos
de cul-
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* Publicado en Mundial: Lima,
28 de junto de 1928. Desde el cuarto párrafo transcribe los conceptos suscritos
«a propósito de la publicación en Amauta (Nº 6, pp. 8-9; Lima, Febrero de 1927)
de fotografías de algunos de sus cuadros», y para expresar el deseo de
«percibir y traducir su espíritu y su significación».
91
tura, Buenos Aires llena ya, en muchas cosas, función de capital
sudame-ricana.
Aunque se cruzan en Buenos Aires muchas corrientes internacionales -o
precisamente por esto- la urbe más cosmopolita de la América Latina concurre
intelectual y artísticamente, con vigilante interés y encendida esperanza, a la
formación de un espíritu indo-americano fundado en los valores indígenas y
criollos. El arte de Sabogal, que es un gran aporte a este trabajo de
definición de la cultura y la personalidad de Indo-América, está destinado a
impresionar extraordinariamente la inteligencia y la sensibilidad argentinas.
En la gestación de esta obra no aparecen en ningún momento ni la
impro-visación ni el artificio. Tiene un proceso biológico, espontáneo,
ordenado. Sabogal posee las cualidades del constructor. Sin prisa, sin
impaciencia, aguarda su hora. Su arte está identificado con su vida,
íntegramente colmada del gozo y la fatiga de la creación.
Y los óleos y xilografías que lleva a Buenos Aires tienen para nosotros
el valor de no constituir únicamente un conjunto de logradas obras artísticas,
sino de significar uno de los factores espirituales de la nueva peruanidad.
Sabogal pinta sin la preocupación de la tesis. La pintura en sí misma le basta.
Su obra es puramente plástica, pictórica. Pero esto no impide que, por cierta
intima asonancia con sentimientos y reivindicaciones de la época, trascienda e
influya poderosamente en la vida actual del Perú. El pintor piensa y sueña en
imágenes plásticas. Mas, en el movimiento espiritual de un pueblo, las
imá-genes del pintor son a veces expresión culminante. Las imágenes engendran
conceptos, lo mismo que los conceptos inspiran imágenes. Sabogal apareces así,
por su labor, ajena en su intención a toda trascendencia ideológica, como uno
de los constructores del porvenir de este pueblo:
Repetiré sobre Sabogal algo que ya he expresado. Que señala con su obra
un capítulo de la historia del arte peruano. Es uno de nuestros valores-signos.
Sólida, honrada, vital, su obra no
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reclama los elogios que se prodigan, entre nosotros, tan barata y
fácilmente. La empequeñecería, en vez de avalorarla, una consagración criolla.
Sabogal no es aún bastante conocido; pero esto no le preocupa a él y tiene
razón. Lo que importa es que a su tiempo sea "reconocido". Y este
"reconocimiento" se lo asegura ya el trabajo realizado.
Sabogal es, ante todo, el primer "pintor peruano". Antes de él
habíamos tenido algunos pintores, pero no habíamos tenido, propiamente, ningún
"pintor peruano". Sabogal reivindicará probablemente este título para
algunos de los indios que, anónima pero a veces genialmente, decoran mates en
la sierra. Mas, si bien esta aserción tendrá un poco de verdad, tendrá también
un poco de ironía. Ese poco de ironía que a Sabogal le gusta poner en su
lenguaje. El indígena sufre todavía un evidente ostracismo de la peruanidad. El
empeño de los espíritus nuevos quiere, precisamente, poner término a este
ostracismo.
El espíritu de Sabogal ha madurado en un instante en que se constata la
decadencia, la disolución del arte occidental. Espíritu fuerte y hondo de
constructor, de creador, dotado de una sensibilidad genial, este arte anárquico
e individualista que, según sus elegantes críticos y exegetas, se deshumaniza,
no ha podido conquistarlo. Ha sido en parte por haber arribado a Europa en este
período de caos -en el cual no se define y concreta todavía una corriente
constructiva, aunque la prometan las búsquedas sinceras y las tentativas
inteligentes- que Europa no ha logrado europeizarlo. Pero su defensa la ha
tenido Sabogal, sobre todo, en su personalidad, en su instinto de artista.
Creo, sin embargo, en la utilidad de su experiencia europea. El trato
directo con las escuelas y artistas de Europa, el estudio personal de los
maestros de todos los tiempos, no sólo ha enriquecido y afinado, sin duda, su
tempe-ramento, y ha templado su técnica, forjada en la fragua de una revolución
artística. Sobre todo, lo ha ayudado -por reacción contra un mundo en el cual
se sentía extranjero- a descubrirse y recono-
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cerse. Su autonomía le debe mucho a la experiencia europea. Sabogal ha
comprendido o, por lo menos, esclarecido en Europa la necesidad de un humus
histórico, de una raíz vital en toda gran creación artística. Y si Europa no se
lo ha asimilado, en cambio él se ha asimilado a Europa, en la formación de su
técnica.
No es el interés genérico del pintor por lo pintoresco ni por los
característico, lo que ha movido a este artista admirable a encontrar la
riqueza plástica de lo autóctono. Sabogal siente sus temas. Se identifica con
la naturaleza y con la raza que interpreta en sus cuadros y en sus xilografías.
Después de él, se ha propagado la moda del indigenismo en la pintura, pero
quien tenga mirada penetrante no podrá confundir jamás la profunda y austera
versión que de lo indio nos da Sabogal, con la que nos dan tantos superficiales
explotadores de esta veta plástica, en la cual se ceba ahora hasta la pintura
turística. Se podría decir que en el arte de Sabogal renacen elementos del arte
incaico, a tal punto se le siente consustanciado con sus temas vernáculos.
Severo con los demás, pero severo también consigo mismo, como todo
creador auténtico, tiene Sabogal la probidad artística de esos maestros
pre-renacentistas que le son tan queridos No se encuentra en su obra
concesiones al mercado ni coqueterías con la frivolidad del ambiente. Trabaja
por reali-zarse libre y plenamente. Por eso, su obra pertenece ya a la
historia, mientras otras no pasarán de la crónica.
ITINERARIO DE DIEGO RIVERA*
A propósito de la novela de Mariano Azuela** escribí que no por azar se
producía en México el más vigoroso movimiento artístico de América, y que la
Revolución Mexicana -fenómeno político y económico- explica y decide este fe-
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* Publicado en Variedades:
Lima, 18 de Febrero de 1928.
** Los de abajo novela sobre la
cual publicó José Carlos Mariátegui el ensayo que aparece en Temas de Nuestra
América.
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nómeno estético y espiritual. La biografía del genial pintor Diego
Rivera ilustra y comprueba, con maravillosa precisión, tal tesis. Rivera no
encontró su estilo, su expresión, mientras no encontró el asunto de su obra. Su
vida en Europa fue una apasionada búsqueda, una vehemente indagación. Pero su
obra sólo empieza a ser personal cuando la revolución comienza a inspirarla
plenamente. Hasta entonces el arte de Diego Rivera no alcanzó su expresión
definitiva y autónoma. El gran artista conoció todas las escuelas y estudió
todas las corrientes de su época. Ninguna encendió sus potencias creadoras,
ninguna sacudió su subconciencia artística como los rudos episodios de la
insurrección agrarista. El grito de Emiliano Zapata y la palabra del maestro
rural Otilio Montaño llegaron al fondo intacto y latente de su espíritu, que
jamás habrían tocado los elegantes evangelios de la estética y la filosofía
occidentales.
La autobiografía de Diego Rivera es, desde este punto de vista, el mejor
documento sobre el artista y su vida. Por esto, en un número de Forma, Xavier
Villaurrutia no ha hallado mejor modo de recorrer la historia de Diego Rivera
que siguiendo su propio itinerario autobiográfico. Pero el itinerario mismo, en
las exactas y cabales palabras de Rivera, es más expresivo que cualquier
paráfrasis. Y, omitiendo sólo las primeras estaciones de la iniciación del
artista, quiero copiarlo textualmente en seguida:
1902.- Empezó a trabajar en el campo, disgustado de la orientación de la
Escuela, bajo el catalán Frabrés.
1907.- Marchó a España donde el choque entre la tradición mexicana, los
ejemplos de pintura antigua y el ambiente y producción moderna española de
entonces, obrando sobre su timidez, educada en el respeto a Europa, lo
desorientaron, haciéndole producir cuadros detestables, muy inferiores a los
hechos por él en México antes de marchar a Europa. En ese año trabajó en el
taller de don Eduardo Chicharro.
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1908-1910.- Viaja por Francia, Bélgica, Holanda e Inglaterra; trabaja
poco. Telas anodinas, de este período y el anterior, son las que posee la
Escuela Nacional de Bellas Artes.
Octubre de 1910.- Vuelve a México donde permanece hasta Julio de 1911.
Asiste al principio de la Revolución Mexicana en los Estados de Morelos y de
México, y al movimiento zapatista. No pinta nada pero en su espíritu se definen
los valores que orientarán su vida de trabajo hasta hoy.
Julio de 1911.- Vuelve a Paris y empieza ordenadamente su trabajo.
1911.- Influencias neo-impresionistas. (Seurat).
1912.- Influencias greco-cezannianas.
1913.- Influencias picassianas; amistad con Pisarro.
1914.- Aparecen dentro de sus cuadros cubistas (discípulo de Pisarro)
los indicios de su personalidad de mexicano.
1915.- Sus compañeros cubistas condenan su exotismo.
1918.- Desarrollo de ese exotismo (coeficiente mexicano). París.
1917.- Empieza a anunciarse en su pintura el resultado de su trabajo
sobre la estructura de la obra de arte y apártanse sus cuadros del tipo
cubista.
1918.- Nuevas influencias de Cezanne y Renoir. Amistad con Elie Faure.
1920-21.- Viaje por Italia. 350 dibujos según los bizantinos, primitivos
cristianos, pre-renacentistas y del natural.
Setiembre de 1921.- Vuelve a México. Oleos en Yucatán y Puebla; dibujos
al choque con la belleza de México. Aparece al fin la personalidad del pintor.
1922.- Decoración del Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria. No logra
hacer obra autónoma y las influencias de Italia son extremadamente visibles.
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1923-1926.- Murales en la Secretaría de Educación Pública y Escuela
Nacional de Agricultura de Chapingo. Esta obra comprende ciento sesenta y ocho
frescos en donde, poco a poco, se desprende de las influencias y extiende su
personalidad, la que según su intuición y su juicio, y de algunos críticos,
siempre tendió a la pintura mural».
* * *
Ahora, por tercera vez, Diego Rivera se encuentra en Europa. Pero esta
vez no le preocupan absolutamente ni las escuelas post-impresionistas o
neo-clásicas ni los frescos ni lienzos del Renacimiento. Es desde hace varios
años uno de los más grandes pintores contemporáneos. Es, tal vez, el que con
materiales más eternos y con elementos más históricos y tradicionales está
creando una gran obra revolucionaria. La Rusia de los Soviets -que con ocasión
de su décimo aniversario recibe, desde noviembre último, innumerables visitas
de escritores y artistas- lo ha invitado a asistir a su primer jubileo. En él
la Revolución rusa saluda al espíritu más representativo acaso de la Revolución
Mexicana.
La obra de Diego Rivera no se dispersa en museos y exposiciones, como la
de los demás pintores célebres de hoy. Lo mejor de ella -lo que la define y
distingue en el arte actual- está en los muros del Ministerio de Educación
Pública y en la Escuela Nacional de Agricultura de su país. Diego Rivera no se
ha enriquecido ni ha traficado con su pintura. Ha ganado, por sus frescos, un
jornal, como un obrero. Pero esto -que era quizá absolutamente indispen-sable
para diferenciar su obra, de todas las que se cotizan a alto precio en los
mercados europeos o americanos- la dota de su sentido más característico. Sólo
así Diego Rivera podía realizar una obra, engendrada por el espíritu y nutrida
de la sangre de una gran revolución.
Si como quiere Bernard Shaw, un arte no es verdaderamente grande sino
cuando crea la ico-
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nografía de una religión, el de Diego Rivera posee el mejor y más alto
título de grandeza. En sus frescos Diego Rivera ha expresado, en admirable
lenguaje plástico, los mitos y los símbolos de la revolución social, actuada y
sentida por una América más agraria que obrera, más rural que urbana, más
autóctona que española. Su pintura no es descripción sino creación. Diego
Rivera domina con igual maestría el episodio y el conjunto. En la literatura
mexicana nadie ha hecho aún nada tan grande como lo que ha hecho Rivera en la
pintura, al dar a la Revolución una grandiosa representación plástica de sus
mitos. A la versión realista del hombre y la mujer del pueblo, del peón y del
soldado, se asocia la concepción casi metafísica, y totalmente religiosa, de
los símbolos que contienen v compendian el sentido de la Revolución. Para
expresar la tierra, el trabajo, etc., Diego Rivera construye figuras
suprahu-manas, como los profetas y las sibilas de Miguel Ángel.
Y he aquí un pintor, tal vez el único de época, que se puede admirar y
apreciar de lejos, desde cualquier rincón de la tierra, sin tomar en préstamo
ningún sentimiento a la crítica. Lo que ha pintado tiene una prodigiosa fuerza
de propaganda, que estremece a todos los que reconocen su intención y entienden
su espíritu. En cualquier fotografía de un cuadro de Rivera, pobre reflejo de
un fragmento de su obra, hay bastante vibración para que, al menos, se escuche
una nota de gran sinfonía distante.
JULIA CODESIDO*
Hay algo de ascético en el arte de Julia Codesido. Como en casi todo
arte verdadero. Sus cuadros no han salido todavía de su estudio. No conocen el
aire mundano de las exposiciones.
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* Publicado, sin firma, en
Amauta: Nº 11, pp. 9-10; Lima, Enero de 1928. En el primer párrafo hemos
suprimido unas frases ocasionales, que aluden a la inserción de fotografías de
algunos cuadros de Julia Codesido en las páginas de la revista.
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Julia Codesido no ha presentado sus telas sino en el salón de la Escuela
de Bellas Artes; con modestia de discípula tímida que no quisiera que se
fijaran demasiado en ella. Da ganas de sacarlos a airearse. Pero tienen buen
aire donde están -objetará suave y risueñamente Julia- sólo que no tienen prisa
de notoriedad.
Desde hace años, desde su adolescencia, desde mucho antes, Julia
Codesido pinta, pinta, pinta. Es una mística de su arte. Vive en un señero
encanta-miento, entre sus colores y sus telas. Pinta por el placer de pintar,
nada más que por el placer de pintar. El gozo de la creación le basta.
En este trabajo apasionado, fervoroso, se ha ido templando su
temperamento artístico y enriqueciendo su don creador. Julia Codesido tiene en
su obra logradas versiones de nuestros temas plásticos. Porque, sin flirtear
con moda alguna, por espontáneo impulso de su espíritu, los asuntos de su
pintura son casi autóctonos. Sensible, alerta, esta artista presta su aporte al
empeño de crear un Perú nuevo. Y, por esto, le debemos también nuestro
reconocimiento.
En sus figuras se encuentra invariablemente un gran vigor de expresión.
Su dibujo es seguro y su colorido pastoso y rico. Y, como cultora de motivos
indígenas, no se queda nunca en la nota de folklore. Cada cuadro suyo, aun
cuando Julia no se lo proponga, está más allá de la interpretación verista. En
sus cuadros hay siempre creación.
No nos gusta hablar de influencias ante una obra de méritos propios e
impronta personal. Pero no podemos abstenernos de cumplir justicia a Sabogal
por lo que, visiblemente, le debe Julia Codesido -como Camilo Blas-en el
descubrimiento de su camino y en la seguridad y rectitud con que lo está
recorriendo.
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AUTORES Y LIBROS
EL CASO RAYMOND RADIGUET*
Es posible ignorar a Raymond Radiguet. Pero no es lícito ignorar el
mayor suceso editorial de este tiempo: Le Diable au Corps y Le Bal du Comte
d'Orgel,** novelas de Raymond Radiguet. Me ha tocado leer estas novelas en su
112ª edición. Las librerías de París han vendido, en sólo quince días,
cincuenta mil ejemplares de Le Bal du Comte d'Orgel. Ningún otro libro,
contemporáneo ha tenido igual suerte.
Radiguet no ha conocido su éxito. Murió, antes de llegar a los veintiún
años, el 12 de diciembre del año último. Su triunfo, su fama, son en gran parte
una consecuencia de su muerte. Si Radiguet viviese todavía, sus novelas no
habrían arribado a la 112ª edición. El público no sentiría ninguna impaciencia
por leerlas ni la crítica por comentarlas. Le Bal du Comte d'Orgel no sería un
libro afamado. Radiguet viviría un poco desconocido. Es, sin duda, por convenir
a su gloria y a su editor que Radiguet ha muerto.
Puede hasta formularse dos hipótesis sobre su muerte: Primera, que
Radiguet, consciente de haber escrito su obra maestra, y deseoso de
valorizarla, haya muerto voluntariamente. (De la vanidad de los literatos cabe
esperarlo todo). Segunda, que Radiguet haya sido sigilosamente asesinado por su
librero. (De la réclame moderna hay que temerlo también todo).
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* Publicado en Variedades
Lima, 3 de Enero de 1925.
** El Diablo en el cuerpo y El
Baile del Conde de Orgel.
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Pero más fundado y razonable es creer absurdas ambas hipótesis,
contrarias a la buena reputación de Radiguet o de su librero. Seguramente,
Radiguet ha muerto del modo más natural. Era un hombre nacido para producir una
novela con fisonomía de chef d'oeuvre.* Escrito el chef d'oeuvre, Radiguet
tenía que morirse. No le quedaba nada que hacer en el mundo. El objeto de su
vida estaba cumplido. Jean Cocteau acepta implícitamente esta opinión en el
prefacio de Le Bal du Comte d'Orgel. «No acuséis al destino -dice Cocteau-. No
habléis de injusticia. Radiguet era de la raza grave en la cual la edad se
desenvuelve demasiado rápida hasta el fin». La vida de Radiguet, en suma, no ha
sido una vida frustrada. Ha sido, simplemente, una vida breve. ¿Por qué todas
las vidas deben durar, regularmente, sesenta o setenta años? ¿Por qué todos los
hombres deben morir arterio-esclerosos? Esto, además de ser muy monótono,
tendría muchos inconvenientes. La medicina, por ejemplo, carecería de pretextos
para progresar.
Es probable, sin embargo, que Radiguet hubiese podido vivir un poco más.
Le habría bastado con aplazar su obra maestra. Antes de producirla Radiguet no
podía morirse. Pero el parto fatal tenía indefectiblemente que hacer saltar en
pedazos el resorte de su vida. ¿Por qué se apresuró Radiguet a hacer su chef
d'oeuvre? La impaciencia, la prisa, la curiosidad, lo han matado. ¡Pobre garzón
imprudente, víctima de la nerviosidad de su tiempo! Su historia es - más
acelerada y menos sentimental-, la melancólica historia del hombre de cerebro
de oro de Alfonso Daudet.
Mas Radiguet ha sido un hombre de cerebro de oro muy siglo veinte.
Radi-guet ha muerto precozmente; pero ha ganado la celebridad precozmente
también. La fama es esquiva a los jóvenes. En este siglo la fama camina más
velozmente. La civilización la ha electrificado. Le ha quitado su cansada
cuadriga y le ha puesto un
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* Obra maestra.
101
motor de 1,000 H.P. Pero, a pesar de esto, la fama llega siempre en
otoño. La primavera no es la estación de la fama. Pocos hombres asisten al
espectáculo de su propia gloria.
No clasifiquemos, simplistamente, a Radiguet como un niño prodigio.
Radi-guet no tenía simpatía por este término. Poco antes de su muerte escribía
lo que sigue: «¿Qué familia no posee su niño prodigio? Ellas han inventado la
palabra. Existen niños prodigios como hay hombres prodigios. Rara vez son los
mismos. La edad no es nada. Es la obra de Rimbaud y no la edad a la cual
Rimbaud la escribió lo que me asombra. Todos los grandes poetas han escrito a
los diecisiete años. Los más grandes son aquellos que logran hacerlo olvidar».
A los dieciocho años Radiguet concluía Le Diable au Corps y colaboraba
con dos artistas como Jean Cocteau y Erik Satie en una Opera cómica. A los
veinte años terminaba Le Bal du Comte d'Orgel. No le llamemos, sin embargo,
niño prodigio. Respetemos su desdén por esta calificación.
Las novelas de Radiguet reflejan el humor escéptico y humorista de la
literatura de la decadencia burguesa. En la escena de esta literatura se
mueven, pulcra y amaneradamente, las pequeñas almas de la poesía de Paul
Geraldy. El ideal de estas pequeñas almas es, como dice un crítico de Geraldy,
vivre avec douceur.* Los griegos gustaban de vivir serenamente; los
hiperestésicos burgueses occidentales de la urbe quieren vivir dulcemente. La
serenidad es demasiado grave y fuerte para estas pequeñas almas, ávidas y
golosas de dulzura. De la vida de las petites ames** está excluido todo lo
heroico, todo lo épico, todo lo clamoroso. Le Diable au Corps es una novela del
tiempo bélico. Pero la emoción de la guerra no aparece nunca en ninguna de sus
escenas, en ninguna de sus páginas. Es, sin embargo, la novela de un adulterio
que se incuba en la atmósfera de la guerra. Una joven recién casada se entrega
a un ado-
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* Vivir con dulzura.
** Pequeñas almas.
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lescente tímido. El marido, cuya vida permanece extraña al argumento y
al ambiente de la novela, se bate en el frente. La luna de miel de los esposos
ha sido exigua y torpe. En cambio, la luna de miel de los adúlteros, es larga y
exquisita. Raymond Radiguet nos hace gustar, a pequeños sorbos, la historia de
este pecado más bien inocente que perverso. La protagonista es una Madame
Bovary menos provinciana, menos jugosa que la de Flaubert. El armisticio
destruye la felicidad de la pareja adúltera. En esta novela, la guerra es el
bienestar; la paz es el drama. Mas el drama mismo transcurre suavemente, sin
estertor, sin violencia.
Le Bal du Comte d'Orgel, pertenece a la post-guerra. Pero el hálito acre
de la crisis post-bélica tampoco sacude las almas ni las cosas. Se trata de una
casta comedia de amor jugada en un escenario sensual, frívolo y elegante.
Estamos de nuevo en el mundo de las "pequeñas almas". Piccolo mondo
moderno.* Irrumpe de repente en la tertulia del Conde d'Orgel un emigrado ruso.
Pero con este gentil-hombre no llega ninguna pasión, ningún grito, ningún eco
del drama de Rusia. El huésped del Conde d'Orgel es demasiado correcto para
desgarrar la plácida frivolidad de la tertulia con una acérrima diatriba
antibolchevique. El emigrado se comporta discreta y gentilmente. No habla con
odio, no habla con resentimiento siquiera de los bolcheviques. Casi los excusa,
casi los comprende. Es un hombre que sabe que ninguna ruda pasión humana debe
penetrar en un salón de buen tono. Es un hombre rela-tivista y escéptico. La
revolución lo ha empobrecido, lo ha arruinado; pero no le ha hecho perder el
ademán aristocrático.
Tales son las dramatis persone** de las novelas de Raymond Radiguet.
Personajes, cosas, gustos y emociones de una época de decadencia. Ambiente y
mundo de Proust, menos mórbidos, más sanos; pero con la misma tibia temperatura
lánguida. Radiguet ha hecho, a su modo, novela psicológica. Novela de matices
sutiles que ana-
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* Pequeño mundo moderno.
** Personajes del drama.
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liza minuciosa y finamente el proceso de un sentimiento, la trayectoria
de una pasión generalmente moderada y contenida. Novela que no enfoca sino un
episodio, en vez de enfocar, como el folletín, toda una vida que se enlaza a
cien vidas diferentes y confusas. Novela en la cual cada hombre es el
prota-gonista de su propio drama y es el eje de su propio mundo. El literato de
este estilo no intenta jamás aprehender un vasto paisaje humano. Su arte es
como el de esos pintores modernos, que, con un gusto un poco ascético, repiten
en innumerables cuadros la misma naturaleza muerta.
EL LIBRO Y LAS AVENTURAS DE FERNANDO OSSENDOWSKI*
La crónica literaria del año último contiene una estruendosa anécdota
edi-torial: el proceso del libro Bestias, Hombres y Dioses del profesor polaco
Fernando Ossendowski. Una revisión sumaria de las piezas de este proceso puede
interesar a nuestro público. El libro de Ossendowski, lanzado en el mercado
español con el mismo estrépito que en los demás mercados, es ya un libro asaz
conocido entre nosotros. Al menos entre las personas enteradas de las novedades
literarias. El Sol, de Madrid, publicándolo como folletín, ha concurrido a
darle una extensa difusión hispano americana.
Bestias, Hombres y Dioses apareció, en el curso del año, traducido a las
principales lenguas europeas, en las vitrinas de todas las grandes librerías de
Europa Occidental. El título bastaba para atraer la atención de la gente que
busca, en la literatura contemporánea, manjares nuevos y extraños. ¿Bestias,
Hombres y Dioses? No podía llamarse así un libro común. El menú de las casas
editoriales ofrecía inequívocamente, en este caso, un plato insólito. La faja
que ceñía el volumen anunciaba una «odisea verídica más interesante mil veces
que los viajes de Marco Polo». El público no podía dudar de que se encon-
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* Publicado en Mundial: Lima, 24 de Abril de 1925.
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traba ante una "gran atracción" del afeo literario.
Todos los detalles de la presentación eran de factura norteamericana,
cosa muy natural. El suceso del libro había sido cuidadosamente preparado en
los Estados Unidos. Mr. Lewis Stanton Palen, su editor y traductor al inglés,
organizaba y dirigía la réclame, aplicando a esta empresa todos los
procedimientos de la técnica yanqui.
Bestias, Hombres y Dioses pasaba por un producto más o menos polaco o,
mejor aún, eslavo; pero en realidad, editorialmente, se trataba de una
merca-dería norteamericana. La marca de fábrica registrada decía: Copyright by
Lewis S. Palen.*
Pero estas circunstancias, un tanto disimuladas, no impresionaban el
apetito del público, ávido de saciarse del "plato del día", sin
muchos escrúpulos respecto a su cocina. El tema del libro tenía todas las
seducciones posibles de tiempo y de lugar. Se trataba de las bizarras y
terribles aventuras vividas por un sabio polaco en el caótico y abstruso
Oriente, invadido y estremecido por el bolchevismo. En el mundo del
espeluznante relato se reunían, y se combinaban, los elementos más adecuados para
excitar y cautivar el gusto del público moderno: eslavismo, orientalismo,
budismo, ocultismo, misticismo, bolchevismo, Y todos estos ingredientes,
sagazmente dosificados, no eran esta vez servidos en una novela de
verosimilitud sospechosa, sino en un diario de viaje, con tono de documento
científico e histórico,
«Esta serie de aventuras terribles y apasionantes -escribe Mr. Lewis S.
Palen, en la introducción del libro- parece a ratos demasiado audaz en sus
colores para ser real, o siquiera posible, en nuestra época. Yo debo, por
consiguiente, advertir al lector, desde un principio, que Fernando Ossendowski
es un sabio y un escritor cuya experiencia y hábitos de observación minuciosa
son una garantía de exactitud y de verdad». Bestias, Hombres y Dioses estaba
escrito, además, en el estilo, aunque sin la precisión, de un diario de viaje.
Y, para que no le
--------------
* Derechos reservados por L. S. P.
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faltase ningún atributo de seriedad, los editores habían cuidado de
anexarle una carta geográfica de la Siberia, la Mongolia, el Tibet y la
Manchuria, con el itinerario de la odisea de Ossendowski marcado en rojo.
El libro habría conservado por mucho tiempo este prestigio, si los
hombres de ciencia europeos, poco satisfechos de la garantía norteamericana, no
hubiesen denunciado la calidad de la manufactura. Ossendowski fue acusado de
misti-ficación y de impostura por las críticas, casi simultáneas, de tres
profesores de diversas nacionalidades y diferentes ciencias. El doctor George
Montandon escribió una refutación geográfica del relato de Ossendowski,
remarcando y analizando, con incontestable competencia, la inverosimilitud de
varias jornadas del fabuloso viaje del profesor polaco, fugitivo de la Siberia
bolchevizada. Las distancias indicadas por Ossendowski eran, en no pocos casos,
escandalosamente erróneas; y el tiempo en que Ossendowski pretendía haberlas
recorrido -165 a 185 kilómetros diarios, a caballo y por ásperas rutas-aparecía
completamente inaceptable. Sven Hedin, de Estocolmo, autor del libro De Pekin a
Moscú, descubrió en Bestias, Hombres y Dioses errores históricos y geográficos
de gruesas proporciones. Y el profesor Wendling, de Ludwigsburg, contestó toda
la cronología del libro en una requisitoria formulada con minuciosidad
implacable y tudesca. Los traductores y editores de Ossendowski ensayaron
débilmente algunas maniobras de defensa. Mas Ossendowski, acosado por sus
críticos, que lo trataban de impostor, charlatán y alucinado, tuvo que
retroceder ante el ataque. «Mi libro -confesó en una carta del 22 de noviembre
al Journal Litteraire*- es una novela que yo no me habría permitido jamás
presentar a una sociedad científica. Bien podía yo haber escrito este libro sin
antes haber visitado nunca ni la Mongolia ni el Tibet».
El episodio más interesante de este proceso se desarrolló en la
redacción de la revista Nouvelles
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* Diario literario.
106
Litteraires,* de París. Ossendowski y su acusador el doctor Montandon
comparecieron, en la redacción de esa revista, ante una improvisada Corte de
Assises.** El doctor Montandon, en el rol de Fiscal, pronunció una rigurosa y
documentada requisitoria. Pierre Benoit y Henri Massis hicieron de abogados del
acusado. Y Ossendowski se atrincheró en el argumento de que su libro no
constituía un relato científico, insistiendo, naturalmente, como no podía dejar
de hacerlo, en la realidad de sus aventuras y andanzas. El acta de la reunión,
redactada con sagacidad y eclecticismo muy franceses, establece que «la obra de
Ossendowski, como él mismo lo ha declarado a las Sociedades geográficas de
París y de Londres, así como a otras Sociedades, no es de orden científico,
sino una obra compuesta de elementos relativos a impresiones personalmente
vividas o a relatos recogidos por el escritor». Agrega el acta que
«contraria-mente a las deducciones sacadas por M. Montandon de la cronología
del libro, M. Ossendowski mantiene que ha estado en el Tibet (parte Norte), lo
que M. Montandon continúa contestando».
El verdadero carácter de Bestias, Hombres y Dioses, quedó así fijado. El
señor Fernando Ossendowski, profesor de Ciencias Exactas, ingeniero de minas,
técnico en cuestiones industriales, no ha escrito, como sus editores y
traductores trataban de hacer creer al público, un relato científico e
histórico de su vida en Mongolia y el Tibet, sino, como al interés de los
mismos comerciantes y del propio escritor polaco convenía, un relato novelesco
e imaginativo. En este género, el profesor polaco ha debutado con un sonoro
éxito editorial y con algún éxito literario. Las escenas de la Mongolia del
libro de Ossendowski son interesantes. Mucho más interesantes que las escenas
del terror bolchevique en Siberia y Mongolia, escritas con una intención
demasia-do evidente y vulgar de detractar a los bolcheviques. El profesor
Ossendowski ha tratado, a este respecto, un argumento explotado con
--------------
* Novedades literarias.
* Tribunal de Jurados.
107
más imaginación por muchos escritores de la prensa sensacional y
fo-lletinesca. Y, en cuanto al viaje al Tibet, literariamente resulta también
inexistente. No hay en el libro ninguna escena viviente, ninguna emoción
vigorosa de este viaje de cerca de tres meses por ese país abrupto, misterioso
e inasequible. Ossendowski pasa como sobre ascuas en esta parte de su aventura.
Lo que me mueve a creer, no obstante todo lo que su viaje tiene de imaginario,
que la imaginación literaria de Ossendowski es bastante modesta y limitada en
sus creaciones. Las mejores impresiones del libro son, sin duda, las más
verdaderas. La figura del Barón Ungern von Sternberg es la única que vive
patentemente en algunas escenas de Bestias, Hombres y Dioses.
¿Por qué? Probablemente por haber sido la más verídicamente comprendida
y reflejada. Los hechos mediocres, los hechos inventados, carecen de vida. La
realidad se ha vengado de Ossendowski en la ficción.
Ossendowsli, sin embargo, alentado por el éxito de Bestias, Hombres y
Dioses, se propone escribir otras novelas. El número de marzo de Europe trae
una entrevista de un escritor de esa revista, en la que el profesor polaco
declara: «En Polonia los editores se han preguntado si no podría
suminis-trarles libros de viaje y de aventura. Tengo la intención de escribir
relatos sobre Marruecos, después sobre el África Central, después sobre la
América del Sur y las islas de Oceanía».
El escritor de Europe responde a Ossendowski, reconociéndole el derecho
incuestionable de adoptar este género literario; pero negándole el derecho a
que una casa editorial lo clasifique entre los exploradores, y levante cartas
de sus viajes imaginarios.
Los propósitos de Ossendowski no tienen interés para la literatura.
Tienen, en cambio, algún interés para los sudamericanos. Ossendowski amenaza a
la América del Sur con una aventurera excursión de su fantasía. Y, sobre todo,
con un libro lanzado en gran estilo por la firma
108
Lewis S. Palen. O sea con un libro Made in U.S.A.
BLAISE CENDRARS*
En el equipo de los "internacionales", Blaise Cendrars es uno
de los que más me interesa. Blaise Cendrars no es un vagabundo del género de
Paul Morand. En la composición de los libros de Cendrars no entra ningún
ingrediente mórbido. Cendrars no se empeña nunca en demostrarnos que viaja en
vagón-cama. En Cendrars no se respiran aromas afrodisíacos. En sus libros no
hay languidez, no hay laxitud. Cendrars es sano, violentamente sano,
alegremente sano. (Oliverio Girondo no dejaría de anotar este da-
--------------
* Publicado en Variedades:
Lima, 26 de setiembre de 1925. Empezaba con el siguiente párrafo, suprimido por
el autor, por su carácter circunstancial: «El nacionalismo de L'Action
Française tiene razón de malhumorarse. Malgrado la influencia de Charles Maurrás
y de Maurice Barrés, la moderna literatura francesa no es nacionalista. Sus
mayores representantes son un tanto deracinés.** Los escritores más cotizados
pertenecen al que Pierre Mac Orlan llama el equipo de los
"internacionales": Max Jacob, Paul Morand, Blaise Cendrars, Jules
Romains, André Salmón, Pierre Hamp, Jean Richard Bloch, Valery Larbaud, etc. La
escuela clásica francesa no está desierta. Tiene también sus personeros: Paul
Valery, Lucien Fabre, etc. Pero el internacio-nalismo se infiltra en los mismos
rangos de L'Action Française. Pierre Benoit se desplaza demasiado para no
contaminarse de emociones extranjeras. Sus novelas lo llevan por rutas y climas
exóticos. Henri de Montherlant, nacionalista y católico, ha descubierto España
y las corridas de toros. Los caminos de la literatura deportiva no conducen,
además, a Orleans sino, más bien, a Nueva York. Charles Maurras y Henry Massis,
¿cómo podrían no desolarse? El morbo del cosmopolitismo infecta a los jóvenes.
Un medio profiláctico podía ser la supresión de la Compañía de los Grandes
Expresos Europeos. Pero Maurras es un hombre demasiado serio para proponerlo.
Su método, de otro lado, es mucho más radical. "Puesto que se trata de un
mal político, existe un remedio político: aristocracia, monarquía. El día en
que Francia haya encontrado de nuevo su centro, un rey, una corte, centro de la
vida social, habrá muchas cosas cambiadas, hasta en la gramática y en el
diccionario. Con un rey, con una corte, Maurras sería ya académico y, si no
sobre los franceses, ejercería su dictadura sobre el diccionario y la
gramática».
** Desarraigados, o sea, no
patrioteros.
109
to, en una semblanza de Cendrars: reacción Wasserman negativa*).
Y, al mismo tiempo, Cendrars es simple. Entra en las ciudades sin
ceremonia. Se comporta siempre como un pillete, como un gavroche** que viaja
por el placer, dulce y ácido a la vez, de viajar. Unos viajan para hacerse
operar un riñón. Otros para curarse en Vichy los cálculos o en Karlsbad la
dispepsia. Otros para vender su alma al diablo o a Morgan en la bolsa de Nueva
York. Otros para trocar su algodón Tangüis por unos trajes ingleses, un
automóvil Fiat, unas fichas de Monte Carlo, etc. Cendrars viaja por viajar.
Tiene siempre, en el vagón-restaurant de un expreso, o en el puente de un
transatlántico, el ademán despreocupado del flaneur.*** Miradlo arribar a Sao
Paulo:
«Enfin on entre en gare
Saint-Paul
Je crois étre en gare de Nice
Ou débarquer a Charing-Cross á Londres
Je trouve tous mes amis
Bonjour
C'est moi».****
No es posible dudarlo. Es Blaise Cendrars que llega a Sao Paulo. No
puede ser otro que Blaise Cendrars. Lo reconocen, desde que pisa el umbral de
una ciudad, todos los que no lo han conocido nunca. No es improbable que algún
día lo veamos desembarcar así en la chaza de fleteros del Callao. Traerá, como
siempre, un equipaje muy sumario. (Blaise Cendrars nos ha descrito una vez su
equipaje. Sabemos por él mismo que su maleta pesa 57 kilos). Y se marchará de
Lima sin despedirse burlando una recepción del Ateneo y un reportaje de El
Comercio. Y. finalmente, Blaise Cendrars no nos defraudará
--------------
* Es una reacción sanguínea
descubierta por Wasserman para descubrir la sífilis.
** Gavroche es un pillete
parisino creado por Víctor Hugo en Los Miserables.
*** Vagabundo.
**** En fin se entra en la estación
de San Pablo. Yo creo estar en la estación de Niza, o desembarcar en
Charing-Cross de Londres. Yo encuentro a todos mis amigos. Buenos días. Soy yo.
(Traducción literal).
110
como Julio Camba. Nos contará en un libro maravilloso, volumen tercero o
cuarto de sus Feuilles de route,* su visita a Lima, al Cuzco y a Chancha-mayo.
* * *
Lo que más me encanta en la literatura de Cendrars es su buena salud.
Los
libros de Cendrars respiran por todos sus poros. Cendrars representa una
gaya
y joven bohemia que reacciona contra la bohemia sucia y vieja del siglo
diecinueve. Y, en una época de decadentismos bizarros, de libídines
turbias y
de apetitos ambiguos y cansados, Cendrars es un caso de salud cabal. Es
un
hombre intacto e indemne. Es un poeta claro y fuerte sin artificios
juglarescos
y sin neurosis perversas:
Escuchadlos:
«Le monde entier est toujour lá
La vie pleine de choses surprenantes
Je sors de la pharmacie
Je descends juste de la bascule
Je pese mes 80 kilos
Je t'aime».*
La poesía de Cendrars no tiene puntos ni comas. La prosa es más
ortográfica.
Blaise Cendrars ha publicado los siguiente libros: La légende de
Novgorod (1909), Séquences (1913), La Guerre au Luxembourg (1916), Profond
aujourd'hui (1917), Anthologie negre (1919), La fin du Monde (1919), Dix-neuf
poemes élastiques (1919), Du Monde entier (1919), J'ai tué (1919), Feuilles de
route (1924), Kodak (1924) y L'Or (1925).***
Tiene Cendrars en preparación, entre otros libros, una Antología Azteca,
Inca, Maya.
Cendrars nos cuenta en El Oro la maravillosa historia de Johan August
Suter. La historia de
--------------
* Hojas de ruta. (Trad. lit.).
** El mundo entero está ahí
siempre. La vida llena de cosas sorprendentes. Salgo de la farmacia. Desciendo
de la báscula. Peso mis ochenta kilos. Te amo.
*** La Leyenda de Novgorod.
Secuencias. La guerra en Luxemburgo. Hoy profundo. Antología negra. El fin del
Mundo. Diecinueve poemas elásticos. Del mundo entero. Yo he matado. Hojas de
ruta. Kodak. El Oro.
111
Suter es el reverso de la historia del oro de California.
En 1834, Johan August Suter, suizo-alemán, hijo de un fabricante de
papel de Basilea, deja su patria, su mujer y sus hijos, arruinado y deshonrado
por una quiebra. A pie cruza la frontera y llega a Paris. En el camino
desvalija a dos compañeros de viaje; en París estafa con una letra de crédito
falsa a un cliente de su padre. Luego, en El Havre se embarca para Nueva York.
Cendrars, explicándonos el Nueva York de 1834, nos dice en una sola
página de prosa rápida, sumaria, precisa, escueta, una íntegra fase de la
formación de los Estados Unidos:
«El puerto de Nueva York.
«Es ahí donde desembarcan todos los náufragos del Viejo Mundo. Los
náufragos, los desgraciados, los descontentos, los hombres libres, los
insumisos. Aquéllos que han .tenido reveses de fortuna; aquéllos que han
arriesgado todo sobre una sola carta; aquéllos a quienes una pasión romántica
ha trastornado. Los primeros socialistas alemanes, los primeros místicos rusos.
Los ideólogos que las policías de Europa persiguen; los que la reacción arroja.
Los pequeños artesanos, primeras víctimas de la gran industria en formación.
Los falansterianos* franceses, los carbonarios,** los últimos discípulos de
Saint Martín, el filósofo desconocido, y de los escoceses. Espíritus generosos,
cabezas cascadas. Bandidos de Calabria, patriotas helenos. Los campesinos de
Irlanda y de Escandinavia. Individuos y pueblos víctimas de las guerras
napoleónicas y sacrificados por los Congresos Diplomáticos. Los carlistas, los
polacos, los partidarios de Hungría. Los iluminados de todas las revoluciones
de 1830 y los últimos liberales que abandonan su patria para unirse a la gran
República, obreros, soldados, comerciantes, banqueros de todos los países;
hasta sudamericanos, cómplices de Bolívar. Desde la Revolución Francesa, desde
la Declaración
--------------
* Partidarios de la doctrina
social de Fourier que asocia voluntariamente a los individuos para vivir en
comunidades llamadas falanges.
** Agitadores revolucionarios
italianos que deseaban la Italia unida y laica, en el siglo XIX, y luchaban
contra el absolutismo.
112
de la Independencia, en pleno crecimiento, en pleno desarrollo, no ha
visto jamás Nueva York sus muelles tan continuamente invadidos. Los inmigrantes
desembarcan día y noche y en cada barco, en cada cargamento humano, hay por lo
menos un representante de la fuerte raza de los aventureros».
Suter pertenece a esta raza. Cendrars nos relata así su entrada en Nueva
York: «Johan Auguste Suter desembarca el 7 de julio, en martes. Ha hecho un
voto. Salta a tierra, atropella a los soldados de la milicia, abraza de una
mirada el inmenso horizonte marítimo, descorcha y vacía una botella de vino del
Rhin, lanza la botella vacía entre la tripulación negra de un velero. Después
rompe a reír y entra corriendo en la gran ciudad desconocida, como alguien que
tiene prisa y a quien se espera».
Nueva York no retiene por mucho tiempo a Suter. Suter se siente atraído
por el Oeste. Parte de nuevo hacia lo desconocido. En Honolulu forma la Suter's
Pacific Trade Co. Tiene un plan vasto. Con mano de obra canaca explotará las
tierras de California. No las conoce aún; pero sabe que va a tomar posesión de
ellas. Sus socios de Honolulu lo abastecerán de indígenas de las Islas. El plan
se cumple puntual y magníficamente. Suter se instala con sus canacos en
California. Funda una descomunal colonia agrícola: la Nueva Helvecia. Sus
posesiones, sus riquezas crecen prodigiosamente. El pionner* suizo deviene uno
de los hombres más ricos de la tierra. Pero una catástrofe sobreviene: el
descubrimiento del oro. Un obrero de Suter encuentra en los dominios de Suter
las primeras pepitas. La noticia se expande. Empieza el éxodo hacia las minas
de oro. Suter ve partir a sus empleados, a sus obreros. La colonia se disgrega.
Invaden el país los buscadores de oro. En diez años, San Francisco se convierte
en una de las más grandes urbes del mundo. Los inmigrantes se reparten las
tierras de Suter. Se instalan en sus posesiones. El gran pionner se cruza de
brazos. Podría luchar: pero, desdeñosamente, prefiere no
--------------
* Descubridor o explorador.
113
participar en esta batalla de lavadores de oro y de destiladores de
alcohol, en la cual se mezclan aventureros y bandidos de las más torpes y
sucias especies. El oro lo ha arruinado. Suter se retira, decepcionado, a uno
de sus dominios. Mas la voluntad de trabajo y de potencia renace pronto en él.
Sus viñas, sus huertas, sus establos, sus eras, etc., vuelven a darle una
fortuna. San Francisco tiene buen apetito. Y Suter le vende caros los frutos de
sus alquerías. Pero no está contento. No olvida el golpe; no perdona al oro. Y
el demonio le aconseja la más absurda aventura. Suter presenta a los tribunales
una demanda por daños y perjuicios. Reivindica la propiedad del suelo sobre el
cual se ha edificado San Francisco, Sacramento, Riovista y otras ciudades, reclamando
doscientos millones de dólares de indemnización por el despojo. Enjuicia a
17,221 particulares que se han establecido abusivamente en sus plantaciones.
Reclama veinticinco millones de dólares del Estado de California, por haberse
apropiado de sus rutas, canales, puentes, esclusas y molinos; y cincuenta
millones de dólares del gobierno de Wáshington, por no haber sabido mante-ner
el orden en la época del descubrimiento del oro. Y sostiene su derecho a una
parte del oro extraído desde el principió de la explotación. El fantástico
proceso consume todas las utilidades de Suter. Suter tiene a su servicio un
ejército de abogados, de peritos y de escribanos. Los Municipios y los
particulares enjuiciados tienen a su servicio otro ejército. «Es un nuevo rush,*
una mina inesperada, y todo el mundo quiere vivir del Pleito Suter». San
Francisco odia al pionner testarudo y amenazador. Y, cuando el honesto y
puritano juez Thompson falla a favor de Suter, la ciudad se amotina. Las
plantaciones, los establos, los molinos, las fábricas de Suter son devastados,
arrasados, incendiados. Suter esta vez pierde todo. Mas ni aun este golpe lo
decide a renunciar a su proceso. Lo continúa en Washington. En Washington
envejece y enloquece. Y muere en
--------------
* Acometida.
114
las gradas del Palacio del Congreso, aguardando y reclamando,
obstinada-mente, justicia.
Tal la maravillosa historia de Johan August Suter. Su argumento parece
una gran paradoja. Pero, en verdad, Cendrars ha escrito, al mismo tiempo que
una novela de aventuras, una sátira sobre el destino maldito del oro. El oro
del Rhin y el oro de California se equivalen. Cendrars no lo dice: pero lo dice
su novela. Lo dice la maravillosa historia de Johan August Suter, arruinado por
el descubrimiento de las minas de California.
La técnica de El Oro es, más bien que la de una novela, la de un film.
Cendrars nos ofrece la historia de Suter en setenta y cuatro cuadros
cinema-tográficos. Ningún cuadro sobra. Ningún cuadro aburre. Ningún cuadro es
pálido o confuso. El lector se olvida, poco a poco, de que tiene en las manos
un libro. En vez de las letras y de las palabras, dispuestas en rasgos, empieza
a ver las figuras y el paisaje. El paisaje que, en Blaise Cendrars, es sólo un
decorado esquemático.
LITERATURAS EUROPEAS DE VANGUARDIA*
Quien desee efectuar un viaje económico por las varias literaturas de
vanguardia de Europa, puede tomar con confianza el libro de Guillermo de Torre.
El viaje de este libro tiene todas las ventajas y todos los defectos de un
viaje en ómnibus. Es barato, es rápido, es, más o menos, seguro. Pero nos
obliga a detenernos el mismo tiempo en todas las estaciones. No nos consiente
descender en las esquinas, donde nos gustaría hacer alto por algunos minutos.
La estación de partida está en un suburbio. Y ahí nos toca perder un tiempo que
nos parece desproporcionado, respecto del que empleamos en atravesar los sitios
centrales.
«Las Literaturas Europeas de Vanguardia -escribe Guillermo de Torre en
el frontispicio de su
--------------
* Publicado en Variedades: Lima, 28 de Noviembre de 1925.
115
libro- son un álbum panorámico, en su primera parte, de las cinco
tendencias vanguardistas latinas más representativas». Estas cinco tendencias
son el ultraísmo español, el creacionismo hispano-francés, el cubismo y el
dadaísmo franceses y el futurismo italiano. En la tercera parte del volumen,
Guillermo de Torre nos muestra, por una ventanilla del ómnibus, otros
horizontes: el imaginismo anglo-sajón, el expresionismo germánico y la nueva
poesía eslava. La perspectiva y el itinerario del viaje son los de un
supérstite del ultraísmo español.
Guillermo de Torre nos explica, en primer término, esta literatura de
vanguardia. Pero de su propia exposición resulta que el ultraísmo español tiene
un valor muy modesto al lado de los otros ismos literarios de Europa. El
ultraísmo no ha carecido de antecedentes propios y de modalidades peculiares;
pero se ha alimentado de la experiencia y de las ideas de estos otros ismos. Ha
sido, en gran parte, un reflejo o un eco del futurismo, el expresionismo, el
cubismo y el dadaísmo. No ha influido en ninguno de los movimientos y en
ninguna de las escuelas de las que ha sido tributaria o dependiente. Esto el
mismo Guillermo de Torre lo constata honradamente.
Tampoco el creacionismo aparece como un movimiento o una escuela. Por lo
menos en el sentido que estas palabras tienen cuando califican al cubismo, al
expresionismo, etc. El que algunos literatos se hayan llamado creacionistas no
prueba suficientemente la existencia del creacionismo como movimiento de
vanguardia. Guillermo de Torre, en el capítulo respectivo, clasifica
pruden-temente el creacionismo como una "modalidad". Pero, como ya
hemos visto, en la introducción del libro lo considera una de «las cinco tendencias
van-guardistas latinas más representativas». El creacionismo, por otra parte,
en Literaturas Europeas de Vanguardia, se reduce, como actividad literaria, a
las actitudes y trabajos del poeta chileno Huidobro y del poeta francés
Reverdy. Guillermo de Torre trata, a mi juicio, un poco negligentemente a este
último. En-
116
cuentro, en cambio, muy acertado su juicio sobre el aporte de Herrera
Reissig a la formación de un nuevo estilo. Así como sus notas sobre la
modernidad o el vanguardismo de las teorías estéticas de Oscar Wilde.
El libro de Guillermo de Torre acusa una preocupación exasperada de la
hora. El autor teme angustiadamente llegar con retardo. Jorge Luis Borges le
reprocha, con agudas palabras, este «ademán molesto de sacar el reloj a cada
rato». Escribe Borges: «Su pensamiento traducido a mi idioma (con evidente
riesgo de sofisticarlo y cambiarlo) se enunciaría así: Nosotros los ultraístas
somos los hombres del viernes; ustedes rubenistas son los del jueves y tal vez
los del miércoles, ergo valemos más que ustedes. . . A lo cual cabe replicar:
¿Y cuando viene el sábado, dónde arrinconar al viernes?»
Le pasa también a Torre lo que a otros literatos vanguardistas. Más que
la novedad de espíritu mira la novedad de procedimiento. El procedimiento lo
obsesiona. En el haber del ultraísmo anota, como una adquisición capital, el
gusto de la metáfora, de la imagen. Aunque es verdad que, páginas más adelante,
parece suscribir esta otra certera observación de Jorge Luis Borges: «Creo que
se equivocan los demasiado obstinados en pesquisas de imágenes. El creacionismo
que tal cosa predica es una jaula: una cacería de la phrase á effet,* de la
ingeniosidad, que es el mayor peligro para escritores de raza española como
nosotros».
El valor de una tendencia literaria no es nunca una mera cuestión de
técnica. Una de las benemerencias más evidentes del vanguardismo,
-especialmente en nuestra literatura- consiste en la reacción contra la
retórica y contra el énfasis. Pero únicamente repudia de veras la retórica y el
énfasis el escritor o el poeta que lleva la modernidad en el espíritu. Torre lo
sabe bien, puesto que escribe lo siguiente sobre el expresionismo: «De todos
los movimientos modernos de vanguardia es quizá el expresionismo el único que
ha triunfado plenamente - hasta el
--------------
* Frase efectista.
117
punto de que en la pintura y en el teatro, al menos, tiene un
acatamiento oficial- logrando la imposición de sus módulos en todas sus
ramificaciones estéticas: en la novela con Leonard Frank y en el teatro con
Carl Sternheim y Kasimir Edschmid. Ello se debe precisamente a que, más bien
que un movimiento, es una tendencia común de la época. Es como ellos dicen
Zeitgeits einer Gesinnung:* el espíritu de un tiempo. No es una coterie**
limitada. En rigor toda la nueva generación alemana es expresionista. No posee
cánones carcelarios ni jefes acaudilladores. El expresionismo reside más bien
en cierta actitud espiritual de la conciencia artística del mundo».
Pero la principal insuficiencia del libro de Torre no es, por cierto,
ninguna de las anotadas. Me parece encontrarla en el esfuerzo por considerar y
examinar los fenómenos literarios en sí mismos, prescindiendo absolutamente de
sus relaciones con los demás fenómenos históricos. Acaso se puede juzgar así
una individualidad. Pero, de ningún modo, una época. Guillermo de Torre nos
explica las teorías y las consecuencias literarias del futurismo; pero no nos
explica sus causas ni sus raíces espirituales. Y es imposible entender
realmen-te el futurismo, sin una noción más o menos completa de su morfología.
Sobre el futurismo, por esto, se puede aprender en la crítica de un político
más que en la crítica de un literato. Giuseppe Prezzolini escribe respecto al
futurismo: «Es curioso, a primera vista, que no haya nacido en América. Pero en
Italia es el fruto de una reacción. Es el "alto" gritado a la
tradición, a la Arqueología, a Venecia con el claro de luna, al dantismo, al
volverse siempre atrás de los italianos. Una reacción tanto más furibunda,
cuanto más potente eran los hábitos, más grandes los hombres, más profundas las
tradiciones». Prezzolini apunta hechos muy ciertos. Mas la mirada de Trotsky,
por ejemplo, descubre hechos superiores. «Los países -dice en su libro
Literatura y Revolución-que se han quedado
--------------
* El espíritu del tiempo, el
solo modo de pensar (Trad. lit.).
** Camarilla.
118
retrasados, pero que disponen de cierto grado de cultura intelectual,
reflejan en sus ideologías más clara y poderosamente que otros las conquistas
de los países más adelantados. Por esto mismo se han reflejado en el
pensamiento alemán de los siglos XVIII y XIX las conquistas económicas de los
ingleses y las políticas de los franceses. Por lo mismo no es en América ni en
Alemania donde el futurismo ha encontrado su expresión más esencial sino en
Italia y en Rusia. El poema que ensalza a los rascacielos, los dirigibles y
submarinos puede escribirse en mal papel y con un pedazo de lápiz en cualquier
aldea del gobierno de Rjasan y para que la fría fantasía se exalte en Rjasan
basta con que existan en América rascacielos, dirigibles y submarinos».
Un crítico exclusivamente literario como Guillermo de Torre nos pasea
por la superficie del futurismo; pero no nos enseña su subsuelo ni nos instruye
acerca de toda su trascendencia. Su estudio del futurismo no nos dice, al
menos, lo que es la moderna literatura italiana. Todo lo moderno no está,
evidentemente, en las Literaturas Europeas de Vanguardia. En la obra de
Pirandello hay más elementos esenciales de modernidad que en toda la producción
futurista. Torre declara su admiración por Pirandello, que con Giovanni Papini
y Ardengo Soffici forma, en su concepto, el trinomio italiano de valores más
interesantes de hoy. No me siento muy lejos de la opinión de Torre sobre este
trinomio, aunque desconfíe un poco de estas tríadas o trián-gulos en que la
crítica gusta a veces de concretar una época. Pero pienso que sólo el
relativismo y el superrealismo de Pirandello -¿por qué no clasificar a
Pirandello como un superrealista?- contienen más modernidad que todas las
invenciones literarias de Marinetti y sus secuaces.
Todas estas cosas no impiden que el libro de Guillermo de Torre me
parezca el mejor y el único vehículo disponible para una excursión por todas
las escuelas de vanguardia. Torre es un guía inteligente. Sus juicios sobre el
«sentimiento cósmico y fraterno en los poetas de los cinco continentes», son un
análisis penetrante. El libro
119
está sembrado de preciosas observaciones. Sería un grave error creerlo
algo así como baedecker* de la literatura de moda.
GEORGE BRANDES**
Casi simultáneamente nos llegan los ecos de dos funerales europeos: el
de George Brandes y el de Rainer María Rilke. Los dos, el crítico danés y el
poeta alemán, pertenecían a la estirpe, cara a Goethe y a Nietzsche, de los
buenos europeos. George Brandes, sobre todo, puso su mayor empeño en adquirir y
merecer este título. El estudio de la obra de Ibsen, que fue uno de los
primeros en explicar a Europa, le reveló lo difícil que es para un escritor
superar la barrera del idioma, cuando éste no es un idioma muy difundido.
Brandes resolvió escapar a esas barreras, escribiendo en alemán. Dominaba el
alemán, el francés y el inglés como su lengua propia. Del francés decía que
sería siempre para él la lengua de los artistas y de los hombres libres.
Protestó siempre contra las limitaciones de todo nacionalismo.
No se le define, sin embargo, cuando se le llama internacionalista. Más
que internacionalista, era antes un europeísta. El internacionalismo del siglo
diecinueve -y Brandes se sintió siempre un hijo de su siglo- tuvo sus
fron-teras, que si no fueron, precisamente, las de un continente, fueron las de
una raza: la raza blanca. Lo que descubrió ese siglo no fue la solidaridad de
todos los pueblos, sino la solidaridad de los pueblos blancos. El sello
occidental o blanco del internacionalismo de esos tiempos está impreso hasta en
la práctica de las internacionales obreras.
Judío, Brandes procedía de una raza que parece predestinada para
empresas universales y ecuménicas y a la que los nacionalismos europeos miran
con encono por esta aptitud o destino. Pero Brandes se mantuvo a cierta
distancia de mesianismos mundiales. Estaba demasia-
--------------
* Guía turística.
** Publicado en Variedades:
Lima, 26 de marzo de 1927.
120
do enamorado de Occidente y, más que de Occidente, de Europa, para que
lo atrajeran dormidas culturas y aletargadas razas.
Los rasgos esenciales de George Brandes son su individualismo y su
racio-nalismo. Bajo este aspecto, fue también un hijo de su siglo. No entendió
nunca al demos, ni amó jamás a la masa. El culto de los héroes ocupó perenne y
ardientemente su espíritu. Le tocó, sin embargo, pensar y obrar como un
representante de un siglo de democracia burguesa y liberal. Pero no aceptó el
título de demócrata, sin vacilaciones y sin escrúpulos, provenientes de su
convicción de que ninguna gran idea, ninguna gran iniciativa había emanado
nunca de la masa. «El gran hombre -afirmaba- no es el resumen de la
civilización ya existente; es la fuente y el origen de un estado nuevo de
civilización». Por esto prefería titularse radical. Su famoso estudio sobre
Nietzsche, de quien fue grande y devoto amigo, se subtitulaba "ensayo
sobre el aristocratismo radical".
Por su individualismo y por su racionalismo, George Brandes, no podía
amar este siglo, contra el cual empezó a malhumorarse desde la propagación de
la filosofía bergsoniana. En una entrevista con Frederic Lefébre, de hace dos
años, recordaba él mismo una frase suya, pronunciada dos años atrás en una
conferencia en Londres: «La intuición, he aquí una cualidad que hay que dejar a
las admiradoras de Mr. Bergson». Su racionalismo ochocentista, reaccio-naba
agriamente contra toda tentativa de disminuir el imperio de la razón. El
freudismo era una de las corrientes de este siglo que más le disgustaba. No
obstante el vínculo racial del judaísmo -que juntó sus nombres en el comité de
dirección de La Revue Juive*- Brandes trataba con pocas consideraciones a
Freud, cuyas teorías calificó una vez de "fantasías obscenas e
inhumanas". Así como la intuición debía ser dejada a las admiradoras de
Bergson, el psico-análisis debía abandonarse a sus cultivadores de América.
Para Brandes el hombre de pensamien-
--------------
* La Revista Judía.
121
to más grande de hoy era, sin disputa, Einstein. ¿Por qué? No es difícil
adivinarlo. Porque en Einstein reconocía, ante todo, un representante del
racionalismo. Todas sus conclusiones -decía- son verificables.
George Brandes no podía absolutamente, comprender esta época, que
repudiaba en bloque. Su criticismo ochocentista, descendiente en parte del de
Renán -sobre quien escribió fervorosas e inteligentes páginas, en sus buenos
tiempos- se había tornado en pesimismo negativo, no menos radical que su
antiguo aristocratismo. El bolchevismo y el fascismo eran para Brandes
fenómenos totalmente ininteligibles. El naufragio de sus viejos y caros ideales
le hacía pensar que no quedaban más ideales en el mundo ni en Europa. Al
periodista norteamericano Clair Price, que lo entrevistó poco antes de su
muerte, le confesó todo su desencanto; más que crepuscular, apocalíptico.
«¡Europa! ¿Existe aún la idea de Europa?». Brandes no hablaba como si con él se
acabara una época, sino como si con él se acabara Europa.
No hay que sorprenderse, pues, de que los intelectuales de hoy lo
mirasen como un sobreviviente del siglo XIX. Extremando este juicio, o
asimilándolo al del propio Brandes, Clair Price lo llamaba «un europeo que ha
sobrevivido a Europa». Otros escritores contemporáneos, más distantes de su
espíritu y de su mentalidad -porque repudian por herético, cuando no por
estúpico, el siglo diecinueve- le dedicarán sin duda un duro epitafio. En su
Dizionario dell'uomo salvatico*, Giovanni Papini le ha puesto ya uno acérrimo:
«Judío envenenador de los espíritus escandinavos del fin del siglo XIX. Pareció
a los hiperbóreos la síntesis trinitaria de Voltaire-Taine-Heine. Hizo carrera
como revelador y apóstol de Ibsen, Nietzsche, Strindberg, etc., pero no
consiguió jamás descubrirse a sí mismo y los últimos apóstoles de su gloria
danesa lo han dejado reblandecer solo».
Papini cometía la más grave injusticia, en este juicio sumario, al
confinar la figura y la
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* Diccionario del hombre salvaje.
122
obra de Brandes dentro de los confines de Dinamarca. Desterrado en su
juventud de su país, donde su radicalismo chocaba con los residuos del
fariseísmo conservador, en su vejez le ha faltado también a la gloria de
Brandes la ratificación de la mayoría de los suyos. Nacionalistas y
revo-lucionarios lo declaran distante y extraño a ellos.
Pero el nombre de Brandes queda, de toda suerte, inscrito honrosamente
en el escalafón intelectual del siglo diecinueve. Su obra capital, seis
volúmenes sobre las grandes corrientes de ese siglo -aunque no abarcan,
propiamente, sino su primera mitad- le asegura un puesto de honor en su tiempo.
Y tiene, además, Brandes un mérito que nadie puede contestarle: su
intransigente y apasionada fidelidad a sus ideales en esta época en que, ante
la novedad reaccionaria, abdican tantos viejos representantes del pensamiento
demo-burgués, ese mérito, hace particularmente respetable la figura de Brandes,
el "buen europeo" que no quiso jamás renegar de este título.
RAINER MARIA RILKE*
Es aventurado establecer categorías estéticas. Pero no se puede
prescindir de ellas para enjuiciar con cierto orden la poesía y el arte de esta
época caótica. El caos, en la poesía y en el arte, no es nunca tan absoluto
como para no aceptar provisoriamente un orden que permita explotarlo y
analizarlo. Las categorías pueden resultar un poco ficticias, pero constituyen
siempre el andamio indispensable para la construcción de una tesis de varios
pisos y sólo tres dimensiones. Para una tesis sobre la poesía contemporánea,
cuyos materiales estoy allegando en mis horas de recreo, he concebido tres
categorías: épica revolucionaria, disparate absoluto, li-
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* Publicado en Variedades:
Lima, 9 de Abril de 1927. Y en Repertorio Americano: Tomo XVI, Nº 5, pp. 78-79;
San José de Costa Rica, 4 de Febrero de 1928.
123
rismo puro. Más que tres categorías propiamente dichas me he esforzado
por imaginar o reconocer tres líneas, tres especies, tres estirpes. Su mejor
representación gráfica -todas las teorías modernas se caracterizan por la
posibilidad de poder expresarse gráficamente- serían tal vez tres tallos. Todo
lo que significa algo en la poesía actual es clasificable dentro de una de
estas tres categorías que superan todos los límites de escuela y estilo.
La obra de Rainer María Rilke, el gran poeta, el guter europaer,* que ha
perdido Europa poco antes que a Jorge Brandes pertenece a la categoría menos
sujeta a lo temporal, a lo histórico: el lirismo puro. Pocas clasifica-ciones
presentan tanta facilidad como la de este dulce germano que amó a Francia y
Rodin y escribió muchas de sus páginas bajo el cielo del Latium. En la obra de
otros poetas contemporáneos, se combinan elementos de dos y hasta de tres
categorías poéticas. Sergio Essenín, el poeta ruso que se suicidó hace más de
un año, era también un "lírico puro", pero en su obra, determi-nada
en parte por la atmósfera catastrófica y mesiánica de la revolución, se
encuentra un poco de "épica revolucionaria". Y aún de "disparate
absoluto". En Rilke la unidad sustancial y formal es completa. Rilke es
sólo lírico. No ha empañado los cristales de su arte el hálito de una
revolución.
Con él, Europa ha perdido su último romántico. Es decir al último poeta
del romanticismo finito. Porque ahora nace un nuevo romanticismo. Pero éste no
es ya el que amamantó con su ubre pródiga a la revolución liberal. Tiene otro
impulso, otro espíritu. Se le llama, por esto, neo-romanticismo.
El romanticismo del siglo diecinueve se resolvía en un individualismo
radical. Tuvo la impronta de un siglo que se caracterizó por el culto del yo.
Ese culto representaba el acabamiento, la coronación de toda la aventura
espiritual, de toda la experiencia filosófica del liberalismo.
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* Buen europeo.
124
Pero este sentimiento exasperado del yo, conduce de su absoluta y
megalómana exaltación a su total y búdica negación. Como lo observaba
sagazmente Riviére, a propósito de Bergson y Proust, de la exaltación del yo se
ha pasado a la desconfianza del yo. El subjetivismo extremo que se constata en
una parte de la poesía de hoy, constituye ciertamente la última y ultraísta
expresión del individualismo. De suerte que cuando Charles Maurrás lo considera
«la cola de la cola del romanticismo», aunque parta de sus peculiares puntos de
vista, no anda descaminado.
La poesía de Rilke es la última etapa regular del romanticismo
ochocentista. Es la obra del artista que en su última jornada resume armoniosa
y quinta-esenciada su experiencia. Romanticismo alquitarado que ha renunciado a
todas las aventuras imposibles y que se ha remansado en la contemplación.
Se ha pretendido definir a Rilke, llamándolo el Novalis de nuestro
tiempo, «el poeta del silencio y de la muerte», etc. Pero, seguramente nada lo
descubre y lo encierra más cabalmente como poeta que su propio pensamiento
sobre la poesía. «Los versos -escribe Rilke- significan muy poco cuando se les
escribe en la juventud. Se debería esperar, acumulando alma y dulzura, durante
toda una vida larga si fuera posible; y después en fin, muy tarde, quizá se
podría escribir diez líneas buenas. Los versos no son sentimientos, como creen
muchos, sino experiencias. Los sentimientos se tienen demasiado pronto. Para
escribir un solo verso es necesario haber visto muchas ciudades, hombres,
cosas, animales; sentir cómo vuelan los pájaros y saber qué movimiento hacen
las pequeñas flores al abrirse en las mañanas; es preciso pensar en caminos de
regiones desconocidas; en inesperados encuentros; en despedidas que se está
sintiendo aproximarse desde hace tiempo; en los días de la infancia cuyo
misterio no se acaba todavía de aclarar; en los padres ante quienes era
nece-sario regocijarse cuando volvían trayendo una alegría incomprensible,
porque era para otro; en las enfermedades de la niñez que marcaban el co-
125
mienzo de graves transformaciones; en los días pasados en habitaciones
calmas y contenidas; en las mañanas de alta mar, en el mar mismo; en las noches
de viaje que temblaban en lo alto y volaban con las estrellas y no es
suficiente todavía pensar en todo esto. Es necesario aún guardar recuerdo de
muchas noches de amor, de las que ninguna se parece a otra; de los alaridos en
el parto; en la dulzura de las que luego son madres. Hay que haber estado al
lado de los moribundos y haber quedado junto a los muertos en las piezas solas
con la ventana abierta por donde los ruidos entraban a golpes».
Este juicio es fundamentalmente romántico e individualista. Supone que
la obra del poeta se alimenta exclusivamente de su experiencia personal. De la
riqueza y extensión de ésta depende el valor de aquélla. El poeta es concebido
como un mundo cerrado en el que se la sedimentando, poco a poco, lo bello. Pero
este juicio tiene el defecto de que no nos explica sino una parte de la poesía.
No abarca la totalidad del fenómeno. Rimbaud, por ejemplo, queda al margen,
monstruoso e inexplicable. El poeta sumo no es sólo el que, quinta-esenciados,
guarda sus recuerdos, convierte lo individual en universal. Es también, y ante
todo, el que recoge un minuto, por un golpe milagroso de intuición, la
experiencia o la emoción del mundo. En los períodos tempes-tuosos, es la antena
en la que se condensa toda la electricidad de una atmósfera henchida.
Rilke amaba en silencio y amaba a la muerte. Ningún poeta acaso logra
como el de El Libro de las Horas una idealización tan absoluta de la muerte. El
hombre nace con su muerte. Su muerte está con él. Es la conjunción y quizá si
la esencia misma de su vida. El destino del hombre se cumple si muere de su
muerte. La idea de la muerte está presente siempre en la obra de Rilke que la
asocia frecuentemente a la idea del amor. Recordemos su balada sobre el amor y
la muerte del alférez Cristóbal Rilke. Y recordemos los versos en que dice que
la muerte «penetración profunda de las cosas -que cubre de silencio la última
palabra del ser- se presenta
126
a cada uno en forma diferente: "al navío como una ribera y a la
ribera como a
un navío": Dem Schiff als Kuste and dem Land als Schiff».
REIVINDICACION DE JORGE MANRIQUE*
Desde que el pasadismo de la nostalgiosa literatura colonialista
convirtió en un lema la frase "todo tiempo pasado fue mejor", me
visita frecuentemente la idea de romper una lanza por la justa fama del poeta
de las Coplas, pero no he sentido hasta ahora la urgencia de esta
reivindicación -que me parece de la específica competencia de la historiografía
literaria- porque un rápido examen del asunto me conducía siempre a la
conclusión de que Jorge Manrique no resultaba realmente comprometido por dicho
lema. El "todo tiempo pasado fue mejor" de los post-románticos, no
era ya su verso, era un lugar común amamantado por todas las nostalgias, así
prosaicas como poéticas. Era una frase propia del pasadismo. No por cierto una
frase nueva sino una frase vieja -de otro modo carecería de título para
presidir el vocabulario pasadista-, pero en ningún caso la misma de Jorge
Manrique, un lugar común que está en una de sus coplas, sin expresar y mucho
menos condensar su poesía. Y que en esa copla tiene un subsidiario oficio dialéctico.
Pero la crítica no se conforma con un lema anónimo. Y además se complace
en suponer a cada cosa una genealogía preclara. Entre sus hábitos mentales se
cuenta todavía el de no poder prescindir de la búsqueda del precursor. Y así
sucede que si el pasadismo, o tradicionalismo, no invoca ni reclama a Jorge
Manrique, el juicio público le atribuye esta filiación.
Nomenclatura apresurada, clasificación errónea, que sanciona sin embargo
la cátedra. Luis Alberto Sánchez llama ya jorgemanriquismo a
--------------
* Publicado en Mundial: Lima,
18 de Noviembre de 1927. Y reproducido en Idea: Nº 3. Lima, Abril de 1950.
127
este tradicionalismo, al cual él, Jorge Manrique, es absolutamente
extraño.
La necesidad de la rectificación deviene por tanto apremiante. Hoy no
cabe duda de que la poesía española de Jorge Manrique está cubriendo un grueso
contrabando de prosa criolla. Este contrabando primero le tomó un verso; ahora,
el nombre.
Es tiempo de protestar contra el capcioso conato, exonerando a Jorge
Manri-que de la responsabilidad que una posteridad memorista, aunque de mala
memoria, más pegada siempre a la letra que al espíritu de los libros y de los
autores, pretende echarle encima.
Hay que comenzar por la cita cabal de la copla a la cual pertenece el
calumniado verso:
Recuerda el alma dormida
Avive el seso y despierte
Contemplando
Cómo se pasa la vida,
Cómo se viene la muerte
Tan callando:
Cuan presto se va el placer,
Cómo, después de acordado,
Da dolor,
Cómo a nuestro parecer
Cualquiera tiempo pasado
Fue mejor.
Caducidad de lo terreno, reza el epígrafe que Jorge Manrique puso a
estos versos, escritos en memoria y alabanza de su padre, el maestre D.
Rodrigo. Palabras que explicarían toda la filosofía de las coplas, si en estas
mismas no estuviera clara y entera. Con acendrado pesimismo cristiano, el poeta
nos previene contra la falacia de las ilusiones, lo mismo de hoy que de ayer.
La frase "todo tiempo pasado fue mejor" no afirma nada. Está
enteramente subordinada al verso anterior: "cómo a nuestro parecer".
No tiene ninguna autonomía. Nada más artificioso, por consiguiente, que
arrancarla del texto en el cual
128
tiene una función negativa, para imponerle valor propio y calidad
sustancial.
Jorge Manrique, no era en su tiempo -tan lejano del nuestro- pasadista
ni tradicionalista. Su filosofía era rigurosamente la de un místico medioeval.
Era la filosofía de la España Católica que resistió al Renacimiento y la
Reforma, y reafirmó intransigente su ortodoxia en la Contrarreforma. Filosofía
que ignora la vanidad del presente como la vanidad del pasado, porque concibe
la vida terrena como preparación para la vida eterna. Pesimismo integral y
activo que renuncia a la Tierra, porque ambiciona el cielo. Ninguna nostalgia
pesarosa del pasado puede alentar el que escribió estos versos:
Dellas deshace la edad,
dellas casos desastrados
que acaecen,
dellas, por su calidad,
en los más altos estados
desfallecen.
Decidme: la hermosura
la gentil frescura y tez
de la cara,
la color y la blancura,
cuando viene la vejez
¿cuál se para?
Las mañas y ligereza,
y la fuerza corporal
de juventud,
todo se torna graveza
cuando llega al arrabal
de senectud.
Pues la sangre de los godos,
el linaje y la nobleza
tan crecida,
¡Por cuantas vías y modos
se pierde su gran alteza
en esta vida!
129
Unos por poco valer,
¡por cuán bajos y abatidos
que los tienen!
Y otros, por no tener,
con oficios no debidos
se mantienen.
Los estados y riqueza,
que nos dejan a deshora
¿quién lo duda?
No les pidamos firmeza,
pues que son de una señora
que se muda.
Que bienes son de fortuna,
que revuelve con su rueda
presurosa,
la cual no puede ser una
ni estar estable ni queda
en una cosa.
La poesía de Jorge Manrique se enlaza por estos versos con esa mística
que, como lo proclama Unamuno, es acaso la única genuina filosofía española. La
única que vive porque vivió y, como escribe también el maestro de Sala-manca,
"lo que ha vivido vivirá". Filosofía a la que no se puede sospechar
de pasadismo, no sólo porque más que idea era acto, sino porque miraba a la
inmortalidad. Actitud ambiciosa y futurista, porque ¿qué futurismo más absoluto
que el del místico, desdeñoso del presente y del pasado por amor de lo divino y
de lo eterno?
Jorge Manrique no es responsable sino de su poesía. No le imputemos
ningún lema ajeno a su verdadero pensar. Releamos sus versos sin atenernos a
especiosos fragmentos, ficticiamente recortados. Con su poesía tiene que ver la
tradición, pero no los tradicionalistas. Porque la tradición es, contra lo que
desean los tradicionalistas, viva y móvil. La crean los que la niegan, para
renovarla y enriquecerla. La matan los que la quieren muerta y fija,
prolongación
130
del pasado en un presente sin fuerzas, para incorporar en ella su
espíritu y para meter en ella su sangre.*
ULTIMAS AVENTURAS DE LA VIDA DE DON RAMON DEL VALLE INCLAN**
A propósito de la barba de Tristán Marof, bosquejé yo a algunos, en una
plática íntima, la "teoría de la barba biológica".** Mis
proposiciones, aproximadamente, se resumían así: La barba decae porque
desaparecen sus razones biológicas, históricas. La barba tramonta, porque es
extraña a una civilización maquinista, industrial, urbana, cubista. La figura
del hombre moderno no necesita esta decoración medioeval, inadecuada a sus
gustos deportivos, a su movimiento, a su mecánica. La estética de la figura
humana está, en el fondo, regida por las mismas leyes que la estética de los
edificios. La necesidad, la utilidad, justifican y determinan sus elementos. La
barba, en un hombre, debe ser como la columna, como la cariátide, en un palacio
o un templo: debe ser necesaria. Está demás, cuando no lo es. Hay personas que
se dejan barbas, porque piensan que les sientan bien; otras, porque quieren
pa-recerse a sus antepasados. Estas barbas de carácter puramente hereditario o
de origen exclusivamente estético, no son biológicas, no son arquitectónicas.
Carecen de función vital. Aunque parezcan arraigadas y naturales, es como si
fueran postizas. Pero todas las reglas de nuestra edad -reglas
behavioris-tas***-, tienen excepciones, vale decir sin variedad, sin
diversidad. También en nuestra época, nacen y crecen barbas biológicas. La de
Marof, nacida y crecida para amparar su evasión, es de éstas. Ya he dicho hasta
qué punto la encuentro vital,
--------------
* Las frases finales fueron
repetidas y vivazmente explicadas por el propio José Carlos Mariátegui en su
ensayo sobre "Heterodoxia de la Tradición", que aparece en
Peruanicemos al Perú.
** Publicado en Variedades:
Lima, 24 de Marzo de 1928.
*** La enunciada teoría ha sido
ágilmente desenvuelta por el propio José Carlos Mariátegui en su ensayo sobre
La civilización y el cabello, incluido en "Ensayos Sintéticos" que
forma parte del volumen: La Novela y la Vida.
131
económica, pragmática, espontánea. Ha brotado sólo ayer y parece muy
antigua, al revés de las barbas ficticias, arbitrarias, deliberadas, que aun
siendo muy viejas tienen el aire de haber aparecido la víspera, durante un
descuido.
La barba de don Ramón del Valle Inclán, aunque haya tenido un proceso
mucho más ordenado, es de la misma estirpe. Tiene todos los atributos de un
buen espécimen de barba biológica. La barba de Valle Inclán es como su
manquera. ¿Cómo habría podido Valle Inclán ser Valle Inclán sin su barba?
(Entre los mitos de la Biblia, el de la cabellera de Sansón me parece más
eficaz y sabio que un tratado de biología). No es por acaso que el soneto de
Rubén Darío comienza con el célebre verso: "este gran don Ramón de las
barbas de chivo". El genio poético de Rubén tenía que asir la personalidad
de Valle Inclán por la barba. Esto es por lo más vital de su figura.
Esta barba, que es uno de los muchos ornamentos de España, uno de los
más ultramontanos, retintos y señeros atributos de su individualidad, ha
compa-recido hace poco ante un juez. Porque, muy donquijotescamente, muy
ca-ballero, muy español como es, Valle Inclán está siempre dispuesto a romper
una lanza por la justicia, contra jueces y alguaciles. El haber gritado en un
teatro contra una pieza mala, le ha valido un proceso. Un proceso que no ha
sido sino un interrogatorio, en el cual Valle Inclán rehusó declarar su nombre,
profesión y domicilio como Cualquier anónimo. Era el juez el que debía decirle
su nombre, porque mientras en la sala de la audiencia nadie ignoraba el de
Valle Inclán, muy pocos sabían sin duda el del magistrado que lo interrogaba.
Valle Inclán declaró, en su diálogo, ser coronel-general de los ejércitos de
Tierras Calientes y se afirmó católico, apostólico y antidinástico.
Valle Inclán es tradicionalista, ultramontano, por oposición a la España
jesuíticamente constitucional, burocráticamente dinástica, falsamente liberal
de don Alfonso XIII. Es o ha sido carlista; pero no a la manera de don Carlos
ni de
132
su líder Vásquez de Mella. Ha sido carlista por sentir en el carlismo
algo así como una reivindicación del caballero andante. En 1920, estaba hasta
la médula con la revolución rusa, con Lenin, con Trotsky, con todos los grandes
donquijotes de la época. De partir a la guerra, lo habría hecho por los
Soviets, no por don Jaime. Y hoy mismo, interrogado sobre el porvenir del
liberalismo por un diario español, ha respondido que un liberalismo iluminado
debe hacerse socialista. El porvenir no será liberal, sino socialista. Don
Ramón no lo piensa como político, ni como intelectual; lo siente como artista,
lo intuye como hombre de genio. Este hombre de la España negra es el que más
cerca está de una España nueva.
Los amigos y paisanos de Blasco Ibáñez andan quejosos de la manera
desdeñosa y agresiva como Valle Inclán ha tratado la memoria del autor de
Sangre y Arena. Esta ha sido otra de las últimas aventuras de Valle Inclán.
También, aunque no lo parezca, aventura de viejo hidalgo, porque es muy de.
viejo hidalgo guardar sus ojerizas y sus aversiones más allá de la muerte. La
aversión de Valle Inclán a Blasco Ibáñez refleja un contraste profundo entre la
España del 800 y la España inmortal y eterna. ¿Qué podría amar Valle Inclán de
un mediterráneo optimista, republicano, democrático, de gusto mesocrático y de
ideales standarizados, y sobre todo tan exento de pasión y tan incapaz de
tragedia?
La crítica nueva hará justicia a este gran don Ramón, pendenciero,
arbitrario y donquijotesco. Waldo Frank, en su magnífico libro España Virgen
-que tan justicieramente pasa por alto otros valores adjetivos, otros signos
secundarios de la literatura española- destaca el carácter singularmente
representativo, profundamente español, de Valle Inclán. «El último gesto lógico
de Larra - escribe Frank- fue levantarse la tapa de los sesos. Pero el espíritu
de Larra está en las mesas de los cafés de Madrid. El sueño es un vino del arte
histórico de España. La desesperación es una voluptuosidad, y la in-
133
Competencia un culto. Entre los devotos de este trance narcisista se
encuen-tran los escritores más exquisitos de España. El principal de todos
ellos es, sin duda, don Ramón Maria de Valle Inclán. Cervantes era manco y a
don Ramon le falta un brazo: Rojas, el autor de La Celestina, hace cuatro
siglos, dialogó sus novelas y las dividió en actos; don Ramón hace lo mismo y
entremezcla en su prosa palabras y giros que el mismo Rojas habría encontrado
arcaicos. Los libros de Valle Inclán no se venden por pesetas sino por reales
de vellón. Su tipografía es afectadamente antigua. Sus volúmenes se abren con
la opera omnia* y están ilustrados con grabados a la usanza medioeval. Su forma
revela gran maestría en el uso del castellano antiguo, con el que se mezclan vocablos
puros del gallego, que fue en otros tiempos la lengua poética de España. Es un
arte armonioso y de plasticidad verbal. Don Ramón es un hidalgo de Galicia, la
rocosa provincia del nordeste que apenas hollaron los árabes. Don Ramón se
jacta de su sangre celta. Hay un estrecho y curioso parentesco entre la música
del diálogo de sus libros y el sonido de la siringa, pero este parentesco no es
más profundo que un eco. La plasticidad de la prosa de Valle Inclán vive para
dar forma a la muerte. Su drama es un drama de furiosa retórica. Los espíritus
más gloriosos de España pasan por sus libros. La Iglesia con "la caridad
de la espada", la caballería enmohecida y deshecha en su largo peregrinaje
hacia el sur, las guerras patriarcales, la lealtad, el amor místico, están
personificados en la fiereza ampulosa de sus escenas. Pero aunque estas formas
sean espectros, no tienen ellos el hálito del sepulcro; la sal de la ironía
moderna -la ironía perenne de España- está en ellos. Su pujanza no se puede
negar. Es tan atrayente el candor firme y sombrío de esta prosa, que uno acepta
de buen grado la pantomima quimérica y sentimental... la pompa gesticulante de
esos sueños, que son el sueño de España».
--------------
* Obras completas. Era
costumbre de Valle Inclán publicar sus libros como el se tratase de edición de
sus Obras Completas.
134
El gesto bizarro, el lenguaje osado, la imaginación aventurera, la
sensibilidad genial de Valle Inclán es, para todos los que estamos siempre
dispuestos a mandar al diablo las invitaciones de un hispanismo diplomático y
metropo-litano, uno de los testimonios más fehacientes de la vitalidad de la
España que amamos, y de la cual no estamos nunca tan cerca como cuando nos
vence la gana de renegar a España, ahítos de su borbones, infantes, duques,
acadé-micos, curas, doctores, alguaciles, bachilleres y cupletistas. Desde el
fondo de la historia de España, don Ramón del Vale Inclán, cenceño y filudo
personaje del Greco, manco como Cervantes, nos tiende su única mano, generosa e
impávida.
EL CENTENARIO DE TOLSTOY*
El primer centenario del nacimiento del Conde León Tolstoy nos invita a
todos, con más o menos instancia, a un momento de meditación tolstoyana. La
América Latina es uno de los continentes espirituales que menos ha sentido el
ascendiente de Tolstoy. Sabemos que de esto no es posible hacerle un mérito.
Tolstoy no ha penetrado en el espíritu latinoamericano por defecto de
sensibilidad. La América sajona podía, por razones de vitalidad capitalista,
mostrarse poco permeable a la prédica del autor de La Guerra y la Paz. La moral
puritana o judía le bastaba como fermento espiritual en su desarrollo
capitalista. ¿Qué se iba a hacer un pueblo de pionners, con el mensaje de un
patriarca rural eslavo, ásperamente hostil a la civilización industrial y
urbana, orientalmente impregnado de ideas budistas y taoístas**? Tolstoy en
Norteamérica no habría tenido la fortuna de Williams James, de Ralf Waldo
Emerson, ni de Walt Withman. Habría sido un rudo caso de soledad y de protestas
a lo Thoreau. Latino América, agraria y colonial, le ha resistido por ótras
razones:
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* Publicado en Variedades:
Lima, 15 de Setiembre de 1928.
** El taoísmo es una doctrina
filosófico-teológica china, predicada por Lao Tse Tao en chino significa
sendero, camino.
135
por negligencia espiritual e intelectual, por carencia de preocupaciones
religiosas, por sensualidad tropical. El veneno de todos los decadentismos, nos
ha hallado más propicios. Tolstoy ha Llegado tarde a nuestra conciencia.
Vasconcelos es, quizá, el único portador de su mensaje.
Tolstoy está presente y operante, sobre todo, en Asia. Romain Rolland
acaba de agregar a su Vida de Tolstoy un capítulo sobre "la respuesta del
Asia" a su llamamiento. Gandhi, el Mahatma hindú, es el continuador del
pensamiento tolstoyano. La relación entre Tolstoy y Gandhi quedó, hace tiempo,
perfec-tamente esclarecida. Romain Rolland anexa a su nuevo capítulo una carta
escrita por Tolstoy a Gandhi dos meses antes de su muerte. En esta carta, que
saluda con júbilo los albores del gandhismo, Tolstoy formula, en términos
definitivos, el evangelio de la no-resistencia al mal. La política gandhiana de
la no cooperación no es sino la aplicación a la lucha del pueblo hindú de la
doctrina de la no resistencia. Uno de los mayores movimientos nacionales
contemporáneos, lleva así inscritos en su bandera los lemas de Tolstoy. No
debatiremos aquí con qué eficacia: queremos sólo registrar, lacónica y
objetivamente, el hecho. La siembra de Tolstoy en Oriente, según ahora se
estudia, fue más extensa y profunda de cuanto se sospecha. Tolstoy tuvo siempre
la mirada dirigida al Oriente más que a Occidente. Sus ideas religiosas y
filosóficas se nutrieron abundantemente de la tradición asiática. Sus
corresponsales y amigos de la India, China, el Japón, ganaron, a lo que parece,
su predilección.
Pero, como está también averiguado, ningún ascendiente iguala acaso al
de Rousseau en la formación ideológica del fuerte labriego de Yasnaia Poliana.*
Por su filiación rousseauniana -no anulada por una amorosa asimilación del
pensamiento de Lao Tse, Buda, Krishna y aun Mahoma- Tolstoy pertenece, en gran
parte, a Occidente, donde su influencia intelectual es considerable, por mucho
que su agreste acento de
--------------
* Así se llamaba la finca de Tolstoy.
136
campesino eslavo se avenga poco con el espíritu activista y citadino del
europeo moderno. La civilización occidental está habituada a superar estas
contradicciones, en virtud de las cuales San Francisco de Asís y Juan Jacobo
Rousseau no son menos suyos que Nietzsche y Karl Marx.
La historia ha querido que tocase a una revolución marxista honrar en
Rusia a Tolstoy, en su primer centenario. Los Soviets se han comportado
noblemente en esta fecha universal y rusa. Lunatcharsky, Ministro de Educación
Pública, ha formado parte del comité de conmemoración. La experimentación de
las ideas pedagógicas de Tolstoy en Yasnaia Poliana, es uno de los homenajes
rendidos a su memoria. Una edición completa de sus obras, de la cual cuida su
íntimo amigo Chejov, se cuenta entre las empresas editoriales del Estado ruso.
Mas, si se aprecian bien las cosas, no hay nada de irónico en esta
solemne conmemoración del apóstol de la no-resistencia, por un gobierno
socialista, obediente a la fatalidad histórica de la violencia. La Revolución
Rusa no se ha mostrado nunca avara de su reconocimiento con ninguno de los
grandes hombres que, por diversos caminos, prepararon la revuelta moral del
pueblo ruso contra el viejo régimen. La deuda de Rusia a Tolstoy encuentra en
el poder a los espíritus mejor dispuestos a pagarla. Los marxistas rusos están
unidos a la civilización oriental, exactamente por el lado opuesto que Tolstoy.
La realización de su ideal depende del empleo de la ciencia y la técnica
occi-dentales, no menos que de una concepción energética, activista y operante
de la vida. El capitalismo no puede ser superado y vencido con otras armas.
Tolstoy, campesino y aristócrata, íntimamente, no podía comprenderlo. Rusia,
para realizar su revolución, tenía que decir oportunamente adiós a la doctrina
tolstoyana, sin renegar a Tolstoy, que tan definitivamente queda insertado en
su historia.
La mayoría de sus comentadores reconoce en la literatura rusa dos
personali-dades dominantes: la de Tolstoy y la de Dostoievsky. Un crítico de la
nueva Rusia, Ilya Ehrenburg, ha
137
escrito que, en las nuevas generaciones, el ascendiente de Tolstoy es,
ciertamente, mayor que el de Dostoievsky, contra lo que se entretienen en
suponer, en sus arbitrarias conjeturas sobre el fenómeno bolchevique, gentes
incapaces de concebir sino una Rusia más o menos neurótica. La literatura de
estirpe dostoievskiana refleja, en mi opinión, la neurosis de una burguesía
retardada, que no llegó a encontrar su equilibrio en el poder político. La
literatura de Tolstoy, tiene un espíritu diverso. Dostoievsky decía que las
obras de Turguenev y Tolstoy, por bellas que fueran, eran una literatura de
pomietschik; esto es, de terratenientes. Por lo que toca a Tolstoy es evidente
que, aunque su genio rebasara muchos límites, sabe clasificarlo como la
sublimación de la vieja aristocracia. Si no conservó el alma del terrateniente,
como pretende la frase de Dostoievsky, conservó el alma y los gustos del
campesino.
Y si la Rusia, a pesar de su revolución obrera y marxista, es aún
principal-mente un gran país campesino, son sin duda muchas y muy frescas las
raíces que Tolstoy conserva en su memoria.
UNA POLEMICA LITERARIA*
Dos abanderados de la nueva literatura italiana, Massimo Bontempelli y
Curzio Malaparte han acabado por disputar acremente. Un reportaje de Comedia,
de París, en que Malaparte declaró liquidado al d'annunzianismo, ha provocado
este conflicto, que desde hace algún tiempo venía incubándose en la polémica
entre Stracittá y Strapaese, términos que designan dos polos opuestos, dos
tendencias contrarias de la literatura de la Italia contemporánea. Bontempelli
ha arremetido destempladamente a Malaparte, negándole el derecho al mote dé
"novecentista" y mostrándose nauseado por el reportaje.
La disputa personal no tiene, naturalmente, sino un interés anecdótico.
La polémica litera-
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* Publicado en Variedades: Lima, 14 de enero de 1928.
138
ria, al calor de la cual ha prendido, merece, en cambio, ser debidamente
ilustrada y comentada. No se trata de una de las frecuentes controversias sobre
técnica o escuela. El diálogo entre Strapaese y Stracittá refleja una de las
contradicciones, una de las antinomias de la Italia fascista. Stracittá
(extraciudad) es el lema del novecentismo bontempelliano, cuyo capitán entiende
al fascismo como un fenómeno profundamente italiano en su expresión y en su
carácter, pero no extraño a las grandes corrientes europeas y modernas. Esta
tendencia se alimenta de sentimientos cosmopolitas y urbanos, es imperialista
más bien que nacionalista, y no comparte esa aversión a la modernidad en la que
tan frecuentemente se complace el espíritu fascista, afirmándose instintiva y
violentamente como espíritu reaccionario. Strapaese (extrapueblo) es el lema de
un tradicionalismo que se supone apto para interpretar lo moderno a través de
algo así como un retorno a lo antiguo. La tradición italiana es -para los
literatos de esta tendencia- sustancialmente rural. Bontempelli, cuya revista
900 se subtitula intencionadamente Cuadernos de Italia y de Europa, es el
caudillo natural de la primera corriente. Malaparte, en tanto, se ha enrolado
en la segunda cuando la oposición entre ambas se había ya planteado, a
consecuencia del programa de 900 que obtuvo al principio la adhesión del
bizarro autor de Italia bárbara. El suscitador y animador reconocido de la
tendencia strapaesana es Mino Maccari, director del Selvaggio,* quien la
explica de esta manera: «Strapaese no se agota absolutamente en una formulita
literaria, sino quiere ser la expresión ideal y práctica de aquella Italia
clásica, sobria, laboriosa, volitiva, prudente. Strapaese ha sido creado a
propósito para distinguir todo lo que de esta Italia es franca emanación, de lo
que no siéndolo, aunque con diversas mascaradas simule serlo, se resiente de
influencias y contagios de origen extranjero y de doctrinas estéticas
incompatibles y en contraste con la naturaleza,
--------------
* Selvático.
139
con los caracteres y con las tradiciones peculiares italianas; ha
surgido para contribuir con vivacidad y con intransigencia a restituir su valor
a algunas dotes que, precisamente a causa de las modas y de las andanzas de
prove-niencia exótica, han ido perdiendo importancia en la consideración de la
gente (en especial, por desgracia, sí literaria) esto es: honestidad,
sinceridad, fundamento moral y religioso, seriedad sustancial, sentido de
armonía, capacidad de seleccionar los valores de la vida y de hacer a cada uno
la justicia que merece a cualquier costo. Cosas todas a tal punto elementales y
claras como para parecer casi sueños y locuras».
Maccari define, en su esencia, la corriente strapaesana como una
corriente doméstica, conservadora, nacionalista, campesina. El humor de
Strapaese no aparece, por primera vez, en esta polémica, ni es de específica y
original propiedad de Maccari y sus amigos. Sus primeras manifestaciones no son
por cierto de ahora. Fácil es identificarlas en la conversión de Papini a un
catolicismo beligerante y panfletario y en la colaboración con Doménico
Giuliotti, de la cual nació el Dizionario dell'uomo salvatico (¿acaso el
Selvaggio no es una reiteración de este título?); en la intransigente y
romántica antimodernidad del exfuturista Ardengo Sofficci, violento impugnador
de todas las herencias y secuelas espirituales de la Reforma; en el neotomismo
a lo Rocco de algunos teóricos del fascismo, terriblemente nacionalista que,
sin embargo, templaron ideológicamente su tradicionalismo en la lectura de
ciertos notorios franceses; y, finalmente, en la complacencia con que Mussolini
proclamó hace más de tres años el origen campesino, strapaesano, del fascismo,
saludando entusiasta, en un congreso fascista, a los delegados de la
"rústica y cuadrada provincia". Aunque la corriente strapaesana
encuentre adherentes en Milán, tiene ostensibles raíces toscanas y romañolas y,
en general, se la siente muy propia de cierta Italia provinciana y casera que
gustó siempre de sentirse en su casa y, a su modo, un poco dis-
140
tante y diversa, si no extraña, de la Europa cosmopolita y modernista.
Papini, tan conectado por sus estudios con el pensamiento internacional de su
tiempo, conservó siempre un orgulloso sentimiento toscano que, a partir de su
enfer-vorizamiento católico, profesó y confesó abiertamente. Recuerdo la
ninguna simpatía con que hablaba de Milán, llamándola la ciudad de la gran
industria literaria.
El novecentismo de Bontempelli se guarda de pronunciarse respecto a
estos antecedentes de Srapaese. Pero bien se advierte que los dos fenómenos de
los cuales procede y a los cuales se dirige -cosmopolitismo y urbanismo- son
los más opuestos al nacionalismo ruralista y al provincianismo antañero.
Bontem-pelli, repito, no es nacionalista sino imperialista (el imperialismo
contem-poráneo requiere elementos y capacidad cosmopolitas). Mientras Malaparte
se proclama archiitaliano, Bontempelli se declara archirromano. Lo decía en la
presentación de 900: «En el mismo momento en que nos esforzamos por ser
europeos, nos sentimos perdidamente romanos».
Bontempelli es Secretario General del Sindicato Fascista de Escritores y
Autores. No tiene un riguroso origen fascista; pero el fascismo le ha abierto
un largo crédito de confianza. Corre, sin embargo, en la actual aventura el
riesgo de la herejía, mucho más que Malaparte, fascista y escuadrista de la
primera hora y quien hasta por su tesis Fascismo-Contrarreforma, (aunque
entienda al fascismo como contrarreforma en un sentido civil y laico), suscribe
la interpretación reaccionaria, antimoderna y nacionalista de la que, sin
embargo, se llama a sí misma "revolución fascista".
Mussolini, que en uno de sus más sonados discursos últimos, reafirmó no
sólo su agrarismo, sino también su honda antipatía por la urbe industrial,
parece inclinarse por el momento, a Strapaese más que a Stracittá.
141
PANAIT ISTRATI*
I
Durante la temporada de invierno de 1923-24, en la Costa Azul, Panait
Istrati ejercía en Niza el oficio de fotógrafo ambulante. Los pingües burgueses
y las adobadas poules** que lo miraron entonces, desde el mórbido interior de
sus limousines,*** en la Promenade des Anglais,**** no sospechaban que en este
rumano vagabundo y anónimo maduraba a la sazón un escritor famoso. No les
hagamos ningún reproche por esto. Es difícil, sobre todo para un burgués o para
una poule de Niza, presentir en un fotógrafo de un paseo público a un hombre en
trance de seducir y poseer a la fama.
Meses después aparecía en la colección de prosadores contemporáneos, de
F. Rieder y Cía. Edi-
--------------
* Fragmentariamente publicado,
durante un vasto lapso de cinco años, el ensayo sobre Panait Istrati denota la
coherencia y la firmeza de los juicios de José Carlos Mariátegui: pues, no
obstante el cambio que en su posición efectuara el novelista rumano, desde los
hermosos Relatos de Adrián Zograffi hasta los panfletarios desahogos de Rusia
al desnudo, no se advertirá contradicciones ni desmentidos en dichos juicios.
Por el contrario, reitera su comprensión del drama humano que había inspirado
la obra de Panait Istrati, así como la estimación de sus valores literarios, y
adelanta una explicación racional de su caso político.
La primera parte fue inicialmente publicada en Variedades: Lima, 18 de
Julio de 1925. Según advierte el propio autor, «Panait Istrati no era aún
conocido en Hispano-América» y la semblanza que de él trazara fue
inmediatamente reproducida en «varios periódicos» del continente.
La segunda parte apareció, bajo el epígrafe de Les Haiducs, en
Variedades: Lima, 6 de
Noviembre de 1928. Y en Amauta: Nº 3, pp. 41-42; Lima, Noviembre de
1926.
La tercera parte fue publicada, con el titulo de Andanzas y aventuras de
Panait Istrati, en Variedades: Lima, 18 de Agosto de 1928.
Y la cuarta parte, titulada Tres libros de Panait Istrati sobre la
U.R.S.S., apareció en Variedades: Lima, 12 de Marzo de 1930.
** Pollas (Trad. lit.).
Equivaldría a jóvenes mujeres.
*** Coches cerrados.
**** El Paseo de los Ingleses.
142
tores, el primer libro de Panait Istrati: Kyra Kiralina. Y este primer
volumen de Les recias d'Adrián Zograffi,* bastaba en poco tiempo para revelar,
a París primero, a Europa después, un gran artista. Y no se trataba esta vez de
un arte venéreo o, para estar más a la moda, homosexual. No se trataba esta vez
de un arte incubado en el mundo penumbroso y ambiguo de Proust. Se trataba de
un arte fuerte, nutrido de pasión, henchido de infinito, venido de Oriente, que
hundía sus recias y ávidas raíces en otros estratos humanos. La figura del
autor tenía, además, para unos un gran interés humano, para otros sólo un gran
interés novelesco. Panait Istrati había estado a punto de morir sin publicar
jamás una línea. Su vida, su destino, no le habían dado nunca tiempo para
averiguar si en él se agitaba inexpresado, latente, un literato. Panait Istrati
se había contentado siempre con saber y sentir que en él se agitaba, ansioso de
liberación, sediendo de verdad, un hombre. Un día, hundido por la miseria,
atormentado por su inquietud había intentado degollarse. Con el cuerpo del
suicida agonizante la policía encontró una carta a Romain Rolland. Esta carta
estaba destinada a descubrir, y a salvar en el vagabundo rumano, a un artista
altísimo. Desesperado esfuerzo del deseo y del afán de creación que latía en el
fondo del alma tormentosa del suicida, una vez cumplido no podía perderse.
Tenía que hacer surgir en este hombre una nueva y vehemente voluntad de vivir.
Panait Istrati quiso suicidarse. Pero el suicidio despertó en él fuerzas hasta
entonces sofocadas. El suicidio fue su renacimiento. «Yo he sido pescado con
caña en el océano social por el pescador de hombres de Villeneuve»,** escribe
Panait Istrati, con un poco de humorismo trágico en el prefacio de Kyra
Kyralina.
Romain Rolland nos cuenta así la novela de Istrati:
«En los primeros días de enero de 1921 me fue
--------------
* Relatos de Adrian Zograffi.
** Referencia al pueblo en que
vivía, por ese entonces, Romain Rolland.
143
trasmitida una carta del Hospital de Niza. Había sido encontrada sobre
el cuerpo de un desesperado que acababa de cortarse la garganta. Se tenía poca
esperanza de que sobreviviese a su herida. Yo la leí y fui impresionado por el
tumulto del genio. Un viento ardiente sobre la llanura. Era la confesión de un
nuevo Gorki de los países balcánicos. Se acertó a salvarlo. Yo quise
cono-cerlo. Una correspondencia se anudó. Nos hicimos amigos».
«Se llama Istrati. Nació en Braila, en 1884, de un contrabandista griego
a quien no conoció nunca, y de una campesina rumana, una admirable mujer que le
consagró su vida. Malgrado su afecto por ella, la dejó a los doce años,
empujado por un demonio de vagabundaje o más bien por la necesidad devorante de
conocer y de amar. Veinte años de vida errante, de extraor-dinarias aventuras,
de trabajos extenuantes, de andanzas y de penas, quemado por el sol, calado por
la lluvia, sin albergue, acosado por los guardias de noche, hambriento,
enfermo, poseído de pasiones, presa de la miseria. Hace todos los oficios: mozo
de bar, pastelero, cerrajero, mecánico, jornalero, cargador, pintor de
carteles, periodista, fotógrafo. Se mezcla durante un tiempo a los movimientos revolucionarios.
Recorre el Egipto, la Siria, Jaffa, Beyruth, Damasco y el Libano, el Oriente,
Grecia, Italia, frecuentemente sin un centavo, escondiéndose una vez en un
barco, donde se le descubre en el camino y de donde se le arroja a la costa en
la primera escala. Vive despojado de todo, pero almacena un mundo de recuerdos
y engaña muchas veces su alma leyendo vorazmente, sobre todo a los maestros
rusos y a los escritores de Occidente...»
* * *
En esta vida de aventuras y de dolor, Panait Istrati ha acumulado los
mate-riales de su literatura. Su literatura que no tiene la fatiga ni la
laxitud, ni la elegancia de la literatura de mo-
144
da. Su literatura que contrasta con la estilizada y exquisita
neurastenia de la literatura de las urbes de Occidente. Panait Istrati no puede
ser catalogado dentro de las escuelas modernas. Su arte es verdaderamente
suprarrealista. Pero su suprarrealismo es de una calidad y de un espíritu
diferentes a los de la escuela que acapara en nuestra época la representación
de esta tendencia. El suprarrealismo de Istrati, como el de Grosz, está
impregnado de caridad humana.
Romain Rolland dice que Istrati es un cuentista de Oriente, un cuentista
nato. Esta observación define penetrantemente unos de los lados del arte de
Istrati. Los dos libros que Istrati ha publicado hasta ahora -Kyra Kyralina y
Oncle Ánghel- pertenecen a una serie, Les recits d'Adrien Zograffi. Lo mismo
que el tercero -Les Haiducs- que la revista Europe, de París, nos ha hecho
pregustar en un magnífico fragmento. En estos libros se eslabonan,
maravillo-samente, orientalmente, las narraciones. El autor narra. El personaje
narra. Una narración contiene y engendra otra. A los personajes de Istrati no
se les ve vivir su vida; se les oye contarla. Y así están más presentes. Así
son más vivientes. Pero este no es sino el procedimiento. La obra de Istrati
tiene méritos más esenciales y sustantivos. Los tres cuentos de Kyra Kyralina
componen una admirable, una vigorosa, una potente novela. Yo no conozco en la
literatura novísima una obra tan noble, tan humana, tan fuerte como la de
Istrati. Este hombre nos acerca a veces al misterio. Pero es entonces cuando
nos acerca también a la realidad. No hay sombras, no hay fantasmas, no hay
duendes, no hay silencios ni mutis teatrales en sus novelas. Hay un soplo de
fatalidad y de tragedia que nace de la vida misma. El hombre, en estas novelas,
cumple su destino. Pero su destino no tiene una trayectoria inexorable ordenada
por los dioses. El hombre es responsable en parte de su vida. El tío Anghel
sabe que expía su pecado. Sin embargo, más culpable, más poderosa es siempre la
injusticia humana. Stavro, otro agonista del mundo de Istrati, luchó por
salvarse. No encontró quien lo ayu-
145
dara. Todos los hombres, todas las costumbres, todas las leyes, parecían
complotarse sorda e implacablemente para perderlo. Istrati se rebela contra la
justicia de los hombres. Y se rebela también contra la justicia de Dios. Su
prosa tiene a veces acentos bíblicos. Uno de sus críticos ha dicho que Istrati
ha escrito de nuevo el libro de Job. El tío Anghel, en verdad, sufre
estoica-mente como el santo varón de la Biblia. Pero al contrario de Job, el
tío Anghel es un rebelde. Y se pudre y se muere estoicamente, sin que Dios le
devuelva, en la tierra, ni su ventura, ni su mujer, ni sus hijos, ni su
hacienda.
II
En el tercer libro de la serie Los relatos de Adrián Zograffi, Panait
Istrati nos presenta a los bizarros personajes de estos relatos: los haiducs.
Los haiducs que reencontramos en este libro, nos son conocidos. Los hemos
encontrado ya en la banda de Cosma, en El tío Anghel. Pero no sabíamos nada de
su vida. Esta vez, ellos mismos nos cuentan su historia, que explica cómo y por
qué se volvieron haiducs.
¿Qué es un haiduc? Panait Istrati no lo define; lo presenta. Lo hace,
vivir en sus relatos apasionados y apasionantes. El haiduc es un personaje un
poco romántico y un mucho primitivo de la floresta y los caminos de Rumania. Es
un hombre que vive fuera de la ley, a salto de mata, perseguido por los
gendarmes. Mitad bandido, mitad contrabandista, el haiduc no es
específi-camente ni contrabandista ni bandido. El contrabando constituye una
actividad natural de un hombre libre, rebelde al Estado y a sus leyes. Y la
mano del haiduc no castiga sino a los crueles señores de la tierra y a sus
esbirros. Buscándole afinidades y parecidos, se halla en el haiduc algo del
primitivo montonero, antes de que el caudillaje lo enrolara bajo sus banderas.
También la historia de Luis Pardo empieza, más o menos, como la de un haiduc
rumano. El haiduc no obe-
146
dece a la ley de los poderosos, pero sí a la dura ley de los haiducs,
inexorable contra el traidor y el cobarde. El ferrocarril, el telégrafo, el
automóvil y el camino, son los enemigos del haiduc, cuyas trayectorias no
quieren tangen-cias con las líneas de la civilización. Porque el haiduc no es
concebible sino dentro de un cuadro medioeval, como el que subsiste en parte de
los Balcanes.
En este libro de Panait Istrati no hay una novela, sino varias novelas.
Floarea Codridor, la mujer que Cosma amó y que a Cosma dio un hijo, mas no su
amor ni su alma; Elías el Prudente, hermano de Cosma y, al revés de éste. capaz
sólo de consejo y reflexión, pero no de mando; Spilca el Monje, el haiduc
místico que dejó el monasterio para mejor servir la ley de Dios y escapar a la
de los hombres; Movilca el Vataf, que en su larga carrera de haiduc no ha
abatido sino a pequeños malvados, porque los grandes están demasiado altos; y
Jeremías el hijo de Cosma, de Floarea y de la floresta, haiduc nato que a los
quince años disparó el tiro de fusil que lo armó caba-llero; todos los hombres
del estado mayor de Cosma, nos ponen delante del relato desnudo de su vidas.
Floarea Codridor ha reemplazado a Cosma en el comando de la banda, desde que,
roto ya el resorte de su voluntad, vale decir el de su vida, la bala de un
gendarme mató al intrépido y tempestuoso haiduc. Y antes de asumir el mando del
manípulo ha querido que cada uno contase su historia. «Vosotros queréis echar
sobre mis hombros de mujer el peso de la responsabilidad y sobre mi cabeza el
precio de la pérdida. Yo acepto uno y otro. Para esto debemos conocernos.
Vosotros me diréis quiénes sois y yo os diré, la primera, quien soy». Y cada
uno de los haiducs ha hablado. Floarea Codridor la primera.
El arte de narrador maravilloso, de cuentista oriental y mágico, que
reveló Panait Istrati desde sus primeros libros, se afirma en Los Haiducs. Las
figuras de los haiducs, sobre todo las de Floarea Codridor, de Elías el
Prudente y de Spilca el Monje, están trazadas con vigor suprarrea-
147
lista sobre el fondo agreste de la montaña rumana y de sus rudas
aldeas».*
Pero lo más vital, lo más sustantivo de la obra de Panait Istrati, no
viene de ese fresco y espontáneo don de la fábula, que le reconocen fácil y
unánime-mente los críticos de los diversos sectores de la literatura. Está en
el espíritu mismo de la obra. No es una cuestión de habilidad literaria. En el
fondo de su fábula se agita un exaltado sentimiento de libertad, un desesperado
anhelo de justicia. Panait Istrati, como Barbusse lo proclama, es ante todo un
revolucio-nario.
Por eso sus libros tienen un auténtico acento de salud. Llevan el signo
inconfundible de la fuerza de su creador, a quien antes que nada preocupa la
verdad. En sus libros hay la menor dosis posible de literatura. Y esto no
impide clasificarlos entre las más altas creaciones artísticas de su tiempo.
Por el contrario, los coloca por encima de toda la manufactura decadente que,
con un débil esmalte de novedad, pretende pasar por arte nuevo.
III
Monde, la nueva revista internacional de Henri Barbusse, (Clarté,
emanci-pada hace algunos años de Barbusse, se ha transformado recientemente en
La Lutte de Clases), publica en sus primeros números algunos relatos de viajes
de Panait Istrati. Las últimas estaciones de la vida del genial autor de Los
relatos de Adrián Zograffi (Kyra Kyralina, Tío Anghel, Los Haiducs) nos son
contadas así por él mismo, con su encantado y oriental don de narrador.
La exaltación, la intensidad, la pasión de Panait Istrati vagabundo nos
eran maravillosamente comunicadas por sus novelas. Pero nos escapaba el Istrati
artista, el Istrati renacido. Su biografía, divulgada en todas las lenguas,
con-
--------------
* Me complace remitir al
lector a la traducción del relato de Spilca el monje, que Eugenio Garro ha
hecho expresamente para Amauta (Nos. 1, 2 y 3, pp. 17-19, 34-36 y 26; Lima, IX,
X y XI - 1926), y a la que hizo antes para Variedades del relato de Jeremías,
el hijo de la floresta. (Nota del autor).
148
cluía con el episodio de su frustrado suicidio y de su revelación como
artista en una carta a Romain Rolland. Espíritu agónico, al buscar la muerte,
Panait Istrati halló la vida: la vida inmortal del creador, del artista. Pero,
¿el literato habría extinguido al vagabundo? He aquí una pregunta ansiosa de
todos los que desde su primer libro lo conocimos y amamos. ¿Qué habían hecho
París y la gloria, del errante amigo de Mikhail? Sabíamos que Panait Istrati,
hombre antes que literato, había ido a Rumania a combatir la dura batalla de su
pueblo. Lo oíamos responder siempre ¡presente! al llamado de la revolución. Mas
nos faltaba su confidencia. Necesitábamos que nos contase con su voz amical,
fraterna, su experiencia íntima de escritor célebre.
Hace varios meses, lo escuchamos en un reportaje de Frederic Lefévre.
Con Istrati, Lefévre no podía emplear la técnica habitual de sus entrevistas:
Une heure avec...* A Panait Istrati no es posible acercarse como reportero sino
como amigo. No una sino muchas horas duró el diálogo de Istrati y Lefévre;
gozoso itinerario de imágenes y aventuras, que después de conducirnos a Braila
donde del amor de un griego y una rumana nació Istrati, hace cuarenta años, nos
devuelve a su intimidad de ahora. Por esta confesión, sabemos que el novelista
no vive menos insatisfecho y atormentado que el vagabundo. El placer y el dolor
de la creación no colman su alma. ¡Qué miserable cosa le parece haberse
convertido en un literato, nada más que un literato! Sobre sus hombros sensibles
y porfiados, pesa una responsabilidad nueva. «No veo en mi caso -dice a
Lefévre- sino una aventura, edificada sobre un accidente auténtico y sangriento
sobrevenido en mi vida. En tanto que los hombres deberán esperar accidentes
semejantes para poder expresarse, no tendré mi ejemplo por un éxito. Soy pobre
y espero morir pobre, porque marcho en mi vida de hoy acompañado de la inmensa
familia de los vagabundos
--------------
* Una hora con...
149
encontrados en mis rutas. Estoy en la mitad de mi obra, tal como la he
concebido durante mis largos años de vagabundo. Cuando haya doblado el cabo de
esta jornada, dejaré la pluma, tornaré a los caminos de ayer y reviviré, con
mis compañeros recuperados, horas obscuras y alegres, exentas tal vez de las
pesadas responsabilidades que me oprimen. Así, habré dado mi más bello ejemplo:
liberarse de lo que se lleva en sí de mejor, sin hacer de esta liberación un
hábito ni un oficio».
Ahora, en estos artículos de Monde, Panait Istrati reanuda su relato.
Instalado en París, su instinto nómade no lograba conformarse con una
existencia sedentaria. La partida de Rakovsky, ex-Embajador de los Soviets en
París, encendió súbita e irresistiblemente sus nostalgias de viajero. Rakovsky
e Istrati son viejos camaradas de la lucha revolucionaria rumana. Se conocieron
hace muchos años, cuando Rakovsky, mitad rumano, mitad búlgaro, (según él
mismo, dos países se han disputado el honor de no ser su patria) era sólo un
agitador oscuro y Panait Istrati secretario de un Sindicato de albañiles. Se
reencontraron últimamente en París, Rakovsky embajador, Istrati novelista
famoso, traducido a dieciséis lenguas, consagrado por la más alta crítica
mundial. El ex-Embajador invitó a su amigo a un viaje a Rusia. Ambos partían
unas horas después. Istrati nos cuenta un episodio de este viaje, quizá el de
más interés autobiográfico: su vista a Grecia, el país de su padre. Grecia,
según parece, en esta oportunidad no ha tenido tiempo de ser descortés con
Istrati, quien a su turno no ha tenido tiempo de entrar en la batalla contra el
gobierno como en Rumania. El poeta de la amistad -la amistad es el motivo
central de la obra de Istrati- ha hallado en Grecia amigos que ingresan
definitivamente en su existencia. Ninguna victoria literaria, ningún éxito
editorial, de los últimos tiempos, mejor ganados que éstos de Panait Istrati.
Desde su primer libro, que en el orden editorial es Kyra Kyralina, y en el
orden biográfico Tío Anghel, se reconoció en Istrati dotes de inmortalidad. Su
obra era el
150
mensaje de un. hombre de acendrada, generosa, ingente humanidad. Tengo
la sospecha de que esta obra ha dejado ya su huella en la literatura
hispano-americana. Me parece encontrar su resonancia en el magnífico Don
Segundo Sombra de Ricardo Güiraldes. Esta novela es, como las de Istrati, un
canto a la amistad. Y Don Segundo tiene el instinto andariego, la alegría
aventurera de los personajes de Istrati. Como éstos, posee el don del relato.
Su filosofía se alimenta de los mismos sentimientos. Si no me equivocase -es
una asonancia espiritual más que una analogía artística la que he percibido
entre las dos obras- no sufriría ninguna disminución el mérito de Don Segundo
Sombra. Porque la vecindad a Istrati no puede ser sino un caso de grandeza.
IV
Es notoria mi admiración por el autor de Kyra Kyralina y Oncle Anghel.
Hace años, meses después de la publicación en francés de estos dos libros,
saludé jubilosamente la aparición de Panait Istrati, como la de un novelista
extraordinario. Me interesaba en Panait Istrati, tanto como el artista, el
hombre, aunque era la sugestión del artista -la potencia genial de algunas
páginas de Oncle Anghel sobre todo- la que me revelaba, mejor que ninguna
anécdota, el alma apasionada y profunda del hombre. Este artículo tuvo cierta
fortuna. Panait Istrati, súbitamente descubierto por Romain Rolland y Europe,
no era aún conocido en Hispano América. Reproducida mi crónica en varios
periódicos hispano-americanos, supe que era la primera que se escribía en estos
países sobre Panait Istrati, a quien no he cesado después de testimoniar una
simpatía y una atención que, sin duda, no han pasado inadvertidas a mis
lectores. Los volúmenes de la serie de Relatos de Adrián Zograffi que siguieron
a Kyra Kyralina y Tío Anghel, confirmaban plenamente las dotes de narrador,
"de cuentista oriental", de Panait Istrati.
Recuerdo este antecedente como garantía de la rigurosa equidad de mi
juicio, sobre los tres
151
volúmenes que Panait Istrati acaba de publicar en París sobre la Rusia
de los Soviets. (Vers I'autre Flamme: Soviets 1929, Apres seize mois dans la
U.R.S.S.* y La Rusie Nue,** Editions Rieder, 1929). La Nouvelle Revue Française
adelantó a sus lectores, en su número de octubre, un capítulo del segundo de
estos volúmenes, el que mejor define el espíritu de la inesperada requisitoria
de Panait Istrati contra el régimen soviético. En este capítulo, Istrati expone
el caso del obrero Rousakov, a quien el conflicto con los vecinos malquerientes
ha costado la expulsión del Sindicato, la pérdida de su trabajo, un proceso
festinatorio y una condena injusta, y cuya revocación no han obtenido los
esfuerzos de Panait Istrati. Rousakov, adverso a la actual política soviética,
es suegro de un miembro activo y visible de la oposición trotskysta, el
escritor Víctor Serge, bien conocido en Francia por su obra de divulgación y
crítica de la nueva literatura rusa, en las páginas de Clarté y otras revistas.
La hostilidad de sus vecinos se ha aprovechado de esta circunstancia para
prevenir contra él a todos los organismos llamados a juzgar su caso. Una
resolución del Comité del edificio contra el padre político de Víctor Serge,
acusado de haber agredido con su familia a una antigua mili-tante y funcionaria
del Partido, en ocasión de una visita al departamento de los Rousakov, ha sido
la base de todo un proceso judicial y político. La relativa holgura del
albergue de los Rousakov, que disponían de un depar-tamento de varias piezas en
esta época de crisis de alojamientos, hacía que se les mirase con envidia por
un vecindario que no les perdonaba, además, su oposición al régimen y que, en
todo caso, contaba con explotarla ante la burocracia soviética, para
arrebatarles las habitaciones codiciadas. Panait Istrati, amigo fraternal de
Víctor Serge, ha sentido en su propia carne la persecución desencadenada contra
Rousakov por la declaración hostil de sus convecinos. La burocracia en la
U.R.S.S., como en to-
--------------
* Hacia la otra llama: Soviets
1929. Después de seis meses en la U.R.S.S.
** Rusia al desnudo.
152
do el mundo, no se distingue por su sensibilidad ni por su vigilancia.
Unas de las campañas del Partido Comunista, léase del Estado Soviético, es la
lucha contra la burocracia. Y el caso de Rousakov, como el propio Panait
Istrati lo anota, un caso de automatismo burocrático. Rousakov ha sido víctima
de una injusticia. Panait Istrati, que entiende y practica la amistad con el
ardor que sus novelas traducen, fracasado en el intento de que se reparase
ampliamente esta injusticia, rehabilitando de modo completo a Rousakov, ha
experimen-tado la más violenta decepción respecto al orden soviético. Y, por
este caso, enjuicia todo el sistema comunista.
Su reacción no es incomprensible para quien pondere sagazmente los datos
de su temperamento y de su formación intelectual y sentimental. Panait Istrati
tiene una mentalidad y una psicología de révolte,* de rebelde, no de
revolu-cionario, en un sentido ideológico y político del término. Su existencia
ha sido la de un vagabundo, la de un bohemio, y esto ha dejado huellas
inevitables en su espíritu. Sus simpatías por el haiduc se nutren de sus
sentimientos de hors la loi.** Estos sentimientos, que pueden producir una obra
artística, son esencialmente negativos cuando se trata de pasar a una obra
política. El verdadero revolucionario es, aunque a algunos les parezca
paradójico, un hombre de orden. Lenin lo era en grado eminente. No despreciaba
nada tanto como el sentimentalismo humanitario y subversivo. Panait Istrati
podía haber amado duramente el orden soviético, pero fuera de él, bajo la
presión ince-sante del orden capitalista, contra el que ha sido y sigue siendo
un insurgente. Lo demuestra claramente el segundo volumen de Vers l'autre
flamme. Istrati confiesa en él que su entusiasmo por la obra soviética se
mantuvo intacto hasta algún tiempo después de su regreso a Rusia, a
continuación de una accidentada visita a Grecia, de donde salió expulsado como
agitador. Toda su reacción antisoviética corresponde a los últimos meses de su
segunda estada en la
--------------
* Revuelta.
** Fuera de la ley.
153
U.R.S.S. Si Panait Istrati hubiese escrito sus impresiones sobre Rusia,
sin más documentación y experiencia qué las de su primera estada, su libro
habría sido una fervorosa defensa de la obra de los Soviets. El mismo habría
sido el carácter de su obra, si su segunda estada no se hubiese prolongado
hasta hacer inevitable el choque de su temperamento impaciente y apasionado de
révolte, con los lados más prosaicos e inferiores de la edificación del
socialismo.
Panait Istrati ha escrito estos libros en unión de un colaborador
anónimo, cuyo nombre no revela por ahora, a causa de que carece de la autoridad
del de Istrati para obtener la atención del público. No es posible decidir
hasta qué punto esta colaboración, que tal vez Istrati superestima por
sentimientos de amistad, afecta la unidad, la organicidad de esta requisitoria.
Lo evidente es que el reportaje contenido en estos tres volúmenes está, aun
formalmente, muy por debajo de la obra de novelista del autor de Los relatos de
Adrián Zograffi. Todo el material que acumula Istrati y su colaborador
incógnito contra el régimen soviético es un material anecdótico. No faltan en
estos volúmenes -mejor, en los dos primeros-, algunas explícitas declaraciones
a favor de la obra soviética; pero el conjunto, dominado por la rabia de una
decepción sentimental, se identifica absolutamente con la tendencia pueril a
juzgar un régimen político, un sistema ideológico, por un lío de casa de
vecindad.
ZOLA Y LA NUEVA GENERACION FRANCESA*
El nombre de Zola vuelve a ser un emblema en el debate literario de
Francia. Sumergido por las corrientes literarias del 900, regresa hoy a flote,
como signo de un trabajo de rehumanización del arte. Tres son los más activos
factores
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* Publicado en Variedades: Lima, 5 de febrero de 1930.
154
de su actualidad: 1º una tendencia o escuela literaria, el populismo,
que aparece como una reacción contra una literatura que no describe sino gentes
chic* y su ocio elegante; 2º la defensa del creador de los Rougon Macquart,
asumida desde sus primeros números por Monde, la revista de Barbusse; 3º la
reivindicación ardorosa de la obra por Emmanuel Berl en su resonante libro
Morte de la Pensée Bourgeoise,** señalado ya por mí en otra parte.
Los escritores de las capillas donde se venera a Barrés, Proust, Gide,
etc., condenan más o menos inapelablemente a Zola. A los más moderados en la
expresión de su juicio, la obra de Zola les parece simplemente tramontada,
perimée.*** Pero en la nueva generación se constata, con todo, una reacción, a
este como a otros respectos, y no son pocos ni adjetivos los escritores que
toman partido por Zola. Así lo demuestra una recientísima encuesta de Monde,
que ha seguido a las confesiones de los novelistas del populismo y a la
discusión sobre el libro de Emmanuel Berl.
Las respuestas de Jolinon, Chamson, Guilloux, Poulaille, Lemonnier y
otros, atestiguan que, en pleno apogeo de la novela de evasión o psicoanálisis
y de una estética que lo repudia, la obra de Zola tiene apreciable séquito en
las letras francesas. Chamson, que se preocupa poco de explicar su posición,
definida por él como una posición de batalla, se contenta casi con declarar que
está enteramente por Zola. Guilloux opina que Zola en este debate no es sino un
"pretexto" y que se trata de votar por o contra la revolución. El
autor de La Maison du Peupie**** identifica la causa de Zola con la de la
revolución. Jolinon siente renacer con el populismo, la escuela que acaudilla
André Thérive, la influencia del maestro del naturalismo; y anuncia que dentro
de veinte años, cuando André Thé-
--------------
* Elegantes.
** Muerte del pensamiento
burgués.
*** Prescrita, sobrepasada.
**** La Casa del Pueblo.
155
rive haga el balance de este movimiento «será para ponerlo a los pies de
Zola». Poulaille conviene en que la influencia de Zola en las letras actuales
no es muy grande; pero le pronostica, o le augura, una "brillante
revancha". Lemonnier, uno de los animadores y teóricos del populismo, cree
también en el porvenir de la obra discutida. «A medida que el siglo diecinueve
se aleje - afirma- el cientificismo no molestará a nadie y será de más en más
inútil reaccionar contra él, puesto que estará definitivamente muerto.
Entonces, la actitud de Zola cobrará al contrario un valor histórico que no
perjudicará ya al valor humano de sus obras. En la hora que suena, nosotros,
novelistas popu-listas, querríamos reaccionar contra la literatura de
post-guerra escribiendo novelas de más amplia humanidad. Zola es pues también
nuestro maestro, por haber escrito sobre el pueblo novelas que lee el pueblo y
que no son ingenuas novelas, historias artificiosas, sino grandes obras de
arte».
Pero las consideraciones más interesantes aportadas a este debate no
perte-necen a los apologistas, sino a algunos escritores que, sin compartir
ninguna reserva mezquina contra Zola, sino testimoniándole más bien toda la
admiración que en nuestro tiempo es posible acordarle justicieramente, se
niegan a aceptar el retorno a Zola como un ideal de la nueva literatura.
Tristán Remy responde así a Monde, en cuyas páginas colabora desde su
fundación: «No comprendo exactamente el sentido de vuestra encuesta. ¿Qué influencia
tiene hoy la obra de Emilio Zola y qué influencia tendrá en el porvenir? Es
como si Uds. preguntaran qué influencia podrá tener sobre nosotros la obra de
Balzac o de Chateaubriand. Ellos fueron como Zola el producto de su medio. Esto
no ha cambiado. La literatura actual refleja los diversos aspectos,
individuales o colectivos, de los tiempos turbados en que vivimos y se sitúa
mecánicamente -los críticos no inventan nada- en relación a las diversas
maneras de remediar esta situación». Georges Dupeyron, director de Signaux,*
que re-
--------------
* Señales.
156
conoce en Zola una de las fuerzas más auténticas del siglo pasado,
insurge vivamente contra el neo-naturalismo que se reclama de este nombre y
esta obra periclitados. «Hablar actualmente de "naturalismo",
pensando, de una manera más o menos precisa, inspirarse en Zola o en los
métodos de Zola, es una nueva confesión de impotencia. Después del neo-idealismo,
el neo-romanticismo, el neo-tomismo, he aquí un neo-naturalismo disimulado
chatamente bajo el nombre de populismo; esto no nos dice nada de bueno. ¿Esta
generación de post-guerra, después de haber hecho hablar tanto de ella y de
haberse presentado en rebelión irreductible, ha caído tan bajo que esté
obligada a imitar todavía, cuando bajo la influencia de ciertas personalidades,
Guehenno, Berl, parecía en fin evadirse del intelectualismo malthusiano* y del
esteticismo decadente, para proponerse el verdadero problema actual, aquél cuya
solución pondría término al marasmo: la búsqueda de una ideología válida?»
André Malraux no es menos lúcido cuando escribe lo siguiente: «Monde se
interesa evidentemente por Zola, porque Zola ha pintado a los obreros. El lo ha
hecho en función de una idea del "pueblo" que creo sin valor hoy: en
Francia una parte de los obreros se une a la burguesía, la otra constituye el
proletariado que es cosa muy diversa del pueblo».
A propósito del nuevo realismo, y de El Cemento de Gladkov -que
Lunat-charsky coloca bajo el auspicio de Zola- he escrito ya, por mi parte, que
la obra del jefe del naturalismo está comprendida en el proceso del realismo
burgués. La impotencia de la burguesía para producir un arte verdaderamente
realista no se manifiesta en la obra de Zola menos que en las otras obras del
mismo ciclo literario. El naturalismo de Zola puede ser en nuestros días una
escuela excelente para los novelistas del populismo, que bajo la dirección de
André Thérive, el heredero de la cátedra de Paul Souday en Le Temps de París,
se aprestan a explotar la cantera del pue-
--------------
* De Malthus. (Ver I. O.).
157
blo. Pero no tienen nada que ver con el neo-realismo. Zola es un
escritor de la Francia de su tiempo. No es justo escatimarle el reconocimiento
a que son acreedoras su potencia y su pasión. Pero su obra es extraña, o
simplemente anterior, al espíritu de la revolución proletaria. Zola es la
sublimación de la pequeña burguesía francesa. Esta pequeña burguesía ya no es
capaz de apasionarse por los fueros de la verdad y la justicia como en los
tiempos, algo románticos aún, de Dreyfus y del j'accuse.* Zola conocía bastante
al pueblo; pero ignoraba al proletariado. Su concepción del socialismo era una
con-cepción humanitaria, sentimental, saturada de romanticismo, del culto a las
masas, ajena radicalmente a la concepción energética y heroica de los
marxistas. El proletariado, como Malraux lo recuerda a Monde, no es la misma
cosa que el pueblo. Y el primer deber de la nueva literatura es negarse a todo
retorno. Lo mismo al retorno a Zola que al retorno a Stendhal.
La asociación u oposición de estos nombres, me incita a suministrar un
argumento contra la tesis de la humanidad absoluta y potente del
"natura-lismo". Una novela de Zola -Roma- me parece un documento
mucho menos verdadero y penetrante de la Italia de su época que una novela de
Stendhal - La Cartuja de Parma, verbigratia- respecto de la Italia de otro
tiempo. Las criaturas de Stendhal expresan una sociedad y una época más intensa
y profundamente que las de Zola; Roma es un folletín escrito con superfi-cialidad
de turista. El método del naturalismo no es, pues, necesariamente, el criterio
de la verdad.
Nada de esto impide, de otro lado, reconocer la justicia con que Henri
Barbusse escribe rindiendo homenaje a Zola: «Jamás descuidó su deber de
escritor, ni el plan que un día se había trazado y que nosotros mismos debemos
trazarnos. Pues el escritor no es ni un divertidor ni un gabinete de
curiosidades, sino el portavoz de su tiempo. No debe él solamente crear las
formas de su siglo, sino además las tendencias, las espe-
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* Yo acuso.
158
ranzas, todo lo que es eterno para la humanidad de la generación que
pasa». Pero hay que agregar que las tendencias, las esperanzas de Zola no son
las nuestras.
LA NUEVA LITERATURA RUSA*
El escritor ruso Ilya Ehrenburg, cuyo temperamento artístico habíamos
apreciado ya en la traducción francesa de su libro Juno Jurenito y en algunas
de sus Historias Inverosímiles, nos ha dado últimamente una prueba de su
aptitud crítica en un sustancioso ensayo sobre la literatura rusa de la
revo-lución. El tema es, sin duda, interesante, sobre todo para un público a
quien no ha llegado de la literatura rusa nada posterior a Gorki, Arzibachev,
Andre-yev y Merejkosky y para quien son todavía ignotos Brusov, Balmont y Blok.
Antes de la revolución, la literatura rusa era ya una de las que más
atraían al lector hispano-americano. La literatura rusa de hoy no nos ofrece
aún un Tolstoy ni un Dostoievsky. Pero la revolución ha duplicado el interés
del mundo por los hechos y las ideas rusas. Y como escribe Ehrenburg, «los
extranjeros que no conocen la nueva literatura rusa no conocen a la nueva
Rusia, pues sólo la literatura, al menos parcial o convencionalmente, podría
hacerles comprender el proceso grandioso, más cercano de la Geologia que de la
política, que se opera en un pueblo de 150 millones de almas».
El lector hispano-americano no puede llegar por la sola vía del español
a la literatura rusa de la post-guerra. En español, de este tema no nos ha
hablado, con conocimiento y con simpatía, sino Julio Alvarez del Vayo. En La
Revista de Occidente, Ricardo Baeza dedicó hace algún tiempo un artículo al
teatro ruso; pero, aparte de que se limitaba a reflejar las impresiones de un
escritor inglés, y de que su evidente humor anti-revolucionario lo inhabilitaba
para enten-
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* Publicado en: Variedades, el 20 de Marzo de 1926.
159
der y apreciar las consecuencias del fenómeno bolchevique en el arte,
enfocaba en su artículo sólo un género literario, tal vez el que menos ha
podido desarrollarse dentro de la situación creada por la Revolución.
En francés y en italiano -para no citar sino idiomas latinos-, es otra
cosa. La nueva literatura rusa tiene en Francia y en Italia amorosos
traductores. Las revistas de espíritu más o menos cosmopolitas se esfuerzan por
revelar a los poetas y a los prosadores de la república sovietista. En Italia,
Ettore Lo Gatto, catedrático de Literatura de la Universidad de Roma, dirige
una revista, Russia, especialmente destinada al estudio del arte, la literatura
y la historia rusas. En Francia, Víctor Serge, de la revista Clarté, apasionado
estudioso de la vida rusa, comenta y traduce frecuentemente la literatura de la
Revolución.
¿Sólo la literatura de la Revolúción? Si; sólo la literatura de la
Revolución, que es toda la nueva literatura rusa. Los emigrados no han
producido ninguna obra de mérito. A Merejkovsky, a Kuprin, parece no haberles
quedado sino un mediocre talento para insultar al bolchevismo. Lo menos
insignificante han sido dos libros de Wetlugin. «Toda la literatura de la
emigración -apunta Alvarez del Vayo- no vale un solo cuento de Wsewolod Ivanow,
que iba a surgir más tarde».
Trotsky ha estudiado certeramente en su libro Literatura y Revolución
este fenómeno de empobrecimiento espiritual de los emigrados. Nada prueba
mejor, que este fenómeno, la tesis de que ninguna literatura puede vivir y
crecer sin raíces en una sociedad y en un pueblo vivientes. La vieja Rusia ha
muerto. La literatura que se alimentaba de su savia y de su realidad no puede
subsistir. Sus raíces se han secado. La única literatura rusa posible es la
que, contrastándola o sirviéndola, se nutra de la nueva vida rusa.
El primer período de la revolución no fue propicio a una intensa
producción literaria. No había tiempo, papel ni humor para libros. No se
imprimía casi sino libros y folletos de política.
160
Los tiempos eran de hambre y de combate. El comunismo no tenía aún
artistas propios. Las jornadas de la revolución fueron cantadas por los poetas
ralliés.* Un rallié, no un bolchevique, era Alejandro Blok. Un rallié también
era el mismo Maiakovsky, el autor de 150'000,000, epígono del futurismo.
La falta de papel resultó particularmente hostil a la prosa. A la poesía
le basta muy poco papel. Un verso se deja aprender de memoria o escribir con
tiza sobre un muro. Y de otro lado, el ambiente de epopeya de la revolución
encendía, preferentemente, la imaginación de los poetas. «Tuvimos primero -
escribe Ehrenburg- una era de poesía. Era un tiempo fantástico, absurdo y
admirable, tiempo de hambre, de guerra civil, de carnaval en las plazas
públicas, de pintura de las casas con colores chillones, de terror, de grandes
poetas y de piojos tíficos. Todo el mundo estaba ocupado en empresas
imprevistas: notarios se convertían en maestros de ballet, poetas dadaístas
arreglaban las finanzas del Estado. Sobre las ciudades destruidas, heladas,
sombrías y hambrientas, se elevaban inmensos letreros luminosos:
"Electri-ficaremos al mundo entero". Los versos se decían en las
reuniones políticas, en las cantinas, al aire libre, en las estaciones. No era
fácil conseguir un pedazo de pan que no estuviera mojado en inspiración
poética. El título de poeta, aunque honorífico, conferia a su poseedor el
envidiable privilegio de ser dispensado del servicio obligatorio de limpiar de
nieve las calles».
Los poetas que sobresalieron en este período fueron Maiakovsky y
Essenin. Los anatemas de Maiakovsky al Occidente capitalista tenían un acento
bíblico. Trotsky, que niega que el arte de Maiakovsky sea arte proletario,
reconoce su valor y su originalidad. Maiakovsky, en su poesía
«construc-tivista», tradujo una actitud del alma rusa: el delirio novecentista
y norte-americano de la máquina, la electricidad, la urbe, la usina. Ehrenburg
dice que Maiakovsky rugía con una voz
--------------
* Congregados, adheridos.
161
de 100 HP. Essenin que se llamaba a sí mismo "poeta
escandalista", conta-giado de la misma exaltación, se distinguía por su
fondo rural. Su poesía tenía una violencia primitiva. Mas, pasado el período
romántico de la eclosión revolucionaria, iniciado el penoso y prosaico trabajo
de la reconstrucción económica, Essenin sintió, sin duda, que no le quedaba
nada que hacer. En un poema, en que cuenta el retorno a su aldea abandonada, su
voz es ya una voz fatigada. «Me iré solo -dice- hacia límites ignotos, calmada
para siempre el alma revoltosa». (Parece que en este poema Essenin presentía su
fin próximo. Según una noticia que no sé si estará confirmada, este poeta, cuya
influencia rusa puede ser comparada, a juicio de Ehrenburg, a la de Rimbaud en
la moderna poesía francesa, se suicidó en diciembre último).
La Nep (Nueva Política Económica),* trajo en Rusia un renacimiento de la
prosa. «Comenzó -escribe Ehrenburg- la reducción del personal, de los gastos,
de los proyectos y de la fantasía». Tramontada la esperanza de una inmendiata
revolución mundial, la poesía cedía el campo a la prosa en la literatura como
en la política.
La novela y el cuento recuperan su sitio. La patria de Dostoievsky, de
Turguenev, de Tolstoy y de Gorki, tiene el genio del cuento y del relato. Lo
testimonian, en nuestra época, Pilniak, Zamiatine, Serafimovitch, Ehrenburg,
Ivánov, Babel y varios otros. En el arte de casi todos estos cuentistas o
novelistas se combina frecuentemente un ingenuo primitivismo con una sagaz
modernidad. En Pilniak, por ejemplo, hay un marcado freudismo. En la psicología
de una de sus protagonistas, la camarada Xenia Ordynina, miembro de la Checa,**
se mezclan el ideal revo-
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* NEP: En la primavera de
1921, después de poner fin a la intervención extranjera y a la guerra civil, el
Poder Soviético empezó la Nueva Política Económica la (Nep, sigla formada por
las iniciales de estas tres palabras en ruso), nombre que se le dio para
diferenciarla del llamado "comunismo de guerra". La Nep estaba
encaminada a la construcción del socialismo mediante la utilización del mercado
capitalista, dentro de ciertas condiciones transitorias.
** Policía secreta de la primera
etapa de la Revolución Socialista en la URSS.
162
lucionario y el apetito sexual. «Karl Marx -dice la camarada Xenia
Ordynina-ha debido cometer un error. No ha tenido cuenta sino del hambre
físico. Ha olvidado otro factor: el amor, el amor rojo y fuerte como la sangre.
El sexo, la familia, la raza: la humanidad no se ha equivocado adorando al
sexo. Si; hay un hambre físico y un hambre sexual. Se debe decir mejor, hambre
físico y religión del Sexo, religión de la sangre. Yo siento a veces, hasta el
sufrimiento físico, real, que el mundo entero, la civilización, la humanidad,
todas las cosas, las sillas, los vestidos, están penetrados de sexualidad. La
cabeza me da vueltas a veces y yo siento que la Revolución, toda, toda, está
impregnada de ella».
Uno de los rasgos más caracterizados de la nueva literatura rusa es su
épica. El género épico, que en Occidente ha muerto, en Rusia resucita renovado.
Los relatos de Babel, los poemas de Tijonov, son las más vigorosas afirmaciones
de este renacimiento.
Y otro rasgo más es que el alma de Rusia sigue oscilando entre dos
mundos: el Oriente y el Occidente. Los literatos, los poetas, se dividen hoy,
como antes, en "occidentales" y "orientales". Pero la
política permite augurar el prevalecimiento de estos últimos. Desde hace algún
tiempo los ojos de Rusia, un poco desencantados de las muchedumbres de Europa,
se vuelven, iluminados y proféticos, a los pueblos de Asia.
LEONIDAS LEONOV*
La Biblioteca de la Revista de Occidente nos ofrece en español otra obra
de la nueva literatura rusa. Otro testimonio de que la literatura rusa no ha
termi-nado, con el antiguo régimen, devorada por la Revolución, como se
imaginan algunos buenos o malos burgueses.
Leonidas Leonov, el autor de Los Tejones, representa, según sus
críticos, en la literatura rusa de hoy, la tradición de Gogol y Dostoievsky.
Algunos de sus personajes descienden, efectivamen-
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* Publicado en Variedades: Lima, 26 de Febrero de 1927.
163
te, de los de Almas Muertas o Los Hermanos Karamazov. Pero el primer
libro suyo, vertido al español no es, precisamente, uno de los que pueden
acreditar esta tesis. De Leonov he leído, traducida al italiano, otra novela,
El fin de un hombre mezquino. Es ahí, no en Los Tejones, donde revela un poco
el mundo de Dostoievsky.
Los Tejones, por tanto, no bastan para revelar integralmente a Leonov a
los lectores hispánicos. Leonov no está cabal, no está entero en esta novela.
Pero, en cambio, Los Tejones tienen, además de su mérito artístico, el valor de
constituir un nuevo testimonio de la estabilización del bolchevismo. Leonov no
es comunista. No ha dado nunca su adhesión al partido bolchevique como, por
ejemplo, Babel y la Seifulina. Se le supone, por el contrario, una actitud
escéptica, si no hostil, ante la Revolución. Mas las obras que de él conozco
afirman, objetivamente, la victoria revolucionaria, cualquiera que sea su
indiferencia respecto de la Revolución misma.
En El fin de un hombre mezquino nos presenta el drama de la
"cultura" (de la cultura entre comillas para no identificarla con la
otra, la verdadera), en los primeros años de la Revolución. El protagonista, el
profesor Feodor Andreich Licharyev, es un sabio paleontólogo que durante toda
su existencia ha estado más o menos ausente de la vida rusa. «Con un tenaz
esfuerzo de la mente y de la voluntad -dice Leonor- había penetrado tan
profundamente en las ines-crutables profundidades de la ciencia paleontológica
y de las otras ciencias emparentadas a ésta que, probablemente, había vivido
todo su tiempo en la edad antediluviana, considerando el presente como un
reflejo sin valor de aquellos tiempos irrevocables». La Revolución lo sorprende
entregado, en cuerpo y alma, al estudio del período mesozoico. El profesor
Licharyev siente, en su carne, las mortificaciones del cataclismo: hambre,
frío, etc. Pero su atención está absolutamente acaparada por cataclismos
remotos. No le es posible, por consiguiente, enterarse de la revolución ni de
su alcances. Ade-más, un ambien-
164
te de catástrofe era, acaso, el más adecuado para su investigaciones e
hipótesis. A un sabio paleontólogo, que revive mentalmente la edad más
tormentosa del planeta, la revolución social no podía perturbarlo. Tenía más
bien que servirle de excitante para su afición.
Pero el cataclismo presente, real, resulta, a la postre, excesivamente
violento para permitir al profesor Licharyev la tranquila reconstitución de los
cataclismos remotos. La realidad reivindica sus fueros. La presencia de la
Revolución acaba por volverse evidente hasta para el sabio paleontólogo. Y
entonces el sabio siente que se rompe el resorte de su vida. Rasga sus
manuscritos. Tira su pluma estilográfica. Su mecenas miserable -un hebreo
ignorante, enamorado de la "cultura", que aliva su miseria, proveyéndolo
periódicamente de algunos comestibles, con un respeto religioso por su obra
sobre el período meeozoico- escucha consternado la trágica declaración de
Licharyev de que la paleontología se ha tornado inútil, absolutamente inútil,
en medio de este cataclismo auténtico.
El caso de Licharyev puede parecer demasiado singular. Pero, en verdad,
refleja la situación de una gran parte de la "inteligencia" en los
años de la Revolución. El drama del profesor de Paleontología ha sido también
el de muchos profesores de Filología, de Anatomía, de Historia y hasta de
Econo-mía Política, sorprendidos también por la Revolución, si no en el período
mesozoico, en otros períodos más próximos pero no menos fenecidos. El profesor
Licharyev, es el "intelectual" ruso, famélico, miserable -a causa de
la Revolución- en el nombre del cual tantos espíritus plañideros se han quejado
de la barbarie bolchevique y de sus ataques a la "cultura".
En Los Tejones no tenemos un conflicto semejante en su significado o en
su proceso. El episodio es diferente. El escenario lo es también. No respiramos
la atmósfera del helado y mísero cuarto del profesor Licharyev. La atmósfera es
rural, aldeana, palurda, sin relente de urbe y, mucho menos, de Paleontología.
Estamos en la
165
aldea, en la campiña, en el bosque y nos sentimos, por consiguiente, con
los pulmones sanos. La vida ignora totalmente las teorías sobre el mesozoico.
Pero uno de los protagonistas es siempre la Revolución. El otro, en vez de la
"cultura", es la aldea. Y, como la aldea tiene una existencia menos
objetable y, en todo caso, más insuprimible que la Paleontología, el conflicto
se resuelve diversamente. La aldea de Vory -hostil al bolchevismo, por su
pleito ancestral con la de Gusaki, a la cual la justicia sumaria de los
bolcheviques acaba de asignar el usufructo del prado Zinkino- depone las armas.
Los aldeanos rebeldes, a los que su lucha contra los de Gusaki y el bolchevismo
ha puesto fuera de la ley, después de un período de romántico exilio en el
bosque, regresan al villorio. Las bandas rurales, en armas contra el nuevo
poder, son reabsorbidas por la campaña pacífica. Los Tejones representan uno de
los últimos episodios de la lucha. Con la rendición de "los tejones",
el bolchevismo impone su ley a una de las últimas bandas resistentes que
consentían, aunque fuera un poco artificialmente, dudar aún de su estabilidad.
Esta novela es una versión objetiva -indiferente al contraste de las
ideas- del alma de la aldea rusa. Y, más que del alma, del cuerpo. Porque,
afortunada-mente, Leonov no se propone objetivos trascendentales ni
metafísicos. Es un realista que, sólo para que no nos sea posible dudar de que
lo que nos describe es la realidad, pone en ella el poco de poesía necesario
para que no le falte nada.
LA RUSIA DE DOSTOIEVSKI. A PROPOSITO DEL LIBRO DE STEFAN ZWEIG*
Las tentativas baratas, premiosas de interpretación del bolchevismo, que
una crítica diletantesca** y apriorística produjo en Occidente en los primeros
años de la Revolución rusa, y cuyos ecos han durado hasta hace muy poco, se
entre-
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* Publicado en Variedades: Lima, 10 de abril de 1929.
166
tenían con curiosa uniformidad en explicar este fenómeno, en algo así
como la culminación del movimiento espiritualista representado por Dostoievski.
El misticismo, la neurosis, la exasperada búsqueda de infinito y de absoluto,
que hallan su más fuerte y patética expresión artística en la obra de
Dostoievski, eran estimados como los factores morales de la Revolución, que
debería a e esos factores su acento apocalíptico y extremista. Recuerdo que
hace tres años, Luis de Zulueta, en un ensayo de La Revista de Occidente, sobre
El Enigma de Rusia, que debía su primera inspiración a Ortega y Gasset,
barajaba todavía estos motivos, suscribiendo, a pesar de advertir el programa
marxista y occidental de la Revolución, el concepto de Ortega de que ésta «no
era, en el fondo, una revolución europea, sino un misticismo oriental».
No debe haber sido escasa la sorpresa de estos apresurados y enfáticos
exegetas ante la protesta de Ilya Ehrenburg, contra la general tendencia de
suponer a la nueva literatura rusa fuertemente influida por el espíritu de
Dostoievski. Ehrenburg desmintió esta influencia, afirmando que las actuales
generaciones rusas estaban, precisamente, lo más distantes posibles de
Dostoievski y que, en la nueva Rusia, era mucho más evidente y neta la
presencia de Tolstoy. Y Julio Alvarez del Vayo, en sus impresiones literarias
de Rusia, sobre todo en las que sirven de prólogo a la edición española de El
Cemento, la notable novela de Fedor Gladkov, ha confirmado sustancial-mente la
versión de Ehrenburg, que no era una revelación para quienes seguían el
movimiento intelectual ruso a través de revistas francesas, italianas y
alemanas, aunque no se diesen cuenta, exactamente, del sentido profundo de la
Revolución.
Dostoievski tradujo en su obra la crisis de la inteligencia rusa, como
Lenin y su equipo marxista se encargaron de resolver y superar. Los
bolcheviques oponían un realismo activo y práctico al misticismo espirituoso e
inconclu-yente de la inteligencia dostoievskiana, una voluntad realizadora y
operante a su hesitación nihilista y
167
anárquica, una acción concreta y enérgica a su abstractismo divagador,
un método científico y experimental a su metafísica sentimental. La
intellighentsia,* desde el movimiento dekabrista** hasta la Revolución de 1917,
no conoció sino fracasos. Se reconoce su romanticismo, de fondo, más o menos
rousseauniano, en los dekabristas, en los narodnikis, en los nihilistas, en los
socialistas revolucionarios. Su impotencia, para guiar una revolución
demoburguesa que sustituyera la autocracia zarista por un régimen capitalista
de tipo occidental, la condujo a un utopismo desorbitado, en que el más
extremista y disolvente individualismo se asociaba al mesianismo racial, hostil
a Europa, de los orientalistas.
La literatura, de esta época, o más bien de este origen -Dostoievski,
Andre-yev, Sollogub, etc.- refleja, como ya alguna vez lo he apuntado, la
neurosis de una burguesía frustrada, a la que no fue posible conquistar el
poder. El capitalismo ruso, técnica y financieramente impulsado y aun dirigido
en gran parte por extranjeros, se desarrolló en Rusia, hasta 1917, bajo un
régimen absolutista, que no consintió a la burguesía salir de un rol larvado y
secun-dario. Esta burguesía fracasada, incapaz de sacudirse de la tutela de una
aristocracia primitiva, no pudo asegurar su equilibrio interior. No supo dar
concreción a sus ideales políticos. El utopismo humanitarista, la negación
nihilista, en sus manifestaciones más diversas, la hallaron siempre propicia a
sus delirios. La burguesía vio desertar a sus vástagos de su propia empresa
política, para entregarse a la preparación sentimental de una revolución que no
sería la suya. El populismo exasperado a que llegó, en su inútil lucha por
alcanzar sus propios objetivos de clase, tocó un grado de misticismo e
idealización que
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* Inteligencia, el grupo
intelectual.
** Partidario de reformas
burguesas en la antigua autocracia zarista.
*** Miembros de la organización
"Tierra y Libertad", que surgió en Rusia, en 1876. La principal
fuerza revolucionaria en el país era el campesinado. Se fueron al campo,
"al pueblo" (de ahí el nombre de "populistas"). No los entendieron
ni los siguieron, dedicán-dose a practicar el terrorismo político.
168
sedujo fácilmente la fantasía de sus literatos. Dostoievski podía
escribir así sobre la élite a que pertenecía: «La clase intelectual rusa es la
más elevada y la más seductora de todas las élites que existen. En todo el
mundo no se encuentra nada que se le parezca. Es una magnificencia de
espléndida belleza que todavía no se estima bastante. Prueba predicar en
Francia, en Inglaterra, u donde quieras, que la propiedad individual es
ilegítima, que el egoísmo es criminal. Todos se alejarán de ti. ¿Cómo podría ser
ilegítima la propiedad individual? ¿Y qué existiría entonces de legítimo? Pero
el intelectual ruso te sabrá comprender. Ha comenzado a filosofar apenas su
conciencia ha des-pertado. Así, si toca un pedazo de pan blanco, en seguida se
presenta a sus ojos un cuadro tétrico: Es pan fabricado por esclavos. Y este
pan blanco se le antoja muy amargo». Piero Gobetti, señalando y comentando
estas palabras, define nítidamente el sentido de este "atormentado
individualismo". «En la mística aspiración al infinito -observa- o a la
eternidad se alientan las aspiraciones del pueblo a una organización anárquica
de la sociedad. Ni el pan-eslavismo, buscado con curiosos sentimientos
mesiánicos, consigue alimentar una conciencia nacional. La lucha de los
intelectuales contra el zarismo semeja una lucha de descentrados».
Mientras la novela occidental, hasta en su estación romántica, describe
a una burguesía inquieta, pero normal, mediocre a veces pero estable siempre,
que asienta con confianza y sin disgusto sus pies en la tierra, y en la que el
atormentado no es la regla sino la excepción, la novela rusa, de estirpe
dostoievskiana nos describe invariablemente a una burguesía lunática,
desequilibrada, sentimental, en cuya conciencia trabaja un complejo y en la que
el empresario alacre, contento de sí mismo, es un caso extraordinario,
contradicho y renegado por una descendencia neurótica.
Zweig estudia a Dostoievski, con prescindencia de este substractum*
histórico, de este sedi-
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* Substancia
169
mento social de su arte. Esto es quizá lo que falta en su libro, que
rehusa relacionar a Dostoievski con su época y su ambiente. Pero, en cambio, el
retrato artístico, el croquis estético del autor de Los Hermanos Karamazov,
conquistan al lector completamente. Singularmente penetrante es la
confrontación de la distinta y opuesta experiencia que para Dostoievski y Wilde
significó la prisión. «En Wilde -escribe Zweig- el lord sobrevive al hombre y
sufre de que los forzados puedan tomarlo por uno de los suyos. Dostoievski no
sufre sino en tanto que asesinos y ladrones rehusan consi-derarlo como un
hermano. Ser tenido a distancia, no ser tratado como hermano, le parece una
tara, una insuficiencia de su ser. Así como el carbón y el diamante son una
misma sustancia, así este destino es uno y sin embargo diferente para los dos
escritores. Wilde es un hombre terminado cuando sale de la prisión. Dostoievski
comienza su vida. Wilde es reducido al estado de escoria, por la misma flama
que da a Dostoievski su temple y su luz. Wilde es castigado como un valet*
porque resiste. Dostoievski triunfa de su destino porque ama su destino».
Podría observarse, restringiendo parcialmente la exactitud de este paralelo de
Zweig, que la naturaleza distinta de ambas condenas no es extraña a su distinto
efecto espiritual: pero, aparte de que el contraste entre el lord sensual y
orgulloso y el ruso, que busca el placer en el fondo del más duro sufrimiento y
de la más exasperada humillación, subsiste siempre, la última frase de Zweig nos
hace olvidar cualquier reserva ausente: "Dostoievski triunfa de su
destino, porque ama su destino". Y en otra com-paración, Zweig es acaso
más certero: «Goethe mira al apolineísmo antiguo; Dostoievski al bacantismo: ni
siquiera ser olímpico ni semejante a un Dios, quiere ser el hombre fuerte. Su
moral no aspira al clasicismo, a la regla, sino a la intensidad». Estas
palabras plantean, tal vez, el problema de Dostoievski clásico o romántico.
Problema que, en Dostoievski, admite esta respuesta: Clásico y romántico. O
romántico hasta el punto de ser, al mismo tiempo, clásico.
170
STEFAN ZWEIG, APOLOGISTA E INTÉRPRETE DE TOLSTOY Y DOSTOIEVSKI*
Stefan Zweig, gran escritor contemporáneo, nos explica a Tolstoy y
Dostoievski, en dos admirables volúmenes, que no están por cierto dentro de la
moda de la biografía novelada y anecdótica. Zweig enjuicia, en Tolstoy lo mismo
que en Dostoievski, al artista, al hombre, la vida y la obra. Su
inter-pretación integral, unitaria, no puede prescindir de ninguno de los
elementos o expresiones sustantivos de la personalidad, ni del grado en que se
inter-influyen, contraponen y unimisman. Está lo más lejos posible del ensayo
crítico, puramente literario; pero, como nos presenta al artista viviente,
cambiante, en la complejidad móvil de sus pasiones y de sus contrastes, su
crítica toca las raíces mismas del fenómeno artístico, del caso literario
sorprendido en su elaboración íntima.
La biografía en boga reduce al héroe, escamotea al artista y al
pensador. Destruye, además, la perspectiva sin la cual es imposible sentir su
magnitud. Leyendo el Shelley de André Maurois, mi impresión dominante inmediata
fue ésta: el biógrafo no lograba identificarse con el personaje; lo seguía con
una sonrisa irónica, escéptica, un poco burlona; entre uno y otro se interponía
la distancia que separa a un romántico, de los días de la revolución liberal,
de un moderno pequeño burgués y clasista. Consigné esta impresión en mi
comen-tario, después de haberla comunicado a dos finos y sagaces lectores del
libro: María Wiesse y José María Eguren. Y hoy encuentra en mí intensa
resonancia la reacción de Enmanuel Berl (Europe, Enero de 1919, Premier
Panflet**) cuando en su requisitoria contra el burguesismo de la literatura
francesa, escribe lo siguiente: «Para que la desconfianza hacia el
--------------
* Publicado en Variedades:
Lima, 3 de abril de 1929.
** Primer panfleto.
171
hombre sea completa, es menester denigrar al héroe». Este es el objeto
verdadero y, sin duda alguna, el resultado de la biografía novelada que medra
abundante desde el Shelley de M. André Maurois. M. Maurois tiene en este hecho
una bien pesada responsabilidad. No ignoro que su carácter profundo corresponde
mal sin duda a esta parte de su obra, cuyo éxito quizá lo ha sorprendido a él
mismo. Entreveo en Maurois un discípulo sincero de Chartier. Hay en él,
igualmente, un hombre triste de aspecto provincial, que el aspecto de Climats
descubre bastante, una oveja negra que rumia, con melancolía, una hierba sin
duda amarga y que no conocemos. La vida de Shelley no es menos, en cierta
medida, que un delito y un desastre espiritual. El éxito de la biografía novelada,
género extrañamente falso, no se compren-dería si muy malos instintos no
hallaran en ella su alimento. Gusto de la infor-mación fácil e inexacta,
reducción de la historia a la anécdota. (Inocuidad garantizada S. G. D. G. Pero
sobre todo la revancha de la burguesía contra el heroísmo. Gracias a M. Maurois
se puede olvidar que Shelley fue poeta. Se le ve como un joven aristócrata que
comete locuras, demasiado ruidosamente, y a quien M. Maurois nos permite seguir
con una mirada irónica en su marcha titubeante, cuando es precisamente la del
genio entre la Revolución y el amor». La condenación de la biografía novelada
en sí misma, como género, tiene mucho de excesiva y extrema; pero la
apreciación de las tendencias que obedece no es arbitraria.
Zweig evita siempre el riesgo de la idealización charlatana y
ditirámbica. Su exégesis tiene en debida consideración todos los factores
físicos y ambientales que condicionan la obra artística. Recurre a la vida del
artista para explicarnos su obra y, por la mancomunidad de ambos procesos, le
es imposible atenerse en su crítica al dato meramente literario. Así, no le
asusta asociar la epilepsia de Dostoievski al ritmo de su creación. Pero este
concepto no tiene en Zweig ninguna afinidad con el simplismo positivista
172
de los críticos, que pretendían definir el genio y sus creaciones con
mediocres fórmulas científicas.
Tolstoy y Dostoievski son, para Zweig, como para otros críticos, dos
polos del espíritu ruso. Pero Zweig aporta al entendimiento de uno y otro una
original versión de esta antítesis. Su percepción certera, precisa, le ahorra
el menor equívoco respecto al verdadero carácter del arte tolstoyano. Zweig
establece, con sólido y agudo alegato, el materialismo de Tolstoy. El apóstol
de Yasnaia Poliana, a quien todos o casi todos estiman por antonomasia un
idealista, era ante todo un hombre de robusta raigambre realista, de fuerte
estructura vital. Esta puede ser una de las razones de su glorificación por la
Rusia marxista. El realismo de la Rusia actual reconoce más su origen en el
método de Tolstoy, atento al testimonio de sus sentidos, reacio al éxtasis y a
la alucinación, que en Dostoievski, pronto a todos los raptos de la fantasía.
Tolstoy representa, a los ojos de las presentes generaciones rusas, a la Rusia
campesina. Lo sienten aldeano, mujic,* no menos que aristócrata. Zweig no se
queda a mitad del camino en la afirmación de la primacía de lo corporal sobre
lo espiritual en la literatura de Tolstoy. «Siempre en Tolstoy -dice- el alma,
la psiquis -la mariposa divina cogida en la red de mil mallas de observaciones
extremada-mente precisas- está prisionera en el tejido de la piel, de los
músculos y de las nervios. Por el contrario, en Dostoievski, el vidente, que es
la genial contra-parte de Tolstoy, la individualización comienza por el alma:
en él, el alma es el elemento primario; ella forja su destino por su propia
potencia y el cuerpo no es sino una suerte de vestido larvário, flojo y ligero,
en torno de su centro inflamado y brillante. En las horas de espiritualización
extrema ella puede abrazarlo y elevarlo en los aires, hacerle tomar su impulso
hacia las tierras del sentimiento, hacia el puro éxtasis. En Tolstoy,
opuestamente, observador lúcido y artista exacto, el alma no puede volar jamás,
no puede siquiera respirar libremente». De esto depende, a
--------------
* Campesino pobre.
173
juicio de Zweig, la limitación del arte de Tolstoy, al que habría
deseado, como Turguniev "mas libertad de espíritu". Pero, sin esta
limitación, que con el mismo derecho puede ser juzgada como su originalidad y
su grandeza, Tolstoy y su obra carecerían de la solidez y unidad monolíticas
que los individualiza. Perderían esa contextura de un solo bloque que tanta
admiración nos impone.
La interpretación de Zweig pisa, sin duda, un terreno más firme, cuando
en la impotencia de Tolstoy para alcanzar su ideal de santidad y purificación,
en su tentativa constante y fallida de vivir conforme a sus principios,
reconoce la faz más intensamente dramática y fecunda de su destino. «Nuestro
concepto de la santificación de la existencia por un ardor -escribe-
espiritual, no tiene nada que ver con las figuras xilográficas de la Leyenda
Dorada ni con la rigidez de estilista de los Padres del desierto, pues desde
hace tiempo hemos separado la figura del santo de todas sus relaciones con la
definición de los concilios y de los cónclaves del papado: ser santo significa
para nosotros, únicamente, ser heroico en el sentido del abandono absoluto de
su existencia a una idea vivida religiosamente». «Pues nuestra generación no
puede venerar ya a sus santos como enviados de Dios, venidos del más allá
terrestre, sino precisamente como los más terrestres de los humanos».
El estudio de Stefan Zweig sobre Dostoievski, menos personal aunque no
menos logrado ni admirable, y que se ciñe en varios puntos a la discutida
exégesis de Mjereskovsky, me sugiere algunas observaciones sobre el sentido
social del contraste entre los dos grandes escritores rusos. Pero, demasiado
extensas para el espacio de este número, las reservo para el próximo ensayo.
SERGIO ESSENIN*
El poeta ruso Sergio Essenin debe una buena parte de su fama en el
Occidente a la extraor-
--------------
* Publicado en Variedades: Lima, 19 de octubre de 1927.
174
dinaria artista Isadora Duncan. Su matrimonio con Essenin constituyó la
última gran aventura de la vida de esta mujer, que acaso habría podido
reivindicar para sí el derecho de llamarse d'annunzianamente "la
aventurera sin ventura". Essenin, clasificado entre los poetas de la
Revolución, a pesar de ser un lírico de pura sangre, desposó a la Duncan en
plena epopeya bolche-vique. Pero su renombre europeo no arranca de los días en
que su bizarra esposa lo paseaba por Berlin, París y Nueva York. La novela de
Essenin y la Duncan empezó a propagarse, más o menos folletinescamente
complicada, por las revistas ilustradas, cuando se conoció el suicidio de
Essenin en diciembre de 1925, divorciado hacía ya tiempo. La exportación del
hombre precedió a la del poeta. Y tenía, además, que ser más duradera.
Nació su arte bajo el signo sangriendo de la guerra. Hacía muy poco que
se había encendido ésta cuando Essenin arribó a Petrogrado, proveniente de su
aldea de Rjazan, tenía dieciocho años. Había escrito algunos versos que no
acusaban aún una personalidad original. Cantaba con voz dulce los aires de su
región. No sospechaba todavía su destino de poeta iconoclasta y escandaloso.
Conservaba una idea respetuosa y campesina del "padrecito Zar". Es
así como lo recuerda Zenaida Hippius, la mujer de Mjereskovsky, a cuya tertulia
literaria acudían los debutantes como un rito de su iniciación.
No es posible, pues, sorprenderse del tono apocalíptico, frecuente en la
poesía de Essenin. Su temperamento de "primitivo" se desarrolló en un
clima de tragedia. La psicología de guerra encontró, en este infante rústico,
una naturaleza espontáneamente inclinada a la violencia y a la jacquerie.*
Essenin se afilió a una escuela poética que tomaba su nombre y una parte de su
inspiración de la vieja secta rusa de los chlysti,** que espera nuevas
encarnaciones de Jesús. El mesianismo blasfemo, el misticismo inverecun-
--------------
* Insubordinación campesina.
** Iluminados.
175
do de Essenin proceden, sin duda; de la asociación de la
"psicología de guerra" con la mitología de una secta que, por
traducir una de las más típicas reacciones primitivas del alma rusa ante el
cristianismo, encontró fácilmente resonancia en el espíritu agreste del poeta
de Rjazan.
Uno de los poemas de Essenin, que ha sido traducido y citado con mayor
insistencia por sus críticos de occidente, el titulado Inonia, es uno de los
productos característicos de esta tendencia, con la que se combina el gusto por
la manera bíblica y el gesto profético. En su epígrafe se lee:
«Os prometo la Ciudad Inonia
donde habita el Dios de los vivos».
Y luego así prosigue:
«No temeré la muerte,
ni lanzas, ni lluvias de flechas.
Así habla según la Biblia
el profeta Sergio Essenin».
Este mismo poema nos descubre otro elemento esencial del arte de
Essenin: un exasperado individualismo que conduce al poeta a esa exaltación
megalómana, que constantemente encontramos en muchos artistas de esta época, en
quienes termina -aunque ellos no reconozcan esta genealogía- la estirpe
romántica. La imagen antropomórfica, tan usada en la poesía moderna, tiene
evidentemente su origen psíquico en ese egocentrismo megalómano que, en último
análisis, no es sino puro individualismo, vale decir puro romanti-cismo. Desde
Khlebikov; otro campesino turbulento y genial, la metáfora antropomórfica ha
caracterizado el imaginismo ruso. Según he leído en Pasternak, de un verso de
Khlebikov -El mar se ha puesto su calzón azul-desciende seguramente el título
de uno de los primeros libros del futurista o constructivista Maiakovsky: La
nube en pantalones. En Essenin, la exaltación megalómana tiene notas como
éstas:
176
«Quiero trasquilar el firmamento
como una oveja sarnosa».
………………………………..
«Alzaré las manos hacia la luna,
como una nuez la partiré con los dientes;
no quiero cielos sin escalas,
no quiero que caiga la nieve».
................................
«Hoy, con la mano elástica
podría derribar todo el mundo...»
La atmósfera moral y física de los primeros años de la Revolución era,
como lo observa Ilya Ehrenburg, favorable a la superproducción y a la
hipertrofia poética. El pathos* revolucionario creaba una conciencia
apocalíptica, propicia a todas las hipérboles épicas y líricas.
"Electrificaremos al mundo entero", decía uno de los anuncios
luminosos del bolchevismo, encendido sobre las ciudades famélicas, que gastaban
en este alarde el único combustible de que disponían para su calefacción. Por
otra parte, como dice Ehrenburg, «la prosa requiere tiempo y dinero: ambas
cosas faltaban». Los poetas recitaban sus versos en las asambleas o los
escribían en las paredes. La revolución rusa creó el "poema mural",
el "poema affiche". Me he enterado también de que la revista oral es
una invención rusa. (Es probable que nuestro querido y brillante Alberto
Hidalgo sólo lo haya sabido después de su experimento bonaerense). En este
tiempo de caos o poesía, Essenin, igual que Maiakovsky, aunque representando
otra cara del alma rusa, avanzó por el camino de la violencia verbal y de la
estridencia lírica, más allá de su propia meta. Cultivó un ismo personal: el
escandalismo. Su amor a la pendencia y al vagabundaje, no halló vallas molestas
en una época de tempestad revolucio-naria. Y lo indujo a rotular uno de sus
libros: Confesión de un granuja.
Pero la Revolución no pudo alimentarse indefinidamente de poesía y
apoca-lipsis. El genio realista de Lenin inauguró el "nuevo curso".
Vino el período de la Nep (Nueva Política Econó-
--------------
* Desorden, convulsión, estado afectivo intenso.
177
mica). Período de trabajo prosaico: reorganización de la industria y el
comercio. En el orden de la vida cultural, el panorama también es otro. Surgen
editoriales del Estado y editoriales privadas. Se dispone de más tiempo y más
dinero. Al apogeo de los poetas, sucede el de los novelistas. Ehrenburg dice:
«El nacimiento de la nueva prosa rusa ha coincidido con el cambio de ritmo de
la Revolución. Un cierto escepticismo ha reemplazado al reciente entusiasmo
incondicional. He aquí que comenzó la reducción del personal, de los gastos, de
los proyectos, de la fantasía». Essenin, que en un ambiente henchido de
electricidad, había alcanzado una extrema tensión, no podía adaptarse al
cambio. El conflicto entre su individualismo y el co-munismo de un estado
social -al cual se había adherido sin comprenderlo enteramente- no lograba,
como antes, disfrazarse y disimularse en el torbellino de una conciencia
aturdida. En un poema de esta época, traducido al italiano por Ettore lo Gatto,
Essenin nos cuenta su regreso a la aldea después de ocho años de ausencia. Su
pueblo, transformado por la Revo-lución, no es el mismo. Essenin sufre una
desilusión que expresa con nostal-giosa melancolía. «En los ojos de nadie
encuentro refugio». «En mi pueblo soy un extranjero». «Mi poesía aquí no sirve
más».
El equilibrio no sólo se había roto entre Essenin y el mundo exterior;
se había roto, sobre todo, en el propio poeta. Dentro de un mundo en laboriosa
orga-nización, el poeta escandalista quedaba desocupado. A pesar de su cantos
revolucionarios, no era el poeta de la Revolución.
Trotsky en una emocionada despedida al gran poeta define así su caso:
«Essenin era un ser interior, tierno, lírico; la revolución es
"pública", "épica". El poeta ha muerto porque no era de la
misma naturaleza que la Revolución, pero, en nombre del porvenir, la Revolución
lo adoptará para siempre». «El poeta ha muerto; viva la poesía. Indefenso, un
hijo de los hombres ha rodado al abismo; viva la vida creadora en la que Sergio
Essenin, hasta el último momento, entretejía sus hilos de oro».
178
Los críticos de la "emigración", no obstante su rabioso
antibolchevismo, reconocen el genio de Sergio Essenin. No le disputan, ni
pueden disputarle, su puesto en la historia de la poesía rusa. Se da un caso
curioso, remarcado inteligentemente por Víctor Serge: la Revolución que recibió
la adhesión de los poetas -Blok, Briussov, Balmont, Maiakovsky, Biely, Essenin-
y encontró en cambio hostiles a los novelistas. Y de novelistas, críticos,
historiógrafos, etc., está compuesta la plana mayor de los
"emigrados". La Poesía votó por la Revolución.
Y la Revolución por boca de uno de sus grandes capitanes, que al revés
de la mayor parte de los estadistas de la burguesía, es un hombre capaz de
juzgar con la misma inteligencia una cuestión económica que una cuestión
filosófica o artística, le dice ahora su reconocimiento.
«NADJA», DE ANDRE BRETON*
El tema que anteriormente enfocaba era el del realismo en la nueva
literatura rusa. ¿Podrá pensarse que abandono demasiado arbitrariamente la
línea de esta meditación, porque paso ahora a discurrir sobre Nadja de André
Bretón? Es posible. Pero yo no me sentiré nunca lejano del nuevo realismo, en
compañía de los suprarrealistas. La benemerencia más cierta del movimiento que
representan André Bretón, Louis Aragón y Paul Eluard es la de haber preparado
una etapa realista en la literatura, con la reivindicación de lo suprarreal.
Las reivindicaciones de una revolución, literaria como política, son siempre
outranciéres.** ¿Por qué las de la revolución suprarrealista no habían también
de serlo? Proponiendo a la literatura los caminos de la imaginación y del sueño,
los suprarrealistas no la invitan verdaderamente sino al descubrimiento, a la
recreación de la realidad.
Nada es más erróneo en la vieja estimativa literaria que el concepto de
que el realismo im-
--------------
* Publicado en Variedades:
Lima, 15 de enero de 1930.
** Hasta el más allá.
179
porta la renuncia de la fantasía. Esa es, en todo caso, una idea basada
exclu-sivamente en las experiencias y en las creaciones del sedicente realismo
de la novela burguesa. El artista desprovisto o pobre de imaginación es el peor
dotado para un arte realista. No es posible atender y descubrir lo real sin una
operosa y afinada fantasía. Lo demuestran todas las obras dignas de ser
llamadas realistas, del cinema, de la pintura, de la escultura, de las letras.
Restaurar en la literatura los fueros de la fantasía, no puede servir,
si para algo sirve, sino para restablecer los derechos o los valores de la
realidad. Los escritores menos sospechosos de compromisos con el viejo
realismo, más intransigentes en el servicio de la fantasía, no se alejan de la
fórmula de Massimo Bontempelli: "realismo mágico". No aparece, en
ninguna teoría del novecentismo beligerante y creativa la intención de jubilar
el término rea-lismo, sino de distinguir su acepción actual de su acepción
caduca, mediante un prefijo o un adjetivo. Neorrealismo, infrarrealismo,
suprarrealismo, "realismo mágico". La literatura, aun en los
temperamentos más enervados por los excitantes de la secesión novecentista,
siente que sólo puede moverse en el territorio de la realidad, y que en ningún
otro lo espera mayor suma de aventuras y descubrimientos.
André Bretón ha tomado de su mundo ordinario, de su labor cotidiana, los
elementos de Nadja. La descripción de esta bizarra criatura se ciñe a los días
de su diálogo con el poeta suprarrealista. Nadja no es un personaje absurdo,
imposible, irreal. El encuentro de esta protagonista desorbitada, errante,
constituye una experiencia accesible para el habitante de una capital como
París. Basta que el habitante sea capaz de apreciar y buscar esta experiencia,
Nadja, la de André Breton, es única. Pero sus hermanas -criaturas de una
filiación al mismo tiempo vaga e inconfundible- deambulan por las calles de
París, Berlín, Londres, se extinguen en sus manicomios. Son la más cierta
estirpe
180
poética de la urbe, el más melancólico y dulce material de la
psiquiatría.
A Nadja no se le puede encontrar sino en la calle. En otro lugar, alguna
sombra velaría su presencia. Es indispensable que su encuentro no se vincule al
recuerdo de un salón, de un teatro, de un café, de una tienda. Su sola
atmósfera pura, transparente, personal es la de la calle. Por la acera de la
calle banal, ordinaria, la veremos avanzar hacia nosotros con paso seguro y
propio. La reconoceremos por su sonrisa, por sus ojos, aunque nada la
diferencie demasiado de los transeúntes. Así es como, de pronto, André Bretón
se halla delante de ella en la rue* Lafayette.
Nadja es una musa del suprarrealismo. No ha nacido quizás sino para
encarnar en la obra de un poeta del Novecientos. Después de haber excitado e
ilumi-nado sus días, hasta inspirarle la transcripción de sus palabras y de sus
gestos en una obra, Nadja tiene que borrarse. La obra de un poeta romántico
habría necesitado absolutamente la muerte de esta mujer o su entrada en un
convento; a la obra de un poeta suprarrealista conviene otra evasión, otro
desvanecimiento: Nadja es internada en un manicomio. La psiquiatría la acechaba
como a una presa tierna, etérea, predilecta: la loca de ojos bellos y sonrisa
leve, sin la cual serían tan miserables los manicomios y faltaría el más
misterioso y poético estimulante a la imaginación de los psiquiatras.
Lo que diferencia a Nadja de sus hermanas anónimas, lo que la aísla, lo
que la elige e individualiza es su destino de personaje, su don de sortear
instintiva, espontáneamente, los riesgos de adoptar por error un destino
vulgar. Nadja es la mujer que se salva siempre. Ha amado en Lille, su ciudad
natal, a un estudiante; pero ha huido de él, que la amaba, por miedo de
molestarle. Ha tenido en París un amigo venerado y providencial, un hombre de
setenticinco años, que la ha librado de la droga que contrabandeba,
preservándola de un destino fácil y brillante
--------------
* Calle.
181
de aventura internacional. Ha conocido a su novelista, cuando, llegada a
un grado desesperado de pobreza, ninguna otra cosa habría podido desviarla del
más venal comercio. Hay algo que la salva siempre. Nadja es una criatura que no
puede perderse. No se ausentará definitivamente, para internarse en el país
mezquino y monótono de la locura, antes de haber dejado impresa su imagen
triste y obsesionante, su nombre breve, en el espíritu de un poeta, antes de
haberle dicho frases de la más honda y pura resonancia en su intimidad, en su
subconciencia:
«Con el fin de mi aliento que es el comienzo
[del vuestro».
«Para vos yo no seré nada o sólo una huella»
«La garra del león aprieta el seno de la viña».
«Quiero tocar la serenidad con un dedo mojado
[de lágrimas».
André Bretón precede el relato de sus días cerca de Nadja de un capitulo
que es algo así como la introducción teorética en su experiencia. Y al retrato,
a la descripción, a la ausencia de Nadja, clausurada ya en el manicomio, sigue
otra divagación que es como la estela de la protagonista en la imaginación del
poeta. Y como para probar que el libro moderno, como la revista, no puede ya
prescindir de la imagen, de la figura, de la escena gráfica, André Bretón
ilustra Nadja con fotos de Man Ray, con cuadros de Max Ernst, con dibujos de
Nadja, con retratos de sus amigos, con vistas de la calle. Su Nadja preludia,
tal vez, bajo este aspecto de procedimiento, una revolución de la novela.
Nadja puede alentar también muchas baratas tentativas literarias de
gente obsedida por un mundo de misterios, signos y milagros, más o menos
teosóficos, de la clientela decadente de los videntes y oráculos novecentistas.
Tenemos que reprochar a su propio autor, el descuido, la flaqueza de frases
como ésta: «Puede ser que la vida demande ser descifrada como un cripto-grama».
Esta búsqueda inoperosa y fatalista de la clave, es la más mísera y deplorable
tarea de los
182
ocultismos que florecen en las lagunas del decadentismo contemporáneo.
Pero André Bretón sabe siempre compensarnos cualquier desesperada evasión, al
templete de Buda viviente, con ese fondo de magnífica rebelión de su
litera-tura. Nadja que en los compartimientos de segunda del metro, hacia las
siete de la noche, gusta de averiguar, en las gentes fatigadas que han
concluido su trabajo, lo que puede constituir el objeto de su preocupación,
piensa que hay personas buenas en esta multitud cansina. Bretón opone a la
taciturna dis-tracción de su dulce personaje, esta apasionada réplica: «Estas
gentes no sabrían ser interesantes sino en la medida en que soportan o no el
trabajo, con todas las otras miserias. ¿Cómo los elevaría esto, si en ellas la
rebeldía no fuese lo más fuerte?. En el instante en que vos las veis, ellas no
os ven: Yo odio con todas mis fuerzas esta servidumbre que se me quiere hacer
valer. Compadezco al hombre por estar condenado a ella, de no poder en general
escaparle, pero no es la dureza de la pena lo que dispone en su favor; es, y no
podría ser otra cosa, el vigor de su protestas».
183
AUTORES Y ESCENARIOS DEL TEATRO MODERNO
ALGUNAS IDEAS, AUTORES Y ESCENARIOS DEL TEATRO MODERNO*
El escenario teatral es uno de los escenarios más atrayentes y más
vastos de esta época y de sus conflictos. Todas las inquietudes, los contrastes
y los problemas de la historia contemporánea se reproducen en el mundo del
teatro. El Teatro, como el Arte en general, carece actualmente de un estilo, de
un rumbo, de un espíritu únicos. Se descompone, como la fatigada civilización
occidental, en diversos estados de ánimo. Se fragmenta en numerosas escuelas,
formas y tendencias. Semeja una inmensa feria cosmopolita donde toda moda es
precaria, toda filosofía es efímera y todo color es tornadizo.
No se puede encerrar dentro de dos o tres definiciones el carácter de
este teatro. Y es que no tiene un carácter sino varios que se repelen y
--------------
* Publicado en Variedades:
Lima, 22 de marzo de 1924. El autor acompañó el precedente ensayo, con la
siguiente carta dirigida a Ricardo Vegas Garcia, que era Jefe de Redacción de
aquella revista:
«Querido Vegas:
«Este artículo es, como los dramas futuristas, un
"comprimido". Mis artículos de Variedades no son generalmente sino
sumarios de ideas. Pero esta vez ni un sumario cabe en las páginas habituales.
El tópico es demasiado extenso y voluminoso. Como "regisseur" resalta
Ud. excesivamente al género sintético. Publique Ud. estas líneas. Puesto que en
estos tiempos se hace teatro del teatro, ¿por qué no haber también un poco de
periodismo del periodismo?
Su amigo y compañero . José Carlos Mariátegui.
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se confunden, se mezclan y se excluyen. Hay que explorar, una por una,
sus facetas. Aunque entonces se corre el riesgo de extraviarse en un laberinto
de teorías y de búsquedas y de senderos: teatro sintético, teatro experimental,
teatro de color, etc.
Pero, entre tanta complejidad y tanta movilidad, aparece siempre algún
porfiado elemento esencial, alguna línea persistente, alguna nota constante. El
humor y el pensamiento de la humanidad occidental son los mismos en el teatro
que en la física y la metafísica. A Pirandello, por ejemplo, se le clasifica
como un relativista. Por el teatro, como por la filosofía, pasa actualmente una
onda de escepticismo, de subjetivismo y de humorismo. El gesto del teatro
moderno es predominantemente burlón, irónico, agridulce, satírico; su lenguaje
es paradójico; su actitud es sofista. Sus ingredientes mentales son negativos,
corrosivos, disolventes.
Un vínculo espiritual, invisible pero evidente, une el teatro de
Pirandello y las coordenadas de Einstein. Las novelas y las comedias
pirandellianas contienen todas las fases de la filosofía del punto de vista. La
novedad de la actitud estética de Pirandello reside en su relativismo y en su
subjetivismo radicales. Los novelistas y dramaturgos realistas, al darnos sus
obras, nos aseguraban graves y un poco hieráticos: "Así es la vida".
Pirandello, en cambio, nos dice dubitativo y risueño: "Así es, si os parece".
("Cosí é se vi pare").
Pirandello, al mismo tiempo, nos conduce a una revisión de nuestras
ideas sobre la ficción y la realidad. En su literatura, los confines entre la
realidad y la ficción se borran mágicamente. Pirandello se obstina en
convencernos de la realidad de la ficción y, sobre todo, de la ficción de la
realidad. Los personajes de la fantasía no son menos reales que los personajes
de carne y hueso. Son a veces más reales, más interesantes, más trascendentes.
"¡Se nace a la vida de tantos modos!" -dice un personaje pirandelliano-.
«La naturaleza se sirve del instrumento de la fantasía humana para proseguir su
obra de creación. Y
185
quien nace merced a esta actividad creadora que tiene su sede en el
espíritu del hombre, está destinado por naturaleza a una vida mucho más
dilatada que la del que nace en el regazo mortal de una mujer. Quien nace
personaje, quien tiene la ventura de nacer personaje vivo, puede mofarse hasta
de la muerte porque no muere jamás. Morirá el hombre, el escritor, instrumento
mortal de la creación; pero la criatura es imperecedera. Y para vivir
eternamente no tiene apenas necesidad de prendas extraordinarias ni de consumar
prodigios. ¿Quiere usted decirme quién era Sancho Panza? ¿Quiere usted decirme
quién era don Abundio? Y, no obstante, viven eternos porque -gérmenes
vivos-tuvieron la ventura de hallar una matriz fecunda, una fantasía que supo
criarlos y nutrirlos».
Para Unamuno -cuya afinidad con Pirandello no es sino estética- Don
Quijote es tan real como Cervantes, Hamlet y Macbeth tanto como Shakespeare.
Pirandello y Unamuno nos enseñan que el personaje es el objeto central de la
novela y del teatro. La vida está en el personaje, no en su ambiente, ni en
otras cosas circundantes y externas. El personaje vivo, palpitante, anima la
obra que lo contiene y el mundo que lo rodea. Un personaje puede parecer
arbitrario e inverosímil y ser verdadero. La fortuna y el acierto del teatro no
consisten en la creación de personajes aparentemente humanos y verosímiles,
sino en la creación de personajes vivos. El teatro, la literatura en general,
están, por esto, poblados de fantoches y de sombras. La duración de estos
fantoches y de estas sombras es efímera y contingente. Depende de una moda, una
costumbre o alguna otra onda pasajera. Los personajes que consiguen vivir son,
en cambio, eternos. Y eternizan a los hombres que los imaginaron. Hay también
persona-jes abortados, personajes frustrados. El Señor de Pigmalión de Jacinto
Grau, me parece uno de éstos. En esta pieza de Jacinto Grau -que acabo de leer
a propósito de haber flotado su nombre en algunas críticas españolas acerca del
teatro pirandelliano- el personaje es un personaje
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frustrado y, por ende, el drama es un drama frustrado también. Todo es
ahí larvado. Se trata, tal vez, de un personaje y de un drama en busca de
autor.
A través de estos autores y estas obras se constata en el teatro moderno
un hecho esencial: la defunción de la escuela realista. La orientación
naturalista y objetivista no ha tenido un largo dominio sobre el Arte. Ha
pretendido man-tener en un injusto ostracismo a la Fantasía y obligar a los
artistas a buscar sus modelos y sus temas sólo en la Naturaleza y en la Vida
tales como las perciben sus sentidos.
El realismo ha empobrecido así a la Naturaleza y a la Vida. Por lo menos
ha hecho que los hombres las declaren limitadas, monótonas y aburridas y las
desalojen, finalmente, de sus altares para restaurar en ellos a la fantasía.
Oscar Wilde sostenía que la Vida y la Naturaleza son discípulas del Arte; que
el Arte es el modelo de la Naturaleza y de la Vida. Su bizarra tesis estética
era precursora de las tesis actuales. Hoy la ficción reivindica su libertad y
sus fueros. La ficción no es anterior ni superior a la realidad como sostenía
Oscar Wilde; ni la realidad es anterior ni superior a la ficción como quería la
escuela realista. Lo verdadero es que la ficción y la realidad se modifican
recíproca-mente. El arte se nutre de la vida y la vida se nutre del arte. Es
absurdo intentar incomunicarlos y aislarlos. El arte no es acaso sino un
síntoma de plenitud de la vida.
Los errores del realismo, en el teatro como en la novela, han sido
graves. Pero un balance exclusivamente negativo y pasivo de la escuela realista
sería incompleto e injusto. El realismo ha renovado la técnica y el método
teatrales. En la mayoría de las obras realistas subsiste la técnica vieja. El
eje de la obra es un "asunto". La intensidad del asunto aumenta a
medida que las escenas transcurren. Y culmina en la escena final que es la
escena del desenlace. Este método era propio del viejo teatro clásico. El
teatro realista lo conservó, sin embargo, durante mucho tiempo. Los temas y los
materiales del teatro
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fueron sustituidos; su arquitectura no. El proceso, los personajes, el
mundo de una pieza teatral seguían subordinados a un método artificial. Mas,
ahora que el realismo está agotado y superado, aparecen una técnica y un método
verdaderamente realistas. En el teatro moderno, las escenas tienen vida
aislada. Un drama, una comedia, son un conjunto de episodios desconectados y
desligados. La vida de un personaje no absorbe ni anula la vida de los demás.
En la ficción, como en la realidad, cada personaje, cada individuo vive su
propio drama. En un drama, por consiguiente, se mezclan y combinan los
elementos de varios dramas más o menos simultáneos y tangentes. El teatro ha
ganado así en agilidad y movilidad. Las obras transcurren más rápida y
animadamente. Cada uno de sus fragmentos, cada una de sus partículas parece
poseer interés independiente. Todo esto, de otra parte, coincide con las
exigencias de la sensibilidad moderna. El hombre contemporáneo no resiste las
viejas facturas teatrales. Necesita un espectáculo más excitante, más fluido.
Le gustan la estilización y la síntesis. Se acentúa y se extiende en el teatro,
con este motivo, la tendencia a lo esquemático. Los futuristas han inventado un
género sintético. Las obras de este género son verdaderos "comprimidos"
teatrales. No pasa en el teatro sintético, como en el guignol, que la acción se
desarrolla fulminante y cinematográficamente, sino que la acción en si es
breve, instantánea.
El teatro no sólo se renueva radicalmente en su literatura y en su
técnica literaria, sino también en sus elementos y en su técnica escénicas.
Junto con el concepto de la creación se rectifica el concepto de la
interpretación. El regisseur* adquiere tanta importancia y dignidad artísticas
como el autor. Los nombres de Copeau, Max Reinhardt y Stanislawsky no son menos
mundiales que los de Bernard Shaw y Wedekind. Y el teatro de algunos países
tiene mejores regisseurs que autores. Francia, por ejemplo, está representada
en la historia del teatro contemporáneo
--------------
* Director.
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por Antoine Copeau más que por Capus o Bataille. Ningún autor francés
ocupa aún el rango de Shaw, de Pirandello, de Chejov. El teatro francés aparece
construido con materiales deleznablemente temporales. Es un teatro burgués por
antonomasia. Sus elementos esenciales son el adulterio, el dinero, los negocios.
El adulterio, sobre todo, ha preocupado obstinadamente a los autores de París.
Una de las más nuevas y últimas piezas francesas -Le cocu magnifique, * de
Crommelynk- anuncia, finalmente, una reacción del teatro francés contra los
cuernos, como motivo dramático. El personaje de esta obra es un marido que,
exasperado por la duda y el temor de que su mujer lo engañe, quiere que lo
engañe al menos con su conocimiento y por su voluntad. Pero a este marido le
toca una mujer honesta, sin disposiciones espirituales ni físicas para la
infidelidad. Y, llena de náusea de su marido y de sus amantes, se escapa con un
boyero, con un hombre rústico, primitivo y palurdo a quien suplica:
"Prométeme que te podré ser fiel". Esta comedia y esta frase marcan,
evidentemente, en el teatro, el principio de un período de decadencia del
adulterio.
BRAGAGLIA Y EL TEATRO DE LOS INDEPENDIENTES DE ROMA**
Antón María Bragaglia, fundador y director del Teatro de los
Independientes de Roma, tiene en el moderno teatro italiano, la misma función
que tuvo Antoine en el francés y que aún tiene Stanislawsky en el ruso. No
compararé su obra con la de Max Reinhardt que, en Alemania y Austria, trabaja
como metteur en scene*** para grandes públicos y en grandes teatros. El Teatro
de los Independientes de Roma, es un teatro pequeño e íntimo del tipo del Vieux
Colombier de París. Pero no se piense, por esto, que
--------------
* El cornudo estupendo.
** Publicado en Variedades:
Lima, 22 de mayo de 1926.
** Preparador de la escena.
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Bragaglia se entretiene en un aristocrático ejercicio de teatro de arte
para una clientela de escogidos. Su Teatro de los Independientes ha sido
concebido como un teatro experimental. No es sino un laboratorio donde se
ensaya, ante doscientas personas, los procedimientos escénicos que más tarde se
aplicarán al teatro de la multitud. Bragaglia ha dicho recientemente a un
redactor de Comedia, de París, que el teatro no está hecho para un público de
snobs sino para todo el público.
En la renovación del teatro, Italia no puede contentarse con un papel
secundario. Pirandello podía bastar para mantener a Italia en un primer rango.
(Pirandello a quien no pocos pejes gordos de la literatura española muestran
una tan obstinada incapacidad de comprender y apreciar —conste que no aludo
entre ellos al bueno de don Manuel Linares Rivas, responsable en un reportaje
último de los más ineptos juicios orales sobre hombres y temas del teatro
contemporáneo). Pero la renovación del teatro quiere y debe ser integral.
Italia no le daría bastante si no le diese sino autores aunque éstos fueran de
la categoría de Pirandello, San Secondo y Bontempelli. El regisseur tiene en
nuestra época casi tanta importancia como el dramaturgo. Una pieza teatral como
sale de la pluma del dramaturgo, no es sino una pieza literaria. Y el teatro,
como dice Bragaglia, es una colaboración de todas las artes. Así lo imaginaron,
anticipándose a todos los experimentos actuales, Wagner y Nietzsche.
En concordancia con este principio esencial del teatro moderno, en
Italia se trabaja vehemente y apasionadamente desde hace algún tiempo por una
reforma radical de la mise en scene,* de la presentación escénica. Son muchos
los experimentos y las tentativas de los últimos años. Entre los de más valor
se encuentran el Teatro del Color, el Teatro de los Doce, el Teatro de los
Independientes. Bragaglia recaba para Virgilio Talli el primer puesto de la
escena italiana. Pero la obra, muy interesante e inteligente por cier-
--------------
* Puesta en escena.
190
to, de Virgilio Talli ha sido, en cuanto a los medios de expresión
escénica, la obra de un precursor. El creador original, atrevido, no aparece
sino en Antón María Bragaglia.
Este Bragaglia es una simpática figura del movimiento artístico italiano
de este tiempo. La encontramos en todos los dominios del arte. Sus títulos a la
notoriedad no son sólo los que provienen de sus experimentos teatrales.
Bragaglia da su nombre a una Casa de Arte que constituye, desde hace varios
años, uno de los proscenios y uno de los hogares más ilustres del arte
italiano. En una ciudad pasadista y arqueológica, esta Casa de Arte tuvo al
principio la fisonomía de una embajada del arte de vanguardia. En su salón,
escuché, por primera vez después de mi llegada a Roma, una conferencia de
Marinetti. La Casa de Arte Bragaglia se albergaba entonces en un local un poco
burgués de la Vía Avignonesi, una calle de mercaderes de antigüedades
italianas, mone-das internacionales y modas francesas. Más tarde se trasladó a
las termas de Septimio Severo, descubiertas por el propio Bragaglia en una
vieja casa de la Vía Avignonesi. Este descubrimiento, que instaló en Roma al
arte de van-guardia dentro de los monumentales muros de la arqueología romana,
es una de las notas salientes de la biografía de Bragaglia. El creador del
Teatro de los Independientes, topó con estas termas por puro azar. Buscaba un
depósito para cajones; encontró un palacio para sus telas, sus colores, su
teatro y sus sueños. Un fresco roído por el tiempo le reveló la nobleza de los
muros escondidos entre unos viejos edificios de la Vía Avignonesi. Las
excavaciones entregaron las termas de Septimio Severo y toda su historia.
Desde que la Casa de Arte Bragaglia se estableció en las termas, el arte
de vanguardia parece haber dado un paso decisivo en la conquista de Roma.
Bragaglia, diplomático redomado, ha logrado que en su casa el arte de
vanguardia y el arte antiguo se den la mano. En las termas de la Vía Avignonesi
todo es al mismo tiempo muy moderno y muy antiguo. Se diría que el
191
futurismo ha descubierto ahí por primera vez, el pasado.
En la casa de Arte Bragaglia se han realizado más de ciento veinte
exposi-ciones individuales. En el elenco de estas exposiciones figuran los más
cotizados valores de vanguardia: De Chirico, Depero, Balla, Zadkine, Boccioni,
Pettoruti. Y a las exposiciones Bragaglia hay que agregar las ediciones
Bragaglia, Cronache d'Attualitá,* revista editada y dirigida por Bragaglia
hasta 1922, ha sido una de las mejores revistas de arte de Italia. Index,
breviario romano, recoge ahora, en sus páginas minúsculas, las strocanture** y
la chismografía de la Casa de Arte, donde la pintura, el fox-trot, el drama y
la arqueología se combinan y se mezclan.
Pero volvamos al hombre de teatro. Es éste el lado más sugestivo de la
personalidad de Bragaglia. En el Teatro de los Independientes se ha presentado,
con una originalidad exquisita, piezas de Shaw, Pirandello, Wedekind, y, entre
los menores, de Bontempelli, Marinetti, Soffici, Falgore, Alvaro. La
literatura, en el teatro experimental de Bragaglia, está general-mente
representada por uno de estos nombres. La música italiana por los nombres de
Casella, Santoliquido, Balilla Pratella. La escena, la decoración, son casi
siempre del propio Bragaglia en quien hay que reconocer, ante todo, un
trabajador infatigable.
El aporte de Bragaglia al teatro moderno tiene, de otro lado, contornos
y relieves muy personales. Bragaglia ha inventado, entre otras cosas, el
escenario sextuple. Ha reemplazado la máscara clásica por una máscara movible
de caucho. Ha empleado sabias combinaciones de luz y color.
Pero lo fundamental en su obra está en su concepción del teatro de arte
como teatro para la multitud. Nada más extraño al trabajo de Bragaglia que la
tendencia a un alambicamiento ultra-intelectualista de la escena. En el teatro,
Bragaglia se dice y se siente sanamente italia-
--------------
* Crónica de Actualidad.
** Criticas demoledoras.
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no. El título de uno de sus libros -Del teatro teatrale oasis del
teatro*-condensa toda su teoría. ¡Qué lástima para los que, como el señor
Linares Rivas, creen que el teatro de arte no es teatro!
TEATRO, "CINE" Y LITERATURA RUSA**
Singularmente interesante y animado es el panorama del teatro, cine y
literatura actuales de Rusia que Alvarez del Vayo nos ofrece en la tercera
parte de su nuevo libro.*** Alvarez del Vayo sabe seguir, con la misma atención
escrupulosa, el curso de una conferencia mundial, y las peripecias de una
empresa artística o literaria. Y, en el fondo, se siente más a gusto en un club
de artistas y escritores que en los pasillos de la Sociedad de las Naciones. Su
criterio estético se ha formado en los centro más activos y refinados, en
Berlín, Munich, Zurich, Viena, etc. En materia de teatro y cine,
particular-mente, es un crítico excelente. Tienen, por esto, mucho valor sus
notas sobre el vigoroso movimiento artístico y literario de la URSS. La
creación artística goza ahí, en todos los campos, de la protección de un Estado
al que representa con suma autoridad un Ministro de Instrucción Pública como
Lunatcharsky, gran amador y apreciador de las artes y las letras, tipo moderno
y perfecto de humanista y de crítico. Alvarez del Vayo cita unas frases de
defensa de la libertad de creación artística, a propósito del teatro, que dan
fe de la amplitud de espíritu de Lunatcharsky: «Las cosas han venido
desarrollándose entre no-sotros en tal forma que el drama o la comedia de corte
realista revolucionario han adquirido excesiva supremacía en el repertorio de
nuestra escena. Y es evidente que dichas producciones no deben formar sino una
parte del repertorio general. Querer construir exclusivamente el tea-
--------------
* Del teatro teatral, o sea
del teatro.
** Publicado en Mundial: Lima,
19 de Julio de 1929.
*** Tratase de La Senda Roja, obra
a la que nos remite José Carlos Mariátegui en diversos artículos y ensayos de
La Escena Contemporánea.
193
tro sobre ese género implica un burdo error. Hay que rebasar el
simplismo con que suele juzgarse a los autores dramáticos: ¿qué es lo que nos
traes?, ¿un drama revolucionario? Ya sabíamos que tú eras un buen ciudadano. Y
al que no lo haga así convertirle en blanco de acusaciones e insidias. Hay que
acabar con semejante estrechez dogmática, que siempre consideramos inadmisible
en cuestiones de arte. Está muy bien que el gallo se expansione al clarear el
alba y salude la salida del sol. Pero no se va a pedir al ruiseñor que ajuste
sus cánticos a los del gallo, por mucho que nos reconforte la briosa y enérgica
manera de ser del anunciador del nuevo día».
El teatro y el cine prosperan magníficamente en la nueva Rusia.
Eisenstein y Pudovkin se clasifican, por sus obras, entre los primeros
regisseurs del mundo. En la Europa occidental, tan orgullosa y convicta de su
superioridad, se dedica a la cinematografía rusa libros como el de León
Moussinac. Y aun a nuestra ciudad como ayer Duvan Torzoff, llega con Iván el
Terrible, una muestra, de segundo orden, del cine ruso. Y, si esta muestra
secundaria reúne cualidades tan asombrosas de belleza, no es difícil imaginar
cuál será el valor de las creaciones de mayor jerarquía. Entre Iván el
Terrible, a pesar de ser una película de estupenda riqueza plástica y de
brillante realización Cinema-tográfica, y El acorazado Potemkin, Octubre o La
línea general, tiene que mediar al menos la misma distancia que comprobé hace
seis años entre el espectáculo de Duvan Torzoff y el de Der Blaue Vogel* de
Berlín. Lo que no obsta para que Iván el Terrible valga más que una serie
entera de las mejores producciones de Hollywood.
LA ULTIMA PELICULA DE FRANCISCA BERTINI**
Cansada de ganar dos millones al año, de ser una mujer famosa, de posar
para el cinematógra-
--------------
* La Ola Azul.
** Publicado en El Tiempo: Lima,
18 de Junio de 1921.
194
fo y, sobre todo, de estar soltera, Francisca Bertini ha resuelto
casarse. Uno de estos días de primavera se vestirá cándidamente de blanco, como
en las películas. Pero esta vez no para casarse, como en las películas, con un
novio de cinema, sino para casarse de veras, con un novio auténtico, y efectuar
con él un viaje de bodas lo más auténtico posible.
Para el público ésta será su última película. Para Francisca Bertini
puede ser que lo sea también. Y, en realidad será su película más vívida y
mejor sentida. La única que el público se quedará sin ver. Y en la que ella,
después de haber representado tantas comedias y tantos dramas ajenos, empezará
a representar exclusivamente su propia comedia o su propio drama.
Francisca Bertini anuncia, con este motivo, que abandonará el arte. En
los periódicos esto de que abandona el arte es, como todo, una frase. En ella
es una corrección. Francisca Bertini está segura de que dice la verdad diciendo
que abandona el arte. Y más aún. Está segura de que para la crónica del arte su
retiro es un suceso de interés. Porque para ella el arte es el cinema. Y porque
ella cree sinceramente ser una artista, una gran artista.
Y es muy natural. Una mujer bonita a quien todo el mundo llama gran
artista y a quien su empresario, por esta razón, paga dos millones al año no
puede dejar de estar convencida de serlo. Y no puede dejar de estimarse
infinita-mente más que muchas gentes calificadas como tales: poetas, pintores,
escultores y otra suerte de pobres diablos, de quienes nadie se ocupa, cuyo
retrato no publican los periódicos y que, además, se mueren de hambre. En
especial los poetas deben parecerle artísticamente muy inferiores. Porque
mientras ella, por ejemplo, tiene muchas liras, los poetas, generalmente, no
tienen sino una sola lira. Y una lira que, no obstante su abolengo parnasiano,
está peor cotizada que las liras-billete del Banco de Italia.
Como la celebridad posee sus halagos y más halagos aún que la celebridad
poseen los millones, es probable que Francisca Bertini se apene
195
un poco de dejar el cinema tan temprano. Pero, por otra parte, le
contentará mucho transformarse burguesamente en una señora casada, tener un
marido de su gusto y sazón, satisfacer su napolitana pereza y sus demás
napolitanas voluptuosidades y poner a prueba su meridional aptitud para los
bambinos.*
Las chicas de los viernes de moda limeños, leales admiradoras de
Francisca, se imaginarán a este respecto cosas muy románticas. Supondrán a
Francisca líricamente enamorada del cinematógrafo y sentimentalmente afligida
de que sea incompatible con su programa matrimonial. No se hagan ilusiones las
chicas de los viernes de moda. Francisca Bertini, a quien rodean
imaginati-vamente de un marco de poesía, es sin duda una mujer práctica como un
pulpero, que entre un cuadro de Tiziano y un plato de macarrones preferiría
seguramente los macarrones, si el cuadro de Tiziano no representase, por su
valor comercial, la seguridad de comer macarrones toda la vida.
Evidentemente, Francisca es un buen ejemplar de mujer napolitana. Y,
como tal, merece toda la admiración masculina y, por ende, toda la envidia
feme-nina. Pero, por lo demás, no hay mucho que idealizar en ella. Es la
Carolina Invernizio del arte dramático. En su género es la primera; pero su
género es el folletín cinematográfico.
Ha tenido la suerte de ser artista de cinema. He ahí todo. La
"diva" cinemato-gráfica es la artista privilegiada de estos tiempos.
Es la única artista que puede trabajar a un mismo tiempo para millares de
públicos. Es la única que puede ganarse una celebridad relámpago. La artista de
teatro necesita, para captarse a un público, llegar personalmente hasta él.
Necesitó tener con él un contacto directo. No está, por esto, en aptitud física
de dominar a todos los públicos del mundo. Su fama es una obra de proceso lento
y gradual, por mucho que la aceleren, con su velocidad de treinta mil
ejemplares por hora, los rotativos de los grandes diarios.
--------------
* Hijos pequeños.
196
Igualmente, la reputación del literato se extiende poco a poco. Para
alcanzar la celebridad el literato tiene que haber escrito mucho. Y tiene que
haber escrito algo fundamentalmente suyo, original, emocionante, nuevo. Y debe
aguardar después, para ser universalmente conocido y preciado, que su obra sea
tradu-cida a todas las lenguas sustantivas.
La artista cinematográfica, en tanto, posa en la misma escena para todo
el mundo. Su arte no ha menester de traductores, intermediarios ni exegetas.
Nada la separa de la más lejana gente de la Tierra. Ni el idioma ni el tiempo
ni el espacio. En consecuencia, todos los públicos, son tributarios suyos.
Todos contribuyen a su bienestar, a su riqueza.
Finalmente la artista cinematográfica es una improvisada. Casi sin
prepa-ración alguna arriba a un primer puesto. Es una coupletista, una modelo,
una mecanógrafa cualquiera, favorecida generalmente por algún mecenas elegante
y oscuro.
Francisca Bertini es la mejor prueba de la fácil celebridad de la actriz
de cinema. Veinte dramas de adulterios, flirts, celos, revólver, cuchillos o
veneno, le han dado más renombre que veinte tomos de poesía de Ada Negri.
Probablemente, en Lima, casi nadie sabe bien quién es Ada Negri. Como casi
nadie tiene mayor noticia de María Melato, la gran actriz italiana
contempo-ránea. En cambio, nadie ignora un film de Francisca Bertini.
Porque está escrito que, mientras el destino de muchos artistas geniales
sea no tener techo, pan ni camisa, las Franciscas Bertini del mundo viajen en
wagon-lits,* se vistan donde Paquin, posean palacios, automóviles, caballos de
carrera, y beban los vinos del Rhin, de Chipre y de Falerno, y gocen de los más
regalados sibaritismos y de las más muelles sensualidades y se casen, -si en su
programa de vida entra el matrimonio- con el varón que más les guste y
satisfaga. Para divorciarse de él cuando cese de gustarles y satisfacerles. .
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* Coches-cama.
197
LAS MEMORIAS DE ISADORA DUNCAN*
La Duncan es una de las mujeres de cuya biografía el historiador de la
Decadencia de Occidente, entendida o no según la fórmula tudesca de Spengler,
difícilmente podría prescindir. Las danzas y, sobre todo, la novela de Isadora
Duncan, constituyen uno de los más específicos y grandiosos espectáculos
finiseculares de la época. En el pórtico del 900, la figura de Isadora Duncan
tiene, quizás, la misma significación que la de Lord Byron en el umbral del
siglo pasado. El rol de Isadora, en la iniciación de este siglo, es un rol
byroniano. Lord Byron es el hijo de la aristocracia, que al servir bizarramente
la causa de la libertad y del individualismo, abandona los rangos y la regla de
su clase. Isadora Duncan es la hija de la burguesía, partida en guerra contra
todo lo burgués, que combina el ideal de la rebelión con los gustos del
decadentismo. Clásicos y paganos los dos en sus admiraciones, una actitud común
los identifica: su romanticismo. El caso de Lord Byron no podía repetirse
exactamente, sin más diferencias que las de tiempo y lugar. El byronismo
necesitaba en el 900 una expresión femenina. Sólo en una mujer era posible que
lograse plenamente su acento novecentista. Isadora Duncan, burguesa de San
Francisco, no es menos lógica históricamente que Lord Byron, aristócrata de
Londres, como espécimen de romanticismo protestatario y escandaloso. Tenía que
ser Norteamérica, exultente de juventud y de creación, un poco áspera y bárbara
todavía, la que diese a Europa esta artista libérrima, enamorada por contraste
de la Hélade. Europa era ya demasiado vieja y escéptica, en los días de la
Exposición Universal de París, para inspirarse en los vasos griegos del Museo
Británico y del Louvre, con la misma
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* Publicado en Variedades:
Lima, 17 de Julio de 1929. Reproducido en Repertorio Americano: T. XIX, Nº 14.
San José de Costa Rica, 12 de octubre de 1929.
198
religiosidad que Isadora y Raymundo Duncan, llegados de San Francisco, y
en quienes alentaba aún algo del impulso de los colonizadores y algo de la
desesperación de los buscadores de oro. Ninguna europea contemporánea de la
Duquesa de Guermantes ni de Eglantine* habría podido tomar, tan
apasionadamente, en serio la danza griega y concebir tan místicamente el ideal
de su resurrección. D'Annunzio mismo, en la reconstrucción arqueo-lógica, no ha
pasado de la retórica, entre los contemporáneos de la Duncan y su hermano. En
el arte y la vida de la Duncan, la cultura y la ciencia son de Europa, pero el
impulso y la pasión son de América.
Isadora, en su autobiografía, no sólo sabe contarnos los episodios de su
existencia aventurera y magnífica, sino también definirse con penetración muy
superior a la de la generalidad de sus críticos y retratistas. Los que veían
exclusivamente decadentismo o clasicismo en la artista, sensualidad y libídine
en la mujer, se equivocaban. Isadora Duncan no desmentía su origen y su
formación norteamericanas. Era de la estirpe de Walt Withman. Una descen-diente
legítima del espíritu puritano y pionner. Debía a su sangre irlandesa, la
pasión y el sentimiento artísticos; pero debía a sus raíces puritanas su
sentido religioso e intelectual del arte. «Yo era todavía -escribe- un producto
del puritanismo americano, no sé si por la sangre de mi abuelo y de mi abuela
que, en 1849, habían cruzado las llanuras sobre un carromato de campesinos,
abriéndose camino a través de los bosques vírgenes, por las Montañas Roco-sas y
las planicies quemadas por el sol, huyendo de las hordas hostiles de indios o
luchando con ellas, o por la sangre escocesa de mi padre, o por cualquier otra
cosa. La tierra de América me había confeccionado como ella confecciona a la
mayoría de sus hijos: había hecho de mí una puritana, una mística, un ser que
lucha por la expresión heroica y no por la expresión sensual. La mayoría de los
artistas americanos son, a mi juicio, de la
--------------
* Personajes de Marcel Proust en su obra En busca del tiempo perdido.
199
misma vena. Walt Withman, cuya literatura ha sufrido prohibiciones y
calificaciones de indeseable, y que ha cantado los goces caporales es, en el
fondo, un puritano, y lo mismo sucede con la mayoría de nuestros escritores,
escultores y pintores». Ninguna de las contradicciones aparentes de que está
hecha la biografía de la Duncan debe, por esto, sorprendernos. Isadora Duncan,
como George Sand, pretende que en el amor tendía por naturaleza y convicción a
la fidelidad. La romántica dejaría de ser romántica si no pensase de este modo;
y dejaría también de ser romántica si practicase la fidelidad hasta
sacrificarle su libertad de movimiento, de inspiración y de fantasía.
Partidaria del amor libre desde los doce años, virgen hasta los veinte, Isadora
Duncan es siempre esencialmente la misma. Y, en lo artístico, ninguna latina -
francesa o italiana- habría podido efectuar su aprendizaje de la danza con un
desprecio tan profundo de la coreografía profesional, y una rebeldía tan
radical contra sus estilos y escuelas; ninguna habría hecho de Rousseau,
Withman y Nietzsche sus maestros de baile. Su naturaleza positiva, su educación
clásica, su sentido del orden, se lo habrían impedido. Porque, contra el
prejuicio corriente, el sajón es más romántico y aventurero que el latino y
está siempre más propenso a la locura y al exceso. No hay imagen más falsa que
la del anglosajón o la del alemán invariablemente frío y prác-tico. Ilya
Ehrenburg estaba en lo justo cuando declaraba a Alemania más excesiva y
dionisíaca que a Francia, ordenadora y doméstica, fiel a la medida y al ahorro.
Yo he sacado la misma conclusión de mi experiencia en ambos países. Y me
explico el que Isadora obtuviese sus primeros delirantes triunfos en Berlín, en
Munich y en Viena.
Su victoria en Francia no podía ser tan extrema, instantánea y
frenética. Francia -París mejor dicho- llegó a amarla, pero con precaución y
mesura. Y, acaso, por esto, la conquistó más. Por esto, o porque el
universalismo de París y de la cultura francesa convenía más a la exhibición de
Isadora que el regionalismo o el ra-
200
cismo de Inglaterra, siempre algo insular, y de Alemania, siempre algo
abstrusa. En torno de estas cosas, las observaciones de Isadora Duncan son
generalmente exactas. Por ejemplo, ésta: «Se podría decir que toda la educación
americana tiende a reducir los sentidos casi a la nada. El verdadero americano
no es un buscador de oro o un amante del dinero, como cree la leyenda, sino un
idealista y un místico. Esto no quiere decir, ni mucho menos, que los
americanos carezcan de sentidos. Por el contrario, el anglosajón en general y
el americano en particular, por su sangre celta, es en los momentos críticos
más ardiente que el italiano, más sensual que el francés, más capaz de excesos
desesperados que el ruso; pero la costumbre que ha creado su educación ha encerrado
a su temperamento en un muro de acero, frío por fuera, y esas crisis no se
producen sino cuando un incidente extraordinario rompe la monotonía de su
vida».
La vida de la Duncan nos explica bien su arte, su espíritu y su fuerza.
La pobreza que sufrió en la infancia, por el divorcio de sus padres, despertó y
educó sus cualidades de luchadora. El bienestar y el confort habrían sido
contrarios al surgimiento caudaloso y avasallador de su ambición. La Duncan es,
sin duda, absolutamente sincera y acertada en estas palabras: «Cuando oigo a
los padres de familia que trabajan para dejar una herencia a sus hijos me
pregunto si se darán cuenta de que, por ese camino, contribuyen a sofocar el
espíritu de aventura de sus vástagos. Cada dólar que les dejan, aumenta su
debilidad. La mejor herencia consiste en dar a los niños la mayor libertad para
desenvolverse a sí mismos».
Las memorias de la Duncan no alcanzan sino hasta 1921. Terminan con su
partida a Rusia. La Duncan había querido continuarlas en un volumen sobre sus
dos años de experiencia en la Rusia bolchevique. Su arte y su vida habían sido
siempre una protesta contra el gusto y la razón burguesas. «Con mi túnica roja
-escribe ella- he bailado constantemente la revolución
201
y he llamado a las armas a los oprimidos». Prerrafaelista, helenizante,
deca-dente, en las varias estaciones de su arte, Isadora Duncan obedecía en su
creación a un permanente impulso revolucionario. Fue uno de los más activos
excitantes de la imaginación de una sociedad industrial y burguesa. Y las
limitaciones, la mediocridad, la resistencia que encontraba en esta sociedad,
la incitaban incesantemente a la rebelión y a la protesta.
ÍNDICE ONOMÁSTICO
ANDREYEV, Leonidas Nicolás (1871-1919).- Novelista y dramaturgo ruso de
estilo realista, Obra: Los Siete Ahorcados, Judas, Memorias de un hombrecito
durante la Gran Guerra, etc.
ARAGON, Luis (1897).- Poeta y dramaturgo francés. Fue uno de los
fundadores del grupo surrealista. En 1930 se separó del surrealismo para
ingresar al Partido Comunista. En la última guerra mundial fue uno de los
organizadores de la resistencia francesa contra los invasores, Obra: Cantos a
Elsa, Lo enojoso, Los ojos de Elsa, Los Comunistas, historia de Francia
desde 1939 hasta 1945.
BABEL, Isaac (1894).- Escritor ruso cuyas novelas ambientan el período
de la Revolución Bolchevique.
BERGSON, Henri Louis (1859-1941).- Filósofo idealista francés. En su
obra fundamental La evolución creadora, defiende un evolucionismo
espiritualista, basado en la intuición. Obra: La energía espiritual, La risa,
etc Obtuvo el Premio Nóbel de Literatura en 1927.
BLASCO IBANEZ, Vicente (1867-1928).- Fecundo y patético novelista
español. En 1910 funda en la Argentina dos colonias para inmigrantes que
fracasan por dificultades económicas. De esta experiencia nacería su famosa
novela La Barraca. El cine norteamericano realizó algunas de sus novelas, como
Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, que marca todo un hito en la historia del
celuloide. Entre sus obras, merecen especial mención: Entre naranjos, Sangre y
Arena, La Maja Desnuda y Mare Nostrum.
BLOCH, Richard Jean (1884-1947).- Literato y político francés. Director
del periódico comunista Ce Soir, que actuó en España como representante del
"Comité Mundial contra la Guerra". Se refugió en Rusia durante la
ocupación alemana y volvió a Francia con las tropas aliadas en 1944. Sus obras,
novelas y dramas, no se han traducido al castellano.
BONTEMPELLI, Massimo (1878).- Escritor italiano. Aunque cultiva también
la poesía, el teatro y el ensayo, es, fundamentalmente, un novelista de gran
humor. Entre sus obras más famosas figuran: La vida intensa y La última Eva. En
1950 fue excluido del Senado de su país, al que fuera electo en 1948, por sus
ideas fascistas.
BORGES, Jorge Luis (1900).- Insigne cuentista, poeta y ensayista
argentino. Obra: El idioma de los argentinos, Historia de la eternidad,
Fírciones, EL Aleph, la brújula y la muerte, etc. Borges es un maestro de la
literatura de ficción y un estilista notable. En 1945 ganó el Premio de Honor
de la Sociedad de escritores Argentinos.
BOTICELLI, Sandra (1445-1510).- Pintor italiano del Renacimiento. Es uno
de los maestros de la plástica universal. Destacan en su producción: Alegoría
de la Primavera, Palas y el Centauro, etc.
BRETON, André (1896).- Poeta francés, fundador de la escuela
surrealista. Entre sus obras más significativas se citan: Manifiesto del
surrealismo, El surrealismo en la pintura, Nadja, Segundo Manifiesto
Surrealista, Los vasos comunicantes, etc. Ver El Artista y la Época.
BRIAND, Aristide (1862-1932).- Estadista francés de ideas avanzadas.
Fundó con Jaurés L'Humanité (La Humanidad), actual diario del comunismo
francés. Siendo Ministro de Instrucción Pública y Cultos, separó a la Iglesia
del Estado. Candidato a la Presidencia de la República en 1931. Obtuvo el
Premio Nóbel de la Paz, en 1926. (Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).
BYRON, George Gordon (1788-1824).- Poeta romántico inglés, más conocido
por Lord Byron. Su inquietud y un cierto desencanto por Inglaterra que no
aplaudió sus primeras obras, lo hicieron realizar su primer gran viaje, durante
el cual escribió Childe-Harold -posteriormente ampliado- que se convirtió en un
éxito fulminante. El Corsario y Lara agregaron nuevos laureles a su nombre.
Retorna a Inglaterra y se casa. El escándalo promovido por su fracaso
matrimonial, lo lanza nuevamente a los viajes. Lamentaciones le significa un
nuevo triunfo; pero es en Venecia donde escribe su obra maestra: Don Juan. Dio
fortuna y vida por la libertad de Grecia.
CAMBA, Julio (1882).- Humorista español. Se hizo conocer por sus
crónicas periodísticas y por numerosos libros como: Alemania, Aventuras de una peseta,
La rana viajera, La casa de Lúculo, etc,
CARAVAGGIO (1569-1609).- Llamado Miguel Angel Merisi, Morisi, Morigi o
Amerighi. Se le considera jefe de la escuela naturalista. Obras principales:
Jugadores de naipes, San Mateó, Entierro de Cristo, Ecce
Homo, El martirio de San Pedro, Tocador de mandolina, David con la
cabeza de Goliath, El fullero, Cristo y los discípulos de Emaus, etc. CENDRARS.
Blaise (1887).- Escritor y cineasta francés contemporáneo. Obra: Panamá y Kodak
(poesía) y J'ai tué, Las confesiones de Dan Jack, Al Capone. Pequeños cantos
negros, El fin del mundo (prosa).
CIMABUE (1240-1301).- Llamado Juan Cenni di Pepi. Pintor florentino. Se
le atribuye el primer impulso que dio vida a las imágenes meramente
iconográficas. Influyó en Ducio y fue maestro de Giotto. Obras principales: La
Virgen, La Crucifixión, etc.
COCTEAU, Jean (1892).- Escritor francés. Ha cultivado todos los géneros
literarios, practicando un vanguardismo muy personal. También ha incursionado,
con éxito, en el cine, el dibujo y la pintura decorativa. Obra:
Los Infantes Terribles, Los Padres Terribles, Opio, La Voz Humana
(teatro), Los Monstruos Sagrados, etc.
D'ANNUNZIO, Gabriel (1863-1938).- Poeta y dramaturgo italiano, llamado
Gaetano Rapagneta. Tuvo su propio grupo de ideología fascista: los
arditi. Obra: La ciudad muerta, El suplicio de San Sebastián, La hija de Iorio,
etc. Ver los artículos "D'Annunzio y el fascismo" en La Escena
Contemporánea (pág.
18) y "D'Annunzio después de
la epopeya" en Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.
DAUDET, León (1867-1942).- Literato y periodista francés, hijo, del
famoso novelista Alfonso Daudet. Abandonó la Medicina para dedicarse a las
letras. A raíz del proceso Dreyfus se entregó a la política, dirigiendo el
diario conservador L'Action Française (La Acción Francesa), desde el cual atacó
duramente al republicanismo. Obras: El avance de la guerra, El estúpido
siglo.XX, etc.
DEGAS, Edgar (1834-1907).- Pintor francés independiente, aunque ligado
al grupo impresionista. Gran observador del movimiento y la luz, sus
principales motivos fueron danzarinas.
DELGADO, Honorio (1892).- Renombrado psiquiatra y filósofo peruano.
Obra: El Psicoanálisis, Rehumanización de la cultura científica por la
psicología, Psicología, Paracelso, La personalidad y el carácter, etc.
DELTEIL, Joseph (1895).- Escritor francés. Autor de varias novelas. La
mejor de ellas es Juana de Arco, donde humaniza la leyenda de la Doncella. Ver
los artículos "La Juana de Arco de Joseph Delteil" en Signos y Obras
(Pág. 38) y "La santificación de Juana de Arco y la mujer francesa"
en Temas de Educación.
D'INDY, Vincent (1851-1931).- Músico francés. Su mayor contribución no
ha sido tanto creadora, cuanto propagadora. El defendió, divulgó e impuso a
Richard Wagner, César Frank, Liszt, Johannes Brahmas y Federico Berlioz.
Devolvió su esplendor al arte gregoriano y resucitó los olvidados maestros
Palestrina y Monteverdi. Impuso a Juan Sebastián Bach y a todos los
contrapuntistas, a la vez que restauró la gloria de Lully, Rameau, Couperin y
Gluck. Fue el primero en acoger y elogiar la combatida "Peleas y Mesilande"
de Claude Debussy. Por ello, su obra de maestro y la deuda que con su labor
tiene el mundo actual es inestimable. Obras: Juan Hunyady (sinfonía),
Wallenstein (tres oferturas sinfónicas), etc.
DURTAIN, Luc (1881).- Seudónimo del escritor francés André Nepven. Su
producción, bastante copiosa, abarca todos los géneros literarios. Cuadragésimo
piso y La otra Europa son sus libros más leídos.
EGUREN, José Maria (1882-1942).- Notable poeta peruano simbolista. Su
obra consta de los siguientes títulos: Simbólicas, La canción de las figuras,
Sombras y poesías. Ver 7 Ensayos.
EHRENBURG, Illia (1891).- Escritor ruso, cuya literatura se caracteriza
por su espíritu anti-burgués y revolucionario. Obtuvo en 1942 el Premio Stalin
por su novela La caída de París, y volvió a ganarlo en 1947 con su novela La
tempestad. Otras buenas novelas suyas son: El día segundo, Julio Kurenito,
Citroen, La séptima ola. Es también notable su ensayo Hollywood: fábrica de
sueños.
ELUARD, Paul (1895-1952).- Poeta francés. Uno de los fundadores del
surrealismo, corriente que abandonó al ingresar al Partido Comunista. Durante
la ocupación alemana, en la Segunda Guerra Mundial, fue el cantor de la
resistencia. Los últimos libros que escribiera marcan la culminación de un
estilo admirable por su deslumbradora sencillez. Entre sus libros más famosos
se citan: (etapa surrealista) Capital del dolor, La Inmaculada Concepción
(conjuntamente con Bretón), La rosa publicada; (etapa comunista) Poesía y
verdad, Poesía interrumpida, Cuerpo memorable y Poemas Políticos, Poemas de la
Resistencia, Phenix, etc. FIDIAS (490-532 antes de J.C.).- Extraordinario
escultor griego. Obra:
Atenea, Parthenos, etc.
FRANCE, Anatole (1844-1924).- Escritor francés, cuyo verdadero nombre es
Anatole Francois Thibault. Obtuvo el Premio Nóbel de Literatura en 1921. Se
caracteriza por su perfección de forma y su fino escepticismo. Entre los
triunfos de su copiosa obra, sobresalen: El jardín de Epicuro, La isla de los
pingüinos (novelas) y El genio latino (reunión de sus ensayos). Ver los
artículos "Anatole France" y "La revisión de la obra de Anatole
France" en La Escena Contemporánea (Páginas 164 y 169).
FRANK, Waldo (1889).- Ensayista, crítico y novelista norteamericano. Lo
fundamental de su tarea literaria versa sobre América y España, cuya faz y
problemas ha intentado captar en libros tan difundidos como: Nuestra
América, Ustedes y nosotros, En la selva americana, España Virgen,
Rahab, Ya viene el amado, etc.
FREUD, Sigmundo (1896-1939).- Médico psiquiatra austriaco. Es el
fundador del movimiento psicoanalítico, concepción psicológica que estudia la
dinámica del desarrollo y comportamiento humano y que postula una terapéutica
basada en el determinismo de los procesos mentales. El psicoanálisis ha
permitido una mejor comprensión de los fenómenos psicológicos y
psicopatológicos y ha ampliado las posibilidades de investigación de la
conducta humana. En Medicina, su principal campo de aplicación son los desórdenes
emocionales, principalmente las neurosis. Obras principales: La interpretación
de los sueños, Aportaciones a la teoría de las neurosis, Introducción al
psicoanálisis, Técnica psicoanalítica, Psicología de las masas y análisis del
yo, Psicopatología de la vida cotidiana, Moisés y la religión monoteísta, El
malestar en la cultura.
GAUTIER, Teófilo (1811-1872).- Poeta y literato romántico francés.
Escribió más de 300 volúmenes. Entre sus novelas destacan: Mademoiselle de
Maupin, La novela de la Momia, etc.
GIDE, André (1869-1951).- Novelista, dramaturgo y ensayista francés
Entre sus libros más notables se hallan: El inmoralista, Los alimentos
terrestres, Los monederos falsos y su Diario. Ver el articulo "André Gide
y la Nouvelle Reuve Francaise" en Signos y Obras (pág. 28).
GIOTTO DI BONDONE (Angel). (1266-1337).- Pintor y arquitecto italiano.
Discípulo de Cimabue. Fue el fundador de la pintura italiana, especialmente al
fresco. Innovó la técnica y la aplicación del color; dio a los colores claridad
y transparencia e introdujo una distribución de luces y sombras en temática
moderada, amplia y plástica. Ennobleció las proporciones y dio a las figuras
movimientos llenos de vida y gestos llenos de expresión. Obras principales: las
28 escenas de San Francisco, Pedro y sus compañeros salvados de la tempestad,
Infierno y Paraíso, La Ascensión, Coronación de la Virgen, etc.
GIRAUDOUX, Jean (1882-1944).- Dramaturgo y poeta francés, cultivó una
literatura lírica y fantástica. Sus piezas teatrales más representadas son
Judith, El Apolo de Bellac y Ondine.
GIRONDO, Oliverio (1891).- Poeta argentino. Obra: Veinte poemas para ser
leídos en el tranvía, Calcomanías Espantapájaros, Campo nuestro (1946), etc.
GLADKOV, Fedor (1883).- Escritor ruso. De maestro de escuela se
convirtió en soldado de la revolución bolchevique y, más tarde, en famoso
novelista, principalmente por su obra Cemento que trata sobre la construcción
de la vida socialista. El año 1949 se le otorgó el Premio Stalin.,
GLAESSER, Ernest (1902).- Novelista alemán. Su prédica pacifista y su
profunda dosis de humanidad alcanzó en Jahrgang 1902 un éxito sólo comparable a
otra novela alemana, Sin novedad en el frente. Esta novela ha silo traducida al
castellano con el título Los que teníamos 12 años. Entre su producción, de alta
calidad literaria, cabe destacar Frieden.
GOETHE, Juan Wolfgang (17494822).- Poeta, dramaturgo y ensayista alemán.
Autor de Fausto, la obra clásica de la literatura germánica. Otro libro suyo,
Werther, inicia el romanticismo europeo. Es uno de los genios literarios.
GORKI, Máximo (1869-1936).- Seudónimo de Alexel Maximinovich Pieckov que
significa "el amargo". Gran novelista ruso de estilo realista. Apoyó
el régimen bolchevique. La Madre, Ex-hombres y Mis universidades son sus libros
más difundidos. Ver el artículo "Máximo Gorki y Rusia" en La Escena Contemporánea
(Pág. 173), y Signos y Obras.
HEINE, Heinrich (1797-1856).- Poeta alemán. Pasó del estilo romántico a
uno muy propio, que se caracteriza por su sencillez e ironía. Son famosos sus
poemas de sátira social, traducidos a casi todos los idiomas, y su obra en
prosa: Cuadros de viaje.
IBSEN, Enrique (1828-1906).- Dramaturgo noruego. Los personajes de sus
obras lo señalan como un precursor de la psicología moderna. Sus obras mismas
lo acreditan como el fundador del moderno teatro de ideas o de tesis y del
teatro de problemática social. Entre sus dramas se citan: Espectros, Peer Gynt,
La casa de muñecas, El niño Eyolf, Hedda Gabler, etc.
ISTRATI, Panait (1884-1937).- Escritor rumano, vagabundo y bohemio.
Intentó suicidarse por desesperación y hambre. La oportuna intervención de
Romain Rolland, a quien escribió antes de su acto frustrado, lo rescató. Su
novela más famosa es Kyra Kyralina. Ver el artículo "Panait Istrati"
en El Artista y la Época (pág. 141).
JAURES, Jean (1889-1914).- Político socialista francés, Fundador del
diario L'Humanité. Fue asesinado, por oponerse a la Primera Guerra Mundial, en
la víspera de la iniciación del conflicto, Ver el artículo "Jaurés y la
Tercera República" en La Escena Contemporánea (Pág, 128),
JOYCE, James (1832-1941).- Novelista y lírico irlandés. Fue el primero
en utilizar los materiales aportados por el psicoanálisis y desarrollar la
técnica del monólogo interior. De ese modo, pudo llegar a profundidades, antes
insondables, del alma humana. Su técnica y su estilo han influido desde la
escritora inglesa Virginia Wolf hasta el cuentista argentino Jorge Luis Borges.
Obra: Retrato del artista adolescente, Ulises, Finnegans Wake, etc.
HEYSERLING, Herman (1880-1940).- Filósofo alemán, fundó una Escuela de
la Sabiduría donde se practicaba el intuicionismo y el irracionalismo. Obra:
Invectivas de un filósofo, Meditaciones Sudamericanas, etc:
LA ROCHELLE, Drieu Pierre (1893).- Escritor francés, aborda en sus
libros temas de palpitante actualidad, habiéndosele comparado con Malraux.
Obra: La comedia de Chuleroi, Gilles, etc.
MAC DONALD, Ramsay (1888.1937).- Estadista inglés. Impulsor del Partido
Laborista, cuya jefatura ocupó en varias ocasiones. Se opuso a la entrada de
Inglaterra a la contienda del 14-18. Muy combatido por sus ideales pacifistas,
Apoyó el Plan Dawes y estableció relaciones con la Unión Soviética, Dejó varios
libros: El movimiento socialista, Parlamento y Revolución, etc, (Ver Defensa
del Marxismo y Figuras y Aspectos de la Vida Mundial.
MANET, Edouard (1872-1883),- Gran pintor francés, adalid del
impresionismo, Entre sus cuadros más notables están: El guitarrista, El torero
muerto, Cristo con ángeles, El bar del Folies-Bergere, etc, MARINETTI, Filippo
(1878-1944).- Poeta italiano, fundó el Movimiento Futurista, cuyo Manifiesto
primigenio apareció en el Figaro de Paris en 1909, y cuyos mejores frutos se
hallan en la revista Poesía, fundada por él y su grupo. Su movimiento
propiciaba una imaginación ilímite, destrucción de la sintaxis y el culto de lo
vital y lo fonético, Sus libros más representativos son Zang-Tumb-Bunmb y
Futurismo y Fascismo. Ver el artículo "Marinetti y el futurismo" en
La Escena Contemporánea (Pág. 185),
MARX, Carlos (1818-1883).- Filósofo, economista y sociólogo alemán.
Fundador del socialismo científico: base ideológica del movimiento comunista
actual, Vivió una existencia sacrificada al estudio y a los principios
revolucionarios. Redactó el primer Manifiesto Comunista, en colaboración con
Engels, Su obra básica, de varios volúmenes, es El Capital. Fue fundador de la
I Internacional Socialista.
MATISSE, Henri (1869-1956).- Pintor francés, Fue simplificando su arte
hasta convertirlo en una sugerencia de colores y líneas. Son representativas
sus odaliscas y sus escenas de intimidad familiar, principalmente el retrato de
su hija.
MAURIAC, Francois (1885).- Escritor francés. Se caracteriza por su hondo
catolicismo. Los clásicos problemas místicos, volcados en el mundo
contemporáneo, constituyen la trama de su literatura. Miembro de la Academia
Francesa. En 1952 obtuvo el Premio Nóbel de Literatura, Famosas novelas suyas
son: Genitrix, Teresa Desqueyroux y Los caminos del mar, y es notable su
ensayo: El pensamiento vivo de Pascal.
MAUROIS, André (1885).- Escritor francés, llamado Emile Herzog. Su obra
es varia y prestigiada. Ha escrito biografiar maestras, como Vida de Disraeli, Byron,
Ariel o la vida de Shelley, historias sucintas como la Historia de Inglaterra y
numerosos cuentos, ensayos y novelas.
MAURRAS, Charles (1868-1953).- Político y escritor francés de ideas
monárquicas. Dirigió el periódico L'Action Française. Consejero de Petain
durante la última ocupación alemana de Francia. Finalizada la guerra, fue
condenado a prisión por colaboracionista. Ver en Signos y Obras, el artículo
sobre un libro de Maurrás: "Los Amantes de Venecia" (Pág. 68).
MIGUEL ANGEL (1475-1564).- Su nombre completo es Miguel Angel
Buonarroti. Genial escultor, pintor, arquitecto italiano del Renacimiento. Son
famosos sus frescos de la Capilla Sixtina (principalmente el Juicio Final); sus
planos para la bóveda de San Pedro y sus esculturas: La piedad, Moisés y David
joven.
MISTRAL, Gabriela (1889-1957).- Poetisa chilena cuyo nombre verdadero
fue Lucila Godoy. Premio Nóbel de Literatura en 1945. Obra: Sonetos de la
muerte, Desolación, Tala y Recados.
MORAND, Paul (1888).- Escritor francés nacido en Rusia. Su ingenio y su
don descriptivo le crearon un prestigio extraliterario. Con Abierto de noche y
Cerrado de noche obtuvo universal renombre, pues logró expresar la Europa de la
primera tras-guerra mundial, con mayor éxito que algún otro novelista de su
generación. Los viajes le arrancaron otros testimonios. Ha escrito teatro y
poesía. Ver Signos y Obras (Pág. 34).
MORGAN, John Pierpont (Jr.) (1867-1943).- Financiero norteamericano.
Durante la primera guerra mundial concurrió a los empréstitos de la Entente
hechos en los Estados Unidos, y en 1924 prestó gran apoyo para la valorización
del franco francés. Se le considera el realizador económico del "Plan
Dawes".
MUSSET, Alfredo .de (1810-1857).- Poeta romántico francés. Obra: Canto
de España, Noches, Recuerdo, Confesiones de un hijo del siglo, etc. Ver el
artículo "Los amantes de Venecia" en Signos y Obras (Pág. 68).
NIETZSCHE, Federico (1844-1900).- Filósofo y escritor alemán, cuyo
pensamiento ha influido notablemente en la filosofía moderna. Su actitud
vitalista lo lleva a propugnar la forja del superhombre. Entre sus obras más
notables se citan: Así hablaba Zaratustra, El antiCristo, Humano, demasiado
humano, El origen de la tragedia; Genealogía de la moral, etc.
ORS Eugenio d' (1882).- Filósofo y critico español. Obra: Glosario, La
bien plantada, Tres horas en el Museo del Prado, El secreto de la filosofía.
Oceanografía del tedio, etc.
ORTEGA Y GASSET, José (1883-1955).- Filósofo y escritor español, cuyo
pensamiento discurrió por los más diversos problemas de nuestra época. Ejerció
una gran influencia en el actual humanismo crítico. Sus obras más notables son:
El tema de nuestro tiempo, España Invertebrada, Meditaciones del Quijote, La
deshumanización del Arte, La rebelión de las masas, etc. Fundó y animó por
largo tiempo La Revista de Occidente, compendio vivido de las preocupaciones de
su hora. Ver el capítulo "España" en Figuras y Aspectos de la Vida
Mundial.
PAPINI, Giovanni (1881-1956).- Escritor italiano. En forma póstuma
obtuvo el Lapicero de Oro, máximo galardón literario de Italia. Famoso por sus
crisis religiosas, reflejadas en sus libros. Entre éstos sobresalen: Memorias
de Dios,
Historia de Cristo, El Diablo, Gog, Lo que el demonio me dijo, Hombre
acabado, etc.
PICASSO, Pablo Ruiz (1881).- Pintor español. Su cuadro más famoso es
"Guernica", donde pinta el drama de la guerra civil española. Miembro
del Partido Comunista, publicó en México, en 1944, sus Poemas y declaraciones.
Ha cultivado también el dibujo puro y la cerámica. Es uno de los artistas
geniales de nuestra época.
PILNIAK, Boris (1894).- Novelista ruso, cuyo verdadero nombre es Boris
Andieievich. Aunque comenzó su carrera literaria en 1915, su fama la alcanzó
durante la época soviética, principalmente con su novela El año de la miseria,
publicada en 1922, en la que describe la hambruna que azotó a Rusia entre 1918
y 1919 y que puso en peligro a la flamante Revolución. Obra: El Volga desemboca
en el Mar Caspio, Árboles rojos y El nacimiento de un hombre.
PIRANDELLO, Luigi (1867-1929).- Dramaturgo y novelista italiano. Ganó el
Premio Nóbel de Literatura en 1934. Su obra cumbre, Seis personajes en busca de
autor, transformó la técnica teatral contemporánea.
POLICLETO.- Escultor griego de la segunda mitad del siglo V antes de
J.C. Sus obras más famosas son: una estatua de la diosa Hera o Juno, el lancero
joven (Doriforo) y el joven ciñéndose la corona del triunfo (Diadumeno).
PRAXITELES.- Escultor griego (Atenas) cuya máxima actividad artística
transcurre entre los años 370 y 340 antes de J.C. Se citan como sus esculturas
más famosas: la Afrodita de Cnido, el Apolo Sauróctonos (Apolo matando un
lagarto gigantesco) y el Fauno, que se hallan en el Vaticano y en el Museo del
Louvre.
PREZZOLINI, Giusseppe (1882).- Escritor italiano. Fundó con Papini la
revista Leonardo, y luego, solo, La Voz, desde la cual defendió el sindicalismo
socialista. Obras: Benedetto Croce, La teoría sindicalista, La cultura
italiana, Vida de Macchiavello, etc.
PROUST, Marcel (1871-1922).- Novelista francés. Obra: En busca del
tiempo perdido. En esta novela, que ha merecido innúmeros análisis, han visto
algunos la influencia de Bergson y Freud. Lo evidente es que ella constituye, a
la par que una fórmula original de la novelística, el más serio documento de la
crisis de la sociedad actual. Con justeza, se le ha comparado con La Comedia
Humana de Balzac. Pero, mientras Balzac retrata una sociedad que adviene -la
burguesa-, Proust disecciona su desaparición. Es uno de los grandes novelistas
de nuestra época.
RAFAEL, Sanzio (1483-1520).- Pintor y arquitecto italiano renacentista.
Entre sus creaciones más extraordinarias figuran: Las Tres Gracias, Los
desposorios de la Virgen, La Escuela de Atenas. Se le considera el dibujante
más perfecto en toda la historia de la pintura.
RIMBAUD, Arthur (1854-1891).- Poeta francés de precoz genialidad
literaria. A los 19 años -edad en la que abandona las letras- había creado ya
una poesía que constituye, a la par que uno de los momentos más altos de la
poesía francesa, el germen de todo el movimiento simbolista. Al poeta Paul
Verlaine se debe en gran parte el que se difundiera su talento. Obra: Una
sesión en el infierno (de la cual forma parte su famoso soneto a las vocales) y
Las iluminaciones. En forma póstuma se publicaron algunas de sus Cartas.
RIVIERE, Jacques (1886-1925).- Crítico y ensayista católico francés.
Director de La Nouvelle Revue Francaise (La Nueva Revista Francesa), famosa
publicación literaria. Han alcanzado justa fama su libro Estudios, relativos a
figuras de la literatura francesa moderna y contemporánea; Rimbaud, ensayo
bibliográfico, y sus monografías sobre músicos ilustres, desde Bach hasta
Stravinski.
ROLLAND, Romain (1866-1944).- Escritor francés. Premio Nóbel de
Literatura (1915). Gran humanista y apóstol del pacifismo, ejerció influencia espiritual
entre los escritores de su tiempo. Obra: Juan Cristóbal, La fuente encantada.
Dantón, Los lobos, Beethoven, etc.
RUSKIN, John de (1819-1900).- Escritor inglés. Se le considera el
fundador de la estética moderna de su patria. Su producción sobrepasa los 50
volúmenes. Obra: Las piedras de Venecia, Pintores Modernos, Las 7 lámparas de
la arquitectura, etc.
SAINT BEUVE, Charles Agustin (1804-1869).- Escritor y ensayista francés,
considerado el mejor crítico literario de la primera mitad del siglo 19. Su
temperamento artístico lo alejó de la Medicina; sus ideas, teñidas de
radicalismo, lo alejaron de la politica y de su condición de Senador del
Imperio; sus afanes por conciliar el romanticismo con el clasicismo, lo
alejaron de Victor Hugo y el romanticismo. Delineado el campo de sus ideas, se
dedicó a la creación de una forma critica., fruto de la cual es su obra básica,
Historia de Port-Royal, vasta,hermosa e iluminada vitrina de la literatura de
su tiempo.
SAND, George (1804-1876).- Novelista francesa, llamada Aurora Lucie
Dupin. Obra: Un viaje a Mallorca, Indiana, La marca del Diablo, El Marqués de
Villemer y Jean de la Roche. Ver el artículo "Los amantes de Venecia"
en Signos y Obras (Pág. 68).
SANIN CANO, Baldomero (1861-1958).- Escritor y periodista colombiano.
Rector de la Universidad de Cauca. Se le otorgó el "Premio Lenin de la
Paz". Obra: La civilización manual, Indagaciones e Imágenes, Divagaciones
filológicas, Tipos, obras, ideas.
SHELLEY, Percy Bysshe (1792-1822).- Poeta inglés y adalid de la escuela
romántica. Combatió la opresión y el colonialismo de su tiempo. En su obra,
destacan los poemas de gran aliento: Queen Mab, La revuelta del Islam y
Adonais.
SIMMEL, George (1858-1918).- Escritor alemán, propuso una metafísica de
la cultura. Se ocupó de vastos temas culturales.
SOUDAY, Paul (1869-1929).- Literato y crítico francés. Obra: Livres du
temps, Marcel Proust, Paul Valery y André Gide y La sociedad de los grandes
espíritus. Su celebrado artículo, Voltaire dramaturgo, se publicó anexo a las
Memorias de éste.
SOUPAULT, Philippe (1897).- Escritor surrealista francés. Principales
obras en verso: Los campos magnéticos, Georgia, El arma secreta. Principales
novelas: La negra y Los moribundos. Es también muy difundida su biografía sobre
Baudelaire.
SPENCER, Herbert (1820-1903).- Sociólogo inglés, aplicó al campo social
sus propias ideas evolucionistas. Obra: Principios de Sociología, etc.
STERNHEIM, Carl (1878-1924).- Dramaturgo y novelista alemán. Su literatura
ridiculiza al mundo burgués, mediante una ironía que manejó con destreza. El
único libro suyo traducido al castellano es su novela Europa. STINNES, Hugo
(1870-1924).- Industrial alemán, utilizó nuevos métodos de concentración
capitalista que lo hicieron multimillonario. Fue uno de los empresarios
económicos de Alemania durante la primera guerra mundial. Siguió una política
conservadora y se le acusa de haber precipitado la caída del marco y originado
la crisis económica de la que se valió el nazismo para subir al poder.
TAINE, Hipólito Adolfo (1828-1893).- Filósofo, crítico e historiador
francés. Obra: Vida y opiniones de Thomas Graindorge, De la inteligencia,
Filosofía del Arte, El positivismo inglés, El idealismo inglés y Orígenes de la
Francia contemporánea.
TARDIEU, André (1876-1945).- Político, periodista y escritor francés.
Obra:
La paz y La hora de la decisión.
TINTORETTO, Jacobo Robusta (1518-1594).- Pintor veneciano. Quebrantó el
equilibrio pictórico del Renacimiento introduciendo un elemento visionario en
sus alegorías, especialmente las de tema religioso. Obra: Cristo con Marta
y María, etc.
TIZIANO, Vecelli (1476-1576).- Es el pintor mas significativo de la
escuela veneciana, habiendo realizado la conjugación de la tensión dramática
del movimiento y la sabia complejidad cromática. Obras: Amor sagrado y profano,
El dinero de César, Venus, La Asunción de María, Carlos V, Paulo III, Ecce
Homo, Piedad, etc.
TOLSTOI, León (1828-1910).- Su nombre verdadero es Lev Nicolaievioh.
Escritor ruso, místico, internacionalista, pacifista. Sus novelas campesinas y
su apasionada defensa de un arte sencillo y popular, ayudaron a preparar la
revolución comunista rusa. Sus libros mas famosos son La guerra y la paz, Ana
Karenina, La sonata a Kreutzer, Resurrección, todas ellas llevadas al cine.
Escribió más de 70 libros.
TORRE, Guillermo de (1902).- Ensayista y crítico español. Obra:
Manifiesto ultraísta vertical, Literaturas europeas de vanguardia, Examen de
conciencia o problemas estéticos de la nueva generación, Valoración lite-raria
del existencialismo. Problemática de la Literatura, etc.
TURATI, Augusto (1888).- Italiano. Secretario General del fascismo.
Diputado del mismo Partido. Sufrió prisión al finalizar la segunda guerra
mundial.
TZARA, Tristán (1896).- Poeta francés contemporáneo de origen rumano.
Fue el principal forjador del "dadaísmo", movimiento pesimista y
estridente de la pots-guerra del 18 que propiciaba una actitud anárquica y
antiartística. Publicó y escribió el Primer Manifiesto Dadaísta y dio al
movimiento su libro de poesía más representativo: Primera aventura celeste de
M. Antypyrine. Posteriormente se adhirió al surrealismo, dando a la imprenta,
entre otros libros y poemas, Dialéctica de la poesía y Surréalisme et
l'aprés-guerra.
VALCARCEL, Luis E. (1891).- Historiador y escritor peruano. Entre sus
libros más significativos se hallan: Del Ayllu al Imperio, Tempestad en los
Andes, Ruta Cultural del Perú, Historia de la Cultura Antigua del Perú, etc.
Ver 7 Ensayos.
VINCI, Leonardo de (1452-1519).- Genial inventor y artista italiano. Su
obra, múltiple y polifacética, le permitió ejercer el rectorado espiritual del
Renacimiento.
WHITMAN, Walt (1819-1892).- Poeta norteamericano. Él inaugura una nueva
etapa en la poética universal. Cantor del naciente capitalismo progresivo y del
hombre y sus cuotidianos oficios; propulsor de un nuevo vitalismo y de una
nueva moral naturalista. Sus obras fundamentales son Hojas de hierba y Canto a
mí mismo.
WILDE, Oscar (1854-190d).- Insigne escritor y dramaturgo inglés.
Preconizó una nueva estética basada en "el arte por el arte". Obra:
Salomé, El retrato de Dorian Gray, De profundis, El alma humana bajo el
Socialismo, Balada de la cárcel de Reading y bellos cuentos. Célebre por sus
finas paradojas. ZAPATA, Emiliano (1883-1919).- Revolucionario mexicano. Se
alzó en armas contra Porfirio Díaz, favoreciendo el triunfo de Madero. Su
actitud prendió en las masas populares y, después de su muerte, se empezaron a
dictar las primeras leyes de Reforma Agraria.
ZOLA, Emilio (1840-1902).- Novelista francés, jefe de la escuela
literaria naturalista. Ardiente defensor del capitán Dreyfus, publicó un
folleto famoso, Yo acuso, que ayudó a restablecer la inocencia del citado
militar. Obra: Nana, La bestia humana, Germinal, Fecundidad, etc.
ZWEIG, Stefan (1881-1942).- Novelista francés de origen judío. Su
adolescencia es un gran viaje por Europa, Asia y América del Norte. Durante la
primera guerra mundial milita entre los intelectuales pacifistas capitaneados
por Romain Rolland. Su literatura posterior al conflicto expresa su anhelo
pacifista. En 1928 visita la Unión Soviética, invitado para conmemorar el
Centenario de Tolstoy, y sus crónicas sobre la literatura de ese país
aparecieron en el ABC de Madrid. Impresionado por el estallido de la Segunda
Guerra Mundial, se refugia en el Brasil, país donde se suicida en compañía de
su esposa. Cultivó tanto la novela como la biografía novelada. En el primer
aspecto sobresalen: Amok, 24 horas en la vida de una mujer, Impaciencia del
corazón, Confusión de sentimientos, Káieidoscopio, etc. En el segundo aspecto,
sus libros sobre Maria Antonieta, Erasmo, Nietzsche, Magallanes, Casanova,
Fouché, Stepdahi, Dostoieuski, Mesmer, Mary Baker Eddy, etc.
INDICE
NOTA EDITORIAL 5
PROLOGO 7
EL ARTISTA Y LA EPOCA
El Artista y la Época 13
Arte, Revolución, y Decadencia 18
La Realidad y la Ficción 22
La Torre de Marfil 25
¿Existe una inquietud propia de nuestra época? 29
Populismo Literario y Estabilización Capitalista 32
El Freudismo en la literatura contemporánea 36
El grupo surrealista y Clarté 42
El balance del suprarrealismo 45
El Superrealismo y el Amor 52
Aspectos viejos y nuevos del Futurismo 56
TOPICOS DE ARTE MODERNO
Post-Impresionismo y Cubismo 60
El Expresionismo y el Dadaísmo 64
La pintura italiana en la última exposición 69
Bourdelle 72
Heinrich Zille 76
Der Sturm y Herwarth Walden 79
El éxito mundano de Beltrán Massés 82
El pintor Petto Rutti 86
La obra de José Saboga 90
Itinerario de Diego Rivera 93
Julia Codesido 97
AUTORES Y LIBROS
El caso Raymond Radiguet 99
El libro y las aventuras de Fernando Ossendowski 103
Blaise Cendrars 108
Literaturas europeas de vanguardia 114
George Brander 119
Rainer Maria Rilke 122
Reivindicación de Jorge Manrique 126
Ultimas aventuras de la vida de don Ramón del Valle Inclán 130
El centenario de Tolstoy 134
Una polémica literaria 137
Panait Istrati 141
Zola y la nueva generación francesa 153
La nueva literatura rusa 158
Leonidas Leonov 162
La Rusia de Dostotewski, a propósito del libro de Stefan Zweig 165
Stefan Zweig, apologista e intérprete de Tolstoy y Dostoiewski 170
Sergio Essenin 174
Nadja, de André Breton 178
AUTORES Y ESCENARIOS DEL TEATRO MODERNO
Algunas ideas, autores y escenarios del teatro moderno 183
Bragaglia y el Teatro de los Independientes de Roma 188
Teatro, Cine y Literatura rusa 192
La última película de Francisca Berttni 193
Las Memorias de Isadura Duncan 197
INDICE ONOMÁSTICO 203
Sexta edición, enero de 1977.

