Libro N° 10802. Defensa Del Marxismo. Polemica Revolucionaria. Mariátegui, José Carlos.
© Libro N° 10802.
Defensa Del Marxismo. Polemica
Revolucionaria. Mariátegui, José Carlos. Emancipación. Enero 21 de 2023
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Defensa Del Marxismo. Polemica
Revolucionaria. José Carlos Mariátegui
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Del Marxismo. Polemica Revolucionaria. José Carlos Mariátegui
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DEFENSA DEL MARXISMO Polemica Revolucionaria
José Carlos Mariátegui
Defensa
Del Marxismo. Polemica Revolucionaria
José
Carlos Mariátegui
JOSÉ
CARLOS MARIÁTEGUI
DEFENSA
DEL MARXISMO
POLEMICA
REVOLUCIONARIA
BIBLIOTECA
AMAUTA
LIMA -
PERÚ
I
Henri de Man y la "Crisis" del Marxismo
En un volumen que tal vez ambiciona la misma resonancia y divulgación de
los dos tomos de La Decadencia de Occidente, de Spengler, Henri de Man se
propone -traspasando el límite del empeño de Eduardo Bernstein hace un quarto
de siglo- no sólo la "revisión" sino la "liquidación" del
marxismo.
La tentativa, sin duda, no es original. El marxismo sufre desde fines
del siglo XIX -esto es desde antes de que se iniciara la reacción contra las
características de ese siglo racionalista, entre las cuales se le cataloga- las
acometidas, más o menos documentadas o instintivas, de profesores
universitarios, herederos del rencor de la ciencia oficial contra Marx y
Engels, y de militantes heterodoxos, disgustados del formalismo de la doctrina
del partido. El profesor Charles Andler pronosticaba, en 1897, la "disolución"
del marxismo y entretenía a sus oyentes, en la cátedra, con sus divagaciones
eruditas sobre ese tema. El profesor Masaryk, ahora Presidente de la República
Checoeslovaca, diagnosticó, en 1898, la "crisis del marxismo", y esta
frase, menos extrema y más universitaria que la de Andler, tuvo mejor fortuna.
Masaryk acumuló, más tarde, en seiscientas páginas de letra gótica, sus sesudos
argumentos de sociólogo y filósofo sobre el Materialismo Histórico, sin que su
crítica pedante que, como se lo probaron en seguida varios comentadores, no
asía el sentido de la doctrina de Marx, socavase mínimamente los cimientos de
ésta. Y Eduardo
20
Bernstein, insigne estudioso de Economía, procedente de la escuela
social-democrática, formuló en la misma época su tesis revisionista, elaborada
con datos del desarrollo del capitalismo, que no confirmaban las previsiones de
Marx respecto a la concentración del capital y la depauperación del
proletariado. Por su carácter económico, la tesis de Bernstein halló más largo
eco que la de los profesores Andler y Masaryk; pero ni Bernstein ni los demás
"revisionistas" de su escuela, consiguieron expugnar la ciudadela del
marxismo. Bernstein, que no pretendía suscitar una corriente secesionista, sino
reclamar la consideración de circunstancias no previstas por Marx, se mantuvo
dentro de la social-democracia alemana, más dominada entonces, de otro lado,
por el espíritu reformista de Lasalle que por el pensamiento revolucionario del
autor de El Capital.
No vale la pena enumerar otras ofensivas menores, operadas con idénticos
o análogos argumentos o circunscritas a las relaciones del marxismo con una
ciencia dada, la del derecho verbigracia. La herejía es indispensable para
comprobar la salud del dogma. Algunas han servido para estimular la actividad
intelectual del socialismo, cumpliendo una oportuna función de reactivos. De
otras, puramente individuales, ha hecho justicia implacable el tiempo.
La verdadera revisión del marxismo, en el sentido de renovación y
continuación de la obra de Marx, ha sido realizada, en la teoría y en la
práctica, por otra categoría de intelectuales revolucionarios. Georges Sorel,
en estudios que separan y distinguen lo que en Marx es esencial y sustantivo,
de lo que es formal y contingente, representó en los primeros decenios del
siglo actual, más acaso que la reacción del sentimiento clasista de los
sindicatos, contra la degeneración evolucionista y parlamentaria del socialismo,
el retorno a la concepción dinámica y
21
revolucionaria de Marx y su inserción en la nueva realidad intelectual y
orgánica. A través de Sorel, el marxismo asimila los elementos y adquisiciones
sustanciales de las corrientes filosóficas posteriores a Marx. Superando las
bases racionalistas y positivistas del socialismo de su época, Sorel encuentra
en Bergson y los pragmatistas ideas que vigorizan el pensamiento socialista,
restituyéndolo a la misión revolucionaria de la cual lo había gradualmente
alejado el aburgue-samiento intelectual y espiritual de los partidos y de sus
parlamentarios, que se satisfacían, en el campo filosófico, con el historicismo
más chato y el evolucionismo más pávido. La teoría de los mitos
revolucionarios, que aplica al movimiento socialista la experiencia de los
movimientos religiosos, establece las bases de una filosofía de la revolución,
profundamente impregnada de realismo psicológico y sociológico, a la vez que se
anticipa a las conclusiones del relativismo contemporáneo, tan caras a Henri de
Man. La reivindicación del sindicato, como factor primordial de una conciencia
genuinamente socialista y como institución característica de un nuevo orden
económico y político, señala el renacimiento de la idea clasista sojuzgada por
las ilusiones democráticas del período de apogeo del sufragio universal, en que
retumbó magnífica la elocuencia de Jaurés. Sorel, esclareciendo el rol
histórico de la violencia, es el continuador más vigoroso de Marx en ese
período de parlamentarismo social-democrático, cuyo efecto más evidente fue, en
la crisis revolucionaria post-bélica, la resistencia psicológica e intelectual
de los líderes obreros a la toma del poder a que los empujaban las masas. Las
reflexiones sobre la violencia parecen haber influido decisiva-mente en la
formación mental de dos caudillos tan antagónicos como Lenin y Mussolini. Y
Lenin aparece, incontestablemente, en nuestra época como el restaurador más
enérgi-
22
co y fecundo del pensamiento marxista, cualesquiera que sean las dudas
que a este respecto desgarren al desilusionado autor de Más allá del Marxismo.
La revolución rusa constituye, acéptenlo o no los reformistas, el
acontecimiento dominante del
socialismo contemporáneo. Es en ese acontecimiento, cuyo alcance
histórico no se puede aún medir, donde hay que ir a buscar la nueva etapa
marxista.
En Más allá del Marxismo Henri de Man, por una suerte de imposibilidad
de aceptar y comprender la revolución, prefiere recoger los malos humores y las
desilusiones de post-guerra, del proletariado occidental, como expresión del
estado presente del sentimiento y de la mentalidad socialistas. Henri de Man es
un reformista desengañado. Él mismo cuenta, en el prólogo de su libro, cómo las
decepciones de la guerra destrozaron su fe socialista. El origen de su libro,
está, sin duda, en «el abismo, cada vez más profundo, que lo separaba de sus
antiguos correligionarios marxistas convertidos al bolchevismo». Desilusionado
de la praxis reformista, de Man -discípulo de los teóricos de a
social-democracia alemana, aunque el ascendiente de Jaurés suavizara
sensiblemente su ortodoxia- no se decidió, como los correligionarios de quienes
habla, a seguir el camino de la revolución. La "liquidación del
marxismo", en que se ocupa, representa ante todo su propia experiencia
personal. Esa "liquidación" se ha operado en la conciencia de Henri
de Man, como en la de otros muchos socialistas intelectuales, que con el
egocentrismo peculiar a su mentalidad, se apresuran a identificar con su
experiencia el juicio de la historia.
De Man ha escrito, por esto, deliberadamente podríamos decir, un libro
derrotista y negativo. Lo más importante de Más allá del Marxismo es,
indudablemente, su crítica de la políti-
23
ca reformista. El ambiente en el cual se sitúa, para su análisis de los
móviles e impulsos del proletariado, es el ambiente mediocre y pasivo en el
cual ha combatido: el del sindicato y el de la social-democracia belgas. No es,
en ningún momento, el ambiente heroico de la Revolución que, durante la
agitación post-bélica, no fue exclusivo de Rusia, como puede comprobarlo
cualquier lector de estas líneas en las páginas rigurosamente históricas,
periodísticas -aunque el autor mezcle a su asunto un ligero elemento novelesco-
de La Senda Roja, de Alvarez del Vayo.
De Man ignora y elude la emoción, el pathos* revolucionario. El
propósito de liquidar y superar el marxismo, lo ha conducido a una crítica
minuciosa de un medio sindical y político que no es absolutamente, en nuestros
días, el medio marxista. Los más severos y seguros estudiosos del movimiento
socialista constatan que el rector efectivo de la social-democracia alemana, a
la que teórica y prácticamente se siente tan cerca de Man, no fue Marx sino
Lassalle. El reformismo lassalliano se armonizaba con los móviles y la praxis
empleados por la social-democracia en el proceso de su crecimiento, mucho más
que el revolucionarismo marxista. Todas las incongruencias, todas las
distancias que de Man observa entre la teoría y la práctica de la
social-democracia tudesca, no son, por ende, estrictamente imputables al
marxismo, sino en la medida que se quiera llamar marxismo a algo que había
dejado de serlo casi desde su origen. El marxismo activo, viviente, de hoy,
tiene muy poco que ver con las desoladas comprobaciones de Henri de Man que
deben preocupar, mas bien, a Vandervelde y demás políticos de la
social-democracia belga, a quienes, según parece, su libro ha hecho tan
profunda impresión.
--------------
* Pasión violenta
25
II
La Tentativa Revisionista de "Más allá del Marxismo"
Ha habido siempre entre los intelectuales del tipo de Henri de Man una
tendencia peculiar a aplicar, al análisis de la política o de la economía, los
principios de la ciencia más en boga. Hasta hace poco la biología imponía sus
términos a especulaciones sociológicas e históricas con un rigor impertinente y
enfadoso. En nuestra América tropical, tan propensa a ciertos contagios, esta
tendencia ha hecho muchas víctimas. El escritor cubano Lamar Schweyer, autor de
una Biología de la Democracia, que pretende entender y explicar los fenómenos
de la democracia latinoamericana sin el auxilio de la ciencia económica, puede
ser citado entre estas víctimas. Es obvio recordar que esta adaptación de una
técnica científica a temas que escapan a su objeto, constituye un signo de
diletantismo intelectual. Cada ciencia tiene su método propio y las ciencias
sociales se cuentan entre las que reivindican con mayor derecho esta autonomía.
Henri de Man representa, en la crítica socialista, la moda de la
psicología y del psicoanálisis. La razón más poderosa de que el marxismo le
parezca una concepción retrasada y ochocentista reside, sin duda, en su
disgusto de sentirlo anterior y extraño a los descubrimientos de Freud, Jung,
Adler, Ferenczi, etc. En esta inclinación se trasluce también su experiencia
individual. El proceso de su reacción antimarxis-
26
ta es, ante todo, un proceso psicológico. Seria fácil explicar toda la
génesis de Más allá del Marxismo psicoanalíticamente. Para esto, no urge
internarse en las últimas etapas de la biografía del autor. Basta seguir, paso
a paso, su propio análisis, en el cual se encuentra invariablemente en conflicto
su desencanto de la práctica reformista y su recalcitrante y apriorística
negativa a aceptar la concepción revolucionaria, no obstante la lógica de sus
conclusiones acerca de la degeneración de los móviles de aquélla. En la
subconsciencia de Más allá del Marxismo actúa un complejo. De otra suerte, no
sería posible explicarse la línea dramáticamente contradictoria, retorcida,
arbitraria de su pensamiento.
Esto no es un motivo para que el estudio de los elementos psíquicos de
la política obrera no constituya la parte más positiva y original del libro,
que contiene, a este respecto, observaciones muy sagaces y buídas. Henri de Man
emplea con fortuna en este terreno la ciencia psicológica, aunque extreme
demasiado el resultado de sus inquisiciones, cuando encuentra el resorte
principal de la lucha anticapitalista en un "complejo de inferioridad
social". Contra lo que de Man presupone, su psicoanálisis no obtiene
ningún esclarecimiento contrario a las premisas esenciales del marxismo. Así,
por ejemplo, cuando sostiene que "el resentimiento contra la burguesía
obedece, más que a su riqueza, a su poder" no dice nada que contradiga la
praxis marxista, que propone precisamente la conquista del poder político como
base de la socialización de la riqueza. El error que se atribuye a Marx, al
extraer de sus reivindicaciones sociales y económicas una tesis política -y
Herin de Man se cuenta entre los que usan este argumento- no existe
absolutamente. Marx colocaba la captura del poder en la cima de su pro-
27
grama, no porque subestimase la acción sindical, sino porque consideraba
la victoria sobre la burguesía como hecho político. Igualmente inocua es esta
otra aserción: "Lo que impulsó a los obreros de la fábrica a la lucha
defensiva, no fue tanto una disminución de salario como de independencia
social, de alegría en el trabajo, de la seguridad en el vivir; era una tensión
creciente entre las necesidades rápidamente multiplicadas y un salario que
aumentaba muy lentamente y era, en fin, la sensación de una contradicción entre
las bases morales y jurídicas del nuevo sistema de trabajo y las tradiciones
del antiguo". Ninguna de estas comprobaciones disminuye la validez del
método marxista que busca la causa económica "en último análisis", y
esto es lo que nunca han sabido entender los que reducen arbitrariamente el
marxismo a una explicación puramente económica de los fenómenos.
De Man está enteramente en lo justo cuando reclama una mayor valoración
de los factores psíquicos del trabajo. Es una verdad incontestable la que se
resume en estas proposiciones: "aunque nos dediquemos a una labor
utilitaria, no ha cambiado nuestra disposición original que nos impulsó a
buscar el placer del trabajo, expresando en él los valores psíquicos que nos
son más personales"; "el hombre puede hallar la felicidad no
solamente por el trabajo, sino también en el trabajo"; "hoy la mayor
parte de la población de todos los países industriales se halla condenada a
vivir mediante un trabajo que, aun creando más bienes útiles que antes,
proporciona menos placer que nunca a los que trabajan"; "el
capitalismo ha separado al productor de la producción: al obrero de la
obra". Pero ninguno de estos conceptos es un descubrimiento del autor de
Más allá del Marxismo, ni justifica en alguna forma una tentativa revisio-
28
nista. Están expresados no sólo en la crítica del taylorismo* y demás
consecuencias de la civilización industrial, sino, ante todo, en la nutridísima
obra de Sorel, que acordó la atención más cuidadosa a los elementos
espirituales del trabajo. Sorel sintió, mejor acaso que ningún otro teórico del
socialismo, no obstante su filiación netamente materialista -en la acepción que
tiene este término como antagónico del de idealista- el desequilibrio
espiritual a que condenaba al trabajador el orden capitalista. El mundo
espiritual del trabajador, su responsabilidad moral, preocuparon al autor de
Reflexiones sobre la Violencia tanto como sus reivindicaciones económicas. En
este plano, su investigación continúa la de Le Play y Proudhon, tan
frecuentemente citados en algunos de sus trabajos, entre los cuales el que
esboza las bases de una teoría sobre el dolor testimonia su fina y certera
penetración de psicólogo. Mucho antes de que el freudismo cundiera, Sorel
reivindicó todo el valor del siguiente pensamiento de Renán: "Es
sorprendente que la ciencia y la filosofía, adoptando el partido frívolo de las
gentes de mundo de tratar la causa misteriosa por excelencia como una simple
materia de chirigotas, no hayan hecho del amor el objeto capital de sus
observaciones y de sus especulaciones. Es el hecho más extraordinario y
sugestivo del universo. Por una gazmoñería que no tiene sentido en el orden de
la reflexión filosófica, no se habla de él o se adopta a su respecto algunas
ingenuas vulgaridades. No se quiere ver que se está ante el nudo de las cosas,
ante el más profundo secreto del mundo". Sorel, profundizando, como él
mismo dice, esta opinión de Renán, se siente movido "a pensar que los
hombres manifiestan en su
--------------
* Dase este nombre a la
llamada "racionalización" de la producción en serie capitalista, con
el objeto de obtener las máximas ventajas de la mano de obra proletaria. Su
denominación procede de Federico Taylor. (Ver I.O.)
29
vida sexual todo lo que hay de más esencial en su psicología; si esta
ley psicoerótica ha sido tan descuidada por los psicólogos de profesión, ha
sido en cambio casi siempre tomada en seria consideración por novelistas y
dramaturgos".
Para Henri de Man es evidente la decadencia del marxismo por la poca
curiosidad que, según él, despiertan ahora sus tópicos en el mundo intelectual,
en el cual encuentran en cambio extraordinario favor los tópicos de psicología,
religión, teosofía, etc. He aquí otra reacción del más específico tipo
psicológico intelectual. Henri de Man probablemente siente la nostalgia de
tiempos como los del proceso Dreyfus, en que un socialismo gaseoso y abstracto,
administrado en dosis inocuas a la neurosis de una burguesía blanda y
linfática, o de una aristocracia esnobista, lograba las más impresionantes
victorias mundanas. El entusiasmo por Jean Jaurés, que colora de delicado
galicismo su lassalliana -y no marxista- educación social-democrática, depende
sin duda de una estimación excesiva y tout á fair* intelectual de los sufragios
obtenidos, en el gran mundo de su época, por el idealismo humanista del gran
tribuno. Y la observación misma, que motiva estas nostalgias, no es exacta. No
hay duda que la reacción fascista primero, y la estabilización capitalista y
democrática después, han hecho estragos remarcables en el humor político de
literatos y universitarios. Pero la Revolución rusa, que es la expresión
culminante del marxismo teórico y práctico, conserva intacto su interés para
los estudiosos. Lo prueban los libros de Duhamel y Durtain, recibidos y
comentados por el público con el mismo interés que, en los primeros años del
experimento soviético, los de H.G. Wells y Bertrand
--------------
* Modismo francés que significa "a las claras". Equivale a
"evidentemente".
30
Russell. La más inquieta y valiosa falange vanguardista de la literatura
francesa -el suprarrealismo- se ha sentido espontáneamente empujada a solicitar
del marxismo una concepción de la revolución, que les esclareciera política e
históricamente el sentido de su protesta. Y la misma tendencia asoma en otras
corrientes artísticas e intelectuales de vanguardia, así de Europa como de
América. En el Japón, el estudio del marxismo ha nacido en la universidad; en
la China se repite este fenómeno. Poco significa que el socialismo no consiga
la misma clientela que en un público versátil hallan el espiritismo,
lametapsíquica y Rodolfo Valentino.
La investigación psicológica de Henri de Man, por otra parte, lo mismo
que su indagación doctrinal, han tenido como sujeto el reformismo. El cuadro
sintomático que nos ofrece, en su libro, del estado afectivo de la obrera
industrial corresponde a su experiencia individual en los sindicatos belgas.
Henri de Man conoce el campo de la reforma; ignora el campo de la Revolución.
Su desencanto no tiene nada que ver con ésta. Y puede decirse que en la obra de
este reformista decepcionado se reconoce, en general, el ánima pequeño-burguesa
de un país tapón, prisionero de la Europa capitalista, al cual sus límites
prohíben toda autonomía de movimiento histórico. Hay aquí otro complejo y otra
represión por esclarecer. Pero no será Henri de Man quien la esclarezca.
31
III
La Economía Liberal y la Economía Socialista
No se concibe una revisión -y menos todavía una liquidación- del
marxismo que no intente, ante todo, una rectificación documentada y original de
la economía marxista. Henri de Man, sin embargo, se contenta en este terreno
con chirigotas, como la de preguntarse "por qué Marx no hizo derivar la
evolución social de la evolución geológica o cosmológica", en vez de
hacerla depender, en último análisis, de las causas económicas. De Man no nos
ofrece ni una crítica ni una concepción de la economía contemporánea. Parece
conformarse, a este respecto, con las conclusiones a que arribó Vandervelde en
1898, cuando declaró caducas las tres siguientes proposiciones de Marx: ley de
bronce de los salarios, ley de la concentración del capital y ley de la
correlación entre la potencia económica y la política. Desde Vandervelde, que
como agudamente observaba Sorel no se consuela (ni aun con las satisfacciones
de su gloria internacional), de la desgracia de haber nacido en un país
demasiado chico para su genio, hasta Antonio Graziadei, que pretendió
independizar la teoría del provecho de la teoría del valor, y desde Bernstein,
líder del revisionismo alemán, hasta Hilferding, autor del Finanzkapital, la
bibliografía económica socialista encierra una especulación teórica, a la cual
el novísimo y espontáneo albacea de la testamentaría marxista no agrega nada de
nuevo.
Henri de Man se entretiene en chicanear acer-
32
ca del grado diverso en que se han cumplido las previsiones de Marx,
sobre la descalificación del trabajo a consecuencia del desarrollo del
maquinismo. "La mecanización de la producción -sostiene de Man- produce
dos tendencias opuestas una que descalifica el trabajo y otra que lo
recalifica". Este hecho es obvio. Lo que importa saber es la proporción en
que la segunda tendencia compensa la primera. Y a este respecto de Man no tiene
ningún dato que darnos. Únicamente se siente en grado de "afirmar que por
regla general las tendencias descalificadores adquieren carácter al principio
del maquinismo, mientras que las recalificadoras son peculiares de un estado
más avanzado del progreso técnico". No cree de Man que el taylorismo, que
"corresponde enteramente a las tendencias inherentes a la técnica de la
producción capitalista, como forma de producción que rinda todo lo más posible
con ayuda de las máquinas y la mayor economía posible de la mano de obra"
imponga sus leyes a la industria. En apoyo de esta conclusión afirma que
"en Norteamérica, donde nació el taylorismo, no hay una sola empresa
importante en que la aplicación completa del sistema no haya fracasado a causa
de la imposibilidad psicológica de reducir a los seres humanos al estado del
gorila". Esta puede ser otra ilusión del teorizante belga, muy satisfecho
de que a su alrededor sigan hormigueando tenderos y artesanos; pero dista mucho
de ser una aserción corroborada por los hechos. Es fácil comprobar que los
hechos desmienten a de Man. El sistema industrial de Ford, del cual esperan los
intelectuales de la democracia toda suerte de milagros, se basa como es notorio
en la aplicación de los principios tayloristas. Ford, en su libro Mi vida y mi
obra, no ahorra esfuerzos por justificar la organización taylorista del
trabajo. Su libro es, a este respecto, una defensa absoluta del maquinismo,
contra las teorías de
33
psicólogos y filántropos. "El trabajo que consiste en hacer sin
cesar la misma cosa y siempre de la misma manera constituye una perspectiva
terrificante para ciertas organizaciones intelectuales. Lo sería para mí. Me
sería imposible hacer la misma cosa de un extremo del día al otro; pero he
debido darme cuenta que para otros espíritus, tal vez para la mayoría, este
género de trabajo no tiene nada de aterrante. Para ciertas inteligencias, al
contrario, lo temible es pensar. Para éstas, la ocupación ideal es aquélla en
que el espíritu de iniciativa no tiene necesidad de manifestarse". De Man
confía en que el taylorismo se desacredite, por la comprobación de que
"determina en el obrero consecuencias psicológicas, de tal modo
desfavorables a la productividad, que no pueden hallarse compensadas con la
economía de trabajo y de salarios, teóricamente probable". Mas, en esta
como en otras especulaciones, su razonamiento es de psicólogo y no de
economista. La industria se atiene, por ahora, al juicio de Ford mucho más que
al de los socialistas belgas. El método capitalista de racionalización del
trabajo ignora radicalmente a Henri de Man. Su objeto es el abaratamiento del
costo mediante el empleo de máquinas y obreros no calificados. La
racionalización tiene, entre otras consecuencias, la de mantener, con un
ejército permanente de desocupados, un nivel bajo de salarios. Esos
desocupados, provienen, en buena parte, de la descalificación del trabajo por
el régimen taylorista, que tan prematura y optimistamente de Man supone
condenado.
De Man acepta la colaboración de los obreros en el trabajo de
reconstrucción de la economía capitalista. La práctica reformista obtiene
absolutamente su sufragio. "Ayudando al restablecimiento de la producción
capitalista y a la conservación del estado actual -afirma- los
34
partidos obreros realizan una labor preliminar de todo progreso
ulterior". Poca fatiga debía costarle, entonces, comprobar que entre los
medios de esta reconstrucción, se cuenta en primera línea el esfuerzo por
racionalizar el trabajo, perfeccionando los equipos industriales, aumentando el
trabajo mecánico y reduciendo el empleo de mano de obra calificada.
Su mejor experiencia moderna la ha sacado, sin embargo, de Norteamérica,
tierra de promisión, cuya vitalidad capitalista lo
ha hecho pensar que "el socialismo europeo, en realidad, no ha
nacido tanto de la oposición contra el capitalismo, como entidad económica,
como de la lucha contra ciertas circunstancias que han acompañado al nacimiento
del capitalismo europeo; tales como la pauperización de los trabajadores, la
subordinación de clases sancionada por las leyes, los usos y costumbres, la
ausencia de democracia política, la militarización de los estados, etc."
En los Estados Unidos el capitalismo se ha desarrollado libre de los residuos
feudales y monárquicos. A pesar de ser ése un país capitalista por excelencia,
"no hay un socialismo americano que podamos considerar como expresión del
descontento de las masas obreras". El socialismo, en conclusión, viene a
ser algo así como el resultado de una serie de taras europeas, que Norteamérica
no conoce.
De Man no formula explícitamente este concepto, porque entonces quedaría
liquidado no sólo el marxismo sino el propio socialismo ético que, a pesar de
sus muchas decepciones, se obstina en confesar. Mas he aquí una de las cosas
que el lector podría sacar en claro de su alegato. Para un estudioso serio y
objetivo -no hablemos ya de un socialista- habría sido fácil reconocer en
Norteamérica una economía capitalista vigorosa, que debe una parte de su
plenitud e impulso a las condiciones excepcionales
35
de libertad en que le ha tocado nacer y crecer, pero que no se sustrae,
por esta gracia original, al sino de toda economía capitalista. El obrero
americano es poco dócil al taylorismo. Más aún, Ford constata su arraigada
voluntad de ascensión. Pero la industria yanqui dispone de obreros extranjeros,
que se adaptan fácilmente a las exigencias de la taylorización. Europa puede
abastecerla de los hombres que necesita para los géneros de trabajo que
repugnan al obrero yanqui. Por algo, los Estados Unidos son un imperio; y para
algo Europa tiene un fuerte saldo de población desocupada y famélica. Los
inmigrantes europeos no aspiran, generalmente, a salir de maestros obreros,
remarca Mr. Ford. De Man, deslumbrado por la prosperidad yanqui, no se pregunta
al menos si el trabajador americano encontrará siempre las mismas posibilidades
de elevación individual. No tiene ojos para el proceso de proletarización, que
también en Estados Unidos se cumple. La restricción de la entrada de
inmigrantes no le dice nada.
El neo-revisionismo se limita a unas pocas superficiales observaciones
empíricas, que no aprehenden el curso mismo de la economía, ni explican el
sentido de la crisis post-bélica. Lo más importante de la previsión marxista
-la concentración capitalista- se ha realizado. Social-demócratas como
Hilferding, a cuya tesis se muestra más atento un político burgués como
Caillaux (V. Oú va la Fiance?*) que un teorizante socialista como Henri de Man,
aportan su testimonio científico a la comportación de este fenómeno. ¿Qué valor
tienen al lado del proceso de concentración capitalista, que confiere el más
decisivo poder a las oligarquías financieras y a los truts industriales, los
menudos y parciales reflujos de manera escrupulosa re-
--------------
*¿A dónde va Francia?
36
gistrados por un revisionismo negativo, que no se cansa de rumiar
mediocre e infatigablemente a Bernstein, tan superior, en forma evidente, como
ciencia y como mente, a sus presuntos continuadores?. En Alemania, acaba de
acontecer algo en que deberían meditar con provecho los teorizantes empeñados
en negar la relación de poder político y poder económico. El Partido Populista
(Deustche Volkspartei) castigado en las de su carácter de partido de la
burguesía industrial y financiera; y no puede afectarla la pérdida de algunos
asientos en el Reichstag*, ni aun si la social-democracia los gana en
proporción triple.
Lenin, jefe de una gran revolución proletaria, al mismo tiempo que autor
de obras de política y economía marxistas del valor de El Imperialismo, última
etapa del Capitalismo -hay que recordarlo porque de Man discurre como si lo
ignorase totalmente- plantea la cuestión económica en términos que los
"reconstructores" no han modificado absolutamente y que siguen
corres-pondiendo a los hechos. "El antiguo capitalismo -escribía Lenin, en
el estudio mencionado- ha terminado su tarea. El nuevo constituye una transición.
Encontrar "principios sólidos y un fin concreto" para conciliar el
monopolio y la libre concurrencia, es evidentemente tratar de resolver un
problema insoluble". "La democratización del sistema de acciones y
obligaciones, del cual los sofistas burgueses, oportunistas y
social-demócratas, esperan la "democratización" del capital, el
reforzamien-
--------------
* El antiguo Parlamento alemán
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to de la pequeña producción y muchas otras cosas, no es en definitiva
sino uno de los medios de acrecer la potencia de la oligarquía financiera. Por
esto, en los países capitalistas más avanzados o más experimentados, la
legislación permite que se emitan títulos del más pequeño valor. En Alemania la
ley no permite emitir acciones de menos de mil marcos y los magnates de la
finanza alemana consideran con un ojo envidioso a Inglaterra, donde la ley
permite emitir acciones de una libra esterlina. Siemens, uno de los más grandes
industriales y uno de los monarcas de la finanza alemana, declaraba en el
Reichstag el 7 de junio de 1900 que "la acción a una libra esterlina es la
base del imperialismo británico".
El capitalismo ha dejado de coincidir con el progreso. He aquí un hecho,
característico de la etapa del monopolio, que un intelectual tan preocupado
como Henri de Man de los valores culturales, no habría debido negligir en su
crítica. En el período de la libre concurrencia, el aporte de la ciencia
hallaba enérgico estímulo en las necesidades de la economía capitalista. El
inventor, el creador científico, concurrían al adelanto industrial y económico,
y la industria excitaba el proceso científico. El régimen del monopolio tiene
distinto efecto. La industria, la finanza comienzan a ver, como anota Caillaux,
un peligro en los descubrimientos científicos. El progreso de la ciencia se
convierte en un factor de inestabilidad industrial. Para defenderse de este riesgo,
un trust puede tener interés en sofocar o secuestrar un descubrimiento.
"Como todo monopolio -dice Lenin- el monopolio capitalista engendra
infaliblemente una tendencia a la estagnación y a la corrupción: en la medida
en que se fijan, aunque sean temporalmente, precios de monopolio, en que
desaparecen en cierta medida los estimulantes del pro-
38
greso técnico y, por consiguiente, de todo otro progreso, los
estimulantes de la marcha adelante, surge la posibilidad económica de entrabar
el progreso técnico". Gobernada la producción por una organización
financiera, que funciona como intermediaria entre el rentista y la industria,
en vez de la democratización del capital, que algunos creían descubrir en las
sociedades por acciones, tenemos un completo fenómeno de parasitismo: una
ruptura del proceso capitalista de la producción se acompaña de un relajamiento
de los factores a los que la industria moderna debe su colosal crecimiento.
Este es un aspecto de la producción en la que el gusto de de Man por las
pesquisas psicológicas podía haber descubierto motivos vírgenes todavía.
Pero de Man piensa que el capitalismo más que una economía es una
mentalidad, y reprocha a Bernstein los limites deliberados de su revisionismo
que, en vez de poner en discusión las hipótesis filosóficas de que partió el
marxismo, se esforzó en emplear el método marxista y continuar sus
indagaciones. Hay, pues, que buscar sus razones en otro terreno.
39
IV
La Filosofía Moderna y el Marxismo
Con lenguaje bíblico el poeta Paul Valery expresaba así en 1919 una
línea genealógica: "Y éste fue Kant, el cual engendró a Hegel, el cual
engendró a Marx, el cual engendró a ... ". Aunque la revolución rusa
estaba ya en acto, era todavía muy temprano para no contentarse prudentemente
con estos puntos suspensivos, al llegar a la descendencia de Marx. Pero en
1925, C. Achelin los reemplazó por el nombre de Lenin. Y es probable que el
propio Paul Valery, no encontrase entonces demasiado atrevido ese modo de completar
su pensamiento.
El materialismo histórico reconoce en su origen tres fuentes: la
filosofía clássica alemana, la economía inglesa y el socialismo francés. Este
es, precisamente, el concepto de Lenin. Conforme a él, Kant y Hegel anteceden y
originan a Marx primero y a Lenin después -añadimos nosotros- de la misma
manera que el capitalismo antecede y origina el socialismo. A la atención que
representantes tan conspicuos de la filosofía idealista, como los italianos
Croce y Gentile, han dedicado al fondo filosófico del pensamiento de Marx, no
es ajena, ciertamente, esta filiación evidente del materialismo histórico. La
dialéctica trascendental de Kant preludia, en la historia del pensamiento
moderno, la dialéctica marxista.
Pero esta filiación no importa ninguna servidumbre del marxismo a Hegel
ni a su filosofía
40
que, según la célebre frase, Marx puso de pie, contra el intento de su
autor, que la había parado de cabeza. Marx, en primer lugar, no se propuso
nunca la elaboración de un sistema filosófico de interpretación histórica,
destinado a servir de instrumento a la actuación de su idea política y
revolucionaria. Su obra, en parte, es filosofía, porque este género de
especulaciones no se reduce a los sistemas propiamente dichos, en los cuales,
como advierte Benedetto Croce -para quien es filosofía todo pensamiento que
tenga carácter filosófico-no se encuentra a veces sino su exterioridad. La
concepción materialista de Marx nace, dialécticamente, como antítesis de la
concepción idealista de Hegel. Y esta misma relación no aparece muy clara a
críticos tan sagaces como Croce. "El lazo entre las dos concepciones -dice
Croce- me parece, más que otra cosa, meramente psicológico, porque el
hegelianismo era la precultura del joven Marx y es natural que cada uno anude
los nuevos a los viejos pensamientos, como desenvolvimiento, como corrección,
como antítesis".
El empeño de quienes, como Henri de Man, condenan sumariamente al
marxismo, como un simple producto del racionalismo del siglo XIX, no puede ser,
pues más precipitado y caprichoso. El materialismo histórico no es,
precisamente, el materialismo metafísico o filosófico, ni es una Filosofía de
la Historia, dejada atrás por el progreso científico. Marx no tenía por qué
crear más que un método de interpretación histórica de la sociedad actual.
Refutando al profesor Stamler, Croce afirma que "el presupuesto del socialismo
no es una Filosofía de la Historia, sino una concepción histórica determinada
por las condiciones presentes de la sociedad y del modo como ésta ha llegado a
ellas". La crítica marxista estudia concretamente la sociedad capitalista.
Mientras el capitalismo no ha-
41
ya trasmontado definitivamente, el canon de Marx sigue siendo válido. El
socialismo, o sea la lucha por transformar el orden social de capitalista en
colectivista mantiene viva esa crítica, la continúa, la confirma, la corrige.
Vana es toda tentativa de catalogarla como una simple teoría científica,
mientas obre en la historia como evangelio y método de un movimiento de masas.
Porque "el materialismo histórico -habla de nuevo Croce- surgió de la
necesidad de darse cuenta de una determinada configuración social, no ya de un
propósito de investigación de los factores de la vida histórica; y se formó en
la cabeza de políticos y revolucionarios, no ya de fríos y acompasados sabios
de biblioteca".
Marx está vivo en la lucha que por la realización del socialismo libran,
en el mundo, innumerables muchedumbres, animadas por su doctrina. La suerte de
las teorías científicas o filosóficas, que él usó, superándolas y
trascendién-dolas, como elementos de su trabajo teórico, no compromete en lo
absoluto la validez y la vigencia de su idea. Esta es radicalmente extraña a la
mudable fortuna de las ideas científicas y filosóficas que la acompañan o
anteceden inmediatamente en el tiempo.
Henri de Man formula así su juicio: "El marxismo es un hijo del
siglo XIX. Sus orígenes se remontan a la época en que el reinado del
conocimiento intelectual, que inauguraran el humanismo y la Reforma, alcanzaba
su apogeo con el método racionalista. Este método tomó su santo y seña de las
ciencias naturales exactas, a las cuales se debía el progreso de las técnicas
de la producción y de la intercomunicación; y consiste en transportar el
principio de la causalidad mecánica, que se manifiesta en la técnica, a la
interpretación de los hechos psíquicos. Ve en el pensamiento racional, que la
psicología
42
contemporánea no reconoce más que como una función ordenadora e
inhibidora de la psíquica, la regla de todo deseo humano y de todo
desenvolvimiento social". Y, en seguida, agrega que "Marx hizo una
síntesis psicológica del pensamiento filosófico de su época" (conviniendo
en que era "singularmente en el propio orden sociológico, tan nueva y
vigorosa, que no es lícito dudar de su genial originalidad"), y que
"lo que se expresa en las doctrinas de Marx no son los movimientos de
ideas, que no han surgido sino, después de su muerte, de las profundidades de
la vida obrera y de la práctica social; es el materialismo causal de Darwin y
el idealismo teleológico de Hegel".
No son muy diversas las inapelables sentencias pronunciadas, de una
parte, por el futurismo1 y, de otra, por el tomismo, contra el socialismo
marxista. Marinetti junta en un solo haz, para fusilarlos más rápida e
implacablemente, a Marx, Darwin, Spencer y Comte, sin cuidarse de las
distancias que pueden mediar entre estos hombres, en sus conceptos igualmente
ochocentistas y, por tanto, ajusticiables. Y los neo-tomistas, partiendo del
extremo opuesto -de la reivindicación del medioevo contra la modernidad- descubren
en el socialismo la conclusión lógica de la Reforma y de todas las herejías
protestantes, liberales e individualistas. Así de Man no presenta siquiera el
mérito de la originalidad en el esfuerzo, perfectamente reaccionario, de
catalogar el marxismo entre los más específicos procesos mentales del
"estúpido" siglo diecinueve.
No hace falta reivindicar a este siglo contra la artificiosa y
superficial diatriba de sus execradores, para confutar al autor de Más allá del
--------------
1 Ver los Ensayos sobre Futurismo en La Escena Contemporánea, El Alma
Matinal y El Artista y la Época.
43
Marxismo. Ni hace falta siquiera demostrar que Darwin, como Spencer y
Comte, corresponden, en todo caso, de diversa manera, al modo de pensar del
capitalismo, igual que Hegel, de quien desciende -con el mismo título aparente
que el racionalismo revolucionario de Marx y Engels- el racionalismo
conservador de los historiadores que aplicaron la fórmula «todo lo racional es
real», a la justificación de los despotismos y las plutocracias. Si Marx no
pudo basar su plan político ni su concepción histórica en la biología de De
Vries, ni en la psicología de Freud, ni en la física de Einstein, ni más ni
menos que Kant en su elaboración filosófica tuvo que contentarse con la física
newtoniana y la ciencia de su tiempo: el marxismo -o sus intelectuales- en su
curso superior, no ha cesado de asimilar lo más sustancial y activo de la
especulación filosófica e histórica post-hegeliana o post-racionalista. Georges
Sorel, tan influyente en la formación espiritual de Lenin, ilustró el
movimiento revolucionario socialista -con un talento que Henri de Man
seguramente ignora, aunque en su volumen omita toda cita del autor de
Reflexiones sobre la violencia- a la luz de la filosofía bergsoniana,
continuando a Marx que, cincuenta años antes, lo había ilustrado a la luz de la
filosofía de Hegel, Fichte y Feuerbach. La literatura revolucionaria no abunda,
como le gustaría a de Man, en eruditas divulgaciones de psicología, metafísica,
estética, etc., por que tiene que atender a objetivos concretos de agitación y
crítica. Pero, fuera de la prensa oficial de partido, en revistas como Clarté*
y La Lutte des Classes** de París, Unter den Banner des Marxismos*** de Berlin,
etc., en-
--------------
* Claridad. Ver el ensayo del
autor en El Artista y la Época.
** "La lucha de
clases".
*** "Bajo los estandartes del
Marxismo".
44
contraría las expresiones de un pensamiento filosófico bastante más
serio que el de su tentativa revisionista.
Vitalismo, activismo, pragmatismo, relativismo, ninguna de estas
corrientes filosóficas, en lo que podían aportar a la Revolución, han quedado
al margen del movimiento intelectual marxista. Williams James no es ajeno a la
teoría de los mitos sociales de Sorel, tan señaladamente influida, de otra
parte por Wilfredo Pareto. Y la revolución rusa, en Lenin, Trotsky y otros, ha
producido un tipo de hombre pensante y operante, que debía dar algo que pensar
a ciertos filósofos baratos llenos de todos los prejuicios y supersticiones
racionalistas, de que se imaginan purgados e inmunes.
Marx inició este tipo de hombre de acción y pensamiento. Pero en los
líderes de la revolución rusa aparece, con rasgos más definidos, el ideólogo
realizador. Lenin, Trotsky, Bukharin, Lunatcharsky, filosofan en la teoría y la
praxis. Lenin deja, al lado de sus trabajos de estratega de la lucha de clases,
su Materialismo y Empiriocriticismo. Trotsky, en medio del trajín de la guerra
civil y de la discusión de partido, se da tiempo para sus meditaciones sobre
Literatura y Revolución. ¿Y en Rosa Luxemburgo, acaso no se unimisman, a toda
hora, la combatiente y la artista? ¿Quién, entre los profesores, que Henri de
Man admira, vive con más plenitud e intensidad de idea y creación? Vendrá un
tiempo en que, a despecho de los engreídos catedráticos, que acaparan hoy la
representación oficial de la cultura, la asombrosa mujer que escribió desde la
prisión esas maravillosas cartas a Luisa Kautsky, despertará la misma devoción
y encontrará el mismo reconocimiento que una Teresa de Ávila. Espíritu más
filosófico y moderno que toda la caterva pedante que la ignora - activo y
contemplativo, al mismo tiempo-
45
puso en el poema trágico de su existencia el heroísmo, la belleza, la
agonía y el gozo, que no enseña ninguna escuela de la sabiduría.
En vez de procesar al marxismo por retraso o indiferencia respecto a la
filosofía contemporánea, sería el caso, más bien, de procesar a ésta por
deliberada y miedosa incomprensión de la lucha de clases y del socialismo. Ya
un filósofo liberal como Benedetto Croce -verdadero filósofo y verdadero
liberal- ha abierto este proceso, en términos de inapelable justicia2 antes de
que otro filósofo, idealista y liberal también, y continuador y exégeta del
pensamiento hegeliano, Giovanni Gentile, aceptase un puesto en
--------------
2 Indagando las culpas de las generaciones inmediatamente precedentes,
Croce las define y denuncia así:
"Dos grandes culpas: una contra el Pensamiento, cuando por protesta
contra la violencia ocasionada a las ciencias empíricas (que era el motivo en
cierto modo legítimo) y por la ignavia mental (que era el ilegítimo) se quiso,
después de Kant, Fichte y Hegel, tornar atrás, y se abandonó el principio de la
potencia del pensamiento para abarcar y dominar toda la realidad, la cual no
es, y no puede ser otra cosa, sino espiritualidad y pensamiento. Al principio,
no se desconocía propia y abiertamente la potencia del pensamiento y solamente
se le cambió en la de la observación y el experimento; pero, puesto que estos
procedimientos empíricos debían necesariamente probarse insuficientes, la
realidad real apareció como un más allá inaprehensible, un incognoscible, un
misterio, y el positivismo generó de su seno el misticismo y las renovadas
formas religiosas. Por esta razón he dicho que los dos períodos, tomados en
examen, no se pueden separar netamente y poner en contraste entre sí: de este
lado el positivismo, al frente el misticismo; porque éste es hijo de aquél. Un
positivista después de la gelatina de los gabinetes, no creo que tenga otra
cosa más cara que el incognoscible, esto es la gelatina en la cual se cultiva
el microbio del misticismo".
"Pero la otra culpa requeriría el análisis de las condiciones
económicas y de las luchas sociales del siglo decimonono y en particular de
aquel gran movimiento histórico que es el socialismo, o sea la entrada de la
clase obrera en la arena política. Hablo desde un aspecto general; y trasciendo
las pasiones y las contingencias del lugar y del momento. Como historiador y
como observador político, no ignoro que tal o cual hecho que toma el nombre de
socialismo, en tal o cual otro lugar o tiem-
46
las brigadas del fascismo, en promiscua sociedad con los más dogmáticos
neotomistas y los más incandescentes anti-intelectuales (Marinetti y su
patrulla).
La bancarrota del positivismo y del cientificismo, como filosofía, no
com-prende absolutamente la posición del marxismo. La teoría y la política de
Marx se cimentan invariablemente en la ciencia, no en el cientificismo. Y en la
ciencia quieren reposar hoy, como lo observa Benda, todos los programas
políticos, sin excluir a los más reaccionarios y anti-históricos. Brunetiére,
que proclama la quiebra de la ciencia, ¿no se complacía acaso en maridar
catolicismo y
--------------
po, puede ser con mayor o menor razón contrastado; como por lo demás
sucede con cualquier otro programa político, que es siempre contingente y puede
ser más o menos extravagante e inmaturo y celar un con-tenido diverso de su
forma aparente. Mas, bajo el aspecto general, la pretensión de destruir el
movimiento obrero, nacido del seno de la burguesía, sería como pretender
cancelar la Revolución Francesa, la cual creó el dominio de la burguesía; más
aún, el absolutismo iluminado del siglo décimo octavo, que preparó la
revolución; y poco a poco suspirar por la restauración del feudalismo y del
Sacro Imperio Romano, y por añadidura por el regreso de la historia a sus
orígenes: donde no sé si se encontraría el comunismo primitivo de los
sociólogos (y la lengua única del profesor Trombetti), pero no se encontraría,
ciertamente, la civilización. Quien se pone a combatir el socialismo, no ya en
éste o en aquel momento de la vida de un país, sino en general (digamos así, en
su exigencia) está constreñido a negar la civilización y el mismo concepto
moral en que la civilización se funda. Negación imposible; negación que la
palabra rehúsa pronunciar, y que por esto ha dado origen a los inefables
ideales de la fuerza por la fuerza, del imperialismo, del aristocratismo, tan
feos que sus mismos asertores no tienen ánimo de proponerlos en toda su
rigidez, y ora los moderan mezclándoles elementos heterogéneos, ora los
presentan con cierto aire de bizarría fantástica y de paradoja literaria, que
debería servir a hacerlos aceptables. O bien ha hecho surgir, por contragolpe,
los ideales, peor que feos, tontos, de la paz, del quietismo y de la no
resistencia al mal". (Crítica,1907 y La letteratura della nuova Italia,
vol IV, p.187). (Nota del Autor).
47
positivismo? ¿Y Maurrás no se reclama igualmente hijo del pensamiento
científico? La religión del porvenir, como piensa Waldo Frank, descansará en la
ciencia, si alguna creencia ha de ascender a la categoría de verdadera
religión.
49
V
Rasgos y Espíritu del Socialismo Belga
No son arbitrarias las alusiones que el lector ha encontrado en el curso
de este estudio a la nacionalidad de Henri de Man. El caso de Man se explica,
en gran parte, por el proceso de la lucha de clases en su país. Su tesis se
alimenta de la experiencia belga. Quiero explicar esto antes de seguir adelante
en el examen de sus proposiciones. El lector puede encerrar esta disgresión
dentro de un paréntesis.
Bélgica es el país de Europa con el que se identifica más el espíritu de
la II Internacional. En ninguna ciudad encuentra mejor su clima, que en
Bruselas, el reformismo occidental. Berlín, París significarían una sospechosa
y envidiada hegemonía de la social-democracia alemana o de la S.F.I.O*.
La II Internacional ha preferido habitualmente para sus asambleas
Bruselas, Amsterdam, Berna. Sus sedes características son Bruselas y Amsterdam.
(El Labour Party** británico ha guardado en su política mucho de la situación
insular de Inglaterra).
Vandervelde, De Brouckére, Huysman han hecho temprano su aprendizaje de
funcionarios de la II Internacional. Este trabajo les ha comunicado,
forzosamente, cierto aire diplomático, cierto hábito de mesura y equilibrio,
fácilmen-
--------------
* Sección Francesa de la
Internacional Obrera
** Partido Laborista
50
te asequibles a su psicología burocrática y pequeño-burguesa de
socialistas belgas.
Porque Bélgica no debe a su función de hogar de la II Internacional el
tono menor de su socialismo. Desde su origen, el movimiento socialista o
proletario de Bélgica, se resiente del influjo de la tradición pequeña-burguesa
de un pueblo católico y agrícola, apretado entre dos grandes nacionalidades
rivales, fiel todavía en sus burgos a los gustos de artesanado,
insuficientemente conquistado por la gran industria. Sorel no ahorra, en su
obra, duros sarcasmos sobre Vandervelde y sus correligionarios. "Bélgica
-escribe en Reflexiones sobre la Violencia- es uno de los países donde el
movimiento sindical es más débil; toda la organización del socialismo está
fundada sobre la panadería, la epicerie* y la mercería, explotadas por comités
del partido; el obrero, habituado largo tiempo a una disciplina clerical, es
siempre un inferior, que se cree obligado a seguir la dirección de las gentes
que le venden los productos de que ha menester, con una ligera rebaja, y que lo
abrevan de arengas sean católicas, sean socialistas. No solamente encontramos
el comercio de víveres erigido en sacerdocio, sino que es de Bélgica de donde
nos vino la famosa teoría de los servicios públicos, contra la cual Guesde
escribió, en 1883, un tan violento folleto y que Deville llamaba, al mismo
tiempo, una deformación belga del colectivismo. Todo el socialismo belga tiende
al desarrollo de la industria del Estado, a la constitución de una clase de
trabajadores-funcionarios, sólidamente disciplinada bajo la mano de hiero de
los jefes que la democracia aceptaría". Marx, como se sabe, juzgaba a
Bélgica el paraíso de los capitalistas.
--------------
* Sitio donde venden el pan de especias.
51
En la época de tranquilo apogeo de la social-democracia lassaliana y
jauresiana, estos juicios no eran, sin duda, muy populares. Entonces, se miraba
a Bélgica como el paraíso de la reforma, más bien que del capital. Se admiraba
el espíritu progresista de sus liberales, alacres y vigilantes defensores de la
laicidad; de sus católicos-sociales, vanguardia del Rerum Novarum*, de sus
socialistas, sabiamente abastecidos de oportunismo lassalliano y de elocuencia
jauresiana. Eliseo Reclus había definido a Bélgica como "el campo de
experiencia de Europa". La democracia occidental sentía descansar su
optimismo en este pequeño Estado, en que parecían dulcificarse todos los
antagonismos de clase y de partido.
El proceso de la guerra quiso que en esta beata sede de la II
Internacional, la política de la "unión sagrada"3 llevara a los
socialistas al más exacerbado nacionalismo. Los líderes del internacionalismo
se convirtieron en excelentes Ministros de la monarquía. De aquí proviene,
evidentemente, en gran parte, la desilusión de Henri de Man respecto al
internacionalismo de los socialistas. Sus inmediatos puntos de referencia están
en Bruselas, la capital donde Jaurés pronunciara inútilmente, dos días antes
del desencadenamiento de la guerra, su última arenga internacionalista.
En su erección nacionalista, ante la invasión, Bélgica mostró mucha más
grandeza y coraje que en su oficio pacifista e internacional de bureau del
socialismo europeo. "El sentimiento de la falta de heroísmo -afirma Piero
Go-
--------------
* Encíclica de León XIII, en
que plantea la posición de la Iglesia Católica frente al problema social.
3 Sobre la "Unión Sagrada" ver la serie de referencias que, en
torno a ella, formula José Carlos Mariátegui en La Escena Contemporánea (N. de
los E.)
52
betti- nos debe explicar los improvisos gestos de dignidad y de
altruismo en este pueblo utilitarista y calculador que, en 1830 como en 1924,
en todos los grandes cruceros de su historia, sabe comportarse con desinterés
señorial". Para Gobetti -a quien no se puede atribuir el mismo humor de
polémica con Vandervelde que a Sorel- la vida normal de Bélgica sufre de la
ausencia de lo sublime y de lo heroico. Gobetti completa la diagnosis
soreliana. "La fuerza de Bélgica -observa- está en el equilibrio realizado
entre agricultura, industria y comercio. Resulta de esto la feliz mediocridad
de las tierras fértiles y cerradas. Las relaciones con el exterior son
extremamente deli-cadas; ninguna audacia le es consentida impunemente; todas
las crisis mundiales repercuten con gran sensibilidad en su comercio, en su
capacidad de expansión, amenazando a cada rato constreñirlo en las posiciones
seguras pero insoportables de su equilibrio casero. Bélgica es un pueblo de
tipo caseo y provincial, empujado, por la situación absurda y afortunada, a
jugar siempre un rol superior a sus fuerzas en la vida europea". A las
conse-cuencias de la tradición y la mecánica de la vida belga, no podía escapar
el movimiento obrero y socialista. "La práctica de la lucha de clases -agrega
Gobetti- no era consentida por las mismas exigencias idílicas de una industria
experimental y de una agricultura que acerca y adapta a todas las clases. La
mediocridad es enemiga hasta de la desesperación. Un país en el cual se
experimenta, no puede dejar de cultivar la discreción de los gestos, la quietud
modesta y optimista. Además, aunque del 1848 al 1900, han desaparecido casi
completamente en Bélgica los artesanos y la industria a domicilio, el instinto
pequeño-burgués ha substituido en el operario de la gran industria, que a veces
es contemporáneamente agricultor y obrero y siempre, habitado a treinta o
cuaren-
53
ta kilómetros de la fábrica, se sustrae a la vida y a la psicología de
la ciudad, escuela del socialismo intransigente". A juicio de Gobetti, los
líderes del socialismo belga "han conducido a los obreros de Bélgica a la
vanguardia del cooperativismo y del ahorro, pero los han dejado sin un ideal de
lucha. Después de treinta años de vida política se hallan de representantes
naturales de un socialismo áulico y obligatorio, y continuador de las funciones
conservadoras".
La consideración de estos hechos nos explica no sólo la entonación
general de la larga obra de Vandervelde, el actual huésped del socialismo
argentino, sino también la inspiración del libro derrotista y desencantado de
Henri de Man, quien poco antes de la guerra fundara una "central de
educación", de la que proceden justamente los animadores del primer
movimiento comunista belga. Henri de Man, como él mismo lo dice en su libro, no
pudo acompañar a sus amigos, en su trayectoria heroica. Malhumorado y pesimista,
regresa, por esto, al lado de Vandervelde.
55
VI
Ética y Socialismo
No son nuevos los reproches al marxismo por su supuesta anti-eticidad,
por sus móviles materialistas, por el sarcasmo con que Marx y Engels tratan en
sus páginas polémicas la moral burguesa. La crítica neo-revisionista no dice, a
este respecto, ninguna cosa que no hayan dicho antes utopistas y fariseos de
toda marca. Pero la reivindicación de Marx, desde el punto de vista ético, la
ha hecho ya también Benedetto Croce -este es uno de los representantes más
autorizados de la filosofía idealista, cuyo dictamen parecerá a todos más
decisivo que cualquier deploración jesuíta de la inteligencia pequeño-burguesa-
. En uno de sus primeros ensayos sobre el materialismo histórico, confutando la
tesis de la anti-eticidad del marxismo, Croce escribía lo siguiente: "Esta
corriente ha estado principalmente determinada por la necesidad en que se
encontraron Marx y Engels, frente a las varias categorías de utopistas, de
afirmar que la llamada cuestión social no es una cuestión moral (o sea, según
se ha de interpretar, no se resuelve con prédicas y con los medios llamados
morales) y por su acerba crítica de las ideologías e hipocresías de clase. Ha
estado luego ayudada, según me parece, por el origen hegeliano del pensamiento
de Marx y Engels, siendo sabido que en la filosofía hegeliana la ética pierde
la rigidez que le diera Kant y le conservara Herbart. Y, finalmente, no carece
en esto de eficacia la denominación de "materialis-
56
mo" que hace pensar en seguida en el interés bien entendido y en el
cálculo de los placeres. Pero es evidente que la idealidad y lo absoluto de la
moral, en el sentido filosófico de tales palabras, son presupuesto necesario
del socialismo. ¿No es, acaso, un interés moral o social, como se quiera decir
el interés que nos mueve a construir un concepto del sobrevalor? ¿En economía
pura, se puede hablar de plusvalía? ¿No vende el proletariado su fuerza de
trabajo por lo que vale, dada su situación en la presente sociedad? Y, sin ese
presupuesto moral ¿cómo se explicaría, junto con la acción política de Marx, el
tono de violenta indignación o de sátira amarga que se advierte en cada página
de El Capital?" (Materialismo Storico ed Economía Marxística). Me ha
tocado ya apelar a este juicio de Croce, a propósito de algunas frases de
Unamuno, en La Agonía del Cristianismo, obteniendo que el genial español, al
honrarme con su respuesta, escribiera que, en verdad, Marx no fue un profesor
sino un profeta.
Croce ha ratificado explícitamente, más de una vez, las palabras
citadas. Una de sus conclusiones críticas sobre la materia es, precisamente,
"la negación de la intrínseca amoralidad o de la intrínseca anti-eticidad
del marxismo". Y, como en el mismo escrito, se maravilla de que nadie
"haya pensado en llamar a Marx, a título de honor, el Maquiavelo del
proletariado", hay que encontrar la explicación y cabal de su concepto en
su defensa del autor de El Príncipe, tan perseguido igualmente por las
deploraciones de sus pósteros. Sobre Maquiavelo, Croce ha escrito que
"descubre la necesidad y la autonomía de la política, que está más allá
del bien y del mal moral, que tiene sus leyes contra las cuales es vano
rebelarse y a la que no se puede exorcizar o arrojar del mundo con el agua
bendita". Maquiavelo, en opinión de Croce, se presenta "co-
57
mo dividido de ánimo y de mente acerca de la política, de la cual ha
descubierto la autonomía y que le aparece ora triste necesidad de envilecerse
las manos por tener que habérselas con gente bruta, ora arte sublime de fundar
y sostener aquella gran institución que es el Estado" (Elimenti di
politica). El parecido entre los dos casos ha sido expresamente indicado por el
propio Croce, en estos términos: "Un caso, análogo en ciertos aspectos a
éste de las discusiones sobre la ética de Marx, es la crítica tradicional de la
ética de Maquiavelo: crítica que fue superada por De Sanctis (en el capítulo en
torno a Maquiavelo de su Storia della letteratura), pero que retorna de
continuo y se afirma en la obra del profesor Villari, quien halla la
imperfección de Maquiavelo en esto: en que él no se propuso la cuestión moral.
Y me ha ocurrido siempre preguntarme por qué obligación, por qué contrato
Maquiavelo debía tratar toda suerte de cuestiones, inclusive aquéllas por las
cuales no creía tener nada que decir. Sería lo mismo que reprochar, a quien
haga investigaciones de Química, el no remontarse a las investigaciones
generales metafísicas sobre los principios de lo real".
La función ética del socialismo -respecto a la cual inducen sin duda a
error las presurosas y sumarias exorbitancias de algunos marxistas como
Lafargue-debe ser buscada, no en grandilocuentes decálogos, ni en
especulaciones filosóficas, que en ningún modo constituían una necesidad de la
teorización marxista, sino en la creación de una moral de productores por el
propio proceso de la lucha anticapitalista. "En vano -ha dicho Kautsky- se
busca inspirar al obrero inglés con sermones morales una concepción más elevada
de la vida, el sentimiento de más nobles esfuerzos. La ética del proleta-
58
riado emana de sus aspiraciones revolucionarias; son ellas las que le
dan más fuerza y elevación. Es la idea de la revolución lo que ha salvado al
proleta-riado del rebajamiento". Sorel agrega que para Kautsky la moral
está siempre subordinada a la idea de lo sublime y, aunque en desacuerdo con
muchos marxistas oficiales que extremaron las paradojas y burlas sobre los
moralistas, conviene en que «los marxistas tenían una razón particular para
mostrarse desconfiados de todo lo que tocaba a la ética; los propagandistas de
reformas sociales, los utopistas y los demócratas habían hecho tal abuso de la
Justicia que existía el derecho de mirar toda disertación al respecto como un
ejercicio de retórica o como una sofística, destinada a extraviar a las
personas que se ocupaban en el movimiento obrero".
Al pensamiento soreliano de Eduardo Berth debemos una apología de esta
función ética del socialismo. "Daniel Halevy -dice Berth- parece creer que
la exaltación del productor debe perjudicar a la del hombre; me atribuye un
entusiasmo totalmente americano por una civilización industrial. No es así
absolutamente; la vida del espíritu libre me es tan cara como a él mismo, y
estoy lejos de creer que no hay más que la producción en el mundo. Es siempre,
en el fondo, el viejo reproche hecho a los marxistas, a quienes se acusa de
ser, moral y metafísicamente, materialistas. Nada más falso; el materialismo
histórico no impide en ningún modo el más alto desarrollo de lo que Hegel
llamaba el espíritu libre o absoluto; es, por el contrario, su condición
preliminar. Y nuestra esperanza es, precisamente, que en una sociedad asentada
sobre una amplia base económica, constituida por una federación de talleres
donde obreros libres estarían animados de un vivo entusiasmo por la producción,
el arte, la
59
religión y la filosofía podrán tomar un impulso prodigioso y el mismo
ritmo ardiente y frenético transportará hacia las alturas».
La sagacidad, no exenta de fina ironía francesa, de Luc Durtain constata
este ascendiente religioso del marxismo, en el primer país cuya constitución se
conforma a sus principios. Históricamente estaba ya comprobado, por la lucha
socialista de Occidente, que lo sublime proletario no es una utopía intelectual
ni una hipótesis propagandística.
Cuando Henri de Man, reclamando al socialismo un contenido ético, se
esfuerza en demostrar que el interés de clase no puede ser por sí solo motor
suficiente de un orden nuevo, no va absolutamente "más allá del
marxismo", ni repara en cosas que no hayan sido ya advertidas por la
crítica revolucio-naria. Su revisionismo ataca al sindicalismo reformista, en
cuya práctica el interés de clase se contenta con la satisfacción de limitadas
aspiraciones materiales. Una moral de productores, como la concibe Sorel, como
la concebía Kautsky, no surge mecánicamente del interés económico: se forma en
la lucha de clases, librada con ánimo heroico, con voluntad apasionada. Es
absurdo buscar el sentimiento ético del socialismo en los sindicatos
aburgue-sados -en los cuales una burocracia domesticada ha enervado la
conciencia de clase- o en los grupos parlamentarios, espiritualmente asimilados
al enemigo que combaten con discursos y mociones. Henri de Man dice algo
perfecta-mente ocioso cuando afirma: "El interés de clase no lo explica
todo. No crea móviles éticos". Estas constataciones pueden impresionar a
cierto género de intelectuales novecentistas que, ignorando clamorosamente el
pensamiento marxista, ignorando la historia de la lucha de clases, se imaginan
fácilmente, como Henri de Man, rebasar los límites de Marx
60
y su escuela. La ética del socialismo se forma en la lucha de clases.
Para que el proletariado cumpla, en el progreso moral, su misión histórica, es
necesario que adquiera consciencia previa de su interés de clase; pero el
interés de clase, por sí solo, no basta. Mucho antes de Henri de Man, los
marxistas lo han entendido y sentido perfectamente. De aquí, precisamente,
arrancan sus acérrimas críticas contra el reformismo poltrón. "Sin teoría
revolucionaria, no hay acción revolucionaría" repetía Lenin, aludiendo a
la tentativa amarilla a olvidar el finalismo revolucionario por atender sólo a
las circunstancias presentes.
La lucha por el socialismo eleva a los obreros, que con extrema energía
y absoluta convicción toman parte en ella, a un ascetismo, al cual es
totalmente ridículo echar en cara su credo materialista, en el nombre de una
moral de teorizantes y filósofos. Luc Durtain, después de visitar una escuela
soviética, preguntaba si no podría encontrar en Rusia una escuela laica, a tal
punto le parecía religiosa la enseñanza marxista. El materialista, si profesa y
sirve su fe religiosamente, sólo por una convención del lenguaje puede ser
opuesto o distinguido del idealista. (Ya Unamuno, tocando otro aspecto de la
oposición entre idealismo y materialismo, ha dicho que "como eso de la
materia no es para nosotros más que una idea, el materialismo es
idealismo").
El trabajador, indiferente a la lucha de clases, contento con su tenor
de vida, satisfecho de su bienestar material, podrá llegar a una mediocre moral
burguesa, pero no alcanzará jamás a elevarse a una ética socialista. Y es una
impostura pretender que Marx quería separar al obrero de su trabajo, privarlo
de cuanto espiritualmente lo une a su oficio, para que de él se adueñase mejor
el demonio de la lucha de cla-
61
ses. Esta conjetura sólo es concebible en quienes se atienen a las
especula-ciones de marxistas, como Lafargue, el apologista del derecho a la
pereza.
La usina, la fábrica, actúan en el trabajador psíquica y mentalmente. El
sindicato, la lucha de clases, continúan y completan el trabajo, la educación
que ahí empieza. "La fábrica -apunta Gobetti- da la precisa visión de la
coexistencia de los intereses sociales: la solidaridad del trabajo. El
individuo se habitúa a sentirse parte de un proceso productivo, parte
indispensable del mismo modo que insuficiente. He aquí la más perfecta escuela
de orgullo y humildad. Recordaré siempre la impresión que tuve de los obreros,
cuando me ocurrió visitar las usinas de la Fiat, uno de los pocos
establecimientos anglosajones, modernos, capitalistas, que existen en Italia.
Sentía en ellos una actitud de dominio, una seguridad sin pose, un desprecio
por toda suerte de diletantismo. Quien vive en una fábrica, tiene la dignidad
del trabajo, el hábitoal sacrificio y a la fatiga. Un ritmo de vida que se
funda severamente en el sentido de tolerancia z de interdependencia, que
habitua a la puntualidad, al rigor, a la continuidad. Estas virtudes del
capitalismo, se resienten de un ascetismo casi árido; pero, en cambio, el
sufrimiento contenido alimenta, con la exasperación, el coraje de la lucha y el
instinto de la defensa política. La madurez anglo-sajona, la capacidad de creer
en ideologías precisas, de afrontar los peligros por hacerlas prevalecer, la
voluntad rígida de practicar dignamente la lucha política, nacen en este
noviciado, que significa la más grande revolución sobrevenida después del
Cristianismo". En este ambiente severo, de persistencia, de esfuerzo, de
tenacidad, se han templado las energías del socialismo europeo que, aun en los
países donde el reformismo parla-
62
mentario prevalece sobre las masas, ofrece a los indo-americanos un
ejemplo tan admirable de continuidad y de duración. Cien derrotas han sufrido
en esos países los partidos socialitas, las masas sindicales. Sin embargo, cada
nuevo año, la elección, la protesta, una movilización cualquiera, ordinaria y
extraordinaria, las encuentra siempre acrecidas y obstinadas. Renán reconocía
lo que de religioso y de místico había en esta fe social. Labriola enaltecía
con razón, en el socialismo alemán, "este caso verdaderamente nuevo e
imponente de pedagogía social, o sea que en un número tan grande de obreros y
de pequeños burgueses se forme una conciencia nueva, a la cual concurren en
igual medida el sentimiento director de la situación económica, que induce a la
lucha, y la propaganda del socialismo, entendido como meta y punto de
arribo". Si el socialismo no debiera realizarse como orden social,
bastaría esta obra formidable de educación y elevación para justificarlo en la
historia. El propio de Man admite este concepto al decir, aunque con distinta
intención, que "lo esencial en el socialismo es la lucha por él",
frase que recuerda mucho aquéllas en que Bernstein aconsejaba a los socialistas
preocuparse del movimiento y no del fin, diciendo, según Sorel, una cosa mucho
más filosófica de lo que el líder revisionista pensaba.
De Man no ignora la función pedagógica, espiritual del sindicato y la
fábrica, aunque su experiencia sea mediocremente social-democrática. "Las
organizaciones sindicales –observa- contribuyen, mucho más de lo que suponen la
mayor parte de los trabajadores y casi todos los patrones, a estrechar los
lazos que unen al obrero al trabajo. Obtienen este resultado casi sin saberlo,
procurando sostener la aptitud profesional y desarrollar la enseñanza
industrial, al organizar el derecho de inspección de los obre-
63
ros y democratizar la disciplina del taller, por el sistema de delegados
y secciones, etc. De este modo prestan al obrero un servicio mucho menos
problemático, considerándolo como ciudadano de una ciudad futura, antes que
buscando el remedio en la desaparición de todas las relaciones psíquicas entre
el obrero y el medio ambiente del taller". Pero el neo-revisionista belga,
no obstante sus alardes idealistas, encuentra la ventaja y el mérito de esto en
el creciente apego del obrero a su bienestar material y en la medida en que
éste hace de él un filisteo. ¡Paradojas del idealismo pequeño-burgués!
65
VII
El Determinismo Marxista
Otra actitud frecuente de los intelectuales que se entretienen en roer
la bibliografía marxista, es la de exagerar interesadamente el determinismo de
Marx y su escuela con el objeto de declararlos, también desde este punto de
vista, un producto de la mentalidad mecanicista del siglo XIX, incompatible con
la concepción heroica, voluntarista de la vida, a que se inclina el mundo
moderno, después de la Guerra. Estos reproches no se avienen con la crítica de
las supersticiones racionalistas y utopísiticas y de fondo místico del
movimiento socialista. Pero Henri de Man no podía dejar de echar mano de un
argumento que tan fácil estrago hace en los intelectuales del Novecientos,
seducidos por el esnobismo de la reacción contra el "estúpido siglo
diecinueve". El revisionista belga observa, a este respecto, cierta
prudencia. "Hay que hacer constar -declara- que Marx no merece el reproche
que con frecuencia se le dirige de ser un fatalista, en el sentido de que
negara la influencia de la volición humana en el desarrollo histórico; lo que
ocurre es que considera esta volición como predeterminada". Y agrega que
"tienen razón los discípulos de Marx, cuando defienden a su maestro del
reproche de haber predicado esa especie de fatalismo". Nada de esto le impide,
sin embargo, acusarlos de su "creencia en otro fatalismo, el de los fines
categoriales ineluctables", pues "según la concepción marxista, hay
una volición social sometida
66
a leyes, la cual se cumple por medio de la lucha de clases y el
resultado ineluctable de la evolución económica que crea oposiciones de
intereses".
En sustancia, el neo-revisionismo adopta, aunque con discretas
enmiendas, la crítica idealista que reivindica la acción de la voluntad y del
espíritu. Pero esta crítica concierne sólo a la ortodoxia social-democrática
que como ya está establecido, no es ni ha sido marxista sino lasalliana, hecho
probado hasta por el vigor con que se difunde hoy en la social-democracia
tudesca esta palabra de orden: "el retorno a Lasalle". Para que esta
crítica fuera válida habría que empezar por probar que el marxismo es la
social-democracia, trabajo que Henri de Man se guarda de intentar. Reconoce por
el contrario en la III Internacional la heredera de la Asociación Internacional
de Trabajadores, en cuyas asambleas alentaba un misticismo muy próximo al de la
cristiandad de las catacumbas, Y consigna en su libro este juicio explícito:
"Los marxistas vulgares del comunismo son los verdaderos usufructuarios de
la herencia marxiana. No lo son en el sentido de que comprenden a Marx mejor
con referencia a su época, sino porque lo utilizan con más eficacia para las
tareas de su época, para la realización de sus objetivos. La imagen que de Marx
nos ofrece Kautsky se parece más al original que la que Lenin popularizó entre
sus discípulos; pero Kautsky ha comentado una política en que Marx no ha
influido nunca, mientras que las palabras que, como santo y seña, tomó Lenin de
Marx son la misma política después de muerto éste y continuancreando realidades
nuevas".
A Lenin se le atribuye una frase que enaltece Unamuno en su La Agonía
del Cristianismo; la que pronunciara una vez, contradiciendo a alguien que le
observaba que su esfuerzo iba
67
contra la realidad: "¡Tanto peor para la realidad!". El
marxismo, donde se ha mostrado revolucionario -vale decir donde ha sido
marxismo- no ha obedecido nunca a un determinismo pasivo y rígido. Los
reformistas resistieron a la Revolución, durante la agitación revolucionaria
post-bélica, con razones del más rudimentario determinismo económico. Razones
que, en el fondo, se identificaban con las de la burguesía conservadora, y que
denunciaban el carácter absolutamente burgués, y no socialista, de ese determinismo.
A la mayoría de sus críticos, la Revolución rusa aparece, en cambio como una
tentativa racionalista, romántica, antihistórica, de utopistas fanáticos. Los
reformistas de todo calibre, en primer término, reprueban en los
revolucionarios su tendencia a forzar la historia, tachando de
"blanquista" y "putschista" la táctica de los partidos de
la III Internacional.
Marx no podía concebir ni proponer sino una política realista y, por
esto, extremó la demostración de que el proceso mismo de la economía
capitalista, cuanto más plena y vigorosamente se cumple, conduce al socialismo;
pero entendió, siempre como condición previa de un nuevo orden, la capacitación
espiritual e intelectual del proletariado para realizarlo, a través de la lucha
de clases. Antes que Marx, el mundo moderno había arribado ya a un momento en
que ninguna doctrina política y social podía aparecer en contradicción con la
historia y la ciencia. La decadencia de las religiones tiene un origen
demasiado visible en su creciente alejamiento de la experiencia histórica y
científica. Y sería absurdo pedirle una concepción política, eminentemente
moderna e todos sus elementos, como el socialismo, indiferencia por este orden
de consideraciones. Todos los movimientos políticos contemporáneos, a comenzar
por loa más reaccionarios, se caracterizan, como lo observa
68
Benda en su Trahison des Cleres*, por su empeño en atribuirse una
estricta correspondencia con el curso de la historia. Para los reaccionarios de
L'Action Française**, literalmente más positivistas que cualquier
revolucionario, todo el período que inauguró la revolución liberal, es monstruosamente
romántico y antihistórico. Los límites y función del determinismo marxista
están fijados desde hace tiempo. Críticos ajenos a todo criterio de partido,
como Adriano Tilgher, suscriben la siguiente intepretación: "La táctica
socialista, para conducir a buen éxito, debe tener en cuenta la situación
histórica sobre la cual le toca operar y, donde ésta es todavía inmatura para
la instauración del socialismo, guardarse bien de forzarle la mano; pero, de
otro lado, no debe remitirse quietistamente a la acción de los sucesos, sino,
insertándose en su curso, tender siempre más a orientarlos en sentido
socialista, de modo de hacerlos maduros para la transformación final. La
táctica marxista es, así, dinámica y dialéctica como la doctrina misma de Marx:
la voluntad socialista no se agita en el vacío, no prescinde de la situación
preexistente, no se ilusiona de mudarla con llamamientos al buen corazón de los
hombres, sino que se adhiere sólidamente a la realidad histórica, mas no
resignándose pasivamente a ella; antes bien, reaccionado contra ella siempre
más enérgica-mente, en el sentido de reforzar económica y espiritualmente al
proletariado, de acentuar en él la conciencia de su conflicto con la burguesía,
hasta que habiendo llegado al máximo de la exasperación, y la burguesía al
extremo de las fuerzas del régimen capitalista, convertido en un obstáculo para
las fuerzas productivas, pueda ser útilmente derribado y sustituido, con
ventaja para todos, por
--------------
* La traición de los
intelectuales.
** Acción Francesa: Grupo
fascista francés
69
el régimen socialista". (La Crisi Mondiale e Saggi critice di
Marxismo e Socialismo).
El carácter voluntarista del socialismo no es, en verdad, menos
evidente, aunque sí menos entendido por la crítica, que su fondo determinista.
Para valorarlo, basta, sin embargo, seguir el desarrollo del movimiento
proletario, desde la acción de Marx y Engels en Londres, en los orígenes de la
I Internacional, hasta su actualidad, dominada por el primer experimento de
Estado socialista: la U.R.S.S. En ese proceso, cada palabra, cada acto del
marxismo tiene un acento de fe, de voluntad, de convicción heroica y creadora,
cuyo impulso sería absurdo buscar en un mediocre y pasivo sentimiento
determinista.
71
VIII
Sentido Heroico y Creador del Socialismo
Todos los que como Henri de Man predican y anuncian un socialismo ético,
basado en principios humanitarios, en vez de contribuir de algún modo a la
elevación moral del proletariado, trabajan inconsciente, paradójicamente,
contra su afirmación como una fuerza creadora y heroica, vale decir contra su
rol civilizador. Por la vía del socialismo "moral", y de sus pláticas
antimate-rialistas, no se consigue sino recaer en el más estéril y lacrimoso
romanticismo humanitario, en la más decadente apologética del "paria",
en el más sentimental e inepto plagio de la frase evangélica de los
"pobres de espíritu". Y esto equivale a retrotraer al socialismo a su
estación romántica, utopista, en que sus reivindicaciones se alimentaban, en
gran parte, del sentimiento y la divagación de esa aristocracia que, después de
haberse entretenido, idílica y dieciochescamente, en disfrazarse de pastores y
zagalas y en convertirse a la Enciclopedia y el liberalismo, soñaba con
acaudillar bizarra y caballaresca-mente una revolución de descamisados y de
ilotas. Obedeciendo a una ten-dencia de sublimación de su sentimiento, este
género de socialistas -al cual descollaron a gran altura espíritus
extraordinarios y admirables- recogía del arroyo los clichés sentimentales y
las imágenes demagógicas de una epopeya de sans culottes*
--------------
*Los sans culottes se llamaron a los revolucionarios franceses porque
dejaron el uso del calzón. La expresión significa sin calzones o bragas. Estos
eran usados, mayormente, por la nobleza.
72
destinada a instaurar en el mundo una edad paradisíacamente
rousseauniana. Pero, como sabemos desde hace mucho tiempo, no era ese
absolutamente el camino de la revolución socialista. Marx descubrió y enseño
que había que empezar por comprender la fatalidad de la etapa capitalista y,
sobre todo, su valor. El socialismo, a partir de Marx, aparecía como la
concepción de una nueva clase, como una doctrina y un movimiento que no tenían
nada de común con el romanticismo de quienes repudiaban, cual una abominación,
la obra capitalista. El proletariado sucedía a la burguesía en la empresa
civili-zadora. Y asumía esta misión, consciente de su responsabilidad y
capacidad - adquiridas en la acción revolucionaria y en la usina capitalista-
cuando la burguesía, cumplido su destino, cesaba de ser una fuerza de progreso
y cultura.
Por esto, la obra de Marx tiene cierto acento de admiración por la obra
capitalista, y El Capital, al par que da las bases de una ciencia socialista,
es la mejor versión de la epopeya del capitalismo (algo que no escapa
exterior-mente a la observación de Henri de Man, pero sí en su sentido
profundo).
El socialismo ético, pseudocristiano, humanitario, que se trata
anacrónica-mente de oponer al socialismo marxista, puede ser un ejercicio más o
menos lírico e inocuo de una burguesía fatigada y decadente, mas no la teoría
de una clase que ha alcanzado su mayoría de edad, superando los más altos
objetivos de la clase capitalista. El marxismo es totalmente extraño y
contrario a estas mediocres especulaciones altruistas y filantrópicas. Los
marxistas no creemos que la empresa de crear un nuevo orden social, superior al
orden capitalista, incumba a una amorfa masa de parias y de oprimidos, guiada
por evangélicos predicadores del bien. La energía revolucionaria del socialismo
no se ali-
73
menta de compasión ni de envidia. En la lucha de clases, donde residen
todos los elementos de lo sublime y heroico de su ascensión, el proletariado
debe elevarse a una "moral de productores", muy distante y distinta
de la "moral de esclavos", de que oficiosamente se empeñan en
proveerlo sus gratuitos profesores de moral, horrorizados de su materialismo.
Una nueva civilización no puede surgir de un triste y humillado mundo de ilotas
y de miserables, sin más título ni más aptitud que los de su ilotismo y su miseria.
El proletariado no ingresa en la historia políticamente sino como clase social;
en el instante en que descubre su misión de edificar, con los elementos
allegados por el esfuerzo humano, moral o amoral, justo o injusto, un orden
social superior. Y a esta capacidad no ha arribado por milagro. La adquiere
situándose sóli-damente en el terreno de la economía, de la producción. Su
moral de clase depende de la energía y heroísmo con que opere en este terreno y
de la amplitud con que conozca y domine la economía burguesa.
De Man roza, a veces, esta verdad; pero en general se guarda de
adoptarla. Así, por ejemplo, escribe: "Lo esencial en el socialismo es la
lucha por él. Según la fórmula de un representante de la Juventud Socialista
Alemana, el objeto de nuestra existencia no es paradisíaco sino heroico".
Pero no es esta precisamente la concepción en que se inspira el pensamiento del
revisionista belga, quien, algunas páginas antes, confiesa: "Me siento más
cerca del práctico reformista que del extremista y estimo en más una
alcantarilla nueva en un barrio obrero, o un jardín florido ante una casa de
trabajadores, que en una nueva teoría de la lucha de clases". De Man
critica, en la primera parte de su obra, la tendencia a idealizar al
proletariado como se idealizaba al campe-sino, al hombre primitivo y sim-
74
ple, en la época de Rousseau. Y esto indica que su especulación y su
práctica se basan casi únicamente en el socialismo humanitario de los
intelectuales.
No hay duda de que este socialismo humanitario anda hasta hoy no poco
propagado en las masas obreras. La Internacional, el himno de la Revolu-ción,
se dirige en su primer verso a "los pobres del mundo", frase de neta
reminiscencia evangélica. Si se recuerda que el autor de estos versos es un
poeta popular francés, de pura estirpe bohemia y romántica, la veta de su
inspiración aparece clara. La obra de otro francés, el gran Henri Barbusse4 se
presenta impregnada del mismo sentimiento de idealización de la masa, de la
masa intemporal, eterna, sobre la que pesa opresora la gloria de los héroes y
el fardo de las culturas. Masa- cariátide. Pero la masa no es el proletariado
moderno; y su reivindicación genérica no es la reivindicación revolucionaria y
socialista.
El mérito excepcional de Marx consiste en haber, en este sentido,
descubierto al proletariado. Como escribe Adriano Tilgher, "ante la
historia, Marx aparece como el descubridor y diría casi el inventor del
proletariado; él, en efecto, no sólo ha dado al movimiento proletario la
consciencia de su naturaleza, de su legitimidad, y necesidad histórica, de su
ley interna, del último término hacia el cual se encamina, y ha infundido así
en el proletaria-do aquella consciencia que antes les faltaba; sino ha creado,
puede decirse, la noción misma, y tras la noción, la realidad del proletariado
como clase esen-cialmente antitética de la burguesía, verdadera y solo
portadora del espíritu revolucionario en la sociedad industrial moderna".
--------------
4 Sobre Henri Barbusse, léase el estudio del autor en las páginas de El
Artista y la Época (N. de los E.).
75
IX
La Economía Liberal y la Economía Socialista
Aquellas fases del proceso económico que Marx no previó -y hay que
desistir de consultar, como si fueran las memorias de una pitonisa, los
nutridos volúmenes de crítica y teoría en que expuso su método de
intepretación- no afectan mínimamente los fundamentos de la economía marxista;
exactamente como los hechos, mucho más graves y profundos, que han rectificado
en el último siglo la práctica del capitalismo, forzándolo a preferir según los
casos el proteccionismo al libre cambio y el intervencionismo a la libre
concu-rrencia, no destruyen los fundamentos de la economía liberal, en cuanto
son las bases teóricas del orden capitalista. Hoy mismo, en plena época de
estadización mundial de servicios y empresas, el líder el Partido Republicano y
Presidente electo de los Estados Unidos, reivindica estos principios
individualistas como esenciales a la prosperidad y desarrollo de esa nación,
considerando un ataque, a la más vital fuerza de la economía yanqui, la
tendencia del partido antagónico a hipertrofiar al Estado con funciones de
empresario. Por mucho que el régimen republicano mantenga al Estado yanqui en
su línea clásica, reservando los negocios y la producción a las empresas
privadas, la política de los truts, la práctica del monopolio, representan por
sí solas la derogación de los viejos principios a los cuales se reclama Hoover
con tanto vigor. Pero, sin estos Princi-
76
pios, que en último análisis se reducen al principio de propiedad
privada, el capitalismo no tendría nada que oponer ideológicamente al
socialismo. Aunque los hechos restrinjan y, en ciertos casos, anulen su
vigencia -como corresponde al proceso de una economía que ha cumplido su
misión- esos principios, que constituyen la sustancia de la economía liberal,
son irrenunciables por ésta, y, en consecuencia, por sus estadistas o
políticos.
Esta constatación se emparenta estrechamente con la que, fallando en el
proceso intentado a la economía marxista por su abstracción -por su
reacionalismo diría ahora Henri de Man- sirvió a eminentes filósofos e
historiógrafos de diversos campos, preocupados ante todo de una rigurosa
objetividad científica, para demostrar la improcedencia y nulidad de ese cargo
por parte de los profesores de economía política liberal, en razón de que esta
misma tampoco correspondía exactamente a la realidad histórica regida por sus
principios. "La economía política liberal -observaba Sorel- ha sido uno de
los mejores ejemplos de utopías que se pueda citar. Se había imaginado una
sociedad en que todo estaría reducido a tipos comerciales, bajo la ley de la
más completa libre concurrencial; se reconoce hoy que esta sociedad ideal sería
tan difícil de realizar como la de Platón; pero grandes ministros modernos han
debido su gloria a los esfuerzos que han hecho para introducir algo de esta
libertad comercial en la legislación industrial". Croce a su vez no se
explica a qué título los economistas liberales podrían tachar de utopía al
socialismo, siendo evidente que con mucha mayor razón "los socialistas
podrían devolver la misma tacha al liberalismo, si lo estudiasen tal cual es
presentemente y no cual era hace años, cuando Marx meditaba su crítica. El
liberalismo se dirige con
76
sus exhortaciones a un ente que, por lo menos ahora, no existe: el
interés nacional o general de la Sociedad; porque la sociedad presenta está
dividida en grupos antagónicos y conoce el interés de cada uno de estos grupos
mas no, o sólo muy débilmente, un interés general". (Materialismo Storico
ed Economía Marxística, p.96).
Y no se diga, de otro lado, que el marxismo como praxis se atiene
actualmente a los datos y premisas de la economía estudiada y definida por
Marx, porque las tesis y debates de todos sus congresos no son otra cosa que un
continuo replanteamiento de los problemas económicos y políticos, conforme a
los nuevos aspectos de la realidad. Los Soviets, que al respecto pueden invocar
una variada y extensa experiencia, han sostenido, en la última Conferencia
Económica Europea, el principio de la coexistencia legítima de Estados de
economía socialista con los Estados de economía capitalista. Para esta
coexistencia que hoy se da en la historia como hecho, reclamaban el
recono-cimiento como derecho, a fin de llegar a la organización jurídica y
económica de sus relaciones. En esta proposición, el primer Estado socialista
se muestra mucho más liberal que los Estados formalmente liberales. Lo que
confirmaría la conclusión a que arriban los pensadores liberales cuando afirman
que la función del liberalismo, histórica y filosóficamente, ha pasado al
socialismo y que, siendo el liberalismo un principio de evolución y progreso
incesantes, nada es hoy menos liberal que los viejos partidos de este nombre.
79
X
Freudismo y Marxismo
EL reciente libro de Max Eastman, La Ciencia de la Revolución, coincide
con el de Henri de Man en la tendencia a estudiar el marxismo con los datos de
la nueva Psicología. Pero Eastman, que resentido con los bolcheviques, no está
exento de móviles revisionistas, parte de puntos de vista distintos de los del
escritor belga y, bajo varios aspectos, aporta a la crítica del marxismo una
contribución más original. Henri de Man es un hereje del reformismo o la
social-democracia; Max Eastman es un hereje de la Revolución. Su criticismo de
intelectual super-trotskysta, lo divorció de los Soviets a cuyos jefes, en
especial Stalin, atacó violentamente en su libro Depois la morte de Lenin.
Max Eastman está lejos de creer que psicología contemporánea en general,
y la psicología freudiana en particular, disminuyan la validez del marxismo
como ciencia práctica de la revolución. Todo lo contrario: afirma que la
refuerzan y señala interesantes afinidades entre el carácter de los
descubri-mientos esenciales de Marx y el de los descubrimientos de Freud, así
como de las reacciones provocadas en la ciencia oficial por uno y otro. Marx
demostró que las clases idealizaban o enmascaraban sus móviles y que, detrás de
sus ideologías, esto es, de sus principios políticos, filosóficos o religiosos,
actuaban sus intereses y necesidades económicas. Esta aserción, formulada con
el rigor y el absolutismo que en su origen tiene siempre to-
80
da teoría revolucionaria, y que se acentúa por razones polémicas en el
debate con sus contradictores, hería profundamente el idealismo de los
intelectuales, reacios hasta hoy a admitir cualquier noción científica que
implique una negación o una reducción de la autonomía y majestad del
pensamiento, o, más exactamente, de los profesionales o funcionarios del
pensamiento.
Freudismo y marxismo, aunque los discípulos de Freud y de Marx no sean
todavía los más propensos a entenderlo y advertirlo, se emparentan, en sus
distintos dominios, no sólo por lo que en sus teorías había de
"humillación", como dice Freud, para las concepciones idealistas de
la humanidad, sino por su método frente a los problemas que abordan. "Para
curar los trastornos individuales -observa Max Eastman- el psicoanalista presta
una atención particular a las deformaciones de la conciencia producidas por los
móviles sexuales comprimidos. El marxista, que trata de curar los trastornos de
la sociedad, presta una atención particular a las deformaciones engendradas por
el hambre y el egoísmo". El vocablo "ideología" de Marx es
simplemente un nombre que sirve para designar las deformaciones del pensamiento
social y político producidas por los móviles comprimidos. Este vocablo traduce
la idea de los freudianos, cuando hablan de racionalización, de substituición,
de traspaso, de desplazamiento, de sublimación. La interpretación económica de
la historia no es más que un psicoanálisis generalizado del espíritu social y
político. De ello tenemos una prueba en la resistencia espasmódica e irrazonada
que opone el paciente. La diagnosis marxista es considerada como un ultraje,
más bien que como una constatación científica. En vez de ser acogida con
espíritu crítico verdaderamente comprensivo, tropieza con racionalizaciones y
"reacciones de defensa" del carácter más violento e infantil.
81
Freud, examinando las resistencias al Psicoanálisis, ha descrito ya
estas reacciones, que no en los médicos no en los filósofos han obedecido a
razones propiamente científicas ni filosóficas.
El Psicoanálisis era objetado, ante todo, porque contrariaba y
soliviantaba una espesa capa de sentimientos y supersticiones. Sus afirmaciones
sobre la subconsciencia, y en especial sobre la líbido, inflingían a los
hombres una humillación tan grave como la experimentada con la teoría de Darwin
y con el descubrimiento de Copérnico. A la humillación biológica y a la
humillación cosmológica, Freud podría haber agregado un tercer precedente: el
de la humillación ideológica, causada por el materialismo económico, en pleno
auge de la filosofía idealista.
La acusación de pan-sexualismo que encuentra la teoría de Freud, tiene
un exacto equivalente en la acusación de pan-economicismo que halla todavía la
doctrina de Marx. Aparte de que el concepto de economía en Marx es tan amplio y
profundo como en Freud el de líbido, el principio dialéctico en que se basa
toda la concepción marxista excluía la reducción del proceso histórico a una
pura mecánica económica. Y los marxistas pueden refutar y destruir la acusación
de pan-economicismo, con la misma lógica de Freud defendiendo el Psicoanálisis dice
que "se le reprochó su pan-sexualismo, aunque el estudio psicoanalítico de
los instintos hubiese sido siempre rigurosamente dualista y no hubiese jamás
dejado de reconocer, al lado de los apetitos sexuales, otros móviles bastante
potentes para producir el rechazo del instinto sexual". Así mismo, en los
ataques al Psicoanálisis no ha influido más que en las resistencias al marxismo
el sentimiento anti-semita. Y muchas de las ironías y reservas con que en
Francia se acoge al Psicoanálisis, por pro-
82
ceder de un germano, cuya nebulosidad se aviene poco con la claridad y
la mesura latinas y francesas, se parecen sorprendentemente a las que ha
encontrado siempre el marxismo, y no sólo entre los anti-socialistas, en ese
país, donde un subconsciente nacionalismo ha inclinado habitualmente a las
gentes a ver en el pensamiento de Marx el de un boche* oscuro y metafísico. Los
italianos no le han ahorrado, por su parte, los mismos epítetos ni han sido
menos extremistas y celosos en oponer, según los casos, el idealismo o el
positivismo latinos al materialismo o la abstracción germanas de Marx.
A los móviles de clase y de educación intelectual que rigen la
resistencia al método marxista, no consiguen sustraerse, entre los hombres de
ciencia, como lo observar Max Eastman, los propios discípulos de Freud,
proclives a considerar la actitud revolucionaria como una simple neurosis. El
instinto de clase determina este juicio de fondo reaccionario.
El valor científico, lógico, del libro de Max Eastman -y esta es la
curiosa conclusión a la que se arriba al final de su lectura, recordando los
antecedentes de su Depuis la Morte de Lenin y de su ruidosa excomunión por los
comunistas rusos- resulta muy relativo, a poco que se investigue en los
sentimientos que inevitablemente lo inspiran. El Psicoanálisis, desde este
punto puede ser perjudicial a Max Eastman como elemento de crítica marxista. Al
autor de La Ciencia de la Revolución le sería imposible probar que en sus
razonamientos neo-revisionistas, en su posición herética y, sobre todo, en sus
conceptos sobre el bolchevismo, no influyen mínimamente sus resentimientos
personales. El
--------------
* Se dice, despectivamente, de los alemanes
83
sentimiento se impone con demasiada frecuencia al razonamiento de este
escritor, que tan apasionadamente pretende situarse en un terreno objetivo y
científico.
85
XI
Posición del Socialismo Británico
Opuestamente a lo que pretende una crítica superficial y apriorística,
el desarrollo del socialismo inglés importa la confirmación más inapelable de
la teoría marxista, que no en balde descansa en el estudio de la economía
teórica y práctica, de Inglaterra. Marx y su escuela -de Lenin a Hilferding-
sostienen que la evolución del capitalismo condice a las condiciones materiales
y espirituales de un orden socialista. Y hoy no son pocos los revisionistas y
polemistas del género Henri de Man que, contentándose con anotar el carácter
esencialmente británico y nulamente marxista del movimiento socialista de la
Gran Bretaña, lo indican como un testimonio contrario a la doctrina de Marx.
Basta, sin embargo, ahondar un poco en los hechos, para comprobar que el testimonio
es, más bien, favorable.
Los orígenes del movimiento socialista inglés no son doctrinarios,
inte-lectualistas, como los de la social-democracia alemana, ni como los del
bolchevismo ruso. En Inglaterra, el Labour Party nace de los tradeunions* que
aparecen y se desenvuelven como asociaciones de naturaleza estricta-mente
económica y profesional. El trade-unionismo crece indiferente y hasta hostil al
doctrinarismo político y económico. En absoluto acuerdo con el espíritu
británico, le interesan los hechos, no las teorías. Los núcleos inte-
--------------
* Unión de los Trabajadores.
86
lectuales socialistas, carecen durante mucho tiempo de arraigo en los
hindicatos. El Independant Labour Party, no obstante su moderación, sólo se
convierte en el estado mayor del movimiento obrero después de la guerra. Y el
propio Partido Laborista sólo entra en su edad adulta en este siglo. Antes, la
mayor parte de los votos obreros no se sentía aún vinculada a su política. El
proletariado británico, organizado en las trade-unions, no había reivindicado
todavía su autonomía política en un partido de clase. Pero, a medida que el
capitalismo declina -y que la función del partido Liberal pierde su sentido
clásico, y que el poder y la madurez políticas del proletariado se
acrecientan-crece el alcance de las reivindicaciones obreras hasta desbordar y
romper su marco primitivo. Las reivindicaciones corporativas, inmediatas, se
transforman gradualmente en reivindicaciones de clase. La influencia de los
líderes convictos de socialismo, se sobrepone a la autoridad de una burocracia
meramente sindical. En el Labour Party se descubre, poco a poco, un finalismo
socialista. Quiere la socialización de los medios de producción, como los otros
Partidos Socialistas. Y aunque la quiere con parsimonia y prudencia británicas,
propugnándola en lenguaje simplemente reformista, lo cierto es que la reconoce
como su meta natural y legítima. Los otros partidos reformistas de Europa
emplean, desde su nacimiento, un lenguaje distinto. Se atribuyen, en grado más
o menos enérgico, una ortodoxia marxista. Pero si esta ha sido su teoría, su praxis
-y su mismo espíritu- no ha estado muy distante de la del reformismo inglés.
Hoy mismo la distancia entre una y otra práctica es insignificante si existe.
El Partido Socialista Francés puede con-vertirse, en cualquier momento, en un
partido ministerial como el Laborista. Y entre un discurso de Paul Boncour y
otro de Ramsay McDonald, a la orilla del lago
87
Leman, no habrá nunca ninguna diferencia sustancial. Ambos, por otra
parte, tienen el mismo aire mundano y empolvado de filósofos de la Enciclopedia
y de Primeros Ministros del rey.
El proletario británico ha llegado a la política socialista por
espontáneo impulso de su acción de clase, malgrado su supersticiosa y
conservadora aprehensión acerca del socialismo y sus teóricos. Los sindicatos y
las tildas*, descienden de las coorporaciones medioevales. Y en el proceso de
su creci-miento, se han impregnado hondamente de los principios de una
educación y una economía liberales. Más aún: su volición ha sido refractaria al
socialismo. Las trade-unions, en parte por empirismo británico; en parte por
representar en el mundo, en la época de expansión y prosperidad del imperio de
la Gran Bretaña, una aristocracia obrera; en parte por el ascendiente de un
capitalismo vigoroso y progresista; han temido y evitado el doctrinarismo
socialista. Sin embargo, acentuadas las contradicciones internas del
capitalismo, planteada la cuestión de su impotencia para resolver la crisis de
la producción, ese proletariado no encuentra otro camino no adopta otro
programa que el del socialismo.
Esta cuantiosa experiencia, cumplida en el mayor Estado capitalista de
Europa, demuestra, contra lo que puedan sofisticar revisionistas y
confu-sionistas tan baratos como pedantes, que, por la vía del capitalismo y
sus instituciones, empírica o doctrinalmente, se marcha hacia el socialismo. Lo
que no quiere decir, absoluta-
--------------
* Se conoce con el nombre de
gildas a las sociedades originarias de Escandinavia, cuyos miembros,
pertenecientes a las clases más explotadas, se reúnan en banquetes para jurar
la defensa fraterna de sus intereses. Tuvieron un carácter anti-monárquico y,
algunas, se pusieron al amparo de un santo. Son las antecesoras inmediatas de
los gremios del medioevo.
88
mente, que antes de que el proletariado adquiera conciencia de su misión
histórica, y se organice y discipline políticamente, el socialismo sea posible.
La premisa política, intelectual, no es menos indispensable que la premisa
económica. No basta la decadencia o agotamiento del capitalismo. El socialismo
no puede ser la consecuencia automática de una bancarrota; tiene que ser el
resultado de un tenaz y esforzado trabajo de ascensión.
El caso inglés no prueba sino que, aun negando a priori al socialismo
doctrinal y político, se arriba ineluctablemente a él, apenas el proletariado
entra, como fuerza política, en su mayor edad. La resistencia a este socialismo
en el movimiento trade-unionista, de otro lado, se explica perfectamente por
los factores ya enumerados. Inglaterra, en el terreno filosófico, se ha atenido
siempre al hecho, a la experiencia. Ha sido un país receloso ante toda
metafísica. "El espíritu general de la cultura intelectual y de la
filosofía anglo-sajona observa fundadamente Max Eastman ha sido siempre, a
pesar del pequeño petardo lanzado, en nombre de la divinidad, por el obispo
Berkeley, terre-a-terre* y científica". La política inglesa ha preferido
ser práctica a ser teórica. Como consecuencia, el empirismo británico se dobla
de conservantismo. Y a esto se debe, a la vez que la segura marcha del
capitalis-mo en Inglaterra, su incapacidad de resolver su antinomia con
instituciones y privilegios supérstites, que no lo embarazan excesivamente en
su desarrollo. Esta ha sido, desde cierto punto de vista, y hasta un momento
dado, la fuerza del capitalismo británico; pero esta ha sido también su
debilidad.
La revolución liberal no liquidó en Inglaterra
--------------
* Modismo francés que significa "pegado a las cosas
materiales"
89
la monarquía ni otras instituciones del régimen aristocrático. Su
carácter industrial y urbano, le permitió una gran largueza con la nobleza
terrateniente. La economía capitalista creció, cómodamente, sin necesidad de
sacrificar la decoración aristocrática, el cuadro monárquico del Imperio. En el
primer imperio capitalista, dueño de inmensas colonias, dominador de los mares,
la economía agraria pasaba a un plano secundario. Su producción industrial, su
poder financiero, sus empresas transoceánicas y coloniales, lo colocaban en
aptitud de abastecerse ventajosamente, en los más distantes mercados, de los
productos agrícolas necesarios para su consumo. La Gran Bretaña podía
costearse, sin esfuerzo excesivo, el lujo de mantener una aristocracia
refinada, con sus caballos, perros, parques y cotos.
Esto, bajo cierto aspecto, admite ser relacionado con un rasgo general
de la sociedad burguesa que, ni aun en los países de más avanzado
republicanismo, ha logrado emanciparse de la imitación de los arquetipos y del
estilo aristocráticos. El "burgués gentilhombre" es actual hasta
ahora. La última aspiración de la burguesía, consumada su obra, es parecerse o
asimilarse a las aristocracias que desplazó y sucedió. El propio capitalismo
yanqui que se ha desenvuelto en un clima tan indemne de supersticiones y privilegios,
y que ha producido en sus tipos de capitanes de empresa una jerarquía tan
original y vigorosa de jefes, no ha estado libre de esta imitación, ni ha
resistido a la sugestión de los títulos y los castillos de la decaída nobleza
europea. El noble se sentía y sabía la culminación de una cultura, de un
origen; el burgués no. Y acaso, por esto, el burgués ha conservado un respeto
subconsciente por la corte, el ocio, el gusto y el protocolo aristocráticos.
Pero en Inglaterra esto no sólo se presta a
90
consideraciones de psicología social y política. La conciliación de la
economía capitalista y la política democrática con la tradición monárquica,
tiene en su caso concretas consecuencias económicas. Inglaterra se encuentra en
la necesidad de afrontar un problema agrario, que Estados Unidos ignora, que
Francia resolvió con su Revolución. El lujo de sus tierras improductivas está
en estridente con-traste con la economía de una época de depresión industrial y
millón y medio de desocupados. Este millón de desocupados, cuya miseria pesa
sobre el presupuesto y el consumo domésticos de la Gran Bretaña, pertenecen a
una población esencialmente industrial y urbana. Los oficios y las costumbres
citadinas de esta gente, estorban la empresa de emplearla en los más prósperos
dominios británicos: Canadá, Australia, donde el obrero y el empleado
inmigrante tendrían que transformarse en labriegos.
El empirismo y el conservantismo a que ya me he referido, el hábito de
regirse por los hechos con prescindencia y aun con desdén de las teorías, han
permitido a la Gran Bretaña cierta insensibilidad respecto a las
incompati-bilidades entre las instituciones y privilegios nobiliarios,
respetados por su evolución, y las consecuencias de su economía liberal y
capitalista. Pero esta insensibilidad, esta negligencia, que en tiempos de
pingüe prosperidad capitalista y de incontrastable hegemonía mundial, han podido
ser un lujo y un capricho británicos, en tiempos de desocupación y de
competencia, a la vez que devienen onerosas con exceso, producen
contradicciones que perturban el ritmo evolucionista.
La concentración industrial y urbana asegura la preponderancia final del
partido del trabajo. El socialismo no conoce casi en la Gran Bretaña el
pro-blema de la difícil conquista de un campesinado de rol decisivo en la lucha
so-
91
cial. Las bases políticas y económicas de la nación son sus ciudades y
sus industrias. La política agraria del socialismo no ha menester, como en
Francia y en Alemania, de complicadas concesiones a una gran masa de pequeños
propietarios, ligados fuertemente al orden establecido. Dirigida contra los
land-lords*, es, más bien, una válida arma de ataque contra los intereses de la
clase conservadora.
La marcha al socialismo está garantizada por las condiciones objetivas
del país. Lo que falta al movimiento socialista inglés es, más bien, ese
finalismo, ese racionalismo, que los revisionistas encuentran exorbitantes en
otros partidos socialistas europeos. El proletariado inglés está dirigido por
pedagogos y funcionarios, obedientes a un evolucionismo, a un pragmatismo, de
fondo rigurosamente burgués. El crecimiento del poder político del Laborismo ha
ido mucho más a prisa que la adaptación de sus parlamentarios. No en balde
estos parlamentarios se hallan todavía bajo el influjo intelectual y espiritual
de un gran imperio capitalista. La aristocracia obrera de Inglaterra, por
razones peculiares de la historia inglesa, es la más enfeudada mentalmente a la
burguesía y a su tradición. Se siente obligada a luchar contra la burguesía con
la misma moderación con que ésta se comportara -Cromwel y su política
exceptuados- con la aristocracia y sus privilegios. Los neo-revisionistas a
nada son tan propensos como a regocijarse de que así ocurra. "La
social-democracia alemana -escribe Henri de Man- se consideró en sus comienzos
como encarnación de las doctrinas revolucionarias y teleológicas del marxismo
intransigente; como consecuencia, la tendencia creciente de su política, hacia
un oportunismo conservador de Estado, aparece ante sus elementos jó-
--------------
* Los señores de la tierra
92
venes y extremistas como una renunciación gradual de la
social-democracia a sus fines tradicionales. Por el contrario, el partido
obrero británico, el Labor Party, es el tipo del movimiento de mentalidad
"causal"; refractario por esencia a formular objetivos remotos, en
forma de una teleología a priori. Sólo movido por la experiencia es como se ha
desenvuelto llegando, desde una representación muy moderada de intereses
profesionales, hasta constituir un Partido Socialista. Parece, pues, que el
progreso del movimiento alemán aleja a éste de su finalidad, mientras que el
del inglés lo aproxima a la suya. La consecuencia práctica de esta diferencia
es que el grado de desarrollo, correspondiente a una tendencia progresiva en la
vida intelectual del socialismo inglés, contrasta con una tendencia regresiva
en la vida intelectual de la social-democracia alemana. El movimiento inglés,
cuyos fines impulsan, por decirlo así, día por día, la experiencia de una lucha
por objetivos inmediatos, pero justificados por móviles éticos, anima de este
modo todo objetivo parcial y ensancha la acción de ese impulso, en la medida en
que éste extiende el campo de su práctica reformista. De ahí que el partido
obrero británico, pese a su mentalidad fundamentalmente oportunista y empírica,
ejerza una atracción creciente entre los elementos más accesibles a los móviles
éticos y absolutos: la juventud y los intelectuales, en primer término"
Fácil es demostrar que esta presunta ventaja queda ampliamente
desmentida por la relación entre el poder objetivo y los factores subjetivos de
la acción laborista. El Labour Party se ha desarrollado en número con mayor
rapidez que en espíritu y mentalidad. Ante las elecciones vecinas, se le siente
inferior a su misión, a su tarea. En Inglaterra nadie podrá acusar al
socialismo de romanticismo revolucionario. Por
93
consiguiente si ahí se llega al gobierno socialista será,
indudablemente, no porque se lo hayan propuesto, forzando la historia, los
teorizantes y los políticos del socialismo, sino porque el curso de los
acontecimientos, la afirmación espontánea del proletariado como fuerza
política, lo ha impuesto inexorablemente. La historia confirma en Inglaterra a
Marx, hasta cuando, según los revisionistas, parece rectificarlo.
95
XII
El Libro de Emile Vandervelde
Vandervelde en su reciente libro Le Marxisme a-t-il fal faillite?* que
reúne estudios dispares, sobre teoría y política socialistas, examina
principalmente la tesis expuesta por Henri de Man en su notorio volumen (que en
su edición alemana tiene el título mesurado de Zur Psychologie des
Socialismus**) y en su menos notoria conferencia a los estudiantes socialistas
de París.
Vandervelde, que, como ya lo he recordado, participó temprano en el
revisionismo, comienza por rememorar, no sin cierta intención irónica, la
antigüedad de la tendencia a fáciles y apresuradas sentencias a muerte del
socialismo. Cita las frases del académico Raybaud, después de las jornadas de
junio de 1848: "El socialismo ha muerto; hablar de él, es pronunciar su
oración fúnebre". Mezcla a renglón seguido, con evidente fin
confusionista, las críticas de Menger y Andler con las de Sorel. Opone, en
cierta forma, la tentativa revisionista también de Nicholson, que prudentemente
se contenta con anunciar el renovamiento del marxismo, a la tentativa de Henri
de Man que proclama su liquidación. Pero, después de un capítulo en que deja a
salvo su propio revisionismo, se declara en desacuerdo con ciertos jóvenes e
impresionables lectores que han creído ver en la obra de Henri de Man la
revelación de una doctrina nueva. La reacción del autor de Más allá del
Marxismo, en general, le parece excesiva.
---------------
* ¿Ha fracasado el marxismo?
** Sobre la Psicología del
Socialismo
96
Si se tiene en cuenta que la propaganda de Más allá del Marxismo ha
explotado el juicio de Vandervelde sobre esta obra, considerada por él como la
más importante que se ha publicado después de la guerra, sobre el socialismo,
sus reservas y sus críticas cobran una oportunidad y un valor singulares.
Vandervelde, en el curso de su carrera política, aunque él lo discuta, ha
abandonado visiblemente la línea marxista. En su época de teorizante, su
posición fue la de un revisionista; y en su tiempo de parlamentario y ministro
lo ha sido mucho más. Todos los argumentos del revisionismo viejo y nuevo le
son familiares. En el caso de que de Man hubiera encontrado, efectiva-mente,
los principios de un nuevo socialismo no marxista o post-marxista, Vandervelde,
por mil razones especulativas, prácticas y sentimentales, no habría dejado de
regocijarse. Pero de Man no ha descubierto nada, ya que no se puede tomar como
un descubrimiento los resultados de un ingenioso, y a veces feliz, empleo de la
psicología actual en la indagación de algunos resortes psíquicos de la acción
obrera. Y Vandervelde, advertido y cauteloso, debe tomar a tiempo sus
preocupaciones, contra cualquier super-estimación exorbitante de la tesis de su
compatriota. Reconoce así, de modo categórico, que no hay "nada
absolutamente esencial en el libro de de Man que no se encuentre ya, al menos
en germen, en Andler, en Menger, en Jaurés, y aún en ese buen viejo Benoit
Malon". Y esto equivale a desautorizar, a desvanecer completamente, por
parte de quien más importancia ha atribuido al libro de Henri de Man, la
hipótesis de su novedad u originalidad.
Vandervelde contribuye con varios otros argumentos a la refutación de
Henri de Man. El esquema del estado afectivo de la clase obrera industrial que
Henri de Man ofrece, y que lo
97
conduce a un olvido radical del fondo económico de su movimiento, no
prueba absolutamente, con sus solos elementos psicológicos, lo que el
revisionista belga se imagina probar. "Yo puedo admitir -escribe
Vandervelde a este respecto- que el instinto de clase es superior a la
conciencia de clase, que no es indispensable que los trabajadores hayan
dilucidado el problema de la plusvalía para luchar contra la explotación y
dominación de que son víctimas, que no es únicamente el "instinto
adquisitivo" lo que determina sus voliciones sociales; pero en definitiva,
después de haber dado con él un rodeo psicológico, interesante del resto,
regresamos a lo que, desde el punto de vista socialista, es verdaderamente
esencial en el marxismo, es decir, la primacía de lo económico, la importancia
primordial del progreso de la técnica, el desarrollo autónomo de las fuerzas
productivas, en el sentido de una concentración que tiende a eliminar o a
subordinar las pequeñas empresas, a acrecentar el proletariado, a transformar la
concurrencia en monopolio, y a crear finalmente una contradicción ostensible,
entre el carácter social de la producción y el carácter privado de la
apropiación capitalista". La afirmación de Henri de Man de que "en
último análisis la inferioridad social de las clases laboriosas no reposa en
una injusticia política ni en un prejuicio económico, sino en un estado
psíquico", es para Vandervelde una "enormidad". De Man ha
superpuesto la psicología a la economía, en un trabajo realizado sin
objetividad científica, sin rigor especulativo, con el propósito
extracientífico y anticientífico de escamotear la economía. Y Vandervelde no
tiene más remedio que negar que "su interpretación psicológica del
movimiento obrero, cambie algo que sea esencial en lo que hay de realmente
sólido en las concepciones económicas y sociales del marxismo".
98
Paralelamente al libro de Henri de Man, Vandervelde examina la Theorie
du Materialismo* de Bukharin. Y su conclusión comparativa es la siguiente:
"Si hubiese que caracterizar con una palabra -excesiva por lo demás- las
dos obras que acaban de ser analizadas, tal vez se podría decir que Bukharin
descarna al marxismo de su osamenta económica so capa de idealizarlo". De
esta comparación Bukharin sale, sin duda, mucho mejor parado que de Man, aunque
todas sus simpatías de Vandervelde sean para este último. Basta considerar que
la Theorie du Materialisme historique es un manual popular, un libro de
divulgación, en el que por fuerza el marxismo debía quedar reducido a un
esquema elemental. El marxismo descarnado, esquelético de Bukharin, se
mantendría siempre en pie, llenando el oficio didáctico de un catecismo, como
esas osamentas de museo que dan una idea de las dimensiones, la estructura y la
fisiología de la especie que representan, mientras el marxismo desosado de
Henri de Man, incapaz de sostenerse un segundo, está condenado a corromperse y
disgregarse, sin dejar un vestigio duradero.
Henri de Man resulta, pues, descalificado por el reformismo, por boca de
quien entre todos sus corifeos se sentía, ciertamente, más propenso a tratarlo
con simpatía. Y eso es perfectamente lógico, no sólo porque una buena parte de
Más allá del Marxismo constituye una crítica disolvente de las contradicciones
y del sistema reformistas, sino porque la base económica y clasista del
marxismo no es menos indispensable, prácticamente, a los reformistas que a los
revolucionarios. Si el socialismo reniega, como pretende de Man, de su carácter
y su función clasistas, pa-
--------------
* Teoría del Materialismo Histórico
99
ra atenerse a las revelaciones inesperadas de los intelectuales y
moralistas dispuestos a prohijarlo o renovarlo, ¿de qué resortes dispondrían
los reformistas para encuadrar en sus marcos a la clase obrera, para movilizar
en las batallas del sufragio a un imponente electorado de clase y para ocupar,
a título distinto de los varios partidos burgueses, una fuerte posición
parlamentaria? La social democracia no puede suscribir absolutamente las
conclusiones del revisionista belga, sin renunciar a su propio cimiento.
Aceptar en teoría, la caducidad del materialismo económico, sería el mejor modo
de servir toda suerte de prédicas fascistas. Vandervelde, interesado como el
que más en apuntalar la democracia liberal, es todo lo cauto que hace falta
para comprenderlo.
101
XIII
El Idealismo Materialista
Me escribe un amigo y camarada, cuya inteligencia aprecio mucho, que a
su juicio el mérito de la obra de Henri de Man es el de un esfuerzo de
espiritua-lización del marxismo. En su doble calidad de intelectual y
universitario, mi amigo debe haberse escandalizado, en más de un comicio, del
materialismo simplista y elemental de ortodoxos catequistas. Conozco muchos de
estos casos; y yo mismo he hecho su experiencia en las primeras etapas de mi
indagación del fenómeno revolucionario. Pero, aun sin avanzar prácticamente en
esta indagación, basta meditar en la naturaleza de los elementos de que ese
juicio se contenta, para advertir su nulidad. Mi amigo encontraría absurda la
pretensión de conocer y valorar el catolicismo por las pláticas de un cura de
barrio. Exigiría en el crítico un trato serio y profundo de la escolástica y de
la mística. Y todo investigador honrado lo acompañaría en esta exigencia. ¿Cómo
puede, entonces, convenir con el primer estudiante de filosofía, que acaba de
recoger de su profesor una frase de disgusto y desdén por el marxismo, en la
necesidad de espiritualización de esta doctrina, demasiado grosera para el
paladar de la cátedra, tal como la entienden y propagan sus vulgarizadores de
mitin?
¿Qué espiritualización, ante todo, es la que se desea? Si la
civilización capitalista en su decadencia -bajo tantos aspectos semejante a la
de
102
civilización romana- renuncia a su propio pensamiento filosófico, abdica
de su propia certidumbre científica, para buscar en ocultismos orientales y
metafísi-cas asiáticas, algo así como un estupefaciente, el mejor signo de
salud y de potencia del socialismo, como principio de una nueva civilización,
será, sin duda, su resistencia a todos estos éxtasis espiritualistas. Ante el
retorno de la burguesía, decadente y amenazada, a mitologías que no la
inquietaron en su juventud, la afirmación más sólida de la fuerza creadora del
proletariado será el rotundo rechazo, el risueño desprecio, de las angustias y
de las pesadillas de un espiritualismo de menopausia.
Contra los deliquios sentimentales -no religiosos- contra las nostalgias
ultraterrenas de una clase que siente concluida su misión, una nueva clase
dirigente, no dispone de defensa más válida que su ratificación en los
prin-cipios materialistas de su filosofía revolucionaria. ¿En qué se
distinguiría, del más senil y extenuado pensamiento capitalista, un pensamiento
socialista que empezase por compartir todos sus gustos clandestinos? No; nada
más insensato que suponer que es un signo de superioridad en el profesor o el
banquero su larvada tendencia a reverenciar a Krihsnamurti, o por lo menos a
mostrarse comprensivo con su mensaje. Nadie en su clientela le pide al mismo
banquero, nadie en su auditorio le pide al mismo profesor, que se muestre
comprensivo, al mismo título, con el mensaje de Lenin.
¿Quién, que siga con lucidez crítica el proceso del pensamiento moderno,
dejará de notar que el retorno a las ideas espiritualistas, la evasión a los
paraísos asiáticos, tiene estímulos y orígenes netamente decadentistas? El
marxismo, como especulación filosófica, toma la obra del pensamiento
capita-lista en el punto en que éste, vacilante ante sus extremas
consecuencias, vaci-
103
lación que corresponde estrictamente, en el orden económico y político,
a una crisis del sistema liberal burgués, renuncia a seguir adelante y empieza
su maniobra de retroceso. Su misión es continuar esta obra. Los revisionistas
como Henri de Man, que según la frase de Vandervelde, desosan al marxismo, por
medio de que aparezca en retraso respecto de actitudes filosóficas de impulso
claramente reaccionario, no intentan otra cosa que una rectificación apóstata,
con la que el socialismo, por un frívolo prurito de adaptarse a la moda,
atenuaría sus premisas materialistas hasta hacerlas aceptables a espiritistas y
teólogos.
La primera posición falsa en esta meditación es la de suponer que una
concepción materialista del universo no sea apta para producir grandes valores
espirituales. Los prejuicios teológicos -no filosóficos- que actúan como
residuo en mentes que se imaginan liberadas de superados dogmatismos, inducen a
anexar a una filosofía materialista una vida más o menos cerril. La historia
contradice, con innumerables testimonios, este arbitrario concepto. La
biografía de Marx, de Sorel, de Lenin, de mil otros agonistas del socialismo,
no tiene nada que envidiar como belleza moral, como plena afirmación del poder
del espíritu, a las biografías de los héroes y ascetas que, en el pasado,
obraron de acuerdo con una concepción espiritualista o religiosa, en la
acepción clásica de estas palabras. La U.R.S.S. combate la ideología burguesa
con las armas del más ultraísta materialismo. La obra de la U.R.S.S. toca, sin
embargo, en sus afirmaciones y en sus objetivos, los límites modernos del
racionalismo y del espiritualismo, si el objeto del racionalismo y
espiritua-lismo es mejorar y ennoblecer la vida. ¿Creen, los que aspiran a una
espiritualización del marxismo, que el espíritu creador esté menos presente y
activo en la
104
acción de los que luchan en el mundo por un orden nuevo que en el de los
prestamistas o industriales que en Nueva York, señalando un instante de
cansancio capitalista, reniegan de una fuerte ética nietzschiana -la moral
sublimada del capitalismo- para flirtear con fakires y ocultistas? Tal como la
metafísica cristiana no ha impedido a Occidente grandes realizaciones
materiales, el materialismo marxista compendia, como ya he afirmado en otra
ocasión, todas las posibilidades de ascensión moral, espiritual y filosófica de
nuestra época.
Piero Gobetti, discípulo y heredero del idealismo crociano, en lo que
éste tiene de más activo y puro, ha considerado este problema, en términos de
admirable justeza: «"El cristianismo -escribe Gobetti- transportaba el
mundo de la verdad en nosotros, en la intimidad del espíritu, indicaba a los
hombres un deber, una misión, una redención. Pero, abandonado el dogma
cristiano, nos hemos encontrado más ricos de valores espirituales, más
conscientes, más capaces de acción. Nuestro problema es moral y político: nuestra
filosofía santifica los valores de la práctica. Todo se reduce a un criterio de
respon-sabilidad humana; si la lucha terrenal es la única realidad, cada uno
vale en cuanto obra y somos nosotros los que hacemos nuestra historia. Esta es
un progreso porque se desenvuelve siempre más rica de nuevas experiencias. No
se trata ya de alcanzar un fin o de negarse en un renunciamento ascético; se
trata de ser siempre más intensa y conscientemente uno mismo, de superar las
cadenas de nuestra debilidad en un esfuerzo más que humano, perenne. El nuevo
criterio de la verdad es la obra que se adecua a la responsabilidad de cada
uno. Estamos en el reino de la lucha (lucha de hombres contra los hombres, de
las clases contra las clases, de los Estados contra los Estados) porque so-
105
lamente a través de la lucha se tiemplan las capacidades y cada cual,
defendiendo con intransigencia su puesto, colabora en el proceso vital que ha
superado el punto muerto del ascetismo y del objetivismo griego". No puede
hallar una mente latina una fórmula más clásicamente precisa que ésta:
"Nuestra filosofía santifica los valores de la práctica".
Las clases que se han sucedido en el dominio de la sociedad, han
disfrazado siempre sus móviles materiales con una mitología que abonaba el
idealismo de su conducta. Como el socialismo, consecuente con sus premisas
filosóficas, renuncia a este indumento anacrónico, todas las supersticiones
espiritualistas se amotinan contra él, en un cónclave del fariseísmo universal,
a cuyas sagradas decisiones sienten el deber de mostrarse atentos, sin reparar
en su sentido reaccionario, intelectuales pávidos y universitarios ingenuos.
Pero, porque el pensamiento filosófico burgués ha perdido esa seguridad,
ese estoicismo con que quiso caracterizarse en su época afirmativa y
revolucio-naria, ¿debe el socialismo imitarlo en su retiro al claustro tomista,
o en su peregrinación a la pagoda del Buda viviente, siguiendo el itinerario
parisién de Jean Cocteau o el turístico de Paul Morand? ¿Quiénes son más
idealistas, en la acepción superior, abstracta, de este vocablo, los idealistas
del orden burgués o los materialistas de la revolución socialista? Y si la
palabra idealismo está desacreditada y comprometida por la servidumbre de los
sistemas que designa a todos los pasados intereses y privilegios de clase, ¿qué
necesidad histórica tiene el socialismo de acogerse a su amparo? La filosofía
idealista, histórica-mente, es la filosofía de la sociedad liberal y del orden
burgués. Y ya sabemos los frutos que, desde que la burguesía
106
se ha hecho conservadora, da en la teoría y en la práctica. Por un
Benedetto Croce que, continuando lealmente esta filosofía, denuncia la enconada
conjuración de la cátedra contra el socialismo, desconocido como idea que surge
del desenvolvimiento del liberalismo, ¡cuántos Giovanni Gentile, al servicio de
un partido cuyos ideólogos, fautores sectarios de una restauración espiritual
del Medio Evo, repudian en bloque la modernidad! La burguesía historicista y
evolucionista, dogmática y estrechamente, en los tiempos que contra el
racionalismo y el utopismo igualitarios, le bastaba la fórmula: "todo lo
real es raciona", dispuso entonces de casi la unanimidad de los
"idealistas". Ahora que no sirviéndole ya los mitos de la Historia y
de la Evolución para resistir al socialismo, deviene anti-historicista, se
reconcilia con todas las iglesias y todas las supersticiones, favorece el
retorno a la trascendencia y a la teología, adopta los principios de los
reaccionarios que más sañudamente la combatieron cuando era revolucionaria y
liberal, otra vez encuentra en los sectores y en las capillas de una filosofía
idealista bonne a tout faire* -neo-kantistas, neo-pragmatistas, etc.- solícitos
proveedores, ora dandys y elegantes como el conde Keyserling, ora panfletarios
y provinciales a lo Leon Bloy, como Domenico Giulliotti, de todas las prédicas
útiles al remozamiento de los más viejos mitos.
Es posible que universitarios vagamente simpatizantes de Marx y Lenin,
pero sobre todo de Jaurés y Mc Donald, echen de menos una teorización o una
literatura socialista, de fervoroso espiritualismo con abundantes citas de
Keyserling, Scheller, Stammler y aun de Steiner y Krishnamurti. Entre estos
elementos, ayunos a veces de una seria información marxista, es ló-
--------------
* Buena para todo.
107
gico que el revisionismo de Henri de Man, y hasta otro de menos cuantía,
encuentre discípulos y admiradores. Pocos entre ellos, se preocuparán de
averiguar si las ideas de Más allá del Marxismo son al menos originales, o si,
como lo certifica el propio Vandervelde, no agregan nada a la antigua crítica
revisionista.
Tanto Henri de Man como Max Eastman, extraen sus mayores objeciones de
la crítica de la concepción materialista de la historia formulada hace varios
años por el profesor Brandenburg en los siguientes términos: "Ella quiere
fundar todas las variaciones de la vida en común de los hombres en los cambios
que sobrevienen en el dominio de las fuerzas productivas; pero ella no puede
explicar por qué estas últimas deben cambiar constantemente, y por qué este
cambio debe necesariamente efectuarse en la dirección del socia-lismo".
Bukharin responde a esta crítica en un apéndice a La theorie du materialisme
historique. Pero más fácil y cómodo es contentarse con la lectura de Henri de
Man que indagar sus fuentes y enterarse de los argumentos de Bukharin y el profesor
Brandenburg, menos difundidos por los distribui-dores de novedades.
Peculiar y exclusiva de la tentativa de espiritualización del socialismo
de Henri de Man es, en cambio, la siguiente proposición: "Los valores
vitales son superiores a los materiales, y entre los más elevados son los
espirituales. Lo que en el aspecto eudomonológico podría expresarse así: en
condiciones iguales, las satisfacciones más apetecibles son las que uno siente
en la conciencia cuando refleja lo más vivo de la realidad del yo y del medio
que lo rodea". Esta arbitraria categorización de los valores no está
destinada a otra cosa que a satisfacer a los pseudo-socialistas deseosos de que
se les suministre una fórmula equivalente a la de los neo-tomistas:
"primacía de lo espiritual".
108
Henri de Man no podría explicar jamás, satisfactoriamente, en qué se
dife-rencian los valores vitales de los materiales. Y al distinguir los
materiales de los espirituales tendría que atenerse al más arcaico dualismo.
En el apéndice ya citado de su libro sobre el materialismo histórico,
Bukharin enjuicia así la tendencia dentro de la cual se clasifica de Man:
"Según Marx las relaciones de producción son la base material de la
sociedad. Sin embargo, en numerosos grupos marxistas (o, más bien,
pseudomarxisas, existe una tendencia irresistible a espiritulizar esa base
material. Los progresos de la escuela y del método psicológico en la sociología
burguesa no podían dejar de "contaminar" los medios marxistas y
semi-marxistas. Este fenómeno marchaba a la par con la influencia creciente de
la filosofía académica idealista. Se pusieron a rehacer la construcción de
Marx, intro-duciendo en su base material la base psicológica "ideal";
la escuela austriaca (Bohm-Bawark), L. Word y tutti quanta*. En este menester,
la iniciativa volvió al austro-marxismo, teóricamente, en decadencia. Se
comenzó a tratar la base material en el espíritu del Pickwick Club**. La
economía, el modo de producción, pasaron a una categoría inferior a la de las
reacciones psíquicas. El cimiento sólido de lo material desapareció del
edificio social".
Que Keyserling y Spengler, sirenas de la decadencia, continúen al margen
de la especulación marxista. El más nocivo sentimiento que podría turbar al
socialismo, en sus actuales jornadas, es el temor de no parecer bastante
intelectualista y espiritualista a la crítica universitaria. "Los hombres
que han recibido una educa-
--------------
* Todo lo demás.
** Famoso club de seguidores de
Pickwick, personaje de la novela de Charles Dickens, del mismo nombre
109
ción primaria -escribía Sorel en el pólogo de Reflexiones sobre la
Violencia-
tienen en general la superstición del libro y atribuyen fácilmente genio
a las
gentes que ocupan mucho la atención del mundo letrado; se imaginan que
tendrían mucho que
aprender de los
autores cuyo nombre
es citado
frecuentemente con elogio en los periódicos; escuchan con un singular
respeto los comentarios que los laureados de
los concursos vienen a
aportarles. Combatir estos prejuicios no es cosa fácil; pero es hacer
obra útil.
Consideramos este trabajo como absolutamente capital y podemos llevarlo
a
buen término sin ocupar jamás la dirección del mundo obrero. Es
necesario
que no le ocurra al proletariado lo que le sucedió a los germanos que
conquistaron el imperio romano: tuvieron vergüenza e hicieron sus
maestros
a los rectores de la decadencia latina, pero no tuvieron que alabarse de
haberse querido civilizar". La admonición del hombre de pensamiento
y de
estudio que mejor partido sacó para el socialismo de las enseñanzas de
Bergson, no ha sido nunca tan actual como en estos tiempos interinos de
estabilización capitalista.
.
111
XIV
El Mito de la Nueva Generación
Un sentimiento mesiánico, romántico, más o menos difundido en la
juventud intelectual de post-guerra, que la inclina a una idea excesiva, a
veces delirante, de su misión histórica, influye en la tendencia de esta
juventud a encontrar al marxismo más o menos retrasado, respecto de las
adquisiciones y exigencias de la "nueva sensibilidad". En política,
como en literatura, hay muy poca sustancia bajo esta palabra. Pero esto no
obsta para que la "nueva sensibilidad" que en el orden social e
ideológico prefiere llamarse "nuevo espíritu", se llegue a hacer un
verdadero mito, cuya justa evaluación, cuyo estricto análisis es tiempo de
emprender, sin oportunistas miramientos.
La "nueva generación" empieza a escribir su autobiografía.
Está ya en la estación de las confesiones, o mejor del examen de conciencia.
Esto podría ser una señal de que estos años de estabilización capitalista la
encuentran más o menos desocupada. Drieu la Rochelle inauguró estas
"confesiones". Casi simultáneamente André Chamson y Jean Prevost, en
documentos de distinto mérito y diversa inspiración, nos cuentan ahora sus
experiencias del año 19, André Chamson representa, en Francia, a una juventud
bien distante de la que se entretiene, mediocremente, en la imitación de los
sutiles juegos de Giraudoux y de las pequeñas farsas de Cocteau. Su literatura,
novela o ensayo, se caracteriza por una búsqueda genrerosa y seria.
112
La juventud francesa, cuyas jornadas de 1919 nos explican André Chamson,
en un ensayo crítico e interpretativo, y Jean Prevost, en una crónica novelada
y autobiográfica, es la que no pudo por su edad marchar al frente y se impuso,
prematuramente madura y grave, la obligación de pronunciar a los dieciocho años
un juicio sobre la historia. "Se vio entonces -escribe Chamson- toda una
juventud revolucionaria, aceptando la revolución, o viviendo en la espera de su
triunfo". Chamson alcanza un tono fervoroso en la exégesis de esta
emoción. Pero el contagio de su exaltación no debe turbar la serenidad de
nuestro análisis, precisamente porque en este proceso de la nueva generación,
nosotros mismos nos sentimos en causa. La onda espiritual, que recorrió después
de la guerra las universidades y los grupos literarios y artísticos de la
América Latina, arranca de la misma crisis que agitaba a la juventud de 1919,
coetánea de André Chamson y Jean Prevost, en la ansiedad de una palinge-nesia.
Dentro de las diversas condiciones de lugar y hora, la revolución de 1919 no es
un fenómeno extraño a nuestro Continente.
Chamson se atiene, respecto al espíritu revolucionario de esa juventud,
a pruebas en exceso subjetivas. Las propias palabras transcritas indican, sin
embargo, que ese espíritu revolucionario, más que un fenómeno subjetivo, más
que una propiedad exclusiva de la generación del 19, era un reflejo de la
situación revolucionaria creada en Europa por la guerra y sus consecuencias,
por la victoria del socialismo en Rusia y por la caída de las monarquías de la
Europa central. Porque si la juventud del 19 "aceptaba" la revolución
o vivía "en la espera" de su triunfo, era porque la revolución estaba
en acto, anterior y superior a las voliciones de los adolescentes, testigos de
los horrores y sacrificios de la guerra. "Nosotros esperábamos la
revolución -agrega el
113
joven ensayista francés- nosotros queríamos estar seguros de su triunfo.
Pero, en la mayor parte, no habiendo arribado a ella por el cambio de las
doctrinas, éramos incapaces de fijarle un sentido político, ni siquiera un
valor social bien preciso. Estos juegos de la mente, estas previsiones de los
sistemas habrían sin duda engañado nuestra espera; pero nosotros queríamos más
y, del primer golpe, nos habíamos colocado más allá de esta revolución social,
en una especie de absoluto revolucionario. Lo que nosotros esperábamos era una
purificación del Mundo, un nuevo nacimiento: la sola posibilidad de vivir fuera
de la Guerra".
Lo que nos interesa, ahora, en tiempos de crítica de la estabilización
capitalista y de los factores que preparan una nueva ofensiva revolucionaria,
no es tanto el psicoanálisis ni la idealización del pathos juvenil de 1919,
como el esclarecimiento de los valores que ha creado y de la experiencia a que
ha servido. La historia de ese episodio sentimental, que Chamson eleva a la
categoría de una revolución, nos enseña que, poco a poco, después que las
ametralladoras de Noske restablecieron en Alemania el poder de la burguesía, el
mesianismo de la "nueva generación" empezó a calmarse, renunciando a
las responsabilidades precoces que, en los primeros años de post-guerra, se
había apasionadamente atribuido. La fuerza que mantuvo viva hasta 1923, con alguna
intermitencia, la esperanza revolucionaria no era, pues, la voluntad romántica
de reconstrucción, la inquietud tumultuaria de la juventud en severa vigilia;
era la desesperada lucha del proletariado en las barricadas, en las huelgas, en
los comicios, en las trincheras. La acción heroica, operada con desigual
fortuna, de Lenin y su aguerrida facción en Rusia, de Liebknecht, Rosa
Luxemburgo y Eugenio Levine en Alemania, de Bela Kun en
114
Hungría, de los obreros de la Fiat en Italia hasta la ocupación de las
fábricas y la escisión de las masas socialistas en Livorno*.
La esperanza de la juventud no se encontraba suficientemente ligada a su
época. André Chamson lo reconoce cuando escribe lo siguiente: "En
realidad, vivíamos un último episodio de la Revolución del 48. Por última vez,
acaso, espíritus formados por la más profunda experiencia histórica (fuese
intuitiva o razonada demandaban su fuerza a la más extrema ingenuidad de
esperanza. Lo que nosotros buscábamos era una prosecución proudhoniana, una
filosofía del progreso en el cual pudiésemos creer. Por un tiempo, la demandamos
a Marx. Obedeciendo a nuestros deseos, el marxismo se nos aparecía como una
exacta filosofía de la historia. La confianza que le acordábamos debía
desaparecer pronto, en la abstracción triunfante de la Revolución del 19, y más
todavía, en las consecuencias que este mito debía tener sobre nuestras vidas y
nuestros esfuerzos; pero en este momento poseía, por esto mismo, más fuerza.
Vivimos, por ella, en la certidumbre de conocer el orden de los hechos que iban
a desarrollarse, la marcha misma de los acontecimientos". El testimonio de
Jean Prevost ilustra otros lados de la revolución del 19: el esnobismo
universitario con que los estudiantes de su generación se entregaron a una
lectura rabiosa de Marx; el aflojamiento súbito de su impulso al choque con el
escandalizado ambiente doméstico y con los primeros bastonazos de la policía;
la decepción, el escepticismo, más o menos disfrazados de retorno a la
sasgase**. Los mejores espíritus, las mejores men-
--------------
* Ciudad italiana donde se
verificó un Congreso del Partido Socialista, al cual asistió José Carlos
Mariátegui, y en el que se produjo la ruptura definitiva entre las tendencias
socialista-reformista y comunista.
** Prudencia.
115
tes de la nueva generación siguieron su trayectoria: los dadaístas
pasaron del estridente tumulto de Dadá a las jornadas de la revolución
suprarrealista: Raymond Lefebre formuló su programa en estos términos
intransiguientes: "la revolución o la muerte"; el equipo de
intelectuales del Ordine Nuevo* de Turín, asumió la empresa de dar vida en
Italia al Partido Comunista, iniciando el trabajo político que debía costar,
bajo el fascismo, a Gramsci, Terracini, etc., la condena a veinte o veinticinco
años de prisión; Ernst Toller, Johannes R. Becher, George Grosz, en Alemania,
reclamaron un puesto en la lucha proletaria. Pero, en esta nueva jornada,
ninguno de estos nuevos revolucio-narios había continuado pensando que la
Revolución era una empresa de la juventud que, en 1919, se había plegado al
socialismo. Todos dejaban, más bien, de invocar su calidad de jóvenes, para
aceptar su responsabilidad y su misión de hombres. La palabra
"juventud", políticamente, estaba ya bastante comprometida. No en
balde las jornadas del fascismo se cumplían al ritornello de "Giovinezza,
giovinezza"**
El mito de la nueva generación, de la revolución del 19, ha perdido
mucho de su fuerza. Sin duda, la guerra señaló una ruptura, una separación. La
derrota del proletariado, en no pequeña parte, se debe al espíritu adiposamente
parlamentario, positivista, demoburgués de sus cuadros, compuestos en el 90 por
ciento por gente formada en el clima prebélico. En la juventud socialista se
reclutaron los primeros equipos de la Tercera Internacional. Los viejos
líderes, los Ebert y los Kautsky en Alemania, los Turati y los Modigliani en
Italia, los Bauer y los Renner en Austria, sabotearon la Revolución. Pero
Lenin, Trotsky, Stalin, procedían de una genera-
--------------
* Orden Nuevo.
** "Juventud,
juventud", Himno del Fascismo italiano
116
ción madura, templada en una larga lucha. Y hasta ahora la
"abstracción triunfante de la revolución del 19" cuenta muy poco en
la historia, al lado de la obra concreta, de la creación positiva de la
U.R.S.S.
La conquista de la juventud no deja de ser, por esto, una de las
necesidades más evidentes, más actuales, de los partidos revolucionarios. Pero,
a condición de que los jóvenes sepan que mañana les tocará cumplir su misión,
sin los álibis de la juventud, con responsabilidad y capacidad de hombres.
117
XV
El Proceso a la Literatura Francesa Contemporánea
Explorando un sector contiguo al de las confesiones de Chamson, Prevost
y otros "jóvenes europeos", para emplear el término de Drieu la
Rochelle, me detendré con el lector en otro ensayo novísimo, el publicado por
Emmanuel Berl, con el título de Premier Panphlet. Les literateurs et la
revolution*, en los números 73 a 75 de Europe. Berl intenta, en este ensayo, el
replantea-miento de la cuestión de la Revolución y la Inteligencia, que tan
frecuen-temente preocupa a los intelectuales de los tiempos post-bélicos. Su
estudio es, en gran parte, un proceso a la literatura francesa contemporánea,
severamente acusada por su conformismo y su burguesismo, que Berl documenta
copiosa y vivazmente.
Berl parte en su investigación de este punto de vista: "Dudo
-comienza diciendo- que la idea de la revolución pueda ser clara para
cualquiera que no entienda por ella la esperanza de confiscar el poder, en
provecho del grupo de que forma parte. La más sólida enseñanza de Lenin es
aquí, tal vez, dónde hay que buscarla. La idea de la Revolución no se oscurece
jamás en Lenin, porque él dispone de un criterio muy seguro para que sea
posible que se oscurezca: todo el poder a los soviets, todo el poder a los bolcheviques.
Triunfa sobre Kautsky con facilidad,
--------------
* Primer Panfleto. Los Literatos y la Revolución.
118
porque Kautsky no sabe ya lo que entiende por la palabra Revolución, en
tanto que Lenin lo sabe. En Les Conquerants*, Borodine declara "la
Revolución es pagar al ejército". Así hubiera hablado Saint-Just. Y
nosotros tenemos aquí el sentimiento de tocar la evidencia revolucionaria. Pero
semejantes definiciones cesan de valer desde que no se está más en plena
acción, justificado por el acontecimiento que se desencadena. No puedo aceptar
que se reduzca la idea revolucionaria a la serie de emociones o de efusiones
líricas que puede suscitar en tal o cual persona. La Revolución no es el
muchacho que disputa con su familia, ni el señor a quien aburre su mujer, ni la
cortesana ávida de dejar a su amante para cambiar de mentira. Estamos obligados
al análisis desde que queremos pensar. Es nuestro lote". En la primera
parte de esta proposición, la posición de Berl es justa; pero, como veremos más
adelante, no lo es igualmente en la segunda. Berl distingue y separa los
tiempos de acción de los tiempos de espera, distinción que para el
"revolucionario profesional", de que habla Max Eastman, no existe. El
secreto de Lenin está precisamente en su facultad de continuar su trabajo de
crítica y preparación, sin aflojar nunca en su empeño, después de la derrota de
1905, en una época de pesimismo y desaliento. Marx y Engels realizaron la mayor
parte de su obra, grande por su valor espiritual y científico, aun
independientemente de su eficacia revolucionaria, en tiempos que ellos eran los
primeros en no considerar de inminencia insurreccional. Ni el análisis los
llevaba a inhibirse de la acción, ni la acción a inhibirse del análisis.
El autor de Premier Panplhet permanece fiel, en el fondo, a la
reivindicación de la inteligencia pura. Esta es la razón de que acepte
--------------
* Los Conquistadores.
119
los reproches que M. Benda hace al pensamiento contemporáneo, aunque
crea que "la más grave enfermedad de que sufre es la falta de coraje, no
la falta de universalidad". Berl observa, muy certeramente, que "el
cler* no es estorbado por la política en la medida en que él la piensa, sino en
la medida en que no la piensa" y que "la naturaleza del espíritu
comporta que no sea jamás siervo de lo que considera, sino de lo que
neglige". Pero cuando se trata de las conse-cuencias y las obligaciones de
pensar la política, Berl exige que el intelectual comparta, forzosamente, su
pesimismo, su criticismo negativo. Evitar, negligir la política es, sin duda,
una manera de traicionar al espíritu; pero a su juicio, suscribir la esperanza
de un partido, el mito de una revolución, lo es también.
Más interesante que su tesis respecto a los deberes de la inteligencia,
son los juicios sobre la actual literatura francesa que la ilustran. Esta
literatura es, ante todo, más burguesa que la burguesía. "La burguesía
constantemente duda de sí. Hace bien. Afirmarse como burguesía es suscribir al
marxismo". Los literatos, en tanto, empiezan a ocuparse en una apologética
de la burguesía como clase. Su burguesismo se manifiesta vivamente en su
desconfianza de la ideología. "Amor de la historia, odio de la idea",
he aquí uno de los rasgos dominantes. Esta es, precisamente, la actitud de la
burguesía desde que, lejanas sus jornadas románticas, superada su estación
nacionalista, se refugia en esa divinización de la historia, que denuncia en
términos tan precisos Tilgher. La desconfianza en la idea precede a la
desconfianza en el hombre. También en este gesto, la burguesía no hace otra
cosa que renegar del romanticismo. El literato moderno busca en el arsenal de
la nueva Psicolo-
--------------
* Intelectual
120
gía las armas que pueden servirle para demostrar la impotencia, la
contra-dicción, la miseria del hombre. "Para que la desconfianza en el
hombre sea completa, hace falta denigrar al héroe". Este le parece a Berl
verdadero objeto de la biografía novelada.
La literatura conformista de la Francia contemporánea se siente superior
y extraña a la ideología. No por eso está menos saturada de ideas, menos regida
por impulsos que la conducen a un total acatamiento del espíritu reaccionario y
decadente de la burguesía que traduce y complace. Berl anota sagazmente que
"no hay nada tan poincarista como los libros de M. Giraudoux, inspira-dos
por la Notaría Berrichon, repletos de alusiones culturales como un discurso de
M. Leon Berard y murmullantes de gratitud al Dios histórico y social que
permite estos ocios virgilianos"... Los personajes de Giraudoux reflejan
el mismo sentimiento. Eglantina, por ejemplo, "tiende por inclinación
natural hacia los señores ricos y nobles: posee esa afición preciosa del viejo
que Frosine alababa ya en Marianne". Cocteau obedece con idéntico rigor al
gusto del público burgués. Poco importa su amor por Picasso y Apollinaire.
Hasta cuando parece empeñarse en la más insólita aventura, Cocteau no hace más
que "preparar sus finas charadas para la duquesa de Guermantes"* Berl
desvanece la ilusión de Albert Thibaudet sobre una literatura antagónica,
antitética de la política, por la joventud de sus líderes. "Los jóvenes
cantan dice Berl como los viejos silban. M. Maurois escribe como M. Poincaré
gobierna, con el cuidado y el sentido del menor riesgo. M. Morand compone como
M. Philippe Berthelot administra".
Pero, ¿la técnica al menos de la novela Fran-
--------------
* Personaje de Marcel Proust en En busca del tiempo perdido.
121
cesa de hoy no es nueva? Berl lo niega. Los autores no abandonan, en
verdad, las recetas de la no-vela ochocentista. "La novela no logra
adaptar sus métodos a los resultados de la psicología moderna. La mayor parte
de los autores conservan o fingen conservar una fe en la confección de sus
personajes, inadmisibles después de Freud. No quieren admitir que el relato que
un personaje hace de su pasado revela más su estado presente que el pasado del
cual hablan. Continúan representándose la vida de una persona como el
desenvolvimiento de una cosa solitaria y determinada por anticipado en un
tiempo vacío. No siguen las lecciones del behavorismo* que debería producir,
sin embargo, una literatura mucho más precisa que la nuestra, ni siquiera las
lecciones del psicoanálisis, que deberían convencer definitiva-mente a los
autores de que un personaje está impedido, por las leyes de la represión, de
adquirir una conciencia clara de sí. Apenas si tienen en cuenta los
descubrimientos de Bergson sobre el funcionamiento de la memoria".
Bergonismo dictado quizá por razones patrióticas, se podría agregar, de
acatamiento a la autoridad de un Bergson académico y conservador. Pues las
reservas del orden y la claridad francesas a Freud y el psicoanálisis
dependerán siempre, en no pequeña parte, de cierta escasa disposición
patriótica a adherirse a las fórmulas de un "boche", aunque partan de
las experiencias de Charcot.
Lo mejor del trabajo de Emmanuel Berl es esta requisitoria. En cuanto
pasa a reivindicar la autonomía del intelectual, frente a las fórmulas y al
pensamiento de la Revolución, no menos que frente a las fórmulas y el
pensamiento reaccionarios, cae en la más incondicional servidumbre al mito de
la Inteligencia pura. Todos
--------------
* Se denomina behavorismo la
tendencia a reducir la Psicología al estudio de las reacciones externas del
hombre frente a los estímulos; o sea, a su conducta objetiva.
122
los prejuicios de la crítica pequeño-burguesa y de su gusto por la
utopía o su clausura en el esceptismo, asoman en este concepto: "La causa
de la Inteligencia y la de la Revolución no se confunden sino en la medida en
que la Revolución es un no-conformismo. Pero es claro que la Revolución no
puede reducirse a esto. Manera de negar, es también una manera de combatir y
una manera de construir. Exige un programa por realizar y un grupo que lo
realice. Ahora bien, el no-conformismo no sabría aceptar un programa y un orden
dados, por el solo motivo de que se oponen al orden establecido". Berl no
quiere que el intelectual sea un hombre de partido. Tiene, tanto como Julien
Brenda, la idolatría del clerc. Y en esto, lo aventajan esos surrealistas
contra quienes no ahorra críticas e ironías. Y no sólo los jóvenes surrealista
sino también el viejo Bernard Shaw que, aunque fabiano y heterodoxo, declaró en
la más solemne ocasión de su vida: "Karl Marx hizo de mí un hombre".
Piensa Berl que el primer valor de la inteligencia, en esta época de
transición y de crisis, debe ser la lucidez. Pero lo que, en verdad, disimula
sus preocupa-ciones es la tendencia intelectual a evadirse de la lucha de
clases, la pretensión de mantenerse au dessus de la melée*. Todos los
intelectuales que reconocen como suyo el estado de conciencia de Emmanuel Berl
se adhieren abstracta-mente a la Revolución, pero se detienen ante la
Revolución concreta. Repu-dian a la burguesía, pero no se deciden a marchar al
lado del proletariado. En el fondo de su actitud se agita un desesperado
egocentrismo. Los intelectuales querrían sustituir al marxismo demasiado
técnico para unos, demasiado materialista para otros, con una teoría propia.
--------------
* Por encima de la contienda.
123
Un literato, más o menos ausente de la historia, más o menos extraño a
la Revolución en acto, se imagina suficientemente inspirado para suministrar a
las masas una nueva concepción de la sociedad y la política. Como las masas no
le abren inmediatamente un crédito bastante largo, y prefieren continuar, sin
esperar el taumatúrgico descubrimiento, el método marxista-leninista, el
literato se disgusta del socialismo y del proletariado, de una doctrina y una
clase que apenas conoce y a las que se acerca con todos sus prejuicios de
universidad, de cenáculo o de café. "El drama del intelectual
contemporáneo - escribe Berl- es que querría ser revolucionario y no puede
conseguirlo. Siente la necesidad de sacudir el mundo moderno, cogido en las
redes de los nacionalismos y de las clases, siente la imposibilidad moral de
aceptar el destino de los obreros de Europa -destino más inaceptable quizás que
el de ningún grupo humano en ningún período de la historia- porque la
civilización capitalista, si no los condena necesariamente a la miseria
integral en que Marx los veía arrojados, no puede ofrecerles ninguna
justificación de su existencia, en relación a un principio o a una finalidad
cualquiera". Los prejuicios de universidad, de cenáculo y de café, exigen
coquetear con los evangelios del espiritualismo, imponen el gusto de los mágico
y lo oscuro, restituyen un sentido misterioso y sobrenatural al espíritu. Es
lógico que estos sentimientos estorben la aceptación del marxismo. Pero es
absurdo mirar en ellos otra cosa que un humor reaccionario, del que no cabe
esperar ningún concurso al esclarecimiento de los problemas de la Inteligencia
y la Revolución.
Cumplido el experimento del dadaísmo y del suprarrealismo, un grupo de
los grandes artistas, a los que nadie discutirá la más absoluta modernidad
estética, se ha dado cuenta de que,
124
en el plano social y político, el marxismo representa incontestablemente
la Revolución. André Breton encuentra vano alzarse contra las leyes del
materialismo histórico y declara falsa "toda empresa de explicación social
distinta de la de Marx". El suprarrealismo, acusado por Berl de haberse
refugiado en un club de la desesperanza, en una literatura de la desesperanza,
ha demostrado, en verdad, un entendimiento mucho más exacto, una noción mucho
más clara de la misión del Espíritu. Quien, en cambio, no ha salido de la etapa
de la desesperanza es más bien Emmanuel Berl, negativo, escéptico, nihilista
confortado apenas por la impresión de que para la Inteligencia "no ha
sonado todavía la hora de un suicidio quizá ineluctable". ¿Y no es
signi-ficativo que un hombre de la calidad de Pierre Morghange, después del
experimento de Philosophies* y de L`Esprit** haya acabado enrolándose en el
equipo fundador de La Revue Marxiste?*** Morhange, no menos que Berl,
reivindicaba intransigentemente los derechos del Espíritu. Pero en su severo
análisis, en su honrada indagación de los ingredientes de todas las teorías
filosóficas que atribuyen la representación del Espíritu, debe haber comprobado
que, en verdad, no tendían sino al sabotaje intelectual de la Revolución.
Seguramente Berl teme que, al aceptar el marxismo, el intelectual
renuncie a ese supremo valor, la lucidez, celosamente defendida en su proceso a
la literatura. En este punto, como en todos, se acusa su extremo acatamiento a
los postulados anárquicos y antidogmáticos del "libre pensamiento".
Massis tiene, sin duda, razón contra estos heréticos sistemáticos, cuando
--------------
* Filosofías.
** El Espíritu
*** Revista Marxista
125
afirma que sólo hay posibilidad de progreso y de libertad dentro del
dogma. La aserción es falsa en lo que se refiere al dogma de Massis, que hace
mucho tiempo dejo de ser susceptible de desarrollo, se pretificó en fórmulas
eternas, se tornó extraño al devenir social en marcha. La herejía individual es
infecunda. En general, la fortuna de la herejía depende de sus elementos o de
sus posibilidades de devenir en dogma de incorporarse en un dogma. El dogma es
entendido aquí como la doctrina de un cambio histórico. Y, como tal, mientras
el cambio se opera, esto es, mientras el dogma no se transforma en un archivo o
en un código de una ideología del pasado, nada garantiza como el dogma la
libertad creadora, la función germinal del pensamiento. El intelectual necesita
apoyarse, en su especulación, en una creencia, en un principio, que haga de él
un factor de la historia y del progreso. Es entonces cuando su potencia de
creación puede trabajar con la máxima libertad consentida por su tiempo. Shaw
tiene esta intuición cuando dice: "Karl Marx hizo de mí un hombre, el
socialismo hizo de mí un hombre". El dogma no impidió a Dante, en su
época, ser uno de los más grandes poetas de todos los tiempos; el dogma, si así
se prefiere llamarlo, ensanchando la acepción del término, no ha impedido a
Lenin ser uno de los más grandes revolucionarios y uno de los más grandes
estadistas. Un dogmático como Marx, como Engels, influye en los acontecimientos
y en las ideas, más que cualquier gran herético y que cualquier gran nihilista.
Este solo hecho debería anular toda apre-hensión, todo temor respecto a la
limitación de lo dogmático. La posición marxista, para el intelectual
contemporáneo, no utopista, es la única posición que le ofrece una vía de
libertad y de avance. El dog-
126
ma tiene la utilidad de un derrotero, de una carta geográfica: es la
sola garantía de no repetir dos veces, con la ilusión de avanzar, el mismo
recorrido y de no encerrarse, por mala información, en ningún impasse. El libre
pensador a ultranza, se condena generalmente a la más estrecha de las
servidumbres: su especulación voltejea a una velocidad loca pero inútil en
torno a un punto fijo. El dogma no es un itinerario sino una brújula en el
viaje. Para pensar con libertad, la primera condición es abandonar la preocupación
de la libertad absoluta. El pensamiento tiene una necesidad estricta de rumbo y
objeto. Pensar bien es, en gran parte, una cuestión de dirección o de órbita.
El sorelismo como retorno al sentimiento original de la lucha de clases, como
protesta contra el aburguesamiento parlamentario y pacifista del socialismo, es
el tipo de la herejía que se incorpora al dogma. Y en Sorel reconocemos al
intelectual que, fuera de la disciplina de partido, pero fiel a una disciplina
superior de clase y de método, sirve a la idea revolucionaria. Sorel logró una
continuación original del marxismo, porque comenzó por aceptar todas las
premisas del marxismo, no por repudiarlas a priori y en bloque, como Henri de
Man en su vanidosa aventura. Lenin nos prueba, en la política práctica, con el
testimonio irrecusable de una revolución, que el marxismo es el único medio de
proseguir y superar a Marx.
127
XVI
"La Ciencia de la Revolución"
La Ciencia de la Revolución de Max Eastman se contrae casi a la aserción
de que Marx, en su pensamiento, no consiguió nunca emanciparse de Hegel. Si
este hegelianismo incurable hubiese persistido sólo en Marx y Engels,
preocuparía sin duda muy poco al autor de La Ciencia de la Revolución. Pero
como lo encuentra subsistente en la teorización marxista de sus continuadores
y, sobre todo, dogmáticamente profesado por los ideólogos de la Revolución
rusa, Max Eastman considera urgente y esencial denunciarlo y combatirlo. Hay
que entender sus reparos a Marx como reparos al marxismo.
Por lo que La Ciencia de la Revolución demuestra, más bien que la
imposibilidad de Marx de emanciparse de Hegel, es la incapacidad de Max Eastman
para emanciparse de William James. Eastman se muestra parti-cularmente fiel a
William James en su antihegelianismo. William James, después de reconocer a
Hegel como uno de los pocos pensadores que proponen una solución de conjunto a
los problemas dialécticos, se apresura a agregar: "escribía de una manera
tan abominable que no lo he comprendido jamás". (Introducción a la
Filosofía). Max Eastman no se ha esforzado más por comprender a Hegel. En su
ofensiva contra el método dialéctico, actúan todas sus resistencias de
norteamericano -proclive a un practicismo flexible e individualista, permeado
de ideas pragmáti-
128
cas- contra el panlogismo germano, contra el sistema de una concepción
unitaria y dialéctica. En apariencia, el "americanismo" de la tesis
de Max Eastman, está en su creencia de que la Revolución no necesita una
filosofía sino solamente una ciencia, una técnica; pero, en el fondo, está
verdadera-mente en su tendencia anglosajona a rechazar, en el nombre del puro
"buen sentido", toda difícil construcción ideológica chocante a su
educación pragmática.
Max Eastman al reprochar a Marx el no haberse liberado de Hegel, le
reprocha en general el no haberse liberado de toda metafísica, de toda
filosofía. No cae en cuenta de que si Marx se hubiera propuesto y realizado,
únicamente, con la prolijidad de un técnico alemán, el esclarecimiento
científico de los problemas de la Revolución, tales como se presentaban
empíricamente en su tiempo, no habría alcanzado sus más eficaces y valiosas
conclusiones científicas, ni habría, mucho menos, elevado al socialismo al grado
de disciplina ideológica y de organización política que lo han convertido en la
fuerza constructora de un nuevo orden social. Marx pudo ser un técnico de la
Revolución lo mismo que Lenin, precisamente porque no se detuvo en la
elaboración de unas cuantas recetas de efecto estrictamente verificable. Si
hubiese rehusado o temido confrontar las dificultades de la creación de un
"sistema", para no disgustar más tarde al pluralismo irreductible de
Max Eastman, su obra teórica no superaría en trascendencia histórica a la de
Proudhon y Kropotkin.
No advierte tampoco Max Eastman que, sin la teoría del materialismo
histórico, el socialismo no habría abandonado el punto muerto del materialis-mo
filosófico, y en el envejecimiento inevitable de éste, por su incomprensión de
la necesidad de fijar las leyes de la evolución y el movimiento, se habría
contagiado más fácilmen-
129
te de todo linaje de "idealismos" reaccionarios. Para Max
Eastman el hegelianismo es un demonio que hay que hacer salir del cuerpo del
marxismo, exorcizándolo en nombre de la ciencia. ¿En qué razones se apoya su
tesis para afirmar que en la obra de Marx alienta, hasta el fin, el
hegelianismo más metafísico y tudesco? En verdad, Max Eastman no tiene más
pruebas de esta convicción que las que tenía antiguamente un creyente de la
presencia del demonio en el cuerpo del individuo que debía ser exorcizado. He
aquí su diagnosis del caso Marx: "Al declarar alegremente que no hay tal
Ideal, que no hay Empíreo alguno que anda en el centro del universo, que la
realidad última es, no el espíritu, sino la materia, puso de lado toda emoción
sentimental y, en una disposición que parecía ser completamente realista, se
puso a escribir la ciencia de la revolución del proletariado. Pero a pesar de
esta profunda transformación emocional por él experimentada, sus escritos
siguen teniendo un carácter metafísico y esencialmente animista. Marx no había
examinado este mundo material, del mismo modo que un artesano examina sus
materiales, a fin de ver la manera de sacar el mejor partido de ellos. Marx
examinó el mundo material del mismo modo que un sacerdote examina el mundo
ideal, con la esperanza de encontrar en él sus propias aspiraciones creadoras
y, en caso contrario, para ver de qué modo podía trasplantarlas en él. Bajo su
forma intelectual, el marxismo no representaba el pasaje del socialismo utópico
al socialismo científico; no re-presentaba la sustitución del evangelio nada
práctico de un mundo mejor por un plan práctico, apoyado en un estudio de la
sociedad actual e indicando los medios de reemplazarla por una sociedad mejor.
El marxismo constituía el pasaje del socialismo utópico a una religión
socialista, un esquema destinado a convencer al creyente de que el univer-
130
so mismo engendra automáticamente una sociedad mejor y que él, el
creyente, no tiene más que seguir el movimiento general de este universo".
No le bastan a Max Eastman, como garantía del sentido totalmente nuevo y
revolucionario que tiene en Marx el empleo de la dialéctica, las proposiciones
que él mismo copia en La Ciencia de la Revolución de la Tesis sobre Feurbach.
No recuerda, en ningún momento, esta terminante afirmación de Marx: "El
método dialéctico no solamente difiere en cuanto al fondo del de Hegel sino que
le es, aún más, del todo contrario. Para Hegel el proceso del pensa-miento, que
él transforma, bajo el nombre de idea, en un sujeto independiente, es el
demiurgo (creador) de la realidad, no siendo esta última sino su manifestación
exterior. Para mí, al contrario, la idea no es otra cosa que el mundo material
traducido y transformado por el cerebro humano". Sin duda, Max Eastman
pretenderá que su crítica no concierne a la exposición teórica del materialismo
histórico, sino a un hegelianismo espiritual e intelectual -a cierta
conformación mental de profesor de metafísica- de que a su juicio Marx no supo
nunca desprenderse, a pesar del materialismo histórico, y cuyos signos hay que
buscar en el tono dominante de su especulación y de su prédica. Y aquí tocamos
su error fundamental: su repudio a la filosofía misma, su mística convicción de
que todo, absolutamente todo, es reducible a ciencia y de que la Revolución
socialista no necesita filósofos sino técnicos. Emmanuel Berl se burla
cabalmente de esta tendencia, aunque sin distinguirla, como es de rigor, de las
expresiones auténticas del pensamiento revolucio-nario. "La agitación
revolucionaria misma -escribe Berl- acaba por ser representada como una técnica
especial que se podría enseñar en una Escuela Central. Estudio del marxismo
superior, historia de las revoluciones, participa-
131
ción más o menos real en los diversos movimientos que pueden producirse
en tal o cual punto, conclusiones obtenidas de estos ejemplos de los cuales hay
que extraer una fórmula abstracta, que se podría aplicar automáticamente en
todo lugar donde aparezca una posibilidad revolucionaria. Al lado del Comisario
del Caucho, el Comisario de Propaganda, ambos politécnicos".
El cientificismo de Max Eastman no es tampoco rigurosamente original. En
tiempos en que pontificaban aún los positivistas, Enrico Ferri, dando al
término "socialismo científico" una acepción estricta y literal,
pensó también que era posible algo así como ciencia de la Revolución. Sorel se
divirtió mucho, con este motivo, a expensas del sabio italiano, cuyos aportes a
la especulación socialista no fueron nunca tomados en serio por los jefes del
socialismo alemán. Hoy los tiempos son menos que antes favorables para, no ya
desde los puntos de vista de la escuela positiva, sino desde los del
practicismo yanqui, renovar la tentativa. Max Eastman, además, no esboza
ninguno de los principios de una ciencia de la Revolución. A este respecto, la
intención de su libro, que coincide con el de Henri de Man en su carácter
negativo, se queda en el título.
133
TEORIA Y PRÁCTICA
DE LA REACCION
135
I
LOS IDEOLOGOS DE LA REACCION*
El hecho reaccionario -como tuve ocasión de apuntarlo a propósito de la
adhesión de Maeztu a la dictadura de su patria1- ha precedido a la idea
reaccionaria. Tenemos ahora una abundante filosofía de la reacción; pero para
su tranquilo florecimiento ha sido necesaria, previamente, la reacción misma.
No pretendo que antes de la crisis de la democracia y del liberalismo faltasen
intelectuales reaccionarios, sino que sus tesis, desarticuladas y
fragmentarias, tenían el carácter de una protesta romántica, o de una crisis
pesimista de instituciones y principios democráticos, mas no el de sistema o
doctrina afirmativa y beligerante que ha adquirido después de la marcha
fascista de Roma. La actitud general de la Inteligencia fue, hasta la paz, de
más o menos ortodoxa aceptación de las ideas del Progreso y la Democracia. El
pensa-miento reaccionario se contentaba con una especulación teórica, casi
siempre negativa y en muchos casos literaria. Ahora sale de su clausura, gana
muchas adhesiones intelectuales, causa gran estrago en la conciencia asustada y
abdicante de la democracia y se arroga la representación espiritual de la
civilización de Occidente, mal defendida, es cierto, por sus ideólogos
liberales, en cuyas filas parece haber cundido el escepticis-
--------------
* Publicado en Variedades: Lima, 29 de Octubre de 1927.
1 Véase en El Alma Matinal y otras Estaciones del hombre de Hoy, de José
Carlos Mariátegui, el artículo "Maeztu, Ayer y Hoy" (N. de los E.).
136
mo y el desencanto. Para que medre de este modo una ideología
reaccionaria, ha sido preciso, por una parte, que el fascismo descubra y
propague su golpes de Estado y, por otra parte, que el general Dawes2 y los
banqueros yanquis impongan a la Europa vencida, lo mismo que a la Europa
vencedora, su contralor económico.
Mientras Europa se mostró sacudida por la agitación revolucionaria, y
desgarrada por sus contradicciones económicas y sus pasiones nacionalistas, la
Inteligencia se inclinó a adoptar una actitud agorera, pesimista. La teoría de
Spengler, apresuradamente interpretada como la profecía de un cataclismo ya
desencadenado, engendró un estado de ánimo de derrotismo y desesperanza.
Guillermo Ferrero, identificando el destino de la civilización occidental con
el de la democracia capitalista, sembró en el espíritu latino -el espíritu
sajón no alcanzaba su prédica enfadosa- fúnebres presagios. En la prisa de
declarar la quiebra de la civilización, no se advirtió la largueza de la
previsión de Spengler, dentro de la cual entraba, precisamente, un período de
cesarismo imperialista, que muy pronto tocaría inaugurar a Mussolini3, antiguo
agitador socialista, reacio como el que más a inspirarse en los filósofos.
Sólo después de que Europa, liquidada la operación del Rhur y conjurada
la amenaza revolucionaria de Italia y Alemania, entró en una etapa de
estabilización capitalista -y cuando, no con poca sorpresa de algunos, los
intelectuales se sintieron momentáneamente al cubierto del peligro de la
confiscación o el racionamiento- se desarrollaron y difundieron teorías de
-------------
2 Véase en La Escena Contemporánea, del autor, el artículo "El
debate de las deudas interaliadas" (N. de los E.).
3 Véase, del autor, el capitulo "Biología del Fascismo", en La
Escena Contemporánea (N. de los E.).
137
todo porte, para réclame y consulta de las dictaduras reaccionarias.
Pero esta apologética prospera, hasta hoy, casi en los países donde, por
su escaso arraigo, la idea demo-liberal ha sido fácilmente batida por el método
fascista. La ideología de la reacción pertenece sobre todo a Italia, aunque los
intelectuales fascistas se presentan, bajo tantos puntos de vista, amamantados
por el nacionalismo de Maurras. Italia ocupa el primer lugar en ese
movi-miento, no sólo porque Gentile, Rocco, Suckert, etc., han acometido con
más brío y originalidad la empresa de explicar el fascismo -que acaso con mayor
título debía haber correspondido a Giuseppe de Rensi, a quien su Principi di
Politica Impopolare* señala como uno de los pioneros intelectuales de la
reacción- sino porque, en el fascismo italiano, la teoría reaccionaria es hija de
la práctica del golpe de Estado. Suckert, al menos, pone en su tesis algo así
como la emoción de la cachiporra. Francia que, por el apego de sus tribunos a
la tradición parlamentaria y republicana, se ha contentado con llegar a la
antesala de la dictadura, no puede producir, a pesar de la prestancia de sus
ingenios, una literatura fascista emancipada de la experiencia italiana. René
Johannet y Georges Valois se suponen discípulos directos de Georges Sorel; pero
el fascismo italiano coloca entre sus maestros al genial autor, tan
diversamente entendido, de Reflexiones sobre la Violencia. Y, Henri Massis, al
proclamar el orden romano como la suprema ley de la civilización del
Occi-dente, suscribe un concepto del fascismo italiano, que mira también en la
latinidad la mayor y más viva reserva espiritual de Europa.
Desde sus puntos de vista de escolástico, para quien el cimiento de la
civilización europea
--------------
* Principios de Política Impopular.
138
consiste, simple y únicamente en la tradición romana, Henri Massis ha
hecho una defensa de Occidente. Llamémosla defensa de oficio, ya que la
civili-zación occidental no parece muy propensa a elegir su abogado en los
rangos de la Iglesia Romana.
La restauración que ambiciona el fascismo -si nos atenemos a sus
retóricas alusiones al Imperio Romano, ante las cuales no debemos olvidar que
en su origen, este mismo movimiento, se manifestaba anticlerical y republicano-
es todavía demasiado improbable para que se vincule indisolublemente a la
latinidad y al catolicismo el destino de la civilización occidental. El dilema
Roma o Moscú no es sino provisorio. No existe aún ninguna razón seria para
dudar que será el capitalismo anglosajón el que dirá la última palabra de la
burguesía, en el conflicto entre el derecho romano y el derecho soviético.
El Occidente, tan solícitamente defendido por Henri Massis, no es sino
parcialmente católico y latino. El fenómeno capitalista que domina a toda la
edad moderna, se ha alimentado del pensamiento protestante, individualista y
liberal, esencialmente anglosajón. La Reforma, un hecho histórico que Massis
repudia ortodoxamente, nutre todavía con su savia a esta cultura, que el celo
escolástico del escritor francés quiere reducir a una fórmula romana. Esta es
una cosa que hasta un simple novelista, sin excesivo bagaje filosófico, como
Paul Morand, ha logrado advertir.
139
II
CONTRADICCIONES DE LA REACCION*
Los ideólogos neotomistas de Italia y Francia que, en el afán de
edificar la teoría reaccionaria sobre bases de una intransigente negación del
liberalismo, condenan la Reforma y predican la restauración del orden romano,
entre otros riesgos doctrinales y teoréticos corren el de la herejía. Este es,
sin duda, el peligro que más tendrá que preocupar a Henri Massis, tan
profundamente convencido de que sólo el dogma es fecundo.
Mientras que estos ideólogos disponen de la filosofía escolástica como
de una propiedad incontestable, la Iglesia Romana, con una autoridad que nadie
puede regatearle, se manifiesta muy poco favorable a sancionar el empleo que
aquéllos hacen de su tradición y su doctrina. La excomunión de L'Action
Française no es la única señal de la resistencia, sagaz pero firme, de la
Iglesia a consentir que se le comprometa, so pretexto de defensa de la
civilización europea, en una guerra a fondo contra la democracia y el
socialismo. El Vaticano, no obstante las buenas relaciones que cultiva con
Mussolini, ha declarado reiteradamente su desaprobación terminante del concepto
fascista sobre el Estado. Concepto que desciende innegablemente del que formuló
con Fichte la filosofía idealista, para el uso de los estados protestantes o
liberales, y que conduce a la divinización del Estado atribuyéndole,
prácticamente, todos los poderes, así espirituales como temporales.
--------------
* Publicado en Variedades: Lima, 19 de Noviembre de 1927.
140
La reacción ha sorprendido a la Iglesia en un período en que ésta tomaba
francamente partido por la democracia, alentando la organización de partidos
cristianos-sociales, apoyados en sindicatos obreros y campesinos, del tipo del
Partido Popular, fundado en Italia por Don Sturzo, con ostensible beneplácito
del Vaticano. La satisfacción dada, con inteligente oportunismo, por el
Gobierno de Mussolini, a las reivindicaciones del Partido Popular en materia de
enseñanza, ha anulado la función de ese grupo y ha obligado al Papa a licenciar
a Don Sturzo, según la exacta frase de Missiroli; pero no ha sido bastante para
suprimir la distancia que separa doctrinalmente al fascismo de la Iglesia. El
Vaticano ha aceptado el hecho fascista; pero no la teoría fascista. Y contra el
hecho y la teoría mantienen su oposición Don Sturzo y muchos supérstites del
disuelto Partido Popular, afrontando, a veces, como en el caso de los curas de
Trieste, condenados a varios años de cárcel, los rigores de la represión
fascista.
Porque si la Iglesia, en su lucha contra la Reforma y la laicidad, se
había sentido enemiga del liberalismo, no se había sentido, más tarde,
igualmente, enemiga de la democracia; sobre todo, desde que ésta, pasado el
período de efervescencia jacobina, se definió como un sistema que superaba al
liberalismo, y dentro del cual podía desarrollarse una sociedad socialista. En
este período, los católicos empezaron a intervenir con tales, con creciente
potencia, en la política democrática, preconizando la fórmula cristiano-social
que ahora mismo abrazan y sostienen en Alemania y Austria, respectivamente,
Marx y Monseñor Siepel. La Iglesia consideró más o menos liquidadas sus
antiguas diferencias con el orden demoburgués. Y aun contra el socialismo sus
objeciones eran más de carácter filosófico que político, estando como estaban
141
fundamentalmente dirigidas contra una concepción materialista de la
historia que resuelve lo espiritual en lo temporal, por ser éste,
exclusivamente, el plano en que se mueve. El liberalismo, absorbido por la
democracia había perdido, salvo tal vez en Francia, su carácter anticlerical; y
el protestantismo, recorrida ya su trayectoria revolucionaria, se acomodaba al
formulismo y al dogma-tismo, contra los cuales se agitó en su origen, y
renegando el libre examen, se acercaba al instante en que perseguiría inquisitorialmente,
en Norteamérica, la enseñanza de la teoría darwinista. Las distancias entre el
protestantismo y el catolicismo aparecían hasta tal punto acortadas que su
reconciliación se presentaba como un ideal, al cual iban, poco a poco,
avecinándose.
El fenómeno fascista ha venido a interrumpir un proceso de adaptación a
la democracia, al cual el catolicismo se presenta visiblemente de mejor gana
que a la restauración absolutista, más o menos abiertamente patrocinada por los
pensadores reaccionarios. La Iglesia se reconoce democrática. Sus querellas con
las democracias, en particular, no han significado una oposición de principio a
la democracia en general. ¿No es un lugar común el concepto de que el germen de
la democracia está en el Evangelio? Lo que la Iglesia ha combatido siempre ha
sido el Es tado que absorbe y asume todos los poderes, el Estado entendido como
fin y no como medio, el Estado como ahora lo conciben precisamente los
fascistas. Su adversario en el orden burgués ha sido el liberalismo, no la
democracia. Porque el liberalismo -aparte su filiación protestante y
librepensadora- es una doctrina, mientras la democracia es, más bien, un
método. Y, concretamente, la democracia con la cual la Iglesia se aviene, y
concilia, es la democracia burguesa, vale decir, el capitalismo.
142
El capitalismo no se ha decidido todavía -a pesar de la experiencia de
Italia y España- a echar por la borda a la democracia. He aquí otro hecho, que
la Iglesia cauta y sagaz no puede negligir, con la misma facilidad que los
neotomistas al servicio de la Reacción. Las naciones de más desarrollado
capitalismo, la Gran Bretaña, Alemania, Francia, conservan aún el sistema
democrático. El capitalismo norteamericano lo ha adoptado de tal grado a sus
fines que no piensa, siquiera, que algún día puede resultarle embarazoso e
incómodo.
Ningún interés práctico empuja a la Iglesia a aprobar la doctrina
fascista, por mucho que ésta se repute tomista y romana. La gravitación
conservadora se detiene en los límites de una estabilización capitalista que,
hasta cierto punto, puede ser, también, una relativa estabilización
democrática.
Y por otra parte, el nacionalismo -esta es una de las pasiones que más
explota la reacción- se compadece mal con el universalismo de Roma. La idea de
la nación estuvo en su origen demasiado mezclada con la idea liberal -vale
decir a la Reforma- para que la Iglesia haya olvidado ya los agravios recibidos
del nacionalismo, en su primera edad. Y la nueva ideología nacionalista se
aviene menos aún con la doctrina católica que la concepción del Estado y la
Nación surgida con la Reforma. Anticristiana, paganizante, herética,
materialista es para la Iglesia esta ideología, que impele a Charles Maurras a
un exaltado y religioso culto a la "Diosa Francia". Maurras, sin
embargo, no excede, en su afirmación nacionalista, a Mussolini. De suerte que,
no obstante la fórmula Fascismo-Antirreforma, que algunos convierten en
Fascimo-Contrareforma, la exconfesián de L'Action Française representa, hasta
cierto punto, la ex-
143
confesión del fascismo, no como gobierno, mas sí como doctrina.
El neotomismo tiene que contentarse con ser sólo uno de los elementos de
la reacción. Y, si es vana su maniobra para acaparar a la reacción, más vana es
todavía su pretensión de presidir la defensa de Occidente. Las pasiones
políticas modernas, aun las más desorbitadas y antihistóricas, tienen el rasgo
común que en un reciente estudio les señala Julien Benda: su realismo. Todas se
suponen de acuerdo con el rumbo de la historia. Lucien Romier, que trata de
ajustar su tesis reaccionaria a un sentido neto de la realidad, asigna a
Francia, cuya tradición nacionalista es el primero en proclamar, "la
misión de propagar la idea de la coordinación de los Estados, la idea de los
Estados Unidos de Europa". Y ya, aun entre los literatos, se prefiere el
realismo avisado de Romier al dogmatismo intolerante de Maurras o Massis, como
método contrarrevolucionario. Así Drieu La Rochele; cuyas Confesiones de un
europeo expresan, intensa aunque algo incongruentemente, la esperanza de una
generación desesperanzada, piensa que "el capitalismo liga estre-chamente
la civilización de Occidente". El capitalismo con su compósito patrimonio
de liberalismo, protestantismo, materialismo, etc.; no la filosofía escolástica
ni la tradición romana.
145
III
EL DESTINO DE NORTEAMERICA*
Toda querella entre neotomistas franceses y racistas alemanes, sobre si
la defensa de la civilización occidental compete al espíritu latino y romano, o
al espíritu germano y protestante, encuentra en el plan Dawes
incontestable-mente documentada su vanidad. El pago de la indemnización alemana
y de la deuda aliada, ha puesto en manos de los Estados Unidos la suerte de la
economía y, por tanto, de la política de Europa. La convalecencia financiera de
los Estados europeos no es posible sin el crédito yanqui. El espíritu de
Locarno**, los pactos de seguridad, etc., son los nombres con que se designa a
las garantías exigidas por la finanza norteamericana, para sus cuantiosas
inversiones en la hacienda pública y la industria de los Estados europeos. La
Italia fascista, que tan arrogantemente anuncia la restauración del poder de
Roma, olvida que sus compromisos con los Estados Unidos colocan su valuta a
merced de este acreedor.
El capitalismo, que en Europa se manifiesta desconfiado de sus propias
fuerzas, en Norteamérica se muestra ilimitadamente optimista respecto a su
destino. Y este optimismo descansa, simplemente, en una buena salud. Es el
optimismo biológico de la juventud que, constatando su excelente apetito, no se
preocupa de que vendrá la hora de la arterioesclerosis. En
--------------
* Publicado en Variedades:
Lima, 17 de Diciembre de 1927.
** Pacto entre Francia y
Alemania, bajo el gobierno de Briand y Stresseman, respectivamente.
146
Norteamérica el capitalismo tiene todavía las posibilidades de
crecimiento que en Europa la destrucción bélica dejó irreparablemente
malogradas. El Imperio Británico conserva aún una formidable organización
financiera; pero, como lo acredita el problema de las minas de carbón, su
industria ha perdido el nivel técnico que antes le aseguraba la primacía. La
guerra lo ha convertido de acreedor en deudor de Norteamérica.
Todos estos hechos indican que en Norteamérica se encuentra ahora la
sede, el eje, el centro de la sociedad capitalista. La industria yanqui es la
mejor equipada para la producción en gran escala, al menor costo; la banca, a
cuyas arcas afluye el oro acaparado por Norteamérica, en los negocios bélicos y
postbélicos, garantiza con sus capitales, a la vez que el incesante
mejora-miento de la aptitud industrial, la conquista de los mercados que deben
absorber sus manufacturas. Subsiste todavía, si no la realidad, la ilusión de
un régimen de libre concurrencia. El Estado, la enseñanza, las leyes, se
confor-man a los principios de una democracia individualista, dentro de la cual
todo ciudadano puede ambicionar libremente la posesión de cien millones de
dólares. Mientras en Europa los individuos de la clase obrera y de la clase
media se sienten cada vez más encerrados dentro de sus fronteras de clase, en
los Estados Unidos creen que la fortuna y el poder son aún accesibles a todo el
que tenga aptitud para conquistarlos. Y esta es la medida de la subsistencia,
dentro de una sociedad capitalista, de los factores psicológicos que determinan
su desarrollo.
El fenómeno norteamericano, por otra parte, no tiene nada de arbitrario.
Norteamérica se presenta, desde su origen, predestinada para la máxima
realización capitalista. En Inglaterra el desarrollo capitalista no ha logrado,
no obstante
147
su extraordinaria potencia, extirpación de todos los rezagos feudales.
Los fueros aristocráticos no han cesado de pesar sobre su política y su
economía. La burguesía inglesa, comenta de concentrar sus energías en la
industria y el comercio, no se ocupó de disputar la tierra a la aristocracia.
El dominio de la tierra debía gravar sobre la explotación del subsuelo. Pero la
burguesía inglesa no quiso sacrificar a sus landlores; destinados a mantener
una estirpe exquisi-tamente refinada y decorativa. Es, por eso, que sólo ahora
parece descubrir su problema agrario. Solo ahora, que su industria declina,
echa de menos una agricultura próspera y productiva, en las tierras donde la
aristocracia tiene sus cotos de cacería. El capitalismo norteamericano, en
tanto, no ha tenido que pagarle a ninguna feudalidad, royalties* pecuniarios ni
espirituales. Por el contrario, procede libre y vigorosamente de los primeros
gérmenes intelec-tuales y morales de la revolución capitalista. El pionner** de
Nueva Inglaterra era el puritano expulsado de la patria europea por una
revuelta religiosa, que constituyó la primera afirmación burguesa. Los Estados
Unidos surgían así de una manifestación de la Reforma protestante, considerada
como la más pura y originaria, manifestación espiritual de la burguesía, esto
es del capitalismo. La fundación de la República norteamericana significó, en
su tiempo, la definitiva consagración de este hecho y de sus consecuencias.
"Las primeras colonias establecidas en la costa oriental -escribe Waldo
Frank-tuvieron por carta la adquisición de la riqueza. Su revuelta contra
Inglaterra, en 1775, empezaba una de las primeras luchas abiertas entre el
capitalismo burgués y la vieja feudalidad. El triunfo de las colonias, del cual
na-
--------------
* Regalías.
** Colonizador.
148
cieron los Estados Unidos, señaló el triunfo del régimen capitalista. Y
desde entonces la América no ha tenido ni tradición ni medio de expresión que
fuese libre de esta revolución industrial a la que debe su existencia". Y
el mismo Frank recuerda el famoso y conciso juicio de Charles A. Beard, sobre
la carta de 1789: "La Constitución fue esencialmente un acto económico,
basado sobre la noción de que los derechos fundamentales de la propiedad
privada son anteriores a todo gobierno y están moralmente fuera del alcance de
las mayorías populares".
Para su enérgico y libérrimo florecimiento, ninguna traba material ni
moral ha estorbado al capitalismo norteamericano, único en el mundo que en su
origen ha reunido todos los factores históricos del perfecto estado burgués,
sin embarazantes tradiciones aristocráticas y monárquicas. Sobre la tierra
virginal de América, de donde borraron toda huella indígena, los colonizadores
anglosajones echaron desde su arribo los cimientos del orden capitalista.
La Guerra de Secesión constituyó también una necesaria afirmación
capitalista, que liberó a la economía yanqui de la sola tara de su infancia: la
esclavitud. Abolida la esclavitud; el fenómeno capitalista encontraba
absolutamente franca su vía. El judío -tan vinculado al desarrollo del
capitalismo, como lo estudia Werner Sombart, no sólo por la espontánea
aplicación utilitaria de su individualismo expansivo e imperialista, sino sobre
todo por su exclusión radical de toda actividad "noble", a que lo
condenara el Medioevo- se asoció al puritano en la empresa de construir el más
potente Estado industrial, la más robusta democracia burguesa.
Ramiro de Maeztu -que ocupa una posición ideológica mucho más sólida que
los filósofos neotomistas de la reacción en Francia e Italia,
149
cuando reconoce en Nueva York la antítesis verdadera de Moscú, asignando
así a los Estados Unidos la función de defender y continuar la civilización
occidental como civilización capitalista- discierne muy bien, por lo general,
dentro de su apologética burguesa, los elementos morales de la riqueza y del
poder en Norteamérica. Pero los reduce casi completamente a los elementos
puritanos o protestantes. La moral puritana, que santifica la riqueza,
estimándola como un signo del favor divino, es en el fondo la moral judía,
cuyos principios asimilaron los puritanos en el Antiguo Testamento. El
parentesco del puritanismo con el judío ha sido establecido doctrinalmente hace
mucho tiempo; y la experiencia capitalista anglosajona no sirve sino para
confirmarlo. Pero Maeztu, fervoroso panegista del "fordismo"
industrial, necesita eludirlo, tanto por deferencia a la requisitoria de Mr.
Ford contra el "judío internacional", como por adhesión a la ojeriza
con que todos los movimientos "nacionalistas" y reaccionarios del mundo
miran al espíritu judío, sospechado de terrible concomitancia con el espíritu
socialista por su ideal común de universalismo.
El dilema Roma o Moscú, a medida que se esclarezca el oficio de los
Estados Unidos como empresario de la estabilización capitalista -fascista o
parlamentaria- de Europa, cederá su sitio al dilema Nueva York o Moscú. Los dos
polos de la historia contemporánea son Rusia y Norteamérica: capitalismo y
comunismo, ambos universalistas aunque muy diversa y opuestamente. Rusia y
Estados Unidos: los dos pueblos que más se oponen doctrinal y políticamente y,
al mismo tiempo, los dos pueblos más próximos, como suprema y máxima expresión
del activismo y del dinamismo occidentales. Ya Bertrand Russel remarcaba, hace
varios años, el extraño parecido que existe entre los capitanes de la in-
150
dustria yanqui y los funcionarios de la economía marxista rusa. Y un
poeta, trágicamente eslavo, Alejandro Blok saludaba el alba de la Revolución
con estas palabras: "He aquí la estrella de la América nueva".
151
IV
EL CASO Y LA TEORIA DE FORD*
Una buena parte de la confianza de Maeztu en el porvenir del capitalismo
norteamericano, y en sus recursos contra el socialismo, reposa en el
experimento de Mr. Ford y en los resultados que este célebre fabricante de
automóviles ha obtenido en una rama de la industria, en el sentido de
"racionalizar" la producción. Esto indica, entre otras cosas, que sin
la práctica de Ford no habría sido posible la teoría de Maeztu. Ya hemos visto
que lo mismo le pasa a Maeztu con Primo de Rivera. Pero sobre este hecho no vale
la pena insistir, porque después de todo no viene más que a confirmar el
concepto marxista sobre el trabajo de los intelectuales, tan propensos a
suponerse más o menos independientes de la historia.
Ford, por otra parte, es mucho más importante y sustantivo que Maeztu
para el capitalismo y, en consecuencia, también para el socialismo. No,
ciertamente, porque Ford haya escrito dos libros (Mi Vida y Mi Obra y El Judio
Internacional) que literariamente son sin duda inferiores a cualquiera de los
libros de Maeztu, sino porque, como capitán de industria, representa en forma
mucho más específica y considerable el genio del capitalismo. Mientras la
acción de Ford puede inspirar los principios de muchos Maeztu, los principios
del ilustre autor de La Crisis del Humanismo no puede inspirar la acción de
ningún Ford.
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* Publicado en Variedades: Lima, 24 de Diciembre de 1927.
152
El experimento de Ford demuestra, entre otras cosas, que Maeztu se
equivoca gravemente cuando, dando por probada la tesis de los revisionistas
alemanes, pretende que Marx se engañó al predecir la concentración del capital.
La tesis de los revisionistas ha sufrido, a su vez, una revisión mucho más
seria que la que impusieron a su tiempo al marxismo. Algún tiempo después de
que Bernstein y sus secuaces consideraron desmentido a Marx por las compañías
anónimas y demás sistemas de asociar al capital una masa social cada vez más
numerosa, Hilferding analizó el carácter y la función del "capital
financiero", fatalmente destinado a someter a su imperio todas las demás
formas del capitalismo. Rudolf Hilferding no es prácticamente menos reformista
que Bernstein. Como Bernstein militó en el Partido Socialista Independiente,
reabsorbido, después de la revolución alemana, por la vieja y gorda
social-democracia. Pero su tesis, expuesta en un libro ya famoso Das
Finanzkapital, además de ser un buen arsenal del socialismo revolucionario,
interesa a los economistas de hoy mucho más que la caduca tesis de Bernstein,
en la cual se abastece todavía, con sensible retraso, don Ramiro de Maeztu. Ya
no es necesario ser un economista, y ni siquiera haber leído a Hilferding, para
estar enterado que los trusts, los carteles, los consorcios, constituyen la
expresión característica del capitalismo contemporáneo. Y que, por
consiguiente, lo esencial de la previsión de Marx -la concentración del capital
y la industria- se ha cumplido. El capitalismo no encuentra sino a través de la
cartelización, de la trustificación, esto es del monopolio, el medio de
organizar o "racionalizar", como ahora se dice, la producción. Pero
importa, por ende, que una parte del capital de las empresas esté en poder de
pequeños y medianos rentistas. Lo sustancial radica en que la carteliza-
153
ción coloca en pocas manos el manejo de las principales ramas de la
producción. El capital financiero, en este período -que, con la ruina del
principio de libre concurrencia, se define como un período de decadencia
capitalista- domina y subyuga al capital industrial, transfiriendo el comando
de la producción a los banqueros, con la inevitable consecuencia de un retorno
de la economía a formas usurarias, opuestas a la ley que, condenando todo
pa-rasitismo, exige que la producción sea gobernada por sus propios factores.
En una nación de capitalismo vigoroso y progresivo aún, como los Estados
Unidos, Ford representa precisamente al capitalismo industrial, fuerte todavía
frente al capital financiero. Pero, aunque Ford no dependa de los bancos de
Wall Street, ante los cuales se conserva en cierto estado de rebelión tácita, y
a pesar de que continúa siendo el jefe absoluto de su empresa, ésta se presenta
vaciada en los moldes del trust, por sus métodos de producción en gran escala.
Ford, que es un vehemente propugnador de la unidad del comando, no sólo
considera exclusiva de la gran industria la capacidad de subordinar la
pro-ducción misma, sino que se pronuncia abiertamente contra el espíritu de
concurrencia. Uno de sus principios es el siguiente: "Desdeñar el espíritu
de concurrencia. Quienquiera que hace una cosa mejor que los otros debe ser el
único que la haga".
Los métodos que han permitido a Ford el colosal desarrollo de su empresa
son dos: estandarización y taylorismo. Y ambos son aplicables sólo por la gran
industria, por los carteles o trusts, cuya irresistible y arrolladora fuerza
proviene de su aptitud para la producción en serie, que consiente a la
industria perfeccionar al extremo sus medios técnicos, conseguir la máxima
economía de tiempo y mano de obra, dis-
154
poner de los equipos de obreros capaces de los más altos rendimientos,
ofrecer a éstos los más altos salarios y garantías y obtener en su
aprovisionamiento de materias primas los mejores precios. Ford anuncia la
adquisición, en el Brasil, de tierras que dedicará al cultivo del caucho, para
sacudirse de una onerosa dependencia de los magnates ingleses que dominan el
comercio de este producto. Esta nueva expansión de su empresa, indica su
tendencia a asumir el carácter más avanzado de la gran industria: el del trust
vertical.
Ford ataca, en nombre del capital industrial, al capital financiero. Su
antisemitismo procede, fundamentalmente, de una empírica corriente de
identificación del banquero y el judío. Pero ya se ha anunciado su retractación
de los ataques al "judío internacional" escritos en su último libro,
el de este nombre. Y su actitud es posible sólo en países como Norteamérica
donde el capitalismo, por no haber terminado aún su proceso de crecimiento, no
ha llegado todavía al período de absoluto y absorbente predominio del capital
bancario. La banca yanqui, además, ha tenido una formación distinta de la banca
europea: el tipo financista aparece menos diferenciado del tipo industrial.
El éxito de Ford -del cual el recordman de la fabricación de automóviles
se imagina deducir principios generales de felicidad y organización de la
sociedad, basados simplemente en la estandarización, el taylorismo, etc.- se
explica, como penetrantes economistas lo observan, por el hecho de haber
efectuado. Ford su experimento en una rama naciente de la industria, destinada
a la producción de un artículo de consumo corriente, cada día más extendido. La
democratización del automóvil, he ahí el secreto de su fortuna y de su obra.
155
V
YANQUILANDIA Y EL SOCIALISMO*
El espectáculo de la potencia norteamericana anima, a una crítica
impresionista y superficial, a acordar el crédito más ilimitado a la esperanza
en una fórmula yanqui de renacimiento capitalista, que anule para siempre la
sugestión del marxismo sobre las masas trabajadoras. Es frecuente que, después
de la lectura del libro de Henry Ford, un escritor, copiosamente abastecido de
literatura y filosofía, pero poco enterado en materia económica, afirme en la
primera plana de un gran diario que el socialismo constituye una escuela o
doctrina superadas ya por los experimentos asombrosos del capitalismo
norteamericano. Drieu La Rochelle, por ejemplo, que es un artista de talento,
cuando se aventura en una revisión de la escena contemporánea, escribe cosas
como éstas: "Las teorías de las cuales se habla todavía en los medios
socialistas y comunistas han salido de la Inglaterra de 1780, de la Francia de
1830, de la Alemania de 1850, países que veían venir la invasión de las
máquinas como la Rusia de hoy. Pero a través de estas teorías romancescas, los
rusos saben ir al gran capitalismo norteamericano que, a su vez, sabe que no es
sino un estadio hacia otra cosa. Ford y Lenin son dos potencias que se
aproximan la una a la otra, a golpes de pico, en la misma galería oscura".
El autor de Mesure de la France, como buen francés y europeo, no cree que la
defensa de la ci-
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* Publicado en Variedades: Lima, 31 de Diciembre de 1927.
156
vilización occidental toque a los Estados Unidos. La concibe, por el
contrario, como una misión de una confederación europea presidida por Francia.
Mas confía, por el momento, en Mr. Ford, mucho más que en Poincaré y Henri
Massis, como capitán de la burguesía y estratega del capitalismo.
El estudio de los factores efectivos de la prosperidad norteamericana
enseña, entre tanto, que el capitalismo yanqui no ha afrontado todavía la
crisis que atraviesa el capitalismo europeo, de suerte que es prematuro hablar
de su aptitud para superarla victoriosamente.
Hasta hace algún tiempo, la industria norteamericana extrajo de la
propia vitalidad de los Estados Unidos los elementos de su crecimiento. Pero
desde que su producción ha sobrepasado en exceso las necesidades del consumo
yanqui, la conquista de mercados externos ha empezado a ser la condición
ineludible de ese proceso. La acumulación en las arcas yanquis de la mayor
parte del oro del mundo, ha creado el problema de la exportación de capitales.
A Estados Unidos no le basta ya colocar su exceso de producción; necesita
colocar, además, su exceso de oro. El desarrollo industrial del país no puede
absorber sus recursos financieros. Antes de la guerra, la industria yanqui era
una buena inversión para el dinero europeo. Las utilidades de la guerra
permitieron, como es sabido, a la industria yanqui independizarse totalmente de
la banca de Europa. De nación deudora, Estados Unidos se transformó en nación
acreedora. Durante el período de crisis económica y agitación revolucionaria de
post-guerra, Estados Unidos tuvo que abstenerse de todo nuevo préstamo. Los
países europeos debían sistemar la situación de su deuda a Norteamérica, antes
de pretender de los Bancos de Nueva York cualquier crédito. En las mismas
inver-
157
siones en empresas privadas, la amenaza de la revolución comunista,
hacia la cual Europa parecía empujada por la miseria, aconsejaba a los
capitalistas norteamericanos la mayor parsimonia. Estados Unidos empleó, por
esto, toda su influencia en conducir a Europa al plan Dawes. No lo consiguió
sino después de que la política de Poincaré sufrió, en 1923, el fracaso del
Rhur. De entonces a hoy, pactadas así las condiciones de pago de la
indemnización alemana como de la deuda aliada al tesoro yanqui, Yanquilandia ha
abierto numerosos créditos a Europa. Ha prestado a los Estados para la
estabilización de su cambio; ha prestado a la industria privada para la
reorganización de sus plantas y negocios. Buena cantidad de acciones y títulos
europeos ha pasado a manos yanquis. Mas estas inversiones tienen su límite. El
capital norteameri-cano no puede dedicarse a abastecer de fondos a la industria
europea, sin peligro de que la producción de ésta dispute a la de Estados
Unidos los mercados en que domina. De otro lado, estas inversiones vinculan la
economía yanqui a la suerte de la economía europea. El plan Dawes y su secuela
de arreglos o convenciones financieras, han inaugurado en Europa un período de
estabilización capitalista -y democrática- que los apologistas de la reacción
se entretienen en describir como una obra exclusivamente fascista; pero Europa,
como lo evidenció la última Conferencia Económica, no ha encontrado todavía su
equilibrio.
Trotsky ha hecho un examen singularmente penetrante y objetivo de la
situación del capitalismo yanqui. "La inflación-oro -observa el líder
ruso- es para la economía tan peligrosa como la inflación fiduciaria. Se puede
morir de plétora lo mismo que de caquexia. Si el oro existe en cantidad
demasiado grande no produce nuevas ganancias, reduce el interés del capital y,
de este modo, torna irracional el aumento de
158
la producción. Producir y exportar para guardar el oro en los sótanos
equivale a arrojar las mercaderías al mar. Es por esto que América ha menester
de una expansión más y más grande, es decir de invertir el exceso de sus
recursos en la América Latina, en Europa, en Asia, en Australia, en África.
Pero, por esta vía, la economía de Europa y de las otras partes del mundo se
convierte más y más en parte integrante de la economía de los Estados
Unidos".
Si a los Estados Unidos les bastara resolver los problemas internos de
su producción para asegurar el crecimiento indefinido de su capitalismo; las
áureas previsiones, las rosadas esperanzas de Henri Ford podrían, tal vez,
constituir una seria probabilidad de deshaucio de la tesis marxista.
Norte-américa, por obra de fuerzas históricas superiores a la voluntad de sus
propios hombres, se ha embarcado en una vasta aventura imperialista, a la cual
no puede renunciar. Spengler, en su famoso libro sobre la decadencia de
Occidente, sostenía, hace ya algunos años, que la última etapa de una
civi-lización es una etapa de imperialismo. Su patriotismo de germano le hacía
esperar que esta misión imperialista le tocaría a Alemania. Lenin, algunos años
antes, en el más fundamental acaso de sus libros, se adelantaría a Spengler en
considerar a Cecil Rhodes como un hombre representativo del espíritu
imperialista, dándonos además una definición marxista del fenómeno, entendido y
enfocado como fenómeno económico. "Lo que hay de económico esencial en
este proceso -escribía con su genial concisión- es la sustitución de la libre
concurrencia por los monopolios capitalistas. La libre concurrencia es la
cualidad primordial del capitalismo y, de una manera general, de la producción
de mercaderías; el monopolio es exactamente lo contrario de la libre
concurrencia; pero hemos visto a ésta transformarse bajo nuestros ojos en
159
monopolio, creando la gran industria, eliminando la pequeña,
reemplazando la grande por una más grande, conduciendo la concentración de la
producción y del capital a un grado tal que el monopolio es su corolario
forzoso: carteles, sindicatos, trusts y, fusionándose con ellos, la potencia de
una decena de bancas que manipulan, millares de millones. Al mismo tiempo, el
monopolio surgido de la libre concurrencia no la descarta, sino que coexiste
con ella, engendrando así diversas contradicciones muy profundas y muy graves,
provocando conflictos y fricciones. El monopolio es la transición del
capita-lismo a un orden más elevado. Si fuera necesario dar una definición lo
más breve posible del imperialismo, habría que decir que es la fase del
monopolio capitalista. Esta definición abrazaría lo esencial, pues, por una
parte, el capital financiero no es más que el capital bancario de un pequeño
número de grandes bancos monopolizadores, fusionado con el capital de los
grupos industriales monopolizadores; y, por otra parte, el reparto del mundo no
es más que la transición de una política colonial extendida sin cesar, sin
encontrar obstá-culos, sobre regiones de las que no se había apropiado aún
ninguna potencia capitalista, a la política colonial de posesión territorial
monopolizada, por haber ya concluido la partición del mundo".
El Imperio de los Estados Unidos asume, en virtud de esta política,
todas las responsabilidades del capitalismo. Y, al mismo tiempo, hereda sus
contra-dicciones. Y es de éstas, precisamente, de donde saca sus fuerzas el
socialis-mo. El destino de Norteamérica no puede ser contemplado sino en un
plano mundial. Y en este plano, el capitalismo norteamericano, vigoroso y
próspero internamente aún, cesa de ser un fenómeno nacional y autónomo, para
convertirse en la culminación de un fenómeno mundial, subordinado a un
ineludible sino histórico.
161
ESPECIMENES DE LA REACCION
ANTI-REFORMA Y FASCISMO*
Pertenece a Paul Morand esta observación, que prueba cómo un novelista
de la decadencia puede tener un sentido más realista y concreto de la defensa
de occidente que un metafórico de la reacción. "Massis -dice Morand-, ha
examinado el problema con su inteligencia aguda y abstracta, pero después de
una exposición muy brillante ha arribado a una solución católica, jurídica,
romana y medioeval del universo, que es preciso respetar puesto que es su fin,
pero que me parece una evidente imposibilidad en 1927. En la hora actual, el
Occidente no es verdaderamente defendido sino por las sociedades puritanas y
anglo-sajonas; los bolchevistas no se han equivocado en este punto y, por mi
parte, cada vez que yo me he hallado en los confines del mundo blanco,
California, México, lo he sentido fuertemente. Ahora bien, Massis no sola-mente
lo dice, sino que en dos palabras ejecuta a la Reforma; a la Reforma, madre de
Inglaterra y de Estados Unidos. Ve uno de los orígenes de la decadencia
occidental en quien sostiene todavía efectivamente nuestro mundo blanco".
Pero esta ejecución sumaria de la Reforma no es exclusiva de Massis. La
encontramos también en los más autorizados y explícitos documentos de
teorización fascista. En su discurso de la Universidad de Perugia, el Ministro
Rocco, imputó a la Reforma así la responsabilidad del liberalismo y de la
democracia como del socialismo. "El pensamiento político moderno -afirma
Rocco-, ha estado hasta ayer, en Italia y fuera de
--------------
* Publicado en Variedades, Lima, 12 de Noviembre de 1927.
162
Italia, bajo el dominio absoluto de aquellas doctrinas que tuvieron su
origen próximo en la Reforma protestante, encontraron su desarrollo con
jus-naturalistas de los siglos XVII y XVIII fueron consagrados, por la
Revolución Inglesa, la Americana y la Francesa y, con diversas formas, a veces
contrastantes entre sí, han caracterizado todas las teorías políticas y
sociales de los siglos XIX y XX hasta el fascismo". Este discurso
constituyó, el primer término, una severa requisitoria contra la era liberal y
burguesa de la civilización occidental, denunciada como una poco menos que
absurda elaboración del espíritu protestante. La tendencia a unimismar en este
espíritu todos los movimientos anteriores al fascismo, condujo a Rocco, a
atribuir al socialismo la concepción atomística e individualista del Estado,
propia del liberalismo. ¿Cómo había podido generarse el fascismo, definido no
sólo como antítesis del liberalismo sino como una negación radical de la
moder-nidad? Para explicar su génesis, Rocco se acoge a una presunta
continuación autónoma del pensamiento italiano contra las filtraciones y
obstáculos de la modernidad, a través de una cadencia de geniales renovadores
de la tradición romana que va de Maquiavelo a Vico y Cuoco, para rematar,
probablemente, en el propio Rocco. El patrimonio espiritual del romanticismo,
celosa y activamente conservado por Italia, representaría la milagrosa y
excepcional reserva que le consiente afrontar con mejor fortuna que ninguna
otra nación, la crisis de la civilización occidental.
El parentesco espiritual de Rocco, Federzoni, Corradini y otros
nacionalistas italianos, con Maurrás, Daudet y otros monarquistas de L'Action
Française que profesan notoriamente la fórmula simplista de la Anti-Reforma,
nos daría integra la clave de esta artificiosa destilación del pensamiento
fascista si el mismo Mussolini, tan poco sospechoso de escolasticismo, no
hubiese aceptado tácitamente los puntos de vista de Rocco en un telegrama de
congratulación por el discurso de Perugia. Tanto por su formación inte-
163
lectual como por su método empírico y realista, Mussolini no puede
adherirse a una condena sumaria de la modernidad. Menos todavía a suponerla
premisa cardinal del fascismo. Esta adhesión lo coloca en abierto conflicto con
lo que precisamente pensaba poco tiempo atrás. "Si por relativismo debe
entenderse - escribía entonces- el desprecio de las categorías fijas por los
hombres que se creen los portadores de una verdad objetiva inmortal, por los
estáticos que se acomodan, en vez de renovarse incesantemente, entre los que se
jactan de ser siempre iguales a sí mismos; nada es más relativista que la
mentalidad y la actividad fascista". "Si relativismo y movilismo
universal equivalen, nosotros los fascistas hemos manifestado siempre nuestra
despreocupada independen-cia por los nominalismos en los cuales se clavan -como
murciélagos a las vigas- los gazmoños de los otros partidos; nosotros somos
verdaderamente los relativistas por excelencia y nuestra acción se reclama
directamente de los más actuales movimientos del pensamiento europeo".
¿Qué entendimiento cabe entre este relativismo que franquea el camino de todas
las herejías y el dogmatismo de los nacionalistas franceses o italianos que
nada reprochan tanto al pensamiento como su movilidad y su pluralidad? Los metafísicos
tomistas dedican sus más acres ironías al empirismo anglo-sajón al cual
desdecían ante todo por su filiación protestante. (¿No ha execrado una vez León
Daudet al Kaiser Guillermo como una encarnación del espíritu luterano, sin
acordarse, como le objetaron luego sus críticos, que los Hohenzollern eran
calvinistas?). El hecho es que, indiferente al tamaño de su contradicción, el
Dux del fascismo ha otorgado su venia y su aplauso al ministro, por el arte con
que enlaza la doctrina fascista con la ortodoxia romana.
Es cierto que en la manifestación del espíritu fascista intervienen
intelectuales como Giovanni Gentile que no pueden renegar del difamado
pensamiento moderno sin renegar de sí mismos. Gentile para los escolásticos de
la reacción
164
debe ser siempre el propagador del idealismo hegeliano, filosofía de
incon-fundible estirpe herética y protestante hacia la cual no puede moverlos a
la indulgencia ni aún su mérito de valla contra el materialismo positivista.
Además, Gentile propugna la tesis de que el fascista desciende espiritual y aún
doctrinariamente de la Diestra histórica del Rísorgimento, sin cuidarse mucho
de la parentela liberal y protestante que el fascismo se vería entonces
obligado a reconocer, dado que los hombres de la famosa derecha del
Risorgimento, fieles a la idea del Estado Unitario o Estado épico, como lo ha
estudiado Mario Missilori, tendieron francamente a la ruptura con la Iglesia
romana. Y otros exégetas, avanzando mucho más en la tentativa de relacionar el
fascismo con el pensamiento moderno, señalan la influencia de Bergson, James y
Sorel en la preparación espiritual de este movimiento, inexplicable según ellos
sin una fecunda asimilación de las corrientes pragmatista, activista y
relativista.
Pero, con excepción de Gentile, que insiste en la genealogía liberal del
fascismo -liberal no democrática, ya que si la democracia contiene
libera-lismo, éste sólo la antecede- no son estos intelectuales, empeñados en
atribuir al fascismo una esencia absolutamente moderna, quienes le dan
entonación y fisonomía doctrinales. Son, más bien, los que, como Rocco, o con
mayor ultraísmo, arremeten contra la Reforma y en general contra la modernidad,
verbigracia, Curzio Suckert, autor de la fórmula "Fascismo igual Anti-reforma".
Y Ardengo Soffici que mira en el romanticismo un movimiento de puro origen
protestante. El ex-compañero de Marinetti coincide con Maurrás en el odio al
romanticismo y lo excede en el esfuerzo de repudiarlo como un producto
genuinamente germano.
165
"L'ACTION FRANCAISE", CHARLES MAURRAS, LEON DAUDET*
Enfoquemos otro núcleo, otro sector reaccionario: la facción monárquica,
nacionalista, guerrera y antisemita que acaudillan Charles Maurrás y León
Daudet y que tienen su hogar y su sede en la casa de L'Action Française. Las
extremas derechas están de moda. Sus capitanes juegan sensacionales roles en la
tragedia de Europa.
En tiempos de normal proceso republicano, la extrema derecha francesa
vivía destituida de influencia y de autoridad. Era una bizarra secta monárquica
que evitaba a la Tercera República el aburrimiento y la monotonía de un
ambiente unánime y uniformemente republicano. Pero en estos tiempos, de crisis
de la democracia, la extrema derecha adquiere una función. Los elementos
agria-mente reaccionarios se agrupan bajo sus banderas, refuerzan su contenido
social, y actualizan su programa político. La crisis europea ha sido para la
senil extrema derecha una especie de senil operación de Voronof. Ha actuado
sobre ella como una nueva glándula intersticial. La ha reverdecido, la ha
entonado, le ha inyectado potencia y vitalidad.
La guerra fue un escenario propicio para la literatura y la acción de
Maurrás, de Daudet y de sus mesnadas de camelots du roi. La guerra creaba una
atmósfera marcial, jingoísta, que resucitaba algo del espíritu y de la
tradición de la Europa pretérita. La "unión sagrada" hacía gravitar a
derecha la política de la Tercera Re-
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* Publicado en Variedades: Lima, 15 de Diciembre de 1925.
166
pública. Los reaccionarios franceses desempeñaron su oficio de
agitadores y excitadores bélicos. Y, al mismo tiempo, acecharon la ocasión de
torpedear certeramente a los políticos del radicalismo y a los leaders de la
izquierda. La ofensiva contra Caillaux, contra Painlevé, tuvo su bullicioso y
enérgico motor de L'Action Française.
Terminada la guerra, desencadenada la ola reaccionaria, la posición de
la extrema derecha francesa se ha ensanchado, se ha extendido. La fortuna del
fascismo ha estimulado su fe y su arrogancia. Charles Maurrás y León Daudet,
condottieros de esta extrema derecha, no pro-vienen de la política sino de la
literatura. Y sus principales documentos políticos son sus documentos
literarios. Sus gustos estéticos igual que sus gustos políticos, están
fuertemente impregnados de reaccionarismo y monarquismo. La literatura de
Maurrás y de Daudet confiesa, más enfática y nítidamente que su política, una
fobia disciplinada y sistemática del último siglo, de este siglo burgués,
capitalista y demócrata.
Maurrás es un enemigo sañudo del romanticismo. El romanticismo no es
para Maurrás el simple fenómeno literario y artístico. El romanticismo no es
únicamente los versos de Musset, la prosa de Jorge Sand y la pintura de
Delacroix. El romanticismo es una crisis integral del alma francesa y de sus
más genuinas virtudes: la ponderación, la mesura, el equilibrio. América ama a
la Francia de la enciclopedia, de la revolución y del romanticismo. Esa Francia
jacobina de la Marsellesa y del gorro frigio la indujo a la insurrección y a la
independencia. Y bien. Esa Francia no es la verdadera Francia, según Maurrás.
Es una Francia turbada, sacudida por una turbia ráfaga de pasión y de locura.
La verdadera Francia es tradicionalista, católica, monárquica y campesina. El
romanticismo ha sido como una enfermedad, como una fiebre, como una tempestad.
Toda la obra de Maurrás es una requisitoria contra el romanticismo, es una
requisitoria contra la Francia republicana, demagógica y tempestuosa, de la
Convención y de la
167
Comuna, de Combes y de Caillaux, de Zola y de Barbusse.
Daudet detesta también el último siglo francés. Pero su crítica es de
otra jerarquía. Daudet no es un pensador sino un cronista. El arma de Daudet es
la anécdota, no es la idea. Su crítica del siglo diecinueve no es, pues,
ideológica sino anecdótica. Daudet ha escrito un libro panfletario, El estúpido
siglo diecinueve, contra las letras y los hombres de esos cien años ilustres.
(Este libro estruendoso agitó a Paris más que la presencia de Einstein en la
Sorbona. Un periódico parisién solicitó la opinión de escritores y artistas
sobre el siglo vituperado por Daudet. Maurice Barrés, orgánicamente
reaccionario también, pero más elástico y flexible, dijo en esa encuesta que el
estúpido siglo diecinueve había sido un siglo adorable).
El caso de esta extrema derecha resulta así singular e interesante. La
deca-dencia de la sociedad burguesa la ha sorprendido en una actitud de
protesta contra el advenimiento de esta sociedad. Se trata de una facción
idéntica y simultáneamente hostil al Tercer y al Cuarto Estados, al
individualismo y al socialismo. Su legitimismo, su tradicionalismo la obliga a
resistir no sólo al porvenir, sino también al presente. Representa, en suma,
una prolongación psicológica de la Edad Media. Una edad no desaparece, no se
hunde en la historia, sin dejar a la edad que le sucede ningún sedimento
espiritual. Los sedimentos espirituales de la Edad Media se han alojado en los
dos únicos estratos donde podían asilarse: la aristocracia y las letras. El
reaccionarismo del aristócrata es natural. El aristócrata personifica la clase
despojada de sus privilegios por la revolución burguesa. El reaccionarismo del
aristócrata es, además, inocuo, porque el aristócrata consume su vida aislada,
ociosa y sensualmente. El reaccionarismo del literato, o del artista, es de
distinta filiación y de diversa génesis. El literato y el artista, en cuyo
espíritu persistía aún el recuerdo caricioso de las cortes medioevales, ha sido
frecuentemente
168
reaccionario por repugnancia a la actividad práctica de esta
civilización. Durante el siglo pasado, el literato ha satirizado y ha motejado
agrazmente a la burguesía. La democracia se ha asimilado, poco a poco, a la
mayoría de los intelectuales. Su riqueza y su poder le han consentido crearse
una clientela de pensadores, de literatos y de artistas cada vez más numerosa.
Actualmente, además, una vanguardia brillante marcha al lado de la revolución.
Pero existe todavía una numerosa minoría contumazmente obstinada en su
hostilidad al presente y al futuro. En esa minoría, rezago mental y psicológico
de la Edad Media, Maurrás y Daudet tienen un puesto conspicuo.
Pero penetremos más hondamente en la ideología de los monarquistas de
L'Action Française. Los revolucionarios miran en la sociedad burguesa un
progreso respecto de la sociedad medioeval. Los monarquistas franceses la
consideran simplemente un error, una equivocación. El pensamiento
revolu-cionario es historicista y dialéctico. Parte de la idea de que en la
entraña del régimen burgués se plasma el régimen socialista. El pensamiento
monarquista es utopista y subjetivo. Reposa en consideraciones éticas y estéticas.
Más que a modificar la realidad, parece dirigido a ignorarla, a desconocerla, a
negarla. Por eso ha sido hasta ahora alimento exclusivo de un cenáculo
intelectual. La muchedumbre no ha escuchado a quienes abstrusa y míticamente le
afirman que desde hace siglo y medio la humanidad marcha extraviada. La
predicación monárquica de La Acción Francesa no ha tenido eco, antes de hoy,
sino en una que otra alma bizarra, en una que otra alma solitaria. Su actual
brillo, su actual resonancia, es obra de circunstancias externas, es fruto del
nuevo ambiente histórico. Es un efecto de la gesta de las camisas negras y de
los somatenes. Los artífices, los conductores de la contrarrevolución europea
no son Maurrás ni Daudet, sino Mussolini y Farinacci. No son literatos
disgus-tados, malcontentos y nostálgicos, sino oportu-
169
vistas capitanes procedentes de la escuela demagógica y tumultuaria. Los
hierofantes de La Acción Francesa se someten, se adhieren humildemente a la
ideología y a la praxis de los caudillos fascistas. Se contentan con tener a su
lado un rol de ministros, de tinterillos, de cortesanos. Maurrás, selecto y
aristócrata, aprueba el uso del aceite de castor.
Todo el caudal actual de la extrema derecha viene de la polarización de
las fuerzas conservadoras. Amenazadas por el proletariado, la aristocracia y la
burguesía se reconcilian. La sociedad medioeval y la sociedad capitalista se
funden y se identifican. Algunos pensadores, Walther Rathenau, por ejemplo,
dicen que dentro de una clase revolucionaria conviven mancomunados y
confundidos estratos sociales que más tarde se separarán y se enemistarán. Del
mismo modo, dentro de la clase conservadora, se amalgaman capas sociales antes
adversas. Ayer la burguesía, mezclada con el estado llano, con el
prole-tariado, destronaban a la aristocracia. Hoy se junta con ella para
resistir el asalto de la revolución proletaria.
Pero la Tercera República no se resuelve todavía a conferir demasiada
autoridad a los fautores del rey. Recientemente dio a Jonnart un asiento en la
Academia, ambicionado por Maurrás. Entre un personaje burocrático del régimen
burgués y el pensador de la corte de Orleans, optó por el primero, sin miedo a
los silbidos de los camelots du roi. La Tercera República se conduce
prudentemente en las relaciones con la facción monarquista. Sus abogados y sus
burócratas, sus Poincaré, sus Millerand, sus Tardieu, etc., flirtean con
Maurrás y con Daudet, pero se reservan avaramente la exclusiva de los primeros
puestos.
¿Organizarán Maurrás y Daudet, como organizó Mussolini, un ejército de
cien mil camisas negras para conquistar el poder? No es probable ni es posible.
Francia es un país de burgueses y de campesinos, cautos, económicos y prác-
171
EL CASO DAUDET*
No sé si entre las fobias del espíritu reaccionario y anti-moderno de
León Daudet, figure la del teléfono. Pero sabemos, en cambio, hasta qué punto
Daudet detesta y condena "el estúpido siglo diecinueve" contra el
cual ha escrito una fogosa requisitoria. Se puede chicanear todo lo que se
quiera respecto al alcance de este odio del exuberante panfletario de L'Action
Fran-çaise. No será posible, empero, repudiar del siglo diecinueve el
pensamiento o la literatura -liberalismo, democracia, socialismo, romanticismo-
para aceptar y usufructuar, sin ninguna reserva, su ingente patrimonio material
o físico. En ningún caso, la crónica puede dejar de registrar el hecho de que
el factor capital de la fuga de León Daudet de la cárcel ha sido el teléfono,
o, lo que es lo mismo uno de los instrumentos que forman parte de la herencia
del "es-túpido siglo diecinueve".
Esta fuga constituye el lance más ruidoso de la aventurera existencia
parisina de León Daudet. La excomunión de L'Action Française, el diario
monar-quista y católico de Daudet y Maurrás, interesó mucho menos al mundo y a
la propia Francia, donde ahora parece que el cinematográfico golpe de escena de
los camelots du roi ha
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* Publicado en Variedades:
Lima, 2 de Julio de 1927. Al juzgar el escándalo promovido en la opinión
francesa por la fuga de León Dudet, quien a la sazón cumplía una pena en la
prisión de Santé, José Carlos Mariátegui expresa su desdén hacia los estruendos
revolucionarios de los pequeño-burgueses, más espectaculares que eficaces. Y su
previsión destaca, evidentemente, en cuanto anticipa que el fascismo francés no
se realizará merced a la iniciativa o la acción de tales especímenes, como lo
recordará quien tenga presente el desarrollo de la política francesa durante la
Guerra Mundial II.
172
sacudido las mismas bases del ministerio. La política de la Tercera
República exhibe en este episodio toda su puerilidad presente. Unos cuantos
muchachos monarquistas y un teléfono incógnito bastan para conmoverla,
comprome-tiendo irreparablemente el prestigio de sus cárceles, la seriedad de
sus alcaides y la reputación de su sistema judicial y penitenciario.
León Daudet no cumplía en la cárcel de la Santé una condena política. Su
prisión, como es sabido, no se debía a un accidente de trabajo propio de su
carrera de panfletista político. Tenía su origen en las acusaciones lanzadas
por Daudet contra el funcionario de policía que intervino en el descubrimiento
del suicidio de su hijo Felipe. Como se recordará, Felipe Daudet, que fugó de
su hogar turbado por una oscura crisis de conciencia, apareció muerto de un
balazo en un taxi. La crispada mano del atormentado adolescente empuñaba un
revólver. El suicidio, según todos los datos, era evidente. Mas León Daudet
pretendió que su hijo había sido asesinado. El crimen, a su juicio, había sido
planeado en una asombrosa conjuración de anarquistas y policías. Daudet sostuvo
esta acusación ante los jueces llamados a investigar el hecho y esclarecer su
responsabilidad. El fallo del tribunal le fue adverso. Y Daudet compareció ante
los tribunales, acusado de calumnia. De este segundo proceso, salió condenado a
cuatro meses de cárcel.
Su prisión se presenta, por tanto, como un incidente de su vida privada,
más bien que por su lucha política. Pero en la biografía de un político es
suma-mente difícil, si no imposible, separar lo personal, lo particular, de lo
político y de lo público. Daudet, condenado, encontró la solidaridad de
L'Action Française y de la Liga Monarquista. Los más ardorosos de sus amigos se
aprestaron a resistir por la fuerza a la policía. El local de L'Action
Française se convirtió en una barricada. Daudet acabó, siempre, por ser
aprehendido. Mas, a poco tiempo, los camelots du roi se han dado maña para
sacarlo de la
173
cárcel. Es probable que a la carrera política de Daudet conviniera más
el cumplimiento moral de la condena. El prestigio popular de un condottiere se
forja en la prisión mejor que en otras fraguas inocuas. Hoy como ayer, no se
puede cambiar un orden político sin hombres resueltos a resistir la cárcel o el
.destierro. Este es, por ejemplo, el criterio del Partido Comunista
francés, que no se manifiesta excesivamente interesado en ahorrar a su
Secretario General Pierre Semard, libertado por la treta monarquista al mismo
tiempo que León Daudet, los meses de cárcel a que ha sido condenado a
consecuencia de su propaganda revolucionaria.
El hecho de que los camelots du roi no sean capaces de la misma actitud
demuestra hasta qué punto éstos buenos y bravos muchachos, y su propio capitán,
son políticamente negligibles y anacrónicos. Para un revolucionario, - Semard,
Doriot, Cachiri, etc.-, una prisión es simplemnente un "accidente del
trabajo"; para León Daudet es, más bien, una aventura, efecto y causa de
otras aventuras. Toda la historia del acerrimo monarquista asume el carácter de
una gran aventura, más literaria o periodística que política. Es una gran
aventura romántica.
Porque León Daudet que, mancomunado con Charles Maurrás, abomina del
romanticismo y de sus consecuencias políticas e ideológicas, no es en el fondo
otra cosa que un romántico, un supérstite, rezagado del propio romanticistno
que reniega y repudia. Ese romanticismo, a su tiempo, representó la creencia en
la revolución liberal, en la República, etc. Pero, al envejecer o degenerar,
cuando estos ideales aparecieron realizados, cambió esta creencia vigente o
válida aún, por la pesada y caduca del rey y la monarquía. El nuevo
roman-ticismo, el nuevo misticismo, aporta otros mitos, los del socialismo y
del proletariado. Ya he dicho alguna vez que si a Francia le aguarda un período
fascista, los condottieros de esta reacción no serán, ciertamente, ni Charles
Maurrás, ni León Daudet. Los directores de L'Action Française tendrían que
174
contentarse, en la historia del hipotético fascismo de Francia, con el
rol de precursores literarios o a lo sumo espirituales -asignado, verbigratia,
a D'Annunzio o Marinetti, en la historia del fascismo en Italia-. Casi
segura-mente, el fascismo en Francia se acomodaría a la República del mismo
modo que en Italia se ha acomodado a la Monarquía. Los servicios de Daudet y
Maurrás a la causa de la reacción no ganarían demasiado en categoría. Por lo
pronto, el embrionario fascismo francés que tiene su promotor o capitán en
George Valois, se presenta en abierta disidencia con los monarquistas de
L'Action Française, a los que, por otra parte, la Iglesia no habría
exco-mulgado si existiera alguna razón para que el catolicismo y la monarquía
asociasen en Francia sus destinos.
El rabelaisiano y bullicioso panfletista de L'Action Française, a pesar
de este y otros episodios y aventuras, no muestra mucha aptitud de cumplir en
Francia una considerable función histórica. Es un hombre de mucho humor y
bastante ingenio a quien, bajo la tercera república, no le ha sido muy difícil
echar pestes contra la democracia y pasar por un terrible demoledor. No le ha
faltado en su aventura periodística y literaria el viático de opulentas
duquesas y graves abates. Su declamación panfletaria se ha acogido a los más
viejos principios de orden, de tradición y de autoridad. Y, en su prisión lo
que más lo ha afligido, -si atendemos a la preocupación de Madame Daudet-, ha
sido la deficiencia del menú, la parvedad de la mesa. Por mucho que se trate de
idealizar la figura; ciertamente pintoresca y bizarra, Daudet resulta en último
análisis; un pequeño-burgués gordo y ameno, de tradición un poco bohemia y un
mucho, romántica, descendiente de esos cortesanos liberales y heréticos del
siglo dieciocho, que desahogaban en la charla salaz y en la mesa copiosa su
vivacidad tumultuosa, incapaz de ninguna rebeldía real contra el rey ni la
iglesia
175
CONFESIONES DE DRIEU LA ROCHELLE*
Las confesiones de Drieu La Rochelle padrían llamarse como las otras1,
Confesiones de un hijo del siglo. Drieu La Rochelle, literato de la generación
de la guerra, ha vivido todas las experiencias intelectuales de la crisis
Fran-cesa: clartismo, dadaísmo, suprarrealismo, reacción antidemocrática. Pero,
en verdad, no se puede decir que Drieu La Rochelle haya militado en ninguno de
estos movimientos. Al estado de ánimo clartista lo aproximó su amistad con
Raymond Lefevre y Vaillant Couturier, junto con la corriente revolucionaria que
después de la paz recorrió Europa. Su libro Mesure de la France se incubó en la
misma atmósfera exasperada que produjo antes los libros de Barbusse, Duhamel,
Rolland, etc. Actitud más sentida que pensada. No se le podría exigir a Drieu
La Rochelle fidelidad a ella, ahora que no existen los estímulos externos
colectivos, que la provocaron. Y casi lo mismo se podría decir del dadaísmo y
del suprarrealismo de Drieu La Rochelle. En la guerrilla dadaísta y
suprarrealista, el autor de Mesure de la France y Plainte contra inconnu no fue
sino un transeúnte, un pasajero. Se le sentía venido de fuera, para marcharse
apenas tocara la órbita de una gravitación nueva. Por eso, después de haber
colaborado en un panfleto suprarrealista contra Anatole France, con Aragón y
Bretón, se separó de éstos, que desde entonces no han dejado de dedicarle sus
más feroces epítetos. Drieu La Rochelle, enamorado sin fortuna, responde estos
agravios con nuevas de-
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* Publicado en Variedades: Lima, 28 de Enero de 1928.
1 Se refiere a las "confesiones" en las cuales describió
Alfredo de Musset el ambiente moral del Siglo XIX.
176
claraciones de amor. Los líderes del suprarrealismo son para él los
mejores escritores de su generación.
Drieu La Rochelle está ahora en su ciclo reaccionario. Pero también en
esta actitud se le encuentra aire transeúnte e intención versátil. Demasiado
realista, como buen burgués de Francia, se mantiene a distancia del monarquismo
nacionalista de Maurrás y Daudet. Prefiere el oportunismo imperialista de
Lucien Romier que sueña con una liga europea presidida napoleónicamente por una
Francia renacida bajo la sugestión de una élite taumatúrgica. Drieu La Rochelle
no puede ser dogmático. En el fondo, guarda un romántico culto a la libertad,
entendida como la antítesis del dogma. Pero la libertad es también la herejía
limitada y, como piensa Tilgher, la actividad absoluta equivale al éx-tasis
absoluto. Y es así como Drieu La Rochelle se halla de pronto entre los predicadores
de la reacción, dispuesto a obedecer cualquier dictadura que le prometa
restaurar la libertad.
El drama de este escritor, sensible a las más encontradas atracciones,
está muy lejos de ser un drama personal, exclusivo, individual. Es el drama del
espíritu pequeño-burgués, que en una época de orden se siente empujado
irresistible-mente al anarquismo y en una época de transformación o inseguridad
clama por una autoridad que le imponga su dura ley.
Pero su problema, aún en medio de su más desesperada afirmación
reaccio-naria y autoritaria, será siempre el problema de la libertad.
Escuchemos las confesiones de este nuevo hijo del siglo: "Yo vivo tal vez
más que hace dos o tres años, pero en fin no soy un hombre. He supuesto siempre
que no se trataba sino de una cosa en el mundo: de ser un hombre. Un hombre, el
que hace justicia a todas sus facultades. De lo que más he sufrido es de la
imperfección de los hombres. Para ser un hombre, necesitaría ser a la vez un
atleta, un amigo, un amante, un obrero y que sin embargo la muerte pueda
venir".
177
Todas estas son las exigencias desmesuradas de su tiempo: todas se
encuentran por encima de este "Joven europeo". "A despecho de la
ametralladora de Lenin o de Mussolini -continúa- no quiero regresar a vuestra
usina americana. No más oficios, puesto que hoy todos los oficios matan".
"¿Creéis que uso todavía tinta y papel? Por cobardía, por ganar mi pan,
prefiero aún este oficio a otro". Y luego un resto de coquetería, de
lascivia: "La peor suciedad es hacer este oficio, pues es el que amo, pero
no creo más en él y lo hago por ganar dinero. Escribir es para mí lo que más se
parece a la prostitución". Pero cuando la confesión de Drieu La Rochelle
alcanza su tono más patético es cuando dice: "Soy el hombre de hoy, el
hombre amenazado, el hombre que se olvida, el hombre que se va a ahogar y que
se crispa. Soy un desesperado, yo el europeo que amo todavía todo aquello de
que desespero".
La última certidumbre que dejan, sin embargo, estas confesiones, es la
de que, si Francia hubiese tenido ya su revolución socialista o su golpe de
Estado fascista, el discurso de Drieu La Rochelle no sería el mismo: Porque a
tan trágica desesperanza no se puede llegar sino bajo un régimen parlamentario.
178
MAEZTU, AYER Y HOY*
I
El presente panorama intelectual de España principia en una agonía, la
de Unamuno, y termina en otra agonía, la de Maeztu. La agonía de Unamuno es la
agonía del liberalismo absoluto, último y robusto brote del terco
indivi-dualismo ibero y de la tradición municipal española. La agonía de Maeztu
es la agonía del liberalismo pragmatista, conclusión conservadora y declinante
del espíritu protestante y de la cultura anglosajona. Mientras a Unamuno su
don-quijotismo lo empuja hacia la revolución, a Maeztu su criticismo lo empuja
hacia la reacción.
El caso de Maeztu ilustra, elocuentemente, la crisis de la
"inteligencia" en la Europa contemporánea. El reaccionario explícito
e inequíyoco no ha aparecido en Maeztu sino después de tres años de meditación
jesuítica y de duda lutera-na. Para que el pensamiento de un intelectual,
formalmente liberal y orgánicamente conservador, haya recorrido el camino que
separa a la reforma de la reacción, han sido necesarios tres años de
experiencia reaccionaria, planeada y cumplida de modo muy diverso del que
habría
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* De dos partes consta el
presente artículo. Bajo el título de Ramiro de Maeztu y la dictadura española,
apareció la primera en Variedades (Lima, 28 de mayo de 1927) y Repertorio
Americano (Tomo XV, Nº 17; San José de Costa Rica, 5 de noviembre de 1927). A
esta segunda publicación respondió el señor Maeztu con una presunta confutación
de sus juicios, en carta remitida al director de Repertorio Americano (Tomo
XVI, Nº 6; 11 de febrero de 1928). Y José Carlos Mariátegui ratificó y amplió
sus puntos de vista en Variedades (Lima, 7 de abril de 1928) y Repertorio
Americano (Tomo XVI, Nº 20; 26 de mayo de 1928), bajo el epígrafe adoptado para
la publicación conjunta, porque sugiere en forma precisa la involución del
autor criticado.
179
sido grato a un especulador teórico. El hecho ha precedido a la teoría;
la acción a la idea. Maeztu ha encontrado su camino mucho después que Prima de
Rivera.
El "intelectual" europeo contemporáneo nos revela, a través de
este caso, su impotencia ante la historia. La "inteligencia"
profesional se muestra incapaz de influir en sus fases y hasta de prever sus
hechos. Cualquier general casinero y crapuloso puede realizar en una noche lo
que un pensamiento austero y monógamo se verá forzado a aceptar años más tarde,
después de dramáticas hesitaciones.
Don Ramiro de Maeztu se había adherido tácitamente a la dictadura de
Primo de Rivera desde hace tiempo. Se le tenía como un mentor espiritual de la
dictadura desde antes que su firma y su pensamiento se desplazaran del diario
de la burguesía liberal al órgano de Primo de Rivera. Pero sólo su pase de El
Sol a La Nación ha tenido el valor de una adhesión explícita y categórica al
régimen militar. Hace tres años, paseaba su mirada y sus lentes de pastor
anglicano por el panorama conflagrado del mundo, para proclamar
melancó-licamente la quiebra de la política reformista y atribuir esta
responsabilidad, no al agotamiento de la función histórica y la capacidad
progresista de la burguesía, sino a la ofensiva revolucionaria del
proletariado, inexpertamente lanzado al ataque por jefes culpables, entre otras
cosas, de no haberse inspirado en el persuasivo dictamen de Maeztu y otros
retrasados retores de la democracia; burguesa. Mas, entonces Maeztu evitaba
aún, la apología de las dictaduras reaccionarias, consideradas como la
repercusión fatal, pero no plausible, de las dictaduras revolucionarias. El
liberalismo sufría una mora-toria y esto estaba ciertamente mal; pero esa
moratoria tenía por objeto dar jaque mate a la revolución, y esto estaba
evidentemente muy bien.
La responsabilidad de Maeztu y de todos los intelectuales que como él se
convierten en an-
180
gustiados apologistas de la ley marcial, aparece atenuada por los hechos
que, bajo el vigor de ésta, han demostrado la falencia del liberalismo y el
refor-mismo. El espectáculo penoso de las abdicaciones y transacciones de los
políticos constitucionales -reducidos al pobre papel de servidores licenciados
que aguardan pasivamente del monarca la orden que los restituirá al servicio de
la constitución y la monarquía-, no puede naturalmente ser muy alentador para
la ya gastada fe de un liberal revisionista y desencantado.
Pero esto no nos dispensa de denunciar la absoluta insolvencia del
pensa-miento reaccionario que con tanto retardo sigue a la violencia
conservadora. Sometiéndose y enfeudándose a la política de Primo de Rivera,
Maeztu se comporta con perfecta sinceridad burguesa, pero con rigurosa
ineptitud ideológica.
Este escritor documentado e interesante, que durante tanto tiempo se ha
alzado a estimable altura sobre el nivel general del periodismo español, ha
renegado íntegramente su liberalismo, sin sustituirlo por una doctrina más viva
o al menos por una fe más personal. En la política concreta no caben posiciones
individuales. Los retores pueden lograr alguna originalidad en el discurso,
pero ninguna en la acción.
La única originalidad que les resulta dable, a veces, es la de la
contradicción. A Maeztu, por ejemplo, que considera la civilización como un
ahorro de sexualidad, coincidiendo en esto con Jorge Sorel -quien escribía que
"el mundo no se hará más justo sino en la medida en que se hará más
casto"- le toca dar su adhesión a un régimen que exhibe todas las taras
del flamenquismo y del donjuanismo españoles y al que preside, como a una
juerga, un general de casino, sensual y mujeriego, lo más distante posible del
puritanismo y la religiosidad, designados justamente por el mismo escritor
enjuiciado como la levadura espiritual de la potencia y la grandeza
anglosajona.
181
II
Aunque "es obvio que un Embajador no puede entrar en polémicas
perio-dísticas" el señor Maeztu ha creído necesario responder al artículo
en que yo examinaba el proceso y las razones de su adhesión a la dictadura de
Primo de Rivera, porque "puede y debe rectificar una inexactitud". La
inexactitud en que yo he incurrido y que el señor Maeztu en una carta a don
Joaquín García Monge, director de Repertorio Americano1 califica de
cronológica, se encontraría en el párrafo siguiente: "El reaccionario
explícito e inequívoco no ha aparecido en Maeztu sino después de tres años de
meditación jesuítica y de duda luterana. Para que el pensamiento de un
intelectual formalmente liberal y orgánicamente conservador haya recorrido el
camino que separa la reforma de la reacción han sido necesarios tres años de
experiencia reaccionaria, planeada y cumplida de modo muy diverso del que
habría sido grato a un especulador teórico. El hecho ha precedido a la teoría:
la acción a la idea. Maeztu ha encontrado su camino mucho después de Primo de
Rivera". Son estas las palabras de mi artículo que Maeztu copia para
contradecirlas. Y su artículo se contrae a sostener que el "cambio central
de sus ideas" o, mejor dicho, la "fijación de sus ideas
fundamentales" data de 1912. Hasta entonces Maeztu había escrito
indistintamente en periódicos liberales como El Heraldo de Madrid y
conservadores como La Correspondencia de España y, consecuente con la fórmula
favorita de los hombres del 98, "escuela y despensa", no se había
preocupado gran cosa del "problema de derechas e izquierdas".
Posición que correspondería en propiedad a un intelectual "formalmente
liberal y orgánicamente conservador", como yo me he permitido definir al
señor Maeztu.
Mi ilustre contradictor no niega, precisamen-
--------------
1 Tomo XVI, N 6 (pág. 95); San José, Costa Rica, 11 de febrero de 1928.
182
te, el cambio. Y ni siquiera lo atenúa. Lo que le importa es su
cronología. Mi inexactitud no es de concepto sino de fecha. El
"reaccionario explícito e inequívoco" no ha aparecido en Maeztu
después de tres años de experiencia reaccionaria, sino mucho antes de la
experiencia misma. ¿Cuándo y cómo? He aquí lo que Maeztu trata de explicarnos.
La cronología de su conversión es la siguiente: En 1912 de regreso de Londres,
se encontró con que un militar amigo suyo, persuadido por un libro de Mr. Norman
Angell de que la guerra no es negocio, se había vuelto pacifista. Los libros de
Mr. Norman Angell fueron, diversa y opuestamente, camino de Damasco, de Maeztu
y su amigo militar. El militar se desilusionó de la guerra y la fuerza; el
escritor, por reacción, comenzó a apasionarse por ellas. Y el día en que
descubrió que la fuerza tiene que ser un valor en sí misma, ese día -son sus
palabras-, pudo advertir que "se había alejado definitivamente del sector
de opinión que actualmente le combate". En 1916 publicó en inglés un
libro2, traducido en 1919 al castellano con el título de La Crisis del
Humanismo, que contiene sustancialmente todo su pensamiento de hoy.
Conforme a esta versión, psicológica o intelectualmente sincera sin duda
alguna, a pesar de provenir de un Embajador, la conversión de Maeztu ha sido en
gran parte causal Sin la claudicación de un militar honesto y sedentario, capaz
de interesarse por las ideas de un pacifista inglés, Maeztu no habría leído con
atención los libros de Norman Angell. Y sin meditar en estos libros, no habría
llegado, -al menos, tan pronto-, a las opiniones expresadas en La Crisis del
Humanismo. Se trata, en suma de una conversión totalmente casual, vital,
pragmatista y polémica. En esto, Maeztu descubre la filiación íntimamente
protestante y británica de su mente y su cultura. Y he aquí dos factores más
serios de su cambio que el encuentro del
--------------
2 Authority, Liberty and Function, Londres, Allen y Unwin, 1916.
183
militar pacifista y la lectura meditada de La Gran Ilusión. Más o menos
lo mismo que al señor Maeztu, en este siglo, le sucedió a la Gran Bretaña en el
siglo pasado. La Gran Bretaña era pacifista en la época del apogeo de las ideas
librecambistas y manchesterianas. Gladstone, liberal, acabó practicando, sin
embargo, una política imperialista. Y Chamberlain, antiimperialista de origen y
escuela, se transformó, como Ministro de Colonias, en apóstol del imperialismo.
Terminado el período de revolución liberal -y, por ende, de emancipación
política de los pueblos- liquidados o reducidos a modestos límites los imperios
feudales, Inglaterra advirtió que su interés había dejado de ser
antiimperialista. La concurrencia de nuevos capitalistas como Alemania, la obligaba
a asegurarse la mejor parte en la distribución de las colonias. El capitalismo
británico se tornó agresivo, conquistador y guerrero, hasta precipitar la
guerra mundial en la forma que todos sabemos. El señor Maeztu, que formal o
teóricamente, había permanecido hasta 1921 fiel a una filosofía más o menos
liberal, humanista y rousseauniana estaba ya espiritual y aún racionalmente
demasiado impregnado del nuevo clima y del nuevo senti-miento del capitalismo
británico. El militar pacifista y Norman Angell son menos responsables de lo
que el señor Maeztu cree. En La Crisis del Humanismo, el señor Maeztu no se
revelaba sólo contra las ideas políticas, sociales y filosóficas que se habían
engendrado al impulso del movimiento romántico iniciado por Rousseau. Sus tiros,
según él mismo, iban más lejos. "El culpable del romanticismo era el
humanismo, el subjetivismo de los siglos anteriores y del Renacimiento, por el
que el hombre había tratado de conver-tirse en la medida de todas las cosas,
del bien y del mal, de la verdad y de la falsedad". Más o menos así
razonan también los ideólogos fascistas. Su condena no se detiene en el
demoliberalismo burgués; alcanza al Renaci-miento, a la Reforma y al
protestantismo, después de hacer justicia sumaria de la Enciclopedia, Rousseau
y la Revolución Francesa.
184
Pero el señor Maeztu, inveterado y recalcitrante admirador de las
creaciones del genio anglo-sajón, y, por consiguiente, del capitalismo y el
industrialismo, de la grandeza y del poder de Inglaterra y Estados Unidos, no
puede asumir esta actitud, sin contradicción flagrante con algunas de sus
opiniones más caras. Al señor Maeztu le debemos sagaces críticas del ideal de
Rodó, inteligentes interpretaciones del espíritu puritano y de su influencia en
el fenómeno yanqui. No puede arribar, por consiguiente, a las mismas
conclu-siones que un neo-tomista francés o un nacionalista católico italiano.
Condenando "el humanismo, el subjetivismo de los siglos anteriores y del
Renacimiento", el señor Maeztu condena la Reforma, el protestantismo y el
liberalismo, esto es los elementos religiosos, filosóficos y políticos de los
cuales se ha nutrido la civilización capitalista, fruto de un régimen de libre
concurrencia. La Reforma representó la ruptura entre el mundo medioeval y el
mundo moderno. ¿Y qué es, en último análisis, el protestantismo, sino ese
subjetivismo, o mejor, ese individualismo que el señor Maeztu repudia?
En el terreno de la doctrina y de la historia, se le podría dirigir al
señor Maeztu muchas interrogaciones embarazantes. Pero esto no cabe dentro de
los límites forzosos de mi dúplica. El señor Maeztu ha rectificado una
"inexactitud cronológica Y a esta rectificación debo contraerme,
sosteniendo que la inexactitud no existe. Es una inexactitud subjetiva, que
tiene realidad y valor sólo para el señor Maeztu. Pero objetiva,
históricamente, no tiene realidad ni valor alguno. Yo no he dicho que todas las
ideas actuales del señor Maeztu sean posteriores a tres años de dictadura
española. He dicho sólo que el reaccionario explícito e inequívoco no ha
aparecido en él sino después de esos tres años. Poco importa que en La Crisis
del Humanismo estuviese ya, en esencia, toda la filosofía actual de su autor.
¿No he definido acaso al Maeztu de ayer como un intelectual formalmente liberal
y orgánicamente conserva-dor? Maeztu había ad-
185
quirido, antes de La Crisis del Humanismo, un concepto, que él llamara
tal vez, realista, de la fuerza. Pero esto no fijaba todavía totalmente su
posición política. Hace sólo cuatro años, en artículos de El Sol, de los cuales
recordaré precisamente uno titulado "Reforma y Reacción", atribuía
toda la responsa-bilidad del momento reaccionario que atravesaba Europa, a la
agitación revolucionaria que lo había antecedido. Hasta entonces no había
abandonado aún del todo, ideológicamente, el campo reformista. Esto es lo que
he afirmado. Y en esto insisto.
Me explico que a un hombre inteligente y culto como el señor Maeztu, con
el orgullo y también la vanidad peculiar del hombre de ideas, le moleste llegar
en retardo respecto de Primo de Rivera, por quien no puede sentir excesiva
estimación. Pero el hecho es así, cualesquiera que sean las atenuantes que se
admitan. Y mi tesis es ésta: que el destino del intelectual -salvo todas las
excepciones que confirman la reglas-, es el de seguir el curso de los hechos,
más bien que el de precederlos y anticiparlos. Lo que no obsta para que la
Revolución sea en gran parte, obra desinteresada.
INDICE ONOMÁSTICO
189
INDICE ONOMÁSTICO
ADLER, Alfred (1870-1937).-Psicólogo vienés. Discípulo de Freud,
modificó la teoría psicoanalítica de éste, creando la llamada psicología
individual. Junto al factor sexual, de Freud, señaló los factores social y
profesional. Señaló, también, dos caracteres opuestos en el individuo: el afán
de ser o de hacerse valer y el sentimiento de inferioridad. Obras fundamentales
suyas son: Estudio sobre las minusvalías orgánicas (1907), El carácter
neurótico (1912), Conocimiento del hombre (1915), La psicología individual en
la escuela (1929) y La técnica de la psicología individual (1930).
ALVAREZ DEL YAYO, Julio (1885).- Político español republicano. Embajador
en México (1933-1935). Al advenimiento del régimen franquista fue embajador de
la España Republicana (en el exilio) ante la Sociedad de las Naciones. Su obra
de escritor y periodista es abundante y polémica.
ANDLER, Charles (1866-1933).- Profesor francés. Sus obras son sobre
temas sociológicos y filosóficos, como Nietzsche, su vida y su pensamiento.
APOLLINAIRE, Guillaume (1880.1918).- Poeta francés, llamado Guillaume Apolinar
Kostrovitski, que inicia la tendencia surrealista. Obras: Bestiario,
Meditaciones estéticas, El poeta asesinado.
BARBUSSE, Henri (1873-1935).- Novelista francés. En la contienda bélica
europea (1914-1918), obtuvo dos veces la Cruz de Guerra, escribiendo, con su
experiencia de soldado, su libro El Fuego, ganador del Premio Goncourt.
Militante del Partido Comunista, Obras novelas suyas de renombre son: El
Infierno y Con el cuchillo entre los dientes. Fue un gran admirador de José
Carlos Mariátegui. (Ver La Escena Contemporánea y Signos y Obras).
BAUER, Otto (1881-1938).- Político y escritor austríaco. Fundó el
periódico socialista Der Kamph (Nuestra lucha). Prisionero de guerra de los
rusos, se afilió al socialismo. Al regresar a su país fue Sub-Secretario de
Estado y Jefe de los Social-Demócratas. Eludiendo persecuciones políticas
estuvo en Checoeslovaquia y en Francia. Publicó varios libros.
BEARD, Charles (1874-1948).- Historiador norteamericano de agudos
estudios políticos de interpretación económica. Su obra es fecunda. Entre ellas
American Government and Politics (siete ediciones). Presidente de la Asociación
Americana de Historia (1933).
190
BECHER, Johannes (1625-1682).- Médico y estudioso alemán. Alternó sus
descubrimientos científicos con su deseo de fundar una lengua universal (para
lo cual escribió un libro) y con sus hondas preocupaciones sociales y
eco-nómicas, principalmente ante el colonialismo. Su obra principal es Física
subterránea.
BELA, Kim (1885-1941).- Político comunista húngaro. Prisionero en Rusia
(1914-1918), se convirtió al comunismo, y regresó a Budapest representando a
Lenin. Ministro de Relaciones Exteriores en 1919, huyó al extranjero al ser
condenado a muerte por el régimen fascista de Horthy. Ocupó diversos cargos en
la Unión Soviética y, en Europa, se distinguió como un hábil agitador politico.
Fue varias veces detenido y expulsado, y condenado a muerte en Portugal. Cayó
prisionero de los alemanes en la última guerra.
BENDA, Jules (1867).- Literato francés. Ensayista notable, criticó las
ideas de Bergson y predicó a favor de la intervención de los intelectuales en
la vida social. Ha escrito numerosos libros y fundado prestigiosas y combativas
revistas.
BERGSON, Henri Louis (1859.1941).- Notable filósofo idealista francés.
En su obra fundamental La evolución creadora, defiende un evolucionismo
espiritualista, basado en la intuición, o sea, en un instinto intelectual que
nos revela la realidad interior del ser humano. Otros libros suyos muy
difundidos son La energía espiritual y La risa. Premio Nóbel de Literatura.
BERNSTEIN, Eduardo (1850-1932).- Político y parlamentario socialista
alemán, vivió desterrado en Londres. Escribió numerosos libros. Se convirtió en
el jefe del ala derecha del socialismo mundial. Fue muy combatido por Lenin.
Editó y comentó las Obras Completas de Lasalle.
BLOCK, Alejandro (1880-1921).- Gran poeta ruso. Se adhirió a la
triunfante revolución comunista. Son célebres sus poemas: Los Doce y Los
Escitas. BLOY, León (1846.1917).- Literato francés católico, de espíritu mordaz
y agresivo. Escribió varios libros (La desesperación, entre ellos). Su estilo
es obscuro y tumultuoso, correspondiendo más bien al de un iluminado que al de
un escritor.
BONCOUR, Paul Joseph (1873).- Político francés. Desempeñó múltiples
cargos diplomáticos.
BRETON, André (1896-1968).- Poeta y polemista francés, principal
fundador
de la escuela surrealista, a cuyos postulados continúa fiel. Entre sus
obras más significativas se citan: Manifiesto del surrealismo, El surrealismo
en la pintura, Nadja, Segundo manifiesto surrealista, Los vasos comunicantes,
etc. (Ver El artista y la época).
191
BRUNETIERE, Ferdinand (1849.1906).- Literato y criticó francés; notable
orador y polemista que defendió con gran calor sus ideas católicas y
conservadoras. Dio conferencias en las principales universidades de Europa y
América.
BUKHARIN, Nícolai (1888-1938).- Comunista ruso; apoyó las tesis
económicas de Lenin. Autor de diversas obras y traducciones. Director de
Pravda. Fue fusilado bajo la acusación de conspirar con Trotski contra el
gobierno de la U.R.S.S.
CAILLAUX, José (1863.1944).- Político francés. En el curso de la Primera
Guerra Mundial le acusó Clemenceau de colaborar con los alemanes, siendo
enviado a la cárcel. Amnistiado en 1924, volvió al Parlamento y fue nuevamente
Ministro de Hacienda. En 1926 llegó al Senado. Durante la última ocupación
alemana permaneció en París, donde falleció. Escribió varios libros. Entre
ellos Mi doctrina y Mis memorias, cuyo tercer y último tomo se publicó en forma
póstuma. (Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).
COCTEAU, Jean (1892-1962).- Escritor francés. Ha cultivado todos los
géneros literarios, practicando un vanguardismo muy personal. También ha
incursionado, con éxito, en el cine, el dibujo y la pintura decorativa. Obra:
Los Infantes Terribles, Los Padres Terribles, Opio, La Voz Humana (teatro), Los
Monstruos Sagrados, etc.
COMTE, Augusto (1798.1875). Filósofo francés, fundador de la Escuela
Positivista. Secretario de Saint-Simon y luego profesor auxiliar de la Escuela
Politécnica. Su pensamiento ejerció gran influencia en la vida científica de la
segunda mitad del siglo 19; es su obra más divulgada Sistema de política
positiva. El positivismo consiste, esencialmente, en el ordenamiento lógico de
las distintas ramas de la Ciencia que viene a convertirse en una suerte de
deidad suprema e invariable.
COPERNICO, Nicolaf (1473-1543).-Astrónomo polaco cuya revolucionaria
teoría demostró que los planetas giraban alrededor del sol describiendo órbitas
en el mismo sentido, aunque situadas en diversos planos en relación con el
centro solar. Expuso su certero pensamiento en su célebre obra La
revolución de las órbitas celestes.
CROCE, Benedetto (1866-1952).- Filósofo idealista italiano. Buscó
identificar la filosofía con la historia. Son valiosos sus aportes a la
Estética. Permaneció siempre en contra del fascismo y dirigió, hasta fines de
1947, el Partido Liberal italiano. (Ver Figuras y aspectos de la vida mundial).
CROMWELL, Oliver (1599-1658).- Jefe de la secta protestante inglesa, los
puritanos. En 1648 derrocó al rey Carlos I y ordenó su muerte. Se hizo llamar
Lord Protector, gobernando con este titulo hasta el fin de sus días.
192
CHARCOT, Jean Martin (1825.1893).- Médico francés, fundador de la
moderna Neuropatología. El gobierno de Francia le creó en la Sorbona una
cátedra especial. Varios trastornos nerviosos, estudiados por él, llevan su
nombre.
DARWIN, Charles (1809-1882).- Naturalista inglés. Desde 1831 a 1836
realizó un viaje de carácter científico a bordo del navío Beagle. De 1839 a
1846 publicó las observaciones de su viaje. Pero la obra que conmovió a la
ciencia de su tiempo fue El origen de las especies (1859) donde demuestra el
evolucionismo, o sea, la transformación selectiva de las especies.
DAWES, Charles G. (1865-1951).- Economista norteamericano. Premio Nóbel
de la Paz (1926). El Plan Marshall de la segunda post-guerra vendría a ser el
equivalente histórico del Plan Dawes de la primera.
DE SANCTIS, Gaetano (1870).- Historiador italiano liberal. Profesor
universitario desde 1900 hasta 1931, fue despojado de su cátedra por el
fascismo, volviendo a la Universidad en 1945. Director de la Revista de
Filología Clásica y de Cuaderno de Roma, se hizo cargo, en 1947, de la
Presidencia de la Enciclopedia Treccani. Sus libros más difundidos son:
Historia de la República Ateniense, Historia de Grecia, Historia de
Rama, Pericles.
DEVILLE, Charles (1814.1876).- Geólogo y astrónomo fráncés nacido en las
Antillas. Fundó el Observatorio Meteorológico de Montsouris y es autor de una
teoría sobre el origen de los volcanes.
DREYFUS, Alfredo (1859-1935).- Militar francés de origen judío, famoso
por el proceso que lleva su nombre, de cuya revisión salió tardíamente absuelto
después de la vibrante defensa de Emilio Zolá.
DUHAMEL, Georges (1884).- Novelista, crítico y poeta francés. Fundó
junto con Romains, Vildrac y otros, el grupo "unanimista". Obra:
Civilización, Los hombres abandonados, Escena de la vida futura, Diario de un
aspirante a santo, etc.
DURTAIN, Luc (1881).- Seudónimo del escritor francés André Nepven. Su
producción, bastante copiosa, abarca todos los géneros literarios. Cuadragésimo
piso y La otra Europa son sus libros más leídos.
EBERT, Friederich (1871-1925).- Presidente de la República Germana. En
1905 fue Jefe del Partido Social Demócrata Alemán. Al finalizar la primera
guerra europea, se opuso a la insurrección comunista de Kiel, protagonizada por
la marina. Presidente del Reich, fue muy atacado tanto por el comunismo coma
por el fascismo. (Ver La Escena Contemporánea).
193
EINSTEIN, Alberto (1879.1951).- Eminente sabio alemán. Fundador de la
Física moderna. Premio Nóbel de Física en 1821. Autor de la Teoría de la
Relatividad. Sus postulados sirven de base para la ciencia del átomo de
nues-tra época.
ENGELS, Federico (1820.1895).- Filósofo y economista alemán, fundador,
junto con Carlos Marx, del socialismo científico, en unión de quien redactó el
Manifiesto Comunista. Secretario General de la primera Asociación
In-ternacional de Trabajadores y Jefe de la Segunda Internacional Socialista.
Sufrió persecuciones por sus ideas políticas. Sus obras más famosas son:
Anti-Diiring, Dialéctica de la Naturaleza y El origen de la familia, la
propiedad y el Estado. Publicó los volúmenes II y III de la obra de Carlos
Marx. El Capital.
FERENCZY, Ystván (1782-1856).- Escultor húngaro. Entre sus mejores
creaciones señálase el altar de San Esteban, en la Basilica de Esztergom.
FERRERO, Guillermo (1871.1942).- Historiador y sociólogo italiano. Yerno del
penalista Lombroso. Tuvo que abandonar su cátedra por orden del fascismo.
FERRI, Enrico (1856-1929).- Penalista, político y catedrático italiano,
a quien se le considera el creador de la criminología. Obra: Sociología
Criminal. FEUERBACH. Ludwig (18041872).- Filósofo alemán, discípulo de Hegel,
de quien se alejó para postular un abierto materialismo crítico, cuya fuerza
principal la orientó contra el espiritualismo cristiano. Dejó copiosa obra.
FICHTE, Johann (1762-1814).- Filósofo alemán. Abandonó su profesorado en
Jena, acusado de ateísmo, estableciéndose en Berlín. Criticó a Kant,
defendiendo el principio, para él básico en el conocimiento, "de
idéntidad". Son famosos sus Discursos a la Nación Alemana.
FORD, Henry (1863.1947).- Industrial norteamericano. Forjador de la
industria automovilística, aplicó en ella el mi. Meta "taylorista".
Fue el primer industrial que concedió a los obreros (1914) participación en las
utilidades, En 1915 ofreció sus servicios personales como mediador para acabar
con la guerra. Ha escrito dos libros bastante divulgados: Mi vida y El judío
internacional.
FRANK, Waldo (1889).- Escritor norteamericano. Lo fundamental de su
tarea literaria versa sobre la América Latina y España, cuya faz y problemas ha
intentado cap-tar en libros tan difundidos como: Nuestra América, Ustedes y
nosotros. En la selva americana, España Virgen, etc. (Ver El Alma Matinal).
FREUD, Sigmundo (1896.1939).- Médico psiquiatra austriaco. Es el
fundador del movimiento psicoanalítico, concepción psicológica que estudia la
dinámica del desarro-
194
llo y comportamiento humano y que postula una terapéutica basada en el
determinismo de los procesos menta-les. El psicoanálisis ha permitido una mejor
comprensión de los fenómenos psicológicos y psicopatol6gicos y ha ampliado las
posibilidades de investigación de la conducta humana.
GENTILE, Giovanni (1875.1944).- Filósofo italiano. Aplicó sus ideas al
campo educativo durante el régimen fascista.
GIRAUDOUX, Jean (1882-1944).- Dramaturgo y poeta francés, cultivó una
literatura lírica y fantástica. Sus piezas teatrales más representadas son
Judith, El Apolo de Bellac y Ondine.
GRAMSCI, Antonio (1891-1937),- Politico y escritor italiano. Afiliado al
socialismo de izquierda fundó el periódico El Orden Nuevo (1919). En 1921 se
afilió al Partido Comunista, del que llegó a ser Secretario General en 1924.
Siendo diputado (1926) fue condenado a 20 años de presidio e
"indultado" diez días antes de su muerte. Sus libros sólo conocieron
la luz en forma póstuma. Destacan entre ellos: Cartas desee la cárcel y El
materialismo histórico y la filosofía de Benedetto Croce.
GROSZ, George (1893).- Pintor y dibujante alemán, fustigó en su
caricaturas
el nacion, usmo hitlerista. Vive actualmente en los Estados Unidos.
GUESDE, Mathieu Ensiles (1845.1922).- Llamado Julio. Socialista francés.
Fundador del periódico Les droits de 1'homme. Adherido a la Comr:;une, fundó.
el Partido Obre-ro, en cuya dirección chocó con Jaurés y Millerand. Fue
Ministro de Estado al comienzo de la Primera Guerra Mundial. HALEVY, Daniel
(1872).- Escritor francés. Continuó el pensamiento de Charles Péguy, al cual
dedicó un serio estudio. Escribió también, entre otros libros, Vida de
Nietzsche y Decadencia de la libertad.
HEGEL, Georg Wilhem (1770.1831).- Filósofo alemán, creador del sistema
filosófico más vasto del siglo 19. Defiende un idealismo racional y explica que
en toda realidad se cumplen los tres movimientos de la dialéctica: tesis,
antítesis y síntesis, cuyos postulados básicos formula. El hegelianismo se
conoce también con el nombre de idealismo absoluto, pues, según el filósofo,
todo avanza hacia la plasmación de una idea, única y absoluta. Su doctrina
sirvió de base a Carlos Marx.
HERBART, Johann (1776.1841).- Filósofo y pedagogo alemán. Superando la
influencia filosófica de Fichte y la pedagógica de Pestalozzi, fundó su propio
sistema de ideas, donde una psicología basada en la experiencia y una moral
como meta, son sus pilares sustantivos.
195
JAMES, Williams (1842.19156).- Filósofo y psicólogo norte-americano.
Propugnó la filosofía de la experiencia, fun-dando el primer laboratorio de
psicología experimental en América. Crea el pragmatismo, o filosofía de bases y
fines prácticos. Sus ideas las aplica tanto en el campo psicológico, como en el
educativo y religioso. Junto con Carl Lange, formuló la teoría
"James-Lange" que seña-la a tos fenómenos fisiológicos como causa de
los estados emocionales: "no lloramos porque estamos tris-tes, sino que
estamos tristes porque lloramos".
JAURES, Jean (1859-1914).- Político socialista francés. Fun-dador del
diario L'Humanité. Fue asesinado, por oponer-se a la Primera Guerra Mundial, en
la víspera de la iniciación del conflicto. (Ver La Escena Contemporánea).
JUNG, Karl (1875-1946).- Psicólogo suizo, discípulo de Freud, a cuyo
pan-sexualismo opone el impulso creador del hombre y, a la par, la existencia
de un subconsciente co-lectivo. Funda su propia escuela que se conoce con el
nombre de escuela de Zurich. A Jung se debe la palabra
"complejo", en sentido psicológico, que se ha incorporado al lenguaje
cotidiano.
KANT, Immanuel (1724-1804).- Filósofo alemán, creador del idealismo
trascendental y del criticismo. Afirma que el hombre sólo puede conocer la
apariencia de la realidad; pero, al mismo tiempo, señala que la razón posee
ciertas facultades que le permiten cierto grado de un cono-cimiento ideal. Sus
obras más difundidas son: Crítica de la razón pura, Crítica de la razón
práctica y Análisis del juicio.
KAUTSKY, Karl (1854-1938).- Político y escritor alemán socialista. Líder
de la Segunda internacional de ideas de-rechistas, fue duramente atacado por
Lenin. Al triunfar los socialistas de Alemania (1918) se desempeñó como
Mi-nistro de Relaciones Exteriores. El nazismo le desterró a Bélgica. Su libro
principal está dedicado a estudiar la vida y el pensamiento de Carlos Marx.
KEYSERLING, Herman (1880-1940).- Filósofo alemán, fun-dó una Escuela de
la Sabiduría donde se practicaba el intuicionismo y el irracionalismo. Obra:
Inventivas de un filósofo, Meditaciones Sudamericanas, etc.
KRIHSNAMURTI (1887).- Pensador religioso hindú. Su nacimiento fue
anunciado por todas las sectas esotéricas del mundo como el de un nuevo Mesías.
Tagore fue uno de sus profetas. Sin embargo, alcanzada su mayoría de edad, se
apartó de las logias que lo habían proclamado su Conductor, propiciando un
individualismo extremo, bajo el lema de que toda verdad se corrompe al ser
organizada. Obra: A los pies del Senor, Ahora, Experiencia y conducta, El recto
pensar conduce a la pas, etc.
KROPOTKIN, Alexievich Pedro (1842.1921).- Aristócrata anarquista ruso.
196
LA ROCHELLE DRIEU, Pierre (1893).- Escritor francés. Aborda en sus
libros temas y acontecimientos de viva actualidad, habiéndosele comparado con
Malraux. Destacan en su producción La comedia de Charleroi y Gilles.
LABRIOLA, Antonio (1843-1904).- Filósofo italiano influido por Hegel y,
principalmente, por Marx.
LAFORGUE, Jules (1860-1887).- Poeta simbolista francés, nacido en
Montevideo. Practicó una, poesía irónica, musical, de verso libre y encanto
popular. Su libro más famoso es Las Contemplaciones.
LENIN (1870.1924).- Político ruso. Su verdadero nombre fue Vladimir
Ilich Ulianov, Jefe del comunismo ruso. Fundador del Partido Comunista
bolchevique. Jefe de la Revolución que llevó al poder a su partido. Fundador
de la III Internacional. Desarrolló el marxismo, aplicándolo a la etapa
imperialista. Dejó gran número de libros, entre ellos: ¿Qué hacer?,
Materialismo y Emplriocriticismo, El imperialismo: etapa superior del
capitalismo, etc. Junto con Marx y Engels, constituye la autoridad máxima en la
filosofía del materialismo histórico.
LE PLAY, Pierre (1806.1882).- Economista y sociólogo francés, realizó
incontables viajes observando le vida de los obreros. Sostuvo la necesidad de
salvar la unidad familiar, como célula social, considerándola punto de partida
y fin de toda reforma política. Obra: La reforma social en Francia.
LUNATCHARSKY, Anatol (1875-1933).- Político e intelectual ruso, ingresó
al Partido Comunista en 1903. Desde 1917 has-ta 1929 ocupó el cargo de
Comisario del Pueblo en Instrucción Pública, dedicándose a salvar los tesoros
de arte, obra que le valió la estimación de la inteligencia mundial. Su libro
Don Quijote libertado fue traducido al español. Nombrado embajador de la Unión
Soviética en España, no llegó—erocupar su cargo por razones de salud. (Ver La
Escena Contemporánea).
LUXEMBURGO, Rosa (1870-1919).- Revolucionaria comunista. Aunque nacida
en Polonia, adoptó la ciudadanía ale-mana y fue líder del Partido Comunista
alemán. Apo-yó a Karl Liebknecht en la lucha de los "espartaquis-tas
Estuvo presa varios años. Murió durante una insurrección popular. Es famoso su
libro ¿Reforma o Revolución?
MAC DONALD, Ramsay (1866.1937).- Estadista inglés. Jefe del Partido
Laborista. Se opuso a la entrada de Inglaterra a la contienda del 14-18. Muy
combatido por sus ideales pacifistas. Apoyó el Plan Dawes y estableció
rela-ciones con la Unión Soviética. Dejó varios libros: El Movimiento
socialista, Parlamento y Revolución, etc. (Ver Figuras y Aspectos de la Vida
Mundial).
197
MAETZU, Ramiro de (1875-1936),-Pensador y ensayista español. Obra: La
crisis del humanismo, Don Quijote, Don Juan y la Celestina, Defensa de la
Hispanidad, etc. Murió asesinado.
MALON, Benoit (1841-1893).- Político socialista francés, se alejó del
socialismo evolutivo. Fundó la Revista Socialista. Sus libros principales son:
Historia del Socialismo y Socialismo integral.
MACCHIAVELLO, Nicola (1469-1327).- Hombre de estado florentino. Gran,
político y escritor dejó la obra considerada como el breviario moderno
de la política: El Príncipe.
MARINETTI, Filippo (1876-1944).- Poeta italiano, fundó el movimiento
futurista, cuyo Manifiesto primigenio apare-ció en el Fígaro de París en 1909,
y cuyos mejores frutos se hallan en la revista Poesía, fundada por él y su
grupo. Su movimiento propiciaba una imaginación ilfmite, destrucción de la
sintaxis y el culto de lo vital y lo fonético. Obra: Zang-Tumb-Brumb y
Futurismo y Fascismo. (Ver La Escena Contemporánea).
MARX, Karl (1818-1883).—Filósofa alemán. Fundador del socialismo
científico: base ideológica del movimiento comunista actual. Vivió perseguido
por varios años. Redactó el primer Manifiesto Comunista, ayudado por Engels. Su
obra básica, en tres tomos, es El Capital.
MASARYK, Thomas S. (1850-1937).- Politico checoeslovaco. Cuando las
alemanes invadieron su país en la Primera Guerra Mundial, encabezó la
resistencia. Organizó ejércitos de liberación en Rusia y Francia. En 1918
proclamó la independencia checa. Fue elegido Presidente por 3 períodos
consecutivos, Obra: Memorias.
MAURRAS, Charles (1868-1953).- Político francés de ideas monárquicas y
fascistas. Dirigió el periódico L'Action Française. Consejero de Petain durante
la última ocupación alemana de Francia. Finalizada la guerra, fue condenado a
prisión por colaboracionista. (Ver Signos y Obras).
MAUROIS, Andre' (1885).- Escritor francés, llamado Emile Herzog. Su obra
es varia y prestigiada. Ha escrito biografías maestras, como Vida de Disraeli,
Byron, Ariel o la vida de Shelley, historias sucintas como la Historia de
Inglaterra y numerosos cuentos, ensayos y novelas.
MENGER, Karl (1840-1921).-Economista austríaco, fundador de la escuela
económica austríaca, que opone a la idea tradicional del valor de un bien, el
de su utilidad límite.
MORAND, Paul (1888).- Escritor francés nacido en Rusia. Su ingenio y su
don descriptivo le crearon un prestigio
198
extraliterario. Con Abierto de noche y Cerrado de noche obtuvo universal
renombre, pues logró expresar la Euro-pa de la primera tras-guerra mundial, con
mayor éxito que algún otro novelista de su generación. Los viajes le arrancaron
otros testimonios. Ha escrito teatro y poesía.
MUSSOLINI, Benito (1883-1943).-Político italiano. Fundador del fascismo.
Fue primero socialista y expulsado de sus filas por sus ideas bélicas e
intervencionistas. Conquistado el poder por sus partidarios, gobernó a Italia
con el título de Duce desde 1922 hasta su fallecimiento en 1943. Murió
asesinado por el pueblo antifascista en las postrimerías de la Segunda Guerra
Mundial.
PARETO, Vllfredo (1848.1923).-Economista y sociólogo italiano de la
escuela matemática. Catedrático de Economía Política en la Universidad de
Lausana. Obra: Marx, el Capital; Los Sistemas Socialistas; Manual de Economía
Política, Tratado de Sociología General, etc.
PICASSO, Pablo Ruiz (1881).- Pintor español. Su cuadro más famoso es
"Guernica", donde pinta el drama de la guerra civil española. Miembro
del Partido Comunista, publicó en México, en 1944, sus Poemas y declaraciones.
Ha cultivado también el dibujo puro y la cerámica. Es uno de los artistas
geniales de nuestra época.
PLATON (427-347 a.C.).- Filósofo griego; su nombre verdadero fue
Aristocles. Entre sus obras principales figuran: Apología de Sócrates, Critón,
Diálogos, El Banquete o Simposión, La República, etc.
POINCARE, Raymond (1860-1934).- Presidente de la República Francesa
durante la I Guerra Mundial. (Ver Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).
PREVOST, Jean (1901-1944).-Literato francés, ejerció principalmente la crítica
de matiz filosófico. Murió como soldado de la resistencia en la Segunda Guerra
Mundial. Póstumamente se han publicado manuscritos suyos bajo el título de Los
caracteres.
PRIMO DE RIVERA, Miguel (1870-1930).—General español. Dio un golpe de
Estado en 1923. Su dictadura duró has-ta 1930. Se llamó El Directorio. (Ver
Figuras y Aspectos de la Vida Mundial).
PROUDHON, Pierre Joseph (1809-1865).—Economista y político francés. Su
libro en el que sostiene que la propiedad privada es un robo, inicia esa larga
lucha que fue su vida. Por sus ataques a Napoleón III fue encarcelado
(1849-1855) y enviado luego al destierro. Su obra, Sistema de Contradicciones
Económicas, ejerció una gran in-fluencia en el movimiento sindical de su época.
Proudhon fue el primero en exponer la idea de la "lucha de clases".
Sus seguidores se llamaron "mutualistas".
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RECLUS, Eliseo (1830-1905).- Escritor y geógrafo francés. A los 21 años
de edad dejó Francia por sus ideas republicanas, viajando por Europa y América.
En 1867 se afilió a la Internacional Socialista. En 1871 dirigió un movímiento
por la represión conservadora y lucha por la Comuna. Fue encarcelado y exilado.
Tomó contacto con los anarquistas. Obras: La tierra, descripción de los
fenómenos de la vida del globo, Nueva Geografía Universal y El hombre sobre la
Tierra, tratado enciclopédico de 5 volúmenes que la muerte le impidió terminar.
RENAN, Ernesto (1823-1892).- Brillante y profundo escritor, filólogo e
historiador francés. En 1862 obtuvo la catedra de lenguas orientales en el
Colegio de Francia, que perdió al publicar Vida de Jesús, su obra más
importante y que constituye la primera parte de su Historia de los origenes del
Cristianismo.
RENNER, Karl (1870-1950).- Político y escritor austriaco
social-demócrata. Canciller de la República Austriaca en 1918. Presidente del
Congreso (1920-1923). Apresado en 1934, sale en libertad y marcha al
extranjero. Retornó a su patria con la ocupación rusa y al finalizar ésta fue
elegido Presidente de la República.
RHODES, Cecil (1853-1902).- Hombre de negocios inglés, fundador del
imperio británico en África del Sur. Fue Ministro de Hacienda y luego
Presidente de la Colonia de El Caco. Fundó Rodhesia y concibió el ferrocarril
de El Cabo a El Cairo.
ROCCO, Alfredo (1875-1935).- Catedrático de Derecho Canónico y luego
Rector dela Universidad de Roma. Presidente de la Cámara. Ministro de Justicia
(1925-l932). Sus obras sirvieron en su mayoría, para teorizar respecto a la
organización y los fines del Estado fascista. Su libro más importante es Del
Estado liberal al Estado fascista. Recibió el Premio de la Real Academia de
Italia (1935)
ROMIER, Lucien (1885-1944).- Historiador y político francés de tendencia
germanófila. Ministro de Estado con Petain y Laval. Finalizada la última gran
guerra, se hizo cargo de la jefatura de redacción del famoso Fígaro. Dejó
numerosos libros. Entre ellos: Los origenes políticos de las guerras
religiosas, Católicas y hugonotes en la Corte de Carlos Noveno, Nación y
Civilización, El hombre nuevo, etc.
RUSSELL, Bertrand (1872).- Científico y escritor británico, encarcelado
por pacifista durante la I Guerra Mundial. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura
en 1950. Eminente lógico, matemático, ensayista y filósofo.
SAINT JUST, Luis Antonio (1767-1794).- Revolucionario francés partidario
de Robespierre. Votó a favor de la muerte inmediata y sin apelación de Luis
XVI. Miembro del
200
Triunvirato del Comité de Salud Pública. Fue guillotinado.
SCHILLER, Johann Cristoph (1759-1805).- Dramaturgo, historiador, poeta y
ensayista alemán. Lo unió a Goethe tina ejemplar amistad. Sus dramas más
famosos son: Los bandidos, Don Carlos, Wallenstein (trilogía), María Es-tuardo,
Guillermo Tell. Escribió también varios libros de carácter histórico y de
poesía. En este último género destaca su obra La canción de la campana. Todas
sus creaciones literarias expresan un gran amor por la li bertad.
SHAW, Bernard (1856-1950).- Dramaturgo inglés. Premio Nó-bel de
Literatura en 1952. Entre sus piezas más difundidas figuran: Pigmalión,
Santa Juana, La Comandante Bárbara, Retorno a Matusalén, La otra isla de
John Bull, Hombre y Superhombre, etc. Gran propulsor del teatro realista y de
problemática social. Fue un socialista moderado pero intransigente.
SOREL, Georges (1847-192).- Escritor político francés. Ingeniero de
profesión. Elogia la violencia como medio para salvarse de la mediocridad.
Predica la radicalización de la lucha de clases. Ejerció influencia en el
pensamiento de José Carlos Mariátegui. Sus libros más significativos son:
Meditaciones sobre la violencia y Materiales para una teoría del proletariado.
SPENCER, Herbert (1820.1903).-Sociólogo inglés, aplicó al campo social
sus propias ideas evolucionistas. Obra: Principios de Sociología, etc.
SPENGLER, Oswaldo (1880-1936).- Filósofo alemán. Célebre por su libro La
decadencia de Occidente.
STEINER, Rodolfo (1861-1925).- Teósofo croata. Su empeño en imponer la
autroposofía lo separó de Annie Besant, fundadora de la Teosofía, y sus
partidarios crearon la Liga Antroposófica.
STURZO, Luigi Don (1871).- Sacerdote y político italiano. Al finalizar
la Primera Guerra Mundial, y luego de que Pío X levantara a los católicos la
prohibición de actuar corno tales en política, fundó el Partido Popular, de
orientación demócrata-cristiana. El fascismo le exiló. En el extranjero publicó
varios libros sobre política como: Política y moralidad e Italia y el
nuevo orden mundial. En 1946 retornó a su patria.
TERESA DE AVILA (1515-1582).- Conocida también como Santa Teresa de
Jesús. Patrona de Espana. Escritora mística notable. 'Reformó la Orden
Carmelita, restaurán-dole su antiguo rigor y, a la vez, imprimiéndole sus
pro-pias ideas. Entre sus libros sobresalen: Libro de su vida, Camino de
perfección y su obra básica: El castillo interior o Las Moradas. Sus Cartas,
cuidadosamente conservadas, la revelan como una maestra del género epis-tolar.
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THIBAUDET, Albert (1874.1936).- Escritor francés, dedica-do al ensayo y
la crítica literaria. Obras: Gustavo Flaubert, Poesía de Mallarmé, Paul Valery,
Amiel, Stendhal, Treinta años de vida francesa que consta de 4 volúmenes: 1)
Las ideas de Charles Maurrás, 2) La vida de Mauricio Barrés, 3) El bergsonismo
y 4) Una generación. Dejó sin acabar Historia de la Literatura Francesa, la
que, sin embargo, ha sido publicada en forma póstuma.
TOLLER, Ernest (1893-1939).- Escritor y político alemán. Tomó parte
activa (1918) en las revueltas políticas de Baviera. Miembro del Gobierno
Revolucionario de Munich, fue luego encarcelado. Sus obras líricas, escritas en
la prisión, lo revelaron como un poeta fino y hondo. En 1936 viajó a Nueva
York, ciudad donde se suicidó en 1939. Dejó escrito un libro autobiográfico: Yo
fui un alemán.
TILGHER, Adriano (1887.1941).- Crítico y filósofo italiano. Gran
defensor de Pirandello, a cuyo triunfo contribuyó. Entre sus libros más
notables se cita Relativismo contemporáneo.
TROTSKI, León (1879-1940).-Político y escritor ruso. Luego de una
agitada juventud revolucionaria, tomó parte activa en la revolución comunista
de 1917. Presidente del Soviet de Moscú. Ministro de Relaciones Exteriores y de
Guerra. Principal forjador del Ejército Rojo. Sus antiguas discrepancias con
Lenin se acentuaron con Stalin y creó su propia teoría política. Fundó la IV
Internacional. Desterrado de Rusia, vivió en el extranjero la existencia de un
doble perseguido político. Escribió numerosos libros y artículos. Fue asesinado
en México. Sus obras más significativas son La Revolución Rusa,
La revolución permanente, La revolución traicionada, Vida de Lenin, El
organizador de derrotas y su autobiografía. (Ver La Escena Contemporánea).
TURATI, Augusto (1888).- Secretario General del fascismo. Diputado del
mismo partido. Sufrió prisión al finalizar la Segunda Guerra Mundial. UNAMUNO,
Miguel de (1864-1936).- Literato y ensayista es-pañol, cuyo pensamiento
brillante, contradictorio y poderoso, ejerció notable influencia entre sus
contemporáneos y generaciones siguientes. Extraordinario conocedor de la lengua
castellana, enriqueció la filología de nuestro idioma. Sus virajes religiosos y
políticos fueron siempre motivo de violentisimas polémicas. En su erudita y
copiosa producción sobresalen: La agonía del Cristianismo, El sentimiento
trágico de la vida, Vida de Don Quijote y Sancho (libros de ensayo); Nada menos
que todo un hombre, Niebla (novelas); Fedra (teatro); Teresa, rimas de un poeta
desconocido (poesía), etc. VALENTINO, Rodolfo.- Famoso actor del cine mudo.
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VALERY, Paul (1871-1945).- Medular poeta y ensayista francés, se afilió
muy joven al simbolismo, escuela literaria que ha llegado a representar. Casó
con una hija de Ma-Ilarmé. Su obra maestra es La jeune parque, a la cual
pertenece su largo y famoso poema El cementerio marino. Ocupó en la Academia
Francesa el sillón dejado por Anatole France y dio la bienvenida a ésta al
Mariscal Petain. La poesía de Valéry es intelectual, obscura, pero muy
brillante.
VANDERVELDE, Emilio (1866-1938).- Político socialista belga. Miembro del
Ejecutivo de la Internacional Socialista. Ministro de Estado. Representó a
Bélgica en la Conferencia de la, Paz de 1925 y suscribió el Pacto de Locarno.
Pacifista, intentó reducir a 6 meses el servicio militar en' su pals. Obra: La
cuestión agraria en Bélgica y otras.
VRIES, Hugo de (1848-1935).- Botánico holandés. Dejó su cátedra en la
Universidad de Amsterdam para retirarse por largos años a la Isla de Lunteren,
donde continuó sus estudios sobre la teoría evolucionista de Darwin. Formuló la
teoría de las mutaciones e hizo varios importantes hallazgos en el can}po de la
biología celular. Dejó importantes libros sobre su especialidad.
WELLS, George Herbert (1868-1946).- Fecundo novelista inglés dedicado a
las utopías fantásticas y científicas. Predicó un ateísmo optimista. Muchos de
sus vaticinios se han cumplido. Destacan en su obra: La guerra de los
mundos, El Hombre invisible, Breve historia del mundo, Una utopía moderna, etc.
INDICE
Presentación 9
I.—Henri de Man y la "crisis" del Marxismo 19
II.—La tentativa revisionista de "Más allá del Marxismo" 25
III.—La Economía Liberal y la Economía Socialista 31
IV. –La filosofía moderna y el Marxismo 39
V.—Rasgos y espíritu del socialismo belga 49
VI.—Etica y Socialismo 55
VII.—El determinismo marxista 65
VIII.—Sentido heroico y creador del socialismo 71
IX.—La Economía Liberal y la Economía Socialista 75
X.—Freudismo y Marxismo 79
XI.—Posición del socialismo británico 85
XII.—El libro de Emile Vandervelde 95
XIII.—El idealismo materialista 101
XIV.—El Mito de la Nueva Generación 111
XV: El proceso a la literatura francesa contemporánea 117
XVI.—"La Ciencia de la Revolución" 127
TEORIA Y PRACTICA DE LA REACCION
I.—Los ideólogos de la reacción 135
II.—Contradicciones de la reacción 139
III.—E1 destino de Norteamérica 145
IV.—El caso y la teoría de Ford 151
V.—Yanquilandia y el Socialismo 155
Especimenes de la Reacción
Anti-Reforma y Fascismo 161
"L'Action Francaise", Charles Maurras, León Daudet 165
Confesiones de Drieu La Rochelle 175
El Caso Daudet 171
Maeztu, Ayer y Hoy 178
Séptima edición, agosto de 1976.

