© Libro N° 9994. El Clérigo Malvado. Lovecraft, H.P. Emancipación. Junio 4 de 2022.
Título
original: ©
The Evil Clergyman, H.P. Lovecraft
(1890-1937)
Versión Original: © El Clérigo Malvado. H.P. Lovecraft
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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H.P. Lovecraft
El
Clérigo Malvado
H.P.
Lovecraft
Un hombre grave que parecía inteligente, con ropa discreta y barba gris,
me hizo pasar a la habitación del ático, y me habló en estos términos:
—Sí, aquí vivió él..., pero le aconsejo que no toque nada. Su curiosidad
lo vuelve irresponsable. Nosotros jamás subimos aquí de noche; y si lo
conservamos todo tal cual está, es sólo por su testamento. Ya sabe lo que hizo.
Esa abominable sociedad se hizo cargo de todo al final, y no sabemos dónde está
enterrado. Ni la ley ni nada lograron llegar hasta esa sociedad.
—Espero que no se quede aquí hasta el anochecer. Le ruego que no toque
lo que hay en la mesa, eso que parece una caja de fósforos. No sabemos qué es,
pero sospechamos que tiene que ver con lo que hizo. Incluso evitamos mirarlo
demasiado fijamente.
Poco después, el hombre me dejó solo en la habitación del ático. Estaba
muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que
indicaba que no era el tugurio de un plebeyo. Había estantes repletos de libros
clásicos y de teología, y otra librería con tratados de magia: de Paracelso,
Alberto Magno, Tritemius, Hermes Trismegisto, Borellus y demás, en extraños
caracteres cuyos títulos no fui capaz de descifrar. Los muebles eran muy
sencillos. Había una puerta, pero daba acceso tan sólo a un armario empotrado.
La única salida era la abertura del suelo, hasta la que llegaba la escalera
tosca y empinada. Las ventanas eran de ojo de buey, y las vigas de negro roble
revelaban una increíble antigüedad. Evidentemente, esta casa pertenecía a la
vieja Europa. Me parecía saber dónde me encontraba, aunque no puedo recordar lo
que entonces sabía. Desde luego, la ciudad no era Londres. Mi impresión es que
se trataba de un pequeño puerto de mar.
El objeto de la mesa me fascinó totalmente. Creo que sabía manejarlo,
porque saqué una linterna eléctrica —o algo que parecía una linterna— del
bolsillo, y comprobé nervioso sus destellos. La luz no era blanca, sino
violeta, y el haz que proyectaba era menos un rayo de luz que una especie de
bombardeo radiactivo. Recuerdo que yo no la consideraba una linterna corriente:
en efecto, llevaba una normal en el otro bolsillo.
Estaba oscureciendo, y los antiguos tejados y chimeneas, afuera,
parecían muy extraños tras los cristales de las ventanas de ojo de buey.
Finalmente, haciendo acopio de valor, apoyé en mi libro el pequeño objeto de la
mesa y enfoqué hacia él los rayos de la peculiar luz violeta. La luz pareció
asemejarse aún más a una lluvia o granizo de minúsculas partículas violeta que
a un haz continuo de luz. Al chocar dichas partículas con la vítrea superficie
del extraño objeto parecieron producir una crepitación, como el chisporroteo de
un tubo vacío al ser atravesado por una lluvia de chispas. La oscura superficie
adquirió una incandescencia rojiza, y una forma vaga y blancuzca pareció tomar
forma en su centro. Entonces me di cuenta de que no estaba solo en la habitación...
y me guardé el proyector de rayos en el bolsillo.
Pero el recién llegado no habló, ni oí ningún ruido durante los momentos
que siguieron. Todo era una vaga pantomima como vista desde inmensa distancia,
a través de una neblina... Aunque, por otra parte, el recién llegado y todos
los que fueron viniendo a continuación aparecían grandes y próximos, como si
estuviesen a la vez lejos y cerca, obedeciendo a alguna geometría anormal.
El recién llegado era un hombre flaco y moreno, de estatura media,
vestido con un traje clerical de la iglesia anglicana. Aparentaba unos treinta
años y tenía la tez cetrina, olivácea, y un rostro agradable, pero su frente
era anormalmente alta. Su cabello negro estaba bien cortado y pulcramente
peinado y su barba afeitada, si bien le azuleaba el mentón debido al pelo
crecido. Usaba gafas sin montura, con aros de acero. Su figura y las facciones
de la mitad inferior de la cara eran como la de los clérigos que yo había
visto, pero su frente era asombrosamente alta, y tenía una expresión más hosca
e inteligente, a la vez que más sutil y secretamente perversa. En ese momento
-acababa de encender una lámpara de aceite- parecía nervioso; y antes de que yo
me diese cuenta había empezado a arrojar los libros de magia a una chimenea que
había junto a una ventana de la habitación (donde la pared se inclinaba
pronunciadamente), en la que no había reparado yo hasta entonces.
Las llamas consumían los volúmenes con avidez, saltando en extraños
colores y despidiendo un olor increíblemente nauseabundo mientras las páginas
de misteriosos jeroglíficos y las carcomidas encuadernaciones eran devoradas
por el elemento devastador. De repente, observé que había otras personas en la
estancia: hombres con aspecto grave, vestidos de clérigo, entre los que había
uno que llevaba corbatín y calzones de obispo. Aunque no conseguía oír nada, me
di cuenta de que estaban comunicando una decisión de enorme trascendencia al
primero de los llegados. Parecía que lo odiaban y le temían al mismo tiempo, y
que tales sentimientos eran recíprocos. Su rostro mantenía una expresión
severa; pero observé que, al tratar de agarrar el respaldo de una silla, le temblaba
la mano derecha. El obispo le señaló la estantería vacía y la chimenea (donde
las llamas se habían apagado en medio de un montón de residuos carbonizados e
informes), preso al parecer de especial disgusto. El primero de los recién
llegados esbozó entonces una sonrisa forzada, y extendió la mano izquierda
hacia el pequeño objeto de la mesa. Todos parecieron sobresaltarse. El cortejo
de clérigos comenzó a desfilar por la empinada escalera, a través de la trampa
del suelo, al tiempo que se volvían y hacían gestos amenazadores al
desaparecer. El obispo fue el último en abandonar la habitación.
El que había llegado primero fue a un armario del fondo y sacó un rollo
de cuerda. Subió a una silla, ató un extremo a un gancho que colgaba de la gran
viga central de negro roble y empezó a hacer un nudo corredizo en el otro
extremo. Comprendiendo que se iba a ahorcar, corrí con la idea de disuadirlo o
salvarlo. Entonces me vio, suspendió los preparativos y miró con una especie de
triunfo que me desconcertó y me llenó de inquietud. Descendió lentamente de la
silla y empezó a avanzar hacia mí con una sonrisa claramente lobuna en su
rostro oscuro de delgados labios.
Sentí que me encontraba en un peligro mortal y saqué el extraño
proyector de rayos como arma de defensa. No sé por qué, pensaba que me sería de
ayuda. Se lo enfoqué de lleno a la cara y vi inflamarse sus facciones cetrinas,
con una luz violeta primero y luego rosada. Su expresión de exultación lobuna
empezó a dejar paso a otra de profundo temor, aunque no llegó a borrársele
enteramente. Se detuvo en seco; y agitando los brazos violentamente en el aire,
empezó a retroceder tambaleante. Vi que se acercaba a la abertura del suelo y
grité para prevenirlo; pero no me oyó. Un instante después, trastabilló hacia
atrás, cayó por la abertura y desapareció de mi vista.
Me costó avanzar hasta la trampilla de la escalera, pero al llegar
descubrí que no había ningún cuerpo aplastado en el piso de abajo. En vez de
eso me llegó el rumor de gentes que subían con linternas; se había roto el
momento de silencio fantasmal y otra vez oía ruidos y veía figuras normalmente
tridimensionales. Era evidente que algo había atraído a la multitud a este
lugar. ¿Se había producido algún ruido que yo no había oído? A continuación,
los dos hombres (simples vecinos del pueblo, al parecer) que iban a la cabeza
me vieron de lejos, y se quedaron paralizados. Uno de ellos gritó de forma
atronadora:
—¡Ahhh! ¿Conque eres tú? ¿Otra vez?
Entonces dieron media vuelta y huyeron frenéticamente. Todos menos uno.
Cuando la multitud hubo desaparecido, vi al hombre grave de barba gris que me
había traído a este lugar, de pie, solo, con una linterna. Me miraba
boquiabierto, fascinado, pero no con temor. Luego empezó a subir la escalera, y
se reunió conmigo en el ático. Dijo:
—¡Así que no ha dejado eso en paz! Lo siento. Sé lo que ha pasado. Ya
ocurrió en otra ocasión, pero el hombre se asustó y se pegó un tiro. No debía
haberle hecho volver. Usted sabe qué es lo que él quiere. Pero no debe
asustarse como se asustó el otro. Le ha sucedido algo muy extraño y terrible,
aunque no hasta el extremo de dañarle la mente y la personalidad. Si conserva
la sangre fría, y acepta la necesidad de efectuar ciertos reajustes radicales
en su vida, podrá seguir gozando de la existencia y de los frutos de su saber.
Pero no puede vivir aquí, y no creo que desee regresar a Londres. Mi consejo es
que se vaya a Estados Unidos.
—No debe volver a tocar ese... objeto. Ahora, ya nada puede ser como
antes. El hacer —o invocar— cualquier cosa no serviría sino para empeorar la
situación. No ha salido usted tan mal parado como habría podido ocurrir...,
pero tiene que marcharse de aquí inmediatamente y establecerse en otra parte.
Puede dar gracias al cielo de que no haya sido más grave.
—Se lo explicaré con la mayor franqueza posible. Se ha operado cierto
cambio en... su aspecto personal. Es algo que él siempre provoca. Pero en un
país nuevo, usted puede acostumbrarse a ese cambio. Allí, en el otro extremo de
la habitación, hay un espejo; se lo traeré. Va a sufrir una fuerte
impresión..., aunque no será nada repulsivo.
Me eché a temblar, dominado por un miedo mortal; el hombre barbado casi
tuvo que sostenerme mientras me acompañaba hasta el espejo, con una débil
lámpara (es decir, la que antes estaba sobre la mesa, no el farol, más débil
aún, que él había traído) en la mano. Y lo que vi en el espejo fue esto:
Un hombre flaco y moreno, de estatura media, y vestido con un traje
clerical de la iglesia anglicana, de unos treinta años, y con unos lentes sin
montura y aros de acero, cuyos cristales brillaban bajo su frente cetrina,
olivácea, anormalmente alta.
Era el individuo silencioso que había llegado primero y había quemado
los libros.
Durante el resto de mi vida, físicamente, yo iba a ser ese hombre.
_________________________
H.P. Lovecraft (1890-1937)

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