Libro N° 9945. Cuerdos Entre Locos. Slater, Lauren.
© Libro N° 9945. Cuerdos Entre Locos. Slater, Lauren. Emancipación. Mayo 21 de 2022.
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Cuerdos Entre Locos. Lauren Slater
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Lauren
Slater
Cuerdos
Entre Locos
Lauren
Slater
CONTENIDO
Agradecimientos
Introducción
1. La caja de Skinner, abierta
2. Obscura
3. Cuerdos entre locos
4. En caso de aterrizaje forzoso
5. Acallar la conciencia
6. Amor simiesco
7. Parque de ratas
8. Perdido en las galerías comerciales
9. Memoria S. A.
10. Cortes
Conclusión
Notas finales
En memoria de Sigmund Koch, psicólogo y profesor, mentor y amigo
Agradecimientos
Angela von der Lippe, mi editora, ha sido fuente de humor, apoyo, ideas
e inspiración a lo largo de todo el proceso de escritura de este libro. A Kim
Witherspoon le encantó el proyecto desde el primer momento, lo cual me infundió
confianza. Tina Polhman, que antes estaba en Vintage, fue quien me propuso la
idea, así que ahí va mi agradecimiento por la verdadera etiología de esta obra.
Fueron muchas las personas que me prestaron tiempo generosa y amablemente a lo
largo del camino. Se lo agradezco especialmente a: Thomas Blass, Lee Ross,
David Karp, Alexandra Milgram, James Harlow, Jack Rosenhan, Florence Keller,
familia Santo, Julie Vargas, Alan Elms, Eric Kandel y Elizabeth Loftus; a
Charlie Newitz y Sasha, su mujer, pseudónimos ambos que protegen su identidad,
y a Joshua Chaffin y Jacob Plumfield, pseudónimos también, que me
proporcionaron información inestimable con valentía. El personal de los
diversos hospitales donde acudí con síntomas falsos me dispensó un trato
afectuoso en general, cuando no excepcional, y me inyectó fe en la compasión
que anima a muchos psiquiatras de hoy. Harold Sackheim se avino a concederme
una entrevista larguísima que arrojó luz sobre algunos tratamientos
prometedores que se aplicarán en el futuro a enfermedades y trastornos; le
agradezco el tiempo que me dedicó. Ian Parker influyó decisivamente en mi
visión de Stanley Milgram y lo que escribí sobre él; su obra publicada por
Granta y su conversación conmigo me ayudaron a aclarar las ideas sobre los
complejos temas relacionados con dicho experimento. El excelente libro de
Elliot Valenstein Great and Desperate Cures: The Rise and Decline of
Psychosurgery and Other Radical Treatments for Mental Illness [Grandes curas
desesperadas: apogeo y declive de la psicocirugía y otros tratamientos
radicales de enfermedades mentales] es de lectura obligatoria para quien sienta
interés por los intríngulis éticos y la historia de los tratamientos somáticos
de las enfermedades mentales. El último capítulo («Cortes: las curas mentales
más radicales del siglo») se lo debo casi íntegramente a su impecable
investigación, de la que me he nutrido. Finalmente, Bruce Alexander empleó
enormes cantidades de tiempo no sólo en explicarme su experimento y la
evolución de sus ideas desde entonces, sino también en leer y comentar otros
capítulos de este libro; su comprensión de la historia de la psicología es
impresionante.
Benjamin Alexander, mi marido, dedicó innumerables horas sin cuento a
ayudarme con la formulación de los pensamientos, la interpretación de datos y,
en algunas ocasiones, la evaluación de la metodología con respecto al alcance
de los experimentos tratados. Clara Alexander, mi hija, mitigó el deterioro
inevitable del proceso de escritura con su insistencia en hurgar en la basura,
leer El gato garabato y dar volteretas; Pagan Kennedy, Priscilla Sneff, Karen
Propp, Susan Mahler y Tehilia Lieberman escucharon y comentaron muchos
borradores, y también Jennifer Coon, doctora en Psicología, colega y amiga
íntima, que me dio una perspectiva clínica imprescindible de la psicología
experimental. Lisa Schiffman se dejó leer por teléfono (llamada interurbana)
todos y cada uno de los capítulos de este libro; siempre fue mi primer público
y el más inmediato, y sus comentarios, por no mencionar su paciencia y su tino
literario, se reflejan en los mejores pasajes de este libro. Y, como siempre,
Audrey Schulman y Elizabeth Graver son y han sido, desde hace ya más de veinte
años, compañeras de escritura, polinizadoras cruzadas, críticas y amigas.
Introducción
Hice el primer experimento psicológico a la edad de catorce años. En los
muros de nuestra vieja casa de vacaciones de Maine había mapaches; un día metí
la mano en un hueco del yeso que se desmoronaba y saqué una cría todavía
manchada de leche, con los ojos cerrados, que chillaba y pataleaba en el aire
con sus patitas diminutas. Unos días después, los ojillos cerrados se abrieron
y, como había oído algo sobre Konrad Lorenz, la impronta y el comportamiento de
las crías de pato, procuré ser yo lo que el mamífero viera en primer lugar, que
mi silueta –manos, pies y cara incluidos– llenara su campo de visión. Funcionó.
Inmediatamente, el mapache –al que llamé Amelia Earhart– empezó a seguirme a
todas partes, se me enroscaba en los tobillos y se me subía a las pantorrillas
cuando tenía miedo. Me seguía a la librería de la localidad, al colegio, por
calles llenas de gente e incluso al dormitorio, pero en realidad, fui yo quien
empezó a imitar su comportamiento, más que ella el mío. Aunque era yo quien
ponía la impronta, fue Amelia quien me enseñó a pescar en un estanque con mis
zarpas humanas, a agarrarme a las piedrecillas sueltas de la base de un árbol
podrido y trepar; me enseñó los placeres de la nocturnidad, la hierba plateada
de humedad y las ojeras de cansancio. Escribí los resultados en mi diario: «La
impronta también queda en la madre». Me preguntaba quién influía sobre quién en
ese emparejamiento simbiótico, si era posible que una especie cambiara su forma
específica y se convirtiera en otra diferente por simple contacto, si de verdad
habría existido un niño criado por lobos o un chimpancé que firmaba con
palabras. Esas cuestiones me fascinaban entonces y me siguen fascinando hoy.
Con el tiempo, cuando me hice mayor, lo que más me atrajo fueron los medios que
se utilizan para responderlas: las hipótesis, los proyectos experimentales, la
descripción cualitativa pormenorizada, la espera de resultados, insufrible o
tediosa. Primero me enganché a Amelia y después, puramente a la trama que
estructura prácticamente todo experimento psicológico, sea intencionado o no.
Sería reduccionista afirmar que el origen de este libro es una mapache:
sin embargo, es la imagen de Amelia lo que se me presenta cuando pienso en su
etiología. Aparte de eso, hace mucho tiempo que los experimentos psicológicos
me resultan fascinantes porque, en el aspecto más favorable, son experiencia
condensada, vida destilada hasta su esencia potencialmente elegante, el tubo de
ensayo metafórico donde se analizan las partes que siempre aparecen mezcladas,
de forma que vemos el amor, el miedo, la conformidad o la cobardía desempeñando
su papel en contextos acotados con precisión. Los grandes experimentos
psicológicos amplían un sector de la conducta que normalmente queda soterrado
en el tumulto de las prisas y el frenesí con que vivimos. Mirar a través de esa
lente es asomarse a una parte de nosotros mismos.
Cuando estudiaba el posgrado de psicología, volví a tener ocasión de
realizar observaciones y experimentos con toda clase de animales. Vi la
formación de un pez ángel desde el embrión de unas pocas células aisladas hasta
el ejemplar completo, con aletas, en cuarenta y ocho horas justas: el
rompecabezas de la vida reconstruyéndose ante mis propios ojos. Vi a víctimas
de infarto cardíaco renegar de la parte derecha de la cara, y a pacientes de
visión ciega leer cartas misteriosamente a pesar de la inutilidad de sus ojos.
Observé a personas que esperaban el ascensor y me planteé como pregunta
principal: ¿por qué la gente aprieta el botón sin cesar mientras espera en el
vestíbulo, aunque sabe, si se lo preguntaran, que el ascensor no va a llegar
antes? ¿Qué revela del ser humano la «conducta de ascensor»? Naturalmente,
también leí lo que se publicaba sobre experimentos psicológicos –principalmente
en revistas académicas repletas de datos cuantificados y gráficos de barras
negras–, y me pareció triste en cierto modo. Me parecía triste que esas
crónicas perspicaces y drásticas quedaran reducidas a la aridez característica
de buena parte de los informes científicos y, por lo tanto, no lograran captar
lo que sólo una auténtica narración puede captar: tema, deseo, trama, hilo
narrativo; esto es lo que somos. Los experimentos que se describen en este
libro, así como muchos otros, merecen ser contados y disfrutados como relatos,
no sólo recogidos en un informe de investigación, y eso es lo que he intentado
hacer aquí.
Al fin y al cabo, la vida no consiste en datos, medias y modas; la vida
es historias absorbidas, reconfiguradas, reescritas. Integramos mejor lo que se
nos cuenta en forma de relato. Abrigo la esperanza de que el lector asimile con
mayor plenitud alguno de estos experimentos, traducidos así, a forma narrativa.
La psicología y las profesiones asociadas representan un campo extenso y
dispar que se canaliza y concentra en una sinapsis aislada y, al mismo tiempo,
se irradia hacia fuera para describir grandes grupos de seres humanos. Este
libro no recoge de ningún modo la totalidad de experimentos que plasman el
alcance de ese arco; para eso harían falta muchos tomos. He seleccionado diez
basándome en aportaciones de mis colegas y en mis propios gustos narrativos,
diez experimentos que, no sólo en mi opinión, suscitan los interrogantes más
audaces de una forma más audaz. ¿Quiénes somos? ¿Qué nos hace humanos? ¿Somos
en verdad autores de nuestra vida? ¿Qué significa ser moral? ¿Qué significa ser
libre? Al relatar la historia de estos experimentos, los reconsidero desde mi
punto de vista contemporáneo y pregunto qué relevancia tienen hoy para
nosotros, en este mundo nuevo. ¿El conductismo de Skinner tiene importancia
para los neurofisiólogos actuales, que pueden indagar en los correlatos
neuronales de sus ratas condicionadas?¿El horroroso y cómico experimento de
Rosenhan con la enfermedad mental, su percepción y sus diagnósticos, son
válidos todavía en la actualidad, cuando teóricamente nos atenemos a criterios
de diagnóstico más objetivos a la hora de catalogar la «enfermedad»? ¿Podemos
siquiera definir como enfermedad unos síndromes que carecen de etiología
fisiológica o fisiopatología claramente definidas? ¿La psicología, mitad
metáfora y mitad estadística, es una ciencia, en realidad? ¿La ciencia misma no
es una forma de metáfora? Hace mucho tiempo, a finales de la primera década del
siglo xix, Wilhelm Wundt, considerado desde siempre el padre fundador de la
psicología, abrió uno de los primeros laboratorios de psicología del mundo
basados en instrumentos, un laboratorio dedicado a mensurar, y así nació la
ciencia de la psicología. Pero, tal como demuestran estos experimentos, fue un
parto de nalgas, un mal parto, y la criatura neonata, un organismo quimérico de
miembros ambiguos. Ahora, más de cien años después, la bestia ha crecido. ¿Qué
es? Este libro no responde la pregunta, pero la aborda en el contexto de la
«máquina de electrocutar» de Stanley Milgram, las ratas adictas de Bruce
Alexander, las habitaciones que se llenan de humo de Darley y Latané, la
lobotomía de Moniz y algunos experimentos más.
En este libro vemos que la psicología ahonda cada vez más inevitable e
ineluctablemente en dirección a las fronteras biológicas. Vemos los crudos
cortes de Moniz transformados –o transmutados, según el punto de vista– en la
cirugía estéril e incruenta llamada cingulotomía. Nos hablan de los procesos
internos de la neurona, de que los genes codifican la proteína que da lugar a
tales ojos azules o a tal memoria, ahí mismo. Y sin embargo, aunque estemos en
condiciones de explicar alguna parte del proceso y los mecanismos que conforman
la conducta e incluso el pensamiento, estamos lejos de poder explicar por qué
pensamos, por qué nos inclinamos hacia una cosa u otra, por qué conservamos
unos recuerdos y olvidamos otros, qué significan para nosotros esos recuerdos y
en qué forma moldean la vida. Kandel, Skinner, Pavlov o Watson pueden demostrar
una respuesta condicionada, o conducta operante, y el proceso mediante el cual
queda codificada en el cerebro, pero lo que hagamos con esa información, una
vez establecida, depende de circunstancias que escapan al dominio de la
ciencia. Dicho de otro modo, aunque podamos definir los substratos psicológicos
de la memoria, al final seguimos siendo nosotros quienes nos tambaleamos o no,
los que trabajamos la materia prima hasta darle su forma y significado
definitivos.
Así pues, escribir sobre estos experimentos ha sido un ejercicio de
escritura tanto sobre ciencia como sobre arte. Me ha dado la oportunidad de
aprender más sobre los resultados al tiempo que estudiaba la personalidad de
quienes eligen investigar, por toda clase de motivos, el conjunto de sucesos
que los lleva a sus datos definitivos. Y, después, de observar hasta qué punto
esos datos alimentaron su futuro y su pasado, hasta qué punto los aplicaron o
no pudieron aplicarlos. Este libro ha sido, por encima de todo, una oportunidad
de retroceder en la historia y pensar en el futuro al mismo tiempo. ¿Qué
sucederá ahora, en este siglo xxi? Tengo un presentimiento. Entre tanto, la
campana de Pavlov está tocando. En este mismo momento, los cirujanos ahondan en
nuestros lóbulos cerebrales. Se nos condiciona, se nos descubre, se nos libera
y se nos responsabiliza. Alguien grita una orden. Obedecemos o no. Ahora,
lector, vuelva la página.
Capítulo 1
La caja de Skinner, abierta
La lucha por la supervivencia de B. F. Skinner
B. F. Skinner, el principal neoconductista estadounidense, nació en 1904
y murió en 1990. Es conocido en el campo de la psicología por sus famosos
experimentos con animales, en los que demostró la importancia de la recompensa
y el refuerzo en la formación de la conducta. Con comida, palancas y otros
estímulos ambientales, demostró que las respuestas aparentemente autónomas
están impulsadas en realidad por determinados estímulos, y con ello puso en
cuestión la tan valorada noción del libre albedrío. Pasó gran parte de su
carrera científica estudiando y perfeccionando lo que llegó a denominar
condicionamiento operante o instrumental, los medios por los que unos humanos
pueden adiestrar a otros humanos o a animales en la ejecución de series
completas de tareas y habilidades utilizando el refuerzo positivo.
>Skinner defendía que la mente, o lo que entonces se denominaba mentalismo,
era irrelevante e incluso inexistente, y que la psicología debía concentrarse
en exclusiva en conductas concretas y mensurables. Tenía la visión de una
comunidad mundial gobernada por psicólogos conductistas que condicionaran o
adiestraran a la ciudadanía formándola en falanges de robots benéficos. Es
posible que sus experimentos y las conclusiones que extrajo sobre la naturaleza
mecanicista de hombres y mujeres sean los más denostados de todo el siglo xx, y
sin embargo, continúan siendo relevantes en nuestra época, cada vez más
tecnológica.
La historia podría ser así. Existe un hombre llamado Skinner, nombre feo
donde los haya, nombre armado de un cuchillo,[1] que
sugiere un pez despellejado dando coletazos en el muelle, el corazón visible
apenas entre los pliegues de los músculos, bumbaaa. Si pronunciamos el nombre
de Skinner ante veinte personas con estudios universitarios, la mayoría
responderá con uno u otro sinónimo de «maldad». Sé que es cierto porque he
hecho la prueba. Sin embargo, en 1971, Time Magazine lo nombró el psicólogo
vivo más influyente. Y, según una encuesta de 1975, era el científico más
conocido de los Estados Unidos. Y, todavía hoy, sus experimentos gozan del
mayor prestigio en todas partes.
Entonces, ¿por qué tanta infamia? He aquí la respuesta. En la década de
los sesenta, Skinner concedió una entrevista al biógrafo Richard I. Evans en la
que admitió abiertamente las implicaciones fascistas de sus esfuerzos en
ingeniería social y la posibilidad de que fueran utilizados con fines
totalitarios. La historia dice que Skinner deseaba nada menos que formar –y
«formar» es aquí palabra operativa– la conducta de personas por medio de
mecanismos, cajas y botones, convirtiendo en automatismo cuanto de humano
tocaba. Cuenta la leyenda que construyó una caja para bebés en la que tuvo a su
hija Deborah dos años cumplidos con el fin de adiestrarla, tomando nota de la
trayectoria gráficamente. La leyenda cuenta también que cuando la niña cumplió
treinta y un años lo denunció por malos tratos ante un verdadero tribunal de
justicia, perdió el caso y se suicidó de un disparo en una bolera de Billings
(Montana). Nada de todo eso es cierto, y sin embargo, el mito persiste. ¿Por
qué? ¿Qué tiene Skinner que nos inspira tanto miedo?
Si escribimos «B. F. Skinner» en la barra del buscador, encontraremos
miles de resultados, entre ellos, el sitio web de un padre indignado que lo
condena por asesinato de una niña inocente; otro sitio web con una calavera y
las siguientes palabras de Ayn Rand: «Skinner está obsesionado con el odio a la
mente y la virtud humanas, un odio tan intenso y devorador que se devora a sí
mismo y nos deja al final con sólo unas cenizas grises y un resto de cisco
maloliente»; una especie de homenaje a Deborah, supuestamente fallecida en la
década de los ochenta: «Deborah, nuestro corazón te acompaña». Y también, un
minúsculo vínculo rojo que dice: «Enlace con la verdadera Deborah Skinner,
pinche aquí». Pinché. Poco a poco fue apareciendo la imagen de una mujer madura
de cabello castaño. El pie de foto decía que era Deborah Skinner, que su
suicidio era un mito, que estaba viva y bien de salud.
Mitos. Leyendas. Cuentos. Cuentos chinos. ¿Cuál es el verdadero legado
de Skinner? Para llegar a comprender los experimentos de Skinner quizá sea
necesario discriminar en primer lugar, separar el contenido de la polémica,
pasarlo todo por la criba. El psicólogo e historiador John A. Mills afirma:
«[Skinner] fue un misterio envuelto en una adivinanza envuelta en un enigma».
Allá voy, despacito.
* * * *
Nació en 1904. Ese dato es seguro. Aparte de eso, lo único que encuentro
es una maraña de contradicciones. Fue uno de los principales conductistas
estadounidenses, un hombre verdaderamente estricto que dormía en un cubículo
japonés amarillo intenso llamado beddoe, pero, al mismo tiempo, era incapaz de
trabajar si su escritorio no estaba atiborrado y, a propósito del curso de su
vida, decía: «La cantidad de casualidades triviales que han confluido en un
hito es asombrosa […]. No creo que mi vida estuviera planificada en ningún
aspecto». Sin embargo, escribió a menudo que se sentía como un dios y como una
«especie de salvador de la humanidad».
Cuando enseñaba en Harvard, conoció a una mujer llamada Yvonne, de la
cual se enamoró y con la que posteriormente contrajo matrimonio. Los veo los
viernes por la noche de camino a Gull Pond, en Monhegan, en un descapotable
negro, con la capota abierta y una balada sombría de jazz sonando en la radio.
Llegan al lago, se quitan la ropa y se bañan desnudos, las aguas salobres sobre
la piel, el fresco aire nocturno, y la luna como un tijeretazo en el cielo. En
un texto polvoriento, en el sótano de una biblioteca, leo que, después de las
sesiones de adiestramiento, sacaba las palomas de la jaula, las sostenía en su
enorme mano y les acariciaba la suave cabeza con el índice.
Me sorprendió mucho descubrir que, antes de ir a Harvard a estudiar
psicología en 1928, aspiraba a ser novelista: se había pasado los dieciocho
meses anteriores escondido en el desván de casa de su madre escribiendo prosa
lírica. No me queda claro cómo se pasó de la prosa lírica a las ratas
amaestradas con refuerzos… cómo puede un hombre dar un giro tan brusco. Escribe
que, alrededor de los veintitrés años, leyó un artículo de H. G. Wells en The
New York Times Magazine donde el autor afirmaba que, si tuviera que escoger
entre salvar la vida a Iván Pavlov o a George Bernard Shaw, escogería a Pavlov
porque la ciencia redime más que el arte.
Y el mundo necesitaba redención, sin duda. Hacía diez años que había
terminado la Primera Guerra Mundial. Los soldados alcanzados por los obuses
experimentaban crisis de retroceso al pasado y depresión, los manicomios
estaban a rebosar, era urgente encontrar algún programa de tratamiento. Cuando
Skinner ingresó en Harvard en 1928 como estudiante graduado, el psicoanálisis
dominaba el panorama. Todo el mundo, en todas partes, se tumbaba en el sofá de
piel a pescar efímeros cotilleos del pasado. Reinaba Freud, junto con el
venerable William James, autor de Variedades de la experiencia religiosa, un
texto sobre estados anímicos introspectivos sin un solo dato matemático. Así se
encontró Skinner la psicología cuando se matriculó; un terreno sin números, más
cercano a la filosofía que a la fisiología. Una pregunta fundamental típica de
la materia podría ser: «¿Qué hay en nuestro interior que ve, siente y piensa en
todo momento cuando estamos despiertos, desaparece temporalmente cuando
dormimos y deja de existir permanentemente o al instante cuando morimos?».
Introspección y mentalismo fueron los tropos en los que entró Skinner,
un joven delgado con un casquete de pelo tieso peinado hacia atrás con
brillantina. Tenía los ojos de un azul intenso, como fragmentos de una fuente
de porcelana. Según escribe, quería cambiar las cosas, hacer las cosas
palpables a las manos y al corazón. Situado entre la Primera Guerra Mundial y
la Segunda, que no tardaría en comenzar, quizá intuyera –aunque él rechazaría
una palabra tan intangible– la necesidad de acción, de intervenciones y
resultados que pudieran bañarse en bronce, uno por uno, como balas de fusil.
Así pues, evitaba todo lo «blando», lo no concluyente. Empezó estudiando
los reflejos de las ranas en el curso de psicología de Hudson Hoagland.
Pinchaba a una rana en la piel tensa del muslo y medía el tirón que daba el
animal, y después, el salto. Las manos le olían a cenagal y rebosaba vigor.
Un día, al comienzo de su carrera en Harvard, llegó al Taller de
Psicología de Emerson Hall y vio una serie de instrumentos, recipientes rojos
de estaño, cinceles, clavos y tuercas en cajas de cigarrillos Salisbury.
Supongo que las manos le hormiguearían, quería hacer algo grandioso y siempre
había manejado tijeras y sierras con destreza y precisión. Y fue allí, en ese
taller minúsculo, donde empezó a construir sus famosas cajas, con restos de
alambre, clavos oxidados y desechos ennegrecidos que encontraba.
¿Sabía lo que estaba construyendo y los enormes efectos que tendría en
la psicología estadounidense? ¿Iba en busca de una visión preconcebida o,
sencillamente, seguía el impulso lírico de un poema de estaño y alambre y lo
que vio finalmente le sorprendió incluso a él: una caja que funcionaba con aire
comprimido, un mecanismo silencioso, todo artilugios y engranajes; la caja, un
objeto cualquiera que, como las escaleras de mano, los espejos y los gatos
negros, adquirió inmediatamente una especie de aura densa?
Dice, a propósito de esa época: «Empecé a entusiasmarme de modo
insoportable. Todo cuanto tocaba me inspiraba cosas nuevas y prometedoras que
hacer».
Entrada la noche, en su habitación de alquiler, Skinner lee a Pavlov,
con quien contrae una enorme deuda, y a Watson, con quien contrae una deuda
menor pero muy significativa también. Pavlov, el gran científico ruso, había
vivido prácticamente en el laboratorio, tal era su dedicación. Había dedicado
años al estudio de las glándulas salivales de sus queridos perros. Descubrió
que era posible condicionar la segregación de las glándulas al sonido de una
campana. A Skinner le atrajo la idea, pero quería ir más allá de la pequeña
membrana mucosa, quería llegar a todo el organismo; ¿qué poesía había en la
saliva?
Pavlov descubrió el llamado condicionamiento clásico. Significa
sencillamente que una persona puede condicionar un reflejo existente en un
animal, como parpadear, sobresaltarse o salivar, de modo que se produzca en
respuesta a un estímulo distinto. De ahí que los perros de Pavlov aprendieran a
asociar la famosa campana –el estímulo– con la comida y que salivaran al oírla.
Aunque ya no nos parezca un gran descubrimiento, en su día fue enorme. Fue tan
explosivo como la fisión del átomo o la posición singular del sol. Jamás hasta
entonces, en toda la historia de la humanidad, se había comprendido hasta qué
punto nuestras supuestas asociaciones mentales eran psicológicas. Jamás hasta
entonces se había comprendido la absoluta maleabilidad de la inmutable forma animal.
Los perros de Pavlov babeaban irremediablemente y el mundo dio dos vueltas de
campana.
Skinner pensaba. Estaba allí arriba, en su habitación, y había
construido algunas de sus cajas, no famosas –o tristemente célebres– todavía,
que no había llenado aún; abajo, por los patios de Harvard, siempre merodeaban
ardillas. Las miraba y se preguntaba si sería posible, por ejemplo,
condicionarlo todo, y no sólo una simple glándula. Es decir, ¿una persona podía
determinar una conducta –lo que Skinner dio en llamar un operante o
instrumental– que no fuera un reflejo? La salivación, condicionada o no, era,
es y siempre será un reflejo, un acto plenamente formado que ocurre por sí
mismo, además de ser estimulado por una campana. Sin embargo, cuando nos
sobresaltamos, o cantamos «Howdy Doodie»[2] o
accionamos una palanca con la esperanza de recibir comida, no se trata de un
acto reflejo. Es, simplemente, una conducta. Operamos sobre el entorno. Si es
posible condicionar un reflejo, ¿sería excesivo intentar dar un paso más y
condicionar la voltereta lateral o cualquier otro movimiento supuestamente
voluntario? ¿Sería posible tomar un movimiento completamente al azar, como
volver la cabeza a la derecha, y premiarlo sistemáticamente de modo que, al
cabo de poco tiempo, la persona siguiera mirando a la derecha, con el
condicionamiento operante inscrito? Y si fuera posible, ¿hasta dónde se podría
llegar? ¿Por qué clase de aros seríamos capaces de aprender a saltar, con
cuánta facilidad pasmosa?, se preguntaba Skinner. Me imagino que movería las
manos expresivamente. Se asomaría a la ventana sacando fuera más de medio
cuerpo y olería las ardillas, un olor almizclado de noche y heces, de pelaje y
flores.
En junio de ese mismo año, un estudiante que se licenciaba le regaló
ratas. Skinner las guardó en una caja y empezó. Mucho después, años, en
realidad, descubrió que esas ratas, con un cerebro no mayor que una judía
cocida, podían aprender rápidamente a presionar una palanca si en recompensa
recibían alimento. Así pues, mientras Pavlov se había centrado en la conducta
de los animales en respuesta a un estímulo previo –la campana–, Skinner se
centró en la conducta de los animales en respuesta a una consecuencia posterior
al acto: la comida. Era un matiz sutil y no excesivamente emocionante con
respecto al trabajo anterior de Pavlov, además de una franca ampliación de los
estudios de Thorndike, el cual ya había demostrado que los gatos que,
encerrados en cajas de listones, recibían una recompensa cuando pisaban un
pedal por casualidad, podían aprender a pedalear intencionadamente. Pero
Skinner fue más allá que ambos predecesores. Tras demostrar que sus roedores
podían pisar por casualidad una palanca que liberaba una golosina y convertir
después ese acto en intencional, a raíz de la recompensa previa, jugó a variar
la frecuencia de la recompensa y a retirarla, y así descubrió leyes de conducta
universales y repetibles que no han perdido vigencia hasta hoy.
Por ejemplo, después de premiar sistemáticamente con comida a la rata
que presionaba la palanca, ensayó lo que llamó programa de frecuencia fija.
Según esas premisas, si el animal presionaba la palanca tres veces, se llevaba
la golosina. O cinco veces, o veinte. Póngase el lector en el lugar de la rata.
Primero, cada vez que presiona la palanca, gana un premio. Después, vuelve a
presionar pero no gana nada; repite y tampoco funciona. A la tercera, cae la
golosina por el pico de plata. Se come la golosina y se marcha. Vuelve a buscar
más, pero esta vez, no presiona una vez con su patita rosada, sino tres veces
seguidas directamente. La contingencia del refuerzo cambia la respuesta del
animal.
También puso en juego lo que denominó programas de frecuencia fija y
extinción. La variante del experimento llamada extinción consiste en retirar el
refuerzo por completo. Descubrió que, si suprimía el premio, tarde o temprano
las ratas dejaban de presionar la palanca incluso aunque oyeran el repiqueteo
de las golosinas. Mediante un polígrafo conectado a la jaula, podía reflejar
gráficamente el tiempo que tarda una respuesta en ser aprendida cuando se
recompensa con regularidad, y el que tarda en extinguirse cuando se interrumpe
la recompensa bruscamente. La consiguiente capacidad de medir esos índices con
precisión y en diferentes circunstancias dio como resultado la obtención de
datos cuantificables sobre el proceso de aprendizaje de los organismos y la posibilidad
de predecir y controlar el resultado del aprendizaje. Con el logro de la
previsibilidad y el control nació una verdadera ciencia del comportamiento, con
sus curvas de campana, gráficos de barras, nubes de puntos y matemáticas, y
Skinner fue el primero en hacerlo en un grado muy variado y polifacético.
Pero no se detuvo ahí. Después se planteó lo que llamó programas
variables de refuerzo, y fue entonces cuando llegó a los descubrimientos más
significativos. Experimentó premiando intermitentemente a los animales con
comida cuando presionaban la palanca, pero sin darles premio la mayoría de las
veces, sólo muy de vez en cuando, por ejemplo a la cuadragésima o sexagésima
vez. La intuición nos dice que las recompensas aleatorias y alejadas en el
tiempo llevarían a la inutilidad de la conducta en cuestión y, por tanto, a su
extinción; pero no fue así. Skinner descubrió que premiando a las ratas
intermitentemente, seguían presionando la palanca como drogadictos de dientes
afilados, fuera cual fuere el resultado de su comportamiento. Experimentó con
lo que sucede cuando se premia intermitentemente a intervalos regulares (por
ejemplo, a la cuarta vez que se presiona la palanca) y a intervalos
irregulares. Descubrió que la conducta premiada irregularmente era más difícil
de erradicar. ¡Ajá! Ahí se detuvo. Era un descubrimiento tan importante como el
del babeo de los perros. De repente, Skinner podía provocar y justificar
sistemáticamente gran parte de la locura humana, por qué hacemos insensateces
incluso cuando no obtenemos compensación sistemática, por qué nuestra mejor
amiga se pega al teléfono con la saliva asomando por las comisuras de los
labios esperando a que ese novio malo que de vez en cuando tiene un detalle
tierno llame, se digne llamar solamente. ¡Llama, por favor, por favor! Por qué
personas completamente normales se juegan hasta la última moneda en casinos
llenos de humo y acaban en grandes aprietos. Por qué las mujeres aman en
demasía y los hombres se arriesgan en inversiones a crédito. Todo radicaba en
ese enredo llamado refuerzo intermitente, y él podía demostrarlo, podía
demostrar los mecanismos, las contingencias de la compulsión. Y la compulsión
son palabras mayores, porque, sin ánimo de hacer broma, nos ha perseguido y nos
ha hundido desde la primera persona que pisó el Paraíso Terrenal. Son palabras
mayores.
Con todo, Skinner no se detuvo ahí. Si podía enseñar a las ratas a
presionar palancas, ¿por qué no adiestrar palomas en el juego del ping-pong,
por ejemplo? ¿O en el de los bolos? Se preguntó hasta dónde podría el ser
humano determinar la conducta de otros seres vivos. A propósito de enseñar a un
pájaro a picotear un plato, Skinner escribe: «Primero, damos comida al pájaro
cuando vuelve la cabeza ligeramente en la dirección [del plato] desde cualquier
parte de la jaula. Así se incrementa la frecuencia de la conducta […]. A
continuación reforzamos posiciones cada vez más cercanas al lugar concreto;
después, reforzamos sólo cuando mueve la cabeza levemente hacia delante y,
finalmente, sólo cuando el pico toca el punto exacto. Así establecemos
operantes complejos excepcionales que, de otra forma, jamás aparecerían en el
repertorio de un organismo».
Excepcionales, sin duda. Mediante los métodos conductistas de Skinner,
sus discípulos lograron enseñar a un conejo a recoger una moneda con la boca e
introducirla en una hucha. También enseñaron a un cerdo a pasar la aspiradora.
Sobre la base de esos experimentos, perfeccionó su implacable filosofía
reduccionista. Rodeado de palomas picoteadoras, empezó a aborrecer palabras
como sensación, sentir o temer. El miedo no existe, no es más que un conjunto
de reacciones galvánicas de la piel y temblores musculares involuntarios que
emiten 2.2 voltios de energía eléctrica. ¿Por qué Skinner no ha sido descartado
simplemente por extremista radical? No sólo porque descubriera la primera
ciencia de la conducta: tenía además una visión optimista atrevida, e incluso
quizás patriótica. Negó a los estadounidenses su codiciada autonomía pero al
tiempo se la devolvía renovada y mejorada. El mundo de Skinner era un mundo de
libertad extrema propiciada desde el lado opuesto: el conformismo. Según su
idea, sólo con someternos a ciegas al adiestramiento nos convertiríamos en
seres biológicamente ilimitados, capaces de desarrollar destrezas ajenas por
completo al «repertorio» de nuestra especie. Si las palomas aprenden a jugar al
ping-pong, es posible que el ser humano aprenda cosas más extraordinarias aún.
Únicamente se necesita el entrenamiento apropiado para saltar las barreras
corporales y las limitaciones que éstas nos imponen.
Skinner fue ganando fama poco a poco. Continuó inventando máquinas de
adiestramiento, elaborando una teoría de la adquisición del lenguaje como
condicionamiento instrumental y adiestrando palomas para guiar misiles durante
la Segunda Guerra Mundial. Escribió un libro titulado Walden dos en el que
esbozó una propuesta de una comunidad basada en la «ingeniería conductual», en
donde el poder del refuerzo positivo se utilizaba para controlar a los seres
humanos científicamente. Según su punto de vista, dicha comunidad ideal no
estaría gobernada por políticos sino por conductistas benéficos armados de
bastones de caramelo y lazos azules. Escribió un libro titulado Más allá de la
libertad y la dignidad, a propósito del cual, un reseñista afirmó: «Trata de la
domesticación de la humanidad mediante un sistema generalizado de
escolarización para perros».
Pero Skinner murió sin haber tenido ocasión de ver realizadas las
implicaciones sociales de sus grandes experimentos. Murió de leucemia en 1990.
¿Comprendería en última instancia que el acto final de la vida, que es morir,
no se puede aprender ni, por lo tanto, dominar?
* * * *
¿Cómo definir a Skinner? Las implicaciones de sus experimentos son
inquietantes. Por otra parte, los descubrimientos que hizo son plenamente
significativos. En esencia, iluminan la estupidez humana, y todo lo que ilumine
la estupidez humana es brillante.
Jerome Kagan es un coetáneo de Skinner que conserva muchos recuerdos y
opiniones de su colega. Fue profesor de psicología en Harvard y analiza con
perspicacia la validez de ese hombre así como el lugar que ocupa en el siglo
xx. Voy a verlo.
Cuando llego al William James Hall, donde está el despacho de Kagan, me
lo encuentro en obras, de modo que tengo que dar un rodeo y volver al buen
camino por un laberinto de cemento con carteles colgantes que ondean al viento.
«Precaución. Obligatorio el uso de casco.» Subo en el ascensor. Todo el
edificio está sumido en un silencio reverencial. Abajo, muy por debajo de donde
estoy, en las entrañas del sótano donde se almacenan artilugios, donde se
supone que están encerradas algunas cajas negras de Skinner, las taladradoras
roen el cemento viejo y oigo una vocecilla que grita: «Presto!».
Me detengo en el decimoquinto piso. Las puertas del ascensor se abren y
ante mí, como en un sueño, veo sentado a un perro negro de una raza enana, con
la boca como una escisión roja en medio del pelaje oscuro. El perrito me mira
fijamente sin tregua, como una especie de centinela… que no conozco. Me
encantan los perros, aunque no precisamente los pequeños. ¿Por qué será? De
niña tuve un perro pequeño que me mordió, quizá el incidente me condicionara
para que no me gustaran y ahora podría ser recondicionada mediante premios para
preferir el shitzu al perro pastor. Sea como fuere, me agacho a acariciarlo,
pero el perrito, como si captara que no me gusta, se enfurece, me enseña una
dentadura impresionante de caninos nada enanos y, gruñendo, se lanza sobre mi indefensa
muñeca.
–¡Gambit! –grita una mujer que sale corriendo de un despacho–. ¡Gambit,
no! ¡Ay, Dios mío! ¿Le ha hecho daño?
–Estoy bien –contesto, pero no es cierto. Estoy temblando. He recibido
un refuerzo negativo…, mejor dicho, he recibido un castigo. No volveré a fiarme
de un perro enano en mi vida y, además, no QUIERO cambiar esa conducta. Skinner
diría que él podría cambiármela, pero ¿hasta qué punto puedo cambiar, podemos
cambiar?
* * * *
El profesor Kagan fuma en pipa. El despacho huele a pipa, un olor
semidulce y rancio de rescoldo quemado. Dice con absoluto aplomo, la actitud
que asocio a la raza de la Ivy League:[3]
–Permítame puntualizar que el primer capítulo de su libro no debería ser
Skinner. Fueron Pavlov a principios del siglo xx y Thorndike diez años después
quienes hicieron los primeros experimentos que demostraron la influencia del
condicionamiento. Skinner profundizó en esos trabajos, pero sus descubrimientos
no explican el pensamiento, el lenguaje, la razón, la metáfora, las ideas
originales ni otros fenómenos cognitivos, como tampoco explican la culpa ni la
vergüenza.
–¿Y qué opina de las extrapolaciones que hace Skinner de sus
experimentos? –le pregunto–. Que el libre albedrío no existe, que toda nuestra
conducta obedece al refuerzo... ¿Cree usted que eso es cierto?
–¿Lo cree usted? –me pregunta Kagan a su vez.
–Bien –respondo–, no descarto del todo la posibilidad de que siempre
estemos bajo control o controlando, que nuestro libre albedrío no sea en
realidad más que una respuesta a determinados estímulos que...
Sin darme tiempo a terminar la frase, Kagan se zambulle debajo de la
mesa. Literalmente. Salta de la silla como movido por un resorte y se sumerge
de cabeza en el averno de debajo del escritorio, de modo que dejo de verlo.
–¡Estoy debajo de la mesa! –grita–. NUNCA me había metido aquí debajo
hasta ahora. ¿No es esto un acto de libre albedrío?
Parpadeo. Donde estaba Kagan ahora sólo hay vacío. Oigo un crujido
debajo de la mesa. Me preocupa un poco, porque creo que, cuando hablamos por
teléfono, me dijo que le dolía la espalda.
–Bien –digo, y de pronto me noto las manos heladas de miedo–, supongo
que podría ser un acto de libre albedrío, o que usted...
Tampoco esta vez me dejar terminar la frase. Sigue debajo de la mesa, no
va a salir, prosigue con la entrevista agazapado y a cubierto, como nos
enseñaron en la escuela en caso de ataque nuclear por sorpresa. Ni siquiera lo
veo. Su voz se eleva incorpórea.
–Lauren –dice–, Lauren, no puede usted explicar que yo esté aquí debajo
de esta mesa en este momento más que como acto de libre albedrío. No es la
respuesta a un refuerzo ni a un estímulo. JAMÁS me había metido debajo de la
mesa.
–De acuerdo –le digo.
Seguimos sentados un minuto más, él allí debajo, yo aquí arriba. Me
parece oír al maldito perrito en el vestíbulo, arañando. Me da miedo volver ahí
fuera, pero ya no quiero estar donde estoy. Las contingencias me sitian, sigo
sentada en silencio.
* * * *
Kagan, me da la impresión, infravalora un tanto la contribución de
Skinner. Sin embargo, no cabe duda de que sus experimentos –por poco originales
que sean– son relevantes y eficaces a un tiempo en lo que a construcción de un
mundo mejor se refiere. En las décadas de 1950 y 1960, los métodos conductistas
de Skinner se pusieron en práctica con psicóticos graves en algunos manicomios.
Mediante la aplicación de sus principios del condicionamiento instrumental,
algunos pacientes irrecuperables de esquizofrenia lograron aprender a vestirse
y a comer solos recibiendo, a cada cucharada que se llevaban a la boca, un
codiciado cigarrillo. Entrada la segunda mitad del siglo, se comenzaron a
aplicar en las clínicas técnicas como la desensibilización y la inmersión, extraídas
directamente del repertorio operante de Skinner, para combatir fobias y
trastornos causados por el miedo, tratamientos conductistas que continúan
empleándose a menudo en la actualidad con resultados evidentes. Stephen
Kosslyn, profesor de psicología de Harvard, dice: «Skinner volverá, lo predigo.
Yo mismo soy un auténtico seguidor de Skinner. Los científicos están realizando
en estos momentos descubrimientos apasionantes que apuntan al sustrato neuronal
de los descubrimientos de Skinner». Kosslyn explica las pruebas de que existen
dos sistemas principales de aprendizaje en el cerebro: el sistema ganglionar
basal, una serie de sinapsis o conexiones neuronales en forma de araña,
localizado en las zonas más arcaicas del cerebro, donde se encuentran los surcos
de los hábitos, y la parte frontal de la corteza cerebral, esa prominencia
arrugada que se desarrolló a la vez que la razón y la ambición. Según las
hipótesis de los neurocientíficos, en la parte frontal de la corteza cerebral
aprendemos a pensar con independencia, a visualizar el futuro y a planificar
basándonos en el pasado. Es donde se originan la creatividad y todos sus
quiebros sorprendentes, pero, dice Kosslyn, «esa parte del córtex sólo
interviene en algunos procesos cognitivos: el resto del aprendizaje –continúa
diciendo–, una parte significativa, se debe a los hábitos; los experimentos de
Skinner nos han llevado a investigar el sustrato neuronal de esos hábitos».
Esencialmente, lo que Kosslyn dice es que Skinner orientó a los científicos hacia
el sistema ganglionar elemental, los condujo a las profundidades más recónditas
del cerebro, donde pasaron por la criba las marañas neuronales hasta dar con la
química que se esconde detrás del picotear, el presionar palancas y todas las
volteretas laterales que hacemos en la hierba verde en verano.
Bryan Porter, un psicólogo experimental que aplica el conductismo
skinneriano a la solución de problemas de tráfico, dice: «Por supuesto que el
conductismo no es malo ni ha muerto. El conductismo de Skinner es el
responsable de muchas intervenciones sociales beneficiosas. Gracias a las
técnicas conductistas hemos podido reducir la conducción peligrosa, en lo
referente a saltarse semáforos en rojo, entre el diez y el doce por ciento.
También debemos a Skinner el descubrimiento de que las personas responden mejor
al premio que al castigo. Sus técnicas han desempeñado un papel decisivo en la
superación y eliminación de los trastornos de ansiedad que padece una enorme
cantidad de población. Gracias a Skinner sabemos que la recompensa funciona
mucho mejor que el castigo en la formación de la conducta. Este principio tiene
enormes implicaciones políticas, si nuestro gobierno lograra asimilar, al
menos, eso».
Mi niña llora por las noches. Se despierta empapada en sudor, con los
ojos como platos, olvidando los sueños a medida que recupera la conciencia.
«Chissst. Chissst.» La abrazo contra mí. Las sábanas están empapadas y tiene el
pelo hecho una maraña de rizos oscuros y aplastados. Le acaricio la cabeza
donde la fontanela hace ya tiempo que se cerró. Le acaricio la curva de la
frente, donde brotan exuberantes retoños de la corteza cerebral a diario desde
la raíz, y luego le acaricio el tenso cuello, donde me imagino que toco los
ganglios basales, con sus nódulos como algas marinas. Abrazo a mi niña en la
noche, un perro aúlla fuera de su ventana y, cuando voy a mirar, el animal
parece blanco como el jabón a la luz de la luna.
Al principio, la niña llora porque está asustada; pesadillas, supongo.
Tiene dos años y su mundo se expande a velocidad de vértigo. Pero después, a
medida que pasan las noches, llora simplemente porque quiere que la abrace. Se
ha acostumbrado a los mimos de antes del alba, al ritmo de la mecedora, cuando
el cielo todavía está generosamente salpicado de estrellas. Mi marido y yo
estamos agotados.
–¿Y si la skinnerizamos? –le digo.
–¿Si la qué? –dice él.
–A lo mejor teníamos que aplicarle los principios de Skinner para que
rompa este hábito. Cada vez que vamos y la cogemos en brazos, le damos lo que
Skinner llamaría refuerzo positivo. Tenemos que extinguir ese comportamiento
reduciendo nuestra respuesta poco a poco hasta eliminarla del todo.
Mi marido y yo mantenemos esta conversación en la cama. Me sorprende la
destreza con que mi lengua asimila y pronuncia el lenguaje del acervo
conductista. Prácticamente hablo como una experta. Hablar en lenguaje
skinneriano es casi divertido. Confina el caos. Devuelve el descanso.
–Es decir, que la dejemos llorar –dice él. Parece cansado. Todas las
parejas con hijos conocen este debate.
–No –digo–. Verás, no se trata de dejarla llorar, sino de reducir
estrictamente la frecuencia del refuerzo. La primera vez que llore, la cogemos
en brazos sólo tres minutos. La segunda vez, sólo dos minutos. Podemos usar un
cronómetro, incluso –la voz se me empaña de emoción, ¿o es ansiedad?–. Después,
vamos aumentando poco a poco el rato que la dejamos llorar sola. Muy poco a
poco –recalco–. Lentamente, la conducta se irá extinguiendo si extinguimos la
respuesta... las contingencias –aclaro repasando con el dedo el dibujo de la
sábana, unos cuadritos verdes que antes parecían un tablero de ajedrez
campestre, pero que ahora me parecen papel de laboratorio.
Mi marido me mira, con cansancio, añadiría. No es psicólogo, pero, si lo
fuera, sería de la escuela de Carl Rogers. Tiene la voz suave y el tacto más
suave aún.
–No sé –dice–. ¿Qué crees que le enseñaremos exactamente, si hacemos
eso?
–La enseñaremos a dormir sola toda la noche –digo.
–O –replica él– a darse cuenta de que, cuando necesita ayuda, nosotros
no respondemos, que cuando hay peligro real o imaginario, nosotros no estamos
allí. No es ésa la visión del mundo que me gustaría transmitirle.
Pese a todo, gano el debate. Optamos por skinnerizar a la niña, aunque
sólo sea porque necesitamos descansar. Al principio, es brutal oír cómo grita:
«¡Mamá, mamá, papá!», tener que volver a dejarla en la cama mientras tiende los
bracitos gordezuelos en la oscuridad, pero lo hacemos y sucede lo siguiente:
funciona como por arte de magia, o de ciencia. Al cabo de cinco días, la niña
actúa como una narcoléptica adiestrada; tan pronto como nota la sábana de la
cuna en la cara, cae en un sueño profundo de diez horas… y nosotros disfrutamos
de noches tranquilas.
Ahí está el asunto. Y nosotros disfrutamos de noches tranquilas. Sin
embargo, algunas noches no podemos dormir. ¿Nos hemos acordado de encender el
micrófono del escuchabebés? ¿Lo habremos puesto a suficiente volumen? ¿Se le
habrá roto el chupete en la boca y se asfixiará al consolarse? Nos levantamos
y, a veces, la oímos respirar por el escuchabebés, parece el soplo de un
vientecillo estático, pero la voz no se oye: ni un grito, ni una risa, ni una
palabra dulce mientras duerme. Parece extrañamente amordazada.
Qué quietecita duerme en su cajita blanca de bebé.
* * * *
En Harvard se han archivado algunas de las cajas que utilizó Skinner.
Voy a verlas. Se encuentran en el sótano del William James Hall, que continúa
en obras. Tengo que ponerme casco, un caparazón amarillo y pesado en la cabeza.
Bajo escaleras y más escaleras. El aire huele a humedad rancia y unas moscas
negras zumban como neuronas, gordas y resueltas. Las paredes son porosas y, al
tocarlas, las manos se manchan de un polvillo fino. Me cruzo con un obrero que
lleva botas hasta la cadera y fuma un cigarrillo; la brasa brillante crepita
como una llaga fría en la comisura de sus labios. Me imagino que la celda está
llena de ratas, que se asoman escoradas por las esquinas de las cajas con sus
vidriosos ojillos rosados, fustigando con la cola escoriada: ¡qué libertad!
Más adelante, veo una enorme mancha oscura –¿o es una sombra?– sobre una
pared de ladrillo.
–Ahí están –señala mi guía, un encargado de obra.
Me adelanto. Ante mí, en la penumbra de la celda, distingo el contorno
de grandes vitrinas y, en el interior, una especie de esqueleto. Me acerco más
y veo que son los restos conservados de un pájaro, los huesos, huecos y
adaptados al vuelo, dispuestos como si planeara en el aire, y en el cráneo,
señales de múltiples pinchazos. Quizá fuera una paloma de Skinner; en las
profundas cuencas de los ojos, veo un minúsculo destello de vida que en seguida
se apaga.
Paseo la mirada entre huesos y cajas y en ese preciso momento me
sorprende lo que veo. Los huesos encajan con el misterio ominoso de ese hombre,
pero las cajas, las famosas cajas… ¿ésas son las famosas cajas negras? Para
empezar, no son negras. Son de un gris inocuo. ¿Leí en alguna parte que las
cajas eran negras, o me lo imaginé yo en el cruce de los hechos con el mito
donde se fraguan toda clase de objetos extraños? No, estas cajas no son negras:
además, parecen trastos desvencijados, con su brazo mecánico, su aguja de
trazar gráficos y las diminutas palancas para el adiestramiento. Los pedales
son minúsculos, casi una cucada, pero los comederos son de frío cromo
institucional. Procedo: meto la cabeza. Levanto la tapa e introduzco la cabeza
en las profundidades de una caja de Skinner; huele a deposiciones, a miedo, a
comida, a plumas, a cosas blandas y duras, buenas y malas; con cuánta facilidad
puede un objeto dejar de ser benigno para convertirse en ominoso. Qué difícil
es a veces hacer encajar una simple caja.
Pienso que quizá la forma más precisa de comprender a la persona Skinner
sea considerarla como dos, y no como una sola. Por un lado, Skinner, el
ideólogo macabro que soñaba con comunidades de gente adiestrada como animales
de compañía; por otro, Skinner, el científico que hizo descubrimientos
puntuales que han cambiado para siempre el concepto de la conducta. Ahí están
sus datos, irrefutables y brillantes, la importancia del refuerzo intermitente,
la larga serie de conductas susceptibles de ser moldeadas, reforzadas o
extinguidas; y además, su filosofía, con la que supongo que se ganó la leyenda
negra que lo rodea. Es posible que el público en general haya mezclado ambas
cosas mentalmente –yo sí, desde luego– al fundirse, en un único mito
embarullado, la ciencia con las ideas que de ella se derivaron. A pesar de
todo, ¿se puede separar en realidad el significado de los datos de la
aplicación social a que dan lugar? ¿Podemos considerar aisladamente la fisión
del átomo, al margen de la bomba y la devastación que sembró? ¿Acaso la ciencia
no está indeleblemente enraizada en el terreno de la construcción social, de
forma que el valor del descubrimiento se une inextricablemente al valor de las
aplicaciones del descubrimiento? Y ya estamos en lo mismo otra vez. La idea de
que la ciencia y sus datos se valoran mejor en una caja, lejos del alcance de
la mano humana, que inevitablemente les dará forma, es un rompecabezas
sintáctico, por no decir moral, por no decir intelectual de gran trascendencia.
Dejando aparte la interpretación de las aplicaciones como medio para
valorar datos, ¿cuáles son los mecanismos, por así llamarlos, que han
contribuido al mal nombre de Skinner? ¿Cómo y por qué el extraño mito de la
hija muerta (que supuestamente continúa viva), las cajas negras y el científico
robótico tienen preferencia sobre lo que empiezo a creer que debería ser una
visión más matizada de un hombre que fluctuaba entre la prosa lírica y el
crujir de números, un hombre que se bañaba desnudo después de trabajar con
ratas y pájaros, un hombre que tarareaba música de Wagner, ese compositor de
sentimientos puros, mientras observaba el simple reflejo de una rana verde?
¿Cómo ha podido pasar desapercibida tanta complejidad? Sin duda, el propio
Skinner tiene la culpa. «Era codicioso –dice un informador que prefiere
permanecer en el anonimato–. Hizo un descubrimiento, pero se precipitó en el
abismo por querer aplicarlo al mundo entero.»
Sin embargo, lo que nos repugna es mucho, mucho más. Con sus nuevos
artilugios, Skinner suscitó interrogantes que suponían una afrenta para la
imaginación occidental, que se enorgullece de ser libre y al mismo tiempo
abriga grandes dudas sobre la verdadera solidez de sus supuestas libertades. El
temor al reduccionismo, las sospechas de que en realidad quizá no seamos más
que un conjunto de respuestas automatizadas, no adquirió preeminencia en la
época industrial, tal como nos gusta pensar a muchos. Es un temor mucho más
antiguo. Desde que Edipo se revolvió furioso contra su sino detalladamente
calibrado, o Gilgamesh luchó por liberarse de los planes a los que su dios lo
había predestinado, el ser humano se pregunta y se preocupa profundamente por
el grado en que la orquestación de sus actos está en sus propias manos. El
trabajo de Skinner fue, entre otras cosas, el recipiente cuadrado en el que se
vertían esas preocupaciones, que resucitaban eternamente, a la sombra de las
nuevas y resplandecientes máquinas del siglo XX.
* * * *
Antes de salir de los archivos de Skinner para siempre, hago otra parada
con el propósito de ver la famosa caja de bebé en la que su hija durmió los
primeros dos años y medio de su vida. Según me informan, la caja ha sido
desmontada, pero la veo en una fotografía de Ladies’ Home Journal, que publicó
un artículo sobre el invento en 1945. Sospecho que refugiarse en la revista
Ladies’ Home no es la mejor forma de crearse buena fama en el ámbito
científico. El hecho de que Skinner prefiriese publicar su supuesto invento
científico en una revista femenina de segunda fila revela su escasa habilidad
para las «relaciones públicas».
BEBÉ EN UNA CAJA
dice el titular del artículo; al pie se ve, naturalmente, una fotografía
de un bebé en una caja, Deborah sonriendo como un angelito, con las manitas
pegadas a las paredes de plexiglás. Sigo leyendo. Por lo visto, la caja del
bebé no era en realidad nada más que un corralito actualizado en el que la
pequeña Deborah pasaba unas horas al día. Un termostato regulaba la temperatura
ambiental, la libraba de la irritación de los pañales y le dejaba los canales
nasales limpios. Puesto que la temperatura estaba perfectamente medida, no
hacían falta mantas; por lo tanto, el peligro de asfixia, la pesadilla de todas
las madres, quedaba eliminado. Skinner acondicionó la caja de su bebé con un
revestimiento especial de un material que absorbía olores y humedades: de este
modo, las horas de colada de ropa del bebé se reducían a la mitad y la madre
podía emplear el tiempo restante en cualquier otro menester... todo esto, antes
de la aparición de los pañales de usar y tirar. Parece muy humanista, si no
directamente feminista. Y seguí leyendo. Al proporcionar al bebé un entorno
verdaderamente favorable, desprovisto de peligros graves (si el bebé se caía,
no se haría daño porque las esquinas estaban forradas para prevenir golpes
fuertes), en otras palabras, un entorno que condicionaba únicamente mediante
recompensas, Skinner tenía la esperanza de criar a una aventurera confiada que
creyera que podía dominar el entorno, y que desde esa perspectiva se acercara
al mundo.
Todo parece muy bien intencionado, sin duda, si no directamente noble, y
sitúa a Skinner firmemente en aguas humanas. No obstante (siempre hay alguna
pega en esta historia), leo el nombre que otros han propuesto para el invento:
Acondicionador de herederos. Da miedo o es pura insensatez.
* * * *
Encuentro miles y miles de «Deborah Skinner» en las páginas de Internet,
pero ninguna es la que busco. Me gustaría dar con ella, confirmar que está
viva. Llamo por teléfono a una Deborah Skinner, autora de un libro de cocina
titulado Crab Cakes and Fireflies [Pasteles de cangrejo y luciérnagas], a una
Deborah de cuatro años y a varios números desconectados. Llamo a Deborahs que
trabajan en floristerías, que viven con el yugo al cuello, que venden propiedad
inmobiliaria y que intentan colocar tarjetas de crédito, pero ninguna conoce a
B. F. Skinner.
No, no encuentro a Deborah Skinner por ninguna parte en los Estados
Unidos, pero tampoco la encuentro en el registro de defunciones de Billings
(Montana). A quien sí encuentro, gracias a la tortuosa forma de asociar que
tiene Internet, es a su hermana Julie Vargas, profesora de educación en la
universidad de West Virginia. La llamo por teléfono.
–Estoy escribiendo sobre su padre –le digo, después de asegurarme de que
es descendiente auténtica. De fondo se oye ruido de cazuelas y sartenes. Oigo
también algo que parece un chuchillo –chaca, chaca– y me la imagino, a la otra
hija de Skinner, la que no conoció el mito, cociendo las patatas más normales,
troceando zanahorias en lustrosas tiritas sobre una vieja tabla de cortar en
algún sitio donde nadie la ve.
–Ah –dice–, ¿y qué es lo que escribe de él? –detecto recelo en su voz
sin ningún género de duda, un matiz defensivo inconfundible.
–Escribo –contesto– sobre grandes experimentos psicológicos y quiero
hablar también del de su padre en el libro.
–Ah –dice, y no añade nada más.
–Por eso me preguntaba si no le importaría contarme cómo era.
Chaca, chaca. Oigo una puerta mosquitera cerrarse de golpe en su casa.
–¿No le importaría… –insisto– darme su opinión sobre...?
–Mi hermana está viva y perfectamente –dice. Por descontado, no se lo he
preguntado siquiera, pero deduzco que se lo han preguntado muchas veces;
deduzco que está harta de la pregunta; deduzco que toda investigación sobre su
familia empieza y termina en ese mismo punto, pasando por alto el trabajo en
sí.
–Vi una fotografía suya en Internet –dice.
–Es artista –dice Julie–. Vive en Inglaterra, está felizmente casada. Ha
enseñado a su gato a tocar el piano.
–¿Se llevaba bien con su padre? –pregunto.
–Las dos nos llevábamos bien con él –responde; hace una pausa y
prácticamente noto todo lo que puebla esa pausa: recuerdos, sensaciones, las
manos de su padre en su cabeza–. Lo echo mucho de menos –me dice.
El cuchillo guarda silencio; la puerta mosquitera ya no golpea, en el
espacio que antes ocupaban esos sonidos surge la voz de Julie Skinner Vargas,
una voz cargada de recuerdos, una especie de incontinencia nostálgica que se
derrama; no puede evitarlo.
–Tenía muy buena mano con los niños –dice–. Los adoraba. Nuestra madre,
en fin, nuestra madre era... –no termina la frase–. Sin embargo nuestro padre
–dice–, papá nos hacía cometas, cometas con cajas, e íbamos a volarlas a
Monhegan; nos llevaba al circo todos los años y Hunter, el perro, era un
sabueso y papá le enseñaba a jugar al escondite. Era capaz de enseñar cualquier
cosa, por eso Hunter sabía jugar al escondite, era todo un mundo… –dice–. Las
cometas..., las hacíamos con cordel y adhesivos y las echábamos a volar por el
cielo.
–Es decir que, para usted, su padre era un hombre estupendo –digo.
–Sí –contesta–. Sabía exactamente lo que querían los niños.
–¿Y qué opina...? –pregunto–. ¿Qué le parecen a usted las críticas que
ha suscitado su trabajo?
Julie se ríe, aunque la risa parece un ladrido.
–Yo lo comparo con Darwin –dice–. Las ideas de Darwin fueron rechazadas
porque representaban una amenaza. Las ideas de mi padre también asustan, pero
son tan importantes como las de Darwin.
–¿Está de acuerdo con todas las ideas de su padre? –digo–. ¿Cree, igual
que él, que somos autómatas, que no tenemos libre albedrío, o cree que llevó
demasiado lejos los datos de sus experimentos?
–Verá –suspira Julie–, si mi padre cometió algún error, fue el
vocabulario que escogió. La gente, al oír la palabra «control», piensa que es
fascista. Si mi padre hubiera dicho que el medio nos «conforma» o nos
«inspira», nadie habría tenido nada que oponer. Lo cierto es que mi padre
–prosigue– era pacifista y abogado de la infancia. No creía en NINGUNA forma de
castigo, porque veía en la práctica que con los animales no surtía ningún
efecto. La ley del castigo físico se revocó en California gracias a mi padre,
pero de eso no se acuerda nadie.
»No se acuerda nadie –dice subiendo la voz: ahora está enfadada– de que
siempre contestaba a TODAS las cartas, mientras esos “humanistas”
–prácticamente escupe la palabra–, esos “supuestos humanistas”, los de la
escuela “yo estoy bien, tú estás bien”, ni siquiera se molestaban en contestar
el correo de sus seguidores. Tenían mucho trabajo. Mi padre siempre tenía
tiempo para las personas –dice.
–Comprendo, sí –digo, y de pronto siento cierto miedo. Julie parece un
poco susceptible, un poco demasiado sensible con su querido papaíto.
–Permítame una pregunta –dice Julie; por el tono de voz, sé que la
pregunta va a ser contundente, directa a la diana; me va a poner en mi sitio–.
¿Puedo hacerle una pregunta? –repite–. Sea sincera.
–Sí –le digo.
–¿Se ha tomado la molestia de LEER sus libros, por ejemplo, Más allá de
la libertad y la dignidad, o no es usted más que otra estudiosa de fuentes de
segunda mano?
–Bien –digo vacilando–, he leído MUCHOS libros escritos por su padre,
créame...
–La creo –dice–, pero ¿ha leído Libertad y dignidad?
–Ése concretamente no –digo–. Me he ceñido a los textos estrictamente
científicos, no a los tratados filosóficos.
–No se puede separar la filosofía de la ciencia –dice, contestando mi
anterior pregunta–. Así es que haga los deberes –ahora su tono es más como el
de una madre mayor o una tía, sereno, adobado con calidez; chaca, chaca, vuelve
a las zanahorias y las patatas de antes–. Haga los deberes –repite–, y después
hablamos.
Aquella noche acosté a la niña. Saqué mi sobado ejemplar de Más allá de
la libertad y la dignidad, el tratado que he asociado con otros textos
totalitarios, el tratado que, igual que Mi lucha, tengo desde hace tiempo pero
en realidad no he leído. Empiezo ahora.
Las cosas empeoran visiblemente y es desolador que la responsabilidad
recaiga cada vez más sobre la propia tecnología. La higiene y la medicina han
agudizado los problemas de control de la población. La guerra ha adquirido una
nueva dimensión de horror con la invención del armamento nuclear y la búsqueda
de la felicidad en la abundancia es la principal causa de contaminación
atmosférica.
Aunque ese párrafo se escribió en 1971, fue como si leyera un discurso
de Al Gore o una declaración de intenciones de un partido verde de 2003. Es
cierto que, más adelante, Skinner hace afirmaciones más inquietantes, como: «Al
cuestionar el control que ejerce el hombre autónomo y demostrar el que ejerce
el entorno, la ciencia de la conducta pone en tela de juicio los conceptos de
dignidad y valía». Pero esa clase de afirmaciones están soterradas bajo un
texto inmensamente pragmático. Skinner propone claramente una política social
humana cimentada en sus descubrimientos experimentales. Propone que valoremos
el inmenso control (o influencia) que el entorno ejerce sobre nosotros, y a
partir de ahí esculpamos dicho entorno para que nos «refuerce positivamente» o,
por decirlo de otra manera, genere comportamientos de adaptación y creación en
todos los ciudadanos. Skinner pide a la sociedad que ingenie las claves que con
mayor probabilidad incidan en lo mejor de cada uno, al contrario de las que nos
confunden palpablemente, como las que existen en las prisiones o en lugares
pobres. Es decir, basta de castigos, basta de humillaciones. ¿Quién podría
discutir eso? Retórica aparte. No confundamos satisfacción con polémica.
El satisfecho dice: «Esta era no sufre de ansiedad, sufre por las
guerras, los delitos y otras actividades peligrosas. Los sentimientos se
derivan de la conducta». Esta declaración es el resumen del denostado
antimentalismo de Skinner, de su insistencia en que nos centremos en la
conducta, no en la mente. En realidad, es lo mismo que el dicho predilecto de
muchas madres: obras son amores, y no buenas razones. Según Skinner –y el autor
Norman Cousins, de tendencia New Age– cuando obramos con mezquindad nos sentimos
mezquinos, pero no viceversa. Se esté de acuerdo o no con esa idea, no se puede
decir que sea antihumanitaria. Más adelante, cuando Skinner dice que el hombre
existe irrefutablemente en relación con su entorno y nunca puede librarse de
él, ¿se refiere a cadenas limitadoras, como lo han interpretado muchos, o
simplemente a la red de hilos sutiles que nos conecta a esto, a lo otro y a lo
de más allá? Vi esconderse a Jerome Kagan de un salto debajo de la mesa, todo
para demostrarme que tenía libre albedrío y podía vivir al margen del entorno.
Es posible que actuara solo, patriarcalmente, conforme a una tradición más
problemática. Según el punto de vista de Skinner, estamos, al parecer,
entrelazados y tenemos obligación de responsabilizarnos de los hilos que nos
unen. Comparemos esto con lo que escribe actualmente la feminista Carol
Gilligan, según la cual vivimos en una red interdependiente y la mujer así lo
entiende y lo cumple. Gilligan y todos los psicoterapeutas feministas que la
siguieron afirman que somos seres relacionales, en oposición a estrictamente
separados unos de otros, y que seguiremos derrumbándonos hasta que veamos el
mundo desde esa perspectiva y construyamos la moral que entraña ese hecho
irrefutable. ¿De dónde sacaron sus teorías Gilligan, Jean Baker Miller y otras
teóricas del feminismo? El espíritu de Skinner planea sobre sus palabras; es
posible que fuera el primer psicólogo feminista, o que los psicólogos
feministas sean skinnerianos anónimos. Sea como fuere, hemos contemplado al hombre
con excesivo simplismo. Al parecer, lo hemos encajado antes de que él lograra
encajarnos a nosotros.
* * * *
Julie, que viene a Boston en viaje de negocios, me invita a visitar la
antigua casa de B. F. Skinner, el número 11 de Old Dee Road (Cambridge). Hace
un día espléndido cuando voy, en los jardines crecen altas espireas moradas.
Julie es mayor, mucho mayor de lo que esperaba, tiene la tez translúcida y
delicada, los ojos verdes. Me invita a pasar. Estoy en casa de B. F. Skinner,
adonde volvía después de las largas jornadas en el laboratorio, cuando
descubrió la naturaleza increíblemente flexible de la vida de los mamíferos,
las ataduras que nos unen a la comunidad y todas sus variadas contingencias.
«Condicionamiento instrumental», fría expresión de un concepto que en realidad
podría significar que somos escultores y esculpidos, artistas y obras de arte,
responsables de los motivos que diseñamos.
La casa sigue perteneciendo a la familia. Hablando de diseño, su actual
ocupante es una nieta de Skinner, Kristina, que, según me informa Julie, es
agente de compra de Filene’s. La mesa de la cocina está llena de catálogos de
Victoria’s Secret, fotografías en blanco y negro de medias negras de encaje y
fotos viejas de Pavlov y su perro babeante.
Julie me lleva abajo, al estudio en el que estaba Skinner, hace casi
diez años, cuando se lo llevaron a morir al hospital. Abre la puerta.
–Lo he conservado todo exactamente como estaba cuando se lo llevaron –me
cuenta, y me parece oír lágrimas en su voz.
La estancia huele a cerrado. Apoyada contra la pared está la gran caja
amarilla en la que sesteaba y oía música. También se ven en la paredes
fotografías de Deborah, de Julie de niña, de Hunter el perro. Hay un libro
enorme abierto por la misma página que hace años. Las gafas de Skinner están en
la mesa, las patillas bien plegadas. Las vitaminas están alineadas, son varias
cápsulas con forma de balín que no llegó a tomarse el triste día en que se lo
llevaron, para enterrarlo poco después en la última caja, la caja negra, la
caja de verdad, todo huesos ahora. Toco las vitaminas. Levanto un vaso con un
residuo de elixir azul evaporado en el borde. Me parece percibir el olor de
Skinner, huele a vejez y rareza, a sudor rancio, a baba de perro, a heces de
pájaro, a dulzura. Los archivos están abiertos y leo las etiquetas: «Palomas
jugando al ping pong», «Experimento cuna de aire», y luego, en un archivo al
final del todo, «¿Soy humanista?». Tener un archivo con una pregunta tan
explícita, la pregunta crucial quizá, sugiere cierta vulnerabilidad.
–¿Puedo leerlo? –pregunto.
–Claro –me dice Julie.
Las dos hablamos en susurros, respetuosas con el pasado conservado. Lo
saca. La letra de Skinner es menuda y desordenada, muy pocas palabras son
legibles. Leo: «para el hombre bueno» y, después, varias frases más adelante:
«por la conservación y la supervivencia tenemos que», y hacia el final de la
vieja y deteriorada hoja, algo que parece: «Me pregunto si valgo la pena».
Miro a Julie.
–¿Piensa archivar este material oficialmente? –le pregunto–. ¿O va a
conservarlo ahí sin más?
Le brillan los ojos en la penumbra del estudio, y ese detalle, junto con
la forma en que ha consagrado el mundo de su padre, me lleva a pensar que, para
ella, él es la única contingencia que jamás pondrá en tela de juicio, el único
estímulo ambiental al que está realmente esclavizada. ¿B. F. Skinner
pretendería ganarse esa clase de dedicación servil, o la habría animado a
seguir adelante, a ampliar los horizontes con nuevos refuerzos que generasen
nuevas respuestas que dieran lugar a nuevos datos e ideas, mientras las palomas
picoteaban y las ratas corrían sin tregua?
–Mire esto –me dice, señalando una mesilla auxiliar que hay al lado de
un sillón reclinable–. Es el trozo de chocolate que se estaba comiendo mi padre
justo antes de irse al hospital –y, cuando miro, allí está, un trozo de
chocolate negro en un plato de porcelana con la auténtica marca de los dientes
de B. F. fosilizada–. Quiero conservar este trozo de chocolate para siempre
–añade.
–¿Cuántos años lleva ahí?
–Más de diez, y se conserva bien.
La miro fijamente. Poco después, cuando sale de la habitación, cojo la
tableta mordisqueada y la miro detenidamente. Veo con exactitud el lugar donde
su boca tocó la punta de la golosina y entonces, accionada por un hilo que no
veo, un estímulo que jamás creía que se me fuera a presentar, o quizá un
arrebato de libertad absoluta (porque después de todo esto, no sé la
respuesta), levanto el brazo –o mi brazo es levantado– y tengo la visión de que
me llevo el chocolate a la boca. Sería chocolate rancio, polvoriento, me deja
en los dientes un sabor muy extraño y ligeramente dulce.
Capítulo 2
Obscura
Stanley Milgram y la obediencia a la autoridad
En 1961, Stanley Milgram, profesor adjunto de psicología de Yale, quería
estudiar la obediencia a la autoridad. El mundo de después del holocausto
necesitaba entender cómo era posible que tantos oficiales de la SS hubieran
matado a doce millones de personas fusilándolas, gaseándolas, cazándolas a lazo
y torturándolas de mil formas, en cumplimiento, supuestamente, de las órdenes
de sus superiores. La explicación comúnmente aceptada se basaba en una noción
popular en la época, la noción de «personalidad autoritaria», según la cual
algunas experiencias infantiles de estricto corte teutónico formaban personas
capaces de obedecer cualquier orden que recibieran. Milgram, psicólogo social,
sospechaba que esta explicación era muy limitada. En principio, creía que la
respuesta a la obediencia destructiva radicaba principalmente en la influencia
de la situación, no en la fuerza de la personalidad. A su juicio, cualquier ser
humano racional sometido a cualquier situación particularmente persuasiva era
susceptible de dejar de lado los preceptos morales y cometer atrocidades en
cumplimiento de una orden. Para poner a prueba su hipótesis, dispuso uno de los
más grandes y horribles engaños de la psicología. Ingenió una «máquina de
electrocutar» falsa pero muy convincente. Reclutó centenares de voluntarios y
les ordenó administrar lo que creían que eran descargas eléctricas mortales a
un actor que fingía dolor e incluso la muerte. ¿Hasta dónde serían capaces de
obedecer sus órdenes? ¿Cuál sería el porcentaje de ciudadanos normales que
obedecería las instrucciones de descarga del investigador? ¿Cuántos se
negarían? He aquí lo que descubrió.
Primera parte: el experimento
Es posible que llegue usted con retraso. Corre por una callejuela
lateral de New Haven (Connecticut). Es junio de 1961, ante usted se elevan las
imponentes agujas de la Iglesia Episcopaliana de Yale. Las calles huelen a
verano, a flores húmedas espachurradas y a fruta estropeada, quizá por eso se
siente ya un poco enfermo. Por lo que le espera. Por el olor. El aire huele a
dulce y chamuscado.
O quizá no llegue con retraso. Quizá sea una persona responsable y
cuente con unos minutos de holgura; se acerca paseando, sin luz de luna porque
llueve, un chaparrón estival de plata que fustiga oblicuamente las calles y las
impregna de un intenso olor a alcantarillas y cemento. Además, en ese entorno
se siente ya un poco indispuesto por lo que le espera, aunque no sabe lo que
es. Y ese olor a putrefacción…
Lleva consigo el anuncio. Hace sólo dos semanas que lo recortó de la
página del periódico: «Gane 4 dólares por una hora de su tiempo. Se necesitan
personas para estudio sobre la memoria». Porque era en Yale, por el dinero
–suficiente para comprar una licuadora nueva con que sustituir la estropeada– y
porque al fin y al cabo es en nombre de la ciencia, decidió usted aceptar.
Ahora está en camino. ¡En camino! Las calles laterales son tan… indirectas:
retorcidas y en cuesta, con los ladrillos hinchados y los hierbajos reventando
entre los adoquines. Tropieza. Recobra el equilibrio. Llega a la dirección
–Linsly-Chittenden Hall, puerta gris– y, cuando se dispone a abrirla, se abre
sola y un hombre sale del interior con la cara toda roja… ¿son lágrimas lo que
le corre por las mejillas? El hombre se pierde rápidamente entre las sombras.
Ahora le toca a usted. Entra.
En primer lugar, le pagan. Pasa a una habitación peor conservada que la
callejuela por la que llegó, con las paredes desconchadas y las tuberías a la
vista formando una red en el techo. Un hombre serio con bata blanca le entrega
tres dólares nuevecitos y cuatro monedas de 25 céntimos, que nota frías al
tacto. Le dice:
–Aquí tiene la compensación. Es suya, guárdesela pase lo que pase –o
algo parecido. Y usted se pregunta qué es lo que va a pasar.
Entra otro hombre en la habitación. Tiene la cara redonda, sonríe
tontamente y lleva un sombrero de paja de medio lado. Sus ojos son azules, pero
no del azul frío de la inteligencia ni del azul aciano de la pasión; es un azul
anodino, aguado. Ya antes de que suceda lo que va a suceder piensa: «Este
hombre no parece listo». Dice que se llama Wallace no sé qué más. Usted le
dice:
–Hola, me llamo Goldfarb, o Wentworth… –escoja un nombre, cualquiera
vale. Pero no olvide que de un modo u otro, sea cual sea el nombre, sigue
siendo usted.
El investigador dice:
–Estamos estudiando los efectos del castigo en el aprendizaje. La
investigación sistemática sobre este tema es todavía escasa y esperamos
descubrir algunos datos que sirvan para mejorar los sistemas nacionales de
educación. En el presente experimento, uno de ustedes será el alumno, al que se
castigará con una descarga eléctrica cada vez que cometa un error al repetir
los pares de palabras que se le leerán en voz alta y deberá memorizar, y el
otro será el profesor, que aplicará el castigo cuando el alumno se equivoque.
Bien –añadirá el investigador–, ¿cuál de ustedes prefiere ser el alumno y cuál
el profesor?
Mira usted a… ¿cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Wallace. Wallace se encoge de
hombros, usted se encoge de hombros y el investigador dice: «Bien, échenlo a
suertes». Les ofrece dos papeles doblados. Usted toma uno y Wallace el otro.
Abre el suyo, le ha tocado el «profesor». Gracias al cielo. Wallace comenta
riéndose:
–Parece que me ha tocado ser el alumno.
El investigador les indica que le sigan y lo siguen. Recorren un pasillo
corto y oscuro hasta una habitación que parece una celda.
–Siéntese en esta silla –indica el investigador a Wallace, y él obedece.
No es una silla normal y corriente, es una maldita silla eléctrica con
un interruptor, correas y unas extrañas ventosas que se conectan al cuerpo.
–Tenemos que atarlo –comenta el investigador refiriéndose a Wallace y,
sin más, se inclina usted sobre ese hombretón y lo sujeta con las correas a la
silla como si fuera un niño pequeño; le roza la piel sin querer y le sorprende
que sea tan suave.
El investigador abre una lata de crema y le dice:
–Aplíquesela en las manos, para los electrodos –sin pensarlo dos veces,
usted aplica la grasa a ese hombre de carnes fofas y le acometen cierto
malestar y una leve excitación–. Ajuste las tiras –le dice el investigador, y
usted lo hace. Unta, ajusta y fija las tiras negras con las correas; Wallace
queda sujeto y enchufado y, cuando usted va a salir, Wallace lo mira como un
cautivo; un atisbo de miedo brilla en sus ojos claros, un destello de temor, y
siente usted ganas de decirle que se tranquilice, que no le va a pasar nada
malo.
* * * *
No le va a pasar nada malo. «No le va a pasar nada malo», se repite al
salir detrás del investigador de la habitación que parece una celda; entra en
otra igual en la que no hay silla eléctrica, sino un generador enorme con
botones opacos, debajo de los cuales se leen las correspondientes etiquetas de
voltaje: 15, 30, 35…, hasta 450. Debajo de la palanca de descarga máxima, la
etiqueta advierte: «Peligro, descarga máxima, xxx». Jesús H. Cristo. ¿Quién es
«H»? ¿Jesús tenía un nombre compuesto? ¿Haley, Halifax, Huston? Empieza a
pensar en serio en el nombre compuesto de Jesús; a veces le ocurren esas cosas,
se pone a pensar en cualquier detalle con tal de no pensar en lo que tiene que
pensar. Halifax, Haley, Huston. Entre tanto, el investigador dice:
–Lea estas series de palabras a Wallace por el micrófono. Cada vez que
se equivoque, aplíquele una descarga. Empiece por el nivel inferior, 15, y
después vaya aumentándolo. ¿Me permite que le dé a usted una descarga de
muestra?
Naturalmente; le encantan las muestras, muestras de helados, muestras de
tejidos, muestras pequeñitas de champú que regalan en las perfumerías, así que
¿por qué no probar también una pequeña y dulce muestra de descarga eléctrica?
Le ofrece un brazo. Parece blancucho y endeble a la luz de los fluorescentes
del laboratorio. Qué brazo tan feo, con todos esos puntos negros sobre los que
se eriza el vello. El investigador aplica un artilugio de tres puntas a su
piel: siente usted como dos colmillos ardientes en el brazo, el beso de un pez
raya. Se estremece.
–Eran 45 voltios –dice el investigador–, así tendrá una idea de lo que
supone cada descarga.
De acuerdo, de acuerdo.
Empieza
Lago, lirio, heno, sol. Árbol, somorgujo, risa, niño. Los pares de
palabras son casi poéticos, está contento con los lagos y los somorgujos;
Wallace, cuya voz le llega quebrada por un micrófono muy pequeño, también
parece contento.
–¡Sigue soltando, muchacho! –grita, y usted le dice: «Chocolate, gofre,
valentín, cupido», y entonces comete el primer fallo. Se le olvida «cupido»,
desafortunado en amores. Le aplica la primera descarga, sólo 15 voltios, un
arañazo de gato, nada grave.
Pero la primera descarga cambia las cosas. Lo nota perfectamente. La voz
de Wallace, al repetir el siguiente par, es sombría, seria y ¡vuelve a
equivocarse, maldita sea! Le descarga 30 voltios. Continúan; bien, contesta
bien dos veces seguidas. Se pone usted de su parte y, entonces, Wallace mete la
pata en «casa, árbol». Luego, en «dalia y hierba» y, cuando quiere darse
cuenta, ha llegado a los 115 voltios; sigue la trayectoria del dedo, que va
hacia el botón, la uña nacarada, el nudillo, que es la parte más dura de la
mano. Aprieta el botón. Se oye gritar por el micrófono: «¡Sáquenme de aquí,
sáquenme de aquí!».
Empieza usted a temblar. Nota el sudor en las axilas. Se vuelve hacia el
investigador.
–Oiga –le dice–, me parece que tenemos que dejarlo. Wallace quiere salir
de ahí.
–El experimento no ha terminado, debe seguir adelante –responde el tipo
con cara de póker.
–Pero ¡él quiere salir! –replica usted–. No podemos seguir si él no
quiere.
–El experimento debe seguir adelante –repite como si fuera usted duro de
oído, que no lo es. ¡No lo es! Usted oye perfectamente, y ve perfectamente:
20/20. Siente deseos de darle a ese hombre en las narices con su limpio
historial médico, su excelente visión, las buenas calificaciones con que se
licenció y el ascenso que recientemente le han concedido en el trabajo. Quiere
decir al señor Bata Blanca que usted es una persona honrada que siempre ha
deseado contribuir, que haría cualquier cosa por quedar bien pero que,
lamentándolo muchísimo, no puede continuar con el experimento, siente
decepcionarlo pero...
–Siga adelante, por favor.
Usted parpadea. A veces el sol también parpadea entre las nubes que
surcan el cielo. Son los días que más le gustan, cuando el cielo está fresco y
azul, las nubes son blancas como vendas y una bandera almidonada ondea en la
punta del asta. Sigue adelante. En algún momento, entre la nube y la bandera,
usted sigue adelante. No sabe por qué, quedar mal le desagrada profundamente y
el investigador parece muy seguro de sí mismo; al continuar, se acuerda de una
ocasión, cuando era niño, en que hubo un eclipse y el sol y la luna se
sobrepusieron durante un minuto de oro ardiente.
Wallace se equivoca. Comete tres errores, cuatro, ya ha llegado a 150
voltios y chilla.
–¡Estoy enfermo del corazón! ¡Déjeme salir! No quiero seguir con el
experimento.
El investigador está de pie a su lado y le dice:
–Continúe, por favor, las descargas le hacen daño pero no son
perjudiciales. No se producirán daños permanentes en los tejidos.
Intenta contener las lágrimas. Se llama usted Golfarb, Winegarten o
Wentworth. ¿Cómo se llama? No está seguro.
–Pero está enfermo del corazón –insiste usted, ¿o sólo se lo dice a sí
mismo en un murmullo?
–No se producirán daños permanentes en los tejidos –repite el
investigador, y usted grita:
–¡Por el amor de Dios! ¿Y los daños pasajeros?
–El experimento no ha terminado, debe seguir adelante –repite el
investigador.
Y dice usted llorando, ¿o está riéndose? Nota la risa en el estómago
como rebuznos y los ojos se le llenan de lágrimas. Dice:
–¿Por qué no entramos ahí un momento y comprobamos su estado? Sólo para
asegurarnos de que está bien.
El señor Bata Blanca niega con un gesto de la cabeza y los huesos del
cuello le crujen: cric, cric; no, no, siga; se toca usted el cuello y se le
ponen los pelos de punta, no es broma, se le ponen los pelos de punta al
comprobar lo resbaladizo y mojado que lo tiene, de sudor, y también por una
sensación muy rara, como si no tuviera huesos. Presiona insistentemente pero no
se encuentra las vértebras del cuello. ¿Será médico el investigador?
–¿Es usted médico? –le pregunta–. ¿Está convencido de que no se
producirán daños permanentes en los tejidos?
El investigador parece muy seguro de sí mismo, igual que un médico, cosa
que usted no es, aunque sacaba buenas notas en el instituto. Él sabe lo que
hace, pero usted no. Él lleva bata blanca. De modo que sigue subiendo la escala
de palancas y leyendo pares de palabras, pero le ha sucedido algo extraño. Se
concentra por completo en la tarea. Lee cada par de palabras con cuidado, mueve
las palancas con cuidado, igual que un piloto ante su cuadro de mandos. Su
campo de visión se reduce a los mecanismos que tiene a mano. Se dirige usted
volando hacia algo. Lo cruza usted volando, pero no sabe qué es. Tiene una
tarea que cumplir. Es ajena al cielo de fuera. No tiene que ver con el sol, los
huesos, el parpadeo, las banderas. Debe cumplir un cometido y es como si su
cuerpo desapareciera, Wallace también desaparece poco a poco; en su lugar, sólo
una máquina reluciente.
Al recibir la descarga de 315 voltios, Wallace lanza un último grito que
hiela la sangre en la venas, y luego se detiene, se queda en silencio. En los
345 voltios, se vuelve usted hacia el investigador. Se siente muy raro. Se
siente vacío. Cuando habla el investigador, es como si lo llenara a usted de
aire.
–Considere el silencio una respuesta errónea –dice, y a usted le hace
tanta gracia que empieza a estornudar y a reírse.
Se ríe sin parar y mueve las palancas porque no hay forma de salir de
ahí, no hay forma de decir: «¡No, no y no!». Puede decirlo mentalmente, pero
las manos no lo dicen y se da cuenta de la enorme distancia que separa la
cabeza de las manos... kilómetros de tundra no hollada. Dice «no» mentalmente y
sigue bailando claqué por el panel de las descargas eléctricas y alrededor de
las palabras –«falda, estilo, suelo, voluta; ganso, pluma, manta, estrella»–,
no oye nada más que un silencio sobrecogedor interrumpido sólo por el
chisporroteo eléctrico, no hay hombre. No hay ningún hombre ahí.
* * * *
Es como despertarse. Es como quedarse dormido, soñar con somogurjos y
tiburones y despertarse, entonces todo termina. El investigador dice:
–Ya hemos terminado.
Al cabo de un momento, Wallace entra por la puerta con el sombrero
ladeado como antes, sin un pelo fuera de su sitio. Tiene buen aspecto.
–Chico, me has sacudido de lo lindo ahí dentro –dice–, pero no te guardo
rencor –le da un fuerte apretón de manos–. ¡Caramba! –exclama–. ¡Estás sudando!
Tranquilízate. ¡Vamos! Soy muy melodramático, pero me encuentro bien.
–Wallace está bien –repite el investigador como el eco–. Las descargas
no eran tan tremendas como parecía. El nivel mortal de descarga sólo es
peligroso para los animales pequeños de laboratorio, que es con quienes
utilizamos normalmente el generador.
«¡Ah!», piensa usted.
Wallace se marcha. Un hombrecito dinámico llamado Milgram entra en la
habitación y dice:
–¿Le importaría que le hiciera unas preguntas?
Entonces le enseña una fotografía de un niño recibiendo unos azotes,
luego anota su nivel de estudios, le pregunta si estuvo en el ejército y qué
religión profesa, y usted está como atontado –lo contesta todo–, muy confuso
también. ¿De modo que el generador de descargas era para ratones, no para seres
humanos? ¿Es usted un ratón o un ser humano? Si en realidad Wallace no sufría,
¿por qué gritaba tanto? ¿Por qué dijo a gritos que estaba enfermo del corazón?
Usted sabe lo que es el corazón, y los huesos, y la sangre que le mancha las
manos en ese momento. Lo invade la ira. Mira al pequeño y ágil Milgram y dice:
–Entiendo. No era para estudiar el aprendizaje. Este experimento era
sobre la obediencia, la obediencia a la autoridad.
Milgram, que sólo tiene veintisiete años y es jovencísimo para ser
pionero de un montaje tan controvertido, dañino, esclarecedor y finalmente
famoso, se dirige a usted. Tiene los ojos verdes, del color de un pirulí, y un
garabatillo rojo por boca.
–Era sobre la obediencia –repite usted.
–En efecto –dice Milgram–. Si no lo hubiera adivinado, se lo habría
explicado después, en la misma carta que envío a todas las personas que
participan en el experimento. El sesenta y cinco por ciento se comporta
exactamente como usted. Es totalmente normal que una persona tome las
decisiones que ha tomado usted en la situación en que se encontraba. No tiene
de qué arrepentirse.
Pero a usted no lo engañan. A usted no lo van a consolar. Lo han
engañado una vez, pero no lo engañarán de nuevo. No hay palabras de consuelo
para lo que ha descubierto hoy en ese laboratorio. «Lago. Somorgujo. Cisne.
Canción.» Ha descubierto que tiene las manos manchadas de sangre. Y un cuerpo
hecho para las palabras de otros hombres.
* * * *
Otros hombres. Quizá el vecino de enfrente o el de al lado, pero usted
no. Esto es lo que usted, lector, puede estar pensando ahora. Si hubiera tenido
la indignante suerte de haberse encontrado en el Linsly-Chittenden Hall de la
Universidad de Yale una despejada noche de junio de 1961, usted no habría hecho
una cosa así. Al fin y al cabo, no se llama Goldfarb, Winegarten ni Wentworth.
Quizá sea budista, vegetariano, voluntario en una residencia de enfermos
terminales o trabaje con jóvenes difíciles, o sea donante del Club Sierra o
cultive los polemonios más admirables, con sus racimos de flores diminutas de
color morado rosáceo, en un jardín urbano. Usted no. Pero sí, usted, tal como
lo demostró Stanley Milgram en Linsly-Chittenden y, más tarde, en un laboratorio
de Bridgeport y muchas veces más en réplicas de sus experimentos por todo el
mundo. Entre el 62 y el 65 por ciento de nosotros, ante una autoridad creíble,
obedecemos las órdenes hasta el punto de producir la muerte de otra persona.
Parece improbable, imposible, sobre todo porque usted es –y yo soy–
humanista hasta el fondo.
Igual que las personas que se sometieron al experimento, o muchas de
ellas.
«Trabajo bien. Procuro lo necesario a mi familia [...]. Lo único malo
que tengo es que me lío en el trabajo [...], prometo a los niños hacer algo con
ellos, llevarlos a alguna parte, pero después lo anulo porque tengo que salir
por motivos de trabajo.»
«Me gusta mi trabajo. Tengo una familia estupenda, tres hijos [...]. Me
gusta plantar flores en el patio. Me gusta cultivar el huerto en primer lugar
porque me gusta la verdura fresca.»
Así se describieron a sí mismas, después de la prueba, dos de la
personas que se sometieron al experimento de Milgram y obedecieron hasta el
final. Verduras frescas, flores. Los polemonios de color morado rosáceo de
nuestro jardín.
Antes de empezar el experimento, Stanley Milgram, profesor adjunto en
Yale, hizo un sondeo. Preguntó a un grupo de psiquiatras eminentes cómo creían
que reaccionarían los sujetos en el simulacro. Incluyó en el sondeo a varios
universitarios de Yale y a un puñado de habitantes medios de New Haven. Todos
predijeron lo mismo. Las personas no aplicarían las descargas eléctricas hasta
el final. Abandonarían a los 150 voltios como máximo, salvo los individuos en
el límite de la patología o los criptosádicos, que moverían todas las palancas
mientras la víctima chillaba. Incluso hoy, cuarenta años después de recibir y
aprender supuestamente la lección de Milgram, la gente dice: «Yo no lo haría».
Sí, usted.
La fuerza del experimento de Milgram quizá radique precisamente ahí, en
la gran diferencia que existe entre lo que pensamos de nosotros mismos y
quiénes somos en realidad.
* * * *
Ciertamente, Milgram no fue el primer psicólogo que experimentó con la
obediencia ni el primero en engañar a los sujetos (la «máquina de electocutar»
era de mentira, el alumno y el investigador eran actores pagados), pero fue el
primero que hizo ambas cosas a la vez sistemáticamente. Sin embargo, antes de
Milgram existió un investigador misterioso llamado C. Landis que, en un
laboratorio sin nombre de Gales, en 1924, descubrió que el 74 por ciento de los
sujetos estaban dispuestos a decapitar a una rata ante la insistencia del
investigador. En 1944, un psicólogo llamado Daniel Frank se dio cuenta de que
podía lograr que sus sujetos realizaran los actos más extraños sólo porque se
lo pedía vestido con la bata blanca. «Por favor, haga el pino», «Por favor, toque
la ventana con la lengua».
No es probable que Milgram estuviera influenciado por estos dos pilotos
periféricos de la investigación. En primer lugar, Milgram, que aspiraba a
convertirse en experto en ciencias políticas, no se había matriculado de un
solo curso de psicología en los cuatro años en que estudió en Queen College, de
modo que no conocía a fondo la bibliografía pertinente. En segundo lugar,
Milgram, un hombre locuaz y de baja estatura, reconoce la influencia que
recibió. Nombra hacedor suyo, si es que un hombre puede hacer a otro, a Solomon
Asch, científico social. Cuando estudiaba el último curso de la licenciatura,
fue ayudante de Asch en Princeton. Asch estaba inmerso en un experimento sobre
la presión del grupo. Mediante un estudio basado en líneas de diferentes
longitudes, descubrió que los sujetos capitulaban ante la percepción general
del grupo, de modo que si el grupo decía que la línea A era claramente más
larga que la B, incluso cuando era evidente que no, el sujeto, perplejo,
terminaba diciendo lo mismo y dejaba su percepción de lado para comportarse
como los demás.
En aquel momento, y todavía ahora, Asch era un gigante de la
investigación social, pero Milgram, no sólo unos centímetros más bajo que él
sino de menor estatura en muchos otros aspectos, no tardaría en superar a su
mentor. Milgram admiraba a Asch, pero las líneas…, en fin, a las líneas les
faltaba potencial lírico, y Milgram, como Skinner, era lírico en el fondo.
Escribía libretos y cuentos infantiles, citaba a Keats y a Rilke. Vio morir de
infarto a su padre, a los cincuenta y un años, y siempre creyó que también él
moriría pronto: lo impulsaba una luz brillante.
–Cuando nos casamos –dice Alexandra Milgram, su viuda–, Stanley me dijo
que no pasaría de los cincuenta y uno porque era igual que su padre. Siempre
tuvo la sensación de que le quedaba poco futuro por delante. Después, cuando
empezó a tener problemas cardíacos a los treinta, supo, supimos los dos, que
tenía los días contados.
Quizá por ese motivo no quisiera investigar con líneas rectas y
estrechas. Quería idear un experimento que arrojara tanta luz sobre la tierra,
o tanta sombra, que algo siguiera cociéndose a fuego lento mucho tiempo después
de él. Quería, con toda el alma, algo grande. «Quería encontrar la manera de
dar mayor relevancia humana al experimento de Asch sobre la conformidad –dijo
en una entrevista que le hizo Psychology Today–. No me satisfacía que la prueba
de la conformidad se basara en la opinión sobre la longitud de las líneas.
Quería saber si el grupo tendría capacidad para lograr que una persona,
mediante presión, realizaría un acto de trascendencia humana más visible, por
ejemplo, comportarse violentamente con otra persona aplicándole fuertes
descargas eléctricas, por decir algo.»
Las descargas eléctricas no le eran del todo ajenas. Conocía el miedo
desde antes de ver morir a su padre. Había pasado la infancia en el sur del
Bronx, donde nacían flores silvestres en las alcantarillas y corrían cucarachas
por el abombado linóleo. En la sala de estar de la casa, unas gruesas cortinas
tapaban la luz del sol y había una radio grande con forma de caja, con una
pieza de cristal de burbujas que protegía el dial. La radio le fascinaba. Le
fascinaban los minúsculos poros del plástico, los botones dentados que hacían
subir y bajar la barrita y, de pronto, sonaba música, o risa, o llanto, o un
vals... cuántos sonidos, pero siempre acababan igual. Era 1939 y Stanley tenía
seis años. En 1942 estaba en el vértice de una suerte de hundimiento. Por la
radio, que su familia escuchaba a diario porque tenían parientes en Europa,
llegaban los informes de muerte, el ruido de la SS y el de las excavadoras
sobre cemento radioactivo. Entró en la adolescencia con esa música de fondo
–bombas y quemaduras–, mientras su cuerpo experimentaba detonaciones propias.
Qué confuso: sexo y terror. Esto no se cuenta en ninguna parte, sólo lo
suponemos.
* * * *
En 1960, Milgram salió de Princeton y dejó a Asch, su mentor, para
ocupar un puesto de profesor adjunto en Yale. Poco después de su nombramiento,
empezó a presentar facturas de interruptores y electrodos; en los archivos de
Yale se encuentran guiones para los experimentos y notas fechadas en esa época
escritos de su puño y letra: «Cable de audio por el techo... chisporrotea,
procedimiento de aplicación práctica de electrodos. James Justin McDonough
víctima excelente, víctima A+, víctima perfecta, afable y sumisa». Al leer esas
notas, es difícil evitar la sensación de que Milgram era una especie de
diablillo, una especie de duendecillo judío; toda su ciencia rezuma sentido del
humor. En realidad, tenía vis cómica y es posible que, de todos los
científicos, fuera él quien nos enseñara la corta distancia que separa el arte
de la experimentación, el humor de la crueldad, el trabajo del juego. «Stanley
amaba, AMABA lo que hacía», dice la señora Milgram. No podía ser de otro modo.
Le gustaba escribir una dirección en un sobre, tirarlo en una acera de Nueva
York y observar después quién lo recogía, quién lo echaba en un buzón, cómo y
por qué. Ideó un procedimiento llamado «a codazos en la cola», una especie de
ciencia social guerrillera que consistía en salir de repente de un escondite y
meterse en una cola observando entre tanto la reacción de las personas entre
las que se colaba. Salía a la calle un día soleado y azul, se ponía a señalar
al cielo y cronometraba el tiempo que tardaba en congregarse una multitud a su alrededor,
todos allí quietos mirando a la nada. Era ingenioso, subversivo, absurdo. Pero,
al contrario que Sartre o Beckett, Milgram medía el absurdo. «Lo embotellaba
–dice Lee Ross, profesor de psicología de la Universidad de Stanford–.
Embotellaba comportamientos absurdos en el laboratorio para que los viéramos.
Los estudiaba. Eso es lo que lo diferencia de los demás.»
* * * *
Así pues, Milgram presentaba facturas de electrodos, treinta
interruptores, etiquetas negras y equipo de sonido..., todo el atrezzo de una
obra peligrosa que iba a poner en escena, la obra que literalmente conmovería
el mundo y marcaría su carrera de tal forma que no llegaría a recuperarse por
completo. Empezó con estudiantes de Yale y, para su sorpresa, todos y cada uno
acataron las órdenes y cubrieron alegremente la escala completa de
interruptores aplicando descargas eléctricas.
–«Estudiantes de Yale –me dijo su esposa Alexandra que había comentado
Milgram–. No se pueden sacar conclusiones con estudiantes de Yale.» Stanley
estaba seguro –dice la señora Milgram– de que si iba más allá de la comunidad
de la facultad encontraría una muestra más representativa y desobediente.
Y así lo hizo. Publicó un anuncio en New Haven Register en el que pedía
hombres físicamente capaces, de edad comprendida entre los veinte y los
cincuenta años, «obreros fabriles, especialistas, profesionales, cocineros».
Reclutó al joven Alan Elms, a la sazón estudiante de último curso en Yale, para
que le ayudara a encontrar y mantener un grupo de voluntarios. Elms, que
actualmente tiene sesenta y siete años y enseña en la Universidad de Davis,
recuerda claramente el trabajo con Milgram. Habla con lentitud, cansinamente.
Sin poder evitarlo, pienso que es la voz de un hombre que ha sufrido alguna
impresión fuerte, que ha visto algo malo.
–¿Se alegra de haber participado? –le pregunto.
–Sí, sí, claro –contesta Elms, y suspira–. Fue una experiencia tremenda.
No se puede olvidar fácilmente –hace una pausa–. Nunca lamentaré haber
participado.
Y así empezaron los experimentos el verano de 1961, un verano
anormalmente caluroso en que los murciélagos invadieron el campanario de la
iglesia, el verano en que usted avanzaba a tropezones por las calles laterales
con el anuncio en la mano. Milgram reclutó, con la ayuda de Elms, un total de
cien hombres de New Haven. Les hacía la prueba casi siempre por la noche, lo
cual creaba un ambiente más macabro, aunque estaba de más, pues era suficiente
con los gritos falsos y las calaveras del generador. Milgram avisó a la policía
de la zona: «Es posible que se diga que aquí se tortura a personas. No es
cierto, es un montaje».
Un montaje al parecer muy convincente para los sujetos, que,
aguijoneados por el investigador, completaban el proceso sudando, con los pelos
de punta. Muchos se alteraban en gran medida cuando les decían que siguiesen
aplicando descargas; un sujeto sufrió un ataque de risa convulsiva tan fuerte
que fue necesario suspender la sesión. ¿Risa? Lo curioso es que hubo mucha risa
en torno al asunto, muchas carcajadas reprimidas y estómagos doloridos. Según
algunas opiniones, la risa indica que todo el mundo sabía que Milgram, el
diablillo, había atacado de nuevo, que no era más que una broma frívola.
También hay quien dice que los sujetos se reían de él por lo evidente del
truco. Elms no está de acuerdo.
–La gente se reía para descargar la ansiedad. Nosotros sí que nos
reíamos, Milgram y yo, de puro desasosiego.
Milgram y Elms observaban por un espejo unidireccional y, mientras
filmaban los increíbles niveles de obediencia que ni ellos mismos habían
previsto, se secaban los ojos con pañuelos de papel porque, en el fondo, la
situación resultaba terriblemente, terriblemente graciosa.
El hecho de que los estudiosos y los escritores hayan interpretado las
risas que estallaban en las sesiones como síntoma de frivolidad esencial no
aporta nada al experimento, pero dice mucho sobre la noción simplista que
tenemos de la comedia, la tragedia y los puntos comunes entre ambas. La comedia
y la tragedia están inextricablemente entrelazadas como signo, como símbolo,
etimológicamente. El propio Milgram se reía, pero al momento aseguraba que lo
que había descubierto era «terrorífico y deprimente». Dice Alexandra Milgram:
–No esperaba cifras tan elevadas, y eso le hizo ver a la gente con
cinismo.
No es de extrañar. Milgram esperaba encontrar conformidad, pero no en la
proporción asombrosa del 65 por ciento de sujetos dispuestos a aplicar lo que
creían que eran descargas eléctricas mortales. No, no lo esperaba. Intentó
reforzar la capacidad de resistencia de los sujetos con cambios en las
condiciones. Situó al alumno en la misma habitación que el sujeto, retiró el
micrófono y pidió al sujeto que aplicara las descargas obligando al alumno a
poner la mano en una placa metálica. Entonces, la sumisión descendió un poco,
pero no mucho. Terrorífico. Deprimente, sí. El treinta por ciento de los
sujetos estaba dispuesto a aplastar una y otra vez la mano del estudiante
contra la placa de la descarga, a soportar sus gritos, a verlo desplomarse, en
cumplimiento de las órdenes del investigador.
El experimento de Milgram recibió fondos de la National Science
Foundation. El dinero llegó en junio. Julio y agosto transcurrieron en un
crepitar de chispas azules. En septiembre, sólo tres meses después del inicio
de las sesiones, Milgram envió un resumen de los resultados a quien le
proporcionaba los fondos. «En un momento de ingenuidad, hace algún tiempo, me
pregunté si un gobierno despiadado encontraría suficientes imbéciles morales en
el conjunto de los Estados Unidos para cubrir las necesidades de un sistema
nacional de campos de la muerte del estilo de los que mantuvo Alemania. Ahora
empiezo a pensar que no sería necesario moverse de New Haven para reclutar la
dotación completa.»
Imaginemos lo que debió suponer semejante descubrimiento para el propio
descubridor. ¿Dormiría por la noche? ¿Al acariciar a sus hijos, le seguirían
pareciendo tan suaves la prominencia de los pómulos y los dientecillos blancos?
¿Las calles normales de New Haven se le antojarían más sombrías y retorcidas?
No descubrió que la gente mataba o agredía al prójimo, eso lo sabemos desde
siempre. Descubrió que somos capaces de hacerlo aun sin mediar agresión;
desligó de modo efectivo el asesinato de la cólera, porque sus sujetos no
estaban enfadados, eran buenas personas que cultivaban flores en el jardín y
criaban hijos en casa.
Milgram era psicólogo social, lo cual significa que tenía que entender
sus descubrimientos principalmente en función de la situación, puesto que ésa
es la piedra angular de la psicología social. Para la psicología social, la
personalidad –quién es cada cual– tiene menos importancia que el lugar –dónde
está cada cual– y quería demostrar que cualquier persona normal puede
convertirse en un asesino si se encuentra en el lugar en el que se impone
matar. Mediante sus experimentos, y en mayor o menor grado a lo largo de los
años, explicó la conducta atroz de My Lai en Vietnam y de la Alemania Nazi,
donde su trabajo enlaza inextricablemente con la tesis de Hannah Arendt sobre
la banalidad de la maldad en la persona del burócrata Eichmann, que ejecutaba
órdenes ciegamente impulsado por fuerzas externas. Hoy, muchos días después del
experimento de Milgram, la psicología social sigue tocando la misma tecla,
sigue proclamando que lo fundamental es el contexto, no la psique. Lee Ross,
coautor de The Person and the Situation: Perspectives of Social Psychology [La
persona y la situación: perspectivas de psicología social], afirma: «No diría
que la persona carece de atributos estables de carácter que intervienen en la
conducta moral o inmoral, pero el peso mayor corresponde al lugar en el que se
encuentra la persona, así como al cuándo y al con quién». Expresado de otra
forma, Ross y sus colegas sostienen que nuestra conducta no depende
principalmente del conjunto estable de preferencias y creencias interiorizadas
sino de la influencias exteriores, que cambian como el viento y el tiempo.
Milgram estaba de acuerdo con esta visión general del mundo, aunque, si
profundizamos un poco, algunos detalles técnicos indican que no estaba tan
seguro. Por ejemplo, si hubiera creído que la situación era el único factor
impulsor o el más importante en la conducta de sus sujetos, ¿por qué les hacía
un test de personalidad al final de cada sesión? ¿Por qué recogía los datos
relativos a educación, religión, servicio militar y género? ¿Por qué más
adelante, cuando daba clases en el City College de Nueva York, dirigió una
tesis doctoral cuyo tema era las características individuales del carácter
inconformista, presentada por Sharon Presley, joven licenciada a la sazón? El
tema debía de tener algo que le interesaba.
Poco después de los primeros experimentos, Milgram y Elms prosiguieron
con la búsqueda de características de la personalidad relacionadas con la
obediencia y la desobediencia. Ampliaron el estudio de los sujetos, escrutaron
su vida y su psicología buscando claves sobre lo que cada cual hacía y por qué.
Aclaremos que tal proceder está mal visto en el campo de la psicología social.
«Eso son cosas de la personalidad, pero no nos DEDICAMOS a eso. Milgram no se
DEDICÓ a eso», protesta Ross. Pero se dedicó. En compañía de Elms, midió a
individuos aislados y escribió uno o dos ensayos. Y sólo pudo hacer algo así
porque sabía que la situación no era el único factor determinante. Si lo
hubiera sido, si Milgram hubiera creado una situación tan completa, sólida y
convincente, habría obtenido obediencia al ciento por ciento. Pero encontró el
65 por ciento, es decir, que el 35 por ciento se enfrentó al investigador y a
la situación. ¿Por qué? ¿POR QUÉ? Esta pregunta no puede responderla un
psicólogo social. Es precisamente en esa coyuntura crítica donde se rompe la
psicología social. Puede hablarnos de la conducta gregaria, pero nada tiene que
decir respecto a los negativistas, los zarcillos exóticos que se escapan del
marco general y dan lugar a algo extraño. En este caso, Milgram ideó un estudio
en el que el treinta y cinco por ciento de las plantas, por continuar con la
metáfora, salieron rojas, híbridas: no era cosa de la tierra, la diferencia
tenía que estar en la semilla.
A mediados de la década de 1960, Milgram y Elms volvieron a llamar a los
sujetos para hacerles diversos test de personalidad. Uno se llamaba Inventario
Multifásico de Personalidad de Minnesota (MMPI), otro, Prueba de Apercepción
Temática. Elms tuvo largas entrevistas personales en las que preguntaba a
obedientes y rebeldes por su infancia, sus relaciones con la madre y el padre,
sus primeros recuerdos..., pero descubrieron pocas cosas.
–Los católicos eran más obedientes que los judíos. Eso lo averiguamos
–me dice Elms–. Y cuanto mayor era la experiencia militar, mayor la obediencia
también. Descubrimos que los voluntarios rebeldes tenían mayor puntuación en la
escala de responsabilidad social de los MMPI, pero –suspira Elms– esa escala
mide teóricamente no sólo la mayor o menor preocupación por temas sociales y
morales sino también la tendencia al conformismo y al consentimiento; en
resumen, ¿qué nos demuestra? No mucho, ¿verdad? Porque esa descripción sirve
tanto para el obediente como para el rebelde.
Elms y Milgram encontraron dificultades para establecer con solidez
rasgos diferenciales de carácter entre la obediencia y la rebeldía. Hallaron
que los sujetos obedientes declaraban menor apego al padre que los rebeldes
durante la infancia. Hallaron que, de niños, los obedientes recibían algún
azote o bien muy pocos castigos, mientras que los rebeldes habían soportado
palizas fuertes o alguna clase de privación... quedarse sin comer, quizá. Una
ligera mayoría de obedientes habían cumplido el servicio militar. La mayoría de
obedientes que habían sido soldados reconocieron que habían disparado contra
hombres; la mayoría de rebeldes lo negó.
¿Qué se puede deducir de esta información? Poca cosa. El rebelde recibe
palizas, el obediente, azotes. El rebelde está unido a su padre, el obediente
no. El rebelde tiene mayor puntuación en la escala de la responsabilidad
social, que mide, además, el consentimiento. O la escala está mal enfocada o el
rebelde y el obediente tienen tantos rasgos en común que no podemos
diferenciarlos con claridad.
Yo, por ejemplo, quiero diferenciarlos. Me acuerdo perfectamente de la
primera vez que oí hablar de los experimentos de Milgram. Estaba en la
Universidad de Brandeis, donde estudié los primeros cursos de la licenciatura.
Me había sentado en el césped un día de mayo, los cerezos había florecido y los
pétalos eran del rosa más claro y membranoso. Estábamos recibiendo una clase al
aire libre de primavera y el profesor de sociología dijo: «Y seguían
aplicándoles descargas eléctricas». Me estremecí porque me identifiqué con la
situación. Inmediata e intuitivamente supe que yo lo habría hecho, tan
obediente como soy. Entendí a la perfección que uno se cree la situación,
pierde la capacidad de ver, de pensar, se vacía y se limita a obedecer y
obedecer, porque ¿quién soy, al fin y al cabo? Recuerdo que me miré las manos,
allí, en la hierba, bajo los sutiles cerezos en flor. Mis manos son como las de
cualquiera, tres líneas principales y tramas diminutas que se cruzan, y me
dije: «¿Qué tendría que tener dentro de mí para desobedecer?». En aquella
época, estaba delgaducha, tenía las caderas angulosas y los ojos brillantes.
Hacía lo que podía por encajar en el contexto, como siempre. Zas, zas. Quería
saber qué necesitaría para cambiar, para crecer, para subir, para alejarme y
ser un zarcillo exótico que se sale del marco general: no. No. Una palabra tan
sencilla, tan difícil de retener en la boca.
* * * *
Eso fue hace muchos años, pero hoy todavía quiero entender.
–No encontramos rasgos estables de personalidad en los obedientes ni en
los rebeldes –me dice Elms por teléfono.
–¿Cree que podría hablar con alguno de los sujetos de los experimentos
de Milgram, si es que alguno vive todavía? –le pregunto.
–Los archivos están sellados hasta el 2075 –me responde–. Los nombres
son información confidencial.
Ser obediente no me impide ser entrometida. Llamé a una persona, esa
persona me llevó a otra, que me llevó a otra. Pasaron unas semanas. Llamé a
sacerdotes y rabinos, a alumnos de Milgram y, en el transcurso de la búsqueda,
leí en algún lugar que no logro localizar ahora, que un voluntario rebelde de
Milgram apareció más tarde en My Lai y se negó a disparar. Me imagino a ese
hombre, que ahora tendrá sesenta o setenta años, viviendo en una casa limpia y
sencilla con macetas de albahaca en la puerta principal. Tenía que localizarlo.
Me llamó.
Segunda parte: la gente
No llegué a ver la albahaca. No llegué a ver su casa. Y al final resultó
que no era el rebelde de My Lai. Pero el hombre de sesenta y ocho años llamado
Joshua Chaffin había tomado parte en los experimentos de Milgram en la época, y
me promete que fue de los que no obedecieron. Lo primero que me dice por
teléfono es: «Sí, yo participé. Estuve en aquel laboratorio y sólo llegué a 150
voltios. Si hubiera continuado, créame, no estaría aquí hablando con usted en
este momento. Sería un secreto entre mi psiquiatra y yo».
Un sujeto rebelde y muy curioso, por cierto. Antes de conocer a Joshua
personalmente, sé que es una persona afable, un verdadero encanto, con un leve
acento yiddish; me imagino los ojos grises, suaves y más dulces aún.
Joshua me tiene mucho tiempo al teléfono. Es como si hubiera estado
esperando la llamada de un periodista que le preguntara por el papel fatídico
que había desempeñado hacía mucho tiempo en esos experimentos, tan denostados
ahora.
–Los jóvenes de hoy –me dice– no se hacen idea de lo convincente que era
la situación. No la puse en duda ni un instante. En ningún momento se me
ocurrió que pudiera ser un engaño. En el generador había una placa dorada que
decía «Fabricado en Waltham (Massachussetts)», precisamente el sitio donde se
hacen esos aparatos, no sé si me entiende. Y, si usted cree que la obediencia
tenía que ver con Yale, como el prestigio, piénselo un momento, porque Milgram
se llevó todo el montaje a una tienda de Bridgeport y también allí la gente
aplicaba las descargas. Yo también, y eso me disgusta, aunque sólo llegué a
150, en 150 lo dejé, no podía más.
Repite esas palabras como para sí mismo; es curioso que lo tenga todo
tan fresco en la memoria: el laboratorio, los chispazos azules, los gritos del
alumno, todo en perfecto estado de conservación en el frasco que es el cuerpo
de este hombre mayor. Él envejece, el experimento permanece invariable en el
tiempo.
Quedamos para vernos. Sigue viviendo en New Haven y pasea a menudo por
Linsly-Chittenden Hall. Incluso ha bajado alguna vez al sótano donde empezó
todo.
–Estaba desastroso, en aquella época –me comenta–, pero recuerdo
exactamente cómo era todo, la puerta gris, las tuberías. Había tuberías por
todas partes.
Voy a verlo un hermoso día de verano. El aire y el sol están
increíblemente suaves y los gritos de las gaviotas suenan muy tristes. New
Haven parece vacío sin los estudiantes universitarios, pero descuidado:
colchones y bañadores se amontonan junto a los bordillos que se desmoronan.
Nos encontramos en un restaurante. Fuera, la luz es intensa, cegadora.
En el interior parpadean las velas sobre las mesitas en la intimidad de la
penumbra, como si siempre fuera de noche. Aquí todo el mundo es mayor y come
pescado. Joshua, que me había dado una descripción de sí mismo, espera en una
mesa del fondo, con las servilletas dobladas en forma de cisne. Me siento.
Nos traen la comida. Joshua pincha con el tenedor una porción de pescado
rebozado, se la lleva a la boca y mastica vigorosamente.
–Era profesor adjunto de estudios medioambientales –me cuenta–, vi el
anuncio y me dije: ¿por qué no? En aquella época, cuatro dólares valían algo y
yo los necesitaba. Por eso lo hice.
Comienza a explicarme en qué consistía ese «lo», lo que ahora ya
sabemos: que aplicó al alumno la crema de los electrodos, que oyó el primer
gruñido de dolor hacia los 75 voltios, que los gruñidos fueron en aumento, que
el grito fue muy fuerte y se oyó como quebrado por el micrófono, que se volvió
al investigador y le dijo: «Esto no está bien», y el maldito investigador, «¡el
maldito investigador! –dice Joshua escupiendo miguitas de pescado: las manos
con manchas marrones le tiemblan al recordar–, ¡el maldito investigador
diciéndome que siguiera adelante!».
–¿Y usted? –pregunto acercando la cabeza, aunque no sé a qué. ¿A la
moralidad? ¡Como si eso fuera un constructo aislado y concreto al alcance del
entendimiento de cualquiera!
–Le dije que no.
Le observo la boca cuando pronuncia la palabra «no», la palabra que
tanto trabajo me cuesta pronunciar, la lengua contra los rosados alvéolos,
escúpela. No.
–Le dije –repite Joshua–, le dije: «He participado en otros experimentos
y sé que esto no está bien», y es que los gritos del alumno me estaban poniendo
enfermo, empezaba a sudar y el corazón me latía muy deprisa, muy deprisa. Así
que me planté y le dije: «Basta».
–¿Por qué lo hizo? –le pregunto–. Es decir, ¿qué fue lo que le permitió
romper con lo que tantos no pudieron?
Quiero oír la respuesta. He recorrido un montón de kilómetros para saber
cómo se hace autónomo un hombre, cómo se cortan las cuerdas que nos convierten
en auténticas marionetas. Joshua no es una marioneta. Sus músculos los mueve
él.
Se limpia la boca con la servilleta almidonada. Tira del pico de la
servilleta, el cisne se deshace y él se limpia la boca. Mira al techo, hace una
pausa y dice:
–Me preocupaba mi corazón.
–¿Su corazón? –repito.
–Me preocupaba –dice Joshua, agachando la cabeza y mirándome– porque el
experimento me afectaba demasiado, tanto que podía causarme un infarto, y
además –añade casi como si lo acabara de pensar–, además no quería hacer daño
al tipo.
Asiento. Es imposible no darse cuenta de que «el tipo» ocupa el segundo
lugar: primero su corazón, aunque no se le puede reprochar. De todos modos, no
era la respuesta que esperaba de mi hombre moral. Esperaba algo envuelto en
brillo judeocristiano, algo superior como «siempre he sentido dentro de mí un
profundo imperativo ético con respecto al prójimo»…
No hubo suerte. Por lo visto, a Joshua le preocupaba el corazón, su
rebeldía provenía de esa preocupación, al menos en retrospectiva. Después me
cuenta que, poco más tarde, estaba tan indignado que se presentó bruscamente en
el despacho de Milgram en Yale y se lo encontró sentado tranquilamente a su
mesa corrigiendo trabajos. Y le dijo:
–Lo que está usted haciendo está mal. ¡Mal! Ofende a personas ingenuas.
No pregunta a nadie por su estado de salud. Puede provocarle un infarto a
alguien. ¡Ese experimento produce mucha tensión!
Joshua recuerda que Milgram lo miraba sin inmutarse y le contestó:
–Estoy convencido de que no vamos a provocar un infarto a ningún sujeto.
–Pues yo a punto estuve –responde Joshua.
Y entonces, conversaron los dos largo y tendido. Milgram se dedicó
fundamentalmente a tranquilizar a Joshua y a felicitarlo por su desobediencia;
luego, antes de despedirse, Milgram le dijo:
–Señor Chaffin, le agradecería que no dijera nada, ya sabe.
–¿Qué no diga nada? –repitió Joshua.
–Sobre el experimento –respondió Milgram–, sobre su verdadera intención.
Todavía estoy haciendo pruebas a mucha gente y no quisiera, como es lógico, que
supieran que lo que estudiamos es la obediencia, no el aprendizaje.
–En fin –me dice Joshua–, lo estuve pensando, es decir, lo de no contar
nada. Pensé que quizá sería mejor ir a la policía, porque estaba muy enfadado,
de verdad. Y me lo planteé.
–¿Y lo hizo? –pregunto–. ¿Fue a la policía o descubrió la tapadera de
Milgram de otra forma?
Chaffin cierra los párpados un brevísimo instante. El camarero se acerca
y se lleva los platos; ahora entre nosotros sólo hay un mantel blanco y una
vela en un charco de cera.
–No –dice Joshua.
–¿No, qué?
–Guardé el secreto sobre la verdadera intención del experimento –dice–.
No desenmascaré a Milgram.
Me parece raro que se sienta tan orgulloso de haber desafiado a Milgram,
cuando en otro nivel más general obedeció su orden más esencial. Y ahora soy yo
quien parpadea; qué confuso el nudo moral que no encuentro. En cambio encuentro
a un hombre normal, encantador, contradictorio y complicado que tiene manchas
marrones en las manos.
* * * *
Pregunto a Joshua por su vida. Sigue una lluvia de sorpresas. No hay
absolutamente nada que indique que la conducta desobediente de Joshua en el
laboratorio se haya extendido a ninguna de sus decisiones fuera de allí. Es
hombre de empresa y trabajó mucho años en la Exxon. Llama a los ecologistas
«abrazadores de árboles». A los veinticinco años hizo el servicio militar y fue
enviado a Filipinas.
–Fui muy buen soldado –dice–. Detuvimos a aquellos japoneses hijos de, y
los encerramos.
–¿Mató usted a alguien en la guerra? –pregunto.
–Estuve en la Segunda Guerra Mundial –dice él–. Era otra clase de
guerra.
–Ya –respondo. Pero el comentario de los hijos de, lo de encerrar
japoneses, la expresión «abrazadores de árboles», el soldado, la decisión de
guardar el secreto a Milgram… no terminan de encajar con el comportamiento de
bajo voltaje del que tan orgulloso se siente él–. ¿Mató a alguien en la guerra?
–repito y, al preguntar, me acuerdo de los comentarios de Elms, que los
obedientes casi siempre disparan a seres humanos durante el servicio militar,
pero los rebeldes casi nunca.
–No lo sé –dice Joshua, que se revuelve inquieto.
–¿Durante la guerra, hizo algo de lo que se haya arrepentido? –pregunto.
–No sé –contesta–. Esto… ¡Camarero! Traiga café –y entonces llegan el
café y la crema quemada, que se come muy deprisa, llenándose la boca de azúcar
y de silencio.
* * * *
Llamo a Elms.
–Vaya –le digo–, encuentro a un sujeto rebelde pero resulta que habla de
encerrar a japones hijos de, dice que fue un buen soldado y además pasa por
encima de sus propios valores para guardarle el secreto a Milgram.
–Bien –responde Elms; su voz me suena hoy más cansada que nunca–, la
forma en que la gente actúa en una situación no se repite necesariamente en
otra.
Hablo con algunos psicólogos sociales más y todos repiten la misma idea
con frases como «falta de consistencia transituacional». Lee Ross dice:
«Chaffin sólo demuestra que no es la personalidad lo que define la conducta,
sino la situación», pero, sinceramente, el comentario no me parece nada
esclarecedor. Decir que Chaffin se comportó con rebeldía en una situación y
obedientemente en otra sencillamente porque la gente es una mezcolanza de
respuestas impredecibles me parece un modelo de explicación bastante pobre y
decepcionante; no estoy dispuesta a aceptarlo. El caso de Chaffin no demuestra
de ninguna manera que no existan rasgos de la personalidad asociados con la
rebeldía y su opuesto, la obediencia; lo cual demuestra, si un muestreo de una
persona demuestra algo, que el comportamiento de un sujeto en el laboratorio no
es en absoluto extensible a su comportamiento en situaciones fuera del
laboratorio, que es un asunto completamente distinto.
Ese asunto, llamado validez externa en la jerga de la psicología, y que
se entiende mejor como resultados generalizables a la vida real, presenta un
problema grave en el laboratorio de psicología, porque ¿de qué sirven los
descubrimientos que no pueden reproducirse fuera de las asépticas paredes
blancas de una habitación científica indudablemente pequeña? Imaginemos que un
científico descubre un antibiótico nuevo de eficacia extraordinaria en ratas
macho con un solo testículo, enjauladas en una caja superesterilizada. Al
descubrimiento le falta validez externa, puesto que la mayoría de los hombres
tiene dos testículos y, en general, no vive en un ambiente esterilizado.
La cuestión de la validez externa ha puesto en jaque los experimentos de
Milgram desde el primer momento. Se los ha criticado porque crean una situación
carente por completo de realismo mundano, es decir una situación tan ajena a
los conflictos de la vida real que el drama humano que representa es, en
realidad, irrelevante respecto al mundo en que vivimos. Aunque el público en
general devore los resultados con fruición –hasta el punto de que fueron
publicados en The New York Times: «El 65% obedeció ciegamente la orden de
infligir daño en las pruebas» e incluidos en una película televisada en el
canal ABC con el título The Tenth Level [El nivel diez], en la que William
Shatner, con hirsuta cabellera y ligeramente chiflado, encarnaba a Milgram–,
los círculos de psicólogos, más reducidos, consideran el experimento con
recelo. El erudito Bernie Mixon afirmó que Milgram no había estudiado
necesariamente la obediencia, ni mucho menos, sino que en el mejor de los casos
había puesto a prueba la confianza, puesto que los sujetos que habían «llegado
hasta el final» tenían motivos para creer en la buena voluntad del
investigador. La hipótesis de la confianza tiene, a su vez, detractores que
niegan que el experimento apunte a la confianza; según ellos, Milgram creó una situación
completamente orquestada que revela poca información sobre la vida tan poco
orquestada que vivimos en general. Otros opinan que el experimento «sólo se
ilumina a sí mismo», crítica feroz que, en esencia, etiqueta la complicada
puesta en escena de obra de teatro solipsista que no deja de observar sus
propias maquinaciones y decirse por lo bajo, en palabras de Henderikus Stam:
«¡Qué listos somos!». Ian Parker, que habló del experimento en la revista
Granta, lo desecha tildándolo de tragicomedia, opinión que el distinguido
erudito Edward E. Jones sostuvo antes que él cuando no aceptó publicar el
primer ensayo de Milgram sobre la obediencia porque «no nos lleva a ninguna
conclusión sobre la obediencia, en realidad, sino que nos exhorta a asombrarnos
del poder de la situación que usted plantea como influencia del contexto».
Uno de los detractores que más se hace oír es Daniel Jonah Goldhagen,
antiguo profesor de la Universidad de Harvard y autor del libro Los verdugos
voluntarios de Hitler. Goldhagen tiene grandes dudas tanto sobre la posibilidad
de generalizar el experimento concreto sobre la obediencia como sobre el hecho
de que el paradigma de obediencia resultante sirva para explicar el fenómeno de
los genocidios. «El experimento de Milgram presupone erróneamente muchas más
cosas sobre el holocausto que cualquier otro escrito que se haya publicado
hasta la fecha –dice Goldhagen–. Sencillamente, sus teorías de la obediencia no
son pertinentes. Las personas desobedecen continuamente a la autoridad
verdadera. Si el gobierno de los Estados Unidos dice “blanco”, nosotros hacemos
“negro”. Incluso en el ámbito de la salud, en el que la gente presupone una
motivación benéfica en los médicos, a menudo los pacientes no siguen sus
instrucciones. Y, lo que es más, la situación que Milgram puso en escena, donde
los sujetos no tenían tiempo para reflexionar sobre sus actos, no responde a la
realidad. En la vida real, los oficiales de la SS mataban durante el día y se
retiraban a casa con su familia por la noche. En la vida real, las personas
tienen muchas ocasiones de cambiar su conducta. Si no lo hacen, no es porque
teman a la autoridad sino porque optan por no cambiar. Los experimentos de
Milgram no ilustran nada sobre el factor de la opción.»
Bien, esto no es más que un bocado. Y para Milgram fue difícil de
digerir, por una parte, aunque, por otra, resultaba divertido. Le prestaron
mucha atención. Para los eruditos, el significado de su laboratorio de paredes
blancas y corazón negro era todo un enigma y Peter Gabriel le dedicó una
canción titulada We Do What We’re Told [Hacemos lo que nos dicen].
* * * *
Sin embargo, nadie sabía interpretar correctamente el experimento de
Milgram, lo que medía o predecía, ni qué importancia adjudicar a los
resultados. ¿Era obediencia, confianza, compulsión externa u otra cosa? «En
realidad –dice Lee Ross– el significado de los experimentos, qué es lo que
revelan exactamente del ser humano, es un profundo misterio.»
Entre tanto, paralelamente a las críticas metodológicas que llovían sin
cesar, se cocía un fervor de diferente signo. Milgram publicó sus
descubrimientos en 1963. En 1964, Diana Baumrind, psicóloga infantil, publicó
en la revista más importante de su campo una severa reprimenda a Milgram desde
el punto de vista ético; había engañado a los voluntarios, había actuado sin el
conocimiento y el consentimiento de ellos y les había producido un trauma. Un
colega de Yale dio el soplo a la American Psychological Association y la
solicitud de admisión que Milgram había cursado fue retenida un año, mientras
investigaba. «Entienda –dice Lee Ross– que toda esta cuestión ética se aireaba
en los años sesenta, en los sesenta –repite–, cuando era ética lo que se
enseñaba a la gente. Acababa de saltar a la prensa el experimento de Tuskegee,
en el que se experimentó con un grupo de sifilíticos de color sin tratarles la
enfermedad, así como los horribles experimentos nazis y el anticientifismo en
general; bajo esa luz se estudiaba a Milgram.»
Y lo estudiaron; sus colegas lo colocaron a la luz intensa de su
laboratorios y lo encontraron deficiente. Él se debatió y luchó. En las
fiestas, la gente retrocedía impresionada cuando les decían quién era. Bruno
Bettelheim, parangón del humanismo, tildó de repugnante el trabajo de Milgram.
Cuando llegó el momento del nombramiento de profesor numerario, se le negaron
los pabellones ivy de Yale y Harvard. «¿Quién iba a quererlo? –comenta la
señora Milgram, su viuda–. En aquella época, se requería la aprobación unánime
para los aspirantes a profesor numerario, pero Stanley era muy controvertido.»
Al parecer, Stanley lo quería todo: ser un inconformista y ser aceptado;
quería escandalizar al mundo y después ser perdonado, recibido con los brazos
abiertos. Todas las universidades lo rechazaron. Empezó a padecer dolencias
cardíacas, no sus sujetos, no Joshua, sino él, Stanley Milgram. La grasa empezó
a obstruir el cayado de la aorta, grueso y azul, los músculos flaqueaban. A los
treinta y un años, lo contrató el City College de Nueva York como profesor
titular, un puesto nada despreciable para un hombre tan joven, pero a los
treinta y ocho ya había sufrido el primer infarto de miocardio de los cinco que
sufriría llevándose la mano a la garganta, que se le cerraba, con un dolor
penetrante en el hombro, las rodillas vencidas. Revivir, revivir una vez más,
el latido más débil cada vez.
Lo que mató a Stanley Milgram fue lo que nos mata a todos: la vida
misma. El desgaste, el achuchón del tiempo, la inevitable decadencia propiciada
por el exceso de carne, huevos, miedo, pérdida. Sufrió muchas pérdidas: a edad
temprana perdió a su padre, un hombre al que se parecía mucho, que era panadero
y volvía a casa todas las mañanas con dos challas con la parte superior
trenzada y untada de mantequilla. Perdió a su padre, después perdió el
prestigio de la titularidad de la Ivy League, perdió la fama limpia tras tantos
ataques continuados a las prácticas inhumanas de su laboratorio. «Stanley lo
pasó muy mal», dice la señora Milgram. Insisto para que me diga algo más, pero
no quiere. En 1984, a los cincuenta y un años, Milgram estaba escuchando la
defensa de una tesis de un alumno y de pronto sitió náuseas. «No había comido
aquel día –dice la señora Milgram–, estoy segura. Tenía una asistente en el
despacho que era una auténtica feminista. No le habría dado ni un vaso de agua,
si se lo hubiera pedido.»
Y allí tuvo que quedarse, sediento y con náuseas. Su buen amigo Irwin
Katz lo acompañó a casa en el metro; Milgram notaría sin duda el contraste
entre el ritmo firme del tren y los coletazos de su corazón hambriento. En la
estación lo recogió su mujer y lo llevó directamente a la sala de urgencias. En
ese momento todavía andaba. Estaba pálido y le temblaban las manos. Se dirigió
a la enfermera de la planta sin dilación y le dijo: «Me llamo Stanley Milgram y
tengo mi quinto infarto»; acto seguido cayó de rodillas.
«Se había ido», me explicó la señora Milgram: se lo llevaron a otra
sala, le rasgaron la camisa, le aplicaron la crema, las ventosas, le
presionaron el pecho con los electrodos. El experimento no ha terminado, debe
seguir adelante, adelante, adelante. Le administraron una descarga, después
otra, quién sabe cuántas veces se levantaría su cuerpo en el aire coleando como
un pez, descarga, descarga, los negros puños cardíacos apretando.
Pero se había ido y las descargas no lograron reanimarlo.
* * * *
No se llama Jacob Plumfield, no tiene los ojos azules ni vive en un
lugar de Boston llamado Jamaica Plain. No tiene setenta y nueve años, pero de
alguna manera está cerca de aquí. Voy a ponerle barba, creo, una barba de dos o
tres días, blanca, y añado, por mor de la historia, que su amante se llama Jim.
Jacob Plumfield hablará conmigo a condición de mantenerse en el más
estricto anonimato. Participó en los experimentos de Milgram y, al contrario
que Joshua, obedeció hasta terminar con todas las palancas del tablero. Dice
que todavía le duelen las manos por lo que hizo.
La gente se cuestiona lo que creó Milgram: una situación falsa, una
situación falta de ética. Pero lo cierto es que la situación dejó recuerdos
imborrables, porque tanto Joshua como Jacob hablan de ello como si hubiera
sucedido ayer, con los ojos encendidos. Si el laboratorio no era una situación
real, como tantos críticos han subrayado, ¿por qué o cómo es posible que haya
grabado un recuerdo tan imperecedero en la vida, innegablemente real, de estos
hombres, junto con los cumpleaños, el nacimiento de los hijos o la primera vez
que hicieron el amor?
–Tenía veintitrés años –dice Jacob–, estudiaba un curso de posgrado.
Continúa contándome una historia con ribetes a lo Oscar Wilde. Tenía una
aventura secreta con un compañero de habitación y un conflicto con su pujante
identidad homosexual.
–En el instituto y en la universidad hice todo lo que pude por ser como
los demás –dice Jacob–. ¡Todo lo que pude! Era un chico modelo. Sacaba notas
excelentes y tenía una novia impresionante. Sin embargo, no dejaba de mirar la
espalda a los chicos cuando íbamos a bañarnos, la espalda. No sé por qué.
Por fin, en el curso de posgrado, Jacob siguió sus impulsos, se enamoró
y estableció relaciones con su compañero de habitación. Jacob se acuerda de las
noches de amor, la habitación caliente, los ruiditos de ventosa de los pechos
sudorosos que se unían, la excitación insoportable. Pero el compañero de
habitación sólo experimentaba con la homosexualidad y no tardó en dejarlo por
una chica. Jacob se quedó destrozado.
–Sentía en mi cuerpo la vergüenza de ser gay. ¿Por qué no podía gustarme
una mujer? –se masturbaba compulsivamente imaginándose «cosas horribles».
Entonces, vio el anuncio y se presentó–. Dios sabrá por qué –me dice. Fue al
laboratorio de Milgram tres días después de la ruptura, dolorido y escocido,
con las manos pegajosas de semen y, cuando el investigador dijo: «No se
producirán daños permanentes en los tejidos, continúe, por favor...»–. Seguí
adelante. Estaba tan deprimido que no me importaba, y pensaba: «No se
producirán daños en los tejidos, ruego por que no le pase nada, no quiero que
le pase nada a sus tejidos, ¿y yo, tengo daños permanentes en los tejidos?».
Describe un momento en el que los gritos del alumno se mezclaban con la
aversión que sentía hacia sí mismo como un solo dolor, y él seguía aumentado
las descargas, completamente enajenado, después de escupirlo todo con vergüenza
inconfesable.
–Después –dijo Jacob–, cuando me informaron al terminar y me explicaron
lo que había ocurrido, me horroricé. Sentí verdadero horror. Ellos insistían en
que no había hecho daño a nadie, que no me preocupase, que nadie había sufrido,
pero ya era tarde para eso... Nunca se sabe –dice–, de verdad, informar a un
voluntario después de un experimento así... Has estado electrocutando a una
persona. Creías que lo hacías de verdad y no hay nada que pueda borrar el hecho
de que sabes que has actuado así. No hay vuelta atrás.
Mientras hablo con Jacob, me acuerdo de lo que me dijo David Karp, el
profesor de sociología del Boston College: «Imagínese lo que tendrá que ser
para esos sujetos vivir toda la vida sabiendo de lo que son capaces»…
–Entonces –le digo a Jacob–, supongo que pensará que el experimento
carece de ética por completo, porque le ha hecho daño.
Jacob hace una pausa. Acaricia al perro.
–No –dice–, en absoluto. En todo caso, justo lo contrario.
Lo miro.
–El experimento –continúa– me obligó a reevaluar mi vida. Hizo que me
enfrentase a mi propia docilidad y que luchase contra ella de verdad. Empecé a
considerar la homosexualidad no declarada, que no es más que otra manifestación
de docilidad, como una cuestión moral. Salí del armario. Vi que era esencial
formarse una moral fuerte. Me consternó mi propia debilidad moral, así que
empecé a hacer gimnasia ética, ya me entiende.
Asiento. Entiendo lo que quiere decir.
–Salí del armario –dice–, hace falta mucha fuerza para hacerlo, pero
también da fuerza. Vi lo tristemente vulnerable que era a la autoridad, de modo
que me vigilé de cerca y aprendí a rebelarme contra las expectativas. Pasé de
ser un niño bueno que tenía un gran secreto y que iba de cabeza a la facultad
de medicina a ser un activista gay que enseñaba a niños de los barrios pobres
del centro de la ciudad. Y la puesta en marcha de todo eso se la debo a
Milgram.
Argot, el perro, ha puesto su húmedo hocico a Jacob en el regazo. Jacob
lo acaricia insistentemente. Estamos en una habitación con una ventana en
saliente, suelo de arce, un cubil empotrado con cierre de plata. Es una
habitación acogedora, tranquila. Podría dormir en una habitación así. En una
habitación así, se han aclarado muchas cosas, se han pacificado. Está pintada
de blanco, tiene cortinas blancas de lona y una pasionaria en el alféizar.
Jacob vive con sencillez. En la recta final de la vida, ha ahorrado una
cantidad mínima de dinero, aunque su compañero estable, Jim, abogado, tiene
más. Jacob me enseña con orgullo el primer triángulo rosa que lució en su vida.
Se mire donde se mire en este apartamento, se ven señales de la vida
alternativa de Jacob: los premios de maestro de los barrios pobres, la
resistencia activa a los bienes materiales. Él, el obediente, ha vivido la vida
de forma más desafiante, con mucho, que Joshua, el rebelde, que fue alto
directivo de la Exxon y estuvo en el ejército.
Así pues, ¿con qué nos deja todo esto? Volvemos a la cuestión de la
validez, porque si el experimento no puede predecir cómo se traducen en el
exterior las decisiones que un hombre toma en el laboratorio y si aceptamos que
la predicción y la generalización son fines principales de un experimento
científico, entonces, ¿no tienen razón los críticos de Milgram?
Douglas Mook, científico social, escribió un artículo titulado «In
Defense of External Invalidity» [En defensa de la invalidez externa] en el que
cuestiona el uso de la generalización como indicador del valor de un
experimento. «A menos que el propósito del investigador sea de una naturaleza
aplicada concreta [...], lo que en el laboratorio es representativo, en el
mundo real puede ser irrelevante». Es decir, si no se tiene intención de
aplicar lo que se descubra al mundo real, ¿qué importancia tiene la relevancia
de los hallazgos? Bien, supongo que así es. Pero, remitiéndonos a los
misteriosos experimentos de Milgram, ¿dónde nos lleva en realidad un argumento
como el de Mook? Una persona, pongamos un crítico, se acerca a un experimento
como un lector a una novela; las exigencias estéticas son parecidas en lo
referente a estructura, ritmo, revelación, lección aprendida. No se puede
cerrar Los hermanos Karamazov y decir: «Muy interesante, aunque no sé de qué
va», porque no es posible, sencillamente. Una obra literaria se convierte en
canónica principalmente por el significado que transmite a nuestra vida. Los
experimentos de Milgram son indiscutiblemente canónicos. Sin embargo, no hay
acuerdo en el tema. ¿Se trata de obediencia? No. ¿Se trata de confianza? No.
¿Es una tragicomedia? No. ¿Es un ejemplo de fechoría carente de ética? No. ¿Qué
mensaje nos ha mandado Milgram, en qué clase de botella, en qué mar?
Puestas así las cosas, lo mejor será volver sobre los propios sujetos,
porque son ellos, más incluso que Milgram, los portadores de las buenas o malas
noticias. Y al volver sobre ellos y preguntar: «¿Qué cree usted que estudió el
experimento?», empezamos a oír respuestas similares que pueden contribuir a
unir los hilos en conflicto. ¿Se midió la obediencia o la confianza? ¿La
situación era falsa o real? ¿Los sujetos sabían que era un simulacro o los
engañaron? ¿El trabajo fue cosa de un científico o de un diablillo? ¿La
cuestión de la generalización es importante en este caso o no?
Jacob dice: «El experimento me cambió la vida, me impulsó a vivir con
más independencia respecto a la autoridad». Harold Takooshian, antiguo alumno
de Milgram y profesor de la Universidad de Fordham, recuerda una carpeta con
correspondencia que había en la mesa de Milgram: «Era una carpeta negra,
grande, que contenía cientos de cartas de los sujetos; en muchísimas, los
sujetos decían que el experimento de la obediencia les había enseñado muchas
cosas sobre la vida y la forma de vivirla». Los sujetos declaraban que el
experimento les había hecho replantearse su relación con la autoridad y la
responsabilidad; un joven llegó a decir que el resultado de su participación en
el experimento fue su conversión en objetor de conciencia.
Así pues, quizá lo que nos quede sea esto: un experimento cuya
importancia no reside en determinados hallazgos cuantificables, sino en la
carga pedagógica que conlleva. El experimento de Milgram tuvo la irónica
consecuencia de enseñar a los sujetos, al menos a algunos de ellos, a ser menos
obedientes. Es impresionante: un experimento tan poderoso que no sólo describe
y demuestra, sino sobre todo denota, un tipo de psicología social equivalente a
la bomba atómica, pero al servicio de la creación, en este caso, no de la
destrucción, porque, como dijo el propio Milgram, «estos experimentos
despiertan la conciencia y quizá el despertar sea el primer paso hacia el
cambio».
En cuanto a las variables de personalidad asociadas con la obediencia y
la rebeldía, no consigo localizarlas, para regocijo de los psicólogos sociales,
sin duda. Sin embargo, creo que están presentes puesto que no somos simplemente
la situación en la que nos hallamos. Milgram, que creía firmemente en la
importancia de la situación, buscó rasgos de personalidad –¿tan firme era su
creencia?– y escribió una frase que suele pasarse por alto: «Estoy seguro de
que la obediencia y la desobediencia se basan en complejidades de la
personalidad, aunque sé que no hemos dado con ellas».
Pero no se me olvida aquel día de finales de primavera, en Brandeis,
cuando oí hablar por primera vez del experimento de Milgram, la sorpresa que me
llevé al identificarme y reconocer inmediatamente que yo habría podido hacer
una cosa así, insegura como soy. Y supe que era capaz no porque un conjunto de
circunstancias extrañas me impulsase. No. El impulso estaba en mí, era un
pequeño punto rojo. Aumentar la descarga. ¿Con qué frecuencia paso por alto, el
lector pasa por alto, un calumnia racial sin acusar reacción, sólo por mantener
la paz? ¿Con qué frecuencia paso por alto, el lector pasa por alto, una
injusticia laboral, el maltrato a un compañero, por ejemplo, sólo por no poner
en peligro el propio puesto de trabajo? El pequeño punto rojo viaja en nuestro
interior. Algunas situaciones pueden hacerlo brillar más intensamente, otras
pueden amortiguarlo, pero la debilidad moral que existe en el fondo de tantos
corazones humanos está ahí, en el corazón, y, cuando ha fallado muchas veces,
la última colma el límite y ya no hay descarga que lo devuelva a la vida. Me
oigo los latidos del corazón y me miro las manos; me gustaría pensar, ahora que
he conocido más íntimamente al señor Milgram, a Joshua, a Jacob y a usted, sí a
usted, lector, me gustaría pensar que mis pasos serán un poco distintos la
próxima vez que me toque bailar. Me miro las manos aquí, este día de pleno
verano, y veo que las líneas van cada una por su camino, subiendo, bajando,
buenas y malas…, no se puede saber con certeza. El 65 por ciento lo hizo, el 35
se negó. Y después, los buenos son malos y los malos, buenos. Está todo
mezclado. Me duelen las manos, cargan con muchas posibilidades. Ya es de noche.
Mi hijita de dos años ha aprendido una palabra nueva en español. No para de
gritar: «¡Obscura! ¡Obscura!». Me dice que significa «¡Más de noche! ¡Más de
noche!». Viene hacia mí y, con estas manos cargadas de muchas posibilidades, la
aúpo.
Capítulo 3
Cuerdos entre locos
Experimentos con los diagnósticos psiquiátricos
A principios de la década de 1970, David Rosenhan se propuso examinar
hasta qué punto los psiquiatras eran capaces de diferenciar al «cuerdo» del
«demente». La psiquiatría como terreno científico se basa, naturalmente, en la
convicción de que los profesionales en ejercicio saben diagnosticar fiablemente
las diferentes dolencias mentales aberrantes y emitir juicios acordes con el
diagnóstico sobre la adecuación social de las personas, como el rendimiento
progenitor de un padre o madre, el riesgo de huida en libertad condicional o la
capacidad de rehabilitación de los presos. Rosenhan era consciente del enorme
control social que tenían los psiquiatras y lo criticaba; por eso ideó un
experimento para verificar si los conocimientos de los profesionales estaban a
la altura del poder que tenían. Reclutó a ocho personas y, él incluido,
buscaron la forma de ser internados en diversas instituciones mentales; una vez
dentro, se comportaron con absoluta normalidad. El propósito: comprobar si los
psiquiatras detectarían la ausencia de enfermedad o si el juicio que emitieran
estaría plagado de presunciones (por ejemplo: si el paciente ha sido internado
con la etiqueta de paciente, es que está loco). El experimento de Rosenhan
explora con elegancia la forma en que siempre vemos el mundo según el color del
cristal con que lo miramos. Su experimento implica que somos inextricablemente
inmanentes, que estamos imbuidos de subjetividad, y como tal, aporta tanto a la
filosofía como a la psicología y a la psiquiatría.
Perdió a su esposa. Perdió a su hija. Perdió la cabeza a raíz de una
serie de pequeños derrames cerebrales y ahora, David Rosenhan, profesor emérito
de derecho y psicología de Stanford, apenas respira. Hace unos meses, estaba en
la cocina de su casa en Palo Alto cuando, de pronto, sintió un entumecimiento
que le subía por las piernas. Al llegar a la sala de urgencias, ya no se las
notaba; después dejó de notar los brazos, luego el tronco y, finalmente, los
pulmones. Los médicos, confundidos, no lograban determinar con precisión qué
afligía al investigador renegado que había dedicado la mayor parte de su
carrera profesional a desmantelar los diagnósticos psiquiátricos. Ahora, allí
lo tenían, convertido en puro interrogante diagnóstico. Se le paralizó la cara.
Todavía no puede decir muchas palabras ni hablar de sus escritos. Su silencio
es un vacío en la crónica que viene a continuación, una crónica que versa sobre
vacíos también y sobre la forma en que Rosenhan los encontró, a través de una
serie de experimentos asombrosos, en lo que creía que era el firme terreno de
la psiquiatría.
* * * *
Corría el año 1972. Thomas Szasz había escrito El mito de la enfermedad
mental. R. D. Laing retaba a los psiquiatras a replantearse la esquizofrenia
como forma posible de poesía. Hacía muy poco que ondeaban banderas en la boca
de los cañones anunciando el alto el fuego en el Vietnam. Rosenhan, psicólogo
titulado también en derecho, no fue al Vietnam, pero, según un colega suyo,
había observado que muchos hombres alegaban enfermedad mental para evitar el
reclutamiento. Fingir algún síntoma era relativamente fácil... ¿hasta qué
punto, exactamente? A Rosenhan le gustaba mucho la aventura y tramó un plan.
Casi obedeciendo un impulso, llamó a ocho amigos y les dijo, más o
menos: «¿Tenéis algo que hacer el mes que viene? ¿Tendríais tiempo para fingir
una enfermedad que os interne en un hospital mental y, una vez dentro, ver lo
que pasa? ¿Si son capaces de deciros que estáis cuerdos de verdad?».
Sorprendentemente, según cuenta la historia, ninguno de los ocho tenía nada que
hacer el mes siguiente y los ocho –tres psicólogos, un estudiante de posgrado,
un pediatra, un psiquiatra, un pintor y un ama de casa– se avinieron a dedicar
su tiempo a rematar la jugada, y también Rosenhan, que se moría de impaciencia
por empezarla. Dice el pseudopaciente Martin Seligman: «Simplemente, David me
llamó y me preguntó si tenía algo que hacer en octubre; le dije que sí, por descontado,
pero, al final de la conversación, yo ya estaba riéndome y aceptando su
propuesta. Le regalé el mes de octubre, que fue lo que duró el experimento».
Algunos de los hospitales escogidos por Rosenhan eran de muy buen tono,
construidos con ladrillo blanco; otros eran cuchitriles estatales con pasillos
que olían a orina y paredes pintarrajeadas. Los falsos pacientes tenían que
presentarse y decir aproximadamente: «Oigo una voz que me dice zas [thud]».
Rosenhan escogió esa queja en concreto porque en toda la bibliografía
psiquiátrica no se encuentra ni una sola referencia a pacientes que oyeran
voces tan netamente de cómic.
En cuanto al resto de las preguntas, los ocho falsos pacientes debían
contestar con total sinceridad, salvo en lo referente a nombre y profesión. No
debían fingir ningún otro síntoma. Una vez ingresados, si los admitían, debían
declarar inmediatamente que habían dejado de oír la voz y que se encontraban
bien. Rosenhan dio a sus cómplices una lección sobre cómo proceder con la
medicación. No debían ingerir las pastillas, sino esconderlas debajo de la
lengua. «Me costó un poco –recuerda Martin Seligman–, me costó un poco aprender
el truco de la pastillas, y estaba muy nervioso. Me ponía nervioso de pensar
que podría tragarme la pastilla sin darme cuenta si me obligaban, pero lo que
más me inquietaba era pensar en la violación homosexual.»
Los pseudopacientes practicaron unos días. Hay que reconocer que gran
parte de la práctica era pasiva, sólo había que dejar que la entropía y el olor
se aposentaran. Se dejaron crecer el pelo desordenadamente, su aliento
desprendía un tufillo de verdín, aprendieron a esconder las pastillas grandes y
las grajeas del tamaño de un guisante en la cavidad que hay debajo de la
lengua, para volver la cabeza un momento después y escupirlas a escondidas. Era
otoño y la redonda luna llena lucía en el cielo. Duendes con capiruchos de
colores llamativos y brujas con calabazas iluminadas pululaban por las calles.
¿Susto o gusto?
* * * *
El día en que Rosenhan partió hacia un hospital estatal de Pennsylvania
brillaba el sol. El cielo preinvernal estaba de un azul escarchado, los
árboles, vueltos hacia arriba y derramando color, parecían pinceles mojados en
pintura.
Rosenhan entró en el aparcamiento. El hospital psiquiátrico constaba de
varios edificios góticos con rejas en todas las ventanas. Había ordenanzas con
bata azul claro por todo el terreno.
Una vez en la sala de admisión, le hicieron pasar a una habitación
blanca y pequeña.
–¿Qué problema tiene usted? –le preguntó el psiquiatra.
–Oigo una voz –dijo Rosenhan, y no añadió más.
–¿Y qué dice la voz? –preguntó el psiquiatra cayendo, sin saberlo, en la
trampa de Rosenhan.
–Zas –dijo Rosenhan. Supongo que lo diría con cierta suficiencia.
–¿Zas? –preguntó el psiquiatra–. ¿Ha dicho usted «zas»?
–Zas –repitió Rosenhan.
Seguramente el psiquiatra se rascaría la cabeza. Estaría confundido,
desconcertado. Quizá soltara el bolígrafo y la libreta y se quedara unos
segundos mirando al techo. El problema es que no sabemos con exactitud qué
ocurrió tras ninguna de las puertas de admisión porque a Rosenhan se le olvidó
detallarlo en los informes. Sabemos que cada falso paciente, incluido él, decía
que la voz era del mismo sexo que él o ella, que le molestaba relativamente y
que había acudido allí por consejo de un amigo que había oído decir que «ese
hospital era bueno».
Robert Spitzer, unos de los psiquiatras más eminentes del siglo xx y
crítico severo de Rosenhan, escribió en 1975 un artículo en el Journal of
Abnormal Psychology en el que discutía los descubrimientos de Rosenhan.
«Algunos alimentos tienen un sabor delicioso pero dejan un regusto
desagradable. Con el estudio de Rosenhan sucede otro tanto –y añade–. Sabemos
muy poco de la forma en que se presentaron los pseudopacientes. ¿Qué dijeron?»
En una nota al pie del artículo, Spitzer señala: «Rosenhan no ha dado el nombre
de los hospitales en los que realizó el estudio porque le preocupa la
confidencialidad y la posible crítica ad hominem. Sin embargo, así es imposible
que alguien, desde los hospitales implicados, pueda corroborar o desmentir lo
que cuenta él sobre el proceder de los falsos pacientes y sus percepciones».
Spitzer me diría más adelante, en una conversación telefónica:
–Y además, la elección de la onomatopeya «zas». Rosenhan la utiliza para
ridiculizar a los psiquiatras, porque no se encuentran antecedentes de «zas»
como alucinación auditiva. ¿Y qué? Como he dicho por escrito, en una ocasión
tuve un paciente cuya queja principal era que oía una voz que le decía «Está
bien, está bien». Tampoco sé de ningún antecedente parecido en la bibliografía
pertinente, pero eso no significa que no hubiera un desequilibrio real.
No quiero provocar a Spitzer, pero oír una voz que diga: «Está bien» me
suena bastante bien, personalmente.
Spitzer hace una pausa.
–Entonces, ¿qué tal está David? –pregunta al fin.
–No muy bien, la verdad –digo–. El cáncer se llevó a su mujer, perdió a
su hija Nina en un accidente de tráfico, ha sufrido varios derrames cerebrales
y ahora padece una enfermedad que todavía no han podido diagnosticarle. Está
paralizado.
El hecho de que Spitzer no diga que lo lamenta ni su tono de voz lo dé a
entender indica la inquina profunda con que todavía se considera su estudio en
el ámbito psiquiátrico, aun después de cuarenta años.
* * * *
Rosenhan fue conducido por un largo pasillo. Por todo el país, sin que
él lo supiera, los demás pacientes falsos también eran ingresados. Seguro que
Rosenhan estaba asustado y entusiasmado. Era un periodista, un científico en la
cúspide que brindaba su cuerpo al conocimiento. No miraba por un microscopio ni
por un telescopio; estaba en órbita de verdad, maldita sea, estaba pisando la
luna. Y en la luna estaba: la sala era un lugar esterilizado donde marineros,
profesores de mentira y mujeres con la boca pintarrajeada flotaban en el mundo
ingrávido de sus visiones. Llegaron a una habitación y le dijeron que se
desnudara. ¿Pensaría que su cuerpo ya no le pertenecía? Le metieron un
termómetro en la boca, le envolvieron el brazo en una muñequera negra, le apretaron
el pulso y se lo tomaron: normal, normal, normal. Todo era normal, pero nadie
parecía darse cuenta. Dijo:
–¿Sabe una cosa? Ya no oigo la voz –y los médicos se limitaron a
sonreír–. ¿Cuándo voy a salir? –podemos imaginarnos que preguntaría, quizá
levantando la voz ligeramente, con un poco de miedo… qué había hecho, Dios
mío–. ¿Cuándo voy a salir?
–Cuando esté bien –o algo semejante contestó un médico.
Pero estaba bien: normal, normal, normal, 110 sobre 80, pulso 72,
temperatura moderada variable en la zona media, homeostático, una máquina bien
engrasada. Daba igual. Daba igual que estuviera completamente lúcido. Se le
diagnosticó esquizofrenia paranoide y estuvo ingresado muchos días.
Había un despacho acristalado que Rosenhan dio en llamar «el calabozo».
Dentro, las enfermeras hacían y deshacían, apuradas como una ventisca,
sirviendo medicinas de color rojo cereza en vasitos de plástico. Las pastillas
abundaban, pastillas por todas partes, como si fueran caramelos, grandes como
bólidos, pequeñas como puntos dulces de color rosa sobre largas tiras de papel
blanco. Rosenhan cooperaba en todo. «Tomaba» las pastillas tres veces al día y
luego corría al baño a escupirlas. Comenta que los demás pacientes hacían lo
mismo, tan pronto como les administraban la medicación, corrían en masa a los
retretes, pero que a nadie le importaba mucho, siempre y cuando se portaran
bien.
Los enfermos mentales son «invisibles […] indignos de toda atención»,
escribe Rosenhan. Describe a una enfermera que entraba en la sala común de los
internos abrochándose la camisa y colocándose el sujetador. «No daba la
sensación de que quisiera seducir a nadie –informa Rosenhan–, sino de que no
nos veía.» Fue testigo de palizas a los pacientes. Cuenta que un paciente
recibió un severo castigo por decir a una enfermera: «Me gustas». No cuenta las
noches, que debieron de ser largas, que pasó tumbado en una cama estrecha
mientras los ordenanzas hacían rondas cada quince minutos con linternas cuyo
haz dorado no iluminaba nada, absolutamente nada. ¿En qué pensaría en esos
momentos? ¿Echaría de menos a Molly, su mujer? ¿Se preguntaría qué tal estarían
sus dos hijitos? El mundo debía de parecerle muy lejano, aunque no estaba a más
de ciento cincuenta kilómetros; he aquí lo que nos enseña la ciencia. La
ósmosis es una ilusión en el mundo social. Las membranas no son semipermeables,
son vainas sólidas que separan espacios: uno aquí, otro allí. Quizá en tiempo
sólo nos separe un segundo, pero, en prejuicio, en etiqueta, la distancia es
eterna.
Rosenhan y sus cómplices recibieron terapia; cuando hablaban de las
alegrías, las satisfacciones y las decepciones de la vida normal –no olvidemos
que no fingieron nada más que el síntoma con el que se presentaron–, todos
comprobaron que su pasado era interpretado en coherencia con el diagnóstico:
«Este hombre blanco de 39 años de edad [...] manifiesta un largo historial de
ambivalencia considerable en las relaciones íntimas […] falta de estabilidad
afectiva […] y, aunque afirma que tiene varios buenos amigos, se aprecia una
ambivalencia considerable en dichas relaciones». En 1973, Rosenhan escribió en
Science, una de las publicaciones más prestigiosas del género: «Está claro que
el significado que atribuían a sus expresiones […] estaba determinado por el diagnóstico
de esquizofrenia. Sus palabras se habrían interpretado de una forma
completamente distinta si se hubiera sabido que el hombre era “normal”».
Lo curioso del caso es que los otros pacientes parecían saber que
Rosenhan era normal, a pesar de la opinión de los médicos. Varios de sus
cómplices, que estaban pasando por una encarcelación semejante en todo el país,
también tuvieron la inquietante sensación de que los locos detectaban a los
cuerdos mejor que quienes los trataban médicamente. Un joven se acercó a
Rosenhan en la sala común de los internos y le dijo: «Tú no estás loco. Eres
periodista o profesor». Y otro le dijo: «Estás espiando el funcionamiento del
hospital».
Mientras estuvo internado, obedeció todas las órdenes, solicitó
privilegios, ayudó a otros pacientes a lidiar con sus problemas, asesoró
legalmente, casi seguro que jugaría las consabidas partidas de ping-pong y,
además, tomó notas en abundancia, actividad que los médicos etiquetaron como
«conducta escritora» y consideraron síntoma del diagnóstico de esquizofrenia
paranoide. Y de pronto, un buen día, le dieron el alta tan arbitrariamente como
lo habían ingresado. El aire quemaba de frío. Había aprendido algo grave, había
descubierto la crueldad de los manicomios, había confirmado que la psiquiatría
estaba psiquiátricamente enferma. Se preguntó a cuánta gente en todo el país se
diagnosticaría y medicaría erróneamente y se retendría contra su voluntad.
¿Acaso la etiqueta de «locura» engendraba locura, y así, es el diagnóstico el
que esculpe el cerebro, y no viceversa? Quizá no sea el cerebro el que nos
hace, sino nosotros quienes lo hacemos a él. Quizá nos configuren las etiquetas
que se van pegando a nuestro cuerpo. El invierno se acercaba, me imagino que
nevaba de todas las formas posibles y los contornos supuestamente inamovibles
de las casas, coches y edificios se desdibujaban. Los terrenos del hospital se
alejaban rápidamente, blancos como la luz, insustanciales.
* * * *
En 1966, años antes de la aventura de Rosenhan, dos investigadores, R.
Rosenthal y L. Jacobson llevaron a cabo un experimento consistente en practicar
una prueba de inteligencia a niños de los cursos primero a sexto con el falso
nombre de «Test de Harvard de Adquisición Conjugada». Dijeron que la prueba era
indicativa de la capacidad intelectual naciente o «acelerón», cuando, en
realidad, las pruebas sólo medían algunas aptitudes no verbales. A los maestros
se les dijo que era de esperar que los alumnos que obtuvieran buenos resultados
hicieran avances sin precedentes en el transcurso de un año. Lo cierto es que
las pruebas no podían predecir tal cosa.
A los maestros se les entregaron resultados sin sentido y, durante un
año, Rosenthal y Jacobson estudiaron a los niños. Descubrieron que,
ciertamente, el grupo del «acelerón» había avanzado intelectualmente más que el
resto. Y, lo más preocupante, que el cociente intelectual de los componentes
del grupo del «acelerón» había aumentado significativamente, sobre todo los de
primer y segundo curso, lo cual indicaba que el «cociente intelectual» de la
persona tiene tanto que ver con la ocasión y las expectativas, como con la
capacidad innata.
Ya con anterioridad, a principios de siglo, otro «experimento» de esta
clase había puesto de manifiesto la importancia de las expectativas en la
interpretación. Ciertamente, es una historia curiosa cuyo protagonista era un
caballo llamado Hans que sabía matemáticas, o eso creía todo el mundo. Cuando
se le planteaba un problema matemático a Hans, que no tardó en ser conocido
como Hans el Inteligente, ¡el caballo respondía golpeando el suelo con el
casco! La gente pagaba por verlo y ponerlo a prueba y se experimentó con él
muchas veces; fue, sin duda, el animal de laboratorio más grande conocido en
psicología.
Sin embargo, en 1911, un escéptico, un hombre llamado Oskar Pfungst, fue
a ver a Hans y lo puso en su lugar. Lo observó con unos binoculares y otros
bártulos a lo largo de varios días y noches y descubrió que, por descontado, el
caballo no sabía matemáticas sino que, sencillamente, había aprendido a golpear
con el casco el número exacto de veces basándose en pistas sutiles que captaba
en los propios observadores. Por ejemplo, cuando el caballo llegaba al número
correcto de golpes, a los observadores se les escapaban señales casi
imperceptibles que el caballo había aprendido a interpretar; una ceja que se
levanta sin querer, la cabeza que se ladea ligeramente..., y entonces, Hans se
detenía. ¡Y, mira por dónde, no tenía nada que ver con el dominio de las matemáticas!
Sólo con las señales soterradas emitidas por el entorno, que eran absorbidas
por tan absorbentes animales como son tanto el caballo como el ser humano, y
que después se interpretaban para que encajasen en el esquema existente, tan
absurdo en este caso que únicamente destaca hasta dónde somos capaces de llegar
por confirmar cualquier cuestión que deseemos confirmar.
Rosenhan había oído hablar de Rosenthal y Jacobson. Conocía la historia
de Hans el caballo inteligente y de O. Pfungst, el escéptico paladín de la
cordura. Pero sabía otra cosa más. Aunque todos los experimentos demostraban la
importancia de la predisposición y el contexto en la determinación de la
realidad, nadie había aplicado esa idea a la medicina, de la que la psiquiatría
afirmaba orgullosamente formar parte. Esos señores eran auténticos doctores en
medicina del hospital estatal de Pennsylvania pero habían cometido grandes
errores, y lo que era peor, errores estúpidos. Cuando se reunió con sus
cómplices al finalizar el experimento por todo el país, Rosenhan descubrió que
a todos, menos uno, se les había diagnosticado esquizofrenia basándose
únicamente en un síntoma aislado y tontorrón (el diagnóstico diferente era de
«psicosis maniacodepresiva», una etiqueta igualmente grave). Rosenhan supo
entonces que la estancia media en el hospital había sido de diecinueve días, la
más larga de cincuenta y dos y la más breve de siete. Supo que todos sus
cómplices habían experimentado una verdadera reducción de estatus. Y,
finalmente, que a todos les habían dado el alta por remisión temporal de los
síntomas, lo cual significaba naturalmente que en ningún centro se había
llegado a detectar que en realidad estaban cuerdos y que su actual estado de
salud era sólo un paréntesis pasajero de una enfermedad que nunca remitiría.
Cuando todo esto sucedió, Rosenhan era un tipo cuadrado y calvo de
treinta y pico años. Era un gran anfitrión, celebraba el seder[4] en
su casa con muchos invitados, hasta cincuenta. Le entusiasmaban las fiestas
espléndidas y llegó a instalar dos máquinas lavavajillas en la cocina de su
casa para fregar los platos de tantos knishes.[5] Florence
Keller, buena amiga suya y colega de Stanford, dice: «David es el único hombre
que conozco que amplió su casa cuando sus hijos se marcharon a la universidad,
para poder invitar a más gente a sus parrandas». Tras una pausa añade: «Era
elocuente, pero siempre se quedaba uno con la sensación de no conocerlo en
realidad. Llevaba una máscara».
Y así era, en efecto.
Y, en efecto, a menudo deseamos descubrir en los demás las mismas
tendencias que reconocemos en nosotros. Por lo tanto, es posible que, a
principios de la década de 1970, Rosenhan empuñara el bolígrafo con cierto
regocijo para escribir el artículo que estallaría como una bomba en el mundo de
la psiquiatría y la despojase de su categoría relatando los descubrimientos a
que había dado lugar el experimento de los enfermos falsos. «On Being Sane in
Insane Places» fue publicado en la prestigiosa revista Science, lo cual no deja
de ser irónico porque Rosenhan ponía en cuestión la validez misma de la
ciencia, al menos en lo que a psiquiatría se refiere. Lo deja bien claro desde
los primeros párrafos del artículo. Afirma que el diagnóstico no se hace en
función de la persona sino en función del contexto y que todo proceso de
diagnosis que se preste con tan buena disposición a esa clase de grandes
errores no merece confianza.
* * * *
Science, que todavía se publica hoy, tiene una tirada de unos sesenta
mil ejemplares. En general, por lo que he visto ahora al leer detenidamente
muchos ejemplares, un artículo principal puede generar un puñado de respuestas
insulsas sin gancho alguno, en forma de carta. Por el contrario, el artículo de
Rosenhan dio lugar a un torrente de misivas fluorescentes, sumamente divertidas
de leer, con argumentaciones defendidas a capa y espada. Rosenhan desarmó la
psiquiatría como ciencia y, al hacerlo, incitó y animó a muchos psiquiatras
estadounidenses a lucirse mostrando la aguda penetración en que se basan sus
afirmaciones, a menudo cuestionables:
* * * *
La mayoría de los médicos no presupone que los pacientes que buscan
ayuda mientan; por lo tanto, pueden ser engañados […]. No sería imposible
llevar a cabo un estudio en el que unos pacientes preparados para simular un
historial de infarto de miocardio recibieran tratamiento teniendo en cuenta
sólo el historial (puesto que un electrocardiograma negativo carece de peso
diagnóstico), pero sería ridículo concluir de tal estudio que la enfermedad
física no existe, que los diagnósticos médicos son etiquetas falaces y que la
«enfermedad» y la «salud» sólo existen en la cabeza del médico.
* * * *
Los falsos pacientes no se comportaron como personas normales en el
hospital, porque, de haberlo hecho, habrían acudido a la enfermera y le habrían
dicho: «Verá, soy una persona normal, sólo quería comprobar si podía colarme en
el hospital comportándome como un loco o diciendo tonterías. La cosa funcionó y
me ingresaron, pero ahora quisiera que me dieran el alta».
* * * *
Y mi predilecta:
Si me bebiera un litro de sangre y acudiera a urgencias de cualquier
hospital vomitando sangre pero sin explicar el motivo, la reacción del personal
sería bastante previsible. Si me etiquetaran de enfermo de úlcera péptica y me
trataran como tal, no creo que pudiera defender convincentemente que la ciencia
médica no sabe hacer diagnósticos acertados sobre esa dolencia.
* * * *
Robert Spitzer, el activo psiquiatra educado en el psicoanálisis que
ocupaba su propia y prestigiosa plaza en el Instituto de Biometría de la
Universidad de Columbia, fue el más afectado de todos. No escribió una carta.
Escribió dos artículos completos dedicados a desmantelar los descubrimientos de
Rosenhan, con un total de treinta y tres páginas de prosa densa y contundente
en extremo. «¿Leyó usted mis respuestas a Rosenhan? –me preguntó Spitzer cuando
lo llamé por teléfono–. Son brillantes, ¿no le parece?»
Spitzer discute muchísimas cosas, pero lo que defiende en el fondo es la
validez de la psiquiatría y la práctica de la diagnosis como procedimiento
científico y médico bien fundado. «Creo en el modelo médico de la psiquiatría»,
me dice, lo cual significa que cree que los trastornos psiquiátricos son en
general lo mismo que los trastornos de los pulmones o el hígado, que pueden
considerarse como tales y que algún día se llegarán a entender en términos de
tejidos y sinapsis, cosas que rebullen en la caja negra del cerebro. Escribe
Spitzer en su respuesta a Rosenhan: «¿Cuáles fueron los resultados? Según
Rosenhan, todos los pacientes recibieron el alta con el diagnóstico “remisión
de los síntomas”. La remisión está clara. Significa que no hay señales de enfermedad.
Por lo tanto, todos los psiquiatras reconocieron que todos los falsos pacientes
estaban “cuerdos”, por utilizar el término de Rosenhan».
Spitzer continúa exponiendo razones a favor de la credibilidad de la
psiquiatría como profesión médica. Leyendo sus cartas y artículos,
desencadenados por la publicación de Rosenhan, oscilo de un lado a otro como en
un partido de tenis. Por una parte, el estudio sí era imperfecto. Si me bebiera
un litro de sangre y lo vomitara en urgencias... Eso significa por fuerza que
la psiquiatría en verdad no es diferente de otras especialidades supuestamente
más médicas. Pero, un momento, en el supuesto de la sangre, no me retendrían
cincuenta y dos días y, además, no es lo mismo sangre que «zas», porque la
sangre es una carta de presentación mucho más alarmante… Oscilo de un lado a
otro, de aquí para allá, cordura, locura, válido, no válido. Estoy en este
punto.
Corre el año 1976 y la paciente soy yo. Por cierto, esto no es un
simulacro. Dos años después de que Rosenhan presentase sus descubrimientos, yo,
una mocosa de catorce años, fui ingresada en una institución mental de la Costa
Este con toda clase de síntomas excepto alucinaciones. Hacía todo lo que suele
hacerse a los catorce años y alguna cosa más. Me gustaba el teatro y me
imaginaba que era una Virginia Woolf en ciernes. Por otra parte, no todo en mí
era teatro. Al margen de mis propios síntomas, en «el cubo de la basura» –como
llegué a llamar al hospital cariñosamente– vi cosas. Vi la sala acristalada de
las enfermeras, vi a los voluntarios del hospital empujando carretillas
cromadas, el rostro del loco maníaco sudando a mares, a la mujer llamada Rosa a
la que encontraron en un cuarto de baño con una soga al cuello. Vi cosas. Vi
cosas que no estaban en la cabeza de los médicos, decididamente, como la soga
al cuello. Por lo tanto, para mí, la enfermedad psiquiátrica es una realidad
sin lugar a dudas. Con todo, los pacientes nos reuníamos en la sala común,
cargada de humo, e intercambiábamos los diagnósticos que nos había dado el
doctor como si intercambiáramos canicas: los «casos límite» eran brillantes y
azules, la «esquizofrenia» era escarlata con una pincelada blanca, la
«depresión» era de un verde metálico y apagado, nebulosa como una catarata,
digna de poco respeto. Un intento de suicidio era muy poca cosa, tres ya
conferían cierta categoría y a partir de diez, inspiraban gran respeto. Como
delincuentes en la cárcel, nos cambiábamos trucos del oficio, incitados, sin
duda, por las etiquetas y la atención médica que recibíamos, de forma que
llegaba un momento en que era difícil saber si nosotros éramos antes que las
etiquetas o si eran las etiquetas las que nos conformaban. Yo, por ejemplo,
empeoraba cuando estaba internada, de la misma forma que las enfermedades
infecciosas se multiplican en los hospitales. En cuanto a la afirmación de que
los pacientes falsos no actuaron como personas normales, porque lo normal
habría sido ir a delatar el experimento, bien, conocí a una preciosa joven
llamada Sarah, alumna del Smith College, dócil, silenciosa y moderada en todos
los aspectos, que todos los días pedía con los mejores modales que le dieran el
alta, y todos los días se lo negaban. En fin, ¿qué puede decirse? En el estudio
de Rosenhan, el personal maltrataba a los pacientes y los despertaba con frases
como «tú, maldito hijo de la gran puta», tanto en privado como en los espacios
públicos. Yo estaba en un centro subvencionado y nadie me habló nunca de esa
forma. Es cierto que el psiquiatra que llevaba mi caso pasaba muy poco tiempo
conmigo, pero la verdad es que lo recuerdo vivamente porque me gustaba mucho.
Se llamaba doctor Su y procedía de otro país; tenía un bigotito tieso y, no sé
por qué, casi siempre, un guante de béisbol al lado. Nos reuníamos en un
despacho pequeño y él, inclinándose sobre mi brazo, me miraba los cortes, que
eran como labios pequeños porque los tenía frescos y abiertos gracias a trozos de
loza que robaba. Miraba las heridas y decía con verdadero sentimiento: «Qué
lástima, Lauren, qué lástima que tengas que hacerte daño».
* * * *
El experimento de Rosenhan, es, quizá como toda gran obra de arte,
multifacético, poderoso e imperfecto. Se puede discutir, como todos los
anteriores. Como las palabras incuestionablemente amables del doctor Su: «Qué
lástima».
Con todo, en mi opinión, los descubrimientos de Rosenhan contienen
algunas verdades esenciales. Las etiquetas determinan, sí, la forma en que
vemos lo que vemos. La psiquiatría es, sí, una ciencia incipiente, si es que es
ciencia en absoluto, porque, hasta la fecha, no tiene un conocimiento sólido de
prácticamente ninguno de los substratos fisiológicos de la enfermedad mental, y
la ciencia se basa en el cuerpo, en materia mensurable. Los psiquiatras se
precipitan, sí, a la hora de formar juicios, no todos, pero sí la mayoría, y
pueden ser pedantes, probablemente por inseguridad. Sea como fuere, el estudio
de Rosenhan no sirvió para paliar esa inseguridad. El experimento fue recibido
con indignación y, después, como un reto. «Está bien –se pronunció un hospital,
hinchando el pecho institucional–, usted cree que no sabemos lo que hacemos,
¿verdad? Le proponemos el siguiente desafío: en los tres próximos meses,
envíenos a urgencias todos los pacientes falsos que quiera, verá cómo los
detectamos. Adelante.» El guante estaba arrojado.
A Rosenhan, que tenía constitución de boxeador, le gustaba pelear. Y
dijo que de acuerdo. Respondió que, a lo largo de los tres meses siguientes,
enviaría un número indeterminado de pacientes falsos a ese hospital en
concreto; el personal juzgaría, como si fuera una especie de experimento a la
inversa, no quién tenía una enfermedad mental sino quién estaba en sus cabales.
Pasó un mes, pasaron dos. Al cumplirse el tercer mes, el personal del hospital
informó a Rosenhan de que se habían detectado con un alto grado de fiabilidad
cuarenta y un pacientes falsos de los que les había enviado. En realidad,
Rosenhan no había enviado ninguno. Caso cerrado. Fin del partido. La
psiquiatría agachó la cabeza.
* * * *
En otro tiempo creíamos en la psiquiatría como en una deidad; era la
época dorada, los años treinta, los cuarenta, los cincuenta, cuando el
psicoanálisis llegó a dominar la disciplina y tenía respuesta para todo,
prácticamente. La historia de nuestra propia vida podía curarnos; hazte un
ovillo, y a llorar; las manías se consideraban «un deseo de comer, un deseo de
ser comido y un deseo de ponerse a dormir».
Lo curioso del caso era que al psicoanálisis, que llegó a ser sinónimo
absoluto de psiquiatría –hasta tal punto dominaba el terreno–, le preocupaba
muy poco el rigor del diagnóstico en sí. Existía un manual, que existe todavía.
Se titula Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders [Manual
diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales], el DSM, por abreviar. La
primera edición se publicó en 1953, la segunda en 1968. La segunda edición era
la que circulaba en la época del ingreso de los pacientes falsos. En dicho
manual, el DSM-II, la descripción de los síntomas de esquizofrenia son poco
claros, se basan en conceptos como «neurosis reactiva» y «dificultades en la
creación de vínculos afectivos» y, como señala Rosenhan, a mayor ambigüedad en el
lenguaje, mayor posibilidad de error. En ese contexto, psiquiatras tan
prominentes como Adolph Meyer decían: «Rara vez siento el impulso de superar la
actitud de investigación para llegar a una necesidad de finalidad que
justifique su propia falta de necesidad».
A pesar de la obviedad de este oscuro lenguaje, la psiquiatría disfrutó
de unos años de gloria en lo que la gente creía en ella profundamente y gastaba
miles y miles de dólares a cuenta de esa creencia. «David Rosenhan –dice
Florence Keller, amiga íntima de Rosenhan– fue en realidad uno de los primeros
de su época en proclamar: “¿Sabéis una cosa, chicos? ¡El emperador va
desnudo!”. Sería justo decir que desmanteló la psiquiatría él solo y que la
psiquiatría todavía no se ha recuperado.» Keller hace una pausa. Es la jefa de
psicología de una unidad de internos de Palo Alto. «Es decir, basta con mirar
alrededor. ¿Quién se dedica a la psiquiatría actualmente? Ya no se encuentran
psiquiatras para las unidades. No hay más psiquiatras porque la psiquiatría es
un terreno muerto, y no habrá quien la revitalice hasta que no haya un núcleo
potente de pruebas de patogénesis, del papel que las neuronas y la química
desempeñan en todo esto. Quizá entonces la psiquiatría vuelva».
Spitzer no está de acuerdo. No le queda otro remedio, es psiquiatra. Lo
manifiesta cuando dice: «Creo que están sucediendo muchas cosas interesantes en
nuestro terreno»; lo manifestó en 1973, cuando se publicó el experimento de los
pacientes falsos. Si Rosenhan se propuso desmantelar la psiquiatría en
solitario, Spitzer, ya desde entonces, se propuso restablecerla en solitario
él. Junto con un grupo de colegas apreciados, tomó el escurridizo manual
diagnóstico y estadístico, el que, por su ambigüedad, abrió las puertas del
hospital a Rosenhan y a sus cómplices, y le dio un buen repaso. Lo desplumó de
todo cuanto de efímero y subjetivo pudo. Lo registró a fondo en busca de
verborrea psiquiátrica. Ajustó los criterios diagnósticos de forma que todos y
cada uno fueran mensurables y, para hacerlos aplicables a cualquier
diagnóstico, introdujo unas directrices muy estrictas sobre sintomatología,
duración y frecuencia.
En el DSM-III (1980) abundan expresiones de este estilo: «Hay que
constatar en el paciente al menos cuatro de los siguientes síntomas del
criterio A con una duración mínima de dos semanas, tres de los siguientes
síntomas del criterio B y uno del criterio C». La segunda edición del DSM
carecía de esas directrices. En él se decían cosas como: «El trastorno más
característico es la ansiedad, que puede experimentarse y expresarse
directamente o puede estar controlado inconsciente y automáticamente por la acción
de varios mecanismos de defensa». Bien, eso se acabó. Spitzer argüía que el
DSM-III, con unas doscientas páginas más que la edición anterior, era «una
defensa del modelo médico aplicado a la psiquiatría». Si los pacientes cumplían
un amplio conjunto de criterios, entonces se les podía diagnosticar una
enfermedad. En caso contrario, estaban sanos. La ambivalencia, el
adiestramiento en el uso del orinal, las ansiedades efímeras e insostenibles no
importaban un comino.
* * * *
A partir de Rosenhan, la psiquiatría ha hecho esfuerzos admirables por
localizar los orígenes psicológicos de la enfermedad mental… inútiles en su
mayor parte, aunque no del todo. En la década de 1980 se ideó un nuevo y
prometedor análisis para diagnosticar la depresión llamado prueba de supresión
de dexametasona, en el que se aislaba determinado metabolito en la orina de
algunas personas tristes. El descubrimiento fue recibido con gran entusiasmo.
Pronto, muy pronto, se podría diagnosticar la depresión como se diagnostica la
anemia: póngase en cuclillas sobre este vaso, tres gotitas ambarinas en el
portaobjetos, y voilà! Se tenía depresión o no se tenía, sin discusión posible.
Pero este análisis resultó que no era infalible, por lo que fue
directamente a la papelera de la historia. Desde entonces, los psiquiatras
buscan sin éxito otras pruebas para diagnosticar. Recientemente, el trabajo de
Charles Nemeroff, de la Universidad de Emory, ha hecho avanzar un paso a la
psiquiatría al demostrar que el hipocampo del cerebro es alrededor de un 15 por
ciento menor en las personas con depresión, y que las crías de rata separadas
de la madre generan un excedente de neurotransmisores del estrés. Son noticias
emocionantes, pero no está claro si despejan dudas sobre la causa o sobre la
correlación.
Aunque todo esto parezca ajeno al estudio de Rosenhan, no lo es. Gran
parte de la investigación actual es una respuesta intencionada o inintencionada
al reto de Rosenhan y a la inherente ansiedad que produce en los científicos
«blandos». Dice Spitzer: «El nuevo sistema de clasificación del DSM es riguroso
y científico». Dice Rosenhan: «Nada pone tan de manifiesto la naturaleza
consensuada de los trastornos psiquiátricos como la decisión reciente de la
American Psychiatric Association de eliminar la homosexualidad del DSM-II
(1968). Al margen de la opinión personal sobre la naturaleza de la
homosexualidad, el hecho de que una asociación profesional pueda decidir por
votación si la homosexualidad debe o no debe ser considerada un trastorno pone
de manifiesto tanto las diferencias entre trastornos psiquiátricos y mentales
como la susceptibilidad contextual de los psiquiátricos. Los cambios de la
opinión pública bien informada respecto a la homosexualidad han propiciado
cambios correspondientes en la visión psiquiátrica de ésta».
A lo cual, Spitzer replica: «Todos los diagnósticos son clasificaciones
artificiales; por tanto, esa crítica es ridícula. Puedo asegurar que, con la
aplicación del nuevo sistema de diagnosis, el experimento de Rosenhan no podría
llevarse a cabo en la actualidad. No funcionaría. Los pacientes falsos no
ingresarían y en urgencias los despacharían con el diagnóstico de “diferido”».
Por cierto, «diferido» es una categoría especial que permite a los médicos
clínicos hacer exactamente eso, aplazar el diagnóstico por falta de
información. «No –insiste Spitzer–, ese experimento no podría repetirse jamás
con éxito. No en el día de hoy.»
Voy a intentarlo.
* * * *
Muchas cosas siguen igual. El cielo es de un azul intenso. Los árboles
están mudando, cada hoja roja es como una manita que cae en el césped verde de
otoño. Las tiendas pronto exhibirán calabazas de plástico y los niños comprarán
calabazas frescas para tallarlas con cuchillos demasiado grandes para sus
manos; abrirán un agujero para hacer la calavera y le sacarán las tripas, todas
las pipas de dentro, todo el enredo de fibras dendriformes, ese olor tan
húmedo. Mi hija es pequeña todavía para calabazas; acaba de cumplir dos años y,
quizá por culpa de Rosenhan y de las investigaciones que ha generado en
«etiología y patogénesis», a menudo me preocupa su cerebro, que me imagino
entre el rosa y el rojo, arrugado en su hornacina.
–¿Que vas a QUÉ? –dice mi marido.
–Voy a intentarlo –digo–. Voy a repetir el experimento tal como lo
hicieron Rosenhan y sus cómplices, a ver si me ingresan o no.
–Un momento –replica–, ¿no crees que tienes una familia en que pensar?
–No funcionará –contesto pensando en Spitzer–. Estaré de vuelta dentro
de una hora.
–¿Y si no?
–Vete a buscarme –le digo.
Se mesa la barba, que ya está un poco larga. Lleva una camisa de
fanático informático que es más de plástico que de algodón; en el bolsillo del
pecho lleva una mancha de Rorscharch hecha por un bolígrafo sin capuchón.
–¿Que vaya a buscarte? ¿Y crees que me creerán? ¡Me encerrarán a mí
también! –dice, casi esperanzadamente.
Mi marido nació tarde para disfrutar de los años sesenta, lo cual
lamenta amargamente. Hace una pausa, se mesa la barba. Entra una polilla por la
ventana abierta y se precipita como loca contra la lámpara en forma de globo
que está en el centro de nuestra oscura habitación. La sombra de la polilla se
proyecta en la pared, grande como un pájaro. La observamos. Se huele el otoño.
–Voy contigo –dice por fin.
* * * *
No, no viene. Alguien tiene que quedarse cuidando a la niña. Me preparo.
No me ducho ni me depilo en cinco días. Llamo a una amiga mía que tiene una
vena de renegada y le pregunto si puedo dar su nombre en vez del mío, que
podrían reconocer. La idea es utilizar su nombre y que después se presente ella
a recoger el historial, con su carnet, para que yo pueda ver qué es lo que han
dicho. Esta amiga, que se llama Lucy, accede. Ella sí que tendría que estar
encerrada.
–¡Qué divertido! –me dice.
Dedico mucho tiempo a practicar delante del espejo.
–Zas –digo, y me troncho, no es broma–. Vengo…, vengo porque… –y ahora
ensayo una expresión de preocupación, se me marcan las arrugas de los ojos–.
Vengo porque oigo una voz que me dice zas –y cada vez que lo hago, de pie ante
el espejo de cuerpo entero, oliendo a rayos y con un gorro blando de terciopelo
negro, me parto de risa.
Si me río, lo echaré todo a perder. Pero, a ver, si no me río y les
cuento toda la verdad sobre mí excepto ese pequeño síntoma, como hicieron
Rosenhan y compañía en el experimento original, pues a lo mejor me internan de
verdad. Sin embargo, en mi caso hay una diferencia significativa con respecto
al de Rosenhan. Ninguno de los cómplices de Rosenhan tenía historial
psiquiátrico. Yo, por el contrario, sí que lo tengo, formidable, con varios
encierros entre otras cosas, aunque en realidad ahora estoy bien. Se me ocurre
montar una historia falsa, negar todo contacto previo con la psiquiatría,
aunque esa mentira es una divergencia radical respecto al protocolo original.
Zas.
Doy a mi hija un beso de despedida. Doy a mi marido un beso de
despedida. Hace cinco días que no me ducho, tengo los dientes sucios. Llevo
unas mallas negras con manchas de pintura y una camiseta que dice «Odio a mi
generación».
–¿Qué tal estoy? –pregunto.
–Igual –dice mi marido.
* * * *
Voy en coche. No hay nada como un viaje por carretera a principios de
otoño. Fuera de la ciudad, el aire huele a forraje y hojas. Un granero rojo se
destaca pacíficamente en un campo, bajo un cielo con nubes que pasan veloces y
brillantes destellos de sol. A la izquierda, un río burbujea, blanco de espuma
tras las lluvias recientes. Se encabrita, se estrella histéricamente contra las
rocas planas como una mujer que se desploma soltándolo todo: depósitos
aluviales, sedimentos, guijarros de un pasado antiguo y turbulento.
He escogido un hospital que se encuentra a kilómetros de la ciudad y que
cuenta con una sala de urgencias especializada en cuestiones psiquiátricas.
Además tiene muy buena fama, que conste. Está en un alto y el camino de acceso
es sinuoso.
Para entrar en urgencias psiquiátricas hay que pasar por una serie
formidable de puertas en un corredor blanco y bullicioso, y llamar a un timbre;
entonces, una voz responde por el interfono: «¿Puedo ayudarle?, y dices: «Sí».
Digo «Sí».
Las puertas se abren. Al parecer, se abren sin intervención de mano
humana; me encuentro con tres policías sentados entre las sombras, los
distintivos plateados reflejan la luz. En un televisor instalado en un rincón,
a cierta altura, alguien dispara a un caballo –pam–, la bala abre una estrella
en la hermosa frente, sangre sobre pelaje negro.
–¿Su nombre? –me pregunta una enfermera que me conduce al mostrador de
recepción.
–Lucy Schellman –digo.
–Deletréeme el apellido, por favor –me pide.
Deletreo fatal y no había contado con ese pequeño obstáculo ortográfico;
contesto lo mejor que puedo:
–Shelmen: ese, hache, e, ele, eme, e, ene.
La enfermera toma nota y mira con detenimiento la caprichosa ortografía.
–Qué apellido tan curioso –comenta–, está en plural.[6]
–Ya –digo–, cosas de la isla de Ellis. Proviene de la isla de Ellis.
Me mira y anota en el papel algo que no logro ver. Me preocupa que pueda
pensar que sufro algún delirio con la isla de Ellis, y le digo:
–Nunca he estado en esa isla; es una especie de broma familiar.
–Raza –me pregunta.
–Judía –contesto. Me quedo pensando si habría sido mejor decir
protestante. La verdad es que soy judía, pero también soy paranoica –no en
general, claro, pero sí en esa cuestión en particular– y no quiero que la
cuestión judía se utilice en mi contra.
¿De qué tengo tanto miedo? Nadie puede internarme. Desde el estudio de
Rosenhan, gracias a su estudio en parte, las leyes de internamiento son mucho
más estrictas, por lo que, mientras no declare tendencias homicidas o suicidas,
soy una mujer libre. «Eres una mujer libre, Lauren», me digo, pero, dentro de
mi cabeza, aquel río histérico se precipita con su carga aluvial y maloliente:
plas, plas.
Me controlo. Me lo digo pero el tumulto del río no cesa. No me parece
que me esté controlando. Cualquiera puede descubrir mi actuación en cualquier
momento. Tan pronto como diga «zas», cualquier psiquiatra que haya leído podría
decir: «Es usted una embustera. Conozco el experimento». Ruego por que los
psiquiatras no hayan leído mucho. Cuento con ello.
Esta sala de urgencias me resulta extrañamente conocida. La enfermera
apunta el nombre que no es mío y la dirección inexistente; me invento un nombre
sonoro para la calle: Rum Row[7], el
número 33 de Rum Row, un lugar donde los piratas crían plantas verdes en el
jardín. La sala de urgencias me suena porque a lo largo de mi vida he estado en
muchas que eran exactamente iguales que ésta, en lo tocante a síntomas
psiquiátricos innegables y reales, pero fue hace mucho tiempo. Con todo, el
olor me transporta: sudor, algodón limpio, vacío. No tengo sensación de
victoria, sólo tristeza, porque aquí, en alguna parte, se sufre de verdad, un
caballo se desploma en el heno con una estrella roja en la frente, el olor es
el olor y la enfermera es la enfermera; nada cambia.
Me llevan a una habitación pequeña donde hay una camilla con correas
blancas.
–Siéntese –me dice la enfermera de urgencias; entonces entra un hombre y
cierra la puerta tras de sí: clic, clac.
–Soy el señor Graver –me dice–, enfermero clínico especializado, y voy a
tomarle el pulso.
Cien pulsaciones por minuto.
–Un poco acelerado –dice el señor Graver–, diría que está en el límite
de la normalidad. Pero, claro, cualquiera se pone nervioso estando donde está
usted, ya me entiende, en la sala de urgencias de un psiquiátrico. Eso pone
nervioso a cualquiera –y me dedica una especie de sonrisa blanda–. Dígame –me
dice–, ¿le apetece un vaso de agua mineral? –sin darme tiempo a responder, se
levanta de un salto, desaparece y reaparece con un vaso campaniforme largo,
casi elegante, y una solitaria rodaja de limón del más claro amarillo
blanquecino. De pronto, la rodaja de limón me parece preciosa, su forma de
coquetear con el color que no puede adquirir del todo, con esa blancura
tentadora, ese quedar siempre a flote.
Me ofrece el vaso. Eso tampoco lo esperaba, tanta amabilidad, tan buen
servicio. Rosenhan dice que se sentía despojado de humanidad. Hasta ahora, si
alguien se despoja de la humanidad es el señor Graver, que se está convirtiendo
rápidamente en mi mayordomo personal.
Tomo un sorbo.
–Muchísimas gracias –digo.
–¿Desea alguna otra cosa? ¿Tiene hambre?
–No, no, gracias –digo–; estoy bien, de verdad.
–Bueno, no se ofenda, pero evidentemente no está bien –dice el señor
Graver–, de lo contrario, no estaría aquí. ¿Qué es lo que le pasa, Lucy? –me
pregunta.
–Oigo una voz –contesto.
Toma nota de lo que digo en su hoja de registro y asiente
comprensivamente.
–¿Y qué dice la voz?
–Zas.
La comprensión desaparece.
–¿Zas? –pregunta. Al fin y al cabo, no es lo que suelen decir las voces
de los psicóticos. En general, mandan mensajes ominosos sobre estrellas,
serpientes y micrófonos ocultos de tamaño minúsculo.
–Zas –repito.
–¿ESO es todo? –pregunta.
–Eso es todo –afirmo.
–¿Y empezó poco a poco o de repente?
–Como caído del cielo –digo y, no sé por qué, me imagino un avión que
cae del cielo en picado; se oye un grito. La verdad es que empiezo a creer que
estoy enloqueciendo un poco. Qué difícil es separar el rol de la realidad, un
fenómeno que los psicólogos nos han señalado hace mucho. Me froto las sienes.
–¿Y desde cuándo oye la voz? –pregunta el señor Graver.
–Desde hace tres semanas –contesto, lo mismo que Rosehan y sus
cómplices.
Me pregunta si como y duermo bien, si ha habido alguna tensión en mi
vida que lo haya podido desencadenar, si tengo antecedentes traumáticos.
Respondo con un no tajante a todo, tengo buen apetito, duermo bien y en mi
trabajo funciono como siempre.
–¿Está segura? –me dice.
–Bien –respondo–, si tengo que hablar de traumas, cuando estaba en
tercer curso, un vecino que se llamaba señor Blauer se cayó a la piscina de su
casa y murió. No lo vi, pero oí hablar de ello y supongo que fue un poco
traumático.
El señor Graver mordisquea el bolígrafo. Piensa concentradamente. Me
acuerdo del señor Blauer, un judío ortodoxo. Murió un día de sabbat, la kipá de
terciopelo azul intenso quedó flotando en la piscina, a la deriva.
–Zas –dice el señor Graver–. Su vecino se cayó a la piscina con un
«zas». Usted oye el «zas». Quizá estemos ante un trastorno de estrés
postraumático. La alucinación podría ser producto de su memoria, que intenta
digerir el trauma.
–Pero en realidad no me afectó tanto –digo–, sólo que...
–Creo –dice con voz más segura ya– que la muerte de un vecino por
ahogamiento en la piscina constituye una pérdida traumática. Voy a llamar al
psiquiatra para que evalúe su caso, pero tengo grandes sospechas de que estamos
ante un trastorno de estrés postraumático, descartando un posible daño cerebral
orgánico que, en última instancia, consideraríamos mucho más adelante. Yo no me
preocuparía por ello.
Desaparece. Va a buscar al psiquiatra. El pulso se me acelera hasta 150,
por lo menos –lo noto–, seguro que el psiquiatra me descubre como si fuera
transparente, o peor aún, a ver si resulta que es algún conocido del instituto,
y entonces, ¿cómo justificarme?
El psiquiatra entra en la pequeña estancia cerrada. Lleva una bata azul,
azul recién nacido, y no tiene barbilla. Me mira con dureza. Desvío la mirada.
Se sienta y luego suspira.
–De modo que oye usted «zas» –dice, rascándose la barbilla que no
tiene–. ¿Qué podemos hacer para remediarlo?
–He venido aquí porque me gustaría dejar de oírlo –digo.
–¿Oye la voz dentro de la cabeza o viene de fuera? –me pregunta.
–Viene de fuera.
–¿Alguna vez le ha dicho algo más que «zas», como por ejemplo, que mate
a alguien, o que se mate usted?
–No quiero matar a nadie ni matarme yo –le digo.
–¿Qué día de la semana es hoy? –me pregunta.
Aquí me encuentro con otro obstáculo. Es fin de semana y estoy de
vacaciones, así que ando un poco despistada con los días. La conciencia de los
días es, para los psiquiatras, una forma de juzgar si una persona es normal o
anormal.
–Sábado –digo; que así sea.
–Bien –dice, tras anotar algo–. De modo que usted experimenta esa voz
sin la concurrencia de NINGÚN OTRO síntoma psiquiátrico.
–¿Tengo un trastorno de estrés postraumático –pregunto–, como opina el
señor Graver?
–En psiquiatría, hay muchas cosas que desconocemos –dice el doctor, y de
pronto parece entristecerse.
Se frota el puente de la nariz y cierra los ojos un momento. Agacha la
cabeza y distingo en la coronilla una pequeña calva del tamaño de la kipá del
señor Blauer. Entonces me entran ganas de decirle: «Oiga, no pasa nada. Hay
muchas cosas que no conocemos en el mundo entero». Pero no digo nada; el
psiquiatra sigue triste y desconcertado.
–Pero esa voz la molesta –dice.
–Más o menos, sí.
–Voy a darle un antipsicótico –dice y, nada más decirlo, la tristeza se
disipa y su voz adquiere un tono autoritario; al menos puede hacer algo. Una
pastilla es mucho más que una pastilla, es un signo de puntuación, un punto que
parte los ilegibles renglones largos y los divide en una cosa y otra. Alto
aquí. Comenzar aquí. Adelante.
–Voy a darle Risperdal –dice–, para que se tranquilicen los centros
auditivos de su cerebro.
–Entonces, ¿cree que soy psicótica?
–Creo que tiene un toque de psicosis –dice, aunque me da la impresión de
que se ve obligado a decirlo porque me va a recetar Risperdal. No se pueden
prescribir antipsicóticos si el diagnóstico no es el adecuado. Veo con claridad
que la medicación influye en las decisiones, y no viceversa. En la época de
Rosenhan, lo que determinaba la enfermedad era el esquema psicoanalítico
preexistente; en la actualidad, es el esquema farmacológico preexistente, la
pastilla. Se diría que en ambos casos prevalece la puntualización de Rosenhan
de que el diagnóstico no se funda en la persona.
–Pero ¿parezco piscótica? –pregunto.
Me mira. Me mira un rato muy largo.
–Un poco –dice por fin.
–Usted me toma el pelo –replico, y me ajusto el sombrero.
–Lo parece –dice–, parece un poco psicótica y bastante deprimida. Y la
depresión puede tener características psicóticas, de modo que le recetaré
también un antidepresivo.
–¿Le parezco depresiva? –repito. Ese comentario sí me preocupa de
verdad, porque la depresión me toca más de cerca. Ya la he pasado y, quién
sabe, a lo mejor estoy cayendo otra vez en ella y él lo ve antes que yo. Quizá
el experimento me deprima, me vuelva tarumba, y quizá haya decidido hacerlo
como recurso inconsciente para buscar ayuda. El mundo se me nubla.
Escribe las recetas. En total, la entrevista ha durado diez minutos.
Salgo de allí a tiempo para comer en un chino con la verdadera Lucy Schellman,
que me pregunta:
–Tenías que haber dicho «patapún», en vez de «zas», o «pam, pam». Es
mucho más divertido.
Más tarde, voy con las recetas a la farmacia de guardia. Entonces, con
ánimo experimental, me tomo el antipsicótico Risperdal, sólo un comprimido, y
me sumo en un sueño tan negro y profundo que no me llega ni un sonido; floto,
ingrávida, en otro mundo y veo formas imprecisas –árboles, conejos, ángeles,
barcos–, pero por más que me esfuerce en ver, no sé qué es cada cosa.
* * * *
Es divertido hasta cierto punto presentarse en urgencias y jugar a este
juego, así que, en los ocho días siguientes lo repito otras tantas veces, casi
el mismo número de ingresos que logró Rosenhan. En ningún momento me proponen
ingresar, desde luego –niego ser un peligro y les aseguro que estoy en
condiciones de cumplir con mi trabajo y de cuidar a mi hija–, pero,
curiosamente, casi todas las veces me diagnostican depresión con
características psicóticas, aunque ahora estoy convencida, después de hacer un exhaustivo
inventario de mí misma y de solicitar la opinión de mis amigos y de mi hermano
el médico, de que en realidad no estoy deprimida. Por otra parte, pero muy
importante, la depresión psicótica nunca es leve; aparece en el DSM en la lista
de enfermedades graves, acompañada de graves problemas intelectuales y de
motricidad gruesa. «No, no creo que estés así de deprimida, ni de ninguna
manera», me dicen mis amigos y mi hermano. Sin embargo, en las salas de
urgencias sí lo parece, aunque yo niegue los síntomas de esa perturbación: y me
recetan un total de veinticinco antipsicóticos y sesenta antidrepresivos.
Ninguna de las visitas dura más de doce minutos y medio, aunque en la mayoría
de los hospitales la media en la sala de espera ha sido de dos horas y media.
Nadie me pregunta por mis antecedentes culturales, salvo la pregunta de rigor
sobre la religión que profeso; tampoco me pregunta nadie si la voz que oigo es
del mismo género que yo; nadie me hace un examen completo del estado mental en
que me encuentro, que consistiría en una serie de pruebas más detalladas y
fáciles de hacer para determinar la desorganización general del pensamiento que
casi siempre acompaña a la psicosis. El pulso, por el contrario, me lo toman en
todos los casos.
* * * *
Llamo una vez más a Robert Spitzer al Instituto de Biometría de
Columbia.
–Entonces, ¿qué cree usted que pasaría si un investigador repitiese el
experimento de Rosenhan en estos momentos? –le pregunto.
–No lo ingresarían –responde.
–Pero ¿le diagnosticarían? ¿Qué harían los médicos en ese caso?
–¿Si alegara únicamente lo mismo que Rosenhan y sus cómplices?
–pregunta.
–Sí –digo.
–¿Zas, y los demás síntomas en blanco, vacíos? –insiste.
–Sí.
–Lo «diferirían». Es lo que predigo que sucedería, porque zas, blanco y
vacío como síntomas aislados no aportan suficiente información.
–De acuerdo –le digo–. Permítame que le informe de que he intentado
hacer el experimento. Lo he hecho, para ser exactos.
–¿Usted? –pregunta, y hace una pausa–. ¡Está de broma!
No sé si percibo una actitud defensiva en su voz.
–¿Y que pasó? –me pregunta.
Se lo cuento. Le cuento que no me despacharon con un «diferida», sino
que me diagnosticaron psicosis depresiva prácticamente todas las veces, además
de un montón de pastillas.
–¿Qué clase de pastillas? –me pregunta.
–Antidepresivos y antipsicóticos.
–¿Qué clase de antipsicóticos?
–Risperdal.
–Bien –dice, y me lo imagino dándose golpecitos con el bolígrafo en un
lado de la cabeza–, es un fármaco muy suave, ya lo sabe.
–Suave –digo–. ¿Una especie de bajo en calorías en versión farmacéutica?
–Usted tiene una actitud preconcebida –me dice–, igual que Rosenhan. Fue
con una idea hecha y encontró lo que buscaba.
–Fui con un zas –digo–, y con esa sola palabra se tejió todo un esquema
y se prescribieron pastillas aunque nadie sabe en realidad cómo ni por qué
funcionan las pastillas o hasta qué punto son seguras.
Spitzer no dice nada en su laboratorio de biometría de Columbia. No sé
cómo será en realidad un laboratorio de biometría. Hasta este momento, no se me
había ocurrido cuestionar el título ni me había planteado qué demonios haría un
psiquiatra allí. Bio-metría. Medir la vida. Ahora me lo imagino rodeado de
frascos, tubos de ensayo, cada uno de un color químico: azul atlántico para la
depresión, verde eléctrico para las manías, una nebulosa malva para la simple
felicidad de siempre.
Spitzer sigue callado. Quiero preguntarle qué es exactamente lo que hace
en su día a día, pero entonces carraspea.
–Estoy decepcionado –dice, y me parece oír auténtica derrota en su voz,
una caída de hombros, un dejar el bolígrafo en la mesa–. Creo –dice, hablando
despacio, con cruda sinceridad en la voz–, creo que, simplemente, a los médicos
no les gusta decir «no sé».
–Eso es cierto –digo–, y también creo que, en la actualidad, el afán de
recetar orienta el diagnóstico de la misma forma que, en tiempos de Rosenhan,
lo orientaba el afán de encasillarlo todo patológicamente, pero en ambos casos
parece ser una cuestión de moda o corriente pasajera.
Pienso lo siguiente: en la década de 1970, los médicos estadounidenses
diagnosticaban esquizofrenia en una proporción mucho más elevada que los
británicos. La esquizofrenia estaba de moda en este lado del mar. Y ahora, en
el siglo xxi, el diagnóstico de depresión ha aumentado espectacularmente, como
también el de trastorno de estrés postraumático y el de hiperactividad por
déficit de atención. Por lo tanto, podría decirse que la incidencia de
determinados diagnósticos no sólo aumenta y disminuye según la percepción del
público, sino que los médicos que pegan esas etiquetas siguen haciéndolo sin
tener en cuenta, quizá, los criterios que fija el DSM: criterios sólidos contra
el diagnóstico aventurado, criterios de los que se deduce el tratamiento
adecuado, la prognosis, la construcción del pasado de la persona, el futuro que
se le presenta.
* * * *
La diferencia consiste en lo siguiente: a mí no me ingresaron. Es una
diferencia muy importante. En ningún caso se lo plantearon siquiera. Me
pusieron una etiqueta errónea pero no me encerraron. Otra diferencia: todos y
cada uno de los profesionales de la medicina me trataron con amabilidad.
Rosenhan y sus cómplices se sintieron degradados tras recibir el diagnóstico;
por el contrario, yo, por el motivo que sea, recibí un trato indudablemente
amable. Un psiquiatra me tocó el brazo, otro me dijo: «Mire, sé que está
asustada, es normal, oyendo una voz, pero de verdad tengo la sensación de que
el Risperdal la hará desaparecer en seguida». En sus palabras oigo las mías,
las que yo, como psicóloga, digo a menudo a mis pacientes: «Usted tiene tal
cosa. La medicación hará tal efecto». Y no digo esas palabras por alardear de
poder sino por hacer algo que aplaque un poco el ánimo. Si podemos al menos
fijar un misterio en el espacio –depresión azul atlántico, la nebulosa de la
felicidad y dónde se encuentra en el continuum– si, podemos al menos sujetar
esas cosas con un alfiler aunque sólo sea el momento que tarda una neurona en
latir, entonces quizá podamos poner las manos y la cabeza alrededor de la
emoción y esculpirla de modo que procure consuelo. Creo que ésa era la
intención de los psiquiatras que me vieron, y no terquedad. Un psiquiatra, al
entregarme la receta, me dijo:
–No se pierda por las grietas, Lucy. Queremos que vuelva aquí dentro de
dos días para hacerle un seguimiento. Y sepa que estamos aquí veinticuatro
horas al día para lo que necesite. Se lo digo de verdad. PARA LO QUE NECESITE.
Me sentí muy culpable en ese momento, me llegó al alma.
–Muchísimas gracias –dije–, no sabe cuánto significa su amabilidad para
mí.
–Mejórese –me dijo.
Luego desapareció tras las puertas de vaivén de cristal y yo salí a la
noche, donde un sinfín de estrellas me acusaba como pequeñas monedas apretadas
en una lata negra y, cuando me volví a mirar la entrada de urgencias, las
ventanas estaban iluminadas y oí un grito cortante: dolor humano en múltiples
formas y el deseo de otra persona de hacer compañía al prójimo, de ser amable,
de repartir el pan y ofrecer agua con limón. He ahí el lado humano de la
psiquiatría, con todos los honores.
* * * *
Han pasado tres semanas desde la última debacle en una sala de
urgencias; mi hija, de pronto, sin venir a cuento, está obsesionada con las
tiritas. Pone tiritas a las muñecas en heridas que la vista humana no ve. Llego
a casa al final de la jornada y me encuentro tiritas pegadas en las viguetas
visibles del suelo, en los armarios de la cocina, en las paredes, como si hasta
las paredes se hubieran herido. La casa «tiene pupa» y es vieja, cruje por la
noche. Mi hija llora. A veces llora sin motivo, aunque pienso que oye un zas
que nosotros no oímos y, cuando la niña comprende esa diferencia, se tira al
suelo y llora: «¡Quiero ir al zoo!». Entonces la consuelo con tiritas. Una para
ti, otra para mí, hasta que nos envolvemos en ellas. Le encanta que las saque de
la caja de cartón, que me lleve el envoltorio de papel a los dientes, lo rasgue
un poco y luego, un momento después, retire los protectores de plástico y
aparezcan las partes adhesivas, con el parche de gasa almohadillado en el
centro del esparadrapo. Se la pongo en la piel. La tirita calma, aunque no
sabemos exactamente dónde está la herida ni qué clase de herida es.
* * * *
Rosenhan utilizó los resultados de su estudio para desacreditar la
psiquiatría como especialidad de medicina. Pero ¿acaso las clínicas del país,
los centros de oncología, las plantas de pediatría no están llenas de numerosas
enfermedades y males cuya etiología y patogénesis, cuya etiqueta incluso, es
imprecisa? ¿Esa mujer tiene fribromialgia o el virus Epstein-Barr? ¿Esa persona
tiene epilepsia o un tumor cerebral tan pequeño que no se detecta? Rosenhan
también sufría, desde hacía un tiempo, una misteriosa enfermedad que tenía
muchos nombres, según cada médico. Lo que sabíamos era que no podía hablar y
que no podía respirar sin un pulmón artificial. Lo que no sabemos es el cómo ni
el porqué de los millones de maneras en que el cuerpo puede fallar, ni sabemos
curarlos ni aliviarlos siquiera.
Me gustaría mucho ayudar a Rosenhan, que, mientras escribo, sigue en un
hospital de la Costa Oeste, paralizado hasta las cuerdas vocales. Su amiga
Florence Keller me dice: «Ha vivido muchas tragedias. Hace tres años, Molly, su
mujer, murió de cáncer de pulmón. Hace dos, murió su hija Nina en un accidente
de tráfico en Inglaterra. Ha sido muy duro para él». Por lo tanto, quisiera
decirle que repetí su estudio y que me lo pasé en grande, porque creo que le
gustaría saberlo. Ahora, a los setenta y nueve años, se encuentra en la noche
de su vida y no tardará en llevar a cabo el mayor experimento de todos, el
salto a otro mundo, del que nunca jamás nos llegan resultados.
Me gustaría ir a ver a Rosenhan. «No creo que sea buen momento –me dice
su hijo Jack–. Todavía no puede hablar y está muy cansado.» Pero no es hablar
lo que yo quiero. Me gustaría verlo, nada más. Me lo imagino en este momento,
una enfermera lo está bañando. Me imagino lo que le llevaría de regalo, este
ensayo, mi propio ejemplar de su artículo original, todo subrayado y con una
lluvia de asteriscos, para que viera que perduramos, que nuestras palabras
alcanzan el futuro. No conozco al hombre siquiera, pero, por irracional que
parezca, le guardo un gran cariño. Tengo debilidad por los bromistas, por los
aventureros, por la gente que sufre. Como antigua paciente mental que soy, me
impresiona todo aquel que se preocupa por comprender los intrincados misterios
de ese mundo lejano. Iría a ver a Rosenhan y le llevaría regalos, este ensayo,
una manzana, un reloj suficientemente grande para que viera el transcurrir del
tiempo y, de parte de mi hija, cajas y más cajas de tiritas.
Capítulo 4
En caso de aterrizaje forzoso
Darley y Latané, manual de entrenamiento (Introducción en cinco fases)
En 1964 se cometió un extraño crimen en la ciudad de Nueva York que
catalizó el interés de dos jóvenes psicólogos y los orientó hacia la
investigación de la conducta de testigos. Aunque John Darley y Bibb Latané no
eran judíos y nunca relacionaron su trabajo implícita ni explícitamente con la
Alemania nazi, el resultado de sus experimentos sobre la conducta humana
solidaria se ha puesto al servicio de una obsesión occidental característica
del siglo xx: entender el holocausto. Darley y Latané idearon una serie de
experimentos para estudiar las condiciones en que el ser humano pasa por alto
la demanda de auxilio de sus congéneres, así como las condiciones en que se
impone la compasión. Aunque el trabajo de Darley y Latané guarda cierta
semejanza superficial con el experimento de Milgram, las diferencias son
profundamente significativas. Milgram estudiaba la obediencia a una sola
autoridad. Darley y Latané estudiaban lo contrario: lo que sucede cuando, en
momentos de emergencia, no hay autoridad al cargo.
1. Es preciso que quien puede prestar auxilio se dé cuenta de lo que está
sucediendo
Ayer hice un pedido de máscaras antigás, una para mi hija y otra para
mí. Mi marido opina que es una locura y no quiere participar. Estamos a 26 de
septiembre de 2001, principios de otoño, luz lírica, las Torres Gemelas han
sido derruidas pero todavía humean. Hace poco recibí un correo electrónico que
decía:
Aviso: guerra bacteriológica
No abra ningún sobre azul remitido por The Klingerman Foundation que reciba por
correo. Los «regalos» que se supone que contiene son pequeñas esponjas cargadas
de virus Klingerman, que hasta el momento han matado a veinte estadounidenses…
Un engaño, probablemente, pero aun así… En un Libro Blanco del Congreso,
revestido de mucha más autoridad, leí hace poco lo fácil que sería diseminar el
ántrax o carbunco: se introduce el bacilo en un envase con aerosol, se aprieta
el mecanismo de plástico y se observa cómo se eleva en el aire el rocío blanco.
Mi marido dice: «Centrémonos en la verdadera crisis, que es el deterioro de la
libertad civil, el envío de tropas al Golfo Pérsico». Pero ¿cuál es la
verdadera crisis? La situación en este país se ha vuelto muy ambigua de pronto,
muy difícil de descifrar. Por lo tanto, he pedido máscaras antigás –a esto
hemos llegado– a una tienda de suministros militares de Virginia. Me las traen
a la puerta de casa en veinticuatro horas, un vuelo, y ahora abro el paquete.
Me sorprende encontrar las máscaras, dentro de la caja normal de cartón,
envueltas con tanto esmero, con cariño incluso, como se envuelven algunos
jabones, en papel de seda verde delicadamente perfumado de espliego. Retiro el
papel de seda, agradable y arrugado, pliego a pliego, hasta llegar al tesoro:
la impactante goma negra, el respirador en forma de hocico, las tiras con
grandes hebillas y la protección de los ojos. Aquí están. A lo mejor he
exagerado. John M. Darley y Bibb Latané, dos psicólogos que han estudiado la
propensión humana a negar situaciones de emergencia, me dirían que no.
«Teniendo en cuenta el trabajo de Darley y Latané –dice la psiquiatra Susan
Mahler– tendríamos que saber ya que la mejor forma de reaccionar ante una
posible crisis es pecar de precavidos.» Cojo la máscara y me la pruebo. Se me
pega a la cara con un sonido de ventosa. La de mi hija es insoportable de
verdad. Es muy pequeña, una reducción concentrada que causa horror. La sostengo
en la mano. Llamo a la niña para probársela pero ella retrocede gritando,
naturalmente. Qué difícil es prestar auxilio.
2. Es preciso entender que el suceso requiere intervención
En 1964, el interés de John Darley y Bibb Latané no era estudiar formas
de gestión de emergencias. Eran dos psicólogos jóvenes, profesores adjuntos que
querían ascender en el escalafón académico. Entonces sucedió una cosa. Cuento
aquí los pormenores no por su valor netamente impactante, sino porque ponen de
manifiesto lo extrañas que fueron las reacciones de los treinta y ocho testigos
que, en presencia de los actos, no se prestaron a ayudar.
Era el 13 de marzo, viernes 13 casualmente, del año 1964. En Queens
(Nueva York), la madrugada era fría y húmeda, la brisa olía a nieve. Catherine
Genovese, Kitty familiarmente, volvía a casa después del turno de noche en el
bar donde trabajaba de encargada. Genovese, de treinta y ocho años de edad, era
una mujer delgada de pelo negro y delicada cara de duende. Tenía los ojos verde
esmeralda. Fue a aparcar el coche en un aparcamiento adyacente al apartamento
en el que vivía sola.
Dejó el coche en un espacio y salió. Eran las tres de la madrugada. Nada
más dar los primeros pasos hacia el edificio en el que vivía, vio un bulto
agazapado a lo lejos, un hombre sospechoso, así que se desvió a la derecha sin
pérdida de tiempo, rumbo a la cabina telefónica conectada con la policía que
había en la esquina.
Catherine Genovese no llegó a la cabina. El hombre, identificado más
tarde con el nombre de Winston Moseley, le clavó un cuchillo en la espalda
hasta el fondo y luego, cuando Catherine se volvió a mirarlo, se lo clavó
también a fondo en el vientre, y corrió la sangre. La mujer gritó.
Concretamente, dijo las siguientes palabras: «¡Ay Dios mío! ¡Me han clavado un
cuchillo! ¡Socorro! ¡Socorro, por favor!». Inmediatamente se encendieron luces
en el poblado barrio urbano. Moseley las vio. En el juicio, dijo que las había
visto pero que le «pareció que esas personas no iban a bajar a la calle». En
vez de bajar, alguien gritó: «¡Deje en paz a esa chica!»; Moseley se dio a la
huida y Catherine, con varias cuchilladas en el cuerpo, se arrastró hasta la
entrada de una librería en penumbra y allí se tumbó.
Las luces de los apartamentos se apagaron entonces. La calle quedó en
silencio. Moseley se dirigió a su coche, oyó el silencio de las calles, vio que
las luces se habían apagado y decidió volver a rematar el trabajo. Sin embargo,
antes abrió la portezuela de su coche y se cambió la media que llevaba en la
cabeza por un sombrero tirolés. Entonces volvió a recorrer la calle, encontró a
la mujer hecha un ovillo, roja y mojada, y empezó a acuchillarla otra vez donde
lo había dejado, rajándole ahora la garganta y los genitales. La mujer volvió a
gritar. Y siguió gritando. Pasaron los minutos. Volvieron a encenderse luces en
las ventanas de los apartamentos –imaginémoslas–, haces amarillos que tanto
Catherine como Winston tuvieron que ver, tan presentes y sin embargo tan
ausentes. Moseley volvió a retroceder y Catherine consiguió alcanzar, no se
sabe cómo, el vestíbulo del edificio donde vivía, donde unos minutos más tarde,
el asaltante la encontraría de nuevo y reemprendería lo que aún no había
terminado. Ella pidió ayuda a gritos y después dejó de gritar. Gemía. Moseley
le levantó la falda, le cortó la ropa interior y, en el juicio, declaró lo
siguiente: «Tenía la menstruación». Después, sin saber si estaba viva o muerta,
se sacó el pene pero fue incapaz de llegar a la erección, de modo que se tumbó
encima de ella y así tuvo un orgasmo.
El crimen se cometió en treinta y cinco minutos, entre las tres y cuarto
y las cuatro menos diez de la madrugada. Se ejecutó en tres ataques diferentes,
prolongados y señalados con gritos de socorro. Las personas, los testigos que
encendieron la luz, lo vieron y lo oyeron. No hicieron nada. Hubo treinta y
ocho testigos en total que vieron desde la ventana cómo acuchillaban y
remataban a una mujer. Sólo uno llamó a la policía después del suceso, pero la
mujer ya había muerto cuando llegó la ambulancia; eran las cuatro de la mañana,
y quienes lo vieron volvieron a dormirse.
Al principio, se dio parte del asesinato rutinariamente, como de
cualquier otro de una mujer de clase trabajadora en Queens. Se publicaron
cuatro líneas sobre el caso en la sección «Metropolitan» de The New York Times.
Sin embargo, poco después, el editor de dicha sección, A. M. Rosenthal, que a
raíz del suceso publicó un libro titulado Thirty-Eight Witnesses: The Kitty
Genovese Case [Treinta y ocho testigos: el caso de Kitty Genovese], se enteró
de que un nutrido grupo de gente había presenciado el asesinato y no había
hecho absolutamente nada por socorrer a la víctima. Treinta y ocho personas,
informaba Rosenthal, que miraban por la ventana, hombres y mujeres normales que
«la oyeron gritar la última media hora de su vida y no hicieron nada en
absoluto por auxiliarla, que no dieron siquiera una voz de alarma».
Cuando, más adelante, el Times publicó una serie de artículos no ya
sobre el asesinato, sino sobre la extraña conducta de los testigos, la moral de
la nación se puso a trabajar a toda marcha. Llovieron cartas de los lectores.
«Creo que es deber de The New York Times averiguar el nombre de los testigos
implicados y publicar la lista –escribió un lector–. Esas personas deberían ser
sometidas a vergüenza pública, ya que no se las puede responsabilizar por su
falta de intervención». Otra lectora, esposa de un profesor, escribió: «Las
implicaciones de su silencio –y de la cobardía y la indeferencia que reflejan–
son asombrosas. Si las leyes del estado de Nueva York no prescriben ninguna
pena, creemos que su periódico debería ejercer presión sobre la legislatura
estatal con una enmienda a esas leyes. Y, puesto que esas personas no tienen
intención de reconocer su responsabilidad moral, creemos que sería adecuado que
el Times publicase, como acto de censura, el nombre y la dirección de los
treinta y siete testigos, preferiblemente en primera plana».
John Darley, de la Universidad de Nueva York, y Bibb Latané, de la de
Columbia, como tantos otros neoyorquinos, leyeron esas cartas. Ellos, como todo
el mundo, se preguntaban por qué nadie había acudido en auxilio de la víctima.
¿Era apatía o tendría que ver con otras cuestiones psicológicas? Darley
recuerda que estuvo una temporada concentrado en ese acontecimiento singular,
aunque bastante corriente por lo demás. Expertos de todos los ámbitos
formulaban hipótesis que explicaban el proceder de los testigos. Renee Claire
Fox, del departamento de sociología del Barnard College, dijo que la conducta
de los testigos era consecuencia de la «negación del afecto»; es decir, que la
conmoción de la situación los había dejado anonadados e incapaces de actuar.
Según la hipótesis de Ralph S. Banay, la culpable era la televisión; decía que
los estadounidenses están tan sometidos a un chorreo continuo de violencia a
través de la televisión que ya no son capaces de distinguir entre la realidad y
la pantalla. Este mismo doctor Banay también sacó a colación la proverbial
explicación psicoanalítica, la clase de argumento que, un década más tarde,
Rosenhan desacreditaría por completo con su estudio basado en los pacientes
falsos. Banay dijo que «[los testigos] se quedaron sordos, paralizados,
hipnotizados por la fuerte emoción. Personas maduras y bien integradas no
habrían actuado así». Karl Menninger escribió: «La apatía es en sí misma una
manifestación de agresividad».
Esas explicaciones no convencieron a Darley y Latané, en parte porque
eran psicólogos sociales experimentales, como Milgram, que creían más en la
influencia de la situación que en la de la personalidad, y en parte porque las
explicaciones no respondían a lo que intuían sobre el caso. ¿Cómo es posible
que una persona normal se quede mirando sin hacer nada mientras violan y matan
a una joven en un crimen que se prolonga más de media hora? Habría sido muy
fácil pedir socorro, tan fácil como descolgar el teléfono y hacer una llamada.
Los testigos no arriesgaban la vida ni la integridad física. «Intervenir»
tampoco les habría acarreado consecuencias legales perjudiciales. Podemos estar
seguros de que varios testigos tenían hijos, y algunos se dedicarían a una profesión
de asistencia a los demás: todas esas personas conocían la compasión. Aquella
noche pasaba algo misterioso, la noche en que Kitty Genovese fue asesinada: la
primavera nocturna daba la vuelta a toda velocidad a la esquina de un invierno
templado, los retoños verdes apuntaban precoces en todos los árboles y las
yemas de las nuevas ramas empezaban a abrirse.
3. Es preciso asumir la responsabilidad personal
Algunos experimentos parten de una hipótesis; otros, de una simple
pregunta. Milgram, por ejemplo, no tenía hipótesis sobre la reacción que
tendrían sus sujetos, sólo quería verla. Lo mismo en el caso de Rosenhan, que
sabía que pasaría algo pero no tenía claro en qué consistiría. Darley y Latané,
por su parte, habían seguido la evolución tanto del crimen como de la respuesta
de la nación, y había algo que no encajaba. Quizá se plantearan qué sucedería
en otras situaciones semejantes: por ejemplo, si en un edificio saltara la
alarma de incendios y nadie pareciera inmutarse, quizá también usted creyera
que no pasa nada; o paseando por la calle, si una persona se cayera al suelo y
nadie la ayudara, quizá usted también pasara de largo. Para los dos psicólogos,
esos ejemplos de la vida cotidiana podían ofrecer pistas sobre lo que sucedió
en realidad tras las ventanas aquella noche de principios de primavera.
Así pues, empezaron a diseñar un experimento. Por motivos obvios, no
podían reproducir un asesinato, pero sí, en cambio, un ataque de epilepsia.
Reclutaron sujetos en la Universidad de Nueva York (NYU) con el pretexto de
llevar a cabo un estudio sobre la adaptación estudiantil a la vida
universitaria urbana. Un estudiante, sentado a solas en una habitación aislada,
hablaba unos dos minutos por un micrófono sobre las dificultades de la vida en
la NYU. En otras habitaciones separadas, dotadas de sistemas de audio, había
grabadoras y cintas con más historias de estudiantes, pero el sujeto ingenuo no
sabía que habían sido grabadas previamente; creía que eran otros estudiantes
que estaban allí en ese momento. Las instrucciones eran muy concretas. El
sujeto ingenuo tenía que escuchar las voces grabadas que iban contando sus
problemas hasta que le llegara a él el turno de hablar. Cuando le tocaba, podía
hablar dos minutos. Mientras tanto, tenía el micrófono apagado y escuchaba como
si estuviera en un grupo de terapia. En el experimento original participaron
cincuenta y nueve mujeres y trece hombres.
La primera voz que hablaba era la grabación del estudiante supuestamente
epiléptico. Confesaba al «grupo» que a veces tenía ataques. Hablaba
entrecortadamente, cohibido. Decía que los peores ataques le sobrevenían en
época de exámenes. Decía que Nueva York era una ciudad dura para vivir, y la
NYU, una universidad difícil de dominar. Entonces, la voz dejaba de hablar y
comenzaba otra. El sujeto ingenuo, naturalmente, creía que se trataba de otra
persona en directo, no de una grabadora puesta en marcha en la habitación de al
lado. La segunda voz que hablaba era fuerte y vigorosa. Después era el turno
del sujeto ingenuo, y luego las voces incorpóreas seguían hablando y hablando,
hasta que por fin ocurría lo siguiente. Se declaraba un ataque de epilepsia. El
sujeto ingenuo no lo veía, naturalmente, porque estaba en otra habitación;
tampoco veía ni oía las reacciones de los otros supuestos sujetos, que en
realidad estaban todos grabados en la sala contigua. El actor epiléptico
empezaba a hablar con voz normal, pero se le iba quebrando más y más, hablaba
más alto, con más insistencia, hasta llegar a un suplicante crescendo: «Me...
ah... me parece que... que nece... necesito ah... que... que... ah...
alguien... ah, ah, ah, ah, ah... me ayude... ah... me ayude un poco porque
ah... ah.. ah tengo... ten...ah tengo... un problema... ah.... en este momento
y... ah.... que... alguien me ayude... agradece... ce... cería que alguien
me... ayudara porque me está da... da... dando un ataque... ahora y agrade...
agrade... agradecería... por favor... si alguien... puede... ayudarme... ah...
ah... ah... ayudarme... ah... ah... ah... ayudarme ah... ah... ah (ruidos de
ahogo)... Me estoy mu... ah... ah... muriendo... ah... me estoy muriendo...
ah... socorro... un ataque», un último ruido de alguien que se ahoga y
silencio.
Bien, la única persona que escuchaba en directo, que pensaba que al
menos había una, dos o cinco personas más escuchando, habría podido levantarse
en cualquier momento y salir al pasillo a pedir ayuda al investigador. Antes de
dejar al grupo con su conversación, el investigador había dicho que, para
respetar su intimidad, se ausentaría y recogería la reacción de los sujetos
después, a través del micrófono. Sin embargo, también le había dicho al sujeto
que por favor siguiera el protocolo y hablara cuando le tocara.
Darley y Latané habían preparado con minuciosidad las condiciones del
experimento a fin de que reprodujesen las del asesinato de Genovese. En el
asesinato de Genovese, los testigos se habían visto unos a otros, pero no
podían comunicarse entre sí, separados como estaban por mamparas de cristal. En
el experimento, el testigo oía a los demás pero no podía verlos ni comunicarse
con ellos porque se encontraban en habitaciones separadas y hablaban por el
micrófono, que sólo se encendía cuando le correspondía el turno de hablar. De
forma que, cuando se declaró el ataque de epilepsia, el sujeto sabía que los
demás lo estaban oyendo, y también que no podía cambiar impresiones con ellos
porque el micrófono estaba apagado.
El ataque simulado en el experimento de Darley y Latané duraba seis
minutos completos, más o menos como el asesinato de Genovese, que no se consumó
con una sola puñalada, sino con varias a lo largo de la noche. Los estudiantes
tenían la oportunidad de pensar y después actuar. He aquí los resultados: muy
pocos reaccionaron, sólo el 31 por ciento, porcentaje semejante al de Milgram
(entre el 32 y el 35 por ciento de desobedientes).
Pero después la cosa se complica.
Darley y Latané introdujeron variaciones en el tamaño de los «grupos».
Cuando el sujeto creía que se encontraba en un grupo de cuatro o más, entonces
probablemente no iría a buscar ayuda para la víctima. Por otra parte, el 85 por
ciento de los sujetos que creían que estaban en un tú a tú con el estudiante
epiléptico, sin nadie más a la escucha, iban a buscar ayuda y lo hacían en los
tres primeros minutos de la crisis. Darley y Latané también descubrieron que,
independientemente del tamaño del grupo, si el sujeto no iba a informar del
caso en los tres primeros minutos, era muy improbable que llegara a hacerlo en
otro momento. Así pues, si nos encontramos en un avión que de pronto es objeto
de un secuestro y no actuamos antes de 180 segundos, lo más probable es que no
actuemos ya. En situaciones de emergencia, el tiempo nunca está de nuestra
parte. Cuanto más esperemos, más nos paralizaremos. Tengámoslo muy presente
mental y físicamente.
Sin embargo, más interesante que la relación entre la conducta solidaria
y el tiempo es la que se establece entre la conducta solidaria y el tamaño del
grupo. A priori, diríamos que cuanto mayor es el grupo más valientes nos
sentimos, menos temerosos y más dispuestos a arriesgarnos. Al fin y al cabo,
¿no nos intimidamos más cuando estamos solos, en la oscuridad, en una
callejuela apartada y sin iluminación? ¿No tenemos mucho más miedo e
inseguridad, igual que los animales, cuando deambulamos solos por las llanuras
del Pleistoceno, rodeados de depredadores y sin la protección de la tribu, que
se ha dispersado? El experimento de Latané y Darley pone en entredicho la
cantinela evolutiva de la seguridad que proporciona el número. Algo sucede en
un grupo de espectadores que inhibe la conducta solidaria humana. Quien tenga
la mala suerte de, por ejemplo, caerse de la noria en un carnaval, es posible
que compruebe que nadie acude en su auxilio, como nadie acudió en auxilio de
Ícaro cuando se cayó del cielo mientras abajo la ciudad vibraba y la gente
pasaba de largo con absoluta naturalidad. Por el contrario, quien se encuentre
en el desierto con otra persona y de pronto se presente una tormenta de arena,
puede contar con su ayuda en el 85 por ciento de los casos, al menos según los
descubrimientos de Darley y Latané.
La primera vez que los sujetos oyeron el ataque epiléptico fingido, se
asustaron. Ninguno de ellos dio muestras de la apatía que, según numerosas
hipótesis, intervino en los testigos del caso Genovese. El investigador oyó
decir a algunos sujetos por el micrófono: «¡Dios mío, le ha dado un ataque!».
Otros contuvieron la respiración o, sencillamente, dijeron: «¡Ah!». También
hubo quien dijo: «¡Ay, Dios! ¿Qué tengo que hacer ahora?». Cuando por fin el
investigador entraba en la habitación, pasados seis minutos de ataque
epiléptico sin que el sujeto hubiera intervenido, se lo encontraba sudoroso y
temblando. «¿Se encuentra bien? ¿Lo está atendiendo alguien?», preguntaba el
sujeto entonces, visiblemente preocupado. No conocemos la identidad de los
testigos de Genovese, pero seguramente también estaban muy alterados,
paralizados por el miedo o la indecisión, y no flotando en esa almibarada
lasitud urbana que la gente sospechaba.
Cuando la policía preguntó a los testigos por qué no habían acudido en
auxilio de la víctima, se quedaron sin palabras. «No quería entrometerme»,
decían, pero ninguno fue capaz de dar una idea coherente de su monólogo
interior en esos treinta y cinco minutos de horror. Los sujetos de Darley y
Latané tampoco fueron capaces de decir por qué no habían actuado, aunque eran
estudiantes de la NYU con habilidades verbales muy desarrolladas.
Darley y Latané suponen que, lejos de dejarse dominar por la apatía, los
sujetos «no es que optaran por no hacer nada, sino que se encontraban todavía
en un estado de indecisión y conflicto respecto a si debían intervenir o no. La
conducta emocional de los sujetos que no reaccionaron era el síntoma de que el
conflicto seguía en activo, conflicto que otros sujetos solucionaron dándole
una respuesta».
Puesto que el índice de respuesta estaba tan sistemáticamente
relacionado con el tamaño del grupo, Darley y Latané comprendieron lo que nadie
había entendido hasta el momento: un fenómeno que denominaron «difusión de la
responsabilidad». Cuanto mayor es el número de personas que presencia un
incidente, menos responsable se siente cada individuo en particular, lo cual se
debe sin duda a que la responsabilidad se divide entre todos en partes iguales.
Además, la etiqueta social refuerza la difusión de la responsabilidad con tanta
intensidad que la anula incluso en situaciones de vida o muerte; al fin y al
cabo, sería terrible ser el único que organizara un follón, y a lo mejor por
nada, para más inri. ¿Quién dice si una situación de emergencia es verdadera o falsa?
«Creíamos que era una pelea de pareja», dijo un testigo del caso Genovese. «No
sabía qué sucedía exactamente», dijeron varios sujetos de Darley y Latané. Yo
lo comprendo, es decir que, seguramente, cualquiera lo comprende. Un hombre mal
vestido se cae en la calle. ¿Le ha dado un ataque al corazón o sólo ha
tropezado? ¿No será un vagabundo borracho que me meterá mano si me acerco a él?
Supongamos que no quiere nuestra ayuda, el auxilio de nuestro generoso corazón
liberal, y empieza a gritarnos y nos avergüenza en medio del mercado o de la
plaza: entonces la cruda realidad de nuestra política y nuestras tendencias
farisaicas y discriminatorias queda expuesta a la luz del día. No nos fiamos de
nosotros mismos. ¡Acaso dudamos alguna vez de nosotros mismos! Algunas
psicólogas feministas como Carol Gilligan han escrito largo y tendido sobre el
hecho de que las mujeres de esta cultura pierden «voz» y percepciones desde el
momento en que doblan la traidora esquina que lleva a la adolescencia, pero los
experimentos como el de Darley y Latané parecen indicar que esa pérdida de
confianza es espuria. Nunca la hemos tenido. Somos animales con una maldición,
la maldición de una corteza cerebral tan grande alrededor del cerebro de
serpiente que tenemos que el instinto y su corolario –el sentido común– han
sido aplastados.
4. Es preciso decidir qué acción emprender
La historia no ha terminado. Es todavía más extraña. Darley y Latané
descubrieron que somos incapaces de ayudar al prójimo a causa de la presencia
de otros observadores, y no porque la apatía haya arraigado en nosotros. Por el
contrario, ¿qué sucede cuando el «prójimo» que necesita auxilio es uno mismo?
¿Qué ocurre si nos encontramos ante un posible peligro en una situación social?
¿Actuaremos al menos a favor de nuestra propia integridad?
Las palabras críticas en este caso son «posible peligro». Cuando el
peligro es evidente, como en una guerra, el cerebro de serpiente se desenrosca
y da las directrices siseando. Pero la mayor parte de la vida y la mayor parte
de los casos de emergencia transcurren en un lugar con más matices, en momentos
de penumbra en que es difícil interpretar. Notamos un bulto en el pecho: ¿qué
es? ¿La casa huele a gas o a té? El trabajo de Darley y Latané demuestra que
incluso una cosa tan supuestamente grave como una situación de emergencia es en
realidad una narración maleable; los casos de emergencia no son hechos sino
construcción consciente, y quizá ahí esté el motivo de que no actuemos. Lo que
nos contamos a nosotros mismos, escribe el psiquiatra Robert Coles en su libro
The Call of Stories: Teaching and the Moral Imagination [El reclamo de los
cuentos: enseñanza e imaginación moral], da sentido a nuestra vida. La otra
cara de lo que nos contamos es: lo que nos contamos nos descarría absurdamente.
El segundo experimento de Darley y Latané se llevó a cabo en una
habitación con un conducto de ventilación. Los psicólogos buscaron a dos
estudiantes universitarios para que hicieran de actores. Otro estudiante era el
sujeto ingenuo. Tenían que sentarse los tres en una habitación y rellenar un
cuestionario sobre la vida universitaria. Varios minutos después de comenzada
la sesión, los psicólogos, escondidos en el conducto de ventilación, en las
entrañas del edificio, soltaban un humo inocuo pero muy convincente por el
conducto de la habitación. Imaginémoslo. Al principio, el humo salía
lentamente, pero no tanto como para que el sujeto ingenuo no lo advirtiera
inmediatamente. Los cómplices tenían instrucciones de seguir rellenando el
cuestionario sin acusar miedo. Y así lo hacían. El humo empezaba a salir a
chorro, cada vez más deprisa, más denso, llenando el aire y desdibujando las
siluetas, incluso las caras. Era humo irritante que provocaba tos. El sujeto
miraba alarmado cada poco, veía transformarse el hilo de humo en una gran
humareda, miraba a sus compañeros, que seguían escribiendo tranquilamente, y
entonces, visiblemente confundido, seguía rellenando el cuestionario. Algunos
sujetos se acercaron al conducto, lo miraron de cerca, luego miraron a los compañeros,
a quienes no parecía importarles y volvieron a su sitio a seguir escribiendo.
¡Qué raro! Algunos sujetos preguntaron si era normal que saliera humo por el
conducto, pero los compañeros no dieron más respuesta que un encogimiento de
hombros. En todo el experimento, sólo un sujeto, al cabo de cuatro minutos,
salió al pasillo a avisar al investigador de la presencia del humo, sólo tres
informaron del humo dentro del período completo del experimento y el resto,
nada. En vez de reaccionar a la prueba material del humo, siguieron las claves
sociales de sus compañeros y optaron por convencerse a sí mismos de que no era
un caso de emergencia sino un fallo no peligroso del sistema de aire
acondicionado; bajo el efecto de esa composición de lugar, aguantaron muchos
minutos más, hasta que el aire y sus labios se cubrieron de una fina película
blanca, el investigador entró y dio la sesión por terminada.
Bien, es curioso. Este experimento, quizá más que ningún otro, demuestra
la locura total que habita en el fondo del ser humano; actúa tan en contra del
sentido común que preferimos arriesgar la vida antes que romper filas,
valoramos la etiqueta social más que la supervivencia. Esto sitúa a Emily Post[8] en
un lugar completamente distinto. La buena educación no es una frivolidad, es
más poderosa que la lujuria, que el miedo, es más primordial... ese profundo
pavonearse. Cuando Darley y Latané introdujeron en el experimento la variante
de dejar solo al sujeto en la habitación, éste o ésta casi siempre se convenció
de que el humo era un caso de emergencia e informó de ello inmediatamente.
* * * *
Las claves sociales. El efecto espectador. Ignorancia pluralista. Esos
nombres de resonancias científicas ocultan el absurdo a que se refieren. En la
otra acera hay una iglesia muy bonita con musgo esmeralda entre las piedras. A
veces entro en esa iglesia a oír al coro. Los domingos, después del sermón, se
hace colecta entre los asistentes. Un día, en plena lectura de las historias de
humo y apuñalamientos, advertí que la cesta de la colecta, antes de llegar a la
primera persona del primer banco, ya contenía un donativo de billetes de dólar
doblados. Unas semanas después, mi hermana, que es camarera, me confesó que
«sazonaba» el vaso de las propinas todas las noches antes de empezar con
algunos billetes de cinco y diez dólares: «Así me dejan muchas más propinas –me
dijo–. La gente cree que el dinero lo han dejado los clientes anteriores, y así
ellos también dejan algo». Nos dejamos arrastrar por la imitación.
Los experimentos de Darley y Latané movieron a muchos etólogos a buscar
tendencias similares en «la naturaleza». Por ejemplo, ¿las jirafas echan muchas
miradas de reojo antes de triscar las ramas más altas de ese árbol? ¿Los
primates actúan según la reacción de la comunidad? He aquí un cuento de pavos:
las pavas saben que tienen que cuidar de sus polluelos sólo cuando los oyen
gorjear de una forma peculiar. Si los polluelos no emiten ese sonido, la madre
no recibe el estímulo necesario y los polluelos mueren. La influencia de esa
clave social en particular es tan fuerte que ha sido posible colocar
grabaciones de la voz de los polluelos a mofetas, las principales depredadoras
del pavo, y engañar así a la madre, que se conduce maternalmente con la fiera
que emite el sonido grabado mientras ésta la mata. Los etólogos sostienen que
la clave social o patrón fijo de conducta en animales como las aves es cuestión
de instinto, parte de la masa cerebral y sus circuitos, mientras que en el ser
humano existe en otro plano, como producto del aprendizaje. Los científicos
dudan de que tengamos un gen particular para las «claves». Sin embargo, yo creo
que es posible que sí. Me acuerdo de que, cuando estaba embarazada, me
sorprendió muchísimo que mi cuerpo fuera capaz de concebir un bebé, un ser
completamente independiente, sin instrucciones concretas por mi parte. ¿Cómo
sabía lo que tenía que hacer? Al parecer, las células hablan entre sí
continuamente, se mandan claves químicas a partir de las cuales se desarrolla
toda una serie de acontecimientos que, con el tiempo, se convierten en
determinadas partes del cuerpo humano y, finalmente, en un todo complejo. El
corazón humano se forma cuando una sola célula da la clave a otra, entonces
ésta, a su vez, le da un codazo a otra y, de pronto, aparecen la mano, la
lengua, los huesos, que son finos cables blancos que después se recubren de
carne sedosa. En mi caso, las claves fueron todas correctas y por eso tengo una
hija perfecta.
* * * *
En un mundo en el que claves cada vez más complicadas –celulares,
químicas, culturales– se ciernen sobre nosotros y nos rodean con asombrosa
celeridad, no nos da tiempo de cribar todas las pruebas y actuar en
consecuencia. Si tuviéramos que hacerlo, nos quedaríamos paralizados. Gracias a
las claves sociales y sus componentes químicos, podemos concebir hijos y
guardar silencio cuando es necesario. Gracias a las claves sociales sabemos
cuándo hay que bailar el vals, partir el pan o hacer el amor. Por otra parte,
como han demostrado Darley y Latané, nuestras herramientas de interpretación no
son infalibles, como tampoco lo son las de la pava con sus polluelos. David
Phillips, sociólogo de la Universidad de California, basándose en los
experimentos del humo, ha descubierto en ellos un aspecto particularmente
extraño. Según se demuestra claramente en los datos del FBI y otros cuerpos de
seguridad, cuando un caso de suicidio es objeto de mucha publicidad, se eleva
el número de accidentes aéreos y de tráfico. Phillips llama a este fenómeno «el
efecto Werther» porque, a raíz de la publicación de Las desventuras del joven
Werther, un crispado personaje de ficción que se suicida a causa de un amor no
correspondido, una oleada de suicidios conmovió a Alemania en el siglo xviii.
Phillips estudió las estadísticas de suicidio de los Estados Unidos entre 1947
y 1968. Descubrió que, en los dos meses siguientes a todo caso de suicidio
aireado en la prensa en primera plana, se quitaba la vida una media de
cincuenta y ocho personas más de lo normal. Más inquietantes aún son los datos
que hablan del aumento de accidentes aéreos y de tráfico después de esos mismos
suicidios. Robert Cialdini, científico social de la Universidad de Arizona,
escribe: «Me parece una visión brillante. En primer lugar [el efecto Werther]
explica los datos maravillosamente. Si esos accidentes son en realidad ejemplos
de suicidio por imitación, es lógico que se produzca un aumento de accidentes
tras la publicación de un suicidio […]. Por diversas razones –protección de la
reputación, evitar vergüenza y dolor a la familia, dar tiempo a los herederos a
cobrar las pólizas de seguro– no quieren que parezca que se han quitado la vida
[…]. Por eso, a propósito y furtivamente provocan un accidente con el coche o avión
que tienen en las manos… un piloto de líneas comerciales podría hundir el morro
del aparato… el conductor de un coche podría virar de pronto contra un árbol».
Me resulta difícil de creer. Puedo entender el suicidio imitativo de un
individuo, pero ¿tanta fuerza tiene el efecto Werther, o clave social? ¿Tanta
como para inducir un aumento de accidentes aéreos comerciales tras la muerte de
Kurt Cobain, por poner un ejemplo? ¿Es posible que pilotos o maquinistas de
tren que alberguen impulsos suicidas que jamás han encontrado ocasión de
realizar se vean liberados tan de pronto y estimulados a buscar la muerte por
imitación, al leer un suceso en primera plana, como para arrastrar otras vidas
consigo? Dice Darley, en conversación telefónica: «Bien, es cierto que existen
muchos ejemplos de personas sensibles a la clave social del suicidio, pero es
posible que el caso de los accidentes aéreos sea una exageración». Por otra
parte, Cialdini, uno de los sociólogos vivos más citados, jura por la exactitud
de los números. «Es verdaderamente aterrador –escribe en su libro sobre la
influencia– el número de personas inocentes que se llevan consigo […]. Me han
afectado tanto esas estadísticas que he empezado a fijarme en los reportajes de
primera plana: si son sobre suicidios, cambio mi conducta durante los días
siguientes. Sobre todo, conduzco con mucha más precaución. Me niego a hacer
viajes largos que exijan tomar el avión con frecuencia. Si no me queda otro
remdio esos días, contrato un seguro de vuelo mucho más sustancioso de lo que
haría en circunstancias normales. El doctor Phillips nos ha hecho un gran
servicio al demostrar que las posibilidades de sobrevivir cuando viajamos cambian
cuantitativamente en los días posteriores a la publicación de determinada clase
de reportajes en primera plana. Tenerlo en cuenta es pura prudencia.»
Me gustaría saber cómo pensará tenerlo en cuenta Cialdini, ahora que los
reportajes sobre suicidios llevan en primera plana más de un mes y no dan
señales de remitir. Debe de haberse escondido en alguna parte, en un búnker
construido a mano. Lo llamo. Una mujer de nombre Bobette me dice que está en
Alemania y que tardará en volver.
–¿Le da miedo volver en avión? –le pregunto.
–Ah –me dice–, vivimos tiempos que dan miedo, mucho miedo. Naturalmente,
el doctor Cialdini sabe que habrá más ataques, el principio de la clave lo hace
inevitable.
–¿Cree que le parecería raro que me haya comprado una máscara antigás?
–le pregunto.
–No, no, por supuesto –me contesta–, pero también le diría que, ante los
hechos que han sucedido, debe usted vivir la vida y vivirla mejor.
–¿Él tiene una máscara antigás? –pregunto.
No me contesta.
* * * *
Todo parece deprimente. Estos días de otoño son maravillosos, un
repentino veranillo de san Miguel, el aire huele a fruta caliente, el aroma de
los manzanos, cargados de esferas rojas. Recojo manzanas con mi hija, la aúpo
para que pueda arrancar la fruta de su atadura provisional en la rama, tenerla
en la mano, darle un mordisco y dejar en la piel la marca de sus dientecillos:
jugo dulce y abejas. Las abejas nos obligan a entrar en casa. Los mosquitos han
renacido, nos hurgan en la piel con sus trompillas entrometidas y se nos
hinchan las picaduras. Rocío con DEET[9] y
otros productos químicos pero los bichos son de una extraña raza resistente;
siguen zumbando, cada vez más alto. Son días espléndidos, si no fuera por los
mosquitos, el DEET y el ratón muerto que me encuentro debajo de la cocina: es
sólo un cascarón peludo, un resto descompuesto; dejó de respirar hace ya mucho.
¿Quién puede ser feliz en estos tiempos? El Dow baja, los perros están
intranquilos y resulta que los Cialdini, los Darley y los Werther del mundo
afirman que lo malo se construye sobre lo malo, la estupidez engendra estupidez
y la publicidad dirige el día hasta que todos estamos inmersos en una película
periodística cuya cinta no se detiene. ¿Qué esperanza existe para nosotros, en
realidad? Leemos sobre Milgram y nos sentimos mal. Leer sobre Skinner nos
produce confusión. Leer sobre los descubrimientos de Rosenhan pone de
manifiesto nuestra insensatez, pero al leer sobre estos experimentos nos
embarga una sensación mucho más mortífera que las descargas eléctricas
mortales: sentimos el contagio. Sentimos que nos contagiamos inmovilismo unos a
otros, difusión o confusión. ¿Existen máscaras para eso?
5. Es preciso actuar en consecuencia
Se llama Arthur Beaman y no es famoso, aunque quizá debería serlo.
Beaman, un científico social de la Universidad de Montana, hizo un
descubrimiento interesante del que él y sus coautores dieron cuenta en 1979 en
The Personality and Social Psychology Bulletin. Empecé a buscar el estudio y lo
encontré, tal como esperaba, en un volumen polvoriento de la biblioteca, un
ensayo muy corto, repleto de coeficientes de correlación, contrastes
bilaterales y símbolos cuantitativos como ^, #, +, - e =, que puede ser la
razón de que nadie sepa nada de sus descubrimientos. Para que un experimento
trascienda del continente de la ciencia debe presentarse con un poco de poesía,
con un poco de humo, con una descarga, con dos o tres vibraciones verbales.
A pesar de todo, intentemos desbrozar el camino y penetrar en el estilo
denso de Beaman para recoger el fruto de su trabajo, que es el siguiente: si se
educa a un grupo de gente en los conceptos de clave social, ignorancia
pluralista y efecto espectador, en cierto sentido se inocula una especie de
vacuna contra dichas conductas en el futuro. Entonces, lo que acabamos de leer,
estas últimas veinte páginas aproximadamente, estas ochocientas o mil palabras,
son tanto una descripción o informe como una obra pedagógica. Según los
descubrimientos de Beaman, ahora que sabemos que tenemos tendencia a no actuar
en el momento crucial, será menos fácil que caigamos en errores de
interpretación. Quizá incluso se pueda afirmar que compré una clase de máscara
antigás y me tejí otra de palabras para protegerme de otra clase de peligro.
Beaman reunió un grupo de estudiantes. Les proyectó unas películas de
los experimentos con epilepsia y humo de Darley y Latané, películas que
articulaban con toda claridad para el espectador lo que Darley y Latané
elaboraron en forma de cinco fases de la conducta solidaria:
1.
Es
preciso que quien puede prestar auxilio se dé cuenta de lo que está sucediendo.
2.
Es
preciso entender que el suceso requiere intervención.
3.
Es
preciso asumir la responsabilidad personal.
4.
Es
preciso decidir qué acción emprender.
5.
Es
preciso actuar en consecuencia.
Los estudiantes que vieron las películas y aprendieron las fases
precisas que culminaban en una buena conducta civil tenían prácticamente el
doble de posibilidades de prestar auxilio que los que no habían recibido esa
educación. Los universitarios así vacunados ofrecían ayuda a las señoras que
resbalaban en el hielo, a los accidentados en carretera, a los epilépticos que
sufrían un ataque súbito: hay accidentes por todas partes, aterrizajes de
emergencia. Si la educación produce tanto efecto en el aumento de la conducta
solidaria y en la capacidad de acción en situaciones de emergencia, no cabe
sino preguntarse por qué no forma parte del programa pedagógico nacional. Sería
muy fácil incluirlo en el curso obligatorio de primeros auxilios, en el título
de reanimación cardiopulmonar [CPR] e incluso en los programas de servicios
públicos. Cinco cosas fáciles que es preciso hacer. Es preciso que sepamos qué
hacer, máxime ahora que nuestra nación parece estar describiendo una curva
crítica. Si el autobús sale volando por los aires, es preciso que sepamos.
Ahora que sé, me siento mejor preparada. Los políticos nos dicen que nos
dediquemos a nuestros asuntos pero que estemos atentos a cualquier señal rara.
Creo que ya es hora y voy al centro de la ciudad. Hace una semana que este país
sufrió el ataque terrorista de mayor envergadura, y se rumorea que sufriremos
otro este fin de semana. «Cada cual que se dedique a sus asuntos», dice todo el
mundo, y en realidad, ¿qué otra cosa podemos hacer? Así pues, voy al centro a
pesar de que ahora la multitud me crispa. Boston está preciosa en otoño, dorada
por un sol cálido, el césped del cementerio municipal está verde cerceta
atlántico. Sin embargo la ciudad está extrañamente silenciosa y los pocos
sonidos que se oyen adquieren mayor sentido, todo está saturado de sentido. Un
niño grita y su columpio describe un alto arco en el aire. Un periódico
abandonado en un banco del parque se agita inquieto con el viento. En lo alto
de Beacon Hill veo mi rincón predilecto de Boston, el que más me gusta desde
pequeña. La cúpula dorada del edificio de la legislatura, bajo la cual me
imaginaba que se reunían toda clase de extraños seres alados, y tenía razón.
Ahora, a los políticos no se los ve por ninguna parte, pero lo que me encuentro
ante las verjas de hierro es a un muchacho con mala pinta, de unos dieciocho
años, con la cabeza agresivamente rapada y una cruz azul grabada. Va de
uniforme, con botas negras de cordones, el vello ario de sus brazos brilla.
Parece sospechoso. La funda de una navaja, o algo que se le parece, le sobresale
del bolsillo. Está acuclillado en un rincón tratando de pasar desapercibido, no
lo dudo, y dibujando algo a toda prisa…, una ruta para entrar en el edificio, o
para salir de él, quién sabe. El otro día nos contaron que en unos estudios de
Detroit se habían encontrado dibujos de embajadas y aeropuertos, además de
manuales sobre sulfatadoras. El muchacho murmura unas palabras para sí. Dice:
«Aire». Y dice: «Golondrina». A pesar de todo lo que he leído y estudiado sobre
la conducta de espectador, no sé muy bien qué hacer. Lo más seguro sería
informar de su presencia, pero ¡qué ridículo sería! He aquí el problema de la
educación. Paso número uno. Es preciso entender que hay que intervenir. En un
mundo donde hay más sombra que sol, eso no es fácil de hacer. Pero me acerco un
poco al chico de la mala pinta, neonazi o alguna otra clase de hijo rebelde, y
de pronto, al notar que merodeo, vuelve la cabeza hacia mí como un latigazo y
veo que tiene los ojos de un verde de vidrio tallado en estado líquido.
Le sonrío, una sonrisa temblorosa y tímida.
Me mira de arriba abajo y luego sonríe también.
No cruzamos una palabra, pero él sabe lo que estoy pensando: los dibujos
rápidos y furiosos, la postura acuclillada militar, la cabeza rapada: maldad
por todas partes.
Utiliza un lápiz corto con gruesa punta de carboncillo que traza
exuberantes líneas rizadas.
Lo sé porque el muchacho comprende lo que estoy pensando (qué extraño es
que a veces nos oigamos sin intercambiar una palabra y que, otras, ni siquiera
un grito nos ayude a interpretar; qué confusos son los diversos lenguajes) y
gira el cuaderno de dibujo para que vea lo que está haciendo, y lo que veo no
son vías de salida o escape ni nada sospechoso. Es un boceto del único árbol
que se alza en el césped del edificio, y refleja el intrincado entramado de
hojas, la multiplicidad de nervaduras. Y entonces lo veo, veo que en cada una
de las hojas asoma la más leve insinuación de un rostro humano, la vida en sus
primerísimos momentos, en los últimos, no se sabe con certeza. Pero el dibujo
es muy bonito. Entonces, el muchacho lo arranca del cuaderno y me lo da. Me lo
llevo a casa. Lo pego aquí, encima del escritorio y a veces, mientras tecleo
estas palabras, me detengo a mirar las ramas en las que flotan esos rostros
humanos a medio nacer, un tapiz de hojas tan cargado de mensaje, misterio y
significados múltiples. Conozco las cinco fases y, sin embargo, la narración
sigue dando bandazos.
Capítulo 5
Acallar la conciencia
Los experimentos de Leon Festinger
Leon Festinger nació el 8 de mayo de 1919 de padres de origen ruso.
Estudió psicología en el City College de Nueva York y se licenció en la
Universidad de Iowa bajo la tutoría del conocido psicólogo alemán Kurt Lewin.
Más tarde, Lewin y Festinger se trasladaron al Instituto de Tecnología de
Massachusetts (MIT) y, en 1957, este último publicó su obra más conocida,
Teoría de la disonancia cognoscitiva[10], donde
afirma: «La oposición psicológica de ideas (cogniciones) irreconciliables que
concibe simultáneamente un mismo individuo crea una fuerza motivadora que, en
las circunstancias apropiadas, lleva al reajuste de las creencias para
acomodarlas a la conducta, en vez de cambiar la conducta de acuerdo con las
propias creencias (la secuencia se asume convencionalmente)».
Festinger era un investigador y experimentador riguroso. Para poner a prueba su
teoría de las «ideas irreconciliables», más conocida como «disonancia
cognitiva», ideó una serie de pequeños experimentos sorprendentes y
estratégicamente complicados, los primeros de su especie que iluminaron las
maquinaciones racionalizadoras de la mente humana.
Ella se llamaba Marion Keech, él se llamaba doctor Armstrong. Vivían en
Lake City (Minneapolis), un lugar frío y ventoso de inviernos blancos donde la
nieve caía desde nubes manchadas, cada copo un pequeño mensaje, un designio que
había que descifrar.
Y en ese inmenso paisaje, Marion Keech, un ama de casa común y
corriente, recibió un día una carta de un ser llamado Sananda. No llegó en un
sobre, sino a través de una vibración de alta intensidad que obligó a su mano a
garabatear unas palabras en una hoja de cuaderno; y las palabras decían: «El
ascenso del fondo del Atlántico sumergirá la tierra de la costa atlántica;
Francia se hundirá… Rusia se convertirá en un gran mar… Una ola inmensa
inundará las Montañas Rocosas… con el propósito de purificarlas de criaturas
terrestres y crear un nuevo orden». A partir de entonces, los mensajes
empezaron a llegar con furia, a toda velocidad. Avisaban de la inminente venida
de un diluvio, que tendría lugar el 21 de diciembre de 1954. Mas quien creyere
en un dios llamado Sananda se salvaría.
Marion Keech creía; el doctor Armstrong, que tenía un prestigioso puesto
de médico en una facultad cercana y que había conocido a la señora Keech en un
club de platillos volantes, también llegó a creer, como creyeron Bertha y Don,
Andrew y varias personas más. Fundaron una secta e hicieron sus preparativos.
Corría el mes de noviembre y anochecía temprano, la oscuridad caía de golpe,
tangible como la pez. El grupo envió un solo comunicado a una agencia de prensa
y, excepto por ese comunicado, evitó la publicidad, pues sólo unos pocos eran
los escogidos de Sananda y propagar el pánico parecía cruel. Con todo, la
noticia corrió y los habitantes del medio oeste, desde Idaho hasta Iowa,
sintieron curiosidad y aturdimiento. Leon Festinger, un psicólogo de treinta y
un años, de la cercana Universidad de Minnesota, oyó hablar de la secta y
decidió infiltrarse en ella. Se preguntaba qué sucedería cuando llegase la
medianoche del 21 de diciembre y no aterrizase ningún platillo volante ni
sobreviniera el diluvio. ¿El grupo perdería la fe? Festinger quería saber cómo
reaccionan los seres humanos cuando las profecías no se cumplen.
Y así, organizó a unos pocos adláteres, se presentaron fingiendo que
eran creyentes y entraron en la secta. Observaron los intensos preparativos de
los adeptos para el acontecimiento que debía producirse con el solsticio de
invierno. Kitty, una adepta, dejó el trabajo, vendió su casa y se fue con su
hija, un bebé, a vivir con la señora Keech. El doctor Armstrong, convencido de
la inminencia de la inundación, comprometió su trabajo de médico predicando en
el aula de exámenes y, como consecuencia, fue expulsado sumariamente,
abandonado a su suerte sin más que un estetoscopio y un martillo para probar
reflejos… No le importó. Los bienes materiales, los títulos, el prestigio, todo
era irrelevante a los ojos del sabio Sananda, de nada serviría en el nuevo
planeta al que la secta sería transportada, lejos, lejísimos de allí, invisible
en el cielo salvo por algún que otro destello luminoso que, como una escisión
roja, aparecía y, súbitamente, era absorbida de nuevo por la negrura.
La víspera del diluvio, creyentes e investigadores de incógnito se
reunieron en la sala de estar de Marion Keech en espera de instrucciones, que
llegaron en forma de escritura automática y llamadas telefónicas de los hombres
del espacio, que se hacían pasar por bromistas pero en realidad les transmitían
mensajes codificados. Por ejemplo, en una de la llamadas se recibió el
siguiente mensaje: «Oiga, mi cuarto de baño se ha inundado, ¿quieren venir aquí
a celebrarlo?», y el grupo se regocijaba porque era una señal secreta muy clara
del ayudante especial de Sananda. Llegó un mensaje a través de un misterioso
fragmento de hojalata que se encontró entre las fibras de la alfombra de la
sala de estar. El fragmento era una aviso para que todos los adeptos se despojasen
de los objetos de metal que llevaran puestos antes de entrar en la nave
espacial, la cual aparcaría en el bordillo de la acera ¡al cabo de diez
minutos! Las mujeres empezaron a desgarrar frenéticamente los corchetes y
cierres del sujetador; los hombres se arrancaron los botones; uno de los
investigadores, que llevaba pantalones con cremallera metálica, fue conducido a
toda prisa a un dormitorio donde el doctor Armstrong, atacado de miedo,
jadeando y echando miradas al reloj, le cortó la bragueta y lo dejó con un gran
agujero por donde se colaba el viento del medio oeste.
Eran las doce menos diez de la noche, faltaban diez minutos para el
aterrizaje. Los adeptos habían dejado el trabajo, habían vendido la casa, se
habían alejado de sus respectivas familias: habían invertido mucho. El tictac
de los dos relojes de la casa de la señora Keech se oía perfectamente: al
principio, regular como los latidos del corazón, después, más ominosamente, a
medida que se acercaban las doce… y que pasaban de largo. Tictac, tictac,
seguían los relojes como si chasquearan la lengua, pero del cielo helado no
caía una gota; fuera, la tierra seguía reseca como Canaán, dura y oscura en la
noche. Algunos adeptos lloraban tapándose los ojos con las manos, visiblemente
impresionados. Otros se limitaban a yacer en los divanes mirando al vacío. Y
algunos se asomaban entre las cortinas a mirar las potentes luces que
alumbraban el patio, que no eran luces de naves espaciales, como esperaban,
sino focos de emisoras de noticias, que habían ido a divertirse un poco.
* * * *
Antes del gran acontecimiento, la secta había evitado toda forma de
publicidad, salvo el comunicado de prensa, aunque la noticia de la próxima
catástrofe se había propagado por todo el medio oeste y los seguidores habían
recibido numerosas ofertas para comparecer ante las cámaras. Sin embargo, aquel
día, a medida que la noche pasaba y el cielo continuaba seco, Festinger observó
el comienzo de un proceder extraño. Los adeptos abrieron las cortinas a los
equipos de televisión. Los invitaron a entrar con gallardía, insistentemente, y
les ofrecieron té con pastas. Marion Keech, sentada en una silla de la sala de
estar, recibió un mensaje urgente de un ser de las altas instancias que le
dijo, según transcribió, que se pusiera en contacto con todas las emisoras que
pudiera e informase de que el diluvio no se produciría porque «el pequeño grupo
que había pasado toda la noche esperando había desprendido tanta luz que había
salvado al mundo de la destrucción». La señora Keech llamó a la ABC, a la CBS y
a The New York Times, un completo giro: ahora quería hablar. Hacia las cuatro
de la madrugada, un periodista llamó por teléfono. La había llamado ya pocos
días antes y, con mucho sarcasmo, le había preguntado si le gustaría aparecer
en su programa para celebrar una fiesta de despedida del mundo, a lo que ella
había respondido colgando de golpe el teléfono, acalorada y furiosa. Entonces,
cuando la llamó esa segunda vez con intención de cebarse en el fracaso de la
profecía, le dijo: «¡Salgo inmediatamente! ¡Ahora mismo voy para allá!». Los
adeptos llamaron a Life, Time y Newsweek y, en los días siguientes, concedieron
numerosas entrevistas a los periodistas, todo por convencer al público de que
sus actos y creencias no eran en vano. Celebraron con alborozo y bailes la noticia
del terremoto del 21 de diciembre registrado en Italia. «¡La corteza de la
tierra se desliza!»
Disonancia. Un millón de racionalizaciones, fallas en la tierra, en el
cerebro, y toda suerte de remedios para subsanarlas. Sólo podemos imaginarnos
lo divertido y lamentable que le parecería a Fastinger ver a la gente abrazando
la mentira, pasarla por alto, colarse por ella, justificarla, apisonarla. Según
el psicólogo, el aumento espectacular de la labor de proselitismo que siguió a
tan evidente fracaso era una reacción completamente contraintuitiva, y en ello
basó una teoría, la de la disonancia cognitiva, e ideó una serie de
experimentos para demostrarla. Lo que descubrió infiltrándose en la secta y a
través de sus lecturas de historia fue que los grupos religiosos inician la
labor de proselitismo precisamente cuando una creencia no se confirma, como si
fuera una especie de mecanismo de defensa desesperada. La disyunción entre lo
que uno cree y la evidencia de los hechos estremece en grado sumo, como el
chirrido de la tiza sobre la pizarra. Sólo se consigue recuperar la calma si
mucha más gente se apunta a la nave espacial, por así decirlo, porque si todos
volamos juntos en ese artefacto, sin duda nos asiste la razón.
* * * *
Parece adecuado que un hombre como Festinger descubriera la disonancia
cognitiva, pues era un tipo gruñón que, allá donde fuera, crispaba los nervios
a todo el mundo.
Elliot Aronson era alumno de posgrado de Festinger, allá en la década de
1950, cuando el conductismo todavía dominaba el panorama. «Festinger era bajo y
feo –dice Aronson– y los estudiantes lo temían tanto que nadie quería
matricularse en sus seminarios. Sin embargo, no carecía de cierta calidez.
También es el único genio que he conocido en mi vida.»
Después del estudio de la secta, Festinger y sus colegas se dispusieron
a investigar la disonancia cognitiva en toda su dimensión. En un experimento,
pagaron veinte dólares a un grupo de personas por mentir a otras, y a otro
grupo les pagaron un dólar por lo mismo. Llevado a cabo el experimento,
descubrieron que la probabilidad de afirmar que se creían la mentira era mayor
entre los que habían mentido por un dólar que entre los que habían ganado
veinte. ¿Por qué sucedía eso? Según la hipótesis de Festinger, era mucho más
difícil mentir por un dólar; al fin y al cabo, somos personas buenas e
inteligentes y las personas buenas e inteligentes no hacen cosas malas sin un
verdadero motivo. Así pues, como la mentira no tiene vuelta atrás y ya nos
hemos embolsado el mísero dólar, alineamos las creencias con los actos para
atenuar la disonancia entre el concepto que tenemos de nosotros mismos y la
conducta cuestionable. No obstante, los que recibieron veinte dólares por
mentir no cambiaron de parecer; efectivamente, dijeron: «Sí, mentí, no creía
una palabra de lo que dije, pero me pagaron bien». Los sujetos de los veinte
dólares experimentaron menos disonancia; la mentira estaba convincentemente
justificada, una justificación de dos dígitos y un sonoro chasquido.
La teoría de la disonancia tomó por asalto la psicología estadounidense.
«Por asalto –dice Aronson–. Fue el súmmum. Era muy elegante, ofrecía
explicaciones muy elegantes de una conducta tan misteriosa.» La teoría de la
disonancia explicaba, por ejemplo, el hecho desconcertante de que, en la guerra
de Corea, los chinos lograran con tanta facilidad que los prisioneros de guerra
estadounidenses abrazaran el comunismo. Y no lo hicieron por medio de torturas
ni de sobornos deslumbrantes, sino simplemente ofreciéndoles un poquito de
arroz o unas golosinas a cambio de que escribieran artículos
antiestadounidenses. Después de escribir el artículo y recibir el premio,
muchos soldados se hicieron comunistas. Es extraño, sobre todo porque solemos
creer que el lavado de cerebro se consigue enjabonando encarnizadamente con
sosa o con premios suculentos. Pero la teoría de la disonancia predice que
cuanto más mísera sea la recompensa por adoptar una conducta en desacuerdo con
las creencias propias, mayores probabilidades hay de que la persona cambie esas
creencias. El sentido de todo esto es retorcido. Si nos vendemos por un
caramelo, por un solo cigarrillo o por unos granos de arroz, más vale que
encontremos un motivo convincente que lo justifique, porque, de lo contrario,
no somos más que unos gilipollas. Si no se puede retirar el artículo publicado
ni dar marcha atrás a la mentira, cambiamos nuestras creencias para que dejen
de pincharnos e irritarnos y para salvarnos de la gilipollez. Los chinos fueron
maestros en su conocimiento intuitivo de la disonancia cognitiva; ofrecían
menudencias en la palma de la mano y, de la fuerza que emanaba de ahí, sacaban
hombres dispuestos a abrirse y cambiar su moldeable mente.
Festinger y sus alumnos descubrieron varias formas diferentes de
disonancia. Llamó «paradigma de creencia-desconfirmación» a lo que observó en
la secta. Llamó «paradigma de recompensa insuficiente» a lo que observó en las
mentiras a cambio de dinero. Otra categoría, la del «paradigma de conformidad
inducida», se ilustra muy bien en el experimento en que sometió a ciertos ritos
de iniciación a dos grupos de universitarios novatos que querían entrar en una
fraternidad: unos de los ritos eran rigurosos y otros, menos rigurosos. Los que
se sometieron a las pruebas más rigurosas se declararon mucho más comprometidos
con el grupo que los de las pruebas menos rigurosas. Con esos sencillos
experimentos, Festinger puso toda la psicología patas arriba. Puso a Skinner
patas arriba drásticamente. Al fin y al cabo, Skinner había dicho que el premio
refuerza y el castigo extingue, pero este hombre de baja estatura, Leon, había
demostrado de un plumazo que el conductismo se equivocaba. ¡Se equivocaba!
Estamos dominados por el castigo y la mezquindad; en el centro del universo
humano no hay una generosa porción de queso, sino una raspadura ínfima de no se
sabe qué, y no hay palomas, ni ratas ni cajas. Sólo hay seres humanos motivados
por una mente que necesita estar en paz. Skinner había barrido el mentalismo
del panorama y nos había dejado solamente con nuestras mecanicistas respuestas
condicionadas, pero después llegó Leon, el gruñón y mordaz Leon, nos devolvió
nuestro complicado cerebro y dijo que, efectivamente, «la teoría del premio no
explica por sí sola la conducta humana. El ser humano PIENSA. Realiza los más
asombrosos ejercicios de gimnasia mental sólo para justificar su hipocresía».
Festinger no tenía una visión optimista de la naturaleza humana. Fumaba
dos paquetes de Camel sin filtro al día y murió de cáncer de hígado a los
sesenta y nueve años. No es de extrañar que le gustaran los existencialistas,
como Sartre con su universo vacío o Camus, que creía que el hombre se pasa la
vida entera intentando convencerse de que no es absurdo. Festinger creía que el
hombre no era un ser racional, sino racionalizador. Vivía con Trudy, su segunda
mujer, en un apartamento de un pueblo donde, me imagino, su cigarrillo
brillaría con luz anaranjada en la penumbra, las paredes de su estudio estarían
forradas de libros y habría una solitaria mezuzah clavada en el marco de la
puerta, un minúsculo rollo de plata, y dentro, una historia.
* * * *
Sé una historia que seguro que a Festinger le habría gustado. No lejos
de mi casa, en la pequeña ciudad de Worcester (Massachusetts), reside una
epítome viviente de la racionalización. Se llama Linda Santo. Hace quince años,
su hijita Audrey, de tres, se cayó a la piscina de la casa y la encontraron
flotando boca abajo en la parte honda. La rescataron y la reanimaron, pero el
cerebro estaba destruido: sólo se registraban unos pocos culebreos eléctricos
en la base, donde se controlan los latidos del corazón, donde llegan las
señales de las glándulas sudoríparas y esas cosas. La base.
Hace quince años, Linda Santo –sobre la que he leído muchos artículos y
que ha aparecido muchas veces en la televisión local como mitad heroína, mitad
rareza–, hace quince años llevó a su hija Audrey a casa conectada a un equipo
de supervivencia, con una traqueotomía practicada en la garganta, y la bañaba y
la cambiaba de postura diez veces al día para que la piel siguiera rosada, sin
una sola escoriación, le levantaba la cabeza y se la apoyaba en cojines blancos
de satén con forma de corazón y la rodeaba de reliquias religiosas, porque la
fe católica de Linda siempre había sido fuerte. Audrey yacía en el lecho y, en
una estantería por encima de su cabeza, Jesús ofrecía el corazón y María miraba
extasiada: figuras pequeñitas, figuras enormes, manos de porcelana con estigmas
y la sangre color remolacha, seca.
Unos meses después del accidente, según varios artículos de prensa, su
marido la abandonó. La mujer se quedó sin dinero. Tenía tres hijos más. Las
reliquias religiosas que rodeaban la cama de Audrey cobraron vida propia. Se
movían solas y se ponían de cara al altar. Por las heridas resecas de Cristo
manaba sangre de verdad. Unos óleos extraños comenzaron a gotear del rostro de
los santos. Audrey, bien, Audrey abría los ojos y los movía de un lado a otro,
y en Cuaresma lloraba de dolor hasta que, en Pascua de Resurrección, se sumía
en un sueño profundísimo.
La gente empezó a visitarla, enfermos de esclerosis múltiple, tumores
cerebrales, dolencias cardíacas o depresión. Iban a verla y después se llevaban
a casa un poco del santo óleo milagroso que exudaban las figuras. En casa de
los Santo, se obraban milagros rápidamente, uno tras otro; los peregrinos
enfermos, arrodillados al pie de la cama de la niña, dejaban de ser ciegos y
veían, mientras la niña Audrey sangraba por todos los orificios del cuerpo como
si estuviera purgando los pecados del mundo entero. Linda asegura que a ella no
la asombraba. Sabía que su hija era una santa, que Dios la había escogido como
víctima para que soportara el dolor de los demás mientras ellos sanaban. Lo
había visto con sus propios ojos. Es más, Audrey se había ahogado el 9 de
agosto a las once y dos minutos de la mañana, y sólo cuarenta años antes, el 9
de agosto a las once y dos minutos de la mañana, los Estados Unidos habían
lanzado la bomba sobre Nagasaki. Un incidente que, según Linda, había
avergonzado a toda la humanidad; pero ahora estaba redimido.
La historia de los Santo es un clásico de Festinger: cómo se retuerce el
pensamiento de una madre hasta convertir una tragedia terrible en su salvación,
alcanzando la consonancia mediante una rápida serie de racionalizaciones. Me
pregunto cómo reaccionaría ante esta explicación una mujer que personifica tan
perfectamente la teoría de Festinger.
La voz de Linda en el teléfono es ronca y lenta, tiene algo que me
sorprende. Le digo que soy escritora, que la he visto en televisión, que estoy
estudiando la creencia y la fe y que un hombre llamado Festinger...
–¿Qué es lo quiere usted saber? –me pregunta. Quizá lo que oigo sea sólo
la fatiga que produce la fama. Una entrevista más de los millares que habrá
concedido, pero concederá una más si es necesario... por Audrey, para predicar
la palabra–. Si es usted periodista y quiere venir a fotografiar a mi hija, le
digo por adelantado que tiene que solicitarlo en la iglesia...
–No –digo–, quisiera saber si ha oído hablar de un hombre llamado
Festinger y de sus experimentos...
–Festinger –dice con un chisporroteo, pero no añade nada más.
–Hubo una vez un grupo –digo– que creían que un salvador vendría a
buscarlos el 21 de diciembre, y Festinger, que era psicólogo, estudió lo que
ocurrió cuando llegó el 21 de diciembre y nadie fue a salvarlos.
Pausa larga en el teléfono. De pronto me parece que lo que estoy
haciendo es cruel. Cuando nadie fue a salvarlos. Oigo ruiditos misteriosos al
fondo, llaman a la puerta, un cuervo grazna volando por el cielo.
–Festinger –dice Linda–. ¿Es un nombre judío?
–Del todo –digo.
–Los judíos hacen buenas preguntas –responde.
–¿Y los católicos? –pregunto.
–Podemos preguntar. La fe en Dios –dice Linda– no siempre es absoluta.
Aunque tengas correo electrónico directo con Jesús, a veces el correo falla
–deja de hablar; le noto algo pegado a la voz.
–¿Y a usted le ha fallado el correo?
–Tengo cáncer de mama –prosigue– desde hace siete años. Acabo de
descubrir que se me ha reproducido por quinta vez, y le diré que hoy estoy
cansada.
Me llevo la mano al pecho, cincelado de puntos de múltiples biopsias;
las células se revuelven inquietas bajo la piel.
–¿Audrey no podría…, no le pediría que la sanase…?
–¿Quiere saber la verdad? –me interrumpe Linda con voz cortante–.
¿Festinger y usted quieren saber qué es cada cosa? Los días malos, como hoy,
dudo que el sufrimiento tenga algún valor. Escriba eso –dice.
* * * *
Festinger escribió: «La búsqueda de la consonancia es un “estado
instintivo”. Nos pasamos la vida prestando atención solamente a la información
que está en consonancia con nuestras creencias y pasamos por alto las
contradicciones que puedan poner en cuestión lo que hemos construido».
Con todo, Linda Santo ilustra los puntos débiles de esta teoría y de los
experimentos diseñados para demostrarla. No lejos de mí, en este mismo momento,
una mujer se sienta en la penumbra sin nada a lo que agarrarse. El cáncer y la
imposibilidad de su hija de curárselo son disonantes en su paradigma dominante,
pero en vez de buscar la consonancia por medio de la racionalización, como
predice Festinger, y yo también, Linda parece encontrarse en un estado de
suspensión en el que las creencias se desmoronan y forman nuevas combinaciones
que todavía no vemos. Quién sabe las nuevas formas de fe que podrían emerger de
la resolución de Linda a negarse a racionalizar y, en cambio, plantearse una
revisión real. Festinger no investigó ese fenómeno: cómo la disonancia lleva a
la duda y la duda lleva a la luz. Tampoco estudia por qué unas personas
prefieren la estrategia de la racionalización y otras la de la revisión. Pienso
en Linda. Pienso en otras personas. ¿Qué permitió a Isaac Newton cambiar la
palma de la mano divina por la gravedad, o a Colón descubrir que el borde del
mundo es redondo? A lo largo de la historia se encuentran ejemplos de personas
que, en vez de taparse los oídos, han dado rienda suelta a la disonancia con
voluntad de oír lo que de allí pudiera salir. Festinger es en realidad uno de
ellos. Sus ideas y experimentos eran muy disonantes respecto al saber de
Skinner que dominaba en su época. Pero prestó atención. ¿Por qué?
–La disonancia –dice Elliot Aronson, principal investigador de la
disonancia y profesor emérito de la Universidad de California (Santa Cruz)–, la
disonancia no se refiere en realidad a la forma en que evolucionan las
personas. La teoría no se ocupó de ese aspecto.
–¿Cree que es un defecto de la teoría? –le pregunto.
–Comprender por qué unas personas resuelven la disonancia creativamente
pero otras esconden la cabeza bajo el ala podría iluminarnos mucho –hace una
pausa–. En Jonestown –prosigue al cabo– se suicidaron novecientas personas como
forma de resolver la disonancia. Unos pocos no lo hicieron, es cierto, pero
novecientos sí, y me parece notable. La teoría se centra en los novecientos, en
la inmensa mayoría que defendió sus convicciones incluso hasta morir.
No soy una gran psicóloga, como Leon, pero, después de hablar con Linda,
me he formado una opinión, que es la siguiente: la teoría de la disonancia se
queda un poco corta porque sólo tiene en cuenta la forma en que cosificamos
narraciones, y no la forma en que las revisamos. Por tal motivo, la disonancia
se nos presenta como un estado unidimensional, una especie de estruendo inútil,
cuando, en realidad, el sonido discordante también puede afinarnos el oído y
convertirse en semilla de canciones nuevas.
–¿No le parece –le pregunto a Aronson– que por no haber investigado las
respuestas a la disonancia que crean paradigmas nuevos para incorporar la
información nueva, la teoría deja de lado un aspecto importante de la
experiencia humana?
Le preguntó por qué cree que unos racionalizan y otros revisan en
profundidad. Y, lo que es más importante, cómo se arreglan las personas que,
ante un paradigma crucial, aceptan largos días, semanas, meses de chirridos, y
qué es lo que su capacidad para tolerar semejantes sonidos y sensaciones nos
enseña a propósito de lo que podríamos hacer para imitarlos, en aras de una
vida de horizontes más anchos.
–¿Alguien ha estudiado a esa otra clase de personas? –pregunto.
–Eso es cuestión de crecimiento humano –responde Aronson–.
Especulativamente, diría que las personas que responden a la disonancia con
introspección sincera tienen un grado de autoestima más elevado y mejor
fundado, o quizá en realidad lo tengan más bajo y, por tanto, no tengan nada
que perder si dicen: «¡Vaya! Parece que todo mi empeño ha sido completamente
inútil. Soy un auténtico imbécil».
–Pero ¿usted no ha hecho ningún experimento en el que estudiase quiénes
son esas personas y cómo experimentan la disonancia? ¿Tiene usted alguna
información?
–No, no tenemos información –responde Aronson– porque no tenemos a esas
personas. Las personas de las que usted me habla escasean y están lejos unas de
otras.
* * * *
Voy a ver a Linda. Worcester (Massachusetts) está a una hora de mi casa,
más o menos. Una vieja ciudad fabril, sucia de hollín, con fábricas vacías y
almacenes decrépitos. Si Linda tuviera que revisar su narración de la santidad
de su hija, del sufrimiento en sentido absoluto, ¿qué dejaría? ¿Qué nueva
narración podría consolarla en su situación? He preguntado de qué forma la
disonancia lleva a profundizar, pero las profundidades son peligrosas: ahí
viven los pulpos y se esconden los afilados dientes del tiburón.
La casa de los Santo está en una acogedora calle lateral. Es modesta, de
estilo rancho, y está pintada de color carne, con un par de postigos de
plástico en cada ventana. Llamo a la campana, que suena alegremente en el
interior, y una voz me dice: «La recibiré aquí al lado, en la capilla».
Doy por sentado que es la voz de Linda. Pego el oído a la puerta un
momento y oigo una respiración gutural, el estrépito de un orinal: Audrey. Ya
ha cumplido dieciocho años. Tiene el período todos los meses. Su madre se está
muriendo.
Encuentro la capilla, el garaje reconvertido. Es húmeda, veo por todas
partes figuras que exudan aceites, con vasitos de cartón sujetos a la barbilla
para recoger los regios óleos. Entra una mujer con los ojos curiosamente
desenfocados; lleva en la mano un recipiente con bolas de algodón.
–Me llamo Ruby –dice–, soy voluntaria –empapa las bolas de algodón en la
cara mojada de los santos y luego las guarda en una bolsa con cremallera–. La
gente se lo lleva –me dice–. Son aceites milagrosos, lo curan casi todo.
Quiero preguntar a Ruby cómo justifica el hecho asombroso de que el óleo
milagroso no cure a quien lo cuida, a Linda, la madre de la santa, pero me
contengo. Me quedo mirándola mientras ella va por toda la capilla empapando los
algodones en aceite; al cabo de un rato, no puedo evitar preguntarle:
–¿Cómo sabe que no viene alguien aquí por la noche y unta las figuras de
aceite sin que ustedes lo vean?
Se da la vuelta para mirarme.
–¿Quién, por ejemplo? –dice. Me encojo de hombros–. Lo he visto con mis
propios ojos –dice–. Estaba junto a la cama de Audrey el otro día, cuando una
de las estatuas empezó a destilar aceite, tuvo una hemorragia de aceite, por
eso lo sé.
La puerta de la capilla se abre, una cuña de luz de atardecer en el
espacio en penumbra, y entra Linda. Tiene el pelo quebradizo, rizado a
conciencia, y lleva unos grandes pendientes de aro que contrastan con su cara
pálida y arrugada.
–Gracias por recibirme –dije–. Gracias por avenirse a hablar conmigo de
su fe en esta situación tan difícil.
Linda se encoge de hombros. Se sienta con una pierna colgando, la
balancea como una niña.
–Mi fe –dice–, mi fe nació cuando estaba en el útero. Si no la tuviera,
en estos momentos sería un nabo encerrado en una habitación acolchada.
–¿Qué significa su fe? –pregunto.
–Significa que tengo que entregar cosas a Dios, lo cual es difícil
porque soy baja, y usted también: las dos somos de tipo napoleónico... por eso
es tan difícil –se ríe socarronamente.
Observo su cara con atención. Los ojos le brillan, sin duda, pero por
debajo del brillo veo un pozo opaco de miedo.
–Bien –digo–, según me contó por teléfono, parecía que empezaba a
cuestionarse la fe, a dudar de la santidad de su hija y esas cosas... –termino
sin terminar.
Linda enarca las cejas, perfectamente depiladas en ángulo.
–No fue eso lo que dije exactamente.
–Me dijo que tenía dudas, y quisiera hablar con usted de...
–Eran dudas intrascendentes. En esencia, no tengo dudas –dice, y parece
enfadarse.
–Ah.
–Mire –prosigue–, sé quién soy y sé quién es mi hija. Audrey tiene una
cuenta de correo electrónico directa con Dios. Ella lleva a Dios las peticiones
de los enfermos y Dios los cura. No es Audrey quien los cura. Los cura Dios,
pero Audrey tiene su número de fax, no sé si me explico –asiento–. Voy a
decirle una cosa –continúa–. Una vez, vino a ver a Audrey una mujer que estaba
en tratamiento de quimioterapia. Unos días después, a Audrey le salió una
erupción virulenta de color rojo, como si estuviera ardiendo. No sabíamos de
dónde venía. Llamamos al dermatólogo y vino a casa. Era judío, pero un hombre
muy bueno. Y dijo: «Esta clase de erupción la produce la quimioterapia». Nos
pusimos en contacto con la enferma y a ella le había desaparecido la erupción.
Así pues, ya ve –concluye Linda–, Audrey se quedó con la erupción dolorosa, eso
es lo que hace mi hija.
Después me cuenta otro caso, el de una mujer que tenía cáncer de ovarios
y que, después de visitar a Audrey, se hizo una ecografía en la que se veía
algo semejante a la sombra de un ángel en los ovarios, y el cáncer había
desaparecido. No creo en esas cosas. Linda se acerca al altar, levanta una copa
tapada y me enseña lo que contiene. Aceite y, flotando en el aceite, una gota
de sangre.
–Hemos llevado este aceite a analizar –me dice– a más de treinta
laboratorios distintos. Es una clase de óleo desconocido para el género humano.
–¿Por qué...? –comienzo con suavidad–. Linda, dígame por qué ni ese óleo
ni la intercesión de Audrey ante Dios... pueden curarla a usted.
Linda se queda en silencio. Guarda silencio un rato muy largo. Veo que
sus ojos se vuelven hacia dentro, miran a un rincón privado al que no puedo
acceder. No sé dónde está Linda, si ha sufrido una pequeña muerte, si se le ha
ido el sentido, si está componiendo un sentido nuevo: las ruedas del telar dan
vueltas y vueltas. Mira al techo. Ruby, que sigue en la capilla, también mira
al techo. Al cabo del largo silencio, Linda dice:
–Se ha extendido a los huesos.
–Miren a Jesús –dice Ruby, y señala la figura de enfrente; en efecto, lo
veo: Jesús llora grasa, dos gotitas minúsculas resbalan por la cara de la
estatuilla y se unen en las arrugas del cuello.
Observo el fenómeno. En ese mismo instante, se produce una disonancia
cognitiva en mi interior: 1) no creo en la fe católica ni en sus milagros
baratos, pero 2) esa figurilla exuda, aunque, claro está, bien podría ser
mantequilla que le haya puesto alguien y que se esté derritiendo ahora, pero
¿cómo cerciorarme? Examino mi proceso mental, a ver si doy un salto hacia el
cierre cognitivo. Mantequilla. Mantequilla. Mantequilla. Según la teoría de
Festinger, acallaré la disonancia con una explicación. Pero la verdad es que no
tengo ninguna explicación que darme. Seguramente sea mantequilla. Pero podría
ser otra cosa. ¿Quién sabe cómo se aparece Dios, por medio de qué señales, de
qué símbolos? ¿Quién lo sabe con certeza? Seguimos las tres de pie en la
capilla viendo llorar a Jesús. Oigo en la casa el gemido de una niña con el
cerebro muerto, una enfermera la consuela; me imagino el horror de Linda, hace
quince años, al ver a su hija de tres años flotando en la piscina, en la parte
honda. No sé si esas cosas tienen razón de ser, si algunos santos ven el cielo
por dentro o si el dolor tiene un propósito divino. No sé por qué llora la
figura ni por qué hay una gota de sangre en el cáliz. Vine aquí en busca de la
voluntad de Linda para tolerar la disonancia, pero lo que he encontrado, en un
sentido pequeñito, es a mí misma, porque en este momento mi mente está abierta
y lo único que puedo hacer es preguntar.
–Lo tengo en los huesos –repite Linda– y no sé cuánto tiempo me queda.
–Usted es su madre –contesto–. La ha cuidado dieciocho años. Ella ha
sanado a miles de personas.
–Lauren –me dice con una sonrisa desvaída–, Audrey no me ha curado
porque no se lo he pedido. Ni se lo pediré. Aunque sea una santa, es mi niña,
mi hija. Jamás le pediría que se hiciese cargo de mi sufrimiento ni se lo
permitiría. Una madre no le pide eso a un hijo. Una madre no hace sufrir a sus
hijos; al contrario, procura ahorrarles todo sufrimiento.
* * * *
Las mujeres se marchan. Linda me dice que pronto irá al Sloan Kettering
Cancer Center. Me quedo sentada un rato más en la capilla, sola. Está claro que
las dudas que Linda expresó por teléfono eran tan fugaces que apenas las
reconoce ya. Ahora quiero rezar, pero no se me ocurre ninguna oración. «Una
madre no le pide eso a un hijo –había dicho Linda–, una madre no hace sufrir a
sus hijos; al contrario, procura ahorrarles todo sufrimiento.» Es posible que
sean racionalizaciones, una forma de evitar que su hija le falle, no
pidiéndoselo, y así la historia queda intacta. Pero hay algo más. Hay también
un acto de cariño profundo. Ahora oigo a Linda en la casa cantando suavemente a
su hija; oigo un gorgoteo a modo de respuesta. Ya lleva casi veinte años
haciendo lo mismo un día sí y otro también, velando por ella. ¿Festinger tuvo
en cuenta en algún momento que nuestras justificaciones no sólo nos salvan a
nosotros, sino también a los demás? ¿Tuvo en cuenta alguna vez cómo se
entrelazan la mentira y el amor?
* * * *
Dejo a Linda. Hace un día extravagante, en retroceso, verano en
invierno, los bulbos enterrados brotan arponeando la tierra y exhiben sus
banderas moradas.
Cuando estudiaba psicología en la universidad, trabajé una vez en la
unidad neurológica de un hospital grande. Allí había algunas personas como
Audrey, acurrucadas en estado de coma, con los brazos y piernas tiesos y fríos.
A veces iba a verlos –me acuerdo sobre todo de un niño– y les recitaba el
abecedario preguntándome si las letras llegarían a alguna parte, si hay algo de
nosotros profundamente enterrado que sigue vivo a pesar de todo, observando el
mundo desde su entierro.
También en la misma época, supe que había algunos científicos que se
dedicaban a estudiar la base neurológica de la teoría de la disonancia. V. S.
Ramachandran, uno de los neurólogos más famosos de este siglo, investiga los
substratos neurológicos responsables de la negación y la revisión. Afirma que
tenemos un sistema neurológico, que funciona como «abogado del diablo»,
localizado en una zona del lóbulo izquierdo. El abogado del diablo dispara una
pequeña alarma neurotransmisora cuando detecta un pinchazo en nuestro sistema
sellado de creencias, y eso nos permite experimentar la disonancia. Sin
embargo, en el lóbulo derecho tenemos una Sherezade de sinapsis y célula, una
confabuladora alegre y poderosa que suele vencer a su cornudo oponente.
–Pero no todos los cerebros –dice Matthew Lieberman, profesor adjunto de
psicología y psicología social de la Universidad de California (Los Ángeles)–,
no todos los cerebros recurren a la racionalización, ni se cuentan cuentos de
una forma tan intensa y monotemática –Lieberman ha repetido con asiáticos
orientales el experimento de Festinger de comparar la mentira por un dólar con
la mentira por veinte dólares–. Los asiáticos orientales recurren a la
racionalización con mucha menos frecuencia que los estadounidenses –Lieberman
está seguro de que el cerebro de los orientales, basado en muchos años de
práctica zen o, sencillamente, porque han madurado en una cultura más tolerante
con la paradoja (¿qué sonido produce una mano que aplaude sola?), tiene una
«huella neurológica» diferente de la del cerebro estadounidense–. No es que los
orientales no experimenten la disonancia –dice Lieberman–, sino que tienen
menos necesidad de acallarla, seguramente porque las estructuras que persiguen
modelos de pensamiento lineal se han renovado a través del ejercicio espiritual
–Lieberman se pregunta si el giro cingulado de la corteza anterior cumple en el
ser humano la función de «detector de anomalías» o «abogado del diablo», y si
la parte correspondiente del cerebro de los orientales tiene menos vías de
enlace con el córtex prefrontal, que es donde hacemos los planes de juego–. De
ser así –dice–, los orientales experimentan la disonancia cognitiva con la
misma intensidad que nosotros, pero no tienen tanta necesidad de actuar sobre
ella –es decir, es posible que los pueblos de Asia Oriental encajen mejor la
disonancia, sostengan mejor en el cuenco de la mano un contrasentido, como una
carpa sin agua, un árbol sin raíces, una hermosa niña con el cerebro muerto.
Me preocupa el tiempo que hace. Estamos a 3 de diciembre y el termómetro
marca dieciséis grados. El cielo parece que esté derretido, la única rosa que
hay en el jardín es apocalíptica. Mi marido se lleva a la niña fuera, se le
hunden los pies en el césped, húmedo y margoso, y arrancan la rosa, la cortan y
me la traen. Festinger decía que, irónicamente, la preocupación podía ser una
forma de apaciguar la disonancia cognitiva. Nos atemorizamos sin verdadero
motivo, entonces creamos el motivo y así justificamos la preocupación. ¿Cómo se
puede distinguir lo justo de la justificación? Quizá, si yo fuera oriental ni
siquiera lo intentaría. Pero el caso es que, al parecer, el planeta se está
calentando. Estamos a primeros de diciembre, el viento huele a podrido y me
encuentro un escarabajo en el suelo moviendo las patas, articuladas y
ganchudas, en el aire cálido, con una herida rezumante en el vientre
segmentado.
Llamo a Linda Santo. Ha ido al Sloan Kettering Cancer Center y ya ha
vuelto a casa. Desde que fui a verla, ahora hace una semana, he pensado mucho
en ella... o tal vez debería decir que el giro cingulado de la corteza anterior
de mi cerebro ha pensado mucho en ella. He hecho un poco de detective y he
averiguado que hay expertos en medicina muy serios que afirman que Audrey es en
verdad un caso raro. El dermatólogo judío dijo: «No encuentro otra explicación
para su afección cutánea que la que produce la quimioterapia, tratamiento que,
según la madre, la niña no ha recibido». El pediatra de Audrey dice: «No sé. Le
he visto cruces en las palmas, cruces de sangre, lo que llaman estigmas, pero
estaban recubiertas de una capa de piel, por lo que no podían ser cortes. No
sé. La medicina quiere encajar lo redondo en lo redondo, pero el caso de Audrey
es cuadrado y no encaja en ninguna parte».
Según Linda, la iglesia católica está investigando formalmente el caso
de la santidad de Audrey.
–¡Ay! Espero que sea santa –me dice Ruby, como si fuera una animadora
deportiva.
Llamo a Linda Santo. Ya la han operado del pecho y estará recuperándose.
Oigo su voz débil, temblorosa.
–Cuarto grado –me dice–, me cortaron el pecho, se ha extendido por todas
partes, por todas partes.
Me imagino el cáncer, negro como una anguila, como un escarabajo. Me lo
imagino. Se lo cortaron. Ahora está en casa cojeando, cuidándose a sí misma con
una mano y a su pequeña santa con la otra.
Vuelvo a visitarla. Se acerca el solsticio; el sol ya desciende sobre el
horizonte cuando llego y proyecto una sombra larga en el suelo dorado. Hace
cincuenta años, Marion Keech y el doctor Armstrong, Berta y Don y todos los
demás esperaban a Sananda con su lluvia de plata y, como no llegó, Audrey Santo
se cayó a la piscina y, como no se recuperó, buscaron una forma de
justificarlo. Ahora, al acercarme a casa de los Santo, no voy a la puerta
principal ni a la de la capilla, sino que me desvío a un lado y miro por una
ventana; entonces la veo, a Audrey en carne y hueso, que yace en un luminoso
dormitorio de color rosa, con el cabello muy largo y lustroso, extendido sobre
los cojines de satén: cae hasta el suelo como una sábana negra. Tiene los ojos
abiertos, fijos. Está radiante, pero de la boca, sale un solitario hilillo de
baba.
A decir verdad, no sé por qué estoy aquí. Vine a ver a Linda porque
quería observar la creación de un nuevo paradigma en una persona que ha entrado
en una disonancia, pero no fue eso lo que me enseñó. Por el contrario, se
aferró a sus justificaciones, a sus racionalizaciones, pero ¡con cuánto amor!
¿Es el amor lo que me atrae, esa madre y su hija entretejidas a fuerza de años
de respiración y contacto? ¿O lo que me atrae es la disonancia que estoy
experimentando yo, el hecho de que las cosas extraordinarias que suceden aquí,
en esta casa, chirríen en mi idea del funcionamiento del mundo y quiera ponerle
remedio? Percibo una sombra a la izquierda y me vuelvo. Juraría que es Leon en
persona, en esta oscuridad de diciembre, que corretea por ahí frunciendo el ceño,
y que al vez es como un duende. ¿Qué diría él de los milagros de la casa de los
Santo? Me recordaría que toda la cristiandad es resultado de la disonancia
cognitiva y sus racionalizaciones subsiguientes. Cono dijo en When Prophecy
Fails [Cuando fallan las profecías], se creía que el Mesías no «sufría dolor»,
por lo que sus seguidores experimentaron gran aflicción cuando lo vieron
llorando en la cruz. Según las conjeturas del autor, fue en ese momento cuando
los adeptos enjugaron sus dudas comenzando a predicar.
Me parece curioso reformular el cristianismo en clave de disonancia
cognitiva. También me parece un poco triste. Aquí sólo hay constricción, gente
que se defiende con los ojos vendados. Pero, en realidad, el cristianismo fue
también una apertura, un portal que cruzaron millones y millones de personas.
Toco la campanilla de la puerta y espero a Linda en la capilla. Está
oscura, las paredes huelen a aceite saturado, a ropa vieja y a incienso. Me
acerco al cáliz, lo levanto y observo detenidamente el interior, el aceite y la
gota de sangre que flota exactamente igual que la vez anterior. ¿Quién se
ocupará de Audrey si Linda muere, es decir, cuando muera? Toco la cara
minúscula y afilada de una figura de Jesús y los dedos me brillan, humedecidos.
Me miro las manos. Ya casi no queda luz, qué corto es el día, pero la mano me
brilla, impregnada de ese aceite. Me levanto una pernera de los pantalones y me
lo unto en un arañazo de cuchilla de afeitar que me hice el otro día, y aprieto
fuerte. La piel lo absorbe, el corte se cierra sin dejar señal, ¿o es que está
tan oscuro que no lo veo bien? A lo mejor veo cosas, pero desconozco la
naturaleza de esas cosas. Quién sabe, a lo mejor Dios se da a conocer por medio
de una reliquia barata de plástico en una casa de estilo rancho. De verdad, no
puedo decirlo con certeza. Me encuentro entre dos historias, pendiente de un
paradigma, sin justificación ni racionalización: es un lugar fértil y profundo.
Aquí, en este momento, colgada entre la disonancia y la consonancia, no me
muevo. Estoy en paz. Esto es lo que los experimentos de Festinger no tuvieron
en cuenta, lo que significa vivir en la grieta entre la consonancia y la
disonancia, donde se forman teorías nuevas, donde se engendran creencias
nuevas, o bien, otra cosa mucho menor, una persona y nada más, yo y nada más, mirándome
las manos, con el cuerpo erguido, abierto de par en par… sin final.
Capítulo 6
Amor simiesco
Los primates de Harry Harlow
Los experimentos con monos de alambre constituyen demostraciones
fundamentales en la psicología del apego. Harlow fue capaz de demostrar que las
crías de mono apreciaban más a una madre de sustitución blanda que a una
mecánica que les proporcionaba leche y, a raíz de este hallazgo, nació toda una
ciencia, la ciencia del contacto. Sus experimentos, muchos de los cuales se
grabaron en película, son sobrecogedores y ponen de manifiesto la importancia
de la proximidad en nuestra vida.
Obediencia. Conformidad. Cognición. Claves. Ésas eran las palabras, y a
Harry Harlow no le gustaban. Él quería hablar de amor. Un día, en una
conferencia, hablando de amor, cada vez que pronunciaba la palabra, un
científico lo interrumpía para puntualizar: «Usted está hablando de proximidad,
¿no es así?», hasta que por fin, Harlow, un hombre impulsivo que podía ser
curiosamente tímido, replicó: «Es posible que la proximidad sea lo único que
usted conoce del amor; por mi parte, doy gracias a Dios por no haber sufrido
tal privación».
Un frase típica de él, y en público, nada menos; era quisquilloso y
descortés; algunas personas lo recuerdan con verdadero desagrado, otras, con
afecto. «Mi padre, sí –dice James Harlow, su hijo–; me llevó de viaje a muchos
sitios, a Hawai, por ejemplo, donde comimos con Gregory Bateson y su gibón; me
compraba helados de cucurucho, volábamos en aviones de dos pisos.» Pero no hace
falta buscar mucho para encontrar el otro lado de la historia. «Harlow era un
auténtico cabrón; quería hundirme», dice un antiguo alumno. «Odiaba a las
mujeres, era un CERDO», opina otro; ambos prefieren quedar en el anonimato.
Pero allí estaba el CERDO en 1959, subido al estrado, hablando de ciencia como
nadie se había atrevido a hacerlo hasta entonces, inyectando hemoglobina y corazón
en las estadísticas, el Nabokov de la psicología. Sus experimentos eran largas
meditaciones sobre el amor y las múltiples formas de echarlo a perder.
* * * *
Se sabe poco de la infancia de Harlow. Nació en 1905 y recibió de sus
padres, Lon y Mabel Israel, del condado de Fairfield (Iowa), el nombre de Harry
Israel. Su padre era un inventor fracasado y su madre, una mujer resuelta a
quien quizá le quedara un poco pequeña la ciudad del medio oeste. No era, según
recuerda Harlow en una autobiografía incompleta, una mujer afectuosa: Mabel
Israel, al lado del ventanal de la sala de estar, mirando a la calle, donde
siempre era invierno, el cielo tenía un color sucio, la tierra era llana y, de
la maraña de ramas negras, caían grumos de nieve húmeda.
Harlow padeció algunos períodos de depresión a lo largo de su vida;
quizá ahí encontrara el punto de partida, en los largos inviernos del medio
oeste, en una planicie que no se acababa nunca, en la languidez de los días
alumbrados por un sol tacaño cuya luz se apagaba todas las tardes a las cuatro.
O quizá lo encontrara en la distancia que lo separaba de su madre; debía de
faltarle consuelo. No se amoldaba bien a la escuela. «Era un niño muy raro,
inadaptado», dice Deborah Blum, su biógrafa. Le gustaban la poesía y el dibujo.
El programa de la escuela de Iowa ofrecía cursos como «Gestión de granjas y
rotación de cultivos» y «Aprenda a cocinar al gusto de su marido». Un día, el
maestro de cuarto curso les puso un trabajo escolar sobre poesía, y se emocionó
porque ahí se encontraba bien, ahí sí encajaba… hasta que supo el título del
tema: la belleza de lavarse los dientes. Lavarse los dientes. Lavarse los
dientes. A los diez años, dedicaba a dibujar hasta el último minuto libre que
tenía. Inclinado sobre el gran bloc, con la lengua entre los dientes,
ferozmente concentrado, inventó un país extraño y hermoso llamado Yazoo, y lo
pobló de animales alados y bestias cornudas; todo fluía, volaba, planeaba y,
cuando terminó con el dibujo, diseccionó a todos los animales con líneas negras
bien marcadas, los abrió en canal, los cuarteó, y los animales aparecían en la
página con colores sanguinolentos, y, sin embargo, bellos todavía, vívidos pero
viviseccionados.
Harlow terminó la enseñanza secundaria en el instituto del condado de
Fairfield, fue al Reed College un año y terminó la diplomatura y la
licenciatura en Stanford, donde todo el mundo era elocuente y él, que tenía
ciertos defectos de habla, no hablaba por timidez. Solía decir que en ningún
sitio se había sentido tan inseguro como en Stanford. Por eso se volcó en el
trabajo. Estudió con Lewis Terman, el famoso investigador del cociente
intelectual que acababa de empezar a tantear el terreno de los niños superdotados.
Y allí estaba Harlow con su ceceo, entre niños prodigio que iban al laboratorio
a montar estructuras de piezas y rompecabezas. Terman le dijo que, con su
defecto de habla, no llegaría a ninguna parte y que lo máximo a que podía
aspirar era a trabajar en los primeros cursos de la universidad. Pero Harlow
suplicó y, finalmente, Terman le dijo algo así: «Cámbiese el apellido Israel…,
a ver qué podemos hacer». Harlow escogió «Harlow» y Terman, en 1930, le
consiguió trabajo en la Universidad de Wisconsin, donde los lagos son como
grandes ojos azules en medio de una región interior y el viento invernal tiene
dientes.
Harlow iría allá donde lo destinaran. Y, ceceando y cojeando, partió de
la soleada población de Palo Alto hacia Madison (Wisconsin). Se casó con una de
las niñas superdotadas de Terman, que no era una niña, Clara Mears, con un
cociente intelectual de 155, y Terman le escribió una carta de felicitación:
«Me alegra saber de la unión de la extraordinaria herencia intelectual de Clara
con la productividad de Harry en la psicología». Una carta bonita, supongo,
aunque suena más a apareamiento animal que a unión humana, y lo expresa de una
forma muy sutil. Clara aporta un potencial intelectual asombroso, y Harlow ¿qué
APORTA? Esa pregunta lo mortificó toda la vida, se la hacía constantemente, en
los días más negros, en los más dorados cuando era feliz, seguía preguntándose
lo mismo, siempre sospechando que sus dotes eran efímeras, adquiridas por la
gran firmeza y tozudez con que se agarraba, y que finalmente lo estrangularía.
Cuando fue a Madison, tenía intención de estudiar las ratas pero terminó
estudiando monos, macacos de la India, una familia pequeña y ágil. Como eterno
alumno de Terman, empezó por idear un test para medir la inteligencia de los
monos, una especie de perfil de cociente intelectual de los simios, y tuvo un
éxito clamoroso al demostrar que los pequeños primates eran capaces de resolver
problemas de forma mucho más compleja de lo que anteriores investigadores
habían imaginado. Su fama creció. Madison le cedió una vieja fábrica para que
instalara un laboratorio de primates, y los estudiantes lo solicitaban. Para
estudiar los monos, Harlow separó a las crías de las madres y de otras crías, y
así fue como saltó a la fama. Estudiaba la cabeza de los monos, pero observaba
también su corazón y se hacía preguntas. Cuando las crías eran separadas,
establecían fuertes vínculos afectivos con las toallas de felpa que cubrían el
suelo de la jaula. Se tumbaban sobre ellas, las agarraban fuertemente con sus
manecitas y tenían pataletas si se las quitaban, exactamente igual que las
crías de ser humano con una manta andrajosa o un osito de peluche. Los monos se
encariñaban con las toallas. ¿Por qué? Era una gran pregunta. Hasta el momento,
el apego se había considerado una respuesta al alimento recibido. Amamos a la
madre porque amamos su leche. El bebé se aferra a la madre porque ve los pechos
hinchados, la areola más oscura y el botón del pezón que se yergue entre los
pliegues de la piel, y tiene hambre y sed. Clark Hull y Kenneth Spence habían
dicho que todo lo relativo al apego humano se basaba en la satisfacción del
instinto. El hambre es un instinto primario y queremos satisfacerlo, igual que
la sed y el sexo. Desde la década de 1930 hasta la de 1950, la teoría de la
satisfacción del instinto y su relación con el cariño no se puso en cuestión.
Sin embargo, Harlow empezó a replanteársela. Daba de comer a las crías
de mono él mismo, con pequeños biberones de plástico y, cuando les quitaba el
biberón, las crías se daban golpecitos en la boca y a veces se limpiaban un
resto blanco de la peluda barbilla. Pero, cuando intentaba quitarles las
toallas de felpa, los simios gritaban como si los llevaran al matadero, se
tiraban al suelo con toda la fuerza de su cuerpecillo y agarraban la tela a
puñados. A Harlow le fascinaba. Los simios chillaban (en otro tiempo y en otro
lugar, Mabel, afelpada y blandita pero fría, miraba por la ventana a medio
metro de su hijo. En un bosque personal, volaban animales cruzados por líneas
negras que sangraban en rojo y azul). Observaba los chillidos de los monos y
pensaba en el amor. ¿Qué es el amor? Entonces lo vio. Como escribe Blum, su
biógrafa, la mejor forma de entender el corazón es destrozarlo. Y así comenzó
su carrera, bella y brutal.
* * * *
Los macacos tienen una herencia genética común con los humanos de
aproximadamente el 94 por ciento. O lo que es lo mismo, el ser humano es macaco
de la India en un 94 por ciento y persona en un 6 por ciento. Si ascendemos en
la escala filogenética, somos orangutanes en un 98 por ciento, más o menos, y
chimpancés en un 99, es decir sólo nos distingue de ellos la más escueta
salpicadura de materia exclusivamente humana. Ése es precisamente el motivo de
que la investigación psicológica se haya decantado desde hace mucho tiempo
hacia la experimentación con chimpancés. Roger Fouts, investigador de primates,
dice: «Los monos tienen un repertorio lingüístico completo, una inteligencia
entera y compleja que no valoramos justamente sólo porque nos domina la visión cartesiana
del mundo». Lo que a Fouts le parecía tan evidente, a Harlow no: según sus
palabras, «lo único que me importa es si los monos me van a proporcionar algo
que pueda publicar. No les tengo ningún cariño, nunca se lo he tenido. En
realidad no me gustan lo animales. Desprecio a los gatos, no soporto a los
perros. ¿Cómo se puede querer a los monos?».
Para el experimento hacían falta cizallas, cucuruchos de cartón, bobinas
de inducción, clavos de acero y tela suave. Con las cizallas improvisó una
madre de alambre con el torso lleno de pequeños cuadrados por todas partes y
una sola mama rígida «en la parte ventral». La mama tenía un pezón de acero con
un pequeño orificio que suministraba leche de mona.
También confeccionó otra madre de sustitución con un cucurucho de cartón
revestido con una toalla de felpa.
* * * *
Diseñamos la madre de sustitución en consonancia con los fundamentos de
ingeniería humana […]. Fabricamos un cuerpo perfectamente proporcionado,
racionalizado, sin bultos ni apéndices innecesarios. Se evitó la redundancia en
el sistema de la madre de sustitución mediante la reducción del número de
mamas, de dos a una, y se situó esta única mama en posición sagital en la parte
superior del tórax para maximizar las capacidades naturales y las motrices y
perceptivas conocidas de la cría operadora […] lo cual dio como resultado una
madre blanda, cálida y tierna, con paciencia infinita, disponible las
veinticuatro horas del día […] que además constituyó una máquina maternal de
máxima eficiencia en mantenimiento, puesto que el fallo de cualquier sistema o
función podía resolverse por simple sustitución de cajas negras y componentes
de recambio. En nuestra opinión, el diseño resultante fue una madre mona muy
superior, aunque no es opinión compartida universalmente por los padres monos.
* * * *
Entonces empezaron. Tomaron un grupo de macacos de la India recién
nacidos y los pusieron en una jaula con dos madres de sustitución: la de
alambre que proporcionaba alimento y la de tela, con el pecho vacío y una dulce
sonrisa. En las anotaciones de los ayudantes de laboratorio se detalla el
trauma del experimento: la verdadera madre de los macacos, al darse cuenta de
que le habían robado a sus hijos, gritaba y se daba cabezazos contra la jaula;
las crías resoplaban al ver que las trasladaban a otro espacio. El miedo de los
animales no cejaba a lo largo de las horas y el laboratorio se impregnaba de su
olor, deposiciones ansiosas, heces blandas que indicaban, según escribe Harlow,
un grado elevado de emotividad. Las jaulas se impreganaban de sufrimiento, los
macaquitos rodaban sobre sí mismos hechos una bola, con la cola alta, enseñando
la supuración de su ano diminuto.
Entonces, Harlow observó el comienzo de una conducta asombrosa. En
cuestión de unos días, los pequeños macacos transfirieron su afecto de la madre
verdadera, que ya no estaba disponible, a la sustituta de felpa; se agarraban a
ella, trepaban por ella, le manipulaban la cara con sus manos de miniatura, la
mordían suavemente, pasaban horas y más horas sobre su estómago y su espalda.
Sin embargo, la madre de tela no daba leche, de modo que cuando las crías
tenían hambre, se dispersaban, acudían veloces a la máquina amamantadora de
acero –la madre de tela metálica– y, después de tomar su ración de la fuente,
corrían otra vez a refugiarse en la figura blanda de felpa. Harlow comparó en
gráficos el tiempo que los monos pasaban alimentándose con el que dedicaban a
mimos, y seguramente el corazón se le aceleró, porque estaba a punto de hacer
un gran descubrimiento. Finamente lo hizo. «No nos sorprendió descubrir que el
consuelo a través del contacto fuera una importante variable esencial del
afecto o del amor, pero no esperábamos que eclipsara tan rotundamente a la
variable de la lactancia; la disparidad es ciertamente tan grande como para
pensar que la función primordial de amamantar […] es la de asegurar el contacto
físico íntimo y frecuente de la cría con la madre.»
Harlow estaba estableciendo la idea de que el amor nace del contacto, no
del gusto, razón por la que, cuando la madre deja de producir leche, como
sucede inevitablemente, el niño sigue amándola y, después, toma ese amor, el
recuerdo de ese amor, y lo reproyecta fuera, de forma que todo momento de
interacción es repetición y revisión del contacto táctil primero. «Es bien
cierto –escribe Harlow– que el ser humano no vive sólo de leche.»
En la época de los años treinta a los cincuenta se impuso un estilo de
crianza frío. El doctor Spock, famoso pediatra, aconsejaba amamantar según un
horario; Skinner entendió la infancia en clave de esquemas previos de refuerzo
y castigo, de forma que, si se pretendía que un niño dejase de llorar, había
que dejar de premiar el llanto tomándolo en brazos. Como bien escribió John
Watson en sus guías para padres: «No los consienta. No les dé el beso de buenas
noches; es preferible hacerles una leve inclinación y estrecharles la mano
antes de apagar la luz».
Bien, Harlow iba a echar toda esa basura a la papelera y a sustituirla
por la AUTÉNTICA verdad, es decir, que jamás había que estrechar la mano a los
bebés, que no había que vacilar en tomarlos en brazos. El contacto es crucial,
no es una forma de echarlos a perder sino de salvarlos; con todo, la parte
buena de todo esto es que cualquier mano vale. «El amor por la verdadera madre
y el amor por la madre de sustitución parecen ser muy semejantes […]. Por lo
que podemos observar, el afecto de la cría de mono por la madre de verdad es
muy fuerte, pero no más que el del cachorro del experimento por la sustituta de
felpa.»
En esos momentos, en el laboratorio de Harlow la emoción se palpaba en
el ambiente. Los investigadores habían encontrado una variable fundamental del
afecto y habían descartado otra –la alimentación– por ser de importancia menor,
y podían ilustrarlo gráficamente. Era invierno en Madison, en esos momentos,
pleno invierno de un año muy frío: los árboles estaban forrados de hielo como
arañas de luces. Los estudiantes veían nevar, veían acumularse la nieve blanda
en el alféizar de las ventanas del laboratorio y sabían que estaban viviendo
momentos de pura emoción.
Harlow y sus colegas habían identificado el «consuelo del contacto» como
componente esencial del afecto. Habría otros, sin duda. Por ejemplo, el
movimiento de los rasgos faciales. Al nacer, vemos el rostro materno como un
conjunto de sombras cambiantes, triángulos que se superponen, un revuelo de
algo que podría ser pelo, una protuberancia de algo que podría ser la nariz, o
un pezón, no sabemos. Abrimos los ojos y miramos hacia arriba, y ahí está la
mujer de la luna, un planeta que nos devuelve brillo, con dos preciosos puntos
azules.
Sin duda, Harlow se planteaba la hipótesis de que la cara fuera otra
variable del amor. Al principio, las madres de sustitución del experimento
tenían una cara primitiva, con reflectores de bicicleta por ojos. Después,
Harlow ordenó a William Mason, su ayudante de laboratorio, que hiciera una
máscara de mono lo más auténtica posible. Tenía la idea de poner a otra cría
recién nacida con una madre de sustitución más bonita y ver qué clase de apego
establecía. Sin embargo, el mono con el que iba a hacer el experimento nació
antes de que la nueva cara estuviera terminada, de modo que Harlow se lo llevó
rápidamente a una jaula con una madre de felpa cuya cara era una superficie sin
facciones. No tenía ojos, ni nariz ni nada. Pero, al parecer, al monito no le
importó. La cría amaba a su madre sin rostro, la besaba, la mordisqueaba.
Cuando la artística cara de mono –mucho más bonita e interesante– estuvo
terminada por fin, la cría no la quería. Los investigadores intentaron fijar la
máscara a la madre de sustitución, pero la cría chillaba de horror y corría a
esconderse en un rincón de la jaula, donde se mecía violentamente y se agarraba
los irritados genitales. Le acercaron más la madre con la máscara, y más aún;
el monito le propinó un manotazo: la cabeza dio media vuelta y la parte sin
cara quedó frente a él. Sólo entonces se acercó el macaco dispuesto a jugar.
Por más veces que le pusieran delante la máscara de la madre, el monito le daba
la vuelta, hasta que al final aprendió a prescindir de la cabeza completamente
para quedarse con la cara lisa, sin facciones, pues prefería la primera visión
que había tenido, la que se le había grabado… la plantilla inscrita, como
dirían algunos, para siempre. Algunas personas han tildado de crueles los
experimentos de Harlow –separar a la madre y al hijo, inventar una central
lechera de metal, con pezones afilados, oír a los primates llorar de pena,
verlos aferrados a un muñeco porque no tienen otra cosa–, y es posible que lo
sean, sí. Pero lo que nos ha dado a cambio es poderoso y reafirmante: sabemos
con seguridad que nuestras necesidades son complejas, que no consisten sólo en
satisfacer el hambre, que buscamos el contacto por encima de todo, que nos
importa un comino la belleza convencional y que la primera cara que veamos en
nuestra vida siempre nos parecerá la más adorable… por mucho que nos alejemos.
* * * *
Todo esto sucedía a finales de la década de 1950 y en la de 1960. Harlow
estudiaba el amor y antes se había desenamorado. Siempre estaba en el
laboratorio, nunca en casa. Clara, con su elevado cociente intelectual, estaba
en casa cuidando a sus dos hijos, pero su marido se pasaba una noche sí y otra
también en la antigua fábrica de cajas urdiendo ensayos y más ensayos con los
monos. Hacía un invierno muy crudo en Madison y Harry Harlow tuvo una aventura.
«Por eso rompieron mis padres –dice su hijo mayor, Robert Israel–,
sencillamente porque mi padre tuvo una aventura.»
Clara se marchó con sus dos hijos, más tarde se casó de nuevo con un
obrero de la construcción y vivió en una caravana en el sudeste del país.
Harlow apenas se dio cuenta. Había una mujer –no sabemos quién era, una alumna,
quizá– y después hubo otra, a la que llamaba Dama de Hierro. La Dama de Hierro
era una madre de sustitución especial que había diseñado. Tenía afiladas púas y
soplaba a las crías un aire tan frío y fuerte que los pequeños salían
disparados contra los barrotes de la jaula, agarrándose y chillando. Harlow
decía que era una madre mala y quería ver qué sucedía.
A partir de aquí se forja la fama más negra del investigador. A partir
de aquí salta de la ciencia a los cuentos fantásticos: madrastras brutales, los
hermanos Grimm, la Dama de Hierro y el bosque encantado donde a los árboles les
salen patas y echan a andar. ¿Para qué quería Harlow ver esas cosas? Los
defensores de los derechos de los animales dicen que es un sádico, pura y
simplemente. Personalmente, no lo creo, aunque tampoco logro detectar qué
variables buscaba. ¿Mabel tendría púas afiladas? Demasiado fácil. ¿Tenía Harlow
una inclinación serotoninérgica innata a la dificultad? Quizá, pero también es
demasiado fácil. ¿Sería porque había visto cosas? Pasó una temporada en el
ejército en Nuevo México y observó a los soldados que disparaban cargas
atómicas. Vio la nube de fuego, la negra lluvia radiactiva a lo lejos, la luz
enorme y horrorosa. No ha escrito nada sobre eso.
Pero sobre la Dama de Hierro sí que ha escrito, casi con regodeo. Harlow
introdujo muchas variantes: algunas damas de hierro duchaban a las crías con
agua helada, otras los acuchillaban. El científico observó que, fuera cual
fuese la tortura, las crías no la soltaban. Nada las disuadía. No se dejaban
frustrar. Dios mío, qué fuerte es el amor. Nos vapulean y volvemos
arrastrándonos. Nos congelan y seguimos buscando calor donde no lo vamos a
encontrar. No hay refuerzo parcial que explique esa conducta, sólo el lado
oscuro del contacto, la realidad de las relaciones en los primates, que es que
son capaces de matarnos al tiempo que nos sostienen en brazos... y es triste.
Con todo, una vez más encuentro cierta belleza. La belleza es la siguiente:
somos seres con una gran fe. Construimos puentes, los construimos contra todo
pronóstico, desde aquí hasta allí. Entre uno y otro. Nos acercamos.
* * * *
Harlow, igual que Milgram, tenía facilidad para lo espectacular, para la
perversión lírica, y filmó a los monos agarrados a la madre de tela metálica y
nieve, a la dama de hierro que los pinchaba. Las filmaciones tienen mucha
fuerza, son demostraciones de desesperación muy fuertes, y él no temía
enseñarlas. Sabía que la divulgación científica contiene un elemento artístico,
de espectáculo incluso.
En 1958 fue elegido presidente de la American Psychological Association,
un honor nada despreciable. Y así, fue a Washington con sus películas de monos
y dispuesto a subir al estrado. Estaba exultante de alegría. Se había casado en
segundas nupcias con una colega psicóloga, Margaret Kuenne; la llamaba Peggy.
De pie en el estrado, en la sala de convenciones, a oscuras, se dirigió al
público, formado por especialistas serios y con gafas, y dijo: «El amor es un
estado extraordinario, profundo, tierno y gratificante. Por su naturaleza
íntima y personal, algunos lo consideran impropio de investigación
experimental. Pero dejando a un lado nuestros sentimientos personales, nuestra
misión como psicólogos es analizar las variables que componen todas las facetas
de la conducta humana y animal [...]. Los psicólogos, o al menos los que
escriben libros de texto, no sólo se desinteresan del origen y el desarrollo
del amor o afecto, sino que parecen no percibir su existencia siquiera».
Un gran parlamento preparado para una gran ocasión por un hombre que
sabe venderse. En su discurso, iba intercalando fragmentos de película en
blanco y negro de las madres de sustitución, que parecían creaciones de ciencia
ficción, y de los pequeños que dependían de ellas. Al final del discurso, que
tituló «La naturaleza del amor» y más tarde publicaría en American
Psychologist, llegaba a un operístico crescendo y a la conclusión al mismo
tiempo:
* * * *
Si la investigación propuesta y completada supone una contribución, me
sentiré agradecido; pero también he pensado profundamente en las posibles
aplicaciones prácticas. Las exigencias socioeconómicas del presente y las
amenazadas exigencias socioeconómicas del futuro han llevado, en los Estados
Unidos, a la mujer a desplazar, o a amenazar con desplazar, al hombre en la
ciencia y en la industria. Si esta tendencia continúa, nos enfrentamos con
claridad meridiana a la cuestión de la práctica de una crianza adecuada de los
hijos. Ante tal tendencia, es alentador darse cuenta de que, en los Estados
Unidos, el hombre cuenta físicamente con la dotación esencial para competir con
la mujer en igualdad de condiciones en una actividad fundamental: la crianza de
los hijos. Ahora sabemos que la mujer de las clases trabajadoras no es
necesaria en casa por su capacidad para amamantar; es posible que, en un futuro
predecible, la lactancia de los neonatos deje de considerarse una necesidad
para convertirse en un lujo, una forma ostentosa de consumo limitada, tal vez,
a las clases pudientes. Pero sea cual fuere el curso que tome la historia, en
un consuelo saber que ahora estamos en contacto con la naturaleza del amor.
* * * *
Me imagino unos momentos de silencio atónito seguidos por una ovación
clamorosa. Las luces se encienden, Harlow levanta las manos: Basta. Más, por
favor. Y más lo aplaudirían. Harlow había publicado una investigación que
mostraba de forma efectiva que una sustituta de trapo era más importante que la
madre que amamantaba, y que podía cubrir su papel tan perfectamente como la
verdadera, porque las crías llegaban a «amar» su mantita y parecían madurar
correctamente en su presencia entre juegos y exploraciones. Poco después del
discurso, la Universidad de Wisconsin en Madison publicó un comunicado de
prensa: «La maternidad, obsoleta», se titulaba. A continuación lo recogió la
prensa popular. ¿Y Harlow? Bien, su carrera dio un gran salto, o saltó la
barrera, desde el terreno profesional al de la cultura en general. Apareció en
To Tell the Truth y la CBS hizo un documental sobre su trabajo narrado por
Charles Collingwood. El mensaje esencial encerraba tenebrosas implicaciones
para las mujeres: por una parte, los hijos no os necesitan; por otra, salid de
casa y sed libres. Era un desaire feminista, un mensaje ambivalente, burlón y
con múltiples lecturas que rezumaba a un tiempo amor y deseo, una combinación
explosiva.
Harlow tuvo dos hijos más con su segunda mujer. Peggy tenía una
licenciatura avanzada en psicología e, igual que Clara, dejó de trabajar para
dedicarse a los niños. Suelen citarse las siguientes palabras, pronunciadas por
Harlow más adelante: «Mis dos mujeres han tenido la sensatez de no ser
feministas liberadas; sabían que el hombre era mucho más importante que
cualquier otra cosa».
Pamela Harlow nació, y después su hermano menor, Jonathan. Actualmente,
los niños ya son personas maduras. Pamela hace esculturas de metal en Oregón y
su obra es sorprendente y severa. Jonathan trabaja la madera, hace, entre otras
cosas, cajas minúsculas de pino que vende a tiendas de artesanía. «Cajas»,
dice.
Cajas.
* * * *
Algo no iba bien. Algo malo pasaba. Una madre de trapo era tan buena
como una madre de verdad; el contacto era fundamental para el corazón de los
primates y, sin embargo, algo se estaba torciendo: en el curso del año
siguiente, Harlow comprobó que las crías con madres de sustitución no
medraban..., después de haberse pronunciado tan audazmente ante todos sus
colegas. Cuando sacaba a jugar a los macacos criados con madres de trapo, se
mostraban violentamente antisociales. Las hembras atacaban a los machos y no
tenían la menor noción de las actitudes sexuales correctas. Algunas crías
empezaron a acusar síntomas de autismo, se mecían y se mordían, se abrían
heridas rojas en los brazos negros, la sangre goteaba por encima del pelaje
como pulpa roja. Aparecieron las infecciones. Un mono criado con una madre de
trapo llegó a roerse una mano entera. Entonces comprendió que algo había
fallado estrepitosamente.
«Claro que se llevó una gran decepción –dice la biógrafa de Harlow,
Deborah Blum–. Creía que había aislado la única variable esencial de la
maternidad, el contacto, que era una variable desplazable, por así decirlo, que
cualquiera podía proporcionar, y había hecho el correspondiente anuncio
público; pero entonces, durante el año siguiente, vio que sus monos
evolucionaban muy mal.» Un periodista de The New York Times fue a Madison a
hacer un seguimiento de la madre sustituta de trapo y Harlow lo llevó al laboratorio,
donde una tropa de macacos encerrados en jaulas se balanceaban abrazados a sí
mismos, dándose cabezazos, comiéndose los dedos. «Lo reconozco –dijo Harlow–,
he cometido un error.»
Len Rosemblum, alumno de Harlow en aquella época, y actualmente famoso
investigador de monos por derecho propio, dice: «Así comprendimos que la
maternidad tiene más variables; no todo era el contacto, ni se reducía a una
cara. Desarrollamos la hipótesis de que se trataba de algo relacionado con el
movimiento. Hicimos una sustituta que se mecía, y entonces las crías crecieron
prácticamente normales, no del todo, pero casi. Después, además de la madre que
se mecía, les dejábamos jugar con monos de verdad media hora al día, y así
conseguimos chicos completamente normales. Todo eso significa que el amor
consta de tres variables –el contacto, el movimiento y el juego–, y, si se
pueden proporcionar las tres, se satisfacen la necesidades del primate».
Rosenblum sigue repitiendo que «los chicos» sólo necesitaban media hora
diaria de juego con monos de verdad. «Es asombroso –dice–, es asombroso lo poco
que necesita nuestro sistema nervioso para recuperar la normalidad.»
Me alegro mucho de oír esas palabras, en cierto sentido. Interpreto el
significado de esos resultados: es dificilísimo estropear a los hijos. Un
revolconcillo, un jersey suave y sólo treinta minutos de interacción con
primates de verdad. Cualquier madre es capaz de hacerlo: las perezosas, las que
trabajan, las de alambre, las de hierro: ¡podemos hacerlo! Harlow dijo que
podíamos.
Pero ¿por qué, si los descubrimientos de Harlow son al parecer tan
tranquilizadores, sólo sobre el amor, por qué se nos clavan en las entrañas
como las púas del experimento? ¿Por qué temblamos ante los resultados de la
investigación y la exploración del afecto?
Y no me pasa sólo a mí o al lector. Le pasa al propio Harlow. Está
temblando. Vuelve a tener aventuras amorosas –no puede ser fiel a una mujer– y
ahora, quizá al tiempo que descubre que los monos con madre de trapo después
son autistas, empieza a beber mucho. Los días son muy cortos en Wisconsin, la
noche se cierra temprano sobre la escasez de luz, sólo se ve el brillo ambarino
del trago en el vaso. Harlow estaba sujeto a una presión tremenda. Oía la
ovación que arrancó los descubrimientos iniciales y quería seguir oyéndola. Se
reorganizó y, entre 1958 y 1962 publicó gran cantidad de ensayos. Con valentía,
publicó que los monos criados con una madre de trapo sufrían desequilibrios
emocionales y, a partir de ahí, continuó investigando en la identificación de
las variables esenciales para evitar ese desenlace –movimiento y parches de
juego en directo–, y empleó gran cantidad de crías de macaco para demostrar sus
hipótesis.
«Harry siempre tenía que superarse a sí mismo –dice Helen LeRoy, su
ayudante–. Siempre estaba pendiente de la siguiente cima que se proponía
conquistar.» Como muchas otras personas de disposición semejante, conquistaba
las cimas con una bota de vino, lapicero en ristre y el demonio de la
superación en el fondo. Nunca dejó de cecear. Anne Landers empezó a escribir
sobre él en su columna de consejos para madres. ¿En qué consistiría su próximo
experimento? A su mujer le diagnosticaron cáncer de mama, infiltraciones en la
red de conductos de la leche –carcinoma–, una descarga mortal de los pezones.
Le quedaban pocos años de vida. Harlow trabajaba más aún. ¿Dónde iba a apoyar
la cabeza para descansar? Los monos sin madre se desquiciaban, parloteaban como
locos. Su importante investigación, una vez publicada, se abrió paso hasta los
productos de cuidado infantil: sobre todo los portabebés de pañuelo o mochila,
que han hecho más cálida la forma de criar a nuestros hijos. William Sears, el
famoso abogado de la crianza del apego, un pediatra que predica la costumbre de
dormir con el bebé y estar cerca de él a todas horas, es un producto Harlow, lo
sepa o no. Los orfelinatos, los centros de asistencia social, la industria de
la maternidad…, todos cambiaron el enfoque de cuestiones cruciales al tener en
cuenta, en parte, los descubrimientos de Harlow. Gracias también en parte a él,
los médicos saben que deben poner al recién nacido directamente sobre el
vientre de la madre. Gracias a él en parte, una vez más, el personal y los
profesionales de los orfanatos saben que no basta con dar el biberón; el
huérfano necesita que lo tomen en brazos, que lo mezan, necesita mirar y
sonreír. Nos hemos humanizado gracias, en parte, al estudio del apego realizado
por Harlow y sus colegas: tenemos toda una ciencia del contacto, y en parte se
descubrió gracias a la crueldad. He ahí la paradoja.
* * * *
El cáncer siempre es malo, pero en la década de 1960 era peor que hoy.
La radioterapia se aplicaba a gran voltaje, mediante rayos, sobre un aspa de
tinta negra pintada en el cuerpo, la diana del rayo. La quimioterapia era
primitiva; las dosis, grandes viales cáusticos de color verde, se inyectaban en
el brazo y provocaban fuertes náuseas y ardores en todo el cuerpo. Harlow y su
esposa iban al hospital varias veces a la semana. Espero que le sostuviera la
mano. Debió de ver al médico vaciando el aire de la jeringuilla, el grácil arco
líquido estrellarse contra las baldosas del suelo y después, vena adentro,
mientras Peggy agachaba la cabeza sobre un recipiente que él le sujetaría para
que vaciara el estómago de náuseas incontenibles.
–Fueron días aciagos –dice Jonathan, hijo de Harlow, que tenía once años
cuando a su madre le diagnosticaron la enfermedad, y diecisiete cuando murió.
Peggy empeoraba a ojos vistas a medida que el cáncer ejecutaba su danza, del
pecho a los pulmones, de allí al hígado, y se volvía de color amarillo azafrán,
con una mueca forzada en la boca y los dientes, característicamente afilados,
como dientes de mono, de mono loco. Así me lo imagino. Tuvo que ser horrible
porque, en todo ese tiempo, la afición de Harlow a la bebida empeoró. Algunos
alumnos recuerdan que pasaban por el bar cercano al final de la noche, bajaban
a Harlow del taburete y se lo llevaban a casa. Según algunos colegas, en no
pocas ocasiones, estando en sesión de conferencias en un hotel, tuvieron que
llevárselo a la cama prácticamente inconsciente.
Los años fueron pasando y los primeros macacos criados con madres de
sustitución crecieron. No sabían jugar ni aparearse. Las hembras ya eran
fértiles, la adolescencia apuntaba pujante, los óvulos maduraban en los
folículos. Harlow quería que las hembras criaran porque tenía una idea nueva,
un nuevo interrogante. ¿Qué clase de madres serían las hembras que se habían
criado sin madre? La única forma de saberlo era lograr que quedaran preñadas.
Pero las malditas no levantaban la cola ni flexionaban la peluda cadera. Lo
intentó metiendo en la jaula caballeros monos más maduros y experimentados,
según sus palabras, pero las hembras les arañaban la cara. Por fin ideó lo que
denominó el «potro de violación», donde ató a las hembras de forma que los
machos pudieran montarlas. El invento fue todo un éxito, por cuanto veinte
macacas huérfanas fueron inseminadas y parieron. Harlow expuso los resultados
en un artículo titulado «Maternal Behavior of Rhesus Monkeys Deprived of
Mothering and Peer Associations in Infancy» [Conducta maternal de macacos de la
India privados de madre y relaciones con iguales en la infancia]. Una parte de
las madres que habían pasado por el potro de violación mataron a las crías,
otras se mostraban indiferentes y unas pocas resultaron «adecuadas».
Nuevamente, los resultados son material de peso, pero yo, para empezar, no
estoy convencida de si arroja nueva luz o si, simplemente, confirma, a costa de
la vida de muchos monos, algo que ya sabíamos intuitivamente.
Roger Fouts tiene la fuerte impresión de que la información
«descubierta» por Harlow en sus experimentos de privación de madre no sólo era
evidente sino poco original. «Harold nunca se refirió a Davenport y Rogers
–dice Fouts–. Antes que él, Davenport y Rogers enjaularon chimpacés y, al ver
lo que sucedía, nunca volvieron a hacerlo.»
«El problema de Harlow –opina Len Rosenblum, investigador de primates–
es la forma en que describía las cosas. Lo hacía para tomar el pelo a la
gente.» Rosenblum nos cuenta el siguiente relato, que tiene su lado divertido:
Harlow estaba recibiendo honores ante una gran congregación de psicólogos.
Entre el público había tres monjas de hábito blanco, toca con alas y macizo
crucifijo colgado de una cadena. Desde su lugar en el estrado, Harlow las vio
y, acto seguido, procedió a mostrar al público imágenes de dos monos copulando.
«Miraba directamente a las monjas –comenta Rosenblum riéndose–. “Aquí tienen el
sermón de la montaña”, dijo. Las monjas palidecieron, se encogieron entre los
pliegues del hábito.»
–Era típico de Harlow –dice Rosenblum–. Siempre quería tomar el pelo a
la gente. Nunca decía «acabado», sino «matado». ¿Por qué no llamó al potro de
violación «aparato de disuasión», por ejemplo? Si no hubiera hecho esas cosas,
hoy su fama no sería tan ambigua.
Queda claro que Harlow prefería la teatralidad, pero creo que Rosenblum
se equivoca. Al fin de cuentas, la cuestión no es el nombre que demos a los
artilugios, sino lo que les hacemos a los animales con ellos. El movimiento de
defensa de los derechos de los animales nació en parte a raíz del trabajo de
Harlow. El Animal Liberation Front organiza una manifestación todos los años
ante el Primate Research Center de la Universidad de Madison; los manifestantes
representan la shiva en presencia de miles de monos de peluche de la cadena
Kmart. A mí me parece absurdo, tanto el empleo del concepto hebreo de la shiva,
que significa duelo, como los muñecos de Kmart. Ridiculiza una cuestión que no
tiene nada de ridícula, y esa cuestión es una pregunta: ¿cuáles son los
derechos de los psicólogos respecto a la utilización de animales en
investigación? A Harlow se le debe que la pregunta subiera hasta la burbujeante
superficie de la ciencia animal.
* * * *
Roger Fouts es un psicólogo que se dedica a la investigación y también
es activista por los derechos de los animales, una combinación rara. Vive en
Washington, en un pueblecito de la montaña en el que los árboles acuáticos
siempre están verdes y rociados de gotas de lluvia, donde la tierra, un rico
mantillo, huele a hojas. Fouts pasa la mayor parte del tiempo con su buen amigo
el chimpancé Washoe, que toma café por la mañana y se divierte jugando a
pillar. Con los años, Fouts se ha encariñado con los animales a los que estudia
y jamás les haría sufrir en nombre de la ciencia. Estudia la adquisición del
lenguaje en los chimpancés, un área de investigación que no requiere cuchillos
ni sangre. Fouts dice: «El investigador que esté dispuesto a sacrificar a sus
animales es moralmente cuestionable». William Mason, alumno de Harlow en la
década de 1970 y ahora investigador de primates en la Universidad de
California, en Davis, dice que no está nada seguro de que el fin justifique los
medios. Afirma que nunca ha podido conciliar sus deseos como investigador
científico que trabaja con animales con sus inclinaciones morales personales.
Es decir, Mason cree que no se debe hacer daño a los animales y, sin embargo,
comprende los motivos para hacérselo.
A los defensores de los derechos de los animales no les conmueven las
posturas ambivalentes. Son un grupo fiero y resuelto que cita con regularidad a
Harlow en sus publicaciones tildándolo de torturador fascista. Más allá del
lenguaje enardecido, en el centro mismo de la cuestión, los defensores de los
derechos de los animales afirman que la utilización de animales en la
investigación proporciona muy poca información válida. Citan rápidamente el
desastre de la talidomida. En la década de 1950, la talidomida se probó en
animales y no produjo efectos teratogénicos, pero cuando la tomaron los
humanos, nacieron niños con defectos graves. Abundando en el mismo ejemplo, el
virus de inmunodeficiencia humana (VIH) que se administra a chimpancés con la
intención de estudiar la enfermedad no produce ningún síntoma; la penicilina es
tóxica para los conejillos de Indias; la aspirina produce defectos de
nacimiento en ratones y ratas y es un veneno virulento para los gatos. En
cuanto a los monos, bien, aunque sean tan parecidos a nosotros, no son copias
de carboncillo, ni mucho menos; el cerebro del macaco de la India es la décima
parte del humano y se desarrolla a mayor velocidad. La cría del macaco nace con
dos terceras partes del cerebro adulto ya de-sarrolladas; el cerebro del recién
nacido humano es la cuarta parte de su cerebro de adulto. Por lo tanto, ¿hasta
qué punto se puede generalizar de una especie a otra, si es que es posible en
algún caso? Pues según a quién se pregunte. Nadie negará que el mono es un
modelo, y el modelo es una aproximación a lo que se intenta describir. Pero
«aproximación» es una palabra peliaguda y turbia que se cuela y resbala por la
página, se hincha y se encoge según quien la interprete.
Defensores de los derechos de los animales como Roger Fouts y Álex
Pacheco dirían que el cerebro de los primates es una aproximación pobretona y
no justifica la miseria, el pus y el sufrimiento que hacemos padecer a los
animales en los laboratorios científicos. Por el contrario, una persona como
Stuart Zola-Morgan, investigador de la memoria bien considerado de California,
cree, a todas luces, que el cerebro de los monos es un cofre del tesoro lleno
de secretos que iluminan el posible funcionamiento del cerebro humano.
Zola-Morgan toca el cerebro de los monos con bisturíes y tijeras para localizar
las zonas responsables de los recuerdos, recuerdos simples y prosaicos, como
los números de teléfono, y recuerdos líricos, los que dan sombra y forma a
nuestra vida: la mesa de la merienda en el campo, el bocadillo de crema de
queso, el olor del abrigo de visón de la madre.
Las exploraciones quirúrgicas de Zola-Morgan han enriquecido nuestra
comprensión de la memoria. De eso no hay duda. Y la memoria es crucial para lo
que somos, personas multifacéticas y con alma. Sin embargo, para llegar a ese
conocimiento, Zola-Morgan tiene que anestesiar al mono paciente, después atarle
una cuerda al cuello para que el riego sanguíneo no llegue al cerebro, esperar
a que la apoptosis llegue a las células y después volver a despertar al mono
para estudiar su capacidad de recuerdo. Más adelante, el mono es «sacrificado»
y se examina su cerebro buscando zonas deterioradas, echadas a perder, muertas,
lóbulos con cicatrices y muñones.
«Creo que la vida humana es más valiosa que la de los animales», dice
Zola-Morgan. En una entrevista con Deborah Blum, añade: «Tenemos verdadera
obligación de cuidar bien a esos animales. Pero ¿la vida de mi hijo vale más
que la un mono? No necesito pensar para responder».
* * * *
Yo sí. Yo necesito pensar para responder. No tengo tan claro que la vida
humana posea un valor intrínsecamente superior..., no, yo no lo tengo tan
claro. Ni cuando veo un delfín describiendo un arco fuera del agua, lanzando
chorros de espuma por el orificio de la cabeza. Ni cuando veo que, con los
cambios ambientales, la desaparición de una especie pone a la siguiente en
peligro, de modo que debemos respetar incluso las algas del mar, porque nos
mantienen a flote, literalmente. Eso es exactamente lo que pienso, aquí y
ahora, hoy, cuando en el nido del canalón de mi casa, unos pollitos desplumados
han roto el huevo y abren el pico de par en par. Me inquieta la imagen de una
mano estrangulando a un mono. Me inquietan, por descontado, la de la Dama de
Hierro y el potro de violación, a pesar de los conocimientos que nos han
facilitado... y quizá a Harlow también le inquietaran. A pesar de todas sus
declaraciones sobre lo poco que le importaban los monos y el escaso aprecio que
le inspiraban los animales, algunos alumnos suyos sospechan que la naturaleza
de su trabajo llegó a preocuparle de verdad. En realidad, a medida que pasaban
los años y aumentaba las dosis de alcohol, algo le preocupaba... muchas cosas
le preocupaban.
En 1971 murió Peggy, su esposa. Por la misma época, él ganaba el
National Medal Science Award. Tenía la mirada perdida y ensombrecida, los
labios, de un tono rosa desvaído, la sonrisa, reducida a la mínima expresión.
La noche en que le concedieron la medalla, le dijo a Helen LeRoy: «Ahora ya no
me queda nada por lo que luchar». Las cosas empeoraron precipitadamente. Sin su
mujer, Harlow no era capaz de cocinar, limpiar, hacerse la cama ni salir de
ella. Tenía la sensación de haber llegado a la cúspide de su carrera, de haber
alcanzado la cima más alta, la mejor, y desde allí miraba y no veía otro camino
que el de descenso. «Tenía que hacerle la comida a mi padre –dice Jonathan–.
Sin mi madre, se convirtió en un inútil.» Harlow se arrastraba hasta el laboratorio,
con todas las jaulas apiladas unas encima de otras, los consabidos barrotes,
las nubes blancas en el cielo, las heces. Las heces. Qué cansado estaba. El
potro de violación. Las heces. Los chillidos de desesperación, la madre de
sustitución hecha de alambre y la de trapo, que en esos momentos debían de
parecerle horribles, esa cara como lija, llena de granitos que irritaban la
piel, que la rascaban.
Harlow estaba muy cansado. En las clases, hablando con los alumnos, le
invadía esa fatiga increíble e invencible y lo único que podía hacer era
dormir. Y dormía. En plena conversación con un alumno, apoyó la cabeza en la
mesa del despacho y se durmió. ¡Qué fácil era dormir en la mesa del despacho!
Sólo tenía que cerrar los ojos y dejarse arrullar por el murmullo de la voz.
No estaba bien. Cuantos lo rodeaban comprendieron que se estaba
derrumbando y que necesitaba reponerse desesperadamente. Durante la época de la
enfermedad y muerte de su mujer, Harry Harlow acudió a la Mayo Clinic de
Minnesota, donde se sometió a un tratamiento de electroshock; entonces fue él
el animal atado a la mesa, con la cabeza rapada, el gel aplicado en diversos
puntos, en las sienes, en los párpados, ya no era dueño de su cuerpo.
Actualmente, la terapia de electroshock es más funcional y tonificante; antes
era pura corriente alterna, descargas eléctricas que pasaban por los cables e
inflaban las neuronas deprimidas. Ahí estaba Harlow, anestesiado, lavado,
sucumbiendo a un procedimiento que podía considerarse experimental, porque no
se sabía por qué funcionaba, ni cómo, ni cuándo ni si funcionaría. Su cuerpo se
sacudió cien veces. Se despertaba con la boca llena de algodón y nubes, sin
memoria; y, en alguna parte, su mujer paseaba con su madre por una ciudad del
medio oeste, por el cielo volaban bestias aladas.
* * * *
Después se marchó. El tratamiento había terminado. Regresó a Madison,
pero la gente dijo que nunca volvió a ser el mismo. Se le declaró «recuperado»,
pero hablaba más despacio, no hacía comentarios socarrones y se ablandó
ligerísimamente en el trato con las personas. Sin mujer, estaba perdido. Llamó
a Clara Mears, que vivía en su caravana en Arizona. «Vuelve», le dijo. La vida
también había tratado a Clara con dureza. Un hijo suyo se había ahogado en el
río, cerca de la caravana. Su segundo marido también había muerto. El viudo y
la viuda se reunieron y volvieron a recorrer el pasillo central de la iglesia,
se casaron de nuevo. ¿Y Terman? ¿Qué opinaba él? Sus niños superdotados, tan
prometedores, todos con un cociente intelectual superior... no habían llegado
muy lejos. Pero eso es otra historia.
Ya casi hemos terminado. Harlow y Clara rizan el rizo. Vuelta al
principio, salvo un detalle: el interés de Harlow ha cambiado ligeramente. Ya
no quería estudiar la privación de la madre. En la década de 1960 se produjo el
florecimiento de la psiquiatría biológica y nació la esperanza de aliviar las
enfermedades mentales por medio de los fármacos. Eso le interesaba. Es posible
que pensase que, si tenía otro episodio de depresión, pudiera tomar una
pastilla, en vez de recibir un electroshock. Es posible que ya tomase alguna
pastilla, que sólo lo aliviaría un poco. Sea como fuere, quería saber cuál era
la causa de la depresión y qué la curaba, de modo que volvió una vez a más a
los macacos.
Construyó una habitación de aislamiento donde el animal vivía encogido,
con la cabeza agachada, sin moverse ni ver el mundo seis semanas seguidas; le
daban comida a través de una rejilla que había en la parte inferior del
cubículo en forma de artesa. A ese cubículo, Harlow lo llamó «el pozo de
desesperación». Sin duda, tuvo pleno éxito en la creación del modelo de
enfermedad mental en primates. Una vez fuera de la jaula, los animales, al cabo
de meses o años, estaban destrozados y eran psicóticos. Harlow no logró
recuperarlos por más que lo intentó. Al parecer, no había cura. No había forma
de entrar en contacto, de consolar.
Finalmente, Harlow murió de la enfermedad de Parkinson. No podía dejar
de temblar.
* * * *
Allá donde vaya hay animales. Una ardilla salta de cable en cable.
Babosas enormes e indecentes salen del jardín y se tumban en los peldaños de
cemento. Si las toco, se me quedan los dedos pegajosos. Los gatos se quejan. Un
perro blanco entra en nuestro patio y se sienta ahí como una esfinge,
lamiéndose las patas rosadas. Me gustaría tener un mono pero mi marido dice que
no es buena idea. Él trabaja en un laboratorio y dice que los monos huelen.
Dejo el libro de selección de ensayos de Harlow, From Learning to Love [Del
aprendizaje al amor], y digo:
–No te haces idea de lo muchísimo que me gustan los monos –y, para mi
sorpresa, me oigo hablar con verdadera emoción, si no pasión.
–¿Te vas a hacer defensora de los derechos de los animales? –me
pregunta.
–En serio –replico–, después de leer lo que este hombre hizo a esos
monos y lo que les hacemos hoy, como infectarlos con el virus del sida y
producirles tumores cerebrales, te aseguro que estoy en contra. Es un error.
Harlow cometió un error. Toda la investigación que hizo con monos es un error.
–¿Me estás diciendo que si tuvieras que escoger entre curar a Clara, si
se pusiera enferma, y la vida de un mono, escogerías la vida del mono en vez de
la de tu hija?
Ya sabía que íbamos a llegar ahí. Es lo que habría dicho Harlow, lo que
dice Zola-Morgan: nuestra vida humana es intrínsecamente más valiosa; los
estudios con monos proporcionan información que ayuda a esas vidas.
–Claro que escogería a Clara –contesto con lentitud–, pero es porque el
99 por ciento de mí es mono, y cualquier mono escogería a su hijo.
Lo que no logro explicarle es que, aunque ese 99 por ciento de mí sea
puro instinto o impulso animal, o amor de mamífero, queda un fragmento que ve
que hacer daño a otro es, no sé por qué, hacer daño a todos. Quizá en ese uno
por ciento resida mi razón, y la razón me dice que rara vez se puede defender
hacer daño a otros seres sensibles, máxime si la información puede extrapolarse
por otro medio.
Me gustaría saber qué es el 1 por ciento de nosotros que no es
chimpancé, el 2 por ciento que no es orangután, el 6 por ciento escaso que no
es macaco. Me gustaría saberlo. ¿Ahí reside el espíritu? ¿Es un pedacito de
ángel o de Dios que nos manda ver el bosque en los árboles, todo el inmenso
tapiz interrelacionado de la vida? Es un porcentaje muy pequeño, es muy difícil
vivir ahí, donde somos humanos y, por lo tanto, responsables.
Hoy voy a un laboratorio de primates. El de Harlow continúa en pie y en
funcionamiento, con una dotación de unos dos mil monos, en Wisconsin. Voy a
otro laboratorio localizado en Massachussets. No voy a describirlo, ya sabemos
de sobra. Aquí se sientan hombro con hombro la curación, la muerte y el
descubrimiento puro. Las jaulas están apiladas unas sobre otras, en cada una
hay una pareja de animales. Huele a productos de limpieza y a galletas para
perros. Me arrodillo ante una jaula y meto la mano entre los barrotes; un
primate viene a mí, me acerca el hocico como lo acercaría un caballo a la palma
de mi mano, con labios secos y aterciopelados. Recuerdo haber leído que, en una
ocasión, Harlow estaba trabajando de noche con sus monos y, sin querer, se
quedó encerrado en una jaula. Tuvo que pasarse en ella muchas horas, sin poder
salir. El cielo de Wisconsin estaba negro; oía a unos juerguistas a lo lejos.
«¡Socorro!», gritó desde detrás de los barrotes. «¡Socorro! ¡Auxilio!». Alguien
lo oyó por fin, pero Harlow estaba helado y asustado.
–¿Puedo coger uno en brazos? –pregunto a mi guía.
Me lo permite y no puedo creerme la suerte que tengo de coger a un mono
en brazos, de tener en brazos la historia de la humanidad, la era del
Pleistoceno, el Neolítico, los dinosaurios que vagaban mucho antes por piélagos
y praderas. Tomo la bolita de pelo marrón y la levanto entre los brazos. Es
jovencito. Me rodea el cuello son sus brazos increíblemente almizclados. El
corazón le late deprisa; está asustado. ¿Le asusto yo? ¿Le asusta la
cautividad? ¿Le asusta ser libre?
«Chissst», le digo al mono, mi mono, y le miro la cara arrugada, un
viejo, un niño, los ojos más húmedos y tristes y, de repente, me parece que
tengo en brazos al mismísimo Harlow. Qué curioso –Harlow reencarnado en un
mono, entre mis brazos en este momento–, es curioso y no lo es. Acaricio esa
dura cabeza. Le miro las líneas de la mano. Se dirigen serpenteando a
Wisconsin, a una casa pequeña de Iowa, a muchos impulsos y deseos. Las líneas
son de color rosa, enmarañadas. El animal tiembla en mis brazos.
–Descansa –le digo, y me lo acerco lo máximo posible.
Capítulo 7
Parque de ratas
Experimento radical sobre la adicción
En las décadas de 1960 y 1970, los científicos empezaron a investigar en
la naturaleza de la adicción. Con modelos animales, intentaron recrear y
cuantificar el ansia o deseo de consumir, la tolerancia y el síndrome de
abstinencia. Algunos de los experimentos más extraños consistieron en inyectar
LSD a un elefante con una escopeta de dardos y en administrar barbitúricos a
gatos directamente en el estómago por medio de un catéter. Sólo con cocaína,
todavía hoy se llevan a cabo más de quinientos experimentos al año, unos en
monos sujetos a sillas con correas, otros en ratas, cuyo sistema nervioso, tan
semejante al nuestro, al parecer, las convierte en sujetos razonables para el
estudio de la adicción. Prácticamente todos los experimentos sobre la adicción
realizados con animales parten de la noción de que determinadas sustancias son
irresistibles, y a esa misma conclusión llegan esgrimiendo como prueba que los
animales terminan autoadministrándose la neurotoxina por voluntad propia hasta
morir. No obstante, Bruce Alexander y sus coinvestigadores Robert Coambs y
Patricia Hadaway decidieron en 1981 poner a prueba la premisa fundamental de la
adicción en la experimentación clásica con animales. La hipótesis de partida:
atar a un mono a una silla durante días y días y darle la posibilidad de
apretar un botón para aliviarse no dice nada respecto a la fuerza de las
drogas, pero lo dice todo respecto a las ataduras sociales, físicas y
psicológicas. Se propusieron someter a prueba a los animales en un entorno
verdaderamente favorable y comprobar si el resultado seguía siendo,
inevitablemente, la adicción. En tal caso, las drogas merecerían la
demonización. En caso contrario, quizá, insinuaban los investigadores, el
problema no fuera químico sino cultural.
Conozco a una yonqui, se llama Emma. A sus sesenta y tres años, es
tutora de ciencias en una pequeña facultad de Nueva Inglaterra y se viste con
mucho estilo incluso cuando no está en el despacho; hoy lleva pantalones de
lino y un pañuelo de color burdeos. Hace unos meses, a Emma le pasó algo en la
espalda. Las vértebras, que encajan unas en otras como piezas de Lego,
empezaron a aflojarse y a desplazarse. Para aliviar la presión, se sometió al
bisturí y volvió en sí con una costura quirúrgica y un frasco marrón de
Oxycontin, un parche medicinal que la transportaba a un lugar sin dolor.
El opio, llamado en días pasados ancla sagrada de la vida, planta de la
felicidad y leche del paraíso, es el remedio del que los médicos clásicos
griegos dijeron que curaba «el dolor de cabeza crónico, la epilepsia, la
apoplejía, la dificultad respiratoria, el cólico, la pasión ilíaca, el
endurecimiento del bazo, los cálculos, los males que sufren las mujeres, la
melancolía y toda manifestación de peste». El opio es una curiosa sustancia que
se extrae de las larguiruchas amapolas opiáceas, con su saco testicular lleno
de semillas; en Inglaterra, en el siglo xix, cuando las mujeres amamantaban, se
preparaban una infusión de semillas de amapola, se la tomaban y, así, los niños
inquietos se tranquilizaban. El opio, posible precursor del Ritalin [Rubifen en
España], fue el primer psicotrópico; se vendía en las neblinosas calles
londinenses con reclamos como «Tranquilidad para el niño» y «Jarabe calmante de
la señora Winslow».
Sin embargo, para Emma Lowry, esa droga es otra cosa muy distinta. La
cirugía le curó los huesos dañados de la espalda pero la dejó con «una
dependencia terrible. Nunca había pensado mucho en las drogas, nunca me habían
interesado gran cosa, ni en un sentido ni en otro, pero te aseguro que ya no
podré ver una amapola y pensar que es bonita… nunca más», dice, cuando voy a
verla a su casa, un edificio contemporáneo con placas solares y altas paredes
blancas. Hoy, Emma lee un libro de George Eliot, habla por teléfono con sus
empleados de trámites de contratación y, entre una cosa y otra, me cuenta su
caso. En realidad, no hace falta que me lo cuente. Lo veo en el temblor de su
cuerpo, dos horas después de la última dosis; saca dos pastillas del frasco y
se las pone en la lengua. Al parecer, no podría prescindir de ellas en la misma
medida en que una planta no podría negarse al sol hacia el que se orienta.
El caso de Emma es común e innegable. Aunque nuestros predecesores
pensaran que el opio era un elixir maravilloso, ahora sabemos que no, después
de tantas agujas despuntadas a fuerza de compartirlas, de tantas cavidades
nasales destrozadas. Sabemos que las drogas crean adicción. Si uno se inyecta
heroína el tiempo suficiente, termina por aficionarse. Si se fuma crack, va uno
a toda velocidad, se estremece, y después quiere más. Así lo pensamos porque
así nos lo han repetido muchas veces los medios de comunicación y el estamento
sanitario, basándose en los escáneres PET, que muestran el cerebro intensamente
rojo de ansia.
Y, con todo, al final resulta que es una construcción cultural. Así nos
lo diría Bruce Alexander, doctor en psicología afincado en Vancouver (Columbia
Británica). Alexander se ha pasado la vida estudiando la naturaleza de la
adicción y ha llegado a la conclusión de que no depende en absoluto de la
farmacología de la droga, sino de la compleja urdimbre de las sociedades que no
ofrecen apoyo. Según Alexander, no existe un elemento químico que produzca la
adicción, como por ejemplo el carbunco produce daño pulmonar. Según su idea, la
adicción no es un hecho, sino un «cuento» pobremente tramado, además. Por lo
tanto, duda mucho de casos como los de Emma Lowry, los conversos de Alcohólicos
Anónimos o la investigación de E. M. Jellineck, que fue el primer médico que
trató el alcoholismo como enfermedad, en la década de 1960, así como otra
posterior hecha por James Olds y Peter Milner, en la que constataron que los
animales enjaulados preferían la cocaína a la comida hasta el punto de morir de
hambre, roedores en los huesos. Alexander, por el contrario, hace dos
afirmaciones contundentes. Primera: ninguna droga contiene nada inherentemente
«adictivo». Segunda: el contacto repetido, incluso con las drogas más
seductoras, no suele crear problemas.
Dice Alexander: «La inmensa mayoría de la gente recurrirá incluso a las
sustancias más adictivas y quizá las consuma varias veces, pero NO existe
progresión inexorable hasta el infierno».
Quizá la historia demuestre que tiene razón. Antes del movimiento por la
moderación[11], cuando
el opio era legal, el nivel de adicción se mantenía en el uno por ciento de la
población. A pesar de los casos como el de Emma Lowry, Alexander puede enumerar
estudios que apoyan su perspectiva con la facilidad de músicos tocando escalas,
dueños absolutos de las teclas. Por ejemplo, el estudio de hace quince años, en
el que se demostró que la inmensa mayoría de los pacientes hospitalizados a
quienes se administraban sistemáticamente dosis altas de morfina podían dejarla
sin dificultad tan pronto como el dolor remitía; también la escuesta
domiciliaria de Ontario, según la cual, el 95 por ciento de los habitantes que
consumen cocaína la toma menos de una vez al mes. En otro estudio hecho en San
Francisco, en el que se siguió a veintisiete consumidores habituales de cocaína
durante un período de once años, ninguno de ellos perdió su empleo bien
remunerado; sólo uno, a lo largo de la década, se convirtió en consumidor
compulsivo. Once de ellos declararon que en algún momento habían consumido la
droga adictiva a diario pero después habían dejado de hacerlo. De esos once,
siete habían reducido el consumo de siete gramos a tres. Alexander suele citar
con frecuencia la guerra del Vietnam como experimento espontáneo de
drogadicción; el 90 por ciento de los hombres que se hicieron «adictos» a la
heroína en el campo de batalla dejaron de consumirla en cuanto volvieron a
casa, lo dejaron sin más, tranquilamente, y no volvieron a consumirla
compulsivamente. Por último, existe un estudio excelente sobre el crack, un
estudio realizado en 1990 con estadounidenses jóvenes, según el cual, el 5,1
por ciento había probado el crack una vez en la vida, pero sólo el 0,4 por
ciento lo había consumido en el mes en que se hizo la encuesta, y menos del
0,05 por ciento lo había consumido veinte veces o más en ese mismo período.
«Por lo tanto –me dice Alexander con voz ronca– parece que la droga más
adictiva de la tierra no produce adicción persistente en más de un consumidor
de cada cien.»
Podríamos continuar. Se han hecho más estudios que demuestran sus
teorías y a Alexander le gusta hablar de ellos. Lo que le gusta en realidad es
discutir y despotricar. Habla con voz suave y un leve acento británico, creo,
pero también con un toque impulsivo, con los ojos grandes y como alucinados
tras las gafas ovaladas y apretándose las manos entrelazadas cuando quiere
demostrar alguna cuestión.
–¿Usted toma alguna droga? –le pregunto, porque, en momentos, me da la
impresión de que sí.
–Tomo ácido en compañía de algunos amigos –responde–. No lo tomo por
costumbre, pero me ha dado ocasión de profundizar en la comprensión de mí mismo
–hace una pausa. Yo espero–. Una vez –dice– tomé LSD y tuve la sensación de que
estaba en la boca de un dragón y, cuando miré hacia abajo, tenía la mitad
inferior del cuerpo en la boca de otra bestia, y me dije: «Muy bien. Ahora me
tumbo y me dejo morir». Y así lo hice. Fue como si el corazón dejara de latir.
No sabía luchar contra monstruos. En cuanto dejé de resistirme, los monstruos
se convirtieron en un lecho de flores amarillas y yo me alejé flotando. Desde
entonces, he dejado de temer el momento de la muerte.
–¿Cuánto hace de eso? –le pregunto.
–Unos veinticinco años –me dice.
Bien, me parece que la anécdota es propaganda positiva para el ácido. No
sólo abre las puertas del budismo con más facilidad que el koan más sencillo,
sino que además dura y lo resuelve prácticamente todo, por lo visto.
Lo miro con cautela. Como psicóloga, he trabajado en instituciones
dedicadas al abuso de las drogas y he visto en directo los fuertes efectos de
la química del ansia. Tildaría a Alexander de puro propagandista, si no fuera
por el siguiente hecho, fascinante y delicioso: Alexander habla con los hechos
en la mano, los hechos de sus propios e ingeniosos experimentos, que demuestran
sus teorías y confirman los estudios que tanto le gusta citar. Podemos
resistirnos a él o acercarnos en tal aspecto, tal otro y tal otro, hasta llegar
a un lugar extraño donde las presuposiciones mueren y dan paso a un terreno
despejado en el que crecen flores raras e inesperadas.
* * * *
Bruce Alexander se crió en una casa «roja, blanca y azul». Su padre,
oficial del ejército y después ingeniero de la General Electric, pasó los
últimos años de su vida insistiendo en que lo llamaran coronel Alexander. A los
diecinueve años, su hijo, que, a juzgar por las fotografías era un hombre
guapísimo que debía romper muchos corazones, se casó con una mujer guapísima
que debía romper muchos corazones; juntos se instalaron en una pequeña ciudad
llamada Oxford, en Ohio. Solía hacer frío en Oxford, y el Ohio, gris apagado,
atravesaba a cuchillo los floridos maizales. El matrimonio se enfrió
rápidamente. Alexander estudiaba psicología en la Universidad de Miami cuando
vio las famosas cintas de los monos de Harry Harlow. «Pensé que estaba ante un
hombre que estudiaba la naturaleza del amor y, como yo no era afortunado en
amores, me dije que tenía que llegar a ser mi mentor.» Y así fue. Escribió una
carta a Harlow, el cual lo invitó a terminar la licenciatura y el doctorado en
Madison. Alexander acudió con grandes esperanzas de aprender algo, o todo,
sobre vínculos que atan.
Viajó, pues, por el país y se trasladó de un estado frío a otro más frío
aún, aunque en aquel momento no lo sabía. Llegó al laboratorio de Harlow e
inmediatamente fue asignado a los experimentos de privación de la madre, donde
tenía que tomar nota de las veces diarias que una mona huérfana mordía o
maltrataba a sus crías.
–Era un borracho empedernido –dice Alexander–, siempre estaba bebido,
siempre. Yo me preguntaba qué arrastraría a un hombre a ausentarse del mundo de
esa forma. Pensaba mucho en ello. Llegué a su laboratorio porque quería
estudiar el amor, pero acabé interesándome por la adicción.
Estalló la guerra del Vietnam. Alexander, ya divorciado, dejó a su mujer
y a sus dos hijos en edad preescolar y se marchó al Canadá porque «me
radicalicé. No podía seguir viviendo en el país». Al otro lado de la frontera,
firmó un contrato de profesor adjunto en la Simon Fraser University, y quiso la
fortuna que el departamento de psicología le adjudicara un curso sobre la
adicción a la heroína, tema que apenas conocía. Trabajó de interno en una
clínica de Vancouver que trataba el abuso de drogas y allí empezó a pensar por
primera vez en la adicción de una forma claramente no farmacológica.
–Me acuerdo sobre todo de un paciente. Le habían dado trabajo de Papá
Noel para la campaña de Navidad en unas galerías comerciales. No podía
desempeñar su papel sin haberse inyectado una buena dosis. Se pinchaba, se
ponía el disfraz rojo de Papá Noel y las botas negras de plástico y se pasaba
seis horas seguidas sonriendo. Entonces empecé a pensar que las teorías del
momento sobre el abuso de drogas no eran correctas, que la gente se drogaba no
porque farmacológicamente TUVIERA necesidad, sino porque la sustancia era una
forma válida de adaptarse a circunstancias adversas.
Ese planteamiento violaba las teorías del momento y va a contrapelo de
las actuales, a pesar de que los investigadores contemporáneos, en principio,
suelen estar muy de acuerdo con la importancia de otros «factores complejos».
Cuando se lee suficiente bibliografía convencional contemporánea sobre el abuso
de drogas, en seguida se pone de manifiesto que toda ella empieza reconociendo
la importancia del entorno, pero después se decanta a toda velocidad por la
inevitable marcha, a formación cerrada, de los torrentes de química y
electricidad que caen sobre el cerebro humano, el corazón de Harlow. Ya en la
década de 1950, se llevaron a cabo muchas investigaciones convincentes sobre
los mecanismos psicológicos de la adicción, investigaciones que dominaron el panorama
entonces igual que hoy. En la Universidad de McGill, en 1954, dos jóvenes
psicólogos, James Olds y Peter Milner, descubrieron que una rata blanca de
laboratorio aprende a apretar monomaníacamente una palanca que le proporciona
estímulos cerebrales eléctricos en la zona considerada «centro de la
recompensa». Algunos científicos como M.A. Bozarth y R.A. Wise llevaron a cabo
variaciones del experimento original de Olds y Milner en las que crearon en los
animales adicción a un catéter de auntoinyección que les permitía drogarse
cuanto querían al tiempo que dejaban de alimentarse hasta morir. Dichos
experimentos terminaban literalmente en los huesos: huesos, una frágil rejilla,
tubos blancos, bigotes. En otra serie de experimentos, se premiaba con dosis de
opio a las ratas que se decidían a cruzar un campo electrizado recibiendo
varias descargas en las patas. Ahora, una breve digresión para recordar la
anatomía de las extremidades de la rata. A pesar de su tacto correoso, de su
aspecto endurecido y agrietado, la extremidad de este animal tiene
prácticamente tantas terminaciones nerviosas como el glande, es pura
sensibilidad envuelta en rosa. Y, a pesar de todo, los roedores cruzaban el
campo electrizado encogiéndose, chillando, hasta desplomarse en el otro lado y
tomar la dosis sorbiendo por una pajita.
Bien, eran pruebas convincentes de la fuerza farmacológica de
determinadas sustancias, ¿no es cierto? Eran pruebas convincentes de que la
adicción es psicológicamente inevitable. A fin de cuentas, los experimentos
podían repetirse con monos y se encontraban correlatos humanos por todas
partes, deambulando por las calles pobres del centro de la ciudad, revolviendo
en las basuras… Sin embargo, a Alexander no le convenció lo que leyó sobre la
investigación. Siguió el trabajo de los psicólogos Olds y Milner, que se
estaban haciendo muy famosos; en realidad, quizá no deberían ser personajes
secundarios de este capítulo, sino los protagonistas, pues Alexander era
prácticamente desconocido. Olds y Milner se plantearon localizar los «centros
del placer» del cerebro partiendo de la hipótesis de que se encontraban en la
formación subreticular. Abrieron la cabeza a uno o dos roedores, implantaron
pequeñísimos electrodos en algunas zonas del cerebro, del tamaño de un
guisante, y los fijaron primero con cola dental y después, para mayor
estabilidad, con diminutos tornillos de joyería; después, dieron un paso atrás
y se dispusieron a observar los acontecimientos. Esto fue lo que sucedió:
parecía que a las ratas les gustaban muchísimo los pequeños chisporroteos
corticales. Un electrodo situado infinitesimalmente a la derecha hizo que el
animal se convirtiera en un ser increíblemente dócil; otro, situado un poquito
a la izquierda, le hacía jadear de placer prácticamente; un poquito más abajo,
y se lamía los genitales hasta dejárselos completamente lustrosos; un poquito
más arriba, y el apetito se explayaba expansivamente. Olds y Milner tenían la
hipótesis de que había zonas de placer en todo el cerebro, y lo demostraron
mediante las ratas que, cuando podían autoestimularse presionando una palanca
que transmitía una pulsación al cerebro, la presionaban hasta seiscientas veces
por hora si el electrodo estaba fijado en el punto justo.
Al parecer, «el punto justo» se encontraba en el llamado haz
prosencefálico medial. Olds proclamó con orgullo que ése era el centro del
placer. Fui a ver ese haz personalmente porque, en fin, es difícil resistirse
al placer. Un amigo que trabaja con ratas en un laboratorio me presentó a otro
amigo que trabaja con ratas en un laboratorio y tuve ocasión de ver retirar las
meninges de un animal «sacrificado», que dejaron al descubierto las
circunvoluciones y pliegues de la cognición y la voluntad y unos ovillos y
cabos sueltos de color gris, la urdimbre del placer: sorprendentemente
monótona.
Entre tanto, Alexander aconsejaba a sus heroinómanos, casi todos sucios,
pobres y desafectos. El investigador se preguntaba por qué sólo algunos
consumidores se convertían en adictos, si el centro del placer se estimula tan
fácilmente mediante agentes farmacológicos, si nos dejamos ganar tan
fácilmente. No hay duda de que todos poseemos un haz prosencefálico medial,
delicioso pero tristemente feúco. Alexander sabía lo que no tenían en cuenta
los demás investigadores en aquel momento, en las décadas de 1960 y 1970,
cuando muchas revistas publicaban en portada el país del placer recién
descubierto, el cerebro en alto sobre el tallo azul de la médula. Alexander
sabía que en los «hechos» fisiológicos hay complicados conjuntos de
circunstancias emocionales y sociales; la farmacología está relacionada con la
suerte y el tiempo climático, con las coincidencias y las subidas de salario,
con las barbas blancas y los regalos de plástico. Lo sabía, pero no tenía
pruebas para demostrarlo. Necesitaba pruebas.
Varios grupos de psicólogos y farmacéuticos empezaron a elaborar
hipótesis sobre la naturaleza de la drogadicción basándose en el hallazgo del
centro del placer. Quizá las drogas sean una especie de electrodos químicos.
Estimulan ese haz prosencefálico medial, que está aletargado, y producen en él
un ansia cada vez mayor, de la misma forma que rascarse la picadura de un
insecto sólo hace que el picor aumente.
Ésta es la explicación sencilla, pero no resulta muy específica ni
científica. En el terreno de la farmacología, los investigadores empezaron a
hablar de una historia interesante. Todos tenemos en la cabeza una pequeña
fábrica de fármacos. Tenemos endorfinas, que son exactamente como los opiáceos,
los analgésicos naturales del cuerpo; tenemos dopamina, tenemos serotonina
–todos sabemos lo que es–, una droga de calma y razonamiento; pues bien, el
cuerpo, abandonado a sus propios recursos, elabora esos pequeños viales
medicinales en cantidades moderadas que nos ayudan a superar los malos tragos.
Sin embargo, cuando empezamos a importar de países extranjeros, por así
decirlo, e introducimos, por ejemplo, droga mexicana en nuestro equilibrado
caudal sanguíneo, o crack chileno humeante todavía en el cuenco, el cuerpo
piensa: «Muy bien, entonces yo ahora me tomo un descanso». Dejamos de producir
nuestras propias drogas naturales y confiamos en la fuente externa, una especie
de batiburrillo de política económica de exteriores que, al final, nos deja
exhaustos, sin recursos propios. Es decir, el cuerpo se nos adapta al aporte
sintético y deja de producir sus propias sustancias. En la terminología de
moda, se denomina «modelo neuroadaptativo», y plantea una vez más que las
drogas nos desbaratan inevitablemente el sistema homeostático hasta el punto de
obligarnos a cruzar fronteras lejanas.
–Pero –dice Alexander– pongamos por ejemplo la hipótesis del agotamiento
de la dopamina. Tomamos tanta cocaína que el cerebro deja de producirla,
entonces tenemos que tomar más cocaína, que estimula la producción de dopamina.
Digamos que, para empezar, no existen pruebas sólidas de que el agotamiento de
la dopamina cause ansia y deseo de cocaína en las personas.
Decido recurrir a un conservador, antiguo ayudante y zar de la droga, un
hombre de Yale, Herb Kleber.
–Claro que existen pruebas –me dice–. ¿Ha visto los estudios de
escáneres PET? Sin lugar a dudas, se produce agotamiento de la dopamina en el
cerebro del consumidor de cocaína, y esa carencia se asocia fuertemente con el
aumento del ansia.
¿Sí? ¿No? ¿Quizás? Es posible que en ninguna parcela de la psicología
nos encontremos con respuestas tan opuestas como en los estudios sobre drogas,
donde la política y la ciencia no se informan mutuamente sino que se influyen.
–Verá –dice Joe Dumit, profesor de psicología del MIT–, los estudios de
escáneres PET pueden ser poco fidedignos. Es fácil crear imágenes que parezca
que ilustran un gran cambio, pero esas imágenes pueden ser engañosas. ¿Quién
sabe?
Dumit suspira. Pasarse el día estudiando el cerebro puede parecer duro.
Es hacer infinita e inútilmente el ejercicio de utilizar el yo para ver más
allá del yo. Más vale tomarse un vaso de vino.
* * * *
Alexander necesitaba pruebas. Vivía en Vancouver, una ciudad muy bonita
situada al lado del mar. Observó las ratas yonquis de otros científicos. A
algunas se les habían insertado catéteres en la espalda, afeitada y en carne
viva, y estaban en jaulas estrechas y sucias. Quizá ahí radique el germen de
sus experimentos. Alexander pensó: «Si yo viviera así en una jaula, también me
drogaría todo lo que pudiera». Se preguntó qué sucedería si las cambiara de
caja o, por decirlo de otro modo, alterase las limitaciones culturales. ¿El
hecho inevitable de la drogadicción seguiría inalterable en un entorno más
agradable? Sonrió al planteárselo. Tiene una sonrisa increíblemente dulce, se
le forman hoyuelos en ambos lados de la cara y una hendidura en la barbilla
como si un ser extraño le hubiese rozado cuando estaba en el útero. Sonrió y
pensó: «Parque de ratas», y empezó a construirlo.
En vez de una jaula pequeña, sin espacio apenas, Alexander y sus
compañeros de investigación, Robert Coambs y Patricia Hadaway, construyeron una
colonia de viviendas de veinte metros cuadrados para sus ratas Wister de
laboratorio. Caldearon el espacio convenientemente y lo regaron de deliciosas
virutas de cedro y toda clase de pelotas de colores intensos, ruedas y latas.
Puesto que iba a ser una colonia mixta, destinaron mucho espacio al
apareamiento, rincones para el parto, lugares para que los dentudos machos
deambularan a gusto y nidos cálidos para las hembras en época de cría. Después,
Alexander, Coambs y Hadaway pintaron las paredes de ese Ritz Carlton de las
ratas en vivos verdes y azafranes. Pintaron árboles caducifolios, montañas con
carreteras tachonadas de árboles minúsculos, arroyos que corrían sobre piedras
lisas… No les preocupó la fidelidad al realismo al pintar el ambiente de fondo.
La selva daba paso a los árboles de hoja perenne, la nieve se fundía con la
arena.
Alexander, Coambs y Hadaway idearon algunas condiciones diferentes para
el experimento con las ratas. Una recibió el nombre de «seducción». Esa
condición se basaba en el hecho de que las ratas son golosas y raramente, en el
mejor de los casos, se resisten a un dulce. Teniendo en cuenta la «seducción»,
los investigadores pusieron a dieciséis ratas en el selecto parque y a otras
dieciséis en las jaulas típicas de laboratorio, con muy poco espacio vital y
aislamiento extremo. Como la morfina sola es amarga y a las ratas no les gusta
nada lo amargo, los investigadores dieron a ambos grupos de ratas un chorrito
de morfina disuelto en agua espolvoreada de sacarosa, con muy poca cantidad de
sacarosa al principio, que fueron aumentando día a día hasta que el brebaje era
un verdadero daiquiri deliciosamente dulce que suministraba los opiáceos
supuestamente irresistibles en un líquido irresistible. También administraron a
ambos grupos agua normal del grifo, que debía de parecer muy gris y ligera al
lado de los frascos brillantes y bien condimentados.
Y lo que averiguaron fue lo siguiente: a las ratas de las jaulas
aisladas y estrechas les encantó el agua aliñada con morfina desde el primer
momento, cuando era muy poco dulce; la sorbían ruidosamente y me imagino que se
caerían redondas al suelo con sus rosados ojillos traspuestos y moviendo
lentamente en el aire etéreo sus minúsculos pies arrugados. Sin embargo, los
residentes del parque se resistían a beber la solución narcótica por más dulce
que se la preparasen. Aunque alguna vez la bebieran (las hembras más que los
machos), preferían sistemáticamente el H2O a palo seco, y cuando compararon los
dos grupos, las ratas aisladas bebían hasta dieciséis veces más que las
residentes del parque, un hallazgo de importancia estadística a todas luces. Es
muy interesante el hecho de que, cuando añadieron naloxona al agua con morfina
del parque, las ratas invirtieron la aversión al agua con narcótico y la
bebieron. La naloxona es una sustancia que contrarresta los efectos de los
opiáceos pero respeta el sabor dulce de la solución. Lo que quizá ilustre mejor
ese descubrimiento, bastante asombroso por otra parte, es que las ratas, cuando
están en un entorno «favorable», evitan todo lo que pueda interferir en su
comportamiento social normal, incluida la heroína. A las ratas les gustaba el
agua edulcorada siempre y cuando no las colocara. En realidad, los opiáceos son
claramente indeseables, al menos en el caso de los roedores en situación
favorable, lo cual dice mucho en contra de la idea que tenemos de que dichas sustancias
son inherentemente seductoras.
* * * *
Creemos que estos resultados son social y estadísticamente
significativos. Si las ratas, en un ambiente razonablemente normal, se resisten
a las drogas opiáceas, la idea de la «afinidad natural» es errónea, una
extrapolación no válida de los resultados obtenidos con animales aislados.
Estos descubrimientos son compatibles con la nueva interpretación
«paliativa» de la adicción humana a los narcóticos si tenemos en cuenta que las
ratas son por naturaleza animales extremadamente gregarios, activos y curiosos.
El confinamiento en solitario produce un trastorno psíquico extraordinario en
el ser humano; es posible que resulte igualmente estresante en otras especies
sociables y que, por lo tanto, fuerce formas extremas de conducta paliativa,
como recurrir a anestésicos y tranquilizantes potentes, la morfina en este
caso.
También puede ser que las ratas que viven en sociedad se resistan a la
morfina por sus potentes efectos anestésicos y tranquilizantes. Como tal,
interfiere en la habilidad de la rata (o de la persona) para jugar, comer,
aparearse y emprender otras conductas que hacen la vida gratificante.
* * * *
El experimento de la seducción demostró que, en realidad, no hay nada
inherente e inexorablemente atractivo en los opiáceos, y así se alzó como
auténtico contraargumento de la mentalidad de la moderación que tanta
prominencia ganó en este país cuando entró en vigor la Ley Seca, mentalidad
que, de una forma u otra, tanto ha influido e influye en los estudios sobre la
adicción. En 1873, un periodista que observaba una concentración por la
moderación escribió: «Después, las señoras, secundadas por los espectadores,
entonaron el Praise God from Whom All Blessings Flow [Alabemos al Señor que nos
colma de bendiciones] mientras los licores rodaban por la calle. Alrededor,
algunas mujeres lloraban, unas pocas alternaban el canto con respuestas a las
expresiones de agradecimiento». Podemos considerar esta cita como el
combustible apenas visible que alimenta el trabajo de Olds y Milner, de las
guerras actuales contra la droga y los científicos que las apoyan y de los
negativistas como Alexander, que se las han ingeniado para refutar una
superstición tan arraigada que ni siquiera nos damos cuenta de que la
mantenemos.
* * * *
Con todo, el experimento no estaba completo. Alexander Coambs y Hadaway
lograron demostrar que las ratas son capaces de resistirse hasta a la droga
mejor presentada que se les ofrezca si ha de interferir con la alternativa de
aprovechar las situaciones gratificantes a las que tienen acceso. Con todo, el
equipo de investigadores se planteaba otra pregunta, relacionada ahora con la
adicción ya establecida. Habían intentado en vano crear la adicción entre las
ratas acomodadas del parque. Sin embargo, la oposición podría objetar
fácilmente: «Bien, proporcionemos a una rata el equipamiento del Nautilus y
sexo las veinticuatro horas del día, y seguro que no se droga. Pero en la vida
real, las personas son mucho más vulnerables y pueden recurrir a la droga en un
momento malo de su vida; después, una vez que han empezado con una adicción, ya
no pueden dejarla. Dejarlo es tan doloroso que garantiza por sí solo la
continuación». Así pues, para poner a prueba esa teoría, los investigadores se
hicieron con otros dos grupos de ratas, dejaron a uno en las jaulas y al otro
lo trasladaron al parque. A lo largo de los cincuenta y siete días siguientes,
período más que suficiente en el caso de la heroína, convirtieron en yonquis a
todas y cada una de las ratas dándoles solamente agua con morfina para beber y
ningún otro líquido. «Período más que suficiente –escribe Alexander– para
desarrollar tolerancia y dependencia física.»
Después, empezaron a dar a ambos grupos agua pura y agua con morfina.
Como era previsible, el grupo de las jaulas siguió consumiendo la morfina; el
grupo del parque, a pesar de ser ya adicto, dejó de acudir regularmente a la
solución de morfina, con lo que el consumo de la droga disminuyó a pesar del
síndrome de abstinencia. Esto implica que la adicción establecida no es
irreversible. Como destaca Stanton Peele, investigador de drogas, todo el mundo
parece estar de acuerdo en que la nicotina es más adictiva aún que la heroína,
y sin embargo, el noventa por ciento de las personas que empiezan a fumar lo
dejan por iniciativa propia sin «programas», «patrocinadores» ni «apoyo
profesional». Pero… ¿y el síndrome de abstinencia? Alexander indica que es
posible que el síndrome no sea tan fuerte como se piensa. «Las ratas del parque
manifestaron algunos síntomas menores que podrían considerarse síndrome de
abstinencia, como temblores y esas cosas, pero no las míticas convulsiones y
sudores de los que oímos hablar con frecuencia.» Bien, quizá las ratas no, pero
los seres humanos sí, desde luego, porque lo he visto con mis propios ojos. Y
Alexander replica: «La inmensa mayoría de los heroinómanos que pasan por el
síndrome de abstinencia sufren una especie de resfriado. Eso es todo». Su
argumento es el que le han proporcionado los descubrimientos en el parque de
ratas: aunque el síndrome sea real, no es necesariamente tan intenso como lo
describen nuestros medios de comunicación, que viene a ser una especie de gripe
descomunal con profundos dolores viscerales. Y, lo que es más importante, el
síndrome de abstinencia no condena al consumidor a reincidir, si las ratas
pueden servir de ejemplo. Alexander dice: «Creo que el síndrome de abstinencia
se exagera sistemáticamente, como las mismas drogas; es el cuento que hemos
oído sobre las drogas y seguimos contándonoslo; es el paradigma según el cual
los drogadictos interpretan como dolor insoportable lo que, en realidad, no es
más que incomodidad. La verdad es que las ratas no parecían presas de dolores
insufribles. Tampoco los veteranos del Vietnam, ni tantas otras personas que se
drogan, pasan el período de abstinencia y no reinciden».
La investigación de Alexander indica que la adicción depende en realidad
del libre albedrío. Las ratas y los seres humanos prueban la pipa proverbial y
después la dejan sin problema. Y cuando no la dejan no es porque la sustancia
sea inherentemente irresistible, sino porque el conjunto concreto de
circunstancias en las que se encuentra el mamífero no ofrece mejor alternativa
que ese picoteo destructivo. En el mundo de Alexander, la adicción es una
estrategia de estilo de vida que, como todas las estrategias humanas, puede
educarse, reorientarse y aprovecharse. Es una elección.
Alexander recuerda claramente el parque de ratas, aunque ahora tiene
sesenta y dos años y hace más de veinticinco que llevó a cabo los experimentos.
Recuerda cómo las convertía en adictas y se retiraba a observar esperando el
desarrollo de los acontecimientos.
–Hablábamos de ello constantemente, en la mesa, los fines de semana… Mis
hijos fueron a ver a las ratas y recogieron algunos datos. Naturalmente, era
muy emocionante ver cómo las ratas ponían en cuestión radicalmente las ideas
comunes sobre la adicción. En toda mi vida sólo he tenido una buena idea
–dice–, y fue ésa. Y fue buena, ¿quién puede negarlo?
No percibo melancolía en su voz, cuando pronuncia esas palabras, pero sí
quizá una leve, levísima decepción, aunque él lo niega. El caso es que, a pesar
de la gran importancia que tienen sus descubrimientos y del oportuno
cuestionamiento que nos plantea colectiva e individualmente, nadie le ha
prestado mucha atención, ni en su día ni en la actualidad.
–Recogimos los descubrimientos por escrito –dice Alexander–. Queríamos
publicarlos en Science y en Nature. Ahí es donde tendrían que estar. Pero los
rechazaron, varias veces. Fue decepcionante.
Por fin, una revista menos importante pero respetada, Pharmacology,
Biochemestry, and Bahavior, publicó los descubrimientos del parque de ratas.
–Es una buena revista –dice Alexander–, goza de toda la credibilidad que
se pueda desear, pero no es tan conocida. Es de…, es de farmacología.
* * * *
La carrera profesional de Alexander, con su sesgo psicosocial, no salió
de la modestia, mientras que los paradigmas biológicos se situaban en primer
plano marginando, en la misma época, varios experimentos científicos más. En la
década de 1960, un investigador de Stanford llamado Avram Goldstein descubrió
los opiáceos naturales del cuerpo –endorfinas– y conjeturó que los heroinómanos
sufrían deficiencia de esa sustancia endógena. Según su hipótesis, la inyección
de endorfinas eliminaría el deseo de consumir en los casos de adicción; la
estrategia falló por completo, pero dio lo mismo. Tuvo buena prensa porque era
una explicación basada en la biología, en una cultura que sencillamente
prefería esa clase de modelos justificativos: modelos de moléculas, modelos que
renuncian o pasan por alto cuestiones a las que Alexander concedía máxima
importancia, como la raza, la clase social, los matices circunstanciales de
esta vida nuestra compuesta de tantos estratos.
A veces, Alexander se enfurece. Acusa al estamento biomédico de
eliminar, con fines políticos, importante información científica sobre las
complicaciones de la drogadicción. Al fin y al cabo, si los descubrimientos del
parque de ratas recibieran la atención que merecen, tendríamos que limpiar las
viviendas sociales y los barrios deteriorados del centro de nuestras ciudades y
cambiar la política, y destinar más fondos a educación y menos a medicación.
Con todo, los críticos de Alexander lo acusan de distorsionar la información
con la esperanza de avivar la polémica, con él en el centro como estrella. Así
opina Kleber, el zar de la droga, orgulloso de su educación de Yale y que
desdeña toda investigación que se haga «al norte del río Connecticut». Según la
brújula de la Ivy League de Kleber, el parque de ratas se llevó a cabo en el
equivalente académico de la tundra, y quizá por eso, el zar de la droga dice:
–La primera vez que tuve noticia de ese experimento de Vancouver, me
pareció ingenioso. Ahora creo que tiene toda clase de fallos metodológicos.
–¿Como cuáles? –le pregunto.
–No me acuerdo –responde.
–Alexander dice que usted dice que la adicción es inevitable, que estar
expuesto a la droga lleva a la adicción.
–¡Es ridículo! –exclama Kleber–. Yo no he dicho eso, y además no lo
creo.
–Si no lo cree –digo–, ¿por qué no está a favor de la legalización?
–La cafeína –replica–. ¿Cuántos adictos a la cafeína hay en este país?
–Muchos –digo.
–Unos veinticinco millones aproximadamente –replica–, ¿y cuántos adictos
a la nicotina? Unos cincuenta y cinco millones, ¿y cuántos a la heroína? Dos
millones. A mayor número de personas expuestas a una droga, mayor número de
adictos. La nicotina está al alcance de cualquiera, por eso abundan los
adictos. Si la heroína fuera tan asequible, el número de adictos crecería muy
peligrosamente.
Y, sin embargo, Alexander sostiene que los niveles de adicción se
mantenían estables en el uno por ciento antes de la moderación. También
argumenta que decir que la facilidad para acceder a una droga lleva a la
adicción es lo mismo que decir que la comida lleva a la obesidad, lo cual no es
cierto en la inmensa mayoría de casos.
–Bien –continúa Kleber–, ¿cuánto tiempo le costaría hacerse con una
jarra de cerveza?
–Un minuto –digo, pensando en las botellas verdes que ponemos a enfriar
en la nevera.
–¿Y cuánto tiempo le costaría hacerse con un cigarrillo? –me pregunta.
–Veinte minutos –respondo imaginándome la tienda más cercana, a varias
manzanas de distancia.
–Bien, ¿y cuánto tardaría..? –pregunta bajando la voz–, ¿cuánto tardaría
en encontrar cocaína?
Menos mal que la conversación es telefónica porque me pongo como un
tomate y noto que los ojos se me disparan. La cuestión es que podría encontrar
cocaína o su equivalente químico en tres segundos justos, además de varias
plantas alucinógenas que mi marido, amante de la química, ha encontrado
anunciadas en Internet. Somos una familia de farmacófilos.
–¿Cuánto tardaría? –repite y, o es mi imaginación o la voz del zar de la
droga tiene un matiz amenazador, como si sospechara algo.
–Mucho tiempo –digo apresuradamente–, horas o semanas.
–¿Lo ve usted? –remacha–. Cuanto más a mano está, mayor es la
exposición, y la exposición aumenta la adicción.
Sin embargo, ahí estoy yo, tan expuesta como es posible; tenemos a mano
té de amapola, moléculas mágicas, recetas de hidromorfona, polvitos blancos,
pero nada de todo eso me interesa. A veces me he preguntado por qué no siento
deseos de probar la abundancia de drogas que alteran la percepción de que
dispongo, mientras que mi marido, que tiene dolores crónicos, las toma. A veces
me preocupa mi marido, que con cierta frecuencia se sienta a tomar un té con
dos comprimidos de hidromorfona y va sorbiendo hasta que las pupilas se le
reducen a dos puntitos. Le he dicho: «Vas a engancharte, si no te has
enganchado ya», y él me ha contestado, siendo como es una rata de parque: «Tú
sabes cuál es la VERDADERA investigación, Lauren, yo estoy en la colonia, no en
la jaula».
* * * *
A todo esto, los verdaderos adictos existen y les importan un comino las
teorías ni las medidas políticas porque, sencillamente, ellos lo sufren en
carne propia y necesitan alivio. Por ejemplo, Emma Lowry, cuyo cuerpo narra un
relato difícil de pasar por alto. Aunque ella, como mi marido, viva en el
equivalente humano al parque de ratas, parece que le es imposible soltarse del
suave balanceo de sus medicamentos. Cada vez que intenta rebajar las dosis le
suceden «cosas horribles. Tengo espasmos en el estómago». Cuando vuelvo a
visitarla, está desesperada. «Nadie me advirtió que esto fuera TAN peligroso»,
dice. Ha empezado a utilizar un cutter para cortar porciones minúsculas de las
pastillas, cada vez que se las toma, e ir reduciendo así la dosis poco a poco
–un punto en lenta disminución– con la esperanza de librarse de la dependencia.
The New York Times Magazine publica en portada la palabra «OXYCONTIN» y todas
las farmacias se apresuran a exhibir carteles de «No se despacha Oxycontin» con
la esperanza de desviar posibles asaltos.
No es difícil encontrar pruebas que contradigan las conclusiones del
parque de ratas. En las clases acomodadas, que tienen cubiertas todas las
necesidades, abundan los casos de drogadicción, y existen pruebas convincentes
de las importantes alteraciones que afectan al cerebro cuando la exposición a
los opiáceos o a la cocaína es sistemática, alteraciones que anulan el libre
albedrío con toda facilidad. Naturalmente, Alexander tiene respuesta para estas
objeciones: los ricos están tan constreñidos por los conflictos sociales como
cualquiera; los escáneres PET de trastornos cerebrales sólo demuestran
correlación, no causa. Se pueden escuchar los contraargumentos de Alexander a
las críticas, pero eso no disipa en absoluto la innegable realidad de que, a
pesar de lo que demostró en su día en su maravilloso país de roedores, el
experimento ha influido muy poco en la visión colectiva que tenemos de las
sustancias y, por tanto, hasta cierto punto, en la forma en que las vivimos.
Así pues, ¿cuál es la importancia del experimento? Kleber dice: «El experimento
no es importante». El propio Alexander dice: «El parque de ratas no es famoso.
¿Por qué quiere incluirlo? Cuenta con un pequeño grupo de seguidores, pero nada
más». Cierto, puede que el parque de ratas no sea importante, tampoco lo es
Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, ni el ensayo de Richard Seltzer «Lessons
of a Knife» [Lecciones de un cuchillo]. Con todo, esas obras son pequeñas gemas
que despiertan ecos sutiles pero intensos. Y lo que es más, se convirtieron en
el modelo no reconocido de una literatura mucho más famosa; con las ratas de
Alexander sucede otro tanto. Sus experimentos son responsables en parte de la
famosa encuesta, ya citada en este capítulo, que demuestra cuán improbable es
la drogadicción entre la población humana. Sus experimentos han dado lugar, en
parte, a intensos estudios de pacientes de cáncer tratados con morfina, y la
fascinante investigación que se está llevando a cabo ahora sobre las
diferencias biopsicosociales entre el uso de la morfina para combatir el dolor,
que raramente desemboca en adicción (excluida Emma, naturalmente), y su uso por
el placer, que supuestamente crea problemas con mayor frecuencia. Y, sobre
todo, sus experimentos son en parte los responsables de una interesante línea
de trabajo que estudió los efectos ambientales en la psicología humana. En
1996, según una investigación hecha en Irán, las mujeres que vivían en unidades
unifamiliares eran porcentualmente mucho más fértiles que las que vivían en
unidades multifamiliares, es decir, que la fertilidad desciende cuanto mayor es
el número de personas que conviven. Según otros estudios realizados en
cárceles, a mayor densidad de población, mayor número de suicidios, homicidios
y enfermedades. Según los experimentos, el ser humano resuelve peor los
problemas en situaciones de poco espacio que sus homólogos en entornos más
holgados.
* * * *
La tibia acogida que sin duda tuvo el parque de ratas quizá decepcionara
a Alexander, pero no por mucho tiempo. Al contrario que Harlow, su maestro,
Alexander no parece inclinado a la depresión ni a la drogadicción, aunque dice
unas cuantas veces que en el amor ha tenido mala suerte. Esa falta de suerte,
sin embargo, no parece haber interferido en el desarrollo de sus animadas
exploraciones de las cuestiones que nos ocupan. El parque de ratas quedó como
un libro más del montón, pero él siguió pensando, planeando, participando. Fue
miembro de la junta del Portland Hotel, una institución del centro de Vancouver
donde adictos con el virus del sida podían obtener agujas limpias, una
habitación caliente y un lugar donde morir dignamente. Estudió los viejos fumaderos
chinos de opio, cuyas pringosas paredes se cubrían de una fina capa de polvo
blanquecino. Empezó a leer a Platón, «el primer psicólogo», en la época en que
la Simon Fraser University le retiró la subvención amparándose en el fracaso
publicitario del parque de ratas. Más tarde, la universidad, en colaboración
con defensores de los derechos de los animales, que denunciaron el sistema de
ventilación del laboratorio de ratas, lo cerró definitivamente, para volver a
abrirlo meses después como servicio de consulta para los estudiantes… sin
renovar el sistema de ventilación. «Para las ratas no valía –comenta
Alexander–, pero para los seres humanos sí.»
De todos modos, habla sin amargura. Sin laboratorio y sin ratas,
Alexander se dedicó a la historia y reencauzó su interés por las portillas del
pasado en busca de culturas extintas que pudieran aportar más claves sobre la
casuística de la drogadicción. Quería descubrir si había habido épocas en la
historia humana en las que la drogadicción fuera prácticamente inexistente: los
indios canadienses, por ejemplo, antes de la integración, tenían un índice de
adicción insignificante, igual que nuestros hermanos británicos antes de los
tumultos de la Revolución Industrial, o cuando nos dedicábamos al ganado y al
agro, vivíamos de la tierra y observábamos la luna, ese globo medicinal del
cielo. Alexander descubrió que los índices de adicción parecen aumentar no con
la disponibilidad de la droga, sino en la medida en que se generaliza la
dislocación del ser humano, como consecuencia inevitable de la sociedad de
libre mercado. He aquí su teoría: la sociedad de libre mercado trata a los
individuos que la forman como productos que hay que eliminar, reubicar o
transformar según las necesidades económicas. «A finales del siglo xx, los
puestos de trabajo desaparecen tanto para los ricos como para los pobres casi
sin previo aviso, las comunidades se debilitan y se vuelven inestables, se hace
normal cambiar de familia, de trabajo, de habilidades técnicas, de idioma, de
nacionalidad, de programas informáticos y de ideología en el transcurso de la
vida. Los precios y los salarios son tan inestables como la vida social. Se
pone en tela de juicio incluso la continuación de la viabilidad de sistemas
económicos cruciales. Tanto entre los ricos como entre los pobres, la
dislocación hace estragos en la delicada interrelación de las personas, la
sociedad, el mundo físico y los valores espirituales que sustentan la
integración psicosocial.» Según Alexander, privados de esas cuestiones
necesarias, nosotros, igual que las ratas de las jaulas, buscamos sustitutivos,
pero no porque los sustitutivos sean atractivos por sí mismos, sino por deficiencia
de las circunstancias: nosotros sin nuestros dioses.
Así pues, en fin de cuentas, Alexander el renegado es en realidad un
tradicionalista desteñido. Tras años de investigación radical, ha llegado a la
siguiente conclusión conservadora: lo importante son los vínculos que nos unen,
como el amor, el afecto y el ritmo diario que ellos imprimen… familia, amistad,
una parcelita donde trabajar. Pasa los fines de semana en su pequeña granja
isleña escribiendo en las primeras horas de la mañana, estructurando una vida
sencilla. Quizá es aquí donde su oponente Kleber y él se encuentran. Alexander
cree que las circunstancias difíciles conducen a la adicción; Kleber cree que
es el contacto con determinadas propiedades farmacológicas. Pero, a fin de
cuentas, lo que estos dos científicos piden es muy semejante: que el entramado
de la estructura social sea bello y significativo, que la familia sustituya a
la pandilla, que la tradición tome las riendas de esta cultura echada a perder.
Kleber escribe: «Nuestra política debería plantearse la reducción a fenómeno
marginal del consumo de drogas y la adicción […]. En el mejor de los casos, los
Estados Unidos se esfuerzan por dar a todos sus ciudadanos la oportunidad de
desarrollar su potencial». Y Alexander dice: «Cuando transmitimos a nuestros
hijos una herencia y unas convicciones que dan forma a la cultura, reducimos
las posibilidades de la psicopatología». Al final, es cuestión de dignidad, y
ambos creen en ella.
* * * *
Cuánto me gustaría encontrar un final contundente, pero en el estudio de
sustancias contundentes, todo concluye en algo tan ondulante como el sueño
opiáceo. Según los «descubrimientos», Emma Lowry, que tomó opiáceos para el
dolor y no por placer, no tendría que ser adicta, pero lo es. Según los
«descubrimientos», mi marido, que está en contacto con drogas sistemáticamente,
tendría que ser adicto, pero no lo es. Kleber afirma que el porcentaje de
adicción aumenta en proporción al contacto, y sus cifras lo demuestran;
Alexander dice que si eso fuera cierto, las culturas que cultivan amapolas
tendrían que ser culturas de adicción, y no lo son. Quién sabe cuáles son los
hechos.
Finalmente, pues, decido comprobarlo en directo. Tamaño de la muestra:
uno. Hipótesis: ninguna. No sé a ciencia cierta si estoy en una jaula o en una
colonia. La casa es grande, vivo bien, mis interacciones humanas son
productivas y robustas, pero soy una mujer del libre mercado, tan dislocada
como cualquiera en este nuevo milenio, sin religión, sin familia en sentido
amplio, sin dios. Procedimiento: me tomo los comprimidos de hidromorfona de mi
marido. Decido tomarlos durante cincuenta y siete días, como las ratas de
Alexander, y ya veremos qué sucede cuando quiera dejarlo.
Me tomo dos. Me tomo tres. Como era de esperar, me coloco. Estoy
contenta. El aire parece de seda y, cuando veo una gaviota en el aparcamiento
Target, me parece el ave más bella del mundo, blanca como el azúcar y con alas.
Pasan tres días. Cuatro. Me encuentro bien. Paso semanas tomando el
opiáceo con regularidad por la noche, contemplando la luna y pensando que todo
es tonto y tierno. Por el día, me observo. ¿Deseo que llegue la hora de mi
elixir nocturno? ¿Lo ANSÍO? Estoy pendiente de síntomas de ansia como al
principio del embarazo estaba pendiente de calambres que pudieran anunciar un
aborto: huy, ahí hay algo, ay Dios, está pasando… ¿lo he sentido? ¿Era una
contracción? Pero no he sangrado, y ahora tampoco. Empieza a dolerme el
estómago. A mí la morfina me parece un postre difícil, desagradable de comer,
divertido de digerir pero común y corriente. Al final, preferiría cenar con una
amiga que ponerme sentimental con una gaviota. Al cabo de catorce días, lo dejo
de pronto y la nariz se me pone un poco colorada y mocosa, pero quién sabe, mi
niña tiene la gripe.
Lo que este pequeño experimento me demuestra es (elíjase una opción):
a.
En
realidad, la morfina no es inherentemente adictiva, y los substratos
psicológicos del síndrome de abstinencia se exageran.
b.
Como
diría Kleber, carezco del gen deficiente que aumentaría mi vulnerabilidad a la
adicción.
c.
En
realidad, en ningún momento he corrido riesgo porque no me inyecté, lo cual me
habría colocado mucho más y el haz prosencefálico medial habría recibido un
estímulo más intenso.
d.
Vivo en
una colonia, no en una jaula.
e.
Nadie lo
sabe.
Podemos elegir cualquiera. Yo no sé cuál elegir. Ahora estoy cansada.
Mis centros corticales del placer me van a alejar de esta tarea interpretativa
mucho antes de que pueda aproximarme siquiera un poco a la comprensión de todo
esto. Me reclamará la vida normal, en la que mi marido a veces necesita
analgésicos, en la que hay goteras en el ala izquierda de mi casa pero la
derecha es caliente y acogedora, en la que mi hija gatea, en la que nieva en el
exterior formando una celosía: mi mundo, imperfecto pero suficientemente bueno
desde donde estoy ahora, apartada de él, con Kleber aquí, Alexander allí y yo,
en el medio del laberinto.
* * * *
Finalmente, quiero ir a ver el parque de ratas con mis propios ojos.
Quiero tumbarme allí y percibir el espacio, el olor penetrante de las virutas
de cedro, crujientes entre los dedos. Me gustaría sentir que estoy en un país,
en un tiempo, tan sincero como el de los indios antes de la integración, en un
lugar que quizá lleve el sello de mis manos, que crezca porque lo cuido, en el
que las mazorcas rompan la vaina. Y voy allí. Alexander ha conservado las
paredes de madera contrachapada, el telón de fondo del parque de ratas, donde
las coníferas acarician la barriga de un cielo perfecto. Aquí hay nubes blancas
con reflejos rosa y un río borbotea en su curso al mar, más allá del telón de
fondo. Imaginemos que vivimos en un lugar así, o su equivalente humano, una
especie de California eterna sin fallas tectónicas, donde las reservas de
alimento nunca escasean, donde no hay depredadores, donde siempre huele a los
rincones secretos del baúl de madera de la abuela. Alexander dice que el parque
de ratas es un entorno normal. Dice: «Creemos que el entorno normal en el que
vive nuestra colonia permite a las ratas desarrollar suficientes conductas
gratificantes específicas de la especie para que la morfina sea irrelevante».
Pero al ver lo que se ha conservado del experimento, el contrachapado pintado,
cuando se considera la abundancia de alimento, el equipo disponible para hacer
ejercicio o el río con sus vetas afelpadas de plata, lo que a uno le inspira no
es «entorno normal». Lo que a uno le inspira es «entorno perfecto», y estoy
segura de que en el mundo en que vivimos, fuera del laboratorio, no existen los
entornos perfectos. Ése podría ser uno de los mayores fallos metodológicos de
Alexander. Creó el cielo y descubrió –no es de extrañar– que somos muy felices
en él. Pero ¿dónde está el cielo en la tierra? ¿El parque de ratas refleja en
verdad la «vida real», una vida posible, o únicamente confirma que la adicción
sólo puede evitarse en un mundo puramente mítico, que no es, jamás ha sido, ni
será el mundo humano, nuestro mundo, con nuestros genes marcados y nuestros
edificios?
Al final, Alexander, el desafortunado en el amor, el que se casó y se
divorció dos veces, el hombre que acaba de iniciar una nueva vida con su
tercera esposa, a los sesenta y pico años, al final, ese hombre es un
romántico. Cree que el parque de ratas es posible en nuestro mundo, que podemos
construir una cultura basada en un amable dar y recibir. Quién sabe, quizá
tenga razón. La visión romántica del mundo, según la cual tenemos capacidad
para hacer realidad nuestro potente yo si se nos da la ocasión, es una postura
tan atractiva y convincente como su opuesta, la visión clásica, la mía,
arraigada en el escepticismo e incluso en el cinismo: la vida es dura; allá
donde se mire algo falta, cualquier colonia en la que se entre es en realidad
una jaula y, forzando la vista lo suficiente, se ven incluso los barrotes
alrededor del cuerpo. Ésa es mi visión, pero no puedo ni, desde luego, quiero
demostrarlo.
* * * *
De vuelta a casa, me llama Emma Lowry por teléfono y me cuenta que por
fin ha «dejado» la «maldita droga». Dice que jamás volverá a tomar analgésicos.
Sé que, si llamo a Alexander y le cuento el caso de Emma, empezará a
fanfarronear y delirar. Me razonará de mil formas inteligentes por qué ese caso
no contradice sus datos: quizá Emma estaba todavía en la jaula del dolor y no
quería reconocerlo, quizá su hogar feliz estaba en realidad un tanto mermado
por una depresión no reconocida, quizá su marido nunca le haya prestado tanto
apoyo como creía, quizá trabaje en exceso. Me diría lo mismo que ha dicho ya
tantas veces: «Lauren, no he conocido jamás a una sola persona, jamás en
treinta años de investigación, que dispusiera de los debidos recursos internos
y externos y que fuera adicta. Jamás. Enséñeme a una y tiraré todas mis
convicciones por la ventana».
No voy a llamar a Alexander para contarle lo de Emma. Tampoco voy a
llamar a Kleber para contarle que mi marido, que está en contacto con las
sustancias, inmerso en ellas, parece no haberse creado problemas importantes de
drogadicción. No quiero oír las inevitables diatribas que surgen de ambos lados
de la cuestión. Es posible que la verdadera guerra contra las drogas no exista
en las calles, sino en las academias, donde los científicos silban y buscan
compulsivamente, ebrios, bajo el efecto de las preguntas cuya respuesta buscan.
Y para terminar, ¿cuáles son esas preguntas? ¿Qué defiende en el fondo el feroz
debate en torno a la adicción? A sí mismo no, eso está claro. Al parecer, la
adicción, en esencia, es cuestión de química en interacción con el libre
albedrío, de responsabilidad en relación con compulsión, de carencias y
capacidad o incapacidad para compensarlas creativamente.
Subo a mi estudio. Es de noche y la lamparita pintada de mi lado de la
mesa brilla e impregna las sombras de tonos dorados. Estas paredes también son
cálidas, con un halo amarillo, adornadas con grabados de ciruelas y melocotones
que cuelgan de ramas bosquejadas. Me encanta mi estudio. Me encanta que el
gato, gordo y peludo, duerma hecho un ovillo en su cesta, gruñendo casi entre
ronroneos de placer. El gato es una nueva adquisición de la casa. Lo trajimos
porque hay ratones, muchos ratones, ratones que corretean por debajo de la
tablazón del suelo, que se cuelgan de las resistencias de la parte trasera de
la nevera. Incluso ahora, con el gato en casa, los oigo chirriar en el conducto
de la calefacción, basura nueva, supongo, la cabeza pelada, el olor de la
leche. Ratones. Los oigo cuando duermo, infiltrados, gimnastas, brincan, nacen
y roen. Hacen agujeros diminutos en las cajas de galletas y de ellos obtienen
las migajas de la comodidad. Ratones. Espero que sean felices aquí.
Capítulo 8
Perdido en las galerías comerciales
El experimento de los recuerdos falsos
Los recuerdos son las huellas que dejamos en nuestra vida; sin ellos,
volveríamos la vista y no veríamos más que una extensión neutra de nieve o, en
todo caso, la firma de otra persona. Si hay una cosa que, como especie, nos
haga percibir una línea continua de autenticidad es la memoria. Platón creía en
una memoria absoluta o ideal, una esfera a la que podíamos acceder y donde se
conservaba el pasado íntegro de cada cual en perfecto estado. Freud habló mucho
de este tema; a veces afirmaba que la memoria era un batiburrillo de sueños y
hechos, pero otras tantas la comparaba con una película, una repetición, un
rollo enrollado en una parte del cerebro que podía recuperarse por medio de la
asociación libre. Nuestro concepto de memoria se basa en gran medida en las
ideas de esos dos hombres, Freud y Platón, que de ningún modo son malas
compañías. Sin embargo, la psicóloga Elizabeth Loftus se propuso llevar la
contraria a los grandes padres de esa parcela del saber. ¿Qué corazonada la
impulsó? La memoria es escurridiza como un pez, tan digna de confianza como una
rata. Loftus, una de las psicólogas experimentales más innovadoras en su
terreno, ideó un experimento alarmante y filosóficamente profundo con intención
de poner a prueba el texto de los recuerdos y determinar así si debían
considerarse ficciones o hechos. Los resultados a los que llegó causaron
escándalo.
En primer lugar, estudió señales de stop, barbas, graneros y cuchillos.
«¿No era amarilla esa señal de tráfico», podía preguntar a sus sujetos y, como
era de esperar, en cuanto abría esa posibilidad, los sujetos la recordaban
amarilla cuando en realidad era roja. Proyectaba películas en el laboratorio
–una cara con un disparo de pistola, un enmascarado en una calle sin gente– y,
cuando preguntaba, por ejemplo: «¿Recuerdan que ese hombre tenía barba?»,
muchos decían que sí, pero en realidad, el hombre llevaba una máscara. «Sólo un
velo muy tenue separa la realidad de la imaginación», asegura Elizabeth Loftus,
psicóloga experimental y profesora de la Universidad de Washington, y así lo ha
demostrado tajantemente en sus premiados experimentos sobre la facilidad con
que la más sutil insinuación es capaz de contaminar la memoria. Si decimos a
alguien que el granero que vio era azul, esa persona dirá que es azul; el
cerebro exuda sus hechos y nuestro mundo es una acuarela, como las que hace mi
hija, una pintura imprecisa y espesa que tanto puede ser una cosa como otra:
todo nubes.
Mucho antes de que se hiciera famosa –o tristemente famosa, según el
sentido en que votemos–, los hallazgos de Loftus sobre la distorsión de la
memoria eran claramente asimilables. En las décadas de 1970 y 1980 comparecía
como testigo experto de la defensa, deseosa de demostrar ante el jurado que las
declaraciones de los testigos oculares no son lo mismo que grabaciones de
vídeo. «He ayudado a muchas personas», dice. Algunas de esas personas son el
estrangulador de Hillside, los hermanos Menéndez, Oliver North, Ted Bundy[12].
–¿A Ted Bundy también? –le pregunto.
–Bueno, eso fue antes de saber que era Bundy.
–¿Cómo puede estar tan segura de que la persona a la que representa es
inocente de verdad? –pregunto, pero no me contesta directamente.
–En un juicio –dice–, me guío por las pruebas… Fuera de la sala, soy
humana. Tengo derecho a mis sentimientos humanos.
Me pregunto cuáles serán sus sentimiento humanos ante la carta de un
superviviente de malos tratos en la infancia, que escribió: «Permítame que le
cuente el efecto del síndrome de los recuerdos falsos en personas como yo, por
si le interesa. Nos convierte en mentirosos. Hablar de síndrome de recuerdos
falsos resulta mucho más chic que hablar de maltrato infaltil […]. Pero esta
misma noche, mientras usted duerme, hay niños que sufren violación y violencia
física. Es posible que jamás lo cuenten porque “nadie los creerá”». «Mucha
gente los creerá», contesta Loftus. ¡Uf! Tiene la risa estridente y la voz,
mimosa. Es rara, me parece, un poco floja por dentro. Cambia de lo profesional
a lo personal con una rapidez alarmante. Dice, por ejemplo: «Según los resultados
de nuestro experimento, el 25 por ciento de los encuestados, una minoría
significativa, respondía a…» y, de pronto, un viraje brusco, un breve silencio
y continúa: «¿Ya le he contado lo que me han regalado por San Valentín?». Hoy
es 14 de febrero. Acaba de recibir una postal de su ex marido, al que llama
«Geoff, mi “exposo”».
–«¿Sabes lo que me encanta de ti? –lee en voz alta–. Todos tus lapsus
freudianos» –se ríe–. Todavía quiero a mi «exposo» –dice–. Es una lástima que
se haya casado con semejante imbécil.
En 1990, a Loftus le sucedió una cosa importante. Pocas vidas pueden
definirse por momentos decisivos concretos. Casi todas van construyéndose
gradualmente, capa sobre capa, y con el tiempo, cada una adquiere la forma que
vemos, si llegamos a verla, al final de la carrera. En el caso de Loftus no es
así. En 1990, Doug Horngrad, abogado, la llamó para que testificara como perita
en un caso muy problemático. El cliente de Horngrad era un hombre de sesenta y
tres años, George Franklin, cuya bella hija pelirroja, llamada Eileen, afirmaba
que recordaba que su padre había violado y asesinado a su mejor amiga hacía
unos veinte años. Es una historia truculenta de piedras y cráneos, perfecta
para Loftus, la diva del drama. Se lanzó sobre el caso.
–¿Olvidó completamente que había presenciado un acto traumático y ahora,
de repente, lo recuerda todo, años después? ¿Enterró hasta el último detalle y
ahora su memoria lo recupera como una bombilla que se enciende con todos los
pormenores intactos? No me parece posible –dice.
Loftus no discute el hecho de que el trauma se produzca («sin duda, los
niños sufren a manos de otros»), sino que no se puede cercenar por completo de
la conciencia y guardarlo intacto en una cápsula, como un tesoro que se hunde,
hasta que un buen día el cofre se abre y descubrimos sus piedras verdes, sus
lingotes de oro brillante. En la memoria, el brillo se borra pronto, dice
Loftus. Ha observado en directo hasta qué punto se contaminan los recuerdos;
sus primeros experimentos le enseñaron que el recuerdo se deteriora con el
tiempo. Ahora, George Franklin iba a ser condenado sobre la única base de los
recuerdos que su hija, ya mayor, había exhumado de la mano de un terapeuta de
la nueva era que practicaba toda clase de sugestiones. ¡Sugestión! Ése es el duende
personal de Loftus. Las personas somos muy sugestionables, la piel es sólo como
una enagua que apenas cubre los huesos y los músculos; todo puede pasar a
través de ella. Da miedo.
Así pues, Loftus prestó su declaración pericial en defensa de George
Franklin, contó al jurado que los recuerdos de Eileen no podían considerarse
exactos, no por Eileen, sino por los mecanismos de la memoria y porque los
recuerdos se oxidan con la lluvia. Fue uno de los casos de recuperación de
recuerdos que más publicidad obtubo en la década correspondiente, y en él,
Loftus habló ante el tribunal del funcionamiento de la mente, que mezcla hechos
y ficción en su proceder normal; contó que, en el laboratorio, los sujetos
convertían señales amarillas en rojas, situaban graneros en lugares donde jamás
los había habido y recordaban barbas negras donde había mentones lampiños.
Eileen declaró haber visto la piedra con que su padre aplastaba el cráneo a
Susan, su mejor amiga, el destello del anillo al sol y, en su imaginación, veía
también un poquito de sangre y un poquito de cielo, y Loftus dijo: «No es
cierto. Eileen leyó todos esos detalles más tarde, en los reportajes de los
periódicos». El jurado no la creyó, es decir, no creyó a Loftus, que tuvo que
volverse vencida a casa. Según dice, ése fue el acontecimiento que dio forma a
su trabajo futuro. Franklin fue condenado por violación y asesinato de la mejor
amiga de su hija más de veinte años después de los hechos, y Loftus se
estremeció.
–Mi misión en la vida –me dice–, mi misión desde entonces ha sido y será
ayudar a cuantos sean acusados en falso. Comprendí que hablar de graneros y
señales de tráfico no iba a tener el peso de las pruebas, sobre todo desde que
las terapias de recuperación de la memoria hacían furor y todo el mundo creía
en la realidad de la represión. Comprendí que lo que tendría que demostrar no
era la posible distorsión de los recuerdos, bien sabe Dios que ya lo he
demostrado, sino la posibilidad de plantar la semilla de una serie de recuerdos
completamente falsos en una persona.
Pronuncia las últimas palabras con regocijo… Se doctoró en Stanford, es
una maga de las matemáticas, tiene el don de poner el dedo justo en la llaga de
la cultura popular y polinizarla con las esporas de sus convicciones. Y, sobre
todo, muchas de sus convicciones son buenas. Otras quizá no lo sean tanto. Al
final, seguramente es como cualquiera, pero amplificada, una mezcla de
inteligencia y ceguera con muchos puntos débiles.
Corría el año 1990 cuando Loftus testificó en el caso Franklin y puso en
cuestión la validez de los recuerdos reprimidos de Eileen. Pocos años antes,
Ellen Bass y Laura Davis habían publicado un libro que tuvo un éxito fenomenal,
El coraje de sanar, que, para desesperación de Loftus, anunciaba: «Si usted
cree que sufrió malos tratos… es que los sufrió». Muchos terapeutas enseñaban a
pacientes con traumas reprimidos a «dar rienda suelta a la imaginación». Por
esa misma época, los tribunales empezaron a desarrollar el estatuto de los
límites del delito de abuso sexual; en vez de cinco años desde el momento del
suceso, se podía denunciar cinco años después de la recuperación del recuerdo,
lo cual acarreó que cientos de miles de padres mayores empezaran a ser encausados
por sus hijas sometidas a terapia. «Se produjeron denuncias por culto satánico
–dijo Loftus–, pero el FBI no ha encontrado jamás una sola prueba que lo
demostrara.»
Convergencia de factores. El libro de Bass y Davis, el juicio de
Franklin y, sobre todo, montones de cartas de padres de todo el país que la
habían visto defender a George Franklin y que solicitaban su ayuda. Había
matrimonios que le contaban que sus hijos los acusaban de grotescos malos
tratos satánicos completamente increíbles: góticas acusaciones aparentemente
absurdas, acusaciones que destrozaron familias y desolaron a padres y madres,
que juraban ser inocentes.
–Mi casa se convirtió en una especie de repetidor de radio para esas
personas –dice Loftus– y la cuenta del teléfono subía cientos de dólares todos
los meses, pero sabía que no podría ayudarlos a menos que consiguiera demostrar
científicamente que la mente no sólo distorsiona los recuerdos verdaderos sino
que es capaz de crear otros completamente falsos. Quería demostrar con un
experimento que eso era posible. Pero ¿cómo? Se interponen muchas cuestiones
éticas… Dios, que difícil; con la proliferación que hay actualmente de comités
de ética humana, es imposible hacer ALGO. Se propone uno hacer un pequeño e
inocuo experimento psicológico con una persona y es como si uno fuera médico y
no tratase a un enfermo de sífilis –suelta una risita–. La mejor forma de hacerlo
sería crear un recuerdo de abuso sexual en una persona –dice–, pero no es
ético, así que le di vueltas y más vueltas a la cuestión. ¿Cómo crear una
situación experimental que tratase el trauma pero que no traumatizase? Tardé
mucho tiempo y toqué muchas teclas distintas.
–¿Como cuáles? –le pregunto.
–¡Ah, vaya! –dice–, ya no me acuerdo.
Pero de pronto se acordó, se acordó de cómo consiguió implantar
experimentalmente recuerdos falsos sin violar las directrices éticas. Loftus y
sus alumnos pusieron en marcha «Perdido en las galerías comerciales», una
montaje del estilo de Don Delillo, que capta tanto los disparates nacionales
como los individuales.
* * * *
El experimento se desarrolló en varias fases. En las versiones
programadas, Loftus pidió a sus alumnos universitarios que implantaran
recuerdos falsos en sus hermanos menores durante la fiesta de Acción de
Gracias, que grabaran las sesiones y se las presentaran al reanudar las clases.
Esa fase, aunque era parte del estudio piloto, fue una de las demostraciones
más apabullantes de cómo los hechos se doblegan bajo el peso de la ficción. En
el experimento formal, Loftus y Jacqueline Pickrell, su ayudante, reclutaron a
veinticuatro individuos. Loftus preparó un folleto para cada uno con tres
relatos de recuerdos auténticos de la infancia proporcionados por un miembro de
la familia, más uno falso en el que el sujeto se hubiera perdido en unas
galerías comerciales. Los relatos inventados, escritos en colaboración con
miembros de la familia que se avinieron a participar en el engaño, constaban de
un solo párrafo. Los sujetos llegaron al laboratorio, cada cual leyó su folleto
y después se les dijo que se extendieran en cada relato según sus propios
recuerdos, pero si no tenían ninguno, sencillamente debían escribir: «De esto
no me acuerdo».
Lo que más sorprendió a Loftus de los resultados del experimento no
fueron las interesantes estadísticas, sino el detallismo narrativo que
acompañaba a alguno de los recuerdos falsos. «Los detalles que daban y después
se creían me asombra», dice la investigadora, aunque el tono de voz no suena
asombrado…, sino encantado, como si hubiera llegado al origen de los cuentos de
hadas quitando capas al cerebro hasta llegar al lugar donde se crean los mitos.
En uno de los programados, por ejemplo, Chris, a quien Jim, su hermano mayor,
había convencido de que a los cinco años se había perdido en unas galerías
comerciales, contó el falso episodio con sentimiento y lujo de detalles. Sólo
dos días después de habérsele implantado el recuerdo, Chris dijo: «Aquel día,
tuve mucho miedo de no volver a ver a mi familia nunca más. Sabía que me había
metido en un lío». Al tercer día, Chris recordaba conversaciones con su madre:
«Me acuerdo de que mamá me dijo que no volviera a hacerlo nunca más». Unas
semanas después, Chris, que no sospechaba nada, volvió al laboratorio con la
pequeña semilla de recuerdo en plena floración, fragante y llena de color,
absoluta y auténticamente falsa, una perla de plástico perfecta: «En un momento
estaba con vosotros y me parece que fui a mirar una tienda de juguetes, la Kay
Bee, y, bueno, me perdí, y empecé a buscar por allí y pensaba “Ay, ahora sí que
me he metido en un lío”, y esas cosas. Y entonces… pensé que nunca iba a volver
a ver a mi familia. Entonces, un señor mayor que llevaba pantalones azules de
franela se me acercó… era un poco viejo, y calvo en la coronilla… tenía como un
círculo de pelo entrecano. Llevaba gafas». Asombroso. Ninguno de esos detalles
se encontraba en la diminuta semilla plantada; parecer ser que a nuestra mente
le horrorizan los espacios en blanco, se diría que no está preparada
existencialmente para el vacío. Y entonces lo llenamos.
El trabajo de Loft está lleno de ejemplos semejantes de este tipo de
confabulación[13]. En otro
estudio piloto, una chica asiática se inventó toda una tienda Kmart, el tacto
de las toallas de felpa, las luces blancas que se estremecían, los tropezones
al correr por los pasillos resbaladizos mientas buscaba a su abuela… En el
experimento formal, el 25 por ciento de los sujetos se acordó de repente de que
se había perdido en unas galerías y, cuando se les informó de la verdad del
experimento, la decepción les causó sorpresa e incluso una gran impresión.
* * * *
«Perdido en las galerías comerciales –dice Judith Herman, fundadora de
Victims of Violence y autora de Father-Daughter Incest [Incesto padre-hija]– es
ingenioso. Es un experimento ingenioso que nos enseña exactamente lo contrario
de lo que cree Loftus. Ella cree que nos enseña que no podemos fiarnos de los
recuerdos de las personas, pero fijémonos en las cifras. El 75 por ciento de
los sujetos no participó en la confabulación. Era de fiar.»
Bessel van der Kolk, otro psiquiatra especializado en traumas, es más
directo aún.
–No soporto a Elizabeth Loftus –dice–, no puedo ni oír hablar de ella.
Loftus sabe la fama que tiene en algunos círculos, pero no parece
preocuparle. Quizá sea porque le apasiona tanto su ciencia que la política,
simplemente, deja de existir, o quizá sea porque sabe, como cualquier persona
emprendedora, que es mejor tener mala publicidad que no tener publicidad
alguna. Cuando le pregunto por el comentario de Herman sobre el 75 por ciento
que no confabuló y la implicación de que, por tanto, la mayoría de los
supervivientes dice la verdad, resopla.
–Creo que el veinticinco por ciento es una minoría MUY significativa
–dice–. Y lo que es más, «Perdido en las galerías comerciales» fue una especie
de plataforma de lanzamiento de otros experimentos sobre recuerdos falsos cuyos
resultados alcanzaron porcentajes del 50 por ciento o más de confabuladores
involuntarios.
Loftus me explica en qué consistieron algunos de esos experimentos: el
experimento del «recuerdo imposible», en el que se inducía a los sujetos a
creer que recordaban los primeros días de la infancia; el experimento de
«derramar el ponche en la boda», en el que se crearon recuerdos falsos de un
vestido blanco, un recipiente de cristal que se le caía de las manos al sujeto,
una mancha de líquido rosado y la culpa.
–El mejor implantador de recuerdos falsos de este país –dice Loftus– es
Steve Porter, que estuvo en la universidad de British Columbia. Era digno de
verse.
Después del experimento de las galerías comerciales de Loftus, Porter
logró convencer al 50 por ciento de sus sujetos de que habían sobrevivido al
ataque de un animal feroz en la infancia. «Cosa que no había sucedido, desde
luego», dice Loftus.
* * * *
Loftus publicó los descubrimientos de «Perdido en las galerías
comerciales» en 1993, en American Psychologist. El ambiente en el país era de
euforia. Por todas partes caían muros. Mijail Gorvachov anunciaba la
desintegración de la Unión Soviética. Berlín se integraba. En los Estados
Unidos, muchas personas identificaban su propio telón de acero, su yo dividido,
y reunían las piezas. Lo que queríamos era la plenitud, un mundo unido, un yo
único no encubierto por interpretaciones. Los medios de comunicación internacionales
se pusieron manos a la obra y empezaron a publicar sucesos pasmosos; la URSS se
transfiguraba en Rusia, una tierra súbitamente accesible donde vivían los renos
y el sol se ponía en Siberia, donde la hierba era del color del maíz, del color
de la herrumbre. No lejos de allí, en los Estados Unidos, teníamos nuestra
propia versión de los acontecimientos, típicamente sensiblera y solipsista:
Miss América dio un paso adelante y declaró que había recuperado mundos de
recuerdos congelados de las profundidades de su cerebro y que, tras atraerlos a
la superficie con anzuelo de plata, estaba en vías de convertirse en un ser
completo. «Me dividí en una niña que por el día sonreía y se reía y en otra que
por la noche se quedaba despierta en posición fetal, y su padre venía a abusar
de ella.» Gracias a la expedición propiciada por la terapia, Miss América
estaba por fin uniéndose consigo misma, a pesar de todo.
Otra tanto le sucedió a Roseanne Barr, cuyo cáustico telón de acero cayó
con todo su peso cuando confesó en la portada de la revista Magazine: «Soy una
superviviente del incesto». Roseanne afirmaba que tenía personalidad múltiple,
pero que estaba integrándose, al mismo tiempo que otras muchas personas,
mujeres en su mayoría, y algunos hombres, cuya voz se unía en un coro de júbilo
y de terror. Tanto se popularizó la idea de recuperar recuerdos que Time y
Newsweek dieron cumplida cuenta del fenómeno y Jane Smiley le dedicó un premio
Pulitzer, Heredarás la tierra.
En este ambiente, Loftus publicó su estudio. Era un ambiente de
indignación y curación, de cicatrices rosadas y tejidos íntimos tiernos; era el
momento de un cuento determinado, y Loftus se enfrentó a él diciendo,
efectivamente, que la sugestión lleva a mucha gente a creer cosas falsas.
¿Quién podía asegurar que los supuestos supervivientes no se hubieran dejado
inducir por los terapeutas, sobre todo por los que más activamente practicaban?
Después de publicar el artículo sobre «Perdido en las galerías comerciales»,
declaró públicamente que no creía determinadas historias de malos tratos, que
eran invenciones, como en el caso de sus sujetos. Dio una paso más y cuestionó
toda la noción freudiana de la represión. Según ella, no hay la menor prueba de
peso que demuestre la existencia de la represión como mecanismo psicológico o
neuronal. Defiende, en cambio, que la recuperación de recuerdos reprimidos es
en realidad una concatenación de fantasía, miedo, alusiones y noticias
entretejidas con jirones de verdad. Loftus asegura que existen dos clases de
verdad: «La verdad del relato y la verdad del acontecimiento […]. Al revestir
de carne y músculo los huesos pelados del acontecimiento real, podemos vernos
atrapados, caer prisioneros, por así decirlo, en la noción de nuestros propios
relatos. Llegamos a no distinguir dónde termina la verdad del acontecimiento y
dónde empieza la verdad del relato». En cuanto a cómo es posible que una
persona se invente historias tan espantosas, Loftus dice: «A veces, los hechos
reales son tan sutiles que no se pueden decir con palabras. La persona no
encuentra la forma de hablar de heridas banales, que sin embargo resultan muy
molestas, y entonces las sustituyen por algo más fácil de explicar. En otros
casos, la persona se inventa un cuento en el que cree con todas las células de
su cuerpo porque le da una identidad, la de superviviente».
Bien, a nadie le gusta que se ponga en tela de juicio el paradigma
dominante, pero hace falta valor para hacerlo cuando la protagonista del cuento
es una víctima y cuando uno de los temas principales del cuento es la
destructividad de la negación, y eso es precisamente lo que ha hecho Loftus.
Muchísimo tiempo antes, Darwin ocultó sus teorías por temor a las represalias
de la iglesia; muchos eruditos acusan a Freud de abandonar sus primeras ideas
respecto al origen de la histeria porque sabía que no encajarían en los
patrones sexuales y sociales de la Viena victoriana. Loftus, por el contrario,
no se lo planteó ni un instante. «Me moría de ganas de dar a conocer mis
ideas», dice. Seguro que parte de su valor proviene de la compulsión por la
polémica. Y seguro que parte de su valor proviene de un lugar más recóndito,
pero que yo no sé qué es.
–Después de publicar mis descubrimientos, empezaron a hacerme las
mayores vilezas –dice–. Tuve que contratar guardaespaldas. La gente amenazaba
con presentar denuncias contra los programas a los que me invitaban; se
escribieron cartas de protesta al gobernador de Washington; los alumnos de
psicología clínica de la universidad prácticamente me abucheaban cuando pasaba
a su lado. Mis alumnos y yo tuvimos que aguantar un montón de abusos –dice–,
pero ¿sabe una cosa? No nos dedicamos a reprimirlos.
* * * *
Loftus suele pasearse por el campus con un solo pendiente porque va con
el teléfono pegado a la otra oreja muchas horas al día. Duerme poco, y las
pocas horas que duerme, sueña con el trabajo; sus sueños están sembrados de
estadísticas, de aviones que vuelan muy alto, de conferencias sin apuntes.
Jamás le falta un objetivo, siempre está en marcha. Así pues, las críticas no
la detuvieron en ningún momento, ni siquiera la mujer que la llamó «puta» a
voces en un pasillo hace unos años. Todo lo contrario. Siguió su camino
acumulando enemigos y kilómetros de vuelo, seguidores y fama, a una velocidad
asombrosa. Fuera de su despacho, muchos padres acusados le enviaban cartas de
amor, y los supuestos supervivientes, cartas de odio; dentro, Loftus seguía
trabajando. Después de implantar con éxito recuerdos falsos de supervivencia a
un suceso traumático, empezó a interesarse por si sería posible implantar
recuerdos falsos de haber perpetrado un acto traumático. Antes de que se le
ocurriese un nuevo experimento para ponerlo a prueba, sucedió un caso
increíble.
Olympia (Washington), un lugar donde los árboles siempre están verdes y
los campos se ondulan suavemente. Una iglesia, un cristiano llamado Paul, Paul
Ingram. Tenía cuarenta y un años y dos hijas. Un día, las dos hijas recordaron,
durante un retiro religioso en el que se confesaban los pecados y la oscuridad
se disipaba, que su padre las había maltratado terriblemente. Paul, el padre,
fue interrogado por agentes, retenido durante horas en una habitación estrecha,
con una cinta grabada que repetía sin cesar: «¿Lo hizo usted? ¿Lo hizo usted?».
Los agentes lo interrogaban inclinándose sobre él, tanto que seguro que Paul
notaba la suave corriente de aliento en la cara. Era un hombre de mediana edad,
temeroso de los senderos retorcidos y taimados del demonio, y los agentes le
decían cosas como: «Usted lo hizo. Sus hijas no mentirían». Y llegó la noche y
llegó otro día –sin haber dormido, con café y preguntas–, recordemos, tratemos
de imaginárnoslo. Paul lo intentó. Y dijo: «¡Dios; ay, Dios; ay, Dios! ¡Dios
misericordioso, ayúdame!», llorando y agarrándose a la mesa. Y entonces,
después de días de taladrante interrogatorio, de que los agentes le
describieran vivamente momentos en los que él supuestamente acariciaba los
senos a sus hijas, dijo que se acordaba. Primero lo dijo entrecortadamente.
«Dulce Señor mío, ay, dulce Señor mío», repetía sin cesar. Después dijo que
empezaba a ver claro. Allí, en aquel cuartucho, Paul Ingram confesó por primera
vez que había violado a sus hijas, y a partir de ahí no paró, siguió hablando.
Se acordó de violaciones individuales y colectivas, de diez años completos de
participación en ritos satánicos –llegaron a hacérsele reales–, con sus
salmodias y sus actos. Lloró. Fue a la cárcel.
Naturalmente, cuando Loftus tuvo noticia del caso y de la clase de
interrogatorio al que Paul había sido sometido, enarcó una ceja, olió a podrido
y reflexionó. Se puso en contacto con su amigo Richard Ofshe, experto en
cultos, que se las arregló para ir a ver a Paul a la cárcel. Ofshe, igual que
Loftus, es experto en sugestión y, como a ella, le apasiona descubrir la
ficción que son en realidad muchos hechos. Así pues, fue a verlo y le contó que
un hijo y una hija suyos lo acusaban de haberlos obligado a consumar el acto
sexual entre ellos mientras él los miraba. Paul Ingram abrió los ojos de par en
par. Ay, ay. Dijo lo que había dicho siempre, desde el principio: «No me
acuerdo de eso». «Intente recordar la escena, intente verla cuando sucedió»,
dijo Ofshe. Le pidió que volviese a la celda y que intentara «rezar» por las
imágenes. Luego se marchó.
Cuando volvió al día siguiente (nótese la similitud de la estructura con
la del experimento de las galerías de Loftus: implantar el recuerdo, esperar
entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas), Ingram había redactado una
confesión completa sobre un hecho que Ofshe se había sacado de la manga.
Escribió que, en efecto, había obligado a su hijo y a su hija a consumar el
acto sexual en su presencia, y especificó toda clase de detalles: el color
rosa, el placer, el horror. Ofshe y Loftus presentaron ante el tribunal esa
confesión como prueba de que Ingram se había dejado llevar por el caminito de
rosas de las presuposiciones, que era tan dúctil que se le podía hacer confesar
cualquier cosa. Y, en efecto, cuando más tarde le revelaron que el suceso era
falso, Ingram se retractó de todos los demás supuestos recuerdos, aunque para
él ya era tarde: estaba entre rejas. Y ahí ha pasado tantos años por ser
culpable, sin duda, de una cosa: tener una imaginación gráfica.
Del caso de Ingram, Loftus aprendió que la tendencia a la invención es
fuerte y lo abarca todo. Tan fuerte que pasa por encima del instinto de
supervivencia. No sólo inventamos historias que nos presentan como inocentes,
no; inventamos lo que sea, porque lo necesitamos, porque tenemos que hacerlo.
El impulso de contar con una historia socialmente sancionada es tan fuerte que
adoptamos una aunque con ella nos convirtamos en el malo de la película.
Entre tanto, Loftus cada vez dormía menos. El trabajo se imponía con una
especie de energía frenética. Gran parte de los hechos sobre los que nos
llamaba la atención eran válidos y equilibrados. En un artículo, escribió:
«Basta una pequeña sugestión de un miembro de la familia en quien se tenga
confianza para crear recuerdos falsos […] naturalmente, el hecho de que sea
posible crear recuerdos falsos no nos ayuda a dilucidar si un recuerdo
determinado de abuso sexual en la infancia es falso o verdadero, ni a
distinguir los casos reales de los falsos. Con todo, el descubrimiento de la
ductilidad de la memoria plantea interrogantes sobre la conveniencia de algunas
recomendaciones que se promocionan en libros de autoayuda… y que promocionan
también algunos terapeutas». Eso no es nada si no se matiza. Pero más tarde,
poco después, en otro artículo, Loftus afirmaba: «Vivimos una época extraña y
precaria que, en esencia, se parece a la histeria y al fervor supersticioso de
la caza de brujas». Aprendió a disparar con rifle y todavía hoy tiene los
folios con las instrucciones de tiro y las dianas en la pared del despacho. En
1996, cuando la entrevistó Psychology Today, rompió a llorar dos veces en los
primeros veinte minutos, lábil, blanda, teatral, pero más lista que el hambre,
hablando de las fronteras imprecisas que separan los hechos de la ficción,
mientras ella, por su parte, vivía en otra frontera imprecisa entre la
convicción y la compulsión, la pasión y la hipérbole. «La caza de brujas»,
dijo, pero la analogía no es acertada y quizá nos abra una ventana más próxima
a su dilatada psique que a nuestros tiempos, porque la caza de brujas se basaba
en el puro absurdo, mientras que los escándalos por malos tratos partían de una
realidad, cosa que Loftus debió de perder de vista: las mujeres sufren malos
tratos. Los recuerdos son importantes.
Hablando con ella, percibiendo su gran energía, el celo que consume el
centro de su vida, no puede uno sino preguntarse por qué. Me veo obligada a
hacerle la pregunta más aborrecible, si a ella le sucedió algo malo, porque da
la impresión de que se deje llevar por demonios disociados, y le pregunto.
–¿Qué le pasó a usted?
Mucho, parece. El padre de Loftus era un hombre frío que no le enseñó
nada sobre el amor pero sí todo sobre los ángulos. Era matemático y le enseñó
la belleza de la fuerza del vértice del triángulo, la circunferencia del
círculo, la misión rigurosa del cálculo. La madre era más tierna, más teatral,
con tendencia a la depresión profunda. Me lo cuenta todo con poco sentimiento.
«En este momento, todo eso me es indiferente –dice–, pero en las debidas
circunstancias sería capaz de llorar.» No la creo, no sé por qué; me parece muy
ajena a las lágrimas de verdad, al sufrimiento primario, tan inmersa como está
en las obras ajenas. Loftus se acuerda de que su padre la llevaba al teatro, y,
que, al volver en coche por la noche bajo la luna, tictac, como un cronómetro,
le decía: «Tu madre no está bien, ya sabes. Ya no volverá a ponerse bien».
El padre tenía razón. Cuando Loftus tenía catorce años, su madre se
ahogó en la piscina familiar. La encontraron flotando boca abajo en la parte
honda, era verano. Empezaba a salir el sol, el cielo era un revoltijo de rojos
y morados. Loftus recuerda la impresión, la sirena, la máscara de oxígeno
apretada a la boca mientras gritaba: «Madre, madre, madre», histeria. Otra
forma de ahogarse.
–Yo la quería –dice.
–¿Se suicidó? –pregunto.
–Eso cree mi padre. Todos los años, cuando voy a casa por Navidad, mis
hermanos y yo pensamos en ello, pero jamás lo sabremos –y al cabo de un
momento, añade–: Da igual.
–¿Qué es lo que da igual? –pregunto.
–Si fue suicidio o no –responde–. Da igual porque todo va a salir bien
–dejo de oír su voz por el teléfono, sólo el ruido de fondo de la línea.
–¿Sigue usted ahí? –pregunto.
–Sí, sí, sigo aquí. Mañana voy a Chicago a ver a un hombre que está en
el corredor de la muerte. Voy a salvarlo. Tengo que testificar. Gracias a Dios
que tengo mi trabajo.
–Siempre lo ha tenido –replico.
–¿Qué habría sido de mí, sin mi trabajo?
* * * *
En el despacho de Loftus, en la Universidad de Washington, hay un dibujo
de ella ante el Tribunal Supremo, y al lado, una fotografía de cuerpo entero de
Demi Moore en la que ha puesto su propia cabeza. «Me gustaría tener los muslos
más delgados», me dice. Quizá la extraña mezcla de chifladura y gravedad haya
contribuido a su éxito. Es accesible, sin duda: al final de la entrevista, no
sólo sé qué talla de zapatos gasta, sino también qué talla de sujetador. «Eso
podemos suprimirlo del capítulo», me dice; sí, podemos. Es posible que sea la
única psicóloga de este siglo que ha traspasado la frontera entre lo
profesional y lo público. Ha sido invitada a los programas de televisión Oprah
y Sally Jesse Raphael. Ha publicado tanto en revistas como Glamour como en
otras con títulos como Psichology and Its Neural Substrates. Es natural que
despierte en algunas personas, las supuestas víctimas y sus acusados,
sentimientos tan intensos, pero ¿cómo y por qué se ha hecho tan famosa en
determinados ámbitos? ¿Qué resonancia tiene su mensaje?
Loftus no habla solamente de la memoria. Habla de autenticidad y de si
el ser humano la posee. Ha señalado al público –como ningún otro científico
habría podido hacerlo jamás– hasta qué punto deformamos nuestro pasado, lo
artistas que somos todos al crear imágenes que no guardan apenas relación con
la realidad. Nos ha empujado a un abismo existencial y no nos gusta caer en él.
Nos ha convertido a todos en enfermos de Alzheimer mucho antes de que el
cerebro empiece a dar señales de atrofia, puesto que, en el mundo de Loftus, la
memoria se deteriora, está muy lejos de ser indeleble; cualquier acontecimiento
empieza a disolverse tan pronto llega al hipocampo.
La visión que nos ofrece de la increíble fragilidad de la estructura de
la memoria va en contra de nociones y creencias neurológicas muy arraigadas.
Según el trabajo de Freud sobre la represión, hemos interpretado que guardamos
fragmentos del pasado en cápsulas bien definidas a las que podemos acceder
–¡nuestra vida!– con la debida manipulación verbal. Loftus dice que no: la
información a la que accedemos es mitad sueño y mitad construcción, nada
fiable, por tanto. Así, de un solo manotazo, esta psicóloga ha clavado una
estaca al padre Freud en el corazón. Eso no nos gusta, se trata de nuestro
padre. No mucho después de Freud, un investigador llamado Wilder Penfield
descubrió lo que parecían ser los substratos materiales de la represión de
Freud. Abrió el cráneo a unos enfermos de epilepsia y, antes de retirar los
tejidos dañados, con los pacientes conscientes, les aplicó pequeños estímulos
eléctricos en el tejido vivo del cerebro. Y descubrió que al estimular
determinadas zonas, todos los recuerdos parecían regresar frescos y limpios:
recuerdos de un niño que lloraba junto a un muro de piedra, recuerdos de una
madre, recuerdos empapados de amarillo; vivían ahí toda nuestra vida. El
trabajo de Penfield es poco conocido, pero se ha abierto camino en nuestra cultura:
los estímulos eléctricos, los cajones secretos de las profundidades del cerebro
donde viven el color amarillo y las madres. Loftus dice de Penfield:
«Observemos la información. Sólo el 3 por ciento de los pacientes tenía en
realidad esos recuerdos cuando recibieron esos estímulos en el cerebro, y no
sabemos si eran recuerdos reales o fragmentos soñados». Cierto. Bum. Allá va
Penfield, directo al suelo, con el padre Freud.
Después de «Perdido en las galerías» y sus asombrosos resultados, y
después de los experimentos que siguieron en la misma línea, realizados por
otros investigadores que lograron implantar recuerdos tan extremados como
ataques de animales feroces, Loftus trató la idea de represión en su totalidad.
Sospechaba de antemano que gran parte de los recuerdos reprimidos eran falsos,
probablemente, insinuados por terapeutas y libros de autoayuda, y a partir de
ahí, era fácil dar el paso de cuestionarse si la represión existía en realidad
como fenómeno psicológico o neurológico. Se preguntó si habría pruebas
verdaderas de la represión. En nuestra cultura, eso era como preguntar si
existen pruebas verdaderas del sol. Está allá arriba, lo vemos, nos quema la
piel. Pero la represión no se ve, dijo Loftus. Enséñenmela. Pero nadie pudo.
Entonces, salió de caza. Quizá la represión estuviera reprimida en algún
lugar y ella pudiera desenterrarla de la suciedad y observar sus mecanismos.
Estudió cientos de ensayos, pero en ninguno encontró verdaderas pruebas de que
las personas podamos olvidarnos de un trauma por completo, almacenarlo en la
memoria RAM de nuestro cerebro y después hacerlo volver mediante una clave. No
existen pruebas neurológicas fehacientes de que sea así ni se ha identificado
el cofre de la represión en el cerebro de manera definitiva. Y, además de todo
eso, los estudios de Loftus sobre el trauma demostraban exactamente lo
contrario de lo que decía la historia cultural dominante. Lo que ella averiguó
fue que la mayor parte de las personas que habían sobrevivido a un trauma recordaban
obsesivamente lo que les había sucedido. Por ejemplo, no hay casos de víctimas
del holocausto que hayan olvidado que estuvieran en un campo de concentración,
ni víctimas de accidentes aéreos que hayan olvidado cómo caía el avión y lo
hayan recordado el día de su octogésimo quinto aniversario, al tomar el
Concorde para ir a Francia.
Aunque todo eso pueda ser cierto, y Loftus lo cita enérgicamente como
prueba, pasa por alto el hecho de que esos traumas son distintos de los traumas
que produce el abuso sexual, envuelto en secreto, borrado tan pronto como el
acto se consuma. Cuando se lo digo, me contesta:
–Si el secreto es el ingrediente de la represión, ¿por qué no reprimimos
todos los actos de abuso sexual? Prácticamente todos tienen el ingrediente del
secreto.
–¿Qué clase de pruebas necesitaría para creer que la represión existe?
–le pregunto.
–Necesito corroborarla –contesta–, así de fácil.
Pero fácil no lo es. Judith Herman dice: «Lauren, como psicóloga,
debería usted saberlo. Hay muchas, MUCHÍSIMAS pruebas de que la represión es
posible. Por ejemplo, Charcot, Janet». Ciertamente, Daniel Schachter,
investigador de la memoria de Harvard, cita un caso en el que un hombre de
cuarenta años, preocupado por la intrusión de una imagen mental de sí mismo a
los diez años rodeado de niños agresores, logró recuperar un recuerdo
traumático en relación con ese incidente y el abuso sexual. Después, un primo
suyo, que había presenciado el acontecimiento, lo corroboró. Ahí tenemos un
ejemplo; puede ocurrir. Sin embargo, Schachter también señala: «Hay pocos
indicios científicamente fiables, o ninguno, de que las personas que han
sufrido durante años actos de violencia o abusos horribles después de la niñez
y la primera infancia puedan olvidarlo inmediata e indefinidamente».
* * * *
Loftus llevaba un diario en su juventud. Era un librito rojo con tapas
de vinilo y páginas pautadas de azul claro. Sabía que a veces su madre lo leía,
por lo que ideó una ingeniosa estrategia para proteger su intimidad y, si tenía
algo muy personal que contar, lo escribía en una hoja suelta, prendía la hoja
al diario con un sujetapapeles y, si sospechaba que su madre andaba de ronda,
escondía las hojas sueltas. A esas hojas sueltas las llamaba «verdades de quita
y pon».
Es decir, Loftus vivió desde el principio en un mundo que cambiaba de
forma y que narraba sin descanso. Desde el comienzo sospechó que la historia
era construcción, y era la década de 1950, antes de que la palabra «posmoderno»
hubiera sido pronunciada por primera vez. Precocidad. Clarividencia.
Con todo, sus críticos se resisten al tropo de las verdades de quita y
pon, sobre todo en lo relativo al trauma. Bessel van der Kolk dice: «Aunque
Loftus nos haya demostrado que, en el laboratorio, los muchachos pueden pensar
que se habían perdido en unas galerías comerciales, eso no significa que tal
conclusión pueda aplicarse a los recuerdos traumáticos. Los recuerdos
traumáticos se codifican en el cerebro de una forma completamente distinta».
Van der Kolk, un atractivo psiquiatra holandés que vive en el South End
de Boston, en una calle de cuento de hadas que parece anclada en el tiempo,
adoquinada y con farolas de gas, cree que «el cuerpo lleva la cuenta de todo».
La calle en la que vive ha conservado su historia, y el cerebro hace lo mismo.
Su teoría del trauma y la memoria dice, más o menos: cuando una persona vive un
suceso traumático, suele experimentarlo de forma tan arrolladora que no lo
puede asimilar normalmente. Entonces, el recuerdo del suceso se almacena en las
zonas de memoria no declarativa o implícita del cerebro, en la corteza
somatosensorial, donde existe en forma de dolores musculares, ataques intensos
de miedo a nada en concreto, imágenes retrospectivas de bordes irregulares que
estallan y se apagan antes de que el cerebro pueda decir qué son. El proceso de
curación, según Van der Kolk, consiste en encontrar la manera de llevar el
trauma implícito a los circuitos explícitos o declarativos del cerebro, donde
la palabra rompe el hechizo y éste puede así incorporarse al tapiz general de
la vida de la persona y residir en él, mezclado e integrado, como un suceso más
entre otros muchos.
Loftus afirma que Van der Kolk no puede demostrar esa teoría
fehacientemente, aunque el psicólogo, en sus escritos, cita estudios de
formación de imágenes cerebrales y pruebas circunstanciales. Loftus llama
anecdata a los datos circunstanciales. Y, según diría ella, aunque la lírica
teoría de Van der Kolk sobre divisiones y fusiones fuera correcta, tampoco
respaldaría per se la idea de la represión. Está claro que la persona puede
responder psicológicamente a claves que rescaten el trauma. Está claro que puede
tener ataques de pánico y rigidez muscular y muchas otras cosas. Pero el simple
hecho de que el cuerpo contenga restos de horror no significa que la mente lo
haya olvidado por completo. Basta con preguntar a soldados traumatizados por
los bombardeos si se les han olvidado las batallas, o a víctimas de violación
si se han olvidado del hombre del callejón mugriento. El cuerpo lleva la
cuenta, diría Loftus, pero eso no significa que la mente haya borrado el
tiempo.
Como demostración de la teoría de que el recuerdo del trauma es fiable y
de que está grabado a fuego en el cerebro, Judith Herman cita unos experimentos
de laboratorio realizados con ratas. Cuando las ratas aprendían una acción en
un estado de estrés intenso, era difícil, si no imposible, que después
abandonran esa conducta. «Es un caso análogo en animales, por así decirlo, de
la “impresión indeleble” de sucesos traumáticos en la memoria.» Loftus
responde: «¡Me acusan a mí de extrapolar a las víctimas de un trauma los
resultados obtenidos con estudiantes universitarios, cuando ellos extrapolan a
partir de una rata!».
Loftus emprendió una amplia revisión de otros estudios en torno al
recuerdo traumático y a su fiabilidad. Cita un trabajo con niños que habían
vivido el ataque de un francotirador a su escuela. Tan pronto como cesó el
tiroteo, los niños informaron de dónde se encontraban y de lo que habían
presenciado. Sin embargo, una semana más tarde, aproximadamente, el recuerdo se
había difuminado o distorsionado en su memoria, y la información que dieron fue
diferente de la del primer día. Por ejemplo, una niña pequeña que se encontraba
en el patio en el momento del tiroteo, dijo, pasados unos días, que se
encontraba fuera del recinto vallado del patio. No parecía que el recuerdo
estuviera grabado a fuego ni mucho menos, pues al cabo de siete días empezaba a
deteriorarse. Algunos colegas de Loftus estudiaron los recuerdos de la
explosión del Challenger. Al día siguiente de la explosión, Ulrich Neisser, de
la Universidad de Emory, preguntó a varias personas dónde se encontraban en el
momento de la desintegración del transbordador espacial. Recogieron
declaraciones específicas de los testigos: «Estaba al lado de una cabina
telefónica»; «Estaba friendo un huevo en la cocina de mi casa, con la radio en
el alféizar de la ventana». Tres años después, Neisser hizo un seguimiento de
esas declaraciones. Muy pocos testigos respondieron de la misma forma que la
primera vez. Los recuerdos se habían transformado: el huevo frito en la cocina
se convirtió en un rollo de carne picada en la playa, la cabina telefónica se
derritió dalinianamente y se transformó en un museo. Cuando se mostró a los
sujetos su primera versión, escrita nada más suceder el desastre, no podían
creérselo. Estaban seguros de la última versión, lo cual ilustra la frágil
conexión que relaciona el estar seguro con el estar en lo cierto. El recuerdo
falso estaba saturado de veracidad subjetiva, de forma que la ficción se vivía
como hecho real en un mundo al revés.
* * * *
Cuando el Challenger se desintegró, yo estaba con mi hermana en la
cafetería de la Universidad de Tufts. Estábamos comiendo un bocadillo de atún:
el borde rizado de la lechuga asomaba entre el pan tostado. Al otro lado de los
grandes ventanales, los árboles extendían las ramas como dendritas, desnudas y
negras contra el cielo brillante. Esa imagen me ha quedado grabada, pero ahora
ya no estoy segura. Ya no estoy segura de nada. A lo mejor estaba en la salita
de la casa de mi madre, entre muebles amarillos con relieve, con una moqueta
áspera y rústica, viendo en el televisor la doble humareda de vapores en la
oscuridad. Pero no, creo que no. No fue exactamente así. Aquel día llovía, ¿no?
Y yo estaba con mi novio irlandés de pecho ancho tomando una cerveza en el
Black Rose, ¿o eso fue más tarde, por la noche? La nave espacial seguía cayendo
cada vez que encendíamos el televisor; lo que recuerdo son las caras de júbilo
de la gente, vueltas hacia el cielo patrio y, de pronto, un ruido de ventosa,
las exclamaciones y la nave que estalla en mil pedacitos que caen suavemente,
los cuerpos humanos invisibles, desaparecidos ya.
–¿Dónde estaba usted cuando el suceso del Challenger? –pregunto a
Loftus.
–Estaba sola en mi despacho –me dice.
Me la imagino. Y después me la imagino sola en su casa, en su espacioso
hogar de la Costa Oeste, con las corbatas de su «exposo» todavía en el armario
como si fuera a volver algún día.
–Se marchó porque yo no podía dejar de trabajar –me dice–. Él quería
irse de vacaciones, llevar una vida normal. Para mí, la diversión consiste en
sentarme al ordenador e intentar resolver asuntos.
Loftus no tiene marido ni hijos, lo cual lamenta, dice.
–Cuando lo intentamos, ya era tarde –dice–, yo ya tenía treinta y seis
años. Todos los meses manchaba de sangre la ropa interior.
Me la imagino sola en el despacho o sola en su casa, sola sobre todo en
el terreno que investiga, mientras que otra mujer, Christa McAuliffe, se
desintegra en el cielo. Tengo que preguntarme: si fuera un hombre quien se
hiciera las preguntas de Loftus, ¿se le pondría tanto en cuestión? Pero en
realidad, no creo que sea el género lo que, de vez en cuando, socava su
credibilidad. Tampoco es que se esté desintegrando, radicalmente sola, en otro
cielo en el que, como mujer, no debería estar. Lo que sucede es que, cuando
todo está dicho y hecho, Loftus parece descontrolarse un poco. No parece que
gobierne bien su nave. Hace comentarios extraños, tiene dianas de práctica de
tiro en las paredes de su despacho; pero, al mismo tiempo, lleva a cabo
brillantes experimentos sobre la memoria y se compara a sí misma con Schindler.
Me llama por teléfono, después me cuelga y luego vuelve a llamarme sumisamente:
«Dios, qué grosera he sido». Sin explicaciones, qué raro. «Es que –dice–, es
que tengo NECESIDAD de unir a las familias destrozadas por acusaciones basadas
en recuerdos falsos; es que quiero reconciliar a la gente.» Eso lo dice una
niña sin madre que, veinte años después de divorciarse, conserva todavía las
pertenencias de su «exposo» en una cuna, en su sala de estar. «Tengo
NECESIDAD», me dice, «unir», me dice, pero, al parecer, no es consciente de que
la necesidad demuestra lo que con tanto ahínco quiere refutar. Loftus tiene
algo dividido, no resuelto, sofocado, que va intentando salir indirectamente.
Es una superviviente que pone en cuestión la validez de la supervivencia. Es
una forma de salir de un apuro.
Pero, atención, Loftus nos ha hecho mucho regalos. Su particular caída
en vuelo libre nos ha dejado visiones plenamente significativas que no podemos
menospreciar. ¿Dónde estaba usted cuando el accidente del Challenger? ¿Recuerda
usted tal cosa? ¿Y tal otra? Lo que Loftus nos ha enseñado es que volamos muy
alto, que dejamos la tierra muy lejos… que somos ingrávidos.
–¿Qué la sostiene a usted? –le pregunto–. Si no podemos confiar en la
memoria, ¿en qué podemos confiar?
Estoy pensado en Dostoievski, que afirmó que unos cuantos recuerdos
buenos eran lo único que hacía falta para tener fe en el mundo. Pero después de
haber pasado una temporada en el país de Loftus, es difícil saber dónde
depositar la fe.
–¿Profesa alguna religión? –le pregunto–. ¿Qué es lo que tiene? –le
pregunto, pero lo que quiero preguntar en realidad es qué es lo que tenemos
cada uno de nosotros, entonces. ¿Qué?
Loftus no me contesta. En cambio, me dice:
–Hace unos días, escribí una carta a mi madre –me la enseña.
Querida madre:
Es domingo, está lloviendo, hace un día espantoso. Esta mañana me desperté con
una sensación de espanto. Hace cuarenta años que te has ido […]. Me gustaría
contarte algunas cosas que he hecho en estos cuarenta años. Hace poco, presenté
una ponencia sobre mi investigación de la memoria en Chicago. Fue en la
Conferencia Nacional sobre condenas por Muerte Injusta y la Pena de Muerte.
Allí, vi a veintiséis hombres y dos mujeres, todos liberados del corredor de la
muerte por condena injusta, que lloraban y se abrazaban unos a otros […]. Mi
trabajo me ha puesto en contacto con personas que sufren grandes injusticias…
Cuando no estoy investigando ni dando clases, paso el tiempo estudiando casos
de acusaciones en falso. Naturalmente, no puedo estar segura de que las
personas a las que estoy ayudando hayan sido acusadas en falso, pero me consume
la idea de que la acusación pudiera ser un error […]. Me siento obligada a
ayudar y prácticamente culpable si lo dejo un solo minuto.
¿Por qué soy tan adicta al trabajo? ¿Es una forma de huir de pensamientos
dolorosos? ¿Me ayuda a dotar mi vida de una importancia que, de otro modo, no
tendría…? Yo, ahora: ocupada con el trabajo, con poco tiempo para pensar en lo
que me falta, amor familiar e intimidad. Eso es lo que echo de menos. Eso es lo
que echo de menos contigo.
Te quiero, siempre,
BETH
Así pues, finalmente, Loftus no me responde a la pregunta de qué es lo
que tiene, sino a la de qué es lo que le falta. Finalmente, brilla ese destello
de penetración y el puro dolor de una mujer. Quizá eso sea lo único que
tenemos, cada cual, sólo puro dolor. Nada de recuerdos sólidos sino pesares
verdaderos, pesares tangibles como piedras… con eso sí que podemos contar.
Igual que Loftus, podemos apilar esas piedras, una encima de otra, mirando al
cielo, aspirando a algo.
Capítulo 9
Memoria S. A.
El experimento de Eric Kandel con liebres de mar
En la década de 1980, Elizabeth Loftus basó muchas de sus afirmaciones
en el «hecho» de que no existían mecanismos neuronales de la represión. Sin
embargo en este capítulo conoceremos a un contrincante de Loftus, Eric Kandel,
que llevó a cabo una serie de experimentos que han dado nuevo impulso a algunos
conceptos freudianos, desfasados desde hacía tiempo. Al principio, Kandel
quería dedicarse al psicoanálisis; recuerda sus esplendorosos días de vitalidad
intelectual, pero luego se enamoró de la biología cerebral. Inició un viaje
para descubrir los verdaderos mecanismos de la memoria, del intricado
funcionamiento de sus células. Kandel, que ahora tiene setenta y tres años, es
el científico vivo de más edad, entre los de este libro, pero su práctica es la
más joven; sus procedimientos y su campo de investigación definen el futuro del
terreno que estudian y, al mismo tiempo, suponen una fuerte apuesta por un
enfoque radicalmente reduccionista de la mente humana.
Primera parte
Corría el año 1953. La cirugía estaba en pleno apogeo y el cielo blanco
azulado se ondulaba sobre Hartford. Henry, un joven con epilepsia grave, sufría
ataques tan frecuentes que prácticamente su vida estaba arruinada. Pasaba el
tiempo entre ataques y sueños de la vida antes de la epilepsia, cuando tenía el
pulso firme y podía disparar el rifle en el bosque. A su padre le horrorizaba
la enfermedad. Su madre intentaba sujetarlo cuando tenía convulsiones y echaba
espuma por la boca. Las drogas no funcionaban. El ejercicio no funcionaba. La
oración no funcionaba. Entonces, el doctor Scoville, del hospital de Hartford,
ofreció a la familia una cura experimental. La familia aceptó.
Henry y su familia no conocían al doctor Scoville. Ignoraban, por
ejemplo, que era muy aficionado a la lobotomía, que había practicado más de
trescientas en los hospitales mentales de la zona, donde se presentaba con su
taladradora de manivela y repasaba a todos los pacientes uno por uno. Scoville
era inusitadamente apuesto –eso era evidente– y quizá la familia de Henry
advirtiera su herencia de clase alta, pero lo que sin duda ignoraban es que
algunas personas consideraban a su futuro cirujano un auténtico imprudente. A
Scoville le gustaba pasar el tiempo libre volando en Jaguares rojos por las
anchas autovías de Connecticut perseguido por la policía. Le gustaba gastar
dinero; cuenta su mujer que, para impresionarla, saltaba al capó de un
Chevrolet en marcha. «Es un innovador, nunca está dispuesto a aceptar el statu
quo. Tras esa fachada de actividad febril, conducida por un ego insaciable,
busca formas mejores de hacer las cosas», escribió, a propósito de él, un
colega de profesión en el Journal of Surgical Neurology.
A este hombre iba a confiar Henry su cabeza. No sospechaba ni
remotamente que el doctor Scoville tenía una idea. Creía que los ataques de
Henry podían tener su origen en las profundidades pantanosas de los lóbulos
temporales, donde se encendería una pequeña chispa que prendería rápidamente en
una zona supuestamente desaprovechada del cerebro: el hipocampo. Scoville les
habló de extirpar el hipocampo a Henry. Lo había hecho ya varias veces en
enfermos de epilepsia, y parecía que se curaban. Así se lo contó a Henry. Lo
que no le contó fue que todos sus pacientes anteriores eran psicóticos graves
antes de la intervención y que, por tanto, no había forma de saber qué secuelas
había tenido la intervención.
En esa época, no se sabía gran cosa de la biología del cerebro. Un
psiquiatra había observado que a un paciente psicótico suyo le tranquilizaba el
traqueteo fuerte de los trenes; a partir de entonces, le aplicó sesiones de
zarandeo cada vez más largas. Otros médicos creían que la malaria podía curar
la esquizofrenia. Basándose en una serie de experimentos de Karl Lashley,
algunos científicos creían que en el cerebro no había zonas específicas
relacionadas con la memoria. En 1929, Lashley extirpó diferentes zonas del
cerebro a ratas vivas y descubrió que ninguna de ellas afectaba en lo más
mínimo a la memoria. Así pues, Lashley concluyó –y Scoville pensó– que la
memoria era una función difusa, sin localización propia, que se esparcía como
las semillas por toda la superficie de la corteza cerebral.
Basándose en la última suposición, Scoville no dudó en extirpar el
hipocampo a Henry. Hacía frío en la sala de operaciones. Henry estaba
despierto, tumbado en una mesa de operaciones metálica. Puesto que en el
cerebro no hay nervios, esas intervenciones se hacían con el paciente
perfectamente consciente, aplicando anestesia local solamente para adormecer el
cuero cabelludo. Allá entró la inyección de lidocaína. Un momento después,
Henry vería acercarse a Scoville con su taladradora de manivela, y después, le
abriría dos orificios, uno sobre cada ojo, y en ellos insertaría después una
pequeña espátula a modo de gato con la que le levantaría los lóbulos frontales.
La sala estaba en silencio. «Enfermera, páseme tal cosa. Enfermera,
páseme tal otra», pero nada más. Scoville miraba a Henry por dentro, le miraba
bajo la capucha del cerebro, y qué bello era el paisaje bajo el arrecife de
coral del córtex, las cápsulas interiores del cerebro donde las células
piramidales tienen forma de jacinto, agrupadas en conos compuestos de neuronas
minúsculas pero muy numerosas. En esa región inferior insertó entonces el
cirujano una cañita de plata. Lentamente, Scoville fue ahondando con la cañita
de plata en el cerebro vivo de Henry, hasta que llegó donde quería y extrajo,
succionando, el pequeño caballito de mar de un rosa grisáceo por ambos lados, y
el hipocampo dejó de ser. En la cabeza de Henry se hizo entonces un gran hueco,
un agujero de bordes irregulares donde antes había vida.
¿Qué sentiría Henry cuando Scoville le succionó el hipocampo? Al fin y
al cabo, estaba completamente despierto, con todos los sentidos activos, y el
hipocampo, aunque nadie lo sabía en esa época, es la residencia de la memoria.
¿Henry notaría que el pasado desaparecía de una sola succión? ¿Notaría la
aparición del olvido como algo frío que llega, o sería más bien una sensación
de cosas que resbalan: la amante, las dudas, los gatos llamándose al pie del
porche en verano… todo resbalando hacia abajo, hacia la nada?
En los días siguientes a la intervención, se comprobó que,
evidentemente, la frecuencia de los ataques había disminuido notablemente.
También se comprobó que el paciente había perdido la capacidad de formar
recuerdos. Una enfermera le decía cómo se llamaba, se marchaba y, cinco minutos
después, Henry no tenía la menor idea de quién era. Reconocía a su madre, eso
sí, pero, a partir del momento de la operación, no retenía rostros ni aprendía
nada nuevo de cuanto sucedía. Cincuenta años después, Henry continúa igual.
Actualmente es muy anciano y vive en una residencia cerca del MIT. Su madre
murió en los años sesenta, y cada vez que Henry oye la noticia de su muerte,
llora de nuevo porque, para él, es la primera vez que se lo dicen. Cree que el
presidente sigue siendo Truman. En la residencia, no es capaz de entablar
nuevas relaciones, no logra retener la imagen de una cara ni el sonido de una
voz: la cara y la voz, los componentes esenciales del consuelo. Henry, conocido
ahora en la literatura médica como H.M., no conoce el consuelo.
Unas semanas después de operarlo, cuando la confusión mental seguía sin
aclararse, el doctor Scoville comprendió que había amputado inadvertidamente el
molino de la memoria, y no sólo el origen de los ataques de epilepsia. Es
posible que sintiera miedo entonces. Es posible que se sintiera mal. Pero
seguro que lo que más lo impresionó fue el descubrimiento científico logrado a
raíz de su intervención incontrolada, porque demostraba que Karl Lashley estaba
equivocado. Evidentemente, el hipocampo era la real sede de los recuerdos,
porque, sin él, Henry había sido condenado a vivir en la más descolorida
secuencia del presente. Scoville publicó el descubrimiento que le había
proporcionado el experimento, grande pero chapucero. Había tocado el tejido de
la memoria, que no era espiritual ni mítico en esencia. La memoria era carne.
Podía ser localizada y señalada como un país en un mapa. Ahí. Ahí reside el
pasado. Ahí reside el futuro. En la playa. Debajo del arrecife de coral de la
corteza cerebral. En la cañita de plata de un hombre.
Segunda parte
Es posible que Brenda Milner sea la persona que mejor ha llegado a
conocer a H.M. Recuerda el caso, recuerda cuándo se enteró con horror de lo que
Scoville había hecho y quiso verlo con sus propios ojos. Era el año 1957;
cuando Scoville publicó el descubrimiento por primera vez, Milner estudiaba la
memoria con Wilder Penfield, el famoso cirujano que tocaba el cerebro a sus
pacientes de epilepsia con una sonda eléctrica, observaba si así estimulaba el
tacto, el olfato o la vista y luego pegaba en la zona pertinente una cartelito
de papel donde constaba la función que desempeñaba. Así empezó la cartografía
cerebral, con notas adhesivas.
Es posible que Milner estuviera preparada para irse a investigar por su
cuenta. Es posible que estuviera cansada del sendero de papel. Dice que, cuando
conoció el caso de Henry, grabó unas cuantas pruebas de memoria y tomó el
primer tren. Conocía ya algunos casos de pérdida de memoria, pero H.M. era un
caso único para estudiar la forma más pura de amnesia conocida en la humanidad.
Brenda Milner quería saber exactamente qué funciones mentales había
perdido H.M., pero sobre todo quería saber las que le habían quedado. Por
ejemplo, aunque no pudiera acordarse de una conversación al cabo de cinco
minutos, podía andar, y andar también es una forma de memoria, ¿verdad? H.M. no
sabía que, al levantarse por la mañana, debía lavarse los dientes, pero en
cuanto le ponían el cepillo en la mano, la mano sabía lo que tenía que hacer.
Quizá eso mismo experimenten los músicos cuando están inmersos en una canción,
las manos saben lo que tienen que hacer, el ritmo fluye de los dedos como si
cada uno tuviera un cerebro diminuto propio e independiente del cáliz
principal.
Tras años de pruebas y observaciones, Brenda Milner pudo demostrar unas
cuantas cosas importantes sobre los mecanismos de la memoria, y las pruebas las
aportaba H.M. Sí, el hipocampo es sin duda esencial para el recuerdo de los
pormenores autobiográficos explícitos –podríamos llamarlo núcleo de la
conciencia misma– pero existe otro sistema de memoria localizado en una zona
completamente distinta del cerebro, una memoria inconsciente que Milner llamó
memoria procedural. Aunque perdamos, y cuando perdemos, la capacidad de
recordar nombres y caras, todavía sabemos montar en bicicleta, por ejemplo, o
fumar un cigarrillo. H.M. no sabía cuántos años tenía ni reconocía su cara en
el espejo, pero, si lo llevaban a su antiguo barrio de Hartford, era capaz de
no perderse en las calles, subir los peldaños de su antigua casa y llamar a la
puerta de un pasado para el que tenía muy pocas palabras. Henry era la prueba
viva de que el inconsciente de Freud tenía en verdad una base neurológica. Pero
nadie sabía cómo funcionaban esas neuronas.
Milner no entendió los substratos neurológicos de la memoria mediante la
observación de dichos substratos sino mediante la observación de sus
manifestaciones en un organismo intacto, un ser humano completo, Henry. Ése fue
su legado singular a la psicología, un largo estudio de H.M. y el hallazgo
resultante de que la memoria opera al menos en dos niveles. A partir de Milner,
y en parte inspirados por ella, algunos científicos han descubierto muchos
sistemas de memoria diferentes en el cerebro humano: tenemos la memoria
procedural, que es sobre todo la memoria inconsciente de las habilidades
motrices; la memoria semántica, por la que retenemos los hechos; la memoria
declarativa, por la que sabemos quiénes somos. Algunos científicos creen que
existen incluso diferentes motores de memoria según las diferentes categorías,
que el conocimiento de la fruta está en un ramal neurológico y el de la
verdura, en otro, el de los gatos por aquí, el de los perros por allí, de modo
que, al parecer, todo nuestro mundo vive estrujado en contenedores corticales.
Tercera parte
Eric Kandel no teme declararse reduccionista; desde su punto de vista,
la ciencia se vive en una serie de partes desarticuladas, no como un organismo
intacto. Para él, los secretos de la memoria residen en el estudio del lenguaje
que las células nerviosas desarrollan con sus vecinas.
Kandel empezó a prepararse para ser psicoanalista, pero en cuarto curso
de medicina oyó hablar del caso de H.M. y le impresionó. Entonces, decidió
comenzar un posgrado como becario en el National Institute of Health (NIH) en
Bethesda, donde hizo grabaciones intracelulares del hipocampo de un gato. «Se
me daba bien –dice Kandel, que ahora tiene setenta y pico años–. No me había
dado cuenta de lo bueno que podía ser en un laboratorio.»
Kandel nació en Viena. Su padre era propietario de una juguetería, de
modo que, por una parte, pudo disfrutar de una infancia multicolor. Pero en
1938, el ejército de Hitler tomó el país. Kandel se acuerda de la Kristallnacht[14] con
todo su cristal y, después, de los cepillos de dientes que los judíos fueron
obligados a empuñar para barrer las calles.
Uno se plantea qué relación habrá entre el holocausto y la total
dedicación de Kandel al estudio de la memoria. Kandel dice: «A veces me parece
que no he afrontado las cosas plenamente. Podría contarle todo lo que me pasó a
mí, pero no abrigo ningún sentimiento por aquellos acontecimientos. Habría
podido terminar en Dachau, si Dios lo hubiera querido, y puedo hablar de ello,
aunque no siento el miedo».
Kandel emigró a los Estados Unidos en 1939. Vivió en Nueva York,
mientras, a ochenta kilómetros de él, en Connecticut, H.M., de la misma edad
aproximadamente, se las veía con una infancia completamente distinta. Kandel
resultó ser un muchacho de inteligencia poco común. Fue a Harvard. A pesar del
trauma de la infancia, su cerebro se expandió y se hizo aún más denso a base de
nuevos conocimientos. Por su parte, H.M. experimentaba un ataque de epilepsia
por primera vez; se perdía la escuela porque el cerebro le ardía
destructivamente, mientras Kandel ascendía los escalones del saber. Nunca
habían hablado entre ellos, desde luego, pero sus vidas se cruzarían en el
espacio, en algún lugar más allá de la cabeza, más allá de la carne, en un
sitio donde nos encontramos y nos tocamos aunque nunca lleguemos a saberlo.
A Kandel lo cautivó el psicoanálisis, en Harvard, pero en cuanto entró
en el laboratorio neurocientífico de la facultad de medicina, sus intereses
cambiaron. «La verdad –dice Kandel– es que nunca creí que el psicoanálisis y la
ciencia neurológica fueran incompatibles. Al fin y al cabo, Freud era
neurólogo. El principal interés del psicoanálisis es la memoria, y con mi
trabajo pretendo iluminar los mecanismos de la memoria. Creo que al final
conseguiremos demostrar las bases neurológicas de muchos principios del
psicoanálisis.»
Kandel es encantador. Lleva una gran pajarita roja y tirantes. Le
interesa unir los disociados campos del psicoanálisis y la ciencia neurológica,
aunque en realidad, ha relegado ese objetivo a un segundo plano. Su objetivo
principal empezó hace cuarenta años, en aquel laboratorio del NIH, donde, por
dilucidar la biología de la memoria, estudió las células nerviosas y el
hipocampo. Sin embargo, trabajar con el hipocampo es muy difícil. Tiene
millones de neuronas, de las que miles cabrían en una «o». Le costaría años
seguir la complicada arquitectura en miniatura de esa zona. Necesitaba otro
modelo. «En las décadas de 1950 y 1960, muchos biólogos y muchísimos psicólogos
creían que el aprendizaje era el único dominio de la biología para el que el
recurso de los modelos animales simples […] no tenía apenas aplicación […] por
el contrario, yo creía que el interés en recurrir a un sistema experimental
sencillo para estudiar el aprendizaje estaba mal enfocado. Si las formas
elementales de aprendizaje son comunes a todos los animales con un sistema
nervioso evolucionado, el mecanismo del aprendizaje tiene que haber retenido
características en el nivel celular y molecular que puedan estudiarse de modo
efectivo incluso en los invertebrados más simples.»
Con esa convicción, Kandel llevó a cabo un amplio estudio en busca del
animal idóneo sobre el que experimentar, y se quedó con las babosas,
concretamente, con el caracol marino gigante llamado aplysia o liebre de mar.
La aplysia sólo tiene veinte mil neuronas, muchas de ellas visibles a simple
vista. Había encontrado un ser vivo más fácil de estudiar y, al mismo tiempo,
relevante para el ser humano porque, como dice él, el sistema nervioso de las
especies es el mismo en toda la cadena alimenticia. «Necesitaba un punto de
vista radicalmente reduccionista para la cuestión de la mente», dice Kandel. Y
así, se quedó con la aplysia, morada, gelatinosa y que dejaba un rastro húmedo
y claro al pasar por la palma de la mano.
* * * *
Kandel procedió así: entrenó liebres de mar. Les tocaba el cuerpo
irregular –los sifones– con una sonda eléctrica, y la aplysia recogía la
agalla. Kandel y sus colegas no tardaron en descubrir que ese reflejo simple
podía modificarse mediante tres formas de distintas de aprendizaje:
habituación, sensibilización y condicionamiento clásico. Sin duda, Skinner y
Pavlov habían hecho descubrimientos similares, pero lo que ellos llamaban
«teoría del aprendizaje» a principios de siglo, Kandel lo llamó «memoria» a finales
de siglo. La misma cuestión con distinto envoltorio. Pero el envoltorio es
importante, porque influye en la manera de considerar y cuestionar el
contenido. Al vincular el estudio con la memoria, Kandel abrió en parte el
camino de una investigación general de los procesos de almacenamiento de
nuestra historia, y tal vez ésa fuera la cuestión crucial del mundo después del
holocausto.
Por otra parte, Kandel dio un decisivo paso más que Skinner con sus
palomas o Milner con su estudio de H.M. Kandel observó lo que sucedía con las
neuronas de la liebre de mar en el momento en que aprendían –recordaban– una
tarea nueva. Muchos científicos, ya desde el siglo XVIII, habían elaborado
hipótesis sobre lo que sucedía con las neuronas cuando se formaba la memoria,
pero hasta el momento, nadie había demostrado nada. En 1894, Santiago Ramón y
Cajal propuso una teoría del almacenamiento de memoria según la cual la memoria
se almacena en el crecimiento de conexiones neuronales nuevas. Alexander Forbes
propuso que la memoria se almacena en cadenas nuevas de neuronas que se
autoactivan. Más tarde, Donald Hebb defendió esta teoría, pero todo esto no
eran más que teorías. Hasta Kandel, nadie había traducido la intuición en
pruebas físicas.
Así pues, Kandel entrenó a sus liebres marinas y observó. Midió. Las
condicionó para que encogieran la agalla cada vez que se la tocaba, al tiempo
que observaba el cambio de las neuronas por el microscopio y con un aparato
grabador. Descubrió que los vínculos entre neuronas, llamados sinapsis, se
hacían más fuertes si se transmitían señales electroquímicas que reforzaban la
relación. Observó dos neuronas, una sensorial y otra motriz, que se transmitían
impulsos más fuertes entre sí a medida que la conducta se asentaba.
Por lo tanto, el credo de «lo que no se usa, se pierde» es correcto.
Cada vez que se repite una tarea, la red de neuronas encargadas de dicha tarea
se graba más profundamente en el cerebro: cuanto más se repite un recuerdo,
contándoselo a uno mismo una y otra vez, más fuerte y fluida es la conversación
electroquímica entre las sinapasis correspondientes dentro del cráneo. Sé que
esto es cierto. Tenemos en casa un piano pequeño. Al principio, movía los dedos
sobre las teclas torpemente. Sin embargo ahora, unas semanas después de haberlo
tocado a diario, noto en el cerebro el refuerzo de la conexión. Noto que lo
surcos de ahí arriba me engrasan los dedos, que trotan así con facilidad sobre
las notas de una simple canción. Pero, tocando ese piano, he obligado al menos
a dos neuronas que no se comunicaban a entablar una relación, que es, a fin de
cuentas, de lo que depende la memoria: de las relaciones; el cerebro humano es
implacablemente relacional, sí, una especie de gran empareja.com en el que los
desconocidos se ponen en contacto y aprenden de memoria el camino para ir unos
a casa de otros.
* * * *
Kandel fue de los primeros que logró dar con un modelo molecular de
memoria primitiva. Ahora se le planteaba otro interrogante. Se preguntó cómo
convertía el cerebro la memoria a corto plazo en memoria a largo plazo. Quizá
pensara en H.M. El hecho de que H.M. recordara, careciendo de hipocampo, la
cara de su madre parece indicar que el hipocampo es el lugar de fijación adonde
van los recuerdos, donde se les pone un lazo y desde donde después son
transferidos a un contenedor de almacenamiento a largo plazo situado en otra
parte de la corteza. Está claro que H.M. había procesado y depositado en el
hipocampo la cara de la madre mucho antes de la operación quirúrgica, y la
había archivado en alguna parte a la que no llegó el cuchillo.
Todos los días recibimos gran cantidad de impresiones, ruidos,
sensaciones e interacciones: si las retuviéramos todas, estaríamos en un mar
mental abarrotado. Sin embargo, lo que recordamos normalmente son impresiones
generales del pasado. En mi caso, es la casa de mi abuelo, su olor a cedro, el
cielo denso y blanco de tantos inviernos, pero no está claro si lo que recuerdo
es el cielo o el recuerdo del cielo. Con todo, existen además unos pocos
recuerdos del pasado que se destacan entre todo, aunque no sean exactos.
Recuerdo un día en que paseaba por el campo una mañana de invierno y llegué a
un enorme agujero que se abría en el suelo; cuando me asomé al interior, vi un
sombrero de hombre flotando en el agua. Recuerdo una vez en que mezclé dos
frascos de un juego de química y provoqué una explosión pequeña pero
impresionante. Me acuerdo de que mi madre me decía que habían matado a tiros al
doctor King, y que yo pensé que se refería a mi pediatra, que también se
llamaba doctor King. Me acuerdo muy bien de mis vecinos, los siete niños que
murieron en un incendio nocturno, y del olor a humo que duró semanas en nuestra
casa.
La pregunta: ¿qué procesos en mi cerebro han permitido que esos
recuerdos perdieran la categoría de «a corto plazo», se enroscaran en el
hipocampo y fueran luego almacenados para que los examine ahora, en este
ensayo? Kandel creía que existía un mecanismo que permitía la conversión de
corto plazo en largo plazo y, muy propio de él, se lanzó sobre esta idea como
un reduccionista kamikaze, pero no ya con la simple liebre de mar sino con un
fragmento de ella. Le quitó el corazón a la aplysia y se quedó con dos neuronas
vivas que conservó en caldo.
Entonces manipuló las neuronas para que «hablaran» entre ellas, de forma
que la neurona número 1 creó conexiones sinápticas con la neurona número 2. Era
el mecanismo de la memoria en su manifestación más minimalista. Después, Kandel
demostró que bloqueando una molécula diminuta en las profundidades de la célula
nerviosa número 1, una molécula llamada proteína de respuesta cAMP de unión de
elementos (CREB), podía interrumpir la conversación. Con la CREB bloqueada, los
procesos asociados a la formación de la memoria a largo plazo –síntesis de
proteína, crecimiento de sinapsis– no se producían.
¿Qué es la CREB exactamente? Es una molécula que vive en el núcleo de
las células cerebrales; su función es poner en marcha los genes necesarios para
producir proteínas que establezcan conexiones permanentes entre las células.
Ésa es la respuesta científica sencilla. La metafórica es: la CREB es el Velcro
particular de la célula; cuando está «del lado que pega», la voz de la madre y
el primer festival de ballet se quedan pegados a los circuitos de las células
durante años; cuando está «del lado que no pega», seguimos recordando cosas,
pero por poco tiempo, como un número de teléfono que empieza a borrarse de la
memoria. Podemos intentarlo de otra forma. Podríamos decir que los recuerdos «a
corto plazo» son como un revolcón, una sola descarga química que desaparece en
seguida; los recuerdos «a largo plazo» se parecen más al matrimonio, se unen,
quedan atrapados incluso, tanto que no podemos adoptar un nuevo punto de vista.
La CREB –tan asentada fisiológicamente, tan maleable metafóricamente, el
Velcro, la cola de pegar, el cierre, el sexo– es tan potente líricamente como
significativa científicamente. Nos proporciona una forma de entendernos a
nosotros mismos.
La CREB fue un hallazgo que produjo gran revuelo en psicología y que
permitió a los psicólogos y otros especialistas tener una primera visión de los
mecanismos de la memoria permanente. También inspiró por primera vez la
posibilidad de manipular la mente con un grado de especificidad inconcebible
hasta entonces. Tim Tully, a la sazón investigador de cuarenta y dos años, oyó
hablar de la CREB de Kandel y quedó encandilado. Tully dotó genéticamente a sus
moscas de la fruta para que nacieran con la habilidad de tener en
funcionamiento grandes cantidades de CREB y, como era de esperar, creó insectos
geniales, drosophilas con memoria fotográfica. Aprendían una tarea de mosca de
la fruta en una sola sesión, mientras que las moscas de la fruta normales
necesitaban al menos diez sesiones para empezar a acordarse de lo que les
estuvieran enseñando. Entonces se inició la competencia entre Tully y Kandel
–la aplysia contra la drosophila, la babosa contra la mosca– y, al cabo de unos
años, Kendel creó una liebre de mar con la CREB mejorada que era capaz de
recordar… ¿qué? No me lo puedo imaginar: las evoluciones de una concha vecina,
los colores del arrecife de coral o una cosa mucho más prosaica, una asociación
de un par de cosas: comida en un rincón de la jaula.
Además de la CREB, Kandel también descubrió el inhibidor de la CREB, una
molécula que hacía olvidar a los ratones casi al instante cualquier tarea que
hubiesen aprendido. Kandel comprendió las implicaciones. En 1997, junto con
Walter Gilbert, biólogo molecular de Harvard, Jonathan Fleming, socio
capitalista de la empresa, y Axel Unterbeck, neurocientífico, fundaron una
empresa llamada Memory Pharmaceuticals, que ahora, en el momento en que escribo
esto e intento retener en mi avejentado cerebro todos los pormenores de esta
historia complicada, hoy, en este instante, Memory Pharmaceuticals se está
acercando a una nueva clase de fármaco que promete revisar nuestas ideas de
edad, de tiempo, y quizá convertirnos a todos en unos mini Proust, elevados por
obra de un simple olor a canela, a té o a repostería, como el aroma que entra
de pronto por esa puerta.
* * * *
En una ocasión leí, o escribí, ya no me acuerdo, un relato sobre una
mujer que se propone olvidar. La mujer vive sola en una casa con papel pintado
de rosas en las paredes, no ha tenido suerte en el amor y es vieja; así pues,
un día decide olvidar sin más las rosas del papel de las paredes. Después,
decide olvidar la taza de café que tiene en la mano, después, la mano que la
sujeta, y luego, las piernas que la mueven por un mundo solitario y, a medida
que olvida cada parte de sí misma, se hace más pequeña, sentada en la cocina;
se va borrando, se olvida de su cara, de sus ojos, hasta que no queda nada más
que el corazón, y también lo olvida, y entonces flota, inconsciente y libre,
completamente inhumana.
El cuento apunta a la importancia capital de la memoria en lo que para
nosotros significa estar vivos. La oímos constantemente: la memoria nos hace lo
que somos. Cuando olvidamos el pasado, estamos condenados a repetirlo. La
memoria es narrativa, da continuidad y sentido a nuestra existencia. Estamos
profundamente interesados en la memoria, por no decir obsesionados con ella.
Puede que sea porque se trata de una potencia de tanta trascendencia metafísica
y molecular. Sin embargo, también podría ser porque vivimos una época que ha
elevado la memoria a un estatus único; vayamos donde vayamos, nos encontramos
con ella. Guardamos en el ordenador gran parte de nuestros recuerdos y lo
convertimos así en una extensión del propio cerebro. En el año 2010, la mitad de
la población tendrá más de cincuenta años y, puesto que esa población –el
lector y yo misma– es más longeva, irá en aumento el porcentaje de personas que
caigan en las brumas de la demencia, o directamente en las ciénagas del
Alzheimer. Los avances técnicos han permitido que muchos ya sepamos que
padecemos las primeras fases de la enfermedad de Alzheimer, y que por tanto
estemos atentos al desgaste de nuestro cerebro.
Memory Pharmaceuticals, la empresa de Kandel, lo sabe. Está situada a
unos cuarenta minutos del Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva York, en
Montvale (Nueva Jersey), al lado de la carretera Garden State. En su interior
hay pasillos laberínticos, ratas y gatos enjaulados, cerebros descortezados
colgados de cuerdas, secciones de corteza cerebral de animales cortadas a
cuchillo y conservadas en nutritivas suspensiones líquidas; todo ello lo sigue
de cerca el equipo de Unterbeck, formado por veinte científicos descubridores
de fármacos. El propósito de la empresa es dar con el compuesto químico que
ayude a las neuronas desprovistas de cuerpo, depositadas en la placa de Petri,
y más adelante a las neuronas provistas de cuerpo de la cabeza humana, a establecer
conexiones más fuertes y duraderas. La esperanza de la empresa es potenciar
farmacológicamente la CREB para rescatarnos, con los sentidos renovados y
aguzados, de las brumas de la pérdida de memoria relacionada con la edad.
Kandel cree que sus fármacos, que se han empezado a desarrollar en
Memory Pharmaceuticals, se podrán poner a disposición del consumidor dentro de
diez años. El compuesto que se está preparando no va dirigido explícitamente al
tratamiento del Alzheimer sino a nosotros, al conjunto de hijos de la
generación del boom que nunca se acuerdan de dónde dejaron las llaves del coche
y siempre se quedan con la palabra justa en la punta de la lengua. La droga que
se está probando en concreto se llama fosfodiesterasa-4 y, hasta ahora,
administrada a ratones canosos, los ha devuelto a la juventud de un golpe y los
roedores octogenarios recorren los laberintos con la habilidad de los más
jóvenes.
Kandel la llama «la pildorita roja».
Ningún experimento psicológico del siglo xx ha dado como resultado un
tratamiento concreto que augure ser de una influencia tan grande, llegado el
momento.
Antes incluso de su salida al mercado, ya se habla de él desde el punto
de vista ético. Kandel dice que es una droga para combatir el deterioro normal
de la memoria causado por la edad. Bien, según algunos científicos, el
deterioro de la memoria causado por la edad comienza a los veinte años: ¿quiere
eso decir que tendríamos que invitar a tomar las pildoritas rojas a nuestros
hijos a partir del primer año de universidad? O quizá tendríamos que dárselas a
los adolescentes antes de los exámenes de Selectividad. ¿Algunas empresas
obligarán a sus empleados a tomar esa droga o los empleados podrán tomarla si
lo desean para mantenerse a la altura de ese colega tan capaz del cubículo 4?
Tales son las cuestiones éticas más evidentes. Las menos evidentes son: ¿qué sucederá
si esa droga, al ayudarnos a consolidar y conservar los recuerdos, nos afloja
al mismo tiempo la tapadera de los archivos y el pasado se nos cae encima como
una tromba, con una especie de incontinencia nostálgica que nos devuelva el
recuerdo, tan detallado que ni siquiera sabíamos que lo teníamos, de una tía
nuestra en un charco de agua marina, del humidificador del pasillo de casa, del
mando regulador con todos los números grabados e iluminados, del olor del
cuello del padre, del silbido de las goteras subterráneas, del rincón donde
está la llave, del polvo en un alféizar, hace mucho tiempo? ¿Quién sabe? Los
fármacos que pretenden proyectarnos al futuro llenos de vigor quizá nos
encierren en un pasado tan pormenorizado y descriptivo que nos impida concentrarnos
en lo que somos.
Las drogas de refuerzo de la memoria conllevan en potencia mil y un
problemas. ¿Quién sabe qué pasará con nuestros anclajes en el presente y en el
pasado si embutimos la CREB a la fuerza? Aunque el pasado no se nos cayese
encima, una droga que haga tan inolvidables todos los aspectos del presente ¿no
nos obligará a dar vueltas y vueltas en medio de un lío mental? Al fin y al
cabo, el cerebro tiene motivos para olvidar. Se trata de un imperativo
evolutivo. Tiramos los desechos a la basura y conservamos lo que necesitamos
para vivir, sea en un mundo de alta tecnología, sea en las llanuras del
Pleistoceno.
Quisiera saber si alguien habrá pensado alguna vez en los beneficios de
la pérdida de memoria. Aunque con este planteamiento ponga en evidencia mi
flagrante ingenuidad, nunca he considerado que la enfermedad de Alzheimer, una
vez que el paciente ha cruzado la frontera de su mundo fluido, sea tan horrible
como la pintan. Al fin y al cabo, los recuerdos son cosas grandes y ruidosas
que nos encierran en el pasado o nos hacen temer el futuro. Nos ocupamos tanto
de recordar lo pasado y proyectarnos hacia el futuro (y pensar en el futuro es
otra clase de memoria, porque todas las expectativas que proyectemos se basan
en lo que hemos aprendido) que apenas vivimos el presente. Probablemente
tenemos muy poca idea de qué es y cómo es el auténtico presente puro –este
mismo instante–, sin que lo contamine la conciencia del tiempo. Es fácil que
los animales sí tengan una idea, y parecen satisfechos, y es posible que los
pacientes de Alzheimer en sus últimas etapas también tengan una idea…
Ciertamente, en el excelente libro de David Shenk titulado El Alzheimer, se
citan las palabras de un enfermo: «No sabía que esta enfermedad fuera a
proporcionarme tanta serenidad, pero así es; la vida es muy bella, a medida que
el telón va cayendo lentamente». Quizá H.M. sintiera algo parecido. Para él,
cada vez que probase una fresa sería la primera. Cada vez que viera nieve,
sería nieve recién caída del cielo. Cada vez que lo tocaran, sería la primera
vez, el roce primigenio; ven.
* * * *
Seguro que Kandel conoce los riesgos asociados con el exceso de memoria
y su inverso, la necesidad de olvidar del cerebro humano. Uno de los enfermos
más famosos de la bibliografía neurológica era un joven de veintiún años,
paciente de A. L. Luria. El paciente S., a los veinte años, tenía una memoria
tan despierta que podía recitar cuatro columnas de números tan sólo un momento
después de haberlas visto. Luria estuvo años haciéndole pruebas, pero lo más
asombroso quizá sea que S. se acordaba exactamente de las cuatro columnas al
cabo de mucho tiempo; recordaba también el orden preciso de las palabras de una
página; veinte años después, todavía se acordaba de todos los artículos,
palabra por palabra, de todos los periódicos impresos en su provincia.
Sin embargo, S. tenía trastornos graves. Era incapaz de extraer el
significado de cuanto leía. Por ejemplo, podía recitar de memoria las mil
páginas de La Odisea al cabo de seis minutos de hojear el libro, pero no tenía
la menor idea de lo que decía. La gente lo desconcertaba porque no sabía leer
las expresiones de la cara. Estaba tan atrapado por los detalles más minuciosos
de la mecánica de la boca al moverse que no podía dar un paso atrás y ver que
aquello era una sonrisa o una mueca de burla. S. no tenía la menor idea de cómo
resolver el problema. No llegó a resolverlo. S. vivió entorpecido y sin
propósito, incapacitado por su capacidad extraordinaria.
Existen otros ejemplos menos vistosos de la necesidad de olvidar que
tenemos, como el veterano del Vietnam, que revive obsesivamente el trauma que
se le ha grabado en el cerebro; la niña violada en su propia cama con dosel; el
niño de nueve años que oye romperse un cristal y ve que se llevan a su padre a
rastras a la luz de la luna de medianoche, quizá para nunca más volver.
Queremos recordar, sí, pero es posible que Kandel y todos nosotros tengamos una
necesidad igualmente imperiosa de olvidar.
De la misma forma, Kandel podría negar cualquier motivación personal
para su trabajo con drogas supresoras del recuerdo, un preparado sobre el que
también investiga Memory Pharmaceuticals. Podría decir que le motiva,
sencillamente, el amor al saber, la emoción cruda del descubrimiento, pero a
uno le intriga. Cuando Kandel descubrió la CREB, también descubrió su opuesto.
Descubrió que el cerebro humano normal desarrolla en su interior mecanismos que
le permiten olvidar. Para estos mecanismos es esencial una enzima llamada
calcineurina. En 1998, Kandel y su equipo potenciaron el gen responsable de la
producción de calcineurina en ratas y comprobaron, como esperaban, que la
corteza cerebral de las ratas quedaba bañada en Teflon; nada se adhería,
olvidaban los temores.
¿Memory Pharmaceuticals o cualquiera de sus rivales podría fabricar una
droga semejante para los seres humanos? Tim Tully ya tiene una en
funcionamiento. Si se comercializara, podría administrarse a las veinticuatro
horas de haberse producido un trauma y borraría el recuerdo del trauma, además
de todo lo sucedido ese día. Ese fármaco podría utilizarse con supervivientes
de sucesos terribles, atentados terroristas, accidentes aéreos y agresiones
personales atroces. Ese fármaco haría desaparecer de modo efectivo el
diagnóstico de trastorno de estrés postraumático; el postrauma sería una
píldora, una cápsula farmacéutica de agua del río Leteo, de donde beben las
almas viejas del Hades para olvidar el pasado.
Es posible que a Kandel le seduzca la idea de una droga para olvidar y,
por una parte, es lógico, teniendo en cuenta que su difícil pasado siempre está
presente y ausente, presente pero sin «ningún sentimiento». ¿Ve dilemas éticos
en potencia, en esa clase de droga? ¿Ve que podría utilizarse con los
supervivientes del próximo genocidio como arma política de silenciamiento, o
con la niña que está en su cama antes de que su padre la viole? Sí, seguro que
Kandel ve esas cosas. Y podría ser uno de los motivos de que, a pesar de haber
descubierto el proceso químicomolecular del olvido, ni él ni Axel Unterbeck,
jefe científico de Memory Pharmaceuticals, persigan activamente la consecución
del fármaco.
Al final, se diría que Kandel está echando a su suerte el poder y la
importancia de la memoria. Cuando voy a verlo, un soleado día de primavera en
que el sol entra a raudales por las muchas ventanas de su despacho, ese día,
Kandel está trabajando en sus propios recuerdos.
–¿Ve esto? –me dice, agitando en el aire un manojo de papeles–. Son mis
memorias, he empezado a escribirlas. Quiero dejarlo todo por escrito, para mis
hijos, antes de que sea tarde.
Deja los papeles en una mesita auxiliar que hay entre él y yo. Me
gustaría levantar las hojas y echar un vistazo, pero sé que no le agradaría.
Kandel aparta los ojos del manuscrito y mira a las ventanas del
despacho.
–Estuve a centímetros de Dachau –dice–, y es uno de los motivos por los
que quiero exprimir la vida al máximo.
Entonces me cuenta que va a ir a Austria a pasar unos meses, que está
organizando allí una conferencia. Supongo que será una conferencia científica,
pero cuando le pregunto, me dice que no.
–Austria –dice– nunca se ha enfrentado al pasado, cosa que han hecho los
demás países europeos. Voy a Austria a dar una conferencia para ayudar a mi
país a recordar lo que pasó.
Y me lo imagino, jeringa en ristre, inyectando el potenciador de la CREB
a Austria, para que todos los cerebros cubiertos de lodo vuelvan de golpe a la
Kristallnacht. Kandel empezó su carrera profesional preguntándose cómo
recordaba una neurona sola, y la está concluyendo preguntándose cómo ayudar a
todo un país a establecer nuevas vías neuronales, todo un conjunto nacional de
sinapsis. Su escrutinio del siglo xx ha sido a un tiempo minúsculo y
gigantesco, con un enfoque reduccionista sin duda, pero con una perspectiva
total mucho más profunda que la suma de sus partes.
* * * *
Pocos días después de ir a ver a Kandel, fui a Kendall Square, donde se
encuentra el MIT, entre cafeterías y librerías. He venido a la biblioteca, pero
en vez de girar a la derecha y entrar por Memorial Drive, donde se encuentra el
acceso principal, giro a la izquierda y me acerco andando por las estrechas
calles y callejuelas laterales del campus. He vivido toda la vida en Boston,
pero no había vuelto aquí, a las entrañas de la ciencia, donde los alumnos me
adelantan a toda prisa, teléfono móvil en mano. No sé adónde voy, sólo paseo,
es un placer respirar el aire primaveral con su suave aroma de jabón; las
magnolias están en flor, grandes flores como alcachofas, arranco una. Pienso en
la pildorita roja de Kandel y me pregunto si, en breve, seremos capaces de
deshacer no sólo el proceso de envejecimiento, sino la muerte misma; si
existiera una pastilla morada para eso, ¿querríamos tomarla? Si supiéramos que
podíamos vivir y conocer a nuestros tataranietos, ¿diríamos que sí? Y, si
dijéramos que sí, ¿no perderíamos el significado de ser humano, nacer y morir
tras haber dado alguna forma a la vida? ¿Qué forma es la nuestra, exactamente,
si aceptamos, financiamos y finalmente tomamos cualquier potenciador que nos
pongan por delante? Kandel nos eleva a nuevas cotas cognitivas, pero es posible
que, en determinado momento, nos encontremos dando vueltas en el espacio… sin
amarras.
Ahora, ante mí, veo a un anciano que toma el sol en el paseo apoyado en
una enfermera. Cerca de ellos se alza un edificio con las puertas pintadas.
Entorno los ojos. El edificio dice: «Clínica de trastornos neurológicos». ¿H.M.
no vive cerca de aquí? Tal vez ese anciano podría ser él, aunque sé que no lo
es. Me acerco analizando sintácticamente mis pasos. El anciano tiene los ojos
insulsos, como cocidos; me imagino los orificios que practicó Scoville justo
encima de los ojos. H.M. perdió su historia personal al tiempo que se asentaba
permanentemente en la bibliografía, más amplia, de un campo de investigación en
eterna expansión. Opino que salió perdiendo, que fue un trato sumamente
injusto, y entonces sé, al ver a ese anciano ahí de pie, que prefiero tener mis
recuerdos a verlo todo siempre como si fuera la primera vez, a morder la fruta
una y otra vez y que ese placer se diluya en el olvido antes incluso de que
desaparezca el último regusto en el paladar. Dejemos regustos, manchas,
imágenes, huellas. Tomemos la medicina de Kandel, si alguna vez la tenemos a
mano, y devolvamos la vida a quienes la hayan perdido sacándolos del agujero
del olvido que a todos nos espera, si vivimos lo suficiente.
Pero no habrá droga, de esto estoy segura, no habrá droga que posponga
la senilidad indefinidamente. Por muy posmodernos que seamos, no somos en
realidad poshumanos. Ninguna ciencia, ningún campo científico ha podido
librarnos de la propia carne. Con el tiempo, las luces se apagan. Volvemos a la
oscuridad.
Ahora, el anciano y la enfermera empiezan a andar arrastrando los pies
en dirección al edificio, entran por la puerta vidriera. Cuando se han ido, me
quedo en la entrada mirando al interior, pero lo único que veo es mi cara, que
me mira, y me inquieto. Debe de ser por el cristal, por las ondas y los
colores, pero ahí estoy, y parezco muy cansada, tengo la cara llena de huecos,
los ojos hundidos y, en la frente, puntos raros, ¿qué son? Pecas, lunares que
se desbordan, o reflejos de mis neuronas avejentadas suspendidas en un mar
cortical donde las sinapsis naufragan, se ahogan, al mismo tiempo que pienso.
Capítulo 10
Cortes
Las curas mentales más radicales del siglo
Los médicos de la psicocirugía actual –lobotomías, leucotomías y
cingulotomías– insisten en que sus procedimientos no son experimentales; esa
afirmación plantea interrogantes sobre la definición exacta del término en uso.
Si definimos procedimiento experimental como procedimiento no aceptado
institucionalmente, la psicocirugía no es experimental, sin duda, porque las
pólizas de seguros la cubren. Con todo, tal como veremos en este capítulo, la
lobotomía y su vástago, la cingulotomía, se basan en conjeturas, como el
conocimiento mismo; dependen mucho más de la opinión que de los hechos y
siempre son un viaje impredecible a la materia más gris. La larga historia de
la psicocirugía, e irónicamente su leyenda negra, es quizá lo que más luz
arroja sobre las cuestiones éticas fundamentales que ha planteado la psicología
experimental a lo largo del siglo XX, y al mismo tiempo allana el terreno a las
futuras excavaciones en la mente del ser humano.
Primera parte
Su busto aparece en un sello portugués. Es de lo más coherente que,
todos los días, miles de lenguas humedezcan al padre de la lobotomía y lo
peguen, lo echen en buzones cavernosos donde su corteza cerebral es sometida a
máquinas de selección y guillotinas, y lo entierren bajo montañas blancas hasta
que resurge, días más tarde, en su lugar de destino, con la cabeza, su cabeza,
pegada todavía, marcada por líneas negras, fechada con un matasellos.
António Egas Moniz, el hombre del sello y ganador del premio Nobel en
1949 por su descubrimiento en psicocirugía, nació en 1874 en una aldea de
pescadores a kilómetros de Lisboa. Se sabe muy poco de su madre y de las
circunstancias de su nacimiento, pero nos imaginamos que nació con la cabeza
por delante, que la comadrona le sujetaría el cráneo, blando todavía, con las
dos manos, y que tiraría de él como quien arranca de raíz una planta de la
tierra roja. El padre de Moniz era terrateniente y António pasó la infancia en
una casa grande, con una capilla en el segundo piso donde ardía una llamita en
un platillo de plata.
Moniz no vivió mucho tiempo con su madre y, al parecer, tampoco con su
padre. Pasó la juventud en la ciudad próxima, con un tío llamado Abadelde, que
era sacerdote y vestía sotana y cuello duro. Curiosamente, Abadelde no logró
traspasar a Moniz, como esperaba, la vocación sacerdotal, la imagen de Cristo
en la cruz, la vida humilde en la que los pobres heredarán la tierra. Abadelde
era un hombre imbuido de ideas sobre el pasado glorioso de Portugal, la sangre,
los campos de batalla, los mares azules de ensueño surcados por velas blancas
como apariciones… Leía al niño en voz alta la mejor literatura, y, así, aún no
había ido a la escuela y Moniz recitaba de memoria poemas épicos y traducía del
latín, con un cerebro afilado como un cuchillo, moldeado y amolado por las
manos de su tío.
Fue a la universidad, naturalmente –un niño en sus circunstancias no
tenía elección–, y en el curso de diplomatura decidió estudiar medicina. Aquel
invierno fue helador en Lisboa y los pavos reales del palacio murieron. Moniz
contrajo gota en las manos: las articulaciones se le hinchaban, se le
enrojecían y se le ablandaban; los dedos se le encorvaban como garfios. Nunca
llegó a recuperarse completamente de la enfermedad y, años más tarde, cuando
practicaba lobotomías, necesitaba que lo ayudasen con el bisturí: el ayudante
hacía los cortes fundamentales bajo su mirada y él iba dando instrucciones
desde un lado del paciente. Éste estaba completamente despierto y oiría decir
cosas como: «Corte el tracto nervioso. Ahonde en el lóbulo izquierdo. ¿Nota
algo extraño, señor, señora? Haga el favor de cerrar el puño. Muy bien, ahora,
el otro lado, taladre».
Pero eso todavía estaba por venir. A finales del siglo xix, Moniz no era
más que un joven estudiante de la Universidad de Coimbra al que le dolían las
manos y que tenía un deseo desesperado de marcar un hito en el ancho campo de
la neurología. Cuando el ataque agudo de gota pasó, hizo las maletas y tomó un
tren a París, donde estudió con Pierre Marie y Jules Dejerine, antiguos alumnos
de Charcot. Moniz erraba por las salas de la Salpêtrière viendo a enfermos que
echaban espuma por la boca, perdían el sentido y temblaban; esas escenas
tuvieron que dejarlo asombrado, lo increíblemente extraña que podía volverse la
gente, lo enfermo que debía tener el espíritu, y seguramente se le hizo
evidente que no existía cisma entre cuerpo y mente. Desde el primer momento
consideró que la enfermedad mental era completamente orgánica, producto de una
red de neuronas enredada.
Cuando volvió a Portugal, se preguntó cómo podría visualizarse el
cerebro. Ese órgano de importancia tan fundamental se encontraba fuera del
alcance, encerrado en una caja de huesos. Si pudiera verse el cerebro, quizá
pudiera verse la enfermedad que lo afligía. Tal vez hubiera tumores, vasos
sanguíneos rotos… Empezó a experimentar con tinturas y cadáveres. Desde el
siglo xvii, los científicos habían recurrido a la tinturas para iluminar lo
microscópico o lo simplemente confuso. Utilizaban tinturas de azafrán, de
azafrán molido, tinturas de nitrato de plata que hacían brillar las nervaduras
de las hojas, pero nadie se había asomado todavía al interior del cráneo
humano. Antes de alterar en la práctica el cerebro humano, la única ambición de
Moniz era verlo por dentro.
Y así fue como procedió. Ideó una tintura que podía inyectarse
directamente en los vasos sanguíneos del cuello y que se extendía hacia arriba
e iluminaba, con ayuda de una máquina de rayos X, los ramales, ocultos hasta
entonces, de vasos sanguíneos y lóbulos. Gracias a ese invento, Moniz hizo
posible la localización de tumores y pérdidas; hizo posible la observación de
la enfermedad en la cabeza humana viva.
Pero el éxito tuvo un precio. Elliot Valenstein dice: «Pensémoslo.
¿Quién tendría la soberbia de inyectar bromuro en las arterias carótidas de un
ser humano vivo? ¿Quién se habría atrevido a hacer semejante cosa? Estoy seguro
de que muchos lo habían pensado antes, pero tuvo que ser un hombre como Moniz,
empujado por la ambición, quien lo hiciera».
Primero experimentó con cadáveres, después con pacientes procedentes de
su floreciente consulta neurológica; les inyectaba, y uno murió con el cerebro
en llamas, iluminado en azul y plata.
Moniz afirmaba que la muerte lo «atormentaba».
Con todo, siguió adelante inyectando a los pacientes uno tras otro.
Llamó angiografía a su técnica, cuya aplicación llegó a extenderse mucho, y
todavía se aplica, si bien con mayor sofisticación tecnológica. La angiografía
es hoy una herramienta de diagnóstico indispensable. Moniz se paseaba por el
paisaje de la vida de las personas y tomaba cosas que no debía tomar –por eso
no es querido– pero siempre dejaba algo útil tras de sí. Es posible detestar al
padre de la psicocirugía, pero es posible, muy posible, que nos hubiera
mejorado la cabeza.
* * * *
El niño desarrolla primero la visión y después la capacidad de asir.
Tenemos que ver qué es lo que queremos asir. Y eso mismo le pasó a Moniz.
Primero vio el cerebro y después, con sus manos hinchadas por la gota, quiso
tocarlo y cambiarlo. Esto sucedía en las décadas de 1920 y 1930, cuando
escaseaban los tratamientos para las enfermedades mentales, a excepción del
ingreso en una institución, y muchos pacientes vivían una vida de desvaríos y
sudores. Moniz lo sabía porque un tercio de los pacientes que pasaban por su
floreciente consulta neurológica sufrían afecciones psiquiátricas. Los médicos
ya habían intentado provocar el coma hipoglicémico, las curas por enfriamiento,
extracción de dientes y del colon, inyecciones de malaria… Es curioso, por un
lado tenemos a Freud, que empezaba a destacarse en Viena defendiendo un esquema
de la mente humana basado completamente en la historia personal, y casi al
mismo tiempo, tenemos a Moniz por otro lado, que creía que la única cura
posible era somática. Las recientes polémicas entre química e historia personal
y entre drogas y diálogo no son recientes en realidad. Sólo estamos repitiendo
los mismo cismas, sin contar necesariamente con perspectivas mucho mejores ni
peores.
En 1935, a los sesenta y un años, Moniz asistió en Londres a un congreso
de neurología. Se celebraba en una gran sala, entre bustos de alabastro de
gusto francés, suelos de mármol y un techo grandioso adornado con medallones
orlados en pan de oro. Concurrían allí grandes personalidades de traje oscuro,
botones de hueso de ballena y anteojos de cadena que deseaban conocer los
últimos informes sobre estudios experimentales. Un ponente habló de cauterizar
la franja motora del córtex de un perro; otro proclamó que había amputado el
córtex auditivo a un mono. Después habló una pareja de investigadores, Carlyle
Jacobson y John Fulton, que describieron a una hembra primate llamada Becky que
tenía muy mal carácter. Siempre chillaba, se orinaba en los objetos y volcaba
los platos de la comida y el agua en plena rabieta. Por fin, los investigadores
durmieron a Becky, le levantaron la tapa de los sesos, le practicaron unos
recortes en las fibras que conectan los lóbulos frontales con el sistema
límbico, con la idea de que, cuando Becky se despertase, se habría
transformado. En efecto, se despertó silenciosa y tranquila. La inteligencia
seguía intacta, pues pudo hacer todas las pruebas, pero el nudo que antes le
creaba el caos había desaparecido. Fue una cura por sustracción, se amputó el
problema en vez de arreglarlo. Moniz asistió a la ponencia de Becky, la
chimpancé transformada, y pensó en sus pacientes de Portugal, en los de la
planta, en los de la clínica, que no podían dejar de temblar, y se envalentonó.
Se puso en pie, en la sala de la conferencia con sus medallones de pan de oro y
sus arañas de cristal; se puso en pie y dijo en voz alta, para que todo el
mundo lo oyera: «¿Acaso no sería factible aliviar los estados de ansiedad del
ser humano por medios quirúrgicos?».
Cuenta la historia que la insinuación de Moniz sorprendió al auditorio,
cuando no lo escandalizó: que los hombres parpadeaban y volvían la cabeza para
ver quién había hablado. Se hizo el silencio. ¿Se hizo porque incluso la
ciencia tiene tabúes, límites que no puede cruzar? ¿O fue porque muchos de los
presentes ya se habían planteado cruzarlos y las palabras de Moniz no los
escandalizaron, sino que se identificaron con ellas? Al fin y al cabo esos
doctores sabían, como nosotros, que la historia de la ciencia se basa en
incursiones aparentemente inapropiadas seguidas de incursiones aparentemente
más inapropiadas aún. En nuestra época, hay quien desea clonar seres humanos
completos, deseo que proviene en parte de procedimientos anteriores, como la
fertilización in vitro, la reproducción asistida, la inyección de esperma o los
tubos de ensayo donde renace la vida después de la congelación. La lobotomía,
igual que la clonación, proviene de una serie de intervenciones anteriores. La
autopsia, prohibida en otros tiempos por la religión, llegó a ser aceptable y
así se pudo abrir las vísceras humanas y sostener el corazón en la mano. Se
llevaron a cabo experimentos más y más osados con perros y cerdos,
descuartizándolos, y también con seres humanos vivos, aplicando electrodos al
cerebro mientras el cuerpo saltaba y se retorcía. Los tratamientos habían
constituido una progresión constante piel adentro, más allá de ella, y los
asistentes al congreso así lo entendían. Así lo entendemos nosotros. Quizá
Moniz fuera el único que se atrevió a decir en voz alta lo que hasta el momento
sólo se decía en susurros, secretamente: «Déjenme cruzar el límite. Déjenme
extirpar un trocito de esa cabeza que sufre». Intuitivamente, tenía sentido,
incluso antes de la ponencia de Jacobson y Fulton sobre la chimpancé. ¿Acaso
los enfermos psíquicos no agachan la cabeza y se frotan las sienes como si
quisieran borrar esos virulentos lóbulos frontales?
Moniz volvió a Portugal en tren. Dio un lento paseo por las plantas de
algunos hospitales de la ciudad que solía frecuentar. Los pacientes estaban
sucios, echaban espuma por la boca y, cuando los invadía la aflicción, los
sumergían en una bañera de hielo. Moniz conocía esas horribles bañeras hechas
de madera, y los trajes mojados de goma, y las cuerdas con que los sujetaban.
En la década de 1930, quien ingresaba en una institución mental fácilmente se
quedaba en ella una media de siete años, mientras que hoy la estancia no dura
más de tres días, con suerte. Las salas estaban llenas de personajes dantescos
que daban vueltas en los círculos de su infierno particular, personas que
rezaban a los alienígenas y que creían tener ángeles dormidos en el estómago. Quizá
levantaran la cabeza y mirasen a Moniz, que se paseaba entre ellos con su cara
redonda y brillante y su traje azul marino. Estaba allí para ayudarlos, ¿no?
Pero lo que no sabían era que, antes de entrar en la sala, inmediatamente
después de apearse del tren, había ido al depósito de cadáveres y había pedido
tres. Con un bolígrafo, les había «practicado» su técnica, que consistía en
clavar el bolígrafo en la corteza cerebral del cadáver hasta dar con el ángulo
y la profundidad exactas. Allí, tal cual.
La primera paciente pasó a la historia con el nombre de señora M. Tenía
sesenta y tres años. Padecía depresión profunda y ansiedad. Tenía ideas
paranoicas, creía que la policía quería envenenarla. Antes de ser
hospitalizada, había practicado la prostitución en secreto en su piso hasta que
los vecinos se lo impidieron. La señora M. estaba amargada en el sentido
profundamente húmedo de los melancólicos. A veces temblaba inconteniblemente.
Llevaba cuatro años y medio internada.
La víspera de la intervención le afeitaron la cabeza y le limpiaron el
cuero cabelludo con alcohol. ¿En qué pensaría ella? ¿Cómo le explicarían el
tratamiento? ¿Se daría cuenta de que era experimental? ¿Le importaría, después
de tanto sufrimiento? Aquella noche, la última de su vida con el cerebro
intacto, se acostó en la estrecha cama de la sala, mientras Moniz seguía
despierto en su casa palaciega, con las ventanas iluminadas, y fuera, el mar
como una línea de tinta oscura.
«La víspera de mi primer intento, la ansiedad justificada y todos los
temores que me asaltaban quedaron borrados por la esperanza de obtener
resultados favorables. Si pudiéramos suprimir determinados complejos
psicológicos mediante la destrucción de grupos de células conectadas… sería un
gran adelanto, una contribución fundamental al conocimiento de las bases
orgánicas de las funciones psíquicas.»
Sin duda, Moniz tenía una teoría sobre por qué tenía que funcionar la
lobotomía. Sabía que había funcionado con Becky, la chimpancé, pero él iba más
allá. Creía que la demencia se debía a una serie de pensamientos fijados
fisiológicamente a las fibras nerviosas del cerebro. Las fijaciones se
fosilizaban en las fibras que conectaban el lóbulo frontal al tálamo, y, si
lograba cortar esas fibras, liberaría al enfermo de las ideas y sentimientos
nocivos. Dicho así, el planteamiento teórico de Moniz resulta excesivamente
simplista, pero es precursor del de Kandel, que demostró que la memoria y sus
afectos auxiliares residen en una red neuronal. Kandel dice: «A Moniz se le
deben algunas contribuciones».
Y también a la señora M., naturalmente, que contribuyó con su cerebro
distorsionado. El 11 de noviembre de 1935, la transfirieron del Manicome
Bombarda Asylum al servicio de neurología del Hospital Santa Maria, donde la
esperaba Moniz.
La primera lobotomía no se practicó en realidad con un filo cortante. La
señora M. estaba tumbada en la mesa de operaciones, donde le limpiaron la
cabeza rapada con novocaína y, con una taladradora, le abrieron dos orificios
del tamaño de la punta de un bolígrafo, cada uno a un lado del cráneo, en los
que Moniz y Lima, su ayudante, insertaron una jeringuilla llena de alcohol.
Moniz creía que una inyección de alcohol sería una forma segura y eficiente de
destruir el tejido nervioso. Y apretó el émbolo.
Cinco horas después de la intervención, Moniz grabó la siguiente
conversación con su paciente convaleciente:
–¿Dónde vive?
–En Calçada do Desterio.
–¿Cuántos dedos ve?
–Cinco –respondió ella con una leve vacilación.
–¿Cuántos años tiene?
Aquí vaciló más y no respondió con precisión.
–¿En qué hospital se encuentra?
No respondió.
–¿Qué le gusta más, la leche o el caldo?
–La leche.
Ciertamente, las respuestas no indicaban una mejoría sustanciosa ni
espectacular; en todo caso, cierto deterioro cognitivo, pero eso no preocupó a
Moniz. Sabía que era normal pasar un período de confusión tras una intervención
quirúrgica en el cerebro. Mandó trasladar a la paciente a una habitación, donde
superó unas décimas de fiebre; después fue trasladada una vez más al manicomio.
Dos meses más tarde, un psiquiatra de la institución redactó la siguiente
evaluación de la señora M.:
* * * *
La paciente presenta comportamiento normal. Está muy tranquila, no se
aprecia ansiedad. Gestualidad ligeramente exagerada todavía. Buena orientación.
Conciencia, inteligencia y conducta intactas. Estado de ánimo ligeramente
triste, pero justificado en cierto modo por su preocupación por el futuro.
Reconocimiento justo de su anterior estado patológico; reconoce que su
situación es apropiada.
No se advierten ideas patológicas nuevas ni otros síntomas, y las
anteriores ideas paranoicas han desaparecido en su mayor parte. En resumen,
después del tratamiento, la ansiedad y la inquietud de la paciente han
disminuido rápidamente, con una pronunciada atenuación concomitante de las
características paranoides.
* * * *
Todo un éxito.
Salvo que… nadie sabe qué fue de la señora M. porque el trabajo de Moniz
carece del debido seguimiento. ¿Cómo evolucionó su cerebro, flotando con las
cuerdas neuronales cortadas? ¿Siguió mejorando? ¿Recayó? ¿Dónde está su voz, en
toda esta crónica? No lo sabemos. Las cuerdas fueron cortadas.
Después de la señora M., Moniz fue en busca de más pacientes. Elegía a
los que tenía más a mano, en vez de basarse en el diagnóstico, actitud que le
ha valido muchas críticas. Utilizaba seres humanos como si fueran cobayas y no
llevaba a cabo sus experimentos por el procedimiento del doble ciego. De todos
modos, ¿cómo habría podido ingeniar un experimento de doble ciego? No hay forma
de practicar una lobotomía falsa a un grupo de enfermos y una auténtica a otro
grupo. Y, en cuanto a los pacientes, es cierto que le servían de cobayas, pero
podemos alegar que muchos de ellos se encontraban en un estado de empeoramiento
rápido e iban inevitablemente directos al deterioro. Eso no significa que los
pacientes sean menos humanos, pero altera la relación entre el coste y el
beneficio. Probablemente, Moniz pensaría: «Así podría ayudar a estas personas,
a las que no les queda esperanza, y, si no les sirve de nada, tampoco los
empeorará. Ya no pueden estar peor». Moniz declaró: «Reconocí que el método
podía ser inofensivo y, al mismo tiempo, capaz de proporcionar algún beneficio
a los desequilibrados».
Y continuó interviniendo siempre que tenía algún paciente dispuesto; los
perforaba, les llenaba los lóbulos cerebrales de alcohol frío y claro y
comprobaba después las constantes vitales mientras el éter ardía en el tejido
inteligente. Atrás quedarían varias zonas del cerebro arrasadas, yermas, como
se ve el terreno de un bosque quemado desde un avión.
En su primer experimento, Moniz aplicó el mismo procedimiento a veinte
enfermos, primero con alcohol y después con un leucotomo, un instrumento
cortante que seccionaba lateralmente las conexiones neuronales y dañaba los
tejidos. Moniz vio cosas dignas de mención. Pudo ver cómo se tranquilizaban
pacientes agobiados por toda una vida de ansiedad; vio reducirse delirios;
enfermos que habían pasado años en el manicomio volvían a su casa y, algunos de
ellos, a trabajar. Practicó una lobotomía a una mujer de treinta y seis años
que, en un viaje al Congo Belga, había tirado la ropa por la borda y, bajo los
efectos de una profunda depresión, había ingerido ácido sulfúrico. Después de
la intervención, la familia la encontró «en excelente forma. Tal como era antes
de la psicosis». Y la propia paciente dijo, a los pocos días de la
intervención: «Ya ha pasado todo. Quiero volver a vivir con mis hijas».
De los veinte casos originales, Moniz afirmó que siete se habían
restablecido por completo, otros siete parcialmente y seis no habían encontrado
alivio. Así pues, en total, un 70 por ciento de los pacientes experimentó una
remisión considerable de los síntomas de una enfermedad mental intratable, de
larga duración, sin presentar efectos secundarios problemáticos a largo plazo.
Los eruditos de la psicocirugía ponen esas cifras en duda alegando que la falta
de seguimiento de largo alcance inclina los resultados iniciales en un sentido
excesivamente favorable. También argumentan que la tendencia al alza de la
puntuación del cociente intelectual después de las intervenciones es muy poco
significativa, porque los tests que lo miden no reflejan la clase de daño cerebral
que inflige la lobotomía. Son argumentos de peso, sin duda. Con todo, la
historia pura y cruda de Moniz y los cirujanos que siguieron sus pasos cuenta
con muchos pacientes que experimentaron un alivio considerable o una mejoría
sustancial en su conducta, y esos datos, si tenemos que creerlos, exigen que se
reconsidere o se vuelva a narrar la historia de la psicocirugía como posible
remedio, suficientemente aceptable para algunos pacientes, en el contexto de
unos tiempos en los que no existían la Torazina ni el Prozac.
* * * *
Moniz publicó sus descubrimientos en 1937 en el American Journal of
Psychiatry, y así fue como la lobotomía llegó a los Estados Unidos. Dos
cirujanos, Walter Freeman y James Watts, empezaron a trabajar en la otra orilla
del océano. Freeman y Watts desarrollaron un procedimiento llamado lobotomía
transorbital que consistía en entrar en el cerebro con un instrumento
puntiagudo muy afilado justo por encima del globo ocular y, pasándolo por el
hueso de la órbita, accedían a los cuadrantes cerebrales. La diferencia
esencial entre el método transorbital de Watts y Freeman y el frontal de Moniz
es el acceso en sí. Moniz accedía por la línea del cuero cabelludo. Los
cirujanos estadounidenses entraban directamente por la puerta más blanda
insertando el instrumento por el ojo abierto y cortando después lo que podían.
Por horrendo que parezca este procedimiento, Freeman y Watts hicieron
descubrimientos similares a los que había hecho Moniz cuando se limitaron a
operar a pacientes de ansiedad y depresión. Freeman habla de una mujer de
Topeka (Kansas) que padecía una grave inquietud y prefirió la intervención
quirúrgica al ingreso en una institución mental. Igual que a la señora M., le
raparon el cabello la víspera de la operación –lloró al ver caer los bucles al
suelo– y, por la mañana, la trasladaron con la cabeza pelona como el culito de
un bebé, sonrosada, esperando la incisión. Llegaron Freeman y Watts, le
remendaron el cuero cabelludo y ella, tendida en la mesa de operaciones,
informó con gran sensación de respeto de que el terror había pasado.
FREEMAN: ¿Está contenta?
PACIENTE: Sí.
FREEMAN: ¿Se acuerda de si estaba alterada cuando vino aquí?
PACIENTE: Sí, estaba bastante alterada, ¿verdad?
FREEMAN: ¿Por qué estaba tan alterada?
PACIENTE: No lo sé, se me ha olvidado. Ahora ya no parece importante.
Freeman escribió que los resultados fueron extraordinarios: «El
razonamiento y la comprensión no parecen mermados, y la capacidad para
disfrutar de acontecimientos exteriores ha aumentado visiblemente». En total,
la pareja de cirujanos llevó a cabo una serie de cinco intervenciones en las
seis semanas siguientes a la primera, y descubrieron que todos los enfermos que
tenían en común «un substrato, un denominador común de preocupación, aprensión,
insomnio y tensión nerviosa, experimentaron liberación del engranaje de la
ansiedad».
Después, naturalmente, vinieron los fracasos. Ataques. Muertes.
Hemorragias. Una cuchilla que se perdió en el cerebro. Infecciones
posquirúrgicas. Recaídas. Incontinencia. Moniz cuenta que una mujer empezó a
gritar obscenidades y a canturrear cuatro días después de la intervención;
otros pacientes se infantilizaron, se aferraban a un osito de felpa y obedecían
sumisamente. Freeman dejó escrito: «Los pacientes lobotomizados se convierten
en buenos ciudadanos», un comentario que da escalofríos pero, en esencia, poco
distinto a las críticas que reciben las drogas psiquiátricas que se administran
hoy. Una cuestión fundamental, de los miles de cuestiones fundamentales, era si
la lobotomía acarreaba cierta pérdida de «chispa vital». En verdad, la mayoría
de los pacientes no se abrazaba a un osito de peluche ni gritaba obscenidades
después de la intervención, o en todo caso, lo hicieron sólo unos días. Lo que
no duró sólo unos días fue lo siguiente: muchos se volvían algo más planos
después de que les cosieran la cabeza, un cambio leve y sutil, como si hubieran
dejado de ser ellos y se hubieran convertido en fotocopias en blanco y negro de
sí mismos, sin las peculiaridades y los contornos de su carácter.
Es necesario decir no obstante, a favor de esa planitud, que la chispa,
cuando se inflama en exceso, quema la piel. Un psiquiatra que se sometió a una
lobotomía fue capaz de dirigir su clínica psiquiátrica después de la
intervención. Otro paciente levantó un negocio sumamente lucrativo y pilotó un
avión. Así pues, quién sabe. La grandeza de la lobotomía no radica
necesariamente en lo que hizo o dejó hacer, sino en que, por su carácter
extremado, nos obliga a poner en cuestión la ética de la medicina: ¿qué es el
consentimiento informado? ¿Es ético sustituir una disfunción cerebral orgánica
por otra? ¿Los cirujanos pueden justificar en algún caso el daño causado al
tejido humano sano? ¿El cerebro humano es inherentemente sagrado? ¿Los
cirujanos se convertirán en breve, si es que no lo son ya, en el largo brazo de
la ley? Resulta irónico que la operación de la que se temía que privase del
espíritu, de la chispa, nos obligue a plantearnos cuestiones que nos llevan
directamente a la disyuntiva crucial, cuando tenemos que sopesar lo que estamos
dispuestos a perder y lidiar con lo complicado del remedio.
La prensa, donde la complicación brilla por su ausencia, puso de moda el
método y lo promocionó. En 1948, The New York Times publicaba el siguiente
titular:
Cirugía para las enfermedades del espíritu; informe sobre la curación de
las obsesiones. Se cree que la nueva técnica cerebral ha mejorado el estado del
65 por ciento de los enfermos mentales a quienes se aplicó como último recurso,
pero algunos neurólogos destacados se muestran muy escépticos.
En 1941, Harper’s dio cuenta del método calificándolo de revolucionario.
El Saturday Evening Post también lo pregonó. Después se publicaron
declaraciones testimoniales de los pacientes muy parecidas a las que se
publican hoy, con intención propagandística pero también de invitar a la
reflexión. Uno de esos pacientes, llamado Harry Dannecker, escribió un artículo
en 1945 en Coronet Magazine titulado «Psychosurgery Cured Me» [La psicocirugía
me curó]. Cuenta que, antes de la lobotomía, era un suicida irremediable, sin
razones para vivir, pero después de la operación, renació «del terrible
submundo de la enfermedad mental». Harry Dannecker levantó la cabeza y se
inició en el sector de la automoción, donde dice que triunfó. Escribe en su
artículo: «Tengo un propósito […] sencillo: infundir ánimo y valor a los
lectores que padezcan aflicciones semejantes a la mía o que tengan amigos
acosados por espantosas obsesiones parecidas».
* * * *
Entonces, ¿por qué insistíamos en condenar tajantemente la lobotomía?
Los riesgos son evidentes: un porcentaje de ataques que ha alcanzado el 30 por
ciento y la imagen del evangelizador estadounidense de la lobotomía, Freeman:
un vaquero de tendencias corticales cabalgando cuchillo en ristre, que no se
molestaba en esterilizar los instrumentos ni en preparar a los pacientes antes
de la intervención de diez minutos en la que les cortaba los cables. Y es que
la lobotomía debe su mala fama a Freeman, principalmente; como los médicos que
hoy recetan los últimos antidepresivos prácticamente para cualquier enfermedad,
Freeman no discriminaba al seleccionar a sus pacientes, aunque pareciera que se
preocupaba por aquellos a los que abría mandándoles postales todas las
Navidades y recorriendo el país en su furgoneta para comprobar sus progresos.
A pesar de la pobreza de los resultados de que se da cuenta aquí, a
pesar de la visión miope y celosa del bisturí como remedio universal, es
evidente que sus intervenciones ayudaron a muchas personas. Una comisión del
congreso formada en la década de 1970 para investigar la psicocirugía, con
intenciones de ilegalizarla, se encontró, para su asombro, con que era un
procedimiento legítimo que «puede ser de gran valor terapéutico en el
tratamiento de determinadas perturbaciones o en la desaparición de determinados
síntomas». La comisión ahondó un poco más y declaró que constituía «una terapia
potencialmente beneficiosa». Elliot Valenstein, uno de los críticos más
enconados de la lobotomía, declara: «Después de la lobotomía, muchos pacientes
ansiosos e inquietos experimentaron un alivio sorprendente de los síntomas más
conflictivos. Lo cual condujo, en el mejor de los casos, a la normalización de
la conducta».
Entonces, ¿por qué se ha relegado la lobotomía a los polvorientos
depósitos de la historia y se cuenta como una larga y negra crónica en el
desarrollo de los tratamientos somáticos, como una digresión peligrosa? Quizá
necesitemos considerarla así porque, en fin, porque se trata de nuestra sesera.
Quizá estemos condicionados para preferir un esquema en blanco y negro, en vez
de en gris. Y quizá nunca acabemos de superar la creencia pueril de que, si tal
objeto es malo, tal otro ha de ser bueno por fuerza. Nos gusta polarizar, nos
gusta situar las cosas en los extremos opuestos de un solo eje, porque así se
ven con claridad y parecen definitivamente definidas. Así pues, para justificar
la bondad general de los remedios psiquiátricos actuales, minusvaloramos la
barbarie que fueron en el pasado. Luz y oscuridad. Antes no sabíamos lo que
hacíamos, PERO AHORA SÍ. Lo decimos al tiempo que abrimos el envase de Prozac o
de Rubifen, al tiempo que jugamos con nuestras hormonas y azuzamos el estrógeno
con la esperanza de alcanzar el bienestar. Pero, en realidad, ¿hasta qué punto
son diferentes los remedios actuales de sus hermanos históricos? La lobotomía
ha sido muy criticada por su falta de especificidad. Los cirujanos trepanaban
la cabeza, hurgaban en ella con instrumentos cortantes y quebraban el correoso
tejido de los sueños y los pensamientos sin saber lo que quebraban. Tenían
ideas imprecisas, claro está –sobre el tálamo y los lóbulos frontales, la
emoción y la inteligencia–, pero en realidad no entendían qué maleza cerebral
pretendían arrancar. Y, aun así, pensemos en el Prozac hoy. Es un medicamento
reconocido por su supuesta especificidad, cosa que nos gusta. Nos da la
sensación de que sabemos lo que hacemos, de que disparamos a la mente con
misiles certeros, en vez de hurgar en ella primitivamente con un cuchillo. Lo
cierto, sin embargo, es que nadie sabe en realidad cómo ni en qué parte del
cerebro actúa el Prozac; nadie entiende su funcionamiento. «La especificidad
farmacológica –dice el investigador Harold Sackheim– es un mito.» Y nadie sabe
por qué cura el Prozac, lo mismo que sucedía con la lobotomía. Es, pues, una
herramienta tan ciega como la que usaba Moniz. Cuando el médico prescribe
cápsulas de Prozac, actúa igual que Moniz, a ciegas, pero con una gran fe, con
verdadero deseo de sanar al enfermo y con tanta ilusión al menos como hechos.
La lobotomía también fue criticada por su carácter irreversible. Sin
embargo, ¿quién puede decir si el empacho actual de fármacos psiquiátricos no
produce daños graves e indelebles que aún no hemos descubierto? El psiquiatra
Joseph Glenmullen ha advertido de que el Prozac puede producir placas y ovillos
de Alzheimer en el cerebro, y tal vez por eso muchas personas que lo toman se
quejan de que no se acuerdan de nada, que se les olvida dónde dejaron las
dichosas llaves del coche e incluso dónde lo aparcaron. También es posible que
los fármacos más modernos puedan producir disquinesia irreversible a largo
plazo, por lo que, dentro de veinte años, esta nación nuestra del Prozac podría
estar desmemoriada y temblorosa. De todos modos, tomamos las pastillas porque
sentimos malestar, porque las necesitamos, lo mismo que los pacientes que se
tumbaban en la mesa de operaciones para someterse a una lobotomía. ¿Perdieron
la chispa de la vida después de la intervención? He aquí lo que ha sido, entre
todas las cosas, la objeción pública más persistente al paciente lobotomizado:
al cortar los lóbulos frontales, la parte del cerebro humano de mayor tamaño,
que merma a medida que retrocedemos en la rama filogenética, los cirujanos
penetraban en el centro del espíritu, y después: el vacío.
Lo más interesante del caso no es que eso llegue a suceder o no, sino el
hecho de que los temores y las críticas que suscitan los remedios
contemporáneos sean exactamente los mismos. En realidad, a lo largo de la
historia, siempre que se nos ha presentado la oportunidad de disfrutar de
bienestar psíquico, nos ha asaltado inmediatamente el temor de perder los
dividendos de la oscuridad. Rilke no quiso psicoanalizarse porque temía curarse
y no poder seguir escribiendo poesía. El personaje principal de la obra Equus,
cuyo amor por los caballos le llena la vida, se aviene finalmente a recibir
psicoterapia, tratamiento que termina por arrebatarle la pasión que sentía.
Actualmente, algunos novelistas, windsurfistas, madres y empresarios se quejan
de que esas estupendas pastillas nuevas les «restan intensidad o creatividad».
Al considerar la persistencia de las protestas contra todo tipo de intervención
psiquiátrica, uno se pregunta si no tendrá más que ver con nuestra complicada
relación con el sufrimiento que con la intervención en sí misma, sufrimiento
que odiamos al tiempo que creemos que nos humaniza. Tanto si la lobotomía apaga
la chispa de la vida como si no, es posible que sus efectos no sean mejores ni
peores que los de los remedios que empelamos hoy para sentirnos mejor. En
cuanto a la cuestión de si esa chispa de la vida es esencial para nuestra
humanidad, preguntemos a Henry Danneker. Preguntemos a la señora M. Imaginemos
que, en la gravedad de su enfermedad, dicen: «¿A mí qué me importa la chispa de
la vida? ¡Hágame el favor de librarme de estos síntomas!».
El sufrimiento extremo apaga la chispa. O la hace irrelevante.
Lo que queremos es que nos liberen.
* * * *
En 1949, cuando Moniz recibió el premio Nobel por su descubrimiento de
la lobotomía, el método se propagó hasta el punto de que sólo en los Estados
Unidos se efectuaron 20.000 operaciones, y la publicación Nation decía que era
inquietante, porque se estaba creando a escala nacional una ciudadanía con
daños cerebrales. Según algunas estimaciones, el total de operaciones
efectuadas en los Estados Unidos entre 1936 y 1978 fue de 35.000; la mayor
concentración de intervenciones coincidió con la concesión del premio Nobel, y
la recesión en picado, después de 1950, cuando se descubrió el primer
antipsicótico. La farmacología, con todos los beneficios que generó, nació en
la década de 1950, y este hecho, junto con el creciente murmullo de
desconfianza pública hacia el remedio, marca la caída de la lobotomía en el
descrédito. Una droga era mucho más aceptable, menos agresiva, aunque tuviera
efectos secundarios evidentes: estupefacción, sudoración y agitación motriz
aguda. Se diría que preferimos acceder al cerebro a través del estómago, y no
directamente, de la misma forma que tantas veces damos vueltas alrededor de una
verdad terrible, sin tocarla, en vez de hablar de ella abiertamente.
Coexistían además otros factores. Estados Unidos desconfiaba cada vez
más de los experimentos médicos no regulados. La «máquina de electrocutar» de
Stanley Milgram desató un furor ético respecto a lo que se podía hacer con los
sujetos, y también el experimento de Tuskegee, en el que un grupo de médicos
negó tratamiento contra la sífilis a un grupo de hombres negros con el fin de
observar la muerte del cerebro. Y, lo que es quizá más importante, la prensa
puso de moda la farmacología como el último grito en terapia y empezó a
promocionarla como había hecho antes con la lobotomía: la gente disponía ahora
de otro remedio que encerraba en sí toda nuestra esperanza y toda nuestra
desesperación.
En la década de 1970, se practicaban menos de veinte lobotomías al año
en los Estados Unidos, aunque un reducido grupo de neurocirujanos seguía
refinando los procedimientos y cada vez se lesionaban menos partes del cerebro,
con lo que los efectos secundarios también mermaban. En las décadas de 1950 y
1960 se desarrollaron instrumentos estereotáxicos que permitían insertar un
pequeño electrodo que destruye fragmentos muy pequeños del tejido en cuestión,
en contraste con el manoteo ciego de un instrumento cortante. Por otra parte,
los cirujanos dejaron de centrarse tanto en los lóbulos frontales y prestaron
mayor atención al sistema límbico, conocido con el nombre de «cerebro
emocional». Empezaron a fijarse en una parte concreta del sistema límbico, el
giro cingulado, la zona que se considera responsable de la modulación de la
ansiedad. No obstante, es importante destacar que no parece haber acuerdo, ni
entonces ni ahora, sobre qué partes del cerebro rajar, y esta falta de acuerdo
subraya la naturaleza experimental de la psicocirugía. Parece ser que cada
neurocirujano tiene sus objetivos corticales favoritos, inclinación que
prevalece sobre la realidad de los pacientes. Por ejemplo, algunos creen
sinceramente que la amigdalectomía –extracción de la amígdala– hace maravillas,
mientras que otros se aferran al giro cingulado y aun otros prefieren el núcleo
caudado. La combinación de una falta de consenso en el terreno con un historial
de personajes polémicos ha relegado hoy la lobotomía –disfrazada con otros nombres–
al último lugar entre las opciones para los más enfermos, y se rodea de secreto
y vergüenza.
Segunda parte
El Massachusetts General Hospital se encuentra en Fruit Street, en el
centro de Boston. Los edificios de alta tecnología y las resplandecientes
puertas de cristal desentonan en el barrio de senderos de adoquín, casas
torcidas y alféizares tomados por espléndidas jardineras de flores. Si nos
detenemos a una manzana de distancia, en la histórica Beacon Hill, no
llegaremos a saber lo cerca que estamos de una de las instituciones
tecnológicamente más competentes de este país.
En este país no es fácil recurrir a la psicocirugía; antes bien, es
ilegal en varios estados, entre los que se encuentran California y Oregón. En
la Unión Soviética, cuando era la Unión Soviética, también estaba completamente
prohibida por su falta de continuidad con la tradición pavloviana. Los enfermos
que buscan remedio en la cirugía tienen que hacer un largo recorrido, agotar
todos los tratamientos posibles y demostrarlo ante una comisión ética antes de
que les permitan trepanarse la cabeza.
Emily Este, de Brooklyn (Nueva York), llevaba sufriendo depresión toda
su vida, pero no consiguió que el Comité de Ética de Psicocirugía de
Massachusetts le diera permiso para hacerse una lobotomía porque no se había
sometido a suficientes sesiones de terapia electroconvulsiva. En cambio,
Charlie Newitz, de Austin (Texas), sí lo consiguió. Había seguido un
tratamiento de más de treinta sesiones de electroshock y más de veintitrés
medicaciones psiquiátricas distintas; las nombra todas contándolas por los dedos
como si fueran pareados: Luvox, Celexa, Lamictal, Effexor, litio, Depakote,
Prozac, Rispedal, Haldol, Serzone, Zoloft, Remeron, Wellbutrin, Cutomel,
dexedrina, imipramina, Parnate, Nortiptylina, Torazina. Charlie recita la
retahíla de medicamentos, el poema personal de su vida, vivida en perpetua
enfermedad.
Charlie tiene cuarenta y un años, es corpulento como un oso, tiene una
levísima sombra de bigote y los ojos, como aturdidos, como entelados por la
cantidad de mejunjes que el psiquiatra y él han vertido en el envase de su
cuerpo. Cuando Charlie tenía veintidós años y trabajaba de ingeniero geológico
en Texas, de la noche a la mañana empezó a tener síntomas incapacitantes de
trastorno obsesivo compulsivo (OCD). La necesidad de contar, verificar y marcar
le obstruía la mente, le inmovilizaba las manos de forma que no podía hacer
nada –ni trabajar ni amar–, se quedaba clavado repitiendo determinadas
acciones. «Fue increíblemente repentino –cuenta Charlie–. Estaba bien y, de
pronto, un buen día, dejé de estarlo.»
Y a partir de ahí, todo lo demás. El ingeniero especializado, un hombre
que sabía ver en la cara lisa de las rocas si había petróleo en el subsuelo, se
convirtió en un recluso que daba vueltas en su apartamento, en Dallas, girando
sobre un pie.
Charlie tiene la sensación de ser uno de los pocos desafortunados que no
respondió a ninguna de las drogas que el doctor Roberts, su psiquiatra, le
recetaba. Por una parte, tiene razón, pero por otra se equivoca. Charlie es
desafortunado, pero no pertenece a la minoría por su falta de respuesta, a
pesar de lo que la industria nos quiera hacer creer. Los psicofarmacólogos y
las empresas farmacéuticas que los respaldan proclaman con orgullo que la
farmacología es el mundo feliz de los tratamientos de la enfermedad mental, que
las pastillas del tamaño de guisantes tienen poderes mágicos, que obran su
efecto sobre la maraña de confusión y niebla, que pueden alterarnos el sueño,
mantenernos en guardia, volvernos más o menos sensibles, que cada cápsula de
cada empresa contiene un concentrado de polvos y proteínas que nos eleva.
Tal es el mensaje, que es engañoso, y no sólo por su evidente exceso de
simplificación. Es profundamente engañoso por otros motivos. Las estadísticas
que las empresas de fármacos y muchos psicofarmacólogos se complacen en citar
son las que dicen que el 70 por ciento de las personas que prueban la
medicación sanan, y que el 30 por ciento no, de modo que no hay de qué
preocuparse, las probabilidades son muchas. Sin embargo, ahondando un poco, los
resultados son otros. Es cierto que aproximadamente el 70 por ciento de los que
toman la medicación mejoran, pero en realidad sólo el 30 por ciento responde
plenamente, mientras que el resto sólo experimenta un mejoría mínima o
moderada, y del total de la población enferma, según algunas estimaciones, el
60 por ciento desarrolla tolerancia al medicamento, de modo que a la larga deja
de surtir efecto. Veamos las cifras de nuevo. De todas las personas que toman
pastillas, la inmensa mayoría continúa gravemente enferma o experimenta una
leve mejoría, y «una leve mejoría», cuando se está muy enfermo, no es como para
tirar cohetes. La farmacología ha sido útil, pero no en la medida suficiente.
Sólo esas estadísticas deberían hacernos pensar por qué no podemos ser críticos
con la psicocirugía y, al mismo tiempo, respetuosos con el lugar que ocupa en
el canon contemporáneo.
Charlie Newitz y el doctor Roberts se esforzaron larga e intensamente
por conseguir el permiso para la intervención quirúrgica en el hospital de
Massachusetts. Y aquí tenemos otra gran diferencia entre el procedimiento en
tiempos de Moniz y el actual: en primer lugar, el instrumental estereotáxico ha
hecho posible lesionar deliberadamente determinada zona sin destruir el tejido
cerebral periférico, con lo cual se minimizan los riesgos de efectos
secundarios indeseados. En segundo lugar, ya nadie se pasea por los pasillos y
plantas del hospital eligiendo pacientes al azar. A finales del siglo XX, el
Comité Nacional para la Seguridad de Sujetos Humanos –la clase de comité médico
que lamentablemente no existía en tiempos de Freeman y Moniz– compuso una
normativa estricta para regular la psicocirugía.
* * * *
El 15 de diciembre de 1999, Charlie Newitz y Sasha, su mujer, volaron a
Boston. Allí, Charlie conoció al que sería su neurocirujano y se sometió a un
sinfín de pruebas. Durante todo el proceso, Sasha, rubia platino y de baja
estatura, con acento sureño, parecía asustada. Cuando se casó con Charlie, a
los veintipocos años, Charlie estaba perfectamente. De pronto, un día, se quedó
incapacitado; el trastorno obsesivo compulsivo puede actuar así, presentándose
de pronto en una vida aparentemente despejada.
«Tengo miedo», repetía Sasha sin cesar. «¿Perderá facultades, después de
la intervención?», preguntaba a los médicos en los pasillos, en las salas de
pruebas, e incluso al propio Charlie, mientras tomaba pizza en un restaurante
de Beacon Hill.
–Cariño –le dice con su dulce voz sureña–, cariño, espero que no pierdas
facultades después de esto.
Charlie, que se está llevando a la boca una porción de pizza de
salchichón, se detiene en pleno movimiento. Deja la pizza en suspenso y luego
la posa lentamente en el plato, donde la grasa ya ha dejado manchas de
Rorschach.
–Mi mayor temor… –responde, hablando despacio. Se toca la sien–. No sé
por qué, pero mi mayor temor no es perder facultades –mira a Sasha, me mira a
mí, la periodista a la que ha abierto la puerta de un momento íntimo de su
vida–. Mi mayor temor respecto a la psicocirugía es que me deje con
incontinencia. Según he leído, pasa algunas veces. No me apetece nada orinarme
encima a todas horas –dice. Mira a su mujer y sonríe, le coge la mano–. Ni
orinarme encima de ti –remata, y Sasha se ríe.
El día siguiente amanece despejado y frío. El sol tiene el color de un
sorbete de naranja. Una peligrosa película de hielo que se rompe al pisarla
cubre los adoquines de Beacon Hill; allá vamos. Nos reunimos los tres –Sasha,
Charlie y yo– en el patio; en un edificio de ladrillo que parece antiguo se oye
un clarín, un sonido terriblemente nítido y cargado de presagios.
–¿Lo oís? –dice Charlie.
Bajamos la cuesta pasito a paso. A pesar de todos los hechos y cifras
que he leído hasta ahora, también me resisto a creer que Charlie no vaya salir
de la intervención un poco disminuido. Yo también creo que aquí, en este mismo
instante, estoy ante un humano vital llamado Charlie, pero que, en pocas horas,
lo habrán privado de una parte sustancial del espíritu. Esa circunstancia
convierte la bajada de la cuesta en un hecho casi mítico, plenamente
significativo; no hace mucho, Freeman escribió que, efectivamente, la
psicocirugía despoja al paciente de un algo esencial, pero con el transcurrir
de los días y los años subsiguientes, nace un nuevo yo maduro de las lesiones
de la lobotomía. El cirujano de Charlie le ha asegurado que no experimentará
déficit intelectual ni de la personalidad; el método de intervención se ha
afinado tanto que sólo alcanza al tejido problemático. Sea como fuere, el hielo
nos hace resbalar. De los aleros penden relucientes puñales de hielo, y gotean.
En el hospital, a Charlie le ponen la pulsera de identificación y luego
se acuesta. Le rapan la cabeza y se la frotan con alcohol. Sasha empieza a
llorar.
–¿Cuántos cortes tiene que hacerme? –pregunta Charlie.
–Dos –contesta el cirujano.
–No –dice Charlie.
–¿No? –replica el cirujano.
–No –repite Charlie.
–No puedo hacer sólo uno –argumenta el cirujano–. Con uno sólo, no le
aliviaríamos ningún síntoma.
–Lo sé –dice Charlie, con los ojos brillantes, abiertos como platos–.
Quiero que me desaparezcan los síntomas. No quiero que me haga un corte ni dos.
Hágame tres, por lo menos.
* * * *
Aunque actualmente los médicos no dudan en señalar las diferencias entre
la cingulotomía y la lobotomía, ambas operaciones guardan gran similitud. Ni la
una ni la otra consisten en amputar tejido claramente deteriorado, sino que
ambas sajan sonrosada materia gris y blanca aparentemente sana, contraviniendo
el juramento hipocrático de no dañar. Claro que, a veces, el daño produce
salud, como la quimioterapia, o el ejemplo más sutil de la cirugía plástica, en
la que hay que serrar la nariz al paciente para curarle la cruel crisis de
confianza en sí mismo.
Con todo, existen algunas diferencias. En la lobotomía, los cirujanos
separan algunos de los cables que conectan los lóbulos frontales con el
hipotálamo. En la cingulotomía, separan parte del tracto nervioso que va de los
lóbulos frontales al giro cingulado, que se supone que es la parte del cerebro
responsable de la modulación de la ansiedad. Cortados esos cordones neuronales,
se supone que los mensajes de ansiedad y obsesión no llegan a ninguna parte,
como si se hubiera cortado la línea telefónica.
Suzanne Corkin, jefa del departamento de psicología del MIT, hizo uno de
los estudios más amplios de seguimiento de pacientes de cingulotomía, y
descubrió que la intervención atenuaba algunos síntomas psiquiátricos pero sin
afectar a las reacciones emocionales. Son muchos los casos desahuciados de este
país que han recuperado la cordura gracias a la cingulotomía, que nació,
naturalmente, de su padre, Moniz. Sin embargo, al contrario de lo que le
sucedió a Moniz, no se han dado casos de muerte a consecuencia de la
intervención ni se han olvidado instrumentos quirúrgicos en el cerebro de
ningún paciente.
En la sala de operaciones, Charlie tiene la cabeza colocada en un halo
de acero, que le impide todo movimiento mientras se practica la trepanación. Un
aparato de imagen de alta tecnología refleja las ondas cerebrales de Charlie en
una pantalla. Un médico le taladra exactamente por encima de las sienes; luego,
un corte lateral y aparece una línea blanca, una lesión. Es la línea que
procurará salud, pero para Charlie es como un signo de sustracción o una arruga
en el ceño, un monograma en el tejido. Le hacen otra. Charlie tiene los ojos
completamente abiertos. El cirujano mueve la sonda y a Charlie se le crispa la
boca. La mano derecha se sobresalta.
–Abra y cierre los ojos, por favor.
»Cuente hacia atrás desde siete.
»Ya casi estamos.
»Dígame cómo se llama.
–No puedo –dice Charlie, tumbado y sujeto a la mesa, con una voz espesa
y mal articulada.
–¿No sabe cómo se llama? –pregunta el cirujano.
–Es que no puedo… Charlie…, es que… –dice–, es que tengo la lengua
dormida.
* * * *
En 1997, la revista Discover publicó un artículo titulado «Lobotomy’s
Back» [La lobotomía ha vuelto]. Y, aunque el autor del artículo consideraba
inquietante esa práctica sin lugar a dudas, en algunos casos podía ser en
realidad un avance bienvenido. En realidad, lo que podía ser era que Moniz
hubiera tocado una tecla acertada, que la digresión nefasta no fuera la
psicocirugía sino la psicofarmacología. No hemos sido capaces de crear una
droga que actúe con la especificidad de la psicocirugía actual. No hay droga
que vaya directa a la diana milimétrica del tejido del giro cingulado. Los
fármacos son como las manchas de petróleo, lo cubren todo y dejan en la playa
pájaros embreados de negro, el insomnio y los sudores. El neurocientífico
Harold Sackheim dice: «¿Cree que la disfunción sexual es consecuencia de la
especificidad del Prozac? No; está claro que los ISRS (inhibidores selectivos
de la recaptación de serotonina) actúan también sobre otras áreas. Por otra
parte el futuro de la psiquiatría está en la intervención capaz de actuar sobre
una zona de tejido muy específica, sin necesidad de sobrecargar todo el sistema
y sin producir disfunciones cerebrales generales, que es lo que hace la
medicación». Sackheim trabaja en el Instituto Psiquiátrico del Estado de Nueva
York, un antiguo edificio neoyorquino de ladrillo. Él cree en la eficacia de la
psicocirugía moderna; también cree que, cuando Moniz trepanó el frágil cráneo
de la señora M., abrió una pequeña puerta a algo más que una curación aislada.
Ese experimento quirúrgico puso los cimientos de algunos tratamientos
psiquiátricos futuros sumamente prometedores, tratamientos que ya no requieren
pastillas. Esos tratamientos son cingulotomías –lo que le están haciendo a
Charlie–, precisas lesiones blancas en la masa antigua del sistema cerebral. Y
después, más. Sackheim habla de tecnologías nuevas, emocionantes e
inquietantes: estimulación magnética transcraneana, que consiste en disponer
campos magnéticos sobre la cabeza con la esperanza de reequilibrar cerebros desequilibrados;
cirugía con bisturí gamma, que consiste en dirigir radiación en forma de rayos
gamma a puntos concretos de la corteza cerebral; y para terminar, la
estimulación cerebral profunda, que casi suena a masaje y balneario. La
estimulación cerebral profunda ya ha sido aprobada por la Food and Drug
Administration [Control de Fármacos y Alimentación] para el tratamiento de la
enfermedad de Parkinson, y Sackheim predice que en los próximos años se
aplicará también al tratamiento de enfermedades mentales. Este método consiste
en implantar dos pequeñísimos electrodos que estimulan puntos cerebrales
específicos, zonas responsables de, por ejemplo, la preocupación obsesiva, la
rabia, la conducta compulsiva o la melancolía profunda. Sackheim me explicó la
teoría en que se basa, cuando fui a verlo antes de la intervención de Charlie:
«Sabemos qué circuitos neuronales, qué tejido específico, están relacionados
con determinados estados cognitivos. Entonces hacemos un escáner PET,
localizamos el tejido en cuestión e implantamos un electrodo que, mediante la
estimulación continua del circuito, lo desconecta de forma efectiva».
En cuanto a la acusación de que la psicocirugía, y posiblemente sus
vástagos como la estimulación cerebral profunda, dañan tejidos sanos, Sackheim
replica con celeridad, casi encolerizado: «La depresión sí que daña tejidos
cerebrales sanos. Está más que demostrado que la depresión y el estrés son
neurotóxicos, que producen necrosis; las personas con depresión presentan una
reducción del hipocampo del 15 por ciento con respecto al hipocampo normal»,
dice, haciendo un gesto con el pulgar y el índice para ilustrar el mínimo
espacio posible entre ambos, el espacio justo para introducir un bisturí.
Las curaciones son buenas en la misma medida en que lo es nuestra
valentía.
* * * *
La operación de Charlie ha terminado. Lo trasladan sobre ruedas a su
habitación con la cabeza envuelta en un gran vendaje blanco. Cuando su mujer lo
ve, dice:
–¡Cariño, cariño!
Él hace unos ruidos horribles con los labios, se lleva el dedo a la
nariz y de pronto rompe a reír.
–¡Es broma! –dice–. Estoy bien. Me apetece un helado.
Al parecer, su sentido del humor está intacto, y, si el sentido del
humor no es al menos una parte de la chispa, no sé qué otra cosa lo será. Cinco
días después, está otra vez en Texas. Espero un poco, antes de llamar por
teléfono. Cuando llamo, me dice:
–¡El OCD ha desaparecido! ¡Es increíble!
–Ha desaparecido –repito.
–O se ha reducido tanto –precisa– que ya no me molesta.
Texas es alto y seco. Charlie está lúcido, los dos diminutos puntos de
entrada están cicatrizando, cubiertos ya por una finísima membrana de piel: ¿su
mujer se los toca? Se encuentra bien y tiene, oh horror u oh maravilla, dos
orificios más en la cabeza que son a la vez producto de la alta tecnología y
burdamente primitivos, dos orificios que señalan al futuro al mismo tiempo que
nos atan al pasado.
–El OCD ha desaparecido –dice Charlie–, pero estoy un poco decaído.
Es imposible saber si está decaído porque ha perdido algo que lo
torturaba pero al mismo tiempo despertaba su interés, si la intervención ha
iniciado un proceso de depresión o si, sencillamente, está pasando por lo que
Freud llamó el dolor inevitable de la vida normal. No presenta deterioro de
memoria a raíz de la intervención y, como suele suceder en estos casos, una
serie de pruebas recientes ha demostrado que su cociente intelectual es
superior al de antes de la operación.
–¿Se alegra de haberse hecho la operación? –le pregunto.
–Volvería a hacérmela ahora mismo –dice–. Es extraordinario. Ya no tengo
OCD. YA NO TENGO OCD. Si no se me pasa la depresión, vuelvo allí a que me hagan
otra lesión.
Dios mío. Doctor, súbame la dosis. Doctor, hágame otro corte cortical.
Por más que los hechos lo demuestren, por más que la información apunte con
insistencia a la posible eficacia de la psicocirugía y la ineficacia de la
medicación, esa especie de nuez arrugada y lustrosa de casi kilo y medio de
peso sigue teniendo un halo sagrado. Puede que, a medida que los médicos vayan
entrando en ella más profunda y directamente y con mayor discreción, nos
lleguemos a acostumbrar a tener orificios en la cabeza y los exhibamos como
exhibimos otras cicatrices quirúrgicas: reducción del pecho, reducción del
cerebro, igualadas. Pero lo dudo. Moniz nos abrió un camino para salir de la
farmacología; nos dejó un método que llevó a otro método que ahora está dando
lugar a otro tan pequeño y limpio como un microchip, por lo tanto, gracias.
Gracias a él. Pero nos dejó una cosa más, creo. Todavía está por ver, pero de
todos los grandes experimentos del siglo XX, el suyo nos dejó, es mi hipótesis,
cierta reticencia entrañable que, aunque no nos impida embarcarnos en viajes
quirúrgicos, nos demostrará una y otra vez que creemos que el cerebro es
sagrado.
Conclusión
Empecé este libro buscando a Deborah Skinner, la hija mitificada del
neoconductista más radical del siglo XX, que, al parecer, está viva y goza de
buena salud. Recuerda a su padre con cariño y dice que su papel en el
«experimento» de la cuna de aire fue benigno.
Desconocemos muchas cosas respecto a la experimentación psicológica, y
sus efectos en los sujetos humanos, sus dudosos beneficiarios, no es la menor
de ellas. Sin experimentos como los de Milgram, Rosenhan o Moniz, seguramente
seríamos más pobres en conocimientos y en sucesos, pero, a fin de cuentas,
¿quién puede evaluar la proporción entre el coste y el beneficio y decir con
seguridad cuál es esa proporción?
Tenía intención de proponer una respuesta al llegar al final del libro,
una conclusión, pero, como tantas veces sucede en los experimentos, que es lo
que es este libro en última instancia, los datos sólo nos abren nuevos terrenos
que explorar. Al repasar estas páginas, veo que abunda el material interesante,
mas todo él se resiste a ser encajonado en un mensaje para el futuro. El
mensaje, si fuera capaz de concebir uno al menos, formaría otro libro. Por lo
tanto, concluyo que, en última instancia, el mensaje de este libro es este
libro; las pautas las discernirá el lector dispuesto a habitar los múltiples
puntos de vista comprendidos entre estas cubiertas.
Con todo, me doy cuenta de que hay determinados hilos que van emergiendo
al azar entre los capítulos, una serie de cuestiones que dotan de contenido y
densidad muchos experimentos. Surgen continuamente temas relacionados con el
libre albedrío (Skinner, Alexander, Loftus, Moniz), con el binomio
conformidad-obediencia (Milgram, Darley y Latané, Festinger, Rosenhan) y con la
ética misma de la experimentación con seres vivos (Harlow, Skinner, Milgram,
Moniz). Incluso los experimentos técnicamente más competentes, como los de
Kandel, participan en última instancia no de las cuestiones asépticas de los
valores que tradicionalmente asociamos con la «ciencia», precisamente lo que la
psicología afirma que es, sino de la problemática ética y existencial de la
filosofía.
Dorothy Braginsky, en su profundo ensayo crítico sobre psicología,
afirma: «La bibliografía psicológica da fe de nuestra incapacidad para explorar
e investigar un problema representativo de forma representativa. Tanto es así
que, si lo único que quedase de nuestra sociedad para los antropólogos del
futuro fueran las publicaciones de psicología, llegarían por fuerza a la
conclusión de que disfrutábamos de algo cercano al paraíso. A pesar de que este
siglo ha presenciado trastornos sociales, políticos, económicos y personales de
la mayor magnitud y violencia, los libros de investigación psicológica no los
reflejan ni los recogen».
Con anterioridad, William James expresaba sentimientos similares en una
carta a su hermano: «En realidad, resulta muy raro oír hablar triunfalmente de
“la nueva psicología” y escribir “historias de psicología” cuando en los
verdaderos elementos y fuerzas que comprende la palabra no existe ni un atisbo
de comprensión clara. Una serie de hechos en bruto, un poco de cotilleo y
disputas de opinión; algunas clasificaciones y generalizaciones a un nivel
meramente descriptivo… pero ni una sola ley como las que nos enseña la física,
ni una sola proposición de la que pueda deducirse con naturalidad alguna
consecuencia». En otra carta que James escribió a un poeta, dice: «La única
psique que hoy reconoce la ciencia es una rana decapitada cuyas convulsiones
demuestran verdades más profundas que las que jamás soñaron los débiles
mentales que son vuestros poetas».
Braginsky y James tienen un punto de razón, aunque no tendría que ser
más que eso, un punto, no un eclipse total de la cuestión que nos ocupa. Es
verdad que ciertos objetivos y formulaciones de la psicología conllevan una
especie de reduccionismo ridículo; es cierto que el surgimiento del positivismo
lógico y su fusión con la psicología en la década de 1940 contribuyó en gran
medida a la perversión de las conversaciones que los eruditos en la materia
podían mantener. Cualquier cuestión ontológica tenía que ser traducida a un
«modo formal de discurso» que la convirtiera simplemente en objeto de
relaciones mensurables entre palabras bien definidas. Es una actividad
agotadora y, aunque suele considerarse rigurosa, muchas veces no es más que
quisquillosidad de la especie más aborrecible. Y es cierto que algunas
subespecialidades de la psicología tenían suficiente con estudiar ad nauseam
los índices de reacción cronometrada de las ratas Wister, como si fuera
relevante para la gravedad de los asuntos que nos planteamos, en nuestras
humanas cabezas.
Dicho lo cual, es cierto que Braginsky y James no aciertan del todo en
su valoración de la irrelevancia social de la psicología. Una somera mirada a
algunos de los principales experimentos del siglo nos ofrece una serie de
contextos claramente definidos para abordar los problemas más profundos de la
vida en el momento concreto que nos ha tocado vivir: problemas de crueldad, de
genocidio, de compasión, de amor y cómo nace; problemas de memoria y
significado, de justicia, de autonomía. Los experimentos investigaron en esos
terrenos con tanta insistencia e imaginación que, sin duda, son casi fabulosos;
sin duda, «demuestran» que la psicología experimental y sus laboratorios
supuestamente irrelevantes no sólo reflejan la vida real, sino que son la vida
real. Lo que quizá aprendemos al final es que lo que sucede en el laboratorio
sucede en el mundo, porque el laboratorio vive en el mundo y es real sin ningún
género de duda y, por tanto, tan relevante como la mesa en la que desayunamos o
la cama en que dormimos. A fin de cuentas, muchos sujetos de Milgram afirman
que el experimento los cambió profundamente, los educó, en virtud de lo que
reveló el montaje; Martin Seligman, un pseudopaciente de Rosenhan, lloraba al
contarme su ingreso en el hospital mental con una premisa falsa, tanto por la
crueldad como por la amabilidad que allí encontró. Treinta años después,
Seligman, que se ha convertido en un famoso psicólogo, sigue relatando el papel
que desempeñó en el experimento como un acontecimiento intenso y reformador que
le enseñó la gran influencia que ejercen el contexto y las expectativas en la
forma en que experimentamos las vivencias.
Y, puesto que la psicología experimental, aun en contra de lo que digan
los críticos, pertenece en verdad al mundo, sus cuestiones son por naturaleza
crudas, apasionantes, horrorosas y raras. ¿Por qué carecemos de un centro moral
donde nazca la rebelión? ¿Por qué no ofrecemos a nuestros vecinos ayuda
inmediata e indiscriminada? ¿Por qué abandonamos una y otra vez nuestro propio
ángulo de visión y capitulamos ante el ángulo dominante? Éstas son algunas de
las preguntas fundamentales de la psicología experimental del siglo xx, y no
sólo son interesantes por su evidente relevancia en el mundo, sino porque,
extrañamente, no se tratan en psicoterapia, una subespecialidad de la
psicología. ¿Cuál es el punto de encuentro de la psicología experimental y la
clínica? Por lo visto no lo tienen. Entrevisté a doce psicólogos licenciados en
ejercicio –que tratan a enfermos y aplican terapia– y ninguno conocía siguiera
la mayor parte de estos experimentos, ni mucho menos los habían utilizado en su
trabajo. Es lógico que una disciplina pierda coherencia cuando las
subespecialidades que la componen no se enriquecen unas a otras; he ahí un
problema. Otro es cuánto se está perdiendo la psicoterapia por no absorber la
información o las demostraciones que ofrece su prima carnal. La psicoterapia,
tal como ha evolucionado en el siglo XX, sólo se ocupa del sentirse bien, en su
propio detrimento, en mi opinión. Por otra parte, la psicología experimental,
con su empeño constante en cuestiones éticas como la obediencia y la conformidad,
sólo se ocupa del hacer el bien, y cuando hacemos el bien, cuando procedemos
honorablemente, se nos brinda la ocasión de experimentar la dignidad. Si los
psicólogos clínicos, enseñados a no enjuiciar, a considerar al paciente con
«ánimo incondicional», se preocuparan de centrarse en la vida moral de éste
recurriendo a la información de Milgram, Asch, Rosenhan o Loftus, quizá
lograran darnos lo que todos necesitamos en realidad: una auténtica ocasión de
trascender.
En cuanto a la psicología experimental, aunque no veamos con claridad en
qué subdisciplinas ha influido, sí sabemos cuáles influyen en ella. Mientras
escribía este libro me preguntaba una y otra vez: «¿Qué es un experimento? ¿Los
experimentos son demostraciones o auténticos objetivos científicos? ¿Qué es la
ciencia? ¿La psicología es una ciencia? ¿Es ficción? ¿Es filosofía?». He aquí
el quid. La insistencia de la psicología experimental en plantearse las
cuestiones éticas y existenciales articuladas por san Agustín, Kant, Locke y
Hume demuestra que su linaje es ése, que ésa es su tradición. La psicología
experimental quizá sea, a fin de cuentas, una forma de plantear
sistemáticamente asuntos filosóficos que escapan a la medición en el momento en
que intentamos aplicarles la cinta métrica.
Quizá sea una lástima. Al fin y al cabo, la psicología ha librado una
dura batalla para romper con las humanidades, para soltarse de los tentáculos
de la filosofía, donde tanto tiempo estuvo prisionera durante el XIX. Los
primeros psicólogos eran filósofos. Ambos campos no se distinguieron durante
mucho tiempo uno de otro, pero un día, a finales del XIX, un hombre llamado
Wilhelm Wundt dijo: «¡Basta! Señores filósofos, quédense sentados ahí pensando
lo que les dé la gana, que yo me voy a tomar unas cuantas medidas, maldita
sea». Dejó a sus colegas acariciándose la barba y mirando al cielo y él empezó
a montar un laboratorio con instrumental de todas clases, donde procedió a
medir cosas mensurables. Y así fue como se dice que nació la psicología.
Tuvo defectos de nacimiento desde el primer momento. El dúo
psicología-ciencia nunca llegó a respirar autónomamente. Si la ciencia se
define como planteamiento sistemático de cuestiones que dé como resultado el
descubrimiento de leyes universales, la psicología no ha dejado de fracasar, en
ese sentido, una y mil veces. La ciencia depende de la capacidad de nombrar, de
aislar y temporalizar los fenómenos, pero ¿cómo se separa el pensamiento del
pensador, la idea de la corriente en la que fluye? Se puede inmovilizar un
cuerpo, pero ¿una conducta? La naturaleza misma del campo que estudia la
psicología desafía los frutos de la investigación y experimentación
científicas, lo cual no significa en absoluto que tengamos que dejar a un lado
los capítulos anteriores. Pero los experimentos, o al menos muchos de ellos, se
entenderían mejor a la luz de la filosofía cinética, de la filosofía en acción;
los experimentos pueden alcanzar mayor éxito cuando se permiten, o les
permitimos, ofrecer información intuitiva, y no cuantificable. El trabajo de
Milgram es una poderosa obra teatral de misterio. Harlow nos demuestra en
nuestras propias carnes, en nuestro cuerpo solitario, lo que es la pérdida, y
sabemos que es cierto, tanto si la podemos cuantificar como si no. En realidad,
no necesitamos deducir una ley de Harlow, hacerlo sería rimbombante, sería
reducir el amor a un conjunto de ecuaciones. Cuando la psicología ha intentado
hacerlo así, nos ha parecido desquiciada, inflada e insegura. Esto no es una
ciencia, y quizá sea mejor que no lo sea.
Con todo, no quiero decir que no pueda haber ciencia aquí. Algunos de
sus dominios –sobre todo la neuropsicología– se prestan claramente a las
técnicas de la química, la biología y la física. Veo con claridad que Kandel
tiene algo que medir y que trabaja con fenómenos discretos que llevan al
consenso. Esto es una liebre de mar. Esto es una neurona. Cuando empecé el
libro, pensaba que iba a encontrar un arco narrativo natural que empezaría por
los experimentos más cercanos a las humanidades los cuales, poco a poco, al
paso del tiempo, irían llevándonos a experimentos más semejantes a las ciencias
naturales, con el transcurrir del siglo. Sin embargo, ese arco no existe.
Siempre ha habido por lo menos dos escuelas de psicología experimental, desde
el comienzo: una escuela interesada en los experimentos somáticos (aquí se
encuentran Moniz, a principios de siglo, y Kandel al final) y otra más
interesada en describir los fenómenos sociales o cognitivos. La fascinación que
sentimos por la neurona no es nueva; la década del cerebro ha sido en realidad
el siglo del cerebro, templado con cuestiones de otra índole.
Una pregunta: ¿los experimentos claramente no somáticos, como los de
Milgram, Rosenhan y Festinger, se quedarán en la cuneta a medida que avance el
siglo xxi? ¿Toda la psicología experimental será en torno a la sinapsis
aislada?
Kandel cree que, en el curso de este nuevo siglo, la biología de la
mente llegará a eclipsar las demás subespecialidades y los experimentos a que
pudieran dar lugar. Cree que encontraremos los substratos neuronales de todo y,
una vez localizados, en fin, quizá entonces la psicología pueda liberarse de su
cientifismo para convertirse en una verdadera ciencia. En cuanto a mí, espero
que llegue ese día con ansiedad porque hará posibles muchas cosas. Cuando
sepamos cuál es la base neuronal de la obediencia, el amor, la tragedia, la
compulsión, ¿no podremos arreglarlas, aplicarles radio, irrigarlas o hacerles
lo que sea necesario? Me duele la cabeza y espero con ganas los remedios que
nos depare el nuevo saber. Por otra parte, me duele la cabeza y queda algo que
decir, no sobre el dolor en realidad, quizá, sino sobre el misterio. No estoy
muy segura de querer una psicología tan certera que sepa decirme qué acción
potencial conduce a tal neurotransmisor, que a su vez conduce a la sonrisa que
ahora se ve en mi rostro. No sé con certeza si quiero conocer las partes que me
componen, las piezas de mi Lego, porque entonces ¿qué hacemos con las
preguntas? Según Bertrand Russell, las preguntas que nos formulamos hacen que
sigamos siendo humanos.
Pero, naturalmente, siempre surgirán nuevas preguntas, aunque sólo sea
la pregunta de por qué no hay preguntas que hacerse y lo que eso implica, y ya
hemos llegado de nuevo a la filosofía. Por lo visto, no hay escapatoria. Por
muy competentes, tecnológicamente hablando, que sean los últimos experimentos,
siempre toparemos con residuos de misterio y barro, y con ellos cargaremos.
Buscamos respuestas. Probamos por aquí y probamos por allá. Amamos y
trabajamos. Matamos y recordamos. Vivimos nuestra vida: cada una, una hipótesis
divina.
Notas finales
1. La caja de Skinner, abierta
Sobre la entrevista con Richard I. Evans, véase su libro B. F. Skinner,
the Man and His Ideas (Dutton, Nueva York, 1968, p. 54). Time, 21 de
septiembre, 1971, y Gale On-Line Encyclopedia (dirección electrónica
www.gale.com) son sólo dos de las fuentes que citan a Skinner como psicólogo
muy influyente. También se habló de él constantemente en las numerosas
entrevistas que mantuve respecto a una amplia serie de experimentos distintos;
en el terreno de la psicología experimental, su presencia es palpable desde la
neurobiología contemporánea hasta la psicología social. Ayn Rand tenía mucho
que decir sobre Skinner, casi todo negativo, y parte de ello se encuentra en su
libro Philosophy, Who Needs It (Macmillan, Nueva York, 1981); remito al lector
concretamente a la página 103. John Mills, Control, a History of Behavioral
Psychology (New York University Press, Nueva York, 1998), p. 123, es la fuente
de la cita de Winston Churchill aplicada a Skinner en relación con los
misterios envueltos en enigmas. Las citas de Skinner sobre su propia vida
proceden en su mayor parte de la rigurosa y penetrante biografía escrita por
Daniel Bjork, B. F. Skinner, A Life (Basic Books, Nueva York, 1993); remito al
lector especialmente a las páginas 104, 152, 71 y 87. Sobre los experimentos
del condicionamiento operante de Skinner, véase la excelente y contundente
descripción de Morton Hunts, The Story of Psychology (Doubleday, Nueva York,
1993), p. 272, así como los artículos originales de Skinner, «Superstition in
the Pigeon», Journal of Experimental Psychology 38 (1948), pp. 168-172. Julie
Vargas, hija de Skinner, me facilitó el acceso a los archivos de la familia y
se tomó la molestia de leer partes de este capítulo, concretamente, las notas
de nuestras conversaciones y mis descripciones del trabajo de su padre. TV
Guide, 17 de octubre, 1971, publicó un artículo sobre Beyond Freedom and
Dignity [versión española: Más allá de la libertad y la dignidad, Martínez
Roca, Barcelona, 1986, traducción de Juan José Coy] en la que el articulista
comparaba el sistema de Skinner con una escuela de adiestramiento para perros.
Jerome Kagan, de la Universidad de Harvard, me invitó a su despacho, me
divirtió contándome cuentos y también leyó la parte del capítulo que le afecta.
Todas las citas de Jerome Kagan pertenecen a las entrevistas directas con él.
Las citas de Stephen Kosslyn y Bryan Porter también proceden de las
entrevistas. Kosslyn hace referencia al interesante trabajo que se está
realizando sobre los ganglios basales y la formación de hábitos; se encontrará
información más puntual sobre este tema en el trabajo de Ann Graybiel,
profesora de ciencias cognitivas y del cerebro e investigadora del Instituto de
Investigación Cerebral del MIT (http://web.mit.edu/
mcgovern). Las cajas de Skinner ya no se conservan en el sótano del
William James Hall, sino en un aula del primer piso. El artículo del Ladies’
Home Journal que se refirió por primera vez al «Bebé en una caja» corresponde
al número de octubre de 1945; las citas de Beyond Freedom and Dignity (Alfred
A. Knopf, Nueva York, 1971) se encuentran en las páginas 1, 19, 12 y 4.
2. Obscura
Las citas sobre los sujetos de Milgram se encuentran en los archivos de
la Universidad de Yale, así como los artículos y libros de Alan Elm,
concretamente, Social Psychology and Social Relevance (Little, Brown, Boston,
1972), p. 131. La entrevista con Milgram en Psychology Today también se
encuentra en los archivos de Yale, en el número de junio de 1974, p. 72.
Alexandra Milgram me dedicó horas de teléfono, y sus recuerdos de su marido, la
vida que llevaba, su trabajo y los detalles de su muerte fueron de un valor
incalculable en la preparación de este capítulo. En los archivos de la
Universidad de Yale se conserva gran cantidad de material relacionado con los
envíos postales de Milgram y los pedidos de equipo eléctrico que necesitaba
para los experimentos, además de un bosquejo original de la «máquina de
electrocutar», guiones sobre lo que quería que representase su víctima A+,
James McDonough, y copias de los primeros anuncios de captación de voluntarios.
También se encuentran copias de esos anuncios en otras muchas publicaciones,
como el propio Obedience to Authority; An Experimental View (Harper and Row,
Nueva York, 1974) [versión castellana: Obediencia a la autoridad, un punto de
vista experimental, Desclée de Brouwer, Bilbao, 2005, traducción de Javier de
Goitia], y «Obedience», de Ian Parker, en Granta 71 (otoño, 2000). Lee Ross,
profesor de psicología de la Universidad de Stanford, también me concedió
entrevistas, de donde saqué las citas, y también de un artículo utilísimo
titulado «Personality Characteristics Associated with Obedience and Defiance
toward Authority Control», Journal of Experimental Research in Personality
(1966), pp. 282-289. La tesis de Sharon Presely «Values and Attitudes of
Political Resisters to Authority» corresponde al número de tesis publicadas
AAt8212211. «Joshua Chaffin» es un pseudónimo para proteger la identidad e
intimidad de este sujeto rebelde de Milgram. El artículo de The New York Times
que dice «el 65 por ciento en tests…» se cita en «Obedience», de Parker, p.
114. El artículo de B. Mixon en el que se cuestiona la validez de los
resultados de Milgram es «When is Obedience Obedience?» Journal of Social
Issues 51, nº 3 (otoño, 1995), p. 55. En «Obedience», de Parker, se dice que
Edward E. Jones rechazó el artículo sobre la obediencia de Milgram; hay noticia
de objeciones similares en los archivos de Yale, de los fundadores de la
National Science Foundation, que cuestionaban el valor, así como la ética, del
experimento más allá de la simple demostración. Las citas de Daniel Jonah
Goldhagen proceden de una entrevista. El artículo de Diana Baumrind, publicado
en 1964 con el título «Some Thoughts on the Ethics of Research: After Reading
Milgram’s Behavioral Study of Obedience», American Psychologist 19 (1964), pp.
421-424, fue el que sacó a la luz por primera vez la supuestas violaciones
éticas el experimento. «Jacob Plumfield» también es un pseudónimo que protege
la identidad y la intimidad de este sujeto obediente de Milgram. Las palabras
de David Karp proceden de entrevistas personales. «In Defense of External
Invalidity», de Douglas Mook, se encuentra en American Psychologist 38 (abril,
1983), pp. 379-387. En Obedience to Authority, p. 196 se encuentran cartas de
algunos sujetos dirigidas a Milgram, entre ellas, la del objetor de conciencia.
Las citas de Harold Takooshian son de una entrevista. Las citas que cierran el
capítulo de Milgram también son de Obedience to Authority, pp. 196, 3 y 205.
3. Cuerdos entre locos
La descripción del padre y la infancia de Jack Rosenhan procede de una
entrevista personal. Las descripciones de Martin Seligman sobre el papel que
desempeñó en el experimento de los falsos enfermos proceden de las entrevistas
y correspondencia electrónica que mantuve con él. Los comentarios y reacciones
de Robert Spitzer ante los experimentos se tomaron en la entrevista que me
concedió y de sus escritos sobre el tema, «On Pseudoscience in Science, Logic
in Remission and Psychiatric Diagnosis: A Critique of Rosenhan’s “On Being Sane
in Insane Places”», Journal of Abnormal Psychology 84, nº 5 (1975), pp.
442-452. Las descripciones de la experiencia de hospitalización de Rosenhan
están sacadas de su artículo «On Being sane in Insane Places», Science 179 (enero,
1973); la descripción de la enfermera que se ajusta el sujetador, de los
pacientes golpeados y otros abusos y negligencias se encuentra en las pp. 256 y
253; ejemplos de historiales de los falsos enfermos se encuentran en la p. 253;
la cita de Rosenhan «está claro que el significado…» está en la p. 253. La cita
de los internos sobre Rosenhan y sus colaboradores se encuentra en la p. 252
del artículo, y la «conducta escritora», en la p. 253. El experimento de
Rosenthal y Jacobson con el cociente de inteligencia y las expectativas se
publicó en «Teacher’s Expectancies: Determinates of Pupils IQ Gains»,
Psychological Reports 19 (1966), pp. 115-118. Localización de las citas
justificativas de los enfermos falsos, véase el artículo de Rosenhan, p. 252.
Las palabras de Florence Keller se reproducen a partir de una entrevista
personal. Sobre las cartas de respuesta al artículo de Rosenhan, véase Paul R.
Fleischman, «Letters: Psychiatric Diagnosis», Science 80 (abril 1973); en esa
misma fuente se encuentra la carta de Fred M. Hunter. La carta sobre el litro
de sangre es de J. Kety y se cita en Robert Spitzer, «More on Pseudoscience in
Science and the Case for Psychiatric Diagnosis», Archives of General Psychiatry
33 (abril, 1976), pp. 459-470. La cita de Adolph Meyer ha sido extraída de
Edward Short, A History of Psychiatry: From the Era of the Asylum to the Age of
Prozac (John Wiley and Sons, Inc., Nueva York, 1997), p. 175.
4. En caso de aterrizaje forzoso
Las transcripciones y descripciones sobre el asesinato de Kitty
Genovese, así como las cartas de The New York Times, proceden del libro de A.
M. Rosenthal Thirty-Eight Witnesses; The Kitty Genovese Case (University of
California, Berkeley, 1999); véanse pp. XIX, XXI, 4, 43, 46, 40 y 41-42. La
cita de Susan Mahler procede de entrevista personal. Las citas de John Darley
sobre la catalización para el experimento se tomaron en entrevista personal.
Las citas sobre el ataque epiléptico grabado, los métodos del experimento, la
reacción de los sujetos y los resultados estadísticos proceden del artículo de
John Darley y Bibb Latané «Bystander Intervention in Emergencies: Diffusion of
Responsability», Journal of Personality and Social Psychology 8, nº 4 (1986),
pp. 377-383. Las citas de los testigos del caso Genovese que prefirieron no
intervernir proceden del libro de Rosenhan, pp. 27, 32 y 34. «¡Ay, Dios mío!
¡Me han clavado un cuchillo! ¡Socorro! ¡Socorro, por favor!» proceden de
www.crimelibrary.com/serial/killers/predators/kitty.genovese/3html?sec=2. La
interpretación de Darley y Latané del inmovilismo del testigo en su propio
experimento está tomada de artículo ya mencionado, pp. 281 y 382. Toda la
información sobre la segunda fase del experimento del humo está extraída de su
artículo «Group Inhibition of Bystander Intervention in Emergencies», Journal
of Personality and Social Psychology 10, nº 3 (1968), pp. 215-221. Los estudios
de David Phillip sobre el efecto Werther se encuentran citados en el libro de
Robert Cialdini Influence, the Phychology of Persuasion (William Morrow, Nueva
York, 1984), p. 146 [versión española: Influir en los demás, Ediciones S.,
Barcelona, 1990, traducción de José Armengol Enríquez]. Las citas de escritos
de Cialdini están en de la misma obra, pp. 146-147 y 149-151. Los efectos de la
educación como vacuna del efecto espectador se citan en el artículo de A.
Beaman, P. Barnes, B. Klentz y B. Mcquirk, «Increasing Helping Rates through
Information Dissemination: Teaching Pays», Personality and Social Psychology
Bulletin 4 (1979), pp. 406-411.
5. Acallar la conciencia
La cita «la oposición psicológica de ideas irreconciliables…» pertenece
a Leon Festinger, A Theory of Cognitive Dissonance (Stanford University Press,
Palo Alto, California, 1957), p. 863 [versión española: Teoría de la disonancia
cognoscitiva, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, Madrid, 1975,
traducción de Luis Martín Daza]. Todas las citas a propósito del experimento de
la profecía de Marion Keech están tomadas de la obra When Prophecy Fails
(Harper and Row, Nueva York, 1956); véanse pp. 56, 169, 175 y 182, de Leon
Festinger, Henry W. Riecken y Stanley Schacter. Nótese que el nombre de todos
los sujetos de sus experimentos son pseudónimos escogidos por Festinger. La
cita de Elliot Aronson está extraída de una entrevista con él. El experimento
de comparar la mentira por un dólar con la mentira por veinte dólares se
encuentra en L. Festinger y C. Carlsmith, «Cognitive Consequences of Forced
Compliance», Journal of Abnormal and Social Psychology 58 (1959), pp. 203-210.
El paradigma de complicidad inducida es de E. Aronson y J, Mills, «The Effect
of Severity of Initiation Rites on Group Linking», Journal of Abnormal and
Socila Psychology 59 (1959), pp. 177-181. El material sobre Linda y Audrey
Santo lo recogí en entrevistas personales con Linda Santo y amigos de la
familia, y también en programas de televisión y numerosos artículos escritos
sobre el tema. La cita de Festinger «nos pasamos la vida prestando atención
solamente a la información que está en consonancia con nuestras creencias» es
de «A Theory of Cognitive Disonance», p. 361. Los libros y artículos de V. S.
Ramachandran, concretamente Phantoms in the Brain (William Morrow, Nueva York,
1998) [versión española: Fantasmas en el cerebro, Debate, Madrid, 1999,
traducción de Juan Manuel Ibeas Delgado], describen en parte lo que podría
considerarse correlatos neuronales de la disonancia cognitiva. El trabajo de
Mathew Lieberman con asiáticos orientales y la disonancia cognitiva en UCLA
todavía está en proceso y no ha sido publicado; el material procede de una
entrevista. Las especulaciones sobre la cristiandad como forma de disonancia
cognitiva pueden consultarse en When Prophecy Fails, pp. 24-25.
6. Amor simiesco
Gran parte del material relacionado con la vida de Harlow procede de su
biógrafa Deborah Blum, que tuvo la amabilidad de ofrecerme información a través
de una entrevista personal, antes de concluir la biografía y publicarla con el
título de Love and Goon Park: Harry Harlow and the Science of Affection
(Perseus, Cambridge, Massachusetts, 2002). Robert Israel, hijo de Harlow,
también me proporcionó material autobiográfico, como hizo James Harlow, que me
describió los dibujos y el país imaginario de Yazoo inventado por su padre. La
información sobre las pruebas que Harlow hizo con la inteligencia de los monos
procede de H. Harlow y J. Bromer, «A Test Apparatus for Monkeys», Psychological
Record 2 (1938), pp. 434-436. La cita escrita sobre el corazón humano destrozado
es del libro de Deborah Blum The Monkeys Wars (Oxford University Press, Nueva
York, 1994), p. 82. La descripción de las monas madres de tela y alambre son de
H. Harlow, «The Nature of Love», American Psychologist 13 (1958), p. 3. La
descripción de la reacción de los primates a la separación es del libro de
Clara Mears Harlow sobre los documentos de su marido, From Learning to Love:
The Selected Papers of H. F. Harlow (Praegar, Nueva York, 1986). La cita «No
nos sorprendió descubrir que el consuelo a través del contacto fuera una
importante variable esencial del afecto o del amor…» está extraída de Harlow,
«The Nature of Love», p. 5, como también la cita «el ser humano no vive sólo de
leche». La cita de John Watson está tomada de Morton Hunt, The Story of
Psychology (Anchor Books, Nueva York, 1993), p. 259. La cita «el amor por la
verdadera madre y el amor por la madre de sustitución parecen ser muy
semejantes» es de «The Nature of Love», p. 20. El experimento de madre sin
rostro frente a madre con máscara se describe en From Learning to Love. Las
palabras de Robert Israel proceden de una entrevista personal. Todas las citas
del discurso de Harlow ante la American Psychological Association pertencen a
Harlow, «The Nature of Love». Los comentarios de Harlow sobre las esposas y las
mujeres liberadas son comunicación personal de Deborah Blum. La descripción de
Jonathan Harlow sobre su trabajo se recogió en entrevista personal. La
descripción de los efectos de las patologías de los monos criados con madre de
tela están en From Learning to Love, p. 282. La descripción del periodista de
The New York Times y la respuesta de Harlow provienen de entrevista personal
con Deborah Blum. Len Rosenblum, antigua alumna de Harlow, también me
proporcionó, durante una entrevista, descripciones de las últimas variaciones
de los experimentos. Las palabras de Helen LeRoy se recogieron en entrevista
personal. El experimento del «potro de violación» aparece en un artículo de
1966, «The Maternal Behavior of Rhesus Monkeys Deprived of Mothering and Peer
Associations in Infancy», reimpreso en From Learning to Love. Las palabras de
Roger Fouts se recogieron también en entrevista personal, mientras que las
declaraciones de William Mason sobre los experimentos con animales en relación
con su propia ética están recogidas de Deborah Blum, The Monkey Wars, igual que
la entrevista con Stuart Zola-Morgan. Las descripciones del «pozo de la
desesperación» se encuentran en la edición de The Competent Infant; Research
and Commentary (Basic Books, Nueva York, 1973), de L. Joseph Stone, Henrietta
T. Smith y Lois B. Murphy.
7. Parque de ratas
El médico Galeno escribió ampliamente sobre el opio; sus palabras sobre
esta sustancia como remedio del «dolor crónico de cabeza», etc. se encuentran
publicadas en List of Medical Indications, cita que tomé de www.opites.net (con
acceso el 3 de enero del 2002). Los nombres del opio, como «Jarabe calmante de
la señora Winslow», etc, también se encuentran en esa dirección, así como en el
libro de Bruce Alexander Peaceful Measures, Canada’s Way out of War on Drugs
(University of Toronto Press, Toronto, 1990). Las dos afirmaciones de Alexander
sobre la naturaleza de la adicción se tomaron en entrevista personal, así como
en el manuscrito no publicado «Do Heroin and Cocaine Cause Addiction: The
Interplay of Science and Conventional Wisdom», que se puede consultar
poniéndose en contacto con Alexander en el departamento de Psicología, Simon
Fraser University, Vancouver, Canadá. En dicho manuscrito también se cita la
encuesta domiciliaria de Ontario y el estudio de San Francisco de 1974. Las
citas directas de Alexander provienen de mi entrevista personal con él, así
como la información biográfica relacionada con su vida anterior y sus recuerdos
del laboratorio de monos de Harlow. La información sobre el experimento de
estimulación eléctrica del cerebro y su relación con los centros del placer
está extraída del artículo de James Olds y Peter Milner «Positive Reinforcement
Produced by Electrical Stimulation of Septal Area and Other Regions of the Rat
Brain», Journal of Comparative and Physiological Psychology 47 (1954), pp.
419-422. Los experimentos con animales conectados a catéteres de
autoadministración eran comunes en las décadas de 1970 y 1980; el que cito aquí
es de M. A. Bozarth y R. A. Wise, «Intracranial Self Administration of Morphine
into the Ventral Tegmental Area in Rats», Life Sciences 28 (1981), pp. 551-555.
Olds y Milner también publicaron, en el artículo de 1954 citado anteriormente,
que las ratas eran capaces de administrarse hasta seis mil impulsos eléctricos
placenteros en una hora. Los comentarios de Herb Kleber sobre los estudios de
escáneres PET y el experimento del parque de ratas en general proceden de una
entrevista personal. La cita de Joe Dumit se tomó en conversación personal. Las
estadísticas del parque de ratas se encuentran en el artículo de B. Alexander,
B. Beyertein, P. Hadaway y R. B. Coambs, «Effect of Early and Later Colony
Housin on Oral Ingestion of Morphine in Rats», Pharmacology, Biochemestry, and
Bahavior 1 (1981), pp. 571-576. La Naloxona se usa para revertir los
potenciales efectos mortales de la sobredosis de heroína; se ha descubierto
recientemente que también actúa con agente efectivo en el tratamiento del
autismo. Algunos investigadores sostienen la teoría de que el autismo, con su
mirada vacía y su intensa conducta introvertida, se debe en parte a la
saturación del cerebro de sustancias semejantes el opio, llamadas endorfinas.
Un pequeño porcentaje de niños a los que se administró Naloxona mostró
reducción en la costumbre de acunarse, canturrear y otras conductas repetitivas.
La Naloxona aumenta la capacidad de esos niños de interactuar con el mundo y,
lo que es más importante, con los de su «colonia» concreta, de una forma mucho
más apropiada socialmente. La cita «creemos que estos resultados son social y
estadísticamente significativos…» se encuentra en el artículo de B. Alexander,
P. Hadaway y R. B. Coambs «Rat Park Chronicle», en Illicit Drugs in Canada,
editado por J. Blackwell y P. Erickson (Toronto University Press, Toronto,
1999), pp. 65-66. Las citas sobre la Ley Seca son de
www.prohibition.history.ohio-state.edu/xeniah.html (con acceso el 15 de junio
de 2003). La cita «período más que suficiente para desarrollar tolerancia y
dependencia física» es de «Rat Park Chronicle», p. 65. La información sobre
porcentajes de fumadores que dejan el hábito es de Stanton Peele, The Diseasing
of America: Addiction Treatment Out of Control (Houghton Mifflin, Boston,
1989), p. 202. La investigación de Avram Goldstein sobre las endorfinas es cita
de Richard Restack, «The Brain Makes Its Own Tranquilizers», Saturday Review, 5
de marzo, 1977. No está claro por qué los opiáceos producen adicción cuando se
utilizan con fines medicinales. Los neurofisiólogos describen vagamente los
mecanismos que sustentan la hipótesis de que los opiáceos son menos adictivos
cuando se usan con fines medicinales que cuando se usan por placer. «Existen
algunas diferencias entre los sistemas cerebrales del dolor y del placer –me
dijo un investigador–. En el nivel de los circuitos neuronales, la heroína
interactúa de forma distinta con el dolor y con el placer.» Esta clase de
respuestas, aunque confunden, no dejan de ser instructivas. Son claros
recordatorios de lo poco que sabemos y lo enormemente abstracto que es lo que
sabemos, por brillante que sea la publicidad de las empresas farmaceúticas y la
facilidad con que adoptamos una especie de «jerga neuronal» colectiva. La
investigación sobre el hacinamiento y la fertilidad en Irán es de A. Padyarfar,
«The Effects of Multifamily Housing on Marital Infertility in Iran», Social
Biology 42, nº 3/4 (1996), pp. 214-225. Los estudios sobre el hacinamiento en
prisiones son de G. McCain, V. C. Cox y P. B. Paulus, «The Relationship between
Illness Complaints and Degree of Crowding in a Prison Environment», Environment
and Bahavior 8 (1976), pp. 283-290. El estudio sobre la capacidad humana de
resolver problemas en espacios reducidos es de G. W. Evans, «Bahavioral and
Psychological Consequences of Crowding in Humans», Journal or Applied Social
Psychology 9 (1979), pp. 27-46. Las ideas de Alexander sobre la dislocación, la
sociedad del libre mercado y la adicción están extraídas de su artículo «The
Globalization of Adiction», Addiction Research, 8, nº 6 (2000), pp. 501-526. La
cita de Herb Kleber procede de «Clinical and Societal Implications of Drug
Legalization», en Substance Abuse, editado por H. Kleber, J. Calafano hijo y
Jonh C. Demers (William and Wilkins, Baltimore, 1981), p. 862.
8. Perdido en las galerías comerciales
Todas las citas que no provienen de artículos de Loftus son de
entrevistas personales. Además, he recurrido al artículo de Jill Niemark, «The
Diva of Disclosure: Memory Researcher Elizabeth Loftus», Psychology Today 29,
nº 1 (1996), p.48. Las entrevistas con Loftus se centraron en torno a sus
experimentos sobre los recuerdos falsos, por lo que no están recogidos aquí
otros aspectos más amplios de su trabajo. Loftus ha contribuido decisivamente
con su trabajo sobre la maleabilidad de la memoria en el cambio de valoración
que se ha obrado en el sistema legal con respecto a las declaraciones de
testigos presenciales, y en junio de 2001 fue galardonada con el William James
Fellow Award al mérito científico. El premio decía, entre otras cosas:
* * * *
Elizabeth Loftus es un ejemplo singular de contribución científica tanto
al avance de la disciplina científica como a la aplicación de ésta al hallazgo
de mejoras sociales cruciales […]. Desde la década de 1970, después de un
merecido reconocimiento en investigación básica del funcionamiento de la
memoria semántica, Loftus entró en terreno prácticamente desconocido al
investigar cómo y en qué circunstancias cambian los recuerdos compuestos […] su
investigación, innovadora y rigurosa a un tiempo, mereció mayor reconocimiento
aún en la comunidad científica. Sin embargo, comprendió también las
aplicaciones fundamentales de sus hallazgos al sistema legal, concretamente en
lo que atañe a la comprensión de las circunstancias en las que un testigo
ocular sincero puede equivocarse al identificar a un acusado inocente. No sería
hiperbólico afirmar que, a raíz de su ingenioso trabajo de laboratorio y su
ubicua presencia pública, tanto la calidad de la investigación sobre la memoria
básica como la equidad del sistema judicial han avanzado considerablemente.
* * * *
De la presentación del galardón American Psychological Association
William James Fellow Award, el 4 de junio de 2001. Las citas «si usted cree que
sufrió malos tratos… es que los sufrió» y «dar rienda suelta a la imaginación»
se encuentran en E. Loftus, «Creating False Memories», Scientific American 227,
nº 3 (1997). Loftus me describió y me enseñó ejemplos de cartas que recibía de
padres que creían haber sido acusados en falso; para ampliar la información
sobre tal correspondencia, el lector puede recurrir al sitio web de la False
Memory Foundation (www.fmsfonline.org). Las citas de Chris, sujeto de Loftus,
se han extraído de E. Loftus, «The Reality of Repressed Memories», American
Psychologist 48 (1993), p. 18. La muchacha asiática que contó la historia de
Kmart se cita en E. Loftus, «The Reality of Repressed Memories». Las citas de
Judith Herman las recogí en una entrevista personal, así como las de Bessel van
der Kolk. Marilyn Van Derber fue Miss América en 1958 y el 8 de mayo de 1991
hizo una declaración pública en el auditorio de una pequeña facultad de Denver
(Colorado) sobre el abuso sexual de que había sido objeto. Sus declaraciones se
publicaron después en The Rocky Mountains News, el 11 de mayo de 1991, y en
People, 10 de junio de 1991. La confesión de Roseanne Barr está tomada de
People, 7 de octubre de 1991. La novela de Jane Smiley es A Thousand Acres (Ivy
Papersbacks, Nueva York, 1996) [versión española: Heredarás la tierra,
Tusquets, Barcelona, 1992, traducción de Iris Menéndez Sallés]. Debido a la
abundancia de informes de incesto, tanto en la ficción como en el periodismo en
aquel momento, surge una duda evidente que no tiene respuesta clara: ¿por qué
el trastorno de personalidad múltiple (MPD) –consecuencia de los abusos graves
en opinión de muchos– proliferó tanto en su momento? ¿Qué corrientes culturales
hicieron que el MPD se popularizase tanto en la década de 1980? Un hipótesis
posible, si bien sencilla, es que en la década de 1980 empezaron a imponerse la
medicina preventiva y el tratamiento domiciliario, según cuyas directrices la
mayoría de las enfermedades mentales requerían medicación y, por lo tanto, un
médico que la recetara, a excepción del MPD, para el que no había fármaco
consensuado. Por lo tanto, esa nueva política sanitaria supuso un verdadero
riesgo para la inmensa mayoría de los trabajadores de la sanidad que, por no
ser médicos, no podían extender recetas. Es, por lo tanto, posible que
diagnosticar MPD redundara en beneficio económico de los profesionales de la
salud mental, porque, de otro modo, los psicólogos, los trabajadores sociales y
los consejeros tenían que remitir a sus pacientes a médicos. La cita «la verdad
del relato y la verdad del acontecimiento…» es de E. Loftus, The Myth of
Repressed Memory: False Memories and Allegations of Sexual Abuse (St. Martin’s
Press, Nueva York, 1994), pp. 38-39. Las citas del caso de Paul Ingram son del
libro de Richard Ofshe y Ethan Watter Making Monsters: False Memories,
Psychotherapy, and Sexual Histeria (Charles Scribner’s Nueva York, 1994), pp.
169 y 172. Lawrence Wright, en su libro Remembering Satan (Alfred A. Knopf,
Nueva York, 1994) ha escrito también un relato completo del caso Ingram.
Elizabeth Loftus escribe sobre él en The Myth of Repressed Memories. La cita
«Basta una pequeña sugestión de un miembro de la familia en quien se tenga
confianza para crear recuerdos falsos […] también algunos terapeutas» fue
extraída de «The Reality of Repressed Memories», p. 19. «Vivimos una época
extraña y precaria…» es de E. Loftus, «Remembering Dangerously», Skeptical
Inquirer 19 (1995), p. 20. Las palabras e ideas de Schachter proceden de
Searching for Memory: The Brain, the Mind, and the Past (Basic Books, Nueva
York, 1996), pp. 264-265, y de una entrevista personal. La referencia de Judith
Herman a las ratas y al estrés es de su artículo «Crime and Traumatic Memory»,
Bulletin of American Psychiatry and Law 23, nº 1 (1995), p. 8. El estudio sobre
el francotirador es de R. S. Pynoos y K. Nadar, «Children’s Memory and
Proximity to Violence», Journal of the American Academy of Child and Adolescent
Psychiatry 28 (1989), pp. 236-241. El estudio sobre la explosión del Challenger
es del libro de Michael D. Yapko Suggestions of Abuse (Simon and Schuster,
Nueva York, 1994), pp. 73-74. La carta de Loftus a su madre se encuentra en sus
archivos personales y se ha reproducido aquí con su permiso.
9. Memoria S. A.
La cita del Journal of Surgical Neurology se encuentra en Philip J.
Hilt, Memory’s Ghost: The Nature of Memory and the Strange Case of Mr. M (Simon
and Schuster, Nueva York, 1995), p. 93. Las citas de Kandel son de una
entrevista personal. La información relativa a la CREB es de «The Molecular
Biology of Memory Storage: A Dialogue between Genes and Synapses», revista
Science, disponible en www.sciencemag.org/cgi/content/full/294/5544/1030.
También ha sido fundamental en mis opiniones sobre Kandel su artículo «Biology
and the Future of Psychoanalisis: A New Intellectual Framework for Psychiatry
Revisited», American Journal of Psychiatry 156 (1999), págs, 505-524. Las
descripciones del caso H.M. y el doctor Scoville son del libro de Philip J.
Hilt Memory’s Ghost. La cita del paciente de Alzheimer es de David Shenk, The
Forgetting: Alzeheimer, Portrait of an Epidemic (Doubleday, Nueva York, 2001)
[versión española: El Alzheimer, Espasa Calpe, Madrid, 2002, trad. Clara Morán
Calvo-Sotelo]. El artículo de Susan Corkin «H.M.’s Temporal Lobe Lesion;
Findings from Magnetic Resonance Imagery», Journal of Neuroscience 17, nº 10
(1997), pp. 3964-3979, también ofrece información sobre H. M. y los efectos de
la cirugía. En Les Priz Nobel, 2000 se encuentra una referencia autobiográfica
de Kandel. La descripción de S. está tomada de A. L. Luria, The Mind of a
Mnemonist: A Little Book About a Vast Memory (Harvard University Press,
Cambridge, Massachusetts, 1968) [versión española: Pequeño libro de una gran
memoria, Taller de Ediciones Josefina Betancor, Madrid, 1973, traducción de
Lydia Kúper].
10. Cortes
Todas las descripciones de la vida de Moniz proceden del excelente libro
de Elliot Valenstein Great and Desperate Cures: The Rise and Decline Of
Psychosurgery and Other Radical Treatments for Mental Illness (Basic Books,
Nueva York, 1986). La frase en que Moniz dice que lo «atormentaba» la muerte se
encuentra en la página 72 del libro de Valenstein; «¿por qué no sería factible
aliviar los estados de ansiedad del ser humano por medios quirúrgicos?» se
encuentra en p. 73; « La víspera de mi primer intento…», en p. 103; «¿dónde
vive?...», en p. 104; «La paciente presenta comportamiento normal…» en p. 104;
y «reconocí que el método podía ser inofensivo…», en p. 108. «Ya ha pasado
todo. Quiero volver a vivir con mis hijas» es del artículo de Egas Moniz
«Prefrontal Leucotomy in the Treatment of Mental Disorders», American Journal
of Psychiatry 5 (1937), pp. 1381-1382. Las citas del paciente de Walter Freeman
y James Watt se encuentran en Valenstein, Great and Desperate Cures, p. 142;
«el razonamiento y la comprensión no parecen mermados…», en p. 143; «un
substrato, un denominador común…», en p. 143; «Los pacientes lobotomizados se
convierten en buenos ciudadanos», en p. 162; y el titular de The New York
Times, en p. 156. El artículo de Harper’s es de G. W. Gray, «The Attack on
Brainstorms», Harper’s, septiembre, 1941, p. 366. El artículo de Saturday
Evening Post es de Waldemar Kaempffert, «Turning the Mind Inside Out», Saturday
Evening Post, 24 de mayo de 1941, p. 69. El artículo «Psychosurgerty Cured Me»
se cita en Great and Desperate Cures, p. 156; «puede ser de gran valor
terapéutico en el tratamiento de determinadas perturbaciones o en la
desaparición de determinados síntomas», en p. 246; «después de la lobotomía,
muchos pacientes ansiosos e inquietos…», en p. 252. Las citas de Harold
Sackheim son de una entrevista personal, así como las de Eric Kandel. El lector
interesado en la polémica en torno a los posibles efectos colaterales negativos
del Prozac y otros ISRS encontrará más información en el libro de Joseph Glenmullen
Prozac Backlash: Overcoming the Dangers of Prozac, Zoloft, Paxil and Other
Antidepressants with Safe, Effective Alternatives (Simon and Schuster, Nueva
York, 2000). Los escritos de Nation se citan en Great Desperate Cures, p. 261.
Las citas de Charlie y Sasha Newitz están tomadas de entrevistas personales;
los nombres son pseudónimos que protegen su identidad. La descripción de la
operación de Charlie y su estado posoperatorio también fueron recogidos en
entrevista; no me permitieron entrar en la sala de operaciones. Suzanne Corkin,
del MIT, me concedió una entrevista y me proporcionó muchas fuentes escritas,
entre otras, «A Prospective Study of Cingulotomy», que puede consultarse en la
monografía de Valenstein Psychosurgery Debate: Scientific, Legal, and Ethical
Perspectives (W. H. Freeman, San Francisco, 1980), pp. 164-204. El artículo de
F. Veristock, «Lobotomy’s Back», se encuentra en Discover, octubre, 1997, p.
67.
Conclusión
La cita de Dorothy Braginsky está tomada de su artículo «Psychology,
Handmaiden to Society», citada a su vez en S. Koch y D. Leary, A Century of
Psychology as Science (American Psychological Association, Washington, D.C.,
1992), p. 880. Las cartas de William James se encuentran en sus Selected
Letters (University of Virginia Press, Charlottesville, 1997).
Notas:
[1] Skinner
significa «curtidor»; skin, «piel»; to skin, «pelar, despellejar». [Esta nota,
como las siguientes, es de la traductora.]
[2] Howdy
Doodie: sintonía de un programa infantil de televisión de las décadas de 1950 y
1960 en Estados Unidos.
[3] Ivy
League: asociación de ocho universidades del noreste de Estados Unidos. La
expresión denota excelencia académica y cierto elitismo.
[4] Seder:
cena pascual, gran comida que celebran los judíos el primer día de Pascua.
[5] Knish:
pasta rellena de patata, carne o queso, horneada o frita.
[6] El
-man de Schellman es «hombre»; el -men, de Shelmen (como la autora lo
deletrea), sería «hombres».
[7] Rum
Row: Calle del Ron.
[8] Emily
Post (1872-1960): autora estadounidense de libros y artículos sobre etiqueta.
[9] DEET:
compuesto químico, N, N-dietil-3-betilmenzamida, utilizado en la fabricación de
repelentes de mosquitos.
[10] Así
se tituló en español la obra de Festinger. Sin embargo, el término
«cognoscitiva» ha caído en desuso frente a «cognitiva», que es el que se ha
elegido para el texto de esta traducción.
[11] Movimiento
social por la moderación en el consumo de bebidas alcohólicas. En Estados
Unidos, nació a principios del siglo xix y culminó con la Ley Seca, a
principios del siglo XX.
[12] El
Estrangulador de Hillside fue un famoso asesino en serie de mujeres de San
Francisco, en la década de 1970. Lyle y Erik Menéndez asesinaron a sus padres
en su casa (Beverly Hills) en agosto de 1989. Al parecer, Oliver North, oficial
de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos, bajo el gobierno de
Reagan, desempeñó un papel importante en las negociaciones para financiar la
Contra nicaragüense en la década de 1980. Ted Bundy fue un asesino en serie de
mujeres, en Estados Unidos y Canadá, en la década de 1970.
[13] En
psicología, «confabulación» se refiere al acto de llenar espacios en blanco de
la memoria con experiencias imaginarias que, sin embargo, se creen reales.
[14] Kristallnacht:
violenta destrucción de viviendas, sinagogas y locales comerciales judíos que
se llevó a cabo en Alemania, Austria y Checoslavaquia en noviembre de 1938,
provocada por oficiales nazis y la SA.

