Libro N° 9944. El Asesino. De Maupassant, Guy.
© Libro N° 9944. El Asesino. De Maupassant, Guy. Emancipación. Mayo 21 de 2022.
Título
original: ©
L'assassin, Guy De Maupassant
(1850-1893)
Versión Original: © El Asesino. Guy De Maupassant
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
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Guy De Maupassant
El
Asesino
Guy De
Maupassant
El culpable era defendido por un jovencísimo abogado, un novato que
habló así:
-Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi cliente, un hombre
honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y tímido, ha asesinado a su
patrón en un arrebato de cólera que resulta incomprensible. ¿Me permiten
ustedes hacer una sicología de este crimen, si puedo hablar así, sin atenuar
nada, sin excusar nada? Después ustedes juzgarán.
Jean-Nicolas Lougère es hijo de personas muy honorables que hicieron de
él un hombre simple y respetuoso. Este es su crimen: ¡el respeto! Este es un
sentimiento, señores, que nosotros hoy ya no conocemos, del que únicamente
parece quedar todavía el nombre, y cuya fuerza ha desaparecido. Es necesario
entrar en determinadas familias antiguas y modestas, para encontrar esta
tradición severa, esta devoción a la cosa o al hombre, al sentimiento o a la
creencia revestida de un carácter sagrado, esta fe que no soporta ni la duda ni
la sonrisa ni el roce de la sospecha. No se puede ser un hombre honesto, un
hombre honesto de verdad, con toda la fuerza que este término implica, si no se
es respetuoso.
El hombre que respeta con los ojos cerrados, cree. Nosotros, con
nuestros ojos muy abiertos sobre el mundo, que vivimos aquí, en este palacio de
justicia que es la cloaca de la sociedad, donde vienen a parar todas las
infamias, nosotros que somos los confidentes de todas las vergüenzas, los
defensores consagrados de todas las miserias humanas, el sostén, por no decir
los defensores de todos los bribones y de todos los desvergonzados, desde los
príncipes hasta los vagabundos de los arrabales, nosotros que acogemos con
indulgencia, con complacencia, con una benevolencia sonriente a todos los
culpables para defenderlos delante de ustedes, nosotros que, si amamos
verdaderamente nuestro oficio, armonizamos nuestra simpatía de abogado con la
dimensión del crimen, nosotros ya no podemos tener el alma respetuosa.
Vemos demasiado este río de corrupción que fluye de los más poderosos a
los últimos pordioseros, sabemos muy bien cómo ocurre todo, cómo todo se da,
cómo todo se vende. Plazas, funciones, honores, brutalmente a cambio de un poco
de oro, hábilmente a cambio de títulos y de lotes de reparto en las empresas
industriales, o simplemente por un beso de mujer. Nuestro deber y nuestra
profesión nos fuerzan a no ignorar nada, a desconfiar de todo el mundo, ya que
todo el mundo es sospechoso, y quedamos sorprendidos cuando nos encontramos
enfrente de un hombre que tiene, como el asesino sentado delante de ustedes, la
religión del respeto tan arraigada como para llegar a convertirse en un mártir.
Nosotros, señores, hacemos uso del honor igual que del aseo personal,
por repugnancia a la bajeza, por un sentimiento de dignidad personal y de
orgullo; pero no llevamos al fondo del corazón la fe ciega, innata, brutal,
como este hombre. Déjenme contarles su vida.
Fue educado, como se educaba antaño a los niños, dividiendo en dos
clases todos los actos humanos: lo que está bien y lo que está mal. Se le
enseñó el bien, con una autoridad tan irresistible, que se le hizo distinguir
del mal como se distingue el día de la noche. Su padre no pertenecía a esa raza
de espíritus superiores que, mirando desde lo alto, ven los orígenes de las
creencias y reconocen las necesidades sociales de donde nacen estas
distinciones. Creció, pues, religioso y confiado, entusiasta e íntegro. Con
veintidós años se casó. Se le hizo casar con una prima, educada como él,
sencilla como él, pura como él. Tuvo cierta suerte inestimable de tener por
compañía una honesta mujer virtuosa, es decir, lo que hay de más escaso y
respetable en el mundo. Tenía hacia su madre la veneración que rodea a las
madres en las familias patriarcales, el culto profundo que se reserva a las
divinidades.
Trasladó sobre su madre un poco de esta religión, apenas atenuada por
las familiaridades conyugales. Y vivió en una ignorancia absoluta de la
picardía, en un estado de rectitud obstinada y de tranquila dicha que hizo de
él un ser aparte. No engañando a nadie, no sospechaba que se le pudiera engañar
a él.
Algún tiempo antes de su boda había entrado como contable en la empresa
del señor Langlais, asesinado por él hace unos días. Sabemos, señores del
jurado, por los testimonios de la señora Langlais, de su hermano, el señor
Perthuis, asociado de su marido, de toda la familia y de todos los empleados
superiores de este banco, que Lougère fue un empleado modelo, ejemplo de
probidad, de sumisión, de dulzura, de deferencia hacia sus jefes y ejemplo de
regularidad. Se le trataba, por otra parte, con la consideración merecida por
su conducta ejemplar. Estaba acostumbrado a este respeto y a la especie de
veneración manifestada a la señora Lougère, cuyo elogio estaba en boca de
todos.
Unos días después, ella murió de unas fiebres tifoideas. Él sintió
seguramente un dolor profundo, pero un dolor frío y tranquilo en su corazón
metódico. Sólo se vio en su palidez y en la alteración de sus rasgos hasta qué
punto había sido herido. Entonces, señores, ocurrió algo muy natural. Este
hombre estaba casado desde hacía diez años. Desde hacía diez años tenía la
costumbre de sentir una mujer cerca de él, siempre. Estaba acostumbrado a sus
cuidados, a esta voz familiar cuando uno llega a casa, al adiós de la tarde, a
los buenos días de la mañana, a ese suave sonido del vestido, tan del gusto
femenino, a esta caricia ora amorosa, ora maternal que alivia la existencia, a
esta presencia amada que hace menos lento el transcurrir de las horas.
Estaba también acostumbrado a la condescendencia material de la mesa, a
todas las atenciones que no se notan y que se vuelven poco a poco
indispensables. Ya no podía vivir solo. Entonces, para pasar las interminables
tardes, cogió la costumbre de ir a sentarse una hora o dos a la cervecería
vecina. Bebía un bock y se quedaba allí, inmóvil, siguiendo con una mirada
distraída las bolas de billar corriendo una detrás de la otra bajo el humo de
las pipas, escuchando, sin pensar en ello, las disputas de los jugadores, las
discusiones de los vecinos sobre política y las carcajadas que provocaban a
veces una broma pesada al otro extremo de la sala. Acababa a menudo por
quedarse dormido de lasitud y aburrimiento.
Pero tenía en el fondo de su corazón y de sus entrañas, la necesidad
irresistible de un corazón y de un cuerpo de mujer; y sin pensarlo, se fue
aproximando, un poco cada tarde, al mostrador donde reinaba la cajera, una
rubia pequeña, atraído hacia ella invenciblemente por tratarse de una mujer.
Pronto conversaron, y él cogió la costumbre, muy agradable, de pasar
todas las tardes a su lado. Era graciosa y atenta como se tiene que ser en
estos amables ambientes, y se divertía renovando su consumición lo más a menudo
posible, lo cual beneficiaba al negocio. Pero cada día Lougère se ataba más a
esta mujer que no conocía, de la que ignoraba toda su existencia y que quiso
únicamente porque no veía otra. La muchacha, que era astuta, pronto se dio
cuenta que podría sacar partido de este ingenuo y buscó cuál sería la mejor
forma de explotarlo. Lo más seguro era casarse.
A esta conclusión llegó sin remordimiento alguno.
Tengo que decirles, señores del jurado, que la conducta de esta chica
era de lo más irregular y que la boda, lejos de poner freno a sus extravíos,
pareció al contrario hacerla más desvergonzada. Por juego natural de la astucia
femenina, pareció cogerle gusto a engañar a este honesto hombre con todos los
empleados de su despacho. Digo "con todos". Tenemos cartas, señores.
Pronto se convirtió en un escándalo público, que únicamente el marido, como
todo, ignoraba. Al fin esta pícara, con un interés fácil de concebir, sedujo al
hijo del mismísimo patrón, joven de diecinueve años, sobre cuyo espíritu y
sentido tuvo pronto ella una influencia deplorable. El señor Langlais, que
hasta ese momento tenía los ojos cerrados por la bondad, por amistad hacia su
empleado, sintió, viendo a su hijo entre las manos, -debería decir entre los
brazos de esta peligrosa criatura- una cólera legítima.
Cometió el error de llamar inmediatamente a Lougère y de hablarle
impelido por su indignación paternal. Ya no me queda, señores, más que leerles
el relato del crimen, formulado por los labios del mismo moribundo y recogido
por la instrucción:
"Acababa de saber que mi hijo había donado, la misma víspera, diez
mil francos a esta mujer y mi cólera ha sido más fuerte que mi razón.
Verdaderamente, nunca he sospechado de la honorabilidad de Lougère, pero
ciertas cegueras son más peligrosas que auténticas faltas.
Le hice pues llamar a mi lado y le dije que me veía obligado a privarme
de sus servicios. Él permanecía de pie delante de mí, azorado, sin comprender.
Terminó por pedir explicaciones con cierta vivacidad. Yo rechacé dárselas,
afirmando que mis razones eran de naturaleza íntima. Él creyó entonces que yo
tenía sospechas de su falta de delicadeza, y, muy pálido, me rogó, me requirió
que me explicara. Convencido de esto, se mostró arrogante y se tomó el derecho
de levantarme la voz.
Como yo seguía callado, me injurió, me insultó, llegó a tal grado de
exasperación que yo temía que pasara a la acción. Ahora bien, de repente, con
una palabra hiriente que me llegó a pleno corazón, le dije toda la verdad a la
cara. Se quedó de pie algunos segundos, mirándome con ojos huraños; después le
vi coger de su despacho las largas tijeras que utilizo para recortar el margen
de algunos documentos; a continuación le vi caer sobre mí con el brazo
levantado, y sentí entrar algo en mi garganta, encima del pecho, sin sentir
ningún dolor."
He aquí, señores del jurado, el sencillo relato de su muerte. ¿Qué más
se puede decir para su defensa? Él ha respetado a su segunda mujer con ceguera
porque había respetado a la primera con la razón.
Después de una corta deliberación, el acusado fue absuelto.
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Guy de Maupassant (1850-1893)

