Libro N° 9940. El Árbol Del Conocimiento. James, Henry.
© Libro N° 9940. El Árbol Del Conocimiento. James, Henry. Emancipación. Mayo 21 de 2022.
Título
original: ©
The Tree Of Knowledge, Henry James
(1843-1916)
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James
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Henry James
El Árbol
Del Conocimiento
Henry
James
Entre otras convicciones secretas, cual las que todos albergamos, Peter
Brench estimaba como el más grande logro de su vida no haber emitido jamás un
juicio comprometedor sobre la obra, como era denominada, de su amigo Morgan
Mallow. En lo tocante a ella, según pensaba él honradamente, nadie podía, con
veracidad, citar una sola opinión pronunciada por sus labios, y en ningún lado
podía haber constancia de que, a ese mismo respecto, en ninguna ocasión ni
tesitura alguna, hubiese mentido o hubiese proclamado la verdad. Semejante
triunfo le parecía de relevancia capital aun siendo un hombre que había logrado
otros triunfos: un hombre que había llegado a los cincuenta años, que había
eludido el matrimonio, que había vivido sin dilapidar su fortuna, que desde muchos
años atrás amaba a la señora Mallow sin decir palabra, y que, lo último en
orden pero no en importancia, se había juzgado a sí mismo hasta los más íntimos
recovecos.
De hecho se había juzgado hasta tal punto que había sentenciado que la
actitud que mejor le cuadraba era una gran humildad global; y, sin embargo,
nada lo hacía tener mejor concepto de sí mismo que el recto rumbo que había
logrado seguir pese a varios de los escollos precitados. De esta guisa,
consideraba categóricamente un mérito que aquéllos de sus amigos en quienes más
confianza tenía fueran precisamente aquéllos ante quienes guardaba la mayor
reserva. Él no podía —al menos eso había decidido el excelente hombre— decirle
a la señora Mallow que ella era la adorable causa única de su contumaz
soltería; y tampoco decirle al marido que la visión de los innumerables
mármoles que poblaban el taller de éste le causaba un sufrimiento cuya
incisividad ni siquiera el tiempo había conseguido embotar. Sin embargo, su
victoria, como ya he apuntado, en lo tocante a estas esculturas, no consistía
sólo en haber callado que las abominaba; consistía además, heroicamente, en no
haber intentado nunca obtener, como premio a su silencio, una dulce
compensación de otro orden.
La situación entera, entre estas buenas gentes, era en verdad cosa digna
de admiración, y probablemente no había ninguna que le fuese comparable en
muchas leguas a la redonda del punto que nos incumbe: la zona londinense donde
en aquella época los melodiosos declives de Hampstead principiaban a ser
debelados por los quebrados ritmos de St. John's Wood. Peter deploraba las
estatuas de Mallow y adoraba a la esposa de Mallow, pero sentía considerable
simpatía hacia Mallow, por quien, a su vez, él era igualmente apreciado. La
señora Mallow exhibía gran admiración por las estatuas... aunque, si la
apuraban, confesaba preferir los bustos; y su ostensible afecto por Peter
Brench se debía al afecto que éste último le testimoniaba a Morgan.
Por lo demás, cada uno de los tres amaba a los otros dos por la
delicadeza con que trataban a Lancelot, el único y muy querido descendiente de
los Mallow, en quien el amigo de la casa tenía al tercero —pero sin duda el más
guapo— de sus ahijados. Desde su nacimiento, ninguno de la familia, ni siquiera
el propio niño, si hubiese sido posible consultarlo, habría hallado sujeto más
cualificado que Peter para el papel de padrino. Por fortuna, todas estas
notables personas gozaban, en el aspecto pecuniario, de cierto desahogo; de lo
contrario, el Maestro no habría podido pasar sus solemnes años de peregrinación
en Florencia y en Roma ni continuar, junto al Támesis no menos que junto al
Arno y el Tíber, amontonando una tras otra obras no vendidas y modelando, con
lo que no tenía otro remedio que ser una pasión de todo punto desinteresada,
fantaseadas cabezas de celebridades demasiado sumidas en la época o demasiado
poco —demasiado ocupadas en vivir el presente o demasiado muertas y enterradas
en el pasado— para concederle sesiones de “pose”.
Ni tampoco Peter, que se presentaba casi todos los días, habría podido
encontrar los suficientes ratos de ocio para colaborar con su presencia a
mantener toda esta complicada tradición de cosas. Él, el depositario de estos
secretos, era hombre macizo pero bonancible: corpulento y recio y rubicundo y
crespo, de entonaciones profundas, miradas profundas, bolsillos profundos, por
no mencionar su hábito de las pipas largas, los sombreros flexibles y los
trajes descoloridos entre parduscos y grisáceos, en apariencia siempre los
mismos.
Se había entregado a escribir, según se sabía, aunque nunca se hubiera
entregado a hablar... a hablar, en particular, de eso; y daba la impresión (ya
que, según se creía, continuaba cogiendo la pluma) de que prosiguiera su
actividad literaria para tener algo más —como si, de suyo, aún no tuviera
bastante— sobre lo cual callar. Sea como fuere, lo cierto es que sus
ocasionales versos y prosas, ignorados de todos, le permitían afirmar ante su
propia mirada la integridad de su buen gusto y comprobar paladinamente la
interdependencia de la fama y la mediocridad. La puerta verde de su propiedad
se abría en una tapia de jardín cuyo estuco lucía agrietado y desvaído, y, en
la pequeña mansión a la que aquélla daba paso, todo era vetusto: el mobiliario,
los sirvientes, los libros y los grabados, las costumbres inmemoriales y aun
los arreglos más recientes.
A diez minutos de allí, los Mallow tenían su propia residencia,
bautizada como Villa Carrara, cuyo taller se levantaba sobre un pequeño terreno
que éstos, en su feliz optimismo, habían anexado a la propiedad con el fin de
edificar tal santuario del arte. Ello había sido posible por la buena suerte,
si es que no habría que llamarla mala, de que la señora Mallow, al desposarse,
hubiera aportado a su marido una dote suficiente para procurarle una mínima
seguridad y permitirle así, respecto del arte del cincel, mantenerse en sus
trece. Y en sus trece se mantenían —siempre se habían mantenido— el engolado
escultor y su esposa, en favor de los cuales la naturaleza había rizado el rizo
privándolos de toda conciencia de lo difícil. De escultor, Morgan lo tenía todo
excepto el espíritu de Fidias: la casaca de terciopelo marrón, el berretto
apropiado, el “aspecto plástico”, los dedos melindrosos, un bonito acento
italiano y un viejo fámulo traído de Italia.
Parecía compensar todas sus ineptitudes cuando le ordenaba a Egidio en
su lengua natal que hiciera girar alguno de los pedestales rotatorios que en el
taller abundaban. En Villa Carrara todos eran muy italianizantes, y lo
inconfesable del papel que este hecho representaba en la vida de Peter era,
mayormente, que le aportaba, a fuer de británico a machamartillo, la justa
cantidad de extranjería que era capaz de tolerar. Toda su Italia la constituían
los Mallow, aunque en cierto modo era gracias a Italia por lo que le agradaban.
Su sola preocupación era que Lance —así llamaban por abreviación a su ahijado—
resultaba, a despecho de su educación en un colegio nacional, acaso una pizca
demasiado italiano. Por otra parte, Morgan poseía el aspecto de la imagen aduladora
que uno puede tener de sí mismo, semejante a aquéllas que cabe contemplar en
esa gran sala del museo de los Uffizi dedicada a Autorretratos de Artistas. La
única lamentación del Maestro era no haber nacido pintor en vez de escultor, a
causa de su deseo de haber contribuido a la insigne colección sobredicha.
Con el tiempo se vio que Lance, de todas formas, sí que sentía la
vocación de los pinceles; pues, cuando el muchacho frisaba ya en los veinte
años, un buen día la señora Mallow le anunció al amigo, quien solía ser
confidente de los problemas y preocupaciones más íntimos de la familia, que no
parecía sino que en rigor de verdad no tenían más remedio que dejarlo seguir la
carrera de pintor. Ya no podían permanecer insensibles ante la circunstancia de
que no cosechaba ningún laurel en Cambridge, donde la facultad en que otrora
había hecho Brench los estudios llevaba un año suavizándole las reprimendas
únicamente por consideración a su padrino. Así, pues, ¿a qué obstinarse en la
vana tentativa de formarlo para lo imposible? Lo imposible —ello ya estaba
sobradamente claro— era que Lance pudiese llegar a ser otra cosa que artista.
—¡Oh, cielos, cielos! —exclamó el pobre Peter.
—¿Cómo? ¿No cree usted en ello? —preguntó la señora Mallow, quien,
aunque cumplidos ya los cuarenta, había conservado unos ojos de un violeta
aterciopelado, una lisa piel lustrosa y un suave cabello rojizo.
—Que si no creo ¿en qué?
—Pues en la pasión que siente Lance.
—No sé bien a qué se refiere con eso de creer en su pasión. No se me
había escapado, ciertamente, la propensión de Lance, desde su más tierna
infancia, a enarbolar pinceles y mezclar colores; pero yo esperaba, lo
confieso, que se le pasaría.
—Y ¿por qué habría de pasársele —preguntó ella con una hermosa sonrisa—,
habida cuenta de los preciosos antecedentes familiares? Una pasión es una
pasión... aunque claro está que, naturalmente, usted, mi buen Peter, no
entiende nada de semejantes cosas. ¿Se ha extinguido la del Maestro alguna vez?
Por un momento, Peter apartó el semblante y, a su habitual manera
informe, durante algunos instantes emitió un sonido intermedio entre un silbido
atenuado y un rezongo reprimido.
—¿Cree usted que también él se convertirá en un Maestro? —preguntó.
Apenas si ella pareció dispuesta a llegar tan lejos, pero mostró, en
conjunto, un aplomo maravilloso:
—Ya sé lo que quiere insinuar usted: ¿merecerá la pena una actividad que
desencadenará las mismas envidias y suscitará las mismas maquinaciones que en
ciertos momentos casi han resultado demasiado duras de soportar para el padre
de Lance? Pues bien, contemos con ello, ya que nada excepto la trapacería, en
la triste época en que vivimos, puede, por lo visto, asegurar el éxito, y ya
que, si una maldición le ha otorgado el don del refinamiento y la exquisitez,
uno fácilmente puede verse teniendo que mendigar el pan toda la vida.
Pongámonos en lo peor: supongamos que él tenga la desgracia de volar tan alto
que el gusto vulgar del ignaro populacho no pueda seguirlo. Recuerde, así y
todo, la ventaja de que disfrutará él, la misma de que disfruta el Maestro. El
conocerá.
Peter semejó pesaroso: Ah, pero ¿qué es lo que conocerá?
—¡La felicidad interior! —exclamó la señora Mallow con entonación algo
impacientada. Y se fue.
Naturalmente, Peter hubo de tener, poco después, una charla sobre
aquello con el propio joven y oírle que, virtualmente, estaba ya todo decidido.
Lance no iba a volver más a la Universidad e iba a marcharse a París, donde
podría, ya que la suerte estaba echada, encontrar reunidas el máximo número de
facilidades. Peter siempre había tenido la impresión de que era necesario
aceptar a su ahijado tal como era, pero quizá nunca hasta este momento se había
visto tan forzado a verlo como era realmente:
—Entonces, ¿es que abandonas Cambridge por completo? ¿No es bastante
lamentable?
Al modo de ver del amigo, Lance se habría parecido a su padre si hubiese
sido menos humorista y a su madre si hubiese sido más hermoso. Pero era una
buena solución intermedia, para Peter, eso de que, a la manera de los jóvenes
modernos, tuviera, a primera vista, más bien el aire de un corredor de bolsa
que el de un artista en agraz. El muchacho hizo valer que se trataba de una
cuestión de tiempo: le quedaban tantas experiencias por vivir, tantos hechos
por observar. Había sostenido algunas conversaciones con sus camaradas y se
había formado su opinión propia al respecto:
—En nuestros días —dijo— lo que importa, ¿sabe usted?, no es llegar a
adquirir erudición, sino discernimiento.
Ante esto, su interlocutor emitió un gruñido:
—¡Oh, diablos, no quieras saber discernir!
Lance se maravilló:
—¿Qué no quiera saber discernir? Entonces, ¿qué tiene de bueno...?
—Qué tiene de bueno ¿el qué?
—Pues... todo. ¿No confía usted en mi talento? Peter aspiró su larga
pipa, en silencio, durante un instante; después ahondó:
—No es el discernimiento, sino la ignorancia, lo que (nos lo dicen
excelentemente) nos da la felicidad.
—Entonces, ¿no cree usted que yo tenga talento? —insistió Lance.
Peter, según su costumbre de inesperados gestos bonachones, puso su
brazo en torno al cuello de su ahijado y lo mantuvo así un momento, diciendo:
—¿Qué sé yo?
—¡Ah —dijo el joven—, si es su propia ignorancia lo que está usted
tratando de defender...!
De nuevo, durante una pausa, sentado en el diván, el padrino fumó.
—No se trata de eso —dijo—. Yo tengo la desgracia de ser omnisciente.
—¡Ah, caramba —dijo Lance riendo de nuevo—, si sabe usted demasiado...!
—De eso se trata precisamente, y he ahí por qué soy tan desdichado.
La jocundidad de Lance subió de punto:
—¿Desdichado usted? ¡Venga ya!
—Pero me olvidaba —completó su compañero— de que tampoco deberías saber
nada de este asunto. Eso sería, también para ti, saber demasiado. Voy a
comunicarte tan sólo mis intenciones. —Peter se levantó del diván—. Si aceptas
volver a Cambridge, yo te pagaré todos los gastos.
Lance lo miró de hito en hito, un tanto pesaroso a despecho de sentirse
todavía más divertido.
—¡Oh, Peter! —exclamó—. ¿Desprecia usted París, pues, hasta ese extremo?
—Caramba, le tengo miedo.
—Ah, ya lo entiendo.
—No, tú no entiendes nada... no aún. Pero acabarás entendiendo; es
decir, corres el riesgo de acabar entendiendo. Y eso no es bueno.
El joven reflexionó más seriamente:
—Pero mi inocencia ya está...
—¿Ya ha recibido golpes? Oh, ello tiene remedio —siguió Peter—; la
restauraremos aquí.
—¿Aquí? Entonces lo que usted desea, ¿es que permanezca en casa?
Peter casi lo confesó:
—Caramba, estamos los cuatro tan bien como estamos, todos juntos... tan
amparados unos por otros... Escucha, no lo eches a perder.
Ante esto, el joven, que ya se había tornado grave, pasó a la
consternación, impresionado ante el muy sentido tono de su amigo.
—Entonces, ¿a qué se dedicaría servidor?
—A ser mi ahijado. Atiende, muchacho —y ahora Peter suplicó de veras—,
yo me ocuparía de tu mantenencia.
Lance, que con las piernas extendidas y las manos en los bolsillos había
permanecido sentado en el diván, lo escudriñó con mirada desconfiada. Después
se incorporó:
—Lo que usted piensa es que no tengo suficientes aptitudes, que no
triunfaré.
—¿A qué te refieres con eso de triunfar?
Lance reflexionó de nuevo, y respondió:
—Caramba, el mejor triunfo, creo, consiste en satisfacerse a uno mismo.
¿No es de eso precisamente de lo que, a despecho de las maquinaciones y todo lo
demás, disfruta (a su especial modo inimitable) el Maestro?
Tantísimas cosas incluidas en esta pregunta pedían contestación
simultánea, que lo que a efectos prácticos hizo fue poner fin a la
conversación, la cual se volvió singularmente difícil a la luz de tamaña
evidencia renovada de que, aunque posiblemente la inocencia del joven, durante
el transcurso de sus estudios, como afirmaba él mismo, hubiera sufrido golpes,
la quintaesencia de su candor permanecía intacta. Lo cierto es que ello era lo
que Peter había dado por supuesto y lo que al propio tiempo deseaba por encima
de todo; pero, debido a alguna perversión suya, la ingenuidad de Lance lo
indignó. El joven creía en las maquinaciones y todo lo demás, creía en el
especial modo inimitable, creía, en suma, en el Maestro. Uno o dos meses más
tarde, no sólo Lance no había vuelto a Cambridge con todos los gastos pagados
por su padrino, sino que además, quince días después del asentamiento de aquél
en París, Peter le mandó cincuenta libras esterlinas.
Entretanto, en su país natal, Peter se había mentalizado para lo peor; y
jamás lo que podía ser lo peor se le había prefigurado de una forma tan vívida
como cuando, un domingo por la noche en que, como de costumbre, él acudió a
casa de sus amigos para cenar, la señora de Villa Carrara lo saludó con una
pregunta sobre —ni más ni menos— las riquezas de los canadienses. Ella hablaba
en serio, hablaba casi con apasionamiento:
—Dígame: ¿hay muchos de ellos verdaderamente ricos?
Por fuerza él hubo de confesar no saber nada acerca de aquello, aunque
posteriormente recordaría muchas veces esta velada. La habitación en que se
hallaban estaba exornada con diversas muestras de la genialidad del Maestro,
las cuales poseían el mérito de tener, como sugería a menudo la propia señora
Mallow, unas dimensiones infrecuentemente oportunas. Eran dimensiones en efecto
poco usuales en las creaciones del cincel y ofrecían la peculiaridad de que, si
los objetos y los detalles destinados a ser pequeños parecían demasiado
grandes, los objetos y los detalles destinados a ser grandes parecían demasiado
pequeños. La intención del Maestro, fuese en este respecto o en cualquier otro,
había permanecido, en casi todos los casos, incluso tras el paso de años,
inescrutable para Peter Brench.
Las creaciones que tan insuficientemente la exteriorizaban se erguían,
un poco por todas partes, sobre pedestales y ménsulas, sobre mesas y
estanterías: todo un pequeño pueblo blanco de fija mirada, heroico, idílico,
alegórico, mítico, simbólico, en que la “proporción” se había desviado y
extraviado de tal manera que la plaza pública y la repisa de la chimenea
parecían haber intercambiado sus papeles, pues todo lo monumental resultaba
diminuto y todo lo diminuto monumental; las obras de estas dos categorías, por
otra parte, eran, innegablemente, miembros de una estirpe en la cual, singular
fenómeno, cada estatua no ofrecía ninguna información acerca de su respectiva
profesión.
Al igual que los Mallow, ellas mismas, este pueblo de estatuas,
componían la familia del desdichado Brench: por lo menos le eran, en grandísima
medida, íntimamente familiares. La coyuntura presente era de aquéllas que desde
hacía mucho tiempo había aprendido a identificar y a definir: breves fogonazos
de la débil llama, dulces ráfagas de un aire más clemente. Dos veces al año,
con regularidad, el Maestro confiaba en su suerte, aparte confiar todo el año
en su genio. Esta vez la prosperidad tenía que estar asegurada con una pareja
de luto, procedente de Toronto, que acababa de hacer el magnificente encargo:
la ejecución de una tumba para tres niños difuntos, a quienes deseaban ver
conmemorados, en el grupo escultórico, con un estilo a la par simbólico y realista.
Ése era naturalmente el trasfondo de la pregunta de la señora Mallow: al
suponer que estos extranjeros eran adinerados, cabía creer, por la índole de la
admiración de los mismos, así como por sus misteriosas alusiones (¡eran gente
un poco extravagante!) dejadas caer a propósito de la posibilidad de otros
encargos de este tenor funerario, en un patrocinio futuro; y no menos factible
era que, si el Maestro conseguía adquirir una mínima notoriedad en aquellos
lejanos pagos, una larga serie de clientes canadienses viniera inexorablemente
a hacer sus pedidos. En otras ocasiones, Peter había visto afluencias de
clientes coloniales o autóctonos, grupos de compradores que sin embargo habían
producido poquísimos vacíos en la compañía marmórea que los rodeaba; pero se
guardaba mucho, en circunstancias así, de hacer tambalearse tales ilusiones
halagüeñas. Mientras duraban, constituían un bálsamo para la amargura
ocasionada por las distinciones jamás obtenidas, el largo sufrimiento de las
medallas y los diplomas constantemente otorgados a otros; y alimentaban, así,
la lámpara destinada a lucir hasta el próximo eclipse.
Ellos vivían, empero, al fin y a la postre —tal como siempre era
maravilloso comprobarlo—, sobre un plan trascendente, apenas atentos a los
altibajos de la existencia. Consentían, a veces, deliciosamente, en reconocer
que el público, de cuando en cuando, no era demasiado infame como para desear
comprar; pero jamás renunciaban a la muy honda convicción de que el Maestro era
siempre demasiado excelso como para lograr vender. A menudo, Peter se decía que
ellos estaban, sea como fuere, maravillosamente forjados para su destino: el
Maestro tenía una vanidad, y su esposa una lealtad, cuyo mérito y encanto
habrían sido disminuidos por el éxito, privándolas de inocencia. Cualquiera
puede resultar hechicero si vive bajo un hechizo, y, cuando Peter miraba el
mercenario mundo exterior, todavía más falto de equilibrio y armonía que el
propio museo del Maestro, se preguntaba si alguna vez habría conocido a otra
pareja tan por completo ajena a las infamias de lo corriente.
—¡Qué mala pata que Lance no esté aquí presente para regocijarse con
nosotros! —suspiró aquella noche la señora Mallow durante la cena.
—Beberemos a la salud del ausente —repuso su marido, y llenó el vaso de
su amigo y el suyo. Vertió una gota en el de su compañera y prosiguió—: De
todos modos, esperemos que él alcance una felicidad menos parecida a la nuestra
de esta noche (¡comprensible por otra parte, todo hay que admitirlo!) que a la
serenidad (ésa que no depende de las circunstancias) de que nosotros siempre
hemos podido disfrutar. ¡Esperemos que alcance —aclaró el Maestro, retrepándose
en su sofá, bajo la grata luz de lámpara y junto al grato fuego de chimenea,
alzando su vaso y paseando la mirada por su familia de mármol, monstruosa
progenie más o menos presente en todas las habitaciones—, esperemos que alcance
la felicidad que hay en la mera práctica hermosa de un arte!
Peter estudió su vino con aire un poco cohibido:
—¡Hum! Me importa poco el nombre con que califique usted la situación en
que un artista permanece ignorado, mas es necesario que Lance sí aprenda a
vender, creo yo. ¡Brindo por que él se haga con el secreto de la vil
popularidad!
—Oh sí, él debe vender —concedió con sorprendente sinceridad la madre
del muchacho, la cual había tenido que ser aún más, no obstante, como esta
declaración semejó patentizarlo, la esposa del Maestro.
—Oh —dictaminó confiadamente, tras una pausa, el escultor—, Lance
venderá. No temas. Habrá aprendido.
—He ahí precisamente —comentó con malicia la señora Mallow— lo que
exasperó a Peter (¿por qué diantres se mostró usted tan pérfido, Peter?) cuando
Lance le habló sobre ello.
Cuando la dama de sus pensamientos lo miraba con afectuoso reproche
—favor no infrecuente de su parte—, Peter nunca encontraba las palabras; pero
el Maestro, que era la mismísima personificación de la donosura y el tacto, lo
ayudó a salir de este trance como tantas veces lo había hecho:
—Es la manía de Peter, ya sabes, a propósito de la cual Peter y yo hemos
diferido tantas veces: él sostiene la teoría de que el artista debe ser tan
sólo impulso e instinto. Yo sostengo, evidentemente, que es necesario un poco
de aprendizaje: no demasiado, pero sí en una proporción conveniente. Ahí tienes
—terminó de explicarle a su esposa— por qué protestó pensando en los riesgos
que, ya ves, podría correr Lance.
—Ah, claro —y a través de la mesa volvió a orientar la señora Mallow sus
ojos violeta hacia el suscitador de aquella explicación—, él sólo podía tener,
por supuesto, buenas intenciones; pero ello no quita que, si Lance hubiera
seguido su consejo, él habría resultado, a la hora de la verdad, horriblemente
cruel.
Ellos tenían una forma cordialmente bromista de hablar de Peter en su
propia presencia como si éste fuese de arcilla o —a lo sumo— de yeso, e,
invariablemente, el Maestro se mostraba magnánimo. Se habría dicho que ordenaba
a Egidio que lo hiciese girar en su pedestal.
—Oh, pero el pobre Peter —dijo— no andaba tan equivocado al hablar de
las cosas que quizá, al fin y al cabo, esté aprendiendo Lance.
—Huy, no creo que se trate de nada grave en lo referente a sus planes
artísticos —insistió ella... todavía, al parecer del pobre Peter, pícara y
traviesa.
—En efecto: se tratará tan sólo de las pequeñas triquiñuelas a la
francesa —dijo el Maestro; ante lo cual su amigo tuvo que fingir reconocer,
presionado por la señora Mallow, que había sido únicamente su recelo hacia esos
vicios estéticos lo que había motivado sus inquietudes.
—Ahora ya sé —le dijo Lance al cabo de un año— por qué se opuso usted a
mi proyecto. —De vuelta a su país, naturalmente por un corto plazo de tiempo,
el joven se inclinaba a permanecer en Villa Carrara, donde había hecho ya, dos
o tres veces tras su partida, breves reapariciones. Su presente estadía se
anunciaba como un periodo de vacaciones más prolongado—. Me ha sobrevenido algo
bastante terrible. No es tan bueno esto de saber la verdad.
—He de decir que efectivamente no tienes alegre el semblante —se vio
Peter forzado a convenir bastante pesarosamente—. De todos modos, ¿estás
segurísimo de que la sabes?
—Cuando menos, sé todo lo que puedo soportar. —Estas observaciones eran
intercambiadas en la residencia de Peter, y el joven, fumando un pitillo,
estaba junto a la chimenea con la espalda vuelta al fuego. Era cierto que la
expansividad de su juventud parecía haberse apaciguado ya un poco.
El pobre Peter quedó impresionado:
—Caramba, ¿has comprendido realmente los motivos personales que yo tenía
para no querer que fueras a París?
—¿Personales? —Lance reflexionó—. Me parece que, en lo atinente a
motivos personales, sólo puede haber uno.
Permanecieron un momento sondeándose el uno al otro.
—¿Estás completamente seguro?
—¿Completamente seguro de ser un fracasado sin una sola pizca de
talento?
Completamente. Desde hace algún tiempo.
—¡Ah! —Y Peter se volvió de espaldas, se habría dicho que casi
tranquilizado.
—Ese es el poco agradable descubrimiento que he hecho.
—Oh, ése no me preocupa —dijo Peter, tornando a encararlo a renglón
seguido—. Quiero decir que, personalmente, me es igual.
—¡No obstante, reconocerá usted que a mí no me es igual!
—Vaya, ¿qué pretendes decir con eso? —preguntó Peter con escepticismo.
Y, ante esto, Lance hubo de explicar... cómo su aprendizaje en París
sólo había servido para enseñarle implacablemente las dudosas características
de su talento. Su aprendizaje lo había iluminado, de tal manera que una luz
nueva refulgía en sus ojos; pero esta luz había tenido por efecto desvelarle
demasiadas cosas:
—¿Sabe usted la causa de mi sufrimiento? Un exceso de inteligencia. En
el fondo, París era el último lugar adonde habría debido ir. He aprendido a
darme cuenta de mis insuficiencias.
El pobre Peter quedó conmovido: lo que Lance había recibido era un
mazazo; pero, incluso tras la larga conversación durante la cual el joven
anunció, sin ambages, la dura verdad que había aprendido a sus propias
expensas, su amigo traslució menos satisfacción que la que en casos parecidos
se manifiesta en un semblante connotador del suave comentario: “Ya te lo había
advertido yo.” En esta ocasión el pobre Peter aludió tan poco a lo que ya le
había advertido él, que, uno o dos días más tarde, Lance no pudo menos que
retomar la cuestión:
—¿Qué era lo que (antes de mi partida) en realidad temía usted que yo
descubriese?
Esto, empero, Peter rehusó contestárselo: le argumentó que si él solo no
lo había adivinado ya, probablemente jamás lo adivinaría, y que en tal caso
resultaba contraproducente, para ambos a dos, sin ningún género de dudas,
formular el motivo de sus temores. Lance lo atalayó, al calor de esto, durante
unos instantes, con la insolente curiosidad de la juventud... incluso con el
aire de que estuviesen cruzándole el espíritu dos o tres hipótesis plausibles,
alguna de las cuales debería ser certera. Sin embargo, Peter, dándose la vuelta
otra vez, no le ofreció ninguna ayuda, y cuando se separaron, el joven realizó
uno que otro aspaviento de irritación. Congruentemente, en su siguiente
encuentro, Peter discernió a simple vista que, durante el intervalo, Lance lo
había adivinado todo y que, para hablarle de ello, tan sólo estaba esperando a
que se presentase la ocasión propicia. Se las compuso para facilitarle pronto
otra entrevista, y su ahijado espetó sin rodeos:
—¿Sabe usted que su enigma me impedía dormir? Pero durante mis
meditabundas vigilias me llegó la respuesta... y, a fe mía, me hizo estallar en
carcajadas. ¿Supone usted que realmente me hacía falta ir a París para
descubrir eso?
—Al verlo, incluso en este instante, mantener su reserva con tan sublime
heroísmo, el joven amigo de Peter no pudo menos que echarse a reír de nuevo—:
¿No dará usted ninguna señal de asentimiento antes de cerciorarse por completo?
¡Admirable viejo Peter! —Pero Lance finalmente se explayó—: Pues bien, diablos,
se trata de la verdad sobre el Maestro.
Esto provocó por ambas partes, durante los siguientes momentos, un
vívido pasaje, en que cada uno de ellos se asombró ante el asombro del otro.
—Pero, entonces, ¿desde cuándo sabías...?
—...¿el valor exacto de su obra? Lo supe —dijo Lance, haciendo un
esfuerzo memorístico— desde que empecé a enterarme de la realidad de las cosas.
Aunque reconozco que no lo vi con absoluta claridad.
—¡Piedad, piedad! —se lamentó Peter con un terror retrospectivo.
—Pero ¿por quién me tomaba usted? Yo soy un inepto incurable: eso sí ha
habido necesidad de que me lo metieran a la fuerza en la cabeza. ¡Pero, al
menos, no soy tan inepto como el Maestro! —declaró Lance.
—Entonces, ¿por qué nunca me dejaste ver...?
—...¿que yo, a fin de cuentas —completó el joven—, no era tan idiota?
Pues precisamente porque nunca me había imaginado que usted sabía. Pero le pido
perdón. Sencillamente quería ahorrarle desconciertos. Y lo que ahora no se me
alcanza es cómo diantres, en tal caso, ha conseguido usted mantener su boca
cerrada durante tanto tiempo.
Peter le brindó la explicación, pero sólo después de cierta demoranza y
con una gravedad no exenta de balbuceos: —Fue por tu madre.
—¡Oh! —dijo Lance.
—Y ahora eso es lo primordial, ya que se ha descubierto el pastel. Te
exijo una promesa. Me refiero —y Peter se explicó casi febrilmente— a un
juramento por tu parte, un juramento solemne que debes hacerme aquí ahora
mismo: el de sacrificar cualquier cosa antes que dejarla descubrir...
—...¿lo que yo descubrí? —Lance lo meditó—. Comprendo. —A las claras,
tras un instante, ya había meditado muchísimo—: Pero ¿qué es lo que usted cree
que podría yo verme en la coyuntura de sacrificar?
—Oh, siempre se posee algo susceptible de tener que ser sacrificado.
Lance lo miró intensamente:
—¿Quiere eso decir que usted ha tenido que...? —Sin embargo, la mirada
que recibió en correspondencia eludió esta interrogante tan drásticamente que
el joven se apresuró a abordar otra vertiente del asunto—: ¿Está usted
verdaderamente seguro de que mi madre no sospecha nada?
Tras renovadas cavilaciones, Peter estuvo verdaderamente seguro:
—Si lo sabe, entonces es que es de todo punto extraordinaria.
—Pero ¿no somos todos aquí unos fenómenos?
—Sí —concedió Peter—; pero de modos diferentes. Lo que te exijo es de
cabal importancia porque el restringido público de tu padre, como bien sabes
—se extendió Peter—, se compone de... a ver, ¿de cuántas personas?
—En primer lugar —tuvo el hijo del Maestro la audacia de decir— de sí
mismo.
Y en último lugar, también. No sé de otra persona. Peter tuvo un asomo
de irritación:
—Y de tu madre, córcholis, siempre.
Lance lo reconsideró.
—¿Tiene usted absoluta certeza?
—Absoluta.
—Bien, pues con usted ya son tres.
—¡Oh, conmigo! —Y Peter, con un ademán de su vieja cabeza benévola, se
minimizó modestamente—: El grupo es, de todos modos, tan exiguo que una
disidencia, si llegare a producirse, se dejaría notar cruelmente. ¡Por
consiguiente, en resumidas cuentas, esfuérzate, mi querido muchacho (eso lo es
todo), en no escindirte tú del grupo!
—¿Tengo que perpetuar la farsa? —gimió Lance.
—Precisamente ha sido para ponerte en guardia contra los peligros de una
defección por tu parte el motivo de que yo haya preparado esta ocasión.
—Y ¿en qué cree usted —preguntó el joven— que consisten concretamente
esos peligros?
—Pues mira, desde el momento en que tu madre, capaz de tan apasionadas
emociones, sospechase tu secreto... vaya —dijo Peter porfiadamente—, eso sería
como encender un reguero de pólvora.
Pareció, por unos momentos, que Lance siguiera con su mirada el
recorrido de la llama:
—¿Ella me repudiaría?
—Ella lo repudiaría a él
—Y ¿se sumaría a nuestro bando?
Antes de contestar, Peter apartó el semblante.
—Se sumaría a tu bando. —Pero con esto ya había dicho lo suficiente para
describir —y, según esperaba manifiestamente, para evitar— la horrenda
posibilidad.
Durante los seis meses siguientes, empero, sus temores se renovaron, con
toda virulencia, más de una vez. Lance había regresado a París para intentarlo
de nuevo; después de ello volvió al redil, y tuvo con su padre, por vez primera
en su vida, una de esas escenas que hacen saltar chispas. Con mucha
expresividad, el joven se la narró a Peter, respecto del cual —ello era algo
sin precedentes— constituía una manifestación de reserva inusitada por parte
del matrimonio de Villa Carrara el que en esta ocasión rehusaran, tratándose de
una cuestión de orden íntimo, espontanearse —ya que no con júbilo, entonces con
consternación— ante su excelente amigo. Acaso esto produjo, a efectos
prácticos, entre las dos partes, una ligera frialdad y un cierto espaciamiento
en sus amistosas relaciones... patentizados primordialmente por la
circunstancia de que, para estar en condiciones de hablar a sus anchas con su
viejo compañero de juegos, Lance debiera, normalmente, ir a visitarlo en su
residencia. De esta guisa surgieron entre ellos las más estrechas, aunque desde
luego no las más jocosas, relaciones mutuas que tuvieran jamás.
El malestar del pobre Lance se debía a la tensión que primaba en su
hogar, engendrada por el hecho de que su padre deseaba que llegase, como
mínimo, al grado de triunfo a que había llegado él. Lance no había “renunciado”
a París, no obstante tener la vívida sensación de que París había renunciado a
él; estaba dispuesto a regresar allí por la fascinación que le producía
ensayar, ver, sondear las profundidades: aprender la lección, en definitiva,
aun cuando la lección consistiese simplemente en percatarse de la impotencia
propia al desarrollarse el sentido crítico propio. En cambio, el Maestro,
ensimismado en su mediocre fecundidad, ¿qué sabía acerca de la impotencia y qué
sentido crítico digno de tal nombre había desarrollado en toda su vida de
altivez? Enardecido e indignado, Lance recabó con franqueza el parecer de su
padrino.
A Lance, por lo visto, su padre lo había reprendido con dureza, pues no
podía perdonarle no tener, después de tanto tiempo, ninguna obra que enseñarle,
y esperaba que, tras su próxima ausencia, ya hubiese subsanado tamaña omisión.
Lo esencial según explicaba el Maestro con complacencia, consistía —para todo
artista, aunque no fuese tan grande como él— en al menos “producir” obras.
“¿Qué eres tú capaz de producir? ¡Es todo lo que te pido!” Desde luego que él
había producido suficientemente, y no cabía duda de que tenía obras que
enseñar. A Lance le aparecieron lágrimas en los ojos cuando le confesó a su
viejo amigo cuán duro era el “sacrificio“ que éste le exigía. No le era fácil
mantener una farsa absurda —la de hijo admirador de su padre— después de haberse
visto escarnecido por no desear ser una nulidad prolífica. Pero Peter, una vez
al corriente de la situación, insistió en imponerle una noble hipocresía; y,
durante cierto tiempo, su joven amigo, aun amargado y herido, se las industrió
para seguir procurándole ese consuelo lealmente.
Cincuenta libras esterlinas recompensaron, todo hay que decirlo, más de
una vez, tanto en Londres como en París, la lealtad del joven amigo... no menos
eficazmente, sin duda, ahora, por ser informado de que tal dinero no era sino
un adelanto sobre un cuantioso legado cuyo último destino Peter había
determinado secretamente desde hacía mucho tiempo. Mediante estas artes u
otras, en todo caso, el justo furor de Lance pudo ser aplacado durante una
temporada... aunque sólo durante una. Día llegó en que Lance le advirtió a su
padrino que ya no podía resistirlo más, o, mejor dicho, que le era imposible
contenerse. En Villa Carrara había tenido que aguantar otro sermón pronunciado
con gran rimbombancia: imposición ésta más onerosa, a esas alturas, de lo que,
sin la posibilidad de contraatacar o decirle al Maestro cuatro verdades, podía
soportar un ser de carne y hueso.
—Y yo no me explico —observó Lance con cierta irritación por echar en
falta los miramientos que, a fin de cuentas, pensándolo bien, le eran debidos a
él mismo—, no me explico, a fe mía, cómo puede usted, al punto a que han
llegado las cosas, seguirle el juego.
—Oh, para seguirle el juego me es preciso tan sólo retener la lengua
—dijo Peter con calma—. Y además tengo mis motivos.
—¿Siempre mi madre?
Peter evidenció su turbación como solía hacerlo; vale decir, apartó el
semblante bruscamente.
—¿Qué quieres que le haga? Jamás he dejado de sentir cariño hacia ella.
—Es hermosa, y es un cielo de mujer, no cabe duda —concedió Lance—;
pero, en definitiva, ¿qué es lo que representa ella para usted, y qué interés
tiene usted en lo que ella haga o deshaga?
Peter, que se había arrebolado, hizo una breve tregua. Después contestó:
—Bueno, es por las reacciones que sus reacciones me producirían a mí.
Ahora hubo, empero, en su joven amigo, una insistencia extraña,
intencional:
—En definitiva, ¿qué es lo que representa usted para ella?
—Huy, nada. Pero eso no hace al caso.
—Ella sólo ama a mi padre —dijo Lance el parisiense.
—Naturalmente, y he ahí precisamente mis motivos.
—¿Por qué desea usted evitárselo?
—Porque ella lo ama tan apasionadamente.
Lance dio una vuelta por la habitación, aunque con la mirada siempre
clavada en su anfitrión, y dijo:
—¡Ha debido usted sentir hacia ella un tremendo... cariño!
—Tremendo. Siempre —dijo Peter Brench.
Por un momento el joven prosiguió meditando; después tornó a colocarse
delante de Peter:
—¿Sabe usted hasta qué punto ella lo ama a él? —Ante esto se cruzaron
los ojos de ambos, mas Peter, como si su mirada entreviese algo nuevo en la de
Lance, pareció vacilar, por vez primera en muchísimo tiempo, en decir que lo
sabía todo—.Yo lo he sabido hace nada —dijo Lance—. Ayer por la noche, ella se
presentó en mi habitación después de haber estado presente, silenciosa, con los
ojos fijos en mí, en la escena que con él hube de arrostrar; se presentó... y
estuvimos hablando juntos a lo largo de una insólita hora.
Lance hizo aún una pausa, y de nuevo se sondearon el uno al otro durante
unos instantes. Entonces, una luz súbita, que lo hizo palidecer, iluminó a
Peter:
—¿Ella lo sabe?
—Ella lo sabe. Me lo confesó todo... para pedirme a mí tan sólo eso,
como dijo ella: eso de lo cual ella ha sido capaz. Ella siempre, siempre lo ha
sabido —dijo Lance, sin piedad.
Peter quedó mudo un largo rato, durante el cual su ahijado habría podido
escuchar su silencioso gemido profundo y, si le hubiese puesto encima una mano,
habría podido advertir en él la vibración de una prolongada exclamación
reprimida. Para cuando Peter habló, por último, ya había apurado su cáliz:
—En tal caso, me doy cuenta de con cuánta pasion...
—¿Verdad que es prodigioso? —dijo Lance.
—Prodigioso —musitó Peter.
—¡Conque si todo su esfuerzo por alejarme de París no tenía otro fin que
el de preservar mi ignorancia...! —exclamó Lance con un gesto que simbolizó
elocuentemente el fracaso de aquella tentativa.
Habría podido ser dicho fracaso lo que Peter pareció contemplar
detenidamente por unos momentos.
—¡Creo que sobre todo (sin que fuese yo consciente de ello en su
momento) tenía el fin de preservar mi ignorancia! —repuso finalmente éste,
apartando el semblante.
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Henry James (1843-1916)

