Libro N° 9941. El Árbol De La Colina. Lovecraft, H.P.
© Libro N° 9941. El Árbol De La Colina. Lovecraft, H.P.. Emancipación. Mayo 21 de 2022.
Título
original: ©
The Tree On The Hill, H.P. Lovecraft
(1890-1937)
Versión Original: © El Árbol De La Colina. H.P.
Lovecraft
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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H.P. Lovecraft
El Árbol
De La Colina
H.P.
Lovecraft
Al sudeste de Hampden, muy cerca de la tortuosa garganta que excava el
río Salmón, se extiende una cadena de colinas escarpadas y rocosas que han
desafiado todo intento de colonización. Los cañones son demasiado profundos,
los precipicios demasiado escarpados como para que nadie, excepto el ganado,
visite el lugar.
La última vez que me acerqué a Hampden, la región (conocida como el
infierno) formaba parte de la Reserva del Bosque de la Montaña Azul. Ninguna
ruta comunica este lugar inaccesible con el mundo exterior, y los montañeses
dicen que es un trozo del jardín de Su Majestad Satán transplantado a la
Tierra. Una leyenda local asegura que la zona está hechizada, aunque nadie sabe
exactamente porqué. Los lugareños no se atreven a aventurarse en sus
misteriosas profundidades, y dan crédito a las historias que cuentan los
indios, antiguos moradores de la región, acerca de unos demonios gigantes
venidos del Exterior que habitaban en estos parajes.
Estas sugerentes leyendas estimularon mi curiosidad. La primera y,
¡gracias a Dios!, última vez que visité aquellas colinas tuvo lugar en el
verano de 1938, cuando vivía en Hampden con Constantine Theunis. Él estaba
escribiendo un tratado sobre la mitología egipcia, por lo que yo me encontraba
solo la mayoría del tiempo, a pesar de que ambos compartíamos un pequeño
apartamento en la Calle Beacon que miraba a la infame Casa del Pirata,
construida por Exer Jones hacía sesenta años.
La mañana del 23 de junio me sorprendió caminando por aquellas
siniestras y tenebrosas colinas que a aquellas horas, las siete de la mañana,
parecían bastante ordinarias. Me alejé siete millas hacia el sur de Hampden y
entonces ocurrió algo inesperado. Estaba escalando por una pendiente herbosa
que se abría sobre un cañón particularmente profundo, cuando llegué a una zona
que se hallaba totalmente desprovista de la hierba y vegetación propia de la
zona. Se extendía hacia el sur, y pensé que se había producido algún incendio,
pero, después de un examen más minucioso, no encontré ningún resto del posible
fuego. Los acantilados y precipicios cercanos parecían horriblemente
chamuscados, como si alguna gigantesca antorcha los hubiese barrido, haciendo
desaparecer toda su vegetación. Y aun así seguía sin encontrar ninguna
evidencia de que se hubiese producido un incendio... Caminaba sobre un suelo
rocoso y sólido sobre el que nada florecía.
Mientras intentaba descubrir el núcleo central de esta zona desolada, me
di cuenta de que en el lugar había un extraño silencio. No se veía ningún ave,
ninguna liebre, incluso los insectos parecían evitar la zona. Me encaramé a la
cima de un pequeño montículo, intentando calibrar la extensión de aquel paraje
inexplicable y triste. Entonces vi el árbol solitario.
Se hallaba en una colina un poco más alta que las circundantes, de tal
forma que enseguida lo descubrí, pues contrastaba con la soledad del lugar. No
había visto ningún árbol en varias millas a la redonda: algún arbusto
retorcido, cargado de bayas, que crecía encaramado a la roca, pero ningún
árbol. Era muy extraño descubrir uno precisamente en la cima de la colina.
Atravesé dos pequeños cañones antes de llegar al sitio; me esperaba una
sorpresa. No era un pino, ni un abeto, ni un almez. Jamás había visto, en toda
mi existencia, algo que se le pareciera; ¡y, gracias a Dios, jamás he vuelto a
ver uno igual! Se parecía a un roble más que a cualquier otro tipo de árbol.
Era enorme, con un tronco nudoso que media más de un metro de diámetro y unas
inmensas ramas que sobresalían del tronco a tan sólo unos pies del suelo. Las
hojas tenían forma redondeada y todas tenían un curioso parecido entre sí.
Podría parecer un lienzo, pero juro que era real. Siempre supe que era, a pesar
de lo que dijo Theunis después.
Recuerdo que miré la posición del sol y decidí que eran aproximadamente
las diez de la mañana, a pesar de no mirar mi reloj. El día era cada vez más
caluroso, por lo que me senté un rato bajo la sombra del inmenso árbol.
Entonces me di cuenta de la hierba que crecía bajo las ramas. Otro fenómeno
singular si tenemos en cuenta la desolada extensión de tierra que había
atravesado. Una caótica formación de colinas, gargantas y barrancos me rodeaba
por todos sitios, aunque la elevación donde me encontraba era la más alta en
varias millas a la redonda.
Miré el horizonte hacia el este, y, asombrado, atónito, no pude evitar
dar un brinco. ¡Destacándose contra el horizonte azul sobresalían las Montañas
Bitterroot! No existía ninguna otra cadena de picos nevados en trescientos
kilómetros a la redonda de Hampden; pero yo sabía que, a esta altitud, no
debería verlas. Durante varios minutos contemplé lo imposible; después comencé
a sentir una especie de modorra.
Me tumbé en la hierba que crecía bajo el árbol. Dejé mi cámara de fotos
a un lado, me quité el sombrero y me relajé, mirando al cielo a través de las
hojas verdes. Cerré los ojos. Entonces se produjo un fenómeno muy curioso, una
especie de visión tenue y nebulosa, un sueño diurno, una ensoñación que no se
asemejaba a nada familiar. Imaginé que contemplaba un gran templo sobre un mar
de cieno, en el que brillaba el reflejo rojizo de tres pálidos soles. La enorme
cripta, o templo, tenía un extraño color, medio violeta medio azul. Grandes
bestias voladoras surcaban el nuboso cielo y yo creía sentir el aletear de sus
membranosas alas. Me acerqué al templo de piedra, y un portalón enorme se
dibujó delante de mí. En su interior, unas sombras escurridizas parecían
precipitarse, espiarme, atraerme a las entrañas de aquella tenebrosa oscuridad.
Creí ver tres ojos llameantes en las tinieblas de un corredor secundario, y
grité lleno de pánico.
Sabía que en las profundidades de aquel lugar acechaba la destrucción;
un infierno viviente peor que la muerte. Grité de nuevo. La visión desapareció.
Vi las hojas y el cielo terrestre sobre mí. Hice un esfuerzo para levantarme.
Temblaba; un sudor gélido corría por mi frente. Tuve unas ganas locas de huir;
correr ciegamente alejándome de aquel tétrico árbol sobre la colina; pero
deseché estos temores absurdos y me senté, tratando de tranquilizar mis
sentidos. Jamás había tenido un sueño tan vívido, tan horripilante. ¿Qué había
producido esta visión? Últimamente había leído varios de los libros de Theunis
sobre el antiguo Egipto... Meneé la cabeza y decidí que era hora de comer algo.
Sin embargo, no pude disfrutar de la comida. Entonces tuve una idea.
Saqué varias instantáneas del árbol para mostrárselas a Theunis, seguro
de que las fotos lo sacarían de su habitual estado de indiferencia. A lo mejor
le contaba el sueño que había tenido... Abrí el objetivo de mi cámara y tomé
media docena de instantáneas del árbol. También hice otra de la cadena de picos
nevados que se extendía en el horizonte. Pretendía volver y las fotos podrían
servir de ayuda... Guardé la cámara y volví a sentarme sobre la suave hierba.
¿Era posible que aquel lugar bajo el árbol estuviera hechizado?
Sentía pocas ganas de huir... Observé las curiosas hojas redondeadas.
Cerré los ojos. Una suave brisa meció las ramas del árbol, produciendo
musicales murmullos que me arrullaban. Y, de repente vi de nuevo el pálido
cielo rojizo y los tres soles. ¡Las tierras de las tres sombras! Otra vez
contemplaba el enorme templo.
Era como si flotase en el aire, ¡un espíritu sin cuerpo explorando las
maravillas de un mundo loco y multidimensional! Las cornisas inexplicables del
templo me aterrorizaban, y supe que aquel lugar no había sido jamás contemplado
ni en los más locos sueños de los hombres. De nuevo aquel inmenso portalón
bostezó delante de mí; y yo era atraído hacia las tinieblas del interior. Era
como si mirase el espacio ilimitado. Vi el abismo, algo que no puedo describir
en palabras; un pozo negro, sin fondo, lleno de seres innominables y sin forma,
cosas delirantes, salvajes, tan sutiles como la bruma de Shamballah. Mi alma se
encogió. Tenía un pánico devastador. Grité salvajemente, creyendo que pronto me
volvería loco. Corrí, dentro del sueño corrí preso de un miedo salvaje, aunque
no sabía hacia dónde iba... Salí de aquel horrible templo y de aquel abismo
infernal, aunque sabía, de alguna manera, que volvería.
Por fin pude abrir los ojos. Ya no estaba bajo el árbol. Yacía, con las
ropas desordenadas y sucias, en una ladera rocosa. Me sangraban las manos. Me
erguí, mirando a mi alrededor. Reconocí dónde me hallaba: ¡era el mismo sitio
desde donde había contemplado por primera vez toda aquella requemada región!
¡Había estado caminando varias millas inconsciente! No vi aquel árbol, lo cual
me alegró... incluso las perneras del pantalón estaban vueltas, como si me
hubiese estado arrastrando parte del camino... Observé la posición del sol.
¡Atardecía! ¿Dónde había estado? Miré la hora en el reloj. Se había parado a
las 10:34.
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H.P. Lovecraft (1890-1937)
Duane W. Rimel (1915-1996)

