Libro N° 9927. El Antepasado. Pardo Bazán, Emilia.
© Libro N° 9927. El
Antepasado. Pardo
Bazán, Emilia. Emancipación. Mayo 21 de 2022.
Título
original: ©
El Antepasado. Emilia Pardo Bazán
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Emilia Pardo Bazán
El
Antepasado
Emilia
Pardo Bazán
—Durante la temporada de los baños de mar —dijo Carmona, nuestro
proveedor de historias espeluznantes— hice migas con un muchacho que ostenta un
apellido precioso, mitad español y mitad italiano, evocador de nuestras glorias
pasadas: Ramírez de Oviedo Esforcia. Familiarmente, los que le conocíamos en la
linda playa de V. le llamábamos Fadriquito, y abreviando Fadrí. Existía curioso
contraste entre los sonoros y heroicos apellidos de Fadrí y su persona. Era una
criatura endeble, anémica, clorótica, de afeminado semblante, de ojos claros y
transparentes como el agua de dulce carácter y exquisita finura; y los
facultativos, al enviarle a V, le habían encargado que viviese en la playa; que
se saturase de aire salobre, que se impregnase de sales marinas; en broma,
decíamos que para remedio de su sosería, y en realidad, para prestar algún
vigor a su empobrecida complexión y a su organismo débil y exangüe.
—¡Qué quieren ustedes! —repetía Fadrí—. Soy huérfano, no tengo quien me
cuide. He de cuidarme solo.
El joven aristócrata se me aficionó, y juntos nos bañábamos,
almorzábamos, salíamos a paseo y concurríamos al casino. Había yo notado en
Fadrí una singularidad, que despertó mi instinto de observador: al desnudarse
para entrar en las olas, se cuidaba de no descubrir la garganta ni un momento,
manteniéndola envuelta en un pañuelo blanco muy ancho, que sustituía por otro,
después de arroparse en la sábana con el mayor recato. Los cuellos almidonados
de sus camisas subían casi hasta las orejas, y esto, que algunos creyeron
afectación de elegancia, lo relacioné con el detalle del pañuelo, sospechando
que podría tener por objeto encubrir los estigmas de la escrófula, que llamamos
lamparones. Sin embargo, algo me indicaba causa distinta para tan excesiva
precaución; y un día, a pretexto de echarle la sábana, me arreglé de suerte que
el pañuelo quedó en mis manos, y patente la garganta de mi amigo.
Él exhaló un gemido, como si le hubiesen arrancado el vendaje de una
llaga; y yo reprimí un grito —tan extraño me pareció lo que veía—. Superaba a
mis presentimientos. Destacándose sobre la blancura de los hombros y las
espaladas, señalaba el arranque del cuello ancha marca circular, entre
sangrienta y lívida, de irregular contorno, semejante a la huella que deja el
cuchillo al separar del tronco la cabeza.
Diríase que, después de cortada, habían vuelto a colocarla allí, y que
al menor movimiento rodaría al suelo. No me quedaría, si sucediese, más helado
de lo que me quedé, notando la horrible señal. Fadrí se cubría ya, con trémulas
manos, y yo permanecí inmóvil; el asombro me paralizaba la lengua. Por fin,
recobrando el uso de la palabra, me deshice en tan sinceras y sentidas excusas,
que el pobre muchacho sólo contestó a ellas con un abrazo largo y expresivo
como amistosa confidencia.
Y la confidencia tenía que seguir al abrazo, por ley natural de las
cosas. Acaso Fadrí la deseaba, pues el corazón no resiste fácilmente la
pesadumbre de ciertos secretos. Por la tarde nos sentamos sobre una peña de la
costa, en lugar solitario y salvaje, y al pavoroso ruido de la resaca se mezcló
la voz de Fadrí, relatándome lo que tanto deseaba saber: la historia de la
señal.
—Después de cinco años de matrimonio estéril —empezó—, mis padres iban
perdiendo la esperanza de tener hijos. Los médicos lo atribuían a la complexión
de mi madre, que era enfermiza, nerviosa y de una exaltada sensibilidad; y para
que se robusteciese le aconsejaron una larga residencia en el campo y una vida
enteramente rústica: de levantarse temprano, acostarse con las gallinas, comer
mucho, pasear a pie y evitar todo género de emociones. ¡Sobre todo, las
emociones le eran funestas! Para dejarla más tranquila y atender a varios
asuntos pendientes, mi padre resolvió no acompañarla a la finca de
Castilbermejo, que era el lugar escogido por su amenidad y salubridad, y
también porque la familia del mayordomo, gente honrada y adicta, cuidaría y
atendería a la señora.
—Me agrada Castilbermejo —advirtió mi padre— porque, si bien en los
siglos XV y XVI fue una fortaleza donde se batió el cobre, al reconstruirla se
convirtió en una casa grande, cómoda y apacible. Ya no queda allí ni rastro de
los tiempos crueles, sino la historia de la cabeza, que supongo es una patraña.
—¿De la cabeza? —preguntó mi madre con interés—. ¿Qué cabeza es ésa?
—¡Nada, mentiras! —se apresuró a exclamar él, ya arrepentido—. Como no
estuve en Castilbermejo desde chiquillo, apenas recuerdo.
Ella insistió, y mi padre, de mala gana, dio algunos detalles.
—Pues aseguran que existe en la casa, dentro de un cofre de terciopelo
granate, la cabeza de un antepasado, un Esforcia, que degollaron en Italia en
el siglo XVI. Parece que fue hijo o sobrino de aquel famoso Galeazzo, el que
envenenó a su propia madre, Blanca Visconti. ¡Tonterías, consejas! Ya te estás
poniendo pálida, criatura. No debí ni mentar semejante embuste.
Calló ella, olvidóse el incidente, y mi madre salió al fin para
Castilbermejo, sentándole divinamente los primeros días de rusticación.
Según confesó después la pobrecilla, el campo le produjo efectos tan
bienhechores, que no pensó en la cabeza del antepasado, aunque la relación de
mi padre se había quedado fija en su imaginación vehemente, como un clavo en la
pared. El aire puro, el sol, la paz y el sosiego de la comarca, la leche
fresca, la fruta, el sueño tranquilo, los cuidados y sencilla amabilidad de la
familia del mayordomo, influyeron tan provechosamente en la señora, que su
rostro recobró el color, su estómago el apetito y su carácter la alegría de los
pocos años.
No obstante, ¿se ha fijado usted en este fenómeno? El campo, si
tranquiliza los nervios, también a la larga, por efecto de la soledad y de la
misma carencia de cuidados, ocupaciones y distracciones, acaba por exaltar la
fantasía. Esto le sucedió a mi madre.
Al mes o poco más de residir en Castilbermejo, la idea de la cabeza
cortada empezó a preocuparla día y noche —de noche especialmente—. La veía en
sueños, destilando sangre, y se despertaba estremecida, a las altas horas, como
si un fantasma acabase de tocarla con mano glacial. Comprendiendo —porque era
una señora de claro talento— lo quimérico de estas figuraciones, no quería
decir palabra de ellas a los que la rodeaban ni preguntar por el cofre de
terciopelo, recelosa de que se trasluciese su delirio en la pregunta. Había
momentos en que sospechaba que tal vez, positivamente, fuese todo una conseja
ridícula; y así, entre incrédula y fascinada decidió registrar la casa, hasta
ver confirmados o deshechos sus temores. No sabía ella misma si deseaba o
recelaba encontrar la cabeza. Quizá consideraba una desilusión el no descubrir
el cofre.
A pretextos de arreglos, muy propios de una dama hacendosa, revolvió la
casa de arriba a abajo, escudriñando los desvanes, los sótanos y hasta las
bodegas; pero el cofre no aparecía. Cuando ya iba cansándose de pesquisas
infructuosas, recibió una carta de mi padre, avisando que llegaba a pasar una
semana de campo. Alegre, olvidada momentáneamente de sus quimeras, púsose a
arreglar y disponer el vasto aposento que servía de dormitorio, limpiándolo y
adornándolo cuanto pudo, trayendo flores del huerto y despejando para
guardarropa las hondas alacenas que formaban uno de los lados de la habitación.
En el estante más alto hacinábanse objetos llenos de moho y de humedad, frascos
de caza, monturas antiguas, papeles amarillentos; y la hija del mayordomo, que
encaramada en una escalera, iba sacando estos trastos, chilló de pronto:
—Aquí hay también uno a modo de cajón. ¿Lo bajo?
—Bájalo —ordenó mi madre, que extendió las manos y recogió
cuidadosamente una caja no muy grande, desvencijada, sombría, con herrajes
comidos de orín, y cuya tapa, desprendida de los goznes, se ladeó y descubrió
en el interior un objeto trágico y terrible: una cabeza cortada, momificada,
que aún conservaba parte del pelo y la intacta dentadura.
Fadrí se interpuso, suspiró y clavó los ojos en los míos.
—¡El cofre! —exclamé, sugestionado.
—¡El cofre! ¡Usted suponga la sacudida nerviosa que sufrió mi madre! Lo
que buscaba por toda la casa, el enigma, lo tenía allí, en su cuarto, a dos
pasos de su cabecera, en el único sitio que no se le había ocurrido examinar.
Cuando llegó mi padre la encontró con unas convulsiones muy violentas. A fuerza
de cuidados y cariño, logró que se repusiese un poco, y la sacó enseguida de
Castilbermejo. ¡De allí a nueve meses y días nací yo, con esta señal que usted
ha visto!
Volvió a guardar silencio Fadrí, y pregunté, lleno de compasión:
—¿Y su madre?
—No pudieron ocultárselo. ¡Fue su perdición, fue lo que acabó de
trastornar su cerebro! Murió en la casa de salud del doctor Moyuela, que
prometió con su sistema devolverle la razón. ¿Mal antecedente, verdad? Yo
necesito doble método y grandes precauciones. ¡Esas cosas se heredan!
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Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

