Libro N° 9926. Oxígeno. Canfield, Donald.
© Libro N° 9926. Oxígeno. Canfield, Donald. Emancipación. Mayo 21 de 2022.
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Oxígeno. Donald Canfield
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Miranda
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Donald Canfield
Oxígeno
Donald
Canfield
CONTENIDO
Agradecimientos
Prefacio
1. ¿De qué trata el planeta Tierra?
2. La vida antes del oxígeno
3. La evolución de la fotosíntesis oxigénica
4. Cianobacterias: los Grandes Liberadores
5. ¿Qué controla el nivel de oxígeno atmosférico?
6. La historia temprana del oxígeno atmosférico: evidencias biológicas
7. La historia antigua del oxígeno atmosférico: evidencias geológicas
8. La gran oxidación
9. La edad media de la Tierra: después del GOE
10. El oxígeno proterozoico y el auge de los animales
11. Oxígeno fanerozoico
Epílogo
Bibliografía
Agradecimientos
Debo empezar por mostrar mi agradecimiento a todos mis buenos amigos y
colegas que han trabajado duro de diversas formas para contribuir a esclarecer
la dinámica del reciclado de oxígeno tanto en la Tierra moderna como en la
antigua. Este libro es su historia tanto como la mía. El lector encontrará a la
mayoría de ellos a medida que la narración se desarrolla, pero me gustaría
destacar la inspiración que han supuesto Bob Berner, Tim Lenton, Rob Raiswell,
John Hayes, Lee Kump, Penny Chisholm, Ed Delong, Nick Butterfield, Jorge
Sarmiento, Osvaldo Ulloa, Bo Thamdrup, Bo Barker Jørgensen, Andrey Bekker, Bob
Blankenship, Roger Buick, Fritz Widdel, Niels Peter Revsbech, Martin Brasier,
Jake Waldbauer, Jochen Brochs, Birger Rasmussen, Bill Schopf, Paul Falkowski,
Bill Martin, Dave Des Marais, John Waterbury, Sean Crowe, Simon Poulton,
CarriAyne Jones, Jim Kasting, Minik Rosing, Christian Bjerrum, Tim Lyons, Ariel
Anbar, Stefan Bengtson, Andy Knoll, Roger Summons, Dave Johnston, James
Farquhar, Nick Lane, Jim Gehling, Guy Narbonne, Tais Dahl, Daniel Mills y Emma
Hammarlund. También quiero reconocer el estímulo constante del grupo NordCEE,
repartido entre la Universidad del Sur de Dinamarca, la Universidad de
Copenhague y el Museo Sueco de Historia Natural. Muchos de los héroes de esta
historia ya no se encuentran con nosotros, pero su inspiración continúa, y
entre ellos están Dick Holland, Vladimir Vernadsky, Preston Cloud, Karl
Turekian y Bob Garrels. Este libro ha progresado un poco a trompicones, pero
estoy especialmente agradecido a la División de Ciencias Geológicas y
Planetarias de Caltech, y sobre todo a mi anfitrión Woody Fischer, por
conseguir una beca Moore para sostener dos meses de dicha productiva en
compañía de mi familia y a salvo de las distracciones hogareñas. Durante el
proceso de escritura, he recibido comentarios valiosos sobre capítulos
concretos de Bob Blankenship, Minik Rosing, Bob Berner, Tais Dahl, Emma
Hammarlund y Guy Narbonne. Estoy agradecido a Bill Martin y Lee Kump, que
aportaron comentarios al texto completo, y especialmente a Raymond Cox, Tim
Lyons y mi correctora Sheila Ann Dean, cuyos exhaustivos comentarios y
correcciones han mejorado mucho el manuscrito. Gracias a mi editora, Alison
Kalett, de Princeton University Press, tanto por su paciencia como por sus
amplias críticas. Varias imágenes, o los datos para generarlas, fueron
aportadas amablemente por Minik Rosing, Emma Hammarlund, James Farquhar, Matt
Saltzan, Niels Peter Revsbech, Ken Williford, Martin van Kranendonk, Bruce
Wilkenson, Bill Schopf, Tais Dahl, Eric Condliffe, Bo Thamdrup, Jakob Zopfi y
Lawrence David. Por último, quiero reconocer el apoyo generoso de mis fuentes
de financiación, entre ellas la Fundación Nacional de Investigación de
Dinamarca (Danmarks Grundforskningsfond), el Consejo Europeo de Investigación
(Oxygen Grant) y el Instituto Agouron.
Prefacio
Si es usted como yo, lo más probable es que no piense mucho en el aire
que respira, a menos que huela mal por alguna razón. Sin embargo, nuestro aire
es muy especial. Contiene un 21% de oxígeno, y nuestro mundo es el único, al
menos que sepamos hasta ahora, con unos niveles tan elevados. Esto es bueno
para nosotros, porque somos animales grandes y necesitamos mucho oxígeno para
vivir. También lo precisan nuestros peludos amigos los perros y los gatos, así
como vacas, pollos, ovejas, cerdos y otros animales en los que se basa gran
parte de nuestra dieta. El oxígeno quema el combustible que calienta nuestras
casas, y permite el brillo acogedor de una fogata en una noche fresca de otoño.
Por expresarlo en una frase, el oxígeno es una marca distintiva de la Tierra;
sus altos niveles en nuestra atmósfera definen el contorno de nuestra
existencia y la naturaleza de la vida animal en la Tierra.
Dada la importancia del oxígeno en la Tierra, podemos considerar una
serie de cuestiones. Por ejemplo, ¿de dónde viene todo ese oxígeno? ¿Por qué es
tan alto su nivel? ¿Qué controla la concentración atmosférica de este
importante gas? Después nos podemos preguntar si las concentraciones de oxígeno
han sido siempre tan altas y, si no, cómo han cambiado en el tiempo, y por qué.
Por último, y dada la importancia del oxígeno para la biosfera actual, ¿hay
algún indicio de que la historia de los niveles del oxígeno pueda estar
acoplada de alguna manera a la historia de la evolución biológica en la Tierra?
Este libro trata de la historia del oxígeno atmosférico en la Tierra, e
intentaré responder esas preguntas en las siguientes páginas. Una de las
conclusiones inevitables, que ofrezco aquí a modo de avance, es que el control
del oxígeno es un fenómeno global, y que este gas persiste a alto nivel gracias
a una fascinante interacción entre procesos biológicos y geológicos. La
naturaleza de esa interacción ha cambiado con el tiempo, de lo que ha resultado
una intensa historia de la evolución del oxígeno; esta historia, tal como la
entendemos, se revelará en las páginas siguientes.
La trama versa también sobre la gente implicada en desentrañar la
historia de la evolución del oxígeno. De hecho, comprender esa historia se ha
vuelto una materia popular, y hay ahora muchos científicos implicados en su
exploración. Muchos de estos investigadores son buenos amigos y colegas, y
todos ellos han contribuido a una vida de trabajo maravillosa y fértil. También
hay héroes en esta historia; pensadores visionarios que forjaron los caminos
que otros siguieron, incluido yo mismo. Algunos de esos pensadores estuvieron
décadas por delante de su tiempo.
El libro es también sobre cómo sabemos lo que sabemos. Presento las
evidencias. Están basadas, sobre todo, en pistas dejadas en primitivas rocas
sedimentarias. Parte de la evidencia es buena, y otra parte no lo es tanto,
especialmente cuando miramos a rocas muy viejas en las que los estragos del
tiempo se han cobrado su precio. La preservación del registro geológico, sin
embargo, es parte de la historia, y debemos usar las evidencias que tenemos.
Esto significa que a veces seremos incapaces de alcanzar conclusiones firmes.
Las incertidumbres de este tipo son una parte esencial del proceso científico,
y por tanto les dedico atención. Aun así, a menudo podemos mirar un problema
con múltiples líneas de evidencia, y si aplicamos la navaja de Ockham[1] podemos
llegar normalmente a una hipótesis de trabajo razonable sobre el significado de
los datos. También trato de subrayar los casos en que nuestras ideas han
evolucionado a medida que los datos han mejorado, se han incrementado o se han
comprendido mejor.
No todas las evidencias, sin embargo, vienen de la geología. El
argumento tiene una fuerte componente biológica. En ocasiones tenemos que mirar
a los organismos y ecosistemas modernos para ver cómo funcionan. Aportan pistas
importantes para ayudarnos a entender cómo funcionaba el mundo antiguo,
especialmente en detalles que el registro geológico no puede proveer
fácilmente. También debemos considerar la evolución biológica. Por ejemplo,
¿cómo se originó la producción biológica de oxígeno? Esta es una historia
fascinante.
A veces también necesitamos entender tópicos complejos, tales como el
funcionamiento de la fotosíntesis, o cómo los isótopos se pueden utilizar para
revelar la historia del oxígeno. Mi objetivo ha sido hacer estas discusiones
accesibles a cualquier lector interesado en la ciencia, de modo que intento
introducir los principios difíciles con el suficiente contexto para hacerlos
ampliamente comprensibles. También uso notas al final del libro para explicar
principios y procesos con el detalle que puede demandar un especialista u otro
lector especialmente interesado en la materia. Mi esperanza, sin embargo, es
que la historia no requiera realmente visitar las notas a menos que el lector
quiera aprender más.
Por último, esta es una narración sobre el tiempo, sobre vastas
extensiones de tiempo. El planeta Tierra tiene unos 4500 millones de años, que
es más o menos un tercio de la edad del universo. Estudié química en la
universidad, y mi experiencia con el tiempo, al menos científicamente, estaba
limitada a las horas o días de una reacción química. Nuestras vidas enteras no
son sino un parpadeo en comparación con la edad de la Tierra. En verdad, pensar
sobre los inmensos senderos del tiempo geológico no me resultó nada fácil. La
enormidad del tiempo geológico nos desafía a imaginar cómo los procesos lentos,
como la evolución o la construcción de una montaña, pueden funcionar realmente.
Ahora me siento más cómodo con el tiempo geológico, y con las escalas temporales
de los procesos de la geología y la evolución, pero me compadezco con la
dificultad de percibir procesos que se desarrollan en escalas de tiempo
inmensamente mayores que la duración de la vida humana. En cualquier caso, la
vastedad del tiempo geológico ya fue reconocida hace siglos, y hecha célebre en
los comentarios finales de la obra clásica de 1788 Teoría de la Tierra, de
James Hutton:
«El resultado, por tanto, de nuestra presente indagación es que no
hallamos vestigio de un principio, ni expectativa de un final».
No mucho después de que se publicara el libro de Hutton, se hizo obvio
que, en ciertos estratos de rocas, podían reconocerse distintas colecciones de
fósiles. Esto resultaba de utilidad práctica para identificar estratos que
pudieran tener interés económico, pero también resultó evidente que esas capas
podían ser divididas, subdivididas y datadas unas respecto de otras. Un
principio clave de la datación fue la simple deducción, hecha en el siglo XVII
por el erudito danés Nicolaus Steno, de que un estrato de sedimento depositado
sobre otro es más joven que el estrato de abajo. Esto se conoce como la ley de
superposición.
Escala del tiempo geológico con los principales acontecimientos que explica
el texto. Escala de tiempo basada en Gradstein (2004).
Las divisiones principales se describían a menudo por la pérdida o
aparición de grupos de fósiles distintivos, y correlacionando un afloramiento
de terreno con otro; estas divisiones podían reconocerse de un lugar a otro, y
finalmente alrededor de todo el mundo. Las divisiones recibieron nombres y, a
medida que los métodos de datación por radioisótopos se fueron haciendo
disponibles, las rocas se pudieron datar con precisión. Lo que resulta es la
escala del tiempo geológico. Este es nuestro mapa de carreteras, nuestra vara
de medir, y es tan central a la geología como la tabla periódica lo es a la
química. Hay múltiples escalas en esas divisiones, que barren desde eones (de
cientos de millones a miles de millones de años), eras (decenas a cientos de
millones de años) y periodos (decenas de millones de años) hasta estadios
(millones de años). Una versión abreviada de la escala del tiempo geológico se
muestra en la tabla de la página anterior, que incluye algunos sucesos clave y
lugares que se discuten en el texto.
Escribir este texto ha sido a la vez un gozo y una inmensa experiencia
de aprendizaje. Ha sido muy divertido tratar de enfocar mi pensamiento en
tópicos que han sido borrosos, y seguir el desarrollo histórico de las muchas
ideas que se presentan aquí. El único aspecto negativo del proceso de escritura
fue mi percepción súbita de que sólo podía discutir una fracción de la
literatura pertinente sobre cualquier materia dada. Así pues me disculpo por
anticipado ante mis colegas y amigos cuyo trabajo no he mencionado. No me ha
pasado inadvertido. Pese a la necesidad de economizar en el texto, deseo que
este libro represente una puesta al día de la materia, pero reconozco que es
probable que dentro de 30 años se escriba otro libro bien distinto. Espero que
disfruten.
DON CANFIELD (Odense, Dinamarca)
Capítulo 1
¿De qué trata el planeta Tierra
Voy sentado en el tren, como suelo hacer, viajando entre Odense y
Copenhague. Acabamos de arrancar desde la parada de Ringsted. Miro por la
ventana. La escena es típica del campo danés, mezcla de granjas y bosques. Hay
vacas pastando perezosas en el prado, y más allá un granjero está cortando
heno. Muy por encima, un halcón busca ratones en la hierba sin podar. Amo este
paisaje. Me recuerda a los campos de Ohio donde crecí. No es espectacular, pero
reconfortante y tranquilizador a su manera; un paisaje honrado poco propicio a
la fanfarronada y el engaño. Entorno los ojos y el paisaje se funde en una masa
verde, las vacas se vuelven fantasmas en la distancia. Los reabro y veo que
pasamos junto a un área de bosque denso (o al menos lo que pasa por bosque en Dinamarca).
Mi mente vaga y reflexiono sobre lo que veo. Dinamarca es un país pequeño y la
tierra, incluido el bosque, está gestionada a fondo, de manera que la
diversidad de la vida no es particularmente grande. Uno puede viajar a los
bosques pluviales de Costa Rica o Brasil y sobrecogerse mucho más con los
pájaros tropicales, las ranas, los insectos y la vegetación abundante. Aun así,
incluso en Dinamarca, el paisaje es de un verde brillante y rebosante de vida.
De hecho, la mires como la mires, la Tierra se caracteriza por la vida diversa
y abundante. La cuestión que me preocupa ahora es: ¿por qué?
Se podría insinuar que toda la vida que vemos es simplemente la
consecuencia de una larga historia de evolución biológica en la Tierra. En su
maravilloso libro La vida en un planeta joven, mi colega y buen
amigo Andy Knoll, de la Universidad de Harvard, documenta la cambiante cara de
la vida durante los primeros 4000 millones de años de historia de la Tierra.
Muestra cómo una variedad de innovaciones biológicas, como la invención de la fotosíntesis
productora de oxígeno, por ejemplo, dieron forma fundamental a la historia de
la vida. Después de que los organismos productores de oxígeno evolucionaran por
vez primera, otros organismos que utilizan oxígeno les siguieron, y después
prosperaron, se multiplicaron y evolucionaron hacia nuevas formas vivas también
utilizadoras de oxígeno. Con el tiempo esto condujo a los animales, los
organismos más complejos biológicamente de todos los que pueblan la Tierra. Sin
oxígeno no habría animales. De manera que, claramente, las innovaciones durante
la evolución biológica han dado forma, incluso definido, la biosfera. Pero
¿explica la evolución por sí sola la prodigalidad de la vida en nuestro
planeta?
Para considerar esta cuestión, comparemos brevemente la Tierra con
Marte. Los científicos todavía consideran posible que exista vida en Marte: al
fin y al cabo, Marte tiene la misma edad que la Tierra y hay indicios de la
presencia al menos ocasional de agua superficial y subterránea en el planeta.
Mientras escribo esto, el rover Curiosity de la NASA está
sondeando la superficie de Marte en busca de indicios de agua, y de pistas
sobre cómo el agua interactúa con el entorno superficial del planeta. Como discutiremos
con mayor detalle más abajo, y tal como sostiene la doctrina, donde hay agua
puede haber vida. Y, sin embargo, si hay vida en Marte, no salta arriba y abajo
como los Whos en Whoville gritando «¡estamos aquí, estamos aquí, estamos
aquí!». En contraste, si unos exploradores intergalácticos sondearan la Tierra
como nosotros hacemos ahora con Marte, resultaría imposible que la abundante
vida de la Tierra les pasara inadvertida. La cuestión es, simplemente, ¿por qué
hay tanta vida en la Tierra?
Para responder esto abandonaremos de momento las consideraciones
evolutivas y empezaremos por una pregunta más fundamental: ¿cuáles son los
ingredientes básicos que necesita la vida, o al menos la vida tal y como la
conocemos? Mientras digiero mi almuerzo de sobras de lasaña, proclamo que la
comida debe ser importante. Sin duda, pero no todos los organismos pueden comer
lasaña, y me viene a la mente una clase entera de criaturas que no comen ningún
tipo de materia orgánica en absoluto, sino que simplemente fabrican sus células
a partir de sustancias inorgánicas. Es lo que hacen las plantas, que crecen a
partir de dióxido de carbono y agua y usan la energía del Sol para combinar
esos compuestos produciendo biomasa celular y oxígeno.
También lo hacen muchos otros tipos de organismos, y la mayoría de ellos
no usan el Sol como fuente de energía. En vez de eso, consiguen su energía
promoviendo la reacción entre sustancias inorgánicas en las llamadas reacciones
de oxidación-reducción, donde los electrones son transferidos durante la
reacción. Para investigar esta idea más a fondo, pensemos en la sal. Si pones
sal en agua, se disuelve en una reacción que genera energía, pero los
organismos no pueden crecer usando la energía de esa reacción; no se
transfieren electrones; y los átomos de cloro y sodio tienen la misma carga en
los cristales de sal que en la solución. Ahora pensemos en las vacas. Las vacas
albergan enormes poblaciones de microbios en su sistema digestivo, y muchos de
ellos generan metano. Muchos de estos microbios, los llamados metanógenos,
crecen sin problemas combinando hidrógeno gaseoso y dióxido de carbono para
formar gas metano. No se usa luz, pero los electrones son transferidos, y los
metanógenos son felices, como seguramente lo son las vacas. Por lo tanto, una
necesidad básica para la vida es la energía, que puede ser aportada por la luz
o por una infinidad de reacciones de oxidación-reducción diferentes.[2] Consideraremos
estos asuntos con más detalle en el siguiente capítulo, pero de momento basta
con subrayar que la energía es crucial para la vida.
La energía es indispensable, pero también necesitamos otras cosas. Las
células están hechas de carbono, oxígeno, hidrógeno, nitrógeno, fósforo y
azufre, como ingredientes principales, junto a un juego completo de metales
minoritarios y otros elementos. Todos estos compuestos son cruciales para la
construcción de componentes celulares básicos como la membrana celular, el
material genético (ADN y ARN) y todas las proteínas y las demás moléculas que
se usan para operar la maquinaria de la célula.
Otro ingrediente básico de la vida, al menos de la vida tal y como la
conocemos, es un entorno acuoso estable. ¡La vida lo prefiere húmedo! Muchos
organismos, desde luego, han evolucionado para vivir fuera de la esfera acuosa
de nuestro planeta, pero aun así necesitan agua para vivir. Nosotros también,
solo que la empaquetamos dentro de nuestro cuerpo. De manera que, ya estemos
hablando de cactus del desierto, arañas, serpientes, árboles o de las bacterias
más diminutas, todos necesitan agua. De hecho, esta es una de las razones, como
ya mencionamos antes, de que la búsqueda de vida en nuestro sistema solar y más
allá de él sea equivalente a la búsqueda de agua líquida. «Un momento», podría
objetar el lector, «he oído que algunas bacterias y pequeñas algas viven en
agua marina congelada e incluso en los glaciares en ciertos casos». Muy cierto,
pero, si el organismo está vivo y creciendo,[3] tiene
acceso al agua líquida. En el caso del agua marina congelada, ello puede
deberse a canales de salmuera formados excluyendo la sal del hielo en
crecimiento; en los glaciares, la alta presión induce la fusión del hielo cerca
del fondo, lo que aporta un entorno acuoso para los organismos. «Vale», podría
añadir el lector, «pero he oído que la marca de temperatura para un organismo
vivo ronda los 120 grados, muy por encima del punto de ebullición del agua en
la superficie terrestre». Cierto de nuevo, pero esos organismos sólo se
encuentran a altas presiones, como en las profundidades oceánicas donde el
punto de ebullición del agua excede el límite superior de temperatura para la
vida.
¿Qué es tan importante sobre el agua, en cualquier caso? Para empezar,
el agua tiene propiedades especiales. Debido a su estructura física, una
molécula de agua es bipolar, lo que significa que está ligeramente cargada, con
una carga positiva en un lado y una carga negativa en el lado opuesto. Esta
condición le permite disolver cualquiera de las llamadas sustancias químicas
iónicas (también cargadas), muchas de las cuales constituyen los bloques de
construcción de la vida. Estos incluyen nutrientes como el nitrato, el amonio y
el fosfato, que dan lugar a componentes cruciales del ADN, el ARN y las
membranas celulares, así como una plétora de otras sustancias que incluyen el
sulfato y una variedad de metales minoritarios que contribuyen a construir la
maquinaria bioquímica de la célula. El agua no sólo disuelve las sustancias,
sino que estas sustancias también son transportadas por difusión y advección; y
este movimiento proporciona un sistema por el que pueden ser distribuidas a las
células. El agua también aporta el medio por el que los productos de desecho
son exportados de la célula.
La naturaleza bipolar del agua también permite la formación de membranas
celulares. Estas separan el ambiente externo del interior de la célula donde se
gestiona el negocio de la célula. Las membranas celulares están hechas de
moléculas especiales (fosfolípidos) en las que un extremo contiene grupos
químicos amantes del agua (hidrofílicos) y el otro grupos químicos repelentes
del agua (hidrofóbicos). Al formar una membrana, la parte amante del agua se
coloca hacia fuera, mirando a la fase acuosa, mientras que la parte repelente
del agua se coloca hacia dentro, cara a cara con otra fila de partes repelentes
de agua cuyas partes afines al agua se disponen hacia afuera en la dirección
opuesta. Esta bicapa de lípidos se une en círculo formando la membrana celular
que separa el interior de la célula del medio externo. En conjunto, desde su
capacidad para disolver y transportar los constituyentes químicos de la vida,
hasta su capacidad de albergar estructuras de membrana, hacen del agua una
sustancia química única.
O quizá estemos pensando con poca perspectiva, demasiado centrados en la
Tierra. El agua es el fluido de la vida porque sus propiedades son perfectas
para el tipo de vida que conocemos. Tal vez un tipo diferente de vida podría
haber evolucionado en solventes diferentes con propiedades diferentes. Es
difícil descartar esta posibilidad. A veces se mencionan potenciales solventes
alternativos. Estos incluyen el amonio, el metano, el ácido sulfúrico o el
fluoruro de hidrógeno (FH); a las temperaturas y presiones adecuadas, comparten
algunas de las popiedades del agua, aunque no todas. Aparte de numerosos libros
y películas de ciencia ficción, hay también una literatura científica muy
activa sobre este tópico fascinante. Las discusiones sobre la vida en estas soluciones
alternativas son, sin embargo, altamente especulativas, o incluso imaginativas,
se podría decir. Por tanto, tomaré el camino fácil, y hasta donde podemos decir
con certeza, el agua es el solvente único y perfecto para la vida.
En resumen, hemos subrayado tres ingredientes básicos para la vida. Son
la energía, los componentes químicos que forman las células y el agua. Veremos
a continuación que la disponibilidad de cada uno de ellos está vinculada por
las propiedades especiales del planeta Tierra.
Empecemos por el agua. No es ningún secreto que la Tierra es un planeta
acuoso. Desde las fascinantes imágenes de nuestro «planeta azul» tomadas por la
NASA desde el espacio hasta la Rima del viejo marinero de
Samuel Taylor Coleridge, todo nos recuerda la extensión sin límites de los
océanos globales. No nos ocuparemos en detalle de por qué la Tierra tiene tanta
agua —probablemente una combinación de la temprana pérdida de gases desde su
interior y el suministro directo de los cometas—, sino más bien de por qué el
agua que tenemos es, bueno, acuosa. La respuesta, por supuesto, es que la mayor
parte del planeta tiene la temperatura adecuada, entre los puntos de ebullición
y congelación del agua. Pero ¿por qué? En esto, al menos en parte, somos
afortunados. Podemos pensar en ello de la siguiente forma. La Tierra se sitúa a
cierta distancia del Sol dictada por su órbita. Y el Sol tiene cierto brillo
dictado por su tamaño y composición química.
La cantidad de calor del Sol interceptada por la Tierra depende de una
combinación de esos dos factores. Sin embargo, como todos los planetas de
nuestro sistema solar se calientan por el mismo Sol, consideremos la distancia
al Sol como la variable clave. Es fácil imaginar que si la Tierra estuviera más
cerca del Sol recibiría más calor, y menos calor si estuviera más lejos.
Resulta que la Tierra reside a una distancia del Sol tal que el calor es
suficiente para permitir la persistencia del agua líquida. Cuando un planeta
está más cerca del Sol, como Venus, la temperatura se vuelve demasiado alta, y
el agua líquida hierve y se evapora a la atmósfera en el llamado «efecto
invernadero desbocado» (runaway greenhouse). Parte de esta agua puede
incluso perderse por completo debido a procesos químicos en la estratosfera. Si
el planeta está más lejos del Sol, como Marte, la superficie se vuelve
demasiado fría y se congela. La zona situada a la distancia óptima del Sol (o
de cualquier otra estrella, para el caso), donde puede persistir el agua
líquida, se denomina «zona habitable», y a veces «zona Goldilocks».[4]
Pero la distancia al Sol es sólo parte de la historia. La Tierra tiene
una atmósfera con gases de efecto invernadero que contribuyen a calentar la
superficie. Sin ningún efecto invernadero, y con el albedo de la superficie tal
y como es,[5] la
Tierra estaría congelada a unos 15 grados bajo cero. Por tanto, averiguar si un
planeta está en la zona habitable es más enredado de lo arriba descrito. Ello
requiere algunos cálculos bastante complejos sobre las transacciones de calor,
que se empezaron a utilizar hace unas décadas; sin embargo, los modelos citados
con más frecuencia fueron presentados en 1993 por Jim Kasting, de la
Universidad Estatal de Pensilvania, junto con sus colaboradores Daniel Whitmire
y Ray Raynolds. Jim ha sido un líder en aplicar su conocimiento detallado de la
dinámica de la química atmosférica al entendimiento de la evolución tanto de la
atmósfera terrestre como de la de otros planetas. Para abordar el asunto de la
zona habitable Jim intentó, utilizando su modelo, mantener agua líquida en el
planeta mediante cambios en los niveles de CO2 (dióxido de
carbono), ya que estos controlan el calentamiento por efecto invernadero. Es
fácil imaginar que distintos niveles de CO2 atmosférico serían
necesarios para mantener la zona habitable en respuesta a diferencias de la
luminosidad solar, que es básicamente la intensidad de la estrella, o del Sol
en nuestro caso.
Con el modelo de Jim, el alcance exterior de la zona habitable se
encuentra cuando las concentraciones de CO2 atmosférico se
vuelven tan altas que se forman nubes de CO2. Estas nubes impiden
que la radiación solar alcance la superficie del planeta, y por tanto
incrementan el albedo planetario. El resultado final es un planeta congelado.
Había otras consideraciones en el modelo de Jim que no trataré aquí, pero en
definitiva Jim y sus colegas concluyeron que Marte queda probablemente justo
fuera de la zona habitable. Por su parte, Venus queda también fuera de la zona
habitable. En este caso, la luminosidad solar es simplemente demasiado alta.
Incluso con unos niveles minúsculos de CO2 atmosférico que
aportan un mínimo calentamiento por efecto invernadero, la superficie del
planeta se hace tan caliente que el agua se evapora a la atmósfera. Esta
situación genera un efecto invernadero desbocado y unas temperaturas
superficiales muy altas, ya que el agua es también un buen gas de efecto
invernadero (¡y el más importante en la Tierra actual!).[6] Según
algunos cálculos de Jim, la frontera interior de la zona habitable puede
situarse tan cerca como al 95% de la distancia del Sol a la Tierra. Esto es más
o menos 7,2 millones de kilómetros más cerca del Sol de lo que estamos. Los
resultados de los cálculos de Jim se presentan en la figura 1.1, y se tomen
como se tomen significan que somos afortunados; la Tierra se sitúa ceñidamente
en la zona habitable del Sol.
FIGURA 1.1 Zona de habitabilidad, según determinaron Jim Kasting y sus
colegas. Se muestra la posición de los ocho planetas (más Plutón) de nuestro
sistema solar. Una UA (unidad astronómica) es la distancia de la Tierra al Sol.
El eje vertical muestra la proporción entre la masa de una estrella y la masa
del Sol. A distancias de una estrella menores del radio de rotación síncrona,
los planetas resultan bloqueados en unas rotaciones alrededor de su eje que
multiplican exactamente (por números enteros pequeños como 1, 2, 3, o por sus
fracciones como 3/2) el tiempo de rotación alrededor de la estrella (Mercurio
rota 3 veces sobre su eje por cada 2 órbitas alrededor del Sol). En algunos
casos, un planeta puede rotar una sola vez por cada periodo orbital, con la
misma cara del planeta siempre mirando a la estrella. Los planetas que ocupan
la zona habitable de una estrella pequeña están dentro del radio de rotación
síncrona.
Si esto es cierto, ¿por qué seguimos contemplando la posibilidad de vida
en Marte? En concordancia con los argumentos de Jim sobre la zona habitable, no
hay evidencia de agua superficial permanente en Marte, al menos por ahora. Pero
durante décadas de exploración por satélite y en superficie, incluidos los
recientes y muy exitosos rovers Spirit y Opportunity de
la Misión de Exploración por Rover (MER en sus siglas inglesas) y el sistema de
imagen térmica de alta resolución THEMIS a bordo de la nave Mars Odyssey, el
agua ha fluido y todavía fluye ocasionalmente en Marte. Las evidencias incluyen
toda clase de canales, acequias, charcos y rocas sedimentarias cuya formación
se puede explicar por la acción del agua. De hecho, el rover Curiosity ha
aterrizado recientemente en la superficie de Marte y, mientras escribo esto,
está explorando los alrededores de su lugar de aterrizaje, ¡que parece ser un
antiguo lecho fluvial! Todo ello sumado a observaciones espectroscópicas de
agua justo en y debajo de la superficie del suelo. Así, Marte demuestra que el
agua líquida puede encontrarse, al menos ocasionalmente, un poco por fuera de
la zona habitable. En contraste con la Tierra, sin embargo, cualquier vida que
pueda haber en Marte, si es que existe, no es evidente y estaría aparentemente
restringida en su ocurrencia y abundancia. Por tanto, Marte no sostiene ni
puede sostener la magnitud de vida que encontramos en nuestro planeta.
Enterrada en la discusión sobre los cálculos de la zona habitable de Jim
Kasting se halla la idea de que, a largas escalas de tiempo, la Tierra
realmente regula su propia temperatura. Esta idea fue avanzada por primera vez
por el cosmólogo Carl Sagan. Sagan hizo una gran contribución a nuestra
comprensión de la composición de las atmósferas planetarias, y ayudó a enmarcar
la discusión sobre la búsqueda de vida en el universo. Fue una enorme
inspiración para las personas interesadas en la ciencia mediante su
programa Cosmos de la PBS (Public Broadcasting System),
emitido originalmente en 1980. De mayor importancia aquí, sin embargo, él y su
colega George Mullen se preguntaron por qué la Tierra no se congeló al
principio de su historia, cuando el Sol era mucho menos luminoso que hoy.[7] Las
evidencias geológicas apuntan a la presencia más o menos continua de agua
líquida desde hace tanto como 4200 millones de años. Sin embargo, con la
abundancia actual de gases de efecto invernadero en la atmósfera terrestre, el
planeta se debería haber congelado bajo la escasa luminosidad del joven Sol.
Esto se conoce como «la paradoja del joven Sol débil». Sagan y Mullen arguyeron
que esa paradoja podría resolverse con una alta concentración de gases de
efecto invernadero como amonio y metano; estos gases son inestables en nuestra
atmósfera oxigenada actual, pero podrían haber estado presentes en la atmósfera
pobre en oxígeno de la Tierra temprana. Poco después se puntualizó, no
obstante, que el amonio habría sido inestable fotoquímicamente, incluso en una
atmósfera libre de oxígeno. Esto generó un grave problema para el modelo. Sin
embargo, en un verdadero salto cuántico intelectual, Jim Walker, Paul Hays y
Jim Kasting percibieron que el CO2 podría muy bien haber sido
el gas de efecto invernadero que evitara la congelación de aquella joven
Tierra. Muy bien, CO2 entonces. Pero esta propuesta va mucho
más allá, porque Walker, Hays y Kasting también demostraron un mecanismo que
regula realmente la temperatura superficial.
FIGURA 1.2 El ciclo del carbono actuando como regulador de la temperatura de
la superficie de la Tierra. Redibujado a partir de Karting (2010).
La lógica es la siguiente. El dióxido de carbono es introducido
constantemente desde el interior de la Tierra hacia la atmósfera. Ese CO2 viene
de los volcanes y de las fumarolas hidrotermales del fondo del océano. Sin
embargo, si miramos con atención, vemos que esas fuentes de CO2, o
al menos la mayoría de ellas, se originan como resultado de la continua
agitación de la Tierra en un proceso conocido como «tectónica de placas». En la
práctica, la pérdida de calor desde el interior de la Tierra (estimada en unos
5000 grados en la zona media) causa que el manto (la capa situada
inmediatamente debajo de la corteza terrestre) se mueva y se mezcle en el
proceso denominado convección. Esta convección crea regiones de efusión
volcánica, sobre todo en los océanos, que dividen la corteza terrestre en una
serie de placas móviles que cabalgan sobre el manto subyacente. A medida que
este proceso forma nuevo suelo oceánico, el suelo viejo va inyectándose de
vuelta al interior del manto en el proceso denominado «subducción» (véase la
figura 1.2). Este es un proceso violento que genera la mayoría de los grandes
terremotos, y es el principal constructor de las cadenas montañosas. De modo
que el CO2 es liberado a la atmósfera, pero no se acumula allí
para siempre. De hecho, es retirado activamente por un proceso conocido como
«erosión química», donde el CO2 reacciona con las rocas de la
superficie terrestre.[8] Un
aspecto particularmente interesante de esta erosión es su sensibilidad a la
temperatura: se acelera a temperaturas altas.
Con esto en mente, podemos empezar a imaginar cómo funciona la
regulación de la temperatura a escala planetaria. Si la temperatura de la
atmósfera se hace demasiado alta por alguna razón, la velocidad de la erosión
se incrementará, y el CO2 será retirado más activamente de la
atmósfera. La remoción incrementada de CO2 causará a su vez una
caída de la concentración de CO2 en la atmósfera, reducirá el
calentamiento por efecto invernadero y, como resultado, la temperatura bajará.
Por lo tanto, se alcanza un punto de equilibrio entre la concentración de CO2,
la temperatura y la tasa de remoción del CO2 por erosión.
Supongamos que por alguna razón la Tierra se congela por completo. Esto puede
haber ocurrido unas pocas veces a lo largo de la historia de la Tierra. Si
ocurre, no tenemos que preocuparnos, al menos si consideramos grandes escalas
de tiempo geológico. Los procesos tectónicos aseguran que el CO2 será
añadido continuamente a la atmósfera. Sin agua líquida, no habrá retirada de CO2 por
erosión, de modo que la concentración de CO2 seguirá aumentando
hasta que las temperaturas alcancen el punto en que el hielo se funde, y la
erosión comenzará de nuevo.
Durante la erosión, el CO2 se convierte en un ión
soluble llamado bicarbonato (HCO3—), que precipita en forma de
minerales como la calcita y la dolomita (como conchas de moluscos y arrecifes
de coral, por ejemplo) en los océanos. Estos minerales se descomponen para dar
de nuevo CO2 durante los procesos de subducción, lo que
completa el ciclo. Resumiendo, por tanto, a través del ciclo de las rocas, la
Tierra tiene un mecanismo activo de control de la temperatura, operado por los
movimientos del manto y los procesos asociados de la tectónica de placas. Por
tanto, la tectónica de placas es también crucial para permitir a la Tierra
disfrutar de un suministro continuo de agua líquida a lo largo de la mayor
parte de su larga historia.
Esta es una historia preciosa, pero ¿es cierta? Yo creo que debe serlo,
al menos a grandes rasgos. Algunas evidencias geológicas, sin embargo, apuntan
a concentraciones de CO2 en la Tierra primitiva demasiado bajas
como para calentar una Tierra iluminada por aquel Sol poco poderoso.[9] De
nuevo Jim Kasting ha entrado en la discusión remontándose a Sagan y Mullen, al
sugerir que el metano puede haber sido un importante gas de efecto invernadero
en la historia temprana de la Tierra. Esto ayudaría a explicar las bajas
concentraciones de CO2.[10] Puede
ser cierto, pero el ciclo del metano por sí mismo no conduce a un control de
temperatura robusto de forma tan obvia como el CO2. Muy
recientemente, Minik Rosing y sus colegas (encontraremos a Minik de nuevo en el
capítulo 7) han argumentado que tal vez hayamos estado enfocando el problema de
manera incorrecta. Sugieren, de hecho, que tal vez el albedo de la Tierra joven
era mucho más bajo que hoy,[11] de
modo que quizá no fuera necesario tanto gas de efecto invernadero para calentar
el planeta. A Jim Kasting no le vuelve loco esta idea, pero unas
concentraciones más bajas de CO2 atmosférico pueden satisfacer
tanto las evidencias geológicas sobre los niveles antiguos de CO2 y
producir el suficiente efecto invernadero para calentar el planeta en presencia
de un débil Sol joven. Por lo tanto, el mecanismo de control por CO2 tal
y como fue descrito originalmente por Walker y Kasting puede todavía funcionar para
regular la temperatura de la Tierra a lo largo del tiempo, incluso si los
niveles primitivos de CO2 fueron menores de lo que pensábamos.
Ahora volvamos a nuestra cuestión original. Una cosa es tener agua, y
otra muy distinta sustentar una biosfera abundante. Como se mencionó al
principio de este capítulo, la vida está por casi todas partes en la superficie
de la Tierra. Pero ¿cómo la sustenta nuestro planeta? Intentemos hacer algunos
cálculos. La vida fotosintética en la Tierra, funcionando a las presentes tasas
de fotosíntesis, consumirían todo el CO2 de la atmósfera en
nueve años.[12] Asimismo,
la vida fotosintética de los océanos consumiría todo el fósforo disponible, un
nutriente clave para las plantas acuáticas y las algas, en sólo 86 años.[13] Siendo
así, ¿cómo podemos sustentar tanta vida durante largas escalas de tiempo? Parte
de la respuesta es que la mayor parte del CO2 y de los
nutrientes vinculados a las plantas y algas son liberados de vuelta a la
atmósfera a medida que estos organismos mueren y son consumidos y descompuestos
por toda clase de criaturas desde pandas gigantes hasta bacterias. Bien, pero
aun así hay parte del material de las plantas y del fósforo que no se devuelve
al entorno, sino que se entierra en sedimentos y acaba formando parte de las
rocas. Si rehacemos nuestros cálculos para tomar en cuenta estas tasas de
pérdida, encontramos que el CO2 sería consumido en 13 000 años,[14] y
el fósforo en 29 000 años. Estas son todavía unas escalas de tiempo comparadas
con los miles de millones de años que la vida ha perdurado en el planeta y los
cientos de millones de años en que las plantas y los animales han poblado
tierra firme. ¿Cómo explicamos esto?
La respuesta es realmente muy simple. Recurrimos a los mismos procesos
tectónicos que usamos para explicar el papel del CO2 cuando
resolvimos la paradoja del débil Sol joven. Afortunadamente, cuando los
materiales son secuestrados en sedimentos marinos en la Tierra, no se quedan
atrapados allí permanentemente. Los movimientos tectónicos del planeta así lo
aseguran. Mediante los procesos de subducción, levantamiento de montañas y
cambio del nivel del mar (el nivel del mar es influido tanto por la tectónica como
por el clima), la mayoría de esos materiales acaban exponiéndose de nuevo al
entorno erosivo. Durante la erosión, la materia orgánica vuelve a convertirse
en CO2, el fósforo se libera de nuevo como solución, y una plétora
de otros ingredientes para la vida vuelve a estar disponible para sustentar el
crecimiento de los organismos. La clave aquí es que la magnitud de vida que
disfrutamos en la Tierra es posible por el reciclaje activo de los
constituyentes de la vida por procesos tectónicos. Esto fue reconocido por
primera vez hace más de 200 años por James Hutton, a quien ya encontramos en el
prefacio. Escribió en su tratado Teoría de la Tierra (1788):
El fin de la naturaleza al situar un fuego interno o poder de calor, y
una fuerza de expansión irresistible, en el cuerpo de esta Tierra, es
consolidar el sedimento recolectado en el fondo del mar, y formar de allí una
masa de tierra permanente por encima del nivel del océano para el mantenimiento
de plantas y animales.
Por último, ¿qué hay de la energía? Diré mucho más sobre la energía en
el siguiente capítulo, sobre todo acerca de los tipos de energía necesarios
para la vida, en muchos de los cuales no pensamos normalmente. En la Tierra
moderna, sin embargo, la mayoría (probablemente más del 99%) de la energía de
la biosfera viene en último término del Sol, alimentando la fotosíntesis de las
plantas, las algas y los microbios (conocidos como cianobacterias; veremos
mucho más sobre ellos en capítulos posteriores) que producen materia orgánica y
oxígeno. Estos productos de la fotosíntesis son recombinados biológicamente en
las grandes cadenas alimenticias de la Tierra. Por ejemplo, los copépodos del
océano comen algas, los peces pequeños se comen a los copépodos, los peces
grandes se comen a los pequeños, y peces aún más grandes se comen a aquellos.
Estos peces mueren y se descomponen por la acción de una variedad de bacterias,
que a su vez son consumidas por otros organismos. La cadena sigue y sigue, pero
es alimentada, en último término, por la materia orgánica y el oxígeno
producidos por la fotosíntesis. Como se describió más arriba, sin embargo, los
organismos que producen el oxígeno y alimentan la biosfera obtienen sus bloques
de construcción de material reciclado mediante la tectónica de placas. Por
tanto, mientras que el Sol aporta la energía, la tasa a la que la tectónica
recicla los componentes biológicos básicos establece el tempo.
Visto todo, debemos admitir que la Tierra es un lugar maravilloso para
la vida. Se sitúa cómodamente dentro de la zona habitable del Sol. Además, su
activa tectónica controla la temperatura del entorno de superficie, al aportar
un suministro continuo de agua líquida, y también recicla los componentes
básicos requeridos para estimular una vida abundante. Como veremos en el
siguiente capítulo, la misma tectónica puede también haber generado unas
condiciones óptimas para la primera biosfera.
Capítulo 2
La vida antes del oxígeno
Fue sin duda el viaje de mi vida. «¿Le produce claustrofobia?», preguntó
el hombre. «No, en absoluto», mentí.[15] «Bien»,
replicó él, «y haga lo que haga, no toque la manivela roja; sólo se usa en caso
de emergencia». Con unas pocas instrucciones más, cerraron la escotilla y nos
despegamos de la grúa. Nos dejaron meneándonos libremente sobre las olas, y
esperé anticipando nuestro descenso.
Estaba sentado en el Alvin, el primer sumergible
norteamericano de alta profundidad. Conmigo estaba mi buen amigo y colega Bo
Barker Jorgensen, ahora en la Universidad de Aarhus en Dinamarca, y nuestro
piloto Jim. Alvin fue utilizado por primera vez en 1964, y ha
sido el principal vehículo para los descubrimientos en las profundidades del
mar durante décadas desde entonces. Una entregada tripulación de apoyo mantiene
a Alvin en perfectas condiciones y, según me dijeron, no es
probable que quede una sola pieza del vehículo original. Pese a ello, una vez
dentro de Alvin (al menos en 1999), uno no puede dejar de
recordar la edad dorada de la exploración espacial, con interruptores de
palanca y luces indicadoras incandescentes protegidas por esferitas de cristal.
Te sientes como si fueras sentado en el módulo lunar, con una tecnología
robusta que funciona. Y Alvin no sólo carece de sofisticación,
sino también de amenidades. Los tres ocupantes están apretujados en una esfera
de titanio de dos metros de diámetro, con los científicos sentados en extremos
opuestos en unas alfombrillas de espuma. Hay que estirar el cuello como un
pollo para mirar por los dos pequeños visores, que apuntan hacia abajo, o
alternativamente uno puede fijar los ojos en los monitores de vídeo situados
arriba. El calor corporal de los ocupantes calienta el batiscafo. Hay un tanque
de oxígeno para suministrar este gas precioso, y un cartucho para retirar el CO2 que
se acumula en el aire. No pregunten por el baño.
Estábamos flotando unos 1500 metros por encima del suelo oceánico de la
cuenca de Guaymas en el golfo de California. Atravesando el golfo de California
hay una zona de expansión conocida como la Elevación del Pacífico Este, que
separa la placa norteamericana, al este, de la placa del Pacífico, al oeste. La
divergencia de estas placas empuja lentamente la Baja Península apartándola del
México continental. Este centro de expansión es algo inusual porque incluye una
cubierta de sedimento espeso de cerca de un kilómetro depositada a lo largo de
millones de años a partir de partículas suministradas por el antaño caudaloso
río Colorado.[16] El
agua marina circula a través de rocas calientes del centro de propagación,
formando fluidos hidrotermales que difunden hacia arriba a través del sedimento
y emergen al suelo marino, precipitando grandes cantidades de yeso (CaSO4×2H2O)
y suministrando abundante sulfuro al entorno local.
Empezamos nuestro descenso por la columna de agua. Mi nariz está pegada
al puerto de observación mientras pasamos lentamente a través de la zona
superior iluminada del océano.[17] La
luz desaparece en la negrura, y veo el destello luminescente ocasional de una
criatura marina sin identificar. Pronunciamos pocas palabras, pero ninguna es
necesaria mientras nos hundimos a través de la oscuridad con las notas de
Brahms sonando en el reproductor de cintas suministrado por nuestro piloto.
Después de una hora o así, las luces exteriores de Alvin se
encienden, y pestañeo al ver el más fantasmal de los paisajes. Grandes
montículos de gusanos tubulares Riftia se elevan de las
sombras,[18] meciéndose
suavemente en colinas de yeso en expansión. Estos elegantes animales marinos,
tan bellos en vida, no tienen boca ni ano, y viven a base de cultivar bacterias
oxidantes de sulfuro en su intestino. Riftia ha desarrollado
un elaborado mecanismo para transportar oxígeno y sulfuro a las bacterias, que
sobreviven combinando esas sustancias. Si miramos con atención, lo que parece
ser nieve cayendo lentamente en la corteza de yeso es realmente una población
de bacterias de vida libre oxidantes de sulfuro del género Beggiatoa (lámina
1). Se extienden hasta el límite de las luces del Alvin. También se
ven muchos otros animales que, de un modo u otro, viven de la abundancia de
vida microbiana sustentada por el sulfuro que emana de las soluciones
hidrotermales. Como un recordatorio de esto, vemos alrededor de nosotros la
efervescencia de las aguas hidrotermales calientes y ricas en sulfuro
filtrándose desde la corteza que se acumula. El sulfuro alimenta a las
bacterias que alimentan a los animales.
La vida abundante que encontramos en la cuenca de Guaymas y muchos otros
sistemas hidrotermales de las profundidades oceánicas alrededor del mundo es
alimentada por el sulfuro de las fumarolas, pero también requiere oxígeno de
manera crucial. Estas bacterias oxidantes de sulfuro viven combinando el
sulfuro con el oxígeno. Si quitáramos el oxígeno, ¿con qué nos quedaríamos? Los
animales desaparecerían, las bacterias oxidantes de sulfuro no podrían
sobrevivir, y casi todos los signos de vida que dominan nuestra visión desde
las ventanillas del Alvin estarían ausentes. ¿Y qué ocurriría
a escala planetaria? En el capítulo anterior vimos que, en la Tierra actual,
más del 99% de la energía que alimenta a la biosfera viene del Sol canalizada a
través de los fotosintetizadores productores de oxígeno. Si quitáramos los
productores de oxígeno y toda la comida que generan, las grandes cadenas
alimentarias de la Tierra se colapsarían dejando, bueno, ¿qué? Esta cuestión se
hace pertinente cuando buscamos comprender la naturaleza de la vida en la
Tierra antigua, antes de que evolucionara la producción de oxígeno.
Para responder esto, volvamos a la cuenca de Guaymas (o a casi cualquier
otro centro de expansión con emisiones hidrotermales). Si quitáramos el
oxígeno, la vida resultaría gravemente disminuida, pero aún quedaría alguna que
podríamos encontrar. Pensemos en lo que suministran los fluidos hidrotermales.
Como dije más arriba, en las profundidades de los océanos libres de oxígeno, el
sulfuro sería de poca utilidad para la vida, pero los fluidos hidrotermales
también contienen muchos otros compuestos, algunos de los cuales son muy
interesantes para los organismos. Empecemos por el gas hidrógeno y el CO2,
que pueden alcanzar unas concentraciones bastante altas en los fluidos de las
fumarolas hidrotermales. ¿Recuerdan las vacas del último capítulo? El mismo
tipo de metanógenos (autótrofos)[19] que
encontramos en sus sistemas digestivos pueden también combinar H2 (hidrógeno)
y CO2 para producir metano en los sistemas de las fumarolas
hidrotermales.[20] De
hecho, muchos metanógenos están adaptados a temperaturas muy altas, de más de
100 grados, y se hallan asociados a las fumarolas hidrotermales modernas.
Incluso sin oxígeno, estos metanógenos crecerían y se multiplicarían, y
algunos morirían. La población alcanzaría una especie de estado estacionario,
donde el crecimiento compensa a la muerte, y los organismos muertos servirían
de comida para otros microbios. En nuestros días, las bacterias fermentadoras
representan un papel principal en la descomposición de las sustancias orgánicas
producidas por los organismos. Obtienen energía y crecen a través del proceso
de fermentación, por el que generan moléculas orgánicas simples que otros
microbios pueden usar. De hecho, los metanógenos de un tipo diferente
(heterótrofos)[21] pueden
usar esos compuestos orgánicos simples y producir metano y CO2. Por
lo tanto, vemos la posibilidad de un ecosistema basado en el metano, con los
metanógenos autótrofos como productores primarios, y una serie de bacterias
fermentadoras y metanógenos heterótrofos como consumidores.
Esto, según creo, es una visión realista de los principales jugadores
microbianos que poblaron los ecosistemas primitivos en las fumarolas
hidrotermales de las profundidades oceánicas antes del advenimiento de los
organismos productores de oxígeno. Otras poblaciones de microbios, sin embargo,
pudieron haber estado también presentes, aumentando la diversidad del
ecosistema. Por ejemplo, si el sulfato se encontrara en el agua marina, aunque
fuera en pequeñas concentraciones (veremos mucho más sobre el sulfato en
capítulos posteriores), podría sostenerse un proceso conocido como «reducción
del sulfato». En este proceso, las bacterias reductoras de sulfato obtienen
energía y crecen a través de la reacción del sulfato con la materia orgánica o
el H2; se produce entonces sulfuro y CO2.[22] Estos
antiguos reductores de sulfato, entonces, podrían haber vivido de la materia
orgánica de otros microbios muertos, o del H2 que emanaba de
las fumarolas hidrotermales. Parece probable, por tanto, que los ecosistemas
hidrotermales albergaran una población bastante diversa de microbios, pero el H2 habría
sido la fuente primaria de energía más probable.[23]
Los sistemas hidrotermales de las profundidades marinas, sin embargo, no
serían los únicos lugares donde se hallaría la vida antes del oxígeno. La joven
biosfera, de hecho, probablemente presenció una acción considerable en tierra
firme y en las zonas altas del océano global. Hay muchas razones para sostener
esto, pero empezaremos por el H2S (sulfuro de hidrógeno) que
revestía un interés tan escaso para la vida en el océano profundo, oscuro y
carente de oxígeno. En tierra firme, y a la luz del día, el H2S se
vuelve de repente muy interesante. Cuando estuviera disponible, el H2S
debió ser muy útil para un grupo de organismos fotosintéticos que evolucionaron
mucho antes que los mejor conocidos productores de oxígeno. Puesto que estos
fotosintetizadores no producen oxígeno, se los conoce como fotótrofos
anoxigénicos.[24] Hablaré
mucho de su evolución en el siguiente capítulo, pero aquí introduciré al lector
en su ecología. A decir verdad, no son nada raros.
Siempre he soñado con vivir junto al mar y, en un acto de despreocupada
indulgencia, mi familia estuvo de acuerdo en comprar una casita en la isla
danesa de Bornholm, donde veraneamos todos los años. En la parte suroriental de
la isla hay una serie preciosa de playas blancas cuya arena es tan fina y
regular que antiguamente se utilizaba para hacer relojes de arena. Precisamente
porque la arena es tan fina, se humedece con facilidad y permanece húmeda mucho
tiempo, y si arañas con el pie una zona húmeda, encuentras a menudo una serie
de capas verdes, rojas y negras muy interesante y reproducible (lámina 2). Si
acercas la nariz, puedes sentir el ligero olor del sulfuro de hidrógeno. El
sulfuro proviene de la reducción del sulfato, un proceso que ya hemos encontrado
anteriormente, y el color negro es producto de la reacción entre el sulfuro y
pequeñas cantidades de minerales de hierro en la arena. La capa verde toma su
color de las cianobacterias productoras de oxígeno que exploraremos en detalle
en los próximos capítulos. Lo más importante para nuestra presente discusión es
la banda roja, que recibe su color de los organismos fotosintéticos
anoxigénicos. Estos organismos utilizan la energía del Sol para convertir
sulfuro en sulfato, y en el proceso generan biomasa celular a partir de CO2.
Aunque la arena de Bornholm proporciona un buen entorno para las
poblaciones fototróficas anoxigénicas que usan sulfuro, estas arenas aportan
sólo una pobre analogía de la Tierra antigua. Esto se debe a que el sulfuro
utilizado por esta población de fotótrofos anoxigénicos se obtiene, en último
término, de la descomposición del material orgánico producido por las
cianobacterias que pueblan las capas altas de la arena. Si quitáramos las
cianobacterias nos quedaríamos sin sulfuro para que lo usaran los fotótrofos
anoxigénicos. Un entorno más análogo a la Tierra joven sería el tipo de fuentes
termales que se encuentran en el parque nacional de Yellowstone, en Islandia o
en la Isla Norte de Nueva Zelanda.
Visité el Parque Yellowstone de niño. Me maravillaron los manantiales de
agua caliente y me quedé hipnotizado por el «Old Faithful», pero mi atención
permaneció absorbida sobre todo por el avistamiento de osos desde la seguridad
de nuestro coche. También recuerdo los colores, sin embargo, los bellos
marrones, naranjas, rojos y verdes propagándose como pinturas abstractas desde
las gargantas sin fondo aparente de las fuentes hidrotermales. Sólo después de
algunos años aprendí que esos colores se formaban por alfombras de bacterias,
muchas de las cuales contienen grandes poblaciones de fotótrofos anoxigénicos
que oxidan el sulfuro hidrotermal que emana de los manantiales. Esto, en mi
opinión, sí es un análogo aceptable de lo que podríamos haber encontrado en la
Tierra antigua. Como en el caso de las fumarolas, podemos imaginar el
desarrollo de ecosistemas complejos. Los fotótropos anoxigénicos oxidantes de
sulfuro producirían sulfato, que sería usado por bacterias reductoras de
sulfato para oxidar la materia orgánica producida por los fotótropos. Durante
la reducción del sulfato, el sulfato es reducido a sulfuro, lo que recicla el
sulfuro para que lo usen de nuevo los fotótropos anoxigénicos. Como en los
ecosistemas de la fumarolas hidrotermales, varias bacterias fermentadoras
ayudarían a descomponer la materia orgánica y a generar así comida para las
bacterias reductoras de sulfato. Este tipo de ecosistema se conoce como sulfuretum,
un término introducido por Laurens Baas Becking en 1925 (Baas Becking iniciaría
más tarde el campo de la geobiología con su libro de 1934 Geobiologie)
(figura 2.1). Un ecosistema así también recicla la materia de una forma
directamente análoga a lo que ocurre en nuestra moderna biosfera oxigenada.
Basta sustituir el sulfuro por agua, y el sulfato por oxígeno.
FIGURA 1.2 Posible funcionamiento de un primitivo ecosistema microbiano
basado en el azufre, con la probable influencia adicional del reciclado
microbiano del metano. El reciclado del metano ocurrirá si parte del sulfato
producido durante la fotosíntesis anoxigénica se pierde del sistema, por
ejemplo por vertido a un río. Se muestra también el proceso de oxidación
anaeróbica del metano, u oxidación del metano con sulfato; es posible que sea
significativa, pero no se discute en el texto. Redibujado a partir de Canfield
y colaboradores (2006). CH2O indica compuestos orgánicos.
Si parte del sulfato producido por los fotótrofos anoxigénicos fuera
retirado con el flujo de agua hidrotermal, quedaría insuficiente sulfato para
descomponer toda la biomasa muerta mediante las bacterias reductoras de
sulfato. Esta deficiencia permitiría que una comunidad de bacterias productoras
de metano se desarrollara y descompusiera el resto del material orgánico,
añadiendo incluso más complejidad a nuestro ecosistema alimentado por sulfuro.
Si pudiéramos haber visitado esos ecosistemas ancestrales, nos habrían
maravillado las coloridas alfombras microbianas, de algún modo análogas a las
que encontramos hoy. La vida parecería copiosa en esas áreas hidrotermales. Sin
embargo, dada la escasez general de tales áreas a una escala global, los
ecosistemas basados en sulfuro probablemente habrían contribuido sólo un poco a
la actividad total de la biosfera.
Para encontrar grandes jugadores en la Tierra antes del oxígeno, miremos
al cielo y reparemos en que los volcanes primitivos habrían escupido gases como
H2, SO2 (dióxido de azufre), CO2 y H2S
a la atmósfera. Como en los sistemas hidrotermales de las profundidades
oceánicas, las poblaciones productoras de metano habrían sido sustentadas por
el H2 y el CO2 volcánicos. Cabe imaginar a
metanógenos viviendo en suelos saturados en tierra firme, en lagos y en el mar,
a base de combinar CO2 y gas hidrógeno. De manera más
importante, sin embargo, muchas bacterias fotótrofas anoxigénicas pueden
convertir el gas hidrógeno (H2) en agua. Acoplan esta reacción a la
generación de biomasa celular a partir de CO2.[25] Estos
antiguos fotótrofos que utilizan hidrógeno habrían poblado los antiguos lagos,
estanques y la superficie del océano; de hecho, habrían vivido en cualquier
entorno acuoso iluminado por el Sol en el que el H2 y el CO2 de
la atmósfera se pudiera disolver. ¿Cuán productivo habría sido ese metabolismo
ancestral? Minik Rosing, Christian Bjerrum y yo desarrollamos un modelo
concebido originalmente por Jim Kasting y su grupo en Penn State (ya
encontramos a Jim en el último capítulo), y estimamos que los fotótrofos
anoxigénicos que usaran gas hidrógeno podrían haber producido biomasa a una
velocidad máxima de unos 3×1013 moles de carbono orgánico al
año (equivalentes a 3,6×1014 gramos de carbono al año). Esto
parece un gran número, pero sigue siendo cien veces menos que las tasas de
producción de carbón orgánico en la biosfera actual, sustentada por la
fotosíntesis oxigénica.
Para averiguar cuál puede haber sido el mayor jugador en la biosfera
ancestral antes del oxígeno, hagamos una inmersión imaginaria con Alvin a
las profundidades de los océanos primitivos. Mientras descendemos, enfoquemos
nuestra atención a la profundidad exacta en que la luz solar se disipa en la
oscuridad. Aquí podríamos muy bien observar una densa población de bacterias y,
curiosamente, una gran abundancia de minerales de óxido de hierro, que se
pueden ver básicamente como óxido. Nuestros sensores químicos detectarían
también una acumulación de hierro ferroso (Fe2+) disuelto en las aguas
profundas, por debajo del lugar donde encontramos las partículas de óxido. ¿Qué
ocurre aquí?
Oiremos mucho más sobre el hierro en capítulos posteriores, pero
básicamente el hierro ferroso es la forma del hierro que persiste en ausencia
de oxígeno, y que se disuelve sin problemas en el agua. Por tanto, sin oxígeno
en la atmósfera, el hierro ferroso que proviene de las fumarolas hidrotermales
se debió acumular en las profundidades oceánicas ancestrales. De hecho, tenemos
evidencias de esto en la acumulación masiva de un tipo peculiar de roca
sedimentaria conocida como formaciones de hierro bandeado (BIF en sus siglas
inglesas, lámina 3). Estas formaciones son especialmente abundantes en el
registro de rocas antes de 2500 millones de años atrás (aprenderemos mucho más
sobre las BIF en capítulos posteriores), y nuestros mejores modelos sostienen
que esas BIF se formaron a partir del hierro ferroso disuelto en el agua del
mar. Pero, centrándonos de nuevo en la capa de partículas, ¿cuál es la fuente
de todas esas bacterias, y de todo ese óxido?
El microbiólogo Fritz Widdel, del Instituto Max Planck de Microbiología
Marina en Bremen, Alemania, es la viva imagen de la paciencia. De hecho, su
paciencia le ha permitido hacer muchos descubrimientos fundamentales en nuestra
comprensión del metabolismo microbiano. En uno de esos avances, Fritz y sus
estudiantes recogieron barro de un canal de desagüe cercano al Instituto Max
Planck,[26] y
lo incubaron bajo la luz añadiendo hierro ferroso. Esperaron, esperaron,
esperaron y, finalmente, pasados unos cuantos meses, vieron una población de
bacterias purpúreas creciendo en el barro. Las transfirieron a un medio de
cultivo y… siguieron esperando. Y entonces por fin, tras todas esas esperas,
aislaron una población de bacterias fotótrofas anoxigénicas (lámina 4) capaces
de crecer a partir del hierro ferroso y formando, esencialmente, óxido en el
proceso. La gente había supuesto desde hacía tiempo que una población semejante
debía existir en la naturaleza, pero nadie tenía ni la paciencia de Fritz ni su
talento para aislarlas. Sin embargo, ¿habría sido una población semejante de
importancia en los océanos primitivos?
Como investigadores del pasado distante, intentamos identificar los
entornos modernos que emulan, tan de cerca como sea posible, los ambientes
ancestrales que tratamos de entender. ¿Dónde, sin embargo, podríamos encontrar
un análogo a un océano rico en hierro de 3000 a 4000 millones de años? Mientras
yo estaba reflexionando sobre esto, un estudiante de doctorado canadiense, Sean
Crowe, estaba visitando nuestro laboratorio y nos explicó que estaba trabajando
en el lago Matano de Sulawesi, Indonesia. Y este resultó ser exactamente el
entorno que buscábamos. El lago es profundo, con casi 600 metros, claro y
estable. De forma crucial, acumula unas concentraciones de hierro ferroso en
las aguas cercanas al fondo. Sean estaba planeando un nuevo viaje a Matano e invitó
a mi estudiante de doctorado CarriAyne Jones a ir con él. Sean y CarriAyne
aprendieron mucho sobre el lago, pero lo más importante fue que descubrieron
una población fotótrofa anoxigénica justo donde el hierro, procedente de las
aguas inferiores, se oxida al encontrarse con la pálida luz que llega de
arriba. Aunque estos fotótrofos han evadido el aislamiento, Sean y CarriAyne
concluyeron, tras una variedad de consideraciones, que lo más probable es que
oxiden el hierro ferroso a óxido en el lago. El lago Matano está muy lejos del
desagüe de Fritz Widdel, pero ambos entornos apuntan a la posibilidad de que
bacterias fotótrofas anoxigénicas oxidantes de hierro pudieran haber hecho una
contribución importante a la productividad biológica de la Tierra primitiva.
Imaginamos que estos organismos oxidantes de hierro habrían sido socios
en ecosistemas que también contaban con bacterias fermentadoras y las
denominadas bacterias reductoras de hierro. Los reductores de hierro son un
grupo bien conocido de microbios que crecen reduciendo el óxido férrico de
vuelta a hierro ferroso, oxidando materia orgánica o H2 en el
proceso. En los océanos primitivos, habrían hecho el mismo trabajo recombinando
los productos de la fotosíntesis, los óxidos de hierro y la biomasa celular, oxidando
la biomasa celular para dar CO2, y reduciendo los óxidos de hierro
para volver a dar hierro ferroso disuelto en el agua (figura 2.2). Este
ecosistema reciclaría eficazmente el hierro, y la actividad de los fotótrofos
vendría controlada en último término por la disponibilidad de hierro ferroso y
nutrientes. Minik, Christian y yo también intentamos hacer un modelo para
estimar el nivel de actividad de esta primitiva población fotótrofa. Nuestros
cálculos resultaron muy imprecisos y cargados de suposiciones e incertidumbres,[27] pero,
reconociendo esas limitaciones, calculamos que una biosfera basada en el hierro
podría haber tenido, quizá, el 10% de la actividad de la biosfera marina
actual. No tan mezquino.
FIGURA 2.2 Posible estructura de un ecosistema basado en el hierro en los
océanos. Los detalles se explican en el texto. Redibujado a partir de Canfield
y colaboradores (2006).
Resumamos. Parece probable que, antes de la evolución de los organismos
productores de oxígeno, existieran en la Tierra numerosos ecosistemas
interesantes y dinámicos en entornos que abarcarían desde las profundidades
oceánicas hasta la superficie del mar y los sistemas hidrotermales basados en
tierra firme, así como en los lagos y en los suelos. En algunos casos estos
ecosistemas habrían sido algo diminutos, y en otros, muy obvios a simple vista.
El ecosistema más activo pudo haber estado basado en la oxidación del hierro
ferroso disuelto en los océanos. Parece probable, sin embargo, que la biosfera
ancestral fuera mucho menos activa que la actual, que está conducida por
organismos productores de oxígeno.
¿Podemos hallar alguna evidencia de esos ecosistemas antiguos en el
registro geológico? Esto dista de ser seguro. Una dificultad, que exploraremos
en más detalle en el capítulo 7, es que realmente no sabemos cuándo
evolucionaron las cianobacterias productoras de oxígeno. Por tanto, no estamos
seguros de cuánto debemos remontarnos en el tiempo para tener confianza en que
las rocas que exploramos se depositaron en un mundo carente de organismos
productores de oxígeno. E incluso descontando esto, no hay muchas de esas rocas
antiguas por ahí, y las que podemos encontrar no están en buena forma. Como
exploraremos en el capítulo 6, la misma tectónica de placas que hace del mundo
un lugar tan habitable deja un registro geológico fragmentado y comprometido.
Los volteos, mezclas y movimientos del planeta promueven la erosión física y
química de las rocas antiguas y también estimulan su enterramiento, calentado y
deformación. En breve, la mayoría de las rocas que antaño ocuparon la
superficie del planeta ya no están allí, y muchas de las que quedan han sufrido
calor y una gran deformación, y este problema se vuelve peor cuanto más atrás
en el tiempo miremos.
Aun así, a pesar de las injurias de la edad, hay algunas pistas sobre
los tipos de vida microbiana que poblaron los ecosistemas muy antiguos. De
hecho, un lugar muy revelador para investigar son las rocas de casi 3500
millones de años de North Pole en Australia.[28] Estas
rocas están notablemente bien conservadas para su edad, y han sido estudiadas
de forma intensa por mi colega australiano Roger Buick, ahora en la Universidad
de Washington. Roger pinta una imagen de un terreno volcánico activo al borde
del océano. Imagine el lector unas lagunas marinas semiaisladas que mojan a los
vertidos basálticos y acumulan sedimentos en un entorno con altas
concentraciones locales de sulfato en el agua. La fuente de sulfato era
probablemente, en último término, los gases sulfurosos que desprendían los
volcanes de la zona. Los minerales de sulfato, algunos de los cuales se
depositaron originalmente en forma de yeso (todos son ahora barita, BaSO4),
están asociados a piritas de grano fino y forman un componente importante de
los sedimentos. Mi entonces posdoc (investigador posdoctoral)
Yanan Shen, junto a Roger Buick y yo mismo, examinamos la composición isotópica
del azufre en los sulfatos y piritas de esas rocas. Diré más sobre lo que esos
isótopos nos revelan en los capítulos 7 y 9, pero nuestros resultados indicaron
que el sulfuro de las piritas se formó por reducción microbiana de sulfatos.
Nos sentimos orgullosos de ese resultado, porque documentaba tanto la evolución
temprana de las bacterias reductoras de sulfato como el metabolismo microbiano
específico más antiguo que se conocía en el registro geológico.
Como cabía esperar, este hallazgo fue sometido a un escrutinio intenso,
con la discusión centrada en si el sulfuro pudo formarse por un proceso
termoquímico sin implicación de organismo alguno. Esto puede suceder si se
calienta el sulfato junto a materia orgánica a una temperatura lo bastante
alta. Yanan Shen ha revisitado desde entonces esas rocas con una estrategia de
isótopos de azufre más sofisticada y ha generado nuevos resultados que son
coherentes con nuestro hallazgo anterior.
Hay más aún. Las rocas basálticas que yacen justo debajo de los
sedimentos explorados por Yanan, Roger y yo aparecen entrecruzados con varios
canales ricos en sílice, y estos contienen diminutas inclusiones de fluidos y
gases. Como los canales se formaron al mismo tiempo que los sedimentos, estas
inclusiones podrían, en principio, contener más pistas sobre los microbios que
vivieron hace 3500 millones de años. De hecho, Yuichiro Ueno, del Instituto de
Tecnología de Tokio, y sus colegas han examinado los gases presentes en esas
inclusiones y han hallado que muchas contienen bastante metano. Han dividido
las inclusiones entre aquellas que parecen primarias, que datan de la misma
época en que se formaron los canales, y otras que parecen secundarias, formadas
después del emplazamiento original de los canales. Luego han medido la
composición isotópica del metano, puesto que el metano biogénico da una señal
isotópica distinta. El resultado es que las inclusiones primarias contienen una
composición isotópica del metano (no se preocupe por los detalles) coherente
con un origen biogénico a través de la metanogénesis microbiana. En contraste,
las inclusiones secundarias presentan composiciones isotópicas más coherentes
con fuentes no biogénicas. Esto constituye una bonita pieza de investigación
detectivesca en versión geoquímica, y muestra que los organismos productores de
metano también eran parte del ancestral ecosistema microbiano de North Pole,
Australia.
En conclusión, las evidencias geológicas implican que muchos de los
procesos que hemos imaginado fueron en verdad parte de la biosfera ancestral
que funcionaba hace 3500 millones de años. Estos procesos incluyen la
metanogénesis, la reducción del sulfato y la descomposición de la biomasa
orgánica muerta, que fue probablemente asistida por una multitud de diferentes
bacterias fermentadoras. Por desgracia, los indicadores de la fotosíntesis
anoxigénica en rocas de tal antigüedad no son demasiado robustos, de modo que
el registro geológico resulta más bien silencioso acerca de la antigüedad de
este proceso. Con todo, exploraremos otras formas de analizar la antigüedad de
la fotosíntesis anoxigénica en el siguiente capítulo.
Puede haber, sin embargo, otra manera de investigar la historia
ancestral de la evolución microbiana que no depende del registro geológico. La
premisa es simple. Todos los organismos de la Tierra contienen un registro de
su historia evolutiva en su ADN. Esto se debe a que el ADN de cualquier
organismo, incluidos nosotros, es el producto de todos los cambios que han
ocurrido en su linaje antes del momento presente. La historia grabada en el
ADN, sin embargo, es complicada. Está influenciada por numerosos factores, como
la duplicación de genes, el nacimiento de nuevos genes, la pérdida de genes, la
transferencia de genes entre distintos organismos y todas las mutaciones
acumuladas en la secuencia de ADN a través del tiempo. En principio, de todos
modos, podemos comparar el ADN de un organismo con el de otro para entender
cómo el ADN difiere entre ellos, y si comparamos el suficiente número de
organismos diferentes podemos comprender la historia de la evolución del ADN.
Eric Alm, del Massachusetts Institute of Technology (MIT) y su estudiante
Lawrence David han echado un vistazo particularmente sofisticado a este asunto.
Han analizado casi 4000 genes en más de 100 organismos, y han ofrecido así una
historia de la evolución genética. Los resultados son fascinantes.
He reproducido algunos de esos resultados en la lámina 5. Lo que vemos
es una historia de la importancia de los diferentes tipos metabólicos a lo
largo de la historia de la Tierra. Hay muchas suposiciones detrás de la
construcción de esa historia evolutiva, y este es uno de los primeros intentos
de emplear esta fascinante estrategia. Pero, con todo esto en mente, yo clavo
los ojos en estos resultados. Estos datos son, en principio, exactamente lo que
estamos buscando. ¿Qué tipo de organismos definieron la biosfera hace 3500
millones de años? ¿Cuándo evolucionó la reducción del sulfato? ¿Y la
metanogénesis? Los resultados de la lámina 5 indican que el ciclo del azufre
estaba activo muy pronto en la historia de la Tierra. Los metabolismos
autótrofos también evolucionaron temprano, mientras que los genes para la
utilización del oxígeno se expandieron más recientemente. De acuerdo con este
análisis, sin embargo, la metanogénesis es un metabolismo que evolucionó más
tarde. ¡Ups! Yo encuentro esto difícil de creer, sobre todo en vista de las
evidencias geológicas descritas más arriba, pero, como he dicho, estamos
mirando a la aplicación inicial de esta estrategia, no a la última.
Tratemos de poner todo esto junto. Por cualquier cálculo, la Tierra
disfrutaba de una biosfera activa y diversa mucho antes de la evolución de las
cianobacterias productoras de oxígeno. Aquella biosfera estaba alimentada,
principalmente, por compuestos químicos liberados por el volcanismo, lo que
subraya de nuevo la importancia de la tectónica de placas para dar forma a la
vida en nuestro planeta. El registro geológico viene en apoyo de una primitiva
biosfera diversa, al igual que las nuevas estrategias moleculares dirigidas a
descifrar la historia evolutiva a partir de secuencias de ADN. Parece probable,
sin embargo, que esta biosfera temprana fuera mucho menos activa que la que
disfrutamos en el presente. En los próximos capítulos empezaremos a examinar los
pasos que condujeron a la evolución de los organismos productores de oxígeno y
comenzaremos a entender cómo se formó la biosfera actual
Capítulo 3
La evolución de la fotosíntesis oxigénica
La carrera había empezado, pero realmente nadie sabía que había una
carrera, al menos no al principio. Corría el año 1771 (o tal vez 1772), y el
farmacéutico sueco Carl Wilhelm Scheele estaba verdaderamente muy ocupado.
Habiendo sólo empezado como ayudante de laboratorio del químico Torbern
Bergman, de Upsala, Scheele estaba concentrado en esclarecer los misterios del
aire. Su motivación real, sin embargo, tenía más de chiquillada que todo eso;
lo que realmente quería entender era la naturaleza del fuego. Tal y como
Scheele admitió, «uno no puede formarse ningún juicio verdadero sobre el
fenómeno que presenta el fuego sin un conocimiento del aire».[29]
En aquel momento de la historia de la ciencia, el aire era una sustancia
verdaderamente extraordinaria y misteriosa. Podemos apreciarlo viendo cómo el
propio Scheele resumió sus propiedades: «El aire es esa sustancia fluida e
invisible que respiramos continuamente, que rodea toda la superficie de la
Tierra, es muy elástico y tiene peso». Además de estos hechos exiguos, se había
demostrado que el aire contenía dióxido de carbono, pero aparte de eso se sabía
francamente poco. Parte del problema era que el concepto de los elementos
químicos apenas estaba emergiendo, y los que constituyen los componentes del
aire no habían sido descubiertos todavía. Otro problema era que la naturaleza
del aire no podía desacoplarse de la entonces popular teoría del flogisto. Se
creía que el flogisto era una sustancia incolora sin masa que las sustancias
inflamables liberaban al quemarse. De este modo, el aire se volvía flogistado cuando
los objetos ardían, y las sustancias combustibles no podían seguir ardiendo
cuando el suficiente flogisto se había acumulado en el aire. Esta explicación,
sin embargo, era probablemente insuficiente para Scheele, que se dio cuenta de
que la verdadera clave para entender el proceso de la combustión era comprender
la naturaleza del aire.
Se puede seguir el proceso de pensamiento de Scheele en su libro Tratado
químico del aire y el fuego, publicado en 1777 y ahora traducido al inglés.
En experimentos iniciales, Scheele quemó, entre otras cosas, una variedad de
compuestos azufrados para confirmar una propiedad del aire que ya era conocida.
Esto es: «Las sustancias sujetas a putrefacción o a destrucción por el fuego
disminuyen, y al mismo tiempo consumen, una parte del aire». De lo que Scheele
concluyó que «el aire debe estar compuesto de fluidos elásticos de dos clases».
Pero ¿cuál era la naturaleza de esas dos clases de fluidos? Los experimentos
continuaron. El verdadero descubrimiento llegó cuando Scheele destiló nitrato
potásico en una mezcla de ácidos nítrico y sulfúrico (¡feo asunto en verdad!) y
recogió gases casi al final de la destilación, cuando «se producen unos vapores
rojos como la sangre».[30] Y,
para su sorpresa, si una vela se introduce en este gas, «no sólo continuará
ardiendo, sino que lo hará con una luz mucho más brillante que en el aire
ordinario». Luego generó el mismo producto de otras varias formas y lo llamó
«fuego-aire». Entonces estimó que ese producto compone alrededor de un tercio
de nuestra atmósfera.[31] Lo
que Scheele había encontrado, por supuesto, era oxígeno. Mediante una serie de
ingeniosos experimentos adicionales con plantas, ratas e insectos, llegó a
conjeturar que el «fuego-aire» es reemplazado por (o convertido en, según él)
dióxido de carbono mediante la respiración, y que el «fuego-aire» es absorbido
por los pulmones de los animales y transportado por la sangre a todo el cuerpo.
Scheele descubrió que el aire consiste en oxígeno, dióxido de carbono y
una gran porción de una sustancia inerte; llamó a esta última «aire viciado», y
es lo que ahora conocemos como gas nitrógeno. En cuanto al «fuego-aire»,
Scheele reflexionó: «Me inclino a creer que el fuego-aire consiste en una sutil
sustancia ácida unida con flogisto». Esta conclusión, sin embargo, debió
parecerle deficiente, puesto que en septiembre de 1774 envió una carta al
químico francés de fama mundial Antoine Lavoisier explicando sus experimentos y
pidiéndole consejo.
Irónicamente, al mismo tiempo y sin conocimiento de Scheele, el inglés
Joseph Priestley estaba en París discutiendo sus propios experimentos sobre la
producción de oxígeno con Lavoisier en persona.[32] Lavoisier
debió de escuchar atentamente, porque poco después produjo oxígeno por su
cuenta; sin vínculos con los adornos de la teoría del flogisto, reconoció el
oxígeno correctamente como un elemento y le dio el nombre que usamos ahora (que
significa «productor de ácido»). Él también, como Scheele, exploró el papel del
oxígeno en la respiración y, de forma más precisa que Scheele, estimó que el
oxígeno da cuenta del 25% de la atmósfera de la Tierra.
Muchos se han quejado de que Lavoisier dio un escaso crédito a Priestley
y ningún reconocimiento a Scheele en sus propios escritos sobre el oxígeno. En
verdad, Lavoisier aseguró que nunca había recibido la carta de Scheele, aunque
la misiva apareció entre los efectos de la mujer de Lavoisier en la década de
1890. ¿Recibió Lavoisier la carta y la sepultó entre las cosas de su mujer para
poder reclamar el crédito de haber descubierto el oxígeno? ¿O recibió la esposa
la carta y la escondió de manera que Lavoisier pudiera recibir el crédito sin
el conocimiento de un competidor?[33] Nunca
lo sabremos, pero está claro que, como ocurre a menudo en ciencia, nuestra
capacidad para explicar el mundo bajo el paradigma existente se vuelve tan
inadecuada que una nueva forma de pensar se hace necesaria. Claramente, el
tiempo estaba maduro al empezar la década de 1770 para el descubrimiento del
oxígeno.
Continuemos con nuestra breve digresión histórica. Aunque Scheele
experimentó extensivamente con plantas, nunca descubrió el proceso de la
fotosíntesis. Priestley sí lo hizo, en cambio, y en 1771, incluso antes de
descubrir el oxígeno, ya había encontrado que las plantas aportaban una
sustancia que podía mantener vivo a un ratón y sostener la combustión de una
vela. La mayoría de los autores, sin embargo, acreditan al médico holandés Jan
Ingenhousz por entender a fondo cómo funciona la fotosíntesis. Para 1779,
Ingenhousz fue capaz de resumir su descubrimiento, y en unos términos
asombrosamente modernos: «Parecerá quizá probable que uno de los grandes
laboratorios de la naturaleza para limpiar y purificar el aire de nuestra
atmósfera está situado en la sustancia de las hojas, y puesto en acción por la
influencia de la luz».[34] Como
se puede ver, hacia el final del siglo XVIII había ya un entendimiento
razonablemente bueno de la principal composición química de la atmósfera,
incluido el origen del oxígeno y su papel en la respiración.
En lo que queda de este capítulo seguiremos explorando la historia, pero
de otra clase. Nuestro objetivo será comprender la evolución de la producción
fotosintética de oxígeno en la Tierra. Espero que podamos estar de acuerdo en
que este evento fue uno de los principales logros transformadores en la
historia de la vida. Sin fotosíntesis oxigénica no habría oxígeno en la
atmósfera; tampoco habría plantas, ni animales ni nadie para contar esta
historia.
FIGURA 3.1 Cosecha de la luz en un organismo fotosintético. La figura
muestra la relación entre el complejo antena y el centro (o centros) de
reacción, cada uno de los cuales contiene pigmentos captadores de luz.
Redibujado a partir de Canfield y colaboradores (2005).
Como una innovación biológica, ¿de dónde vino la producción de oxígeno?
Para desentrañar este problema, debemos empezar por examinar cómo funciona la
producción de oxígeno por fotosíntesis. Todo empieza con la luz, y en la figura
3.1 he reproducido a grandes rasgos cómo la luz (hv) es capturada
durante el proceso fotosintético. Este cuadro general se aplica a todos los
tipos de fotosíntesis, incluida la fotosíntesis por cianobacterias, los
primeros productores de oxígeno (como exploraremos en el capítulo 4). También
se aplica a las plantas, e incluso a los fotótrofos anoxigénicos que vimos en
el primer capítulo. Para recoger la luz, todos los fotótrofos usan un «complejo
antena». Está hecho de una variedad de pigmentos que capturan la luz (figura
3.1). Una vez capturada, la energía de la luz se transfiere a los centros de
reacción. Estos constituyen la terminal de negocios del proceso donde, en el
caso de los fotótrofos oxigénicos, se produce el oxígeno. La naturaleza ha
hecho las cosas complicadas y, en los productores de oxígeno, hay en realidad
dos centros de reacción acoplados: uno se conoce como fotosistema I (PSI) y el
otro como fotosistema II (PSII). Se acoplan juntos en lo que se suele llamar
esquema Z, una estructura que tiene mucho sentido, como espero que resulte
obvio más abajo.
Para entender cómo funciona la fotosíntesis oxigénica, nuestro objetivo
simple será seguir a los electrones. El proceso se delinea en la figura 3.2, y
empezaremos con PSII. La energía del complejo antena es transferida a una
molécula especial de clorofila llamada P680. Esta energía hace que P680
desarrolle un estado excitado llamado P680*, que se vuelve así un fuerte
reductor (fuente de electrones). Como un niño gritando para ir al cuarto de
baño, P680* se deshace fácilmente de un electrón y se lo pasa a un compuesto
químico conocido como feofitina, reduciendo la feofitina en el proceso. Nos
ocuparemos de lo que le pasa a la feofitina en un minuto, pero nuestro interés
inmediato es la clorofila P680 que acaba de perder un electrón. Este electrón
debe ser repuesto, pues de lo contrario el proceso entero se bloqueará.
FIGURA 3.2 Los centros de reacción acoplados en la fotosíntesis oxigénica,
el llamado esquema en Z. El truco para comprenderlo es seguir a los electrones,
como se explica en el texto. Figura cedida cortésmente por Raymond Cox.
En la notable innovación de la fotosíntesis oxigénica, ese electrón
viene del agua. Esto es un problema importante porque, como sabemos por
experiencia, el agua es una sustancia estable: no nos preocupa, por ejemplo,
que pueda empezar a burbujear oxígeno cuando nos bañamos. La belleza de P680 es
que al perder su electrón se vuelve un oxidante muy fuerte (un aceptor de
electrones, de hecho el más fuerte conocido en la naturaleza), lo que significa
que puede tomar electrones del agua, generando oxígeno como un subproducto. Es
verdad que todo esto suena más fácil de lo que es realmente. Conseguir que los
electrones fluyan desde el agua hasta P680, con la formación de oxígeno,
requiere un ballet bioquímico cuidadosamente orquestado. Esta
danza es dirigida por el llamado complejo de evolución del oxígeno (oxygen-evolving
complex, OEC), que contiene en su núcleo un racimo cuádruple de Mn
(manganeso). Nos ocuparemos de él en breve.
Pero antes de eso volvamos a la feofitina. Cuando obtiene su electrón de
P680*, lo hace deprisa (en 3 picosegundos, de hecho; ¡eso es 3 billonésimas de
segundo!); esta rapidez es esencial para evitar que el electrón se recombine de
nuevo con la P680 oxidada, que, como vimos antes, es un fuerte oxidante y es
muy bueno extrayendo electrones. Si lo hiciera, el proceso entero se pararía de
forma prematura. En último término, la célula tiene que poner el electrón de la
feofitina en un transportador de electrones soluble conocido como NADP(H).[35] Una
vez empaquetado en el NADP(H), el electrón puede usarse para dirigir toda clase
de reacciones bioquímicas para la célula. Sin embargo, la feofitina apenas es
capaz (no tiene el poder reductor suficiente, en términos químicos) de
transferir su electrón al NADP(H), y aun si lo hiciera ahora, la célula tendría
muy poco que ganar del proceso fotosintético.
En vez de eso, el electrón se utiliza para hacer trabajo. En lo que
sigue, podemos imaginar al electrón deslizándose pendiente abajo, como un kart en
un agradable día de verano. El electrón se desliza de la feofitina a una
molécula de quinona y sigue cuesta abajo a través de una serie de proteínas. La
célula se aprovecha de este viaje despreocupado y, a medida que el electrón
rueda pendiente abajo, se forma ATP.[36] El
ATP es la moneda energética de la célula y, en términos descarnadamente
opuestos al romanticismo, se puede defender que el propósito de la vida es
hacer ATP. En cualquier caso, cuando el electrón llega a la base de la montaña,
no queda mucha energía en la proteína que lo transporta. Ya no hay forma de que
haga NADP(H) ni de que haga gran cosa por la célula. Así que el electrón se
entrega al PSI (fotosistema I). Aquí hay otra molécula de clorofila conocida
como P700, cuya forma oxidante permanece en espera de este electrón. Cuando
P700 se une al electrón, energía procedente de del complejo antena (hv)
impulsa a P700 a un estado excitado y reducido, P700*, que de hecho es un
reductor más poderoso que la P680* excitada que acabamos de discutir. El viaje
cuesta abajo del kart empieza de nuevo, pero como el electrón
parte de un nivel más alto (un estado más reducido), permanece lo bastante
reductor como para combinarse fácilmente con el NADP+ para formar NADP(H).
Todavía no hemos acabado. Si lo dejáramos aquí, los electrones
empaquetados en el NADP(H) no harían más que acumularse. Esto no podría
ocurrir, y de hecho no ocurre. En realidad, los electrones del NADP(H) que,
recordemos, provienen en último término del agua, se transfieren al CO2,
produciendo los compuestos orgánicos que se usan para construir las células.
Este proceso se conoce como «fijación del carbono» y la incorporación del CO2 se
promueve por una enzima llamada Rubisco.[37] De
hecho, la fijación de carbono promovida por Rubisco es la base virtual de toda
la comida que comemos y de casi toda la energía fósil que usamos. Ha sido un
largo viaje en verdad, pero al final la célula consigue justo lo que necesita
para crecer, y expulsa O2 en el proceso como un producto de
desecho.
Con esta breve descripción como telón de fondo, examinaremos la
evolución de los organismos productores de oxígeno mediante la consideración de
la evolución, y el ensamblaje, de sus partes constituyentes básicas. Nos
centraremos en las siguientes cuestiones clave: (1) ¿Cuál es la historia
evolutiva de la clorofila? (2) ¿Cuáles son las historias evolutivas de PSI y
PSII? (3) ¿Cuál es el origen del complejo de evolución del oxígeno en PSII? Y
finalmente, (4) ¿Cuál es la historia evolutiva de Rubisco? Analizando estas
cuestiones, buscaremos comprender el complejo camino que conduce a la evolución
de la fotosíntesis oxigénica en la Tierra.
Como ya sugerimos en el último capítulo, la fotosíntesis oxigénica
probablemente no fue el primer tipo de fotosíntesis; ese honor corresponde a
las bacterias fotosintéticas anoxigénicas. No dedicaré mucho tiempo a explorar
la evolución de estos organismos pioneros de la fotosíntesis, un asunto del que
no se sabe gran cosa. Como veremos, sin embargo, la evolución de la
fotosíntesis oxigénica tiene más sentido cuando se examina a la luz de la
fotótrofos anoxigénicos como precursores. Por tanto, volveremos la vista a los
fotótrofos anoxigénicos más de una vez para buscar pistas sobre el origen de la
fotosíntesis oxigénica.
Empecemos por la clorofila. Recuerdo bien la frustración de mi madre
cuando yo intentaba colarme por la puerta trasera con aquellas manchas verdes
brillantes en mis vaqueros nuevos o, peor aún, en mi camisa blanca de los
domingos. Aparte de desafiar a las madres (y los padres) a mantener la ropa de
los niños en un estado razonable de limpieza, la clorofila que produce esas
manchas verdes, como vimos antes, también cumple varias funciones diferentes en
un organismo productor de oxígeno; es parte integral del complejo antena y un
componente esencial de los dos fotosistemas. La razón principal de su
importancia para la fotosíntesis oxigénica, sin embargo, es que produce la
forma altamente oxidante de P680 en PSII, que puede extraer electrones del
agua. Esta es la gran innovación de la fotosíntesis oxigénica.
Así que, ¿de dónde viene la clorofila? Resulta que la clorofila no es en
absoluto una molécula particularmente rara. Tiene relación estructural y
química con otras moléculas muy comunes (las llamadas porfirinas) utilizadas
ampliamente en todo tipo de enzimas celulares, incluido el grupo hemo de la
hemoglobina. La clorofila también está relacionada muy estrechamente con las
bacterioclorofilas usadas en los organismos fotosintéticos anoxigénicos. En
realidad, las rutas sintéticas de la clorofila a y las diversas
bacterioclorofilas son muy similares y divergen sólo en los pasos puramente
finales. Por tanto, hay una pequeña distancia bioquímica entre la clorofila, la
bacterioclorofila e incluso las porfirinas comunes que utilizan nuestras
células. La cuestión, sin embargo, es cuál vino primero.
La mayoría de los bioquímicos estaría de acuerdo en que las profirinas,
como clase general de moléculas, evolucionaron antes que la clorofila y la
bacterioclorofila. Estas moléculas pioneras de porfirina habrían ayudado a
promover la bioquímica de la vida más antigua de la Tierra. Si consideramos
ahora los pigmentos fotosintéticos clorofila y bacterioclorofila, podemos
suponer que la clorofila evolucionó primero, al menos si basamos esta
afirmación en las rutas de formación de estas moléculas. Esta idea fue
presentada por Sam Granick en 1965 (se conoce como la hipótesis de Granick) y
se basa en la idea de que la clorofila a se forma en un solo
paso a partir de su precursor inmediato, una molécula llamada clorofílido a,
mientras que formar la bacterioclorofila a desde la misma
molécula precursora supone varios pasos. Por tanto, la clorofila a es
más fácil de hacer.
Pero podemos mirar a este problema desde otro ángulo. En nuestra era
genómica, las historias evolutivas pueden reconstruirse directamente a partir
de las secuencias de ADN de los organismos. Vimos una elegante aplicación de
esto al final del último capítulo, donde David y Alm exploraron la historia
evolutiva de los genes que dirigen una amplia variedad de distintos
metabolismos microbianos. Usando una estrategia relacionada, Jin Xiong y Carl
Bauer, de la Universidad de Indiana, exploraron la historia evolutiva de los
organismos fotosintéticos oxigénicos y anoxigénicos. Como señalé antes, la
clorofila y la bacterioclorofila se forman por la misma ruta bioquímica excepto
por los pasos finales de la biosíntesis. Por tanto, se pueden identificar genes
en los organismos fotótrofos tanto oxigénicos como anoxigénicos que dirigen
exactamente el mismo proceso en la síntesis de ambas moléculas, la clorofila y
la bacterioclorofila. Xiong y Bauer determinaron las secuencias de ADN de
varios de estos genes, y al comparar las secuencias de los mismos genes, las de
las bacterias fotótrofas anoxigénicas siempre parecían más antiguas que las de
los fotótrofos oxigénicos. Esto es una buena evidencia de que la biosíntesis de
clorofila es más moderna que la biosíntesis de la bacterioclorofila, lo que
indica que la bacterioclorofila vino primero. Por tanto, el hecho de que la
clorofila tenga una ruta biosintética final algo más simple debe compensarse
contra otras evidencias de que la bacterioclorofila, de hecho, se originó antes.
Así, nuestra idea de que la fotosíntesis anoxigénica precedió a la
fotosíntesis oxigénica parece sujetarse bastante bien, como también lo hace la
idea de que la biosíntesis de clorofila emergió después, quizá junto a la
evolución de la fotosíntesis oxigénica. Pero ¿por qué? ¿Por qué los organismos
usaron primero bacterioclorofila, el producto biosintético más complejo, en
lugar de empezar directamente con la clorofila? Tal vez la ruta de la
bacterioclorofila evolucionó primero por azar y, puesto que funcionaba, no hubo
presión evolutiva para incorporar un nuevo sistema de pigmentos. O tal vez,
como han propuesto Martin Hohmann-Marriott, de la Universidad de Otago, y Bob
Blankenship, de la Universidad de Washington (de quien volveremos a hablar más
abajo), las primitivas enzimas que formaban la bacterioclorofila podrían haber
dirigido múltiples pasos en el proceso de síntesis, puenteando esencialmente el
paso de la clorofila, o produciendo clorofila sólo como un producto menor. Sólo
más tarde, cuando evolucionaron los genes adecuados, la síntesis de clorofila
se habría vuelto una ruta sintética principal en los organismos productores de
oxígeno. Esto parece posible, pero lo cierto es que aún tenemos mucho que
aprender.
Dirijamos ahora nuestra atención a los centros de reacción, PSI y PSII,
el corazón del proceso fotosintético oxigénico. Bob Blankenship, de la
Universidad de Washington, ha estudiado la fotosíntesis muchos años y, junto a
su antiguo estudiante Jason Raymond, han pensado sobre la evolución de la
fotosíntesis probablemente más que nadie. Se dice que una imagen vale más que
mil palabras, y hace tiempo que Bob halló similitudes funcionales y
estructurales entre PSI y PSII, y los centros de reacción utilizados por los
fotótrofos anoxigénicos. Tratemos de ver lo que vio Bob con ayuda de la figura
3.3. Al comparar las rutas bioquímicas de PSI y PSII con las de los fotótrofos
anoxigénicos, Bob pudo ver grandes parecidos entre PSI y el centro de reacción
de «tipo 1» (o tipo FeS) utilizado por algunos fotótrofos anoxigénicos,
incluido un grupo conocido como «bacterias verdes del azufre», o cariñosamente
GSB (por green sulfur bacteria).[38] De
forma crítica, tanto en PSI como en el centro de reacción de tipo 1 los
electrones son transferidos a través de una serie similar de proteínas después
de emerger de las moléculas de clorofila o bactrerioclorofila altamente
activadas que describimos antes. Cuando Bob miró a PSII, también apreció muchas
similitudes con los centros de reacción de «tipo 2» (o tipo Q) utilizados por
otros fotótrofos anoxigénicos. Este centro de reacción de tipo 2 tiene
parecidos estructurales con PSII y también transfiere electrones de forma
similar. Muchos de los organismos fotótrofos anoxigénicos que usan el centro de
reacción de tipo 2 forman parte de un grupo conocido como bacterias púrpuras.[39] Estos
fotótrofos anoxigénicos púrpuras son un grupo muy diverso, pero todos usan el
mismo tipo de centro de reacción.
FIGURA 3.3 Comparación de los centros de reacción de los fotótrofos
anoxigénicos con los fotosistemas acoplados de los productores de oxígeno. No
hay que preocuparse por los detalles, sino percibir las similitudes entre PSII
y el centro de reacción de tipo I de las bacterias púrpura; y entre PSI y el
centro de reacción de tipo II de las bacterias verdes del azufre. Tomado con
modificaciones de Blankenship (2010), reproducido con permiso.
Con ser esto ya muy convincente, Bob y Jason, junto a Sumedha Sadekar,
han llevado la comparación de los centros de reacción a otro nivel. En los
últimos años, la tecnología ha permitido la determinación de la estructura de
grandes proteínas con una resolución tan asombrosa que, en muchos casos, se
pueden distinguir los átomos individuales. Con esta resolución, los parecidos y
diferencias de estructura entre las diversas proteínas de los centros de
reacción pueden determinarse con certeza. La lógica de estas comparaciones es
que las proteínas con estructuras similares están más relacionadas
evolutivamente. Así, cuando comparamos la estructura de las proteínas de PSI,
PSII y los centros de reacción de tipo 1 y 2 (figura 3.4; véase lámina 6 para
una versión en color), apreciamos un parecido considerable, sobre todo en las
regiones centrales, donde la proteína está embebida en una membrana interior de
la célula. Esto es una buena evidencia de que todas las proteínas de los
centros de reacción están relacionadas entre sí. Con análisis adicionales de la
estructura de estas proteínas, Sadekar, Raymond y Blankenship concluyeron, de
forma coherente con la propuesta original de Bob Blankenship, que las proteínas
fotosintéticas anoxigénicas de tipo 1 y tipo 2 son los precursores ancestrales
de PSI y PSII.
El lector probablemente adivinará adónde va esto. Una explicación lógica
de todas estas observaciones es que los centros de reacción PSI y PSII se
derivaron de los centros de reacción de tipo 1 y tipo 2 que ya existían en las
bacterias fotosintéticas anoxigénicas. De alguna manera, y los detalles no
están claros en absoluto, estos dos centros de reacción preexistentes se
conectaron para formar los fotosistemas acoplados en las bacterias
fotosintéticas oxigénicas. La conexión puede haber ocurrido cuando el centro de
reacción de un tipo se transfirió a un organismo que contenía el centro de
reacción del otro tipo; o bien, los dos tipos de centros de reacción estaban
acoplados ya en un organismo fotosintético anoxigénico original, que después
desarrolló la producción de oxígeno fotótrofa. En cualquiera de los dos
escenarios, organismos fotótrofos anoxigénicos contuvieron en algún momento
ambos tipos de fotosistemas. Si el primer escenario es el correcto, el
organismo fotótrofo anoxigénico precursor, con los dos fotosistemas,
aparentemente ha desaparecido de la naturaleza (pero véase más abajo). Si el
correcto es el segundo escenario, las modernas bacterias púrpuras y GSB han
perdido cada una uno de los dos centros de reacción. Bob Blankenship sostiene
que por el momento es imposible distinguir entre las dos posibilidades, y tal
vez lo sea. Sin embargo, a John Allen, de la Universidad de Londres, le gusta
la idea de que los dos centros de reacción existieron una vez juntos en el
mismo fotótrofo anoxigénico, quizá derivados de un solo precursor mediante un
evento de duplicación genética.[40] Desde
su punto de vista, cada uno de los fotosistemas era útil al organismo, y uno u
otro era elegido para funcionar dependiendo de las condiciones ambientales. En
algún momento los dos fotosistemas se combinaron. En opinión de Allen, algunos
fotótrofos anoxigénicos pudieran muy bien existir hoy con ambos centros de
reacción intactos. ¡Sería realmente emocionante hallar un organismo semejante!
FIGURA 3.4 Comparación de las estructuras de las proteínas del centro de
reacción fotosintético. Se indica también si la proteína es de un centro de
reacción fotosintético anoxigénico de tipo I o tipo II, o si son PSII o PSI de
cianobacterias fototróficas oxigénicas. Tomado con ligeras modificaciones de
Sadekar y colaboradores (2006), reproducido con permiso. Véase la lámina 6 para
una versión en color.
Aunque estamos más cerca de entender la evolución de los organismos
fotosintéticos oxigénicos, tenemos aún que explicar cómo empezó a producirse el
oxígeno. Para ello tenemos que centrarnos en el complejo de evolución del
oxígeno (OEC), que contiene en su núcleo un racimo de 4 átomos de Mn y uno de
Ca (calcio). La forma exacta en que funciona es todavía objeto de debate
activo, pero es bien sabido que los átomos de Mn son las bestias de carga aquí.
Estos átomos actúan básicamente como un condensador biológico. Para generar O2,
la forma oxidada de P680 retira 4 electrones del complejo Mn (no directamente
del agua). Estos 4 electrones son reemplazados cuando dos moléculas de agua
liberan electrones, y de este modo liberan O2. Curiosamente, el
complejo de evolución del oxígeno, y en particular el racimo de manganeso, es
exclusivo de los fotótrofos oxigénicos. Nada parecido a eso se conoce en el
resto de la biología. Jason Raymond y Bob Blankenship, sin embargo, tienen
algunas ideas acerca de su procedencia. Han desarrollado nuevos métodos, que
vimos antes por encima, para comparar las estructuras de las diferentes
proteínas y han conjeturado que el racimo cuádruple de manganeso puede haber
derivado de los racimos dobles de manganeso que se hallan en otras clases de
proteínas. De hecho, cuando compararon el complejo de evolución del oxígeno con
la proteína catalasa Mn, las similitudes en estructura resultaron
razonablemente buenas.
La catalasa de manganeso es una proteína que convierte el peróxido de
hidrógeno (agua oxigenada, vulgarmente), H2O2, en agua y
oxígeno. Es una enzima detoxificante, puesto que el peróxido de hidrógeno es un
compuesto dañino para los organismos. Según propusieron en primer lugar Bob
Blankenship y Hyman Hartman, y recogieron después Raymond y el propio
Blankenship, el racimo de manganeso de la catalasa Mn se incorporó en una
bacteria fotótrofa anoxigénica algún tiempo después de que evolucionara la
síntesis de clorofila. Este ensamblaje habría generado el primer organismo
productor de oxígeno. Este organismo, sin embargo, habría dirigido una
transferencia de dos electrones desde el peróxido para formar O2, en
lugar de la más dificultosa transferencia de cuatro electrones desde dos
moléculas de agua para formar también oxígeno, que es lo que vemos hoy en las
plantas y las cianobacterias. En algún momento hubo una duplicación del racimo
de dos Mn para formar un racimo de cuatro Mn, y esto permitió finalmente la evolución
de la fotosíntesis oxigénica como la conocemos hoy.
No todo el mundo está satisfecho con esta hipótesis. La principal
crítica es que el peróxido de hidrógeno era probablemente bastante raro antes
de la evolución de la producción de oxígeno. John Allen y William Martin tienen
otra idea y arguyen que el fotótrofo oxigénico primordial obetenía sus
electrones de la fotooxidación de iones manganeso (en la forma química Mn2+)
libremente disueltos en los primitivos océanos anóxicos. Los electrones
obtenidos de esta manera habrían entrado en PSII, transfiriéndose luego a PSI y
finalmente al CO2. Esto es similar a lo que ocurre en los modernos
fotótrofos oxigénicos, con la diferencia de que la fuente de electrones estaba
fuera de la célula. En este modelo, los iones Mn finalmente se desplazaron al
interior de la célula y quedaron incorporados dentro de PSII, formando el
complejo Mn. En el estadio final, el H2O devino la fuente última de
electrones.
Redondearemos nuestra discusión sobre la evolución de la fotosíntesis
oxigénica examinando la fase final del proceso, en que los electrones se
combinan con el CO2 para fabricar materia orgánica. Este paso
se consigue a través de un ciclo de reacciones bioquímicas conocido como el
ciclo de Calvin-Bassham-Benson (o simplemente el ciclo de Calvin, para
abreviar), donde la formación de materia orgánica a partir de CO2 es
promovida por la enzima Rubisco, a la que ya conocimos antes en este capítulo.
De hecho, Rubisco es la enzima más abundante del planeta. Aunque es
característica de las cianobacterias productoras de oxígeno y de las plantas,
también está presente en amplios grupos de bacterias fotosintéticas
anoxigénicas (principalmente en las «bacterias púrpuras»), así como en toda
clase de especies bacterianas que también convierten el CO2 en
materia orgánica.
Uno de los aspectos fascinantes de Rubisco es que, por más que sea la
enzima más abundante de la Tierra, no se puede decir que sea terriblemente
buena haciendo su trabajo, al menos cuando la utilizan los organismos
fotótrofos oxigénicos. Podemos identificar varias dificultades. Para empezar,
Rubisco tiene una tasa de recambio extremadamente baja, procesando una molécula
de sustrato cada 0,2 o 0,3 segundos, lo que la convierte en una de las enzimas
más lentas conocidas; esto explica en parte su gran abundancia. En segundo
lugar, su afinidad por el CO2 es bastante baja, aunque la
biología ha aportado algunos remiendos para este problema,
como veremos. Por último —y en mi opinión lo más curioso de todo—, Rubisco
compite consigo misma de manera constante. Como ya hemos discutido, Rubisco
fija CO2 en forma de compuestos orgánicos, en lo que se conoce
como su actividad de carboxilasa (la c de Rubisco). También
posee una actividad oxigenasa bastante increíble (la o de
Rubisco) por la que el oxígeno reacciona con un compuesto intermediario para
formar transitoriamente CO2 de nuevo, lo que esencialmente
deshace la fijación de carbono previa. De modo que, como si no lograra
decidirse, Rubisco se caracteriza por dirigir reacciones competidoras. Esto
dista de ser un detalle trivial, porque se estima que la actividad oxigenasa de
Rubisco reduce la tasa neta de fijación de carbono entre el 25% y el 40% en
plantas como el arroz, el trigo y la soja.
El balance entre la actividad carboxilasa (la reacción favorecida) y la
actividad oxigenasa (la reacción no favorecida) depende de la proporción de CO2 a
O2 en el centro activo de Rubisco. Como cabría imaginar, cuanto
mayor sea la proporción de CO2 a O2, más favorecida
resulta la actividad carboxilasa. La sensibilidad de Rubisco al oxígeno también
depende del tipo exacto de Rubisco que esté presente. Así, las Rubiscos
utilizadas por los organismos anaeróbicos, como los fotótrofos anoxigénicos,
tienden a poseer una alta actividad oxigenasa para la misma cantidad de CO2,
pero esto les da igual a estos organismos que raramente ven algo de oxígeno.
Esta observación, sin embargo, abre una posible ventana para entender cómo los
fotótrofos oxigénicos llegaron a usar Rubisco como su enzima fijadora de
carbono. La historia es más o menos como sigue. Rubisco es una enzima fijadora
de carbono ancestral que evolucionó mucho antes que los organismos productores
de oxígeno. Esas antiguas Rubiscos tenían una actividad oxigenasa inherente;[41] esto
fue una propiedad accidental de la enzima, pero no tuvo consecuencias ya que no
había oxígeno en el medio. La antigua Rubisco, surgida posiblemente en las
bacterias púrpuras fotosintéticas anoxigénicas, fue adoptada por el primer
fotótrofo oxigénico en un tiempo en que la concentración atmosférica de oxígeno
era muy baja.[42] A
medida que la concentración de oxígeno fue aumentando, tanto en los entornos
locales como en la atmósfera,[43] los
organismos desarrollaron diversas estrategias para enfrentarse a las
limitaciones de la actividad oxigenasa de Rubisco. Estos remedios incluyen la
evolución de Rubiscos menos sensibles al oxígeno y el desarrollo de una serie
de estrategias para concentrar el CO2 dentro de la célula,
aumentando así la proporción de CO2 a O2. Las
estrategias son ampliamente utilizadas hoy por las plantas y las
cianobacterias.
Por tanto, ubisco aporta un bello ejemplo de cómo la evolución no
conduce a una perfección de nivel superior. En este caso vemos que, una vez que
Rubisco fue adoptada como la enzima fijadora de carbono por los fotótrofos
oxigénicos, ese fue el camino que se tomó, y la evolución subsiguiente por
selección natural ha actuado para minimizar la expresión de las imperfecciones
de Rubisco, y no para encontrar un sustituto. Pero sus propiedades no están aún
optimizadas para la tarea.
También vemos que tiene sentido ver la evolución de la fotosíntesis
oxigénica en el contexto más amplio de la cambiante biosfera primitiva. Podemos
ver, por ejemplo, de dónde se derivaron muchas de las partes que componen el
proceso de la fotosíntesis oxigénica. En este contexto, no sorprende que la
evolución del oxígeno llevara bastante tiempo, y se entiende por qué no era
parte de la biosfera original, como examinamos en el último capítulo. La
fotosíntesis oxigénica no fue, sin embargo, ensamblada como un rompecabezas a
partir de varias piezas preexistentes. Muchas innovaciones biológicas
exclusivas, como el racimo de manganeso y la biosíntesis de clorofila, por
ejemplo, fueron parte integral de su evolución. ¿Podrían otras rutas haber
conducido a la fotosíntesis oxigénica? Quizá. Esto, creo, es una cuestión
fascinante, e imaginar rutas alternativas a la producción de oxígeno fotótrofa
puede ayudarnos a visualizar cómo podría haberse desarrollado este proceso en
otros lugares, más allá de la Tierra.
Capítulo 4
Cianobacterias: los Grandes Liberadores
Trate de imaginar algo tan profundo, tan fundamental, que haya cambiado
el mundo entero. Piense en algo tan revolucionario que haya cambiado para
siempre la química de la atmósfera, la química de los océanos y la naturaleza
de la vida misma. ¿Qué tal la peste negra, el Renacimiento o la segunda guerra
mundial? Fueron acontecimientos importantes en verdad, y todos cambiaron el
curso de la cultura humana, pero su influencia fuera del dominio de nuestra
especie fue pequeña. ¿Y qué hay de la extinción que mató a los dinosaurios hace
65 millones de años, o de la gran extinción pérmica de hace 250 millones de
años, que barrió del mapa a quizá el 95% de todas las especies animales del
planeta? Ahora nos estamos acercando. Cada una de estas grandes extinciones cambió
realmente el curso de la evolución animal, pero aun así no alteraron de manera
fundamental el tejido de la vida o la química de la superficie de la Tierra.
¿Qué fue capaz de alterarla, entonces?
La evolución de las cianobacterias lo fue. Estas modestas y minúsculas
criaturas, a las que encontramos en el último capítulo, cambiaron todo por
completo. Como ya hemos discutido, la evolución de las cianobacterias trajo por
primera vez a la Tierra la producción biológica de oxígeno. Y esto acabó
conduciendo a su vez a la acumulación de oxígeno en la atmósfera y a la
evolución generalizada de los organismos que utilizan oxígeno. Analizaremos en
detalle estos puntos en capítulos subsiguientes. La importancia de las
cianobacterias, sin embargo, va más allá de eso. Como hemos visto, las
cianobacterias fueron los primeros organismos fotosintéticos de la Tierra que
utilizaron el agua como fuente de electrones. A diferencia del sulfuro, el Fe2+
y el H2 usados por los organismos fotótrofos anoxigénicos, el
agua está casi por todas partes en la superficie del planeta. Esto implica que
la producción biológica en la Tierra ya no estaba limitada por la fuente de
electrones (agua en este caso), sino más bien por los nutrientes y otros
constituyentes menores que componen las células. En último término, el uso de
agua en la fotosíntesis resultó en un incremento de las tasas de producción
primaria en la Tierra, probablemente en un factor de entre diez a mil veces,
como se apuntó en el capítulo 2.[44] Por
primera vez, la vida en la Tierra se volvió verdaderamente copiosa. Con la
evolución de las cianobacterias, la Tierra se puso en marcha hacia su actual
carácter de planeta verde.[45]
Las cianobacterias debieron de habitar todo tipo de lagos, estanques,
corrientes y charcos en tierra firme donde el agua persistiera al menos durante
periodos cortos, así como la entera capa superior de los océanos (llamada
típicamente zona fótica). Si imaginamos a unos hipotéticos exploradores
antiguos del sistema solar sondeando la Tierra primitiva, habrían necesitado un
microscopio para encontrar evidencias de vida antes de la evolución de las
cianobacterias.[46] Después
de ello, sin embargo, nuestros exploradores antiguos podrían haber encontrado
vida abundante tomando imágenes de la Tierra desde la comodidad de su nave
espacial, más o menos como hacemos nosotros con satélites en la actualidad.
Allí donde era escasa antes de las cianobacterias, la materia orgánica se
habría vuelto copiosa después de que evolucionaran. La degradación de esta
materia orgánica conduce a los ecosistemas. Más materia orgánica conduce a
ecosistemas más activos, y probablemente más complejos también. El incremento
en la complejidad de los ecosistemas también habría resultado de la nueva
disponibilidad de oxígeno y la subsiguiente evolución de los organismos que lo
usaban. En conjunto, se habría dado un incremento en la diversidad biológica a
medida que la abundancia tanto de materia orgánica como de oxígeno se iba
haciendo disponible en entornos que abarcaban del mar a la tierra firme. Para
resumir, la evolución de las cianobacterias fue un (o más probablemente el)
gran acontecimiento en la historia de la vida en la Tierra.
Mi introducción a las cianobacterias ocurrió justo después de que
terminara mi tesis doctoral en la Universidad de Yale con Bob Berner. Bob
poseía una paciencia infinita e hizo lo que pudo para convertir a un químico en
algo parecido a un geocientífico. Aunque mi tesis se centraba en cómo la
materia orgánica se reciclaba por los microbios en los actuales sedimentos
marinos, el entrenamiento y estímulo de Bob consiguió que me quedara fascinado
con los problemas de la historia de la Tierra, y en particular con la historia
del oxígeno atmosférico. Ya mientras hacía la tesis me di cuenta de que, si
quería comprender algo de esta historia, necesitaba aprender más sobre las
cianobacterias productoras de oxígeno. Esto me condujo a una plaza de
investigador posdoctoral con Dave des Marais en el centro de investigación Ames
de la NASA en Palo Alto, California. Dave no sólo estaba interesado en la
historia del oxígeno atmosférico, sino que también tenía en marcha un programa
de investigación para estudiar las poblaciones modernas de cianobacterias.
Dave era también el mentor posdoctoral perfecto. Nos solíamos referir a
él como «señor Mago», siempre desde el mayor respeto. Dave parecía saberlo todo
y poder arreglar cualquier cosa. Nuestro trabajo de campo en las cianobacterias
nos llevó a Baja Península, en México. El viaje de 1600 kilómetros a nuestra
zona nos llevó, en camiones de la NASA sin marcas de identificación, a través
de puestos fronterizos improvisados y cuestionables, a menudo atendidos por
militares armados, hasta el hotel El Morro en Guerrero Negro. Una vez allí,
convertíamos una o más de nuestras habitaciones en laboratorios (¡y dábamos
propinas generosas al personal de limpieza cuando nos íbamos!) y montábamos
nuestros tanques de incubación en el exterior y nuestro equipo eléctrico en el
interior. Nuestras necesidades de suministro eléctrico estable estaban justo en
el límite de lo que El Morro podía ofrecer. En casi todos los viajes, Dave se
ocupaba de cambiar los fusibles en el cajetín principal del hotel (en el mejor
de los casos) o, más probablemente, de reforzar algunas de las conexiones
eléctricas más débiles. En una ocasión el hotel se quedó sin electricidad por
completo. Dave halló la causa en una conexión floja de cable pelado que venía
de la torre que suministraba electricidad al hotel. Con su calma característica
para afrontar la catástrofe, Dave desenterró la conexión floja y la aseguró
para que pudiéramos disfrutar de nuevo de un suministro fiable. En otra
ocasión, el dispositivo de enfriamiento que yo había traído para controlar la
temperatura de mis incubaciones se estropeó. Ningún problema. Dave reconectó el
sistema de circulación de agua de forma que el sistema empezara a bombear agua
cuando el tanque de incubación se calentara en exceso. Enganchando la bomba a
un reservorio de hielo suministrado por la máquina de al lado,[47] el
problema quedó resuelto.
En cuanto empezamos el trabajo de campo, Dave se cambió su gorra de
chapuzas por el sombrero de diplomático. Trabajábamos como invitados de la
productora local de sal, la mayor de Norteamérica, y antes de cada campaña Dave
explicaba cuidadosamente a los directivos de la compañía de qué modo nuestros
resultados les ayudarían a optimizar su producción de sal. En aquellos días,
nuestro permiso para investigar en México consistía en una carta firmada por el
director de la empresa salinera donde se explicaba que nuestro trabajo era de
extrema importancia para sus actividades.
Una vez dentro del recinto, emprendíamos el largo trayecto hasta nuestro
lugar de trabajo. En un complejo masivo que cubre unos 500 kilómetros
cuadrados, el agua del mar se transporta a través de una larga serie de
estanques en los que se va evaporando bajo el calor y el viento del desierto.
Al final la sal (NaCl) precipita en la concentrada salmuera. En las fases
intermedias del proceso, cuando la salinidad del agua es de unas tres veces la
del mar, se desarrollan vastas extensiones de unas espectaculares alfombras de
cianobacterias (lámina 7). En la Tierra actual, las alfombras de cianobacterias
se forman a menudo a altas salinidades, porque el agua muy salada elimina a la
mayoría de los animales que de otro modo se comerían a las cianobacterias. En
la Tierra primitiva, después de que evolucionaran las cianobacterias, pero
mucho antes de que aparecieran los animales que se alimentan de ellas, las
grandes extensiones de suelo marino en los litorales someros bañados por la luz
solar debieron de constituir un hábitat adecuado. Estas regiones, junto al
fondo de los lagos poco profundos, los ríos y los estanques, debieron parecerse
mucho a los fondos de estos estanques actuales de Baja, México. En la Tierra
primitiva, las cianobacterias formaban a menudo unas estructuras estratificadas
conocidas como «estromatolitos», como siguen haciendo hoy en ciertos entornos
(lámina 8).[48] Nuestro
trabajo era explorar las modernas alfombras de Baja, medir el nivel de
actividad de las cianobacterias y aclarar la ecología del entorno en el que
viven. Nuestro objetivo final era entender cómo las alfombras de cianobacterias
podrían haber funcionado en la Tierra primitiva.
Exploramos muchos aspectos de esas alfombras, pero aquí me centraré en
las propias cianobacterias. Estudiamos una especie conocida como Microcoleus
chthonoplastes, que predomina en las alfombras. Microcoleus
chthonoplastes es una cianobacteria de las llamadas filamentosas, en
que las células se unen en fila india para formar largas cadenas llamadas
«tricomas». Cualquier número de tricomas, desde dos hasta docenas de ellos, se
apilan en haces que se fijan formando las alfombras. Los filamentos de
cianobacterias se mueven arriba y abajo en los haces en respuesta a una
variedad de estímulos como la luz, el oxígeno o los niveles de sulfuro. En las
alfombras de Baja, estos haces se empaquetan en una red que recuerda de algún
modo la consistencia del tofu. Dave des Marais hizo un bonito dibujo de una
alfombra de Baja (figura 4.1) basada en imágenes de microscopio electrónico de
transmisión. Si miramos esta imagen vemos que las cianobacterias en esta
alfombra de Baja (y de forma similar a muchas otras alfombras microbianas de
otros lugares) se concentran en una capa de menos de un milímetro de espesor.
Se concentran ahí porque, hacia un milímetro de espesor en estas alfombras, la
luz visible que usan se ha absorbido por completo.[49] A
medida que la luz disminuye, la abundancia de cianobacterias decrece, y en la
base de la capa podemos ver una serie de filamentos mucho más pequeños
orientados en su mayor parte horizontalmente en la alfombra. Son de color verde
y contienen bacterioclorofila a y c. Representan
un género de fotótrofos anoxigénicos conocido como Chloroflexus o,
más informalmente, como bacterias verdes no sulfurosas. Estos fotótrofos
utilizan una luz con longitudes de onda que penetran por debajo de las
cianobacterias, y usan esta luz para oxidar el sulfuro que producen los
reductores de sulfato en las capas oscuras, profundas y libres de oxígeno de la
alfombra. La ecología de esta alfombra es mucho más compleja de lo que indica
mi simple descripción, pero este resumen presenta a los jugadores principales y
muestra, básicamente, cómo puede estructurarse el ecosistema de una alfombra de
cianobacterias.
Las dimensiones de esta alfombra están tan comprimidas que, para
entenderla realmente, necesitamos instrumentos que puedan sondearla con una
resolución de al menos 0,1 milímetros. Niels Peter Revsbech, de la Universidad
de Aarhus en Dinamarca, abordó este desafío como parte de su proyecto de tesis
doctoral, y desarrolló en los últimos años setenta los primeros microelectrodos
para medir la distribución de oxígeno, sulfuro y grado de acidez (pH) en
condiciones naturales. Estos electrodos minúsculos tenían en la punta un
diámetro de meras micras (milésimas de milímetro, figura 4.2), y la necesaria
resolución de escala fina. Niels Peter es un maestro en el diseño de
electrodos, y ha seguido desde entonces desarrollándolos para uso en ecología.
Estas innovaciones han espoleado importantes avances en la ecología microbiana
al aportar una ventana para estudiar la química de las alfombras bacterianas (y
otros ecosistemas naturales) a escalas casi comparables a las de los propios
microbios. Nosotros sondeamos las alfombras de Baja con esos electrodos, y en
la figura 4.3 se muestra un ejemplo de la distribución de oxígeno. A mi me
resulta del todo asombroso que toda la acción con el oxígeno tenga lugar dentro
de un espesor de menos de 2 milímetros. Separa el pulgar del índice 2
milímetros y trata de imaginar: en esa mínima distancia el oxígeno aumenta
hasta unas cuatro veces la saturación del aire (¡eso es casi 1 bar de O2!)
y cae hasta cero. Eso es durante el día. Cuando el Sol se pone, el pico en la
concentración de oxígeno desaparece deprisa.
No mucho después de haber desarrollado los primeros microsensores de
oxígeno, Niels Peter también dio con una forma hábil de determinar las tasas de
producción de oxígeno en las alfombras microbianas.[50] También
aplicamos este método a nuestras alfombras, y en la figura 4.3 se muestra la
distribución de las tasas de producción de oxígeno junto al perfil de su
concentración. Esas tasas de producción de oxígeno son enormes, y están entre
las más altas (por unidad de volumen) que se pueden encontrar en la naturaleza.
Incluso si las integramos respecto a la profundidad para determinar las tasas
de producción de oxígeno (que son equivalentes a las tasas de producción de
materia orgánica por fotosíntesis oxigénica)[51] por
unidad de área (esto significa la tasa bajo un área dada de alfombra),
encontramos que estas tasas también son altas. Por ejemplo, las tasas de
producción de oxígeno integradas respecto a la profundidad, para los datos
mostrados en la figura 4.3, ascienden a unos 20 milimoles de producción de
oxígeno por metro cuadrado de superficie de alfombra y hora. Este valor es
mucho mayor que las tasas que se encuentran en la mayor parte de los océanos
globales, y es igualada o superada sólo en las áreas costeras de más alta
productividad. ¡Y en las alfombras, toda esa producción de oxígeno ocurre en
menos de un milímetro de profundidad! Esto es extraordinario. Las tasas de
producción de oxígeno y las profundidades de su penetración varían de una
alfombra a otra, pero como norma las alfombras de cianobacterias son
extremadamente activas.
FIGURA 4.1 Ilustración de una típica alfombra de cianobacterias de Guerrero
Negro, Baja California, México, basada en observaciones por microscopio
electrónico de transmisión. La interfaz oxígeno-sulfuro se localiza durante el
día a unos 0,8 mm de profundidad. Las letras se refieren a A, diatomeas; B,
Spirulina (cianobacteria); C, Oscillatoria (cianobacteria); D, Microcoleus
chthonoplastes (cianobacteria); E, bacterias no fotosintéticas; F, fragmentos
de mucílago bacteriano; G, Chloroflexus (bacterias verdes no del azufre,
capaces de fotosíntesis anoxigénica); H, Beggiatoa (bacterias no fotosintéticas
oxidantes de sulfuro); I, intruso no identificado; J, cubiertas
cianobacterianas abandonadas. Adaptado de Canfield y Des Marais (1991).
FIGURA 4.2 Diagrama de un microelectrodo a diferentes aumentos desarrollado
por Niels Peter Revsbech, una herramienta estándar de la ecología microbiana.
Redibujado a partir de Revsbech (1989).
FIGURA 4.3 Distribución de oxígeno y tasa de producción de oxígeno en las
alfombras microbianas de Baja, California, México. Datos de Canfield y Des
Marais (1993).
Las cianobacterias no son raras. Están bien representadas en las
alfombras microbianas como las que nosotros estudiamos en Baja y, si miramos
con persistencia, podemos llegar a convencernos de que están casi por todas
partes. Las encontramos en las playas de arena de Bornholm, como se describió
en el capítulo 2. Pero eso es sólo el comienzo. También forman alfombras en el
fondo de los lagos, estanques y arroyos, y son comunes en los suelos carentes
de vegetación avanzada. Por tanto se hallan con particular abundancia,
paradójicamente, en suelos áridos donde escasea el agua. Estas cianobacterias
tienen la habilidad extraordinaria de sobrevivir a la sequía extrema en un
estado letárgico, y de volver a la vida cuando el agua vuelve a estar
disponible. Viaja al desierto de Mojave y coge un poco de arena. Es casi seguro
que habrá una población apreciable de cianobacterias en tu mano. Viaja después
a Uluru (antes llamado Ayers Rock) en Australia. Las arenas y suelos que rodean
este gran monolito contendrán seguramente cianobacterias, pero mira más de
cerca a la propia roca. Allí, y sobre todo justo debajo de la superficie de esa
escultura natural de arenisca, viven abundantes poblaciones de cianobacterias.
Viaja ahora a las regiones del Dry Valley de la Antártida, y encontrarás algo
similar en los acantilados gigantes de Beacon Sandstone, frente al lago Vanda
en el valle Wright de la Antártida. Afloramientos de granito y arenisca que
contienen cianobacterias se hallan en otros entornos áridos y semiáridos que
abarcan desde el norte del Transvaal en Sudáfrica hasta las tierras bajas del
Orinoco en Venezuela.
Miremos a los océanos. Los científicos han estudiado las algas marinas
durante siglos. Y, sin embargo, no hay una sola mención a las cianobacterias en
el tratado clásico de Claude Zobell Microbiología marina, de 1946,
como no eran las cianobacterias marinas descritas en el libro de texto de
oceanografía biológica que yo usé en 1980. De hecho, por la época en que se
escribió mi libro de oceanografía biológica (1977), las cianobacterias
formadoras de haces del género Trichodesmium ya habían sido
descritas (volveremos a estos interesantes organismos más abajo), y también se
habían identificado otras cianobacterias pequeñas y cocoidales. Pero su
novedad, aparentemente, era tanta que no habían entrado aún en las discusiones
de los libros de texto. La situación cambió en 1979 cuando John Waterbury, de
la Institución Oceanográfica Woods Hole, y sus colegas describieron la
generalizada abundancia de las minúsculas cianobacterias del género Synechococcus.
Resulta que, salvo en las zonas árticas, estas pequeñajas son comunes, con
abundancias que pueden alcanzar el millón de células por litro de agua
oceánica.
¿Cómo es posible que pasaran inadvertidas tanto tiempo? Durante décadas,
el fitoplancton marino (que es el plancton fotosintético) se había recogido
para su estudio mediante redes con un calibre de malla de 20 micras (0,02
milímetros). Pero las células de Synechococcus son muy
pequeñas, con diámetros que oscilan de 0,8 a 1,5 micras. Por tanto, puedes
pescar todo el fitoplancton que quieras, que las células de Synechococcus se
escaparán de la red. John, sin embargo, recogió las células con filtros de un
calibre de poro mucho menor (0,2 micras) y pudo así aislar estas minúsculas
células de Synechococcus. Pero, como ocurre a menudo con los
descubrimientos científicos, John no estaba buscando cianobacterias en
absoluto, sino algo completamente distinto. Utilizaba una nueva técnica para
cuantificar el número total de células bacterianas tiñéndolas con un pigmento
fluorescente y contándolas bajo un microscopio mientras brillaban bajo la luz
azul. Un buen científico hace controles (muestras sin tratar), y John vio de
inmediato que algunas células brillaban con fluorescencia aunque no hubiera
añadido el tinte. Algunos de los pigmentos fotosintéticos de los fotótrofos
productores de oxígeno son fluorescentes por sí mismos y, puesto que aquellas
células eran pequeñas, John sospechó que eran cianobacterias. Este resultó ser
el caso, y los Synechococcus marinos habían sido descubiertos.
Pero esta no fue la última palabra acerca de las importantes poblaciones
de cianobacterias en el mar. Más o menos al mismo tiempo que las células
de Synechococcus eran identificadas como una especie
abundante, se observaron otras poblaciones cianobacterianas de aspecto similar.
Estos organismos presentaban una estructura interna algo distinta a la de Synechococcus,
y sus pigmentos de clorofila eran también un poco diferentes; a falta de
estudios más detallados, estos organismos fueron clasificados inicialmente como
células de Synechococcus. Esto cambió en los últimos años ochenta
cuando Penny Chisholm, del MIT, estaba usando una tecnología relativamente
nueva llamada citometría de flujo para explorar la naturaleza de las
poblaciones fotosintéticas del mar. Utilizando esta técnica, se pueden
distinguir las poblaciones de acuerdo a su tamaño y a su capacidad de brillar
con fluorescencia bajo luz de distintas longitudes de onda. Muchas poblaciones,
como las de Synechococcus, generan señales distintivas, lo que constituye
una excelente herramienta para cuantificar su tamaño de población. Aplicando la
citometría de flujo, Penny pudo en efecto encontrar y cuantificar las
poblaciones de Synechococcus. Pero también apareció otra población
de células fluorescentes, y estas diferían de Synechococcus en
muchos aspectos importantes. Primero, con diámetros de sólo 0,6 a 0,8 micras,
estas celulitas eran mucho más pequeñas que las típicas células de Synechococcus.
Aunque claramente eran cianobacterias, tenían pigmentos exclusivos que no se
encuentran en Synechococcus, ni en ningún otro organismo
fototrópico, dicho sea de paso. También eran abundantes, incluso más que Synechococcus,
al menos en algunos lugares; y mientras Synechococcus solía
preferir las regiones más superficiales y mejor iluminadas de la columna de
agua, esta nueva población prefería zonas más profundas y oscuras. Sin duda
eran las mismas células parecidas a Synechococcus que ya se
habían descrito antes. Tras apreciar ciertas similitudes con un grupo de
cianobacterias simbióticas del género Prochloron, Penny denominó a
estas nuevas cianobacterias Prochlorococcus.
En unos 10 años, por lo tanto, nuestra comprensión de las comunidades
fototrópicas marinas había cambiado por completo. Pero hay todavía más. Estas
minúsculas cianobacterias, Synechococcus y Prochlorococcus,
no sólo son abundantes, sino que pueden aportar hasta el 50% o más de la
producción primaria en ciertas zonas del océano. Así que, por muy difíciles que
sean de ver, las cianobacterias son muy importantes para el ciclo del carbono.
Y todavía hay más, porque desde luego no puedo dejar de explicar la
ecología de Prochlorococcus en los océanos. Hago esto en parte
porque es fascinante, y en parte porque, al pensar sobre el pasado lejano,
podemos también imaginar que los organismos primitivos deben de haber vivido
con adaptaciones a su entorno similares, e igualmente fascinantes. Para
empezar, la especie Prochlorococcus tiene sólo unos 2000
genes, lo que la convierte en uno de los productores de oxígeno más escasos de
genes que se conocen. Podría pensarse que cuantos más genes mejor, pues darían
al organismo más flexibilidad y mejores opciones para adaptarse a las
cambiantes condiciones del entorno. Prochlorococcus, sin embargo,
utiliza una estrategia diferente. En lugar de cubrir todas las eventualidades
con un gran genoma, estas cianobacterias se mantienen magras y ligeras, y
modulan su genoma a las condiciones específicas del entorno.
La historia continúa reconociendo que Prochlorococcus no
es sólo Prochlorococcus. Varias cepas diferentes de Prochlorococcus se
han aislado de la naturaleza, y mientras que algunas están mejor adaptadas a
condiciones de alta luminosidad, otras la prefieren baja, y otras más a las
situaciones particulares de disponibilidad de nutrientes a diferentes
profundidades del océano. Estos distintos ecotipos de Prochlorococcus,
como los llama Penny Chisholm, se estratifican en la columna de agua marina, y
esta estratificación también cambia con la latitud y la longitud respecto a su
luz preferida y a su entorno químico. Un ejemplo de esa estratificación se
muestra en la figura 4.4. Si empezamos por la distribución de Prochlorococcus cerca
del ecuador, vemos que los ecotipos adaptados a la alta luminosidad prefieren
la parte superior de la columna de agua, y los ecotipos de baja luminosidad
prefieren aguas más profundas. Si nos movemos a latitudes más altas (48ºN),
donde llega menos luz a la superficie del mar, los ecotipos de luz intermedia
pueblan las capas superficiales y dominan en general. Aquí, el ecotipo adaptado
a las mayores luminosidades está muy reducido en abundancia, y el ecotipo
adaptado a la luminosidad más baja esta casi completamente ausente, pues aparentemente
no hay bastante luz para que pueda competir con los demás ecotipos.
Podemos hacernos una idea de lo que hace un organismo, y de cómo se
adapta al entorno, mediante una mirada a sus genes. Esto se debe a que los
genes representan un plano de todos los distintos procesos que un organismo
lleva a cabo. Hasta la fecha se han secuenciado los genomas de 12 tipos
diferentes de Prochlorococcus. Cuando se comparan, se ve que hay
1270 genes compartidos por todos esos genomas. Estos genes representan el
núcleo duro de lo que Prochlorococcus hace para ganarse la
vida, e incluyen los genes que controlan la fotosíntesis y el metabolismo del
carbono. Aparte de estos, hay cerca de otros 6000 genes variables que comparten
algunos, pero no todos, los diferentes genomas. Estos dan a cada tipo de Prochlorococcus su
estilo peculiar y determinan cómo cada uno se adapta específicamente a su
entorno. La función de muchos de estos genes se desconoce, así que los detalles
específicos de la adaptación al entorno son todavía nebulosos, pero el mensaje
está claro. Mediante el trueque de ADN y la evolución de nuevos genes, Prochlorococcus ha
construido genomas «de diseño» adaptados específicamente a las distintas
condiciones ambientales que se pueden encontrar en los océanos. ¿Quién necesita
un gran genoma si puede modular uno pequeño a las peculiaridades del entorno?
No se sabe cuán general es esta estrategia entre los microbios de la
naturaleza, pero el reconocimiento de la flexibilidad genómica de Prochlorococcus por
Penny y sus colegas es, en mi opinión, una de las grandes revoluciones en la
microbiología marina moderna.
FIGURA 4.4 Distribución con la profundidad de diferentes cepas de
Prochlorococcus a 1ºN y 48ºN de latitud en el océano Atlántico. Redibujado a
partir de Jonson y colaboradores (2006).
Por si fabricar oxígeno no fuera suficiente, las cianobacterias también
influyen en la química oceánica de otra manera esencial. Para entenderlo mejor,
emprendo un crucero a bordo del Vidal Gómez, un viejo y
desvencijado buque oceanográfico norteamericano comisionado a la Armada
chilena. Viajamos al oeste desde Iquique, Chile, hacia un punto situado a unos
20 kilómetros de la costa. Los delfines juegan en la ola de proa, y los
pelícanos buscan peces desde la distancia. Llegamos al sitio de estudio, y los
delfines se dispersan; no hay diversión cuando el buque se queda parado. Me
relajo y disfruto de las vistas, pero me sobresalta un banco de anchoas al
romper la superficie al lado del barco. Mientras las ondas se asientan, miro
hacia abajo y pienso que a sólo 100 metros bajo mis pies las aguas carecen por
completo de oxígeno. Hemos venido a estudiar una de las mayores zonas de
oxígeno mínimo (OMZ en sus siglas inglesas) que hay en los océanos del mundo.
Estas zonas se encuentran al oeste de las costas de Perú y el norte de Chile, y
más al norte, frente a las costas de Centroamérica y México, así como en el mar
Arábigo del océano Índico. En estas áreas carentes de oxígeno, los microbios
convierten el nitrato del agua marina en gas N2 y son
responsables de retirar cerca de un tercio de todo el nitrato de los océanos.
Sin reabastecimiento, el nitrato, un nutriente clave para la producción de las
algas, se agotaría en los océanos en unos 5000 años.
Por fortuna, el reabastecimiento ocurre, y lo hace en muchos lugares de
la superficie terrestre, pues la pérdida de nitrato en forma de N2 no
es sólo un fenómeno marino. El proceso de reabastecimiento se conoce como
fijación de nitrógeno, por el que muchos tipos diferentes de microbios (más
específicamente procariotas)[52] convierten
el gas N2 en amonio para su uso por la célula. Se trata de un
proceso muy intensivo en energía y complicado, dirigido por un complejo
enzimático conocido como nitrogenasa. En tierra firme, estos procariotas viven
a menudo en asociación simbiótica con las raíces de las plantas; las raíces de
leguminosas como la soja son un buen ejemplo. En entornos acuáticos, las
cianobacterias son los principales fijadores de nitrógeno. Esto tiene sentido,
porque las cianobacterias obtienen mucha energía del Sol para llevar a cabo el
proceso de fijación de nitrógeno. De forma paradójica, el oxígeno, el principal
producto de las cianobacterias, es un veneno para la enzima nitrogenasa. La
evolución ha generado varias soluciones muy astutas para este aparente dilema,
y voy a esbozar algunas de ellas.
Varios tipos de cianobacterias filamentosas han desarrollado células
especiales llamadas heterocistos. Están espaciados a intervalos semirregulares
a lo largo del filamento, y la fijación de nitrógeno ocurre en esas células.
Los heterocistos contienen múltiples capas de pared celular que restringen la
difusión del oxígeno hacia dentro de la célula, y aunque poseen el fotosistema
I, que produce la energía para conducir la fijación de nitrógeno, no tienen
fotosistema II. Por tanto, y a diferencia de lo que ocurre en las células
cianobacterianas normales, en los heterocistos no tiene lugar producción de
oxígeno alguna. Al contrario, contienen proteínas especiales que consumen el
oxígeno en solución, aportando así el entorno libre de oxígeno perfecto para la
fijación de nitrógeno.
Las cianobacterias sin heterocistos tienen que encontrar otras formas de
proteger a la nitrogenasa del oxígeno, y hay un montón de estrategias
diferentes. Algunas cianobacterias que viven en alfombras microbianas, por
ejemplo, sólo fijan nitrógeno por la noche, cuando el entorno de la alfombra se
vuelve anóxico. Otras cianobacterias también restringen la fijación de
nitrógeno a la noche, pero lo hacen en aguas ricas en oxígeno. En este caso,
las cianobacterias respiran lo bastante rápido para retirar el oxígeno del
interior de las células, de modo que la fijación de nitrógeno pueda proceder.
La solución más sensacional, creo yo, es la de Trichodesmium, que
es seguramente el fijador de nitrógeno más importante de los océanos. Trichodesmium es
una cianobacteria filamentosa sin heterocistos, y a menudo forma unos haces
impresionantes que se pueden observar a simple vista. De hecho, hay grandes
agregados de Trichodesmium fáciles de ver por satélite. De
forma por completo contraria a la intuición, Trichodesmium revela
sus mayores tasas de fijación de nitrógeno a mediodía, cuando la intensidad de
la luz alcanza el máximo. Esta sería normalmente la hora a la que las tasas de
producción de oxígeno por fotosíntesis son máximas, puesto que la tasa de
fotosíntesis suelen aumentar con la intensidad de la luz. No así con Trichodesmium.
Con alta luminosidad, estas cianobacterias desaceleran la fotosíntesis y usan
la energía solar para conducir reacciones que utilizan oxígeno en la célula.[53] Y
al revés, en la penumbra de la mañana y el atardecer, la fotosíntesis se
enciende y la fijación de nitrógeno se reduce al mínimo. Esta estrategia
funciona cuando el suministro de luz solar es copioso, lo que explica que Trichodesmium prefiera
las aguas claras y las latitudes tropicales (¿y quién no?).
Hasta ahora hemos explorado varios aspectos de la ecología y la
fisiología de las cianobacterias, pero hemos ignorado a propósito las plantas y
las algas. ¿Qué hay de ellas, puesto que también hacen oxígeno? De hecho,
¿podría haber alguna relación entre las diminutas cianobacterias a las que
tenemos que esforzarnos por ver y las plantas y algas que casi definen nuestro
mundo moderno? Pues bien, resulta que esa relación es muy estrecha, y revela un
maravilloso accidente en la historia de la vida. Hace mucho, mucho tiempo, una
cianobacteria fijó su residencia dentro de una célula eucariota. Esto fue una
relación beneficiosa para ambas partes (conocida normalmente como simbiótica),
en la que la célula eucariota probablemente logró alimento de la cianobacteria,
y la cianobacteria probablemente obtuvo refugio en el interior del eucariota.
Pasando el tiempo evolutivo, el eucariota tomó el control de la cianobacteria,
que fue perdiendo gran parte de su propia maquinaria metabólica. La
cianobacteria perdió lentamente su identidad como un organismo independiente y
se convirtió en el cloroplasto del alga eucariótica ancestral. Esta idea
fascinante fue concebida originalmente por el botánico ruso Konstantin
Sergeevich Merezhkovsky en 1905. La idea se perdió hasta ser redescubierta y
popularizada por Lynn Margulis muchas décadas después. Desde entonces se ha
demostrado correcta con las técnicas modernas de la biología molecular, que han
mostrado clara y netamente que el cloroplasto contiene ADN cianobacteriano.
Debemos mucho a nuestras pequeñas amigas productoras de oxígeno. Nos han
dado oxígeno para respirar, y se han asegurado de que haya abundante nitrato en
el océano para mantener las grandes cadenas alimentarias de los mares. Se han
comprometido en asociaciones con los primitivos eucariotas para darnos las
algas y, finalmente, las plantas, y hoy se encuentran poblando innumerables
entornos distintos con fascinantes adaptaciones a cada uno de ellos. Para mí es
difícil pensar acerca de la vida en la Tierra sin guiñar un ojo a las
cianobacterias y agradecerles que hayan hecho posible tan gran parte de ella.
Capítulo 5
¿Qué controla el nivel de oxígeno atmosférico?
Aspiración, expiración, aspiración, expiración. Bonito y relajado. Cada
uno de nosotros hace esto quizá 20 000 veces al día y raramente le dedicamos un
solo pensamiento. Yo, en cambio, pienso más sobre la respiración si viajo a
Santa Fe, Nuevo México, a una altitud de 2100 metros sobre el nivel del mar.
Justo después de llegar subo jadeando un piso de escaleras y, durante un corto
paseo por las colinas, resoplo y resuello mucho más de lo habitual. A esta
altitud, la presión atmosférica sólo alcanza el 77% de la típica del nivel del
mar, lo que significa que, para la misma aspiración, sólo tomamos el 77% del
oxígeno que allí. En el techo del mundo, la cima del monte Everest en los
Himalayas, la altitud es de unos impactantes 8848 metros, y aquí una pulmonada
de aire contiene sólo el 31% del oxígeno que tendría al nivel del mar. Sólo los
mejor entrenados y mejor adaptados pueden sobrevivir con tan poco oxígeno, y
aún así solo por un tiempo corto. La mayoría de los escaladores hacen la última
parte del ascenso con una bombona de oxígeno. Algunos no la llevan, y muchos de
estos mueren en el intento. La cima del Everest claramente pone a prueba los
límites de la resistencia humana.
Como se ve, la cantidad de oxígeno en el aire es importante. El
contenido de oxígeno en el aire es actualmente del 21%, y haríamos bien en
preguntarnos por qué la concentración es esa y no otra.[54] También
podríamos preguntar si esa concentración ha cambiado con el tiempo.
Examinaremos la historia del oxígeno atmosférico en capítulos posteriores, pero
aquí nos ocuparemos con la cuestión más fundamental de por qué hay oxígeno en
la atmósfera en absoluto. A través de esa discusión intentaremos identificar
los principales procesos que controlan la concentración de oxígeno.
Pues vaya novedad, pensará el lector. Cualquier colegial sabe que el
oxígeno proviene de la fotosíntesis. Por eso tenemos oxígeno en el aire, así
que ¿cuál es el problema? Cierto, pero haría falta un colegial realmente listo
para concebir el siguiente experimento. Pon una planta en un recipiente cerrado
y mira cuánto oxígeno se acumula durante el día.[55] Apunta
la cantidad. Ahora, observa qué pasa por la noche. Probablemente verás que,
durante la noche, la planta utiliza casi tanto oxígeno al respirar como el que
produjo durante el día.[56] Estamos
casi donde empezamos: pero no exactamente, y ese es el punto.
Repasemos las medidas que hemos hecho. El nivel de oxígeno es
probablemente un poco más alto, y si prolongamos el experimento por unas
semanas veremos seguramente que se va acumulando algo de oxígeno. Esto se debe
a que la planta ha crecido. Recuerda que el oxígeno es un subproducto de la
fotosíntesis y que la producción de oxígeno viene compensada por la producción
del material de la planta. Cuanto más material de la planta se genere, más
oxígeno se produce. En nuestro experimento, si todo el
material de la planta se utiliza para respirar, no se acumulará nada de
oxígeno, pero si la planta crece, este crecimiento representa material de la
planta que no ha respirado. En otras palabras, si el oxígeno no se usa para que
el material de la planta respire, se acumula en el recipiente. De esta forma,
el crecimiento de la planta puede igualarse a la acumulación de oxígeno. Así de
simple; ¿o no?
Intentemos el siguiente cálculo. Actualmente hay en la atmósfera 3,7×1019 moles
de oxígeno. Es un número grande. Si lo enfriáramos hasta el estado líquido,
formaríamos una capa de oxígeno líquido de 6 centímetros que cubriría la
superficie entera del planeta. Con una combinación de imagen por satélite y
mediciones desde tierra, se estima que la tasa neta de producción primaria en
el planeta, que es más menos lo mismo que el crecimiento combinado de las
plantas, algas y cianobacterias, es de unos 8,8×1015 moles de
carbono al año. Si comparamos esta tasa de producción primaria neta con la masa
de oxígeno en la atmósfera, podemos calcular que todo el oxígeno de la
atmósfera podría generarse en tan sólo 4200 años. Este cálculo implicaría que
el contexto de oxígeno de la atmósfera debería ser inestable en intervalos de
tiempo bastante cortos, y que un ligero desequilibrio entre la producción de
oxígeno y la respiración nos podría provocar unas concentraciones de oxígeno
tan bajas como las del monte Everest, o alternativamente unos niveles muy
altos.
Pero no te preocupes, que eso es sólo la mitad de la historia. Volvamos
a nuestro experimento del recipiente. El oxígeno se acumula en el envase
mientras la planta esté viva y creciendo. Pero ¿qué pasa si la planta se muere?
Al igual que ocurre en la pila de compost del patio trasero, todo tipo de
bacterias y hongos descompondrán el material de la planta muerta, usando
oxígeno para hacerlo. En conjunto, ya sea en el mar o en tierra firme, se
estima que el 99,9% de la producción primaria de la Tierra se descompone. Los
restantes trocitos quedan enterrados como materia orgánica no reactiva en
sedimentos marinos y de agua dulce, que pueden después solidificar como rocas.
De hecho, esta materia orgánica enterrada en sedimentos y luego transformada en
roca es la única que se escapa de reaccionar con el oxígeno. El enterramiento
de esta materia orgánica supone por tanto una fuente neta de oxígeno para la
atmósfera. De modo que las plantas y las cianobacterias producen el oxígeno,
pero este se acumula sólo porque parte de la materia orgánica original
producida por fotosíntesis es enterrada y preservada en sedimentos.[57] Un
trozo de carbón representa una fuente de oxígeno para la atmósfera, como
también un barril de crudo, los fósiles orgánicos y toda la materia orgánica
finamente dispersa que confiere su bello color negro a las pizarras primitivas
que tanto me gusta investigar.[58]
Hay otra fuente de oxígeno que tenemos que considerar. Como vimos en el
capítulo 2, un proceso microbiano anaeróbico llamado «reducción del sulfato»
respira materia orgánica convirtiendo el sulfato en sulfuro. Este proceso es
bastante común en la naturaleza. Podemos encontrar bacterias reductoras de
sulfato en los huevos podridos, en nuestros intestinos y hasta en nuestros
dientes. Pero son más prominentes en cuencas relativamente aisladas como el mar
Negro y la cuenca de Cariaco frente a la costa de Venezuela, en muchos de los
fiordos escandinavos en que la circulación del agua está restringida y en la
mayoría de los sedimentos marinos a las profundidades en que el oxígeno se ha
consumido por respiración. Estas profundidades de los sedimentos oscilan entre
sólo un milímetro o dos, en entornos cercanos a los márgenes continentales,
hasta varios centímetros o más, cuando recogemos fango mar adentro y donde los
contenidos orgánicos son relativamente escasos. Si hay hierro por la zona —y lo
suele haber—, el sulfuro reacciona con él formando un mineral llamado pirita
(fórmula química FeS2), que ya encontramos en el capítulo 2. En los
sedimentos modernos, este «oro del tonto» (fool’s gold) se halla
típicamente en forma de unos hermosos racimos como frambuesas microscópicas
(llamados framboides, del francés framboise) con un diámetro entre
5 y 50 micras (figura 5.1). En las rocas antiguas, la pirita suele encontrarse
en forma de cubos de un dorado reluciente, pero en cualquier caso el sulfuro (y
el hierro) atrapado como pirita es muy sensible al oxígeno, y vuelve a
convertirse en sulfato si se expone a él. Como el sulfuro se había formado a
partir del poder reductor de la materia orgánica, si no reacciona y queda
enterrado en sedimentos, la deposición de pirita también representa una fuente
de oxígeno para la atmósfera.[59] Como
veremos en capítulos posteriores, el enterramiento del carbono orgánico ha sido
la principal fuente de oxígeno atmosférico durante los últimos cientos de
millones de años, pero durante algunos intervalos más antiguos la principal
fuente de oxígeno fue el enterramiento de pirita.
Resulta extraordinario que estos controles de la concentración de
oxígeno atmosférico fueran elucidados ya en 1845 por el químico e ingeniero de
minas francés Jacques Joseph Ebelmen; comprendió estos procesos apenas 70 años
después de que se descubriera el oxígeno como elemento y de que su producción
se vinculara a la fotosíntesis, como se discutió en el capítulo 3. De manera
trágica, Ebelmen murió a la temprana edad de 37, pero durante su corta y
distinguida carrera pensó con profundidad acerca de qué procesos influyen en el
reciclado del oxígeno en la atmósfera. Escribió reacciones químicas que
describían los controles del oxígeno atmosférico, en un tiempo en que esas
representaciones eran bastante nuevas. Ebelmen llegó a la conclusión, como
apunté antes, de que el enterramiento tanto la pirita como del carbono
representan fuentes de oxígeno para la atmósfera. De esta forma pudo distinguir
entre el reciclado a corto plazo del oxígeno, definido por la fotosíntesis y la
respiración de los organismos, y su reciclado geológico a largo plazo, regulado
por el ciclo de las rocas. El ciclo de las rocas, como exploramos en el
capítulo 1, incluye el enterramiento de los sedimentos, la transformación de
los sedimentos enterrados en rocas y la posterior elevación tectónica de esas
rocas, que entonces quedan sometidas a la erosión física y química. Los
productos de esas erosiones son transportados por los ríos a los océanos, donde
vuelven a formar sedimentos.
FIGURA 5.1 Numerosos framboides de pirita en una fina sección petrográfica
de una pizarra. Foto cortesía de Eric Condliffe, de la Universidad de Leeds.
Estos conceptos de control de oxígeno permanecieron en estado mayormente
latente durante 130 años, hasta ser redescubiertos en la década de 1970 de
forma independiente por Bob Garrels, Ed Perry y Dick Holland. Tendré mucho más
que decir sobre estos científicos y sus contribuciones en capítulos
posteriores.
Hasta ahora tenemos bajo control las fuentes de oxígeno, pero ¿qué pasa
con todo este oxígeno una vez liberado a la atmósfera? Si puedes, date una
vuelta con el coche en un bonito día de verano por un afloramiento de rocas
sedimentarias, pizarras a ser posible. Si vives cerca de una zona montañosa,
puedes encontrar el afloramiento perfecto en un tajo de carretera o junto a un
río, o simplemente en la ladera de una colina. Si vives en una zona plana como
yo, tal vez tengas que esperar hasta salir de vacaciones. En cualquier caso,
echa una mirada detenida a las pizarras; usa una lupa si la tienes. Fíjate en
las capas más externas. Seguramente serán desmenuzables, y pueden aparecer
decoloradas. Es probable que veas manchas de óxido de hierro y, si prestas atención,
este óxido puede reemplazar a lo que parecen cubos o lentes de pirita en la
roca. Si tienes un martillo de geólogo, aparta el material desmenuzable y trata
de encontrar algo de roca fresca. La roca fresca será probablemente más oscura,
y si penetras lo bastante verás brillar la pirita fresca. Sin más que comparar
la roca erosionada con la fresca, habrás descubierto lo que retira gran parte
del oxígeno de la atmósfera. El oxígeno reacciona con la materia orgánica y la
pirita en las rocas antiguas, una vez que estas han vuelto a aflorar a la
superficie de la Tierra. Esta materia orgánica y pirita, de hecho, fue una
fuente de oxígeno al ser enterrada y convertirse en roca. Su oxidación final
representa un sumidero de oxígeno y completa el ciclo.
Hay otra ruta de retirada de oxígeno que debemos discutir. En el
capítulo 2 discutimos cómo los gases reducidos químicamente como el H2,
el H2S y el SO2 se liberaban al entorno de
superficie desde los volcanes, y cómo probablemente aportaban energía a los
ecosistemas primitivos antes de que evolucionara la producción de oxígeno.
Después de que surgiera la producción de oxígeno por las cianobacterias, estos
gases volcánicos devinieron sumideros de oxígeno. El sulfuro y el SO2 reaccionan
con el oxígeno para formar sulfato, mientras que el H2 reacciona
con el oxígeno para formar agua. La figura 5.2 presenta un dibujo esquemático
que resume estos puntos y muestra las fuentes y sumideros de oxígeno en el
ciclo geológico del O2.
FIGURA 5.2 Los principales procesos que controlan las concentraciones
atmosféricas de oxígeno. El oxígeno reacciona con los gases volcánicos, y
también con el carbono orgánico y los compuestos de azufre durante la erosión,
mientras que es liberado a la atmósfera por el enterramiento del carbono
orgánico y la pirita en los sedimentos. Modificado de Canfield (2005).
Saber todo esto es esencial para entender cómo se recicla el oxígeno,
pero sigue sin explicar cómo se controlan sus concentraciones. En concreto,
¿podemos identificar procesos en el ciclo del O2 que
verdaderamente regulen los niveles de oxígeno? La respuesta es sí. El truco es
reparar en que las tasas de muchos de los procesos que producen y consumen
oxígeno tienden a conducir a unos niveles de oxígeno estables. Esto puede
parecer bastante oscuro, pero no te preocupes. Ilustraré el principio antes de
entrar en más detalles sobre los mecanismos específicos.
Imagina una bañera muy profunda con un grifo y un desagüe (figura 5.3).
Cuanta más agua haya en la bañera, más deprisa saldrá por el desagüe. Abre el
grifo y deja que entre agua en la bañera. El agua alcanzará un nivel tal que
saldrá por el desagüe a la misma velocidad por la que entra del grifo. Ahora
echa un gran cubo de agua al baño. El nivel subirá de repente y hará que el
agua se vaya por el desagüe más rápido. Tras esa elevación inicial, el nivel
caerá hasta el mismo punto de antes, el punto en el que la entrada iguala a la
salida. Esto se conoce como retroalimentación negativa (o feedback negativo),
y estabiliza el sistema. Ahora saca de la bañera un gran cubo de agua, y pasará
lo contrario. La velocidad de salida por el desagüe se ralentiza hasta que se
alcanza de nuevo el nivel original. El sistema ha alcanzado un estado estable, y
ese estado se mantiene gracias a la simple retroalimentación.
FIGURA 5.3 La metáfora de la bañera sobre las varias formas en que se regula
la concentración de oxígeno atmosférico; en este caso, los niveles de oxígeno
se representan como la altura (h) del agua en la bañera. El texto da una
descripción del funcionamiento.
Si abrimos más el grifo, se alcanzará un nuevo nivel de agua más alto.
El nivel de agua sube y más agua sale por el desagüe hasta compensar la mayor
entrada. Esto es otro ejemplo de retroalimentación negativa estabilizadora.
También se alcanzará un nivel de agua más alto si restringimos el desagüe. O al
revés: si aumentamos el desagüe o reducimos la apertura del grifo, se alcanzará
un nivel de agua más bajo. Ahora metamos un tubo en la bañera y absorbamos agua
a velocidad constante (un sifón). Veremos el nivel del agua caer a un nuevo
nivel en que la tasa total de salida por el desagüe y el sifón vuelve a igualar
a la entrada por el grifo. Por último, añadamos un flotador conectado al grifo.
El flotador funciona más o menos como el de la cisterna del váter (aunque no es
tan sensible) y, cuanto más alto sea el nivel del agua, hará que más lenta
salga por el grifo. El flotador ayuda a definir un nivel de agua máximo en la
bañera. Con este mecanismo del flotador, la entrada de agua se reduce cuando el
nivel sube. Se trata de un sistema más de retroalimentación negativa que actúa
para estabilizar el nivel de agua en la bañera.
Este simple sistema, por supuesto, es una metáfora de cómo se controla
el oxígeno atmosférico y, como veremos a continuación y en capítulos
posteriores, contiene todos los principios que necesitamos para comprender la
regulación del oxígeno. Como ocurre con la concentración de oxígeno
atmosférico, la bañera alcanza un equilibrio dinámico en el que las entradas
compensan a las salidas. El equilibrio dinámico es posible gracias a las
retroalimentaciones negativas. El sistema también contiene un mecanismo de pérdida
de agua, el sifón, que opera con independencia de cualquier retroalimentación.
Esta ruta de retirada de agua influye en el nivel de la bañera, pero no
desestabiliza el sistema necesariamente. En otras palabras, un equilibrio
dinámico sigue siendo posible con el sifón funcionando, aunque con un nivel más
bajo del que se alcanza con el sifón apagado.
Las retroalimentaciones positivas también son posibles. Son
retroalimentaciones desestabilizantes. En nuestra metáfora del baño, un ejemplo
de retroalimentación positiva podría ser que el flotador estuviera amañado de
manera que el flujo de entrada aumentara cuando el nivel de
agua sube. Con esta retroalimentación positiva, la bañera acabaría
desbordándose. Como veremos, en la regulación del oxígeno también hay posibles
retroalimentaciones positivas, pero no son los controles predominantes de la
concentración de oxígeno. El nivel de oxígeno se estabiliza por
retroalimentaciones negativas. Veamos algunas.
Empecemos por las rutas de retirada del oxígeno, y en concreto por la
más simple de todas: la liberación desde el manto de gases reactivos con el
oxígeno. Me refiero en particular a gases como H2, CO (monóxido de
carbono), SO2 y H2S, que son los análogos directos
del sifón en nuestro ejemplo de la bañera. Estos gases son sumideros de O2 y
se añaden a la atmósfera de manera independiente de cualquier retroalimentación
que opere en el ciclo del oxígeno. Su velocidad de entrada en la atmósfera
depende de la tectónica y de las agitaciones internas de la Tierra. Como
veremos en el capítulo 7, estos gases han tenido un papel esencial en la
regulación del oxígeno atmosférico durante algunos periodos de la historia de
la Tierra.
¿Qué hay de otras rutas de retirada del oxígeno, como la oxidación del
carbono orgánico y la pirita en las rocas sedimentarias, de las que ya hablamos
antes? Estas son equivalentes al desagüe de nuestra bañera. Los experimentos
han mostrado que la velocidad de oxidación tanto de la pirita como del carbono
orgánico dependen en realidad de la concentración de oxígeno en la atmósfera,
con una oxidación más rápida a mayores niveles de oxígeno. Esto constituye un
mecanismo potencial de retroalimentación negativa en la disminución de oxígeno.
Si el oxígeno se vuelve demasiado bajo, la velocidad de su retirada por
oxidación de carbono orgánico y pirita disminuye. Como estudiante de postgrado
de primer año en Yale, presencié un debate sobre este punto entre Karl Turekian,
un profesor de Yale, y Bob Garrels,[60] a
quien ya hemos encontrado brevemente en este capítulo. Karl Turekian era un
gladiador, un científico inspirador que se crecía en la confrontación. Bob
Garrels era un sabio de la geoquímica, de habla suave y amables formas. Garrels
era quien daba la charla, y puntualizó que la concentración de oxígeno actuaba
probablemente como una retroalimentación negativa sobre las tasas de erosión
química del carbono orgánico y la pirita. Entonces Karl saltó de la silla y,
saboreando una buena pelea, bramó que eso no podía ser cierto. La velocidad de
erosión química está controlada por la tasa de elevación geológica y por la
tasa a la que la nueva roca queda expuesta en la zona de erosión en la
superficie de la Tierra. Una vez allí, prosiguió Karl, todo el carbono orgánico
y la pirita será oxidado antes de que la roca erosionada sea transportada a los
ríos y de vuelta al mar. Yo, viendo subir la temperatura de la discusión,
estuve tentado de esconderme debajo del escritorio. Garrels, sin embargo, era
la viva imagen de la serenidad budista; sonrió y dijo: «Bueno, Karl, esa es tu
opinión», y continuó con su charla.
Lo cierto es que Karl, como de costumbre, había suscitado un buen
argumento. Si la materia orgánica y la pirita se oxidan por completo durante la
erosión y el transporte río debajo de camino hacia el mar, no habrá
retroalimentación del oxígeno sobre la velocidad de oxidación de la materia
orgánica y la pirita. De hecho, la trascendencia de esta retroalimentación
podría muy bien depender del contenido real de oxígeno en la atmósfera.
Volvamos al afloramiento de rocas que discutimos antes, aquel donde observamos
la roca erosionada en la superficie, y donde la roca prístina emergió con sólo
escarbar un poco. En vez de limitarnos a observar la roca, recojamos muestras a
intervalos regulares de su superficie erosionada y también de la roca fresca
que yace bajo ella. Nos llevamos las muestras de vuelta al laboratorio y
medimos su contenido en pirita y materia orgánica. Steven Petsch, ahora en la
Universidad de Massachusetts, hizo eso como parte de su tesis doctoral con Bob
Berner en Yale, unos 10 años después de que yo acabara la mía también con Bob.
Algunos de los resultados de Steve se muestran en la figura 5.4. Hay dos
conclusiones principales que emergen del trabajo de Steve. Una es que la pirita
se oxida mucho más rápido que la materia orgánica. La otra es que, aunque la
materia orgánica se oxida más lentamente que la pirita, en muchos casos (pero
no en todos) aparece completamente oxidada en las capas superficiales del
afloramiento.
FIGURA 5.4 Concentraciones de carbono orgánico y azufre pirítico a través de
un suelo moderno en formación en las pizarras de Woodford de las montañas
Arbuckle, condado de Murray, Oklahoma, Estados Unidos. Redibujado de Petsch y
colaboradores (2000).
Estas observaciones formaron la base de un elegante modelo de oxidación
de materia orgánica/pirita formulado por Ed Bolton, experto modelador y uno de
los colegas de Bob Berner en Yale. El modelo de Ed es bastante complejo e
incluye una variedad de parámetros como la concentración de oxígeno
atmosférico, la velocidad de erosión, la porosidad de la pizarra (lo que
significa básicamente el volumen de espacio vacío, o agujeros en
la pizarra), la dinámica del flujo de agua y la cinética de oxidación de la
pirita y el carbono orgánico. Los resultados, sin embargo, están claros. Dada
la gama normal de velocidades de erosión y porosidad del suelo, la materia
orgánica se oxidará totalmente durante la erosión, siempre que el nivel de
oxígeno atmosférico sea el 25% del actual o mayor. Con niveles inferiores de
oxígeno, sin embargo, o con tasas de erosión mucho más altas, como las típicas
de los terrenos montañosos, por ejemplo, la concentración de oxígeno sí debería
afectar al grado de oxidación de la materia orgánica. Por tanto, el oxígeno
atmosférico podría haber aportado una retroalimentación negativa sobre la
oxidación de la materia orgánica en el pasado, cuando los niveles de oxígeno
eran considerablemente menores que hoy, o cuando las tasas de erosión eran
considerablemente más altas. Una retroalimentación negativa de la concentración
de oxígeno sobre la oxidación de la pirita es también posible, pero sólo a
concentraciones de oxígeno extremadamente bajas; exploraremos esto en el
capítulo 9.
La discusión se ha centrado hasta ahora en la eficiencia de la oxidación
de la materia orgánica y la pirita, pero la cantidad de materia orgánica
disponible para la oxidación debe tener también un papel. De un modo simple,
cuanta más materia orgánica y pirita esté disponible para oxidarse, mayor será
el sumidero de oxígeno. La cantidad disponible dependerá de varios factores.
Uno es la tasa de levantamiento de los continentes, puesto que controla la
velocidad a la que las rocas se exponen a la erosión. Otro factor es la
concentración de carbono orgánico y pirita en las rocas sometidas a erosión, y
esto dependerá en gran medida del tipo de rocas que han quedado expuestas. Bob
Berner ha pensado profundamente en esto, y ha concebido una forma en que la
concentración de oxígeno atmosférico puede regularse según este principio. Bob
propone que hay un acoplamiento estrecho entre el enterramiento de carbono
orgánico y pirita en los sedimentos, que representa una fuente de oxígeno, y la
subsiguiente disponibilidad de esos mismos sedimentos para la erosión y la
oxidación, que representa un sumidero de oxígeno.
El razonamiento es el siguiente: imagina que, por alguna razón, hay un
periodo en que se forman sedimentos muy ricos en carbono orgánico y pirita. El
enterramiento de estos sedimentos representaría una fuerte fuente de oxígeno
para la atmósfera. Sin embargo, estos sedimentos, o al menos muchos de ellos,
serían muy propensos a la oxidación física y química en unas escalas de tiempo
relativamente cortas.[61] Esto
se debe a que esos sedimentos (y las rocas que forman) están sujetos a la
exposición durante los cambios del nivel del mar. También están sujetos al
levantamiento y la erosión como resultado de varios procesos tectónicos como la
subducción del suelo marino y las colisiones entre continentes.[62] Por
tanto, el reciclado rápido de estas rocas ricas en carbono
orgánico y pirita hacia la zona de erosión y oxidación generaría pronto un
fuerte sumidero de oxígeno. El resultado final es que la fuerte fuente de
oxígeno representada por el enterramiento inicial de estas rocas se compensa
por el fuerte sumidero de oxígeno que supone su posterior oxidación. De forma
inversa, si hay un periodo de deposición de sedimentos con bajo contenido en
carbono orgánico y pirita, la influencia de esta débil fuente de oxígeno se
amortigua por el débil sumidero de oxígeno generado por el reciclado rápido y
subsiguiente oxidación de este mismo sedimento. Esto evita que el oxígeno baje
demasiado. El resultado final del reciclado rápido de sedimentos es evitar que
las concentraciones de oxígeno atmosférico se eleven o reduzcan demasiado. Hay
que señalar que este mecanismo para estabilizar la concentración de oxígeno no
representa una retroalimentación sobre la concentración de oxígeno; no depende
del contenido de oxígeno en la atmósfera. En vez de eso, es un mecanismo de
estabilización basado en el acoplamiento entre el enterramiento de sedimentos,
la tectónica y la erosión química.
Las retroalimentaciones y controles descritos arriba se refieren a los
sumideros de oxígeno. También podemos identificar varias retroalimentaciones
asociadas a la producción de oxígeno. Un grupo importante de
retroalimentaciones tiene relación con la influencia de la anoxia oceánica
sobre la regulación del oxígeno.[63] Empezaremos
esta discusión examinando el sedimento de la zona profunda del mar Negro. El
mar Negro es la mayor cuenca anóxica del mundo; por debajo de 70 u 80 metros de
profundidad, el agua está libre de oxígeno, y si recoges agua por debajo de 120
metros, apesta a sulfuro, el producto de la reducción del sulfato. Este tipo de
cuencas sulfúricas se conocen como cuencas euxínicas, precisamente por el
nombre griego del mar Negro, Pontus Euxinus.
Los sedimentos que se depositan en las aguas euxínicas del mar Negro
están desprovistos de animales. Además, están finamente laminados y llenos de
carbono orgánico y sulfuro de las piritas, mucho más que del que encontramos en
los fangos ordinarios que rodean las costas de Dinamarca, o en cualquier lugar
cercano a las playas que la gente frecuenta en vacaciones. De hecho, las tasas
de enterramiento de carbono orgánico y pirita aparecen acentuadas cuando la
columna de agua se vuelve euxínica.
Antes de continuar, sin embargo, hay un detalle importante que
necesitamos considerar. No todos los tipos de anoxia en la columna de agua
conducen a la clase de condiciones euxínicas que encontramos en el mar Negro.
Por ejemplo, muchos lagos en la zona del medio-oeste de Estados Unidos donde yo
me crié (y en otros lugares también) se vuelven estacionalmente anóxicas en sus
aguas profundas. Sin embargo, estos lagos suelen mostrar bajas concentraciones
de sulfato, de modo que sólo pueden sustentar tasas limitadas de reducción de
sulfato. Por tanto, cuando estos lagos se vuelven anóxicos, en vez del sulfuro
se acumula el hierro disuelto (llamado hierro ferroso, veremos mucho más de
esto en el capítulo 7). Esta situación fue también muy común en los océanos durante
ciertos periodos del pasado geológico, como se explora en capítulos
subsiguientes. Si recuerdas las aguas carentes de oxígeno junto a la costa de
Chile que discutimos en el último capítulo, ni el hierro ni el sulfuro se
acumulan allí, sino que en esas aguas domina la química del oxígeno. Lo
importante, sin embargo, es que todos los tipos de anoxia de la columna de agua
conducen a tasas reducidas de descomposición de la materia orgánica (comparadas
con las descomposiciones que usan oxígeno), lo que conduce a su vez a
concentraciones incrementadas de carbono orgánico en los sedimentos que se
depositan de esta agua.[64] El
enterramiento de la pirita, en contraste, sólo suele estimularse bajo
condiciones euxínicas de la columna de agua (cuando la columna de agua contiene
sulfuro). En lo que sigue, me referiré a columnas de agua anóxicas en general,
lo que puede significar cualquiera de los tipos que acabamos de ver, a menos
que señale otra cosa.
Hecha esta digresión, podemos imaginar que una retroalimentación de
oxígeno estuvo detrás de la expansión y contracción de las condiciones anóxicas
del mar. Lo esperable, en general, es que el grado de anoxia en las aguas
profundas del océano crezca cuando la concentración atmosférica de oxígeno se
reduce. Esto tiene sentido porque, con menores niveles de oxígeno en la
atmósfera, menos oxígeno será mezclado y transportado al océano profundo. Sin
embargo, con el mar Negro como ejemplo, cuando las condiciones anóxicas se
expanden, las tasas de enterramiento de carbono orgánico y sulfuros de la
pirita (si la columna de agua es euxínica) deben incrementarse también. El
enterramiento aumentado de carbono orgánico y pirita generaría una fuente mayor
de oxígeno para la atmósfera y por tanto incrementaría la concentración de
oxígeno atmosférico. Los niveles elevados de oxígeno, a su vez, reducirán el
grado de anoxia en el océano; esto merma las tasas de enterramiento de carbono
orgánico y pirita y por tanto reduce la fuerza de la fuente de oxígeno
atmosférico. Esta cadena de acontecimientos aporta un bonito mecanismo de
estabilización (retroalimentación negativa) para evitar que las concentraciones
de oxígeno se eleven o reduzcan demasiado.
Si profundizamos más en el asunto, encontramos que la anoxia oceánica
produce retroalimentaciones adicionales sobre la concentración de oxígeno. Para
entenderlo tenemos que seguir el destino del nitrógeno y el fósforo, dos de los
más importantes nutrientes cuya disponibilidad controla las tasas de producción
primaria en los océanos. Empecemos con el fósforo. La mayoría de los
geoquímicos, de hecho, suelen ver la disponibilidad de fósforo como el factor
más importante para el control de las tasas de producción primaria en el
océano.[65] Con
esto en mente, mi estudiante de doctorado en Yale Ellery Ingall, ahora en el
Instituto de Tecnología de Georgia, en Atlanta, hizo un descubrimiento
asombroso durante su investigación para la tesis. Encontró que tanto los
sedimentos modernos como los primitivos depositados en contextos anóxicos, como
el mar Negro, contienen mucho menos fósforo que los sedimentos depositados bajo
columnas de agua que contienen oxígeno.[66] Esta
observación revela retroalimentaciones adicionales sobre la concentración
atmosférica de oxígeno. Así, en vista de las observaciones de Ellery, unas
condiciones anóxicas expansivas deben resultar en una menor retirada de fósforo
desde la columna de agua hacia los sedimentos marinos. Ya sabemos que las
condiciones anóxicas estimulan el enterramiento de carbono orgánico —y de
pirita en algunos casos—, pero con una menor retirada de fósforo desde el agua
hacia los sedimentos debería haber más fósforo disponible para avivar unas
tasas de producción primaria aún mayores. Esto resultaría en aún mayores tasas
de enterramiento de carbono orgánico y de liberación de oxígeno a la atmósfera.
Por tanto, el ciclo del fósforo actúa reforzando la retroalimentación negativa
que acabamos de discutir en relación con el papel de la anoxia en el
mantenimiento de unos altos niveles de oxígeno.
Vemos el mismo efecto de refuerzo cuando los niveles de oxígeno
aumentan. Cuando esto ocurre se reduce la extensión de agua oceánica anóxica.
Esto se acompaña por un incremento en la extensión de las aguas oxigenadas, con
el consiguiente aumento en la tasa de retirada de fósforo desde estas aguas
oxigenadas hacia los sedimentos depositados. Esta retirada de fósforo más
rápida disminuye la cantidad de fósforo en el agua oceánica, lo que debería
reducir la cantidad de fósforo en el océano, que a su vez reduciría las tasas
de producción primaria. Una tasa reducida de producción primaria conduciría a
una tasa reducida de enterramiento de carbono orgánico y, por tanto, a una tasa
reducida de liberación de oxígeno a la atmósfera. Esto evita que las
concentraciones de oxígeno se hagan demasiado altas. Estas elegantes ideas
fueron presentadas en primer lugar por Ellery, en colaboración con Philippe van
Cappellen, otro de mis estudiantes de doctorado de la época, y trabajando con
Bob Berner.
Toda esta discusión sobre el fósforo no debe hacer que nos olvidemos del
nitrógeno. Ya echamos un vistazo al ciclo del nitrógeno en el último capítulo,
cuando discutimos cómo los microbios anaeróbicos retiran el nitrato como gas N2 en
las zonas oceánicas de mínimo oxígeno. También discutimos cómo las
cianobacterias fijadoras de nitrógeno reconvierten el gas N2 en
amonio, resuministrando nitrógeno a la biosfera. Se puede imaginar que, si la
anoxia oceánica se extendiera, los procesos anaeróbicos que producen gas N2 ganarían
importancia y podrían drenar del mar el nitrógeno biológicamente disponible
(nitrato en su mayor parte). Por tanto, y en contraste de lo que ocurre con el
fósforo, la extensión de la anoxia en los océanos globales tendería a limitar
la disponibilidad de nitrógeno y, potencialmente, la producción primaria. El
grado de esta limitación dependería crucialmente de si la fijación de nitrógeno
pudiera acelerarse para reponer el nitrógeno perdido. Si la reposición por
fijación de nitrógeno compensara exactamente la pérdida de nitrógeno como gas N2,
el mecanismo de retroalimentación por fósforo descrito más arriba controlaría
las tasas de producción primaria y de enterramiento de carbono orgánico. Sin
embargo, si la fijación de nitrógeno no pudiera estar a la altura de la pérdida
de nitrógeno, las concentraciones de nitrógeno se desplomarían y limitarían la
producción primaria. Si fuera así, la retroalimentación por fósforo descrita
arriba sería infructuosa.
Mi amigo y colega Paul Falkowski, de la Universidad de Rutgers, cree que
este último sería el caso. En sus modelos, de hecho, la anoxia oceánica tiene
el efecto de disminuir las tasas de producción primaria mediante una drástica
limitación de nitrógeno. Si el nitrógeno verdaderamente limita la producción
primaria en tiempos de anoxia oceánica extendida, el resultado es una
retroalimentación positiva muy interesante. Para verlo, imagina que tenemos
precisamente la situación descrita más arriba: una anoxia generalizada en el
mar con una grave limitación de nitrógeno sobre la producción primaria. Ahora
imaginemos que, por alguna razón, el nivel de oxígeno atmosférico sube sólo un
poco. Esto haría disminuir la anoxia en los océanos y, siguiendo el argumento
esbozado antes, reduciría las tasas de pérdida de N2 por
desnitrificación. Puesto que menos nitrato es retirado del océano como gas N2,
parte de la limitación de nitrógeno se vería aliviada, lo que conduciría a una
tasa incrementada de producción primaria y enterramiento de carbono orgánico.
Esto produciría más oxígeno, reduciendo aún más la extensión de la anoxia
oceánica, y así sucesivamente. En principio, esta retroalimentación positiva
seguiría actuando hasta que el nitrógeno dejara de ser el nutriente limitante.
La retroalimentación por fósforo tomaría entonces el relevo para regular el
oxígeno atmosférico.
Hay una última retroalimentación que debemos considerar. Los que
trabajamos con bombonas de gas comprimido sabemos que el oxígeno puro es una
sustancia muy reactiva. Mantenemos bien alejada de él cualquier chispa o llama,
y sólo lo usamos cuando nos consta que hay buena ventilación, o mejor aún, en
una campana extractora donde cualquier exceso de gas es retirado rápidamente de
la habitación. Si tienes una bombona de oxígeno en casa acoplada a una
mascarilla de respiración, ya conoces las normas: ni cigarrillos, ni chispas ni
llamas de ninguna clase cerca del equipo de oxígeno. La razón básica para todas
estas precauciones es que las cosas combustibles arden mucho mejor en oxígeno
puro que en el aire. Los experimentos de combustión indican que, si duplicáramos
la concentración de oxígeno atmosférico respecto a la actual, cosas como los
árboles o la hierba arderían mucho más fácilmente. Bien, pues ahora viene la
retroalimentación. La idea es que, si la concentración de oxígeno sube
demasiado, las plantas terrestres las pasarán canutas para prosperar, porque
arderán con facilidad a la mínima chispa que se produzca, por ejemplo en una
tormenta. Esta idea surge de experimentos dirigidos por Andy Watson,
actualmente en la Universidad de East Anglia, como parte de su tesis doctoral.[67] Lo
que implica es que unos altos niveles de oxígeno deberían causar fuegos
forestales más desenfrenados y reducirían el crecimiento de las plantas en
tierra firme. Esta retroalimentación por fuego, en consecuencia, puede ser
importante para definir un nivel máximo de oxígeno en la atmósfera.
Por fortuna para nosotros, y para toda la vida de la Tierra, parece
haber muchos procesos (retroalimentaciones positivas y negativas) que controlan
y estabilizan la concentración de oxígeno en la atmósfera. Como veremos en
capítulos subsiguientes, diferentes retroalimentaciones han actuado para
controlar el oxígeno en distintos periodos de la historia de la Tierra. Aclarar
estas retroalimentaciones nos permite apreciar plenamente la interacción entre
la biología, la química y la geología para dar forma al entorno químico de la
superficie de la Tierra, y cómo esta interacción ha cambiado con el tiempo.
Capítulo 6
La historia temprana del oxígeno atmosférico: evidencias biológicas
Se atribuye al filósofo francés del siglo XII Bernardo de Chartres la
siguiente cita:
Somos como enanos subidos a hombros de gigantes, y así podemos ver más
que ellos, y a mayor distancia, no por nuestra agudeza visual o algún otro
mérito, sino porque nos levantan y crecemos hasta su enorme altura.[68]
Este sentimiento ha perdurado a través de los siglos, y es tan cierto
hoy como hace 900 años. En este capítulo iniciamos la discusión de la historia
del oxígeno atmosférico a través del tiempo geológico (véase la figura P.1 para
la escala de tiempo geológica), y uno de los gigantes de esta discusión es
Vladimir Vernadsky, el mineralogista ucranio convertido en geoquímico y
pensador visionario. Vernadsky nació en 1863 y murió en 1945. Su vida
transcurrió, por tanto, a través de una increíble agitación, incluyendo dos
guerras mundiales y la caída de la Rusia zarista. En 1926 publicó su obra
magna, La biosfera, donde exploró sistemáticamente el modo en que
la vida funciona como una fuerza geológica. En este libro sus observaciones
fueron agudas, profundas sus reflexiones, grandes sus pronunciamientos. Uno de
los asuntos que trató fue la historia del oxígeno atmosférico. Así empezaba su
discusión:
En todos los periodos geológicos, la influencia química de la materia
viva sobre su entorno no ha cambiado de manera significativa; los mismos
procesos de erosión han funcionado sobre la superficie de la Tierra durante
todo ese tiempo, y la composición química media tanto de la materia viva como
de la corteza terrestre han sido más o menos iguales a las de hoy.
Por tanto, mirando a las rocas a través del tiempo, por todo lo que
sabía Vernadsky, la influencia de la vida en la superficie de la Tierra había
permanecido aproximadamente igual. Esto le condujo a concluir, un poco más
tarde en el texto:
El fenómeno de la erosión superficial muestra claramente que el oxígeno
libre tuvo el mismo papel en el eón Arcaico que en la actualidad… El dominio de
los fotosintetizadotes en aquellos tiempos distantes fue la fuente del oxígeno
libre, casi todo el cual fue del mismo orden que hoy.
Cuando leí estos pasajes por primera vez, me dejaron pensando. Se trata
de la primera explicación, que yo sepa, de la historia del oxígeno atmosférico
a través del tiempo. No es muy detallada, desde luego, y cuando prosigamos con
nuestra discusión puede que no coincidamos con la conclusión de Vernadsky. Pero
eso no es lo importante. Lo importante es que él imaginó que la historia del
oxígeno atmosférico era un problema científico tratable, determinó qué
evidencia podría usarse para abordarlo, y lo hizo dentro de los límites de las
observaciones disponibles en la época. Impresionante, en mi opinión.
Aunque Vernadsky es un héroe científico en Rusia, por desgracia apenas
se le conoce en Occidente.[69] Parte
del problema es que la primera traducción al inglés de La biosfera no
se publicó hasta 1977, y quizá peor aún, el telón de acero y la guerra fría que
siguieron a la segunda guerra mundial limitaron notablemente el intercambio
científico entre los países del bloque soviético y Occidente. Por lo que a mi
respecta, oí hablar por primera vez de Vernadsky hace unos 10 años, y no
leí La biosfera hasta hace muy poco. Me resultó evidente al
leerla, sin embargo, que Vernadsky hablaba un lenguaje que yo podía entender.
De hecho, muchas de sus ideas encajan bien en nuestra comprensión actual del
acoplamiento entre la biosfera y la geosfera.
¿Cómo es que Vernadsky suena tan familiar si había pasado inadvertido
para la ciencia occidental? Una explicación es que, cuando las ideas
científicas son realmente buenas, ofrecen un entendimiento extraordinario del
funcionamiento del mundo natural. Por tanto, la ciencia convergerá en esas
ideas, si no ahora por un científico, más tarde por otro. Ya hemos visto un
ejemplo de esto en el capítulo 5, donde Jacques Joseph Ebelmen describió
correctamente en 1845 los mecanismos geológicos que controlan la concentración
de oxígeno atmosférico. Estas ideas se perdieron y fueron redescubiertas
independientemente por Bob Garrels, Ed Perry y Dick Holland unos 130 años
después.[70] Así,
es posible que hayamos redescubierto en Occidente mucho de lo que Vernadsky
entendió hace décadas.
También es posible que las ideas de Vernadsky nos hayan llegado por
rutas indirectas. En los años cincuenta y sesenta los científicos rusos estaban
kilómetros por delante de los occidentales en el entendimiento del papel de los
microbios en la química de las aguas naturales y los sedimentos. Todavía no he
podido confirmarlo, pero dado el estatus de Vernadsky en la ciencia rusa, tiene
que haber ejercido una fuerte influencia en los ecólogos microbianos de ese
país. Aunque gran parte de su trabajo se publicó en ruso y no llegó a los
científicos occidentales, hubo varios encuentros importantes entre científicos
rusos y occidentales en los años setenta y los ochenta, y las conclusiones de
esas conferencias se presentaron en diversos volúmenes influyentes.[71] Es
posible que Vernadsky, al menos en parte, llegara a nosotros por esa vía.
Volvamos ahora, en cualquier caso, a las reflexiones de Vernadsky, y
planteémonos específicamente la siguiente cuestión: ¿cómo podemos saber algo
sobre la historia del oxígeno atmosférico? Por supuesto, necesitamos pistas.
Vernadsky las halló en las rocas sedimentarias antiguas que antaño formaron
parte del fondo marino primitivo. Eso ha resultado ser una idea excelente, pero
sería justo preguntarse cómo es que esos barros antiguos contienen pistas sobre
los niveles de oxígeno atmosférico en el pasado. Echemos un vistazo.
Si alguna vez has caminado descalzo por la arena húmeda de la playa,
habrás sentido que el barro se desliza entre los dedos de tus pies, y tal vez
te hayas fijado en que se forman burbujas cuando los pies se hunden en el
barro. Las burbujas son de metano, formadas por los mismos microbios
metanógenos que vimos en el capítulo 2. En este caso, se alimentan de la
materia orgánica del fango. La presencia de metanógenos nos dice algo sobre la
química del barro y la ecología de los microbios que viven allí. Es posible que
hayas notado un tufillo a sulfuro. Este gas es producido por otro grupo de
microbios, los mismos reductores de sulfato que vimos en capítulos anteriores,
al alimentarse de residuos orgánicos. Otra pista. Notas una cosa dura entre los
dedos de los pies. Te agachas para cogerla y ves que es una concha vacía. Otra
pista más. La materia orgánica del fango también contiene pistas. Proviene de
organismos muertos que pueden estar en el agua que cubre el fango o en el fango
mismo. Con suerte, esta materia orgánica puede decirnos algo sobre los
organismos que vivían en el entorno. Las propias partículas del fango
reaccionan con componentes químicos del agua marina mientras sedimentan sobre
el fondo. El fango sigue reaccionando cuando ya se ha asentado en el fondo, y
mientras se van acumulando el sulfuro y el metano. Más pistas aún. En conjunto,
el fango está repleto de pistas. Nuestro desafío, como veremos a medida que la
historia se desarrolle, es percibir qué pistas hay allí y cómo se relacionan
con el contenido de oxígeno de la atmósfera. De modo que Vernadsky estaba en lo
cierto, las pistas están en el barro, pero entenderlas no siempre resulta
fácil.
Bien, tomemos un manojo de rocas sedimentarias y empecemos. Podemos
acercarnos a la tienda de rocas y pedir a la dependienta unas rocas de,
pongamos, las zonas someras y profundas del océano (¿por qué no?, compararlas
puede ser interesante). Tomemos muestras de cada 10 millones de años en diez
lugares alrededor del mundo (queremos asegurarnos una buena cobertura) desde el
nacimiento del planeta 4550 millones de años atrás hasta 2500 millones de años
atrás (el final del eón Arcaico, y el foco del presente capítulo). Eso es un
montón de rocas, pero qué demonios, más vale que sobren que no que falten. La
dependienta pone cara de incredulidad y abre la puerta del almacén de par en
par. De inmediato nos damos cuenta del problema. Las estanterías están casi
vacías. Por mucho que la empleada quiera ayudar, las rocas simplemente no están
ahí. De hecho, no hay nada en las estanterías salvo unos cuantos granitos de
mineral de hace más de 4000 millones de años.[72] Los
primeros 500 millones años de la historia de la Tierra no están representados
en el registro geológico. Encontramos unas pocas rocas de hace 3800 millones de
años, algunas más de 3500, algunas de 3200, 3000, 2900, 2700 y algunas incluso
más jóvenes, con una cobertura bastante mejor hasta 2500 millones de años
atrás. Pero, en general, el registro geológico primitivo es muy pobre. El
problema es que los mismos procesos tectónicos que discutimos en el capítulo 1
—la subducción, la construcción de montañas, la erosión y el reciclado
constante de rocas en la superficie de la Tierra—, todos esos procesos que
ayudan a hacer de la Tierra un planeta magníficamente habitable, también causan
estragos en el registro geológico. Y cuanto más viejas sean las rocas, más
probable es que se hayan perdido por erosión o que hayan sido engullidas y
transformadas por las maceraciones de la Tierra.
FIGURA 6.1 Esta fórmula está escrita con el grafito de unas rocas
sedimentarias metamórficas de Isua, Groenlandia. El texto es un homenaje a la
típica composición isotópica del carbono orgánico en los sedimentos. Foto
cortesía de Minik Rosing.
Le damos las gracias a la mujer de la tienda de rocas, tomamos lo que
podemos y nos vamos de allí. Nos paramos a la sombra de un árbol cercano y
vemos lo que tenemos. Al mirarlas más detenidamente resulta que las rocas más
viejas no sólo son escasas, sino que en muy mala forma. Quiero decir que muchas
de ellas han sido calentadas a altas temperaturas, y a veces más de una vez.
Este calentamiento cambia los minerales originales de la roca a otras formas,
por el proceso llamado «metamorfismo». Por poner un ejemplo bastante revelador,
la materia orgánica original de algunas de nuestras muestras más antiguas, las
rocas de 3800 millones de años de Isua, en Groenlandia, se ha convertido por
completo en grafito debido al calor. Uno puede, de hecho, escribir con estas
rocas (figura 6.1). En las rocas de Groenlandia, y en muchas otras, ocurre
también que los líquidos han fluido a través de ellas cuando estaban
profundamente enterradas en la corteza terrestre, a veces redistribuyendo los
constituyentes químicos.[73] Mi
intención aquí no es resultar desalentador, sino más bien ser realista sobre
las limitaciones del registro geológico, sobre todo cuando queremos mirar muy
atrás en el tiempo. Con todo, a pesar de las dificultades, hay algunas cosas
que podemos decir tanto de la química como de la biología de la Tierra más
primitiva. Empezaremos explorando la biología arcaica. En este capítulo nos
interesará en especial buscar cualquier signo de cianobacterias. Recordemos que
fueron las primeras productoras de oxígeno en la Tierra, y que fueron las
estrellas del capítulo 4. Sin cianobacterias, el oxígeno no habría podido
acumular en la atmósfera. En el próximo capítulo nos centraremos en la
evidencia química de oxígeno en la Tierra primitiva.
Empecemos nuestra expedición por las rocas ricas en grafito de 3800
millones de años de antigüedad que hallamos en Isua, Groenlandia. Mi amigo y
colega Minik Rosing, del Museo Geológico de Dinamarca (a quien encontramos
brevemente en el capítulo 2) ha pasado gran parte de su carrera investigando
las rocas de Groenlandia. La verdad es que Groenlandia es un lugar especial
para Minik, puesto que nació allí, y su padre, Jens Rosing, era un conocido
pintor, ilustrador, diseñador de joyas y escritor en aquel país. Tras muchos
años de trabajo de campo, Minik descubrió esas rocas sedimentarias ricas en
grafito y de inmediato las reconoció como buenas candidatas para revelar la
naturaleza de la vida primitiva en la Tierra. Los sedimentos en sí mismos,
expuestos en un afloramiento no mucho mayor que un coche, se depositaron
aparentemente en aguas marinas profundas. Las capas ricas en grafito aparecen
entreveradas con capas de sedimento conocidas como turbiditas.[74] Estas
se forman como sedimentos en aguas más someras, pero se removilizan y se
transportan deprisa pendiente abajo y acaban depositadas en aguas profundas
(figura 6.2). Minik interpreta las capas de grafito como deposiciones continuas
de partículas ricas en materia orgánica que provienen de las aguas
superficiales del océano. Este flujo constante y suave de materia orgánica fue
puntuado por el ocasional flujo rápido de turbiditas. De esta forma se obtiene
una alternancia, como en una tarta de galletas, entre los sedimentos orgánicos
y las turbiditas. El flujo de materia orgánica a los sedimentos debió ser
razonablemente alto para generar el suficiente grafito como para que se pueda
escribir con él. ¿Pero de qué forma de vida provenía esa materia orgánica? Esta
es la pregunta del millón. ¿Pudo haber sido producida por cianobacterias?
FIGURA 6.2 Rocas sedimentarias de Isua, Groenlandia. Nótese la capa negra y
casi vertical rica en grafito que va desde arriba (centro) hasta abajo
(izquierda). Hay otra capa similar a la derecha. Foto cortesía de Minik Rosing.
Los sedimentos están demasiado cocinados para ofrecer algún tipo de
evidencia fósil sobre el tipo de organismos que estaban presentes, pero hay
otros indicios que podemos utilizar. Toma una roca, gírala en tu mano y mira
largo y tendido al grafito. ¿Podemos encontrar ahí algunas pistas?[75] Minik
hizo esto y decidió buscar evidencias en los isótopos de carbono preservados en
el grafito. Para comprender esto, recordemos que el carbono se presenta en la
naturaleza como tres diferentes isótopos: carbono-12, carbono-13 y carbono-14.
Mucha gente ha oído hablar del carbono-14; es radiactivo, se forma en la
atmósfera y aguanta sólo unas decenas de miles de años, así que no nos
ocuparemos más de él. El carbono-12 tiene seis protones y seis neutrones,
mientras que el carbono-13 tiene seis protones y siete neutrones. Por tanto, el
carbono-13 es cerca de un 8% más pesado que el carbono-12 (13/12 = 1.083).
Químicamente, los dos isótopos de carbono son casi idénticos, pero no del todo,
y como veremos estas pequeñas diferencias en reactividad química dan lugar a
señales que podemos detectar e interpretar.
Volvamos ahora a la cuestión de la vida. Como exploramos en los
capítulos 2 y 3, muchos organismos fabrican sus células con dióxido de carbono
(CO2) derivado de la atmósfera o disuelto en agua (las plantas, por
ejemplo, hacen esto mediante la fotosíntesis). Los organismos que hacen esto
deben convertir el CO2 en materia orgánica, y esto se logra con
varios tipos diferentes de reacciones bioquímicas catalizadas por enzimas. Las
plantas, como las cianobacterias, utilizan la enzima Rubisco. Ya hablamos de
Rubisco en el capítulo 3, pero lo que no dijimos es que Rubisco usa
preferentemente el carbono-12 del CO2 sobre el carbono-13. Esto
implica que las plantas y las cianobacterias están mermadas en carbono-13 (y al
mismo tiempo enriquecidas en carbono-12) en comparación con la distribución de
átomos de carbono-12 y carbono-13 en el CO2 a partir del cual
se formó la materia orgánica. Ahora necesitamos un lenguaje para expresar esas
proporciones. Las proporciones de isótopos se suelen medir con unos
instrumentos llamados espectrómetros de masas. La proporción de isótopos que
medimos en nuestra muestra se expresa con relación a la proporción de un
estándar con una ratio conocida de C-13 a C-12. El resultado es un número muy
pequeño, así que lo multiplicamos por 1000 para obtener números fáciles de
discutir. Para el sistema de carbono, expresamos la composición isotópica de
nuestra muestra como δ13C.[76] Cuanto
más positivo sea el valor de δ13C, más enriquecida estará la muestra
en C-13. Volviendo a Rubisco, esta enzima selecciona el C-12 con una
preferencia del 2,5% en el CO2 de la atmósfera. Si usamos la
nomenclatura que acabamos de aprender, esto significa que la materia orgánica
formada por Rubisco es 25 por mil mermada en C-13 respecto a la del CO2.[77]
Minik midió el δ13C del grafito de Isua y encontró que el
grafito estaba mermado en C-13 por un 17 por mil (la diferencia isotópica entre
el grafito y el carbono inorgánico de otras rocas sedimentarias en Isua), que
es una magnitud coherente con su producción por cianobacterias (fig 6.3).
Entonces, ¿tenemos una evidencia sólida de cianobacterias tan antiguas como
3800 millones de años atrás? Por desgracia, no. El problema es que muchos tipos
de organismos, además de las cianobacterias, usan Rubisco y producen una señal
similar de isótopos de carbono. De modo que no podemos concluir que las
cianobacterias estuvieran presentes en Isua. Lo que sí tenemos es una evidencia
bastante buena de que la vida estaba allí. La señal isotópica de carbono de
Isua es coherente con la presencia de vida, como lo es el escenario geológico.
La materia orgánica sedimentó desde las aguas superficiales del océano, como
cabría esperar de organismos que fijaran CO2 en el océano.
Verdaderamente, si no fuera de la vida, resulta muy difícil imaginar de dónde
habría venido la materia orgánica.[78] Aunque
no demos detalles sobre los organismos específicos, tenemos una evidencia
bastante buena de que en los tiempos de Isua, alguna forma de vida estaba
haciendo materia orgánica a partir de CO2 en las capas
superficiales del océano.
FIGURA 6.3 Composición isotópica del grafito y el carbono inorgánico de las
rocas sedimentarias de Isua (la distribución de frecuencia de los análisis sólo
se aplica al grafito).
¿Podemos dirigir la atención a alguna otra parte en nuestra búsqueda de
cianobacterias? ¿Qué tal los fósiles? ¿Vemos algo en los fósiles más antiguos
que se parezca a las cianobacterias? Pensábamos que sí. Bill Schopf, de la
Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), es famoso por haber descrito
estructuras parecidas a fósiles en el Apex Chert de Australia occidental,
datadas en 3500 millones de años. La figura 6.4 muestra algunos ejemplos.
Aunque no están terriblemente bien conservadas, muchas de estas estructuras
parecen consistir de múltiples células organizadas en filamentos (los llamados
tricomas), y los filamentos son grandes (para los estándares microbianos),
llegando hasta las 50 micras (0,05 milímetros) de longitud. Bill ha hecho
varias compilaciones de los tamaños de diversos grupos microbianos, y las
cianobacterias tienden a ser mayores que los demás. De hecho, dominan en un
intervalo de tamaños que cuadran con los observados en estos fósiles del Apex.
Reuniendo esta información, Bill concluyó que estos fósiles representan
«probables» cianobacterias; aunque no suponían una prueba de cianobacterias,
los fósiles se tomaron por una evidencia bastante convincente. Digo que no
suponen una prueba por al menos dos razones. La primera es que los fósiles no
están bien preservados y, aparte del tamaño, no se observó ninguna
característica convincente de las cianobacterias.[79] Otro
problema, también conocido ya en la época, es que algunos organismos no
cianobacterianos producen filamentos de tamaño y forma similares a los de Apex
Chert.[80] Sin
embargo, pese a estas prevenciones, muchos científicos (quizá incluso la
mayoría) sostuvieron la opinión de que estos fósiles de Apex Chert
representaban «probables» cianobacterias, y esta idea perduró por una década.
Hace unos 10 años, Martin Brasier, de la Universidad de Oxford,
reexaminó muchos de los fósiles de Bill, que se encuentran en finas secciones
de roca hechas especialmente para observarse al microscopio óptico. Con unas
técnicas mejoradas de imagen tridimensional, Martin pudo reconocer unas
ramificaciones asociadas con algunos de los fósiles originales de Bill, que no
habían sido apreciadas por Bill en sus descripciones. El tipo de ramificaciones
observadas por Martin no parecía tener correspondencias obvias en el mundo
microbiano. Martin también examinó las rocas cuidadosamente en busca de otros
posibles rasgos biogénicos y encontró que había mucho carbono orgánico en la
roca, pero variaba en tamaño desde gotitas informes hasta estructuras más
organizadas semejantes a fósiles. Al final, Martin concluyó, al contrario que
Bill, que los rasgos interpretados originalmente como «cianobacterias» no eran
cianobacterias en absoluto, y de hecho ni siquiera eran fósiles. Según Martin,
esos pseudofósiles se explicaban mejor como el resultado de procesos
inorgánicos. Explicó que la materia orgánica, móvil en esas rocas cuando se
calentaban a las altas temperaturas de las profundidades de la Tierra, se
concentraba alrededor de granos de cuarzo dando lugar a diversas formas e
incluso a acumulaciones parecidas a fósiles en algunos casos. Martin también
señaló que la geología de los depósitos puede ser más compleja de lo que se
había apreciado originalmente. Mientras que Bill había considerado que esos
depósitos se habían acumulado en una playa o algo similar, o en la
desembocadura de un río, las reconstrucciones más recientes sugieren que se
formaron en las profundidades de la Tierra. Un escenario de esa profundidad no
sería el lugar esperable para las cianobacterias, dada su necesidad de luz, a
menos que los trozos de roca que contienen los fósiles hubieran sido
transportados de alguna manera desde un entorno más favorable.
FIGURA 6.4 Fósiles del pedernal de Apex. De Schopf y Kudryavtsev (2012).
Reproducido con permiso.
Como en una partida de póquer de grandes apuestas, las preocupaciones de
Martin forzaron una respuesta de Bill, en la que utilizó unas técnicas de
microscopía aún más avanzadas (espectroscopia Raman) para verificar que las
paredes de los «fósiles» eran en realidad querógeno (un tipo de materia
orgánica resistente), y que el querógeno parecía formar, al menos en algunos
casos, compartimentos discretos similares a células (véase la figura 6.5).
Martin volvió a la carga y arguyó que esas «células» eran meramente carbono
orgánico que revestía granos de cuarzo. Bill volvió a replicar que no era así.
Es probable que todavía no hayamos visto el final de esta discusión, pero la
idea original de que esas formas representan «probables» cianobacterias ha sido
barrida del mapa, incluso por Bill. Por tanto, si el argumento se centra en si
esas formas representan evidencias de vida primitiva en la Tierra, las
evidencias pueden estar ahí, pero hay otras pruebas que son más antiguas y
menos polémicas. De hecho, hay buenas evidencias de vida en los isótopos de
carbono preservados en las más viejas rocas de Isua, como vimos antes. Más aún,
los isótopos de carbono en rocas de una edad similar a las del Apex Chert
parecen aportar también evidencias de vida.[81] Y,
como exploramos en el capítulo 2, también hay evidencias de metabolismos
microbianos específicos como la reducción de sulfato y la metanogénesis por esa
misma época.
Así que otra percepción potencialmente prometedora de la antigüedad de
las cianobacterias ha mordido el polvo. ¿Y ahora qué? ¿Hay alguna otra cosa a
la que podamos mirar? Hay, de hecho, otros tipos de fósiles que podrían ayudar.
Cuando pensamos en fósiles solemos imaginar huesos o conchas o, en el caso de
los microbios, las propias células. Sin embargo, las células, y en particular
las membranas celulares, también contienen compuestos que se pueden preservar
en las rocas. Las estructuras celulares pueden haberse perdido, pero algunos de
sus componentes químicos pueden perdurar en formas químicas conocidas como
biomarcadores. Algunos de estos biomarcadores son distintivos de ciertos tipos
de organismos. Esto suena bastante prometedor, pero hay algunos asuntos
significativos que debemos considerar. Un problema es que en rocas realmente
viejas, como las que estamos discutiendo ahora, sólo podemos esperar hallar
cantidades minúsculas de moléculas biomarcadoras. Incluso en los mejores casos,
estas rocas se han calentado lo bastante como para transformar la mayoría de
los biomarcadores reconocibles en formas irreconocibles. Otro problema, cuya
importancia se duplica por las bajas cantidades de biomarcadores en la roca, es
la contaminación por materiales más recientes, y esta contaminación puede venir
de casi cualquier parte.
FIGURA 6.5 Uno de los fósiles del pedernal de Apex, mostrado en una imagen
de microscopio óptico arriba a la izquierda (a). El panel (c) muestra una
imagen Raman 3D de la caja rectangular del panel (a). Los paneles (d-h)
muestran imágenes Raman 2D en una serie de campos focales. La imagen de arriba
a la derecha (b) muestra los fósiles fuera del plano focal, pero subraya que
los fósiles no están formados alrededor de granos de cuarzo, señalados por las
flechas. De Schopf y Kudryavtsev (2012). Reproducido con permiso.
Las mejores rocas para este tipo de estudio se obtienen taladrando en
busca de material fresco enterrado bajo la superficie de la Tierra. Pero el
proceso habitual de taladrado suele utilizar lubricantes de petróleo. ¡Hablando
de contaminación! De modo que el taladrado ha de hacerse con cuidado y en
ausencia de sustancias orgánicas. La aventura entera, sin embargo, puede ser
una causa perdida desde el principio si fluidos ricos en sustancias orgánicas
han migrado a través de las rocas mientras todavía estaban bajo tierra, y esto
podría haber ocurrido millones, o incluso miles de millones de años tras la
deposición inicial. Basta pensar en cómo el petróleo migra para formar
reservorios bajo la superficie. Otro problema es el manejo. Incluso cuando nos
hemos convencido de que hemos recogido muestras incontaminadas, debemos tener
cuidado para no introducir contaminación cuando almacenamos y procesamos las
muestras, y esto es más difícil de lo que parece. Folículos pilosos sueltos,
polvo, polen, huellas digitales o una miríada de compuestos repugnantes
derivados del lugar donde se almacenan las muestras; todos ellos son fuentes de
contaminación. No es un trabajo para torpes, ni para pusilánimes.
Roger Summons, del MIT en Boston, se preocupa incesantemente sobre todos
estos problemas, y tiene uno de los pocos laboratorios en el mundo que estudia
biomarcadores en rocas realmente antiguas. Su reciente y muy dotado estudiante
de doctorado Jake Waldbauer, ahora en la Universidad de Chicago, ha trabajado
en rocas entre 2460 y 2670 millones de años de antigüedad procedentes de
Sudáfrica. Las rocas fueron taladradas con cuidado, recogidas con cuidado y
manejadas con cuidado. Las rocas en sí mismas carecían de cualquier migración
obvia de hidrocarburos o generación de hidrocarburos, y tras la extracción las
pequeñas cantidades de biomarcadores recuperadas tenían las características de
la materia orgánica que ha sido parcialmente degradada por calentamiento. Esto
significa que no hay ninguna evidencia de contaminación reciente. En suma,
Jake, Roger y sus colegas han hecho el mejor trabajo posible.
Lo que han encontrado es extremadamente interesante. Descubrieron varios
tipos diferentes de moléculas biomarcadoras, y lo que más nos interesa ahora es
que también encontraron diversas moléculas de esterano.[82] Los
esteranos son derivados de los esteroles, de los que el colesterol es el
ejemplo más conocido. Los esteroles se concentran en la membrana celular, donde
contribuyen a incrementar la fluidez y flexibilidad de la membrana. De hecho,
los esteroles se distribuyen de forma universal entre los organismos
eucariotas,[83] incluidas
las plantas, los animales y los hongos. De manera crítica, por todo lo que
sabemos, los esteroles requieren oxígeno para sintetizarse en la célula. Por
tanto, allí donde encuentras esteroles, es que hubo oxígeno libre, aunque no
necesariamente muchísimo. En otro trabajo, Jake mostró que los esteroles son
sintetizados por la levadura (sí, la levadura también es eucariota) con niveles
de oxígeno unas 100 000 veces menores de los que uno encuentra hoy en agua
saturada con aire. Por tanto, en una línea de razonamiento inteligente aunque
algo indirecta, la presencia de esteroles significa presencia de oxígeno y, en
consecuencia, presencia de cianobacterias. Parece, entonces, que Jake (junto a
Roger y otros implicados en el estudio) ha encontrado evidencia de producción
de oxígeno por cianobacterias tan pronto como 2670 millones de años atrás, si
no antes. Al fin, esto es algo de lo que podemos fiarnos. Bueno, probablemente:
el pelo en la sopa en este caso es si, pese a su gran meticulosidad, las rocas
de Jake siguen estando contaminadas. Jochen Brochs, un antiguo estudiante de
Roger que ahora trabaja en la Universidad Nacional de Australia en Canberra,
sostiene que probablemente lo están. El tiempo lo dirá, con seguridad.
Esta búsqueda de cianobacterias ha tenido alturas vertiginosas y bajuras
deprimentes, y acaba con un brochazo de realismo. El problema es difícil. Las
rocas no están en buena forma, y no hay muchas. Así está el tema. Ello no
significa, sin embargo, que la gente vaya a dejar de investigar. Tal vez ocurra
un gran descubrimiento, quizás unas cuantas células cianobacterianas de 3500
millones de años maravillosamente preservadas esperen en alguna parte bajo
tierra, hasta ahora fuera de nuestro alcance, y queden expuestas por casualidad
o por el empeño de algún científico curioso en el futuro. O tal vez se
desarrolle algún otro método ingenioso para buscar cianobacterias. De hecho,
esto es en parte de lo que trata el próximo capítulo. Exploraremos la química
de la Tierra primitiva y trataremos de usar estrategias químicas para descubrir
cualquier signo de oxígeno.
Capítulo 7
La historia antigua del oxígeno atmosférico: evidencias geológicas
Cuando yo era un estudiante de doctorado y estaba justo interesándome
por la historia del oxígeno atmosférico, parecía que desenredar esa historia
era una tarea de aficionados y soñadores, no para que los científicos serios
perdieran el tiempo. Parecía que cualquiera con una idea extravagante podía
entrar en ese campo, soltar su idea y largarse de inmediato. Las restricciones
eran mínimas, de modo que hasta la idea más chiflada lograba alguna audiencia.
Estoy exagerando, por supuesto. Había unos pocos científicos muy serios
desesperados por revelar la historia del oxígeno atmosférico en la Tierra
primitiva, y uno de ellos era Dick Holland, de la Universidad de Harvard.[84] Leí
los trabajos de Dick casi inmediatamente tras empezar la tesis, y me dio una
lección de humildad por su habilidad para orientarse a través de datos
complejos y problemas complejos, y para extraer de allí principios simples (mi
mentor de tesis Bob Berner, a quien conoceremos más a fondo en el capítulo 11,
comparte ese talento). Esto requiere un sentido para el reconocimiento de
patrones y el razonamiento lateral que la mayoría de nosotros, simplemente, no
poseemos. Pero Dick lo tenía a espuertas. Cuando Dick terminaba de dar una
charla, tú decías: «Sí, por supuesto, pero ¿por qué no se me ocurrió eso a
mi?». Pero el caso es que no se te ocurrió a ti, ni a ningún otro.
Dick siguió muchas líneas de investigación durante su larga carrera,
pero intentar comprender la historia del oxígeno atmosférico fue una constante
a través de todo ello. Ya en 1962, Dick escribió un artículo extraordinario
titulado Un modelo para la evolución de la atmósfera de la Tierra.
Empezaba con una clásica finura: «Subsiste cierto grado de incertidumbre sobre
la composición de la atmósfera entre su origen y el paleozoico tardío».[85] Más
abajo resumía el verdadero estado de la cuestión: «Disponemos por tanto de sólo
escasas evidencias sobre la química de la atmósfera durante gran parte del
tiempo geológico».
En ese artículo, Holland se aproximaba a la historia del oxígeno
atmosférico desde un ángulo muy diferente del que usó Vladimir Vernadsky.
Vernadsky, a quien visitamos en el último capítulo, tenía un punto de vista
uniforme y basado en su observación de que los sedimentos antiguos eran
extraordinariamente similares a los que se están formando hoy. Muchas nuevas
observaciones, sin embargo, se han acumulado desde tiempos de Vernadsky,
poniendo en duda la probabilidad de que los niveles de oxígeno atmosférico hayan
sido constantes durante el tiempo geológico, y el artículo de Dick de 1962 era
un primer intento de esbozar una historia dinámica de los niveles de oxígeno
atmosférico. Este trabajo es una clásica contribución de Dick Holland en muchos
aspectos. En él, Dick ensambló con perspicacia toda la evidencia pertinente
para discutir la historia del oxígeno atmosférico; luego organizó esta
evidencia en un cuadro coherente, e intentó cuantificar las concentraciones
pasadas de oxígeno mediante el razonamiento inteligente y el modelado
cuidadoso. Otro distintivo del estilo de Holland es el libre reconocimiento de
los problemas que existen y una discusión de las investigaciones futuras que
pueden resultar fructíferas. De hecho, Dick vio el problema con tanta claridad
que muchas de sus observaciones, y gran parte de su discusión, son aún hoy
pertinentes y aportan un marco para la exposición que sigue.
Nuestro objetivo en este capítulo es explorar las evidencias geológicas
y químicas sobre la historia del oxígeno atmosférico en la Tierra primitiva,
con especial atención al eón Arcaico. Empezamos investigando algunos de los
indicios que Dick discutió. Para hacer esto, nos colocamos bien nuestros cascos
y penetramos hasta el fondo de las minas de oro de Sudáfrica. Algunas de estas
minas, localizadas en la cuenca de Witwatersrand, cerca de Johannesburgo, han
sido excavadas hasta profundidades de 3,9 kilómetros. Sin refrigeración, la
temperatura en la mina subiría hasta unos abrasadores 55 ºC, pero con la
maquinaria refrigeradora en funcionamiento podemos descender con seguridad y
echar un vistazo a las rocas. Estas son las minas de oro más ricas del mundo, y
se estima que han producido el 40% de todo el oro extraído en la historia. Si
miramos con atención a las rocas, veremos que representan un antiguo depósito
fluvial datado en 2800 a 3100 millones de años atrás. El oro en estos depósitos
fue transportado por las fuertes corrientes fluviales y resultó atrapado
ocasionalmente entre los cantos y arenas que formaban el lecho del río.[86] Todo
esto es muy similar a los depósitos fluviales excavados hace 150 años durante
la gran fiebre del oro en California.
FIGURA 7.1 Imágenes por microscopio electrónico de barrido de piritas
residuales (c y d), uraninita (f) y cromita (e) de los depósitos aluviales de
Witwatersrand, Sudáfrica. La cromita (FeCr2O4) es también
sensible al oxígeno, aunque la oxidación de la cromita parece requerir la
influencia de microbios y oxidantes intermediarios como los óxidos de
manganeso. Hoy se pueden encontrar cromitas residuales en los ríos. Imagen de
Utter (1980), reproducida con permiso.
Nuestro guía nos ha suministrado un contador Geiger, y nos ha dicho que
aquí no sólo hay oro para buscar.
Exploramos entre las piedras y de vez en cuando escuchamos el trino
revelador del Geiger. Buscamos al culpable con nuestra lupa y vemos un grano
esférico, ahora cementado por el cuarzo que lo rodea; pero en forma y carácter
se parece mucho a los otros granos que hay a su alrededor (figura 7.1). Se nos
dice que es uraninita, un mineral de óxido de uranio (UO2). El hecho
de que este trozo de uraninita se haya desgastado hasta adoptar una forma
esférica nos dice que fue transportado río abajo: saltando, rebotando y
puliéndose en la corriente de agua, de modo similar al resto de las arenas y
cantos que encontramos en este antiguo lecho de un río.
La uraninita, sin embargo, no es del todo igual a las otras piezas del
sedimento fluvial. No la encontramos hoy en los ríos, y eso es porque reacciona
fácilmente con el oxígeno, formando el ión uranilo soluble en agua (UO22+).
Holland se dio cuenta de esto en su artículo de 1962, y utilizó la evidencia de
las uraninitas de Witwatersrand para argumentar que había sólo «trazas» de
oxígeno en la atmósfera cuando esos antiguos sedimentos fluviales se
depositaron. Subsiguientemente se ha desarrollado un encendido debate que
cuestiona la idea de que las uraninitas de Witwatersrand fueran en verdad
cantos y arenas de río. Algunos han argumentado que el origen de las uraninitas
hay que buscarlo en fluidos hidrotermales que más tarde circularon a través de
las rocas, y que por lo tanto su presencia no dice nada sobre los antiguos
niveles de oxígeno. Muchos otros, sin embargo, siguen apoyando la
interpretación original de que la uraninita, o al menos parte de ella, forma
parte de un antiguo depósito fluvial. La forma de los granos apoya este
argumento y, cuando se ha datado, la uraninita parece ser más vieja que los
sedimentos fluviales que la rodean. Esto sugiere que la uraninita fue liberada
de rocas más antiguas durante la erosión y transportada río abajo, como se supuso
inicialmente.
Felizmente, las uraninitas de origen fluvial no están restringidas a los
antiguos depósitos de Witwatersrand en Sudáfrica. Birger Rasmussen, de la
Universidad de Western Australia, y Roger Buick, ahora en la Universidad de
Washington, han descrito uraninitas de río similares en sedimentos del oeste de
Australia con edades que oscilan entre los 3250 y los 2750 millones de años.
Asociados con estas uraninitas se hallan granos redondeados de pirita (FeS2,
que vimos por primera vez en el capítulo 5) y también a veces otro mineral
llamado siderita (FeCO3). La pirita es también muy abundante en los
depósitos de Witwatersrand y, al igual que la uraninita, tanto la pirita como
la siderita son sensibles al oxígeno. Tú mismo puedes intentar el experimento.
Casi todas las tiendas de minerales tienen pirita. Compra un trozo barato,
ponlo a la intemperie, espera y mira lo que pasa.
Otros antiguos depósitos fluviales de Canadá (de los que trataremos más
en el próximo capítulo) e India muestran también signos de uraninita y pirita
transportadas por ríos. En resumen, disponemos de evidencias de transporte de
uraninita y pirita en ríos antiguos con edades que van de los 3250 a los 2450
millones de años. Lo que viene después de esa fecha es el tema del siguiente
capítulo, pero la evidencia acumulada apoya la propuesta de Holland de que,
como mucho, sólo había «trazas» de oxígeno en la atmósfera durante el eón
Arcaico.
La presencia de minerales sensibles al oxígeno en antiguos depósitos
fluviales supone una evidencia bastante convincente de bajas concentraciones de
oxígeno en la atmósfera primitiva de la Tierra, pero el argumento se podría
reforzar reuniendo más pruebas. Para encontrarlas, giremos la mirada de la
tierra al mar. En el tiempo en que la uraninita, la pirita y la siderita eran
transportadas como arenas de río, los océanos tenían una química muy diferente
a la de hoy. Puede que el lector recuerde que en el capítulo 2 discutimos la
deposición de un tipo de roca llamado formación de hierro bandeado (o a menudo
BIF, por banded iron formation) en los océanos primitivos como
evidencia de una química oceánica diferente de la actual. No dimos muchos
detalles, sin embargo.
Nuestro objetivo ahora es mirar con más atención a estas formaciones de
hierro bandeado y explorar en más detalle lo que nos dicen sobre la química
oceánica y el nivel de oxígeno atmosférico de la Tierra joven. Para ello
tomemos un vuelo a Perth, Australia, alquilemos un coche y viajemos 1400
kilómetros al norte hasta el parque nacional de Karijini (antes parque nacional
del Hamersley Range). Mientras conducimos nos fijamos en los canguros —saltan
como una flecha delante del coche sin hacernos ni caso— y mantenemos un ojo
especialmente atento a los trenes de carretera, o camiones de triple remolque.
Vemos el polvo que levantan en la lejanía, pero nos echamos a tiempo al arcén y
sujetamos firme el volante mientras nos pasan. Circulan deprisa y, por todo lo que
puedo decir, no alteran su marcha por nada ni nadie. También mantenemos un ojo
en el indicador de la gasolina. Lo que figuran como pueblos en el mapa en esta
parte de Australia son en realidad gasolineras. Son pocas y muy separadas. Si
te saltas una, puede que no llegues a la siguiente.
El parque nacional de Karijini contiene rocas que se describen
geológicamente como pertenecientes a la cuenca de Hamersley. Entramos en el
parque y conducimos hasta una de las gargantas que los ríos han cortado a
través de los estratos de rocas sedimentarias. Descendemos al fondo de la
garganta (lámina 3) y miramos de cerca de la roca. Primero nos impresionan sus
colores: rojo sanguíneo alternándose con capas de rojo claro, gris y blanco.
Cuando miramos hacia arriba y todo a nuestro alrededor, este capeado es
evidente en todas las direcciones. También recordamos que hemos pasado
kilómetros y kilómetros de rocas similares según conducíamos hacia la entrada a
la garganta.
El color rojo en estas rocas se debe a la alta concentración de
minerales de hierro. Estas rocas son ejemplos de las formaciones de hierro
bandeado de las que hemos estado hablando, y revelan mucho sobre la química de
los océanos de la época en que se formaron. En primer lugar hay que mencionar
su amplia distribución en el espacio y en el tiempo.[87] Dicho
en breve, son un tipo común de roca de la Tierra joven. Después está el hierro;
estas cantidades masivas de hierro se encuentran típicamente en capas que
pueden extenderse a lo largo de grandes distancias de kilómetros o más. En
realidad, muchas de las percepciones clave sobre la química del océano y la
atmósfera provienen de entender dónde se originó todo este hierro y cómo se
abrió camino hasta el suelo marino.
Para comprender esto, necesitamos saber algo de la química del hierro
Fe). Hay puro hierro metálico, todos lo sabemos, pero el hierro metálico no
suele encontrarse en la superficie de la Tierra, así que no lo consideraremos
aquí. Salgamos al patio trasero y echemos un vistazo al cubo de pirita (del
capítulo 5) que dejamos a propósito a la intemperie. No quiero revelar
demasiado, pero, si ha estado ahí el suficiente tiempo, deberíamos ver
minerales de hierro de un marrón rojizo formándose en la superficie. Esto es
básicamente óxido. La mayoría del hierro en la superficie de la Tierra se ha
convertido —o quiere convertirse— en óxido en la presencia de oxígeno (piensa
en un coche tras cinco o diez años de circulación bajo el viento salado de la
costa). Se dice que el hierro en esta forma está oxidado, que significa en
términos químicos que, comparado con su forma metálica, cada átomo de hierro ha
perdido tres electrones. Eso es el ión férrico y se escribe Fe3+.
Desde nuestra perspectiva aquí, podemos pensar en ello como: oxígeno + hierro =
óxido, y el óxido es inmóvil.
Mis abuelos tenían una casita de campo en la costa del lago Michigan, a
la que surtía de agua un pozo profundo. Nos dijeron que no bebiéramos esa agua,
lo que para un niño de siete años supone un fuerte incentivo para beberla. En
cualquier caso, el agua tenía un peculiar sabor metálico que muchos conoceréis.
Yo ponía un vaso de agua recién recogida en la mesa, y en cuestión de minutos
un óxido marrón se empezaba a formar en las paredes del vaso. El sabor metálico
provenía del hierro en su forma reducida, que significa en términos químicos
que cada átomo tiene un electrón más que el hierro en su forma oxidada. Este es
el ión ferroso (al que ya encontramos en el capítulo 2) y se escribe Fe2+.
El hierro ferroso es soluble y bastante móvil en el agua, pero tal y como
mostraba mi experimento infantil, el hierro ferroso reacciona con el oxígeno
para formar óxido insoluble.
Esta es la clave para entender las formaciones de hierro bandeado (BIF).
Su escala masiva y su naturaleza laminada significan que el hierro fue
transportado en forma soluble por las profundidades oceánicas, y por tanto en
ausencia de oxígeno. A medida que este hierro ferroso se iba mezclando con las
capas superiores del océano, resultaba oxidado, quizá por las mismas bacterias
fototrópicas oxidantes de hierro que vimos en el capítulo 2, o quizá por las
pequeñas cantidades de oxígeno en las aguas superficiales que producían las
cianobacterias (si es que estaban presentes). Para ser franco, no sabemos con
certeza cómo era oxidado, pero el resultado neto era una lluvia de óxidos
insolubles de hierro cayendo al fondo del mar, y la formación subsiguiente de
las BIF. Examinaremos esto en más detalle en el capítulo 9, pero las
condiciones anóxicas que se requieren para el transporte del hierro ferroso por
el océano profundo requieren a su vez unas concentraciones de oxígeno
atmosférico mucho menores que las actuales.
Todas estas pruebas de bajos niveles de oxígeno atmosférico en el eón
Arcaico, con ser persuasivas por sí mismas, han cedido el paso en gran medida a
otra línea de razonamiento que resultaba tan nueva y tan inesperada que nadie
la vio venir. En 1999, mi buen amigo y colega James Farquhar era un posdoc en
el laboratorio de Mark Thiemens en la universidad de California en San Diego.
Estaba trabajando a altas horas de la noche midiendo la composición isotópica
de los compuestos de azufre en el espectrómetro de Mark. Cuando los resultados
salieron en la pantalla, James se aterrorizó. De pronto había algo tan raro que
estaba seguro de que había estropeado la máquina. Apagó y se fue a casa con
gesto taciturno, pensando en cómo darle la mala noticia a Mark. A la mañana
siguiente, con la cabeza más despejada, midió unas cuantas muestras más y
encontró que sus observaciones del día anterior eran correctas. Tras medir una
serie de controles, se convenció de que la máquina funcionaba bien. Luego pensó
un rato en los datos y se dijo que ahora podía decirle a Mark que, más que
romper el espectrómetro de masas, había encontrado una forma completamente
nueva de entender la dinámica del oxígeno atmosférico en la Tierra primitiva.[88]
Veamos lo que hizo James y lo que percibió. Su objetivo era medir la
composición isotópica de los compuestos de azufre en las rocas sedimentarias
primitivas. El azufre tiene cuatro isótopos estables: 32S, 33S, 34S
y 36S.[89] En
términos de abundancia natural, encontramos la mayoría del azufre en forma
de 32S, que supone el 95,02% del total. El 34S
es mucho menos abundante, dando cuenta del 4,21% del total; el 33S
y el 36S sólo están presentes en proporciones muy pequeñas, del
0,75% y el 0,02%, respectivamente. Durante décadas, los geólogos sólo se habían
preocupado de medir la proporción entre 34S y 32S.
Esto se debe a dos razones. Una es que esos isótopos son los más abundantes y,
por tanto, los más fáciles de medir. La otra es que, según el razonamiento
común, no debería importar a qué isótopos miramos (así que por qué no usar los
más fáciles). La idea es que, como vimos en el capítulo 6 con el carbono, si
algún proceso favorece un isótopo sobre otro (lo que se conoce como
fraccionamiento), entonces todos los isótopos del mismo elemento deberían
comportarse de una forma predecible; aquí el grado en que cierto isótopo es
favorecido (fraccionamiento) depende de la masa del isótopo. Funciona de la
manera siguiente. Hay una diferencia de una unidad de masa entre 32S
y 33S (33 - 32 = 1), una diferencia de dos unidades de masa
entre 32S y 34S (34 - 32 = 2), y una diferencia
de cuatro unidades de masa entre 32S y 36S (36
- 32 = 4). En la práctica, si hay algún proceso que fracciona isótopos, el
efecto debería ser cerca de la mitad entre 32S y 33S
que entre 32S y 34S. Y el efecto entre 32S
y 36S debería ser más o menos el doble que entre 32S
y 34S. Estas pautas se cumplen en casi todos los procesos
biológicos y geológicos que fraccionan isótopos de azufre. Tales
fraccionamientos se llaman «dependientes de masa», puesto que la magnitud del
fraccionamiento depende de las diferencias de masa entre los isótopos.
Lo que vio James era muy diferente. En las rocas del eón Arcaico (y en
cualquiera que tenga más de 2300 o 2400 millones de años), los isótopos no se
comportaban de la manera esperada. Los fraccionamientos no eran dependientes de
masa. Se desviaban de esa tendencia, generando señales que se describen como
independientes de masa. Esta relación se muestra en la figura 7.2. En esta
figura se representa un parámetro llamado Δ33S. Este parámetro
designa, simplemente, la diferencia entre los fraccionamientos esperados de un
comportamiento dependiente de masa y los observados. Si Δ33S es
cero, el mundo se comporta como esperábamos, y este es realmente el caso desde
2300 o 2400 millones de años atrás hasta el presente. Esta transición al
comportamiento normal será el foco de atención del siguiente capítulo, pero
creo que podemos estar de acuerdo en que algo extraño estaba ocurriendo antes
de 2300 o 2400 millones de años atrás. Pero ¿qué era?
FIGURA 7.2 Compilación de la señal de isótopos de azufre independiente de
masa a través de la historia de la Tierra, expresada como Δ33S
(detalles en el texto). También se muestran los principales eones de la
historia de la Tierra, y el gran suceso de oxidación, o GOE, que será discutido
en el próximo capítulo. Compilación de datos cortesía de James Farquhar.
Casi todas las rocas sedimentarias con azufre que tienen más de 2400
millones de años se vieron afectadas por ello, de modo que el proceso (o
conjunto de ellos) que produjo esos extraños fraccionamientos fue un fenómeno a
gran escala global. Para entender la causa de estos fraccionamientos
independientes de masa, tenemos que preguntarnos de dónde vino el azufre y como
llegó a los sedimentos. Hoy en día, los ríos suministran la mayoría del azufre
a los océanos en forma de sulfato. El sulfato proviene de la erosión de las
piritas en presencia de oxígeno y de la disolución de las rocas que contienen
sulfato (por lo general yeso), que se formaron en algún momento del pasado por
evaporación del agua marina. ¿Recuerdas nuestro viaje en el capítulo 4 con Dave
des Marais a la compañía salinera mexicana que contenía aquellas preciosas
alfombras de cianobacterias? Durante el viaje recorrimos varios estanques en
los que el yeso estaba precipitando, y esto ocurre antes de que el agua marina
se haya concentrado hasta el punto de la formación de sal (NaCl).
En cualquier caso, con un buen suministro de los ríos, el sulfato se
puede acumular en los océanos hasta unas concentraciones considerables. Quita
el oxígeno, sin embargo, y las piritas no se oxidarán a sulfato. Ya vimos
evidencias de esto en la cuenca de Witwatersrand y otros depósitos fluviales
relacionados del eón Arcaico, donde las piritas permanecieron sin oxidar como
arenas de río. Sin una fuente fluvial de sulfato, la concentración de sulfato
en el océano se hace muy baja[90] y,
de manera crítica, otras fuentes de sulfato a los océanos se vuelven
probablemente significativas.
James siguió esta línea de razonamiento, decidió que una fuente
atmosférica de azufre tenía sentido porque el efecto estaría distribuido
globalmente y pensó que los volcanes podían constituir una buena fuente de
azufre. De hecho, allá por 1962, Dick Holland había reconocido la posible
importancia de una fuente volcánica de azufre para el entorno superficial de la
Tierra temprana. Si uno mide los gases que emanan de los volcanes actuales,
encuentra que el principal gas sulfuroso es el dióxido de azufre, o SO2.
El sulfuro de hidrógeno (H2S) también está presente en esos gases, y
que domine el SO2 o el H2S depende —lo que es
importante— de la química del manto terrestre en el lugar donde se originan los
volcanes. La química del manto, sin embargo, probablemente ha cambiado poco a
lo largo de la historia de la Tierra,[91] de
modo que el SO2 fue seguramente la más importante especie de
azufre también en la Tierra primitiva.
Estimulado por su descubrimiento inicial, James condujo una serie de
experimentos en los que sometió al SO2 gaseoso a diversas
longitudes de onda de luz ultravioleta, que tiene la energía apropiada para
transformar el gas SO2 en otros compuestos químicos. James
halló que podía generar fraccionamientos independientes de masa de esta forma,
y que esos fraccionamientos eran similares a los observados en las rocas
sedimentarias del eón Arcaico.
Se puede argumentar, por tanto, que los fraccionamientos independientes
de masa observados por James en las rocas arcaicas se produjeron por la
interacción de la luz ultravioleta y el gas SO2 surgido de los
volcanes. Bien, ahora viene la parte realmente genial. La mayoría de la luz
ultravioleta que causa el fraccionamiento independiente de masa del SO2 es
absorbida hoy por la capa de ozono de la atmósfera terrestre. El ozono se
genera a partir del oxígeno atmosférico. Si quitas el oxígeno, quitas el ozono,
y permites los fraccionamientos de azufre independientes de masa observados por
James.
Sin embargo, incluso si se produce una señal de isótopos de azufre
independiente de masa, es necesario preservarla. Demos entrada de nuevo a Jim
Karting, a quien ya encontramos en el capítulo 1, y a su posdoc de
la época Alex Pavlov. Ellos dos abordaron este problema con un complejo modelo
de la fotoquímica atmosférica y concluyeron que la preservación del efecto
independiente de masa de los isótopos del azufre requiere unos niveles de
oxígeno atmosférico 100 000 veces menores que los de hoy (¡eso es <0,001% de
los niveles actuales!).[92] Por
tanto, los resultados de James, combinados con el modelado de la atmósfera, nos
regalan un importante barómetro del oxígeno antiguo, y ese barómetro nos dice
que los niveles de oxígeno en la Tierra joven debieron ser realmente muy, muy
bajos. Lo que es totalmente coherente con la visión original de Dick Holland.
Uno podría sentirse tentado de finalizar aquí, pero los científicos, por
fortuna, son gente muy curiosa. Es difícil decirles lo que tienen que pensar, y
siguen hurgando, sondeando e inquiriendo, tratando de encontrar cosas nuevas.
En dos lugares del mundo, dos grupos diferentes estaban examinando a fondo las
rocas depositadas en las postrimerías del eón Arcaico. Un grupo, encabezado por
Martin Wille, de la Universidad Nacional de Australia, estaba investigando
rocas de Sudáfrica con edades entre 2650 y 2500 millones de años. El otro
grupo, liderado por Ariel Anbar, de la Universidad Estatal de Arizona,
examinaba rocas de 2500 millones de años del oeste de Australia (no muy lejos
de las gargantas de Hamersley que visitamos antes). Veamos lo que hicieron.
Estos dos equipos se habían hecho la misma pregunta. ¿Podrían
identificar algunas fases minerales sensibles a oxígeno que generaran un
producto observable de alguna forma en el registro geológico? Esta estrategia
es potencialmente muy sensible. Supongamos, por ejemplo, que tenemos un mineral
que se oxida a medias, o incluso sólo un 10%, en un entorno de bajo oxígeno.
Aunque oxidado parcialmente, este mineral podría preservarse en un depósito
fluvial, como vimos antes, y sería un indicador de bajo oxígeno. Un producto de
oxidación, sin embargo, podría también ser liberado, y si fuera descubierto por
algún científico curioso demostraría que, aunque a baja concentración, algo de
oxígeno estaba presente.
Un buen candidato para explorar es el molibdeno (Mo), y los dos equipos
se centraron en él. En la Tierra joven, en ausencia de oxígeno, lo más probable
es que el molibdeno estuviera presente en las rocas sobre todo como sulfuro de
molibdeno (MoS2) o como un componente menor de la pirita. Estas
formas de molibdeno están reducidas químicamente y son estables en ausencia de
oxígeno. En presencia de oxígeno, sin embargo, las fases de sulfuro de
molibdeno son oxidadas rápidamente a una forma soluble en agua y móvil, el ión
molibdato (MoO42-). Este ión, una vez formado, es
transportado por los ríos hasta el mar. Por tanto, sin oxígeno en la atmósfera,
no hay transferencia de molibdato a los océanos y la presencia de molibdato en
el agua marina es despreciable. Añade oxígeno, sin embargo, y la concentración
de molibdeno aumentará en el océano.
Ambos equipos buscaron enriquecimientos de molibdeno en los sedimentos
primitivos que exploraban, y ambos lo encontraron (figura 7.3). El elemento
renio (Re) se comporta de modo similar al molibdeno, y ambos equipos hallaron
enriquecimientos de este elemento también. Por tanto, cada equipo descubrió de
forma independiente que el oxígeno reaccionaba con compuestos en la superficie
de la Tierra en una época en que el registro de isótopos de azufre
independientes de masa indica unas concentraciones muy bajas de oxígeno
atmosférico.
FIGURA 7.3 Concentraciones de molibdeno en las rocas de Sudáfrica y
Australia Occidental. Los valores que exceden de la caja gris (promedio para
las partículas de la corteza continental y los ríos) representan
enriquecimientos y evidencias de «tufillos» de oxígeno durante el eón Arcaico.
¿Significa esto que James estaba equivocado? No. Implica, más bien, que
Mo y Re pueden oxidarse y movilizarse en los ríos a concentraciones de oxígeno
inferiores a las que se requieren para hacer que desaparezca el efecto
isotópico independiente de masa. También implica, y esto es importante, que las
cianobacterias andaban por ahí entre 2500 y 2650 millones de años atrás
produciendo oxígeno. Si añadimos las pruebas sobre biomarcadores de esteranos
presentadas en el capítulo 6, tenemos ahora dos líneas de evidencia
independientes de la presencia de cianobacterias en una época en que las
concentraciones de oxígeno atmosférico eran todavía muy bajas. Ariel Anbar se
refirió a este pulso de oxígeno de las postrimerías del eón Arcaico como un
«tufillo» de oxígeno. El nombre ha calado, pero la cuestión es: ¿por qué sólo
un tufillo? Si las cianobacterias estaban por allí, ¿por qué las
concentraciones de oxígeno atmosférico eran tan bajas?
De nuevo, allá por 1962, Dick Holland dio posiblemente con la idea
correcta. En el capítulo 5 introdujimos el concepto de que varios gases
reactivos con el oxígeno fueron escupidos por los volcanes y reaccionaron
rápidamente con el oxígeno atmosférico. Si la velocidad de introducción de
estos gases es lo bastante rápida, arrollarán las tasas de liberación de
oxígeno a la atmósfera, que —como vimos en el capítulo 5— vienen controladas
por las tasas de enterramiento del carbono orgánico y el azufre de las piritas.
Si este es el caso, la liberación de oxígeno a la atmósfera puede ser muy
activa, pero el oxígeno no se acumulará a niveles apreciables, pues será
destruido químicamente por los gases volcánicos. Como discutimos en el capítulo
anterior, no tenemos ni idea de la época en que las cianobacterias
evolucionaron por primera vez. Si evolucionaron mucho antes de 2500 o 2600
millones de años atrás, querría decir que la eyección volcánica de gases
reactivos con el oxígeno estuvo en claro exceso sobre la tasa de liberación de
oxígeno durante mucho tiempo. Y que hace 2500 o 2600 millones de años, sin
embargo, la tasa de liberación de oxígeno estaba casi compensada por la tasa de
su destrucción por los gases volcánicos. A veces el equilibrio se desplazaba
hacia la liberación de oxígeno, generando un tufillo de oxígeno, y a veces el
equilibrio se desplazaba hacia su destrucción, y el oxígeno desaparecía.
La cuestión, entonces, se convierte en: ¿cuándo y cómo el oxígeno pasó a
ser más que un tufillo y se convirtió en un rasgo permanente de la atmósfera
terrestre? Este será el tema del siguiente capítulo.
Capítulo 8
La gran oxidación
Corría el año 1990, y la Universidad de California en Santa Bárbara me
invitó a una entrevista de trabajo. Las entrevistas académicas son un asunto
extenuante. Suelen llevar dos días enteros de discusiones con los profesores de
la facultad, y todo el mundo busca una especie de mezcla sobrehumana de
brillantez intelectual y pedagógica. Todo ello combinado con la personalidad y
los intereses adecuados para reconciliar a las facciones discrepantes del
departamento que llevan años sin hablarse. Como es habitual en estas
entrevistas, impartí un seminario del departamento en el que discutí mi trabajo
y presenté algunas ideas de por dónde podría ir mi investigación en el futuro.
Preston Cloud estaba allí. Por entonces era la sombra de un hombre, debido a su
mala salud, pero incluso así su mera presencia me ponía nervioso. Reuní fuerzas
y di una charla más o menos pasable (pero no muy buena, no conseguí el
trabajo), y Cloud me escuchó con atención todo el rato. Cuando hube acabado,
vino hasta mí, me dio la mano y dijo que le había gustado la charla.
Intercambiamos unos cuantos cumplidos sobre Yale, donde también él había hecho
la tesis, y se fue. No le volví a ver, sólo vivió un año más.
Como era habitual en los científicos de su generación, pero no en los de
hoy, el camino de Preston Cloud por la vida académica fue indirecto y variado.
Nació en 1912 y, tras acabar el bachillerato en 1929, se alistó en la Armada,
donde destacó como boxeador. Se licenció en 1933, durante la Gran Depresión,
pero, a pesar de las penalidades económicas de la época, se las apañó para
conseguir trabajo por días y pudo pagarse las clases nocturnas en la
Universidad George Washington. Pese a tan riguroso horario logró de algún modo
acabar en cuatro años, tras lo cual entró en la Universidad de Yale como
estudiante de doctorado. Cuando Cloud completó la tesis, impartió clase durante
un año en la Escuela de Minas de Missouri, pero fue reclutado en 1941 para el
programa de minerales estratégicos coordinado por el Servicio Geológico de
Estados Unidos (USGS por sus siglas inglesas). Después de la guerra ocupó un
puesto de profesor ayudante en la Universidad de Harvard, pero lo dejó en dos
años para volver al USGS como jefe de paleontología; permaneció 10 años en ese
puesto. Cloud se trasladó entonces a la Universidad de Minnesota, y fue allí
donde surgió su interés por los problemas de la Tierra primitiva. Esto tenía
sentido, pues la universidad estaba muy cerca de unas formaciones de hierro
bandeado y otras rocas antiguas. En 1965 cambió Minnesota por la Universidad de
California en Los Ángeles (UCLA), y tres años después ocupó su último puesto en
la Universidad de California en Santa Bárbara (UCSB), donde yo le conocí hacia
el final de su vida.
La enrevesada carrera profesional de Preston Cloud, y sus variados
puestos, responsabilidades y experiencias, le suministraron sin duda la
amplitud y profundidad de entendimiento necesarias para un pensamiento
verdaderamente grande. Y pensar en grande fue lo que hizo, a la
escala de Vernadsky, en mi opinión. En muchos sentidos, de hecho, Vernadsky y
Cloud compartían una visión similar. La interfaz entre la biología y la
geología era central para ambos. Sin embargo, la preocupación primaria de
Vernadsky era entender de qué forma funcionaba la vida como una fuerza
geológica, y su interés por la historia de la Tierra era secundaria. Para
Cloud, la historia de la Tierra era lo primario, y estaba especialmente
interesado en esclarecer la relación entre la evolución de la vida y la
evolución química del entorno de la superficie de la Tierra. En 1968 publicó su
primer artículo pensando en grande con el muy académico
título Evolución atmosférica e hidrosférica en la Tierra primitiva.
Desarrolló sus pensamientos en un artículo de 1972 que lleva uno de los mejores
títulos de la historia de las ciencias de la Tierra: Un modelo de
trabajo de la Tierra primitiva. Con un título como este, más vale que el
artículo sea bueno, y este no fue ninguna decepción.
La tesis de Cloud era que las historias de la evolución química y física
de la Tierra estaban entrelazadas. No había mucha evidencia para apoyar esta
idea, pero, como gran científico que era, Cloud era capaz de ver patrones y
hacer conexiones con la información limitada que tenía. No vamos ahora a viajar
por toda la historia de la Tierra, como hizo Cloud. En vez de eso, nos
concentraremos en una parte concreta de esta historia.
Empezaremos por donde abandonamos en el capítulo anterior. Es decir, con
las evidencias de que las condiciones de bajo oxígeno dominaron todo el eón
Arcaico (puntuadas por algunos aparentes «tufillos» de oxígeno hacia el final).
Preston Cloud, como Dick Holland antes que él, llegó a esta misma conclusión
(sólo que sin los tufillos). Pero Cloud dio un paso más. Si las concentraciones
de oxígeno atmosférico eran bajas en el Arcaico, se dijo Cloud, ¿cuándo
empezaron a aumentar? Para responder esta pregunta, Cloud recurrió a su
experiencia rebuscando entre las rocas justo al norte del lago Hurón en
Ontario, mientras trabajaba en la Universidad de Minnesota (figura 8.1). Las
rocas aquí forman parte de una gran secuencia de formaciones geológicas
conocida como el supergrupo Huroniano, que abarcan en edad de 2500 a 2200
millones de años, y por tanto cubren el periodo de interés. Cloud se dio cuenta
de que las más viejas de esas rocas, con edades de 2400 a 2500 millones de
años,[93] contenían
antiguos depósitos fluviales con uraninita y pirita residuales, similares a las
rocas de Sudáfrica que discutimos en el último capítulo. Sin embargo, subiendo
hacia rocas más jóvenes, la uraninita y la pirita desparecían, como lo hacía todo
signo de formaciones de hierro bandeado (BIF).
Cloud también percibió una coloración roja particularmente intensa en
algunas de las areniscas de la parte alta de la secuencia (figura 8.1), por
encima del lugar en que la uraninita y la pirita residuales aparecían por
última vez. El color rojo de estas rocas representa hierro en forma oxidada.
Sin embargo, estas rocas son muy diferentes de los BIF que vimos antes. En
muchos casos, se forman en tierra o en aguas someras y, aunque su coloración
roja es prominente, estas capas rojas no están supercargadas con hierro, a
diferencia de las que se hallan en los BIF.[94]
Poniendo todos estos indicios juntos, primero Preston Cloud, y después
Dick Holland, defendieron que hubo un incremento sustancial en la concentración
de oxígeno atmosférico entre 2300 y 2400 millones de años atrás. La uraninita y
la pirita desaparecieron al ser completamente oxidadas por los altos niveles de
oxígeno atmosférico. Más aún, en opinión de Cloud, los BIF dejaron de
depositarse cuando los niveles incrementados de oxígeno penetraron hasta el
océano profundo, oxidando el ión ferroso a óxido férrico. Las areniscas rojas,
en contraste, se formaron como resultado directo de la erosión en tierra firme
bajo una atmósfera oxigenada. Holland bautizó a esa transición a unos altos
niveles de oxígeno como «el gran evento de oxidación» (o GOE por sus siglas
inglesas). El GOE representa un salto cuántico en el contenido de oxígeno de la
atmósfera. Es un asunto de enjundia.
Esta es también una gran historia, pero un problema con la evidencia
compilada por Cloud y Holland es que las rocas que contienen uraninita y pirita
residuales, como las asociadas a areniscas rojas continentales, no están
representadas con continuidad en el registro geológico. Por tanto, nuestra
resolución de la cadencia temporal del GOE es bastante pobre a partir de estos
indicadores. Hay, sin embargo, otra estrategia que nos permitirá explorar con
mucha más precisión el ritmo del GOE. Para seguir esta idea, volvamos a los
isótopos de azufre de James Farquhar. Recordemos del último capítulo que la
distribución independiente de masa de isótopos de azufre era la norma en el eón
Arcaico, y que esos fraccionamientos se habían generado probablemente a
concentraciones muy bajas de oxígeno atmosférico. Uno de los mejores aspectos
de los isótopos de azufre es que la mayoría de las rocas marinas tienen algún
tipo de especie de azufre que podemos analizar. Por lo general es la pirita,
pero en algunos casos pueden ser minerales de sulfato. Las rocas marinas están
representadas casi continuamente en el periodo que abarca al GOE, de manera que
los isótopos de azufre de las especies de azufre asociadas con estas rocas nos
deben ofrecer una historia del oxígeno mucho más completa.
FIGURA 8.1 Estratigrafía general del supergrupo Huroniano. Se muestran los
principales acontecimientos de la historia de la oxigenación de la superficie
de la Tierra. Nótese que los indicadores del oxígeno indican que el GOE (la
gran oxidación) ocurrió después del segundo suceso glacial (representado por la
diamictita de Bruce; una diamictita es un depósito glacial). «MIF-S» se refiere
a la señal isotópica de azufre independiente de masa, discutida en el capítulo
7. Gráfico tomado de Sekine y colaboradores (2011) con ligeras modificaciones,
reproducido con permiso.
FIGURA 8.2 Cambios en la señal isotópica de azufre independiente de masa
(MIF) a través del supergrupo Huroniano. Se muestran también los niveles
estratigráficos donde se encuentran las arcillas rojas y las uraninitas y
piritas de detritos. Las áreas grises marcan las glaciaciones. Datos isotópicos
del azufre cortesía de James Farquhar.
Así que volvamos a las rocas del sur de Notario y midamos los isótopos
de azufre. Esto, en realidad, fue lo que hizo Dominic Papineau, del Boston
College, y también James Farquhar y su grupo. Además, James y sus colegas
analizaron rocas de Sudáfrica de una edad similar, en el llamado supergrupo del
Transvaal. Tomados en conjunto, los resultados muestran que la señal isotópica
de azufre independiente de masa cambia a la forma normal dependiente
de masa entre la última de las uraninitas y la primera arenisca roja (figuras
8.1 y 8.2). ¡Eso es convergencia! Esta transición marca el GOE, al menos en la
medida en que afectó a la señal de isótopos de azufre independiente de masa.
Nuestra mejor comprensión del fenómeno, por tanto, es que entre 2300 y 2350
millones de años atrás, las concentraciones de oxígeno crecieron hasta un nivel
superior al 0,001% del actual, y probablemente, en realidad, hasta mucho más
que eso. Ahí lo tienes. Pero no tan rápido: todavía quedan algunas cuestiones
importantes. Por ejemplo, aún no hemos explicado qué causó el GOE. Ni hemos
discutido cuánto subieron las concentraciones de oxígeno durante el GOE. Más
aún, ¿hubo alguna influencia obvia en la biología? Trataremos la primera de
estas cuestiones en este capítulo, la segunda en el próximo y la última en el
capítulo 10.
Bien, entonces, ¿qué causó el GOE? Para ser sincero, se han propuesto
montones de ideas y no las voy a discutir todas. Trataré, sin embargo, de
ofrecer una visión de conjunto de las líneas de pensamiento más prometedoras.
La hipótesis nula, y la más simple, es que el GOE representa la evolución de
las cianobacterias. Tan fácil como eso. Esta idea es promovida con particular
energía por Joe Kirschvink, del California Institute of Technology. Joe es bien
conocido por romper marcos conceptuales, y ha aportado algunas de las ideas más
creativas de las modernas ciencias de la Tierra.[95] En
este debate del GOE, Joe interpreta el papel del abogado del diablo y reconoce
abiertamente que sostiene el punto de vista «escéptico». Aborda el problema con
la siguiente pregunta: «¿Cuándo demanda la evidencia geológica la presencia de
fotosíntesis oxigénica?». Luego considera todas las evidencias que hemos
discutido hasta ahora sobre cianobacterias antes del GOE, pero invierte la
mayoría de su energía en la evidencia del esterano sobre un entorno con
presencia de oxígeno que exploramos en el capítulo 6.
Recordemos que, por todo lo que sabemos, los esteranos tienen un
requerimiento absoluto de oxígeno para su síntesis y que, por tanto,
encontrarlos es un buen signo de oxígeno en el entorno primitivo. También vimos
que la contaminación es una preocupación importante. Joe también levanta esta
bandera, pero su principal argumento es que, mientras que la ruta bioquímica
conocida de la formación de esterano tiene pasos que requieren oxígeno, este no
fue necesariamente el caso durante toda la historia de la Tierra. Joe subraya
que los pasos aeróbicos de la síntesis de esterano pueden tener potenciales
equivalentes anaeróbicos que no requieren oxígeno. No se sabe de ningún
organismo vivo que conduzca esa síntesis de esterano anaeróbico (libre de
oxígeno), pero Joe arguye que eso se debe a que las rutas anaeróbicas fueron
sustituidas por rutas aeróbicas cuando el oxígeno se hizo disponible. La
hipótesis de Joe podría ser correcta, pero es difícil defenderla sin
evidencias. Quizá sea una cuestión de estilo, pero yo prefiero alinearme con
las explicaciones del registro geológico que se sustentan en rutas y procesos
bien documentados. Dicho lo cual, aprecio a aquellos que buscan explicaciones
no tradicionales al «conocimiento recibido». Cuando Joe, o quien sea, encuentre
una ruta anaeróbica de síntesis del esterano, cambiaré de opinión sin ningún
problema.
Luego está el asunto de los «tufillos» de oxígeno que discutimos en el
último capítulo. Aquí, en mi opinión, Joe esquiva la evidencia. O explica
realmente cómo el molibdeno puede liberarse de los continentes a los océanos en
ausencia de oxígeno. Además, ¿cómo se asocian los enriquecimientos de molibdeno
con otras evidencias de erosión oxidativa en los continentes como los
enriquecimientos en renio? A mí me parece que la mejor forma de explicar la
evidencia geológica es aceptar que las cianobacterias evolucionaron antes del
GOE, como discutimos en el último capítulo. Por tanto, estamos obligados a
buscar otras razones para el incremento de oxígeno en el GOE.
Quizá logremos entender algo más si miramos de nuevo a los controles de
oxígeno que exploramos en el capítulo 5. Si recuerdas, el oxígeno es liberado a
la atmósfera, en último término, por el enterramiento del azufre pirítico y el
carbono orgánico en sedimentos. ¿Tal vez podamos hallar alguna evidencia de
esto en el registro geológico? La historia del azufre es interesante, y la
recogeremos en el siguiente capítulo, pero de momento acepta mi palabra: no hay
ninguna evidencia de que un enterramiento masivo de pirita causara el GOE. ¿Qué
tal el carbono entonces? Para examinar esto tenemos que volver a los isótopos.
La historia esencial es como sigue. Hay dos formas principales de carbono en la
naturaleza. Una es el carbono inorgánico, como el CO2 en la
atmósfera y el ión bicarbonato (HCO3-) en las aguas
naturales;[96] y
la otra es el carbono orgánico, la materia de la vida. El carbono inorgánico
entra en el océano fundamentalmente desde los ríos y en forma de bicarbonato, y
abandona el océano ya sea como carbono orgánico, los desechos de la vida, ya
como algún tipo de mineral de carbonato cálcico, como en las conchas, los
corales y la caliza. De forma bien simple, lo que entra en los océanos debe al
final abandonarlos. El carbono llega al océano en forma inorgánica y lo
abandona ya sea en forma orgánica o inorgánica.
Ahora es cuando llega el asunto de los isótopos. El carbono inorgánico
llega al océano con una proporción de átomos C-13 a C-12 que, según asumimos
normalmente, no ha cambiado mucho a lo largo del tiempo. Como vimos en el
capítulo 6, el carbono orgánico producido por organismos fijadores de carbono
como las cianobacterias y las algas (que son los principales productores
primarios de materia orgánica en los mares actuales) contiene más C-12 que el
carbono inorgánico del que procede. Esto significa que el carbono inorgánico
remanente tiene menos C-12 o, en otras palabras, resulta enriquecido en C-13.
Cuanto más carbono orgánico retiramos del océano, más enriquecido en C-13 se
volverá el carbono inorgánico que queda en el océano. Podemos ver directamente
que, si tuviéramos unas tasas muy altas de retirada de materia orgánica del
océano, deberíamos generar unos enriquecimientos enormes en C-13 en el carbono
inorgánico marino.
FIGURA 8.3 Composición isotópica del carbono inorgánico, mostrando la
anomalía isotópica de Lomagundi que abarca de 1950 a 2300 millones de años
atrás. También se muestra la gran oxidación (GOE).
Podemos medir la proporción de átomos C-13 a C-12 de la materia orgánica
en rocas viejas, como Minik Rosing hizo en las rocas de Isua, Groenlandia
(capítulo 6); y, puesto que el carbono inorgánico también es retirado como
calizas (y conchas tras la evolución de los animales), podemos medir la
proporción de C-13 a C-12 en el carbono inorgánico también. Así, podemos reunir
un registro de la proporción de C-13 a C-12 tanto del carbono orgánico como del
inorgánico a lo largo del tiempo. Si recuerdas del capítulo 6, solemos discutir
estas proporciones de isótopos de carbono como valores δ13C, y así
lo haremos aquí.
Ahora miremos a los datos (figura 8.3) centrándonos en el tiempo del GOE
(recuerda que fue de 2300 a 2350 millones de años atrás). De hecho, el δ13C
del carbono inorgánico se vuelve muy elevado alrededor de ese tiempo, y ese
periodo de valores altos ha sido bautizado como anomalía isotópica de
Lomagundi. Según todas las apariencias, se trata de la mayor anomalía isotópica
del carbono de la historia de la Tierra. Esta anomalía fue plenamente apreciada
por primera vez en 1996 por Dick Holland y su colega Juha Karhu, de la
Universidad de Helsinki.[97] Estos
científicos vieron la anomalía, y su pulso asociado de enterramiento de carbono
orgánico, como la fuente de oxígeno que disparó el GOE. Problema resuelto,
aparentemente. Sin embargo, si miramos otra vez al gráfico con cuidado, podemos
ver que las cosas no acaban de encajar. Una datación reciente y mejorada sitúa
la anomalía isotópica de Lomagundi no durante, sino después del GOE. Maldita
sea, era demasiado bueno para ser cierto. Estamos obligados a buscar otra
causa.
Para presentar la próxima causa posible empecemos con esos fugaces
tufillos de oxígeno de las postrimerías del eón Arcaico que discutimos en el
último capítulo. Durante esos tufillos, parece como si la atmósfera
experimentara pulsos periódicos de oxígeno, sólo para verlos desvanecerse cada
vez. También ofrecimos en el último capítulo una explicación tentativa para los
tufillos, cuando insinuamos que, en ese periodo de la historia de la Tierra, el
flujo de gases reductores desde el manto era similar al flujo de liberación de
oxígeno debido al enterramiento del carbono orgánico y la pirita. La mayor
parte del tiempo el flujo volcánico estaba en exceso, pero de modo ocasional el
equilibrio se desplazaba hacia un exceso de liberación de oxígeno, generando un
tufillo de oxígeno en la atmósfera.
Sigamos esta línea lógica, pero, para hacerlo bien, tenemos que empezar
mucho más atrás, cerca del principio de la historia de la Tierra. De hecho
necesitamos retroceder hasta antes del inicio del registro geológico, hasta una
época en la que no tenemos más guía que nuestro ingenio y nuestras mejores
suposiciones. Lo que queremos saber es la velocidad a la que los gases
reactivos con el oxígeno, sobre todo el hidrógeno (H2), escupido por
los volcanes cuando la Tierra era realmente joven.
¿Cómo podemos siquiera aventurar una suposición? Bueno, empecemos por el
presente. Tenemos una idea de cuánto gas hidrógeno sale hoy de los volcanes, al
menos dentro de un margen de 2 o 3 veces, probablemente. La velocidad de
expulsión del hidrógeno dependerá de la química del manto, pero ya vimos en el
último capítulo que no es probable que esa velocidad haya cambiado mucho a lo
largo de la mayor parte de la historia de la Tierra, así que no nos
preocuparemos por eso a partir de ahora. La velocidad de desgaseado (eyección)
del hidrógeno debería depender también de la velocidad a la que el material
viscoso del manto se mezcla o se mueve por convección. En el capítulo 1 vimos
cómo este proceso de convección del manto impulsa la tectónica de placas, que a
su vez impulsa el reciclado de materiales en la superficie de la Tierra y
permite, básicamente, que la Tierra sea un lugar grato para la vida.
La cuestión entonces se convierte en la siguiente: ¿cómo ha cambiado con
el tiempo la velocidad de colección del manto? La tasa de convección es
controlada, en una primera aproximación, por el gradiente de temperatura entre
el interior de la Tierra y su superficie; cuanto más acusado sea el gradiente,
más rápida será la convección. (Puedes ver cómo funciona esto con un simple
experimento casero si miras la nota 6.)[98] El
gradiente de temperatura depende a su vez de la tasa de generación de calor en
la Tierra. Se estima que el centro de la Tierra está a unos tostadores 5500 ºC
(aunque la cifra exacta no se conoce). Parte de esta temperatura tiene relación
con el tremendo calor generado cuando la Tierra se condensó por acreción de
pequeños planetesimales hace mucho tiempo.[99] De
hecho, en las fases finales de este proceso, se cree que un objeto masivo, como
del tamaño de Marte, golpeó a la Tierra con tal fuerza que le hizo escupir la
Luna como resultado. Esta colisión debió de reducir la Tierra a una masa
fundida.
El calor también se genera por la desintegración radiactiva de ciertos
elementos del manto y el núcleo del planeta. Como los isótopos radiactivos se
desintegran hasta formas químicas no radiactivas, la radiactividad de la Tierra
ha experimentado una continua disminución con el tiempo, con la consiguiente
reducción de la producción de calor.
En suma, la pérdida de calor desde la formación temprana de la Tierra,
así como la continua reducción del calor producido por desintegración
radiactiva, deben haber resultado en el enfriamiento del interior del planeta
con el tiempo. Lo que a su vez habrá ralentizado la tasa de convección del
manto. Por tanto, se puede argumentar que la velocidad de liberación de H2 habrá
disminuido con el tiempo a causa de una convección cada vez más lenta. La tasa
de reducción del flujo de H2 con el tiempo revista una extrema
importancia aquí, pero, por desgracia, esta tasa es más bien una conjetura por
el momento. Si asumimos, por ejemplo, que la velocidad de liberación del H2 ha
decrecido linealmente con el flujo de calor desde el manto, hacemos un conjunto
de predicciones, y bastante pobres, por cierto, porque la historia del flujo de
calor a través del tiempo no se conoce muy bien. Si la tasa de liberación del H2 ha
decrecido en una relación diferente (no lineal) con el flujo de calor, hacemos
otro conjunto de predicciones. Con toda franqueza, carecemos del entendimiento
suficiente para juzgar qué velocidad de disminución es la más apropiada, pero
cierto grado de reducción con el tiempo del flujo de H2 al
entorno de superficie es razonablemente seguro.
Pese a estas dificultades, muchos investigadores, incluido yo mismo,
hemos tratado de jugar a este deporte. De hecho debemos hacerlo si queremos
entender la evolución en el tiempo de la química de la superficie de la Tierra,
y la conexión entre el entorno de superficie y el interior de la Tierra es,
simplemente, demasiado importante como para ignorarlo. Dick Holland también
apreció la importancia de esta conexión e hizo su intento de predecir la
historia del flujo de H2 desde el interior de la Tierra a través
del tiempo. Esta estimación se muestra en la figura 8.4 con dos líneas que
representan el punto de vista de Dick sobre el intervalo de incertidumbre en
los cálculos.
Dick también intentó predecir las tasas potenciales de producción de
oxígeno por enterramiento de carbono orgánico y pirita a través del tiempo.[100] No
voy a entrar aquí en los detalles de este cálculo,[101] pero
los resultados se presentan también en la figura 8.4. Para interpretar este
gráfico hay que centrarse en los dos puntos negros, no en todas las áreas
grises solapantes. Estos puntos deben verse como los extremos del cálculo. Lo
que vemos es muy iluminador. El modelo de Dick insinúa que en algún momento
entre 2000 y 2700 millones de años atrás, la tasa de liberación de oxígeno
excedió por primera vez a la demanda de oxígeno. Esta figura ofrece una
explicación gráfica de la causa del GOE.
Figura 8.4 Cálculos de Dick Holland sobre el flujo de hidrógeno desde el
manto en función de las tasas de liberación de oxígeno a la atmósfera. Los
puntos negros indican puntos de cruce en dos escenarios diferentes contemplados
por el modelo. Datos tomados de Holland (2009).
¿Es esta realmente la manera en que ocurrió? Pondré la mano en el fuego
y diré: «Creo que sí», al menos a grandes rasgos. Simplemente, tiene muchísimo
sentido. Siendo justos, hay otros que han tenido ideas similares, en particular
Jim Karting (a quien encontramos en el capítulo 1) y Lee Kump, ambos de la
Universidad Penn State, y Dave Catling, de la Universidad de Washington. Todos
ellos han descrito, como Dick, la forma en que el GOE representa probablemente
el punto en el tiempo en que la liberación de oxígeno superó a la demanda de
oxígeno, y todos ellos, entre otros, han presentado modelos inteligentes,
aunque diferentes, para apoyar esa idea. A mí me gusta en particular el modelo
de Dick, sin embargo, debido a su simplicidad y porque los procesos que prescribe
tienen un buen sentido geológico.
De modo que Preston Cloud estaba en lo cierto. El registro geológico
demuestra que, hace unos 2300 millones de años, el contenido de oxígeno de la
atmósfera terrestre se incrementó de manera drástica. Puesto que es probable
que las cianobacterias evolucionaran mucho antes, no parece que una atmósfera
bien oxigenada fuera una consecuencia necesaria o inmediata de la actividad de
los organismos productores de oxígeno. La química atmosférica es esclava de la
dinámica del manto, puesto que el interior y el exterior del planeta están
conectados de manera profunda. En verdad, llevó la mitad de la historia de la
Tierra que el manto se calmara hasta el punto en que el oxígeno pudiera
acumularse. Esto, sin embargo, representó un punto de inflexión —o un punto de
no retorno, si se quiere— en el que la química de la Tierra se alteró para
siempre. En el siguiente capítulo veremos qué vino después.
Capítulo 9
La edad media de la Tierra: después del GOE
¿No es el sueño de cualquiera viajar en una máquina del tiempo? Bueno,
quizá no de cualquiera, pero a la mayoría de los geólogos que conozco les
encantaría montar en una. Lo que importa aquí para nuestra historia es que, con
una máquina del tiempo, podríamos probar directamente si nuestras ideas sobre
la historia del oxígeno atmosférico son correctas. Hemos ensamblado esta
historia a partir de nuestra lectura del registro geológico, pero ya hemos
mencionado que este registro ofrece una visión imperfecta del pasado. Tomamos
una roca, un trozo de antiguo sedimento que antaño fue barro en el fondo del
mar; tal vez ha sido calentado y eso ha alterado los minerales o la materia
orgánica, o quizá los fluidos han penetrado mucho más tarde en la roca,
modificando su química. La roca representa la suma de todos los procesos que la
han influido durante su larga historia en la Tierra, y no sólo aquellos que nos
interesan más.
Además, sólo podemos conjeturar de qué manera las señales en las que
estamos interesados se inmovilizaron en la roca. Por ejemplo, podemos
comprender estudiando el entorno moderno cómo el molibdeno se abre camino hacia
los sedimento (en el capítulo 7 usamos el molibdeno para registrar «tufillos»
de oxígeno en la atmósfera). Hacemos esto porque podemos medir la concentración
de molibdeno en el agua que cubre los sedimentos de hoy. Podemos trazar su ruta
desde ahí hasta los sedimentos, y comprender así qué procesos actúan para
controlar esa ruta. Podemos hacer suposiciones y sondear nuestro entendimiento
con modelos y experimentos. De hecho, este tipo de trabajo constituye la base
de nuestra lectura del registro geológico. Pero, cuando miramos a la roca, lo único
que tenemos es la concentración de molibdeno en ella, y tal vez alguna otra
especie química, para darnos algunas pistas sobre la química de las aguas
primitivas. No tenemos el agua de la que se derivó el molibdeno. Por tanto, a
fin de cuentas, sólo podemos estimar su concentración en los antiguos océanos.
Esta historia es más o menos la misma para todos los indicadores que usamos
para comprender la química del océano primitivo. Nuestra lectura del registro
geológico mejora continuamente, pero las pistas son pocas, y nuestras
interpretaciones están sujetas a grandes incertidumbres. Realmente, podríamos
responder montones de cuestiones con una máquina del tiempo.
El tópico que tratamos ahora son las secuelas del GOE. Pero lo cierto es
que, para entender lo que vino después del GOE, tenemos remontarnos con más
detalle aún a lo que pasó antes. Ya sé que hablamos del GOE en el último
capítulo, y de lo que pasó antes en los capítulos 6 y 7, pero necesitamos
buscar cosas pequeñas que se nos pueden haber pasado por alto. Cosas que pueden
ser difíciles de determinar a partir de nuestra lectura del registro geológico.
Así que usemos nuestra máquina del tiempo y viajemos a la época justo anterior
al GOE. Pongámonos las botas de goma (y una máscara de oxígeno, por lo que
pudiera pasar) y demos una vuelta por los ríos antiguos. Estamos buscando
pirita. Como vimos en el capítulo 7, antes del GOE parte de la pirita se
asentaba en forma de guijarros, sin oxidar, en las primitivas cuencas
fluviales. Pero muy pocos de esos ríos han sobrevivido, y queremos determinar
si el transporte de pirita por los ríos era común o infrecuente. ¿Pudo parte de
la pirita haber resultado oxidada? ¿Tal vez sólo los trozos grandes de pirita
sobrevivieron a la oxidación, mientras que los más pequeños se perdieron por
oxidación? Si pudiéramos retroceder aún más en el tiempo, podríamos seguir la
pirita desde su origen en las rocas sometidas a erosión en tierra firme hasta
su lugar final de reposo.
Esto nos permitiría decidir cómo la pirita se recicló y se volvió a
reciclar. Podríamos ver cuánta de la pirita liberada durante la erosión en
tierra se transportó por los ríos, al mar y de vuelta otra vez a unos
sedimentos que al final se convertirán de nuevo en piedra. Si la pirita se
recicló de esta forma, sin oxidación en una atmósfera de bajo oxígeno, se
habría acumulado a concentraciones cada vez más altas en las rocas
sedimentarias, a medida que los gases volcánicos continuaban suministrando más y
más azufre a la superficie de la Tierra. Ese reciclado también se aplicaría a
otros minerales sensibles al oxígeno. Esta secuencia de sucesos tendría mucho
sentido en una atmósfera con poco oxígeno, pero ¿fue así como sucedió?
También podríamos examinar el destino de la materia orgánica mientras
era erosionada de antiguas pizarras, ya que estas rocas albergan la mayoría de
la materia orgánica en el registro geológico. Viajando al pasado, me llevaría
un pequeño taladro. Con él recogería muestras que abarcaran desde la superficie
de la pizarra expuesta a la lluvia y la intemperie hasta las capas profundas a
las que no han llegado aún los fluidos erosivos. Esto me permitiría ver cómo
resultó afectada la materia orgánica a medida que los fluidos erosivos
penetraban en la roca y la transformaban.
En el mundo moderno, según reveló Steven Petsch y discutimos en el
capítulo 5, las concentraciones de materia orgánica son universalmente menores
junto a la superficie superior de la pizarra, ya que la pizarra sufre la
erosión oxidativa (figura 5.3). Esta oxidación requiere oxígeno, pero no es
extremadamente rápida, y queda algo de materia orgánica incluso en la
superficie superior que queda expuesta al oxígeno durante más tiempo.[102] Entonces,
¿qué pasa cuando las concentraciones de oxígeno son realmente bajas, como lo
eran antes del GOE? Yo esperaría que la materia orgánica evitara la oxidación
mientras las antiguas pizarras se elevaban al entorno erosivo. Si fuera así, la
materia orgánica, al igual que la pirita, podría haberse reciclado en buena
medida de roca a sedimento y a roca de nuevo, acumulándose en concentraciones
cada vez más altas a medida que más y más CO2 fuera entrando en
el entorno de superficie desde los volcanes[103]. Por
tanto, la máquina del tiempo nos habrá dicho algo muy importante sobre la
dinámica de las especies minerales sensibles al oxígeno antes del GOE. En
ausencia de una máquina del tiempo, sólo podemos hacer suposiciones razonables
y esperar que sean correctas. Suponemos, por tanto, que antes del GOE (y
dejando aparte los periodos de tufillos de oxígeno que discutimos en el último
capítulo), una gran proporción de pirita, materia orgánica y muchas otras
especies sensibles al oxígeno traídas al entorno erosivo escapó de la oxidación
y fue reciclada y vuelta a reciclar de roca a sedimento y a roca de nuevo.[104]
Ahora llega el oxígeno. Un incremento del nivel de oxígeno atmosférico
habría causado una oxidación eficiente de la pirita a ácido sulfúrico,[105] y
de la materia orgánica a CO2 con la liberación potencial de
cualquier nutriente atrapado en la materia orgánica. ¡Esto puede verse como el
equivalente geoquímico de agitar un nido de avispas! Dick Holland fue, hasta
donde yo sé, el primero que especuló sobre lo que debió de ocurrir después:
La gran anomalía positiva de δ13C en los sedimentos de
carbonato entre 2220 y 2060 millones de años atrás indica que, durante este
periodo, PO4-3 estaba disponible a niveles
excepcionales para la fotosíntesis y el enterramiento de carbono. Es probable
que varios cambios contribuyeran a esa disponibilidad incrementada. Cuando el
contenido en O2 de la atmósfera se elevó, la oxidación del FeS2 durante
la erosión debió incrementarse de manera drástica. El H2SO4 generado
durante la oxidación del FeS2 debe haber incrementado la tasa
total de erosión química y, por tanto, la tasa a la que el PO4-3 se
vertía a los océanos. Al mismo tiempo, el H2S y el HS- en
las zonas cercanas a la superficie de los océanos fueron probablemente oxidados
a SO4-2. Este proceso redujo el pH de ríos y mares y tal
vez hizo al PO4-3 más disponible para la
fotosíntesis.
Así pues, Holland arguye que el ácido generado durante la oxidación de
la pirita en respuesta al GOE habría reforzado el proceso de erosión. Es bien
sabido que la mayoría de las rocas se disuelven más deprisa en condiciones
acídicas, pero lo más importante aquí son los minerales concretos de las rocas
que contienen fósforo. Un mineral importante de este grupo es la apatita [Ca5(PO4)3(OH,F,Cl)],
que es básicamente la misma sustancia que en nuestros dientes y huesos. Como
nuestros dientes cuando se exponen en exceso a bebidas carbonatadas, el GOE,
según Dick Holland, produjo una deterioro masivo de la apatita en la superficie
de la Tierra. Esto, a su vez, liberó enormes cantidades de fósforo a los
océanos. Este gran suministro de fósforo estimuló la producción primaria y
condujo a la gran tasa de enterramiento de materia orgánica que produjo la
masiva anomalía isotópica del carbono de Lomagundi que discutimos en el último
capítulo. En una curiosa inversión de causa y efecto, la anomalía de Lomagundi,
antaño saludada como la causa del GOE, resulta ser ahora su consecuencia.
Por otra parte, la materia orgánica que se había acumulado en las rocas
hasta el GOE estaría acompañada por nutrientes como el nitrógeno y el fósforo.
La oxidación de esta materia orgánica tras el GOE habría liberado esos
nutrientes también, aportando otra fuente de fósforo a los océanos. Quizá la
liberación de todo ese fósforo se benefició también del ácido generado durante
la oxidación de la pirita en las rocas ricas en materia orgánica. En suma, me
gusta mucho la idea de que la liberación del fósforo acumulado en las rocas
ricas en materia orgánica tras el GOE ayudó a disparar la anomalía de
Lomagundi. Y me gusta porque no sólo aporta una razón para el inicio de la
Lomagundi, sino también para su final.
El lector se podría preguntar, razonablemente, por qué necesitamos una
razón para ese final. Se debe al modo de operación del ciclo de las rocas. Ya
aprendimos en capítulos anteriores que, por desgracia, el registro geológico de
rocas realmente antiguas es escaso. La razón es que, a lo largo del tiempo, han
tenido una probabilidad mayor de aflorar a la zona de erosión de la superficie
de la Tierra. De hecho, si cuentas todas las rocas que se pueden encontrar en
la superficie de la Tierra y las agrupas por edades, hallas que la abundancia
de las rocas decrece a medida que su edad aumenta (figura 9.1). Si tratas de
cuantificar este efecto, cerca de la mitad de las rocas que quedan de cualquier
tiempo en la historia de la Tierra desaparecerán por erosión (aunque algunas
están enterradas en la corteza) en una escala temporal de 200 a 300 millones de
años. Este viene a ser el intervalo de tiempo de la anomalía isotópica de
Lomagundi, y creo que tiene sentido que la duración de ese suceso pueda haber
estado limitada por la disponibilidad de viejas rocas del Arcaico y la
disponibilidad de materia orgánica reciclada y de nutrientes. Que quede claro
que todo esto es especulación, pero apostaría a que el evento de Lomagundi será
sometido a un intenso escrutinio en los próximos años, y me sorprendería que el
instinto inicial de Holland, que lo relaciona de alguna manera con el GOE, se
demostrara incorrecto.
Así, el GOE parece haber sido seguido por un enterramiento masivo de
carbono orgánico que se expresa como la anomalía isotópica de Lomagundi. Dick
Holland y su antiguo posdoc Andrey Bekker han argumentado que
la anomalía de Lomagundi se apoyó en los ya altos niveles de oxígeno del GOE
para producir unos niveles de oxígeno similares a los del presente. No hay
mucha evidencia de momento para sustentar esto, pero si el oxígeno se volvió
así de alto, ¿es que las cosas volvieron a asentarse después del evento de
Lomagundi? ¿Qué era, de hecho, lo normal en ese momento de la historia de la
Tierra?
FIGURA 9.1 El área de rocas sedimentarias expuestas en función de la edad
geológica. Las caídas bruscas en el tiempo indican en parte el enterramiento de
rocas en la corteza terrestre; sin embargo, a grandes escalas de tiempo, la
pérdida por erosión física y química es probablemente la causa más importante
de la caída. Datos cortesía de Bruce Wilkinson (Wilkinson y colaboradores,
2009)
Hace muchos años empecé a reflexionar exactamente sobre ese asunto. La
anomalía isotópica de Lomagundi no había entrado todavía realmente en la
discusión, pero el GOE sí. El punto de vista dominante, surgido sobre todo de
las contribuciones de Dick Holland y Preston Cloud, era que el GOE condujo a
unos niveles de oxígeno lo bastante altos como para ventilar con oxígeno el
fondo del océano. Así, la idea de que el oxígeno creció a altos niveles durante
y después del GOE no es nueva. Esta oxigenación, a su vez, oxidó el hierro de
los océanos. De manera que el GOE trajo un final abrupto a las condiciones
ricas en hierro de las profundidades oceánicas y por tanto a la deposición de
formaciones de hierro bandeado. Los altos niveles de oxígeno post-GOE podrían,
por tanto explicar una importante observación geológica: el cese casi completo
de deposición formaciones de hierro bandeado que siguió al GOE (figura 9.2). De
hecho, esta es la visión que presenté en el último capítulo.
Mientras que esta idea de unos niveles altos de oxígeno post-GOE parecía
bastante razonable, había partes de la idea que no me acababan de convencer.
Para empezar, yo había utilizado poco antes un modelo simple de química
oceánica, introducido por primera vez por Jorge Sarmiento, de la Universidad de
Princeton, para explorar cómo unos altos niveles de oxígeno en las aguas
profundas del océano podrían responder a cambios en la concentración de oxígeno
atmosférico. El modelo es muy simple y constituye una mera aproximación al
funcionamiento del océano real, pero el resultado fue muy chocante. Para
oxigenar por completo los océanos después del GOE, como Holland y otros habían
insinuado, los niveles de oxígeno atmosférico tendrían que haber aumentado
hasta el 40% o 50% de los niveles actuales. Quizá Dick hubiera aceptado
fácilmente esta conclusión, pero yo no podía. Por ejemplo, y tal como
explicaremos en el siguiente capítulo, se estaban acumulando evidencias de un
incremento del oxígeno atmosférico en las postrimerías del precámbrico (hace
unos 600 millones de años). Esto tendría un difícil encaje si el oxígeno ya
hubiera subido en el GOE a unos niveles cercanos a los actuales. Hay también un
argumento más débil que veremos en los dos capítulos siguientes.[106] Este
argumento se basa en la idea de que la evolución generalizada de los animales
más o menos grandes y móviles, mucho después en la historia geológica, ocurrió
mientras el nivel de oxígeno se elevaba lo bastante para satisfacer sus
elevadas demandas energéticas.
FIGURA 9.2 Distribución de edad (en gigatoneladas, Gt, siendo una Gt = 109
toneladas) de las formaciones de hierro bandeado (BIF) y las formaciones de
hierro granular (GIF). Las GIF son unos depósitos más arenosos y carecen de la
estratificación (bandeo) de las BIF. Redibujado a partir de Bekker y
colaboradores (2010), y modificado a partir de Raiswell y Canfield (2012).
Esto sería de nuevo incoherente con una precedente subida del oxígeno a
los niveles actuales. Por último, tal vez hubiera otra forma de explicar la
desaparición de las formaciones de hierro bandeado.
Yo había estado compilando una historia de los isótopos de azufre a
través del tiempo cuando trabajaba como investigador en el Instituto Max Panck
de Microbiología Marina en Bremen, Alemania. Mi trabajo real era explorar el
destino de la materia orgánica en los sedimentos y los diversos procesos
microbianos responsables de metabolizarla, pero la historia de los isótopos de
azufre resultaba cautivadora, y se podría decir que era mi trabajo nocturno. Lo
que emergió de esta compilación fue un cuadro de la evolución del ciclo del
azufre a lo largo de la historia de la Tierra, y un rasgo llamativo era el gran
incremento en la diferencia isotópica entre el sulfato y el sulfuro alrededor
del GOE (recuerda los isótopos del azufre del capítulo 7). La verdad es que Eion
Cameron, del Servicio Geológico de Canadá, fue el primero en reconocer este
incremento, pero la nueva compilación subrayaba su singularidad (figura 9.3).
Eion había insinuado que el salto se debía a un incremento en la concentración
de sulfato del océano en respuesta al GOE y a la oxidación reforzada de los
minerales de sulfuro a sulfato durante la erosión en tierra firme. Esto es muy
coherente con lo que discutimos en el último capítulo. La lógica aquí es que
las bacterias reductoras de sulfato reducen preferentemente el isótopo ligero
del azufre en el sulfato, 32S, en comparación con el isótopo pesado, 34S, como
vimos en el capítulo 7, pero el grado al que lo hacen es mucho menor cuando la
concentración de sulfato es muy baja.[107] Con
mi compilación en la mano, por tanto, yo no podía por menos que coincidir con
Eion, pero ahora podía llevar el argumento un paso más allá. Un flujo
incrementado de sulfato a los océanos debería estimular la reducción de sulfato
y producir más sulfuro en el océano. Como resultado, más hierro disuelto sería
retirado para la formación de pirita (FeS2).
FIGURA 9.3 Compilación de los isótopos de azufre a través del tiempo. Los
rombos representan análisis individuales de los sulfuros sedimentarios,
mientras que las líneas paralelas reflejan estimaciones de la composición
isotópica del sulfato en el agua marina. También se muestra la gran oxidación
(GOE). Modificado a partir de Raiswell y Canfield (2012).
Así que, poniendo todo junto, razoné que el GOE probablemente incrementó
el flujo de sulfato a los océanos mediante la erosión oxidativa de los sulfuros
en tierra firme, reforzando por tanto las tasas de reducción de sulfato a
sulfuro de hidrógeno en el océano. El GOE, sin embargo, al menos desde mi punto
de vista, no produjo el suficiente oxígeno para oxigenar los océanos. Por
tanto, el hierro disuelto no fue retirado de los océanos por reacción con el
oxígeno, como supusieron Holland y Cloud, sino por reacción con el sulfuro.
Así, según mi propuesta, las profundidades del océano permanecieron anóxicas y
se volvieron ricas en sulfuro, en lugar de volverse bien oxigenadas. Andy
Knoll, de la Universidad de Harvard, enseguida bautizó a ese estado oceanográfico
rico en sulfuro como «océano de Canfield» y, para bien o para mal, el nombre ha
calado. En el momento en que hice esa propuesta, sin embargo, no había ni una
brizna de evidencia para respaldarla, de modo que devino una alta prioridad
buscar evidencias para apoyar o refutar el modelo del océano de Canfield y, de
forma más general, definir el estado de la superficie de la Tierra y de la
química oceánica después del GOE.
Fue más o menos entonces cuando Simon Poulton vino como posdoc a
mi laboratorio. Simon había trabajado como estudiante de doctorado con mi viejo
amigo Rob Raiswell, de la Universidad de Leeds[108] y,
al igual que Rob, Simon sabe orientarse en un pub. También como
Rob, es un científico creativo e ingenioso. De manera que, para explorar el
problema del océano de Canfield, Simon y yo nos centramos en el último episodio
de deposición de formaciones de hierro bandeado antes de su resurgimiento mucho
más tarde en la era Neoproterozoica, que discutiremos en el próximo capítulo.
Nuestro foco de atención, por tanto, devino un episodio principal de deposición
de formaciones de hierro bandeado ocurrido entre 2100 y 1900 millones de años
atrás, que puede observarse en varios lugares alrededor del mundo, pero con una
representación especialmente buena en el norte de Minnesota y el sur de
Ontario. Ese se convirtió en nuestro objetivo.
Pero espera un momento, dirá el lector, con independencia del modelo, yo
pensaba que el GOE era lo que había traído el final de las formaciones de
hierro bandeado, ¿y ahora me vienes con unas formaciones que ocurrieron 300 o
400 millones de años después del GOE? ¿De qué vas? Es una
buena pregunta y, antes de que podamos entrar en nuestro trabajo sobre el
modelo del océano de Canfield, tenemos que lidiar con estas formaciones de
hierro bandeado.
Lo cierto es que estas formaciones son muy reveladoras. Para empezar, su
deposición empezó justo después o cerca del final de la anomalía isotópica de
Lomagundi. Además, al menos parte de ellas se depositaron en unas aguas muy
poco profundas. ¡Imagina que te das un baño en la playa y vuelves a casa
cubierto de óxido! Este punto es crítico. Puedes imaginar así el escenario: el
hierro disuelto, acumulado en el océano profundo libre de oxígeno, fue
transportado hacia arriba hasta la plataforma continental mediante un proceso
llamado surgencia (upwelling), y luego se desplazó por la plataforma
hasta las aguas someras.[109] Esto
suena bastante simple, pero, si recordamos el capítulo 7, el Fe2+ reacciona
deprisa con el oxígeno para formar óxido. Por tanto, si las concentraciones de
oxígeno fueran altas como hoy, el Fe2+ simplemente no podría ser transportado
desde el océano profundo, a través de la plataforma continental hasta la playa.
La única forma lógica que se me ocurre de que el Fe2+ persista a través de un
largo transporte por la superficie del océano es que el nivel de oxígeno sea
muy bajo, quizá sólo del 0,1% de los niveles actuales o incluso más bajo.[110] De
hecho, hay datos geoquímicos recientes que aportan evidencias independientes de
un bajo nivel de oxígeno en esa época. Estas evidencias se refieren al
comportamiento de los isótopos de cromo. No entraré en ellas aquí, pero puedes
aprender más sobre ello siguiendo la nota 10.[111]
Repasemos. Hubo un incremento sustancial de oxígeno que definió el GOE.
Esto puede haber conducido a su vez a la anomalía isotópica de Lomagundi que,
como argumentamos antes, estuvo asociada con unas altas tasas de enterramiento
de materia orgánica y, tal vez, unas concentraciones de oxígeno aún más altas.
Esta anomalía fue seguida poco después por el desplome del oxígeno hasta unos
niveles muy bajos y un regreso a la deposición de formaciones de hierro
bandeado. Se puede conjeturar que esos bajos niveles de oxígeno fueron, de
hecho, una consecuencia de la anomalía de Lomagundi. Es fácil imaginar que, una
vez que las cantidades masivas de carbono orgánico enterrado durante la
anomalía llegaron al entorno erosivo,[112] habrían
representado un gran sumidero de oxígeno, rebajando los niveles de oxígeno
atmosférico. Parece entonces que las concentraciones de oxígeno dibujan unos
verdaderos dientes de sierra, disparados aparentemente por el GOE.
Ahora volvamos con Simon. Si recuerdas, estábamos interesados en
cualquier posible evidencia que apoye o refute la idea de que, con un
incremento de los niveles de oxígeno atmosférico, el sulfuro se extendió por
las aguas marinas y puso final a las formaciones de hierro bandeado. Como ya
hemos mencionado, las rocas del norte de Minnesota y el sur de Ontario se
volvieron nuestro foco de atención y, en particular, nos centramos en la
formación de hierro de Gunflint, depositada hace unos 1900 millones de años.
Como acabamos de argumentar, esta formación —y otras de la misma época— parecen
haberse depositado durante un periodo de muy bajas concentraciones de oxígeno
atmosférico. Pero ¿qué pasó justo después de la Gunflint parara de depositarse?
Para abordar este problema, contactamos con el efervescente Phil Fralick, de la
Universidad de Lakehead en Thunder Bay, Ontario. Es probable que Phil conozca
la formación de hierro de Gunflint mejor que nadie. Durante un viaje memorable,
Phil nos llevó por la región para explorar tanto la Gunflint como los
sedimentos que se depositaron justo después. Lo que más nos llamó la atención
en el campo fue que la Gunflint daba lugar a unas pizarras muy negras conocidas
como la formación Rove. Esto resultaba estimulante, ya que las pizarras negras
se depositaron a menudo en aguas sulfurosas.[113]
Las rocas que vimos en el campo eran geniales para entender la relación
entre la Gunflint y la Rove, pero no tan buenas para hacer química. Como hemos
visto, estas rocas yacen expuestas a la intemperie y la lluvia, oxidándose en
el proceso. Cualquier pirita que hubiera estado inicialmente en las rocas, por
ejemplo, podría muy bien haberse perdido por oxidación. Por fortuna, Phil
conocía rocas frescas, extraídas recientemente del subsuelo, que cubrían
maravillosamente la transición de la formación de hierro de Gunflint a la
posterior formación Rove. La muestra de roca, por cierto, provenía de un
curioso granjero que dispone de un aparejo de perforación y que, un par de
veces al año, extrae una muestra de las rocas que subyacen a sus campos para
buscar metales preciosos. Cuando las muestras no contienen nada de interés, las
dona a la consejería de Desarrollo y Minas del Norte de Ontario. La decepción
del granjero era nuestra fortuna y, tras tomar unas muestras de sus
extracciones, volvimos al laboratorio para someterlas a una batería de análisis
químicos.
No me extenderé en los detalles de los análisis, pero sometimos las
muestras a diversos tratamientos químicos.[114] Nuestros
análisis, en definitiva, nos dijeron que las aguas enriquecidas en Fe2+ donde
precipitó la formación Gunflint dieron paso a unas aguas sulfurosas de las que
se depositó la formación Rove. Esto era muy coherente con el modelo del océano
de Canfield. De hecho, más o menos al mismo tiempo que presentamos esto, Gail
Arnold estaba trabajando con Ariel Anbar, de la Universidad Estatal de Arizona,
y Tim Lyons, de la Universidad de California Riverside (y un antiguo colega de
doctorado en Yale) y presentó apoyos adicionales para el modelo del océano de
Canfield basados en los isótopos del molibdeno preservados en pizarras negras
de 1600 millones de años. Los interesados en cómo funciona este sistema de
isótopos pueden seguir la nota 14.[115]
La historia parecía estar tomando forma, pero uno nunca debe sentirse
demasiado cómodo con una idea. En un golpe de suerte, Phil Fralik identificó
una serie de muestras que representaban entornos que cubrían desde las aguas
someras donde se depositaron las formaciones Gunflint-Rove hasta muy lejos mar
adentro, donde las aguas alcanzaban más de 100 metros de profundidad. Había un
total de 100 kilómetros entre las muestras. Tras un trabajo concienzudo, Phil
pudo trazar líneas de tiempo entre todas esas muestras, y Simon pasó casi un
año esclareciendo todos los datos geoquímicas, pero al final mereció la pena.
Lo que emergió fue un cuadro espectacular y único de la química oceánica que se
extendía desde la costa hasta muy mar adentro (figura 9.4). Como vimos antes,
la formación Gunflint dio paso a la sulfurosa Rove junto a la costa. Al
movernos mar adentro, sin embargo, vimos que la anoxia persistía, pero también
vimos que las aguas sulfurosas desaparecían. De hecho, las aguas sulfurosas
daban paso a aguas que contenían Fe2+, algo similar (aunque no del todo, como
veremos más abajo) a las aguas de las que se depositó la Gunflint. Esas aguas
enriquecidas en Fe2+ se llaman «ferruginosas». Esta es una impresionante
representación bidimensional a la química oceánica del pasado profundo.
¡Quitémonos el sombrero ante Simon y Phil!
Otros científicos han contribuido también a esta historia, incluidos el
grupo de Andy Knoll, Andrey Bekker y sus colegas, así como Tim Lyons y su
equipo. En conjunto podemos pintar un cuadro que dice sí, había unas
condiciones marinas más sulfurosas que antes del GOE, pero con un montón de
evidencias, también, de condiciones ferruginosas en aguas profundas. Y las
condiciones ferruginosas se pueden encontrar en todas las épocas posteriores
hasta el tiempo en que evolucionaron los animales, 1300 millones de años
después. Veremos esa aparición de los animales en el próximo capítulo, pero
reflexionemos ahora sobre nuestra posición respecto al modelo original del
océano de Canfield. Después del GOE, el océano profundo parece haber
permanecido mayormente anóxico, como predecía el modelo, y las condiciones
sulfurosas se extendieron, también como el modelo insinuaba. Sin embargo, esas
condiciones sulfurosas no eran particularmente amplias. Eran más bien las
condiciones ferruginosas las que parecían dominar en el océano anóxico.
Si las condiciones ferruginosas dominaron, ¿por qué son las formaciones
de hierro bandeado tan extremadamente raras durante este periodo de la historia
de la Tierra, como vimos gráficamente en la figura 9.2? Buena pregunta. Creo
que el modelo original del océano de Canfield sigue ofreciendo la respuesta.
Tal y como indicaba el modelo, la oxigenación incrementada condujo a más
erosión de la pirita y a un flujo mayor de sulfato hacia los océanos. Esto
condujo a más producción de sulfuro por reducción del sulfato, extendió las
condiciones sulfurosas y reforzó la retirada del Fe2+ de la solución. Incluso
así, en general el flujo de Fe2+ al océano era aparentemente mayor que las
tasas de producción de sulfuro por reducción del sulfato.[116] De
este modo, mientras que el sulfuro se podía acumular en aquellas regiones del
océano en que las tasas de reducción del sulfato eran altas, en otras regiones
el Fe2+ dominaba, generando aguas ferruginosas. Parece, sin embargo, que había
bastante sulfuro producido por reducción de sulfato para reaccionar con una
cuantiosa proporción del Fe2+ disuelto en los océanos. Esto significaba que,
mientras que las condiciones ferruginosas podían aún persistir en grandes
volúmenes del océano anóxico, las concentraciones de Fe2+ eran
significativamente menores que en los tiempos en que las formaciones de hierro
bandeado se generaban activamente; simplemente, con menores concentraciones de
Fe2+, no había el suficiente hierro disuelto en el océano para sustentar una activa
deposición de esas formaciones. Parece, por tanto, que el modelo del océano de
Canfield era correcto en general, aunque no en todos los particulares.
FIGURA 9.4 Desarrollo de la química oceánica a través de la transición desde
la formación de hierro de Gunflint (junto a la costa de Biwabik) hasta la
superpuesta formación Rove (la formación Virginia). En el gráfico, el tiempo
transcurre hacia arriba (los sedimentos más jóvenes están arriba), y nos
alejamos de la costa a alta mar de izquierda a derecha. Reproducido de Poulton
y colaboradores (2010).
Quizá de forma más crucial para la presente discusión, sin embargo, es
que unas aguas profundas anóxicas parecen haber sido el estado normal durante
la edad media de la Tierra. Esto implica que las concentraciones de oxígeno
atmosférico eran considerablemente más bajas que hoy. Pero ¿cuánto más bajas?
El modelado original del océano que me introdujo en este campo insinuaba que
vastas extensiones de profundas aguas oceánicas anóxicas podrían desarrollarse
si el oxígeno atmosférico cayera al 40% o 50% de los niveles presentes. Por
desgracia, el registro geológico no aporta una estimación más precisa. Yo creo,
sin embargo, que los niveles de oxígeno eran mucho más bajos que eso,
probablemente de menos del 10% del nivel presente. Esta aserción no se basa
tanto en las evidencias que hemos discutido hasta ahora como en lo que viene en
los siguientes dos capítulos.
Capítulo 10
El oxígeno proterozoico y el auge de los animales
La península de Avalon en el sureste de Terranova es un extraordinario
lugar. Tallada en hielo glacial, su terreno escabroso fue después esculpido por
el viento, la lluvia y el mar. En la península de Avalon nunca te sientes lejos
del mar. También es un lugar de tradición, de tradiciones viejas. Ya en 1534,
el célebre navegante francés Jacques Cartier afirmó que los bancos de peces
eran tan espesos en la costa de Terranova que «frenaban nuestros barcos en el
agua». No fue el primero, sin embargo, que se fijó en la abundancia de peces
allí, ya que los asentamientos de pescadores se habían establecido en la
península de Avalon a principios del siglo XVI. Siguió en 1610 una colonia en
la bahía de la Concepción (Cala Cupar) en el norte de la península, y en 1621
se formó otra colonia en Ferryland, al sur de la península (figura 10.1). La
última, que se halla ahora en plena excavación geológica, fue establecida
por sir George Calvet, después lord Baltimore, y se convirtió
en el primer asentamiento colonial en Terranova. En realidad, sir George
se mudó al asentamiento en 1627 y lo abandonó el verano siguiente, explicando
al rey Carlos I:
He aprendido por costosa experiencia, que otros hombres movidos por
privados intereses me habían encubierto, que desde mitad de octubre hasta
mediado mayo muestra el invierno su cara más triste a este país, con el mar y
la tierra congelados ambos las más de las veces hasta el punto de volverse
impenetrables, sin planta ni cosa vegetal alguna que asome de la tierra hasta
principios de mayo, ni un pez en el mar, por no hablar de ese aire de una
frialdad tan intolerable que apenas cabe soportarlo.[117]
Mucho después, de la mitad del siglo XVIII a la del XIX, los irlandeses,
tal vez más adaptados a las circunstancias difíciles, emigraron en masa a
Terranova, y sobre todo a la península de Avalon. En 1836, una revisión del
Gobierno reveló que la mitad de la población de Terranova era de ascendencia
irlandesa, con la mayoría de ellos viviendo alrededor de St John’s. Todavía hoy
se puede ver la influencia irlandesa, sobre todo en la parte sureste de la
península, la llamada Costa Irlandesa. Aquí gusta la música irlandesa, y los
residentes hablan con un acento irlandés de tal carácter que, en muchos casos,
aún puede trazarse hasta el condado irlandés original en que los ancestros
vivieron hace casi 200 años.
FIGURA 10.1. Mapa de la península de Avalon, en Terranova. Se destacan los
lugares discutidos en el texto. La línea gruesa gris marca la llamada «costa
irlandesa».
Es aquí, en el pueblecito de Trepassey del sur de la península, donde
Simon Poulton y yo hacemos entrar en calor a nuestros cuerpos helados con unas
tazas de café bien caliente y una deliciosa sopa de pollo preparada por Paula
Carew, una mujer bajita y burbujeante, y propietaria del First Venture, toda
una tradición de la gastronomía de Trepassey. Hoy hemos estado en el campo
demasiado tiempo, y hasta demasiado tarde. Paula se deja flotar hasta nuestra
mesa y nos pregunta con un intenso acento irlandés si querríamos tomar tras el
café algo más fuerte, una cerveza o tal vez un whisky. Asentimos
con la cabeza de manera enfática a ambas cosas. Formamos parte de un viaje de
campo organizado por Guy Narbonne, del Queens College de Ontario, y Jim
Gehling, del Museo del Sur de Australia en Adelaida. Guy y Jim son expertos
mundiales en un grupo fascinante de organismos marinos que aparecen en el
registro geológico hace unos 580 millones de años. Elkanah Billings, un
eminente paleontólogo canadiense, fue el primero en describir un miembro de
este grupo en 1871. De hecho, encontró un tipo de fósil llamado Aspidella
terranovica a simple vista en pizarras negras que afloraban en plena
calle Duckworth, en el centro de St John’s. Todavía hoy las puedes ver allí.
Billings también se dio cuenta de que esos fósiles pertenecían a estratos
sedimentarios depositados antes de la aparición de abundantes animales en el
periodo cámbrico, un tópico al que volveremos más adelante.
Figura 10.2 Varios fósiles de la fauna de Ediacara de Mistaken Point,
Terranova. A) Charniodiscus, B) rangeomorfo en forma de huso, C) otro tipo de
rangeomorfo en forma de huso. Fotos del autor.
Los fósiles de este periodo ganaron prominencia mucho después, sin
embargo, cuando Reg Sprigg se topó en 1946 con unas extrañas formas fósiles que
interpretó como primitivos animales parecidos a medusas, en las colinas de
Ediacara de las montañas Flinders, en el sur de Australia. Estos fósiles de las
postrimerías del precámbrico, y muchos otros de una edad similar, han pasado a
conocerse colectivamente como la fauna de Ediacara. Tomada en conjunto, esta
fauna representa un amplio rango de muy diferentes tipos de organismos, pero
que también muestran atributos comunes (figura 10.2). Con un intervalo de
tamaños que abarca de un centímetro a varios decímetros, vivían en el fondo
marino ya fuera tumbados o apoyados en algún tipo de tallo o pedúnculo, eran
esencialmente inmóviles, exhibían morfologías complejas pero semirregulares y,
con algunas excepciones, eluden una clasificación obvia en cualquier grupo de
animales, modernos o antiguos. Por tanto, la primera impresión de Sprigg de que
se trataba de medusas primitivas era probablemente errónea, lo que deja abierta
la cuestión de qué representa realmente la fauna de Ediacara.
No hace falta decir que el debate científico es muy activo en este
asunto. A pesar de sus formas singulares, hasta los años ochenta se pensaba que
la fauna de Ediacara representaba unos tipos de animales antiguos, primitivos.
El debate se encendió cuando el gran paleontólogo Dolf Seilacher, de Tubinga,
Alemania, reinterpretó los fósiles como algo totalmente diferente. Argumentó
que, en lugar de animales, eran variedades extintas de organismos vivos,
testigos fósiles de unos linajes fallidos que no dejaron sucesores. En opinión
de Dolf, no tenían nada que ver con los animales en absoluto. Dolf tiene muy
buen ojo para deducir cómo los animales extintos hace mucho excavaban, se
arrastraban y se alimentaban en los fangos del mundo antiguo, y lo que dijo
Dolf, por tanto, se tomó muy en serio. Sí, en serio, aunque no todos, quizá ni
siquiera una mayoría, están convencidos de su reinterpretación.
De hecho, una corriente de pensamiento reciente ha vuelto a interpretar
como animales la mayor parte de estos organismos, si bien no necesariamente
pertenecientes a grupos animales con representantes actuales. Por ejemplo,
tomemos uno bien raro: un miembro de la fauna de Ediacara llamado Charniodiscus,
que se encuentra en la península de Avalon entre las mismísimas rocas que Simon
y yo habíamos ido a explorar (figura 10.2). En vida medía 10 centímetros o más
de longitud, y estaba firmemente arraigado al fondo marino. Estaba constituido
por un rizoide (sujeción) y un tallo conectado a una fronda que ondeaba
suavemente en las corrientes oceánicas, posiblemente capturando pequeñas
partículas o materia orgánica disuelta en el agua. Vivían a bastante profundidad,
y por tanto fuera del alcance de cualquier rayo de sol. En resumen, estos
organismos eran grandes, exhibían una morfología compleja construida con muchos
tipos celulares diferentes, como los animales, y comían como los animales.
Según Andy Knoll, es difícil imaginar cómo un organismo semejante pudo haber
crecido sin una cubierta de células epiteliales,[118] otro
atributo de los animales. Por último, debido a las oscuras profundidades del
agua en que vivían, cualquier afiliación con las plantas o las algas queda
excluida. Así que ahí lo tienes: muchos atributos que parecen animales, pero no
muy parecido a ningún animal de los que conocemos. Y lo mismo ocurre con gran
parte de la fauna de Ediacara.[119]
Bien, ¿qué nos había traído a Simon y a mi a la península de Avalon?
Resulta que las rocas de la península de Avalon albergan a los representantes
más antiguos conocidos de la fauna de Ediacara. Se trata de los llamados
rangeomorfos (figura 10.2), que llegan a datar de 575 millones de años atrás y
aparecieron relativamente pronto tras el fin de la glaciación Gaskiers, que
ocurrió hace 580 millones de años.[120] ¿Fue
esto una coincidencia? ¿Podríamos identificar algún detonante geoquímico que
correlacione con —o incluso ayude a explicar— la repentina aparición de formas
similares a animales? Nuestro foco de atención estaba en el oxígeno. Ha habido
un prejuicio persistente, desencadenado por un artículo publicado en 1959 por
Ralph Nursall, de la Universidad de Alberta, que sostiene que la evolución de
los animales, o al menos de sus variedades grandes con una demanda de oxígeno
relativamente alta, fue espoleada por un incremento en el contenido de oxígeno
de la atmósfera. Se puede discutir largo y tendido sobre la relación entre la
evolución animal y el oxígeno, y mantendremos esa discusión más abajo, pero
Simon y yo razonamos que buscar signos de cambios en la química oceánica sería
un buen punto de partida. Esas rocas de la península de Avalon parecían un buen
sitio para empezar.
Resulta extraordinario que, a lo largo de la parte sur de la península
de Avalon, se puedan tomar muestras de rocas de manera más o menos continua
desde un tiempo anterior a la glaciación Glaskiers, a través de la Glaskiers y
hasta 20 millones de años después de su final. De manera importante, es posible
muestrear con una referencia constante a la emergencia de la fauna de Ediacara,
ya que los fósiles son abundantes y están bien preservados a lo largo de estas
rocas. Más aún, Guy y Jim son unos directores de viaje de ensueño. Han
trabajado en estos primitivos sedimentos durante años, y los conocen
probablemente mejor que nadie. Conocen los fósiles, dónde encontrarlos y en qué
lugar del fondo marino vivieron esos organismos. Mantuvieron muchas discusiones
animadas sobre la forma de comer de estos organismos, sus posibles afinidades
con los animales y la manera en que quedaron preservados. Llegamos al famoso
enclave Mistaken Point (punto equivocado) cuando el sol ya se ponía. Este es
sitio de fósiles mejor conocido de la península de Avalon. A Guy le gusta
llegar aquí al atardecer porque en muchos casos estos fósiles, y los del resto
de la península, sólo son débiles impresiones en la roca. Difíciles de ver a
mediodía, emergen en toda su gloria al proyectar pequeñas sombras bajo la tenue
luz del sol poniente.
Simon y yo recogimos cientos de muestras.[121] De
vuelta al laboratorio, hicimos el mismo tipo de análisis químicos, la
llamada especiación Fe, que describí en el último capítulo para la
transición entre la formación de hierro bandeado Gunflint y la superpuesta
formación Rove. Encontramos que, antes de y durante la glaciación Glaskiers,
las aguas profundas del océano en esta parte del mundo eran anóxicas y
ferruginosas.[122] De
hecho, esto se puede ver sin más que mirar a los depósitos glaciales de los
Gaskiers, que son de un rojo sangre debido al hierro (lámina 9). Trabajos
adicionales de Simon, yo mismo y muchos otros han mostrado que esas condiciones
ferruginosas del agua profunda eran comunes, y que llegaban a datar de 850
millones de años atrás, como mínimo.[123] En
verdad, esta agua ferruginosas pueden enlazar con la ocurrencia común de
condiciones anóxicas y a menudo ferruginosas, como las descritas en el último
capítulo, durante la parte media del eón proterozoico. Sin embargo, y de manera
crítica, Simon y yo, junto a Guy, encontramos que, justo después de la
glaciación Gaskiers, las aguas oceánicas profundas de la península de Avalon se
volvieron bien oxigenadas. Esta es, que yo sepa, la primera evidencia de
oxigenación del océano profundo durante la larga historia de la Tierra.[124] Y
puede no haber sido sólo un suceso local. En rocas del oeste de Canadá se han
hallado evidencias adicionales de la oxigenación de las aguas profundas en la
misma época, en trabajos de Yanan Shen, en colaboración con Andy Knoll y Paul
Hoffman de Harvard, y también de nuestro grupo.
Por tanto, la fauna de Ediacara de la península de Avalon surgió en un
océano que estaba oxigenándose. De hecho, otras líneas de evidencia parecen
apoyar esa conclusión. Por ejemplo, el grupo de Tim Lyon ha encontrado muy
recientemente que la concentración de molibdeno en las pizarras negras creció
drásticamente hace 630 millones de años, en las postrimerías del
neoproterozoico, lo que predata de alguna manera nuestras evidencias de
oxigenación de las profundidades del océano (figura 10.3). Este incremento en
la abundancia de molibdeno implica una elevada concentración de molibdeno en el
agua marina, que significa a su vez una retirada menos eficiente del molibdeno
del agua marina. La ruta más eficaz de retirada del molibdeno ocurre en
condiciones anóxicas, sobre todo durante la interacción con el sulfuro
disuelto. Poniendo junto lo anterior, un incremento de la abundancia de
molibdeno en las pizarras negras implica menos retirada anóxica del molibdeno
de los océanos. Lo que puede a su vez asociarse razonablemente con un
incremento de la oxigenación del océano. Lo mismo se concluye de los isótopos
del molibdeno (véase la nota 14 del capítulo 9), que muestran un gran salto en
la misma época, como detectó mi posdoc Tais Dahl y la entonces
estudiante de doctorado Emma Hammarlund (figura 10.3). Tais y Emma también
interpretan este salto como un efecto de la retirada alterada de molibdeno en
condiciones óxicas, y por tanto un aumento de la oxigenación del océano.
Distintos indicadores geoquímicos aportan unas respuestas algo
diferentes, pero un incremento en la oxigenación oceánica parece evidente en la
era neoproterozoica tardía, empezando quizá tan pronto como 630 millones de
años atrás, y expresándose en indicadores locales de oxigenación 580 millones
de años atrás. Todo esto es más o menos coetáneo con la emergencia de los
animales macroscópicos. Una posible forma de explicar la emergencia de los
animales grandes sería por un incremento de las concentraciones de oxígeno
atmosférico. Seguiremos entonces esta línea de razonamiento e intentaremos
bregar con tres asuntos relacionados: (1) Si el oxígeno subió, ¿hasta cuánto
subió? (2) ¿Qué causó el incremento? (3) ¿Cuál podría ser la relación entre el
oxígeno en ascenso y la evolución de los animales?
FIGURA 10.3 Concentraciones y composiciones isotópicas del molibdeno a lo
largo de los últimos 2000 millones de años. Los datos provienen de varias
fuentes a través de una compilación cedida cortésmente por Tais Dahl, con datos
adicionales de Sahoo y colaboradores (2012).
Tomemos la primera pregunta para empezar. Con independencia de cualquier
consideración sobre los animales y sus necesidades de oxígeno, ¿podemos decir
algo de los niveles de oxígeno atmosférico del neoproterozoico tardío? Por
desgracia, nuestro juego de herramientas no está aún lo bastante desarrollado
para aportar una respuesta específica, pero un razonamiento cuidadoso puede
ofrecernos unas estimaciones aproximadas. Empecemos con los isótopos del
molibdeno. Aunque es cierto que los isótopos del molibdeno apuntan a un
incremento en la retirada del molibdeno de los océanos en escenarios marinos
óxicos de la era neoproterozoica tardía, la composición isotópica del molibdeno
sigue siendo mucho más baja que la que encontramos hoy. Esto indica que, en la
época en que emergieron los animales, las condiciones marinas óxicas no eran
tan extensas como hoy. Esto implicaría a su vez unos niveles de oxígeno más
bajos, quizá incluso mucho más bajos, de los que tenemos en el presente.
Tampoco demasiado bajos, sin embargo. Ya intentamos estimar los niveles
de oxígeno atmosférico cuando describimos por primera vez las evidencias de una
oxigenación de las aguas profundas en las rocas de la península de Avalon, como
vimos más arriba. El argumento era como sigue. En los océanos modernos hay
típicamente una zona de mínima concentración de oxígeno que se desarrolla a
profundidades desde unos cientos de metros hasta 1500 metros. Este es más o
menos el intervalo de profundidades en que vivían los organismos representados
por los fósiles de Avalon. El mínimo de oxígeno resulta de la convergencia de
dos factores. El primero es el descenso de los organismos de la superficie del
océano, que consumen oxígeno al descomponerse. El segundo es el hundimiento del
agua superficial fría y rica en oxígeno desde las regiones polares hasta las
profundidades del océano. Esta agua forma el agua profunda de los océanos. Muy
poca materia orgánica sobrevive el largo tránsito desde la superficie del
océano hasta esas profundidades, así que poca descomposición de la materia
orgánica tiene lugar, y ello permite al oxígeno persistir. En consecuencia, y
al menos en el océano moderno, tenemos altos niveles de oxígeno en la
superficie del océano, también altos a grandes profundidades, y más bajos entre
medias, lo que genera la zona de mínimo oxígeno. La magnitud de este mínimo de
oxígeno varía de un lugar a otro pero, en el mundo moderno, la reducción de la
concentración de oxígeno alcanza un mínimo de alrededor de 40 micromoles de
oxígeno por litro. En los océanos actuales, las aguas profundas empiezan con
una concentración de oxígeno de unos 325 micromoles por litro,[125] y
un mínimo de 40 micromoles por litro en concentración representa el 12% de este
valor moderno del agua profunda. Asumimos entonces que el descenso de oxígeno
en el lugar donde vivieron los organismos representados por los fósiles de
Avalon estaba a un mínimo de unos 40 micromoles por litro (tal vez más). Por
último, para dar a los organismos algo de lo que vivir, argumentamos que debía
quedar algo de oxígeno después de que esos 40 micromoles por litro se hubieran
utilizado. Al final, estimamos que los organismos vivían en un mundo en el que
los niveles de oxígeno atmosférico eran del 15% o más de los niveles presentes.[126] Si
hubiera sido menos, la falta de oxígeno habría sofocado a los organismos a la
profundidad a la que vivían, aunque unos niveles de oxígeno más altos habrían
seguido permitiendo la vida. Así que, si estábamos en lo cierto, el oxígeno era
algo así como el 15% o más de los valores modernos durante la era
neoproterozoica tardía, pero aun así tenía unos niveles considerablemente
menores que los de hoy. Esto es lo mejor que puedo ofrecer con las evidencias
disponibles en el presente, pero en el próximo capítulo podremos contrastar
esta estimación con otras interpretaciones.
Si hubo un incremento en los niveles de oxígeno atmosférico durante el
neoproterozoico tardío, tendrá que haber habido una causa. Hace unos años la
respuesta parecía clara. En un importante descubrimiento geoquímico, Andy Knoll
aportó en 1986 los primeros resultados detallados de isótopos de carbono de las
rocas neoproterozoicas. Estas rocas mostraban una preponderancia de valores
enriquecidos en 13C, y si el lector recuerda el capítulo 7, esto significa unas
altas tasas de enterramiento de carbono. También significa altas tasas de
liberación de oxígeno a la atmósfera. El supercontinente Rodinia estaba
rompiéndose en unidades continentales más pequeñas durante el neoproterozoico
tardío, y Andy razonó que, con el incremento consiguiente del área de costa,[127] habría
más deposición de sedimentos, produciendo unas tasas elevadas de enterramiento
de carbono orgánico. Refinando este argumento, Lou Derry —ahora en Cornell,
pero entonces un posdoc de Harvard— introdujo otros sistemas
de isótopos que ayudaron a precisar el máximo de enterramiento de carbono
orgánico en unos 580 millones de años atrás.[128] Esto
resultó perfecto. Problema resuelto.
Como ocurre a menudo en ciencia, sin embargo, una idea interesante se
somete a pruebas y a la acumulación de más datos y, en este caso, un montón más
de datos. Mientras que Lou disponía de un centenar de mediciones de isótopos
del carbono para construir su modelo, ahora hay miles (figura 10.4). Estos
nuevos datos han preservado muchos de los rasgos generales de los isótopos del
carbono que modeló Lou, pero la datación ha cambiado, y han emergido nuevos
rasgos que confunden el cuadro de manera notable. Uno de ellos es una gran
anomalía que conduce a unos valores muy mermados en 13C, conocida como la
anomalía isotópica del carbono de Shuram-Wonoka (figura 10.4). La datación de
esta anomalía y su duración son inciertas, pero la mayoría coincide en que
ocurrió algún tiempo después de la glaciación Glaskiers, que acabó hace 580
millones de años, y antes de 551 millones de años atrás. Actualmente ha sido
identificada en muchos lugares alrededor del mundo, y parece ser un rasgo
robusto del ciclo del carbono del proterozoico tardío.[129]
El problema con esta anomalía es que resulta casi imposible entender
cómo se originó, en nuestros esquemas normales sobre el funcionamiento del
ciclo del carbono. La cuestión es de dónde sacar todo ese carbonato mermado en
13C que acaba en la caliza. Hay una variedad de posibles soluciones a este
problema, incluyendo una ingeniosa proposición de Dan Rothman, del MIT. Imaginó
que, en esa fase de la historia, el océano era algo así como una sopa orgánica,
que contenía enormes concentraciones de materia orgánica disuelta. Los
compuestos orgánicos disueltos deberían tener la misma señal isotópica mermada
en 13C que las algas, como vimos en capítulos anteriores. Dan argumentó que la
oxidación ocasional de esta sopa orgánica produjo una gran cantidad de CO2 mermado
en 13C. De hecho, Dan argumentó que se pudo haber producido el bastante CO2 mermado
en 13C para producir la anomalía de Shuram-Wonoka. Es una idea brillante, pero
nunca llegué a comprender cómo arrancó ese episodio de oxidación. Por esta y
otras razones, Christian Bjerrum y yo propusimos otra solución que implicaba la
oxidación de un vasto reservorio de metano (que contenía incluso más carbono
mermado en 13C que los compuestos orgánicos disueltos), sobre el que puedes
aprender más siguiendo la nota 14.[130] En
cualquier caso, entender la anomalía de Shuram-Wonoka requiere un poco de
pensamiento lateral, pero todas estas soluciones tienen un precio, al menos en
términos de oxígeno. Así que, ya estemos hablando de compuestos orgánicos
disueltos o de metano para formar la anomalía de 13C de Shuram-Wonoka, se
requiere una gran cantidad de oxígeno para ejecutar la oxidación,[131] resultando
en un enorme sumidero de oxígeno.
Veamos en qué punto estamos. Las evidencias geoquímicas indican una
oxigenación incrementada de los océanos hace unos 580 millones de años, tal vez
algo antes, y en concierto aproximado con la expansión de la fauna de Ediacara.
Tal vez, como insinuaron Andy Knoll y Lou Derry, fue disparada por unas tasas
altas de enterramiento de materia orgánica asociadas con la fragmentación del
supercontinente Rodinia. Poco después de esto, sin embargo, la anomalía de
Shuram-Wonoka indica un gran sumidero de oxígeno y la posibilidad de una
significativa declinación del oxígeno en la atmósfera y los océanos. No sabemos
cuánto puede haber bajado el oxígeno por esta anomalía, pero parece que no se
redujo hasta el punto de afectar la respiración de los animales primitivos.
Figura 10.4 Registro neoproterozoico de la distribución de isótopos del
carbono inorgánico. Se indica la anomalía de Shuram-Wonaka, así como los
principales episodios de glaciación. La relación entre la anomalía de
Shuram-Wonaka y la glaciación (que podría muy bien haber ocurrido después) y la
duración de la anomalía son muy inciertas. Datos compilados y cedidos
cortésmente por Galen Halverson, de la Universidad McGill, y Matt Saltzman, de
la Universidad Estatal de Ohio.
¿Qué ocurrió a continuación? ¿Se elevó el nivel de oxígeno de nuevo
hasta niveles pre-Shuram-Wonoka? Parte de las evidencias geoquímicas esbozadas
más arriba podrían indicarlo, pero el registro de isótopos de carbono no revela
gran cosa. De hecho, el modelo de Lou sólo mostraba un incremento transitorio
de la liberación de oxígeno hace unos 580 millones de años. Después de eso, el
enterramiento de carbono orgánico y la liberación de oxígeno revirtieron a los
niveles de fondo. Además, y para acabar de confundir las cosas, el registro de
isótopos de carbono revela otra gran reducción de 13C (figura 10.4) justo en la
frontera entre el precámbrico y el cámbrico, coincidiendo con la gran expansión
de la vida animal. Tomándolo literalmente, la vida animal se incrementó en
magnitud y diversidad cuando la liberación de oxígeno a la atmósfera se
desvanecía. Hay muchas cosas aquí que no entendemos.
Bien, ¿y qué hay de los animales? Como se mencionó antes en este
capítulo, ha habido el prejuicio, que se remonta a Nursall, de que la evolución
de los animales, o al menos de los animales macroscópicos mótiles, fue activada
por un incremento en las concentraciones de oxígeno atmosférico. En 1982, de
hecho, Bruce Runnegar, de UCLA, intentó poner algunos números en eso. Tomó como
ejemplo el fósil de Ediacara Dickensonia, al que veía por entonces
como un tipo de gusano anélido. La mayoría estaría ahora probablemente en
desacuerdo con esa idea, pero, para el propósito del cálculo, realmente no
importa gran cosa lo que fuera Dickensonia. Lo importante es la
suposición razonable que hizo Bruce de que Dickensonia obtenía
su oxígeno por difusión pasiva a través de su superficie exterior. Con esa
suposición, Bruce concluyó que se requerirían unos niveles de oxígeno de al
menos el 10% de los actuales para mantener la respiración de Dickensonia.
Ignorando las posibles acrobacias del oxígeno asociadas con la anomalía de
Shuram-Wonoka, la demanda de oxígeno para Dickensonia parece
encajar con nuestros argumentos geoquímicos que indican que, hace unos 580
millones de años, el oxígeno aumentó hasta al menos el 15% del nivel presente.
Suena bastante bien. En este escenario, la evolución de los animales grandes y
posiblemente motiles como Dickensonia se hizo posible por un
aumento del oxígeno hasta unos niveles propicios para su subsistencia. En
palabras de Andy Knoll, los animales motiles evolucionaron en un «entorno
permisivo».
Este tipo de lógica hace encogerse a algunos paleontólogos, y en
concreto a Nick Butterfield, de la Universidad de Cambridge. Casi le puedo ver
estremecerse cada vez que lee sobre una posible relación entre la concentración
de oxígeno y la evolución animal, sobre todo si el argumento viene de un
geoquímico. El punto de vista de Nick es que el oxígeno debería dejarse fuera
de la ecuación. Argumenta que los propios animales han construido las
condiciones de cambio ambiental, y que cualquier desarrollo evolutivo que
podamos atribuir a un «entorno permisivo» fue hecho por los propios animales.
Nick escribió en un artículo de 2011:
Facilitando y forzando la diversificación de, por ejemplo, el
fitoplancton eucariótico, un cuerpo grande, la bioturbación y la
biomineralización, los animales primitivos reinventaron el intercambio químico
entre la biosfera y el planeta. Bajo esta luz, las perturbaciones
biogeoquímicas del intervalo Ediacara-Cámbrico se ven más probablemente como
consecuencias de arriba debajo de la evolución animal que como su causa de
abajo a arriba.
Quizá le sorprenda a Nick leer que a mí me gusta mucho esa idea. No cabe
la menor duda de que los propios animales (incluyendo el obvio impacto reciente
de los humanos) han influido de una forma fundamental en el reciclado
biogeoquímico de los elementos y la química de los océanos. Bajo este ángulo,
la oxigenación que vemos hace 580 millones de años, o quizás un poco antes,
puede reinterpretarse mejor como una redistribución del oxígeno en los océanos
debido a la actividad animal, y no como un incremento en los niveles del
oxígeno atmosférico. Esta idea, en realidad, se remonta a Graham Logan, John
Hayes, Glenn Hieshima y Roger Summons; argumentaron en 1995 que la evolución de
un minúsculo plancton animal, el llamado zooplancton, cambió completamente el
ciclo del carbono y la distribución de oxígeno en los océanos. La idea es que
el zooplancton produce bolitas fecales que se hunden deprisa. Estas se
descompondrían menos en las capas altas del océano mientras se hunden hacia el
fondo del mar, en comparación con la biomasa microbiana, más pequeña y de
hundimiento más lento, que previamente había dominado los océanos.
Puedes pensar en esto de la forma siguiente. Imagina que tienes un cubo
con un agujerito en el fondo que deja salir el agua. Si te asomas a un balcón
alto y vas bajando el cubo lentamente, perderás mucha agua mientras se aproxima
al suelo, y si lo bajas lo bastante lento puedes perder toda el agua mientras
el cubo está todavía en el aire. Pero bájalo más deprisa y se perderá mucha
menos agua del cubo mientras viaja hacia el suelo. Bien, la pérdida de agua de
nuestro cubo es análoga al oxígeno utilizado durante la descomposición de la
materia orgánica mientras se va posando desde las capas altas del océano hacia
las profundidades. Si la materia orgánica se posa deprisa, se usa menos oxígeno
durante su descomposición en las porciones más superficiales del océano (por
analogía, menos agua se pierde del cubo) en comparación con la situación en que
la materia orgánica se posa despacio. En este segundo caso, mucho más oxígeno
se usará en las zonas más superficiales del océano mientras la materia orgánica
se posa gradualmente y se descompone.
Cabe por lo tanto imaginar que, con un incremento en la velocidad de
hundimiento de la materia orgánica, se usará menos oxígeno en su descomposición
en las capas altas del océano (lo que significa en los cientos de metros
superiores). Esto resultaría en un incremento de la oxigenación de esas aguas
en comparación con la situación en que la materia orgánica se posa despacio. En
verdad, un incremento en la oxigenación de los océanos es lo que nos dicen
nuestras aproximaciones químicas, pero, si seguimos la lógica que acabamos de
esbozar, ese incremento podría muy bien ocurrir sin ningún cambio en los
niveles de oxígeno atmosférico. De ser así, ello podría ayudar a explicar
nuestras dificultades para reconocer las fuerzas conductoras de un incremento
del oxígeno atmosférico en el neoproterozoico tardío. Puede ser, de hecho, que
no hubiera ningún incremento.
Graham Logan y sus colegas ofrecieron también algunos apoyos para su
idea de que la evolución animal pudo haber cambiado la dinámica del carbono en
los océanos. Examinaron una serie de biomarcadores orgánicos y hallaron muy
pocas evidencias de preservación de materia orgánica producida por algas en los
organismos fotosintéticos de la parte superior de la columna de agua en
sedimentos más antiguos de 590 millones de años. Sin embargo, en sedimentos de
530 millones de años o más recientes, sí encontraron esos restos de
biomarcadores. Hay un agujero grande e importante en los datos entre 590 y 530
millones de años atrás, pero Logan y sus colegas arguyeron pese a ello que,
antes de 590 millones de años atrás, los organismos fotosintéticos se
descomponían en su mayor parte durante su lento descenso hacia el fondo marino.
Hace 530 millones de años, en contraste, el zooplancton y otros animales
pelágicos surgieron en el ecosistema marino y generaron bolitas fecales que se
hundían con rapidez; estas transportaban los restos del fitoplancton
superficial al fondo del mar, donde fueron descubiertos por los geoquímicos 500
millones de años después.
Esta es una hipótesis atractiva, pero sigue necesitando pruebas. La
historia de la evolución del zooplancton oscila entre lo pobre y lo
inexistente. Unos organismos tan pequeños dejan un registro fósil de cuarta
fila. Nick Butterfield arguye, sin embargo, que aunque su registro fósil sea
malo sigue siendo posible buscar pruebas de su presencia centrándose en lo que
podrían haber comido. En este caso, hay un registro abundante de potenciales
alimentos, los llamados acritarcos, que supuestamente representan las cubiertas
preservadas de algas primitivas o sus equivalentes en estado quiescente. Estos
experimentaron un incremento drástico de ornamentación hace unos 630 millones
de años que, en opinión de Nick, representa una defensa contra la prelación por
el zooplancton recién evolucionado. Este calendario no encajaría muy bien con
los resultados de Logan. Recordemos que él y sus colegas argumentaban que la
influencia de los animales en el ciclo del carbono vino más tarde, hace unos
590 millones de años o después.
Claramente, nuestro entendimiento de la relación entre el oxígeno y los
animales es neblinoso. Hay que esclarecer muchos detalles. Entre otras cosas,
tenemos que explorar en detalle cómo un ciclo del carbono cambiante, conducido
por la evolución animal, afectaría a la oxigenación del océano y a su registro,
que pueden revelarse con muchos indicadores indirectos diferentes. Esto va a
requerir el diseño de modelos oceánicos, con toda probabilidad. Parece una
posibilidad real, sin embargo, que la historia de la oxigenación del océano y
su relación con la evolución animal tenga al menos tanto que ver con lo que
estaba pasando en los océanos como con lo que estaba pasando en la atmósfera.
Y, de ser esto cierto, sería igualmente posible que los animales motiles evolucionaran
en un entorno que ya había sido «permisivo» durante algún tiempo antes de su
aparición.[132] Será
muy interesante ver cómo se desarrolla esta historia.
Capítulo 11
Oxígeno fanerozoico
Solicité plaza en un total de cinco escuelas de postgrado, y cuatro de
ellas estaban en el noreste de Estados Unidos: la Universidad de Columbia, la
Universidad de Yale, el Instituto Oceanográfico de Woods Hole y la Universidad
de Rhode Island. Me imaginé que podría visitarlas todas si me tomaba unos diez
días para ello. Así que empaqueté mi furgoneta Volkswagen con un saco de dormir
y unas cuantas cosas para comer y beber y emprendí el viaje desde mi
apartamento en Oxford, Ohio. En Columbia, o más exactamente en el Observatorio
Geológico Lamont-Doherty (ahora llamado Observatorio Terrestre Lamont-Doherty),
estaba citado para entrevistarme con el eminente oceanógrafo Wally Broecker.
Algo que no puedo recordar obligó a Wally a salir de la ciudad justo el día que
yo llegué, pero pasé un día maravilloso con su buena colega Tara Takahashi y
todo un plantel de impresionantes estudiantes y científicos de plantilla. Mi
siguiente parada era Yale, donde tenía previsto verme con Bob Berner. Tras
llegar a los Laboratorios de Geología Kline, una monstruosidad de hormigón, sin
ventanas ni alma,[133] diseñada
por un arquitecto de fama mundial (el fallecido Philip Johnson), me condujo al
despacho de Bob Berner. Allí, un hombre alto con un polo de cuello alto azul y
una amplia sonrisa saltó de su escritorio y me saludó con un apretón de manos.
Bob me dedicó mucho tiempo. Me enseñó los laboratorios, me llevó a comer y me
explicó en detalle todos los proyectos en marcha del laboratorio. Me presentó a
Rob Raiswell, una experiencia de las que te cambian la vida (véase la nota 7
del capítulo 9). También me explicó que me había perdido por muy poco a Bob
Garrels, que visitaba Yale tres meses al año. Bob Garrels (a quien conocimos en
el capítulo 5) era uno de mis héroes científicos incluso en esa época, antes de
que yo me sumergiera en la geoquímica. El día acabó con una charla con los
estudiantes de postgrado Bernie Boudreau y Mike Velbel, que me aseguraron que
New Haven era un sitio espantoso para vivir y que, teniendo elección, sería una
locura venir a Yale.
Antes de buscar una escuela de postgrado, pasé dos años trabajando con
Bill Green, de la Universidad de Miami en Ohio, sobre la química del lago
Vanda, un lago sulfuroso permanentemente estratificado en el valle McMurdo de
la Antártida. Mi trabajo incluía tres meses en los hielos antárticos, y el
resto del tiempo en el laboratorio; por lo demás vivía sin preocupaciones, sin
ataduras y pasándomelo como en mi vida. Por mi trabajo en el lago Vanda, me di
cuenta de que quería investigar el papel de los procesos microbianos para dar
forma a la química del entorno. Bob era un experto muy conocido en esta área, y
los proyectos que describió me interesaron muchísimo. También me explicó, muy
animado, unos nuevos modelos que estaba haciendo con Bob Garrels. Explicó algo
sobre una justificación cuantitativa de la historia de las concentraciones del
CO2 atmosférico a través del tiempo, controladas en gran medida
por procesos geológicos. No lo entendí muy bien entonces, pero el entusiasmo de
Bob lo hacía parecer importante. Mal podía yo saber entonces que los dos Bobs
(Berner y Garrels) estaban inaugurando una forma enteramente nueva de entender
cómo los diversos componentes del sistema terrestre interactúan para regular la
química de la atmósfera y los océanos. Esto era pensar a lo grande en su máxima
expresión.
Unos meses después de mi viaje, las cartas empezaron a llegar: rechazo
de la Universidad de Washington; aceptación de la Universidad de Rhode Island;
rechazo de Woods Hole; y por último, aceptaciones de Yale y Columbia. Esto
planteaba un dilema. Estaba profundamente impresionado por Bob y su estrategia
de investigación, pero Wally Broecker era (y es) uno de los investigadores del
clima más creativos e influyentes en activo, y el Observatorio Terrestre
Lamont-Doherty es una de las mejores instituciones oceanográficas del mundo. La
decisión era difícil, pero mi corazón decía Yale, así que allí me fui.
Mi tesis evolucionó hacia un estudio de los sedimentos marinos modernos,
y en concreto del papel de los procesos microbianos, dirigidos tanto por el
hierro como por el azufre, en el control de la química de los sedimentos y la
preservación del carbono orgánico en los sedimentos. Se trataba de un estudio,
de campo y de laboratorio, que implicaba la recolección, loncheado, troceado y
análisis de diversos fangos marinos. Bob, por otra parte, que llevaba mucho
tiempo sin trabajar en el laboratorio, se ocupaba a una escala mucho más
ambiciosa intentando conceptualizar cómo funcionaba el sistema Tierra. No mucha
gente puede hacer esto.[134] Requiere
la habilidad especial de extraer las verdades simples de unos comportamientos
complejos, y de figurarse cómo esas verdades se interconectan de forma
cuantitativa. También se precisa una increíble base de conocimiento. Para
modelar las concentraciones atmosféricas de CO2, hay que percibir
que debe considerarse una combinación de múltiples procesos. Estos incluyen la
erosión en tierra firme, que es influida por diversos parámetros como la
temperatura, el nivel del mar (que controla el área continental), el ciclo
hidrológico, la elevación continental y el tipo de vegetación terrestre.[135] Los
niveles atmosféricos de CO2 también vienen controlados por la
tasa de entrada de CO2 desde los volcanes, que está controlada
a su vez por la tasa de pérdida de calor del manto, los tipos de sedimento que
están reentrando al manto por subducción y la propia tasa de subducción. Y
estas son sólo algunas de las consideraciones. Pero Bob (junto a Bob Garrels, y
también Tony Lasaga) resolvió, primero, qué procesos del sistema terrestre
deben ser considerados como controles del CO2 atmosférico y,
segundo, cómo modelarlos.
Tuve la suerte de sentarme en la banda lateral durante todo este
increíble ejercicio intelectual. Recuerdo haber pensado en lo atrevido —aunque
apasionante— que resultaba poner números concretos a la historia de la
evolución atmosférica; esta es una historia perdida hace mucho para la medición
directa (¡qué útil resultaría esa máquina del tiempo!), pero que ahora se puede
imprimir en un gráfico y tener en la mano. Me habría gustado ser parte de ello,
pero carecía de los conocimientos y habilidades necesarias. Bob, además,
insistía en que esos no eran proyectos para estudiantes. Eran de largo
demasiado difíciles y demasiado arriesgados para eso.
Hacia el final de mi tesis, sin embargo, sí que tuve la oportunidad de
implicarme un poco. En este punto, Bob estaba intentando modelar la historia
del oxígeno atmosférico. El modelado del oxígeno partía del marco intelectual
establecido durante el modelado del CO2 atmosférico, pero con
sustanciales contribuciones de otros lugares también. Durante ese proceso hubo
una fermentación de ideas sobre la forma en que los ciclos del carbono, el
azufre y otros elementos podrían conectarse y entenderse cuantitativamente. De
hecho, en muchos de los congresos geológicos internacionales, los principales
jugadores de este campo mantenían «carreras de ciclos» en las cafeterías de los
hoteles, donde intercambiaban ideas alimentados por cantidades generosas
de pizza y cerveza. Bob Garrels era la figura paterna de esta
gente, y el modelado del oxígeno de Bob Berner se benefició de muchas
contribuciones de Garrels, así como de Abe Lerman, de la Universidad
Northwestern, Fred Mackenzie, de la Universidad de Hawai, y Lee Kump, uno de
últimos estudiantes de doctorado de Bob Garrels y ahora en la Universidad Penn
State.
De hecho, antes de que Bob Berner empezara a modelar el oxígeno
atmosférico, Lee Kump y Bob Garrels publicaron un intento previo de modelo, que
produjo una historia de las concentraciones de oxígeno atmosférico durante los
últimos 100 millones de años de historia de la Tierra. Esto es un trabajo
maravilloso en el que las tasas de liberación de oxígeno a la atmósfera se
cuantificaron a partir del registro de carbono y azufre (como exploramos en los
capítulos 8 y 9), y donde se derivaron unas ecuaciones para cuantificar las
tasas de retirada de oxígeno durante la erosión de las rocas que contienen
carbono o azufre. La concentración de oxígeno en la atmósfera resultaba del
equilibrio cinético entre las tasas de producción y consumo de oxígeno. En
general, Kump y Garrels hallaron que las concentraciones de oxígeno eran
elevadas cuando el registro de isótopos indicaba unas altas tasas de liberación
de oxígeno a la atmósfera, y más bajas cuando el registro de isótopos indicaba
unas tasas bajas de liberación. Esto quizá no sea muy sorprendente, pero el
desafío, bellamente aceptado por Kump y Garrels, era averiguar cómo todos esos
procesos se vinculaban cuantitativamente, y cómo las concentraciones de oxígeno
podían extraerse de los datos isotópicos.
De hecho, la primera entrada de Bob en el modelado de oxígeno se apoyó
con firmeza en este trabajo, pero añadió un importante componente adicional,
que es la idea de reciclado rápido. Esta idea se discutió en el capítulo 5, y
su punto básico es que los sedimentos depositados más recientemente serán
también los más propensos a la erosión mediante procesos como cambios en el
nivel del mar o la elevación de la tierra. Así, a través del reciclado rápido,
unas altas tasas de producción de oxígeno por enterramiento de sedimentos ricos
en materia orgánica conducirán deprisa a unas altas tasas de consumo de oxígeno
por exposición de esos sedimentos orgánicos a la erosión. Desde la perspectiva
del modelado, y como vimos en el capítulo 5, el reciclado rápido (junto con
varias retroalimentaciones negativas) ayuda a amortiguar las variaciones de
oxígeno. Esto es importante porque los flujos de oxígeno a través de la
atmósfera durante el enterramiento del carbono orgánico y la pirita, y por
erosión, son enormes en comparación con la cantidad relativamente baja de
oxígeno en la atmósfera. Así, todo el oxígeno en la atmósfera actual se recicla
a través de procesos geológicos de liberación de oxígeno (enterramiento de
carbono orgánico y pirita) y de consumo de oxígeno (erosión) en el plazo de dos
o tres millones de años. Esto te puede parecer mucho, pero no lo es a escalas
de tiempo geológico, y pequeños desequilibrios entre las tasas de liberación y
consumo de oxígeno se traducen enseguida en cambios rápidos de la concentración
de oxígeno atmosférico.
Además del reciclado rápido, Bob Berner tuvo otra gran idea. Razonó
puede haber formas más directas que los registros de isótopos para obtener una
historia del enterramiento de carbono y el azufre. Para ver cómo funciona esto,
empecemos por Aleksandr Borisovich Ronov, un famoso geólogo ruso.[136] Pasó
gran parte de su carrera compilando cuidadosamente mapas geológicos de un grupo
de rocas conocido como la plataforma rusa, y de otras rocas por todo el mundo.
Ronov utilizó estos mapas para evaluar el volumen de los diferentes tipos de
rocas preservadas a través del tiempo geológico. De este modo, Ronov determinó,
entre otras cosas, el volumen de sedimentos preservados de entornos marinos, de
entornos continentales y de depósitos de carbón. Este conjunto de datos (y gran
parte de los otros datos que compiló Renov) son una verdadera mina de oro de
información, y en la figura 11.1 se recoge un gráfico que muestra la
distribución de diferentes tipos de rocas a través del eón fanerozoico.
Bob Berner percibió que cada uno de esos diferentes tipos de sedimentos
portaba, como promedio, diferentes cantidades de carbono orgánico y azufre
pirítico. Por ejemplo, los depósitos de carbón son ricos en carbono orgánico y
por lo general pobres en azufre,[137] mientras
que otros sedimentos depositados en los continentes (a menudo compuestos de
arenas y gravilla) son pobres tanto en carbono orgánico como en azufre
pirítico. Los sedimentos marinos tienen unos niveles intermedios de carbono
orgánico y unos contenidos elevados de azufre pirítico en comparación con los
depósitos terrestres. Todo esto significa que, si conocemos los contenidos
medios de azufre y carbono orgánico de estas rocas, así como sus tasas de
deposición a través del tiempo, entonces las tasas de liberación de oxígeno a
la atmósfera pueden determinarse directamente. Bob asumió que la distribución
relativa de los tipos de rocas preservados a través del tiempo, tal y como la
revelaron las compilaciones de Ronov, reflejaba su distribución relativa en la
época en que se depositaron. Bob también usó diversos escenarios para calcular
las tasas de deposición de sedimentos. Estos escenarios variaban desde tasas
constantes de deposición total de sedimentos a través del tiempo hasta tasas
variables,[138] pero
al final la variabilidad en las tasas totales de deposición de sedimentos
reveló una escasa influencia en el resultado del modelo.[139]
Así, con estimaciones de los contenidos de carbono y azufre en los
diferentes tipos de sedimento, y con una tasa constante de deposición de
sedimentos, Bob calculó las tasas de enterramiento de carbono orgánico y azufre
pirítico a través del tiempo. Necesitamos un pequeño detalle adicional. Tras
unas cuantas operaciones iniciales del modelo, parecía que algo de
retroalimentación en el ciclo del azufre sería importante. Ese fue mi trabajo,
y mi modesta contribución al estudio. Hallé que una dependencia del oxígeno en
el enterramiento del azufre en los sedimentos marinos sería razonable.
Exploramos esta teoría en el capítulo 5, y la idea básica es que, a medida que
baja la concentración de oxígeno atmosférico, debería darse una extensión de
las condiciones anóxicas y sulfurosas en los océanos. Esto conduce a un
incremento en la tasa de enterramiento de pirita y, por lo tanto, en la tasa de
liberación de oxígeno a la atmósfera. El efecto es una retroalimentación
negativa: unas tasas reforzadas de enterramiento de azufre en condiciones de
bajo oxígeno evita que el oxígeno baje demasiado.
FIGURA 11.1 Distribución de los tipos de sedimentos a lo largo del eón
fanerozoico. Datos de A. B. Ronov resumidos en Berner y Canfield (1989).
Para hacerse una idea de los resultados del modelo, en la figura 11.2 se
muestran las tasas de enterramiento de carbono orgánico calculadas a partir de
las tendencias de abundancia de sedimentos. Y se comparan con las tasas de
enterramiento de carbono orgánico calculadas a partir del modelado de los
isótopos de carbono, como hizo Bob en su primer estudio. Al menos para mí, hay
una similitud extraordinaria entre los resultados de esos dos cálculos. Esto te
hace pensar que, al menos durante el eón fanerozoico, tanto el registro
geológico de tipos de sedimento preservados como el registro de isótopos de
carbono nos están diciendo algo similar y fundamental sobre el ciclo del
carbono.[140] Esto
quizá nos pone en una buena posición para decir algo importante sobre la
evolución de las concentraciones de oxígeno a lo largo del eón fanerozoico.
FIGURA 11.2 Tasas de enterramiento del carbono orgánico calculadas tanto por
los datos de abundancia de rocas como por los de isótopos. Ma = Mega-años, o
millones de años. Redibujado a partir de Berner y Canfield (1989), utilizando
la escala de tiempo conocida en el momento de su publicación; la mayoría de las
fronteras entre periodos han cambiado un poco desde entonces (véase el
prefacio).
Esto también nos lleva a los resultados del modelo, que se muestran en
la figura 11.3. El área gris en el gráfico indica la mejor estimación de Bob
para el intervalo de concentraciones de oxígeno, según revelan varios análisis
de sensibilidad, mientras que la línea representa el mejor resultado del
modelo, desde el punto de vista de Bob. El modelo muestra claramente
variaciones en el contenido de oxígeno atmosférico. Los análisis de
sensibilidad revelaron que el reciclado rápido era importante para amortiguar
las fluctuaciones del contenido de oxígeno de la atmósfera, y también que el
contenido de materia orgánica (en particular) y el contenido de azufre pirítico
(de menor relevancia) de los diversos tipos de sedimento importaban mucho. Por
el contrario, el área continental disponible para la erosión era poco
importante, como también lo era la tasa total de sedimentación, como apunté más
arriba.
FIGURA 11.3 Concentraciones de oxígeno a lo largo del eón fanerozoico
calculadas a partir de los datos de abundancia de rocas. Redibujado a partir de
Berner y Canfield (1989), utilizando la escala de tiempo conocida en el momento
de su publicación.
Lo más importante de todo, sin embargo, era el tipo de sedimento
depositado. El rasgo más obvio del gráfico es la gran anomalía positiva de
oxígeno que se ve en los periodos carbonífero y pérmico. Este incremento de
oxígeno se disparó por la deposición masiva de carbono orgánico en depósitos de
carbón. Esto, por supuesto, ocurrió por una razón o, más probablemente, por un
par de razones. La primera es que las plantas terrestres, que se originaron
probablemente en el periodo ordovícico temprano, se diversificaron durante el
periodo silúrico (véase el prefacio para la escala de tiempo) y, hacia el
periodo carbonífero temprano, habían crecido de tamaño y se habían expandido
mucho por los continentes. Para alcanzar buena altura, las plantas
desarrollaron una serie de moléculas orgánicas duras, como la lignina y la
celulosa, que tienden a resistir la descomposición por microbios, sobre todo
cuando se acumulan en entornos libres de oxígeno como los sedimentos. Por
tanto, la evolución de las plantas tuvo un papel. Y los detalles de la
paleogeografía probablemente fueron también importantes. Durante los periodos
carbonífero y pérmico, vastas extensiones de ciénagas y tierras pantanosas
recolectaron y enterraron cantidades masivas de residuos vegetales orgánicos, y
por eso se formó tanto carbón en aquel tiempo. Hoy hay entornos comparables en
las Everglades de Florida, y en las turberas que se encuentran en muchos
lugares del mundo, sobre todo a altas latitudes.
La caída de la concentración de oxígeno que siguió se debió
probablemente a un cambio de paleogeografía y de los tipos de sedimento
depositados. Empezando en el periodo pérmico, pero continuando hasta el
triásico, se ensambló un supercontinente llamado Pangea. Parece que, como
resultado de este ensamblaje, la mayoría de las áreas pantanosas dejaron de
estar disponibles. Además, debido a su enormidad, una menor proporción de la
lluvia que caía sobre Pangea fluía hacia el mar, y una mayor proporción fluía
dentro del propio continente, formando vastas extensiones de depósitos de
arcillas arenosas bien drenadas (encontramos arcillas de ese tipo en el
capítulo 8). Estos sedimentos continentales arenosos carecen virtualmente por
completo de materia orgánica, y por tanto su formación no aporta ninguna fuente
de oxígeno a la atmósfera. Por tanto, en el modelo de Bob, el cambio a una gran
deposición de arcillas rojas durante los posteriores periodos pérmico y
triásico redujo el aporte de oxígeno a la atmósfera, lo que resultó en un
descenso brusco de la concentración de oxígeno, quizá a niveles
significativamente inferiores a los de la atmósfera actual.
De este modo, los cambios en el tipo de sedimento depositado, que vienen
controlados por una combinación de factores como la evolución de las plantas,
la paleogeografía y el clima, parecen haber controlado la tasa de entrada de
oxígeno en la atmósfera, ejerciendo una influencia esencial en los niveles de
oxígeno atmosférico. Incluso puede haber algunas evidencias que respalden esta
historia, o al menos parte de ella. Es bien sabido que los insectos gigantes
formaban parte de la biosfera del carbonífero y el pérmico temprano; algunos de
ellos tenían un tamaño casi de pesadilla. Hay que imaginárselo, escolopendras
de más de un metro de longitud, arañas gigantes con patas del ancho de una
silla de despacho (unos 50 centímetros) y libélulas con 70 centímetros de ala.
De hecho, estas libélulas gigantes movieron hace más de un siglo a los
paleontólogos franceses Harlé y Harlé a proponer que los niveles de oxígeno
atmosférico del periodo carbonífero debieron ser más altos que los actuales.
Parte de su razonamiento era que una mayor presión atmosférica, causada por
mayores niveles de oxígeno, ayudaría a mantener en el aire a estos masivos
aviadores. Además, y tal vez de forma más importante, razonaron que una mayor
disponibilidad de oxígeno permitiría las mayores tasas de respiración que unos
organismos tan grandes requerirían para volar, sobre todo si tenemos en cuenta
que obtienen su oxígeno por difusión a través de sus sistemas traqueales.
Estas ideas, aunque son evidentemente razonables, han espoleado debates
masivos, y también un cuerpo creciente de estudios experimentales. Nick
Butterfield (a quien conocimos en el capítulo 10), siempre llevando la
contraria, ha hecho su intento con las libélulas. Cree que las consideraciones
ecológicas han sido un impulso mucho más fuerte hacia el gigantismo, relegando
cualquier ayuda de unos elevados niveles de oxígeno a un papel secundario. O se
puede exagerar la importancia de la ecología como conductora de la evolución,
pero Nick no considera el gigantismo contemporáneo en los grupos de insectos no
voladores. Seguramente estarán expuestos a diferentes condiciones ecológicas
que las libélulas. Así que, ¿es una mera coincidencia que un conjunto distinto
de interacciones ecológicas conduzca también al gigantismo en los grupos de
insectos sin vuelo? ¿O es que el conductor es otro, como el oxígeno?
Ha habido también una serie de experimentos directos en varios grupos de
insectos, pero han conducido a resultados equívocos. Gran parte de este trabajo
es obra de Jon Harrison y su grupo de la Universidad Estatal de Arizona. Cuando
el grupo de Jon crio diferentes tipos de insectos a bajos niveles de oxígeno,
se observó en general una reducción del tamaño corporal, un crecimiento más
lento y unas menores tasas de supervivencia (volveremos a este asunto más
abajo). Sin embargo, cuando se criaron con niveles de oxígeno mayores que los
actuales, los resultados fueron contradictorios. En algunos casos, como con los
escarabajos, las moscas del vinagre y las libélulas, el tamaño corporal se
incrementó a niveles altos de oxígeno. En el gusano de la harina gigante Zophobus
morio, el tamaño del cuerpo crece a niveles de oxígeno moderadamente altos,
pero empieza a menguar de nuevo si se sigue subiendo el oxígeno. En muchas
otras especies no hubo ningún efecto.
En suma, aunque los resultados fueron variados, algunos experimentos
mostraron claramente un incremento del tamaño corporal a elevados niveles de
oxígeno. Este resultado fue probablemente una respuesta fisiológica directa a
las altas concentraciones de oxígeno, aunque los organismos más grandes podrían
también haber sido seleccionados en experimentos que prosiguieran durante
múltiples generaciones. En cualquier caso, la escala de tiempo del experimento
es probablemente demasiado corta para permitir los lentos cambios evolutivos
que seguramente resultaron en un verdadero gigantismo en el registro fósil. Por
tanto la cuestión sigue abierta, pero una relación causal entre los niveles
elevados de oxígeno y el gigantismo de los insectos en el carbonífero y principios
del pérmico sigue siendo una explicación plausible.
Volvamos a los modelos. Desde que publicamos la historia de los niveles
fanerozoicos de oxígeno a partir de los datos de abundancia de rocas, Bob ha
vuelto al modelado de oxígeno basado en los registros de isótopos de carbono y
azufre. Este modelo se llama Geocarbsulf, y es un gran modelo de las historias
del CO2 y del O2 atmosféricos. Los resultados
del modelo para el oxígeno se presentan en la figura 11.4, y son muy similares
a nuestro modelo previo (compárese con la figura 11.3), lo que refuerza la idea
de que la abundancia de rocas y los datos de isótopos revelan un cuadro similar
de los procesos que controlan la liberación de oxígeno a la atmósfera.
Pero aquí no acaba la historia. Tim Lenton, de la Universidad de Exeter,
su director de tesis Andy Watson, de la Universidad de East Anglia, y su
estudiante de doctorado Noam Bergman también intentaron modelar el oxígeno
atmosférico (y el CO2) durante el fanerozoico, pero con un enfoque
algo distinto. Su modelo, llamado COPSE (iniciales de carbono, oxígeno, fósforo
(P), azufre (S) más la E de evolución), se apoya en la filosofía de la
hipótesis de Gaia de James Lovelock.[141] No
entraré aquí en los detalles, pero, en su forma más básica, la hipótesis de
Gaia postula que los organismos han tenido un papel activo en el moldeado de la
química del entorno. Esta idea estaba implícita en el modelo que hicimos
previamente Bob y yo, puesto que los organismos, y en particular la evolución
de las plantas terrestres, tuvieron un papel principal al influir la abundancia
de carbono orgánico en las rocas, que a su vez alteró los niveles de oxígeno.
Los organismos han tenido una presencia más explícita en los modelos recientes
de isótopos, ya que influyen directamente en el ciclo del carbono de formas
diversas.[142]
FIGURA 11.4 Resultados del modelo Geocarbsulf de Berner comparados con los
del modelo COPSE de Bergman y otros. El área gris alrededor de los resultados
del modelo de Berner abarca el intervalo de incertidumbre estimado por Berner,
así como resultados más recientes que se han presentado como refinamientos del
modelo Geocarbsulf original.
En vez de basarse en los isótopos de carbono y azufre para derivar de un
modo fundamental las tasas de producción de oxígeno, el modelo COPSE se
alimenta de varios factores externos, de naturaleza tanto geológica como
biológica. Los factores incluyen las tasas de emisión de gases volcánicos, las
tasas de elevación tectónica, la evolución de las plantas terrestres, el
estímulo de las plantas terrestres sobre la erosión, la localización del
enterramiento de carbono orgánico en los océanos (profundos o someros) y el
incremento de la luminosidad solar durante el eón fanerozoico.[143] En
realidad, muchos de esos factores pueden encontrase en los modelos de Bob, pero
el modelo COPSE difiere significativamente de los de Bob en algunas de sus
retroalimentaciones. Por ejemplo, el modelo COPSE impone una sensibilidad al
oxígeno en las tasas de oxidación durante la erosión de los sulfuros y el
carbono orgánico en tierra firme. Los modelos iniciales de Kump y Garrels
incorporaron esa retroalimentación (recordemos la discusión entre Karl Turekian
y Bob Garrels en el capítulo 5), pero Bob la retiró de sus modelos hace mucho.
El modelo COPSE incorpora también una retroalimentación por incendios
forestales (que también exploramos en el capítulo 5) para evitar que las
concentraciones de oxígeno atmosférico suban demasiado. El modelo registra
también los nutrientes en el océano, principalmente el fósforo, para regular el
enterramiento de materia orgánica en los sedimentos. En suma, en vez de usar
las curvas de isótopos de carbono y azufre como ejes impulsores, el modelo
COPSE está calibrado para intentar obtener esas curvas de una menara tan fiel
como sea posible.[144] Estas
curvas son una parte integral del registro geológico y, si no se pueden
explicar, al menos a trazos gruesos, es que algo hay sospechoso en el modelo.
Los resultados del modelo COPSE se muestran junto al modelo Carbsulf en
la figura 11.4. Los dos modelos tienen fuertes similitudes, sobre todo en el
incremento de concentración de oxígeno que acompaña la emergencia de las
plantas terrestres y el subsiguiente enterramiento de carbón en las zonas
pantanosas, como discutimos antes, pero hay también diferencias importantes. La
principal es el bajo nivel de oxígeno que produce el modelo COPSE al principio
del eón fanerozoico. En el modelo COPSE, este rasgo surge porque la posterior
evolución y extensión de las plantas terrestres genera un cambio fundamental en
la regulación de oxígeno, dando lugar a niveles de oxígeno más altos. Así, en
el modelo COPSE, unos niveles relativamente bajos de oxígeno atmosférico son el
estado estable antes de la evolución de las plantas terrestres. Si esto es
cierto, los bajos niveles de oxígeno que predice el modelo COPSE al principio
del eón fanerozoico pueden aportar una estimación de los máximos niveles
promedio de oxígeno en la era neoproterozoica tardía, como discutimos en el
último capítulo. Por tanto, distinguir entre las predicciones de los modelos
COPSE y Geocarbsulf tiene importantes implicaciones para esclarecer las
historias del oxígeno atmosférico tanto en el proterozoico tardío como en el
fanerozoico temprano.
Tais Dahl y Emma Hammarlund, a quienes encontramos en el último
capítulo, pueden haber hallado la forma de distinguir entre los resultados de
estos dos modelos.[145] Recordemos
que analizaron la composición isotópica del molibdeno en rocas sedimentarias
depositadas en antiguos entornos ricos en sulfuro (euxínicos). Esta estrategia
ha sido mencionada en el último capítulo (véase también la nota 14 del capítulo
9), pero, expuesto brevemente, cuanto más alto sea el valor de δ98Mo, más Mo se
ha retirado de los océanos en condiciones oxigenadas, y menos se ha retirado en
entornos sulfurosos como el mar Negro. Dicho de otro modo, como primera
aproximación, cuanto más alto sea el valor de δ98Mo, más oxigenados están los
océanos. Lo que encontraron Tais y Emma fue un incremento del valor de δ98Mo
hace unos 400 millones de años (figura 10.3). ¿Suena familiar? Desde luego que
sí, eso es más o menos el tiempo de la expansión de las plantas terrestres por
los continentes, y el tiempo en que el modelo COPSE indica una elevación
importante del nivel de oxígeno atmosférico. Esto parece apoyar los resultados
del modelo COPSE para el eón fanerozoico temprano.
FIGURA 11.5 Relación entre el tamaño de los peces y su supervivencia bajo
distintos niveles de oxígeno. El gráfico muestra el llamado LC50, que
representa el nivel de oxígeno al que el 50% de la población muere en un tiempo
dado. Los promedios y las desviaciones estándar se muestran cuando se
estudiaron múltiples ejemplos de la misma especie. Las barras verticales grises
corresponden a concentraciones de oxígeno del 15% y el 30% de los niveles
atmosféricos actuales (PAL = present atmospheric level, nivel atmosférico
presente). Nótese que sólo los peces pequeños sobreviven a niveles de oxígeno
inferiores a 15% PAL. Compilación de datos cedida cortésmente por Emma
Hammarlund.
Hay más. La subida del valor de δ98Mo también coincide con un cambio
bastante profundo del tamaño de los peces en los océanos. En efecto, observamos
la emergencia de peces como Dunkleosteus, un auténtico monstruo de
hasta 10 metros de largo con un espeso cráneo blindado y unas mandíbulas
construidas para triturar. Como discutimos antes con las libélulas, parece
razonable que unos peces más grandes y energéticos requirieran más oxígeno, y de
hecho esto parece ser cierto para los peces modernos: en promedio, los peces
pequeños pueden tolerar menores niveles de oxígeno que los peces grandes
(figura 11.5). Se puede observar una pauta similar en la historia de otras
criaturas marinas. Por ejemplo, los euriptéridos, o escorpiones de mar, son
unos antiguos artrópodos que aparecieron en el periodo ordovícico. Algunos
miembros de este grupo crecieron hasta tallas superiores a tres metros cerca de
la frontera entre el silúrico y el devónico, hace unos 420 millones de años.
Así que se puede argumentar, como hicieron Tais y Emma, que un incremento del
nivel de oxígeno atmosférico, asociado a la emergencia de las plantas
terrestres, condujo al gigantismo de los peces (y los euriptéridos) en los
océanos. Hubo, sin embargo, algunos grandes organismos en los océanos antes de
la emergencia de las plantas terrestres. Está, por ejemplo, el Anomalocaris del
cámbrico medio, que medía un metro y está bien representado en la Burgess Shale
del oeste de Canadá y los depósitos de Chengjiang en China. También el
género Megalogratidae alcanzó cerca de un metro en el periodo
ordovícico tardío. También hubo ejemplos de nautiloides parecidos a calamares
que medían varios metros (del orden Endocerida) en el periodo
ordovícico, hace unos 450 millones de años. La presencia de esos gigantes
primitivos no implica que Tais y Emma estén equivocadas. Es posible que, aunque
estos animales fueran grandes, su estilo de vida fuera más sedentario, con una
menor demanda de oxígeno que los peces del mismo tamaño. Una mirada más atenta
a la fisiología de las especies nadadoras grandes y pequeñas, rápidas y lentas,
será importante para desenmarañar estos asuntos.
Verdaderamente, tenemos aún mucho que aprender. El eón fanerozoico, sin
embargo, con su abundante registro fósil y su relativa abundancia de rocas
sedimentarias, ofrece la posibilidad de entender la historia de los niveles del
oxígeno atmosférico. Esa historia puede ser interrogada desde múltiples
ángulos, y parece abarcar una bella relación entre la evolución de las
concentraciones de oxígeno atmosférico y la evolución de la vida en la Tierra.
Epílogo
Ha sido un largo viaje. Al final, espero que podamos estar de acuerdo en
que la Tierra es un lugar bastante especial. Se halla a una distancia del Sol
que nos sitúa en la zona habitable, permitiendo que persista el agua líquida.
Esta persistencia se favorece por una regulación activa de la temperatura, que
se promueve mediante la relación entre los niveles atmosféricos de CO2,
la eyección de CO2 desde el manto y el control térmico de la
erosión. La temperatura se controla también por la tectónica de placas; la
misma tectónica de placas también dirige el reciclado de materiales crucial
para la vida y crucial para la liberación de oxígeno a la atmósfera. Si
eliminas la tectónica, todavía se podría hallar agua líquida en la Tierra, al
menos en algunos sitios, pero la vida se vería gravemente reducida en
abundancia. No habría un suministro continuo de nutrientes para alimentarla. El
ciclo de sedimentos no tendría lugar, y la materia orgánica y el azufre
pirítico, fuentes últimas de oxígeno en la atmósfera, no se enterrarían. Sin la
tectónica, por tanto, incluso si existieran los organismos productores de
oxígeno, es improbable que el oxígeno se pudiera acumular en la atmósfera a
niveles apreciables. Resulta que la Tierra, tal y como es, tiene lo que hay que
tener para ser un planeta acumulador de oxígeno. Cualquier otro planeta en
estrellas lejanas que tenga oxígeno en la atmósfera también necesitaría eso
mismo que hay que tener, probablemente. Esta es la razón de que la búsqueda de
mundos habitables de la NASA se centre en hallar planetas que orbiten en la
zona habitable de su estrella.
Tener lo que hay que tener, sin embargo, no es suficiente. Para que el
oxígeno se acumule, primero tiene que ser producido, y esto significa que los
organismos productores de oxígeno tienen que evolucionar. En la Tierra, la ruta
para la evolución de las cianobacterias productoras de oxígeno fue
aparentemente algo enrevesada y compleja. Antes de las cianobacterias, hubo al
menos dos tipos diferentes de organismos fotosintéticos que no producían
oxígeno: los llamados fotótrofos anoxigénicos. Cada uno de estos había
desarrollado un fotosistema diferente para convertir la luz en energía celular,
y los fotosistemas acoplados de las cianobacterias emergieron como una fusión
aparente entre los dos tipos de fotosistema fototrópico. Para hacer la
clorofila, las cianobacterias también tomaron prestados, con algunas
modificaciones, los sistemas productores de pigmentos de sus ancestros
flototróficos anoxigénicos. Más aún, el fundamental complejo de evolución del
oxígeno (oxygen-evolving complex, OEC), que utiliza un racimo de manganeso
cuádruple, puedo tomarse prestado también, al menos a trazos gruesos, de las
enzimas preexistentes que se usaban para convertir el peróxido de hidrógeno en
agua y oxígeno. En suma, las cianobacterias no surgieron de la nada: se
necesitaron un montón de desarrollos evolutivos antes de que pudieran emerger.
El famoso paleontólogo Stephen Jay Gould, de Harvard, gustaba de discutir las
contingencias de la evolución; en otras palabras, el grado en que los
resultados evolutivos dependen del azar, como un encuentro casual, una mutación
casual o la supervivencia casual bajo el estrés ambiental.
La cuestión, entonces, sería: si «pusiéramos la cinta otra vez» (en
palabras de Gould), ¿el resultado sería el mismo? ¿Evolucionarían las
cianobacterias del mismo modo? ¿Emergerían los fotosistemas acoplados de la
misma forma, o emergerían en absoluto, o algo diferente habría ocupado su
lugar? ¿Y qué hay del racimo de manganeso? Puede que estas cuestiones sean más
filosóficas que científicas, pero no son enteramente triviales. En la ciencia
ficción nos sacamos de la manga mundos con aire respirable, y el oxígeno es uno
de los parámetros de búsqueda que los científicos usan para rastrear planetas
habitables (o habitados) en otras zonas de la galaxia y más allá. Así que
imaginamos que la ruta hacia el oxígeno ha ocurrido en lugares distintos de la
Tierra. Yo tiendo a creer que, contando con luz, agua, nutrientes y tiempo, la
fotosíntesis oxigénica probablemente evolucionaría en otros mundos. Puede que
la ruta hacia la producción de oxígeno fuera diferente, pero uno de los
aspectos extraordinarios de la vida en la Tierra es que los microbios han
evolucionado hasta llevar a cabo casi todos los tipos imaginables de
metabolismo que pueden aportar energía para el crecimiento. Bajo este punto de
vista, la fotosíntesis oxigénica no es más que una de esas múltiples posibilidades.
El registro en la Tierra indica, sin embargo, que no basta con la
producción de oxígeno para que el oxígeno se acumule en la atmósfera. Hay poco
consenso sobre el tiempo en que evolucionaron las cianobacterias, pero hay
evidencias muy convincentes de que ocurrió antes de la gran oxidación (el GOE)
de la atmósfera terrestre entre 2300 y 2400 millones de años atrás. De hecho,
las evidencias indican que las cianobacterias existieron en una atmósfera
mayormente anóxica durante cientos de millones de años —si no durante mil
millones de años o más— antes de la oxigenación general de la atmósfera. Por lo
que conocemos ahora, las mismas agitaciones de la Tierra que hacen de ella un
planeta inmensamente habitable suministran también gases reductores (el más
importante es el H2) a la superficie de la Tierra. Estos gases reaccionan con
el oxígeno, y en la Tierra joven se eyectaban a unas tasas suficientes para
eliminar todo el oxígeno liberado mediante el enterramiento del carbono
orgánico y el azufre pirítico en los sedimentos. A medida que la Tierra se iba
enfriando, la agitación tectónica del planeta se fue ralentizando, y de esto
resultó una disminución del flujo de gases reductores desde el manto. Bajo este
punto de vista, el GOE marca el punto en la historia de la Tierra en que el
flujo de gases reductores (principalmente el H2) desde el manto bajó hasta una
tasa menor que la tasa de liberación de oxígeno a la atmósfera. Sólo entonces
pudo el oxígeno acumularse. También hay evidencias de que el GOE se prefiguró con
vaivenes y ocasionales «tufillos» de oxígeno atmosférico, que empezaron 300 o
400 millones de años antes. Si ponemos números en esto, los niveles de base del
oxígeno antes del GOE eran probablemente de una milésima del 1% de los actuales
(un 0,001%) o menos, y durante los tufillos pudieron aumentar hasta alcanzar el
0,01% o 0,1% de los actuales (véase la figura 12.1 para una reconstrucción de
la historia del oxígeno en la Tierra).
El GOE en sí mismo parece haber dado lugar a profundos cambios en el
reciclado de nutrientes y carbono, con unos resultados sorprendentemente no
lineales. Primero, parece que la movilización de nutrientes, posiblemente de
fósforo, en una atmósfera recién oxigenada aceleró la producción de materia
orgánica en los océanos, generando altas tasas de enterramiento de carbono
orgánico y la mayor anomalía positiva de isótopos del carbono (la anomalía
isotópica de Lomagundi) de toda la historia de la Tierra. También produjo una
probable elevación de los niveles atmosféricos de oxígeno más allá de los
producidos durante los estadios iniciales del GOE, quizá incluso aproximándose
a los niveles actuales. Un enorme sumidero de oxígeno se generó cuando todo
este carbono orgánico regresó, algo después, al entorno erosivo; esto disminuyó
el nivel de oxígeno a unos valores muy bajos, aunque aparentemente algo mayores
de los que eran típicos antes del GOE. Unos 500 millones de años después del
GOE, el ciclo del carbono se estabilizó en un patrón relativamente estable,
generando niveles de oxígeno que no excedían el 40% de los presentes, y que más
probablemente estaban en el intervalo del 10% al 15% de los niveles actuales, o
menos. De momento no se ha establecido con certeza un límite inferior durante
este periodo, pero se sitúa probablemente entre el 0,1% y el 1% de los niveles
actuales. Esto debería suponer el suficiente oxígeno para permitir la erosión
química activa de la materia orgánica y el azufre pirítico en tierra firme, lo
que en efecto parece haber sido el caso.
FIGURA 12.1 Sumario de la historia del oxígeno atmosférico a través del
tiempo. Véase también Kump (2008).
La era neoproterozoica marca la transición desde la vida
predominantemente microscópica de la Tierra temprana hacia la vida macroscópica
del eón fanerozoico. La era neoproterozoica estuvo marcada por varias grandes
glaciaciones, quizá globales, cuyo impacto en la historia del oxígeno en la
Tierra es todavía incierto. Pese a ello, varios indicadores geoquímicos apuntan
a una oxigenación de los océanos durante las fases finales de la era
neoproterozoica. Esta oxigenación se correlaciona a trazos gruesos con la
emergencia de los animales, incluidos los animales macroscópicos con motilidad.
Tales organismos parecen requerir unos niveles de oxígeno del orden del 10% de
los actuales (aunque muchos animales motiles modernos, especialmente los
pequeños, pueden probablemente tolerar niveles tan bajos como el 1% de los
actuales), y es tentador concluir que la emergencia de los animales fue
posibilitada por un incremento de la oxigenación de los océanos. Si esto es
cierto, hacia el final de la era neoproterozoica los niveles de oxígeno se
elevaron desde unos valores cercanos al 1% de los actuales, o un poco mayores,
hasta quizá el 10% o el 15% de los actuales.
Según otra hipótesis, los niveles de oxígeno estaban ya alrededor del
10% de los actuales antes de la emergencia de los animales. Bajo este punto de
vista, los animales grandes evolucionaron en un entorno permisivo que ya
existía previamente. De ser esto cierto, el retraso en la aparición de los
animales sería consecuencia del hecho de que, simplemente, lleva tiempo para la
evolución producir animales multicelulares complejos a partir de eucariotas
unicelulares. De ser este el caso, la oxigenación de los océanos que revelan
las mediciones geoquímicas no vino causada por un incremento del contenido de
oxígeno en la atmósfera. En vez de eso, el registro de indicadores puede estar
respondiendo a un incremento de la oxigenación de los océanos operado, posiblemente,
por los propios animales. Este incremento en la oxigenación de los océanos
puede verse como una extensión de las áreas oceánicas en que el oxígeno
perdura. A mí me gusta bastante este punto de vista, ya que no hay rasgos
obvios del ciclo del carbono que apunten a un incremento sostenido en la
libaración de oxígeno a la atmósfera durante la era neoproterozoica. Futuras
investigaciones resolverán esta disyuntiva.
Considero probable que los niveles de oxígeno durante las fases
tempranas del eón fanerozoico estuvieran en el intervalo del 10% al 20% de los
actuales. Esto es coherente con algunos modelos de evolución del oxígeno
durante el eón fanerozoico. Las mediciones geoquímicas insinúan un incremento
sustancial de la oxigenación del océano durante el silúrico tardío y el
devónico temprano (hace unos 420 millones de años), coincidiendo con un
drástico incremento en el tamaño de los peces en los océanos. Una explicación
para esta correlación es que las mediciones geoquímicas hayan capturado un
verdadero incremento en los niveles del oxígeno atmosférico, y que la talla
extra grande de los peces fuera una consecuencia de los altos contenidos de
oxígeno. Un verdadero incremento de los niveles de oxígeno atmosférico tiene
bastante sentido, porque más o menos por ese tiempo surgieron y se extendieron
las plantas terrestres. Los bajos requerimientos de nutrientes de las plantas
terrestres, combinados con su resistente materia orgánica, habrían conducido a
un enterramiento incrementado de materia orgánica y a una mayor liberación de
oxígeno a la atmósfera. Según esta idea, la evolución de las plantas terrestres
condujo a una reorganización fundamental del ciclo del carbono, lo que produjo
unos niveles mucho más altos de oxígeno atmosférico, lo que a su vez tuvo
efectos en cascada sobre la evolución biológica. Debido a las peculiaridades de
la paleogeografía, se dieron unas tasas altísimas de enterramiento de materia
orgánica en los masivos cenagales del carbonífero y principios del pérmico.
Esta situación condujo a unas tasas altísimas de liberación de oxígeno, y
durante esta fase de la historia de la Tierra las concentraciones de oxígeno
atmosférico pueden muy bien haber superado significativamente los niveles
actuales. El gigantismo de los insectos fue una consecuencia visible de estos
altos niveles de oxígeno.
En cuanto al mundo moderno, nosotros estamos cómodamente adaptados a los
niveles existentes de oxígeno atmosférico. Estos niveles son estables y, pese
al uso de combustibles fósiles, los cambios en la concentración de oxígeno
atmosférico, aunque detectables, resultarán triviales hasta que unos procesos
geológicos/biológicos combinados y de escala global conspiren para cambiarlos.
Esto probablemente llevaría millones de años. Así que respira profundamente y
reflexiona. Hay una historia tremenda detrás de los niveles de oxígeno que
disfrutamos en la atmósfera de la Tierra.
Bibliografía
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Bergman, P. Falkowski, 2001. «Segregation of nitrogen fixation and oxygenic
photosynthesis in the marine cyanobacterium Trichodesmium». Nature 294,
1534-1537. (Brillante trabajo sobre la regulación de la fijación de nitrógeno
por el más importante fijador de nitrógeno de los océanos).
· Budel, B., B. Weber, M. Kuhl, H. Pfanz, D. Sultemeyer, D. Wessels, 2004.
«Reshaping of sandstone surfaces by cryptoendolithic cyanobacteria:
Bioalkalization causes chemical weathering in arid landscapes». Geobiology 2,
261-268. (Buena revisión sobre las cianobacterias endolíticas, incluyendo dónde
viven y su influencia en las rocas).
· Canfield, D. E., D. J. Des Marais, 1991. «Aerobic sulfate reduction in
microbial mats». Science 251, 1471-1473. (Descripción de la
reducción de sulfato bajo condiciones óxicas en una alfombra microbiana, con
una descripción de la estructura de la alfombra microbiana). —, D. J. Des
Marais, 1993. «Biogeochemical cycles of carbon, sulfur, and free oxygen in a
microbial mat». Geochimica et Cosmochimica Acta 57, 3971-3984.
(Descripción de los ciclos del carbono y el sulfuro en un ecosistema de
alfombra microbiana). —, E. Kristensen, B. Thamdrup, 2005. Aquatic
Geomicrobiology. Academic Press. Ámsterdam. (Véase el capítulo 7 para una
revisión del ciclo del nitrógeno, y el capítulo 13 para una revisión de las
alfombras microbianas de cianobacterias).
· Chisholm, S. W., R. J. Olson, E. R. Zettler, R. Goericke, J. B.
Waterbury, N. A. Welschmeyer, 1988. «A novel free-living prochlorophyte
abundant in the oceanic euphotic zone». Nature 334, 340-343.
(Primera descripción de Prochlorococcus en los océanos).
· Curtis, S. E., M. T. Clegg, 1984. «Molecular evolution of chloroplast
DNS-sequences». Molecular Biology and Evolution 1, 291-301.
(Evidencia molecular inicial que asocia los cloroplastos a las cianobacterias).
· Des Marais, D. J., 1990. «Microbial mats and the early evolution of
life». Tree 5, 140-144. (Buena revisión inicial de las
alfombras microbianas y su relevancia para el estudio de los entornos de la
Tierra primitiva).
· Garcia-Pichel, F., J. Belnap, S. Neuer, F. Schanz, 2003. «Estimates of
global cyanobacterial biomass and its distribution». Algological
Studies 109, 213-227. (Revisión cuantitativa de la importancia de las
cianobacterias en diversos ecosistemas y a escala global).
· Johnson, P. W., J. M. Sieburth, 1979. «Chroococcoid cyanobacteria in the
sea: Ubiquitous and diverse phototropic biomass». Limnology and
Oceanography 24, 928-935. (Primera descripción de las cianobacterias
marinas que resultaron ser Prochlorococcus).
· Johnson, Z. I., E. R. Zinser, A. Coe, N. P. McNulty, E. M. S. Woodward,
S. W. Chisholm, 2006. «Niche partitioning among Prochlorococcus ecotypes along
ocean-scale environmental gradients». Science 311, 1737-1740.
(Maravillosa descripción de la distribución de varias cepas de Prochlorococcus según
la profundidad en el océano, y también en función de la latitud).
· Jørgensen, B. B., D. J. Des Marais, 1988. «Optical properties of benthic
photosynthetic communities: Fiber-optic studies of cyanobacterial mats». Limnology
and Oceanography 33, 99-113. (Estudio inicial de las propiedades
ópticas de las alfombras microbianas, posibilitado por el desarrollo de
microsensores especiales de fibra óptica).
· Kettler, G. C., A. C. Martiny, K. Huang, J. Zucker, M. L. Coleman, S.
Rodrigue, F. Chen, F. y col., 2007. «Patterns and implications of gene gain and
loss in the evolution of Prochlorococcus». PLOS Genetics 3,
2515-2528. (Buena discusión de la plasticidad del genoma de Prochlorococcus).
· Khakhina, L. N., 1992. Concepts of Symbiogenesis: Historical and
Critical Study of the Research of Russian Scientists. Yale University
Press, New Haven, CT. (Resumen de las contribuciones de Konstantin Sergeevich
Merezhkovsky y otros científicos rusos al desarrollo de la teoría
endosimbiótica del desarrollo de la célula eucariota).
· Liu, H., H. A. Nolla, L. Campbell, 1997. «Prochlorococcus growth
rate and contribution to primary production in the equatorial and subtropical
North Pacific Ocean». Aquatic Microbial Ecology 12, 39-47.
(Estimaciones de la contribución de Prochlorococcus a la
producción primaria marina).
· Revsbech, N. P., 1989. «An Oxygen Microsensor with a guard
cathode». Limnology and Oceanography 34, 474-478. (Descripción
del microelectrodo de oxígeno más utilizado en la investigación ecológica). —,
B. B. Jørgensen, T. H. Blackburn, Y. Cohen, 1983. «Microelectrode studies of
the photosynthesis and O2, H2S, and pH profiles of a microbial mat». Limnology
and Oceanography 28, 1062-1074. (Brillante estudio de la dinámica del
oxígeno y el azufre en las alfombras microbianas usando los microelectrodos
recién desarrollados).
· Sagan, L., 1967. «On the origin of mitosing cells». Journal of
Theoretical Biology 14, 225-274. (Primera exposición por Lynn
Margulis, entonces Lynn Sagan, de la teoría endosimbiótica del origen de
cloroplastos y mitocondrias).
· Severin, I., L. J. Stal, 2010. «Spatial and temporal variability in
nitrogenase activity and diazotrophic community composition in coastal
microbial mats». Marine Ecology-Progress Series 417, 13-25.
(Estudio que muestra las varias estrategias diferentes que utilizan las
comunidades bénticas fijadoras de nitrógeno).
· Sohm, J. A., E. A. Webb, D. G. Capone, 2011. «Emerging patterns of
marine nitrogen fixation». Nature Reviews Microbiology 9,
499-508. (Buena revision de la fijación de nitrógeno en los océanos).
· Waterbury, J. B., S. W. Watson, R. R. L. Guillard, L. E. Brand, 1979.
«Widespread occurrence of a unicellular, marine, planktonic,
cyanobacterium». Nature 277, 293-294. (Primera descripción
de Synecococcus en los océanos).
· Zobell, C. E., 1946. Marine Microbiology. Chronica Botanica
Company, Waltham, MA. (Libro clásico sobre la microbiología de los mares).
CAPÍTULO 5
· Berner, R. A., 1987. «Models for carbon and sulfur cycles and
atmospheric oxygen: Application to Paleozoic geologic history». American
Journal of Science 287, 177-196. (Primer artículo de Bob sobre la
regulación del oxígeno, en el que introdujo el concepto de reciclado rápido).
—, 2004. The Phanerozoic Carbon Cycle: CO2 and O2. Oxford
University Press, Oxford, Reino Unido. (Tratamiento completo del modelado a
largo plazo del CO2 y el O2 en la atmósfera, basado en gran medida en el propio
trabajo de Bob Berner). —, K. A. Maasch, 1996. «Chemical weathering and
controls on atmospheric O2 and CO2: Fundamental principles were enunciated by
J. J. Ebelman in 1845». Geochimica et Cosmochimica Acta 60,
1633-1637. (Relato histórico del papel de Ebelman en el esclarecimiento de los
controles de la concentración de oxígeno atmosférico).
· Canfield, D. E., 2005. «The early history of atmospheric oxygen: Homage
to Robert M. Garrels». Annual Review of Earth and Planetary Science 33,
1-36. (Una vision general de la historia del oxígeno atmosférico, con un punto
de entrada en el trabajo de Bob Garrels).
· Ebelman, J. J., 1845. «Sur les produits de la décomposition des especes
minérales de la famille des silicates». Annales des Mines 7,
3-66. (Primera exposición de los controles sobre la concentración de oxígeno
atmosférico).
· Fennel, K., Follows, M., Falkowski, P. G., 2005. «The co-evolution of
the nitrogen, carbon and oxygen cycles in the Proterozoic ocean». American
Journal of Science 305, 526-545. (Un estudio de modelado sobre el
papel del nitrógeno en el control de la producción marina primaria durante los
periodos de la historia de la Tierra en que las profundidades oceánicas eran
mayormente anóxicas).
· Garrels, R. M., E. A. Perry, 1974. «Cycling of carbon, sulfur, and
oxygen through geologic time», en: Goldberg, E. D. (editor), The Sea.
John Wiley and Sons, Nueva York, pp. 303-336. (Clásica exposición moderna del
reciclado de elementos y de los procesos que controlan la concentración de
oxígeno).
· Holland, H. D., 1978. The Chemistry of the Atmosphere and Oceans.
John Wiley and Sons, Nueva York. (Texto clásico sobre los procesos que operan
para controlar la química de la atmósfera y los océanos).
· Ingall, E., R. Jahnke, 1994. «Evidence for enhanced phosphorus
regeneration from marine sediments overlain by oxygen depleted waters». Geochimica
et Cosmochimica Acta 58, 2571-2575. (Presenta evidencias que apoyan la
idea original de Ingall de que el fósforo se regenera preferentemente a partir
de los sedimentos que subyacen a una columna de agua oxigenada).
· Kump, L. R., 1988. «Terrestial feedback in atmospheric oxygen regulation
by fire and phosphorus». Nature 335, 152-154. (El papel del
fuego en la regulación del oxígeno atmosférico es tomado en serio).
· Murray, J. W., L. A. Codispoti, G. E. Friederich, 1995.
«Oxidation-reduction environments: The suboxic zone in the Black Sea». Advances
in Chemistry Series 244, 157-176. (Buena revision de la química de la
columna de agua del mar Negro).
· Petsch, S. T., R. A. Berner, T. I. Eglinton, 2000. «A field study of the
chemical weathering of ancient sedimentary organic matter». Organic
Geochemistry 31, 475-487. (Precioso estudio de campo de la erosión
oxidativa del carbono orgánico y el azufre durante la formación del suelo).
· Richards, F. A., 1965. «Anoxic basins and fjords», en: Riley, J. P., G.
Skirrow, (editores), Chemical Oceanography. Academic Press,
Londres, pp. 611-645. (Exposición clásica de la química de las cuencas y
fiordos anóxicos).
· Van Cappellen, P., E. D. Ingall, 1996. «Redox stabilization of the
atmosphere and oceans by phosphorus-limited marine productivity». Science 271,
493-496. (Estudio de modelado que muestra cómo la retroalimentación por fósforo
de Ingall puede funcionar para regular los niveles de oxígeno).
· Watson, A., J. E. Lovelock, L. Margulis, 1978. «Methanogenesis, fires
and the regulation of atmospheric oxygen». Biosystems 10,
293-298. (Primer estudio de la influencia de las concentraciones de oxígeno en
los incendios).
CAPÍTULO 6
· Brasier, M. D., O. R. Green, A. P. Jephcoat, A. K. Kleppe, M. J. van
Krankendonk, J. F. Lindsay, A. Steele, N. V. Grassineau, 2002. «Questioning the
evidence for Earth’s oldest fossils». Nature 416, 76-81. (Este
artículo representa el primer asalto de Martin Brasier sobre el carácter
biogénico de los microfósiles de 3450 millones de años de Bill Schopf).—, O. R.
Green, J. F. Lindsay, N. McLoughlin, A. Steele, C. Stoakes, 2005. «Critical testing
of earth’s oldest putative fossil assemblage from the similar to 3.5 Ga Apex
Chert, Chinaman Creek, Western Australia». Precambrian Research 140,
55-102. (Este artículo es una respuesta a la réplica de Schopf a la crítica
original de Brasier sobre los fósiles de Schopf. Brasier usa aquí, entre otras
cosas, espectroscopía Raman para argumentar que los «fósiles» del Apex Chert
tienen un origen no biológico).
· Rosing, M. T., 1999. «13C-depleted carbon microparticles in >3700-Ma
sea-floor sedimentary rocks from West Greenland». Science 283,
674-676. (Minik Rosing presenta evidencias con isótopos de carbono de vida en
las rocas sedimentarias primitivas de Isua, Groenlandia).
· Schopf, J. W., 1993. «Microfossils of the early Archean Apex Chert: New
evidence of the antiquity of life». Science 260, 640-646.
(Bill Schopf presenta sus imágenes icónicas de lo que interpretó como posibles
microfósiles cianobacterianos del Apex Chert de 3450 millones de años, en
Australia occidental).
· A. B. Kudryavtsev, 2009. «Confocal laser scanning microscopy and Raman
imagery of ancient microscopic fossils». Precambrian Research 173,
39-49. (Schopf presenta más evidencias con láser Raman de que las estructuras
del Apex Chert son antiguos fósiles microbianos).—, A. B. Kudryavtsev, 2012.
«Biogenicity of Earth’s earliest fossils: A resolution of the
controversy». Gondwana Research 22, 761-771. (Schopf y
Kudryavtsev aportan evidncias adicionales del carácter biogénico de los fósiles
del Apex Chert). —, A. B. Kudryavtsev, D. G. Agresti, T. J. Wdowiak, A. D.
Czaja, 2002. «Laser-Raman imagery of Earth’s earliest fossils». Nature 416,
73-76. (Schopf utiliza espectroscopía Raman para refutar los argumentos de
Brasier de que las estructuras que Schopf describió originalmente en el Apex
Chert no son biogénicas).
· Summons, R. E., A. S. Bradley, L. L. Jahnke, J. R. Waldbauer, 2006.
«Steroids, triterpenoids and molecular oxygen». Philosophical
Transactions of the Royal Society B 361, 951-968. (Una gran revisión
del papel del oxígeno en la síntesis de esteroles).
· Van Kranendonk, M. J., 2006. «Volcanic degassing, hydrothermal
circulation and the flourishing of early life on Earth: A review of the
evidence from c. 3490-3240 Ma rocks of the Pilbara Supergroup, Pilbara Craton,
Western Australia». Earth-Science Reviews 74, 197-240.
(Incluye una revisión de las evidencias del origen hidrotermal de las rocas que
contienen a los fósiles del Apex Chert).
· Vernadsky, V. I., 1998. The Biosphere. Springer-Verlag New
York, Nueva York. (Libro clásico que argumenta a favor del papel de la vida en
dar forma a la geosfera y la atmósfera).
· Waldbauer, J. R., D. K. Newman, R. E. Summons, 2011. «Microaerobic
steroid biosynthesis and the molecular fossil record of Archean life». Proceedings
of the National Academy of Sciences of the United States of America 108,
13409-13414. (Un impresionante estudio que demuestra que sólo se necesitan
trazas de oxígeno para la síntesis de esteroides por los organismos aeróbicos).
—, L. S. Sherman, D. Y. Sumner, R.E. Summons, 2009. «Late Archean molecular
fossils from the Transvaal Supergroup record the antiquity of microbial
diversity and aerobiosis». Precambrian Research 169, 28-47.
(Precioso estudio con biomarcadores, incluídos los esteranos, en rocas de 2460
a 2670 millones de años, y su relación con el oxígeno).
CAPÍTULO 7
· Anbar, A. D., Y. Duan, T. W. Lyons, G. L. Arnold, B. Kendall, R. A.
Creaser, A. J. Kaufman y col., 2007. «A whiff of oxygen before the Great
Oxidation Event?». Science 317, 1903-1906. (Una bella mirada a
la geoquímica de las pizarras de 2500 millones de años del monte McRae, que
muestra las evidencias de una leve oxidación de la atmósfera de la Tierra antes
del GOE. Aquí se acuña el término «whiff», o tufillo).
· Farquhar, J., H. M. Bao, M. Thiemens, 2000. «Atmospheric influence of
Earth’s earliest sulfur cycle». Science 289, 756-758.
(Artículo definitivo que muestra la ocurrencia común de una señal isotópica de
azufre independiente de masa antes del GOE, y su desaparición después de él. La
mejor evidencia disponible de un bajo nivel de oxígeno atmosférico antes del
GOE). —, J. Savarino, S. Airieau, M. H. Thiemens, 2001. «Observation of the
wavelength-sensitive mass-dependent sulfur isotope effects during SO2
photolysis: Implications for the early atmosphere». Journal of
Geophysical Research 106, 32829-32839. (Sagaces experimentos
fotoquímicos que asocian la señal isotópica de azufre independiente de masa con
las reacciones fotoquímicas con radiación ultravioleta).
· Frimmel, H. E., 2005. «Archaean atmospheric evolution: Evidence from the
Witwatersrand gold fields, South Africa». Earth-Science Reviews 70,
1-46. (Revisión moderna de la uraninita y la pirita de depósitos aluviales en
las minas de Witwatersrand, y su relevancia para la evolución atmosférica).
· Holland, H. D., 1962. «Model for the evolution of the Earth’s
atmosphere», en: Engel, A. E. J., H. L. James, B. F. Leonard (editores), Petrologic
Studies: A Volume in Honor of A. F. Buddington. Geological Society of
America, Boulder, CO, pp. 447-477. (Asombroso artículo que expone el
pensamiento temprano de Dick Holland sobre la evolución de las concentraciones
atmosféricas de oxígeno. Este artículo sentó las bases de gran parte de su
trabajo posterior). —, 1984. The Chemical Evolution of the Atmosphere
and Oceans. Princeton University Press, Princeton, NJ. (Libro clásico que
describe los puntos de vista de Dick sobre la evolución de la química
atmosférica y oceánica hacia 1984. Todavía utilizado ampliamente). —, 2009.
«Why the atmosphere became oxygenated: A proposal». Geochimica et
Cosmochimica Acta 73, 5241-5255. (Brillante artículo que ofrece una
explicación plausible del GOE).
· Pavlov, A. A., J. F. Kasting, 2002. «Mass-independent fractionation of
sulfur isotopes in Archean sediments: Strong evidence for an anoxic Archean
atmosphere». Astrobiology 2, 27-41. (Modelo de la química
atmosférica que calibra los niveles de oxígeno necesarios para crear
fraccionamientos de isótopos de azufre independientes de masa).
· Phillips, G. N., J. D. M. Law, R. E. Myers, 2001. «Is the redox state of
the Archean atmosphere constrained?». SEG Newsletter 47, 8-18.
(Un punto de vista escéptico sobre el origen en detritos de las uraninitas y
piritas de Witwatersrand).
· Rasmussen, B., R. Buick, 1999. «Redox state of the Archean atmosphere:
Evidence from detrital heavy minerals in ca. 3250-2750 Ma sandstones from the
Pilbara Craton, Australia». Geology 27, 115-118. (Presenta más
casos de pirita y uraninita de detritos durante el eón arcaico).
· Utter, T., 1980, «Rounding of ore particles from the Witwatersrand gold
and uranium deposit (South Africa) as an indicator of their detrital
origin». Journal of Sedimentary Petrology 71-76. (Buen estudio
petrográfico y de microscopía electrónica de barrido sobre los granos de
uraninita y pirita de detritos del Witwatersrand).
· Wille, M., J. D. Kramers, T. F. Nagler, N. J. Beukes, S. Schroder, T.
Meisel, J. P. Lacassie, A. R. Voegelin, 2007. «Evidence for a gradual rise of
oxygen between 2.6 and 2.5 Ga from Mo isotopes and Re-PGE signatures in
shales». Geochimica et Cosmochimica Acta 71, 2417-2435.
(Presenta la primera evidencia geoquímica de un «tufillo» de oxígeno antes del
GOE).
CAPÍTULO 8
· Catling, D. C., M. W. Claire, 2005, «How the Earth’s atmosphere evolved
to an oxic state: A status report». Earth and Planetary Science Letters 237,
1-20. (Un buen resumen de los controles de la regulación del oxígeno
atmosférico, y de las explicaciones del GOE, como se entendían en 2005). —, K.
J. Zahnle, C. P. McKay, 2001. «Biogenic methane, hydrogen escape, and the
irreversible oxidation of early life». Science 293, 839-843.
(Un modelo muy inteligente con el que Catling y sus colegas explican el GOE
mediante el efecto acumulado de la fotolisis del metano para dar H2, y la
pérdida de H2 al espacio, conduciendo a la oxidación del entorno de
superficie).
· Cloud, P. E., 1968. «Atmospheric and hydrospheric evolution on the
primitive earth». Science 160, 729-736. (Artículo «pensando a
lo grande» que describe los principales estadios de la evolución química y
biológica de la Tierra). —, 1972. «A working model of the primitive
Earth». American Journal of Science 272, 537-548. (Desarrolla
las ideas presentadas en el artículo de 1968).
· Crowell, J. C., 1995. «Preston Cloud, 1912-1991: A biographical memoir»,
en: Biographical Memoirs. National Academy of Sciences Press,
Washington, DC, pp. 43-63. (Preciosa biografía de Preston Cloud).
· Guo, Q. J., H. Strauss, A. J. Kaufman, S. Schroder, J. Gutzmer, B. Wing,
M. A. Baker y col., 2009. «Reconstructing Earth’s surface oxidation across the
Archean-Proterozoic transition». Geology 37, 399-402. (Refina
la datación del GOE mediante evidencias con isótopos de azufre en rocas
sedimentarias de la edad huroniana).
· Holland, H. D., 1994. «Early Proterozoic atmospheric change», en:
Bengston, S. (editor), Early Life on Earth. Columbia University
Press, Nueva York, pp. 237-244. (Buen resumen de las evidencias del GOE). —,
2009. «Why the atmosphere became oxygenated: A proposal». Geochimica et
Cosmochimica Acta 73, 5241-5255. (La propuesta de «valoración» de
Holland para el GOE, donde el O2 se eleva cuando el flujo de gases reducidos
del manto cae por debajo de la tasa de liberación de O2 por enterramiento de
carbono orgánico y pirita).
· Karhu, J. A., H. D. Holland, 1996. «Carbon isotopes and the rise of
atmospheric oxygen». Geology 24, 867-870. (Una compilación de
las evidencias con isótopos de carbono que demarcan la anomalía isotópica de
Lomagundi, a la que originalmente se consideró la causa del GOE).
· Kasting, J. F., D. H. Eggler, S. P. Raeburn, 1993. «Mantle redox
evolution and the oxidation state of the archean atmosphere». Journal
of Geology 101, 245-257. (En una inteligente propuesta, Kasting y sus
colegas aducen que el manto era más reductor en la Tierra joven, permitiendo
una atmósfera reductora incluso a pesar de la producción de oxígeno por las
cianobacterias).
· Kirschvink, J. L., R. E. Kopp, 2008. «Palaeoproterozoic ice houses and
the evolution of oxygen-editing enzymes: The case for a late origin of
photosystem II». Philosophical Transactions of the Royal Society B 363,
2755-2765. (Kirschvink y Kopp argumentan aquí que el GOE fue el resultado de la
evolución de las cianobacterias hace unos 2300 millones de años, y discuten y
refutan las evidencias de que las cianobacterias son anteriores a esa fecha).
· Kump, L. R., J. F. Kasting, M. E. Barley, 2001. «Rise of atmospheric
oxygen and the “upside-down” archean mantle». Geochemistry Geophysics
Geosystems vol. n.º 2, paper number 2000GC000114. (Kump y sus colegas
asocian el GOE al cambio del manto, donde los gases volcánicos se originan a
partir de fuentes regionales más oxidadas que antes, cuando la atmósfera era
reductora).
· Sekine, Y., K. Suzuki, R. Senda, K. T. Goto, E. Tajika, R. Tatad, K.
Goto y col., 2011. «Osmium evidence for synchronicity between a rise in
atmospheric oxygen and Paleoproterozoic deglaciation». Nature
Communications vol. n.º 2. doi:10.1038/ncomms1507. (Buen estudio que
aporta evidencias de la movilidad del osmio como resultado del GOE).
CAPÍTULO 9
· Arnold, G. L., A. D. Anbar, J. Barling, T. W. Lyons, 2004. «Molybdenum
isotope evidence for widespread anoxia in mid-Proterozoic oceans». Science 304,
87-90. (Primer artículo que demuestra que los isótopos de Mo pueden restringir
la extensión de las condiciones euxínicas en los océanos primitivos).
· Bekker, A., J. F. Slack, N. Planavsky, B. Krapez, A. Hofmann, K. O.
Konhauser, O. J. Rouxel, 2010. «Iron formation: The sedimentary product of a
complex interplay among mantle, tectonic, oceanic, and biospheric
processes». Economic Geology 105, 467-508. (Una buena revisión
contemporánea de las formaciones de hierro bandeado).
· Cameron, E. M., 1982. «Sulphate and sulphate reduction in early
Precambrian oceans». Nature 296, 145-148. (Encuentra altos
fraccionamientos de isótopos de azufre después del GOE, y postula un aumento en
las concentraciones marinas de sulfato).
· Canfield, D. E., 1998. «A new model for Proterozoic ocean
chemistry». Nature 396, 450-453. (Propone que la oxigenación
de la atmósfera hizo que los océanos se volvieran más sulfurosos, causando una
remoción masiva del hierro disuelto y poniendo fin a la deposición de
formaciones de hierro bandeado). —, 2005. «The early history of atmospheric
oxygen: Homage to Robert M. Garrels». Annual Review of Earth and
Planetary Science 33, 1-36. (Revisa la historia del oxígeno
atmosférico y los procesos que regulan su concentración). —, S. W. Poulton, A.
H. Knoll, G. M. Narbonne, G. Ross, T. Goldberg, H. Strauss, 2008. «Ferruginous
conditions dominated later Neoproterozoic deep-water chemistry». Science 321,
949-952. (Documenta las generalizadas condiciones ferruginosas de las aguas
oceánicas profundas en la era neoproterozoica). —, A. Teske, 1996. «Late
Proterozoic rise in atmospheric oxygen concentration inferred from phylogenetic
and sulphur-isotope studies». Nature 382, 127-132. (Evidencias
con isótopos de azufre de un aumento neoproterozoico en las concentraciones de
oxígeno atmosférico).
· Frei, R., C. Gaucher, S. W. Poulton, D. E. Canfield, 2009. «Fluctuations
in Precambrian atmospheric oxygenation recorded by chromium isotopes». Nature 461,
250-253. (Utiliza isótopos de Cr para documentar fluctuaciones en la
oxigenación de los océanos y, en particular, las condiciones de muy bajo
oxígeno que siguieron a la anomalía isotópica de Lomagundi).
· Holland, H. D., 2002. «Volcanic gases, black smokers, and the great
oxidation event». Geochimica et Cosmochimica Acta 66,
3811-3826. (Dick Holland aporta aquí una posible asociación entre el GOE y la
anomalía isotópica de Lomagundi, basada en la disponibilidad de fósforo). —,
2004. «The geologic history of seawater», en: Holland, H. D., K. K. Turekian
(editores), Treatise on Geochemistry. Elsevier, Amsterdam, pp.
583-625. (Una revision excelente y panorámica, pero aquí en particular Holland
calculó cómo la presencia de Fe2+ en las aguas superficiales a lo largo de una
gran plataforma continental restringe las concentraciones atmosféricas de
oxígeno).
· Planavsky, N. J., P. McGoldrick, C. T. Scott, C. Li, C. T. Reinhard, A.
E. Kelly, X. Chu y col., 2011. «Widespread iron-rich conditions in the
mid-Proterozoic ocean». Nature 477, 488-451. (Demostración de
las generalizadas condiciones ferruginosas a lo largo del proterozoico medio).
· Poulton, S. W., D. E. Canfield, P. Fralick, 2004. «The transition to a
sulfidic ocean ~1.84 billion years ago». Nature 431, 173-177.
(Demostración de una transición desde formaciones de hierro bandeado hasta
condiciones euxínicas tras la deposición de la formación de hierro de
Gunflint). —, P. W. Fralick, D. E. Canfield, 2010. «Spatial variability in
oceanic redox structure 1.8 billion years ago». Nature Geoscience 3,
486-490. (Documenta la estructura 2-D de la química oceánica durante y después
de la deposición de la formación de hierro de Gunflint. Muestra que las
condiciones euxínicas se extendían a unos 100 kilómetros de la costa, y desde
ahí se desarrollaban las condiciones ferruginosas).
· Raiswell, R, D. E. Canfield, 2012. «The iron biogeochemical cycles past
and present». Geochemical Perspectives 1, 1-20. (El reciclado
bioquímico del hierro, en el pasado y ahora, siguiendo el relato de las
carreras científicas de Raiswell y Canfield).
· Sarmiento, J. L., T. D. Herbert, J. R. Toggweiler, 1988. «Causes of
anoxia in the world ocean». Global Biogeochemical Cycles 2,
115-128. (Modelo simple y bello de los controles de la oxigenación de las aguas
oceánicas profundas).
· Shen, Y., A. H. Knoll, M. R. Walter, 2003. «Evidence for low sulphate
and anoxia in a mid-Proterozoic marine basin». Nature 423,
632-635. (Mostró la presencia de prolongadas condiciones sulfurosas de las
aguas profundas en una cuenca marina de aproximadamente 1500 millones de años
de Northern Territory, Australia).
· Slack, J. F., T. Grenne, A. Bekker, O. J. Rouxel, P. A. Lindberg, 2007.
«Suboxic deep seawater in the late Paleoproterozoic: Evidence from hematitic
chert and iron formation related to seafloor-hydrothermal sulfide deposits,
central Arizona, USA». Earth and Planetary Science Letters 255,
243-256. (Muestra que las aguas oceánicas profundas no eran sulfurosas en el
eón paleloproterozoico tardío).
· Wilkinson, B. H., B. J. McElroy, S. E. Kesler, S. E. Peters, E. D.
Rothman, 2009. «Global geologic maps are tectonic speedometers: Rates of rock
cycling from area-age frequencies». Geological Society of America
Bulletin 121, 760-779. (Un moderno análisis de la preservación de las
rocas en función del tiempo).
CAPÍTULO 10
· Billings, E., 1872. «On some fossils from the Primordial rocks of
Newfoundland». The Canadian Naturalist 4. 465-479. (Primera
descripción de la fauna de Ediacara).
· Bjerrum, C. J., D. E. Canfield, 2011. «Towards a quantitative
understanding of the late Neoproterozoic carbon cycle». Proceedings of
the National Academy of Sciences of the United States of America 108,
5542-5547. (Un modelo para explicar las grandes anomalías isotópicas negativas
basándose en el funcionamiento inestable del ciclo del metano).
· Butterfield, N. J., 2011. «Animals and the invention of the Phanerozoic
Earth system». Trends in Ecology and Evolution 26, 81-87. (Un
enfoque de cómo los animales han dado forma al medio geoquímico).
· Canfield, D. E., S. W. Poulton, A. H. Knoll, G. M. Narbonne, G. Ross, T.
Goldberg, H. Strauss, 2008. «Ferruginous conditions dominated later
Neoproterozoic deep water chemistry». Science 321, 949-952.
(Artículo que muestra el desarrollo generalizado de unas condiciones
ferruginosas en aguas profundas durante la era neoproterozoica).
· Canfield, D. E., S. W. Poulton, G. M. Narbonne, 2007.
«Late-Neoproterozoic deep-ocean oxygenation and the rise of animal life». Science 315,
92-95. (Artículo que muestra la oxigenación del océano profundo de la península
de Avalon hace unos 580 millones de años).
· Dahl, T. W., E. U. Hammarlund, A, D. Anbar, D. P. G. Bond, B. C. Gill,
G. W. Gordon, A. Knoll y col., 2010. «Devonian rise in atmospheric oxygen
correlated to the radiations of terrestrial plants and large predatory
fish». Proceedings of the National Academy of Sciences of the United
States of America PNAS 107, 17911-17915. (Utiliza evidencias con
isótopos del molibdeno en apoyo de un aumento neoproterozoico de las
concentraciones de oxígeno atmosférico, así como de otro aumento más tardío, en
el periodo devónico).
· Derry, L. A., S. B. Jacobsen, 1990. «The chemical evolution of
precambrian seawater: Evidence for REEs in banded iron formation». Geochimica
et Cosmochimica Acta 54, 2965-2977. (Inteligente aplicación de
múltiples sistemas de isótopos para calcular la tasa de enterramiento de
isótopos de carbono durante la era neoproterozoica).
· Knoll, A. H., 2011. «The multiple origins of complex
multicellularity». Annual Review of Earth and Planetary Sciences 39,
217-239. (Fascinante exploración de la evolución de la multicelularidad entre
diferentes grupos de organismos, con una maravillosa discusión de la evolución
temprana de los animales).
· Knoll, A. H., J. M. Hayes, A. J. Kaufman, K. Swett, I. B. Lambert, 1986.
«Secular variation in carbon isotope ratios from Upper Proterozoic successions
of Svalbard and East Greenland». Nature 321, 832-838. (Primer
registro de isótopos de carbono que indica unas altas tasas de enterramiento de
carbono durante la era neoproterozoica).
· Narbonne, G. M., 2005. «The Ediacara biota: Neoproterozoic origin of
animals and their ecosystems». Annual Review of Earth and Planetary
Science 33, 421-442. (Excelente revision de la fauna de Ediacara).
· Nursall, J. R., 1959. «Oxygen as a prerequisite to the origin of the
metazoa». Nature 183, 1170-1172. (Discusión pionera de la
relación entre la historia de las concentraciones de oxígeno atmosférico y la
evolución animal).
· Rothman, D. H., J. M. Hayes, R. E. Summons, 2003. «Dynamics of the
Neoproterozoic carbon cycle». Proceedings of the National Academy of
Sciences of the United States of America 100, 8124-8129. (Sagaz
análisis de las anomalías isotópicas del carbono de la era neoproterozoica, con
la insinuación de que se originaron por la oxidación periódica de un gran
reservorio de carbono orgánico disuelto en el mar).
· Runnegar, B., 1982. «Oxygen requirements, biology and phylogenetic
significance of the late Precambrian worm Dickinsonia, and the
evolution of the burrowing habit». Alcheringa 6, 223-239. (Un
intento de poner límites a los niveles de oxígeno atmosférico durante la
emergencia de la vida animal, basado en cálculos sobre los requisitos
fisiológicos del fósil de Ediacara Dickinsonia).
· Seilacher, A., 1992. «Vendobionta and Psammocorallia: Lost constructions
of Precambrian evolution». Journal of the Geological Society of London 149,
607-613. (Propuesta de Seilacher para la afinidad biológica de la fauna de
Ediacara).
· Shen, Y., T. Zhang, P. F. Hoffman, 2008. «On the coevolution of
Ediacaran oceans and animals». Proceedings of the National Academy of
Sciences of the United States of America 105, 7376-7381. (Muestra el
desarrollo de la oxigenación de las aguas profundas hace unos 580 millones de
años).
· Sahoo, S. K., N. J. Planavsky, B. Kendall, X. Wang, X. Shi, C. Scott, A.
D. Anbar y col., 2012. «Ocean oxygenation in the wake of the Marinoan
glaciation». Nature 489, 546-549. (Aporta evidencias de la
oxigenación del océano justo después de la glaciación Marinoan, hace 630
millones de años).
· Sprigg, R. C., 1947. «Early Cambrian (?) jellyfishes from the Flinders
ranges, South Australia». Transactions of the Royal Society of South
Australia 71, 212-224. (El artículo que puso en el mapa a los fósiles
de Ediacara).
CAPÍTULO 11
· Bergman, N. M., T. M. Lenton, A. J. Watson, 2004. «COPSE: A new model of
biogeochemical cycling over Phanerozoic time». American Journal of
Science 304, 397-437. (Modelo de evolución del oxígeno independiente
de isótopos a lo largo del fanerozoico, basado en un número limitado de
«conductores» del input).
· Berner, R. A., 1987. «Models for carbon and sulfur cycles and
atmospheric oxygen: Application to peleozoic geologic history». American
Journal of Science 287, 177-196. (Primer intento de Bob Berner de
construir un modelo de regulación del oxígeno. Se introduce la idea de
reciclado rápido). —, 2006. «GEOCARBSULF: A combined model for Phanerozoic
atmospheric O2 and CO2». Geochimica et Cosmochimica Acta 70,
5653-5664. (Un modelo totalmente acoplado del oxígeno, el carbono y el azufre,
con numerosos outputs como el CO2 y el O2 atmosféricos y
diversos componentes químicos de los océanos. La plataforma de modelos más
avanzada de Bob Berner). —, D. E. Canfield, 1989. «A model for atmospheric
oxygen over Phanerozoic time». American Journal of Science 289,
333-361. (Niveles de oxígeno atmosférico a partir de los datos de abundancia de
rocas). —, A. C. Lasaga, R. M. Garrels, 1983. «The carbonate-silicate
geochemical cycle and its effect on atmospheric carbon dioxide over the past
100 million years». American Journal of Science 283, 641-683.
(Artículo clásico sobre el modelado de la historia del CO2 atmosférico).
· Butterfield, N. J., 2011. «Animals and the invention of the Phanerozoic
Earth system». Trends in Ecology and Evolution 26, 81-87. (El
punto de vista de Nick Butterfield sobre el papel de los animales en la
formación de su entorno químico).
· Dahl, T. W., E. U. Hammarlund, 2011. «Do large predatory fish track
ocean oxygenation?». Communicative & Integrative Biology 4,
1-3. (Un buen estudio de modelado que muestra cómo la tasa metabólica de los
peces y su tamaño están acoplados a los niveles de oxígeno disponible). —, E.
U. Hammarlund, A. D. Anbar, D. P. G. Bond, B. C. Gill, G. W. Gordon, A. H.
Knoll y col., 2010. «Devonian rise in atmospheric oxygen correlated to the
radiations of terrestrial plants and large predatory fish». Proceedings
of the National Academy of Sciences of the United States of America 107,
17911-17915. (Presenta evidencias con isótopos del molibdeno de un aumento del
oxígeno atmosférico durante el periodo devónico).
· Garrels, R. M., A. Lerman, 1981. «Phanerozoic cycles of sedimentary
carbon and sulfur». Proceedings of the National Academy of Sciences of
the United States of America 78, 4652-4656. (El artículo con el que
comenzó todo. Un modelo revelador de la evolución de los ciclos del carbono y
el azufre a lo largo del fanerozoico). —, F. T. Mackenzie, 1971. Evolution
of Sedimentary Rocks. W.W. Norton, Nueva York. (Un verdadero clásico.
Envuelve el recién hallado reconocimiento de la tectónica de placas con
percepciones fundamentales de la composición y el reciclado geológico de las
rocas sedimentarias).
· Harlé, É., A. Harlé, 1911. «Le vol de grands reptiles et insectes
disparus semble indiquer une pression atmosphérique élevée». Bulletin
de la Société Géologique de France 11, 118-121. (Una de las primeras
discusiones, tal vez la primera, de los niveles de oxígeno atmosférico y el
gigantismo de los insectos).
· Harrison, J. F., A. Kaiser, J. M. VandenBrooks, 2010. «Atmospheric
oxygen level and the evolution of insect body size». Proceedings of the
Royal Society of London B 277, 1937-1946. (Buena revisión del modo en
que el tamaño de los insectos se ve influido por los niveles de oxígeno en
sistemas experimentales).
· Kump, L. R., Garrels, R. M., 1986. «Modeling atmospheric O2 in the
global sedimentary redox cycle». American Journal of Science 286,
337-360. (El primer modelo completo de la evolución del oxígeno atmosférico a
lo largo del tiempo geológico. Basado en la filosofía de modelado de Garrels y
Lerman).
· Lamsdell, J. C., S. J. Braddy, 2010. «Cope’s Rule and Romer’s theory:
Patterns of diversity and gigantism in eurypterids and Palaeozoic
vertebrates». Biology Letters 6, 265-269. (Buena exploración
de la historia de la evolución del tamaño entre los euriptéridos, que se asocia
a la evolución de los niveles de oxígeno atmosférico).
· Ward, P. D., 2006. Out of Thin Air. Joseph Henry Press,
Washington. (Una exploración del modo en que los cambios del oxígeno
atmosférico han influido en la evolución animal durante el eón fanerozoico.
Basado con fuerza en el modelo Geocarbsulf).
Epílogo
· Kump, L. R., 2008. «The rise of atmospheric oxygen». Nature 451,
277-278. (Breve y excelente revisión de la historia del oxígeno atmosférico).
Alfombra de bacterias oxidantes del sulfuro en sedimentos hidrotermales de
la cuenca de Guaymas, golfo de México. Foto tomada mientras el autor estaba a
bordo del Alvin.
Poblaciones microbianas fotótrofas estratificadas en arena de playa de la
isla de Bornholm, Dinamarca. Foto del autor.
Una formación de hierro bandeado (BIF) de 2500 millones de años en la
garganta de Dales, Australia Occidental. Foto del autor.
Población natural de bacterias púrpuras del azufre. Estos organismos
concretos están implicados probablemente en la oxidación del sulfuro, pero
tienen una relación estrecha con las bacterias púrpuras fotótrofas oxidantes
del hierro. Foto cortesía de Bo Thamdrup y Jakob Zopfi.
Evolución del uso de compuestos sensibles a redox (reacciones de
reducción/oxidación) en el metabolismo microbiano. Los colores indican la
abundancia de enzimas que se unen a cada compuesto con relación al presente.
Siguiendo este esquema, la utilización de oxígeno, y de diversos compuestos del
nitrógeno y compuestos C1 (compuestos con un solo átomo de carbono, incluido el
metano CH4), evolucionó bastante tarde, mientras que la utilización de
compuestos de manganeso y azufre evolucionó pronto. Ligeramente modificado a
partir de David y Alm (2011), con permiso.
Comparación de las estructuras de las proteínas del centro de reacción
fotosintético. Versión en color de la figura 3.4.
Alfombra de cianobacterias estratificada de Guerrero Negro, península de
Baja, México. Foto del autor.
Estromatolito moderno de la bahía de Shark, Australia. Foto del autor.
Peñasco rojo brillante de la formación Gaskier, comparada con la coloración
gris apagada del peñasco adyacente de la superpuesta formación Drook. Foto del
autor.
Notas:
[1] La
navaja de Ockham se atribuye al fraile inglés del siglo XIV Guillermo de
Ockham. En su forma original, traducida del latín, dice: «No se deben
multiplicar las entidades innecesariamente». En términos más ordinarios, la
navaja de Ockham enuncia que la mejor explicación de algo suele ser la más
simple.
[2] Las
reacciones redox deben ser favorables termodinámicamente y, para el aficionado,
los organismos realmente requieren que las reacciones sean más que meramente
favorables termodinámicamente. De hecho, la reacción debe ser favorable por
unos 15 o 20 kilojulios por mol de carbono orgánico oxidado durante el
metabolismo heterótrofo. Esto se debe a que, al nivel celular, la función
biológica más básica es la producción de ATP. Esto requiere la traslocación de
3 a 4 protones (H+) a través del un complejo enzimático conocido
como ATPasa (pronunciado atepeasa), y la energía mínima que
necesita un organismo, por lo tanto, es la energía requerida para traslocar un
protón, que se estima en 15 o 20 kilojulios por mol de carbono orgánico
oxidado.
[3] Cuando
las condiciones se ponen difíciles, y/o el agua se vuelve escasa, muchos
organismos pueden formar esporas o quistes y permanecer en una especie de
animación suspendida casi indefinidamente, hasta que las condiciones mejoran y
pueden reiniciar el metabolismo.
[4] El
nombre zona Goldilocks remite al cuento tradicional
escocés Goldilocks y los tres osos, o Ricitos de Oro y los
tres osos, en el que la niña Goldilocks se topa con la casa de los tres
osos. La casa está vacía y, al entrar, Goldilocks ve que la crema de avena del
osito pequeño, su silla y su cama son «justo las adecuadas» para ella, y luego
se duerme en esa camita. Cuando los tres osos regresan, el osito despierta a
Goldilocks y ella salta deprisa por la ventana para escapar de la casa.
[5] El
albedo define la reflectividad de un objeto a la luz visible. Un objeto con un
albedo cero es perfectamente negro y absorbe toda la luz que le llega, mientras
que un cuerpo perfectamente reflectivo es blanco, con albedo 1. Así, un objeto
de bajo albedo absorberá más energía lumínica y se calentará más que un objeto
de alto albedo. El albedo de la Tierra se estima en 0,3, incluyendo el efecto
de las nubes.
[6] La
atmósfera actual de Venus contiene muy poca agua. La mayor parte del agua que
tenía originalmente se perdió por fotolisis, un proceso estimulado por la luz
que produce oxígeno gaseoso e hidrógeno gaseoso. En Venus, el hidrógeno debió
de escapar al espacio, mientras que el oxígeno habría reaccionado con los
minerales de la superficie del planeta, o bien con gases procedentes del
interior. De hecho, la atmósfera actual de Venus es rica en CO2, ya
que el CO2 se ha acumulado durante eones a medida que salía del
interior del planeta.
[7] El
Sol brilla más cada vez conforme la proporción H2/He en su núcleo
decrece por las reacciones de fusión nuclear. Según el modelo solar
estándar, esto conduce a una contracción gravitatoria, la liberación de
calor y un incremento de temperatura, que se expresa como un incremento de
luminosidad. Se estima que, cuando el Sol se acababa de formar, hace unos 4500
millones de años, sólo tenía el 70% de la luminosidad actual.
[8] Soy
del medio oeste de Estados Unidos, donde las lápidas se suelen tallar en
caliza. Las lápidas con más de 150 años suelen ser ilegibles, o casi. La razón
es el proceso de erosión. El CO2 de la atmósfera se disuelve en
la lluvia y reacciona con la caliza, corroyéndola lentamente a medida que la
lluvia corre por su superficie.
[9] Estas
evidencias vienen de la distribución de minerales en los suelos antiguos (de
2700 a 2200 millones de años atrás), conocidos como paleosuelos. Estos
paleosuelos carecen de siderita, lo que, según los cálculos de Rob Rye, Phillip
Kuo y Dick Holland, significa que los niveles atmosféricos de CO2 eran
mucho menores que los esperados (Rye y colaboradores, 1995. Las concentraciones
atmosféricas de dióxido de carbono antes de 2200 millones de años atrás. Nature 378,
603-605). Este tópico se discute en detalle en el capítulo 7.
[10] Unos
altos niveles de metano pueden encajar también con nuestra comprensión de la
manera en que las concentraciones de oxígeno han cambiado con el tiempo, como
se revelará en capítulos posteriores; el oxígeno y el metano son
termodinámicamente inestables si están juntos, y reaccionan en la atmósfera
formando CO2.
[11] Minik
Rosing y sus colegas arguyeron que el albedo de la Tierra joven era menor de lo
que se asume normalmente, porque el área continental era menor que en el
presente, y porque se habrían generado menos nubes debido a un menor número de
núcleos de condensación inducidos biológicamente. Con un menor albedo, no se
requeriría tanta concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera
para templar la Tierra, incluso con un Sol joven menos brillante. Estos
investigadores también presentaron evidencias adicionales en apoyo de una
atmósfera baja en CO2, argumentando que la abundancia de magnetita
en las formaciones de hierro bandeado que datan del eón arcaico es incoherente
con unos altos niveles de CO2 atmosférico en ese periodo. Si el
CO2 hubiera sido mucho más alto que ahora, la siderita sería la
fase dominante de Fe (hierro).
[12] En
la atmósfera actual hay 3,16×1015 Kg de CO2 (a
400 ppm, o partes por millón), lo que equivale a 72 ×1015 moles.
Las tasas totales de fotosíntesis en la Tierra ascienden a unos 8 ×1015 moles/año,
así que el tiempo de residencia del CO2 en la atmósfera con
respecto a su retirada por fotosíntesis es de 72 ×1015 moles/(8
×1015 moles/año), o unos 9 años.
[13] Hay
en la actualidad 3,3 ×1015 moles de fosfato en los océanos. Las
tasas marinas de fotosíntesis ascienden a unos 4 ×1015 moles/año,
y la fracción media de C/P (carbono a fósforo) del fitoplancton es 106:1, de
modo que el tiempo de residencia del P con respecto a su captación por el
plancton es [3,4 ×1015 moles/(4 ×1015 moles/año)]
×106, o unos 86 años.
[14] Mis
colegas geoquímicos me pondrán objeciones aquí, porque, como se menciona en el
texto, el carbono también es retirado permanentemente en los sedimentos como
minerales de carbonato inorgánico. Además, el bicarbonato es la principal forma
de carbono inorgánico en los océanos y su reservorio supone unas 50 veces más
que el CO2 en la atmósfera. El resultado final de todo esto
sería alargar el tiempo de residencia calculado en un factor de 10, más o
menos. Tener en cuenta estas consideraciones, sin embargo, no cambiará el
argumento que se hace en el texto.
[15] De
niño tenía una pesadilla recurrente en la que gateaba por una cueva hasta
llegar a una angostura en que me quedaba atascado. Espeluznante.
[16] El
agua del río Colorado se utiliza hasta la extenuación para regar, y es una
fuente importante de agua potable para el sur de California. Como resultado, al
golfo de California no llaga más que un hilillo de agua.
[17] Esto
se suele llamar la «zona fótica».
[18] Son
miembros del filo Annelida, y por tanto primos lejanos de la
lombriz de tierra y la sanguijuela.
[19] Los
organismos autótrofos, incluidos los autótrofos metanógenos, obtienen su
material celular del CO2.
[20] La
reacción es 4H2 + CO2 CH4 + 2H2O.
[21] Los
heterótrofos en general obtienen su material celular de la materia orgánica.
Los metanógenos heterótrofos, en particular, están especializados en romper el
acetato en metano y CO2 (la reacción es H+ + CH2COO-à CH4 +
CO2). El acetato es un producto de fermentación común. Algunos
metanógenos pueden también descomponer compuestos de metilamina, liberando
metano, y también pueden producir metano a partir de alcoholes simples como el
metanol.
[22] Las
reacciones son:
SO42—+ 2CH2O → H2S + 2HCO3—
SO42—+ 4H2 + 2H+ → H2S
+ 4H2O
[23] El
H2 es un compuesto químico altamente reducido, y por tanto muy
adecuado para reducir el CO2 a materia orgánica, y el sulfato a
sulfuro, y también puede reducir muchas otras especies químicas oxidadas.
Recordemos del capítulo anterior que los organismos consiguen energía y crecen
controlando estas reacciones de oxidación-reducción termodinámicamente
favorables.
[24] Esto
significa, literalmente, organismos fotosintéticos no productores de oxígeno.
[25] La
reacción es: 2H2 + CO2 → H2O + CH2O.
[26] En
referencia a los organismos procariotas, el famoso geobiólogo Laurens Baas
Backing enunció en su libro de 1934 Geobiología: «Todo está en
todas partes, pero el entorno selecciona». Pienso que Fritz Widdel es un firme
creyente en ese principio. Nunca parece viajar muy lejos del laboratorio para
recolectar algunas de las especies microbianas más interesantes.
[27] Para
compartir algunas, al hacer nuestros cálculos asumimos que la disponibilidad de
nutrientes y la velocidad de circulación de los océanos eran las mismas que
hoy.
[28] El
nombre es una broma, porque este es un lugar increíblemente caliente.
[29] Esta
cita y las siguientes de Scheele están tomadas como extractos traducidos del
volumen original de Scheele. Los extractos son de El descubrimiento del
oxígeno, parte 2, Experimentos de Carl Wilhelm Scheele (1777), Alembic Club
Reprints, no. 8, Edimburgo (1901), traducción de Leonard Dobbin.
[30] El
alquimista e inventor Comelis Drebbel (1572-1633) descubrió, aparentemente, que
el «salpetre aéreo» (oxígeno) respirable podía producirse calentando nitrato
potásico, y supuestamente usó esta técnica en 1621 para sustentar la regata de
12 remeros durante 10 millas bajo el agua, en lo que constituyó probablemente
el primer viaje submarino sostenido.
[31] Realmente
el 21% de nuestra atmósfera.
[32] Priestley
se refirió al oxígeno como aire deflogistado, y lo siguió haciendo
hasta su muerte en 1804. La lógica que subyacía a este nombre era que, si la
acumulación de flogisto procedente de sustancias en combustión causaba que el
aire perdiera su capacidad de sustentar la llama, el aire deflogistado tendría
la propiedad opuesta y sustentaría la llama.
[33] Esta
posible cadena de sucesos se explora en la obra de teatro Oxígeno de
Carl Djerassi, de la Universidad de Stanford, y Roald Hoffmann, de la
Universidad de Cornell.
[34] Esta
cita es de Jan Ingenuos, 1779, Experimentos con vegetales, descubriendo
su gran poder de purificar el aire común a la luz del sol, y de dañarlo a la
sombra y por la noche. A lo que se suma un nuevo método de determinar el grado
exacto de salubridad de la atmósfera. Impreso por P. Elmsly en el Strand y
H. Payne en Pall Mall, Londres.
[35] El
transportador de electrones soluble NADP+ es un compuesto
oxidado que acepta electrones para formar NADPH, su forma reducida
complementaria. El par redox NADP+/NADPH, y el par relacionado NAD+/NADH,
se usan exhaustivamente por las células para conducir reacciones de
oxidación-reducción durante el metabolismo y la biosíntesis.
[36] ATP
significa adenosín trifosfato (o trifosfato de adenosina). Es un compuesto de
alta energía usado por las células para conducir reacciones químicas que de
otro modo serían termodinámicamente imposibles. Una forma importante de
producción de ATP es mediante la llamada cadena de transporte de electrones, en
la que la transferencia de electrones a través de una serie de enzimas
transportadoras se acopla al transporte de protones a través de una membrana.
Los protones y los electrones fluyen de vuelta a través de una enzima conocida
como ATP sintasa, formando ATP en el proceso.
[37] Rubisco
es una abreviatura de ribulosa 1,5-bifosfato carboxilasa/oxigenasa.
[38] Una
pequeña digresión sobre las GSB (bacterias verdes del azufre). Como norma, las
GSB huyen del oxígeno, y la mayoría son expertas en oxidar el sulfuro, aunque
algunas pueden también oxidar el Fe2+ (se encuentran en el lago
Matano, rico en Fe2+, que vimos en el capítulo 2). Algunas GSB han
desarrollado también enormes complejos antena, y viven en unas condiciones de
luz absurdamente baja. Por ejemplo, en el mar Negro, las GSB oxidan el sulfuro
a unas profundidades de 100 metros. Aquí, la luz es equivalente a la que
tendríamos en una noche sin luna ni nubes en el desierto del Mohave ¡llevando
dos pares de gafas de sol razonablemente gruesas! Inténtalo alguna vez.
[39] Los
fotótrofos anoxigénicos miembros de este grupo son muy diversos en estilo de
vida, y viven en entornos que abarcan desde plantas de tratamiento de aguas
residuales hasta lagos sulfurosos. Muchos de estos organismos también pueden
oxidar el sulfuro, y algunos pueden oxidar el Fe2+ también.
Como grupo, sin embargo, son generalistas, y algunos miembros pueden
encontrarse también en entornos bien oxigenados, incluidas las capas altas e
iluminadas por el sol del océano.
[40] Las
duplicaciones de genes no son infrecuentes en la historia de la vida. Puede
ocurrir toda una gama de duplicaciones, desde genes individuales hasta genomas
enteros. Un gen duplicado, sin embargo, puede evolucionar mediante mutaciones
de forma independiente al gen original del que se duplicó. En algunos casos (la
mayoría, probablemente), los genes duplicados se vuelven inservibles y
simplemente desaparecen del genoma. En otros casos, el gen duplicado puede
compartir la función del gen original, y puede incluso acabar funcionando mejor
que la versión original. Todavía en otros casos, un gen duplicado puede
evolucionar para llevar a cabo una función enteramente nueva. En general, si el
gen duplicado sigue siendo beneficioso para la bacteria, se retendrá en el
genoma, y si no lo es, se perderá.
[41] De
hecho, todas las Rubisco tienen una actividad oxigenasa, incluidas las llamadas
proteínas tipo Rubisco (RLP), asociadas con algunas arqueas anaeróbicas. Estas
RLP no se usan para fijar carbono, pero se cree que son las precursoras de las
verdaderas Rubisco fijadoras de carbono.
[42] Una
posible ventaja de Rubisco es que, aunque tiene actividad oxigenasa, aún puede
funcionar con el ciclo de Calvin en presencia de oxígeno, lo que no es el caso
de otras rutas de fijación del carbono.
[43] Cuando
las cianobacterias forman alfombras microbianas, las concentraciones de oxígeno
dentro de las alfombras pueden alcanzar niveles de 1 bario o más altas, como
veremos en el capítulo 4. Esto debió de ser cierto también hace mucho tiempo,
cuando los niveles de oxígeno atmosférico eran mucho más bajos que hoy.
[44] La
producción primaria se refiere a la tasa de formación de materia orgánica a
partir del CO2 mediante procesos autótrofos. Es habitual
referirse ya sea a la producción primaria bruta (GPP, gross primary
production) o a la producción primaria neta (NPP, net primary
production). La producción primaria bruta se refiere a la velocidad
instantánea de fijación de CO2 en compuestos orgánicos,
mientras que la neta se refiere a la velocidad de producción de materia
orgánica una vez que se sustrae la respiración celular: NPP = GPP —
respiración.
[45] Por
supuesto, la Tierra se volvió verde realmente con la muy, muy posterior
evolución de las plantas terrestres.
[46] Al
menos, se habría requerido un microscopio en cualquier zona menos en las
fuentes hidrotermales terrestres, donde las comunidades fotosintéticas
anoxigénicas pueden haber sido bien visibles, como vimos en el capítulo 2.
[47] En
este caso, los depósitos consistían en poco más que una casucha de madera donde
se podía comprar cerveza, soda y (a veces) hielo. La cerveza era barata, el
servicio amigable, y siempre había dos o tres perros ganduleando por la basura,
situada justo enfrente de la puerta.
[48] Los
estromatolitos marinos modernos que quizá sean más famosos se encuentran es
Shark Bay, en Hamlin Pool, Australia, donde la salinidad alcanza más o menos el
doble de la del agua marina normal. Esta agua salada supuestamente disuade a
los animales de pasto, que de otra manera se comerían a las florecientes
cianobacterias. En general, los estromatolitos se forman a medida que las
sustancias pegajosas producidas por las cianobacterias atrapan y adhieren
partículas sólidas, o precipitan carbonato cálcico del agua del mar, formando
estructuras sólidas parecidas a montículos.
[49] Esto
ha sido medido realmente por Bo Barrer Jorgensen, de la Universidad de Aarhus
en Dinamarca. Como un maestro de la investigación sobre las alfombras
microbianas, Bo desarrolló unas sondas que le permitieron explorar la
intensidad y la distribución espectral de la luz en las alfombras microbianas
con una resolución de 0,1 mm de profundidad.
[50] Niels
Peter Revsbech desarrolló un método llamado cambio de luz-oscuridad para
determinar las tasas de producción de oxígeno. La premisa es muy hábil, y en
realidad muy simple. Cuando el perfil de oxígeno se encuentra en estado
estacionario, o que no cambia con el tiempo, en cualquier punto del perfil la
tasa de producción de oxígeno está equilibrada por la tasa de pérdida de
oxígeno por respiración y difusión. Niels Peter razonó que, si apagaba las
luces, eliminaría la producción de oxígeno, pero no los procesos responsables
de su retirada. Por tanto, justo después de apagar la luz, la velocidad
inmediata de descenso del oxígeno medida con el microelectrodo es exactamente
la misma que la velocidad de producción de oxígeno justo antes de que se
apagara la luz. En la práctica, para medir la tasa de producción de oxígeno
(equivalente a la tasa de producción primaria, véase nota 8 más abajo), una
alfombra microbiana se pone a oscuras y la velocidad de descenso del oxígeno se
mide durante un segundo o dos. Después de esto, el perfil de oxígeno empieza a
cambiar de forma, y la velocidad de descenso del oxígeno ya no equivale a la
velocidad de producción de oxígeno antes de quedarse a oscuras.
[51] Las
tasas de producción de materia orgánica y de producción de oxígeno por
fotosíntesis oxigénica son aproximadamente equivalentes. Esto se puede ver en
la ecuación de la fotosíntesis: CO2 + H2O → CH2O
+ O2, donde CH2O representa materia orgánica.
[52] Los
procariotas son lo que normalmente llamamos bacterias. Son organismos
unicelulares que carecen, salvo en raros casos, de orgánulos y un núcleo
envuelto en membranas. Formalmente se dividen en bacterias y arqueas, dos
dominios del árbol de la vida.
[53] Este
uso de la energía lumínica para utilizar oxígeno se llama «reacción de Mehler».
[54] El
oxígeno también supone el 21% de los gases atmosféricos totales en la cima del
monte Everest, donde la baja concentración de oxígeno (por volumen de gas) se
debe a la baja presión atmosférica.
[55] Tal
vez habría que añadir un poco de CO2 al recipiente, de manera
que no empiece a limitar la producción de oxígeno.
[56] Las
plantas respiran, al igual que nosotros, para obtener energía que alimente sus
funciones metabólicas. Hacen esto noche y día, pero de noche no hay producción
fotosintética de carbono, y por tanto hay una oxidación de carbono neta. El
grado hasta el que el oxígeno se consume por la noche variará mucho de planta a
planta, dependiendo sobre todo de la velocidad de crecimiento de la planta. Las
plantas de crecimiento rápido permitirán más acumulación de oxígeno que las
plantas de crecimiento lento.
[57] La
materia orgánica podría incluir restos de la materia orgánica original
producida fotosintéticamente, o cualquiera de los organismos que se han
alimentado de ella cadena trófica arriba. Esto incluiría casi cualquier
organismo no fotosintético desde las bacterias heterótrofas hasta los hongos,
los peces y los caballos.
[58] Una
pizarra es una roca sedimentaria de grano fino, pobre en carbonato y compuesta
predominantemente de arcilla y partículas con la textura del limo.
[59] Estas
son las ecuaciones relevantes que muestran cómo el enterramiento de la pirita
representa una fuente de oxígeno para la atmósfera. La última ecuación es la
suma de las otras tres.
16H+ + 16HCO3- → 16CH2O
+ 16O2 (fotosíntesis oxigénica)
8SO42— + 16CH2O → 16HCO3— +
8H2S (reducción del sulfato)
8H2S + 2Fe2O3 + O2 → 8H2O
+ 4FeS2 (formación de pirita)
16H+ + 8SO42— + 2Fe2O3 →
8H2O + 4FeS2 + 15O2 (suma)
[60] Tristemente,
hoy ambos están muertos. Bob Garrels falleció en 1988, mientras que Karl
Turekian murió justo antes de que yo recibiera las galeradas de este libro para
su corrección. Los dos fueron gigantes de la geoquímica e importantes mentores
para mí en las fases iniciales de mi desarrollo como científico.
[61] Por
supuesto, no todos los sedimentos serían propensos a este tipo de erosión. Se
supone que una fracción del sedimento recién depositado se hace disponible para
la erosión en una escala de tiempo corta (algo así como 10 o 20 millones de
años), mientras que el resto se hace parte del viejo registro
de rocas de reciclado más lento.
[62] La
subducción es una consecuencia natural del proceso de tectónica de placas por
el que el suelo marino creado originalmente en las dorsales centro-oceánicas es
subducido de vuelta al interior del manto. Las áreas de subducción son zonas de
construcción de montañas y gran actividad volcánica. La costa occidental de
Suramérica es un buen ejemplo de zona de subducción.
[63] Anóxico
significa sin oxígeno, y óxico, con oxígeno. La anoxia oceánica se refiere a
una condición en que partes de la columna de agua del océano no contienen
oxígeno. El grado de anoxia oceánica se ha expandido y contraído a lo largo de
la historia de la Tierra en formas que se discuten por todo el texto.
[64] En
los inicios de mi carrera, me impliqué bastante en estudiar los procesos que
controlan la preservación del carbono orgánico en los sedimentos, y si la
preservación se reforzaba durante la descomposición anóxica. Como suele
ocurrir, esa investigación fue un poco complicada, pero las evidencias
empíricas aportadas por mí entre otros, y los estudios experimentales
posteriores, en particular de mi colega Eric Kristensen, de la Universidad del
Sur de Dinamarca, muestran que la materia orgánica se descompone más a fondo en
presencia de oxígeno que por los procesos anaeróbicos que operan en su
ausencia.
[65] Hay
en verdad mucho debate sobre la importancia relativa del nitrógeno y el fósforo
en el control de las tasas de producción primaria en los océanos. Si uno mira a
las tendencias de N y de P en el océano global, en la mayoría de los sitios hay
un ligero exceso de fósforo; esto implica que el nitrógeno es el nutriente
limitante, y por tanto el que es más probable que controle las tasas de
producción primaria. El ligero déficit de nitrógeno surge porque la tasa de
fijación de nitrógeno no está a la altura de la tasa de desnitrificación en el
océano. Este puede considerarse el punto de vista más biológico sobre
la limitación de nutrientes. Los geoquímicos tienden a argumentar que el
fósforo es el nutriente limitante porque el contenido de nitrógeno de los
océanos debería ajustarse al contenido de fósforo con respecto a las
necesidades del fitoplancton que usa los nutrientes. Por ejemplo, si las
existencias de fosfato de los océanos se duplicaran, uno podría predecir que la
fijación de nitrógeno incrementaría las existencias de nitrógeno hasta
compensar (o casi) las necesidades de los productores primarios respecto al
tamaño de las nuevas y mayores existencias de fósforo. Es un punto de vista
digno, y por tanto hay margen para una discusión científica saludable.
[66] Las
razones de las diferencias en la concentración de fósforo entre los sedimentos
depositados en aguas anóxicas y oxigenadas no están completamente claras, pero
se han avanzado algunas ideas. Cuando la columna de agua está oxigenada, se
forman óxidos de hierro en la superficie del sedimento, y estos se adhieren con
fuerza al fosfato, creando una trampa de fósforo dentro de los sedimentos. Esto
podría ser parte de la razón de que los sedimentos bajo una columna oxigenada
de agua contengan más fósforo. Pero no es la única razón, porque también hay
más fósforo orgánico para una cantidad dada de carbono orgánico en los
sedimentos depositados bajo columnas oxigenadas, en comparación con los
depositados en condiciones euxínicas. Ellery Ingall ha insinuado que esto surge
porque los microbios aeróbicos pueden concentrar fósforo preferentemente en su
biomasa, y en fases orgánicas de fósforo que son difíciles de descomponer, en
comparación con el fósforo contenido en los microbios anaeróbicos.
[67] Aunque
la retroalimentación por incendios tiene sus raíces en el trabajo de Watson, a
quien se suele acreditar por ello, él enunció en un comentario sobre una
réplica a su estudio: «No estamos insinuando, desde luego, que el consumo de
oxígeno que ocurre durante la combustión tenga relevancia alguna para el
problema de la regulación del O2. Lo que señalamos es, simplemente,
que una concentración de oxígeno mucho más alta que el 21% actual sería
incompatible con la existencia de una gran biomasa en tierra firme, debido a la
alta probabilidad de incendios» (Watson, Lovelock, Margulis, 1980. «Discusión,
lo que controla el oxígeno atmosférico». Biosystems 12,
124-125). La posible regulación del oxígeno por incendios forestales fue
expresada formalmente por primera vez por Lee Kump (Kump, 1988.
«Retroalimentación terrestre en la regulación del oxígeno atmosférico por el
fuego y el fósforo». Nature 335, 152-154). Nick Lane, en su
maravilloso libro (Oxígeno: la molécula que hizo el mundo, Oxford
University Press, Oxford, 2002), plantea una objeción interesante. Argumenta
que el carbón producido por los incendios sería muy difícil de descomponer, y
realmente podría incrementar el enterramiento de carbono orgánico, produciendo
más oxígeno.
[68] Esta
atribución se encuentra en el Metalogicon de Juan de
Salisbury, escrito alrededor de 1159.
[69] El
Instituto Vernadsky de Geoquímica y Química Analítica de la Academia Rusa de
las Ciencias está en Moscú, como también el Museo Geológico Vernadsky; en
Ucrania y Rusia se pueden ver varios bustos y estatuas con su figura.
[70] Algunas
ideas, como la de Ebelman, simplemente se adelantaron demasiado a su tiempo. En
este caso, la idea era buena, tenía sentido, pero el campo no estaba lo
bastante avanzado para hacer algo con ella. No había el suficiente contexto
geológico en el que situarla, y por tanto sus implicaciones no estaban claras.
Por tanto, se perdió de la conciencia científica colectiva. Fue sólo mucho
después, cuando la historia geológica de la Tierra se comprendió mejor, que la
idea del control del oxígeno adquirió un amplio interés entre la comunidad
científica. Esta vez sí prendió al ser introducida por Garrels, Perry y
Holland.
[71] Uno
es el volumen 19 de la serie Scope, 1983, El ciclo del azufre
biogeoquímico global, editado por Ivanov y Freney.
[72] Aunque
las rocas sedimentarias de este periodo se han perdido, se pueden encontrar
algunos minerales muy primitivos. Por ejemplo, un tipo concreto de mineral
conocido como circón o zircón (ZrSiO4) se ha encontrado en algunas
de las más antiguas rocas sedimentarias conocidas, y algunos de estos circones
se han datado de 4300 a 4400 millones de años atrás. Las rocas que albergaban
estos circones originalmente se han perdido por erosión, pero los circones en
sí mismos son muy resistentes a la erosión. De este modo, se liberaron de sus
rocas parentales mediante la erosión, fueron transportados por los ríos de la
antigüedad y se depositaron en sedimentos más jóvenes. Estos circones contienen
algunas pistas sobre la presencia o ausencia de agua en aquel planeta muy
joven, y tal vez otras pistas que aún tenemos que aprender a leer.
[73] Esta
redistribución es un asunto del que debemos ser conscientes en todas las rocas
a las que miramos.
[74] Las
turbiedades son un tipo común de sedimento, formado en general en aguas
profundas. Se forman a partir de lo que se podría ver como una avalancha
submarina cuando los sedimentos de profundidades más someras se removilizan y
fluyen pendiente abajo hasta aguas profundas. La removilización puede ocurrir a
causa de terremotos, por ejemplo, o de la inestabilidad inherente de los
sedimentos que se depositan en una pendiente acusada.
[75] Hace
muchos años, antes de que Minik estudiara sus rocas, Manfred Schidlowski, del
Instituto Max Planck de Química en Mainz, Alemania, examinó y midió la
composición isotópica del grafito en las rocas de Isua. Estas, sin embargo, no
eran las mismas rocas analizadas por Minik, y no tenían el mismo contexto
geológico. Sus valores estaban en general menos reducidos en 13C
que los determinados por Minik (véase el texto principal para una explicación
de estos isótopos del carbono).
[76] δ13C
= 1.000(R13/12muestra - R13/12estándar)/( R13/12estándar),
donde R13/12 es la razón de carbono-13 a carbono-12 ya sea en nuestra muestra o
en nuestro control estándar.
[77] «Por
mil» es lo mismo que partes por mil. Por comparación, «por ciento» (%) es lo
mismo que partes por centenar. Por tanto, el valor por mil es 10 veces mayor
que el valor por ciento.
[78] Hay
formas de producir materia orgánica de formas no biológicas, y generan unas
señales isotópicas similares a las halladas en Isua. Sin embargo, estas
reacciones requieren catalizadores que no son aparentes en las rocas de Isua.
Más aún, estas rutas inorgánicas, que se desconocen en la columna de agua, no
pueden dar cuenta fácilmente del entreverado de estratos orgánicos con
turbiedades de las rocas de Isua.
[79] Algunas
cianobacterias fabrican unas células llamadas heterocistos, en las que ocurre
la fijación de nitrógeno que vimos en el capítulo 4; otras cianobacterias
producen células quiescentes llamadas acinetos. Tanto los acinetos como los
heterocistos tienen morfologías distintivas y, si se encuentran en un
filamento, aportan una evidencia convincente de cianobacterias. En otros casos,
la morfología de las cianobacterias antiguas y bien preservadas se asemeja
tanto a la de las modernas que interpretarlas como cianobacterias es difícil de
eludir.
[80] Algunos
de ellos serían bacterias del azufre filamentosas de los géneros Beggiatoa y Thioploca,
que oxidan el sulfuro con oxígeno y nitrato para sobrevivir.
[81] Muy
recientemente, Martin Brasier y sus colegas han presentado algunas evidencias
de bacterias fósiles en unas rocas 60 millones de años más jóvenes que el Apex
Chert (Wacey, Kilbum, Saunders, Cliff y Brasier, 2011. «Microfósiles de células
metabolizadoras de azufre en rocas de 3400 millones de años en Australia
Occidental». Nature Geoscience 4, 698-702). Estas formas
fósiles tienen firmas de isótopos de carbono coherentes con la vida. Los
fósiles en sí mismos no están tremendamente bien conservados, y probablemente
serán sometidos al mismo tipo de escrutinio que los fósiles del Apex Chert
descritos por Bill Schopf, pero la prueba de los isótopos del carbono parace un
indicador de vida muy sólido.
[82] También
encontraron una variedad de los llamados hopanoides, o moléculas similares al
hopano, y en particular 2-metil hopanos. Solía pensarse que eran biomarcadores
específicos de cianobacterias, pero trabajos subsiguientes han mostrado que
también son producidos por procariotas no cianobacterianos (Welander, Coleman,
Sessions, Summons y Newman, 2010. Identificación de una metilasa requerida para
la producción de 2-metil hopanoide e implicaciones para la interpretación de
los hopanos sedimentarios. PNAS 107, 8537-8542). En
consecuencia, ya no se los considera biomarcadores estrictamente
cianobacterianos.
[83] Los
eucariotas son organismos cuyas células contienen un núcleo envuelto en
membranas, y también orgánulos como las mitocondrias, y en plantas los
cloroplastos.
[84] Tristemente,
Dick falleció después de que yo escribiera la primera versión de este capítulo.
Sin embargo, yo le había enviado una copia en cuanto el borrador estuvo listo,
y todo lo que puedo esperar es que le gustaran las primeras páginas.
[85] El
paleozoico es la primera de las tres eras del eón fanerozoico, o la edad de los
animales. El eón fanerozoico se extiende desde el final del eón proterozoico,
hace 542 millones de años, hasta el final del periodo pérmico, hace 251
millones de años. El final del periodo pérmico viene marcado por la mayor
extinción conocida de la vida animal en la historia de la Tierra. Véase el
prefacio y la figura P.1 para más detalles.
[86] De
hecho, gran parte del oro se redistribuyó debido a una actividad hidrotermal
posterior y, aunque aún hay un debate activo, una escuela de pensamiento
mantiene que el oro redistribuido se derivó de granos de oro originales de los
detritos. Parece haber algunas evidencias para esto, pues algunos granos de oro
residuales son aún aparentes.
[87] Podríamos
hacer excursiones a varios lugares de Estados Unidos, Canadá, Sudáfrica, India,
Ucrania, Brasil y Groenlandia y observar rocas similares con edades que abarcan
el eón arcaico. También hay algunos ejemplos más recientes de este tipo de rocas,
de unas edades concentradas alrededor de 1900 millones de años y de 600 a 700
millones de años atrás. Las discutiremos en capítulos posteriores.
[88] James
Farquhar es muy modesto, y estoy seguro de que sus palabras no fueron esas.
[89] El
isótopo 32S tiene 16 protones y 16 neutrones, mientras
que 33S tiene el mismo número de protones y 17 neutrones. El
isótopo 34S tiene 18 neutrones, y el 36S tiene
20.
[90] Debido
a la baja concentración de sulfato, no se forma yeso mientras se concentra el
agua marina, así que no tenemos que preocuparnos por el yeso como una fuente de
sulfato fluvial en un mundo de bajo oxígeno.
[91] Hablamos
aquí del estado redox del manto. Este puede evaluarse, por ejemplo, midiendo la
concentración de vanadio en las rocas volcánicas. El vanadio se reparte en una
fusión parcial de rocas del manto según el estado redox del manto donde la roca
fundida se formó. Por tanto, cuando estas fusiones emergen en la superficie de
la Tierra, los contenidos de vanadio aportan una medida del estado redox del
manto. Si examinamos esas rocas volcánicas a lo largo del tiempo, podemos
evaluar la evolución del estado redox del manto, y la evidencia disponible
indica que no ha variado mucho (véase por ejemplo Canil, 2002. «Vanadio en las
peridotitos, redox del manto y entornos tectónicos: del arcaico al
presente». Earth and Planetary Science Letters 195, 75-90).
[92] Aquí
la idea es que, para generar un efecto isotópico independiente de masa a partir
de un solo compuesto de partida, por ejemplo el SO2, que
inicialmente presenta una firma isotópica dependiente de masa, se deben generar
al menos dos productos que muestren señales isotópicas opuestas. Imaginemos
ahora que la subsiguiente química atmosférica, en este caso la oxidación con
oxígeno, cause que cada uno de esos productos forme el mismo compuesto, sulfato
en este caso. El sulfato se habrá formado combinando las señales isotópicas
independientes de masa opuestas de los compuestos originales formados por la
fotodisociación del SO2, generando un producto con la misma señal
isotópica dependiente de masa que el SO2 original.
[93] En
realidad, Cloud prefirió el intervalo de edad de 2000 a 2200 millones de años
atrás, basándose en las cronologías disponibles en la época. Dataciones
posteriores mejoradas han movido las edades un poco hacia atrás.
[94] Dick
Holland también examinó la química de los suelos antiguos, los llamados
«paleosuelos». Son los remanentes de viejos horizontes de suelo preservados en
el registro geológico. Para abreviar, antes del GOE (la gran oxidación), los
suelos perdieron una gran cantidad de hierro por erosión química. Esto se debe
a que, en una atmósfera baja en oxígeno, el proceso de erosión solubilizaba el
hierro de la roca, pero al no haber oxígeno para convertirlo en óxido a partir
de la disolución, el hierro disuelto (Fe2+) era transportado desde
el suelo hasta las corrientes y los ríos, y supuestamente hasta los océanos.
Después del GOE, el hierro reaccionaba con el oxígeno y así era retenido en el
suelo en forma de minerales oxidados (véase, por ejemplo, Rye y Holland, 1998.
«Paleosuelos y la evolución del oxígeno atmosférico: una revisión
crítica». American Journal of Science 298, 621-672).
[95] Una
de las ideas de Joe Kirschvink es la hipótesis de la «bola de nieve global» (Snowball
Earth). Aquí, Joe reconoció que muchos depósitos glaciales asociados a
glaciaciones extendidas durante la era proterozoica estaban localizados cerca
del ecuador. Un poco antes, el ruso Mikhail Budyko había hecho un modelo del
intercambio de calor en la superficie de la Tierra y había concluido que, si el
hielo glacial había llegado alguna vez a 50 grados del ecuador, el albedo
habría sido tan alto que la Tierra no hubiera podido retener el calor solar
suficiente para impedir que los glaciares cubrieran el planeta. Esto se conoce
como glaciación desbocada, y Joe aplicó el modelo a las glaciaciones
neoproterozoicas, argumentando que durante esa era la Tierra entró en una
glaciación desbocada, posiblemente varias veces, congelándose en una pieza y
generando una «bola de nieve global». También hizo algunas sugerencias
inteligentes acerca del modo en que la Tierra se escapó de esa situación.
[96] El
dióxido de carbono (CO2), el ácido carbónico (H2CO3),
el ión bicarbonato (HCO3-) y el ión carbonato (CO32-)
están relacionados entre sí por un equilibrio químico gobernado por el pH. Al
pH del agua marina (alrededor de 8), domina el ión bicarbonato; a un pH más
bajo se vuelven más importantes el ácido carbónico y el CO2; y a un
pH más alto gana prominencia el ión carbonato.
[97] Aunque
este salto isotópico fue descrito por primera vez por Manfred Schidlowski, del
Instituto Max Planck de Química en Mainz, Alemania, en los años setenta.
[98] He
tomado este experimento de Cómo funciona el agua, de Michael Allaby
(Dorling Kindersley, Londres, 1995). Llena del todo un vaso transparente con
agua coloreada caliente (pero que no hierva) y cubre el vaso con papel de
aluminio. Pon el vaso cubierto en un florero, o una pecera, con agua fría sin
teñir y retira con cuidado el papel de aluminio, o perfóralo. Y mira lo que
pasa. Compáralo con lo que pasa cuando el vaso y la pecera contienen agua a la
misma temperatura, o a temperaturas sólo un poco diferentes.
[99] Los
planetesimales son objetos sólidos pequeños que se formaron en los primeros
estadios de desarrollo del sistema solar. Mediante colisiones violentas, estos
planetesimales se fueron agrupando en cuerpos más grandes y, finalmente, en
nuestra región del sistema solar, generaron la Tierra.
[100] Representado
como la demanda de H2, que es el doble de la tasa de producción de O2:
2H2 + O2 à 2 H2O.
[101] Los
cálculos de Dick están basados fundamentalmente en el registro isotópico de
carbono orgánico y carbono inorgánico, y en lo que ese registro implica sobre
las tasas de enterramiento del carbono orgánico a lo largo del tiempo. Para
hacer estas estimaciones, también hay que saber cómo ha cambiado con el tiempo
el tamaño del reservorio de carbono en la superficie de la Tierra. Estas ideas
están tomadas del trabajo de John Hayes y Jake Waldbauer, que publicaron un
maravilloso artículo sobre la evolución del ciclo del carbono a lo largo del
tiempo (Hayes y Waldbauer, 2006. «El ciclo del carbono y los procesos redox
asociados a lo largo del tiempo». Philosophical Transactions of the
Royal Society B 361, 931-950). La idea es que, cuando la Tierra era
joven, había menos carbono en la superficie, y las existencias de carbono sólo
podían aumentar a medida que el CO2 era eyectado desde el
manto. Hayes y Waldbauer estimaron esta velocidad de crecimiento y los flujos
de enterramiento del carbono orgánico a lo largo del tiempo, y Holland usó esos
resultados para su modelo.
[102] Lo
que es ahora la superficie de la pizarra se encontraba antes en las
profundidades de la roca. Cuando las capas superiores se habían erosionado
física y químicamente, la superficie que vemos ahora ha quedado expuesta. Pero,
en su camino hacia la superficie, esta parte de la pizarra también experimentó
la erosión y la exposición al oxígeno aun estando dentro de la roca. Lo que
representa hoy la superficie de la roca, por tanto, ha experimentado también
todos los estadios intermediarios de la erosión que están experimentando ahora
las capas interiores.
[103] Esto
fue modelado por John Hayes y Jake Waldbauer, como se discutió en la nota 9 del
capítulo anterior.
[104] Esto
es una simplificación excesiva, desde luego. Hubo los «tufillos» de oxígeno
pre-GOE discutidos en el capítulo 7, y algo de oxidación de la pirita y otras
especies sensibles al oxígeno, en aquellos tiempos. Resulta incierto, sin
embargo, hasta qué punto fue significativa esta oxidación.
[105] La
reacción es:
14H2O + 4FeS2 + 15O2 →
4Fe(OH)3 + 8SO42—+ 16H+.
[106] Y
es un argumento algo tautológico, a decir verdad. La evolución de los animales
en el precámbrico tardío se toma a veces como una evidencia del incremento de
oxígeno en el precámbrico tardío, y a veces la evolución de los animales se
atribuye a un incremento de oxígeno en el precámbrico tardío. No puedes
apuntarte a las dos cosas mientras no tengas evidencias independientes de un
aumento en los niveles de oxígeno en el precámbrico tardío.
[107] Esto
tiene que ver con las particularidades del modo en que los reductores de
sulfato transportan el sulfato al interior de la célula, y con las rutas
bioquímicas que conducen al fraccionamiento dentro de la célula. Así, el
fraccionamiento isotópico del azufre ocurre a través de, al menos, dos pasos en
el interior de las células, ambos basados en la rotura de enlaces S-O. En el
primer paso, el ión sulfato (SO42-) es reducido a ión
sulfito (SO32-) por la enzima APS reductasa, y en el
segundo paso el sulfito es reducido a sulfuro por la enzima sulfito reductasa.
El fraccionamiento impuesto por estos pasos, sin embargo, sólo puede detectarse
si la célula importa y exporta activamente el sulfato intra y extracelular. De
otro modo, todo el sulfato que entra en la célula es reducido a sulfuro y no se
observa fraccionamiento alguno, pese a los fraccionamientos dirigidos por
enzimas dentro de la célula. Cuando baja la concentración de sulfato, el
sulfato se hace limitante para la célula, y se intercambia menos con el entorno
extracelular. De este modo, las bajas concentraciones de sulfato conducen a un
menor fraccionamiento.
[108] Rob
fue parte integral de mi experiencia como estudiante de doctorado. Me visitó
cada verano mientras yo trabajaba en mi tesis, y nos hicimos buenos amigos y
colegas. Compartimos un montón de risas, un montón de cervezas y un montón de
discusiones sobre la geoquímica de los sedimentos marinos modernos y antiguos.
Nuestra colaboración se ha mantenido hasta hoy.
[109] La
surgencia se refiere al transporte físico del agua de regiones profundas a
someras en la columna de agua oceánica. A menudo se estimula por el viento, que
puede, por ejemplo, empujar el agua superficial a las lejanías de la costa. Las
aguas más profundas ascienden entonces para reemplazar a las aguas
superficiales desplazadas. Esto ocurre hoy en muchas regiones del océano, pero
de modo más llamativo en las costas occidentales del continente americano.
[110] Dick
Holland calculó una vez que se requerirían unos niveles de oxígeno mil veces
menores que los actuales para que el Fe2+ fuera transportado
para su deposición en las formaciones de hierro bandeado con 2500 millones de
años de Sudáfrica; también estas se formaron en aguas someras.
[111] Estas
evidencias fueron aportadas por mi colega Robert Frei, de la Universidad de
Copenhague. La versión resumida es que los isótopos de cromo (Cr) se fraccionan
durante la erosión oxidativa de los minerales de Cr en tierra firme. Esta
erosión oxidativa requiere oxígeno, pero los óxidos de Mn, cuya formación
requiere oxígeno, son el oxidante directo. Una vez transportada a los océanos,
la señal isotópica del Cr queda fijada en rocas ricas en hierro como las
formaciones de hierro bandeado. El registro muestra algunos episodios de Cr
fraccionado a partir de 2600 millones de años atrás, lo que ofrece evidencias
adicionales de «tufillos» de oxígeno antes del GOE. No hay, sin embargo,
evidencias de Cr fraccionado en la formación de hierro Gunflint, de 1880 millones
de años de antigüedad, lo que indica unos niveles de oxígeno muy bajos en esa
época, que se discutirán en el siguiente capítulo.
[112] De
hecho, Lee Kump, de la Universidad Estatal de Pensilvania, ha presentado
recientemente evidencias que pueden apoyar esta idea. Lee mostró que la
composición isotópica del carbono inorgánico y de la materia orgánica al acabar
la anomalía de Lomagundi se volvió demasiado bajo en 13C para
poder explicarse por la operación normal del ciclo del carbono, y recurrió a
una entrada masiva de carbono bajo en 13C procedente de la
oxidación de materia orgánica acumulada en los continentes (Kump, Junium,
Arthus, Brasier, Fallick, Melezhik, Lepland, Crne y Luo, 2011. «Evidencia
isotópica de la oxidación masiva de materia orgánica tras el Gran Evento de
Oxidación». Science 334, 1694-1696).
[113] Pero
no exclusivamente. Algunas de las pizarras más negras que yo he visto provienen
de la era neoproterozoica, y la mayoría de ellas contienen muy poca pirita, y
probablemente se depositaron bajo unas condiciones ricas en Fe y ferruginosas
de la columna de agua.
[114] En
la práctica, nos centramos en comprender cómo se repartió el Fe en las
muestras, y luego usamos eso para determinar el entorno químico en que se
depositaron las muestras. Si las muestras contenían un exceso de Fe respecto a
lo esperado en sedimentos normales que se depositan desde una columna de agua
rica en oxígeno, eso significa que la columna de agua sobre el sedimento estaba
libre de oxígeno, y por tanto capaz de transportar Fe2+ disuelto
a través del agua y finalmente hasta el sedimento. Si la mayoría del
enriquecimiento en Fe estaba contenido en pirita, eso significa que la columna
de agua contenía sulfuro. Si el Fe enriquecido era pobre en pirita, entonces la
concentración de sulfuro era baja, y la columna de agua contenía Fe2+.
La columna no podía ser a la vez rica en sulfuro y en Fe2+, debido a
la baja solubilidad de los minerales de sulfuro de hierro.
[115] ¡Ostras,
otro sistema de isótopos! Como vimos en el capítulo 7, el molibdeno (Mo) se
libera durante la erosión oxidativa en tierra firme y luego se transporta por
los ríos al océano. Hay dos rutas principales de retirada en el océano. Una es
por adsorción en óxidos de Fe y Mn, lo que representa la ruta de remoción
óxica, y aquí se provoca un gran fraccionamiento. Hay, sin embargo, muy poco
fraccionamiento durante la remoción en entornos sulfurosos, que es la segunda
ruta de retirada. Por tanto, los sedimentos depositados en escenarios
sulfurosos aportan una estimación de la composición isotópica del Mo en el agua
marina primitiva, y esta composición isotópica aporta una medida de la
proporción entre las rutas de remoción óxica y sulfurosa. De manera que Gail
Arnold y sus colegas presentaron evidencias, basadas en los isótopos del Mo, de
una ruta sulfurosa reforzada para la remoción del Mo en sedimentos de 1600
millones de años del norte de Australia, que se depositaron en un escenario
sulfuroso.
[116] El
Fe2+ habría venido de una combinación de fuentes hidrotermales
de fumarolas de los fondos oceánicos y de ríos en los que gran parte del hierro
habría estado inmovilizado como partículas fluviales recubiertas de óxidos de
hierro. Estos óxidos de hierro inmovilizados pueden reducirse al estado ferroso
soluble en condiciones anóxicas.
[117] Carta
al rey Carlos I, 19 de agosto de 1628. Manuscrito CO 1/5 (27), 75, MHA
16-B-2-011, trascrito por P. E. Pope, con ortografía y puntuación modernizada.
De la Oficina de Registro Público, Oficina Colonial, Londres, Inglaterra, 1999.
Documentos relacionados con Ferryland: 1597-1726. Historia de la Colonia de
Avalon, Fundación de la Colonia de Avalon, Ferryland, NL, y Proyecto de sitio
web del patrimonio de Terranova y Labrador, Universidad Memorial de Terranova,
St. John’s, NL, Canadá.
[118] Las
células epiteliales recubren las superficies y las cavidades de los animales y
actúan como cubierta protectora, facilitan el intercambio y permiten a los
organismos percibir su entorno.
[119] La
fauna de Ediacara, aunque muy visible y fácilmente reconocible en el registro
fósil, tal vez no represente la evidencia más antigua de vida animal fósil.
Gordon Love, de la Universidad de California en Riverside, ha identificado
biomarcadores asociados a las esponjas en rocas de unos 635 millones de años de
edad (Love y col., 2009. «Los esteroides fósiles registran la aparición de las
demoesponjas durante el periodo criogénico». Nature 457,
718-721); y Adam Maloof, de la Universidad de Princeton, ha encontrado algunos
posibles cuerpos fósiles de esponjas en rocas ligeramente más antiguas (Maloof
y col., «Posibles fósiles de cuerpos de animales en calizas pre-Marinoan del
sur de Australia». Nature Geoscience 3, 653-659).
[120] La
glaciación Gaskiers fue posiblemente la última, y quizá también la menor, de
las grandes glaciaciones que puntuaron la segunda mitad de la era
neoproterozoica. Algunas de estas glaciaciones fueron tan grandes que casi
envolvieron en hielo la Tierra, generando la llamada bola de nieve planetaria (Snowball
Earth). La hipótesis de la bola de nieve planetaria es una creación de Joe
Kirschvink; conocimos a Joe en el capítulo 8. La hipótesis de la bola de nieve
planetaria se discute con más detalle en la nota 3 del capítulo 8, y se hizo
célebre gracias a Paul Hoffman y sus colegas en un extraordinario artículo de
1998 (Hoffman, Kaufman, Halverson y Schrag, 1998. «Una bola de nieve planetaria
en el neoproterozoico». Science 281, 1342-1346). Estas
glaciaciones y su potencial influencia en la vida y en la química global se han
discutiso activamente en la literatura, pero se ha alcanzado muy poco consenso.
He decidido no centrarme aquí en esas glaciaciones, pero se puede encontrar una
buena introducción en el libro de Andy Knoll La vida en un planeta
joven (Princeton University Press, Princeton, NJ, 2003).
[121] Recolectamos
con las autorizaciones adecuadas, ¡y no de los famosos yacimientos de fósiles!
[122] En
un contexto geológico, «océano profundo» significa normalmente cualquier cosa
por debajo de la base de las olas de tormenta, o por debajo de unos 100 metros
de profundidad. Lo que no es tan profundo, realmente. En el caso de las rocas
de Avalon, evidencias independientes indican que probablemente estamos
examinando unas profundidades mucho mayores: cientos de metros, o quizá incluso
un kilómetro. A menos que tengamos un trozo de suelo oceánico profundo situado
(obducido) en los continentes, nunca podemos examinar al océano realmente
profundo.
[123] Los
otros científicos que contribuyeron a este trabajo incluyen a Andy Knoll, Guy
Narbonne, Gerry Ross, Tatiana Goldberg y Harald Strauss.
[124] La
primera evidencia no debe confundirse con la primera aparición. Podría haber
episodios anteriores de oxigenación del océano profundo que se nos han pasado.
[125] En
el mundo moderno, el agua totalmente saturada de aire contiene una cantidad de
oxígeno que depende de la temperatura y la salinidad del agua. El agua del
fondo del océano se deriva de regiones polares donde la concentración saturada
de aire es de 325 micromoles por litro. El agua de lagos y ríos, y la que sale
del grifo en casa, probablemente no están muy lejos de ese valor.
[126] En
una contribución anterior, Andreas Teske, ahora en la Universidad de Carolina
del Norte, y yo mismo llegamos a una estimación similar de los niveles mínimos
de oxígeno. Nos basamos en la cantidad de oxígeno que se requiere para oxigenar
los sedimentos de la superficie marina, ya que mostramos que un ciclo oxidativo
del azufre estaba activo en los sedimentos, y que requería oxígeno.
[127] Si
rompes un papel en dos, el área junto a los márgenes del papel se incrementará.
Si vuelves a romper en dos cada trozo, el área se incrementará más aún.
[128] Lou
examinó la fracción de 87Sr/86Sr en el estroncio
preservado en las calizas. Si procesos posteriores no la han alterado, la
composición isotópica del Sr en el agua del mar, que es incorporada en las
calizas mientras precipitan, indica el balance entre la entrada de estroncio
desde los continentes, que tiene una fracción alta de 87Sr/86Sr,
y la entrada desde las fumarolas hidrotermales, que tiene una fracción baja
de 87Sr/86Sr. La fracción de las calizas se
incrementa drásticamente alrededor de 600 millones de años atrás, indicando una
mayor entrada de productos de erosión continentales al océano, y por tanto una
tasa alta de enterramiento de sedimentos con materia orgánica asociada. Lou,
sin embargo, no construyó un modelo del oxígeno, y una de mis objeciones es que
una tasa alta de consumo de oxígeno asociada con tasas altas de erosión
continental habría equilibrado las altas tasas de liberación de oxígeno
asociadas con las tasas altas de enterramiento de carbono. Esta puntualización
fue avanzada por Bob Berner, y la exploraremos en más detalle en el capítulo
11.
[129] Hay
científicos que no aceptarán esto, entre ellos Martin Kennedy, de la
Universidad de Adelaida, y también Lou Derry. Arguyen que la anomalía es un
efecto diagenético causado por la percolación de fluidos a través de las
calizas mucho después de la deposición original, que habría cambiado las
composiciones isotópicas originales. No se puede descartar que los efectos
diagenéticos hayan alterado las calizas, y en particular sus composiciones
de 18O. Sin embargo, la señal de 13C se observa
en muchos lugares del mundo, y puede extenderse a lo largo de cientos de
kilómetros en una sola localización. A mí no se me ocurre ningún mecanismo
diagenético plausible que pueda producir unos rasgos de 13C de
semejante escala y tan reproducibles, y por tanto prefiero la interpretación de
que representan las composiciones originales del agua marina.
[130] Nosotros
argumentamos que la liberación y oxidación de un reservorio gigante de metano
retenido en los sedimentos como fases de hidrato de clatrato podía ser una
mejor solución. Estas fases se encuentran hoy en los sedimentos marinos, y
están incluso más mermados en 13C que el carbono orgánico
disuelto (DOC) que se halla en los océanos.
[131] Se
necesita un menor sumidero de oxígeno para producir la anomalía de
Shuram-Wonoka por oxidación de metano que para producirla por oxidación de DOC.
La razón es que el metano está mucho más mermado en 13C que el
DOC marino. De hecho, Christian Bjerrum y yo modelamos la anomalía con
oxidación de metano preservando el suficiente oxígeno para la respiración de
los animales primitivos.
[132] Claramente,
la evolución primaria de los animales primitivos ocurrió mucho antes de esto, y
probablemente no fue influida por las elevadas demandas de oxígeno de los
organismos motiles. De hecho, unos resultados preliminares de nuestro grupo
indican que el 2% de los niveles actuales de oxígeno puede ser suficiente para
la respiración de las esponjas, que son las formas más basales de los animales
modernos en el árbol de la vida.
[133] En
realidad sí hay ventanas, pero son unas pequeñas ranuras que obedecen más a
efectos de diseño que a la intención de dar a la gente una sensación de la luz
y la vida que hay fuera del edificio.
[134] También
hemos visto esta capacidad en Vladimir Vernadsky, Preston Cloud y Dick Holland,
todos ellos mencionados anteriormente en el texto.
[135] No
entraré en los detalles de esto, pero las tasas de erosión deberían depender
directamente del área continental disponible para la erosión. Esas tasas
deberían depender también de la actividad del ciclo hidrológico y de la
temperatura, con mayores tasas de erosión a mayor temperatura. En este caso,
más lluvia conduce a una erosión más rápida. Cuanto mayor sea el relieve de los
continentes, es decir, la altura de las montañas respecto a los valles, más
intensa será la erosión, sobre todo la erosión física. También las plantas y
sus raíces perturban las rocas y los suelos, y elevan los niveles de CO2 en
el suelo; estas influencias se combinan para incrementar las tasas de erosión.
[136] Ronov
fue una gran inspiración para la comunidad geológica occidental, incluso
durante la era soviética, cuando el contacto entre los científicos occidentales
y soviéticos era difícil en el mejor de los casos.
[137] Son
bajos en azufre porque las concentraciones de sulfato son bajas en las aguas
terrestres como lagos y ríos. Las bajas concentraciones de sulfato limitan la
magnitud de la reducción de sulfato, y por tanto la cantidad de sulfuro que se
puede producir para reaccionar ya sea con el hierro para formar pirita, o con
la materia orgánica para formar compuestos orgánicos azufrados.
[138] La
tasa de deposición de un tipo concreto de sedimento se calcula como la
proporción del sedimento total que representa un tipo de roca individual
multiplicado por la tasa total de deposición de sedimentos; por ejemplo, si el
carbón depositado durante un tiempo dado representa el 10% del sedimento total,
el multiplicador es 0,1.
[139] Esto
se debe a que la erosión del carbono orgánico y el azufre pirítico, y también
su enterramiento subsiguiente otra vez en sedimentos marinos, están acoplados a
la tasa total de deposición de sedimentos. Los procesos están acoplados porque
la erosión en tierra genera el sedimento que se deposita en el mar. Más aún,
las tasas de enterramiento del carbono orgánico y el azufre pirítico son una
función lineal de la tasa de sedimentación. Así, puesto que tanto la liberación
como el consumo de oxígeno vienen gobernados por la tasa total de deposición de
sedimentos, la variabilidad de esta tasa tiene poca influencia en la
acumulación neta o en el consumo de oxígeno atmosférico. Véase la nota 12 del
capítulo anterior.
[140] También
hay una similitud entre las tasas calculadas de enterramiento de azufre a
partir de los datos de abundancia de sedimentos y las calculadas a partir de
los isótopos del azufre.
[141] Lovelock
introdujo la hipótesis de Gaia en los años setenta (Lovelock y Margulis, 1974.
«Homeostasis atmosférica por y para la biosfera: la hipótesis de Gaia».
Serie Tellus A 26, 2-10; y Lovelock, 1979. Gaia: una
nueva mirada a la vida en la Tierra, Oxford University Press, Oxford) y, en
su forma original, Lovelock concibió una biosfera global que actuaba en armonía
para generar un entorno químico optimizado para la vida. De este modo, la vida
controlaba el entorno. Cuando fue resultando evidente que la química de la
superficie de la Tierra ha cambiado con el tiempo, la idea de una optimización
invariante se volvió más relajada, pero la idea de que la vida ha contribuido
con fuerza a dar forma, o incluso a controlar, el entorno químico ha perdurado.
En verdad, la hipótesis de Gaia tiene mucho en común con los escritos
anteriores de Vladimir Vernadsky, como se discutió en el capítulo 6. Pocos
geobiólogos en activo negarían la importancia de la vida para influir en el
entorno químico. El papel de la vida en la regulación activa de esta química es
un área de investigación en la frontera del conocimiento, y un tópico de
intensa discusión.
[142] Una
de estas formas es a través de la fotorrespiración. Si recordamos el capítulo
3, la enzima Rubisco es responsable de la fijación de carbono en el ciclo de
Calvin, y también tiene actividad oxigenasa (consumiendo O2 y
liberando finalmente CO2), lo que compite directamente con su
función carboxilasa (que fija CO2 para formar carbono
orgánico). Esto significa que la enzima se vuelve menos eficiente fijando
carbono a niveles altos de oxígeno, puesto que la actividad oxigenasa adquiere
más importancia. Esto se puede ver como una retroalimentación negativa
biológica de nivel organísmico sobre el incremento de oxígeno, aunque la mayor
parte de las evidencias indican que la actividad de oxigenasa es más una
extravagancia evolutiva que una decidida innovación biológica para la
estabilización del oxígeno. En cualquier caso, Bob reconoció su importancia
como un regulador del oxígeno y como un mecanismo de retroalimentación en su
modelo del oxígeno.
[143] Si
retrocedemos al capítulo 1, la luminosidad solar fue importante al considerar
la regulación de la temperatura en la Tierra joven; es menos significativa en
el eón fanerozoico, aunque todavía tiene alguna importancia.
[144] Estas
curvas de isótopos se pueden recuperar porque el modelo COPSE computa los
antiguos ciclos del carbono y el azufre, incluidas las tasas de enterramiento
del carbono orgánico y la pirita en los sedimentos. Así, la composición
isotópica de todos los elementos de los antiguos ciclos del carbono y el azufre
se puede predecir.
[145] Puede
haber también otra forma de mirar a esto. Como vimos en el capítulo 5, la
incidencia de incendios forestales es sensible al oxígeno. La combustión
experimental de material vegetal, acoplada con el modelado, sugiere que las
plantas no arderán a niveles de oxígeno por debajo del 16%, y que la combustión
se vuelve rampante por encima del 22% (la atmósfera actual es 21% O2)
(Belcher, Yearsley, Hadden, McElwain y Rein, 2010. «Inflamabilidad intrínseca
de fondo de los ecosistemas terrestres estimada a partir del oxígeno
paleoatmosférico a lo largo de los últimos 350 millones de años». PNAS 107,
22448-22453). El carbón se forma cuando arden las plantas, y el registro
geológico de los restos de carbón indica que los incendios ocurrían ya tan
pronto como en el silúrico tardío, hace unos 418 millones de años (Scott y
Glasspool, 2006. «La diversificación de los sistemas de fuego paleozoicos y las
fluctuaciones de la concentración de oxígeno atmosférico». PNAS 103,
10861-10865). Unos niveles elevados de oxígeno del 16% en esa época serían
compatibles con las evidencias de isótopos del molibdeno, y coherentes con el
modelo Geocarbsulf. El modelo COPSE predice una elevación algo más tardía del
oxígeno a esos niveles, pero se le podría hacer consistente con los resultados
del carbón haciendo unas suposiciones diferentes sobre el tiempo de desarrollo
de los ecosistemas de plantas terrestres.

