Libro N° 9822. Confesión Encontrada En Una Prisión. Dickens, Charles.
© Libro N° 9822. Confesión Encontrada En Una Prisión. Dickens, Charles. Emancipación. Abril
16 de 2022.
Título original: © A Confession Found in a Prison in the Time of
Charles the Second, Charles Dickens (1812-1870)
Versión
Original: © Confesión Encontrada En Una Prisión. Charles Dickens
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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CONFESIÓN ENCONTRADA EN UNA PRISIÓN
Charles Dickens
Confesión Encontrada En Una Prisión
Charles Dickens
Tenía el grado de teniente en el ejército de Su
Majestad y serví en el extranjero en las campañas de 1677 y 1678. Concluido el
tratado de Nimega, regresé a casa y, abandonando el servicio militar, me retiré
a una pequeña propiedad situada a escasos kilómetros al este de Londres, que
había adquirido recientemente por derechos de mi esposa.
Ésta será la última noche de mi vida, por lo que
expresaré toda la verdad sin disfraz alguno. Nunca fui un hombre valiente, y
siempre, desde mi niñez; tuve una naturaleza desconfiada, reservada y hosca.
Hablo de mí mismo como si no estuviera ya en el mundo, pues mientras escribo
esto están cavando mi tumba y escribiendo mi nombre en el libro negro de la
muerte.
Poco después de mi regreso a Inglaterra mi único
hermano contrajo una enfermedad mortal. Esta circunstancia apenas me produjo
dolor alguno, pues casi no nos habíamos relacionado desde que nos hicimos
adultos. Él era un hombre generoso y de corazón abierto, de mejor aspecto
físico que yo, más satisfecho de la vida y en general amado. Los que por ser
amigos suyos quisieron conocerme en el extranjero o en nuestro país, raras
veces seguían viéndome mucho tiempo, y solían decir en nuestra primera
conversación que se sorprendían de encontrar dos hermanos que fueran tan
distintos en sus maneras y aspecto. Acostumbraba yo a provocar esa declaración,
pues sabía las comparaciones que iban a hacer entre ambos y, como sentía en mi
corazón una enconada envidia, trataba de justificarla ante mí mismo.
Nos habíamos casado con dos hermanas. Este vínculo
adicional entre nosotros, tal como lo considerarían algunos, en realidad sirvió
sólo para apartarnos más. Su esposa me conocía bien. Nunca, estando ella
presente, mostré mis celos o rencores secretos, pero aquella mujer los conocía
tan bien como yo. Nunca, en aquellos momentos, levanté mi vista sin encontrar
la suya fija en mí; nunca miré al suelo o hacia otra parte sin tener la
sensación de que seguía vigilándome.
Para mí era un alivio inexpresable cuando
disputábamos, y fue un alivio todavía mayor cuando, encontrándome en el
extranjero, me enteré de que había muerto. Tengo ahora la sensación de que era
como si se hallara suspendida sobre nosotros una extraña y terrible
prefiguración de lo que ha sucedido desde entonces. Tenía miedo de ella, me
obsesionaba; su mirada fija vuelve ahora hacia mí como el recuerdo de un sueño
oscuro, haciendo que se enfríe mi sangre.
Ella murió poco después de dar a luz a un hijo, un
niño. Cuando mi hermano supo que había perdido toda esperanza de recuperación
en su propia enfermedad, llamó a mi esposa junto a su lecho y confió el
huérfano a su protección, un niño de cuatro años. Legó al niño todas las
propiedades que tenía y escribió en el testamento que, en caso de que muriera
su hijo, las propiedades pasaran a mi esposa como único reconocimiento que
podía hacerle de sus cuidados y amor.
Cambió conmigo unas cuantas palabras fraternales,
deplorando nuestra prolongada separación y, hallándose agotado, se hundió en un
sueño del que nunca despertó. Nosotros no teníamos hijos, y como entre las
hermanas había existido un afecto profundo, y mi esposa había ocupado casi el
lugar de una madre para aquel muchacho, lo amaba como si ella misma lo hubiera
tenido. El niño estaba muy unido a ella, pero era la imagen de su madre tanto
en el rostro como en el espíritu, y desconfió siempre de mí.
No puedo precisar la fecha en la que tuve por
primera vez aquella sensación, pero sé que muy poco después empecé a sentirme
inquieto cuando estaba junto a aquel niño. Siempre que salía de mis
melancólicos pensamientos, lo encontraba mirándome con fijeza, pero no con esa
simple curiosidad infantil, sino con algo que contenía el propósito y el
significado que con tanta frecuencia había observado yo en su madre. No se
trataba de un resultado de mi fantasía, basado en el gran parecido que tenía
con ella en los rasgos y la expresión. Jamás le sorprendí con la mirada baja.
Me tenía miedo, pero al mismo tiempo parecía despreciarme instintivamente; y
aunque retrocediera ante mi mirada, tal como solía hacer cuando estábamos a
solas, aproximándose a la puerta, seguía manteniendo fijos en mí sus ojos
brillantes.
Es posible que me esté ocultando a mí mismo la
verdad, pero no creo que cuando comenzó todo aquello hubiera pensado yo en
hacerle mal alguno. Quizá considerara lo bien que nos vendría su herencia, y
hasta puede que deseara su muerte, pero creo que jamás pensé en lograrla por
mis propios medios. La idea no me llegó de repente, sino poco a poco,
presentándose al principio con una forma difusa, como a gran distancia, de la
misma manera que los hombres pueden pensar en un terremoto, o en el último día
de su vida, que luego se va acercando más y más perdiendo con ello parte de su
horror e improbabilidad, y luego toma carne y hueso; o mejor dicho, se
convierte en la sustancia y la suma total de todos mis pensamientos diarios y
en una cuestión de medios y de seguridad; ya no existe el planteamiento de
cometer o no el hecho.
Mientras todo aquello sucedía en mi interior no
podía soportar que el niño me viera mientras yo le miraba, pero una fascinación
me arrastraba a contemplar su cuerpo ligero y frágil pensando en lo fácil que
me resultaría hacerlo. A veces me deslizaba escaleras arriba y le observaba
mientras dormía, pero lo más habitual era que rondara por el jardín cerca de la
ventana de la habitación en la que se hallaba inclinado realizando sus tareas,
y allí, mientras él permanecía sentado en una silla baja al lado de mi esposa,
yo le miraba durante horas escondido detrás de un árbol: escondiéndome y
sorprendiéndome, como el infeliz culpable que era, ante el menor ruido
provocado por una hoja, pero volviendo a mirar de nuevo, muy próxima a nuestra
casa, pero lejos de nuestra vista, y también de nuestro oído en cuanto viento
se agitara mínimamente, había una extensión profunda de agua.
Empleé varios días en dar forma con mi navaja a un
tosco modelo de bote, que por fin terminé y dejé donde el niño pudiera
encontrarlo. Me oculté entonces en un lugar secreto por, que tendría que pasar
si se escapaba a solas para hacer navegar el juguetito, y aguardé allí su
llegado No llegó ni ese día ni al siguiente, aunque esperé desde el mediodía
hasta la caída de la noche. Estaba convencido de haberlo apresado en mi red,
pues lo oí hablar del juguete, y sé que, en su placer infantil lo guardaba a su
lado en la cama. No sentía cansancio ni fatiga, sino que esperaba
pacientemente, y al tercer día pasó junto a mí corriendo gozosamente con sus
cabellos sedosos al viento y cantando, que Dios se apiade de mí, cantando una
alegre balad cuyas palabras apenas podía cecear.
Me deslicé tras él ocultándome en unos matorrales
que crecían allí y sólo el diablo sabe con qué terror yo, un hombre hecho y
derecho, seguía los pasos de aquel niño que se aproximaba a la orilla de agua.
Estaba ya junto a él, había agachado una rodilla y levantado una mano para
empujarle, cuando mi sombra en la corriente y me di la vuelta.
El fantasma de su madre me miraba desde los ojos
del niño. El sol salió de detrás de una nube: brillaba en el cielo, en la
tierra, en el agua clara y en las gotas centelleantes de lluvia que había sobre
las hojas. Había ojos por todas partes. El inmenso universo completo de luz
estaba allí para presenciar el asesinato. No sé lo que dijo; procedía de una
sangre valiente y varonil, y a pesar de ser un niño no se acobardó ni trató de
halagarme. No le oí decir entre lloros que trataría de amarme, ni le vi corriendo
de vuelta a casa. Lo siguiente que recuerdo fue la espada en mi mano y al
muerto a mis pies con manchas de sangre de las cuchilladas aquí y allá, pero en
nada diferente del cuerpo que había contemplado mientras dormía... estaba,
además, en la misma actitud, con la mejilla apoyada sobre su manecita.
Lo tomé en los brazos, con gran suavidad ahora que
estaba muerto, y lo llevé hasta una espesura. Aquel día mi esposa había salido
de casa y no regresaría hasta el día siguiente. La ventana de nuestro
dormitorio, el único que había en ese lado de la casa, estaba sólo a escasos
metros del suelo, por lo que decidí bajar por ella durante la noche y
enterrarlo en el jardín. No pensé que había fracasado en mi propósito, ni que
dragarían el agua sin encontrar nada, ni que el dinero debería aguardar ahora
por cuanto yo tenía que dar a entender que el niño se había perdido, o lo
habían raptado. Todos mis pensamientos se concentraban en la necesidad
absorbente de ocultar lo que había hecho.
No existe lengua humana capaz de expresar, ni mente
de hombre capaz de concebir, cómo me sentí cuando vinieron a decirme que el
niño se había perdido, cuando ordené buscarlo en todas las direcciones, cuando
me aferraba tembloroso a cada uno de los que se acercaban. Lo enterré aquella
noche. Cuando sepa té los matorrales y miré en la oscura espesura vi sobre el
niño asesinado una luciérnaga, que brillaba come el espíritu visible de Dios.
Miré a su tumba cuando le coloqué allí y seguía brillando sobre su pecho: un
ojo de fuego que miraba hacia el cielo suplicando a las estrellas que me
observaban en mi trabajo.
Tuve que ir a recibir a mi esposa y darle la
noticia, dándole también la esperanza de que el niño fuera encontrado pronto.
Supongo que todo aquello lo hice con apariencia de sinceridad, pues nadie
sospechó de mí. Hecho aquello, me senté junto a la ventana del dormitorio el
día entero observando el lugar en el que se ocultaba el terrible secreto. Era
un trozo de terreno que había cavado para replantarlo con hierba, y que había
elegido porque resultaba menos probable que los rastros del azadón llamaran la
atención. Los trabajadores que sembraban la hierba debieron pensar que estaba
loco. Continuamente les decía que aceleraran el trabajo, salía fuera y
trabajaba con ellos, pisaba la hierba con los pies y les metía prisa con gestos
frenéticos. Terminaron la tarea antes de la noche y entonces me consideré
relativamente a salvo.
Dormí no como los hombres que despiertan alegres y
físicamente recuperados, pero dormí, pasando de unos sueños vagos y sombríos en
los que era perseguido a visiones de una parcela de hierba, a través de la cual
brotaba ahora una mano, luego un pie, y luego la cabeza. En esos momentos
siempre despertaba y me acercaba a la ventana para asegurarme que aquello no
fuera cierto. Después, volvía a meterme en la cama; y así pasé la noche entre
sobresaltos, levantándome y acostándome más de veinte veces, y teniendo el
mismo sueño una y otra vez, lo que era mucho peor que estar despierto, pues
cada sueño significaba una noche entera de sufrimiento. Una vez pensé que el
niño estaba vivo y que nunca había tratado de asesinarlo. Despertar de ese
sueño significó el mayor dolor de todos.
Volví a sentarme junto a la ventana al día
siguiente, sin apartar nunca la mirada del lugar que, aunque cubierto por la
hierba, resultaba tan evidente para mí, en su forma, su tamaño, su profundidad
y sus bordes mellados, como si hubiera estado abierto a la luz del día. Cuando
un criado pasó por encima creí que podría hundirse. Una vez que hubo pasado
miré para comprobar que sus pies no hubieran deshecho los bordes. Si un pájaro
se posaba allí me aterraba pensar que por alguna intervención extraña fuera decisivo
para provocar el descubrimiento; si una brisa de aire soplaba por encima, a mí
me susurraba la palabra asesinato. No había nada que viera o escuchara, por
ordinario o poco importante que fuera, que no me aterrara. Y en ese estado de
vigilancia incesante pasé tres días. Al cuarto día llegó hasta mi puerta un
hombre que había servido conmigo en el extranjero, acompañado por un hermano
suyo, oficial, a quien nunca había visto.
Sentí que no podría soportar dejar de contemplar la
parcela. Era una tarde de verano y pedí a los criados que sacaran al jardín una
mesa a una botella de vino. Me senté entonces, colocando la silla sobre la
tumba, y tranquilo, con la seguridad que nadie podría turbarla ahora sin mi
conocimiento, intenté beber y charlar. Ellos me desearon que mi esposa se
encontró bien, que no se viera obligada a guardar cama, esperaban no haberla
asustado. ¿Qué podía decirles y con una lengua titubeante, acerca del niño? El
oficial al que no conocía era un hombre tímido q mantenía la vista en el suelo
mientras yo hablaba ¡Incluso eso me aterraba! No podía apartar de mí idea de
que había visto allí algo que le hacía sospechar la verdad. Precipitadamente le
pregunté que suponía que... pero me detuve.
—¿Que el niño ha sido asesinado? —contestó
mirándome amablemente—. ¡Oh, no! ¿Qué puede pensar un hombre asesinando a un
pobre niño?
Yo podía contestarle mejor que nadie lo que podía
ganar un hombre con tal hecho, pero mantuve la tranquilidad aunque me recorrió
un escalofrío. Entendiendo equivocadamente mi emoción ambos se esforzaron por
darme ánimos con la esperanza de que con toda seguridad encontrarían niño -¡qué
gran alegría significaba eso para mí! cuando de pronto oímos un aullido bajo y
profundo, y saltaron sobre el muro dos enormes perros que, dando botes por el
jardín, repitieron los ladridos que ya habíamos oído.
—¡Son sabuesos! —gritaron mis visitantes.
¡No era necesario que me lo dijeran! Aunque en toda
mi vida hubiera visto un perro de esa raza supe lo que eran, y para qué habían
venido. Aferré los codos sobre la silla y ninguno de nosotros habló o se movió.
—Son de pura raza —comentó el hombre al que había
conocido en el extranjero—. Sin duda no habían hecho suficiente ejercicio y se
han escapado.
Tanto él como su amigo se dieron la vuelta para
contemplar a los perros, que se movían incesantemente con el hocico pegado al
suelo, corriendo de aquí para allá, de arriba abajo, dando vueltas en círculo,
lanzándose en frenéticas carreras, sin prestarnos la menor atención en todo el
tiempo, pero repitiendo una y otra vez el aullido que ya habíamos oído, y
acercando el hocico al suelo para rastrear ansiosamente aquí y allá. Empezaron
de pronto a olisquear la tierra con mayor ansiedad que nunca, y aunque seguían
igual de inquietos, ya no hacían recorridos tan amplios como al principio, sino
que se mantenían cerca de un lugar y constantemente disminuían la distancia que
había entre ellos y yo. Llegaron finalmente junto al sillón en el que yo me
hallaba y lanzaron una vez más su terrorífico aullido, tratando de desgarrar
las patas de la silla que les impedía excavar el suelo. Pude ver mi aspecto en
el rostro de los dos hombres que me acompañaban.
—Han olido alguna presa —dijeron los dos al
unísono.
—¡No han olido nada! —grité yo.
—¡Por Dios, apártese! —dijo el conocido mío con
gran preocupación—. Si no, van a despedazarle.
—¡Aunque me despedacen miembro a miembro no me
apartaré de aquí! —grité yo—.¿Acaso los perros van a precipitar a los hombres a
una muerte vergonzosa? Ataquémosles con hachas, despedacémoslos
—¡Aquí hay algún misterio extraño! —dijo el oficial
al que yo no conocía sacando la espada—. En el nombre del Rey Carlos, ayúdame a
detener a este hombre.
Ambos saltaron sobre mí y me apartaron, aunque yo
luché, mordiéndoles y golpeándoles come un loco. Al poco rato, ambos me
inmovilizaron, y vi a los coléricos perros abriendo la tierra y lanzándola al
aire con las patas como si fuera agua.
¿He de contar algo más? Que caí de rodillas, y con
un castañeteo de dientes confesé la verdad y rogué que me perdonaran. Me han
negado el perdón, y vuelvo a confesar la verdad. He sido juzgado por el crimen,
me han encontrado culpable y sentenciado. No tengo valor para anticipar mi
destino, o para enfrentarme varonilmente a él. No tengo compasión, ni consuelo,
ni esperanza ni amigo alguno. Felizmente, mi esposa ha perdido las facultades
que le permitirían ser consciente de mi desgracia o de la suya. ¡Estoy solo en
este calabozo de piedra con mi espíritu maligno, y moriré mañana!
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Charles Dickens (1812-1870)

