Libro N° 9821. Confesión. Blackwood, Algernon.
© Libro N° 9821. Confesión. Blackwood, Algernon. Emancipación. Abril
16 de 2022.
Título original: © Confession; Algernon Blackwood (1869-1951)
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Original: © Confesión. Algernon Blackwood
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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Algernon Blackwood
Confesión
Algernon Blackwood
La niebla se arremolinaba a su alrededor, empujada
por un fuerte movimiento propio, pues no había viento. Flotaba formando densas
volutas y espirales tóxicas; subía y bajaba; las luces de las de la calle y los
automóviles no lograban penetrarla, aunque aquí y allí algún escaparate grande
formaba manchas de luz tenue sobre su cortina en perpetuo movimiento.
A O'Reilly le dolían los ojos debido al incesante
esfuerzo de ver a un pie más allá de su rostro. El nervio óptico se cansaba, y
la visión, por consiguiente, era cada vez menos precisa. Al avanzar
cautelosamente a través de la sofocante oscuridad, tosió. Sólo el ahogado ruido
del lento tráfico le persuadía de que se encontraba realmente en una ciudad
populosa; esto y las vagas sombras de figuras que iban a tientas, enormemente
aumentadas, que surgían súbitamente para desaparecer de nuevo, al avanzar a tientas
hacía destinos inciertos.
Sin embargo, las figuras eran seres humanos; eran
reales. Al menos sabía eso. Oía sus voces apagadas, cercanas, lejanas,
extrañamente sofocadas. También oía el golpeteo de numerosos bastones. Estas
formas fantasmagóricas representaban gente viva. No estaba solo.
Lo que le obsesionaba era el temor a encontrarse
completamente solo, pues todavía era incapaz de cruzar un espacio abierto sin
ayuda. Tenía la resistencia fisica, era el cerebro lo que le fallaba. A mitad
del camino podría invadirle el pánico, se estremecería completamente, se
disolvería su voluntad, gritaría pidiendo ayuda, correría furiosamente. Todavía
no estaba curado, aunque en condiciones normales estaba bastante seguro, tal
como le había confirmado el Dr. Henry.
Cuando una hora antes tomó el metro en Regent's
Park el aire era claro, el sol de noviembre lucía brillante, el cielo azul
estaba despejado y la presunción de que podría cruzar la ciudad de Londres solo
estaba justificada. Al día siguiente tenía que partir para Brighton a pasar la
última semana de convalecencia; esta prueba preliminar de su fortaleza en una
brillante tarde de noviembre iba a serle beneficiosa. El doctor Henry le dio
instrucciones precisas:
—Cambie en Piccadilly Circus, sin dejar la estación
del metro, recuerde; y salga en South Kensington. Ya tiene la dirección de su
amiga del Departamento de Ayuda Voluntaria. Tome su taza de té con ella y luego
regrese de la misma manera a Regent's Park. Regrese antes de que oscurezca, lo
más tarde a las seis. Es mejor. Le había explicado los giros que tenía que
hacer al abandonar la estación, tantos a la derecha y tantos a la izquierda;
era algo confuso, pero la distancia era corta. Siempre puede preguntar. Es
imposible que se equivoque.
Sin embargo, la niebla desdibujaba estas
instrucciones, que en su cerebro se convirtieron en un confuso revoltijo. La
imposibilidad de ver reaccionó en su memoria. Además, la D. A. V. le había
advertido de que su dirección no era fácil de encontrar. La casa se encontraba
en un lugar retirado. ¡Pero con su sentido de la orientación en zonas poco
habitadas probablemente lo conseguiría mejor que cualquier londinense! Tampoco
ella había calculado la niebla.
Cuando O'Reilly subió las escaleras de la estación
de South Kensington, emergió a una oscuridad tan tenebrosa que pensó que
todavía estaba bajo tierra. A su alrededor se extendía un mundo impenetrable.
Solamente un pequeño claro en la húmeda atmósfera le indicó que se encontraba a
cielo abierto. Durante algún rato se quedó quieto y mirando la horrible niebla
de Londres. Con sorpresa y el más vivo interés disfrutó del nuevo espectáculo
durante unos diez minutos, mirando cómo la gente llegaba y se desvanecía, y
preguntándose por qué las luces de la estación se apagaban completamente en el
instante en que tocaban la calle; después, con sentido de aventura abandonó el
edificio cubierto y se sumergió en el opaco mar.
Repitiéndose las instrucciones que había recibido
-primera a la derecha, segunda a la izquierda, otra vez a la izquierda y así
sucesivamente- comprobaba cada giro asegurándose de que era imposible
equivocarse. Hizo progresos correctos aunque lentos, hasta que alguien chocó
con él y le hizo una pregunta repentina y sorprendente.
—¿Sabe usted si voy bien para la estación de South
Kensington?
Fue lo imprevisto lo que le sorprendió; un momento
no había nadie, al siguiente estaban cara a cara, otro momento y el extraño
había desaparecido en la oscuridad tras dar cortésmente las gracias. Pero el
pequeño sobresalto de la interrupción le había perturbado. Ya había doblado dos
veces hacia la derecha, ¿O no? O'Reilly se dio cuenta repentinamente de que
había olvidado sus instrucciones. Se quedó quieto haciendo arduos esfuerzos
para recuperarse, pero cada esfuerzo le dejaba más inseguro que antes. Cinco
minutos después estaba perdido y tan desesperado como un habitante de la ciudad
que sale de su tienda en un bosque sin hacer marcas en los árboles para poder
encontrar el camino de regreso. Incluso el sentido de la dirección, tan fuerte
en él entre los bosques de su tierra, había desaparecido por completo. No había
estrellas, no había viento, ni olor, ni ruido de agua que corre. En ningún lado
había nada que pudiera guiarle, nada sino ocasionales contornos confusos, el
caminar a tientas, arrastrando los pies, el aparecer y desaparecer en la
arremolinada niebla, pero raramente a una distancia para poder hablar ni, mucho
menos, tocar. Estaba completamente perdido; más aún, estaba solo.
Pero a pesar de todo no completamente solo. En su
inmediata cercanía todavía había figuras. Surgían, se desvanecían, reaparecían,
se disolvían. No, no estaba completamente solo. Veía esos espesamientos de la
niebla, oía sus voces, el sonido de sus cautelosos bastones, y también sus pies
que se arrastraban. Eran reales. Se movían, parecía, en círculo alrededor de
él, sin acercarse demasiado.
—Pero son reales —se dijo en voz alta, traicionando
el punto débil de su coraza—. Sí, son seres humanos. Estoy seguro de ello.
Nunca había discutido con el Dr. Henry sobre ningún
punto. Pero siempre había tenido su propia idea acerca de estas figuras, porque
entre ellas estaban bastante a menudo sus propios compañeros del horror de
Somme, Gallipoli, de Mespot también. ¡Y debía conocer a sus compañeros cuando
los veía! Al mismo tiempo sabía muy bien que había sufrido un shock, que su ser
se había dislocado, como si se hubiera disuelto a medias y su sistema se
hubiera desequilibrado de tal manera que su registro se había vuelto impreciso.
Cierto. Comprendía eso perfectamente. Pero, en ese shock y esa dislocación, ¿no
habría adquirido posiblemente otro mecanismo? ¿No habría huecos y bordes rotos,
piezas que ya no encajaban, ajustadas como siempre, intersticios, en una
palabra? Sí, esa era la palabra: intersticios. ¿Fisuras, por decirlo así, entre
su percepción del mundo exterior y su interpretación interna del mismo? ¿Entre
los diversos estados de conciencia, que generalmente encajaban tan
perfectamente que las uniones eran normalmente imperceptibles?
Su estado, lo sabía bien, era anormal; pero, ¿eran
irreales sus síntomas de este relato? ¿No podrian ser utilizados estos
intersticios por... otros? Cuando veía sus figuras, solía preguntarse: ¿No son
éstos los reales y los otros —los seres humanos— los irreales? Ahora esta
pregunta revivía en él con una nueva intensidad. ¿Eran reales o irreales estas
figuras que veía en la niebla? El hombre que le había preguntado el camino
hacia la estación, ¿no era, después de todo, simplemente una sombra?
Utilizando su bastón y sus pies y la poca visión
que le quedaba, supo que se encontraba en una isla. A su lado se erigía una
farola que proyectaba su débil mancha de luz. Sin embargo, había también
barandas metálicas, y eso le sorprendía, pues su bastón golpeaba las barras
metálicas formando claramente una sucesión. Y en una isla no debía de haber
barandas. A pesar de todo, estaba completamente seguro de que había cruzado un
terrible espacio abierto para llegar a donde estaba. Su confusión y aturdimiento
aumentaban con peligrosa rapidez. El pánico no estaba lejos.
Ya no estaba en un trayecto de autobús. Algún taxi
pasaba muy despacio ocasionalmente, como una mancha blanquecina en la
ventanilla que mostraba un preocupado rostro humano; de vez en cuando pasaba
una camioneta o un carro, con el carretero llevando una linterna para que el
caballo no tropezara. Esto le confortaba, por raros que parecieran. Pero eran
las figuras lo que más le llamaba la atención. Estaba completamente seguro de
que eran reales. Eran seres humanos como él. Por todo esto, decidió que en este
punto también podria ser positivo. Por consiguiente, eligió una, un hombre
corpulento que surgió repentinamente de la misma tierra frente a él.
—¿Puede indicarme el camino hacia Morley Place?
—preguntó.
Pero su pregunta fue ahogada por la que le hizo
simultáneamente el otro con voz mucho más fuerte que la suya.
—¿Sabe si voy bien para la estación del metro?
Estoy completamente perdido. Busco South Kent.
Y en el momento en que O'Reilly había señalado la
dirección de la que él procedía, el hombre ya se había marchado de nuevo,
borrado, tragado, ni siquiera sus pasos eran audibles, como si nunca hubiera
estado allí.
Esto le dejó una impresión muy desagradable, un
sentido de aturdimiento mayor que antes. Esperó cinco minutos sin atreverse a
dar un paso y luego lo intentó con otra figura, ésta una mujer, quien,
afortunadamente, conocía perfectamente los alrededores. Le dio instrucciones
detalladas de la manera más amable posible y luego se desvaneció con increíble
rapidez y facilidad en el mar de oscuridad. La manera instantánea cómo se había
desvanecido era descorazonadora, inquietante: fue misteriosamente abrupta y repentina.
Pero sin embargo le confortó. Según la versión de ella, Morley Place estaba a
menos de doscientas yardas de donde se encontraba. Empezó a avanzar, paso a
paso, utilizando su bastón, cruzando un vertiginoso espacio abierto, golpeando
el bordillo alternativamente con las dos botas, tosiendo y atragantándose
continuamente mientras lo hacía.
—De cualquier modo, creo que eran reales —dijo en
voz alta—. Las dos eran bastante reales. ¡Y quizá la niebla pronto se levante
un poco! -estaba haciendo un gran esfuerzo para seguir caminando. Casi luchaba.
Se daba perfecta cuenta. El único punto era la realidad de las figuras. Se
puede levantar en cualquier momento —repitió en voz alta. A pesar del frío,
sudaba profusamente.
Pero, naturalmente, la niebla no se levantó. Las
figuras se hicieron también escasas. No se oían carros. Había seguido
cuidadosamente las instrucciones, pero ahora se encontraba, evidentemente, en
algún camino poco frecuentado en el que los peatones eran escasos incluso con
buen tiempo. A su alrededor había un sombrío silencio. Su pie perdió el
bordillo, su bastón barrió el aire vacío, sin golpear nada sólido, y el pánico
se apoderó de él, dejándole estremecido y helado. Estaba solo, se sabía solo, y
peor aún... estaba en otro espacio abierto.
Cruzar aquel espacio abierto le llevó quince
minutos, la mayor parte a gatas, inconsciente del frío lodo que manchaba sus
pantalones y congelaba sus dedos, atento solamente a sentir de nuevo un apoyo
sólido contra su espalda y su espina dorsal. Se acercaba el momento del
colapso, el grito ya salía de su garganta, el temblor de todo su cuerpo era ya
incontrolable cuando sus dedos dieron con un acogedor bordillo y vio una tenua
mancha de luz que se difundía sobre su cabeza. Con un gran y rápido esfuerzo se
levantó, y un momento después su bastón golpeaba una baranda. Se inclinó contra
ella, agotado, jadeando, con su corazón latiendo penosamente mientras la farola
le proporcionaba el consuelo adicional de su débil luminosidad, aunque la llama
real era invisible. Miró a uno y otro lado; el pavimento estaba desierto.
Estaba engullido en el oscuro silencio de la niebla.
Pero sabía que ahora Morley Place debía estar muy
cerca. Pensó en la pequeña y amigable D. A. V. que había conocido en Francia,
en un fuego tibio y luminoso, en una taza de té y un cigarrillo. Un esfuerzo
más, pensó, y todo eso sería suyo. Avanzó a tientas con resolución otra vez,
arrastrándose lentamente junto a la barandilla. Sí las cosas fueran otra vez
realmente mal, llamaria a un timbre y pediría ayuda, por más que rechazara la
idea. Suponiendo que no tuviera que cruzar más espacios abiertos, suponiendo
que no viera más figuras emergiendo y desvaneciéndose como criaturas nacidas de
la niebla y viviendo en ella como si fuera su elemento nativo -ahora eran las
figuras lo que temía más que otra cosa, incluso más que la soledad-, suponiendo
que el sentido del pánico...
Un ligero oscurecimiento de la niebla debajo de la
farola siguiente llamó su atención. Se detuvo. Esta vez no se trataba de una
figura, era la sombra de la columna grotescamente ampliada. No se movía. Se
movía hacia él. Por su interior fluyó una llama de fuego seguida de hielo. Era
una figura, muy cerca de su rostro. Era una mujer.
De repente recordó el consejo del doctor, el
consejo que le había curado de un centenar de fantasmas:
No las ignore. Trátelas como si fueran reales.
Hábleles y vaya con ellas. Pronto probará su irrealidad. Y ellas le dejarán.
Hizo un esfuerzo valiente y tremendo. Estaba
temblando. Una mano agarró la húmeda y helada barandilla.
—Se perdió como yo, ¿verdad, señora? —dijo con voz
temblorosa—. ¿Sabe usted dónde estamos realmente? Estoy buscando Morley
Place...
Se calló de repente. La mujer se acercaba más y por
primera vez vio claramente su rostro. Su palidez fantasmagórica, los ojos
brillantes y asustados que miraban con una especie de aturdimiento hacia los
suyos, su belleza, sobre todo, dejaron sus palabras sin terminar. La mujer era
joven, y su alta figura envuelta en un abrigo oscuro de piel.
—¿Puedo ayudarla? —preguntó irreflexivo,
olvidándose de su propio terror momentáneo.
Estaba más que asustado. El aire de angustia y
dolor de ella despertó en él una aflicción peculiar. Durante un momento ella no
contestó, acercando su cara pálida como si le examinara, tan cerca que apenas
pudo controlar su instinto de retroceder un poco.
—¿Dónde estoy? —preguntó por fin, buscando
fijamente sus ojos—. Me he perdido. No puedo encontrar mi camino de regreso.
Su voz era débil, un curioso gemido que despertó
extrañamente su lástima. Sintió que su propia angustia se fundía con otra
todavía mayor.
—Me pasa lo mismo —contestó más confiado—. Y
también me aterroriza estar solo. He sufrido neurosis de guerra, ya sabe.
Vayamos juntos. Juntos encontraremos un camino.
—¿Quién es usted? —murmuró la mujer mirándole
todavía con sus grandes ojos brillantes, aunque su angustia no había disminuido
ni una pizca. Le miraba como si se hubiera dado cuenta repentinamente de su
presencia.
Él se lo contó brevemente.
—Y ahora voy a tomar el té con una amiga D. A. V.
en Morley Place. ¿Cuál es su dirección? ¿Conoce el nombre de la calle?
Daba la impresión de que ella no le oía o no le
comprendía por completo; era como si ya no le escuchara.
—Salí tan de repente, tan inesperadamente —escuchó
la débil voz con angustia en cada sílaba—; no puedo encontrar el camino de mi
casa. Precisamente cuando le esperaba, también... —miro a su alrededor con una
expresión de inquietud que a O'Reilly le hizo desear tomarla en sus brazos
inmediatamente para salvarla—. Quizá ya esté allí ahora... esperándome en este
mismo momento... y yo no puedo regresar.
Tan triste era su voz que sólo haciendo un esfuerzo
O'Reilly evitó extender la mano para tocarla. En su deseo de ayudarla se
olvidaba cada vez más de sí mismo. Su belleza y la maravilla de sus extraños
ojos brillantes en su cara pálida tenían un inmenso atractivo. Se calmó un
poco. Esta mujer era bastante real. Le preguntó de nuevo su dirección, la calle
y el número, la distancia a la que creía que estaba.
—¿Tiene usted alguna idea de la dirección, señora,
aunque sólo sea una idea? Iremos juntos y...
De repente le interrumpió. Giró su cabeza como si
escuchara, de manera que vio momentáneamente su perfil, la línea de su delgado
cuello, un destello de joyas debajo del abrigo de pieles.
—¡Escuche! ¡Le oigo llamar! ¡Recuerdo! —y se apartó
de su lado y se introdujo en la arremolinada niebla.
Sin dudar un instante, O'Reilly la siguió, no sólo
porque deseaba ayudarla, sino porque no se atrevía a quedarse solo. La
presencia de esta mujer extraña y extraviada le había animado; sucediera lo que
sucediera, no debía perderla de vista. Tuvo que correr, tan rápida iba, siempre
delante de él, avanzando con confianza y seguridad, doblando a derecha e
izquierda, cruzando la calle sin detenerse nunca, sin dudar, con su compañero
siempre pisándole los talones jadeando y con un creciente terror a perderla de vista
en cualquier momento. El modo cómo encontraba su camino a través de la densa
niebla era bastante sorprendente pero el único pensamiento de O'Reilly era no
perderla de vista para que no volviera a invadirle el pánico con su inevitable
colapso en la calle solitaria y oscura. Era una persecución furiosa y
agotadora, y le era difícil mantenerla a la vista, como una fugaz sombra
siempre algunas yardas delante de él. Ella no giró la cabeza ni una sola vez,
no producía ningún sonido, ningún grito; avanzaba corriendo con instinto firme.
Tampoco se le ocurrió ni una sola vez que la persecución fuera extraña; ella
era su salvación, y de esto es de lo único que se daba cuenta.
Sin embargo, después recordó una cosa, aunque en
aquel momento solamente registró el detalle sin prestarle atención: dejaba en
la atmósfera un perfume, uno, además, que conocía, aunque mientras corría no
pudo recordar el nombre. Estaba vagamente asociado, para él, con algo
desagradable, algo repugnante. Lo relacionó con el sufrimiento y el dolor. Le
transmitió un sentimiento de desasosiego. En aquel momento no pudo notar más
que eso, ni tampoco pudo recordar dónde había conocido antes este aroma particular.
Y luego la mujer se detuvo súbitamente, abrió una
verja y pasó a un pequeño jardín privado; tan súbitamente que O'Reilly, que le
pisaba los talones, evitó por muy poco abalanzarse sobre ella.
—¿La ha encontrado? —gritó él—. ¿Puedo entrar un
momento con usted? ¿Me dejará telefonear al doctor?
Ella se giró al instante. Su rostro, muy cerca del
suyo, estaba lívido.
—¡Doctor! —repitió con un horrible susurro.
La palabra le produjo terror. O'Reilly se quedó
sorprendido. Durante uno o dos segundos ninguno de ellos se movió. La mujer
parecía petrificada.
—El Dr. Henry, ya sabe —tartamudeó, recuperando de
nuevo su habla—. Estoy bajo su cuidado. Vive en Harley Street.
Su rostro se iluminó tan súbitamente como se había
oscurecido, aunque en sus grandes ojos todavía flotaba la expresión de
aturdimiento y dolor. Pero el miedo la abandonó, como si de repente hubiera
olvidado alguna asociación que lo había revivido.
—Mi hogar —murmuró—. Mi hogar está en alguna parte
cerca de aquí. Estoy cerca de él. Debo regresar, a tiempo, para él. Debo
hacerlo. Él viene hacia mí.
Y tras decir estas extraordinarias palabras se
volvió, avanzó por el estrecho sendero y se detuvo en el porche de una casa de
dos pisos antes de que su compañero se hubiera recuperado suficientemente de su
asombro para moverse o decir alguna silaba de respuesta. La puerta principal,
vio, estaba entornada. Había sido dejada abierta.
Durante cinco segundos, quizá durante diez, dudó;
era el miedo a que la puerta se cerrara y le dejara fuera lo que dio decisión a
su voluntad y a sus músculos. Subió las escaleras corriendo y siguió a la mujer
hasta un vestíbulo oscuro en el que ella ya le había precedido, y en medio de
cuya oscuridad finalmente se había desvanecido. Cerró la puerta sin saber
exactamente por qué lo hacía, e inmediatamente tuvo el presentimiento de que la
casa en la que ahora se encontraba con esta mujer desconocida estaba vacía y
desocupada. Sin embargo, en una casa se sentía seguro. Su peligro estaba en las
calles abiertas. Permaneció esperando y escuchando un momento antes de hablar;
y oyó a la mujer que se movía por el pasillo de puerta en puerta, repitiendo
para sí con su débil voz de desgraciado lamento algunas palabras que no pudo
comprender.
—¿Dónde está? ¿Dónde está? Debo regresar...
Entonces O'Reilly se encontró repentinamente
aquejado de mudez, como si, con aquellas extrañas palabras, le sobreviniera y
le invadiera un terror obsesionante en la oscuridad.
¿Es ella una figura después de todo?, pensaba. ¿Es
irreal o real?
Buscando alivio en la acción de cualquier clase,
extendió automáticamente una mano y tanteó a lo largo de la pared en busca de
un interruptor eléctrico, y aunque lo encontró por alguna milagrosa casualidad,
ningún destello respondió a su accionamiento. Y la voz de la mujer surgió de la
oscuridad.
—¡Ah! ¡Ah! ¡Al fin la encontré! ¡Estoy de nuevo en
casa, por fin!
Oyó que en el piso de arriba se abría y cerraba una
puerta. Él estaba ahora en la planta baja, solo. Siguió un completo silencio.
En el conflicto entre varias emociones —miedo hacia
sí mismo para que no volviera a dominarle el pánico, miedo por la mujer que le
había conducido a aquella casa vacía y ahora le abandonaba a causa de alguna
misteriosa misión que le hizo pensar en la locura—, en este conflicto que le
mantuvo hechizado un momento, había un ingrediente todavía mayor que solicitaba
una explicación inmediata, pero una explicación que él no podía encontrar. ¿Era
real o irreal la mujer? ¿Era un ser humano o una "figura"? El horror
de la duda le obsesionaba con una aguda inquietud que se traicionaba a sí misma
en respuesta a aquel inoportuno temblor interno que sabía que era peligroso.
Lo que le salvó de una crisis que habría tenido
necesariamente resultados más peligrosos para su cerebro y su sistema nervioso
en general parece haber sido el hecho excepcional de que sentía más por la
mujer que por él mismo. Su simpatía y su lástima habían sufrido una honda
impresión; su voz, su belleza, su angustia y aturdimiento, todo poco común,
inexplicable y misterioso, formaban juntos una petición que situó la suya en
segundo término. Además de esto estaba el detalle de que ella le había dejado, se
había ido a otro piso sin decir una palabra, y ahora, detrás de una puerta
cerrada en una habitación de arriba, se encontraba cara a cara por fin con el
objeto desconocido de su frenética busca, con "ello", fuere lo que
fuere lo que pudiera ser "ello". Real o irreal, figura o ser humano,
el impulso que vencía en su ser era que debía ir hacia ella.
Fue este claro impulso lo que le dio la decisión y
energía para hacer lo que hizo después. Encendió una cerilla, encontró un
pedazo de vela y avanzó con ayuda de la parpadeante luz a lo largo del pasillo
y de las escaleras sin alfombrar. Se movía cautelosamente, aunque no sabía por
qué lo hacía de esa manera. La casa estaba ciertamente sin ocupar; los muebles
amontonados estaban cubiertos con fundas; a través de las puertas
entreabiertas, vislumbró pinturas colgadas en las paredes y repisas tapadas.
Siguió avanzando sin parar, moviéndose de puntillas como si fuera consciente de
que era observado, notando el hueco oscuro del vestíbulo y las grotescas
sombras que sus movimientos proyectaban en las paredes y el techo. El silencio
era desagradable, pero, recordando que la mujer estaba esperando a alguien, no
deseaba que se rompiera. Alcanzó el rellano y permaneció inmóvil. Al apantallar
la vela para examinar la escena, su vista dio con un pasillo con puertas
cerradas a ambos lados. ¿Detrás de cuál de estas puertas, se preguntó, estaba
la mujer, figura o ser humano, ahora sola con ello?
No había nada que le guiara, pero un instinto le
envió hacia adelante otra vez hacia lo que bucaba. Probó una puerta de la
derecha: una habitación vacía, con los colchones enrollados sobre la cama.
Probó una segunda puerta dejando la primera abierta detrás de él, y se encontró
con otro dormitorio vacío. Al salir de nuevo al pasillo se quedó un momento
esperando y luego gritó fuerte con voz grave que, a pesar de todo, levantó
desagradables ecos en el vestíbulo del piso de abajo.
—Dónde está usted? Quiero ayudarla. ¿En qué
habitación está?
No hubo respuesta; casi le alegró no oir ningún
sonido, pues sabía muy bien que estaba esperando en realidad otro sonido, los
pasos de quien era esperado. Y la idea de encontrarse con este desconocido hizo
que se estremeciera, como si tuviera relación con un diálogo que temía con su
corazón y que debía evitar a toda costa. Tras esperar unos momentos, notó que
su vela se estaba apagando y cruzó el rellano con un sentimiento de duda y
determinación a la vez hacia una puerta al lado opuesto de donde se encontraba.
La abrió; no se detuvo en el umbral. Manteniendo la vela con el brazo
extendido, entró con decisión.
E instantáneamente su olfato le dijo que por fin
había acertado, pues el olor del extraño perfume, aunque esta vez mucho más
fuerte que antes, le dio la bienvenida haciendo que sus nervios volvieran a
estremecerse. Ahora sabía por qué estaba asociado con algo desagradable, con el
dolor, con el sufrimiento, pues lo reconoció: era el olor de un hospital. En
esta habitación se había utilizado un poderoso anestésico, y hacía poco.
Simultáneamente con el olor, la vista también le
envió un mensaje. Sobre la gran cama doble que había detrás de la puerta, a su
derecha, yacía ante su asombro la mujer con su abrigo oscuro de pieles. Vio las
joyas en su delgado cuello; pero los ojos no los vio, pues estaban cerrados, se
dio cuenta inmediatamente, mortalmente. El cuerpo yacía completamente estirado
e inmóvil. Se acercó. Una raya delgada y oscura que salía de sus labios
abiertos y bajaba hacia el mentón, perdiéndose dentro del cuello de pieles, era
un hilo de sangre. Apenas estaba seco. Brillaba.
Fue extraño quizás que, mientras los miedos
imaginarios tenían el poder de paralizarle, mente y cuerpo, esta visión de algo
real tuvo el efecto de restaurar su confianza. La visión de la sangre y la
muerte en condiciones bastante horribles e incluso monstruosas, no era una cosa
nueva para él. Se acercó tranquilamente y tocó con mano firme la mejilla de la
mujer, con la tibieza de la vida reciente todavía en su tersura. El frío final
todavía no había invadido esta forma vacía cuya belleza, en su perfecta quietud,
había adquirido la nueva dulzura de una lozanía sobrenatural. Pálida,
silenciosa, vacía, yacía ante él iluminada por el parpadeo de su vela goteante.
Levantó el abrigo de pieles para sentir el inanimado corazón. Hacía dos horas
como máximo, juzgó, este corazón funcionaba afanosamente, la respiración pasaba
por esos labios abiertos. Los ojos brillaban en su absoluta belleza. Su mano
tropezó con un botón duro, la cabeza de un largo alfiler de acero clavado en el
corazón hasta su extremo.
Entonces supo cuál era la figura, cuál era la real
y cuál la irreal. Supo también qué había querido decir ello.
Pero antes de que pudiera pensar o reflexionar,
antes de que pudiera incluso incorporarse de su posición inclinada sobre el
cuerpo que estaba sobre la cama, se escuchó a través de la casa vacía el fuerte
ruido de la puerta principal que se cerraba. Le invadió aquel otro temor que
había olvidado durante tanto rato, el temor a sí mismo. El pánico de sus
propios nervios perturbados descendía con irresistible embestida. Se volvió, se
le apagó la vela debido al violento temblor de su mano y salió precipitadamente
de la habitación.
Los diez minutos siguientes parecieron una
pesadilla. De lo único que se dio cuenta fue de que los pasos ya sonaban en las
escaleras, acercándose rápidamente. El parpadeo de una linterna jugó en la
baranda, cuyas sombras corrían con rapidez junto a la pared, mientras la mano
que sostenía la luz ascendía. En un frenético segundo pensó en la policía, en
su presencia en la casa, en la mujer asesinada. Era una combinación siniestra.
Pasara lo que pasara, debía huir sin siquiera ser visto. Su corazón latía furiosamente.
Se precipitó por el rellano hasta la habitación opuesta, cuya puerta había
dejado afortunadarnente abierta. Y por alguna increíble casualidad no fue visto
ni oído por el hombre que, un momento más tarde, llegó al rellano, entró en la
habitación en la que yacía el cuerpo de la mujer y cerró la puerta
cuidadosamente detrás de él.
Temblando, sin atreverse apenas a respirar para que
no le oyera, O'Reilly, atrapado por su propio terror, residuo de su incurada
neurosis de guerra, no pensó en qué podria pedirle o no pedirle. Sólo pensaba
en sí mismo. Se dio cuenta de un problema claro: de que debía salir de la casa
sin ser visto ni oído. Quién era el recién llegado no lo sabía, al margen de
una misteriosa seguridad de que no era a él a quien la mujer había
"esperado", sino al propio asesino, y de que era el asesino, a su vez,
quien esperaba a esta tercera persona. En aquella habitación con la muerte a su
lado, una muerte que él mismo había ocasionado una o dos horas antes, el
asesino se ocultaba ahora esperando su segunda víctima. Y la puerta estaba
cerrada. Sin embargo, a cada minuto podria abrirse de nuevo, cortando la
retirada.
O'Reilly salió silenciosamente, cruzó rápidamente
el rellano, alcanzó las escaleras y empezó, con la mayor precaución, el
peligroso descenso. Cada vez que las tablas desnudas crujían bajo su peso su
corazón se sobresaltaba. Probaba cada escalón antes de pisarlo, distribuyendo
todo el peso que podía sobre la baranda. Estaba a más de medio camino cuando,
ante su horror, su pie tocó una tachuela de alfombra que sobresalía; resbaló en
la pulida madera y solamente evitó caer de cabeza al agarrarse furiosamente al
pasamanos, produciendo un alboroto que le pareció como la explosión de una
granada de mano en unas apartadas trincheras. Entonces sus nervios le
traicionaron y le dominó el pánico. En el silencio que siguió al eco que
retumbó, oyó que en el piso de arriba se abría la puerta del dormitorio.
Era inútil esconderse. También era imposible. Bajó
el último tramo de escaleras saltándolas de cuatro en cuatro, llegó al
vestíbulo, lo cruzó rápidamente y abrió la puerta principal justo cuando su
perseguidor, linterna en mano, cubria la mitad de las escaleras detrás de él.
Tras cerrar la puerta de golpe, se sumergió precipitadamente en la oscura
niebla exterior.
Ahora la niebla no le producía terror, sino que
agradeció su manto protector; ni tampoco importaba en qué dirección corría
mientras se alejara de la casa de la muerte. Naturalmente, el perseguidor no le
había seguido hasta la calle. Cruzó espacios abiertos sin un solo temblor. Sin
embargo, corrió en círculo, aunque sin darse cuenta de que lo hacía. No había
gente a su alrededor, ni una sola sombra pasó a tientas junto a él, ningún
ruido de tráfico llegó a sus oídos cuando se detuvo a respirar por fin apoyado
en una baranda. Y luego descubrió que no llevaba el sombrero. Ahora lo
recordaba. Al examinar el cuerpo, en parte por respeto y en parte quizá
inconscientemente, se lo había quitado y lo había dejado sobre la misma cama.
Estaba allí, como indicio de irrecusable evidencia,
en la casa de la muerte. Y por su mente pasó como un relámpago una serie de
consecuencias. Afortunadamente era un sombrero nuevo; aún no había escrito sus
iniciales en él; pero la marca de fabricante estaba allí y la policía iría de
inmediato a la tienda en que lo había comprado hacía sólo dos días. ¿Recordaría
su apariencia el personal de la tienda? ¿Recordarían su visita, la fecha, la
conversación? Pensó que era improbable; se parecía a docenas de hombres; no
tenía ninguna peculiaridad destacada. Intentó pensar, pero su mente estaba
confundida y perturbada. Su corazón latía terriblemente, se sentía enfermo.
Buscó alguna excusa que justificara el hecho de que se encontrara en la niebla
y lejos de su casa sin sombrero. No se le ocurrió ni una sola idea. Se agarró a
la helada barandilla, apenas capaz de mantenerse en pie, muy cerca del
colapso... cuando se repente surgió de la niebla una figura, se detuvo un
momento para mirarle, extendió una mano para sostenerle y a continuación le
habló.
—Mi querido señor, está usted enfermo —dijo una
amable voz de hombre—. ¿Puedo serle de alguna ayuda? Venga, deje que le ayude.
Venga, tome mi brazo, ¿quiere? Soy médico. Afortunadamente también, está
precisamente junto a mi casa. Entre.
Y medio arrastró y medio empujó a O'Reilly, que
ahora bordeaba el colapso, escaleras arriba y abrió la puerta con su llave.
—Me sentí súbitamente perdido en la niebla, pero
pronto me recuperaré, muchísimas gracias —tartamudeó, agradecido, sintiéndose
ya mejor.
Se hundió en un sillón del vestíbulo mientras el
otro dejaba un paquete que llevaba y le conducía poco después a una habitación;
ardía un fuego resplandeciente; las lámparas eléctricas estaban agradablemente
apantalladas; en una pequeña mesa junto a un sillón había una jarra de whisky y
un sifón; y antes de que O'Reilly pudiera decir nada más, el otro le sirvió un
vaso y le ordenó que se lo bebiera despacio, y que no se molestara en hablar
hasta que estuviera mejor.
—Esto le animará. Bébaselo despacio. Nunca debía
haber salido en una noche como ésta. Si tiene que ir lejos, será mejor que me
permita hospedarle.
—Muy amable, de verdad, muy amable —murmuró
O'Reilly, recuperándose ante el alivio de la presencia de alguien que ya le
agradaba y hacia quien se sentía incluso atraído.
—No hay ningún problema —respondió el doctor—. He
estado en el frente, ya sabe. Conozco cual es su problema, neurosis de guerra,
apostaría.
Muy impresionado por el rápido diagnóstico del
otro, observó también su tacto y delicadeza. Por ejemplo, no había hecho
referencia a la ausencia de sombrero.
—Es cierto —dijo—. Estoy en manos del Dr. Henry, en
Harley Street —y añadió algunas palabras sobre su caso.
El whisky hacía su efecto. El otro le tendió un
cigarrillo; empezaron a hablar acerca de sus síntomas y de su recuperación;
recobró en gran parte su confianza. Los modos y personalidad del doctor le
ayudaron, pues en su rostro había fortaleza y amabilidad, aunque sus facciones
mostraban una determinación inusual suavizada por una repentina señal de
sufrimiento en sus ojos brillantes y convincentes. Era el rostro de un hombre,
pensó O'Reilly, que había visto muchas cosas y que probablemente había conocido
el infierno, pero de un hombre que era sencillo, bueno, sincero. Pero a pesar
de todo, de un hombre con quien no se podía jugar; detrás de su amabilidad se
ocultaba algo muy severo. Este efecto de su carácter y personalidad despertó en
el otro el respeto además de la gratitud. Estimulaba su simpatía.
—Usted me anima a formular otra suposición —dijo el
hombre desde la acertada interpretación del estado del improvisado paciente—.
La de que usted ha tenido, digamos, un fuerte shock hace muy poco, y que le
alivíaria desahogarse con alguien que pudiera comprenderle.
—Alguien que pudiera comprender —repitió—. Este es
precisamente mi problema. Ha dado usted con ello. Es todo tan increíble.
El otro sonrió.
—Cuánto más increíble mayor necesidad de
expresarse. Como sabe, la contención es peligrosa en casos como éste. Usted
cree que lo ha ocultado, pero espera el momento adecuado y regresa de nuevo,
causando grandes problemas. La confesión, ya sabe —dijo enfatizando la
palabra—, ¡la confesión es buena para el alma!
—Tiene toda la razón —asintió.
—Ahora, si puede, cobre el ánimo suficiente para
contárselo a alguien que le escuchará y le creerá; a mí mismo, por ejemplo. Soy
médico, estoy acostumbrado a estas cosas. Consideraré todo lo que diga como
secreto profesional, naturalmente; y, como no nos conocemos, el que yo le crea
o no le crea no tiene ninguna consecuencia especial. Sin embargo, debo decirle
por adelantado, creo que puedo prometérselo, que creeré todo lo que tenga que
decirme.
O'Reilly contó su historia sin más, pues la
indicación del hábil médico había encontrado un terreno fácil. Durante la
narración, los ojos de su anfitrión no dejaron de mirar los suyos ni un solo
instante. No movía ni un músculo de su cuerpo. Su interés parecía intenso.
—Algo increíble, ¿verdad? —dijo al acabar su
relato—. Y la cuestión es... —continuó con una amenaza de locuacidad que el
otro cortó instantáneamente.
—¡Es extraño, sí, pero no increíble! —interrumpió
el doctor—. No veo ninguna razón para no creer un solo detalle de lo que me
acaba de contar. Cosas igualmente notables suceden en todas las ciudades
grandes, como sé por experiencia personal. Podria darle ejemplos —se detuvo un
momento, pero su compañero, mirando a sus ojos con interés y curiosidad, no
efectuó ningún comentario—. De hecho, hace algunos años —prosiguió el otro—
conocí un caso muy parecido... extrañamente parecido.
—¿De verdad? Me interesaría enormemente.
—Tan parecido que parece casi una coincidencia.
Usted puede, a su vez, encontrarlo dificil de creer. Sí, creo que todos los que
tuvieron una relación con él ya han fallecido. No hay ninguna razón por la que
no pueda contárselo, pues una confidencia merece otra, ya sabe. Sucedió durante
la Guerra de los Boers, hace ya mucho tiempo de ello. En cierto sentido es
realmente una historia muy vulgar, aunque muy terrible por otro, pero un hombre
que ha servido en el frente la comprenderá y, estoy seguro de ello, se
compadecerá.
—Estoy seguro de ello —repitió el otro rápidamente.
—Un colega mio, ya fallecido, un cirujano con mucha
práctica, se casó con una muchacha joven y encantadora. Vivieron juntos durante
varios años. La riqueza de él hacía que ella se sintiera muy a gusto. Su sala
de consulta, debo decírselo, estaba a alguna distancia de su casa, como puede
estarlo ésta, de modo que a ella no le molestaba. Después llegó la guerra. Como
muchos otros, aunque sobrepasaba bastante la edad, se ofreció voluntario.
Abandonó su lucrativo trabajo y partió a Sudáfrica. Naturalmente, sus ingresos
cesaron; la gran casa estaba cerrada; su esposa encontró considerablemente
restringida su vida de diversiones. Parece que ella consideraba esto como una
gran privación. Se sentía amargada por lo que consideraba un agravio de él.
Falta de imaginación, sin ningún poder de sacrificio, egoísta, era todavía una
mujer hermosa, atractiva y joven. Entró en escena el inevitable amante para
consolarla. Planearon huir juntos. Él era rico. Creyeron que Japón seria el
lugar adecuado. Pero, por verdadera mala suerte, el marido olió algo y llegó a
Londres en el momento crítico.
—Y se desembarazó de ella —interrumpió O'Reilly.
El doctor esperó un momento. Sorbió su bebida.
Después sus ojos se fijaron algo severamente en el rostro de su compañero.
—Se desembarazó de ella, sí —prosiguió—, pero
determinó hacerlo de manera definitiva. Decidió matarla a ella y a su amante.
Ya ve, la amaba.
O'Reilly no hizo ningún comentario. En su propio
país no era desconocido este método con una mujer infiel. Su interés estaba muy
concentrado, pero también estaba pensando mientras escuchaba, pensando mucho.
—Planeó el momento y el lugar con mucho cuidado.
Sabía que se veían en la casa grande, ahora cerrada, la casa en donde él y su
joven esposa habían pasado años tan felices durante su época de prosperidad.
Sin embargo, el plan fracasó en un importante detalle: la mujer llegó a la hora
prevista, pero sin su amante. Encontró la muerte mientras le esperaba. Fue una
muerte sin dolor. Pero su amante, que tenía que llegar media hora más tarde, no
llegó nunca. La puerta estaba abierta a propósito para él. La casa estaba a
oscuras, sus habitaciones cerradas, desiertas; ni siquiera había guardián. Era
una noche neblinosa... exactamente como la de hoy.
—¿Y el otro? —preguntó O'Reilly con voz débil—. El
amante...
—Entró un hombre —prosiguió el doctor con calma—,
pero no era el amante. Era un extraño.
—¿Un extraño? —susurró el otro—. ¿Y dónde estuvo el
cirujano todo este rato?
—Esperando fuera para verle entrar, oculto en la
niebla. Vio que el hombre entraba. Cinco minutos más tarde le siguió, con la
intención de completar su venganza. o su acto de justicia, como quiera
llamarlo. Pero el hombre que había entrado era un extraño: había entrado por
casualidad, como pudo haberlo hecho usted, para protegerse de la niebla...
O'Reilly, aunque con un gran esfuerzo, se levantó
repentinamente. Tenía el horroroso presentimiento de que el hombre que tenía
enfrente estaba loco. Tenía un agudo deseo de salir al exterior, con niebla o
sin ella, de dejar esta habitación, de escapar del tono tranquilo de esta
insistente voz. El efecto del whisky todavía se notaba en su sangre. No sentía
falta de confianza, pero las palabras le brotaron con dificultad.
—Pienso que será mejor que me vaya, doctor —dijo
torpemente—. Pero creo que debo agradecerle toda su amabilidad y ayuda. A su
amigo —dijo susurrando—, el cirujano, espero que... quiero decir, ¿le llegaron
a detener?
—No —fue la grave respuesta, mientras el doctor
estaba de pie frente a él—, nunca le detuvieron.
O'Reilly esperó un momento antes de hacer otra
observación.
—Bueno —dijo por fin, pero en un tono más fuerte
que antes—, creo que... me alegra.
Y avanzó hacia la puerta sin darle la mano.
—No tiene sombrero —dijo la voz detrás de él—. Si
se espera un momento le daré uno mío. No debe molestarse en devolvérmelo.
Y el doctor se lo dio mientras iban hacia el
vestíbulo. Se oyó un ruido de papel que se rasgaba. O'Reilly salió de la casa
un instante después con un sombrero en su cabeza, pero no fue hasta que llegó a
la estación del metro, media hora después, cuando se dio cuenta de que era el
suyo.
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Algernon Blackwood (1869-1951)

