Libro N° 9820. La Torre Del Elefante. Howard, Robert E.
© Libro N° 9820. La Torre Del Elefante. Howard, Robert E. Emancipación. Abril
16 de 2022.
Título original: © The Tower of the Elephant, Robert E. Howard
(1906-1936)
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Original: © La Torre Del Elefante. Robert E. Howard
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Robert E. Howard
La Torre Del Elefante
Robert E. Howard
Las antorchas resplandecían lóbregamente en las
fiestas del Maul, donde los ladrones del este celebraban el carnaval por la
noche. En el Maul podían estar de juerga y hacer todo el ruido que quisieran,
puesto que las personas decentes evitaban esos barrios y los guardianes, bien
pagados con monedas de todas clases, no interferían en sus diversiones. A lo
largo de las callejuelas tortuosas y sin empedrar, llenas de basura y de
charcos fangosos, los juerguistas borrachos caminaban tambaleándose y gritando
estrepitosamente. El acero relucía en las sombras de donde provenían las risas
estridentes de las mujeres y los ruidos de escaramuzas y peleas. La pálida luz
de las antorchas se reflejaba a través de las ventanas rotas y de las puertas
abiertas de par en par, y en el exterior, el olor a rancio del vino y de los
cuerpos sudorosos, el clamor de los bebedores que golpeaban las duras mesas con
los puños y cantaban canciones obscenas, sorprendían como una bofetada en pleno
rostro.
Las risotadas resonaban estrepitosamente en el
techo bajo y manchado por el humo de uno de aquellos antros donde se reunían
picaros de todo tipo luciendo toda clase de andrajos y harapos; había rateros
furtivos, raptores lascivos, ladrones de dedos ágiles, bravucones jactanciosos
con sus mozas, mujeres de voces estridentes vestidas con ropas no menos
chillonas. Los bribones del lugar eran mayoría: zamorios de piel oscura y ojos
negros, con dagas en sus cintos y astucia en los corazones. Pero también había
allí lobos de varios pueblos extranjeros. Llamaba la atención un gigante
hiperbóreo renegado, taciturno, peligroso, con un sable colgando de su lúgubre
y feroz corpachón, puesto que los hombres llevaban el acero sin disimulo en el
Maul. Había también un falsificador shemita, de nariz ganchuda y rizada barba
de color negro azulado. Un poco más allá, una moza brythunia de mirada
descarada sentada sobre las rodillas de un hombre de Gunderland de cabello
leonado; se trataba de un mercenario errante, un desertor de algún ejército
derrotado. Y el obeso y grosero bribón, cuyas bromas procaces eran motivo de
regocijo general, era un secuestrador profesional que había venido de la lejana
tierra de Koth para enseñar a los zamorios a raptar mujeres, si bien éstos conocían
mucho mejor este arte de lo que aquel hombre pudiera saber jamás. El kothiano
hizo una pausa en la descripción de los encantos de una de sus posibles
víctimas y se llevó a la boca una enorme jarra de espumeante cerveza. Luego se
lamió los gruesos labios y dijo:
-Por Bel, dios de los ladrones, que voy a
enseñarles cómo se roba una mujer; estará del otro lado de la frontera de
Zamora antes del amanecer, y allí habrá una caravana esperándola. Un conde de
Ofir me prometió trescientas piezas de plata por una esbelta joven brythunia de
buena familia. Estuve vagando varias semanas por las ciudades fronterizas,
donde me hacía pasar por mendigo, hasta que encontré una que valiera la pena.
¡Ah, qué guapa es esta golfa!
Cuando terminó de decir esto echó al aire un beso
lascivo.
-Conozco señores de Shem que darían por ella el
secreto de la Torre del Elefante -dijo volviendo a su cerveza.
Alguien tiró de la manga de su túnica y el hombre
volvió la cabeza, frunciendo el entrecejo por la interrupción. Vio entonces a
un joven alto y corpulento que se encontraba de pie a su lado. El desconocido
estaba tan fuera de lugar en ese antro como un lobo gris entre las ratas de las
cloacas. Su pobre y raída túnica dejaba ver las fornidas líneas de su fuerte
cuerpo, sus anchos y recios hombros, el pecho macizo, la fina cintura y los
brazos fuertes y musculosos. Su piel estaba bronceada por soles remotos, sus
ojos eran azules y fogosos, y una desgreñada melena negra coronaba su amplia
frente. De su cinto colgaba una espada dentro de una vieja vaina de cuero. El
hombre de Koth retrocedió involuntariamente, porque el hombre no pertenecía a
ninguna de las razas civilizadas que conocía.
-Has mencionado la Torre del Elefante -dijo el
forastero hablando en lengua zamoria con acento extranjero-. He oído muchas
cosas acerca de esa torre. ¿Cuál es su secreto?
La actitud del muchacho no parecía amenazadora, y
el valor del kothiano había aumentado por efectos de la cerveza y la manifiesta
aprobación del público. El hombre lo miró henchido de vanidad y dijo:
-¿El secreto de la Torre del Elefante? -exclamó-.
Bueno, cualquier imbécil sabe que el sacerdote Yara vive allí con la enorme
joya llamada Corazón de Elefante; ése es el secreto de su magia.
El bárbaro estuvo callado un momento asimilando
estas palabras.
-Yo he visto esa torre -dijo-. Está en un enorme
jardín situado en lo alto de la ciudad y rodeado de elevadas murallas. No he
visto guardianes. Las murallas parecían fáciles de escalar. ¿Por qué nadie ha
robado esa misteriosa piedra preciosa?
El hombre de Koth se quedó boquiabierto ante la
ingenuidad del muchacho y se echó a reír con carcajadas burlonas, a las que se
sumaron todos los presentes.
-¡Escuchad a este pagano salvaje! -vociferó-.
¡Pretende robar la joya de Yara! ¡Escucha, muchacho! -dijo dirigiéndole una
mirada- siniestra al joven-. Vaya, supongo que eres una especie de bárbaro del
norte.
-Soy cimmerio -respondió el forastero con tono poco
amistoso.
La respuesta y el modo en que lo dijo no
significaban casi nada para el hombre de Koth; se trataba de un remoto reino
del sur, en las fronteras de Shem, y él sólo conocía vagamente a las razas del
norte.
-Entonces presta atención y aprende, muchacho -dijo
apuntando con su jarra de cerveza al desconcertado joven-. Debes saber que en
Zamora, y especialmente en esta ciudad, hay más intrépidos ladrones que en
cualquier otro lugar del mundo, incluido Koth. Si algún mortal hubiera sido
capaz de robar la piedra preciosa, puedes estar seguro de que habría
desaparecido hace mucho tiempo. Tú hablas de escalar las murallas, pero una vez
que lo hubieras hecho, desearías irte inmediatamente. Por la noche no hay guardianes,
es decir, guardianes humanos, en los jardines por una buena razón. Pero en el
cuarto de guardia, en la parte inferior de la torre, hay hombres armados, y aun
si lograras escabullirte entre los que rondan por los jardines de noche,
tendrías que eludir a los soldados, porque la gema está guardada en algún lugar
de la parte superior de la torre.
-Pero si alguien consiguiera atravesar los jardines
-arguyó el cimmerio-, ¿por qué no iba a poder llegar hasta la gema por la parte
superior de la torre, eludiendo de ese modo a los soldados?
El hombre de Koth lo miró atónito una vez más.
-¡Oíd lo que dice! -gritó en tono burlón-. ¡Este
bárbaro debe de ser un águila capaz de volar hasta el borde enjoyado de la
torre, que se halla a tan sólo cincuenta metros de altura, y que tiene las
paredes más lisas y resbaladizas que el cristal pulido!
El cimmerio miró furioso a su alrededor, molesto
por las carcajadas burlonas con que los presentes acogieron estas palabras. Él
no veía nada gracioso en ello y era demasiado ajeno a la civilización para
comprender la falta de cortesía. Los hombres civilizados son menos amables que
los salvajes porque saben que pueden ser más descorteses sin correr el riesgo
de que les partan la cabeza. Estaba desconcertado y contrariado y habría salido
corriendo de allí, avergonzado, pero el kothiano decidió seguir mortificándole.
-¡Anda, anda! -gritó-. ¡Cuéntales a estos pobres
hombres, que han sido ladrones desde antes que a ti te engendraran, diles cómo
robarías tú la piedra!
-Siempre hay alguna manera de hacerlo, si el deseo
está unido al valor -contestó el cimmerio en tono tajante y lleno de rabia.
El hombre de Koth lo tomó como un insulto personal
y se puso rojo de ira.
-¡Cómo! -bramó-. ¿Te atreves a enseñarnos nuestro
oficio, y a insinuar que somos unos cobardes? ¡Vete! ¡Fuera de mi vista! -gritó
empujando al cimmerio con violencia.
-¿Primero te burlas de mí y ahora me pones las
manos encima? -dijo el bárbaro con tono crispado, sintiendo que le invadía la
cólera y devolviendo el empujón con un manotazo que hizo caer al hombre que lo
molestaba de espaldas sobre la tosca mesa.
La cerveza se derramó sobre la cara del kothiano y
éste desenvainó la espada hecho una furia.
-¡Perro pagano! -vociferó-. ¡Te voy a arrancar el
corazón por esto!
El acero centelleó y los presentes se apartaron
rápida y desordenadamente. En su desbandada tiraron la única vela que había
allí, y el antro quedó a oscuras; se oyó el ruido de bancos rotos, los pasos
rápidos de la gente que huía, gritos y blasfemias de individuos que tropezaban
y caían encima de otros, y un estruendoso grito de agonía que cortó el alboroto
como un cuchillo. Cuando volvieron a encender la vela, la mayor parte de los
parroquianos habían huido por las puertas y ventanas rotas, y los demás se apretujaban
detrás de los barriles de vino y debajo de las mesas. El bárbaro había
desaparecido; el centro de la habitación estaba desierto, con excepción del
cuerpo apuñalado del hombre de Koth. El cimmerio lo había matado en medio de la
oscuridad y la confusión, con el infalible instinto de los bárbaros.
Las pálidas luces y el jolgorio de los borrachos se
desvanecían detrás del cimmerio. El joven se quitó la desgarrada túnica y
caminó desnudo por las callejuelas oscuras sin más atuendo que el taparrabo y
las sandalias atadas con correas a sus piernas. Se movía con la suave agilidad
natural de un tigre, y sus músculos acerados se marcaban como ondas bajo la
piel bronceada. Llegó al sector de la ciudad reservado a los templos. Por todas
panes brillaban a la luz de las estrellas las níveas columnas de mármol, las
cúpulas doradas y los arcos plateados, los altares de los innumerables y
extraños dioses de Zamora. El muchacho no pensó mucho en esos dioses; sabía que
la religión de los zamorios, como todo lo que se refería a un pueblo civilizado
y asentado desde hace mucho tiempo en el lugar, era intrincada y compleja y
había perdido en gran medida su prístina esencia original en medio de un
laberinto de fórmulas y rituales. Había estado muchas horas en cuclillas en los
patios de los filósofos, escuchando los razonamientos y discusiones de teólogos
y maestros, y se había ido de allí confuso y perplejo y con una sola idea
clara: que estaban todos locos.
Sus dioses eran simples y comprensibles; Crom era
su jefe y vivía en una gran montaña, desde donde sentenciaba el destino la
muerte de los hombres. Era inútil invocar a Crom, porque era un dios tenebroso
y salvaje que odiaba a los débiles. Pero insuflaba valor a los hombres en el
momento de nacer, así como la voluntad y el poder de matar a los enemigos, lo
que, para la mentalidad del cimmerio, era lo único que cabía esperar de un
dios. Las sandalias del joven no hacían ruido al caminar por el reluciente empedrado.
No había guardianes, porque hasta los ladrones del Maul evitaban los templos,
pues se sabía que habían caído extrañas maldiciones sobre los violadores.
Delante de él, recortada contra el cielo, Conan vio la Torre del Elefante. Se
preguntó asombrado por qué le habrían dado ese nombre. Nadie parecía saberlo.
Nunca había visto un elefante, pero tenía la vaga noción de que se trataba de
un animal monstruoso, con una cola delante y otra detrás. Eso, al menos, es lo
que le había dicho un shemita errante, que le juró que había visto miles de
animales como ésos en la tierra de los hirkanios; pero era bien sabido lo
mentirosos que son los hombres de Shem. De todos modos, no había elefantes en
Zamora.
La torre resplandecía con un fulgor frío bajo el
cielo nocturno. A la luz del sol, en cambio, su brillo era tan deslumbrante que
pocas personas podían soportarlo. Se decía que estaba hecha de plata. Era
redondeada y tenía la forma de un cilindro fino y perfecto, de casi cincuenta
metros de altura, y su borde brillaba a la luz de las estrellas debido a las
enormes joyas que lo adornaban. La torre se alzaba entre los árboles exóticos y
cimbreantes de un jardín situado a gran altura. Había una gran muralla alrededor
de este jardín y por fuera un terreno intermedio rodeado asimismo por un muro.
No se veía ninguna luz; parecía que la torre no tuviera ventanas, al menos por
encima del nivel de la muralla interior. Tan sólo las gemas de la cúpula
brillaban con un resplandor helado bajo el firmamento. Los matorrales cubrían
parte de la muralla exterior, de menor altura. El cimmerio se acercó al paredón
y lo midió con la mirada. Era alto, pero él podría saltar y alcanzar el borde
con los dedos. Luego sería un juego de niños tomar impulso y pasar al otro
lado, y no tenía ninguna duda de que podría salvar la muralla interior de la
misma manera. Pero vaciló al pensar en los extraños peligros que, según se
decía, le esperaban a quien entrase allí. Esa gente le resultaba extraña y
misteriosa; no eran de raza y ni siquiera tenían la misma sangre que los
brithunios más occidentales, los nemedios, los kothios y los aquilonios, de
cuyas culturas y misterios había oído hablar. Los zamorios, en cambio, eran un
pueblo muy antiguo y, por lo que pudo apreciar, muy maligno.
Pensó en Yara, el sumo sacerdote que condenaba a
los hombres y lanzaba extrañas maldiciones desde su enjoyada torre, y se le
pusieron los pelos de punta al recordar la leyenda que le contó un paje ebrio
de la corte, según la cual Yara se había reído en la cara de un príncipe hostil
y alzó delante de él una gema que brillaba con un resplandor incandescente y
maligno de la que emergieron unos rayos cegadores que envolvieron al príncipe;
éste cayó al suelo dando un grito y quedó reducido a un marchito bultu oscuro
que se convirtió en una araña negra y, cuando ésta trató de huir
frenéticamente, Yara la aplastó con el pie.
Yara no salía con frecuencia de su torre mágica, y
cuando lo hacía era para lanzar una maldición y hacer el mal a algún hombre o
pueblo. El rey de Zamora le temía más que a la muerte, y estaba siempre
borracho porque era la única forma de soportar el miedo. Yara era muy viejo; la
gente decía que tenía cientos de años y agregaba que viviría eternamente debido
al poder mágico de su piedra preciosa, que los hombres llamaban Corazón de
Elefante. Ésta era la única razón por la que llamaban Torre del Elefante a su
morada. El cimmerio, enfrascado en estos pensamientos, corrió rápidamente hacia
la muralla. Oyó unos pasos quedos dentro del jardín y un sonido metálico de
acero y se dijo que, a pesar de lo que afirmaban, un guardián rondaba por
aquellos jardines. Conan esperó para ver si lo oía pasar nuevamente, pero el
silencio era total en aquellos misteriosos jardines.
Finalmente la curiosidad pudo más que él. Dio un
ligero salto, apoyó una mano en la muralla y de un impulso saltó hacia arriba.
Se tendió de bruces sobre el ancho borde y miró hacia abajo para observar el
amplio espacio que había entre las murallas. No había ningún arbusto, pero vio
unas matas cuidadosamente recortadas cerca de la muralla interior. La luz de
las estrellas alumbraba el cuidado césped y se oía el rumor de una fuente. El
cimmerio se dejó caer sigilosamente hacia el interior y desenvainó la espada mirando
en todas direcciones. Se estremeció de miedo como todos los salvajes cuando se
ven sin protección bajo la desnuda luz de las estrellas, y avanzó con paso
ligero hacia la curva de la muralla, pegado a su sombra, hasta que se encontró
frente al matorral que había visto antes. Entonces corrió velozmente hacia allí
y casi tropezó contra un bulto que había en el suelo entre los arbustos. Una
rápida mirada en todas direcciones le aseguró que no había ningún enemigo a la
vista; entonces se agachó para investigar- Sus agudos ojos le permitieron
descubrir, aun en la semioscuridad, a un hombre corpulento que llevaba una
armadura plateada y el casco con penacho de la guardia real zamoria Junto a él
había un escudo y una lanza y se dio cuenta de inmediato de que el hombre había
sido estrangulado. El bárbaro miró preocupado a su alrededor. Supo en seguida
que aquel hombre debía de ser el guardia que había oído pasar desde su
escondite. En ese breve intervalo de tiempo unas manos anónimas habían emergido
de la oscuridad para quitarle hasta el último hálito de vida al soldado.
Aguzando la vista en la penumbra, vio que alguien
se movía entre los arbustos próximos a la muralla. Se dirigió hacia allí
empuñando la espada. No hizo más ruido que el que hubiera hecho una pantera
acechando furtivamente en la noche, pero a pesar de ello el hombre al que
seguía lo oyó. El cimmerio alcanzó a ver un enorme cuerpo cerca de la muralla y
se sintió aliviado al comprobar que al menos era una figura humana; entonces el
individuo giró rápidamente sobre sus talones y lanzó un grito de asombro que denotaba
pánico, hizo ademán de dar un salto hacia adelante, con las manos extendidas,
pero retrocedió al ver el brillo de la espada de Conan. Durante unos segundos
llenos de tensión ninguno dijo una palabra, sino que esperaron atentos a lo que
pudiera ocurrir.
-Tú no eres soldado -dijo finalmente el extraño en
voz muy baja-. Tú eres un ladrón igual que yo.
-¿Y quién eres tú? -preguntó el cimmerio con un
susurro receloso.
-Soy Taurus de Nemedia.
El joven bárbaro bajó su espada y dijo:
-He oído hablar de ti. Todos te llaman el príncipe
de los ladrones.
El extraño le contestó con una risa contenida.
Taurus era tan alto como el cimmerio, pero más corpulento; aunque tenía un
voluminoso vientre y era gordo, cada uno de sus movimientos denotaba un
magnetismo dinámico y sutil, que se reflejaba en sus penetrantes ojos que
brillaban como centellas, llenos de vida, aun a la luz de las estrellas. Iba
descalzo y llevaba algo que parecía una cuerda fuerte y delgada enrollada, con
nudos distribuidos en forma regular.
-¿Quién eres? -susurró.
-Soy Conan el cimmerio -contestó el joven-. He
venido a ver si podía robar la gema de Yara, que todos llaman Corazón de
Elefante.
Conan notó que el enorme vientre se sacudía por las
risas contenidas del nemedio, pero se dio cuenta de que no eran despectivas.
-¡Por Bel, dios de los ladrones! -dijo Taurus entre
dientes-. Yo había pensado que era el único con valor suficiente para intentar
este robo. Estos zamorios se consideran ladrones. ¡Bah! Conan, me gusta tu
osadía. Nunca he compartido una aventura con nadie, pero por Bel que vamos a
intentar esto juntos, si estás de acuerdo.
-Entonces, ¿tú también estás en busca de la gema?
-¿Qué otra cosa podía buscar? He estado trazando
mis planes durante meses, pero me parece que tú, en cambio, has actuado en
forma impulsiva, amigo.
-¿Eres tú quien ha matado al soldado?
-Por supuesto. Me arrastré por la muralla cuando él
estaba en el otro extremo del jardín. Cuando me escondí entre los matorrales me
oyó, o creyó haber oído algo. En el momento en que cometió el error de venir
hacia mí, fue muy fácil ponerme detrás de él y apretarle el cuello por
sorpresa, asfixiándolo hasta que exhalara el último suspiro de su necia vida.
Era, como casi todos los hombres, medio ciego en la oscuridad.
-Pero has cometido un error -dijo Conan.
Los ojos de Taurus se encendieron de cólera cuando
dijo:
-¿Un error, yo? ¡Imposible!
-Deberías haber ocultado el cadáver entre los
arbustos.
-El novato pretende enseñar su arte al maestro.
Debes saber que no cambian la guardia hasta pasada la medianoche. Si alguien
viene a buscarlo ahora y encuentra su cuerpo, irá a comunicarle inmediatamente
la noticia a Yara, lo que nos daría tiempo para escapar. Pero si no lo
hallaran, rastrearán los arbustos y nos atraparán como a ratas en una trampa.
-Tienes razón -admitió Conan.
-Así es. Ahora escucha. Estamos perdiendo tiempo
con esta maldita discusión. No hay guardianes en el jardín interior, quiero
decir guardianes humanos, aunque hay centinelas que son mucho más peligrosos
aún. Es su presencia la que me ha detenido durante tanto tiempo, pero
finalmente he descubierto una forma de burlarlos.
-¿Y qué me dices de los soldados que vigilan en la
parte inferior de la torre?
-El viejo Yara vive en las habitaciones superiores.
Por ese camino entraremos... Y saldremos, espero. No me preguntes cómo. He
planeado una forma de hacerlo. Nos introduciremos furtivamente por la parte
superior de la torre y estrangularemos al viejo Yara antes de que nos pueda
hechizar con alguno de sus condenados maleficios. Al menos lo intentaremos;
corremos el riesgo de que nos convierta en arañas o en sapos asquerosos, pero
por otro lado tenemos la posibilidad de obtener toda la riqueza y el poder del mundo.
Un buen ladrón debe saber correr riesgos.
-Iré hasta donde sea -dijo Conan, quitándose las
sandalias.
-Entonces, sígueme.
Taurus terminó de decir esto y se volvió, tomó
impulso, se aferró a la muralla y saltó. La agilidad de aquel hombre era
asombrosa, teniendo en cuenta su tamaño; parecía casi deslizarse hacia el borde
del muro. Conan lo siguió y cuando estaban de bruces sobre el ancho paredón,
hablaron en voz baja.
-No veo ninguna luz -dijo Conan entre dientes.
La parte inferior de la torre se parecía mucho a la
parte que se veía desde fuera del jardín: un cilindro perfecto y brillante, que
no parecía tener ninguna abertura.
-Hay puertas y ventanas hábilmente construidas
-respondió Taurus-. Pero están cerradas. Los soldados respiran el aire que
viene de arriba.
El jardín era un vago conjunto de sombras cubiertas
de pequeños árboles donde se balanceaban sobriamente en la oscuridad ligeros
arbustos. El cauto espíritu de Conan sintió el aura amenazadora que se cernía
sobre aquel lugar. Percibió la mirada ardiente de unos ojos invisibles y sintió
un aroma sutil que le erizó instintivamente el pelo de la nuca como a los
sabuesos cuando huelen la presencia de su antiguo enemigo.
-Sígueme -susurró Taurus-. Ven detrás de mí, si
aprecias en algo tu vida.
Extrayendo de su cinto lo que parecía ser un tubo
de cobre, el nemedio se dejó caer nuevamente encima del césped interior. Conan
lo seguía de cerca con la espada preparada, pero Taurus lo empujó hacia atrás,
contra la pared, y se quedó inmóvil. Estaba en una actitud de tensa expectación
y su mirada, al igual que la de Conan, estaba fija en las sombras de los
arbustos que había cerca de allí. La mata se movía a pesar de que la brisa
había dejado de soplar. En ese momento vieron dos enormes ojos resplandecientes
entre las ondulantes sombras y detrás de éstos pudieron ver otros destellos de
fuego que centelleaban en la oscuridad.
-¡Leones! -musitó Conan.
-Sí. De día los encierran en unas cavernas
subterráneas que hay debajo de la torre. Por eso no hay guardianes en este
jardín. Conan contó rápidamente los ojos y dijo:
-Yo veo cinco, pero quizá haya más en los
matorrales. Nos atacarán de un momento a otro.
-¡Silencio! -dijo Taurus en voz muy baja
apartándose del muro con prudencia, como si estuviera caminando sobre
cuchillas, y alzando el delgado tubo.
Se oían ruidos sordos provenientes de las sombras y
se veía avanzar los ojos resplandecientes. Conan percibió las inmensas
mandíbulas babeantes y las colas que azotaban el aire en todas direcciones. La
tensión era insoportable. El cimmerio empuñó la espada, a la espera del
inevitable ataque de los gigantescos cuerpos. Entonces Taurus se llevó el
extremo del tubo a los labios y sopló con fuerza. Un gran chorro de polvo
dorado salió por el otro extremo y se extendió instantáneamente formando una
densa nube de color verde amarillento que cubrió los arbustos, ocultando los
resplandecientes ojos. Taurus corrió apresuradamente hacia el muro. Conan lo
miró sin comprender. La densa nube ocultaba los matorrales y no se oía nada.
-¿Qué es ese polvo? -preguntó el joven, preocupado.
-¡Es la muerte! -dijo el nemedio con tono
sibilante-. Si se levantara viento y soplara en nuestra dirección, tendríamos
que huir saltando la muralla. Pero no, no se ha levantado viento y la nube se
está disipando. Espera hasta que desaparezca del todo. Respirar ese polvo
supone la muerte.
Finalmente quedaron flotando sólo unas tenues
nubécillas amarillentas en el aire; cuando desaparecieron, Taurus indicó a su
compañero con la mano que avanzara. Se dirigieron sigilosamente hacia los
arbustos y Conan se quedó boquiabierto. Tendidos en el suelo entre las sombras
yacían cinco cuerpos de color pardo cuya mirada feroz se había extinguido para
siempre. Un olor dulzón y empalagoso persistía en el aire.
-¡Murieron sin lanzar un solo rugido! -murmuró el
cimmerio-. Taurus, ¿qué era ese polvo?
-Estaba hecho con flores de loto negro, que crecen
en las selvas remotas de Khitai, en la que sólo habitan los monjes de cráneo
amarillo de Yun. Esas flores causan la muerte al que las huele.
Conan se arrodilló al lado de los enormes animales
muertos, asegurándose de que no podían hacerle daño. Movió la cabeza pensando
que la magia de las tierras exóticas era terrible y misteriosa los ojos de los
bárbaros del norte.
-¿Por qué no matamos a los soldados de la torre de
la misma manera? -preguntó el muchacho.
-Porque ése era todo el polvo que tenía. Su
obtención fue una hazaña que por sí sola hubiera bastado para hacerme famoso
entre todos los ladrones del mundo. Lo robé de una caravana que se dirigía a
Estigia, y me apoderé de él, con su bolsa tejida con hilos de oro, cogiéndola
entre los anillos de la inmensa serpiente que lo cuidaba, sin siquiera
despertarla. ¡Pero, vamos ya, por Bel! ¿Vamos a pasarnos toda la noche
hablando?
Entonces se arrastraron entre los arbustos hasta
llegar a la fulgurante base de la torre, y allí, imponiendo silencio con un
gesto, Taurus desenrolló la cuerda de nudos, en uno de cuyos extremos había un
fuerte gancho de acero. Conan intuyó cuál era su plan y no hizo ninguna
pregunta. Entre tanto, el nemedio cogió la soga a corta distancia del gancho y
comenzó a hacerlo girar sobre su cabeza. Conan apoyó su oreja sobre la lisa
superficie del muro para ver si escuchaba algo, pero no oyó nada. Evidentemente,
los soldados que estaban dentro no sospechaban la presencia de los intrusos,
que habían hecho menos ruido que el viento de la noche soplando entre los
árboles. Sin embargo, el bárbaro sentía un extraño nerviosismo. Tal vez fuera
por el olor de los leones, que se percibía en todas partes. Taurus lanzó la
cuerda con un movimiento uniforme y ondulante de su fuerte brazo. El gancho
trazó una extraña curva, difícil de describir, y desapareció por encima del
enjoyado borde. Aparentemente quedó bien sujeto, pues los cuidadosos tirones
del hombre no consiguieron aflojarlo.
-Suerte al primer intento -murmuró Taurus-.
Ahora...
El salvaje instinto de Conan hizo que se volviera
súbitamente, porque la muerte que estaba encima de ellos era silenciosa. Un
vistazo bastó para que el cimmerio viera la gigantesca sombra parda, erguida
bajo el firmamento, preparándose para el ataque mortal. Ningún hombre
civilizado se habría movido con la rapidez del bárbaro. Su espada centelleó
helada bajo la luz de las estrellas, impulsada por la fuerza y el valor
desesperado del joven, y en ese momento el hombre y la bestia rodaron juntos
por el suelo. Maldiciendo de modo incoherente para sus adentros, Taurus se
agachó para observar los cuerpos y vio que las extremidades de su compañero se
movían tratando de quitarse de encima el enorme peso fláccido que tenía sobre
su cuerpo. El nemedio miró y vio asombrado que el león estaba muerto, con el
cráneo partido en dos. Taurus sujetó el cuerpo del animal muerto y; con su
ayuda, Conan lo empujó a un lado y se levantó aferrando aún su espada manchada
de sangre.
-¿Estás herido, amigo? -preguntó boquiabierto
Taurus, todavía perplejo por la pasmosa rapidez con la que había ocurrido todo.
-¡Por Crom, no! -respondió el bárbaro-. Pero me he
librado por poco. ¿Por qué esa maldita bestia no rugió en el momento de atacar?
-Todo es extraño en este jardín -dijo Taurus-. Los
leones atacan en silencio, al igual que las otras muertes. Pero sigamos; aunque
hemos hecho poco ruido en la pelea, los soldados pueden haber oído algo, a
menos que estén dormidos o borrachos. Esa fiera estaba en alguna otra parte del
jardín y escapó a la muerte de las flores, pero seguramente ya no hay más
animales. Ahora debemos trepar por esta cuerda; imagino que no es necesario
preguntar a un cimmerio si puede hacerlo.
-Si resiste mi peso -dijo Conan con un gruñido,
mientras limpiaba su espada en la hierba.
-Puede aguantar tres veces mi propio peso -repuso
Taurus-. Está hecha con trenzas de mujeres muertas, que yo mismo cogí de sus
tumbas a medianoche, y que luego sumergí en la mortífera savia del árbol de
upas, para hacerlas resistentes. Yo subiré primero, y luego me seguirás tú de
cerca.
El nemedio aferró la soga enganchando una rodilla
en ella, y comenzó el ascenso; subió como un gato, a pesar de la aparente
torpeza de su pesado cuerpo. El cimmerio fue tras él. La cuerda oscilaba y
giraba sobre sí misma, pero los hombres siguieron escalando. Ambos habían
trepado por lugares más difíciles en otras ocasiones. Veían el resplandor del
borde enjoyado de la torre por encima de ellos, que sobresalía un poco de la
pared perpendicular, de modo que la cuerda colgaba unos cincuenta centímetros a
los lados de la torre, lo que facilitaba el ascenso. Continuaron trepando en
silencio, viendo cómo las luces de la ciudad se hacían más pequeñas a medida
que subían, y el brillo de las estrellas se atenuaba por el resplandor de las
joyas que adornaban el borde del edificio. Por fin Taurus tendió una mano y se
aferró al borde y con un impulso saltó al otro lado. Conan se detuvo un momento
en el borde mismo, fascinado por las enormes y frías joyas cuyo fulgor lo
deslumbraba. Había diamantes, rubíes, esmeraldas, zafiros, turquesas y piedras
de la luna incrustadas como rutilantes estrellas en un cielo de plata luciente.
Desde lejos su brillo se fundía en un solo resplandor blanco, pero ahora, de
cerca, centelleaban con un millón de matices que cubrían todo el arco iris,
hipnotizando al muchacho con sus reverberaciones.
-Aquí hay una fabulosa fortuna, Taurus -susurró el
joven.
-¡Apresúrate! Si conseguimos el Corazón, esto y
todo lo demás será nuestro -le contestó el nemedio con un gesto de impaciencia.
Conan trepó por el fulgurante borde. El techo de la
torre estaba unos metros por debajo del saliente enjoyado. Era plano y estaba
hecho de una sustancia de color azul oscuro, amalgamado en oro, de modo que el
conjunto parecía un enorme zafiro salpicado de brillantes polvos de oro. Del
otro lado parecía haber una especie de habitación construida sobre el techo,
del mismo material que las paredes de la torre, adornada con figuras hechas con
gemas más pequeñas; la única puerta que se veía era de oro macizo con paneles
labrados e incrustaciones de piedras preciosas que resplandecían con un fulgor
helado. Conan lanzó una mirada hacia el rutilante océano de luces que se
desplegaban a lo lejos, y miró a Taurus. El nemedio estaba recogiendo y
enrollando la soga. Enseñó a Conan el lugar en el que se había enganchado el
acero y pudieron ver que la punta había quedado sujeta debajo de una
resplandeciente joya en el lado interior del borde.
-Tuvimos suerte una vez más -musitó el hombre-. Era
de imaginar que el peso de ambos podría haber destrozado la piedra. Ahora
sígueme, que los verdaderos peligros de nuestra aventura acaban de empezar.
Estamos en la guarida de la serpiente, y no sabemos dónde está escondida.
Atravesaron a rastras la misteriosa y brillante
terraza como tigres detrás de su presa y se detuvieron delante de la puerta de
oro. Con mano cautelosa y hábil, Taurus la empujó un poco y ésta se abrió sin
ofrecer resistencia; ambos miraron hacia el interior, en guardia contra lo que
pudiera suceder. Por encima del hombro del nemedio, Conan vio una
resplandeciente habitación, cuyas paredes, cielo raso y suelo estaban cubiertos
de enormes joyas blanquecinas que la iluminaban con un brillo deslumbrante. No
había señales de vida.
-Antes de cortar nuestra retirada -dijo Taurus en
voz baja-, vuelve al borde de la torre y mira en todas direcciones. Si ves
algún movimiento de soldados en los jardines o cualquier otra señal sospechosa,
vuelve a decírmelo. Yo te espero aquí.
Conan no veía razones para ello, por lo que tuvo
una leve sospecha en su cauto ánimo respecto a su compañero, pero a pesar de
ello hizo lo que Taurus le pedía. En cuanto Conan se dio la vuelta, el nemedio
se deslizó hacia el interior de la habitación y la cerró por dentro. Conan se
arrastró hacia el borde de la torre y después de comprobar que no había ningún
movimiento sospechoso en los ondulantes matorrales de abajo, regresó a la
puerta de la torre, y de repente oyó un grito ahogado desde el interior. El cimmerio,
electrizado, dio un salto y la puerta se abrió de par en par, dejando ver la
silueta de Taurus recortada contra el frío fulgor del fondo. El hombre se
tambaleó y sus labios se entreabrieron, pero sólo se oyó un estertor seco.
Aferrándose a la puerta dorada en busca de apoyo, dio unos pasos vacilantes por
la terraza y luego se desplomó de bruces, apretándose la garganta. La puerta se
cerró a sus espaldas.
Conan, encogido como una pantera acorralada, no vio
nada detrás del nemedio herido en el breve instante en que la puerta estuvo
abierta, salvo una engañosa sombra que cruzó como una flecha por el reluciente
suelo. Nadie vino detrás de Taurus a la terraza, y Conan se inclinó sobre el
hombre caído. El nemedio miró hacia arriba con los ojos dilatados y vidriosos,
con un desconcierto aterrador. Sus manos se clavaron en la garganta, sus labios
babearon y emitieron un murmullo, y de pronto se puso rígido; el atónito
cimmerio se dio cuenta de que estaba muerto. Tuvo la sensación de que Taurus
había lanzado su último suspiro sin saber qué clase de muerte se había abatido
sobre él. Conan miró perplejo hacia la enigmática puerta de oro. En aquel
recinto vacío, de paredes llenas de deslumbrantes joyas, la muerte había
sorprendido al príncipe de los ladrones tan rápida y misteriosamente como la
que él había ocasionado a los leones del jardín. El bárbaro pasó su mano con
cuidado por el cuerpo semidesnudo del hombre tratando de ver si había una
herida, pero las únicas señales de violencia que tenían estaban entre los
hombros, en la base de su cuello de toro; eran tres heridas pequeñas como si
tres uñas afiladas se hubieran hundido profundamente en su carne. Los bordes de
las heridas eran negros y emanaban un leve hedor putrefacto. ¿Serían dardos
envenenados? -se preguntó Conan-. Pero en ese caso, deberían estar clavados
todavía en las heridas.
El cimmerio se acercó cautelosamente a la puerta
dorada, la empujó y vio ante sus ojos una habitación vacía, bañada por el
resplandor helado y rutilante de miríadas de piedras preciosas. En el mismo
centro del cielo raso observó distraídamente un dibujo extraño; se trataba de
un diseño octogonal de color negro en cuyo centro brillaban cuatro piedras
preciosas con un fulgor rojo distinto al resplandor blanco de las demás joyas.
En el extremo opuesto de la habitación había otra puerta, igual a aquella en la
que él se hallaba, aunque no tenía paneles tallados. ¿La muerte habría venido
de allí y, una vez logrado su designio, se habría alejado por el mismo sitio?
Después de cerrar la puerta, el cimmerio dio unos pasos por la habitación. Sus
pies desnudos no hacían ruido sobre el suelo cristalino. No había sillas ni
mesas; se veían tan sólo tres o cuatro lechos cubiertos de seda, con extraños
bordados en oro, y varios cofres de caoba con refuerzos de plata. Algunos de
éstos estaban cerrados con pesados candados dorados; otros, tenían las tapas
talladas abiertas, y en ellos se veían montañas de joyas en un exuberante y
desordenado derroche de color para asombro del cimmerio.
Conan lanzó un juramento entre dientes. Aquella
noche había visto más riquezas que las que jamás hubiera imaginado que
existieran en todo el mundo y sintió vértigo de sólo pensar en el valor de la
joya que estaba buscando. Se encontraba en el centro de la habitación y avanzó
cautelosamente con la cabeza alta y empuñando la espada, cuando la muerte lo
atacó de nuevo silenciosamente. Una sombra pasó volando por el resplandeciente
suelo como única advertencia, y lo que le salvó la vida fue el instintivo salto
que dio hacia un lado. Vislumbró por un instante una cosa negra y peluda que
pasó por encima de él con un chasquido de colmillos, y algo que le salpicó el
hombro desnudo; eran como gotas de fuego líquido. Al dar un salto hacia atrás,
con la espada en alto, vio que esa cosa horrible cayó al suelo, giró y corrió
hacia él con asombrosa velocidad; se trataba de una araña negra, imposible de
imaginar, salvo en las pesadillas más horrendas.
Era grande como un cerdo, y sus ocho patas gruesas
y peludas transportaban su monstruoso cuerpo a gran velocidad; sus cuatro ojos
de brillo maligno centellearon con una expresión de una inteligencia terrible,
y sus .colmillos destilaban un veneno que Conan ya conocía por las quemaduras
que unas pocas gotas le habían producido en el hombro; entonces comprendió que
el veneno estaba cargado de muerte, de una muerte rápida y segura. Éste era el
asesino que se había dejado caer desde el centro del cielo raso y había atacado
al nemedio en el cuello. ¡Qué necios habían sido, por no sospechar que las
habitaciones superiores estarían tan bien cuidadas como las inferiores! Estos
pensamientos pasaron rápidamente por la cabeza de Conan mientras el monstruo se
abalanzaba sobre él. Dio un gran salto y la araña pasó por debajo, giró y
volvió al ataque. Esta vez el joven la eludió dando un salto hacia el costado y
le asestó un golpe con la espada. Su afilada hoja le cercenó una de las patas
peludas y volvió a salvarse cuando el monstruo se revolvió contra él, con los
colmillos chasqueando endiabladamente. Pero la araña abandonó la persecución;
se volvió, salió corriendo por el suelo cristalino y subió por la pared hasta
el cielo raso, donde se encogió por un instante, mirándolo fijamente con sus
demoníacos ojos rojos. Entonces, sin mediar señal alguna, se lanzó hacia el
espacio, dejando tras de sí una hebra de una sustancia gris y pegajosa.
Conan retrocedió para eludir el cuerpo que caía
violentamente sobre él, y luego se agachó frenéticamente justo a tiempo para no
quedar atrapado en la gruesa hebra de la tela de araña. El joven vio la
intención del monstruo y saltó hacia la puerta, pero la araña fue más rápida y
lanzó una hebra pegajosa hacia allí, aprisionándolo. No se atrevió a cortarla,
porque sabía que aquella sustancia se quedaría pegada a la hoja y, antes de que
pudiera limpiarla, el monstruo endemoniado le habría clavado sus colmillos en
la espalda. Entonces comenzó un juego desesperado, en el que el ingenio y la
agilidad del hombre se enfrentaban a la astucia demoníaca y a la rapidez de la
gigantesca araña. Ésta no volvió a correr por el suelo atacando directamente,
ni lanzó su cuerpo por el aire contra él, sino que corrió por el cielo raso y
por las paredes, tratando de enredar al muchacho con los lazos que formaba la
sustancia gris y pegajosa, que arrojaba con diabólico acierto. Aquellas hebras
eran gruesas como sogas, y Conan se dio cuenta de que si quedaba envuelto en
ellas, ni siquiera su fuerza desesperada podría librarlo del ataque del
monstruo.
Aquella danza diabólica continuó por todo el
recinto en medio de un silencio absoluto, sólo interrumpido por la respiración
agitada del hombre y el ruido sordo de sus pies desnudos arrastrándose por el
brillante suelo, y por el terrible castañeteo de los colmillos del monstruo.
Las hebras grises yacían enrolladas sobre el suelo; estaban adheridas a las
paredes, cubrían los cofres llenos de joyas y los lechos de seda y pendían como
oscuros festones del cielo raso enjoyado. La increíble agilidad de los ojos y
de los músculos de Conan lograron mantenerlo a salvo, aunque las pegajosas
hebras le habían pasado tan de cerca que llegaron a lastimar su piel desnuda.
El muchacho sabía que no podía eludirlas por mucho tiempo; no sólo tenía que
prestar atención a las hebras que colgaban oscilantes del techo, sino también a
las que estaban en el suelo. Tarde o temprano las hebras pegajosas lo
envolverían como una serpiente, y entonces, envuelto como un gusano en el
capullo de seda, estaría a merced del monstruo.
La araña atravesó la habitación corriendo, con la
hebra gris ondulando detrás. Conan dio un gran salto y se subió a uno de los
lechos; con un rápido giro el monstruo se subió por la pared y la hebra saltó
del suelo como si estuviera viva, apresando el tobillo del cimmerio. Éste cayó
al suelo tironeando frenéticamente para librarse de la tela de araña que lo
tenía cogido como un tornillo blando o el anillado cuerpo de una serpiente. El
peludo monstruo bajó corriendo por la pared para consumar su captura. En el
frenesí de la batalla, Conan cogió uno de los cofres de joyas y lo arrojó con
todas sus fuerzas. El imponente proyectil fue a dar en medio de las negras
patas y aplastó al monstruo contra la pared con un crujido sordo y repugnante.
La sangre y la baba verdosa salpicaron en todas direcciones y el destrozado
cuerpo cayó al suelo junto con el cofre. La araña negra quedó aplastada entre
una cantidad enorme de rutilantes joyas; las patas peludas se movieron
caóticamente, los ojos moribundos de la araña lanzaron una última mirada que
brilló como un rubí entre las centelleantes piedras preciosas.
Conan miró a su alrededor y al ver que no aparecía
otro monstruo se aplicó a quitarse la telaraña que lo apresaba. La sustancia
gris se adhería tenazmente a su tobillo y a sus manos, pero por fin consiguió
liberarse. Cogió su espada y se abrió camino eludiendo los grises anillos y las
hebras y se dirigió hacia la puerta interior. No podía imaginar los horrores
que le esperaban allí. El cimmerio estaba enardecido y, puesto que había venido
de tan lejos y superado tantos peligros, estaba resuelto a ir hasta el final de
la aventura, ocurriera lo que ocurriese. Tuvo la sensación de que la joya que
buscaba no se encontraba entre las que estaban desparramadas desordenadamente
por la resplandeciente habitación.
Cuando hubo pasado por entre las hebras que
obstruían la puerta interior, advirtió que ésta no estaba cerrada. Se preguntó
si los soldados habrían descubierto su presencia. Lo cierto es que él se
encontraba encima de ellos y, si era cierto lo que se decía, estaban habituados
a oír ruidos extraños en la torre, sonidos siniestros y gritos de agonía y
horror. El cimmerio no dejaba de pensar en Yara, y no se sentía del todo
confiado cuando abrió la puerta. Pero sólo alcanzó a ver un tramo de escalones
plateados que descendían, apenas iluminados por una luz que no podía adivinar
de dónde venía. Bajó silenciosamente, empuñando la espada. No oyó ningún ruido,
y poco después llegó hasta una puerta de marfil con hematites incrustados. Se
detuvo a escuchar, pero no oyó nada desde el interior; sólo se veían salir
lentas volutas de humo por debajo de la puerta, que despedían un olor extraño y
desconocido para el cimmerio. Más abajo, la escalera plateada seguía
descendiendo hasta perderse en las sombras, y del tenebroso agujero no provenía
sonido alguno. Tenía la extraña sensación de que estaba solo en una torre
habitada por espectros y fantasmas.
Conan empujó sigilosamente la puerta de marfil, que
se abrió en silencio hacia adentro, y permaneció en el reluciente umbral
mirando fijamente a su alrededor como un lobo en un lugar extraño, dispuesto a
luchar o a huir en un santiamén. Se hallaba ante una amplia habitación con una
enorme cúpula dorada; las paredes eran de jade verde y el suelo de marfil
estaba parcialmente cubierto por gruesas alfombras. El humo y el olor exótico
del incienso provenían de un brasero apoyado sobre un trípode dorado, detrás del
cual había un ídolo sentado sobre una especie de altar de mármol. Conan miró
horrorizado; la imagen, desnuda, tenía cuerpo de hombre y era de color verde,
pero la cabeza semejaba una loca pesadilla. Era demasiado grande para el cuerpo
y no tenía atributos humanos. Conan contempló las enormes orejas
resplandecientes, la rizada trompa y los blancos colmillos de elefante que
nacían a ambos lados de la trompa y terminaban en unas esferas de oro. Tenía
los ojos cerrados, como si estuviera durmiendo.
He aquí, entonces, el motivo del nombre -la Torre
del Elefante-, ya que la cabeza de la cosa se parecía mucho a la de los
animales descritos por el shemita errante. Aquél era el dios de Yara. Pero
¿dónde podía estar la gema sino escondida en el interior del ídolo, puesto que
la piedra se llamaba Corazón de Elefante? A medida que Conan avanzaba, con los
ojos fijos en el inmóvil ídolo, ¡éste abrió súbitamente los ojos! El cimmerio
se quedó paralizado por la sorpresa. ¡No era una imagen, sino una cosa viva, y él
estaba atrapado en su habitación! Un indicio del terror que lo paralizaba es el
hecho de que no reaccionara al instante en un arrebato de frenesí, dejando
libres sus instintos homicidas. Un hombre civilizado en su situación sin duda
habría, buscado refugio creyendo que estaba loco, pero a Conan no se le ocurrió
dudar de sus sentidos. Sabía que se encontraba cara a cara con un demonio del
antiguo mundo, y esa seguridad lo privó de todas sus facultades, salvo la de la
vista. La trompa de esa cosa horrorosa se alzó como buscando algo, y los ojos
de topacio miraban sin ver. Entonces Conan se dio cuenta de que el monstruo era
ciego. Este pensamiento calmó sus tensos nervios, y comenzó a retroceder en
silencio en dirección a la puerta. Pero el engendro oía. La trompa sensible se
estiró hacia él y el muchacho quedó nuevamente helado de espanto cuando el
extraño ser habló con una voz extraña y entrecortada, siempre en el mismo tono.
El cimmerio comprendió que aquella boca no fue creada para hablar un lenguaje humano.
-¿Quién está ahí? -preguntó-. ¿Has venido a
torturarme de nuevo, Yara? ¿No te vas a cansar nunca? ¡Oh, Yag-kosha!, ¿no
tendrá fin esta agonía?
Las lágrimas rodaron por sus mejillas, y Conan
observó las extremidades extendidas sobre el lecho de mármol. Sabía que el
monstruo no podría levantarse para atacarlo. Conocía las marcas del tormento y
las quemaduras del fuego, y por más duro que fuera, no podía evitar estar
impresionado por las deformidades de lo que parecía haber sido un cuerpo tan
bien constituido como el suyo. Y súbitamente todo el miedo y el asco se
convirtieron en una profunda compasión. Conan no sabía quién era ese monstruo,
pero era tan evidente su terrible y patético sufrimiento que, sin saber por
qué, le embargó una abrumadora tristeza. Sintió que estaba presenciando una
tragedia cósmica y sintió vergüenza, como si la culpa de toda una raza hubiera
caído sobre él.
-No soy Yara -dijo-. Soy solamente un ladrón. No te
haré daño.
-Acércate para que pueda tocarte -dijo la criatura
con un titubeo, y Conan se aproximó sin miedo, con la espada olvidada en su
mano.
La trompa sensible se alzó y palpó su rostro y sus
hombros, como hacen los ciegos. El contacto era tan suave como el de la mano de
una muchacha.
-Tú no perteneces a la raza maligna de Yara
-suspiró la criatura-. Llevas la marca de la fiereza pura y esbelta de las
tierras desérticas. Conozco a tu gente desde antiguo. Los conocí con otro
nombre hace mucho, mucho tiempo, cuando un mundo distinto alzaba sus brillantes
torres hacia las estrellas. Pero... hay sangre en tus manos.
-Es de la araña que había en la habitación de
arriba y de uno de los leones del jardín -musitó Conan.
-También has matado a un hombre esta noche
-respondió el otro-. Y hay muerte arriba en la torre. Lo siento; lo sé.
-Sí -admitió el cimmerio-. El príncipe de los
ladrones yace allí sin vida, víctima de la picadura de un bicho.
-¡Así es! -dijo con una extraña voz inhumana en una
especie de canto monótono-. Un muerto en la taberna y un muerto en la terraza;
lo sé; lo siento. Y el tercero producirá un efecto mágico que ni el mismo Yara
imagina. ¡Oh, hechizo de la liberación, dioses verdes de Yag!
Las lágrimas rodaron nuevamente por sus mejillas
mientras el torturado ser se estremecía presa de las más variadas emociones.
Conan seguía mirándolo perplejo. Entonces cesaron las convulsiones, los suaves
ojos ciegos se volvieron hacia el cimmerio y le hizo una seña con la trompa.
-Escucha, hombre -dijo el extraño ser-. Te parezco
repugnante y monstruoso, ¿no es cierto? No, no contestes; lo sé. Pero tú me
parecerías igual de extraño si pudiera verte. Existen muchos mundos además de
esta tierra, y la vida adopta diferentes formas. No soy ni un dios ni un
demonio, sino que soy de carne y hueso como tú, aunque la sustancia sea en
parte distinta y la forma esté creada con modelos diferentes. Soy muy viejo,
hombre de la selva; he venido a este planeta hace mucho, mucho tiempo, con otros
seres de mi mundo, el planeta verde Yag, que da vueltas eternamente en el
límite de este universo. Viajamos por el espacio con poderosas alas que nos
transportaron por el cosmos a mayor velocidad que la luz, porque habíamos
luchado contra los reyes de Yag y fuimos derrotados y desterrados. Y jamás
pudimos regresar, porque en la tierra nuestras alas se marchitaron. Aquí
vivimos alejados de la vida terrenal, luchamos contra los extraños y terribles
seres que en ese entonces poblaban la tierra, y por ello fuimos temidos y nadie
nos molestó en las sombrías selvas del este, donde teníamos nuestra morada.
Hemos visto cómo los monos se transformaban en hombres y los vimos construir
las rutilantes ciudades de Valusia, Kamelia, Commoria y otras. Los hemos visto
tambalearse ante los ataques de los paganos atlantes, pictos y lemurios. Hemos
visto cómo los océanos se levantaban y sumergían a Atlantis y Lemuria, las
islas de los pictos y las brillantes ciudades de la civilización. También vimos
cómo los sobrevivientes de los reinos pictos y los atlantes construían su
imperio de la Edad de Piedra y luego cayeron en la ruina, enzarzados en
sangrientas batallas. Hemos visto cómo los pictos se hundían en los abismos del
salvajismo y cómo los atlantes volvían a descender al nivel del mono. Hemos
visto cómo los nuevos salvajes se dirigían hacia el sur desde el Círculo
Ártico, en oleadas conquistadoras, para construir una nueva civilización con
los nuevos reinos llamados Nemedia, Koth, Aquilonia y otros. Vimos cómo tu
pueblo surgía con un nuevo nombre de las selvas de los monos que habían sido
los atlantes. Hemos visto a los descendientes de los lemurios que habían
sobrevivido al Cataclismo levantarse una vez más superando el salvajismo y
dirigirse hacia el oeste convertidos en hirkanios. Y hemos visto cómo esta raza
de seres malignos, sobrevivientes de la antigua civilización que existía antes
del hundimiento de Atlantis, volvía a tener cultura y poder: se trata de este
maldito reino de Zamora. Hemos visto todo esto, sin ayudar ni entorpecer las
inmutables leyes del cosmos, y nos fuimos muriendo uno tras otro; porque
nosotros, los hombres de Yag, no somos inmortales, si bien nuestras vidas son
como las vidas de los planetas y de las constelaciones. Finalmente quedo yo
solo, soñando con los tiempos pasados entre los ruinosos templos perdidos en la
selva de Khitai, venerado como un dios por una antigua raza de piel amarilla.
Después llegó Yara, versado en oscuros conocimientos transmitidos a través de
los años de barbarie, antes del hundimiento de Atlantis. Al principio Yara se
sentó a mis pies para que yo le transmitiera mi sabiduría. Pero no estaba
satisfecho con lo que yo le enseñaba, porque se trataba de magia blanca y él
deseaba conocer la ciencia del mal, a fin de esclavizar a los reyes y saciar su
ambición demoníaca. Yo no estaba dispuesto a enseñarle ninguno de los secretos
de la magia negra que había adquirido, a pesar mío, a través de los siglos.
Pero su inteligencia era mayor de lo que yo había creído; con argucias aprendidas
entre las polvorientas tumbas de Estigia, me engañó y me obligó a revelarle un
secreto que yo nunca quise contar a nadie, y volviendo mi propio poder en
contra mío, me convirtió en su esclavo. ¡Oh, dioses de Yag, qué amarga ha sido
mi vida desde aquel día! Me trajo desde las remotas selvas de Khitai, donde los
monos bailan al compás de la flautas de los sacerdotes amarillos y donde las
ofrendas de frutos y vinos atestaban mis rotos altares. Nunca volví a ser el
dios de las buenas gentes de la selva, sino que me convertí en el esclavo de un
demonio con forma humana.
Sus ojos ciegos se volvieron a inundar de lágrimas.
-Me recluyó en esta torre, que construí para él por
orden suya en una sola noche. Me dominó por medio del fuego y de la tortura,
así como por medio de extraños tormentos sobrenaturales que tú no podrías
comprender. Si pudiera, hace mucho tiempo hubiera puesto fin a esta larga
agonía, quitándome la vida. Pero él me mantuvo vivo (deforme, ciego y
destrozado), para que realizara sus asquerosos deseos. Y durante trescientos
años he hecho su voluntad, desde este lecho de mármol, ensuciando mi alma con
pecados cósmicos y mancillando mi sabiduría con crímenes, porque no podía hacer
otra cosa. Pero no he revelado todos mis antiguos secretos y mi último don será
el hechizo de la Sangre y la Joya porque presiento que se acerca el fin. Tú
eres la mano del Destino. Te ruego que cojas la piedra preciosa que hallarás en
aquel altar.
Conan se volvió hacia el altar de oro y marfil que
le había señalado el extraño ser y cogió una enorme joya redonda, clara como un
cristal carmesí, y en ese momento descubrió que era el Corazón del Elefante.
-Y ahora la gran magia, la poderosa magia, que
nadie ha visto ni verá jamás en millones de milenios. Por mi alma y mi sangre
lanzo el conjuro; por la sangre del pecho verde de Yag, que sueña a lo lejos en
el inmenso y vasto Espacio Azul. Coge tu espada, hombre, y corta mi corazón,
luego estrújalo de modo que la sangre fluya sobre la piedra roja. Después baja
por esa escalera y entra en la habitación de ébano en la que está sentado Yara
envuelto en sueños malignos. Pronuncia su nombre y despertará. En ese momento
has de colocar esta gema delante de él y repetir estas palabras: «Yag-kosha te
ofrece su último don y su último encantamiento». Después márchate de la torre
rápidamente. No temas, que no habrá obstáculos en tu camino. La vida del hombre
no es la vida de Yag, ni la muerte humana es la muerte de Yag. Libérame de esta
prisión de carne ciega y volveré a ser Yogah de Yag, coronado y rutilante, con
alas para volar, pies para danzar, ojos para ver y manos para tocar.
Conan se acercó con gesto vacilante y Yag-kosha, o
Yogah, como si notara su indecisión, le indicó dónde debía clavar la hoja
afilada. El joven apretó los dientes y hundió profundamente la espada. La
sangre fluyó abundante empapando la hoja de la espada y su mano, y la extraña
criatura se agitó convulsivamente y luego quedó completamente inmóvil. Cuando
estuvo seguro de que ya no estaba vivo, al menos en el sentido que él entendía
la vida, Conan se aplicó a la espantosa tarea y en seguida extrajo algo que él
supuso que sería el corazón de aquel ser extraño, aunque curiosamente era
distinto de cualquier corazón que él había visto. Sosteniendo la víscera, que
aún latía, sobre la deslumbrante joya, la apretó con ambas manos y un río de
sangre cayó sobre la piedra. Para su sorpresa, la sangre no se derramó, sino
que fue absorbida por la gema, como si fuera una esponja. Sosteniendo la joya
con todo cuidado, el muchacho salió del fantástico recinto y se dirigió hacia
la escalera de plata. No miró hacia atrás, pero supo instintivamente que el
cuerpo que reposaba sobre el lecho de mármol estaba sufriendo algún tipo de
transmutación, y también tuvo la sensación de que era algo que no debía ser
presenciado por ningún ser humano.
Cerró tras de sí la puerta de marfil y bajó la
escalera de plata sin vacilar. No se le ocurrió desobedecer las instrucciones
que había recibido. Se detuvo ante la puerta de ébano, en cuyo centro había una
sonriente calavera de plata, y la abrió. Su mirada recorrió la habitación de
ébano y azabache y vio, reclinada sobre un lecho de seda negra, una figura alta
y delgada. Delante de él estaba Yara, el sacerdote y brujo, con los ojos
abiertos y dilatados por los vapores del loto amarillo, mirando a lo lejos, como
sumido en abismos nocturnos que están más allá de la percepción humana.
-¡Yara! -exclamó Conan, como un juez que pronuncia
una condena-. ¡Despierta!
Los ojos se abrieron al instante y se volvieron
fríos y crueles como los de un buitre. La negra figura vestida de seda se
irguió lúgubre sobre el cimmerio.
-¡Perro! -dijo con voz sibilante como la de una
cobra-. ¿Qué haces aquí?
Conan depositó la joya sobre la enorme mesa de
ébano.
-El que envía esta gema me mandó decir: «Yag-kosha
te ofrece su último don y su último encantamiento».
Yara retrocedió; su rostro era oscuro y ceniciento.
La joya ya no era cristalina y pura; su turbio centro palpitaba y vibraba, y en
su superficie flotaban curiosas volutas de humo de colores cambiantes. Como
atraído hipnóticamente, Yara se inclinó sobre la mesa y cogió entre sus manos
la gema, mirando fijamente su sombrío interior, como si se tratara de un imán
que le fuera a extraer su convulsiva alma del cuerpo. Cuando Conan miró, pensó
que sus ojos lo engañaban porque cuando Yara se había levantado del lecho, el
sacerdote le había parecido gigantesco, y ahora vio que la cabeza de Yara
apenas le llegaba al hombro. El joven parpadeó desconcertado y por primera vez
en toda la noche dudó de sus sentidos. Luego, conmocionado, se dio cuenta de
que el sacerdote se hacía cada vez más pequeño delante de sus propios ojos.
Conan observó con indiferencia, como quien ve una
representación. Abrumado por la sensación de irrealidad, el cimmerio ya no
estaba seguro de su propia identidad; sólo sabía que estaba contemplando' las
manifestaciones externas de un juego invisible de colosales fuerzas exteriores
que estaban más allá de su comprensión. Ahora Yara tenía el tamaño de un niño,
y luego se tumbó sobre la mesa como un bebé, pero todavía aferraba la joya. De
pronto el hechicero se dio cuenta de cuál era su destino y dando un brinco
soltó la gema. Pero se hizo más pequeño aún, y Conan lo vio convertido en un
cuerpo minúsculo que corría frenéticamente sobre la mesa de ébano, agitando los
diminutos brazos y chillando como una rata. Ya era tan insignificante que la
gran joya parecía una montaña a su lado; Conan vio que se cubría los ojos con
las manos como si quisiera protegerse del fulgor, mientras se tambaleaba como
un poseído. El muchacho sintió que una fuerza magnética invisible atraía a Yara
hacia la gema. Dio tres vueltas como un loco alrededor de la piedra, e intentó
volverse tres veces y escapar a través de la mesa. Entonces el sacerdote lanzó
un grito que sonó apagado, alzó los brazos y corrió directamente hacia la
resplandeciente bola.
Inclinándose más aún, Conan vio cómo Yara trepaba
por la superficie lisa y redondeada con grandes esfuerzos, como un hombre que
asciende por una montaña de hielo. Por fin el sacerdote llegó a la parte
superior agitando los brazos, e invocó los nombres de seres terribles que sólo
los dioses conocen. Y de repente se hundió en el centro mismo de la joya, como
un hombre que se hunde en el mar, y Conan vio cómo las volutas de humo se
cerraban sobre su cabeza. Luego la divisó en el centro carmesí de la gema, que se
volvió transparente y cristalino, como quien contempla una imagen lejana en el
tiempo y en el espacio. Entonces apareció en el mismo centro otra figura de
color verde, brillante y halada, con cuerpo de hombre y cabeza de elefante, que
ya no era ciego ni deforme. Yara extendió sus brazos y corrió como un loco,
pero el vengador fue tras él.
En ese momento la enorme joya desapareció,
estallando como si fuera una pompa de jabón en medio de fulgores iridiscentes,
y la mesa de ébano quedó vacía al igual -intuyó Conan- que el lecho de mármol
de la habitación de arriba en el que había estado el cuerpo del extraño ser
transcósmico llamado Yag-kosha o Yogan. El cimmerio se volvió y huyó de la
habitación descendiendo por la escalera de plata. Estaba tan perplejo que no se
le ocurrió escapar de la torre por donde había entrado. Bajó corriendo por el
sinuoso y sombrío agujero plateado hasta llegar a una habitación más grande al
pie de la resplandeciente escalera. Allí se detuvo un instante; había llegado
al cuarto de los soldados. Vio el brillo de sus plateadas corazas y de las
enjoyadas empuñaduras de sus espadas. Se habían desplomado sobre la mesa de
banquetes, con las plumas oscuras ondeando sobriamente sobre los cascos de las
cabezas caídas; yacían entre los dados y entre las copas caídas, cuyo vino
manchaba el suelo de color lapislázuli. Conan no sabía si se trataba de
brujería o de magia o de la oculta influencia de las enormes alas verdes, pero
su camino estaba libre de obstáculos.
Había una puerta de plata abierta, recortada contra
la claridad del alba. El cimmerio salió a los verdes jardines y cuando la brisa
del alba sopló inundándolo de la fresca fragancia de exuberantes plantas, se
estremeció como si se despertara de un sueño. Se volvió con un gesto vacilante
para mirar fijamente la enigmática torre en la que había estado hace un
momento. ¿Estaba embrujado y preso de un encantamiento? ¿Había soñado todo lo
que creía haber vivido? Mientras se hacía estas preguntas, vio de repente que
la rutilante torre, recortada contra el cielo escarlata del alba, y la cúpula
incrustada de relucientes joyas que brillaban cada vez con más intensidad por
los primeros rayos del sol, se tambaleó y cayó estrepitosamente desintegrándose
en minúsculas partículas resplandecientes.
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Robert E. Howard (1906-1936)

