Libro N° 9794. La Edad De La Razón. Paine, Thomas.
© Libro N° 9794. La Edad De La Razón. Paine, Thomas. Emancipación. Abril 9
de 2022.
Título original: © La Edad De La Razón - Parte I Y II. Thomas Paine
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Original: © La edad de la razón - Parte I y II. Thomas Paine
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Parte I y II
Thomas Paine
La Edad De La Razón
Parte I Y II
Thomas Paine
Los escritos de Thomas
Paine
La edad de la razón - Parte
I y II
por Thomas Paine
Recopilado y editado por
Moncure Daniel Conway
TOMO IV.
(1796)
Contenido
INTRODUCCIÓN DEL EDITOR
LA EDAD DE LA RAZÓN — PARTE I
CAPÍTULO I. LA PROFESIÓN DE FE DEL AUTOR
CAPITULO DOS. DE MISIONES Y REVELACIONES
CAPÍTULO III. SOBRE EL CARÁCTER DE JESUCRISTO Y SU
HISTORIA
CAPÍTULO IV. DE LAS BASES DEL CRISTIANISMO
CAPITULO V. EXAMEN EN DETALLE DE LAS BASES
ANTERIORES
CAPÍTULO VI. DE LA TEOLOGÍA VERDADERA
CAPÍTULO VII. EXAMEN DEL ANTIGUO TESTAMENTO
CAPÍTULO VIII. DEL NUEVO TESTAMENTO
CAPÍTULO IX. EN QUÉ CONSISTE LA VERDADERA
REVELACIÓN
CAPÍTULO X. DE DIOS Y DE LAS LUCES QUE LA BIBLIA
PROYECTA SOBRE SU EXISTENCIA Y ATRIBUTOS
CAPÍTULO XI. DE LA TEOLOGÍA DE LOS CRISTIANOS; Y LA
TEOLOGÍA VERDADERA
CAPÍTULO XII. LOS EFECTOS DEL CRISTIANISMO EN LA
EDUCACIÓN; REFORMAS PROPUESTAS
CAPÍTULO XIII. COMPARACIÓN DEL CRISTIANISMO CON LAS
IDEAS RELIGIOSAS INSPIRADAS POR LA NATURALEZA
CAPÍTULO XIV. SISTEMA DEL UNIVERSO
CAPÍTULO XV. VENTAJAS DE LA EXISTENCIA DE MUCHOS
MUNDOS EN CADA SISTEMA SOLAR
CAPÍTULO XVI. APLICACIÓN DE LO PRECEDENTE AL
SISTEMA DE LOS CRISTIANOS
CAPÍTULO XVII. DE LOS MEDIOS EMPLEADOS EN TODOS LOS
TIEMPOS, Y CASI UNIVERSALMENTE, PARA ENGAÑAR A LOS PUEBLOS
RECAPITULACIÓN
LA EDAD DE LA RAZÓN — PARTE II
PREFACIO
CAPÍTULO I. EL ANTIGUO TESTAMENTO
CAPITULO DOS. EL NUEVO TESTAMENTO
CAPÍTULO III. CONCLUSIÓN
INTRODUCCIÓN DEL EDITOR
CON ALGUNOS RESULTADOS DE INVESTIGACIONES
RECIENTES.
En el año inicial, 1793, cuando la Francia
revolucionaria había decapitado a su rey, la ira se volvió luego sobre el Rey
de reyes, por cuya gracia todo tirano pretendía reinar. Pero las eventualidades
habían traído entre ellos un gran corazón inglés y americano: Thomas Paine.
Había suplicado por Luis Capeto: “Mata al rey pero perdona al hombre”. Ahora
suplicó: “¡No crean en el Rey de reyes, pero no confundan con ese ídolo al
Padre de la humanidad!”
En el Prefacio de Paine a la Segunda Parte de “La
Edad de la Razón”, se describe a sí mismo escribiendo la Primera Parte cerca
del final del año 1793. “No había terminado más de seis horas, en el estado en
que ha aparecido desde entonces, antes vino un guardia como a las tres de la
mañana, con una orden firmada por los dos Comités de Seguridad Pública y de
Seguridad General, para ponerme preso”. Esto fue en la mañana del 28 de
diciembre. Pero es necesario sopesar las palabras que acabamos de citar: “en el
estado en que ha aparecido desde entonces”. Porque el 5 de agosto de 1794,
Francois Lanthenas, en un llamamiento por la liberación de Paine, escribió lo
siguiente: “Entrego a Merlin de Thionville una copia de la última obra de T.
Payne [La edad de la razón], ex colega nuestro, y en prisión preventiva desde
el decreto de exclusión de los extranjeros de la representación nacional. Este
libro fue escrito por el autor a principios del año '93 (estilo antiguo). La
traduje antes de la revolución contra los sacerdotes y se publicó en francés
por la misma época. Couthon, a quien se lo envié, pareció ofendido conmigo por
haber traducido esta obra”.
Bajo el ceño fruncido de Couthon, uno de los
colegas más atroces de Robespierre, esta publicación temprana parece haber sido
suprimida de manera tan eficaz que no se puede encontrar ninguna copia con esa
fecha, 1793, en Francia ni en ningún otro lugar. En la carta de Paine a Samuel
Adams, impresa en el presente volumen, dice que la hizo traducir al francés,
para detener el progreso del ateísmo, y que puso en peligro su vida “al
oponerse al ateísmo”. La época indicada por Lanthenas como aquella en que presentó
la obra a Couthon parecería ser la última parte de marzo de 1793, habiendo
alcanzado el clímax la furia contra el sacerdocio en los decretos contra ellos
del 19 y 26 de marzo. Si la moral deformidad de Couthon, incluso mayor que la
de su cuerpo, recuérdese, y la prontitud con que se infligía la muerte por la
opinión más teórica no aprobada por la “Montaña”, parecerá probable que la
ofensa que el libro de Paine le hace a Couthon implicara peligro para él y su
traductor. El 31 de mayo, cuando se acusó a los girondinos, se incluyó el
nombre de Lanthenas, y apenas escapó; y el mismo día Danton persuadió a Paine
para que no se presentara en la Convención, ya que su vida podría estar en
peligro. Ya sea que esto se deba a la “Era de la Razón”, con su aventura con la
“Diosa Naturaleza” o no, las declaraciones del autor y del traductor están
armonizadas por el hecho de que Paine preparó el manuscrito, con considerables
adiciones y cambios, para su publicación en Inglés, como ha dicho en el
Prefacio a la Parte II. Parece probable que la ofensa hecha a Couthon por el
libro de Paine implicara un peligro para él y su traductor. El 31 de mayo,
cuando se acusó a los girondinos, se incluyó el nombre de Lanthenas, y apenas
escapó; y el mismo día Danton persuadió a Paine para que no se presentara en la
Convención, ya que su vida podría estar en peligro. Ya sea que esto se deba a
la “Era de la Razón”, con su aventura con la “Diosa Naturaleza” o no, las
declaraciones del autor y del traductor están armonizadas por el hecho de que
Paine preparó el manuscrito, con considerables adiciones y cambios, para su
publicación en Inglés, como ha dicho en el Prefacio a la Parte II. Parece
probable que la ofensa hecha a Couthon por el libro de Paine implicara un
peligro para él y su traductor. El 31 de mayo, cuando se acusó a los
girondinos, se incluyó el nombre de Lanthenas, y apenas escapó; y el mismo día
Danton persuadió a Paine para que no se presentara en la Convención, ya que su
vida podría estar en peligro. Ya sea que esto se deba a la “Era de la Razón”,
con su aventura con la “Diosa Naturaleza” o no, las declaraciones del autor y
del traductor están armonizadas por el hecho de que Paine preparó el
manuscrito, con considerables adiciones y cambios, para su publicación en
Inglés, como ha dicho en el Prefacio a la Parte II.
Una comparación de las versiones francesa e
inglesa, frase por frase, me demostró que la traducción enviada por Lanthenas a
Merlin de Thionville en 1794 es la misma que envió a Couthon en 1793. Este
descubrimiento fue el medio para recuperar varias frases interesantes. de la
obra original. He dado como notas a pie de página traducciones de las cláusulas
y frases de la obra francesa que parecían ser importantes. Quienes estén
familiarizados con las traducciones de Lanthenas no necesitan recordar que él era
demasiado literalista para apartarse del manuscrito que tenía delante y, de
hecho, ni siquiera se atrevió a alterarlo en un caso (actualmente considerado)
donde obviamente era necesario. Lanthenas tampoco habría omitido ninguno de los
párrafos que faltan en su traducción. Esta obra original estaba dividida en
diecisiete capítulos, y los he restaurado, traducir sus títulos al inglés. La
“Era de la Razón” es así dada por primera vez al mundo con casi su integridad
original.
Cabe recordar que Paine no pudo haber leído la
prueba de su “Edad de la razón” (Parte I.) que pasó por la prensa mientras
estaba en prisión. A esto hay que atribuir la permanencia de algunas frases
abreviadas en la prisa que ha descrito. Un ejemplo notable es la eliminación de
su estimación de Jesús de las palabras vertidas por Lanthenas "trop peu
imite, trop oublie, trop meconnu". La adición de estas palabras al tributo
de Paine hace más notable que casi el único reconocimiento del carácter humano
y la vida de Jesús por parte de cualquier escritor teológico de esa generación
provino de uno que durante mucho tiempo fue tildado de infiel.
A la imposibilidad del preso de dar revisión alguna
a su obra hay que atribuirle la conservación en ella del singular error ya
aludido, como uno que Lantenas, de no haber sido por su extrema fidelidad,
habría corregido. Esta es la mención repetida de Paine de seis planetas, y la
enumeración de ellos, doce años después del descubrimiento de Urano. Paine fue
un devoto estudiante de astronomía, y no se puede suponer ni por un momento que
no haya participado en la acogida universal del descubrimiento de Herschel. La
omisión de cualquier alusión me convence de que el episodio astronómico se
imprimió de un manuscrito escrito antes de 1781, cuando se descubrió Urano. Sin
estar familiarizado con el francés en 1793, Paine podría no haber descubierto
la errata en la traducción de Lanthenas y, al no tener tiempo para copiar,
naturalmente, usaría la mayor cantidad posible del mismo manuscrito al preparar
su trabajo para los lectores ingleses. Pero no tuvo oportunidad de revisión, y
queda una errata que, si mi conjetura es correcta, arroja una luz significativa
sobre los párrafos en que alude a la preparación de la obra. Afirma que poco
después de la publicación de "Common Sense" (1776), "vio la gran
probabilidad de que una revolución en el sistema de gobierno sería seguida por
una revolución en el sistema de religión", y que "el hombre volvería
a la creencia pura, sin mezclas y sin adulterar de un solo Dios y nada más.” Le
dice a Samuel Adams que durante mucho tiempo había tenido la intención de
publicar sus pensamientos sobre la religión, y le había hecho un comentario
similar a John Adams en 1776. Al igual que los cuáqueros entre los que se crió,
Paine podía usar fácilmente la frase "palabra de Dios" para cualquier
cosa en la Biblia que se aprobara a su "luz interior", y como había
extraído del primer Libro de Samuel una condenación divina de monarquía, John
Adams, unitario, le preguntó si creía en la inspiración del Antiguo Testamento.
Paine respondió que no, y en un período posterior tenía la intención de
publicar sus puntos de vista sobre el tema. No hay duda de que escribió de vez
en cuando sobre puntos religiosos, durante la guerra americana, sin publicar
sus pensamientos, al igual que trabajó en el problema de la navegación a vapor,
en el que había inventado un método practicable (diez años antes que John
Fitch). hizo su descubrimiento) sin publicarlo. De todos modos me parece cierto
que la parte de “La edad de la razón” relacionada con la ciencia favorita de
Paine,
El teísmo de Paine, aunque revestido de fraseología
bíblica y cristiana, era un derecho de nacimiento. Parece claro a partir de
varias alusiones en "La edad de la razón" a los cuáqueros que en su
vida temprana, o antes de mediados del siglo XVIII, las personas así llamadas
eran sustancialmente deístas. Una confirmación interesante de las afirmaciones
de Paine sobre ellos aparece mientras escribo en un relato enviado por el conde
León Tolstoi al 'Times' de Londres de la secta rusa llamada Dukhobortsy (The Times,
23 de octubre de 1895). Esta secta surgió en el siglo pasado, y la narración
dice:
“Las primeras semillas de la enseñanza llamada
después 'Dukhoborcheskaya' fueron sembradas por un extranjero, un cuáquero, que
vino a Rusia. La idea fundamental de su enseñanza cuáquera era que en el alma
del hombre habita Dios mismo, y que Él mismo guía al hombre por Su palabra
interior. Dios vive en la naturaleza físicamente y en el alma del hombre
espiritualmente. A Cristo, como a un personaje histórico, los Dukhobortsy no le
atribuyen gran importancia... Cristo era el hijo de Dios, pero sólo en el sentido
en que nos llamamos a nosotros mismos 'hijos de Dios'. El propósito de los
sufrimientos de Cristo no fue otro que mostrarnos un ejemplo de sufrimiento por
la verdad. Los cuáqueros que, en 1818, visitaron Dukhobortsy, no pudieron
ponerse de acuerdo con ellos sobre estos temas religiosos; y cuando oyeron de
ellos su opinión acerca de Jesucristo (que era un hombre), exclamaron
'¡Tinieblas!' Del Antiguo y Nuevo Testamento, dicen, 'tomamos sólo lo que es
útil', principalmente la enseñanza moral... Las ideas morales de los
Dukhobortsy son las siguientes: Todos los hombres son, por naturaleza, iguales;
las distinciones externas, cualesquiera que sean, no valen nada. Esta idea de
la igualdad de los hombres los Dukhoborts la han dirigido aún más, contra la
autoridad del Estado... Entre ellos sostienen que la subordinación, y mucho
más, un gobierno monárquico, es contrario a sus ideas”.
Aquí hay un cuaquerismo hicksita temprano llevado a
Rusia mucho antes del nacimiento de Elias Hicks, quien lo recuperó de Paine, a
quien los cuáqueros estadounidenses negaron el entierro entre ellos. Aunque
Paine defendía la unión de la Iglesia y el Estado, su República ideal era
religiosa; se basaba en una concepción de la igualdad basada en la filiación
divina de cada hombre. Esta fe sustenta igualmente su carga contra las
pretensiones de parcialidad divina por parte de un “pueblo elegido”, un sacerdocio,
un monarca “por la gracia de Dios” o una aristocracia. La “Razón” de Paine es
sólo una expansión de la “luz interior” del cuáquero; y la mayor impresión, en
comparación con los escritos republicanos y deístas anteriores causados por
sus "Derechos del hombre" y "La edad de la razón"
(realmente volúmenes de una sola obra), se explica en parte por el fervor
apostólico que lo convirtió en un sucesor espiritual de Jorge Fox.
La mente de Paine no era en modo alguno escéptica,
era eminentemente instructiva. El haber esperado hasta los cincuenta y siete
años antes de publicar sus convicciones religiosas se debió a un deseo de
elaborar algún sistema positivo y practicable para tomar el lugar de lo que él
creía que se estaba desmoronando. El ingeniero inglés Hall, que ayudó a Paine a
hacer el modelo de su puente de hierro, escribió a sus amigos en Inglaterra en
1786: “Mi empleador tiene suficiente sentido común para no creer en la mayoría
de las teorías sistemáticas comunes de la Divinidad, pero no parece creerlo.
establecer alguno por sí mismo.” Pero cinco años después, Paine pudo colocar la
piedra angular de su templo: “Con respecto a la religión misma, sin tener en
cuenta los nombres, y como dirigiéndose desde la familia universal de la
humanidad al 'objeto divino de toda adoración, es el hombre trayendo a su
Hacedor los frutos de su corazón; y aunque estos frutos difieran unos de otros
como los frutos de la tierra, se acepta el agradecido tributo de cada uno.”
(“Derechos del hombre”. Ver mi edición de Paine's Writings, ii., p. 326.) Aquí
tenemos una reaparición de George Fox refutando al médico en Estados Unidos que
“negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no
estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía
o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había
tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o
hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”.
(Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). y aunque estos frutos difieran unos
de otros como los frutos de la tierra, se acepta el agradecido tributo de cada
uno.” (“Derechos del hombre”. Ver mi edición de Paine's Writings, ii., p. 326.)
Aquí tenemos una reaparición de George Fox refutando al médico en Estados
Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y
afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si
cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él
dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando
hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y
el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). y aunque estos frutos
difieran unos de otros como los frutos de la tierra, se acepta el agradecido
tributo de cada uno.” (“Derechos del hombre”. Ver mi edición de Paine's
Writings, ii., p. 326.) Aquí tenemos una reaparición de George Fox refutando al
médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran
en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y
le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo
reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se
avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico
ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). se
acepta el agradecido tributo de cada uno.” (“Derechos del hombre”. Ver mi
edición de Paine's Writings, ii., p. 326.) Aquí tenemos una reaparición de
George Fox refutando al médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el
Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios.
Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien,
no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo
reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que
avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox,
septiembre de 1672). se acepta el agradecido tributo de cada uno.” (“Derechos
del hombre”. Ver mi edición de Paine's Writings, ii., p. 326.) Aquí tenemos una
reaparición de George Fox refutando al médico en Estados Unidos que “negó que
la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en
los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía
mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa
en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.'
Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de
Jorge Fox, septiembre de 1672). ) Aquí tenemos una reaparición de Jorge Fox
refutando al médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de
Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces
llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había
algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía
tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos
al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de
1672). ) Aquí tenemos una reaparición de Jorge Fox refutando al médico en
Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada
uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le
pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo
reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se
avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico
ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672).
'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal
o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”.
(Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). 'Había tal cosa en él que lo
reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que
avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox,
septiembre de 1672).
Paine, quien acuñó la frase “Religión de la
humanidad” (The Crisis, vii., 1778), la defendió lógicamente en “La edad de la
razón”, al negar una revelación especial a cualquier tribu en particular, o
autoridad divina en cualquier particular. credo de la iglesia; y el centenario
de esta publicación tan abusada ha sido celebrado por un gran campeón
conservador de la Iglesia y el Estado, el Sr. Balfour, quien, en su
“Fundamentos de la fe”, afirma que no se puede negar la “inspiración” a los
grandes maestros orientales, a menos que se recojan uvas de los espinos.
El centenario de la publicación completa de
"La edad de la razón" (25 de octubre de 1795) también se celebró en
el Congreso de la Iglesia, Norwich, el 10 de octubre de 1895, cuando el
profesor Bonney, FRS, canónigo de Manchester, leyó un artículo en el que dijo:
“No puedo negar que el aumento del conocimiento científico ha privado a partes
de los primeros libros de la Biblia del valor histórico que generalmente les
atribuían nuestros antepasados. La historia de la Creación en el Libro del Génesis,
a menos que juguemos rápido con las palabras o con la ciencia, no puede
armonizarse con lo que hemos aprendido de la geología. Sus declaraciones
etnológicas son imperfectas, si no a veces inexactas. Las historias de la
Caída, del Diluvio y de la Torre de Babel son increíbles en su forma actual.
Algún elemento histórico puede subyacer en muchas de las tradiciones de los
primeros once capítulos de ese libro, pero no podemos esperar recuperarlo”. El
canónigo Bonney procedió a decir también del Nuevo Testamento que “hasta donde
sabemos, los Evangelios no son registros estrictamente contemporáneos, por lo
que debemos admitir la posibilidad de variaciones e incluso inexactitudes en
los detalles introducidos por la tradición oral”. El Canon piensa que el
intervalo es demasiado corto para que estas importaciones sean serias, pero que
cualquier pregunta de este tipo quede abierta prueba que la Edad de la Razón
está completamente sobre nosotros. La razón sola puede determinar cuántos
textos son tan espurios como los tres testigos celestiales (1 Juan v. 7), y lo
suficientemente "serios" como para haber costado la vida a los
hombres buenos y la caridad de los perseguidores. Cuando los hombres
interpolan, es porque creen que su interpolación es muy necesaria. Se verá por
una nota en la Parte II. de la obra, que Paine llama la atención sobre una
interpolación introducida en la primera edición americana sin indicación de que
se trate de una nota editorial a pie de página. Esta nota al pie decía: “El
libro de Lucas fue llevado por una mayoría de uno solo. Vide Moshelm's Ecc.
Historia." El Dr. Priestley, entonces en Estados Unidos, respondió al
trabajo de Paine, y al citar menos de una página de la “Edad de la Razón”, hizo
tres modificaciones, una de las cuales cambió a los “mitólogos de la iglesia”
en “mitólogos cristianos”, y también planteó la nota editorial a pie de página
en el texto, omitiendo la referencia a Mosheim. Habiendo hecho esto, Priestley
escribe: “En cuanto al evangelio de Lucas siendo llevado por una mayoría de uno
solo, es una leyenda, si no de invención del propio Sr. Paine, de ninguna
autoridad mejor.
Si esto pudo ser hecho, sin querer, por un hombre
concienzudo y exacto, y uno que no fuera hostil a Paine, si un escritor como
Priestley pudo cometer cuatro errores al citar media página, no parecerá muy
maravilloso cuando afirmo que en un moderno edición popular de "La edad de
la razón", incluidas ambas partes, he notado unas quinientas desviaciones
del original. Estos fueron principalmente los esfuerzos acumulados de editores
amigos para mejorar la gramática o la ortografía de Paine; algunos eran errores
tipográficos o se desarrollaron a partir de ellos; y algunos resultaron de la
venta en Londres de una copia de la Parte Segunda hecha subrepticiamente del
manuscrito. Estos hechos añaden significado a la nota al pie de página de Paine
(¡modificada en algunas ediciones!), en la que dice: “Si esto ha sucedido en
tan poco tiempo, a pesar de la ayuda de la imprenta, que impide la alteración
de ejemplares individualmente; lo que puede no haber sucedido en un período de
tiempo mucho mayor, cuando no había impresión, y cuando cualquier hombre que
supiera escribir, podría hacer una copia escrita, y llamarla original, por
Mateo, Marcos, Lucas o Juan.”
Nada me parece más llamativo, como ilustración de
los efectos de largo alcance del prejuicio tradicional, que los errores en los
que han caído algunos de nuestros más capaces estudiosos contemporáneos por no
haber estudiado a Paine. El profesor Huxley, por ejemplo, hablando de los
librepensadores del siglo XVIII, admira la agudeza, el sentido común, el
ingenio y la amplia humanidad de los mejores, pero dice que “rara vez hay mucho
que decir sobre su trabajo como ejemplo. del tratamiento adecuado de una investigación
grave y difícil”, y que compartían con sus adversarios “en plenitud la fatal
debilidad del filosofar a priori”. [NOTA: Ciencia y Tradición Cristiana, p. 18
(Lon. ed., 1894).] El profesor Huxley no nombra a Paine, evidentemente porque
no sabe nada de él. Sin embargo, Paine representa el punto de inflexión del
movimiento histórico de librepensamiento; renunció al método 'a priori', se
negó a pronunciar algo imposible fuera de las matemáticas puras, apoyó todo en
la evidencia y realmente fundó la escuela huxleyana. Plagió anticipadamente
muchas cosas de los líderes racionalistas de nuestro tiempo, de Strauss y Baur
(siendo los primeros en explayarse sobre la “mitología cristiana”), de Renan
(siendo el primero en intentar recuperar al Jesús humano), y notablemente de
Huxley. , quien ha repetido los argumentos de Paine sobre la falta de
confiabilidad de los manuscritos bíblicos y el canon, sobre las inconsistencias
de las narraciones de la resurrección de Cristo y varios otros puntos. Nadie
puede ser más fiel a la memoria de Huxley que el presente escritor, y es
incluso debido a mi sentido de su gran liderazgo que se lo menciona aquí como
un ejemplo típico de la medida en que los propios elegidos del libre
pensamiento pueden ser inconscientemente víctimas del fantasma con el que están
luchando. Dice que Butler derrocó a los librepensadores del tipo del siglo
XVIII, pero Paine era del tipo del siglo XIX; y fue precisamente por su método
crítico por lo que despertó más animosidad que sus predecesores deístas. Obligó
a los apologistas a defender las narraciones bíblicas en detalle, y así
reconocer implícitamente el tribunal de la razón y el conocimiento al que
fueron convocados. La última respuesta de la policía fue una confesión de
juicio. Hace cien años Inglaterra suprimía las obras de Paine, y muchos
ingleses honestos han ido a la cárcel por imprimir y hacer circular su “Age of
Reason”. Las mismas opiniones ahora se expresan libremente; se escuchan en las
sedes del saber, y hasta en el Congreso de la Iglesia; pero la supresión de
Paine, iniciada por el fanatismo y la ignorancia, continúa en la larga
indiferencia de los representantes de nuestra Era de la Razón hacia su pionero
y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos y para su causa. Es imposible
comprender la historia religiosa de Inglaterra y de América sin estudiar las
fases de su evolución representadas en los escritos de Thomas Paine, en las
controversias que surgieron de ellos con acompañamientos prácticos tales como
la fundación de la Iglesia Teofilántropa en París y Nueva York, y de la gran
ala racionalista del cuaquerismo en América. Ahora se expresan libremente las
mismas opiniones; se escuchan en las sedes del saber, y hasta en el Congreso de
la Iglesia; pero la supresión de Paine, iniciada por el fanatismo y la
ignorancia, continúa en la larga indiferencia de los representantes de nuestra
Era de la Razón hacia su pionero y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos
y para su causa. Es imposible comprender la historia religiosa de Inglaterra y
de América sin estudiar las fases de su evolución representadas en los escritos
de Thomas Paine, en las controversias que surgieron de ellos con
acompañamientos prácticos tales como la fundación de la Iglesia Teofilántropa
en París y Nueva York, y de la gran ala racionalista del cuaquerismo en
América. Ahora se expresan libremente las mismas opiniones; se escuchan en las
sedes del saber, y hasta en el Congreso de la Iglesia; pero la supresión de
Paine, iniciada por el fanatismo y la ignorancia, continúa en la larga
indiferencia de los representantes de nuestra Era de la Razón hacia su pionero
y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos y para su causa. Es imposible
comprender la historia religiosa de Inglaterra y de América sin estudiar las
fases de su evolución representadas en los escritos de Thomas Paine, en las
controversias que surgieron de ellos con acompañamientos prácticos tales como
la fundación de la Iglesia Teofilántropa en París y Nueva York, y de la gran
ala racionalista del cuaquerismo en América. comenzado por el fanatismo y la
ignorancia, continúa en la larga indiferencia de los representantes de nuestra
Era de la Razón hacia su pionero y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos
y para su causa. Es imposible comprender la historia religiosa de Inglaterra y
de América sin estudiar las fases de su evolución representadas en los escritos
de Thomas Paine, en las controversias que surgieron de ellos con
acompañamientos prácticos tales como la fundación de la Iglesia Teofilántropa
en París y Nueva York, y de la gran ala racionalista del cuaquerismo en
América. comenzado por el fanatismo y la ignorancia, continúa en la larga
indiferencia de los representantes de nuestra Era de la Razón hacia su pionero
y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos y para su causa. Es imposible
comprender la historia religiosa de Inglaterra y de América sin estudiar las
fases de su evolución representadas en los escritos de Thomas Paine, en las
controversias que surgieron de ellos con acompañamientos prácticos tales como
la fundación de la Iglesia Teofilántropa en París y Nueva York, y de la gran
ala racionalista del cuaquerismo en América.
Cualquiera que sea el caso de los eruditos de
nuestro tiempo, los de la época de Paine se tomaron muy en serio la “Edad de la
Razón”. Comenzando por el erudito Dr. Richard Watson, obispo de Llandaff, un
gran número de eruditos respondieron a la obra de Paine, y se convirtió en una
señal para el comienzo de aquellas concesiones, por parte de la teología, que
han continuado hasta nuestros días; y, de hecho, la llamada "Iglesia
Amplia" es, hasta cierto punto, un resultado de "La Edad de la Razón".
Sería demasiado extenso esta Introducción para citar aquí las respuestas dadas
a Paine (treinta y seis están catalogadas en el Museo Británico), pero puede
señalarse que estaban notablemente libres, por regla general, de las
personalidades que rugían en los púlpitos. . Debo aventurarme a citar un pasaje
de su muy erudito antagonista, el reverendo Gilbert Wakefield, BA, “difunto
miembro del Jesus College, Cambridge. Wakefield, que había residido en Londres
durante todo el pánico de Paine, y estaba bien familiarizado con las calumnias
proferidas contra el autor de Los derechos del hombre, indirectamente las marca
al responder al argumento de Paine de que la incredulidad original y
tradicional de los judíos, entre ellos quiénes fueron hechos los supuestos
milagros, es una evidencia importante contra ellos. El erudito teólogo escribe:
“Pero el tema que tenemos ante nosotros admite una
mayor ilustración del ejemplo del propio Sr. Paine. En este país, donde su
oposición a las corrupciones del gobierno le ha levantado tantos adversarios, y
tal enjambre de mercenarios sin escrúpulos se han esforzado por ennegrecer su
carácter y tergiversar todas las transacciones e incidentes de su vida, ¿no
será una la tarea más difícil, más aún, imposible, para la posteridad, después
de un lapso de 1700 años, si interviniera una ruina de la literatura moderna
como la de la antigua, para identificar las circunstancias reales, morales y
civiles, del hombre? ¿Y un verdadero historiador, como los evangelistas, será
acreditado en ese período futuro contra una incredulidad tan predominante, sin
amplias y poderosas accesiones de atestación colateral? Y cuán
trascendentemente extraordinario, Casi había dicho milagroso, si las mentes
cándidas y razonables lo estimaran, que un escritor cuyo objetivo era mejorar
la condición de la gente común y su liberación de la opresión, la pobreza, la
miseria, las innumerables bendiciones de un gobierno recto e igualitario. ,
debería ser vilipendiado, perseguido y quemado en efigie, con toda
circunstancia de insulto y execración, por estos mismos objetos de sus
intenciones benévolas, en todos los rincones del reino? Después de la ejecución
de Luis XVI, por cuya vida suplicaba Paine con tanta seriedad, mientras en
Inglaterra era denunciado como cómplice del hecho, se dedicó a la preparación
de una Constitución, y también a reunir sus composiciones religiosas y
añadiendo a ellos. Supongo que este manuscrito se preparó en lo que se conocía
como White's Hotel o Philadelphia House, en París, No. 7 Passage des Petits
Peres. Esta compilación de manuscritos antiguos y recientes (si mi teoría es
correcta) se tituló "La edad de la razón" y se entregó para su
traducción a Francois Lanthenas en marzo de 1793. Está registrada en Qudrard
(La France Literaire) con el año 1793. , pero con el título “L'Age de la
Raison” en lugar del que llevaba en 1794, “Le Siecle de la Raison”. Se dice que
este último, impreso “Au Burcau de l'imprimerie, rue du Theatre-Francais, No.
4”, es de “Thomas Paine, Citoyen et cultivateur de l'Amerique septentrionale,
secretaire du Congres du departement des affaires etrangeres la guerre
d'Amerique, et auteur des ouvrages intitules: LA SENS COMMUN et LES DROITS DE
L'HOMME.” 7 Pasaje des Petits Peres. Esta compilación de manuscritos antiguos y
recientes (si mi teoría es correcta) se tituló "La edad de la razón"
y se entregó para su traducción a Francois Lanthenas en marzo de 1793. Está
registrada en Qudrard (La France Literaire) con el año 1793. , pero con el
título “L'Age de la Raison” en lugar del que llevaba en 1794, “Le Siecle de la
Raison”. Se dice que este último, impreso “Au Burcau de l'imprimerie, rue du
Theatre-Francais, No. 4”, es de “Thomas Paine, Citoyen et cultivateur de
l'Amerique septentrionale, secretaire du Congres du departement des affaires
etrangeres la guerre d'Amerique, et auteur des ouvrages intitules: LA SENS
COMMUN et LES DROITS DE L'HOMME.” 7 Pasaje des Petits Peres. Esta compilación
de manuscritos antiguos y recientes (si mi teoría es correcta) se tituló
"La edad de la razón" y se entregó para su traducción a Francois
Lanthenas en marzo de 1793. Está registrada en Qudrard (La France Literaire)
con el año 1793. , pero con el título “L'Age de la Raison” en lugar del que
llevaba en 1794, “Le Siecle de la Raison”. Se dice que este último, impreso “Au
Burcau de l'imprimerie, rue du Theatre-Francais, No. 4”, es de “Thomas Paine,
Citoyen et cultivateur de l'Amerique septentrionale, secretaire du Congres du
departement des affaires etrangeres la guerre d'Amerique, et auteur des
ouvrages intitules: LA SENS COMMUN et LES DROITS DE L'HOMME.” ” y entregado
para su traducción a Francois Lanthenas en marzo de 1793. Está registrado, en
Qudrard (La France Literaire) en el año 1793, pero con el título “L'Age de la
Raison” en lugar del que llevaba en 1794, “ Le Siecle de la Raison. Se dice que
este último, impreso “Au Burcau de l'imprimerie, rue du Theatre-Francais, No.
4”, es de “Thomas Paine, Citoyen et cultivateur de l'Amerique septentrionale,
secretaire du Congres du departement des affaires etrangeres la guerre
d'Amerique, et auteur des ouvrages intitules: LA SENS COMMUN et LES DROITS DE
L'HOMME.” ” y entregado para su traducción a Francois Lanthenas en marzo de
1793. Está registrado, en Qudrard (La France Literaire) en el año 1793, pero
con el título “L'Age de la Raison” en lugar del que llevaba en 1794, “ Le
Siecle de la Raison. Se dice que este último, impreso “Au Burcau de
l'imprimerie, rue du Theatre-Francais, No. 4”, es de “Thomas Paine, Citoyen et
cultivateur de l'Amerique septentrionale, secretaire du Congres du departement
des affaires etrangeres la guerre d'Amerique, et auteur des ouvrages intitules:
LA SENS COMMUN et LES DROITS DE L'HOMME.”
Cuando la Revolución avanzaba hacia terrores
crecientes, Paine, reacio a participar en los decretos de una Convención cuya
única función legal era redactar una Constitución, se retiró a una vieja
mansión y jardín en el Faubourg St. Denis, No. 63. El Sr. JG Alger, cuyas
investigaciones sobre detalles personales relacionados con la Revolución son
originales y útiles, recientemente me mostró en los Archivos Nacionales de
París, algunos documentos relacionados con el juicio de Georgeit, el
propietario de Paine, por lo que parece que el actual No. 63 es no, como había
supuesto, la casa en la que residía Paine. El Sr. Alger me acompañó al
vecindario, pero no pudimos identificar la casa. El arresto de Georgeit es
mencionado por Paine en su ensayo sobre “Olvido” (Escritos, iii., 319). Cuando
llegó su juicio, uno de los cargos fue que había mantenido en su casa a
"Paine y otros ingleses", estando Paine entonces en prisión, pero él
(Georgeit) fue absuelto de las insignificantes acusaciones presentadas contra
él por su Sección. el "Faubourg du Nord". Esta Sección abarcaba todo
el lado este del Faubourg St. Denis, mientras que el actual No. 63 está en el
lado oeste. Después de que Georgeit (o Georger) fue arrestado, Paine se quedó
solo en la gran mansión (Rickman dice que alguna vez fue el hotel de Madame de
Pompadour), y parecería, según su relato, que fue después de la ejecución ( 31
de octubre de 1793) De sus amigos los girondinos y camaradas políticos, que
sintió que su fin se acercaba y emprendió su último legado literario para el
mundo, "La edad de la razón", en el estado en que se encuentra. desde
que apareció, como se cuida de decir. Era muy probable, durante los meses en
que escribió (noviembre y diciembre de 1793), que sería ejecutado. Su
testamento religioso fue preparado con la hoja de la guillotina suspendida
sobre él, hecho que no disuadió a los piadosos mitólogos de retratar su
remordimiento en el lecho de muerte por haber escrito el libro.
Al editar la Parte I. de “La edad de la razón”,
sigo de cerca la primera edición, que fue impresa por Barrois en París a partir
del manuscrito, sin duda bajo la supervisión de Joel Barlow, a quien Paine, de
camino a Luxemburgo. , se lo había confiado. Barlow era un ex clérigo
estadounidense, un especulador sobre cuya carrera los archivos franceses
arrojan una luz desfavorable, y no se puede estar seguro de que no se tomaran
libertades con las pruebas de Paine.
Puedo repetir aquí lo que he dicho al comienzo de
mi trabajo editorial sobre Paine, que mi regla es corregir errores de imprenta
evidentes, y también cualquier puntuación que parezca hacer que el sentido sea
menos claro. Y a eso agregaré ahora que al seguir las citas de Paine de la
Biblia, he adoptado el Plan ahora generalmente usado en lugar de su escritura
ocasionalmente demasiado extensa de libro, capítulo y versículo.
Paine fue encarcelado en Luxemburgo el 28 de
diciembre de 1793 y liberado el 4 de noviembre de 1794. Su liberación fue
asegurada por su viejo amigo, James Monroe (luego presidente), quien había
sucedido a su implacable enemigo (de Paine), Gouverneur Morris, como Ministro
estadounidense en París. Monroe lo encontró más muerto que vivo por medio de la
inanición, el frío y un absceso contraído en la prisión, y lo llevó a la propia
residencia del Ministro. No se suponía que pudiera sobrevivir, y le debía su
vida al tierno cuidado del Sr. y la Sra. Monroe. Fue mientras estaba así
prisionero en su habitación, con la muerte aún cerniéndose sobre él, que Paine
escribió la Segunda Parte de “La edad de la razón”.
El trabajo fue publicado en Londres por HD Symonds
el 25 de octubre de 1795 y afirmó ser "del manuscrito del autor".
Está marcado como "Entrado en Stationers Hall" y precedido por una
nota de disculpa de "El librero al público", cuyos lugares comunes
sobre evitar tanto el prejuicio como la parcialidad, y considerar "ambos
lados", no necesitan citarse. Mientras su volumen pasaba por la imprenta
en París, Paine se enteró de la publicación en Londres, lo que le arrancó la
siguiente nota apresurada a un editor de Londres, sin duda Daniel Isaacs Eaton:
“Señor, he visto anunciada en los periódicos de
Londres la segunda edición [parte] de La edad de la razón, impresa, dice el
anuncio, del Manuscrito del autor, y registrada en Stationers Hall. Nunca he
enviado ningún manuscrito a ninguna persona. Por lo tanto, es una falsificación
decir que está impreso del manuscrito del autor; y supongo que se hace para
darle al editor una pretensión de derecho de autor, del cual no tiene título.
“Le envío una copia impresa, que es la única que he
enviado a Londres. Deseo que hagas una edición barata de él. No sé por qué
medios ha llegado alguna copia a Londres. Si alguna persona ha hecho una copia
manuscrita no tengo ninguna duda pero está llena de errores. Me gustaría que
hablara con el Sr. ——- sobre este tema, ya que deseo saber por qué medios se ha
jugado este truco, y de quién ha obtenido el editor alguna copia.
“T. DOLOR.
“PARÍS, 4 de diciembre de 1795”
La edición barata de Eaton apareció el 1 de enero
de 1796, con la letra anterior en el reverso del título. El espacio en blanco
en la nota probablemente era "Symonds" en el original, y posiblemente
se impuso a ese editor. Eaton, que ya estaba en problemas por imprimir uno de
los panfletos políticos de Paine, huyó a Estados Unidos y se publicó una
edición de "La edad de la razón" con un nuevo título; no aparece
ningún editor; se dice que está “impreso y vendido por todos los libreros de
Gran Bretaña e Irlanda”. También se dice que es "Por Thomas Paine, autor
de varias actuaciones notables". Nunca he encontrado ningún ejemplar de
esta edición anónima excepto el que tengo en mi poder. Evidentemente, es la
edición que fue suprimida por el enjuiciamiento de Williams por vender una
copia.
Una comparación con la edición revisada de Paine
revela muchos errores de copia y verbales en Symonds, aunque pocos que afecten
el sentido. Los peores se encuentran en el prefacio, donde, en lugar de “1793”,
se da la engañosa fecha “1790” como el año en cuyo cierre Paine completó la
Primera Parte, un error que se extendió por todas partes y fue recalcado por su
calumnioso discurso estadounidense. "biógrafo", Cheetham, para probar
su inconsistencia. Los editores se han sentido bastante desmoralizados por la siguiente
oración del prefacio en Symonds, y la han alterado de diferentes maneras: “El
espíritu intolerante de la persecución religiosa se había transferido a la
política; los tribunales, llamados Revolucionarios, abastecían el lugar de la
Inquisición; y la Guillotina del Estado superó al Fuego y Fagot de la Iglesia.
El granuja que copió esto poco sabía del cuidado con que Paine sopesaba las
palabras, y que nunca llamaría “religiosa” a la persecución, ni relacionaría la
guillotina con el “Estado”, ni concedería que con todos sus horrores había
superado la historia de la fuego y marica. Lo que Paine escribió fue: “El
espíritu intolerante de persecución de la iglesia se había trasladado a la
política; los tribunales, llamados Revolucionarios, suplieron el lugar de una
Inquisición y la Guillotina, de la Hoguera.”
Una carta original de Paine, en poder de Joseph
Cowen, exdiputado, que dicho señor me permite sacar a la luz, además de ser de
interés general, deja claras las circunstancias de la publicación original.
Aunque el nombre del corresponsal no aparece en la carta, ciertamente fue
escrita para el Coronel John Fellows de Nueva York, quien registró los derechos
de autor de la Parte I. de la “Era de la razón”. Publicó los folletos de Joel
Barlow, a quien Paine le confió su manuscrito camino a la prisión. Fellows fue
después el amigo íntimo de Paine en Nueva York, y fue principalmente gracias a
él que algunas partes de los escritos del autor, dejados en manuscrito a Madame
Bonneville mientras ella era librepensadora, fueron rescatados de su devoción
destructiva después de su regreso al catolicismo. La carta que me envía el
señor Cowen está fechada en París el 20 de enero de 1797.
“SEÑOR,—Estando su amigo el Sr. Caritat a punto de
partir para América, aprovecho la oportunidad para escribirle. Recibí dos
cartas tuyas con unos panfletos hace bastante tiempo, en las que me informas de
que estás entrando en un copyright de la primera parte de la Edad de la Razón:
cuando regrese a América nos arreglaremos con ese asunto.
“Puesto que el doctor Franklin ha sido mi amigo
íntimo durante los últimos treinta años, comprenderá naturalmente la razón por
la que continúo la conexión con su nieto. Imprimí aquí (París) unos quince mil
de la segunda parte de la Edad de la razón, que envié al señor F[ranklin]
Bache. Se lo notifiqué en septiembre de 1795 y él registró los derechos de
autor bajo mi propia dirección. Los libros no llegaron hasta abril siguiente,
pero lo había anunciado mucho antes.
“Le envié en agosto pasado una carta manuscrita de
unas 70 páginas, de mí al Sr. Washington para que se imprimiera en un folleto.
El Sr. Barnes de Filadelfia llevó mi carta a Londres para enviarla a Estados
Unidos. Iba en el barco Hope, Cap: Harley, que desde su regreso de América me
dijo que lo puso en la oficina de correos de Nueva York para Bache. Todavía no
tengo una cuenta cierta de su publicación. Hago mención de esto para que la
carta pueda ser consultada, en caso de que no haya sido publicada o no haya
llegado al señor Bache. Barnes me escribió desde Londres el 29 de agosto
informándome que le habían ofrecido trescientas libras esterlinas por el
manuscrito. La oferta fue rechazada porque era mi intención que no apareciera
hasta que apareciera en América, y no Inglaterra era el lugar para su
operación.
“Usted me pide por su carta al Sr. Caritat una
lista de mis varios trabajos, para poder publicar una colección de ellos. Esta
es una empresa que siempre me he reservado. No sólo me pertenece por derecho,
sino que nadie más que yo mismo puede hacerlo; y como todo autor es responsable
(al menos en reputación) de sus obras, sólo él es la persona para hacerlo. Si
lo descuida en su vida, el caso se altera. Es mi intención regresar a América
en el transcurso del presente año. Entonces lo [haré] por suscripción, con
notas históricas. Como esta obra empleará a muchas personas en diferentes
partes de la Unión, hablaré con usted sobre el tema, y la parte que le
convenga emprender quedará a su elección. He sufrido tantas pérdidas, por
desinterés y falta de atención a los asuntos de dinero, y por accidentes, que
estoy obligado a mirar mis asuntos más de cerca de lo que lo he hecho. El
impresor (un inglés) que contraté aquí para imprimir la segunda parte de 'La
edad de la razón' hizo una copia manuscrita de la obra mientras la estaba
imprimiendo, que envió a Londres y vendió. Fue por este medio que salió una
edición del mismo en Londres.
“Estamos esperando aquí noticias de Estados Unidos
sobre el estado de las elecciones federales. Habrá oído mucho antes de que esto
llegue a sus manos que el gobierno francés se ha negado a recibir al Sr.
Pinckney como ministro. Mientras el Sr. Monroe fue ministro, tuvo la
oportunidad de suavizar las cosas con este gobierno, porque tenía buen crédito
con ellos aunque estaban muy indignados por la infidelidad de la Administración
de Washington. Es hora de que el Sr. Washington se retire, porque ha jugado con
tanta hipocresía prudente entre Francia e Inglaterra que ninguno de los
gobiernos cree nada de lo que dice.
“Tu amigo, etc.,
“TOMÁS PAINE”.
Parecería que la edición robada de Symonds debió
adelantarse a la enviada por Paine a Franklin Bache, ya que algunos de sus
errores continúan en todas las ediciones americanas modernas hasta el día de
hoy, así como en las de Inglaterra. Porque en Inglaterra fue sólo la edición en
chelines —la revisada por Paine— la que fue suprimida. Symonds, que atendía a
la gente de la media corona y que también publicaba las respuestas a Paine, no
se molestó por su edición pirateada, y la nueva Sociedad para la supresión del
vicio y la inmoralidad se aferró a un tal Thomas Williams, que vendía tratados
piadosos. pero también fue condenado (24 de junio de 1797) por haber vendido un
ejemplar de La edad de la razón. Erskine, quien había defendido a Paine en su
juicio por los “Derechos del Hombre”, dirigió el enjuiciamiento de Williams.
Obtuvo la victoria de un jurado repleto, pero no estaba muy contento por ello,
especialmente después de cierta aventura en su camino a Lincoln's Inn. Sintió
que le agarraban el abrigo y vio a sus pies a una mujer bañada en lágrimas.
Ella lo condujo a la pequeña librería de Thomas Williams, que aún no había sido
llamado a juicio, y allí vio a su víctima cosiendo folletos en una pequeña
habitación miserable, donde había tres niños, dos de ellos con viruela. Vio que
sería la ruina e incluso una especie de asesinato llevar a prisión al marido,
que no era un librepensador, y lamentó la publicación del libro, y se convocó
una reunión de la Sociedad que lo había contratado. Hubo una reunión completa,
el obispo de Londres (Porteus) en la presidencia. Erskine les recordó que
Williams aún no había sido llevado a juicio, describió la escena que había
presenciado y la penitencia de Williams y, como el libro ahora estaba
suprimido, pidió permiso para mudarse por una sentencia nominal. La
misericordia, instó, era parte del cristianismo que defendían. Ninguno de los
miembros de la Sociedad se puso de su lado, ni siquiera el
"filantrópico" Wilberforce, y Erskine vomitó su informe. Esta acción
de Erskine llevó al juez a darle a Williams solo un año de prisión en lugar de
los tres que dijo que tenía previsto.
Mientras Williams estaba en prisión, los
colportores ortodoxos estaban haciendo circular el discurso de Erskine sobre el
cristianismo, pero también un sermón anónimo "Sobre la existencia y los
atributos de la deidad", todo lo cual era de "La edad de la
razón" de Paine, excepto un breve "Discurso a la Deidad” añadido.
Esta pintoresca anomalía se repitió en la circulación del “Discurso a los
teófilos” de Paine (se eliminaron sus nombres y los del autor) bajo el título
“Ateísmo refutado”. Ahora tengo ante mí estos dos folletos y, junto a ellos, un
tratado de Londres de una página que acaba de enviarme para mi beneficio
espiritual. Esto se titula “Una palabra de precaución”. Comienza mencionando
las “perniciosas doctrinas de Paine”, siendo la primera “que no hay DIOS”
(sic), luego procede a aducir evidencias de la existencia divina tomadas de las
obras de Paine.
El encarcelamiento de Williams fue el comienzo de
una guerra de treinta años por la libertad religiosa en Inglaterra, en el curso
de la cual ocurrieron muchos eventos notables, como que Eaton recibió un
homenaje en su picota en Choring Cross, y toda la familia Carlile fue
encarcelada, su jefe encarcelado más de nueve años por publicar la “Edad de la
razón”. Esta última victoria de la persecución fue suicida. Caballeros
adinerados, no seguidores de Paine, ayudaron a que Carlile estableciera un
negocio en Fleet Street, donde desde entonces se han vendido sin interrupción
publicaciones de libre pensamiento. Pero aunque la Libertad triunfó en un
sentido, la “Era de la Razón”. permaneció hasta cierto punto suprimido entre
aquellos cuya atención merecía especialmente. Su enjuiciamiento original por
una Sociedad para la Supresión del Vicio (un dispositivo para, relevar a la
Corona) equivalía a un libelo sobre un libro moralmente limpio, restringiendo
su lectura en familias; y el hecho de que el libro de un chelín vendido por y
entre la gente humilde fuera procesado solo, difundió entre los educados una
noción igualmente falsa de que la "Edad de la Razón" era vulgar y
analfabeta. Los teólogos, como hemos visto, estimaron más justamente la
capacidad de su antagonista, el colaborador de Franklin, Rittenhouse y Clymer,
a quien la Universidad de Pensilvania había conferido el grado de Master of
Arts, pero la nobleza confundió a Paine con el clase descrita por Burke como
“la multitud porcina”. El escepticismo, o su expresión libre, fue expulsado
temporalmente de los círculos educados por su complicación con el proscrito
vindicador de los "Derechos del Hombre". Pero ese largo combate ahora
ha pasado. El tiempo ha reducido la “Era de la Razón” de una bandera de radicalismo
popular a un tratado comparativamente conservador, en lo que respecta a sus
negaciones. Un viejo amigo me cuenta que en su juventud escuchó un sermón en el
que el predicador declaraba que “Tom Paine era tan malvado que no podía ser
enterrado; sus huesos fueron arrojados a una caja que fue difundida por todo el
mundo hasta que llegó a un fabricante de botones; ¡y ahora Paine viaja por el
mundo en forma de botones!” Esta variante del mito del judío errante ahora
puede considerarse como un homenaje inconsciente al autor cuyos huesos
metafóricos pueden reconocerse en botones ahora de moda, y algunos incluso se
encuentran útiles para mantener juntas las vestimentas clericales. Un viejo
amigo me cuenta que en su juventud escuchó un sermón en el que el predicador declaraba
que “Tom Paine era tan malvado que no podía ser enterrado; sus huesos fueron
arrojados a una caja que fue difundida por todo el mundo hasta que llegó a un
fabricante de botones; ¡y ahora Paine viaja por el mundo en forma de botones!”
Esta variante del mito del judío errante ahora puede considerarse como un
homenaje inconsciente al autor cuyos huesos metafóricos pueden reconocerse en
botones ahora de moda, y algunos incluso se encuentran útiles para mantener
juntas las vestimentas clericales. Un viejo amigo me cuenta que en su juventud
escuchó un sermón en el que el predicador declaraba que “Tom Paine era tan
malvado que no podía ser enterrado; sus huesos fueron arrojados a una caja que
fue difundida por todo el mundo hasta que llegó a un fabricante de botones; ¡y
ahora Paine viaja por el mundo en forma de botones!” Esta variante del mito del
judío errante ahora puede considerarse como un homenaje inconsciente al autor
cuyos huesos metafóricos pueden reconocerse en botones ahora de moda, y algunos
incluso se encuentran útiles para mantener juntas las vestimentas clericales.
Pero el lector cuidadoso encontrará en la “Edad de
la razón” de Paine algo más allá de las negaciones, y en conclusión llamaré
especialmente la atención sobre el nuevo punto de partida en el teísmo indicado
en un pasaje correspondiente a un famoso aforismo de Kant, indicado por una
nota en la Parte II. . El descubrimiento ya mencionado, que la Parte I fue
escrita al menos catorce años antes que la Parte II, me llevó a comparar las
dos; y es claro que mientras el trabajo anterior es una ampliación del deísmo
newtoniano, basado en los fenómenos del movimiento planetario, el trabajo de
1795 basa la creencia en Dios en “la exhibición universal de sí mismo en las
obras de la creación y por esa repugnancia sentir en nosotros mismos a las
malas acciones, y disposición a hacer las buenas.” Esta exaltación de la
naturaleza moral del hombre como fundamento de la religión teísta, aunque ahora
familiar, fue hace cien años una nueva afirmación; ha conducido a una
concepción de la deidad subversiva del deísmo del siglo pasado, ha humanizado
constantemente la religión y aún no se han alcanzado sus últimos resultados
filosóficos y éticos.
LA EDAD DE LA RAZÓN — PARTE I
CAPÍTULO I.
LA PROFESIÓN DE FE DEL AUTOR.
Ha sido mi intención, desde hace varios años,
publicar mis pensamientos sobre la religión; Soy muy consciente de las
dificultades que aquejan al tema y, por esa consideración, lo había reservado
para un período más avanzado de la vida. Tenía la intención de que fuera la
última ofrenda que haría a mis conciudadanos de todas las naciones, y que en un
momento en que la pureza del motivo que me indujo a ello no podía admitir una
pregunta, incluso por aquellos que podrían desaprobar el trabajo.
La circunstancia que ahora ha tenido lugar en
Francia, de la abolición total de todo el orden nacional del sacerdocio, y de
todo lo perteneciente a los sistemas compulsivos de religión y artículos
compulsivos de fe, no sólo ha precipitado mi intención, sino que ha hecho una
obra de este tipo es sumamente necesario, no sea que, en el naufragio general
de la superstición, de los falsos sistemas de gobierno y de la falsa teología,
perdamos de vista la moralidad, la humanidad y la teología que es verdadera.
Como varios de mis colegas, y otros de mis
conciudadanos de Francia, me han dado el ejemplo de hacer su profesión de fe
voluntaria e individual, yo también haré la mía; y lo hago con toda esa
sinceridad y franqueza con que la mente del hombre se comunica consigo misma.
Creo en un solo Dios, y nada más; y espero
felicidad más allá de esta vida.
Creo en la igualdad del hombre, y creo que los
deberes religiosos consisten en hacer justicia, amar la misericordia y
esforzarse por hacer felices a nuestros semejantes.
Pero, para que no se suponga que creo muchas otras
cosas además de estas, debo, en el progreso de este trabajo, declarar las cosas
que no creo, y mis razones para no creerlas.
No creo en el credo profesado por la iglesia judía,
por la iglesia romana, por la iglesia griega, por la iglesia turca, por la
iglesia protestante, ni por ninguna iglesia que yo sepa. Mi propia mente es mi
propia iglesia.
Todas las instituciones eclesiásticas nacionales,
ya sean judías, cristianas o turcas, no me parecen más que invenciones humanas
creadas para aterrorizar y esclavizar a la humanidad y monopolizar el poder y
las ganancias.
No pretendo con esta declaración condenar a los que
creen lo contrario; tienen el mismo derecho a sus creencias que yo tengo a las
mías. Pero es necesario para la felicidad del hombre que sea mentalmente fiel a
sí mismo. La infidelidad no consiste en creer, ni en no creer; consiste en
profesar creer lo que no cree.
Es imposible calcular el daño moral, si puedo
expresarlo así, que la mentira mental ha producido en la sociedad. Cuando un
hombre ha corrompido y prostituido la castidad de su mente hasta el punto de
suscribir su creencia profesional en cosas en las que no cree, se ha preparado
para la comisión de cualquier otro delito. Toma el oficio de sacerdote en aras
de la ganancia y, para calificarse para ese oficio, comienza con un perjurio.
¿Podemos concebir algo más destructivo para la moralidad que esto?
Poco después de haber publicado el panfleto COMMON
SENSE, en América, vi la gran probabilidad de que una revolución en el sistema
de gobierno sería seguida por una revolución en el sistema de religión. La
conexión adúltera de la iglesia y el estado, dondequiera que haya tenido lugar,
ya sea judío, cristiano o turco, ha prohibido tan eficazmente, mediante penas y
penas, toda discusión sobre credos establecidos y sobre los primeros principios
de la religión, que hasta el sistema de el gobierno debe ser cambiado, esos
temas no pueden ser llevados justa y abiertamente ante el mundo; pero que cada
vez que se hiciera esto, seguiría una revolución en el sistema de religión. Se
detectarían invenciones humanas y astucia sacerdotal; y el hombre volvería a la
creencia pura, sin mezclas y sin adulteraciones de un solo Dios, y nada más.
CAPITULO DOS.
DE MISIONES Y REVELACIONES.
Cada iglesia o religión nacional se ha establecido
pretendiendo alguna misión especial de Dios, comunicada a ciertos individuos.
Los judíos tienen su Moisés; los cristianos su Jesucristo, sus apóstoles y
santos; y los turcos su Mahoma; como si el camino a Dios no estuviera abierto
para todos por igual.
Cada una de esas iglesias muestra ciertos libros, a
los que llaman revelación, o la Palabra de Dios. Los judíos dicen que su
Palabra de Dios fue dada por Dios a Moisés cara a cara; los cristianos dicen,
que su Palabra de Dios les vino por inspiración divina; y los turcos dicen que
su Palabra de Dios (el Corán) fue traída por un ángel del cielo. Cada una de
esas iglesias acusa a la otra de incredulidad; y, por mi parte, no los creo a
todos.
Como es necesario fijar ideas correctas a las
palabras, antes de continuar con el tema, ofreceré algunas observaciones sobre
la palabra 'revelación'. Revelación cuando se aplica a la religión, significa
algo comunicado inmediatamente de Dios al hombre.
Nadie negará ni disputará el poder del Todopoderoso
para hacer tal comunicación si así lo desea. Pero admitir, por el bien de un
caso, que algo ha sido revelado a cierta persona, y no revelado a ninguna otra
persona, es revelación a esa persona solamente. Cuando se lo dice a una segunda
persona, una segunda a una tercera, una tercera a una cuarta, y así
sucesivamente, deja de ser una revelación para todas esas personas. Es
revelación para la primera persona solamente, y habla de oídas para todos los
demás, y, en consecuencia, no están obligados a creerlo.
Es una contradicción en términos e ideas llamar a
cualquier cosa una revelación que nos llega de segunda mano, ya sea verbalmente
o por escrito. La revelación se limita necesariamente a la primera
comunicación. Después de esto, es sólo un relato de algo que esa persona dice
que fue una revelación que se le hizo; y aunque él se vea obligado a creerlo,
no me incumbe a mí creerlo de la misma manera, porque no fue una revelación que
se me hizo, y solo tengo su palabra de que se la hizo a él.
Cuando Moisés dijo a los hijos de Israel que había
recibido de la mano de Dios las dos tablas de los mandamientos, no estaban
obligados a creerle, porque no tenían otra autoridad para ello que él se lo
dijera; y no tengo otra autoridad para ello que algún historiador me lo diga,
los mandamientos no llevan evidencia interna de divinidad con ellos. Contienen
algunos buenos preceptos morales como los que cualquier hombre calificado para
ser legislador o legislador podría producir por sí mismo, sin tener que recurrir
a la intervención sobrenatural. [NOTA: Sin embargo, es necesario exceptuar la
declamación que dice que Dios 'visita los pecados de los padres sobre los
hijos'. Esto es contrario a todo principio de justicia moral.—Autor.]
Cuando se me dice que el Corán fue escrito en el
cielo y llevado a Mahoma por un ángel, el relato se acerca al mismo tipo de
testimonio de oídas y autoridad de segunda mano que el anterior. Yo mismo no vi
al ángel, y por lo tanto tengo derecho a no creerlo.
Cuando también me dicen que una mujer, llamada la
Virgen María, dijo, o dio a luz, que estaba encinta sin ningún cohabitación con
un hombre, y que su esposo José, dijo que un ángel se lo dijo, tengo un derecho
a creerles o no: tal circunstancia requería una evidencia mucho más fuerte que
su simple palabra para ello: pero ni siquiera tenemos esto; porque ni José ni
María escribieron tal asunto por sí mismos. Solo otros informan que lo dijeron.
Son rumores sobre rumores, y no elijo basar mi creencia en tal evidencia.
Sin embargo, no es difícil dar cuenta del crédito
que se le dio a la historia de Jesucristo como Hijo de Dios. Nació cuando la
mitología pagana todavía tenía cierta moda y reputación en el mundo, y esa
mitología había preparado a la gente para la creencia de tal historia. Casi
todos los hombres extraordinarios que vivieron bajo la mitología pagana tenían
fama de ser hijos de algunos de sus dioses. No era una cosa nueva en ese tiempo
creer que un hombre había sido engendrado celestialmente; la relación de los
dioses con las mujeres era entonces un asunto de opinión familiar. Su Júpiter,
según sus relatos, había cohabitado con cientos; por lo tanto, la historia no
tenía nada nuevo, maravilloso u obsceno; era conforme a las opiniones que
entonces prevalecían entre la gente llamada gentiles, o mitólogos, y sólo esa
gente lo creyó. Los judíos, que se habían mantenido estrictamente en la
creencia de un solo Dios, y nada más, y que siempre habían rechazado la
mitología pagana, nunca dieron crédito a la historia.
Es curioso observar cómo la teoría de lo que se
llama la Iglesia Cristiana, brotó de la cola de la mitología pagana. Se produjo
una incorporación directa en primera instancia, al hacer que el supuesto
fundador fuera engendrado celestialmente. La trinidad de dioses que siguió no
fue sino una reducción de la pluralidad anterior, que era de unos veinte o
treinta mil. La estatua de María sucedió a la estatua de Diana de Éfeso. La
deificación de los héroes se transformó en la canonización de los santos. Los mitólogos
tenían dioses para todo; los mitólogos cristianos tenían santos para todo. La
iglesia se llenó tanto con uno como el panteón con el otro; y Roma fue el lugar
de ambos. La teoría cristiana es poco más que la idolatría de los antiguos
mitólogos, acomodada a los fines del poder y la renta;
CAPÍTULO III.
SOBRE EL CARÁCTER DE JESUCRISTO Y SU HISTORIA.
Nada de lo que se dice aquí puede aplicarse,
incluso con la más remota falta de respeto, al carácter real de Jesucristo. Era
un hombre virtuoso y amable. La moralidad que predicaba y practicaba era de la
clase más benévola; y aunque Confucio y algunos de los filósofos griegos habían
predicado sistemas similares de moralidad muchos años antes, los cuáqueros
desde entonces, y muchos hombres buenos en todas las épocas, ninguno lo ha
superado.
Jesucristo no escribió ningún relato de sí mismo,
de su nacimiento, filiación o cualquier otra cosa. Ni una línea de lo que se
llama el Nuevo Testamento es de su escritura. Su historia es enteramente obra
de otras personas; y en cuanto al relato dado de su resurrección y ascensión,
era la contrapartida necesaria de la historia de su nacimiento. Sus
historiadores, habiéndolo traído al mundo de manera sobrenatural, se vieron
obligados a sacarlo de nuevo de la misma manera, o la primera parte de la
historia se habría derrumbado.
La miserable artificio con que se cuenta esta
última parte supera a todo lo anterior. La primera parte, la de la concepción
milagrosa, no era cosa que admitiera publicidad; y por lo tanto, los narradores
de esta parte de la historia tenían esta ventaja, que aunque no se les
acreditara, no se les podría detectar. No se podía esperar que lo probaran,
porque no era una de esas cosas que admitían prueba, y era imposible que la
persona de quien se decía pudiera probarlo por sí mismo.
Pero la resurrección de una persona muerta de la
tumba, y su ascensión por el aire, es una cosa muy diferente, en cuanto a la
evidencia que admite, a la concepción invisible de un niño en el vientre. La
resurrección y la ascensión, suponiéndolas que han tenido lugar, admitían
demostración pública y ocular, como la de la ascensión de un globo, o la del
sol al mediodía, a toda Jerusalén por lo menos. Una cosa que todo el mundo debe
creer requiere que la prueba y la evidencia sean iguales para todos y universales;
y como la visibilidad pública de este último hecho conexo era la única prueba
que podía dar sanción a la primera parte, todo se cae por tierra, porque esa
prueba nunca se dio. En lugar de esto, un pequeño número de personas, no más de
ocho o nueve, se presentan como representantes de todo el mundo, decir que lo
vieron, y todo el resto del mundo está llamado a creerlo. Pero parece que Tomás
no creía en la resurrección; y, como dicen, no creería sin tener él mismo
demostración ocular y manual. Así que yo tampoco; y la razón es tan buena para
mí y para cualquier otra persona como para Tomás.
Es en vano intentar paliar o disfrazar este asunto.
La historia, en lo que se refiere a la parte sobrenatural, tiene todas las
marcas de fraude e imposición estampadas en su faz. Quiénes fueron sus autores
es tan imposible para nosotros saber ahora como lo es para nosotros estar
seguros de que los libros en los que se relata el relato fueron escritos por
las personas cuyos nombres llevan. La mejor evidencia sobreviviente que ahora
tenemos con respecto a este asunto son los judíos. Son descendientes regulares
de las personas que vivieron en el tiempo en que se dice que sucedió esta
resurrección y ascensión, y dicen que 'no es cierto'. Durante mucho tiempo me
ha parecido una extraña inconsistencia citar a los judíos como prueba de la
veracidad de la historia. Es lo mismo que si un hombre dijera, probaré la
verdad de lo que les he dicho, haciendo aparecer a las personas que dicen que
es falso.
Que una persona como Jesucristo existió, y que fue
crucificado, que era el modo de ejecución en ese día, son relaciones históricas
estrictamente dentro de los límites de la probabilidad. Predicó la más
excelente moralidad y la igualdad del hombre; pero también predicó contra la
corrupción y la avaricia de los sacerdotes judíos, y esto atrajo sobre él el
odio y la venganza de todo el orden sacerdotal. La acusación que esos
sacerdotes hicieron contra él fue la de sedición y conspiración contra el
gobierno romano, a la que los judíos estaban entonces sujetos y tributarios; y
no es improbable que el gobierno romano pudiera tener alguna comprensión
secreta de los efectos de su doctrina, así como los sacerdotes judíos; tampoco
es improbable que Jesucristo tuviera en contemplación la liberación de la
nación judía de la esclavitud de los romanos. Entre los dos, sin embargo, este
virtuoso reformador y revolucionario perdió la vida. [NOTA: La obra francesa
dice aquí: “Sea como fuere, por uno u otro de estos supuestos este virtuoso
reformador, este revolucionario, demasiado poco imitado, demasiado olvidado,
demasiado incomprendido, perdió la vida.”—Editor. (Conway)]
CAPÍTULO IV.
DE LAS BASES DEL CRISTIANISMO.
Es sobre esta simple narración de los hechos, junto
con otro caso que voy a mencionar, que los mitólogos cristianos, llamándose
Iglesia cristiana, han erigido su fábula, que por absurdo y extravagancia no es
superada por nada de lo que se encuentra. en la mitología de los antiguos.
Los antiguos mitólogos nos cuentan que la raza de
los Gigantes hizo la guerra a Júpiter, y que uno de ellos le arrojó cien
piedras de un tiro; que Júpiter lo derrotó con un trueno y lo confinó después
bajo el monte Etna; y que cada vez que el Gigante se da la vuelta, el Etna
escupe fuego. Aquí es fácil ver que la circunstancia de la montaña, la de ser
un volcán, sugirió la idea de la fábula; y que la fábula está hecha para
encajar y enrollarse con esa circunstancia.
Los mitólogos cristianos cuentan que su Satán hizo
la guerra al Todopoderoso, quien lo derrotó y lo confinó después, no debajo de
una montaña, sino en un pozo. Aquí es fácil ver que la primera fábula sugería
la idea de la segunda; porque la fábula de Júpiter y los Gigantes fue contada
muchos cientos de años antes que la de Satanás.
Hasta ahora, los mitólogos antiguos y los
cristianos difieren muy poco entre sí. Pero estos últimos se las han ingeniado
para llevar el asunto mucho más lejos. Han logrado conectar la parte fabulosa
de la historia de Jesucristo con la fábula que se origina en el Monte Etna; y,
para unir todas las partes de la historia, han tomado en su ayuda las
tradiciones de los judíos; porque la mitología cristiana se compone en parte de
la mitología antigua, y en parte de las tradiciones judías.
Los mitólogos cristianos, después de haber
encerrado a Satanás en un pozo, se vieron obligados a dejarlo salir nuevamente
para dar lugar a la continuación de la fábula. Luego es introducido en el
jardín del Edén en la forma de una serpiente, y en esa forma entabla una
conversación familiar con Eva, quien no se sorprende de escuchar hablar a una
serpiente; y el resultado de este tête-a-tate es que él la persuade a comer una
manzana, y el comer esa manzana condena a toda la humanidad.
Después de darle a Satanás este triunfo sobre toda
la creación, uno habría supuesto que los mitólogos de la iglesia habrían tenido
la amabilidad de enviarlo nuevamente al pozo, o, si no lo hubieran hecho, le
habrían puesto una montaña encima. , (porque dicen que su fe puede mover una
montaña) o lo han puesto debajo de una montaña, como lo habían hecho los
antiguos mitólogos, para evitar que vuelva a estar entre las mujeres y haga más
travesuras. Pero en lugar de esto, lo dejan en libertad, sin siquiera obligarlo
a dar su libertad condicional. El secreto de lo cual es que no podían
prescindir de él; y después de tomarse la molestia de hacerlo, lo sobornaron
para que se quedara. Le prometieron a TODOS los judíos, TODOS los turcos por
adelantado, además de las nueve décimas partes del mundo, y Mahoma por
añadidura. Después de este,
Habiendo hecho así una insurrección y una batalla
en el cielo, en la que ninguno de los combatientes podía ser muerto o herido,
poner a Satanás en el hoyo, dejarlo salir de nuevo, darle un triunfo sobre toda
la creación, condenar a toda la humanidad al comer de una manzana, allí los
mitólogos cristianos unen los dos extremos de su fábula. Representan a este
hombre virtuoso y amable, Jesucristo, para ser a la vez Dios y hombre, y
también el Hijo de Dios, engendrado celestialmente, con el propósito de ser sacrificado,
porque dicen que Eva en su anhelo [NOTA: La obra francesa tiene: “cediendo a un
apetito desenfrenado”.—Editor.] había comido una manzana.
CAPITULO V.
EXAMEN DETALLADO DE LAS BASES ANTERIORES.
Dejando de lado todo lo que pueda provocar la risa
por su absurdo, o el desprecio por su blasfemia, y limitándonos simplemente a
un examen de las partes, es imposible concebir una historia más despectiva para
el Todopoderoso, más inconsistente con su sabiduría, más contradictoria con su
poder, que esta historia es.
Para hacer de él un fundamento sobre el cual
levantarse, los inventores se vieron en la necesidad de dar al ser al que
llaman Satanás un poder tan grande, si no mayor, que el que atribuyen al
Todopoderoso. No sólo le han dado el poder de liberarse del pozo, después de lo
que llaman su caída, sino que han hecho que ese poder aumente después hasta el
infinito. Antes de esta caída lo representan sólo como un ángel de existencia
limitada, como representan a los demás. Después de su caída, se vuelve, según su
relato, omnipresente. Él existe en todas partes, y al mismo tiempo. Ocupa toda
la inmensidad del espacio.
No contentos con esta deificación de Satanás, lo
representan venciendo por estratagema, en la forma de un animal de la creación,
todo el poder y la sabiduría del Todopoderoso. Lo representan como habiendo
compelido al Todopoderoso a la necesidad directa de entregar la totalidad de la
creación al gobierno y soberanía de este Satanás, o de capitular para su
redención bajando a la tierra y exhibiéndose sobre una cruz en la forma de un
hombre.
Si los inventores de esta historia la hubieran
contado de manera contraria, es decir, si hubieran representado al Todopoderoso
obligando a Satanás a exhibirse en una cruz en forma de serpiente, como castigo
por su nueva transgresión, la historia hubiera sido menos absurdo, menos
contradictorio. Pero, en lugar de esto, hacen triunfar al transgresor y hacer
caer al Todopoderoso.
Que muchos buenos hombres han creído esta extraña
fábula y han vivido muy buenas vidas bajo esa creencia (pues la credulidad no
es un crimen) es de lo que no tengo ninguna duda. En primer lugar, fueron
educados para creerlo, y habrían creído cualquier otra cosa de la misma manera.
Hay también muchos que han sido cautivados con tanto entusiasmo por lo que
concibieron como el amor infinito de Dios por el hombre, al sacrificarse a sí
mismo, que la vehemencia de la idea les ha prohibido y disuadido de examinar lo
absurdo y lo profano de la historia. Cuanto menos natural es cualquier cosa,
más capaz es de convertirse en objeto de admiración triste. [NOTA: La obra
francesa tiene "ciega y" precediendo a lúgubre.—Editor.]
CAPÍTULO VI.
DE LA VERDADERA TEOLOGÍA.
Pero si nuestro deseo son objetos de gratitud y
admiración, ¿no se presentan cada hora a nuestros ojos? ¿No vemos una hermosa
creación preparada para recibirnos en el instante en que nacemos, un mundo
amueblado a nuestras manos, que no nos cuesta nada? ¿Somos nosotros los que
iluminamos el sol; que derraman la lluvia; y llenar la tierra de abundancia? Ya
sea que durmamos o estemos despiertos, la vasta maquinaria del universo sigue
funcionando. ¿Son estas cosas, y las bendiciones que indican en el futuro, nada
para nosotros? ¿Pueden nuestros groseros sentimientos ser excitados por ningún
otro tema que no sea la tragedia y el suicidio? ¿O el sombrío orgullo del
hombre se ha vuelto tan intolerable que nada puede halagarlo sino un sacrificio
del Creador?
Sé que esta audaz investigación alarmará a muchos,
pero sería un cumplido demasiado grande a su credulidad abstenerse por ese
motivo. Los tiempos y el tema exigen que se haga. La sospecha de que la teoría
de lo que se llama la iglesia cristiana es fabulosa, se está haciendo muy
extendida en todos los países; y será un consuelo para los hombres que se
tambalean bajo esa sospecha, y dudan qué creer y qué no creer, ver el tema
investigado libremente. Paso, pues, a un examen de los libros llamados Antiguo
y Nuevo Testamento.
CAPÍTULO VII.
EXAMEN DEL ANTIGUO TESTAMENTO.
Estos libros, comenzando con Génesis y terminando
con Apocalipsis, (que, por cierto, es un libro de acertijos que requiere una
revelación para explicarlo) son, se nos dice, la palabra de Dios. Por lo tanto,
es apropiado que sepamos quién nos lo dijo, para que podamos saber qué crédito
dar al informe. La respuesta a esta pregunta es que nadie puede decirlo,
excepto que nos lo digamos unos a otros. El caso, sin embargo, históricamente
parece ser el siguiente:
Cuando los mitólogos de la iglesia establecieron su
sistema, recopilaron todos los escritos que pudieron encontrar y los manejaron
como quisieron. Es una cuestión totalmente incierta para nosotros si los
escritos que ahora aparecen bajo el nombre de Antiguo y Nuevo Testamento están
en el mismo estado en que los recolectores dicen que los encontraron; o si los
agregaron, alteraron, resumieron o adornaron.
Sea como fuere, decidieron por votación cuál de los
libros de la colección que habían hecho, debía ser la PALABRA DE DIOS, y cuál
no. Rechazaron varios; votaron que otros fueran dudosos, como los libros
llamados apócrifos; y aquellos libros que tenían una mayoría de votos, fueron
votados para ser la palabra de Dios. Si hubieran votado de otra manera, toda la
gente desde que se llama a sí misma cristiana hubiera creído de otra manera;
porque la creencia de uno proviene del voto del otro. Quiénes eran las personas
que hicieron todo esto, no sabemos nada. Se llaman a sí mismos por el nombre
general de la Iglesia; y esto es todo lo que sabemos del asunto.
Como no tenemos otra evidencia o autoridad externa
para creer que estos libros son la palabra de Dios, aparte de lo que he
mencionado, que no es ninguna evidencia o autoridad en absoluto, paso a
continuación a examinar la evidencia interna contenida en los libros mismos.
En la primera parte de este ensayo, he hablado de
revelación. Procedo ahora más con ese tema, con el propósito de aplicarlo a los
libros en cuestión.
La revelación es una comunicación de algo que la
persona a quien se le revela no conocía antes. Porque si he hecho algo, o lo he
visto hecho, no necesita revelación para decirme que lo he hecho o visto, ni
para poder decirlo o escribirlo.
La revelación, por lo tanto, no puede aplicarse a
nada hecho en la tierra de lo cual el hombre mismo es el actor o el testigo; y
consecuentemente toda la parte histórica y anecdótica de la Biblia, que es casi
toda ella, no está dentro del significado y alcance de la palabra revelación,
y, por lo tanto, no es la palabra de Dios.
Cuando Sansón huyó con los postes de las puertas de
Gaza, si alguna vez lo hizo (y si lo hizo o no, no nos importa nada), o cuando
visitó a su Dalila, o atrapó sus zorros, o hizo cualquier otra cosa, ¿qué ha
pasado? revelación que ver con estas cosas? Si fueran hechos, podría contarlos
él mismo; o su secretario, si lo tuviere, podría escribirlos, si valiera la
pena contarlos o escribirlos; y si fueran ficciones, la revelación no podría
hacerlas verdaderas; y sea cierto o no, no somos ni mejores ni más sabios por
conocerlos. Cuando contemplamos la inmensidad de ese Ser, que dirige y gobierna
el TODO incomprensible, del cual la vista más profunda del hombre no puede
descubrir sino una parte, deberíamos avergonzarnos de llamar palabra de Dios a
tan mezquinas historias.
En cuanto al relato de la creación, con el que abre
el libro del Génesis, tiene toda la apariencia de ser una tradición que los
israelitas tenían entre ellos antes de entrar en Egipto; y después de su salida
de aquel país, lo pusieron a la cabeza de su historia, sin decir, como lo más
probable es que no lo supieran, cómo llegaron a él. La forma en que se abre la
cuenta muestra que es tradicional. Comienza abruptamente. No es nadie el que
habla. No es nadie el que oye. Está dirigido a nadie. No tiene ni primera, ni
segunda, ni tercera persona. Tiene todos los criterios de ser una tradición. No
tiene bono. Moisés no lo asume introduciéndolo con la formalidad que usa en
otras ocasiones, como la de decir: “Habló el Señor a Moisés, diciendo”.
No puedo concebir por qué se le ha llamado el
relato mosaico de la creación. Moisés, creo, era demasiado buen juez de tales
temas para poner su nombre en ese relato. Había sido educado entre los
egipcios, que eran un pueblo tan hábil en ciencia, y particularmente en
astronomía, como cualquier pueblo de su época; y el silencio y la cautela que
observa Moisés, al no autenticar el relato, es una buena evidencia negativa de
que él ni lo dijo ni lo creyó.—El caso es que cada nación de personas ha sido
hacedora de mundos, y los israelitas tenían como mucho derecho a establecer el
oficio de hacer mundos como cualquiera de los demás; y como Moisés no era
israelita, no podía optar por contradecir la tradición. La cuenta, sin embargo,
es inofensiva; y esto es más de lo que se puede decir de muchas otras partes de
la Biblia.
Whenever we read the obscene stories, the
voluptuous debaucheries, the cruel and torturous executions, the unrelenting
vindictiveness, with which more than half the Bible [NOTE: It must be borne in
mind that by the “Bible” Paine always means the Old Testament alone.—Editor.]
is filled, it would be more consistent that we called it the word of a demon,
than the Word of God. It is a history of wickedness, that has served to corrupt
and brutalize mankind; and, for my own part, I sincerely detest it, as I detest
everything that is cruel.
We scarcely meet with anything, a few phrases
excepted, but what deserves either our abhorrence or our contempt, till we come
to the miscellaneous parts of the Bible. In the anonymous publications, the
Psalms, and the Book of Job, more particularly in the latter, we find a great
deal of elevated sentiment reverentially expressed of the power and benignity
of the Almighty; but they stand on no higher rank than many other compositions
on similar subjects, as well before that time as since.
The Proverbs which are said to be Solomon’s, though
most probably a collection, (because they discover a knowledge of life, which
his situation excluded him from knowing) are an instructive table of ethics.
They are inferior in keenness to the proverbs of the Spaniards, and not more
wise and oeconomical than those of the American Franklin.
All the remaining parts of the Bible, generally
known by the name of the Prophets, are the works of the Jewish poets and
itinerant preachers, who mixed poetry, anecdote, and devotion together—and
those works still retain the air and style of poetry, though in translation.
[NOTE: As there are many readers who do not see that a composition is poetry,
unless it be in rhyme, it is for their information that I add this note.
Poetry consists principally in two things—imagery
and composition. The composition of poetry differs from that of prose in the
manner of mixing long and short syllables together. Take a long syllable out of
a line of poetry, and put a short one in the room of it, or put a long syllable
where a short one should be, and that line will lose its poetical harmony. It
will have an effect upon the line like that of misplacing a note in a song.
The imagery in those books called the Prophets
appertains altogether to poetry. It is fictitious, and often extravagant, and
not admissible in any other kind of writing than poetry.
To show that these writings are composed in
poetical numbers, I will take ten syllables, as they stand in the book, and
make a line of the same number of syllables, (heroic measure) that shall rhyme
with the last word. It will then be seen that the composition of those books is
poetical measure. The instance I shall first produce is from Isaiah:—
“Hear, O ye heavens, and give ear, O earth
’T is God himself that calls attention forth.
Another instance I shall quote is from the mournful
Jeremiah, to which I shall add two other lines, for the purpose of carrying out
the figure, and showing the intention of the poet.
“O, that mine head were waters and mine eyes
Were fountains flowing like the liquid skies;
Then would I give the mighty flood release
And weep a deluge for the human race.”—Author.]
There is not, throughout the whole book called the
Bible, any word that describes to us what we call a poet, nor any word that
describes what we call poetry. The case is, that the word prophet, to which a
later times have affixed a new idea, was the Bible word for poet, and the word
‘propesying’ meant the art of making poetry. It also meant the art of playing
poetry to a tune upon any instrument of music.
Leemos de profetizar con flautas, tamboriles y
trompetas, de profetizar con arpas, salterios, címbalos y todos los demás
instrumentos musicales de moda en ese momento. Si ahora habláramos de
profetizar con un violín, o con una flauta y un tambor, la expresión no tendría
sentido, o parecería ridícula, y para algunas personas despreciativa, porque
hemos cambiado el significado de la palabra.
Se nos dice que Saúl estaba entre los profetas, y
también que profetizó; pero no se nos dice lo que ellos profetizaron, ni lo que
él profetizó. El caso es que no había nada que contar; porque estos profetas
eran una compañía de músicos y poetas, y Saúl se unió al concierto, y esto se
llamaba profetizar.
El relato que se da de este asunto en el libro
llamado Samuel es que Saúl se reunió con una compañía de profetas; toda una
compañía de ellos! descendiendo con salterio, tamboril, flauta y arpa, y
profetizaban, y él profetizaba con ellos. Pero parece después, que Saúl
profetizó mal, es decir, hizo mal su parte; porque se dice que un “espíritu
maligno de Dios [NOTA: Como esos hombres que se llaman a sí mismos teólogos y
comentaristas son muy aficionados a desconcertarse unos a otros, les dejo que
discutan el significado de la primera parte de la frase, el de un mal Espíritu
de Dios. Me atengo a mi texto. Me atengo al significado de la palabra
profetizar.—Autor.] vino sobre Saúl, y profetizó.”
Ahora bien, si no hubiera otro pasaje en el libro
llamado la Biblia, aparte de este, para demostrarnos que hemos perdido el
significado original de la palabra profetizar, y lo hemos sustituido por otro
significado, esto solo sería suficiente; porque es imposible usar y aplicar la
palabra profetizar, en el lugar que aquí se usa y aplica, si le damos el
sentido que tiempos posteriores le han dado. La manera en que se usa aquí lo
despoja de todo significado religioso, y muestra que un hombre podría entonces
ser un profeta, o podría profetizar, como ahora puede ser un poeta o un músico,
sin tener en cuenta la moralidad o la religión. inmoralidad de su carácter. La
palabra era originalmente un término científico, aplicado promiscuamente a la
poesía ya la música, y no restringido a ningún tema sobre el cual se pudiera
ejercer la poesía y la música.
Débora y Barac son llamados profetas, no porque
predijeran nada, sino porque compusieron el poema o canción que lleva su
nombre, en celebración de un acto ya realizado. David está clasificado entre
los profetas, porque era músico, y también tenía fama de ser (aunque quizás muy
erróneamente) el autor de los Salmos. Pero Abraham, Isaac y Jacob no son
llamados profetas; no parece de ningún relato que tengamos que pudieran cantar,
tocar música o hacer poesía.
Se nos habla de los profetas mayores y menores.
También podrían hablarnos del Dios mayor y del menor; porque no puede haber
grados en profetizar consistentemente con su sentido moderno. Pero hay grados
en la poesía, y por lo tanto la frase es conciliable con el caso, cuando
entendemos por ella a los poetas mayores y menores.
Es del todo innecesario, después de esto, ofrecer
alguna observación sobre lo que esos hombres, llamados profetas, han escrito.
El hacha va de inmediato a la raíz, al mostrar que se ha equivocado el
significado original de la palabra, y en consecuencia todas las inferencias que
se han hecho de esos libros, el respeto devocional que se les ha prestado y los
laboriosos comentarios que sobre ellos, bajo ese significado erróneo, no vale
la pena discutirlos. Sin embargo, en muchas cosas, los escritos de los poetas
judíos merecen un destino mejor que el de estar ligados, como lo están ahora,
con la basura que los acompaña, bajo el maltratado nombre de la Palabra de
Dios.
Si nos permitimos concebir ideas correctas de las
cosas, debemos necesariamente fijar la idea, no sólo de inmutabilidad, sino de
la total imposibilidad de que tenga lugar cambio alguno, por cualquier medio o
accidente, en aquello que honraríamos con el nombre de de la Palabra de Dios; y
por lo tanto la Palabra de Dios no puede existir en ningún lenguaje escrito o
humano.
El cambio continuamente progresivo al que está
sujeto el significado de las palabras, la falta de un lenguaje universal que
hace necesaria la traducción, los errores a los que están nuevamente sujetas
las traducciones, los errores de los copistas e impresores, junto con la
posibilidad de alteración deliberada, son de gran importancia. mismas
evidencias de que el lenguaje humano, ya sea hablado o impreso, no puede ser el
vehículo de la Palabra de Dios.—La Palabra de Dios existe en otra cosa.
Si el libro llamado la Biblia sobresaliera en
pureza de ideas y expresión entre todos los libros existentes ahora en el
mundo, no lo tomaría como mi regla de fe, como siendo la Palabra de Dios;
porque existiría, sin embargo, la posibilidad de que me impusieran. Pero cuando
veo a lo largo de la mayor parte de este libro apenas algo más que una historia
de los vicios más groseros, y una colección de los cuentos más mezquinos y
despreciables, no puedo deshonrar a mi Creador llamándolo por su nombre.
CAPÍTULO VIII.
DEL NUEVO TESTAMENTO.
Esto en cuanto a la Biblia; Paso ahora al libro
llamado Nuevo Testamento. ¡El nuevo Testamento! es decir, la 'nueva' Voluntad,
como si pudiera haber dos voluntades del Creador.
Si hubiera sido el objeto o la intención de
Jesucristo establecer una nueva religión, indudablemente él mismo habría
escrito el sistema, o procurado que se escribiera en su tiempo de vida. Pero no
existe ninguna publicación autenticada con su nombre. Todos los libros llamados
Nuevo Testamento fueron escritos después de su muerte. Era judío de nacimiento
y de profesión; y él era el hijo de Dios de la misma manera que cualquier otra
persona lo es; porque el Creador es el Padre de Todo.
Los primeros cuatro libros, llamados Mateo, Marcos,
Lucas y Juan, no dan una historia de la vida de Jesucristo, sino solo anécdotas
sueltas de él. Parece de estos libros, que todo el tiempo de su ser un
predicador no fue más de dieciocho meses; y fue solo durante este corto tiempo
que esos hombres lo conocieron. Hacen mención de él a la edad de doce años,
sentado, dicen, entre los médicos judíos, haciéndoles y respondiendo preguntas.
Como esto fue varios años antes de que comenzaran a conocerlo, lo más probable
es que tuvieran esta anécdota de sus padres. A partir de este momento no hay
cuenta de él durante unos dieciséis años. No se sabe dónde vivió o cómo se
empleó durante este intervalo. Lo más probable es que estuviera trabajando en
el oficio de su padre, que era el de carpintero. No parece que haya tenido
educación escolar, y lo más probable es que no supiera escribir, pues sus
padres eran extremadamente pobres, como se desprende de que no pudieron pagar
una cama cuando él nació. [NOTA: Uno de los pocos errores atribuibles a que
Paine no tenía una Biblia a mano mientras escribía la Parte I. No hay indicios
de que la familia fuera pobre, pero de hecho se puede inferir lo
contrario.—Editor.]
Es un tanto curioso que las tres personas cuyos
nombres son los más universalmente registrados fueran de un linaje muy oscuro.
Moisés era un expósito; Jesucristo nació en un establo; y Mahoma era arriero.
El primero y el último de estos hombres fueron fundadores de diferentes
sistemas de religión; pero Jesucristo no fundó ningún sistema nuevo. Llamó a
los hombres a la práctica de las virtudes morales ya la fe en un solo Dios. El
gran rasgo de su carácter es la filantropía.
The manner in which he was apprehended shows that
he was not much known, at that time; and it shows also that the meetings he
then held with his followers were in secret; and that he had given over or
suspended preaching publicly. Judas could no otherways betray him than by
giving information where he was, and pointing him out to the officers that went
to arrest him; and the reason for employing and paying Judas to do this could
arise only from the causes already mentioned, that of his not being much known,
and living concealed.
The idea of his concealment, not only agrees very
ill with his reputed divinity, but associates with it something of
pusillanimity; and his being betrayed, or in other words, his being
apprehended, on the information of one of his followers, shows that he did not
intend to be apprehended, and consequently that he did not intend to be
crucified.
The Christian mythologists tell us that Christ died
for the sins of the world, and that he came on Purpose to die. Would it not
then have been the same if he had died of a fever or of the small pox, of old
age, or of anything else?
The declaratory sentence which, they say, was
passed upon Adam, in case he ate of the apple, was not, that thou shalt surely
be crucified, but, thou shale surely die. The sentence was death, and not the
manner of dying. Crucifixion, therefore, or any other particular manner of
dying, made no part of the sentence that Adam was to suffer, and consequently,
even upon their own tactic, it could make no part of the sentence that Christ
was to suffer in the room of Adam. A fever would have done as well as a cross,
if there was any occasion for either.
This sentence of death, which, they tell us, was
thus passed upon Adam, must either have meant dying naturally, that is, ceasing
to live, or have meant what these mythologists call damnation; and
consequently, the act of dying on the part of Jesus Christ, must, according to
their system, apply as a prevention to one or other of these two things
happening to Adam and to us.
That it does not prevent our dying is evident,
because we all die; and if their accounts of longevity be true, men die faster
since the crucifixion than before: and with respect to the second explanation,
(including with it the natural death of Jesus Christ as a substitute for the
eternal death or damnation of all mankind,) it is impertinently representing
the Creator as coming off, or revoking the sentence, by a pun or a quibble upon
the word death. That manufacturer of, quibbles, St. Paul, if he wrote the books
that bear his name, has helped this quibble on by making another quibble upon
the word Adam. He makes there to be two Adams; the one who sins in fact, and
suffers by proxy; the other who sins by proxy, and suffers in fact. A religion
thus interlarded with quibble, subterfuge, and pun, has a tendency to instruct
its professors in the practice of these arts. They acquire the habit without
being aware of the cause.
Si Jesucristo fuera el ser que esos mitólogos nos
dicen que fue, y que vino a este mundo a sufrir, que es una palabra que a veces
usan en lugar de 'morir', el único sufrimiento real que podría haber soportado
habría sido ' vivir.' Su existencia aquí fue un estado de exilio o transporte
del cielo, y el camino de regreso a su país de origen fue morir.—En fin, todo
en este extraño sistema es al revés de lo que pretende ser. Es lo contrario de
la verdad, y me canso tanto de examinar sus inconsistencias y absurdos, que me
apresuro a concluirla, a fin de proceder a algo mejor.
Cuánto o qué partes de los libros llamados Nuevo
Testamento fueron escritos por las personas cuyos nombres llevan, es algo de lo
que no podemos saber nada, ni estamos seguros en qué idioma fueron escritos
originalmente. Los asuntos que ahora contienen pueden clasificarse en dos
cabezas: anécdota y correspondencia epistolar.
Los cuatro libros ya mencionados, Mateo, Marcos,
Lucas y Juan, son totalmente anecdóticos. Relatan hechos después de que hayan
tenido lugar. Cuentan lo que Jesucristo hizo y dijo, y lo que otros le hicieron
y le dijeron; y en varios casos relatan el mismo evento de manera diferente. La
revelación está necesariamente fuera de cuestión con respecto a esos libros; no
sólo por el desacuerdo de los escritores, sino porque la revelación no puede
aplicarse a la relación de hechos por parte de las personas que los vieron, ni
a la relación o registro de cualquier discurso o conversación por parte de
quienes la escucharon. El libro llamado Hechos de los Apóstoles (obra anónima)
pertenece también a la parte anecdótica.
Todas las demás partes del Nuevo Testamento,
excepto el libro de los enigmas, llamado Revelaciones, son una colección de
cartas bajo el nombre de epístolas; y la falsificación de cartas ha sido una
práctica tan común en el mundo, que la probabilidad es por lo menos igual, ya
sean genuinas o falsificadas. Una cosa, sin embargo, es mucho menos equívoca, y
es que a partir de los asuntos contenidos en esos libros, junto con la ayuda de
algunas historias antiguas, la iglesia ha establecido un sistema de religión
muy contradictorio con el carácter de la persona cuyo nombre que lleva. Ha
erigido una religión de pompa y de renta en una pretendida imitación de una
persona cuya vida fue la humildad y la pobreza.
La invención de un purgatorio, y de la liberación
de almas del mismo, por medio de oraciones, compradas a la iglesia con dinero;
la venta de perdones, dispensas e indulgencias son leyes de ingresos, sin
llevar ese nombre ni llevar esa apariencia. Pero el caso, sin embargo, es que
esas cosas derivan su origen del poder de la crucifixión, y la teoría deducida
de ello, que era, que una persona podía estar en el lugar de otra, y podía
realizarle servicios meritorios. La probabilidad, por lo tanto, es que toda la
teoría o doctrina de lo que se llama la redención (que se dice que se logró por
el acto de una persona en la habitación de otra) fue originalmente fabricada
con el propósito de presentar y construir todo aquellas redenciones secundarias
y pecuniarias sobre; y que los pasajes de los libros sobre los cuales se
construye la idea de la teoría de la redención, han sido elaborados y
fabricados para ese propósito. ¿Por qué debemos darle crédito a esta iglesia,
cuando ella nos dice que esos libros son genuinos en cada parte, más de lo que
le damos crédito por todo lo demás que nos ha dicho; o por los milagros que
dice haber hecho? Que podía fabricar escritos es cierto, porque sabía escribir;
y la composición de los escritos en cuestión, es de tal manera que cualquiera
puede hacerlo; y que ella los haya fabricado no es más inconsistente con la
probabilidad que el hecho de que nos diga, como lo ha hecho, que pudo hacer
milagros y los hizo. cuando nos dice que esos libros son genuinos en cada
parte, más de lo que le damos crédito por todo lo demás que nos ha dicho; o por
los milagros que dice haber hecho? Que podía fabricar escritos es cierto,
porque sabía escribir; y la composición de los escritos en cuestión, es de tal
manera que cualquiera puede hacerlo; y que ella los haya fabricado no es más
inconsistente con la probabilidad que el hecho de que nos diga, como lo ha
hecho, que pudo hacer milagros y los hizo. cuando nos dice que esos libros son
genuinos en cada parte, más de lo que le damos crédito por todo lo demás que
nos ha dicho; o por los milagros que dice haber hecho? Que podía fabricar
escritos es cierto, porque sabía escribir; y la composición de los escritos en
cuestión, es de tal manera que cualquiera puede hacerlo; y que ella los haya
fabricado no es más inconsistente con la probabilidad que el hecho de que nos
diga, como lo ha hecho, que pudo hacer milagros y los hizo.
Ya que, entonces, ninguna evidencia externa puede,
en esta larga distancia de tiempo, ser presentada para probar si la iglesia
fabricó la doctrina llamada redención o no, (porque tal evidencia, ya sea a
favor o en contra, estaría sujeta a la misma sospecha de ser fabricado,) el
caso sólo puede remitirse a la prueba interna que la cosa lleva por sí misma; y
esto permite una presunción muy fuerte de que se trata de una invención. Porque
la evidencia interna es que la teoría o doctrina de la redención tiene como
base una idea de justicia pecuniaria, y no la de justicia moral.
Si le debo dinero a una persona y no puedo pagarle,
y él amenaza con encarcelarme, otra persona puede asumir la deuda y pagarla por
mí. Pero si he cometido un delito, todas las circunstancias del caso cambian.
La justicia moral no puede tomar al inocente por culpable aunque el inocente se
ofreciera a sí mismo. Suponer que la justicia haga esto es destruir el
principio de su existencia, que es la cosa misma. Entonces ya no es justicia.
Es una venganza indiscriminada.
Esta sola reflexión mostrará que la doctrina de la
redención se funda en una mera idea pecuniaria correspondiente a la de una
deuda que otra persona puede pagar; y como esta idea pecuniaria se corresponde
nuevamente con el sistema de las segundas redenciones, obtenidas por medio del
dinero dado a la iglesia por indultos, la probabilidad es que las mismas
personas fabricaron tanto una como otra de aquellas teorías; y que, en verdad,
no existe tal cosa como la redención; que es fabuloso; y que el hombre está en
la misma condición relativa con su Hacedor que siempre estuvo, desde que el
hombre existe; y que es su mayor consuelo pensar así.
Que crea esto, y vivirá más consistente y
moralmente que por cualquier otro sistema. Es porque se le enseña a
contemplarse a sí mismo como un forajido, como un paria, como un mendigo, como
un mumper, como alguien arrojado a un estercolero, a una distancia inmensa de
su Creador, y que debe hace sus acercamientos arrastrándose y encogiéndose a
los seres intermedios, que concibe o un despreciativo desprecio por todo bajo
el nombre de religión, o se vuelve indiferente, o se vuelve lo que él llama
devoto. En este último caso, consume su vida en el dolor, o en la afectación
del mismo. Sus oraciones son reproches. Su humildad es ingratitud. Se llama a
sí mismo gusano, ya la tierra fértil, estercolero; y todas las bendiciones de
la vida por el nombre ingrato de vanidades. Desprecia el don más selecto de
Dios al hombre, el DON DE LA RAZÓN;
Sin embargo, con toda esta extraña apariencia de
humildad y este desprecio por la razón humana, se aventura en las presunciones
más atrevidas. Encuentra fallas en todo. Su egoísmo nunca está satisfecho; su
ingratitud nunca termina. Se encarga de dirigir al Todopoderoso qué hacer,
incluso en el gobierno del universo. Reza dictatorialmente. Cuando hace sol,
reza para que llueva, y cuando llueve, reza para que haya sol. Sigue la misma
idea en todo lo que pide en oración; porque ¿cuál es el valor de todas sus oraciones,
sino un intento de hacer que el Todopoderoso cambie de opinión y actúe de otra
manera? Es como si dijera: tú no sabes tan bien como yo.
CAPÍTULO IX.
EN QUÉ CONSISTE LA VERDADERA REVELACIÓN.
Pero algunos tal vez dirán: ¿No vamos a tener
palabra de Dios, ni revelación? respondo que sí. Hay una Palabra de Dios; hay
una revelación.
LA PALABRA DE DIOS ES LA CREACIÓN QUE CONTEMPLAMOS:
Y es en esta palabra, que ninguna invención humana puede falsificar o alterar,
que Dios habla universalmente al hombre.
El lenguaje humano es local y cambiante, y por lo
tanto es incapaz de ser utilizado como medio de información inmutable y
universal. La idea de que Dios envió a Jesucristo para publicar, como dicen,
las buenas nuevas a todas las naciones, de un extremo al otro de la tierra, es
consistente solo con la ignorancia de aquellos que no saben nada de la
extensión del mundo, y que creían, como creían aquellos salvadores del mundo, y
continuaron creyendo durante varios siglos (y eso en contradicción con los descubrimientos
de los filósofos y la experiencia de los navegantes), que la tierra era plana
como una zanja; y que un hombre pueda caminar hasta el final de ella.
Pero, ¿cómo iba a dar a conocer Jesucristo algo a
todas las naciones? Podía hablar un solo idioma, que era el hebreo; y hay en el
mundo varios cientos de lenguas. Apenas dos naciones hablan el mismo idioma, o
se entienden; y en cuanto a traducciones, todo hombre que sabe algo de lenguas,
sabe que es imposible traducir de una lengua a otra, no sólo sin perder gran
parte del original, sino con frecuencia equivocándose en el sentido; y además
de todo esto, el arte de la imprenta era totalmente desconocido en la época de
Cristo.
Siempre es necesario que los medios que han de
lograr cualquier fin sean iguales a la realización de ese fin, o el fin no
puede lograrse. Es en esto que se descubre la diferencia entre el poder y la
sabiduría finitos e infinitos. El hombre fracasa con frecuencia en el
cumplimiento de su fin, por una incapacidad natural del poder para el fin; y
frecuentemente por la falta de sabiduría para aplicar el poder apropiadamente.
Pero es imposible que el poder y la sabiduría infinitos fallen como falla el
hombre. Los medios que usa son siempre iguales al fin: pero el lenguaje humano,
más especialmente porque no hay un lenguaje universal, es incapaz de ser usado
como un medio universal de información inmutable y uniforme; y por lo tanto no
es el medio que Dios usa para manifestarse universalmente al hombre.
Es sólo en la CREACIÓN que todas nuestras ideas y
concepciones de una palabra de Dios pueden unirse. La Creación habla un idioma
universal, independientemente del habla humana o del lenguaje humano, por
múltiples y variados que sean. Es un original siempre existente, que todo
hombre puede leer. No se puede falsificar; no puede ser falsificado; no se
puede perder; no puede ser alterado; no se puede suprimir. No depende de la
voluntad del hombre si se publicará o no; se publica de un extremo a otro de la
tierra. Predica a todas las naciones ya todos los mundos; y esta palabra de
Dios le revela al hombre todo lo que es necesario para que el hombre conozca a
Dios.
¿Queremos contemplar su poder? Lo vemos en la
inmensidad de la creación. ¿Queremos contemplar su sabiduría? Lo vemos en el
orden inmutable por el que se rige el Todo incomprensible. ¿Queremos contemplar
su munificencia? Lo vemos en la abundancia con la que llena la tierra.
¿Queremos contemplar su misericordia? Lo vemos en que no retiene esa abundancia
ni siquiera de los desagradecidos. En fin, ¿queremos saber qué es Dios? No
escudriñéis el libro llamado Escritura, que cualquier mano humana podría hacer,
sino la Escritura llamada Creación.
CAPÍTULO X.
DE DIOS Y DE LAS LUCES QUE LA BIBLIA PROYECTA SOBRE
SU EXISTENCIA Y ATRIBUTOS.
La única idea que el hombre puede atribuir al
nombre de Dios es la de una causa primera, la causa de todas las cosas. Y, por
incomprensiblemente difícil que sea para un hombre concebir lo que es una causa
primera, llega a creerla, por la dificultad diez veces mayor de no creerla. Es
difícil más allá de toda descripción concebir que el espacio no pueda tener
fin; pero es más difícil concebir un fin. Es difícil más allá del poder del
hombre concebir una duración eterna de lo que llamamos tiempo; pero es más imposible
concebir un tiempo en que no habrá tiempo.
In like manner of reasoning, everything we behold
carries in itself the internal evidence that it did not make itself. Every man
is an evidence to himself, that he did not make himself; neither could his
father make himself, nor his grandfather, nor any of his race; neither could
any tree, plant, or animal make itself; and it is the conviction arising from
this evidence, that carries us on, as it were, by necessity, to the belief of a
first cause eternally existing, of a nature totally different to any material
existence we know of, and by the power of which all things exist; and this
first cause, man calls God.
It is only by the exercise of reason, that man can
discover God. Take away that reason, and he would be incapable of understanding
anything; and in this case it would be just as consistent to read even the book
called the Bible to a horse as to a man. How then is it that those people
pretend to reject reason?
Almost the only parts in the book called the Bible,
that convey to us any idea of God, are some chapters in Job, and the 19th
Psalm; I recollect no other. Those parts are true deistical compositions; for
they treat of the Deity through his works. They take the book of Creation as
the word of God; they refer to no other book; and all the inferences they make
are drawn from that volume.
I insert in this place the 19th Psalm, as
paraphrased into English verse by Addison. I recollect not the prose, and where
I write this I have not the opportunity of seeing it:
The spacious firmament on high,
With all the blue etherial sky,
And spangled heavens, a shining frame,
Their great original proclaim.
The unwearied sun, from day to day,
Does his Creator’s power display,
And publishes to every land
The work of an Almighty hand.
Soon as the evening shades prevail,
The moon takes up the wondrous tale,
And nightly to the list’ning earth
Repeats the story of her birth;
Whilst all the stars that round her burn,
And all the planets, in their turn,
Confirm the tidings as they roll,
And spread the truth from pole to pole.
What though in solemn silence all
Move round this dark terrestrial ball
What though no real voice, nor sound,
Amidst their radiant orbs be found,
In reason’s ear they all rejoice,
And utter forth a glorious voice,
Forever singing as they shine,
THE HAND THAT MADE US IS DIVINE.
What more does man want to know, than that the hand
or power that made these things is divine, is omnipotent? Let him believe this,
with the force it is impossible to repel if he permits his reason to act, and
his rule of moral life will follow of course.
The allusions in Job have all of them the same
tendency with this Psalm; that of deducing or proving a truth that would be
otherwise unknown, from truths already known.
I recollect not enough of the passages in Job to
insert them correctly; but there is one that occurs to me that is applicable to
the subject I am speaking upon. “Canst thou by searching find out God; canst
thou find out the Almighty to perfection?”
I know not how the printers have pointed this
passage, for I keep no Bible; but it contains two distinct questions that admit
of distinct answers.
First, Canst thou by searching find out God? Yes.
Because, in the first place, I know I did not make myself, and yet I have
existence; and by searching into the nature of other things, I find that no
other thing could make itself; and yet millions of other things exist;
therefore it is, that I know, by positive conclusion resulting from this
search, that there is a power superior to all those things, and that power is
God.
Secondly, Canst thou find out the Almighty to
perfection? No. Not only because the power and wisdom He has manifested in the
structure of the Creation that I behold is to me incomprehensible; but because
even this manifestation, great as it is is probably but a small display of that
immensity of power and wisdom, by which millions of other worlds, to me
invisible by their distance, were created and continue to exist.
It is evident that both of these questions were put
to the reason of the person to whom they are supposed to have been addressed;
and it is only by admitting the first question to be answered affirmatively,
that the second could follow. It would have been unnecessary, and even absurd,
to have put a second question, more difficult than the first, if the first
question had been answered negatively. The two questions have different
objects; the first refers to the existence of God, the second to his attributes.
Reason can discover the one, but it falls infinitely short in discovering the
whole of the other.
I recollect not a single passage in all the
writings ascribed to the men called apostles, that conveys any idea of what God
is. Those writings are chiefly controversial; and the gloominess of the subject
they dwell upon, that of a man dying in agony on a cross, is better suited to
the gloomy genius of a monk in a cell, by whom it is not impossible they were
written, than to any man breathing the open air of the Creation. The only
passage that occurs to me, that has any reference to the works of God, by which
only his power and wisdom can be known, is related to have been spoken by Jesus
Christ, as a remedy against distrustful care. “Behold the lilies of the field,
they toil not, neither do they spin.” This, however, is far inferior to the
allusions in Job and in the 19th Psalm; but it is similar in idea, and the
modesty of the imagery is correspondent to the modesty of the man.
CHAPTER XI.
OF THE THEOLOGY OF THE CHRISTIANS; AND THE TRUE
THEOLOGY.
As to the Christian system of faith, it appears to
me as a species of atheism; a sort of religious denial of God. It professes to
believe in a man rather than in God. It is a compound made up chiefly of
man-ism with but little deism, and is as near to atheism as twilight is to
darkness. It introduces between man and his Maker an opaque body, which it
calls a redeemer, as the moon introduces her opaque self between the earth and
the sun, and it produces by this means a religious or an irreligious eclipse of
light. It has put the whole orbit of reason into shade.
The effect of this obscurity has been that of
turning everything upside down, and representing it in reverse; and among the
revolutions it has thus magically produced, it has made a revolution in
Theology.
That which is now called natural philosophy,
embracing the whole circle of science, of which astronomy occupies the chief
place, is the study of the works of God, and of the power and wisdom of God in
his works, and is the true theology.
As to the theology that is now studied in its
place, it is the study of human opinions and of human fancies concerning God.
It is not the study of God himself in the works that he has made, but in the
works or writings that man has made; and it is not among the least of the
mischiefs that the Christian system has done to the world, that it has
abandoned the original and beautiful system of theology, like a beautiful
innocent, to distress and reproach, to make room for the hag of superstition.
The Book of Job and the 19th Psalm, which even the
church admits to be more ancient than the chronological order in which they
stand in the book called the Bible, are theological orations conformable to the
original system of theology. The internal evidence of those orations proves to
a demonstration that the study and contemplation of the works of creation, and
of the power and wisdom of God revealed and manifested in those works, made a
great part of the religious devotion of the times in which they were written;
and it was this devotional study and contemplation that led to the discovery of
the principles upon which what are now called Sciences are established; and it
is to the discovery of these principles that almost all the Arts that
contribute to the convenience of human life owe their existence. Every
principal art has some science for its parent, though the person who
mechanically performs the work does not always, and but very seldom, perceive
the connection.
It is a fraud of the Christian system to call the
sciences ‘human inventions;’ it is only the application of them that is human.
Every science has for its basis a system of principles as fixed and unalterable
as those by which the universe is regulated and governed. Man cannot make
principles, he can only discover them.
For example: Every person who looks at an almanack
sees an account when an eclipse will take place, and he sees also that it never
fails to take place according to the account there given. This shows that man
is acquainted with the laws by which the heavenly bodies move. But it would be
something worse than ignorance, were any church on earth to say that those laws
are an human invention.
It would also be ignorance, or something worse, to
say that the scientific principles, by the aid of which man is enabled to
calculate and foreknow when an eclipse will take place, are an human invention.
Man cannot invent any thing that is eternal and immutable; and the scientific
principles he employs for this purpose must, and are, of necessity, as eternal
and immutable as the laws by which the heavenly bodies move, or they could not
be used as they are to ascertain the time when, and the manner how, an eclipse
will take place.
The scientific principles that man employs to
obtain the foreknowledge of an eclipse, or of any thing else relating to the
motion of the heavenly bodies, are contained chiefly in that part of science
that is called trigonometry, or the properties of a triangle, which, when
applied to the study of the heavenly bodies, is called astronomy; when applied
to direct the course of a ship on the ocean, it is called navigation; when
applied to the construction of figures drawn by a rule and compass, it is
called geometry; when applied to the construction of plans of edifices, it is
called architecture; when applied to the measurement of any portion of the
surface of the earth, it is called land-surveying. In fine, it is the soul of
science. It is an eternal truth: it contains the mathematical demonstration of
which man speaks, and the extent of its uses are unknown.
It may be said, that man can make or draw a
triangle, and therefore a triangle is an human invention.
But the triangle, when drawn, is no other than the
image of the principle: it is a delineation to the eye, and from thence to the
mind, of a principle that would otherwise be imperceptible. The triangle does
not make the principle, any more than a candle taken into a room that was dark,
makes the chairs and tables that before were invisible. All the properties of a
triangle exist independently of the figure, and existed before any triangle was
drawn or thought of by man. Man had no more to do in the formation of those
properties or principles, than he had to do in making the laws by which the
heavenly bodies move; and therefore the one must have the same divine origin as
the other.
In the same manner as, it may be said, that man can
make a triangle, so also, may it be said, he can make the mechanical instrument
called a lever. But the principle by which the lever acts, is a thing distinct
from the instrument, and would exist if the instrument did not; it attaches
itself to the instrument after it is made; the instrument, therefore, can act
no otherwise than it does act; neither can all the efforts of human invention
make it act otherwise. That which, in all such cases, man calls the effect, is
no other than the principle itself rendered perceptible to the senses.
Since, then, man cannot make principles, from
whence did he gain a knowledge of them, so as to be able to apply them, not
only to things on earth, but to ascertain the motion of bodies so immensely
distant from him as all the heavenly bodies are? From whence, I ask, could he
gain that knowledge, but from the study of the true theology?
It is the structure of the universe that has taught
this knowledge to man. That structure is an ever-existing exhibition of every
principle upon which every part of mathematical science is founded. The
offspring of this science is mechanics; for mechanics is no other than the
principles of science applied practically. The man who proportions the several
parts of a mill uses the same scientific principles as if he had the power of
constructing an universe, but as he cannot give to matter that invisible agency
by which all the component parts of the immense machine of the universe have
influence upon each other, and act in motional unison together, without any
apparent contact, and to which man has given the name of attraction,
gravitation, and repulsion, he supplies the place of that agency by the humble
imitation of teeth and cogs. All the parts of man’s microcosm must visibly
touch. But could he gain a knowledge of that agency, so as to be able to apply
it in practice, we might then say that another canonical book of the word of
God had been discovered.
If man could alter the properties of the lever, so
also could he alter the properties of the triangle: for a lever (taking that
sort of lever which is called a steel-yard, for the sake of explanation) forms,
when in motion, a triangle. The line it descends from, (one point of that line
being in the fulcrum,) the line it descends to, and the chord of the arc, which
the end of the lever describes in the air, are the three sides of a triangle.
The other arm of the lever describes also a triangle; and the corresponding
sides of those two triangles, calculated scientifically, or measured
geometrically,—and also the sines, tangents, and secants generated from the
angles, and geometrically measured,—have the same proportions to each other as
the different weights have that will balance each other on the lever, leaving
the weight of the lever out of the case.
It may also be said, that man can make a wheel and
axis; that he can put wheels of different magnitudes together, and produce a
mill. Still the case comes back to the same point, which is, that he did not
make the principle that gives the wheels those powers. This principle is as
unalterable as in the former cases, or rather it is the same principle under a
different appearance to the eye.
The power that two wheels of different magnitudes
have upon each other is in the same proportion as if the semi-diameter of the
two wheels were joined together and made into that kind of lever I have
described, suspended at the part where the semi-diameters join; for the two
wheels, scientifically considered, are no other than the two circles generated
by the motion of the compound lever.
It is from the study of the true theology that all
our knowledge of science is derived; and it is from that knowledge that all the
arts have originated.
The Almighty lecturer, by displaying the principles
of science in the structure of the universe, has invited man to study and to
imitation. It is as if he had said to the inhabitants of this globe that we
call ours, “I have made an earth for man to dwell upon, and I have rendered the
starry heavens visible, to teach him science and the arts. He can now provide
for his own comfort, AND LEARN FROM MY MUNIFICENCE TO ALL, TO BE KIND TO EACH
OTHER.”
Of what use is it, unless it be to teach man
something, that his eye is endowed with the power of beholding, to an
incomprehensible distance, an immensity of worlds revolving in the ocean of
space? Or of what use is it that this immensity of worlds is visible to man?
What has man to do with the Pleiades, with Orion, with Sirius, with the star he
calls the north star, with the moving orbs he has named Saturn, Jupiter, Mars,
Venus, and Mercury, if no uses are to follow from their being visible? A less
power of vision would have been sufficient for man, if the immensity he now
possesses were given only to waste itself, as it were, on an immense desert of
space glittering with shows.
It is only by contemplating what he calls the
starry heavens, as the book and school of science, that he discovers any use in
their being visible to him, or any advantage resulting from his immensity of
vision. But when he contemplates the subject in this light, he sees an
additional motive for saying, that nothing was made in vain; for in vain would
be this power of vision if it taught man nothing.
CHAPTER XII.
THE EFFECTS OF CHRISTIANISM ON EDUCATION; PROPOSED
REFORMS
As the Christian system of faith has made a
revolution in theology, so also has it made a revolution in the state of
learning. That which is now called learning, was not learning originally.
Learning does not consist, as the schools now make it consist, in the knowledge
of languages, but in the knowledge of things to which language gives names.
The Greeks were a learned people, but learning with
them did not consist in speaking Greek, any more than in a Roman’s speaking
Latin, or a Frenchman’s speaking French, or an Englishman’s speaking English.
From what we know of the Greeks, it does not appear that they knew or studied
any language but their own, and this was one cause of their becoming so
learned; it afforded them more time to apply themselves to better studies. The
schools of the Greeks were schools of science and philosophy, and not of languages;
and it is in the knowledge of the things that science and philosophy teach that
learning consists.
Almost all the scientific learning that now exists,
came to us from the Greeks, or the people who spoke the Greek language. It
therefore became necessary to the people of other nations, who spoke a
different language, that some among them should learn the Greek language, in
order that the learning the Greeks had might be made known in those nations, by
translating the Greek books of science and philosophy into the mother tongue of
each nation.
The study, therefore, of the Greek language (and in
the same manner for the Latin) was no other than the drudgery business of a
linguist; and the language thus obtained, was no other than the means, or as it
were the tools, employed to obtain the learning the Greeks had. It made no part
of the learning itself; and was so distinct from it as to make it exceedingly
probable that the persons who had studied Greek sufficiently to translate those
works, such for instance as Euclid’s Elements, did not understand any of the
learning the works contained.
As there is now nothing new to be learned from the
dead languages, all the useful books being already translated, the languages
are become useless, and the time expended in teaching and in learning them is
wasted. So far as the study of languages may contribute to the progress and
communication of knowledge (for it has nothing to do with the creation of
knowledge) it is only in the living languages that new knowledge is to be
found; and certain it is, that, in general, a youth will learn more of a living
language in one year, than of a dead language in seven; and it is but seldom
that the teacher knows much of it himself. The difficulty of learning the dead
languages does not arise from any superior abstruseness in the languages
themselves, but in their being dead, and the pronunciation entirely lost. It
would be the same thing with any other language when it becomes dead. The best
Greek linguist that now exists does not understand Greek so well as a Grecian
plowman did, or a Grecian milkmaid; and the same for the Latin, compared with a
plowman or a milkmaid of the Romans; and with respect to pronunciation and
idiom, not so well as the cows that she milked. It would therefore be
advantageous to the state of learning to abolish the study of the dead
languages, and to make learning consist, as it originally did, in scientific
knowledge.
The apology that is sometimes made for continuing
to teach the dead languages is, that they are taught at a time when a child is
not capable of exerting any other mental faculty than that of memory. But this
is altogether erroneous. The human mind has a natural disposition to scientific
knowledge, and to the things connected with it. The first and favourite
amusement of a child, even before it begins to play, is that of imitating the
works of man. It builds houses with cards or sticks; it navigates the little
ocean of a bowl of water with a paper boat; or dams the stream of a gutter, and
contrives something which it calls a mill; and it interests itself in the fate
of its works with a care that resembles affection. It afterwards goes to
school, where its genius is killed by the barren study of a dead language, and
the philosopher is lost in the linguist.
But the apology that is now made for continuing to
teach the dead languages, could not be the cause at first of cutting down
learning to the narrow and humble sphere of linguistry; the cause therefore
must be sought for elsewhere. In all researches of this kind, the best evidence
that can be produced, is the internal evidence the thing carries with itself,
and the evidence of circumstances that unites with it; both of which, in this
case, are not difficult to be discovered.
Putting then aside, as matter of distinct
consideration, the outrage offered to the moral justice of God, by supposing
him to make the innocent suffer for the guilty, and also the loose morality and
low contrivance of supposing him to change himself into the shape of a man, in
order to make an excuse to himself for not executing his supposed sentence upon
Adam; putting, I say, those things aside as matter of distinct consideration,
it is certain that what is called the christian system of faith, including in
it the whimsical account of the creation—the strange story of Eve, the snake,
and the apple—the amphibious idea of a man-god—the corporeal idea of the death
of a god—the mythological idea of a family of gods, and the christian system of
arithmetic, that three are one, and one is three, are all irreconcilable, not
only to the divine gift of reason, that God has given to man, but to the
knowledge that man gains of the power and wisdom of God by the aid of the
sciences, and by studying the structure of the universe that God has made.
The setters up, therefore, and the advocates of the
Christian system of faith, could not but foresee that the continually
progressive knowledge that man would gain by the aid of science, of the power
and wisdom of God, manifested in the structure of the universe, and in all the
works of creation, would militate against, and call into question, the truth of
their system of faith; and therefore it became necessary to their purpose to
cut learning down to a size less dangerous to their project, and this they effected
by restricting the idea of learning to the dead study of dead languages.
No sólo rechazaron el estudio de la ciencia fuera
de las escuelas cristianas, sino que la persiguieron; y es solo en los últimos
dos siglos que el estudio ha sido revivido. Todavía en 1610, Galileo, un
florentino, descubrió e introdujo el uso de telescopios y, al aplicarlos para
observar los movimientos y las apariencias de los cuerpos celestes, proporcionó
medios adicionales para determinar la verdadera estructura del universo. En
lugar de ser estimado por estos descubrimientos, fue sentenciado a renunciar a
ellos, oa las opiniones resultantes de ellos, como una herejía condenable. Y
antes de ese tiempo Virgilio fue condenado a ser quemado por afirmar las
antípodas, o en otras palabras, que la tierra era un globo, y habitable en
todas partes donde había tierra; sin embargo, la verdad de esto es ahora
demasiado bien conocida incluso para ser contada. [NOTA: No puedo descubrir la
fuente de esta declaración sobre el antiguo autor cuyo nombre irlandés
Feirghill fue latinizado en Virgilio. El Museo Británico posee una copia de la
obra (Decalogiunt) que fue el pretexto de la acusación de herejía formulada por
Bonifacio, arzobispo de Mayence, contra Virgilio, abad, obispo de Salzburgo.
Estos eran líderes de los rivales "británicos" y "romanos".
partidos, y el campeón británico hizo una contraofensiva contra Bonifacio de
prácticas irreligiosas.” Bonifacio tuvo que expresar un
"arrepentimiento", pero no obstante persiguió a su rival. El Papa
Zacarías II decidió que si su supuesta “doctrina, contra Dios y su alma, de que
debajo de la tierra hay otro mundo, otros hombres, o el sol y la luna”, fuera
reconocida por Virgilio, debería ser excomulgado por un Concilio y condenado
con sanciones canónicas. Cualquiera que haya sido el destino de la condena con
“canonicis sanctionibus”, a mediados del siglo VIII, no recayó sobre Virgilio.
Su acusador, Bonifacio, fue martirizado en 755, y es probable que Virgilio
armonizara sus Antípodas con la ortodoxia. El gravamen de la herejía parece
haber sido la sugerencia de que había hombres que no eran descendientes de
Adán. Virgilio fue nombrado obispo de Salzburgo en 768. Hasta su muerte, en
789, ostentó el curioso título de "geómetra y solitario" o
"viajero solitario" (Solivagus). Una sospecha de herejía se aferró a
su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la santidad junto a
su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)] y es probable que Virgilio
armonizara sus Antípodas con la ortodoxia. El gravamen de la herejía parece
haber sido la sugerencia de que había hombres que no eran descendientes de
Adán. Virgilio fue nombrado obispo de Salzburgo en 768. Hasta su muerte, en
789, ostentó el curioso título de "geómetra y solitario" o
"viajero solitario" (Solivagus). Una sospecha de herejía se aferró a
su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la santidad junto a
su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)] y es probable que Virgilio
armonizara sus Antípodas con la ortodoxia. El gravamen de la herejía parece
haber sido la sugerencia de que había hombres que no eran descendientes de
Adán. Virgilio fue nombrado obispo de Salzburgo en 768. Hasta su muerte, en
789, ostentó el curioso título de "geómetra y solitario" o
"viajero solitario" (Solivagus). Una sospecha de herejía se aferró a
su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la santidad junto a
su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)] Una sospecha de herejía se aferró
a su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la santidad junto
a su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)] Una sospecha de herejía se
aferró a su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la
santidad junto a su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)]
Si la creencia de errores que no son moralmente
malos no hiciera daño, no formaría parte del deber moral del hombre oponerse a
ellos y eliminarlos. No había mal moral en creer que la tierra era plana como
una zanjadora, como tampoco había virtud moral en creer que era redonda como un
globo; tampoco hubo mal moral en creer que el Creador no hizo otro mundo que
este, como tampoco hubo virtud moral en creer que hizo millones, y que la
infinidad del espacio está llena de mundos. Pero cuando se hace que un sistema
de religión surja de un supuesto sistema de creación que no es verdadero, y se
une a él de una manera casi inseparable, el caso asume un terreno completamente
diferente. Es entonces cuando los errores, que no son moralmente malos, se
vuelven cargados de los mismos males que si lo fueran. Es entonces que la
verdad, aunque en sí misma sea indiferente, se convierte en esencial, al
convertirse en el criterio que confirma por la evidencia correspondiente, o
niega por la evidencia contradictoria, la realidad de la religión misma. Desde
este punto de vista del caso, es el deber moral del hombre obtener todas las
pruebas posibles que ofrece la estructura de los cielos, o cualquier otra parte
de la creación, con respecto a los sistemas de religión. Pero a esto, los
partidarios o partidarios del sistema cristiano, como si temieran el resultado,
se opusieron incesantemente, y no sólo rechazaron las ciencias, sino que
persiguieron a los profesores. Si Newton o Descartes hubieran vivido hace
trescientos o cuatrocientos años y hubieran seguido sus estudios como lo
hicieron, lo más probable es que no hubieran vivido para terminarlos; e hizo
que Franklin sacara rayos de las nubes al mismo tiempo,
Épocas posteriores han echado toda la culpa a los
godos y vándalos, pero, por muy poco dispuestos que estén los partidarios del
sistema cristiano a creerlo o reconocerlo, no obstante es cierto que la era de
la ignorancia comenzó con el sistema cristiano. Había más conocimiento en el
mundo antes de ese período que durante muchos siglos después; y en cuanto al
conocimiento religioso, el sistema cristiano, como ya se ha dicho, era sólo
otra especie de mitología; y la mitología a la que sucedió fue una corrupción
de un antiguo sistema de teísmo. [NOTA de Paine: Ahora es imposible para
nosotros saber en qué momento comenzó la mitología pagana; pero es cierto, por
la evidencia interna que lleva, que no comenzó en el mismo estado o condición
en que terminó. Todos los dioses de esa mitología, excepto Saturno, eran de
invención moderna. El supuesto reinado de Saturno fue anterior a lo que se
llama la mitología pagana, y era hasta ahora una especie de teísmo que admitía
la creencia de un solo Dios. Se supone que Saturno abdicó del gobierno en favor
de sus tres hijos y una hija, Júpiter, Plutón, Neptuno y Juno; después de esto,
miles de otros dioses y semidioses fueron creados imaginariamente, y el
calendario de los dioses aumentó tan rápido como lo han hecho desde entonces el
calendario de los santos y el calendario de las cortes.
Todas las corrupciones que han tenido lugar, en
teología y en religión, se han producido por admitir lo que el hombre llama
'religión revelada'. Los mitólogos pretendían una religión más revelada que los
cristianos. Tenían sus oráculos y sus sacerdotes, quienes debían recibir y
entregar la palabra de Dios verbalmente en casi todas las ocasiones.
Desde entonces todas las corrupciones desde Moloch
hasta el predestinarismo moderno, y los sacrificios humanos de los paganos
hasta el sacrificio cristiano del Creador, se han producido admitiendo lo que
se llama religión revelada, el medio más eficaz para prevenir todos esos males
e imposiciones es , no admitir otra revelación que la que se manifiesta en el
libro de la Creación, y contemplar la Creación como la única palabra verdadera
y real de Dios que alguna vez existió o existirá; y todo lo demás llamado
palabra de Dios es fábula e imposición.—Autor.]
Es debido a este largo interregno de la ciencia, y
no a otra causa, que ahora tenemos que mirar hacia atrás a través de un vasto
abismo de muchos cientos de años a los personajes respetables que llamamos los
Antiguos. Si la progresión del conocimiento hubiera continuado
proporcionalmente con el stock que existía antes, ese abismo se habría llenado
con personajes que se elevaban unos a otros en conocimiento; y esos Antiguos
que ahora tanto admiramos habrían aparecido respetablemente en el fondo de la
escena. Pero el sistema cristiano destruyó todo; y si tomamos nuestra posición
a principios del siglo XVI, miramos hacia atrás a través de ese largo abismo, a
los tiempos de los Antiguos, como sobre un vasto desierto arenoso, en el que no
aparece un arbusto para interceptar la visión de las fértiles colinas. más allá
de.
Es una incongruencia difícilmente posible de
acreditar, que exista alguna cosa, bajo el nombre de una religión, que tuviera
por irreligioso estudiar y contemplar la estructura del universo que Dios había
hecho. Pero el hecho está demasiado bien establecido para negarlo. El
acontecimiento que sirvió más que ningún otro para romper el primer eslabón de
esta larga cadena de ignorancia despótica, es el conocido con el nombre de
Reforma por Lutero. Desde entonces, aunque no parece haber entrado en la
intención de Lutero, ni de los que se llaman Reformadores, las Ciencias
empezaron a revivir, y empezó a aparecer la Liberalidad, su asociada natural.
Este fue el único bien público que hizo la Reforma; porque, con respecto al
bien religioso, bien podría no haber tenido lugar. La mitología aún continuaba
igual;
CAPÍTULO XIII.
COMPARACIÓN DEL CRISTIANISMO CON LAS IDEAS
RELIGIOSAS INSPIRADAS POR LA NATURALEZA
Habiendo así mostrado, por la evidencia interna de
las cosas, la causa que produjo un cambio en el estado del saber, y el motivo
para sustituir el estudio de las lenguas muertas, en el lugar de las Ciencias,
procedo, además de las varias observaciones ya hechas en la parte anterior de
este trabajo, para comparar, o más bien para confrontar, la evidencia que
ofrece la estructura del universo, con el sistema cristiano de religión. Pero
como no puedo comenzar mejor esta parte que refiriéndome a las ideas que se me
ocurrieron en una etapa temprana de la vida, y que no dudo que se les hayan
ocurrido en algún grado a casi todas las demás personas en un momento u otro,
diré lo que esas ideas fueron, y añádanle cualquier otro asunto que surja del
tema, dando al todo, a modo de prefacio, una breve introducción.
Siendo mi padre de profesión cuáquero, tuve la
buena fortuna de tener una educación moral sumamente buena y un stock tolerable
de conocimientos útiles. Aunque fui a la escuela primaria, no aprendí latín, no
solo porque no tenía inclinación a aprender idiomas, sino por la objeción que
tienen los cuáqueros contra los libros en los que se enseña el idioma. Pero
esto no me impidió familiarizarme con las materias de todos los libros latinos
usados en la escuela.
La inclinación natural de mi mente era hacia la
ciencia. Tenía cierta inclinación, y creo que cierto talento para la poesía;
pero esto más bien lo reprimí que lo alenté, porque me adentraba demasiado en
el campo de la imaginación. Tan pronto como pude, compré un par de globos,
asistí a las conferencias filosóficas de Martin y Ferguson, y más tarde trabé
relación con el Dr. Bevis, de la sociedad llamada Royal Society, que entonces
vivía en el Templo, y un excelente astrónomo.
No tenía disposición para lo que se llamaba
política. No presentó a mi mente otra idea que la contenida en la palabra
jockeyship. Por lo tanto, cuando dirigí mis pensamientos hacia asuntos de
gobierno, tuve que formar un sistema para mí mismo, que estuviera de acuerdo
con los principios morales y filosóficos en los que había sido educado. Vi, o
al menos creí ver, una vasta escena abriéndose al mundo en los asuntos de
América; y me pareció que, a menos que los estadounidenses cambiaran el plan
que estaban siguiendo con respecto al gobierno de Inglaterra, y se declararan
independientes, no sólo se verían envueltos en una multiplicidad de nuevas
dificultades, sino que cerrarían la perspectiva de que estaba entonces
ofreciéndose a la humanidad a través de sus medios. Fue por estos motivos que
publiqué la obra conocida con el nombre de Sentido Común, que es la primera
obra que publiqué, y por lo que puedo juzgar de mí mismo, creo que nunca habría
sido conocido en el mundo como autor de cualquier tema, de no haber sido por
los asuntos de América. Escribí Sentido común a fines del año 1775 y lo
publiqué el primero de enero de 1776. La independencia fue declarada el cuatro
de julio siguiente. [NOTA: El folleto Common Sense se anunció por primera vez,
como "recién publicado", el 10 de enero de 1776. Su alegato a favor
de los Oficiales de Impuestos Especiales, escrito antes de salir de Inglaterra,
se imprimió, pero no se publicó hasta 1793. A pesar de su reiterada afirmación
de que Common Sense fue el primer trabajo que publicó. La noción de que era
"junius" todavía encuentra a algunos creyentes. Se puede encontrar un
comentario indirecto sobre nuestros Paine-Junians en la Parte 2 de este
trabajo, donde Paine dice que un hombre capaz de escribir a Homero “no habría
tirado su propia fama entregándosela a otro”. Es probable que Paine atribuya
las Cartas de Junius a Thomas Hollis. Su amigo F. Lanthenas, en su traducción
de Age of Reason (1794) anuncia su traducción de las Cartas de Junius del
inglés “(Thomas Hollis)”. Esto difícilmente podría haberlo hecho sin consultar
con Paine. Lamentablemente, esta traducción de Junius no se encuentra ni en la
Bibliotheque Nationale ni en el Museo Británico, y no se puede decir si
contiene algún intento de identificación de Junius—Editor.] Lanthenas, en su
traducción de Age of Reason (1794) anuncia su traducción de las Cartas de
Junius del inglés “(Thomas Hollis)”. Esto difícilmente podría haberlo hecho sin
consultar con Paine. Lamentablemente, esta traducción de Junius no se encuentra
ni en la Bibliotheque Nationale ni en el Museo Británico, y no se puede decir
si contiene algún intento de identificación de Junius—Editor.] Lanthenas, en su
traducción de Age of Reason (1794) anuncia su traducción de las Cartas de
Junius del inglés “(Thomas Hollis)”. Esto difícilmente podría haberlo hecho sin
consultar con Paine. Lamentablemente, esta traducción de Junius no se encuentra
ni en la Bibliotheque Nationale ni en el Museo Británico, y no se puede decir
si contiene algún intento de identificación de Junius—Editor.]
Any person, who has made observations on the state
and progress of the human mind, by observing his own, can not but have
observed, that there are two distinct classes of what are called Thoughts;
those that we produce in ourselves by reflection and the act of thinking, and
those that bolt into the mind of their own accord. I have always made it a rule
to treat those voluntary visitors with civility, taking care to examine, as
well as I was able, if they were worth entertaining; and it is from them I have
acquired almost all the knowledge that I have. As to the learning that any
person gains from school education, it serves only, like a small capital, to
put him in the way of beginning learning for himself afterwards. Every person
of learning is finally his own teacher; the reason of which is, that
principles, being of a distinct quality to circumstances, cannot be impressed
upon the memory; their place of mental residence is the understanding, and they
are never so lasting as when they begin by conception. Thus much for the
introductory part.
From the time I was capable of conceiving an idea,
and acting upon it by reflection, I either doubted the truth of the christian
system, or thought it to be a strange affair; I scarcely knew which it was: but
I well remember, when about seven or eight years of age, hearing a sermon read
by a relation of mine, who was a great devotee of the church, upon the subject
of what is called Redemption by the death of the Son of God. After the sermon
was ended, I went into the garden, and as I was going down the garden steps
(for I perfectly recollect the spot) I revolted at the recollection of what I
had heard, and thought to myself that it was making God Almighty act like a
passionate man, that killed his son, when he could not revenge himself any
other way; and as I was sure a man would be hanged that did such a thing, I
could not see for what purpose they preached such sermons. This was not one of
those kind of thoughts that had any thing in it of childish levity; it was to
me a serious reflection, arising from the idea I had that God was too good to
do such an action, and also too almighty to be under any necessity of doing it.
I believe in the same manner to this moment; and I moreover believe, that any
system of religion that has anything in it that shocks the mind of a child,
cannot be a true system.
It seems as if parents of the christian profession
were ashamed to tell their children any thing about the principles of their
religion. They sometimes instruct them in morals, and talk to them of the
goodness of what they call Providence; for the Christian mythology has five
deities: there is God the Father, God the Son, God the Holy Ghost, the God
Providence, and the Goddess Nature. But the christian story of God the Father
putting his son to death, or employing people to do it, (for that is the plain
language of the story,) cannot be told by a parent to a child; and to tell him
that it was done to make mankind happier and better, is making the story still
worse; as if mankind could be improved by the example of murder; and to tell
him that all this is a mystery, is only making an excuse for the incredibility
of it.
How different is this to the pure and simple
profession of Deism! The true deist has but one Deity; and his religion
consists in contemplating the power, wisdom, and benignity of the Deity in his
works, and in endeavouring to imitate him in every thing moral, scientifical,
and mechanical.
The religion that approaches the nearest of all
others to true Deism, in the moral and benign part thereof, is that professed
by the quakers: but they have contracted themselves too much by leaving the
works of God out of their system. Though I reverence their philanthropy, I can
not help smiling at the conceit, that if the taste of a quaker could have been
consulted at the creation, what a silent and drab-colored creation it would
have been! Not a flower would have blossomed its gaieties, nor a bird been permitted
to sing.
Quitting these reflections, I proceed to other
matters. After I had made myself master of the use of the globes, and of the
orrery, [NOTE by Paine: As this book may fall into the bands of persons who do
not know what an orrery is, it is for their information I add this note, as the
name gives no idea of the uses of the thing. The orrery has its name from the
person who invented it. It is a machinery of clock-work, representing the
universe in miniature: and in which the revolution of the earth round itself and
round the sun, the revolution of the moon round the earth, the revolution of
the planets round the sun, their relative distances from the sun, as the center
of the whole system, their relative distances from each other, and their
different magnitudes, are represented as they really exist in what we call the
heavens.—Author.] and conceived an idea of the infinity of space, and of the
eternal divisibility of matter, and obtained, at least, a general knowledge of
what was called natural philosophy, I began to compare, or, as I have before
said, to confront, the internal evidence those things afford with the christian
system of faith.
Though it is not a direct article of the christian
system that this world that we inhabit is the whole of the habitable creation,
yet it is so worked up therewith, from what is called the Mosaic account of the
creation, the story of Eve and the apple, and the counterpart of that story,
the death of the Son of God, that to believe otherwise, that is, to believe
that God created a plurality of worlds, at least as numerous as what we call
stars, renders the christian system of faith at once little and ridiculous; and
scatters it in the mind like feathers in the air. The two beliefs can not be
held together in the same mind; and he who thinks that he believes both, has
thought but little of either.
Though the belief of a plurality of worlds was
familiar to the ancients, it is only within the last three centuries that the
extent and dimensions of this globe that we inhabit have been ascertained.
Several vessels, following the tract of the ocean, have sailed entirely round
the world, as a man may march in a circle, and come round by the contrary side
of the circle to the spot he set out from. The circular dimensions of our
world, in the widest part, as a man would measure the widest round of an apple,
or a ball, is only twenty-five thousand and twenty English miles, reckoning
sixty-nine miles and an half to an equatorial degree, and may be sailed round
in the space of about three years. [NOTE by Paine: Allowing a ship to sail, on
an average, three miles in an hour, she would sail entirely round the world in
less than one year, if she could sail in a direct circle, but she is obliged to
follow the course of the ocean.—Author.]
A world of this extent may, at first thought,
appear to us to be great; but if we compare it with the immensity of space in which
it is suspended, like a bubble or a balloon in the air, it is infinitely less
in proportion than the smallest grain of sand is to the size of the world, or
the finest particle of dew to the whole ocean, and is therefore but small; and,
as will be hereafter shown, is only one of a system of worlds, of which the
universal creation is composed.
It is not difficult to gain some faint idea of the
immensity of space in which this and all the other worlds are suspended, if we
follow a progression of ideas. When we think of the size or dimensions of, a
room, our ideas limit themselves to the walls, and there they stop. But when
our eye, or our imagination darts into space, that is, when it looks upward
into what we call the open air, we cannot conceive any walls or boundaries it
can have; and if for the sake of resting our ideas we suppose a boundary, the
question immediately renews itself, and asks, what is beyond that boundary? and
in the same manner, what beyond the next boundary? and so on till the fatigued
imagination returns and says, there is no end. Certainly, then, the Creator was
not pent for room when he made this world no larger than it is; and we have to
seek the reason in something else.
If we take a survey of our own world, or rather of
this, of which the Creator has given us the use as our portion in the immense
system of creation, we find every part of it, the earth, the waters, and the
air that surround it, filled, and as it were crowded with life, down from the
largest animals that we know of to the smallest insects the naked eye can
behold, and from thence to others still smaller, and totally invisible without
the assistance of the microscope. Every tree, every plant, every leaf, serves
not only as an habitation, but as a world to some numerous race, till animal
existence becomes so exceedingly refined, that the effluvia of a blade of grass
would be food for thousands.
Since then no part of our earth is left unoccupied,
why is it to be supposed that the immensity of space is a naked void, lying in
eternal waste? There is room for millions of worlds as large or larger than
ours, and each of them millions of miles apart from each other.
Having now arrived at this point, if we carry our
ideas only one thought further, we shall see, perhaps, the true reason, at
least a very good reason for our happiness, why the Creator, instead of making
one immense world, extending over an immense quantity of space, has preferred
dividing that quantity of matter into several distinct and separate worlds,
which we call planets, of which our earth is one. But before I explain my ideas
upon this subject, it is necessary (not for the sake of those that already
know, but for those who do not) to show what the system of the universe is.
CHAPTER XIV.
SYSTEM OF THE UNIVERSE.
That part of the universe that is called the solar
system (meaning the system of worlds to which our earth belongs, and of which
Sol, or in English language, the Sun, is the center) consists, besides the Sun,
of six distinct orbs, or planets, or worlds, besides the secondary bodies,
called the satellites, or moons, of which our earth has one that attends her in
her annual revolution round the Sun, in like manner as the other satellites or
moons, attend the planets or worlds to which they severally belong, as may be
seen by the assistance of the telescope.
The Sun is the center round which those six worlds
or planets revolve at different distances therefrom, and in circles concentric
to each other. Each world keeps constantly in nearly the same tract round the
Sun, and continues at the same time turning round itself, in nearly an upright
position, as a top turns round itself when it is spinning on the ground, and
leans a little sideways.
It is this leaning of the earth (23 1/2 degrees)
that occasions summer and winter, and the different length of days and nights.
If the earth turned round itself in a position perpendicular to the plane or
level of the circle it moves in round the Sun, as a top turns round when it
stands erect on the ground, the days and nights would be always of the same
length, twelve hours day and twelve hours night, and the season would be
uniformly the same throughout the year.
Every time that a planet (our earth for example)
turns round itself, it makes what we call day and night; and every time it goes
entirely round the Sun, it makes what we call a year, consequently our world
turns three hundred and sixty-five times round itself, in going once round the
Sun.
The names that the ancients gave to those six
worlds, and which are still called by the same names, are Mercury, Venus, this
world that we call ours, Mars, Jupiter, and Saturn. They appear larger to the
eye than the stars, being many million miles nearer to our earth than any of
the stars are. The planet Venus is that which is called the evening star, and
sometimes the morning star, as she happens to set after, or rise before the
Sun, which in either case is never more than three hours.
The Sun as before said being the center, the planet
or world nearest the Sun is Mercury; his distance from the Sun is thirty-four
million miles, and he moves round in a circle always at that distance from the
Sun, as a top may be supposed to spin round in the tract in which a horse goes
in a mill. The second world is Venus; she is fifty-seven million miles distant
from the Sun, and consequently moves round in a circle much greater than that
of Mercury. The third world is this that we inhabit, and which is eighty-eight
million miles distant from the Sun, and consequently moves round in a circle
greater than that of Venus. The fourth world is Mars; he is distant from the
sun one hundred and thirty-four million miles, and consequently moves round in
a circle greater than that of our earth. The fifth is Jupiter; he is distant
from the Sun five hundred and fifty-seven million miles, and consequently moves
round in a circle greater than that of Mars. The sixth world is Saturn; he is
distant from the Sun seven hundred and sixty-three million miles, and
consequently moves round in a circle that surrounds the circles or orbits of
all the other worlds or planets.
The space, therefore, in the air, or in the
immensity of space, that our solar system takes up for the several worlds to
perform their revolutions in round the Sun, is of the extent in a strait line
of the whole diameter of the orbit or circle in which Saturn moves round the
Sun, which being double his distance from the Sun, is fifteen hundred and
twenty-six million miles; and its circular extent is nearly five thousand
million; and its globical content is almost three thousand five hundred million
times three thousand five hundred million square miles. [NOTE by Paine: If it
should be asked, how can man know these things? I have one plain answer to
give, which is, that man knows how to calculate an eclipse, and also how to
calculate to a minute of time when the planet Venus, in making her revolutions
round the Sun, will come in a strait line between our earth and the Sun, and
will appear to us about the size of a large pea passing across the face of the
Sun. This happens but twice in about a hundred years, at the distance of about
eight years from each other, and has happened twice in our time, both of which
were foreknown by calculation. It can also be known when they will happen again
for a thousand years to come, or to any other portion of time. As therefore,
man could not be able to do these things if he did not understand the solar
system, and the manner in which the revolutions of the several planets or
worlds are performed, the fact of calculating an eclipse, or a transit of
Venus, is a proof in point that the knowledge exists; and as to a few thousand,
or even a few million miles, more or less, it makes scarcely any sensible
difference in such immense distances.—Author.]
But this, immense as it is, is only one system of
worlds. Beyond this, at a vast distance into space, far beyond all power of
calculation, are the stars called the fixed stars. They are called fixed,
because they have no revolutionary motion, as the six worlds or planets have
that I have been describing. Those fixed stars continue always at the same
distance from each other, and always in the same place, as the Sun does in the
center of our system. The probability, therefore, is that each of those fixed
stars is also a Sun, round which another system of worlds or planets, though
too remote for us to discover, performs its revolutions, as our system of
worlds does round our central Sun. By this easy progression of ideas, the
immensity of space will appear to us to be filled with systems of worlds; and
that no part of space lies at waste, any more than any part of our globe of
earth and water is left unoccupied.
Having thus endeavoured to convey, in a familiar
and easy manner, some idea of the structure of the universe, I return to
explain what I before alluded to, namely, the great benefits arising to man in
consequence of the Creator having made a Plurality of worlds, such as our
system is, consisting of a central Sun and six worlds, besides satellites, in
preference to that of creating one world only of a vast extent.
CHAPTER XV.
ADVANTAGES OF THE EXISTENCE OF MANY WORLDS IN EACH
SOLAR SYSTEM
It is an idea I have never lost sight of, that all
our knowledge of science is derived from the revolutions (exhibited to our eye
and from thence to our understanding) which those several planets or worlds of
which our system is composed make in their circuit round the Sun.
Had then the quantity of matter which these six
worlds contain been blended into one solitary globe, the consequence to us
would have been, that either no revolutionary motion would have existed, or not
a sufficiency of it to give us the ideas and the knowledge of science we now
have; and it is from the sciences that all the mechanical arts that contribute
so much to our earthly felicity and comfort are derived.
As therefore the Creator made nothing in vain, so
also must it be believed that he organized the structure of the universe in the
most advantageous manner for the benefit of man; and as we see, and from
experience feel, the benefits we derive from the structure of the universe,
formed as it is, which benefits we should not have had the opportunity of
enjoying if the structure, so far as relates to our system, had been a solitary
globe, we can discover at least one reason why a plurality of worlds has been made,
and that reason calls forth the devotional gratitude of man, as well as his
admiration.
But it is not to us, the inhabitants of this globe,
only, that the benefits arising from a plurality of worlds are limited. The
inhabitants of each of the worlds of which our system is composed, enjoy the
same opportunities of knowledge as we do. They behold the revolutionary motions
of our earth, as we behold theirs. All the planets revolve in sight of each
other; and, therefore, the same universal school of science presents itself to
all.
Neither does the knowledge stop here. The system of
worlds next to us exhibits, in its revolutions, the same principles and school
of science, to the inhabitants of their system, as our system does to us, and
in like manner throughout the immensity of space.
Our ideas, not only of the almightiness of the
Creator, but of his wisdom and his beneficence, become enlarged in proportion
as we contemplate the extent and the structure of the universe. The solitary
idea of a solitary world, rolling or at rest in the immense ocean of space,
gives place to the cheerful idea of a society of worlds, so happily contrived
as to administer, even by their motion, instruction to man. We see our own
earth filled with abundance; but we forget to consider how much of that abundance
is owing to the scientific knowledge the vast machinery of the universe has
unfolded.
CHAPTER XVI.
APPLICATION OF THE PRECEDING TO THE SYSTEM OF THE
CHRISTIANS
But, in the midst of those reflections, what are we
to think of the christian system of faith that forms itself upon the idea of
only one world, and that of no greater extent, as is before shown, than
twenty-five thousand miles. An extent which a man, walking at the rate of three
miles an hour for twelve hours in the day, could he keep on in a circular
direction, would walk entirely round in less than two years. Alas! what is this
to the mighty ocean of space, and the almighty power of the Creator!
From whence then could arise the solitary and
strange conceit that the Almighty, who had millions of worlds equally dependent
on his protection, should quit the care of all the rest, and come to die in our
world, because, they say, one man and one woman had eaten an apple! And, on the
other hand, are we to suppose that every world in the boundless creation had an
Eve, an apple, a serpent, and a redeemer? In this case, the person who is
irreverently called the Son of God, and sometimes God himself, would have
nothing else to do than to travel from world to world, in an endless succession
of death, with scarcely a momentary interval of life.
It has been by rejecting the evidence, that the
word, or works of God in the creation, affords to our senses, and the action of
our reason upon that evidence, that so many wild and whimsical systems of
faith, and of religion, have been fabricated and set up. There may be many
systems of religion that so far from being morally bad are in many respects
morally good: but there can be but ONE that is true; and that one necessarily
must, as it ever will, be in all things consistent with the ever existing word
of God that we behold in his works. But such is the strange construction of the
christian system of faith, that every evidence the heavens affords to man,
either directly contradicts it or renders it absurd.
It is possible to believe, and I always feel
pleasure in encouraging myself to believe it, that there have been men in the
world who persuaded themselves that what is called a pious fraud, might, at
least under particular circumstances, be productive of some good. But the fraud
being once established, could not afterwards be explained; for it is with a
pious fraud as with a bad action, it begets a calamitous necessity of going on.
The persons who first preached the christian system
of faith, and in some measure combined with it the morality preached by Jesus
Christ, might persuade themselves that it was better than the heathen mythology
that then prevailed. From the first preachers the fraud went on to the second,
and to the third, till the idea of its being a pious fraud became lost in the
belief of its being true; and that belief became again encouraged by the
interest of those who made a livelihood by preaching it.
But though such a belief might, by such means, be
rendered almost general among the laity, it is next to impossible to account
for the continual persecution carried on by the church, for several hundred
years, against the sciences, and against the professors of science, if the
church had not some record or tradition that it was originally no other than a
pious fraud, or did not foresee that it could not be maintained against the
evidence that the structure of the universe afforded.
CHAPTER XVII.
OF THE MEANS EMPLOYED IN ALL TIME, AND ALMOST
UNIVERSALLY, TO DECEIVE THE PEOPLES
Having thus shown the irreconcileable
inconsistencies between the real word of God existing in the universe, and that
which is called the word of God, as shown to us in a printed book that any man
might make, I proceed to speak of the three principal means that have been
employed in all ages, and perhaps in all countries, to impose upon mankind.
Those three means are Mystery, Miracle, and
Prophecy, The first two are incompatible with true religion, and the third
ought always to be suspected.
With respect to Mystery, everything we behold is,
in one sense, a mystery to us. Our own existence is a mystery: the whole
vegetable world is a mystery. We cannot account how it is that an acorn, when
put into the ground, is made to develop itself and become an oak. We know not
how it is that the seed we sow unfolds and multiplies itself, and returns to us
such an abundant interest for so small a capital.
The fact however, as distinct from the operating
cause, is not a mystery, because we see it; and we know also the means we are
to use, which is no other than putting the seed in the ground. We know,
therefore, as much as is necessary for us to know; and that part of the
operation that we do not know, and which if we did, we could not perform, the
Creator takes upon himself and performs it for us. We are, therefore, better
off than if we had been let into the secret, and left to do it for ourselves.
But though every created thing is, in this sense, a
mystery, the word mystery cannot be applied to moral truth, any more than
obscurity can be applied to light. The God in whom we believe is a God of moral
truth, and not a God of mystery or obscurity. Mystery is the antagonist of
truth. It is a fog of human invention that obscures truth, and represents it in
distortion. Truth never envelops itself in mystery; and the mystery in which it
is at any time enveloped, is the work of its antagonist, and never of itself.
Religion, therefore, being the belief of a God, and
the practice of moral truth, cannot have connection with mystery. The belief of
a God, so far from having any thing of mystery in it, is of all beliefs the
most easy, because it arises to us, as is before observed, out of necessity.
And the practice of moral truth, or, in other words, a practical imitation of
the moral goodness of God, is no other than our acting towards each other as he
acts benignly towards all. We cannot serve God in the manner we serve those who
cannot do without such service; and, therefore, the only idea we can have of
serving God, is that of contributing to the happiness of the living creation
that God has made. This cannot be done by retiring ourselves from the society
of the world, and spending a recluse life in selfish devotion.
The very nature and design of religion, if I may so
express it, prove even to demonstration that it must be free from every thing
of mystery, and unincumbered with every thing that is mysterious. Religion,
considered as a duty, is incumbent upon every living soul alike, and,
therefore, must be on a level to the understanding and comprehension of all.
Man does not learn religion as he learns the secrets and mysteries of a trade.
He learns the theory of religion by reflection. It arises out of the action of
his own mind upon the things which he sees, or upon what he may happen to hear
or to read, and the practice joins itself thereto.
When men, whether from policy or pious fraud, set
up systems of religion incompatible with the word or works of God in the
creation, and not only above but repugnant to human comprehension, they were
under the necessity of inventing or adopting a word that should serve as a bar
to all questions, inquiries and speculations. The word mystery answered this
purpose, and thus it has happened that religion, which is in itself without
mystery, has been corrupted into a fog of mysteries.
As mystery answered all general purposes, miracle
followed as an occasional auxiliary. The former served to bewilder the mind,
the latter to puzzle the senses. The one was the lingo, the other the
legerdemain.
But before going further into this subject, it will
be proper to inquire what is to be understood by a miracle.
In the same sense that every thing may be said to
be a mystery, so also may it be said that every thing is a miracle, and that no
one thing is a greater miracle than another. The elephant, though larger, is
not a greater miracle than a mite: nor a mountain a greater miracle than an
atom. To an almighty power it is no more difficult to make the one than the
other, and no more difficult to make a million of worlds than to make one.
Every thing, therefore, is a miracle, in one sense; whilst, in the other sense,
there is no such thing as a miracle. It is a miracle when compared to our power,
and to our comprehension. It is not a miracle compared to the power that
performs it. But as nothing in this description conveys the idea that is
affixed to the word miracle, it is necessary to carry the inquiry further.
Mankind have conceived to themselves certain laws,
by which what they call nature is supposed to act; and that a miracle is
something contrary to the operation and effect of those laws. But unless we
know the whole extent of those laws, and of what are commonly called the powers
of nature, we are not able to judge whether any thing that may appear to us
wonderful or miraculous, be within, or be beyond, or be contrary to, her
natural power of acting.
The ascension of a man several miles high into the
air, would have everything in it that constitutes the idea of a miracle, if it
were not known that a species of air can be generated several times lighter
than the common atmospheric air, and yet possess elasticity enough to prevent
the balloon, in which that light air is inclosed, from being compressed into as
many times less bulk, by the common air that surrounds it. In like manner,
extracting flashes or sparks of fire from the human body, as visibly as from a
steel struck with a flint, and causing iron or steel to move without any
visible agent, would also give the idea of a miracle, if we were not acquainted
with electricity and magnetism; so also would many other experiments in natural
philosophy, to those who are not acquainted with the subject. The restoring
persons to life who are to appearance dead as is practised upon drowned
persons, would also be a miracle, if it were not known that animation is
capable of being suspended without being extinct.
Besides these, there are performances by slight of
hand, and by persons acting in concert, that have a miraculous appearance,
which, when known, are thought nothing of. And, besides these, there are
mechanical and optical deceptions. There is now an exhibition in Paris of
ghosts or spectres, which, though it is not imposed upon the spectators as a
fact, has an astonishing appearance. As, therefore, we know not the extent to
which either nature or art can go, there is no criterion to determine what a
miracle is; and mankind, in giving credit to appearances, under the idea of
their being miracles, are subject to be continually imposed upon.
Since then appearances are so capable of deceiving,
and things not real have a strong resemblance to things that are, nothing can
be more inconsistent than to suppose that the Almighty would make use of means,
such as are called miracles, that would subject the person who performed them
to the suspicion of being an impostor, and the person who related them to be
suspected of lying, and the doctrine intended to be supported thereby to be
suspected as a fabulous invention.
Of all the modes of evidence that ever were
invented to obtain belief to any system or opinion to which the name of
religion has been given, that of miracle, however successful the imposition may
have been, is the most inconsistent. For, in the first place, whenever recourse
is had to show, for the purpose of procuring that belief (for a miracle, under
any idea of the word, is a show) it implies a lameness or weakness in the
doctrine that is preached. And, in the second place, it is degrading the Almighty
into the character of a show-man, playing tricks to amuse and make the people
stare and wonder. It is also the most equivocal sort of evidence that can be
set up; for the belief is not to depend upon the thing called a miracle, but
upon the credit of the reporter, who says that he saw it; and, therefore, the
thing, were it true, would have no better chance of being believed than if it
were a lie.
Suppose I were to say, that when I sat down to
write this book, a hand presented itself in the air, took up the pen and wrote
every word that is herein written; would any body believe me? Certainly they
would not. Would they believe me a whit the more if the thing had been a fact?
Certainly they would not. Since then a real miracle, were it to happen, would
be subject to the same fate as the falsehood, the inconsistency becomes the
greater of supposing the Almighty would make use of means that would not answer
the purpose for which they were intended, even if they were real.
If we are to suppose a miracle to be something so
entirely out of the course of what is called nature, that she must go out of
that course to accomplish it, and we see an account given of such a miracle by
the person who said he saw it, it raises a question in the mind very easily
decided, which is,—Is it more probable that nature should go out of her course,
or that a man should tell a lie? We have never seen, in our time, nature go out
of her course; but we have good reason to believe that millions of lies have
been told in the same time; it is, therefore, at least millions to one, that
the reporter of a miracle tells a lie.
The story of the whale swallowing Jonah, though a
whale is large enough to do it, borders greatly on the marvellous; but it would
have approached nearer to the idea of a miracle, if Jonah had swallowed the
whale. In this, which may serve for all cases of miracles, the matter would
decide itself as before stated, namely, Is it more probable that a man should
have, swallowed a whale, or told a lie?
But suppose that Jonah had really swallowed the
whale, and gone with it in his belly to Nineveh, and to convince the people
that it was true have cast it up in their sight, of the full length and size of
a whale, would they not have believed him to have been the devil instead of a
prophet? or if the whale had carried Jonah to Nineveh, and cast him up in the
same public manner, would they not have believed the whale to have been the
devil, and Jonah one of his imps?
The most extraordinary of all the things called
miracles, related in the New Testament, is that of the devil flying away with
Jesus Christ, and carrying him to the top of a high mountain; and to the top of
the highest pinnacle of the temple, and showing him and promising to him all
the kingdoms of the world. How happened it that he did not discover America? or
is it only with kingdoms that his sooty highness has any interest.
I have too much respect for the moral character of
Christ to believe that he told this whale of a miracle himself: neither is it
easy to account for what purpose it could have been fabricated, unless it were
to impose upon the connoisseurs of miracles, as is sometimes practised upon the
connoisseurs of Queen Anne’s farthings, and collectors of relics and
antiquities; or to render the belief of miracles ridiculous, by outdoing
miracle, as Don Quixote outdid chivalry; or to embarrass the belief of miracles,
by making it doubtful by what power, whether of God or of the devil, any thing
called a miracle was performed. It requires, however, a great deal of faith in
the devil to believe this miracle.
In every point of view in which those things called
miracles can be placed and considered, the reality of them is improbable, and
their existence unnecessary. They would not, as before observed, answer any
useful purpose, even if they were true; for it is more difficult to obtain
belief to a miracle, than to a principle evidently moral, without any miracle.
Moral principle speaks universally for itself. Miracle could be but a thing of the
moment, and seen but by a few; after this it requires a transfer of faith from
God to man to believe a miracle upon man’s report. Instead, therefore, of
admitting the recitals of miracles as evidence of any system of religion being
true, they ought to be considered as symptoms of its being fabulous. It is
necessary to the full and upright character of truth that it rejects the
crutch; and it is consistent with the character of fable to seek the aid that
truth rejects. Thus much for Mystery and Miracle.
As Mystery and Miracle took charge of the past and
the present, Prophecy took charge of the future, and rounded the tenses of
faith. It was not sufficient to know what had been done, but what would be
done. The supposed prophet was the supposed historian of times to come; and if
he happened, in shooting with a long bow of a thousand years, to strike within
a thousand miles of a mark, the ingenuity of posterity could make it
point-blank; and if he happened to be directly wrong, it was only to suppose,
as in the case of Jonah and Nineveh, that God had repented himself and changed
his mind. What a fool do fabulous systems make of man!
It has been shewn, in a former part of this work,
that the original meaning of the words prophet and prophesying has been
changed, and that a prophet, in the sense of the word as now used, is a
creature of modern invention; and it is owing to this change in the meaning of
the words, that the flights and metaphors of the Jewish poets, and phrases and
expressions now rendered obscure by our not being acquainted with the local
circumstances to which they applied at the time they were used, have been
erected into prophecies, and made to bend to explanations at the will and
whimsical conceits of sectaries, expounders, and commentators. Every thing
unintelligible was prophetical, and every thing insignificant was typical. A
blunder would have served for a prophecy; and a dish-clout for a type.
If by a prophet we are to suppose a man to whom the
Almighty communicated some event that would take place in future, either there
were such men, or there were not. If there were, it is consistent to believe
that the event so communicated would be told in terms that could be understood,
and not related in such a loose and obscure manner as to be out of the
comprehension of those that heard it, and so equivocal as to fit almost any
circumstance that might happen afterwards. It is conceiving very irreverently
of the Almighty, to suppose he would deal in this jesting manner with mankind;
yet all the things called prophecies in the book called the Bible come under
this description.
But it is with Prophecy as it is with Miracle. It
could not answer the purpose even if it were real. Those to whom a prophecy
should be told could not tell whether the man prophesied or lied, or whether it
had been revealed to him, or whether he conceited it; and if the thing that he
prophesied, or pretended to prophesy, should happen, or some thing like it,
among the multitude of things that are daily happening, nobody could again know
whether he foreknew it, or guessed at it, or whether it was accidental. A
prophet, therefore, is a character useless and unnecessary; and the safe side
of the case is to guard against being imposed upon, by not giving credit to
such relations.
Upon the whole, Mystery, Miracle, and Prophecy, are
appendages that belong to fabulous and not to true religion. They are the means
by which so many Lo heres! and Lo theres! have been spread about the world, and
religion been made into a trade. The success of one impostor gave encouragement
to another, and the quieting salvo of doing some good by keeping up a pious
fraud protected them from remorse.
RECAPITULATION
Having now extended the subject to a greater length
than I first intended, I shall bring it to a close by abstracting a summary
from the whole.
First, That the idea or belief of a word of God
existing in print, or in writing, or in speech, is inconsistent in itself for
the reasons already assigned. These reasons, among many others, are the want of
an universal language; the mutability of language; the errors to which
translations are subject, the possibility of totally suppressing such a word;
the probability of altering it, or of fabricating the whole, and imposing it
upon the world.
Secondly, That the Creation we behold is the real
and ever existing word of God, in which we cannot be deceived. It proclaimeth
his power, it demonstrates his wisdom, it manifests his goodness and
beneficence.
Thirdly, That the moral duty of man consists in
imitating the moral goodness and beneficence of God manifested in the creation
towards all his creatures. That seeing as we daily do the goodness of God to
all men, it is an example calling upon all men to practise the same towards
each other; and, consequently, that every thing of persecution and revenge
between man and man, and every thing of cruelty to animals, is a violation of
moral duty.
I trouble not myself about the manner of future
existence. I content myself with believing, even to positive conviction, that
the power that gave me existence is able to continue it, in any form and manner
he pleases, either with or without this body; and it appears more probable to
me that I shall continue to exist hereafter than that I should have had
existence, as I now have, before that existence began.
It is certain that, in one point, all nations of
the earth and all religions agree. All believe in a God. The things in which
they disgrace are the redundancies annexed to that belief; and therefore, if
ever an universal religion should prevail, it will not be believing any thing
new, but in getting rid of redundancies, and believing as man believed at
first. [“In the childhood of the world,” according to the first (French)
version; and the strict translation of the final sentence is: “Deism was the
religion of Adam, supposing him not an imaginary being; but none the less must
it be left to all men to follow, as is their right, the religion and worship
they prefer.”—Editor.] Adam, if ever there was such a man, was created a Deist;
but in the mean time, let every man follow, as he has a right to do, the
religion and worship he prefers.
THE AGE OF REASON - PART II
PREFACE
I have mentioned in the former part of The Age of
Reason that it had long been my intention to publish my thoughts upon Religion;
but that I had originally reserved it to a later period in life, intending it
to be the last work I should undertake. The circumstances, however, which
existed in France in the latter end of the year 1793, determined me to delay it
no longer. The just and humane principles of the Revolution which Philosophy
had first diffused, had been departed from. The Idea, always dangerous to
Society as it is derogatory to the Almighty,—that priests could forgive sins,—though
it seemed to exist no longer, had blunted the feelings of humanity, and
callously prepared men for the commission of all crimes. The intolerant spirit
of church persecution had transferred itself into politics; the tribunals,
stiled Revolutionary, supplied the place of an Inquisition; and the Guillotine
of the Stake. I saw many of my most intimate friends destroyed; others daily
carried to prison; and I had reason to believe, and had also intimations given
me, that the same danger was approaching myself.
Under these disadvantages, I began the former part
of the Age of Reason; I had, besides, neither Bible nor Testament [It must be
borne in mind that throughout this work Paine generally means by “Bible” only
the Old Testament, and speaks of the New as the “Testament.”—Editor.] to refer
to, though I was writing against both; nor could I procure any; notwithstanding
which I have produced a work that no Bible Believer, though writing at his ease
and with a Library of Church Books about him, can refute. Towards the latter
end of December of that year, a motion was made and carried, to exclude
foreigners from the Convention. There were but two, Anacharsis Cloots and
myself; and I saw I was particularly pointed at by Bourdon de l’Oise, in his
speech on that motion.
Concibiendo, después de esto, que sólo tenía unos
pocos días de libertad, me senté y terminé el trabajo lo más rápidamente
posible; y no había terminado por más de seis horas, en el estado en que ha
aparecido desde entonces, [Esta es una alusión al ensayo que Paine escribió en
una parte anterior de 1793. Ver Introducción.—Editor.] antes de que llegara un
guardia, hacia las tres de la mañana, con una orden firmada por los dos Comités
de Seguridad Pública y Seguridad General, para arrestarme como extranjero y
llevarme a la prisión de Luxemburgo. Me las arreglé, en mi camino hacia allí,
para visitar a Joel Barlow, y puse el Manuscrito de la obra en sus manos, más
seguro que en mi posesión en prisión; y sin saber cuál podría ser el destino en
Francia del escritor o de la obra, la dirigí a la protección de los ciudadanos
de los Estados Unidos.
Es justicia lo que digo, que el guardia que ejecutó
esta orden, y el intérprete de la Junta de Fianza General, que los acompañó a
examinar mis papeles, me trataron no sólo con cortesía, sino con respeto. El
portero del 'Luxembourg, Benoit, hombre de buen corazón, me mostró toda la
amistad que estaba a su alcance, al igual que toda su familia, mientras
permaneció en ese puesto. Fue sacado de allí, arrestado y llevado ante el
tribunal por una acusación maligna, pero absuelto.
Después de haber estado en Luxemburgo unas tres
semanas, los estadounidenses que estaban en París acudieron en masa a la
Convención para reclamarme como su compatriota y amigo; pero el presidente,
Vadier, que también era presidente del Comité de Fianzas Generales y había
firmado la orden de mi arresto, me respondió que yo había nacido en Inglaterra.
[Estos estadounidenses emocionados no parecen haber entendido o informado el
punto más importante en la respuesta de Vadeer, a saber, que su solicitud fue "no
oficial", es decir, no fue hecha ni sancionada por el Gouverneur Morris,
Ministro estadounidense. Para la historia detallada de todo esto ver vol.
iii.—Editor.] No supe más, después de esto, de ninguna persona fuera de los
muros de la prisión, hasta la caída de Robespierre, el 9 de Termidor, 27 de
julio de 1794.
Como dos meses antes de este evento, me agarró una
fiebre que en su progreso tenía todos los síntomas de convertirse en mortal, y
de cuyos efectos no me he recuperado. Fue entonces cuando recordé con renovada
satisfacción y me felicité muy sinceramente por haber escrito la primera parte
de La edad de la razón. Entonces tenía pocas expectativas de sobrevivir, y los
que me rodeaban tenían menos. Conozco, pues, por experiencia el juicio
concienzudo de mis propios principios.
Yo estaba entonces con tres camaradas de cámara:
Joseph Vanheule de Brujas, Charles Bastfni y Michael Robyns de Lovaina. La
incesante y ansiosa atención de estos tres amigos hacia mí, de noche y de día,
la recuerdo con gratitud y la menciono con placer. Sucedió que un médico (Dr.
Graham) y un cirujano, (Sr. Bond), parte de la suite del General O'Hara, [El
oficial que en Yorktown, Virginia, llevó a cabo la espada de Cornwallis para
rendirse, y satíricamente se lo ofreció a Rochambeau en lugar de a Washington.
Paine le prestó 300 libras cuando él (O'Hara) salió de la prisión, el dinero
que había escondido en la cerradura de la puerta de su celda.—Editor.] estaban
entonces en el Luxemburgo: no me pregunto si les conviene , como hombres bajo
el Gobierno Inglés, que les expreso mi agradecimiento; pero me reprocharía a mí
mismo si no lo hiciera;
Tengo alguna razón para creer, porque no puedo
descubrir ninguna otra, que esta enfermedad me mantuvo en existencia. Entre los
documentos de Robespierre que fueron examinados e informados a la Convención
por un Comité de Diputados, se encuentra una nota de puño y letra de
Robespierre, con las siguientes palabras:
“Demander que Thomas Paine soit decrete
d'accusation, pour l'interet de l'Amerique autant que de la France”.
[Exigir que Thomas Paine sea decretado de
acusación, por el interés de América, así como de Francia.] Por qué causa fue
que la intención no se puso en ejecución, no lo sé, y no puedo informarme; y
por lo tanto lo atribuyo a la imposibilidad, a causa de esa enfermedad.
La Convención, para reparar en cuanto estaba a su
alcance la injusticia que había sufrido, me invitó pública y unánimemente a
volver a la Convención, y acepté, para demostrar que podía soportar una injuria
sin permitir que lesionara mis principios o mi disposición. No es porque se
hayan violado los principios correctos que deben ser abandonados.
He visto, desde que estoy en libertad, varias
publicaciones escritas, algunas en América y otras en Inglaterra, como
respuestas a la primera parte de "La edad de la razón". Si los
autores de estos pueden entretenerse haciéndolo así, no los interrumpiré.
Pueden escribir contra el trabajo y contra mí, tanto como les plazca; me hacen
más servicio del que pretenden, y no puedo objetar que escriban. Encontrarán,
sin embargo, por esta Segunda Parte, sin que esté escrita como una respuesta a
ellos, que deben volver a su trabajo, y volver a tejer su telaraña. El primero
es barrido por accidente.
Ahora encontrarán que me he provisto de una Biblia
y un Testamento; y puedo decir también que he encontrado que son libros mucho
peores de lo que había concebido. Si en algo me he equivocado, en la primera
parte de la Edad de la Razón, ha sido en hablar de algunas partes mejor de lo
que merecían.
Observo que todos mis oponentes recurren, más o
menos, a lo que ellos llaman evidencia bíblica y autoridad bíblica, para
ayudarlos. Son tan poco maestros en la materia, que confunden una disputa sobre
autenticidad con una disputa sobre doctrinas; Sin embargo, los corregiré, para
que si estuvieran dispuestos a escribir más, sepan cómo empezar.
TOMÁS PAINE. octubre de 1795.
CAPÍTULO I.
EL ANTIGUO TESTAMENTO
A menudo se ha dicho que cualquier cosa puede
probarse con la Biblia; pero antes de que cualquier cosa pueda ser admitida
como probada por la Biblia, la Biblia misma debe ser probada como verdadera;
porque si la Biblia no es verdadera, o si la verdad de ella es dudosa, deja de
tener autoridad y no puede ser admitida como prueba de nada.
Ha sido práctica de todos los comentaristas
cristianos de la Biblia, y de todos los sacerdotes y predicadores cristianos,
imponer la Biblia al mundo como una masa de verdad y como la palabra de Dios;
han discutido y discutido, y se han anatematizado entre sí sobre el supuesto
significado de partes y pasajes particulares en él; uno ha dicho e insistido
que tal pasaje significaba tal cosa, otro que significaba directamente lo
contrario, y un tercero, que no significaba ni lo uno ni lo otro, sino algo
diferente de ambos; ya esto lo han llamado entender la Biblia.
Ha sucedido que todas las respuestas que he visto a
la primera parte de 'La Edad de la Razón' han sido escritas por sacerdotes: y
estos hombres piadosos, como sus predecesores, contienden y disputan, y
entienden la Biblia; cada uno lo entiende diferente, pero cada uno lo entiende
mejor; y en nada han coincidido sino en decir a sus lectores que Thomas Paine
no lo entiende.
Ahora bien, en lugar de perder el tiempo y
calentarse en disputas díscolas sobre puntos doctrinales extraídos de la
Biblia, estos hombres deben saber, y si no lo saben, es cortés informarles, que
lo primero que debe entenderse es si hay ¿Es autoridad suficiente para creer
que la Biblia es la palabra de Dios, o no la hay?
There are matters in that book, said to be done by
the express command of God, that are as shocking to humanity, and to every idea
we have of moral justice, as any thing done by Robespierre, by Carrier, by
Joseph le Bon, in France, by the English government in the East Indies, or by
any other assassin in modern times. When we read in the books ascribed to
Moses, Joshua, etc., that they (the Israelites) came by stealth upon whole
nations of people, who, as the history itself shews, had given them no offence;
that they put all those nations to the sword; that they spared neither age nor
infancy; that they utterly destroyed men, women and children; that they left
not a soul to breathe; expressions that are repeated over and over again in
those books, and that too with exulting ferocity; are we sure these things are
facts? are we sure that the Creator of man commissioned those things to be
done? Are we sure that the books that tell us so were written by his authority?
It is not the antiquity of a tale that is an
evidence of its truth; on the contrary, it is a symptom of its being fabulous;
for the more ancient any history pretends to be, the more it has the
resemblance of a fable. The origin of every nation is buried in fabulous
tradition, and that of the Jews is as much to be suspected as any other.
To charge the commission of things upon the
Almighty, which in their own nature, and by every rule of moral justice, are
crimes, as all assassination is, and more especially the assassination of
infants, is matter of serious concern. The Bible tells us, that those
assassinations were done by the express command of God. To believe therefore
the Bible to be true, we must unbelieve all our belief in the moral justice of
God; for wherein could crying or smiling infants offend? And to read the Bible
without horror, we must undo every thing that is tender, sympathising, and
benevolent in the heart of man. Speaking for myself, if I had no other evidence
that the Bible is fabulous, than the sacrifice I must make to believe it to be
true, that alone would be sufficient to determine my choice.
But in addition to all the moral evidence against
the Bible, I will, in the progress of this work, produce such other evidence as
even a priest cannot deny; and show, from that evidence, that the Bible is not
entitled to credit, as being the word of God.
But, before I proceed to this examination, I will
show wherein the Bible differs from all other ancient writings with respect to
the nature of the evidence necessary to establish its authenticity; and this is
the more proper to be done, because the advocates of the Bible, in their
answers to the former part of ‘The Age of Reason,’ undertake to say, and they
put some stress thereon, that the authenticity of the Bible is as well
established as that of any other ancient book: as if our belief of the one could
become any rule for our belief of the other.
Sin embargo, sólo conozco un libro antiguo que
desafía con autoridad el consentimiento y la creencia universales, y ese es
Elementos de geometría de Euclides; [Euclides, según la historia cronológica,
vivió trescientos años antes de Cristo, y unos cien antes de Arquímedes; él era
de la ciudad de Alejandría, en Egipto.—Autor.] y la razón es que es un libro de
demostración evidente, enteramente independiente de su autor, y de todo lo
relacionado con tiempo, lugar y circunstancia. Los asuntos contenidos en ese
libro tendrían la misma autoridad que ahora tienen, si hubieran sido escritos
por cualquier otra persona, o si la obra hubiera sido anónima, o si el autor
nunca se hubiera conocido; porque la certeza idéntica de quién fue el autor no
forma parte de nuestra creencia de los asuntos contenidos en el libro. Pero es
muy diferente con respecto a los libros atribuidos a Moisés, a Josué, a Samuel,
etc.: esos son libros de testimonio, y dan testimonio de cosas naturalmente
increíbles; y por lo tanto, toda nuestra creencia, en cuanto a la autenticidad
de esos libros, descansa, en primer lugar, en la certeza de que fueron escritos
por Moisés, Josué y Samuel; en segundo lugar, en el crédito que damos a su
testimonio. Podemos creer lo primero, es decir, podemos creer en la certeza de
la autoría, pero no en el testimonio; de la misma manera que podemos creer que
cierta persona dio testimonio sobre un caso y, sin embargo, no creemos en el
testimonio que dio. Pero si se encuentra que los libros atribuidos a Moisés,
Josué y Samuel no fueron escritos por Moisés, Josué y Samuel, toda parte de la
autoridad y autenticidad de esos libros se pierde de inmediato; porque no puede
haber tal cosa como testimonio falsificado o inventado; tampoco puede haber
testimonio anónimo, más especialmente en cuanto a cosas naturalmente
increíbles; como la de hablar con Dios cara a cara, o la del sol y la luna
parados a la orden de un hombre.
La mayor parte de los otros libros antiguos son
obras de genio; de qué tipo son los atribuidos a Homero, a Platón, a
Aristóteles, a Demóstenes, a Cicerón, etc. Aquí nuevamente el autor no es
esencial en el crédito que damos a cualquiera de esos trabajos; porque como
obras de genio tendrían el mismo mérito que tienen ahora, si fueran anónimas.
Nadie cree que la historia de Troya, tal como la relata Homero, sea cierta;
pues sólo se admira al poeta, y el mérito del poeta permanecerá, aunque la
historia sea fabulosa. Pero si no creemos en las cosas relatadas por los
autores de la Biblia (Moisés por ejemplo) como no creemos en las cosas
relatadas por Homero, no queda nada de Moisés en nuestra estimación, sino un
impostor. En cuanto a los historiadores antiguos, desde Heródoto hasta Tácito,
les damos crédito en la medida en que relatan cosas probables y creíbles, y no
más allá: porque si lo hacemos, debemos creer que los dos milagros que cuenta
Tácito fueron realizados por Vespasiano, el de curar a un cojo y a un ciego,
exactamente de la misma manera que las mismas cosas cuentan de Jesucristo sus
historiadores. También debemos creer los milagros citados por Josefo, el del
mar de Panfilia abriéndose para dejar pasar a Alejandro y su ejército, como se
relata del Mar Rojo en el Éxodo. Estos milagros están tan bien autenticados
como los milagros de la Biblia y, sin embargo, no los creemos; en consecuencia,
el grado de evidencia necesario para establecer nuestra creencia en cosas
naturalmente increíbles, ya sea en la Biblia o en otra parte, es mucho mayor
que el que obtiene nuestra creencia en cosas naturales y probables; y, por lo
tanto, los defensores de la Biblia no tienen derecho a que creamos en la Biblia
porque creemos cosas declaradas en otros escritos antiguos; ya que creemos las
cosas dichas en esos escritos sólo porque son probables y creíbles, o porque
son evidentes, como Euclides; o admirarlos porque son elegantes, como Homero; o
aprobarlos porque son sosegados, como Platón; o juicioso, como Aristóteles.
Teniendo estas premisas, procedo a examinar la
autenticidad de la Biblia; y empiezo con lo que se llama los cinco libros de
Moisés, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Mi intención es
mostrar que esos libros son falsos y que Moisés no es el autor de ellos; y aún
más, que no fueron escritos en la época de Moisés ni hasta varios cientos de
años después; que no son sino un intento de historia de la vida de Moisés, y de
los tiempos en los que se dice que vivió, y también de los tiempos anteriores,
escritos por algunos pretendientes a la autoría muy ignorantes y estúpidos,
varios cientos de años después de la muerte de Moisés; como ahora los hombres
escriben historias de cosas que sucedieron, o se supone que sucedieron, hace
varios cientos o miles de años.
La evidencia que presentaré en este caso proviene
de los libros mismos; y me limitaré a esta evidencia solamente. Si tuviera que
referirme como prueba a alguno de los autores antiguos, a quienes los abogados
de la Biblia llaman autores profanos, ellos contradecirían esa autoridad, como
yo contradigo la de ellos: por lo tanto, los enfrentaré en su propio terreno y
los opondré con su propio arma, la Biblia.
En primer lugar, no hay evidencia afirmativa de que
Moisés sea el autor de esos libros; y que él es el autor, es una opinión
totalmente infundada, extranjería nadie sabe cómo. El estilo y la manera en que
están escritos esos libros no dan lugar a creer, ni siquiera a suponer, que
fueron escritos por Moisés; porque es completamente el estilo y la manera de
otra persona hablando de Moisés. En Éxodo, Levítico y Números, (porque todo en
Génesis es anterior a los tiempos de Moisés y no se hace la menor alusión a él
allí), todo, digo, de estos libros está en tercera persona; es siempre, el
Señor dijo a Moisés, o Moisés dijo al Señor; o dijo Moisés al pueblo, o dijo el
pueblo a Moisés; y este es el estilo y la manera que usan los historiadores al
hablar de la persona cuyas vidas y acciones están escribiendo. Puede decirse
que un hombre puede hablar de sí mismo en tercera persona y, por lo tanto,
puede suponerse que Moisés lo hizo; pero la suposición no prueba nada; y si los
defensores de la creencia de que Moisés mismo escribió esos libros no tienen
nada mejor que adelantar que suposiciones, es mejor que guarden silencio.
Pero concediendo el derecho gramatical de que
Moisés pueda hablar de sí mismo en tercera persona, porque cualquier hombre
puede hablar de sí mismo de esa manera, no puede admitirse como un hecho en
esos libros que es Moisés quien habla, sin hacer que Moisés sea verdaderamente
ridículo y absurdo:—por ejemplo, Números xii. 3: “Y el varón Moisés era muy
MANSO, más que todos los hombres que había sobre la faz de la tierra.” Si
Moisés dijo esto de sí mismo, en lugar de ser el más manso de los hombres, fue
uno de los más vanidosos y arrogantes timadores; y los defensores de esos
libros ahora pueden tomar el lado que les plazca, porque ambos lados están en
contra de ellos: si Moisés no fue el autor, los libros no tienen autoridad; y
si fue el autor, el autor no tiene crédito, porque jactarse de la mansedumbre
es lo contrario de la mansedumbre, y es una mentira en el sentimiento.
En Deuteronomio, el estilo y la manera de escribir
marca más evidentemente que en los libros anteriores que Moisés no es el
escritor. La manera aquí utilizada es dramática; el escritor abre el tema con
un breve discurso introductorio, y luego presenta a Moisés como en el acto de
hablar, y cuando ha hecho que Moisés termine su arenga, él (el escritor)
continúa con su propia parte y habla hasta que presenta a Moisés de nuevo. , y
finalmente cierra la escena con un relato de la muerte, el funeral y el carácter
de Moisés.
Este intercambio de hablantes ocurre cuatro veces
en este libro: desde el primer verso del primer capítulo, hasta el final del
quinto verso, es el escritor quien habla; luego presenta a Moisés como en el
acto de hacer su arenga, y esto continúa hasta el final del versículo 40 del
cuarto capítulo; aquí el escritor deja caer a Moisés y habla históricamente de
lo que se hizo como consecuencia de lo que se supone que dijo Moisés, cuando
vivía, y que el escritor ha ensayado dramáticamente.
El escritor vuelve a abrir el tema en el primer
versículo del quinto capítulo, aunque es sólo diciendo que Moisés reunió al
pueblo de Israel; luego presenta a Moisés como antes, y lo continúa como en el
acto de hablar, hasta el final del capítulo 26. Hace lo mismo al comienzo del
capítulo 27; y continúa Moisés como en el acto de hablar, hasta el final del
capítulo 28. En el capítulo 29, el escritor habla de nuevo a través de todo el
primer verso, y la primera línea del segundo verso, donde presenta a Moisés por
última vez, y lo continúa como en el acto de hablar, hasta el final del 33.
capítulo.
El escritor, habiendo terminado ahora el ensayo por
parte de Moisés, se adelanta y habla a través de todo el último capítulo:
comienza diciéndole al lector que Moisés subió a la cima del Pisga, que vio
desde allí la tierra. que (dice el escritor) había sido prometido a Abraham,
Isaac y Jacob; que él, Moisés, murió allí en la tierra de Moab, que lo sepultó
en un valle en la tierra de Moab, pero que nadie sabe de su sepulcro hasta el
día de hoy, es decir, hasta el tiempo en que vivió el escritor que escribió el
libro de Deuteronomio. El escritor nos dice entonces, que Moisés tenía ciento
diez años de edad cuando murió, que su ojo no se oscureció, ni su fuerza
natural disminuyó; y concluye diciendo, que nunca más se levantó profeta en
Israel como Moisés, a quien, dice este escritor anónimo, el Señor conoció cara
a cara.
Having thus shewn, as far as grammatical evidence
implies, that Moses was not the writer of those books, I will, after making a
few observations on the inconsistencies of the writer of the book of
Deuteronomy, proceed to shew, from the historical and chronological evidence
contained in those books, that Moses was not, because he could not be, the
writer of them; and consequently, that there is no authority for believing that
the inhuman and horrid butcheries of men, women, and children, told of in those
books, were done, as those books say they were, at the command of God. It is a
duty incumbent on every true deist, that he vindicates the moral justice of God
against the calumnies of the Bible.
The writer of the book of Deuteronomy, whoever he
was, for it is an anonymous work, is obscure, and also contradictory with
himself in the account he has given of Moses.
After telling that Moses went to the top of Pisgah
(and it does not appear from any account that he ever came down again) he tells
us, that Moses died there in the land of Moab, and that he buried him in a
valley in the land of Moab; but as there is no antecedent to the pronoun he,
there is no knowing who he was, that did bury him. If the writer meant that he
(God) buried him, how should he (the writer) know it? or why should we (the
readers) believe him? since we know not who the writer was that tells us so,
for certainly Moses could not himself tell where he was buried.
The writer also tells us, that no man knoweth where
the sepulchre of Moses is unto this day, meaning the time in which this writer
lived; how then should he know that Moses was buried in a valley in the land of
Moab? for as the writer lived long after the time of Moses, as is evident from
his using the expression of unto this day, meaning a great length of time after
the death of Moses, he certainly was not at his funeral; and on the other hand,
it is impossible that Moses himself could say that no man knoweth where the
sepulchre is unto this day. To make Moses the speaker, would be an improvement
on the play of a child that hides himself and cries nobody can find me; nobody
can find Moses.
This writer has no where told us how he came by the
speeches which he has put into the mouth of Moses to speak, and therefore we
have a right to conclude that he either composed them himself, or wrote them
from oral tradition. One or other of these is the more probable, since he has
given, in the fifth chapter, a table of commandments, in which that called the
fourth commandment is different from the fourth commandment in the twentieth
chapter of Exodus. In that of Exodus, the reason given for keeping the seventh
day is, because (says the commandment) God made the heavens and the earth in
six days, and rested on the seventh; but in that of Deuteronomy, the reason
given is, that it was the day on which the children of Israel came out of
Egypt, and therefore, says this commandment, the Lord thy God commanded thee to
keep the sabbath-day This makes no mention of the creation, nor that of the
coming out of Egypt. There are also many things given as laws of Moses in this
book, that are not to be found in any of the other books; among which is that
inhuman and brutal law, xxi. 18, 19, 20, 21, which authorizes parents, the father
and the mother, to bring their own children to have them stoned to death for
what it pleased them to call stubbornness.—But priests have always been fond of
preaching up Deuteronomy, for Deuteronomy preaches up tythes; and it is from
this book, xxv. 4, they have taken the phrase, and applied it to tything, that
“thou shalt not muzzle the ox when he treadeth Out the corn:” and that this
might not escape observation, they have noted it in the table of contents at
the head of the chapter, though it is only a single verse of less than two
lines. O priests! priests! ye are willing to be compared to an ox, for the sake
of tythes. [An elegant pocket edition of Paine’s Theological Works (London. R.
Carlile, 1822) has in its title a picture of Paine, as a Moses in evening
dress, unfolding the two tables of his “Age of Reason” to a farmer from whom
the Bishop of Llandaff (who replied to this work) has taken a sheaf and a lamb
which he is carrying to a church at the summit of a well stocked
hill.—Editor.]—Though it is impossible for us to know identically who the
writer of Deuteronomy was, it is not difficult to discover him professionally,
that he was some Jewish priest, who lived, as I shall shew in the course of
this work, at least three hundred and fifty years after the time of Moses.
I come now to speak of the historical and
chronological evidence. The chronology that I shall use is the Bible
chronology; for I mean not to go out of the Bible for evidence of any thing,
but to make the Bible itself prove historically and chronologically that Moses
is not the author of the books ascribed to him. It is therefore proper that I
inform the readers (such an one at least as may not have the opportunity of
knowing it) that in the larger Bibles, and also in some smaller ones, there is
a series of chronology printed in the margin of every page for the purpose of
showing how long the historical matters stated in each page happened, or are
supposed to have happened, before Christ, and consequently the distance of time
between one historical circumstance and another.
I begin with the book of Genesis.—In Genesis xiv.,
the writer gives an account of Lot being taken prisoner in a battle between the
four kings against five, and carried off; and that when the account of Lot
being taken came to Abraham, that he armed all his household and marched to
rescue Lot from the captors; and that he pursued them unto Dan. (ver. 14.)
To shew in what manner this expression of Pursuing
them unto Dan applies to the case in question, I will refer to two
circumstances, the one in America, the other in France. The city now called New
York, in America, was originally New Amsterdam; and the town in France, lately
called Havre Marat, was before called Havre-de-Grace. New Amsterdam was changed
to New York in the year 1664; Havre-de-Grace to Havre Marat in the year 1793.
Should, therefore, any writing be found, though without date, in which the name
of New-York should be mentioned, it would be certain evidence that such a
writing could not have been written before, and must have been written after
New Amsterdam was changed to New York, and consequently not till after the year
1664, or at least during the course of that year. And in like manner, any
dateless writing, with the name of Havre Marat, would be certain evidence that
such a writing must have been written after Havre-de-Grace became Havre Marat,
and consequently not till after the year 1793, or at least during the course of
that year.
I now come to the application of those cases, and
to show that there was no such place as Dan till many years after the death of
Moses; and consequently, that Moses could not be the writer of the book of
Genesis, where this account of pursuing them unto Dan is given.
The place that is called Dan in the Bible was
originally a town of the Gentiles, called Laish; and when the tribe of Dan
seized upon this town, they changed its name to Dan, in commemoration of Dan,
who was the father of that tribe, and the great grandson of Abraham.
To establish this in proof, it is necessary to
refer from Genesis to chapter xviii. of the book called the Book of judges. It
is there said (ver. 27) that “they (the Danites) came unto Laish to a people
that were quiet and secure, and they smote them with the edge of the sword [the
Bible is filled with murder] and burned the city with fire; and they built a
city, (ver. 28,) and dwelt therein, and [ver. 29,] they called the name of the
city Dan, after the name of Dan, their father; howbeit the name of the city was
Laish at the first.”
This account of the Danites taking possession of
Laish and changing it to Dan, is placed in the book of Judges immediately after
the death of Samson. The death of Samson is said to have happened B.C. 1120 and
that of Moses B.C. 1451; and, therefore, according to the historical
arrangement, the place was not called Dan till 331 years after the death of
Moses.
There is a striking confusion between the
historical and the chronological arrangement in the book of judges. The last
five chapters, as they stand in the book, 17, 18, 19, 20, 21, are put
chronologically before all the preceding chapters; they are made to be 28 years
before the 16th chapter, 266 before the 15th, 245 before the 13th, 195 before
the 9th, 90 before the 4th, and 15 years before the 1st chapter. This shews the
uncertain and fabulous state of the Bible. According to the chronological
arrangement, the taking of Laish, and giving it the name of Dan, is made to be
twenty years after the death of Joshua, who was the successor of Moses; and by
the historical order, as it stands in the book, it is made to be 306 years
after the death of Joshua, and 331 after that of Moses; but they both exclude
Moses from being the writer of Genesis, because, according to either of the
statements, no such a place as Dan existed in the time of Moses; and therefore
the writer of Genesis must have been some person who lived after the town of
Laish had the name of Dan; and who that person was nobody knows, and
consequently the book of Genesis is anonymous, and without authority.
I come now to state another point of historical and
chronological evidence, and to show therefrom, as in the preceding case, that
Moses is not the author of the book of Genesis.
In Genesis xxxvi. there is given a genealogy of the
sons and descendants of Esau, who are called Edomites, and also a list by name
of the kings of Edom; in enumerating of which, it is said, verse 31, “And these
are the kings that reigned in Edom, before there reigned any king over the
children of Israel.”
Now, were any dateless writing to be found, in
which, speaking of any past events, the writer should say, these things
happened before there was any Congress in America, or before there was any
Convention in France, it would be evidence that such writing could not have
been written before, and could only be written after there was a Congress in
America or a Convention in France, as the case might be; and, consequently,
that it could not be written by any person who died before there was a Congress
in the one country, or a Convention in the other.
Nothing is more frequent, as well in history as in
conversation, than to refer to a fact in the room of a date: it is most natural
so to do, because a fact fixes itself in the memory better than a date;
secondly, because the fact includes the date, and serves to give two ideas at
once; and this manner of speaking by circumstances implies as positively that
the fact alluded to is past, as if it was so expressed. When a person in
speaking upon any matter, says, it was before I was married, or before my son
was born, or before I went to America, or before I went to France, it is
absolutely understood, and intended to be understood, that he has been married,
that he has had a son, that he has been in America, or been in France. Language
does not admit of using this mode of expression in any other sense; and
whenever such an expression is found anywhere, it can only be understood in the
sense in which only it could have been used.
The passage, therefore, that I have quoted—that
“these are the kings that reigned in Edom, before there reigned any king over
the children of Israel,” could only have been written after the first king
began to reign over them; and consequently that the book of Genesis, so far
from having been written by Moses, could not have been written till the time of
Saul at least. This is the positive sense of the passage; but the expression,
any king, implies more kings than one, at least it implies two, and this will
carry it to the time of David; and, if taken in a general sense, it carries
itself through all times of the Jewish monarchy.
Had we met with this verse in any part of the Bible
that professed to have been written after kings began to reign in Israel, it
would have been impossible not to have seen the application of it. It happens
then that this is the case; the two books of Chronicles, which give a history
of all the kings of Israel, are professedly, as well as in fact, written after
the Jewish monarchy began; and this verse that I have quoted, and all the
remaining verses of Genesis xxxvi. are, word for word, In 1 Chronicles i.,
beginning at the 43d verse.
It was with consistency that the writer of the
Chronicles could say as he has said, 1 Chron. i. 43, “These are the kings that
reigned in Edom, before there reigned any king over the children of Israel,”
because he was going to give, and has given, a list of the kings that had
reigned in Israel; but as it is impossible that the same expression could have
been used before that period, it is as certain as any thing can be proved from
historical language, that this part of Genesis is taken from Chronicles, and that
Genesis is not so old as Chronicles, and probably not so old as the book of
Homer, or as Æsop’s Fables; admitting Homer to have been, as the tables of
chronology state, contemporary with David or Solomon, and Æsop to have lived
about the end of the Jewish monarchy.
Take away from Genesis the belief that Moses was
the author, on which only the strange belief that it is the word of God has
stood, and there remains nothing of Genesis but an anonymous book of stories,
fables, and traditionary or invented absurdities, or of downright lies. The
story of Eve and the serpent, and of Noah and his ark, drops to a level with
the Arabian Tales, without the merit of being entertaining, and the account of
men living to eight and nine hundred years becomes as fabulous as the immortality
of the giants of the Mythology.
Besides, the character of Moses, as stated in the
Bible, is the most horrid that can be imagined. If those accounts be true, he
was the wretch that first began and carried on wars on the score or on the
pretence of religion; and under that mask, or that infatuation, committed the
most unexampled atrocities that are to be found in the history of any nation.
Of which I will state only one instance:
When the Jewish army returned from one of their
plundering and murdering excursions, the account goes on as follows (Numbers
xxxi. 13): “And Moses, and Eleazar the priest, and all the princes of the
congregation, went forth to meet them without the camp; and Moses was wroth
with the officers of the host, with the captains over thousands, and captains
over hundreds, which came from the battle; and Moses said unto them, ‘Have ye
saved all the women alive?’ behold, these caused the children of Israel, through
the counsel of Balaam, to commit trespass against the Lord in the matter of
Peor, and there was a plague among the congregation of the Lord. Now therefore,
‘kill every male among the little ones, and kill every woman that hath known a
man by lying with him; but all the women-children that have not known a man by
lying with him, keep alive for Yourselves.’”
Among the detestable villains that in any period of
the world have disgraced the name of man, it is impossible to find a greater
than Moses, if this account be true. Here is an order to butcher the boys, to
massacre the mothers, and debauch the daughters.
Let any mother put herself in the situation of
those mothers, one child murdered, another destined to violation, and herself
in the hands of an executioner: let any daughter put herself in the situation
of those daughters, destined as a prey to the murderers of a mother and a
brother, and what will be their feelings? It is in vain that we attempt to
impose upon nature, for nature will have her course, and the religion that
tortures all her social ties is a false religion.
After this detestable order, follows an account of
the plunder taken, and the manner of dividing it; and here it is that the
profaneings of priestly hypocrisy increases the catalogue of crimes. Verse 37,
“And the Lord’s tribute of the sheep was six hundred and threescore and
fifteen; and the beeves were thirty and six thousand, of which the Lord’s
tribute was threescore and twelve; and the asses were thirty thousand, of which
the Lord’s tribute was threescore and one; and the persons were sixteen thousand,
of which the Lord’s tribute was thirty and two.” In short, the matters
contained in this chapter, as well as in many other parts of the Bible, are too
horrid for humanity to read, or for decency to hear; for it appears, from the
35th verse of this chapter, that the number of women-children consigned to
debauchery by the order of Moses was thirty-two thousand.
People in general know not what wickedness there is
in this pretended word of God. Brought up in habits of superstition, they take
it for granted that the Bible is true, and that it is good; they permit
themselves not to doubt of it, and they carry the ideas they form of the
benevolence of the Almighty to the book which they have been taught to believe
was written by his authority. Good heavens! it is quite another thing, it is a
book of lies, wickedness, and blasphemy; for what can be greater blasphemy, than
to ascribe the wickedness of man to the orders of the Almighty!
But to return to my subject, that of showing that
Moses is not the author of the books ascribed to him, and that the Bible is
spurious. The two instances I have already given would be sufficient, without
any additional evidence, to invalidate the authenticity of any book that
pretended to be four or five hundred years more ancient than the matters it
speaks of, refers to, them as facts; for in the case of pursuing them unto Dan,
and of the kings that reigned over the children of Israel; not even the flimsy pretence
of prophecy can be pleaded. The expressions are in the preter tense, and it
would be downright idiotism to say that a man could prophecy in the preter
tense.
But there are many other passages scattered
throughout those books that unite in the same point of evidence. It is said in
Exodus, (another of the books ascribed to Moses,) xvi. 35: “And the children of
Israel did eat manna until they came to a land inhabited; they did eat manna
until they came unto the borders of the land of Canaan.”
Whether the children of Israel ate manna or not, or
what manna was, or whether it was anything more than a kind of fungus or small
mushroom, or other vegetable substance common to that part of the country,
makes no part of my argument; all that I mean to show is, that it is not Moses
that could write this account, because the account extends itself beyond the
life time of Moses. Moses, according to the Bible, (but it is such a book of
lies and contradictions there is no knowing which part to believe, or whether
any) died in the wilderness, and never came upon the borders of ‘the land of
Canaan; and consequently, it could not be he that said what the children of
Israel did, or what they ate when they came there. This account of eating
manna, which they tell us was written by Moses, extends itself to the time of
Joshua, the successor of Moses, as appears by the account given in the book of
Joshua, after the children of Israel had passed the river Jordan, and came into
the borders of the land of Canaan. Joshua, v. 12: “And the manna ceased on the
morrow, after they had eaten of the old corn of the land; neither had the
children of Israel manna any more, but they did eat of the fruit of the land of
Canaan that year.”
But a more remarkable instance than this occurs in
Deuteronomy; which, while it shows that Moses could not be the writer of that
book, shows also the fabulous notions that prevailed at that time about giants’
In Deuteronomy iii. 11, among the conquests said to be made by Moses, is an
account of the taking of Og, king of Bashan: “For only Og, king of Bashan,
remained of the race of giants; behold, his bedstead was a bedstead of iron; is
it not in Rabbath of the children of Ammon? nine cubits was the length thereof,
and four cubits the breadth of it, after the cubit of a man.” A cubit is 1 foot
9 888/1000 inches; the length therefore of the bed was 16 feet 4 inches, and
the breadth 7 feet 4 inches: thus much for this giant’s bed. Now for the
historical part, which, though the evidence is not so direct and positive as in
the former cases, is nevertheless very presumable and corroborating evidence,
and is better than the best evidence on the contrary side.
The writer, by way of proving the existence of this
giant, refers to his bed, as an ancient relick, and says, is it not in Rabbath
(or Rabbah) of the children of Ammon? meaning that it is; for such is
frequently the bible method of affirming a thing. But it could not be Moses
that said this, because Moses could know nothing about Rabbah, nor of what was
in it. Rabbah was not a city belonging to this giant king, nor was it one of
the cities that Moses took. The knowledge therefore that this bed was at Rabbah,
and of the particulars of its dimensions, must be referred to the time when
Rabbah was taken, and this was not till four hundred years after the death of
Moses; for which, see 2 Sam. xii. 26: “And Joab [David’s general] fought
against Rabbah of the children of Ammon, and took the royal city,” etc.
As I am not undertaking to point out all the
contradictions in time, place, and circumstance that abound in the books
ascribed to Moses, and which prove to demonstration that those books could not
be written by Moses, nor in the time of Moses, I proceed to the book of Joshua,
and to shew that Joshua is not the author of that book, and that it is
anonymous and without authority. The evidence I shall produce is contained in
the book itself: I will not go out of the Bible for proof against the supposed
authenticity of the Bible. False testimony is always good against itself.
Joshua, according to Joshua i., was the immediate
successor of Moses; he was, moreover, a military man, which Moses was not; and
he continued as chief of the people of Israel twenty-five years; that is, from
the time that Moses died, which, according to the Bible chronology, was B.C.
1451, until B.C. 1426, when, according to the same chronology, Joshua died. If,
therefore, we find in this book, said to have been written by Joshua,
references to facts done after the death of Joshua, it is evidence that Joshua
could not be the author; and also that the book could not have been written
till after the time of the latest fact which it records. As to the character of
the book, it is horrid; it is a military history of rapine and murder, as
savage and brutal as those recorded of his predecessor in villainy and
hypocrisy, Moses; and the blasphemy consists, as in the former books, in
ascribing those deeds to the orders of the Almighty.
In the first place, the book of Joshua, as is the
case in the preceding books, is written in the third person; it is the
historian of Joshua that speaks, for it would have been absurd and vainglorious
that Joshua should say of himself, as is said of him in the last verse of the
sixth chapter, that “his fame was noised throughout all the country.”—I now
come more immediately to the proof.
In Joshua xxiv. 31, it is said “And Israel served
the Lord all the days of Joshua, and all the days of the elders that over-lived
Joshua.” Now, in the name of common sense, can it be Joshua that relates what
people had done after he was dead? This account must not only have been written
by some historian that lived after Joshua, but that lived also after the elders
that out-lived Joshua.
There are several passages of a general meaning
with respect to time, scattered throughout the book of Joshua, that carries the
time in which the book was written to a distance from the time of Joshua, but
without marking by exclusion any particular time, as in the passage above
quoted. In that passage, the time that intervened between the death of Joshua
and the death of the elders is excluded descriptively and absolutely, and the
evidence substantiates that the book could not have been written till after the
death of the last.
But though the passages to which I allude, and
which I am going to quote, do not designate any particular time by exclusion,
they imply a time far more distant from the days of Joshua than is contained
between the death of Joshua and the death of the elders. Such is the passage,
x. 14, where, after giving an account that the sun stood still upon Gibeon, and
the moon in the valley of Ajalon, at the command of Joshua, (a tale only fit to
amuse children) [NOTE: This tale of the sun standing still upon Motint Gibeon,
and the moon in the valley of Ajalon, is one of those fables that detects
itself. Such a circumstance could not have happened without being known all
over the world. One half would have wondered why the sun did not rise, and the
other why it did not set; and the tradition of it would be universal; whereas
there is not a nation in the world that knows anything about it. But why must
the moon stand still? What occasion could there be for moonlight in the
daytime, and that too whilst the sun shined? As a poetical figure, the whole is
well enough; it is akin to that in the song of Deborah and Barak, The stars in
their courses fought against Sisera; but it is inferior to the figurative
declaration of Mahomet to the persons who came to expostulate with him on his
goings on, Wert thou, said he, to come to me with the sun in thy right hand and
the moon in thy left, it should not alter my career. For Joshua to have
exceeded Mahomet, he should have put the sun and moon, one in each pocket, and
carried them as Guy Faux carried his dark lanthorn, and taken them out to shine
as he might happen to want them. The sublime and the ridiculous are often so
nearly related that it is difficult to class them separately. One step above
the sublime makes the ridiculous, and one step above the ridiculous makes the
sublime again; the account, however, abstracted from the poetical fancy, shews
the ignorance of Joshua, for he should have commanded the earth to have stood
still.—Author.] the passage says: “And there was no day like that, before it,
nor after it, that the Lord hearkened to the voice of a man.”
The time implied by the expression after it, that
is, after that day, being put in comparison with all the time that passed
before it, must, in order to give any expressive signification to the passage,
mean a great length of time:—for example, it would have been ridiculous to have
said so the next day, or the next week, or the next month, or the next year; to
give therefore meaning to the passage, comparative with the wonder it relates,
and the prior time it alludes to, it must mean centuries of years; less however
than one would be trifling, and less than two would be barely admissible.
A distant, but general time is also expressed in
chapter viii.; where, after giving an account of the taking the city of Ai, it
is said, ver. 28th, “And Joshua burned Ai, and made it an heap for ever, a
desolation unto this day;” and again, ver. 29, where speaking of the king of
Ai, whom Joshua had hanged, and buried at the entering of the gate, it is said,
“And he raised thereon a great heap of stones, which remaineth unto this day,”
that is, unto the day or time in which the writer of the book of Joshua lived.
And again, in chapter x. where, after speaking of the five kings whom Joshua
had hanged on five trees, and then thrown in a cave, it is said, “And he laid
great stones on the cave’s mouth, which remain unto this very day.”
In enumerating the several exploits of Joshua, and
of the tribes, and of the places which they conquered or attempted, it is said,
xv. 63, “As for the Jebusites, the inhabitants of Jerusalem, the children of
Judah could not drive them out; but the Jebusites dwell with the children of
Judah AT JERUSALEM unto this day.” The question upon this passage is, At what
time did the Jebusites and the children of Judah dwell together at Jerusalem?
As this matter occurs again in judges i. I shall reserve my observations till I
come to that part.
Having thus shewn from the book of Joshua itself,
without any auxiliary evidence whatever, that Joshua is not the author of that
book, and that it is anonymous, and consequently without authority, I proceed,
as before-mentioned, to the book of Judges.
The book of Judges is anonymous on the face of it;
and, therefore, even the pretence is wanting to call it the word of God; it has
not so much as a nominal voucher; it is altogether fatherless.
This book begins with the same expression as the
book of Joshua. That of Joshua begins, chap i. 1, Now after the death of Moses,
etc., and this of the Judges begins, Now after the death of Joshua, etc. This,
and the similarity of stile between the two books, indicate that they are the
work of the same author; but who he was, is altogether unknown; the only point
that the book proves is that the author lived long after the time of Joshua;
for though it begins as if it followed immediately after his death, the second
chapter is an epitome or abstract of the whole book, which, according to the
Bible chronology, extends its history through a space of 306 years; that is,
from the death of Joshua, B.C. 1426 to the death of Samson, B.C. 1120, and only
25 years before Saul went to seek his father’s asses, and was made king. But
there is good reason to believe, that it was not written till the time of
David, at least, and that the book of Joshua was not written before the same
time.
In Judges i., the writer, after announcing the
death of Joshua, proceeds to tell what happened between the children of Judah
and the native inhabitants of the land of Canaan. In this statement the writer,
having abruptly mentioned Jerusalem in the 7th verse, says immediately after,
in the 8th verse, by way of explanation, “Now the children of Judah had fought
against Jerusalem, and taken it;” consequently this book could not have been
written before Jerusalem had been taken. The reader will recollect the quotation
I have just before made from Joshua xv. 63, where it said that the Jebusites
dwell with the children of Judah at Jerusalem at this day; meaning the time
when the book of Joshua was written.
The evidence I have already produced to prove that
the books I have hitherto treated of were not written by the persons to whom
they are ascribed, nor till many years after their death, if such persons ever
lived, is already so abundant, that I can afford to admit this passage with
less weight than I am entitled to draw from it. For the case is, that so far as
the Bible can be credited as an history, the city of Jerusalem was not taken
till the time of David; and consequently, that the book of Joshua, and of
Judges, were not written till after the commencement of the reign of David,
which was 370 years after the death of Joshua.
The name of the city that was afterward called
Jerusalem was originally Jebus, or Jebusi, and was the capital of the
Jebusites. The account of David’s taking this city is given in 2 Samuel, v. 4,
etc.; also in 1 Chron. xiv. 4, etc. There is no mention in any part of the
Bible that it was ever taken before, nor any account that favours such an
opinion. It is not said, either in Samuel or in Chronicles, that they “utterly
destroyed men, women and children, that they left not a soul to breathe,” as is
said of their other conquests; and the silence here observed implies that it
was taken by capitulation; and that the Jebusites, the native inhabitants,
continued to live in the place after it was taken. The account therefore, given
in Joshua, that “the Jebusites dwell with the children of Judah” at Jerusalem
at this day, corresponds to no other time than after taking the city by David.
Having now shown that every book in the Bible, from
Genesis to Judges, is without authenticity, I come to the book of Ruth, an
idle, bungling story, foolishly told, nobody knows by whom, about a strolling
country-girl creeping slily to bed to her cousin Boaz. [The text of Ruth does
not imply the unpleasant sense Paine’s words are likely to convey.—Editor.]
Pretty stuff indeed to be called the word of God. It is, however, one of the
best books in the Bible, for it is free from murder and rapine.
I come next to the two books of Samuel, and to shew
that those books were not written by Samuel, nor till a great length of time
after the death of Samuel; and that they are, like all the former books,
anonymous, and without authority.
To be convinced that these books have been written
much later than the time of Samuel, and consequently not by him, it is only
necessary to read the account which the writer gives of Saul going to seek his
father’s asses, and of his interview with Samuel, of whom Saul went to enquire
about those lost asses, as foolish people now-a-days go to a conjuror to
enquire after lost things.
The writer, in relating this story of Saul, Samuel,
and the asses, does not tell it as a thing that had just then happened, but as
an ancient story in the time this writer lived; for he tells it in the language
or terms used at the time that Samuel lived, which obliges the writer to
explain the story in the terms or language used in the time the writer lived.
Samuel, in the account given of him in the first of
those books, chap. ix. 13 called the seer; and it is by this term that Saul
enquires after him, ver. 11, “And as they [Saul and his servant] went up the
hill to the city, they found young maidens going out to draw water; and they
said unto them, Is the seer here?” Saul then went according to the direction of
these maidens, and met Samuel without knowing him, and said unto him, ver. 18,
“Tell me, I pray thee, where the seer’s house is? and Samuel answered Saul, and
said, I am the seer.”
As the writer of the book of Samuel relates these
questions and answers, in the language or manner of speaking used in the time
they are said to have been spoken, and as that manner of speaking was out of
use when this author wrote, he found it necessary, in order to make the story
understood, to explain the terms in which these questions and answers are
spoken; and he does this in the 9th verse, where he says, “Before-time in
Israel, when a man went to enquire of God, thus he spake, Come let us go to the
seer; for he that is now called a prophet, was before-time called a seer.” This
proves, as I have before said, that this story of Saul, Samuel, and the asses,
was an ancient story at the time the book of Samuel was written, and
consequently that Samuel did not write it, and that the book is without
authenticity.
But if we go further into those books the evidence
is still more positive that Samuel is not the writer of them; for they relate
things that did not happen till several years after the death of Samuel. Samuel
died before Saul; for i Samuel, xxviii. tells, that Saul and the witch of Endor
conjured Samuel up after he was dead; yet the history of matters contained in
those books is extended through the remaining part of Saul’s life, and to the
latter end of the life of David, who succeeded Saul. The account of the death
and burial of Samuel (a thing which he could not write himself) is related in i
Samuel xxv.; and the chronology affixed to this chapter makes this to be B.C.
1060; yet the history of this first book is brought down to B.C. 1056, that is,
to the death of Saul, which was not till four years after the death of Samuel.
The second book of Samuel begins with an account of
things that did not happen till four years after Samuel was dead; for it begins
with the reign of David, who succeeded Saul, and it goes on to the end of
David’s reign, which was forty-three years after the death of Samuel; and,
therefore, the books are in themselves positive evidence that they were not
written by Samuel.
I have now gone through all the books in the first
part of the Bible, to which the names of persons are affixed, as being the
authors of those books, and which the church, styling itself the Christian
church, have imposed upon the world as the writings of Moses, Joshua and
Samuel; and I have detected and proved the falsehood of this imposition.—And
now ye priests, of every description, who have preached and written against the
former part of the ‘Age of Reason,’ what have ye to say? Will ye with all this
mass of evidence against you, and staring you in the face, still have the
assurance to march into your pulpits, and continue to impose these books on
your congregations, as the works of inspired penmen and the word of God? when
it is as evident as demonstration can make truth appear, that the persons who
ye say are the authors, are not the authors, and that ye know not who the
authors are. What shadow of pretence have ye now to produce for continuing the
blasphemous fraud? What have ye still to offer against the pure and moral
religion of deism, in support of your system of falsehood, idolatry, and
pretended revelation? Had the cruel and murdering orders, with which the Bible
is filled, and the numberless torturing executions of men, women, and children,
in consequence of those orders, been ascribed to some friend, whose memory you
revered, you would have glowed with satisfaction at detecting the falsehood of
the charge, and gloried in defending his injured fame. It is because ye are
sunk in the cruelty of superstition, or feel no interest in the honour of your
Creator, that ye listen to the horrid tales of the Bible, or hear them with
callous indifference. The evidence I have produced, and shall still produce in
the course of this work, to prove that the Bible is without authority, will,
whilst it wounds the stubbornness of a priest, relieve and tranquillize the
minds of millions: it will free them from all those hard thoughts of the
Almighty which priestcraft and the Bible had infused into their minds, and which
stood in everlasting opposition to all their ideas of his moral justice and
benevolence.
I come now to the two books of Kings, and the two
books of Chronicles.—Those books are altogether historical, and are chiefly
confined to the lives and actions of the Jewish kings, who in general were a
parcel of rascals: but these are matters with which we have no more concern
than we have with the Roman emperors, or Homer’s account of the Trojan war.
Besides which, as those books are anonymous, and as we know nothing of the
writer, or of his character, it is impossible for us to know what degree of
credit to give to the matters related therein. Like all other ancient
histories, they appear to be a jumble of fable and of fact, and of probable and
of improbable things, but which distance of time and place, and change of
circumstances in the world, have rendered obsolete and uninteresting.
The chief use I shall make of those books will be
that of comparing them with each other, and with other parts of the Bible, to
show the confusion, contradiction, and cruelty in this pretended word of God.
The first book of Kings begins with the reign of
Solomon, which, according to the Bible chronology, was B.C. 1015; and the
second book ends B.C. 588, being a little after the reign of Zedekiah, whom
Nebuchadnezzar, after taking Jerusalem and conquering the Jews, carried captive
to Babylon. The two books include a space of 427 years.
The two books of Chronicles are an history of the
same times, and in general of the same persons, by another author; for it would
be absurd to suppose that the same author wrote the history twice over. The
first book of Chronicles (after giving the genealogy from Adam to Saul, which
takes up the first nine chapters) begins with the reign of David; and the last
book ends, as in the last book of Kings, soon, after the reign of Zedekiah,
about B.C. 588. The last two verses of the last chapter bring the history 52
years more forward, that is, to 536. But these verses do not belong to the
book, as I shall show when I come to speak of the book of Ezra.
The two books of Kings, besides the history of
Saul, David, and Solomon, who reigned over all Israel, contain an abstract of
the lives of seventeen kings, and one queen, who are stiled kings of Judah; and
of nineteen, who are stiled kings of Israel; for the Jewish nation, immediately
on the death of Solomon, split into two parties, who chose separate kings, and
who carried on most rancorous wars against each other.
These two books are little more than a history of
assassinations, treachery, and wars. The cruelties that the Jews had accustomed
themselves to practise on the Canaanites, whose country they had savagely
invaded, under a pretended gift from God, they afterwards practised as
furiously on each other. Scarcely half their kings died a natural death, and in
some instances whole families were destroyed to secure possession to the
successor, who, after a few years, and sometimes only a few months, or less,
shared the same fate. In 2 Kings x., an account is given of two baskets full of
children’s heads, seventy in number, being exposed at the entrance of the city;
they were the children of Ahab, and were murdered by the orders of Jehu, whom
Elisha, the pretended man of God, had anointed to be king over Israel, on
purpose to commit this bloody deed, and assassinate his predecessor. And in the
account of the reign of Menahem, one of the kings of Israel who had murdered
Shallum, who had reigned but one month, it is said, 2 Kings xv. 16, that
Menahem smote the city of Tiphsah, because they opened not the city to him, and
all the women therein that were with child he ripped up.
Could we permit ourselves to suppose that the
Almighty would distinguish any nation of people by the name of his chosen
people, we must suppose that people to have been an example to all the rest of
the world of the purest piety and humanity, and not such a nation of ruffians
and cut-throats as the ancient Jews were,—a people who, corrupted by and
copying after such monsters and imposters as Moses and Aaron, Joshua, Samuel,
and David, had distinguished themselves above all others on the face of the
known earth for barbarity and wickedness. If we will not stubbornly shut our
eyes and steel our hearts it is impossible not to see, in spite of all that
long-established superstition imposes upon the mind, that the flattering
appellation of his chosen people is no other than a LIE which the priests and
leaders of the Jews had invented to cover the baseness of their own characters;
and which Christian priests sometimes as corrupt, and often as cruel, have
professed to believe.
The two books of Chronicles are a repetition of the
same crimes; but the history is broken in several places, by the author leaving
out the reign of some of their kings; and in this, as well as in that of Kings,
there is such a frequent transition from kings of Judah to kings of Israel, and
from kings of Israel to kings of Judah, that the narrative is obscure in the
reading. In the same book the history sometimes contradicts itself: for
example, in 2 Kings, i. 17, we are told, but in rather ambiguous terms, that
after the death of Ahaziah, king of Israel, Jehoram, or Joram, (who was of the
house of Ahab), reigned in his stead in the second Year of Jehoram, or Joram,
son of Jehoshaphat, king of Judah; and in viii. 16, of the same book, it is
said, “And in the fifth year of Joram, the son of Ahab, king of Israel,
Jehoshaphat being then king of Judah, Jehoram, the son of Jehoshaphat king of
judah, began to reign.” That is, one chapter says Joram of Judah began to reign
in the second year of Joram of Israel; and the other chapter says, that Joram
of Israel began to reign in the fifth year of Joram of Judah.
Several of the most extraordinary matters related
in one history, as having happened during the reign of such or such of their
kings, are not to be found in the other, in relating the reign of the same
king: for example, the two first rival kings, after the death of Solomon, were
Rehoboam and Jeroboam; and in i Kings xii. and xiii. an account is given of
Jeroboam making an offering of burnt incense, and that a man, who is there
called a man of God, cried out against the altar (xiii. 2): “O altar, altar!
thus saith the Lord: Behold, a child shall be born unto the house of David,
Josiah by name, and upon thee shall he offer the priests of the high places
that burn incense upon thee, and men’s bones shall be burned upon thee.” Verse
4: “And it came to pass, when king Jeroboam heard the saying of the man of God,
which had cried against the altar in Bethel, that he put forth his hand from
the altar, saying, Lay hold on him; and his hand which he put out against him
dried up so that he could not pull it again to him.”
One would think that such an extraordinary case as
this, (which is spoken of as a judgement,) happening to the chief of one of the
parties, and that at the first moment of the separation of the Israelites into
two nations, would, if it,. had been true, have been recorded in both
histories. But though men, in later times, have believed all that the prophets
have said unto them, it does appear that those prophets, or historians,
disbelieved each other: they knew each other too well.
A long account also is given in Kings about Elijah.
It runs through several chapters, and concludes with telling, 2 Kings ii. 11,
“And it came to pass, as they (Elijah and Elisha) still went on, and talked,
that, behold, there appeared a chariot of fire and horses of fire, and parted
them both asunder, and Elijah went up by a whirlwind into heaven.” Hum! this
the author of Chronicles, miraculous as the story is, makes no mention of,
though he mentions Elijah by name; neither does he say anything of the story
related in the second chapter of the same book of Kings, of a parcel of
children calling Elisha bald head; and that this man of God (ver. 24) “turned
back, and looked upon them, and cursed them in the name of the Lord; and there
came forth two she-bears out of the wood, and tare forty and two children of
them.” He also passes over in silence the story told, 2 Kings xiii., that when
they were burying a man in the sepulchre where Elisha had been buried, it
happened that the dead man, as they were letting him down, (ver. 21) “touched
the bones of Elisha, and he (the dead man) revived, and stood up on his feet.”
The story does not tell us whether they buried the man, notwithstanding he
revived and stood upon his feet, or drew him up again. Upon all these stories
the writer of the Chronicles is as silent as any writer of the present day, who
did not chose to be accused of lying, or at least of romancing, would be about
stories of the same kind.
But, however these two historians may differ from
each other with respect to the tales related by either, they are silent alike
with respect to those men styled prophets whose writings fill up the latter
part of the Bible. Isaiah, who lived in the time of Hezekiab, is mentioned in
Kings, and again in Chronicles, when these histories are speaking of that
reign; but except in one or two instances at most, and those very slightly,
none of the rest are so much as spoken of, or even their existence hinted at;
though, according to the Bible chronology, they lived within the time those
histories were written; and some of them long before. If those prophets, as
they are called, were men of such importance in their day, as the compilers of
the Bible, and priests and commentators have since represented them to be, how
can it be accounted for that not one of those histories should say anything
about them?
The history in the books of Kings and of Chronicles
is brought forward, as I have already said, to the year B.C. 588; it will,
therefore, be proper to examine which of these prophets lived before that
period.
Here follows a table of all the prophets, with the
times in which they lived before Christ, according to the chronology affixed to
the first chapter of each of the books of the prophets; and also of the number
of years they lived before the books of Kings and Chronicles were written:
TABLE of the Prophets, with the time in which they
lived before Christ,
and also before the books of Kings and Chronicles
were written:
Years Years before
NAMES. before Kings and Observations.
Christ. Chronicles.
Isaiah............... 760
172 mentioned.
(mentioned only in
Jeremiah............. 629
41 the last [two]
chapters
of Chronicles.
Ezekiel.............. 595
7 not mentioned.
Daniel............... 607
19 not mentioned.
Hosea................ 785
97 not mentioned.
Joel................. 800
212 not mentioned.
Amos................. 789
199 not mentioned.
Obadiah.............. 789
199 not mentioned.
Jonah................
862 274 see the note.
Micah................ 750
162 not mentioned.
Nahum................ 713
125 not mentioned.
Habakkuk............. 620
38 not mentioned.
Zepbaniah............ 630
42 not mentioned.
Haggai Zechariah all three after the year 588
Medachi [NOTE In 2 Kings xiv. 25, the name of Jonah is mentioned on account of
the restoration of a tract of land by Jeroboam; but nothing further is said of
him, nor is any allusion made to the book of Jonah, nor to his expedition to
Nineveh, nor to his encounter with the whale.—Author.]
This table is either not very honourable for the
Bible historians, or not very honourable for the Bible prophets; and I leave to
priests and commentators, who are very learned in little things, to settle the
point of etiquette between the two; and to assign a reason, why the authors of
Kings and of Chronicles have treated those prophets, whom, in the former part
of the ‘Age of Reason,’ I have considered as poets, with as much degrading
silence as any historian of the present day would treat Peter Pindar.
I have one more observation to make on the book of
Chronicles; after which I shall pass on to review the remaining books of the
Bible.
In my observations on the book of Genesis, I have
quoted a passage from xxxvi. 31, which evidently refers to a time, after that
kings began to reign over the children of Israel; and I have shown that as this
verse is verbatim the same as in 1 Chronicles i. 43, where it stands
consistently with the order of history, which in Genesis it does not, that the
verse in Genesis, and a great part of the 36th chapter, have been taken from
Chronicles; and that the book of Genesis, though it is placed first in the Bible,
and ascribed to Moses, has been manufactured by some unknown person, after the
book of Chronicles was written, which was not until at least eight hundred and
sixty years after the time of Moses.
The evidence I proceed by to substantiate this, is
regular, and has in it but two stages. First, as I have already stated, that
the passage in Genesis refers itself for time to Chronicles; secondly, that the
book of Chronicles, to which this passage refers itself, was not begun to be
written until at least eight hundred and sixty years after the time of Moses.
To prove this, we have only to look into 1 Chronicles iii. 15, where the
writer, in giving the genealogy of the descendants of David, mentions Zedekiah;
and it was in the time of Zedekiah that Nebuchadnezzar conquered Jerusalem,
B.C. 588, and consequently more than 860 years after Moses. Those who have
superstitiously boasted of the antiquity of the Bible, and particularly of the
books ascribed to Moses, have done it without examination, and without any
other authority than that of one credulous man telling it to another: for, so
far as historical and chronological evidence applies, the very first book in
the Bible is not so ancient as the book of Homer, by more than three hundred
years, and is about the same age with Æsop’s Fables.
I am not contending for the morality of Homer; on
the contrary, I think it a book of false glory, and tending to inspire immoral
and mischievous notions of honour; and with respect to Æsop, though the moral
is in general just, the fable is often cruel; and the cruelty of the fable does
more injury to the heart, especially in a child, than the moral does good to
the judgment.
Having now dismissed Kings and Chronicles, I come
to the next in course, the book of Ezra.
As one proof, among others I shall produce to shew
the disorder in which this pretended word of God, the Bible, has been put
together, and the uncertainty of who the authors were, we have only to look at
the first three verses in Ezra, and the last two in 2 Chronicles; for by what
kind of cutting and shuffling has it been that the first three verses in Ezra
should be the last two verses in 2 Chronicles, or that the last two in 2
Chronicles should be the first three in Ezra? Either the authors did not know their
own works or the compilers did not know the authors.
Last Two Verses of 2 Chronicles.
Ver. 22. Now in the first year of Cyrus, King of
Persia, that the word of the Lord, spoken by the mouth of Jeremiah, might be
accomplished, the Lord stirred up the spirit of Cyrus, king of Persia, that he
made a proclamation throughout all his kingdom, and put it also in writing,
saying.
earth hath the Lord God of heaven given me; and he
hath charged me to build him an house in Jerusalem which is in Judah. Who is
there among you of all his people? the Lord his God be with him, and let him go
up. ***
First Three Verses of Ezra.
Ver. 1. Now in the first year of Cyrus, king of
Persia, that the word of the Lord, by the mouth of Jeremiah, might be
fulfilled, the Lord stirred up the spirit of Cyrus, king of Persia, that he
made a proclamation throughout all his kingdom, and put it also in writing,
saying.
2. Thus saith Cyrus, king of Persia, The Lord God
of heaven hath given me all the kingdoms of the earth; and he hath charged me
to build him an house at Jerusalem, which is in Judah.
3. Who is there among you of all his people? his
God be with him, and let him go up to Jerusalem, which is in Judah, and build
the house of the Lord God of Israel (he is the God) which is in Jerusalem.
*** The last verse in Chronicles is broken
abruptly, and ends in the middle of the phrase with the word ‘up’ without
signifying to what place. This abrupt break, and the appearance of the same
verses in different books, show as I have already said, the disorder and
ignorance in which the Bible has been put together, and that the compilers of
it had no authority for what they were doing, nor we any authority for
believing what they have done. [NOTE I observed, as I passed along, several
broken and senseless passages in the Bible, without thinking them of
consequence enough to be introduced in the body of the work; such as that, 1
Samuel xiii. 1, where it is said, “Saul reigned one year; and when he had
reigned two years over Israel, Saul chose him three thousand men,” &c. The
first part of the verse, that Saul reigned one year has no sense, since it does
not tell us what Saul did, nor say any thing of what happened at the end of
that one year; and it is, besides, mere absurdity to say he reigned one year,
when the very next phrase says he had reigned two for if he had reigned two, it
was impossible not to have reigned one.
Another instance occurs in Joshua v. where the
writer tells us a story of an angel (for such the table of contents at the head
of the chapter calls him) appearing unto Joshua; and the story ends abruptly,
and without any conclusion. The story is as follows:—Ver. 13. “And it came to
pass, when Joshua was by Jericho, that he lifted up his eyes and looked, and
behold there stood a man over against him with his sword drawn in his hand; and
Joshua went unto him and said unto him, Art thou for us, or for our adversaries?”
Verse 14, “And he said, Nay; but as captain of the host of the Lord am I now
come. And Joshua fell on his face to the earth, and did worship and said unto
him, What saith my Lord unto his servant?” Verse 15, “And the captain of the
Lord’s host said unto Joshua, Loose thy shoe from off thy foot; for the place
whereon thou standeth is holy. And Joshua did so.”—And what then? nothing: for
here the story ends, and the chapter too.
Either this story is broken off in the middle, or
it is a story told by some Jewish humourist in ridicule of Joshua’s pretended
mission from God, and the compilers of the Bible, not perceiving the design of
the story, have told it as a serious matter. As a story of humour and ridicule
it has a great deal of point; for it pompously introduces an angel in the
figure of a man, with a drawn sword in his hand, before whom Joshua falls on
his face to the earth, and worships (which is contrary to their second commandment;)
and then, this most important embassy from heaven ends in telling Joshua to
pull off his shoe. It might as well have told him to pull up his breeches.
It is certain, however, that the Jews did not
credit every thing their leaders told them, as appears from the cavalier manner
in which they speak of Moses, when he was gone into the mount. As for this
Moses, say they, we wot not what is become of him. Exod. xxxii. 1.—Author.
The only thing that has any appearance of certainty
in the book of Ezra is the time in which it was written, which was immediately
after the return of the Jews from the Babylonian captivity, about B.C. 536.
Ezra (who, according to the Jewish commentators, is the same person as is
called Esdras in the Apocrypha) was one of the persons who returned, and who,
it is probable, wrote the account of that affair. Nebemiah, whose book follows
next to Ezra, was another of the returned persons; and who, it is also probable,
wrote the account of the same affair, in the book that bears his name. But
those accounts are nothing to us, nor to any other person, unless it be to the
Jews, as a part of the history of their nation; and there is just as much of
the word of God in those books as there is in any of the histories of France,
or Rapin’s history of England, or the history of any other country.
Pero incluso en asuntos de registro histórico, no
se puede depender de ninguno de esos escritores. En Esdras ii, el escritor da
una lista de las tribus y familias, y del número exacto de almas de cada una,
que regresaron de Babilonia a Jerusalén; y esta inscripción de las personas así
devueltas parece haber sido uno de los principales objetivos para escribir el
libro; pero en esto hay un error que destruye la intención de la empresa.
El escritor comienza su registro de la siguiente
manera (ii. 3): "Los hijos de Parosh, dos mil ciento setenta y
cuatro". versión 4, “Los hijos de Sefatías, trescientos setenta y dos”. Y
así procede por todas las familias; y en el versículo 64, hace un total, y
dice, toda la congregación junta era cuarenta y dos mil trescientos sesenta.
Pero quienquiera que se tome la molestia de
enumerar los diversos detalles, encontrará que el total no es más que 29.818;
por lo que el error es 12.542. Entonces, ¿qué certeza puede haber en la Biblia
para cualquier cosa?
[Aquí el Sr. Paine incluye la larga lista de
números de la Biblia de todos los niños enumerados y el total de los mismos.
Esto se puede obtener directamente de la Biblia.]
Nehemías, de la misma manera, da una lista de las
familias que regresaron y el número de cada familia. Comienza como en Esdras,
diciendo (vii. 8): “Los hijos de Parosh, dos mil trescientos setenta y dos;” y
así sucesivamente a través de todas las familias. (La lista difiere en varios
detalles de la de Esdras.) En el ver. 66, Nehemías hace un total, y dice, como
había dicho Esdras: “Toda la congregación junta era cuarenta y dos mil
trescientos sesenta”. Pero los detalles de esta lista hacen un total de 31.089,
por lo que el error aquí es 11.271. Estos escritores pueden funcionar lo
suficientemente bien como creadores de Biblias, pero no para cualquier cosa
donde la verdad y la exactitud sean necesarias.
El siguiente libro en curso es el libro de Ester.
Si a la señora Ester le pareció un honor ofrecerse como amante mantenida a
Asuero, o como rival de la reina Vasti, que se había negado a venir a un rey
borracho en medio de una multitud de borrachos, para ser un espectáculo, (
porque el relato dice que habían estado bebiendo siete días, y estaban
alegres,) que Ester y Mardoqueo miren eso, no es asunto nuestro, por lo menos
no es asunto mío; además de lo cual, la historia tiene mucha apariencia de
fabulosa, y además es anónima. Paso al libro de Job.
El libro de Job difiere en carácter de todos los
libros que hemos pasado por alto hasta ahora. La traición y el asesinato no
forman parte de este libro; son las meditaciones de una mente fuertemente
impresionada con las vicisitudes de la vida humana, y que por turnos se hunde y
lucha contra la presión. Es una composición muy trabajada, entre la sumisión
voluntaria y el descontento involuntario; y muestra al hombre, como a veces
está, más dispuesto a resignarse de lo que es capaz de estarlo. La paciencia
tiene una pequeña participación en el carácter de la persona de quien trata el
libro; por el contrario, su dolor es a menudo impetuoso; pero todavía se
esfuerza por mantener una guardia sobre él, y parece decidido, en medio de la
acumulación de males, a imponerse el duro deber de la satisfacción.
He hablado de manera respetuosa del libro de Job en
la primera parte de la 'Edad de la Razón', pero sin saber en ese momento lo que
he aprendido desde entonces; es decir, que de toda la evidencia que se puede
reunir, el libro de Job no pertenece a la Biblia.
He visto la opinión de dos comentaristas hebreos,
Abenezra y Spinoza, sobre este tema; ambos dicen que el libro de Job no
contiene evidencia interna de ser un libro hebreo; que el genio de la
composición y el drama de la pieza no son hebreos; que ha sido traducido de
otro idioma al hebreo, y que el autor del libro era gentil; que el personaje
representado bajo el nombre de Satanás (que es la primera y única vez que se
menciona este nombre en la Biblia) [En un trabajo posterior, Paine señala que
en “la Biblia” (por lo que siempre se refiere solo al Antiguo Testamento) el La
palabra Satanás aparece también en 1 Crón. XXI. 1, y comenta que la acción allí
atribuida a Satanás está en 2 Sam. xxiv. 1, atribuido a Jehová (“Ensayo sobre
los sueños”). En estos lugares, sin embargo, y en Ps. cix. 6, Satanás significa
"adversario", y así se traduce (COMO versión) en 2 Sam. xix. 22, y 1
Reyes v. 4, xi. 25. Como nombre propio, con el artículo, Satanás aparece en el
Antiguo Testamento sólo en Job y en Zac. iii. 1, 2. Pero se ha cuestionado la
autenticidad del pasaje de Zacarías, y puede ser que al encontrar el nombre
propio de Satanás en Job solo, Paine estuviera siguiendo alguna opinión
encontrada en una de las autoridades cuyos comentarios están condensados en
su párrafo.—Editor.] no corresponde a ninguna idea hebrea; y que las dos
convocaciones que se supone que hizo la Deidad de aquellos a quienes el poema
llama hijos de Dios, y la familiaridad que se afirma que este supuesto Satán
tiene con la Deidad, son en el mismo caso. Pero la autenticidad del pasaje en
Zacarías ha sido cuestionada, y puede ser que al encontrar el nombre propio de
Satanás en Job solo, Paine estaba siguiendo alguna opinión encontrada en una de
las autoridades cuyos comentarios están condensados en este párrafo.—Editor
.] no corresponde a ninguna idea hebrea; y que las dos convocaciones que se
supone que hizo la Deidad de aquellos a quienes el poema llama hijos de Dios, y
la familiaridad que se afirma que este supuesto Satán tiene con la Deidad, son en
el mismo caso. Pero la autenticidad del pasaje en Zacarías ha sido cuestionada,
y puede ser que al encontrar el nombre propio de Satanás en Job solo, Paine
estaba siguiendo alguna opinión encontrada en una de las autoridades cuyos
comentarios están condensados en este párrafo.—Editor .] no corresponde a
ninguna idea hebrea; y que las dos convocaciones que se supone que hizo la
Deidad de aquellos a quienes el poema llama hijos de Dios, y la familiaridad
que se afirma que este supuesto Satán tiene con la Deidad, son en el mismo
caso.
También se puede observar que el libro se muestra
como la producción de una mente cultivada en la ciencia, de la cual los judíos,
lejos de ser famosos, eran muy ignorantes. Las alusiones a objetos de la
filosofía natural son frecuentes y fuertes, y tienen un tono diferente a
cualquier cosa en los libros que se sabe que son hebreos. Los nombres
astronómicos, Pléyades, Orión y Arcturus, son nombres griegos y no hebreos, y
no parece de nada que se encuentre en la Biblia que los judíos supieran algo de
astronomía, o que la estudiaran, no tenían traducción de esos nombres a su
propio idioma, pero adoptaron los nombres tal como los encontraron en el poema.
[El crítico judío de Paine, David Levi, corrigió este desliz (“Defensa del
Antiguo Testamento”, 1797, p. 152). En el original los nombres son Ash
(Arcturus), Kesil' (Orión), Kimah' (Pléyades),
No hay duda de que los judíos tradujeron las
producciones literarias de las naciones gentiles al idioma hebreo y las
mezclaron con las suyas propias; Proverbios xxxi. i, es prueba de esto: allí
está dicho: Palabra del rey Lemuel, la profecía que le enseñó su madre. Este
versículo sirve de prefacio a los proverbios que siguen, y que no son
proverbios de Salomón, sino de Lemuel; y este Lemuel no era uno de los reyes de
Israel, ni de Judá, sino de algún otro país, y por lo tanto gentil. Los judíos,
sin embargo, han adoptado sus proverbios; y como no pueden dar ningún relato de
quién fue el autor del libro de Job, ni cómo llegaron a él, y como difiere en
carácter de los escritos hebreos, y permanece totalmente desconectado de todos
los demás libros y capítulos de la Biblia antes eso y después de eso, tiene
toda la evidencia circunstancial de ser originalmente un libro de los gentiles.
[La oración conocida con el nombre de Oración de Agur, en Proverbios xxx.,
inmediatamente anterior a los proverbios de Lemuel, y que es la única oración
sensata, bien concebida y bien expresada en la Biblia, tiene mucha apariencia
de siendo una oración tomada de los gentiles. El nombre de Agur no aparece en
otra ocasión que en esta; y se le presenta, junto con la oración que se le atribuye,
de la misma manera, y casi con las mismas palabras, que Lemuel y sus proverbios
se presentan en el capítulo que sigue. El primer versículo dice, “Las palabras
de Agur, el hijo de Jakeh, incluso la profecía”: aquí la palabra profecía se
usa con la misma aplicación que tiene en el siguiente capítulo de Lemuel, sin
conexión con nada de predicción. La oración de Agur está en los versículos 8 y
9: “Aparta de mí la vanidad y la mentira; no me des riquezas ni pobreza, sino
aliméntame con el alimento conveniente para mí; no sea que me sacie y te niegue
y diga: ¿Quién es el Señor? no sea que, siendo pobre, robe, y tome en vano el
nombre de mi Dios”. Esta no tiene ninguna de las marcas de ser una oración
judía, porque los judíos nunca oraban sino cuando estaban en problemas, y nunca
por otra cosa que no fuera la victoria, la venganza o las riquezas.—Autor.
(Prov. xxx. 1, y xxxi. 1) la palabra "profecía" en estos versículos
se traduce como "oráculo" o "carga" (marg.) en la versión
revisada. La oración de Agur fue citada por Paine en su súplica. para los
oficiales de Impuestos Especiales, 1772.—Editor.] ¿Quién es el Señor? no sea
que, siendo pobre, robe, y tome en vano el nombre de mi Dios”. Esta no tiene
ninguna de las marcas de ser una oración judía, porque los judíos nunca oraban
sino cuando estaban en problemas, y nunca por otra cosa que no fuera la
victoria, la venganza o las riquezas.—Autor. (Prov. xxx. 1, y xxxi. 1) la
palabra "profecía" en estos versículos se traduce como
"oráculo" o "carga" (marg.) en la versión revisada. La
oración de Agur fue citada por Paine en su súplica. para los oficiales de
Impuestos Especiales, 1772.—Editor.] ¿Quién es el Señor? no sea que, siendo
pobre, robe, y tome en vano el nombre de mi Dios”. Esta no tiene ninguna de las
marcas de ser una oración judía, porque los judíos nunca oraban sino cuando
estaban en problemas, y nunca por otra cosa que no fuera la victoria, la
venganza o las riquezas.—Autor. (Prov. xxx. 1, y xxxi. 1) la palabra
"profecía" en estos versículos se traduce como "oráculo" o
"carga" (marg.) en la versión revisada. La oración de Agur fue citada
por Paine en su súplica. para los oficiales de Impuestos Especiales,
1772.—Editor.]
Los creadores de la Biblia, y esos reguladores del
tiempo, los cronólogos de la Biblia, parecen haber estado perdidos sobre dónde
colocar y cómo deshacerse del libro de Job; porque no contiene ninguna
circunstancia histórica, ni alusión a ninguna, que pueda servir para determinar
su lugar en la Biblia. Pero no habría respondido al propósito de estos hombres
haber informado al mundo de su ignorancia; y, por lo tanto, lo han fijado en la
era de 1520 a. C., que es durante el tiempo que los israelitas estaban en
Egipto, y para lo cual tienen tanta autoridad y no más de la que yo debería
tener por decir que fue mil años antes. ese periodo. Sin embargo, lo más
probable es que sea más antiguo que cualquier libro de la Biblia; y es el único
que se puede leer sin indignación ni disgusto.
No sabemos nada de lo que era el antiguo mundo
gentil (como se le llama) antes de la época de los judíos, cuya práctica ha
sido calumniar y ennegrecer el carácter de todas las demás naciones; y es de
los relatos judíos que hemos aprendido a llamarlos paganos. Pero, hasta donde
sabemos lo contrario, eran un pueblo justo y moral, y no adictos, como los
judíos, a la crueldad y la venganza, pero cuya profesión de fe desconocemos.
Parece que tenían la costumbre de personificar tanto la virtud como el vicio en
estatuas e imágenes, como se hace hoy en día tanto en la estatuaria como en la
pintura; pero no se sigue de esto que los adoraran más que nosotros. Paso al
libro de,
Psalms, of which it is not necessary to make much observation.
Some of them are moral, and others are very revengeful; and the greater part
relates to certain local circumstances of the Jewish nation at the time they
were written, with which we have nothing to do. It is, however, an error or an
imposition to call them the Psalms of David; they are a collection, as
song-books are now-a-days, from different song-writers, who lived at different
times. The 137th Psalm could not have been written till more than 400 years
after the time of David, because it is written in commemoration of an event,
the captivity of the Jews in Babylon, which did not happen till that distance
of time. “By the rivers of Babylon we sat down; yea, we wept when we remembered
Zion. We hanged our harps upon the willows, in the midst thereof; for there
they that carried us away captive required of us a song, saying, sing us one of
the songs of Zion.” As a man would say to an American, or to a Frenchman, or to
an Englishman, sing us one of your American songs, or your French songs, or your
English songs. This remark, with respect to the time this psalm was written, is
of no other use than to show (among others already mentioned) the general
imposition the world has been under with respect to the authors of the Bible.
No regard has been paid to time, place, and circumstance; and the names of
persons have been affixed to the several books which it was as impossible they
should write, as that a man should walk in procession at his own funeral.
The Book of Proverbs. These, like the Psalms, are a
collection, and that from authors belonging to other nations than those of the
Jewish nation, as I have shewn in the observations upon the book of Job;
besides which, some of the Proverbs ascribed to Solomon did not appear till two
hundred and fifty years after the death of Solomon; for it is said in xxv. i,
“These are also proverbs of Solomon which the men of Hezekiah, king of Judah,
copied out.” It was two hundred and fifty years from the time of Solomon to the
time of Hezekiah. When a man is famous and his name is abroad he is made the
putative father of things he never said or did; and this, most probably, has
been the case with Solomon. It appears to have been the fashion of that day to
make proverbs, as it is now to make jest-books, and father them upon those who
never saw them. [A “Tom Paine’s Jest Book” had appeared in London with little
or nothing of Paine in it.—Editor.]
The book of Ecclesiastes, or the Preacher, is also
ascribed to Solomon, and that with much reason, if not with truth. It is
written as the solitary reflections of a worn-out debauchee, such as Solomon
was, who looking back on scenes he can no longer enjoy, cries out All is
Vanity! A great deal of the metaphor and of the sentiment is obscure, most
probably by translation; but enough is left to show they were strongly pointed
in the original. [Those that look out of the window shall be darkened, is an
obscure figure in translation for loss of sight.—Author.] From what is
transmitted to us of the character of Solomon, he was witty, ostentatious,
dissolute, and at last melancholy. He lived fast, and died, tired of the world,
at the age of fifty-eight years.
Seven hundred wives, and three hundred concubines,
are worse than none; and, however it may carry with it the appearance of
heightened enjoyment, it defeats all the felicity of affection, by leaving it
no point to fix upon; divided love is never happy. This was the case with
Solomon; and if he could not, with all his pretensions to wisdom, discover it
beforehand, he merited, unpitied, the mortification he afterwards endured. In
this point of view, his preaching is unnecessary, because, to know the consequences,
it is only necessary to know the cause. Seven hundred wives, and three hundred
concubines would have stood in place of the whole book. It was needless after
this to say that all was vanity and vexation of spirit; for it is impossible to
derive happiness from the company of those whom we deprive of happiness.
Para ser felices en la vejez es necesario que nos
acostumbremos a objetos que puedan acompañar a la mente a lo largo de la vida,
y que los demás los tomemos como buenos en su día. El mero hombre de placer es
miserable en la vejez; y el mero esclavo en los negocios es poco mejor:
mientras que la filosofía natural, la ciencia matemática y mecánica, son una
fuente continua de placer tranquilo, y a pesar de los lúgubres dogmas de los
sacerdotes y de la superstición, el estudio de esas cosas es el estudio de la verdadera
teología; enseña al hombre a conocer y admirar al Creador, porque los
principios de la ciencia están en la creación, son inmutables y de origen
divino.
Los que conocieron a Benjamin Franklin recordarán
que su mente era siempre joven; su temperamento siempre sereno; la ciencia, que
nunca encanece, fue siempre su amante. Nunca estuvo sin un objeto; porque
cuando dejamos de tener un objeto nos volvemos como un inválido en un hospital
esperando la muerte.
Los cánticos de Salomón, bastante amorosos y
tontos, pero que el arrugado fanatismo ha llamado divinos.—Los compiladores de
la Biblia han colocado estos cánticos después del libro de Eclesiastés; y los
cronólogos les han fijado la era de 1014 a. C., momento en el cual Salomón,
según la misma cronología, tenía diecinueve años de edad y estaba entonces
formando su serrallo de esposas y concubinas. Los hacedores de Biblias y los
cronólogos debieron haber manejado un poco mejor este asunto, y no haber dicho
nada sobre el tiempo, o haber elegido un tiempo menos inconsistente con la
supuesta divinidad de esos cantos; porque Salomón estaba entonces en la luna de
miel de mil libertinajes.
También se les debió haber ocurrido, que como
escribió, si es que escribió, el libro de Eclesiastés, mucho después de estos
cánticos, y en el que exclama que todo es vanidad y aflicción de espíritu, que
incluyó esos cánticos en esa descripción . Esto es más probable, porque dice, o
alguien por él, Eclesiastés ii. 8, conseguí cantantes masculinos y femeninos
[muy probablemente para cantar esas canciones] e instrumentos musicales de todo
tipo; y he aquí (Ver. ii), “todo era vanidad y aflicción de espíritu”. Sin
embargo, los compiladores han hecho su trabajo a medias; porque así como nos
han dado las canciones, deberían habernos dado las tonadas, para que las
cantemos.
Los libros llamados libros de los Profetas llenan
todo el resto de la Biblia; son dieciséis en número, comenzando con Isaías y
terminando con Malaquías, de los cuales he dado una lista en las observaciones
sobre Crónicas. De estos dieciséis profetas, todos los cuales excepto los
últimos tres vivieron dentro del tiempo en que se escribieron los libros de
Reyes y Crónicas, solo dos, Isaías y Jeremías, se mencionan en la historia de
esos libros. Comenzaré con esos dos, reservándome lo que tengo que decir sobre
el carácter general de los hombres llamados profetas para otra parte de la
obra.
Quienquiera que se tome la molestia de leer el
libro atribuido a Isaías, encontrará en él una de las composiciones más
salvajes y desordenadas jamás reunidas; no tiene principio, ni medio, ni fin;
y, excepto una breve parte histórica, y unos pocos esbozos de historia en los
primeros dos o tres capítulos, es una diatriba incoherente y grandilocuente,
llena de metáforas extravagantes, sin aplicación y desprovista de significado;
un colegial difícilmente habría sido excusable por escribir tales cosas; es (al
menos en la traducción) ese tipo de composición y falso gusto que se llama
propiamente prosa enloquecida.
La parte histórica comienza en el capítulo xxxvi y
continúa hasta el final del capítulo xxxix. Relata algunos asuntos que se dice
que sucedieron durante el reinado de Ezequías, rey de Judá, en el cual vivió
Isaías. Este fragmento de historia comienza y termina abruptamente; no tiene la
menor relación con el capítulo que le precede, ni con el que le sigue, ni con
ningún otro del libro. Es probable que Isaías escribiera él mismo este
fragmento, porque era un actor en las circunstancias de las que trata; pero excepto
esta parte, apenas hay dos capítulos que tengan alguna conexión entre sí. Uno
se titula, al comienzo del primer versículo, la carga de Babilonia; otra, la
carga de Moab; otra, la carga de Damasco; otra, la carga de Egipto; otra, la
carga del Desierto del Mar; otro,
Ya he mostrado, en el caso de los dos últimos
versículos de 2 Crónicas y los primeros tres de Esdras, que los compiladores de
la Biblia mezclaron y confundieron entre sí los escritos de diferentes autores;
lo cual por sí solo, si no hubiera otra causa, es suficiente para destruir la
autenticidad de una compilación, porque es más que una prueba presuntiva de que
los compiladores ignoran quiénes fueron los autores. Un ejemplo muy llamativo
de esto ocurre en el libro atribuido a Isaías: la última parte del capítulo 44
y el comienzo del 45, lejos de haber sido escritos por Isaías, solo podrían
haber sido escritos por una persona que vivió al menos ciento cincuenta años
después de la muerte de Isaías.
Estos capítulos son un elogio a Ciro, quien
permitió que los judíos regresaran a Jerusalén del cautiverio en Babilonia,
para reconstruir Jerusalén y el templo, como se dice en Esdras. El último
versículo del capítulo 44, y el comienzo del 45 [Isaías] están en las
siguientes palabras: “Que dice de Ciro, él es mi pastor, y hará todo lo que yo
quiero; aun diciendo a Jerusalén, serás edificada; y para el templo serán
echados tus cimientos: así ha dicho Jehová a su ungido, a Ciro, a quien he
asido de la mano derecha para someter delante de él naciones, y soltaré lomos
de reyes para abrir delante de él puertas de dos hojas , y las puertas no se
cerrarán; Yo iré delante de ti”, etc.
Qué audacia de la iglesia y de la ignorancia
sacerdotal es imponer este libro al mundo como escrito de Isaías, cuando
Isaías, según su propia cronología, murió poco después de la muerte de
Ezequías, que fue en el año 698 aC; y el decreto de Ciro, a favor de que los
judíos volvieran a Jerusalén, fue, según la misma cronología, el 536 aC; que es
una distancia de tiempo entre los dos de 162 años. No supongo que los
compiladores de la Biblia hicieron estos libros, sino que tomaron algunos
ensayos anónimos sueltos y los juntaron bajo los nombres de los autores que
mejor se adaptaban a su propósito. Han alentado la imposición, que está al lado
de inventarla; porque era imposible pero ellos deben haberlo observado.
Cuando vemos el estudiado arte de los redactores de
las escrituras, al hacer que cada parte de este romántico libro de elocuencia
escolar se doblegue a la monstruosa idea de un Hijo de Dios, engendrado por un
fantasma en el cuerpo de una virgen, no hay imposición de la que no tenemos
derecho a sospechar. Cada frase y circunstancia están marcadas con la mano
bárbara de la tortura supersticiosa, y forzadas a significados que les era
imposible tener. El encabezado de cada capítulo y la parte superior de cada página
están blasonados con los nombres de Cristo y la Iglesia, para que el lector
desprevenido pueda absorber el error antes de comenzar a leer.
He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un
hijo (Isa. vii. I4), se ha interpretado como la persona llamada Jesucristo y su
madre María, y ha tenido eco en la cristiandad durante más de mil años; y tal
ha sido el furor de esta opinión, que apenas una mancha en ella ha quedado
manchada de sangre y marcada con desolación a consecuencia de ella. Aunque no
es mi intención entrar en controversia sobre temas de este tipo, sino limitarme
a mostrar que la Biblia es espuria, y así, quitando el fundamento, derrocar de
una vez toda la estructura de superstición levantada sobre ella, —Sin embargo,
me detendré un momento para exponer la aplicación falaz de este pasaje.
Si Isaías estaba jugando una mala pasada con Acaz,
rey de Judá, a quien se dirige este pasaje, no es asunto mío; Solo pretendo
mostrar la mala aplicación del pasaje, y que no tiene más referencia a Cristo y
su madre que a mí y a mi madre. La historia es simplemente esta:
El rey de Siria y el rey de Israel (ya he dicho que
los judíos estaban divididos en dos naciones, una de las cuales se llamaba
Judá, cuya capital era Jerusalén, y la otra Israel) hicieron guerra juntos
contra Acaz, rey de Judá, y marcharon sus ejércitos hacia Jerusalén. Acaz y su
pueblo se alarmaron, y dice el relato (Is. vii. 2), Sus corazones se
conmovieron como los árboles del bosque se mueven con el viento.
En este estado de cosas, Isaías se dirige a Acaz, y
le asegura en el nombre del Señor (frase cantada de todos los profetas) que
estos dos reyes no triunfarán contra él; y para convencer a Acaz de que así
debe ser, le dice que pida una señal. Esto, dice el relato, Acaz se negó a
hacerlo; dando como razón que no tentaría al Señor; sobre lo cual Isaías, quien
es el orador, dice, ver. 14, “Por tanto, el Señor mismo os dará una señal; he
aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo;” y el versículo 16 dice: “Y
antes que este niño sepa desechar el mal y elegir el bien, la tierra que tú
aborreces o temes [refiriéndose a Siria y el reino de Israel] será abandonada
de ambos reyes”. Aquí entonces estaba la señal, y el tiempo limitado para el
cumplimiento de la seguridad o promesa; a saber,
Habiéndose comprometido Isaías hasta aquí, se le
hizo necesario, para evitar la imputación de ser un falso profeta, y sus
consecuencias, tomar medidas para hacer aparecer esta señal. Ciertamente no era
cosa difícil, en ninguna época del mundo, encontrar una niña encinta, o dejarla
embarazada; y tal vez Isaías sabía de uno de antemano; porque no creo que los
profetas de ese día fueran más dignos de confianza que los sacerdotes de este:
sea como fuere, dice en el próximo capítulo, ver. 2, “Y tomé para mí testigos
fieles para registrar, Urías el sacerdote, y Zacarías el hijo de Jeberechiah, y
fui a la profetisa, y ella concibió y dio a luz un hijo”.
He aquí, pues, toda la historia, por insensata que
sea, de este niño y esta virgen; y es sobre la perversión descarada de esta
historia que el libro de Mateo, y el descaro y sórdido interés de los
sacerdotes en tiempos posteriores, han fundado una teoría, que ellos llaman el
evangelio; y han aplicado esta historia para significar la persona a la que
llaman Jesucristo; engendrado, dicen, por un fantasma, al que llaman santo, en
el cuerpo de una mujer comprometida en matrimonio, y después casada, a la que
llaman virgen, setecientos años después de contarse esta tonta historia; una
teoría que, hablando por mí mismo, no vacilo en creer, y decir, es tan fabulosa
y tan falsa como Dios es verdadero. [En Is. vii. 14, se dice que el niño debe
llamarse Emanuel; pero este nombre no se le dio a ninguno de los hijos, sino
como un carácter, que la palabra significa.
Pero para mostrar la imposición y la falsedad de
Isaías solo tenemos que atender a la secuela de esta historia; que, aunque se
pasa por alto en silencio en el libro de Isaías, se relata en 2 Crónicas,
xxviii; y es que estos dos reyes en lugar de fracasar en su atentado contra
Acaz, rey de Judá, como había pretendido vaticinarlo Isaías en el nombre del
Señor, lo lograron: Acaz fue vencido y destruido; ciento veinte mil de su
pueblo fueron asesinados; Jerusalén fue saqueada y doscientas mil mujeres,
hijos e hijas llevados al cautiverio. Esto en cuanto a este profeta mentiroso e
impostor Isaías, y el libro de falsedades que lleva su nombre. Paso al libro de
Jeremías. Este profeta, como se le llama, vivió en la época en que
Nabucodonosor sitió Jerusalén, en el reinado de Sedequías, el último rey de
Judá; y la sospecha era fuerte contra él de que era un traidor en interés de
Nabucodonosor. Todo lo que se refiere a Jeremías muestra que fue un hombre de
carácter equívoco: en su metáfora del alfarero y el barro (cap. xviii.) guarda
sus pronósticos de una manera tan astuta como para dejarse siempre una puerta
para escapar, en caso de que el evento fuera contrario a lo que había predicho.
En los versículos 7 y 8 hace que el Todopoderoso diga: “¿En qué momento hablaré
acerca de una nación y de un reino, para arrancar y derribar y destruir, si
aquella nación contra la cual tengo pronunciado, vuélvete de su maldad, me
arrepentiré del mal que pensé hacerles.” Aquí había una condición en contra de
un lado del caso: ahora para el otro lado. Versículos 9 y 10, “En el momento en
que hablaré de una nación y de un reino, para edificarlo y plantarlo, si
hiciere mal delante de mis ojos y no obedeciere a mi voz, entonces me
arrepentiré del bien con que dije los beneficiaría.” Aquí hay una condición
contra el otro lado; y, de acuerdo con este plan de profetizar, un profeta
nunca podría estar equivocado, por muy equivocado que esté el Todopoderoso.
Este tipo de subterfugio absurdo, y esta manera de hablar del Todopoderoso,
como se hablaría de un hombre, no es más que consistente con la estupidez de la
Biblia. por muy equivocado que esté el Todopoderoso. Este tipo de subterfugio
absurdo, y esta manera de hablar del Todopoderoso, como se hablaría de un
hombre, no es más que consistente con la estupidez de la Biblia. por muy
equivocado que esté el Todopoderoso. Este tipo de subterfugio absurdo, y esta
manera de hablar del Todopoderoso, como se hablaría de un hombre, no es más que
consistente con la estupidez de la Biblia.
As to the authenticity of the book, it is only
necessary to read it in order to decide positively that, though some passages
recorded therein may have been spoken by Jeremiah, he is not the author of the
book. The historical parts, if they can be called by that name, are in the most
confused condition; the same events are several times repeated, and that in a
manner different, and sometimes in contradiction to each other; and this
disorder runs even to the last chapter, where the history, upon which the greater
part of the book has been employed, begins anew, and ends abruptly. The book
has all the appearance of being a medley of unconnected anecdotes respecting
persons and things of that time, collected together in the same rude manner as
if the various and contradictory accounts that are to be found in a bundle of
newspapers, respecting persons and things of the present day, were put together
without date, order, or explanation. I will give two or three examples of this
kind.
It appears, from the account of chapter xxxvii.
that the army of Nebuchadnezzer, which is called the army of the Chaldeans, had
besieged Jerusalem some time; and on their hearing that the army of Pharaoh of
Egypt was marching against them, they raised the siege and retreated for a
time. It may here be proper to mention, in order to understand this confused
history, that Nebuchadnezzar had besieged and taken Jerusalem during the reign
of Jehoakim, the redecessor of Zedekiah; and that it was Nebuchadnezzar who had
make Zedekiah king, or rather viceroy; and that this second siege, of which the
book of Jeremiah treats, was in consequence of the revolt of Zedekiah against
Nebuchadnezzar. This will in some measure account for the suspicion that
affixes itself to Jeremiah of being a traitor, and in the interest of
Nebuchadnezzar,—whom Jeremiah calls, xliii. 10, the servant of God.
Chapter xxxvii. 11-13, says, “And it came to pass,
that, when the army of the Chaldeans was broken up from Jerusalem, for fear of
Pharaoh’s army, that Jeremiah went forth out of Jerusalem, to go (as this
account states) into the land of Benjamin, to separate himself thence in the
midst of the people; and when he was in the gate of Benjamin a captain of the
ward was there, whose name was Irijah... and he took Jeremiah the prophet,
saying, Thou fallest away to the Chaldeans; then Jeremiah said, It is false; I
fall not away to the Chaldeans.” Jeremiah being thus stopt and accused, was,
after being examined, committed to prison, on suspicion of being a traitor,
where he remained, as is stated in the last verse of this chapter.
But the next chapter gives an account of the
imprisonment of Jeremiah, which has no connection with this account, but
ascribes his imprisonment to another circumstance, and for which we must go
back to chapter xxi. It is there stated, ver. 1, that Zedekiah sent Pashur the
son of Malchiah, and Zephaniah the son of Maaseiah the priest, to Jeremiah, to
enquire of him concerning Nebuchadnezzar, whose army was then before Jerusalem;
and Jeremiah said to them, ver. 8, “Thus saith the Lord, Behold I set before
you the way of life, and the way of death; he that abideth in this city shall
die by the sword and by the famine, and by the pestilence; but he that goeth
out and falleth to the Chaldeans that besiege you, he shall live, and his life
shall be unto him for a prey.”
This interview and conference breaks off abruptly
at the end of the 10th verse of chapter xxi.; and such is the disorder of this
book that we have to pass over sixteen chapters upon various subjects, in order
to come at the continuation and event of this conference; and this brings us to
the first verse of chapter xxxviii., as I have just mentioned. The chapter
opens with saying, “Then Shaphatiah, the son of Mattan, Gedaliah the son of
Pashur, and Jucal the son of Shelemiah, and Pashur the son of Malchiah, (here
are more persons mentioned than in chapter xxi.) heard the words that Jeremiah
spoke unto all the people, saying, Thus saith the Lord, He that remaineth in
this city, shall die by the sword, by famine, and by the pestilence; but he
that goeth forth to the Chaldeans shall live; for he shall have his life for a
prey, and shall live”; [which are the words of the conference;] therefore, (say
they to Zedekiah,) “We beseech thee, let this man be put to death, for thus he
weakeneth the hands of the men of war that remain in this city, and the hands
of all the people, in speaking such words unto them; for this man seeketh not
the welfare of the people, but the hurt:” and at the 6th verse it is said,
“Then they took Jeremiah, and put him into the dungeon of Malchiah.”
These two accounts are different and contradictory.
The one ascribes his imprisonment to his attempt to escape out of the city; the
other to his preaching and prophesying in the city; the one to his being seized
by the guard at the gate; the other to his being accused before Zedekiah by the
conferees. [I observed two chapters in I Samuel (xvi. and xvii.) that
contradict each other with respect to David, and the manner he became
acquainted with Saul; as Jeremiah xxxvii. and xxxviii. contradict each other
with respect to the cause of Jeremiah’s imprisonment.
In 1 Samuel, xvi., it is said, that an evil spirit
of God troubled Saul, and that his servants advised him (as a remedy) “to seek
out a man who was a cunning player upon the harp.” And Saul said, ver. 17,
“Provide me now a man that can play well, and bring him to me. Then answered
one of his servants, and said, Behold, I have seen a son of Jesse, the
Bethlehemite, that is cunning in playing, and a mighty man, and a man of war,
and prudent in matters, and a comely person, and the Lord is with him; wherefore
Saul sent messengers unto Jesse, and said, Send me David, thy son. And (verse
21) David came to Saul, and stood before him, and he loved him greatly, and he
became his armour-bearer; and when the evil spirit from God was upon Saul,
(verse 23) David took his harp, and played with his hand, and Saul was
refreshed, and was well.”
But the next chapter (xvii.) gives an account, all
different to this, of the manner that Saul and David became acquainted. Here it
is ascribed to David’s encounter with Goliah, when David was sent by his father
to carry provision to his brethren in the camp. In the 55th verse of this
chapter it is said, “And when Saul saw David go forth against the Philistine
(Goliah) he said to Abner, the captain of the host, Abner, whose son is this
youth? And Abner said, As thy soul liveth, 0 king, I cannot tell. And the king
said, Enquire thou whose son the stripling is. And as David returned from the
slaughter of the Philistine, Abner took him and brought him before Saul, with
the head of the Philistine in his hand; and Saul said unto him, Whose son art
thou, thou young man? And David answered, I am the son of thy servant, Jesse,
the Betblehemite,” These two accounts belie each other, because each of them
supposes Saul and David not to have known each other before. This book, the
Bible, is too ridiculous for criticism.—Author.]
In the next chapter (Jer. xxxix.) we have another
instance of the disordered state of this book; for notwithstanding the siege of
the city by Nebuchadnezzar has been the subject of several of the preceding
chapters, particularly xxxvii. and xxxviii., chapter xxxix. begins as if not a
word had been said upon the subject, and as if the reader was still to be
informed of every particular respecting it; for it begins with saying, ver. 1,
“In the ninth year of Zedekiah king of Judah, in the tenth month, came Nebuchadnezzar
king of Babylon, and all his army, against Jerusalem, and besieged it,” etc.
But the instance in the last chapter (lii.) is
still more glaring; for though the story has been told over and over again,
this chapter still supposes the reader not to know anything of it, for it
begins by saying, ver. i, “Zedekiah was one and twenty years old when he began
to reign, and he reigned eleven years in Jerusalem, and his mother’s name was
Hamutal, the daughter of Jeremiah of Libnah.” (Ver. 4,) “And it came to pass in
the ninth year of his reign, in the tenth month, that Nebuchadnezzar king of Babylon
came, he and all his army, against Jerusalem, and pitched against it, and built
forts against it,” etc.
It is not possible that any one man, and more
particularly Jeremiah, could have been the writer of this book. The errors are
such as could not have been committed by any person sitting down to compose a
work. Were I, or any other man, to write in such a disordered manner, no body
would read what was written, and every body would suppose that the writer was
in a state of insanity. The only way, therefore, to account for the disorder
is, that the book is a medley of detached unauthenticated anecdotes, put together
by some stupid book-maker, under the name of Jeremiah; because many of them
refer to him, and to the circumstances of the times he lived in.
Of the duplicity, and of the false predictions of
Jeremiah, I shall mention two instances, and then proceed to review the
remainder of the Bible.
It appears from chapter xxxviii. that when Jeremiah
was in prison, Zedekiah sent for him, and at this interview, which was private,
Jeremiah pressed it strongly on Zedekiah to surrender himself to the enemy.
“If,” says he, (ver. 17,) “thou wilt assuredly go forth unto the king of
Babylon’s princes, then thy soul shall live,” etc. Zedekiah was apprehensive
that what passed at this conference should be known; and he said to Jeremiah,
(ver. 25,) “If the princes [meaning those of Judah] hear that I have talked with
thee, and they come unto thee, and say unto thee, Declare unto us now what thou
hast said unto the king; hide it not from us, and we will not put thee to
death; and also what the king said unto thee; then thou shalt say unto them, I
presented my supplication before the king that he would not cause me to return
to Jonathan’s house, to die there. Then came all the princes unto Jeremiah, and
asked him, and “he told them according to all the words the king had
commanded.” Thus, this man of God, as he is called, could tell a lie, or very
strongly prevaricate, when he supposed it would answer his purpose; for
certainly he did not go to Zedekiah to make this supplication, neither did he
make it; he went because he was sent for, and he employed that opportunity to
advise Zedekiah to surrender himself to Nebuchadnezzar.
In chapter xxxiv. 2-5, is a prophecy of Jeremiah to
Zedekiah in these words: “Thus saith the Lord, Behold I will give this city
into the hand of the king of Babylon, and he will burn it with fire; and thou
shalt not escape out of his hand, but thou shalt surely be taken, and delivered
into his hand; and thine eyes shall behold the eyes of the king of Babylon, and
he shall speak with thee mouth to mouth, and thou shalt go to Babylon. Yet hear
the word of the Lord; O Zedekiah, king, of Judah, thus saith the Lord, Thou
shalt not die by the sword, but thou shalt die in Peace; and with the burnings
of thy fathers, the former kings that were before thee, so shall they burn
odours for thee, and they will lament thee, saying, Ah, Lord! for I have
pronounced the word, saith the Lord.”
Now, instead of Zedekiah beholding the eyes of the
king of Babylon, and speaking with him mouth to mouth, and dying in peace, and
with the burning of odours, as at the funeral of his fathers, (as Jeremiah had
declared the Lord himself had pronounced,) the reverse, according to chapter
Iii., 10, 11 was the case; it is there said, that the king of Babylon slew the
sons of Zedekiah before his eyes: then he put out the eyes of Zedekiah, and
bound him in chains, and carried him to Babylon, and put him in prison till the
day of his death.
What then can we say of these prophets, but that
they are impostors and liars?
As for Jeremiah, he experienced none of those
evils. He was taken into favour by Nebuchadnezzar, who gave him in charge to
the captain of the guard (xxxix, 12), “Take him (said he) and look well to him,
and do him no harm; but do unto him even as he shall say unto thee.” Jeremiah
joined himself afterwards to Nebuchadnezzar, and went about prophesying for him
against the Egyptians, who had marched to the relief of Jerusalem while it was
besieged. Thus much for another of the lying prophets, and the book that bears
his name.
I have been the more particular in treating of the
books ascribed to Isaiah and Jeremiah, because those two are spoken of in the
books of Kings and Chronicles, which the others are not. The remainder of the
books ascribed to the men called prophets I shall not trouble myself much
about; but take them collectively into the observations I shall offer on the
character of the men styled prophets.
In the former part of the ‘Age of Reason,’ I have
said that the word prophet was the Bible-word for poet, and that the flights
and metaphors of Jewish poets have been foolishly erected into what are now
called prophecies. I am sufficiently justified in this opinion, not only
because the books called the prophecies are written in poetical language, but
because there is no word in the Bible, except it be the word prophet, that
describes what we mean by a poet. I have also said, that the word signified a performer
upon musical instruments, of which I have given some instances; such as that of
a company of prophets, prophesying with psalteries, with tabrets, with pipes,
with harps, etc., and that Saul prophesied with them, 1 Sam. x., 5. It appears
from this passage, and from other parts in the book of Samuel, that the word
prophet was confined to signify poetry and music; for the person who was
supposed to have a visionary insight into concealed things, was not a prophet
but a seer, [I know not what is the Hebrew word that corresponds to the word
seer in English; but I observe it is translated into French by Le Voyant, from
the verb voir to see, and which means the person who sees, or the
seer.—Author.]
[The Hebrew word for Seer, in 1 Samuel ix.,
transliterated, is chozeh, the gazer, it is translated in Is. xlvii. 13, “the
stargazers.”—Editor.] (i Sam, ix. 9;) and it was not till after the word seer
went out of use (which most probably was when Saul banished those he called
wizards) that the profession of the seer, or the art of seeing, became
incorporated into the word prophet.
According to the modern meaning of the word prophet
and prophesying, it signifies foretelling events to a great distance of time;
and it became necessary to the inventors of the gospel to give it this latitude
of meaning, in order to apply or to stretch what they call the prophecies of
the Old Testament, to the times of the New. But according to the Old Testament,
the prophesying of the seer, and afterwards of the prophet, so far as the
meaning of the word “seer” was incorporated into that of prophet, had reference
only to things of the time then passing, or very closely connected with it;
such as the event of a battle they were going to engage in, or of a journey, or
of any enterprise they were going to undertake, or of any circumstance then
pending, or of any difficulty they were then in; all of which had immediate
reference to themselves (as in the case already mentioned of Ahaz and Isaiah
with respect to the expression, Behold a virgin shall conceive and bear a son,)
and not to any distant future time. It was that kind of prophesying that
corresponds to what we call fortune-telling; such as casting nativities,
predicting riches, fortunate or unfortunate marriages, conjuring for lost
goods, etc.; and it is the fraud of the Christian church, not that of the Jews,
and the ignorance and the superstition of modern, not that of ancient times,
that elevated those poetical, musical, conjuring, dreaming, strolling gentry,
into the rank they have since had.
But, besides this general character of all the
prophets, they had also a particular character. They were in parties, and they
prophesied for or against, according to the party they were with; as the
poetical and political writers of the present day write in defence of the party
they associate with against the other.
After the Jews were divided into two nations, that
of Judah and that of Israel, each party had its prophets, who abused and
accused each other of being false prophets, lying prophets, impostors, etc.
The prophets of the party of Judah prophesied
against the prophets of the party of Israel; and those of the party of Israel
against those of Judah. This party prophesying showed itself immediately on the
separation under the first two rival kings, Rehoboam and Jeroboam. The prophet
that cursed, or prophesied against the altar that Jeroboam had built in Bethel,
was of the party of Judah, where Rehoboam was king; and he was way-laid on his
return home by a prophet of the party of Israel, who said unto him (i Kings
xiii.) “Art thou the man of God that came from Judah? and he said, I am.” Then
the prophet of the party of Israel said to him “I am a prophet also, as thou
art, [signifying of Judah,] and an angel spake unto me by the word of the Lord,
saying, Bring him back with thee unto thine house, that he may eat bread and
drink water; but (says the 18th verse) he lied unto him.” The event, however,
according to the story, is, that the prophet of Judah never got back to Judah;
for he was found dead on the road by the contrivance of the prophet of Israel,
who no doubt was called a true prophet by his own party, and the prophet of
Judah a lying prophet.
In 2 Kings, iii., a story is related of prophesying
or conjuring that shews, in several particulars, the character of a prophet.
Jehoshaphat king of Judah, and Joram king of Israel, had for a while ceased
their party animosity, and entered into an alliance; and these two, together
with the king of Edom, engaged in a war against the king of Moab. After uniting
and marching their armies, the story says, they were in great distress for
water, upon which Jehoshaphat said, “Is there not here a prophet of the Lord,
that we may enquire of the Lord by him? and one of the servants of the king of
Israel said here is Elisha. [Elisha was of the party of Judah.] And Jehoshaphat
the king of Judah said, The word of the Lord is with him.” The story then says,
that these three kings went down to Elisha; and when Elisha [who, as I have
said, was a Judahmite prophet] saw the King of Israel, he said unto him, “What
have I to do with thee, get thee to the prophets of thy father and the prophets
of thy mother. Nay but, said the king of Israel, the Lord hath called these
three kings together, to deliver them into the hands of the king of Moab,”
(meaning because of the distress they were in for water;) upon which Elisha
said, “As the Lord of hosts liveth before whom I stand, surely, were it not
that I regard the presence of Jehoshaphat, king of Judah, I would not look
towards thee nor see thee.” Here is all the venom and vulgarity of a party
prophet. We are now to see the performance, or manner of prophesying.
Ver. 15. “‘Bring me,’ (said Elisha), ‘a minstrel’;
and it came to pass, when the minstrel played, that the hand of the Lord came
upon him.” Here is the farce of the conjurer. Now for the prophecy: “And Elisha
said, [singing most probably to the tune he was playing], Thus saith the Lord,
Make this valley full of ditches;” which was just telling them what every
countryman could have told them without either fiddle or farce, that the way to
get water was to dig for it.
But as every conjuror is not famous alike for the
same thing, so neither were those prophets; for though all of them, at least
those I have spoken of, were famous for lying, some of them excelled in
cursing. Elisha, whom I have just mentioned, was a chief in this branch of
prophesying; it was he that cursed the forty-two children in the name of the
Lord, whom the two she-bears came and devoured. We are to suppose that those
children were of the party of Israel; but as those who will curse will lie,
there is just as much credit to be given to this story of Elisha’s two
she-bears as there is to that of the Dragon of Wantley, of whom it is said:
Poor children three devoured be,
That could not with him grapple;
And at one sup he eat them up,
As a man would eat an apple.
There was another description of men called
prophets, that amused themselves with dreams and visions; but whether by night
or by day we know not. These, if they were not quite harmless, were but little
mischievous. Of this class are,
EZEKIEL and DANIEL; and the first question upon
these books, as upon all the others, is, Are they genuine? that is, were they
written by Ezekiel and Daniel?
Of this there is no proof; but so far as my own
opinion goes, I am more inclined to believe they were, than that they were not.
My reasons for this opinion are as follows: First, Because those books do not
contain internal evidence to prove they were not written by Ezekiel and Daniel,
as the books ascribed to Moses, Joshua, Samuel, etc., prove they were not
written by Moses, Joshua, Samuel, etc.
Secondly, Because they were not written till after
the Babylonish captivity began; and there is good reason to believe that not
any book in the bible was written before that period; at least it is proveable,
from the books themselves, as I have already shown, that they were not written
till after the commencement of the Jewish monarchy.
Thirdly, Because the manner in which the books
ascribed to Ezekiel and Daniel are written, agrees with the condition these men
were in at the time of writing them.
Had the numerous commentators and priests, who have
foolishly employed or wasted their time in pretending to expound and unriddle
those books, been carred into captivity, as Ezekiel and Daniel were, it would
greatly have improved their intellects in comprehending the reason for this
mode of writing, and have saved them the trouble of racking their invention, as
they have done to no purpose; for they would have found that themselves would
be obliged to write whatever they had to write, respecting their own affairs,
or those of their friends, or of their country, in a concealed manner, as those
men have done.
These two books differ from all the rest; for it is
only these that are filled with accounts of dreams and visions: and this
difference arose from the situation the writers were in as prisoners of war, or
prisoners of state, in a foreign country, which obliged them to convey even the
most trifling information to each other, and all their political projects or
opinions, in obscure and metaphorical terms. They pretend to have dreamed
dreams, and seen visions, because it was unsafe for them to speak facts or plain
language. We ought, however, to suppose, that the persons to whom they wrote
understood what they meant, and that it was not intended anybody else should.
But these busy commentators and priests have been puzzling their wits to find
out what it was not intended they should know, and with which they have nothing
to do.
Ezekiel and Daniel were carried prisoners to
Babylon, under the first captivity, in the time of Jehoiakim, nine years before
the second captivity in the time of Zedekiah. The Jews were then still
numerous, and had considerable force at Jerusalem; and as it is natural to
suppose that men in the situation of Ezekiel and Daniel would be meditating the
recovery of their country, and their own deliverance, it is reasonable to
suppose that the accounts of dreams and visions with which these books are
filled, are no other than a disguised mode of correspondence to facilitate
those objects: it served them as a cypher, or secret alphabet. If they are not
this, they are tales, reveries, and nonsense; or at least a fanciful way of
wearing off the wearisomeness of captivity; but the presumption is, they are
the former.
Ezequiel comienza su libro hablando de una visión
de querubines, y de una rueda dentro de otra rueda, que dice haber visto junto
al río Quebar, en la tierra de su cautiverio. ¿No es razonable suponer que por
los querubines se refería al templo de Jerusalén, donde tenían figuras de
querubines? y por una rueda dentro de una rueda (que como figura siempre se ha
entendido que significa artificio político) el proyecto o medio de recuperar
Jerusalén? En la última parte de su libro se supone transportado a Jerusalén y
al templo; y se refiere de nuevo a la visión sobre el río Quebar, y dice,
(xliii-3,) que esta última visión era como la visión sobre el río Quebar; lo
cual indica que aquellos pretendidos sueños y visiones tenían por objeto la
recuperación de Jerusalén, y nada más.
En cuanto a las interpretaciones y aplicaciones
románticas, por salvajes que sean los sueños y visiones que se proponen
explicar, que comentaristas y sacerdotes han hecho de esos libros, la de
convertirlos en cosas que llaman profecías, y hacerlos doblegar a los tiempos y
circunstancias en cuanto remoto incluso como el presente, muestra el fraude o
la locura extrema a la que puede llegar la credulidad o la superchería.
Difícilmente puede haber algo más absurdo que
suponer que hombres situados como Ezequiel y Daniel, cuyo país fue invadido y
en posesión del enemigo, todos sus amigos y parientes en cautiverio en el
extranjero, o en esclavitud en casa, o masacrados , o en continuo peligro de
ello; Difícilmente puede haber cosa más absurda, digo, que suponer que tales
hombres no encontrarían otra cosa que hacer que emplear su tiempo y sus
pensamientos en lo que les sucedería a otras naciones mil o dos mil años
después de su muerte; al mismo tiempo nada más natural que meditar la
recuperación de Jerusalén, y su propia liberación; y que este era el único
objeto de toda la escritura oscura y aparentemente frenética contenida en esos
libros.
En este sentido, el modo de escritura utilizado en
esos dos libros, forzado por la necesidad y no adoptado por elección, no es
irracional; pero, si vamos a usar los libros como profecías, son falsos. En
Ezequiel XXIX. 11., hablando de Egipto, se dice: “No pasará por él pie de
hombre, ni pie de bestia; ni será habitada por cuarenta años.” Esto es lo que
nunca sucedió, y en consecuencia es falso, como lo son todos los libros que ya
he reseñado.—Cierro aquí esta parte del tema.
En la primera parte de 'La edad de la razón' he
hablado de Jonás, y de la historia de él y la ballena. Una historia apta para
el ridículo, si fue escrita para ser creída; o de la risa, si se pretendía
probar lo que la credulidad podía tragar; porque, si pudiera tragarse a Jonás
ya la ballena, podría tragarse cualquier cosa.
Pero, como ya se muestra en las observaciones sobre
el libro de Job y Proverbios, no siempre es seguro cuáles de los libros de la
Biblia son originalmente hebreos, o solo traducciones de los libros de los
gentiles al hebreo; y como el libro de Jonás, lejos de tratar de los asuntos de
los judíos, no dice nada al respecto, sino que trata enteramente de los
gentiles, es más probable que sea un libro de gentiles que de judíos, [ He
leído en un antiguo poema persa (Saadi, creo, pero he perdido la referencia)
esta frase: "Y ahora la ballena se tragó a Jonás: el sol se
puso".—Editor.] y que ha sido escrito como una fábula para exponer las
tonterías y satirizar el carácter vicioso y maligno de un profeta de la Biblia
o de un sacerdote que predice.
Jonás es representado, primero como un profeta
desobediente, huyendo de su misión y refugiándose a bordo de una nave de los
gentiles, con destino a Jope a Tarsis; como si supusiera ignorantemente, por un
artificio tan mezquino, que podría esconderse donde Dios no podría encontrarlo.
El barco es alcanzado por una tormenta en el mar; y los marineros, todos ellos
gentiles, creyendo que era un juicio a causa de alguien a bordo que había
cometido un crimen, acordaron echar suertes para descubrir al ofensor; y la
suerte cayó sobre Jonás. Pero antes de esto habían echado por la borda todas
sus mercancías y mercaderías para aligerar el barco, mientras Jonás, como un
estúpido, dormía profundamente en la bodega.
Después de que el lote había designado a Jonás como
el ofensor, lo interrogaron para saber quién y qué era. y les dijo que era
hebreo; y la historia implica que se confesó culpable. Pero estos gentiles, en
lugar de sacrificarlo de una vez sin piedad ni misericordia, como lo habría
hecho una compañía de profetas bíblicos o sacerdotes por un gentil en el mismo
caso, y como se cuenta que Samuel había hecho por Agag, y Moisés por el mujeres
y niños, se esforzaron por salvarlo, aunque a riesgo de sus propias vidas:
porque el relato dice: “Sin embargo [es decir, aunque Jonás era judío y
extranjero, y la causa de todas sus desgracias, y la pérdida de su carga] los
hombres remaron con fuerza para llevar la barca a tierra, pero no pudieron,
porque el mar se agitaba y estaba tempestuoso contra ellos. Sin embargo,
todavía no estaban dispuestos a poner en ejecución el destino del lote; y
clamaron, dice el relato, al Señor, diciendo: “Te rogamos, oh Señor, que no
perezcamos por la vida de este hombre, y no cargues sobre nosotros sangre
inocente; porque tú, oh Señor, has hecho como te ha placido.” Es decir, que no
se atrevieron a juzgar culpable a Jonás, ya que podría ser inocente; sino que
consideraron la suerte que le había tocado como un decreto de Dios, o como
agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra que los gentiles adoraban a
un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los judíos los representaban. Pero
continuando la tormenta y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la
suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un
gran pez se lo tragó entero y vivo! y clamaron, dice el relato, al Señor,
diciendo: “Te rogamos, oh Señor, que no perezcamos por la vida de este hombre,
y no cargues sobre nosotros sangre inocente; porque tú, oh Señor, has hecho
como te ha placido.” Es decir, que no se atrevieron a juzgar culpable a Jonás,
ya que podría ser inocente; sino que consideraron la suerte que le había tocado
como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra
que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los
judíos los representaban. Pero continuando la tormenta y aumentando el peligro,
pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar;
donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! y clamaron,
dice el relato, al Señor, diciendo: “Te rogamos, oh Señor, que no perezcamos
por la vida de este hombre, y no cargues sobre nosotros sangre inocente; porque
tú, oh Señor, has hecho como te ha placido.” Es decir, que no se atrevieron a
juzgar culpable a Jonás, ya que podría ser inocente; sino que consideraron la
suerte que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La
dirección de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y
que no eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la
tormenta y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte,
y arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó
entero y vivo! no perezcamos por la vida de este hombre, y no echemos sobre
nosotros sangre inocente; porque tú, oh Señor, has hecho como te ha placido.”
Es decir, que no se atrevieron a juzgar culpable a Jonás, ya que podría ser
inocente; sino que consideraron la suerte que le había tocado como un decreto
de Dios, o como agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra que los
gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los judíos los
representaban. Pero continuando la tormenta y aumentando el peligro, pusieron
en ejecución la suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar; donde, según
la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! no perezcamos por la vida
de este hombre, y no echemos sobre nosotros sangre inocente; porque tú, oh
Señor, has hecho como te ha placido.” Es decir, que no se atrevieron a juzgar
culpable a Jonás, ya que podría ser inocente; sino que consideraron la suerte
que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección
de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no
eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta
y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y
arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó
entero y vivo! ya que él podría ser inocente; sino que consideraron la suerte
que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección
de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no
eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta
y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y
arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó
entero y vivo! ya que él podría ser inocente; sino que consideraron la suerte
que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección
de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no
eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta
y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y
arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó
entero y vivo! pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y echaron a Jonás
en el mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo!
pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y echaron a Jonás en el mar;
donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo!
Ahora tenemos que considerar a Jonás protegido de
la tormenta en el vientre del pez. Aquí se nos dice que oró; pero la oración es
una oración inventada, tomada de varias partes de los Salmos, sin conexión ni
consistencia, y adaptada a la angustia, pero en absoluto a la condición en la
que se encontraba Jonás. Es una oración como la de un gentil, quien pudiera
saber algo de los Salmos, podría copiar para él. Esta sola circunstancia, si no
hubiera otra, es suficiente para indicar que el conjunto es una historia
inventada. Sin embargo, se supone que la oración ha respondido al propósito, y
la historia continúa (quitando al mismo tiempo el lenguaje candoroso de un
profeta de la Biblia) diciendo: “Habló Jehová al pez, y éste vomitó. fuera
Jonás sobre tierra seca.”
Jonás luego recibió una segunda misión a Nínive,
con la que parte; y ahora tenemos que considerarlo como un predicador. La
angustia que se representa que sufrió, el recuerdo de su propia desobediencia
como la causa de ella, y el escape milagroso que se supone que tuvo, fueron
suficientes, uno podría concebir, para haberlo impresionado con simpatía y
benevolencia en la ejecución. de su misión; pero, en lugar de esto, entra en la
ciudad con denuncia y maldición en su boca, clamando: “De aquí a cuarenta días,
Nínive será destruida”.
Ahora nos toca considerar a este supuesto misionero
en el último acto de su misión; y aquí es donde el espíritu malévolo de un
profeta de la Biblia, o de un sacerdote que predice, aparece en toda esa
negrura de carácter que los hombres atribuyen al ser que llaman el diablo.
Habiendo publicado sus predicciones, se retiró,
dice la historia, al lado este de la ciudad.—¿Pero para qué? no contemplar en
retiro la misericordia de su Creador hacia sí mismo o hacia los demás, sino
esperar, con maligna impaciencia, la destrucción de Nínive. Sucedió, sin
embargo, como cuenta la historia, que los ninivitas se reformaron, y que Dios,
según la frase bíblica, se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y
no lo hizo. Esto, dice el primer versículo del último capítulo, disgustó mucho a
Jonás y se enojó mucho. Su obstinado corazón preferiría que toda Nínive fuera
destruida, y que toda alma, joven y vieja, pereciera en sus ruinas, antes que
no se cumpliera su predicción. Para exponer aún más el carácter de un profeta,
se hace crecer una calabaza en la noche, que le promete un agradable refugio
del calor del sol, en el lugar a que se retira; y a la mañana siguiente muere.
Aquí la ira del profeta se vuelve excesiva y está
listo para destruirse a sí mismo. "Es mejor, dijo él, para mí morir que
vivir". Esto trae una supuesta protesta entre el Todopoderoso y el
profeta; en el que el primero dice: “¿Haces bien en enojarte por la calabaza? Y
Jonás dijo: Hago bien en enojarme hasta la muerte. Entonces dijo el Señor:
Tuviste piedad de la calabaza, por la cual no trabajaste, ni la hiciste crecer,
la cual subio en una noche, y pereció en una noche; ¿Y no he de perdonar a
Nínive, la gran ciudad en la que hay más de sesenta mil personas que no saben
discernir entre su mano derecha y su mano izquierda?
Aquí está tanto el final de la sátira como la
moraleja de la fábula. Como sátira, ataca el carácter de todos los profetas de
la Biblia, y todos los juicios indiscriminados sobre hombres, mujeres y niños,
con los que está lleno este libro mentiroso, la Biblia; como el diluvio de Noé,
la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, la extirpación de los
cananeos, hasta los niños de pecho y las mujeres encintas; porque la misma
reflexión 'que hay más de sesenta mil personas que no saben discernir entre su mano
derecha y su mano izquierda', es decir niños pequeños, se aplica a todos sus
casos. También satiriza la supuesta parcialidad del Creador por una nación más
que por otra.
Como moraleja, predica contra el espíritu malévolo
de la predicción; porque tan ciertamente como un hombre predice el mal, se
inclina a desearlo. El orgullo de tener un juicio correcto endurece su corazón,
hasta que finalmente contempla con satisfacción, o ve con desilusión, el
cumplimiento o el fracaso de sus predicciones.—Este libro termina con el mismo
tipo de punto fuerte y bien dirigido contra los profetas. , profecías y juicios
indiscriminados, como termina el capítulo que hizo Benjamín Franklin para la
Biblia, sobre Abraham y el extranjero, contra el espíritu intolerante de las
persecuciones religiosas—Hasta aquí el libro Jonás. [La historia de Abraham y
el adorador del fuego, atribuida a Franklin, es de Saadi. (Véase mi “Antología
sagrada”, pág. 61).
De las partes poéticas de la Biblia, que se llaman
profecías, he hablado en la primera parte de 'La edad de la razón', y ya en
ésta, donde he dicho que la palabra profeta es la palabra bíblica para poeta, y
que los vuelos y metáforas de esos poetas, muchas de las cuales se han
oscurecido por el paso del tiempo y el cambio de las circunstancias, han sido
ridículamente erigidas en cosas llamadas profecías, y aplicadas a propósitos
que los escritores nunca pensaron. Cuando un sacerdote cita alguno de esos pasajes,
lo descifra de acuerdo con sus propios puntos de vista e impone esa explicación
a su congregación como el significado del escritor. La ramera de Babilonia ha
sido la ramera común de todos los sacerdotes, y cada uno ha acusado al otro de
mantener la ramera; tan bien están de acuerdo en sus explicaciones.
Quedan ahora sólo unos pocos libros, a los que
llaman libros de los profetas menores; y como ya he mostrado que los mayores
son impostores, sería cobardía perturbar el reposo de los pequeños. Que
duerman, pues, en brazos de sus nodrizas, los sacerdotes, y se olviden los dos
juntos.
Ahora he repasado la Biblia, como un hombre
atravesaría un bosque con un hacha al hombro y talaría árboles. Aquí yacen; y
los sacerdotes, si pueden, las replantarán. Quizá los entierren, pero nunca los
harán crecer. Paso a los libros del Nuevo Testamento.
CAPITULO DOS.
EL NUEVO TESTAMENTO
El Nuevo Testamento, nos dicen, está fundado sobre
las profecías del Antiguo; si es así, debe seguir el destino de su fundación.
Como no es nada extraordinario que una mujer esté
encinta antes de casarse, y que el hijo que pueda dar a luz sea ejecutado,
incluso injustamente, no veo razón para no creer que una mujer como María, y un
hombre como como existieron José y Jesús; su mera existencia es una cuestión de
indiferencia, acerca de la cual no hay motivo ni para creer ni para no creer, y
que cae bajo el encabezado común de Puede ser así, ¿y entonces qué? Sin
embargo, la probabilidad es que existieran esas personas, o al menos que se les
pareciera en parte de las circunstancias, porque casi todas las historias
románticas han sido sugeridas por alguna circunstancia real; como las aventuras
de Robinson Crusoe, de las cuales ni una palabra es cierta, fueron sugeridas
por el caso de Alexander Selkirk.
No es entonces la existencia o la inexistencia de
las personas lo que me preocupa; es la fábula de Jesucristo, tal como se cuenta
en el Nuevo Testamento, y la doctrina descabellada y visionaria planteada en
ella, contra lo que lucho. La historia, tal como se cuenta, es blasfemamente
obscena. Da cuenta de una mujer joven comprometida para casarse, y mientras
está bajo este compromiso, ella es, para hablar en lenguaje sencillo,
corrompida por un fantasma, bajo el pretexto impío (Lucas i. 35) de que "el
Espíritu Santo venga sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su
sombra”. A pesar de lo cual, Joseph luego se casa con ella, cohabita con ella
como su esposa y, a su vez, rivaliza con el fantasma. Esto es poner la historia
en un lenguaje inteligible, y cuando se cuenta de esta manera, no hay un
sacerdote que no tenga que avergonzarse de reconocerlo. [María, la supuesta
virgen, madre de Jesús, tuvo varios otros hijos, hijos e hijas. Véase Mat.
XIII. 55, 56.—Autor.]
La obscenidad en materia de fe, por muy envuelta
que esté, es siempre una muestra de fábula e impostura; porque es necesario
para nuestra seria creencia en Dios, que no la conectemos con historias que
desembocan, como ésta, en interpretaciones ridículas. Esta historia es, a
primera vista, el mismo tipo de historia que la de Júpiter y Leda, o Júpiter y
Europa, o cualquiera de las aventuras amorosas de Júpiter; y muestra, como ya
se dijo en la primera parte de 'La edad de la razón', que la fe cristiana se
basa en la mitología pagana.
Como las partes históricas del Nuevo Testamento, en
lo que se refiere a Jesucristo, están confinadas a un espacio de tiempo muy
corto, menos de dos años, y todas dentro del mismo país, y casi en el mismo
lugar, la discordancia del tiempo, lugar y circunstancia, que detecta la
falacia de los libros del Antiguo Testamento, y prueba que son imposiciones, no
se puede esperar que se encuentre aquí en la misma abundancia. El Nuevo
Testamento, comparado con el Antiguo, es como una farsa de un solo acto, en la que
no caben muy numerosas violaciones de las unidades. Hay, sin embargo, algunas
contradicciones flagrantes que, excluyendo la falacia de las supuestas
profecías, son suficientes para mostrar que la historia de Jesucristo es falsa.
Establezco como una posición que no puede ser
controvertida, primero, que la concordancia de todas las partes de una historia
no prueba que la historia sea verdadera, porque las partes pueden concordar y
el todo puede ser falso; en segundo lugar, que el desacuerdo de las partes de
una historia prueba que el todo no puede ser cierto. El acuerdo no prueba la
verdad, pero el desacuerdo prueba positivamente la falsedad.
La historia de Jesucristo está contenida en los
cuatro libros atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan.—El primer capítulo de
Mateo comienza dando una genealogía de Jesucristo; y en el tercer capítulo de
Lucas también se da una genealogía de Jesucristo. Si estos dos estuvieran de
acuerdo, no probaría que la genealogía es verdadera, porque sin embargo podría
ser una invención; pero como se contradicen entre sí en todos los detalles,
prueba absolutamente la falsedad. Si Mateo dice la verdad, Lucas dice la mentira;
y si Lucas dice verdad, Mateo dice mentira: y como no hay autoridad para creer
uno más que el otro, tampoco hay autoridad para creer; y si no se les puede
creer ni siquiera en lo primero que dicen, y se proponen probar, no tienen
derecho a que se les crea en nada de lo que digan después. La verdad es una
cosa uniforme; y en cuanto a la inspiración y la revelación, si lo
admitiéramos, es imposible suponer que pueda ser contradictorio. Entonces, los
hombres llamados apóstoles eran impostores, o los libros que se les atribuyen
han sido escritos por otras personas y engendrados por ellos, como es el caso
en el Antiguo Testamento.
El libro de Mateo da (i. 6), una genealogía por
nombre desde David, hasta José, el esposo de María, hasta Cristo; y hace que
haya veintiocho generaciones. El libro de Lucas da también una genealogía por
nombre desde Cristo, pasando por José, el marido de María, hasta David, y hace
que haya cuarenta y tres generaciones; además de lo cual, solo hay dos nombres
de David y José que son similares en las dos listas. Aquí inserto ambas listas
genealógicas, y en aras de la claridad y la comparación, las he colocado en la
misma dirección, es decir, desde José hasta David.
Genealogía, según Genealogía, según
Mateo. Lucas.
cristo cristo
2 José
2 José
3 Jacob
3 Helí
4
Matthan 4 Mattath
5
Eleazar 5 Leví
6 Eliud
6 Melchl
7 Aquim
7 Janna
8 Sadoc
8 José
9 Azor
9 Matatías
10
Eliaquim 10 Amós
11 Abiud
11 Naum
12
Zorobabel 12 Eslí
13
Salathiel 13 Nagge
14
Jeconías 14 Maat
15
Josías 15 Matatías
16 Amón
16 Semei
17
Manasés 17 José
18
Ezequías 18 Judá
19 Acaz
19 Juana
20
Joatham 20 Rhesa
21 Ozías
21 Zorobabel
22 Joram
22 Salatiel
23
Josafat 23 Neri
24 Asa
24 Melchi
25 Abia
25 Adi
26
Roboam 26 Cosam
27
Salomón 27 Elmodam
28 David
* 28 Er
29
José
30
Eliezer
31
Jorim
32
mateo
33
Leví
34
Simeón
35
Judá
36
José
37
Juan
38
Eliaquim
39
Melea
40
hombres
41
Matata
42
Natán
43
david
[NOTE: * From the birth of David to the birth of
Christ is upwards of 1080 years; and as the life-time of Christ is not
included, there are but 27 full generations. To find therefore the average age
of each person mentioned in the list, at the time his first son was born, it is
only necessary to divide 1080 by 27, which gives 40 years for each person. As
the life-time of man was then but of the same extent it is now, it is an
absurdity to suppose, that 27 following generations should all be old bachelors,
before they married; and the more so, when we are told that Solomon, the next
in succession to David, had a house full of wives and mistresses before he was
twenty-one years of age. So far from this genealogy being a solemn truth, it is
not even a reasonable lie. The list of Luke gives about twenty-six years for
the average age, and this is too much.—Author.]
Now, if these men, Matthew and Luke, set out with a
falsehood between them (as these two accounts show they do) in the very
commencement of their history of Jesus Christ, and of who, and of what he was,
what authority (as I have before asked) is there left for believing the strange
things they tell us afterwards? If they cannot be believed in their account of
his natural genealogy, how are we to believe them when they tell us he was the
son of God, begotten by a ghost; and that an angel announced this in secret to
his mother? If they lied in one genealogy, why are we to believe them in the
other? If his natural genealogy be manufactured, which it certainly is, why are
we not to suppose that his celestial genealogy is manufactured also, and that
the whole is fabulous? Can any man of serious reflection hazard his future
happiness upon the belief of a story naturally impossible, repugnant to every
idea of decency, and related by persons already detected of falsehood? Is it
not more safe that we stop ourselves at the plain, pure, and unmixed belief of
one God, which is deism, than that we commit ourselves on an ocean of
improbable, irrational, indecent, and contradictory tales?
The first question, however, upon the books of the
New Testament, as upon those of the Old, is, Are they genuine? were they
written by the persons to whom they are ascribed? For it is upon this ground
only that the strange things related therein have been credited. Upon this
point, there is no direct proof for or against; and all that this state of a
case proves is doubtfulness; and doubtfulness is the opposite of belief. The
state, therefore, that the books are in, proves against themselves as far as this
kind of proof can go.
But, exclusive of this, the presumption is that the
books called the Evangelists, and ascribed to Matthew, Mark, Luke, and John,
were not written by Matthew, Mark, Luke, and John; and that they are
impositions. The disordered state of the history in these four books, the
silence of one book upon matters related in the other, and the disagreement
that is to be found among them, implies that they are the productions of some
unconnected individuals, many years after the things they pretend to relate,
each of whom made his own legend; and not the writings of men living intimately
together, as the men called apostles are supposed to have done: in fine, that
they have been manufactured, as the books of the Old Testament have been, by
other persons than those whose names they bear.
The story of the angel announcing what the church
calls the immaculate conception, is not so much as mentioned in the books
ascribed to Mark, and John; and is differently related in Matthew and Luke. The
former says the angel, appeared to Joseph; the latter says, it was to Mary; but
either Joseph or Mary was the worst evidence that could have been thought of;
for it was others that should have testified for them, and not they for
themselves. Were any girl that is now with child to say, and even to swear it,
that she was gotten with child by a ghost, and that an angel told her so, would
she be believed? Certainly she would not. Why then are we to believe the same
thing of another girl whom we never saw, told by nobody knows who, nor when,
nor where? How strange and inconsistent is it, that the same circumstance that
would weaken the belief even of a probable story, should be given as a motive
for believing this one, that has upon the face of it every token of absolute
impossibility and imposture.
La historia de Herodes destruyendo a todos los
niños menores de dos años, pertenece enteramente al libro de Mateo; ninguno de
los demás menciona nada al respecto. Si tal circunstancia hubiera sido cierta,
la universalidad de la misma debe haberla hecho saber a todos los escritores, y
la cosa habría sido demasiado llamativa para haber sido omitida por cualquiera.
Este escritor nos dice que Jesús escapó de esta matanza, porque José y María
fueron advertidos por un ángel para que huyeran con él a Egipto; pero se olvidó
de hacer provisiones para Juan [el Bautista], que entonces tenía menos de dos
años. Sin embargo, a Juan, que se quedó atrás, le fue tan bien como a Jesús,
que huyó; y por lo tanto, la historia se desmiente circunstancialmente a sí
misma.
No hay dos de estos escritores que estén de acuerdo
en recitar, exactamente con las mismas palabras, la inscripción escrita, por
breve que sea, que nos dicen que fue puesta sobre Cristo cuando fue
crucificado; y además de esto, Marcos dice que fue crucificado a la hora
tercera (las nueve de la mañana); y Juan dice que era la hora sexta (las doce
del mediodía). [Según Juan, (xix. 14) la sentencia fue no pasó hasta alrededor
de la hora sexta (mediodía) y, en consecuencia, la ejecución no pudo ser hasta
la tarde; pero Marcos (xv. 25) dice expresamente que fue crucificado a la hora
tercera, (nueve de la mañana),—Autor.]
Así se afirma la inscripción en esos libros:
Mateo: Este es Jesús, el rey de los judíos.
Marcos—El rey de los judíos. Lucas—Este es el rey de los judíos. Juan: Jesús de
Nazaret, el rey de los judíos.
Podemos inferir de estas circunstancias, por
triviales que sean, que esos escritores, quienesquiera que hayan sido y en el
tiempo que hayan vivido, no estuvieron presentes en la escena. El único de los
hombres llamados apóstoles que parece haber estado cerca del lugar fue Pedro, y
cuando fue acusado de ser uno de los seguidores de Jesús, se dice (Mateo 26:74)
“Entonces Pedro comenzó a maldecir y jurar, diciendo: No conozco al hombre:”
pero ahora somos llamados a creer al mismo Pedro, condenado, por su propia
cuenta, de perjurio. ¿Por qué razón, o con qué autoridad, debemos hacer esto?
Los relatos que se dan de las circunstancias, que
nos dicen que asistieron a la crucifixión, están relacionados de manera
diferente en esos cuatro libros.
El libro atribuido a Mateo dice que hubo tinieblas
sobre toda la tierra desde la hora sexta hasta la hora novena, que el velo del
templo se rasgó en dos, de arriba abajo, que hubo un terremoto, que las rocas
se rasgaron —que las tumbas se abrieron, que los cuerpos de muchos de los
santos que durmieron se levantaron y salieron de sus tumbas después de la
resurrección, y entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.' Tal es
el relato que da este gallardo escritor del libro de Mateo, pero en el que no
cuenta con el apoyo de los escritores de los otros libros.
El escritor del libro atribuido a Marcos, al
detallar las circunstancias de la crucifixión, no menciona ningún terremoto, ni
el desgarro de las rocas, ni la apertura de las tumbas, ni la salida de los
muertos. El escritor del libro de Lucas también guarda silencio sobre los
mismos puntos. Y en cuanto al escritor del libro de Juan, aunque detalla todas
las circunstancias de la crucifixión hasta el entierro de Cristo, no dice nada
acerca de las tinieblas, el velo del templo, el terremoto, las rocas, las tumbas,
ni los muertos.
Ahora bien, si hubiera sido cierto que estas cosas
habían sucedido, y si los escritores de estos libros hubieran vivido en el
tiempo en que sucedieron, y hubieran sido las personas que se dice que son, a
saber, los cuatro hombres llamados apóstoles, Mateo, Marcos , Lucas y Juan, no
les era posible, como verdaderos historiadores, incluso sin la ayuda de la
inspiración, no haberlos registrado. Las cosas, suponiéndolas como hechos, eran
de demasiada notoriedad para no haber sido conocidas, y de demasiada importancia
para no haber sido contadas. Todos estos supuestos apóstoles debieron ser
testigos del terremoto, si lo hubo, porque no era posible que estuvieran
ausentes de él: la apertura de los sepulcros y resurrección de los muertos, y
su andar por la ciudad , es aún de mayor importancia que el terremoto. Un
terremoto siempre es posible, y natural, y no prueba nada; pero esta apertura
de las tumbas es sobrenatural, y apunta directamente a su doctrina, su causa y
su apostolado. De haber sido verdad, habría llenado capítulos enteros de esos
libros, y habría sido el tema elegido y el coro general de todos los
escritores; pero en lugar de esto, las cosas pequeñas y triviales, y la mera
conversación de 'él dijo esto y ella dijo aquello', a menudo se detallan tediosamente,
mientras que esto, lo más importante de todo, si hubiera sido cierto, se hace
pasar de una manera descuidada por un solo trazo de la pluma, y eso por un
solo escritor, y no tanto como insinuado por el resto. y sido el tema elegido y
coro general de todos los escritores; pero en lugar de esto, las cosas pequeñas
y triviales, y la mera conversación de 'él dijo esto y ella dijo aquello', a
menudo se detallan tediosamente, mientras que esto, lo más importante de todo,
si hubiera sido cierto, se hace pasar de una manera descuidada por un solo
trazo de la pluma, y eso por un solo escritor, y no tanto como insinuado por
el resto. y sido el tema elegido y coro general de todos los escritores; pero
en lugar de esto, las cosas pequeñas y triviales, y la mera conversación de 'él
dijo esto y ella dijo aquello', a menudo se detallan tediosamente, mientras que
esto, lo más importante de todo, si hubiera sido cierto, se hace pasar de una
manera descuidada por un solo trazo de la pluma, y eso por un solo escritor,
y no tanto como insinuado por el resto.
Es fácil decir una mentira, pero es difícil apoyar
la mentira después de decirla. El escritor del libro de Mateo debería habernos
dicho quiénes eran los santos que resucitaron y entraron en la ciudad, y qué
fue de ellos después, y quién los vio; porque no se atreve a decir que él mismo
los vio; si salieron desnudos, y todos con ante natural, santos y santas, o si
vinieron vestidos de gala, y de dónde sacaron sus vestidos; si fueron a sus
habitaciones anteriores, y reclamaron a sus esposas, sus maridos y sus bienes,
y cómo fueron recibidos; ya sea que ingresaran expulsiones para la recuperación
de sus bienes, o interpusieran acciones delictivas. estafa. contra los intrusos
rivales; si permanecieron en la tierra y siguieron su anterior ocupación de
predicar o trabajar;
Extraño en verdad, que un ejército de santos
volviera a la vida, y nadie supiera quiénes eran, ni quién fue el que los vio,
y que ni una palabra más se diga sobre el tema, ni estos santos tengan nada que
decirnos. ! Si hubieran sido los profetas quienes (según se nos dice) habían
profetizado anteriormente de estas cosas, deben haber tenido mucho que decir.
Podrían habernos dicho todo, y deberíamos haber tenido profecías póstumas, con
notas y comentarios sobre las primeras, un poco mejor por lo menos de lo que
tenemos ahora. Si hubieran sido Moisés, Aarón, Josué, Samuel y David, no habría
quedado un solo judío inconverso en toda Jerusalén. Si hubiera sido Juan el
Bautista y los santos de la época presente, todos los habrían conocido, y
habrían superado en predicación y fama a todos los demás apóstoles. Pero, en
lugar de esto,
El relato de la resurrección sigue al de la
crucifixión; y tanto en esto como en aquello, los escritores, quienesquiera que
hayan sido, discrepan tanto como para hacer evidente que ninguno de ellos
estuvo allí.
El libro de Mateo declara que cuando Cristo fue
puesto en el sepulcro, los judíos solicitaron a Pilato que se colocara una
guardia sobre el septilcro, para evitar que los discípulos robaran el cuerpo; y
que en consecuencia de esta petición se aseguró el sepulcro, sellando la piedra
que cubría la boca, y poniendo guardia. Pero los otros libros nada dicen de
esta aplicación, ni del sellamiento, ni de la guardia, ni de la guardia; y
según sus cuentas, no hubo ninguno. Mateo, sin embargo, continúa esta parte de
la historia del guardia o del reloj con una segunda parte, que señalaré en la
conclusión, ya que sirve para detectar la falacia de esos libros.
El libro de Mateo continúa su relato, y dice,
(xxviii. 1,) que pasado el día de reposo, al amanecer, hacia el primer día de
la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, para ver al sepulcro. Mark
dice que estaba saliendo el sol y John dice que estaba oscuro. Lucas dice que
fueron María Magdalena y Juana, y María la madre de Santiago, y otras mujeres,
las que vinieron al sepulcro; y Juan afirma que María Magdalena vino sola. ¡Tan
bien están de acuerdo con su primera evidencia! Todos ellos, sin embargo,
parecen haber sabido más acerca de María Magdalena; era una mujer muy conocida,
y no era una mala conjetura que pudiera estar de paseo. [El obispo de Llandaff,
en su famosa “Apología”, censuró severamente a Paine por esta insinuación
contra María Magdalena, pero la censura recae realmente sobre nuestra versión
en inglés, que,
The book of Matthew goes on to say (ver. 2): “And
behold there was a great earthquake, for the angel of the Lord descended from
heaven, and came and rolled back the stone from the door, and sat upon it” But
the other books say nothing about any earthquake, nor about the angel rolling
back the stone, and sitting upon it and, according to their account, there was
no angel sitting there. Mark says the angel [Mark says “a young man,” and Luke
“two men.”—Editor.] was within the sepulchre, sitting on the right side. Luke
says there were two, and they were both standing up; and John says they were
both sitting down, one at the head and the other at the feet.
Matthew says, that the angel that was sitting upon
the stone on the outside of the sepulchre told the two Marys that Christ was
risen, and that the women went away quickly. Mark says, that the women, upon
seeing the stone rolled away, and wondering at it, went into the sepulchre, and
that it was the angel that was sitting within on the right side, that told them
so. Luke says, it was the two angels that were Standing up; and John says, it
was Jesus Christ himself that told it to Mary Magdalene; and that she did not
go into the sepulchre, but only stooped down and looked in.
Ahora bien, si los escritores de estos cuatro
libros hubieran acudido a un tribunal de justicia para probar una coartada
(pues lo que aquí se intenta probar es la naturaleza de una coartada, es decir,
la ausencia de un cadáver por medios sobrenaturales). ,) y si hubieran dado su
testimonio de la misma manera contradictoria que aquí se da, habrían estado en
peligro de que les cortaran las orejas por perjurio, y lo habrían merecido con
justicia. Sin embargo, esta es la evidencia, y estos son los libros, que han
sido impuestos sobre el mundo como dados por inspiración divina, y como la
inmutable palabra de Dios.
El escritor del libro de Mateo, después de dar este
relato, relata una historia que no se encuentra en ninguno de los otros libros,
y que es la misma a la que acabo de aludir antes. “Ahora,” dice él, [es decir,
después de la conversación que las mujeres habían tenido con el ángel sentado
sobre la piedra], “he aquí algunos de la guardia [refiriéndose a la guardia que
él había dicho que había sido colocada sobre el sepulcro] entraron en la
ciudad, y contó a los principales sacerdotes todas las cosas que se habían
hecho; y cuando se reunieron con los ancianos y hubieron tomado consejo, dieron
mucho dinero a los soldados, diciendo: Decid que sus discípulos vinieron de
noche y se lo robaron mientras dormíamos; y si esto llegare a oídos del
gobernador, lo persuadiremos, y os aseguraremos. Así que tomaron el dinero e
hicieron como se les enseñó;
La expresión, hasta el día de hoy, es una evidencia
de que el libro atribuido a Mateo no fue escrito por Mateo, y que ha sido
fabricado mucho después de los tiempos y cosas de que pretende tratar; pues la
expresión implica una gran extensión de tiempo intermedio. Sería inconsistente
de nuestra parte hablar de esta manera de cualquier cosa que suceda en nuestro
propio tiempo. Para dar, pues, un significado inteligible a la expresión,
debemos suponer un lapso de algunas generaciones por lo menos, pues esta manera
de hablar remite a la mente a la antigüedad.
También vale la pena notar lo absurdo de la
historia; porque muestra que el escritor del libro de Mateo había sido un
hombre sumamente débil y necio. Cuenta una historia que se contradice a sí
misma en cuanto a posibilidad; porque aunque se pudiera hacer decir al guardia,
si lo hubiera, que el cuerpo fue llevado mientras dormían, y dar eso como razón
para no haberlo impedido, ese mismo sueño debe haber impedido también que
supieran cómo hacerlo. , y por quién, fue hecho; y, sin embargo, se les hace
decir que fueron los discípulos quienes lo hicieron. Si un hombre presentara su
evidencia de algo que debería decir que se hizo, y de la manera de hacerlo, y
de la persona que lo hizo, mientras él estaba dormido, y no pudo saber nada del
asunto, tal evidencia no podría ser recibido: servirá lo suficientemente bien
como evidencia del Testamento,
Llego ahora a esa parte de la evidencia en esos
libros, que respeta la supuesta aparición de Cristo después de esta supuesta
resurrección.
El escritor del libro de Mateo relata que el ángel
que estaba sentado sobre la piedra a la entrada del sepulcro, dijo a las dos
Marías (xxviii. 7): “Mirad que Cristo se ha ido delante de vosotros a Galilea,
allí veréis él; mira, te lo he dicho. Y el mismo escritor en los dos versículos
siguientes (8, 9) hace que Cristo mismo hable con el mismo propósito a estas
mujeres inmediatamente después de que el ángel se lo había dicho, y que ellas
corrieron rápidamente a decírselo a los discípulos; y se dice (v. 16),
“Entonces los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les
había señalado; y cuando lo vieron, lo adoraron.”
Pero el escritor del libro de Juan nos cuenta una
historia muy diferente a esta; porque dice (xx. 19) “Entonces el mismo día por
la tarde, siendo el primer día de la semana, [es decir, el mismo día en que se
dice que Cristo resucitó], cuando las puertas estaban cerradas, donde los
discípulos estaban reunidos, por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en
medio de ellos”.
Según Mateo los once marchaban a Galilea, para
encontrarse con Jesús en un monte, por su propia cita, en el mismo tiempo en
que, según Juan, estaban reunidos en otro lugar, y esto no por cita, sino en
secreto, porque miedo a los judíos.
El escritor del libro de Lucas xxiv. 13, 33-36,
contradice la de Mateo de manera más acentuada que la de Juan; porque dice
expresamente, que la reunión fue en Jerusalén la tarde del mismo día que él
(Cristo) resucitó, y que los once estaban allí.
Ahora bien, no es posible, a menos que admitamos a
estos supuestos discípulos el derecho de mentir deliberadamente, que los
escritores de estos libros pudieran ser cualquiera de las once personas
llamadas discípulos; porque si, según Mateo, los once fueron a Galilea a
encontrarse con Jesús en un monte por su propia designación, el mismo día en
que se dice que resucitó, Lucas y Juan deben haber sido dos de esos once; sin
embargo, el escritor de Lucas dice expresamente, y Juan da a entender tanto,
que la reunión fue ese mismo día, en una casa en Jerusalén; y, por otro lado,
si, según Lucas y Juan, los once estaban reunidos en una casa en Jerusalén,
Mateo debe haber sido uno de esos once; sin embargo, Mateo dice que la reunión
fue en una montaña de Galilea y, en consecuencia, la evidencia dada en esos
libros se destruye entre sí.
El escritor del libro de Marcos no dice nada sobre
ninguna reunión en Galilea; pero dice (xvi. 12) que Cristo, después de su
resurrección, se apareció en otra forma a dos de ellos, mientras caminaban por
el campo, y que estos dos se lo dijeron a los restantes, quienes no les
creyeron. [Esto pertenece a la última adición a Marcos, que originalmente
terminó con xvi. 8.—Editor.] Lucas también cuenta una historia, en la que
mantiene ocupado a Cristo todo el día de esta supuesta resurrección, hasta la
tarde, y que invalida totalmente el relato de la subida al monte de Galilea. Él
dice que dos de ellos, sin decir cuáles, fueron ese mismo día a un pueblo
llamado Emaús, a tres veinte estadios (siete millas y media) de Jerusalén, y
que Cristo disfrazado fue con ellos y se quedó con ellos hasta la noche, y cenó
con ellos,
Esta es la manera contradictoria en que se expresa
la evidencia de esta pretendida reaparición de Cristo: el único punto en el que
los escritores están de acuerdo, es en la intimidad furtiva de esa reaparición;
porque ya sea que estuviera en el hueco de una montaña en Galilea, o en una
casa cerrada en Jerusalén, todavía estaba al acecho. ¿A qué causa, pues, hemos
de atribuir este acecho? Por un lado, es directamente repugnante al fin
supuesto o pretendido, el de convencer al mundo de que Cristo resucitó; y, por
otro lado, haber afirmado su publicidad habría expuesto a los escritores de
esos libros a la detección pública; y, por lo tanto, se han visto en la
necesidad de convertirlo en un asunto privado.
En cuanto al relato de que Cristo fue visto por más
de quinientos a la vez, es solo Pablo quien lo dice, y no los quinientos que lo
dicen por sí mismos. Es, por lo tanto, el testimonio de un solo hombre, y
también de un hombre que, según el mismo relato, no creyó ni una palabra del
asunto en el momento en que se dice que sucedió. Su testimonio, suponiendo que
él haya sido el escritor de Corintios 15, donde se da este relato, es como el
de un hombre que llega a un tribunal de justicia para jurar que lo que había
jurado antes era falso. Un hombre puede entrar en razón a menudo, y también
tiene siempre el derecho de cambiar de opinión; pero esta libertad no se
extiende a las cuestiones de hecho.
Ahora llego a la última escena, la de la ascensión
al cielo. Aquí todo temor a los judíos, y a todo lo demás, necesariamente debe
haber estado fuera de discusión: era lo que, si era cierto, iba a sellar la
muerte. entero; y sobre el cual la realidad de la misión futura de los
discípulos debía descansar como prueba. Las palabras, sean declaraciones o
promesas, que se hayan hecho en privado, ya sea en el recodo de una montaña en
Galilea, o en una casa cerrada en Jerusalén, aun suponiendo que hayan sido pronunciadas,
no podrían ser evidencia en público; por lo tanto, era necesario que esta
última escena excluyera la posibilidad de negación y disputa; y que debería
ser, como he dicho en la primera parte de 'La edad de la razón', tan público y
tan visible como el sol al mediodía; al menos debería haber sido tan público
como se informa que fue la crucifixión.
En primer lugar, el escritor del libro de Mateo no
dice una sílaba al respecto; tampoco el escritor del libro de Juan. Siendo este
el caso, ¿es posible suponer que esos escritores, que fingen ser incluso
minuciosos en otros asuntos, habrían guardado silencio sobre esto, si hubiera
sido cierto? El escritor del libro de Marcos lo pasa de una manera descuidada y
descuidada, con un solo trazo de la pluma, como si estuviera cansado de las
novelas o avergonzado de la historia. Lo mismo hace el escritor de Lucas. E
incluso entre estos dos, no hay un acuerdo aparente, en cuanto al lugar donde
se dice que fue esta despedida final. [Los últimos nueve versículos de Marcos
no son genuinos, la historia de la ascensión se basa exclusivamente en las
palabras de Lucas xxiv. 51, “fue llevado al cielo”, palabras omitidas por
varias autoridades antiguas.—Editor.]
El libro de Marcos dice que Cristo se apareció a
los once cuando estaban sentados a la mesa, aludiendo a la reunión de los once
en Jerusalén: luego relata la conversación que dice pasó en esa reunión; e
inmediatamente después dice (como un niño de escuela terminaría una historia
aburrida): "Y el Señor, después que les hubo hablado, fue recibido arriba
en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios". Pero el escritor de Lucas
dice que la ascensión fue de Betania; que él (Cristo) los condujo hasta
Betania, y allí se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo. Así también
fue Mahoma: y, en cuanto a Moisés, dice el apóstol Judas, ver. 9. Que 'Miguel y
el diablo disputaron por su cuerpo'. Mientras creemos en fábulas como estas, o
cualquiera de ellas, creemos indignamente en el Todopoderoso.
Ahora he pasado por el examen de los cuatro libros
atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan; y cuando se considera que todo el
espacio de tiempo, desde la crucifixión hasta lo que se llama la ascensión, es
de unos pocos días, aparentemente no más de tres o cuatro, y que se informa que
todas las circunstancias ocurrieron casi lo mismo Lugar, Jerusalén, es, creo,
imposible encontrar en cualquier historia registrada tantos y tan flagrantes
absurdos, contradicciones y falsedades, como las que hay en esos libros. Son
más numerosos y sorprendentes de lo que esperaba encontrar cuando comencé este
examen, y mucho más de lo que tenía idea cuando escribí la primera parte de 'La
edad de la razón'. Entonces no tenía ni la Biblia ni el Testamento a los que
referirme, ni podía conseguir ninguno. Mi propia situación, incluso en cuanto a
la existencia, se hacía cada día más precaria; y como estaba dispuesto a dejar
algo sobre el tema, me vi obligado a ser rápido y conciso. Las citas que hice
entonces eran sólo de memoria, pero son correctas; y las opiniones que he
presentado en esa obra son el efecto de la convicción más clara y establecida
desde hace mucho tiempo: que la Biblia y el Testamento son imposiciones sobre
el mundo; que la caída del hombre, el relato de Jesucristo siendo el Hijo de
Dios, y de su muerte para aplacar la ira de Dios, y de la salvación por ese
medio extraño, son todas invenciones fabulosas, deshonrosas para la sabiduría y
el poder del Todopoderoso; que la única religión verdadera es el deísmo, por lo
cual entonces significó y ahora significa la creencia de un Dios, y una
imitación de su carácter moral, o la práctica de lo que se llama virtudes
morales; —y que fue sólo en esto (en lo que respecta a la religión) en lo que
descansé todas mis esperanzas de felicidad en el más allá. Así lo digo ahora, y
que Dios me ayude.
Pero volviendo al tema. Aunque es imposible, a esta
distancia de tiempo, determinar con certeza quiénes fueron los escritores de
esos cuatro libros (y esto solo es suficiente para mantenerlos en duda, y donde
dudamos lo hacemos). no creer) no es difícil comprobar negativamente que no
fueron escritos por las personas a quienes se atribuyen. Las contradicciones en
esos libros demuestran dos cosas:
Primero, que los escritores no pueden haber sido
testigos oculares y auditivos de los asuntos que relatan, o los hubieran
relatado sin esas contradicciones; y, en consecuencia, que los libros no han
sido escritos por las personas llamadas apóstoles, que se supone que han sido
testigos de este tipo.
En segundo lugar, que los escritores, quienesquiera
que hayan sido, no han obrado por imposición concertada, sino cada escritor por
separado e individualmente para sí mismo, y sin el conocimiento de los demás.
La misma prueba que se aplica para probar uno, se
aplica igualmente para probar ambos casos; es decir, que los libros no fueron
escritos por los hombres llamados apóstoles, y también que no son una
imposición concertada. En cuanto a la inspiración, está completamente fuera de
cuestión; también podemos intentar unir la verdad y la falsedad, como
inspiración y contradicción.
Si cuatro hombres son testigos oculares y auditivos
de una escena, sin ningún acuerdo entre ellos, se pondrán de acuerdo en cuanto
a la hora y el lugar, cuándo y dónde ocurrió esa escena. Su conocimiento
individual de la cosa, sabiendo cada uno por sí mismo, hace totalmente
innecesaria la concertación; el uno no dirá que fue en un monte en el campo, y
el otro en una casa en un pueblo; el uno no dirá que fue al amanecer, y el otro
que estaba oscuro. Porque en cualquier lugar que haya sido y en cualquier tiempo
que haya sido, lo conocen por igual.
Y por otro lado, si cuatro hombres concertan una
historia, harán que sus relaciones separadas de esa historia estén de acuerdo y
se corroboren entre sí para apoyar el todo. Ese concierto suple la falta de
hecho en un caso, como el conocimiento del hecho reemplaza, en el otro caso, la
necesidad de un concierto. Las mismas contradicciones, pues, que prueban que no
ha habido concierto, prueban también que los reporteros no tenían conocimiento
del hecho (o más bien de lo que relatan como un hecho), y detectan también la
falsedad de sus informes. Esos libros, por lo tanto, no han sido escritos por
los hombres llamados apóstoles, ni por impostores en concierto.—¿Cómo entonces
han sido escritos?
No soy de los que gustan de creer que hay mucho de
eso que se llama mentira deliberada, o mentira de origen, excepto en el caso de
los hombres que se hacen profetas, como en el Antiguo Testamento; porque
profetizar es mentir profesionalmente. En casi todos los demás casos, no es
difícil descubrir el progreso por el cual incluso una simple suposición, con la
ayuda de la credulidad, con el tiempo se convertirá en una mentira, y
finalmente se dirá como un hecho; y siempre que podamos encontrar una razón caritativa
para una cosa de este tipo, no debemos permitirnos una severa.
La historia de Jesucristo apareciendo después de
muerto es la historia de una aparición, como las que la tímida imaginación
siempre puede crear en la visión y la credulidad cree. Historias de este tipo
se habían contado del asesinato de Julio César no muchos años antes, y
generalmente tienen su origen en muertes violentas, o en ejecuciones de
personas inocentes. En casos de este tipo, la compasión presta su ayuda y
estira benévolamente la historia. Continúa un poco y un poco más, hasta que se
convierte en una verdad muy cierta. Una vez comienza un fantasma, y la
credulidad llena la historia de su vida, y asigna la causa de su aparición; uno
lo cuenta de una manera, otro de otra manera, hasta que hay tantas historias
sobre el fantasma, y sobre el propietario del fantasma, como hay sobre
Jesucristo en estos cuatro libros.
La historia de la aparición de Jesucristo se cuenta
con esa extraña mezcla de lo natural y lo imposible, que distingue el relato
legendario de la realidad. Se le representa entrando y saliendo repentinamente
cuando las puertas están cerradas, y desapareciendo de la vista y apareciendo
de nuevo, como uno concebiría una visión insustancial; luego vuelve a tener
hambre, se sienta a la mesa y come su cena. Pero como los que cuentan historias
de este tipo nunca prevén todos los casos, así es aquí: nos han dicho, que
cuando se levantó, dejó sus vendas mortuorias detrás de él; pero se han
olvidado de proporcionarle otras ropas para que aparezca después, o de decirnos
qué hizo con ellas cuando ascendió; si se desnudó todo, o se subió la ropa y
todo. En el caso de Elías, han tenido el cuidado de hacerle arrojar su manto;
cómo sucedió que no fue quemado en el carro de fuego, tampoco nos lo han dicho;
pero como la imaginación suple todas las deficiencias de este tipo, podemos
suponer si nos place que estaba hecho de lana de salamandra.
Aquellos que no están muy familiarizados con la
historia eclesiástica, pueden suponer que el libro llamado Nuevo Testamento ha
existido desde el tiempo de Jesucristo, como suponen que los libros atribuidos
a Moisés han existido desde el tiempo de Moisés. Pero el hecho es
históricamente diferente; no hubo un libro como el Nuevo Testamento hasta más
de trescientos años después del tiempo en que se dice que vivió Cristo.
En qué momento comenzaron a aparecer los libros
atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, es una cuestión totalmente incierta.
No hay la menor sombra de evidencia de quiénes fueron las personas que las
escribieron, ni en qué época fueron escritas; y bien podrían haber sido
llamados por los nombres de cualquiera de los otros supuestos apóstoles que por
los nombres que ahora son llamados. Los originales no están en posesión de
ninguna iglesia cristiana existente, como tampoco las dos tablas de piedra escritas,
según pretenden, por el dedo de Dios, sobre el monte Sinaí, y dadas a Moisés,
están en posesión de los judíos. Y aunque lo fueran, no hay posibilidad de
probar la escritura a mano en ninguno de los dos casos. En el momento en que se
escribieron esos cuatro libros, no había impresión y, en consecuencia, no podía
haber otra publicación que no fuera por copias escritas. que cualquier hombre
puede hacer o alterar a su antojo, y llamarlos originales. ¿Podemos suponer que
es consistente con la sabiduría del Todopoderoso comprometerse él mismo y su
voluntad con el hombre sobre medios tan precarios como estos; ¿O que es
consecuente que debamos basar nuestra fe en tales incertidumbres? No podemos
hacer ni alterar, ni siquiera imitar, ni siquiera una brizna de hierba que él
ha hecho, y sin embargo podemos hacer o alterar las palabras de Dios tan
fácilmente como las palabras del hombre. [La primera parte de la 'Edad de la
razón' no ha sido publicada hace dos años, y ya hay una expresión en ella que
no es mía. La expresión es: El libro de Lucas fue llevado por una mayoría de
una sola voz. Puede que sea cierto, pero no soy yo quien lo ha dicho. Alguna
persona que tal vez sepa de esa circunstancia, la ha añadido en una nota al pie
de página de alguna de las ediciones, impreso en Inglaterra o en América; y los
impresores, después de eso, lo han erigido en el cuerpo de la obra, y me han
hecho su autor. Si esto ha sucedido en tan breve espacio de tiempo, a pesar de
la ayuda de la imprenta, que impide la alteración de las copias
individualmente, lo que puede no haber ocurrido en un tiempo mucho mayor,
cuando no había imprenta, y cuando cualquier hombre que podría escribir podría
hacer una copia escrita y llamarla original de Mateo, Marcos, Lucas o
Juan?—Autor.]
[La adición espuria a la obra de Paine a la que se
alude en su nota a pie de página le provocó una severa crítica del Dr.
Priestley ("Cartas a un incrédulo filosófico", p. 75), sin embargo,
parece haber sido el propio Priestley quien, en su cita, incorporó por primera
vez al texto de Paine la nota al pie añadida por el editor de la edición
americana (1794). El estadounidense agregó: “Vide Moshiem's (sic) Ecc.
Historia”, que Priestley omite. En una edición estadounidense moderna noto
cuatro alteraciones verbales introducidas en la nota al pie anterior.—Editor.]
Unos trescientos cincuenta años después del tiempo
en que se dice que vivió Cristo, varios escritos del tipo del que hablo fueron
esparcidos en manos de diversas personas; y como la iglesia había comenzado a
formarse en una jerarquía, o gobierno eclesiástico, con poderes temporales, se
dedicó a recopilarlos en un código, como los vemos ahora, llamado 'El Nuevo
Testamento'. Decidieron por votación, como he dicho antes en la primera parte
de la Edad de la Razón, cuáles de esos escritos, de la colección que habían
hecho, debían ser la palabra de Dios y cuáles no. El Robbins de los judíos
había decidido antes, por votación, sobre los libros de la Biblia.
Como el objeto de la iglesia, como es el caso en
todos los establecimientos nacionales de iglesias, era el poder y los ingresos,
y el terror los medios que usaba, es coherente suponer que los escritos más
milagrosos y maravillosos que habían recopilado eran los mejores. posibilidad
de ser votado. Y en cuanto a la autenticidad de los libros, el voto ocupa su
lugar; porque no se puede rastrear más alto.
Sin embargo, hubo muchas disputas entre la gente
que entonces se llamaba a sí misma cristiana, no solo en cuanto a puntos de
doctrina, sino también en cuanto a la autenticidad de los libros. En la
contienda entre el llamado San Agustín y Fausto, hacia el año 400, dice este
último: “Los libros llamados evangelistas han sido compuestos mucho tiempo
después de los tiempos de los apóstoles, por algunos hombres oscuros, quienes,
temiendo que los mundo no daría crédito a su relación de asuntos de los cuales
no podían ser informados, los han publicado bajo los nombres de los apóstoles;
y que están tan llenas de estupideces y relaciones discordantes, que no hay
concordancia ni conexión entre ellas.”
Y en otro lugar, dirigiéndose a los defensores de
esos libros, como siendo la palabra de Dios, dice: “Así es como vuestros
predecesores han insertado en las Escrituras de nuestro Señor muchas cosas que,
aunque llevan su nombre, concuerdan. no con su doctrina.” Esto no es
sorprendente, ya que muchas veces hemos probado que estas cosas no han sido
escritas por él mismo, ni por sus apóstoles, sino que en su mayor parte están
basadas en cuentos, en informes vagos, y ensamblados por no sé qué. medio
judíos, con muy poco acuerdo entre ellos; y que sin embargo han publicado bajo
el nombre de los apóstoles de nuestro Señor, y así les han atribuido sus
propios errores y sus mentiras. [He tomado estos dos extractos de la Vida de
Pablo de Boulanger, escrita en francés;
A este obispo Fausto generalmente se le llama “El
Maniqueo”, ya que Agustín tituló su libro, Contra Frustum Manichaeum Libri
xxxiii., en el que se cita casi la totalidad de la muy capaz obra de
Fausto.—Editor.]
El lector verá por esos extractos que se negó la
autenticidad de los libros del Nuevo Testamento, y los libros se trataron como
cuentos, falsificaciones y mentiras, en el momento en que fueron votados para
ser la palabra de Dios. Pero el interés de la iglesia, con la ayuda del haz de
leña, aplastó a la oposición y finalmente suprimió toda investigación. Los
milagros siguieron a los milagros, si los creemos, y se enseñó a los hombres a
decir que creían, creyeran o no. Pero (a manera de lanzar un pensamiento) la
Revolución Francesa ha excomulgado a la iglesia del poder de obrar milagros;
ella no ha podido, con la ayuda de todos sus santos, hacer un milagro desde que
comenzó la revolución; y como nunca estuvo en mayor necesidad que ahora,
podemos, sin la ayuda de la adivinación, concluir que todos sus milagros
anteriores son trucos y mentiras. [Boulanger en su vida de Pablo, ha recogido
de las historias eclesiásticas, y de los escritos de los padres como se les
llama, varios asuntos que muestran las opiniones que prevalecían entre las
diferentes sectas de cristianos, en la época del Testamento, como ahora verlo,
fue votado para ser la palabra de Dios. Los siguientes extractos son del
segundo capítulo de esa obra:
[Los marcionistas (una secta cristiana) afirmaron
que los evangelistas estaban llenos de falsedades. Los maniqueos, que formaron
una secta muy numerosa al comienzo del cristianismo, rechazaron como falso todo
el Nuevo Testamento, y mostraron otros escritos muy diferentes que daban por
auténticos. Los corintios, como los marcionistas, no admitían los Hechos de los
Apóstoles. Los Encratitas y los Sevenianos no adoptaron ni los Hechos ni las
Epístolas de Pablo. Crisóstomo, en una homilía que hizo sobre los Hechos de los
Apóstoles, dice que en su tiempo, hacia el año 400, mucha gente no sabía nada
ni del autor ni del libro. Santa Irene, que vivió antes de esa época, informa
que los valentinianos, como varias otras sectas de cristianos, acusaron a las
Escrituras de estar llenas de imperfecciones, errores y contradicciones. Los
ebionitas, o nazarenos, quienes fueron los primeros cristianos, rechazaron
todas las epístolas de Pablo y lo consideraron un impostor. Informan, entre
otras cosas, que originalmente era pagano; que vino a Jerusalén, donde vivió
algún tiempo; y que teniendo intención de casarse con la hija del sumo
sacerdote, él mismo se había circuncidado; pero que no pudiendo obtenerla,
peleó con los judíos y escribió en contra de la circuncisión, y en contra de la
observancia del sábado, y en contra de todas las ordenanzas legales.—Autor.]
[Muy abreviado del Examen. crítico de la Vie de St. Paul, por NA Boulanger,
1770.—Editor.] y que teniendo intención de casarse con la hija del sumo
sacerdote, él mismo se había circuncidado; pero que no pudiendo obtenerla,
peleó con los judíos y escribió en contra de la circuncisión, y en contra de la
observancia del sábado, y en contra de todas las ordenanzas legales.—Autor.]
[Muy abreviado del Examen. crítico de la Vie de St. Paul, por NA Boulanger,
1770.—Editor.] y que teniendo intención de casarse con la hija del sumo
sacerdote, él mismo se había circuncidado; pero que no pudiendo obtenerla,
peleó con los judíos y escribió en contra de la circuncisión, y en contra de la
observancia del sábado, y en contra de todas las ordenanzas legales.—Autor.]
[Muy abreviado del Examen. crítico de la Vie de St. Paul, por NA Boulanger,
1770.—Editor.]
Cuando consideramos el lapso de más de trescientos
años transcurridos entre el tiempo en que se dice que Cristo vivió y el tiempo
en que el Nuevo Testamento se convirtió en un libro, debemos ver, incluso sin
la ayuda de la evidencia histórica, la enorme incertidumbre que existe. es de
su autenticidad. La autenticidad del libro de Homero, en cuanto a la autoría,
está mucho mejor establecida que la del Nuevo Testamento, aunque Homero es mil
años el más antiguo. Sólo un muy buen poeta pudo haber escrito el libro de
Homero, y, por lo tanto, sólo pocos hombres podrían haberlo intentado; y un
hombre capaz de hacerlo no habría desperdiciado su propia fama dándosela a
otro. De la misma manera, hubo muy pocos que pudieran haber compuesto los
Elementos de Euclides,
Pero con respecto a los libros del Nuevo
Testamento, particularmente aquellas partes que nos hablan de la resurrección y
ascensión de Cristo, cualquier persona que pudiera contar la historia de una
aparición, o del andar de un hombre, podría haber hecho tales libros; porque la
historia está contada de la manera más miserable. La probabilidad, por lo
tanto, de falsificación en el Testamento es de millones a uno mayor que en el
caso de Homero o Euclides. De los numerosos sacerdotes o párrocos de la actualidad,
obispos y todo, cada uno de ellos puede hacer un sermón, o traducir un trozo de
latín, sobre todo si ha sido traducido mil veces antes; pero ¿hay alguno entre
ellos que pueda escribir poesía como Homero, o ciencia como Euclides? La suma
total del aprendizaje de un párroco, con muy pocas excepciones, es a, b, ab y
hic, haec, hoc; y su conocimiento de la ciencia es, tres veces uno es tres;
A medida que las oportunidades de falsificación
eran mayores, también lo era el incentivo. Un hombre no podría obtener ninguna
ventaja escribiendo bajo el nombre de Homero o Euclides; si pudiera escribir
igual a ellos, mejor sería que escribiera bajo su propio nombre; si es
inferior, no podría tener éxito. El orgullo impediría lo primero, y la
imposibilidad lo segundo. Pero con respecto a los libros que componen el Nuevo
Testamento, todos los incentivos estaban del lado de la falsificación. La
historia mejor imaginada que se hubiera podido hacer, a la distancia de
doscientos o trescientos años después de la época, no hubiera podido pasar por
un original bajo el nombre del verdadero escritor; la única posibilidad de
éxito residía en la falsificación; porque la iglesia necesitaba un pretexto
para su nueva doctrina, y la verdad y los talentos estaban fuera de cuestión.
Pero como no es raro (como se observó antes)
relatar historias de personas que caminan después de muertas, y de fantasmas y
apariciones de los que han caído por algún medio violento o extraordinario; y
como la gente de aquel día tenía la costumbre de creer tales cosas, y de la
aparición de ángeles, y también de demonios, y de meterse en las entrañas de
las personas, y sacudirlas como un ataque de fiebre, y de su ser expulsado de
nuevo como por un emético—(María Magdalena, el libro de Marcos nos dice que había
criado, o había sido traída a la cama de siete demonios;) no era nada
extraordinario que una historia de este tipo saliera al exterior de la persona
Jesucristo, y se convirtió después en el fundamento de los cuatro libros
atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Cada escritor contó un cuento tal
como lo escuchó, más o menos, y dio a su libro el nombre del santo o del
apóstol a quien la tradición había dado como testigo ocular. Sólo sobre esta
base pueden explicarse las contradicciones de esos libros; y si no es así, son
puras imposiciones, mentiras y falsificaciones, sin siquiera la apología de la
credulidad.
Que han sido escritos por una especie de medio
judíos, como mencionan las citas anteriores, es bastante perceptible. Las
frecuentes referencias hechas a ese jefe asesino e impostor Moisés, ya los
hombres llamados profetas, establece este punto; y, por otro lado, la iglesia
ha complementado el fraude, al admitir que la Biblia y el Testamento se
replican entre sí. Entre el cristiano-judío y el cristiano-gentil, la cosa
llamada profecía y la cosa profetizada, el tipo y la cosa tipificada, la señal
y la cosa significada, han sido laboriosamente rebuscadas y encajadas como
viejas cerraduras y llaves de bloqueo de selección. La historia bastante
tontamente contada de Eva y la serpiente, y bastante natural en cuanto a la
enemistad entre los hombres y las serpientes (porque la serpiente siempre
muerde en el talón, porque no puede llegar más alto, y el hombre siempre golpea
a la serpiente en la cabeza, como la forma más eficaz de evitar que muerda;)
[“Te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Génesis iii.
15.—Autor.] esta tonta historia, digo, se ha convertido en una profecía, un
tipo y una promesa para empezar; y la imposición mentirosa de Isaías a Acaz,
'Que una virgen concebirá y dará a luz un hijo', como señal de que Acaz
vencería, cuando el evento fue que fue derrotado (como ya se notó en las
observaciones sobre el libro de Isaías) , ha sido pervertido y hecho para
servir como una cuerda.
Jonás y la ballena también se convierten en un
signo y un tipo. Jonás es Jesús, y la ballena es la tumba; porque está dicho,
(y han hecho que Cristo lo diga de sí mismo, Mat. xii. 40), “Porque como estuvo
Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo
del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra.” Pero sucede,
por extraño que parezca, que Cristo, según su propio relato, estuvo sólo un día
y dos noches en la tumba; unas 36 horas en lugar de 72; es decir, la noche del
viernes, el sábado y la noche del sábado; porque dicen que se levantó el
domingo por la mañana al amanecer, o antes. Pero como esto encaja tan bien como
la mordedura y la patada en Génesis, o la virgen y su hijo en Isaías, pasará en
la masa de las cosas ortodoxas. Esto en cuanto a la parte histórica del
Testamento y sus evidencias.
Epístolas de Pablo—Las epístolas atribuidas a
Pablo, siendo catorce en número, casi llenan la parte restante del Testamento.
Si esas epístolas fueron escritas por la persona a quien se atribuyen es un
asunto de poca importancia, ya que el escritor, quienquiera que haya sido,
intenta probar su doctrina por medio de argumentos. No pretende haber sido
testigo de ninguna de las escenas narradas de la resurrección y la ascensión; y
declara que no les había creído.
La historia de su caída al suelo mientras viajaba a
Damasco, no tiene nada de milagroso o extraordinario; escapó con vida, y eso es
más de lo que han hecho muchos otros, que han sido alcanzados por un rayo; y
que pierda la vista durante tres días, y no pueda comer ni beber durante ese
tiempo, no es más que lo que es común en tales condiciones. Sus compañeros que
estaban con él parecen no haber sufrido de la misma manera, porque estaban lo
suficientemente bien como para guiarlo el resto del viaje; tampoco pretendieron
haber visto visión alguna.
El carácter de la persona llamada Pablo, según los
relatos que de él se dan, tiene mucha violencia y fanatismo; había perseguido
con tanto ardor como predicó después; el golpe que había recibido había
cambiado su pensamiento, sin alterar su constitución; y tanto como judío como
cristiano era el mismo fanático. Tales hombres nunca son buenas evidencias
morales de ninguna doctrina que predican. Siempre están en los extremos, tanto
de acción como de creencia.
La doctrina que se propone probar mediante
argumentos es la resurrección del mismo cuerpo: y presenta esto como una
evidencia de inmortalidad. Pero tanto diferirán los hombres en su manera de
pensar, y en las conclusiones que saquen de las mismas premisas, que esta
doctrina de la resurrección del mismo cuerpo, lejos de ser una evidencia de la
inmortalidad, me parece una evidencia En contra; porque si ya he muerto en este
cuerpo, y resucito en el mismo cuerpo en que he muerto, es prueba presuntiva de
que volveré a morir. Esa resurrección no me asegura más contra la repetición de
la muerte, que un ataque de fiebre, una vez pasado, me asegura contra otro.
Para creer, pues, en la inmortalidad, debo tener una idea más elevada que la
contenida en la lúgubre doctrina de la resurrección.
Además, por una cuestión de elección, así como de
esperanza, preferiría tener un mejor cuerpo y una forma más conveniente que el
presente. Todo animal de la creación nos supera en algo. Los insectos alados,
sin mencionar las palomas o las águilas, pueden recorrer más espacio con mayor
facilidad en unos pocos minutos que el hombre en una hora. El deslizamiento del
pez más pequeño, en proporción a su volumen, nos supera en movimiento casi sin
comparación y sin cansancio. Incluso el perezoso caracol puede ascender desde
el fondo de una mazmorra, donde el hombre, por falta de esa habilidad,
perecería; y una araña puede lanzarse desde la parte superior, como una
diversión lúdica. Los poderes personales del hombre son tan limitados, y su
corpulencia tan poco construida para el disfrute extensivo, que no hay nada que
nos induzca a desear que la opinión de Pablo sea cierta.
Pero aparte de todos los demás argumentos, la
conciencia de la existencia es la única idea concebible que podemos tener de
otra vida, y la continuación de esa conciencia es la inmortalidad. La
conciencia de la existencia, o el saber que existimos, no está necesariamente
confinado a la misma forma, ni a la misma materia, ni siquiera en esta vida.
No tenemos en todos los casos la misma forma, ni en
ningún caso la misma materia, que componía nuestros cuerpos hace veinte o
treinta años; y, sin embargo, somos conscientes de ser las mismas personas.
Incluso las piernas y los brazos, que constituyen casi la mitad del cuerpo
humano, no son necesarios para la conciencia de la existencia. Estos pueden
perderse o ser quitados y la plena conciencia de la existencia permanece; y si
su lugar fuera ocupado por alas u otros apéndices, no podemos concebir que pudiera
alterar nuestra conciencia de existencia. En fin, no sabemos cuánto, o más bien
cuán poco, de nuestra composición es, y cuán exquisitamente fino es ese poco,
que crea en nosotros esta conciencia de existencia; y todo lo demás es como la
pulpa de un melocotón, distinta y separada de la mota vegetativa en la semilla.
¿Quién puede decir por qué acción
extraordinariamente fina de la materia fina es que se produce un pensamiento en
lo que llamamos la mente? y, sin embargo, cuando se produce ese pensamiento,
como yo produzco ahora el pensamiento que escribo, es capaz de volverse
inmortal, y es la única producción del hombre que tiene esa capacidad.
Las estatuas de bronce y mármol perecerán; y las
estatuas hechas a imitación de ellas no son las mismas estatuas, ni la misma
mano de obra, como tampoco la copia de un cuadro es el mismo cuadro. Pero
imprima y reimprima un pensamiento mil veces, y que con materiales de cualquier
tipo, esculpelo en madera o grabe en piedra, el pensamiento es eterna e
idénticamente el mismo pensamiento en todos los casos. Tiene una capacidad de
existencia intacta, no afectada por el cambio de materia, y es esencialmente distinta
y de una naturaleza diferente de todo lo demás que conocemos o podemos
concebir. Entonces, si la cosa producida tiene en sí misma la capacidad de ser
inmortal, es más que una señal de que el poder que la produjo, que es lo mismo
que la conciencia de la existencia, también puede ser inmortal; y que como
independientemente de la materia con la que se relacionó primero, como el
pensamiento es de la imprenta o escritura en la que apareció por primera vez.
Una idea no es más difícil de creer que la otra; y podemos ver que uno es
verdadero.
Que la conciencia de la existencia no depende de la
misma forma o de la misma materia, se demuestra a nuestros sentidos en las
obras de la creación, en la medida en que nuestros sentidos son capaces de
recibir esa demostración. Una parte muy numerosa de la creación animal nos
predica, mucho mejor que Pablo, la creencia de una vida más allá. Su pequeña
vida se asemeja a una tierra y un cielo, un estado presente y futuro; y
comprende, si puede expresarse así, la inmortalidad en miniatura.
Las partes más bellas de la creación a nuestros
ojos son los insectos alados, y no lo son tan originalmente. Adquieren esa
forma y ese brillo inimitable por cambios progresivos. La oruga lenta y
reptante de hoy, pasa a los pocos días a una figura aletargada y a un estado
parecido a la muerte; y en el siguiente cambio surge en toda la magnificencia
en miniatura de la vida, una espléndida mariposa. No queda ningún parecido con
la criatura anterior; todo está cambiado; todos sus poderes son nuevos, y la vida
es para él otra cosa. No podemos concebir que la conciencia de la existencia no
sea la misma en este estado del animal que antes; ¿Por qué entonces debo creer
que la resurrección del mismo cuerpo es necesaria para continuar en mí la
conciencia de la existencia más allá?
En la primera parte de 'La edad de la razón'. He
llamado a la creación la verdadera y única verdadera palabra de Dios; y esta
instancia, o este texto, en el libro de la creación, no sólo nos muestra que
esto puede ser así, sino que es así; y que la creencia de un estado futuro es
una creencia racional, fundada sobre hechos visibles en la creación: porque no
es más difícil creer que existiremos más adelante en un mejor estado y forma
que en el presente, que creer que un gusano se convierta en una mariposa, y
dejar el estercolero por la atmósfera, si no lo supiéramos como un hecho.
En cuanto a la dudosa jerga atribuida a Pablo en 1
Corintios XV, que forma parte del servicio de entierro de algunos sectarios
cristianos, está tan desprovista de significado como el tañido de una campana
en el funeral; no explica nada al entendimiento, no ilustra nada a la
imaginación, pero deja que el lector encuentre algún significado si puede.
“Toda carne”, dice él, “no es la misma carne. Hay una carne de hombres, otra de
bestias, otra de peces y otra de aves.” ¿Y luego que? nada. Un cocinero podría
haber dicho tanto. “También hay”, dice él, “cuerpos celestes y cuerpos
terrestres; la gloria de lo celestial es una y la gloria de lo terrestre es la
otra.” ¿Y luego que? nada. ¿Y cual es la diferencia? nada de lo que ha dicho.
“Hay,” dice él, “una gloria del sol, y otra gloria de la luna, y otra gloria de
las estrellas.” ¿Y luego que? nada; excepto que dice que una estrella difiere
de otra estrella en gloria, en lugar de distancia; y bien podría habernos dicho
que la luna no brillaba tanto como el sol. Todo esto no es nada mejor que la
jerga de un prestidigitador, que recoge frases que no entiende para confundir a
los crédulos que acuden a que les digan la suerte. Los sacerdotes y los
prestidigitadores son del mismo oficio.
A veces, Pablo finge ser un naturalista y probar su
sistema de resurrección a partir de los principios de la vegetación.
"Necio", dice él, "lo que siembras no se vivifica sino
muere". A lo que uno podría responder en su propio idioma, y decir:
Necio, Pablo, lo que tú siembras no se vivifica si no muere; porque el grano
que muere en la tierra nunca hace, ni puede vegetar. Son solo los granos vivos
los que producen la próxima cosecha. Pero la metáfora, bajo cualquier punto de
vista, no es un símil. Es sucesión, y [no] resurrección.
El progreso de un animal de un estado de ser a
otro, como de un gusano a una mariposa, se aplica al caso; pero esto de un
grano no lo hace, y muestra que Pablo ha sido lo que dice de los demás, un
tonto.
Si las catorce epístolas atribuidas a Pablo fueron
escritas por él o no, es indiferente; son argumentativos o dogmáticos; y como
el argumento es defectuoso, y la parte dogmática es meramente presuntiva, no
significa quién los escribió. Y lo mismo puede decirse de las demás partes del
Testamento. No es sobre las Epístolas, sino sobre lo que se llama el Evangelio,
contenido en los cuatro libros atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y
sobre las supuestas profecías, que la teoría de la iglesia, llamándose a sí
misma Iglesia Cristiana, está fundado. Las epístolas dependen de ellos y deben
seguir su destino; porque si la historia de Jesucristo es fabulosa, todo
razonamiento fundado en ella, como una supuesta verdad, debe caer con ella.
Sabemos por la historia que uno de los principales
líderes de esta iglesia, Atanasio, vivió en la época en que se formó el Nuevo
Testamento; [Atanasio murió, según la cronología de la Iglesia, en el año
371—Autor.] y sabemos también, por la jerga absurda que nos ha dejado bajo el
nombre de credo, el carácter de los hombres que formaron el Nuevo Testamento; y
sabemos también por la misma historia que la autenticidad de los libros que la
componen fue negada en su tiempo. Fue por el voto de Atanasio que se decretó
que el Testamento era la palabra de Dios; y nada puede presentarnos una idea
más extraña que la de decretar la palabra de Dios por voto. Los que basan su fe
en tal autoridad ponen al hombre en el lugar de Dios y no tienen un verdadero
fundamento para la felicidad futura. La credulidad, sin embargo, no es un
crimen, pero se convierte en criminal al resistirse a la convicción. Está
estrangulando en el seno de la conciencia los esfuerzos que ésta hace por
averiguar la verdad. Nunca debemos forzarnos a creer en nada.
Cierro aquí el tema sobre el Antiguo Testamento y
el Nuevo. La evidencia que he presentado para demostrar que son
falsificaciones, se extrae de los libros mismos y actúa, como una espada de dos
filos, en ambos sentidos. Si se niega la evidencia, se niega con ella la
autenticidad de las Escrituras, porque es evidencia bíblica; y si se admite la
evidencia, se desaprueba la autenticidad de los libros. Las imposibilidades
contradictorias, contenidas en el Antiguo y el Nuevo Testamento, las ponen en
el caso de un hombre que jura a favor y en contra. Cualquiera de las pruebas lo
condena por perjurio e igualmente destruye la reputación.
Si la Biblia y el Testamento de aquí en adelante
caen, no es que yo lo haya hecho. No he hecho más que extraer la evidencia de
la masa confusa de materias con las que está mezclada, y disponer esa evidencia
en un punto de luz para que se vea claramente y se comprenda fácilmente; y
hecho esto, dejo que el lector juzgue por sí mismo, como yo he juzgado por mí
mismo.
CAPÍTULO III.
CONCLUSIÓN
En la primera parte de 'La Edad de la Razón' he
hablado de los tres fraudes, misterio, milagro y Profecía; y como no he visto
nada en ninguna de las respuestas a esa obra que afecte en lo más mínimo lo que
allí he dicho sobre esos temas, no recargaré esta Segunda Parte con adiciones
que no son necesarias.
También he hablado en la misma obra sobre lo que es
la revelación celular, y he mostrado la absurda mala aplicación de ese término
a los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo; porque ciertamente la
revelación está fuera de discusión al recitar cualquier cosa de la cual el
hombre haya sido actor o testigo. Lo que el hombre ha hecho o visto, no
necesita revelación para decirle que lo ha hecho o visto, porque ya lo sabe, ni
para permitirle decirlo o escribirlo. Es ignorancia, o imposición, aplicar el término
revelación en tales casos; sin embargo, la Biblia y el Testamento se clasifican
bajo esta descripción fraudulenta de ser toda revelación.
Revelación entonces, en la medida en que el término
tiene relación entre Dios y el hombre, sólo puede aplicarse a algo que Dios
revela de su voluntad al hombre; pero aunque se admita necesariamente el poder
del Todopoderoso para hacer tal comunicación, porque para ese poder todas las
cosas son posibles, sin embargo, la cosa así revelada (si alguna vez fue
revelada alguna cosa, y que, dicho sea de paso, es imposible probar) es
revelación sólo para la persona a quien se hace. Su relato de ello a otro no es
revelación; y quien pone fe en esa cuenta, la pone en el hombre de quien viene
la cuenta; y ese hombre puede haber sido engañado, o puede haberlo soñado; o
puede ser un impostor y puede mentir. No hay criterio posible por el cual
juzgar de la verdad de lo que dice; pues incluso la moralidad de ello no sería
prueba de revelación. En todos estos casos, la respuesta correcta debería ser:
“Cuando me sea revelado, creeré que es revelación; pero no me incumbe ni puede
incumbirme creer que sea una revelación anterior; ni es propio que tome la
palabra del hombre como la palabra de Dios, y ponga al hombre en el lugar de
Dios.” Esta es la manera en que hablé de la revelación en la primera parte de
La edad de la razón; y que, mientras admite reverencialmente la revelación como
una cosa posible, porque, como se dijo antes, para el Todopoderoso todas las
cosas son posibles, previene la imposición de un hombre sobre otro, y excluye
el mal uso de la pretendida revelación. ni es propio que tome la palabra del
hombre como la palabra de Dios, y ponga al hombre en el lugar de Dios.” Esta es
la manera en que hablé de la revelación en la primera parte de La edad de la
razón; y que, mientras admite reverencialmente la revelación como una cosa
posible, porque, como se dijo antes, para el Todopoderoso todas las cosas son
posibles, previene la imposición de un hombre sobre otro, y excluye el mal uso
de la pretendida revelación. ni es propio que tome la palabra del hombre como
la palabra de Dios, y ponga al hombre en el lugar de Dios.” Esta es la manera
en que hablé de la revelación en la primera parte de La edad de la razón; y
que, mientras admite reverencialmente la revelación como una cosa posible,
porque, como se dijo antes, para el Todopoderoso todas las cosas son posibles,
previene la imposición de un hombre sobre otro, y excluye el mal uso de la
pretendida revelación.
Pero aunque, hablando por mí mismo, admito así la
posibilidad de la revelación, no creo en absoluto que el Todopoderoso jamás
haya comunicado cosa alguna al hombre, por cualquier modo de hablar, en
cualquier idioma, o por cualquier tipo de visión, o apariencia, o por cualquier
medio que nuestros sentidos sean capaces de recibir, sino por la manifestación
universal de sí mismo en las obras de la creación, y por esa repugnancia que
sentimos en nosotros mismos a las malas acciones, y disposición a las buenas. [Un
bello paralelo del entonces desconocido aforismo de Kant: "Dos cosas
llenan el alma de asombro y reverencia, aumentando cada vez más a medida que
medito más de cerca en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral
dentro de mí". (Kritik derpraktischen Vernunfe, 1788). Las declaraciones
religiosas de Kant al comienzo de la Revolución Francesa le acarrearon un
mandato real de silencio, porque había elaborado a partir de “la ley moral
interior” un principio de igualdad humana precisamente similar al que Paine
había derivado de su doctrina cuáquera de la “luz interior” de cada hombre.
Aproximadamente al mismo tiempo, los escritos de Paine fueron suprimidos en
Inglaterra. Paine no entendía alemán, pero Kant, aunque siempre independiente
en la formación de sus opiniones, estaba evidentemente bien familiarizado con
la literatura de la Revolución, en América, Inglaterra y Francia.—Editor.]
Las maldades más detestables, las crueldades más
horribles y las miserias más grandes que han afligido a la raza humana han
tenido su origen en esta cosa llamada revelación o religión revelada. Ha sido
la creencia más deshonrosa contra el carácter de la divinidad, la más
destructiva para la moralidad, la paz y la felicidad del hombre, que jamás se
haya propagado desde que el hombre comenzó a existir. Es mejor, mucho mejor,
que admitamos, si fuera posible, mil demonios deambulando libremente y
predicando públicamente la doctrina de los demonios, si los hubiera, que
permitimos a un impostor y monstruo como Moisés. , Josué, Samuel y los profetas
de la Biblia, para venir con la supuesta palabra de Dios en su boca, y tener
crédito entre nosotros.
De donde surgieron todos los horribles asesinatos
de naciones enteras de hombres, mujeres y niños, de los que está llena la
Biblia; y las sangrientas persecuciones, y torturas hasta la muerte y guerras
religiosas, que desde entonces han dejado a Europa en sangre y cenizas; ¿De
dónde surgieron, sino de esta cosa impía llamada religión revelada, y de esta
monstruosa creencia de que Dios ha hablado al hombre? Las mentiras de la Biblia
han sido la causa de uno, y las mentiras del Testamento [de] otro.
Algunos cristianos pretenden que el cristianismo no
fue establecido por la espada; pero ¿de qué período de tiempo hablan? Era
imposible que doce hombres pudieran comenzar con la espada: no tenían el poder;
pero tan pronto como los profesantes del cristianismo fueron lo suficientemente
poderosos para emplear la espada, lo hicieron, y también la hoguera y el haz de
leña; y Mahoma no pudo hacerlo antes. Por el mismo espíritu con que Pedro le
cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote (si la historia es cierta) le
cortaría la cabeza, y la cabeza a su amo, si hubiera podido. Además de esto, el
cristianismo se basa originalmente en la Biblia [hebrea], y la Biblia fue
establecida completamente por la espada, y eso en el peor uso de ella, no para
aterrorizar, sino para extirpar. Los judíos no hicieron conversos: masacraron a
todos. La Biblia es el padre del [Nuevo] Testamento, y ambos son llamados la
palabra de Dios. Los cristianos leen ambos libros; los ministros predican de
ambos libros; y esta cosa llamada cristianismo se compone de ambos. Entonces es
falso decir que el cristianismo no fue establecido por la espada.
La única secta que no ha perseguido son los
cuáqueros; y la única razón que se puede dar es que son más bien deístas que
cristianos. No creen mucho acerca de Jesucristo, y llaman a las Escrituras
letra muerta. [Este es un testimonio interesante y correcto en cuanto a las
creencias de los primeros cuáqueros, uno de los cuales era el padre de
Paine.—Editor.] Si los hubieran llamado por un nombre peor, habrían estado más
cerca de la verdad.
Corresponde a todo hombre que reverencia el
carácter del Creador, y que desea disminuir el catálogo de miserias
artificiales, y eliminar la causa que ha sembrado persecuciones densas entre la
humanidad, expulsar todas las ideas de una religión revelada como una herejía
peligrosa, y un fraude impío. ¿Qué es lo que hemos aprendido de esta cosa
fingida llamada religión revelada? Nada que sea útil al hombre, y todo lo que
sea deshonroso para su Hacedor. ¿Qué es lo que nos enseña la Biblia?:
resentimiento, crueldad y asesinato. ¿Qué es lo que nos enseña el Testamento?
Creer que el Todopoderoso cometió libertinaje con una mujer comprometida para
casarse; y la creencia de este libertinaje se llama fe.
En cuanto a los fragmentos de moralidad que están
irregular y escasamente dispersos en esos libros, no forman parte de esta
pretendida religión revelada. Son los dictados naturales de la conciencia y los
lazos por los cuales la sociedad se mantiene unida y sin los cuales no puede
existir; y son casi iguales en todas las religiones y en todas las sociedades.
El Testamento no enseña nada nuevo sobre este tema, y donde intenta
excederse, se vuelve mezquino y ridículo. La doctrina de no tomar represalias por
las injurias está mucho mejor expresada en Proverbios, que es una colección
tanto de los gentiles como de los judíos, que en el Testamento. Allí se dice,
(Xxv. 2 I) “Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer pan; y si tuviere sed,
dadle de beber agua:” [Según lo que se llama el sermón de la montaña de Cristo,
en el libro de Mateo, donde, entre algunas otras [y] cosas buenas, se introduce
mucho de esta fingida moralidad, allí se dice expresamente, que la doctrina de
la paciencia, o de no vengar las injurias, no era parte de la doctrina de los
judíos; pero como esta doctrina se encuentra en “Proverbios”, debe, según esa
declaración, haber sido copiada de los gentiles, de quienes Cristo la había
aprendido. Aquellos hombres a quienes los idólatras judíos y cristianos han
llamado abusivamente paganos, tenían ideas mucho mejores y más claras de
justicia y moralidad que las que se encuentran en el Antiguo Testamento, en la
medida en que es judío, o en el Nuevo. La respuesta de Solon a la pregunta
"¿Cuál es el gobierno popular más perfecto?" nunca ha sido superada
por ningún hombre desde su tiempo, como que contiene una máxima de moralidad
política, "Aquello", dice, "donde se hace el menor daño".
al individuo más mezquino, se considera un insulto a toda la constitución”.
Solón vivió unos 500 años antes de Cristo.—Autor.] pero cuando se dice, como en
el Testamento, “Si alguno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también
la otra”, está asesinando la dignidad de la tolerancia, y hundiendo al hombre
en un perro de aguas.
Amar a los enemigos es otro dogma de fingida
moralidad, y además no tiene sentido. Corresponde al hombre, como moralista, no
vengar una injuria; y es igualmente bueno en un sentido político, porque las
represalias no tienen fin; cada uno se desquita del otro, y lo llama justicia:
pero amar en proporción a la injuria, si se pudiera hacer, sería ofrecer premio
por un crimen. Además, la palabra enemigos es demasiado vaga y general para ser
utilizada en una máxima moral, que siempre debe ser clara y definida, como un
proverbio. Si un hombre es enemigo de otro por error y prejuicio, como en el
caso de las opiniones religiosas, ya veces en la política, ese hombre es
diferente a un enemigo de corazón con una intención criminal; y nos incumbe, y
contribuye también a nuestra propia tranquilidad, que ponemos la mejor
construcción sobre una cosa que soportará. Pero incluso este motivo erróneo en
él no constituye un motivo para el amor de la otra parte; y decir que podemos
amar voluntariamente y sin motivo es moral y físicamente imposible.
Se lesiona la moral prescribiéndole deberes que, en
primer lugar, son imposibles de cumplir, y si pudieran serlo producirían mal;
o, como antes se dijo, ser primas por delitos. La máxima de hacer lo que nos
gustaría que nos hicieran no incluye esta extraña doctrina de amar a los
enemigos; porque nadie espera ser amado por su crimen o por su enemistad.
Los que predican esta doctrina de amar a sus
enemigos, son en general los más grandes perseguidores, y actúan
consecuentemente al hacerlo; porque la doctrina es hipócrita, y es natural que
la hipocresía actúe al revés de lo que predica. Por mi parte, desconozco la
doctrina y la considero una moralidad fingida o fabulosa; sin embargo, no
existe el hombre que pueda decir que lo he perseguido, o cualquier hombre, o
cualquier grupo de hombres, ya sea en la Revolución Americana, o en la
Revolución Francesa; o que, en todo caso, he devuelto mal por mal. Pero no
corresponde al hombre recompensar una mala acción con una buena, o devolver
bien por mal; y dondequiera que se haga, es un acto voluntario, y no un deber.
También es absurdo suponer que tal doctrina pueda formar parte de una religión
revelada. Imitamos el carácter moral del Creador al tolerarnos unos a otros,
porque él tolera a todos; pero esta doctrina implicaría que amaba al hombre, no
en la medida en que era bueno, sino en la medida en que era malo.
Si consideramos la naturaleza de nuestra condición
aquí, debemos ver que no hay motivo para una religión revelada. ¿Qué es lo que
queremos saber? ¿No nos predica la creación, el universo que contemplamos, la
existencia de un poder Todopoderoso, que gobierna y regula el todo? ¿Y no es la
evidencia de que esta creación ofrece a nuestros sentidos infinitamente más
fuerte que cualquier cosa que podamos leer en un libro, que cualquier impostor
pueda hacer y llamar la palabra de Dios? En cuanto a la moralidad, el
conocimiento de ella existe en la conciencia de cada hombre.
Aquí estamos. La existencia de un poder
Todopoderoso nos está suficientemente demostrada, aunque no podamos concebir,
como es imposible que lo hagamos, la naturaleza y manera de su existencia.
Nosotros mismos no podemos concebir cómo llegamos aquí y, sin embargo, sabemos
con certeza que estamos aquí. Debemos saber también que el poder que nos llamó
a la existencia puede, si quiere y cuando quiere, llamarnos a dar cuenta de la
manera en que hemos vivido aquí; y por tanto, sin buscar ningún otro motivo para
la creencia, es racional creer que lo hará, porque sabemos de antemano que
puede hacerlo. La probabilidad o incluso la posibilidad de la cosa es todo lo
que debemos saber; porque si lo supiéramos como un hecho, seríamos meros
esclavos del terror; nuestra creencia no tendría ningún mérito, y nuestras
mejores acciones ninguna virtud.
El deísmo nos enseña entonces, sin posibilidad de
engaño, todo lo que es necesario o propio saber. La creación es la Biblia del
deísta. Allí lee, de puño y letra del mismo Creador, la certeza de su
existencia y la inmutabilidad de su poder; y todas las demás Biblias y
Testamentos son para él falsificaciones. La probabilidad de que seamos llamados
a rendir cuentas en el futuro, tendrá, para las mentes reflexivas, la
influencia de la creencia; porque no es nuestra creencia o incredulidad lo que
puede hacer o deshacer el hecho. Como este es el estado en que estamos, y en el
que es propio que estemos, como agentes libres, es sólo el tonto, y no el
filósofo, ni siquiera el hombre prudente, que vivirá como si no hubiera Dios.
Pero la creencia en un Dios se debilita tanto al
estar mezclada con la extraña fábula del credo cristiano, y con las locas
aventuras relatadas en la Biblia, y la oscuridad y las obscenas tonterías del
Testamento, que la mente del hombre está desconcertada como en una niebla
Viendo todas estas cosas en una masa confusa, confunde el hecho con la fábula;
y como no puede creerlo todo, siente una disposición a rechazarlo todo. Pero la
creencia en un Dios es una creencia distinta de todas las demás cosas, y no debe
confundirse con ninguna. La noción de una Trinidad de Dioses ha debilitado la
creencia de un solo Dios. Una multiplicación de creencias actúa como una
división de creencias; y en la medida en que algo se divide, se debilita.
La religión, por tales medios, se convierte en una
cosa de forma en lugar de hecho; de noción en lugar de principio: la moral es
desterrada para dar lugar a una cosa imaginaria llamada fe, y esta fe tiene su
origen en un supuesto libertinaje; se predica un hombre en lugar de un Dios;
una ejecución es un objeto de gratitud; los predicadores se untan con la
sangre, como una tropa de asesinos, y fingen admirar el brillo que les da;
predican un monótono sermón sobre los méritos de la ejecución; luego alabe a Jesucristo
por haber sido ejecutado, y condene a los judíos por hacerlo.
Un hombre, al oír todas estas tonterías reunidas y
predicadas juntas, confunde al Dios de la Creación con el Dios imaginado de los
cristianos, y vive como si no existiera.
De todos los sistemas de religión que jamás se han
inventado, no hay ninguno más despectivo para el Todopoderoso, más poco
edificante para el hombre, más repugnante para la razón y más contradictorio en
sí mismo que esto llamado cristianismo. Demasiado absurdo para ser creído,
demasiado imposible de convencer y demasiado inconsistente para la práctica,
entorpece el corazón o produce sólo ateos y fanáticos. Como motor de poder,
sirve al propósito del despotismo; y como medio de riqueza, la avaricia de los
sacerdotes; pero en lo que se refiere al bien del hombre en general, no conduce
a nada aquí ni en el más allá.
La única religión que no ha sido inventada, y que
tiene en sí todas las pruebas de la originalidad divina, es el deísmo puro y
simple. Debe haber sido el primero y probablemente será el último que el hombre
crea. Pero el deísmo puro y simple no responde al propósito de los gobiernos
despóticos. No pueden apropiarse de la religión como un motor sino mezclándola
con las invenciones humanas, y haciendo parte de su propia autoridad; tampoco
responde a la avaricia de los sacerdotes, sino incorporándose a ella y sus
funciones, y convirtiéndose, como el gobierno, en parte del sistema. Esto es lo
que forma la misteriosa conexión entre iglesia y estado; la iglesia humana, y
el estado tiránico.
Si un hombre fuera impresionado tan plena y
fuertemente como debería estar con la creencia de un Dios, su vida moral
estaría regulada por la fuerza de la creencia; se asombraría de Dios y de sí
mismo, y no haría nada que no pudiera ocultarse a ninguno de los dos. Para dar
a esta creencia la plena oportunidad de fuerza, es necesario que actúe sola.
Esto es deísmo.
Pero cuando, de acuerdo con el esquema cristiano
trinitario, una parte de Dios está representada por un moribundo, y otra parte,
llamada Espíritu Santo, por una paloma voladora, es imposible que la creencia
se adhiera a conceptos tan salvajes. [El libro llamado el libro de Mateo, dice,
(iii. 16,) que el Espíritu Santo descendió en forma de paloma. Bien podría
haber dicho un ganso; las criaturas son igualmente inofensivas, y una es una
mentira tan absurda como la otra. Hechos, ii. 2, 3, dice, que descendió en un
fuerte viento recio, en forma de lenguas repartidas: quizás eran pies
repartidos. Tales cosas absurdas solo son aptas para cuentos de brujas y
magos.—Autor.]
Ha sido el esquema de la iglesia cristiana, y de
todos los demás sistemas inventados de religión, mantener al hombre en la
ignorancia del Creador, como es del gobierno mantenerlo en la ignorancia de sus
derechos. Los sistemas del uno son tan falsos como los del otro, y están
calculados para el apoyo mutuo. El estudio de la teología, tal como se
encuentra en las iglesias cristianas, es el estudio de la nada; está fundado en
nada; no se basa en principios; procede por ninguna autoridad; no tiene datos;
no puede demostrar nada; y no admite ninguna conclusión. Ninguna cosa puede ser
estudiada como ciencia sin que estemos en posesión de los principios sobre los
que se funda; y como este no es el caso de la teología cristiana, es por lo
tanto el estudio de la nada.
En lugar, pues, de estudiar teología, como se hace
ahora, a partir de la Biblia y el Testamento, cuyos significados son libros
siempre controvertidos y cuya autenticidad es refutada, es necesario que nos
refiramos a la Biblia de la creación. Los principios que allí descubrimos son
eternos y de origen divino: son el fundamento de toda la ciencia que existe en
el mundo, y deben ser el fundamento de la teología.
Podemos conocer a Dios sólo a través de sus obras.
No podemos tener una concepción de ningún atributo, sino siguiendo algún
principio que nos lleve a él. Sólo tenemos una idea confusa de su poder, si no
tenemos los medios para comprender algo de su inmensidad. No podemos tener idea
de su sabiduría, sino conociendo el orden y la manera en que actúa. Los
principios de la ciencia conducen a este conocimiento; porque el Creador del
hombre es el Creador de la ciencia, y es a través de ese medio que el hombre
puede ver a Dios, por así decirlo, cara a cara.
¿Podría un hombre ser colocado en una situación y
dotado con el poder de la visión para contemplar de una sola vez y contemplar
deliberadamente la estructura del universo, para señalar los movimientos de los
diversos planetas, la causa de sus diversas apariencias, el infalible orden en
que giran, hasta el más remoto cometa, su conexión y dependencia entre sí, y
conocer el sistema de leyes establecido por el Creador, que gobierna y regula
el todo; entonces concebiría, mucho más allá de lo que cualquier teología
eclesiástica puede enseñarle, el poder, la sabiduría, la inmensidad, la
munificencia del Creador. Entonces vería que todo el conocimiento que el hombre
tiene de la ciencia, y que todas las artes mecánicas por las cuales hace que su
situación sea cómoda aquí, se derivan de esa fuente: su mente, exaltada por la
escena y convencida por el hecho, aumentaría en gratitud a medida que aumentaba
en conocimiento: su religión o su culto se unirían con su mejora como hombre:
cualquier ocupación que siguiera que tuviera conexión con los principios de la
creación, como todo lo relacionado con la agricultura, la ciencia y la las
artes mecánicas, tiene, le enseñarían más de Dios, y de la gratitud que le
debe, que cualquier sermón cristiano teológico que ahora escucha. Los grandes
objetos inspiran grandes pensamientos; gran munificencia excita gran gratitud;
pero los cuentos y doctrinas serviles de la Biblia y el Testamento sólo sirven
para despertar el desprecio. y de las artes mecánicas, le enseñaría más de
Dios, y de la gratitud que le debe, que cualquier sermón cristiano teológico
que ahora escucha. Los grandes objetos inspiran grandes pensamientos; gran
munificencia excita gran gratitud; pero los cuentos y doctrinas serviles de la
Biblia y el Testamento sólo sirven para despertar el desprecio. y de las artes
mecánicas, le enseñaría más de Dios, y de la gratitud que le debe, que
cualquier sermón cristiano teológico que ahora escucha. Los grandes objetos
inspiran grandes pensamientos; gran munificencia excita gran gratitud; pero los
cuentos y doctrinas serviles de la Biblia y el Testamento sólo sirven para
despertar el desprecio.
Aunque el hombre no puede llegar, al menos en esta
vida, al escenario real que he descrito, puede demostrarlo, porque tiene
conocimiento de los principios sobre los cuales se construye la creación.
Sabemos que las obras más grandes pueden representarse en modelo, y que el
universo puede representarse por los mismos medios. Los mismos principios por
los que medimos una pulgada o un acre de tierra medirán millones en extensión.
Un círculo de una pulgada de diámetro tiene las mismas propiedades geométricas
que un círculo que circunscribiría el universo. Las mismas propiedades de un
triángulo que demostrarán sobre el papel el rumbo de un barco, lo harán sobre
el océano; y, cuando se aplica a los llamados cuerpos celestes, determinará en
un minuto el tiempo de un eclipse, aunque esos cuerpos estén a millones de
millas de distancia de nosotros. Este conocimiento es de origen divino; y es de
la Biblia de la creación que el hombre lo ha aprendido, y no de la estúpida
Biblia de la iglesia, que nada enseña al hombre. [Los creadores de la Biblia se
han comprometido a darnos, en el primer capítulo de Génesis, un relato de la
creación; y al hacer esto no han demostrado nada más que su ignorancia. Hacen
que hubo tres días y tres noches, tardes y mañanas, antes de que hubiera sol;
cuando es la presencia o ausencia del sol la causa del día y la noche, y lo que
se llama su salida y puesta, la de la mañana y la tarde. Además, es una idea
pueril y lamentable suponer que el Todopoderoso diga: “Hágase la luz”. Es la
manera imperativa de hablar que usa un prestidigitador cuando les dice a sus
copas y bolas, Presto, vete, y lo más probable es que se lo hayan quitado, como
Moisés y su vara es un prestidigitador y su varita mágica. Longinus llama a
esta expresión lo sublime; y por la misma regla el prestidigitador es también
sublime; porque la manera de hablar es expresiva y gramaticalmente la misma.
Cuando los autores y los críticos hablan de lo sublime, no ven hasta qué punto
raya en lo ridículo. Lo sublime de los críticos, como algunas partes de lo
sublime y bello de Edmund Burke, es como un molino de viento apenas visible en
la niebla, que la imaginación podría distorsionar en una montaña voladora, un
arcángel o una bandada de gansos salvajes.—Autor.]
Todo el conocimiento que el hombre tiene de la
ciencia y de la maquinaria, con la ayuda de la cual su existencia se hace
cómoda sobre la tierra, y sin la cual sería apenas distinguible en apariencia y
condición de un animal común, proviene de la gran máquina y estructura del
universo. Las constantes e incansables observaciones de nuestros antepasados
sobre los movimientos y revoluciones de los cuerpos celestes, en lo que se
supone que fueron las primeras edades del mundo, han traído este conocimiento a
la tierra. No son Moisés y los profetas, ni Jesucristo, ni sus apóstoles,
quienes lo han hecho. El Todopoderoso es el gran mecánico de la creación, el
primer filósofo y maestro original de toda ciencia. Entonces aprendamos a
reverenciar a nuestro maestro, y no olvidemos los trabajos de nuestros
antepasados.
Si en este día no tuviéramos conocimiento de la
maquinaria, y si fuera posible que el hombre pudiera tener una visión, como he
descrito antes, de la estructura y la maquinaria del universo, pronto
concebiría la idea de construir al menos algunos de ellos. las obras mecánicas
que ahora tenemos; y la idea así concebida avanzaría progresivamente en la
práctica. O si se le presentara un modelo del universo, como el llamado
planetario, y se le pusiera en movimiento, su mente llegaría a la misma idea.
Tal objeto y tal sujeto, mientras lo mejoran en conocimiento útil para sí mismo
como hombre y miembro de la sociedad, además de entretener, proporcionarían un
material mucho mejor para impresionarlo con un conocimiento y una creencia en
el Creador. , y de la reverencia y gratitud que el hombre le debe, que los
estúpidos textos de la Biblia y del Testamento, de los cuales, sean los
talentos del predicador; sean lo que fueren, sólo se pueden predicar sermones
estúpidos. Si el hombre debe predicar, que predique algo que sea edificante, y
de los textos que se sabe que son verdaderos.
La Biblia de la creación es inagotable en textos.
Cada parte de la ciencia, ya sea relacionada con la geometría del universo, con
los sistemas de vida animal y vegetal, o con las propiedades de la materia
inanimada, es un texto tanto para la devoción como para la filosofía, para la
gratitud, como para el mejoramiento humano. Quizá se diga que si tal revolución
tiene lugar en el sistema de la religión, todo predicador debería ser un
filósofo. Ciertamente, y cada casa de devoción una escuela de ciencia.
Ha sido por desviarse de las leyes inmutables de la
ciencia y la luz de la razón, y establecer una cosa inventada llamada
"religión revelada", que se han formado tantos conceptos salvajes y
blasfemos sobre el Todopoderoso. Los judíos lo han convertido en el asesino de
la especie humana, para dejar lugar a la religión de los judíos. Los cristianos
lo han convertido en el asesino de sí mismo y en el fundador de una nueva
religión para reemplazar y expulsar a la religión judía. Y para encontrar pretexto
y admisión para estas cosas, deben haber supuesto su poder o su sabiduría
imperfecta, o su voluntad cambiante; y la mutabilidad de la voluntad es la
imperfección del juicio. El filósofo sabe que las leyes del Creador nunca han
cambiado, ni con respecto a los principios de la ciencia ni a las propiedades
de la materia.
Aquí cierro el tema. He mostrado en todas las
partes anteriores de este trabajo que la Biblia y el Testamento son
imposiciones y falsificaciones; y dejo las pruebas que he producido en prueba
de ello para que sean refutadas, si alguna puede hacerlo; y dejo reposar en la
mente del lector las ideas que se sugieren en la conclusión del trabajo; Estoy
seguro de que cuando las opiniones son libres, ya sea en asuntos de gobierno o
de religión, la verdad finalmente prevalecerá poderosamente.
FIN DE LA PARTE II
*** FIN DEL PROYECTO GUTENBERG EBOOK ESCRITOS DE
THOMAS PAINE ***
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