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Libro N° 9794. La Edad De La Razón. Paine, Thomas.

Guillermo Molina Miranda enero 12, 2026

 


© Libro N° 9794. La Edad De La Razón. Paine, Thomas. Emancipación. Abril 9 de 2022.

 

Título original: ©  La Edad De La Razón - Parte I Y II.  Thomas Paine

 

Versión Original: © La edad de la razón - Parte I y II. Thomas Paine

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.gutenberg.org/files/3743/3743-h/3743-h.htm

 

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Portada E.O. de Imagen original:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

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LA EDAD DE LA RAZÓN

Parte I y II

Thomas Paine

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Edad De La Razón

Parte I Y II

Thomas Paine  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los escritos de Thomas Paine

La edad de la razón - Parte I y II

por Thomas Paine

Recopilado y editado por Moncure Daniel Conway

TOMO IV.

(1796)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Contenido

INTRODUCCIÓN DEL EDITOR

 

LA EDAD DE LA RAZÓN — PARTE I

CAPÍTULO I. LA PROFESIÓN DE FE DEL AUTOR

CAPITULO DOS. DE MISIONES Y REVELACIONES

CAPÍTULO III. SOBRE EL CARÁCTER DE JESUCRISTO Y SU HISTORIA

CAPÍTULO IV. DE LAS BASES DEL CRISTIANISMO

CAPITULO V. EXAMEN EN DETALLE DE LAS BASES ANTERIORES

CAPÍTULO VI. DE LA TEOLOGÍA VERDADERA

CAPÍTULO VII. EXAMEN DEL ANTIGUO TESTAMENTO

CAPÍTULO VIII. DEL NUEVO TESTAMENTO

CAPÍTULO IX. EN QUÉ CONSISTE LA VERDADERA REVELACIÓN

CAPÍTULO X. DE DIOS Y DE LAS LUCES QUE LA BIBLIA PROYECTA SOBRE SU EXISTENCIA Y ATRIBUTOS

CAPÍTULO XI. DE LA TEOLOGÍA DE LOS CRISTIANOS; Y LA TEOLOGÍA VERDADERA

CAPÍTULO XII. LOS EFECTOS DEL CRISTIANISMO EN LA EDUCACIÓN; REFORMAS PROPUESTAS

CAPÍTULO XIII. COMPARACIÓN DEL CRISTIANISMO CON LAS IDEAS RELIGIOSAS INSPIRADAS POR LA NATURALEZA

CAPÍTULO XIV. SISTEMA DEL UNIVERSO

CAPÍTULO XV. VENTAJAS DE LA EXISTENCIA DE MUCHOS MUNDOS EN CADA SISTEMA SOLAR

CAPÍTULO XVI. APLICACIÓN DE LO PRECEDENTE AL SISTEMA DE LOS CRISTIANOS

CAPÍTULO XVII. DE LOS MEDIOS EMPLEADOS EN TODOS LOS TIEMPOS, Y CASI UNIVERSALMENTE, PARA ENGAÑAR A LOS PUEBLOS

RECAPITULACIÓN

 

LA EDAD DE LA RAZÓN — PARTE II

PREFACIO

CAPÍTULO I. EL ANTIGUO TESTAMENTO

CAPITULO DOS. EL NUEVO TESTAMENTO

CAPÍTULO III. CONCLUSIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN DEL EDITOR

CON ALGUNOS RESULTADOS DE INVESTIGACIONES RECIENTES.

En el año inicial, 1793, cuando la Francia revolucionaria había decapitado a su rey, la ira se volvió luego sobre el Rey de reyes, por cuya gracia todo tirano pretendía reinar. Pero las eventualidades habían traído entre ellos un gran corazón inglés y americano: Thomas Paine. Había suplicado por Luis Capeto: “Mata al rey pero perdona al hombre”. Ahora suplicó: “¡No crean en el Rey de reyes, pero no confundan con ese ídolo al Padre de la humanidad!”

 

En el Prefacio de Paine a la Segunda Parte de “La Edad de la Razón”, se describe a sí mismo escribiendo la Primera Parte cerca del final del año 1793. “No había terminado más de seis horas, en el estado en que ha aparecido desde entonces, antes vino un guardia como a las tres de la mañana, con una orden firmada por los dos Comités de Seguridad Pública y de Seguridad General, para ponerme preso”. Esto fue en la mañana del 28 de diciembre. Pero es necesario sopesar las palabras que acabamos de citar: “en el estado en que ha aparecido desde entonces”. Porque el 5 de agosto de 1794, Francois Lanthenas, en un llamamiento por la liberación de Paine, escribió lo siguiente: “Entrego a Merlin de Thionville una copia de la última obra de T. Payne [La edad de la razón], ex colega nuestro, y en prisión preventiva desde el decreto de exclusión de los extranjeros de la representación nacional. Este libro fue escrito por el autor a principios del año '93 (estilo antiguo). La traduje antes de la revolución contra los sacerdotes y se publicó en francés por la misma época. Couthon, a quien se lo envié, pareció ofendido conmigo por haber traducido esta obra”.

 

Bajo el ceño fruncido de Couthon, uno de los colegas más atroces de Robespierre, esta publicación temprana parece haber sido suprimida de manera tan eficaz que no se puede encontrar ninguna copia con esa fecha, 1793, en Francia ni en ningún otro lugar. En la carta de Paine a Samuel Adams, impresa en el presente volumen, dice que la hizo traducir al francés, para detener el progreso del ateísmo, y que puso en peligro su vida “al oponerse al ateísmo”. La época indicada por Lanthenas como aquella en que presentó la obra a Couthon parecería ser la última parte de marzo de 1793, habiendo alcanzado el clímax la furia contra el sacerdocio en los decretos contra ellos del 19 y 26 de marzo. Si la moral deformidad de Couthon, incluso mayor que la de su cuerpo, recuérdese, y la prontitud con que se infligía la muerte por la opinión más teórica no aprobada por la “Montaña”, parecerá probable que la ofensa que el libro de Paine le hace a Couthon implicara peligro para él y su traductor. El 31 de mayo, cuando se acusó a los girondinos, se incluyó el nombre de Lanthenas, y apenas escapó; y el mismo día Danton persuadió a Paine para que no se presentara en la Convención, ya que su vida podría estar en peligro. Ya sea que esto se deba a la “Era de la Razón”, con su aventura con la “Diosa Naturaleza” o no, las declaraciones del autor y del traductor están armonizadas por el hecho de que Paine preparó el manuscrito, con considerables adiciones y cambios, para su publicación en Inglés, como ha dicho en el Prefacio a la Parte II. Parece probable que la ofensa hecha a Couthon por el libro de Paine implicara un peligro para él y su traductor. El 31 de mayo, cuando se acusó a los girondinos, se incluyó el nombre de Lanthenas, y apenas escapó; y el mismo día Danton persuadió a Paine para que no se presentara en la Convención, ya que su vida podría estar en peligro. Ya sea que esto se deba a la “Era de la Razón”, con su aventura con la “Diosa Naturaleza” o no, las declaraciones del autor y del traductor están armonizadas por el hecho de que Paine preparó el manuscrito, con considerables adiciones y cambios, para su publicación en Inglés, como ha dicho en el Prefacio a la Parte II. Parece probable que la ofensa hecha a Couthon por el libro de Paine implicara un peligro para él y su traductor. El 31 de mayo, cuando se acusó a los girondinos, se incluyó el nombre de Lanthenas, y apenas escapó; y el mismo día Danton persuadió a Paine para que no se presentara en la Convención, ya que su vida podría estar en peligro. Ya sea que esto se deba a la “Era de la Razón”, con su aventura con la “Diosa Naturaleza” o no, las declaraciones del autor y del traductor están armonizadas por el hecho de que Paine preparó el manuscrito, con considerables adiciones y cambios, para su publicación en Inglés, como ha dicho en el Prefacio a la Parte II.

 

Una comparación de las versiones francesa e inglesa, frase por frase, me demostró que la traducción enviada por Lanthenas a Merlin de Thionville en 1794 es la misma que envió a Couthon en 1793. Este descubrimiento fue el medio para recuperar varias frases interesantes. de la obra original. He dado como notas a pie de página traducciones de las cláusulas y frases de la obra francesa que parecían ser importantes. Quienes estén familiarizados con las traducciones de Lanthenas no necesitan recordar que él era demasiado literalista para apartarse del manuscrito que tenía delante y, de hecho, ni siquiera se atrevió a alterarlo en un caso (actualmente considerado) donde obviamente era necesario. Lanthenas tampoco habría omitido ninguno de los párrafos que faltan en su traducción. Esta obra original estaba dividida en diecisiete capítulos, y los he restaurado, traducir sus títulos al inglés. La “Era de la Razón” es así dada por primera vez al mundo con casi su integridad original.

 

Cabe recordar que Paine no pudo haber leído la prueba de su “Edad de la razón” (Parte I.) que pasó por la prensa mientras estaba en prisión. A esto hay que atribuir la permanencia de algunas frases abreviadas en la prisa que ha descrito. Un ejemplo notable es la eliminación de su estimación de Jesús de las palabras vertidas por Lanthenas "trop ​​peu imite, trop oublie, trop meconnu". La adición de estas palabras al tributo de Paine hace más notable que casi el único reconocimiento del carácter humano y la vida de Jesús por parte de cualquier escritor teológico de esa generación provino de uno que durante mucho tiempo fue tildado de infiel.

 

A la imposibilidad del preso de dar revisión alguna a su obra hay que atribuirle la conservación en ella del singular error ya aludido, como uno que Lantenas, de no haber sido por su extrema fidelidad, habría corregido. Esta es la mención repetida de Paine de seis planetas, y la enumeración de ellos, doce años después del descubrimiento de Urano. Paine fue un devoto estudiante de astronomía, y no se puede suponer ni por un momento que no haya participado en la acogida universal del descubrimiento de Herschel. La omisión de cualquier alusión me convence de que el episodio astronómico se imprimió de un manuscrito escrito antes de 1781, cuando se descubrió Urano. Sin estar familiarizado con el francés en 1793, Paine podría no haber descubierto la errata en la traducción de Lanthenas y, al no tener tiempo para copiar, naturalmente, usaría la mayor cantidad posible del mismo manuscrito al preparar su trabajo para los lectores ingleses. Pero no tuvo oportunidad de revisión, y queda una errata que, si mi conjetura es correcta, arroja una luz significativa sobre los párrafos en que alude a la preparación de la obra. Afirma que poco después de la publicación de "Common Sense" (1776), "vio la gran probabilidad de que una revolución en el sistema de gobierno sería seguida por una revolución en el sistema de religión", y que "el hombre volvería a la creencia pura, sin mezclas y sin adulterar de un solo Dios y nada más.” Le dice a Samuel Adams que durante mucho tiempo había tenido la intención de publicar sus pensamientos sobre la religión, y le había hecho un comentario similar a John Adams en 1776. Al igual que los cuáqueros entre los que se crió, Paine podía usar fácilmente la frase "palabra de Dios" para cualquier cosa en la Biblia que se aprobara a su "luz interior", y como había extraído del primer Libro de Samuel una condenación divina de monarquía, John Adams, unitario, le preguntó si creía en la inspiración del Antiguo Testamento. Paine respondió que no, y en un período posterior tenía la intención de publicar sus puntos de vista sobre el tema. No hay duda de que escribió de vez en cuando sobre puntos religiosos, durante la guerra americana, sin publicar sus pensamientos, al igual que trabajó en el problema de la navegación a vapor, en el que había inventado un método practicable (diez años antes que John Fitch). hizo su descubrimiento) sin publicarlo. De todos modos me parece cierto que la parte de “La edad de la razón” relacionada con la ciencia favorita de Paine,

 

El teísmo de Paine, aunque revestido de fraseología bíblica y cristiana, era un derecho de nacimiento. Parece claro a partir de varias alusiones en "La edad de la razón" a los cuáqueros que en su vida temprana, o antes de mediados del siglo XVIII, las personas así llamadas eran sustancialmente deístas. Una confirmación interesante de las afirmaciones de Paine sobre ellos aparece mientras escribo en un relato enviado por el conde León Tolstoi al 'Times' de Londres de la secta rusa llamada Dukhobortsy (The Times, 23 de octubre de 1895). Esta secta surgió en el siglo pasado, y la narración dice:

 

“Las primeras semillas de la enseñanza llamada después 'Dukhoborcheskaya' fueron sembradas por un extranjero, un cuáquero, que vino a Rusia. La idea fundamental de su enseñanza cuáquera era que en el alma del hombre habita Dios mismo, y que Él mismo guía al hombre por Su palabra interior. Dios vive en la naturaleza físicamente y en el alma del hombre espiritualmente. A Cristo, como a un personaje histórico, los Dukhobortsy no le atribuyen gran importancia... Cristo era el hijo de Dios, pero sólo en el sentido en que nos llamamos a nosotros mismos 'hijos de Dios'. El propósito de los sufrimientos de Cristo no fue otro que mostrarnos un ejemplo de sufrimiento por la verdad. Los cuáqueros que, en 1818, visitaron Dukhobortsy, no pudieron ponerse de acuerdo con ellos sobre estos temas religiosos; y cuando oyeron de ellos su opinión acerca de Jesucristo (que era un hombre), exclamaron '¡Tinieblas!' Del Antiguo y Nuevo Testamento, dicen, 'tomamos sólo lo que es útil', principalmente la enseñanza moral... Las ideas morales de los Dukhobortsy son las siguientes: Todos los hombres son, por naturaleza, iguales; las distinciones externas, cualesquiera que sean, no valen nada. Esta idea de la igualdad de los hombres los Dukhoborts la han dirigido aún más, contra la autoridad del Estado... Entre ellos sostienen que la subordinación, y mucho más, un gobierno monárquico, es contrario a sus ideas”.

 

Aquí hay un cuaquerismo hicksita temprano llevado a Rusia mucho antes del nacimiento de Elias Hicks, quien lo recuperó de Paine, a quien los cuáqueros estadounidenses negaron el entierro entre ellos. Aunque Paine defendía la unión de la Iglesia y el Estado, su República ideal era religiosa; se basaba en una concepción de la igualdad basada en la filiación divina de cada hombre. Esta fe sustenta igualmente su carga contra las pretensiones de parcialidad divina por parte de un “pueblo elegido”, un sacerdocio, un monarca “por la gracia de Dios” o una aristocracia. La “Razón” de Paine es sólo una expansión de la “luz interior” del cuáquero; y la mayor impresión, en comparación con los escritos republicanos y deístas anteriores causados ​​por sus "Derechos del hombre" y "La edad de la razón" (realmente volúmenes de una sola obra), se explica en parte por el fervor apostólico que lo convirtió en un sucesor espiritual de Jorge Fox.

 

La mente de Paine no era en modo alguno escéptica, era eminentemente instructiva. El haber esperado hasta los cincuenta y siete años antes de publicar sus convicciones religiosas se debió a un deseo de elaborar algún sistema positivo y practicable para tomar el lugar de lo que él creía que se estaba desmoronando. El ingeniero inglés Hall, que ayudó a Paine a hacer el modelo de su puente de hierro, escribió a sus amigos en Inglaterra en 1786: “Mi empleador tiene suficiente sentido común para no creer en la mayoría de las teorías sistemáticas comunes de la Divinidad, pero no parece creerlo. establecer alguno por sí mismo.” Pero cinco años después, Paine pudo colocar la piedra angular de su templo: “Con respecto a la religión misma, sin tener en cuenta los nombres, y como dirigiéndose desde la familia universal de la humanidad al 'objeto divino de toda adoración, es el hombre trayendo a su Hacedor los frutos de su corazón; y aunque estos frutos difieran unos de otros como los frutos de la tierra, se acepta el agradecido tributo de cada uno.” (“Derechos del hombre”. Ver mi edición de Paine's Writings, ii., p. 326.) Aquí tenemos una reaparición de George Fox refutando al médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). y aunque estos frutos difieran unos de otros como los frutos de la tierra, se acepta el agradecido tributo de cada uno.” (“Derechos del hombre”. Ver mi edición de Paine's Writings, ii., p. 326.) Aquí tenemos una reaparición de George Fox refutando al médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). y aunque estos frutos difieran unos de otros como los frutos de la tierra, se acepta el agradecido tributo de cada uno.” (“Derechos del hombre”. Ver mi edición de Paine's Writings, ii., p. 326.) Aquí tenemos una reaparición de George Fox refutando al médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). se acepta el agradecido tributo de cada uno.” (“Derechos del hombre”. Ver mi edición de Paine's Writings, ii., p. 326.) Aquí tenemos una reaparición de George Fox refutando al médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). se acepta el agradecido tributo de cada uno.” (“Derechos del hombre”. Ver mi edición de Paine's Writings, ii., p. 326.) Aquí tenemos una reaparición de George Fox refutando al médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). ) Aquí tenemos una reaparición de Jorge Fox refutando al médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). ) Aquí tenemos una reaparición de Jorge Fox refutando al médico en Estados Unidos que “negó que la luz y el Espíritu de Dios estuvieran en cada uno; y afirmó que no estaba en los indios. Entonces llamé a un indio y le pregunté si cuando mentía o hacía mal a alguien, no había algo en él que lo reprochara. Él dijo: 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672). 'Había tal cosa en él que lo reprendía tanto; y se avergonzaba cuando hacía mal o hablaba mal.' Así que avergonzamos al médico ante el gobernador y el pueblo”. (Diario de Jorge Fox, septiembre de 1672).

 

Paine, quien acuñó la frase “Religión de la humanidad” (The Crisis, vii., 1778), la defendió lógicamente en “La edad de la razón”, al negar una revelación especial a cualquier tribu en particular, o autoridad divina en cualquier particular. credo de la iglesia; y el centenario de esta publicación tan abusada ha sido celebrado por un gran campeón conservador de la Iglesia y el Estado, el Sr. Balfour, quien, en su “Fundamentos de la fe”, afirma que no se puede negar la “inspiración” a los grandes maestros orientales, a menos que se recojan uvas de los espinos.

 

El centenario de la publicación completa de "La edad de la razón" (25 de octubre de 1795) también se celebró en el Congreso de la Iglesia, Norwich, el 10 de octubre de 1895, cuando el profesor Bonney, FRS, canónigo de Manchester, leyó un artículo en el que dijo: “No puedo negar que el aumento del conocimiento científico ha privado a partes de los primeros libros de la Biblia del valor histórico que generalmente les atribuían nuestros antepasados. La historia de la Creación en el Libro del Génesis, a menos que juguemos rápido con las palabras o con la ciencia, no puede armonizarse con lo que hemos aprendido de la geología. Sus declaraciones etnológicas son imperfectas, si no a veces inexactas. Las historias de la Caída, del Diluvio y de la Torre de Babel son increíbles en su forma actual. Algún elemento histórico puede subyacer en muchas de las tradiciones de los primeros once capítulos de ese libro, pero no podemos esperar recuperarlo”. El canónigo Bonney procedió a decir también del Nuevo Testamento que “hasta donde sabemos, los Evangelios no son registros estrictamente contemporáneos, por lo que debemos admitir la posibilidad de variaciones e incluso inexactitudes en los detalles introducidos por la tradición oral”. El Canon piensa que el intervalo es demasiado corto para que estas importaciones sean serias, pero que cualquier pregunta de este tipo quede abierta prueba que la Edad de la Razón está completamente sobre nosotros. La razón sola puede determinar cuántos textos son tan espurios como los tres testigos celestiales (1 Juan v. 7), y lo suficientemente "serios" como para haber costado la vida a los hombres buenos y la caridad de los perseguidores. Cuando los hombres interpolan, es porque creen que su interpolación es muy necesaria. Se verá por una nota en la Parte II. de la obra, que Paine llama la atención sobre una interpolación introducida en la primera edición americana sin indicación de que se trate de una nota editorial a pie de página. Esta nota al pie decía: “El libro de Lucas fue llevado por una mayoría de uno solo. Vide Moshelm's Ecc. Historia." El Dr. Priestley, entonces en Estados Unidos, respondió al trabajo de Paine, y al citar menos de una página de la “Edad de la Razón”, hizo tres modificaciones, una de las cuales cambió a los “mitólogos de la iglesia” en “mitólogos cristianos”, y también planteó la nota editorial a pie de página en el texto, omitiendo la referencia a Mosheim. Habiendo hecho esto, Priestley escribe: “En cuanto al evangelio de Lucas siendo llevado por una mayoría de uno solo, es una leyenda, si no de invención del propio Sr. Paine, de ninguna autoridad mejor.

 

Si esto pudo ser hecho, sin querer, por un hombre concienzudo y exacto, y uno que no fuera hostil a Paine, si un escritor como Priestley pudo cometer cuatro errores al citar media página, no parecerá muy maravilloso cuando afirmo que en un moderno edición popular de "La edad de la razón", incluidas ambas partes, he notado unas quinientas desviaciones del original. Estos fueron principalmente los esfuerzos acumulados de editores amigos para mejorar la gramática o la ortografía de Paine; algunos eran errores tipográficos o se desarrollaron a partir de ellos; y algunos resultaron de la venta en Londres de una copia de la Parte Segunda hecha subrepticiamente del manuscrito. Estos hechos añaden significado a la nota al pie de página de Paine (¡modificada en algunas ediciones!), en la que dice: “Si esto ha sucedido en tan poco tiempo, a pesar de la ayuda de la imprenta, que impide la alteración de ejemplares individualmente; lo que puede no haber sucedido en un período de tiempo mucho mayor, cuando no había impresión, y cuando cualquier hombre que supiera escribir, podría hacer una copia escrita, y llamarla original, por Mateo, Marcos, Lucas o Juan.”

 

Nada me parece más llamativo, como ilustración de los efectos de largo alcance del prejuicio tradicional, que los errores en los que han caído algunos de nuestros más capaces estudiosos contemporáneos por no haber estudiado a Paine. El profesor Huxley, por ejemplo, hablando de los librepensadores del siglo XVIII, admira la agudeza, el sentido común, el ingenio y la amplia humanidad de los mejores, pero dice que “rara vez hay mucho que decir sobre su trabajo como ejemplo. del tratamiento adecuado de una investigación grave y difícil”, y que compartían con sus adversarios “en plenitud la fatal debilidad del filosofar a priori”. [NOTA: Ciencia y Tradición Cristiana, p. 18 (Lon. ed., 1894).] El profesor Huxley no nombra a Paine, evidentemente porque no sabe nada de él. Sin embargo, Paine representa el punto de inflexión del movimiento histórico de librepensamiento; renunció al método 'a priori', se negó a pronunciar algo imposible fuera de las matemáticas puras, apoyó todo en la evidencia y realmente fundó la escuela huxleyana. Plagió anticipadamente muchas cosas de los líderes racionalistas de nuestro tiempo, de Strauss y Baur (siendo los primeros en explayarse sobre la “mitología cristiana”), de Renan (siendo el primero en intentar recuperar al Jesús humano), y notablemente de Huxley. , quien ha repetido los argumentos de Paine sobre la falta de confiabilidad de los manuscritos bíblicos y el canon, sobre las inconsistencias de las narraciones de la resurrección de Cristo y varios otros puntos. Nadie puede ser más fiel a la memoria de Huxley que el presente escritor, y es incluso debido a mi sentido de su gran liderazgo que se lo menciona aquí como un ejemplo típico de la medida en que los propios elegidos del libre pensamiento pueden ser inconscientemente víctimas del fantasma con el que están luchando. Dice que Butler derrocó a los librepensadores del tipo del siglo XVIII, pero Paine era del tipo del siglo XIX; y fue precisamente por su método crítico por lo que despertó más animosidad que sus predecesores deístas. Obligó a los apologistas a defender las narraciones bíblicas en detalle, y así reconocer implícitamente el tribunal de la razón y el conocimiento al que fueron convocados. La última respuesta de la policía fue una confesión de juicio. Hace cien años Inglaterra suprimía las obras de Paine, y muchos ingleses honestos han ido a la cárcel por imprimir y hacer circular su “Age of Reason”. Las mismas opiniones ahora se expresan libremente; se escuchan en las sedes del saber, y hasta en el Congreso de la Iglesia; pero la supresión de Paine, iniciada por el fanatismo y la ignorancia, continúa en la larga indiferencia de los representantes de nuestra Era de la Razón hacia su pionero y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos y para su causa. Es imposible comprender la historia religiosa de Inglaterra y de América sin estudiar las fases de su evolución representadas en los escritos de Thomas Paine, en las controversias que surgieron de ellos con acompañamientos prácticos tales como la fundación de la Iglesia Teofilántropa en París y Nueva York, y de la gran ala racionalista del cuaquerismo en América. Ahora se expresan libremente las mismas opiniones; se escuchan en las sedes del saber, y hasta en el Congreso de la Iglesia; pero la supresión de Paine, iniciada por el fanatismo y la ignorancia, continúa en la larga indiferencia de los representantes de nuestra Era de la Razón hacia su pionero y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos y para su causa. Es imposible comprender la historia religiosa de Inglaterra y de América sin estudiar las fases de su evolución representadas en los escritos de Thomas Paine, en las controversias que surgieron de ellos con acompañamientos prácticos tales como la fundación de la Iglesia Teofilántropa en París y Nueva York, y de la gran ala racionalista del cuaquerismo en América. Ahora se expresan libremente las mismas opiniones; se escuchan en las sedes del saber, y hasta en el Congreso de la Iglesia; pero la supresión de Paine, iniciada por el fanatismo y la ignorancia, continúa en la larga indiferencia de los representantes de nuestra Era de la Razón hacia su pionero y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos y para su causa. Es imposible comprender la historia religiosa de Inglaterra y de América sin estudiar las fases de su evolución representadas en los escritos de Thomas Paine, en las controversias que surgieron de ellos con acompañamientos prácticos tales como la fundación de la Iglesia Teofilántropa en París y Nueva York, y de la gran ala racionalista del cuaquerismo en América. comenzado por el fanatismo y la ignorancia, continúa en la larga indiferencia de los representantes de nuestra Era de la Razón hacia su pionero y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos y para su causa. Es imposible comprender la historia religiosa de Inglaterra y de América sin estudiar las fases de su evolución representadas en los escritos de Thomas Paine, en las controversias que surgieron de ellos con acompañamientos prácticos tales como la fundación de la Iglesia Teofilántropa en París y Nueva York, y de la gran ala racionalista del cuaquerismo en América. comenzado por el fanatismo y la ignorancia, continúa en la larga indiferencia de los representantes de nuestra Era de la Razón hacia su pionero y fundador. Es una pérdida dolorosa para ellos y para su causa. Es imposible comprender la historia religiosa de Inglaterra y de América sin estudiar las fases de su evolución representadas en los escritos de Thomas Paine, en las controversias que surgieron de ellos con acompañamientos prácticos tales como la fundación de la Iglesia Teofilántropa en París y Nueva York, y de la gran ala racionalista del cuaquerismo en América.

 

Cualquiera que sea el caso de los eruditos de nuestro tiempo, los de la época de Paine se tomaron muy en serio la “Edad de la Razón”. Comenzando por el erudito Dr. Richard Watson, obispo de Llandaff, un gran número de eruditos respondieron a la obra de Paine, y se convirtió en una señal para el comienzo de aquellas concesiones, por parte de la teología, que han continuado hasta nuestros días; y, de hecho, la llamada "Iglesia Amplia" es, hasta cierto punto, un resultado de "La Edad de la Razón". Sería demasiado extenso esta Introducción para citar aquí las respuestas dadas a Paine (treinta y seis están catalogadas en el Museo Británico), pero puede señalarse que estaban notablemente libres, por regla general, de las personalidades que rugían en los púlpitos. . Debo aventurarme a citar un pasaje de su muy erudito antagonista, el reverendo Gilbert Wakefield, BA, “difunto miembro del Jesus College, Cambridge. Wakefield, que había residido en Londres durante todo el pánico de Paine, y estaba bien familiarizado con las calumnias proferidas contra el autor de Los derechos del hombre, indirectamente las marca al responder al argumento de Paine de que la incredulidad original y tradicional de los judíos, entre ellos quiénes fueron hechos los supuestos milagros, es una evidencia importante contra ellos. El erudito teólogo escribe:

 

“Pero el tema que tenemos ante nosotros admite una mayor ilustración del ejemplo del propio Sr. Paine. En este país, donde su oposición a las corrupciones del gobierno le ha levantado tantos adversarios, y tal enjambre de mercenarios sin escrúpulos se han esforzado por ennegrecer su carácter y tergiversar todas las transacciones e incidentes de su vida, ¿no será una la tarea más difícil, más aún, imposible, para la posteridad, después de un lapso de 1700 años, si interviniera una ruina de la literatura moderna como la de la antigua, para identificar las circunstancias reales, morales y civiles, del hombre? ¿Y un verdadero historiador, como los evangelistas, será acreditado en ese período futuro contra una incredulidad tan predominante, sin amplias y poderosas accesiones de atestación colateral? Y cuán trascendentemente extraordinario, Casi había dicho milagroso, si las mentes cándidas y razonables lo estimaran, que un escritor cuyo objetivo era mejorar la condición de la gente común y su liberación de la opresión, la pobreza, la miseria, las innumerables bendiciones de un gobierno recto e igualitario. , debería ser vilipendiado, perseguido y quemado en efigie, con toda circunstancia de insulto y execración, por estos mismos objetos de sus intenciones benévolas, en todos los rincones del reino? Después de la ejecución de Luis XVI, por cuya vida suplicaba Paine con tanta seriedad, mientras en Inglaterra era denunciado como cómplice del hecho, se dedicó a la preparación de una Constitución, y también a reunir sus composiciones religiosas y añadiendo a ellos. Supongo que este manuscrito se preparó en lo que se conocía como White's Hotel o Philadelphia House, en París, No. 7 Passage des Petits Peres. Esta compilación de manuscritos antiguos y recientes (si mi teoría es correcta) se tituló "La edad de la razón" y se entregó para su traducción a Francois Lanthenas en marzo de 1793. Está registrada en Qudrard (La France Literaire) con el año 1793. , pero con el título “L'Age de la Raison” en lugar del que llevaba en 1794, “Le Siecle de la Raison”. Se dice que este último, impreso “Au Burcau de l'imprimerie, rue du Theatre-Francais, No. 4”, es de “Thomas Paine, Citoyen et cultivateur de l'Amerique septentrionale, secretaire du Congres du departement des affaires etrangeres la guerre d'Amerique, et auteur des ouvrages intitules: LA SENS COMMUN et LES DROITS DE L'HOMME.” 7 Pasaje des Petits Peres. Esta compilación de manuscritos antiguos y recientes (si mi teoría es correcta) se tituló "La edad de la razón" y se entregó para su traducción a Francois Lanthenas en marzo de 1793. Está registrada en Qudrard (La France Literaire) con el año 1793. , pero con el título “L'Age de la Raison” en lugar del que llevaba en 1794, “Le Siecle de la Raison”. Se dice que este último, impreso “Au Burcau de l'imprimerie, rue du Theatre-Francais, No. 4”, es de “Thomas Paine, Citoyen et cultivateur de l'Amerique septentrionale, secretaire du Congres du departement des affaires etrangeres la guerre d'Amerique, et auteur des ouvrages intitules: LA SENS COMMUN et LES DROITS DE L'HOMME.” 7 Pasaje des Petits Peres. Esta compilación de manuscritos antiguos y recientes (si mi teoría es correcta) se tituló "La edad de la razón" y se entregó para su traducción a Francois Lanthenas en marzo de 1793. Está registrada en Qudrard (La France Literaire) con el año 1793. , pero con el título “L'Age de la Raison” en lugar del que llevaba en 1794, “Le Siecle de la Raison”. Se dice que este último, impreso “Au Burcau de l'imprimerie, rue du Theatre-Francais, No. 4”, es de “Thomas Paine, Citoyen et cultivateur de l'Amerique septentrionale, secretaire du Congres du departement des affaires etrangeres la guerre d'Amerique, et auteur des ouvrages intitules: LA SENS COMMUN et LES DROITS DE L'HOMME.” ” y entregado para su traducción a Francois Lanthenas en marzo de 1793. Está registrado, en Qudrard (La France Literaire) en el año 1793, pero con el título “L'Age de la Raison” en lugar del que llevaba en 1794, “ Le Siecle de la Raison. Se dice que este último, impreso “Au Burcau de l'imprimerie, rue du Theatre-Francais, No. 4”, es de “Thomas Paine, Citoyen et cultivateur de l'Amerique septentrionale, secretaire du Congres du departement des affaires etrangeres la guerre d'Amerique, et auteur des ouvrages intitules: LA SENS COMMUN et LES DROITS DE L'HOMME.” ” y entregado para su traducción a Francois Lanthenas en marzo de 1793. Está registrado, en Qudrard (La France Literaire) en el año 1793, pero con el título “L'Age de la Raison” en lugar del que llevaba en 1794, “ Le Siecle de la Raison. Se dice que este último, impreso “Au Burcau de l'imprimerie, rue du Theatre-Francais, No. 4”, es de “Thomas Paine, Citoyen et cultivateur de l'Amerique septentrionale, secretaire du Congres du departement des affaires etrangeres la guerre d'Amerique, et auteur des ouvrages intitules: LA SENS COMMUN et LES DROITS DE L'HOMME.”

 

Cuando la Revolución avanzaba hacia terrores crecientes, Paine, reacio a participar en los decretos de una Convención cuya única función legal era redactar una Constitución, se retiró a una vieja mansión y jardín en el Faubourg St. Denis, No. 63. El Sr. JG Alger, cuyas investigaciones sobre detalles personales relacionados con la Revolución son originales y útiles, recientemente me mostró en los Archivos Nacionales de París, algunos documentos relacionados con el juicio de Georgeit, el propietario de Paine, por lo que parece que el actual No. 63 es no, como había supuesto, la casa en la que residía Paine. El Sr. Alger me acompañó al vecindario, pero no pudimos identificar la casa. El arresto de Georgeit es mencionado por Paine en su ensayo sobre “Olvido” (Escritos, iii., 319). Cuando llegó su juicio, uno de los cargos fue que había mantenido en su casa a "Paine y otros ingleses", estando Paine entonces en prisión, pero él (Georgeit) fue absuelto de las insignificantes acusaciones presentadas contra él por su Sección. el "Faubourg du Nord". Esta Sección abarcaba todo el lado este del Faubourg St. Denis, mientras que el actual No. 63 está en el lado oeste. Después de que Georgeit (o Georger) fue arrestado, Paine se quedó solo en la gran mansión (Rickman dice que alguna vez fue el hotel de Madame de Pompadour), y parecería, según su relato, que fue después de la ejecución ( 31 de octubre de 1793) De sus amigos los girondinos y camaradas políticos, que sintió que su fin se acercaba y emprendió su último legado literario para el mundo, "La edad de la razón", en el estado en que se encuentra. desde que apareció, como se cuida de decir. Era muy probable, durante los meses en que escribió (noviembre y diciembre de 1793), que sería ejecutado. Su testamento religioso fue preparado con la hoja de la guillotina suspendida sobre él, hecho que no disuadió a los piadosos mitólogos de retratar su remordimiento en el lecho de muerte por haber escrito el libro.

 

Al editar la Parte I. de “La edad de la razón”, sigo de cerca la primera edición, que fue impresa por Barrois en París a partir del manuscrito, sin duda bajo la supervisión de Joel Barlow, a quien Paine, de camino a Luxemburgo. , se lo había confiado. Barlow era un ex clérigo estadounidense, un especulador sobre cuya carrera los archivos franceses arrojan una luz desfavorable, y no se puede estar seguro de que no se tomaran libertades con las pruebas de Paine.

 

Puedo repetir aquí lo que he dicho al comienzo de mi trabajo editorial sobre Paine, que mi regla es corregir errores de imprenta evidentes, y también cualquier puntuación que parezca hacer que el sentido sea menos claro. Y a eso agregaré ahora que al seguir las citas de Paine de la Biblia, he adoptado el Plan ahora generalmente usado en lugar de su escritura ocasionalmente demasiado extensa de libro, capítulo y versículo.

 

Paine fue encarcelado en Luxemburgo el 28 de diciembre de 1793 y liberado el 4 de noviembre de 1794. Su liberación fue asegurada por su viejo amigo, James Monroe (luego presidente), quien había sucedido a su implacable enemigo (de Paine), Gouverneur Morris, como Ministro estadounidense en París. Monroe lo encontró más muerto que vivo por medio de la inanición, el frío y un absceso contraído en la prisión, y lo llevó a la propia residencia del Ministro. No se suponía que pudiera sobrevivir, y le debía su vida al tierno cuidado del Sr. y la Sra. Monroe. Fue mientras estaba así prisionero en su habitación, con la muerte aún cerniéndose sobre él, que Paine escribió la Segunda Parte de “La edad de la razón”.

 

El trabajo fue publicado en Londres por HD Symonds el 25 de octubre de 1795 y afirmó ser "del manuscrito del autor". Está marcado como "Entrado en Stationers Hall" y precedido por una nota de disculpa de "El librero al público", cuyos lugares comunes sobre evitar tanto el prejuicio como la parcialidad, y considerar "ambos lados", no necesitan citarse. Mientras su volumen pasaba por la imprenta en París, Paine se enteró de la publicación en Londres, lo que le arrancó la siguiente nota apresurada a un editor de Londres, sin duda Daniel Isaacs Eaton:

 

“Señor, he visto anunciada en los periódicos de Londres la segunda edición [parte] de La edad de la razón, impresa, dice el anuncio, del Manuscrito del autor, y registrada en Stationers Hall. Nunca he enviado ningún manuscrito a ninguna persona. Por lo tanto, es una falsificación decir que está impreso del manuscrito del autor; y supongo que se hace para darle al editor una pretensión de derecho de autor, del cual no tiene título.

 

“Le envío una copia impresa, que es la única que he enviado a Londres. Deseo que hagas una edición barata de él. No sé por qué medios ha llegado alguna copia a Londres. Si alguna persona ha hecho una copia manuscrita no tengo ninguna duda pero está llena de errores. Me gustaría que hablara con el Sr. ——- sobre este tema, ya que deseo saber por qué medios se ha jugado este truco, y de quién ha obtenido el editor alguna copia.

 

“T. DOLOR.

 

“PARÍS, 4 de diciembre de 1795”

 

La edición barata de Eaton apareció el 1 de enero de 1796, con la letra anterior en el reverso del título. El espacio en blanco en la nota probablemente era "Symonds" en el original, y posiblemente se impuso a ese editor. Eaton, que ya estaba en problemas por imprimir uno de los panfletos políticos de Paine, huyó a Estados Unidos y se publicó una edición de "La edad de la razón" con un nuevo título; no aparece ningún editor; se dice que está “impreso y vendido por todos los libreros de Gran Bretaña e Irlanda”. También se dice que es "Por Thomas Paine, autor de varias actuaciones notables". Nunca he encontrado ningún ejemplar de esta edición anónima excepto el que tengo en mi poder. Evidentemente, es la edición que fue suprimida por el enjuiciamiento de Williams por vender una copia.

 

Una comparación con la edición revisada de Paine revela muchos errores de copia y verbales en Symonds, aunque pocos que afecten el sentido. Los peores se encuentran en el prefacio, donde, en lugar de “1793”, se da la engañosa fecha “1790” como el año en cuyo cierre Paine completó la Primera Parte, un error que se extendió por todas partes y fue recalcado por su calumnioso discurso estadounidense. "biógrafo", Cheetham, para probar su inconsistencia. Los editores se han sentido bastante desmoralizados por la siguiente oración del prefacio en Symonds, y la han alterado de diferentes maneras: “El espíritu intolerante de la persecución religiosa se había transferido a la política; los tribunales, llamados Revolucionarios, abastecían el lugar de la Inquisición; y la Guillotina del Estado superó al Fuego y Fagot de la Iglesia. El granuja que copió esto poco sabía del cuidado con que Paine sopesaba las palabras, y que nunca llamaría “religiosa” a la persecución, ni relacionaría la guillotina con el “Estado”, ni concedería que con todos sus horrores había superado la historia de la fuego y marica. Lo que Paine escribió fue: “El espíritu intolerante de persecución de la iglesia se había trasladado a la política; los tribunales, llamados Revolucionarios, suplieron el lugar de una Inquisición y la Guillotina, de la Hoguera.”

 

Una carta original de Paine, en poder de Joseph Cowen, exdiputado, que dicho señor me permite sacar a la luz, además de ser de interés general, deja claras las circunstancias de la publicación original. Aunque el nombre del corresponsal no aparece en la carta, ciertamente fue escrita para el Coronel John Fellows de Nueva York, quien registró los derechos de autor de la Parte I. de la “Era de la razón”. Publicó los folletos de Joel Barlow, a quien Paine le confió su manuscrito camino a la prisión. Fellows fue después el amigo íntimo de Paine en Nueva York, y fue principalmente gracias a él que algunas partes de los escritos del autor, dejados en manuscrito a Madame Bonneville mientras ella era librepensadora, fueron rescatados de su devoción destructiva después de su regreso al catolicismo. La carta que me envía el señor Cowen está fechada en París el 20 de enero de 1797.

 

“SEÑOR,—Estando su amigo el Sr. Caritat a punto de partir para América, aprovecho la oportunidad para escribirle. Recibí dos cartas tuyas con unos panfletos hace bastante tiempo, en las que me informas de que estás entrando en un copyright de la primera parte de la Edad de la Razón: cuando regrese a América nos arreglaremos con ese asunto.

 

“Puesto que el doctor Franklin ha sido mi amigo íntimo durante los últimos treinta años, comprenderá naturalmente la razón por la que continúo la conexión con su nieto. Imprimí aquí (París) unos quince mil de la segunda parte de la Edad de la razón, que envié al señor F[ranklin] Bache. Se lo notifiqué en septiembre de 1795 y él registró los derechos de autor bajo mi propia dirección. Los libros no llegaron hasta abril siguiente, pero lo había anunciado mucho antes.

 

“Le envié en agosto pasado una carta manuscrita de unas 70 páginas, de mí al Sr. Washington para que se imprimiera en un folleto. El Sr. Barnes de Filadelfia llevó mi carta a Londres para enviarla a Estados Unidos. Iba en el barco Hope, Cap: Harley, que desde su regreso de América me dijo que lo puso en la oficina de correos de Nueva York para Bache. Todavía no tengo una cuenta cierta de su publicación. Hago mención de esto para que la carta pueda ser consultada, en caso de que no haya sido publicada o no haya llegado al señor Bache. Barnes me escribió desde Londres el 29 de agosto informándome que le habían ofrecido trescientas libras esterlinas por el manuscrito. La oferta fue rechazada porque era mi intención que no apareciera hasta que apareciera en América, y no Inglaterra era el lugar para su operación.

 

“Usted me pide por su carta al Sr. Caritat una lista de mis varios trabajos, para poder publicar una colección de ellos. Esta es una empresa que siempre me he reservado. No sólo me pertenece por derecho, sino que nadie más que yo mismo puede hacerlo; y como todo autor es responsable (al menos en reputación) de sus obras, sólo él es la persona para hacerlo. Si lo descuida en su vida, el caso se altera. Es mi intención regresar a América en el transcurso del presente año. Entonces lo [haré] por suscripción, con notas históricas. Como esta obra empleará a muchas personas en diferentes partes de la Unión, hablaré con usted sobre el tema, y ​​la parte que le convenga emprender quedará a su elección. He sufrido tantas pérdidas, por desinterés y falta de atención a los asuntos de dinero, y por accidentes, que estoy obligado a mirar mis asuntos más de cerca de lo que lo he hecho. El impresor (un inglés) que contraté aquí para imprimir la segunda parte de 'La edad de la razón' hizo una copia manuscrita de la obra mientras la estaba imprimiendo, que envió a Londres y vendió. Fue por este medio que salió una edición del mismo en Londres.

 

“Estamos esperando aquí noticias de Estados Unidos sobre el estado de las elecciones federales. Habrá oído mucho antes de que esto llegue a sus manos que el gobierno francés se ha negado a recibir al Sr. Pinckney como ministro. Mientras el Sr. Monroe fue ministro, tuvo la oportunidad de suavizar las cosas con este gobierno, porque tenía buen crédito con ellos aunque estaban muy indignados por la infidelidad de la Administración de Washington. Es hora de que el Sr. Washington se retire, porque ha jugado con tanta hipocresía prudente entre Francia e Inglaterra que ninguno de los gobiernos cree nada de lo que dice.

 

“Tu amigo, etc.,

 

“TOMÁS PAINE”.

 

Parecería que la edición robada de Symonds debió adelantarse a la enviada por Paine a Franklin Bache, ya que algunos de sus errores continúan en todas las ediciones americanas modernas hasta el día de hoy, así como en las de Inglaterra. Porque en Inglaterra fue sólo la edición en chelines —la revisada por Paine— la que fue suprimida. Symonds, que atendía a la gente de la media corona y que también publicaba las respuestas a Paine, no se molestó por su edición pirateada, y la nueva Sociedad para la supresión del vicio y la inmoralidad se aferró a un tal Thomas Williams, que vendía tratados piadosos. pero también fue condenado (24 de junio de 1797) por haber vendido un ejemplar de La edad de la razón. Erskine, quien había defendido a Paine en su juicio por los “Derechos del Hombre”, dirigió el enjuiciamiento de Williams. Obtuvo la victoria de un jurado repleto, pero no estaba muy contento por ello, especialmente después de cierta aventura en su camino a Lincoln's Inn. Sintió que le agarraban el abrigo y vio a sus pies a una mujer bañada en lágrimas. Ella lo condujo a la pequeña librería de Thomas Williams, que aún no había sido llamado a juicio, y allí vio a su víctima cosiendo folletos en una pequeña habitación miserable, donde había tres niños, dos de ellos con viruela. Vio que sería la ruina e incluso una especie de asesinato llevar a prisión al marido, que no era un librepensador, y lamentó la publicación del libro, y se convocó una reunión de la Sociedad que lo había contratado. Hubo una reunión completa, el obispo de Londres (Porteus) en la presidencia. Erskine les recordó que Williams aún no había sido llevado a juicio, describió la escena que había presenciado y la penitencia de Williams y, como el libro ahora estaba suprimido, pidió permiso para mudarse por una sentencia nominal. La misericordia, instó, era parte del cristianismo que defendían. Ninguno de los miembros de la Sociedad se puso de su lado, ni siquiera el "filantrópico" Wilberforce, y Erskine vomitó su informe. Esta acción de Erskine llevó al juez a darle a Williams solo un año de prisión en lugar de los tres que dijo que tenía previsto.

 

Mientras Williams estaba en prisión, los colportores ortodoxos estaban haciendo circular el discurso de Erskine sobre el cristianismo, pero también un sermón anónimo "Sobre la existencia y los atributos de la deidad", todo lo cual era de "La edad de la razón" de Paine, excepto un breve "Discurso a la Deidad” añadido. Esta pintoresca anomalía se repitió en la circulación del “Discurso a los teófilos” de Paine (se eliminaron sus nombres y los del autor) bajo el título “Ateísmo refutado”. Ahora tengo ante mí estos dos folletos y, junto a ellos, un tratado de Londres de una página que acaba de enviarme para mi beneficio espiritual. Esto se titula “Una palabra de precaución”. Comienza mencionando las “perniciosas doctrinas de Paine”, siendo la primera “que no hay DIOS” (sic), luego procede a aducir evidencias de la existencia divina tomadas de las obras de Paine.

 

El encarcelamiento de Williams fue el comienzo de una guerra de treinta años por la libertad religiosa en Inglaterra, en el curso de la cual ocurrieron muchos eventos notables, como que Eaton recibió un homenaje en su picota en Choring Cross, y toda la familia Carlile fue encarcelada, su jefe encarcelado más de nueve años por publicar la “Edad de la razón”. Esta última victoria de la persecución fue suicida. Caballeros adinerados, no seguidores de Paine, ayudaron a que Carlile estableciera un negocio en Fleet Street, donde desde entonces se han vendido sin interrupción publicaciones de libre pensamiento. Pero aunque la Libertad triunfó en un sentido, la “Era de la Razón”. permaneció hasta cierto punto suprimido entre aquellos cuya atención merecía especialmente. Su enjuiciamiento original por una Sociedad para la Supresión del Vicio (un dispositivo para, relevar a la Corona) equivalía a un libelo sobre un libro moralmente limpio, restringiendo su lectura en familias; y el hecho de que el libro de un chelín vendido por y entre la gente humilde fuera procesado solo, difundió entre los educados una noción igualmente falsa de que la "Edad de la Razón" era vulgar y analfabeta. Los teólogos, como hemos visto, estimaron más justamente la capacidad de su antagonista, el colaborador de Franklin, Rittenhouse y Clymer, a quien la Universidad de Pensilvania había conferido el grado de Master of Arts, pero la nobleza confundió a Paine con el clase descrita por Burke como “la multitud porcina”. El escepticismo, o su expresión libre, fue expulsado temporalmente de los círculos educados por su complicación con el proscrito vindicador de los "Derechos del Hombre". Pero ese largo combate ahora ha pasado. El tiempo ha reducido la “Era de la Razón” de una bandera de radicalismo popular a un tratado comparativamente conservador, en lo que respecta a sus negaciones. Un viejo amigo me cuenta que en su juventud escuchó un sermón en el que el predicador declaraba que “Tom Paine era tan malvado que no podía ser enterrado; sus huesos fueron arrojados a una caja que fue difundida por todo el mundo hasta que llegó a un fabricante de botones; ¡y ahora Paine viaja por el mundo en forma de botones!” Esta variante del mito del judío errante ahora puede considerarse como un homenaje inconsciente al autor cuyos huesos metafóricos pueden reconocerse en botones ahora de moda, y algunos incluso se encuentran útiles para mantener juntas las vestimentas clericales. Un viejo amigo me cuenta que en su juventud escuchó un sermón en el que el predicador declaraba que “Tom Paine era tan malvado que no podía ser enterrado; sus huesos fueron arrojados a una caja que fue difundida por todo el mundo hasta que llegó a un fabricante de botones; ¡y ahora Paine viaja por el mundo en forma de botones!” Esta variante del mito del judío errante ahora puede considerarse como un homenaje inconsciente al autor cuyos huesos metafóricos pueden reconocerse en botones ahora de moda, y algunos incluso se encuentran útiles para mantener juntas las vestimentas clericales. Un viejo amigo me cuenta que en su juventud escuchó un sermón en el que el predicador declaraba que “Tom Paine era tan malvado que no podía ser enterrado; sus huesos fueron arrojados a una caja que fue difundida por todo el mundo hasta que llegó a un fabricante de botones; ¡y ahora Paine viaja por el mundo en forma de botones!” Esta variante del mito del judío errante ahora puede considerarse como un homenaje inconsciente al autor cuyos huesos metafóricos pueden reconocerse en botones ahora de moda, y algunos incluso se encuentran útiles para mantener juntas las vestimentas clericales.

 

Pero el lector cuidadoso encontrará en la “Edad de la razón” de Paine algo más allá de las negaciones, y en conclusión llamaré especialmente la atención sobre el nuevo punto de partida en el teísmo indicado en un pasaje correspondiente a un famoso aforismo de Kant, indicado por una nota en la Parte II. . El descubrimiento ya mencionado, que la Parte I fue escrita al menos catorce años antes que la Parte II, me llevó a comparar las dos; y es claro que mientras el trabajo anterior es una ampliación del deísmo newtoniano, basado en los fenómenos del movimiento planetario, el trabajo de 1795 basa la creencia en Dios en “la exhibición universal de sí mismo en las obras de la creación y por esa repugnancia sentir en nosotros mismos a las malas acciones, y disposición a hacer las buenas.” Esta exaltación de la naturaleza moral del hombre como fundamento de la religión teísta, aunque ahora familiar, fue hace cien años una nueva afirmación; ha conducido a una concepción de la deidad subversiva del deísmo del siglo pasado, ha humanizado constantemente la religión y aún no se han alcanzado sus últimos resultados filosóficos y éticos.

 

LA EDAD DE LA RAZÓN — PARTE I

CAPÍTULO I.

LA PROFESIÓN DE FE DEL AUTOR.

Ha sido mi intención, desde hace varios años, publicar mis pensamientos sobre la religión; Soy muy consciente de las dificultades que aquejan al tema y, por esa consideración, lo había reservado para un período más avanzado de la vida. Tenía la intención de que fuera la última ofrenda que haría a mis conciudadanos de todas las naciones, y que en un momento en que la pureza del motivo que me indujo a ello no podía admitir una pregunta, incluso por aquellos que podrían desaprobar el trabajo.

 

La circunstancia que ahora ha tenido lugar en Francia, de la abolición total de todo el orden nacional del sacerdocio, y de todo lo perteneciente a los sistemas compulsivos de religión y artículos compulsivos de fe, no sólo ha precipitado mi intención, sino que ha hecho una obra de este tipo es sumamente necesario, no sea que, en el naufragio general de la superstición, de los falsos sistemas de gobierno y de la falsa teología, perdamos de vista la moralidad, la humanidad y la teología que es verdadera.

 

Como varios de mis colegas, y otros de mis conciudadanos de Francia, me han dado el ejemplo de hacer su profesión de fe voluntaria e individual, yo también haré la mía; y lo hago con toda esa sinceridad y franqueza con que la mente del hombre se comunica consigo misma.

 

Creo en un solo Dios, y nada más; y espero felicidad más allá de esta vida.

 

Creo en la igualdad del hombre, y creo que los deberes religiosos consisten en hacer justicia, amar la misericordia y esforzarse por hacer felices a nuestros semejantes.

 

Pero, para que no se suponga que creo muchas otras cosas además de estas, debo, en el progreso de este trabajo, declarar las cosas que no creo, y mis razones para no creerlas.

 

No creo en el credo profesado por la iglesia judía, por la iglesia romana, por la iglesia griega, por la iglesia turca, por la iglesia protestante, ni por ninguna iglesia que yo sepa. Mi propia mente es mi propia iglesia.

 

Todas las instituciones eclesiásticas nacionales, ya sean judías, cristianas o turcas, no me parecen más que invenciones humanas creadas para aterrorizar y esclavizar a la humanidad y monopolizar el poder y las ganancias.

 

No pretendo con esta declaración condenar a los que creen lo contrario; tienen el mismo derecho a sus creencias que yo tengo a las mías. Pero es necesario para la felicidad del hombre que sea mentalmente fiel a sí mismo. La infidelidad no consiste en creer, ni en no creer; consiste en profesar creer lo que no cree.

 

Es imposible calcular el daño moral, si puedo expresarlo así, que la mentira mental ha producido en la sociedad. Cuando un hombre ha corrompido y prostituido la castidad de su mente hasta el punto de suscribir su creencia profesional en cosas en las que no cree, se ha preparado para la comisión de cualquier otro delito. Toma el oficio de sacerdote en aras de la ganancia y, para calificarse para ese oficio, comienza con un perjurio. ¿Podemos concebir algo más destructivo para la moralidad que esto?

 

Poco después de haber publicado el panfleto COMMON SENSE, en América, vi la gran probabilidad de que una revolución en el sistema de gobierno sería seguida por una revolución en el sistema de religión. La conexión adúltera de la iglesia y el estado, dondequiera que haya tenido lugar, ya sea judío, cristiano o turco, ha prohibido tan eficazmente, mediante penas y penas, toda discusión sobre credos establecidos y sobre los primeros principios de la religión, que hasta el sistema de el gobierno debe ser cambiado, esos temas no pueden ser llevados justa y abiertamente ante el mundo; pero que cada vez que se hiciera esto, seguiría una revolución en el sistema de religión. Se detectarían invenciones humanas y astucia sacerdotal; y el hombre volvería a la creencia pura, sin mezclas y sin adulteraciones de un solo Dios, y nada más.

 

CAPITULO DOS.

DE MISIONES Y REVELACIONES.

Cada iglesia o religión nacional se ha establecido pretendiendo alguna misión especial de Dios, comunicada a ciertos individuos. Los judíos tienen su Moisés; los cristianos su Jesucristo, sus apóstoles y santos; y los turcos su Mahoma; como si el camino a Dios no estuviera abierto para todos por igual.

 

Cada una de esas iglesias muestra ciertos libros, a los que llaman revelación, o la Palabra de Dios. Los judíos dicen que su Palabra de Dios fue dada por Dios a Moisés cara a cara; los cristianos dicen, que su Palabra de Dios les vino por inspiración divina; y los turcos dicen que su Palabra de Dios (el Corán) fue traída por un ángel del cielo. Cada una de esas iglesias acusa a la otra de incredulidad; y, por mi parte, no los creo a todos.

 

Como es necesario fijar ideas correctas a las palabras, antes de continuar con el tema, ofreceré algunas observaciones sobre la palabra 'revelación'. Revelación cuando se aplica a la religión, significa algo comunicado inmediatamente de Dios al hombre.

 

Nadie negará ni disputará el poder del Todopoderoso para hacer tal comunicación si así lo desea. Pero admitir, por el bien de un caso, que algo ha sido revelado a cierta persona, y no revelado a ninguna otra persona, es revelación a esa persona solamente. Cuando se lo dice a una segunda persona, una segunda a una tercera, una tercera a una cuarta, y así sucesivamente, deja de ser una revelación para todas esas personas. Es revelación para la primera persona solamente, y habla de oídas para todos los demás, y, en consecuencia, no están obligados a creerlo.

 

Es una contradicción en términos e ideas llamar a cualquier cosa una revelación que nos llega de segunda mano, ya sea verbalmente o por escrito. La revelación se limita necesariamente a la primera comunicación. Después de esto, es sólo un relato de algo que esa persona dice que fue una revelación que se le hizo; y aunque él se vea obligado a creerlo, no me incumbe a mí creerlo de la misma manera, porque no fue una revelación que se me hizo, y solo tengo su palabra de que se la hizo a él.

 

Cuando Moisés dijo a los hijos de Israel que había recibido de la mano de Dios las dos tablas de los mandamientos, no estaban obligados a creerle, porque no tenían otra autoridad para ello que él se lo dijera; y no tengo otra autoridad para ello que algún historiador me lo diga, los mandamientos no llevan evidencia interna de divinidad con ellos. Contienen algunos buenos preceptos morales como los que cualquier hombre calificado para ser legislador o legislador podría producir por sí mismo, sin tener que recurrir a la intervención sobrenatural. [NOTA: Sin embargo, es necesario exceptuar la declamación que dice que Dios 'visita los pecados de los padres sobre los hijos'. Esto es contrario a todo principio de justicia moral.—Autor.]

 

Cuando se me dice que el Corán fue escrito en el cielo y llevado a Mahoma por un ángel, el relato se acerca al mismo tipo de testimonio de oídas y autoridad de segunda mano que el anterior. Yo mismo no vi al ángel, y por lo tanto tengo derecho a no creerlo.

 

Cuando también me dicen que una mujer, llamada la Virgen María, dijo, o dio a luz, que estaba encinta sin ningún cohabitación con un hombre, y que su esposo José, dijo que un ángel se lo dijo, tengo un derecho a creerles o no: tal circunstancia requería una evidencia mucho más fuerte que su simple palabra para ello: pero ni siquiera tenemos esto; porque ni José ni María escribieron tal asunto por sí mismos. Solo otros informan que lo dijeron. Son rumores sobre rumores, y no elijo basar mi creencia en tal evidencia.

 

Sin embargo, no es difícil dar cuenta del crédito que se le dio a la historia de Jesucristo como Hijo de Dios. Nació cuando la mitología pagana todavía tenía cierta moda y reputación en el mundo, y esa mitología había preparado a la gente para la creencia de tal historia. Casi todos los hombres extraordinarios que vivieron bajo la mitología pagana tenían fama de ser hijos de algunos de sus dioses. No era una cosa nueva en ese tiempo creer que un hombre había sido engendrado celestialmente; la relación de los dioses con las mujeres era entonces un asunto de opinión familiar. Su Júpiter, según sus relatos, había cohabitado con cientos; por lo tanto, la historia no tenía nada nuevo, maravilloso u obsceno; era conforme a las opiniones que entonces prevalecían entre la gente llamada gentiles, o mitólogos, y sólo esa gente lo creyó. Los judíos, que se habían mantenido estrictamente en la creencia de un solo Dios, y nada más, y que siempre habían rechazado la mitología pagana, nunca dieron crédito a la historia.

 

Es curioso observar cómo la teoría de lo que se llama la Iglesia Cristiana, brotó de la cola de la mitología pagana. Se produjo una incorporación directa en primera instancia, al hacer que el supuesto fundador fuera engendrado celestialmente. La trinidad de dioses que siguió no fue sino una reducción de la pluralidad anterior, que era de unos veinte o treinta mil. La estatua de María sucedió a la estatua de Diana de Éfeso. La deificación de los héroes se transformó en la canonización de los santos. Los mitólogos tenían dioses para todo; los mitólogos cristianos tenían santos para todo. La iglesia se llenó tanto con uno como el panteón con el otro; y Roma fue el lugar de ambos. La teoría cristiana es poco más que la idolatría de los antiguos mitólogos, acomodada a los fines del poder y la renta;

 

CAPÍTULO III.

SOBRE EL CARÁCTER DE JESUCRISTO Y SU HISTORIA.

Nada de lo que se dice aquí puede aplicarse, incluso con la más remota falta de respeto, al carácter real de Jesucristo. Era un hombre virtuoso y amable. La moralidad que predicaba y practicaba era de la clase más benévola; y aunque Confucio y algunos de los filósofos griegos habían predicado sistemas similares de moralidad muchos años antes, los cuáqueros desde entonces, y muchos hombres buenos en todas las épocas, ninguno lo ha superado.

 

Jesucristo no escribió ningún relato de sí mismo, de su nacimiento, filiación o cualquier otra cosa. Ni una línea de lo que se llama el Nuevo Testamento es de su escritura. Su historia es enteramente obra de otras personas; y en cuanto al relato dado de su resurrección y ascensión, era la contrapartida necesaria de la historia de su nacimiento. Sus historiadores, habiéndolo traído al mundo de manera sobrenatural, se vieron obligados a sacarlo de nuevo de la misma manera, o la primera parte de la historia se habría derrumbado.

 

La miserable artificio con que se cuenta esta última parte supera a todo lo anterior. La primera parte, la de la concepción milagrosa, no era cosa que admitiera publicidad; y por lo tanto, los narradores de esta parte de la historia tenían esta ventaja, que aunque no se les acreditara, no se les podría detectar. No se podía esperar que lo probaran, porque no era una de esas cosas que admitían prueba, y era imposible que la persona de quien se decía pudiera probarlo por sí mismo.

 

Pero la resurrección de una persona muerta de la tumba, y su ascensión por el aire, es una cosa muy diferente, en cuanto a la evidencia que admite, a la concepción invisible de un niño en el vientre. La resurrección y la ascensión, suponiéndolas que han tenido lugar, admitían demostración pública y ocular, como la de la ascensión de un globo, o la del sol al mediodía, a toda Jerusalén por lo menos. Una cosa que todo el mundo debe creer requiere que la prueba y la evidencia sean iguales para todos y universales; y como la visibilidad pública de este último hecho conexo era la única prueba que podía dar sanción a la primera parte, todo se cae por tierra, porque esa prueba nunca se dio. En lugar de esto, un pequeño número de personas, no más de ocho o nueve, se presentan como representantes de todo el mundo, decir que lo vieron, y todo el resto del mundo está llamado a creerlo. Pero parece que Tomás no creía en la resurrección; y, como dicen, no creería sin tener él mismo demostración ocular y manual. Así que yo tampoco; y la razón es tan buena para mí y para cualquier otra persona como para Tomás.

 

Es en vano intentar paliar o disfrazar este asunto. La historia, en lo que se refiere a la parte sobrenatural, tiene todas las marcas de fraude e imposición estampadas en su faz. Quiénes fueron sus autores es tan imposible para nosotros saber ahora como lo es para nosotros estar seguros de que los libros en los que se relata el relato fueron escritos por las personas cuyos nombres llevan. La mejor evidencia sobreviviente que ahora tenemos con respecto a este asunto son los judíos. Son descendientes regulares de las personas que vivieron en el tiempo en que se dice que sucedió esta resurrección y ascensión, y dicen que 'no es cierto'. Durante mucho tiempo me ha parecido una extraña inconsistencia citar a los judíos como prueba de la veracidad de la historia. Es lo mismo que si un hombre dijera, probaré la verdad de lo que les he dicho, haciendo aparecer a las personas que dicen que es falso.

 

Que una persona como Jesucristo existió, y que fue crucificado, que era el modo de ejecución en ese día, son relaciones históricas estrictamente dentro de los límites de la probabilidad. Predicó la más excelente moralidad y la igualdad del hombre; pero también predicó contra la corrupción y la avaricia de los sacerdotes judíos, y esto atrajo sobre él el odio y la venganza de todo el orden sacerdotal. La acusación que esos sacerdotes hicieron contra él fue la de sedición y conspiración contra el gobierno romano, a la que los judíos estaban entonces sujetos y tributarios; y no es improbable que el gobierno romano pudiera tener alguna comprensión secreta de los efectos de su doctrina, así como los sacerdotes judíos; tampoco es improbable que Jesucristo tuviera en contemplación la liberación de la nación judía de la esclavitud de los romanos. Entre los dos, sin embargo, este virtuoso reformador y revolucionario perdió la vida. [NOTA: La obra francesa dice aquí: “Sea como fuere, por uno u otro de estos supuestos este virtuoso reformador, este revolucionario, demasiado poco imitado, demasiado olvidado, demasiado incomprendido, perdió la vida.”—Editor. (Conway)]

 

CAPÍTULO IV.

DE LAS BASES DEL CRISTIANISMO.

Es sobre esta simple narración de los hechos, junto con otro caso que voy a mencionar, que los mitólogos cristianos, llamándose Iglesia cristiana, han erigido su fábula, que por absurdo y extravagancia no es superada por nada de lo que se encuentra. en la mitología de los antiguos.

 

Los antiguos mitólogos nos cuentan que la raza de los Gigantes hizo la guerra a Júpiter, y que uno de ellos le arrojó cien piedras de un tiro; que Júpiter lo derrotó con un trueno y lo confinó después bajo el monte Etna; y que cada vez que el Gigante se da la vuelta, el Etna escupe fuego. Aquí es fácil ver que la circunstancia de la montaña, la de ser un volcán, sugirió la idea de la fábula; y que la fábula está hecha para encajar y enrollarse con esa circunstancia.

 

Los mitólogos cristianos cuentan que su Satán hizo la guerra al Todopoderoso, quien lo derrotó y lo confinó después, no debajo de una montaña, sino en un pozo. Aquí es fácil ver que la primera fábula sugería la idea de la segunda; porque la fábula de Júpiter y los Gigantes fue contada muchos cientos de años antes que la de Satanás.

 

Hasta ahora, los mitólogos antiguos y los cristianos difieren muy poco entre sí. Pero estos últimos se las han ingeniado para llevar el asunto mucho más lejos. Han logrado conectar la parte fabulosa de la historia de Jesucristo con la fábula que se origina en el Monte Etna; y, para unir todas las partes de la historia, han tomado en su ayuda las tradiciones de los judíos; porque la mitología cristiana se compone en parte de la mitología antigua, y en parte de las tradiciones judías.

 

Los mitólogos cristianos, después de haber encerrado a Satanás en un pozo, se vieron obligados a dejarlo salir nuevamente para dar lugar a la continuación de la fábula. Luego es introducido en el jardín del Edén en la forma de una serpiente, y en esa forma entabla una conversación familiar con Eva, quien no se sorprende de escuchar hablar a una serpiente; y el resultado de este tête-a-tate es que él la persuade a comer una manzana, y el comer esa manzana condena a toda la humanidad.

 

Después de darle a Satanás este triunfo sobre toda la creación, uno habría supuesto que los mitólogos de la iglesia habrían tenido la amabilidad de enviarlo nuevamente al pozo, o, si no lo hubieran hecho, le habrían puesto una montaña encima. , (porque dicen que su fe puede mover una montaña) o lo han puesto debajo de una montaña, como lo habían hecho los antiguos mitólogos, para evitar que vuelva a estar entre las mujeres y haga más travesuras. Pero en lugar de esto, lo dejan en libertad, sin siquiera obligarlo a dar su libertad condicional. El secreto de lo cual es que no podían prescindir de él; y después de tomarse la molestia de hacerlo, lo sobornaron para que se quedara. Le prometieron a TODOS los judíos, TODOS los turcos por adelantado, además de las nueve décimas partes del mundo, y Mahoma por añadidura. Después de este,

 

Habiendo hecho así una insurrección y una batalla en el cielo, en la que ninguno de los combatientes podía ser muerto o herido, poner a Satanás en el hoyo, dejarlo salir de nuevo, darle un triunfo sobre toda la creación, condenar a toda la humanidad al comer de una manzana, allí los mitólogos cristianos unen los dos extremos de su fábula. Representan a este hombre virtuoso y amable, Jesucristo, para ser a la vez Dios y hombre, y también el Hijo de Dios, engendrado celestialmente, con el propósito de ser sacrificado, porque dicen que Eva en su anhelo [NOTA: La obra francesa tiene: “cediendo a un apetito desenfrenado”.—Editor.] había comido una manzana.

 

CAPITULO V.

EXAMEN DETALLADO DE LAS BASES ANTERIORES.

Dejando de lado todo lo que pueda provocar la risa por su absurdo, o el desprecio por su blasfemia, y limitándonos simplemente a un examen de las partes, es imposible concebir una historia más despectiva para el Todopoderoso, más inconsistente con su sabiduría, más contradictoria con su poder, que esta historia es.

 

Para hacer de él un fundamento sobre el cual levantarse, los inventores se vieron en la necesidad de dar al ser al que llaman Satanás un poder tan grande, si no mayor, que el que atribuyen al Todopoderoso. No sólo le han dado el poder de liberarse del pozo, después de lo que llaman su caída, sino que han hecho que ese poder aumente después hasta el infinito. Antes de esta caída lo representan sólo como un ángel de existencia limitada, como representan a los demás. Después de su caída, se vuelve, según su relato, omnipresente. Él existe en todas partes, y al mismo tiempo. Ocupa toda la inmensidad del espacio.

 

No contentos con esta deificación de Satanás, lo representan venciendo por estratagema, en la forma de un animal de la creación, todo el poder y la sabiduría del Todopoderoso. Lo representan como habiendo compelido al Todopoderoso a la necesidad directa de entregar la totalidad de la creación al gobierno y soberanía de este Satanás, o de capitular para su redención bajando a la tierra y exhibiéndose sobre una cruz en la forma de un hombre.

 

Si los inventores de esta historia la hubieran contado de manera contraria, es decir, si hubieran representado al Todopoderoso obligando a Satanás a exhibirse en una cruz en forma de serpiente, como castigo por su nueva transgresión, la historia hubiera sido menos absurdo, menos contradictorio. Pero, en lugar de esto, hacen triunfar al transgresor y hacer caer al Todopoderoso.

 

Que muchos buenos hombres han creído esta extraña fábula y han vivido muy buenas vidas bajo esa creencia (pues la credulidad no es un crimen) es de lo que no tengo ninguna duda. En primer lugar, fueron educados para creerlo, y habrían creído cualquier otra cosa de la misma manera. Hay también muchos que han sido cautivados con tanto entusiasmo por lo que concibieron como el amor infinito de Dios por el hombre, al sacrificarse a sí mismo, que la vehemencia de la idea les ha prohibido y disuadido de examinar lo absurdo y lo profano de la historia. Cuanto menos natural es cualquier cosa, más capaz es de convertirse en objeto de admiración triste. [NOTA: La obra francesa tiene "ciega y" precediendo a lúgubre.—Editor.]

 

CAPÍTULO VI.

DE LA VERDADERA TEOLOGÍA.

Pero si nuestro deseo son objetos de gratitud y admiración, ¿no se presentan cada hora a nuestros ojos? ¿No vemos una hermosa creación preparada para recibirnos en el instante en que nacemos, un mundo amueblado a nuestras manos, que no nos cuesta nada? ¿Somos nosotros los que iluminamos el sol; que derraman la lluvia; y llenar la tierra de abundancia? Ya sea que durmamos o estemos despiertos, la vasta maquinaria del universo sigue funcionando. ¿Son estas cosas, y las bendiciones que indican en el futuro, nada para nosotros? ¿Pueden nuestros groseros sentimientos ser excitados por ningún otro tema que no sea la tragedia y el suicidio? ¿O el sombrío orgullo del hombre se ha vuelto tan intolerable que nada puede halagarlo sino un sacrificio del Creador?

 

Sé que esta audaz investigación alarmará a muchos, pero sería un cumplido demasiado grande a su credulidad abstenerse por ese motivo. Los tiempos y el tema exigen que se haga. La sospecha de que la teoría de lo que se llama la iglesia cristiana es fabulosa, se está haciendo muy extendida en todos los países; y será un consuelo para los hombres que se tambalean bajo esa sospecha, y dudan qué creer y qué no creer, ver el tema investigado libremente. Paso, pues, a un examen de los libros llamados Antiguo y Nuevo Testamento.

 

CAPÍTULO VII.

EXAMEN DEL ANTIGUO TESTAMENTO.

Estos libros, comenzando con Génesis y terminando con Apocalipsis, (que, por cierto, es un libro de acertijos que requiere una revelación para explicarlo) son, se nos dice, la palabra de Dios. Por lo tanto, es apropiado que sepamos quién nos lo dijo, para que podamos saber qué crédito dar al informe. La respuesta a esta pregunta es que nadie puede decirlo, excepto que nos lo digamos unos a otros. El caso, sin embargo, históricamente parece ser el siguiente:

 

Cuando los mitólogos de la iglesia establecieron su sistema, recopilaron todos los escritos que pudieron encontrar y los manejaron como quisieron. Es una cuestión totalmente incierta para nosotros si los escritos que ahora aparecen bajo el nombre de Antiguo y Nuevo Testamento están en el mismo estado en que los recolectores dicen que los encontraron; o si los agregaron, alteraron, resumieron o adornaron.

 

Sea como fuere, decidieron por votación cuál de los libros de la colección que habían hecho, debía ser la PALABRA DE DIOS, y cuál no. Rechazaron varios; votaron que otros fueran dudosos, como los libros llamados apócrifos; y aquellos libros que tenían una mayoría de votos, fueron votados para ser la palabra de Dios. Si hubieran votado de otra manera, toda la gente desde que se llama a sí misma cristiana hubiera creído de otra manera; porque la creencia de uno proviene del voto del otro. Quiénes eran las personas que hicieron todo esto, no sabemos nada. Se llaman a sí mismos por el nombre general de la Iglesia; y esto es todo lo que sabemos del asunto.

 

Como no tenemos otra evidencia o autoridad externa para creer que estos libros son la palabra de Dios, aparte de lo que he mencionado, que no es ninguna evidencia o autoridad en absoluto, paso a continuación a examinar la evidencia interna contenida en los libros mismos.

 

En la primera parte de este ensayo, he hablado de revelación. Procedo ahora más con ese tema, con el propósito de aplicarlo a los libros en cuestión.

 

La revelación es una comunicación de algo que la persona a quien se le revela no conocía antes. Porque si he hecho algo, o lo he visto hecho, no necesita revelación para decirme que lo he hecho o visto, ni para poder decirlo o escribirlo.

 

La revelación, por lo tanto, no puede aplicarse a nada hecho en la tierra de lo cual el hombre mismo es el actor o el testigo; y consecuentemente toda la parte histórica y anecdótica de la Biblia, que es casi toda ella, no está dentro del significado y alcance de la palabra revelación, y, por lo tanto, no es la palabra de Dios.

 

Cuando Sansón huyó con los postes de las puertas de Gaza, si alguna vez lo hizo (y si lo hizo o no, no nos importa nada), o cuando visitó a su Dalila, o atrapó sus zorros, o hizo cualquier otra cosa, ¿qué ha pasado? revelación que ver con estas cosas? Si fueran hechos, podría contarlos él mismo; o su secretario, si lo tuviere, podría escribirlos, si valiera la pena contarlos o escribirlos; y si fueran ficciones, la revelación no podría hacerlas verdaderas; y sea cierto o no, no somos ni mejores ni más sabios por conocerlos. Cuando contemplamos la inmensidad de ese Ser, que dirige y gobierna el TODO incomprensible, del cual la vista más profunda del hombre no puede descubrir sino una parte, deberíamos avergonzarnos de llamar palabra de Dios a tan mezquinas historias.

 

En cuanto al relato de la creación, con el que abre el libro del Génesis, tiene toda la apariencia de ser una tradición que los israelitas tenían entre ellos antes de entrar en Egipto; y después de su salida de aquel país, lo pusieron a la cabeza de su historia, sin decir, como lo más probable es que no lo supieran, cómo llegaron a él. La forma en que se abre la cuenta muestra que es tradicional. Comienza abruptamente. No es nadie el que habla. No es nadie el que oye. Está dirigido a nadie. No tiene ni primera, ni segunda, ni tercera persona. Tiene todos los criterios de ser una tradición. No tiene bono. Moisés no lo asume introduciéndolo con la formalidad que usa en otras ocasiones, como la de decir: “Habló el Señor a Moisés, diciendo”.

 

No puedo concebir por qué se le ha llamado el relato mosaico de la creación. Moisés, creo, era demasiado buen juez de tales temas para poner su nombre en ese relato. Había sido educado entre los egipcios, que eran un pueblo tan hábil en ciencia, y particularmente en astronomía, como cualquier pueblo de su época; y el silencio y la cautela que observa Moisés, al no autenticar el relato, es una buena evidencia negativa de que él ni lo dijo ni lo creyó.—El caso es que cada nación de personas ha sido hacedora de mundos, y los israelitas tenían como mucho derecho a establecer el oficio de hacer mundos como cualquiera de los demás; y como Moisés no era israelita, no podía optar por contradecir la tradición. La cuenta, sin embargo, es inofensiva; y esto es más de lo que se puede decir de muchas otras partes de la Biblia.

 

Whenever we read the obscene stories, the voluptuous debaucheries, the cruel and torturous executions, the unrelenting vindictiveness, with which more than half the Bible [NOTE: It must be borne in mind that by the “Bible” Paine always means the Old Testament alone.—Editor.] is filled, it would be more consistent that we called it the word of a demon, than the Word of God. It is a history of wickedness, that has served to corrupt and brutalize mankind; and, for my own part, I sincerely detest it, as I detest everything that is cruel.

 

We scarcely meet with anything, a few phrases excepted, but what deserves either our abhorrence or our contempt, till we come to the miscellaneous parts of the Bible. In the anonymous publications, the Psalms, and the Book of Job, more particularly in the latter, we find a great deal of elevated sentiment reverentially expressed of the power and benignity of the Almighty; but they stand on no higher rank than many other compositions on similar subjects, as well before that time as since.

 

The Proverbs which are said to be Solomon’s, though most probably a collection, (because they discover a knowledge of life, which his situation excluded him from knowing) are an instructive table of ethics. They are inferior in keenness to the proverbs of the Spaniards, and not more wise and oeconomical than those of the American Franklin.

 

All the remaining parts of the Bible, generally known by the name of the Prophets, are the works of the Jewish poets and itinerant preachers, who mixed poetry, anecdote, and devotion together—and those works still retain the air and style of poetry, though in translation. [NOTE: As there are many readers who do not see that a composition is poetry, unless it be in rhyme, it is for their information that I add this note.

 

Poetry consists principally in two things—imagery and composition. The composition of poetry differs from that of prose in the manner of mixing long and short syllables together. Take a long syllable out of a line of poetry, and put a short one in the room of it, or put a long syllable where a short one should be, and that line will lose its poetical harmony. It will have an effect upon the line like that of misplacing a note in a song.

 

The imagery in those books called the Prophets appertains altogether to poetry. It is fictitious, and often extravagant, and not admissible in any other kind of writing than poetry.

 

To show that these writings are composed in poetical numbers, I will take ten syllables, as they stand in the book, and make a line of the same number of syllables, (heroic measure) that shall rhyme with the last word. It will then be seen that the composition of those books is poetical measure. The instance I shall first produce is from Isaiah:—

 

“Hear, O ye heavens, and give ear, O earth

’T is God himself that calls attention forth.

 

Another instance I shall quote is from the mournful Jeremiah, to which I shall add two other lines, for the purpose of carrying out the figure, and showing the intention of the poet.

 

“O, that mine head were waters and mine eyes

Were fountains flowing like the liquid skies;

Then would I give the mighty flood release

And weep a deluge for the human race.”—Author.]

 

There is not, throughout the whole book called the Bible, any word that describes to us what we call a poet, nor any word that describes what we call poetry. The case is, that the word prophet, to which a later times have affixed a new idea, was the Bible word for poet, and the word ‘propesying’ meant the art of making poetry. It also meant the art of playing poetry to a tune upon any instrument of music.

 

Leemos de profetizar con flautas, tamboriles y trompetas, de profetizar con arpas, salterios, címbalos y todos los demás instrumentos musicales de moda en ese momento. Si ahora habláramos de profetizar con un violín, o con una flauta y un tambor, la expresión no tendría sentido, o parecería ridícula, y para algunas personas despreciativa, porque hemos cambiado el significado de la palabra.

 

Se nos dice que Saúl estaba entre los profetas, y también que profetizó; pero no se nos dice lo que ellos profetizaron, ni lo que él profetizó. El caso es que no había nada que contar; porque estos profetas eran una compañía de músicos y poetas, y Saúl se unió al concierto, y esto se llamaba profetizar.

 

El relato que se da de este asunto en el libro llamado Samuel es que Saúl se reunió con una compañía de profetas; toda una compañía de ellos! descendiendo con salterio, tamboril, flauta y arpa, y profetizaban, y él profetizaba con ellos. Pero parece después, que Saúl profetizó mal, es decir, hizo mal su parte; porque se dice que un “espíritu maligno de Dios [NOTA: Como esos hombres que se llaman a sí mismos teólogos y comentaristas son muy aficionados a desconcertarse unos a otros, les dejo que discutan el significado de la primera parte de la frase, el de un mal Espíritu de Dios. Me atengo a mi texto. Me atengo al significado de la palabra profetizar.—Autor.] vino sobre Saúl, y profetizó.”

 

Ahora bien, si no hubiera otro pasaje en el libro llamado la Biblia, aparte de este, para demostrarnos que hemos perdido el significado original de la palabra profetizar, y lo hemos sustituido por otro significado, esto solo sería suficiente; porque es imposible usar y aplicar la palabra profetizar, en el lugar que aquí se usa y aplica, si le damos el sentido que tiempos posteriores le han dado. La manera en que se usa aquí lo despoja de todo significado religioso, y muestra que un hombre podría entonces ser un profeta, o podría profetizar, como ahora puede ser un poeta o un músico, sin tener en cuenta la moralidad o la religión. inmoralidad de su carácter. La palabra era originalmente un término científico, aplicado promiscuamente a la poesía ya la música, y no restringido a ningún tema sobre el cual se pudiera ejercer la poesía y la música.

 

Débora y Barac son llamados profetas, no porque predijeran nada, sino porque compusieron el poema o canción que lleva su nombre, en celebración de un acto ya realizado. David está clasificado entre los profetas, porque era músico, y también tenía fama de ser (aunque quizás muy erróneamente) el autor de los Salmos. Pero Abraham, Isaac y Jacob no son llamados profetas; no parece de ningún relato que tengamos que pudieran cantar, tocar música o hacer poesía.

 

Se nos habla de los profetas mayores y menores. También podrían hablarnos del Dios mayor y del menor; porque no puede haber grados en profetizar consistentemente con su sentido moderno. Pero hay grados en la poesía, y por lo tanto la frase es conciliable con el caso, cuando entendemos por ella a los poetas mayores y menores.

 

Es del todo innecesario, después de esto, ofrecer alguna observación sobre lo que esos hombres, llamados profetas, han escrito. El hacha va de inmediato a la raíz, al mostrar que se ha equivocado el significado original de la palabra, y en consecuencia todas las inferencias que se han hecho de esos libros, el respeto devocional que se les ha prestado y los laboriosos comentarios que sobre ellos, bajo ese significado erróneo, no vale la pena discutirlos. Sin embargo, en muchas cosas, los escritos de los poetas judíos merecen un destino mejor que el de estar ligados, como lo están ahora, con la basura que los acompaña, bajo el maltratado nombre de la Palabra de Dios.

 

Si nos permitimos concebir ideas correctas de las cosas, debemos necesariamente fijar la idea, no sólo de inmutabilidad, sino de la total imposibilidad de que tenga lugar cambio alguno, por cualquier medio o accidente, en aquello que honraríamos con el nombre de de la Palabra de Dios; y por lo tanto la Palabra de Dios no puede existir en ningún lenguaje escrito o humano.

 

El cambio continuamente progresivo al que está sujeto el significado de las palabras, la falta de un lenguaje universal que hace necesaria la traducción, los errores a los que están nuevamente sujetas las traducciones, los errores de los copistas e impresores, junto con la posibilidad de alteración deliberada, son de gran importancia. mismas evidencias de que el lenguaje humano, ya sea hablado o impreso, no puede ser el vehículo de la Palabra de Dios.—La Palabra de Dios existe en otra cosa.

 

Si el libro llamado la Biblia sobresaliera en pureza de ideas y expresión entre todos los libros existentes ahora en el mundo, no lo tomaría como mi regla de fe, como siendo la Palabra de Dios; porque existiría, sin embargo, la posibilidad de que me impusieran. Pero cuando veo a lo largo de la mayor parte de este libro apenas algo más que una historia de los vicios más groseros, y una colección de los cuentos más mezquinos y despreciables, no puedo deshonrar a mi Creador llamándolo por su nombre.

 

CAPÍTULO VIII.

DEL NUEVO TESTAMENTO.

Esto en cuanto a la Biblia; Paso ahora al libro llamado Nuevo Testamento. ¡El nuevo Testamento! es decir, la 'nueva' Voluntad, como si pudiera haber dos voluntades del Creador.

 

Si hubiera sido el objeto o la intención de Jesucristo establecer una nueva religión, indudablemente él mismo habría escrito el sistema, o procurado que se escribiera en su tiempo de vida. Pero no existe ninguna publicación autenticada con su nombre. Todos los libros llamados Nuevo Testamento fueron escritos después de su muerte. Era judío de nacimiento y de profesión; y él era el hijo de Dios de la misma manera que cualquier otra persona lo es; porque el Creador es el Padre de Todo.

 

Los primeros cuatro libros, llamados Mateo, Marcos, Lucas y Juan, no dan una historia de la vida de Jesucristo, sino solo anécdotas sueltas de él. Parece de estos libros, que todo el tiempo de su ser un predicador no fue más de dieciocho meses; y fue solo durante este corto tiempo que esos hombres lo conocieron. Hacen mención de él a la edad de doce años, sentado, dicen, entre los médicos judíos, haciéndoles y respondiendo preguntas. Como esto fue varios años antes de que comenzaran a conocerlo, lo más probable es que tuvieran esta anécdota de sus padres. A partir de este momento no hay cuenta de él durante unos dieciséis años. No se sabe dónde vivió o cómo se empleó durante este intervalo. Lo más probable es que estuviera trabajando en el oficio de su padre, que era el de carpintero. No parece que haya tenido educación escolar, y lo más probable es que no supiera escribir, pues sus padres eran extremadamente pobres, como se desprende de que no pudieron pagar una cama cuando él nació. [NOTA: Uno de los pocos errores atribuibles a que Paine no tenía una Biblia a mano mientras escribía la Parte I. No hay indicios de que la familia fuera pobre, pero de hecho se puede inferir lo contrario.—Editor.]

 

Es un tanto curioso que las tres personas cuyos nombres son los más universalmente registrados fueran de un linaje muy oscuro. Moisés era un expósito; Jesucristo nació en un establo; y Mahoma era arriero. El primero y el último de estos hombres fueron fundadores de diferentes sistemas de religión; pero Jesucristo no fundó ningún sistema nuevo. Llamó a los hombres a la práctica de las virtudes morales ya la fe en un solo Dios. El gran rasgo de su carácter es la filantropía.

 

The manner in which he was apprehended shows that he was not much known, at that time; and it shows also that the meetings he then held with his followers were in secret; and that he had given over or suspended preaching publicly. Judas could no otherways betray him than by giving information where he was, and pointing him out to the officers that went to arrest him; and the reason for employing and paying Judas to do this could arise only from the causes already mentioned, that of his not being much known, and living concealed.

 

The idea of his concealment, not only agrees very ill with his reputed divinity, but associates with it something of pusillanimity; and his being betrayed, or in other words, his being apprehended, on the information of one of his followers, shows that he did not intend to be apprehended, and consequently that he did not intend to be crucified.

 

The Christian mythologists tell us that Christ died for the sins of the world, and that he came on Purpose to die. Would it not then have been the same if he had died of a fever or of the small pox, of old age, or of anything else?

 

The declaratory sentence which, they say, was passed upon Adam, in case he ate of the apple, was not, that thou shalt surely be crucified, but, thou shale surely die. The sentence was death, and not the manner of dying. Crucifixion, therefore, or any other particular manner of dying, made no part of the sentence that Adam was to suffer, and consequently, even upon their own tactic, it could make no part of the sentence that Christ was to suffer in the room of Adam. A fever would have done as well as a cross, if there was any occasion for either.

 

This sentence of death, which, they tell us, was thus passed upon Adam, must either have meant dying naturally, that is, ceasing to live, or have meant what these mythologists call damnation; and consequently, the act of dying on the part of Jesus Christ, must, according to their system, apply as a prevention to one or other of these two things happening to Adam and to us.

 

That it does not prevent our dying is evident, because we all die; and if their accounts of longevity be true, men die faster since the crucifixion than before: and with respect to the second explanation, (including with it the natural death of Jesus Christ as a substitute for the eternal death or damnation of all mankind,) it is impertinently representing the Creator as coming off, or revoking the sentence, by a pun or a quibble upon the word death. That manufacturer of, quibbles, St. Paul, if he wrote the books that bear his name, has helped this quibble on by making another quibble upon the word Adam. He makes there to be two Adams; the one who sins in fact, and suffers by proxy; the other who sins by proxy, and suffers in fact. A religion thus interlarded with quibble, subterfuge, and pun, has a tendency to instruct its professors in the practice of these arts. They acquire the habit without being aware of the cause.

 

Si Jesucristo fuera el ser que esos mitólogos nos dicen que fue, y que vino a este mundo a sufrir, que es una palabra que a veces usan en lugar de 'morir', el único sufrimiento real que podría haber soportado habría sido ' vivir.' Su existencia aquí fue un estado de exilio o transporte del cielo, y el camino de regreso a su país de origen fue morir.—En fin, todo en este extraño sistema es al revés de lo que pretende ser. Es lo contrario de la verdad, y me canso tanto de examinar sus inconsistencias y absurdos, que me apresuro a concluirla, a fin de proceder a algo mejor.

 

Cuánto o qué partes de los libros llamados Nuevo Testamento fueron escritos por las personas cuyos nombres llevan, es algo de lo que no podemos saber nada, ni estamos seguros en qué idioma fueron escritos originalmente. Los asuntos que ahora contienen pueden clasificarse en dos cabezas: anécdota y correspondencia epistolar.

 

Los cuatro libros ya mencionados, Mateo, Marcos, Lucas y Juan, son totalmente anecdóticos. Relatan hechos después de que hayan tenido lugar. Cuentan lo que Jesucristo hizo y dijo, y lo que otros le hicieron y le dijeron; y en varios casos relatan el mismo evento de manera diferente. La revelación está necesariamente fuera de cuestión con respecto a esos libros; no sólo por el desacuerdo de los escritores, sino porque la revelación no puede aplicarse a la relación de hechos por parte de las personas que los vieron, ni a la relación o registro de cualquier discurso o conversación por parte de quienes la escucharon. El libro llamado Hechos de los Apóstoles (obra anónima) pertenece también a la parte anecdótica.

 

Todas las demás partes del Nuevo Testamento, excepto el libro de los enigmas, llamado Revelaciones, son una colección de cartas bajo el nombre de epístolas; y la falsificación de cartas ha sido una práctica tan común en el mundo, que la probabilidad es por lo menos igual, ya sean genuinas o falsificadas. Una cosa, sin embargo, es mucho menos equívoca, y es que a partir de los asuntos contenidos en esos libros, junto con la ayuda de algunas historias antiguas, la iglesia ha establecido un sistema de religión muy contradictorio con el carácter de la persona cuyo nombre que lleva. Ha erigido una religión de pompa y de renta en una pretendida imitación de una persona cuya vida fue la humildad y la pobreza.

 

La invención de un purgatorio, y de la liberación de almas del mismo, por medio de oraciones, compradas a la iglesia con dinero; la venta de perdones, dispensas e indulgencias son leyes de ingresos, sin llevar ese nombre ni llevar esa apariencia. Pero el caso, sin embargo, es que esas cosas derivan su origen del poder de la crucifixión, y la teoría deducida de ello, que era, que una persona podía estar en el lugar de otra, y podía realizarle servicios meritorios. La probabilidad, por lo tanto, es que toda la teoría o doctrina de lo que se llama la redención (que se dice que se logró por el acto de una persona en la habitación de otra) fue originalmente fabricada con el propósito de presentar y construir todo aquellas redenciones secundarias y pecuniarias sobre; y que los pasajes de los libros sobre los cuales se construye la idea de la teoría de la redención, han sido elaborados y fabricados para ese propósito. ¿Por qué debemos darle crédito a esta iglesia, cuando ella nos dice que esos libros son genuinos en cada parte, más de lo que le damos crédito por todo lo demás que nos ha dicho; o por los milagros que dice haber hecho? Que podía fabricar escritos es cierto, porque sabía escribir; y la composición de los escritos en cuestión, es de tal manera que cualquiera puede hacerlo; y que ella los haya fabricado no es más inconsistente con la probabilidad que el hecho de que nos diga, como lo ha hecho, que pudo hacer milagros y los hizo. cuando nos dice que esos libros son genuinos en cada parte, más de lo que le damos crédito por todo lo demás que nos ha dicho; o por los milagros que dice haber hecho? Que podía fabricar escritos es cierto, porque sabía escribir; y la composición de los escritos en cuestión, es de tal manera que cualquiera puede hacerlo; y que ella los haya fabricado no es más inconsistente con la probabilidad que el hecho de que nos diga, como lo ha hecho, que pudo hacer milagros y los hizo. cuando nos dice que esos libros son genuinos en cada parte, más de lo que le damos crédito por todo lo demás que nos ha dicho; o por los milagros que dice haber hecho? Que podía fabricar escritos es cierto, porque sabía escribir; y la composición de los escritos en cuestión, es de tal manera que cualquiera puede hacerlo; y que ella los haya fabricado no es más inconsistente con la probabilidad que el hecho de que nos diga, como lo ha hecho, que pudo hacer milagros y los hizo.

 

Ya que, entonces, ninguna evidencia externa puede, en esta larga distancia de tiempo, ser presentada para probar si la iglesia fabricó la doctrina llamada redención o no, (porque tal evidencia, ya sea a favor o en contra, estaría sujeta a la misma sospecha de ser fabricado,) el caso sólo puede remitirse a la prueba interna que la cosa lleva por sí misma; y esto permite una presunción muy fuerte de que se trata de una invención. Porque la evidencia interna es que la teoría o doctrina de la redención tiene como base una idea de justicia pecuniaria, y no la de justicia moral.

 

Si le debo dinero a una persona y no puedo pagarle, y él amenaza con encarcelarme, otra persona puede asumir la deuda y pagarla por mí. Pero si he cometido un delito, todas las circunstancias del caso cambian. La justicia moral no puede tomar al inocente por culpable aunque el inocente se ofreciera a sí mismo. Suponer que la justicia haga esto es destruir el principio de su existencia, que es la cosa misma. Entonces ya no es justicia. Es una venganza indiscriminada.

 

Esta sola reflexión mostrará que la doctrina de la redención se funda en una mera idea pecuniaria correspondiente a la de una deuda que otra persona puede pagar; y como esta idea pecuniaria se corresponde nuevamente con el sistema de las segundas redenciones, obtenidas por medio del dinero dado a la iglesia por indultos, la probabilidad es que las mismas personas fabricaron tanto una como otra de aquellas teorías; y que, en verdad, no existe tal cosa como la redención; que es fabuloso; y que el hombre está en la misma condición relativa con su Hacedor que siempre estuvo, desde que el hombre existe; y que es su mayor consuelo pensar así.

 

Que crea esto, y vivirá más consistente y moralmente que por cualquier otro sistema. Es porque se le enseña a contemplarse a sí mismo como un forajido, como un paria, como un mendigo, como un mumper, como alguien arrojado a un estercolero, a una distancia inmensa de su Creador, y que debe hace sus acercamientos arrastrándose y encogiéndose a los seres intermedios, que concibe o un despreciativo desprecio por todo bajo el nombre de religión, o se vuelve indiferente, o se vuelve lo que él llama devoto. En este último caso, consume su vida en el dolor, o en la afectación del mismo. Sus oraciones son reproches. Su humildad es ingratitud. Se llama a sí mismo gusano, ya la tierra fértil, estercolero; y todas las bendiciones de la vida por el nombre ingrato de vanidades. Desprecia el don más selecto de Dios al hombre, el DON DE LA RAZÓN;

 

Sin embargo, con toda esta extraña apariencia de humildad y este desprecio por la razón humana, se aventura en las presunciones más atrevidas. Encuentra fallas en todo. Su egoísmo nunca está satisfecho; su ingratitud nunca termina. Se encarga de dirigir al Todopoderoso qué hacer, incluso en el gobierno del universo. Reza dictatorialmente. Cuando hace sol, reza para que llueva, y cuando llueve, reza para que haya sol. Sigue la misma idea en todo lo que pide en oración; porque ¿cuál es el valor de todas sus oraciones, sino un intento de hacer que el Todopoderoso cambie de opinión y actúe de otra manera? Es como si dijera: tú no sabes tan bien como yo.

 

CAPÍTULO IX.

EN QUÉ CONSISTE LA VERDADERA REVELACIÓN.

Pero algunos tal vez dirán: ¿No vamos a tener palabra de Dios, ni revelación? respondo que sí. Hay una Palabra de Dios; hay una revelación.

 

LA PALABRA DE DIOS ES LA CREACIÓN QUE CONTEMPLAMOS: Y es en esta palabra, que ninguna invención humana puede falsificar o alterar, que Dios habla universalmente al hombre.

 

El lenguaje humano es local y cambiante, y por lo tanto es incapaz de ser utilizado como medio de información inmutable y universal. La idea de que Dios envió a Jesucristo para publicar, como dicen, las buenas nuevas a todas las naciones, de un extremo al otro de la tierra, es consistente solo con la ignorancia de aquellos que no saben nada de la extensión del mundo, y que creían, como creían aquellos salvadores del mundo, y continuaron creyendo durante varios siglos (y eso en contradicción con los descubrimientos de los filósofos y la experiencia de los navegantes), que la tierra era plana como una zanja; y que un hombre pueda caminar hasta el final de ella.

 

Pero, ¿cómo iba a dar a conocer Jesucristo algo a todas las naciones? Podía hablar un solo idioma, que era el hebreo; y hay en el mundo varios cientos de lenguas. Apenas dos naciones hablan el mismo idioma, o se entienden; y en cuanto a traducciones, todo hombre que sabe algo de lenguas, sabe que es imposible traducir de una lengua a otra, no sólo sin perder gran parte del original, sino con frecuencia equivocándose en el sentido; y además de todo esto, el arte de la imprenta era totalmente desconocido en la época de Cristo.

 

Siempre es necesario que los medios que han de lograr cualquier fin sean iguales a la realización de ese fin, o el fin no puede lograrse. Es en esto que se descubre la diferencia entre el poder y la sabiduría finitos e infinitos. El hombre fracasa con frecuencia en el cumplimiento de su fin, por una incapacidad natural del poder para el fin; y frecuentemente por la falta de sabiduría para aplicar el poder apropiadamente. Pero es imposible que el poder y la sabiduría infinitos fallen como falla el hombre. Los medios que usa son siempre iguales al fin: pero el lenguaje humano, más especialmente porque no hay un lenguaje universal, es incapaz de ser usado como un medio universal de información inmutable y uniforme; y por lo tanto no es el medio que Dios usa para manifestarse universalmente al hombre.

 

Es sólo en la CREACIÓN que todas nuestras ideas y concepciones de una palabra de Dios pueden unirse. La Creación habla un idioma universal, independientemente del habla humana o del lenguaje humano, por múltiples y variados que sean. Es un original siempre existente, que todo hombre puede leer. No se puede falsificar; no puede ser falsificado; no se puede perder; no puede ser alterado; no se puede suprimir. No depende de la voluntad del hombre si se publicará o no; se publica de un extremo a otro de la tierra. Predica a todas las naciones ya todos los mundos; y esta palabra de Dios le revela al hombre todo lo que es necesario para que el hombre conozca a Dios.

 

¿Queremos contemplar su poder? Lo vemos en la inmensidad de la creación. ¿Queremos contemplar su sabiduría? Lo vemos en el orden inmutable por el que se rige el Todo incomprensible. ¿Queremos contemplar su munificencia? Lo vemos en la abundancia con la que llena la tierra. ¿Queremos contemplar su misericordia? Lo vemos en que no retiene esa abundancia ni siquiera de los desagradecidos. En fin, ¿queremos saber qué es Dios? No escudriñéis el libro llamado Escritura, que cualquier mano humana podría hacer, sino la Escritura llamada Creación.

 

CAPÍTULO X.

DE DIOS Y DE LAS LUCES QUE LA BIBLIA PROYECTA SOBRE SU EXISTENCIA Y ATRIBUTOS.

La única idea que el hombre puede atribuir al nombre de Dios es la de una causa primera, la causa de todas las cosas. Y, por incomprensiblemente difícil que sea para un hombre concebir lo que es una causa primera, llega a creerla, por la dificultad diez veces mayor de no creerla. Es difícil más allá de toda descripción concebir que el espacio no pueda tener fin; pero es más difícil concebir un fin. Es difícil más allá del poder del hombre concebir una duración eterna de lo que llamamos tiempo; pero es más imposible concebir un tiempo en que no habrá tiempo.

 

In like manner of reasoning, everything we behold carries in itself the internal evidence that it did not make itself. Every man is an evidence to himself, that he did not make himself; neither could his father make himself, nor his grandfather, nor any of his race; neither could any tree, plant, or animal make itself; and it is the conviction arising from this evidence, that carries us on, as it were, by necessity, to the belief of a first cause eternally existing, of a nature totally different to any material existence we know of, and by the power of which all things exist; and this first cause, man calls God.

 

It is only by the exercise of reason, that man can discover God. Take away that reason, and he would be incapable of understanding anything; and in this case it would be just as consistent to read even the book called the Bible to a horse as to a man. How then is it that those people pretend to reject reason?

 

Almost the only parts in the book called the Bible, that convey to us any idea of God, are some chapters in Job, and the 19th Psalm; I recollect no other. Those parts are true deistical compositions; for they treat of the Deity through his works. They take the book of Creation as the word of God; they refer to no other book; and all the inferences they make are drawn from that volume.

 

I insert in this place the 19th Psalm, as paraphrased into English verse by Addison. I recollect not the prose, and where I write this I have not the opportunity of seeing it:

 

The spacious firmament on high,

With all the blue etherial sky,

And spangled heavens, a shining frame,

Their great original proclaim.

The unwearied sun, from day to day,

Does his Creator’s power display,

And publishes to every land

The work of an Almighty hand.

Soon as the evening shades prevail,

The moon takes up the wondrous tale,

And nightly to the list’ning earth

Repeats the story of her birth;

Whilst all the stars that round her burn,

And all the planets, in their turn,

Confirm the tidings as they roll,

And spread the truth from pole to pole.

What though in solemn silence all

Move round this dark terrestrial ball

What though no real voice, nor sound,

Amidst their radiant orbs be found,

In reason’s ear they all rejoice,

And utter forth a glorious voice,

Forever singing as they shine,

THE HAND THAT MADE US IS DIVINE.

 

What more does man want to know, than that the hand or power that made these things is divine, is omnipotent? Let him believe this, with the force it is impossible to repel if he permits his reason to act, and his rule of moral life will follow of course.

 

The allusions in Job have all of them the same tendency with this Psalm; that of deducing or proving a truth that would be otherwise unknown, from truths already known.

 

I recollect not enough of the passages in Job to insert them correctly; but there is one that occurs to me that is applicable to the subject I am speaking upon. “Canst thou by searching find out God; canst thou find out the Almighty to perfection?”

 

I know not how the printers have pointed this passage, for I keep no Bible; but it contains two distinct questions that admit of distinct answers.

 

First, Canst thou by searching find out God? Yes. Because, in the first place, I know I did not make myself, and yet I have existence; and by searching into the nature of other things, I find that no other thing could make itself; and yet millions of other things exist; therefore it is, that I know, by positive conclusion resulting from this search, that there is a power superior to all those things, and that power is God.

 

Secondly, Canst thou find out the Almighty to perfection? No. Not only because the power and wisdom He has manifested in the structure of the Creation that I behold is to me incomprehensible; but because even this manifestation, great as it is is probably but a small display of that immensity of power and wisdom, by which millions of other worlds, to me invisible by their distance, were created and continue to exist.

 

It is evident that both of these questions were put to the reason of the person to whom they are supposed to have been addressed; and it is only by admitting the first question to be answered affirmatively, that the second could follow. It would have been unnecessary, and even absurd, to have put a second question, more difficult than the first, if the first question had been answered negatively. The two questions have different objects; the first refers to the existence of God, the second to his attributes. Reason can discover the one, but it falls infinitely short in discovering the whole of the other.

 

I recollect not a single passage in all the writings ascribed to the men called apostles, that conveys any idea of what God is. Those writings are chiefly controversial; and the gloominess of the subject they dwell upon, that of a man dying in agony on a cross, is better suited to the gloomy genius of a monk in a cell, by whom it is not impossible they were written, than to any man breathing the open air of the Creation. The only passage that occurs to me, that has any reference to the works of God, by which only his power and wisdom can be known, is related to have been spoken by Jesus Christ, as a remedy against distrustful care. “Behold the lilies of the field, they toil not, neither do they spin.” This, however, is far inferior to the allusions in Job and in the 19th Psalm; but it is similar in idea, and the modesty of the imagery is correspondent to the modesty of the man.

 

CHAPTER XI.

OF THE THEOLOGY OF THE CHRISTIANS; AND THE TRUE THEOLOGY.

As to the Christian system of faith, it appears to me as a species of atheism; a sort of religious denial of God. It professes to believe in a man rather than in God. It is a compound made up chiefly of man-ism with but little deism, and is as near to atheism as twilight is to darkness. It introduces between man and his Maker an opaque body, which it calls a redeemer, as the moon introduces her opaque self between the earth and the sun, and it produces by this means a religious or an irreligious eclipse of light. It has put the whole orbit of reason into shade.

 

The effect of this obscurity has been that of turning everything upside down, and representing it in reverse; and among the revolutions it has thus magically produced, it has made a revolution in Theology.

 

That which is now called natural philosophy, embracing the whole circle of science, of which astronomy occupies the chief place, is the study of the works of God, and of the power and wisdom of God in his works, and is the true theology.

 

As to the theology that is now studied in its place, it is the study of human opinions and of human fancies concerning God. It is not the study of God himself in the works that he has made, but in the works or writings that man has made; and it is not among the least of the mischiefs that the Christian system has done to the world, that it has abandoned the original and beautiful system of theology, like a beautiful innocent, to distress and reproach, to make room for the hag of superstition.

 

The Book of Job and the 19th Psalm, which even the church admits to be more ancient than the chronological order in which they stand in the book called the Bible, are theological orations conformable to the original system of theology. The internal evidence of those orations proves to a demonstration that the study and contemplation of the works of creation, and of the power and wisdom of God revealed and manifested in those works, made a great part of the religious devotion of the times in which they were written; and it was this devotional study and contemplation that led to the discovery of the principles upon which what are now called Sciences are established; and it is to the discovery of these principles that almost all the Arts that contribute to the convenience of human life owe their existence. Every principal art has some science for its parent, though the person who mechanically performs the work does not always, and but very seldom, perceive the connection.

 

It is a fraud of the Christian system to call the sciences ‘human inventions;’ it is only the application of them that is human. Every science has for its basis a system of principles as fixed and unalterable as those by which the universe is regulated and governed. Man cannot make principles, he can only discover them.

 

For example: Every person who looks at an almanack sees an account when an eclipse will take place, and he sees also that it never fails to take place according to the account there given. This shows that man is acquainted with the laws by which the heavenly bodies move. But it would be something worse than ignorance, were any church on earth to say that those laws are an human invention.

 

It would also be ignorance, or something worse, to say that the scientific principles, by the aid of which man is enabled to calculate and foreknow when an eclipse will take place, are an human invention. Man cannot invent any thing that is eternal and immutable; and the scientific principles he employs for this purpose must, and are, of necessity, as eternal and immutable as the laws by which the heavenly bodies move, or they could not be used as they are to ascertain the time when, and the manner how, an eclipse will take place.

 

The scientific principles that man employs to obtain the foreknowledge of an eclipse, or of any thing else relating to the motion of the heavenly bodies, are contained chiefly in that part of science that is called trigonometry, or the properties of a triangle, which, when applied to the study of the heavenly bodies, is called astronomy; when applied to direct the course of a ship on the ocean, it is called navigation; when applied to the construction of figures drawn by a rule and compass, it is called geometry; when applied to the construction of plans of edifices, it is called architecture; when applied to the measurement of any portion of the surface of the earth, it is called land-surveying. In fine, it is the soul of science. It is an eternal truth: it contains the mathematical demonstration of which man speaks, and the extent of its uses are unknown.

 

It may be said, that man can make or draw a triangle, and therefore a triangle is an human invention.

 

But the triangle, when drawn, is no other than the image of the principle: it is a delineation to the eye, and from thence to the mind, of a principle that would otherwise be imperceptible. The triangle does not make the principle, any more than a candle taken into a room that was dark, makes the chairs and tables that before were invisible. All the properties of a triangle exist independently of the figure, and existed before any triangle was drawn or thought of by man. Man had no more to do in the formation of those properties or principles, than he had to do in making the laws by which the heavenly bodies move; and therefore the one must have the same divine origin as the other.

 

In the same manner as, it may be said, that man can make a triangle, so also, may it be said, he can make the mechanical instrument called a lever. But the principle by which the lever acts, is a thing distinct from the instrument, and would exist if the instrument did not; it attaches itself to the instrument after it is made; the instrument, therefore, can act no otherwise than it does act; neither can all the efforts of human invention make it act otherwise. That which, in all such cases, man calls the effect, is no other than the principle itself rendered perceptible to the senses.

 

Since, then, man cannot make principles, from whence did he gain a knowledge of them, so as to be able to apply them, not only to things on earth, but to ascertain the motion of bodies so immensely distant from him as all the heavenly bodies are? From whence, I ask, could he gain that knowledge, but from the study of the true theology?

 

It is the structure of the universe that has taught this knowledge to man. That structure is an ever-existing exhibition of every principle upon which every part of mathematical science is founded. The offspring of this science is mechanics; for mechanics is no other than the principles of science applied practically. The man who proportions the several parts of a mill uses the same scientific principles as if he had the power of constructing an universe, but as he cannot give to matter that invisible agency by which all the component parts of the immense machine of the universe have influence upon each other, and act in motional unison together, without any apparent contact, and to which man has given the name of attraction, gravitation, and repulsion, he supplies the place of that agency by the humble imitation of teeth and cogs. All the parts of man’s microcosm must visibly touch. But could he gain a knowledge of that agency, so as to be able to apply it in practice, we might then say that another canonical book of the word of God had been discovered.

 

If man could alter the properties of the lever, so also could he alter the properties of the triangle: for a lever (taking that sort of lever which is called a steel-yard, for the sake of explanation) forms, when in motion, a triangle. The line it descends from, (one point of that line being in the fulcrum,) the line it descends to, and the chord of the arc, which the end of the lever describes in the air, are the three sides of a triangle. The other arm of the lever describes also a triangle; and the corresponding sides of those two triangles, calculated scientifically, or measured geometrically,—and also the sines, tangents, and secants generated from the angles, and geometrically measured,—have the same proportions to each other as the different weights have that will balance each other on the lever, leaving the weight of the lever out of the case.

 

It may also be said, that man can make a wheel and axis; that he can put wheels of different magnitudes together, and produce a mill. Still the case comes back to the same point, which is, that he did not make the principle that gives the wheels those powers. This principle is as unalterable as in the former cases, or rather it is the same principle under a different appearance to the eye.

 

The power that two wheels of different magnitudes have upon each other is in the same proportion as if the semi-diameter of the two wheels were joined together and made into that kind of lever I have described, suspended at the part where the semi-diameters join; for the two wheels, scientifically considered, are no other than the two circles generated by the motion of the compound lever.

 

It is from the study of the true theology that all our knowledge of science is derived; and it is from that knowledge that all the arts have originated.

 

The Almighty lecturer, by displaying the principles of science in the structure of the universe, has invited man to study and to imitation. It is as if he had said to the inhabitants of this globe that we call ours, “I have made an earth for man to dwell upon, and I have rendered the starry heavens visible, to teach him science and the arts. He can now provide for his own comfort, AND LEARN FROM MY MUNIFICENCE TO ALL, TO BE KIND TO EACH OTHER.”

 

Of what use is it, unless it be to teach man something, that his eye is endowed with the power of beholding, to an incomprehensible distance, an immensity of worlds revolving in the ocean of space? Or of what use is it that this immensity of worlds is visible to man? What has man to do with the Pleiades, with Orion, with Sirius, with the star he calls the north star, with the moving orbs he has named Saturn, Jupiter, Mars, Venus, and Mercury, if no uses are to follow from their being visible? A less power of vision would have been sufficient for man, if the immensity he now possesses were given only to waste itself, as it were, on an immense desert of space glittering with shows.

 

It is only by contemplating what he calls the starry heavens, as the book and school of science, that he discovers any use in their being visible to him, or any advantage resulting from his immensity of vision. But when he contemplates the subject in this light, he sees an additional motive for saying, that nothing was made in vain; for in vain would be this power of vision if it taught man nothing.

 

CHAPTER XII.

THE EFFECTS OF CHRISTIANISM ON EDUCATION; PROPOSED REFORMS

As the Christian system of faith has made a revolution in theology, so also has it made a revolution in the state of learning. That which is now called learning, was not learning originally. Learning does not consist, as the schools now make it consist, in the knowledge of languages, but in the knowledge of things to which language gives names.

 

The Greeks were a learned people, but learning with them did not consist in speaking Greek, any more than in a Roman’s speaking Latin, or a Frenchman’s speaking French, or an Englishman’s speaking English. From what we know of the Greeks, it does not appear that they knew or studied any language but their own, and this was one cause of their becoming so learned; it afforded them more time to apply themselves to better studies. The schools of the Greeks were schools of science and philosophy, and not of languages; and it is in the knowledge of the things that science and philosophy teach that learning consists.

 

Almost all the scientific learning that now exists, came to us from the Greeks, or the people who spoke the Greek language. It therefore became necessary to the people of other nations, who spoke a different language, that some among them should learn the Greek language, in order that the learning the Greeks had might be made known in those nations, by translating the Greek books of science and philosophy into the mother tongue of each nation.

 

The study, therefore, of the Greek language (and in the same manner for the Latin) was no other than the drudgery business of a linguist; and the language thus obtained, was no other than the means, or as it were the tools, employed to obtain the learning the Greeks had. It made no part of the learning itself; and was so distinct from it as to make it exceedingly probable that the persons who had studied Greek sufficiently to translate those works, such for instance as Euclid’s Elements, did not understand any of the learning the works contained.

 

As there is now nothing new to be learned from the dead languages, all the useful books being already translated, the languages are become useless, and the time expended in teaching and in learning them is wasted. So far as the study of languages may contribute to the progress and communication of knowledge (for it has nothing to do with the creation of knowledge) it is only in the living languages that new knowledge is to be found; and certain it is, that, in general, a youth will learn more of a living language in one year, than of a dead language in seven; and it is but seldom that the teacher knows much of it himself. The difficulty of learning the dead languages does not arise from any superior abstruseness in the languages themselves, but in their being dead, and the pronunciation entirely lost. It would be the same thing with any other language when it becomes dead. The best Greek linguist that now exists does not understand Greek so well as a Grecian plowman did, or a Grecian milkmaid; and the same for the Latin, compared with a plowman or a milkmaid of the Romans; and with respect to pronunciation and idiom, not so well as the cows that she milked. It would therefore be advantageous to the state of learning to abolish the study of the dead languages, and to make learning consist, as it originally did, in scientific knowledge.

 

The apology that is sometimes made for continuing to teach the dead languages is, that they are taught at a time when a child is not capable of exerting any other mental faculty than that of memory. But this is altogether erroneous. The human mind has a natural disposition to scientific knowledge, and to the things connected with it. The first and favourite amusement of a child, even before it begins to play, is that of imitating the works of man. It builds houses with cards or sticks; it navigates the little ocean of a bowl of water with a paper boat; or dams the stream of a gutter, and contrives something which it calls a mill; and it interests itself in the fate of its works with a care that resembles affection. It afterwards goes to school, where its genius is killed by the barren study of a dead language, and the philosopher is lost in the linguist.

 

But the apology that is now made for continuing to teach the dead languages, could not be the cause at first of cutting down learning to the narrow and humble sphere of linguistry; the cause therefore must be sought for elsewhere. In all researches of this kind, the best evidence that can be produced, is the internal evidence the thing carries with itself, and the evidence of circumstances that unites with it; both of which, in this case, are not difficult to be discovered.

 

Putting then aside, as matter of distinct consideration, the outrage offered to the moral justice of God, by supposing him to make the innocent suffer for the guilty, and also the loose morality and low contrivance of supposing him to change himself into the shape of a man, in order to make an excuse to himself for not executing his supposed sentence upon Adam; putting, I say, those things aside as matter of distinct consideration, it is certain that what is called the christian system of faith, including in it the whimsical account of the creation—the strange story of Eve, the snake, and the apple—the amphibious idea of a man-god—the corporeal idea of the death of a god—the mythological idea of a family of gods, and the christian system of arithmetic, that three are one, and one is three, are all irreconcilable, not only to the divine gift of reason, that God has given to man, but to the knowledge that man gains of the power and wisdom of God by the aid of the sciences, and by studying the structure of the universe that God has made.

 

The setters up, therefore, and the advocates of the Christian system of faith, could not but foresee that the continually progressive knowledge that man would gain by the aid of science, of the power and wisdom of God, manifested in the structure of the universe, and in all the works of creation, would militate against, and call into question, the truth of their system of faith; and therefore it became necessary to their purpose to cut learning down to a size less dangerous to their project, and this they effected by restricting the idea of learning to the dead study of dead languages.

 

No sólo rechazaron el estudio de la ciencia fuera de las escuelas cristianas, sino que la persiguieron; y es solo en los últimos dos siglos que el estudio ha sido revivido. Todavía en 1610, Galileo, un florentino, descubrió e introdujo el uso de telescopios y, al aplicarlos para observar los movimientos y las apariencias de los cuerpos celestes, proporcionó medios adicionales para determinar la verdadera estructura del universo. En lugar de ser estimado por estos descubrimientos, fue sentenciado a renunciar a ellos, oa las opiniones resultantes de ellos, como una herejía condenable. Y antes de ese tiempo Virgilio fue condenado a ser quemado por afirmar las antípodas, o en otras palabras, que la tierra era un globo, y habitable en todas partes donde había tierra; sin embargo, la verdad de esto es ahora demasiado bien conocida incluso para ser contada. [NOTA: No puedo descubrir la fuente de esta declaración sobre el antiguo autor cuyo nombre irlandés Feirghill fue latinizado en Virgilio. El Museo Británico posee una copia de la obra (Decalogiunt) que fue el pretexto de la acusación de herejía formulada por Bonifacio, arzobispo de Mayence, contra Virgilio, abad, obispo de Salzburgo. Estos eran líderes de los rivales "británicos" y "romanos". partidos, y el campeón británico hizo una contraofensiva contra Bonifacio de prácticas irreligiosas.” Bonifacio tuvo que expresar un "arrepentimiento", pero no obstante persiguió a su rival. El Papa Zacarías II decidió que si su supuesta “doctrina, contra Dios y su alma, de que debajo de la tierra hay otro mundo, otros hombres, o el sol y la luna”, fuera reconocida por Virgilio, debería ser excomulgado por un Concilio y condenado con sanciones canónicas. Cualquiera que haya sido el destino de la condena con “canonicis sanctionibus”, a mediados del siglo VIII, no recayó sobre Virgilio. Su acusador, Bonifacio, fue martirizado en 755, y es probable que Virgilio armonizara sus Antípodas con la ortodoxia. El gravamen de la herejía parece haber sido la sugerencia de que había hombres que no eran descendientes de Adán. Virgilio fue nombrado obispo de Salzburgo en 768. Hasta su muerte, en 789, ostentó el curioso título de "geómetra y solitario" o "viajero solitario" (Solivagus). Una sospecha de herejía se aferró a su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la santidad junto a su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)] y es probable que Virgilio armonizara sus Antípodas con la ortodoxia. El gravamen de la herejía parece haber sido la sugerencia de que había hombres que no eran descendientes de Adán. Virgilio fue nombrado obispo de Salzburgo en 768. Hasta su muerte, en 789, ostentó el curioso título de "geómetra y solitario" o "viajero solitario" (Solivagus). Una sospecha de herejía se aferró a su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la santidad junto a su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)] y es probable que Virgilio armonizara sus Antípodas con la ortodoxia. El gravamen de la herejía parece haber sido la sugerencia de que había hombres que no eran descendientes de Adán. Virgilio fue nombrado obispo de Salzburgo en 768. Hasta su muerte, en 789, ostentó el curioso título de "geómetra y solitario" o "viajero solitario" (Solivagus). Una sospecha de herejía se aferró a su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la santidad junto a su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)] Una sospecha de herejía se aferró a su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la santidad junto a su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)] Una sospecha de herejía se aferró a su memoria hasta 1233, cuando fue elevado por Gregorio IX a la santidad junto a su acusador, San Bonifacio.—Editor. (Conway)]

 

Si la creencia de errores que no son moralmente malos no hiciera daño, no formaría parte del deber moral del hombre oponerse a ellos y eliminarlos. No había mal moral en creer que la tierra era plana como una zanjadora, como tampoco había virtud moral en creer que era redonda como un globo; tampoco hubo mal moral en creer que el Creador no hizo otro mundo que este, como tampoco hubo virtud moral en creer que hizo millones, y que la infinidad del espacio está llena de mundos. Pero cuando se hace que un sistema de religión surja de un supuesto sistema de creación que no es verdadero, y se une a él de una manera casi inseparable, el caso asume un terreno completamente diferente. Es entonces cuando los errores, que no son moralmente malos, se vuelven cargados de los mismos males que si lo fueran. Es entonces que la verdad, aunque en sí misma sea indiferente, se convierte en esencial, al convertirse en el criterio que confirma por la evidencia correspondiente, o niega por la evidencia contradictoria, la realidad de la religión misma. Desde este punto de vista del caso, es el deber moral del hombre obtener todas las pruebas posibles que ofrece la estructura de los cielos, o cualquier otra parte de la creación, con respecto a los sistemas de religión. Pero a esto, los partidarios o partidarios del sistema cristiano, como si temieran el resultado, se opusieron incesantemente, y no sólo rechazaron las ciencias, sino que persiguieron a los profesores. Si Newton o Descartes hubieran vivido hace trescientos o cuatrocientos años y hubieran seguido sus estudios como lo hicieron, lo más probable es que no hubieran vivido para terminarlos; e hizo que Franklin sacara rayos de las nubes al mismo tiempo,

 

Épocas posteriores han echado toda la culpa a los godos y vándalos, pero, por muy poco dispuestos que estén los partidarios del sistema cristiano a creerlo o reconocerlo, no obstante es cierto que la era de la ignorancia comenzó con el sistema cristiano. Había más conocimiento en el mundo antes de ese período que durante muchos siglos después; y en cuanto al conocimiento religioso, el sistema cristiano, como ya se ha dicho, era sólo otra especie de mitología; y la mitología a la que sucedió fue una corrupción de un antiguo sistema de teísmo. [NOTA de Paine: Ahora es imposible para nosotros saber en qué momento comenzó la mitología pagana; pero es cierto, por la evidencia interna que lleva, que no comenzó en el mismo estado o condición en que terminó. Todos los dioses de esa mitología, excepto Saturno, eran de invención moderna. El supuesto reinado de Saturno fue anterior a lo que se llama la mitología pagana, y era hasta ahora una especie de teísmo que admitía la creencia de un solo Dios. Se supone que Saturno abdicó del gobierno en favor de sus tres hijos y una hija, Júpiter, Plutón, Neptuno y Juno; después de esto, miles de otros dioses y semidioses fueron creados imaginariamente, y el calendario de los dioses aumentó tan rápido como lo han hecho desde entonces el calendario de los santos y el calendario de las cortes.

 

Todas las corrupciones que han tenido lugar, en teología y en religión, se han producido por admitir lo que el hombre llama 'religión revelada'. Los mitólogos pretendían una religión más revelada que los cristianos. Tenían sus oráculos y sus sacerdotes, quienes debían recibir y entregar la palabra de Dios verbalmente en casi todas las ocasiones.

 

Desde entonces todas las corrupciones desde Moloch hasta el predestinarismo moderno, y los sacrificios humanos de los paganos hasta el sacrificio cristiano del Creador, se han producido admitiendo lo que se llama religión revelada, el medio más eficaz para prevenir todos esos males e imposiciones es , no admitir otra revelación que la que se manifiesta en el libro de la Creación, y contemplar la Creación como la única palabra verdadera y real de Dios que alguna vez existió o existirá; y todo lo demás llamado palabra de Dios es fábula e imposición.—Autor.]

 

Es debido a este largo interregno de la ciencia, y no a otra causa, que ahora tenemos que mirar hacia atrás a través de un vasto abismo de muchos cientos de años a los personajes respetables que llamamos los Antiguos. Si la progresión del conocimiento hubiera continuado proporcionalmente con el stock que existía antes, ese abismo se habría llenado con personajes que se elevaban unos a otros en conocimiento; y esos Antiguos que ahora tanto admiramos habrían aparecido respetablemente en el fondo de la escena. Pero el sistema cristiano destruyó todo; y si tomamos nuestra posición a principios del siglo XVI, miramos hacia atrás a través de ese largo abismo, a los tiempos de los Antiguos, como sobre un vasto desierto arenoso, en el que no aparece un arbusto para interceptar la visión de las fértiles colinas. más allá de.

 

Es una incongruencia difícilmente posible de acreditar, que exista alguna cosa, bajo el nombre de una religión, que tuviera por irreligioso estudiar y contemplar la estructura del universo que Dios había hecho. Pero el hecho está demasiado bien establecido para negarlo. El acontecimiento que sirvió más que ningún otro para romper el primer eslabón de esta larga cadena de ignorancia despótica, es el conocido con el nombre de Reforma por Lutero. Desde entonces, aunque no parece haber entrado en la intención de Lutero, ni de los que se llaman Reformadores, las Ciencias empezaron a revivir, y empezó a aparecer la Liberalidad, su asociada natural. Este fue el único bien público que hizo la Reforma; porque, con respecto al bien religioso, bien podría no haber tenido lugar. La mitología aún continuaba igual;

 

CAPÍTULO XIII.

COMPARACIÓN DEL CRISTIANISMO CON LAS IDEAS RELIGIOSAS INSPIRADAS POR LA NATURALEZA

Habiendo así mostrado, por la evidencia interna de las cosas, la causa que produjo un cambio en el estado del saber, y el motivo para sustituir el estudio de las lenguas muertas, en el lugar de las Ciencias, procedo, además de las varias observaciones ya hechas en la parte anterior de este trabajo, para comparar, o más bien para confrontar, la evidencia que ofrece la estructura del universo, con el sistema cristiano de religión. Pero como no puedo comenzar mejor esta parte que refiriéndome a las ideas que se me ocurrieron en una etapa temprana de la vida, y que no dudo que se les hayan ocurrido en algún grado a casi todas las demás personas en un momento u otro, diré lo que esas ideas fueron, y añádanle cualquier otro asunto que surja del tema, dando al todo, a modo de prefacio, una breve introducción.

 

Siendo mi padre de profesión cuáquero, tuve la buena fortuna de tener una educación moral sumamente buena y un stock tolerable de conocimientos útiles. Aunque fui a la escuela primaria, no aprendí latín, no solo porque no tenía inclinación a aprender idiomas, sino por la objeción que tienen los cuáqueros contra los libros en los que se enseña el idioma. Pero esto no me impidió familiarizarme con las materias de todos los libros latinos usados ​​en la escuela.

 

La inclinación natural de mi mente era hacia la ciencia. Tenía cierta inclinación, y creo que cierto talento para la poesía; pero esto más bien lo reprimí que lo alenté, porque me adentraba demasiado en el campo de la imaginación. Tan pronto como pude, compré un par de globos, asistí a las conferencias filosóficas de Martin y Ferguson, y más tarde trabé relación con el Dr. Bevis, de la sociedad llamada Royal Society, que entonces vivía en el Templo, y un excelente astrónomo.

 

No tenía disposición para lo que se llamaba política. No presentó a mi mente otra idea que la contenida en la palabra jockeyship. Por lo tanto, cuando dirigí mis pensamientos hacia asuntos de gobierno, tuve que formar un sistema para mí mismo, que estuviera de acuerdo con los principios morales y filosóficos en los que había sido educado. Vi, o al menos creí ver, una vasta escena abriéndose al mundo en los asuntos de América; y me pareció que, a menos que los estadounidenses cambiaran el plan que estaban siguiendo con respecto al gobierno de Inglaterra, y se declararan independientes, no sólo se verían envueltos en una multiplicidad de nuevas dificultades, sino que cerrarían la perspectiva de que estaba entonces ofreciéndose a la humanidad a través de sus medios. Fue por estos motivos que publiqué la obra conocida con el nombre de Sentido Común, que es la primera obra que publiqué, y por lo que puedo juzgar de mí mismo, creo que nunca habría sido conocido en el mundo como autor de cualquier tema, de no haber sido por los asuntos de América. Escribí Sentido común a fines del año 1775 y lo publiqué el primero de enero de 1776. La independencia fue declarada el cuatro de julio siguiente. [NOTA: El folleto Common Sense se anunció por primera vez, como "recién publicado", el 10 de enero de 1776. Su alegato a favor de los Oficiales de Impuestos Especiales, escrito antes de salir de Inglaterra, se imprimió, pero no se publicó hasta 1793. A pesar de su reiterada afirmación de que Common Sense fue el primer trabajo que publicó. La noción de que era "junius" todavía encuentra a algunos creyentes. Se puede encontrar un comentario indirecto sobre nuestros Paine-Junians en la Parte 2 de este trabajo, donde Paine dice que un hombre capaz de escribir a Homero “no habría tirado su propia fama entregándosela a otro”. Es probable que Paine atribuya las Cartas de Junius a Thomas Hollis. Su amigo F. Lanthenas, en su traducción de Age of Reason (1794) anuncia su traducción de las Cartas de Junius del inglés “(Thomas Hollis)”. Esto difícilmente podría haberlo hecho sin consultar con Paine. Lamentablemente, esta traducción de Junius no se encuentra ni en la Bibliotheque Nationale ni en el Museo Británico, y no se puede decir si contiene algún intento de identificación de Junius—Editor.] Lanthenas, en su traducción de Age of Reason (1794) anuncia su traducción de las Cartas de Junius del inglés “(Thomas Hollis)”. Esto difícilmente podría haberlo hecho sin consultar con Paine. Lamentablemente, esta traducción de Junius no se encuentra ni en la Bibliotheque Nationale ni en el Museo Británico, y no se puede decir si contiene algún intento de identificación de Junius—Editor.] Lanthenas, en su traducción de Age of Reason (1794) anuncia su traducción de las Cartas de Junius del inglés “(Thomas Hollis)”. Esto difícilmente podría haberlo hecho sin consultar con Paine. Lamentablemente, esta traducción de Junius no se encuentra ni en la Bibliotheque Nationale ni en el Museo Británico, y no se puede decir si contiene algún intento de identificación de Junius—Editor.]

 

Any person, who has made observations on the state and progress of the human mind, by observing his own, can not but have observed, that there are two distinct classes of what are called Thoughts; those that we produce in ourselves by reflection and the act of thinking, and those that bolt into the mind of their own accord. I have always made it a rule to treat those voluntary visitors with civility, taking care to examine, as well as I was able, if they were worth entertaining; and it is from them I have acquired almost all the knowledge that I have. As to the learning that any person gains from school education, it serves only, like a small capital, to put him in the way of beginning learning for himself afterwards. Every person of learning is finally his own teacher; the reason of which is, that principles, being of a distinct quality to circumstances, cannot be impressed upon the memory; their place of mental residence is the understanding, and they are never so lasting as when they begin by conception. Thus much for the introductory part.

 

From the time I was capable of conceiving an idea, and acting upon it by reflection, I either doubted the truth of the christian system, or thought it to be a strange affair; I scarcely knew which it was: but I well remember, when about seven or eight years of age, hearing a sermon read by a relation of mine, who was a great devotee of the church, upon the subject of what is called Redemption by the death of the Son of God. After the sermon was ended, I went into the garden, and as I was going down the garden steps (for I perfectly recollect the spot) I revolted at the recollection of what I had heard, and thought to myself that it was making God Almighty act like a passionate man, that killed his son, when he could not revenge himself any other way; and as I was sure a man would be hanged that did such a thing, I could not see for what purpose they preached such sermons. This was not one of those kind of thoughts that had any thing in it of childish levity; it was to me a serious reflection, arising from the idea I had that God was too good to do such an action, and also too almighty to be under any necessity of doing it. I believe in the same manner to this moment; and I moreover believe, that any system of religion that has anything in it that shocks the mind of a child, cannot be a true system.

 

It seems as if parents of the christian profession were ashamed to tell their children any thing about the principles of their religion. They sometimes instruct them in morals, and talk to them of the goodness of what they call Providence; for the Christian mythology has five deities: there is God the Father, God the Son, God the Holy Ghost, the God Providence, and the Goddess Nature. But the christian story of God the Father putting his son to death, or employing people to do it, (for that is the plain language of the story,) cannot be told by a parent to a child; and to tell him that it was done to make mankind happier and better, is making the story still worse; as if mankind could be improved by the example of murder; and to tell him that all this is a mystery, is only making an excuse for the incredibility of it.

 

How different is this to the pure and simple profession of Deism! The true deist has but one Deity; and his religion consists in contemplating the power, wisdom, and benignity of the Deity in his works, and in endeavouring to imitate him in every thing moral, scientifical, and mechanical.

 

The religion that approaches the nearest of all others to true Deism, in the moral and benign part thereof, is that professed by the quakers: but they have contracted themselves too much by leaving the works of God out of their system. Though I reverence their philanthropy, I can not help smiling at the conceit, that if the taste of a quaker could have been consulted at the creation, what a silent and drab-colored creation it would have been! Not a flower would have blossomed its gaieties, nor a bird been permitted to sing.

 

Quitting these reflections, I proceed to other matters. After I had made myself master of the use of the globes, and of the orrery, [NOTE by Paine: As this book may fall into the bands of persons who do not know what an orrery is, it is for their information I add this note, as the name gives no idea of the uses of the thing. The orrery has its name from the person who invented it. It is a machinery of clock-work, representing the universe in miniature: and in which the revolution of the earth round itself and round the sun, the revolution of the moon round the earth, the revolution of the planets round the sun, their relative distances from the sun, as the center of the whole system, their relative distances from each other, and their different magnitudes, are represented as they really exist in what we call the heavens.—Author.] and conceived an idea of the infinity of space, and of the eternal divisibility of matter, and obtained, at least, a general knowledge of what was called natural philosophy, I began to compare, or, as I have before said, to confront, the internal evidence those things afford with the christian system of faith.

 

Though it is not a direct article of the christian system that this world that we inhabit is the whole of the habitable creation, yet it is so worked up therewith, from what is called the Mosaic account of the creation, the story of Eve and the apple, and the counterpart of that story, the death of the Son of God, that to believe otherwise, that is, to believe that God created a plurality of worlds, at least as numerous as what we call stars, renders the christian system of faith at once little and ridiculous; and scatters it in the mind like feathers in the air. The two beliefs can not be held together in the same mind; and he who thinks that he believes both, has thought but little of either.

 

Though the belief of a plurality of worlds was familiar to the ancients, it is only within the last three centuries that the extent and dimensions of this globe that we inhabit have been ascertained. Several vessels, following the tract of the ocean, have sailed entirely round the world, as a man may march in a circle, and come round by the contrary side of the circle to the spot he set out from. The circular dimensions of our world, in the widest part, as a man would measure the widest round of an apple, or a ball, is only twenty-five thousand and twenty English miles, reckoning sixty-nine miles and an half to an equatorial degree, and may be sailed round in the space of about three years. [NOTE by Paine: Allowing a ship to sail, on an average, three miles in an hour, she would sail entirely round the world in less than one year, if she could sail in a direct circle, but she is obliged to follow the course of the ocean.—Author.]

 

A world of this extent may, at first thought, appear to us to be great; but if we compare it with the immensity of space in which it is suspended, like a bubble or a balloon in the air, it is infinitely less in proportion than the smallest grain of sand is to the size of the world, or the finest particle of dew to the whole ocean, and is therefore but small; and, as will be hereafter shown, is only one of a system of worlds, of which the universal creation is composed.

 

It is not difficult to gain some faint idea of the immensity of space in which this and all the other worlds are suspended, if we follow a progression of ideas. When we think of the size or dimensions of, a room, our ideas limit themselves to the walls, and there they stop. But when our eye, or our imagination darts into space, that is, when it looks upward into what we call the open air, we cannot conceive any walls or boundaries it can have; and if for the sake of resting our ideas we suppose a boundary, the question immediately renews itself, and asks, what is beyond that boundary? and in the same manner, what beyond the next boundary? and so on till the fatigued imagination returns and says, there is no end. Certainly, then, the Creator was not pent for room when he made this world no larger than it is; and we have to seek the reason in something else.

 

If we take a survey of our own world, or rather of this, of which the Creator has given us the use as our portion in the immense system of creation, we find every part of it, the earth, the waters, and the air that surround it, filled, and as it were crowded with life, down from the largest animals that we know of to the smallest insects the naked eye can behold, and from thence to others still smaller, and totally invisible without the assistance of the microscope. Every tree, every plant, every leaf, serves not only as an habitation, but as a world to some numerous race, till animal existence becomes so exceedingly refined, that the effluvia of a blade of grass would be food for thousands.

 

Since then no part of our earth is left unoccupied, why is it to be supposed that the immensity of space is a naked void, lying in eternal waste? There is room for millions of worlds as large or larger than ours, and each of them millions of miles apart from each other.

 

Having now arrived at this point, if we carry our ideas only one thought further, we shall see, perhaps, the true reason, at least a very good reason for our happiness, why the Creator, instead of making one immense world, extending over an immense quantity of space, has preferred dividing that quantity of matter into several distinct and separate worlds, which we call planets, of which our earth is one. But before I explain my ideas upon this subject, it is necessary (not for the sake of those that already know, but for those who do not) to show what the system of the universe is.

 

CHAPTER XIV.

SYSTEM OF THE UNIVERSE.

That part of the universe that is called the solar system (meaning the system of worlds to which our earth belongs, and of which Sol, or in English language, the Sun, is the center) consists, besides the Sun, of six distinct orbs, or planets, or worlds, besides the secondary bodies, called the satellites, or moons, of which our earth has one that attends her in her annual revolution round the Sun, in like manner as the other satellites or moons, attend the planets or worlds to which they severally belong, as may be seen by the assistance of the telescope.

 

The Sun is the center round which those six worlds or planets revolve at different distances therefrom, and in circles concentric to each other. Each world keeps constantly in nearly the same tract round the Sun, and continues at the same time turning round itself, in nearly an upright position, as a top turns round itself when it is spinning on the ground, and leans a little sideways.

 

It is this leaning of the earth (23 1/2 degrees) that occasions summer and winter, and the different length of days and nights. If the earth turned round itself in a position perpendicular to the plane or level of the circle it moves in round the Sun, as a top turns round when it stands erect on the ground, the days and nights would be always of the same length, twelve hours day and twelve hours night, and the season would be uniformly the same throughout the year.

 

Every time that a planet (our earth for example) turns round itself, it makes what we call day and night; and every time it goes entirely round the Sun, it makes what we call a year, consequently our world turns three hundred and sixty-five times round itself, in going once round the Sun.

 

The names that the ancients gave to those six worlds, and which are still called by the same names, are Mercury, Venus, this world that we call ours, Mars, Jupiter, and Saturn. They appear larger to the eye than the stars, being many million miles nearer to our earth than any of the stars are. The planet Venus is that which is called the evening star, and sometimes the morning star, as she happens to set after, or rise before the Sun, which in either case is never more than three hours.

 

The Sun as before said being the center, the planet or world nearest the Sun is Mercury; his distance from the Sun is thirty-four million miles, and he moves round in a circle always at that distance from the Sun, as a top may be supposed to spin round in the tract in which a horse goes in a mill. The second world is Venus; she is fifty-seven million miles distant from the Sun, and consequently moves round in a circle much greater than that of Mercury. The third world is this that we inhabit, and which is eighty-eight million miles distant from the Sun, and consequently moves round in a circle greater than that of Venus. The fourth world is Mars; he is distant from the sun one hundred and thirty-four million miles, and consequently moves round in a circle greater than that of our earth. The fifth is Jupiter; he is distant from the Sun five hundred and fifty-seven million miles, and consequently moves round in a circle greater than that of Mars. The sixth world is Saturn; he is distant from the Sun seven hundred and sixty-three million miles, and consequently moves round in a circle that surrounds the circles or orbits of all the other worlds or planets.

 

The space, therefore, in the air, or in the immensity of space, that our solar system takes up for the several worlds to perform their revolutions in round the Sun, is of the extent in a strait line of the whole diameter of the orbit or circle in which Saturn moves round the Sun, which being double his distance from the Sun, is fifteen hundred and twenty-six million miles; and its circular extent is nearly five thousand million; and its globical content is almost three thousand five hundred million times three thousand five hundred million square miles. [NOTE by Paine: If it should be asked, how can man know these things? I have one plain answer to give, which is, that man knows how to calculate an eclipse, and also how to calculate to a minute of time when the planet Venus, in making her revolutions round the Sun, will come in a strait line between our earth and the Sun, and will appear to us about the size of a large pea passing across the face of the Sun. This happens but twice in about a hundred years, at the distance of about eight years from each other, and has happened twice in our time, both of which were foreknown by calculation. It can also be known when they will happen again for a thousand years to come, or to any other portion of time. As therefore, man could not be able to do these things if he did not understand the solar system, and the manner in which the revolutions of the several planets or worlds are performed, the fact of calculating an eclipse, or a transit of Venus, is a proof in point that the knowledge exists; and as to a few thousand, or even a few million miles, more or less, it makes scarcely any sensible difference in such immense distances.—Author.]

 

But this, immense as it is, is only one system of worlds. Beyond this, at a vast distance into space, far beyond all power of calculation, are the stars called the fixed stars. They are called fixed, because they have no revolutionary motion, as the six worlds or planets have that I have been describing. Those fixed stars continue always at the same distance from each other, and always in the same place, as the Sun does in the center of our system. The probability, therefore, is that each of those fixed stars is also a Sun, round which another system of worlds or planets, though too remote for us to discover, performs its revolutions, as our system of worlds does round our central Sun. By this easy progression of ideas, the immensity of space will appear to us to be filled with systems of worlds; and that no part of space lies at waste, any more than any part of our globe of earth and water is left unoccupied.

 

Having thus endeavoured to convey, in a familiar and easy manner, some idea of the structure of the universe, I return to explain what I before alluded to, namely, the great benefits arising to man in consequence of the Creator having made a Plurality of worlds, such as our system is, consisting of a central Sun and six worlds, besides satellites, in preference to that of creating one world only of a vast extent.

 

CHAPTER XV.

ADVANTAGES OF THE EXISTENCE OF MANY WORLDS IN EACH SOLAR SYSTEM

It is an idea I have never lost sight of, that all our knowledge of science is derived from the revolutions (exhibited to our eye and from thence to our understanding) which those several planets or worlds of which our system is composed make in their circuit round the Sun.

 

Had then the quantity of matter which these six worlds contain been blended into one solitary globe, the consequence to us would have been, that either no revolutionary motion would have existed, or not a sufficiency of it to give us the ideas and the knowledge of science we now have; and it is from the sciences that all the mechanical arts that contribute so much to our earthly felicity and comfort are derived.

 

As therefore the Creator made nothing in vain, so also must it be believed that he organized the structure of the universe in the most advantageous manner for the benefit of man; and as we see, and from experience feel, the benefits we derive from the structure of the universe, formed as it is, which benefits we should not have had the opportunity of enjoying if the structure, so far as relates to our system, had been a solitary globe, we can discover at least one reason why a plurality of worlds has been made, and that reason calls forth the devotional gratitude of man, as well as his admiration.

 

But it is not to us, the inhabitants of this globe, only, that the benefits arising from a plurality of worlds are limited. The inhabitants of each of the worlds of which our system is composed, enjoy the same opportunities of knowledge as we do. They behold the revolutionary motions of our earth, as we behold theirs. All the planets revolve in sight of each other; and, therefore, the same universal school of science presents itself to all.

 

Neither does the knowledge stop here. The system of worlds next to us exhibits, in its revolutions, the same principles and school of science, to the inhabitants of their system, as our system does to us, and in like manner throughout the immensity of space.

 

Our ideas, not only of the almightiness of the Creator, but of his wisdom and his beneficence, become enlarged in proportion as we contemplate the extent and the structure of the universe. The solitary idea of a solitary world, rolling or at rest in the immense ocean of space, gives place to the cheerful idea of a society of worlds, so happily contrived as to administer, even by their motion, instruction to man. We see our own earth filled with abundance; but we forget to consider how much of that abundance is owing to the scientific knowledge the vast machinery of the universe has unfolded.

 

CHAPTER XVI.

APPLICATION OF THE PRECEDING TO THE SYSTEM OF THE CHRISTIANS

But, in the midst of those reflections, what are we to think of the christian system of faith that forms itself upon the idea of only one world, and that of no greater extent, as is before shown, than twenty-five thousand miles. An extent which a man, walking at the rate of three miles an hour for twelve hours in the day, could he keep on in a circular direction, would walk entirely round in less than two years. Alas! what is this to the mighty ocean of space, and the almighty power of the Creator!

 

From whence then could arise the solitary and strange conceit that the Almighty, who had millions of worlds equally dependent on his protection, should quit the care of all the rest, and come to die in our world, because, they say, one man and one woman had eaten an apple! And, on the other hand, are we to suppose that every world in the boundless creation had an Eve, an apple, a serpent, and a redeemer? In this case, the person who is irreverently called the Son of God, and sometimes God himself, would have nothing else to do than to travel from world to world, in an endless succession of death, with scarcely a momentary interval of life.

 

It has been by rejecting the evidence, that the word, or works of God in the creation, affords to our senses, and the action of our reason upon that evidence, that so many wild and whimsical systems of faith, and of religion, have been fabricated and set up. There may be many systems of religion that so far from being morally bad are in many respects morally good: but there can be but ONE that is true; and that one necessarily must, as it ever will, be in all things consistent with the ever existing word of God that we behold in his works. But such is the strange construction of the christian system of faith, that every evidence the heavens affords to man, either directly contradicts it or renders it absurd.

 

It is possible to believe, and I always feel pleasure in encouraging myself to believe it, that there have been men in the world who persuaded themselves that what is called a pious fraud, might, at least under particular circumstances, be productive of some good. But the fraud being once established, could not afterwards be explained; for it is with a pious fraud as with a bad action, it begets a calamitous necessity of going on.

 

The persons who first preached the christian system of faith, and in some measure combined with it the morality preached by Jesus Christ, might persuade themselves that it was better than the heathen mythology that then prevailed. From the first preachers the fraud went on to the second, and to the third, till the idea of its being a pious fraud became lost in the belief of its being true; and that belief became again encouraged by the interest of those who made a livelihood by preaching it.

 

But though such a belief might, by such means, be rendered almost general among the laity, it is next to impossible to account for the continual persecution carried on by the church, for several hundred years, against the sciences, and against the professors of science, if the church had not some record or tradition that it was originally no other than a pious fraud, or did not foresee that it could not be maintained against the evidence that the structure of the universe afforded.

 

CHAPTER XVII.

OF THE MEANS EMPLOYED IN ALL TIME, AND ALMOST UNIVERSALLY, TO DECEIVE THE PEOPLES

Having thus shown the irreconcileable inconsistencies between the real word of God existing in the universe, and that which is called the word of God, as shown to us in a printed book that any man might make, I proceed to speak of the three principal means that have been employed in all ages, and perhaps in all countries, to impose upon mankind.

 

Those three means are Mystery, Miracle, and Prophecy, The first two are incompatible with true religion, and the third ought always to be suspected.

 

With respect to Mystery, everything we behold is, in one sense, a mystery to us. Our own existence is a mystery: the whole vegetable world is a mystery. We cannot account how it is that an acorn, when put into the ground, is made to develop itself and become an oak. We know not how it is that the seed we sow unfolds and multiplies itself, and returns to us such an abundant interest for so small a capital.

 

The fact however, as distinct from the operating cause, is not a mystery, because we see it; and we know also the means we are to use, which is no other than putting the seed in the ground. We know, therefore, as much as is necessary for us to know; and that part of the operation that we do not know, and which if we did, we could not perform, the Creator takes upon himself and performs it for us. We are, therefore, better off than if we had been let into the secret, and left to do it for ourselves.

 

But though every created thing is, in this sense, a mystery, the word mystery cannot be applied to moral truth, any more than obscurity can be applied to light. The God in whom we believe is a God of moral truth, and not a God of mystery or obscurity. Mystery is the antagonist of truth. It is a fog of human invention that obscures truth, and represents it in distortion. Truth never envelops itself in mystery; and the mystery in which it is at any time enveloped, is the work of its antagonist, and never of itself.

 

Religion, therefore, being the belief of a God, and the practice of moral truth, cannot have connection with mystery. The belief of a God, so far from having any thing of mystery in it, is of all beliefs the most easy, because it arises to us, as is before observed, out of necessity. And the practice of moral truth, or, in other words, a practical imitation of the moral goodness of God, is no other than our acting towards each other as he acts benignly towards all. We cannot serve God in the manner we serve those who cannot do without such service; and, therefore, the only idea we can have of serving God, is that of contributing to the happiness of the living creation that God has made. This cannot be done by retiring ourselves from the society of the world, and spending a recluse life in selfish devotion.

 

The very nature and design of religion, if I may so express it, prove even to demonstration that it must be free from every thing of mystery, and unincumbered with every thing that is mysterious. Religion, considered as a duty, is incumbent upon every living soul alike, and, therefore, must be on a level to the understanding and comprehension of all. Man does not learn religion as he learns the secrets and mysteries of a trade. He learns the theory of religion by reflection. It arises out of the action of his own mind upon the things which he sees, or upon what he may happen to hear or to read, and the practice joins itself thereto.

 

When men, whether from policy or pious fraud, set up systems of religion incompatible with the word or works of God in the creation, and not only above but repugnant to human comprehension, they were under the necessity of inventing or adopting a word that should serve as a bar to all questions, inquiries and speculations. The word mystery answered this purpose, and thus it has happened that religion, which is in itself without mystery, has been corrupted into a fog of mysteries.

 

As mystery answered all general purposes, miracle followed as an occasional auxiliary. The former served to bewilder the mind, the latter to puzzle the senses. The one was the lingo, the other the legerdemain.

 

But before going further into this subject, it will be proper to inquire what is to be understood by a miracle.

 

In the same sense that every thing may be said to be a mystery, so also may it be said that every thing is a miracle, and that no one thing is a greater miracle than another. The elephant, though larger, is not a greater miracle than a mite: nor a mountain a greater miracle than an atom. To an almighty power it is no more difficult to make the one than the other, and no more difficult to make a million of worlds than to make one. Every thing, therefore, is a miracle, in one sense; whilst, in the other sense, there is no such thing as a miracle. It is a miracle when compared to our power, and to our comprehension. It is not a miracle compared to the power that performs it. But as nothing in this description conveys the idea that is affixed to the word miracle, it is necessary to carry the inquiry further.

 

Mankind have conceived to themselves certain laws, by which what they call nature is supposed to act; and that a miracle is something contrary to the operation and effect of those laws. But unless we know the whole extent of those laws, and of what are commonly called the powers of nature, we are not able to judge whether any thing that may appear to us wonderful or miraculous, be within, or be beyond, or be contrary to, her natural power of acting.

 

The ascension of a man several miles high into the air, would have everything in it that constitutes the idea of a miracle, if it were not known that a species of air can be generated several times lighter than the common atmospheric air, and yet possess elasticity enough to prevent the balloon, in which that light air is inclosed, from being compressed into as many times less bulk, by the common air that surrounds it. In like manner, extracting flashes or sparks of fire from the human body, as visibly as from a steel struck with a flint, and causing iron or steel to move without any visible agent, would also give the idea of a miracle, if we were not acquainted with electricity and magnetism; so also would many other experiments in natural philosophy, to those who are not acquainted with the subject. The restoring persons to life who are to appearance dead as is practised upon drowned persons, would also be a miracle, if it were not known that animation is capable of being suspended without being extinct.

 

Besides these, there are performances by slight of hand, and by persons acting in concert, that have a miraculous appearance, which, when known, are thought nothing of. And, besides these, there are mechanical and optical deceptions. There is now an exhibition in Paris of ghosts or spectres, which, though it is not imposed upon the spectators as a fact, has an astonishing appearance. As, therefore, we know not the extent to which either nature or art can go, there is no criterion to determine what a miracle is; and mankind, in giving credit to appearances, under the idea of their being miracles, are subject to be continually imposed upon.

 

Since then appearances are so capable of deceiving, and things not real have a strong resemblance to things that are, nothing can be more inconsistent than to suppose that the Almighty would make use of means, such as are called miracles, that would subject the person who performed them to the suspicion of being an impostor, and the person who related them to be suspected of lying, and the doctrine intended to be supported thereby to be suspected as a fabulous invention.

 

Of all the modes of evidence that ever were invented to obtain belief to any system or opinion to which the name of religion has been given, that of miracle, however successful the imposition may have been, is the most inconsistent. For, in the first place, whenever recourse is had to show, for the purpose of procuring that belief (for a miracle, under any idea of the word, is a show) it implies a lameness or weakness in the doctrine that is preached. And, in the second place, it is degrading the Almighty into the character of a show-man, playing tricks to amuse and make the people stare and wonder. It is also the most equivocal sort of evidence that can be set up; for the belief is not to depend upon the thing called a miracle, but upon the credit of the reporter, who says that he saw it; and, therefore, the thing, were it true, would have no better chance of being believed than if it were a lie.

 

Suppose I were to say, that when I sat down to write this book, a hand presented itself in the air, took up the pen and wrote every word that is herein written; would any body believe me? Certainly they would not. Would they believe me a whit the more if the thing had been a fact? Certainly they would not. Since then a real miracle, were it to happen, would be subject to the same fate as the falsehood, the inconsistency becomes the greater of supposing the Almighty would make use of means that would not answer the purpose for which they were intended, even if they were real.

 

If we are to suppose a miracle to be something so entirely out of the course of what is called nature, that she must go out of that course to accomplish it, and we see an account given of such a miracle by the person who said he saw it, it raises a question in the mind very easily decided, which is,—Is it more probable that nature should go out of her course, or that a man should tell a lie? We have never seen, in our time, nature go out of her course; but we have good reason to believe that millions of lies have been told in the same time; it is, therefore, at least millions to one, that the reporter of a miracle tells a lie.

 

The story of the whale swallowing Jonah, though a whale is large enough to do it, borders greatly on the marvellous; but it would have approached nearer to the idea of a miracle, if Jonah had swallowed the whale. In this, which may serve for all cases of miracles, the matter would decide itself as before stated, namely, Is it more probable that a man should have, swallowed a whale, or told a lie?

 

But suppose that Jonah had really swallowed the whale, and gone with it in his belly to Nineveh, and to convince the people that it was true have cast it up in their sight, of the full length and size of a whale, would they not have believed him to have been the devil instead of a prophet? or if the whale had carried Jonah to Nineveh, and cast him up in the same public manner, would they not have believed the whale to have been the devil, and Jonah one of his imps?

 

The most extraordinary of all the things called miracles, related in the New Testament, is that of the devil flying away with Jesus Christ, and carrying him to the top of a high mountain; and to the top of the highest pinnacle of the temple, and showing him and promising to him all the kingdoms of the world. How happened it that he did not discover America? or is it only with kingdoms that his sooty highness has any interest.

 

I have too much respect for the moral character of Christ to believe that he told this whale of a miracle himself: neither is it easy to account for what purpose it could have been fabricated, unless it were to impose upon the connoisseurs of miracles, as is sometimes practised upon the connoisseurs of Queen Anne’s farthings, and collectors of relics and antiquities; or to render the belief of miracles ridiculous, by outdoing miracle, as Don Quixote outdid chivalry; or to embarrass the belief of miracles, by making it doubtful by what power, whether of God or of the devil, any thing called a miracle was performed. It requires, however, a great deal of faith in the devil to believe this miracle.

 

In every point of view in which those things called miracles can be placed and considered, the reality of them is improbable, and their existence unnecessary. They would not, as before observed, answer any useful purpose, even if they were true; for it is more difficult to obtain belief to a miracle, than to a principle evidently moral, without any miracle. Moral principle speaks universally for itself. Miracle could be but a thing of the moment, and seen but by a few; after this it requires a transfer of faith from God to man to believe a miracle upon man’s report. Instead, therefore, of admitting the recitals of miracles as evidence of any system of religion being true, they ought to be considered as symptoms of its being fabulous. It is necessary to the full and upright character of truth that it rejects the crutch; and it is consistent with the character of fable to seek the aid that truth rejects. Thus much for Mystery and Miracle.

 

As Mystery and Miracle took charge of the past and the present, Prophecy took charge of the future, and rounded the tenses of faith. It was not sufficient to know what had been done, but what would be done. The supposed prophet was the supposed historian of times to come; and if he happened, in shooting with a long bow of a thousand years, to strike within a thousand miles of a mark, the ingenuity of posterity could make it point-blank; and if he happened to be directly wrong, it was only to suppose, as in the case of Jonah and Nineveh, that God had repented himself and changed his mind. What a fool do fabulous systems make of man!

 

It has been shewn, in a former part of this work, that the original meaning of the words prophet and prophesying has been changed, and that a prophet, in the sense of the word as now used, is a creature of modern invention; and it is owing to this change in the meaning of the words, that the flights and metaphors of the Jewish poets, and phrases and expressions now rendered obscure by our not being acquainted with the local circumstances to which they applied at the time they were used, have been erected into prophecies, and made to bend to explanations at the will and whimsical conceits of sectaries, expounders, and commentators. Every thing unintelligible was prophetical, and every thing insignificant was typical. A blunder would have served for a prophecy; and a dish-clout for a type.

 

If by a prophet we are to suppose a man to whom the Almighty communicated some event that would take place in future, either there were such men, or there were not. If there were, it is consistent to believe that the event so communicated would be told in terms that could be understood, and not related in such a loose and obscure manner as to be out of the comprehension of those that heard it, and so equivocal as to fit almost any circumstance that might happen afterwards. It is conceiving very irreverently of the Almighty, to suppose he would deal in this jesting manner with mankind; yet all the things called prophecies in the book called the Bible come under this description.

 

But it is with Prophecy as it is with Miracle. It could not answer the purpose even if it were real. Those to whom a prophecy should be told could not tell whether the man prophesied or lied, or whether it had been revealed to him, or whether he conceited it; and if the thing that he prophesied, or pretended to prophesy, should happen, or some thing like it, among the multitude of things that are daily happening, nobody could again know whether he foreknew it, or guessed at it, or whether it was accidental. A prophet, therefore, is a character useless and unnecessary; and the safe side of the case is to guard against being imposed upon, by not giving credit to such relations.

 

Upon the whole, Mystery, Miracle, and Prophecy, are appendages that belong to fabulous and not to true religion. They are the means by which so many Lo heres! and Lo theres! have been spread about the world, and religion been made into a trade. The success of one impostor gave encouragement to another, and the quieting salvo of doing some good by keeping up a pious fraud protected them from remorse.

 

RECAPITULATION

Having now extended the subject to a greater length than I first intended, I shall bring it to a close by abstracting a summary from the whole.

 

First, That the idea or belief of a word of God existing in print, or in writing, or in speech, is inconsistent in itself for the reasons already assigned. These reasons, among many others, are the want of an universal language; the mutability of language; the errors to which translations are subject, the possibility of totally suppressing such a word; the probability of altering it, or of fabricating the whole, and imposing it upon the world.

 

Secondly, That the Creation we behold is the real and ever existing word of God, in which we cannot be deceived. It proclaimeth his power, it demonstrates his wisdom, it manifests his goodness and beneficence.

 

Thirdly, That the moral duty of man consists in imitating the moral goodness and beneficence of God manifested in the creation towards all his creatures. That seeing as we daily do the goodness of God to all men, it is an example calling upon all men to practise the same towards each other; and, consequently, that every thing of persecution and revenge between man and man, and every thing of cruelty to animals, is a violation of moral duty.

 

I trouble not myself about the manner of future existence. I content myself with believing, even to positive conviction, that the power that gave me existence is able to continue it, in any form and manner he pleases, either with or without this body; and it appears more probable to me that I shall continue to exist hereafter than that I should have had existence, as I now have, before that existence began.

 

It is certain that, in one point, all nations of the earth and all religions agree. All believe in a God. The things in which they disgrace are the redundancies annexed to that belief; and therefore, if ever an universal religion should prevail, it will not be believing any thing new, but in getting rid of redundancies, and believing as man believed at first. [“In the childhood of the world,” according to the first (French) version; and the strict translation of the final sentence is: “Deism was the religion of Adam, supposing him not an imaginary being; but none the less must it be left to all men to follow, as is their right, the religion and worship they prefer.”—Editor.] Adam, if ever there was such a man, was created a Deist; but in the mean time, let every man follow, as he has a right to do, the religion and worship he prefers.

 

THE AGE OF REASON - PART II

PREFACE

I have mentioned in the former part of The Age of Reason that it had long been my intention to publish my thoughts upon Religion; but that I had originally reserved it to a later period in life, intending it to be the last work I should undertake. The circumstances, however, which existed in France in the latter end of the year 1793, determined me to delay it no longer. The just and humane principles of the Revolution which Philosophy had first diffused, had been departed from. The Idea, always dangerous to Society as it is derogatory to the Almighty,—that priests could forgive sins,—though it seemed to exist no longer, had blunted the feelings of humanity, and callously prepared men for the commission of all crimes. The intolerant spirit of church persecution had transferred itself into politics; the tribunals, stiled Revolutionary, supplied the place of an Inquisition; and the Guillotine of the Stake. I saw many of my most intimate friends destroyed; others daily carried to prison; and I had reason to believe, and had also intimations given me, that the same danger was approaching myself.

 

Under these disadvantages, I began the former part of the Age of Reason; I had, besides, neither Bible nor Testament [It must be borne in mind that throughout this work Paine generally means by “Bible” only the Old Testament, and speaks of the New as the “Testament.”—Editor.] to refer to, though I was writing against both; nor could I procure any; notwithstanding which I have produced a work that no Bible Believer, though writing at his ease and with a Library of Church Books about him, can refute. Towards the latter end of December of that year, a motion was made and carried, to exclude foreigners from the Convention. There were but two, Anacharsis Cloots and myself; and I saw I was particularly pointed at by Bourdon de l’Oise, in his speech on that motion.

 

Concibiendo, después de esto, que sólo tenía unos pocos días de libertad, me senté y terminé el trabajo lo más rápidamente posible; y no había terminado por más de seis horas, en el estado en que ha aparecido desde entonces, [Esta es una alusión al ensayo que Paine escribió en una parte anterior de 1793. Ver Introducción.—Editor.] antes de que llegara un guardia, hacia las tres de la mañana, con una orden firmada por los dos Comités de Seguridad Pública y Seguridad General, para arrestarme como extranjero y llevarme a la prisión de Luxemburgo. Me las arreglé, en mi camino hacia allí, para visitar a Joel Barlow, y puse el Manuscrito de la obra en sus manos, más seguro que en mi posesión en prisión; y sin saber cuál podría ser el destino en Francia del escritor o de la obra, la dirigí a la protección de los ciudadanos de los Estados Unidos.

 

Es justicia lo que digo, que el guardia que ejecutó esta orden, y el intérprete de la Junta de Fianza General, que los acompañó a examinar mis papeles, me trataron no sólo con cortesía, sino con respeto. El portero del 'Luxembourg, Benoit, hombre de buen corazón, me mostró toda la amistad que estaba a su alcance, al igual que toda su familia, mientras permaneció en ese puesto. Fue sacado de allí, arrestado y llevado ante el tribunal por una acusación maligna, pero absuelto.

 

Después de haber estado en Luxemburgo unas tres semanas, los estadounidenses que estaban en París acudieron en masa a la Convención para reclamarme como su compatriota y amigo; pero el presidente, Vadier, que también era presidente del Comité de Fianzas Generales y había firmado la orden de mi arresto, me respondió que yo había nacido en Inglaterra. [Estos estadounidenses emocionados no parecen haber entendido o informado el punto más importante en la respuesta de Vadeer, a saber, que su solicitud fue "no oficial", es decir, no fue hecha ni sancionada por el Gouverneur Morris, Ministro estadounidense. Para la historia detallada de todo esto ver vol. iii.—Editor.] No supe más, después de esto, de ninguna persona fuera de los muros de la prisión, hasta la caída de Robespierre, el 9 de Termidor, 27 de julio de 1794.

 

Como dos meses antes de este evento, me agarró una fiebre que en su progreso tenía todos los síntomas de convertirse en mortal, y de cuyos efectos no me he recuperado. Fue entonces cuando recordé con renovada satisfacción y me felicité muy sinceramente por haber escrito la primera parte de La edad de la razón. Entonces tenía pocas expectativas de sobrevivir, y los que me rodeaban tenían menos. Conozco, pues, por experiencia el juicio concienzudo de mis propios principios.

 

Yo estaba entonces con tres camaradas de cámara: Joseph Vanheule de Brujas, Charles Bastfni y Michael Robyns de Lovaina. La incesante y ansiosa atención de estos tres amigos hacia mí, de noche y de día, la recuerdo con gratitud y la menciono con placer. Sucedió que un médico (Dr. Graham) y un cirujano, (Sr. Bond), parte de la suite del General O'Hara, [El oficial que en Yorktown, Virginia, llevó a cabo la espada de Cornwallis para rendirse, y satíricamente se lo ofreció a Rochambeau en lugar de a Washington. Paine le prestó 300 libras cuando él (O'Hara) salió de la prisión, el dinero que había escondido en la cerradura de la puerta de su celda.—Editor.] estaban entonces en el Luxemburgo: no me pregunto si les conviene , como hombres bajo el Gobierno Inglés, que les expreso mi agradecimiento; pero me reprocharía a mí mismo si no lo hiciera;

 

Tengo alguna razón para creer, porque no puedo descubrir ninguna otra, que esta enfermedad me mantuvo en existencia. Entre los documentos de Robespierre que fueron examinados e informados a la Convención por un Comité de Diputados, se encuentra una nota de puño y letra de Robespierre, con las siguientes palabras:

 

“Demander que Thomas Paine soit decrete d'accusation, pour l'interet de l'Amerique autant que de la France”.

 

[Exigir que Thomas Paine sea decretado de acusación, por el interés de América, así como de Francia.] Por qué causa fue que la intención no se puso en ejecución, no lo sé, y no puedo informarme; y por lo tanto lo atribuyo a la imposibilidad, a causa de esa enfermedad.

 

La Convención, para reparar en cuanto estaba a su alcance la injusticia que había sufrido, me invitó pública y unánimemente a volver a la Convención, y acepté, para demostrar que podía soportar una injuria sin permitir que lesionara mis principios o mi disposición. No es porque se hayan violado los principios correctos que deben ser abandonados.

 

He visto, desde que estoy en libertad, varias publicaciones escritas, algunas en América y otras en Inglaterra, como respuestas a la primera parte de "La edad de la razón". Si los autores de estos pueden entretenerse haciéndolo así, no los interrumpiré. Pueden escribir contra el trabajo y contra mí, tanto como les plazca; me hacen más servicio del que pretenden, y no puedo objetar que escriban. Encontrarán, sin embargo, por esta Segunda Parte, sin que esté escrita como una respuesta a ellos, que deben volver a su trabajo, y volver a tejer su telaraña. El primero es barrido por accidente.

 

Ahora encontrarán que me he provisto de una Biblia y un Testamento; y puedo decir también que he encontrado que son libros mucho peores de lo que había concebido. Si en algo me he equivocado, en la primera parte de la Edad de la Razón, ha sido en hablar de algunas partes mejor de lo que merecían.

 

Observo que todos mis oponentes recurren, más o menos, a lo que ellos llaman evidencia bíblica y autoridad bíblica, para ayudarlos. Son tan poco maestros en la materia, que confunden una disputa sobre autenticidad con una disputa sobre doctrinas; Sin embargo, los corregiré, para que si estuvieran dispuestos a escribir más, sepan cómo empezar.

 

TOMÁS PAINE. octubre de 1795.

 

CAPÍTULO I.

EL ANTIGUO TESTAMENTO

A menudo se ha dicho que cualquier cosa puede probarse con la Biblia; pero antes de que cualquier cosa pueda ser admitida como probada por la Biblia, la Biblia misma debe ser probada como verdadera; porque si la Biblia no es verdadera, o si la verdad de ella es dudosa, deja de tener autoridad y no puede ser admitida como prueba de nada.

 

Ha sido práctica de todos los comentaristas cristianos de la Biblia, y de todos los sacerdotes y predicadores cristianos, imponer la Biblia al mundo como una masa de verdad y como la palabra de Dios; han discutido y discutido, y se han anatematizado entre sí sobre el supuesto significado de partes y pasajes particulares en él; uno ha dicho e insistido que tal pasaje significaba tal cosa, otro que significaba directamente lo contrario, y un tercero, que no significaba ni lo uno ni lo otro, sino algo diferente de ambos; ya esto lo han llamado entender la Biblia.

 

Ha sucedido que todas las respuestas que he visto a la primera parte de 'La Edad de la Razón' han sido escritas por sacerdotes: y estos hombres piadosos, como sus predecesores, contienden y disputan, y entienden la Biblia; cada uno lo entiende diferente, pero cada uno lo entiende mejor; y en nada han coincidido sino en decir a sus lectores que Thomas Paine no lo entiende.

 

Ahora bien, en lugar de perder el tiempo y calentarse en disputas díscolas sobre puntos doctrinales extraídos de la Biblia, estos hombres deben saber, y si no lo saben, es cortés informarles, que lo primero que debe entenderse es si hay ¿Es autoridad suficiente para creer que la Biblia es la palabra de Dios, o no la hay?

 

There are matters in that book, said to be done by the express command of God, that are as shocking to humanity, and to every idea we have of moral justice, as any thing done by Robespierre, by Carrier, by Joseph le Bon, in France, by the English government in the East Indies, or by any other assassin in modern times. When we read in the books ascribed to Moses, Joshua, etc., that they (the Israelites) came by stealth upon whole nations of people, who, as the history itself shews, had given them no offence; that they put all those nations to the sword; that they spared neither age nor infancy; that they utterly destroyed men, women and children; that they left not a soul to breathe; expressions that are repeated over and over again in those books, and that too with exulting ferocity; are we sure these things are facts? are we sure that the Creator of man commissioned those things to be done? Are we sure that the books that tell us so were written by his authority?

 

It is not the antiquity of a tale that is an evidence of its truth; on the contrary, it is a symptom of its being fabulous; for the more ancient any history pretends to be, the more it has the resemblance of a fable. The origin of every nation is buried in fabulous tradition, and that of the Jews is as much to be suspected as any other.

 

To charge the commission of things upon the Almighty, which in their own nature, and by every rule of moral justice, are crimes, as all assassination is, and more especially the assassination of infants, is matter of serious concern. The Bible tells us, that those assassinations were done by the express command of God. To believe therefore the Bible to be true, we must unbelieve all our belief in the moral justice of God; for wherein could crying or smiling infants offend? And to read the Bible without horror, we must undo every thing that is tender, sympathising, and benevolent in the heart of man. Speaking for myself, if I had no other evidence that the Bible is fabulous, than the sacrifice I must make to believe it to be true, that alone would be sufficient to determine my choice.

 

But in addition to all the moral evidence against the Bible, I will, in the progress of this work, produce such other evidence as even a priest cannot deny; and show, from that evidence, that the Bible is not entitled to credit, as being the word of God.

 

But, before I proceed to this examination, I will show wherein the Bible differs from all other ancient writings with respect to the nature of the evidence necessary to establish its authenticity; and this is the more proper to be done, because the advocates of the Bible, in their answers to the former part of ‘The Age of Reason,’ undertake to say, and they put some stress thereon, that the authenticity of the Bible is as well established as that of any other ancient book: as if our belief of the one could become any rule for our belief of the other.

 

Sin embargo, sólo conozco un libro antiguo que desafía con autoridad el consentimiento y la creencia universales, y ese es Elementos de geometría de Euclides; [Euclides, según la historia cronológica, vivió trescientos años antes de Cristo, y unos cien antes de Arquímedes; él era de la ciudad de Alejandría, en Egipto.—Autor.] y la razón es que es un libro de demostración evidente, enteramente independiente de su autor, y de todo lo relacionado con tiempo, lugar y circunstancia. Los asuntos contenidos en ese libro tendrían la misma autoridad que ahora tienen, si hubieran sido escritos por cualquier otra persona, o si la obra hubiera sido anónima, o si el autor nunca se hubiera conocido; porque la certeza idéntica de quién fue el autor no forma parte de nuestra creencia de los asuntos contenidos en el libro. Pero es muy diferente con respecto a los libros atribuidos a Moisés, a Josué, a Samuel, etc.: esos son libros de testimonio, y dan testimonio de cosas naturalmente increíbles; y por lo tanto, toda nuestra creencia, en cuanto a la autenticidad de esos libros, descansa, en primer lugar, en la certeza de que fueron escritos por Moisés, Josué y Samuel; en segundo lugar, en el crédito que damos a su testimonio. Podemos creer lo primero, es decir, podemos creer en la certeza de la autoría, pero no en el testimonio; de la misma manera que podemos creer que cierta persona dio testimonio sobre un caso y, sin embargo, no creemos en el testimonio que dio. Pero si se encuentra que los libros atribuidos a Moisés, Josué y Samuel no fueron escritos por Moisés, Josué y Samuel, toda parte de la autoridad y autenticidad de esos libros se pierde de inmediato; porque no puede haber tal cosa como testimonio falsificado o inventado; tampoco puede haber testimonio anónimo, más especialmente en cuanto a cosas naturalmente increíbles; como la de hablar con Dios cara a cara, o la del sol y la luna parados a la orden de un hombre.

 

La mayor parte de los otros libros antiguos son obras de genio; de qué tipo son los atribuidos a Homero, a Platón, a Aristóteles, a Demóstenes, a Cicerón, etc. Aquí nuevamente el autor no es esencial en el crédito que damos a cualquiera de esos trabajos; porque como obras de genio tendrían el mismo mérito que tienen ahora, si fueran anónimas. Nadie cree que la historia de Troya, tal como la relata Homero, sea cierta; pues sólo se admira al poeta, y el mérito del poeta permanecerá, aunque la historia sea fabulosa. Pero si no creemos en las cosas relatadas por los autores de la Biblia (Moisés por ejemplo) como no creemos en las cosas relatadas por Homero, no queda nada de Moisés en nuestra estimación, sino un impostor. En cuanto a los historiadores antiguos, desde Heródoto hasta Tácito, les damos crédito en la medida en que relatan cosas probables y creíbles, y no más allá: porque si lo hacemos, debemos creer que los dos milagros que cuenta Tácito fueron realizados por Vespasiano, el de curar a un cojo y a un ciego, exactamente de la misma manera que las mismas cosas cuentan de Jesucristo sus historiadores. También debemos creer los milagros citados por Josefo, el del mar de Panfilia abriéndose para dejar pasar a Alejandro y su ejército, como se relata del Mar Rojo en el Éxodo. Estos milagros están tan bien autenticados como los milagros de la Biblia y, sin embargo, no los creemos; en consecuencia, el grado de evidencia necesario para establecer nuestra creencia en cosas naturalmente increíbles, ya sea en la Biblia o en otra parte, es mucho mayor que el que obtiene nuestra creencia en cosas naturales y probables; y, por lo tanto, los defensores de la Biblia no tienen derecho a que creamos en la Biblia porque creemos cosas declaradas en otros escritos antiguos; ya que creemos las cosas dichas en esos escritos sólo porque son probables y creíbles, o porque son evidentes, como Euclides; o admirarlos porque son elegantes, como Homero; o aprobarlos porque son sosegados, como Platón; o juicioso, como Aristóteles.

 

Teniendo estas premisas, procedo a examinar la autenticidad de la Biblia; y empiezo con lo que se llama los cinco libros de Moisés, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Mi intención es mostrar que esos libros son falsos y que Moisés no es el autor de ellos; y aún más, que no fueron escritos en la época de Moisés ni hasta varios cientos de años después; que no son sino un intento de historia de la vida de Moisés, y de los tiempos en los que se dice que vivió, y también de los tiempos anteriores, escritos por algunos pretendientes a la autoría muy ignorantes y estúpidos, varios cientos de años después de la muerte de Moisés; como ahora los hombres escriben historias de cosas que sucedieron, o se supone que sucedieron, hace varios cientos o miles de años.

 

La evidencia que presentaré en este caso proviene de los libros mismos; y me limitaré a esta evidencia solamente. Si tuviera que referirme como prueba a alguno de los autores antiguos, a quienes los abogados de la Biblia llaman autores profanos, ellos contradecirían esa autoridad, como yo contradigo la de ellos: por lo tanto, los enfrentaré en su propio terreno y los opondré con su propio arma, la Biblia.

 

En primer lugar, no hay evidencia afirmativa de que Moisés sea el autor de esos libros; y que él es el autor, es una opinión totalmente infundada, extranjería nadie sabe cómo. El estilo y la manera en que están escritos esos libros no dan lugar a creer, ni siquiera a suponer, que fueron escritos por Moisés; porque es completamente el estilo y la manera de otra persona hablando de Moisés. En Éxodo, Levítico y Números, (porque todo en Génesis es anterior a los tiempos de Moisés y no se hace la menor alusión a él allí), todo, digo, de estos libros está en tercera persona; es siempre, el Señor dijo a Moisés, o Moisés dijo al Señor; o dijo Moisés al pueblo, o dijo el pueblo a Moisés; y este es el estilo y la manera que usan los historiadores al hablar de la persona cuyas vidas y acciones están escribiendo. Puede decirse que un hombre puede hablar de sí mismo en tercera persona y, por lo tanto, puede suponerse que Moisés lo hizo; pero la suposición no prueba nada; y si los defensores de la creencia de que Moisés mismo escribió esos libros no tienen nada mejor que adelantar que suposiciones, es mejor que guarden silencio.

 

Pero concediendo el derecho gramatical de que Moisés pueda hablar de sí mismo en tercera persona, porque cualquier hombre puede hablar de sí mismo de esa manera, no puede admitirse como un hecho en esos libros que es Moisés quien habla, sin hacer que Moisés sea verdaderamente ridículo y absurdo:—por ejemplo, Números xii. 3: “Y el varón Moisés era muy MANSO, más que todos los hombres que había sobre la faz de la tierra.” Si Moisés dijo esto de sí mismo, en lugar de ser el más manso de los hombres, fue uno de los más vanidosos y arrogantes timadores; y los defensores de esos libros ahora pueden tomar el lado que les plazca, porque ambos lados están en contra de ellos: si Moisés no fue el autor, los libros no tienen autoridad; y si fue el autor, el autor no tiene crédito, porque jactarse de la mansedumbre es lo contrario de la mansedumbre, y es una mentira en el sentimiento.

 

En Deuteronomio, el estilo y la manera de escribir marca más evidentemente que en los libros anteriores que Moisés no es el escritor. La manera aquí utilizada es dramática; el escritor abre el tema con un breve discurso introductorio, y luego presenta a Moisés como en el acto de hablar, y cuando ha hecho que Moisés termine su arenga, él (el escritor) continúa con su propia parte y habla hasta que presenta a Moisés de nuevo. , y finalmente cierra la escena con un relato de la muerte, el funeral y el carácter de Moisés.

 

Este intercambio de hablantes ocurre cuatro veces en este libro: desde el primer verso del primer capítulo, hasta el final del quinto verso, es el escritor quien habla; luego presenta a Moisés como en el acto de hacer su arenga, y esto continúa hasta el final del versículo 40 del cuarto capítulo; aquí el escritor deja caer a Moisés y habla históricamente de lo que se hizo como consecuencia de lo que se supone que dijo Moisés, cuando vivía, y que el escritor ha ensayado dramáticamente.

 

El escritor vuelve a abrir el tema en el primer versículo del quinto capítulo, aunque es sólo diciendo que Moisés reunió al pueblo de Israel; luego presenta a Moisés como antes, y lo continúa como en el acto de hablar, hasta el final del capítulo 26. Hace lo mismo al comienzo del capítulo 27; y continúa Moisés como en el acto de hablar, hasta el final del capítulo 28. En el capítulo 29, el escritor habla de nuevo a través de todo el primer verso, y la primera línea del segundo verso, donde presenta a Moisés por última vez, y lo continúa como en el acto de hablar, hasta el final del 33. capítulo.

 

El escritor, habiendo terminado ahora el ensayo por parte de Moisés, se adelanta y habla a través de todo el último capítulo: comienza diciéndole al lector que Moisés subió a la cima del Pisga, que vio desde allí la tierra. que (dice el escritor) había sido prometido a Abraham, Isaac y Jacob; que él, Moisés, murió allí en la tierra de Moab, que lo sepultó en un valle en la tierra de Moab, pero que nadie sabe de su sepulcro hasta el día de hoy, es decir, hasta el tiempo en que vivió el escritor que escribió el libro de Deuteronomio. El escritor nos dice entonces, que Moisés tenía ciento diez años de edad cuando murió, que su ojo no se oscureció, ni su fuerza natural disminuyó; y concluye diciendo, que nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien, dice este escritor anónimo, el Señor conoció cara a cara.

 

Having thus shewn, as far as grammatical evidence implies, that Moses was not the writer of those books, I will, after making a few observations on the inconsistencies of the writer of the book of Deuteronomy, proceed to shew, from the historical and chronological evidence contained in those books, that Moses was not, because he could not be, the writer of them; and consequently, that there is no authority for believing that the inhuman and horrid butcheries of men, women, and children, told of in those books, were done, as those books say they were, at the command of God. It is a duty incumbent on every true deist, that he vindicates the moral justice of God against the calumnies of the Bible.

 

The writer of the book of Deuteronomy, whoever he was, for it is an anonymous work, is obscure, and also contradictory with himself in the account he has given of Moses.

 

After telling that Moses went to the top of Pisgah (and it does not appear from any account that he ever came down again) he tells us, that Moses died there in the land of Moab, and that he buried him in a valley in the land of Moab; but as there is no antecedent to the pronoun he, there is no knowing who he was, that did bury him. If the writer meant that he (God) buried him, how should he (the writer) know it? or why should we (the readers) believe him? since we know not who the writer was that tells us so, for certainly Moses could not himself tell where he was buried.

 

The writer also tells us, that no man knoweth where the sepulchre of Moses is unto this day, meaning the time in which this writer lived; how then should he know that Moses was buried in a valley in the land of Moab? for as the writer lived long after the time of Moses, as is evident from his using the expression of unto this day, meaning a great length of time after the death of Moses, he certainly was not at his funeral; and on the other hand, it is impossible that Moses himself could say that no man knoweth where the sepulchre is unto this day. To make Moses the speaker, would be an improvement on the play of a child that hides himself and cries nobody can find me; nobody can find Moses.

 

This writer has no where told us how he came by the speeches which he has put into the mouth of Moses to speak, and therefore we have a right to conclude that he either composed them himself, or wrote them from oral tradition. One or other of these is the more probable, since he has given, in the fifth chapter, a table of commandments, in which that called the fourth commandment is different from the fourth commandment in the twentieth chapter of Exodus. In that of Exodus, the reason given for keeping the seventh day is, because (says the commandment) God made the heavens and the earth in six days, and rested on the seventh; but in that of Deuteronomy, the reason given is, that it was the day on which the children of Israel came out of Egypt, and therefore, says this commandment, the Lord thy God commanded thee to keep the sabbath-day This makes no mention of the creation, nor that of the coming out of Egypt. There are also many things given as laws of Moses in this book, that are not to be found in any of the other books; among which is that inhuman and brutal law, xxi. 18, 19, 20, 21, which authorizes parents, the father and the mother, to bring their own children to have them stoned to death for what it pleased them to call stubbornness.—But priests have always been fond of preaching up Deuteronomy, for Deuteronomy preaches up tythes; and it is from this book, xxv. 4, they have taken the phrase, and applied it to tything, that “thou shalt not muzzle the ox when he treadeth Out the corn:” and that this might not escape observation, they have noted it in the table of contents at the head of the chapter, though it is only a single verse of less than two lines. O priests! priests! ye are willing to be compared to an ox, for the sake of tythes. [An elegant pocket edition of Paine’s Theological Works (London. R. Carlile, 1822) has in its title a picture of Paine, as a Moses in evening dress, unfolding the two tables of his “Age of Reason” to a farmer from whom the Bishop of Llandaff (who replied to this work) has taken a sheaf and a lamb which he is carrying to a church at the summit of a well stocked hill.—Editor.]—Though it is impossible for us to know identically who the writer of Deuteronomy was, it is not difficult to discover him professionally, that he was some Jewish priest, who lived, as I shall shew in the course of this work, at least three hundred and fifty years after the time of Moses.

 

I come now to speak of the historical and chronological evidence. The chronology that I shall use is the Bible chronology; for I mean not to go out of the Bible for evidence of any thing, but to make the Bible itself prove historically and chronologically that Moses is not the author of the books ascribed to him. It is therefore proper that I inform the readers (such an one at least as may not have the opportunity of knowing it) that in the larger Bibles, and also in some smaller ones, there is a series of chronology printed in the margin of every page for the purpose of showing how long the historical matters stated in each page happened, or are supposed to have happened, before Christ, and consequently the distance of time between one historical circumstance and another.

 

I begin with the book of Genesis.—In Genesis xiv., the writer gives an account of Lot being taken prisoner in a battle between the four kings against five, and carried off; and that when the account of Lot being taken came to Abraham, that he armed all his household and marched to rescue Lot from the captors; and that he pursued them unto Dan. (ver. 14.)

 

To shew in what manner this expression of Pursuing them unto Dan applies to the case in question, I will refer to two circumstances, the one in America, the other in France. The city now called New York, in America, was originally New Amsterdam; and the town in France, lately called Havre Marat, was before called Havre-de-Grace. New Amsterdam was changed to New York in the year 1664; Havre-de-Grace to Havre Marat in the year 1793. Should, therefore, any writing be found, though without date, in which the name of New-York should be mentioned, it would be certain evidence that such a writing could not have been written before, and must have been written after New Amsterdam was changed to New York, and consequently not till after the year 1664, or at least during the course of that year. And in like manner, any dateless writing, with the name of Havre Marat, would be certain evidence that such a writing must have been written after Havre-de-Grace became Havre Marat, and consequently not till after the year 1793, or at least during the course of that year.

 

I now come to the application of those cases, and to show that there was no such place as Dan till many years after the death of Moses; and consequently, that Moses could not be the writer of the book of Genesis, where this account of pursuing them unto Dan is given.

 

The place that is called Dan in the Bible was originally a town of the Gentiles, called Laish; and when the tribe of Dan seized upon this town, they changed its name to Dan, in commemoration of Dan, who was the father of that tribe, and the great grandson of Abraham.

 

To establish this in proof, it is necessary to refer from Genesis to chapter xviii. of the book called the Book of judges. It is there said (ver. 27) that “they (the Danites) came unto Laish to a people that were quiet and secure, and they smote them with the edge of the sword [the Bible is filled with murder] and burned the city with fire; and they built a city, (ver. 28,) and dwelt therein, and [ver. 29,] they called the name of the city Dan, after the name of Dan, their father; howbeit the name of the city was Laish at the first.”

 

This account of the Danites taking possession of Laish and changing it to Dan, is placed in the book of Judges immediately after the death of Samson. The death of Samson is said to have happened B.C. 1120 and that of Moses B.C. 1451; and, therefore, according to the historical arrangement, the place was not called Dan till 331 years after the death of Moses.

 

There is a striking confusion between the historical and the chronological arrangement in the book of judges. The last five chapters, as they stand in the book, 17, 18, 19, 20, 21, are put chronologically before all the preceding chapters; they are made to be 28 years before the 16th chapter, 266 before the 15th, 245 before the 13th, 195 before the 9th, 90 before the 4th, and 15 years before the 1st chapter. This shews the uncertain and fabulous state of the Bible. According to the chronological arrangement, the taking of Laish, and giving it the name of Dan, is made to be twenty years after the death of Joshua, who was the successor of Moses; and by the historical order, as it stands in the book, it is made to be 306 years after the death of Joshua, and 331 after that of Moses; but they both exclude Moses from being the writer of Genesis, because, according to either of the statements, no such a place as Dan existed in the time of Moses; and therefore the writer of Genesis must have been some person who lived after the town of Laish had the name of Dan; and who that person was nobody knows, and consequently the book of Genesis is anonymous, and without authority.

 

I come now to state another point of historical and chronological evidence, and to show therefrom, as in the preceding case, that Moses is not the author of the book of Genesis.

 

In Genesis xxxvi. there is given a genealogy of the sons and descendants of Esau, who are called Edomites, and also a list by name of the kings of Edom; in enumerating of which, it is said, verse 31, “And these are the kings that reigned in Edom, before there reigned any king over the children of Israel.”

 

Now, were any dateless writing to be found, in which, speaking of any past events, the writer should say, these things happened before there was any Congress in America, or before there was any Convention in France, it would be evidence that such writing could not have been written before, and could only be written after there was a Congress in America or a Convention in France, as the case might be; and, consequently, that it could not be written by any person who died before there was a Congress in the one country, or a Convention in the other.

 

Nothing is more frequent, as well in history as in conversation, than to refer to a fact in the room of a date: it is most natural so to do, because a fact fixes itself in the memory better than a date; secondly, because the fact includes the date, and serves to give two ideas at once; and this manner of speaking by circumstances implies as positively that the fact alluded to is past, as if it was so expressed. When a person in speaking upon any matter, says, it was before I was married, or before my son was born, or before I went to America, or before I went to France, it is absolutely understood, and intended to be understood, that he has been married, that he has had a son, that he has been in America, or been in France. Language does not admit of using this mode of expression in any other sense; and whenever such an expression is found anywhere, it can only be understood in the sense in which only it could have been used.

 

The passage, therefore, that I have quoted—that “these are the kings that reigned in Edom, before there reigned any king over the children of Israel,” could only have been written after the first king began to reign over them; and consequently that the book of Genesis, so far from having been written by Moses, could not have been written till the time of Saul at least. This is the positive sense of the passage; but the expression, any king, implies more kings than one, at least it implies two, and this will carry it to the time of David; and, if taken in a general sense, it carries itself through all times of the Jewish monarchy.

 

Had we met with this verse in any part of the Bible that professed to have been written after kings began to reign in Israel, it would have been impossible not to have seen the application of it. It happens then that this is the case; the two books of Chronicles, which give a history of all the kings of Israel, are professedly, as well as in fact, written after the Jewish monarchy began; and this verse that I have quoted, and all the remaining verses of Genesis xxxvi. are, word for word, In 1 Chronicles i., beginning at the 43d verse.

 

It was with consistency that the writer of the Chronicles could say as he has said, 1 Chron. i. 43, “These are the kings that reigned in Edom, before there reigned any king over the children of Israel,” because he was going to give, and has given, a list of the kings that had reigned in Israel; but as it is impossible that the same expression could have been used before that period, it is as certain as any thing can be proved from historical language, that this part of Genesis is taken from Chronicles, and that Genesis is not so old as Chronicles, and probably not so old as the book of Homer, or as Æsop’s Fables; admitting Homer to have been, as the tables of chronology state, contemporary with David or Solomon, and Æsop to have lived about the end of the Jewish monarchy.

 

Take away from Genesis the belief that Moses was the author, on which only the strange belief that it is the word of God has stood, and there remains nothing of Genesis but an anonymous book of stories, fables, and traditionary or invented absurdities, or of downright lies. The story of Eve and the serpent, and of Noah and his ark, drops to a level with the Arabian Tales, without the merit of being entertaining, and the account of men living to eight and nine hundred years becomes as fabulous as the immortality of the giants of the Mythology.

 

Besides, the character of Moses, as stated in the Bible, is the most horrid that can be imagined. If those accounts be true, he was the wretch that first began and carried on wars on the score or on the pretence of religion; and under that mask, or that infatuation, committed the most unexampled atrocities that are to be found in the history of any nation. Of which I will state only one instance:

 

When the Jewish army returned from one of their plundering and murdering excursions, the account goes on as follows (Numbers xxxi. 13): “And Moses, and Eleazar the priest, and all the princes of the congregation, went forth to meet them without the camp; and Moses was wroth with the officers of the host, with the captains over thousands, and captains over hundreds, which came from the battle; and Moses said unto them, ‘Have ye saved all the women alive?’ behold, these caused the children of Israel, through the counsel of Balaam, to commit trespass against the Lord in the matter of Peor, and there was a plague among the congregation of the Lord. Now therefore, ‘kill every male among the little ones, and kill every woman that hath known a man by lying with him; but all the women-children that have not known a man by lying with him, keep alive for Yourselves.’”

 

Among the detestable villains that in any period of the world have disgraced the name of man, it is impossible to find a greater than Moses, if this account be true. Here is an order to butcher the boys, to massacre the mothers, and debauch the daughters.

 

Let any mother put herself in the situation of those mothers, one child murdered, another destined to violation, and herself in the hands of an executioner: let any daughter put herself in the situation of those daughters, destined as a prey to the murderers of a mother and a brother, and what will be their feelings? It is in vain that we attempt to impose upon nature, for nature will have her course, and the religion that tortures all her social ties is a false religion.

 

After this detestable order, follows an account of the plunder taken, and the manner of dividing it; and here it is that the profaneings of priestly hypocrisy increases the catalogue of crimes. Verse 37, “And the Lord’s tribute of the sheep was six hundred and threescore and fifteen; and the beeves were thirty and six thousand, of which the Lord’s tribute was threescore and twelve; and the asses were thirty thousand, of which the Lord’s tribute was threescore and one; and the persons were sixteen thousand, of which the Lord’s tribute was thirty and two.” In short, the matters contained in this chapter, as well as in many other parts of the Bible, are too horrid for humanity to read, or for decency to hear; for it appears, from the 35th verse of this chapter, that the number of women-children consigned to debauchery by the order of Moses was thirty-two thousand.

 

People in general know not what wickedness there is in this pretended word of God. Brought up in habits of superstition, they take it for granted that the Bible is true, and that it is good; they permit themselves not to doubt of it, and they carry the ideas they form of the benevolence of the Almighty to the book which they have been taught to believe was written by his authority. Good heavens! it is quite another thing, it is a book of lies, wickedness, and blasphemy; for what can be greater blasphemy, than to ascribe the wickedness of man to the orders of the Almighty!

 

But to return to my subject, that of showing that Moses is not the author of the books ascribed to him, and that the Bible is spurious. The two instances I have already given would be sufficient, without any additional evidence, to invalidate the authenticity of any book that pretended to be four or five hundred years more ancient than the matters it speaks of, refers to, them as facts; for in the case of pursuing them unto Dan, and of the kings that reigned over the children of Israel; not even the flimsy pretence of prophecy can be pleaded. The expressions are in the preter tense, and it would be downright idiotism to say that a man could prophecy in the preter tense.

 

But there are many other passages scattered throughout those books that unite in the same point of evidence. It is said in Exodus, (another of the books ascribed to Moses,) xvi. 35: “And the children of Israel did eat manna until they came to a land inhabited; they did eat manna until they came unto the borders of the land of Canaan.”

 

Whether the children of Israel ate manna or not, or what manna was, or whether it was anything more than a kind of fungus or small mushroom, or other vegetable substance common to that part of the country, makes no part of my argument; all that I mean to show is, that it is not Moses that could write this account, because the account extends itself beyond the life time of Moses. Moses, according to the Bible, (but it is such a book of lies and contradictions there is no knowing which part to believe, or whether any) died in the wilderness, and never came upon the borders of ‘the land of Canaan; and consequently, it could not be he that said what the children of Israel did, or what they ate when they came there. This account of eating manna, which they tell us was written by Moses, extends itself to the time of Joshua, the successor of Moses, as appears by the account given in the book of Joshua, after the children of Israel had passed the river Jordan, and came into the borders of the land of Canaan. Joshua, v. 12: “And the manna ceased on the morrow, after they had eaten of the old corn of the land; neither had the children of Israel manna any more, but they did eat of the fruit of the land of Canaan that year.”

 

But a more remarkable instance than this occurs in Deuteronomy; which, while it shows that Moses could not be the writer of that book, shows also the fabulous notions that prevailed at that time about giants’ In Deuteronomy iii. 11, among the conquests said to be made by Moses, is an account of the taking of Og, king of Bashan: “For only Og, king of Bashan, remained of the race of giants; behold, his bedstead was a bedstead of iron; is it not in Rabbath of the children of Ammon? nine cubits was the length thereof, and four cubits the breadth of it, after the cubit of a man.” A cubit is 1 foot 9 888/1000 inches; the length therefore of the bed was 16 feet 4 inches, and the breadth 7 feet 4 inches: thus much for this giant’s bed. Now for the historical part, which, though the evidence is not so direct and positive as in the former cases, is nevertheless very presumable and corroborating evidence, and is better than the best evidence on the contrary side.

 

The writer, by way of proving the existence of this giant, refers to his bed, as an ancient relick, and says, is it not in Rabbath (or Rabbah) of the children of Ammon? meaning that it is; for such is frequently the bible method of affirming a thing. But it could not be Moses that said this, because Moses could know nothing about Rabbah, nor of what was in it. Rabbah was not a city belonging to this giant king, nor was it one of the cities that Moses took. The knowledge therefore that this bed was at Rabbah, and of the particulars of its dimensions, must be referred to the time when Rabbah was taken, and this was not till four hundred years after the death of Moses; for which, see 2 Sam. xii. 26: “And Joab [David’s general] fought against Rabbah of the children of Ammon, and took the royal city,” etc.

 

As I am not undertaking to point out all the contradictions in time, place, and circumstance that abound in the books ascribed to Moses, and which prove to demonstration that those books could not be written by Moses, nor in the time of Moses, I proceed to the book of Joshua, and to shew that Joshua is not the author of that book, and that it is anonymous and without authority. The evidence I shall produce is contained in the book itself: I will not go out of the Bible for proof against the supposed authenticity of the Bible. False testimony is always good against itself.

 

Joshua, according to Joshua i., was the immediate successor of Moses; he was, moreover, a military man, which Moses was not; and he continued as chief of the people of Israel twenty-five years; that is, from the time that Moses died, which, according to the Bible chronology, was B.C. 1451, until B.C. 1426, when, according to the same chronology, Joshua died. If, therefore, we find in this book, said to have been written by Joshua, references to facts done after the death of Joshua, it is evidence that Joshua could not be the author; and also that the book could not have been written till after the time of the latest fact which it records. As to the character of the book, it is horrid; it is a military history of rapine and murder, as savage and brutal as those recorded of his predecessor in villainy and hypocrisy, Moses; and the blasphemy consists, as in the former books, in ascribing those deeds to the orders of the Almighty.

 

In the first place, the book of Joshua, as is the case in the preceding books, is written in the third person; it is the historian of Joshua that speaks, for it would have been absurd and vainglorious that Joshua should say of himself, as is said of him in the last verse of the sixth chapter, that “his fame was noised throughout all the country.”—I now come more immediately to the proof.

 

In Joshua xxiv. 31, it is said “And Israel served the Lord all the days of Joshua, and all the days of the elders that over-lived Joshua.” Now, in the name of common sense, can it be Joshua that relates what people had done after he was dead? This account must not only have been written by some historian that lived after Joshua, but that lived also after the elders that out-lived Joshua.

 

There are several passages of a general meaning with respect to time, scattered throughout the book of Joshua, that carries the time in which the book was written to a distance from the time of Joshua, but without marking by exclusion any particular time, as in the passage above quoted. In that passage, the time that intervened between the death of Joshua and the death of the elders is excluded descriptively and absolutely, and the evidence substantiates that the book could not have been written till after the death of the last.

 

But though the passages to which I allude, and which I am going to quote, do not designate any particular time by exclusion, they imply a time far more distant from the days of Joshua than is contained between the death of Joshua and the death of the elders. Such is the passage, x. 14, where, after giving an account that the sun stood still upon Gibeon, and the moon in the valley of Ajalon, at the command of Joshua, (a tale only fit to amuse children) [NOTE: This tale of the sun standing still upon Motint Gibeon, and the moon in the valley of Ajalon, is one of those fables that detects itself. Such a circumstance could not have happened without being known all over the world. One half would have wondered why the sun did not rise, and the other why it did not set; and the tradition of it would be universal; whereas there is not a nation in the world that knows anything about it. But why must the moon stand still? What occasion could there be for moonlight in the daytime, and that too whilst the sun shined? As a poetical figure, the whole is well enough; it is akin to that in the song of Deborah and Barak, The stars in their courses fought against Sisera; but it is inferior to the figurative declaration of Mahomet to the persons who came to expostulate with him on his goings on, Wert thou, said he, to come to me with the sun in thy right hand and the moon in thy left, it should not alter my career. For Joshua to have exceeded Mahomet, he should have put the sun and moon, one in each pocket, and carried them as Guy Faux carried his dark lanthorn, and taken them out to shine as he might happen to want them. The sublime and the ridiculous are often so nearly related that it is difficult to class them separately. One step above the sublime makes the ridiculous, and one step above the ridiculous makes the sublime again; the account, however, abstracted from the poetical fancy, shews the ignorance of Joshua, for he should have commanded the earth to have stood still.—Author.] the passage says: “And there was no day like that, before it, nor after it, that the Lord hearkened to the voice of a man.”

 

The time implied by the expression after it, that is, after that day, being put in comparison with all the time that passed before it, must, in order to give any expressive signification to the passage, mean a great length of time:—for example, it would have been ridiculous to have said so the next day, or the next week, or the next month, or the next year; to give therefore meaning to the passage, comparative with the wonder it relates, and the prior time it alludes to, it must mean centuries of years; less however than one would be trifling, and less than two would be barely admissible.

 

A distant, but general time is also expressed in chapter viii.; where, after giving an account of the taking the city of Ai, it is said, ver. 28th, “And Joshua burned Ai, and made it an heap for ever, a desolation unto this day;” and again, ver. 29, where speaking of the king of Ai, whom Joshua had hanged, and buried at the entering of the gate, it is said, “And he raised thereon a great heap of stones, which remaineth unto this day,” that is, unto the day or time in which the writer of the book of Joshua lived. And again, in chapter x. where, after speaking of the five kings whom Joshua had hanged on five trees, and then thrown in a cave, it is said, “And he laid great stones on the cave’s mouth, which remain unto this very day.”

 

In enumerating the several exploits of Joshua, and of the tribes, and of the places which they conquered or attempted, it is said, xv. 63, “As for the Jebusites, the inhabitants of Jerusalem, the children of Judah could not drive them out; but the Jebusites dwell with the children of Judah AT JERUSALEM unto this day.” The question upon this passage is, At what time did the Jebusites and the children of Judah dwell together at Jerusalem? As this matter occurs again in judges i. I shall reserve my observations till I come to that part.

 

Having thus shewn from the book of Joshua itself, without any auxiliary evidence whatever, that Joshua is not the author of that book, and that it is anonymous, and consequently without authority, I proceed, as before-mentioned, to the book of Judges.

 

The book of Judges is anonymous on the face of it; and, therefore, even the pretence is wanting to call it the word of God; it has not so much as a nominal voucher; it is altogether fatherless.

 

This book begins with the same expression as the book of Joshua. That of Joshua begins, chap i. 1, Now after the death of Moses, etc., and this of the Judges begins, Now after the death of Joshua, etc. This, and the similarity of stile between the two books, indicate that they are the work of the same author; but who he was, is altogether unknown; the only point that the book proves is that the author lived long after the time of Joshua; for though it begins as if it followed immediately after his death, the second chapter is an epitome or abstract of the whole book, which, according to the Bible chronology, extends its history through a space of 306 years; that is, from the death of Joshua, B.C. 1426 to the death of Samson, B.C. 1120, and only 25 years before Saul went to seek his father’s asses, and was made king. But there is good reason to believe, that it was not written till the time of David, at least, and that the book of Joshua was not written before the same time.

 

In Judges i., the writer, after announcing the death of Joshua, proceeds to tell what happened between the children of Judah and the native inhabitants of the land of Canaan. In this statement the writer, having abruptly mentioned Jerusalem in the 7th verse, says immediately after, in the 8th verse, by way of explanation, “Now the children of Judah had fought against Jerusalem, and taken it;” consequently this book could not have been written before Jerusalem had been taken. The reader will recollect the quotation I have just before made from Joshua xv. 63, where it said that the Jebusites dwell with the children of Judah at Jerusalem at this day; meaning the time when the book of Joshua was written.

 

The evidence I have already produced to prove that the books I have hitherto treated of were not written by the persons to whom they are ascribed, nor till many years after their death, if such persons ever lived, is already so abundant, that I can afford to admit this passage with less weight than I am entitled to draw from it. For the case is, that so far as the Bible can be credited as an history, the city of Jerusalem was not taken till the time of David; and consequently, that the book of Joshua, and of Judges, were not written till after the commencement of the reign of David, which was 370 years after the death of Joshua.

 

The name of the city that was afterward called Jerusalem was originally Jebus, or Jebusi, and was the capital of the Jebusites. The account of David’s taking this city is given in 2 Samuel, v. 4, etc.; also in 1 Chron. xiv. 4, etc. There is no mention in any part of the Bible that it was ever taken before, nor any account that favours such an opinion. It is not said, either in Samuel or in Chronicles, that they “utterly destroyed men, women and children, that they left not a soul to breathe,” as is said of their other conquests; and the silence here observed implies that it was taken by capitulation; and that the Jebusites, the native inhabitants, continued to live in the place after it was taken. The account therefore, given in Joshua, that “the Jebusites dwell with the children of Judah” at Jerusalem at this day, corresponds to no other time than after taking the city by David.

 

Having now shown that every book in the Bible, from Genesis to Judges, is without authenticity, I come to the book of Ruth, an idle, bungling story, foolishly told, nobody knows by whom, about a strolling country-girl creeping slily to bed to her cousin Boaz. [The text of Ruth does not imply the unpleasant sense Paine’s words are likely to convey.—Editor.] Pretty stuff indeed to be called the word of God. It is, however, one of the best books in the Bible, for it is free from murder and rapine.

 

I come next to the two books of Samuel, and to shew that those books were not written by Samuel, nor till a great length of time after the death of Samuel; and that they are, like all the former books, anonymous, and without authority.

 

To be convinced that these books have been written much later than the time of Samuel, and consequently not by him, it is only necessary to read the account which the writer gives of Saul going to seek his father’s asses, and of his interview with Samuel, of whom Saul went to enquire about those lost asses, as foolish people now-a-days go to a conjuror to enquire after lost things.

 

The writer, in relating this story of Saul, Samuel, and the asses, does not tell it as a thing that had just then happened, but as an ancient story in the time this writer lived; for he tells it in the language or terms used at the time that Samuel lived, which obliges the writer to explain the story in the terms or language used in the time the writer lived.

 

Samuel, in the account given of him in the first of those books, chap. ix. 13 called the seer; and it is by this term that Saul enquires after him, ver. 11, “And as they [Saul and his servant] went up the hill to the city, they found young maidens going out to draw water; and they said unto them, Is the seer here?” Saul then went according to the direction of these maidens, and met Samuel without knowing him, and said unto him, ver. 18, “Tell me, I pray thee, where the seer’s house is? and Samuel answered Saul, and said, I am the seer.”

 

As the writer of the book of Samuel relates these questions and answers, in the language or manner of speaking used in the time they are said to have been spoken, and as that manner of speaking was out of use when this author wrote, he found it necessary, in order to make the story understood, to explain the terms in which these questions and answers are spoken; and he does this in the 9th verse, where he says, “Before-time in Israel, when a man went to enquire of God, thus he spake, Come let us go to the seer; for he that is now called a prophet, was before-time called a seer.” This proves, as I have before said, that this story of Saul, Samuel, and the asses, was an ancient story at the time the book of Samuel was written, and consequently that Samuel did not write it, and that the book is without authenticity.

 

But if we go further into those books the evidence is still more positive that Samuel is not the writer of them; for they relate things that did not happen till several years after the death of Samuel. Samuel died before Saul; for i Samuel, xxviii. tells, that Saul and the witch of Endor conjured Samuel up after he was dead; yet the history of matters contained in those books is extended through the remaining part of Saul’s life, and to the latter end of the life of David, who succeeded Saul. The account of the death and burial of Samuel (a thing which he could not write himself) is related in i Samuel xxv.; and the chronology affixed to this chapter makes this to be B.C. 1060; yet the history of this first book is brought down to B.C. 1056, that is, to the death of Saul, which was not till four years after the death of Samuel.

 

The second book of Samuel begins with an account of things that did not happen till four years after Samuel was dead; for it begins with the reign of David, who succeeded Saul, and it goes on to the end of David’s reign, which was forty-three years after the death of Samuel; and, therefore, the books are in themselves positive evidence that they were not written by Samuel.

 

I have now gone through all the books in the first part of the Bible, to which the names of persons are affixed, as being the authors of those books, and which the church, styling itself the Christian church, have imposed upon the world as the writings of Moses, Joshua and Samuel; and I have detected and proved the falsehood of this imposition.—And now ye priests, of every description, who have preached and written against the former part of the ‘Age of Reason,’ what have ye to say? Will ye with all this mass of evidence against you, and staring you in the face, still have the assurance to march into your pulpits, and continue to impose these books on your congregations, as the works of inspired penmen and the word of God? when it is as evident as demonstration can make truth appear, that the persons who ye say are the authors, are not the authors, and that ye know not who the authors are. What shadow of pretence have ye now to produce for continuing the blasphemous fraud? What have ye still to offer against the pure and moral religion of deism, in support of your system of falsehood, idolatry, and pretended revelation? Had the cruel and murdering orders, with which the Bible is filled, and the numberless torturing executions of men, women, and children, in consequence of those orders, been ascribed to some friend, whose memory you revered, you would have glowed with satisfaction at detecting the falsehood of the charge, and gloried in defending his injured fame. It is because ye are sunk in the cruelty of superstition, or feel no interest in the honour of your Creator, that ye listen to the horrid tales of the Bible, or hear them with callous indifference. The evidence I have produced, and shall still produce in the course of this work, to prove that the Bible is without authority, will, whilst it wounds the stubbornness of a priest, relieve and tranquillize the minds of millions: it will free them from all those hard thoughts of the Almighty which priestcraft and the Bible had infused into their minds, and which stood in everlasting opposition to all their ideas of his moral justice and benevolence.

 

I come now to the two books of Kings, and the two books of Chronicles.—Those books are altogether historical, and are chiefly confined to the lives and actions of the Jewish kings, who in general were a parcel of rascals: but these are matters with which we have no more concern than we have with the Roman emperors, or Homer’s account of the Trojan war. Besides which, as those books are anonymous, and as we know nothing of the writer, or of his character, it is impossible for us to know what degree of credit to give to the matters related therein. Like all other ancient histories, they appear to be a jumble of fable and of fact, and of probable and of improbable things, but which distance of time and place, and change of circumstances in the world, have rendered obsolete and uninteresting.

 

The chief use I shall make of those books will be that of comparing them with each other, and with other parts of the Bible, to show the confusion, contradiction, and cruelty in this pretended word of God.

 

The first book of Kings begins with the reign of Solomon, which, according to the Bible chronology, was B.C. 1015; and the second book ends B.C. 588, being a little after the reign of Zedekiah, whom Nebuchadnezzar, after taking Jerusalem and conquering the Jews, carried captive to Babylon. The two books include a space of 427 years.

 

The two books of Chronicles are an history of the same times, and in general of the same persons, by another author; for it would be absurd to suppose that the same author wrote the history twice over. The first book of Chronicles (after giving the genealogy from Adam to Saul, which takes up the first nine chapters) begins with the reign of David; and the last book ends, as in the last book of Kings, soon, after the reign of Zedekiah, about B.C. 588. The last two verses of the last chapter bring the history 52 years more forward, that is, to 536. But these verses do not belong to the book, as I shall show when I come to speak of the book of Ezra.

 

The two books of Kings, besides the history of Saul, David, and Solomon, who reigned over all Israel, contain an abstract of the lives of seventeen kings, and one queen, who are stiled kings of Judah; and of nineteen, who are stiled kings of Israel; for the Jewish nation, immediately on the death of Solomon, split into two parties, who chose separate kings, and who carried on most rancorous wars against each other.

 

These two books are little more than a history of assassinations, treachery, and wars. The cruelties that the Jews had accustomed themselves to practise on the Canaanites, whose country they had savagely invaded, under a pretended gift from God, they afterwards practised as furiously on each other. Scarcely half their kings died a natural death, and in some instances whole families were destroyed to secure possession to the successor, who, after a few years, and sometimes only a few months, or less, shared the same fate. In 2 Kings x., an account is given of two baskets full of children’s heads, seventy in number, being exposed at the entrance of the city; they were the children of Ahab, and were murdered by the orders of Jehu, whom Elisha, the pretended man of God, had anointed to be king over Israel, on purpose to commit this bloody deed, and assassinate his predecessor. And in the account of the reign of Menahem, one of the kings of Israel who had murdered Shallum, who had reigned but one month, it is said, 2 Kings xv. 16, that Menahem smote the city of Tiphsah, because they opened not the city to him, and all the women therein that were with child he ripped up.

 

Could we permit ourselves to suppose that the Almighty would distinguish any nation of people by the name of his chosen people, we must suppose that people to have been an example to all the rest of the world of the purest piety and humanity, and not such a nation of ruffians and cut-throats as the ancient Jews were,—a people who, corrupted by and copying after such monsters and imposters as Moses and Aaron, Joshua, Samuel, and David, had distinguished themselves above all others on the face of the known earth for barbarity and wickedness. If we will not stubbornly shut our eyes and steel our hearts it is impossible not to see, in spite of all that long-established superstition imposes upon the mind, that the flattering appellation of his chosen people is no other than a LIE which the priests and leaders of the Jews had invented to cover the baseness of their own characters; and which Christian priests sometimes as corrupt, and often as cruel, have professed to believe.

 

The two books of Chronicles are a repetition of the same crimes; but the history is broken in several places, by the author leaving out the reign of some of their kings; and in this, as well as in that of Kings, there is such a frequent transition from kings of Judah to kings of Israel, and from kings of Israel to kings of Judah, that the narrative is obscure in the reading. In the same book the history sometimes contradicts itself: for example, in 2 Kings, i. 17, we are told, but in rather ambiguous terms, that after the death of Ahaziah, king of Israel, Jehoram, or Joram, (who was of the house of Ahab), reigned in his stead in the second Year of Jehoram, or Joram, son of Jehoshaphat, king of Judah; and in viii. 16, of the same book, it is said, “And in the fifth year of Joram, the son of Ahab, king of Israel, Jehoshaphat being then king of Judah, Jehoram, the son of Jehoshaphat king of judah, began to reign.” That is, one chapter says Joram of Judah began to reign in the second year of Joram of Israel; and the other chapter says, that Joram of Israel began to reign in the fifth year of Joram of Judah.

 

Several of the most extraordinary matters related in one history, as having happened during the reign of such or such of their kings, are not to be found in the other, in relating the reign of the same king: for example, the two first rival kings, after the death of Solomon, were Rehoboam and Jeroboam; and in i Kings xii. and xiii. an account is given of Jeroboam making an offering of burnt incense, and that a man, who is there called a man of God, cried out against the altar (xiii. 2): “O altar, altar! thus saith the Lord: Behold, a child shall be born unto the house of David, Josiah by name, and upon thee shall he offer the priests of the high places that burn incense upon thee, and men’s bones shall be burned upon thee.” Verse 4: “And it came to pass, when king Jeroboam heard the saying of the man of God, which had cried against the altar in Bethel, that he put forth his hand from the altar, saying, Lay hold on him; and his hand which he put out against him dried up so that he could not pull it again to him.”

 

One would think that such an extraordinary case as this, (which is spoken of as a judgement,) happening to the chief of one of the parties, and that at the first moment of the separation of the Israelites into two nations, would, if it,. had been true, have been recorded in both histories. But though men, in later times, have believed all that the prophets have said unto them, it does appear that those prophets, or historians, disbelieved each other: they knew each other too well.

 

A long account also is given in Kings about Elijah. It runs through several chapters, and concludes with telling, 2 Kings ii. 11, “And it came to pass, as they (Elijah and Elisha) still went on, and talked, that, behold, there appeared a chariot of fire and horses of fire, and parted them both asunder, and Elijah went up by a whirlwind into heaven.” Hum! this the author of Chronicles, miraculous as the story is, makes no mention of, though he mentions Elijah by name; neither does he say anything of the story related in the second chapter of the same book of Kings, of a parcel of children calling Elisha bald head; and that this man of God (ver. 24) “turned back, and looked upon them, and cursed them in the name of the Lord; and there came forth two she-bears out of the wood, and tare forty and two children of them.” He also passes over in silence the story told, 2 Kings xiii., that when they were burying a man in the sepulchre where Elisha had been buried, it happened that the dead man, as they were letting him down, (ver. 21) “touched the bones of Elisha, and he (the dead man) revived, and stood up on his feet.” The story does not tell us whether they buried the man, notwithstanding he revived and stood upon his feet, or drew him up again. Upon all these stories the writer of the Chronicles is as silent as any writer of the present day, who did not chose to be accused of lying, or at least of romancing, would be about stories of the same kind.

 

But, however these two historians may differ from each other with respect to the tales related by either, they are silent alike with respect to those men styled prophets whose writings fill up the latter part of the Bible. Isaiah, who lived in the time of Hezekiab, is mentioned in Kings, and again in Chronicles, when these histories are speaking of that reign; but except in one or two instances at most, and those very slightly, none of the rest are so much as spoken of, or even their existence hinted at; though, according to the Bible chronology, they lived within the time those histories were written; and some of them long before. If those prophets, as they are called, were men of such importance in their day, as the compilers of the Bible, and priests and commentators have since represented them to be, how can it be accounted for that not one of those histories should say anything about them?

 

The history in the books of Kings and of Chronicles is brought forward, as I have already said, to the year B.C. 588; it will, therefore, be proper to examine which of these prophets lived before that period.

 

Here follows a table of all the prophets, with the times in which they lived before Christ, according to the chronology affixed to the first chapter of each of the books of the prophets; and also of the number of years they lived before the books of Kings and Chronicles were written:

 

TABLE of the Prophets, with the time in which they lived before Christ,

and also before the books of Kings and Chronicles were written:

 

                      Years     Years before

       NAMES.         before     Kings and     Observations.

                      Christ.   Chronicles.

 

  Isaiah............... 760      172            mentioned.

 

 

                                                (mentioned only in

  Jeremiah............. 629       41            the last [two] chapters

                                                of Chronicles.

 

  Ezekiel.............. 595        7            not mentioned.

 

  Daniel............... 607       19            not mentioned.

 

  Hosea................ 785       97            not mentioned.

 

  Joel................. 800      212            not mentioned.

 

  Amos................. 789      199            not mentioned.

 

  Obadiah.............. 789      199            not mentioned.

 

  Jonah................ 862      274            see the note.

 

  Micah................ 750      162            not mentioned.

 

  Nahum................ 713      125            not mentioned.

 

  Habakkuk............. 620       38            not mentioned.

 

  Zepbaniah............ 630       42            not mentioned.

Haggai Zechariah all three after the year 588 Medachi [NOTE In 2 Kings xiv. 25, the name of Jonah is mentioned on account of the restoration of a tract of land by Jeroboam; but nothing further is said of him, nor is any allusion made to the book of Jonah, nor to his expedition to Nineveh, nor to his encounter with the whale.—Author.]

 

This table is either not very honourable for the Bible historians, or not very honourable for the Bible prophets; and I leave to priests and commentators, who are very learned in little things, to settle the point of etiquette between the two; and to assign a reason, why the authors of Kings and of Chronicles have treated those prophets, whom, in the former part of the ‘Age of Reason,’ I have considered as poets, with as much degrading silence as any historian of the present day would treat Peter Pindar.

 

I have one more observation to make on the book of Chronicles; after which I shall pass on to review the remaining books of the Bible.

 

In my observations on the book of Genesis, I have quoted a passage from xxxvi. 31, which evidently refers to a time, after that kings began to reign over the children of Israel; and I have shown that as this verse is verbatim the same as in 1 Chronicles i. 43, where it stands consistently with the order of history, which in Genesis it does not, that the verse in Genesis, and a great part of the 36th chapter, have been taken from Chronicles; and that the book of Genesis, though it is placed first in the Bible, and ascribed to Moses, has been manufactured by some unknown person, after the book of Chronicles was written, which was not until at least eight hundred and sixty years after the time of Moses.

 

The evidence I proceed by to substantiate this, is regular, and has in it but two stages. First, as I have already stated, that the passage in Genesis refers itself for time to Chronicles; secondly, that the book of Chronicles, to which this passage refers itself, was not begun to be written until at least eight hundred and sixty years after the time of Moses. To prove this, we have only to look into 1 Chronicles iii. 15, where the writer, in giving the genealogy of the descendants of David, mentions Zedekiah; and it was in the time of Zedekiah that Nebuchadnezzar conquered Jerusalem, B.C. 588, and consequently more than 860 years after Moses. Those who have superstitiously boasted of the antiquity of the Bible, and particularly of the books ascribed to Moses, have done it without examination, and without any other authority than that of one credulous man telling it to another: for, so far as historical and chronological evidence applies, the very first book in the Bible is not so ancient as the book of Homer, by more than three hundred years, and is about the same age with Æsop’s Fables.

 

I am not contending for the morality of Homer; on the contrary, I think it a book of false glory, and tending to inspire immoral and mischievous notions of honour; and with respect to Æsop, though the moral is in general just, the fable is often cruel; and the cruelty of the fable does more injury to the heart, especially in a child, than the moral does good to the judgment.

 

Having now dismissed Kings and Chronicles, I come to the next in course, the book of Ezra.

 

As one proof, among others I shall produce to shew the disorder in which this pretended word of God, the Bible, has been put together, and the uncertainty of who the authors were, we have only to look at the first three verses in Ezra, and the last two in 2 Chronicles; for by what kind of cutting and shuffling has it been that the first three verses in Ezra should be the last two verses in 2 Chronicles, or that the last two in 2 Chronicles should be the first three in Ezra? Either the authors did not know their own works or the compilers did not know the authors.

 

Last Two Verses of 2 Chronicles.

 

Ver. 22. Now in the first year of Cyrus, King of Persia, that the word of the Lord, spoken by the mouth of Jeremiah, might be accomplished, the Lord stirred up the spirit of Cyrus, king of Persia, that he made a proclamation throughout all his kingdom, and put it also in writing, saying.

 

earth hath the Lord God of heaven given me; and he hath charged me to build him an house in Jerusalem which is in Judah. Who is there among you of all his people? the Lord his God be with him, and let him go up. ***

 

First Three Verses of Ezra.

 

Ver. 1. Now in the first year of Cyrus, king of Persia, that the word of the Lord, by the mouth of Jeremiah, might be fulfilled, the Lord stirred up the spirit of Cyrus, king of Persia, that he made a proclamation throughout all his kingdom, and put it also in writing, saying.

 

2. Thus saith Cyrus, king of Persia, The Lord God of heaven hath given me all the kingdoms of the earth; and he hath charged me to build him an house at Jerusalem, which is in Judah.

 

3. Who is there among you of all his people? his God be with him, and let him go up to Jerusalem, which is in Judah, and build the house of the Lord God of Israel (he is the God) which is in Jerusalem.

 

*** The last verse in Chronicles is broken abruptly, and ends in the middle of the phrase with the word ‘up’ without signifying to what place. This abrupt break, and the appearance of the same verses in different books, show as I have already said, the disorder and ignorance in which the Bible has been put together, and that the compilers of it had no authority for what they were doing, nor we any authority for believing what they have done. [NOTE I observed, as I passed along, several broken and senseless passages in the Bible, without thinking them of consequence enough to be introduced in the body of the work; such as that, 1 Samuel xiii. 1, where it is said, “Saul reigned one year; and when he had reigned two years over Israel, Saul chose him three thousand men,” &c. The first part of the verse, that Saul reigned one year has no sense, since it does not tell us what Saul did, nor say any thing of what happened at the end of that one year; and it is, besides, mere absurdity to say he reigned one year, when the very next phrase says he had reigned two for if he had reigned two, it was impossible not to have reigned one.

 

Another instance occurs in Joshua v. where the writer tells us a story of an angel (for such the table of contents at the head of the chapter calls him) appearing unto Joshua; and the story ends abruptly, and without any conclusion. The story is as follows:—Ver. 13. “And it came to pass, when Joshua was by Jericho, that he lifted up his eyes and looked, and behold there stood a man over against him with his sword drawn in his hand; and Joshua went unto him and said unto him, Art thou for us, or for our adversaries?” Verse 14, “And he said, Nay; but as captain of the host of the Lord am I now come. And Joshua fell on his face to the earth, and did worship and said unto him, What saith my Lord unto his servant?” Verse 15, “And the captain of the Lord’s host said unto Joshua, Loose thy shoe from off thy foot; for the place whereon thou standeth is holy. And Joshua did so.”—And what then? nothing: for here the story ends, and the chapter too.

 

Either this story is broken off in the middle, or it is a story told by some Jewish humourist in ridicule of Joshua’s pretended mission from God, and the compilers of the Bible, not perceiving the design of the story, have told it as a serious matter. As a story of humour and ridicule it has a great deal of point; for it pompously introduces an angel in the figure of a man, with a drawn sword in his hand, before whom Joshua falls on his face to the earth, and worships (which is contrary to their second commandment;) and then, this most important embassy from heaven ends in telling Joshua to pull off his shoe. It might as well have told him to pull up his breeches.

 

It is certain, however, that the Jews did not credit every thing their leaders told them, as appears from the cavalier manner in which they speak of Moses, when he was gone into the mount. As for this Moses, say they, we wot not what is become of him. Exod. xxxii. 1.—Author.

 

The only thing that has any appearance of certainty in the book of Ezra is the time in which it was written, which was immediately after the return of the Jews from the Babylonian captivity, about B.C. 536. Ezra (who, according to the Jewish commentators, is the same person as is called Esdras in the Apocrypha) was one of the persons who returned, and who, it is probable, wrote the account of that affair. Nebemiah, whose book follows next to Ezra, was another of the returned persons; and who, it is also probable, wrote the account of the same affair, in the book that bears his name. But those accounts are nothing to us, nor to any other person, unless it be to the Jews, as a part of the history of their nation; and there is just as much of the word of God in those books as there is in any of the histories of France, or Rapin’s history of England, or the history of any other country.

 

Pero incluso en asuntos de registro histórico, no se puede depender de ninguno de esos escritores. En Esdras ii, el escritor da una lista de las tribus y familias, y del número exacto de almas de cada una, que regresaron de Babilonia a Jerusalén; y esta inscripción de las personas así devueltas parece haber sido uno de los principales objetivos para escribir el libro; pero en esto hay un error que destruye la intención de la empresa.

 

El escritor comienza su registro de la siguiente manera (ii. 3): "Los hijos de Parosh, dos mil ciento setenta y cuatro". versión 4, “Los hijos de Sefatías, trescientos setenta y dos”. Y así procede por todas las familias; y en el versículo 64, hace un total, y dice, toda la congregación junta era cuarenta y dos mil trescientos sesenta.

 

Pero quienquiera que se tome la molestia de enumerar los diversos detalles, encontrará que el total no es más que 29.818; por lo que el error es 12.542. Entonces, ¿qué certeza puede haber en la Biblia para cualquier cosa?

 

[Aquí el Sr. Paine incluye la larga lista de números de la Biblia de todos los niños enumerados y el total de los mismos. Esto se puede obtener directamente de la Biblia.]

 

Nehemías, de la misma manera, da una lista de las familias que regresaron y el número de cada familia. Comienza como en Esdras, diciendo (vii. 8): “Los hijos de Parosh, dos mil trescientos setenta y dos;” y así sucesivamente a través de todas las familias. (La lista difiere en varios detalles de la de Esdras.) En el ver. 66, Nehemías hace un total, y dice, como había dicho Esdras: “Toda la congregación junta era cuarenta y dos mil trescientos sesenta”. Pero los detalles de esta lista hacen un total de 31.089, por lo que el error aquí es 11.271. Estos escritores pueden funcionar lo suficientemente bien como creadores de Biblias, pero no para cualquier cosa donde la verdad y la exactitud sean necesarias.

 

El siguiente libro en curso es el libro de Ester. Si a la señora Ester le pareció un honor ofrecerse como amante mantenida a Asuero, o como rival de la reina Vasti, que se había negado a venir a un rey borracho en medio de una multitud de borrachos, para ser un espectáculo, ( porque el relato dice que habían estado bebiendo siete días, y estaban alegres,) que Ester y Mardoqueo miren eso, no es asunto nuestro, por lo menos no es asunto mío; además de lo cual, la historia tiene mucha apariencia de fabulosa, y además es anónima. Paso al libro de Job.

 

El libro de Job difiere en carácter de todos los libros que hemos pasado por alto hasta ahora. La traición y el asesinato no forman parte de este libro; son las meditaciones de una mente fuertemente impresionada con las vicisitudes de la vida humana, y que por turnos se hunde y lucha contra la presión. Es una composición muy trabajada, entre la sumisión voluntaria y el descontento involuntario; y muestra al hombre, como a veces está, más dispuesto a resignarse de lo que es capaz de estarlo. La paciencia tiene una pequeña participación en el carácter de la persona de quien trata el libro; por el contrario, su dolor es a menudo impetuoso; pero todavía se esfuerza por mantener una guardia sobre él, y parece decidido, en medio de la acumulación de males, a imponerse el duro deber de la satisfacción.

 

He hablado de manera respetuosa del libro de Job en la primera parte de la 'Edad de la Razón', pero sin saber en ese momento lo que he aprendido desde entonces; es decir, que de toda la evidencia que se puede reunir, el libro de Job no pertenece a la Biblia.

 

He visto la opinión de dos comentaristas hebreos, Abenezra y Spinoza, sobre este tema; ambos dicen que el libro de Job no contiene evidencia interna de ser un libro hebreo; que el genio de la composición y el drama de la pieza no son hebreos; que ha sido traducido de otro idioma al hebreo, y que el autor del libro era gentil; que el personaje representado bajo el nombre de Satanás (que es la primera y única vez que se menciona este nombre en la Biblia) [En un trabajo posterior, Paine señala que en “la Biblia” (por lo que siempre se refiere solo al Antiguo Testamento) el La palabra Satanás aparece también en 1 Crón. XXI. 1, y comenta que la acción allí atribuida a Satanás está en 2 Sam. xxiv. 1, atribuido a Jehová (“Ensayo sobre los sueños”). En estos lugares, sin embargo, y en Ps. cix. 6, Satanás significa "adversario", y así se traduce (COMO versión) en 2 Sam. xix. 22, y 1 Reyes v. 4, xi. 25. Como nombre propio, con el artículo, Satanás aparece en el Antiguo Testamento sólo en Job y en Zac. iii. 1, 2. Pero se ha cuestionado la autenticidad del pasaje de Zacarías, y puede ser que al encontrar el nombre propio de Satanás en Job solo, Paine estuviera siguiendo alguna opinión encontrada en una de las autoridades cuyos comentarios están condensados ​​en su párrafo.—Editor.] no corresponde a ninguna idea hebrea; y que las dos convocaciones que se supone que hizo la Deidad de aquellos a quienes el poema llama hijos de Dios, y la familiaridad que se afirma que este supuesto Satán tiene con la Deidad, son en el mismo caso. Pero la autenticidad del pasaje en Zacarías ha sido cuestionada, y puede ser que al encontrar el nombre propio de Satanás en Job solo, Paine estaba siguiendo alguna opinión encontrada en una de las autoridades cuyos comentarios están condensados ​​en este párrafo.—Editor .] no corresponde a ninguna idea hebrea; y que las dos convocaciones que se supone que hizo la Deidad de aquellos a quienes el poema llama hijos de Dios, y la familiaridad que se afirma que este supuesto Satán tiene con la Deidad, son en el mismo caso. Pero la autenticidad del pasaje en Zacarías ha sido cuestionada, y puede ser que al encontrar el nombre propio de Satanás en Job solo, Paine estaba siguiendo alguna opinión encontrada en una de las autoridades cuyos comentarios están condensados ​​en este párrafo.—Editor .] no corresponde a ninguna idea hebrea; y que las dos convocaciones que se supone que hizo la Deidad de aquellos a quienes el poema llama hijos de Dios, y la familiaridad que se afirma que este supuesto Satán tiene con la Deidad, son en el mismo caso.

 

También se puede observar que el libro se muestra como la producción de una mente cultivada en la ciencia, de la cual los judíos, lejos de ser famosos, eran muy ignorantes. Las alusiones a objetos de la filosofía natural son frecuentes y fuertes, y tienen un tono diferente a cualquier cosa en los libros que se sabe que son hebreos. Los nombres astronómicos, Pléyades, Orión y Arcturus, son nombres griegos y no hebreos, y no parece de nada que se encuentre en la Biblia que los judíos supieran algo de astronomía, o que la estudiaran, no tenían traducción de esos nombres a su propio idioma, pero adoptaron los nombres tal como los encontraron en el poema. [El crítico judío de Paine, David Levi, corrigió este desliz (“Defensa del Antiguo Testamento”, 1797, p. 152). En el original los nombres son Ash (Arcturus), Kesil' (Orión), Kimah' (Pléyades),

 

No hay duda de que los judíos tradujeron las producciones literarias de las naciones gentiles al idioma hebreo y las mezclaron con las suyas propias; Proverbios xxxi. i, es prueba de esto: allí está dicho: Palabra del rey Lemuel, la profecía que le enseñó su madre. Este versículo sirve de prefacio a los proverbios que siguen, y que no son proverbios de Salomón, sino de Lemuel; y este Lemuel no era uno de los reyes de Israel, ni de Judá, sino de algún otro país, y por lo tanto gentil. Los judíos, sin embargo, han adoptado sus proverbios; y como no pueden dar ningún relato de quién fue el autor del libro de Job, ni cómo llegaron a él, y como difiere en carácter de los escritos hebreos, y permanece totalmente desconectado de todos los demás libros y capítulos de la Biblia antes eso y después de eso, tiene toda la evidencia circunstancial de ser originalmente un libro de los gentiles. [La oración conocida con el nombre de Oración de Agur, en Proverbios xxx., inmediatamente anterior a los proverbios de Lemuel, y que es la única oración sensata, bien concebida y bien expresada en la Biblia, tiene mucha apariencia de siendo una oración tomada de los gentiles. El nombre de Agur no aparece en otra ocasión que en esta; y se le presenta, junto con la oración que se le atribuye, de la misma manera, y casi con las mismas palabras, que Lemuel y sus proverbios se presentan en el capítulo que sigue. El primer versículo dice, “Las palabras de Agur, el hijo de Jakeh, incluso la profecía”: aquí la palabra profecía se usa con la misma aplicación que tiene en el siguiente capítulo de Lemuel, sin conexión con nada de predicción. La oración de Agur está en los versículos 8 y 9: “Aparta de mí la vanidad y la mentira; no me des riquezas ni pobreza, sino aliméntame con el alimento conveniente para mí; no sea que me sacie y te niegue y diga: ¿Quién es el Señor? no sea que, siendo pobre, robe, y tome en vano el nombre de mi Dios”. Esta no tiene ninguna de las marcas de ser una oración judía, porque los judíos nunca oraban sino cuando estaban en problemas, y nunca por otra cosa que no fuera la victoria, la venganza o las riquezas.—Autor. (Prov. xxx. 1, y xxxi. 1) la palabra "profecía" en estos versículos se traduce como "oráculo" o "carga" (marg.) en la versión revisada. La oración de Agur fue citada por Paine en su súplica. para los oficiales de Impuestos Especiales, 1772.—Editor.] ¿Quién es el Señor? no sea que, siendo pobre, robe, y tome en vano el nombre de mi Dios”. Esta no tiene ninguna de las marcas de ser una oración judía, porque los judíos nunca oraban sino cuando estaban en problemas, y nunca por otra cosa que no fuera la victoria, la venganza o las riquezas.—Autor. (Prov. xxx. 1, y xxxi. 1) la palabra "profecía" en estos versículos se traduce como "oráculo" o "carga" (marg.) en la versión revisada. La oración de Agur fue citada por Paine en su súplica. para los oficiales de Impuestos Especiales, 1772.—Editor.] ¿Quién es el Señor? no sea que, siendo pobre, robe, y tome en vano el nombre de mi Dios”. Esta no tiene ninguna de las marcas de ser una oración judía, porque los judíos nunca oraban sino cuando estaban en problemas, y nunca por otra cosa que no fuera la victoria, la venganza o las riquezas.—Autor. (Prov. xxx. 1, y xxxi. 1) la palabra "profecía" en estos versículos se traduce como "oráculo" o "carga" (marg.) en la versión revisada. La oración de Agur fue citada por Paine en su súplica. para los oficiales de Impuestos Especiales, 1772.—Editor.]

 

Los creadores de la Biblia, y esos reguladores del tiempo, los cronólogos de la Biblia, parecen haber estado perdidos sobre dónde colocar y cómo deshacerse del libro de Job; porque no contiene ninguna circunstancia histórica, ni alusión a ninguna, que pueda servir para determinar su lugar en la Biblia. Pero no habría respondido al propósito de estos hombres haber informado al mundo de su ignorancia; y, por lo tanto, lo han fijado en la era de 1520 a. C., que es durante el tiempo que los israelitas estaban en Egipto, y para lo cual tienen tanta autoridad y no más de la que yo debería tener por decir que fue mil años antes. ese periodo. Sin embargo, lo más probable es que sea más antiguo que cualquier libro de la Biblia; y es el único que se puede leer sin indignación ni disgusto.

 

No sabemos nada de lo que era el antiguo mundo gentil (como se le llama) antes de la época de los judíos, cuya práctica ha sido calumniar y ennegrecer el carácter de todas las demás naciones; y es de los relatos judíos que hemos aprendido a llamarlos paganos. Pero, hasta donde sabemos lo contrario, eran un pueblo justo y moral, y no adictos, como los judíos, a la crueldad y la venganza, pero cuya profesión de fe desconocemos. Parece que tenían la costumbre de personificar tanto la virtud como el vicio en estatuas e imágenes, como se hace hoy en día tanto en la estatuaria como en la pintura; pero no se sigue de esto que los adoraran más que nosotros. Paso al libro de,

 

Psalms, of which it is not necessary to make much observation. Some of them are moral, and others are very revengeful; and the greater part relates to certain local circumstances of the Jewish nation at the time they were written, with which we have nothing to do. It is, however, an error or an imposition to call them the Psalms of David; they are a collection, as song-books are now-a-days, from different song-writers, who lived at different times. The 137th Psalm could not have been written till more than 400 years after the time of David, because it is written in commemoration of an event, the captivity of the Jews in Babylon, which did not happen till that distance of time. “By the rivers of Babylon we sat down; yea, we wept when we remembered Zion. We hanged our harps upon the willows, in the midst thereof; for there they that carried us away captive required of us a song, saying, sing us one of the songs of Zion.” As a man would say to an American, or to a Frenchman, or to an Englishman, sing us one of your American songs, or your French songs, or your English songs. This remark, with respect to the time this psalm was written, is of no other use than to show (among others already mentioned) the general imposition the world has been under with respect to the authors of the Bible. No regard has been paid to time, place, and circumstance; and the names of persons have been affixed to the several books which it was as impossible they should write, as that a man should walk in procession at his own funeral.

 

The Book of Proverbs. These, like the Psalms, are a collection, and that from authors belonging to other nations than those of the Jewish nation, as I have shewn in the observations upon the book of Job; besides which, some of the Proverbs ascribed to Solomon did not appear till two hundred and fifty years after the death of Solomon; for it is said in xxv. i, “These are also proverbs of Solomon which the men of Hezekiah, king of Judah, copied out.” It was two hundred and fifty years from the time of Solomon to the time of Hezekiah. When a man is famous and his name is abroad he is made the putative father of things he never said or did; and this, most probably, has been the case with Solomon. It appears to have been the fashion of that day to make proverbs, as it is now to make jest-books, and father them upon those who never saw them. [A “Tom Paine’s Jest Book” had appeared in London with little or nothing of Paine in it.—Editor.]

 

The book of Ecclesiastes, or the Preacher, is also ascribed to Solomon, and that with much reason, if not with truth. It is written as the solitary reflections of a worn-out debauchee, such as Solomon was, who looking back on scenes he can no longer enjoy, cries out All is Vanity! A great deal of the metaphor and of the sentiment is obscure, most probably by translation; but enough is left to show they were strongly pointed in the original. [Those that look out of the window shall be darkened, is an obscure figure in translation for loss of sight.—Author.] From what is transmitted to us of the character of Solomon, he was witty, ostentatious, dissolute, and at last melancholy. He lived fast, and died, tired of the world, at the age of fifty-eight years.

 

Seven hundred wives, and three hundred concubines, are worse than none; and, however it may carry with it the appearance of heightened enjoyment, it defeats all the felicity of affection, by leaving it no point to fix upon; divided love is never happy. This was the case with Solomon; and if he could not, with all his pretensions to wisdom, discover it beforehand, he merited, unpitied, the mortification he afterwards endured. In this point of view, his preaching is unnecessary, because, to know the consequences, it is only necessary to know the cause. Seven hundred wives, and three hundred concubines would have stood in place of the whole book. It was needless after this to say that all was vanity and vexation of spirit; for it is impossible to derive happiness from the company of those whom we deprive of happiness.

 

Para ser felices en la vejez es necesario que nos acostumbremos a objetos que puedan acompañar a la mente a lo largo de la vida, y que los demás los tomemos como buenos en su día. El mero hombre de placer es miserable en la vejez; y el mero esclavo en los negocios es poco mejor: mientras que la filosofía natural, la ciencia matemática y mecánica, son una fuente continua de placer tranquilo, y a pesar de los lúgubres dogmas de los sacerdotes y de la superstición, el estudio de esas cosas es el estudio de la verdadera teología; enseña al hombre a conocer y admirar al Creador, porque los principios de la ciencia están en la creación, son inmutables y de origen divino.

 

Los que conocieron a Benjamin Franklin recordarán que su mente era siempre joven; su temperamento siempre sereno; la ciencia, que nunca encanece, fue siempre su amante. Nunca estuvo sin un objeto; porque cuando dejamos de tener un objeto nos volvemos como un inválido en un hospital esperando la muerte.

 

Los cánticos de Salomón, bastante amorosos y tontos, pero que el arrugado fanatismo ha llamado divinos.—Los compiladores de la Biblia han colocado estos cánticos después del libro de Eclesiastés; y los cronólogos les han fijado la era de 1014 a. C., momento en el cual Salomón, según la misma cronología, tenía diecinueve años de edad y estaba entonces formando su serrallo de esposas y concubinas. Los hacedores de Biblias y los cronólogos debieron haber manejado un poco mejor este asunto, y no haber dicho nada sobre el tiempo, o haber elegido un tiempo menos inconsistente con la supuesta divinidad de esos cantos; porque Salomón estaba entonces en la luna de miel de mil libertinajes.

 

También se les debió haber ocurrido, que como escribió, si es que escribió, el libro de Eclesiastés, mucho después de estos cánticos, y en el que exclama que todo es vanidad y aflicción de espíritu, que incluyó esos cánticos en esa descripción . Esto es más probable, porque dice, o alguien por él, Eclesiastés ii. 8, conseguí cantantes masculinos y femeninos [muy probablemente para cantar esas canciones] e instrumentos musicales de todo tipo; y he aquí (Ver. ii), “todo era vanidad y aflicción de espíritu”. Sin embargo, los compiladores han hecho su trabajo a medias; porque así como nos han dado las canciones, deberían habernos dado las tonadas, para que las cantemos.

 

Los libros llamados libros de los Profetas llenan todo el resto de la Biblia; son dieciséis en número, comenzando con Isaías y terminando con Malaquías, de los cuales he dado una lista en las observaciones sobre Crónicas. De estos dieciséis profetas, todos los cuales excepto los últimos tres vivieron dentro del tiempo en que se escribieron los libros de Reyes y Crónicas, solo dos, Isaías y Jeremías, se mencionan en la historia de esos libros. Comenzaré con esos dos, reservándome lo que tengo que decir sobre el carácter general de los hombres llamados profetas para otra parte de la obra.

 

Quienquiera que se tome la molestia de leer el libro atribuido a Isaías, encontrará en él una de las composiciones más salvajes y desordenadas jamás reunidas; no tiene principio, ni medio, ni fin; y, excepto una breve parte histórica, y unos pocos esbozos de historia en los primeros dos o tres capítulos, es una diatriba incoherente y grandilocuente, llena de metáforas extravagantes, sin aplicación y desprovista de significado; un colegial difícilmente habría sido excusable por escribir tales cosas; es (al menos en la traducción) ese tipo de composición y falso gusto que se llama propiamente prosa enloquecida.

 

La parte histórica comienza en el capítulo xxxvi y continúa hasta el final del capítulo xxxix. Relata algunos asuntos que se dice que sucedieron durante el reinado de Ezequías, rey de Judá, en el cual vivió Isaías. Este fragmento de historia comienza y termina abruptamente; no tiene la menor relación con el capítulo que le precede, ni con el que le sigue, ni con ningún otro del libro. Es probable que Isaías escribiera él mismo este fragmento, porque era un actor en las circunstancias de las que trata; pero excepto esta parte, apenas hay dos capítulos que tengan alguna conexión entre sí. Uno se titula, al comienzo del primer versículo, la carga de Babilonia; otra, la carga de Moab; otra, la carga de Damasco; otra, la carga de Egipto; otra, la carga del Desierto del Mar; otro,

 

Ya he mostrado, en el caso de los dos últimos versículos de 2 Crónicas y los primeros tres de Esdras, que los compiladores de la Biblia mezclaron y confundieron entre sí los escritos de diferentes autores; lo cual por sí solo, si no hubiera otra causa, es suficiente para destruir la autenticidad de una compilación, porque es más que una prueba presuntiva de que los compiladores ignoran quiénes fueron los autores. Un ejemplo muy llamativo de esto ocurre en el libro atribuido a Isaías: la última parte del capítulo 44 y el comienzo del 45, lejos de haber sido escritos por Isaías, solo podrían haber sido escritos por una persona que vivió al menos ciento cincuenta años después de la muerte de Isaías.

 

Estos capítulos son un elogio a Ciro, quien permitió que los judíos regresaran a Jerusalén del cautiverio en Babilonia, para reconstruir Jerusalén y el templo, como se dice en Esdras. El último versículo del capítulo 44, y el comienzo del 45 [Isaías] están en las siguientes palabras: “Que dice de Ciro, él es mi pastor, y hará todo lo que yo quiero; aun diciendo a Jerusalén, serás edificada; y para el templo serán echados tus cimientos: así ha dicho Jehová a su ungido, a Ciro, a quien he asido de la mano derecha para someter delante de él naciones, y soltaré lomos de reyes para abrir delante de él puertas de dos hojas , y las puertas no se cerrarán; Yo iré delante de ti”, etc.

 

Qué audacia de la iglesia y de la ignorancia sacerdotal es imponer este libro al mundo como escrito de Isaías, cuando Isaías, según su propia cronología, murió poco después de la muerte de Ezequías, que fue en el año 698 aC; y el decreto de Ciro, a favor de que los judíos volvieran a Jerusalén, fue, según la misma cronología, el 536 aC; que es una distancia de tiempo entre los dos de 162 años. No supongo que los compiladores de la Biblia hicieron estos libros, sino que tomaron algunos ensayos anónimos sueltos y los juntaron bajo los nombres de los autores que mejor se adaptaban a su propósito. Han alentado la imposición, que está al lado de inventarla; porque era imposible pero ellos deben haberlo observado.

 

Cuando vemos el estudiado arte de los redactores de las escrituras, al hacer que cada parte de este romántico libro de elocuencia escolar se doblegue a la monstruosa idea de un Hijo de Dios, engendrado por un fantasma en el cuerpo de una virgen, no hay imposición de la que no tenemos derecho a sospechar. Cada frase y circunstancia están marcadas con la mano bárbara de la tortura supersticiosa, y forzadas a significados que les era imposible tener. El encabezado de cada capítulo y la parte superior de cada página están blasonados con los nombres de Cristo y la Iglesia, para que el lector desprevenido pueda absorber el error antes de comenzar a leer.

 

He aquí que una virgen concebirá y dará a luz un hijo (Isa. vii. I4), se ha interpretado como la persona llamada Jesucristo y su madre María, y ha tenido eco en la cristiandad durante más de mil años; y tal ha sido el furor de esta opinión, que apenas una mancha en ella ha quedado manchada de sangre y marcada con desolación a consecuencia de ella. Aunque no es mi intención entrar en controversia sobre temas de este tipo, sino limitarme a mostrar que la Biblia es espuria, y así, quitando el fundamento, derrocar de una vez toda la estructura de superstición levantada sobre ella, —Sin embargo, me detendré un momento para exponer la aplicación falaz de este pasaje.

 

Si Isaías estaba jugando una mala pasada con Acaz, rey de Judá, a quien se dirige este pasaje, no es asunto mío; Solo pretendo mostrar la mala aplicación del pasaje, y que no tiene más referencia a Cristo y su madre que a mí y a mi madre. La historia es simplemente esta:

 

El rey de Siria y el rey de Israel (ya he dicho que los judíos estaban divididos en dos naciones, una de las cuales se llamaba Judá, cuya capital era Jerusalén, y la otra Israel) hicieron guerra juntos contra Acaz, rey de Judá, y marcharon sus ejércitos hacia Jerusalén. Acaz y su pueblo se alarmaron, y dice el relato (Is. vii. 2), Sus corazones se conmovieron como los árboles del bosque se mueven con el viento.

 

En este estado de cosas, Isaías se dirige a Acaz, y le asegura en el nombre del Señor (frase cantada de todos los profetas) que estos dos reyes no triunfarán contra él; y para convencer a Acaz de que así debe ser, le dice que pida una señal. Esto, dice el relato, Acaz se negó a hacerlo; dando como razón que no tentaría al Señor; sobre lo cual Isaías, quien es el orador, dice, ver. 14, “Por tanto, el Señor mismo os dará una señal; he aquí una virgen concebirá y dará a luz un hijo;” y el versículo 16 dice: “Y antes que este niño sepa desechar el mal y elegir el bien, la tierra que tú aborreces o temes [refiriéndose a Siria y el reino de Israel] será abandonada de ambos reyes”. Aquí entonces estaba la señal, y el tiempo limitado para el cumplimiento de la seguridad o promesa; a saber,

 

Habiéndose comprometido Isaías hasta aquí, se le hizo necesario, para evitar la imputación de ser un falso profeta, y sus consecuencias, tomar medidas para hacer aparecer esta señal. Ciertamente no era cosa difícil, en ninguna época del mundo, encontrar una niña encinta, o dejarla embarazada; y tal vez Isaías sabía de uno de antemano; porque no creo que los profetas de ese día fueran más dignos de confianza que los sacerdotes de este: sea como fuere, dice en el próximo capítulo, ver. 2, “Y tomé para mí testigos fieles para registrar, Urías el sacerdote, y Zacarías el hijo de Jeberechiah, y fui a la profetisa, y ella concibió y dio a luz un hijo”.

 

He aquí, pues, toda la historia, por insensata que sea, de este niño y esta virgen; y es sobre la perversión descarada de esta historia que el libro de Mateo, y el descaro y sórdido interés de los sacerdotes en tiempos posteriores, han fundado una teoría, que ellos llaman el evangelio; y han aplicado esta historia para significar la persona a la que llaman Jesucristo; engendrado, dicen, por un fantasma, al que llaman santo, en el cuerpo de una mujer comprometida en matrimonio, y después casada, a la que llaman virgen, setecientos años después de contarse esta tonta historia; una teoría que, hablando por mí mismo, no vacilo en creer, y decir, es tan fabulosa y tan falsa como Dios es verdadero. [En Is. vii. 14, se dice que el niño debe llamarse Emanuel; pero este nombre no se le dio a ninguno de los hijos, sino como un carácter, que la palabra significa.

 

Pero para mostrar la imposición y la falsedad de Isaías solo tenemos que atender a la secuela de esta historia; que, aunque se pasa por alto en silencio en el libro de Isaías, se relata en 2 Crónicas, xxviii; y es que estos dos reyes en lugar de fracasar en su atentado contra Acaz, rey de Judá, como había pretendido vaticinarlo Isaías en el nombre del Señor, lo lograron: Acaz fue vencido y destruido; ciento veinte mil de su pueblo fueron asesinados; Jerusalén fue saqueada y doscientas mil mujeres, hijos e hijas llevados al cautiverio. Esto en cuanto a este profeta mentiroso e impostor Isaías, y el libro de falsedades que lleva su nombre. Paso al libro de Jeremías. Este profeta, como se le llama, vivió en la época en que Nabucodonosor sitió Jerusalén, en el reinado de Sedequías, el último rey de Judá; y la sospecha era fuerte contra él de que era un traidor en interés de Nabucodonosor. Todo lo que se refiere a Jeremías muestra que fue un hombre de carácter equívoco: en su metáfora del alfarero y el barro (cap. xviii.) guarda sus pronósticos de una manera tan astuta como para dejarse siempre una puerta para escapar, en caso de que el evento fuera contrario a lo que había predicho. En los versículos 7 y 8 hace que el Todopoderoso diga: “¿En qué momento hablaré acerca de una nación y de un reino, para arrancar y derribar y destruir, si aquella nación contra la cual tengo pronunciado, vuélvete de su maldad, me arrepentiré del mal que pensé hacerles.” Aquí había una condición en contra de un lado del caso: ahora para el otro lado. Versículos 9 y 10, “En el momento en que hablaré de una nación y de un reino, para edificarlo y plantarlo, si hiciere mal delante de mis ojos y no obedeciere a mi voz, entonces me arrepentiré del bien con que dije los beneficiaría.” Aquí hay una condición contra el otro lado; y, de acuerdo con este plan de profetizar, un profeta nunca podría estar equivocado, por muy equivocado que esté el Todopoderoso. Este tipo de subterfugio absurdo, y esta manera de hablar del Todopoderoso, como se hablaría de un hombre, no es más que consistente con la estupidez de la Biblia. por muy equivocado que esté el Todopoderoso. Este tipo de subterfugio absurdo, y esta manera de hablar del Todopoderoso, como se hablaría de un hombre, no es más que consistente con la estupidez de la Biblia. por muy equivocado que esté el Todopoderoso. Este tipo de subterfugio absurdo, y esta manera de hablar del Todopoderoso, como se hablaría de un hombre, no es más que consistente con la estupidez de la Biblia.

 

As to the authenticity of the book, it is only necessary to read it in order to decide positively that, though some passages recorded therein may have been spoken by Jeremiah, he is not the author of the book. The historical parts, if they can be called by that name, are in the most confused condition; the same events are several times repeated, and that in a manner different, and sometimes in contradiction to each other; and this disorder runs even to the last chapter, where the history, upon which the greater part of the book has been employed, begins anew, and ends abruptly. The book has all the appearance of being a medley of unconnected anecdotes respecting persons and things of that time, collected together in the same rude manner as if the various and contradictory accounts that are to be found in a bundle of newspapers, respecting persons and things of the present day, were put together without date, order, or explanation. I will give two or three examples of this kind.

 

It appears, from the account of chapter xxxvii. that the army of Nebuchadnezzer, which is called the army of the Chaldeans, had besieged Jerusalem some time; and on their hearing that the army of Pharaoh of Egypt was marching against them, they raised the siege and retreated for a time. It may here be proper to mention, in order to understand this confused history, that Nebuchadnezzar had besieged and taken Jerusalem during the reign of Jehoakim, the redecessor of Zedekiah; and that it was Nebuchadnezzar who had make Zedekiah king, or rather viceroy; and that this second siege, of which the book of Jeremiah treats, was in consequence of the revolt of Zedekiah against Nebuchadnezzar. This will in some measure account for the suspicion that affixes itself to Jeremiah of being a traitor, and in the interest of Nebuchadnezzar,—whom Jeremiah calls, xliii. 10, the servant of God.

 

Chapter xxxvii. 11-13, says, “And it came to pass, that, when the army of the Chaldeans was broken up from Jerusalem, for fear of Pharaoh’s army, that Jeremiah went forth out of Jerusalem, to go (as this account states) into the land of Benjamin, to separate himself thence in the midst of the people; and when he was in the gate of Benjamin a captain of the ward was there, whose name was Irijah... and he took Jeremiah the prophet, saying, Thou fallest away to the Chaldeans; then Jeremiah said, It is false; I fall not away to the Chaldeans.” Jeremiah being thus stopt and accused, was, after being examined, committed to prison, on suspicion of being a traitor, where he remained, as is stated in the last verse of this chapter.

 

But the next chapter gives an account of the imprisonment of Jeremiah, which has no connection with this account, but ascribes his imprisonment to another circumstance, and for which we must go back to chapter xxi. It is there stated, ver. 1, that Zedekiah sent Pashur the son of Malchiah, and Zephaniah the son of Maaseiah the priest, to Jeremiah, to enquire of him concerning Nebuchadnezzar, whose army was then before Jerusalem; and Jeremiah said to them, ver. 8, “Thus saith the Lord, Behold I set before you the way of life, and the way of death; he that abideth in this city shall die by the sword and by the famine, and by the pestilence; but he that goeth out and falleth to the Chaldeans that besiege you, he shall live, and his life shall be unto him for a prey.”

 

This interview and conference breaks off abruptly at the end of the 10th verse of chapter xxi.; and such is the disorder of this book that we have to pass over sixteen chapters upon various subjects, in order to come at the continuation and event of this conference; and this brings us to the first verse of chapter xxxviii., as I have just mentioned. The chapter opens with saying, “Then Shaphatiah, the son of Mattan, Gedaliah the son of Pashur, and Jucal the son of Shelemiah, and Pashur the son of Malchiah, (here are more persons mentioned than in chapter xxi.) heard the words that Jeremiah spoke unto all the people, saying, Thus saith the Lord, He that remaineth in this city, shall die by the sword, by famine, and by the pestilence; but he that goeth forth to the Chaldeans shall live; for he shall have his life for a prey, and shall live”; [which are the words of the conference;] therefore, (say they to Zedekiah,) “We beseech thee, let this man be put to death, for thus he weakeneth the hands of the men of war that remain in this city, and the hands of all the people, in speaking such words unto them; for this man seeketh not the welfare of the people, but the hurt:” and at the 6th verse it is said, “Then they took Jeremiah, and put him into the dungeon of Malchiah.”

 

These two accounts are different and contradictory. The one ascribes his imprisonment to his attempt to escape out of the city; the other to his preaching and prophesying in the city; the one to his being seized by the guard at the gate; the other to his being accused before Zedekiah by the conferees. [I observed two chapters in I Samuel (xvi. and xvii.) that contradict each other with respect to David, and the manner he became acquainted with Saul; as Jeremiah xxxvii. and xxxviii. contradict each other with respect to the cause of Jeremiah’s imprisonment.

 

In 1 Samuel, xvi., it is said, that an evil spirit of God troubled Saul, and that his servants advised him (as a remedy) “to seek out a man who was a cunning player upon the harp.” And Saul said, ver. 17, “Provide me now a man that can play well, and bring him to me. Then answered one of his servants, and said, Behold, I have seen a son of Jesse, the Bethlehemite, that is cunning in playing, and a mighty man, and a man of war, and prudent in matters, and a comely person, and the Lord is with him; wherefore Saul sent messengers unto Jesse, and said, Send me David, thy son. And (verse 21) David came to Saul, and stood before him, and he loved him greatly, and he became his armour-bearer; and when the evil spirit from God was upon Saul, (verse 23) David took his harp, and played with his hand, and Saul was refreshed, and was well.”

 

But the next chapter (xvii.) gives an account, all different to this, of the manner that Saul and David became acquainted. Here it is ascribed to David’s encounter with Goliah, when David was sent by his father to carry provision to his brethren in the camp. In the 55th verse of this chapter it is said, “And when Saul saw David go forth against the Philistine (Goliah) he said to Abner, the captain of the host, Abner, whose son is this youth? And Abner said, As thy soul liveth, 0 king, I cannot tell. And the king said, Enquire thou whose son the stripling is. And as David returned from the slaughter of the Philistine, Abner took him and brought him before Saul, with the head of the Philistine in his hand; and Saul said unto him, Whose son art thou, thou young man? And David answered, I am the son of thy servant, Jesse, the Betblehemite,” These two accounts belie each other, because each of them supposes Saul and David not to have known each other before. This book, the Bible, is too ridiculous for criticism.—Author.]

 

In the next chapter (Jer. xxxix.) we have another instance of the disordered state of this book; for notwithstanding the siege of the city by Nebuchadnezzar has been the subject of several of the preceding chapters, particularly xxxvii. and xxxviii., chapter xxxix. begins as if not a word had been said upon the subject, and as if the reader was still to be informed of every particular respecting it; for it begins with saying, ver. 1, “In the ninth year of Zedekiah king of Judah, in the tenth month, came Nebuchadnezzar king of Babylon, and all his army, against Jerusalem, and besieged it,” etc.

 

But the instance in the last chapter (lii.) is still more glaring; for though the story has been told over and over again, this chapter still supposes the reader not to know anything of it, for it begins by saying, ver. i, “Zedekiah was one and twenty years old when he began to reign, and he reigned eleven years in Jerusalem, and his mother’s name was Hamutal, the daughter of Jeremiah of Libnah.” (Ver. 4,) “And it came to pass in the ninth year of his reign, in the tenth month, that Nebuchadnezzar king of Babylon came, he and all his army, against Jerusalem, and pitched against it, and built forts against it,” etc.

 

It is not possible that any one man, and more particularly Jeremiah, could have been the writer of this book. The errors are such as could not have been committed by any person sitting down to compose a work. Were I, or any other man, to write in such a disordered manner, no body would read what was written, and every body would suppose that the writer was in a state of insanity. The only way, therefore, to account for the disorder is, that the book is a medley of detached unauthenticated anecdotes, put together by some stupid book-maker, under the name of Jeremiah; because many of them refer to him, and to the circumstances of the times he lived in.

 

Of the duplicity, and of the false predictions of Jeremiah, I shall mention two instances, and then proceed to review the remainder of the Bible.

 

It appears from chapter xxxviii. that when Jeremiah was in prison, Zedekiah sent for him, and at this interview, which was private, Jeremiah pressed it strongly on Zedekiah to surrender himself to the enemy. “If,” says he, (ver. 17,) “thou wilt assuredly go forth unto the king of Babylon’s princes, then thy soul shall live,” etc. Zedekiah was apprehensive that what passed at this conference should be known; and he said to Jeremiah, (ver. 25,) “If the princes [meaning those of Judah] hear that I have talked with thee, and they come unto thee, and say unto thee, Declare unto us now what thou hast said unto the king; hide it not from us, and we will not put thee to death; and also what the king said unto thee; then thou shalt say unto them, I presented my supplication before the king that he would not cause me to return to Jonathan’s house, to die there. Then came all the princes unto Jeremiah, and asked him, and “he told them according to all the words the king had commanded.” Thus, this man of God, as he is called, could tell a lie, or very strongly prevaricate, when he supposed it would answer his purpose; for certainly he did not go to Zedekiah to make this supplication, neither did he make it; he went because he was sent for, and he employed that opportunity to advise Zedekiah to surrender himself to Nebuchadnezzar.

 

In chapter xxxiv. 2-5, is a prophecy of Jeremiah to Zedekiah in these words: “Thus saith the Lord, Behold I will give this city into the hand of the king of Babylon, and he will burn it with fire; and thou shalt not escape out of his hand, but thou shalt surely be taken, and delivered into his hand; and thine eyes shall behold the eyes of the king of Babylon, and he shall speak with thee mouth to mouth, and thou shalt go to Babylon. Yet hear the word of the Lord; O Zedekiah, king, of Judah, thus saith the Lord, Thou shalt not die by the sword, but thou shalt die in Peace; and with the burnings of thy fathers, the former kings that were before thee, so shall they burn odours for thee, and they will lament thee, saying, Ah, Lord! for I have pronounced the word, saith the Lord.”

 

Now, instead of Zedekiah beholding the eyes of the king of Babylon, and speaking with him mouth to mouth, and dying in peace, and with the burning of odours, as at the funeral of his fathers, (as Jeremiah had declared the Lord himself had pronounced,) the reverse, according to chapter Iii., 10, 11 was the case; it is there said, that the king of Babylon slew the sons of Zedekiah before his eyes: then he put out the eyes of Zedekiah, and bound him in chains, and carried him to Babylon, and put him in prison till the day of his death.

 

What then can we say of these prophets, but that they are impostors and liars?

 

As for Jeremiah, he experienced none of those evils. He was taken into favour by Nebuchadnezzar, who gave him in charge to the captain of the guard (xxxix, 12), “Take him (said he) and look well to him, and do him no harm; but do unto him even as he shall say unto thee.” Jeremiah joined himself afterwards to Nebuchadnezzar, and went about prophesying for him against the Egyptians, who had marched to the relief of Jerusalem while it was besieged. Thus much for another of the lying prophets, and the book that bears his name.

 

I have been the more particular in treating of the books ascribed to Isaiah and Jeremiah, because those two are spoken of in the books of Kings and Chronicles, which the others are not. The remainder of the books ascribed to the men called prophets I shall not trouble myself much about; but take them collectively into the observations I shall offer on the character of the men styled prophets.

 

In the former part of the ‘Age of Reason,’ I have said that the word prophet was the Bible-word for poet, and that the flights and metaphors of Jewish poets have been foolishly erected into what are now called prophecies. I am sufficiently justified in this opinion, not only because the books called the prophecies are written in poetical language, but because there is no word in the Bible, except it be the word prophet, that describes what we mean by a poet. I have also said, that the word signified a performer upon musical instruments, of which I have given some instances; such as that of a company of prophets, prophesying with psalteries, with tabrets, with pipes, with harps, etc., and that Saul prophesied with them, 1 Sam. x., 5. It appears from this passage, and from other parts in the book of Samuel, that the word prophet was confined to signify poetry and music; for the person who was supposed to have a visionary insight into concealed things, was not a prophet but a seer, [I know not what is the Hebrew word that corresponds to the word seer in English; but I observe it is translated into French by Le Voyant, from the verb voir to see, and which means the person who sees, or the seer.—Author.]

 

[The Hebrew word for Seer, in 1 Samuel ix., transliterated, is chozeh, the gazer, it is translated in Is. xlvii. 13, “the stargazers.”—Editor.] (i Sam, ix. 9;) and it was not till after the word seer went out of use (which most probably was when Saul banished those he called wizards) that the profession of the seer, or the art of seeing, became incorporated into the word prophet.

 

According to the modern meaning of the word prophet and prophesying, it signifies foretelling events to a great distance of time; and it became necessary to the inventors of the gospel to give it this latitude of meaning, in order to apply or to stretch what they call the prophecies of the Old Testament, to the times of the New. But according to the Old Testament, the prophesying of the seer, and afterwards of the prophet, so far as the meaning of the word “seer” was incorporated into that of prophet, had reference only to things of the time then passing, or very closely connected with it; such as the event of a battle they were going to engage in, or of a journey, or of any enterprise they were going to undertake, or of any circumstance then pending, or of any difficulty they were then in; all of which had immediate reference to themselves (as in the case already mentioned of Ahaz and Isaiah with respect to the expression, Behold a virgin shall conceive and bear a son,) and not to any distant future time. It was that kind of prophesying that corresponds to what we call fortune-telling; such as casting nativities, predicting riches, fortunate or unfortunate marriages, conjuring for lost goods, etc.; and it is the fraud of the Christian church, not that of the Jews, and the ignorance and the superstition of modern, not that of ancient times, that elevated those poetical, musical, conjuring, dreaming, strolling gentry, into the rank they have since had.

 

But, besides this general character of all the prophets, they had also a particular character. They were in parties, and they prophesied for or against, according to the party they were with; as the poetical and political writers of the present day write in defence of the party they associate with against the other.

 

After the Jews were divided into two nations, that of Judah and that of Israel, each party had its prophets, who abused and accused each other of being false prophets, lying prophets, impostors, etc.

 

The prophets of the party of Judah prophesied against the prophets of the party of Israel; and those of the party of Israel against those of Judah. This party prophesying showed itself immediately on the separation under the first two rival kings, Rehoboam and Jeroboam. The prophet that cursed, or prophesied against the altar that Jeroboam had built in Bethel, was of the party of Judah, where Rehoboam was king; and he was way-laid on his return home by a prophet of the party of Israel, who said unto him (i Kings xiii.) “Art thou the man of God that came from Judah? and he said, I am.” Then the prophet of the party of Israel said to him “I am a prophet also, as thou art, [signifying of Judah,] and an angel spake unto me by the word of the Lord, saying, Bring him back with thee unto thine house, that he may eat bread and drink water; but (says the 18th verse) he lied unto him.” The event, however, according to the story, is, that the prophet of Judah never got back to Judah; for he was found dead on the road by the contrivance of the prophet of Israel, who no doubt was called a true prophet by his own party, and the prophet of Judah a lying prophet.

 

In 2 Kings, iii., a story is related of prophesying or conjuring that shews, in several particulars, the character of a prophet. Jehoshaphat king of Judah, and Joram king of Israel, had for a while ceased their party animosity, and entered into an alliance; and these two, together with the king of Edom, engaged in a war against the king of Moab. After uniting and marching their armies, the story says, they were in great distress for water, upon which Jehoshaphat said, “Is there not here a prophet of the Lord, that we may enquire of the Lord by him? and one of the servants of the king of Israel said here is Elisha. [Elisha was of the party of Judah.] And Jehoshaphat the king of Judah said, The word of the Lord is with him.” The story then says, that these three kings went down to Elisha; and when Elisha [who, as I have said, was a Judahmite prophet] saw the King of Israel, he said unto him, “What have I to do with thee, get thee to the prophets of thy father and the prophets of thy mother. Nay but, said the king of Israel, the Lord hath called these three kings together, to deliver them into the hands of the king of Moab,” (meaning because of the distress they were in for water;) upon which Elisha said, “As the Lord of hosts liveth before whom I stand, surely, were it not that I regard the presence of Jehoshaphat, king of Judah, I would not look towards thee nor see thee.” Here is all the venom and vulgarity of a party prophet. We are now to see the performance, or manner of prophesying.

 

Ver. 15. “‘Bring me,’ (said Elisha), ‘a minstrel’; and it came to pass, when the minstrel played, that the hand of the Lord came upon him.” Here is the farce of the conjurer. Now for the prophecy: “And Elisha said, [singing most probably to the tune he was playing], Thus saith the Lord, Make this valley full of ditches;” which was just telling them what every countryman could have told them without either fiddle or farce, that the way to get water was to dig for it.

 

But as every conjuror is not famous alike for the same thing, so neither were those prophets; for though all of them, at least those I have spoken of, were famous for lying, some of them excelled in cursing. Elisha, whom I have just mentioned, was a chief in this branch of prophesying; it was he that cursed the forty-two children in the name of the Lord, whom the two she-bears came and devoured. We are to suppose that those children were of the party of Israel; but as those who will curse will lie, there is just as much credit to be given to this story of Elisha’s two she-bears as there is to that of the Dragon of Wantley, of whom it is said:

 

Poor children three devoured be,

That could not with him grapple;

And at one sup he eat them up,

As a man would eat an apple.

 

There was another description of men called prophets, that amused themselves with dreams and visions; but whether by night or by day we know not. These, if they were not quite harmless, were but little mischievous. Of this class are,

 

EZEKIEL and DANIEL; and the first question upon these books, as upon all the others, is, Are they genuine? that is, were they written by Ezekiel and Daniel?

 

Of this there is no proof; but so far as my own opinion goes, I am more inclined to believe they were, than that they were not. My reasons for this opinion are as follows: First, Because those books do not contain internal evidence to prove they were not written by Ezekiel and Daniel, as the books ascribed to Moses, Joshua, Samuel, etc., prove they were not written by Moses, Joshua, Samuel, etc.

 

Secondly, Because they were not written till after the Babylonish captivity began; and there is good reason to believe that not any book in the bible was written before that period; at least it is proveable, from the books themselves, as I have already shown, that they were not written till after the commencement of the Jewish monarchy.

 

Thirdly, Because the manner in which the books ascribed to Ezekiel and Daniel are written, agrees with the condition these men were in at the time of writing them.

 

Had the numerous commentators and priests, who have foolishly employed or wasted their time in pretending to expound and unriddle those books, been carred into captivity, as Ezekiel and Daniel were, it would greatly have improved their intellects in comprehending the reason for this mode of writing, and have saved them the trouble of racking their invention, as they have done to no purpose; for they would have found that themselves would be obliged to write whatever they had to write, respecting their own affairs, or those of their friends, or of their country, in a concealed manner, as those men have done.

 

These two books differ from all the rest; for it is only these that are filled with accounts of dreams and visions: and this difference arose from the situation the writers were in as prisoners of war, or prisoners of state, in a foreign country, which obliged them to convey even the most trifling information to each other, and all their political projects or opinions, in obscure and metaphorical terms. They pretend to have dreamed dreams, and seen visions, because it was unsafe for them to speak facts or plain language. We ought, however, to suppose, that the persons to whom they wrote understood what they meant, and that it was not intended anybody else should. But these busy commentators and priests have been puzzling their wits to find out what it was not intended they should know, and with which they have nothing to do.

 

Ezekiel and Daniel were carried prisoners to Babylon, under the first captivity, in the time of Jehoiakim, nine years before the second captivity in the time of Zedekiah. The Jews were then still numerous, and had considerable force at Jerusalem; and as it is natural to suppose that men in the situation of Ezekiel and Daniel would be meditating the recovery of their country, and their own deliverance, it is reasonable to suppose that the accounts of dreams and visions with which these books are filled, are no other than a disguised mode of correspondence to facilitate those objects: it served them as a cypher, or secret alphabet. If they are not this, they are tales, reveries, and nonsense; or at least a fanciful way of wearing off the wearisomeness of captivity; but the presumption is, they are the former.

 

Ezequiel comienza su libro hablando de una visión de querubines, y de una rueda dentro de otra rueda, que dice haber visto junto al río Quebar, en la tierra de su cautiverio. ¿No es razonable suponer que por los querubines se refería al templo de Jerusalén, donde tenían figuras de querubines? y por una rueda dentro de una rueda (que como figura siempre se ha entendido que significa artificio político) el proyecto o medio de recuperar Jerusalén? En la última parte de su libro se supone transportado a Jerusalén y al templo; y se refiere de nuevo a la visión sobre el río Quebar, y dice, (xliii-3,) que esta última visión era como la visión sobre el río Quebar; lo cual indica que aquellos pretendidos sueños y visiones tenían por objeto la recuperación de Jerusalén, y nada más.

 

En cuanto a las interpretaciones y aplicaciones románticas, por salvajes que sean los sueños y visiones que se proponen explicar, que comentaristas y sacerdotes han hecho de esos libros, la de convertirlos en cosas que llaman profecías, y hacerlos doblegar a los tiempos y circunstancias en cuanto remoto incluso como el presente, muestra el fraude o la locura extrema a la que puede llegar la credulidad o la superchería.

 

Difícilmente puede haber algo más absurdo que suponer que hombres situados como Ezequiel y Daniel, cuyo país fue invadido y en posesión del enemigo, todos sus amigos y parientes en cautiverio en el extranjero, o en esclavitud en casa, o masacrados , o en continuo peligro de ello; Difícilmente puede haber cosa más absurda, digo, que suponer que tales hombres no encontrarían otra cosa que hacer que emplear su tiempo y sus pensamientos en lo que les sucedería a otras naciones mil o dos mil años después de su muerte; al mismo tiempo nada más natural que meditar la recuperación de Jerusalén, y su propia liberación; y que este era el único objeto de toda la escritura oscura y aparentemente frenética contenida en esos libros.

 

En este sentido, el modo de escritura utilizado en esos dos libros, forzado por la necesidad y no adoptado por elección, no es irracional; pero, si vamos a usar los libros como profecías, son falsos. En Ezequiel XXIX. 11., hablando de Egipto, se dice: “No pasará por él pie de hombre, ni pie de bestia; ni será habitada por cuarenta años.” Esto es lo que nunca sucedió, y en consecuencia es falso, como lo son todos los libros que ya he reseñado.—Cierro aquí esta parte del tema.

 

En la primera parte de 'La edad de la razón' he hablado de Jonás, y de la historia de él y la ballena. Una historia apta para el ridículo, si fue escrita para ser creída; o de la risa, si se pretendía probar lo que la credulidad podía tragar; porque, si pudiera tragarse a Jonás ya la ballena, podría tragarse cualquier cosa.

 

Pero, como ya se muestra en las observaciones sobre el libro de Job y Proverbios, no siempre es seguro cuáles de los libros de la Biblia son originalmente hebreos, o solo traducciones de los libros de los gentiles al hebreo; y como el libro de Jonás, lejos de tratar de los asuntos de los judíos, no dice nada al respecto, sino que trata enteramente de los gentiles, es más probable que sea un libro de gentiles que de judíos, [ He leído en un antiguo poema persa (Saadi, creo, pero he perdido la referencia) esta frase: "Y ahora la ballena se tragó a Jonás: el sol se puso".—Editor.] y que ha sido escrito como una fábula para exponer las tonterías y satirizar el carácter vicioso y maligno de un profeta de la Biblia o de un sacerdote que predice.

 

Jonás es representado, primero como un profeta desobediente, huyendo de su misión y refugiándose a bordo de una nave de los gentiles, con destino a Jope a Tarsis; como si supusiera ignorantemente, por un artificio tan mezquino, que podría esconderse donde Dios no podría encontrarlo. El barco es alcanzado por una tormenta en el mar; y los marineros, todos ellos gentiles, creyendo que era un juicio a causa de alguien a bordo que había cometido un crimen, acordaron echar suertes para descubrir al ofensor; y la suerte cayó sobre Jonás. Pero antes de esto habían echado por la borda todas sus mercancías y mercaderías para aligerar el barco, mientras Jonás, como un estúpido, dormía profundamente en la bodega.

 

Después de que el lote había designado a Jonás como el ofensor, lo interrogaron para saber quién y qué era. y les dijo que era hebreo; y la historia implica que se confesó culpable. Pero estos gentiles, en lugar de sacrificarlo de una vez sin piedad ni misericordia, como lo habría hecho una compañía de profetas bíblicos o sacerdotes por un gentil en el mismo caso, y como se cuenta que Samuel había hecho por Agag, y Moisés por el mujeres y niños, se esforzaron por salvarlo, aunque a riesgo de sus propias vidas: porque el relato dice: “Sin embargo [es decir, aunque Jonás era judío y extranjero, y la causa de todas sus desgracias, y la pérdida de su carga] los hombres remaron con fuerza para llevar la barca a tierra, pero no pudieron, porque el mar se agitaba y estaba tempestuoso contra ellos. Sin embargo, todavía no estaban dispuestos a poner en ejecución el destino del lote; y clamaron, dice el relato, al Señor, diciendo: “Te rogamos, oh Señor, que no perezcamos por la vida de este hombre, y no cargues sobre nosotros sangre inocente; porque tú, oh Señor, has hecho como te ha placido.” Es decir, que no se atrevieron a juzgar culpable a Jonás, ya que podría ser inocente; sino que consideraron la suerte que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! y clamaron, dice el relato, al Señor, diciendo: “Te rogamos, oh Señor, que no perezcamos por la vida de este hombre, y no cargues sobre nosotros sangre inocente; porque tú, oh Señor, has hecho como te ha placido.” Es decir, que no se atrevieron a juzgar culpable a Jonás, ya que podría ser inocente; sino que consideraron la suerte que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! y clamaron, dice el relato, al Señor, diciendo: “Te rogamos, oh Señor, que no perezcamos por la vida de este hombre, y no cargues sobre nosotros sangre inocente; porque tú, oh Señor, has hecho como te ha placido.” Es decir, que no se atrevieron a juzgar culpable a Jonás, ya que podría ser inocente; sino que consideraron la suerte que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! no perezcamos por la vida de este hombre, y no echemos sobre nosotros sangre inocente; porque tú, oh Señor, has hecho como te ha placido.” Es decir, que no se atrevieron a juzgar culpable a Jonás, ya que podría ser inocente; sino que consideraron la suerte que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! no perezcamos por la vida de este hombre, y no echemos sobre nosotros sangre inocente; porque tú, oh Señor, has hecho como te ha placido.” Es decir, que no se atrevieron a juzgar culpable a Jonás, ya que podría ser inocente; sino que consideraron la suerte que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! ya que él podría ser inocente; sino que consideraron la suerte que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! ya que él podría ser inocente; sino que consideraron la suerte que le había tocado como un decreto de Dios, o como agradó a Dios. La dirección de esta oración muestra que los gentiles adoraban a un Ser Supremo, y que no eran idólatras como los judíos los representaban. Pero continuando la tormenta y aumentando el peligro, pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y arrojaron a Jonás al mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y echaron a Jonás en el mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo! pusieron en ejecución la suerte de la suerte, y echaron a Jonás en el mar; donde, según la historia, ¡un gran pez se lo tragó entero y vivo!

 

Ahora tenemos que considerar a Jonás protegido de la tormenta en el vientre del pez. Aquí se nos dice que oró; pero la oración es una oración inventada, tomada de varias partes de los Salmos, sin conexión ni consistencia, y adaptada a la angustia, pero en absoluto a la condición en la que se encontraba Jonás. Es una oración como la de un gentil, quien pudiera saber algo de los Salmos, podría copiar para él. Esta sola circunstancia, si no hubiera otra, es suficiente para indicar que el conjunto es una historia inventada. Sin embargo, se supone que la oración ha respondido al propósito, y la historia continúa (quitando al mismo tiempo el lenguaje candoroso de un profeta de la Biblia) diciendo: “Habló Jehová al pez, y éste vomitó. fuera Jonás sobre tierra seca.”

 

Jonás luego recibió una segunda misión a Nínive, con la que parte; y ahora tenemos que considerarlo como un predicador. La angustia que se representa que sufrió, el recuerdo de su propia desobediencia como la causa de ella, y el escape milagroso que se supone que tuvo, fueron suficientes, uno podría concebir, para haberlo impresionado con simpatía y benevolencia en la ejecución. de su misión; pero, en lugar de esto, entra en la ciudad con denuncia y maldición en su boca, clamando: “De aquí a cuarenta días, Nínive será destruida”.

 

Ahora nos toca considerar a este supuesto misionero en el último acto de su misión; y aquí es donde el espíritu malévolo de un profeta de la Biblia, o de un sacerdote que predice, aparece en toda esa negrura de carácter que los hombres atribuyen al ser que llaman el diablo.

 

Habiendo publicado sus predicciones, se retiró, dice la historia, al lado este de la ciudad.—¿Pero para qué? no contemplar en retiro la misericordia de su Creador hacia sí mismo o hacia los demás, sino esperar, con maligna impaciencia, la destrucción de Nínive. Sucedió, sin embargo, como cuenta la historia, que los ninivitas se reformaron, y que Dios, según la frase bíblica, se arrepintió del mal que había dicho que les haría, y no lo hizo. Esto, dice el primer versículo del último capítulo, disgustó mucho a Jonás y se enojó mucho. Su obstinado corazón preferiría que toda Nínive fuera destruida, y que toda alma, joven y vieja, pereciera en sus ruinas, antes que no se cumpliera su predicción. Para exponer aún más el carácter de un profeta, se hace crecer una calabaza en la noche, que le promete un agradable refugio del calor del sol, en el lugar a que se retira; y a la mañana siguiente muere.

 

Aquí la ira del profeta se vuelve excesiva y está listo para destruirse a sí mismo. "Es mejor, dijo él, para mí morir que vivir". Esto trae una supuesta protesta entre el Todopoderoso y el profeta; en el que el primero dice: “¿Haces bien en enojarte por la calabaza? Y Jonás dijo: Hago bien en enojarme hasta la muerte. Entonces dijo el Señor: Tuviste piedad de la calabaza, por la cual no trabajaste, ni la hiciste crecer, la cual subio en una noche, y pereció en una noche; ¿Y no he de perdonar a Nínive, la gran ciudad en la que hay más de sesenta mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda?

 

Aquí está tanto el final de la sátira como la moraleja de la fábula. Como sátira, ataca el carácter de todos los profetas de la Biblia, y todos los juicios indiscriminados sobre hombres, mujeres y niños, con los que está lleno este libro mentiroso, la Biblia; como el diluvio de Noé, la destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, la extirpación de los cananeos, hasta los niños de pecho y las mujeres encintas; porque la misma reflexión 'que hay más de sesenta mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda', es decir niños pequeños, se aplica a todos sus casos. También satiriza la supuesta parcialidad del Creador por una nación más que por otra.

 

Como moraleja, predica contra el espíritu malévolo de la predicción; porque tan ciertamente como un hombre predice el mal, se inclina a desearlo. El orgullo de tener un juicio correcto endurece su corazón, hasta que finalmente contempla con satisfacción, o ve con desilusión, el cumplimiento o el fracaso de sus predicciones.—Este libro termina con el mismo tipo de punto fuerte y bien dirigido contra los profetas. , profecías y juicios indiscriminados, como termina el capítulo que hizo Benjamín Franklin para la Biblia, sobre Abraham y el extranjero, contra el espíritu intolerante de las persecuciones religiosas—Hasta aquí el libro Jonás. [La historia de Abraham y el adorador del fuego, atribuida a Franklin, es de Saadi. (Véase mi “Antología sagrada”, pág. 61).

 

De las partes poéticas de la Biblia, que se llaman profecías, he hablado en la primera parte de 'La edad de la razón', y ya en ésta, donde he dicho que la palabra profeta es la palabra bíblica para poeta, y que los vuelos y metáforas de esos poetas, muchas de las cuales se han oscurecido por el paso del tiempo y el cambio de las circunstancias, han sido ridículamente erigidas en cosas llamadas profecías, y aplicadas a propósitos que los escritores nunca pensaron. Cuando un sacerdote cita alguno de esos pasajes, lo descifra de acuerdo con sus propios puntos de vista e impone esa explicación a su congregación como el significado del escritor. La ramera de Babilonia ha sido la ramera común de todos los sacerdotes, y cada uno ha acusado al otro de mantener la ramera; tan bien están de acuerdo en sus explicaciones.

 

Quedan ahora sólo unos pocos libros, a los que llaman libros de los profetas menores; y como ya he mostrado que los mayores son impostores, sería cobardía perturbar el reposo de los pequeños. Que duerman, pues, en brazos de sus nodrizas, los sacerdotes, y se olviden los dos juntos.

 

Ahora he repasado la Biblia, como un hombre atravesaría un bosque con un hacha al hombro y talaría árboles. Aquí yacen; y los sacerdotes, si pueden, las replantarán. Quizá los entierren, pero nunca los harán crecer. Paso a los libros del Nuevo Testamento.

 

CAPITULO DOS.

EL NUEVO TESTAMENTO

El Nuevo Testamento, nos dicen, está fundado sobre las profecías del Antiguo; si es así, debe seguir el destino de su fundación.

 

Como no es nada extraordinario que una mujer esté encinta antes de casarse, y que el hijo que pueda dar a luz sea ejecutado, incluso injustamente, no veo razón para no creer que una mujer como María, y un hombre como como existieron José y Jesús; su mera existencia es una cuestión de indiferencia, acerca de la cual no hay motivo ni para creer ni para no creer, y que cae bajo el encabezado común de Puede ser así, ¿y entonces qué? Sin embargo, la probabilidad es que existieran esas personas, o al menos que se les pareciera en parte de las circunstancias, porque casi todas las historias románticas han sido sugeridas por alguna circunstancia real; como las aventuras de Robinson Crusoe, de las cuales ni una palabra es cierta, fueron sugeridas por el caso de Alexander Selkirk.

 

No es entonces la existencia o la inexistencia de las personas lo que me preocupa; es la fábula de Jesucristo, tal como se cuenta en el Nuevo Testamento, y la doctrina descabellada y visionaria planteada en ella, contra lo que lucho. La historia, tal como se cuenta, es blasfemamente obscena. Da cuenta de una mujer joven comprometida para casarse, y mientras está bajo este compromiso, ella es, para hablar en lenguaje sencillo, corrompida por un fantasma, bajo el pretexto impío (Lucas i. 35) de que "el Espíritu Santo venga sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra”. A pesar de lo cual, Joseph luego se casa con ella, cohabita con ella como su esposa y, a su vez, rivaliza con el fantasma. Esto es poner la historia en un lenguaje inteligible, y cuando se cuenta de esta manera, no hay un sacerdote que no tenga que avergonzarse de reconocerlo. [María, la supuesta virgen, madre de Jesús, tuvo varios otros hijos, hijos e hijas. Véase Mat. XIII. 55, 56.—Autor.]

 

La obscenidad en materia de fe, por muy envuelta que esté, es siempre una muestra de fábula e impostura; porque es necesario para nuestra seria creencia en Dios, que no la conectemos con historias que desembocan, como ésta, en interpretaciones ridículas. Esta historia es, a primera vista, el mismo tipo de historia que la de Júpiter y Leda, o Júpiter y Europa, o cualquiera de las aventuras amorosas de Júpiter; y muestra, como ya se dijo en la primera parte de 'La edad de la razón', que la fe cristiana se basa en la mitología pagana.

 

Como las partes históricas del Nuevo Testamento, en lo que se refiere a Jesucristo, están confinadas a un espacio de tiempo muy corto, menos de dos años, y todas dentro del mismo país, y casi en el mismo lugar, la discordancia del tiempo, lugar y circunstancia, que detecta la falacia de los libros del Antiguo Testamento, y prueba que son imposiciones, no se puede esperar que se encuentre aquí en la misma abundancia. El Nuevo Testamento, comparado con el Antiguo, es como una farsa de un solo acto, en la que no caben muy numerosas violaciones de las unidades. Hay, sin embargo, algunas contradicciones flagrantes que, excluyendo la falacia de las supuestas profecías, son suficientes para mostrar que la historia de Jesucristo es falsa.

 

Establezco como una posición que no puede ser controvertida, primero, que la concordancia de todas las partes de una historia no prueba que la historia sea verdadera, porque las partes pueden concordar y el todo puede ser falso; en segundo lugar, que el desacuerdo de las partes de una historia prueba que el todo no puede ser cierto. El acuerdo no prueba la verdad, pero el desacuerdo prueba positivamente la falsedad.

 

La historia de Jesucristo está contenida en los cuatro libros atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan.—El primer capítulo de Mateo comienza dando una genealogía de Jesucristo; y en el tercer capítulo de Lucas también se da una genealogía de Jesucristo. Si estos dos estuvieran de acuerdo, no probaría que la genealogía es verdadera, porque sin embargo podría ser una invención; pero como se contradicen entre sí en todos los detalles, prueba absolutamente la falsedad. Si Mateo dice la verdad, Lucas dice la mentira; y si Lucas dice verdad, Mateo dice mentira: y como no hay autoridad para creer uno más que el otro, tampoco hay autoridad para creer; y si no se les puede creer ni siquiera en lo primero que dicen, y se proponen probar, no tienen derecho a que se les crea en nada de lo que digan después. La verdad es una cosa uniforme; y en cuanto a la inspiración y la revelación, si lo admitiéramos, es imposible suponer que pueda ser contradictorio. Entonces, los hombres llamados apóstoles eran impostores, o los libros que se les atribuyen han sido escritos por otras personas y engendrados por ellos, como es el caso en el Antiguo Testamento.

 

El libro de Mateo da (i. 6), una genealogía por nombre desde David, hasta José, el esposo de María, hasta Cristo; y hace que haya veintiocho generaciones. El libro de Lucas da también una genealogía por nombre desde Cristo, pasando por José, el marido de María, hasta David, y hace que haya cuarenta y tres generaciones; además de lo cual, solo hay dos nombres de David y José que son similares en las dos listas. Aquí inserto ambas listas genealógicas, y en aras de la claridad y la comparación, las he colocado en la misma dirección, es decir, desde José hasta David.

 

   Genealogía, según Genealogía, según

        Mateo. Lucas.

 

        cristo cristo

      2 José 2 José

      3 Jacob 3 Helí

      4 Matthan 4 Mattath

      5 Eleazar 5 Leví

      6 Eliud 6 Melchl

      7 Aquim 7 Janna

      8 Sadoc 8 José

      9 Azor 9 Matatías

     10 Eliaquim 10 Amós

     11 Abiud 11 Naum

     12 Zorobabel 12 Eslí

     13 Salathiel 13 Nagge

     14 Jeconías 14 Maat

     15 Josías 15 Matatías

     16 Amón 16 Semei

     17 Manasés 17 José

     18 Ezequías 18 Judá

     19 Acaz 19 Juana

     20 Joatham 20 Rhesa

     21 Ozías 21 Zorobabel

     22 Joram 22 Salatiel

     23 Josafat 23 Neri

     24 Asa 24 Melchi

     25 Abia 25 Adi

     26 Roboam 26 Cosam

     27 Salomón 27 Elmodam

     28 David * 28 Er

                                             29 José

                                             30 Eliezer

                                             31 Jorim

                                             32 mateo

                                             33 Leví

                                             34 Simeón

                                             35 Judá

                                             36 José

                                             37 Juan

                                             38 Eliaquim

                                             39 Melea

                                             40 hombres

                                             41 Matata

                                             42 Natán

                                             43 david

[NOTE: * From the birth of David to the birth of Christ is upwards of 1080 years; and as the life-time of Christ is not included, there are but 27 full generations. To find therefore the average age of each person mentioned in the list, at the time his first son was born, it is only necessary to divide 1080 by 27, which gives 40 years for each person. As the life-time of man was then but of the same extent it is now, it is an absurdity to suppose, that 27 following generations should all be old bachelors, before they married; and the more so, when we are told that Solomon, the next in succession to David, had a house full of wives and mistresses before he was twenty-one years of age. So far from this genealogy being a solemn truth, it is not even a reasonable lie. The list of Luke gives about twenty-six years for the average age, and this is too much.—Author.]

 

Now, if these men, Matthew and Luke, set out with a falsehood between them (as these two accounts show they do) in the very commencement of their history of Jesus Christ, and of who, and of what he was, what authority (as I have before asked) is there left for believing the strange things they tell us afterwards? If they cannot be believed in their account of his natural genealogy, how are we to believe them when they tell us he was the son of God, begotten by a ghost; and that an angel announced this in secret to his mother? If they lied in one genealogy, why are we to believe them in the other? If his natural genealogy be manufactured, which it certainly is, why are we not to suppose that his celestial genealogy is manufactured also, and that the whole is fabulous? Can any man of serious reflection hazard his future happiness upon the belief of a story naturally impossible, repugnant to every idea of decency, and related by persons already detected of falsehood? Is it not more safe that we stop ourselves at the plain, pure, and unmixed belief of one God, which is deism, than that we commit ourselves on an ocean of improbable, irrational, indecent, and contradictory tales?

 

The first question, however, upon the books of the New Testament, as upon those of the Old, is, Are they genuine? were they written by the persons to whom they are ascribed? For it is upon this ground only that the strange things related therein have been credited. Upon this point, there is no direct proof for or against; and all that this state of a case proves is doubtfulness; and doubtfulness is the opposite of belief. The state, therefore, that the books are in, proves against themselves as far as this kind of proof can go.

 

But, exclusive of this, the presumption is that the books called the Evangelists, and ascribed to Matthew, Mark, Luke, and John, were not written by Matthew, Mark, Luke, and John; and that they are impositions. The disordered state of the history in these four books, the silence of one book upon matters related in the other, and the disagreement that is to be found among them, implies that they are the productions of some unconnected individuals, many years after the things they pretend to relate, each of whom made his own legend; and not the writings of men living intimately together, as the men called apostles are supposed to have done: in fine, that they have been manufactured, as the books of the Old Testament have been, by other persons than those whose names they bear.

 

The story of the angel announcing what the church calls the immaculate conception, is not so much as mentioned in the books ascribed to Mark, and John; and is differently related in Matthew and Luke. The former says the angel, appeared to Joseph; the latter says, it was to Mary; but either Joseph or Mary was the worst evidence that could have been thought of; for it was others that should have testified for them, and not they for themselves. Were any girl that is now with child to say, and even to swear it, that she was gotten with child by a ghost, and that an angel told her so, would she be believed? Certainly she would not. Why then are we to believe the same thing of another girl whom we never saw, told by nobody knows who, nor when, nor where? How strange and inconsistent is it, that the same circumstance that would weaken the belief even of a probable story, should be given as a motive for believing this one, that has upon the face of it every token of absolute impossibility and imposture.

 

La historia de Herodes destruyendo a todos los niños menores de dos años, pertenece enteramente al libro de Mateo; ninguno de los demás menciona nada al respecto. Si tal circunstancia hubiera sido cierta, la universalidad de la misma debe haberla hecho saber a todos los escritores, y la cosa habría sido demasiado llamativa para haber sido omitida por cualquiera. Este escritor nos dice que Jesús escapó de esta matanza, porque José y María fueron advertidos por un ángel para que huyeran con él a Egipto; pero se olvidó de hacer provisiones para Juan [el Bautista], que entonces tenía menos de dos años. Sin embargo, a Juan, que se quedó atrás, le fue tan bien como a Jesús, que huyó; y por lo tanto, la historia se desmiente circunstancialmente a sí misma.

 

No hay dos de estos escritores que estén de acuerdo en recitar, exactamente con las mismas palabras, la inscripción escrita, por breve que sea, que nos dicen que fue puesta sobre Cristo cuando fue crucificado; y además de esto, Marcos dice que fue crucificado a la hora tercera (las nueve de la mañana); y Juan dice que era la hora sexta (las doce del mediodía). [Según Juan, (xix. 14) la sentencia fue no pasó hasta alrededor de la hora sexta (mediodía) y, en consecuencia, la ejecución no pudo ser hasta la tarde; pero Marcos (xv. 25) dice expresamente que fue crucificado a la hora tercera, (nueve de la mañana),—Autor.]

 

Así se afirma la inscripción en esos libros:

 

Mateo: Este es Jesús, el rey de los judíos. Marcos—El rey de los judíos. Lucas—Este es el rey de los judíos. Juan: Jesús de Nazaret, el rey de los judíos.

 

Podemos inferir de estas circunstancias, por triviales que sean, que esos escritores, quienesquiera que hayan sido y en el tiempo que hayan vivido, no estuvieron presentes en la escena. El único de los hombres llamados apóstoles que parece haber estado cerca del lugar fue Pedro, y cuando fue acusado de ser uno de los seguidores de Jesús, se dice (Mateo 26:74) “Entonces Pedro comenzó a maldecir y jurar, diciendo: No conozco al hombre:” pero ahora somos llamados a creer al mismo Pedro, condenado, por su propia cuenta, de perjurio. ¿Por qué razón, o con qué autoridad, debemos hacer esto?

 

Los relatos que se dan de las circunstancias, que nos dicen que asistieron a la crucifixión, están relacionados de manera diferente en esos cuatro libros.

 

El libro atribuido a Mateo dice que hubo tinieblas sobre toda la tierra desde la hora sexta hasta la hora novena, que el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, que hubo un terremoto, que las rocas se rasgaron —que las tumbas se abrieron, que los cuerpos de muchos de los santos que durmieron se levantaron y salieron de sus tumbas después de la resurrección, y entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.' Tal es el relato que da este gallardo escritor del libro de Mateo, pero en el que no cuenta con el apoyo de los escritores de los otros libros.

 

El escritor del libro atribuido a Marcos, al detallar las circunstancias de la crucifixión, no menciona ningún terremoto, ni el desgarro de las rocas, ni la apertura de las tumbas, ni la salida de los muertos. El escritor del libro de Lucas también guarda silencio sobre los mismos puntos. Y en cuanto al escritor del libro de Juan, aunque detalla todas las circunstancias de la crucifixión hasta el entierro de Cristo, no dice nada acerca de las tinieblas, el velo del templo, el terremoto, las rocas, las tumbas, ni los muertos.

 

Ahora bien, si hubiera sido cierto que estas cosas habían sucedido, y si los escritores de estos libros hubieran vivido en el tiempo en que sucedieron, y hubieran sido las personas que se dice que son, a saber, los cuatro hombres llamados apóstoles, Mateo, Marcos , Lucas y Juan, no les era posible, como verdaderos historiadores, incluso sin la ayuda de la inspiración, no haberlos registrado. Las cosas, suponiéndolas como hechos, eran de demasiada notoriedad para no haber sido conocidas, y de demasiada importancia para no haber sido contadas. Todos estos supuestos apóstoles debieron ser testigos del terremoto, si lo hubo, porque no era posible que estuvieran ausentes de él: la apertura de los sepulcros y resurrección de los muertos, y su andar por la ciudad , es aún de mayor importancia que el terremoto. Un terremoto siempre es posible, y natural, y no prueba nada; pero esta apertura de las tumbas es sobrenatural, y apunta directamente a su doctrina, su causa y su apostolado. De haber sido verdad, habría llenado capítulos enteros de esos libros, y habría sido el tema elegido y el coro general de todos los escritores; pero en lugar de esto, las cosas pequeñas y triviales, y la mera conversación de 'él dijo esto y ella dijo aquello', a menudo se detallan tediosamente, mientras que esto, lo más importante de todo, si hubiera sido cierto, se hace pasar de una manera descuidada por un solo trazo de la pluma, y ​​eso por un solo escritor, y no tanto como insinuado por el resto. y sido el tema elegido y coro general de todos los escritores; pero en lugar de esto, las cosas pequeñas y triviales, y la mera conversación de 'él dijo esto y ella dijo aquello', a menudo se detallan tediosamente, mientras que esto, lo más importante de todo, si hubiera sido cierto, se hace pasar de una manera descuidada por un solo trazo de la pluma, y ​​eso por un solo escritor, y no tanto como insinuado por el resto. y sido el tema elegido y coro general de todos los escritores; pero en lugar de esto, las cosas pequeñas y triviales, y la mera conversación de 'él dijo esto y ella dijo aquello', a menudo se detallan tediosamente, mientras que esto, lo más importante de todo, si hubiera sido cierto, se hace pasar de una manera descuidada por un solo trazo de la pluma, y ​​eso por un solo escritor, y no tanto como insinuado por el resto.

 

Es fácil decir una mentira, pero es difícil apoyar la mentira después de decirla. El escritor del libro de Mateo debería habernos dicho quiénes eran los santos que resucitaron y entraron en la ciudad, y qué fue de ellos después, y quién los vio; porque no se atreve a decir que él mismo los vio; si salieron desnudos, y todos con ante natural, santos y santas, o si vinieron vestidos de gala, y de dónde sacaron sus vestidos; si fueron a sus habitaciones anteriores, y reclamaron a sus esposas, sus maridos y sus bienes, y cómo fueron recibidos; ya sea que ingresaran expulsiones para la recuperación de sus bienes, o interpusieran acciones delictivas. estafa. contra los intrusos rivales; si permanecieron en la tierra y siguieron su anterior ocupación de predicar o trabajar;

 

Extraño en verdad, que un ejército de santos volviera a la vida, y nadie supiera quiénes eran, ni quién fue el que los vio, y que ni una palabra más se diga sobre el tema, ni estos santos tengan nada que decirnos. ! Si hubieran sido los profetas quienes (según se nos dice) habían profetizado anteriormente de estas cosas, deben haber tenido mucho que decir. Podrían habernos dicho todo, y deberíamos haber tenido profecías póstumas, con notas y comentarios sobre las primeras, un poco mejor por lo menos de lo que tenemos ahora. Si hubieran sido Moisés, Aarón, Josué, Samuel y David, no habría quedado un solo judío inconverso en toda Jerusalén. Si hubiera sido Juan el Bautista y los santos de la época presente, todos los habrían conocido, y habrían superado en predicación y fama a todos los demás apóstoles. Pero, en lugar de esto,

 

El relato de la resurrección sigue al de la crucifixión; y tanto en esto como en aquello, los escritores, quienesquiera que hayan sido, discrepan tanto como para hacer evidente que ninguno de ellos estuvo allí.

 

El libro de Mateo declara que cuando Cristo fue puesto en el sepulcro, los judíos solicitaron a Pilato que se colocara una guardia sobre el septilcro, para evitar que los discípulos robaran el cuerpo; y que en consecuencia de esta petición se aseguró el sepulcro, sellando la piedra que cubría la boca, y poniendo guardia. Pero los otros libros nada dicen de esta aplicación, ni del sellamiento, ni de la guardia, ni de la guardia; y según sus cuentas, no hubo ninguno. Mateo, sin embargo, continúa esta parte de la historia del guardia o del reloj con una segunda parte, que señalaré en la conclusión, ya que sirve para detectar la falacia de esos libros.

 

El libro de Mateo continúa su relato, y dice, (xxviii. 1,) que pasado el día de reposo, al amanecer, hacia el primer día de la semana, vinieron María Magdalena y la otra María, para ver al sepulcro. Mark dice que estaba saliendo el sol y John dice que estaba oscuro. Lucas dice que fueron María Magdalena y Juana, y María la madre de Santiago, y otras mujeres, las que vinieron al sepulcro; y Juan afirma que María Magdalena vino sola. ¡Tan bien están de acuerdo con su primera evidencia! Todos ellos, sin embargo, parecen haber sabido más acerca de María Magdalena; era una mujer muy conocida, y no era una mala conjetura que pudiera estar de paseo. [El obispo de Llandaff, en su famosa “Apología”, censuró severamente a Paine por esta insinuación contra María Magdalena, pero la censura recae realmente sobre nuestra versión en inglés, que,

 

The book of Matthew goes on to say (ver. 2): “And behold there was a great earthquake, for the angel of the Lord descended from heaven, and came and rolled back the stone from the door, and sat upon it” But the other books say nothing about any earthquake, nor about the angel rolling back the stone, and sitting upon it and, according to their account, there was no angel sitting there. Mark says the angel [Mark says “a young man,” and Luke “two men.”—Editor.] was within the sepulchre, sitting on the right side. Luke says there were two, and they were both standing up; and John says they were both sitting down, one at the head and the other at the feet.

 

Matthew says, that the angel that was sitting upon the stone on the outside of the sepulchre told the two Marys that Christ was risen, and that the women went away quickly. Mark says, that the women, upon seeing the stone rolled away, and wondering at it, went into the sepulchre, and that it was the angel that was sitting within on the right side, that told them so. Luke says, it was the two angels that were Standing up; and John says, it was Jesus Christ himself that told it to Mary Magdalene; and that she did not go into the sepulchre, but only stooped down and looked in.

 

Ahora bien, si los escritores de estos cuatro libros hubieran acudido a un tribunal de justicia para probar una coartada (pues lo que aquí se intenta probar es la naturaleza de una coartada, es decir, la ausencia de un cadáver por medios sobrenaturales). ,) y si hubieran dado su testimonio de la misma manera contradictoria que aquí se da, habrían estado en peligro de que les cortaran las orejas por perjurio, y lo habrían merecido con justicia. Sin embargo, esta es la evidencia, y estos son los libros, que han sido impuestos sobre el mundo como dados por inspiración divina, y como la inmutable palabra de Dios.

 

El escritor del libro de Mateo, después de dar este relato, relata una historia que no se encuentra en ninguno de los otros libros, y que es la misma a la que acabo de aludir antes. “Ahora,” dice él, [es decir, después de la conversación que las mujeres habían tenido con el ángel sentado sobre la piedra], “he aquí algunos de la guardia [refiriéndose a la guardia que él había dicho que había sido colocada sobre el sepulcro] entraron en la ciudad, y contó a los principales sacerdotes todas las cosas que se habían hecho; y cuando se reunieron con los ancianos y hubieron tomado consejo, dieron mucho dinero a los soldados, diciendo: Decid que sus discípulos vinieron de noche y se lo robaron mientras dormíamos; y si esto llegare a oídos del gobernador, lo persuadiremos, y os aseguraremos. Así que tomaron el dinero e hicieron como se les enseñó;

 

La expresión, hasta el día de hoy, es una evidencia de que el libro atribuido a Mateo no fue escrito por Mateo, y que ha sido fabricado mucho después de los tiempos y cosas de que pretende tratar; pues la expresión implica una gran extensión de tiempo intermedio. Sería inconsistente de nuestra parte hablar de esta manera de cualquier cosa que suceda en nuestro propio tiempo. Para dar, pues, un significado inteligible a la expresión, debemos suponer un lapso de algunas generaciones por lo menos, pues esta manera de hablar remite a la mente a la antigüedad.

 

También vale la pena notar lo absurdo de la historia; porque muestra que el escritor del libro de Mateo había sido un hombre sumamente débil y necio. Cuenta una historia que se contradice a sí misma en cuanto a posibilidad; porque aunque se pudiera hacer decir al guardia, si lo hubiera, que el cuerpo fue llevado mientras dormían, y dar eso como razón para no haberlo impedido, ese mismo sueño debe haber impedido también que supieran cómo hacerlo. , y por quién, fue hecho; y, sin embargo, se les hace decir que fueron los discípulos quienes lo hicieron. Si un hombre presentara su evidencia de algo que debería decir que se hizo, y de la manera de hacerlo, y de la persona que lo hizo, mientras él estaba dormido, y no pudo saber nada del asunto, tal evidencia no podría ser recibido: servirá lo suficientemente bien como evidencia del Testamento,

 

Llego ahora a esa parte de la evidencia en esos libros, que respeta la supuesta aparición de Cristo después de esta supuesta resurrección.

 

El escritor del libro de Mateo relata que el ángel que estaba sentado sobre la piedra a la entrada del sepulcro, dijo a las dos Marías (xxviii. 7): “Mirad que Cristo se ha ido delante de vosotros a Galilea, allí veréis él; mira, te lo he dicho. Y el mismo escritor en los dos versículos siguientes (8, 9) hace que Cristo mismo hable con el mismo propósito a estas mujeres inmediatamente después de que el ángel se lo había dicho, y que ellas corrieron rápidamente a decírselo a los discípulos; y se dice (v. 16), “Entonces los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había señalado; y cuando lo vieron, lo adoraron.”

 

Pero el escritor del libro de Juan nos cuenta una historia muy diferente a esta; porque dice (xx. 19) “Entonces el mismo día por la tarde, siendo el primer día de la semana, [es decir, el mismo día en que se dice que Cristo resucitó], cuando las puertas estaban cerradas, donde los discípulos estaban reunidos, por temor a los judíos, vino Jesús y se puso en medio de ellos”.

 

Según Mateo los once marchaban a Galilea, para encontrarse con Jesús en un monte, por su propia cita, en el mismo tiempo en que, según Juan, estaban reunidos en otro lugar, y esto no por cita, sino en secreto, porque miedo a los judíos.

 

El escritor del libro de Lucas xxiv. 13, 33-36, contradice la de Mateo de manera más acentuada que la de Juan; porque dice expresamente, que la reunión fue en Jerusalén la tarde del mismo día que él (Cristo) resucitó, y que los once estaban allí.

 

Ahora bien, no es posible, a menos que admitamos a estos supuestos discípulos el derecho de mentir deliberadamente, que los escritores de estos libros pudieran ser cualquiera de las once personas llamadas discípulos; porque si, según Mateo, los once fueron a Galilea a encontrarse con Jesús en un monte por su propia designación, el mismo día en que se dice que resucitó, Lucas y Juan deben haber sido dos de esos once; sin embargo, el escritor de Lucas dice expresamente, y Juan da a entender tanto, que la reunión fue ese mismo día, en una casa en Jerusalén; y, por otro lado, si, según Lucas y Juan, los once estaban reunidos en una casa en Jerusalén, Mateo debe haber sido uno de esos once; sin embargo, Mateo dice que la reunión fue en una montaña de Galilea y, en consecuencia, la evidencia dada en esos libros se destruye entre sí.

 

El escritor del libro de Marcos no dice nada sobre ninguna reunión en Galilea; pero dice (xvi. 12) que Cristo, después de su resurrección, se apareció en otra forma a dos de ellos, mientras caminaban por el campo, y que estos dos se lo dijeron a los restantes, quienes no les creyeron. [Esto pertenece a la última adición a Marcos, que originalmente terminó con xvi. 8.—Editor.] Lucas también cuenta una historia, en la que mantiene ocupado a Cristo todo el día de esta supuesta resurrección, hasta la tarde, y que invalida totalmente el relato de la subida al monte de Galilea. Él dice que dos de ellos, sin decir cuáles, fueron ese mismo día a un pueblo llamado Emaús, a tres veinte estadios (siete millas y media) de Jerusalén, y que Cristo disfrazado fue con ellos y se quedó con ellos hasta la noche, y cenó con ellos,

 

Esta es la manera contradictoria en que se expresa la evidencia de esta pretendida reaparición de Cristo: el único punto en el que los escritores están de acuerdo, es en la intimidad furtiva de esa reaparición; porque ya sea que estuviera en el hueco de una montaña en Galilea, o en una casa cerrada en Jerusalén, todavía estaba al acecho. ¿A qué causa, pues, hemos de atribuir este acecho? Por un lado, es directamente repugnante al fin supuesto o pretendido, el de convencer al mundo de que Cristo resucitó; y, por otro lado, haber afirmado su publicidad habría expuesto a los escritores de esos libros a la detección pública; y, por lo tanto, se han visto en la necesidad de convertirlo en un asunto privado.

 

En cuanto al relato de que Cristo fue visto por más de quinientos a la vez, es solo Pablo quien lo dice, y no los quinientos que lo dicen por sí mismos. Es, por lo tanto, el testimonio de un solo hombre, y también de un hombre que, según el mismo relato, no creyó ni una palabra del asunto en el momento en que se dice que sucedió. Su testimonio, suponiendo que él haya sido el escritor de Corintios 15, donde se da este relato, es como el de un hombre que llega a un tribunal de justicia para jurar que lo que había jurado antes era falso. Un hombre puede entrar en razón a menudo, y también tiene siempre el derecho de cambiar de opinión; pero esta libertad no se extiende a las cuestiones de hecho.

 

Ahora llego a la última escena, la de la ascensión al cielo. Aquí todo temor a los judíos, y a todo lo demás, necesariamente debe haber estado fuera de discusión: era lo que, si era cierto, iba a sellar la muerte. entero; y sobre el cual la realidad de la misión futura de los discípulos debía descansar como prueba. Las palabras, sean declaraciones o promesas, que se hayan hecho en privado, ya sea en el recodo de una montaña en Galilea, o en una casa cerrada en Jerusalén, aun suponiendo que hayan sido pronunciadas, no podrían ser evidencia en público; por lo tanto, era necesario que esta última escena excluyera la posibilidad de negación y disputa; y que debería ser, como he dicho en la primera parte de 'La edad de la razón', tan público y tan visible como el sol al mediodía; al menos debería haber sido tan público como se informa que fue la crucifixión.

 

En primer lugar, el escritor del libro de Mateo no dice una sílaba al respecto; tampoco el escritor del libro de Juan. Siendo este el caso, ¿es posible suponer que esos escritores, que fingen ser incluso minuciosos en otros asuntos, habrían guardado silencio sobre esto, si hubiera sido cierto? El escritor del libro de Marcos lo pasa de una manera descuidada y descuidada, con un solo trazo de la pluma, como si estuviera cansado de las novelas o avergonzado de la historia. Lo mismo hace el escritor de Lucas. E incluso entre estos dos, no hay un acuerdo aparente, en cuanto al lugar donde se dice que fue esta despedida final. [Los últimos nueve versículos de Marcos no son genuinos, la historia de la ascensión se basa exclusivamente en las palabras de Lucas xxiv. 51, “fue llevado al cielo”, palabras omitidas por varias autoridades antiguas.—Editor.]

 

El libro de Marcos dice que Cristo se apareció a los once cuando estaban sentados a la mesa, aludiendo a la reunión de los once en Jerusalén: luego relata la conversación que dice pasó en esa reunión; e inmediatamente después dice (como un niño de escuela terminaría una historia aburrida): "Y el Señor, después que les hubo hablado, fue recibido arriba en el cielo, y se sentó a la diestra de Dios". Pero el escritor de Lucas dice que la ascensión fue de Betania; que él (Cristo) los condujo hasta Betania, y allí se separó de ellos, y fue llevado arriba al cielo. Así también fue Mahoma: y, en cuanto a Moisés, dice el apóstol Judas, ver. 9. Que 'Miguel y el diablo disputaron por su cuerpo'. Mientras creemos en fábulas como estas, o cualquiera de ellas, creemos indignamente en el Todopoderoso.

 

Ahora he pasado por el examen de los cuatro libros atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan; y cuando se considera que todo el espacio de tiempo, desde la crucifixión hasta lo que se llama la ascensión, es de unos pocos días, aparentemente no más de tres o cuatro, y que se informa que todas las circunstancias ocurrieron casi lo mismo Lugar, Jerusalén, es, creo, imposible encontrar en cualquier historia registrada tantos y tan flagrantes absurdos, contradicciones y falsedades, como las que hay en esos libros. Son más numerosos y sorprendentes de lo que esperaba encontrar cuando comencé este examen, y mucho más de lo que tenía idea cuando escribí la primera parte de 'La edad de la razón'. Entonces no tenía ni la Biblia ni el Testamento a los que referirme, ni podía conseguir ninguno. Mi propia situación, incluso en cuanto a la existencia, se hacía cada día más precaria; y como estaba dispuesto a dejar algo sobre el tema, me vi obligado a ser rápido y conciso. Las citas que hice entonces eran sólo de memoria, pero son correctas; y las opiniones que he presentado en esa obra son el efecto de la convicción más clara y establecida desde hace mucho tiempo: que la Biblia y el Testamento son imposiciones sobre el mundo; que la caída del hombre, el relato de Jesucristo siendo el Hijo de Dios, y de su muerte para aplacar la ira de Dios, y de la salvación por ese medio extraño, son todas invenciones fabulosas, deshonrosas para la sabiduría y el poder del Todopoderoso; que la única religión verdadera es el deísmo, por lo cual entonces significó y ahora significa la creencia de un Dios, y una imitación de su carácter moral, o la práctica de lo que se llama virtudes morales; —y que fue sólo en esto (en lo que respecta a la religión) en lo que descansé todas mis esperanzas de felicidad en el más allá. Así lo digo ahora, y que Dios me ayude.

 

Pero volviendo al tema. Aunque es imposible, a esta distancia de tiempo, determinar con certeza quiénes fueron los escritores de esos cuatro libros (y esto solo es suficiente para mantenerlos en duda, y donde dudamos lo hacemos). no creer) no es difícil comprobar negativamente que no fueron escritos por las personas a quienes se atribuyen. Las contradicciones en esos libros demuestran dos cosas:

 

Primero, que los escritores no pueden haber sido testigos oculares y auditivos de los asuntos que relatan, o los hubieran relatado sin esas contradicciones; y, en consecuencia, que los libros no han sido escritos por las personas llamadas apóstoles, que se supone que han sido testigos de este tipo.

 

En segundo lugar, que los escritores, quienesquiera que hayan sido, no han obrado por imposición concertada, sino cada escritor por separado e individualmente para sí mismo, y sin el conocimiento de los demás.

 

La misma prueba que se aplica para probar uno, se aplica igualmente para probar ambos casos; es decir, que los libros no fueron escritos por los hombres llamados apóstoles, y también que no son una imposición concertada. En cuanto a la inspiración, está completamente fuera de cuestión; también podemos intentar unir la verdad y la falsedad, como inspiración y contradicción.

 

Si cuatro hombres son testigos oculares y auditivos de una escena, sin ningún acuerdo entre ellos, se pondrán de acuerdo en cuanto a la hora y el lugar, cuándo y dónde ocurrió esa escena. Su conocimiento individual de la cosa, sabiendo cada uno por sí mismo, hace totalmente innecesaria la concertación; el uno no dirá que fue en un monte en el campo, y el otro en una casa en un pueblo; el uno no dirá que fue al amanecer, y el otro que estaba oscuro. Porque en cualquier lugar que haya sido y en cualquier tiempo que haya sido, lo conocen por igual.

 

Y por otro lado, si cuatro hombres concertan una historia, harán que sus relaciones separadas de esa historia estén de acuerdo y se corroboren entre sí para apoyar el todo. Ese concierto suple la falta de hecho en un caso, como el conocimiento del hecho reemplaza, en el otro caso, la necesidad de un concierto. Las mismas contradicciones, pues, que prueban que no ha habido concierto, prueban también que los reporteros no tenían conocimiento del hecho (o más bien de lo que relatan como un hecho), y detectan también la falsedad de sus informes. Esos libros, por lo tanto, no han sido escritos por los hombres llamados apóstoles, ni por impostores en concierto.—¿Cómo entonces han sido escritos?

 

No soy de los que gustan de creer que hay mucho de eso que se llama mentira deliberada, o mentira de origen, excepto en el caso de los hombres que se hacen profetas, como en el Antiguo Testamento; porque profetizar es mentir profesionalmente. En casi todos los demás casos, no es difícil descubrir el progreso por el cual incluso una simple suposición, con la ayuda de la credulidad, con el tiempo se convertirá en una mentira, y finalmente se dirá como un hecho; y siempre que podamos encontrar una razón caritativa para una cosa de este tipo, no debemos permitirnos una severa.

 

La historia de Jesucristo apareciendo después de muerto es la historia de una aparición, como las que la tímida imaginación siempre puede crear en la visión y la credulidad cree. Historias de este tipo se habían contado del asesinato de Julio César no muchos años antes, y generalmente tienen su origen en muertes violentas, o en ejecuciones de personas inocentes. En casos de este tipo, la compasión presta su ayuda y estira benévolamente la historia. Continúa un poco y un poco más, hasta que se convierte en una verdad muy cierta. Una vez comienza un fantasma, y ​​la credulidad llena la historia de su vida, y asigna la causa de su aparición; uno lo cuenta de una manera, otro de otra manera, hasta que hay tantas historias sobre el fantasma, y ​​sobre el propietario del fantasma, como hay sobre Jesucristo en estos cuatro libros.

 

La historia de la aparición de Jesucristo se cuenta con esa extraña mezcla de lo natural y lo imposible, que distingue el relato legendario de la realidad. Se le representa entrando y saliendo repentinamente cuando las puertas están cerradas, y desapareciendo de la vista y apareciendo de nuevo, como uno concebiría una visión insustancial; luego vuelve a tener hambre, se sienta a la mesa y come su cena. Pero como los que cuentan historias de este tipo nunca prevén todos los casos, así es aquí: nos han dicho, que cuando se levantó, dejó sus vendas mortuorias detrás de él; pero se han olvidado de proporcionarle otras ropas para que aparezca después, o de decirnos qué hizo con ellas cuando ascendió; si se desnudó todo, o se subió la ropa y todo. En el caso de Elías, han tenido el cuidado de hacerle arrojar su manto; cómo sucedió que no fue quemado en el carro de fuego, tampoco nos lo han dicho; pero como la imaginación suple todas las deficiencias de este tipo, podemos suponer si nos place que estaba hecho de lana de salamandra.

 

Aquellos que no están muy familiarizados con la historia eclesiástica, pueden suponer que el libro llamado Nuevo Testamento ha existido desde el tiempo de Jesucristo, como suponen que los libros atribuidos a Moisés han existido desde el tiempo de Moisés. Pero el hecho es históricamente diferente; no hubo un libro como el Nuevo Testamento hasta más de trescientos años después del tiempo en que se dice que vivió Cristo.

 

En qué momento comenzaron a aparecer los libros atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, es una cuestión totalmente incierta. No hay la menor sombra de evidencia de quiénes fueron las personas que las escribieron, ni en qué época fueron escritas; y bien podrían haber sido llamados por los nombres de cualquiera de los otros supuestos apóstoles que por los nombres que ahora son llamados. Los originales no están en posesión de ninguna iglesia cristiana existente, como tampoco las dos tablas de piedra escritas, según pretenden, por el dedo de Dios, sobre el monte Sinaí, y dadas a Moisés, están en posesión de los judíos. Y aunque lo fueran, no hay posibilidad de probar la escritura a mano en ninguno de los dos casos. En el momento en que se escribieron esos cuatro libros, no había impresión y, en consecuencia, no podía haber otra publicación que no fuera por copias escritas. que cualquier hombre puede hacer o alterar a su antojo, y llamarlos originales. ¿Podemos suponer que es consistente con la sabiduría del Todopoderoso comprometerse él mismo y su voluntad con el hombre sobre medios tan precarios como estos; ¿O que es consecuente que debamos basar nuestra fe en tales incertidumbres? No podemos hacer ni alterar, ni siquiera imitar, ni siquiera una brizna de hierba que él ha hecho, y sin embargo podemos hacer o alterar las palabras de Dios tan fácilmente como las palabras del hombre. [La primera parte de la 'Edad de la razón' no ha sido publicada hace dos años, y ya hay una expresión en ella que no es mía. La expresión es: El libro de Lucas fue llevado por una mayoría de una sola voz. Puede que sea cierto, pero no soy yo quien lo ha dicho. Alguna persona que tal vez sepa de esa circunstancia, la ha añadido en una nota al pie de página de alguna de las ediciones, impreso en Inglaterra o en América; y los impresores, después de eso, lo han erigido en el cuerpo de la obra, y me han hecho su autor. Si esto ha sucedido en tan breve espacio de tiempo, a pesar de la ayuda de la imprenta, que impide la alteración de las copias individualmente, lo que puede no haber ocurrido en un tiempo mucho mayor, cuando no había imprenta, y cuando cualquier hombre que podría escribir podría hacer una copia escrita y llamarla original de Mateo, Marcos, Lucas o Juan?—Autor.]

 

[La adición espuria a la obra de Paine a la que se alude en su nota a pie de página le provocó una severa crítica del Dr. Priestley ("Cartas a un incrédulo filosófico", p. 75), sin embargo, parece haber sido el propio Priestley quien, en su cita, incorporó por primera vez al texto de Paine la nota al pie añadida por el editor de la edición americana (1794). El estadounidense agregó: “Vide Moshiem's ​​(sic) Ecc. Historia”, que Priestley omite. En una edición estadounidense moderna noto cuatro alteraciones verbales introducidas en la nota al pie anterior.—Editor.]

 

Unos trescientos cincuenta años después del tiempo en que se dice que vivió Cristo, varios escritos del tipo del que hablo fueron esparcidos en manos de diversas personas; y como la iglesia había comenzado a formarse en una jerarquía, o gobierno eclesiástico, con poderes temporales, se dedicó a recopilarlos en un código, como los vemos ahora, llamado 'El Nuevo Testamento'. Decidieron por votación, como he dicho antes en la primera parte de la Edad de la Razón, cuáles de esos escritos, de la colección que habían hecho, debían ser la palabra de Dios y cuáles no. El Robbins de los judíos había decidido antes, por votación, sobre los libros de la Biblia.

 

Como el objeto de la iglesia, como es el caso en todos los establecimientos nacionales de iglesias, era el poder y los ingresos, y el terror los medios que usaba, es coherente suponer que los escritos más milagrosos y maravillosos que habían recopilado eran los mejores. posibilidad de ser votado. Y en cuanto a la autenticidad de los libros, el voto ocupa su lugar; porque no se puede rastrear más alto.

 

Sin embargo, hubo muchas disputas entre la gente que entonces se llamaba a sí misma cristiana, no solo en cuanto a puntos de doctrina, sino también en cuanto a la autenticidad de los libros. En la contienda entre el llamado San Agustín y Fausto, hacia el año 400, dice este último: “Los libros llamados evangelistas han sido compuestos mucho tiempo después de los tiempos de los apóstoles, por algunos hombres oscuros, quienes, temiendo que los mundo no daría crédito a su relación de asuntos de los cuales no podían ser informados, los han publicado bajo los nombres de los apóstoles; y que están tan llenas de estupideces y relaciones discordantes, que no hay concordancia ni conexión entre ellas.”

 

Y en otro lugar, dirigiéndose a los defensores de esos libros, como siendo la palabra de Dios, dice: “Así es como vuestros predecesores han insertado en las Escrituras de nuestro Señor muchas cosas que, aunque llevan su nombre, concuerdan. no con su doctrina.” Esto no es sorprendente, ya que muchas veces hemos probado que estas cosas no han sido escritas por él mismo, ni por sus apóstoles, sino que en su mayor parte están basadas en cuentos, en informes vagos, y ensamblados por no sé qué. medio judíos, con muy poco acuerdo entre ellos; y que sin embargo han publicado bajo el nombre de los apóstoles de nuestro Señor, y así les han atribuido sus propios errores y sus mentiras. [He tomado estos dos extractos de la Vida de Pablo de Boulanger, escrita en francés;

 

A este obispo Fausto generalmente se le llama “El Maniqueo”, ya que Agustín tituló su libro, Contra Frustum Manichaeum Libri xxxiii., en el que se cita casi la totalidad de la muy capaz obra de Fausto.—Editor.]

 

El lector verá por esos extractos que se negó la autenticidad de los libros del Nuevo Testamento, y los libros se trataron como cuentos, falsificaciones y mentiras, en el momento en que fueron votados para ser la palabra de Dios. Pero el interés de la iglesia, con la ayuda del haz de leña, aplastó a la oposición y finalmente suprimió toda investigación. Los milagros siguieron a los milagros, si los creemos, y se enseñó a los hombres a decir que creían, creyeran o no. Pero (a manera de lanzar un pensamiento) la Revolución Francesa ha excomulgado a la iglesia del poder de obrar milagros; ella no ha podido, con la ayuda de todos sus santos, hacer un milagro desde que comenzó la revolución; y como nunca estuvo en mayor necesidad que ahora, podemos, sin la ayuda de la adivinación, concluir que todos sus milagros anteriores son trucos y mentiras. [Boulanger en su vida de Pablo, ha recogido de las historias eclesiásticas, y de los escritos de los padres como se les llama, varios asuntos que muestran las opiniones que prevalecían entre las diferentes sectas de cristianos, en la época del Testamento, como ahora verlo, fue votado para ser la palabra de Dios. Los siguientes extractos son del segundo capítulo de esa obra:

 

[Los marcionistas (una secta cristiana) afirmaron que los evangelistas estaban llenos de falsedades. Los maniqueos, que formaron una secta muy numerosa al comienzo del cristianismo, rechazaron como falso todo el Nuevo Testamento, y mostraron otros escritos muy diferentes que daban por auténticos. Los corintios, como los marcionistas, no admitían los Hechos de los Apóstoles. Los Encratitas y los Sevenianos no adoptaron ni los Hechos ni las Epístolas de Pablo. Crisóstomo, en una homilía que hizo sobre los Hechos de los Apóstoles, dice que en su tiempo, hacia el año 400, mucha gente no sabía nada ni del autor ni del libro. Santa Irene, que vivió antes de esa época, informa que los valentinianos, como varias otras sectas de cristianos, acusaron a las Escrituras de estar llenas de imperfecciones, errores y contradicciones. Los ebionitas, o nazarenos, quienes fueron los primeros cristianos, rechazaron todas las epístolas de Pablo y lo consideraron un impostor. Informan, entre otras cosas, que originalmente era pagano; que vino a Jerusalén, donde vivió algún tiempo; y que teniendo intención de casarse con la hija del sumo sacerdote, él mismo se había circuncidado; pero que no pudiendo obtenerla, peleó con los judíos y escribió en contra de la circuncisión, y en contra de la observancia del sábado, y en contra de todas las ordenanzas legales.—Autor.] [Muy abreviado del Examen. crítico de la Vie de St. Paul, por NA Boulanger, 1770.—Editor.] y que teniendo intención de casarse con la hija del sumo sacerdote, él mismo se había circuncidado; pero que no pudiendo obtenerla, peleó con los judíos y escribió en contra de la circuncisión, y en contra de la observancia del sábado, y en contra de todas las ordenanzas legales.—Autor.] [Muy abreviado del Examen. crítico de la Vie de St. Paul, por NA Boulanger, 1770.—Editor.] y que teniendo intención de casarse con la hija del sumo sacerdote, él mismo se había circuncidado; pero que no pudiendo obtenerla, peleó con los judíos y escribió en contra de la circuncisión, y en contra de la observancia del sábado, y en contra de todas las ordenanzas legales.—Autor.] [Muy abreviado del Examen. crítico de la Vie de St. Paul, por NA Boulanger, 1770.—Editor.]

 

Cuando consideramos el lapso de más de trescientos años transcurridos entre el tiempo en que se dice que Cristo vivió y el tiempo en que el Nuevo Testamento se convirtió en un libro, debemos ver, incluso sin la ayuda de la evidencia histórica, la enorme incertidumbre que existe. es de su autenticidad. La autenticidad del libro de Homero, en cuanto a la autoría, está mucho mejor establecida que la del Nuevo Testamento, aunque Homero es mil años el más antiguo. Sólo un muy buen poeta pudo haber escrito el libro de Homero, y, por lo tanto, sólo pocos hombres podrían haberlo intentado; y un hombre capaz de hacerlo no habría desperdiciado su propia fama dándosela a otro. De la misma manera, hubo muy pocos que pudieran haber compuesto los Elementos de Euclides,

 

Pero con respecto a los libros del Nuevo Testamento, particularmente aquellas partes que nos hablan de la resurrección y ascensión de Cristo, cualquier persona que pudiera contar la historia de una aparición, o del andar de un hombre, podría haber hecho tales libros; porque la historia está contada de la manera más miserable. La probabilidad, por lo tanto, de falsificación en el Testamento es de millones a uno mayor que en el caso de Homero o Euclides. De los numerosos sacerdotes o párrocos de la actualidad, obispos y todo, cada uno de ellos puede hacer un sermón, o traducir un trozo de latín, sobre todo si ha sido traducido mil veces antes; pero ¿hay alguno entre ellos que pueda escribir poesía como Homero, o ciencia como Euclides? La suma total del aprendizaje de un párroco, con muy pocas excepciones, es a, b, ab y hic, haec, hoc; y su conocimiento de la ciencia es, tres veces uno es tres;

 

A medida que las oportunidades de falsificación eran mayores, también lo era el incentivo. Un hombre no podría obtener ninguna ventaja escribiendo bajo el nombre de Homero o Euclides; si pudiera escribir igual a ellos, mejor sería que escribiera bajo su propio nombre; si es inferior, no podría tener éxito. El orgullo impediría lo primero, y la imposibilidad lo segundo. Pero con respecto a los libros que componen el Nuevo Testamento, todos los incentivos estaban del lado de la falsificación. La historia mejor imaginada que se hubiera podido hacer, a la distancia de doscientos o trescientos años después de la época, no hubiera podido pasar por un original bajo el nombre del verdadero escritor; la única posibilidad de éxito residía en la falsificación; porque la iglesia necesitaba un pretexto para su nueva doctrina, y la verdad y los talentos estaban fuera de cuestión.

 

Pero como no es raro (como se observó antes) relatar historias de personas que caminan después de muertas, y de fantasmas y apariciones de los que han caído por algún medio violento o extraordinario; y como la gente de aquel día tenía la costumbre de creer tales cosas, y de la aparición de ángeles, y también de demonios, y de meterse en las entrañas de las personas, y sacudirlas como un ataque de fiebre, y de su ser expulsado de nuevo como por un emético—(María Magdalena, el libro de Marcos nos dice que había criado, o había sido traída a la cama de siete demonios;) no era nada extraordinario que una historia de este tipo saliera al exterior de la persona Jesucristo, y se convirtió después en el fundamento de los cuatro libros atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Cada escritor contó un cuento tal como lo escuchó, más o menos, y dio a su libro el nombre del santo o del apóstol a quien la tradición había dado como testigo ocular. Sólo sobre esta base pueden explicarse las contradicciones de esos libros; y si no es así, son puras imposiciones, mentiras y falsificaciones, sin siquiera la apología de la credulidad.

 

Que han sido escritos por una especie de medio judíos, como mencionan las citas anteriores, es bastante perceptible. Las frecuentes referencias hechas a ese jefe asesino e impostor Moisés, ya los hombres llamados profetas, establece este punto; y, por otro lado, la iglesia ha complementado el fraude, al admitir que la Biblia y el Testamento se replican entre sí. Entre el cristiano-judío y el cristiano-gentil, la cosa llamada profecía y la cosa profetizada, el tipo y la cosa tipificada, la señal y la cosa significada, han sido laboriosamente rebuscadas y encajadas como viejas cerraduras y llaves de bloqueo de selección. La historia bastante tontamente contada de Eva y la serpiente, y bastante natural en cuanto a la enemistad entre los hombres y las serpientes (porque la serpiente siempre muerde en el talón, porque no puede llegar más alto, y el hombre siempre golpea a la serpiente en la cabeza, como la forma más eficaz de evitar que muerda;) [“Te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. Génesis iii. 15.—Autor.] esta tonta historia, digo, se ha convertido en una profecía, un tipo y una promesa para empezar; y la imposición mentirosa de Isaías a Acaz, 'Que una virgen concebirá y dará a luz un hijo', como señal de que Acaz vencería, cuando el evento fue que fue derrotado (como ya se notó en las observaciones sobre el libro de Isaías) , ha sido pervertido y hecho para servir como una cuerda.

 

Jonás y la ballena también se convierten en un signo y un tipo. Jonás es Jesús, y la ballena es la tumba; porque está dicho, (y han hecho que Cristo lo diga de sí mismo, Mat. xii. 40), “Porque como estuvo Jonás en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra.” Pero sucede, por extraño que parezca, que Cristo, según su propio relato, estuvo sólo un día y dos noches en la tumba; unas 36 horas en lugar de 72; es decir, la noche del viernes, el sábado y la noche del sábado; porque dicen que se levantó el domingo por la mañana al amanecer, o antes. Pero como esto encaja tan bien como la mordedura y la patada en Génesis, o la virgen y su hijo en Isaías, pasará en la masa de las cosas ortodoxas. Esto en cuanto a la parte histórica del Testamento y sus evidencias.

 

Epístolas de Pablo—Las epístolas atribuidas a Pablo, siendo catorce en número, casi llenan la parte restante del Testamento. Si esas epístolas fueron escritas por la persona a quien se atribuyen es un asunto de poca importancia, ya que el escritor, quienquiera que haya sido, intenta probar su doctrina por medio de argumentos. No pretende haber sido testigo de ninguna de las escenas narradas de la resurrección y la ascensión; y declara que no les había creído.

 

La historia de su caída al suelo mientras viajaba a Damasco, no tiene nada de milagroso o extraordinario; escapó con vida, y eso es más de lo que han hecho muchos otros, que han sido alcanzados por un rayo; y que pierda la vista durante tres días, y no pueda comer ni beber durante ese tiempo, no es más que lo que es común en tales condiciones. Sus compañeros que estaban con él parecen no haber sufrido de la misma manera, porque estaban lo suficientemente bien como para guiarlo el resto del viaje; tampoco pretendieron haber visto visión alguna.

 

El carácter de la persona llamada Pablo, según los relatos que de él se dan, tiene mucha violencia y fanatismo; había perseguido con tanto ardor como predicó después; el golpe que había recibido había cambiado su pensamiento, sin alterar su constitución; y tanto como judío como cristiano era el mismo fanático. Tales hombres nunca son buenas evidencias morales de ninguna doctrina que predican. Siempre están en los extremos, tanto de acción como de creencia.

 

La doctrina que se propone probar mediante argumentos es la resurrección del mismo cuerpo: y presenta esto como una evidencia de inmortalidad. Pero tanto diferirán los hombres en su manera de pensar, y en las conclusiones que saquen de las mismas premisas, que esta doctrina de la resurrección del mismo cuerpo, lejos de ser una evidencia de la inmortalidad, me parece una evidencia En contra; porque si ya he muerto en este cuerpo, y resucito en el mismo cuerpo en que he muerto, es prueba presuntiva de que volveré a morir. Esa resurrección no me asegura más contra la repetición de la muerte, que un ataque de fiebre, una vez pasado, me asegura contra otro. Para creer, pues, en la inmortalidad, debo tener una idea más elevada que la contenida en la lúgubre doctrina de la resurrección.

 

Además, por una cuestión de elección, así como de esperanza, preferiría tener un mejor cuerpo y una forma más conveniente que el presente. Todo animal de la creación nos supera en algo. Los insectos alados, sin mencionar las palomas o las águilas, pueden recorrer más espacio con mayor facilidad en unos pocos minutos que el hombre en una hora. El deslizamiento del pez más pequeño, en proporción a su volumen, nos supera en movimiento casi sin comparación y sin cansancio. Incluso el perezoso caracol puede ascender desde el fondo de una mazmorra, donde el hombre, por falta de esa habilidad, perecería; y una araña puede lanzarse desde la parte superior, como una diversión lúdica. Los poderes personales del hombre son tan limitados, y su corpulencia tan poco construida para el disfrute extensivo, que no hay nada que nos induzca a desear que la opinión de Pablo sea cierta.

 

Pero aparte de todos los demás argumentos, la conciencia de la existencia es la única idea concebible que podemos tener de otra vida, y la continuación de esa conciencia es la inmortalidad. La conciencia de la existencia, o el saber que existimos, no está necesariamente confinado a la misma forma, ni a la misma materia, ni siquiera en esta vida.

 

No tenemos en todos los casos la misma forma, ni en ningún caso la misma materia, que componía nuestros cuerpos hace veinte o treinta años; y, sin embargo, somos conscientes de ser las mismas personas. Incluso las piernas y los brazos, que constituyen casi la mitad del cuerpo humano, no son necesarios para la conciencia de la existencia. Estos pueden perderse o ser quitados y la plena conciencia de la existencia permanece; y si su lugar fuera ocupado por alas u otros apéndices, no podemos concebir que pudiera alterar nuestra conciencia de existencia. En fin, no sabemos cuánto, o más bien cuán poco, de nuestra composición es, y cuán exquisitamente fino es ese poco, que crea en nosotros esta conciencia de existencia; y todo lo demás es como la pulpa de un melocotón, distinta y separada de la mota vegetativa en la semilla.

 

¿Quién puede decir por qué acción extraordinariamente fina de la materia fina es que se produce un pensamiento en lo que llamamos la mente? y, sin embargo, cuando se produce ese pensamiento, como yo produzco ahora el pensamiento que escribo, es capaz de volverse inmortal, y es la única producción del hombre que tiene esa capacidad.

 

Las estatuas de bronce y mármol perecerán; y las estatuas hechas a imitación de ellas no son las mismas estatuas, ni la misma mano de obra, como tampoco la copia de un cuadro es el mismo cuadro. Pero imprima y reimprima un pensamiento mil veces, y que con materiales de cualquier tipo, esculpelo en madera o grabe en piedra, el pensamiento es eterna e idénticamente el mismo pensamiento en todos los casos. Tiene una capacidad de existencia intacta, no afectada por el cambio de materia, y es esencialmente distinta y de una naturaleza diferente de todo lo demás que conocemos o podemos concebir. Entonces, si la cosa producida tiene en sí misma la capacidad de ser inmortal, es más que una señal de que el poder que la produjo, que es lo mismo que la conciencia de la existencia, también puede ser inmortal; y que como independientemente de la materia con la que se relacionó primero, como el pensamiento es de la imprenta o escritura en la que apareció por primera vez. Una idea no es más difícil de creer que la otra; y podemos ver que uno es verdadero.

 

Que la conciencia de la existencia no depende de la misma forma o de la misma materia, se demuestra a nuestros sentidos en las obras de la creación, en la medida en que nuestros sentidos son capaces de recibir esa demostración. Una parte muy numerosa de la creación animal nos predica, mucho mejor que Pablo, la creencia de una vida más allá. Su pequeña vida se asemeja a una tierra y un cielo, un estado presente y futuro; y comprende, si puede expresarse así, la inmortalidad en miniatura.

 

Las partes más bellas de la creación a nuestros ojos son los insectos alados, y no lo son tan originalmente. Adquieren esa forma y ese brillo inimitable por cambios progresivos. La oruga lenta y reptante de hoy, pasa a los pocos días a una figura aletargada y a un estado parecido a la muerte; y en el siguiente cambio surge en toda la magnificencia en miniatura de la vida, una espléndida mariposa. No queda ningún parecido con la criatura anterior; todo está cambiado; todos sus poderes son nuevos, y la vida es para él otra cosa. No podemos concebir que la conciencia de la existencia no sea la misma en este estado del animal que antes; ¿Por qué entonces debo creer que la resurrección del mismo cuerpo es necesaria para continuar en mí la conciencia de la existencia más allá?

 

En la primera parte de 'La edad de la razón'. He llamado a la creación la verdadera y única verdadera palabra de Dios; y esta instancia, o este texto, en el libro de la creación, no sólo nos muestra que esto puede ser así, sino que es así; y que la creencia de un estado futuro es una creencia racional, fundada sobre hechos visibles en la creación: porque no es más difícil creer que existiremos más adelante en un mejor estado y forma que en el presente, que creer que un gusano se convierta en una mariposa, y dejar el estercolero por la atmósfera, si no lo supiéramos como un hecho.

 

En cuanto a la dudosa jerga atribuida a Pablo en 1 Corintios XV, que forma parte del servicio de entierro de algunos sectarios cristianos, está tan desprovista de significado como el tañido de una campana en el funeral; no explica nada al entendimiento, no ilustra nada a la imaginación, pero deja que el lector encuentre algún significado si puede. “Toda carne”, dice él, “no es la misma carne. Hay una carne de hombres, otra de bestias, otra de peces y otra de aves.” ¿Y luego que? nada. Un cocinero podría haber dicho tanto. “También hay”, dice él, “cuerpos celestes y cuerpos terrestres; la gloria de lo celestial es una y la gloria de lo terrestre es la otra.” ¿Y luego que? nada. ¿Y cual es la diferencia? nada de lo que ha dicho. “Hay,” dice él, “una gloria del sol, y otra gloria de la luna, y otra gloria de las estrellas.” ¿Y luego que? nada; excepto que dice que una estrella difiere de otra estrella en gloria, en lugar de distancia; y bien podría habernos dicho que la luna no brillaba tanto como el sol. Todo esto no es nada mejor que la jerga de un prestidigitador, que recoge frases que no entiende para confundir a los crédulos que acuden a que les digan la suerte. Los sacerdotes y los prestidigitadores son del mismo oficio.

 

A veces, Pablo finge ser un naturalista y probar su sistema de resurrección a partir de los principios de la vegetación. "Necio", dice él, "lo que siembras no se vivifica sino muere". A lo que uno podría responder en su propio idioma, y ​​decir: Necio, Pablo, lo que tú siembras no se vivifica si no muere; porque el grano que muere en la tierra nunca hace, ni puede vegetar. Son solo los granos vivos los que producen la próxima cosecha. Pero la metáfora, bajo cualquier punto de vista, no es un símil. Es sucesión, y [no] resurrección.

 

El progreso de un animal de un estado de ser a otro, como de un gusano a una mariposa, se aplica al caso; pero esto de un grano no lo hace, y muestra que Pablo ha sido lo que dice de los demás, un tonto.

 

Si las catorce epístolas atribuidas a Pablo fueron escritas por él o no, es indiferente; son argumentativos o dogmáticos; y como el argumento es defectuoso, y la parte dogmática es meramente presuntiva, no significa quién los escribió. Y lo mismo puede decirse de las demás partes del Testamento. No es sobre las Epístolas, sino sobre lo que se llama el Evangelio, contenido en los cuatro libros atribuidos a Mateo, Marcos, Lucas y Juan, y sobre las supuestas profecías, que la teoría de la iglesia, llamándose a sí misma Iglesia Cristiana, está fundado. Las epístolas dependen de ellos y deben seguir su destino; porque si la historia de Jesucristo es fabulosa, todo razonamiento fundado en ella, como una supuesta verdad, debe caer con ella.

 

Sabemos por la historia que uno de los principales líderes de esta iglesia, Atanasio, vivió en la época en que se formó el Nuevo Testamento; [Atanasio murió, según la cronología de la Iglesia, en el año 371—Autor.] y sabemos también, por la jerga absurda que nos ha dejado bajo el nombre de credo, el carácter de los hombres que formaron el Nuevo Testamento; y sabemos también por la misma historia que la autenticidad de los libros que la componen fue negada en su tiempo. Fue por el voto de Atanasio que se decretó que el Testamento era la palabra de Dios; y nada puede presentarnos una idea más extraña que la de decretar la palabra de Dios por voto. Los que basan su fe en tal autoridad ponen al hombre en el lugar de Dios y no tienen un verdadero fundamento para la felicidad futura. La credulidad, sin embargo, no es un crimen, pero se convierte en criminal al resistirse a la convicción. Está estrangulando en el seno de la conciencia los esfuerzos que ésta hace por averiguar la verdad. Nunca debemos forzarnos a creer en nada.

 

Cierro aquí el tema sobre el Antiguo Testamento y el Nuevo. La evidencia que he presentado para demostrar que son falsificaciones, se extrae de los libros mismos y actúa, como una espada de dos filos, en ambos sentidos. Si se niega la evidencia, se niega con ella la autenticidad de las Escrituras, porque es evidencia bíblica; y si se admite la evidencia, se desaprueba la autenticidad de los libros. Las imposibilidades contradictorias, contenidas en el Antiguo y el Nuevo Testamento, las ponen en el caso de un hombre que jura a favor y en contra. Cualquiera de las pruebas lo condena por perjurio e igualmente destruye la reputación.

 

Si la Biblia y el Testamento de aquí en adelante caen, no es que yo lo haya hecho. No he hecho más que extraer la evidencia de la masa confusa de materias con las que está mezclada, y disponer esa evidencia en un punto de luz para que se vea claramente y se comprenda fácilmente; y hecho esto, dejo que el lector juzgue por sí mismo, como yo he juzgado por mí mismo.

 

CAPÍTULO III.

CONCLUSIÓN

En la primera parte de 'La Edad de la Razón' he hablado de los tres fraudes, misterio, milagro y Profecía; y como no he visto nada en ninguna de las respuestas a esa obra que afecte en lo más mínimo lo que allí he dicho sobre esos temas, no recargaré esta Segunda Parte con adiciones que no son necesarias.

 

También he hablado en la misma obra sobre lo que es la revelación celular, y he mostrado la absurda mala aplicación de ese término a los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo; porque ciertamente la revelación está fuera de discusión al recitar cualquier cosa de la cual el hombre haya sido actor o testigo. Lo que el hombre ha hecho o visto, no necesita revelación para decirle que lo ha hecho o visto, porque ya lo sabe, ni para permitirle decirlo o escribirlo. Es ignorancia, o imposición, aplicar el término revelación en tales casos; sin embargo, la Biblia y el Testamento se clasifican bajo esta descripción fraudulenta de ser toda revelación.

 

Revelación entonces, en la medida en que el término tiene relación entre Dios y el hombre, sólo puede aplicarse a algo que Dios revela de su voluntad al hombre; pero aunque se admita necesariamente el poder del Todopoderoso para hacer tal comunicación, porque para ese poder todas las cosas son posibles, sin embargo, la cosa así revelada (si alguna vez fue revelada alguna cosa, y que, dicho sea de paso, es imposible probar) es revelación sólo para la persona a quien se hace. Su relato de ello a otro no es revelación; y quien pone fe en esa cuenta, la pone en el hombre de quien viene la cuenta; y ese hombre puede haber sido engañado, o puede haberlo soñado; o puede ser un impostor y puede mentir. No hay criterio posible por el cual juzgar de la verdad de lo que dice; pues incluso la moralidad de ello no sería prueba de revelación. En todos estos casos, la respuesta correcta debería ser: “Cuando me sea revelado, creeré que es revelación; pero no me incumbe ni puede incumbirme creer que sea una revelación anterior; ni es propio que tome la palabra del hombre como la palabra de Dios, y ponga al hombre en el lugar de Dios.” Esta es la manera en que hablé de la revelación en la primera parte de La edad de la razón; y que, mientras admite reverencialmente la revelación como una cosa posible, porque, como se dijo antes, para el Todopoderoso todas las cosas son posibles, previene la imposición de un hombre sobre otro, y excluye el mal uso de la pretendida revelación. ni es propio que tome la palabra del hombre como la palabra de Dios, y ponga al hombre en el lugar de Dios.” Esta es la manera en que hablé de la revelación en la primera parte de La edad de la razón; y que, mientras admite reverencialmente la revelación como una cosa posible, porque, como se dijo antes, para el Todopoderoso todas las cosas son posibles, previene la imposición de un hombre sobre otro, y excluye el mal uso de la pretendida revelación. ni es propio que tome la palabra del hombre como la palabra de Dios, y ponga al hombre en el lugar de Dios.” Esta es la manera en que hablé de la revelación en la primera parte de La edad de la razón; y que, mientras admite reverencialmente la revelación como una cosa posible, porque, como se dijo antes, para el Todopoderoso todas las cosas son posibles, previene la imposición de un hombre sobre otro, y excluye el mal uso de la pretendida revelación.

 

Pero aunque, hablando por mí mismo, admito así la posibilidad de la revelación, no creo en absoluto que el Todopoderoso jamás haya comunicado cosa alguna al hombre, por cualquier modo de hablar, en cualquier idioma, o por cualquier tipo de visión, o apariencia, o por cualquier medio que nuestros sentidos sean capaces de recibir, sino por la manifestación universal de sí mismo en las obras de la creación, y por esa repugnancia que sentimos en nosotros mismos a las malas acciones, y disposición a las buenas. [Un bello paralelo del entonces desconocido aforismo de Kant: "Dos cosas llenan el alma de asombro y reverencia, aumentando cada vez más a medida que medito más de cerca en ellas: el cielo estrellado sobre mí y la ley moral dentro de mí". (Kritik derpraktischen Vernunfe, 1788). Las declaraciones religiosas de Kant al comienzo de la Revolución Francesa le acarrearon un mandato real de silencio, porque había elaborado a partir de “la ley moral interior” un principio de igualdad humana precisamente similar al que Paine había derivado de su doctrina cuáquera de la “luz interior” de cada hombre. Aproximadamente al mismo tiempo, los escritos de Paine fueron suprimidos en Inglaterra. Paine no entendía alemán, pero Kant, aunque siempre independiente en la formación de sus opiniones, estaba evidentemente bien familiarizado con la literatura de la Revolución, en América, Inglaterra y Francia.—Editor.]

 

Las maldades más detestables, las crueldades más horribles y las miserias más grandes que han afligido a la raza humana han tenido su origen en esta cosa llamada revelación o religión revelada. Ha sido la creencia más deshonrosa contra el carácter de la divinidad, la más destructiva para la moralidad, la paz y la felicidad del hombre, que jamás se haya propagado desde que el hombre comenzó a existir. Es mejor, mucho mejor, que admitamos, si fuera posible, mil demonios deambulando libremente y predicando públicamente la doctrina de los demonios, si los hubiera, que permitimos a un impostor y monstruo como Moisés. , Josué, Samuel y los profetas de la Biblia, para venir con la supuesta palabra de Dios en su boca, y tener crédito entre nosotros.

 

De donde surgieron todos los horribles asesinatos de naciones enteras de hombres, mujeres y niños, de los que está llena la Biblia; y las sangrientas persecuciones, y torturas hasta la muerte y guerras religiosas, que desde entonces han dejado a Europa en sangre y cenizas; ¿De dónde surgieron, sino de esta cosa impía llamada religión revelada, y de esta monstruosa creencia de que Dios ha hablado al hombre? Las mentiras de la Biblia han sido la causa de uno, y las mentiras del Testamento [de] otro.

 

Algunos cristianos pretenden que el cristianismo no fue establecido por la espada; pero ¿de qué período de tiempo hablan? Era imposible que doce hombres pudieran comenzar con la espada: no tenían el poder; pero tan pronto como los profesantes del cristianismo fueron lo suficientemente poderosos para emplear la espada, lo hicieron, y también la hoguera y el haz de leña; y Mahoma no pudo hacerlo antes. Por el mismo espíritu con que Pedro le cortó la oreja al siervo del sumo sacerdote (si la historia es cierta) le cortaría la cabeza, y la cabeza a su amo, si hubiera podido. Además de esto, el cristianismo se basa originalmente en la Biblia [hebrea], y la Biblia fue establecida completamente por la espada, y eso en el peor uso de ella, no para aterrorizar, sino para extirpar. Los judíos no hicieron conversos: masacraron a todos. La Biblia es el padre del [Nuevo] Testamento, y ambos son llamados la palabra de Dios. Los cristianos leen ambos libros; los ministros predican de ambos libros; y esta cosa llamada cristianismo se compone de ambos. Entonces es falso decir que el cristianismo no fue establecido por la espada.

 

La única secta que no ha perseguido son los cuáqueros; y la única razón que se puede dar es que son más bien deístas que cristianos. No creen mucho acerca de Jesucristo, y llaman a las Escrituras letra muerta. [Este es un testimonio interesante y correcto en cuanto a las creencias de los primeros cuáqueros, uno de los cuales era el padre de Paine.—Editor.] Si los hubieran llamado por un nombre peor, habrían estado más cerca de la verdad.

 

Corresponde a todo hombre que reverencia el carácter del Creador, y que desea disminuir el catálogo de miserias artificiales, y eliminar la causa que ha sembrado persecuciones densas entre la humanidad, expulsar todas las ideas de una religión revelada como una herejía peligrosa, y un fraude impío. ¿Qué es lo que hemos aprendido de esta cosa fingida llamada religión revelada? Nada que sea útil al hombre, y todo lo que sea deshonroso para su Hacedor. ¿Qué es lo que nos enseña la Biblia?: resentimiento, crueldad y asesinato. ¿Qué es lo que nos enseña el Testamento? Creer que el Todopoderoso cometió libertinaje con una mujer comprometida para casarse; y la creencia de este libertinaje se llama fe.

 

En cuanto a los fragmentos de moralidad que están irregular y escasamente dispersos en esos libros, no forman parte de esta pretendida religión revelada. Son los dictados naturales de la conciencia y los lazos por los cuales la sociedad se mantiene unida y sin los cuales no puede existir; y son casi iguales en todas las religiones y en todas las sociedades. El Testamento no enseña nada nuevo sobre este tema, y ​​donde intenta excederse, se vuelve mezquino y ridículo. La doctrina de no tomar represalias por las injurias está mucho mejor expresada en Proverbios, que es una colección tanto de los gentiles como de los judíos, que en el Testamento. Allí se dice, (Xxv. 2 I) “Si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer pan; y si tuviere sed, dadle de beber agua:” [Según lo que se llama el sermón de la montaña de Cristo, en el libro de Mateo, donde, entre algunas otras [y] cosas buenas, se introduce mucho de esta fingida moralidad, allí se dice expresamente, que la doctrina de la paciencia, o de no vengar las injurias, no era parte de la doctrina de los judíos; pero como esta doctrina se encuentra en “Proverbios”, debe, según esa declaración, haber sido copiada de los gentiles, de quienes Cristo la había aprendido. Aquellos hombres a quienes los idólatras judíos y cristianos han llamado abusivamente paganos, tenían ideas mucho mejores y más claras de justicia y moralidad que las que se encuentran en el Antiguo Testamento, en la medida en que es judío, o en el Nuevo. La respuesta de Solon a la pregunta "¿Cuál es el gobierno popular más perfecto?" nunca ha sido superada por ningún hombre desde su tiempo, como que contiene una máxima de moralidad política, "Aquello", dice, "donde se hace el menor daño". al individuo más mezquino, se considera un insulto a toda la constitución”. Solón vivió unos 500 años antes de Cristo.—Autor.] pero cuando se dice, como en el Testamento, “Si alguno te abofetea en la mejilla derecha, vuélvele también la otra”, está asesinando la dignidad de la tolerancia, y hundiendo al hombre en un perro de aguas.

 

Amar a los enemigos es otro dogma de fingida moralidad, y además no tiene sentido. Corresponde al hombre, como moralista, no vengar una injuria; y es igualmente bueno en un sentido político, porque las represalias no tienen fin; cada uno se desquita del otro, y lo llama justicia: pero amar en proporción a la injuria, si se pudiera hacer, sería ofrecer premio por un crimen. Además, la palabra enemigos es demasiado vaga y general para ser utilizada en una máxima moral, que siempre debe ser clara y definida, como un proverbio. Si un hombre es enemigo de otro por error y prejuicio, como en el caso de las opiniones religiosas, ya veces en la política, ese hombre es diferente a un enemigo de corazón con una intención criminal; y nos incumbe, y contribuye también a nuestra propia tranquilidad, que ponemos la mejor construcción sobre una cosa que soportará. Pero incluso este motivo erróneo en él no constituye un motivo para el amor de la otra parte; y decir que podemos amar voluntariamente y sin motivo es moral y físicamente imposible.

 

Se lesiona la moral prescribiéndole deberes que, en primer lugar, son imposibles de cumplir, y si pudieran serlo producirían mal; o, como antes se dijo, ser primas por delitos. La máxima de hacer lo que nos gustaría que nos hicieran no incluye esta extraña doctrina de amar a los enemigos; porque nadie espera ser amado por su crimen o por su enemistad.

 

Los que predican esta doctrina de amar a sus enemigos, son en general los más grandes perseguidores, y actúan consecuentemente al hacerlo; porque la doctrina es hipócrita, y es natural que la hipocresía actúe al revés de lo que predica. Por mi parte, desconozco la doctrina y la considero una moralidad fingida o fabulosa; sin embargo, no existe el hombre que pueda decir que lo he perseguido, o cualquier hombre, o cualquier grupo de hombres, ya sea en la Revolución Americana, o en la Revolución Francesa; o que, en todo caso, he devuelto mal por mal. Pero no corresponde al hombre recompensar una mala acción con una buena, o devolver bien por mal; y dondequiera que se haga, es un acto voluntario, y no un deber. También es absurdo suponer que tal doctrina pueda formar parte de una religión revelada. Imitamos el carácter moral del Creador al tolerarnos unos a otros, porque él tolera a todos; pero esta doctrina implicaría que amaba al hombre, no en la medida en que era bueno, sino en la medida en que era malo.

 

Si consideramos la naturaleza de nuestra condición aquí, debemos ver que no hay motivo para una religión revelada. ¿Qué es lo que queremos saber? ¿No nos predica la creación, el universo que contemplamos, la existencia de un poder Todopoderoso, que gobierna y regula el todo? ¿Y no es la evidencia de que esta creación ofrece a nuestros sentidos infinitamente más fuerte que cualquier cosa que podamos leer en un libro, que cualquier impostor pueda hacer y llamar la palabra de Dios? En cuanto a la moralidad, el conocimiento de ella existe en la conciencia de cada hombre.

 

Aquí estamos. La existencia de un poder Todopoderoso nos está suficientemente demostrada, aunque no podamos concebir, como es imposible que lo hagamos, la naturaleza y manera de su existencia. Nosotros mismos no podemos concebir cómo llegamos aquí y, sin embargo, sabemos con certeza que estamos aquí. Debemos saber también que el poder que nos llamó a la existencia puede, si quiere y cuando quiere, llamarnos a dar cuenta de la manera en que hemos vivido aquí; y por tanto, sin buscar ningún otro motivo para la creencia, es racional creer que lo hará, porque sabemos de antemano que puede hacerlo. La probabilidad o incluso la posibilidad de la cosa es todo lo que debemos saber; porque si lo supiéramos como un hecho, seríamos meros esclavos del terror; nuestra creencia no tendría ningún mérito, y nuestras mejores acciones ninguna virtud.

 

El deísmo nos enseña entonces, sin posibilidad de engaño, todo lo que es necesario o propio saber. La creación es la Biblia del deísta. Allí lee, de puño y letra del mismo Creador, la certeza de su existencia y la inmutabilidad de su poder; y todas las demás Biblias y Testamentos son para él falsificaciones. La probabilidad de que seamos llamados a rendir cuentas en el futuro, tendrá, para las mentes reflexivas, la influencia de la creencia; porque no es nuestra creencia o incredulidad lo que puede hacer o deshacer el hecho. Como este es el estado en que estamos, y en el que es propio que estemos, como agentes libres, es sólo el tonto, y no el filósofo, ni siquiera el hombre prudente, que vivirá como si no hubiera Dios.

 

Pero la creencia en un Dios se debilita tanto al estar mezclada con la extraña fábula del credo cristiano, y con las locas aventuras relatadas en la Biblia, y la oscuridad y las obscenas tonterías del Testamento, que la mente del hombre está desconcertada como en una niebla Viendo todas estas cosas en una masa confusa, confunde el hecho con la fábula; y como no puede creerlo todo, siente una disposición a rechazarlo todo. Pero la creencia en un Dios es una creencia distinta de todas las demás cosas, y no debe confundirse con ninguna. La noción de una Trinidad de Dioses ha debilitado la creencia de un solo Dios. Una multiplicación de creencias actúa como una división de creencias; y en la medida en que algo se divide, se debilita.

 

La religión, por tales medios, se convierte en una cosa de forma en lugar de hecho; de noción en lugar de principio: la moral es desterrada para dar lugar a una cosa imaginaria llamada fe, y esta fe tiene su origen en un supuesto libertinaje; se predica un hombre en lugar de un Dios; una ejecución es un objeto de gratitud; los predicadores se untan con la sangre, como una tropa de asesinos, y fingen admirar el brillo que les da; predican un monótono sermón sobre los méritos de la ejecución; luego alabe a Jesucristo por haber sido ejecutado, y condene a los judíos por hacerlo.

 

Un hombre, al oír todas estas tonterías reunidas y predicadas juntas, confunde al Dios de la Creación con el Dios imaginado de los cristianos, y vive como si no existiera.

 

De todos los sistemas de religión que jamás se han inventado, no hay ninguno más despectivo para el Todopoderoso, más poco edificante para el hombre, más repugnante para la razón y más contradictorio en sí mismo que esto llamado cristianismo. Demasiado absurdo para ser creído, demasiado imposible de convencer y demasiado inconsistente para la práctica, entorpece el corazón o produce sólo ateos y fanáticos. Como motor de poder, sirve al propósito del despotismo; y como medio de riqueza, la avaricia de los sacerdotes; pero en lo que se refiere al bien del hombre en general, no conduce a nada aquí ni en el más allá.

 

La única religión que no ha sido inventada, y que tiene en sí todas las pruebas de la originalidad divina, es el deísmo puro y simple. Debe haber sido el primero y probablemente será el último que el hombre crea. Pero el deísmo puro y simple no responde al propósito de los gobiernos despóticos. No pueden apropiarse de la religión como un motor sino mezclándola con las invenciones humanas, y haciendo parte de su propia autoridad; tampoco responde a la avaricia de los sacerdotes, sino incorporándose a ella y sus funciones, y convirtiéndose, como el gobierno, en parte del sistema. Esto es lo que forma la misteriosa conexión entre iglesia y estado; la iglesia humana, y el estado tiránico.

 

Si un hombre fuera impresionado tan plena y fuertemente como debería estar con la creencia de un Dios, su vida moral estaría regulada por la fuerza de la creencia; se asombraría de Dios y de sí mismo, y no haría nada que no pudiera ocultarse a ninguno de los dos. Para dar a esta creencia la plena oportunidad de fuerza, es necesario que actúe sola. Esto es deísmo.

 

Pero cuando, de acuerdo con el esquema cristiano trinitario, una parte de Dios está representada por un moribundo, y otra parte, llamada Espíritu Santo, por una paloma voladora, es imposible que la creencia se adhiera a conceptos tan salvajes. [El libro llamado el libro de Mateo, dice, (iii. 16,) que el Espíritu Santo descendió en forma de paloma. Bien podría haber dicho un ganso; las criaturas son igualmente inofensivas, y una es una mentira tan absurda como la otra. Hechos, ii. 2, 3, dice, que descendió en un fuerte viento recio, en forma de lenguas repartidas: quizás eran pies repartidos. Tales cosas absurdas solo son aptas para cuentos de brujas y magos.—Autor.]

 

Ha sido el esquema de la iglesia cristiana, y de todos los demás sistemas inventados de religión, mantener al hombre en la ignorancia del Creador, como es del gobierno mantenerlo en la ignorancia de sus derechos. Los sistemas del uno son tan falsos como los del otro, y están calculados para el apoyo mutuo. El estudio de la teología, tal como se encuentra en las iglesias cristianas, es el estudio de la nada; está fundado en nada; no se basa en principios; procede por ninguna autoridad; no tiene datos; no puede demostrar nada; y no admite ninguna conclusión. Ninguna cosa puede ser estudiada como ciencia sin que estemos en posesión de los principios sobre los que se funda; y como este no es el caso de la teología cristiana, es por lo tanto el estudio de la nada.

 

En lugar, pues, de estudiar teología, como se hace ahora, a partir de la Biblia y el Testamento, cuyos significados son libros siempre controvertidos y cuya autenticidad es refutada, es necesario que nos refiramos a la Biblia de la creación. Los principios que allí descubrimos son eternos y de origen divino: son el fundamento de toda la ciencia que existe en el mundo, y deben ser el fundamento de la teología.

 

Podemos conocer a Dios sólo a través de sus obras. No podemos tener una concepción de ningún atributo, sino siguiendo algún principio que nos lleve a él. Sólo tenemos una idea confusa de su poder, si no tenemos los medios para comprender algo de su inmensidad. No podemos tener idea de su sabiduría, sino conociendo el orden y la manera en que actúa. Los principios de la ciencia conducen a este conocimiento; porque el Creador del hombre es el Creador de la ciencia, y es a través de ese medio que el hombre puede ver a Dios, por así decirlo, cara a cara.

 

¿Podría un hombre ser colocado en una situación y dotado con el poder de la visión para contemplar de una sola vez y contemplar deliberadamente la estructura del universo, para señalar los movimientos de los diversos planetas, la causa de sus diversas apariencias, el infalible orden en que giran, hasta el más remoto cometa, su conexión y dependencia entre sí, y conocer el sistema de leyes establecido por el Creador, que gobierna y regula el todo; entonces concebiría, mucho más allá de lo que cualquier teología eclesiástica puede enseñarle, el poder, la sabiduría, la inmensidad, la munificencia del Creador. Entonces vería que todo el conocimiento que el hombre tiene de la ciencia, y que todas las artes mecánicas por las cuales hace que su situación sea cómoda aquí, se derivan de esa fuente: su mente, exaltada por la escena y convencida por el hecho, aumentaría en gratitud a medida que aumentaba en conocimiento: su religión o su culto se unirían con su mejora como hombre: cualquier ocupación que siguiera que tuviera conexión con los principios de la creación, como todo lo relacionado con la agricultura, la ciencia y la las artes mecánicas, tiene, le enseñarían más de Dios, y de la gratitud que le debe, que cualquier sermón cristiano teológico que ahora escucha. Los grandes objetos inspiran grandes pensamientos; gran munificencia excita gran gratitud; pero los cuentos y doctrinas serviles de la Biblia y el Testamento sólo sirven para despertar el desprecio. y de las artes mecánicas, le enseñaría más de Dios, y de la gratitud que le debe, que cualquier sermón cristiano teológico que ahora escucha. Los grandes objetos inspiran grandes pensamientos; gran munificencia excita gran gratitud; pero los cuentos y doctrinas serviles de la Biblia y el Testamento sólo sirven para despertar el desprecio. y de las artes mecánicas, le enseñaría más de Dios, y de la gratitud que le debe, que cualquier sermón cristiano teológico que ahora escucha. Los grandes objetos inspiran grandes pensamientos; gran munificencia excita gran gratitud; pero los cuentos y doctrinas serviles de la Biblia y el Testamento sólo sirven para despertar el desprecio.

 

Aunque el hombre no puede llegar, al menos en esta vida, al escenario real que he descrito, puede demostrarlo, porque tiene conocimiento de los principios sobre los cuales se construye la creación. Sabemos que las obras más grandes pueden representarse en modelo, y que el universo puede representarse por los mismos medios. Los mismos principios por los que medimos una pulgada o un acre de tierra medirán millones en extensión. Un círculo de una pulgada de diámetro tiene las mismas propiedades geométricas que un círculo que circunscribiría el universo. Las mismas propiedades de un triángulo que demostrarán sobre el papel el rumbo de un barco, lo harán sobre el océano; y, cuando se aplica a los llamados cuerpos celestes, determinará en un minuto el tiempo de un eclipse, aunque esos cuerpos estén a millones de millas de distancia de nosotros. Este conocimiento es de origen divino; y es de la Biblia de la creación que el hombre lo ha aprendido, y no de la estúpida Biblia de la iglesia, que nada enseña al hombre. [Los creadores de la Biblia se han comprometido a darnos, en el primer capítulo de Génesis, un relato de la creación; y al hacer esto no han demostrado nada más que su ignorancia. Hacen que hubo tres días y tres noches, tardes y mañanas, antes de que hubiera sol; cuando es la presencia o ausencia del sol la causa del día y la noche, y lo que se llama su salida y puesta, la de la mañana y la tarde. Además, es una idea pueril y lamentable suponer que el Todopoderoso diga: “Hágase la luz”. Es la manera imperativa de hablar que usa un prestidigitador cuando les dice a sus copas y bolas, Presto, vete, y lo más probable es que se lo hayan quitado, como Moisés y su vara es un prestidigitador y su varita mágica. Longinus llama a esta expresión lo sublime; y por la misma regla el prestidigitador es también sublime; porque la manera de hablar es expresiva y gramaticalmente la misma. Cuando los autores y los críticos hablan de lo sublime, no ven hasta qué punto raya en lo ridículo. Lo sublime de los críticos, como algunas partes de lo sublime y bello de Edmund Burke, es como un molino de viento apenas visible en la niebla, que la imaginación podría distorsionar en una montaña voladora, un arcángel o una bandada de gansos salvajes.—Autor.]

 

Todo el conocimiento que el hombre tiene de la ciencia y de la maquinaria, con la ayuda de la cual su existencia se hace cómoda sobre la tierra, y sin la cual sería apenas distinguible en apariencia y condición de un animal común, proviene de la gran máquina y estructura del universo. Las constantes e incansables observaciones de nuestros antepasados ​​sobre los movimientos y revoluciones de los cuerpos celestes, en lo que se supone que fueron las primeras edades del mundo, han traído este conocimiento a la tierra. No son Moisés y los profetas, ni Jesucristo, ni sus apóstoles, quienes lo han hecho. El Todopoderoso es el gran mecánico de la creación, el primer filósofo y maestro original de toda ciencia. Entonces aprendamos a reverenciar a nuestro maestro, y no olvidemos los trabajos de nuestros antepasados.

 

Si en este día no tuviéramos conocimiento de la maquinaria, y si fuera posible que el hombre pudiera tener una visión, como he descrito antes, de la estructura y la maquinaria del universo, pronto concebiría la idea de construir al menos algunos de ellos. las obras mecánicas que ahora tenemos; y la idea así concebida avanzaría progresivamente en la práctica. O si se le presentara un modelo del universo, como el llamado planetario, y se le pusiera en movimiento, su mente llegaría a la misma idea. Tal objeto y tal sujeto, mientras lo mejoran en conocimiento útil para sí mismo como hombre y miembro de la sociedad, además de entretener, proporcionarían un material mucho mejor para impresionarlo con un conocimiento y una creencia en el Creador. , y de la reverencia y gratitud que el hombre le debe, que los estúpidos textos de la Biblia y del Testamento, de los cuales, sean los talentos del predicador; sean lo que fueren, sólo se pueden predicar sermones estúpidos. Si el hombre debe predicar, que predique algo que sea edificante, y de los textos que se sabe que son verdaderos.

 

La Biblia de la creación es inagotable en textos. Cada parte de la ciencia, ya sea relacionada con la geometría del universo, con los sistemas de vida animal y vegetal, o con las propiedades de la materia inanimada, es un texto tanto para la devoción como para la filosofía, para la gratitud, como para el mejoramiento humano. Quizá se diga que si tal revolución tiene lugar en el sistema de la religión, todo predicador debería ser un filósofo. Ciertamente, y cada casa de devoción una escuela de ciencia.

 

Ha sido por desviarse de las leyes inmutables de la ciencia y la luz de la razón, y establecer una cosa inventada llamada "religión revelada", que se han formado tantos conceptos salvajes y blasfemos sobre el Todopoderoso. Los judíos lo han convertido en el asesino de la especie humana, para dejar lugar a la religión de los judíos. Los cristianos lo han convertido en el asesino de sí mismo y en el fundador de una nueva religión para reemplazar y expulsar a la religión judía. Y para encontrar pretexto y admisión para estas cosas, deben haber supuesto su poder o su sabiduría imperfecta, o su voluntad cambiante; y la mutabilidad de la voluntad es la imperfección del juicio. El filósofo sabe que las leyes del Creador nunca han cambiado, ni con respecto a los principios de la ciencia ni a las propiedades de la materia.

 

Aquí cierro el tema. He mostrado en todas las partes anteriores de este trabajo que la Biblia y el Testamento son imposiciones y falsificaciones; y dejo las pruebas que he producido en prueba de ello para que sean refutadas, si alguna puede hacerlo; y dejo reposar en la mente del lector las ideas que se sugieren en la conclusión del trabajo; Estoy seguro de que cuando las opiniones son libres, ya sea en asuntos de gobierno o de religión, la verdad finalmente prevalecerá poderosamente.

 

FIN DE LA PARTE II

 

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